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Por decreto del 10 de noviembre de 1942 -fecha significativa si se intercambian los números centrales-se inicia en la recién creada Escuela de Estudios Hispano-Americanos, la labor docente americanista que se había estado impartiendo en la Universidad de Sevilla, primero en el llamado Centro de Estudios Americanistas y más tarde en el Centro de Estudios de Historia de América.
1 Al año siguiente, la Escuela, junto a la Delegación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organizó una asamblea de estudiosos de esta disciplina, en la que se inició la creación de las estructuras básicas para la formación en Sevilla de una Escuela de Americanistas así como una Residencia de Catedráticos, un Colegio Mayor para alojamiento de los alumnos y una Sección de Publicaciones a través de la cual se darían a conocer los trabajos de investigación que un nutrido grupo de profesores e investigadores llevaba a cabo desde hacía tiempo.
Se acordó la preparación de siete series de publicaciones: 1) Anuario de Estudios Americanos; 2) Monografías; 3) Memorias, relaciones y viajes; 4) Ensayos; 5) Manuales de Estudios; 6) Colección de documentos; y 7) Ediciones y reediciones de libros raros y curiosos.
De todas estas series ideadas en un primer momento, la más prolongada, erudita y feliz de todas ellas sería el Anuario de Estudios Americanos, con vocación de hacer llegar estos estudios a toda la comunidad internacional.
Según se dice en la presentación del primer volumen, que apareció en 1944: «Más allá de las fronteras de España, la Escuela establece sus relaciones con las instituciones americanas similares sobre la base de una sincera fraternidad.
De América recibe ya la respuesta esperada, llena de afecto cordial, lo cual le permite esperar fundadamente los mejores resultados de este intercambio de puntos de vista sobre problemas comunes».
Y terminan declarando el interés de celebrar «con todos contacto estrecho, que será sin duda cada vez más intenso cuando el mundo, y en especial Europa, lleguen por fin a una época de paz».
2 Después de leer estas palabras, causa un profundo estupor encontrar inmediatamente detrás de la portada un imponente retrato de Francisco 1 Las memorias de la Escuela publicadas desde el primer Anuario de Estudios Americanos (en adelante AEA) dan cuenta de sus actividades y pueden servir para reconstruir su historia.
Hay una separata de la memoria publicada en el volumen III (Sevilla, 1946).
Hay también un fascículo publicado con el título de Escuela de Estudios Hispano-Americanos (Sevilla, CSIC, 2002), y un completo ensayo de Bernabéu Albert, 2010.
De los primeros volúmenes de Anuario hay copias facsimilares publicadas por Swets & Zeitlinger N.V, Amsterdam, 1972.
Franco, firmado por el mejor pintor sevillano del momento, Alfonso Grosso, y debajo una dedicatoria que dice: «Al Excmo.
Sr. General Don Francisco Franco Bahamonde Jefe del Estado Español».
Aumenta el estupor cuando se comprueba en el índice algunas firmas de las que allí aparecen, como por ejemplo la de Florentino Pérez-Embid, miembro numerario del Opus Dei, que en esos años estaba totalmente contra el régimen que se había impuesto; o Manuel Giménez Fernández, furibundo antifranquista que había sido ministro de Agricultura durante la República y que escribe en este primer número un trabajo heterodoxo para los tiempos que corrían sobre las Bulas Alejandrinas; o Emiliano Jos, erudito y concienzudo investigador, nada sospechoso sobre su ideología abierta y dialogante...
Pero la Historia hay que estudiarla en su contexto y es preciso conocer entre otras cosas las licencias necesarias en cada época para poder ponerla en letra impresa, lo cual puede explicarlo todo.
3 En 1944 no se podía publicar nada que no llevara la fotografía de Franco -la censura de los textos llegaría algo más tarde-o una alusión «a su caudillismo y su gloriosa cruzada» y la dedicatoria que aparece al pie de la ilustración que se recoge en el primer Anuario lo dice todo: nada de alusiones ditirámbicas y nada de reconocimientos tan al uso en el momento.
Solo se acepta su condición de general y de jefe del Estado.
Escuetamente y sin concesiones.
4 Lo cual ya da una idea del rigor científico que en todo momento se dio a la nueva revista.
Desde este primer volumen, se perfilan varias de las líneas por las que los americanistas sevillanos, y españoles en general, adquirieron fama mundial.
Se insertan trabajos de investigación sólidos, que más que artículos eran pequeñas monografías con más de cien páginas, las cuales en unos números más adelante pasan a reunirse bajo el epígrafe de «Estudios», distinguiéndolos así de una segunda parte compuesta por artículos de una extensión variable pero más parecida a la que se usa hoy.
Los estudios de este primer número son los siguientes: «El Almirantazgo de Castilla hasta las Capitulaciones de Santa Fe» (páginas 1-168), de Pérez-Embid; «Nuevas consideraciones sobre la historia, sentido y valor de las Bulas Alejandrinas de 1493 referentes a las Indias» (171-429), de Giménez Fernández;
ENRIQUETA VILA VILAR «Colón en Barcelona.
Las Bulas de Alejandro VI y los problemas de la llamada exclusión aragonesa» (431-511), de Rumeu de Armas; e «Investigaciones sobre la vida y obras iniciales de don Fernando Colón» (525-698), de Emiliano Jos.
Los artículos más cortos, que en este primer número se reducen a tres y aparecen bajo el epígrafe de «Varia», son: «La hermandad de Santa María del Buen Aire de la Universidad de Mareantes de Sevilla», de Celestino López Martínez; «Los vascongados y la pesca de Terranova.
Las gestiones del marqués de Monteleón en Londres», de Vicente Palacio Atard; y «Viaje del astrónomo francés Abate Chappe a California en 1769, y noticias de J. A. Alzate sobre la Historia Natural de Nueva España», de Francisco de las Barras y Aragón.
Con ellos tenemos ya una muestra de que los estudios que pretendía abarcar la nueva revista iban bastante más allá de la cuestión colombina o del propio descubrimiento y que estaba abierta a cualquier historiador que tocara temas relacionados con América aunque no fuera propiamente de esa especialidad.5 A ellos les seguía una pequeña crónica final sobre las actividades desarrolladas por las instituciones que editaban la nueva revista.
Con ello se estrenaba un diseño que se repetiría hasta 1992, último año que aparecería con este formato.
A partir de 1993, Anuario se divide en dos números anuales, aunque el contenido y las líneas de los primeros años nunca se abandonaron: estudios colombinos, estudios atlánticos y marítimos o estudios sobre derecho indiano.
El segundo volumen presenta ciertas novedades con respecto al anterior: la parte miscelánea de artículos más cortos se hace más extensa, se introduce una nueva sección bibliográfica en la que aparecen reseñas sobre libros y firmas que serían constantes en estos primeros volúmenes de
Anuario, muchas de las cuales pasarían tres años después a formar parte del que sería el primer consejo de redacción de la revista: Antonio Muro Orejón, José Antonio Calderón Quijano, Enrique Marco Dorta, Constantino Bayle, Antonio Matilla Tascón, Luis Alonso Getino, Manuel Gutiérrez de Arce y Guillermo Céspedes del Castillo.
En esta segunda tirada se mantienen las líneas trazadas en la primera sobre historia del derecho indiano e historia de los descubrimientos y se incorporan otras que también se prodigarán en Anuario: la historia de la Iglesia y la historia del arte en Indias.
Y en los dos aparece como editora la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, que aun dependía de la Universidad de Sevilla, tutela que ya abandona en el tercer volumen, en el que aparece la Escuela como editora independiente.
A la par que Anuario, y aprovechando los trabajos aparecidos en él, se inicia una serie de publicaciones monográficas, las primeras de las cuales son producto de ellos.
Si se examina el catálogo de publicaciones de esta institución, se puede observar que todos los primeros volúmenes aparecidos son copia de los largos trabajos de Anuario.
Más adelante, este tipo de publicaciones se convertiría en una colección llamada precisamente «Colección Anuario».
Es en el volumen V, correspondiente al año 1948, cuando aparece identificado el primer consejo de redacción con sus cargos, que eran los siguientes: presidente, Cristóbal Bermúdez Plata; vicepresidente, Vicente Rodríguez Casado; secretario, Antonio Muro Orejón; vocal, José Antonio Calderón Quijano; redactor jefe, Guillermo Céspedes del Castillo; redactores: Fernando de Armas Medina, Francisco de las Barras de Aragón, Higinio Capote Porrúa, Octavio Gil Munilla, Manuel Giménez Fernández, Manuel Gutiérrez de Arce, Julia Herráez Sánchez de Escariche, Manuel Hidalgo Nieto, Emiliano Jos, Guillermo Lohmann Villena, Enrique Marco Dorta, Francisco X. Mencos Guajardo-Fajardo, Francisco Morales Padrón, José Muñoz Pérez, Florentino Pérez-Embid y Enrique Sánchez Pedrote.
Toda una pléyade de maestros que pondrían, desde Sevilla, parte de las bases del americanismo científicamente tratado con datos tomados, sobre todo, del riquísimo y excepcional Archivo General de Indias, y que llegarían a todas partes del mundo a través de una revista que pronto se haría internacional.
No es hasta 1950, en el volumen VII, cuando se dejan de llamar «estudios» los trabajos más extensos y se engloban todos bajo el título de «artículos», sin guardar preferencia los más largos, que siguieron convirtiéndose posteriormente en libros.
Comenzaron a aparecer trabajos de jóvenes licenciados que de esa forma podían ver publicadas sus tesis de licenciatura, ENRIQUETA VILA VILAR conocidas como «tesinas», que eran un auténtico ejercicio de iniciación a la investigación, obligatorio para terminar la carrera.
Lo cual supuso la creación de nuevas generaciones de investigadores, muchos de los cuales son hoy americanistas consagrados.
Toda una escuela de aprendizaje, bajo la dirección de esos maestros que fueron protagonistas de una generación irrepetible.
En estos años se había abierto el abanico temático de forma que las ciencias, la archivología, la cultura, la economía, la geografía, la antropología y por supuesto la historia de las diversas regiones americanas o de las relaciones atlánticas, tuvieron cabida en las páginas de una revista que era ya un referente.
Algo que se inicia en el segundo volumen, las reseñas críticas de libros que iban apareciendo en España, Europa o América, se fueron multiplicando de forma que en los primeros veinte números se habían publicado 268.
A ellas se añadieron también reseñas informativas en las que, con carácter pretendidamente exhaustivo, se daba a conocer toda la producción americanista española, realizada en cada número por un nutrido grupo de colaboradores que salían de los últimos años de la especialidad de Historia de América, bajo la dirección de un redactor de Anuario, el profesor Morales Padrón, que siempre fue un enamorado de la historiografía en general.
Por ceñirnos a los veinte primeros años, se llegaron a publicar un total de 2.738 reseñas bibliográficas informativas.
6 El incremento que esta disciplina iba tomando en Anuario hizo que bajo la misma dirección, a partir del volumen X, se iniciara una sección que, bajo el título de «Historiografía y Bibliografía Americanistas», recogía además de las reseñas de uno u otro tipo, una serie de reproducciones de documentos y textos legales cuyo acceso era difícil, catálogos de fondos documentales o cartográficos, y pequeños estudios de análisis documentales o de determinada producción de algún autor o materia.
Sección que fue tomado incremento hasta el punto de llegar a independizarse del propio Anuario y salir en una tirada aparte y con dirección distinta.
Historiografía y Bibliografía Americanistas tuvo una vida lo suficientemente larga -de 1954 a 1992-7 como para llegar a formar una muy curiosa e interesante colección.
Las crisis económicas 6 Los datos numéricos están tomados de Índices del Anuario de Estudios Americanos, 1944-1963, I-XX, preparados por Fernando de Armas Medina, Juan Collantes de Terán, Juan Fernández Márquez y María Teresa Garrido, bajo la dirección de Francisco Morales Padrón, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1964, III.
7 A partir de 1987 pasa a llamarse Suplemento de Anuario de Estudios Americanos.
Sección Historiografía y Bibliografía, y hasta el año 1992 inclusive se edita separadamente dos veces al año, pero con numeración idéntica a la del Anuario y con idéntico equipo editorial.
que en esos años se fueron sucediendo en nuestro país, consiguieron que, cuando la nueva revista había alcanzado su mayoría de edad e incluso su madurez independiente, tuviera que volver al seno materno y amoldarse al espacio y al cobijo que volvió a prestarle Anuario.
Pero, como es natural, el ímpetu con el que nació, nunca volvió a ser el mismo.
De igual modo, las penurias económicas estuvieron a punto de acabar también con la vida en papel de Anuario, algo que afortunadamente se pudo resolver con un nuevo formato que además le proporcionaba más actualidad y que se estrenó en 1993.
Se publicarían dos entregas anuales en lugar de una, marcadas con el mismo número de volumen que se dividía en dos semestres: el número uno saldría en junio y el número dos en diciembre.
Además, como las normas de las revistas indexadas no permitían la extensión que se le había permitido a algunas colaboraciones siguiendo el modelo de los primeros «estudios», se idearon unos dossiers monográficos que sustituían de alguna manera a aquéllos.
Aunque la dirección de la revista por imperativo generacional fue cambiando de manos, del mismo modo que la secretaría y los consejos de redacción, el espíritu fundacional siguió y sigue intacto: dar a conocer investigaciones científicas de primera mano, sobre asuntos americanistas que abordan temas de distinto calado.
Y me parece justo y necesario mencionar a todos los que han tenido a su cargo la dirección y secretaría de Anuario de Estudios Americanos y de Historiografía y Bibliografía Americanistas a lo largo de toda su trayectoria.
El primer consejo de redacción que se crea, como ya se ha dicho, en 1948, permanece hasta el volumen VII, en el que Cristóbal Bermúdez Plata es sustituido como presidente por Vicente Rodríguez Casado y cesa como secretario Céspedes del Castillo, que pasa a formar parte del cuerpo de redactores, para dejar paso como secretario a Francisco Morales Padrón.
Don Vicente Rodríguez Casado había fundado la Escuela y la Universidad de La Rábida, que habían tomado las riendas del americanismo sevillano, y resulta lógico que los que dirigían la Escuela y la Universidad de Santa María de La Rábida, dirigieran también Anuario.
Lo mismo que era lógico que don Guillermo Céspedes no continuara como redactor-jefe.
El nuevo director de la revista y él -nunca he sabido por qué-eran personalidades incompatibles.
Pero el Anuario pesaba ya mucho en el americanismo mundial y Céspedes publicó algún otro artículo bajo la nueva dirección.
Curiosamente el volumen del año 1956 aparece sin dirección, y en el número correspondiente a 1957 (volumen XV) aparece como director ENRIQUETA VILA VILAR honorario Rodríguez Casado -recién trasladado a Madrid-y como director, que no como presidente, José Antonio Calderón Quijano, quien, aunque incorpora algunos nuevos cargos, respeta casi íntegramente el mismo consejo de redacción hasta 1966, cuando en el volumen XVIII pasa a ser director Francisco Morales Padrón y secretario Luis Navarro García.
Ambos cargos se mantienen hasta 1968, año en el que Luis Navarro pasa a redactor-jefe y se incorpora como secretario José Ventura Reja, que acompañaría en los cargos directivos de la revista a Morales Padrón, junto a Francisco Castillo Menéndez, hasta 1977.
Al año siguiente pasa a ostentar la dirección la Dra.
Juana Gil-Bermejo García, que se había incorporado como vicedirectora varios números antes.
Quisiera destacar la espléndida labor que el profesor Morales Padrón hizo en Anuario.
El primer año que tomó la dirección se publicó un número homenaje a Giménez Fernández por su jubilación como catedrático de Derecho Canónico, que se amplió al número siguiente, y en ambos volúmenes se recogen magníficos trabajos, como correspondía a la trayectoria americanista del homenajeado.
Esta labor de homenajes a compañeros que habían ayudado a dar lustre a Anuario se repitió en los números siguientes y los de 1969 y 1970 se dedican a la memoria de Fernando de Armas Medina, investigador del CSIC y especialista en historia del Perú, que había estado desde la fundación de Anuario formando parte del consejo de redacción; del mismo modo que los números correspondientes a 1972 y 1973 se dedicaron a José Joaquín Real Díaz, fallecido prematuramente y que también formaba parte del consejo.
En 1974, el volumen XXXI es también un homenaje a Antonio Muro, con motivo de su jubilación como catedrático de Historia del Derecho Indiano, que había jugado un gran papel en la Escuela en cuya residencia vivirá sus últimos años.
Los dos volúmenes correspondientes a 1968 y 1971 (XXV y XXVII), que no habían sido asignados a ningún homenaje, se dedican a dos temas monográficos del máximo interés porque fueron el resultado de dos congresos internacionales organizados por el mismo Morales Padrón: el primero dedicado a historia marítima, que se celebró en la Universidad de Sevilla y en el que intervinieron los mejores especialistas mundiales del momento, y el segundo al siglo XVII en América, resultado también de otro congreso internacional que se celebró en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Desde 1978 la nueva directora, Juana Gil-Bermejo, es asistida en la secretaría por Francisco Castillo Menéndez y Pablo Emilio Pérez-Mallaína y llevan adelante una labor encomiable hasta 1986 en que, por enfermedad,
es sustituida por Enriqueta Vila Vilar, quien desde el año siguiente cambia la secretaría por un comité de redacción del que forman parte, además de los dos colaboradores de la profesora Gil-Bermejo, los Dres.
María Luisa Laviana Cuetos, Isabelo Macías Domínguez, Javier Ortiz de la Tabla, María Justina Sarabia Viejo y Rosario Sevilla Soler.
Posteriormente fueron directores de la revista los Dres.
Rosario Sevilla Soler, Javier Ortiz de la Tabla, Consuelo Varela y María Luisa Laviana Cuetos.
En cuanto a la revista Historiografía y Bibliografía Americanistas, que no se puede separar de la vida de Anuario porque de él surgió y en él sigue de alguna forma albergada, solo citar que su comienzo como revista independiente a partir de 1954 se debió a Francisco Morales Padrón, el cual poco antes de su jubilación cedió la dirección de ambas publicaciones a dos de sus discípulas que habían estado con él como ayudantes de clases prácticas hasta su ingreso por oposición en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Desde 1978 Juana Gil-Bermejo se hace cargo de Anuario de Estudios Americanos y Enriqueta Vila de Historiografía y Bibliografía Americanistas, de la que Morales Padrón había sido director desde 1954.
La nueva directora de Historiografía permanece en ese puesto hasta 1992 en que esta publicación, con un nombre o con otro, desapareció para ser incorporada a Anuario.
8 Su redactor-jefe desde el año 1978 hasta 1987 fue Isabelo Macías Domínguez y sus secretarios de redacción fueron (en años distintos, aunque en ocasiones coincidieran algunos) Antonio Gutiérrez Escudero, Antonio Acosta Rodríguez, Justina Sarabia Viejo y María Luisa Laviana Cuetos.
Entre 1987 y 1992 la mayoría de ellos pasaría al comité de redacción de Anuario, al ser Historiografía un suplemento de dicha revista.
No quisiera seguir adelante sin destacar la labor en Anuario de dos compañeros ya desaparecidos.
Me refiero a Javier Ortiz de la Tabla y a Justina Sarabia.
Su amor por el trabajo en la Escuela, a la que pertenecía como investigador, y su tesón vencieron todas las dificultades entre las cuales no fue ni mucho menos la menor, la cruel enfermedad que sufrió desde muy joven.
La segunda, la muy querida y recordada Justina Sarabia, fue durante diez años (en dos etapas: 1993-1997 y 2007-2011), desde su labor callada, minuciosa, discreta y activa como secretaria, el alma de Anuario, que sin su trabajo de tantos años no hubiera sido lo 8 Ver nota 6.
ENRIQUETA VILA VILAR mismo.
Desde aquí quiero expresar mi cariño y admiración por la labor llevada a cabo por los dos.
No es mi intención ni resultaría procedente, mencionar a todos los grandes especialistas nacionales e internacionales que han publicado en las páginas de Anuario a lo largo de sus 75 años de vida y que marcaron su trayectoria de forma que pronto fue reconocida como una de las primeras publicaciones americanistas.
Pero sí quisiera resaltar a algunos de ellos y, aunque tuve la suerte de que muchos de estos magníficos investigadores fueran mis maestros en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, he elegido a cuatro con los que, por una u otra causa, mantuve una relación personal que traspasó lo meramente profesional, de forma que junto a comentarios sobre su obra podré intercalar algunos recuerdos que siempre evoco cuando releo sus obras, bastantes de las cuales marcaron el rumbo de mi trabajo.
Me refiero a Giménez Fernández, Céspedes del Castillo, Morales Padrón y Lohmann Villena.
Creo que ellos pueden representar a todos los que, desde su puesto en la Universidad, en la Escuela o desde los distintos países donde el americanismo ha tenido un lugar preponderante, quisieron dejar en las páginas de Anuario sus primeros trabajos, que marcaron toda su trayectoria investigadora y que a su vez dieron una impronta a la propia revista.
Para no extenderme demasiado en ellos, de su enorme producción solo voy a referirme a los primeros trabajos que presentaron en Anuario, ciñéndome a los veinte primeros volúmenes (1944-1963), porque en ese momento estaba ya su trayectoria perfectamente definida, aunque Morales Padrón y Lohmann Villena siguieron publicando en la revista bastantes años más.
Voy a comenzar con un cálido recuerdo a don Manuel Giménez Fernández, que además de mi profesor en una asignatura que se denominaba «Instituciones Canónicas Indianas», era amigo de mi familia y mi padre le admiraba hasta el punto que sus opiniones influyeron mucho en él.
Tuve ocasión de tratarlo en Chipiona, donde poseía un bello chalet en la playa de Regla y donde estuvo a punto de ser apresado por falangistas y requetés por haberse negado a secundar la sedición y, aunque aparentemente se retiró de la política,9 lo cierto es que desde su cátedra atacaba al régimen todo lo que estaba en su mano y creó una escuela de donde han salido varios de los grandes políticos que han gobernado durante el periodo llamado de la
Transición.10 Lo recuerdo alguna vez almorzando en nuestra casa de Sanlúcar, antes de ser profesor mío.
Cuando se funda Anuario, en lo que él participó activamente, la mayor parte de su producción americanista la vuelca en sus páginas y en el primer volumen, ya descrito, publicó un amplio estudio sobre uno de sus grandes temas.
Me refiero a «Nuevas consideraciones sobre la historia, sentido y valor de las Bulas Alejandrinas de 1493 referentes a las Indias».
Como catedrático de Derecho Canónico encontró un magnífico filón en las novedades que ofrecía el inicio de lo que luego sería el Derecho Indiano y se dedicó a ello con verdadera pasión, como hacía siempre en todos los ámbitos de su vida.
Era un convencido defensor de los principios de un cristianismo comprometido que marcó su vida y su obra, y por eso es lógico que tomara partido por los grandes personajes que iba descubriendo haciendo héroes a unos y villanos a otros.
Pero nunca por arbitrariedad sino con fundamentos bien razonados.
En el trabajo que publica en el primer Anuario, examina jurídicamente los documentos papales que otorgaban las Indias a la Corona española, algo que ya se venía haciendo y que había levantado una fuerte polémica, que don Manuel nunca rehuyó sino más bien alentó.
Su postura era muy crítica sobre la legitimidad papal para conceder las bulas que repartían un mundo aun desconocido, postura que mantuvo en toda su producción de forma que sus héroes siempre fueron transgresores y contestatarios.
Me refiero a fray Bartolomé de las Casas o Hernán Cortés.
A la biografía del primero dedicó los últimos años de su vida; 11 y a defender la postura de Cortés, un magnífico trabajo titulado «Hernán Cortés y su revolución comunera en la Nueva España», 12 en el que muestra su admiración ENRIQUETA VILA VILAR por el sentido político cortesiano.
Para Giménez Fernández, Cortés es un auténtico héroe más por su forma de organizar el territorio que por sus gestas militares.
Según su criterio, con su revolución comunera y su forma de administrar creó un auténtico partido político que lo aleja de todos los que le habían precedido en su acción colonizadora y tiene una concepción de hombre de Estado.
Su interés nunca fue hacer fortuna ni correr aventuras sino imponer su forma de gobernar las Indias.
Según Céspedes del Castillo, gran admirador de Giménez Fernández, el imperio español en América no comienza hasta entonces, hasta la llegada de Cortés a México en 1519, cuando impuso una forma de administración en las Indias que en las islas no había existido.
13 Se divide este trabajo en varios grandes epígrafes y, junto a la personalidad de Cortés, nos da una espléndida visión de los primeros años descubridores en las Indias, lo mismo que luego le sucedería con su personaje por excelencia, el padre Las Casas.
Anteriormente, en el volumen III, había aparecido otro amplio estudio de otro polémico tema: «Las doctrinas populistas en la Independencia de Hispanoamérica»,14 y en ese mismo número apareció un resumen de lo que luego sería su asignatura en la especialidad de Historia de América.
En el apartado de artículos escribe en cincuenta espléndidas páginas su «Introducción al estudio de las Instituciones Canónicas en el Derecho Indiano», asignatura a la que tuve la dicha de asistir y a través de la cual su personalidad se mostraba tal cual era.
Sus ideas políticas las llevaba a la Historia y sus grandes enemigos eran aquellos que se oponían a las ideas de sus héroes, entre los que destacaba, sin duda, fray Bartolomé de las Casas.
Por eso Fernando el Católico, Juan Rodríguez de Fonseca o el secretario Conchillos eran sus auténticas «bestias negras», en las que se concentraban todos los males, mientras que a Las Casas nunca le vio ningún defecto.
Y lo bueno es que las razones que daba nos convencían a todos los alumnos.
Hombre polémico como era, no pudo resistir la tentación de entrar de lleno en el tema del lugar de enterramiento de los restos de Cristóbal Colón, asunto controvertido y de interés por aquellos años, sobre el cual en el año 1951 Bermúdez Plata había publicado un pequeño artículo dando su parecer.
15 No tardó don Manuel en dar su opinión, en un largo artículo («Los restos ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, PLATAFORMA INTERNACIONAL de Cristóbal Colón en Sevilla») en el que defendía, con pasión y con datos, su criterio que no era otro que los restos de Colón nunca se movieron de su primitivo enterramiento de la Cartuja.
16 Solía decir con su sorna acostumbrada que los tan traídos y llevados restos de Colón estaban en los platos de la Cartuja en los que comíamos en casa.
17 Publicó también estudios de menor formato como el dedicado al canciller Sauvage («Política indiana del Canciller Jean Sauvage»), 18 protector y admirador de las ideas lascasianas.
Por esos años la biografía de Las Casas ocupaba todo su tiempo y cualquier personaje que lo hubiera beneficiado o vituperado llamaba su atención.
El último trabajo de su autoría que he podido encontrar en las páginas de Anuario apareció en 1961 bajo el título de «Instituciones Canónicas Indianas (Apuntes para explicaciones de clase)», 19 de forma que se despide como lo que siempre fue: un auténtico maestro.
Mi relación con don Guillermo Céspedes fue menos personal y más académica.
Viajaba entonces mucho a los Estados Unidos donde pasaba largas temporadas y dejaba sus clases en manos de sus ayudantes, José Muñoz Pérez y Encarnación Rodríguez Vicente, ambos con magníficas colaboraciones en Anuario.
En 1962, año en que terminaba mi carrera, tuve la suerte de poder asistir a sus clases un curso entero sobre América Contemporánea y era una delicia oírle.
Aunque se comportaba bastante distante con los alumnos, en las clases se trasformaba y se hacía cercano contando las impresiones de sus viajes con una oratoria brillante y entretenida.
Unos años después de haber acabado mi época de estudiante supe que se había ido a Madrid y entonces fue cuando verdaderamente llegué a comunicarme con él más asiduamente a través correspondencia sobre nuestras mutuas publicaciones.
Después de sus pioneros y magníficos trabajos en Anuario, fue durante su estancia en Madrid y después de haber sido nombrado académico de la Historia en 1990, cuando su producción se multiplica hasta su muerte en 2006.
La prosa de sus trabajos era, como su oratoria, culta, clara y amena, algo que ya se adivina en sus primeras contribuciones en Anuario.
17 En el siglo XIX, lo que había sido convento de Santa María de las Cuevas, donde se enterró Colón, fue comprado por una familia de industriales ingleses, los Pickman, que estableció en él una conocida fábrica de cerámica, «La Cartuja de Sevilla», que imitaba los modelos ingleses y que era normal que se usara en las casas sevillanas.
ENRIQUETA VILA VILAR «La avería en el comercio con Indias»,20 que se ha convertido en un clásico al que es necesario acudir para escribir sobre cualquier aspecto del comercio atlántico; en ese mismo volumen publica un artículo más corto titulado «La visita como institución indiana».
21 No de menos interés que estos dos es su tercer gran trabajo para la misma revista, «Lima y Buenos Aires.
Repercusiones económicas y políticas de la creación del virreinato del Río de la Plata»,22 en el que ya revela su profundo conocimiento de la geopolítica del imperio español en ultramar que se impone en el siglo XVIII.
Unos años más tarde y siguiendo la línea del anterior publica «La defensa militar del istmo de Panamá a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII».
23 A partir de ese año, su firma desaparece de Anuario y también abandona la línea económico-administrativa iniciada en él para dedicarse, sobre todo, a la historia social.
Muy identificado con las directrices marcadas por Jaime Vicens Vives, entra a formar parte de su equipo de colaboradores para escribir la gran Historia de España y América social y económica, que comienza a aparecer en la década de los sesenta del siglo XX y que tiene un gran éxito entre los estudiantes.
En los años setenta apareció una muy útil edición de bolsillo en cinco volúmenes.
Era entonces cuando don Guillermo vivía a caballo entre España y Estados Unidos, enseñando en algunas de sus universidades.
Su producción posterior es muy rica y variada pero no me corresponde en estas líneas ocuparme de ella, que por otra parte se puede consultar en algún portal de Internet.
Hace unos días he sabido que su esposa ha donado su biblioteca a la Real Academia de la Historia.
Don Francisco Morales Padrón fue mi maestro más directo.
Había ganado la cátedra de Historia de los Descubrimientos de la Universidad de Sevilla a finales de los años cincuenta y era un hombre joven, activo, trabajador y con un carácter algo cambiante pero muy cercano a los estudiantes.
Hasta tal punto que organizaba unos magníficos viajes de «paso de ecuador» y de fin de carrera y con él casi todos los que estudiábamos por aquellos años, jóvenes de una posguerra que dejó una España devastada, tuvimos la ocasión de viajar por vez primera vez al extranjero.
Impartía también el curso de tercero de Geografía de América y lo primero que hacía cuando entraban sus alumnos en clase el primer día era darles un mapa ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, PLATAFORMA INTERNACIONAL mudo de América para que cada uno pusiera en él los accidentes geográficos que conociera del continente.
Pocos conseguíamos escribir más de dos o tres.
Cuento todo esto para definir un poco su controvertida personalidad, pero esta no quedaría plasmada si no resaltara su amor al trabajo.
Era un trabajador incansable tanto en su cátedra como en la Escuela a la que estuvo unido desde que llegó a Sevilla desde su Canarias natal.
Y creo sinceramente que ese amor al trabajo es el legado que más debo agradecerle.
Como ya he señalado, se hizo pronto cargo de la secretaría de Anuario y desde ella siempre colaboró en darle impulso y vigor y dimensión internacional.
Como esta labor, así como su cargo de director y creador de Historiografía y Bibliografía han quedado ya reseñadas, voy a centrarme en sus primeros trabajos aparecidos que son los que marcaron su trayectoria investigadora americanista.
Aunque probablemente desde su cargo de secretario le correspondería escribir las crónicas de la Escuela que aparecían al final de la revista, su firma como autor de un trabajo no aparece hasta 1952, año en que publica «Colonos canarios en Indias», y al siguiente «Canarias y Sevilla en el comercio con América».
24 Con ellos inauguraba dos vectores de su investigación que mantendría hasta el final de su vida: las relaciones de Canarias y Sevilla con América; una su tierra de nacimiento, otra de adopción, y la tercera de profesión.
Su faceta de conocedor de la historia de los descubrimientos geográficos comienza con «Descubrimiento y toma de posesión»,25 trabajo en el que describe el proceso descubridor y las distintas ceremonias de las primeras tomas de posesión en los viajes atlánticos, buscando los antecedentes de las mismas.
Su otra línea investigadora, la historia del Caribe, la inicia con «Descubrimiento y papel de la isla Trinidad en la penetración continental».
26 Desde entonces hasta su muerte, literalmente expresado, su interés por este espacio americano no le abandonó.
Su tesis doctoral sobre Jamaica española le llevó a dirigir distintas y numerosas tesis sobre las Antillas y poco antes de su muerte, ya muy enfermo, terminó un gran libro, Trinidad Española, cuyo germen fue su antiguo trabajo publicado cincuenta años antes.
27 Como los dos grandes autores a los que antes me he referido, sus primeros trabajos en Anuario fueron la base de su posterior trayectoria y desde ENRIQUETA VILA VILAR luego contribuyeron a convertir la revista en esa plataforma que se encargó de expandir internacionalmente el americanismo sevillano.
Y sobre todo, sin duda Morales Padrón, que con sus múltiples relaciones internacionales, sus continuos viajes y su afán de aglutinar a los americanistas europeos del este y el oeste del «telón de acero» -fue uno de los fundadores de AHILA-, 28 consiguió traer a Sevilla a una serie de investigadores que se enamoraron del Archivo General de Indias y descubrieron la magnífica biblioteca de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Después de eso, todos fueron captados para escribir en Anuario.
Como un representante de ese americanismo y también como figura que puede aglutinar a todos los autores extranjeros que escribieron en nuestra revista, he querido destacar a Guillermo Lohmann Villena, para mí siempre don Guillermo, un sevillano más.
El mismo año que Lohmann llega a Sevilla por primera vez, en 1945, era ya un joven pero importante historiador en Perú, hasta el punto de haber sido elegido miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de la mano de Antonio Ballesteros Beretta, Diego Angulo Íñiguez y Miguel Lasso de la Vega, marqués de Saltillo.
Había fundado y era un miembro activo de la Sociedad Peruana de la Historia hasta el punto que, en un ensayo publicado en 1987 en la revista The Americas, Fred Bronner elogiaba la generación que en el Perú renovó la historia y fundó aquella prestigiosa sociedad, y refiriéndose a sus miembros mencionaba a Lohmann como «el gigante del grupo».
29 Desde 1943, en que ingresa en el cuerpo diplomático y es nombrado secretario cultural de la embajada del Perú, vive entre sus dos mundos, España y Perú, y dos años después llega a Sevilla donde se vincula al círculo de jóvenes americanistas del momento que formaban la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, en cuya residencia se alojaba durante sus estancias en Sevilla hasta el último año que pudo viajar, unos meses antes de su fallecimiento.
Entonces era frecuente verlo muy temprano en la puerta del archivo, esperando que abriera para ocupar su lugar que no abandonaba hasta el término de la jornada.
Costumbre que mantuvo toda su vida.
28 La Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA) se fundó oficialmente en 1978 (en Toruń, Polonia), como resultado de iniciativas tomadas en reuniones anteriores (Santander, 1969; Sevilla, 1970; París 1972; Colonia, 1975) por un pequeño grupo de especialistas entre los que estaban Harold Blakemore, Marcello Carmagnani, Manfred Kossok, Jacques Lafaye, Frédéric Mauro, Magnus Mörner, Tibor Wittman, y Francisco Morales Padrón, considerado el «principal promotor de la fundación de AHILA», de la que en 1996 fue declarado miembro de honor (http://ahila. eu/index.php/socios-as/socios-honorarios).
Como es natural, sus colaboraciones en Anuario no se hicieron esperar.
En 1946 publica, en la sección inaugurada por Morales Padrón, un interesante documento inédito titulado «Propuesta de don Mariano Tramarria para la designación de informantes sobre la situación en América (1816)», 30 y a partir de entonces, con una cadencia de dos años van apareciendo una serie de artículos propiamente dichos, intercalados con algún documento: «Enrique Garcés, descubridor de mercurio en el Perú.
Poeta y arbitrista»; «Un opúsculo desconocido de Solórzano Pereira sobre la Mita»; «El corregidor de Lima (estudio histórico-jurídico)»; un curioso trabajo titulado «Cifras y claves indianas.
Capítulos provisionales de un estudio sobre criptografía indiana», en el que muestra documentos cifrados de personajes importantes; o «Las compañías de gentileshombres, lanzas y arcabuces de la guarda del virreinato del Perú».
31 Más tarde, en 1959, entrega a Anuario uno de sus artículos más interesantes y consultados: «Las relaciones de los Virreyes del Perú», en el que publica todas ellas con un amplio estudio introductorio.
32 Citaré para terminar, por atenerme a la norma que me impuse de no citar más que lo publicado en los veinte primeros volúmenes, «Las defensas militares de Lima y Callao hasta 1746».
33 Con ello, el profesor Lohmann no solo había entregado a nuestra revista, en la que siguió escribiendo muchos años más, lo mejor de su producción en esos años, sino que había dejado marcada en ella la impronta de su actividad investigadora, amplia y diversa.
Imparable hasta el final de su larga vida, convirtiéndose en uno de los mejores y más prolíficos historiadores peruanos de todos los tiempos.
El día antes de ingresar en una clínica en la que murió a los 90 años había ido, como siempre, andando hasta el Archivo General de la Nación, donde seguía rastreando en la sección de protocolos notariales.
Tuve la suerte de tratarlo bastante en sus años finales, cuando coincidió el interés de ambos por los mismos temas de investigación.
Uno de los días de sus estancias anuales en Sevilla, adonde acudía sin falta en primavera para salir en su cofradía de la Virgen de la Amargura, descubrimos que teníamos interés por un personaje sevillano que pasó una gran parte de su vida en Perú, del que ambos teníamos muchos datos.
Apareció como libro el mismo año y se agotó rápidamente.
ENRIQUETA VILA VILAR el cúmulo de datos que reunimos, tanto del personaje en cuestión como de otros muchos miembros relevantes de su familia, que acabamos escribiendo un libro titulado Familia, linaje y negocios entre Sevilla y Lima: los Almonte, 34 un honor en el que nunca habría podido pensar.
Como dije anteriormente, sería imposible citar a todos los muchos y magníficos americanistas, tanto españoles como extranjeros, que desfilaron por las páginas de Anuario de Estudios Americanos.
Por eso creo que basta con haber mencionado a los directores y secretarios, y a los que formaron el primer consejo de redacción, junto con estos cuatro últimos autores que, por distintas circunstancias como ya he explicado, me ha parecido oportuno destacar para que representaran a todos los demás.
Sin embargo, pienso que el cuadro no quedaría completo sin decir siquiera unas palabras de un maestro de historiadores que no era precisamente americanista.
Me refiero a don Antonio Domínguez Ortiz, modernista insigne que, siguiendo la línea de Jaime Vicens Vives, tuvo siempre presente la huella americana en la historia de la España moderna y cuando trataba un tema que se refería a algún aspecto que tocaba nuestro pasado al otro lado del Atlántico entregaba sus manuscritos a Anuario.
De esa forma en 1956 publicó por primera vez en esta revista uno de sus trabajos clásicos: «Los caudales de Indias y la política exterior de Felipe IV», 35 al que después seguirían muchos más que se han convertido también en referentes de su muy rica producción.
El panorama que torpemente he intentado plasmar puede dar una idea de lo que fue y sigue siendo Anuario de Estudios Americanos, un órgano de difusión del autorizado y activo americanismo sevillano, un foco irrepetible que supo expansionarse, a través del cual se pueden seguir las huellas de los grandes maestros y las de todos los que bebieron de su magisterio.
Este año estamos conmemorando el setenta y cinco aniversario de su aparición y con esta larga vida sigue teniendo la misma vigencia que el primer día, a pesar de la enorme proliferación de publicaciones de índole parecida que en todo este tiempo han ido apareciendo.
Fruto perenne de todos los que han trabajado y siguen trabajando en ella y expresivo testigo del maridaje indiscutible del americanismo con Sevilla. |
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Redes e imperio: aproximación teórica en el caso del comercio atlántico español
Una revisión que se precie sobre la situación actual de los estudios americanistas aludiría a conceptos como «redes complejas» o «arquetipo de mercader» para describir lo que en palabras de Enriqueta Vila Vilar fue «una epopeya nunca bien contada» de la colonización y el comercio con América, idea secundada por tantos otros especialistas de la historia social y económica de los intercambios atlánticos.
En este marco los estudios de redes son una innovación aunque se presentan dispersos entre el relativamente amplio panorama de estudios sobre familias, agentes, grupos mercantiles, comunidades o colonias de extranjeros.
1 Es esta una historiografía necesaria que aglutina prototipos humanos en el mapa de los agentes e identidades en movimiento que relacionaron las dos orillas.
Hoy sabemos que la historia del comercio entre España y América, conocido como la Carrera de Indias, se basó en el despliegue de una estrategia de redes constituidas por una compleja estructura espacial y de agentes que sobredimensionaba las propias fronteras de imperios, reinos, encuadramientos político-administrativos y repúblicas.
Las redes estaban constituidas por agentes, muchos de los cuales se dedicaban casi exclusivamente al comercio, aunque no solo, siendo objeto de pioneros trabajos que priorizaban el estudio de mercaderes sobre mercaderías y el movimiento del tráfico, como ya incluso algunos especialistas del comercio de Indias reivindicaban desde la década de 1980.
2 El análisis del comportamiento de estas redes, así como los agentes que las constituían, ha sido enfocado desde distintas perspectivas teóricas y metodológicas, aunque no por ello carentes de un hilo conductor, diacrónico, exhaustivo y comparado, examinado a lo largo de una versátil infinidad de trabajos de investigación.
En un principio, y a veces aun hoy, se describe a los agentes encuadrados en el concepto de burguesía mercantil, un término que recalcaba las capacidades de expertos en la invención y manejo de las 1 Vila Vilar, 2012b, 183.
Sobre este conjunto de temas relacionado con la funcionalidad de las redes y comunidades ya tuve oportunidad de realizar un estado de la cuestión en: Crespo Solana, 2011 y 2015.
La historiografía sobre redes y agentes en el mundo hispano-americano es muy extensa y me remitiré a algunos de estos trabajos a medida que extraigo conclusiones generales; de ellos quizás los más actualizados sean el de Iglesias Rodríguez y García Bernal (2016) y el de Iglesias Rodríguez, García Bernal y Díaz Blanco (2018).
Algunos de estos trabajos han sido publicados en la revista Anuario de Estudios Americanos, cuyos contenidos más relevantes publicados a partir del año 1974 cito a lo largo de estas páginas.
prácticas económicas, dedicadas a profesiones relacionadas con la mar y que residían, por lo general, en las ciudades.
3 El término burguesía parece haber quedado algo obsoleto, al menos en lo que respecta a las complejas redes en torno a la Carrera de Indias; y no sin razón, cuando el concepto es demasiado heterogéneo para describir la interrelación de los grupos sociales.
Ello es especialmente interesante teniendo en cuenta que el marco histórico es una sociedad de Antiguo Régimen y colonial, donde paradójicamente coexistieron comportamientos corporativos y en red.
Tal antagonismo se ha visto recreado en los estudios sobre grupos mercantiles, familias, colonias de extranjeros y redes sociales entre América y Europa, e incluso en la propia prosopografía histórica sobre financieros y negociantes, con mayor o menor intensidad.
Las interacciones derivadas de los intercambios sociales y económicos no solo afectaron a España, los virreinatos y otros territorios ultramarinos o de las Antillas, sino que dieron lugar a importantes mecanismos inclusivos y de competencia con el resto de las naciones marítimas de la época, generando una historia geográficamente integrada, un mapa global de ciudades portuarias y regiones productivas, en definitiva, unos puntos nodales (nodal points) de redes transnacionales.
La teoría de redes en el mundo global ha sido explicada ampliamente por los teóricos de la historia económica, y en el marco historiográfico de la Carrera de Indias apunta a un universo complejo, casi articulado en torno a espacios informales de producción, comercio e intercambio y no menos de reproducción social, algo que tampoco era exclusivo de las redes de la Monarquía Hispánica aunque bien se puede decir que estas eran un modelo sin precedentes.
4 Estas redes, auto-organizadas en su definición antropológica y socio-económica, 5 integrada por agentes de diversas características socio-profesionales y socio-políticas, configuraron una red marítima 3 Sobre burguesía mercantil hay infinidad de trabajos que toman una directriz importante con la edición de una recopilación de ponencias titulada: La burguesía mercantil gaditana (1650-1868), con prólogo de José Antonio Calderón Quijano (Cádiz, 1976).
Una aproximación teórica y metodológica sobre el concepto de burguesía en Bustos Rodríguez, 2010b, y Aranda Pérez, 2003.
5 El concepto que mejor las define es self-organized networks que he descrito en anteriores trabajos míos, como: «núcleos complejos y flexibles que forman redes evolutivas integradas en el marco histórico correspondiente a los siglos de la Edad Moderna por comerciantes, productores, comunidades y funcionarios gubernamentales», o «redes comerciales flexibles de proyección internacional y basadas en relaciones de parentesco o negocios».
ANA CRESPO SOLANA que promovió la propagación de mecanismos para solucionar la falta de información, problema obvio en la evolución de una economía espacial, en mercados sobre productos, rutas y confianza para el conocimiento de socios e informantes.
6 En realidad, el comercio colonial con América y la configuración de diversos universos o «sistemas» en torno al Atlántico constituyó una heterogénea espacialidad que difícilmente ha sido estudiada como una unidad histórica de análisis.
7 La colonización de La Española en 1493 abrió un proceso de interacción social, entendida esta como sinónimo de expansión, que daría lugar a la emergencia de nuevas formas de comportamiento humano en respuesta a nuevos condicionamientos y por la necesidad de intercambio de recursos y medios de subsistencia.
La historiografía sobre las relaciones entre España y América, influida por la escuela francesa de los Annales y por las teorías macroeconómicas (lo cual se aprecia en las clásicas obras Séville et l'Atlantique de Chaunu y Cádiz y el Atlántico de García-Baquero), 8 ha tenido a sus protagonistas sociales como uno de los temas claves para comprender este complejo marco histórico; ha integrado estudios socio-institucionales; fueron consecuencia de una tradición de debates sobre los orígenes del Capitalismo; y entroncan con la línea de investigación sobre el mundo atlántico y la Global History.
Además, los conocimientos que tenemos sobre redes de agentes en el comercio colonial hispano prácticamente caminan a hombros de gigantes al constituir las investigaciones actuales una natural evolución de los muchos trabajos existentes sobre familias de mercaderes, grupos (muchos de ellos extranjeros), elites y dinastías asentados en los centros comerciales y marítimos de España y América, conectados con las fuentes de riqueza, producción y comercio, así como con los centros de poder.
Aunque los estudios de redes en el imperio español son muy heterogéneos, ofrecen esa imagen de imperio negociado que apuntaban Daniels y Kennedy, 9 y que ha derivado en una importante masa bibliográfica sobre Monarquía Hispánica y élites de poder en torno a la articulación del mundo hispano-americano.
El concepto nodal points ha sido utilizado en el caso del análisis de las redes mercantiles neerlandesas en el mundo atlántico (Oostindie y Roitman, 2014) y también en el análisis de las ciudades portuarias (Polónia y Rivera Medina, 2016).
10 La literatura existente sobre esta perspectiva de redes, instituciones y poder político es muy abundante tanto para América como para la parte española, incluso sin haberse usado el concepto de red, en algunos casos.
Tanto el papel de las redes como la importancia del espacio en el cual se articulaban aquellas inciden en la fuerte persistencia de la cooperación entre agentes, pero sin dejar de lado la consideración del espacio y la percepción de las rutas con objeto de visualizar conexiones entre actores históricos y ciudades portuarias.
Si algo caracterizó a las redes es que estas fueron dispersas y se distribuyeron en un espacio que se rigió por las normas intrínsecas de la colonialidad (entendiéndose como el conocimiento emanado entre los centros de poder y las relaciones intersubjetivas) y la interdependencia económica.
Por ello destaca la necesidad de enfocar la interacción entre agentes sociales y geografía, analizando el peso específico de las distintas ciudades en los mapas, sobre todo en relación a los esquemas administrativos, económicos e institucionales de los imperios.
Esta perspectiva bien podría ampliarse al estudio de cómo las diferencias geográficas, raciales, étnicas, religiosas o culturales impactan en la forma de entender las construcciones propias de la sociedad humanas tales como lo público, las instituciones, o los diversos asociacionismos o mutualismos humanos.
Las oportunidades del comercio marítimo produjeron la organización de viajes de comercio agrupados en convoyes y navíos sueltos desde varios puertos del Golfo de Cádiz y Sevilla, zona que se erigió como el centro neurálgico del impropiamente denominado monopolio.
11 A mediados del siglo XVI se consolidó un sistema reglado de flotas y galeones, formalizado por orden de la Corona tras diversos debates acerca de su conveniencia y seguridad, y coincidiendo con la configuración política de las Indias occidentales y con la eclosión del importante mercado en torno a la plata americana a partir de la década de 1570.
Estos hechos originaron el desarrollo de lo que historiográficamente se denomina Atlántico español, descrito de forma sistemática y objeto de amplios debates en los que no voy a profundizar ahora pero que sin duda apuntan a la existencia evolutiva de un circuito, región o espacio interrelacionado que era único en comparación con otras áreas geo-políticas y que no solo constituía un fenómeno económico sino también cultural.
Aunque algunos trabajos no son realmente estudios de redes, una buena parte de los estudios de las últimas décadas se han basado en la aceptación de que las redes construyeron la sociedad mercantil que dio lugar a este sistema atlántico, el cual «va más allá de lo concreto geográfico para referirse a una red de relaciones predominantemente, aunque no ANA CRESPO SOLANA exclusivamente, económicas».12 Sin duda, y aunque apenas se ha enfocado desde esta teoría, el Atlántico ibérico (especialmente durante la etapa de la Unión Ibérica con Portugal) constituyó un sistema económico espacial al presentar importantes rasgos de acuerdo a las teorías iniciadas por Thunen, Fujita y Krugmann, y que sirven para explicar importantes enigmas de las interacciones del comercio internacional, su evolución, y que guarda una importante relación con el Spatial Turn de la Historia Global.
13 La aplicación de este contexto metodológico, especialmente con el uso de las nuevas tecnologías (o Sistemas de Información Geográfica), pone de relieve la capacidad del historiador para la extracción de una importante minería de datos con el fin de analizar los movimientos del intercambio con una exhaustiva ordenación, o la idea de la Historia como ciencia aplicada, pues: «Historians are quite good at determining a context for the interpretation of texts».
14 El sistema espacial de las flotas y galeones así como el inmenso territorio administrativo vinculado permanecería con pocos cambios hasta mediados del siglo XVIII cuando las reformas borbónicas introdujeron novedades tanto en las formas de navegación como en las instituciones que, junto al estado continuo de guerra en el mar, produjeron importantes reorganizaciones en el mapa político y económico y, por ende, en la configuración de las redes.
Por ejemplo, la evolución geoestratégica de las zonas vinculadas se vio afectada en varias coyunturas, especialmente entre las décadas de 1630 y 1680, cuando otras naciones europeas lograron establecerse en áreas marginales del imperio español, así como en otras zonas de América.
Las redes fortalecieron sus lazos de relación con outsiders en un marco de comercio ilegal, ajeno a las exigencias político-legales y de piratería y contrabando.
La aplicación de la teoría general de sistemas a la comprensión de este mundo complejo ha derivado en la apertura de interesantes revisiones basadas en la perspectiva del análisis de redes, aplicadas estas tanto a la comprehensión del espacio como a los comportamientos de los agentes.
Grosso modo, puede decirse que el sistema de flotas, galeones y navíos de registro, y su evolución durante tres centurias, condicionaron la espacialidad de las rutas, las formas de integración regional geográfica (desde el EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS punto de vista de su espacialidad) y el comportamiento de las redes económicas, así como las acciones de los agentes mercantiles en relación a estas.
Esta espacialidad estaba condicionada por tres aspectos fundamentales.
En primer lugar, la zona marítima que estaba reglada meteorológicamente por los Trade Winds facilitó los viajes a través de una ruta que vinculó islas y territorios desde las Canarias y las Azores con las pequeñas Antillas primero y con el espacio del Caribe y Golfo de México, después.
La zona afectada por los vientos alisios se convirtió en la vía principal de integración en los océanos Atlántico y Pacífico desde que este fenómeno meteorológico fue advertido por los navegantes portugueses en el siglo XV y más tarde por Andrés de Urdaneta en 1565 para el Pacífico.
15 La reglamentación de las flotas de Indias se articuló en torno a las regiones vinculadas a estas zonas desde las que se tenía acceso a los dos virreinatos de México y Perú.
En segundo lugar, el comportamiento de las redes en este espacio era causa, y consecuencia a su vez, del desarrollo de las instituciones, especialmente la Casa de la Contratación y los consulados de comercio en Sevilla y México, principalmente, que reglaron y también contravinieron los marcos legales según eventos y coyunturas.
No se puede olvidar que las instituciones son el reflejo de las redes sociales, siendo ambas las dos caras de una misma moneda al ser la institución no otra cosa que la materialización física y política de la red.
Los estudios sobre redes sociales en la edad moderna muestran cómo los agentes sociales interaccionaban entre ellos creando, y no al revés, nuevos marcos institucionales, jurídicos y políticos en un contexto de reciprocidad social.
Las redes se hacen visibles en la documentación histórica, aunque no siempre con la misma intensidad.
Pasan etapas y experimentan cambios de comportamiento según los contextos.
Las redes en torno a las instituciones llegaron a convertirse en lo visible mientras que paralelamente se producían redes invisibles integradas por agentes que influían desde espacios marginales y que podían incluso cambiar los acontecimientos políticos o económicos.
Es casi un modelo a seguir por el resto de los lobbies mercantiles el comportamiento que desde el inicio del comercio con las Indias esgrimieron las elites sevillanas para gestionar e incluso manipular las funciones de Consulado de Cargadores desde que se aprobara la real provisión de julio de 1556, y que poco a poco permitiría que el consulado, por delegación de la Casa de la Contratación, asumiera funciones tendentes ANA CRESPO SOLANA al control y regulación del tráfico marítimo.
16 Los consulados de México y Lima no fueron diferentes, dándose importancia a los análisis de sus componentes, al igual que en el caso metropolitano, su procedencia y condición social, sexo y procedencia geográfica o naturaleza.
La omnipresencia de los mismos componentes familiares de estas redes llegó a ser transatlántica y transpacífica, entendiéndose así la proliferación de comportamientos similares en zonas tan aisladas.
Tales procederes afectaron también a las políticas virreinales al generarse grupos de presión a cambio de financiaciones para los representantes del rey en el poder colonial, siendo este un esquema de comportamiento metropolitano que se repetía entre aristocracia y mercaderes también en el ámbito colonial.
17 Las instituciones del comercio producían cambios en la logística comercial organizada por los propios mercaderes y con impacto en localizaciones centrales para la evolución propia del comercio como eran las ferias americanas.
18 En el marco del comercio de Indias, la omnipresente Casa de la Contratación de Sevilla se encargaba, en teoría, de controlar la navegación y el comercio pero, a diferencia de lo que se ha dicho en relación a que articulaba un monopolio como pasaba con la Casa da India portuguesa, liberó el comercio a la inversión y a la iniciativa privada hacia 1505.
19 Es interesante señalar cómo la ingente burocracia generada por el sistema comercial, orientada sobre todo a salvaguardar los derechos reales y la aplicación de gravámenes, ha llevado a la idea de que había una especie de monopolio cuando en realidad lo que la Corona pretendía era controlar los flujos de capital y los intereses privados en sus acciones y transacciones.
20 En tercer lugar, la propia naturaleza de las actividades económicas en torno a la Carrera de Indias fue consecuencia de un proceso desarrollado por sus propios protagonistas sociales e institucionales, los agentes involucrados en los negocios.
Esto abriría un profundo abanico socio-profesional, caracterizado también por la emergencia de nuevos oficios y sectores económicos, incluyéndose las finanzas, la construcción naval, los ejercicios de intermediación y otras tantas actividades portuarias.
Por ello se usa la palabra agente y no mercader, aunque desde luego el comercio era, en dicho 16 García Fuentes, 1982, 25.
amplio universo de posibilidades, la forma de vida de los agentes que residían en las ciudades de la Carrera de Indias.
En este escenario, las redes, desde su perspectiva analítica actual, constituyeron un sistema total en donde participaron individuos y grupos sociales diversos, de índole y procedencia dispar, rompiendo siempre la tradicional teoría de la edad moderna como una sociedad de compartimentos estancos y de estamentos.
En definitiva, red e imperio son dos cuestiones relacionadas en la historiografía cuando esta se ha vuelto Global History.
21 Sin duda el imperio influyó en la conformación social en las ciudades marítimas y áreas portuarias más importantes, como sucedió en algunos casos como Veracruz, Cádiz, Sevilla, La Habana o Cartagena de Indias.
Estos centros también actuaron como espacios donde nuevos grupos como los judíos-portugueses, negros y mulatos libres se insertaron en la sociedad americana través de las redes del comercio internacional, desempeñándose como mercaderes, pequeños comerciantes, navegantes, marineros, grumetes, arrieros, carreteros, etc. Según los grupos humanos que se asentaban en cada ciudad predominaba un tipo de comercio, unos determinados productos y unas preferencias por zonas de comercio y rutas.
Estos grupos se convirtieron en intermediarios entre agentes y navegantes de distinta procedencia y ruta.
Las redes influyeron en cómo un determinado puerto se erige de forma hegemónica, como pasó en el caso de Veracruz y Acapulco integrando lo que se ha llamado bioceanidad.
Espacialidad de las flotas y galeones y la formación de las redes
El Atlántico hispano era un espacio heterogéneo producto de muchas localizaciones y lugares que formaba una Entangled History, que supera la idea nacionalista historiográfica y que emana de una visión antropológica y de análisis socio-cultural para comprender los procesos de globalización y el crecimiento de las interdependencias.
Este aumento de los intercambios fue desproporcionado y no homogéneo.
Para los historiadores y arqueólogos marítimos, el mejor espejo de esta globalización fue el barco, un espacio constreñido donde se reproducían mecanismos de redes de cooperación 21 Gruzinski, 2004.
ANA CRESPO SOLANA y que representaba una especie de espejo en miniatura de la globalización.
El barco reflejaba la idea de un imperio global que presentaba características espaciales que implicaban, a su vez, la ausencia relativa de fronteras permanentes y exclusivas.
Sin duda, la articulación de este espacio imperial y marítimo mostraba una naturaleza paralela a la propia configuración fragmentada y compuesta de la Monarquía Hispánica, con sus diferentes reinos y territorios, con su estatus periférico que con el tiempo se fue consolidando y fragmentando desde el punto de vista de la riqueza y el poder a través de un proceso de elitización de gobernantes y autoridades locales, y con una condición policéntrica donde, sin embargo, no había relaciones independientes entre las entidades periféricas.
23 Esta categorización de imperio y monarquía condicionó a los distintos grupos sociales que tanto en América como en Europa se vieron en la circunstancia de tener que reformularse a sí mismos ante la complejidad del nuevo espacio político y cultural que se formaba.24 J. H. Parry describía cómo este imperio español poseía una maritime life-line que constituyó uno de los sistemas comerciales oceánicos que más han impactado en los movimientos globales.
25 Todos los territorios de la Monarquía Hispánica no participaban por igual en el comercio con América.
Desde la perspectiva legal, y desde las primeras décadas de la expansión ultramarina, la dinastía de los Austrias fijó una serie de condicionamientos para permitir esta participación que en parte evolucionó dependiendo de ciertas coyunturas y que afectó a las formas de participación de las redes, autóctonas de cada territorio y reino, extranjeras y criollas.
La sistematización de las flotas de Nueva España y los galeones de Tierra Firme, así como el resto de las armadas destinadas a la protección tanto de la ruta comercial como de los territorios del imperio, estuvo focalizada a integrar espacialmente los territorios más importantes para la Corona en lo que a recursos naturales y financieros se refiere.
26 Pero eso que se llamó monopolio era en realidad un organigrama institucional que pretendía dos cosas principalmente: imponer un centro de dominación geográfica al poder y la riqueza, por un lado, y por otro, reglamentar, ordenar y fiscalizar el comercio privado que se hacía desde España a las colonias y en el cual participaron varias escalas del espectro social de la época, especialmente EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS nobles y aristócratas, así como muchos comerciantes y gentes de negocios autóctonos y de origen foráneo.
Una buena parte de estos participantes en el comercio colonial español fueron una mano de obra transmigrante y transeúnte, que se establecieron en colonias mercantiles o naciones a lo largo de muchas ciudades portuarias a donde llegaron a bordo de los buques mercantes.
En un trabajo anterior describí el concepto de naciones como micro sociedades «en evolución con el objeto de integrarse y adaptarse a nuevos y dinámicos social environments».
27 Muchos de estos comerciantes extranjeros se integraron en las elites locales y lograron, a corto plazo, influir en las decisiones y en las regulaciones comerciales.
28 A pesar de cierta xenofobia es verdad que los mercaderes extranjeros alimentaban las flotas, ante la falta habitual de mercaderías suficientes que correspondiese a la demanda y hasta de barcos, y eran los primeros interesados en mantener las flotas regulares, como la historiografía ha reconocido.
Antonio M. Bernal aludía a la verdad tras la permanencia de estos mercaderes en el sistema hispano a pesar de las guerras y las leyes de la Corona: «a los comerciantes internacionales les seguía siendo más favorable todavía acceder al comercio colonial español por dicha vía (la de la intermediación) que intentar el modo directo con las colonias».
29 Así, el sistema se caracterizó por una socialización importante del comercio a través de las actividades de sus recursos humanos y su capital social.
En realidad el marco teórico-metodológico de los estudios de redes ya fue iniciado por especialistas de la historia atlántica y global como Philip Curtin y Frederic Mauro, que abrieron la perspectiva de la idea de diásporas mercantiles, redes de comerciantes y manufactureros asentados en una amplia red de lazos étnicos, lingüísticos, culturales y religiosos, que han influido notablemente sobre todo en la historiografía posterior sobre las comunidades y sociedades comerciantes.
30 En este contexto es necesario definir qué es una red, discutida en varias ocasiones desde la perspectiva del análisis histórico.
Aparte de la aplicación de las teorías sociológicas y la conceptualización de las redes auto-organizadas (Self-Organizing Network) que se ha descrito anteriormente, el concepto de red aparece claramente perfilado en recientes trabajos de investigación.
La definición intrínseca a los brillantes comentarios de Eric Van Young a una recopilación de ensayos ANA CRESPO SOLANA sobre redes hispano-americanas implica una unificación teórica como agentes interesados en negocios comunes, que a veces se ven forzados a operar de forma mutualista y cooperativa en un ambiente de exclusión social.
31 Relacionado con la conceptualización de red está la diversidad metodológica aun bajo el prisma del debate interdisciplinar y de foco geográfico, como se demuestra en la obra coordinada por Herrero Sánchez y Kaps, que también profundiza en una definición que coloca a las redes como los protagonistas absolutos del intercambio de productos y por tanto de las desigualdades en la economía y en la división del trabajo, dada la naturaleza del capitalismo mercantil y la necesidad de relacionar modos económicos previos con las exigencias del comercio a larga distancia.
Pero ello describe a las redes, una vez más, como conectores de imperios.
32 Empero, la definición de análisis de redes (SNA, siglas de Social Networks Analysis) y en concreto, de red, parte de definiciones simplificadoras usadas tradicionalmente en la sociología.
Como concepto, la red social surge como la representación y medida de las relaciones y flujos entre personas, grupos, organizaciones, o entidades en general.
Estas entidades se representan mediante nodos (agentes, ciudades) y sus relaciones mediante aristas (relaciones, rutas).
33 Estas estructuras constituyen puntos de conexión entre mundos, nodal points en el concepto adoptado en la revisión historiográfica para el caso de las redes de neerlandeses en el comercio global.
34 Las conexiones de estas redes tienen importantes consecuencias para los individuos y para el sistema en su totalidad.
En el mundo social esta aplicación deriva de la comprensión del mundo como un «mundo pequeño», según la teoría matemática de Watts y Strogatz, que fue adoptada por la escuela sociológica de Harvard.
35 La teoría del mundo pequeño y la proliferación de lazos entre redes locales que tienen impacto en el «mundo grande» está influyendo en la visión del papel de las redes mercantiles en el mundo colonial español por diversas razones: en primer lugar, por la importancia dada a la difusión de la información que marcó el inicio del enfoque de redes.
32 Herrero Sánchez y Kaps (2017, 1-37) hacen un brillante estado de la cuestión donde citan a los principales teóricos de las causas y consecuencias de la globalización económica de los siglos XVI al XVIII.
Para el caso de estudios sobre redes en la España interior: Pérez Sarrión, 2012.
33 más sofisticado y realista de las estructuras de redes al explicar la conducta social humana, introduciendo además técnicas de visualización y análisis de datos.
El análisis económico parte de la hipótesis de que toda interacción está embebida en las relaciones sociales, ideas ya desarrolladas por la clásica escuela de los Annales que han producido una importante teoría para el rol social en el análisis de los grupos de agentes en el comercio atlántico hispano-americano.
Por último, la aplicación de las Social Networks Analysis se está produciendo por la influencia de otras disciplinas (como la Sociología, Psicología Social, la Antropología, las Matemáticas, o las Ciencias de la Información Geográfica, SIGs), 36 o por la consideración de la Historia y la Arqueología como disciplinas aplicadas en el campo de las Ciencias Sociales que implican la consideración de las redes como constituyentes de datos relacionales que pueden ser definidos como un conjunto de entidades (individuos, grupos, organizaciones u otras), con relaciones o interacciones entre ellos.
En los estudios históricos que enfocan la sociedad, las instituciones y los comportamientos económicos, se han hecho análisis donde se recogen también interesantes estados del arte sobre esta aplicación.
Es sobre todo en la perspectiva económica en donde la investigación histórica ha adoptado las herramientas de análisis de redes, no solo para el estudio de las conductas mercantiles sino de la logística de los espacios y rutas, por lo que es fundamental para conocer cómo se integran y evolucionan los mercados.
Una parte de estos estudios describe estas actuaciones, pudiéndose extraer las siguientes características generales de la red: El impacto de la formación de redes en el espacio articulado por la Carrera de Indias condicionó las vías de migración y comercio, la labor misionera, el traspaso de tecnología y el intercambio biológico, pero también las conquistas militares.
Algunas partes de la red sirvieron como puntos de interacción cotidiana ya sea en centros cosmopolitas o en ciudades portuarias.
Las redes se esparcieron en espacios terrestres y marítimos, casi siempre constituidos por una serie de conexiones más cortas con docenas de ciudades portuarias ejerciendo de puntos de transmisión y transbordo.
Las redes tienes diferentes escalas tanto en extensión como en densidad.
Hacen que las prácticas se difundan con rapidez, reducen la diversidad cultural, promueven la especialización de la 36 SIG es la sigla de Sistema de Información Geográfica: un conjunto de herramientas que integra y relaciona diversos componentes (usuarios, hardware, software, procesos) y que permiten la organización, almacenamiento, manipulación, análisis y modelización de datos.
Se está aplicando en los estudios de Historia Moderna.
ANA CRESPO SOLANA producción y la división del trabajo y fomentan la diversidad económica.
Ello hace que las comunidades se especialicen (en torno a actividades de comercio, finanzas o producción agrícola), permiten explotar los recursos de forma más eficiente pero también más agresiva con el medio ambiente.
En el caso de los mercaderes de la Carrera de Indias se identifican procederes orientados específicamente a controlar y gestionar los bienes importados y a veces incluso parece haber una lógica separación de funciones entre autóctonos y extranjeros.
Compraban a través de agentes, vendían a altos créditos a cargadores españoles o consignaban ilegalmente los bienes a unos agentes que les servían de testaferros para que viajasen en las flotas a vender los productos en las ferias.
La propia configuración de los mercados en Europa alentó las inversiones lejanas, de esta forma descrita ya por Braudel, y confirmada posteriormente a través de un elevado número de casos de estudio.
37 Las redes hacen que las sociedades sean más ricas, pero también más jerárquicas, es decir, fomentan la desigualdad social y el recelo étnico y religioso.
Como indicaban Bertrand, Guzzi-Heeb y Lemercier, estos trabajos «muestran una gran inventividad [sic] en materia de construcción de las fuentes, de las representaciones gráficas, de los cálculos de indicadores y/o de las interpretaciones para proponer una aproximación propiamente histórica de sus objetos de estudio».
38 Los actores sociales, ya sean individuos, organizaciones o naciones, configuran su vida cotidiana a través de la consulta, la información y el intercambio de recursos, la sugerencia, el apoyo y la desaprobación de otros.
Las interacciones en la red influyen en las creencias y actitudes, así como en el comportamiento, la acción y los resultados.
Las redes sociales pueden ser distintas entre sí debido a cuestiones diversas como su estructura (tamaño, densidad, tipos de relaciones), contenido (fluidez, canales para la transferencia de comportamientos) y función.
Las redes pueden entrar en conflicto con otras, siendo las interacciones sociales positivas o negativas, útiles o dañinas, integrando a los individuos en una comunidad y, igual de poderosamente, aplicar estrictas normas de aislamiento sobre el comportamiento.
Las estrecheces en interacciones sociales se han visto, por ejemplo, en grupos étnicos, donde pueden darse oportunidades de empleos restringidas.
Mas no es necesariamente mejor con respecto a los lazos sociales.
Como señaló Durkheim, demasiada supervisión (regulación) o apoyo (integración) puede ser sofocante y represiva.
Además, los lazos «fuertes» no son EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS necesariamente óptimos porque los lazos «débiles» a menudo actúan como un puente hacia la información y los recursos diferentes; 39 y los agujeros en las estructuras de red proporcionan oportunidades que pueden ser explotadas.
40 Las redes a través de todos los niveles son estructuras y procesos dinámicos, no estáticos.
La capacidad de formar y mantener vínculos sociales puede ser tan importante como su estado en un momento dado.
Una perspectiva de red permite e incluso requiere enfoques multimétodo.
La investigación cuantitativa es poderosa, documentando los efectos de las redes sociales, pero solo está acompañada por la investigación cualitativa que describe por qué operan y miran de la manera que lo hacen.
De ahí es cuando pasamos de la teoría a la reflexión práctica tomando las herramientas de redes para el análisis de este mundo.
Es cierto que los estudios de historia moderna han aplicado más la teoría que los modelos de redes.
41 De hecho Bertrand, Guzzi-Heeb y Lemercier indicaban que aun constituían una especie de moda sin diálogo científico añadido.
Para evitar este problema es necesario un previo conocimiento básico de los componentes de la red: nodos, átomo social, actores (sean individuales o institucionales); conexiones entre actores o links (ties); la existencia de subgrupos cuando el foco está en un grupo determinado de actores dentro de la red, con el objeto de plantear cuestiones de investigación relacionadas con el acopio de datos históricos.
Las condiciones para establecer un modelo de análisis histórico de red se han de basar siempre en la cantidad de información recogida que, por ser una gran cantidad, debe ser procesada en bases de datos generadas siempre en torno a una topología (función de la red) cuya estructura en gran parte obedece a ese modelo y nos ofrece interesantes reflexiones sobre las implicaciones prácticas del análisis de redes.
42 La sociología histórica ve la red social como la esencia misma de la estructura social, de los estados y naciones, a niveles micro y macro.
Una cuestión previa fundamental es aceptar la teoría del mundo como una red o sistema complejo que implica que las relaciones de intercambio se producen más allá de las propias relaciones didácticas directas e incluye el intercambio indirecto y los distintos mecanismos de reciprocidad.
Esto se contrapone a las primeras aproximaciones teóricas basadas en conjuntos institucionales o colectividades.
40 Hace referencia al concepto Structural holes, también usado en los estudios históricos recientes.
Para el caso de los mercaderes de Liverpool: Haggerty, 2017.
De mercader a familia, dinastía y red
La articulación de redes en el mapa espacio-temporal del Atlántico ibérico es clave para entender el despliegue de agentes productores de mecanismos de integración de áreas comerciales-coloniales.
El análisis de estas redes, aparte de su encuadramiento teórico debe hacerse con una interdisciplinar con la aplicación de las SNA.
Sin duda, el comercio de Indias es un campo de experimentación atractivo para esta metodología pero los estudios sobre redes mercantiles en la actualidad son el producto generado por una larga trayectoria científica de estudios sobre familias, comunidades y grupos sociales, sin dejar de lado la rica prosopografía histórica de los hombres y las mujeres de la Carrera de las Indias.
43 Esta bibliografía es extensa y seguidora de una trayectoria concreta, los estudios de redes en la época moderna y colonial son parciales dada la complejidad que alcanzan las redes sociales y la cantidad de información que se debe recoger, aunque esta literatura es una extraordinaria generadora de Big Data para su empleo en bases de datos y SIGs.
Las líneas más tratadas por estos trabajos de investigación pueden sintetizarse como se detalla a continuación.
En primer lugar, la naturaleza de la Monarquía compuesta ha enfatizado el estudio de las elites desde la perspectiva de la historia política y social, introduciéndose aquí también el concepto y método de red, pero viéndose a veces como algo ajeno a los grupos económicos, como si comercio y corte e instituciones fueran dos cosas ajenas.
Elites y redes mercantiles tienen cosas en común, como se ha demostrado: movilidad geográfica, importancia de lazos familiares y clientelares, emergencia de nuevas formas de relación entre áreas lejanas gracias a la proliferación de vías de información y su influencia en el desarrollo de mercados, los viajes de comercio y los agentes (y servidores o representantes viajeros), etc. 44 Algunas redes mercantiles, como la de los genoveses, fueron proveedoras de servicios a la aristocracia y a la Corona por lo que lograron establecerse en los accesos económicos e institucionales claves del imperio.
45 En definitiva, las redes se han visto analizadas también desde una perspectiva teórica relacionada con la idea de imperio, aunque algunos autores no siempre van en la misma dirección, con diversas teorías sobre el papel EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS de las redes sociales en la mediación y transmisión de información; 46 o los que enfatizan el rol socio-económico-espacial de las mismas sin dejar de lado sus descripciones político-culturales y sus identidades (más recurrente en los estudios sobre comunidades mercantiles y compañías de comercio); 47 o en relaciones entre alta nobleza y mercaderes con el fin de extraer ventajas políticas.
48 Los comportamientos de las redes del imperio se trasladaron muy pronto al ámbito americano, repitiendo o reproduciendo esquemas a través de las redes sociales tejidas en torno a los matrimonios o gracias al papel de la mujer como transmisora de valores.
49 En la relación intrínseca existente entre aristocracia, política y comercio, algunos estudios se han enfocado en cómo mercaderes, funcionarios gubernamentales y autoridades coloniales desarrollaron amplias redes de colaboración, la mayoría invisibles, para comerciar en la clandestinidad, creándose una verdadera dinámica de luchas y rencillas para obtener el máximo poder posible, tanto en la faceta administrativa como en la comercial.
En este tipo de análisis se aprecian dinámicas, muy documentadas, de rivalidades para colocar a hombres de confianza en aquellos oficios públicos más rentables, pero también para que estos contactos ahora bien situados facilitasen a otros miembros de la red una mayor seguridad para embarcar mercancías sin registro, contrabandear o llevar a cabo actividades paralelas a las legalizadas.
Relacionando comercio y política se aprecia cómo interactúan los actores sociales en la construcción del proceso histórico, ello reflejado en modelos de estudio donde las biografías y los acontecimientos protagonizados por agentes explican la estructura histórica como algo no estático sino dinámico, especialmente en casos de conflictos bélicos.
50 Los hombres de negocios también participaron en la dinámica cortesana, estatal, ilustrada y reformista de la Monarquía, siendo el análisis de redes la forma adecuada para calibrar hasta qué punto fueron germen de cambio.
Estas propuestas conceptuales y de método se basan en datos sobre movilidad social y geográfica, estrategias patrimoniales y de matrimonio, educación, modelos culturales, círculos de sociabilidad y afinidades políticas.
Se estudian también las influencias de estos grupos en sus sociedades de origen, incluyendo modos de vida y prácticas de patronazgo, 46 Gruzinski, 2004.
ANA CRESPO SOLANA comprobándose en muchos casos la relación entre paisanaje, los negocios y la lealtad a la Corona de la que obtenían beneficios, un mapa familiar que extiende la red más allá del paisaje.
En este campo se ha llevado a cabo el análisis relaciones en el estudio de las relaciones de y la jerarquía de las elites así como los mecanismos de reproducción social.
51 Otro capítulo de este sistema de redes lo protagonizaron las comunidades extranjeras asentadas en ciudades portuarias hispanas, sobre todo aquellas que estaban estrechamente conectadas a la Carrera de Indias.
En un principio, la historiografía de las comunidades mercantiles se ha basado en los estudios socio-institucionales, principalmente consulados, y en el análisis de las relaciones de los mercaderes con los poderes políticos, aunque los estudios microeconómicos de familias y compañías particulares de comercio, vienen ofreciendo la mayor parte de los conocimientos que se tienen sobre las colonias foráneas.
La presencia de extranjeros en el comercio colonial se remonta al inicio mismo de la navegación con América y era un hecho paralelamente proporcional a la dependencia que se tenía en España y sus colonias de las manufacturas del norte de Europa.
En el caso andaluz, por ejemplo, Bustos Rodríguez subrayó que a falta de estudios sobre el comercio interior apenas hay indicios de la funcionalidad de los agentes mercantiles a la hora de la extracción de productos regionales, básicamente agrícolas, que constituían el tercio de frutos, o los textiles autóctonos, superados siempre por las manufacturas extranjeras.
52 Los agentes mercantiles de origen extranjero tenían un indiscutible papel en este flujo de intercambios.
Eran almaceneros de productos y capital, lo cual los relacionaba directamente con el consumo y las finanzas.
También eran consignatarios de barcos y actuaban como pequeños banqueros locales y en el caso de Cádiz, como vendedores ilegales de plata.
Su papel económico no se podía separar de las características de su particular integración socio-cultural y de la idea que tenían sobre ellos mismos como «nación».
53 Desde los comienzos de la regulación de la navegación con América se intentó, sin resultado, controlar y fiscalizar su participación en un largo proceso legislador que con altibajos sufrió además las contingencias de las necesidades reales del intercambio.
Pero como buen sistema basado en el fraude y el contrabando EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS las leyes contra extranjeros no llegaron a ser efectivas en la gran mayoría de los casos, especialmente porque gracias a las propias relaciones intrínsecas de simbiosis dentro de las redes había mecanismos suficientes para evadir el control.
Oliva Melgar realiza una adecuada síntesis de estas leyes en lación a la forma en que funcionaba el comercio de Indias, y los muchos mecanismos han sido también ampliamente descritos en la bibliografía del tema.
54 Pero en este proceso legislativo imperó de forma general alguna que otra permisión, como la pragmática de 1623 con la que se permitía a los «extranjeros destos Reynos (como sean católicos y amigos de nuestra Corona)», puedan ejercer sus trabajos en España siempre que fuese «viviendo veinte leguas de la tierra adentro de los puertos».
55 Este tipo de leyes, repetido durante los Austrias y también en el siglo XVIII, demuestra las preocupaciones de las elites gobernantes sobre los extranjeros y las inquietudes de los grupos sociales autóctonos: los extranjeros y la confesión católica, y la residencia de estos en zonas cercanas al mar y por ende con ánimos de participar (algo teóricamente prohibido para ellos, salvo exenciones especialmente fiscales) en el comercio y los viajes a América.
Ello nunca se cumplió y a lo largo de tres siglos se produjeron muchas querellas entre la Casa de la Contratación y los mercaderes extranjeros, pero no muchas menos que las que se producían entre los ciudadanos locales que pretendían controlar la navegación y el comercio y saltarse las exigencias hacia la Corona.
Los estudios han dado una singular importancia a las familias derivándose más tarde a las comunidades y grupos.
Desde los trabajos de Enrique Otte y Enriqueta Vila Vilar, se ha producido una rica historiografía, culminada con trabajos sobre comunidades mercantiles, algunos de los cuales son ejemplos de historia geográficamente integrada donde se analiza desde lo local a las conexiones con el mundo euroamericano.
Una gran cantidad de estos agentes trabajaron en círculos en torno a unos determinados agentes claves que eran siempre negociantes (financieros y mercaderes al por mayor) o empleados en las instituciones, que consiguen alcanzar un estatus social mediante los negocios comerciales y el oportunismo social: religión, buena familia, nivel cultural, padrinazgo y protección social.
Este comportamiento fue repetitivo en la mayor parte de las comunidades mercantiles establecidas en 54 Oliva Melgar, 2004, 74-76.
55 Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada formar por el Señor Don Carlos IV, 4 vols., México, Galván Librero, Portal de Agustinos-París, Rosa, Librero, 1831, tomo, II, libro VI, titulo XI, ley I, 167.
Además de constituir una importante contribución teórica, estos estudios han generado una enorme cantidad de Big Data para aplicar herramientas de análisis de redes para el estudio sociológico y económico de la integración de estos agentes, asentamiento en la ciudad e integración en el mapa social de la Carrera de Indias gracias a sus relaciones y sus dispositivos institucionales.
Se han estudiado las conexiones inherentes a la red, la microhistoria de relaciones privadas y semi-privadas.
La reconstrucción de las redes comerciales formadas por mercaderes extranjeros es posible, en gran medida, por el análisis de las relaciones que estos mercaderes despliegan a través de sus propios procesos de naturalización.
Además, durante sus procesos de naturalización hacen uso de testigos pertenecientes a un amplio abanico socio-profesional y de distinto origen geográfico.
Sería demasiado extenso anotar qué tipo de análisis se ha hecho en estos trabajos, pero sí se pueden subrayar cuestiones generales como el ennoblecimiento de grandes comerciantes (una secuencia comportamental europea, por cierto), aunque en la Monarquía Hispánica, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, la alta nobleza castellana se vio desplazada de los espacios de decisión a favor del ascenso de otras familias, esencialmente de foráneos (franceses, italianos, genoveses, irlandeses, flamencos), quienes se convirtieron en indiscutibles proveedores de dinero a la Hacienda Real.
56 Durante el siglo XVIII destacaron nacionales de distintos territorios de la Monarquía, como la minoría aragonesa fiel a la causa de Felipe de Borbón, u otros grupos provenientes de la periferia peninsular (los «norteños»): asturianos, montañeses de Santander, vasco-navarros o riojanos, grupos que también fueron a América o fueron activos mercaderes desde Sevilla y Cádiz.
57 Estos grupos se caracterizan por un patrón social con unas formas de actuación que presentan similitudes (árbol genealógico, identidades, familias, acceso a las instituciones, etc.).
La naturaleza dinástica y de corte de las monarquías de los Austrias y de los Borbones contribuyó al ennoblecimiento y enriquecimiento de una elite de comerciantes y banqueros y, más adelante, incluso de comerciantes que no procedían de la nobleza originariamente.
Ello se daba, por supuesto -por la propia naturaleza del patronazgo, la dependencia, el servicio-en la corte, pero también porque llegó un momento en que la Hacienda Real debía mucho dinero a estos individuos.
Por ello, muchos derivan desde asentistas (negociantes que tienen 56 Sanz Ayán, 2015.
una contratación pública con el Estado o la Corona, y que esperan una consignación, generalmente a cambio del suministro de algún servicio) a factores (que gestionan ellos mismos todo el negocio).
Alcanzan posiciones sociales pero también levantan recelos, como los genoveses en la corte de Felipe III.
Esta circunstancia, como se ha visto sobre todo en el caso de las colonias de extranjeros, produce que emerjan «redes invisibles» y mecanismos de aumento de grupo, Group augmentation (o técnicas de aumento del grupo con miembros potencialmente influyentes en lo económico, lo cultural, lo político), con la idea de tener contactos fuera de la red que sean estratégicamente aptos para hacerles mantener su influencia político-institucional.
58 Ello también hace que se formen partidos, grupos de poder o lobbies económicos y financieros que llegan a detentar rentas, como sucedió con el caso de los juros en el siglo XVII.
Relacionado con estas actividades socio-económicas, un capítulo importante y novedoso en el marco de los estudios de redes y agentes consiste en hacer referencia a las teorías sobre la cooperación y el análisis del comportamiento mercantil.
Ello aun se ha analizado de forma minoritaria y enfocada desde distintas perspectivas.
59 Pero lo singular de esta acepción es que puede llevarse al terreno del estudio de los intercambios para comprender cómo las pequeñas alteraciones de comportamiento socio-económico en el seno de familias de mercaderes locales pueden o no determinar cambios en sistemas no lineales y producir un efecto mariposa en la multiplicación y en las formas de comportamiento de las redes mercantiles en espacios vinculados, aunque dichos espacios sean lejanos geográficamente.
Todas las colonias de mercaderes tenían como denominador común la presencia de agentes viajeros que se desplazaban y navegaban con sus mercancías, algo que explica la transitoriedad de larga duración de muchos de los componentes de las colonias foráneas.
Estos mercaderes expandían sus propios negocios pero a la vez se integraban en un universo social construido por otros comerciantes.
60 En un primer momento se ha ahondado en la función de mercaderes y comunidades como conectores entre producción y consumo, especialmente por su relación con la llegada de la plata americana a Europa.
ANA CRESPO SOLANA estudios sobre comunidades de mercaderes extranjeros se han analizado y representado los mecanismos comportamentales en bases de datos y redes, ofreciéndose descripciones específicas con datos cuantitativos reales, representaciones cartográficas y diversos marcos teórico-sociológicos que han evolucionado desde el estudio de la extensión de las redes a niveles sociales y espaciales desde la perspectiva de la sucursalidad y el padrinazgo, la teoría económica del trust o las recientes aportaciones desde la idea de la Network reciprocity (reciprocidad dentro de la red, que no es lo mismo que trust), y de la Group Augmentation.62 Sin duda, la clave para comprender las estrategias evolutivas de las redes mercantiles en el espacio y el tiempo es la cooperación en sus amplias acepciones teóricas.
Los estudios sobre la cooperación han atraído mucho interés reciente y en el caso de las sociedades humanas llama la atención el desconocimiento que se tiene sobre qué es exactamente y porqué se produce, incluyéndose aquí parámetros de estudios sobre el altruismo recíproco, el mutualismo, la simbiosis o la necesidad del trading o intercambio.
Todas ellas tienen en común que exploran interacciones recíprocas y dan lugar a la posibilidad de visiones comparativas entre casos de estudio que destacan cooperación y funcionalidad.
Esto se ve claro en el caso de las colonias de mercaderes extranjeros.
Mientras que la funcionalidad de algunos mercaderes era la de ser consignatarios y almaceneros de mercancías y capitales, y ahí era donde radicaba su sucursalidad,63 otros crearon sociedades mixtas, inversiones de diverso tipo incluso en sectores de servicios.
Unos y otros constituyeron formas de cooperación mercantil en el seno de la sociedad.
64 También los mercaderes genoveses y franceses presentaban semejantes pautas de funcionalidad y sus agentes prácticamente tenían comportamientos sociales oportunistas que lograron adoptar prácticas nuevas o imitar procedimientos y operaciones que a ellos les parecían apropiados.
Muchos de los mercaderes transmigrantes y transeúntes no eran, en realidad, grandes hombres de negocios o banqueros y a veces procedían de la periferia social de la ciudad de origen de cada uno.
Eran gentes que adaptaban sus acciones a la oportunidad del momento, razón además de sus pautas transmigratorias y continuos viajes.
Se solían aglutinar en torno a un individuo que por sus influencias o su posición social era favorable a los negocios y que se constituía en el núcleo principal de una determinada red.
En el EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DE LA CARRERA DE INDIAS marco de las altas finanzas y la Carrera de Indias, los negociantes buscan monopolios basados en productos con demanda, consolidando el monopolio asegurándose las vías, sobre todo marítimas, negociando asientos o contratos estatales, negociando con metales preciosos y promocionando el oligopsonio dentro de su red o comunidad además de relacionarse con las instituciones de Indias.
A modo de last words, una conclusión sobre el estado actual de los estudios de redes no se hace imperativa en el marco de este ensayo pues abarcaría demasiado para el espacio que rige aquí.
La bibliografía citada en este ensayo no es más que un ejemplo de la singular tradición en la que ya se han convertido los estudios de redes.
Estos, como naturales descendientes de la historiografía sobre familias y comunidades de mercaderes, apuntan innovadoras teorías y métodos de trabajo que insertan los estudios sobre los intercambios del modelo comercial y colonial hispanoamericano en la historia global.
Si algo es necesario destacar de las redes de los siglos modernos es que mantienen su marco corporativo heredado de modelos tradicionales de comportamiento humano pero que ello no fue incompatible con la actuación en red en la nueva fase de las relaciones transnacionales que abrió la conexión de las flotas de Indias.
Gracias a una valiosa narrativa histórica, sabemos que las redes de mercaderes de esta primera edad global dejaron un legado en aquellos lugares donde se asentaron, además de contribuir a la construcción de las infraestructuras portuarias y las instituciones.
Sus pequeños negocios locales tenían una reverberación económica, social y cultural (y no menos política) a larga escala.
La perspectiva metodológica de red apunta a recaer en el comportamiento de los agentes el análisis del devenir mercantil, pero ello no se puede deslindar de un análisis sobre su influencia en la articulación histórica de los territorios, enfocado dicho estudio desde la perspectiva de la espacialidad.
Esta perspectiva se está introduciendo en las nuevas investigaciones comparadas de los imperios mercantiles, y de sus espacios socio-mentales compartidos. |
Me siento muy honrado por la invitación a participar en este número conmemorativo de los setenta y cinco años de existencia del Anuario de Estudios Americanos.
Con una trayectoria ininterrumpida desde su creación en 1944 ha alcanzado en este largo tiempo una circulación con reconocida acreditación científica en los ámbitos de estudio de Europa y América.
En su amplitud y variedad abarca un conjunto de materias que alcanza a cubrir áreas altamente significativas de las ciencias sociales y humanidades.
Mi propósito en este breve ensayo es observar un aspecto de la relación que unió a este Anuario en sus comienzos con la etapa constitutiva de la Historia del Derecho Indiano como disciplina científica.
Ellos dieron impulso y configuración científica a una disciplina acuñada en el seno de la historiografía americanista y conducida en su etapa inicial por la fuerte personalidad del primero de ellos.
En esas décadas iniciales del siglo XX, complejas y cambiantes, el modelo de la cátedra universitaria y el seminario histórico condujo a la formación de colecciones documentales y a la catalogación de registros y archivos de documentos históricos.
Entre los repositorios, mereció una atención especial el Archivo General de Indias de Sevilla, emblema máximo del americanismo español, que experimentó ya en los tiempos de Altamira una transformación fundamental para colocarlo al servicio de los investigadores especializados.
1 Hubo así un entronque visible entre esta nueva disciplina y la mayor fuente archivística del americanismo.
Las tres figuras mencionadas tuvieron, según se aprecia por los resultados logrados, una actuación directa en la preparación de la corriente de ideas que impregnaron, por sus temas y método, este americanismo en una perspectiva institucional y jurídica.
No de otra manera se explica que el Anuario de Estudios Americanos actuara en los tiempos iniciales de su existencia como receptor de estudios y artículos propios de la historia institucional y de legislación indiana.
Esto mismo nos lleva a ahondar en la INSTITUCIONES Y DERECHO INDIANO EN UNA RENOVADA HISTORIA DE AMÉRICA personalidad y producción intelectual de estos tres historiadores, con la limitación que impone el espacio y con la restricción de ocuparnos solo de modo fugaz del campo de actuación de cada uno y desde el cual transmitieron sus enseñanzas y directivas en el terreno de la investigación.
También nos ocuparemos de algunas otras figuras de una generación posterior que marcaron con su sello propio el avance de estos estudios de las instituciones y el derecho indiano, y fueron discípulos personales o intelectuales de aquellos maestros.
La figura de Altamira tiene en esta materia un lugar principal, no solo por provenir de una generación anterior y por prolongar su actuación en el período que nos ocupa.
Se trata de una personalidad sobresaliente, que ejerció un claro influjo en los comienzos del americanismo científico que empezó a visualizar desde su cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo.
Él siguió de cerca los movimientos de esa orientación que se desarrollaban en otros países de Europa y América.
Tuvo así oportunidad de realizar viajes y visitas a distintos países.
En nuestro caso, cabe prestar especial atención a su visita y recorrido americano, con principal estadía de cuatro meses en la Argentina que hizo en 1909-1910, cuando tenía cuarenta y dos años de edad.
En los últimos años se ha conocido mejor la personalidad de este maestro a través de nuevas investigaciones que han sacado a la luz rasgos importantes de esa misión americanista.
Se destaca asimismo la orientación que dio a los estudios desde su cátedra y también a través de las revistas americanistas que dirigió y de la edición de colecciones documentales.
En torno a la historiografía americanista
La formación de un concepto genérico de americanismo que respondiera a una demanda política y cultural diversa exigió distintos pasos que en España había asomado como un movimiento histórico-cultural a raíz de las celebraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América en 1892.
Con tal motivo hubo diversas ciudades que extendieron su actividad a las primeras décadas del siglo XX, en ideas y proyectos historiográficos que difundieron la denominada «historia legitimadora», con autoridad avalada por la Real Academia de la Historia.
Estos esfuerzos básicos necesitaron VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI de nuevas ideas e impulsos para alcanzar una etapa plenamente científica.
Así, exigió tiempo y trabajo lograr imponer la idea de que, por ejemplo, el Archivo General de Indias, en vez de ser un depósito de papeles de uso solo para fines políticos y burocráticos, fuese una entidad de libre acceso para la investigación histórica.
2 La historiografía americanista adquirió estatuto científico cuando quedó vinculada a la cátedra universitaria y al seminario histórico.
Ello ocurrió a partir de las primeras décadas del siglo XX y tuvo al principio su centro de desarrollo en las cátedras de Historia de América de la Universidad Central de Madrid, donde se desempeñaron como catedráticos Rafael Altamira y Antonio Ballesteros Beretta, que se convirtieron así en los primeros profesores que empezaron a transmitir un nuevo modelo científico de estudios e investigaciones que se consolidó con la formación de discípulos.
Para cursar la disciplina de «Historia de América» antes de 1930 se debía acudir a Madrid, en esas cátedras que eran bastante diferentes en cuanto a la personalidad del profesor y desarrollo del curso.
Ambos llegaron a la cátedra por distintos caminos, con semejanzas en el método pero con diferencias en sus experiencias personales.
Estos profesores, según se les ha reconocido, fueron principales impulsores de la historiografía americanista universitaria española.
Ocuparon diferentes tipos de cátedras, a las que cada uno tuvo una forma de acceso distinta.
Ballesteros, con estudios de Derecho y Filosofía y Letras, tuvo en un primer momento dedicación a los asuntos jurídicos.
En 1914 se hizo cargo, por acumulación, de la asignatura «Historia de América» que se dictaba en la Facultad de Filosofía y Letras.
El programa de la materia era de carácter narrativo, con primacía de los factores políticos e incluyendo cierto trazado institucional.3 Además, Ballesteros incluía algunos temas de historia americana en su programa de «Historia Española» en la licenciatura.
Cuando Altamira recordaba la existencia de estas dos cátedras de Historia de América, consideraba a la de Ballesteros de carácter «histórico-documental» y a la suya como de «índole especial».
Es importante atender a esta diferencia.
La cátedra asignada a Altamira fue una creación que se hizo también en 1914 bajo la denominación de «Historia de las Instituciones Civiles y Políticas de América», establecida como materia común, aunque de libre elección, en el doctorado de las Facultades de Derecho y de Filosofía Cursaban con Altamira jóvenes doctorandos procedentes de diversas universidades españolas y de países hispanoamericanos, algunos de los cuales iniciaron una interesante experiencia acercándose al conocimiento de la legislación indiana y alcanzaron a producir unas primeras tesis doctorales sobre la materia.
Las clases de Altamira no eran lecciones magistrales sobre la base de un programa orgánico, sino desarrollos en torno a temas de investigación que iban surgiendo de acuerdo a los intereses de los doctorandos y al impulso creativo que provenía del maestro.
Estaban, sin duda, destinadas a despertar en ellos y encauzar inquietudes intelectuales, adiestrándolos en problemas metodológicos y de investigación histórica y jurídica.
En tal sentido, Altamira abrió importantes caminos a la investigación de las ciencias sociales y humanas, pero de modo particular lo hizo en el campo de la historia de la colonización española, en su enfoque histórico institucional y jurídico.
Su magisterio universitario encontró seguidores de relieve en un primer momento, como sus discípulos españoles José María Ots Capdequí, Juan Manzano Manzano y Javier Malagón; el mexicano Silvio Zavala y el chileno Aníbal Bascuñan Valdés, entre otros.
La historiografía americanista se extendió a la Universidad de Sevilla en las primeras décadas del siglo XX, empezando con la historia del arte colonial.
En 1931 se estableció el Centro de Estudios de Historia de América (CEHA) en la misma Universidad bajo la dirección técnica de José M. Ots, que ya era catedrático de Historia del Derecho Español en Sevilla y dirigía el Instituto Hispano-Cubano de Historia de América, que alcanzó una breve época de esplendor antes de la guerra civil.
Como acontecimiento más representativo de estos años cabe mencionar el XXVI Congreso Internacional de Americanistas celebrado allí en 1935, como culminación de una serie de reuniones internacionales de esa índole que se venían realizando desde varios lustros atrás.4
La figura de Altamira tiene una trayectoria distinta a la de otros profesores en el tema que estamos considerando.
Proviniendo de una época VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI anterior, prolongó su actuación e influjo gracias a su personalidad sobresaliente y capacidad creativa, que ya había demostrado como profesor de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo.
Antes de su definitivo asentamiento en Madrid, Altamira, entre otras actividades académicas, ya se destacaba por el cultivo de su idea americanista, que culminó con una extendida visita de nivel académico que hizo al continente americano en los años 1909 y 1910.
5 De modo especial su visita cobró más trascendencia por su itinerario en la Argentina, que se desarrolló entre julio y septiembre de 1909.
Dictó cursos en las universidades de La Plata, Buenos Aires y Córdoba, y mantuvo un provechoso contacto con historiadores y juristas, según lo vienen demostrando las últimas investigaciones que se están realizando.
6 En esa ocasión, además de un curso sobre Metodología de la Historia dictado en la sección Letras de la Facultad de Derecho y Ciencias Jurídicas de la Universidad de La Plata, le fue encargado otro curso sobre Historia del Derecho en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
7 El éxito académico y social de este último curso siguió la misma senda que el anterior, pero tuvo un resultado más concreto en cuanto al debate entre los partidarios de una orientación profesional de los estudios jurídicos frente a quienes postulaban una formación científica y humanista más diversificada, que abriera un área de estudios donde la historia del derecho tuviese, en la enseñanza e investigación, un amplio campo de acción formativa en los futuros abogados.
Entre las razones para defender la utilidad práctica de la materia aparecía la necesidad de incorporar el conocimiento del derecho consuetudinario para establecer un marco nacional en la solución de los conflictos de propiedad ante los tribunales y en general para orientar conductas jurídicas.
En este sentido, Altamira encontró en la órbita de la Universidad de Buenos Aires un grupo de juristas bien predispuestos al diálogo -y también a la crítica-como Antonio Dellepiane -con notorias afinidades-, Estanislao Zeballos, Juan Agustín García, Ernesto Quesada y Carlos Octavio Bunge -con ciertos desencuentros-, entre otros.
Si bien el diálogo efectivo con Altamira no pudo ser tal vez muy profundo, cierto es que según INSTITUCIONES Y DERECHO INDIANO EN UNA RENOVADA HISTORIA DE AMÉRICA sabemos el maestro español mantuvo siempre hasta los últimos años de su vida el recuerdo inolvidable de esos meses de la Argentina en vísperas del Centenario.
Ello se patentiza en la figura de Ricardo Levene, a quien apenas pudo conocer de modo accidental en ese momento, ya que por edad no había entonces ingresado en aquel círculo mayor de juristas.
Lo haría, sin embargo, unos años más tarde a través del diálogo epistolar constituyéndose en el principal receptor de esa influencia que había dejado el maestro español, según veremos.
Durante su visita Altamira no solo mantuvo relación con juristas sino también con otras personalidades de distintos ámbitos del saber, de la política o de la administración.
No es exagerado sostener que esta visita americana -incluyendo otros países, como México-8 significó un enriquecimiento intelectual y humano que Altamira capitalizó en su regreso a España para dar un giro importante a su propia vida de trabajo y afinidad intelectual, que lo llevó finalmente, luego de un breve tiempo intermedio, a asumir en 1914 la ya mencionada cátedra madrileña de Historia de las Instituciones Civiles y Políticas de América, desde la cual obraría con plenitud en la formación y propagación de lo que ha sido llamado el «Derecho indiano» de Rafael Altamira.
El entronque hispano-argentino de la época
Una rápida mirada sobre lo que ocurría en esa época en la Argentina y especialmente en Buenos Aires ayudará a comprender mejor la situación y el clima intelectual en que se vivía.
Se puede así observar que el cultivo científico de la historia empezaba a ocupar un lugar entre las humanidades o ciencias del espíritu y se consolidaba a través de cátedras universitarias, centros de investigación y grupos de nuevos historiadores.
En tal sentido pueden señalarse como hechos determinantes la creación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1893, con su sección de Historia en 1905; y la fundación de la Junta de Historia y Humanística Americana (1893 y 1901).
La primera de ellas dio marco a la aparición de la denominada «Nueva Escuela Histórica» (1916), que sin romper con la tradición historiográfica anterior -Mitre, Groussac, Juan A. García-VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI reformuló ciertos principios metodológicos y estableció problemas y criterios que permiten marcar los contornos estables de una disciplina con cultivadores profesionales.
La denominación de «Nueva Escuela» con que la bautizó Juan A. García -que pertenecía a una generación anterior-dio formalidad a ese suceso.
En 1921 aquella sección «Historia» se transformó en el Instituto de Investigaciones Históricas, bajo la dirección de Emilio Ravignani, con amplias colecciones de estudios y documentos de historia argentina y americana.
En la Universidad de La Plata donde la cátedra de Historia Argentina y Americana fue encargada en 1913 a Ricardo Levene, el campo de estudios se amplió con otras cátedras y seminarios en la década de los años veinte.
Estos dos ámbitos universitarios fueron los que mejor se perfilaron entonces, y sus líderes intelectuales -Levene y Ravignani-se convirtieron en cabeza de la mencionada Nueva Escuela.
Entre las cuestiones que planteó este movimiento renovador sobresalió el de alcanzar una interpretación integral del pasado nacional.
Dentro de estos horizontes cobró relieve el campo disciplinario llamado entonces como «Historia colonial».
9 Cabe agregar a estos ámbitos universitarios, los archivos y bibliotecas públicas ya existentes en el siglo anterior, que junto con otros nuevos repositorios fueron puestos a disposición de los investigadores.
También es preciso señalar la existencia de varias entidades que agrupaban a eruditos e historiadores, entre los cuales tuvo una notoria hegemonía intelectual la Junta de Historia y Numismática Americana que en 1938 se transformó en la actual Academia Nacional de la Historia.
10 La edición de fuentes documentales y la publicación de nuevos estudios de alto rigor científico actualizaron la bibliografía histórica, tanto mediante ediciones de esos centros, como de editoriales comerciales.
De igual modo, cabe aquí recordar a las revistas universitarias y académicas, que por entonces animaron el campo del saber histórico.
Así, dentro de este cuadro estimulado con nuevas perspectivas y enfoques surgió en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, la necesidad de abrir las investigaciones al «Derecho colonial».
Es importante recordar en este punto que los Anales de esta Facultad y la colección de publicaciones que bajo su patrocinio tuvo lugar en estas décadas iniciales del siglo, dio VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI Sobre el encuentro de Altamira con Levene.
Amistad y paralelismo intelectual
Cuando Altamira hizo su visita a la Argentina, Levene -por razones de edad-no había alcanzado a ubicarse en el círculo de juristas e historiadores que rodearon al visitante, como lo he destacado.
Sin embargo, cabe suponer que Levene, entusiasta lector de los libros del catedrático español, asistió a sus cursos y conferencias y tuvo contactos con él, dada su condición de secretario de la Asociación Nacional del Profesorado, entidad que agasajó al visitante y lo distinguió con la designación de socio honorario.
Además, conocemos a través de la información periodística de la época que Altamira, recién llegado a Buenos Aires, estuvo presente en la conferencia que el joven Levene dio en dicha Asociación el 13 de julio sobre «Los orígenes de la Revolución Argentina de 1810».
El salón estaba colmado de público que, en su mayoría, eran profesores universitarios y secundarios.
El único mencionado por la prensa, como invitado especial, era precisamente Altamira.
Tiempo después y una vez ya consolidada su investigación en el profesorado de la Universidad de Buenos Aires, Levene le hizo llegar sus primeros trabajos sobre el período hispano.
Entre ellos, un estudio sobre la economía virreinal que se había publicado como introducción a dos volúmenes de la colección de Documentos para la historia argentina, editados por la Facultad de Filosofía y Letras.
La recepción de dicho estudio suscitó la carta de don Rafael, fechada en Madrid el 17 de noviembre de 1915.
Es la primera del epistolario que conocemos.
Le expresaba en la misma el valor que tenía dicho trabajo para los estudios que desarrollaba en su cátedra madrileña y a su vez anunciaba que le haría llegar las monografías americanistas que se fuesen publicando, ya que era necesario para el progreso de un conocimiento la comunicación constante entre todos los que trabajan en un orden determinado de materias.
La mayor sorpresa de Altamira, sin embargo, ocurrió poco después cuando Levene le hizo otro envío: su lección titulada Introducción al estudio del Derecho indiano, impresa en 1916.
La respuesta contenía párrafos que marcaban un rumbo común para la tarea y señalaban coincidencias en la enseñanza de la materia en Buenos Aires y Madrid.
Así, Altamira encontraba que sus primeras lecciones del curso de Instituciones de América, repetidas en esos años -1914, 1915 y 1916-parecían de sus conceptos, ya que no de su palabra.
«Por ello -agregaba-y para que viesen mis discípulos que no es solo un español quien dice esas cosas, les leí en una de mis cátedras del pasado mes de noviembre, la lección de usted, marcándole los pasajes que más especialmente coinciden con los apuntes que ellos tienen de los referidos años».
Luego de informarle sobre sus planes de trabajo en la formación de un grupo de americanistas, Altamira concluía con este firme augurio: «Unidos los esfuerzos de ustedes y de nosotros, guiados todos por la serena búsqueda de la verdad es de creer que dentro de algunos años la historia colonial que se conozca difiera un mundo de la que hasta ahora se ha propalado.
A usted le tocará buena parte de esa renovación».
El texto de la carta que contenía tan singular predicción tuvo difusión pública en su época a través de los Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires.
Una cálida amistad unió desde entonces a ambas figuras como se refleja en el epistolario que conocemos.
Además se expresó a través de prólogos y dedicatorias de libros y en recíprocas reseñas bibliográficas de los estudios que cada uno producía.
13 Puede sorprender la notable predicción que Altamira hacía a su joven corresponsal cuando este aun no había publicado las Notas para el estudio del Derecho Indiano (1918) y la Introducción a la Historia del Derecho Indiano (1924), que produjeron una temprana consagración de su labor intelectual.
Altamira utilizó y recomendó a sus discípulos y alumnos este último libro a lo largo de los años treinta y cuando en 1938 había quedado aislado de sus libros para continuar sus investigaciones, decía que solo le quedaban los guiones de sus clases y una edición más moderna de la Recopilación de 1680.
Por eso le agradecía a su amigo que le hubiera podido remitir un nuevo ejemplar de aquella Introducción.
Esta amistad estaba unida a un «paralelismo intelectual» tal como lo expresaba el catedrático español, al decir que ello consistía en que «... sin que mediase ningún conocimiento ni comunicación personal entre Levene y yo y sin que cupiese siquiera la posibilidad de un saber directo y recíproco de nuestros trabajos de cátedra, puesto que nada de ellos había sido publicado, llega a mis manos la Introducción al estudio del Derecho Indiano [1916] y veo con satisfacción que cada uno de nosotros, Levene en Buenos Aires, yo en Madrid, al estudiar el mismo asunto, habíamos coincidido en criterios, puntos de vista y conclusiones generales, como si hubiéramos VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI sido compañeros de trabajo en un mismo seminario o laboratorio de investigaciones».
La correspondencia continuó siendo la vía de comunicación que ellos pudieron utilizar para transmitir sus ideas y proyectos de investigación durante la década del cuarenta hasta el fallecimiento de Altamira.
Los diálogos epistolares entre Altamira y Levene -como he señalado en un trabajo anterior-14 fueron intercambios de reflexiones y proyectos que generaron un ámbito intelectual atractivo por su calidad científica y por su dimensión humana.
Abrieron así vías de comunicación a discípulos de distintas procedencias geográficas y fueron cimientos poderosos de una acción colectiva que se transmitió a sus seguidores en las décadas siguientes.
La «institución» como vocablo clave en el pensamiento y la acción de Altamira
El vocablo «institución», que puede ser abordado y utilizado de diversos modos, tiene un particular interés en nuestra materia para insertarlo en la historia de la colonización española en América.
Ya apareció en la denominación de la cátedra creada para Altamira en 1914 y seguramente por indicación suya: «Historia de las instituciones políticas y civiles de América».
Fue incorporada a los estudios del Doctorado de las Facultades de Filosofía y Letras (sección Historia) como materia de elección libre y se indicaba como parte importante de la misma el estudio de las instituciones coloniales españolas.
15 Podría así sostenerse que Altamira introdujo con cierta novedad el término «institución» para designar a las series de fenómenos y organizaciones que tocaban a la raíz social, jurídica y económica de la vida americana, sin omitir los hechos políticos, pero sin quedar atrapado por el mero acontecer del relato histórico.
Es probablemente esto lo que intentó concebir y aplicar al estudio de la colonización española.
Logró hacerlo con una relatividad propia de la materia pero al mismo tiempo con la seguridad de ofrecer un enfoque innovador apoyado libremente en los nuevos conocimientos y doctrinas que efectivamente se estaban desenvolviendo en la sociología Este criterio aparecía como un modo novedoso de acercarse al estudio de la historia política y social de la colonización española.
La postura abría caminos pero también planteaba nuevos problemas y dudas, sobre todo cuando se pretendía alcanzar una visión abarcadora de todo el proceso denominado «colonial».
Al mismo tiempo Altamira se mostraba crítico frente a quienes intentaban reducir el derecho indiano a las cédulas y otras formas de legislación regia y solo por excepción acudían a algunas ordenanzas virreinales y autos del Consejo de Indias.
Él apuntaba a la utilización de tipos documentales alternativos como los registros cedularios, el Diccionario de Ayala u otras colecciones que permitieran al investigador ahondar ese conocimiento jurídico en sus raíces sociales.
La institución indiana era, pues, entendida en el sentido más profundo posible con la intención de alcanzar el «derecho vivido» más que «el hecho legislativo».
16 La utilización de la voz «institución» por parte de Altamira puede considerarse aceptable, sobre todo para su planteo dentro de una disciplina en formación en el área y nivel de estudio que tenía asignada.
Puede, en fin, servir también de interesante precedente para el desarrollo posterior que tuvieron los estudios de Historia de las Instituciones Indianas y de Historia del Derecho Indiano, tal como fueron delineados desde el punto de vista metodológico, con otro alcance y perspectivas, por historiadores como Alfonso García-Gallo y otros posteriores.
17 La «institución» es vocablo de un rico y complejo contenido que aparece con cierta permanencia en el léxico histórico, jurídico y político.
Es preciso aceptar sus variantes, sin alcanzar una única definición, pero sobre todo fortalecer su presencia en las aulas y en el seminario histórico.
El enfoque institucional de Ots Capdequí
Una interesante aplicación de esta concepción de Altamira fue practicada por José María Ots Capdequí, su principal discípulo.
Catedrático de Historia del Derecho Español en la Universidad de Sevilla, Ots orientó su VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI labor de investigación hacia el americanismo, con dedicación casi exclusiva.
Desde muy joven, sostuvo que la legislación indiana debía ser incorporada a la enseñanza del derecho español.
Estaba pues en el meollo donde se incubaba este enfoque.
18 Ots hizo aplicación del criterio institucional en la visita que realizó a la Argentina en 1934 para dictar cursos y conferencias en las áreas de Humanidades y de Filosofía y Letras de las Universidades Nacionales de La Plata y de Buenos Aires, que fueron completadas con lecciones prácticas de seminario a egresados y estudiantes.
Su actividad dominante estuvo constituida por las conferencias platenses sobre «Las instituciones sociales de la América Española en el período colonial», tema que adquirió mayor notoriedad y perduración cuando se convirtió en título del libro que editó la misma Universidad Nacional de La Plata, que presidía Ricardo Levene.
Temas principales de esa visión de Ots fueron entonces las clases sociales -tema que incluía la condición jurídica de los indios-, la familia, la propiedad y el régimen municipal, siempre unidos en su expresión al precedente castellano.
También en este ciclo de disertaciones incluyó el régimen político y administrativo y las bases económicas de la colonización.
A través de estas disertaciones y cursos, que se extendieron a otras universidades e instituciones históricas del país, se puede apreciar una interesante aplicación de aquellas ideas de Altamira, pero también es dable observar la introducción por parte de Ots de un elemento nuevo, al encuadrar su tarea dentro de la moderna historiografía del derecho español, que aparecía entonces representada por Eduardo de Hinojosa y su escuela.
Precisamente este fue el tema que eligió para su disertación en Buenos Aires, cuando la Junta de Historia y Humanística Americana, presidida por el mismo Levene, lo recibió como miembro correspondiente en España.
Ots integraba, ya desde la fundación del Anuario de Historia del Derecho Español en 1924, el grupo de catedráticos españoles que, bajo la conducción de don Claudio Sánchez Albornoz, impulsaban este emprendimiento editorial y mantenían relación directa con historiadores y juristas hispanoamericanos.
Al producirse en España la guerra civil, Ots tuvo que afrontar un doloroso exilio entre 1939 y 1952.
En esos tiempos difíciles continuó, sin embargo, desarrollando la enseñanza e investigación del derecho indiano desde su cátedra de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá.
El enfoque institucional de José M. Ots se mantuvo en sus posteriores trabajos y sobre todo se observa en su principal obra de conjunto, el Manual de Historia del Derecho Español en América y del Derecho propiamente indiano, que recogió sus lecciones de cátedra y se publicó en 1943 en Buenos Aires, en la colección del nuevo Instituto de Historia del Derecho Argentino dirigido por Ricardo Levene, con un sustancioso prólogo de este.
Según expresaba Ots, se trataba de la «proyección en las Indias del Derecho castellano peninsular y nacimiento y desarrollo del Derecho propiamente indiano».
En cuanto a sus predecesores en la materia, destacaba la existencia de dos obras que le habían sido de gran utilidad: la Introducción a la Historia del Derecho Indiano de Ricardo Levene de 1924 y las lecciones de un curso sobre instituciones de derecho público hispano-americano explicado en Sevilla por el profesor norteamericano Clarence H. Haring.
La obra de Levene -según decía-representaba el «primer intento, felizmente logrado, de orientar sistemáticamente a los universitarios americanos en el estudio histórico del derecho colonial»; y agregaba un juicio más contundente sobre lo que representaba la labor universitaria de Levene en el campo del derecho indiano, al situarla en el mismo nivel a la que estaba realizando el maestro Altamira desde la cátedra madrileña.
Sostenía Ots que el Manual se presentaba desde el punto de vista español, pero pensando en los estudiosos americanos.
Y además que la historia institucional de la colonización española en América debía ser construida en colaboración con historiadores españoles y americanos.
De igual modo establecía que los legajos documentales del Archivo General de Indias debían ser contrastados con la realidad viva de América y con los papeles guardados en los archivos locales.
Ots realizó una intensa labor de colaboración en obras de conjunto.
Precisamente en lo que concierne a la materia que aquí tratamos se destaca el volumen titulado Instituciones, de su autoría, pero que formó parte de una obra general sobre Historia de América y de los pueblos americanos, dirigida por Antonio Ballesteros y Beretta, publicada en 1959.
Al encontrarse este volumen integrado en una edición colectiva, no aparece prólogo ni página introductoria explicativa acerca del título que ostenta.
Dada su estructura histórico-jurídica, se evidencia un afán por colocar ese vocablo como un enclave necesario dentro de la denominada Historia de América, sin la obligación de una mayor precisión.
Dentro de la magnitud de la obra de José María Ots, apenas insinuada en las páginas anteriores, y que recorrió distintas sendas historiográficas, VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI tal vez no sea vano ocuparme como apunte final de la misma, de una breve relación que escribió en 1955 para el X Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebrado en Roma.
En este escrito, de título amplio «Sobre la historia de la colonización española», la pluma de Ots luce con la serenidad y madurez de un antiguo conocedor del tema.
Traza, así, un rico panorama de la materia, profundo y abierto a nuevas indagaciones bajo la especial y necesaria directiva de estudiar «los perfiles doctrinales de las instituciones y sus precedentes peninsulares», como también el grado efectivo de vigencia y los factores económicos y sociales que las condicionaron.
Como en todo extenso trayecto histórico, los tiempos y las circunstancias merecían su especial recomendación.
En fin, como labor fundamental, Ots Capdequí sostenía la necesidad de estudiar «lo que representó la proyección institucional del Estado español en sus dilatados dominios ultramarinos, ya que la preocupación por lo jurídico y el logro de amplias estructuraciones político-administrativas, económicas y sociales, es, sin disputa, lo que más y mejor caracteriza a la obra colonizadora desarrollada en el continente americano por la España peninsular».
En el estudio del derecho indiano: la historia de las recopilaciones y los cedularios
Una preocupación permanente de Altamira durante su largo ciclo docente fue la de penetrar en el conocimiento de la legislación indiana bajo sus diferentes formas.
Especialmente encontró en la Recopilación de 1680 un camino para conocer a fondo esa legislación, su origen, aparición y transmisión de su contenido.
La idea lo fue llevando con el tiempo a separar ese estudio en dos cuestiones distintas: por una parte, la historia completa de esa legislación indiana; y por otra, la preparación de una edición crítica de la Recopilación.
Para ello contaba, en su retiro de Bayona en 1938 -según él mismo lo expresaba-, solo con los guiones de sus clases madrileñas y con un ejemplar de la Recopilación de 1680 en su reedición de 1791.
Era un asunto que asomaba con fervor cuando las preguntas y problemas crecían en la mente de Altamira y el material de investigación, en archivos y bibliotecas, estaba desgraciadamente alejado de sus posibilidades de consulta.
A pesar de los problemas que enfrentaba, Altamira decidió avanzar en la composición de una obra a la que, de modo ambiguo, dio por título Análisis de la Recopilación de las Leyes de Indias de 1680, incluyéndola en una ambiciosa colección personal de «Estudios sobre las fuentes de conocimiento del derecho indiano», que solo parcialmente pudo llevar adelante.
Esta obra, que adolecía de una cierta flojedad estructural, tuvo la virtud de proporcionar una línea de investigación a una generación de nuevos estudiosos y críticos.
Eran muchas las preguntas que se podían plantear.
El propio Altamira percibió la dificultad de encontrar la historia de dichos textos legales.
El análisis de Altamira avanzó más en lo que pretendía ser «una edición crítica», atendiendo a cuestiones como el origen, forma, contenido y naturaleza de ciertos textos de la Recopilación, abriendo un campo de estudio atractivo para el investigador y permitiendo alcanzar una mejor lectura de dichos textos.
Al mismo tiempo se lograba alejar una visión enteramente legalista del derecho indiano.
El libro de Altamira fue finalmente editado en Buenos Aires en 1941, por el Instituto de Historia del Derecho Argentino, que dirigía Ricardo Levene, quien se empeñó en lograr la remisión de los originales desde Bayona por vía diplomática, en plena guerra mundial, para asegurarse un envío que se hacía dificultoso en esa difícil situación.
La obra apareció dedicada por el autor a Levene y con el auspicio de la Institución Cultural Española.
En la «Advertencia» que suscribió Ricardo Levene se percibe un tono de cortesía y reconocimiento genérico a «la autoridad moral y científica del ilustre maestro de los historiadores hispanoamericanos», pero sin abrir juicio u opinión sobre la propia obra que se publicaba.
Hay en este punto un evidente contraste con el prólogo que, en este mismo tiempo, hizo Levene para el libro de Ots Capdequí, que ya conocemos.
Pese al escaso éxito alcanzado por este libro, hay que reconocer que en esta línea de investigación abierta por Altamira se hicieron otros trabajos de interés.
En lo relativo a la historia de la Recopilación sobresalió la figura de su discípulo Juan Manzano Manzano.
20 Estudiando Derecho en la Universidad de Sevilla, Manzano conoció a Ots Capdequí y luego hizo la tesis doctoral en Madrid bajo la dirección de Altamira, abordando un tema de la historia de la Recopilación, que tanto VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI apasionaba a su maestro.
Se incorporó más tarde a la cátedra de Altamira como profesor ayudante hasta alcanzar en 1940 la titularidad de la cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Sevilla.
Altamira acertó en la elección de este discípulo suyo para desenvolver la investigación que tanto le preocupaba sobre la Recopilación de las leyes indianas.
Ello exigía una larga tarea en el Archivo General de Indias principalmente.
A esta materia se dedicó con tiempo y empeño el joven discípulo.
Juan Manzano estuvo siempre en el recuerdo de Altamira en sus últimos años de vida, cuando se hizo difícil la comunicación entre ambos.
Luego de sus búsquedas en el Archivo de Indias y en otros repositorios documentales, que fue plasmando sucesivamente en trabajos parciales, Manzano pudo culminar la tarea mediante la publicación de la Historia de las Recopilaciones de Indias, en 1950.
Esta obra aparecía dedicada a «mi maestro Rafael Altamira», a quien colocaba por encima de todos y subrayaba «al que en gran parte debemos lo que hoy somos y aun lo que podemos llegar a alcanzar».
21 La investigación de Manzano era documentalmente muy completa y superaba vacíos y afirmaciones controvertidas.
Estaba pensada y ejecutada en una línea que se apartaba de la de Altamira y era, si cabe, menos profunda y problemática, pero mucho más certera en cuanto se atenía a una sólida base documental, con la cual resolvía las más importantes cuestiones planteadas por la anterior historiografía.
22 Años después, se publicó el segundo volumen de la obra que Manzano dedicó esta vez a Alfonso García-Gallo, quien ya se destacaba por su labor en esta misma línea temática de investigación.
Reediciones posteriores han permitido transmitir ya, en 1981 y 1991, la obra completa de este cabal iushistoriador español sobre un aspecto central del derecho indiano.
Otra senda provechosa para penetrar en la legislación indiana fue el estudio de los cedularios, principalmente los existentes en el Archivo General de Indias.
La tarea de formar un catálogo de los libros allí existentes fue una idea que tuvo algunos intentos en los comienzos del siglo XX.
En la década del 1940, el maestro Altamira publicó un estudio titulado Los cedularios como fuente histórica de la legislación indiana, que abarcaba el concepto, clasificación y ubicación de las distintas clases de cedularios y de su importancia para el conocimiento de la legislación indiana.
En este punto aparece otra figura representativa, que siguió el camino de Altamira.
Me refiero a Antonio Muro Orejón, nacido en Sevilla en 1904, quien, después de graduarse en Derecho, estableció contacto con los documentos del pasado cuando elaboraba su tesis doctoral en Madrid sobre el denominado «El nuevo Código de las Leyes de Indias» de 1776.
Altamira fue uno de sus maestros.
También se vinculó con Ots Capdequí.
23 Muro Orejón obtuvo en 1946 la cátedra de Historia del Derecho Indiano, que estaba ubicada en la sección de Historia de América de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, desempeñándola hasta su jubilación en 1974.
Esta labor se extendió a la Escuela de Estudios Hispano-Americanos y a la Universidad Hispanoamericana de Santa María de la Rábida, en donde desempeñó cargos directivos y colaboró en sus publicaciones.
24 Las puertas del Archivo General de Indias se abrieron para él, de modo que pudiera saciar sus inquietudes intelectuales y provocar el diálogo directo con las fuentes documentales.
Es así que su mayor actividad se fue concentrando en el inventario, estudio y edición de fuentes inéditas.
Apuntaba entonces hacia textos fundamentales del derecho indiano sin la pretensión de realizar una obra conjunta de ellas sino de hacer publicaciones independientes de las mismas.
Su aproximación al derecho indiano se produjo desde los documentos y no desde una construcción dogmática previa o desde un anticipado planteamiento conceptual histórico-jurídico.
Establecía así, como he dicho, una suerte de diálogo con el propio documento.
Esto significaba, como lo hacía el maestro Altamira, un encuentro muy particular que distinguía a este tipo de estudioso del que se limitaba a copiar o hacer simple relación del documento que tenía a la vista.
Aunque esta característica de la personalidad del profesor Muro pudo incidir en la extensión de su producción monográfica sobre las instituciones, García-Gallo apunta que su tarea de explicar las instituciones a sus alumnos le sirvió de base para preparar breves artículos que publicados en una importante Enciclopedia representaban un posible manual de derecho indiano.
En cierto modo, este enfoque quedó plasmado en sus Lecciones de Historia del Derecho hispano-indiano que alumnos mexicanos suyos dieron a conocer en 1989.
VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI La labor docente y producción documental de Muro Orejón apuntó de manera principal a resaltar la importancia excepcional que tenían los cedularios indianos.
En el último trimestre de 1949 dictó un curso monográfico sobre «Los Cedularios en la Historia del Derecho Indiano», en el cual destacó el valor de los cedularios del Supremo Consejo de Indias como los únicos oficiales que contenían la totalidad de las disposiciones legales promulgadas para las provincias indianas desde el Descubrimiento de América hasta la Emancipación de la Corona.
Eran pues los únicos para conocer de manera fehaciente tan vasta y completa labor legislativa de general observancia.
Fue la obra en la que Antonio Muro puso más empeño, con el auxilio de alumnos de su cátedra, siguiendo en esto el ejemplo del maestro Altamira.
Así, aparecieron discípulos y colaboradores de este emprendimiento al que transmitió su espíritu y avizoró su continuidad, ya que evidentemente trascendía, dada su magnitud y complejidad, la posibilidad de que la abarcara alguien en solitario.
En esta materia el fruto personal alcanzado por Antonio Muro fue apreciable en la construcción documental de los volúmenes Cedulario Americano del siglo XVIII, cuya edición, estudio y comentarios impulsó él mismo.
En ellos se advierte sutilmente el encuadre institucional que hacía de la materia cuidadosamente elegida, acompañada de referencias, datos y comentarios que apoyaban la labor de los investigadores.
Si bien el propósito del profesor Muro fue completar todo el período hasta 1800, no pudo hacerlo íntegramente y el tercer volumen alcanzó solo a 1746.
El cuarto quedó en elaboración.
Los diversos problemas y dificultades que se fueron presentando en su desarrollo, así como la forma de trabajo minucioso y no conformista adoptada por el autor provocaron demoras en el tratamiento de algunas cuestiones que se suscitaban e impidieron la finalización de las tareas previstas, tal como lo había originariamente proyectado.
Una lectura de los primeros volúmenes del Anuario de Estudios Americanos, que empezó a publicarse en 1944 bajo el impulso de un destacado grupo de investigadores, puede ofrecer un panorama de la aceptación que encontró aquella orientación dada por Altamira y Ots Capdequí para el INSTITUCIONES Y DERECHO INDIANO EN UNA RENOVADA HISTORIA DE AMÉRICA estudio de la colonización española en América, sobre la base de las instituciones y de la legislación indiana.
Altamira formaba discípulos a través de sus clases y seminarios, de sus escritos y libros, algunos notorios y otros menos determinantes.
Su mismo estilo o método de la clase establecía ese tipo de relación que resulta difícil, por no decir imposible, de acotar y definir.
Sin embargo, de este magisterio se puede deducir una fuerte influencia de su pensamiento y acción, ya directa o indirecta, que orientaba el propio presente y los tiempos siguientes.
Así fue, por ejemplo, su insistencia en que discípulos y alumnos concurrieran al Archivo General de Indias -donde él no pudo hacer estadías científicas-e hicieran indagaciones en las líneas documentales adecuadas al proyecto de investigación en curso.
Los casos de Manzano y Muro Orejón, que hemos tratado en estas páginas, son elocuentes en este sentido.
La discusión o debate metodológico posterior seguramente disminuyó el eco proveniente de las enseñanzas de Altamira, pero quedó en gran parte su espíritu impregnado en los nuevos desarrollos.
La historia de las instituciones adoptaría nuevos criterios, pero sin quedar desplazado ese espíritu legado por el maestro español.
Es cierto que Altamira no alcanzó a realizar una obra abarcadora de las instituciones indianas.
El mismo método aplicado en sus clases como catedrático fue, como vimos, más dirigido a la fase de investigación que a culminar en un libro de conjunto con fines generales o docentes.
En cambio, afortunadamente pudo establecer firmes directivas sobre la investigación, como la documentación que cabría ser objeto de atención y también susceptible de incorporar a las colecciones documentales, como él mismo pudo ejecutarlo en la dirección de una de ellas.
La presencia de una temática que aborde renovadamente la historia de América con criterio científico a la luz de la colonización española se percibe en el Anuario, como también en otras publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, con el tratamiento que se hace de ciertas instituciones.
Para mencionar algunos ejemplos concretos se pueden considerar interesantes artículos, tales como «El Protector de Indios», «La avería en el comercio de Indias», «Las instituciones canónicas en el Derecho indiano», «Las instituciones de naturales en el derecho conciliar indiano», «La visita como institución indiana» (canónica y civil), «Los Protomedicatos en Indias», «El Virreinato», «Juntas asesoras de teólogos», etc. A ello agregamos trabajos sobre juristas indianos, entre los cuales se destacan los relativos a las obras e ideas de Juan de Solórzano.
VÍCTOR TAU ANZOÁTEGUI Siempre dentro del mismo campo de estudio, cabe consignar el especial interés que despiertan algunas leyes fundamentales del siglo XVI, de las cuales se hacen estudios y ediciones críticas, como las Leyes Nuevas de 1542-1543.
Asimismo, merecen particular atención las Capitulaciones y las Ordenanzas de Indios, como también las Bulas de Alejandro VI y las Encíclicas.
Estos y otros estudios y ediciones críticas estuvieron a cargo de reconocidos investigadores, entre los cuales cabe mencionar a Manuel Giménez Fernández, Guillermo Céspedes del Castillo, Manuel Gutiérrez de Arce, Francisco Javier de Ayala, Antonio Rumeu de Armas, Constantino Bayle S.J., Luis Alonso Getino O.P., Vicente Palacio Atard y Pedro Leturia S.J. Mención especial merece Antonio Muro Orejón, como directivo de la revista y autor de aportes documentales.
La labor hispana del alemán Ernesto Schäfer y del peruano Guillermo Lohmann Villena, muy destacada en ambos casos, se incorpora a este grupo inicial de colaboradores del Anuario de Estudios Americanos.
Estos apuntamientos y notas, que constituyen el sostén del presente ensayo, requieren de una mayor atención y de ciertas posibilidades de desarrollo que no es posible incluir en este espacio.
Solo he intentado sugerir una senda de indagación, aun no suficientemente explorada, a través de la aplicación del criterio institucional, que sirve para entender con más amplitud y profundidad la historia de la colonización española en América. |
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Las ciudades latinoamericanas como objeto de estudio o marco espacial de análisis * /
Este artículo analiza la presencia de estudios sobre el medio urbano latinoamericano publicados en la revista Anuario de Estudios Americanos.
Con ello pretendemos poner de relieve el aporte y la relevancia de estos trabajos en el contexto de las investigaciones que sobre historia urbana de América Latina se han hecho por parte de investigadores de diferentes disciplinas.
¿En qué momento se aprecia una mayor presencia de estos artículos?, ¿de qué disciplinas proceden sus autores?, ¿qué temáticas, ámbitos geográficos y marcos cronológicos tratan?, ¿en qué medida existe una correspondencia con las diferentes corrientes de estudio que sobre lo urbano se fueron dando a lo largo del período analizado?
Para responder a estos interrogantes, en un primer apartado presentamos, a modo de síntesis, las diferentes corrientes y principales autores que en el plano internacional contribuyeron al desarrollo de la historia urbana.
A continuación, se hace lo mismo con la que se refiere a América Latina, pasándose en el tercer apartado a la revisión de los artículos que tienen como objeto de análisis la ciudad o lo urbano como marco espacial y que han sido publicados en el Anuario de Estudios Americanos durante sus 75 años de existencia.
De la historia de ciudades a la historia urbana y del urbanismo
Son numerosos los especialistas de diferentes disciplinas que han destacado el carácter pluridisciplinar del estudio de los espacios urbanos.
1Como consecuencia de ello han existido enfoques sectoriales y parciales que no han sido óbice para que los especialistas que tienen a la ciudad como objeto de estudio coincidan «en lugares de interés común en los que los intercambios cognitivos y metodológicos son obligados», siendo el urbanismo, la historia urbana y la geografía urbana las que han tenido «una vocación de aproximación más amplia y completa al conjunto del espacio urbano».
2Como ha puesto de relieve el geógrafo Horacio Capel, la historia urbana es un campo que en buena medida se ha desarrollado desde fuera de la disciplina histórica, principalmente desde el derecho, el urbanismo, la geografía y la historia del arte, siendo durante las primeras décadas del LAS CIUDADES LATINOAMERICANAS COMO OBJETO DE ESTUDIO siglo XX cuando surgieron diferentes líneas de interés por las ciudades como un fenómeno de estudio específico.
En este sentido, apunta que durante mucho tiempo los historiadores no se interesaron por «el cuadro físico en el que se desarrollaban los sucesos que estaban narrando», al estar más interesados por las «dimensiones y las dinámicas sociales, políticas, económicas o culturales», por lo que ha sido poco el interés que han mostrado por aspectos relacionados con la «producción de la forma urbana y sus características, el proceso físico de urbanización, la morfología, la lógica de la producción del espacio construido».
3 La preocupación por una Urban History, entendida como área específica con personalidad propia, apareció en los ámbitos anglosajones en los años cincuenta del siglo pasado.
En este punto, el urbanista venezolano Arturo Almandoz, tras diferenciar la historia urbana -dedicada a la ciudad y el proceso de urbanización-de la historia del urbanismo -referida al urbanismo técnico (conocida en los ámbitos anglosajones como Planning History)-, expone que la fase de constitución y consolidación de la historiografía urbana en el eje angloestadounidense se produjo cuando los historiadores norteamericanos y británicos se pasaron de las biografías de ciudades al análisis de procesos, al tiempo que ponían énfasis en los enfoques comparativos y «la relación de dimensiones demográficas, territoriales, económicas y sociales».
4 La década de 1960 sería decisiva en la conformación de la historia urbana como campo de estudio en diferentes países, al tomarse conciencia de la importancia del papel desempeñado por las ciudades en el cambio social y económico, siendo varios los historiadores norteamericanos que empezaron a explorar la historia de la ciudad como forma de dar respuesta a la crisis urbana por entonces existente.
5 A mismo tiempo, en algunas universidades del Reino Unido aparecieron grupos de trabajo sobre historia urbana, destacando en este sentido algunas como la de Leicester, con Harold James Dyos al frente, y Glasgow, con Sydney George Checkland.
También se celebraron eventos académicos, como la primera conferencia sobre esta materia que tuvo lugar en 1966, en la que participaron principalmente historiadores, 3 Capel, 2009.
Entre ellos se encuentra Stephan Thernstrom, editor junto con el sociólogo Richard Sennett del libro Nineteenth-Century Cities.
Essays in the New Urban History (1969), en el que se publicaron los resultados de las conferencias celebradas en 1968 en la Universidad de Yale, relativas a pequeñas comunidades y grandes ciudades de Estados Unidos de Norteamérica, aunque también de Canadá, Inglaterra, Francia y Colombia.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA geógrafos y sociólogos.
6 Para Dyos, entre los objetivos de estudio de la historia urbana se encuentran tanto los procesos urbanos, los factores y elementos que dan lugar a la evolución de una ciudad o grupos de ciudades, como las relaciones entre espacio urbano y la sociedad que lo habita.
7 Sergio Miranda, al analizar el desarrollo de la historia urbana en México, destaca las afirmaciones realizadas en esos momentos por Roy Lubove, profesor de la Universidad de Pittsburgh, que se lamentaba por el hecho de que los historiadores de Estados Unidos confundieran dicha disciplina con todo aquello que sucedía en las ciudades, por lo que propuso interpretarla «como el estudio del proceso de construcción de la ciudad en el tiempo», debiendo por ello preocuparse los historiadores -a su entender-por el amplio rango de mecanismos de construcción de la ciudad, o lo que es lo mismo, «por las decisiones de individuos o instituciones que han influido la estructura y formas urbanas, así como por el análisis de las tendencias sociales, económicas y tecnológicas más amplias que han determinado la naturaleza de esas decisiones».
8 No obstante, durante los años setenta, en unos momentos en los que la conciencia sobre la importancia del patrimonio cultural fomentaba la conservación de centros históricos y la enseñanza de la historia arquitectónica en medios académicos y profesionales, 9 la historia urbana sería criticada por diferentes historiadores que veían en ella «un campo con un contenido mal definido, sin coherencia», por incluir «cualquier cosa que se refiera a la ciudad».
De hecho, en los años ochenta, a pesar de que la misma contaba ya para entonces con un campo de estudio consolidado, continuaba buscando todavía una definición formal y una «coherencia interna».
10 Para Bernard Lepetit fue precisamente en los años ochenta cuando la historiografía francesa consolidó a la ciudad como objeto de estudio de la historia, al tiempo que la reconocía como sujeto de la misma.
11 El desarrollo de la historia urbana se produciría en España también en esos momentos, encontrándose entre los factores que impulsaron su aparición, de manera parecida a lo sucedido en países anglosajones, la preocupación por las transformaciones y los problemas generados con la urbanización acelerada 6 Capel, 2002, 43.
Sobre el aporte realizado por Dyos a la historia urbana del Reino Unido consultar Mandelbaum, 1985.
de los años sesenta, al entenderse entonces «que la investigación de los hechos urbanos con visión retrospectiva podía ayudar a entender la ciudad actual».12 El arquitecto Fernando de Terán Troyano, al referirse a la historia urbana moderna de España, distingue varias fases en su desarrollo: tras las escasas individualidades que empezaron a sentar las bases, fueron las influencias alemana y francesa las más destacadas durante las décadas de 1930 y 1940, dejando paso en los años cincuenta, sesenta y setenta, a la anglosajona y, también durante esta última década y la de los ochenta, a la italiana en algunos campos sectoriales.
En relación a los enfoques conceptuales y metodológicos empleados por las disciplinas implicadas en el estudio de la historia urbana, Terán destaca que partieron de «enfoques generales de base empírica e interpretación bastante intuitiva, que pronto desarrollaron aspiraciones cientifistas, pasando después (ya en los años cincuenta y sesenta) a una etapa caracterizada por interpretaciones teóricas de base funcionalista».
A continuación, «en pleno éxito de los enfoques estructuralistas, vendría la aspiración a los grandes acopios de información numérica, fundamentalmente estadística», al tiempo que durante las décadas de 1960 y 1970 «se abrieron impetuosamente camino los enfoques de orientación marxista, con la intención puesta en demostrar la relación entre las formas de organización espacial y los sistemas de organización económica y social».
Por otra parte, Terán menciona también el papel desempeñado por departamentos de universidades, algunos institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el desaparecido Instituto de Estudios de Administración Local (IEAL) y el Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo (CEHOPU), para la promoción de investigaciones y publicaciones relacionadas con este campo de estudio.
13Junto con el propio Fernando de Terán, con obras como la titulada Ciudad y urbanización en el mundo actual (1969), entre los grandes impulsores de la historia urbana en España estuvieron también el arquitecto Fernando Chueca Goitia, con obras «a caballo entre la crítica arquitectónica, la crónica y la historia urbanas», y el historiador del arte Antonio Bonet Correa.
14 Este último abrió nuevos caminos a la investigación de su disciplina y del urbanismo en España, acercándose a la historia con el objetivo EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA de «conocer algunas de las claves que permiten entender el presente», en un esfuerzo por comprender «para proyectar mejor el futuro».
15 Puede afirmarse que la presencia de historiadores en la nueva historia urbana española surgida a mediados de los años setenta fue escasa, siendo principalmente geógrafos, arquitectos e historiadores del arte sus impulsores.
16 Carlos Sambricio y Carmen Delgado Viñas han puesto de relieve el hecho de que, en las investigaciones desarrolladas hasta los años ochenta, los historiadores interesados por el estudio de lo urbano pusieron el acento en la dimensión temporal, concibiendo la ciudad como contexto físico o escenario en el que interactúan los diferentes sectores de la sociedad y tienen lugar las transformaciones contemporáneas más destacadas y los hechos históricos.
17 Para Fernando de Terán, este tipo de investigaciones no configuraban «un panorama coherente y unificado», puesto que habían sido abordadas algunas veces «con carácter claramente sectorial, desde múltiples campos disciplinares» y otras con «vocación generalista», en ambos casos adoptando formas diferentes, según las limitaciones temporales y espaciales aplicadas, siendo escasas las síntesis generales.
18 Volviendo al plano internacional, entre los tipos de estudios que tuvieron un desarrollo más destacado durante los años ochenta relacionados con las ciudades se encuentran los de tipo transnacional o, de forma más específica, transatlántico, que establecieron comparaciones entre los diferentes modos de planificación de diversos países y de las formas de desarrollo de sus principales centros urbanos, subrayando «la intensidad de las redes internacionales y de la circulación de ideas y modelos urbanísticos durante las primeras décadas del siglo XX», momento durante el cual se establecieron las bases teóricas del planeamiento y las primeras formas de acción urbana previas a las grandes transformaciones experimentadas por las ciudades europeas y americanas a partir de la Segunda Guerra Mundial.
19 A partir de los años noventa se produciría una fragmentación de los trabajos de historia urbana y urbanística, que Arturo Almandoz interpreta 15 Capel y Tatjer, 1992, 7-13.
A todo ello contribuyó también con sus publicaciones, como la titulada Morfología y ciudad (1978), y con la celebración de encuentros científicos como el primer simposio sobre «Urbanismo e Historia Urbana en España» a fines de los años setenta y el segundo, sobre «Urbanismo e Historia Urbana en el mundo hispano», celebrado en 1982.
como «un rechazo a las leyes interpretativas de inspiración weberiana, marxista o de la escuela de los Anales, aplicadas a grandes períodos históricos y/o a bloques geográficos o vastas extensiones territoriales», con estudios en los que «se enfatizan la contingencia y autonomía de las formas culturales».
En este sentido, considera que esta corriente se alimenta de aportes provenientes de la «nueva historia cultural» de Peter Burke, de la visión sobre producción y representación del espacio urbano de Henri Lefebvre, y de aspectos metodológicos tomados de Michel de Certeau, Jürgen Habermas, Pierre Bordieu y David Harvey.
20 Como consecuencia de ello, numerosos historiadores escogieron la ciudad en sí misma como objeto de sus investigaciones, hecho que ha propiciado que el espacio urbano pase a ser entendido, también desde esta disciplina, como un producto «que se forma y evoluciona bajo las mismas leyes que rigen el sistema social que lo construye».
El interés de los estudios históricos urbanos se ha orientado al análisis de tres aspectos principales: el crecimiento de la ciudad y la expansión del espacio urbano, la construcción de las infraestructuras y servicios públicos y los poderes urbanos y las instituciones de gobierno local, para el período de transición de la ciudad moderna a la contemporánea, que para el caso español comprende los siglos XVIII, XIX y XX.
21 Simon Gunn destaca como los principales temas analizados para la historia moderna de Europa y Norteamérica a los conflictos sociales (el París revolucionario), el gobierno de la ciudad (los grandes ayuntamientos europeos) y las relaciones entre esta y el Estado (luchas por la independencia de las ciudades frente a las autoridades).
También pone de relieve el interés especial que la historia urbana moderna ha prestado a los grupos subordinados y a su capacidad para actuar «constriñendo o limitando el ejercicio del poder desde arriba».
22 Las transformaciones experimentadas por los espacios urbanos en el contexto de la globalización desde la década de 1990 repercutieron en la aparición nuevos enfoques en los estudios sobre ciudades, como el que se interesa por el análisis de la dimensión global de las ciudades bajo el enfoque de la competencia y la competitividad.
Como consecuencia de ello, se 20 Entre los trabajos más influyentes de estos autores destacan el de Henri Lefebvre sobre La révolution urbaine (1970); el de Michel de Certeau sobre L 'écriture de l' histoire (1975), o el de David Harvey sobre The Condition of Postmodernity.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA pasó a adoptar una perspectiva global y mundial que ha sustituido a la forma de estudiar las ciudades en términos de sistemas cerrados, estatales o regionales, si bien se produjo también de forma paralela una revalorización del lugar y del conocimiento de la dinámica urbana local.
23 Dentro de la historia urbana estas tendencias se han reflejado en aspectos como el refuerzo de la idea de red como esencial para la comprensión del crecimiento y del papel económico de las ciudades en determinados períodos del pasado, también de su configuración política y social interna.
24 En la actualidad el campo de la historia urbana, cultivado tanto por historiadores como por especialistas de otras disciplinas, cuenta con un amplio reconocimiento.
Historia urbana de América Latina
A diferencia de lo expuesto para países como Gran Bretaña y Estados Unidos, en los que la historia urbana derivó de corrientes sociales y económicas, para el caso latinoamericano la historia del arte fue la primera en proveer el sustrato para una historia urbana de la región.
En este sentido, Arturo Almandoz destaca la celebración de los Congresos Panamericanos de Arquitectos a partir de 1924 y la publicación entre sus resultados de una serie de trabajos sobre arte y arquitectura hispanoamericanos realizados por los argentinos Martín Noel y Mario Buschiazzo, el peruano Emilio Harth-Terré y el mexicano Manuel Toussaint.
También las publicaciones periódicas que sirvieron de foro para ese primer grupo de historiadores del arte, como Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (1937), los Anales del Instituto del Arte Americano e Investigaciones Estéticas de la Universidad de Buenos Aires (1948), los cuadernos de Arte en América y Filipinas de las Universidades de Sevilla y México (1935), la colección de planos coloniales del Archivo General de Indias editados por Diego Angulo Íñiguez en Sevilla entre 1933 y 1939, y la Historia del Arte Hispanoamericano (1945Hispanoamericano ( -1956) ) publicada por Diego Angulo Íñiguez junto con Enrique Marco Dorta y Mario Buschiazzo.
Estos trabajos, junto a otras recopilaciones que incluyen mapas y planos de ciudades hispanoamericanas, serían de gran importancia para el desarrollo futuro de investigaciones sobre la historia del urbanismo de la región.
Entre las aportaciones tempranas se encuentran también las realizadas por el que fuera jefe del Archivo General de Indias, Pedro Torres LAS CIUDADES LATINOAMERICANAS COMO OBJETO DE ESTUDIO institucionalización de la enseñanza del urbanismo tanto la Universidad del Litoral de Rosario, con la creación de una Cátedra de Urbanismo en 1929, como la Escola Nacional de Belas Artes de Brasil, con la reforma impulsada en ella por Lùcio Costa a inicios de la década de 1930.
26 A partir de la Segunda Guerra Mundial el fenómeno urbano en América Latina se mostraba al mundo como «insólito e irrefrenable», por el acelerado crecimiento de las ciudades como consecuencia de la emigración campo-ciudad, las elevadas tasas de crecimiento vegetativo y la inmigración, provocando una serie de cambios de orden económico y social que centraron el interés de investigadores de diferentes disciplinas, primero de Europa y Estados Unidos, rápidamente también de la región.
27 Determinados factores contribuirían, a inicios de la década de 1960, al impulso de los estudios sobre el urbanismo latinoamericano con una perspectiva global.
Entre ellos se encuentra la constitución, en 1957, de la Sociedad Interamericana de Planificación (SIAP), una corporación civil de interés colectivo y carácter internacional, sin fines de lucro y abierta a los profesionales interesados «en la planificación democrática y participativa para lograr un desarrollo económico con equidad social y territorial», que sería reconocida por el Consejo Económico y Social de la ONU como Organismo No Gubernamental con estatus consultivo.
28 En 1960 la SIAP describiría una serie de lineamientos para la consolidación de programas e institutos de formación de profesionales en la temática sobre planificación regional y urbana, iniciativa que en el caso de Argentina impulsaría el arquitecto Jorge Enrique Hardoy, primero desde el Instituto de Planeamiento Regional y Urbano del Litoral (IPRUL), entre 1962 y 1965, y con posterioridad en el Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR), entre 1956 y 1976, 29 al retornar a su país tras graduarse en la Universidad de Harvard con un doctorado en Planeamiento Urbano y Regional.
Lanzas, a quien se deben los seis primeros catálogos de la serie geográfica de la sección Mapas y Planos del mencionado archivo; el primero de ellos se publicó en 1897 referido a Filipinas, encontrándose entre los restantes el titulado Relación descriptiva de los mapas, planos, etc., de México y Florida existentes en el Archivo General de Indias (1900).
Cabe mencionar también: «La Cartografía colonial americana», publicado por Germán Latorre en el Boletín del Centro de Estudios Americanistas (1915); Mapas y planos referentes al Virreinato del Río de la Plata conservados en el Archivo General de Simancas, realizado por José Torre Revello (1938); Planos de la ciudad de México, siglos XVI y XVII, de Manuel Toussaint, Federico Gómez de Orozco y Justino Fernández (1938); o Cartografía de Venezuela.
En el año 1964 Hardoy publicó su libro sobre Ciudades Precolombinas, que llenó de asombro tanto a historiadores, como a urbanistas y arqueólogos.
30 En los años siguientes su aporte a la historia urbana se consolidaría en los diferentes seminarios que organizó por todo el continente, especialmente en el marco de los Congresos Internacionales de Americanistas, de forma conjunta con Richard P. Schaedel (profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Texas) y Richard Morse (profesor de Historia de la Universidad de Yale), cuyos resultados fueron parcialmente publicados en libros que abarcaban una visión integrada de la historia urbana americana desde los tiempos prehispánicos hasta lo contemporáneo, en unos momentos en los que las revistas de arquitectura empezaban a dar un creciente espacio a estudios de caso o de períodos específicos sobre temas de historia urbana.
31Hardoy presidió la SIAP entre 1966 y 1970, al tiempo que participaba, junto a otros expertos en arquitectura latinoamericana, en reuniones patrocinadas por la UNESCO, como la de Lima de 1967, en la que se trazaron los lineamientos principales de la serie América Latina en su cultura, consistentes en la consideración de América Latina como un todo y una unidad cultural y en analizar a «la región a partir de su contemporaneidad, remontándose en el pasado, eso sí, cuando sea necesario para comprender el presente».
32 No hay que olvidar que en ese período, concretamente en 1967, tuvo lugar el coloquio o reunión para la conservación y utilización de monumentos y sitios de valor histórico y artístico en la ciudad de Quito, por iniciativa de la Organización de Estados Americanos (OEA).
De ella saldría la Carta de Quito, documento de gran relevancia para el devenir del patrimonio cultural latinoamericano, que entre otras cosas consideraba «la revalorización y conservación del patrimonio cultural dentro del proceso de desarrollo económico» que Latinoamérica vivía en esos momentos.
33 Es entonces cuando lo «histórico» comenzaba a adquirir una dimensión más LAS CIUDADES LATINOAMERICANAS COMO OBJETO DE ESTUDIO amplia, al tiempo que la memoria histórica de una comunidad se entendía que «la constituyen las calles, los edificios, los objetos que pueden ayudar a evocar y reafirmar ese pasado».
34 En el caso de Hardoy, sería a fines de la década de 1970 cuando comenzaría a incorporar a su obra aspectos relativos a la relación entre la ciudad, su historia y la preservación, empezando a pensar a partir de entonces en las cuestiones patrimoniales de una forma más sistemática.
En este sentido, en 1980 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo contactó con él para que formara parte de un grupo de expertos que estaba realizando un estudio sobre centros históricos de ciudades latinoamericanas, en el que trabajaba Sylvio Mutal con otros investigadores.
Como resultado del trabajo realizado se publicaron varios volúmenes, como el relativo al Impacto de la urbanización en los centros históricos latinoamericanos (1983), iniciándose con ello, como destaca el arqueólogo argentino Daniel Schávelzon, «una nueva etapa del pensamiento patrimonial en la región».
35 Entre las publicaciones que durante los años setenta contribuyeron también a dar una visión continental del desarrollo histórico urbano de la región, se encuentran la de Manuel Castells sobre Imperialismo y urbanización en América Latina (1973) y la compilada por Marta Schteingart titulada Urbanización y dependencia en América Latina (1973), ambas bajo el enfoque la de la teoría de la dependencia, consolidada ya para entonces como «una explicación alternativa básicamente marxista frente al 34 Arias, 1994, 29.
Precisamente, dentro de los aportes realizados por Hardoy, Ramón Gutiérrez destaca la integración entre la historia urbana de América Latina y la planificación, dejando con ello la primera de ser «un pequeño capítulo, colocado por compromiso al inicio del voluminoso expediente urbano», en el que se incluía «sin mucha convicción, una secuela de fechas históricas, que solían estar desconectadas de todo hecho de transformación física, económica y social de la ciudad».
También, una visión de la historia urbana en el contexto regional y territorial, la proyección desde la planificación a la preservación del patrimonio, la apertura desde lo «histórico» a las dimensiones sociales, económicas y culturales del presente y, por último, la promoción de los estudios de historia urbana en América.
Entre las numerosas publicaciones realizadas Hardoy se encuentran también algunos trabajos como los que a continuación se exponen, cuyos títulos dan una idea de las temáticas tratadas: Hardoy, Jorge E. y Tobar, Carlos, La urbanización en América Latina (1969); Hardoy, Jorge E. y Aranovich, Carmen, «Urbanization in Spanish America between 1580 and 1630» (1969); Hardoy, Jorge E., Las ciudades en América Latina.
Seis ensayos sobre la urbanización contemporánea (1972); Schaedel, Richard P., Hardoy, Jorge E. y Scott-Kinzer, Nora, Urbanization in the Americas from its Beginning to the Present (1978); Hardoy, Jorge E. y Morse, Richard P., Nuevas perspectivas en los estudios sobre historia urbana latinoamericana (1989); Hardoy, Jorge E., Cartografía urbana colonial de América Latina y el Caribe (1991); Hardoy, Jorge E., Gutman, Margarita y Mutal, Sylvio, Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica: tendencias y perspectivas (1992).
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA desarrollismo de corte capitalista».
36 Como consecuencia del proceso de crítica desarrollado por investigadores y docentes en los años 1971 y 1972 en las escuelas de arquitectura de universidades colombianas, Emilio Pradilla y Carlos Jiménez publicarían, también en 1973, Arquitectura, urbanismo y dependencia neocolonial, con el objetivo de demostrar, como mencionan a la hora de justificar ese trabajo, que su práctica técnica era «un instrumento al servicio del Capital en su tarea de explotación y dominación social».
37 Otra obra destacada que también contribuyó a esa visión continental, pero al margen «de los principios marxistas y agenda economicista de la escuela», 38 fue la realizada por el historiador argentino José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976), obra que se constituiría en uno de los clásicos de la historiografía latinoamericana.
En ella su autor analiza la historia de las ciudades de la región para entender «el sentido de la historia general de Latinoamérica», sistematizando un largo proceso histórico en varias etapas que abarcan desde la relativa a la expansión europea hasta la que denomina como de «las ciudades masificadas».
En la década siguiente, los principales autores latinoamericanos que contribuyeron con historias generales del urbanismo latinoamericano fueron los arquitectos Ramón Gutiérrez y Roberto Segre, que alternaron «la incipiente historiografía urbanística con la más consolidada periodización establecida a propósito de la arquitectura».
39 Fuera de la región lo hicieron también otros como el ya referido Richard Morse, que tras estudiar Humanidades en la Universidad de Columbia se doctoró en 1952 con la tesis publicada en 1958 con el título From Comunity to Metropolis: a biography of São Paulo, estudio que -según el arquitecto argentino Alejandro Crispiani-abriría «el campo de la ciudad latinoamericana a un enfoque que posteriormente decantaría como "cultural"» en su propia obra.
Profesionalmente Morse estuvo vinculado a la Universidad de Yale y, entre 1978 y 1984, a la Universidad de Stanford; la dirección del Programa sobre Estudios Latinoamericanos en la primera le permitiría diversificar sus contactos con diferentes especialistas latinoamericanos, entre ellos Jorge E. Hardoy.
interesados en el análisis del medio urbano latinoamericano.
Parte de sus publicaciones se hicieron a través del Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), con el que estuvo vinculado.
40 Por otro lado, desde Estados Unidos es importante destacar el aporte realizado también por profesoras estadounidenses como Susan Socolow y Louisa Hoberman, que recuperaron en esos momentos la fisonomía de las ciudades tardocoloniales como espacios sociales multiformes.
41 Para el caso de España, una de las principales figuras de esos momentos fue la del historiador Francisco de Solano y Pérez-Lila, quien con el objetivo de paliar la escasa historiografía por entonces existente sobre la historia urbana de Hispanoamérica, promovió varias reuniones, cursos y empresas editoriales en las que se analizaba el fenómeno urbano, «convencido de que la ciudad era el fenómeno total que mezcla los más variados niveles de la realidad: social, económico, político y cultural».
42 Junto a él destacan otros como el arquitecto Javier Aguilera Rojas, que con Luis Moreno Rexach publicó el libro titulado Urbanismo Español en América, resultado de la exposición organizada por el Ministerio de Vivienda y el Instituto de Cultura Hispánica en el Archivo General de Indias de Sevilla en 1973, con el objetivo de «mostrar la magnitud de la labor urbanística realizada por los españoles en América».
43 De forma paralela a los estudios que analizan el pasado urbano desde una perspectiva continental, se fueron publicando también investigaciones 40 Crispiani, 2005.
También a través del SIAP traduciría trabajos suyos originalmente publicados en inglés, como La investigación urbana latinoamericana: tendencias y planteos, donde destaca su interés como historiador «por la identificación de factores culturales e institucionales del pasado que influyen en el proceso social contemporáneo».
42 En este sentido, Manuel Lucena afirma que Francisco de Solano desempeñó un papel de puente generacional, al permitir su «avance natural hacia los estudios de Historia Urbana» que su obra se consolide a lo largo de los años setenta como «referencia insustituible tanto por el americanismo tradicional como para el que mostraba visos de transformación» (Bernabéu Albert y Lucena Giraldo, 1997, 9-10 y 17).
Solano tuvo varios cargos de responsabilidad en el CSIC, como el de director del Instituto Fernández Oviedo entre 1983 y 1984 y el de director del Centro de Estudios Históricos entre 1985 y 1991.
Entre las publicaciones sobre historia urbana realizadas y coordinadas por él se encuentran: Estudios sobre la ciudad Iberoamericana (1975); Una hipótesis de trabajo sobre la investigación de la opinión pública en sociedades urbanas americanas (1981); Historia y futuro de la ciudad iberoamericana (Madrid, 1986); Ciudades hispanoamericanas y pueblos de indios (1990); «La expansión urbana ibérica por América y Asia: una consecuencia de los tratados de Tordesillas» (1996).
Javier Aguilera publicaría en los años posteriores otros trabajos con una visión regional sobre urbanismo colonial en la revista Ciudad y Territorio, entre los que se encuentran algunos como «Teoría urbanística en la colonización española de América.
Las ordenanzas de nueva población» (1977) o «La cuadrícula: un modelo urbano para las ciudades americanas» (1982).
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA con un enfoque local, regional o nacional, centradas en momentos cronológicos concretos.
Los años setenta fueron especialmente importantes en este sentido, destacando la contribución realizada por institutos y centros de investigación que impulsaron estudios y la formación de recursos humanos en el análisis del pasado urbano latinoamericano.
Entre ellos estuvo el único seminario interdisciplinario sobre historia urbana de México, creado en 1974 por un grupo de investigadores coordinado por la historiadora Alejandra Moreno Toscano, desde el que se dieron a conocer los primeros resultados de una investigación colectiva sobre la historia de la ciudad de México en el siglo XIX; 44 o el Instituto Argentino de Investigaciones de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo, creado en 1973 por los arquitectos Ramón Gutiérrez, Marina Waissman y Alberto Nicolini.
45 Gutiérrez, además de dirigir junto a Dick Alexander la revista Documentos de Arquitectura Nacional y Americana, creada en 1973 en la Universidad Nacional del Nordeste, realizó algunos estudios en esos años, como los relativos a la Evolución urbanística y arquitectónica del Paraguay (1537Paraguay ( -1911)), publicados entre 1974 y 1977 en Corrientes por el Departamento de Historia de la Arquitectura de la Universidad Nacional del Nordeste, o Arquitectura del altiplano peruano, publicado por el mismo departamento en 1978.
Para el caso argentino destaca también en esos años el ya mencionado historiador José Luis Romero, quien junto a Luis Alberto Romero hizo una importante contribución a la historia urbana de la ciudad de Buenos Aires, al incluir una mirada más integradora de su desarrollo histórico en la obra titulada Buenos Aires.
Historia de cuatro siglos, 46 en unos momentos en los que se estaban produciendo a nivel nacional importantes cambios en las perspectivas de investigación, al fundarse una moderna y más profesional historia económica y social, con un tratamiento de las fuentes documentales más sofisticado y una valorización de los mercados regionales y locales como objeto principal de estudio.
47 Otro ejemplo relevante, en este caso para Chile, tras los tempranos trabajos realizados por el historiador Tomás Thayer Ojeda sobre las ciudades chilenas durante el período de la 44 Miranda Pacheco, 2012, 353.
En esos momentos, los aportes al estudio de Buenos Aires durante el período colonial se vieron también enriquecidos con trabajos como los realizados por Susan Socolow: The Merchants of Viceregal Buenos Aires: Family and Comerse, 1778-1810(1978) y The Bureaucrats of Buenos Aires, 1769-1810: Amor al Real Servicio (1987).
conquista,48 sería el arquitecto Gabriel Guarda, uno de los principales impulsores de la historia urbana de su país que, tras su Historia de Valdivia, 1552Valdivia, -1952Valdivia, (1953)), publicaría también La ciudad chilena en el siglo XVIII (1968) o la Historia urbana del Reino de Chile (1978).
Estas publicaciones se verían complementadas con otras, como la realizada por Rodolfo Urbina y Santiago Lorenzo sobre La política de poblaciones en Chile durante el siglo XVIII (1978).
En Brasil se encuentran autores como el arquitecto Nestor Goulart Reis Filho, con diferentes trabajos sobre la historia del urbanismo colonial y contemporáneo, destacando entre sus publicaciones más tempranas algunas como Catálogo de Iconografia das Vilas e Cidades do Brasil Colonial, 1500-1720(1964), o Evolução Urbana do Brasil: 1500-1720(1968).
En Colombia, Liliana Rueda Cáceres y William Plata Quezada mencionan, entre los autores pioneros para el estudio de la historia urbana de Bogotá, al arquitecto Carlos Martínez Jiménez, con la fundación de la revista Proa en 1946 y la publicación de sus libros Santafé de Bogotá (1968) y Bogotá; sinopsis sobre su evolución urbana 1536-1900 (1976), si bien consideran al historiador Germán Mejía Pavony, con su libro Los años del cambio.
49 Desde España se hicieron también, durante las décadas de 1970 y 1980, importantes contribuciones a la historia urbana de Hispanoamérica, con estudios más específicos desde el punto de vista cronológico, geográfico y temático.
Si vemos una de las principales publicaciones sobre historia de América por entonces existente, Revista de Indias -publicada en esos momentos por el entonces denominado Departamento de Historia de América «Fernández de Oviedo», perteneciente al Centro de Estudios Históricos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas-, gracias a la revisión realizada por la historiadora Carmen Mena sabemos que entre 1940 y 1989 se publicaron en ella cincuenta y nueve artículos relativos a ciudades hispanoamericanas, correspondiendo la mayoría de ellos (concretamente treinta y uno) a números publicados durante los años setenta.
También podemos observar que cincuenta y dos artículos se refieren al período colonial y únicamente siete al nacional, y que en los primeros las temáticas tratadas se EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA refieren a cuestiones relacionadas con el régimen de abastecimiento ciudadano, la actividad higiénico-sanitaria, el arte, la cartografía, las fortificaciones, las instituciones, la población y el mestizaje, el proceso fundacional y el urbanismo.
50 Otro centro vinculado al CSIC desde su creación, la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, realizó también interesantes publicaciones en el sentido que venimos apuntando, no solo en su revista Anuario de Estudios Americanos sino también en formato libro, correspondiendo las primeras relativas a centros urbanos concretos a historiadores del arte.
51 Las realizadas por historiadores son algo posteriores, de la década de 1980, y fueron el resultado de tesis de licenciatura y doctorado dirigidas por Luis Navarro García en el Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla.
52 Junto a estos trabajos, es preciso destacar también algunas recopilaciones sobre cartografía publicadas también por la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) en esas décadas, que continuaban la tarea iniciada por los autores anteriormente mencionados durante las primeras 50 Mena García, 1989.
En dicho artículo, la autora destacaba el «crecimiento prodigioso» de los últimos años por el análisis del proceso urbano de Iberoamérica, si bien, el contexto histórico, a diferencia de la etapa contemporánea, estaba «relegado a un segundo plano y necesitado de nuevos y esclarecedores estudios que solo surgen a cuenta gotas, dada la dificultad que entraña la callada labor de archivo y el manejo de unas fuentes no siempre completas».
51 En este sentido se encuentran trabajos como los de Enrique Marco Dorta sobre Cartagena de Indias.
En el prólogo de este último (pág. XX), Bernales Ballesteros puso de relieve la necesidad que por entonces había de hacer investigaciones «sobre determinadas parcelas del viejo mundo hispano y circunscritos a un período dado», apuntando cómo «la historia del urbanismo hispano aun puede depararnos páginas de interesantes datos conservados en viejos archivos peninsulares y americanos».
52 Nos referimos, concretamente, a las de Carmen Mena García sobre Santa Marta durante la Guerra de Sucesión Española (1700-1713) (1982); María del Carmen Borrego Plá sobre Cartagena de Indias en el siglo XVI (1983), o María Luisa Laviana Cuetos sobre Guayaquil en el siglo XVIII.
Recursos naturales y desarrollo económico (1987).
En el prólogo de esta última obra (pág. XV), Luis Navarro explica los motivos que llevaron a la realización de estos estudios, entre los que menciona la poca atención que hasta esos momentos había merecido la historia de los núcleos urbanos indianos, «salvo en casos, como los de México y Lima en que, por exceso, se toma la historia de la capital, al menos en algunos aspectos, por la del país entero»; también afirmaba que «la constelación de ciudades, grandes y pequeñas, opulentas o indigentes, esparcidas por gran parte de América, solo brilla de ordinario por su ausencia en la historia de las Indias», a pesar de que «su estudio puede considerarse imprescindible para el conocimiento de la formación de la sociedad iberoamericana».
Navarro García también dirigió la tesis doctoral de Santiago Lorenzo, que se publicaría en Chile con el título Origen de las ciudades chilenas.
Las fundaciones del siglo XVIII (1986) A ellos se sumarían otros como el de Fernando Chueca Goitia y Leopoldo Torres Balbás titulado Planos de ciudades iberoamericanas y filipinas existentes en el Archivo General de Indias, en cuya introducción se resalta como uno de sus objetivos el facilitar investigaciones y síntesis posteriores que permitan un mejor conocimiento de la «creación urbana» protagonizada por los españoles en América, que califica de casi inédita para esos momentos.
Ambos autores consideran fundamental para el conocimiento del arte y la arquitectura hispanoamericana el trabajo de Diego Angulo sobre Planos de monumentos arquitectónicos de América y Filipinas en el Archivo General de Indias, publicado en los años treinta, del que este se considera paralelo y complementario, por representar para la historia del urbanismo lo que el primero supuso para la historia artística de América y Filipinas.
53 La conmemoración del Quinto Centenario del llamado «Encuentro entre dos mundos», potenciaría el desarrollo de nuevos estudios generales sobre el urbanismo hispanoamericano.
Uno de los principales trabajos en este sentido fue el dirigido por Francisco de Solano, titulado Historia Urbana de Iberoamérica, publicado en Madrid por el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España, la Comisión Nacional del Quinto Centenario y la Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía entre 1987 y 1992, conformada por varios volúmenes: el primero dedicado a «la ciudad iberoamericana hasta 1573»; el segundo a la «ciudad barroca (1573-1750)»; el tercero y el cuarto a la «ciudad ilustrada».
Varias de las publicaciones de ese período fueron el resultado de encuentros académicos sobre historia urbana de América Latina que tuvieron lugar en los años previos a la conmemoración.
54 Entre ellos se encuentran algunas como el «Seminario sobre la Ciudad Iberoamericana», celebrado en Argentina en 1985, del que derivaría una exposición itinerante y la edición del libro La ciudad hispanoamericana.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA que se publicaron en esos momentos sobre esta temática, Almandoz destaca también una de las obras compiladas por Francisco de Solano, la ya citada Historia y futuro de la ciudad iberoamericana (1986); la coordinada por Gabriel Alomar, De Teotihuacán a Brasilia (1987); Repensando la ciudad de América Latina (1988), compilada por Hardoy y Morse; o Construcción y administración de la ciudad latinoamericana (1990), de Nora Clichevsky.
55 Especial mención merece también la colección «Ciudades de Iberoamérica», dirigida por Manuel Lucena Salmoral y publicada por la Fundación Mapfre América, conformada por volúmenes con temáticas específicas sobre el medio urbano de la región.
56 Por otro lado, también en esos momentos aparecieron algunas publicaciones con las que se quiso hacer un balance de la investigación urbana en América Latina.
57 Con posterioridad a esos años se produjo una fragmentación de los trabajos de historia urbana y urbanística, hecho que para el caso latinoamericano también se reflejó en la aparición de publicaciones específicas sobre determinadas ciudades o regiones y ámbitos cronológicos concretos.
En este sentido, Almandoz destaca entre las nuevas modalidades historiográficas la historia cultural urbana, conformada a través de estudios de casos para períodos específicos de ciudades de la región, entre los que considera los de carácter histórico sobre imaginarios urbanos y formas de representación en las literaturas nacionales.
58 Por otra parte, Sergio Miranda, tras referirse a algunas consideraciones realizadas por autoras como Annick También, el «Simposio sobre la Urbanización en América desde sus orígenes hasta nuestros días», que tuvo lugar en Haití en 1986, cuyos resultados se plasmaron en la publicación que editaron Jorge Hardoy y Richard Morse titulada Nuevas perspectivas en los estudios sobre historia urbana (1989); o las «VII Jornadas de Andalucía y América», celebradas en la Universidad de La Rábida en 1987, de las que resultaría el libro de actas titulado La influencia andaluza en los núcleos urbanos americanos (1990).
Para el caso de Brasil, destaca el primer «Seminario de Historia de la Ciudad y del Urbanismo» realizado en Bahía en 1990 bajo el auspicio de la Asociación Nacional de Postgrado e Investigación en Urbanismo (ANPUR), que continuaría desarrollándose en otras ciudades del país cada dos años.
56 Entre ellos los dedicados a las Ciudades precolombinas, a la Fundación de ciudades hispanoamericanas, al Proceso de urbanización en América del Sur, o al Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica, este último realizado por Jorge E. Hardoy, Margarita Gutman y Sylvio Mutal.
También con otros sobre el desarrollo histórico de diferentes ciudades de la región (como Río de Janeiro, Caracas, São Paulo, Lima, Quito...), cada uno de ellos realizado por grandes especialistas en las temáticas y espacios urbanos analizados.
57 En este sentido destacan obras como la editada por Fernando Carrión con la intención de hacer «un primer acercamiento» a esta temática «desde una perspectiva global y visualizada», con aportes que diferentes autores hacen sobre distintos países de la región (Carrión, 1989, i-ii).
También artículos como el de González Reynoso, 2003.
Lemperiére y María Morales, concluye que para fines de la década de 1990 faltaba todavía un enfoque integrador dentro de la historia urbana de América Latina y, de forma más concreta, en la mexicana, sobre todo por la renuncia «a reflexionar sobre la ciudad como objeto y sujeto de la historia».59
Artículos sobre ciudades publicados en la revista Anuario de Estudios Americanos
Los artículos publicados en el Anuario de Estudios Americanos que tienen como objeto de análisis el medio urbano americano o determinados procesos históricos y/o artísticos desarrollados en ciudades y pueblos de la región, suman un total de ciento cincuenta y ocho trabajos, sin incluir las reseñas sobre libros con temáticas similares que aparecen en algunos de los números consultados.
Por ello puede concluirse que su número ha ido incrementándose con el tiempo, aunque supone una proporción modesta en relación al volumen total publicado por la revista en cada una de las décadas.
60Del total de artículos sobre ciudades, la inmensa mayoría se refieren al período colonial, concretamente ciento veintisiete, al período prehispánico tres y al período nacional veinticinco, pudiéndose encontrar únicamente tres que abarcan un período cronológico que incluye tanto el colonial como el independiente.
El predominio de los estudios relativos al período colonial no debe extrañarnos, dado el enfoque que ha tenido tradicionalmente la Escuela de Estudios Hispano-Americanos desde su creación, si bien es posible observar cómo en las últimas décadas se ha producido un incremento considerable de los trabajos relativos a los siglos XIX y XX, puesto que de los veinticinco que analizan procesos dentro de ese período, casi todos (veinte) fueron publicados entre los años 2001 y 2018.
No obstante, los referidos al período colonial siguen siendo mayoría para esos años, con un total de treinta y tres.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA En relación a los tres artículos publicados sobre asentamientos y centro urbanos prehispánicos, el primero es del antropólogo e historiador José Alcina Franch y se refiere a «Las ruinas de Palenque a la luz de los viajes de Guillermo Dupaix» (17, 1970, 109-124).
Posteriormente, encontramos el de Ana Rita Valero de García Lascuráin sobre «Los indios de Tenochtitlan, la ciudad imperial Mexicana» (47,1990,, y otro de Alcina Franch titulado «En torno al urbanismo precolombino de América.
El marco teórico» (48,1991,, en el que el autor analiza el proceso de urbanización prehispánico identificando las diferentes tipologías de los asentamientos, manejando para ello una bibliografía en la que se incluyen algunos de los autores ya mencionados por su contribución al desarrollo de la historia urbana americana.
61 Los primeros estudios referidos al período colonial en los que lo urbano aparece de alguna manera significado, los encontramos en el tomo del año 1946.
Concretamente, el realizado por Julia Herráez S. de Escariche sobre «Don Pedro Zapata de Mendoza, gobernador de Cartagena de Indias» (3, 1946, 377-516), que incluye plantas de edificios de la ciudad, si bien se trata más bien de un estudio biográfico que sobre la propia ciudad de Cartagena.
También el del historiador Guillermo Céspedes del Castillo sobre «Lima y Buenos Aires.
Repercusiones económicas y políticas de la creación del virreinato del Plata» (3,1946,, que no podemos considerar dentro del campo de interés de la historia urbana propiamente por no conformar las ciudades de Lima y Buenos Aires el objeto principal de análisis y sí determinados procesos económicos y administrativos que son tratados para el conjunto del virreinato.
En ese mismo número aparece el artículo de María Victoria González Mateos titulado «Marcos Ibáñez, arquitecto español en Guatemala» (3, 1946, 877-910), que trata sobre la labor desempeñada por el que fuera arquitecto principal de la reconstrucción de la ciudad de Guatemala tras su destrucción por el terremoto del año 1773.
En los números siguientes de la revista podemos corroborar algo de lo expresado en el anterior apartado sobre el papel destacado que historiadores del arte e investigadores con intereses afines tuvieron a la hora de proveer el sustrato de la historia urbana hispanoamericana durante la primera mitad del siglo XX.
En este sentido, encontramos artículos como el de Diego Angulo 61 Entre ellos se encuentran Jorge E. Hardoy (1964), Lewis Mumford (1961), o Richard P. Schaedel, de quien Alcina cita en reiteradas ocasiones su trabajo «On the definition of civilization, city and town in prehistoric America», presentado en el 37 Congreso Internacional de Americanistas (ICA), Mar del Plata, 1966.
Íñiguez sobre «El gótico y el renacimiento en las Antillas (Arquitectura, Escultura, Pintura, Azulejos, Orfebrería» (4, 1947, 1-102).
También, el del historiador colombiano Guillermo Hernández de Alba, preocupado por la preservación de los edificios coloniales de Bogotá tras los destrozos originados por el Bogotazo de 1948,62 que ese mismo año publicó en la revista su artículo dedicado a «La iglesia de San Ignacio de Bogotá» (5,1948,; el de Francisco Xavier Mencos sobre «Arquitectos de la época colonial en Guatemala» (7,1950,; y los de José de Mesa y Teresa Gisbert sobre «Noticias para la historia del Arte en Potosí» (7,1950, y «Noticias para la historia del Arte en la Paz» (10,1953,.
63En el plano arquitectónico, y en consonancia con otras publicaciones del período comentadas en el anterior apartado, el Anuario publicó también algunos trabajos sobre fortificaciones realizados principalmente por historiadores.
64 Asimismo, fueron importantes durante las primeras décadas de la revista, especialmente en los años sesenta y setenta, los trabajos sobre cartografía relativa a diferentes territorios americanos, en los que se incluían también mapas y planos sobre centros urbanos.
65 EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA Otros grupos los conforman estudios sobre fundaciones de centros urbanos 66 y los relativos al análisis de determinadas instituciones que tenían su sede en núcleos de población, principalmente los cabildos, aspecto este último que Carmen Delgado Viñas y Simon Gunn destacan como uno de los que han centrado un mayor interés en los trabajos sobre historia urbana.
67 Las otras instituciones se refieren a otros escalones de la administración indiana como la Intendencia o el Consulado o a las de carácter religioso, principalmente cofradías, conventos, colegios y hospitales.
66 Los artículos relativos a esta temática son: Manuel Luengo Muñoz, «Noticias sobre la fundación de la ciudad de Nuestra Señora de Santa María de los Remedios del cabo de la Vela» (6,1949,; Eugenio Sarrablo Aguareles, «La fundación de Jaruco en Cuba y los primeros condes de ese título» (8,1951,; Jorge Comadrán Ruiz, «Nacimiento y desarrollo de los núcleos urbanos y del poblamiento de la campaña del país de Cuyo durante la época hispana (1551-1810)» (19,1962,; Rafael Eladio Velázquez, «La fundación de la Villeta del Guarnipitán en 1714 y la población de litoral paraguayo» (21,1964,; Florencio Fajardo Terán, «El proceso colonizador en el Río de la Plata.
Pérez del Puerto y los orígenes de Rocha» (31,1974,; Carmen Mena García, «El traslado de la ciudad de nombre de Dios a Portobelo a fines del siglo XVI» (40,1983,; o, en fecha más reciente, el artículo de Alain Musset sobre «Los traslados de ciudades en América: autorretrato de una sociedad en crisis» (62-2, 2005, 77-102).
El análisis del medio urbano americano a través de la historia social aparece también reflejado en una serie de artículos publicados por la revista.
Entre ellos destaca de forma especial el de Inge Langenberg sobre «Urbanización y cambio social.
El traslado de la ciudad de Guatemala y sus consecuencias para la población y sociedad urbana al fin de la época colonial (1773-1824)» (36,1979,, por incluir aspectos relativos tanto a la estructura espacial como demográfica, profesional y social, al tiempo que cita a gran parte de los autores que en esos momentos eran un referente para el estudio del urbanismo latinoamericano, como Schaedel, Morse, Hardoy, Solano y Socolow, entre otros.
También los que se interesan por el estudio de un determinado conflicto en un centro urbano durante un momento concreto 69 y los que analizan las características de una sociedad urbana en su conjunto, como hace la historiadora Manuela Cristina García Bernal en «Apuntes sobre la sociedad urbana de Yucatán en el siglo XVI» (40,1983,, o el historiador francés Jacques P. Simard en «Formación, Pérez, «Cofradías limeñas: San Eloy y la Misericordia (1597-1733)» (52-1, 1995, 13-35); Ángel Álvarez Romero, «El Consulado en el proceso de independencia de Cartagena de Indias» (53-2, 1996, 97-121), y David Carbajal López, «"Servicio de Dios, beneficio del público y utilidad del Estado".
69 En este sentido se encuentran los trabajos de Eugenio Sarrablo Aguareles, «Una conmoción popular en el México virreinal del siglo XVIII» (7,1950,, en el que analiza un motín sucedido en la ciudad de Puebla de los Ángeles; Demetrio Ramos Pérez, «Alzaga, Liniers y Elio en el Motín de Buenos Aires del primero de enero de 1809» (21, 1964, 489-580); José Luis Mora Mérida, «Comportamiento político del clero secular de Cartagena de Indias en la preindependencia» (35,1978,; Julián B. Ruiz Rivera, «Potosí, tensiones en un emporio minero» (40,1983,; José Óscar Frigerio, «La rebelión criolla de la Villa de Oruro.
Principales causas y perspectivas» (52-1, 1995, 57-90); Jurgi Kintana Goiriena, «La "nación vascongada" y sus luchas en el Potosí del siglo XVII.
Fuentes de estudio y estado de la cuestión» (59-1, 2002, 287-310); o Wilson González Demuro, «Iglesia y crisis monárquica en el Río de la Plata al finalizar la época colonial.
Dentro de este apartado podemos incluir también estudios más recientes, como el de Inés Quintero sobre «Los nobles de Carcas y la Independencia de Venezuela» (64-2, 2007, 209-232); Sigfrido Vázquez Cienfuegos y Juan Bosco Amores Carredano, «En Legítima Representación: los firmantes del fallido proyecto de Junta de La Habana en 1808» (68-1, 2011, 105-139); Hugo Contreras Cruces, «Aucas en la ciudad de Santiago.
Son escasos, en cambio, para el período analizado, los artículos que ponen su énfasis en aspectos culturales, pudiéndose encontrar dos relativos a fiestas en el volumen del año 1987: Alfonso García Morales, «Las fiestas de Lima (1632), de Rodrigo de Carvajal y Robles» (44,1987,, y Juan Pedro Viqueira, «Diversiones públicas y cultura popular en la ciudad de México durante el siglo de las luces» (44,1987,.
Otros artículos relacionados con la cultura, pero no con las fiestas, son el de Carlos Alberto González Sánchez titulado «Consideraciones sobre el comercio de libros en Lima a principios del siglo XVII» (54-2, 1997, 665-692), y el de Salvador Bernabéu Albert titulado «Pedro José Velarde: un rapsoda callejero en el México del siglo XVIII» (62-2, 2005, 187-218).
Relacionados con el tema de las identidades, encontramos dos artículos: Adriana Delfina Rocher Salas, «Religiosidad e identidad en San Francisco de Campeche.
Hay también estudios que analizan las consecuencias de un desastre en algún centro urbano de la región, principalmente terremotos o epidemias.
En este sentido se encuentran, junto a los ya mencionados de María Victoria González Mateos, Jorge Bernales Ballesteros e Inge Langenberg, los siguientes: Jorge Luján Muñoz y María Cristina Zilbermann de Luján, «Santiago de Guatemala en vísperas de los terremotos de 1773» (32, 1975, 541-571); Miguel Ángel Cuenya, «Peste en una ciudad novohispana.
El matlazahualt de 1737 en la Puebla de los Ángeles» (53-2, 1996, 51-70); Charles Walker y Ricardo Ramírez Castañeda, «Cuentas y cultura material: la reconstrucción del Real Palacio de Lima después del terremoto de 1746» limitaciones de una fuente local de riqueza» (53-2, 1996, 123-145); Marcos D. Arriaga Mesa, «Un acercamiento al comportamiento del precio de los esclavos en La Habana en la segunda mitad del siglo XVI» (56-1, 1999, 15-40); Guillermina del Valle Pavón, «Bases del poder de los mercaderes de plata de la ciudad de México.
Un aspecto importante para los trabajos relativos al período colonial es la aparición en los últimos años de estudios que adoptan una visión multidisciplinar a la hora de tratar algún aspecto relacionado con el medio urbano hispanoamericano.
Un ejemplo en este sentido lo constituye el dossier del que soy coordinador, titulado «Las alamedas: espacios para la socialización en las urbes españolas e hispanoamericanas», en el que participan tanto historiadores del arte como especialistas en Historia Moderna e Historia de América, tratando aspectos relativos tanto a la conformación y evaluación del paisajes urbanos y arquitectónicos de esos espacios urbanos, como a los usos cotidianos y sociales que tuvieron 72.
Con ello se ha contribuido, en parte, a recuperar la presencia de estudios realizados por historiadores del arte en la revista, que desde los años ochenta se había visto muy mermada, contribuyendo a esto último también la publicación de otros trabajos como los ya mencionados de María Jesús Mejías, Escardiel González y Olaya Sanfuentes, o el de Pedro Luengo Gutiérrez sobre «Mestizaje y globalización en la arquitectura de Filipinas.
En cuanto a la visión multidisciplinar, en la que el análisis histórico se completa con aportes de otras áreas de conocimiento, destacan también ejemplos como el artículo de Juan Alberto Molina García (licenciado en Ciencias Exactas y en Filosofía y Letras) sobre «Aspectos climatológicos en las obras de funcionarios reales e ingenieros militares del siglo XVIII hispanoamericano» (71-1, 2014, 253-279), o el de la economista italiana Angela Orlandi sobre «Ciudades y aldeas del Nuevo Mundo en los documentos de los mercaderes y viajeros italianos del Quinientos» (73-1, 2016, 45-64).
73 Sobre los artículos publicados que se refieren al período nacional hay que esperar a 1980 para encontrarnos el primero: el que Pablo Emilio 72 Los artículos que integran el dossier son: Antonio Albardonedo Freire, «La alameda, un jardín público de árboles y agua.
Origen y evolución del concepto»; Manuel Fernández Chaves, «Las alamedas en la España Moderna.
Interpretación histórica de un espacio urbano»; Emilio José Luque Azcona, «Conformación y características de las alamedas y paseos en ciudades de Hispanoamérica»; Álvaro Recio Mir, «Alamedas, paseos y carruajes: función y significación social en España y América (siglos XVI-XIX)» y Clara Bejarano Pellicer, «Música y alameda en la Edad Moderna: el caso de la sevillana alameda de Hércules en el siglo XVIII» (72-2, 2015, 415-576).
73 Hay otros dos artículos relativos al período colonial que fueron publicados en la revista, pero no entran dentro de ninguna de las temáticas mencionadas hasta el momento: Mario Góngora, «Sondeos en la antroponimia colonial de Santiago de Chile» (24,1967, y María Lourdes Díaz-Trechuelo Spínola, «Antonio Fernández de Roxas y su "Topographia de la ciudad de Manila"» (15, 1958, 225-271).
Pérez-Mallaína Bueno publica sobre «Profesiones y oficios en la Lima de 1850» (37,1980,, que más que un estudio de la ciudad en sí misma lo es de las profesiones y oficios que existían en la capital peruana a mediados del siglo XIX.
El siguiente no aparece hasta dieciséis años después, el realizado por Ana María Mateu que lleva por título «Poder y relaciones políticas y económicas en Mendoza, Argentina 1880-1920» (53, 1996, 199-226), en el que la ciudad vuelve a aparecer como un mero escenario para el análisis de aspectos de tipo político y económico.
El primero de los artículos que sobre el período nacional incluye en su objeto de estudio aspectos relacionados tanto con la economía, la sociedad y la estructura urbana, es el de Elda E. González Martínez titulado «Café, inmigración y estructura urbana: São Paulo en el siglo XIX y principios del XX» (54-2, 1997, 593-611).
El siguiente, el de Miguel A. Rosal sobre «La exportación de cueros, lanas y tasajo a través del puerto de Buenos Aires entre 1835 y 1854» (55-2, 1998, 565-588), se centra en aspectos relacionados con el comercio de exportación a través del puerto de Buenos Aires, por lo que podemos incluirlo como un ejemplo más de estudios en los que la ciudad aparece como un mero marco espacial seleccionado para profundizar en el conocimiento de determinados procesos históricos.
Como ya se ha mencionado, el número de trabajos sobre el período nacional se incrementa de manera considerable durante las dos últimas décadas, siendo las temáticas menos diversas que las expuestas para el período colonial.
En contraste con lo que hemos mencionado para dicho período, para este grupo hay un mayor enfoque en aspectos culturales.
También: Mauricio F. Rojas Gómez y Marco A. León León, «Control social y construcción EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA Otras de las temáticas que aparecen tratadas con mayor frecuencia se refieren a cuestiones medioambientales, destacando en este sentido algunos trabajos sobre la gestión de recursos hídricos, como el artículo de Inmaculada Simón Ruiz sobre «Centralización o descentralización: gestión pública o privada de un "bien escaso": historiografía sobre el agua en la ciudad de México en los siglos XIX y XX» (64-2, 2007, 233-252), o el de Carlos O. Crespo Flores sobre «Privatización del agua y racismo ambiental en ciudades segregadas.
Relacionados con este asunto, pero desde el punto de vista de la higiene urbana, se encuentran los artículos de Cecilia Moreyra sobre «Cultura material e higiene cotidiana en la Córdoba del Ochocientos» (74-1, 2017, 211-234), y el de Inmaculada Simón Ruiz y Raúl Sánchez Andaur sobre «Introducción al paradigma higiénico sanitario en Chile (1870Chile ( -1925)): discursos y prácticas» (74-2, 2017, 643-674).
Los que cuentan con un enfoque de la historia social, muy numerosos para el período colonial, están aquí escasamente representados, pudiéndose encontrar en este sentido los que se centran en el estudio de un determinado colectivo urbano, como los artículos de Emma Teresita Raspi, «El mundo artesanal de dos ciudades del norte argentino.
También están poco representados los que podemos enmarcar dentro de la historia política, como sucede con los artículos de Fabián Herrero, «Buenos Aires en tiempo de Revolución.
Centralización y confederación americana» (67-2, 2010, 663-678); Leandro Lichtmajer y Florencia Guzmán, «Hacer política en un pueblo azucarero: prácticas a ras del suelo en la transición del radicalismo al peronismo.
Llama la atención lo poco tratados que están otros temas que para el período colonial sí cuentan con una destacada presencia.
Nos referimos, de hegemonía en la ciudad de Concepción (Chile), 1860-1900» (70-2, 2013, 641-671), artículo en el que sus autores analizan algunas transformaciones culturales experimentadas por sectores subalternos de dicha localidad, en concreto en lo que se refiere a aspectos relativos a la evolución y valoración de las ideas de trabajo y educación.
por ejemplo, a trabajos relativos al poder local, pudiéndose encontrar únicamente el de María Dolores Palomo Infante sobre «Los Ayuntamientos de los pueblos indígenas de Chiapas en el siglo XIX y su relación con los asuntos de justicia» (66-1, 2009, 21-46); o también al urbanismo contemporáneo latinoamericano, representado por un trabajo de mi autoría sobre «Globalización y ciudad: la reinvención de espacios urbanos en América Latina» (65-2, 2008, 265-287), en la línea de los estudios interesados en el análisis de la dimensión global de las ciudades bajo el enfoque de la competencia y la competitividad, y el artículo de Juan Sebastián Malecki sobre «Ernesto La Padula en Córdoba, peronismo y ciudad 1946-1955» (75-1, 2018, 323-352).
La presencia de trabajos sobre historia urbana publicados por el Anuario de Estudios Americanos desde su aparición en 1944 hasta junio de 2018, es poco significativa si la comparamos con los estudios en los que la ciudad aparece, más que como un objeto de análisis en sí misma, como un mero escenario para la comprensión de determinados procesos históricos.
Si tenemos en cuenta que hasta los años setenta fueron geógrafos, arquitectos e historiadores del arte los principales impulsores de los estudios sobre historia urbana, y que la presencia de los dos primeros fue poco significativa en la revista frente a la de historiadores, podremos entender fácilmente el motivo de lo expuesto.
El aporte inicial realizado por los historiadores del arte para el conocimiento del desarrollo urbano y arquitectónico de la región sí ha quedado, en cambio, claramente reflejado.
También el de los historiadores a partir de fines de la década de 1970, pudiéndose diferenciar entre ellos un importante número de académicos españoles, latinoamericanos de diferentes países de la región y, en menor medida, de otros europeos como alemanes o franceses.
En relación a las temáticas que contemplan los trabajos en los que lo urbano aparece destacado de alguna manera, son diferentes para los períodos colonial y nacional.
75 Por último, mencionar que únicamente tres artículos comprenden un marco cronológico que incluye tanto el período colonial como el independiente.
También el de Francisco Bolsi titulado «Familia, estrategias de reproducción social y comercio de exportación en Tucumán, Argentina, 1780-1820.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA Para el primero se encuentran principalmente los relacionados con los poderes y las instituciones de gobierno local, la cartografía, las fortificaciones, los procesos fundacionales de ciudades y los que analizan algún conflicto o se centran en un determinado colectivo urbano, siendo llamativa la escasa presencia de artículos sobre grupos urbanos considerados como «subordinados», a pesar del interés que la historia urbana les prestó durante los años ochenta.
En cambio, están escasamente representados los temas relativos a la historia política, económica y, principalmente, cultural.
También estudios de tipo transatlántico en los que se establezcan comparaciones sobre las formas de desarrollo de centros urbanos y la circulación de ideas y modelos urbanísticos, que tanto interés despertaron en los años ochenta.
Para el período nacional destacan, sin embargo, los que se refieren a aspectos culturales.
Por último, cabe subrayar el hecho de que la práctica totalidad de los artículos publicados por el Anuario de Estudios Americanos que se refieren a ciudades o que utilizan un medio urbano determinado como escenario para el análisis de procesos históricos concretos, aplican un marco local o regional de análisis.
En este sentido, estos trabajos suponen un importante aporte para el conocimiento de la historia urbana de la región, en unos momentos en los que la comparación de casos concretos permite obtener resultados que pueden corroborar, o no, algunas de las hipótesis planteadas por estudios de carácter más genérico. |
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La ciudad de Sevilla, actual capital de Andalucía, tiene una trayectoria americanista como ninguna otra ciudad europea desde hace ya más de cinco siglos.
La adquirió a lo largo de los más de tres siglos durante los cuales España ocupó y dominó gran parte del continente al cual Cristóbal Colón llegó el 12 de octubre de 1492.
Pero a pesar de que ya ha cumplido el bicentenario de la independencia de los estados hispanoamericanos, con la cual Sevilla perdió gran parte de su importancia política y económica concreta para esos países, logró compensar esta pérdida convirtiéndose en un punto de tránsito primero de españoles que regresaban a su país de origen, luego de hispanoamericanos en busca de sus antecedentes y de investigadores de historia, y ya en la segunda mitad del siglo XX en un centro del turismo mundial.
La ciudad con una importante trayectoria histórica ya en la antigüedad y durante el período musulmán, conserva tantos sitios históricos relacionados con América que una historiadora sevillana, estrechamente vinculada al Anuario de Estudios Americanos, en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia pudo calificar al Atlántico como nuevo Mare Nostrum.
1 La «historia de América» como narrativa de acontecimientos y de hechos históricos relacionados con el continente nuevamente reconocido como tal, es en todo caso más antigua que el nombre «América» que finalmente se impuso.
Poco después del viaje colombino surgió el género de descripciones geográficas, que aun durante el siglo XVI desembocó en relatos de procesos de colonización, de actividades de órdenes religiosas, de ciudades y villas ya existentes o nuevamente fundadas, de rebeliones y sucesos extraordinarios, que fueron enviados a la Corona.
Esta, sirviéndose o no de tales relatos, en todo caso los hizo archivar para disponer de ellos más tarde, como antecedentes administrativos, políticos o judiciales.
En muchos casos la Corona incluso pidió a las autoridades transatlánticas de forma general informes muy precisos y sistematizados en forma de encuesta.
Esto, tanto el recibir y archivar documentación, como el reclamar información sistematizada y generalizada, en aquel entonces era un procedimiento nuevo impuesto en parte por la distancia y la creciente complejidad de gestión para la administración real.
Sobre este tema se profundiza en la obra coordinada recientemente por Iglesias, García Bernal y Díaz Blanco, 2018.
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» posteriormente estos escritos se clasificaron como crónicas, testimonios o de otras maneras,3 para servir de fuentes a los cronistas nombrados por los reyes y a los posteriores gestores administrativos, y para, finalmente, ser encontrados y evaluados por historiadores modernos.
Casi siempre estos textos narrativos persiguieron determinadas finalidades, como destacar méritos, denunciar problemas o personas, llamar la atención de la Corona o de autoridades eclesiásticas sobre determinados fenómenos, hasta para servir en luchas propagandísticas en tiempos de guerra.
4 Solamente en casos aislados estaban pensados para ser publicados, ya que para ello tenían que pasar por la censura secular y eclesiástica.
Si bien algunos autores se esforzaban en aplicar juicios críticos al manejar este tipo de fuentes, solamente desde la época de la ilustración encontramos los antecedentes de una historia de América crítica con los métodos de una disciplina científica, tal como Carlo Ginzburg lo entiende.
5 Para Sevilla, que en la época moderna era lo que un poeta alemán caracterizaba como «molino de pueblos» (Völkermühle), es decir una ciudad fluvial vinculada con el Atlántico, en la cual se radicaron hombres de muchos países y continentes, este tema es de suma importancia.
6 Aquí, desde luego, no es el lugar para seguir el largo trayecto del surgimiento de la historia de América como disciplina científica, ya que existen bastantes estudios que analizan estos antecedentes desde los tiempos del humanismo.
7 Como Sevilla era el puerto desde el cual zarparon los barcos y personas a América, pero también el puerto de regreso de los mismos, ya en el siglo XVI la ciudad se había convertido en un punto nuclear desde el cual toda Europa se informaba del arribo de los metales preciosos americanos, que en medida creciente influyeron en la política europea, así como de los sucesos allende el mar y de la naturaleza en tierras ultramarinas.
Sevilla es, por tanto, una ciudad no solamente comunicada con el Mediterráneo -como, siguiendo las huellas de Fernand Braudel, han analizado muchos-, sino también con el Atlántico, América, África Occidental y el Lejano Oriente, como analizó de forma monumental el matrimonio Chaunu.
Pero no se debe olvidar la importancia que reviste la ciudad para HORST PIETSCHMANN Europa, lo cual obliga a invertir la mirada desde Sevilla hacia el «resto de Europa».
8 Al fin y al cabo muchos historiadores han podido observar que el ritmo de paz y guerra en Europa dependió en gran medida de las llegadas de las flotas americanas a Sevilla, así que en tiempos recientes esta ciudad se ha interpretado como agente principal de la primera globalización.
9 Desde que en los años 1780, en época de Carlos III, empezó el proceso de concentración de la documentación indiana en la Casa Lonja de Sevilla, 10 la ciudad empezó a recobrar importancia americanista, que había sido mermada con el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz a comienzos del siglo XVIII y en 1778 con la introducción del comercio libre con América.
Después se hizo cada vez más patente el declive del «Imperio» español con la invasión napoleónica, seguido por las luchas de independencia en Hispanoamérica, acompañado de un importante trasvase humano con migraciones de América a la Península y viceversa.
Cuando a mediados de la centuria decimonónica empezaron a publicarse las grandes colecciones de documentos inéditos para la historia tanto de España como de América y Oceanía, colecciones que aun no respondían del todo a los modernos criterios de edición de fuentes, llamaron la atención sobre el enorme acervo bibliográfico y documental del país y sobre todo de Sevilla.
La ciudad recobró poco a poco importancia, atrayendo a coleccionistas, viajeros y estudiosos, lo cual desembocó en grandes festejos al celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento en 1892.
Estos festejos estuvieron acompañados por actividades multifacéticas: tanto por gestiones para que el papa declarara santo a Colón -afortunadamente sin éxito-, como por debates intensos acerca del papel del almirante y de otros descubridores.
11 En cierta manera se puede afirmar que el americanismo tiene sus comienzos en las múltiples actividades culturales en torno al IV Centenario del Descubrimiento y que debates sobre el significado del fenómeno histórico relacionado con Cristóbal Colón han acompañado la nueva disciplina desde el inicio hasta el Quinto Centenario y más allá.
8 Renate Pieper (2000) emprendió un intento parcial de invertir la perspectiva, analizando la correspondencia del Imperio Habsburgo, basándose en gran parte en la correspondencia de los factores de la casa de los Fúcares en Augsburgo.
11 También poetas como Paul Claudel publicaron obras de teatro en torno al «descubrimiento», y hasta en la alemana ciudad de Colonia un tal Fastenrath organizó un certamen para festejar el «descubrimiento».
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA»
El americanismo como historiografía bicontinental
Desde los festejos de 1892 hasta finales de la Segunda Guerra Mundial la historia de América se constituyó lentamente como disciplina científica importante, primero en España, como analizó José Antonio Calderón Quijano desde una perspectiva interior.12 Recién desde más o menos los años 1950 también en otros países europeos surgió el americanismo, impulsado en gran medida por el nuevo peso político de los Estados Unidos, y como reacción a la iniciativa de crear en 1945 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y su dependencia cultural, la UNESCO.
Desde entonces la UNESCO alberga al Comité International des Sciences Historiques (CISH), con sede en París, que había sido fundado en 1926 y organiza cada cinco años los congresos internacionales de historia.
13 También conviene mencionar al International Council on Archives (ICA), cuyo papel aun es poco analizado por la historiografía.14 Paralelamente en América se fundó en 1948 la Organización de Estados Americanos (OEA).
15 También en esta última entidad se formaron instituciones subordinadas, al agregarse a ella en 1949 el Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH), dotado a su vez con varios institutos.
16 Al nuevo Instituto de Historia se integró la sede de la HORST PIETSCHMANN Revista de Historia de América (RHA), que había sido creada en 1938 por el historiador y diplomático mexicano Silvio Zavala,17 consiguientemente la revista celebra en 2018 sus 80 años de fundación.
Junto con el Anuario de Estudios Americanos (AEA), la Revista de Historia de América es, por lo tanto, uno de los órganos de publicación histórica más antiguos del americanismo y de periodicidad regular sin interrupción.
18 A pesar de estas semejanzas desde sus respectivos inicios son de características especiales.
En vísperas del Quinto Centenario, desde 1985 en adelante, la OEA lanzó un ataque al concepto europeo que se manejó desde el siglo XIX acerca del viaje colombino acuñado por la geografía al denominar aquel período como «época de los descubrimientos» y/o «descubrimientos y conquistas».
En contra de esta terminología en uso hasta entonces, la OEA -a propuesta de la Comisión Mexicana para el Centenario, encabezada por el Dr. León Portilla-argumentó que el de 1492 no era un descubrimiento porque América ya estaba poblada por seres humanos y por lo tanto descubierta mucho antes, y propuso en su lugar el concepto de «encuentro de culturas», 19 recurriendo a un término ambivalente según el diccionario de la lengua de la Real Academia Española.
La OEA adoptó «encuentro de culturas» para las actividades que se programaban y después esa denominación se divulgó ampliamente también en Europa.
El concepto irritaba tanto a estudiosos procedentes de países que no hablaban español y carecían de una formación filológica, como a los que seguían la línea interpretativa de Tsvetan Todorov, 20 que se reclutaban sobre todo entre intelectuales de filiación izquierdista.
Estos atacaban violentamente el concepto -a pesar de que «encuentro» era un término de compromiso que sí aceptaba un papel activo del indígena en el proceso-porque consideraban a la población indígena solamente como víctimas NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» pasivas de violencia.
Otros simplemente no conocieron el doble sentido del concepto «encuentro», que puede significar tanto un suceso amistoso como un choque de reducida participación o de un nivel de baja violencia.
El desarrollo de las condiciones de investigación para el americanismo
Aproximadamente hasta la Segunda Guerra Mundial, en Europa -aparte de la Península Ibérica-los descubrimientos geográficos y lo que hoy se llama historia contemporánea en tierras no-europeas eran materias propias de la geografía en la educación superior y muchas veces resultados de viajes o expediciones a regiones americanas.
Esta situación era consecuencia de que durante el proceso de profesionalización de la historia, ya constituida como disciplina científica universitaria, se había establecido como principio sine qua non que el análisis del pasado requería la investigación de fuentes de archivo.
Estudiar la historia de una región exigía ir a estudiar las fuentes en sus archivos.
En caso de que esto no fuera posible, solamente quedaban la literatura y la geografía como alternativas de conocimiento.
En España y muy particularmente en Sevilla existían archivos relacionados con América, y por lo tanto los europeos podían estudiar la historia de América, aunque durante mucho tiempo de forma muy parcial por las dificultades de acceso y falta de información; así como también les resultó difícil a los investigadores americanos trasladarse a la Península y costearse una estancia larga de investigación hasta que se hicieron posibles los viajes en avión a precios razonables.
Hasta muy entrado el siglo XX los aviones entre ambos continentes requerían escalas en las islas Canarias o en las Azores para abastecerse de gasolina.
Así lo experimenté en primera persona cuando, destinado en 1964 a investigar en un proyecto de colaboración científica en México, tuve que emprender el viaje de ida en un barco de carga, para regresar a principios de 1966 en avión.
El detalle de los medios de transporte lo experimentaron también muchos de mis colegas de la segunda generación de americanistas europeos.
El viaje en noviembre de 1964 de Amberes a Veracruz en un barco de carga tardó como tres semanas; en febrero de 1966 el regreso en avión de México DF a Colonia duró como 24 horas con escala en Nueva York.
En marzo de 1966 el viaje en tren de Colonia a Sevilla duró como dos días: medio día a París, otro medio día a Irún, una noche más a Madrid, más unas doce horas a Sevilla.
El Anuario de Estudios Americanos lo conocí al iniciar mis estudios de historia latinoamericana con Richard Konetzke en la Universidad de Colonia en 1961, cuando como ayudante estudiantil me tocaba asistir en la gestión de la biblioteca del departamento.
HORST PIETSCHMANN trasladé a Sevilla para completar la investigación en el Archivo General de Indias (AGI) durante seis meses más, gracias a una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores español.
22 La historia del transporte tuvo, pues, mucha importancia para las dos primeras generaciones de americanistas europeos.
En general, ellos fueron también los primeros que tuvieron la oportunidad de realizar investigaciones en repositorios documentales de ambos lados del Atlántico.
Pero es preciso destacar que tales problemas existieron también para los investigadores americanos, porque la mayoría de los archivos que tenían a la mano no estaban catalogados y muchas veces se les vedaba el acceso a archivos de notarías o de la Iglesia o, más aun, en el caso de muchos municipios solo había meros depósitos de papeles viejos.
Acudir al Archivo General de Indias de Sevilla solamente era posible dentro de misiones estatales oficiales para recopilar documentación.
Algunas de estas misiones llegaban a tener gran importancia, como por ejemplo la del mexicano Francisco del Paso y Troncoso quien llegó a ser famoso por su trayectoria de investigador.
23 En cambio, los que tuvimos el privilegio de investigar tanto en Hispanoamérica como en España nos tuvimos que enfrentar a otros problemas, así por ejemplo la falta de guías de archivos.
Al no existir aun el Internet solamente se podía recurrir a catálogos impresos de archivos hispanoamericanos.
Tales catálogos en su mayoría solo existían de los archivos nacionales o «generales de la nación», como frecuentemente se llamaban.
Las publicaciones periódicas de los archivos centrales en América Latina, como por ejemplo en mi caso el Boletín del Archivo General de la Nación de México, eran muy difíciles de localizar antes de empezar con la investigación de archivo.
De archivos provinciales y municipales generalmente ni existían tales catálogos, debido simplemente a la falta de catalogación de dichos archivos.
24 En este contexto cabe recordar el apoyo que con frecuencia prestó la Fundación Rockefeller de Estados Unidos, ayudando a institutos universitarios europeos a comprar fondos básicos de libros y de publicaciones periódicas para llevar a cabo estudios de historia 22 En Madrid tuve que hacer escala y presentarme en la sección correspondiente del Ministerio para acreditarme.
En esta ocasión se me recomendó firmar por adelantado los seis recibos de las seis mensualidades que debía cobrar a través de un banco sevillano para evitar atrasos.
24 Los investigadores de esos años se contaban muchas veces las «aventuras» de archivo con hallazgos sorprendentes, como balas perdidas en fascículos de documentación y cosas parecidas.
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» y/o literatura hispanoamericana;25 así como más tarde el de la OEA, con la Escuela Interamericana de Archivos y el Boletín Interamericano de Archivos, que alcanzó alrededor de 14 años.
26 En la década de 1960 la UNESCO inició un programa de internacionalización de la investigación de archivos encargando a través de sus dependencias nacionales europeas la formación de una serie de guías de archivo que debían indicar las fuentes correspondientes a América que se encontraran dispersas en los diferentes archivos nacionales.
27 Los resultados de estas iniciativas para fomentar la investigación aguardan todavía una investigación sistemática y de conjunto.
Esta cronología deja entender las dificultades con las cuales tuvieron que enfrentarse las primeras generaciones del americanismo.
A los miembros de la generación fundadora del americanismo europeo -fuera de la Península-con frecuencia no les quedó más remedio que acudir al AGI en Sevilla y a los archivos en Madrid y Valladolid.
Así lo recuerdo, parcialmente por experiencia propia, de algunas principales figuras fundadoras alemanas, como por ejemplo de relatos que conocieron personalmente a Ernesto Schäfer, de lo que contó mi maestro Richard Konetzke y de los recuerdos de Enrique Otte, 28 que todos eran protestantes.
Aparte del inconveniente de carecer de información acerca de los archivos hispanoamericanos, 29 se HORST PIETSCHMANN integraron muy bien en el ambiente sevillano, según comentarios y relatos personales.
30 Los primeros pasos importantes para establecer a Sevilla como centro del americanismo se dieron mucho antes con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, que dejó huellas urbanísticas en Sevilla hasta la actualidad, 31 y también impactaron mucho los compromisos americanistas consiguientes de la Universidad.
32 El motor principal para la constitución de Sevilla en centro del americanismo en los años 1940 fue Vicente Rodríguez Casado, en cuyo tiempo se funda en 1943 la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, que ya en 1949 ocupaba el predio en el cual se ubica todavía: en la calle Alfonso XII número 16, muy cerca de la plaza del Duque, una dirección que llegó a ser importante en la vida de muchos americanistas.
En 1944 se fundó el Anuario de Estudios Americanos como principal publicación periódica de la nueva institución.
Más tarde este conjunto se completó con la fundación de la Universidad de La Rábida.
Muchas generaciones de americanistas de ambos lados del Atlántico pasaron por ella cuando, realizando investigaciones en el Archivo de Indias o trabajando en la rica biblioteca de la Escuela, fueron por una semana a La Rábida a hablar de sus trabajos en curso y visitar de paso el famoso monasterio franciscano que tanta importancia tuvo en la vida de Colón.
Otros muchos incluso convivieron en la residencia de la Escuela con los investigadores que ahí trabajaron y/o vivieron.
Estos años de fundación en Sevilla eran los primeros después de la Guerra Civil en España y al mismo tiempo un período de fundación de muchas otras revistas hispánicas: en 1940 se habían creado la Revista de Indias, Hispania, Estudios Geográficos; en 1941 Sefarad; en 1944 junto con el Anuario de Estudios Americanos, la revista Arbor y los Cuadernos de Estudios Gallegos; y en 1948 la Hispania Sacra, para mencionar solamente algunas.
33 En cambio, en 1936 había dejado de publicarse la Revista de Occidente al tener que refugiarse en el exterior su fundador, José Ortega 30 En sus memorias un pionero americano de aquellos tiempos tempranos relata: «Sobre don Ricardo Konetzke he escrito en otra oportunidad.
Era bastante mayor que nosotros; ocupaba una habitación [en la residencia] frente a la mía; trabajaba incansablemente en el Archivo de Indias y vivía sobriamente con una asignación del Consejo Superior de Investigaciones de España.
No participaba mucho de nuestras controversias; era protestante -pero respetuoso-y era el único que tomaba un vasito de vino en las comidas», en Acevedo, 2006, 53.
31 Todavía cuando llegué por primera vez a Sevilla para trabajar en el Archivo de Indias y viviendo en la residencia de la Escuela noté ahí el espíritu pionero que reinaba entre los americanistas que trabajaban en la ciudad, procedentes tanto de la propia Sevilla o de España como de otros países europeos y americanos.
Estos últimos vinieron con frecuencia becados por el Instituto de Cultura Hispánica.
No se hablaba de política sino sobre los temas que se estaban investigando y sobre los hallazgos documentales que se hacían en el archivo, y a media mañana se iba al bar en frente de la Casa Lonja para tomar el café y conversar con los colegas.
Si acaso se contaba algún chiste ajustado a la situación del país en aquel entonces.
En 1975, al dictar un cursillo en la Universidad, invitado por Francisco Morales Padrón, esta situación había cambiado.
Aparte de que eran frecuentes las manifestaciones de estudiantes y la policía los expulsó varias veces de la Universidad, en la historiografía ya se difundían temas como los que más tarde se discutían en torno al Quinto Centenario.
34 Entretanto en Hispanoamérica se habían organizado dos escuelas historiográficas que recibieron mucha influencia por parte de historiadores españoles emigrados: en Argentina sobre todo una escuela de historia medieval promovida por Claudio Sánchez-Albornoz y en México sobre todo el Centro de Estudios Históricos de la entonces Casa de España en México (1938-1940), que después iba a ser el primer Centro de Estudios del posterior El Colegio de México, 35 y el departamento de Historia del IPGH, en el cual trabajaban historiadores provenientes sobre todo del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), todos en una fase importante bajo la dirección de Silvio Zavala.
Este, como miembro de la Embajada de México ante la República Española, pudo ayudar a emigrar a México a historiadores españoles reconocidos, entre ellos a Rafael Altamira, considerado hoy como uno de los fundadores del americanismo.
36 Comparar las dos aproximaciones historiográficas que se desarrollaron entre la metrópoli hispalense y la capital del primer virreinato 34 Véase Pérez Luño, 1992.
36 Altamira y Crevea, 2011, un estudio que el autor tuvo que publicar en cuatro partes y en revistas diferentes y recién la edición citada reúne por primera vez la obra completamente.
HORST PIETSCHMANN hispanoamericano por un historiador que empezó sus investigaciones en 1964 en México para continuarlas en 1966 en Sevilla podrá tener cierto interés para escribir alguna vez la historia de la disciplina que al fin y al cabo ya en los años 1980 y 1990 logró que se publicaran sendas historias generales de América en español, francés, inglés y hasta en alemán.
El Quinto Centenario colombino dio origen a importantes exposiciones en muchos países que además enriquecieron a la investigación con ricas colecciones de pinturas antiguas.
Especialmente en México se organizaron además grandes exposiciones de pinturas coloniales e indígenas que se han recuperado de colecciones desconocidas, muchas veces privadas, y se agregaron al enorme fondo de fuentes ya recuperadas.
37 Además, con la multiplicación de centros de docencia e investigación se crearon nuevas revistas que, pretendiendo ser científicas, resultan pertenecer a la categoría nueva de los «fakes».
Así que hasta se publicaron libros con títulos prescriptivos indicando cómo debía escribirse la historia del Nuevo Mundo.
El perfil del Anuario de Estudios Americanos
El perfil científico de una nueva revista suele esbozarse al inicio del primer volumen de forma más o menos breve por el editor responsable pero en vista de la cantidad de nuevas revistas que se han creado con las facilidades de publicación producidas por nuevas tecnologías y que constantemente a través del Internet van invitando a autores para que envíen colaboraciones, se requiere una perspectiva más amplia para caracterizar el perfil científico hasta de revistas de larga trayectoria.
Así ocurre también con la revista de la cual nos ocupamos aquí, tanto más que en ocasiones los mismos personajes alternan sus actividades entre diferentes medios de publicación.
Tal es el caso de Florentino Pérez Embid, importante colaborador de los primeros números del Anuario de Estudios Americanos (AEA), quien un decenio después aparece dirigiendo la revista Arbor.
Revisar, pues, el contenido de los números durante un período algo más largo parece ser un método más convincente para definir el perfil científico.
Así, el tomo I del AEA, de 1944, ya ostenta las características formales que posteriormente se mantienen por lo menos hasta los años 1980: al principio el nombre de Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA), con la numeración de las publicaciones de esta institución -en este caso, el número 1-, a continuación la Serie 1.a «Anuario», y por debajo el logotipo de la entidad editora, es decir de la EEHA.
En la página siguiente en letras mayúsculas el nombre de la revista, abajo «tomo I», debajo el logotipo de la institución patrocinadora, es decir el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y al pie de la página «Sevilla, 1944».
Al final del volumen, en una página nueva, figura «Índice» y a continuación, con la paginación continuada desde la página 835 hasta la 843, se imprime el índice de la obra.
Este esquema ya se cambia en el siguiente tomo, en el cual después de la página sin numeración con «Índice» se imprime sin paginación «Índice General», que continua detallándose con numeración X hasta XVI, y dividido en varias secciones: primero los estudios, bastante largos, seguidos por una sección «Varia», con trabajos más bien cortos; a continuación se presentan «Documentos», luego «Bibliografía», que suele contener un buen número de reseñas críticas, y se termina con una «Crónica» de lo ocurrido en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos durante el año; al final se presenta invariablemente la lista de publicaciones de la propia Escuela, que en el volumen segundo ya ocupa seis páginas de obras en venta y las que están en prensa.
Este esquema se mantiene con ligeras variaciones, y desde el volumen VI se va introduciendo la diferencia entre las categorías «Estudios» y «Artículos», pero en el fondo las contribuciones de ambas secciones se refieren a investigaciones en el archivo.
Los «Estudios» reproducen trabajos ya muy avanzados, a veces relacionados con tesis doctorales, que posteriormente se publican como libros por la EEHA, mientras los artículos se refieren a nuevos temas o resultan de nuevas investigaciones de archivo aun no muy avanzadas pero ya con resultados prometedores.
Los estudios que se publican en los primeros años del AEA señalan además una comprensión profunda de los antecedentes medievales de «América».
Así por ejemplo el volumen I empieza con un largo estudio de Florentino Pérez-Embid sobre «El Almirantazgo de Castilla hasta las Capitulaciones de Santa Fe», que, dividido en tres capítulos, se remonta hasta la Marina castellana bajo Ramón Bonifaz y los orígenes y atribuciones del Almirantazgo, recorriendo la serie de personajes que ostentaban el título de almirante hasta la fundación del Almirantazgo de Indias concedido a Colón.
Las más de 170 páginas de este estudio, enriquecido con ilustraciones -ya de por sí una innovación en aquel tiempo, en el cual la reproducción de documentos, dibujos e imágenes era costosa y requería tecnología especial-, HORST PIETSCHMANN no solamente remonta a la Alta Edad Media sino a los antecedentes italianos, constituyendo un reto para una historia comparativa de mayor alcance temático y geográfico.
Este estudio es un clásico hasta la actualidad.
39 En segundo lugar este primer volumen del AEA publica un largo estudio de Manuel Giménez Fernández, «Nuevas consideraciones sobre la historia, sentido y valor de las bulas alejandrinas de 1493 referentes a las Indias», estudio largo que abarca desde la página 171 a la 429, de las cuales aproximadamente cien páginas son apéndices documentales.
El autor es a su vez, igual que el precedente, una de las grandes figuras fundadoras del americanismo español, así como el tema que está estudiando es otro tema clásico de aquellos tiempos.
A continuación este volumen incluye el estudio «Colón en Barcelona, las bulas de Alejandro VI y los problemas de la llamada exclusión aragonesa», de Antonio Rumeu de Armas, un historiador de origen canario, quien por entonces inició una larga carrera dedicada a los temas más variados del período de la expansión española en el Atlántico en tiempos de los Reyes Católicos, alcanzando gracias a sus méritos de investigador los rangos más importantes de la vida académica española.
Concluye Emiliano Jos la serie de estudios con un texto de más de doscientas páginas sobre la vida y las obras iniciales de Hernando Colón, el hijo ilegítimo del descubridor, también navegante, humanista y fundador de la famosa Biblioteca Colombina.
De manera que con este primer volumen de la revista se logró un aporte substancial al contexto de la vida y los hechos de Cristóbal Colón, que era entonces y lo sigue siendo de lectura obligatoria para cada historiador que se ocupa de estos temas.
Además, a continuación de estos estudios se publican los documentos más importantes en transcripción fidedigna, lo cual de por sí ya es un logro considerable.
No es frecuente que después de 75 años se pueda afirmar esto del primer número de una publicación periódica, hecho que destaca el carácter pionero de la empresa lanzada en Sevilla a comienzos de los años 1940.
El volumen concluye con tres artículos mucho más breves, de los cuales uno se ocupa de la Hermandad de Santa María del Buen Aire de la Universidad de Mareantes, entidad de gran importancia comunal y social para la gente que actuaba en la navegación de distancias largas.
El segundo NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» artículo, de Vicente Palacio Atard, un autor que después adquirió importancia para la historiografía del siglo XVIII, se ocupa de la pesca de los vascongados en Terranova después de la guerra de Sucesión y las negociaciones que sobre esta materia llevó a cabo un representante español en Londres.
Finaliza esta sección de «Varia» con un artículo sobre un viaje del astrónomo francés Chappe a las Californias y los comentarios al respecto de la Historia Natural de la Nueva España de José Antonio Alzate.
Todavía no tenía la revista una sección bibliográfica, pero ya aparece la crónica de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos desde su fundación hasta fines de 1944, con información sobre sus bases legales, el programa de actividades docentes, así como la nómina de funcionarios y personal docente y con un inciso correspondiente a la Universidad de Verano de La Rábida, en aquel entonces aun en proceso de constitución.
El tomo segundo del AEA, publicado en 1945, también resulta voluminoso con más de 900 páginas, pero es temáticamente mucho más variado, empezando con un estudio de 180 páginas sobre el protector de indios, especialmente los protectores eclesiásticos y su carácter institucional, de la pluma del jesuita Constantino Bayle.
A continuación Antonio Matilla Tascón publica un estudio sobre los viajes al golfo de Urabá, seguido de un apéndice documental acerca de los antecedentes de la exploración al sur desde Castilla del Oro.
Siguen como cien páginas sobre la influencia de los dominicos en la promulgación de las Leyes Nuevas, de Luis Alfonso Getino, seguido de un estudio sobre la colonización danesa en las islas Vírgenes, por Manuel Gutiérrez de Arce.
En un principio se podría decir que la revista continua explorando las fases de la expansión ultramarina a lo largo del siglo XVI -por cierto que el concepto de «expansión» aun no se usaba-, si no fuera porque a continuación uno tropieza con el estudio clásico de Guillermo Céspedes del Castillo sobre la avería en el comercio indiano, que respira aires nuevos.
En primer lugar el autor comienza su estudio con una «introducción bibliográfica» y define a continuación el concepto en su contexto histórico-comercial, dando así un esquema sistemático a su estudio de casi doscientas páginas.
También incluye un apéndice documental en el cual se enumeran las flotas enviadas a América desde 1521 hasta comienzos del siglo XVII y otros pormenores.
Asimismo contiene su estudio un número relevante de láminas, reproducciones de imágenes, planos de rutas, etc. Quizás no sea exagerado afirmar que este estudio organizado de forma sistemática y rico en detalles y aspectos metodológicos haya inspirado en cierta medida a Pierre e Huguette Chaunu HORST PIETSCHMANN cuando realizaron las investigaciones para su monumento historiográfico Séville et l'Atlantique.
A continuación, la sección «Varia» introduce también temas nuevos de cara al futuro de las actividades de investigación en Sevilla.
Me refiero por ejemplo a la aparición de la historia del arte entre los temas tratados y la aparición de un investigador con gran trayectoria en Sevilla como lo era Enrique Marco Dorta, así como la continuación de los temas fiscales con el artículo de Vicente Palacio Atard sobre la incorporación a la Corona del banco de rescate de plata de Potosí y consiguientemente el planteamiento en línea más amplia del problema del crédito en la producción de metales preciosos.
También aparece el tema de la lucha por la independencia y, de forma plural, el tema de la historia militar en la época colonial, lanzado en este contexto por primera vez por José Antonio Calderón Quijano en una serie de artículos.
Será él quien dominará por mucho tiempo la historia de las fortificaciones no solamente en Hispanoamérica, sino también en la Andalucía occidental.
También aparece ahora, ya de forma permanente, la sección de reseñas bibliográficas que en muchos aspectos confirma las observaciones precedentes.
Además esta sección de reseñas concluye -por razones alfabéticas-con la de una obra del historiador mexicano Silvio Zavala sobre uno de los asuntos que en el futuro se convertirá tanto en tema de especialidad particular de Zavala como, de forma mucho más amplia, de la historiografía sobre la época colonial en general: es decir la función de aportar mano de obra de la población indígena bajo el dominio español, 40 con lo cual invariablemente tenía que aparecer tarde o temprano el problema de la llamada leyenda negra.
41 Además ya por entonces debe de haber trabajado en el Archivo General de Indias el historiador angloamericano Lewis Hanke, quien en 1949 publicó su obra clásica en inglés, que ya en el mismo año salió en español en Buenos Aires, traducida por un exiliado famoso: Ramón Iglesia Parga.
42 40 Entre la multitud de obras de Zavala se encuentran tan solo siete volúmenes sobre los servicios personales de los indios de la Nueva España, varios títulos sobre ordenanzas de trabajo, sobre el servicio personal de indios en el Perú, pero también sobre la defensa de los derechos de la población indígena.
El bibliotecario del Ateneo de Madrid acuñó el término que de forma intermitente ha vuelto a discutirse en el americanismo a lo largo del siglo XX.
Iglesia, quien militó en las filas republicanas, después de la guerra civil española emigró en barco a México, es considerado autor, editor y, sobre todo, traductor; se suicidó en 1948 en Madison, Wisconsin.
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» El libro de Hanke no era polémico, sino un estudio muy serio que analizaba cómo se solucionó con medios del Derecho romano el problema sobrevenido de forma inesperada tanto a la Corona española como a los descubridores: en vez de llegar a Asia, como había pronosticado Colón, poco a poco se descubrió que se trataba de un mundo nuevo de dimensiones continentales... y además poblado por una población autóctona que en la cosmovisión bíblica europea predominante no estaba prevista y por lo tanto hasta se dudaba de su carácter humano.
Hanke reconstruyó todo el proceso durante el cual se definió paso a paso el estatus jurídico del indio y las medidas de protección que la legislación real promulgó.
Su libro llegó a ser así más bien una defensa de España que un ataque.
Con todo, se produjo un debate intenso, en particular en Estados Unidos cuando Benjamin Keen instrumentalizó a Las Casas en contra de los escritos de Hanke.
43 Estos debates influyeron en el americanismo sevillano al motivar toda una serie de estudios sobre Bartolomé de las Casas, haciendo emprender al catedrático de Historia Eclesiástica de la Universidad de Sevilla, Paulino Castañeda Delgado, su monumental edición de las obras del padre Las Casas en catorce volúmenes.
Con la importancia creciente de la Declaración de los Derechos Humanos, el «lascasismo» se convirtió en la fuerza motriz de los debates en torno al Quinto Centenario del viaje de Colón.
Ecos como este contribuyeron a consolidar para mucho tiempo tanto el AEA como el conjunto del americanismo sevillano, hasta que el gobierno en Madrid decidió organizar el año de 1992 en Sevilla una exposición mundial.
El número de temas y autores en torno a la revista había experimentado un proceso de crecimiento y ampliación de personal bastante rápido, convirtiendo el ambiente americanista ya durante los años 1980 en un hormiguero de eventos y personas que permitió pronosticar tiempos con menores recursos una vez terminados los festejos americanistas, al orientarse la Sociedad Estatal para las Conmemoraciones, una de las fuentes principales de financiación para congresos y publicaciones, hacia los Centenarios de Felipe II y Carlos V.
Los pasos del avance y de la expansión del americanismo sevillano se pueden identificar grosso modo en dos fases antes del centenario, y otras dos caracterizadas por el quinto centenario, la fase precentenario y la fase postfestejo.
La entrada a la OTAN en 1982 y la afiliación a la Comunidad Europa marcan en nuestra opinión las líneas divisorias entre las dos fases primeras y las posteriores.
Esos dos acontecimientos marcan una HORST PIETSCHMANN reorientación tanto política-financiera como científica cultural, que pude observar como miembro de dos entidades que concedían becas de estudio y como participante inicial en el programa Erasmus, por cierto experiencias individuales y sin calidad científica probatoria, pero que permiten observar tendencias.
En la segunda mitad de los años 1940 se formó la sección de Historia de América en la Universidad de Sevilla, empezó su funcionamiento la Universidad de Verano en La Rábida (como anexo de la Universidad Hispalense), y creció bastante el número de plazas y de alumnos y, por lo tanto, también el de personas con perspectiva de convertirse en colaboradores del Anuario.
En 1948 se crea en la Escuela una nueva revista, más reducida y publicada en varios cuadernos anuales, con el título de Estudios Americanos.
Revista de Síntesis e Interpretación, que se publica hasta el año 1961.
El título de esta segunda revista ya indica la percepción de la necesidad de mayor diferenciación en el debate de la historia de América y requisitos de discusión de problemas de metodología, balances del estado de la investigación y discusiones de síntesis a distintas escalas y en contextos variados.
En breve, se trataba de evitar el peligro del historicismo con la limitación exclusiva al documento.
Al mismo tiempo la investigación sevillana era consciente de una fuente que aguardaba investigación: el Archivo de Notarías, 44 que era de propiedad del Colegio de Notarios y, en vez de archivo ordenado, era en los años 1960 un enorme almacén de papeles viejos, en gruesos fascículos que, con suerte, permitían identificar la escribanía y una referencia cronológica.
Durante mucho tiempo el Dr. Klaus Wagner, quien daba clases de alemán en la Universidad, era la persona que más regularmente trabajaba en este cúmulo de documentación histórica amontonada y llena de polvo.
Aparte del AEA, los Estudios Americanos y el Archivo de Notarías permiten mencionar algunos ejemplos de cómo el americanismo sevillano pudo lograr una expansión en áreas lejanas.
Richard Konetzke, 45 empezó a publicar en español sobre Hispanoamérica a partir de 1945, primero en la Revista Internacional de Sociología, 44 Documentos Americanos, 1935.
45 Después de investigar entre 1944 y 1952 en el AGI -y viviendo en la residencia de la Escuela-fue profesor visitante en la Duke University en Durham, N.C., y desde 1954 hasta su jubilación en 1965 fue profesor en la Universidad de Colonia, siendo el primer -y durante muchos años, único-profesor de Historia Ibérica y Latinoamericana en la República Federal de Alemania.
Véase Kahle y Pietschmann, 1983 (volumen con la mayoría de artículos publicados en español). luego en la Revista de Indias, y en 1948 apareció en el volumen V del AEA su estudio sobre «Las fuentes para la historia demográfica de Hispanoamérica durante la época colonial».
Ya siendo profesor en Colonia encargó una tesis doctoral sobre la demografía del Perú en el siglo XVIII al futuro Dr. Günter Vollmer,46 quien con las fuentes descritas por Konetzke elaboró la primera historia demográfica del Perú colonial.
Después de trabajar a continuación como colaborador de Enrique Otte, recién nombrado profesor en Berlín, Vollmer investigó largo tiempo en archivos mexicanos en el marco del Proyecto Mexicano-Alemán de Puebla-Tlaxcala, ya mencionado, para dirigir después hasta su jubilación la segunda serie de la revista alemana Ibero-Amerikanisches Archiv, publicada por el Instituto Iberoamericano de la Fundación de los Bienes Extinguidos de Prusia en Berlín.
Otro historiador que recurrió mucho a fuentes existentes en Sevilla era Hermann Kellenbenz, quien desde su puesto de catedrático de la Universidad de Colonia y después de la de Nuremberg y además director del archivo de los Fugger mandó varios colaboradores a Sevilla que aparte de preparar sus tesis reconstruyeron las actividades de los factores de la Casa Fugger hasta 1560.
47 Este proyecto de investigación se emprendió a raíz de las investigaciones conocidas de Ramón Carande sobre la Hacienda de Carlos V y consiguientemente no era una consecuencia directa de colaboración con la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, pero sí le valió a Ramón Carande el nombramiento de doctor honoris causa de parte de la Universidad de Colonia en 1968.
En los años 1970 incluso se firmó un convenio de colaboración entre la Universidad de Colonia y la de Sevilla a nivel de sus respectivas Facultades de Filosofía y Letras, que sigue funcionando ya casi 50 años.
En la práctica esta colaboración se limita a las áreas de literatura hispánica y, en medida mucho menor, al campo de historia.
Para un intercambio amplio el idioma dificultaba en gran medida el intercambio de los colegas que no se ocupaban de forma regular de temas de historia española o de temas de historia no-hispánica en el caso de los colegas sevillanos.
Entretanto, se habían fundado muchas revistas de historia y cultura latinoamericana, al menos en los países de Europa occidental y central, que publicaban en varios idiomas, como era el caso del Jahrbuch (Anuario), que ya en 1964 se había fundado en Colonia por Hermann Kellenbenz HORST PIETSCHMANN y Richard Konetzke.
48 Canjeamos con el AEA durante mucho tiempo el Jahrbuch de Colonia, pero aunque la revista alemana contenía muchas colaboraciones en español, francés, inglés y portugués, se encuentran muy pocos testimonios de que se hayan citado en Sevilla trabajos publicados en español en el Jahrbuch.
Así, poco a poco el intercambio cayó en un automatismo sin verdadero eco.
El americanismo se internacionalizó de forma muy rápida durante los años 1970.
Paralelamente el inglés empezó su predominio lingüístico y formal en las disciplinas históricas, dando incluso las pautas de las reglas de evaluación, forma de presentar los textos en las revistas con resúmenes en inglés de cada contribución, procedimiento que progresó de forma rápida en todos los países.
Ya en dos ocasiones de reuniones de un número importante de revistas publicadas en español se formularon protestas en contra de este predominio.
49 Al mismo tiempo, tras haber llegado a ser intenso y regular el transporte aéreo intercontinental, Sevilla y sus archivos dejaban lentamente de ser los centros más importantes de visita incluso para investigadores de la historia colonial.
Se debió en parte a una mayor especialización temática, al concentrar la atención en uno de los diferentes virreinatos y acudirse directamente a los archivos de la región respectiva.
Otras formas de especialización, como por ejemplo los especialistas en la trata de esclavos o los expertos en contabilidad fiscal, eran pequeños grupos que por la naturaleza de sus temas tenían que ser muy móviles y además atrajeron mucho interés de parte de los medios de publicación.
En esta línea recuerdo incluso a muchos compañeros sevillanos que durante las vacaciones de verano invariablemente viajaron al otro lado del Atlántico para continuar ahí sus investigaciones.
Por otra parte, en muchos países europeos entretanto se habían encontrado importantes fondos de archivo que se referían a la historia de NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» Hispanoamérica o al comercio con la Península Ibérica en la época moderna.
De suerte que el propio campo del americanismo centrado en las rutas de navegación desde Sevilla por la desembocadura del Guadalquivir y, cada vez más, a través de Cádiz al «Mediterráneo caribeño» y cruzando el Istmo de Panamá siguiendo por las rutas del Pacífico, se amplió de forma importante.
Especialmente la estrecha relación entre lo relativo al americanismo clásico, por un lado, con la historia española y europea de la época moderna y los vínculos correspondientes con los Habsburgo centroeuropeos, con el tiempo resultó ser una extensión geográfica enorme del espacio que se tenía que cubrir.
50 Acordándonos, por ejemplo, de la dependencia del virreinato de la Nueva España de la importación de mercurio desde Europa para poder mantener su producción de plata, resulta evidente este fenómeno.
Ya en el siglo XVIII, además de las existencias peninsulares, se tuvo que traer este ingrediente de Hungría, de Idria y de la China a través de las Filipinas y así se entenderá que se requerían mediadores para organizar estas corrientes de comercio.
El mercurio de Hungría se sacaba de las antiguas minas de plata que los Fugger de Augsburgo habían explotado y las abandonaron cuando la masa de plata empezaba a traerse desde América.
Como estas minas tenían como producto colateral mercurio, se volvieron a abrir y trabajar.
El mercurio que se sacó de ahí se llevaba por vía fluvial al mar Báltico y de ahí al mar del Norte, en donde Hamburgo lo adquiría para enviarlo a la Nueva España vía puertos españoles o también vía Inglaterra.
Por su parte, agentes de los Habsburgo de Viena enviaban el mercurio desde Idria por el Mediterráneo vía Cádiz, y el mercurio de Asia se enviaba desde las Filipinas a México vía Acapulco.
51 Se publicaron además grandes colecciones de documentación, como por ejemplo las instrucciones que los virreyes dejaron a sus sucesores, 52 o en Sevilla los catálogos de las consultas del Consejo de Indias.
53 Este es el momento de mencionar los méritos de codicólogos y archiveros que aportaron importantes conocimientos tanto a través del AEA como mediante 50 Compárese tan solo el catálogo de publicaciones del Centro de Estudios Europa Hispánica, https://www.ceeh.es/ [Consultado: 14/08/2018].
Resulta interesante recordar que los volúmenes referentes a fuentes y metodología de esta documentación virreinal Hanke los hizo publicar en la serie de monografía anexas al Jahrbuch de Colonia (Hanke y Rodríguez, 1977).
Posteriormente se publicó una segunda serie por la Diputación Provincial de Sevilla, dirigida también por Heredia Herrera, ya bajo el lema «Quinto Centenario del Descubrimiento de América», en diez volúmenes adicionales cubrió el período hasta 1675.
HORST PIETSCHMANN publicaciones aparte para informar a los investigadores de las diferentes categorías de documentación, de su forma y proveniencia burocrática, etc. Importancia particular adquirió José Joaquín Real Díaz, a pesar de su muerte prematura, con su libro Estudio Diplomático del Documento Indiano.
54 También conviene mencionar ediciones de fuentes que por un motivo u otro quedaron incompletas, como por ejemplo la serie de Pleitos Colombinos, los catálogos de las Cartas de Cabildos Hispanoamericanos y algunas ediciones más.
En suma, estas obras -a las cuales también contribuyeron mucho las instituciones sevillanas-permitieron que los investigadores pudieran preparar mucho mejor su estancia de trabajo en los archivos, reduciendo así el tiempo de estancia y aumentando la posibilidad de visitar más recursos bibliográficos y documentales.
A fines de los años 1960 el profesor sevillano Francisco Morales Padrón, durante mucho tiempo director del AEA, inició desde la Universidad Menéndez Pelayo en Santander un intento de reunir de vez en cuando a los americanistas europeos, que culminó en 1978 en Polonia en la fundación de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA).
La asociación se reunió a un ritmo de coloquios trienales, siempre en distintos países y con la particularidad de integrar también a especialistas provenientes de los países socialistas, detrás de la «Cortina de Hierro».
Desde aproximadamente los años 1980 acudió ya un número bastante grande de americanistas y los coloquios de AHILA se convirtieron en bolsa de intercambio de noticias.
Además, por los temas colectivos a los cuales tuvieron que acudir los correspondientes organizadores europeos, se promovió la investigación sobre temas del siglo XIX y XX comunes a Europa e Iberoamérica, como por ejemplo la historia de las migraciones transatlánticas, inversiones europeas en América Latina, la comparación de formas laborales, etc. 55 Después en los años 1980 también comenzaron a publicarse muchos manuales de historia en ambos lados del Atlántico.
Con la introducción de tecnologías nuevas de imprenta, la aparición del Internet, la digitalización de libros y la edición de revistas digitales, para no hablar de la digitalización de archivos enteros, o del sistema GPS (Global Positioning System) con recurso a satélites para medir distancias, mapas antiguos o identificar restos arqueológicos en los suelos.
Estos desarrollos tecnológicos revolucionaron en mayor o menor medida todas las disciplinas científicas, pero 54 Real Díaz, 1970.
Véase también el aporte posterior de Gómez Gómez, 2008.
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» muy especialmente las humanidades, tanto por suscitar temas nuevos como por hacer asequibles fuentes anteriormente solo existentes en museos y colecciones privadas, como por ejemplo pinturas históricas.
56 En el futuro estas innovaciones facilitarán métodos completamente nuevos de investigación que para representantes de mi generación de autores son difícilmente imaginables.
Al mismo tiempo, con grandes exposiciones como la citada Pintura de los Reinos se estaba promoviendo también la historia comparativa, que para la historia del arte se había introducido ya mucho antes.
57 Estas innovaciones también facilitaron la posibilidad de agrupar libros de distintas editoriales en nuevas colecciones bajo un denominador común, práctica que se impuso con posterioridad a la publicación de esas obras.
¿Qué conclusiones se imponen al final de este recorrido parcialmente autobiográfico por la historia del americanismo sevillano?
No cabe duda que a lo largo de tres cuartos de siglo de funcionar las instituciones sevillanas, fundadas tanto antes como después de la Guerra Civil, han tenido un impacto enorme en que el mundo de las repúblicas hispanoamericanas 59 -que en el mundo científico hasta bien entrado el siglo XX solamente se trataban bajo los dos rubros «descubrimientos geográficos» y «fin del colonialismo», y consiguientemente por la geografía-, a través de la historia colonial ampliaran mucho el área de la historia y la convirtieran en una historia mundial y hasta global.
Se exploró más a fondo este período de la historia de España y de su «hermana lusitana» peninsular con la publicación de largos estudios en el Anuario de Estudios Americanos -de los 56 Pintura de los Reinos, 2008 (para este artículo se utilizó la primera reimpresión de esa obra).
Con la digitalización de muchos archivos y al hacerlos asequibles en redes comunicadas, muchas fuentes se pueden consultar de forma entrecruzada.
Véase por ejemplo: «Pinturas realizadas por los indios de Tenayuca representando los malos tratos hechos por el corregidor Francisco Rodríguez Magariño», documento del AGI de Sevilla, que es posible traer a colación mediante PARES, la red de archivos españoles, http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/show/20819 [Consultado: 19/08/2018].
Desde Sevilla editó esta obra pionera americanista, que ahora ya se ofrece por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM para descargar como pdf.
59 Recuerdo vivamente que todavía en la década de 1960 en Sevilla el concepto «historia latinoamericana» estaba proscrito y uno era invariablemente corregido y advertido de que se trataba de «Hispanoamérica».
HORST PIETSCHMANN cuales muchísimas veces resultaron libros editados después por la Imprenta de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, que pronto se convirtieron en lectura obligatoria-y con la afluencia de investigadores extranjeros al AGI y a la Biblioteca de la Escuela, investigadores que llevaban una parte de los conocimientos acumulados en Sevilla a sus respectivas regiones de origen.
Pero conforme en los años 1960 se habían fundado otras revistas especializadas y series dedicadas a determinados temas o corrientes de historia hispanoamericana, desde el decenio posterior se empezaba a abrir lentamente una brecha entre la historiografía sevillana/española y una parte de los investigadores que acudían a Sevilla.
Se presentaba cada vez más el problema del «historicismo».
Los investigadores locales se inspiraban mayormente en los documentos de archivo cuando tenían que aportar algún estudio, mientras los extranjeros -que venían del ambiente de su respectiva historiografía nacional del momento-acudían al archivo con determinados planteamientos formados en los debates que se producían en sus respectivos países.
Siendo esto un proceso que se dio en todos los países en los cuales se había establecido el americanismo, era natural que temas, aproximaciones, planteamientos teóricos, etc. se diferenciaran y se hicieran pluralistas.
Los debates que mencionamos antes contribuyeron también mucho a este proceso.
Con todo, con el Quinto Centenario del Descubrimiento y los posteriores centenarios de Felipe II y Carlos V, la historiografía española, más integrada en la Comunidad Europea, logró a través de una gran serie de exposiciones históricas propagar la imagen de una Europa que durante la época moderna estaba ampliamente orientada e influida por España y Portugal y la mutua movilización de los recursos de las respectivas posesiones ultramarinas, penetradas cada vez más por intereses de las otras potencias europeas.
60 En tiempos más recientes se destacaron también temas comunes a España y países hispanoamericanos, organizándose exposiciones bilaterales entre España y México, el país del mundo con mayor número de hispanoparlantes.
También se expusieron temas menos heroicos por parte de la arqueología marina, 61 e igualmente habría que mencionar el amplísimo programa de publicaciones de la Fundación Mapfre Tavera.
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS HISTORIOGRÁFICOS: «HISTORIA DE AMÉRICA» Pero los ejemplos mencionados son más bien un indicador de la importancia política que se atribuyó al Quinto Centenario y los Centenarios siguientes, que el Estado nacional y las administraciones autonómicas atribuyeron al pasado histórico para afirmar tanto la coherencia nacional como la particularidad histórica del pasado.
Para evaluar una escuela historiográfica, en cambio, se requiere un estudio más a fondo. |
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Introducción: algunas cuestiones metodológicas 1 Como señalaba Juan B. Amores en un trabajo similar a este publicado hace casi tres décadas, todo intento de análisis de una producción historiográfica está lleno de riesgos.
2 Esto ocurre en mayor medida cuando este estudio se realiza sobre una única publicación, Anuario de Estudios Americanos, donde los resultados por fuerza no pueden ser más que parciales.
Por ello hemos considerado que lo más adecuado era sustentar nuestro trabajo sobre una metodología fundamentalmente cuantitativa, pretendiendo mantener sobre cuestiones numéricas y estadísticas la pretensión de objetividad que debe dirigir todo análisis científico, así como lograr unos resultados que fueran útiles para otros investigadores.
Y es que realizar una investigación sobre las publicaciones de artículos sobre el Caribe aparecidos en el Anuario de Estudios Americanos no ha sido algo sencillo.
Sin embargo, no es ese el total de artículos referidos al Caribe pues hemos discriminado todos aquellos que no fueran específicamente de historia, descartando por ejemplo los dedicados a literatura, historia del arte o antropología.
Otras de las cuestiones ha sido dirimir el espacio concreto de estudio.
La definición del área Caribe nunca ha sido fácil desde el punto de vista geo-histórico, y menos para un análisis de carácter historiográfico como el que se pretende hacer aquí.
Para algunos geógrafos e historiadores hay que incluir en ella además de a las Antillas, a las Floridas, el Caribe novohispano (incluido Yucatán), el centroamericano y las «fachadas caribeñas» de Venezuela y Colombia.
3 Efectivamente, las relaciones de todo tipo entre aquellos distintos espacios fueron intensas en la época moderna o colonial, que es a la que atiende principalmente la mayoría de los trabajos publicados en el Anuario.
Sin embargo, hemos decidido excluir de nuestro estudio los trabajos referidos al Caribe novohispano y centroamericano por una razón práctica -elevaría en exceso el número de trabajos a analizar en este breve estudio-y otra historiográfica: estas dos regiones han sido tratadas 1 Este texto es resultado en parte del apoyo del proyecto de investigación del Centro de Estudios Iberoamericanos de la Metropolitan University of Prague, financiado por el Ministerio de Educación y Deportes de la Republica Checa, código 57-02, en el año 2018.
tradicionalmente por la historiografía de la América colonial como vinculadas al virreinato novohispano o a la Audiencia de Guatemala, o como área autónoma (caso de Yucatán) más que al Caribe.
También se han excluido los trabajos dedicados a los protagonistas del Descubrimiento y primer dominio en América, pues aunque tuvieron su desarrollo en el Caribe solo los hemos cuantificado en aquellos casos que se refieren a acciones específicas en el área.
4 Una vez establecidos los parámetros generales y contabilizado el número de trabajos que cumplían con estos criterios, hemos realizado una base de datos en la que se han referido los siguientes campos: nombre y apellidos del autor (iguales datos para coautores), nacionalidad de los mismos, título del artículo, volumen, fecha de publicación, páginas, idioma del texto, espacio geográfico concreto, época objeto de estudio, temática principal y otras temáticas secundarias.
Con estos datos consideramos que era factible realizar un análisis cuantitativo válido y, como podrá comprobarse, se han podido extraer algunas conclusiones al respecto, que esperamos puedan servir para que en el futuro se realicen otros estudios complementarios.
Otra de las limitaciones es la reducida producción de trabajos dedicados al análisis historiográfico sobre todo el conjunto del Caribe, si exceptuamos el volumen VI de General History of the Caribbean dedicado a metodología e historiografía, editado por la UNESCO en 1999.
5 Hemos contado con análisis parciales dedicados fundamentalmente a la isla de Cuba.
La única monografía, que realmente es una compilación de textos antologados por Carmen Almodóvar sobre la historiografía cubanista española de finales del siglo XX, cuenta con aparato introductorio muy útil.
7 También hemos tenido que buscar referencias SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS en trabajos generales como ha sido el estudio sobre el americanismo en Sevilla de Calderón Quijano.
8 Otra cuestión preliminar antes de pasar al desarrollo propio del trabajo de análisis es señalar el funcionamiento de la revista, que afectó a la incorporación de trabajos en general, pero específicamente tuvo incidencia en la publicación de artículos sobre el Caribe.
Durante los primeros años la revista no contó con un organigrama de dirección y consejo de redacción, sino que estuvo a cargo de la propia dirección de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Hasta la década de 1960 la revista funcionó básicamente como una herramienta para difundir los avances del americanismo sevillano, aunque también contó con trabajos de autores no españoles vinculados temporalmente a la EEHA y que en la mayoría de los casos habían realizado sus investigaciones en el Archivo General de Indias.
Valga como explicación la evolución histórica de la conformación de la dirección de Anuario.
Los cuatro primeros volúmenes no especifican la ordenación del consejo de redacción, ni nombre de director alguno.
Será a partir del volumen V, de 1948, cuando aparezca por primera vez un consejo de redacción.
Este esquema se mantiene de forma similar en los siguientes números, aunque desde 1950 no consta redactor jefe.
Sin embargo, curiosamente en el año 1956 (volumen XVI) no se incluye el consejo de redacción, sino únicamente a Antonio Muro Orejón como redactor jefe y a Francisco Morales Padrón como secretario de redacción.
Sería con la llegada de este último a la dirección de la revista en 1966, cuando Anuario iniciaría su auténtico recorrido como revista de carácter internacional, aunque esto tuvo que ver directamente también con la expansión de los estudios americanistas en otros países en aquel momento.
Esta evolución quedó plasmada tanto en el origen de los autores como en la metodología de los artículos publicados, como comprobaremos en los trabajos relativos al Caribe, aunque consideramos que esto puede ser extrapolable a todo el conjunto de la publicación.
De los datos extraídos podría considerarse que los distintos directores, apoyados en sus consejos de dirección, han imprimido su sello y en el caso de aquellos especializados en el Caribe o en temas con fuerte presencia en las Antillas, como es la esclavitud.
Esto podría inferirse del número de artículos e incluso en la publicación de monográficos, como veremos durante distintas direcciones.
Sin embargo, somos conscientes de que una parte importante de la razón 8 Calderón, 1987, XCI.
de la publicación de artículos referidos al Caribe ha estado relacionada con la actualidad de las temáticas y la consecuente disponibilidad de trabajos presentados para su publicación.
Finalmente, un aspecto inicial a destacar con respecto a los artículos dedicados al Caribe en Anuario de Estudios Americanos es que están escritos en uno de estos dos idiomas: español o francés.
El mayoritariamente usado es el español, pues solo seis artículos están publicados en francés, lo que supone el 4 % de los trabajos.
Sería necesario señalar que esta circunstancia se debe a que durante décadas la lengua internacional por excelencia para los temas americanistas ha sido el español.9
Presencia del Caribe en el conjunto de la revista
10 De los 75 volúmenes aparecidos hasta el momento, en 61 se ha presentado algún artículo sobre el Caribe, es decir, en más del 81 % de las publicaciones anuales ha tenido presencia esta área.
Si nos fijamos solo en los primeros 50 volúmenes que fueron anuales, en 44 de ellos apareció un artículo sobre el Caribe.
En cuanto a la cantidad total de números publicados (98), en 71 de ellos ha aparecido algún trabajo sobre el Caribe (hay que recordar que desde 1993 se publican dos números por volumen).
Estos datos por sí mismos mostrarían la importancia que ha tenido para la revista el espacio a estudio.
11 Este descenso apunta una significativa tendencia al constituir el periodo con menor densidad de trabajos SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS publicados de toda la serie sobre el Caribe en la revista.
No hemos sabido desentrañar las razones de esta situación, aunque es posible que se deba a una apertura del Anuario a otros aspectos de la historiografía americanista.
El Anuario ha dedicado a lo largo de su historia nada menos que tres volúmenes monográficos a temáticas estrictamente caribeñas.
En el volumen XLIII, de 1986, aunque nominalmente dedicado a la esclavitud en general al cumplirse los cien años de la abolición definitiva de la misma, 24 de los 26 artículos publicados fueron sobre territorios en el área de interés en este estudio.
Esta relación es lógica teniendo en cuenta que para el momento de la abolición era en el Caribe hispano donde se mantenía esta institución de manera destacada.
Este volumen fue iniciativa de su directora Enriqueta Vila Vilar, reconocida especialista en la temática.
El monográfico más significativo con respecto a la importancia del Caribe para la revista aquí estudiada quizás sea el volumen LI-2, de 1994.
En conmemoración de los 50 años de la salida de la revista se publicó un número específico sobre los estudios del Caribe «por ser este un campo de especialización al que la Escuela de Estudios Hispano-Americanos del CSIC, la cuna de la revista, ha dedicado gran parte de sus investigaciones en estos años».
12 El volumen reúne quince artículos aunque hemos contabilizado trece, atendiendo a los criterios metodológicos expuestos, dado que dos de los artículos son sobre Venezuela en general y no específicamente de la costa caribeña.
El tercer número monográfico con temática fundamentalmente antillana fue el LV-1, de 1998, que conmemoró el centenario de 1898 con el título «En torno al "98"».
En este caso catorce de los quince artículos estuvieron dedicados a Cuba o Puerto Rico y tan solo uno a Filipinas.
Este ha sido uno de los temas que más interés ha despertado en la historiografía hispana de las últimas décadas.
13 Según estimaciones hechas por Consuelo Naranjo y Antonio Santamaría, la conmemoración de 1898 había generado hasta el año 2002 nada menos que «más de 100 libros y 800 artículos que estudian la transición del siglo XIX al XX en América Latina».
14 Por tanto, Anuario de Estudios Americanos con su monográfico se sumó de manera destacada a este esfuerzo investigador.
Este también fue el caso de la otra publicación americanista editada por el CSIC, Revista de Indias, que sacó a la luz el EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO monográfico «Cuba 1998», coordinado por Consuelo Naranjo y Alejandro García.
15 Tanto el volumen LI-2 como el LV-1 se debieron muy posiblemente a iniciativas de su consejo de redacción así como a la dirección de Rosario Sevilla Soler, especialista en temas sobre el Caribe.
Un total de 155 autores diferentes han publicado sobre el Caribe en Anuario de Estudios Americanos, de los cuales catorce aparecen como coautores de las investigaciones.
Esto nos indica que esta publicación cuenta con una más que significativa muestra de los investigadores que han dedicado sus esfuerzos al área de estudio aquí observada.
Consideramos que la presencia de historiadores estuvo relacionada, especialmente hasta la organización formal del consejo editorial en la década de 1960, con los contactos personales de los directores de la propia revista y con los vínculos de los investigadores de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
16 Del cómputo total, 133 autores cuentan con un solo artículo, mientras que 22 han publicado más de una vez.
Estos últimos han escrito 58 trabajos, es decir, aproximadamente un tercio de todo lo publicado.
El más destacado numéricamente hablando es el francés Gabriel Debien, con nueve artículos como único autor, más uno como coautor.
Hay que señalar que de estos, cinco son informes acerca de la bibliografía sobre las Antillas de lengua francesa; esta serie de artículos fue iniciativa de Francisco Morales Padrón y fueron publicados entre 1954 y 1973.
17 Debien fue uno de los más importantes especialistas en los aspectos africanos y esclavistas de las Antillas francesas de los siglos XVII y XVIII, especialmente en Saint Domingue.
Su obra está basada en el rigor de la investigación y el análisis de fuentes, siendo una parte fundamental de su producción las crónicas bibliográficas, ediciones de textos y monografías.
Llevado de un respeto extremo a las fuentes primarias retrasó la publicación de su primera monografía hasta 1974: Les esclaves aux Antilles françaises (XVII e -XVIII e siècles).
18 Sus publicaciones en Anuario de Estudios Americanos son una excepcional representación de 15 Naranjo y García, 1998.
16 Para un rápido acercamiento a la historia de la propia revista véase Bernabéu y Varela, 2010.
SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS su obra, así como una fuente indispensable para conocer la bibliografía e historiografía de las Antillas francesas durante el siglo XX.
Ninguno de los demás autores tiene más de cuatro artículos publicados y todos ellos son historiadores españoles: Francisco Morales Padrón, Luis Navarro García y Francisco Castillo Meléndez.
Con tres trabajos encontramos a los también españoles Manuel Luengo Muñoz, María del Carmen Borrego Plá, Pablo Tornero Tinajero y Consuelo Naranjo Orovio, quien tiene dos como única autora y uno más en coautoría.
Entre los autores con, al menos, dos trabajos publicados encontramos a los franceses Anne Pérotin-Dumon, Paul Estrade, Louis-André Vigneras y Jean Pierre Tardieu; a los españoles J. Raúl Navarro García, Pablo Tornero, Bibiano Torres, Rosario Sevilla, José Llavador Mira, Fernando de Armas Medina y Juan B. Amores Carredano (este con uno como único autor y otro en coautoría); el portorriqueño István Szászdi, la cubana María del Carmen Barcia Zequeira y los dominicanos Roberto Cassá y Genaro Rodríguez Morel (que tienen un trabajo en coautoría, con Cassá como principal).
Con respecto al elenco de historiadores que han contribuido al conocimiento de la historia del Caribe con sus participaciones en el Anuario hay que señalar la fuerte presencia de españoles, muchos de ellos los representantes de la llamada «escuela sevillana».
En el total de la revista 37 autores estaban relacionados o bien con la institución editora, o con la Universidad de Sevilla o el Archivo General de Indias.
Como veremos más adelante el total de españoles fueron unos 88 por lo que los «sevillanos» supondrían un 40 %.
De estos, once fueron miembros de la Escuela.
Entre 1944 y 1965 de los 31 artículos publicados sobre el Caribe, veinte tuvieron la autoría de investigadores relacionados con la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, siendo directamente miembros de la misma seis de ellos.
Esto significaría que durante este tiempo más del 65 % de los trabajos de este campo en Anuario provenían de los contactos personales de la dirección de la EEHA.
Durante los doce años de la dirección de Francisco Morales Padrón (1966-1977) se publicaron 28 artículos sobre el área, de los cuales seis estaban firmados por personas vinculadas con el americanismo en Sevilla y otros cuatro por miembros de la Escuela.
Eso supone un 35 % de trabajos vinculados con la institución, lo que significó un destacado descenso.
Con Juana Gil-Bermejo (1978-1985) se publicaron en ocho años quince artículos con esta temática, de los cuales ocho fueron de investigadores vinculados a la EEHA y la Universidad de Sevilla.
Estos datos señalan que con esta dirección la revista retornó a una fuerte presencia EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO de producción propia o de su entorno, con un 53 % de los artículos con estas características.
Durante los años que el Anuario estuvo al cargo de Enriqueta Vila (1986-1992) se publicaron 42 artículos, de nueve de los cuales fueron autores investigadores vinculados a la Escuela, tres de ellos formando parte de su plantilla.
Por tanto, con ella se continuó la senda de apertura de la revista al contar con tan solo un 20 % de producción cercana.
La dirección de Javier Ortiz de la Tabla duró apenas dos años y medio (1999-2001), publicándose ocho trabajos de los cuales dos fueron obra de personas vinculadas con la Escuela y uno más de un miembro de la misma.
Durante los trece años que estuvo Consuelo Varela al frente del Anuario (2002-2014) se publicaron quince artículos sobre el Caribe, siendo siete firmados por personas vinculadas a la Escuela, de las cuales tres eran investigadores del centro, con lo que se volvió a porcentajes altos de producción de la Escuela y su entorno.
Con María Luisa Laviana (2015-2018) se ha publicado un artículo cuyo autor no tiene vínculos directos con la institución.
Con respecto a los investigadores españoles podemos observar una variada adscripción historiográfica.
Por un lado, habría un grupo homogéneo con una metodología más tradicional, los cuales se formaron entre los años 50 y 60 del pasado siglo, como Bibiano Torres, investigador de la EEHA; SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS o los profesores de la Universidad de Sevilla Fernando de Armas Medina, secretario de la revista e investigador de la Escuela, que falleció repentinamente malográndose su destacable carrera, un ejemplo del grupo de los americanistas de origen canario que se formaría en Sevilla como Morales Padrón; Luis Navarro, uno de los catedráticos que ha creado un destacado grupo, cuya herencia continua vigente hasta hoy; y Francisco Castillo, especialista en Cuba.
Como discípulos de los anteriores encontraríamos a Carmen Borrego y Juan B. Amores, en una línea historiográfica más continuista, aunque con influencia de las nuevas corrientes de la historia social y económica, en la que encontraríamos también a Rosario Sevilla y Pablo Tornero, este último con una adscripción metodológica próxima al materialismo histórico, cuando no directamente a interpretaciones marxistas.
Es reseñable el caso del valenciano José Llavador Mira, que fue militante del sindicato Unión General de Trabajadores (UGT) y en 1936 fue encarcelado.
En los años 50, tras salir de prisión y posiblemente gracias al apoyo de compañeros americanistas, pudo impartir clases de Historia del Derecho Indiano en la Universidad de Sevilla.
19 Casos como este nos ayudan a comprender cómo las vinculaciones personales servían para superar las distancias ideológicas dando lugar a colaboraciones como la que Llavador Mira tuvo con Morales Padrón, 20 algo que en la mayoría de los trabajos historiográficos consultados no suele referirse y que queda patente también en su participación en la propia revista.
Durante la dirección de Morales Padrón (1966-1977) el Anuario reforzó su carácter internacional.
Desde su incorporación a la EEHA en 1954, una de sus prioridades fue tratar de estar al tanto de las novedades historiográficas, interés que se concretó en la creación de la sección de Historiografía y Bibliografía Americanistas en la revista.
21 Su intención era superar el aislamiento de los distintos núcleos americanistas en España, fundamentalmente en Madrid y Sevilla.
Coincidiendo con el inicio de su dirección de la revista, en 1966 convocó una serie de reuniones a nivel nacional para tomar conciencia del catálogo de investigadores americanistas españoles y debatir sobre la evolución de la materia en el marco internacional, 22
Los autores que han publicado en Anuario de Estudios Americanos provienen de quince países distintos.
Predominan de manera abrumadora los investigadores españoles con un total de 88 (aunque uno de ellos es el hispano-venezolano Pablo Ojer, y otro es Fabio López Lázaro, que, aunque nacido en España, desarrolló su carrera en Canadá).
Es decir, los españoles representan el 55 % de los autores.
El 45 % restante está repartido entre diferentes nacionalidades donde solo destacan por su número los autores franceses, que son un total de 19, es decir un 9 %.
Cubanos (nueve) y portorriqueños (nueve, aunque contabilizando un hispano-portorriqueño como István Szászdi) suponen un 5 % en cada caso; los investigadores de República Dominicana son cinco (3 %); los estadounidenses representan el 2,5 %, con cuatro autores; tres serían los investigadores de Argentina y México; mientras con dos representantes tenemos a Colombia, Venezuela, Alemania SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS (uno de ellos el hispano-alemán Enrique Otte), Países Bajos y Hungría; y ya con un solo investigador Gran Bretaña y Checoslovaquia.
25 Como hemos señalado, la creciente internacionalización de la revista estuvo vinculada con la dirección de la misma, especialmente tras la llegada de Morales Padrón.
Valga como demostración de este hecho en el caso de los estudios sobre el Caribe el que hasta 1966 solo hubieran publicado investigadores españoles, con la excepción de los franceses Louis-André Vigneras y Gabriel Debien, ambos relacionados con el propio Morales.
Hasta 1977, final de su dirección, aparecerían trabajos de Eugenio Fernández Méndez, de Puerto Rico; Ádám Szászdi, húngaro aunque afincado en la misma isla; los franceses Gabriel Debien (con dos artículos), Didier Guyvarc'h, Robert Richard y Danielle Turu; Guillermo Porras Muñoz de México; el estadounidense James A. Lewis; y el hispano-alemán Enrique Otte.
Bajo la dirección de Juana Gil-Bermejo García (1978-1985), al menos por lo que se refiere a la producción sobre el Caribe, se volvió a la tónica anterior, con la presencia casi exclusiva de españoles (en su mayoría de la escuela sevillana como Carmen Mena, Carmen Borrego, Luis Navarro, Francisco Castillo o José Luis Mora Mérida), con la única salvedad de Debien.
Con Enriqueta Vila al frente de la revista (1985-1992) y apoyada en su consejo de redacción, se retomó definitivamente la línea ya marcada por Morales Padrón, algo que continuó con los demás directores.
Merece la pena destacar que con Enriqueta Vila se publicaron 24 artículos sobre el Caribe, de los cuales seis eran de autores portorriqueños, cuatro de cubanos, tres de dominicanos, dos de norteamericanos y uno de un mexicano.
De entre los españoles desaparece la hegemonía sevillana (aunque continúan teniendo presencia nombres como los de Pablo Tornero y Rosario Sevilla, muy alejados de líneas historiográficas tradicionales) y hay autores de dispares orígenes como Consuelo Naranjo Orovio o Candelaria Saiz Pastor, formadas en la escuela americanista madrileña; o Magdalena Guerrero Cano formada en Granada, por señalar algunos casos.
Con Enriqueta Vila se publicaría el primer monográfico fundamentalmente antillano, como fue el volumen XLIII, de 1986, conmemorativo de los cien años de la abolición de la esclavitud en España.
Durante la etapa de Rosario Sevilla Soler (1993-1999), que ha dedicado su carrera a estudios sobre el Caribe, el consejo de redacción ha mantenido significativamente las líneas ya expresadas, y se fomentó la publicación 25 No he conseguido identificar la nacionalidad de Carmen Vásquez.
EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO de los otros dos monográficos dedicados al Caribe: en el volumen LI-2 de 1994, conmemorativo de los 50 años de la salida de Anuario de Estudios Americanos, de los trece artículos específicos seis fueron de autoría española y siete de diferentes nacionalidades como la argentina, cubana, francesa, holandesa, portorriqueña y dominicana (dos); mientras en el LV-1, de 1998, dedicado al centenario de 1898, de los catorce trabajos seis fueron firmados por historiadores de España y ocho por investigadores de Argentina, Cuba, Estados Unidos, Francia (dos), Hungría, Reino Unido y República Checa.
Bajo la dirección de Varela la revista fue incluida en 2009 en el ISI Web of Science y en el Arts & Humanities Citation Index y en 2010 en Scopus.
27 Estos son considerados los máximos reconocimiento de calidad posible.
Observando los datos queda claro que el predominio de la historia de Cuba ha sido abrumador.
De los 180 artículos nada menos que 79 están dedicados específicamente a esta isla, a los que habría que sumar aquellos dedicados a las relaciones de la Gran Antilla con Puerto Rico, Santo Domingo y Luisiana (son tres más).
28 En definitiva, un 45 % de los artículos publicados están referidos a Cuba.
Para comprender la importancia historiográfica en los estudios sobre esta isla de la publicación aquí analizada baste señalar que, cuando en 1990 Juan Bosco Amores realizó su estudio historiográfico español sobre la isla, la gran mayoría de los trabajos analizados habían sido publicados en Anuario de Estudios Americanos.
29 Este interés por la isla se multiplicó aun más con la participación en los eventos conmemorativos del 98 que ya hemos señalado con anterioridad.
En cuanto al plantel de investigadores especializados en Cuba que presentaron sus conclusiones en la revista podemos considerar que constituye La segunda isla en importancia en el Caribe, La Española, tiene también el segundo lugar en el interés de los historiadores que publicaron en Anuario de Estudios Americanos.
En total son 24 artículos, a los que habría que sumar uno dedicado a las relaciones con Cuba, que ya referimos antes.
Por tanto, son más de un 12 % de los artículos.
De estos habría que especificar que trece de ellos se dedicaron de manera general a toda la isla (especialmente los que tratan los siglos XVI y XVII), cinco al Santo Domingo español y uno a Saint Domingue (al que se podría sumar otro de Debien sobre refugiados de esta parte de la isla en Cuba), 30 cuatro a República Dominicana y solo uno a Haití.
Los autores que han trabajado esta isla se encuentran entre los más destacados a nivel internacional.
Entre los dominicanos encontramos algunos de los más significativos de las últimas décadas como Frank Moya Pons, Roberto Cassá o Emilio Cordero Michel, además de Genaro Rodríguez Morel y Raymundo González; entre los españoles por destacar algunos señalamos a Juan Gil, Antonio Gutiérrez Escudero, María Magdalena Guerrero Cano, Esteban Mira Caballos y Raúl Navarro García; también los franceses Gabriel Debien, León-François Hoffmann y Robert EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO Richard; el mexicano Guillermo Porras Muñoz y el hispano-portorriqueño István Szászdi.
Con solo este elenco podemos hacernos una idea del nivel de los trabajos presentados y la importancia con respecto a la producción historiográfica de temática dominicana aparecida en la revista.
En consonancia a lo expuesto, el tercer espacio es la tercera isla del dominio español en tamaño, Puerto Rico.
En total han sido veinte los artículos en el catálogo de trabajos, por tanto un 11 %.
Este interés por Puerto Rico está muy relacionado con el plan trazado por Morales Padrón para colaborar en la realización de la historia moderna de dicha isla,31 aprovechando el interés explícito de las autoridades académicas insulares en la internacionalización de su historiografía.
En esta comunión de intereses plasmada en Anuario participaron tanto historiadores españoles 32 como portorriqueños.
En la revista colaboraron con esta temática profesores españoles tan destacados como el propio Morales Padrón, Bibiano Torres, Enriqueta Vila, Raúl Navarro García, Ángel López Cantos, Juana Rodríguez Macías y Cristina Campos Lacasa.
En cuanto a los portorriqueños, Anuario contó con la colaboración de Fernando Picó, Andrés Ramos-Mattei, Francisco A. Scarano, Arturo Morales Carrión, Carlos D'Alzina, Francisco Moscoso, Ana María Carrillo Álvarez y Astrid Cubano.
No habría que olvidar la participación de los prestigiosos profesores Paul Estrade, de Francia, y Adam Szászdi, como ya hemos dicho, afincado en Puerto Rico aunque de origen húngaro.
Estos trabajos constituyeron durante años los mejores aportes historiográficos sobre la historia de Puerto Rico y hoy día siguen siendo una referencia al respecto.
Las demás islas tienen algunos trabajos, como es el caso de la isla de Trinidad bajo dominio español, con cuatro.
Para el Caribe no español dominan las Antillas francesas con diez artículos, lo que supone el 5 %, aunque, como ya señalamos con anterioridad, cinco de ellos son informes bibliográficos; a ellos se suman un trabajo sobre los dominios holandeses y otro sobre las Islas Vírgenes.
Llama la atención que Jamaica no cuente con ninguna investigación.
En cuanto al espacio no insular, el Caribe colombiano cuenta con quince investigaciones, de las cuales doce están dedicadas a Cartagena de Indias y su provincia (lo cual supondría el cuarto espacio en importancia, más del 8 % del total), dos a Santa Marta y una al golfo de Urabá.
De entre los autores llama la atención que de los dieciséis (uno de los artículos está SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS firmado por dos investigadores) catorce sean españoles, entre los que se encuentran Manuel Lucena Salmoral, Julián B. Ruiz Rivera, Luis Navarro, Carmen Mena, Carmen Gómez, Carmen Borrego, Juan Manuel Zapatero y José Manuel Serrano Álvarez.
Los autores colombianos son Roicer Flórez Bolívar y Sergio Paolo Solano, ambos como co-autores del mismo artículo.
Por último, cabe destacar los trabajos sobre la costa venezolana, con cinco artículos, y Florida, con dos más.
Hay que resaltar que se han publicado hasta dieciséis trabajos dedicados a visiones generales del Caribe, lo que supone casi un 9 % del total.
En cuanto a las épocas históricas tratadas en la revista podemos decir que hay un panorama bastante completo que abarca toda la presencia europea en el Caribe.
Quizás la única carencia significativa sea la publicación de trabajos para la época prehispánica y la no muy destacada presencia de artículos para el siglo XX.
Estas características son comprensibles dada la naturaleza de la propia revista, concebida en su origen como lugar para la difusión de investigaciones de estudios coloniales.
Para la Edad Moderna se han contabilizado 84 trabajos, es decir casi un 46 % del total, mientras que para la Edad Contemporánea 91, lo que supone casi el 51 %.
Se han registrado además cuatro artículos enmarcados entre los siglos XVI y XIX, que representan un 2 %, y otro trabajo para todo el periodo histórico entre el XVI y el XX, es decir, algo menos del uno por ciento.
Teniendo en cuenta una de las particularidades del área, como es que siguió siendo un espacio colonial español durante casi todo el siglo XIX y para el resto de potencias internacionales hasta bien entrado el siglo XX (incluso hoy día sigue siendo una de las pocas regiones del planeta con distintas variantes de dependencia de metrópolis ultramarinas), la división entre historia colonial e historia contemporánea es difusa.
Por ello es de mayor interés en este caso el análisis detallado de los periodos a los que se han dedicado los diferentes artículos.
En cuanto a la Edad Moderna, el siglo XVI tiene uno de los bloques más importantes con 25 artículos (es decir, casi un 14 %).
Sobre el siglo XVII se publicaron 15, lo que supone cerca de un 8 %.
El XVIII es otro de los periodos centrales de las investigaciones publicadas en esta revista con EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO 26 ítems, lo que significa otro 14 % del total.
De especial significación son estos trabajos porque esta época no ha recibido por la historiografía toda la atención necesaria, especialmente el siglo XVIII,33 haciendo de la revista una muy importante fuente secundaria para el conocimiento de esa época.
Hay toda una serie de trabajos que abarcan unos periodos más prolongados, que comprenden varios siglos.
Hay tres trabajos sobre materias que se refieren a los siglos XVI y XVII, dos para los siglos XVII y XVIII y tres que engloban desde el XVI al XVIII.
Un caso específico son los trabajos centrados en los siglos XVIII y XIX, que son diez y que enlazan las dos épocas con más interés investigador, y al parecer también para la revista.
Hay que señalar que destacan sobremanera los artículos dedicados al siglo XIX con un total de 76, lo que significa nada menos que el 42 % de los trabajos, lo que responde en buena medida a la atención prestada por la revista a Cuba y Puerto Rico incluso en números monográficos, como ya se ha comentado.
En cuanto a otros trabajos sobre la contemporaneidad son diez dedicados al siglo XX y cuatro al XIX y al XX de manera conjunta.
Fueron de especial relevancia las aportaciones sobre época contemporánea, especialmente del siglo XIX, pues más de la mitad fueron hechas antes del año 1990 cuando la carencia en estudios sobre este periodo de la historia era una constante, 34 y posteriormente la revista tomó parte en el debate que desarrolló el conocimiento de este campo.
Este es quizá unos de los aspectos más complicados de evaluar dada la cantidad de artículos publicados.
Reconocemos por tanto que este análisis debe ser considerado como una mera aproximación orientativa.
En primer lugar, lo que se aprecia tras un análisis general es la preponderancia de los trabajos de orientación historiográfica tradicional en el americanismo español, algo comprensible por la larga vigencia de la revista.
La historia política e institucional supone un total de 68 artículos, es decir, el 38 % de los trabajos.
De ellos, 44 están dedicados a diferentes aspectos políticos, actividades relacionadas con líneas de pensamiento, censura de prensa, consecuencias de acciones militares, presencia de extranjeros, actividades consideradas subversivas, como por ejemplo la masonería.
En cuanto a la administración colonial han sido publicadas 24 investigaciones, que están referidas a cuestiones tan diversas como la administración política, de justicia, actividades de policía, hacienda, organización de la población, distintos aspectos del urbanismo, como por ejemplo fundaciones de ciudades.
La importancia de estos trabajos es capital pues en su momento habían sido escasos los estudios monográficos sobre las instituciones y la acción de gobierno, especialmente referidos al caso de España.
35 En este apartado encontramos trabajos dedicados tanto a las Antillas francesas como a los dominios españoles (Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Colombia, Venezuela, Trinidad o Florida), así como los trabajos que abarcan desde el XVI al XIX, aportando una visión amplia, aunque fragmentaria.
Encontramos a autores como Debien sobre las Antillas francesas en el siglo XVII y XVIII, 36 István Szászdi acerca de Puerto Rico en el XVI, 37 los artículos de Fernando de Armas Medina sobre temas cubanos como la organización de la Hacienda que, a pesar del tiempo pasado, constituyen obras de referencia, 38 y a los que se unen las aportaciones de Joaquín Ruiz Alemán sobre la administración local, 39 solo por señalar algunos ejemplos.
Una temática muy cercana a la anterior y que también ha sido tradicional en los estudios de historia de América en España ha sido la referida a los aspectos militares, los cuales suman catorce y suponen cerca de un 8 %.
En ese mismo sentido podrían entenderse los artículos dedicados al descubrimiento (dos), exploraciones geográficas (uno), cartografía (uno) y colonización (seis), otros de los asuntos clásicos del americanismo hispano.
El estudio de las expediciones científicas cobró impulso en España especialmente desde la década de los 90 con los aportes de Miguel Ángel Puig-Samper, que en 1995 indicaba «la necesidad de hacer una historia de la ciencia insertada en la historia social y cultural de Cuba».
40 En esa línea merece la pena destacar como un precedente tempranísimo la publicación en Anuario en 1952 del artículo de Francisco de las Barras de Aragón sobre la expedición del conde de Mopox a la isla de Cuba a finales del XVIII.
La denominación del conde que aparece en el título del artículo (Mompox) es errónea, pues debiera ser Mopox, referido al condado de Santa Cruz de Mopox.
Si sumamos las materias anteriores nos da una imagen muy clara del importante peso de esta interpretación clásica de la historia, pues muestra que constituyen el 64 % de los trabajos publicados en Anuario de Estudios Americanos.
La renovación historiográfica iniciada en España en los primeros años de la década de 1970 también se ha visto reflejada en los trabajos aparecidos en esta publicación.
Extrapolando los resultados de las investigaciones historiográficas del caso cubano, que es el mejor estudiado, en los últimos años el panorama se ha ido completando con contribuciones parciales como los trabajos que han aparecido en el Anuario con temáticas cercanas a la historia social, historia de la ciencia y de las mentalidades, así como la historia cultural.
42 En Anuario la historia social está representada con 51 trabajos, aunque entre ellos tienen un peso fundamental los estudios sobre esclavitud y abolicionismo, que son en total 30 (uno de ellos dedicado a la esclavitud de los indios).
Sin embargo estos datos están un tanto distorsionados porque 24 de los mismos fueron publicados en un solo volumen (el XLIII, de 1986), en el monográfico dedicado a esta temática.
43 La revista ha participado del debate abierto a este respecto y que ha ido profundizando aspectos tangenciales, los que son relevantes para conocer las implicaciones sociales de la esclavitud.
44 En cuanto a otras temáticas puramente sociales se cuentan 27 trabajos dedicados a cuestiones poblacionales (ocho), la emigración, el movimiento obrero, la cultura popular, el papel de la mujer, la sanidad, la prostitución, la situación de los indios en los primeros años de dominio europeo, o incluso la piratería desde un aspecto biográfico.
Nos gustaría llamar la atención sobre cómo uno de los aspectos que caracteriza de manera general el Caribe, como es la piratería, tiene una mínima presencia, casi testimonial.
Esta no es una carencia excepcional de la revista a estudio, sino que es extensible a toda la historiografía en español, 45 mientras la historiografía anglosajona tiene un consolidado bagaje al respecto.
Sin embargo, en aspectos de la vida rural, señalada como mal conocida por algunos autores, 46 el Anuario ha publicado un par de artículos muy 42 Santamaría y Naranjo, 1999.
45 Se debe señalar que Morales Padrón ha sido de los pocos que se han preocupado por esta temática.
interesantes, que se refieren a espacios alejados de las áreas centrales, como es el trabajo de Gwendolyn M. Hall sobre la manumisión de esclavos en Luisiana, 47 o el de Genaro Rodríguez Morel sobre la vida rural del esclavo en las plantaciones azucareras de La Española en el siglo XVI, una época poco estudiada.
48 Llama la atención que una de las líneas historiográficas fundamentales para el Caribe como ha sido la emigración, tiene una presencia limitada.
Desde el principio de la década de los 80 aumentó el interés por explicar los flujos migratorios entre Europa y América.
El Caribe, y en especial Cuba, ha sido escenario de estas migraciones fundamentalmente en el siglo XIX y principios del XX.
49 En la revista tres autores han tratado esta materia, como son Francisco Castillo Meléndez, Pablo Tornero y Rosario Márquez Macías.
50 A estos se podría unir el trabajo de Joan Casanovas, 51 que se refiere al movimiento obrero en Cuba, una cuestión derivada de la emigración española en la isla.
Esta temática también ha encontrado eco entre investigadores de la última década del siglo XX y las primeras del XXI con unas aportaciones muy importantes.
52 Relacionado con lo anterior, nos encontramos con los estudios que han venido desarrollándose sobre la cultura derivada de esta emigración.
53 En este caso podemos señalar el trabajo de José Antonio Vidal Rodríguez sobre las tradiciones culturales gallegas en Cuba.
54 Otras de las líneas historiográficas que han tenido una presencia más destacada desde los 70 del siglo XX ha sido la historia económica, que tiene en la revista una significativa representación.
De manera general la historia económica de la isla de Cuba ha sido un campo de estudio que se ha ido enriqueciendo en los últimos decenios, especialmente en lo concerniente a los siglos XVIII y XIX, convirtiéndose en preferente para los investigadores.
55 Como parece lógico, en numerosas ocasiones esta temática está relacionada con los asuntos referentes al azúcar o la esclavitud.
Por eso merece la pena destacar que uno de los máximos especialistas en su momento, Pablo EL CARIBE COMO OBJETO DE ESTUDIO HISTÓRICO Tornero, publicó en la revista dos de sus más destacados trabajos que siguen una metodología marxista.
56 Tornero puso de manifiesto la relación entre los tres factores determinantes de la economía caribeña: «la acumulación de tierra y capital en manos de los hacendados y comerciantes, la introducción masiva de mano de obra esclava y la lucha por el libre comercio».
57 Por tanto, la revista se ha hecho eco de esta corriente, lo que la convierte en una referencia para estos asuntos de interrelación entre azúcar y esclavitud.
En total son trece artículos los que se han dedicado a la economía, en los que hay un peso determinante de las actividades económicas relacionadas con la explotación de la caña, pues la mitad de los mismos están dedicados a diferentes aspectos de esta materia.
También hay testimonios de algunos artículos centrados en el comercio, algún otro sobre el tabaco, como el de Antonio Gutiérrez, 58 y hasta la minería, como el de los argentinos Eduardo Moyano y Serena Fernández.
59 Muchos de estos trabajos entrelazan aspectos sociales y económicos.
Otro bloque historiográfico que consideramos debe ser señalado de manera específica es el dedicado a la historia cultural, con unos diecinueve trabajos.
Es cierto que se trata de una corriente bastante en boga en las últimas décadas, pero en algunos aspectos ya venía siendo tratada como ocurría con la historia de la Iglesia (que igualmente podría ser considerada dentro de los trabajos sobre administración colonial desde una perspectiva clásica).
Encontramos algunos trabajos que van desde el pensamiento político hasta la música.
El papel de la prensa y la opinión pública y la influencia de las publicaciones periódicas ha sido otro de los temas que ha centrado el interés de numerosos investigadores.
60 Aquí tenemos interesantes ejemplos en los artículos de Rosario Sevilla 61 y Carmen Borrego, 62 sobre diferentes aspectos de la prensa andaluza y el fin del dominio colonial español en el Caribe; Josef Opatrný con la misma temática, pero en este caso referido al caso de la prensa checa; 63 o María del Carmen Barcia, 64 con una investigación sobre una editora cubana de finales del XIX y principios del XX.
El otro artículo ha sido reseñado más arriba.
SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS podría considerarse además como un ejemplo de otra de las tendencias historiográficas con una presencia creciente como es la historia de género.
El último bloque de publicaciones han sido las referidas a bibliografía (seis) e historiografía (cinco), que en total suman once trabajos.
En este caso la escasez de estos trabajos se justifica en la existencia de la sección de Historiografía y Bibliografía Americanistas, creada por Francisco Morales Padrón en 1954 y que durante un tiempo se editó como tirada aparte hasta que la publicación apareció incluso como revista independiente entre 1971 y 1987, cuando volvería a reintegrarse en el Anuario.
65 Hemos detectado que los artículos representativos de corrientes historiográficas en boga en las últimas décadas, postmodernas, new cultural o postcolonial studies, son poco frecuentes en el Anuario, al menos en lo que respecta a lo editado sobre el Caribe, ni siquiera en lo que se refiere a la perspectiva de género -si exceptuamos el caso señalado de Carmen Barcia-, el retorno de lo político, el análisis lingüístico y deconstructivo de los discursos, la microhistoria o la historia atlántica.
Como antecedentes recientes, en la década de 1990 autores que difícilmente aceptarían en su mayoría ser catalogados con tales etiquetas sí plantearon tesis vinculadas con sus planteamientos, la dominación y fragmentación colonial, un enfoque revisionista de la independencia dominicana, como fueron los casos de Moya Pons y Roberto Cassá, 66 así como el análisis de la formación de identidades o de los debates por entonces de interpretación del pasado de las Antillas, como los de Anne Pérotin-Dumon.
67 Esto no significa que el Anuario haya quedado completamente al margen de estas líneas actuales, aunque los únicos casos directamente relacionados con esta corriente han quedado fuera de este estudio por tratarse de trabajos sobre literatura.
68 Más comunes, como en los antecedentes referidos, son los usos de nuevos métodos, perspectivas y fuentes, en la exploración de temáticas poco tratadas u omitidas por la historiografía tradicional.
Unos pocos trabajos han sido editados en la revista en los últimos años, aunque solo sea por la importancia y cantidad de autores, vinculados con la renovación reciente de los estudios con una mirada interdisciplinar y multicultural.
68 El único artículo publicado en el Anuario sobre el Caribe con enfoque per se postmoderno, culturalista y postcolonial es el de Julio Ortega (2004) sobre el uso del lenguaje vinculado a la dominación occidental y la resistencia frente a ella, aunque podría añadirse el estudio de Emilio Gallardo (2007) acerca del teatro postmoderno del cubano Virgilio Piñera.
es especialmente evidente en los análisis de la esclavitud y su legado, de la inmigración o el medio-ambiente, y como ejemplos pueden mencionarse el de Martín Rodrigo acerca de la deuda ecológica de la expansión de la industria azucarera en la Gran Antilla 69 o el de Julio A. Yanes respecto a las evidencias micro-macroespaciales que desmienten la llamada migración «golondrina» de canarios a Cuba en el inicio del siglo XX.
Teniendo en cuenta todos los datos expuestos podría concluirse que Anuario de Estudios Americanos es una publicación de referencia para estudiar el ámbito caribeño en general, aunque especialmente para aquellos historiadores que se dediquen a investigar el Caribe hispano, principalmente en lo que respecta a la isla de Cuba, durante el siglo XIX y en las temáticas de historia política y sobre la esclavitud.
Además debe ser una fuente secundaria de referencia para los demás espacios caribeños y épocas, pues en ella han publicado los más destacados especialistas tanto españoles y europeos como americanos, y sobre las temáticas más variadas y consideradas fundamentales en este campo de estudio.
En este breve y circunstancial estudio historiográfico se han esbozado las líneas fundamentales que han caracterizado a los estudios sobre el Caribe en Anuario de Estudios Americanos.
Hemos tratado de destacar las principales características, sus mayores aportaciones y hemos señalado alguna de sus carencias, propias en cualquier caso de una publicación periódica.
La sucesión en gran parte inconexa, salvo las señaladas y meritorias excepciones de los monográficos, demuestran sobre todo una participación en los principales temas de debate según las épocas por las que ha navegado la revista desde 1944 hasta ahora.
Los numerosísimos aportes a la historia del Caribe en sus diversas temáticas, de todas las épocas históricas y en la mayor parte de los múltiples espacios geográficos de la región a estudio, contribuyen con su especificidad a completar el conocimiento sobre este espacio cardinal para comprender la Historia no solo de América sino mundial. |
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La ciencia historiográfica, un eficaz antídoto contra el mortero ideológico del franquismo
La creación de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (EEHA) en 1942 y la consiguiente publicación periódica del Anuario de Estudios Americanos supuso, visto con la distancia necesaria, un primer cimiento sobre el que comenzar a reconstruir la maltrecha cultura española, arrasada literalmente por la guerra civil y la implacable represión política y militar de la dictadura franquista, con una intelectualidad amordazada en su mayor parte, cuando no encarcelada, perseguida, o transterrada, como la llamó José Gaos, con destinos inciertos en la Europa democrática o en los diferentes países hispanoamericanos que tuvieron la generosidad de recibir a los miles y miles de españoles -intelectuales o trabajadores de base-que cruzaron el océano para buscar una nueva oportunidad en esa patria común y tan dolorosa como fue la del llamado exilio republicano.
México, Argentina, Puerto Rico, Chile fueron algunos de los países en los que la España peregrina y transterrada comenzaba su nueva andadura a la espera de la caída siempre inminente y siempre postergada de la dictadura franquista.
1 Es más que evidente que en este contexto postbélico, la creación de una revista historiográfica debía tener un escoramiento ideológico para apuntalar el proyecto nacionalcatólico que habría de perpetuarse durante casi cuatro décadas, subrayando y recalcando todo lo que tuviera conexiones con el nacionalismo español, la imagen providencial de esa «España grande y libre», que había sido cabeza del Imperio cristiano y envidia durante siglos de todas las naciones del mundo civilizado.
Es fácil pensar que la revista debía ser un órgano difusor del recién estrenado franquismo político y 1 Los primeros años del nuevo siglo han coincidido con una preocupación exponencial por todo lo relativo al exilio provocado por la guerra civil, vinculado a la recuperación de la memoria histórica y a la percepción creciente de que la Transición democrática iniciada tras la muerte del dictador dejó demasiados asuntos ocultos o sin resolver, por inconvenientes, por dolorosos, porque podrían reabrir «viejas heridas» (según la proclama habitual de un discurso conservador), lo que ha llevado a muchos investigadores a indagar en los pormenores y en la vida cotidiana de lo que Juan Ramón Jiménez llamó la «España peregrina».
Quisiera destacar la labor titánica desarrollada en este campo de trabajo por el prestigioso profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Manuel Aznar Soler, director del Grupo de Estudios del Exilio Literario (GEXEL) desde 1995.
Por la novedad que representa y la visión panorámica que traza destacamos el libro de Jordi Gracia, 2010.
La finalización de este trabajo ha coincidido con la aprobación del Decreto Ley (13/09/2018) de exhumación de los restos del dictador Francisco Franco, que van a ser retirados del Valle de los Caídos.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA sociológico, una especie de catecismo académico en el que se diera difusión al protagonismo histórico de España, se rescataran las glorias de antaño, se restituyera, de alguna forma, la grandeza de sus héroes, la impresionante dimensión de su gesta militar, la labor casi mesiánica de sus gentes, que llevaron no solo la Biblia y la lengua -compañera inseparable del Imperio como la llamó Elio Antonio de Nebrija-, sino también una forma de organizarse en sociedad con estructuras y mecanismos inexistentes en las culturas precolombinas.
El análisis minucioso de los artículos y ensayos publicados en el Anuario de Estudios Americanos revela importantes sorpresas científicas más allá de las adscripciones políticas de sus colaboradores o del control feroz ejercido desde los diferentes órganos encargados de la censura bibliográfica.
Por otra parte es evidente que los trabajos específicos dedicados a la literatura, tal y como los entendemos hoy en día, tardan en aparecer, no solo porque el enfoque inicial del Anuario estaba claramente dedicado a la ciencia histórica, con todas sus variantes y tendencias, sino también porque son años en los que la mirada colonialista o neocolonial aun no ha segregado a la literatura hispanoamericana de la española, presentándose de manera recurrente como un apéndice -a veces colorista y exótico-de la literatura que se produce en la península.
De hecho, solo hay que cotejar los manuales literarios al uso para comprobar que la literatura del Nuevo Mundo queda reducida a algunos nombres relacionados con la lírica, como José Martí, Julián del Casal, Amado Nervo o Rubén Darío, y que no hay noticia alguna de un fenómeno que se está gestando de forma simultánea al otro lado de nuestra orilla común, como fue la nueva narrativa hispanoamericana, cuyo texto pionero y fundacional, El pozo (1939), de Juan Carlos Onetti, iba a abrir las puertas a una forma de concebir la literatura, más allá del tradicionalismo criollo, las obsesiones regionalistas y las limitaciones de la llamada literatura terrígena.
A través de una formidable conjunción de elementos, la mejor y más influyente narrativa del siglo XX surge de forma paralela a una revista que se ha convertido con los años en santo y seña del americanismo internacional, cuyo catálogo de colaboradores y firmantes resulta abrumador, en algunos momentos rutilante, cartografiando desde la diversidad interpretativa los avances en el conocimiento del mundo americanista desde ángulos dispares, planteando líneas de investigación que resultaron claramente innovadoras, y hasta transgresoras, en el marco científico y humanístico de la época.
Valga como ejemplo lo que leemos en el tomo IV de 1947, a propósito de un larguísimo ensayo del médico e historiador gaditano Gonzalo Díaz de Iraola, titulado «La vuelta al mundo de la expedición de la vacuna», más tarde reconvertido en libro.
En él encontramos un epígrafe titulado «La poesía de Manuel J. Quintana y la vacuna», en donde se da buena cuenta del interés que suscitó este tema médico-científico entre la intelectualidad ilustrada tanto en España como en Hispanoamérica.
El tema tiene su origen en la expedición comandada por el médico Francisco Javier Balmis para llevar la vacuna de la viruela a los territorios de ultramar, en lo que se llamó Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-18014), ordenada por el monarca Carlos IV y que inspiró, entre otras composiciones, la Oda a la vacuna (1804) del escritor venezolano Andrés Bello.
En el mismo tomo, Cristóbal Bermúdez publicó un texto que tendría gran influencia décadas más tardes, sobre todo entre los filólogos e historiadores del libro sevillanos, que veían en trabajos de este tipo un primer y decisivo acercamiento al mundo de las imprentas y la elaboración y distribución del libro por el continente americano, ampliando así el campo de intereses de la moderna filología.
2De alguna forma, el texto de Bermúdez estuvo en el punto de mira de uno de los grandes bibliófilos de la Universidad de Sevilla, el profesor Klaus Wagner, y fue coronado con un libro espléndido por parte del investigador británico Clive Griffin.
Pulsiones, escoramientos, vetas ficcionales... todos los caminos conducen a la literatura
Es evidente que los trabajos históricos publicados por el Anuario tienen siempre una pulsión literaria, como si a través de la literatura se completara la formación historiográfica.
Hay, en cierto sentido, una manera intuitiva de acercarse a lo que Enrique Pupo-Walker llamó «la vocación literaria del pensamiento historiográfico», 4 abriendo nuevos derroteros que permitían estudiar el corpus historiográfico colonial en clave literaria, 5 lo que justificaría desde los principios de las ciencias sociales, la idea mantenida a lo largo del tiempo por García Márquez y otros escritores del boom, EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA de que el origen de la literatura mágica del Caribe es el Diario de a bordo de Cristóbal Colón.
6 Incluso se ha llegado a plantear la idea de que la ausencia de novelas en Hispanoamérica hasta el primer cuarto del siglo XIX, hasta el Periquillo Sarmiento de Lizardi (1816), se debe, en parte, a que las crónicas de Indias, con sus continuos escoramientos hacia la ficción, habrían ocupado el lugar natural que le correspondería a la prosa de ficción.
7 Sea como fuere, es evidente que hasta que se normalicen los artículos dedicados a la literatura hispanoamericana en los años ochenta, son muchos los textos que recrean estas vetas ficcionales que contempla la historiografía americana.
No podía ser de otra forma que Cristóbal Colón tuviera un protagonismo central desde el principio, desde el primer volumen publicado por el Anuario, 8 compartiendo espacio con otros temas fundamentales del americanismo como el almirantazgo de Castilla o las bulas de Alejandro VI, en donde sus autores, Florentino Pérez Embid o Miguel Giménez Fernández, desarrollan de forma minuciosa toda una red de conocimientos sin las limitaciones de papel y de espacio con que cuentan los investigadores actuales.
Quien habla de Cristóbal Colón es otro de los historiadores de postín, Antonio Rumeu de Armas, un clásico de la historiografía canaria, quien aborda diferentes aspectos de la estancia de Colón en Barcelona y deja en uno de sus epígrafes la siguiente perla: «La fama póstuma y la fantasía de los escritores» (I, 1944, 464-470), refiriéndose, obviamente, a los escritores que escribieron sobre el Almirante cuya suerte póstuma estuvo sujeta a todo tipo de vaivenes.
Este primer tomo cuenta también con un colaborador importante, Emiliano Jos, quien toma la figura de Hernando Colón como pretexto y punto de partida para plantear cuestiones de gran calado en su ensayo «Investigaciones sobre la vida y obras iniciadas por Don Fernando Colón», texto que cubre un total de 175 páginas, desde la 525 a la 700, lo que equivale en términos de amplitud historiográfica a una auténtica monografía que le permite explorar la época del Descubrimiento, indagando en las relaciones de la familia Colón con su entorno.
Nos interesa de manera muy especial para nuestro cometido rescatar uno de los epígrafes iniciales, titulado «Los escritores contemporáneos» (I, 1944, 548-553), donde rastrea la impronta historiográfica, con su evidente escoramiento literario, en 6 Véase García Márquez, 1991.
7 Este tema lo he tratado en mi texto «El extraño vacío de la novela colonial».
8 Para evitar reiteraciones excesivas en las referencias de artículos del Anuario de Estudios Americanos (AEA), indicaremos el volumen, año y páginas, omitiendo el nombre de la revista.
JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO autores -ya sean historiadores o cronistas de Indias-como Fernández de Oviedo, Las Casas, Pedro Mexía, Pedro de Medina, López de Gómara, García Matamoros o Juan de Mal Lara.
En los números siguientes del Anuario se consagra una tendencia habitual de la revista en las décadas siguientes, como es su predilección por todo lo relacionado con el mundo colonial, desde los momentos fundacionales hasta bien entrado el siglo XVIII, en donde hay un importante número de textos dedicados a los personajes relevantes de la época, las expediciones más significativas, la organización social de los diferentes asentamientos, las relaciones políticas y económicas con los virreinatos, los avances en agricultura, minería, infraestructuras, comunicaciones marítimas y terrestres, recursos hidrográficos, en todo aquello que de alguna manera traza las dimensiones colosales de aquel Nuevo Mundo que crece de forma imparable.
Muchos de los temas que forman parte del mundo colonial tienen siempre una pulsión literaria, quizás por lo sorprendente que llegan a resultar las informaciones que dan los protagonistas y testigos de la época o por las propias vicisitudes del personaje o episodio estudiado.
9 Así ocurre con un artículo pionero en todos los sentidos como es el de Manuel Giménez Fernández, «Los restos de Cristóbal Colón en Sevilla» (X, 1953, 1-170), que constituye por su propia extensión una obra completa, en donde se trata uno de los temas más controvertidos de la historiografía colombina, como es el azaroso destino póstumo de los restos del Almirante, 10 lo que llevó a García Márquez a decir que es quizás el único hombre de la Historia del cual existen tres tumbas en distintos lugares del mundo y no se sabe a ciencia cierta en cuál de las tres se encuentra.
Hay una en la catedral de Santo Domingo, otra en la de La Habana y otra en la de Sevilla.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA personaje que ha generado auténtica fascinación entre los narradores hispanoamericanos y al que García Márquez situó en el portentoso mundo mítico de Macondo como un huésped privilegiado.
12 Tras revisar y cotejar todos los índices del Anuario certificamos el interés creciente que se produce en torno a los cronistas e historiadores de Indias a partir de los años setenta, momento en el que se abren y ramifican nuevas líneas de investigación e interpretación sobre cómo fue la difícil recepción del Nuevo Mundo en la mentalidad europea de la época, tal y como rastreó John H. Elliot en su clásico El viejo mundo y el nuevo (1970), en el que mostraba de una manera tan didáctica como incontestable, el empedrado camino que recorre la intelectualidad europea para asimilar los cambios, a veces a trompicones, que procedían de las noticias que llegaban de ultramar y que afectaban a todos los órdenes de la vida, poniendo en cuestión el conocimiento tradicional heredado de la Biblia y de los santos padres de la Iglesia, los escritos de Aristóteles, la sabiduría espacial transmitida por los grandes geógrafos y cartógrafos de la Antigüedad y, en general, dejando a la intemperie todas las enseñanzas procedentes de los diferentes órdenes que habían alimentado a la vieja Europa.
En este sentido son muy interesantes los trabajos de Mario Góngora («El Nuevo Mundo en el pensamiento escatológico de Tomás Campanella», XXXI, 1974, 385-408), Florentino Pérez Embid, figura clave en los inicios de la EEHA, que acababa de fallecer («Pedro Mártir de Anglería, historiador del Descubrimiento de América», XXXII, 1975, 205-215), Manuel Moreno Alonso («América española en el pensamiento de Voltaire», XXXVIII, 1981, 57-100), Begoña Souviron López («Arcadia y Nuevo Mundo: un capítulo de la historia de Utopía», LIII-1, 1996, 195-213) o Juan Gil («Los orígenes del Colombinismo en la España Ilustrada», 65-1, 2008, 121-152), investigador de altísimos vuelos y cultura oceánica que ha destacado de manera sobresaliente en este recorrido no siempre fácil entre la historia y la literatura, como ya demostró en su trilogía Mitos y utopías del Descubrimiento (1989), y que desde muy pronto supo ver la importancia de Colón en el contexto escatológico de la época, ungido por múltiples contradicciones teológicas y todo tipo de retorcimientos argumentales, visibles en «Pedro Mártir de Anglería, intérprete de la cosmografía colombina» (XXXIX, 1982, 487-502).
En los años setenta se pone de moda tanto en las universidades europeas -fundamentalmente francesas e inglesas-como en las norteamericanas, JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO una nueva línea de investigación referente al mundo del libro, desde su elaboración en las imprentas del ramo, hasta su distribución y comercio por todo el territorio hispanoamericano.
Además, se adoptan nuevas perspectivas en el estudio de las bibliotecas americanas, en parte porque los hallazgos sorprendentes de libros y obras que formaban parte del coto de caza del Tribunal del Santo Oficio, coronando todas las listas de libros prohibidos, venían a demostrar que el comercio de libros, estuviesen o no prohibidos, funcionó de forma regular, incluida la variante clandestina, certificando que los ejemplares prohibidos llegaron a tiempo para satisfacer la demanda originada al otro lado del océano.
Son varios los trabajos importantes que recoge el Anuario, como el ensayo de Carlos Sanz, «La imprenta y su relación con los descubrimientos geográficos» (XXIX, 1972, 575-584), o el trabajo firmado al alimón por dos investigadores vinculados durante años a la Escuela, Antonio Muro Orejón y Fernando Muro Romero, titulado «Los libros impresos y manuscritos del Consejo de Indias» (XXXIII, 1976, 713-854).
Un experto en la materia como es el investigador peruano Teodoro Hampe Martínez, fallecido de forma prematura, ha dejado dos textos de gran calado: «Lecturas de un jurista del siglo XVI» (XLI, 1984, 143-193) y «Una biblioteca cuzqueña confiscada por la Inquisición» (XLV, 1988, 273-315).
Uno de los grandes expertos en bibliotecas, comercio e itinerancias del libro, Carlos Alberto González Sánchez, habitual reseñista e informante del Anuario, también ha dejado su contribución con el trabajo «Consideraciones sobre el comercio de libros en Lima a principios del siglo XVII» (LIV-2, 1997, 665-692).
Este último autor es el coordinador del dosier «Circulación y venta de libros en el mundo americano en la Edad Moderna: de los circuitos atlánticos a los mercados locales», publicado en 2014, en el que colaboraron, además del propio Rueda -autor de la «Presentación» y del artículo «Las redes comerciales del libro en la colonia: «peruleros» y libreros en la Carrera de Indias (1590-1620)», AEA, 71-2, 415-421 y 447-478 respectivamente-, los investigadores Natalia Maillard Álvarez («Aproximación a la creación de las redes de 13 Para una panorámica general sobre este asunto véase González Sánchez, 2001.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA distribución de libros en América a través de las fuentes españolas (segunda mitad del siglo XVI)», Ibidem, 479-503) y Nora E. Jiménez («Cuentas fallidas, deudas omnipresentes.
Los difíciles comienzos del mercado del libro novohispano», Ibidem, 423-446).
Entre los temas desarrollados en el Anuario desde mediados del pasado siglo tienen un especial protagonismo todos aquellos artículos que de una forma u otra se relacionan con la identidad hispanoamericana, con el mundo indígena y la diversidad racial derivada del propio proceso de conquista y colonización.
Desde muy pronto encontramos textos que plantean los límites de esta identidad, como hacen José Luis Bustamante y Rivero («Panamericanismo e iberoamericanismo», VIII, 1950, 323-397), Jorge Comadrán Ruiz («En torno al problema del indio en el Río de la Plata», XII, 1955, 39-74) o José Antonio Calderón Quijano, director de la EEHA durante muchos años («Población y raza en Hispanoamérica», XXVII, 1970, 733-785).
En 1971 el Anuario dedica un monográfico a la cuestión indígena, inaugurando un enfoque temático, de amplio espectro metodológico, que se mantendrá hasta la fecha.
En este volumen colaboran investigadores muy importantes del hispanismo europeo, fundamentalmente anglosajón, como John H. Elliot («América y el problema de la decadencia española», XX-VIII, 1971, 1-23), Henry Kamen («El negro en Hispanoamérica», Ibidem, 121-137) o John Fisher («La rebelión de Túpac Amaru y el programa de la reforma imperial de Carlos III», Ibidem, 405-421), a los que se suman otros nombres ilustres de nuestro americanismo entre los que quisiera destacar al profesor Paulino Castañeda Delgado («La condición miserable del indio y sus privilegios», Ibidem, 245-335).
A una mirada centrada especialmente en la situación socio-económica de la población indígena, se han venido sucediendo otros enfoques más innovadores, centrados en la formación cultural del indio y todo lo relacionado con su proceso de «asimilación cultural» en las sociedades coloniales, como lo muestran los trabajos de Juan B. Olaechea Labayen («Las universidades hispanas de América y el indio», XXXIII, 1976, 855-874) o Sergio Rodríguez Lorenzo («Un capítulo de la historia de la escritura en América: la enseñanza de las primeras letras a los indios en el siglo XVI», LVI-1, 1999, 41-64).
Tampoco podían faltar artículos relacionados con la esclavitud que de alguna manera se vincularan con la literatura, como es el texto de Vicenta Cortés Alonso, «Los esclavos domésticos en América» (XXIV, 1967, 955-983), en el que analiza el perfil como amo de uno de los grandes poetas coloniales, el sevillano Juan de JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Castellanos; o el trabajo de Enriqueta Vila Vilar, una figura mayor en los estudios sobre la esclavitud en Hispanoamérica, con múltiples publicaciones sobre este tema, entre las que destaco «Intelectuales españoles ante el problema esclavista» (XLIII, 1986, 201-214).
14 A mitad de camino entre el mundo indígena y la esclavitud no podían faltar los estudios dedicados a una figura mayor como fray Bartolomé de Las Casas, como vemos en el tomo XXIII de 1966, en donde, a modo de monográfico, hay varios artículos dedicados al «defensor de los indios», con trabajos señeros de Lewis Hanke («La fama de fray Bartolomé de Las Casas», XXIII, 1966, 1-19), Raymond Marcus («La transformación literaria de Las Casas en Hispanoamérica», Ibidem, 247-265), Juana Gil-Bermejo García («Fray Bartolomé de Las Casas y El Quijote», Ibidem, 351-361) o Eugenio Fernández Méndez («La Historia de las Indias y la prohibición de editarla», Ibidem, 363-376).
Un año más tarde, Salvador Cruz pone al fraile dominico en relación con las tensiones políticas y sociales que habrían de poner punto final al virreinato de Nueva España en su artículo «El Padre Las Casas y la literatura de independencia en México» (XXIV, 1967(XXIV,, 1621(XXIV, -1639)).
El dulce maridaje de la literatura en el Anuario de Estudios Americanos
Es evidente que la situación política del país hasta la llegada de la democracia y la aprobación de la Constitución de 1978 condiciona de forma decisiva no solo las publicaciones que aparecen en el corpus del Anuario, sino que determina la propia materia de estudio de los investigadores, profesores y especialistas vinculados a la universidad española durante la larga posguerra y el larguísimo tardofranquismo.
El «atroz desmoche», como lo llamó Pedro Laín Entralgo, 15 deja una universidad esquilmada, saqueada, marcada por la persecución, el aislamiento y el exilio de sus miembros, cuando no aterrorizada con la amenaza continua y la ejecución sumaria de muchos de sus miembros leales a la Segunda República.
En este contexto en el que domina el mortero ideológico del franquismo, los 14 De los trabajos que relacionan esclavitud y literatura puede verse el artículo de François Hoffmann, «Esclavitud y tensiones raciales en Haití a través de la literatura», AEA, XLIII, 1986, 353-364.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA departamentos de literatura se llenan de docentes que huyen de todo lo que tenga algún vínculo con la modernidad hispánica, ejemplificada en las generaciones del 98 16 y del 27, coetáneas, en muchos casos, a los propios investigadores.
17 El estudio del mundo colonial o de la literatura áurea española garantiza cierta dosis de tranquilidad con el régimen, una manera de pasar de perfil y evitar una exposición pública y política con opiniones que podían ser comprometedoras, sobre todo si se entraba en la literatura creada por aquellos escritores que fueron fusilados -caso de Federico García Lorca-, castigados hasta la muerte -como Miguel Hernándezo perseguidos hasta más allá de las fronteras de la geografía franquista, como ocurre con Antonio Machado, Rafael Alberti, María Teresa León, María Zambrano, Pedro Garfias, Manuel Altolaguirre, Rosa Chacel, Juan Ramón Jiménez, Max Aub o Luis Cernuda, por citar algunos casos representativos de una pléyade de escritores que se ven obligados a convertir el exilio en una segunda patria.
En este contexto resulta evidente el enfoque unidireccional que adquieren las investigaciones en curso, en donde lo colonial se alterna con estudios sobre la literatura del Siglo de Oro y en algunos casos se complementan, como es el caso del trabajo de Francisco López Estrada, fundador de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, quien se estrena en el Anuario con un artículo dedicado a un poeta antequerano que vivió parte de su vida en el Perú, «Datos para la biografía de Rodrigo de Carvajal y Robles» (IX, 1952, 577-596), y más tarde pone en valor un libro clásico de los estudios novohispanos en su texto «Un libro pastoril mexicano: El Siglo de Oro de Bernardo de Balbuena» (XXVII, 1970, 787-813).
No son frecuentes los estudios centrados en la literatura peninsular, por eso llama la atención el artículo de Higinio Capote titulado «La epístola quinta de Juan de la Cueva» (IX, 1952, 597-616), dedicada al poeta y dramaturgo sevillano, quizás porque vivió en México entre 1574 y1577.
Los artículos sobre literatura colonial apuntan en todas las direcciones, pero es evidente que Colón y todo lo relacionado con el personaje histórico, incluida su familia, tienen un protagonismo especial, tal y como puede verse en el texto publicado por Consuelo Varela en este mismo volumen conmemorativo (2018).
De esta autora, vinculada durante años como directora de la Escuela y del propio Anuario, destacamos «La obra poética 16 Véase el trabajo de Ruiz Acosta, 2001.
17 Este es el tema de la novela del escritor sevillano Isaac Rosa, El vano ayer (2004).
JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO de Hernando Colón» (XL, 1983, 185-201), que comparte volumen con el ensayo de Juan Gil «La épica latina quiñentista y el Descubrimiento de América» (Ibidem,.
En líneas generales, los dos virreinatos más importantes, el de Nueva España y el de Nueva Castilla, centran buena parte de la atención literaria, quedando un tanto relegados los otros territorios de ultramar, que irán adquiriendo protagonismo en fechas más recientes.
Perú cuenta con un escritor fundamental en este sentido, como es el Inca Garcilaso de la Vega, quien suele estar muy presente de manera transversal en los trabajos que tocan el Perú virreinal y sobre quien encontramos algunos artículos específicos, como el de Francisco Solano, «Los nombres del Inca Garcilaso: definición e identidad» (XLVIII, 1991, 121-150) o el de Carmen de Mora, «Semblanza del Adelantado Hernando de Soto en La Florida del Inca» (XLII, 1985, 645-656), y un número nada desdeñable de reseñas de sus obras editadas, como las de Guillermo Lohmann Villena (XII, 1955, 899-900) o Miguel Maticorena Estrada (XVII, 1960, 738-740).
En los últimos años han sido reseñados dos volúmenes importantes sobre esta figura controvertida y fascinante, desgarrada en su mestizaje, que representa mejor que nadie el impulso trasatlántico de los primeros momentos de la colonización, como vemos en el libro editado por Raquel Chang-Rodríguez, Franqueando fronteras.
Garcilaso de la Vega y La Florida del Inca,18 y en el de Carmen Bernand, Un Inca platonicien.
Garcilaso de la Vega.
19 Los artículos sobre la literatura colonial peruana son abundantes y, dadas las fechas tempranas de su publicación, contribuyen a consolidar un canon a veces escurridizo de las letras hispanoamericanas, como ocurre con el texto de Luis Jaime Cisneros «Sobre la literatura virreinal peruana (Asedio a Dávalos y Figueroa)» (XII, 1955, 219-252), y un año más tarde José Joaquín Real plantea ya las peculiaridades genéricas de una obra inclasificable en «Don Alonso Carrió de la Vandera autor del Lazarillo de ciegos caminantes» (XIII, 1956, 387-416).
Un colaborador clásico del Anuario, el investigador peruano Guillermo Lohmann Villena, se estrena en 1948 con un artículo titulado «Enrique Garcés, descubridor del mercurio en el Perú, poeta y arbitrista» (V, 1948, 439-482), en donde no solo resalta la condición técnica y científica de Garcés, de origen portugués, a la hora de localizar las EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA necesarias minas de azogue para la limpieza de la plata, sino que se detiene en su condición de librero, traductor y poeta, al que el propio Cervantes dedicó uno de los poemas de su Canto de Calíope.
20 Lo literario supone en este artículo, igual que en muchos otros, una forma de acercamiento al personaje, una manera de completar su figura y su protagonismo histórico.
En el mismo volumen encontramos un artículo muy singular de Julio Guillén Tato, «Algunos americanismos de origen marinero» (V, 1948, 615-634), lo que resulta extraño, porque un análisis filológico y lexicográfico tan interesante apenas si tuvo continuidad en la revista.
Una figura clave del periodo, como fue el sevillano Diego Mexía, quien formó parte de la Academia Antártica de la ciudad limeña a finales del siglo XVI, egregio traductor de las Heroidas de Ovidio y, sobre todo, autor de la Primera y Segunda parte del Parnaso Antártico, es el autor estudiado por Andrés Pociña en «El sevillano Diego Mexía de Fernangil y el humanismo en Perú a finales del siglo XVI» (XL, 1983, 163-184).
21El Anuario ha servido también para rescatar a figuras muy olvidadas de la tradición peruana, como lo muestran los artículos de Therencia Silva Rojas, «La canción criolla en el Perú: imágenes y valores en la obra del compositor popular Felipe Pinglo Alva» (XL, 1983, 139-161), y Alfonso García Morales, «Las fiestas de Lima (1632), de Rodrigo de Carvajal y Robles» (XLIV, 1987, 141-171).
Para el caso del virreinato de Nueva España llama la atención la ausencia de los grandes nombres de esta literatura, como Juan Ruiz de Alarcón o Sor Juana Inés de la Cruz, no porque el Anuario no tuviera interés en publicar textos sobres estos grandes autores, sino porque no llegaron o los que entraron en la redacción fueron rechazados por no cumplir los parámetros de calidad exigidos.
Los artículos que encontramos en el índice general de la revista tienen poca relevancia o están referidos a autores casi invisibles para el canon literario.
22 Sí le corresponde al Anuario el mérito de haber dedicado el espacio necesario a una de las grandes escritoras y pensadoras del periodo barroco, Ana de Zayas, eclipsada en parte por Sor Juana Inés de la Cruz, quien tuvo serios problemas con la Inquisición novohispana, que JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO la procesó por iluminada entre 1694 y 1700.
Otro escritor ilustre del periodo, don Carlos de Sigüenza y Góngora, es objeto de continuas investigaciones y revisiones, como lo demuestra el seguimiento constante que tiene su personaje más fascinante y misterioso, el puertorriqueño Alonso Ramírez, protagonista y «narrador» de los Infortunios de Alonso Ramírez, obra imprescindible en el metagénero narrativo de los naufragios, al que Fabio López Lázaro ha dedicado su ensayo «La mentira histórica de un pirata caribeño: el descubrimiento del trasfondo histórico de los Infortunios de Alonso Ramírez (1690)» (64-2, 2007, 87-104).
La modernidad histórica y literaria tiene su particular seguimiento con investigadores que rastrean las huellas del romanticismo hispanoamericano, las consecuencias literarias de la Independencia, la revolución estética que supuso el modernismo o el estatus privilegiado que la historiografía literaria le ha concedido a un escritor fundamental de nuestra tradición literaria, como es Juan Valera.
Los estudios sobre el Romanticismo se abren, como no podía ser de otra forma, con un trabajo de Juan Collantes de Terán, titulado «El Romanticismo en Esteban Echeverría» (XXIV, 1967, 1739-1783), donde se pone de manifiesto que la renovación literaria en Hispanoamérica no se produjo en los virreinatos que habían vivido su mayor esplendor económico y cultural, ejemplificados en Perú o México, sino que se había producido en un territorio que no había tenido una gran tradición cultural que lo lastrara, como así pasó con los territorios del Río de la Plata.
Esteban Echeverría, sin saberlo, en parte porque dejó en un baúl el manuscrito inédito de su relato «El matadero» (1871), iba a revolucionar la manera de hacer literatura y de enfrentar con una mirada crítica y simbólica la situación política vivida en Argentina bajo el duro mando del caudillo Rosas, creando un territorio mítico y fronterizo, un espacio lleno de sangre y vísceras, un matadero con resonancias góticas, situado en una zona limítrofe de la maltrecha ciudad de Buenos Aires donde se van a enfrentar conceptos antitéticos como el progreso (soldado unitario) y la barbarie (el gaucho), acentuando, además, las tensiones existentes entre el centro y la periferia, lo que servirá como paradigma para los futuros creadores y una herramienta de gran utilidad para el análisis filológico.
Otros escritores son EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA objeto de atención en el Anuario, como Juan Valera, por sus conexiones con el mundo americano,23 Eugenio María de Hostos,24 intelectual puertorriqueño comprometido con la independencia hispanoamericana y defensor de la unidad cultural del continente, o las nuevas lecturas que se hacen sobre la obra del gigante nicaragüense Rubén Darío,25 además de otros autores que forman parte del contexto cultural en el que anida toda tradición literaria.
26Sin embargo, el autor que más estudios y análisis concita desde ángulos muy diferentes es José Martí, quizás porque desde muy pronto se vio que el poeta cubano era un vigía inexcusable de la modernidad a ambos lados del océano.
Aunque las raíces del modernismo son europeas, este movimiento marcó una profunda revolución en el espíritu hispanoamericano y tuvo sus repercusiones en la España de comienzos de siglo.
Desde un principio, la crítica vio el modernismo como un movimiento frívolo, lleno de oropeles y princesas suspirantes, lo que es solo la parte más externa y superficial de la estética modernista.
Esta complejidad en su definición, su propio carácter esquivo responde a que no hay un solo modernismo, sino múltiples tendencias que se dan entre región y región, entre unos autores y otros, e incluso dentro de un mismo escritor, tal y como ocurre con la trayectoria de Rubén Darío.
Fue, en cualquier caso, un movimiento que aspiró a la libertad absoluta y reaccionó con todas sus fuerzas frente a los modelos ya fatigados del postromanticismo, el academicismo y el exceso de retoricismo del siglo XIX.
Es fácil imaginarlo como una «estética de la provocación» frente a una sociedad burguesa y materialista que había convertido al arte en un producto más de consumo.
Consumo para disfrute, como cualquier producto extraído de la fábrica, pero que resultaba incómodo y «epatante» a tenor del ataque frontal realizado contra el gusto burgués.
Fue Federico de Onís (1934) uno de los primeros críticos en darse cuenta de que el modernismo era más que una estética: era una ética y una visión del mundo.
Era también la respuesta artística a una época de crisis generalizada y de cambios profundos en la vida hispanoamericana: cambios que afectaron a la moda, a la arquitectura, al arte, al esoterismo, a toda una forma de vida, tal y como ya vio Martí en su momento.
En líneas generales, su poesía presenta una intensidad lírica extraordinaria y una perfecta combinación de los elementos típicos de la lírica tradicional con otros de nuevo cuño que serán fundamentales en la renovación poética de finales del siglo XIX.
Además, como ya le ocurriera a Baudelaire, auténtico visionario de la poesía y de la sociedad moderna, Martí muestra en todo momento la conciencia de que el hombre ha perdido su enlace con el orden universal y se siente solo y perdido, marcado por el fatalismo y la pesadumbre.
Es consciente además de que está viviendo un profundo periodo de transformación, de cambio, y el poeta no es ajeno a esa caída de un estado de gracia que le ha abandonado en el diseño de las nuevas sociedades.
Los 27 volúmenes que agrupan sus obras completas, donde hay poesía, teatro, historia, diarios, artículos de prensa, cuentos, crítica literaria y artística, infinidad de proclamas políticas y un corpus considerable de textos revolucionarios con un gran interés literario, muestran no solo su enorme capacidad de trabajo, sino la intensidad con la que el cubano se mueve tanto en la revolución literaria como en la política, y así fue visto con gran tino por parte de los investigadores que desde muy pronto pusieron el foco en el autor de los Versos libres, como vemos en el trabajo pionero de Guillermo Servando Pérez Delgado, «Aproximación a la poesía de Martí.
El Ismaelillo» (IX, 1952, 549-576), en donde analiza la intensidad amorosa de sus imágenes líricas, o en otros más recientes, como los trabajos de Ramón de Armas, Salvador Arias o Ádám Anderle,27 en los que se analizan los posicionamientos de Martí sobre la esclavitud, su mirada crítica desarrollada en sus crónicas o el uso político que se ha hecho de su figura a lo largo del siglo XX.
Llama poderosamente la atención, como ya se ha dicho, la ausencia (posiblemente justificada) de trabajos pioneros que fueran dando buena cuenta de los logros fundamentales que se estaban vislumbrando en la narrativa hispanoamericana desde los años cuarenta y que ha supuesto una nueva época dorada de las letras en español.
Quizás la clave de esta ausencia se encuentre no tanto en los criterios de exigencia establecidos por las respectivas direcciones del Anuario, como en la difícil y problemática recepción de la narrativa hispanoamericana, que no siempre pudo sortear los escollos estéticos e ideológicos de la censura franquista, al punto que muchas de las novelas mayores de lo que denominamos boom de la narrativa hispanoamericana no se publicaron en España hasta la muerte de Franco, EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA como han estudiado Joaquín Marco y Jordi Gracia, 28 y fueron muchos los títulos hispanoamericanos que tardaron en aparecer y publicarse con normalidad ante el recelo de los propios escritores españoles que se sintieron relegados en el mercado literario por esta auténtica catarata narrativa que venía a revolucionar la literatura del siglo XX.
Sin embargo, del núcleo central del boom apenas si hay testigos críticos que den buena cuenta en el Anuario, con las excepciones notables de Trinidad Barrera López, que dedica un artículo a Ernesto Sábato, en donde estudia las complejidades narrativas de Abaddón el Exterminador, 29 o María Caballero Wangüemert, quien hace lo propio con Augusto Roa Bastos, 30 escritor que tiene además, en su tarjeta de presentación, ser uno de los exiliados de larga duración de la dictadura paraguaya de Alfredo Stroessner.
Resulta curioso que buena parte de los trabajos publicados estén centrados en la literatura argentina, con nombres de postín como Mújica Láinez, 31 Victoria Ocampo, 32 Leopoldo Lugones 33 o Borges, 34 referente de la modernidad clásica para buena parte de la crítica americanista, y que países fundamentales de la narrativa actual, como Perú, Colombia, México o Chile, estén prácticamente ausentes.
Esto puede deberse, posiblemente, a que los investigadores han optado por revistas con un perfil más literario para darle mayor visibilidad a sus trabajos.
En otros casos, como el ejemplificado por Karl Kohut («Política, violencia y literatura», AEA, LIX-1, 2002, 193-222), el texto publicado se mueve en varias direcciones para representar la complejidad de la literatura, permeable siempre a las condiciones sociales, políticas y económicas en las que surge.
Sin embargo, debemos subrayar que el Anuario ha adoptado posiciones muy modernas, cuando no vanguardistas, en todo lo referente a los diferentes enfoques filológicos.
De hecho, el Anuario ha sido completamente permeable a las nuevas corrientes críticas que están triunfando en el ámbito de las ciencias sociales y no solo por la aceptación de artículos cuya temática hubiera sido impensable hace solo unos cuantos años, sino también porque su dirección se ha encargado de promover mediante dosieres el estudio 28 Marco y Gracia, 2004.
A la misma profesora le debemos uno de los análisis clásicos de la novela de la Revolución mexicana.
A la misma autora debemos también un artículo sobre René Marqués (Caballero, 1980).
JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO de temas tradicionalmente alejados, cuando no censurados, en la filología tradicional, como verificamos en el dosier coordinado por Salvador Bernabéu y Emilio José Gallardo, titulado «La represión de la diferencia: homosexualidad en la historia y las letras de las Américas» (67-1, 2010, 15-130) en donde destacan dos artículos claves para entender los llamados estudios queer, como son los trabajos de María Ángeles Toda Iglesia, «Lesbianismo y literatura chicana: la construcción de una identidad» (Ibidem, 77-105) y del propio Emilio Gallardo, «Pájaros enjaulados: homosexualidad y prisión en Hombres sin mujer» (Ibidem, 107-130).
La porosidad bibliográfica de la revista ha permitido la publicación de artículos de difícil encaje en otro tipo de publicaciones, como los referidos al teatro hispanoamericano contemporáneo, de tal forma que entre sus páginas se encuentran estudios sobre la metaficción en Roberto Arlt, 35 el teatro del absurdo de Virgilio Piñera, 36 sobre la realidad política cubana, 37 o las representaciones revolucionarias del teatro en México y Chile.
38 Se han incorporado, además, nuevas modalidades discursivas y nuevos enfoques metodológicos que suponen un verdadero salto hacia la modernidad por parte de la revista sevillana, como vemos en la incorporación del concepto de «frontera» entre los estudios particulares.
Es evidente que la idea de frontera está presente de una u otra forma a lo largo de los años, al punto de que uno de los miembros de la revista, Salvador Bernabéu, es un gran especialista en este tema.
Sin embargo, hay en el índice del Anuario muy pocas referencias explícitas a este asunto que es fundamental en la conformación del espacio, la cultura y el imaginario americano, más allá de algún texto histórico, como el de Alfredo Jiménez; 39 por eso se hizo importante tratar el tema de la frontera en un dosier coordinado por quien escribe este artículo («Fronteras con espinas: literatura, violencia y narcotráfico», 73-2, 2016, 415-572) y que vino a coincidir en su publicación con la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de Donald Trump, con su idea recurrente y machacona de construir un muro en la frontera sur, pagado con dinero mexicano, para impedir los flujos migratorios procedentes de América del Sur.
Tal y como ya estudiara Morales Padrón, 40 hay una serie de lugares comunes que se repiten en este metagénero narrativo, como la 35 Camacho Delgado, 2001.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA precariedad económica y social que está en el origen de la inmigración, las dificultades para pasar el río Grande (o río Bravo), uno de los lugares más vigilados y peligrosos de todo el continente y que tiene, tanto en la vida real como en el plano de la ficción, un valor iniciático, de tránsito de un mundo a otro, de una dimensión inferior a otra superior; la falta de escrúpulos de los intermediarios, conocidos como «coyotes» o «polleros», auténticos maestros en el trato vejatorio del «cliente», al tiempo que funcionan como verdaderas cajas registradoras para sacar hasta el último centavo del inmigrante, esgrimiendo siempre las armas del chantaje y el miedo; la necesidad, convertida en obsesión, de viajar cuanto más al norte mejor; la aparición o multiplicación del miedo, el sufrimiento y la congoja derivadas de la propia ilegalidad, a lo que habría que sumar el prejuicio racial, que sitúa a los latinoamericanos en una situación verdaderamente vulnerable, de auténtica indefensión, por debajo incluso de la población negroafricana, convirtiéndolos, en mucho casos, en ciudadanos «invisibles».
En los últimos años la literatura da buena cuenta de los intentos de regreso al origen familiar de muchos inmigrantes que quieren volver a su país, a su familia, al espacio de su juventud para poner punto final al viaje.
Los trabajos presentados en el dosier tienen en cuenta, además, todas las teorías sobre la «transculturación», desarrolladas por Ángel Rama en su clásico Transculturación narrativa en América Latina.
41Los seis artículos reunidos en la monografía abarcan aspectos muy diversos de la idea de frontera, pensada esta como una membrana permeable que une y divide al mismo tiempo, un espacio permisivo y cómplice, donde se alteran e invierten los valores esenciales de la civilización, como si la frontera formara parte de un antiestado en donde anidan y conviven con la mayor impunidad posible el narcotráfico, el tráfico de armas o de órganos humanos, la prostitución, la violencia indiscriminada o el asesinato masivo de mujeres, troceadas y desmembradas como las estudiadas por Sergio González en Huesos en el desierto 42 y que luego utilizaría Roberto Bolaño en su monumental 2666.
Destaca en este sentido el trabajo presentado por Lise Demeyer («Frontera, narcotráfico y género: las heroínas alternativas de la ficcionalización de la violencia en México», 73-2, 2016, 425-456), sobre la figura de la mujer en este ámbito delictivo y ultraviolento, espacio de confrontación receptivo a todo tipo de patologías, como ha analizado Clemencia Ardila-Jaramillo, a partir de la novela Hot Sur de Laura Restrepo JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO («Fronteras en vilo.
En una línea parecida se encuentra el ensayo de la hispanista checa Markéta Riebová («Abordando borderlands.
La representación literaria de la frontera en la novela Their dogs came with them de Helena María Viramontes», Ibidem, 499-515), así como el trabajo de Pablo Sánchez sobre la novela Norte del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, una de las voces más potentes de la última narrativa hispanoamericana («Después de cruzar la frontera se llega al límite: Norte, de Edmundo Paz Soldán», Ibidem, 483-498).
Uno de nuestros grandes especialistas en literatura chicana, Juan Ignacio Guijarro González, ha preparado un ensayo de gran calado a partir de las novelas policiales del escritor Rolando Hinojosa («Río Grande, Bravo... y sangriento: Narcotráfico, violencia y frontera en Ask a Policeman», Ibidem, 517-538).
Por mi parte, he trabajado la idea de fronteras múltiples al Sur de EEUU, las formas complejas de la violencia practicadas por las bandas juveniles que se ceban con los inmigrantes que tratan de cruzar por México a lomos del tren, conocido como la Bestia, en una de las grandes novelas mexicanas de los últimos tiempos, La Mara de Rafael Ramírez Heredia («El infierno sobre rieles.
La violencia que no cesa en La Mara de Rafael Ramírez Heredia», Ibidem, 539-572).
Un tema tan doloroso y mal resuelto todavía en la cultura española contemporánea, como es el exilio republicano, comienza poco a poco a abrirse paso en revistas tan importantes como el Anuario, tal y como vemos en el artículo de Esmeralda Broullón Acuña, «El retorno como patrimonio en la obra de María Rosa Lojo» (70-1, 2013, 273-302), y en numerosas reseñas que se comentan en el apartado siguiente.
Sin embargo, en el formidable bagaje bibliográfico de la revista sevillana, en la que han participado muchas mujeres investigadoras desde su fundación, 43 se echa de menos una mirada más intensa sobre la mujer y sus respectivos contextos, englobados en los estudios de género.
Apenas he localizado algunos artículos representativos, 44 aunque no literarios, y ni una sola referencia a la literatura escrita por mujeres en los dos últimos siglos.
Vacío que se completa con otro verdaderamente notable, como es el relacionado con la poesía hispanoamericana contemporánea, de la que casi no hay referencias en los setenta 43 La primera investigadora que aparece en el índice del Anuario es María Victoria González Mateos, quien firma el artículo «Marcos Ibáñez, arquitecto español en Guatemala» (AEA, III, 1946, 877-910).
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA y cinco años del Anuario, 45 a pesar de contar con un parnaso de figuras verdaderamente rutilantes como César Vallejo, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Octavio Paz, Mario Benedetti o Juan Gelman, por citar solo algunos nombres mayores del canon poético latinoamericano.
La literatura hispanoamericana a través de sus reseñas
Las reseñas y noticias que se dan de libros y publicaciones en el Anuario casi desde su fundación es un indicador evidente e inequívoco de que los miembros que integraban los primeros consejos editoriales tenían la intención de situar a la revista en la vanguardia de la historiografía americanista, al mismo tiempo que desvelaban una curiosidad necesaria por asuntos que venían de afuera y presentaban una dimensión internacional e, incluso, cosmopolita, todo ello en contraste con los años de autarquía económica y cerrazón política que se viven en la España del primer franquismo.
Ya desde 1946 (tomo III) aparecen secciones -como «Varia» o «Bibliografía»-en las que se aplican conceptos claramente modernos, donde se dan noticias de libros o se apunta alguna novedad relevante para la revista, siempre dentro del ámbito americanista.
Y es en estas secciones en las que de forma más evidente aparece la literatura hispanoamericana (incluso norteamericana) a través de un muestrario nada desdeñable de las novedades que van surgiendo en esos años, lo que indicaría la permeabilidad y perfecta sintonía que tienen los responsables del Anuario con la modernidad bibliográfica, a pesar del atraso cultural de la época, las cartillas de racionamiento, las hambrunas y enfermedades que multiplican el horror de la postguerra.
En esta primera sección bibliográfica de 1946 aparecen libros importantes como Rubén Darío, un poeta y una vida de Juan Antonio Cabezas, el Teatro del arte colonial.
Primera jornada en Santa Fe de Bogotá, de Guillermo Hernández de Alba; Walt Whitman.
El hombre y su obra, de Cebriá Montolín; Obras.
Poemas y prosas, de Concha Urquiza (1910-1945), figura central de la poesía mexicana moderna; y dos libros del escritor y crítico chileno Arturo Torres Rioseco: Vida y Poesía de Rubén Darío y La gran 45 Llama la atención que se publique en 1951 el artículo de Arturo Berenguer Carisomo titulado «El mundo lírico de Fernández Moreno» (VIII, 1951, 245-307), justo un año después del fallecimiento del poeta argentino, lo que vendría a corroborar que el Anuario estaba abierto desde el principio a enfoques no solo multidisciplinares, sino también a interesarse por escritores coetáneos que aun no habían sido consagrados en el canon literario hispanoamericano.
JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO literatura iberoamericana.
Sin embargo, lo que más llama la atención son las reseñas de los libros Hernán Cortés y Vida del muy magnífico Señor Don Cristóbal Colón, del gran polígrafo gallego Salvador de Madariaga, exiliado en el Reino Unido tras finalizar la contienda civil, quien fue a lo largo de su vida un símbolo de la lucha antifranquista y de cualquier forma de totalitarismo, incluido el comunismo.
En la sección «Varia» hay una reseña extensa con el tema «Las obras de Antonio de Nebrija en América», firmada por el historiador y archivero sevillano Cristóbal Bermúdez Plata (III, 1946(III,, 1040(III, -1046)).
En 1954 (tomo XI) se hace cargo de la sección «Historiografía y Bibliografía americanista» uno de nuestros investigadores más insignes, Francisco Morales Padrón, quien muestra una gran sensibilidad en asuntos literarios, 46 como puede verificarse por los títulos y los subepígrafes que comienzan a publicarse desde esta fecha.
Así, en este mismo volumen encontramos los artículos: «América en la literatura española del siglo XVIII», de Anthony Tudisco (XI, 1954, 565-585), donde rastrea las figuras de Colón, Cortés y Pizarro, además de plantear uno de los temas más espinosos de la época, como es el de la «leyenda negra»; y «Noticias sobre el manuscrito de la historia de la Nueva Andalucía del R. P. Fray Antonio Caulín», de José Llavador Mira (Ibidem,(587)(588)(589).
Por la diferencia de páginas puede verificarse que el primero es un artículo de historiografía literaria, mientras que el segundo es una reseña crítica, tal y como la concebimos hoy en día.
En este mismo tomo se consolida una sección que estará vigente varios años, titulada «América en la bibliografía española», en donde siempre hay una sección fija dedicada a la literatura.
En el siguiente volumen la clasificación se hace más compleja, de tal manera que la sección «Historiografía y Bibliografía americanista» cuenta ahora con varias subdivisiones -Artículos, Informaciones bibliográficas americanas, Reseñas críticas-, lo que permite publicar textos con un empaque considerable, como el de Miguel Maticorena Estrada titulado «Cieza de León en Sevilla y su muerte en 1554.
Documentos» (XII, 1955, 615-674) o la reseña dedicada a los «Nuevos Estudios sobre el Inca Garcilaso de la Vega» (Ibidem, 899-900), a propósito de un simposio celebrado en Lima ese mismo año, cuyo firmante es Guillermo Lohmann Villena, consolidando de alguna forma una tendencia que dura hasta la actualidad, y es que las reseñas las hacen, casi siempre, 46 La vinculación de Francisco Morales Padrón con la literatura duró toda su vida y fue visible en multitud de trabajos, aunque por su propia temática queremos destacar el clásico América en sus novelas (1983).
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA investigadores de primer nivel, que son grandes especialistas en la materia tratada, lo que traza una idea de la importancia que dio el Anuario a esta sección desde su aparición en la revista.
En el mismo tomo XII encontramos la reseña de todo un clásico de la historia literaria española, el libro de José Simón Díaz, Bibliografía de la Literatura Hispánica, cuyo autor es nuevamente Guillermo Lohmann Villena (Ibidem,(915)(916).
En el número siguiente se repite el mismo apartado -«Literatura» (XIII, 1956, 585-589), subepígrafe que se mantiene a lo largo de los años-, y se introduce una novedad muy interesante, como son las reseñas dedicadas a la literatura norteamericana, como vemos en el texto que le dedica Manuel Romero Gómez a los libros de Concha Zardoya, Historia de la literatura norteamericana, y Zohn Brown, Panorama de la literatura norteamericana contemporánea (Ibidem,(542)(543)(544)(545)(546).
En los siguientes números encontramos las reseñas de la obra de Stanley Williams, La huella española en la literatura norteamericana realizada por uno de los nombres importantes del hispanoamericanismo sevillano, el profesor Juan Collantes de Terán (XIV, 1957, 579-582), autor también de la reseña del libro clásico de Antonio Castro Leal, La novela de la Revolución Mexicana (XV, 1958, 695-696).
A él se deben también las primeras impresiones de una de las obras claves del modernismo hispanoamericano, como es el clásico Símbolo y color en la obra de José Martí, de Iván A. Schulman (XVII, 1960, 747-750), así como las anotaciones de los libros Unamuno y América, de Julio César Chaves, y América y Unamuno, de Manuel García Blanco (XXI, 1964, 812-813).
El elenco de reseñistas que intervienen en el Anuario, así como las obras seleccionadas, supone, de alguna forma, un verdadero canon de la historiografía americanista, tal y como vemos en los textos firmados por Morales Padrón, responsable de dar a conocer dos obras fundamentales del mundo colonial: Historiografía Indiana, de Francisco Esteve Barba (Ibidem, 823-825), y Cristóbal Colón.
También destaca la labor realizada por Miguel Maticorena Estrada, encargado de las Obras Completas del Inca Garcilaso de la Vega (XVII, 1960, 738-740), de las Obras Completas de José de la Riva Agüero (XIX, 1962, 796-797), y de «El Antijovio» de Gonzalo Jiménez de Quesada y las concepciones de realidad y verdad en la época de la Contrarreforma y el Manierismo de Víctor Frankl (XX, 1963, 778-779).
También Luis Navarro aparece como JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO reseñista con un texto sobre la obra de Aurelio S. Miró Quesada, El primer virrey-poeta en América (Don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaro) (XIX, 1962, 787-788).
Estas secciones se mantienen hasta el tomo XXVII de 1970.
Hay un vacío de más de dos décadas hasta que vuelve a retomarse en 1993, cuando el Anuario se publica de manera semestral, con dos números al año, y las secciones bibliográficas se hacen obligatorias para un lector especializado que reclama información de primera mano.
Así ocurre con un tema tan goloso como es la historia cultural de México, que cuenta con numerosísimas reseñas, entre las que destaco las de clara filiación literaria, como los libros de Fabio Troncarelli, El mito del «Zorro» y la Inquisición de México.
En una línea parecida encontramos reseñas de libros dedicados a la literatura cubana, como los escritos por Ángel Esteban, Literatura cubana.
Por razones evidentes los textos coloniales siguen teniendo mucho peso en el Anuario y por tanto un lugar preferente a la hora de focalizar las posibles reseñas, lo que explicaría su visibilidad en los últimos años, tal y como vemos en los textos de Eugenio Salazar, Silva de poesía.
Obras que Eugenio de Salazar hizo a contemplación de doña Catalina Carrillo, su amada mujer (62-1, 2005, 354-357); Claudia Rosas Lauro, El miedo en el Perú.
Siglos XVII y XVIII (67-1, 2010, 309-311); Carlos de Sigüenza y Góngora, Oriental planeta evangélico (67-1, 2010), o el volumen editado por Carmen de Mora, Guillermo Serés y Mercedes Serna, Humanismo, mestizaje y escritura en los Comentarios Reales.
Veinte años antes se había reseñado el libro de Carmen de Mora, Las Siete Ciudades de Cíbola.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA Pigafetta, cronista de cabecera de García Márquez, en esta ocasión traducido al inglés, Magellan's Voyage.
Como ya se ha dicho, un tema espinoso y no del todo bien drenado por una parte de la sociedad española, como es el exilio, ha tenido su espacio entre las reseñas del Anuario, como vemos en los trabajos de Dora Schwarzstein, Entre Franco y Perón.
Memoria e identidad del exilio republicano español en Argentina (LX-1, 2003, 354-358), y el coordinado por Dolores Pla Brugat, Pan, trabajo y hogar.
Yo mismo he podido reseñar una obra mayor en este sentido, como es la de Julio Gálvez, Winnipeg.
En los últimos años me ha correspondido reseñar libros interesantes (o importantes) que han llegado a la redacción del Anuario y que representan, de alguna manera, los nuevos rumbos de la literatura y de la filología, con focalizaciones prioritarias en autores hispanoamericanos de la última generación, como el novelista chileno Roberto Bolaño 48 o el crítico hispano-uruguayo Fernando Aínsa.
Las conclusiones necesarias para una conmemoración
Es evidente que los estudios filológicos han tenido en el Anuario de Estudios Americanos un aliado tan necesario como eficaz, sirviendo de plataforma para que muchos investigadores de todas partes y condición pudiesen expresar sus inquietudes investigadoras en un formato que garantiza el rigor científico y la acreditada repercusión más allá de las fronteras nacionales.
Aunque analizados en su conjunto los trabajos literarios representan un porcentaje menor de lo que hubiéramos pensado, lo cierto es que su número no es nada desdeñable, sobre todo si se tiene en cuenta que la 48 México en la obra de Roberto Bolaño.
Memoria y territorio, de Fernando Saucedo.
Nueva cartografía de la pertenencia, de Fernando Aínsa.
JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO revista fue fundada con una clara motivación historiográfica, en un centro, la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, dedicado a la investigación histórica.
Desde los primeros volúmenes encontramos textos de gran calado filológico que analizan obras y autores que serán parte importante del canon literario hispanoamericano, con un escoramiento evidente hacia el mundo colonial y hacia las letras del Siglo de Oro, en parte porque así estaba en el ideario académico de quienes a lo largo de los años dirigieron y asesoraron la revista, aprovechando de alguna manera ese caudal inabarcable de información que representan tanto la Biblioteca de la EEHA como el Archivo General de Indias.
Sin embargo, no hay que olvidar los duros años en los que nace y crece el Anuario, con una España descarnada e inmisericorde que acaba de surgir de su contienda civil, con un régimen autoritario que da muestras de ensañamiento y persecución desde los primeros lances de la dictadura, como si la victoria militar no fuera suficiente para los vencedores.
En este contexto de atraso cultural y de represión feroz de la intelectualidad disidente, los departamentos literarios que habían sido esquilmados y expurgados al final de la guerra, se llenan de profesores e investigadores que ven en el periodo colonial, o en los siglos de oro, un refugio necesario para preservar su integridad física y evitar problemas con el régimen militar que no veía con buenos ojos la lectura e interpretación de los escritores contemporáneos, ya fueran de la Generación del 98 o de la del 27.
Por eso, hasta prácticamente la llegada de la democracia no hay grupos de investigación (o de investigadores) que tratan de rescatar esa otra literatura que la censura y el exilio había amordazado durante la larga noche del franquismo.
Quizás sea esta una de las razones fundamentales por las que el Anuario no se hizo eco de la nueva narrativa hispanoamericana que estaba arrasando en el mundo editorial de todo Occidente, en parte porque la censura prohibió de forma expresa el flujo de autores hispanoamericanos con un evidente pedigrí progresista, cuando no revolucionario, en parte porque los propios escritores españoles de la postguerra fueron muy celosos y reacios a compartir su espacio editorial con aquellos «bárbaros», como en algún momento se les llamó, que venían del otro lado del océano, con unos procedimientos técnicos y unos recursos narrativos que dejaban en evidencia el anquilosado panorama de la novela española, anclada en un trasnochado realismo social.
También debemos tener en cuenta que los primeros especialistas en el boom, en el realismo mágico, en la nueva narrativa hispanoamericana en definitiva, debieron buscar foros más adecuados para sus EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS, UNA ATALAYA PRIVILEGIADA publicaciones, persiguiendo siempre la visibilidad de sus trabajos en las revistas especializadas del ramo.
A pesar de todos estos inconvenientes, que forman parte de las heridas culturales y sociales de una época conflictiva, lo cierto es que el Anuario tuvo siempre una vocación muy moderna, cosmopolita incluso, y eso explicaría la necesidad de dar a conocer todo tipo de libros y autores a través de sus reseñas y sus secciones bibliográficas desarrolladas a lo largo de las décadas, con algunas intermitencias que posiblemente obedecieron a criterios de los órganos de dirección de entonces.
Analizado el asunto con una mirada diacrónica, certificamos que estas secciones -que cambian de nombre con el tiempo-fueron como una ventana abierta por donde entraron alegremente los autores y las obras literarias que estaban apuntalando la tradición hispanoamericana, dándole un sesgo especial a la excesiva uniformidad de la ciencia historiográfica.
Como dice el cronista neogranadino Juan Rodríguez Freyle (1566-1640) en El carnero, se trataba de pedir «joyas y ropas prestadas» y «de los mejores jardines coger las más graciosas flores».
Dicho de otra forma: se enriqueció el índice de trabajos históricos con otros de índole literaria.
Creo necesario destacar que entre la historiografía más pragmática y la literatura, cualquiera que sea su morfología, hay un espacio abierto, permeable, poroso, que permite la hibridez genérica, que invita el deslizamiento metodológico entre el positivismo histórico y el posibilismo de la ficción, mostrando en todo momento que muchos de los textos publicados en el Anuario iban más allá de la linealidad y el rigor del discurso historiográfico, para deslizarse poco a poco hacia las estrategias discursivas propias del mundo literario.
Es evidente que con los años y con los nuevos contextos sociales, políticos y culturales que vive la sociedad española, el Anuario se ha remozado y se ha modernizado para seguir siendo, muchos años más -otros setenta y cinco años más-, una de las grandes publicaciones del ámbito internacional, dando entrada a temas que hubieran sido impensables hace no muchos años.
El Anuario de Estudios Americanos va a seguir siendo santo y seña del mejor americanismo internacional y solo cabe mostrar el agradecimiento y el más sincero reconocimiento a tantas generaciones de investigadores, y al personal de la Escuela, que hicieron posible el milagro de la supervivencia en esta incierta caminata investigadora llena de tachuelas y piedras filosas. |
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En 1981 Ramón Ezquerra Abadía publicó un artículo 1 en el que recogía, sin pretensiones de exhaustividad, lo que sobre Colón y el descubrimiento de América se había escrito de interés durante los anteriores cincuenta años.
Se trata de un trabajo memorable e imprescindible para conocer el estado de la cuestión.
Ezquerra ordenó su artículo por décadas y he de decir que no echo en falta ningún autor u obra.
Nada ni nadie se le escapó.
No pretendo volver a hacer la labor que llevó a cabo R. Ezquerra, ya que mi revisión estará dedicada solo a comentar los estudios que se publicaron en dos revistas de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos: el Anuario de Estudios Americanos y su suplemento, Historiografía y Bibliografía Americanistas.
Cuando comencé a redactar este trabajo pensé que la tarea iba a ser larga.
No hay tantos trabajos sobre Cristóbal Colón como sospeché cuando empecé a releer uno por uno los volúmenes de ambas revistas.
En efecto, en los primeros años el genovés estaba de moda y fueron varios los artículos pertinentes a este tema; pero pronto el entusiasmo por Colón decayó hasta la década de los ochenta del siglo pasado en que se trataron nuevos asuntos.
Así las cosas, opté por agruparlos por temas: Colón en sus diversas etapas, su familia, sus amigos y enemigos, la imagen del genovés a lo largo del tiempo y un último apartado en el que recojo algunos aspectos relacionados.
Es evidente que no todo ha sido objeto de estudio.
Sin embargo, como creo que se verá, en esos primeros setenta y cinco años han publicado en el Anuario los mejores especialistas de cada momento con novedosas aportaciones sobre cada tema.
No voy a entrar en discutir cada cuestión de modo exhaustivo, pues no es este el lugar de hacerlo.
Tampoco, por supuesto, señalo la bibliografía generada a lo largo de estos 75 años: ello no tendría sentido y haría este trabajo interminable.
En el primer artículo del tomo primero del Anuario Florentino Pérez Embid 2 dedica el último apartado a las capitulaciones colombinas, que considera como una concesión graciosa que daría origen a los Pleitos 1 «Medio siglo de estudios colombinos», Anuario de Estudios Americanos [AEA], XXXVIII, 1981, 1-24.
3 Mientras que los títulos de gobernador y virrey concedidos a Colón hacen referencia a la futura organización de la administración territorial, el genovés heredó de los almirantes castellanos sus derechos: su jerarquía en los privilegios de las cortes, sus derechos económicos y su autoridad territorial.
Sin embargo, el título que más estimaba era el de almirante, por considerar los otros como anejos, y por ello pidió a sus descendientes que siempre firmasen «El Almirante».
En «Precedentes mediterráneos del virreinato colombino»,4 Jaime Vicens Vives estudió las características generales de la institución virreinal aragonesa a fines del siglo XV para examinar las capitulaciones de Santa Fe, en las que él considera que «se une lo mediterráneo y lo atlántico».
Para ello va analizando las atribuciones de los lugartenientes generales de Aragón, de los virreyes de Sicilia y de los virreyes y gobernadores generales de Cerdeña.
Señala Vicens Vives que Colón debía de tener conocimientos tanto del funcionamiento de la institución virreinal aragonesa como del de la Corona castellana.
Por ello, para estipular sus capitulaciones se dirige y trata con Isabel y Fernando como los reyes de Castilla y Aragón, consiguiendo los dos oficios que solo podían darle por separado: Castilla, el almirantazgo y Aragón, el virreinato y la gobernación general.
Pese a que no disponemos del original de las Capitulaciones firmadas en Santa Fe por Colón y los reyes el 13 de abril de 1492, sí poseemos varias copias.
A estudiarlas dedicó su artículo Antonio Muro Orejón.
5 El original perdido estaba escrito en papel, sellado con el sello real, firmado por los reyes, el secretario Juan de Coloma y el registrador Calcena.
De este original existen copias en el registro cedulario de la Corona de Aragón y en el registro cedulario castellano.
En 1495, estando en La Española, ante el temor de que se perdiera o deteriorara solicitó Colón que se hicieran varias copias notariales del mismo.
Una de estas sirvió de modelo para el Privilegio que los reyes le otorgaron el 23 de abril de 1497.
El Privilegio se encuentra en el Archivo General de Indias, así como la copia de las capitulaciones, que del Archivo de Veragua pasó al de Indias en 1923.
En Sevilla, en 1502 antes de emprender su último viaje al Nuevo Mundo, decidió el genovés recoger en un volumen una copia de las escrituras más significativas, que se custodiaron en el monasterio CONSUELO VARELA de las Cuevas.
De este libro de los Privilegios se hicieron cuatro copias.
De las dos escritas en papel, una quedó en la Cartuja y la otra en manos de su representante, Alonso Sánchez de Carvajal.
Las otras dos se realizaron en pergamino y fueron enviadas a Italia por el almirante, una de ellas a Nicoló Oderigo, el embajador de Génova, y la otra a la banca genovesa de San Jorge.
Cotejadas las diferentes versiones, entre las que existen pocas diferencias, considera Muro como la más fiable la de 1497 por su carácter oficial y por ser el modelo entregado por Colón para la solicitud del privilegio real.
También en el primer volumen del Anuario aparecen dos artículos que tratan de las bulas alejandrinas, que supusieron una nueva división del océano entre España y Portugal, a cargo de Manuel Giménez Fernández y Antonio Rumeu de Armas.
En su trabajo Giménez Fernández6 estudió la fecha exacta de su datación y sostiene que el retraso de los reyes en recibir al almirante se debió al respeto debido al tratado de Alcáçovas de 1479.
Del artículo de Rumeu de Armas7 interesa aquí resaltar la estancia de Colón en Barcelona.
Pese a que su estadía no figura en ningún documento oficial, Rumeu recuerda los testimonios de tres testigos de vista: Pedro Mártir de Anglería, Gonzalo Fernández de Oviedo y Hernando Colón.
Sospecha el profesor Rumeu que en las conversaciones que el almirante sostuvo con los reyes se debió de tratar el problema que el viaje podría suscitar con Portugal y, en este sentido, recuerda las repetidas cartas de los monarcas a Colón recordándole que, en el viaje que iba a emprender, había de tener especial cuidado en no sobrepasar el límite de Guinea.
En su extenso análisis Rumeu sostiene que la exclusión de Aragón en la empresa americana -y por tanto de Cataluña-fue más nominal que real.
Al descubrimiento y toma de posesión dedicó un artículo Francisco Morales Padrón.
8 Sobre la base de que Colón halló y descubrió lo que los antiguos habían inventado, considera el descubrimiento como un proceso iniciado siglos atrás.
Colón nunca tuvo el propósito de descubrir tierras CRISTÓBAL COLÓN EN EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS imprevistas y fue «Vespucci quien percibió por primera vez que las tierras visitadas constituían la "quarta pars" citada por los antiguos».
Descubrimiento y conquista manifiestan una mezcla de medievo y renacimiento en la que prima más lo medieval y ambos forman parte de un mismo proceso.
En cuanto a la toma de posesión, Morales señala que tiene sus antecedentes en el derecho romano y en el germánico.
Colón toma posesión de las nuevas tierras en un acto sencillo, similar al usado en la toma de posesión de las islas Canarias.
La Corona no se preocupó de dictar normas específicas y por esto se emplearon muy diversas fórmulas.
En la primera de sus «Tres notas colombinas» discute Juan Gil la fecha del descubrimiento.9 Las Casas, desconociendo la distinción del día en singladuras contadas de mediodía a mediodía, optó por escribir en su Historia que Colón descubrió la isla de Guanahaní el 12 de octubre, frente a Hernando Colón que sitúa, con acierto, el descubrimiento el día 11.
Para Gil en el error del dominico también pudo influir la visceral aversión al número 11, que gozaba de mala fama en la tradición cristiana, señalando varios ejemplos al respecto.
En 1984 Juan Gil tuvo la fortuna de encontrar en el Archivo General de Indias las Probanzas del fiscal en el Darién en 1515.10 Entre los testigos presentados figuraba un Juan portugués, negro que declaró haber sido «criado del almirante viejo» y haber ido con él en la nao capitana en el primer viaje.
De este personaje, que miss Gould no pudo identificar, sabemos ahora que también viajó con el almirante en el tercer viaje con el nombre de Juan Portugués, canario, que no fue en el cuarto viaje y que se encontraba en Santo Domingo en 1504.
En el Darién vendió a Gonzalo Fernández de Oviedo 40 indios para su hijo.
El rol del tercer viaje fue publicado por Juan Gil.
11 Una serie de complicaciones impidieron que la armada se efectuara con tranquilidad.
En febrero de 1498 zarparon dos carabelas, la Santa Clara y la Niña, y en mayo Colón levó anclas con cinco naves, la Castilla, la Gorda, la Rábida, la Garza y la Santa María de Guía, a las que se unió en Sanlúcar de Barrameda la Vaqueña, cuyo rol no figura en el Libro de Armadas.
En su trabajo Gil, además de publicar la nómina, trató también de los problemas de alistamiento, del CONSUELO VARELA despacho de cada navío y, en lo posible, siguió la pista de los tripulantes y pasajeros que formaron parte de la expedición.
En 1985 Consuelo Varela publicó el rol del cuarto viaje,12 que confeccionó con el cotejo del pago adelantado, guardado en el Archivo General de Simancas, y de cuatro nóminas de pago, anotaciones del Libro Manual de Matienzo, de Casa y Descargos de los Reyes Católicos conservados en el Archivo General de Indias, junto a documentos procedentes de las declaraciones de los propios tripulantes en los Pleitos Colombinos y documentos notariales del Archivo de Protocolos de Sevilla.
La nómina está confeccionada por orden alfabético de apellidos; a continuación, sigue el cargo desempeñado en el navío y, cuando era posible, los datos personales de cada tripulante.
Decía miss Alice B. Gould que en los pagos del cuarto viaje hay aun más confusión que en los restantes viajes colombinos, porque el investigador «no sabe ni quien sea el tesorero cuyas cuentas debe buscar para cada caso».
13 Esta tarea fue emprendida por J. Gil,14 que con el apoyo de las cuentas inéditas del cuarto viaje de Cristóbal Colón, firmadas por el propio almirante y otros documentos del Archivo General de Indias, ha podido reconstruir los gastos del viaje.
Añade, además, diversas partidas empleadas en provisiones y pertrechos y señala que las cuentas no precisan el número de artillería y armas que llevaba cada barco.
Con la ayuda de diversos documentos ha tratado los avatares de esa fallida expedición.
En el apéndice transcribe la nómina firmada por el almirante y la fecha de enrolamiento de la tripulación.
Con frecuencia Colón se quejó de las licencias otorgadas a otros navegantes para descubrir y poblar en las nuevas tierras.
En «La primera capitulación de Hojeda y el tercer viaje colombino» 15 Juan Gil señaló que cuando, en 1499, se redactó el texto de esa capitulación, Colón aun no había regresado de La Española.
Así pues, Fonseca respetaba al almirante las mercedes
concedidas con anterioridad a su retorno a España en 1496 y consideraba como nulos los privilegios concedidos en la capitulación a partir del tercer viaje.
La jurisdicción de la Tierra Firme quedaba fuera de los derechos colombinos, tenidos por sin efecto; de ahí que Hojeda y Guerra pudieran disfrutar de su gobierno.
Una argumentación jurídica que esgrimirán con éxito los fiscales en los Pleitos.
En 1997 Istvan Szászdi se preocupó de estudiar lo que él llamó «el insólito gobierno de Colón en la isla Española».
16 Tras rastrear los precedentes institucionales, Szászdi analiza primero el regimiento de la Navidad y, acto seguido, el Consejo que el almirante organizó a raíz del segundo viaje, sus miembros y las dificultades que estos tuvieron para cumplir con su misión, sirviendo a los reyes sin contradecir a Colón, que, como virrey, era quien tenía la competencia gubernativa.
Termina su trabajo sosteniendo que «Colón quiso recrear Guinea en el Nuevo Mundo».
Años más tarde, Roberto Cassá, Raimundo González de Peña y Genaro Rodríguez Morel retomaron el tema.
En su artículo tratan del gobierno de Cristóbal Colón en tierras americanas, de las contradicciones que tuvo aquel proyecto debido «a la lógica del estado absolutista, a la ambición desmedida del descubridor y a su reacción ante los controles que desde un principio impusieron los monarcas».17 A continuación, estudian las dificultades que encontró el almirante para desarrollar un modelo mercantilista acorde a sus ideas y a los acuerdos a los que llegó con la Corona.
En ese contexto señalan la lógica del primer gobierno colombino en las Indias y los rasgos que definieron la nueva sociedad antillana.
¿Dónde reposan los restos de Colón?
Con ocasión del quinto centenario del nacimiento de Cristóbal Colón, al parecer ocurrido en 1451, la Escuela de Estudios Hispano-Americanos encargó a Cristóbal Bermúdez Plata, antiguo director de la misma, que escribiera un artículo sobre la polémica acerca de la localización de los restos del almirante.
18 No le interesaba a Bermúdez Plata el origen del nauta, que consideraba intrascendente, pero aun así comienza su trabajo trazando un CONSUELO VARELA recorrido por las distintas localizaciones atribuidas hasta entonces.
Hoy han surgido nuevas hipótesis que le hubieran inquietado.
Tras este preámbulo, Bermúdez Plata nos ofrece un panorama documentadísimo de los distintos viajes del féretro del genovés desde su fallecimiento en Valladolid (1506), el depósito en la Cartuja de las Cuevas (1509) hasta el traslado en el galeón San Cristóbal a Santo Domingo en 1538.
Lo novedoso de este trabajo es la detenida presentación de la polémica suscitada desde 1795 cuando, tras el tratado de Basilea, las autoridades españolas decidieron el envío de la urna a La Habana y, por último, su definitivo traslado a Sevilla en 1898.
Una pastoral del obispo Cochia en 1877 aseguró que los restos no habían sido nunca enviados a Cuba, dado que en la catedral dominicana había aparecido una urna, la auténtica, que contenía los verdaderos restos.
La contestación española fue inmediata.
En 1878 la Academia de la Historia redactó un informe rechazando la hipótesis.
La polémica había de continuar.
Los dominicanos enviaron parte de «sus» restos a la ciudad de Génova.
Allí, en el palacio municipal, se puede contemplar un busto del almirante que los contiene.
En 1950 el marqués de Pickman sugirió que los restos aun permanecían en la Cartuja sevillana.
El examen del féretro allí encontrado demostró la imposibilidad de que fueran los restos de Colón.
Bermúdez Plata considera adecuada la ubicación en la catedral de Sevilla, aunque hubiera deseado que fueran enterrados en la capilla de la Antigua y en un monumento más adecuado que el efectuado en 1891 por Arturo Mélida.
19 A la hora de redactar su artículo Bermúdez Plata desconocía o no quiso dar la menor importancia a las reclamaciones de los investigadores cubanos, que opinaban que los restos colombinos nunca salieron de la «isla más hermosa».
En 1953 la Escuela de Estudios Hispano-Americanos decidió dedicar el volumen X del Anuario a la memoria de Bermúdez Plata.
En él Manuel Giménez Fernández publicó un artículo en el que, una vez más, discrepaba de su amigo; 20 como había hecho dos años antes en otro trabajo, «Sevilla y los restos de Cristóbal Colón», 21 que don Cristóbal había citado de pasada sin entrar en polémica.
En su larguísimo estudio, de 170 páginas, Giménez Fernández intenta demostrar que los restos del almirante nunca salieron de Sevilla.
Divide su trabajo en cuatro capítulos.
En el primero, recurriendo a CRISTÓBAL COLÓN EN EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS los escritos colombinos, demuestra que el almirante no expresó su voluntad de ser enterrado en Santo Domingo; en el segundo afirma que el permiso dado por Carlos I para que Colón pudiera ser enterrado en la catedral dominicana se debió al deseo de satisfacer «los caprichos» de la virreina doña María de Toledo; en el tercero sostiene que, en su viaje, doña María no pudo llevar el féretro; y en el cuarto y último demuestra que las noticias del siglo XVI no indican que los restos del almirante estuvieran en Santo Domingo.
Desde Jamaica, en una carta redactada el 7 de julio de 1503, escribía Colón: «Oy día no tengo en Castilla una teja: si quiero comer o dormir, no tengo salvo al mesón o taberna y las mas de las veces falta para pagar el escote».
22 Una frase, alimentada por la información de Las Casas, que escribió en su Historia que el almirante «pasó de desta vida en estado de harta angustia y amargura y pobreza», 23 ha dado pie a que se considerara que murió pobre.
No parece que fuera así, como demostró Juan Gil.
24 Durante un quinquenio las Indias no rindieron ni un maravedí, pero a partir de 1497 Colón fue recibiendo buenas sumas de dinero.
Estudia Gil las rentas recibidas por el genovés por la ochava de las mercaderías y por las décimas del brasil y del oro, si bien no cobró nunca ni por las décimas del almojarifazgo, ni por la de las perlas, ni por la de esclavos y cazabi.
Según la documentación que aporta, Colón cobró desde esa fecha unos 8.000 pesos anuales.
Murió, pues, siendo un hombre rico, aunque menos pudiente que aquellos con los que siempre quiso competir, como el almirante de Castilla, que recibía 50.000, o el duque de Medina Sidonia, cuyas rentas ascendían a 55.000.
La familia: Diego, Hernando, Briolanja Muñiz
Don Juan de Mata Carriazo, siempre dispuesto a compartir sus hallazgos, en un artículo que tituló «Tres notas remotamente colombinas» 25 nos 22 En Varela, 1984, 318.
CONSUELO VARELA ofreció tres documentos inéditos que pudieran estar relacionados con Colón y las naves del primer viaje.
El primero presenta a un Diego Colón, vecino de Utrera, que en el padrón de 1483 tuvo que pagar la modesta cuota de 160 maravedís, y cuya pista se pierde a partir de entonces ya que no vuelve a figurar en los padrones de los años siguientes.
El segundo y el tercero se refieren a dos naves: la Santa María, nao vizcaína que en 1488 participó en la campaña de Almería, y la carabela Cornudilla de Palos, propiedad de Juan Rodríguez de Quexo, que formó parte de la flotilla de tres navíos que el asistente de Sevilla ordenó armar en 1483 para la defensa del estrecho de Gibraltar.
No quiere enmendar la plana a los americanistas y deja ahí la cuestión abierta.
Sobre Diego Colón y los primeros años de su gobierno en La Española, Esteban Mira Caballos,26 analizando un pleito entre Diego Colón y Francisco de Solís, un miembro de la elite encomendera de Ovando, trató de «la visión que tanto vencedores como vencidos tenían de sus respectivos contrarios, mostrándose el indio como un ser con capacidad de juicio, muy lejos de aquellos seres mentirosos y sin razón de que hablaban muchos españoles».
Asimismo, dada la fecha de este pleito (1509), estudió la gobernación de frey Nicolás de Ovando, la periodización de los alzamientos y las huidas, constatando que, tras las guerras de Higuey y Xaraguá, «el indio no se alzó contra los españoles sino que tan sólo se ausentó y se marchó a los montes», para terminar tratando de la evangelización de los aborígenes.
Ya en el volumen primero del Anuario Emiliano Jos publicó un extenso trabajo sobre Hernando Colón,27 en cuyo capítulo primero analiza detenidamente las fuentes bibliográficas de la Historia del Almirante; las anotaciones hechas al respecto por el propio Colón y su hijo; las de sus colaboradores y amigos íntimos: Marcos Felipe, Vicente del Monte y el bachiller Juan Pérez; los escritores contemporáneos Juan Vaseo y Nicolás Clenardo, Fernández de Oviedo, Las Casas, Pedro Mexía, Pedro de Medina,
López de Gómara, García Matamoros, Juan de Mal Lara, Argote de Molina y el padre Román.
Entre los autores del siglo XVII se centra en Herrera y Ortiz de Zúñiga; del siglo XVIII especialmente en González Barcia y Juan Bautista Muñoz, y de los siglos XIX y XX trata ampliamente del Códice Colombo Americano y la Raccolta Colombiana, Fernández Navarrete, la duquesa de Berwick y Alba, Washington Irving, Henry Harrise, Humboldt.
Termina el capítulo comentando la aparición repentina de las supuestas diferentes patrias de Colón, asunto que no le merece crédito.
En el capítulo segundo estudia Jos la librería fernandina; la colaboración de Hernando en el Libro de las Profecías; las dos primeras obras importantes de Hernando, Colón de Concordia y Forma de descubrir y poblar en las Indias; posibles plagios de escritos del almirante, y termina preguntándose si en su viaje a Roma en 1512 actuaba Hernando como embajador del Rey Católico.
El capítulo tercero, que resulta ser una ampliación del anterior, está dedicado a analizar el nacimiento de Hernando; las dudas sobre el epitafio de su tumba y su tres viajes al Nuevo Mundo; su hoja de servicios; de nuevo sobre los versos que aparecen en el Libro de las Profecías y los documentos hernandinos publicados por la duquesa de Alba en 1892 y 1902; el encargo de fundar iglesias en la isla Española y las aspiraciones descubridoras de Hernando con la respuesta, inédita, del rey don Fernando; y finaliza con una digresión sobre el libro Colón de Concordia.
El cuarto capítulo se dedica a la intervención de Hernando en los Pleitos Colombinos y su importancia para la historia de los descubrimientos.
Señala nuevos posibles temas de estudio, entre los que destaca la expedición al Amazonas de Alonso Vélez de Mendoza.
Cuando en 1485 Colón llegó por primera vez a Andalucía, hubo de dirigirse a San Juan del Puerto, donde residían sus cuñados Miguel Muliart y Briolanja Muñiz, que a la sazón tenían unas tierras arrendadas.
La portuguesa formaba parte de la casa de la marquesa de Montemayor, de la de su cuñado don Álvaro de Portugal, y más tarde del grupo de criados de los duques de Medina Sidonia.
Nada más regresar de su primer viaje a las Indias, en abril de 1493, Colón obtuvo de los reyes la merced de que al matrimonio se le adjudicara una casa en Sevilla que había pertenecido a un judío expulso.
¿Siguió Briolanja manteniendo esas tierras y, de ser así, dónde estaban CONSUELO VARELA situadas?
Esta incógnita ha sido despejada por David González Cruz,28 que, papeleteando los archivos locales, ha logrado delimitar sus propiedades en el estero de Juan de Coto o El Montecillo.
Como señala González Cruz, la finca estaba situada en un lugar privilegiado, junto a un estero del río Tinto.
Y así sugiere que los cuñados de Colón debieron de integrarse plenamente en el proceso de repoblación de esta localidad promovido por los duques de Medina Sidonia mediante la carta puebla otorgada el 10 de enero de 1468, indicando que quizá pudieron haberse acogido a una serie de exenciones fiscales y actividades comerciales concedidas por los Guzmanes.
En 1967 Antonio Rumeu de Armas publicó un extenso artículo sobre fray Antonio de Marchena, el fraile que prestó ayuda a Colón desde su llegada a Castilla.
29 Tras recordar los diversos pasajes en los que el descubridor cita al fraile, siempre con cariño y agradecimiento, el profesor Rumeu va recorriendo con especial detenimiento las informaciones que sobre el minorita proporcionaron, primero, fray Bartolomé de las Casas y, más tarde, los primeros cronistas de Indias.
Mientras que Las Casas confiesa desolado que no ha logrado llegar a identificar al fraile, aunque sospecha que ha de pertenecer a la orden de San Francisco, fue Alejandro Geraldini el primer historiador que en su Itinerarium, escrito en 1523 (aunque no fue publicado hasta 1631), al narrar el encuentro de Colón con los reyes en el real de Santa Fe confundió los nombres de los dos frailes franciscanos cercanos a Colón, dando vida a un nuevo personaje, Juan de Marchena.
Poco más tarde López de Gómara rectificó el nombre, denominándole Juan Pérez de Marchena, un error que pervivió hasta finalizado el siglo XIX, cuando historiadores como José María Asensio, el padre Coll, Ángel Ortega y más recientemente Antonio Ballesteros y Juan Manzano y Manzano han deshecho el equívoco.
Para descifrar el enigma Rumeu sigue la pista de fray Antonio de Marchena, guardián del convento de San Esteban de Olmos en 1473 y vicario provincial de Castilla de 1499 a 1502, lo que le lleva a la conclusión de
que no pudo asistir a Colón en la Rábida en 1485, pese a la declaración del físico García Hernández en los Pleitos colombinos.
¿Dónde trató el genovés con el fraile?
Para Rumeu no hay duda: tuvo que ser en la corte de los reyes.
En efecto, en febrero de 1486 Marchena estaba en Madrid y unas semanas antes, en Alcalá de Henares, Colón había sometido su proyecto a examen.
Se apoya Rumeu en la declaración de Andrés del Corral -quien, en los Pleitos colombinos, declaró que el principal valedor del genovés en aquella sesión era un fraile franciscano cuyo nombre no recordaba-y en las cartas de los reyes a Colón mencionando su intervención.
Para terminar añade Rumeu una adenda, preguntándose si fray Antonio acompañó a Colón en su segundo viaje al Nuevo Mundo.
Pese a las cartas reales solicitando su participación, la falta de respuesta a estas, motivos de salud o por su avanzada edad lo inclinan a descartar esa posibilidad.
En 1964 el historiador dominicano J. Marino Incháustegui Cabral publicaba la biografía de frey Francisco de Bobadilla y, tres años más tarde, un artículo en el Anuario en el que retomó el tema.
30 Como estudioso de la historia de La Española, cuando andaba preparando la biografía del comendador que destituyó a Colón se fijó en la descripción que del juez pesquisidor hacían los cronistas, que al unísono lo consideraron antiguo criado de la casa real, hombre muy honesto y religioso y caballero de la orden militar de Calatrava.
Dispuesto a identificar a su personaje, Incháustegui se topó con cuatro Franciscos de Bobadilla, que vivieron simultáneamente en la corte de los Reyes Católicos.
Al menos, pudo identificar con exactitud a tres de ellos: el corregidor Francisco de Bobadilla, honesto y religioso caballero y antiguo criado de la casa real, del que aporta un total de 334 cédulas, ya fallecido en 1498; fray Francisco de Bobadilla, visitador de la orden y abad de Jerez de la Frontera, de quien se ignora la fecha de la muerte y del que aporta tres documentos; y fray Francisco de Bobadilla, comendador, citado en dieciocho documentos.
Así descifra Incháustegui Cabral el enigma colombino y rectifica el error de los cronistas: frey Francisco de Bobadilla era comendador de la orden de Calatrava, pero no era de la casa real ni tampoco «hombre muy honesto y religioso», según había hecho constar en la biografía que ya había publicado.
Termina su trabajo aclarando otros errores, que atribuye a los cronistas.
En efecto, Francisco de Bobadilla murió ahogado frente a las costas de La Española en 1502; así también perecieron el alcalde Francisco 30 «En torno a uno de los más trágicos episodios de la vida de Colón», AEA, XXIV, 1967, 839-860.
Roldán y Andrés Velázquez, el capitán de la flota, pero no Antonio de Torres, que falleció en un naufragio en la bahía de Cádiz en 1503.
Una adenda nos proporciona el listado de los documentos consultados en diversos archivos y su signatura.
Unos años más tarde, José María Ruiz Povedano31 alaba el trabajo realizado por Incháustegui Cabral, añadiendo nueva documentación sobre la etapa de Francisco de Bobadilla en los años en los que actuó como corregidor.
Aporta Ruiz Povedano veintidós documentos del Archivo General de Simancas, en los que le vemos actuar como corregidor de Jaén en dos documentos, como maestresala y criado de los reyes en uno y como corregidor de Córdoba en diez y nueve.
Con relación a los personajes que coincidieron con Colón en las Indias podemos citar un par de artículos: «Marinos y mercaderes en Indias (1499-1504)» y «La gente de Ovando en los protocolos hispalenses», ambos a cargo de Juan Gil.
32 En el primero, Gil estudia las dos primeras hornadas de marinos que, sin formar parte de las flotas colombinas, acudieron al Nuevo Mundo entre 1499 y 1504: Alonso de Hojeda, Luis Guerra, Vicente Yáñez Pinzón, Diego de Lepe, Juan de la Cosa, Alonso Vélez de Mendoza y Rodrigo de Bastidas.
En su extenso trabajo, se muestran las capitulaciones efectuadas por cada uno de ellos y las intrincadas relaciones comerciales que tuvieron lugar, en las que se aprecia la manera en que los mercaderes sevillanos movían sus maravedíes.
El 13 de febrero de 1502 partió de Sanlúcar de Barrameda la gran armada -treinta y dos naves-de fray Nicolás de Ovando.
Traspapelado el legajo que correspondía al despacho de la misma en el Archivo de Indias, el Archivo de Protocolos de Sevilla es hoy por hoy la fuente principal para estudiar la composición de la gente que fue en aquella expedición.
Con esta fuente, Juan Gil ha podido confeccionar la lista de 298 pasajeros y analizar por menudo sus oficios, sueldos y circunstancias particulares, cuando ello ha sido posible.
Forman el grueso de la gente las personas desheredadas de la fortuna, siguen en número los escuderos, a continuación vienen los lavadores de oro, dos plateros, tres barberos, un físico a sueldo de los reyes, un pintor de imaginería y dos escribanos.
El estamento eclesiástico está representado por tres clérigos.
En dos apéndices figuran dos nóminas: la de los pasajeros y la de los maestres.
La imagen de Cristóbal Colón a través del tiempo
Al recordar las fuentes documentales sobre el Descubrimiento, Florentino Pérez Embid centra su atención en Pedro Mártir de Anglería.
33 Tras hacer un esbozo geográfico del humanista comenta sus dos obras principales.
Recomienda Pérez Embid su atenta lectura sin entrar en detalles.
También Pedro Mártir llamó la atención de Juan Gil.
34 En su artículo presenta las diferencias entre las teorías cosmográficas colombinas y la interpretación que de ellas hace Mártir.
Partiendo de la denominación que puso el almirante al cabo de Alfa et O en Cuba, Colón «entiende que en las Indias se encuentra el fin del hemisferio oriental, al ponerse el sol en ellas y el principio del hemisferio occidental al salir» y para Mártir «el Atlántico es el océano del sol poniente y el Pacífico del sol naciente».
Uno de los temas controvertidos acerca del pensamiento colombino es el de sus teorías milenaristas, un asunto que abordó Mario Góngora en un artículo sobre «El Nuevo Mundo en el pensamiento de Tomas de Campanella».
35 Ambos beben de las mismas fuentes.
Para afirmarlo, Góngora se detiene en analizar diversos pasajes en los escritos colombinos recogidos en el Libro de las Profecías, donde varios textos mencionan a Tarsis y Ofir; en la restauración de la Casa Santa de Jerusalén, citada en el diario del primer viaje y en la carta de Colón al papa Alejandro VI de febrero de 1502.
Góngora finaliza su trabajo afirmando que «Colón se siente como descubridor y propagador del evangelio, como protagonista de hechos escatológicos».
A estudiar tres composiciones escritas en latín referidas a Colón y su empresa dedicó un artículo Juan Gil.
36 En primer lugar el poema Sobre el maravilloso descubrimiento del Nuevo Mundo atribuido a Álvar Gómez de Ciudad Real -que Gil atribuye a Gonzalo Navarro, castellano-y que edita y traduce al español en el apéndice.
Se trata de la primera epopeya escrita sobre Colón en cualquier lengua, que narra los sucesos que acaecieron desde la exposición del genovés a los reyes de su proyecto hasta la 33 «Pedro Mártir de Anglería, historiador del descubrimiento de América», AEA, XXXII, 1975, 205-215.
CONSUELO VARELA introducción de la fe en el Nuevo Mundo.
El segundo poema es el de Lorenzo Gámbara Sobre la navegación de Cristóbal Colón, publicado en Roma en 1581, en el que se tratan los cuatro viajes colombinos.
Gámbara utiliza como fuentes la Historia del Almirante de Hernando Colón y las Décadas de Pedro Mártir.
El tercer poema es la Colombeide de Julio César Stella, publicada también en Roma en 1599, un poema épico en el que el autor da rienda suelta a su fantasía.
En «Los inicios del colombinismo en la España Ilustrada» 37 Juan Gil, sobre la base de fuentes documentales manuscritas (las Actas de la Academia de la Historia y el Archivo de Campomanes) e impresas, analiza el estudio de la primera colonización española en América a finales del siglo XVIII: los intentos de traducción del libro de William Robertson, la correspondencia de la Academia con Benjamin Franklin y la aparición de los libros de Juan Bautista Muñoz y Cristóbal Cladera.
Varios fueron los autores franceses que novelaron la vida de Cristóbal Colón.
A la obra de Paul Claudel, escrita en 1927 y que tuvo un enorme éxito, ya que fue representada en 1930 en la ópera de Berlín con música de Darius Milhaud, dedicó su análisis Pierre Mesnard.
38 Para este autor, Claudel propone en su obra la reconciliación de todas las gentes, venidas de diversas partes del mundo, cuya colaboración creará una humanidad nueva y mejor.
La obra, que debía ser representada bajo una gran vela, comienza con un actor que anuncia que se va a tratar de Colón, que descubrió América haciendo de la tierra un solo globo bajo la Cruz.
Claudel hace desfilar diversas figuras alegóricas (la envidia, la vanidad, la avaricia, la ignorancia) que discuten frente a un denunciante y a un defensor.
Para terminar con una rotunda afirmación: «Oui, Christophe, cela valait la peine».
En los veinte primeros años del Anuario se publicaron cinco reseñas dedicadas a otras tantas biografías del almirante.
El mismo texto se publicó un año después con el título de «Le Christophe Colomb de Claudel», en la obra La dećouverte de l'Ameŕique.
Al poco tiempo de la publicación de los dos volúmenes que Antonio Ballesteros Beretta dedicó a Colón (en el primer volumen se analiza la vida del genovés y en el segundo el descubrimiento y sus viajes), Florentino Pérez Embid le dedicó una encomiable reseña, 39 señalando que en esa obra están incluidas las novedades aparecidas desde la biografía de Colón escrita por José María Asensio en 1892.
Todo está aquí tratado, es «un gran libro de síntesis que ilumina caminos y alienta trabajos».
Aun hoy, setenta y cinco años más tarde, sigue siendo un útil libro de consulta.
Don Manuel Giménez Fernández redactó tres reseñas en el Anuario a otras tantas biografías colombinas.
La primera fue la del libro de Salvador de Madariaga, publicada dos años más tarde de la aparición de la tercera edición, editada en 1944.
Giménez Fernández 40 admira el trabajo realizado, afirmando que Madariaga ha logrado explicar el contradictorio perfil humano del genovés.
En cuanto a la tesis del Colón judío, no ve dificultad en apoyar su origen sefardita e incluso añade otros posibles argumentos.
Según Ramón Ezquerra 41 la biografía de Madariaga, de enorme éxito editorial, dio a conocer a Colón al gran público y vino a representar en el siglo XX lo que la biografía de Washington Irving significó en el XIX.
En 1945 apareció, en traducción al español, la biografía de Colón de Samuel Eliot Morison, El almirante del mar Océano, y Giménez Fernández no dudó en reseñarla.
42 Considera que el libro es demasiado extenso y tiene cosas prescindibles, como la alusión a la Semana Santa sevillana.
Señala algunos errores, como el camino recorrido por Colón desde Sevilla a Barcelona en 1493; aunque piensa que las equivocaciones en los nombres de personajes españoles tal vez se deban al traductor de la obra.
Pese a ello, a su juicio, es una obra «imprescindible para todo americanista en lo que se refiere a la náutica y a la geografía».
Sin duda, fray Bartolomé de Las Casas era, junto con el Rey Católico, uno de los personajes preferidos de Giménez Fernández y, por ello, no podía dejar de comentar la obra de Alejandro Cioranescu, La primera biografía de Cristóbal Colón, Fernando Colón y Bartolomé de Las Casas, publicada en 1960.
Sin dejar de alabar la obra y el método utilizado por el profesor rumano, Giménez Fernández discrepa profundamente de su tesis, 39 AEA, II, 1945, 843-846.
CONSUELO VARELA en la que afirma que la Historia de don Fernando se debe a Las Casas y que es una primera versión de su Historia de las Indias.
43 En 1964 se publicó el libro de Juan Manzano y Manzano, Cristóbal Colón.
Siete años decisivos de su vida 1485-1492, que fue reseñado por Francisco Morales Padrón, 44 quien -tras afirmar que se trata de un excelente trabajo, en el que surge una nueva cronología colombina-no deja de comentar algunos defectos del libro, que en nada afectan a las conclusiones: así, la abundancia de páginas en las que se repiten citas o testimonios y el abuso de transcripciones documentales.
Pequeñas observaciones que no restan valor a un libro que considera «una pieza ineludible en la historiografía colombina».
A lo largo de estos 75 años, el Anuario de Estudios Americanos no ha dejado de ocuparse de Cristóbal Colón, si bien habría que distinguir dos etapas diferenciadas.
En los primeros años se trataron sobre todo temas jurídicos.
No es de extrañar, dado que en esos primeros tiempos en el entorno a la Escuela trabajaban eminentes juristas como don Antonio Muro Orejón, don Manuel Giménez Fernández, don José María Ots Capdequí o don Juan Manzano y Manzano.
Y conviene señalar que la mayor parte de los asuntos entonces tratados no han sido objeto de nuevas interpretaciones.
Así, por ejemplo, los artículos sobre las bulas alejandrinas, las capitulaciones colombinas o el origen de los títulos concedidos a Colón continúan siendo obras de referencia.
Entre 1944 y 1964 se publicaron monografías importantes sobre el almirante y todas ellas fueron reseñadas en el Anuario por los mejores especialistas del momento.
No acierto a comprender cómo desde entonces no ha aparecido ni una sola reseña de tema colombino, y eso que no han dejado de publicarse libros, más o menos valiosos, sobre el genovés.
Desde comienzos de los años 80 y hasta la actualidad se han incorporado nuevos temas.
Hasta entonces el entorno del almirante apenas había sido objeto de atención, salvo un artículo de don Emiliano Jos sobre Hernando Colón.
Ahora sabemos más sobre su familia y conocemos mejor a sus amigos y enemigos.
Se ha añadido un nuevo personaje al rol del primer CRISTÓBAL COLÓN EN EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS viaje; se han publicado las nóminas de los viajes tercero y cuarto; se han analizado sus cuentas y se ha estudiado el origen de las teorías colombinas y la repercusión del descubrimiento en la literatura posterior tanto en la épica latina como en un libreto de ópera.
Es curioso que no se haya tratado el segundo viaje y es de agradecer que el Anuario haya hecho oídos sordos a las nuevas teorías sobre la nacionalidad del almirante.
El balance de lo publicado en estos años es, pese a algunas lagunas, excelente. |
El trabajo propone una revisión del pensamiento y el accionar del nacionalismo católico en la República Argentina durante la última dictadura militar, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, a través de su principal órgano de prensa, la revista Cabildo.
En él se analizan las circunstancias que llevaron inicialmente a un apoyo condicionado a la gestión de las Fuerzas Armadas, que se fue transformando en una crítica cada vez más dura, en tanto los militares en el poder no se mostraron dispuestos a poner en marcha la "revolución nacional" que se impulsaba desde la revista.
Asimismo, se muestra cómo la ocupación de las islas Malvinas -una de las principales reivindicaciones de los nacionalistas-dio lugar a un corto período de acercamiento, que concluyó con la derrota en la guerra del Atlántico Sur.
El nacionalismo católico ha sido objeto de estudios de significación durante los últimos años en España, en la medida en que constituyó una de las principales fuentes de ideas del bando nacional en la guerra civil de 1936-1939 y del régimen que se instauró después de ella.
1 A partir de esas aportaciones ha quedado establecido con claridad su origen y sus componentes ideológicos, que se vinculan con un proceso más amplio, el de las corrientes de pensamiento surgidas en Europa como reacción frente a las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que se verificaron sobre todo a partir del siglo XVIII,2 y que a partir de fines del siglo siguiente y principios del XX adquirieron renovado vigor como consecuencia, entre otras circunstancias, del intento de la más alta jerarquía eclesiástica de enfrentar los desafíos impuestos por la expansión del capitalismo liberal y el desarrollo de las corrientes socialistas.
En la Argentina, por su parte, el estudio del nacionalismo católico y de sus manifestaciones políticas concretas ha quedado subsumido dentro de los estudios sobre el nacionalismo y, como éstos, se han centrado en el momento de su surgimiento y en el desarrollo alcanzado durante la década del 30, hasta el ascenso al poder del peronismo.
3 El período posterior a 1945 ha generado una atención menor, apareciendo el tema en obras generales sobre el nacionalismo,4 o en estudios que rozan el tema parcialmente.
5 En el trabajo que aquí se presenta nos proponemos abordar una cuestión puntual -el accionar político concreto del nacionalismo católico-, en un momento histórico acotado -la dictadura militar instalada en el poder en la Argentina entre 1976 y 1983-, a través de una fuente que consideramos de máxima relevancia: la revista Cabildo.
Consideramos que el tema escogido y su tratamiento puede ayudar a resolver algunas de las claves de la importancia que tuvo una corriente de pensamiento que, si bien careció de presencia en el conjunto de la sociedad, ejerció una fuerte influencia sobre determinados sectores de poder -fundamentalmente los militares-en momentos históricos cercanos.
Puede sostenerse, en principio, que la instauración del Proceso de Reorganización Nacional, con su decidida vocación de reconstruir la sociedad argentina sobre nuevas bases, "dando vuelta la página" en todos los terrenos al tumultuoso pasado reciente, constituía un momento propicio para que el nacionalismo católico se transformara en el eje ideológico de la Argentina que los hombres de las Fuerzas Armadas intentaban edificar.
Para que esta posibilidad tuviera ocasión de concretarse, existía un pasado de vinculación entre sectores de la Iglesia y del Ejército que sostenían estas posiciones, el que se remontaba, como bien lo han mostrado los trabajos de Zanatta, a fines de la década de 1920.
Sin embargo, las expectativas se frustraron.
Justamente, la historia de este fracaso es la que vamos a intentar transitar; esto es, el período de más de siete años que se inicia con la elocuente apelación "Por la Nación contra el Caos", título de tapa del primer número de Cabildo publicado en agosto de 1976 y subtítulo general de la revista de allí en adelante, y concluye con la foto de Jorge Rafael Videla acompañada del epígrafe "Este gran culpable no debe quedar impune", que fue la portada del número de diciembre de 1983, momento en que Raúl Alfonsín asumía como presidente de la Nación.
La hipótesis que orienta la investigación es que el ideario cerrado que constituye el núcleo del pensamiento nacionalista católico -que se resumirá en el apartado siguiente-era inaplicable incluso para quienes, como la mayor parte de los militares del Proceso, estaban dispuestos a acabar de cualquier manera con el "caos y desgobierno" que había caracterizado la vida política argentina en las últimas décadas.
Se sostiene, asimismo, que el discurso nacionalista, capaz de ganar adeptos en sectores significativos de las Fuerzas Armadas, predispuestos favorablemente porque constituía un elemento importante en el proceso de su formación como oficiales, carecía de todo realismo para ir más allá de brindar argumentos para la destrucción de las instituciones democráticas y la legitimación del terrorismo de Estado; su proyecto de "Nación Católica" era inviable para quienes no tenían muy claro qué era lo que querían hacer en muchos terrenos, pero sin duda estaban mayoritariamente decididos a no embarcarse en aventuras cuyo sustento ideológico y propuestas estaban a una distancia sideral de cualquier rumbo posible para el futuro argentino.
Características de la publicación
Desde su aparición en los turbulentos años 70, la revista Cabildo se constituyó en la expresión más emblemática del nacionalismo católico argentino.
El primer número salió a la venta el 17 de mayo de 1973, ocho días antes de la asunción del Dr. Héctor J. Cámpora como presidente de la República Argentina, tras producirse el amplio triunfo del Frente Justicialista de Liberación en las elecciones del 11 de marzo de ese año.
El tono antidemocrático de sus cuestionamientos, que se centraban en la demanda continua a los militares para que tomaran el poder, llevó a que luego de la muerte del general Juan Domingo Perón, la revista fuera clausurada tres veces por el gobierno de Isabel Perón: primero en febrero del'75 (tras haber publicado 22 números); luego en mayo de ese mismo año (había reaparecido con el nombre de El Fortín), y finalmente en febrero del año siguiente, después de que en junio del'75 su prédica continuara en las páginas de Restauración.
Producido el golpe militar de 1976, Cabildo reinició su actividad normal el 6 de agosto de ese año especificando que se trataba de una "segunda época", razón por la cual arrancó otra vez desde el número 1.
Durante el período del Proceso de Reorganización Nacional, Cabildo fue una publicación mensual, periodicidad que se mantuvo de manera medianamente regular (en varias ocasiones un número abarcaba dos meses).
Cabe citar que en julio de 1977 una disposición del Poder Ejecutivo ordenó el secuestro del N.° 8, correspondiente al mes de junio y prohibió la edición del número correspondiente al mes siguiente.
A lo largo de esos años se mantuvieron en sus puestos tanto el director, Ricardo Curutchet, como el secretario de redacción, Juan Carlos Monedero, y se produjeron algunas modificaciones en el plantel de colaboradores, que incluía aportes tan significativos como el del líder de la hispánica Fuerza Nueva, Blas Piñar, el general Adel Edgardo Vilas, responsable del operativo antiguerrillero en la provincia de Tucumán, o el de intelectuales de larga militancia en el nacionalismo como Julio Irazusta, Federico Ibarguren o el cuyano Rubén Calderón Bouchet.
En la época democrática, también participó como colaborador el general Ramón J. Camps, jefe de policía de la provincia de Buenos Aires, personaje sobre el que recayeron duras acusaciones respecto de la violación de derechos humanos.
Las rotaciones en el staff no implicaron cambios relevantes en los planteamientos de la publicación; si bien se indicaba que "los artículos firmados no expresaban necesariamente la opinión de los integrantes de la revista", la línea era "bajada" por la dirección y los artículos tenían en todo momento una coherencia destacable.
6 Si bien existieron polémicas con otros grupos cercanos al nacionalismo -como la agrupación "Tradición, Familia y Propiedad"-éstas, a diferencia de lo ocurrido con otras publicaciones en tiempos pretéritos, no se ventilaban en las páginas de Cabildo.
Los elementos que conforman el núcleo "duro" del pensamiento de quienes publicaban Cabildo no son en manera alguna nuevos; se trata del despliegue de una serie de ideas cuyas raíces pueden detectarse en un pasado a veces lejano, que se actualizan y reelaboran (relativamente) a los efectos de enfrentar la conflictiva realidad argentina del momento.
Por esta razón, nos limitaremos a sintetizar los aspectos principales de su ideario; en la coyuntura que se inició en marzo de 1976, el nacionalismo católico por medio de su principal órgano de prensa renovó, al igual que en otras intervenciones militares, su esperanza de que los gobernantes pusieran en práctica sus propuestas.
No obstante, ello no implicaba cambios sustanciales en su manera de entender el mundo.
a) Una teología política
Creemos que un punto de partida adecuado para iniciar el análisis de las bases del pensamiento de Cabildo es definirlo como una "teología política"; es decir, como un intento de legitimar una determinada praxis política a partir de una doctrina religiosa.
Esta doctrina religiosa, de claro sesgo tradicionalista, 7 destaca la existencia de un "orden natural" basado en valores absolutos, que proviene de un orden sobrenatural y pende de éste "como la materia de la forma, como la consecuencia de la causa, como lo accesorio de lo principal".
8 Por lo tanto, la providencia divina es la base de todo lo existente; el mundo humano descansa en un orden eterno, y toda ley humana en la ley eterna.
Ese "orden natural" se ha constituido a los efectos de la realización del bien común, asignando "a cada uno su sitio en función del principio del Orden".
9 El "sitio" que ocupa cada uno en la sociedad está establecido en función del todo social preexistente", de una "tradición heredada" que debe ser respetada.
El Estado constituye "la unidad totalizadora y perfecta en su orden, armónica y adecuadamente limitada por las sociedades intermedias, en cuyo ámbito se desarrolla la vida de la Nación".
10 Desde esta perspectiva, la Historia consiste en el desenvolvimiento de la ley divina y depende de la capacidad del hombre para comprenderla y seguir sus preceptos.
No obstante, son muy claras sus limitaciones, al tratarse de un ser imperfecto y débil: por una parte, no está en condiciones de entender en forma cabal el plan de la Providencia; por otra, como está dotado de libre albedrío, puede caer en el error y en el pecado.
Este último punto es importante, ya que parte de una visión pesimista del hombre, quien munido exclusivamente de su razón está incapacitado para distinguir entre el bien y el mal, por lo que es preciso la guía de la religión.
Por lo tanto, y con riesgo de caer en alguna reiteración, las sociedades humanas han logrado conformar ese "orden natural" cuando su comportamiento sigue las reglas impuestas por la revelación divina; fuera de ellas impera el error.
b) Reivindicación de la Edad Media
El "orden natural" al que hacen referencia fue alcanzado durante la Edad Media, verdadero momento de plenitud en el que imperaban los valores absolutos, cuando el hombre estaba subordinado a principios superiores y no osaba cuestionar el mundo en el que vivía: "antes la Tierra era lo grande y todo giraba a su alrededor.
Y era verdad, en un sentido más amplio que el matemático, como que incluía la vida".
11 El universo medieval "era por entero teofanía, es decir, manifestación de Dios y jerarquía".
12 Las normas tradicionales y de derecho natural eran acatadas por los gobernantes y el pueblo como la mejor garantía de las libertades y de los derechos.
La igualdad que se defiende no es, en manera alguna, la igualdad ante la ley o la igualdad política; se trata de la igualdad "por virtud de la Creación".
13 En rigor de verdad, la Edad Media no era estrictamente considerada como un período histórico sino, en cambio, una constante, un ideal alcanzado (supuestamente) en la Tierra, en el que el hombre se sentía vinculado con la realidad divina, "única roca eterna donde el pie no vacila".
Sin embargo, ese mismo hombre, por medio del despliegue de su subjetividad, se rebeló contra el orden tradicional, a la búsqueda de una explicación del mundo y de una organización de la sociedad que no estuvieran sujetas a un Dios todopoderoso de presencia constante.
En ese momento histórico, que se inició "con la escolástica degradada de Occam", emergió lo que "algunos textos pontificios y muchos escritores tradicionalistas llaman Modernidad".
c) La ruptura de la Modernidad
Desde la perspectiva del pensamiento tradicionalista, el proceso histórico de la Modernidad puede resumirse en "la transferencia histórica de unas estructuras sistemáticas de raíz teológica a principios normativos de carácter inmanente".
15 Su descripción es sintetizada en un artículo escrito por el general Abdel Vilas, que de esta manera establecía un vínculo significativo entre los militares en el poder y quienes publicaban la revista.
En su explicación del desarrollo de la Modernidad, Vilas afirma que surgió al amparo de "reyes disolutos, ideólogos divorciados de la realidad, nobles decadentes y burgueses ávidos de dinero".
16 Sus pasos sucesivos fueron: la Reforma Protestante en el siglo XVI, que atacaba la unidad 11 Riga, Carlos: "Las cosas de la vida", Cabildo, N.° 2, Buenos Aires, 1976.
16 Vilas, Edgardo: "Reflexiones sobre la subversión cultural.
General Abdel", Cabildo, N.° 9, Buenos Aires, 1977. metafísica cristiana; "el idealismo, el racionalismo y el empirismo -verdadera trilogía diabólica-" en el siglo XVII, a partir de los cuales sería deshecha la "filosofía perennis" de Occidente, abriendo el camino para que, un siglo más tarde, la Revolución Francesa destruyera el "orden político tradicional".
17 De esta manera, el hombre moderno pierde la noción de la solidez y la inmutabilidad del mundo; el espíritu ya no se siente vinculado a ningún orden totalizante: utilizando la expresión de uno de los pensadores tradicionalistas más apreciados, "humanismo y relativismo son palabras sinónimas".
d) Crítica del liberalismo y de la democracia
La consecuencia principal del proceso de decadencia en el que se ha sumergido la civilización occidental la constituye el triunfo del liberalismo, que en el terreno económico, "con su monstruosa concepción de una economía autónoma y desorbitada ha engendrado al gigantesco capitalismo", 19 y que en el ámbito político ha consistido esencialmente en "haber separado la política de la realidad".
20 De esta manera, el "orden natural" proveniente de la Edad Media, conservado y mejorado por la tradición, ha sido sustituido por un "orden esquemático ideal, apriorístico".
21 Justamente, la revolución francesa es la que abre el camino a la utopía por excelencia del siglo XIX, la democracia.
En la nueva sociedad dominada por el liberalismo, el Estado se convierte en la "confluencia de los intereses y apetitos individuales", 22 limitándose a garantizar "que cada uno disfrute lo suyo sin perturbar al otro".
23 Al carecer de misión trascendente, el Estado liberal requiere la existencia de los partidos políticos, que constituyen "la concreción práctica -y trágica-de la dispersión de la vida política".
24 "La voluntad política del Bien Común es reemplazada por la competencia por el poder".
25 to dominado por la democracia, "en el que no hay partes que se ordenen al todo, pues ese todo ya no existe", 26 se crean las condiciones para el triunfo del marxismo.
Recogiendo una larga tradición del pensamiento contrarrevolucionario, no se plantea una distinción radical entre liberalismo, democracia y socialismo; constituyen tres formas de manifestación de una misma idea, "la autonomía de la conciencia humana".
27 La agonía de la democracia constituye uno de los temas recurrentes de la revista "agonía sólo similar por lo definitiva e irreversible a la del Antiguo Régimen".
28 Para el caso europeo, un colaborador francés, el conocido escritor de extrema derecha Maurice Bardeche, no duda en sostener que "la derrota de 1945 había destruido a Europa.
Treinta años de democracia liberal han convertido al residuo de Europa que nos quedaba en un muñón purulento".
29 Adhiriendo a quienes dedican sus esfuerzos a negar el Holocausto -"la leyenda de las atrocidades alemanas y de los campos de concentración"-destaca que "se somete a un ostracismo odioso a todos los regímenes que tratan de restaurar la autoridad del Estado y la primacía del interés público".
30 La vigencia de la democracia en la segunda posguerra se constituye entonces en una posibilidad aprovechada por el marxismo, hasta el punto que "hoy el pluralismo democrático se ha convertido en la carta de ciudadanía del marxismo en el mundo llamado libre".
31 En cuanto a la visión de la historia argentina, se afirma que el triunfo del liberalismo a partir de la batalla de Caseros -"la herida crucial de la Nación"-32 y la instauración de la democracia desde la promulgación en 1912 de la Ley Sáenz Peña han sido los hitos fundacionales de un largo proceso que culmina en el período 1973-76 con el peligro de "disolución nacional" surgido de la convergencia de la "democracia partidocrática" con la subversión marxista.
Por lo tanto, la tan prolongada decadencia argentina proviene de haber errado el camino; ¿cuál era éste?
El que le marcaban sus raíces hispánicas.
e) Reivindicación de la hispanidad
La España de la gesta americana constituye el legado espiritual, "la estructura fundamental de nuestro devenir histórico".
33 Y esa gesta es la culminación de un proceso varias veces secular, la Reconquista.
Su visión está en perfecta sintonía con el nacional-catolicismo hispánico: "no es solamente la recuperación del ámbito geográfico; es la formación de su ser nacional impulsado por la fe católica".
34 En su proceso de expansión, España llegó a América y su tarea de evangelización -lejos de cualquier cuestionamiento-fue el resultado de "un plan espiritual de soberana grandeza".
35 La afirmación de los vínculos de la nación argentina con la tradición española es una constante, y llega hasta el extremo de poner en cuestión parte del proceso que culminó con la independencia: "rotos los vínculos espirituales que se llamaron 'cadenas', hemos deambulado por el mundo a la deriva, con remedos o imitaciones de mala factura".
36 La tradición hispánica es entonces la que recoge la Argentina como nación y, fundamentalmente, ésa es la tradición verdadera cuyos valores es preciso retomar, no "la 'tradición' liberal que nos inventó la generación del 80: laicista, atea, demócrata, economicista.
Es decir 'tradición moderna'".
f) Visión conspirativa de la historia contemporánea
Un perfil ideológico así de claro está acompañado de tópicos que también resultan habituales en el nacionalismo, como la conspiración judeomarxista y masónica.
Abundan las referencias a esta cuestión, por lo que nos limitaremos a citar unas pocas lo suficientemente ilustrativas.
La protesta ante las acusaciones de antisemitismo formuladas en contra de la revista se fundamentan en el argumento de que la oposición a los judíos "emerge de la perenne enemistad entre Israel y Cristo, entre la Sinagoga y la Iglesia, entre el judío disperso, errante y desarraigado, y las naciones cristianas".
38 la complicidad manifiesta del Judaísmo con el Comunismo, ampliamente documentada en tantas y tan trágicas experiencias históricas?
(Recuérdese a quiénes financió la Revolución Rusa) ¿Quién puede negar la instrumentación del Comunismo como elemento ideológico de destrucción por parte del Imperialismo internacional del Dinero?".
39 En relación con la específica situación argentina, tanto el Ministro de Economía del último gobierno de Perón, José Ber Gelbard, como el financiero David Graiver se constituyeron en verdaderas "bestias negras" de la revista, responsables de todos los males que corroen al país.
40 En algún momento, se llega al extremo equiparar el "caso Graiver" -su muerte en un accidente en circunstancias a las que se rodeó de misterio-con el caso Dreyfus.
41 En cuanto al tan trillado tema masónico, un artículo publicado con motivo de la situación argentina es buena ocasión para afirmar que "detrás de cada una de las revoluciones comunistas -promoviéndolas y afianzándolas-han estado desde siempre, unidos en el mismo odio, los poderes masónicos y judíos".
La propuesta de Cabildo
Identificados los elementos que constituyen el acervo ideológico de la revista, cabe preguntarse cómo esos principios se relacionaban con una práctica concreta de gobierno.
Para ser más claros, ¿cuáles son los rasgos de esa Revolución Nacional a la que frecuentemente se hace referencia?
Afortunadamente nos encontramos con un par de formulaciones explícitas, dadas a conocer bajo los títulos de "Las Leyes de la Revolución Nacional", 43 con la firma de su director, y de "Principios Doctrinarios del Movimiento Nacionalista de Restauración".
44 Ambas expresiones programáticas se dieron a conocer en una coyuntura muy específica -segunda mitad de 1981 y comienzos de 1982-caracterizada por la crisis económi-39 Ibídem.
43 Curutchet, Ricardo: "Las leyes de la Revolución Nacional", Cabildo, N.° 44, Buenos Aires, 1981.
44 "Principios doctrinarios del Movimiento Nacionalista de Restauración", Cabildo, N.° 49, Buenos Aires 1982.
ISSN: 0210-5810 ca y política que se desencadenó a partir de la asunción como presidente del general Roberto Viola en reemplazo de Videla, pero sobre todo por la clausura del proyecto económico que lideró Martínez de Hoz desde el ministerio de Economía, que se intentó superar finalmente con el reemplazo de Viola por Galtieri y con la conformación de un equipo económico de signo inequívocamente liberal, encabezado por Roberto Alemann.
La decisión adoptada generó, naturalmente, la reacción de quienes publicaban la revista que se propusieron -como veremos-organizar una fuerza política que siguiera los principios que se defendían en ella.
En ambos textos se plasma el ideario del nacionalismo a la altura de principios de los 80, aplicado a la situación concreta de la República Argentina.
Todas las referencias provienen de alguno de estos dos "programas".
Además de insistirse una vez más allí en la reivindicación de la tradición, la "raíz católica e hispanoamericana de la Patria", en el desprecio del liberalismo democrático, "un artificial andamiaje político, filosófico, jurídico, social, económico e incluso espiritual", y en el "rechazo frontal de las fórmulas del capitalismo liberal tanto cuanto del capitalismo de estado marxista", aparecen los elementos constitutivos de la comunidad a la que aspiran:
-Estará gobernada por una dictadura, "encarnada en una personalidad central y un equipo de hombres", capaz de llamar a "la empresa en suspenso de la Reconquista de la Argentina".
-Se apuntará a la afirmación de un "Estado ético, apto para el logro de la Revolución Nacional ordenada al Bien Común".
La subordinación de lo político a lo ético, pero además de lo ético a lo teológico, constituye una de las bases del tradicionalismo católico que expresa el nacionalismo de los hombres de Cabildo.
-Esta concepción del Estado debe "fundarse en el reconocimiento de las instituciones naturales de la sociedad: familia, asociación profesional, municipio, provincia y región, las cuales constituyen la base de toda representación auténtica y orgánica".
-La política social parte del rechazo de "toda concepción que promueva el enfrentamiento social y su consecuencia, la lucha de clases".
Para ello, por una parte el Estado "deberá asegurar al trabajador de cualquier especie la obtención de una retribución, que le permita vivir decorosamente, la seguridad en su empleo y la igualdad jurídica respecto de sus empleadores".
Por otra, la solidaridad social conduce al agrupamiento de los tra-bajadores "mediante asociaciones que representen sus intereses y se integren con las demás ramas y jerarquías laborales -obreros, técnicos y patrones-en forma vertical, favoreciendo de ese modo el acuerdo social y el amparo de las fuentes de trabajo y producción esenciales para la Nación".
-La política económica está encuadrada en su concreción por el "proyecto político nacional", por lo que "debe servir a la Sociedad y a la Nación como instrumento del Bien Común.
Para cumplir con esa tarea se hace imprescindible: a) la "efectiva independencia económica que, al desligarnos de las presiones del capitalismo financiero internacional y de sus agentes nativos, haga realidad la nacionalización de nuestra economía", b) la revalorización del "papel del Estado en la economía, por la aplicación sustantiva y no meramente supletoria del principio de subsidiariedad, claramente enseñado por la Doctrina Social de la Iglesia"; c) la implantación de un "decidido proteccionismo industrial, correlativo a rígidas normas referentes al destino del beneficio"; d) el rechazo enérgico de "la economía de lucro", lo que implica que "la economía debe estar al servicio de la persona -materia y espíritu-y no de un conjunto de hombres que, mediante el manejo inmoral de los medios de comunicación, promuevan artificialmente un desenfrenado hábito consumista".
En resumen: la economía debe "asegurar la justicia distributiva, fomentar la propiedad privada -incluida la de los medios de producción-, potenciar al país para asegurar su independencia, proveer de fuentes de trabajo, hacer posible la honestidad personal y eliminar los factores que degradan el nivel ético general".
-En cuanto a la política exterior, ésta debe partir de ciertas premisas: 1) La Argentina es un país occidental "y no del Tercer Mundo, entendiéndose que Occidente es un orbe histórico-cultural, de signo espiritual cristiano, sin concreción o liderazgo en el mundo actual"; 2) En defensa de los valores espirituales occidentales debe actuar con firmeza e incluso "asumir la iniciativa" en todo lo referente a la amenaza del imperialismo comunista; 3) Dado que las actuales organizaciones de vinculación internacional no responden "a las exigencias del derecho de gentes de las naciones cristianas", la permanencia en ellas "no se estimará como un acto necesario o imprescindible"; 4) El enemigo histórico es Brasil (no adversario, enemigo), a quien, por tanto, la Argentina "debe disputarle todos los espacios en la región y procurar excluirlo del Atlántico Sur y de la Antártida"; 5) Debe ser misión propia del país "la de proyectar su Política Nacionalista en la América hispana, colaborando con todos los gobiernos agredidos por la guerrilla marxista"; 6) Respecto de las vinculaciones con la URSS, un tema caliente en ese momento como consecuencia de las relaciones comerciales anudadas, la política "debe ser de rechazo de todo acuerdo económico, financiero, técnico o cultural, que comprometa la límpida conducta patriótica y occidentalista de la República"; 7) Frente a los contenciosos con Chile y Gran Bretaña, es preciso "una política del hecho consumado, es decir, la recuperación militar de las tierras ocupadas (...), que terminaría concluyente y definitivamente toda cuestión".
-Finalmente, la política cultural y educativa plantea como objetivo "la restauración de la cultura", para la cual deben contribuir tanto la educación como la censura.
La nueva política educativa debe reorientarse a fondo para producir "un despertar de la conciencia nacional y católica".
En todos los niveles de la educación es preciso "estimular el sentido de pertenencia y arraigo a la comunidad histórica nacional frente a las acechanzas foráneas".
A su vez, la censura sobre los medios de comunicación "debe significar la erradicación definitiva de la inmoralidad y la estupidez".
Pero, sin duda, la clave de la política educativa es la siguiente: "El Nacionalismo no debe renunciar a su objetivo de extirpar de nuestra Nación la peste del laicismo y con ella la Ley de Enseñanza Laica, devolviendo a la educación el sentido religioso que le es esencial y, además, el propio de nuestra tradición".
Con un programa de este tipo, era ciertamente difícil la conciliación, incluso para una dictadura militar como la del Proceso.
Cabildo frente al Proceso
No cabe duda de que el 24 de marzo de 1976 marcó un punto de ruptura en la historia argentina.
Si bien desde hacía varias décadas la oscilación entre gobiernos civiles y militares se había convertido en una dramática normalidad en el devenir político argentino, esta nueva intervención significó un salto cualitativo en el intervencionismo castrense, con efectos devastadores para la sociedad en su conjunto.
El hecho de que los militares en el poder se plantearan como objetivo una "refundación" de la República, condenando explícitamente el camino seguido por el país prácticamente desde 1930, si bien constituía un segundo intento de este tipo, tras la fallida experiencia de la "Revolución Argentina" de 1966 encabezada por el general Juan Carlos Onganía, las circunstancias en las cuales la Junta Militar tomó el poder diez años más tarde marcaban la existencia de una realidad diferente y la necesidad de poner en práctica instrumentos antes no utilizados para la tarea de rectificar el rumbo seguido en la historia reciente.
En particular, el objetivo de los militares de restaurar el orden acabando con la democracia dio lugar a que los partidarios del nacionalismo católico, criticado por éstos desde los años 20, renovaran como en 1930, 1943, 1955 y 1966 sus esperanzas de instaurar las bases de una Nación Católica.
45 La prédica fue reanudada con mayor ímpetu; había llegado otra vez "la hora de la espada", y las circunstancias parecían más favorables que nunca.
Retomó entonces con fuerza la actividad iniciada a fines de la década de 1920 en los ámbitos eclesiásticos y militares, afirmada en la puesta en práctica de un proyecto de reformulación de la identidad nacional, acompañado de la creación de un nuevo orden social.
Como se ha dicho, cuando se produjeron los acontecimientos de marzo de 1976, Cabildo estaba clausurada por decisión del gobierno peronista, por lo que fue recién en agosto cuando tuvieron ocasión de manifestarse en relación con el momento político.
El Editorial del primer número no ahorraba elogios hacia el hecho de que los militares hubieran derrocado al gobierno: "de las seis irrupciones militares en el plano del poder civil ocurridas en los casi cincuenta años, ninguna tan necesaria ni ansiada".
46 No se trataba de un comentario aislado; en el número siguiente se afirmaba enfáticamente que "el 24 de marzo, el Estado recuperó la dignidad y la Nación su honor".
47 No obstante, ya en esos momentos se llamaba la atención sobre el hecho de que las fuerzas armadas triunfantes no debían autolimitarse "al ejercicio de una operación simplemente higienizadora del Estado y sólo afanada por reordenar aquella misma partidocracia culpable".
48 La esperanza de los hombres de Cabildo residía en que esta intervención militar fuera la última, procediendo a acabar con la democracia en la Argentina, y éste era el punto central: la realidad de "que en el proceso abierto en 1973 se ha hundido para siempre la democracia electoralista, universal y anónima".
Por lo tanto, en principio, se apostaba por "el pleno éxito de esta secuencia histórica".
50 A partir de la toma del poder, los militares habían iniciado la tarea de colocar a la Argentina en el "camino hacia el orden".
51 Pero no se trataba solamente de eso; ellos insistían en la "necesidad de insertar a la república en un orden nuevo".
52 Pero era también aquí donde empezaban a manifestarse las diferencias.
Todas las medidas orientadas hacia el tan anhelado "restablecimiento del orden" eran aplaudidas.
Incluso, como veremos, se justificaban las violaciones a los derechos humanos; la cuestión residía en que se les reclamaba algo más, y desde esa perspectiva no podían dejar de aparecer importantes divergencias.
A los efectos de sistematizar la exposición hemos seleccionado los principales temas de fricción, que se van agudizando a medida que el Proceso fracasaba en todos sus emprendimientos.
No obstante, es preciso destacar la existencia de una divisoria de aguas que es la guerra de las Malvinas, ya que como consecuencia del intento del 2 de abril de 1982 desde la redacción de la revista se percibe la posibilidad de que los militares adopten el "rumbo correcto".
Por supuesto, esa corta "primavera" duró poco; el desenlace del conflicto condujo a la ruptura definitiva con el gobierno; a partir de ese momento las críticas se tornan irreversibles, en tanto el retorno a la democracia constituye para ellos una derrota mayúscula, por lo que no resulta extraño que Videla termine siendo calificado como "El máximo culpable".
a) La construcción de un "orden nuevo"
Desde el principio, la crítica de Cabildo al gobierno del Proceso se centró en la falta de una línea política e ideológica capaz de llevar a buen puerto las (supuestas) ansias revolucionarias existentes el 24 de marzo.
Los nacionalistas esperaban una señal de los militares en el poder, dado que "esta actitud según la cual el gobierno no se permite ninguna definición ideológica, no puede ser de largo alcance ya que le resulta insuficiente a las propias fuerzas armadas.
Su temor y desprecio por la política no 50 Curutchet: "Editorial", Cabildo, N.° 2.
pueden llevarlos a la convicción de que se accede al poder para no hacer política, sino precisamente para hacerla pero, eso sí, bien".
53 El intento consistía en influir sobre el Proceso para que éste adoptara, sin más retrasos, la doctrina nacionalista, la única capaz -según Cabildo-no sólo de restaurar el orden sino también de imponer uno nuevo: "la lucha más importante, la lucha contra el marxismo como concepción del mundo sólo puede hacerse seriamente desde otra concepción del mundo que sea por lo menos igualmente fuerte, enérgica, ambiciosa" y esta concepción no era otra que la "mística nacional, jerárquica fundada en los valores del espíritu", 54 es decir, la mística del nacionalismo católico.
Para su consecución se necesitaba una mano firme, la figura del dictador, ya que "el nacionalismo... no puede ser moderado sino absoluto, total..."; 55 interpretando las actitudes del gobierno como manifestaciones de moderación, fueron tomando distancia respecto de él.
En la definición ideológica, la identificación del enemigo jugaba un papel preponderante.
En torno a él gira el discurso de Cabildo: "descubrir a nuestros enemigos, denunciarlos y derrotarlos" 56 era el imperativo.
El tono acusador se desprende de la premisa de que siempre hay un responsable de los males de la patria.
Por ello en su identificación correcta está el primer paso de la construcción nacional.
El enemigo era tanto interno como externo, y lo percibían en las naciones que atentaban contra el país y en las ideologías foráneas que penetraban en la sociedad, consideradas ajenas a la nación y peligrosas por demás.
En la ya antigua tradición del pensamiento contrarrevolucionario, no se planteaba una distinción radical entre liberalismo, democracia y socialismo, por ser las tres manifestaciones de la intromisión foránea, de lo antinacional.
El enemigo se construía en torno a la tríada capitalismo-judaísmo-marxismo, y los defensores del ser nacional debían unirse para identificarlo y destruirlo.
Los frecuentes ataques realizados desde la revista a personalidades del mundo judío como Jacobo Timerman o a David Graiver responden a esta lógica.
La falta de coincidencias con el gobierno del general Videla los llevó a una crítica que se hizo cada vez más dura, fundamentalmente originada en las declaraciones de miembros del gobierno o de las fuerzas arma-53 "Editorial", Cabildo, N.° 6, Buenos Aires, 1977.
das respecto de un eventual retorno a la democracia (en general con el agregado de "moderna").
Pero esta actitud, aun con toda la dureza con que en ocasiones se manifestaba, no significaba una ruptura total; por el contrario, en ocasión de aproximarse el reemplazo de Videla por el general Roberto Viola, se renovaron las apelaciones a los militares para que en lugar de un "proceso", pusieran en marcha "un movimiento coherente que termine con los males y vicios heredados y originales, que se arrastran del pasado y que nacen en cada nueva etapa".
57 Esto implicaba, nada más y nada menos, que "una revolución que destruya a los enemigos y no que los reacomode".
58 Sin embargo, ante las perspectivas emergentes de la designación de las nuevas autoridades, se retornó a la idea de "que el Proceso gobernó contra el país", 59 y que su gestión podía resumirse como la "crónica de un fracaso".
60 La necesidad de actuar políticamente para rectificar el rumbo del Proceso llevó a que durante el período en el que estuvo conducido por Viola se iniciara una actividad que iba más allá del ámbito periodístico, apuntando hacia la conformación de un movimiento nacionalista, lo que se concretó en el mes de noviembre.
Con independencia de las propuestas, de las que hemos dado cuenta en el apartado correspondiente, el título de portada de uno de los ejemplares de esa época resumía los planteos mejor que cien programas: "La única opción: anarquía de los partidos o dictadura nacional".
61 Este accionar del nacionalismo se verificó en un escenario atravesado por la crisis que afectó al gobierno de Viola y que culminó con su desplazamiento, al designarse en su reemplazo al Comandante en Jefe del Ejército, Leopoldo Fortunato Galtieri, a fines de 1981.
El sesgo ultraliberal del nuevo gabinete, sintetizado en la figura de Roberto Alemann, uno de los iconos del liberalismo vernáculo, al frente de la cartera de Economía, condujo a que se agudizaran las críticas y se potenciara la descalificación de los militares en el poder.
No obstante, esa situación estaba en condiciones de revertirse, y los sucesos de abril de 1982 lo demostraron.
b) La represión y los derechos humanos
A partir de la concepción, sostenida también por los dirigentes del Proceso de Reorganización Nacional, de que el país se hallaba en estado de guerra interna, para los hombres de Cabildo era preciso "encarnar esa convicción en la conducta total del Estado" 62 y, por lo tanto, cualquier acción estaba justificada.
La acusación de violación de los derechos humanos era básicamente denunciada "como el pivote de una vasta y nada sutil acción de la izquierda internacional contra la estabilidad del gobierno militar".
63 La posición se resumía así: "no es el caso demostrar que la Argentina y sus Fuerzas Armadas no violan los derechos humanos sino de rechazar la defensa de los derechos humanos -tal como se la plantea-por intrínsecamente subversiva y por basarse en una ideologización condenable".
64 Desde esa perspectiva, no había que dar cuenta a nadie de lo que ocurría fronteras adentro del país: las gestiones del gobierno de Videla destinadas a modificar la imagen del país frente al exterior constituían simplemente claudicaciones por parte de quienes, como las fuerzas armadas, tenían todas las razones para actuar como actuaron; de lo que se trataba era de "salvar los derechos históricos de la Patria".
65 Por lo tanto, acontecimientos como la llegada en septiembre de 1979 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, son calificados como "una intromisión consentida".
66 Pero si bien la subversión fue atacada sin tregua por los militares en el poder suscitando el explícito apoyo de la revista, "...finalmente el golpe se hará cruzada y la represión la guerra justa", 67 esto no era suficiente, ya que se pretendía además el aniquilamiento de esas ideas y no solamente de quienes las defendían.
El cuestionamiento político provenía del hecho de que para los nacionalistas católicos la lucha antisubversiva se había limitado al plano militar, en el cual se obtuvo una bien recibida victoria, pero sin conquistar el terreno espiritual, era la conciencia donde consideraban que se libraría la batalla que llevaría a la victoria final.
A pesar de las continuas persecuciones, la censura, etc., éstas no eran medidas suficientes para el nacionalismo, que se había planteado como objetivo izar la bandera de la nación católica en el terreno ideológico-cultural.
La propuesta era entonces acabar con la subversión, entendiendo por tal "la revolución cultural" dentro de la cual "la guerrilla no es sino una 'parte' de ese 'todo'".
68 Ésta tenía múltiples definiciones: por ejemplo, "ha sido 'subversión' distribuir Bergman, Pasolini, Bertolucci y compañía; instaurar el desnudo en el escenario y la publicidad, promover la moda 'unisex'".
69 Por otro lado, las diferencias con el poder se acentuaron por la falta de convicciones por parte del Estado militar respecto de las "verdaderas" características del enfrentamiento, que dificultaron el desempeño de las Fuerzas Armadas: "en la guerra contra el marxismo hubo un ejército que combatió con honor, pero no hubo un Estado responsable que asumiera, como tal, la decisión de matar".
70 Ante la pedida actuación a la luz del día y la aplicación de la pena de muerte el gobierno optó por la guerra en las sombras.
c) La política económica
Si bien los cuestionamientos a la economía se presentaban como una consecuencia de las críticas políticas, su fuerza no dejaba de otorgarles gravitación propia.
Se enfatizaba que el plan implementado iba a contrapelo de los objetivos que ellos le atribuían al Proceso de Reorganización Nacional.
La gestión de José Alfredo Martínez de Hoz y su equipo fue crecientemente cuestionada y, tras su salida del Ministerio, las críticas subieron aún más de tono: "Nuestro disenso con la política económica oficial y nuestra falta absoluta de coincidencia con los pronósticos del jefe del equipo económico son el producto de una observación realista de los fenómenos económicos fundada sólo en el interés nacional".
71 Las premisas sobre las cuales se asentaba la política económica llevaron a un enfrentamiento que se manifestó desde un principio y que fue en 68 Valdez, Demetrio: "Deber frente a los caídos: combatir la subversión para aniquilar la guerrilla", Cabildo, N.° 2, Buenos Aires, 1976.
71 "Desarrollo de la especulación sin desarrollo económico", Cabildo, N.° 9, Buenos Aires, 1977. ascenso en tanto algunos éxitos parciales -sobre todo la disminución de la inflación-no ocultaban un fracaso generalizado.
Se compartía, en principio, la descripción de la realidad que había hecho Martínez de Hoz en su presentación, en particular el énfasis que puso en pasar de una economía de especulación a una de producción, pero rápidamente llamó la atención sobre las "graves contradicciones entre los propósitos enunciados y las medidas adoptadas".
72 Por otra parte, en la medida en que el secretario de redacción, Juan Carlos Monedero, era funcionario del Banco Central y fue puesto a "disponibilidad" por el presidente del Banco mientras Martínez de Hoz era ministro, el cuestionamiento se caracterizó también por la denuncia de una serie de irregularidades surgidas en el proceso de apertura financiera y económica que se inició en 1977.
"Economía: un mandato de las FF.AA. no cumplido", 73 es uno de los innumerables titulares en los cuales de enfatizaba que el plan económico implementado iba a contrapelo de los objetivos que ellos le atribuían al Proceso de Reorganización Nacional.
Ya en marzo de 1978 advertían que, más allá de "las sanas intenciones de las Fuerzas Armadas", 74 la gestión económica se había saldado con un fracaso.
Los análisis se realizaban desde la perspectiva de un nacionalismo económico que, sin mayores precisiones y con argumentaciones en las que abundaban las contradicciones, descalificaban el conjunto de la política económica al afirmar que se estaba realizando "un sacrificio sin razón, y peor aún, sin legitimidad".
75 Las críticas continuaron luego del cambio de gabinete que acompañó a la salida de Videla de la presidencia, reemplazado por el general Roberto Viola, circunstancia que llevó también a los nacionalistas a aumentar su actividad política organizando, como se ha comentado, el Movimiento Nacionalista de Restauración, y se potenció durante la gestión de Leopoldo Fortunato Galtieri.
La propuesta del ministro Alemann de privatización del subsuelo le dio pie para descalificar al liberalismo como corresponsable, junto al populismo, de los males del país.
La etapa del Proceso encabezada por Galtieri pasó a ser el momento en que se ha "convertido en una herramienta del liberalismo".
76 72 "Recesión para los argentinos, expansión para los especuladores", Cabildo, N. Además, la circunstancia de que Alemann fuera el representante de la banca suiza en la Argentina sirvió para descalificar su accionar durante la guerra del Atlántico Sur, reivindicando a través de una serie de artículos firmados por Walter Beveraggi Allende, uno de los principales economistas de orientación nacionalista, la necesidad imperiosa de implementar "una economía de guerra".
Por lo tanto, y para resumir: en la visión de Cabildo, la gestión revolucionaria en el terreno económico jamás llegó a concretarse, ya que el plan elaborado por los círculos liberales allegados al poder apuntaba a establecer una estructura productiva basada en las señales lanzadas por el mercado y una presencia destacada del capital extranjero.
d) La política exterior
La dictadura militar fue una expresión nítida de las facetas contradictorias que experimentaba en esos días la política exterior argentina.
Frente a lo que se consideraba una conducta errática, Cabildo estableció, por supuesto desde su visión, cuáles eran esos desvíos e intentó por todos los medios exhortar al gobierno a marchar por el que, para ellos, era el camino correcto.
Más allá del posicionamiento general que se ha expuesto en la revisión de su programa -que incluía un rechazo a las organizaciones internacionales que cuestionaban la política represiva del gobierno argentino -a lo largo del período que estamos considerando las demandas nacionalistas se manifestaron en varios terrenos.
En principio, Brasil era considerado el enemigo histórico en la región y sus obras hidráulicas en la Cuenca del Plata -fundamentalmente la decisión de construir la represa de Itaipú, a la que se le atribuía un impacto negativo sobre el territorio argentino-se interpretaban en términos de agresión, que debían ser objeto de respuesta por parte del gobierno.
Por ello, inicialmente se saludó con agrado que en la VIII Conferencia de Cancilleres de la Cuenca del Plata realizada a fines de 1976 el representante argentino afirmara que "no reconoce que Itaipú sea un hecho consumado".
77 Pero el problema con Brasil se superpuso con una cuestión aun más perentoria: el conflicto con Chile por las islas situadas en el canal de Beagle.
Cuando los militares tomaron el poder, la cuestión estaba desde 1971 en manos en la reina de Inglaterra, que debía expedirse en condición de árbitro (y que lo hizo otorgando las islas en litigio a Chile).
Descalificando todas las acciones realizadas por gobiernos anteriores, desde su reaparición Cabildo insistió en la necesidad de que "el Poder Ejecutivo debe declarar nulo lo actuado y debe hacerlo saber al tribunal que se ocupa del pleito para que lo paralice".
78 Para ello se apela en principio "a la solidaridad necesaria en la lucha contra la guerrilla", 79 para pedirle al gobierno chileno encabezado por Augusto Pinochet -un gobernante admirado por quienes publicaban la revista-una postergación en el juicio para explorar otras posibilidades.
El comportamiento de Cabildo se modificó de manera radical cuando en los primeros meses de 1977 se dio finalmente a conocer el fallo favorable a Chile; desde ese momento la actitud se volvió beligerante.
Cuando el gobierno chileno respondió con reticencia a la propuesta argentina de una negociación bilateral -como es lógico dado el hecho de que sus posturas fueron mayoritariamente reconocidas por el árbitro-, la postura de la revista fue rotunda: "No queda otro camino para nuestro gobierno que el rechazo del laudo y la inmediata ocupación de los territorios cuestionados por Chile".
80 En enero de 1978, momento en que el gobierno argentino decidió negar validez al pronunciamiento arbitral, Cabildo apoyó de manera inequívoca la postura, y en el número de febrero dedicó buena parte de sus páginas a tratar el tema, incluyendo artículos de nacionalistas como Federico Ibarguren, Alberto Asseff, o el profesor Federico A. Daus, quienes desde diferentes ángulos avalaban la posición adoptada por los militares.
Desde ese instante, la presión se tornó constante, y se intimó al gobierno para que actuara dejando de lado las negociaciones; la apelación a la guerra aparece fundamentada en la doctrina de la Iglesia: la insistencia en que "el pacifismo es anticristiano" 81 era acompañada de una apelación "a aceptar el sacrificio de toda guerra justa para que nuestros hijos no puedan reprocharnos mañana el deshonor y la vergüenza".
82 Hacia fines de 1978, el fervor nacionalista se manifestó en toda su beligerancia: la portada del número de noviembre unía los dos grandes temas de la política exterior del momento: "Imperativos de Hoy.
Ante Chile: recuperar ya todo lo usurpado.
Ante Brasil: defender hasta el fin lo amenazado".
83 Al mes siguiente, la apelación fue mucho más directa: "Ni mediación ni injerencia foránea: cortar el nudo con la espada sin más pérdida de tiempo".
84 Asimismo, en un recuadro se realizaba una "exhortación patriótica" a sus lectores para que "ante la grave emergencia internacional que vive la Patria, ofrezcan -cualesquiera sean su edad y sexo-sus servicios voluntarios a las Fuerzas Armadas de la Nación".
85 El 8 de enero de 1979, luego de estar al borde de entrar en guerra, la Argentina y Chile firmaron el acta de Montevideo que sometía el entredicho a la mediación del Papa.
La situación se presentaba difícil para Cabildo, en tanto era nada menos que la "Silla Apostólica" la que quedaba involucrada en el diferendo, pero su posición consistió en sostener que el estado de cosas existente no podía ser rectificado por el mediador, por más que éste se encontrara en disposición de "iluminar y enaltecer el ánimo de los negociadores en favor de un acuerdo levantado y justo".
86 La postura era pues claramente combativa, ya que afirmaba que la decisión corría por cuenta de las partes en conflicto, y en ese caso, el hecho de que Chile hubiera ocupado las islas constituía un hecho consumado frente al cual sólo cabían actitudes fuertes -"el bloqueo, el desalojo, la intimación armada en el terreno mismo, etc."-87; como ninguna se ensayó, pese a la intervención papal, la Argentina marchaba "hacia una nueva pérdida territorial".
88 A su vez, respecto del acuerdo firmado en octubre de 1979 con Paraguay y Brasil por la construcción de las represas de Itaipú y Corpus, Cabildo resume en una frase: "el día 19 de octubre de 1979 debe inscribirse como día de luto para la Argentinidad".
89 La insistencia en describir con los tonos más negativos todas las negociaciones realizadas en los contenciosos con los países vecinos da cuenta sin duda de uno de los rasgos unánimemente atribuidos por los estudiosos a los nacionalismos exacerbados: la "demonización" del "otro"; la atribución a éste -situado siempre cerca-de las peores intenciones y el afán sistemático de perjudicarnos.
Finalmente, el Cardenal Antonio Samoré dio a conocer la propuesta papal el 12 de diciembre de 1980.
La resolución, negativa para la Argentina, despertó abundantes críticas; "Ante la cuestión Austral: responder con un no a la propuesta del mediador", 90 es el título de la portada del número siguiente a la presentación oficial de la propuesta del Vaticano.
Esta reacción no implicaba un cuestionamiento a la figura del Papa, dado que "no es el Santo Padre el responsable de su propuesta, sino el Gobierno que la ha facilitado, alentado, sugerido o cuasi forzado con su anticipada rendición, con sus debilidades, concesiones y complacencias y otras variadas escapatorias para no cumplir con el deber que él mismo se había impuesto: el de 'tomar todas las medidas necesarias para la defensa de sus planes en la zona hasta el Cabo de Hornos'".
e) La guerra del Atlántico Sur
El 2 de abril de 1982, al producirse la invasión de las islas Malvinas, todas las críticas al Proceso que habían arreciado durante los meses anteriores quedaron en suspenso.
El acontecimiento se vislumbró como una oportunidad para que se hallara el camino correcto.
"Esta guerra es quizás nuestra última chance.
Valdrá la pena morir por ella si nos purifica como nación".
92 La necesidad de revalorizarla y terminar con una política de concesiones en el plano de la política exterior se tornó una demanda acuciante.
La recuperación de las islas fue vista bajo la óptica de que expresaba el genuino sentir del conjunto de la nación -"recuperar las islas es un acto para siempre"-93 y como el punto de partida de la anhelada reconstrucción, "la piedra basal de nuestra actitud exterior".
94 La grande Argentina de mito aglutinador se convertía en realidad tangible.
La reivindicación de las Malvinas constituía, desde siempre, uno de los temas preferidos del nacionalismo, por lo que el accionar de los militares generó una reacción eufórica.
El regreso a las bases fundacionales estaba en los orígenes del movimiento.
PLOMO (1976-1983) ma y ante el mundo digna de sus orígenes, de sus empresas heroicas y de su irrenunciable proyección histórica".
95 La ocupación fue considerada un hecho irreversible y, por lo tanto, toda negociación debía ser encarada desde este punto de vista.
La soberanía (imposible de ser negociada o puesta en discusión) estaba en juego; "Soberanía o Muerte" era la consigna que se expresaba en una portada.
96 Por otra parte, el éxito inicial obtenido por las Fuerzas Armadas fue saludado como la emergencia de una nueva situación que revertía las claudicaciones del pasado inmediato; "se puede decir, a la vista de este clima triunfante en que se mueve el gobierno y de las inmensas expectativas que ha abierto, que ha refundado el Proceso al otorgarle una nueva legitimidad, al proponerle nuevos objetivos, al disponer de nuevas perspectivas.
Es como si se hubiera penetrado en el túnel del tiempo hasta regresar a seis años atrás".
97 Sin embargo, ante la convocatoria oficial a los partidos políticos se advierte que aquél "¡Se vuelve a equivocar!
Llama a sus enemigos, incluso los más declarados y se complace en rodearse de una clase partidocrática que viene fracasando desde hace generaciones y que acompañó, provocó, alentó o aplaudió el fracaso del Proceso".
98 Pese a todo, dado el apoyo inicial de la sociedad a la ocupación, el momento lo evaluaron como una "posibilidad regeneradora" que debía aprovecharse.
Durante la guerra, la postura de Galtieri de no negociar y considerar imposible cualquier acuerdo que implicara el retiro de las tropas argentinas de las islas recibió un apoyo ferviente.
Esto se desprende de lo que un acuerdo implicaría en la óptica nacionalista; el sometimiento a los dictados de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, subordinando la nación a los caprichos de las potencias democráticas y liberales.
Aludiendo a las vinculaciones de Gran Bretaña con el "tío Sam" y las Naciones Unidas, Cabildo plantea que "las alternativas de las negociaciones diplomáticas...resultan inmorales en absoluto".
99 Lo nacional se reivindicaba así en oposición a los intereses extranjeros, por lo que ceder implicaba una traición a la patria.
100 "Una sola voluntad..." fue la premisa que sirvió para dar esperanzas a todos los que creyeron en la proximidad del triunfo.
Se afirmó así el gran giro que daría la Argentina, tomando al mundo por sorpresa.
Si bien el hecho de haber declarado la guerra fue en sí mismo un acto glorioso, el reclamo continuo por la victoria en el campo militar como deber nacional muestra indicios de lo que la derrota representaría para la revista.
Como medio específico la guerra era el terreno en el que se esperaba el mejor desempeño por parte de las Fuerzas Armadas: "las fuerzas armadas pueden errar en política, disparatar en economía, desbarrar en diplomacia, pero no faltar a la más mínima de sus obligaciones en defensa de la soberanía".
101 Si, como estamos viendo, el tono de las críticas había cuestionado con fuerza la capacidad de la Junta Militar para gobernar, en última instancia podía llegar a atribuirse esta falencia al origen militar, ajeno a la arena política; pero en el campo militar se esperaba un triunfo.
"La soberanía ya es nuestra: ahora nuestro deber es la victoria".
102 La guerra fue así considerada como la instancia culminante del sentimiento nacionalista de recuperación de lo usurpado: "seremos dignos de nuestra mejor tradición".
103 Este acto de grandeza rompía con las concesiones de la política exterior del Proceso y permitía por lo tanto una reformulación de las apreciaciones: "hasta ese entonces el país se debatía en un círculo vicioso y letal de dictadura vergonzante, extinción económica, desborde partidocrático, penuria social y astenia colectiva".
104 El sentimiento, capturado por la revista, se correspondía directamente con hechos arraigados en el ideario nacionalista, tales como la Guerra de Independencia.
Se estimaba que se había recuperado el sentir propio de aquellos años memorables: "la Argentina de hoy se ha sentido de pronto la Argentina de siempre y ha renacido en ella el vigor y el contento de los tiempos ilustres".
105 Sumergidos en el discurso beligerante, eran continuas las referencias no sólo a la independencia sino también a las invasiones inglesas.
El enemigo volvía a ser el mismo, la historia se repetía y por lo tanto el pueblo nuevamente debía repeler al invasor: la Argentina llamaba otra vez a "hervir el aceite y el agua".
106 El intento de cruzada contra la descristianización del mundo se manifestaba en la guerra contra la Inglaterra protestante, erigiéndose la Argentina en baluarte de los valores hispanos y de la tradición católica.
Es interesante destacar cómo la guerra en tanto recurso retórico poseía un carácter salvador, ya no sólo como medio para recuperar las Malvinas y con ellas la dignidad, sino también como legitimadora del proyecto nacionalista de Revolución Nacional y de construcción de la Nación Católica.
Es por ello la última oportunidad para caminar por el sendero correcto, ya que "no hay como la guerra para crear opciones terminantes...ni mejor oportunidad para crecer y madurar".
107 La guerra no se ve entonces únicamente como deber moral sino también como giro histórico para lograr purificar la nación: "sólo esperamos que fructifique y dure, que supere lo sensible y epidémico, que sea el germen de un nuevo amanecer y que nadie cometa el imperdonable crimen de truncar o desaprovechar esta posibilidad generadora".
108 Es como si la guerra borrara el juicio que previamente se había hecho del accionar de la Junta Militar: "la situación interna se ha revertido 180 grados y hoy el proceso dispone de un enorme espacio político impensable días atrás".
109 Esta modificación en las apreciaciones respondió a la creencia de que por fin sus demandas nacionalistas estaban siendo atendidas y la construcción de la Nación Católica empezaba a tornarse realidad.
Dado el apoyo inicial de la sociedad a la ocupación (el pueblo se concentró en Plaza de Mayo para celebrar la ocupación de las islas) el momento fue considerado como una posibilidad regeneradora, ya que "si las fuerzas armadas necesitaban un auténtico plebiscito sobre la acción cumplida, allí lo tuvieron".
110 Así Cabildo definió aquel momento como el de la expresión auténtica de la nacionalidad.
El gobierno se convertía así en el paladín de una vieja y legítima reivindicación; la manifestación fue apreciada como un apoyo explícito a la recuperación de las islas del Atlántico Sur, teniendo lugar una metamorfosis instantánea en el humor de la población que había agotado su tolerancia hacia la dictadura militar.
El apoyo despertado respondía a ciertos cánones nacionalistas arraigados en la población argentina.
La derrota del 14 de junio fue sin duda un golpe tremendo.
Replanteó el papel del Proceso de Reorganización Nacional y puso de manifiesto, des-107 Ibídem.
109 "La suma no es..." 110 "Una sola voluntad..." de la óptica de la revista, la separación existente entre la cúpula militar, y el resto de las Fuerzas Armadas.
La expresión "traición" fue utilizada recurrentemente, acompañada de un sentimiento de decepción y necesidad de castigo al referirse a quienes, incumpliendo su deber para con la Patria, habrían dejado perder la batalla.
La guerra fue por lo tanto el momento de mayor apoyo y la instancia de distanciamiento final.
A partir de la derrota en el frente militar, las apreciaciones hacia el accionar de la Junta Militar no repararán en defensa alguna, salvo la del soldado, "baluarte de la nación".
Malvinas permaneció en el ideario de Cabildo como un momento sublime e imborrable, ya que a pesar de los sucesos posteriores, "...no fue un error ir a la guerra"; 111 no podía serlo si se tiene en cuenta la caracterización que se hacía de ella.
El enfrentamiento fue la respuesta más acertada ante tantas humillaciones sufridas por parte de otras naciones ante las cuales la Argentina se había mostrado impávida e inmutable.
Las ansias guerreras, que no se habían concretado con Brasil y Chile, por fin se efectivizaban, despertando la Argentina del aparente letargo en el que se encontraba, "la guerra no fue un paso en falso porque no puede serlo el ejercicio de la voluntad activa de todo un pueblo respecto de una reivindicación justa".
112 A partir de la finalización del conflicto, la revista será crítica en cuanto al desarrollo de la guerra en sí y al apoyo otorgado a ella, como también en lo referente a la asignación de responsabilidades.
Se planteó que la Argentina "nunca estuvo en guerra, en verdadera guerra", 113 a partir de las interpretaciones sobre el apoyo a la guerra por parte del frente interno, al cual se le otorgó un carácter importante, ya que en caso contrario, "de nada valen los soldados que combaten en primera fila".
114 El frente interno, compuesto por la sociedad, los altos mandos militares que impartieron órdenes desde Buenos Aires, y los partidos políticos, debió manifestar su compromiso con la recuperación de las islas.
Aunque en un principio la exaltación popular en Plaza de Mayo confirmaría lo dicho, esta posición no se mantuvo durante la guerra, por lo que la falta de convicción que existió en el gobierno y también en parte de la sociedad condicionó, para Cabildo, el devenir militar.
El escaso apoyo y, principalmente, las críticas de los partidos políticos motivaron en la revista una categórica definición del verdadero enemigo: "no hay peor enemigo que el interno".
115 Todas estas ideas giraban alrededor de la idea de las dos Argentinas.
Su convicción respecto de la existencia de dos Argentinas, "una combatiente, otra especuladora; una con sentido metafísico y religioso de la guerra, otra materialista y frívola", 116 los llevó a sostener que "la guerra no la ganó Gran Bretaña, sino aquella porción de la Argentina que nunca quiso la guerra y trató voluntaria o involuntariamente de perderla".
117 Esta distinción analítica explica el desdoblamiento que desde Cabildo se hizo de las fuerzas militares: por un lado, la Argentina gobernante, cuyos errores precipitaron la pérdida de Malvinas, recayendo sobre ellos la responsabilidad por la derrota, y por el otro, el soldado combatiente.
"Esta guerra nos enseña que en realidad nunca se pensó en que se iba a la guerra".
118 Al menos eso se consideró con respecto a los altos mandos, cuyo accionar no se correspondió con tamaña iniciativa, porque "hubo errores gruesos en la atención de los preparativos militares y diplomáticos, en la confección de las estrategias políticas; no se preparó a la opinión interna del país ni se puso a éste en pie de guerra".
119 La consternación provenía de la ligereza con la que a su entender la ocupación había sido tomada.
"¿Con qué derecho los generales, almirantes, brigadieres, entraron en una guerra y se retiraron de ella sin dar explicaciones?".
120 La inmediatez de los acontecimientos llevó al apoyo ilimitado por parte de Cabildo al declararse la ocupación, pero el también sorpresivo retiro llevó a su definitivo distanciamiento.
La falta de atribución de responsabilidades con respecto a la retirada y la derrota marcaron la clara ruptura que tuvo lugar en el interior de las Fuerzas Armadas, ya que teniendo en cuenta que "hubo quienes no hicieron la guerra con entereza", 121 el pedido de castigo fue una de las patas de la reconstrucción.
El pasaje por la guerra fue fugaz, pero permanecerá en la memoria del colectivo nacionalista.
La reconstrucción nacional, asentada en la derrota, se erigió como demanda impostergable.
Para su consecución se necesitaba de la recompo-sición de las Fuerzas Armadas y la asignación de responsabilidades; "exigimos incansablemente el supremo castigo a los traidores".
122 El castigo es tomado como posibilidad regeneradora, como componente purificador de aquellos sectores enfermos y corrompidos que "hacen del uniforme un disfraz, del generalato una buena ocasión", 123 y deben ser separados del cuerpo sano que constituían las Fuerzas Armadas vistas en su totalidad.
En todas las argumentaciones se percibe cómo, a pesar de las críticas proferidas al estamento militar, desde Cabildo se establece una clara distinción entre los oficiales de medio y bajo rango y aquéllos de mayor jerarquía.
El soldado debe exigir respuestas "a los altos jefes que temblaron ante el deber y sobre todo al régimen que los entregó y que hizo inútil en lo inmediato su cruento sacrificio".
124 La revista, en respuesta a las críticas realizadas por los partidos políticos a la gestión militar, hizo hincapié en la defensa ferviente del soldado.
La publicación, sin duda, se hacía eco del pensamiento de ciertos sectores de las Fuerzas Armadas, "indignados por la manera en que las investigaciones gubernamentales han dejado a algunos generales culpables sin tocar", 125 pero también enardecidos porque "los políticos aprovechan para denostar a las FFAA globalmente", 126 es decir, sin discriminación alguna entre los soldados y la conducción.
Esta distinción tan fuerte entre las Fuerzas Armadas como institución y la cúpula militar en el gobierno respondió a la necesidad de reconocer la pureza del estamento militar y de su función imprescindible en la sociedad.
Las fuerzas militares son "una aristocracia con clara conciencia histórica y con claro sentido de su deber político y cultural.
Pero las FFAA argentinas han olvidado su función, han olvidado sus obligaciones y han repudiado su destino...sólo su esencia las preserva de su existencia".
127 No obstante, afirmaban que "a pesar de sus vicios y de sus errores, esconden en su naturaleza la posibilidad postrera".
128 Se reclama la remoción de los responsables antes de que los partidos políticos tomen esa bandera en su nombre, ya que siendo "instrumentos del poder extranjero, se hallan dedicados a la tarea de recortar el poder militar argentino".
129 Y esto no podía ni debía ser permitido, por entender a las Fuerzas Armadas como la institución fundamental para la estabilidad y el orden.
"Las fuerzas deben limpiarse, liberarse de la cúpula oligárquica que las ha deformado", 130 pero esta tarea les compete solamente a ellas.
La culpabilidad, por supuesto, no sólo recaía en la cúpula militar sino también en el accionar de los partidos, ya que "no habrá victoria mientras no se declare la guerra a quienes trocaron la guerra justa por el circo partidocrático".
131 El frente interno, identificado también con los partidos políticos que no quisieron ni apoyaron la guerra, es responsabilizado por la derrota.
La apertura democrática será, como veremos seguidamente, cuestionada con dureza a fin de concienciar respecto del peligro de consagrar a un partido en el poder.
Las dos derrotas, consideradas así por Cabildo, fueron achacables al alto mando castrense, "una la del 14 de junio frente a los soldados británicos; y la otra frente a la partidocracia local".
132 La recomposición de las Fuerzas Armadas, en tanto sostén de la nación, se tornó inminente, teniendo en cuenta que la Nación no podría florecer con sus bases corrompidas.
La importancia otorgada al estamento militar radicaba en considerar al ejército la institución pre-liberal más importante, basada en el orden, la jerarquía, el corporativismo y era, para los nacionalistas, la encargada de restaurar la moral a la patria, entendida en este caso como una restauración acompañada de la limpieza de sus filas.
La oligarquía castrense debía ser desterrada, pero "no en nombre de la democracia sino de las fuerzas armadas, no en nombre de la plebe izquierdista sino de los oficiales jóvenes que no saben servir a la Patria sino a través de estas instituciones que son anteriores a todas las demás".
133 La iniciativa debía venir de la mano de los militares evitando intromisiones arbitrarias.
f) El retorno a la democracia
La guerra evidenció de manera concreta todas las falencias del Proceso de Reorganización Nacional que desde Cabildo se venían enume-129 Editorial: "El gesto..." 130 Riva: "Las Fuerzas Armadas..." 131 Capponetto, Antonio: "El enemigo es el régimen", Cabildo, N.° 60, Buenos Aires, 1983.
"Sombras en el..." rando, y las potenció.
Quedó así al desnudo, para los nacionalistas católicos, la república liberal en todas sus facetas: "la derrota de Puerto Argentino y en general, el Estado de postración, de fracaso y de humillación que vive y soporta la Nación, pertenece... a la historia de la república Liberal: la Argentina está como está porque es liberal".
134 Ante la realidad concreta de la derrota militar se volvió al clima de críticas previo a la guerra, pero esta vez más enardecido.
La radicalización respondía al desenmascaramiento del gran enemigo: el liberalismo.
El proceso fue evaluado como "la culminación del régimen liberal implantado en, sobre y contra el país desde 1852".
135 Si bien lo ocurrido recaía, como se ha visto, sobre el actual gobierno y las Fuerzas Armadas, el carácter liberal que tiñó el desarrollo de la Nación desde Caseros fue considerado el verdadero responsable.
Se incriminó así al liberalismo y a la generación del'80, responsable porque "nos hizo prósperos y modernos, pero por supuesto al modo iluminista: en forma cruel, a un precio altísimo, bajo un signo ideológico y contra la realidad...
Si bien había transformado a la Nación, también la había trastocado; así como la había hecho progresar, también la había puesto en cuestión hasta llevarla a una confusión exasperada que en estos días alcanza los picos de caos" 136; por supuesto, contradictoria con los valores nacionales y católicos.
Otra de las lecturas de la revista analizaba la internacionalización en clave del sometimiento de las naciones a los dictados del exterior y como pérdida de su derecho soberano.
"La pérdida de Malvinas era no sólo una fracturación territorial sino la expresión corpórea de aquel sometimiento".
137 En esta línea, el liberalismo era la ideología que por excelencia se había encargado de conducir los asuntos nacionales, sometiendo al país.
La introducción del componente liberal en la argumentación de Cabildo es sumamente interesante, no (por supuesto) por lo novedosa, sino por su funcionalidad en este caso en particular.
Si bien la cúpula militar es fuertemente criticada y cuestionada, la crítica no se centra en la esencia de dicha institución, sino en la debilidad de algunos militares que encarnan el espíritu castrense.
Éstos flaquearon frente al liberalismo y respondieron a intereses contrarios al sentir y a la especificidad militar.
El liberalismo 134 Curutchet, Ricardo: "Las dos traiciones del Proceso", Cabildo, N.° 58, Buenos Aires, 1982.
137 Riva, Álvaro: "Que la derrota militar no se convierta en política", Cabildo, N.° 68, Buenos Aires, 1983.
ISSN: 0210-5810 corrompió a la cúpula militar; se afirma así que "el sistema liberal, se levantó hasta ahora sobre dos pilares a los que recurrió según sus necesidades: los partidos políticos y las fuerzas armadas".
138 Esta distinción es necesaria para el nacionalismo católico a los efectos de intentar comprender por qué las Fuerzas Armadas, en las que habían depositado tantas esperanzas, no respondieron a sus expectativas.
Era importante para Cabildo establecer una clara distinción entre la guerra y la batalla.
Si se consideraba a la guerra aún no perdida, entendiendo que era librada contra el liberalismo, y sólo daba por perdida la batalla de Malvinas, podría esperarse el apoyo nacionalista y evitar la intromisión de los partidos.
El llamado a elecciones era la pérdida de la guerra.
"Hay que evitar que la derrota militar se convierta en derrota política, ya que lo que se perdió fue la batalla, no la guerra".
La pendiente que condujo a los militares hacia la entrega del poder a los partidos políticos exacerbó en el discurso de Cabildo tanto el cuestionamiento a la jerarquía militar protagonista del Proceso de Reorganización Nacional, como la descalificación anticipada del régimen que se instaló tras las elecciones del 30 de octubre de 1983.
Ante la apertura democrática, Cabildo dedicó todos sus esfuerzos en destacar el error que se iba a cometer, aduciendo que al ser los partidos políticos el arma política del liberalismo, no debía permitirse su convocatoria ya que nuevamente se implantaría de su mano un orden contrario a la nación.
Resultaba inimaginable concebir que "los caídos habían ido a la muerte para reponer en el Estado al peronismo o a la UCR".
139 La incoherencia de restablecer a los partidos políticos anulaba la pretensión militar de intervención para salvaguardar el orden, ya que ¿qué tipo de orden podía instaurarse de la mano de los partidos políticos, considerados responsables del temible caos contra el cual se había erigido Cabildo?
Esta contradicción, para quienes hacían la revista, era contundente.
Su apoyo sólo era justificado mientras el Proceso respondiera aunque fuera de manera parcial a sus demandas, pero de ningún modo podía ser apoyado el restablecimiento de la culpable partidocracia.
El distanciamiento definitivo se había consumado.
140 Así valora el más destacado estudioso actual de la derecha tradicionalista española las postulaciones de los grupos nacionalistas católicos en los años previos a la guerra civil de 1936-1939.
¿Qué cabe entonces decir de quienes, cuarenta o cincuenta años más tarde, defendían casi sin variantes las mismas ideas?
Las contradicciones entre el gobierno del Proceso y el ideario de los editores de Cabildo emergieron como lógica consecuencia de las enormes diferencias existentes entre la realidad concreta y los deseos de los nacionalistas.
Los militares del Proceso tenían un proyecto, pero éste sólo circunstancialmente podía coincidir con quienes aspiraban a construir un "orden nuevo", cuyas raíces se encontraban en la sociedad medieval.
Los defensores a ultranza del realismo político, que descalificaban la Revolución Francesa por "utópica" y "apriorística", no percibían (o no querían percibir) la distancia que separaba a la compleja sociedad argentina de su proyecto, antidemocrático y aristocratizante.
Si bien es cierto que la soberanía popular no entraba en lo más mínimo dentro de su discurso, su visión del futuro debía tener algún anclaje real, actores sociales de peso que la compartieran.
La inviabilidad de su propuesta, que arrasaba tanto con el liberalismo como con la democracia de partidos, aseguraba su aislamiento, más allá del apoyo individual de algunos miembros de las clases dominantes.
Podían producirse momentos en los cuales los militares en el poder parecían responder a sus expectativas -y el tratamiento dado a algunas de las figuras de esos años, como el general Ramón Camps o el almirante Emilio Massera parecía mostrarlo-, pero la tajante dicotomía que establecían entre quienes estaban del lado de la patria y sus enemigos, del caos en contraposición a la Nación, de las dos Argentinas, no contribuía en manera alguna a establecer fórmulas de acercamiento duradero.
El hecho de sentirse poseedores de la verdad llevaba inevitablemente a la intolerancia, a la descalificación del "otro", que no merecía consideraciones ni miramientos.
Los integrantes del Proceso no escapaban a ese tratamiento; podían ser elogiados de manera coyuntural, sobre todo en tanto integrantes del poder militar, al que reconocían como tronco constitutivo de la patria, pero si no asumían "in toto" su programa de construcción de la nación católica, el desencuentro era inevitable.
Por lo tanto, no es casual que, salvo situaciones excepcionales, los militares no contaran con ellos.
Eran aliados útiles para algunos menesteres -el tema de su incidencia en la política cultural del Proceso merece ser estudiado-pero en general terminaban resultando incómodos.
Constituye sin duda un hecho relevante que un número de la revista llegara a prohibirse, y que discursos de los Comandantes en Jefe tuvieran párrafos implícitamente dirigidos a condenar su intransigencia.
Es que la propuesta nacionalista, capaz de encontrar seguidores entre algunos miembros de las Fuerzas Armadas, carecía, como se ha dicho, de toda viabilidad para ir más allá de santificar la "guerra sucia" y descalificar la democracia.
Con todas sus contradicciones a cuestas, la mayoría de los militares del Proceso de Reorganización Nacional no estaban dispuestos a llegar tan lejos como para impulsar un proyecto tan excluyente, en el que no había lugar más que para "cruzados" imbuidos de la convicción de estar en posesión de la verdad absoluta. |
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La perspectiva y el corpus: aclaraciones introductorias
Ese «vacío» en los estudios acerca del mundo indígena en el «americanismo» español es significativo [...] no se trata de que la historiografía americanista española sea «anti-indigenista» sino más bien que carece de esa perspectiva y, por lo tanto, hace una historia de los españoles o los criollos en América y se olvida del indio en absoluto.
1 Sin tener en cuenta el punto de vista de la etnohistoria [...] el historiador típico es anti-indigenista, no en cuanto a sus simpatías (porque tiene a Las Casas y a otros) sino más bien por la documentación que utiliza.
2 ENTRE «POLÍTICA INDIGENISTA ESPAÑOLA» E «INDIGENISMO DESORBITADO» Sobre todo, se había interesado por el indigenismo interamericano, como atestiguan sus reseñas a las publicaciones (revistas y monografías) del Instituto Indigenista Interamericano (III), surgido en 1940, y a las obras de Juan Comas, su secretario desde 1952.
6 En la historia de este indigenismo, las interpretaciones valorativas que se han hecho del mismo han influido poderosamente en su propia definición.
En los años 1950, Alcina podía considerar que «el Indigenismo, tal como está orientado y dirigido desde el Instituto Interamericano, viene a ser casi un apostolado, lucha incansable, infatigable, contra la incomprensión de unos, la apatía de la mayoría y la mala fe de algunos».
7 Mientras que, muchos años más tarde -en vísperas del V Centenario del «Descubrimiento de América»-el mismo autor afirmaría que el objetivo primordial de ese indigenismo era «lograr la desaparición del indio», asumiendo así las conocidas palabras de Guillermo Bonfil Batalla, uno de los protagonistas de la autonombrada «antropología crítica» frente al que se calificó como «indigenismo oficial» y parte de una dominación colonial.
8 La actual renovación de los estudios ha puesto de manifiesto cómo solo en tiempos recientes el indigenismo -entendido como fenómeno de la época contemporánea y muy especialmente del siglo XX-se ha convertido en objeto de estudio historiográfico.
9 La amplia producción bibliográfica contrasta, de hecho, con el escaso conocimiento historiográfico, sobre todo en lo relativo al momento de auge del movimiento indigenista latinoamericano.
La mayor parte de dicha bibliografía pertenece a un mismo mundo autorreferencial y está constituida fundamentalmente por evaluaciones de parte, institucionales y personales.
Sus autores han sido habitualmente los mismos protagonistas del indigenismo o sus críticos (en muchos casos, futuros indigenistas), dando así pie a juicios extremos y a imágenes y representaciones contrapuestas como expresión de los conflictos generacionales y profesionales que han sesgado o bloqueado la investigación sobre el tema.
10 Esta contribución se enmarca así en una nueva tendencia de investigación que insiste en la necesidad de recurrir al estudio de las fuentes 6 Estas reseñas se publicaron en Revista de Indias, entre 1955 y 1962.
Esta recopilación es el fruto del Primer Simposio Iberoamericano de Estudios Indigenistas (Sevilla, 1987), en el que participó el entonces director del III, Óscar Arze Quintanilla.
El mejor ejemplo de evaluación crítica es Warman et al., 1970.
Para discutir estas imágenes contrapuestas: Giraudo, 2012.
LAURA GIRAUDO primarias de su época de oro y a nuevos enfoques para poder «historiar» al indigenismo y para proponer una interpretación no sesgada del mismo.
Desde esa perspectiva, el interés acerca del Anuario de Estudios Americanos (AEA) responde al objetivo de averiguar si, a lo largo de la historia de esta revista, ha aparecido el tema del indigenismo, analizando tanto su presencia como su eventual significado e interpretación.
En la definición del corpus de fuentes, del corte cronológico y del procedimiento de análisis, he tenido en cuenta que, además del AEA, la EEHA publicó, durante periodos concretos, otras dos revistas que tenían una estrecha relación con la primera: Estudios Americanos.
En ambas, hubo secciones que originalmente pertenecían a la segunda parte del AEA («Historiografía y Bibliografía Americanista»)11 y que posteriormente regresaron al mismo.
Esto implicó la necesidad de ampliar el análisis, considerando que, mientras HBA simplemente resultó de la separación y ampliación de la parte historio-bibliográfica de la revista principal,12 la otra revista de Sevilla, EA, tenía un perfil distinto y claramente definido.
En sentido estricto, el indigenismo casi no aparece en las páginas del AEA -especialmente si nos limitamos a los artículos-mientras sí lo hace en las secciones bibliográficas de la propia revista, y en HBA, además de su presencia en EA.
Cabe observar, en primer lugar, que en el AEA el término «indigenista(s)» es mucho más frecuente que «indigenismo», incluso en la sección de artículos, donde «indigenismo» es muy escaso y de hecho aparece una sola vez en los primeros 25 años de la revista, para indicar el origen local del producto.
13 En todo el periodo considerado, «indianismo» e «indianista» aparecen, cada uno, una sola vez en los artículos, en un sentido muy distinto al que tenían en el siglo XX y más acorde con el uso de «Indias» para el continente americano.
15 La mayor parte de las ocurrencias de estos términos se encuentra en «Historiografía y Bibliografía Americanista», donde se incluían, además de artículos, informes, reseñas críticas, la sección «Informaciones bibliográficas americanas» 16 -que generalmente señalaba lo publicado en otros países, especialmente de América Latina-y la sección «América en la bibliografía española (reseñas informativas)», acerca de las publicaciones españolas.
17 15 Se incluyen las ocurrencias de términos como indígena e indio para evidenciar la diferencia con la presencia de «indigenismo», «indigenista(s)».
No se han incluido otros términos como «yndio(s)» o «natural(es)» para evitar una sobrestimación, ya que estos suelen aparecer en citas textuales, algo que solo parcialmente ocurre con «indio(s)».
Por otra parte, se ha incluido «indianismo» e «indianista(s)» por ser términos que tuvieron por varias décadas un significado equivalente a «indigenismo» e «indigenista(s)», hasta que a finales de los 1960s adquirieron un significado de oposición a los mismos.
16 Anteriormente se llamó «Información Bibliográfica Hispanoamericana».
18 HyBA: Historiografía y Bibliografía Americanista.
IBA: Informaciones Bibliográficas Americanas.
ABE-RI: América en la Bibliografía Española: Reseñas Informativas.
Al contrario, en EA el tema estaba mucho más presente en todas sus diferentes secciones.
19 En el primer número de la revista, esta se presentó como dedicada a una «labor de síntesis e interpretación histórica, literaria, jurídica y artística de carácter esencialmente científico, sobre temas hispánicos», con el objetivo de «ofrecer informaciones exactas sobre los distintos aspectos culturales de los países de habla española».
20 En el balance de los primeros 50 números, la redacción presumía de que fuera «quizás la única Revista -y desde luego es la única revista europea-que se ha mantenido fiel a los límites que se señaló de ser una revista exclusivamente americanista».
21 Este planteamiento era todavía más claro en 1958, al presentar el índice de los primeros 75 números, cuando los redactores reivindicaban la propia razón de ser de esta revista en la «substancial comunidad cultural de todos los pueblos que, a lo largo de varios siglos, vivieron integrados en la Corona Española» y en la «obligación de defender como solidaria herencia» los valores comunes de la que se considera una «misma concepción del mundo», bajo lo que se calificaba como «criterio cultural, hondamente científico».
22 Esta orientación, junto con una mayor atención a la historia contemporánea y la situación política del momento -frente a la predilección por los estudios modernistas del AEA-puede explicar la mayor presencia en sus páginas del indigenismo contemporáneo.
De hecho, la sección de información cultural de EA fue pensada explícitamente para tratar «los problemas actuales del mundo hispánico»,23 entre los cuales el indigenismo ocupaba en aquel momento un lugar destacado.
Por lo que se refiere al corte cronológico, he revisado exhaustivamente EA24 y la revista HBA, mientras que en el caso del AEA opté por acotar el análisis al periodo 1944-1996, utilizando la base de datos que se elaboró en su momento y que permite realizar búsquedas en el contenido íntegro de los primeros 53 volúmenes.
Para averiguar qué es lo que se entendía por «indigenismo» y a quiénes se les llamaba «indigenistas» en estas revistas, considero relevante analizar las ocurrencias de estos términos y cuál es el uso específico que se les dio en cada caso, comprobando si esto perfila una tendencia interpretativa.
LAURA GIRAUDO Figura 3 TEXTOS POR SECCIÓN.
ESTUDIOS AMERICANOS, 1948-1961 Fuente: elaboración propia desde la colección completa de la revista.
26 El análisis tendrá, así, dos vertientes: por un lado, el estudio de la referencia al indigenismo y, por el otro, el estudio del uso que se hizo de los términos «indigenismo» e «indigenista(s)».
27 Cabe destacar que estamos ante un mundo heterogéneo de autores, tendencias historiográficas y orientaciones ideológicas, cuyas confluencias en estas revistas merecería un análisis que excede el objetivo y el alcance de este trabajo.
Lo que propongo aquí, gracias al análisis de las revistas sevillanas, es solo una primera aproximación al estudio de la presencia del movimiento indigenista en el panorama americanista español.
Definida la perspectiva y el corpus de fuentes, en los primeros tres apartados aclararé la presencia o ausencia del indigenismo en las páginas del AEA y de HBA, definiendo los dos ámbitos (y épocas) en los que aparecen el indigenismo y los indigenistas, con sus respectivas valoraciones.
Se configura así un «indigenismo español» y un «indigenismo contemporáneo».
Este 26 Se indica solo la cantidad de textos que tratan explícitamente el tema: cada uno de ellos contiene varias ocurrencias de «indigenismo» e «indigenista».
«Bibliografía» y «América en la Bibliografía Española» (ABE) aparecieron en esta revista hasta enero 1950 y desde 1956 respectivamente 27 Analizaré sobre todo las ocurrencias que aparecen en el texto, mientras que las que responden a citas bibliográficas o a reseñas, frecuentes sobre todo en el AEA, se mencionarán solo cuando tengan alguna relevancia o se tratarán agrupadas en nota al pie. segundo indigenismo, escaso en la revista principal, se perfila con mayor claridad y tendrá mayor protagonismo en la otra revista sevillana, EA, objeto de los dos siguientes apartados.
Finalmente, concluiré ampliando la mirada al panorama nacional para señalar nuevos senderos de investigación.
El indigenismo «español»: Las Casas y alrededores
Entre los artículos del AEA, el indigenismo de la época colonial aparece sobre todo en las primeras décadas, hasta los años setenta.
Tras una primera mención genérica en la que «materia indigenista» se refiere a «las disposiciones canónicas referentes a los indios de América», 28 en la mayor parte de los casos el protagonista es Bartolomé de Las Casas, directamente mencionado o indirectamente aludido: es sobre todo alrededor de su figura que se perfila todo un campo semántico que define la así llamada «política indigenista española».
De esta manera, se habla de «actitud indigenista lascasiana» o de «personalismo indigenista lascasiano», 29 además de su influencia en la «política indigenista, cuya concreción normativa eran las Nuevas Leyes de Indias y sus Ordenanzas complementarias de Valladolid» 30 y en la «Bula indigenista» o «Sublimis Deus».
En esta última mención asoma, sin embargo, el indigenismo del presente, al tener que aclarar el autor «si se nos permite usar de la palabra [indigenista] sin el menor sentido polémico».
31 Al analizar la «política indigenista» de los primeros franciscanos, se critica la idea, fruto de un «fervor lascasianista», de que «Las Casas representa la actitud perfecta en política indigenista», además de usar expresiones como «disputas de carácter indigenista» o «disputas indigenistas» para indicar las distintas posiciones asumidas durante los primeros años de la colonización antillana.
29 «Quizá en las perlas caribes pueda encontrarse la causa remota de la actitud indigenista lascasiana y del tráfico negrero, al querer librar a los indios de las penosas tareas de su pesca».
«Es cierto que de ellos [los españoles que iban a Indias], los menos creían y actuaban como Casas: pero ninguno se atrevía a contrariar los dogmas católicos, y apoyándose en ellos triunfó frente al economicismo fernandista el personalismo indigenista lascasiano en todas las controversias desde Barcelona (1520) a Valladolid (1550)».
El autor hace también dos referencias en nota (páginas 88 y 141) al trabajo de Juan Friede, «Las Casas y el movimiento indigenista en España y América», entonces pendiente de publicación en la mexicana Revista de Historia de América (34, 1952, 339-411).
La obra de Friede era una referencia obligada al tema y también aparece, por ejemplo, en Lohmann, 1966, 25, n.
Se refiere a la biografía de Las Casas de Giménez Fernández, publicada en Sevilla en 1953.
LAURA GIRAUDO encontramos «conflicto indigenista» de la época de Cisneros y «controversia indigenista entre Doña Juana y Carlos I».
33 En un trabajo sobre Juan Vázquez de Coronado, se destaca su «acción indigenista», considerándose a este conquistador como «un auténtico hijo de los nuevos tiempos, fiel seguidor del espíritu del padre Las Casas y de fray Francisco de Vitoria».
34 La expresión «política indigenista» es usada también para la reformas del virrey Toledo en un estudio sobre la obra de Juan de Matienzo.
35 En todo el periodo, dos artículos destacan por la abundancia del uso de «indigenista».
En el primero, sobre los jesuitas en la Nueva España del siglo XVI, el adjetivo aparece en varias expresiones, en las que siempre se refiere, podríamos decir de forma neutral, a lo que tenga que ver con los indígenas: «panorámica indigenista» tras describir a los distintos grupos con que se encontraron los jesuitas; «aspecto indigenista» para indicar «la posición jesuítica en la intrincada cuestión del clero indígena»; «vector indigenista» al hablar de la postura favorable a la apertura de colegios de indígenas; «labor indigenista» como equivalente a «labor con indígenas»; «conocimientos y experiencias indigenistas» de Sahagún como equivalente a conocimiento y experiencia con indígenas; «campo indigenista» o «dimensión indigenista» en el sentido de materia o ámbito; «vertiente indigenista» al referirse a la evangelización y educación de los indígenas.
36 El segundo artículo trata el tema de la costumbre o derecho consuetudinario indígena y distingue entre «indigenismo y realismo».
Su autor sitúa sus fuentes según esta distinción, atribuyendo la posición realista a autores como Juan Valenzuela Velázquez, Juan García Gallego y Francisco de Avilés y la posición «pro-indigenista» a Fernando de Zurita y José de Acosta.
Las dos posturas se diferencian por la preferencia sobre el modo de agregación de un territorio a otro que, en el caso concreto, determinaba -en la interpretación realista o pro-realista-la extinción de las instituciones precolombinas a favor de la incorporación al reino castellano y sumisión al ordenamiento jurídico vigente en los reinos de España o -en la interpretación pro-indigenista-el mantenimiento del ordenamiento consuetudinario indígena, siempre que no fuera contrario a los principios de la religión o del 33 Ramos Pérez, 1969, 397.
35 «Esporádicas son las referencias a materias indianas, coyuntura que por lo general aprovecha para remitirse a su tratado sobre el Gobierno del Perú como cuando insiste en que los indios son pusilánimes y meticulosos y al aludir a las reformas introducidas por Toledo, sus reducciones y su política indigenista».
Ambas posturas contribuyeron, según el autor, a la configuración del ordenamiento jurídico e institucional americano.
37 Además de lo mencionado hasta ahora, referido a la primera época colonial, es solo en relación con el siglo XVIII que «indigenismo» vuelve a aparecer; si bien en una ocasión se anuncia como imprescindible el antecedente.
Al analizar la obra de Voltaire y el interés por América -y sobre todo por «el salvaje»-en ese siglo, se recuerda que «los temas habituales de los escritores de la Ilustración: "colonialismo" e "indigenismo", se encuentran enunciados en la publicística del siglo XVI».
38 Aquí «indigenismo», una vez más, indica genéricamente lo que atañe a los indígenas, si bien el texto concluye sobre la contribución de Voltaire a la leyenda negra.
El término adquiere otro significado -más cercano al que tendrá en la época posterior-al ser parte de la «formación de la conciencia nacional americana»: considerado «extremadamente indigenista, decididamente moralista y firmemente favorecedor de lo consuetudinario y autóctono».
Las otras ocurrencias de «pro-indigenista», «indigenismo», pro-indigenista» y «teoría indigenista» en las páginas 190, 193 y 194.
El apartado donde aparecen lleva el título de «Indigenismo y realismo».
40 «la Catedral y en los puentes de la ciudad destruidos por la sublevación indigenista de 1780».
41 «nos basamos en los expedientes que en su día se formaron a los participantes, como autores o cómplices, en la sublevación indigenista que acaudillara el cacique Túpac Amaru» y «la determinación de extinguir la dignidad cacical a raíz de la sublevación indígena».
LAURA GIRAUDO «política indigenista» en dos referencias bibliográficas, la segunda reiterada en varios artículos.
43 Por otra parte, en un artículo aparecido en la segunda parte de la revista es de nuevo Las Casas el referente, al recordar su autor el «estado de conciencia creado por el indigenismo cristiano del siglo XVI».
44 Es la única vez que encontramos el adjetivo «cristiano» y se debe a su autor, colaborador asiduo, como veremos, de la otra revista de Sevilla.
En la sección de información bibliográfica desde otros países (IBA), entre otras referencias menores, cabe recordar un informe sobre Alemania en el que se destaca la nueva bibliografía sobre la etapa colonial y la apreciación de Manfred Kossok de que «el desarrollo de la autocomprensión histórica en Hispanoamérica oscila entre los polos del "indigenismo" y del "tradicionalismo"».
45 Y, en el caso de Chile, se señala un estudio de Horacio Zapater acerca de la «orientación indigenista» española del siglo XVIII.
46 En la sección Bibliográfica Española, en 1957, bajo el apartado «Indigenismo», se mencionan dos artículos sobre Oviedo, uno sobre el sistema educativo incaico y otro sobre indigenismo en la época colonial, todos ellos aparecidos en Revista de Indias.
47 En 1958, aparece el «aspecto indigenista» de la obra del padre Vásquez de Espinosa, tema de un artículo aparecido en Misionalia Hispánica.
48 La misma revista vuelve a mencionarse pocos años después, esta vez con ocasión de un trabajo de Friede sobre la «formación indigenista» del primer obispo de Popayán.
49 Podríamos concluir, entonces, que en el AEA el significado atribuido al indigenismo de la época colonial oscila entre una referencia genérica a 43 Se trata de la referencia al libro de Antonio Rumeu de Armas, La política indigenista de Isabel la Católica (Valladolid, 1969), que aparece en un artículo de Miguel Ángel Ladero Quesada (AEA, XXXI, 1974, 729), y a las actas del «Simposio Conmemorativo del V Centenario del Padre Las Casas», publicadas bajo el título de Estudios sobre Política Indigenista española en América (Universidad de Valladolid, 1975-1977).
44 Maticorena Estrada, 1955, todo lo que atañe a los indígenas y una referencia específica a la posición de defensa de los mismos y de los derechos autóctonos, cuyo referente principal es Las Casas.
El indigenismo contemporáneo: entre la ausencia y la «exaltación»
En un solo caso encontramos en el AEA una referencia al siglo XIX, en la sección de artículos, al mencionarse «la campaña indigenista de los revolucionarios de la Emancipación».
50 Por otra parte, el indigenismo de mediados del siglo XX, contemporáneo a las propias publicaciones, apenas aparece.
No es hasta finales de los cincuenta cuando la panameña Torres de Arauz menciona a los «Congresos Indigenistas Panameños» y al «IV Congreso Indigenista Interamericano».
51 Ese mismo año, se atribuye el nuevo interés por las fuentes misionales del s. XVIII a la «revalorización indigenista» de los años 1930.
52 En esa línea, esta vez en el campo artístico, pero casi una década más tarde, se alude a la «tesis indigenista» que hace derivar del arte prehispánico la tendencia por lo plano en las decoraciones de los templos guatemaltecos.
53 En todos los años sesenta, Alcina es el único autor que destaca la importancia del indigenismo contemporáneo: LAURA GIRAUDO Muy distinta es la valoración que encontramos, pocos años después, en José Antonio Calderón Quijano:
El movimiento de exaltación indígena, vigente hoy día en América, y con unas implicaciones sociales y políticas que no se puede pretender desconocer, y no cabe ignorar, proclama al decir de Pérez de Barradas, un nuevo racismo, al supervalorar «con orgullo el pasado indígena,'raíz' de una nueva nobleza y hasta de una nueva conciencia nacional».
55 El uso de la expresión «exaltación indígena» es aquí equivalente a «exaltación indigenista» y en ella parecen asociarse indigenismo y movimientos indígenas, a pesar de que se trata justamente del momento de una fuerte crítica al indigenismo y de nuevas propuestas «indianistas».
Al adoptar la interpretación de Pérez de Barradas, Calderón Quijano se está situando en la posición opuesta a Alcina, algo que se reitera al destacar la «faceta lírica y sentimental» de este indigenismo que pretende «borrar la obra de España lanzando la idea de una Indoamérica como nombre ideal para la América hispánica».
56 La estrecha relación entre el uso de «Indoamérica», el indigenismo y el «racismo» ya la había señalado el propio Calderón Quijano muchos años antes, en la otra revista de Sevilla, Estudios Americanos, si bien acompañada allí por la idea, desmentida por su propio reconocimiento de la vigencia del indigenismo en 1970, de que el campo de acción del indoamericanismo era limitado y que su momento histórico había pasado ya.
57 Además, su posicionamiento junto a Pérez de Barradas era especialmente significativo, después de que, entre 1949 y 1953, se hubiera desarrollado una controversia entre el catedrático de Antropología en la Universidad de Madrid -y también entonces director del Museo Etnológico y del Instituto Bernardino de Sahagún del CSIC-y el secretario del III, Juan Comas, desde su exilio mexicano.
En sus artículos, Comas acusaba de racismo no solo a Pérez de Barradas, sino también a Constantino Bayle, cuya obra se había publicado en Sevilla.
En respuesta, Pérez de Barradas consideraba al indigenismo una forma de «racismo anti-español».
58 Al mismo tiempo, Calderón Quijano reconocía el valor de los estudios de Comas, especialmente de los que analizaban «agudamente» el problema de las «relaciones interraciales», 59 que, a 55 Calderón Quijano, 1970, 772.
lo largo de su artículo de 1970, cita repetidamente, además de otros trabajos publicados en América Indígena, asignando así a la revista del III autoridad científica y académica.
60 Es decir, hay aquí una distinción implícita entre indigenismos distintos (incluso si comparten actores) que merecen diferentes valoraciones según el grado de «cientificidad» que se les asigne: 61 un tema crucial que se tornará explícito en la otra revista sevillana.
Al año siguiente, otra obra publicada por el III aparece citada en el trabajo de Raymond Buve, la de Gonzalo Aguirre Beltrán, en la que se difunde un concepto que tendrá mucho éxito, el de «regiones de refugio»; 62 mientras que, en el mismo 1971, Tibor Wittmann atribuye a las «discusiones de interés moderno y contemporáneo (indigenismo, leyenda negra, etc.)» el escaso conocimiento sobre los modos de producción en la época virreinal.
63 Por otra parte, es en la literatura y en el arte donde volvemos a encontrar referencias al indigenismo: en los «cuentos de tema indigenista» del tucumano Ricardo Jaimes Freyre, 64 en la reaparición del «arte indígena [...] al lado del movimiento indigenista» 65 y en la «literatura indigenista», 66 la «narrativa indigenista» o la «novela indigenista».
67 Entre finales de los años setenta y principios de los noventa, solo contamos con dos menciones explícitas a la vertiente política y social del indigenismo.
La primera, en el trabajo de Anderle, donde se aprecian un «cambio de mirada» en el Perú y las «añoranzas indigenistas» del liberalismo mexicano, ambas a finales del siglo XIX, y se analizan las ideas del venezolano José Gil Fortoul y su rechazo de los juicios «hispanistas, indigenistas y cosmopolitas» sobre la nación.
Curiosamente, en la página 747 cita juntos a Comas y Arthur Posnansky, protagonistas de otra controversia: Giraudo y Martín-Sánchez, 2013.
61 Así, a pesar de que se critique su interpretación, en otro texto se remite a «las colecciones de los Institutos Indigenistas» como fuentes de descripciones etnográficas.
Aguirre Beltrán ocupó cargos de dirección en el INI de México y en el III, influyendo poderosamente en difundir una interpretación del indigenismo que todavía está presente en los estudios, siendo además un autor de referencia por su obra sobre «los negros» en la sociedad colonial.
En la sección de informes, que solo se publicó este año, menciona los estudios que se están realizando en Hungría sobre «el aprismo, Mariátegui y el indigenismo andino».
Antes se había referido a la «decoración indigenista en Potosí», 537.
Aquí se encuentra también «antiindigenismo», refiriéndose a los criollos paraguayos influidos por el positivismo.
Este término solo aparece dos veces, siendo la otra en una reseña crítica de 1959 a Tres cronistas de Indias de Alberto Mario Salas, por Manuel Giménez Fernández, en la que se menciona el «antiindigenismo de Oviedo», AEA, XVI, 1959, 674.
LAURA GIRAUDO el «indigenismo participativo» mexicano de los años setenta, el Instituto Nacional Indigenista (INI) y su «Nueva Política Indigenista».
69 En general, se aprecia un desfase importante entre la importancia del indigenismo del siglo XX, en sus distintas fases, y su presencia en el AEA: no solo es esta muy escasa, sino que el indigenismo interamericano no aparece en su momento de auge, sino mucho después, cuando las polémicas que ocasionó ya han dejado paso a otras controversias.
El indigenismo de los demás: un mundo que se asoma
Es en la segunda parte de la revista donde la presencia del indigenismo contemporáneo es relativamente más frecuente.
La primera ocasión es en 1946, en la sección «Crónica», donde se menciona a América Indígena y Boletín Indigenista, las dos publicaciones del III, entre las revistas que se reciben en la biblioteca.
70 La sección se seguirá publicando en EA y más tarde en HBA, y hasta 1993 no reaparecerá allí el III.
71 La revista del Instituto Indigenista Peruano, Perú Indígena, se incluye en 1953 entre las «más importantes revistas peruanas», junto a Revista Histórica, Mercurio Peruano o el Boletín del Instituto Riva Agüero, en el informe sobre Perú de la sección «Información Bibliográfica Americana» (IBA), donde también se destaca la publicación en sus páginas de «trabajos de seria investigación antropológica» como el de Mario Vásquez, si bien se incluye bajo el apartado de «Periodo prehispánico».
71 Por su parte, la Revista Española de Indigenismo aparece dos veces en la sección de artículos de la parte historio-bibliográfica, en ambos casos en textos de Morales Padrón sobre historiadores españoles (al hablar de Manuel Ballesteros, Leoncio Cabrero y Leandro Tormo) y sobre el americanismo en España (al hablar del Departamento de Antropología y Etnología de América de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, dirigido por Ballesteros).
73 Aparte de la referencia a una monografía editada por el III en un texto bibliográfico, 74 el único artículo en el que se trata el tema en todo el periodo es de 1969, sobre la llamada «narrativa indigenista», donde se afirma que «Tamayo no cree en la cultura indígena; no es el indigenista enragé que han hecho de él, así panegiristas como detractores» y que «Arguedas escribe una hermosa novela considerada como precursora del indigenismo, pero su aproximación al problema de la servidumbre indígena es romántica».
75 Tanto en la sección de reseñas informativas -que desde 1954 adquiere el título de «América en la bibliografía española» (ABE)-como en la de «Informaciones Bibliográficas Americanas» (IBA), el indigenismo aparece con frecuencia, signo de una abundancia de publicaciones que no se puede obviar.
Al mismo tiempo, su presencia aquí deja entrever la controversia acerca del movimiento indigenista contemporáneo que, en los mismos años, aparece explícitamente en EA.
En 1950, por ejemplo, se menciona un libro sobre el «debatido tema de la cultura e Hispanoamérica», que se ocupa también del «pensamiento hispánico en América, de la Hispanidad y sus antagonistas -indigenistas, anticatólicos-que combaten la labor española en aquellas tierras».
76 Y en 1952 se refiere la publicación en Revista de Indias de uno de los artículos de Comas que es parte de la ya mencionada polémica con Pérez de Barradas.
77 En 1953, al inaugurar la repartición por materias de la sección dedicada a la producción americanista española, se incluye, entre «Historia» y «Literatura», un apartado de «Indigenismo».
74 LAURA GIRAUDO de Juan Friede y el tercero de Segundo Márquez Castell.
Mientras el de Friede, reseñado por Bibiano Torres Ramírez, se refiere al «movimiento indigenista español» del siglo XVI, los otros dos, ambos concernientes al indigenismo contemporáneo, reflejan interpretaciones muy distintas.
En el caso de Comas, la reseña de Ángel Benito Jaén señala la idea del indigenismo como un fenómeno que se define sobre todo en el siglo XX, si bien los «problemas en torno del indio americano nacen en los primeros tiempos de la conquista», mientras que, en el caso de Márquez Castell, Manuel Luengo Muñoz remite a la idea del «indigenismo americano como movimiento político racista».
78 Es significativo que se incluya, junto a revistas académicas, el Boletín de los Seminarios de Formación del Frente de Juventudes: esta idea del indigenismo entró a formar parte del adoctrinamiento franquista.
En los años siguientes, el indigenismo solo aparece bajo «Arte», «Bibliografía e historiografía» en 1954, «Arte» y «Derecho» en 1955, «Bibliografía e historiografía», «Política» y «Sociología» en 1956.
79 Los dos artículos mencionados en este último año confirman tanto el interés de otras revistas por el tema como su potencial polémico y la controversia existente entonces: el uno asumiendo la idea del «indigenismo racista» y el otro alabando la política indigenista del gobierno boliviano y proponiendo no tomar el indigenismo «en el sentido restrictivo y unilateral y colonialista que se ha dado hasta hoy, sino ampliamente y como sinónimo de bolivianismo».
80 En 1957, cuando el indigenismo cuenta de nuevo con un acápite específico, de los cinco textos referidos, todos artículos, ninguno trata de la actualidad y solo uno de la época desde el XVI al presente.
81 Ese mismo año, bajo el apartado de «Política», se menciona, junto al cosmopolitismo, el panamericanismo y el latinoamericanismo entre «las tesis que menosprecian o desvalorizan el elemento hispánico», al reseñar un artículo publicado en la Revista de Estudios Políticos.
83 En la época posterior, nunca volverá el indigenismo a merecer un apartado específico, si bien seguimos encontrando algunas ocurrencias, bajo diferentes acápites.
84 Entre ellas, cinco son especialmente significativas.
La primera se refiere a un ensayo del sueco Arnoldsson, publicado en Ínsula, sobre la «leyenda negra», en el que la situación actual se describe mediante los testimonios de un «hispanista», José de Vasconcelos, un «indigenista moderado», Manuel Gamio, y un «indigenista de izquierdas», Luis E. Valcárcel.
Quedan así definidas posiciones distintas dentro de un mismo campo indigenista, en el que tanto Gamio como Valcárcel ostentaron cargos institucionales: en el Instituto Indigenista Interamericano y en el Instituto Indigenista Peruano, respectivamente.
85 La segunda, referida al libro sobre indigenismo de Ballesteros y Ulloa, en el que como tal se entiende el movimiento contemporáneo y especialmente su concreción institucional.
A continuación, se reseña el artículo de Esteva Fabregat, que subraya el papel del mestizo en la política indigenista.
86 La cuarta referencia, en 1965, es a la sección bibliográfica de Revista de Indias, «El Americanismo en las Revistas».
87 Finalmente, la quinta y última ocurrencia a la que nos referimos es acerca de Miguel León-Portilla, director del III entre 1961 y 1966, cuyo texto sobre los principios normativos de la acción indigenista se publicó en Cuadernos Hispanoamericanos.
LAURA GIRAUDO también escasea en otras secciones: en la «Guía de Americanistas Españoles», en «Crónica» y en «Noticias».
90 Después del regreso de esta sección al AEA, salvo una sola excepción, todas las reseñas son de obras de literatura, si bien en algunas de ellas se reconoce la influencia de las instituciones indigenistas o el más amplio contexto reivindicativo en el que se insertan.
91 La excepción es, sin embargo, significativa, por tratarse de una obra de Manuel Marzal, fundamental en la interpretación del indigenismo.
92 Por otra parte, en la sección de IBA, además de las ya indicadas menciones al Instituto Indigenista Peruano y su revista en el informe sobre Perú de 1953, es interesante la reiterada presencia de Panamá.
En 1956, 1957 y 1959, la responsable fue la antropóloga y etnógrafa panameña Reina Torres, quien en 1956 fue comisionada por el III para investigar «los problemas específicos de la mujer cuna», además de colaborar con América Indígena.
93 Como ya señalé, es también Torres Arauz la autora del único artículo del AEA que incluye una mención específica al indigenismo interamericano en los cincuenta.
En sus informes, incluye un acápite sobre indigenismo, considerando que, a pesar de su «historia reciente», se justifica una «tarea indigenista» y una «acción indigenista científica».
94 En 1963, se citan varios trabajos de esta autora, además de los del sociólogo Diógenes de la Rosa, manteniéndose el apartado específico en el informe sobre Panamá.
95 El tema se menciona solo dos veces en relación con otros países americanos: en 1957, con respecto a Chile, y en 1961, con respecto a Costa Rica.
Curiosamente, es bajo el apartado de «Prehistoria» donde aparece Alejandro Lipschutz, figura destacada de la intelectualidad chilena y entonces también un indigenista activo en el ámbito nacional e interamericano.
La ocasión es la crítica a su libro La Comunidad Indígena en América y en 90 En la «Guía de Americanistas Españoles» aparece en las fichas de Ballesteros y Tormo Sanz, HBA, XV-2, 1971, 258 y 277.
En la sección crónica de 1973 se incluye la presentación del libro de Fernando de Armas, Estudios sobre historia de América, por Francisco Morales Padrón, en la que se afirma que hasta época reciente el mundo indígena interesaba «para cultivar un indigenismo antihispánico» (HBA, XVII-3, 1973, 260).
En la de «Noticias», la celebración de un Coloquio sobre Negritud e Iberoamérica en la Universidad de Dakar, en el que se trató el tema «Negritud e Indigenismo» (HBA, XVII-1-2, 1973, 157; HBA, XVIII-1, 1974, 99).
96 En el caso de Costa Rica, nos encontramos con una referencia a la compilación Legislación indigenista de Costa Rica, parte de una serie de monografías del III dedicadas a las legislaciones de distintos países.
97 Resulta evidente que, a lo largo de todo el periodo analizado, en la segunda parte del AEA el indigenismo contemporáneo es algo que destaca, con contadas excepciones, solo por el interés ajeno, de autores que publican en otras revistas, entre ellas las de los propios institutos indigenistas, además de las escasas referencias a monografías.
De hecho, es la costumbre de la época de reseñar no solo libros, sino principalmente artículos, la que permite, tras una atenta y minuciosa lectura, descubrir todo un mundo en el que ese indigenismo es un asunto relevante y polémico.
En los años cincuenta, ese interés ajeno es tan relevante que se asoma incluso a las páginas de una revista que, a pesar de no considerarlo un tema propio, no puede obviarlo.
Más allá de la predilección de la revista por los temas modernistas, llama la atención que en su segunda parte no se mencione siquiera la celebración del Primer Simposio Iberoamericano de Estudios Indigenistas, reunido en Sevilla en diciembre de 1987, en el que se adoptó una «Declaración indigenista» como posición crítica ante la conmemoración del V Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón, ni la recopilación de Alcina que resultó del encuentro y que reunía trabajos sobre el indigenismo desde la época colonial hasta la actualidad.
«Otros... que hacen del indigenismo un culto»: el indigenismo como tendencia
Ese mundo del indigenismo que en el AEA casi no es objeto de interés, a pesar de asomarse fugaz pero repetidamente a sus páginas, es un tema con presencia constante en la otra revista de Sevilla, EA, así en los artículos y notas como en los comentarios.
El libro de Lipschutz se publica en 1956 por la Editorial Universitaria de Santiago, con prólogo del indigenista mexicano Alfonso Caso.
El propio Meléndez fue quien recopiló la información para el III.
Además del propio Alcina, entre los españoles participan Alfredo Jiménez y Juan Maestre Alfonso, de la Universidad de Sevilla, Claudio Esteva-Fabregat y María Jesús Buxó i Rey, ambos de la Universidad de Barcelona.
Si bien se reconoce una cierta relación con el indigenismo lascasiano o con el indigenismo «cristiano», prevalece en EA la valoración negativa acerca del indigenismo contemporáneo y acerca de algunas figuras destacadas del mismo, especialmente Mariátegui y Valcárcel.
Por ello, abundan los sustantivos y los adjetivos, las oposiciones y las asociaciones.
Así, en 1949, el peruano Julio Vargas Prada afirmaba que «aunque la posición indigenista tiene tan remotos antecesores como el Padre De las Casas, su concreción sociológica no se realizó propiamente hasta hace veinte años, cuando José Carlos Mariátegui redactó sus "Siete ensayos sobre la realidad peruana"»; Mariátegui «ha quedado de guía para los indigenistas» y, en consecuencia, «las doctrinas indigenistas se encuentran penetradas de materialismo».
Según el autor, hay distintos grados de indigenismo, entre la posición extrema adoptada por Luis Eduardo Valcárcel, por plantear el regreso al Incario y por ser anticristiana, y la adoptada por Uriel García, de «sometimiento del hombre a la tierra».
En contraste con la idea de «Indoamérica» que, en el caso del APRA, se presenta como «un frente único indigenista, materialista y anticristiano en América» y las diferentes posiciones indigenistas -la de Valcárcel, la de Uriel García o la de Mariátegui-, Vargas propone el «integralismo» de Riva Agüero como la posición que ofrece una visión completa del Perú.
99 En otro artículo posterior, volverá a defender que «ni indigenistas beligerantes ni peninsularistas acérrimos pueden ofrecer una visión exacta» de la ruta seguida por el Perú, entendido como «persona colectiva».
100 Ese mismo año, en un cuadro sobre los elementos que delimitan el concepto de América, Calderón Quijano asociaba el «indoamericanismo» al «imperialismo racial», y más adelante, al tratar del indoamericanismo, afirmaba: «Nunca en su idea de conjunto ha significado una realidad, aunque haya producido entre otros brotes la idea muy extendida de "indigenismo"».
101 Esta asociación se retomará en el AEA muchos años más tarde y representa una de las ideas-fuertes de EA.
La autoridad de referencia para Calderón Quijano al hablar del «movimiento Indo-Americano» es el intelectual árabe Habib Estéfano, cuando afirma que: «Los que lo van inculcando pertenecen más al pasado de América que a su futuro; podrán ser sus grandes poetas, mas nunca serán sus sabios y acertados directores».
102 En esa misma línea, al englobar la historia de América en la historia de Occidente, Morales Padrón defendía la necesidad de evitar «supervaloraciones nacionalistas o indigenistas».
103 Gil Munilla introducía también otra cuestión recurrente en las páginas de EA: la búsqueda de «la forma de vida, el modo de ser que corresponde al hispanoamericano».
104 En un apartado titulado «El indigenismo en la cultura», considera «natural y genuino» el movimiento indigenista en naciones con un «fuerte núcleo racial indígena», siempre que se limite a la vertiente social, artística y literaria, pero diferencia entre «estilo» y «cultura», entre «materia» y «forma».
Pueden renacer y hasta estimularse los estilos indígenas, afirma, pero lo indígena está en lo material, en lo «telúrico», mientras que la forma la constituye el elemento español.
105 Esta última idea la retomaría Vicente Rodríguez Casado, reiterando que lo esencial de un modo de vida es la forma.
Mariátegui y Valcárcel son, de nuevo, los autores representativos de los que «hacen del indigenismo un culto» y quieren ver en la persistencia de elementos paganos autóctonos algo equivalente a la forma cristiana.
Es significativo que Rodríguez Casado necesitara especificar, en nota, en qué sentido hablaba de indigenismo: «me refiero al indigenismo como tendencia que, para exaltar los valores autóctonos, desvaloriza los elementos culturales hispanos».
Aclaraba que no se refería al «indigenismo como preocupación científica para plantear los diversos conceptos del problema del indio y procurar su incorporación a los medios nacionales, en cuyo indigenismo, más que insistir en los temas polémicos y anti-españoles existe una sincera vocación científica».
A continuación, citaba a Juan Comas y a la Organización Internacional del Trabajo.
Una vez más, el criterio de distinción es la «cientificidad».
Sin embargo, también recordaba que la esencia de la acción civilizadora de España no estaba en las leyes o en las figuras jurídicas, sino en la labor misional y pedagógica.
106 Por su parte, Fernando de Armas subrayaba, junto con el antecedente del humanismo del siglo XVI, la asociación con el liberalismo: «al ponerse 102 Calderón Quijano, 1949, 691.
En su singular trayectoria, Estéfano articula las ideas de «Hispanidad» y «Arabidad» y defiende el ideal hispanoamericano como el único legitimo para los pueblos de América.
Esta oposición entre forma y materia es de Wagner de Reyna.
Él también cita a Reyna, además de Víctor Andrés Belaunde.
LAURA GIRAUDO el liberalismo en contacto con la realidad político-social de la raza aborigen, origina un singular fenómeno que ha venido a llamarse indigenismo».
Reconocía al movimiento indigenista como un fenómeno del s. XX y con características propias -cuales una «común preocupación indigenista» y un «sentido de solidaridad intercontinental» que ha promovido la celebración de congresos indigenistas-, además de asumir explícitamente los argumentos de los propios indigenistas contemporáneos al considerar «al indio un ente bien caracterizado.
Y al problema indígena como único para toda América».
107 Diferenciaba entre el indigenismo «cristiano» (en la versión de Montesinos), la postura extrema de la superioridad moral del indígena (representada por Las Casas), el indigenismo «liberal y laico» del s. XIX, que «entra al servicio de la Leyenda Negra», y la nueva «orientación marxista» que, a pesar de su materialismo, admira al pensamiento lascasiano.
108 Al comentar la realización de una Conferencia de Educación en Warisata en 1945, Armas Medina encontraba coincidencias entre el programa que allí se acordó con «la labor de los misioneros de la época hispánica», a pesar de la falta de preocupación religiosa, lo que confirmaba su anterior afirmación de que «hoy, como en la época hispana, se trata de implantar una política dirigida, de protección y vigilancia».
109 El interés por la literatura y el arte predominaba en la sección de notas (o artículos breves), donde encontramos críticas a un supuesto exceso de interés por la «faceta indigenista» de los artistas, a la música de Carlos Chávez como «culminación de la tendencia indigenista en Hispanoamérica» y a la «intención previa, generalmente de tipo político» del «arte indigenista».
110 Benito Jaén definía así los dos extremos del arte hispanoamericano, europeísta e indigenista:
En el ámbito literario, la figura de Mariátegui volvía a aparecer en un análisis de la obra de Ciro Alegría, en el que se subrayaba la preocupación social del modernismo peruano, «la beligerancia indigenista cada vez [es] más intensa» y la asociación entre nativismo e indigenismo en Amauta: «la literatura nativista [que] en 1926 se presentaba en su primera manifestación con el nombre de indigenismo».
112 El último artículo de EA que trata explícitamente del indigenismo es del peruano Miguel Maticorena Estrada, entonces colaborador de la EEHA y de sus revistas.
113 Su contribución al número de homenaje a Raúl Porras Barrenechea podría considerarse, de hecho, como una síntesis de la valoración acerca del indigenismo que la revista había ido configurando a lo largo de los quince años anteriores, sesgada por una especial atención hacia Perú.
La polémica entre indigenismo, hispanismo y peruanismo es así la ocasión para reiterar la idea del indigenismo como tendencia y como tesis cultural de «exaltación de la vitalidad e importancia de los elementos indios», criticable en «su forma más radical», especialmente en su interpretación materialista y en algunos casos pro-marxista, pero de la que se pueden apreciar algunos aspectos positivos:
El indigenismo contemporáneo, al igual que en su momento lo fue el pro-indigenismo cristiano del Padre Las Casas, ha cumplido una tarea loable.
El hacer conciencia nacional del ingrediente cultural indio [...]
El traer a primer plano la urgencia de afrontar el problema indígena...
Retomando la crítica de Porras a la historiografía anti-hispanista, Maticorena situaba sin embargo al indigenismo y a la mayor parte de los indigenistas en esa tradición que comienza con la corriente lascasista y sigue con la visión anglosajona.
En contraste se perfilaba el hispano-peruanismo y el hispano-americanismo de autores como Riva Agüero, Belaúnde, Wagner de la Reyna y el propio Porras, acompañados de la superación del anti-hispanismo por Rodó o Vasconcelos.
114 LAURA GIRAUDO Indigenismo «desorbitado», «científico/técnico» y «católico» Debido a sus propias características como revista de «interpretación», es de esperar que sea el indigenismo «como tendencia» el que destaque en EA, y más aun en la sección de «Comentarios».
Sin embargo, es justamente allí donde se define una interpretación más amplia y el juicio acerca del indigenismo contemporáneo se confirma y al mismo tiempo se matiza.
El autor más asiduo en hablar del tema, el propio Maticorena, afirma en uno de sus comentarios que «en el vocabulario americanista, indigenismo es una de las palabras más confusas y por ello cargada de un gran sentido polémico», y distingue entre indigenismo como «estudio del problema del indio» e indigenismo como «tendencia que sostiene una determinada tesis cultural».
115 Siendo esta idea el trasfondo fundamental de la línea editorial de EA, que incluso hace explícito lo que en el AEA queda generalmente implícito, se perfilan aquí varios indigenismos, atravesados de distintas maneras por aquella distinción.
Primero, el que más claramente se considera aquí como «tendencia» y que suele recibir un juicio negativo, muy evidente en las palabras que lo acompañan.
Segundo, un indigenismo que tiene relación (e incluso coincide en algunos de sus actores e instituciones) con esta tendencia, pero que se califica como «técnico» o «científico» y que en parte corresponde al que «estudia el problema del indio», y por ello se aprecia, si bien se destacan sus limitaciones.
Y, finalmente, un indigenismo «católico», que hay que promover y que restituye clara valencia positiva al sustantivo.
Con relación al primer tipo de indigenismo, Corona Baratech usa el adjetivo «desorbitado» para designar al que también califica como «indigenismo perversamente dirigido contra la fe católica».
Su expresión concreta la encuentra el autor en la Semana del Cuzco en el Perú (y el Inti Raymi) o en el culto a Cuauhtémoc en México, que son la ocasión para su comentario y ejemplo de «procesiones folklóricas indigenistas», que él considera parte de una «desencristianización y paganización, obedientes a un plan que tiene el corte característico de la propaganda soviético-marxista».
116 Es este indigenismo el que peca de exageración en «hacer de Huamán Poma bandera de anti-hispanismo por las denuncias de los abusos con los indios».
Firmado Objeto de varios de los comentarios, el indigenismo «científico» y «técnico» aparece en el Proyecto Tambopata del gobierno peruano, en el programa indigenista de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en los países andinos, en el proyecto de la Universidad de Cornell o en los del Instituto Nacional Indigenista (INI) de México.
En estos casos se aprecia el «despliegue técnico», si bien necesitado de una «adecuada orientación», la superación de «las posiciones extremas de cierto indigenismo» y de su «improvisación» mediante una perspectiva integradora que incluye estudios «técnicos» y programas de asistencia social, la importancia de un experimento antropológico que representa «un magnífico ejemplo» con resultados «alentadores» y «la fructífera labor» del INI gracias a sus centros coordinadores, sus resultados «verdaderamente afortunados» y su labor «totalmente digna de loa».
120 Aquí los actores indigenistas no aparecen individualizados, o solo aparecen de forma indirecta, al citarse informes o artículos, especialmente los publicados en las revistas de los institutos indigenistas y, cuando lo hacen, como en el caso de Valcárcel y de su participación en el proyecto Perú-Cornell, no hay traza del juicio negativo que ha merecido en otras ocasiones.
121 LAURA GIRAUDO Finalmente, se perfila la idea de un movimiento indigenista «católico» en ciernes pero que, al mismo tiempo, se presenta como el único auténtico, al recuperar la tradición del indigenismo cristiano.
Frente a la idea de que el indigenismo americano sea una conquista de los movimientos de izquierda y marxistas, se defiende al «tradicional indigenismo católico» como el «indigenismo verdadero»: el que tiene sus expresiones concretas en la labor de los salesianos en Puno, la iniciativa de los obispos bolivianos o los congresos de cultura católica en México.
Si bien, se aclara, no se quiere «subestimar la valiosísima labor que desarrollan centros como el Instituto Indigenista Interamericano o el Instituto de Etnología de Lima».
122 Además del «estudio técnico de la vida indígena», se considera urgente la convocatoria a una reunión católica de alcance internacional sobre indigenismo, así como promover un movimiento que siga las directrices del indigenismo católico, «que solo será eficaz y practicable en la medida en que sea estructurado científicamente».
Esta cientificidad es la que puede ofrecer la antropología social, por un lado, y la «misionología», por el otro.
123 Se da así la bienvenida a la apertura en Lima del Instituto Católico de Estudios del Hombre, presidido por Jean Vellard, que cumple ambos requisitos: la labor científica y la cooperación con la labor misionera.
124 También, se recupera la figura de Bartolomé de Las Casas -en otras ocasiones, al contrario, «co-fautor de la leyenda anti-hispanista»-considerando las especiales circunstancias «que matizan en cada momento su programa indigenista» y que permiten afirmar que «Las Casas sigue siendo un ejemplo, una meta y un camino a seguir, porque las directrices del indigenismo cristiano que propagó, tienen indudable vigencia histórica para fundamentar el todavía complejo problema del indio hispanoamericano».
A modo de conclusión: ampliando la mirada
Según mi análisis de la presencia y de los usos de los términos relacionados con el indigenismo en las revistas sevillanas, se perfilan dos campos semánticos diferentes que remiten a distintas valoraciones, según fuera su 122 «El indigenismo católico y los marxistas», EA, VI-27, 1953, 589-590.
Firmado: A.B.J. (Ángel Benito Jaén).
En el primer caso, la llamada «política indigenista española», con Las Casas como su mayor referente, suele tener una valoración positiva, cuando se refiere a una actitud de defensa de los indígenas o favorecedora de lo autóctono, considerando este aspecto como parte de la configuración del ordenamiento jurídico e institucional americano, o mayoritariamente neutra, cuando indica simplemente lo que atañe a los indígenas, con expresiones como «vertiente indigenista», «experiencia indigenista» o «dimensión indigenista».
Solo en menor medida se menciona el elemento polémico y de controversia relacionado con la postura indigenista lascasiana.
Esta configuración se da prevalentemente en las páginas del AEA.
En el segundo caso, cuando se trata del indigenismo contemporáneo, este suele recibir una valoración negativa, resaltando su relación con el enfoque indoamericanista, la leyenda negra, el materialismo o el marxismo.
En la configuración de este segundo campo, es EA la revista protagonista, si bien algunos elementos están presentes también en el AEA.
Esto depende no solo de las propias características y del enfoque de EA, sino también de que su publicación coincide con el periodo de auge del indigenismo americano.
Más allá de una valoración predominantemente negativa, sin embargo, es muy significativa la distinción entre el indigenismo como «tendencia» y el indigenismo como «preocupación científica», ya que el propio indigenismo americano de la época se presentaba a sí mismo como «un movimiento científico» frente al indigenismo «romántico» que le había precedido.
Por otra parte, si la ubicación geográfica y la situación política del momento, además de las predilecciones temáticas y orientación ideológica de los redactores, no fueron ajenas a la forma en que desde estas revistas se trató el tema del indigenismo, en sus páginas asoman muchas otras revistas españolas, en las que este tema sí fue objeto de gran interés y pudo dar lugar a interpretaciones diferentes, especialmente en los años cincuenta y sesenta.
Me refiero a Revista de Indias, fundada pocos años antes que el AEA, así como a Cuadernos Hispano-Americanos y Mundo Hispánico, la Revista de Estudios Políticos y la Revista de Política Internacional, además de las que tenían una clara posición de apoyo al movimiento indigenista americano e, incluso, defendían la actualidad de un nuevo «indigenismo español», como el Noticiario Indigenista Español y la Revista Española de Indigenismo.
LAURA GIRAUDO Confío, así, en que esta contribución pueda abrir un nuevo camino de investigación que considere al conjunto de las revistas españolas de la época y permita ampliar y completar el análisis aquí propuesto, definiendo las posturas y las interpretaciones que desde España contribuyeron a la configuración de la imagen del indigenismo, algo que sigue siendo objeto de debate y de polémica, además de su destacado papel en las representaciones colectivas del continente americano. |
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Nuevas líneas de investigación: Tebanillo González, un loco ante la inquisición mexicana (1789-1790) * /
La conmemoración de los 75 años del Anuario de Estudios Americanos nos invita a reflexionar sobre los temas principales que han sido tratados en su larga vida editorial, así como su evolución en el tiempo, sus autores y circunstancias, pero también nos descubre las ausencias, las líneas que no han sido abordadas o que solo están representadas por artículos aislados, sin continuidad.1 Uno de esos temas son los estudios inquisitoriales, tanto si buscamos su organización y funcionamiento, como los casos de vida, muchos de ellos marginales, que se pueden reconstruir gracias a su documentación.
Este artículo busca impulsar nuevas temáticas en los próximos años, así como abordar una condición humana que obsesiona a todas las culturas del planeta: la locura, «algo que nos asusta y nos fascina a todos y a todas», en palabras de Andrew Scull, uno de sus investigadores más importantes.
2 La documentación generada por la apertura de un proceso inquisitorial 3 contra Juan Francisco Ventura de Dios Gonzalez, más conocido como Tebanillo González o José el Bordador, 4 nos permite reconstruir la trayectoria personal de un loco en la Nueva España a finales del siglo XVIII, aunque de forma parcial, ya que su encierro en el hospital de San Hipólito supuso su desaparición de la Historia de forma tan brusca como había sido NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ su entrada.
5 Las pesquisas, que duraron dieciocho meses, nos permiten conocer sus extravagancias, inquietudes, proposiciones sospechosas de herejía y afirmaciones temerarias, pero también su compleja relación con la sociedad novohispana y las diferentes miradas hacia el lunático por parte de los franciscanos, de los miembros de la Inquisición mexicana y de los vecinos de Toluca, villa cercana a la capital del virreinato donde se desarrollaron los acontecimientos.
El proceso inquisitorial de Tebanillo González llamó la atención de varios filólogos e historiadores desde los años ochenta del siglo pasado.
Una semblanza del personaje y varios de sus escritos y dibujos fueron editados en el primer número de una serie de folletos quincenales aparecidos en 1984 con el título Guía de Forasteros.
La publicación, dirigida por Margo Glantz, ahondaba en el origen de la literatura popular mexicana de los siglos XVIII y XIX para descubrir una visión más compleja del país antes y después de la coyuntura independentista.
6 Pero la amplitud e importancia de la obra de este personaje se reveló gracias a la edición en 1992 del Catálogo de Textos Novohispanos: Siglos XVIII y XX, realizado por un equipo de investigación dirigido por María Águeda Méndez, en el que se enumeran varios de sus textos poéticos, de diferente extensión y temática, seis diálogos, un discurso, un soliloquio y una disertación, 7 algunos de los cuales fueron transcritos y editados por la citada profesora junto a George Baudot en 1997.
8 Más recientemente, el lingüista Enrique Flores, participante del proyecto liderado por Margo Glantz, ha editado una síntesis del proceso inquisitorial 9 y «una muestra picaresca y provocativa, híbrida, extravagante y variopinta» de sus papeles.
10 En este último trabajo se reproducen varias ilustraciones como complemento a los escritos, 5 Tras su internamiento en el hospital de San Hipólito el 14 de julio de 1790, tan solo conocemos una carta enviada por Tebanillo González, ya recuperado, a un eclesiástico, que transcribo al final de este artículo.
El hospital de San Hipólito fue fundado por el soldado español Bernardino Álvarez en 1567 en la ciudad de México para asistir, acoger y tratar a «todos los locos, inocentes y mentecatos que hay en este Reino y sus Provincias, de donde se traen para curarse y alimentarse de todo lo que les es menester para su comida, vestuario y limpieza» (Archivo General de Indias, México, 279, n.
Fue el primer hospital de estas características levantado en América.
6 Los folletos Guía de Forasteros fueron compilados en cinco tomos.
Sobre la profesora Margo Glantz, que ocupaba la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bella Artes, véase Enrique Flores, «Margo Glantz, guía de forasteros», en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ margo-glantz-guia-de-forasteros/html/57c1d48f-2f4b-4b98-b47d-b16798638598_2.html.
La singularidad de los dibujos de Tebanillo no ha pasado desapercibida ni para los historiadores ni para los ilustradores en general, que han reproducido las imágenes, aunque descontextualizadas y con un fin simplemente decorativo, desde portadas de libros y revistas a artículos de diferentes materias.
11 Esta utilización de los papeles y dibujos de Tebanillo hace más necesario el estudio de este demente, integrado en la sociedad novohispana hasta que fue denunciado, ante el comisario del Santo Oficio de la villa de Toluca, por un matrimonio que apenas había convivido con él durante un mes.
Para entender el proceso -un caso excepcional dentro de las actividades de la Inquisición, ya que los dementes quedaban fuera de su jurisdicción-, hay que situarlo dentro de las labores de los distintos poderes mexicanos para descubrir y perseguir la difusión de las ideas ilustradas radicales en el virreinato mexicano.
Como ha escrito María Cristina Sacristán, en la Nueva España del siglo XVIII: Instituciones de vieja acuñación, como los tribunales, atienden a dilucidar las sospechas de locura antes de dictar sentencia, pues formalmente el loco no comete verdadero delito al faltarle la voluntad y el conocimiento, no incurriendo tampoco en las sanciones establecidas por el derecho, según admite la tradición legislativa española desde las Leyes de Partidas.
12 Y esa doctrina fue la que se aplicó por parte de los inquisidores mexicanos en la mayoría de los casos de demencia, pues eran conscientes de que la normativa jurídica y la costumbre consideraban la locura como eximente de los delitos de herejía.
El problema al que se enfrentó el Santo Oficio era el de descubrir a los falsarios, quienes fingían trastornos mentales para no enfrentar el proceso inquisitorial y los posibles castigos.
Con el tiempo se fueron utilizando diversos métodos para descubrir a los dementes, desde el examen médico por especialistas y la observación de su conducta a las torturas y amenazas, como recomienda el Manual de los Inquisidores.
13 «El tema de la locura fingida merece particular atención.
¿Y si, por una vez, se tratase de un loco auténtico?
Para tener la conciencia limpia, se someterá a tormento al loco, verdadero o falso.
Ya que el bien público debe situarse mucho más por encima de cualquier consideración caritativa por el bien de un solo individuo.
¿Y qué hacer, finalmente, si el acusado es realmente un loco?
casos cuanto menos escandalosos de lunáticos que fueron quemados en la hoguera, como ocurrió en el Auto de Fe de 1659.
14 Y es que no faltaban tratadistas, como el Abad Panormitano o Domingo de Soto, que predicaban la pena máxima para los locos con el fin de frenar la extensión del fingimiento entre los procesados.
También se produjo un importante debate en el caso de que el reo hubiera enloquecido después de cometer el delito, sosteniendo algunos tratadistas no castigar al reo hasta la recuperación de la cordura, al menos con penas corporales, pero no impedir las sanciones económicas, incluida la confiscación de sus bienes.
En resumen, escribe Enrique Gacto: la demencia nunca debe presumirse y es necesario que el reo o su defensor la demuestren; para ello no hay previsto ningún sistema de prueba tasada, y los autores recomiendan recurrir a la valoración ponderada de una serie de circunstancias: los informes médicos, el estudio de los dichos y de las acciones del acusado, la constatación de que experimenta desvaríos y desórdenes con su memoria, la comprobación de si hubo o no algún intervalo de locura con anterioridad, etc. 15 En resumen, el procesamiento de los locos por el Santo Oficio dependió del carácter de los inquisidores, del contexto histórico y del control de los tribunales americanos por parte del Consejo de la Suprema Inquisición, que en varias ocasiones denunció la falta de rigor de sus correspondientes ultramarinos.
La denuncia de un lunático
El 9 de marzo de 1789, Tebanillo González, de oficio bordador, fue denunciado por una pareja con la que compartía un cuarto en una casa de vecindad de Toluca.
El matrimonio estaba formado por José Mariano Piña, un comerciante de poca monta, y María Dominga Trujano.
El comisario local del Santo Oficio, llamado fray Mariano José de Casasola, residente en el convento de San Francisco, admitió la delación por «proposiciones 14 Antonio García-Molina considera que el análisis de los procesos y las crónicas permiten albergar serias dudas sobre la lucidez de cinco reconciliados en el auto de 1659: Francisco López de Almonte, Juan Gómez, Pedro García Arias, Sebastián Álvarez o Rodríguez y Guillén Lombardo (García-Molina, 2016, 130-133).
El Consejo de la Suprema Inquisición amonestó a los inquisidores mexicanos por estas condenas, decidiendo el reservarse, en adelante, la facultad de confirmar todas las sentencias de relajación: «asegurándose así de que sólo se ejecutarían aquellas que estuvieran justificadas más allá de toda duda», Gacto, 2012b, 241.
heréticas unas y otras equívocas»,16 iniciando los averiguaciones sobre el acusado y sus presuntos errores.
El mercader y su consorte habían llegado a Toluca por diciembre de 1797, viviendo en el cuarto del bordador durante aproximadamente un mes, tiempo en el que el marido se ausentó varias jornadas, por lo que ambos hombres solo coincidieron durante unos ocho días.
17 A lo largo de ese tiempo, el denunciante logró reunir una amplia colección de acciones insensatas y expresiones heréticas e irreverentes del acusado gracias a las noticias recopiladas por su mujer de las diversas vecinas.
Además, José Mariano Piña siguió los pasos de Tebanillo por las calles de Toluca, comprobando que no escuchaba misa, y, finalmente, escudriñando entre sus pertenencias, encontró un papel escrito en tinta azul -la empleada por los bordadores-, que contenía opiniones en contra de Dios, hoja que enseñó a su esposa y a otros conocidos.
Por otra parte, el comerciante recordó que, en una ocasión, negó el purgatorio y el infierno, y afirmó que Dios no tenía poder ni era el creador de todas las cosas.
18 ¿Hacían falta más pruebas de los errores de José el Bordador contra la fe?
Estos testimonios de irreligiosidad fueron los que decidieron a José Mariano Piña a buscar consejo de fray Pedro Rosel, religioso del convento de San Francisco de Toluca, quien le recomendó que denunciara a Tebanillo ante su compañero fray Mariano José de Casasola.
El encuentro entre el mercader y el comisario del Santo Oficio se realizó el 9 de marzo de 1789, comunicándole el primero las causas que le habían llevado a denunciar a su casero, José el Bordador, pues se encontraba en su sano juicio cuando realizaba sus actos indecorosos y profería sus proposiciones erróneas, sin que en ningún momento manifestase síntomas de demencia.
19 Y esta cuestión llenó de inquietud al comisario, pues era extraño que el joven matrimonio desconociese la fama de loco de la persona denunciada.
El delator, al que Casasola califica de «buena persona», vivía en un constante traslado con su mujer e hijo en busca de pequeñas operaciones mercantiles, por lo que, en principio, podemos considerar que apenas NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ tuvo tiempo de conocer a Tebanillo para realizar un acto tan grave como era denunciarlo ante la Inquisición.
Entonces, ¿qué fin perseguía con su acción?
En principio, podemos pensar que el matrimonio quiso deshacerse de un molesto compañero de habitación para disfrutar de la vivienda en solitario.
Sin embargo, conocemos por el comisario Casasola que José Mariano Piña había realizado la denuncia por la prisa que tenía en dejar Toluca y trasladarse a otra ciudad.
Entonces, ¿nos encontramos ante un defensor estricto de los dogmas y ceremonias católicas?
Por los datos que tenemos, la familia rezaba el rosario, invocaba la ayuda divina, conocía las letanías y leía libros religiosos, aunque la mujer no oía misa los domingos, uno de los preceptos obligatorios del católico, por no tener ropa adecuada para ir a la iglesia.
La única causa que encuentro verosímil es la de un acto de venganza por las constantes rivalidades por temas religiosos entre Tebanillo y la mujer de Piña, que se agravaban cuando se encontraba el comerciante en casa, algunos de cuyos enfrentamientos citaré más adelante.
El comisario toluquense comunicó a los inquisidores de México su desconcierto por la inculpación de un lunático.
En su primera misiva, fechada el 12 de marzo de 1789, Casasola señaló que estaba confundido con la denuncia, pues «por noticias ciertas y muy comunes en este lugar se sabe Figura 1.
Posible representación del matrimonio José Mariano Piña y María Dominga Trujano.
Le acompaña un texto que se inicia con la pregunta: «¿Qué quiere decir peregrino?».
SALVADOR BERNABÉU ALBERT haber estado demente en años pasados [Tebanillo], y aun en la Casa de locos de esa Ciudad [...] aunque el delator y su esposa aseguran no haberle experimentado cosa que pruebe su demencia».
Además, el franciscano se había informado extrajudicialmente de su estado presente, llegando a la conclusión de que se trataba de una persona enajenada «que en su modo de trato, en cuanto a comer y vestir, hace iguales demostraciones a las anteriores».
José el Bordador no era un desconocido para el comisario de Toluca, por lo que añadió que él mismo había experimentado «la manía de no hablar [del loco], la cual sé que ha mantenido hasta ahora poco».
En consecuencia, pidió a los inquisidores de México instrucciones sobre lo que debía realizar en adelante.
20 Los inquisidores Juan de Mier, Antonio Bergosa y Bernardo de Prado, tras estudiar la denuncia, libraron un auto a Casasola, fechado el 24 de marzo, por medio del secretario del tribunal, Matías de Nájera, para que el franciscano continuase con las diligencias, especificando que se interrogase a Jose Mariano Piña, a su mujer y a cuantos testigos pudieran informar sobre la vida y los actos de Tebanillo González, no olvidando ratificar sus declaraciones, tras lo cual, el comisario debería enviar la documentación al Santo Oficio de México para analizarla y dictaminar sobre los hechos y dichos del presunto loco.
Además, se le previno «que siempre que remita alguna consulta, en cualesquiera asunto de oficio, exprese en ella los nombres de los sujetos denunciante y denunciado, y delitos de que es denunciado».
21 Los inquisidores de México, a pesar del criterio de Casasola, eran más proclives a averiguar los errores del denunciado, sin tener en cuenta los firmes indicios de la demencia de Tebanillo González.
Pero, ¿por qué se inició el proceso cuando los dementes estaban considerados sin voluntad para cometer actos o dichos heréticos?
Las graves proposiciones heréticas 22 sostenidas por el acusado (recordemos que negó el purgatorio y el infierno, y afirmó que Dios no tenía poder ni era el creador de todas las cosas) pudo haberlas pronunciado en momentos en los que estaba cuerdo, ya que, aunque estuvo encerrado por demente unos años antes, la misma salida de la «Casa de locos», como 20 Casasola a los inquisidores, Toluca, 12 de marzo de 1789, Proceso Tebanillo, f.
La carta fue recibida en el Santo Oficio de México el 16 del mismo mes.
22 «Como proposiciones calificaba la doctrina moralista aquellas expresiones proferidas por algún cristiano, en las que se reflejaban puntos de vista contrarios a los artículos de la fe que constituían la esencia de la Religión católica, a los mandamientos generales de la Iglesia o a las enseñanzas contenidas en las Sagradas Escrituras», Alejandre y Torquemada, 1998, 15-16.
vulgarmente se conocía al hospital de San Hipólito, y el estar viviendo en Toluca podían ser señales de que había logrado superar su enajenación.
En consecuencia, los interrogatorios presididos por fray Mariano José de Casasola debían averiguar si las palabras y los actos de Tebanillo González exteriorizaban unas creencias en contra de los dogmas y enseñanzas de la Iglesia, lo cual constituía un delito que debía repararse, o la investigación demostraba la no correspondencia entre los pensamientos y sus dichos erróneos, por lo que su conducta, aunque reprobable por su poder de provocar escándalo público, quedaba fuera del Santo Oficio.
Como demuestran los procesos inquisitoriales de finales del siglo XVIII, estudiados por José Toribio Medina, el expediente abierto a Tebanillo (1789-1790) coincidió con un aumento de los blasfemos hereticales, que enlazaría con la persecución de las doctrinas revolucionarias generadas en Francia, que penetrarían en la Nueva España a principio de los años noventa.
Por ejemplo, en el auto celebrado el 21 de junio de 1789 en la ciudad de México -tres meses y medio después de la denuncia de Tebanillo González-salieron el pintor veneciano Felipe Fabris, por francmasón y proposiciones heréticas, y los blasfemos hereticales Gerardo Gómez, José Antonio Molina y Juan García.
Y el mismo año del encerramiento de nuestro personaje por segunda vez en San Hipólito (1790), partió de las cárceles de la inquisición mexicana para cumplir condena en los presidios del norte de África el maquinista, médico y orfebre Joaquín Muñoz Delgado, acusado, entre otros delitos, de hereje ateísta.
23 Finalmente, los acontecimientos en Francia, que en un principio no alarmaron a las autoridades hispanas, provocaron la creación de un cordón sanitario en el verano de 1789 para que la propaganda revolucionaria (manuscrita, impresa, sátiras, grabados, etc.) no entrara en España ni en sus dominios ultramarinos.
Varias órdenes fueron enviadas a todos los puertos para aumentar la vigilancia aduanera, mientras la colaboración entre el gobierno y el Santo Oficio se hizo más efectiva y regular.24
De la locura cercana a la locura encerrada
La citada coyuntura política influyó, sin duda, en la orden de los inquisidores mexicanos de continuar con la práctica procesal tras conocer la SALVADOR BERNABÉU ALBERT denuncia espontánea de José Mariano Piña y las circunstancias del inculpado.
Así, cumpliendo con lo mandado, el comisario toluqueño interrogó a diez personas, todas ellas conocidas del acusado, entre el 9 de marzo y el 14 de julio de 1789.
De ellas, nueve eran mujeres -de edades comprendidas entre los trece y los cincuenta y un años-y solo un hombre, el mercader delator, que fue el primero en ser examinado y ratificado.
Sus nombres y algunos datos que nos ofrece la documentación están recogidos en la siguiente relación:
José Mariano Piña, español, comerciante, de 35 años de edad, casado con María Dominga Trujano.
Declaró en la mañana del 9 de marzo de 1789, siendo citado para ratificar su testimonio tres días más tarde.
María Dominga Trujano, española, de 27 años, originaria de Amecameca, esposa de Piña (testigo número 1).
Andrea Josefa Estrada, española, de 35 años, originaria de Toluca y viuda de Diego Bermúdez.
María Tomasa de la Luz Ramírez, española, doncella, de 18 años, originaria de Toluca, hija legítima de Florentino Ramírez y María del Carmen de Vilchis.
Micaela Anastasia Ramírez, española, de 25 años, originaria de Toluca, casada con Agustín Varón, lavandero del Carmen.
También hija legítima de Florentino Ramírez y María del Carmen de Vilchis, y hermana de María Tomasa de la Luz Ramírez (testigo número 4).
María del Carmen Vilchis, española, de 51 años, originaria de Toluca y casada con Florentino Ramírez.
Era madre de María Tomasa de la Luz y Micaela Anastasia (testigos números 4 y 5).
María Francisca Valle, española, de 16 años, originaria de Toluca, casada con Lorenzo Bernárdez.
Fue interrogada el 27 de junio, si bien se omitió la ratificación «por no producir cosa alguna».
María Jerónima Bermúdez, española, doncella, de 13 años, originaria de Toluca, hija legítima de Diego Bermúdez Agüero y Andrea Josefa Estrada (testigo número 3).
NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ 9.
María Bárbara Estrada, española, de 40 años, originaria de Toluca, viuda de Juan Ventura del Valle.
Se le interrogó el 8 de julio de 1789, siendo ratificada dos días después.
Paulina González, española, de 29 años, originaria de Toluca, casada con Ramón Estrada, sastre.
Se le interrogó el 10 de julio y ratificó su declaración el 14 siguiente.
25 El cuadro de la página siguiente nos muestra los lazos familiares de los diversos testigos convocados por el comisario del Santo Oficio.
El interrogatorio de las nueve mujeres se realizó en la sala de juntas de la Tercera Orden de San Francisco, mientras que el de José Mariano Piña se llevó a cabo en una sala interna del convento franciscano, en donde ninguna mujer podía entrar.
El comisario Casasola fue acompañado por fray José Ildefonso de la Peña y Flores, notario, revisor y expurgador de libros.
Y para los actos de ratificación actuaron de asistentes -tras prestar juramento de guardar sigilo-fray José Zenteno y fray Francisco Pedraza, presbíteros y moradores del mismo convento.
Como mandaba la cartilla del Santo Oficio, en las ratificaciones se leyó la declaración de cada uno de los testigos de verbo ad verbum con el fin de que aprobasen lo dicho ante el comisario, lo negasen total o parcialmente, y, si en el tiempo transcurrido desde su primer testimonio hubiesen recordado otros sucesos relevantes, los agregasen a la declaración, añadiendo la fórmula «que no tenía que añadir, quitar ni enmendar, porque como estaba escrito es la verdad, que en ella se afirmaba y afirmó, se ratificaba y ratificó, y si necesario era, lo decía de nuevo, no con intención torcida, sino por descargo de su conciencia».
A continuación, se les encargaba guardar secreto y se les recordaba que el señor fiscal del Santo Oficio los presentaba por testigos ad perpetuam rei memoriam contra la persona sobre la que habían depuesto.
26 De los diez testigos, solo tres sabían escribir: Mariano José Piña y las hermanas María Tomasa de la Luz y Micaela Anastasia Ramírez.
El resto de las declarantes no pudieron firmar, haciéndolo en su nombre el comisario y el notario.
Otro dato interesante es que todas las interrogadas, a la primera pregunta acerca de si sabían o presumían la causa por la que habían sido llamadas, respondieron que lo ignoraban.
Y solo después de preguntárseles si conocían a alguna persona que hubiera dicho o hecho cosa contra la Fe, NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ únicamente dos testigos nombraron, sin dudar, a Tebanillo González: María Dominga Trujano y Micaela Anastasia Ramírez.
El resto, siete en total, no pudieron dar nombres e incluso una de ellas, Paulina González, «Respondió que no sabe más que de un soldado, llamado Pablo Ballón, haber hablado herejías del cual dio cuenta a su sargento mayor ahora cuatro años», y, finalmente, ante la insistencia del comisario de si había oído hablar de otro sujeto, fue cuando se acordó «de un loco que vive en su casa».
Grupo de mujeres que miran fijamente al espectador.
Quizás sean representaciones de alguna de sus vecinas.
Si a esta frágil memoria -que se explica porque las vecinas del acusado no consideraban a Tebanillo una persona peligrosa ni herética por su estado demente-, le añadimos las numerosas contradicciones en las declaraciones realizadas, no nos debe extrañar el comentario de fray Mariano José de Casasola: «Esta [Paulina González] y todas la anteriores son gentes del vulgo.
No se habla mal de su conducta; pero no se sabe su modo de proceder.
Creo que con las amonestaciones que se les hicieron acerca del juramento, no habrán faltado a la verdad».
28 El comisario fue el primer sorprendido por la mala memoria de los testigos, pues el supuesto hereje vivía con todos los interrogados en una misma casa de vecinos, si bien, una vez identificado, ofrecían interesantes informaciones sobre sus desequilibrios de la cognición y de la emoción.
Terminadas las diligencias, Casasola ordenó enviar los resultados al Santo Oficio.
El notario remitió un cuaderno de diecinueve hojas el 19 de julio de 1789, que fue recibido un día más tarde en la plaza de Santo Domingo, donde se encontraba el suntuoso palacio de la Inquisición mexicana.
Los señores Juan de Mier, Antonio Bergosa y Bernardo de Prado mandaron que se buscase el nombre del denunciado en el registro, pero, al no aparecer nada contra él, se envió la causa al doctor José de Pereda, inquisidor fiscal, para que examinara el caso.
Su informe, firmado el 27 de julio de 1789, concluyó: que cinco de los testigos examinados contestan con que este sujeto es verdadero loco, y los más afirman que ahora pocos años estuvo en San Hipólito.
Lo que bastaba para suspender los procedimientos y, de continuarlos, solo para quitar de aquel público lo que puede serle de escándalo en materia de fe.
Pero porque no quede el más ligero escrúpulo, atento a decirse por la testigo 6, María Vilchis, que este hombre fue al pueblo de San Pablo con un religioso llamado Perillero [fray Juan Prellezo], morador de aquel convento, se servirá vuestra señoría que el comisario le examine, preguntándole lo que le observó en el tiempo que le tuvo en su compañía y concepto que hizo de su juicio.
Y el mismo comisario, informándose extrajudicialmente de las personas que supiese que más le tratan, informe, procurando averiguar en qué año estuvo en San Hipólito, y cuál sea su verdadero nombre y apellido, para lo que se libre la comisión necesaria.
29 Los inquisidores mexicanos estuvieron de acuerdo con el fiscal y escribieron al convento de San Francisco de Toluca el 18 de agosto para 28 Este comentario lo escribió el comisario en el margen del papel que recoge la ratificación de la testigo Paulina González, Proceso Tebanillo, f.
29 Informe del fiscal Pereda, secreto de la Inquisición de México, 27 de julio de 1789, Proceso Tebanillo, ff.
ordenarle al comisario Casasola la citada comisión, que constaba de dos partes.
En primer lugar, que mandase comparecer a fray Juan Prellezo para averiguar la conducta de Tebanillo González durante el tiempo que estuvo en su compañía.
Y en segundo lugar, que se informase de forma extrajudicial de las personas que lo tratasen con más asiduidad para interrogarles sobre su verdadero nombre, los años que pasó en San Hipólito y si el párroco de Toluca consentía que no oyese misa ni cumpliese con los preceptos de confesión y comunión.
30 La respuesta desde Toluca tardó en llegar a la ciudad de México, hasta el punto que, el 27 de enero de 1790, el secretario Matías de Nájera recordó al comisario Casasola la comisión que le había sido encargada por los inquisidores cinco meses antes, sin que hubieran tenido, hasta entonces, la menor noticia.
31 Casasola reaccionó con celeridad, pues fechó su respuesta al día siguiente.
En ella comunicó a los señores inquisidores que había recopilado información importante sobre Tebanillo González gracias a varios familiares y conocidos, pero, en cambio, no había conseguido interrogar al padre Juan Prellezo a pesar de los reiterados mensajes que había enviado al pueblo de Alfaxayucam [Alfajayucan, estado de Hidalgo], en donde vivía este religioso limosnero, para que viajara al convento de San Francisco de Toluca con el fin de tomarle declaración sobre su supuesta amistad con el presunto demente.
32 Finalmente, los inquisidores de México, hartos de esperar, ordenaron al bachiller José Joaquín de la Peña, cura de Alfajayucan, que interrogase al fraile bajo juramento.
Así se hizo con gran sigilo el 9 y 11 de marzo de 1790, declarando el escurridizo religioso que no conocía a Tebanillo ni lo había oído mentar en su vida antes de recibir varias misivas y recados del comisario Casasola, a los que no había podido atender «por haber estado accidentado».
33 Con esta respuesta se cerró el asunto de fray Juan Prellezo, cuyo único resultado fue la dilación del fin del proceso.
En cuanto al resto de la información recopilada por el comisario toluquense, fue enviada a 30 Carta de Mier, Bergosa y Prado a Casasola, Inquisición de México, 18 de agosto de 1789, Proceso Tebanillo, f.
31 Carta del secretario Najera a Casasola, Inquisición de México, 27 de enero de 1790, Proceso Tebanillo, f.
32 Carta de Casasola al Santo Oficio, San Francisco de Toluca, 28 de enero de 1790, Proceso Tebanillo, f.
33 Bachiller Peña, cura y comisionado del Santo Oficio de Alfajayucan a los inquisidores, Alfajayucan, 11 de marzo de 1790, Proceso Tebanillo, f.
Recordemos que la mención al franciscano limosnero la hizo María del Carmen Vilchis durante su interrogatorio.
México el 28 de enero de 1790, concluyendo fray José María Casasola que: «Cuantas personas he examinado contestan en haberle visto demostraciones de locura, por lo que todas le tienen por loco, a excepción de algunas más vulgares que le juzgan endemoniado».
34 Finalmente, el fiscal José de Pereda, mostrándose de acuerdo con el dictamen del comisario toluqueño, ordenó la interrupción del proceso el 28 de junio de 1790 y el traslado de Tebanillo González al hospital de San Hipólito por segunda vez con todo sigilo para evitar que trascendiera el proceso abierto en la Santa Inquisición.
Los días y trabajos de Tebanillo González
En la documentación inquisitorial, el hombre denunciado por José Mariano Piña aparece como José el Bordador o Tebanillo González, que era su nombre preferido.
36 Unos de los resultados de la pesquisa de Casasola fue el descubrimiento de su «verdadero» nombre: José Ventura de Dios Gonzalo, aunque la única carta suya que conservamos la firma como José Francisco Ventura de Dios González.
37 Nada sabemos de su infancia y juventud, salvo que nació en la ciudad de México, donde regentó una cigarrería.
38 Al parecer, la pérdida del negocio, por causas desconocidas, le provocó una alteración mental -«se apasionó»-y tuvo que ser internado en el hospital de San Hipólito durante tres años.
39 Varias personas coincidieron en que dicho ingreso se produjo entre 1778 y 1780, trasladándose Tebanillo a su salida a la vecina ciudad de Toluca junto a su mujer, de la que 34 Casasola a los inquisidores de México, Toluca, 26 de enero de 1790, Proceso Tebanillo, ff.
35 Informe del fiscal, Secreto de la Inquisición de México, 28 de junio de 1790, Proceso Tebanillo, f.
36 Según Paulina González, además de estos dos nombres, también utilizaba el de don Ambrosio, aunque pensaba que era «por trisea» [burla].
Declaración de Paulina González, Proceso Tebanillo, f.
38 Declaración de María Dominga Trujano, Proceso Tebanillo, f.
Por otra parte, el nombre completo y el lugar del nacimiento lo comunicó la suegra de Tebanillo, quien añadió «que estuvo en ese Santo Tribunal [México] para que lo probasen».
Casasola a los inquisidores mexicanos, convento de San Francisco de Toluca, 26 de enero de 1790, Proceso Tebanillo, ff.
39 El estanco del tabaco en Nueva España fue obra del visitador general José de Gálvez (1764-1771), aunque hubo intentos anteriores.
El cultivo se concentró en Veracruz para ser mejor controlado, mientras la Real Fábrica de Puros y Cigarros de México se estableció en el barrio de La Lagunilla a mediados del año de 1769.
Los únicos lugares autorizados para la venta de cigarrillos fueron los estanquillos, uno de los cuales quizás administró Tebanillo González.
desconocemos el nombre, la fecha del enlace y la de su deceso.
Solo una de las interrogadas la recordó, por lo que quizás llevaba varios años muerta cuando su marido fue denunciado por proposiciones heréticas.
En cuanto al resto de la familia, sabemos que en 1790 vivían su suegra y una cuñada, la que se encargó de recoger sus pertenencias cuando se produjo su segundo internamiento en San Hipólito.
Quizás pudo tener una hija, de la que nada sabemos, a la que dedicó una carta literaria dándole consejos para que eligiese bien el convento en el que ingresar, texto en donde el denunciado ya da señales de no tener bueno el juicio.
40 Tebanillo era bordador de profesión, ocupando un cuarto de una casa vecinal conocida como San Juan de Dios, en el callejón del Carmen de Toluca, que estaba al cuidado de un tal Chato Matías.
Su situación era miserable, obligándolo a realquilar su cuarto.
Algunas de las interrogadas en el proceso lo conocían bien desde hacía varios años y su trato era muy cercano.
Además, cuando caía enfermo, solía guardar cama en las habitaciones de otras vecinas, las que se ganaban la vida con oficios próximos, como costureras, lavanderas, ayudantes de sastres, etcétera.
Tebanillo podía ser un residente latoso, impertinente, algunas veces censurable por sus ideas y acciones, pero la convivencia con sus vecinas no era problemática, aunque sí molesta en algunas ocasiones y en otras divertida por sus actos ridículos o estrafalarios.
Como testimonio de su trabajo, el comisario Casasola detalló varias prendas después de ser conducido a San Hipólito en 1790:
Por lo que hace a lo que dejó en su cuarto José Ventura: a mí se me entregó un paño de Sol que estaba bordando, un pedazo de lienzo blanco nuevo, unas tijeras y contenze ordinario ya usado.
A más de esto, los conductores que le llevaron han dicho al padre cura haberles comunicado en el camino que la mujer del mayordomo de la Hacienda de la Laguna le tiene otro paño de Sol que le dio a vender.
La cuñada cuenta con oro y seda que tenía para seguir el que había comenzado, pero a mí no se me entregó.
Yo le aseguré que nada se perdería, porque el padre cura lo tendría ya asegurado.
Todo lo cual noticio a vuestra señoría ilustrísima para que en su vista me ordene lo que deba ejecutar en cada cosa.
41 40 Las recomendaciones sobre el convento, en donde aparece el nombre de la hija, María Francisca Gonzalez, en el Proceso Tebanillo, ff.
En otro escrito («Carta de informaciones», reproducida en Flores, 2012, 18-20, y dedicada al origen y reproducción de las castas), Tebanillo la inicia con un: «Querida hija de mi estimación».
Sin embargo, no podemos descartar que tal descendiente fuera solo producto de su imaginación, y la carta, un ejercicio literario.
41 Casasola a su señoría ilustrísima, San Francisco de Toluca, 17 de julio de 1790, Proceso Tebanillo, f.
Además de estas prendas, telas y utensilios de labor, Tebanillo dejó entre sus papeles varios dibujos ornamentales y escenas cotidianas que bordaba en paños, manteles, servilletas, pañuelos y prendas de ropa (véase la figura 3).
Sobre sus aficiones, sabemos que le gustaba «chupar» cigarrillos y era amante de la lectura, no solo por el nombre elegido, Tebanillo González, extraído del libro de aventuras homónimo,42 sino por los testimonios que aportaron varios testigos.
José Mariano Piña, su delator, le preguntó si le gustaban los autos de Calderón, respondiendo «que no le era la leyenda de Figura 3.
Flores, hojas y guirnaldas que utilizaba el bordador en sus trabajos.
Le acompaña una figura de la baraja que era frecuente encontrarla en manteles y otros enseres domésticos.
diversión, sino que le daba sueño».
Entonces Piña le leyó un pasaje de la comedia La Institución del Rosario,43 y volvió a hacerle la misma pregunta, «y él le dijo que en unas cosas le gustaba y en otras no».
Finalmente, para ratificarse en que no le gustaban los libros de temática religiosa, le leyó un fragmento de la relación de Montero,44 y Tebanillo le manifestó que «aquello sí divertía» (ff.
Otra vecina, María del Carmen Vilches, declaró: «Que lee muy bien y advertido que cuando le ha dado algún libro que trate de la Pasión, en breve lo ha dejado, pero si la leyenda es de comedia o relación continúa leyéndola» (f.
En un diálogo que se conservó entre sus papeles, Tebanillo destaca la necesidad de saber leer:
Pregunta: ¿Y es fuersa que el padre y la madre sepan ler?
Respuesta: Es obligación forzosa, y el que no sabe ler tiene pena de la vida.
Pregunta: Pues ¿por qué?
Respuesta: Porque, si el padre no sabe ler, ¿cómo a de saber criar a su hija? 45
La escritura de diversas materias, algunas de temas escabrosos, eróticos y heréticos, así como el dibujo de imágenes de personas en diversas escenas, desde las más ingenuas y cotidianas a las que podemos considerar atrevidas o pornográficas, fueron otras de las diversiones de Tebanillo, aunque, al tratarse de un lunático, la coherencia no era lo que prevalecía en este bosque de palabras e imágenes que ni el comisario de Toluca ni los inquisidores mexicanos pudieron clasificar.
El gran teatro de la sinrazón
El gran problema de Tebanillo González eran sus accesos de locura, que no le permitían trabajar por días o semanas, dejándolo sumido en la miseria, sin que ningún familiar se ocupase de él salvo algunas vecinas.
Micaela Anastasia declaró que iba a dormir a su casa desde hacía un mes, porque en la suya «le espantan» (f.
120v), quizás refiriéndose a la familia de José Mariano Piña; mientras María del Carmen Vilches añadió que, durante los quince días que vivió con él, algunas noches se las pasaba hablando SALVADOR BERNABÉU ALBERT y sin dormir (f.
Por último, Paulina González consideró como señales de su demencia el estar perdido en los días de luna, y que se pasaba las noches enteras solo en su cuarto, cantando y «representando» (f.
Como ya señalé, las vecinas de Tebanillo no lo consideraban una persona peligrosa.
Ellas eran las que mejor lo conocían, por lo que aportaron interesantes datos sobre su vida y costumbres.
Por ejemplo, la citada Micaela Anastasia reveló que lo había visto envuelto en una sábana, sin ropa (f.
120r), y María Tomasa, vestirse como un niño pequeño, «que se ponía una pierna de calzón y otra no» (f.
La viuda Andrea Josefa Estrada, que vivía debajo de su cuarto, declaró al comisario Casasola otras acciones demenciales: «como son el que mucho tiempo dio en no hablar hasta ahora pocos días; la extravagancia de sus comidas y vestuario: pues no ha mucho que hizo una capa de género blanco y la llenó de parches azules, por lo que lo ha tenido por verdadero loco» (f.
Sin duda, una de las acciones de Tebanillo que más comentaron las vecinas fue la de dormir con una escultura de bulto, que una testigo identificó con la Purísima Concepción y otra con la Virgen de Loreto, aunque al parecer estaba tan deteriorada que no se sabía si era un santo, una santa, un apóstol, la Virgen o Jesucristo.
La viuda Andrea Josefa Estrada declaró: «Que esa imagen, habiéndose mudado de la casa [Tebanillo], la dejó allí, y la declarante, por quitar que los muchachos jugasen con ella, la quemó.
Pero estaba tan mal tratada que no se distinguía qué santo fuese» (f.
Los testimonios fueron muy variados, pero la mayoría, menos José Mariano Piña y su mujer, contaban el suceso de forma jocosa, añadiendo o quitando algún detalle.
Por ejemplo, María Dominga Trujano declaró que supo por Andrea Estrada que la imagen era de la Inmaculada Concepción, a la que ofrecía cigarros y frutas y, si no las tomaba, le abofeteaba el rostro y arrojaba lo que le había llevado (f.
Por otra parte, María Tomasa de la Luz Ramírez afirmó que el bordador: tenía una santa, ignora qué imagen fuese, la vestía de muñeca.
Que también ha oído decir que se acostaba con ella a Andrea y Bárbara, hijas de Matías Estrada, viviendo en aquel entonces todas en una misma casa, habrá como dos años, y que esto también lo supo la madre de la declarante [María del Carmen Vilchis], aunque asegura la que declara, no haber visto nada de lo referido (f.
Los rumores se extendían y ofrecían nuevas versiones del suceso, como la revelada al fraile comisario por Micaela Anastasia: «que por noticia de las vecinas María Francisca Estrada y María Jerónima Agüero sabe NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ que se acostaba con una imagen de Nuestra Señora de Loreto, y que a esta imagen la vestía de muñeca, la ponía en un rincón de la cama y decía que era su difunta mujer.
A lo que le contradecía la madre de la declarante y él se afirmaba».
Y preguntada si Tebanillo realizaba estos actos por embriaguez, cólera u otra pasión, respondió que su vecino no bebía, ni conocía otro vicio que le hubiera movido a tales cosas (f.
En realidad, la única testigo del hecho fue la niña María Jerónima Bermúdez, hija de la viuda Andrea Josefa Estrada, que contaba con trece años de edad en el momento del interrogatorio.
En su declaración señaló: «Que tiene presente que una tarde, no se acuerda cuando, entró en el cuarto de un loco, que se llama José el Bordador, y lo vido acostado con una imagen de la Virgen, que a esta vestía como muñeca, y le hizo un niño de trapo y se lo puso.
Que aunque esto fue cuando era más chica, está cierta en que así pasó» (f.
Finalmente, Paulina González declaró a Casasola lo que le había contado su hija: «que del loco sabe por noticia de una hija suya de siete años, que le vio acostarse con una imagen, que tiene vestida como mujer, y que cuando se levantó la volvió a tapar.
Que no sabe que diga ser su mujer, ni que no se debe adorar por ser muñeca vestida».
Lo más probable es que Tebanillo, en su locura, utilizase una imagen de bulto muy desfigurada para convertirla en su mujer.
Este recuerdo de su esposa también lo proyectó hacia un cuadro de santa Eduviges.
El suceso le ocurrió a María Dominga Trujano («no me enseñe V. eso, que es el retrato de mi mujer», f.
112r; subrayado en el original) y a Andrea Josefa Estrada, cuando «mostrándole ella una imagen de Santa Eduvige, dijo que era retrato de su difunta esposa.
Que esto paso solamente entre los dos y a nadie le ha comunicado, lo que juzgó efecto de su locura e hizo poco aprecio» (f.
46 No obstante, lo que realmente le preocupó a fray Mariano José Casasola era averiguar si Tebanillo había manifestado que la Virgen era una muñeca vestida, pues, en ese caso, incurría en una herejía contra la madre de Dios.
María Tomasa lo negó, como también su hermana Micaela Anastasia, incluso cuando el franciscano les rogó que recorrieran su memoria «por reverencia a Dios».
Sin embargo, la viuda María Bárbara Estrada declaró que le dijo: «que como ella tiene a Dios por esposo, él tiene por esposa a María Santísima», aunque desconocía que se acostase con alguna imagen, o que hablase mal contra Dios o sus santos, pues sus palabras no las tenía en 46 Por otra parte, María del Carmen Vilchis vio como Tebanillo «tendiendo un capote en el suelo, le echaba tierra diciendo ser su difunta mujer», Proceso Tebanillo, f.
SALVADOR BERNABÉU ALBERT cuenta al considerarlo «por verdadero loco» (f.
Y, finalmente, María Jerónima Agüero, hija de la citada Andrea, le comunicó que en la vivienda de Tomasa, cuñada del lavandero del Carmen, dijo Tebanillo acerca de otra imagen de la Purísima: «Quién cree en eso?
Es una muñeca vestida» (f.
Afirmación que también ratificó, pasando lo que hubiera sido una excentricidad más del demente (el acostarse con una presunta imagen de la Virgen) a una grave herejía mariana.
El suceso también lo recordó María Dominga Trujano, quien afirmó conocerlo de otras vecinas, quienes, no obstante, lo desmintieron durante los interrogatorios (f.
Pero en lo que no hay duda es que, en general, Tebanillo tenía una visión negativa de la Iglesia, sus dogmas y ceremonias, visión que ampliaba a las imágenes y lugares sagrados, lo que suscitó el interés del comisario por saber hasta dónde llegaban sus errores.
Tanto Mariano José Piña como algunas testigos señalaron que no oía misa ni rezaba, tampoco guardaba los preceptos de la Iglesia ni hacía reverencias (quitarse el sombrero e hincarse de rodillas) cuando pasaba el Señor sacramentado.
Por otra parte, en una ocasión en que María Domingo Trujano, enfadada por no poder calmar el llanto de su criatura, exclamó: «Válgate la madre de Dios», Tebanillo le replicó: «¿Señora, que todavía estás en ese error?
Dios no tuvo madre» (f.
La citada vecina, también declaró que, repitiendo las alabanzas con sus hijos tras el rosario, Tebanillo la interrumpió diciéndole: «Si usted quiere vivir en mi compañía, no ha de cantar eso; porque cuando se canta, me causa sueño y me dan ganas de correr» (f.112r).
Otra testigo, Micaela Anastasia, informó al comisario que durante una fuerte tormenta, estando con su hermana María Tomasa y una costurera llamada Juana la Lica, tomó un libro para rezar las letanías y, de inmediato, Tebanillo «se puso a hacer burla y le parece que dijo, que mejor era que cantaran otra cosa, no se acuerda qué» (f.
Por último, se mostró contrario a dar dinero a la Iglesia, como le aconsejó a María Dominga Trujano cuando esta le comentó que, si pudiera, contribuiría con limosnas para finalizar la capilla dedicada al Señor de la Veracruz, respondiéndole Tebanillo: «Yo dar para Dios ni una blanca, si la diera, me condenara, porque quien da para Dios es un menguado» (f.
112v; subrayado NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ en el original).
Esto que oyó de su boca, después lo halló escrito en un papel que encontró de su letra, escrito que quedó en poder de su esposo «y no sabe qué hizo de él».
47 A ello se sumaban afirmaciones heréticas como que no existían ni el purgatorio ni el infierno.
En una ocasión, hablando Piña con su mujer sobre la necesidad de los sufragios para las almas que no habían alcanzado la Gloria, Tebanillo le tomó la mano y dijo: Que V. cree que hay purgatorio e infierno?
Sr. no ai Infierno ni Demonios, ni los pudo Dios criar.
Todos somos Demonios en el mundo, porque el que tiene vicio alguno, en él se queda y esa es su condenación.
Lo cual, oído le dijo el declarante, que no hablase tales desatinos y con efecto no habló más.
48 También María Dominga Trujano declaró que el denunciado afirmó: que no creyesen que hay Purgatorio, e Infierno.
Que aunque Dios cuando uno muere le condena a la pena que merece, mas no porque haya dichos lugares, que todos son Pin-ta=monos para atemorizar a las gentes.
La declarante comenzaba a contradecirle y su esposo le fue a la mano, diciéndola, que no contestara en aquellos desatinos (f.
Tampoco creía en la resurrección, pues hablando con la citada Trujano del tema, le reprendió «que no sabía la doctrina, que no creyese que hemos de resucitar porque una vez muertos Dios no tiene poder para resucitarnos» (f.
Por último, también pensaba erróneamente sobre el misterio de la Santísima Trinidad: «que no es un solo Dios, negando en él la unidad».
Aunque después rectificó: «Yo sé quién es Dios y que es mi Padre», respondiéndole María del Carmen Vilchis «que Dios es nuestro padre, que es uno en esencia y trino en las Personas, y entonces [Tebanillo] no habló palabra» (f.
Pero entre sus papeles se halló la siguiente respuesta a la afirmación de que hay en Dios tres personas distintas y un solo Dios verdadero:
Es un simple quien lo dice.
Lo primero, porque Dios no es persona.
Lo segundo, que aunque su hijo e hija ai personas, no es lo mesmo Dios que hombre, y el hombre tiene culo y putrifación, y Dios no tiene culo, por esso no es persona.
49 Las opiniones heréticas sobre cuestiones religiosas, unidas a su incumplimiento sistemático de los deberes de un cristiano, como el oír misa, confesarse, comulgar, quitarse el sombrero y arrodillarse cuando pasaba el 47 El papel se encuentra en Proceso Tebanillo, f.
48 Proceso Tebanillo, f.
Representación del purgatorio: «Dibujo de las ánimas del Camposanto».
Santísimo, etcétera, fueron las faltas que más preocuparon tanto al comisario de Toluca como a los inquisidores de México.
Por ello, el fiscal del Santo Oficio de México mandó conocer el dictamen del cura de Toluca, a lo que le respondió Casasola: «En orden a si el párroco le consienta que no oiga misa, creo que siendo mucha la gente del lugar, varias las iglesias y muchas las misas, no es fácil sepa el párroco de tal sujeto, y aun me pienso que ni noticia tenga de él».
Representación singular del dogma de la Santísima Trinidad.
Cabe preguntarnos sobre esta doble mirada hacia José el Bordador, que, en realidad, son reflejo de la diversidad de apreciaciones o valoraciones de la demencia durante la Edad Moderna, período histórico donde no existe una definición inmutable de la vesania o locura, sino diferentes construcciones culturales que van cambiando a lo largo del tiempo, siendo frecuente que varias de ellas convivan -incluso las contradictorias-en un mismo lugar y tiempo.
En el caso de Tebanillo González, los antecedentes, los testimonios mayoritarios y las indagaciones en secreto de fray Mariano José Casasola fueron suficientes para demostrar que no existía fingimiento ni demonismo: padecía demencia y punto.
En consecuencia, no se buscó el parecer de los médicos (que se fue imponiendo durante la Ilustración), ni se interrogó al denunciado (la voz del loco nunca aparece).
La suerte estaba echada: Tebanillo debía ser encerrado de nuevo en el hospital de San Hipólito.
El último viaje a la Casa de locos
En el informe del fiscal José de Pereda del 28 de junio de 1790, ya citado, en el que se confirmaba, basándose en las nuevas averiguaciones del comisario toluqueño, la demencia de Tebanillo González, y se pedía de forma expresa «quitar la ocasión del escándalo que causan las producciones verdaderamente heréticas, y oídas por gentes necias y del todo vulgares pueden ser de la mayor ruina», 51 se recomendó que Casasola tratase con el cura de Toluca el traslado de José el Bordador para que la gente no se enterase de que el Santo Oficio había intervenido en su encierro.
Los inquisidores Mier, Bergosa y Prado apoyaron el dictamen del fiscal el mismo día 28, comunicando lo acordado al comisario de Toluca el 5 de julio para que iniciase los preparativos del traslado de Tebanillo González a la Casa de locos.
52 Para la Inquisición, lo importante era encerrar al loco para que sus vecinos y familiares no vieran ni oyeran sus desatinos, aunque también era 51 Informe del fiscal, Secreto de la Inquisición de México, 28 de junio de 1790, Proceso Tebanillo, f.
52 En un caso anterior, el de Mauricia Josefa Ignacia de Apelo, anciana que se auto denunció al Santo Oficio de México en 1768 por desconfiar de la virginidad de María y no creer en el dogma de la Santísima Trinidad, los inquisidores pidieron la ayuda del doctor Gregorio Campos, quien afirmó que tenía lesionada la imaginación por algún tipo de furor.
La anciana fue puesta bajo la dirección espiritual de su párroco y castigada a servir durante tres meses a las mujeres dementes.
NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN: TEBANILLO GONZÁLEZ primordial que se ocultase el proceso ordenado por el tribunal de la Fe.
53 En consecuencia, con la colaboración del cura, se condujo a José Francisco Ventura de Dios González, alias Tebanillo Gonzalez, a la capital mexicana la tarde del 14 de julio, siendo custodiado por Joaquín Díaz y Vicente Fuentes, trajineros de oficio, quienes fueron advertidos de que estuvieran atentos a las reacciones del demente, pues, como ya había estado unos años antes en el hospital para enfermos mentales, podía intentar fugarse.
No obstante, el viaje, que costó nueve pesos, se realizó sin ningún incidente.
54 Cuando el proceso parecía concluir, un suceso inesperado vino a inquietar de nuevo a los inquisidores.
El 17 de junio de 1790, el comisario toluqueño informó al Santo Oficio sobre la visita de una cuñada de Tebanillo para conocer el destino de su familiar -pues algunas personas le habían dicho que quizás lo habían conducido preso a la cárcel de la Inquisición-y solicitar al párroco toluquense que asegurase los enseres que tenía en su cuarto de San Juan de Dios.
Además, la cuñada le informó del hallazgo de numerosos papeles con palabras y dibujos.
55 El comisario Casasola le pidió que se los llevase y, ya en su poder, quedó perplejo por los escritos y los dibujos, ininteligibles muchos, pero otros con claras expresiones heréticas, malsonantes y satíricas contra la fe y la Iglesia, que acompañaban a unas imágenes de distintos temas y formatos, pero entre las que sobresalía un grupo de carácter pornográfico.
56 Efectivamente, el elevado número de dibujos y escritos obscenos y con proposiciones heréticas, de difícil lectura por las incoherencias de una mente enferma, pero con partes suficientemente reveladoras, impidió que fray Casasola realizase un informe al Santo Oficio, optando por enviar todos los escritos e imágenes a la capital novohispana.
Los inquisidores se limitaron a adjuntarlos al proceso de Tebanillo González sin examinarlos ni valorarlos, pues, a pesar de su contenido condenable, se trataba de la obra de un demente que ya llevaba varios meses encerrado en San Hipólito, lejos de los ojos y los oídos de sus contemporáneos, dejando, en consecuencia, de ser una amenaza social (si es que alguna vez lo había sido).
53 Nájera a Casasola, Inquisición de México, 5 de julio de 1790, Proceso Tebanillo, f.
54 Así lo certificó el prior fray José Martínez al comisario franciscano en carta firmada en el convento hospital general de San Hipólito de México y fechada el 15 de julio de 1790.
Se encuentra en el Proceso Tebanillo, f.
La información fue recibida en el Santo Oficio el 17 de julio siguiente.
55 Casasola al ilustrísimo señor, San Francisco de Toluca, 17 de julio de 1790, Proceso Tebanillo, f.
La última información que conocemos de Tebanillo González es una interesante misiva, escrita de su puño y letra hacia 1799 y dirigida a don Juan Bruno, canónigo lectoral.
En ella le informa que lleva nueve años en la Casa de locos donde, tras recuperarse de su demencia, fue destinado a la portería, donde estaba desde hacía cuatro años.
Pero su situación era muy incómoda, pues era despreciado por los hermanos de la orden de san Hipólito por el hecho de haber sido conducido al hospital por la Inquisición.
En consecuencia, pedía al canónigo el perdón para desterrar el maltrato al que era sometido en su trabajo, el cual no quería perder, como tampoco volver a vivir en otro lugar: Figura 6.
Escena erótica entre un hombre y una mujer, que es observada por un niño.
Señor Lectoral Don Juan Bruno.
Deseo que su salud sea cumplida, io me hallo alibiado para serbir á Vuecencia -Suplica mi Rendimiento á su caridad me la conceda en faborecerme.
Nuebe años á que me hallo en el Ospital de San Ypolito por segunda Ocación -en la cual me hallo con la nobedad de que me pucieron en el lugar los Señores del Santo Oficio -no ai duda que seria por mi disbario -pues es cierto que como había de hablar dessatinos -jamas hablaba si todo lo que se me proponia al Pensamiento lo escrebia -y hallandome en mi acuerdo y con menos aturdimiento acto para serbir y buscar el bien me an puesto a que cuide de la Portería Cuatro años á que estoi en la dicha Oficina -Mas no me canso de asistir a ella -solo si ciento el desprecio de mi serbicio -lo e atribuido a que es castigo por haberme embiado el Señor Cura de Toluca con orden del Santo Oficio -y no habiendo sido culpado de mi juicio si solo de mi emfermedad. suplico y pido a Vuecencia se compadesca de mi y alcance Micericordia de los Señores del Santo Oficio -que no me acuerdo haber contestado con sus Mercedes pero si Yncurri en algunos defectos pido y suplico -me perdonen por Amor de Dios pues perdonandome no ai duda que no sere tan despreciado de los Reverendos Padres de San Ypolito en mi puntual serbicio -no pretendo el salir del combento por haberme hallado emfermo -mas si pretendo el perdon de los Señores -que Vuecencia me faboresca no a que benga personalmente porque beo sus ocupaciones si á que me haga la caridad de una carta de fabor para que se me bea no con desprecio á la Oficina en que me an puesto -esta es mi peticion la que espero de Dios -se compadesca de mi -a quien pido le aumente la Vida y Guarde Su Servidor que Su Mano Besa.
Josse Francisco Bentura de Dios Gonzalez.
57 No sabemos si llegó la carta, ni cuantos años más vivió nuestro personaje, pero lo más probable es que muriera en la Casa de locos, donde había recuperado la lucidez y demandaba la caridad de ser mejor tratado en su labor de portero.
Nadie le esperaba en ningún lugar, por lo que pedía un poco de humanidad antes de que se lo llevara la Parca.
A finales del siglo XVIII, los enfermos mentales mostraban distintas actitudes y prácticas, y, en consecuencia, se desarrollaron diversas formas de cuidado y tratamiento.
La tutela de la mayoría de ellos recaía en la familia y los amigos, y solo en casos graves, peligrosos o subversivos intervenían los poderes públicos y religiosos para encerrarlos.
Sin embargo, la 57 La carta se encuentra en AGN, Inquisición, vol. 1349, ff.
Don Juan Antonio Bruno, además de canónigo lectoral de la catedral de México, era rector del Seminario Tridentino.
SALVADOR BERNABÉU ALBERT tutela de los lunáticos era muy frágil, como nos demuestra el caso de Tebanillo González.
Su demencia no le impedía estar integrado en una casa de vecinos de Toluca, sin que sus actos ni dichos supusieran una amenaza para la comunidad, pero bastó la llegada de unos nuevos inquilinos para convertir sus acciones en un peligro social.
Entonces intervinieron los inquisidores de México, a pesar de no tener jurisdicción para procesar a los locos, aunque sí para averiguar si eran reales o fingidos.
Pero una vez comprobado su trastorno, los guardianes de la fe ordenaron que el encierro de Tebanillo pasara por obra del párroco local, sin que se supiera su intervención en la apertura de un proceso informativo.
Así se explica que sus peligrosos escritos y dibujos fueran archivados sin recibir mayor atención, además de tener en cuenta su complejidad, excentricidades e incongruencias.
Al final se impuso la teoría medieval de contemplar al loco como un hombre sin juicio, al que no se podía juzgar, pero su conducta y expresiones antirreligiosas lo condujeron a su encerramiento con el fin de quitar la posibilidad de que pudiera influir en su vecindario. |
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La historia marítima es un campo del saber histórico cuyo estudio científico (si prescindimos de la llamada historia de los descubrimientos geográficos conectada en buena medida con Martín Fernández de Navarrete) 1 se comenzó a abordar en España en la segunda mitad del siglo XX, motivo por el que parece conveniente subrayar el papel relevante que jugó el Anuario de Estudios Americanos en la introducción y difusión de los trabajos académicos vinculados con esta área de conocimiento.
Pues, en efecto, ya su primer volumen (1944) se abre con trabajos que se centran en aspectos integrados en la historia marítima, como la institución del Almirantazgo, la pesca en Terranova o la labor asistencial de la cofradía de los agremiados de la Universidad de Mareantes, incluso antes de que se oficializase la disciplina.
2 Y no quedó ahí su actuación seminal, ya que en las páginas de las primeras revistas se trató de la emigración, las rutas marítimas, el contrabando, la piratería, la construcción naval, los aparejos para la pesca de perlas, la ciudad portuaria (con el peso recayendo sobre las fortificaciones), los empresarios navales, la gente de mar y de maestranza, las instituciones marítimas civiles (consulados y Casa de la Contratación), así como del novedoso universo de las cuestiones culturales (especialmente las expediciones, pero también la cartografía y las tradiciones marineras).
Un total de treinta contribuciones, entre 1944 y 1967, conectadas con diversas facetas de la historia marítima, sin contar los artículos dedicados al comercio por vía marítima (del que no nos vamos a ocupar porque al ser la rama más desarrollada ya cuenta con un estudio sustantivo en esta misma publicación).
Todas estas contribuciones hablan por sí solas de la receptividad de esta revista a los temas más novedosos de la época en esta parcela historiográfica que ampliaba sus intereses en el entorno de los Colloques Internationaux d'histoire maritime, 3 al tiempo que mostraban el germen 1 Fernández de Navarrete, 1802; y, sobre todo, 1825-1837 (primera obra que se apoya en los documentos y no solo en las crónicas).
2 Concretamente doce años antes, pues hasta 1956 no se otorgó carta de naturaleza a la reflexión específica sobre la disciplina en el entorno del I Coloquio Internacional de Historia Marítima celebrado en París, dirigido por Michel Mollat y que recibió el espaldarazo de Lucien Febvre.
EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA de las temáticas que se integrarían en el amplio entramado de la reciente disciplina.
Estos artículos publicados a lo largo de casi un cuarto de siglo constituirían la protohistoria de la historia marítima en España.
Por otra parte, la plena incorporación española a esta corriente se institucionalizó al socaire del IX Coloquio Internacional de Historia Marítima.
Las rutas del Atlántico, celebrado en 1967 en Sevilla, tras ser elegida como sede en el octavo coloquio con el propósito de estudiar las líneas oceánicas, «rutas» o «derrotas» del Atlántico (les liasons interocéaniques).
4Fue todo un evento a nivel internacional que movilizó a los directores generales de Enseñanza Universitaria y de Relaciones Exteriores, al rectorado de la Universidad de Sevilla, a la Escuela de Estudios Hispano-Americanos y al conservador de los Reales Alcázares.
Aunque se había concebido el tema de las «rutas» como un medio para aunar las preocupaciones de los marinos y de los historiadores, el encuentro estuvo presidido por el desembarco de estos últimos bajo los auspicios de Francisco Morales Padrón y Florentino Pérez-Embid.
En su marco se creó la Comisión Española de Historia Marítima, quedando esta nueva disciplina en manos de los historiadores vinculados a Annales (como Valentín Vázquez de Prada) y de los investigadores directa o indirectamente vinculados a la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (Lourdes Díaz-Trechuelo, José Antonio Calderón Quijano, Vicenta Cortés Alonso, Vicente Rodríguez Casado y Encarnación Rodríguez Vicente), que participaron activamente en el coloquio junto a un plantel escogido de investigadores extranjeros de gran prestigio y diversa procedencia (Francia, Portugal, Italia, Alemania, Bélgica, Noruega, Holanda, Reino Unido y Estados Unidos).
En el coloquio se otorgó a las marinas ibéricas la primera plaza, pues fueron las pioneras en abrir y consolidar las rutas atlánticas y se pasó a presentar las rutas francesas, alemanas, italianas, inglesas y noruegas (desafortunadamente el panorama presentaba lagunas debido a la ausencia de los especialistas en las rutas suecas y neerlandesas por causas de fuerza mayor).
Entre las propuestas metodológicas que debían atender a las diferentes áreas de estudio, se abordó la conveniencia de contar con la colaboración de los geógrafos para definir, caracterizar y localizar la problemática de los ámbitos sobre los que versaban los diferentes encuentros, en este caso las rutas atlánticas.
Esta MARINA ALFONSO MOLA misión fue desempeñada por el prestigioso geógrafo francés Louis Papy, 5 que trazó las similitudes y los caracteres particulares de las diversas naciones implicadas en la apertura y mantenimiento de las rutas atlánticas.
No se llegó en esta reflexión de geografía histórica a los niveles de Fernand Braudel en el celebrado capítulo de Geohistoria en la Méditerrannée, pero asentó las bases geográficas para la expansión atlántica y la transformación de los litorales, ya sea por la acción de los elementos ya por la intervención humana.
En este contexto, se subrayaron las similitudes junto a los caracteres particulares resultado de factores permanentes (vientos y corrientes) o cambiantes (el desarrollo de la técnica de la navegación a vela y de la orientación durante la singladura, especialmente el cálculo de la longitud adquirido ya muy avanzado el siglo XVIII), concluyendo que los factores políticos no son los únicos que ritman la historia del Atlántico sino que hay que tener en cuenta que la economía tiene también sus reglas y que la gente de mar constituye una gran familia internacional.
Se aludió a los temas que habían animado la convocatoria del coloquio, como los itinerarios directos o triangulares (entre los continentes europeo, africano y americano), el aprovisionamiento de las líneas de servicio, los puertos y las oportunidades que ofrecían, la capacidad de servicio de los buques (longevidad, tonelaje, rapidez, maniobrabilidad), los problemas náuticos, los problemas de seguridad en sus diversos aspectos (armamento, convoyes, naufragios), los problemas de financiación, los problemas de la pesca y el comercio, los problemas sociales, militares, diplomáticos o económicos, sin olvidar las cuestiones morales y religiosas sobre la trata de negros y los caminos de la fe de una orilla a otra del océano.
En fin, un compendio de las líneas maestras de la historia marítima.
Florentino Pérez-Embid, como vicepresidente de la Comisión Española de Historia Marítima (asistente a los coloquios de Lisboa y Viena), presentó en su discurso a los integrantes de la misma como representantes de los estudiosos que en España cultivaban la historia marítima (el almirante Julio Guillén Tato, director del Museo Naval y secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia; Luis Suárez Fernández, rector de la Universidad de Valladolid; Valentín Vázquez de Prada, catedrático de la Universidad de Barcelona; Emilio Giralt, discípulo de Jaime Vicens Vives, participante en anteriores coloquios y catedrático de la Universidad de Valencia; José Antonio Calderón Quijano, director de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, rector de la Universidad de Sevilla y catedrático de Historia de América; y Francisco EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA Morales Padrón, secretario de la Comisión Española y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla) y también a las instituciones especializadas en esta disciplina, representadas por sus respectivos directores: Archivo General de Indias, Museo de las Atarazanas de Barcelona, e Institutos del CSIC «Jerónimo Zurita», «Gonzalo Fernández de Oviedo» y «Juan Sebastián Elcano», dedicados respectivamente a las investigaciones históricas, a la historia de América y a los estudios geográficos.
Charles Verlinden, vicepresidente de la Comisión Internacional de Historia Marítima, centró su discurso de inauguración en la colaboración internacional en la exploración del Atlántico, destacando la actuación de diferentes personajes que siendo genoveses, florentinos o venecianos se pusieron al servicio de las naciones ibéricas, de Francia o de Inglaterra, contribuyendo a transformar la civilización occidental en civilización atlántica.
Las conclusiones corrieron a cargo del presidente de la Comisión Internacional de Historia Marítima, Michel Mollat, quien destacó la riqueza científica de los informes y las comunicaciones, mutuamente complementarias, fruto de una investigación rigurosa, así como las aportaciones metodológicas, el planteamiento de nuevas problemáticas y la apertura de nuevas líneas de investigación.
Con respecto a los resultados remarcó la propuesta de definición del Atlántico desde un punto de vista tanto geográfico (condiciones climáticas de las rutas marítimas) como histórico (varios Atlánticos: subártico, cantábrico, portugués, español), como un espacio que se adapta al reparto zonal del Océano y a la distinción jurídica de mares libres y mares cerrados, así como el esfuerzo realizado para distinguir y clasificar las rutas y sus infraestructuras.
Como resultado inmediato de la reunión, el Anuario de Estudios Americanos asumió la publicación de los resultados en un volumen singular (tomo XXV, 1968) con los artículos, estudios, comunicaciones, discursos de apertura, clausura (conclusiones) y una sección de historiografía y bibliografía americanistas bajo la dirección de Morales Padrón, posiblemente el germen del primer repertorio bibliográfico de Historia Marítima de España, que publicaría la Escuela de Estudios Hispano-Americanos dos años más tarde.
6Dado el abultado número de los artículos, más de cien, en los que se abordan diversas facetas de la historia marítima (sin contar los que tratan del comercio marítimo reglado), que han desfilado por las páginas del Anuario MARINA ALFONSO MOLA en los 75 años de su existencia, se va a prescindir del comentario sobre el proceso de la institucionalización en Europa y en España de esta rama de la historia sobre el que ya existen publicaciones.
7 Además, para atenernos al título, nos hemos centrado en los sesenta y cuatro artículos (el 60 % de la totalidad) editados en los primeros treinta y dos años de existencia de la revista, justamente los tiempos de la génesis y definición de la disciplina.
El criterio para realizar el corte en 1975 en vez de en 1968 no ha sido aleatorio, sino que se fundamenta, por un lado, en la continuidad de la aparición de artículos con una regularidad casi anual (en la secuencia de los treinta y dos solo hay cinco años en los que no hay ninguna contribución, 15,5 %), mientras que en los cuarenta y tres años restantes hay significativas cesuras (en veintidós no se publica ningún artículo de esta temática, 51 %).
Por otro, en la posibilidad de incluir algunos aspectos nuevos en esos siete años que permiten valorar en su justa medida la función del Anuario como caja de resonancia de la consolidación y el progreso de la historia marítima como una disciplina con entidad autónoma dentro del abanico de áreas que conforman la historia en general y la historia de América en particular.
La historia marítima como economía marítima
Esta área de la historia marítima se interesa, de un lado, por el conocimiento de las actividades económicas que guardan relación con el mar: el comercio marítimo y sus ramos asociados (corso, contrabando, piratería), la construcción naval y la pesca.
Las rutas comerciales y la navegación
Dentro de la economía marítima se aborda el estudio de las rutas marítimas (desde las modestas de cabotaje hasta los grandes derroteros intercontinentales, como la Carreira portuguesa, la Carrera de Indias, el Galeón de Manila o las complejas vías del comercio triangular), de los sistemas portuarios dentro de los complejos imperiales o de la red de etapas, factorías de las grandes compañías de las Indias occidentales y orientales, así como de los productos de intercambio, que se expanden por las cuatro partes del mundo en la era de la primera globalización.
En este apartado el gran hispanista alemán Ernst Schäfer, que ya había publicado el primer tomo de su magna obra sobre el Consejo de Indias y la Casa de la Contratación, pudo ofrecernos en 1946 (el mismo año de su muerte) un artículo en el Anuario que resumía todas sus investigaciones sobre el tema capital de las comunicaciones indianas tanto por mar como por tierra, con un acierto tal que su descripción de la red de rutas marítimas ha seguido sirviendo desde entonces como base para los estudios posteriores en la materia, los cuales poco pudieron añadir a su diseño de las rutas de la Carrera de Indias.
8Por otra parte, el pionero esfuerzo de Lourdes Díaz-Trechuelo por colocar a Filipinas en el mapa y el discurso sobre las Indias españolas durante los tiempos modernos, la condujo desde fechas tempranas a ofrecer noticias, exhaustiva y rigurosamente documentadas, sobre diversos aspectos de la historia del archipiélago.
Así, en el Anuario de 1956 presentó uno de sus trabajos tempranos sobre una cuestión que suscitó numerosos debates a lo largo del siglo XVIII, la invención de alternativas a la ruta tradicionalmente seguida por el Galeón de Manila, el derrotero diseñado por Enrique Herman en 1730, que la autora analiza para presentar sus ventajas: mayor rapidez y mayores posibilidades de contrarrestar el descarado contrabando practicado en el estrecho de San Bernardino.
El trabajo se completa con la travesía pilotada por Felipe Thompson a bordo de la fragata Buen Fin en 1773, que serviría de base para otros ensayos posteriores e incluso para perfilar la derrota en las aguas del Atlántico de la expedición de Malaspina.
En el contexto del IX Coloquio Internacional de Historia Marítima dedicado a las rutas del Atlántico, el Anuario ofrece un observatorio privilegiado desde su número XXV, de 1968, para estudiar las líneas oceánicas dentro de una programación a largo plazo (de la que la cita sevillana era el primer paso), por lo que, a pesar de que las aportaciones a este campo de la historia marítima muestran saltos significativos desde el punto de vista cronológico9 y geográfico,10 se puede acceder al estado de la cuestión sobre la materia a la altura de los años 60.
El volumen recoge la comunicación de Vicenta Cortés sobre la experiencia de los onubenses en la navegación atlántica que les permitió incorporarse a la empresa colombina y a los denominados viajes menores o andaluces realizados en los años finiseculares del Cuatrocientos.
Mientras que la visión general es realizada por Pierre Chaunu, el cual estaba especialmente cualificado para redactar el capítulo relativo a las rutas españolas del Atlántico desde la publicación de su monumental Séville et l'Atlantique.
Por dicha razón, el historiador francés no quiso centrarse exclusivamente en los dos polos de su investigación, pese a admitir lógicamente la primacía de Sevilla en el tráfico ultramarino durante los siglos XVI y XVII y la primacía del tráfico ultramarino sobre los demás, aunque confesando que no se disponían de cifras para aquilatar esa superioridad.
De esa forma, la primera parte de la ponencia se ocupa de las rutas del Cantábrico desde los tiempos bajomedievales hasta su cenit el siglo XVI.
Ese circuito, como todos, hunde sus raíces en la geografía y en la economía (la huella de la escuela de Annales está siempre presente): su base es el intercambio de la lana castellana contra las telas del norte, especialmente de Francia y de Flandes, aunque su fuerza proviene también de la producción de hierro, de la construcción naval y de la pesca de altura, no solo en aguas del Atlántico europeo, sino también de Terranova.
Luego se ocupa de la gran ruta del Atlántico, la Carrera de Indias, describiendo los sistemas de navegación, el volumen y naturaleza de los intercambios, con una especial atención a los metales preciosos, objeto de estudio por parte del propio Chaunu y, con anterioridad, por Hamilton (American Treasure and the Price Revolution, 1934).
Siguiendo con los tesoros americanos, el autor reconoce la falta de precisión en los destinos del oro y la plata, aunque comenta algunas hipótesis ya bien fundamentadas, y hasta plantea algunas cuestiones de índole más general: ¿Fueron los intercambios a través del Atlántico americano los verdaderos sostenedores de la Monarquía española y del Imperio?
¿Fueron los metales preciosos que entran por Sevilla los responsables del take-off de Europa?
Lourdes Díaz-Trechuelo, autora ya antes de la celebración del coloquio de un libro capital sobre la Real Compañía de Filipinas (publicado en 1965), aborda en su artículo una temática que cincuenta años después continúa siendo una de las más frecuentadas líneas de investigación dentro y fuera de nuestro país, la navegación española por el océano Pacífico, aquel que el australiano Oskar Spate llamaría más tarde the Spanish Lake, tanto la llevada a cabo desde la propia metrópoli, como desde Nueva España, desde donde se organizó la expedición de Miguel López de Legazpi, que conseguiría la ocupación de las islas Filipinas y su integración en los dominios de la Corona española, tras la fundación de Manila en 1571.
Antes se cosecharía uno de los más granados frutos de la expedición, el EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA descubrimiento de la ruta de retorno a América, el llamado tornaviaje que, intentado sin éxito por otros varios navegantes españoles, llevaría a cabo Andrés de Urdaneta.
A partir de este hecho crucial, Filipinas quedó unida a Nueva España por una línea regular conocida como el Galeón de Manila o como Nao de China, puesto que permitía el comercio transpacífico entre el Imperio del Medio y el virreinato novohispano, basado en el intercambio de la seda china (más la cerámica y otros productos asiáticos) contra la plata americana, constituida como el auténtico catalizador de la llamada globalización ibérica o primera globalización.
Valentín Vázquez de Prada, adherido a los principios de la escuela de los Annales como uno de los discípulos españoles de Fernand Braudel, ciñó su ponencia al Atlántico y al siglo XVIII, un espacio y un tiempo que estaban por estudiar en aquel momento, salvo en lo que hacía referencia a Cataluña (pues la tesis de Pierre Vilar había visto la luz en 1962).
El autor armó un excelente esquema de todos los conocimientos que se poseían en el momento acerca del funcionamiento de la ruta a lo largo del Setecientos, ordenando todos los hitos fundamentales en la trayectoria de la Carrera de Indias desde el traslado a Cádiz de la Casa de la Contratación y del Consulado (1717): el restablecimiento del sistema tradicional de flotas, el impulso dado a las compañías privilegiadas (todavía insuficientemente estudiadas) y el abandono final del sistema de flotas, que daría paso al nuevo régimen del Libre Comercio implantado por el Reglamento de 12 de octubre de 1778, que también esperaba a sus historiadores.
En la segunda parte analizó los navíos, los puertos y las rutas, casi reconstruyendo así el título de la privilegiada serie de la escuela de los Annales: Ports, routes et traffics.
Continuando con el ámbito ibérico, tres profesores, Avelino Teixeira da Mota, Jorge Borges de Macedo y Fréderic Mauro, se ocuparon de las problemáticas particulares de las rutas lusitanas a lo largo de más de cuatro siglos.
Por ello, el artículo se divide en cuatro grandes periodos, cada uno epigrafiado de una forma singular:
El ciclo del oro y las especias (1450-1575) se preocupa por analizar las aportaciones específicamente portuguesas a la expansión atlántica: el uso de la carabela de vela latina, la utilización de la brújula y el portulano y el progreso en el cálculo de la latitud así como su participación en un comercio tradicionalmente en manos de los mercaderes y dependiente de los productos mediterráneos.
El ciclo del azúcar (1575-1700) cambia el panorama anterior, desde la completa decadencia de la ruta de las Indias Orientales al auge de la del Brasil, mientras surgen otras enteramente nuevas, como MARINA ALFONSO MOLA es el caso de la que une a África con Brasil, que necesita imperiosamente de los esclavos para sostener su economía azucarera, de tal modo que, como decía el padre Antônio de Vieira, en estos años la América portuguesa no podía sostenerse sin los negros de Guinea y, sobre todo, de Angola.
El ciclo del oro brasileño (1700-1800) no altera la ruta que une a Portugal con Brasil, aunque cambia la importancia relativa de los productos importados, ya que frente al azúcar y el tabaco se alzan el oro y los diamantes.
Finalmente, la época de la revolución industrial, después de 1800, transformó radicalmente todo el panorama, multiplicando las rutas metropolitanas, las rutas coloniales e incluso la ruta brasileña (convertida en una ruta «sentimental», por ser esencialmente demográfica).
Hermann Kellenbenz, profesor en la Universidad de Colonia, contribuyó al coloquio con una aportación muy elaborada y completa que trataba de dar cuenta de una temática poco frecuentada por la historiografía, la presencia alemana en las rutas atlánticas desde la Edad Media hasta mediados del siglo XIX.
Y empezó por definir que la navegación alemana se ceñía, como era natural, a los puertos hanseáticos, con el dominio de las cocas ( kogge) como barcos mercantes.
Y por adelantar que esta navegación se limitó durante siglos al tráfico realizado a lo largo de las costas de los Países Bajos, Francia y Portugal, aunque desde el siglo XVII se asomó tímidamente al espacio andaluz de la Carrera de Indias y más esporádicamente aun se encaminó directamente al mundo americano.
El reconocido hispanista belga Charles Verlinden ofrece, con su habitual erudición y solvencia, una pormenorizada noticia de la presencia de navegantes italianos (genoveses y venecianos) en las rutas atlánticas durante la Baja Edad Media y su presencia en Lanzarote o las islas de Cabo Verde; el estudio se cierra con un apartado dedicado a Cristóbal Colón, a quien favoreció su fracaso en Portugal y su éxito en Castilla, ya que solo aceptando la sugerencia de partir de Canarias pudo alcanzar el Nuevo Mundo.
Federigo Melis, otro de los grandes conocedores del mundo del comercio medieval, nos ofrece también una amplia serie de noticias sobre la actuación de las compañías toscanas (florentinas y luquesas) en el mundo atlántico durante los siglos XIV y XV, instaladas en Flandes, Inglaterra, Irlanda, Madeira, Canarias y la Península Ibérica.
Mariano Gabriele analiza los principales datos que definen la trayectoria de la marina mercante italiana durante los años 1800-1860, la etapa final de la navegación a vela.
Los destinos ultramarinos preferentes fueron los puertos del Río de la Plata, donde la emigración italiana estaba encontrando EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA su área privilegiada de acogida, y después los puertos de los Estados Unidos y de las Antillas.
Por último, el autor destaca los proyectos y las iniciativas para sustituir la navegación a vela por la navegación a vapor en el Atlántico durante la década de 1850-1860.
El artículo de Vito Dante Flore, continuación del anterior, constata en la segunda mitad de siglo la lenta sustitución de la vela por el vapor en la navegación ultramarina italiana, con la aparición de los clippers a vapor por iniciativa del armador genovés Gian Battista Lavarello.
El autor desgrana una serie de estadísticas sobre los puertos de partida y los de llegada, que nos demuestran, por una parte, el absoluto predominio de Génova y, por otra, un orden de magnitudes en los destinos del siguiente tenor: Argentina, Estados Unidos (Nueva York), Uruguay, Brasil y las dependencias españolas (Cuba, Santo Domingo).
Una característica singular a destacar es el peso que, frente al tráfico de mercancías, posee el transporte de emigrantes, cuyos rasgos principales se delinean en dos largos apartados.
Por su parte, Svein Molaug consigue plenamente cumplir su objetivo de ofrecernos una panorámica de la historia de la marina mercante noruega en el siglo XIX, que se inicia con un pertinente balance de la presencia noruega en Groenlandia y en la península del Labrador a partir del año 1000 y hasta el final de los tiempos medievales, cuando la combinación de la peste negra, la competencia de la liga hanseática y la unión con Dinamarca asestó el golpe de gracia a la navegación noruega de este periodo.
El despegue de la marina noruega moderna, como en el caso italiano, hay que situarlo después de la superación de las conmociones provocadas por las guerras napoleónicas (hacia 1840) y, también aquí, la principal función de los barcos noruegos fue el transporte de emigrantes a las costas de Canadá y de Estados Unidos, aunque hay que destacar el papel jugado por la exportación de pescado (bacalao seco y arenques salados) y madera.
Apoyándose en una ingente masa documental, Gary Max Walton estudia con minuciosidad y precisión el tráfico de los puertos de las colonias británicas de América en el periodo inmediatamente anterior a la independencia de los Estados Unidos y asienta con autoridad una serie de hechos significativos.
Primero, la región no participó en el comercio triangular.
Segundo, el tráfico esencial fue la lanzadera entre las colonias continentales y las Antillas inglesas (Jamaica, Barbados).
Y tercero, las rutas comerciales tendieron a especializarse en el siglo XVIII, de modo que tanto los armadores como los comerciantes se inclinaron por dedicarse a uno solo de esos tráficos y esas rutas.
MARINA ALFONSO MOLA David Waters analiza la influencia de la navegación atlántica inglesa en la resolución del cálculo de la longitud en la navegación de altura a lo largo de los siglos XVII y XVIII y de los dilemas estratégicos que plantean las rutas atlánticas en el tránsito del siglo XIX al XX.
Y aquí acaban los artículos del número extraordinario dedicado a la historia marítima en su faceta de navegación y rutas comerciales.
Algunos años más tarde, en torno a los fastos del Quinto Centenario, volverán a aparecer en el Anuario las rutas del comercio transpacífico.
Contrabando y piratería: el comercio alternativo
Una serie de actividades económicas asociadas al comercio marítimo (contrabando, piratería) han venido en ser consideradas como comercio alternativo, ya fuera como contrapartida ilícita al comercio legal registrado o ya fuera como medio de obtener beneficios comerciales a costa de la agresión contra los intereses mercantiles enemigos.
Además, los estudios sobre esta cara oculta de la luna se han completado con los estudios regionales que amplían el conocimiento del complicado engranaje de la Carrera de Indias a través de los comportamientos particulares.
El trabajo pionero, tanto por su especialización regional como por ser el primero en el tiempo realizado por un investigador español, es el de Francisco Morales Padrón, que desde su cátedra de Historia de los Descubrimientos realizó importantes incursiones en el campo de la historia de la economía marítima desde fecha muy temprana.
Así, en 1952 el Anuario publicó un artículo (ampliado en su libro El comercio canario-americano, 1955), en el que abordaba la influencia del contrabando en la concreción de la ruta ultramarina de los galeones y flotas.
Partiendo del papel que las islas Canarias juegan en el engranaje mercantil del Imperio desde el propio establecimiento del comercio americano, Morales Padrón presenta, como secuelas de la organización que se deriva del trasiego comercial, tanto el fraude como el contrabando, consecuencia de las reglamentaciones y restricciones a la exportación y la consiguiente pugna entre Sevilla (sede de la Casa de la Contratación) y Canarias para neutralizar las anormalidades que generaba el comercio indiano centralizado e intervenido.
Poco después Bibiano Torres (1955) nos introduce en el carácter geoestratégico de la isla de Vieques, una codiciada presa en el horizonte de ingleses, franceses y daneses desde donde orquestar el comercio clandestino EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA con Puerto Rico, a cuya jurisdicción estaba adscrita, desde finales del siglo XVII y a lo largo de la centuria siguiente.
Son numerosas las reales órdenes instando al gobernador de Puerto Rico a que inspeccione periódicamente y desaloje a los extranjeros asentados que se dedican a la explotación maderera (guayacán y mora), a la pesca de tortugas y al contrabando.
No obstante, esta actividad ilícita continuó, pues los propios portorriqueños, integrantes de las milicias urbanas que debían luchar contra el comercio alternativo, estaban muy interesados en que no cesase el contrabando.
Como nexo entre el contrabando y la piratería el Anuario acogió un temprano, lúcido y excelente artículo de Guillermo Céspedes del Castillo (1952) que nos presenta el atractivo que ejercía el Pacífico americano para los enemigos del imperio español (desde el reinado de Carlos II hasta el final de la guerra de Sucesión), en tres frentes: las ciudades costeras propicias por su indefensión para el saqueo de piratas y filibusteros, el contrabando y la existencia de amplios sectores litorales deshabitados que ofrecían prometedoras perspectivas para empresas de asentamiento y conquista.
Sin embargo, el difícil acceso al Pacífico (cabo de Hornos e istmo de Panamá) así como la lejanía de las bases de aprovisionamiento (Jamaica y enclaves del Caribe) eran la mejor defensa del litoral pacífico ante las arremetidas de filibusteros ingleses, holandeses y franceses.
Tras los ataques piráticos de Morgan a Portobelo (1668) y Panamá (1671), ambas ciudades se fortificaron, por lo que el punto más débil del istmo fue la provincia del Darién con costas a ambos océanos.
Los logros de la expedición de Bartholomew Sharpe en el Pacífico estimuló la aparición de filibusteros dispuestos a emularle, atacando las costas de Chile, apresando barcos peruanos, saqueando las ciudades costeras y tratando incluso de atacar (sin éxito) el Galeón de Manila y la Armada del Mar del Sur.
El virrey conde de la Monclova reorganizó la Armada del Mar del Sur (1692) y compró en los astilleros de Guayaquil unas fragatas ligeras de escaso calado para perseguir a los menudos barcos piratas por los recovecos del litoral.
Además, ante la falta de recursos oficiales, la iniciativa privada colaboró con la Armada a través de la constitución de la Compañía de Nuestra Señora de Guía formada por los comerciantes limeños, que costearon tres barcos con objeto de destruir a los piratas a cambio de recibir pólvora, cañones, exención de registro y autonomía administrativa.
Aunque limpiaron de bandidos el litoral pacífico, la compañía entró en decadencia por no poder financiar sus empresas y, pese a su honradez, se temió que aprovechasen su dotación y privilegio de exención de registro para hacer MARINA ALFONSO MOLA contrabando, de modo que en 1693 vendió los buques y se extinguió por falta de apoyo oficial.
Las agresiones del Pacífico se simultanearon con las realizadas en el Caribe sobre las costas de Campeche, Santo Domingo y Florida, para lo cual los filibusteros ingleses y los bucaneros franceses contaban con el apoyo descarado de los gobernadores de las respectivas colonias antillanas con objeto de legalizar y ampliar el contrabando británico y galo con los puertos indianos so capa de filibusterismo.
En esta tesitura, por un lado, Luis XIV (en guerra con España) montó en 1697 una expedición de veintidós buques, con ayuda de armadores de Brest y de los propios bucaneros, que atacó Cartagena de Indias y se retiró con un cuantioso botín.
Por otro, tuvieron lugar las expediciones escocesas de William Patterson y Alexander Campbell a la jungla del Darién, aunque los colonos abandonaron Nueva Caledonia en la costa darienita a causa del duro clima tropical (1689 y 1700).
Por último, durante la guerra de Sucesión, los ingleses cañonearon las fortificaciones del Darién (1702) y amenazaron Cartagena de Indias (1707), mientras que en el Pacífico los barcos corsarios ingleses eran neutralizados por los aliados franceses (1704), que fueron autorizados por ello a vender mercancías en El Callao.
Era el comienzo del contrabando que siguió en los años siguientes, pues eran unos auxiliares valiosos contra el corso británico.
Los franceses saturaron los mercados y la consiguiente baja de precios arruinó a muchos comerciantes peruanos.
Cuando finalizó la guerra, el daño estaba hecho.
11 Por otro lado, se ha de mencionar la comunicación presentada en el encuentro sevillano de 1967 por la paleógrafa tinerfeña Manuela Marrero en el marco de un mare nostrum que ya había perdido su protagonismo por el desplazamiento del centro neurálgico de las relaciones mercantiles internacionales hacia el Atlántico, pasando de centro del mundo euro-asiático-africano a convertirse en periferia.
A destacar su estudio sobre el pirata François Le Clerc (Jambe de Bois) en el ataque a Santa Cruz de la Palma, en el que imbrica la crónica isleña con la historia general a través de la empresa americana.
El trabajo del reputado investigador del CNRS Robert Richard (1972), especialista en los armadores y negociantes del Havre e impulsor de un fichero internacional de buques (1630-1760), presenta las prácticas de contrabando y piratería llevadas a cabo por los bucaneros instalados en la isla 11 Malamud, 1986.
Tortuga y en la región noroccidental de La Española (asentamiento francés desde 1605 como «tierra de nadie», donde se protegía a los cimarrones huidos de las plantaciones orientales españolas y se aprovisionaba a los barcos que cruzaban el Caribe de la preciada carne ahumada de los cerdos salvajes, actividad considerada ilegal por la Corona española) durante un momento concreto, 1649, cuando Le Vasseur, gobernador de Tortuga, mantiene una postura hostil con los bucaneros de Saint-Domingue.
Lo más interesante es la información sobre el sistema de contratos establecidos entre los armadores o los capitanes y los propietarios de las cargazones, que los autorizaban para la venta, la compra y el trueque, pues tanto en Tortuga como en Saint-Domingue apenas existía una economía de tipo monetario.
Además, las tripulaciones no estaban contratadas a sueldo, sino que cobraban en función del producto de la transacción comercial.
En 1958 el Anuario se hace eco de un artículo pionero y modélico, redactado por Antonio Béthencourt, sobre la creación del astillero mexicano de Coatzacoalcos.
Decidida su fundación por Felipe V en 1730, perdería en 1735 su condición de astillero real a causa de la lentitud del aprovisionamiento de madera, clavazón y herrajes, unidos a la falta de mano de obra, las dificultades de comunicación con Veracruz y la insalubridad del lugar.
Aunque se clausuraron las instalaciones al concluir la fabricación del navío Nueva España, continuaría funcionando como centro abastecedor de mástiles para la arboladura de los barcos construidos en La Habana y como carenero de los barcos de la Carrera de Indias y de las escuadras de Torres y de Reggio durante la guerra del Asiento y de la Pragmática Sanción (1739-1748).
La pesca, pese a haber sido hasta hace bien poco la cenicienta de los estudios de historia de la economía marítima, ya tuvo su representación en el Anuario desde sus primeros tiempos.
En efecto, el artículo de Vicente Palacio Atard (1944) aborda una cuestión de gran trascendencia: la exclusión de los pescadores de altura de Vizcaya y Guipúzcoa de las pesquerías de bacalao en Terranova, pese a que sus derechos estaban bien establecidos desde tiempos inmemoriales.
Sin embargo, la negociación, promulgación MARINA ALFONSO MOLA y aplicación del tratado de Utrecht expulsó a los pescadores vascongados de esos caladeros a partir de 1715.
El trabajo nos explica las negociaciones para conseguir la correcta aplicación de las cláusulas del tratado y la abusiva negativa inglesa a aceptarlas, de ahí la frustración de la diplomacia española y la secular dependencia española respecto del bacalao importado precisamente por los barcos ingleses.
Una variable muy especial de la pesca es el rescate de perlas.
Manuel Luengo (1952) detalla los diversos intentos por incrementar el rendimiento de las pesquerías de Cubagua y Margarita en el siglo XVI, mediante la incorporación de nuevos métodos, para cuya implantación diversos inventores y empresarios recabaron la autorización de las autoridades competentes.
De algunos ensayos documentados, la información es muy parca, lo que lleva al autor a pensar que se trataba de unos aparatos de arrastre de los fondos marinos, que nunca tuvieron éxito.
Solo destaca la más precisa descripción de un ingenio que puede considerarse como «un embrión de las campanas de buzos».
La mención a la «tartana» cierra este ciclo de invenciones, que se saldaron con un rotundo fracaso, aunque sean indicativas de una cierta capacidad de inventiva técnica y empresarial cuando se trataba de hacerse con unos recursos que se presentaban como capaces de ofrecer grandes beneficios a sus explotadores.
La historia marítima como historia urbana
El Anuario tampoco ha sido ajeno a la vertiente de la historia marítima como historia urbana y fue recogiendo desde el comienzo de los años cincuenta una serie de artículos sobre las defensas militares del frente marítimo como uno de los instrumentos más eficaces para neutralizar los ataques piráticos y corsarios, aunque todos ellos coinciden en señalar que el único y gran obstáculo para llevar a cabo la acción defensiva fue siempre la falta de dinero para su financiación.
En este sentido va parte del citado trabajo de Guillermo Céspedes del Castillo (1952) en torno a las defensas del frente litoral pacífico (fortificaciones del puerto de Valdivia mediante el fuerte de las Cruces) y caribeño del virreinato peruano desde el reinado de Carlos II hasta el fin de la guerra de Sucesión, con especial atención al istmo de Panamá.
El complejo sistema militar estaba montado en torno a dos plazas fuertes: Portobelo y Panamá.
Tras la devastadora expedición del pirata Morgan se reedificó Panamá, se la rodeó de una muralla provista de dos baterías para proteger el puerto y se EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA consolidó el fuerte de Chagres, que amparaba la desembocadura del río, con el almacén para el depósito de mercancías y las barracas de los negros encargados de los trabajos de la fortificación panameña, cuyo lento ritmo hizo que las obras se prolongaran durante años.
Por otra parte, pese a ser El Callao una plaza fortificada, los vecinos de la capital del virreinato no se consideraban a salvo y gracias al pánico y al dinero de los comerciantes, se construyeron sólidas murallas en torno a Lima.
Y es que las partidas derivadas por la Hacienda virreinal para afrontar la financiación defensiva siempre fueron más exiguas de lo necesario debido a que la paralización del comercio por la acción de los piratas, perturbaba la vida económica y este hecho repercutía en una recaudación tributaria menos cuantiosa.
Un complemento es el extenso trabajo de Guillermo Lohmann (1963) sobre las fortificaciones limeñas y chalacas desde finales del siglo XVI a mediados del XVIII, erigidas más como una demostración de poder que de defensa efectiva de la codicia extranjera.
El primer hito de su construcción se establece en 1583-1600 cuando El Callao actuaba como un imán para los piratas que surcaban las aguas del Pacífico y se erigen unos bastiones bastante precarios.
El segundo, en 1600-1618, cuando se intensifican los proyectos de fortificación ante el merodeo del pirata Joris van Spilbergen en las costas peruanas con una flotilla armada por el Gobierno neerlandés y la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales.
El tercero, en 1619-1638, constituido por un plan de defensa (5 fuertes, defensas accesorias y obras complementarias), que mostró su operatividad durante la acción de la poderosa flota de doce navíos de guerra holandeses («escuadra de Nassau») al mando de Jacome L'Hermite, pues los piratas solo pudieron bloquear Lima durante cinco meses desde su base de operaciones en la isla de San Lorenzo y al no cumplir su objetivo invasor hubieron de retirarse volviendo al Atlántico.
El cuarto, en 1639-1647, cuando se erigió una gran muralla en El Callao y se levantó una ciudadela.
Tras el auge constructivo se asiste al paulatino ocaso de la muralla por negligencia en su conservación durante el largo período de 1648 a 1746.
Durante el siglo XVIII se aplica una política de parcheo que queda arrasada por el tsunami del 46 que penetró 5 kilómetros barriendo el caserío, las murallas y el vecindario.
Tras la hecatombe, comenzaron las diligencias para erigir el imponente castillo del Real Felipe.
Otro largo artículo es el de Mariana Rodríguez del Valle (1960) sobre las fortificaciones en Guatemala, levantadas como consecuencia de los ataques en el siglo XVI de piratas y corsarios, pesadilla de las ciudades MARINA ALFONSO MOLA costeras centroamericanas, que continúa en el XVII con las incursiones de los filibusteros ingleses y se acentúan en el XVIII desde el establecimiento inglés de Belice.
La Capitanía General de Guatemala organizó la defensa litoral con la erección de los fuertes de San Felipe de Bacallar, Bustamante del Golfo Dulce, San Francisco, San Fernando de Omoa, Inmaculada Concepción y San Fernando de Matina, los cuales necesitaron ser reconstruidos en el siglo XVIII.
No menos extenso es el completo estudio de Antonia Heredia (1958) que va más allá de las fortificaciones de la caribeña isla Margarita ubicada en un lugar estratégico de paso hacia Tierra Firme, por el que los enemigos de España podían fácilmente saltar al continente.
Repasa con gran maestría el método de la pesca de las perlas y la explotación de las salinas de Araya, antes de pasar al análisis de la esterilidad de la isla, del asentamiento en las ensenadas del litoral sureste (la banda norte, una costa brava y peñascosa) y de la escasa población, que huía a los montes cuando veía las urcas holandesas (buscando la sal en la punta de Araya, frente a Margarita), los navíos franceses (en busca de esclavos) y los ingleses (atraídos por las perlas) por miedo al saqueo dada la inexistencia de defensas o fortificaciones.
A partir de mediados del siglo XVII se realizaron algunos proyectos que no pasaron de los planos por la resistencia de las Cajas Reales de Caracas y Panamá a pagar las fortificaciones de Margarita, de modo que en 1677 la arribada de una armada francesa pudo saquearla con gran facilidad.
Durante el siglo XVIII se mantuvieron inconclusos los castillos de San Carlos en el puerto de Pampatar y el de Santa Rosa en la capital, pese a que las necesidades defensivas se habían incrementado a raíz de la demolición del fuerte de Santiago de Araya como consecuencia de la inundación de las salinas (1762).
El trabajo de Juan Manuel Zapatero (1966) se centra en el estudio técnico del anteproyecto de 1570 para la erección de una ciudadela-castillo en San Juan de Ulúa, el surgidero, frente a Veracruz, de los navíos de comercio de las flotas, cuya importancia hacía obvia la necesidad de contar con una obra fuerte para su defensa frente a las eventuales agresiones de piratas y corsarios.
El anteproyecto contiene la obra efectuada en 1552 con la torre Vieja y la ampliación del antiguo lienzo de la cortina o pared de argollones para el amarre de los navíos.
Para el análisis de esta traza inédita el autor parte de los planos de la «Prospectiva» del ingeniero Juan Bautista Antonelli (1590) y continua con los proyectos de los ingenieros Boot (1621), Marcos Lucio (1671), Pozuelo (1674), Sousa (1684) y Jaime EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA Franck (1689Franck ( -1692)), que fue el que finalmente cerró la isla en un recinto-castillo polígono-rectangular con sus torres para amparar los barcos de los nortes con la torre Nueva y su baluarte.
Por otra parte, Louis-André Vigneras (1959) se ocupa de las fortificaciones de Florida, unos fuertes consistentes en simples empalizadas de madera sobre las que se montaban las piezas de artillería y que como era lógico se incendiaron y reconstruyeron en numerosas ocasiones.
El fuerte de San Agustín se erigió a raíz de las campañas contra los establecimientos franceses fundados por colonos hugonotes.
Tras la victoria sobre los franceses en 1565 los españoles construyeron en la costa atlántica las fortificaciones de San Mateo, San Pedro, San Marcos y Santa Elena (para la protección de los colonos asturianos que se habían asentado en la zona).
La presencia de Francis Drake en 1586 concienció sobre la necesidad de reforzar estos emplazamientos.
Para completar los ámbitos litorales susceptibles de ser fortificados, se cierra este apartado con un artículo de Lourdes Díaz-Trechuelo (1964) que se ocupa de la situación de la capital de las islas Filipinas durante la guerra de los Siete Años (guarnición, milicias, defensa, asedio de la flota británica y ocupación en 1762-1763 con la connivencia de los sangleyes) y subsidiariamente de las obras defensivas del arsenal de Cavite y de la plaza de Manila, cuya ciudadela en torno al fuerte de Santiago (para defender la desembocadura del río Pasig) había sido renovada en 1733.
Con motivo del conflicto bélico se consolidaron parte de las estructuras de la ciudad fortaleza de Intramuros, operación que volvió a realizarse en el contexto de las guerras finiseculares del Setecientos a cargo de Ignacio María de Álava, el cual, además de reforzar las defensas costeras, publicó el Reglamento adicional a la Ordenanza de Marina (regulando todo lo concerniente a la Nao de Acapulco, 1802) y estableció el Apostadero de Marina de Manila.
La historia marítima como historia social
La historia marítima se introduce en la historia social a través del estudio de sus agentes: los empresarios navales y los gremios de mar y maestranza (marineros, carpinteros de ribera y calafates).
Un amplio apartado que puede incluir asimismo a los pasajeros, es decir, la emigración marítima (voluntaria o forzada).
Louis-André Vigneras (1957) nos muestra al comendador Alonso Vélez de Mendoza y a Luis Guerra, fabricante de bizcocho de Triana, que armaron dos carabelas (la San Cristóbal y la Sancti Spiritus) comandadas por ellos mismos, para un viaje a Brasil (1500-1501).
Navegaron hasta el cabo de San Agustín donde pusieron rumbo al sur, convirtiéndose en los primeros en explorar dichas latitudes, antes de regresar con un contingente de indios esclavos como principal beneficio económico de la empresa.
Por su parte, Carlos Martínez Shaw (1973), sobre la base de una documentación muy poco utilizada (las actas de patronía y los reconocimientos de parçoners de los barcos mercantes catalanes de mediados del Setecientos), ofrece un trabajo pionero sobre el modo de financiación y sobre la composición de los grupos interesados en la construcción naval.
Mientras el concienzudo investigador del archivo notarial barcelonés, José María Madurell (1968), aporta aquí un interesante contrato de flete de una compañía catalana entre Cádiz y Tenerife (1574), en un momento en que la investigación en este terreno estaba todavía dando sus primeros pasos.
A medio camino entre este apartado y el siguiente se encuentra el artículo de Encarnación Rodríguez Vicente (1968) sobre la presencia en Lima de extranjeros vinculados con el mar.
Las composiciones de 1591 y 1618 mostraron que había muchos portugueses (es la época de la Unión de las Coronas), así como genoveses, corsos, saboyanos, venecianos, griegos o franceses y que muchos habían pasado a América (pese al veto legislativo) enrolados como tripulantes en los buques de la Carrera, de ahí que el mayor porcentaje de estos tuviera el mar como medio de vida.
Destacan los que se declaran dueños de barcos y maestres, aunque la mayoría son pilotos y artilleros y hay un nutrido grupo de marineros, calafates, carpinteros de ribera y toneleros.
Las autoridades fueron laxas pues muchos servían en la Real Armada y eran de gran utilidad como técnicos en el sector marítimo.
Gente de mar y maestranza
Los gobiernos absolutistas necesitaban de tripulaciones para sus buques de guerra, de modo que trataron de solucionar el enrolamiento de marineros o de carpinteros de ribera y calafates (hombres de mar y de maestranza) mediante el recurso a la Matrícula de Mar, cuyo objetivo básico era EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA tener perfectamente controlados a todos aquellos profesionales susceptibles de ser movilizados en caso de un conflicto bélico.
Este reclutamiento fue haciéndose más complicado a medida que la guerra en el mar exigía la puesta a punto de enormes armadas formadas por grandes barcos que exigían ingentes tripulaciones.
Cada Estado solucionó esta carestía de tripulantes como pudo, pero algunas potencias marítimas debieron recurrir a fórmulas compulsivas de servicio obligatorio en la Armada.
En el caso de España, todos los que en algún momento nos hemos acercado a la Matrícula de Mar somos deudores del trabajo de Ángel O'Dogherty publicado en el Anuario (1952), un artículo de referencia sobre el origen y la evolución de la Matrícula en España con especial énfasis en el reinado de Carlos III, un periodo en el que existió una verdadera política naval que posibilitó la salvaguardia del Imperio frente al acecho de las principales potencias marítimas.
Nos acerca al planteamiento de que las navegaciones largas (tráfico de Indias y pesca de altura) constituyen una escuela insustituible para la formación y adiestramiento de marinos eficaces para la Armada, al tiempo que analiza los factores negativos que inciden en la escasez de marinería (la disminución de la navegación mediterránea por la piratería argelina y marroquí, las perturbaciones sufridas en las pesquerías vascongadas por las acciones extranjeras y la decadencia del tráfico comercial con las Indias), cuya consecuencia inmediata fue la despoblación de las costas y la emigración a América.
Trata también los aspectos de las deserciones, las revistas de inspección, las peculiaridades de las matrículas de Vizcaya y Cataluña, así como el establecimiento de la Matrícula en América y Filipinas.
Finalmente realiza una comparación sucinta entre el sistema de reclutamiento de la marinería en España y el practicado en las talasocracias de la época, Francia e Inglaterra.
Desde los albores del Anuario se prestó atención a este aspecto, de modo que en su segundo número ya aparece un completo estudio de Manuel Gutiérrez de Arce (1945) sobre la instalación danesa en las Islas Vírgenes.
Dinamarca se estableció en 1671 en la isla de Santo Tomás (Saint Thomas), en 1719 en los «Cayos de San Juan» (Saint John) y en 1733 en la isla de Santa Cruz (Saint-Croix), en este último caso por cesión de la monarquía francesa.
La incapacidad de respuesta por parte española permitió la MARINA ALFONSO MOLA constitución de estas Antillas danesas, con plantaciones de azúcar, café, añil y algodón, al servicio de la exportación que incluía jengibre, aguardiente y ron y estuvo en manos de la Compañía Danesa de las Indias Occidentales.
De otro tenor es el artículo de Basil Greenhill (1968), el cual aborda la temática de la emigración trasatlántica inglesa (en buena parte irlandesa) a Canadá y Estados Unidos, con la particularidad de ocuparse de las condiciones de viaje de los pasajeros y señalando la preferencia de estos por los buques de vapor, que hacían la travesía en 12 días frente a los 42 días de singladura a bordo de los barcos de vela.
También la emigración española a América cuenta con un artículo esencial del especialista en la materia Magnus Mörner (1975), que se ocupa de las migraciones ultramarinas partiendo del estudio de la legislación y las fuentes antes de pasar a las cifras, a la distribución por sexo, edad, regiones de origen y composición social y de analizar las causas que generan la emigración y el impacto en la metrópoli.
Un estudio modélico de referencia para todas las generaciones de estudiosos que se han dedicado a estas temáticas.
Además, el tema de la emigración americana ha estado presente en el Anuario desde la perspectiva regional, como en el caso de Morales Padrón (1951) para Canarias, mientras Juana Gil-Bermejo (1974) ofrece una utilísima información sobre los pasajeros a Indias.
La historia marítima como historia institucional
La historia marítima tiene una vertiente que forma parte de la historia institucional, puesto que atiende al estudio de los organismos que guardan relación con el ámbito marítimo.
Algunos de estos organismos están relacionados con el gobierno de la Armada (el Almirantazgo).
Otros están vinculados con las instituciones dedicadas a la administración mercantil (Casa de la Contratación) o los consulados de comercio, en su triple vertiente corporativa, profesional y judicial, cuando no también administrativa.
Una de las instituciones de la Marina de Guerra, el Almirantazgo, se inserta en un territorio privilegiado de la historia tradicional.
El primer Anuario se abría con el extenso trabajo de Florentino Pérez-Embid en que EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA se trataba la institución desde sus orígenes medievales hasta las capitulaciones de Santa Fe, comenzando por la génesis del Almirantazgo de Castilla desde Ramón Bonifaz hasta su traspaso, por concesión real, a la familia de los Enríquez en el siglo XV, la jurisdicción y sus privilegios económicos, las atribuciones de los almirantes y el perfil de cada uno de ellos, para terminar con una reflexión sobre los puntos del Almirantazgo de Castilla que sirvieron de inspiración para el de Indias, tras ser otorgada la dignidad de almirante a Cristóbal Colón en las capitulaciones suscritas con los Reyes Católicos.
Un trabajo de referencia hasta hace poco, ya que las investigaciones cualificadas sobre la institución son muy recientes tanto para sus etapas medieval y de decadencia (José Manuel Calderón) como a partir de su resurrección en 1737 (Alfonso Ceballos-Escalera).
12La historia marítima guarda asimismo relación con la historia militar.
No obstante, en el Anuario solo tangencialmente se publica algún trabajo remotamente conectado con este apartado, como es el caso del artículo de Rodríguez Casado (1968) en que se da cuenta de las transformaciones de la Marina de Guerra dentro de la política reformista de la recién instaurada dinastía borbónica, desde la creación de una Armada real, paso imprescindible para garantizar el dominio en el mar, y de la necesidad de contar tanto con una oficialidad de Marina formada para asumir el mando de las escuadras, como de disponer de unas tripulaciones aptas para la maniobrabilidad de los buques y suficientes en número para el servicio cuando se las requiriese (un problema que nunca acabó de resolverse).
Entre las instituciones dedicadas a la administración mercantil, la revista recoge el trabajo del especialista francés en historia de la familia, Gildas Bernard (1955), sobre la Casa de la Contratación, un organismo que controla el comercio y emigración a Indias, además de funcionar como un instituto científico y geográfico, centrando su estudio en el proceso de traslado de la institución de Sevilla a Cádiz y en su trayectoria gaditana hasta su extinción en 1790.
Asimismo, los Consulados (rivales) de Sevilla y Cádiz son estudiados por Antonia Heredia (1970), que nos presenta, además de sus sedes y financiación (impuestos, derechos, aranceles y bienes de propios), el funcionamiento MARINA ALFONSO MOLA de la institución y sus actividades tanto judiciales (defensa de sus componentes frente a otros grupos y frente a la administración pública) como gremiales, circunscritas no solo a los cargadores de Indias sino a los corredores de lonja y el palanquinado.
No se ha de olvidar que el Consulado era depositario de una matrícula donde se inscribían los beneficiarios de sus privilegios y de su protección, señalando taxativamente los requisitos para la pertenencia, al tiempo que el Consulado se erigía en tribunal privativo de comercio, nombrando sus jueces y aplicando las ordenanzas o las prácticas consuetudinarias a los litigios surgidos entre los mercaderes que exigen, entre otros supuestos, la interpretación de los contratos de flete, la admisión de las protestas de mar o el arbitraje sobre pecios o presas de corso.
La historia marítima como historia cultural
Ceñida durante mucho tiempo al ámbito de la historia de los descubrimientos y de las expediciones (y de sus auxiliares, la historia de la cartografía y de la ciencia náutica), más adelante se puso de relieve cómo el ámbito marítimo tenía unas señas de identidad propias caracterizadas por el modo de vida particular de los marineros, que poseen una cultura privativa, manifiesta en una sociabilidad, una religiosidad y un modo de expresión fuertemente individualizados.
Antonio Matilla Tascón, en su amplio artículo del segundo número del Anuario (1945), se ocupa de los siete viajes realizados por Julián Gutiérrez al golfo de Urabá, dando noticia sobre los pobladores autóctonos, el resultado económico de las diferentes expediciones y el problema de límites entre Castilla del Oro y Cartagena de Indias que se genera en el transcurso de las mismas.
Francisco Morales Padrón (1967) ofrece una panorámica de todos los conocimientos adquiridos hasta ese momento sobre el ciclo de exploraciones españolas en demanda de la Terra Australis Incognita.
El primer viaje de Álvaro de Mendaña (descubrimiento de las Islas Salomón), el segundo viaje del mismo (Islas Marquesas), el viaje de Pedro Fernández de Quirós, que tuvo como consecuencia el descubrimiento de las islas del Espíritu EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA Santo (Nuevas Hébridas, ahora Vanuatu) y la travesía de Luis Váez de Torres, quien iniciara el retorno por su cuenta, con el hallazgo del estrecho de Torres, que separaba Nueva Guinea y Australia, cuyas costas fue el primer europeo en divisar.
Otro bien argumentado y documentado artículo es el de Louis-André Vigneras (1953), que pone en cuestión la atribución al fundador de Québec del Brief Discours des choses les plus remarquables que Samuel Champlain de Brouage a reconnues aux Indes Occidentales (publicado en traducción inglesa por la Hakluyt Society en 1859), basándose en el análisis interno del texto (el viaje redondo entre Sanlúcar de Barrameda y Veracruz a bordo del barco francés Saint Julien da visiones fantasiosas o nebulosas de los lugares visitados) y en la confrontación con otras fuentes.
La excelente traducción del relato original fue de Francisco Márquez Villanueva.
De menor entidad es la aportación de Sergio Bonnet (1946), quien da a conocer una relación inédita del capitán Ortuño de Aguirre, de la Orden de San Juan, acerca de la expedición de la escuadra constituida por los buques de guerra Castilla y Europa, que viajó desde el puerto de Maldonado al de Concepción de Chile, entre 1747 y 1748.
Fruto de una investigación dirigida por Calderón Quijano, María Luisa Ramos (1956) presenta una panorámica de las expediciones científicas españolas a California en el Setecientos.
La primera parte se dedica a reseñar todos los viajes anteriores (incluyendo, con el escepticismo debido, las apócrifas de Ferrer Maldonado y de Juan de Fuca).
El resto del texto expone los viajes del siglo XVIII, con especial énfasis en los dos realizados por el peruano Juan Francisco de la Bodega y Quadra (1775 y 1779).
Concluye con los logros: el mejor conocimiento de las costas de California, el acopio de datos etnográficos sobre la región y la información servida a las autoridades políticas acerca de las intenciones de los rusos en aquellos confines del Pacífico.
El estudio de Enriqueta Vila (1965) es el traslado al Anuario de su tesis de licenciatura dirigida por Morales Padrón.
El texto se refiere a los viajes rusos de exploración de las costas septentrionales del Pacífico americano, especialmente a las expediciones oficiales de Vitus Behring y Alexei Chirikov (1740-1741), de Vasili Chichakov (1764-1766) y de Chirikov hijo (1769-1771) y, más sucintamente, a las privadas llevadas a cabo por la Compañía Rusa de Comercio.
El último capítulo se dedica a analizar las respuestas españolas a esta presencia rusa, sentida como una amenaza, y las expediciones de Juan Pérez (1774), Juan de la Bodega y Quadra y Bruno de MARINA ALFONSO MOLA Hezeta (1775), la segunda de Juan de la Bodega y Quadra (1779) y, muy especialmente, la de Esteban José Martínez (1788) y sus seguidores, Salvador Fidalgo y Manuel Quimper (ambas emprendidas en 1790).
La información se beneficia del hallazgo de varios diarios de navegación y se completa con los amplios informes de la embajada española en Petersburgo y de un inventario de los descubrimientos de españoles y extranjeros en la región.
Enrique Sánchez Pedrote (1967) se ocupa de la presencia española en la Costa de los Mosquitos, a través del detallado Diario de navegación del coronel Roberto Hodgson, militar inglés al servicio de los españoles, que, puesto al mando del bergantín Aventura, fletado por el virrey de Nueva Granada, da cuenta de la expedición oficial que le fuera encomendada en 1787, a fin de actuar como mediador entre los agentes implicados.
Los resultados quedaron por debajo de las expectativas y la posición hispana en el área siguió siendo precaria, debido a la insalubridad de los lugares, a la intromisión de los ingleses y a la mala voluntad de los zambos, peor dispuestos que los indios mosquitos a encontrar vías de encuentro con los españoles.
También en los primeros tiempos del Anuario (1947) se encuentra un prolijo artículo de Gonzalo Díaz de Iraola (base del libro publicado en 1948, con reedición facsímil del CSIC, 2003) sobre la expedición filantrópica de la vacuna (1803-1814), la primera expedición sanitaria de la historia que llevó el descubrimiento de Edward Jenner a todos los rincones del Imperio español y estuvo sufragada con fondos públicos.
Tras unos capítulos introductorios, se llega al nombramiento de Francisco Javier Balmis, médico de la Corte, como director de la expedición.
A partir de ahí se da cuenta de los individuos que componen la misma, la selección de los 22 niños vacuníferos y el inicio de la singladura en La Coruña a bordo de la corbeta María Pita, siguiendo en los sucesivos capítulos la arribada de la misión a Canarias antes de recalar en Puerto Rico y el itinerario seguido en tierras americanas, la división en La Guaira de la expedición para acelerar la actuación de la campaña de vacunación, la actuación de José Salvany en los virreinatos novogranadino y peruano, la intervención de Balmis en el virreinato novohispano, antes de partir en 1805 desde Acapulco en el navío Magallanes con 25 huérfanos (para afrontar la aventura del Pacífico) rumbo a Manila, desde donde llevó la campaña a China (Macao y Cantón), y la vuelta a España siguiendo la ruta del cabo de Buena Esperanza, deteniéndose en la isla de Santa Elena, en poder de los ingleses (1806), para continuar con su labor inmunológica.
El valor de este artículo radica EL ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS Y EL DESPERTAR DE LA HISTORIA en que ha sido el único referente a esta magna empresa hispánica durante medio siglo, hasta que la temática fue retomada por Susana Ramírez para su tesis.
13 Rafael Olivar (1954) nos introduce en una expedición de mediados del siglo XIX, en el marco de la campaña del Pacífico de la guerra hispano-sudamericana.
José Emilio Pérez Figueroa, teniente de navío de la fragata Numancia, dejó un vívido testimonio de los diversos escenarios que conoció a lo largo de su travesía desde Lima a Copiapó, Tahití, Manila, Batavia y, por la ruta del Cabo, a Cádiz, dando de esta manera la vuelta al mundo.
Durante mucho tiempo el ámbito de la historia de los descubrimientos y el de la historia de la cartografía han ido unidos, constituyéndose en la memoria geográfica de Occidente al dejar constancia del entramado de islas, canales, costas y puertos de los océanos Atlántico y Pacífico.
Asimismo, se ha inscrito en el complejo juego de las relaciones entre ciencia e imperio, de modo que la cartografía se ha concebido como uno de los instrumentos más efectivos para el control del territorio en las políticas colonialistas.
Como viene siendo habitual, esta vertiente de la historia marítima se trató en el coloquio hispalense de 1967, en el que José Antonio Calderón Quijano abordó la representación cartográfica de los puertos de Acapulco, Campeche, Veracruz y la isla de San Juan de Ulúa en los tiempos modernos, tema del que volverá a ocuparse unos años más tarde ampliando el área a Belice y Yucatán (1975).
Ya no se volverá a tratar de forma sustantiva en el Anuario hasta el dosier de 2013, que, con motivo del V centenario del avistamiento del Pacífico, coordinaron José María García Redondo y Consuelo Varela.
Cultura, tradiciones marineras y mentalidades
Tampoco este ámbito es ajeno al interés de los colaboradores de los primeros años de existencia del Anuario (en este caso de dos investigadores nacidos a finales del siglo XIX, represaliados y rehabilitados por la dictadura).
Así, el director del Museo Naval de Madrid (e impulsor del de Sevilla), académico de la Real Academia de la Historia y entonces aun capitán de 13 Ramírez Martín, 2002.
MARINA ALFONSO MOLA navío, Julio Guillén Tato, publicó en 1948 un artículo fruto de su periplo por tierras hispanoamericanas con más de 250 vocablos de origen marinero (temática ampliada en su discurso de ingreso en la Real Academia Española) y que se emplean en el inmenso continente americano.
Esta riqueza lexicográfica la sustenta en que los pasajeros a Indias convivían durante meses con la dotación de los barcos y, una vez llegados a tierra, continuaban empleando el vocabulario marinero pues era comprendido por todos los que también habían cruzado el charco.
No en balde el primer vocabulario marítimo en español fue impreso en México (1587) redactado por García de Palacio, un oidor de la Audiencia novohispana.
Por su parte, el historiador del arte y académico de las Reales Academias Sevillana de Buenas Letras y de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, Celestino López Martínez, de ideología muy progresista para la época en que redacta el artículo (1944) y que ha de camuflar con una adjetivación muy del régimen, nos ofrece una rica información sobre la Hermandad de Santa María del Buen Aire (1569).
La cofradía estaba integrada por personas vinculadas a la Universidad de Mareantes, muy diversas en jerarquía y condiciones.
Las diferencias de estatus a bordo y en tierra tenían su reflejo en los estatutos: había cofrades con voz y voto (capitanes, maestres examinados, pilotos, cosmógrafos y señores de naos que hubieran navegado en la Carrera de Indias) y cofrades con solo voz (contramaestres, guardianes, marineros y grumetes).
Los ingresos de la Hermandad eran suficientes para el sostenimiento del hospital (asistencia y cama) y del culto de la capilla.
También bastaban para socorrer a los cofrades robados o para rescatar a los capturados o para el real diario que percibían los incapacitados laborales (temporales o crónicos) o para sufragar los gastos de defensa de los encarcelados y aun sobraba para dotar a las hijas de los cofrades pobres difuntos.
En este renglón de ingresos también se ha de contabilizar el monto de las limosnas procedentes de las huchas, cepillos y alcancías con la insignia de la patrona colocados en la cubierta de las naos, bien a la vista de tripulantes y pasajeros, que servían de medidas propiciatorias para garantizarse vientos favorables en la singladura y que se prodigaban especialmente en caso de tormenta o riesgo de naufragio.
El autor también brinda una información muy jugosa sobre otras hermandades de la gente de mar trianera, que evocan las cofradías medievales y los gremios como asociaciones profesionales con una función económica, social y religiosa, casi todas con hospital y capilla para atender a la cura del cuerpo y del alma.
Por último, la historia de las mentalidades tiene también cabida en el Anuario a través del artículo de Louis-André Vigneras (1973), el cual ofrece una amplia y bien documentada panorámica de la literatura sobre las islas legendarias del Atlántico (que pudieron ser la sede del paraíso), trayendo a colación sucesivamente los escritos de la Antigüedad clásica, los textos de los padres de la Iglesia y las tradiciones celtas.
Tras dicha visión general, se dedican distintos capítulos a los viajes legendarios (el de San Brendan o el de los monjes bretones de Saint Mathieu).
Contrariamente a lo que podría esperarse de una revista nacida en una época difícil para la ciencia historiográfica en España, el Anuario dio pronto pruebas de su capacidad para incorporar toda una serie de trabajos, signados, eso sí, en la mayoría de los casos por la corriente positivista y erudita imperante en el momento, pero siempre dotados de una sólida base documental para sustentar sus aseveraciones.
El Anuario fue una de las publicaciones que más tempranamente supo introducir los estudios marítimos entre sus temáticas, en parte debido obviamente a la vocación de servir al mejor conocimiento de las relaciones de España con el mundo atlántico y, en particular, con el mundo hispanoamericano, que justamente debían hacerse siempre por mar.
El año 1968 marcó un parteaguas en esta trayectoria.
La oportunidad de la celebración en Sevilla del IX Coloquio Internacional de Historia Marítima permitió al Anuario, por un lado, ponerse en contacto con la flor y nata de los estudiosos de la especialidad y, por otro, incorporarse al proceso de institucionalización de la nueva historia de los hechos vinculados con el mar que se estaba produciendo en Europa, sobre todo por iniciativa de la historiografía francesa de la entonces pujante escuela de los Annales, que tuvo una notable participación en el encuentro.
De ahí salió el celebrado volumen XXV sobre Las rutas del Atlántico y, sobre todo, se pusieron las bases para la definitiva normalización de la historia marítima en nuestro país.
Muchos de los artículos relativos a la historia marítima incluidos en esta primera etapa del Anuario se convirtieron en referentes durante décadas hasta que las temáticas han sido revisitadas o ampliadas en tiempos bastante recientes.
MARINA ALFONSO MOLA Las páginas del Anuario sirvieron para dar a conocer estudios más amplios de esta nueva corriente historiográfica, tanto tesinas y tesis, como libros recién editados o de inmediata aparición, algunos de ellos publicados al poco tiempo por la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
En definitiva, después de este análisis exhaustivo de todos y cada uno de los artículos publicados en sus páginas entre 1944 y 1975, estoy convencida de que el Anuario de Estudios Americanos tiene todo el derecho a reclamar para sí el título de haber sido una de las publicaciones periódicas pioneras en el despertar de esta nueva historia marítima, de esta historia total del mar y sus orillas. |
Presencia de Anuario de Estudios Americanos en bases de datos y plataformas de revistas
La revista científica desempeña una función esencial en el sistema de comunicación de la ciencia, 1 ya que además de ser una herramienta de difusión de conocimiento se le atribuye un papel de certificación o validación de la actividad investigadora.
La edición de publicaciones periódicas de prestigio es un servicio que las instituciones científicas de mayor relevancia asumen entre sus funciones para beneficio de la comunidad nacional e internacional de investigadores.
Por ello resulta relevante analizar las características editoriales e indicios de calidad de una publicación en el contexto de su área temática.
Anuario de Estudios Americanos es una revista publicada desde 1944 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) desde la Escuela de Estudios Hispano-Americanos en Sevilla.
2 Como publicación especializada en Historia de América puede encuadrarse tanto en el conjunto de las publicaciones de Estudios Históricos como en el área transversal de los Estudios Latinoamericanos.
El americanismo español tiene connotaciones específicas por las evidentes relaciones históricas, culturales, políticas, sociales y económicas entre España y América Latina.
3 En este contexto, la Historia de América es un campo consolidado en nuestro país que está representado por diferentes publicaciones específicas.
La existencia de varias revistas de la especialidad, con prestigio y difusión internacional, es un reflejo de su importancia y de la implicación de un considerable número de investigadores.
Es notable que el propio CSIC edite además una segunda publicación específica de Historia de América, Revista de Indias, gestionada desde el Instituto de Historia en Madrid.
En cierta medida, puede decirse que Anuario de Estudios Americanos ha representado a la escuela sevillana de estudios americanistas.
Las publicaciones periódicas científicas nacidas a mediados de siglo XX se creaban con el objetivo principal de difundir las investigaciones realizadas en el centro editor.
Progresivamente estas revistas han ido abandonando este rol endogámico para convertirse en publicaciones cada vez más abiertas a la participación de autores de cualquier universidad o centro de investigación.
1 Para un panorama de la evolución de las revistas científicas, su situación actual y principales tendencias, véanse las contribuciones de diferentes autores en Abadal, 2017.
LA REVISTA ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS ANALIZADA
Los artículos que se publican son evaluados y seleccionados, pero lógicamente las revistas dependen de que los autores envíen sus textos.
En consecuencia, la calidad de los contenidos está muy relacionada con el prestigio y capacidad de cada revista para captar el interés por publicar de los autores de mayor relevancia en la disciplina.
Su presencia en bases de datos es un elemento hoy indispensable para su prestigio y difusión a nivel internacional.
Ello repercute tanto en la consulta y citación de sus artículos como en la incorporación de nuevos autores que desean remitir sus textos.
Anuario de Estudios Americanos está presente tanto en buscadores académicos como en bases de datos bibliográficas, repositorios, recolectores, portales y directorios de revistas.
4 Sin embargo, la cobertura varía en los diferentes sistemas de información en los que se localiza (tabla 1).
La revista en versión impresa está disponible en numerosas bibliotecas universitarias en todo el mundo, pero los usuarios demandan hoy en día el acceso telemático a los textos en su versión electrónica.
Para la versión en texto completo, la fuente principal es la propia plataforma de la Editorial CSIC que realiza la edición electrónica en acceso abierto.
5 Esta iniciativa se puso en marcha en 2007 y ha ido incorporando la versión digitalizada de años anteriores, pero de momento solo cubre los números publicados desde 1994.
6 Para la consulta de los primeros 50 años en formato digital es necesario acudir a un producto comercial (Periodicals Index Online -Periodicals Archive Online).
7 Además, en 1997 se editó un cd-rom con la edición íntegra de los volúmenes I al LIII-1.
8 Los artículos de Anuario de Estudios Americanos son analizados de forma sistemática por buscadores académicos y bases de datos bibliográficas, aunque también con coberturas variables que se recogen en la ta-4 Para un panorama actualizado de las fuentes de información disponibles en Internet para la investigación histórica, véase Chaín-Navarro, 2017.
5 Revistas CSIC, Edición electrónica de las revistas científicas del CSIC: http://revistas.csic.es/.
7 PIO Periodicals Index Online es una base de datos bibliográfica que recoge fondo antiguo de publicaciones periódicas de Humanidades y Ciencias Sociales.
Está comercializada por la empresa Pro-Quest.
Cuenta con un fichero paralelo, PAO Periodicals Archive Online, para los artículos que han sido digitalizados.
Para los usuarios españoles su consulta es posible en muchas bibliotecas universitarias o en la red de bibliotecas del CSIC.
8 Anuario de Estudios Americanos / Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Universidad Internacional de Andalucía, Fundación El Monte, Fundación Histórica Tavera, Madrid, Digibis Fundación Histórica Tavera, 1997, 1 disco compacto; contiene los volúmenes I al LIII.1, años 1944-1996.
A través de ellos, estos artículos pueden aparecer en los resultados de búsquedas realizadas en productos que recogen la producción española ( InDICEs-CSIC) 9 o hispánica (Dialnet), 10 en recolectores de datos de revistas electrónicas (REDIB, DOAJ), 11 en productos bibliográficos especializados (Historical Abstracts, HLAS, HAPI) 12 y en índices de citas (Web of Science, Scopus).
13 Además de estos productos que realizan un análisis sistemático de esta publicación, hay otros productos bibliográficos que realizan un seguimiento selectivo, como America History & Life, Anthropological Index Online, Bibliografía de la Literatura Española y MLA International Bibliography.
14 9 InDICEs-CSIC, Información y Documentación de la Ciencia en España, es un portal bibliográfico disponible en línea desde 2018: https://indices.csic.es/.
Integra las anteriores bases ISOC, ICYT e IME, productos pioneros en la puesta en marcha de las primeras bases de datos en España y que recogen la producción científica de las revistas españolas desde la década de 1970.
10 Dialnet es un portal bibliográfico que recoge publicaciones científicas de todo el mundo, con especial atención al ámbito hispánico: https://dialnet.unirioja.es/.
El proyecto fue iniciado en 2002 por la Biblioteca de la Universidad de La Rioja y desde 2009 está gestionado por la Fundación Dialnet.
11 REDIB, Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico, es una plataforma de revistas creada por el CSIC y Universia: https://www.redib.org/.
DOAJ, Directory of Open Access Journals, es una plataforma puesta en marcha por la Universidad de Lund a partir de 2003: https://doaj.org/.
En ambos casos se trata de recolectores o agregadores de contenidos, que incorporan de forma automatizada registros bibliográficos solamente de revistas científicas de acceso abierto.
12 Historical Abstracts, es una base de datos bibliográfica especializada en Historia moderna y contemporánea de todo el mundo, excepto Estados Unidos y Canadá; fue creada por la empresa ABC-Clio y actualmente es producida por Ebsco.
HAPI, Hispanic American Periodicals Index, es una base de datos especializada en Estudios Latinoamericanos gestionada desde UCLA: http://hapi.ucla.edu/.
HLAS, Handbook of Latin American Studies Online, es otro producto bibliográfico especializado en Latinoamérica elaborado por la Library of Congress: http://lcweb2.loc.gov/hlas/.
13 Web of Science es una plataforma que agrupa diferentes bases de datos bibliográficas, índices de citas e informes de indicadores bibliométricos creados inicialmente por el ISI Institute of Scientific Information y gestionados actualmente por Clarivate Analytics.
Contiene un fichero específico para Humanidades, Arts & Humanities Citation Index, si bien sus datos no se incluyen en los informes bibliométricos (JCR Journal Citation Reports).
Scopus es un producto competidor elaborado por Elsevier, cuyos datos son utilizados para elaborar indicadores bibliométricos en varias fuentes: CiteScore metrics, CWTS Journals Indicators y Scimago Journal & Country Rank.
En España el acceso a las plataformas Web of Science y Scopus para instituciones públicas de investigación se gestiona desde la FECYT y pueden consultarse en https://www.recursoscientificos.fecyt.es/.
14 En estos productos solo se incluyen las referencias de los artículos relacionados con su especialidad temática: America History & Life (elaborado por ABC-Clio y especializado en Historia de Estados Unidos y Canadá), Anthropological Index Online (Royal Anthropological Institute, artículos de antropología), Bibliografía de la Literatura Española (creada por Carmen Simón Palmer y gestionada actualmente por ProQuest) y MLA International Bibliography (Modern Language Association, artículos sobre Literatura internacional).
En la valoración de características editoriales que realiza la red iberoamericana Latindex, 15 Anuario de Estudios Americanos cumple la totalidad de los 33 criterios de calidad en la edición impresa y 35 sobre 36 en LUIS RODRÍGUEZ YUNTA la versión electrónica, por lo que en ambos casos la publicación entra en la sección de Catálogo.
Las características de calidad definidas por esta red se basan en buenas prácticas en los procesos de edición científica.
En el momento de su implantación había graves carencias en las revistas de Humanidades,16 pero actualmente su cumplimiento es generalizado.
La propia presencia en bases de datos se utiliza a menudo como indicador de la calidad o prestigio de las publicaciones.
Entre las fuentes que valoran especialmente este indicador, Anuario de Estudios Americanos se sitúa en la categoría A en Ciencias Humanas en la Clasificación CIRC17 y tiene un ICDS con el nivel máximo de 11 en MIAR.
18 Otro sistema de categorización de revistas en el que ha sido seleccionado es ERIH Plus.
19 La revista forma parte de la selección de fuentes utilizada en los índices de citas de Web of Science, pero su productor no publica datos estadísticos de factor de impacto u otros indicadores para las revistas de Humanidades.
Por ello, como indicadores estándares elaborados a partir de citas, solo podemos contar con las fuentes bibliométricas basadas en los datos de Scopus.
En CiteScore Rank de 2017, Anuario de Estudios Americanos ocupa la posición 527 entre 771 revistas en la categoría Cultural Studies (tercer cuartil).
La revista también figuró en los proyectos de análisis de citas de revistas españolas, RESH e In-Rech, 20 pero estos sistemas de información no están vigentes actualmente.
Igualmente, figura en Journal Scholar Metrics, 21 en donde ocupa la posición 583 sobre 701 revistas inter-LA REVISTA ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS ANALIZADA nacionales de Historia (cuarto cuartil) según las citas recogidas por Google Scholar Metrics para el periodo 2010-2014.
Anuario de Estudios Americanos cuenta también con el Sello de Calidad de Revistas Científicas Españolas concedido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).
Este certificado asegura que la publicación se encuentra entre las revistas científicas españolas de excelencia en su difusión internacional y en el cumplimiento de buenas prácticas de revisión y edición.
En la propuesta de categorización de las revistas españolas de Historia, realizada en la base de datos ISOC y basada en indicadores sobre trayectoria, apertura de la autoría e internacionalidad en el periodo 2004-2013, esta revista quedó encuadrada en la categoría principal.
De 10 indicadores, mejoraba la media de la disciplina en 8 de ellos.
Al aplicar estos mismos baremos sobre el conjunto de publicaciones españolas en Web of Science y/o Scopus, Anuario de Estudios Americanos figuraba en la posición 11 sobre 233 títulos analizados y mejoraba la media en 7 de 10 indicadores.
22 Finalmente, en el informe elaborado por la red REDIAL sobre las revistas europeas especializadas en Estudios Latinoamericanos, 23 se destaca su posición como una de las publicaciones de mayor prestigio en el americanismo internacional.
En un ámbito marcado por la juventud y falta de continuidad de gran número de iniciativas editoriales, puede considerarse como un título consolidado y de referencia en su especialidad.
Para hacer un análisis bibliométrico de Anuario de Estudios Americanos se han extraído datos de InDICEs-CSIC, portal bibliográfico que incorpora los registros disponibles anteriormente en la base ISOC.
Esta base de datos ofrece una cobertura amplia de la revista (1974-2018) y ofrece diferentes campos para el análisis: autoría, filiación institucional, clasificación de los artículos y temas tratados en cada artículo (descriptores de materias, identificadores y topónimos).
Con el objetivo de establecer algunas comparaciones se han extraído también de InDICEs-CSIC datos de otras revistas españolas especializadas LUIS RODRÍGUEZ YUNTA en Historia de América.
Para establecer los títulos a comparar se han seleccionado las revistas de esta especialidad presentes en la base de datos Scopus.
Con ello se pretende comparar títulos similares en cuanto a temática y difusión.
Estas publicaciones son: Boletín Americanista de la Universitat de Barcelona, Illes i Imperis de la Universitat Pompeu Fabra, Revista Complutense de Historia de América de la Universidad Complutense de Madrid, Revista de Indias del Instituto de Historia del CSIC en Madrid y Temas Americanistas de la Universidad de Sevilla.
Con ello se puede hacer una comparativa entre publicaciones de tres de los principales puntos focales del americanismo en España: Madrid, Barcelona y Sevilla, con dos títulos de cada uno de ellos.
En InDICEs-CSIC los registros del año en curso se han completado con los artículos de este número en elaboración.
Para otras revistas solo han podido incluirse parcialmente los artículos editados en 2018.
Los datos sobre citación se han extraído de Web of Science y de Scopus.
Las búsquedas se han realizado en septiembre de 2018.
Se ha descartado utilizar los datos de citas del buscador académico Google Scholar por considerar que este producto carece de la necesaria estabilidad y fiabilidad estadística que sí se presupone en las bases de datos bibliográficas.
Análisis de la temática de los artículos publicados
A partir de los registros de la revista en InDICEs-CSIC podemos analizar la evolución del enfoque temático de la revista en dos grandes apartados: periodo histórico (época precolombina, edad moderna y edad contemporánea) y ámbito geográfico (diferentes países).
El análisis de la distribución temática por periodos muestra un predominio general de los trabajos sobre Historia moderna (505 artículos), sobre los de Historia contemporánea (345 en total).
En el gráfico 1 puede verse como a partir de 1987 los estudios de contemporánea se incrementan y superan a los de moderna en años determinados.
Por el contrario los artículos sobre el periodo precolombino son muy escasos (tan solo siete entre 1974 y 2018).
El cómputo se completa con otros 83 trabajos sobre periodos amplios o sobre la fase de transición entre los siglos XVIII y XIX.
Analizando esta evolución en porcentajes por quinquenios (gráfico 2) se muestra con mayor claridad esta evolución general:
-hasta 1984 la revista publicaba más de un 70 % de sus trabajos en relación con la época moderna; -a partir de 1985 la Historia contemporánea se incrementa y equilibra con los estudios de moderna aunque manteniéndose algo por debajo; -entre 2005 y 2009 la Historia contemporánea se sitúa por encima de los trabajos de Historia moderna; -a partir de 2010 se vuelve a una situación de cierto equilibrio con predominio de los trabajos de Historia moderna.
Para comparar esta distribución temática con otras revistas españolas de Historia de América se analiza el periodo 2000-2018.
Con ello se pretende reflejar la situación actual de estas publicaciones en el siglo XXI.
En el gráfico 3 destaca que la Historia moderna predomina solamente en las publicaciones editadas en Sevilla, Anuario de Estudios Americanos y Temas Americanistas, en las que supone un 48 % y un 52 % respectivamente.
Por el contrario los estudios sobre Historia contemporánea son muy superiores en las publicaciones de Madrid y Barcelona, especialmente en Boletín Americanista (69 %).
Como puede verse en el gráfico 3, la escasa presencia de trabajos sobre época prehispánica es una constante en las revistas españolas de Historia de América.
En el caso de la Universidad Complutense de Madrid este hecho está justificado por la edición de otro título centrado en estudios americanistas antropológicos, etnohistóricos y arqueológicos: la Revista Española de Antropología Americana.
24 Por el contrario, no existe una publicación especializada en este ámbito en Barcelona o Sevilla.
Con menor número de estudios se sitúan Filipinas (26), Puerto Rico (23), Brasil (20), República Dominicana (19), Estados Unidos (18), Guatemala (16), Uruguay (15), Paraguay (11), Panamá (9), Canadá (5), Nicaragua (5), Haití (4), Honduras (4) o El Salvador (1).
Al analizar la evolución por quinquenios de los trabajos sobre los cinco países más estudiados (gráfico 4) se aprecian algunas diferencias de interés:
-México es el país con mayor número de estudios, pero es sobrepasado en algunos periodos por Perú (1980-1989), Cuba (1985-1994) Otro dato que podemos extraer de ÍnDICEs CSIC es la evolución de los descriptores de materias.
25 En la tabla 2 se presentan los diez descriptores más utilizados para la descripción de los temas tratados en los artículos en cada década.
Mientras que en la década de 1980 el foco de atención se dirigió hacia la esclavitud, a partir de 1990 predominan los estudios sobre sociedad colonial e indígenas.
Algunos temas como los procesos de independencia o los estudios de género tienen una aparición más irregular, están muy presentes en algunas décadas, pero ausentes en otras.
Análisis de la autoría
De los registros de la revista en InDICEs-CSIC podemos analizar la relación de autores para el periodo 1974-2018.
La diversidad en la autoría (relación entre firmantes y artículos) está proporcionada para una publicación de Humanidades, dado que en estas disciplinas predominan los trabajos de un único autor.
En Anuario de Estudios Americanos se han editado en este periodo 878 trabajos con una sola firma (92 % del total), 64 con dos autores (7 %), siete casos con tres, dos con cuatro y uno con cinco.
En la tabla 3 se analiza la distribución del número de artículos por autor.
A partir de los registros de la revista en InDICEs-CSIC podemos analizar también la evolución de la procedencia de los autores.
En este caso limitamos el análisis a los artículos publicados a partir de 1993, fecha en la que Anuario de Estudios Americanos incorpora sistemáticamente el dato sobre la filiación institucional de los autores.
26 En el periodo 1993-2018 las instituciones españolas con mayor número de trabajos han sido la Universidad de Sevilla (67 trabajos) y el CSIC (44), seguidas de la Universidad Complutense de Madrid (17), Universitat de Barcelona (10), Universidad de Granada (8), Universidad de Valladolid (8), Universidad del País Vasco (8), Universitat Autònoma de Barcelona ( 7), Universidad de Córdoba (6) y Universidad de Huelva (6) De los 582 artículos publicados desde 1993, solamente trece son colaboraciones entre autores de diferentes instituciones.
De ellas siete son entre organizaciones españolas, cinco entre una institución española y una extranjera (dos con Cuba y uno con Bolivia, Chile y Perú) y finalmente un caso entre centros de otros países (Estados Unidos y Perú).
Aunque las dos principales instituciones representadas en Anuario de Estudios Americanos, Universidad de Sevilla y CSIC, destacan con claridad sobre las restantes, el índice de endogamia es muy bajo.
Al analizar el porcentaje que representan estas instituciones sobre el total de artículos (gráfico 5) se aprecia que entre ambas no superan el 30 % de los trabajos publicados, y no llega en ningún periodo al 15 % para el caso de la entidad editora (CSIC).
El porcentaje de artículos firmados por investigadores de la entidad editora en Anuario de Estudios Americanos para el total del periodo analizado es de solo el 8 %, el más bajo entre las revistas españolas de Historia de América que se han analizado en este trabajo (véase tabla 4).
Número de artículos de las entidades editoras entre 1993 y 2018 en las revistas españolas: Anuario de Estudios Americanos (AEA), Boletín Americanista (BA), Illes i Imperis (II), Revista Complutense de Historia de América (RCHA), Revista de Indias (RI) y Temas Americanistas (TA).
Se aporta porcentaje correspondiente al valor de la entidad editora (destacado en negrita) sobre el total de artículos publicados en cada caso.
La aportación de trabajos firmados por autores de filiaciones extranjeras se sitúa en el 55 % de los artículos en el periodo 1993-2018.
Destacan especialmente las aportaciones firmadas por autores de Argentina (109 trabajos), México (44), Chile (28), Francia ( 27 Lógicamente, hay una cierta relación entre los países con mayor presencia de autores y los países latinoamericanos más tratados, si bien en algunos casos la mayor parte de los estudios proceden de investigadores españoles, europeos o norteamericanos.
En la tabla 5 puede verse cómo el interés por Argentina o Chile tiene una mayor base en la aportación de historiadores de estos países que en los casos de México, Perú, Cuba o Bolivia.
Número de artículos de autores extranjeros entre 1993 y 2018 en las revistas españolas: Anuario de Estudios Americanos (AEA), Boletín Americanista (BA), Illes i Imperis (II), Revista Complutense de Historia de América (RCHA), Revista de Indias (RI) y Temas Americanistas (TA).
Se excluyen los países con menos de 5 artículos en la suma de todas las revistas.
Las revistas especializadas en Estudios Latinoamericanos tienen en general un alto grado de internacionalidad en la autoría.
28 En un estudio sobre la revista América Latina Hoy, publicación americanista del ámbito de Ciencias Sociales editada por la Universidad de Salamanca, la participación de autores extranjeros es incluso mayor, del 75 %, especialmente con aportaciones desde Estados Unidos, México y Argentina.
29 Igualmente, la mayor parte de las descargas de la versión electrónica en las revistas americanistas del CSIC provienen de Estados Unidos y Latinoamérica.
30 Comparando con otras revistas españolas especializadas en Historia de América, puede observarse en la tabla 6 que el predominio de autores de Argentina y México es similar en todos los títulos, si bien en el caso de Anuario de Estudios Americanos, la aportación desde Argentina es especialmente importante.
Por el contrario resulta menor la participación de autores de otros países como Alemania, Brasil, Cuba, Colombia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Puerto Rico, en relación con otras publicaciones especialmente Revista de Indias.
Análisis de datos de citación
En Humanidades, y específicamente en el campo de la Historia, los tradicionales análisis de citación tienen un alcance limitado.
Las referencias bibliográficas se dispersan sobre una amplia tipología de documentos y fuentes primarias.
Escasamente incluyen artículos publicados en los últimos años y mantienen una vida media superior a los diez años.
En un estudio sobre las citas presentes en Revista de Indias entre 1995 y 1999 un 62 % se dirigían a monografías y solamente un 16 % a artículos de revista.
31 La plataforma Web of Science nos permite extraer datos de citación para los artículos de Anuario de Estudios Americanos a partir de 2008.
En la tabla 7 se muestra la lista de las principales publicaciones de procedencia de las citas recogidas en esta plataforma.
Aunque las autocitas de la propia LA REVISTA ANUARIO DE ESTUDIOS AMERICANOS ANALIZADA revista ocupan el primer lugar en la lista, su porcentaje es solamente de un 7 %, lo que puede considerarse dentro de la normalidad de las buenas prácticas científicas.
Entre las citas recogidas en Web of Science, el 71 % proceden de publicaciones en español, pero también hay fuentes en inglés (26 %), portugués y francés.
En el momento de la consulta (septiembre de 2018) el artículo más citado fue publicado en 2009: «Agua, poder y discursos: conflictos socio-territoriales por la construcción de centrales hidroeléctricas en la Patagonia chilena», de Hugo Romero Toledo, Hugo Romero Aravena y Ximena Toledo Olivares.
La secuencia de citación refleja las dificultades para hacer estudios de impacto sobre los dos o tres primeros años en publicaciones de Humanidades, pues este artículo no recibió ninguna cita en los dos años siguientes a su publicación, teniendo sin embargo trece citas: tres en 2012, una en 2015, dos en 2016, cinco en 2017 y dos en 2018.
En el caso de Scopus los datos son algo menores al recoger datos de forma sistemática sobre esta revista solo a partir de 2010.
En este recurso el artículo más citado es de 2011: «Luchas y defensas escondidas.
Pluralismo legal y cultural como una práctica de resistencia creativa en la gestión local del agua en los andes», de Rutgerd Boelens, con siete menciones.
Comparando con otros títulos españoles en la misma fuente, el índice h de Anuario de Estudios Americanos en el periodo 2010-2018 se encuentra algo por debajo de Revista de Indias pero por encima de los restantes casos (véase tabla 8).
La presencia en bases de datos nacionales e internacionales y el análisis bibliométrico muestran que Anuario de Estudios Americanos es una publicación consolidada y de prestigio en el ámbito de los estudios de Historia de América.
El grado de internacionalidad, la diversidad en la autoría, así como el hecho de estar seleccionada en las principales fuentes bibliográficas o haber obtenido el sello de calidad FECYT, certifican el cumplimiento de buenas prácticas editoriales.
Algunas características que se describen en este estudio son propias de las revistas de Humanidades: pocos trabajos en colaboración y escasas citas recibidas a sus artículos.
Por otra parte, presenta otras características habituales en las publicaciones de Estudios Latinoamericanos: alta internacionalidad en la autoría e importancia de las consultas y citaciones desde Latinoamérica y Estados Unidos.
En comparación con otras publicaciones españolas de la especialidad, obtiene buenos resultados en el nivel de citas recibidas, aunque dentro de los niveles de baja citación de las revistas de Humanidades.
Como indicador de calidad, cabe destacar que el porcentaje de artículos de investigadores de la entidad editora es el más bajo entre los títulos analizados.
Por tanto, puede interpretarse que la endogamia es baja o está bien controlada en esta publicación.
Como características particulares frente a otras revistas españolas de Historia de América, destaca el mayor peso de los estudios de Historia moderna sobre los de contemporánea y la mayor participación de Argentina, tanto en la autoría como en los temas de estudio. |
historiografía colonial centroamericana al haberle aportado nuevas miradas y posibilidades de investigación desde los campos de la geografía humana y la demografía histórica.
La dedicación de su autor a la localización de nuevas fuentes en archivos americanos y europeos sobre las poblaciones del noroccidente de Guatemala durante los siglos XVI al XIX han enriquecido las sucesivas ediciones de esta obra, que ya cuenta con cuatro ediciones en inglés, en 1985, 1992, 2005 y 2015, todas en Montreal, a cargo de la McGill-Queen's University Press (que al parecer está contemplando una quinta edición), y dos en español, en los años 1990 y 2015, ambas en Guatemala, por parte del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA) y Plumsock Mesoamerican Studies.
En realidad, esta segunda edición en español ha dado a luz un libro completamente nuevo por el cuidado que George Lovell ha puesto en la reescritura de varios de sus capítulos, la suma de nuevos datos demográficos y la precisa actualización de sus notas y la bibliografía.
Un esfuerzo con el que consigue mantener su carácter pionero al reconstruir la historia de una región bastante olvidada dentro del estudio del pasado del istmo tres décadas atrás.
Hasta finales de la década de los ochenta la etnohistoria era un campo historiográfico en ciernes en Guatemala.
Con excepción de la labor desarrollada por el Seminario de Integración Social guatemalteca financiado por Estados Unidos entre 1954 y 1976, la Misión Científica francesa entre
1972 y 1975 y el Proyecto de Investigación Hispano-Latinoamericano de la Universidad de Sevilla dedicado, desde la antropología histórica, a la Audiencia de Guatemala, los estudios antropológicos e históricos sobre las comunidades indígenas del país ponían poca atención a las transformaciones en el tiempo del territorio y sus habitantes.
Bajo la influencia de la geografía cultural de la Escuela de Berkeley, la sierra de los Cuchumatanes, una región periférica del imperio español, cobró significado en esta investigación como un espacio de lucha, de construcción de identidades, de amplias transformaciones económicas y de resistencia y cambio cultural que se constituye en un punto denso de narración de la experiencia colonial del mundo americano.
Sin abandonar la recolección de los datos, considerablemente actualizada en esta edición, la geografía recupera su más amplia dimensión social para contar la historia, en larga duración, de los mames, jakaltekos y chalchitecos que trazaron el camino de resistencia y lucha por la tierra, sus habitantes, sus saberes y su dignidad.
La historia de la escritura de este libro está marcada por la guerra civil que vivió Guatemala durante treinta y seis años.
Una guerra que parecía interminable por la sangre que derramó y el daño que infligió a la sociedad.
Esta tragedia determinó el itinerario intelectual de George Lovell, quien desde 1974, no ha dejado de pensar y escribir sobre la historia colonial de una de las regiones con mayor diversidad étnica y cultural de la América española, el que se ha extendido en los últimos años a una valoración de su rico patrimonio documental con su participación en el importante proyecto de transcripción y estudio de los libros segundo y tercero de Cabildo de Santiago de Guatemala, que se creían perdidos hace más de un siglo.
Hacer geografía histórica en medio de estos enfrentamientos no fue una tarea fácil.
Como muchos de los religiosos mercedarios y dominicos que aparecen en las páginas de este libro, el autor encontró auxilio y ayuda en los valientes religiosos y religiosas que tuvieron presencia en los Cuchumatanes casi quinientos años después aun a costa de sus vidas durante el conflicto.
Su contacto y convivencia con ellos puso las condiciones para realizar un trabajo monumental en los archivos parroquiales en los que no eludió ningún dato: las transformaciones del territorio, los desplazamientos de sus pobladores y las relaciones interétnicas para dar lugar a la escritura de una historia social del noroccidente guatemalteco durante el periodo colonial.
Este libro propició dos cambios metodológicos relevantes en la investigación histórica sobre el periodo colonial en Centroamérica.
El primero, HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS respecto al conocimiento de los pueblos indígenas, en el que puso atención a las áreas que eran periféricas dentro de lo que ya era la periferia colonial centroamericana en el imperio español.
Y el segundo, relacionado con el enfoque de la escritura histórica, que consistió en pasar del estudio de los grandes centros poblacionales y económicos a aquellas regiones marginales y de menores dimensiones territoriales que también configuraron la vida, trabajo y muerte de gran parte de los habitantes del antiguo Reino de Guatemala.
Junto a las monografías de comunidad desarrolladas por los antropólogos estadounidenses y la monografía histórica sobre el pueblo de Sajcabajá escrita por Jean Piel como único historiador integrante de la misión científica francesa en 1974, esta investigación inició el itinerario de desarrollo de la historia regional, campo en el que abrevó el ciclo de renovación, crecimiento y consolidación que experimentaron los estudios históricos sobre Centroamérica en diversas partes del mundo.
El marco humanístico de explicación narrativa y empírica de la geografía cultural frente a la abstracción, la cuantificación y la veneración de la teoría explican en gran medida el aporte perdurable de este libro al emprender un esfuerzo de síntesis reconstructiva del pasado de las tierras altas de Guatemala, esfuerzo que abarca tanto la cultura de contacto, el propio periodo colonial y los años previos a la emancipación política.
El paisaje cultural, en el que la actividad humana adquiere una expresión formal e informal y es de naturaleza dinámica, solamente puede ser aprehendido en la dimensión del tiempo, en el que se muestran las transformaciones de sus relaciones temporales y espaciales.
Una geografía como la de los Cuchumatanes, compuesta por tierras frías e inhóspitas, exuberantes y templados valles y campos áridos y espinosos contiene una geografía humana igualmente diversa.
Los embates de fuerzas ambientales y humanas no conmovieron la prevalencia en el tiempo de las creencias y formas de vida de sus habitantes indígenas como elemento visible, palpable y perdurable de este paisaje en transformación.
A pesar de que la conquista pudo oscurecer su vida por siglos, no pudo extinguir su cultura.
La reconstrucción de la cultura cuchumatense realizada en esta obra desde la historia cultural del altiplano que la antecedió en los estudios del profesor Robert M. Carmack, los registros arqueológicos y las fuentes etnohistóricas permitió comprender su lugar en el contexto mesoamericano y la situación de fragmentación política del altiplano de Guatemala precedente a la conquista española.
Este hallazgo permite sustentar en la actualidad que este vacío de poder lo habrían llenado los aztecas del valle de RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS México si los españoles no hubieran llegado antes a alterar por completo el curso de la historia mesoamericana.
La investigación de Lovell cuestionó un tópico arraigado en la historiografía guatemalteca que planteaba que con la derrota de los k'ichés la conquista de Guatemala estaba asegurada, cuando demostró desde las fuentes que victorias militares tan importantes, como la de los primeros meses del año 1530, no siempre aseguraron que los indígenas acataran el orden y las disposiciones de sus dominadores.
Este cuestionamiento sigue dando lugar a considerar la sublevación indígena como un campo de estudio que empieza a ser abordado muy recientemente en el país.
El hecho de que los pueblos cuchumatenses pudieran organizar ejércitos poderosos indica que al momento de la conquista española su población era numerosa y bien organizada y que el sometimiento militar se extendió hasta principios de la década de 1540, razón por la que solo a mediados y finales de esta década los conquistadores empezaron a convertir los pueblos indígenas en una colonia viable, la que por su geografía, no era una región en la que sería fácil alcanzar las aspiraciones espirituales y económicas del imperio.
El interés de los españoles en el noroccidente de Guatemala no fue tanto como en otras partes de Centroamérica después de que concluyó la conquista y comenzó la política de congregación de poblaciones para afirmar el control territorial y tributario, situación que se extendió hasta los años transicionales del siglo XVII y prevaleció en menor grado hasta inicios del XIX.
Esta situación no fue de total abandono de estos territorios, por lo que no dio lugar a una rebelión, aunque eventualmente las poblaciones recurriesen a la violencia.
Lo que sí hicieron fue oponer una resistencia cultural a los invasores europeos mediante el retorno a sus costumbres tradicionales en el transcurso de los siglos XVII y XVIII, que ya eran una mezcla creativa de los elementos de la cultura hispana que habían aceptado y la precolombina que habían conservado: una aculturación estratégica que respondió a la dominación haciendo algunos cambios y conservando otros elementos esenciales.
A su vez, los pueblos cuchumatenses durante estos dos siglos fueron abandonando las congregaciones por una forma más dispersa de asentamiento a medida que la autoridad colonial se fue debilitando, especialmente en las áreas más aisladas de la región a donde no llegaba el ojo vigilante de los funcionarios locales de Totonicapán y Huehuetenango que casi nunca eran visitados por las autoridades de Santiago de Guatemala.
La persistencia de los funcionarios de la Corona o HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS el celo del clero no impidieron que los indígenas regresaran paulatinamente a cultivar la tierra de sus antepasados.
Este hallazgo del libro pone en evidencia el fracaso de la política colonial al no conseguir que los indígenas abandonaran sus tierras ancestrales, ya sea espiritual como materialmente.
Fue así como los indígenas preservaron la propiedad colectiva de la tierra con la posesión de un título comunal que después se protegía con el mecanismo de composición de tierra, en el que se legalizaban títulos de tierra irregulares con el pago de honorarios, medida destinada a los españoles para expropiar tierras ilegalmente y que los indígenas utilizaron en su favor.
La creciente importancia de la posesión de la tierra dio lugar a los pleitos y antagonismos propios de los últimos tiempos de la vida colonial tanto entre españoles e indígenas como entre pueblos de indios y las mismas comunidades.
Aun con esta situación de resistencia, el libro narra cómo la calidad de vida de estas poblaciones fue deteriorándose por la obligación de pagar el tributo sin ninguna consideración incluso en tiempos de penuria por sequías, terremotos o enfermedades, que también provocaron gran despoblación y desarticularon la institución de la encomienda.
Estas demandas tributarias llegaron a ser tan excesivas que la entrada de los indígenas al peonaje por deudas, favorecido por la formación de las haciendas en siglos posteriores, ofrecía mayores posibilidades de supervivencia que ser tributario de la Corona en un pueblo de indios.
La política agraria de finales del siglo XVIII terminó por conformar el esquema de propiedad de la tierra que forma parte del agro guatemalteco actual.
Escribir la historia de una «tierra pobre y estéril», en palabras del funcionario colonial Diego de Garcés para referirse a la sierra de Huehuetenango en 1560, es mostrar cómo las grandes expectativas imperiales narradas en tantos libros de historia se convirtieron en quimeras en estas pequeñas poblaciones y cómo el avance de la conquista trajo consigo una tragedia que fue el azote de un pueblo y finalmente la ruina de un imperio.
No se obtuvieron todos los metales preciosos que se esperaban, no se destruyó la integridad territorial de las poblaciones y la cultura tradicional renació en los pueblos cuchumatenses a pesar de haber sufrido una pobreza y sometimiento que puso en riesgo su propia existencia.
Conquista y cambio cultural narra una historia que fue desconocida hasta hace pocos años para la mayoría de los habitantes de Guatemala, pero también una historia que se escribió en medio del conflicto y la esperanza.
La esperanza de esos pueblos en los que su autor descubrió ese sentido de dignidad que prevalece a pesar de todos los siglos pasados.
Altez, Rogelio, Historia de la vulnerabilidad en Venezuela: siglos XVI-XIX, Madrid, CSIC / Universidad de Sevilla / Diputación de Sevilla, 2016, 510 pp., il.
Esta obra del antropólogo e historiador Rogelio Altez se nutre del material utilizado en su tesis doctoral «Historia de la vulnerabilidad en las regiones hoy venezolanas.
Es, por tanto, fruto de años de trabajo en diferentes archivos y bibliotecas y fruto de años de reflexión sobre el tránsito lento, pausado, del periodo colonial al republicano en Venezuela, uno de los países más vulnerables de toda América latina.
Gracias a fondos documentales conservados en España (Archivo General de Indias, Archivo Histórico Nacional, Archivo General de la Marina, Servicio Histórico Militar y Servicio Geográfico del Ejército) y a otros depositados en los Archivos Generales de la Nación de Venezuela y Colombia, así como en las bibliotecas nacionales de España, Francia, Inglaterra y Venezuela (junto a otros archivos más), el autor puede articular una densa red de referencias que permiten sustentar su visión, amplia y detallada, de la Venezuela colonial, realidad tamizada y mediatizada por los terremotos de los que hay constancia y que son para el autor como ventanas a través de las que contempla las condiciones de vulnerabilidad de toda una sociedad y que nos transmite en la forma de un libro ameno y editado con profesionalidad.
Esta obra nos permite comprender también la vulnerabilidad presente hoy en día en dicho país sudamericano: en un momento concreto, Altez afirma que si las condiciones de vulnerabilidad no se resolvieron con la transformación estructural que supuso el colapso de la guerra civil por la independencia, esto permitió que la vulnerabilidad sobreviviera y continuara reproduciéndose históricamente en estos dos últimos siglos.
Quizás esta proyección hacia la actualidad esté mucho más presente en esta obra de lo que un lector superficial y veloz pueda pensar.
En realidad, el recorrido que el autor realiza desde el siglo XVI hasta principios del XIX aporta los suficientes elementos para proyectar la trayectoria de toda la sociedad venezolana mucho tiempo después.
Es, sin duda, una vertiente temática muy interesante que deberán completar los historiadores en el futuro y que quizás el propio Altez se plantee abordar en algún momento, sobre todo a medida que el nuevo colapso que se avecina en Venezuela sea otra trágica consecuencia de una vulnerabilidad no resuelta en el país HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS sudamericano.
Sin embargo, no es este el objeto del libro, aunque el lector sensible e inteligente lo tendrá en cuenta desde que empiece a leerlo.
El autor, por el contrario, deja bien claro en su densa introducción que el objetivo central es utilizar los terremotos como recurso metodológico de su investigación por tratarse de fenómenos de baja frecuencia y fuerte impacto, con una fecha bastante precisa para poder «leer» el proceso colonial venezolano en el que se van a producir y reproducir las vulnerabilidades que Altez perfila.
Quizás sea por esto que la estructura del libro sigue un claro esquema cronológico, con tres capítulos que enmarcan todo el proceso histórico de Venezuela desde su descubrimiento, conquista y ocupación territorial (1530-1629) hasta el desgaste del modelo colonial y el colapso final que supone el proceso independentista (1766-1812), pasando por una fase intermedia caracterizada por la consolidación del protagonismo de Caracas y el inicio de las reformas borbónicas (1641-1740), estructura cronológica que ya tenía su tesis doctoral.
No obstante, su conversión a libro ha supuesto una importante pérdida en el número de imágenes que ilustraban y clarificaban el texto.
Los terremotos de 1530, 1641, 1740, 1766 y 1812 van marcando la periodización que realiza el autor y sirven para descubrir las condiciones preexistentes que se manifiestan de forma decisiva en esos momentos puntuales en cuanto a vulnerabilidad natural, física, económica, social, política, técnica, ideológica, cultural, educativa, ecológica e institucional.
Como vemos, la vulnerabilidad tiene muchas caras, pero en el fondo -como resume Altez en el capítulo inicial sobre Historia y Vulnerabilidad-se trata de un dispositivo socialmente producido y que se ubica entre la sociedad y la naturaleza.
Es obvio que las condiciones de vulnerabilidad son muy dispares en una extensión territorial tan dilatada como Venezuela y que la cantidad documental sobre el tema de investigación abordado en esta obra puede ser difícil de manejar para un periodo tan extenso como la época colonial, pero la circunstancia de que los terremotos sirvan como elemento estructurador del desastre hacen que la vulnerabilidad, el riesgo y la amenaza se concreten ya bastante más.
No obstante, el reto que tiene ante sí el autor no deja de ser ambicioso, al igual que el reto que tiene ante sí Venezuela...
Cualquiera que haya visitado este país últimamente podrá darse cuenta de que, como dice Altez, una sociedad que no es capaz de resolver su propia existencia difícilmente puede enfrentar una situación crítica, sea esta un terremoto, una erupción volcánica o una sequía.
La falta de cauces para RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS encontrar mecanismos de resolución de los conflictos es otro elemento básico más en el incremento de la vulnerabilidad de una sociedad concreta: el carácter sangriento que tuvo el conflicto bélico en suelo venezolano tuvo mucho que ver con esta falta de cauces y con la escasez de autonomía para tomar decisiones, gestándose horrores difícilmente asumibles por la ética humana.
Los excesos bélicos no fueron exclusivos de este territorio.
En la misma España, durante la Primera Guerra Carlista, unos pocos años después de la independencia de Venezuela, se sufrieron tropelías semejantes.
Excesos que obligaron a regular de un modo u otro los conflictos bélicos tras alcanzarse en esos años paroxismos de violencia que no pudieron detenerse ni regularse en el corto plazo.
Quizás fue esta misma vulnerabilidad la que imposibilitó social e institucionalmente encontrar cauces efectivos de resolución de los conflictos por medios menos crueles y quizás por eso mismo Altez hubiera debido presentar más pistas para tratar de responder una cuestión relevante como es la de saber ¿hasta qué punto las condiciones -muy graves-de vulnerabilidad en la Venezuela colonial facilitaron o posibilitaron estas respuestas de gran violencia?
Y digo esto porque la situación, por ejemplo, de una isla como Puerto Rico -con la que Venezuela tuvo estrechas relaciones-y que poseía seguramente unos niveles de vulnerabilidad muy semejantes, no generó, ni de lejos, este tipo de respuestas a pesar de que compartiera con Venezuela un escaso nivel de infraestructuras, un contexto poco urbano y agro-dependiente, difíciles comunicaciones entre el interior montañoso de la isla y la costa, una fuerte implantación de la economía ilícita (léase contrabando), la continua amenaza de piratas, una situación periférica dentro del imperio español, una población ubicada en zonas peligrosas (huracanes) y la ausencia de riquezas minerales.
No siendo esta una cuestión fundamental dentro de la línea argumental de la obra que reseñamos pienso que sería de interés abrir una línea de trabajo dentro de los estudios sobre vulnerabilidad que profundizara en el peso que tuvieron las condiciones sociales, materiales, históricas y culturales en las respuestas de extrema violencia o en la génesis de propuestas desestabilizadoras y de venganza.
En este sentido, los desastres -como muy bien señala Altez en varios lugares de su libro-son productos históricos y sociales y en el estudio de la sociedad venezolana encontraremos las razones de sus avances y retrocesos.
Por ello los puntos de partida del libro, el materialismo histórico y el estudio histórico y social de los desastres, se nos antojan muy idóneos para obtener excelentes resultados y conclusiones muy válidas que permiten a Altez sintetizar todo lo acontecido en un territorio tan HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS extenso como el de la actual Venezuela durante casi tres siglos de historia.
No es tarea fácil, y sin embargo el autor lo ha conseguido con éxito pese a la diversidad de los territorios que estudia, su división regional, los ciclos económicos que vivieron y que afectaron de distinto modo a los territorios hoy venezolanos, la diversidad de estructuras administrativas que España implementó en ellos, etc.
La tesis de Altez de que la vulnerabilidad en Venezuela adquirió la condición de estructura y de que contribuyó al desenlace de la crisis del modelo colonial se demuestra y repite de forma constante a lo largo del libro, pasando los terremotos a ser elementos necesarios para visibilizar los mecanismos subyacentes en la sociedad, frutos de un proceso histórico determinado.
El autor había abordado ya algunas de las cuestiones fundamentales de este libro en otros trabajos más centrados en el final del periodo colonial venezolano.
En concreto, en 2006 en la ciudad de Caracas publicó El desastre de 1812 en Venezuela: sismos, vulnerabilidades y una patria no tan boba, y ya en una fecha más temprana (2015) publicó en Castellón el trabajo Desastre, independencia y transformación: Venezuela y la Primera República en 1812.
Ahora Altez aborda el largo antecedente del colapso, la producción, reproducción y transformación de todos los contextos vulnerables que las fuentes de la época colonial han permitido recomponer.
Pese al esfuerzo meritorio del autor en la búsqueda documental -y en su valoración crítica-se nos antoja que sobre todo para los siglos XVI, XVII y XVIII la información en torno a las consecuencias reales de los terremotos en Venezuela aun es escasa y fragmentaria a la hora de valorar en su justa medida el impacto generado.
Aquí hay un indudable problema con las fuentes difícil de resolver.
No obstante, debemos resaltar en esta obra el aporte de importantes datos para enriquecer las referencias sobre el patrimonio arquitectónico venezolano.
A la limitación señalada de las fuentes deberíamos añadir otra dificultad más: la de valorar en su justa medida la información suministrada por ellas, sobre todo cuando sabemos lo sencillo que era manipular estos datos siempre que pudieran tener a corto o medio plazo beneficios y/o repercusiones fiscales.
Lo mismo podemos decir en cuanto a calibrar en su justa medida el número de fallecidos, sobre todo cuando la población vivía muy dispersa y cuando las dificultades para la comunicación eran evidentes, incluso sin haber terremotos.
La obra de Altez abre muchas perspectivas de estudio.
En este sentido, podemos mencionar que ayudaría a ofrecer una visión más precisa de la vulnerabilidad venezolana RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS profundizar en el sistema de cargas fiscales que recaían en el periodo colonial sobre la población agrícola y urbana, así como en el funcionamiento del sistema crediticio.
Relacionar las necesidades coyunturales de la monarquía en las fases económico-políticas planteadas en el estudio nos ayudaría también a discernir mayores o menores rangos de vulnerabilidad en función de la mayor o menor presión fiscal o afán recaudador.
Y, por último, un estudio sobre la diferente tipología constructiva y de los materiales (cocuizas, guaparo, bajareque, rafas, etc.) incorporando sus peculiaridades regionales y su respuesta específica a los terremotos -incluyendo la mayor o menor eficiencia ante ellos-ayudaría al lector a interpretar mejor los múltiples detalles y referencias ofrecidos en esta obra.
En cualquier caso, es cierto que si bien el amplio marco cronológico que abarca abre mucho el abanico de posibles temas complementarios para mejorar el entendimiento de la vulnerabilidad de Venezuela en la época colonial, el trabajo de Altez supone un riguroso esfuerzo por hacer mucho más entendible la trayectoria histórica de un país que, abocado al colapso a principios del XIX, parece estarlo de nuevo dos siglos después a pesar de contar con unos recursos energéticos y naturales únicos a nivel regional e incluso mundial.-Jesús raúl Navarro-garcía, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC.
Blanco Rodríguez, Juan Andrés y García Álvarez, Alejandro, El legado de España en Cuba, Madrid, Editorial Sílex, 2016, 287 pp., il.
El legado de España en Cuba es el resultado de sumar esfuerzo de investigación y conocimiento historiográfico de dos autores: José Andrés Blanco Rodríguez, natural de la que fuera metrópoli de la isla, y Alejandro García Álvarez, cubano y con padre zamorano.
El primero se ha dedicado a estudiar la migración hispana, en especial la castellano-leonesa, y las instituciones que creó en los lugares de destino.
Entre sus obras destacan Castellanos y leoneses en Cuba (2005), Zamoranos en Cuba (2007), De Zamora a América (2007), La emigración castellana y leonesa en el marco de las migraciones españolas (2011), o El asociacionismo de la emigración española en el exterior (2014).
Por su parte, García Álvarez se ha ocupado de indagar en la economía y sociedad de la Gran Antilla, en su industria azucarera, ferrocarriles, comercio, y la participación de la colonia hispana en esas actividades antes y después de su independencia.
De lo que ha publicado al HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS respecto cabe resaltar La United Fruit.
La economía cubana y la relación con España.
Ambos autores, además, habían colaborado ya en otra obra acerca de asuntos relacionados con los que les ocupan en este libro: Gestión económica y arraigo social de los castellanos en Cuba (2010).
Detallar el currículum de sus autores y su colaboración anterior es relevante pues la principal característica de El legado de España en Cuba, y que lo distingue de la historiografía en la que se integra, es que se trata de un libro sobre el asociacionismo de la colonia hispana en la Gran Antilla, pero transciende lo que de una población así se espera en aras de un objetivo más amplio.
Además de la relación y estudio de las instituciones creadas por dicha colectividad y sus actividades, como era perceptivo, la obra analiza la inserción y el efecto de estas y sus integrantes en la sociedad y economía insular, particularmente en las actividades productivas, comerciales y financieras, aunque también en las vinculadas con la cultura, e indaga en el patrimonio material que han dejado en el territorio, especialmente en su arquitectura.
La estructuración del libro es ortodoxa.
Su introducción y el primer capítulo ubican la problemática y los sujetos estudiados en el contexto de los procesos migratorios en general, del traslado de españoles a América y particularmente a Cuba, y establece el marco teórico, conceptual y analítico de la investigación, examina la historiografía al respecto y su aportación al conocimiento histórico, deteniéndose en las particularidades del asociacionismo, en sus objetivos y en lo que se sabe cuantitativa y cualitativamente hablando de la población hispana que llegó a la Gran Antilla.
Es sabido que España conquistó Cuba a inicios del siglo XVI y que el traslado a ella desde la metrópoli no cesó con la independencia en 1898.
Hasta 1886 hubo esclavitud en la isla, lo que coartó el arribo a su territorio de personas en busca de trabajo, salvo de canarios, que llegaron en grandes y continuas cantidades desde tiempos remotos.
En la década de 1880, tras la abolición, a aquellos se sumó un flujo masivo de individuos de otras partes de la «madre patria» alentados por disponer allí de mejores oportunidades laborales y de progreso que en su tierra natal, de salarios más altos y de redes configuradas para darles respaldo y ayuda, de las cuales fueron RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS instrumento las asociaciones.
Ese movimiento humano no cesó al emanciparse el país caribeño, sino que se fortaleció, creció y prosiguió hasta que las crisis económicas ulteriores a la Primera Guerra Mundial provocaron su cese.
El segundo capítulo trata de la inserción y participación de los inmigrantes hispanos y sus asociaciones en la actividad económica insular, lo que completa el marco de la investigación y permite, en apartados siguientes, analizar pormenorizadamente la complejidad de su tejido asociativo y estudiar detalladamente las instituciones a las que dio lugar.
Los acápites que versan sobre ellas son el centro medular del libro y para su justipreciación se concibe el resto con el fin de examinarlas en su contexto y conocer su impronta y transcendencia, su legado, el vocablo que da título a la obra y a lo que se dedican las últimas secciones de la misma.
Otra característica particular y especialmente interesante del libro es que las asociaciones de la inmigración hispana en la isla se estudian, en efecto, por la complejidad de su tejido.
Así, se analiza cómo y por qué se constituyeron con un criterio espacial que permite distinguir entre instituciones nacionales, provinciales, regionales y según el lugar de origen, y además se indaga en las conexiones entre ellas, en su trama.
Por supuesto, aparte de la impronta que dejaron en cada uno de tales espacios, el libro se ocupa de su dedicación y de las actividades que desarrollaron, recreativas, culturales, que amén de tener como finalidad el ocio, coadyuvaron a formar identidades y movimientos en defensa de intereses mutuos, publicaciones, revistas y periódicos -instrumentos de comunicación y visibilización-y, claro está, entramados que permitieron atender necesidades más básicas y que son la esencia de esas entidades societarias, mecanismos de ayuda, auxilio y beneficencia, cajas de ahorro y crédito, instalaciones de salud y hospitalarias.
Aunque con lo señalado el libro se ha presentado suficientemente y se ha apuntado su originalidad y contribución al conocimiento, hay tres aspectos que resulta preceptivo destacar de él, que lo distinguen y otorgan especial valor.
El último capítulo, referido al legado patrimonial inmobiliario y arquitectónico es muy interesante, rara avis en investigaciones de este tipo y lo primero que se pretende señalar.
También es particularmente interesante el análisis que se hace en el capítulo sobre economía y asociacionismo respecto a la creación de instituciones de inmigrantes en paralelo con el establecimiento de centrales HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS azucareros en la mitad este de Cuba.
Esa región había estado relativamente aislada durante la colonia, lo que resolvió la apertura de un ferrocarril que la conectó con la parte occidental y comenzó a prestar servicio tras la independencia, en 1902.
Aunque la principal actividad productiva cubana, la agro-manufactura cañera, tardó algo más en expandirse por el territorio oriental, entre 1899 y 1913 se inauguraron en él diecisiete ingenios y, tras el boom que la Primera Guerra Mundial supuso para la oferta y precios de dulce, se fundaron otros cuarenta.
La escasez de población, y por tanto de trabajo, en todo el país y particularmente en su área levantina, hizo de la inmigración instrumento imprescindible para la operación de esas fábricas.
Finalmente, otra cuestión de indudable interés que aborda es el debate en sus capítulos finales sobre si la inmigración española y su asociacionismo retrasaron la conformación de una conciencia nacional en la isla.
Indiscutiblemente la dedicación del libro no permite una conclusión robusta al respecto, pues en esa construcción o en sus déficits mediaron otras muchas variables.
Sin embargo, la obra se inmiscuye en la controversia proporcionando el dato de que muchas de las instituciones creadas por los «trasterrados» fueron abiertas y deteniéndose en las posibles implicaciones de ese hecho.
El legado de España en Cuba, por tanto, cumple con rigor el objetivo esperable de un estudio sobre el asociacionismo de la inmigración española en la isla, analiza la complejidad de su entramado y, gracias al conocimiento sumado de sus autores, es capaz de transcender de su propósito básico a cuestiones historiográficamente más generales acerca de la importa de dicha población y las instituciones que creó en la sociedad y economía insular.
Además, contribuye a debates relevantes sobre la conformación de la nacionalidad insular o las bases que permitieron en el siglo XX el desarrollo e integración de la mitad de la Gran Antilla, relativamente aislada, poco poblada y económicamente explotada anteriormente.
El libro aborda también aspectos más específicos y sumamente interesantes, como la herencia arquitectónica de los inmigrantes y sus asociaciones en el país y, por lo tanto, satisface con holgura su propósito y procura en lo posible ir más allá, hasta donde permiten sus implicaciones.
Completan el libro, finalmente, un breve apéndice con la relación de las localidades cubanas donde se abrieron y funcionaron entidades societarias hispanas, una colección de fotografías en blanco y negro (que, sin embargo, podría haberse editado con más calidad, aunque seguramente ello no es responsabilidad de los autores), y un apartado de bibliografía y fuentes.-aNToNio saNTamaría garcía, Instituto de Historia, CSIC.
Dada la escasez de estudios sobre el tema, constituye una excelente noticia la publicación de este libro, bien informado, bien estructurado y bien escrito.
La investigación se basa en muy diversas fuentes, tanto manuscritas (pleitos sustanciados en el Consejo de Indias: el caso de Juana Morisca; o denuncias presentadas ante el Santo Oficio: el zapatero Diego Herrador, etc.) como impresas (libros de carácter literario o histórico).
En buena parte los casos tratados versan sobre la Nueva España.
La obra se divide en ocho capítulos.
El primero traza una historia de los moriscos y señala, en ese contexto, la repercusión que tuvieron en el Nuevo Mundo los acontecimientos peninsulares y, sobre todo, la guerra contra los moriscos granadinos.
En el segundo, dentro de un título más amplio (los justos títulos de conquista) se estudia la acción de los intérpretes musulmanes en la Nueva España (Estebanico, Francisco de Triana; fuera del Nuevo Mundo podría añadirse a Enrique de Malaca, el criado de Magallanes) y el paso de esclavos moriscos a las Indias.
El tercero analiza la legislación relativa al paso de personas prohibidas, entre las que fueron incluidos los judíos y los moros ya desde Ovando (1501), aunque las leyes se hicieron más restrictivas a partir de 1548, con la implantación del estatuto de sangre.
El cuarto expone las vivencias y peripecias de la minoría morisca, ejemplificadas en los avatares de María Ruiz, Zárate y Francisco López Africano.
Las profesiones consideradas como propias de los moriscos -la adivinación, la magia y la curandería-forman el contenido de los capítulos quinto y sexto: el quinto está dedicado al saludador Francisco López de Aponte, que sanaba las fiebres en México con su aliento y saliva (esta última, una cura no solo islámica, cf. Ioh.
9, 6); el sexto, a la magia, analizando los casos, muy curiosos, del moro filipino Andrés o de Gregorio Fajardo, supuesto descendiente de los reyes de Granada.
El séptimo trata del tremendo agravio que supuso entonces ser llamado moro o judío (de ahí la queja de fray Juan de Irayroz, insultado como «moro calabrés», la acusación puesta a Diego Romero o el revuelo provocado por la publicación de la Ovandina).
El octavo capítulo expone la imagen que en la América hispana se tuvo del musulmán, comparado con los chichimecas; el padre Acosta trazó incluso un paralelo entre ceremonias islámicas y prácticas de los indios andinos.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS En su mayor parte, los moriscos que vivieron en el Nuevo Mundo hispano debieron de ser esclavos.
En efecto, los esclavos no estuvieron sujetos a indagación alguna por parte de los oficiales de la Casa de la Contratación: al carecer de personalidad jurídica, eran sus amos -los poseedores de las licencias requeridas legalmente para su pase a Indias-los que salían garantes de su conducta: Andrés Dorantes tuvo que probar que no era de los prohibidos; no así su esclavo Estebanico, que se embarcó sin más trabas con su dueño.
Por otra parte, algunos moriscos libres lograron burlar la vigilancia oficial sobornando a los testigos.
Más tarde, otros musulmanes, procedentes de Filipinas, llegaron sin duda a Acapulco como marineros.
Mérito grande de la autora es el enorme esfuerzo realizado por situar siempre en su debido contexto estas noticias dispersas, que adquieren así nuevo significado gracias a un análisis sutil.
La sociedad española cristalizó en la Edad Moderna en una imaginada sociedad de castas en la que, supuestamente, no tuvieron cabida ni el judío ni el morisco o moro (término despectivo que, en principio, designó solo a los bereberes, los mauri pobladores de Mauritania; también dentro del Islam hubo clases), aunque estos no se distinguiesen por unos rasgos físicos determinados (salvo la circuncisión).
De ahí las medidas coercitivas de todo orden que se tomaron contra ellos, así como el afán obsesivo, dentro de los cristianos, por afianzar su propia identidad como grupo, identidad elevada a identidad nacional y, por ende, excluyente.
El imaginario hispano, curiosamente, acabó por penetrar en la mentalidad indígena: en 1573 Pedro Jiménez vio pasar barcos de «moros o turcos» por la costa de Nueva Galicia (p.
Es evidente que España, por múltiples razones, no gozó de buena prensa en Europa.
En Italia y en Francia los españoles fueron tachados de judíos o de moros desde tiempos muy antiguos.
Es natural, pues, que por parte española, además de hacerse hincapié en la unidad monolítica de su fe cristiana, se destacase por encima de todo su origen de los godos.
Este giro radical en la historiografía peninsular se produjo ya en el siglo XIII gracias al arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, quien llevó su goticismo hasta el extremo de hacer entroncar a los españoles con los hunos.
La reacción exagerada al rechazo despectivo del exterior, por tanto, data de época medieval, no fue solo una respuesta a la propaganda «racista» de los protestantes.
Y, en definitiva, la tensión provocada por una inestabilidad RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS identitaria -consustancial, por otra parte, a toda minoría-no solo caracterizó la historia de España durante su época imperial: ahí está la actual crisis de Cataluña para demostrarlo.
Y tampoco España es un caso único; ni mucho menos.
Un punto menor: España no necesitó justificar su conquista ante una audiencia internacional, como se dice en la p.
36; eso no lo hizo entonces Portugal, ni Inglaterra, ni Francia.
España se cuestionó sus derechos por un problema de conciencia, algo realmente nuevo en los anales del imperialismo, antiguo y moderno.
El libro tiene muy pocas erratas.
He advertido las siguientes: p.
72 «Bahamonde de Lugo» (= Bahamón de Lugo); p.
Un glosario, el cuerpo de notas, una nutrida bibliografía y un utilísimo índice, muy completo, cierran el volumen.-JuaN gil, Real Academia Española.
Herrera, Carlos Miguel, ¿Adiós al proletariado?
Si tuviésemos que comparar al Partido Socialista (PS) de comienzos del siglo XX con el de mediados de los años cincuenta los cambios serían notorios.
Una primera imagen nos brindaría la idea de fuerzas internas pugnando por desprenderse o permanecer encorsetadas en un programa histórico.
Pero el retrato sobresaliente sería el de un partido que, con una nueva fisonomía, mostraría desgastado su vínculo con la clase obrera, relación esencial para cualquier fuerza de izquierda.
Carlos Herrera, en ¿Adiós al proletariado?
Estudios de historia del movimiento obrero y la izquierda», reconstruye y analiza en clave de interpelación las causas, el desarrollo y las consecuencias de la despedida entre los trabajadores y un partido que llegó a dirigir la central obrera más importante de la década del treinta.
Frente a un vacío de estudios académicos sobre el tema, se ha extendido la idea de que el surgimiento y desarrollo del peronismo fue la causa de la crisis de representación de los partidos políticos de izquierda en la Argentina.
En ese sentido, se suelen soslayar los motivos por los cuales el HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS PS dejó de ser un partido con un gran número de afiliados asalariados, una importante presencia pública, estructuras sindicales en diversos sectores y presencia parlamentaria.
Contrariamente a aquella afirmación, Herrera, especialista en el estudio del socialismo argentino, dimensiona la llamada década peronista en lo que analiza como una crisis partidaria de largo alcance que, con características particulares, individualiza en tres momentos.
Los primeros síntomas de la crisis se evidencian a comienzos de la década de 1930 tras la muerte de Juan B. Justo y el ascenso de un grupo de dirigentes formados a su lado, entre los que destacaron Nicolás Repetto y Américo Ghioldi.
Entre este primer momento y el ocurrido en la segunda mitad de 1950, donde el partido se encaminó a su fractura definitiva, se intercala el núcleo central de la presente obra: el «momento peronista».
Dividido en dos partes, inicialmente el libro sumerge al lector en la construcción y el trasfondo de los posicionamientos políticos del PS frente al crecimiento de la figura de Juan Domingo Perón y al desarrollo de sus gobiernos.
En un doble plano de análisis se estudian los resultados de aquellas posturas trasladadas a la acción en los ámbitos institucionales tradicionales del partido.
En la segunda parte, se aborda el surgimiento de los diferentes cuestionamientos internos a una estrategia que no podía contrarrestar la pérdida de espacios parlamentarios y la creciente desconexión con los trabajadores.
Discusiones que en algunos casos finalizaron cristalizando experiencias independientes al PS.
El primer capítulo, «¿La hipótesis de Ghioldi?», resulta central para comprender la deriva del PS en todo el período.
Allí, Herrera transita las consistencias de los análisis que el dirigente partidario fue elaborando por etapas sobre el peronismo y sobre la adhesión de las masas.
Definiciones que delinearon, aunque con cuestionamientos, el fundamento de la confrontación política del partido en todos los frentes de acción.
Desde una temprana, pero nunca finalizada, asimilación al fascismo en 1943, pasando por la constitución de «un poder de excepción» en 1946, Ghioldi arribó hacia 1950 a la caracterización de un régimen totalitario (fascista) que al consolidar su relación con los sectores populares recrudeció las persecuciones a la oposición.
En aquellas elaboraciones, la clase trabajadora pasará de ser manipulada por la demagogia de Perón, que se encontraba lejos de encarnar una «verdadera justicia social», a aparecer como la responsable de la permanencia del totalitarismo y, como evidenciaban los apoyos electorales, incapaz de comprender el conjunto del proceso histórico.
Desde aquellas RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS interpretaciones, Ghioldi y la dirigencia partidaria presentaron la estrategia frente al peronismo como la lucha por la libertad sosteniendo así su doble rol histórico, anclado en las bases doctrinarias justistas, de partido pedagógico y defensor de una democracia integral.
Este último aspecto se profundiza en el capítulo tres del libro, donde se presenta la confrontación en el terreno de las ideas marcando las críticas que el PS señaló sobre el modelo estatal peronista.
En el aspecto económico, desde su tradición liberal junto a nuevos elementos incorporados entre otros por Rómulo Bogliolo, se hizo foco en la idea de un capitalismo de Estado y en el aumento del gasto público.
Mientras que en la esfera social se insistió en la ineficacia jurídica impugnando la legislación, no solo por demagógica, sino porque su concreción implicaba el «total sometimiento a las directivas estatales» (p.
Herrera entiende que las definiciones de Ghioldi, circunscriptas a lo político y a los elementos autoritarios, fueron un pasaje de «la adjetivación a la substantivación», donde el complejo proceso de cambios sociales y económicos que se desarrollaban en el país desde la década anterior estuvieron ausentes.
Ausencia analítica que al momento de estructurarse en el plano de las acciones de confrontación tuvo consecuencias que, reconstruidas en los capítulos siguientes, evidenciaron las causalidades del desencuentro entre el partido y los trabajadores.
En el capítulo dos el autor reconstruye en tres momentos, paralelos a las caracterizaciones de Ghioldi, la estrategia de oposición sindical del PS.
Los sindicatos bajo su influencia, en su mayoría de transportes y servicios, comenzaron con una acción de resistencia que incumbió la conformación de estructuras paralelas que sostenían programas de autonomía e independencia.
Aunque no fue seguida por todos los gremios, Herrera indica que aquella acción implicó una revisión doctrinaria de hecho sobre el principio de prescindencia política que el partido venía discutiendo desde la década anterior.
Entre 1946 y 1949 los socialistas se mostraron dinámicos interviniendo desde las bases de los sindicatos en las huelgas, pero tras el conflicto ferroviario en 1951 la oleada de detenciones de sus dirigentes gremiales desarticuló su actividad y marcó el repliegue de la militancia generando un punto sin retorno en su conexión con el movimiento obrero.
Así, hasta el final del período, el PS vio limitado su accionar a la realización de denuncias contra el «totalitarismo» en el terreno internacional y en diversos medios de divulgación.
En este sentido, aun cuando las publicaciones del cooperativismo socialista canalizaron aquellas denuncias, merece destacarse, como se señala en el capítulo cuarto, que el antagonismo del PS en ese plano no HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS siguió la misma línea que en los espacios político y sindical.
Con críticas de más bajo tenor hacia el peronismo, el autor entiende que el socialismo retuvo una importante influencia y presencia en el cooperativismo, en especial en el Hogar Obrero.
Por fuera de la experiencia en este último ámbito, el capítulo cinco aproxima al lector al momento final del período estudiado.
Allí la percepción es la de un partido que, transitando una desorganización interna y hostigado por las continuas persecuciones, no mantenía sus espacios de acción política tradicionales, ni el parlamentario ni el sindical, tras las derrotas de las huelgas de 1951 y la reelección.
Sin poder articular un programa de acción política concreto para con la clase obrera, el objetivo recaló en esperar el derrocamiento de la «tiranía».
Esto no hizo más que incrementar las tensiones internas de fracciones que pugnaron por continuar el programa histórico del PS o activar nuevas formas de acción.
De este modo, la segunda parte del libro se ocupa de los planteos alternativos más significativos que el autor identifica con cuatro estrategias en dos grupos.
Así, el capítulo sexto reconstruye el antagonismo protagonizado en el Congreso Partidario de 1950 por Julio V. González y Ghioldi.
La postura de González evitaba una nueva caracterización del peronismo, aunque proponía una estrategia alternativa.
A su entender, las insuficiencias de los análisis de Ghioldi tenían su origen en la no valoración de los cambios sociales producidos en la sociedad de posguerra y ello había provocado un desfasaje con las propuestas del programa mínimo del PS que, actuando como «monitor de la burguesía», no comprendía el interés de las masas.
Para González, quien no se aleja del partido, se debía enfocar un programa máximo que posibilitara el acercamiento a los trabajadores y su conducción al socialismo.
El Instituto de Estudios Económicos y Sociales, el Partido Socialista para la Revolución Nacional (PS-RN) y el periódico Acción Socialista fueron experiencias desarrolladas a partir de rupturas que protagonizaron figuras importantes del PS junto a otros ex miembros del Partido Comunista y grupos trotskistas.
Las dos primeras, abordadas en los capítulos siete y ocho, muestran experiencias que, con la certeza de la concreción del programa mínimo por parte del peronismo, fueron apoyadas desde el gobierno y confluyeron al final del período.
El Instituto, de impronta intelectual, en donde actuaron Carlos María Bravo, Juan Unamuno y Joaquín Coca, en sus comienzos buscó, a través de sus análisis sociales y económicos, otorgarle apoyo al gobierno «desde un ideario de izquierda, sensible, a su vez, al RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS problema "nacional"» (p.
El PS-RN, organización política formada entre otros por Enrique Dickmann, disputó al PS no solo su representación ideológica sino además su personería legal y bienes patrimoniales.
Según el autor, estas experiencias no llegaron a constituirse como identidades de izquierda ni a forzar al gobierno a posiciones similares porque contenían límites de origen relacionados con su naturaleza heterogénea y programática, aunque conllevan un valor como predecesoras del posterior surgimiento de la llamada «izquierda nacional».
Por último, a mitad de camino de las tres propuestas anteriores, el capítulo nueve analiza la innovación que planteó Dardo Cúneo desde Acción Socialista.
Como intervención política a partir de un trabajo intelectual, esta experiencia es analizada por Herrera como una tercera vía entre el peronismo y el PS que produjo «una nueva lectura del rol de un Partido Socialista en la lucha por la liberación nacional» (pp. 222-223).
El libro finaliza con la imagen de un partido que hacia 1956 debatía los pasos a seguir tras el derrocamiento de Perón.
Así, mientras que Ghioldi planteó la lucha por desmantelar los restos de la dictadura rescatando «a la masa peronista para el mundo de la democracia» (p.
232), un grupo retomó los planteos del ya fallecido González.
El cambio de la dirección partidaria, luego de veinte años, no evitó que el PS modificara su diagnóstico acerca de la necesidad de continuar con la desperonización manteniendo su tradición de lucha cívica.
La impugnación por parte del partido y de los dirigentes gremiales a la identificación peronista de los trabajadores y a sus luchas por la defensa de los derechos, llevo al fracaso del último intento socialista de formar una alternativa de organización sindical.
Tan solo unos meses después de esta tentativa, la pugna de los grupos internos finalizó con la expulsión de los dirigentes históricos y la posterior fractura del PS en 1958.
Con un sólido análisis de fuentes, el libro resulta un aporte significativo que suple la ausencia de estudios académicos sobre las fuerzas políticas de izquierda en general y el PS en particular en la década peronista.
Asimismo, rompe con las consecuencias más importantes del vacío historiográfico al complejizar el abordaje del vínculo de las izquierdas y el peronismo.
La profundidad del análisis consigue matizar la interpretación que sobredetermina al fenómeno peronista en el itinerario del PS.
Carlos Herrera, al reconstruir la larga crisis partidaria y evidenciar el agotamiento programático y la concepción de acción política, logra sustentar que el peronismo no fue el «hecho maldito» de la deriva del PS sino su «estación final».-silvaNa sTalTari, Universidad de Buenos Aires.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Marino, Daniela, Huixquilucan.
Ley y justicia en la modernización del espacio rural mexiquense, 1856-1910, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Estudios Americanos.
A pesar de haberse producido cierta proliferación de estudios sobre el derecho, la justicia y la sociedad en las repúblicas latinoamericanas, sigue siendo poco habitual encontrar análisis históricos que integren una mirada compleja de la cultura jurídica, aspectos propios de la cultura política y los procesos de desamortización comunal.
Desde el estudio de caso del particular municipio de Huixquilucan, en la región central de México, Marino ofrece una interpretación original acerca de la transformación de los pueblos indígenas en municipios constitucionales pluriétnicos en la configuración del Estado liberal mexicano y, especialmente, sobre la estrecha relación que se dio entre estas dinámicas de cambio y la privatización de las tierras de esta comunidad en la segunda mitad del XIX.
Este trabajo surge de la simbiosis de dos historiografías con sólidas trayectorias en México.
Por un lado, la que analiza la relación de los pueblos indígenas con el Estado liberal mexicano y que, desde enfoques e intereses distintos, cuenta con estudios tan relevantes como, por ejemplo, los de Andrés Lira, Romana Falcón o Antonio Escobar.
Por otro lado, la que indaga sobre la modernización jurídica del país a lo largo de los siglos XIX y XX, en la línea de investigaciones como las de María del Refugio González.
Ambas confluyen actualmente en un contexto de renovación en el que la propia autora inscribe el presente volumen, y en el que conviven y dialogan contribuciones tan sugerentes como las de Cecilia Zuleta, Elisa Speckman o Erika Pani.
Así, desde la «nueva historia social y cultural del derecho y de la justicia», Marino cruza tres dimensiones de análisis sobre la localidad de Huixquilucan: el cambio jurídico, la transición del pueblo de indios al ayuntamiento pluriétnico y la desamortización de tierras comunales.
Los cuatro capítulos que conforman el volumen (introducción aparte) proponen una lectura de largo recorrido sobre la expropiación de tierras que sufrieron los indígenas, especialmente con la ley Lerdo, que se inscribe en un desarrollo más complejo y dinámico en el que es necesario tomar en consideración la pérdida previa de otras atribuciones jurisdiccionales que las comunidades venían poseyendo desde la colonia.
Así, los indígenas habrían sufrido dos procesos de expropiación: en la primera mitad del siglo XIX, la política, aunque tuviera también derivas económicas; y en la segunda mitad de esa centuria, la de las tierras comunales.
La autora inicia su propuesta con una reconstrucción del escenario geográfico, natural y productivo, en la que incluye la presentación de unos actores sociales que van actualizando expresiones de una identidad múltiple, cambiante y flexible en función de las circunstancias.
En este municipio las tierras agrícolas no eran de buena calidad, sino que el recurso más importante lo constituían los bosques, por lo que el mayor impacto de la desamortización no se produjo con la desvinculación de las tierras de común repartimiento, sino cuando las leyes afectaron a los ejidos (pastos, aguas y bosques de usufructo colectivo).
Sobre este espacio poco relevante para la economía nacional, Marino analiza la paradoja que supuso que la igualación jurídica de la población que se produjo con el proceso gaditano, finalmente hiciera más vulnerables a las comunidades indígenas.
Con la desaparición de la diferenciación étnica y las prevenciones jurídicas sobre ella sustentadas, se afirmó la anulación del régimen y jurisdicción particular que correspondía a los pueblos de indios, de tal manera que la legislación electoral y municipal liberal permitió que una elite no indígena monopolizara el ayuntamiento y por tanto la relación con otras instancias políticas superiores.
La municipalización habría producido, por tanto, la expropiación política de los pueblos indígenas, iniciando un proceso de mayor alcance: el acceso a los gobiernos municipales de sujetos no indígenas, la creación de ciertas instituciones que permitieron la fragmentación o reasignación de algunos poderes a nuevas instancias (como fue el caso del juez conciliador en la década del 40), el progresivo ataque a la comunidad como personería jurídica, la pugna por la propiedad de la tierra, y, por último, la desamortización.
A partir de la promulgación de la ley Lerdo se habría transformado el régimen de propiedad, tenencia y registro de la tierra; esta privatización implicó la expropiación económica de los pueblos de indios.
Las tierras dejaron de ser accesibles para todos los miembros al ser divididas en propiedades individuales entre los vecinos del municipio, entre los que había ya sujetos no indígenas.
Como Marino evidencia, fueron estos «nuevos» vecinos de los pueblos los sujetos más activos en pedir la desvinculación de las propiedades, en una coyuntura que además facilitó su justificación y que se intensificó a partir de 1868 con una legislación desamortizadora que afectó igualmente a los ejidos.
El trabajo se sustenta sobre un amplio y heterogéneo corpus de fuentes, que permiten abordar el proceso de construcción de la modernidad nacional mediante el intercambio fluido entre agencias estatales y diversos grupos sociales y de poder locales, o mediante la recuperación de las negociaciones entre agencias diversas, incluso al margen del Estado.
En HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS definitiva, la autora articula una visión relacional y dinámica entre los actores, las instituciones y el contexto de significación cultural de los procesos jurídico políticos.
Las consecuencias de las leyes desamortizadoras sobre los ejidos apenas han sido estudiadas, lo que constituye ya en sí mismo un aporte relevante de este volumen.
Además, desde esta experiencia concreta se elaboran sugerentes reflexiones históricas que se inscriben en los debates teóricos más actuales acerca de cómo los actores sociales se van definiendo en las distintas coyunturas históricas y de manera cambiante en función de los escenarios de negociación, sobre la utilidad socio-jurídica de la construcción de categorías sociales o sobre cómo las culturas políticas se van transformando y afectan de distinta manera en los procesos de construcción de la institucionalidad nacional, entre otras.
Especialmente reseñables son las matizaciones históricas que Marino propone sobre algunos tópicos historiográficos, como el de «modernidad jurídica», o su revisión ponderada de nociones tan asentadas como la de «transición jurídica».
Con este mismo afán de explicación desde los contextos, la autora desarrolla una lectura crítica sobre las interpretaciones que se han hecho sobre la noción de comunidad y su transformación del mundo colonial al contexto liberal (p.
42 y ss.) y propone, a partir de las fuentes estudiadas, una definición sobre el concepto de comunidad, así como de su relación semántica con la noción de «pueblo multiétnico», que pueden abrir nuevas vías de averiguación, entre otros, para los estudiosos sobre los derechos comunitarios.
En este mismo sentido, el énfasis que la autora realiza en torno a la consideración económica de la condición de vecindad amplía el significado de este concepto hacia una dimensión que a menudo no ha sido lo suficientemente tenida en cuenta por los trabajos sobre la cultura política latinoamericana del siglo XIX.-miriaN galaNTe, Universidad Autónoma de Madrid.
Saito, Akira y Rosas Lauro, Claudia (eds.), Reducciones.
La concentración forzada de las poblaciones indígenas en el Virreinato del Perú, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú y National Museum of Ethnology de Osaka, 2017, 678 pp., il.
Esta publicación ofrece un conjunto de aportes relativos a los desplazamientos forzosos y concentración de la población nativa derivados del plan de reducción implementado por el virrey Francisco de Toledo, tras la visita general practicada entre 1570 y 1575, comprendiendo las jurisdicciones de RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS las Audiencias de Lima, Quito y Charcas del virreinato peruano.
Dentro de este marco geográfico, los trabajos se circunscriben a Perú (costa y zona serrana), Alto Perú (Moxos y Chiquitos), Paraguay (complejo misionero guaraní) y Chile (reducciones de la zona austral).
Los estudios reunidos en el volumen proceden de especialistas en diferentes disciplinas (historia, arqueología, antropología, etnohistoria), lo que contribuye a un enriquecimiento de las perspectivas desde las cuales es factible abordar el fenómeno de las reducciones en el virreinato del Perú entre los siglos XVI y XVIII.
A su vez, los trabajos se insertan en dos bloques diferenciados: por un lado, los referidos a las reducciones toledanas y, por otro, aquellos que analizan el sistema misional implantado por la Compañía de Jesús en zonas de frontera.
El libro contiene una detallada introducción a cargo de los editores, en la que se presenta un balance de la historiografía sobre el tema a la vez que se plantean los ejes fundamentales de la empresa de Toledo (facilitar el cobro de tributos y el reclutamiento de la mano de obra, incluyendo el fin evangelizador), así como los rasgos distintivos de la labor desarrollada por los jesuitas desde su instalación en Perú (1568), donde iniciaron su cometido con las doctrinas de Lima, Huarochirí y Juli, modelo para su posterior actuación en las fronteras.
Ambos modelos (reducciones toledanas y reducciones jesuíticas) descansaron, básicamente, en los principios de residencia urbana y organización en «repúblicas», una «premisa ideológica» compartida (p.
15) con miras a corregir uno de los grandes problemas de la organización colonial: la dispersión de la población indígena.
De este modo, el sometimiento a la vida en reducción fue un objetivo prioritario para convertir a los salvajes primero en hombres y luego instruirlos en la fe cristiana.
En su conjunto, los diferentes estudios contribuyen a la presentación de un panorama bastante completo sobre las vicisitudes y alcances de la política toledana, así como del proyecto reduccional jesuítico y su impacto en la vida de los pueblos indígenas.
Respecto a lo primero, los estudios de Jeremy R. Mumford y de Luis Miguel Glave sobre la reducción general de indios en los Andes (en territorios de los actuales Perú y Bolivia), ponen el acento en la figura de los visitadores y en las variadas facetas de su actuación, al igual que en los alcances del sistema reduccional toledano en el marco territorial aludido.
Mumford aborda el análisis de problemas como el trazado de los pueblos, la resistencia española y nativa a los reasentamientos y la gobernabilidad de las reducciones.
El trabajo de Glave incide en los pormenores de la aplicación práctica de las instrucciones del virrey Toledo HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS a través la información provista por un libro de cuentas de visitadores desde 1571, un material singular para el análisis del ordenamiento de las reducciones en el plano de las finanzas, gobierno y justicia y régimen de vida de la población nativa, entre otras cuestiones.
La normativa toledana acabó por dejar «rendijas» que permitieron a los indígenas conservar sus formas culturales, aun con la intervención de otros intereses, v. gr. de los agentes económicos (p.
141), que confluyeron en la evolución de las reducciones.
En relación con Lima y sus valles, la mudanza forzosa de la población indígena es tratada por Tetsuya Amino a través del caso del pueblo de San Lázaro y su rechazo al traslado a la reducción del Cercado, proceso que permite al autor incursionar en la actuación de las cofradías de naturales y el papel de la Compañía mediante el control de las capellanías, teniendo como trasfondo las luchas de poder entre los estamentos religiosos y el simbolismo del culto a la Virgen de Copacabana (asimilación de un culto cristiano que se convierte en instrumento de lucha contra los abusos coloniales).
Por otro lado, Teresa Vergara Ormeño analiza el impacto de la fundación de Lima en los pueblos que habitaban los valles del Rímac, Chillón y Lurín; si bien tuvo sus efectos negativos en la propiedad de la tierra, la cercanía a la capital permitió a las comunidades locales participar en el mercado limeño, adaptándose a sus demandas en el contexto de una mutua dependencia que, a pesar de una no fácil convivencia, potenció los intercambios en el plano material y cultural.
El trabajo de Parker van Valkenburgh, desde la arqueología y con el apoyo de registros documentales, incorpora nuevos elementos para el análisis del proyecto toledano en Zaña y Chamán (costa norte del Perú).
Más allá de la interpretación del fenómeno en los términos de «éxito» o «fracaso» del plan toledano, el autor apela al concepto de «discurso ordenador» (p.
223) para explicar que, si bien la totalidad de las reducciones establecidas en aquellos valles fueron abandonadas a mediados del siglo XVII, las comunidades indígenas reconstruyeron sus asentamientos conforme a las pautas del sistema reduccional implantado en los años 1570.
La internalización de este modelo se plasmó en la concepción y configuración urbana de los reasentamientos, reforzando la percepción de la reducción como elemento dominante del paisaje.
También relativo al norte peruano, el análisis de Alejandro Diez Hurtado sobre Piura enfoca la transición de reducción a pueblo y sus efectos en diferentes planos: la organización territorial y política, la reconfiguración social y la vida cotidiana de la población reducida.
En este caso, el estudio realizado demuestra que los desplazamientos y cambios de RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS residencia no supusieron una discontinuidad en las actividades y formas tradicionales de ocupación del territorio, aunque sí impuso un proceso de adaptación, especialmente en el plano de las relaciones interétnicas dentro de los nuevos espacios y de la conformación del poder local a través de los cabildos indígenas.
Referido a la Sierra Central, se encuentra el estudio de las reducciones de Huaylas, de Marina Zuloaga Rada, y el de Nozomi Mizota sobre Huamanga.
El primero profundiza en la complejidad organizativa del sistema impuesto en 1570 para reducir a los nativos y en la evolución experimentada por los nuevos asentamientos en las décadas siguientes, en función de la propia dinámica colonial y de unas circunstancias no previstas en el plan original del virrey Toledo, así como de los condicionamientos impuestos por la realidad local.
No obstante, los elementos organizativos básicos de las reducciones (cabildos, caciques, iglesia) imprimieron su sello en la conformación de nuevas identidades entre las poblaciones rurales, quedando manifiesta a la hora de «crear (o recrear) sus propias repúblicas», como indica Zuloaga (p.
En la línea de otros autores que analizan las reducciones de la costa norte peruana y también del aporte de Zuloaga, Mizota se adscribe a la interpretación de la evolución reduccional no desde la visión generalizada del «fracaso» del plan toledano, como ha sido usual en la historiografía andina, sino bajo la óptica de la pervivencia de elementos del sistema reduccional, a pesar de los traslados o desaparición de las reducciones.
Así, en los «anexos» que proliferaron en torno a los centros productivos como minas, haciendas o estancias de la jurisdicción de Huamanga, se reprodujeron los esquemas del sistema reduccional.
Desde un enfoque novedoso, el estudio de Steven Wernke sobre el proceso reduccional en el Valle del Colca (Sierra Sur, Perú) enfatiza en el aspecto arquitectónico y en la ocupación del espacio, partiendo de la intervención de los incas y pasando por el ordenamiento colonial y los sucesivos agentes que operaron en el terreno: franciscanos y visitadores toledanos.
El autor propone revisar las categorías aplicadas en el análisis de la reacción de las comunidades andinas ante los nuevos planes de asentamiento.
Basándose en datos arqueológicos y documentales, su principal aporte es demostrar que las reducciones rescataron el modelo de asentamiento incaico, un proceso complejo en el que convergieron los intereses de diversos ayllus, además de los originarios del emplazamiento reduccional.
El trabajo de Sarah Elizabeth Penry pone en valor la herencia de instituciones castellanas presente en las reducciones y su «apropiación» por parte de las HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS comunidades andinas.
En tal sentido, las instituciones políticas y religiosas surgidas de la organización reduccional fueron herramientas usadas por los nativos para reclamar una mayor autonomía, rescatando la autora el papel de la agencia indígena «en la armazón de la comunidad andina en formación» (p.
Dentro del conjunto de trabajos sobre las reducciones de frontera, las de Amazonía (Chiquitos y Mojos, en el Oriente boliviano) son estudiadas por Roberto Tomichá y Akira Saito desde el ángulo de los procesos de etnogénesis concomitantes a la creación de reducciones, donde se congregó a diversos grupos étnicos.
Además de plantear los principios del sistema reduccional y la función de las misiones fronterizas, Tomichá describe el fenómeno de la «chiquitización» en la reconfiguración de identidades en un entorno pluriétnico, con variadas lenguas y tradiciones culturales, desarrollo en el que también debe tenerse en cuenta la intervención jesuítica.
En el caso de las misiones de la Compañía en Mojos, formadas mediante la agrupación de diversos pueblos, Saito introduce una importante -y además poco tratada-cuestión, cual es la significación del término «parcialidades» y las transformaciones demográficas operadas en ellas tras la aplicación del método reduccional jesuítico; con este fin el autor recurre a los libros de bautismos de varias reducciones de Mojos, a través de las cuales puede trazarse la evolución de las parcialidades.
Con referencia al Paraguay, la contribución de Guillermo Wilde sobre el «exitoso experimento» que representaron las reducciones jesuíticas expone una serie de argumentos para demostrar su complejidad frente a la idea que alimentó una historiografía anterior sobre la «homogeneidad» y buen gobierno de ese territorio misionero.
Al respecto, el autor hace hincapié en varias circunstancias que cuestionan la percepción del fenómeno misionero guaraní y los imaginarios enquistados en torno a este: la heterogeneidad étnica (mezclas entre la población misionera y los indígenas no reducidos («infieles» de la zona fronteriza con los dominios portugueses), las clasificaciones jesuíticas en aras de la uniformidad poblacional y en el papel jugado por los cacicazgos, tanto en la preservación del sistema reduccional como en la configuración urbana y territorial de las misiones (expresada como «memoria» en la relocalización de las misiones por la amenaza bandeirante), y en especial como un factor de peso en la dinámica socio-política interna.
A su vez, y recurriendo a un minucioso análisis de padrones de las misiones, Kazuhisa Takeda también se centra en los cacicazgos.
En su trabajo rastrea las transformaciones operadas en la estructura RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS política guaraní pre-reduccional, a raíz de las nuevas vías de legitimación del poder cacical en el marco misionero, su rol en la conformación del territorio reduccional a través de la distribución en barrios y la impronta de este modelo en la conformación de la identidad colectiva.
El volumen se cierra con el trabajo de Rodrigo Moreno Jeria referido a las reducciones jesuitas de huilliches y chonos de Chiloé y de puelches y poyas del Nahuel Huapi, escenarios con unas circunstancias muy diferentes a las del espacio andino y amazónico (diversidad étnico-cultural, condicionantes geográficos), que impusieron vías alternativas de reducción.
En los confines australes el método utilizado por la Compañía fue el de la misión circular marítima (determinado por las particularidades del medio geográfico, que en el archipiélago de Chiloé solo permitía la comunicación marítima, p.
648), que arrojó resultados positivos con los huilliches, por otra parte ya incorporados al sistema colonial a través del régimen de encomiendas, adaptado incluso a la gran dispersión de los naturales, que permanecieron en sus propios asentamientos.
En el caso de los chonos, la misión volante tuvo un carácter esporádico.
El experimento con los grupos del Nahuel Huapi acabó en fracaso, ante las dificultades inherentes al nomadismo y la índole guerrera de los indígenas y su resistencia a la evangelización, a lo que se sumó la lejanía con respecto a los centros poblados.
El proceso de concentración forzada de los nativos a través del modelo de reducción toledana y del sistema jesuítico, tratado desde diferentes perspectivas tanto en el espacio andino como en las zonas fronterizas de América del Sur, representa un aporte de relevancia que ofrece un cúmulo de reflexiones oportunas con vistas a renovar la mirada acerca de los resultados de ambos proyectos.
En suma, un libro de consulta imprescindible para los investigadores interesados en la temática.-beaTriz viTar, Universidad de Sevilla.
Vaamonde, Gustavo Adolfo, Remedios para atajar el mal.
Sobre la larga trayectoria que lleva de las primeras rebeliones coloniales en la Capitanía General de Venezuela al proceso independentista, bastante se ha escrito e investigado, tanto en términos de historia social como de historia política.
No han faltado monografías e interpretaciones HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS de raigambre ideológica como tampoco indagaciones acerca de las revoluciones de independencia en el tiempo largo, a nivel continental e incluso atlántico.
En este sentido, el libro de Gustavo Vaamonde, producto de varios años de investigación en los archivos de Venezuela y España, no viene a subsanar lagunas de tipo historiográfico sino más bien a reconsiderar la interpretación de una retahíla de acontecimientos que cobran sentidos distintos y hasta dispares de acuerdo con la perspectiva adoptada.
Al contraponer varios acontecimientos de diversas caracterizaciones y sobradamente documentados (rebeliones, motines, levantamientos, revueltas, tumultos, revoluciones etc.), intenta contestar una pregunta algo inusitada en el mundo americanista: cómo desterrar los factores de perturbación del orden social, moral y político, el «mal» -ejemplificado aquí a través de esclavos o revolucionarios, sus pasquines y libelos-, cómo facilitar la vuelta al orden social/estamental y judicial, a un cotidiano apaciguado, tanto en el caso de los «vecinos» y súbditos de la lejana Corona como de las autoridades locales.
En esta perspectiva, no carece de interés recordar la tradición hispana de las juntas, elemento clave de la dinámica de negociación y consenso propia del mundo hispánico a lo largo del periodo moderno, en una escala movediza ya que evoluciona de lo local a lo global y al revés.
Con este fin, Vaamonde retoma y examina detalladamente once acontecimientos, desde el rechazo a los vizcaínos en las riberas del Yaracuy o la rebelión de Juan Francisco de León (1749) hasta el ataque inglés y el intento de desembarco de Miranda en 1806, sucesos de diversas implicaciones y tan diversos alcances para la vida política y social de la Capitanía general.
La preservación del orden en territorios de ultramar, el restablecimiento de la paz, los mecanismos por los cuales la sociedad indiana logró sobrellevar sus «conmociones internas» ya se estudiaron para regiones bien específicas de América: las zonas de fronteras, tradicionalmente de enfrentamientos entre las comunidades indígenas y el poder colonial.
El trasladar esta inquietud al escenario venezolano, parte integrante del Mediterráneo del Caribe y de su tumultuosa historia en las postrimerías del periodo colonial, adquiere otro significado de interés.
En la línea trazada por la más reciente historiografía de la era moderna, los estudios realizados desde hace unos años en torno a la «negociación» en el ámbito hispano y a las especificidades regionales americanas cobran una importancia singular, en unos momentos sin embargo algo alejados de las temporalidades independentistas.
Aquí, se considera en un primer momento los «antecedentes de consideración» de aquellos «movimientos de masas» de acuerdo RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS con la caracterización generalista del historiador venezolano Carlos Felice Cardot.
No sorprende tanto la movilización de zambos y mestizos, que encontramos también -aunque quizás con menor frecuencia-en otras áreas de América, y ampliamente documentada incluso en sus tempranas expresiones, sino la contrapartida en el orden social, económico y fiscal e incluso político-administrativo: la Real Compañía Guipuzcoana (1728), elemento clave del buen negocio interno, regional (incluyendo la cuestión del contrabando y comercio intérlope, dicho de otra forma del «comercio furtivo» con las Antillas, especialmente holandesas) y atlántico, con las exportaciones de cacao hacia la metrópoli.
La lucha contra este monopolio quizás constituya el hilo conductor de no pocas revueltas del siglo XVIII venezolano, al involucrar además a una élite administrativa de origen peninsular y a otra élite de comerciantes de origen canario, amén de la aristocracia mantuana dedicada al comercio americano del cacao.
Tal sería el sentido del levantamiento de Andresote en los años 30 del siglo XVIII y de la actuación de las juntas locales e instituciones municipales en las siguientes décadas.
Allí asoman también las juntas de vecinos en cuanto actores del control social junto al teniente y justicia mayor, o al cabildo en ciudades y villas más grandes, como aparece a todas luces en la salida negociada a la rebelión de San Felipe el Fuerte, gracias a la actuación del gobernador, capitán general y mariscal de campo Gabriel Zuloaga en los inicios de la década de 1740.
En el rubro represivo, las facultades de tipo militar y policial concedidas a autoridades que no fueran los ministros encargados del gobierno y la administración de justicia de la Capitanía General dieron origen a un sinfín de interrogantes en cuanto a las atribuciones y más aun a los fueros de los llamados «factores» de la Guipuzcoana, considerables desde el punto de vista político e institucional y muy parecidos a los de los gobernadores de turno.
Vaamonde se adentra en esta discusión subrayando las modalidades de una lucha de intereses de orden económico y político a la vez, y que sobrepasa con creces el ámbito local.
Alude asimismo a las consecuencias y a los «daños» de la gestión de la Compañía para varios estratos de la sociedad, antes de resaltar los sucesivos avances del reformismo borbónico.
Resulta muy significativa al respecto la rebelión armada de los isleños contra los vizcaínos de la Compañía de Caracas (1749-1752), que también se le atribuye al capitán poblador del valle de Panaquire, Juan Francisco de León, cuya casa fue destruida simbólicamente luego de sofocarse la rebelión.
Esta ha sido ampliamente documentada y analizada por la HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS historiografía venezolanista y ha sido asimismo objeto de varias publicaciones en términos de fuentes primarias.
Los comuneros de Maracaibo (1781) alzados contra la Intendencia y la Audiencia abren otro capítulo algo diferenciado de la lucha por el orden en la Capitanía General, al vincular el resentimiento y la protesta con las reformas tributarias o simplemente con las modalidades de recaudación.
Cabe subrayar, como bien lo hace el autor, que las juntas que se formaron con motivo de revueltas fiscales en América distan de ser simples lugares de debates internos, sino que asumieron en varios casos el gobierno y la administración de justicia dentro de la jurisdicción, siguiendo en esto una tradición bien conocida y experimentada en el caso venezolano.
Sobre el particular, Vaamonde destaca las interconexiones y circulaciones con el movimiento neogranadino, tema que ameritaría por sí solo una investigación entera.
El estudio del componente fiscal y de la presión de la fiscalidad indiana, en cuanto catalizadores de las revueltas, corre parejo con referencias a varias formas de disenso de parte de vecinos en la zona andina o sus aledaños (Mérida, Trujillo), unos vecinos que no querían sumarse al tumulto y abogaban precisamente por preservar el orden público e institucional vigente.
El apartado dedicado al «descontento de los criollos caraqueños» con la Intendencia y la Junta de Caracas de 1787 aborda un tema aparentemente no transcendental dentro de la problemática elegida.
Mejor conocida resulta en este aspecto la conjura de los mantuanos de 1804 -otro notable ejemplo de cuestionamiento de la autoridad colonial que no se incluyó en el listado del libro-, aunque encuentra un antecedente de hecho menos trabajado en este acontecimiento.
Este, sin embargo, no deja de reflejar discrepancias y rivalidades dentro de la élite local (y por lo tanto entre la élite caraqueña de la aristocracia criolla de los mantuanos y negociantes canarios de menor estatuto social), unas rivalidades que llegaron a expresarse en no pocas oportunidades, como tuvimos la ocasión de señalarlo, en el marco del cabildo caraqueño y luego del consulado de comercio.
Estas divergencias y conflictos de intereses aparecen en el siguiente apartado, cuando se considera la oposición de los cabildantes a la Junta Superior de Real Hacienda el mismo año.
Una segunda parte, centrada en el contagio revolucionario que culmina con el «mal ejemplo» haitiano, la difusión de las ideas revolucionarias y su extensión a escala del Caribe insular y de las ciudades de la fachada atlántica, incorpora la «temida y esperada rebelión de las esclavitudes» (en RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS realidad de los esclavos, mulatos, zambos y libertos de la serranía).
Insiste por lo tanto en la muy valorada «insurrección» de los negros de la serranía de Coro (1796), de especial relevancia para la historiografía marxista de Venezuela colonial, que la convierte en un movimiento precursor -y reprimido como tal-de la revolución de independencia.
Bastante se ha rebatido esta interpretación, que, sin embargo, no siempre toma en cuenta las condiciones sociales y jurídicas propias de la Capitanía General.
El movimiento de impronta liberal e independentista de Gual y España en La Guaira (1797) se analiza luego a través de los procesos judiciales y mediante referencias de interés al ordenamiento jurídico hispano: destaca una vez más la lucha contra la anarquía, el desorden o la confusión que achacan a un gobierno indiano respaldado por las autoridades religiosas.
Con las «fuentes foráneas de perturbación durante el ocaso del siglo XVIII» concluye este estudio con una inscripción en la problemática del Caribe hispano: la de ser un espacio de convergencia y crisol de rivalidades de varios imperios, lo que tuvo como consecuencia otro tipo de perturbación (externa) del orden político, así por la injerencia de los ingleses mediante ataques o bloqueo naval, a lo largo de una cronología de declaraciones de guerra de parte de las potencias europeas y de los enemigos de España, debilitando cada vez más la fidelidad de los súbditos americanos a favor de la monarquía.
Las actuaciones descritas, tanto en lo político-administrativo y militar como en el orden jurídico y moral, ya sea de represión o bien de negociación, o también ciertos mecanismos y configuraciones como lo fueron las juntas, ponen de manifiesto, más allá del cuestionamiento del principio de obediencia y del aspecto represivo, el papel mayor de la dinámica de consenso y negociación recién ejemplificada por especialistas de la época moderna.
Esta actúa en América antes de que la conjunción de factores internos y externos precipitara el alejamiento de las colonias de la metrópoli.
En este sentido, y además de proponer una síntesis de interés sobre el tema de las rebeliones pre-independentistas en Venezuela, este libro no deja de abrir varias pistas de investigación sobre un tema poco trillado que cuenta ya con varias aproximaciones de interés para entender el funcionamiento de una sociedad de Antiguo Régimen y los equilibrios de poder tanto en América como en España.-Frédérique laNgue, IHTP-CNRS. |
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Las migraciones entre ambas orillas del océano Atlántico se han convertido en los últimos años en un floreciente campo de estudio.
Es sabido que con el surgimiento de las nuevas repúblicas americanas se inició un largo proceso de definición de las fronteras internas y externas.
Los grupos dirigentes de los distintos países americanos se plantearon la necesidad de construir en cada uno el Estado imaginado, ensayando políticas de poblamiento destinadas a atraer a determinados grupos poblacionales deseados (en términos étnicos, culturales y «raciales») y a excluir, en cambio, un amplio abanico de «otros».
1 Luego, a partir de la segunda mitad del siglo XX, empezó a tomar fuerza una migración en sentido contrario, de América hacia Europa.
2 Sin duda, entre las características destacadas de la era contemporánea -que Stephen Castles y Mark Miller denominan «Era de la migración»-, se encuentra el aumento de desplazamientos que cruzan las fronteras geográficas.
Conforme a lo afirmado por esos dos investigadores, estos movimientos incluirían inversiones económicas, remesas, comercio, productos culturales, ideas, personas y redes transnacionales.
2 Varios son los trabajos sobre este tema, y provenientes de diferentes disciplinas científicas.
Entre los que conciernen al contexto español, se señalan: Merino, 2002; González y Merino, 2007.
Para una útil síntesis de la historia de las migraciones y de las políticas migratorias europeas, véase, entre otros, Sassen, 2013.
Poco a poco hemos asistido a un cambio de paradigma en el análisis y los estudios sobre migraciones, ampliándose el marco espacial y temporal.
De un lado, el aporte de los análisis trasnacionales ha permitido estudiar fenómenos que trascienden las fronteras locales.
4 La adopción de un enfoque dirigido a observar los movimientos entre múltiples lugares nos permite estudiar los tránsitos, los retornos, las circularidades, las idas y venidas de hombres y mujeres, así como de bienes, ideas e imaginarios, entre múltiples espacios de vida.
5 A la vez, los estudios han ido privilegiando ámbitos de análisis local y multilocal, resaltando el papel en construir puentes de las redes y cadenas migratorias, y dejando de lado escalas de espacio nacional.
Por ende, los trabajos más recientes, que dirigen su interés a entender las aspiraciones y subjetividades de las y los migrantes, hacen posible recuperar, en términos de valor, sus perspectivas en el proceso y las estrategias individuales o grupales, así como las relaciones sociales, otorgando una particular importancia al análisis desde una perspectiva de género.
6 Encuentran aquí cabida los análisis dirigidos a investigar las prácticas sociales y culturales de los inmigrantes, que reflejan esta orientación dual y las diferentes pertenencias 7 de los individuos, que son vividas como hábitos transnacionales adquiridos a través del fenómeno definido por Cohen y Gabaccia, 8 entre otros, como diáspora.
Así, un término estrictamente asociado a la historia de los judíos se ha trasformado en uno de los conceptos clave para la descripción de los grupos étnicos contemporáneos.
Según Gilroy, 9 la utilización de este concepto nos ayuda a llevar a cabo una de-esencialización de las identidades, poniendo de relieve el espacio y las movilidades de cada experiencia de vida.
En fin, es necesario entender la construcción de diferentes proyectos políticos identitario-nacionales (y transnacionales) de los migrantes, fuera de una territorialidad circunscrita, pero unidos en un «nacionalismo de larga distancia» 10 a través de la creación de una ideal «comunidad imaginada».
11 Ahora bien, esta renovación del marco temático 4 Acerca del enfoque trasnacional en los estudios sobre migraciones, hay una copiosa bibliografía.
Se alude únicamente al clásico trabajo de Glick-Schiller, Basch y Szanton-Blanc, 1992.
5 Para esclarecer la organización espacial de las migraciones, y cuestionar una visión estática que las percibe únicamente como pasaje de un territorio a otro, se utiliza a menudo el término circularidad migratoria, adaptándolo principalmente de los geógrafos y, entre ellos, en particular: Beteille, 1981.
PRESENTACIÓN: MIGRACIONES Y MIGRANTES ENTRE EUROPA Y AMÉRICA LATINA y de la escala de análisis ha ido a la par con una ampliación temporal, rastreando antecedentes y llegando a conectarse entre sí las migraciones -y los migrantes-del siglo XIX con las más contemporáneas.
Si es cierto que las migraciones ponen de relieve relaciones de poder, valores, roles, representaciones e imaginarios -en un complejo juego de redefinición entre un antes y un después del hito fundante-, y a la vez resaltan las diferentes conexiones entre dos o múltiples lugares, así como los intercambios de tipo económico, cultural, simbólico, material e inmaterial, la historia de los protagonistas de esas migraciones, como actores sociales en el espacio público en un determinado periodo histórico, nos parecía merecer un estudio más específico.
Sin lugar a duda, tal enfoque nos ha permitido tratar aspectos determinados del papel jugado, a la vez, por los mismos migrantes y sus agrupaciones, y los Estados involucrados (el de origen y el de destino, entre otros).
Con este dosier se pretende propiciar el debate alrededor de unos grupos migrantes que viajaron entre Europa y América.
El tema principal gira alrededor del surgimiento y/o la redefinición de identidades colectivas e imaginarios políticos, en coyunturas específicas, en el ámbito estatal, regional y local en América (Ecuador, Brasil, Uruguay, Argentina), y en el marco temporal comprendido entre el surgimiento del Estado nación y la actualidad.
Los estudios propuestos sobre los actores sociales de las migraciones pretenden ofrecer una clave para entender el fenómeno de construcción del Estado nación y el proceso de inclusión-exclusión de la ciudadanía, y a la vez permiten resaltar ambigüedades en las construcciones identitarias y en los sentimientos de pertenencia étnica o nacional.
Sabemos que todas las comunidades políticas necesitan desarrollar una estructura conectiva compartida, que permita a los individuos pensar en sí mismos como un «nosotros»,12 y que, como afirma Halbwachs, son las colectividades quienes determinan la memoria de sus miembros.
13 Así pues, interesa abordar, entre otras cuestiones, las estrategias adoptadas por los migrantes relativas a su destino, a su itinerario vital y a la creación de comunidades inmigrantes, para averiguar cómo los sujetos percibieron, pensaron y dieron sentido al mundo que les rodeaba.
Las identidades y los sentimientos de pertenencia aparecen aquí flexibles.
Cultura, religión, ideología política, identidad nacional y local, a menudo no concuerdan y algunas veces se contraponen entre sí.
En este sentido, las categorías y las adscripciones se mezclan y CHIARA PAGNOTTA coexisten: italiano, brasilero, uruguayo, fascista, antifascista, judío, español, genovés, castellanoleonés, ecuatoriano...
Por tanto, los artículos girarán alrededor del surgimiento o redefinición de las identidades colectivas, de la construcción de la alteridad, y de las memorias/olvidos de los grupos migrantes.
Algunos de los trabajos aquí recogidos fueron presentados en la Jornada Migraciones y migrantes en América Latina (siglos XIX-XX).
Entre historia(s) y representación(es), celebrada en febrero de 2016, organizada por el Taller de Estudios e Investigaciones Andino-Amazónicos con el apoyo de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona.
14 El aporte de especialistas que trabajan en universidades tanto europeas como americanas, formados en diferentes disciplinas tales como historia y sociología y que presentan trabajos que abarcan diversas temporalidades y que además difieren en cuanto a la dirección de las migraciones atendidas, de Europa hacia América y viceversa, nos ha permitido ampliar el debate metodológico ampliando categorías y perspectivas de investigación.
Por ende, se encuentran aquí trabajos cuyos análisis se basan en el estudio de la documentación oficial elaborada por la red diplomática de los países de origen, los diarios, la prensa étnica, así como las fuentes orales.
El primer artículo del dosier, «Trayectorias biográficas de los italianos en el Ecuador de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX», lo firma la historiadora Chiara Pagnotta, quien a partir del estudio de las fichas de los registros del consulado italiano en Quito y la embajada italiana en Guayaquil entre 1897 y 1941 aborda las trayectorias biográficas y las redes migratorias de los grupos de italianos presentes en Ecuador entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.
Este análisis permite, por un lado, observar los puntos en común y las diferencias que tienen entre sí los italianos que se inscribieron en las representaciones diplomáticas italianas en Ecuador, y, por otro, diferenciar a estos actores sociales según los lugares de origen y destino, la época de inmigración y los intereses económico-profesionales, entre otras cuestiones, en la tentativa de dibujar una biografía colectiva.
El segundo de los trabajos, titulado «Tensiones identitarias y discursos conmemorativos: los ítalo-uruguayos filofascistas ante las fiestas cívicas de sus dos patrias (1918-1941)», del historiador Juan Andrés Bresciano, PRESENTACIÓN: MIGRACIONES Y MIGRANTES ENTRE EUROPA Y AMÉRICA LATINA tiene por objetivo dilucidar la difusión del fascismo en la comunidad ítalo-uruguaya de entreguerras y, de manera destacada, las lealtades y tensiones identitarias que muestran los migrantes de origen italiano respecto a las patrias de procedencia y de arribo.
El autor -que utiliza prioritariamente la prensa de la inmigración y, en particular, el semanario L'Italiano-estudia la función desempeñada por la celebración de las fiestas cívicas de las dos patrias, en la búsqueda de una conciliación entre la identidad italiana y la uruguaya, gracias a la conmemoración de eventos que aluden al pasado de los dos países.
En el trabajo del historiador Luis Fernando Beneduzi, «Identidades em transformação: desde a Itália e até a Itália, percepções de um pertencimento», se pretende poner de relieve la dinámica de producción de significado y representación de la identidad étnico-nacional ítalo-brasilera, mediante el análisis de álbumes conmemorativos de la inmigración italiana en el estado de Rio Grande do Sul, así como de las celebraciones étnicas de finales del siglo XX en los lugares de llegada de esas migraciones, y de los relatos de los descendientes que a su vez deciden emigrar hacia la tierra de origen de sus antepasados.
Como propone Beneduzi, el imaginario étnico de los ítalo-brasileros cristalizó conforme a la imagen propuesta para la celebración de los 50 años de inmigración italiana en Brasil (1925), y permanece hasta hoy en día, cuando los descendientes de los antiguos migrantes viajan a la tierra de origen en búsqueda de un país imaginario, bien distinto de la Italia actual.
El dosier se cierra con el trabajo de la historiadora y socióloga Asunción Merino Hernando, titulado «La inmigración española en Argentina y sus dinámicas transnacionales contemporáneas: el caso de los castellanoleoneses en Buenos Aires», en el que se indaga sobre el papel desempeñado hoy en día por el asociacionismo español en Argentina.
A partir del estudio del caso de los castellanoleoneses en Buenos Aires, realizado mediante un amplio trabajo etnográfico, se demuestra cómo coexisten prácticas trasnacionales orientadas a recrear vínculos con la tierra de los antepasados, y actitudes asimiladoras, en la medida en que, en palabras de la autora, estas forman también parte de «un proceso de revitalización, de reinvención cultural». |
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Trayectorias biográficas de los italianos en el Ecuador de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX * Biographical Paths of the Italians in the Ecuador since the End of the 19th Century to the First Half of the 20th Century
Los desplazamientos practicados en el tránsito del siglo XIX al XX aparecen caracterizados por la capacidad de los individuos de sobrepasar las fronteras nacionales en número nunca visto antes, gracias a unas cuantas facilidades a la emigración y gracias también a los mecanismos de apoyo y ayuda de las redes de paisanos ya instalados en el exterior.
El caso de la inmigración italiana en Ecuador no es numérica ni cualitativamente comparable con el de otros países americanos, tales como Argentina, Brasil o Uruguay, países cuyas dinámicas internas requirieron en su momento grandes contingentes poblacionales.
Ahora bien, un cierto paralelismo se podría establecer entre la inserción/adaptación de los inmigrantes en las sociedades latinoamericanas del lado del océano Pacífico, que han sido afectadas solo marginalmente por los grandes proyectos de migración organizada.
Dentro de este panorama, son pocos los estudios que se han ocupado de la zona andina y de los países centroamericanos.
1 Cabe matizar que en el siglo XIX empezó a delinearse la tensión entre los Estados en formación, para englobar a los actores en el interior de un espacio geográfico definido, sobre el que se ejerciese la soberanía, y sobre los individuos que a menudo tratan de escapar al control de esos Estados protagonizando procesos de movilidad.
2 Las migraciones del siglo XIX representan un momento de ruptura en la formación/consolidación de aquellos Estados y de sus aparatos, incluyendo el estadístico y el de control sobre la población.
Es sabido que en aquel momento, tanto en Europa como en América Latina, la disciplina estadística se desarrolló en diálogo con la construcción del Estado-Nación.
3 Conforme a las ideas de la época, la ciencia estadística tenía que dar a conocer una realidad -pretendidamente objetiva-sobre la que posteriormente los poderes estatales pensaban intervenir.
En síntesis, se trataba de conocer para mejor administrar los nuevos Estados.
De otro lado, Benedict Anderson remarca que la ciencia estadística y la geografía fueron también instrumentos para actuar y, en buena medida, moldear los países en construcción.
3 A este propósito véase el trabajo de Bustamante, Giraudo y Mayer, 2014.
Prieto, que expone cómo el censo de población del Ecuador de mediados del siglo XX devino instrumento para la formación de la nación imaginada, creando identidades, inscribiéndolas en categorías, ordenándolas y volviéndolas legibles.
5 Es oportuno remarcar que Ecuador destaca por caracterizarse por un atraso estadístico desde la independencia y hasta mediados del siglo XX.
Si, de un lado, García Moreno promovió la creación de la Oficina Estadística Nacional y la puesta en marcha de un censo cuadrienal, y pensaba traer al país andino a expertos franceses para que enseñaran los métodos y formaran especialistas locales, sus políticas en este sentido alcanzaron escaso resultado a causa de la guerra franco-alemana, que impidió la llegada de los formadores.
6 En consecuencia, el primer censo nacional en Ecuador se realizó en 1950; con anterioridad hubo únicamente un censo piloto para la ciudad de Guayaquil, en 1897, y otro para la de Quito, en 1907.
7 Se entiende que para los estudios de tipo estadístico y demográfico -incluyendo los de extranjería-sobre el Ecuador del periodo, se tenga que recurrir a otras tipologías de fuentes primarias, como los archivos parroquiales y los archivos de policía, entre otros.
De manera diferente, en el caso italiano, el interés en cuantificar a los ciudadanos fructificó tempranamente, y el Ufficio Centrale di Statistica fue creado en 1861 (el Regno d'Italia se fundó el mismo año).
Desde un punto de vista metodológico, conviene recalcar que los estudios de Maitron sobre el movimiento obrero francés (y sus militantes, a menudo desconocidos) 8 han contribuido a superar uno de los límites del método prosopográfico, o de los estudios sobre trayectorias individuales y colectivas, es decir, tener como objeto de estudio privilegiado a las élites o a las capas sociales altas -siendo ellas las que más huellas escritas dejaban, que podían ser estudiadas-, y ampliando el análisis a los grupos sociales subalternos.
9 Precisamente en esta línea se pretende situar este trabajo sobre un grupo de inmigrantes.
Censo de población y vivienda, Quito, Instituto Nacional de Estadística y Censo, 1950.
9 Entre otros trabajos sobre el ámbito latinoamericano, véase Schröter y Büschges, 1999.
El objetivo de este artículo reside en intentar entender quiénes eran los inmigrantes italianos en Ecuador, mediante el estudio de los puntos en común entre los miembros de este grupo, cuyas huellas se encuentran en los registros de inscripción de las representaciones diplomáticas italianas en Quito y en Guayaquil.
No se trata aquí, por tanto, de ofrecer un conjunto de biografías individuales yuxtapuestas, sino de intentar dibujar algunos rasgos de una biografía colectiva del grupo italiano en Ecuador, basándonos en la observación de las trayectorias de vida de los actores.
Se pretende tratar de descifrar la estructura social del colectivo a partir de un análisis de las fichas individuales, para entender quiénes eran los individuos, de qué sector social provenían, las redes de pertenencia y de movilidad, y el entramado en el que actuaban.
Sin lugar a duda, se trata aquí de estudiar en clave prosopográfica los vínculos y las relaciones entre los actores sociales protagonistas de la migración.
10 Por todo ello, las fuentes principales utilizadas para este estudio provienen del Archivo Storico Diplomatico del Ministero degli Affari Esteri, ubicado en Italia (Roma), donde se conservan los registros de los italianos, con las fichas de inscripción, provenientes del Consulado italiano en Guayaquil desde 1897, y de la Embajada italiana de Quito desde 1907.
Con el cierre de las representaciones diplomáticas italianas, debido a la Segunda Guerra Mundial y a la adopción por parte de Ecuador de la doctrina de defensa continental, se suspendió la inscripción de los emigrantes y los intereses italianos en el país andino pasaron a ser representados por la legación de España.
12 Los datos en nuestras manos corresponden a un total de 875 fichas de inscripción.
13 Es necesario aclarar que estas fichas son una fuente parcial, ya que no es posible cuantificar exactamente el número de italianos 10 Sobre el método prosopográfico para el estudio de la historia de América, véase Guerra, 1988.
Agradezco a Luigi Guarnieri Calò Carducci que me ha ayudado a ubicar en el archivo estas fuentes -sin número de identificación-; cabe destacar que estas fuentes han sido estudiadas anteriormente por el mismo Guarnieri, 2001, 34-39.
12 La inscripción de los inmigrantes recomenzó en 1946, una vez reanudadas las relaciones diplomáticas.
En este trabajo dejamos al margen aquella documentación.
13 Remarco que se trata de una migración cuantitativamente poco numerosa, si la comparamos con el flujo dirigido desde la península italiana hacia el Cono Sur, pero importante si nos ponemos en la perspectiva del país receptor, siendo la italiana, siempre en 1950, una de las nacionalidades extranjeras más numerosas presentes en el país andino, de 23.489 extranjeros en total.
presentes en el país andino, pues no todos los residentes se inscribían, y sin duda había individuos que evitaban todo tipo de reconocimiento y control gubernamental.
14 Así, se puede fácilmente entender que no necesariamente todos los inmigrantes italianos presentes en el país andino dejasen sus huellas en dichos registros.
A pesar de que los datos que podemos extraer del estudio de estas fichas pueden ser incipientes, se ha podido avanzar hasta llegar a formar una idea de una tendencia general del fenómeno.
En el primer apartado abordaré los elementos más significativos de las fichas; en un segundo apartado analizaré en detalle las trayectorias que unen la región de Liguria y la costa ecuatoriana; a continuación estudiaré las diferencias regionales y profesionales en las migraciones que unen el sur de Italia y la ciudad de Guayaquil; por último, en el cuarto apartado, indagaré -siempre en su dimensión regional y profesional-los lazos establecidos por los migrantes entre las regiones de Campania y Piamonte y la ciudad de Quito y, más en general, la sierra ecuatoriana.
Y concluiré con unas consideraciones de carácter general.
Rasgos generales a través de los registros
Conforme a lo ocurrido en otros países de América Latina, en el siglo XIX y hasta mediado el siglo XX se verificaron varias tentativas para orientar hacia el país andino los flujos de inmigración europea que se estaban dirigiendo hacia el continente.
La promoción gubernamental de la inmigración europea se asociaba a la colonización agrícola acaecida gracias a las compañías (privadas) de colonización.
Dicho esto, nos consta que las políticas pro-inmigratorias de Ecuador se caracterizaron por ser una historia de voluntades, de tentativas incipientes y, finalmente, de fracasos.
Aunque se pretendía atraer mano de obra europea para «mejorar la raza» y para hacer progresar al país, teniendo en cuenta que se consideraba que los inmigrantes podrían enseñar los 14 Varios estudios relacionan la emigración con la elusión del servicio militar obligatorio; de esta manera se evitaría cumplir la ley y aparecer en las estadísticas.
Para el caso de los ligures, la elusión del reclutamiento se relaciona con el hecho de que el nuevo Estado sabaudo era sentido como ajeno, y a veces enemigo.
Cabe remarcar que la anexión de la República de Génova al Reino de Cerdeña se decidió en el Congreso de Viena.
Ya en 1868, el periódico genovés La Borsa cifraba en 20.000 los ligures que salieron hacia el Río de la Plata para evitar la conscripción.
CHIARA PAGNOTTA métodos de la agricultura europea, los únicos dos proyectos de colonización con población europea que se llevaron a cabo fueron el de la colonia Ayora, en Mindo, poblada con inmigrantes austriacos, y el de la colonia Simón Bolívar, en Saloya, con españoles.
Ambas experiencias tuvieron breve vida.
15 Por otro lado, es cierto que Ecuador no ofrecía grandes atractivos para los inmigrantes que trataran de insertarse en el sector agrícola.
Cabe recordar que el sistema de concertaje fue abolido en 1918, sin embargo, después de esa fecha algunos propietarios seguían empleando mano de obra «concertada» y consideraban a los europeos trabajadores inadecuados -léase exigentes-, pues se les suponía incapaces de adaptarse a las condiciones laborales del país andino.
16 Por parte italiana, en 1862 el cónsul en Guayaquil explicaba que en las regiones interiores de Ecuador residían pocos italianos a causa de la dificultad de encontrar un trabajo convenientemente remunerado.
17 En 1903 el Commissariato Generale dell'Emigrazione desaconsejaba rotundamente emigrar a Ecuador, ya que no quedaban claras las medidas puestas en marcha para asegurar la ocupación y apropiación de la tierra de los eventuales inmigrantes.
18 A pesar de eso, nos consta por las fuentes oficiales que en 1906 el total de italianos radicados en Ecuador ascendía a alrededor de 700.
19 Ya en 1891 el cónsul italiano en Guayaquil hacía un llamamiento, desde las páginas del semanario en lengua italiana La Patria.
Organo della colonia italiana en el Equatore, para que los italianos residentes en el país andino se registraran en dicho consulado.
20 Ahora bien, la fecha de abertura del registro en el consulado de Guayaquil se remonta a 1897, mientras que 15 Para un análisis en profundidad de las políticas migratorias ecuatorianas y las tentativas de colonización agrícola, véase Pagnotta, 2016.
Esta y otras fuentes oficiales para los estudios sobre migraciones rara vez incluyen a los inmigrantes sin papeles.
la primera inscripción data de 1899, ocho años después de la primera convocatoria documentada.
21 En ambos Registros dei Nazionali aparecen los apartados siguientes: 1) fecha [de registro]; 2) nombre, apellido, paternidad; 3) lugar de nacimiento; 4) fecha de nacimiento; 5) profesión; 6) lugar de domicilio en el Reino [de Italia]; 22 7) lugar de residencia en la jurisdicción del consulado; 23 8) justificativo de la inscripción; 9) suscripción del inscrito y del cónsul; 24 10) anotaciones eventuales; 25 12) observaciones.
26 Desde mediados de los años treinta, las informaciones reportadas en los registros se hacen más escasas, y a menudo se anotan únicamente los nombres, apellidos, paternidad, lugar de nacimiento, fecha de nacimiento, profesión y lugar de residencia en la jurisdicción del consulado.
Por lo que concierne al registro del consulado de Guayaquil, en unos cuantos casos de fichajes hechos en aquel periodo aparece entre las observaciones una escrita en negro y subrayada en rojo: «raza judía».
Una primera aproximación que es posible hacer a partir de las inscripciones concierne al origen geográfico de la inmigración, ya sea de regiones y territorios italianos o de terceros países, y por año de inscripción en el registro.
Emerge un mapa de las relaciones (a veces de matriz colonial) y redes que los ciudadanos italianos -emigrados a Ecuador-y la Italia de aquel entonces tenían establecidas con los demás países.
En esta línea, aparece que los vínculos no fueron estrictamente bilaterales, sino incluso trasnacionales.
Cabe aclarar que mientras el imperio colonial italiano se fundó después de la invasión de Etiopía (1936), ya desde la época liberal Italia estaba practicando una política expansionista en la orilla oriental del mar Adriático y en África: en 1911 había conquistado Tripolitana y Cirenaica (desde 1934 unificadas bajo el nombre de Libia) y, en 1912, el Dodecaneso; todo ello se refleja en la documentación estudiada (cuadro 1).
22 En aquel entonces, Italia era una monarquía; la forma republicana fue aprobada por referéndum en 1946.
23 En unos cuantos casos, aquí se encuentra indicado el nombre del connacional o de la empresa italiana que hace de referencia al recién inscrito en Ecuador.
24 En este apartado se encuentran las firmas de los inscritos; las de los cónsules no fueron reportadas en algún caso.
25 Aquí se encuentran las raras indicaciones sobre el parentesco con otros inscritos en el registro.
26 Aquí se encuentran informaciones sobre el año de la partida de Italia.
Elaboración de la autora.
Sin lugar a duda, se puede observar una migración diferenciada por regiones de origen, destacando las regiones de Liguria, Piamonte, Campania y Calabria.
Dicho esto, el elemento común parece ser la antigüedad de su asentamiento en el país andino.
Emblemático en tal sentido es el elevado número de los individuos que componen la segunda generación, es decir, que indican su lugar de nacimiento en Ecuador, aunque de padre italiano.
CHIARA PAGNOTTA Cabe matizar que la revolución industrial en Italia se concentró en los territorios del noroeste, en particular en las regiones de Lombardía y Piamonte.
Además, los nuevos impuestos fiscales, aplicados por los Saboya después de la unificación, favorecían precisamente la industrialización y desalentaban la agricultura.
Todo ello explica que los territorios de partida se encuentren cerca de los centros industriales en expansión, es decir, aquellos lugares que tuvieron un rápido cambio de modelo productivo, lo que motivó que varios sectores «atrasados» -en términos de tipología de producción-practicaran la vía de la emigración.
Antes de entrar más en detalle, tratando de iluminar los vínculos que unen diferentes lugares de origen y de destino, es preciso introducir una aclaración concerniente al género de los inmigrantes italianos presentes en Ecuador.
Cuadro 2 Emerge del cuadro 2 que la inscripción de mujeres en el consulado aumenta a partir de los años veinte, mientras que en términos porcentuales disminuye la de varones.
Los estudios sobre flujos migratorios italianos hacia América nos dicen que, en términos generales y por lo menos al comienzo, se caracterizan por ser mayoritariamente masculinos.
En este sentido, el caso en observación no parece diferenciarse de otros.
Ahora bien, sospechamos que esta aparente ausencia femenina puede deberse a una falta de rastros, por parte de las mujeres migrantes, en los archivos gubernamentales, y no a una ausencia femenina tout court en las corrientes de migración.
Cabe señalar las razones endógenas a la Italia de la época:
TRAYECTORIAS BIOGRÁFICAS DE LOS ITALIANOS EN EL ECUADOR en el Código Civil de 1865 se sancionaba la inferioridad femenina respecto al hombre, y únicamente en 1975 fue abrogada la potestad marital.
Por todo ello es fácil intuir que -por la época-la inscripción en la sede de las representaciones diplomáticas la hacía quien ejercía la patria potestad sobre todo el núcleo familiar.
Sin embargo, el hecho de que las primeras mujeres inscritas fueron, entre 1907 y 1908, las hijas nacidas en Ecuador34 de aquellos italianos de origen ligur -que se habían asentado en Guayaquil y se habían conectado rápidamente con el mundo empresarial, liberal y, a menudo, masónico del puerto-,35 nos habla del recorrido cultural e ideológico de este grupo.
Es adecuado matizar que, hasta la Primera Guerra Mundial, Ecuador fue protagonista de una gran bonanza económica, marcada por la exportación cacaotera.
El auge del cacao conllevó la expansión de la frontera agrícola en la costa y el aumento del poder económico y político de los terratenientes que allá tenían sus propiedades.
A raíz de las exportaciones, se fue desarrollando el sector comercial y banquero.
Guayaquil se convirtió en el centro económico del país y puerto principal para las exportaciones de productos destinados a la comercialización en el mercado mundial.
36 Por todo ello se explica que el puerto fuera elegido por los inmigrantes italianos como principal lugar de asentamiento y/o actividad económica.
Cabe subrayar que en los registros aparecen 508 inmigrantes que han indicado Guayaquil como lugar de domicilio en Ecuador y, de ellos, 251 declaran tener una actividad relacionada con el comercio.
Entre las categorías profesionales reportadas se señalan: 222 comerciantes, 8 empleados de comercio, 5 industriales, 3 comerciantes ambulantes, 2 comerciantes y poseyentes, 2 comerciantes y terratenientes, 2 negociantes, 2 constructores navales, 1 albergador, 1 procurador de una firma, 1 viajante de comercio, 1 representante de comercio, 1 comerciante, fabricante y terrateniente.
37 CHIARA PAGNOTTA Ahora bien, la especialización profesional declarada en la inscripción es sumamente ambigua y subjetiva, ya que en la categoría de comerciante, a falta de mayores especificaciones, podrían entrar tanto los pequeños comerciantes al detalle como los grandes exportadores, habiéndose rastreado la presencia de los italianos tanto entre los grandes beneficiarios del cacao como entre los pequeños minoristas.
38 Como segundo destino de la inmigración italiana en Ecuador aparece la ciudad de Quito, llegando a ser indicada como lugar de residencia por 194 individuos.
Se trata de un destino mucho menos atractivo que Guayaquil.
En todo caso, un par de elementos destacan inmediatamente.
39 A partir del siglo XX son muy escasas las informaciones sobre la fecha de partida de Italia, así que este dato no puede ser considerado fiable.
Lo que aparece con claridad es una diferencia en cuanto al lugar de origen, siendo 38 piamonteses, 28 de la Campania y 24 nacidos en Ecuador, y los de la Liguria únicamente 6.
La diferenciación geográfica va a la par con la profesional, cubriendo un abanico bastante más amplio que el caso anterior.
40 Junto con las dos grandes ciudades del país, se destacan Ambato y Cuenca como meta de la migración de religiosos.
Se trata, en el primer caso, de los capuchinos, diez entre religiosos y personal de la misión, que se registraron en el consulado en Quito en 1930.
En este grupo se anotan dos sacerdotes y dos obreros provenientes de Roma, y seis misioneras de Turín.
En el caso de Cuenca se trata mayoritariamente de los salesianos; son 24 religiosos, 8 provenientes de Roma y 16 de Turín, y entre ellos se destaca la presencia de cinco religiosas.
En ambos casos se indica el lugar de domicilio, que corresponde a la casa madre del instituto religioso de pertenencia.
El origen de los misioneros capuchinos era prevalentemente el Véneto, y el de los salesianos era más variado.
Un ulterior elemento de carácter general destaca del estudio de las fichas.
Aunque la mayoría de las inscripciones, en particular de quienes provenían de la Liguria, se hicieron en las primeras décadas de existencia 38 Como la familia Parodi, de la que hablaremos más en detalle.
En todo caso, cabe subrayar que en el registro consular de Guayaquil el «fundador de la dinastía» aparece únicamente como «comerciante».
39 Se encuentra en el Registro dei Nazionali, Regio Consolato d'Italia a Guayaquil (1897-1937), ASDMAE [sin número de página].
Se trata de Francesco Ferro Basile, un comerciante oriundo de Reggio Calabria, nacido en 1839.
del registro en Guayaquil, es cierto que la fecha de la emigración es anterior, revelando un flujo constante en el tiempo a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
41 Sobre un total de 271 indicaciones que contienen el año de partida de Italia, o de un tercer país, rumbo a Ecuador, hay 113 individuos que viajaron antes de 1890.
42 Los estudios genealógicos de Noboa parecen confirmar la temprana migración italiana hacia la ciudad de Guayaquil, situando en alrededor de cien individuos los italianos presentes en el puerto en 1855.
43 Todo ello significa, además, que la conexión formal entre inmigrantes italianos y madre patria se daba unos cuantos años después del asentamiento, dejando así entender que la relación con las instituciones del país de origen se caracterizó por tener un perfil bajo, que iba a la par con el hecho de que las instituciones italianas de la época se mostraban poco preocupadas por la suerte de los emigrantes.
El comercio y los ligures
Parece que fue el contexto ecuatoriano el que moduló la vida en el lugar de llegada.
Se puede afirmar que un buen número de italianos presentes en Ecuador lograron insertarse en la economía relacionada con los comercios que tenían su eje en el puerto del país.
Según el cónsul Goding, los italianos en el puerto habían alcanzado un nivel tal que representaban, junto con los alemanes, los principales participantes en la distribución al por mayor y por menor.
Destacaban en particular familias italianas tales como Parodi, Bruzzone y Cía., Cassinelli Hnos. y Cía., Castagneto y Cía., Frugone y Cía., Antonio Baudino, y Damián Miranda.
45 La Sociedad Geográfica Italiana testifica que serían los italianos -cuyos componentes predominantes eran los de origen genovés-el grupo extranjero más rico asentado en el puerto.
46 41 Desgraciadamente, no ha sido posible realizar un estudio exhaustivo sobre este dato, debido a que las informaciones sobre el año de emigración a veces no son reportadas.
42 En unos cuantos casos en que la migración no se ha dirigido inmediatamente de Italia a Ecuador, se reporta la fecha de partida de Italia y la eventual fecha de salida de un país tercero antes de la llegada a Ecuador.
44 Recordamos aquí cómo, en todo caso, Italia empezó a preocuparse de sus inmigrantes en 1901, cuando se promulgó la primera ley de emigración.
CHIARA PAGNOTTA Es sabido que los genoveses fueron los primeros en partir hacia América Latina debido al hecho de que Génova era el principal puerto de partida hacia aquel territorio.
47 En la mitad del siglo XIX, la ciudad sirve como puerto para un amplio territorio que comprende Liguria, Emilia, Toscana, Piamonte y Lombardía.
48 El caso de la emigración de la familia Parodi a Guayaquil, y de la red de circulación que se crea alrededor de esta familia, es particularmente iluminador al respecto, y permite apuntar unas cuantas conclusiones de ámbito más general a partir del estudio de su historia y trayectoria migratoria.
49 El primer miembro del que podemos rescatar las huellas en los registros deja Italia en 1871 rumbo a Ecuador.
Se trata de Agostino.
El mismo año llega a Ecuador Giovanni Amedeo, de dos años de edad, junto con su familia.
Los tres son originarios de Sanremo, en el poniente ligur.
51 Domenico y Agostino se inscriben en 1899, y Giovanni Amedeo en 1910, los tres como comerciantes asentados en el puerto de Guayaquil.
La segunda generación de los Parodi (hijos de Giovanni) nacida en Ecuador (Umberto nace en 1897, y Ernesto en 1899), sigue manteniendo un vínculo con la madre patria, indicando Sanremo como lugar de domicilio en el Reino, aunque Ernesto se registra en 1930 y Umberto en fecha desconocida, entre 1925 y 1926.
Ambos hijos parecen poder viajar fácilmente entre Ecuador e Italia, ya que, aunque nacidos en Ecuador, viajaban con el pasaporte emitido por el prefecto de Sanremo, en el primer caso, y por el cónsul honorario de Sanremo, el Dr. Parodi, en el segundo.
52 De la segunda generación que desarrolla parte de su vida en Ecuador forma parte un tercer hermano, Enrico, nacido en Sanremo en 1904, que viaja a Ecuador en 1928.
48 Para una síntesis reciente sobre las características de la emigración italiana, véase Colucci y Sanfilippo, 2010.
49 Otras fuentes indican una presencia más antigua de los italianos de este apellido.
El 31 de octubre de 1820 aparecen cinco italianos en un listado de extranjeros europeos residentes en Guayaquil, que donaron 16.000 pesos para las «urgencias de la patria»; se atestigua que Antonio Parodi donó 200 pesos.
50 Desconocemos la relación de sangre entre los dos y si viajaron juntos, ya que en este caso solo se reporta en el registro de Guayaquil el año de salida.
51 Un documento de 1734 estudiado por Giovanni Levi (1973) señala que desde el poniente ligur existía un flujo de emigración de faquines hacia el puerto de Cádiz.
Según Molinari (1995), la crisis de las actividades del puerto de Cádiz motiva a los ligures a embarcarse para América del Sur.
Los hijos de la pareja fueron: Luis, Mercedes, Humberto y Ernesto, nacidos en Ecuador, y Julio, Emilio, Enrico y Yolanda, nacidos en Italia después del regreso del jefe de familia a Sanremo en 1899.
El comercio fue la dedicación inicial de los Parodi.
Giovanni se conecta con otros connacionales y, en particular, con Emilio Marengo, otro ligur, nacido en Génova, y juntos abren una tienda de productos de exportación, «El Indio Guayas», en Guayaquil.
Esta tienda estaba dedicada a la importación directa de abarrotes, ferretería y combustibles de Europa y Estados Unidos, y a la venta en Guayaquil al por mayor y menor.
53 A Giovanni Marengo se une en Guayaquil un hermano suyo, que anteriormente había emigrado a Perú.
Se puede afirmar que el despliegue económico de algunos de los pioneros, como Parodi, estuvo vinculado a las actividades de exportación en el puerto de Guayaquil, que les permitió acumular capital y reinvertirlo en otros ámbitos, diversificando sus actividades.
Gracias al análisis de las fichas, se entrevé un ascenso social de la primera a la segunda generación.
La segunda generación no es adscrita como comerciante, sino como terrateniente y comerciante (Umberto), y acomodado (Ernesto).
Sabemos que el pionero Giovanni vuelve a vivir en Sanremo y deja a los hijos tres haciendas agrícolas -que había adquirido en Guayas-para que las administren: Roma, Italia y Concepción.
54 Estas haciendas conjuntamente sumaban un millón y medio de plantas de cacao y a comienzos del siglo XX se estaban desarrollando en ellas plantíos de café y banano.
A las primeras tres haciendas se sumaron otras dos: El Carmelo, en la Isla de Puna, y La Alegría, en Guayas.
55 Nos consta que la llegada de Enrico a Ecuador en 1928 fue precisamente para hacerse cargo de las haciendas de la familia, por pedido del padre, Giovanni.
El mismo Enrico además invierte parte del capital en la puesta en marcha de una fábrica de enlatados de atún y sardinas y una fábrica de botones de tagua.
56 Aparece aquí una «dinastía» completamente insertada en la producción para la exportación en el mercado mundial, que llega a conectar la pequeña ciudad de Sanremo con el comercio transoceánico.
Sabemos que de los dieciocho individuos que indican sus domicilios en el Reino en la ciudad de Sanremo, los primeros en llegar a Ecuador han sido Giovanni Amedeo, en 1870, y Agostino, en 1871.
Los otros llegaron en el siglo XX.
Consta en el registro de Guayaquil que, de las dos mujeres del grupo, Caterina Emanuela Rambaldi se casó en 1926 con un tal Umberto Parodi (no 53 Panfleto publicitario de la tienda.
CHIARA PAGNOTTA tenemos mayores informaciones sobre el), y Zelinda Ida Repetto estaba casada con otro paisano, un tal Giobatta Almerini, que formaba parte de los inscritos; hay un escultor que se dirigió a Riobamba, y todos los demás se instalaron en Guayaquil.
Entre los hombres, doce tenían actividades conectadas con el comercio.
Como era frecuente, y como es por ejemplo el caso de los Parodi, la administración de las propiedades o la vivienda principal estaban en Guayaquil, aunque las haciendas se situaban en otras partes.
Siguiendo siempre las huellas dejadas por los Parodi, encontramos a Giuseppe, un primo de Giovanni, propietario de la hacienda San Pablo en la parroquia de Naranjal (provincia del Guayas).
En las primeras décadas del siglo XX era una de las más florecientes del país, y ocupaba una extensión de alrededor de 4.000 hectáreas entre plantíos de cacao, banano y terrenos para la cría de ganado.
Igual que su primo Giovanni, Giuseppe, después de una experiencia ecuatoriana, había vuelto a Sanremo, dejando la hacienda bajo la administración de un pariente, en este caso su yerno, Luigi Repetto.
57 Cabe subrayar que Giovanni, una vez de regreso a su tierra natal, a caballo entre el siglo XIX y el XX, tuvo el cargo de cónsul honorario de Ecuador en Sanremo.
Podemos entender que tal distinción, otorgada por el gobierno ecuatoriano, representaba un cargo más simbólico que real, ostentado para representar el ascenso social logrado en la tierra de emigración.
De otro lado, el capital económico y político adquirido en tierra ecuatoriana revirtió políticamente en Italia.
Las fuentes diplomáticas atestiguan que un tal Ernesto Parodi, nacido en Ecuador, fue un alto cargo de la sección del fascio de Sanremo, y fue el propulsor de un monumento -que nunca vio la luz-de homenaje y amistad entre Italia y Ecuador, aunque entre los opositores al proyecto se encontraban sus mismos hermanos.
58 Contemporáneamente, varios miembros de la familia Parodi en Ecuador se habían fusionado con el mundo local, siendo parte ya de los grupos económico y financiero y de la élite étnica.
Formaban también parte de la Società italiana di Beneficienza «Garibaldi» (Giuseppe fue fundador y tesorero de la primera junta), de la Cámara de Comercio ecuatoriana y del Rotary Club.
Todo ello pone de relieve cómo esta red familiar y de paisanaje se ha consolidado como grupo de poder; con el capital acumulado en la actividad 57 Aliprandi y Martini, 1935.
58 El tema es objeto de otro artículo de la autora: Pagnotta, en prensa [2020].
comercial en el puerto se arriesgaron a entrar en otros ámbitos, raras veces abiertos a los extranjeros.
Es evidente, a partir del caso de los Parodi, que unos pocos pioneros se insertaron en el mundo económico ecuatoriano durante una coyuntura favorable debida a la bonanza del comercio del cacao, que duró desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial.
Cabe subrayar que a comienzos del siglo (en el quinquenio 1900-1905) se exportaban a Italia, principalmente, cacao, tagua y café, mientras que en 1906 se importaban por Guayaquil artículos como tejidos, vermut, sombreros, aceite, mármol y otros varios productos alimentarios y maquinarias, estando presentes en la ciudad de Génova sesenta y una casas de comercio italianas que tenían relación con Ecuador, 59 denotando así un floreciente espacio para el consumo de productos que llegaban de Europa y las posibilidades de inserción en un sector florido.
Los intereses económicos comerciales de los Parodi se conectaban también con el levante ligur y sus redes migratorias.
Sabemos que a comienzo del siglo XX Giovanni Rovere -oriundo de Sestri Levante-estaba ejerciendo como administrador de la hacienda Italia de Giovanni Parodi.
60 Este no es un caso aislado, ya que se encuentran, provenientes de la zona costera de levante, 12 individuos de Camogli (10 comerciantes), 33 de Santa Margherita Ligure (tres comerciantes y terratenientes, dos empleados, 25 comerciantes), 31 de Rapallo (18 comerciantes, 2 empleados, 1 tendero), 8 de Chiavari (4 comerciantes, 1 agricultor, 1 capitán de marina, 1 empleado, 1 terrateniente), 7 de Cogorno, en las alturas de Chiavari (los siete comerciantes).
Todos ellos se asientan en Guayaquil.
61 Como ha subrayado Adele Maiello, la zona del levante ligur y, de manera particular, de Chiavari, fue el primer lugar de partida de la emigración de la región Liguria entre 1876 y 1915, si relacionamos el número de emigrantes con el número de población total.
62 En todo caso, se trataría aquí de una práctica de movilidad de tradición antigua.
Conforme a lo afirmado por Marco Porcella, la emigración estacional y ambulante era un fenómeno endémico del territorio de Chiavari y sus alrededores.
Esta era practicada ya desde el Antiguo Régimen y fue activa en abrir las puertas a una posterior, en masa, a larga distancia, hacia América.
(J.T. Mera era cónsul general del Ecuador en Italia, con residencia en Génova).
CHIARA PAGNOTTA Se finaliza este apartado destacando cómo las partidas hacia Ecuador no concernían únicamente a las dos riberas ligures, sino que se partía también de la ciudad de Génova.
Del centro de Génova 64 salieron 26 individuos, entre ellos ocho comerciantes y varias otras diferentes figuras profesionales típicas de una zona urbana: un fabricante de sombrillas, un empleado comercial, un estudiante, un frutero, un empleado, un fabricante de muebles, un industrial, un vendedor, un contable, una menor (una niña que vive con su padre), dos agricultores, un albañil, un escultor, un maestro albañil, un doctor contable.
65 Veinte de estos viven en Guayaquil; el primero en vivir en Quito, en 1907, es el escultor.
Desde Nervi salieron nueve, y entre ellos un capitán naval, dos capitanes marítimos y seis comerciantes, asentándose todos en Guayaquil.
Una fábrica de hombres para uso ajeno 67 Aunque de menor importancia numérica, otros casos son particularmente significativos para entender las dinámicas y las trayectorias migratorias de los italianos en Ecuador.
La atención es capturada por la dimensión local del flujo que se conecta con el ámbito profesional y el capital económico.
Es sabido que las poblaciones rurales del sur de Italia se sumaron a los grandes flujos migratorios transoceánicos solo posteriormente, a partir de la última década del siglo XIX.
El nacimiento de Italia como Estado conllevó una serie de cambios dirigidos a la modernización del país, que se dieron primero en el norte y luego en el sur.
Por lo que concierne al meridione de Italia en época post-unitaria, una primera fase de políticas liberales tuvo como consecuencia que las manufacturas de la zona fueran derrotadas por las provenientes del exterior.
Una fase posterior, más proteccionista, dañó las exportaciones de los productos agrícolas locales.
68 Todo ello determinó un incremento de las emigraciones del sur, y además un cambio en los sectores sociales de origen, predominando ahora una migración de origen campesino.
En poco 64 En 1926 se conformó la Génova actual, anexando 19 municipios externos al núcleo central de la urbe.
65 Posiblemente un licenciado contable.
tiempo, el puerto de Nápoles superará al de Génova en cuanto a número de embarques.
69 El flujo proveniente de la región de Calabria amplía el abanico interpretativo de la tipología de la inmigración italiana en Ecuador.
En el caso en cuestión, se ve claramente el origen local y del piedemonte del flujo, que sobrepasa los confines regionales calabreses para abarcar dos núcleos situados en el ecosistema socio-económico del Parque del Pollino (de la cadena montuosa de los Apeninos meridionales), 70 del lado de la región de Basilicata: se trata de Castelluccio Inferiore y Castelluccio Superiore.
El flujo hacia Ecuador parece surgir de manera preponderante del lado calabrés de la montaña, de los municipios de Santa Domenica Talao, Morano Calabro, Orsomarso y Mormanno, que en términos administrativos forman parte de la provincia de Cosenza.
Sobre los 50 casos de emigración desde la Calabria que aparecen en los registros, 37 provienen del territorio conformado por los cuatro municipios.
71 Por todo ello, parece que el Ecuador haya entrado a ser parte de aquella estrategia de movilidad y de especialización laboral de las poblaciones del Pollino que caracteriza el Antiguo Régimen y la Edad Contemporánea.
Aunque la mayoría de los calabreses presentes en Ecuador se dediquen, como en el caso anterior, al comercio y se establezcan en Guayaquil, aparecen unas cuantas indicaciones de que podría tratarse de una migración de menor capital cultural, figurando en algunos casos -entre las anotaciones-que las personas inscritas son iletradas.
Emergen, además, unas figuras profesionales características de la emigración de aquel territorio de origen, y que parecen haberse asentado en Ecuador empleándose en el mismo sector profesional.
Al lado de los comerciantes, se encuentran artesanos: bisuteros, orfebres, toneleros, zapateros, sastres.
Aparecen además tres vendedores ambulantes.
El historiador Cappelli sitúa la ciudad de Maratea dentro de la misma historia y estrategia emigratoria de un flujo de artesanos, aunque la ciudad se encuentre en el litoral lucano.
Cappelli sigue las huellas de un flujo constante de artesanos, especializados en trabajar el oro, la plata y el estaño, que desde este pequeño núcleo de Basilicata parten con destino a Francia, España y Bélgica, y a América Latina, orientándose en particular hacia el Distrito Federal y las regiones centrales de México; Bogotá y Puerto Buenaventura, 69 Bianchi Tonizzi, 1992, 26.
CHIARA PAGNOTTA en Colombia; San Fernando de Apure y Ciudad Bolívar, en Venezuela; unos cuantos más a Panamá, para trabajar en la abertura del Canal; y otros a Guayaquil y otros lugares de Ecuador.
72 En este último caso, que es el que aquí nos ocupa, en los registros aparecen inscritos dos doradores que desde Maratea se dirigieron a Calceta, en Manabí.
Además hay constancia de un hombre, Biagio Laprea, comerciante y sastre a medida, que se instala en Quito trabajando para la casa Visconer con su hijo menor de edad.
73 También provenientes de Maratea son otros dos comerciantes que se asientan en Guayaquil.
74 En el caso de la región de Basilicata, la fecha de salida más antigua se remonta a 1884 y corresponde a un tal Francesco Paolo Cataldo, un comerciante oriundo de Castelluccio Inferiore y residente en Vinces, que se registró en el consulado en 1899.
Cabe recordar que por aquella época Vinces -llamada la «pequeña París»-era el eje del auge del cacao y -gracias al éxito del comercio-los propietarios de las haciendas vivían entre Ecuador y Francia, educando a sus hijos en las escuelas francesas y trasladando costumbres y arquitectura de aquel lugar al territorio de origen.
75 En los registros aparecen otros oriundos de los mismos territorios de Francesco Paolo Cataldo.
Lo que resalta, sin lugar a duda, de la emigración de las dos provincias, Potenza y Matera, que componen la región de Basilicata, es la hegemonía absoluta de la emigración desde la primera, quedando en cambio totalmente ausente la marcha desde la otra.
76 Parece así que la emigración hacia Ecuador haya sido practicada desde lugares más pequeños y, en general, del interior de la región, con la única exclusión de las seis salidas de Maratea.
La única emigración de la ciudad de Potenza, capital de la provincia homónima, es la de un comerciante, un tal Decio Martino, que se estableció en Quito.
Hacia el interior, en el siglo XX
Una mención importante merece la migración oriunda de la región de Campania y dirigida hacia varios lugares del país andino.
sado (y homónimo) del hombre que ha alcanzado los honores de la crónica por sus fotografías del grupo de connacionales en el Ecuador de la década de los veinte.
78 Conforme a lo que se reporta en la publicación del fotógrafo aficionado, la tienda de la familia -en la que él mismo trabajó-fue abierta en Guayaquil en 1880 y comerciaba con textiles de lino, seda, casimires y algodón.
Posteriormente, el fotógrafo se mudó a vivir en la capital ecuatoriana y fue el mismo que abrió una filial de la tienda de Guayaquil en la ciudad de Quito en 1932.
79 Otras fuentes reportan que la marca D'Aniello Hnos. & Cía. fue fundada en 1911 y que para la década de los veinte era una de las más importantes casas de importación de Ecuador, siendo más del 80 % del total de sus importaciones provenientes de Italia.
80 En términos más generales, se destaca que entre los 68 campanos inscriptos en las representaciones diplomáticas, la mayoría, 26 individuos, provenían de Secondigliano (hoy englobada en la ciudad de Nápoles); de ellos, 16 estaban instalados en la ciudad de Quito y 7 en Guayaquil.
81 Secundariamente, se destaca que aparecen únicamente cinco campanos (entre ellos los D'Aniello) que se han inscrito en el registro de Guayaquil en 1899, habiendo llegado todos entre 1878 y 1891.
Las informaciones sobre las llegadas en periodos posteriores son más escasas, pero, analizando la fecha de emisión del pasaporte para emigrar, podemos ver un incremento de la migración entre la región de Campania, en particular Secondigliano, y la ciudad de Quito, a partir de los años veinte del siglo pasado.
82 Se añade que, estudiando las fichas de los ítalo-ecuatorianos, solo cinco entre ellos son de origen campano, 83 cuatro residen en Ambato, uno en Quito y uno en Guayaquil.
Giuseppe di Donato es nacido en 1885 e inscrito en el registro de Quito en 1908; Luigi Antonio Rosania, nacido en 1885, inscrito en Quito en 1908; Pietro Raffone, nacido en 1907, residente en Ambato, inscrito en el registro de Quito; Gaetano Musella, nacido en 1883, residente en Ambato e inscrito en el registro de Quito; Giuseppe Renella, nacido en 1881, residente en Ambato e inscrito en el registro de Quito; Pietro Raffone, nacido en 1907, residente en Ambato e inscrito en el registro de Quito; Anna Miranda Stornaiolo, nacida en 1901, inscrita el 14 de junio 78 Zaccaria D'Aniello, 2009.
83 Remarco que este dato no aparece en todas las fichas.
CHIARA PAGNOTTA de 1932 y residente en Guayaquil; Maria Stornaiolo, nacida en 1927, probablemente la hija de la anterior Anna Miranda, ya que además se inscribieron en la misma fecha, aunque la segunda reside en Quito.
84 Ahora bien, se trata de trayectorias con características bien diferentes de las de los ligures asentados en Guayaquil, presentando similitudes, por el contrario, con los piamonteses asentados en Ecuador, por lo que concierne a la distribución geográfica.
Igualmente, entre los oriundos de Piamonte hay pocos que figuren entre los pioneros; hay solo dos casos de inscritos en las representaciones diplomáticas en 1899, los otros lo hicieron todos en fechas posteriores.
Un dato emerge con fuerza: entre los primeros que se inscribieron, Guayaquil aparece sin lugar a duda como destino privilegiado, con 25 individuos de 85 en total, mientras, con el trascurso del tiempo, a lo largo del siglo XX los destinos cambian y asume una importancia prominente la ciudad de Quito, destino para 41 individuos.
85 Otra característica peculiar de este flujo es el abanico profesional.
En este caso, a diferencia de los tres precedentes, no encontramos una clara especialización profesional o un claro predominio de los comerciantes, pudiendo rastrear albañiles, industriales, periodistas, mecánicos, estudiantes, docentes de arte religioso, religiosos, agricultores, orfebres, tejedores, etc. 86 En el caso de la migración de Campania y de Piamonte, nos parece poder ver que, en el trascurso del tiempo, los flujos migratorios evolucionan y se diferencian las trayectorias geográficas, es decir que desde una concentración en Guayaquil en el siglo XIX se asiste a una diferenciación regional en cuanto al origen y a una ampliación del abanico de los destinos ecuatorianos en el siglo XX.
Para entender este proceso, otra vez hay que hacer referencia a las características endógenas ecuatorianas.
Fue finalmente en 1908 cuando se terminó la construcción de la línea de ferrocarril que unía Guayaquil y Quito, el Ferrocarril Transandino, conectando así las dos regiones y las dos economías diferentes y, por lo que hace a nuestro interés, facilitando el traslado y el posterior asentamiento de los inmigrantes, desde la costa hacia el interior del país andino.
Se finaliza este apartado con una observación sobre un flujo numéricamente poco significativo, pero interesante por sus características.
rastreado un pequeño grupo de mineros sardos que se dirigen hacia Zaruma, zona de explotación minera ecuatoriana, desvelando así la existencia de diferentes redes profesionales que superan las fronteras y los océanos.
Cerrando este trabajo, creo poder afirmar que la llegada de los italianos a Ecuador no se vincula con las políticas migratorias gubernamentales.
Las tentativas de Ecuador para traer inmigrantes italianos no llegaron nunca más allá de la fase de planificación.
Esto significa que nos encontramos frente a una inmigración «espontánea», es decir, no planificada por las autoridades ecuatorianas o italianas.
En los casos que se han mostrado, es evidente la insuficiencia de explicaciones de las migraciones basándose en factores económicos (expulsión-atracción) o políticos (acuerdos entre países).
A través del estudio de las fichas se ha demostrado la importancia de las redes familiares y de paisanaje, que a menudo corresponden a redes profesionales, en la orientación de los inmigrantes hacia un lugar más que a otro.
Se asiste, por ende, a una emigración desde precisos lugares de partida hacia un lugar de llegada y hacia un determinado empleo, reconfirmando, como en otros casos, la importante atracción que para los potenciales emigrantes representaban sus paisanos ya instalados en el exterior.
Además, en unos cuantos casos, se ha verificado que la inscripción en las representaciones diplomáticas italianas no se hacía inmediatamente al momento de la llegada a Ecuador, confirmando el escaso interés en mantener las conexiones formales con la madre patria, prefiriendo a ello las relaciones directas con los compatriotas emigrantes.
La alternativa a las políticas oficiales, en cuanto a la envergadura de esta migración, parecen ser los lazos de amistad y familiares.
En términos generales, hombres y mujeres fueron llegando a Ecuador a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX de manera individual, acudiendo a la llamada de un pariente, un compaisano o un conocido.
A partir del análisis de los vínculos establecidos entre el lugar de origen y el de destino, se ha visto cómo las movilidades han conocido diferentes temporalidades.
En la segunda mitad del siglo XIX hubo un momento 87 Idem.
CHIARA PAGNOTTA de aceleración cuando el flujo era hegemonizado por la presencia de la migración ligur, que se insertaba en el comercio de exportación del puerto de Guayaquil, durante la bonanza económica del auge del cacao.
Luego se ha visto un decrecimiento en el siglo XX, aunque nunca un bloqueo, y aunque los ligures (comerciantes) no desaparecen del flujo, el abanico regional y profesional empieza a ampliarse.
A la vía hacia Ecuador abierta por los ligures empiezan a sumarse otras poblaciones, como las lucano-calabresas, de larga tradición migratoria hacia otros destinos y de precisa especialización profesional.
Finalmente, hemos visto cómo con la abertura del ferrocarril los flujos ya no se circunscriben a la costa, empezando a dirigirse hacia la capital, Quito.
Es importante subrayar que el mundo urbano ecuatoriano representó una fuerte atracción para los italianos, independientemente de la zona de partida, fuese rural o urbana.
Sin lugar a duda, destaca que son rarísimos los casos de italianos que se dedicaron a trabajos agrícolas, privilegiando a menudo las actividades económicas a desarrollar en el principal puerto ecuatoriano, y más en general en el comercio al por menor, al por mayor y de exportación.
Igualmente, se ha observado que las condiciones económico-sociales en el contexto de llegada condicionaron la trayectoria de estos inmigrantes.
El auge del cacao favoreció la entrada en el sector del comercio a aquellos primeros «pioneros» ligures del siglo XIX, que pudieron así ver aumentar su capital económico y social.
Los que llegaron después no tuvieron la misma suerte, teniendo que enfrentarse a una fase económica negativa y a un mercado para la exportación saturado, y de ahí la progresiva diferenciación profesional de quienes llegaron en el siglo XX. |
Las otras rebeliones: cultura popular e independencias
Universidad Pablo de Olavide Este artículo comenta los avances historiográficos sobre la participación popular en la independencia mexicana y la cultura política de la época.
Toma como punto de partida los aportes de Eric Van Young en su libro The Other Rebellion y el debate que se abrió a partir de su publicación.
Discute, además, la aceptación o no de un "giro cultural" en los estudios históricos sobre América Latina y compara el proceso político mexicano con el de los Andes a partir de los aportes más recientes al respecto.
Postula, por último, la necesidad de explorar el mundo simbólico y cultural de los indios y la plebe que participa en las movilizaciones políticas y militares, en tantas "otras rebeliones" producto de un momento de cambio y crisis general en la sociedad colonial.
La publicación en español del libro de Eric Van Young, The Other Rebellion, es motivo para comentar tanto los muchos temas que a partir de ese trabajo se desprenden para la agenda de la historiografía latinoamericana, como la polémica que -con razón, vista la importancia de la obraha suscitado (y que ya ha circulado antes de su aparición en este idioma).
Se trata de un trabajo mayor, hecho por un historiador de larga trayectoria -no es la publicación de una tesis o de un primer trabajo que tiene siempre la entrega del inicio y los límites de la falta de práctica-que nos presenta una forma de hacer historia y un punto de quiebre para las visiones de una época que conoce muy bien desde hace mucho tiempo.
Se trata nada menos que de la era de las luchas que llevaron a la emancipación o independencia política de la Nueva España.
Incluso considerando la conquista o invasión del continente, no hay en las historias nacionales latinoamericanas otro tema que tenga más entidad, que sea más polémico y movilizador de sentimientos y que por ello vaya a ser permanente, como "momento" de historia, de identidad, de representaciones sociales, que el de las independencias.
Lo que haremos en estas páginas es un comentario historiográfico, a partir de The Other Rebellion, para plantearnos las posibilidades y los límites de una agenda de trabajo acerca de "las otras rebeliones" posibles en el vasto y múltiple escenario de la América hispana.
No es necesario reseñar el libro de Van Young que ha sido ya comentado ampliamente, ni glosar la larga polémica que mantiene con Alan Knight, 2 se trata de partir de ese importante juego de ideas para plantearnos algunos temas sobre el estudio de las independencias y la forma de hacer esa historia.
Frente a este debate que se inscribe en una renovada y académica visión del proceso, tenemos un inmenso arsenal de publicaciones tanto de tinte nacionalista, de discursos canonizadores necesarios hasta un determinado momento en la conformación de las identidades nacionales, como las críticas que surgieron a raíz de los movimientos sociales, de "liberación nacional" y de lucha contra la injusta y centenaria forma de distribución de la riqueza y del poder, que se plantearon leer de otra forma las historias nacionales y condenar luego de juicio sumario a las burguesías, los liberalismos y los estados criollos que formaron los países de América Latina.
Los estudios que se plantean renovar la historia de la ruptura con España y las formas que tenía la sociedad colonial, sus mecanismos de cambio y las continuidades como los desafíos de la cultura poscolonial tienen la tarea de discernir el grano de la paja entre tanta publicación y leer nuevamente las fuentes y los testimonios, así como dotar a los continuadores de nuevas herramientas de comprensión y de elementos de juicio.
En ese panorama, no es extraño encontrar un trabajo exuberante, tanto por las dimensiones de la obra como por la forma de plantearse los problemas historiográficos como el de Van Young.
Los temas giran en torno a historias locales, discursos no retomados y series estadísticas de más de un millar de acusados por infidencia entre 1810 y 1812 que, básicamente, le permiten analizar las formas de la participación y la violencia popular en las luchas por la independencia novohispana.
Según el planteamiento central del libro, lo que se buscaba no era tanto la "liberación nacional" como la defensa de las identidades locales y los niveles de explotación en las relaciones más cara a cara de la vida local.
Pero incluso tratando de poner esta sumilla como ilustrativa de las intenciones del autor, no se le hace justicia pues está claro que no es un "gran relato" de los sucesos lo que busca; justamente, lo que le reclama su crítico A. Knight.
Usa una categoría muy sugerente, "full-face profile", muchas caras de un fenómeno, y mantiene esa estrategia de presentación al punto que si bien esto que resumimos calza con el postulado general, también se encarga de dejar tantas evidencias sobre las posibles formas de comportamiento diferente que no se le puede señalar como descuidado de otras posibles lecturas de los sucesos y los comportamientos.
Atisbando ya una polémica, Brian Hamnett ha señalado algo similar en su balance.
Destaca Hamnett en la visión de Van Young la identificación de factores etnoculturales como motivación de la participación rural en la insurgencia de 1810.
Separa la rebelión rural y popular de la insurrección liderada por los criollos, tiene una visión "dualista" que limita la idea de que los indios participaran en una liberación nacional, cuando lo que hicieron según este profundo estudio de caso fue defender su identidad comunal, reinterpretarse y enfrentarse a las fuerzas que erosionaban su relación con la economía y la política coloniales.
El problema básico según Hamnett es la interpretación "comunalista" de la movilización rural, en desavenencia con una idea nacional o nacionalista.
Entra pues en el género de las interpretaciones culturalistas de la mentalidad rural y en la importancia de lo local, que sólo usaba la gran ideología rebelde como revulsivo para encajar sus demandas, más propias a su defensa comunal.
En esto, el breve comentario de Hamnett coincide con la larga evaluación de Knight.
3 The Other Rebellion consta de 19 capítulos agrupados en tres partes: la primera retrata a los rebeldes como actor social de muchas y cambiantes caras y termina con el papel de los indios.
La segunda se detiene en los líderes, tanto laicos -populares, incluso algunos delincuentes que se volvieron líderes como Chito Villagrán4 y nobles indios-como religiosos, a los que se dedican 100 de las 500 páginas de texto.
Finalmente se aborda los actos de violencia y su lectura cultural, con particular énfasis en la palabra y el texto cultural; tres capítulos hacen la anatomía de rebeliones concretas.
En esta última parte se analizan las formas de expresión política y lo confuso que podía ser el accionar rebelde de campesinos que se alzaban pensando que servían al rey y mataban españoles y las diversas formas de mesianismo que informaron el movimiento indio, tema sobre el que nos detendremos más adelante.
En cuanto a la doctrina y cultura popular, que es lo que quiere estudiar, su planteamiento podría relacionarse con los estudios de Ranahit Guha,5 mientras que se desmarca de Hobsbawn en Rebeldes primitivos, 6 pues asegura que no hubo una "doctrina" o macropolítica que informara el conjunto de las movilizaciones campesinas.
Pero nuevamente, aunque enfatiza en los múltiples movimientos populares y su diversidad, acepta y da señales de cómo algo de ese discurso entra en la esfera cotidiana del pueblo y, aunque no las formulen, sienten esas ideas, una política antirégimen que hay que rastrear a través de evidencias ambiguas de sus acciones y decires o expresiones orales: canciones, coplas, pasquines que se leen en público.
7 Sin comando único la participación de los indios en la rebelión fue marginada del discurso posterior que canonizó la lucha independentista.
En parte por temor a la siempre latente guerra de castas.
Pero ellos salieron constantemente a la palestra de la lucha, en acciones dispersas, sin coordinación central, jerarquizadas internamente, cruzadas por relaciones locales de poder y de identificación.
El liderazgo que se impuso sobre ellas las incluyó en movilizaciones colectivas de mayor envergadura.
8 La pregunta certera que Van Young propone es "por qué la gente hace las cosas que hace", y se responde que las hace "por razones muy distintas a las que necesariamente se esperaría por los resultados de sus acciones".
Es decir, en el caso de México, estas alteraciones populares tienen una dinámica que nos explica cómo no se trataba de que la Independencia sucediera porque la gente así lo quería.
Tal vez, sigue nuestro autor, algunos lo pensaban y deseaban así.
9 Entre los muchos temas que le discute Alan Knight a Eric Van Young hay uno que puede orientar el comentario que queremos hacer sobre la participación popular en las independencias, un tema que ha sido muy debatido y comentado, tanto en las historias nacionalistas como en las versiones críticas y en las nuevas aproximaciones historiográficas.
Como lo ha señalado más concisamente en uno de sus numerosos artículos precedentes a The Other Rebellion, Van Young afirma que hubo dos rebeliones, la de la élite y la de los campesinos, que miraban hacia atrás, que defendían sus comunidades e identidades.
10 La comparación que insinúa con los Andes, aquí y en el libro y en otros ensayos, no es con el periodo 1810-1824, sino con los levantamientos de 1780, cuyas posibles relaciones comentaremos más adelante.
En el mismo libro colectivo Knight procede a una buena presentación de las corrientes "primordialistas" e "instrumentalistas" en la interpretación de los surgimientos de los 8 Van Young: The Other..., pág. 138.
9 Van Young, Eric: "El Lázaro de Cuautla.
Publicado originalmente en Colonial Latin American Review, vol. 2, núms.
Uno de los temas que retoma en su libro The Other Rebellion.
10 Van Young, Eric: "Los sectores populares en el movimiento mexicano de independencia, 1810-1821: una perspectiva comparada"; Ortiz Mesa, Luis Javier y Víctor Manuel Uribe Urán editores académicos: Naciones, gentes y territorios: ensayos de historia e historiografía comparada de América Latina y el Caribe, XXXIV, Universidad de Antioquia, Medellín, 2000, págs. 141-174, pág. 449.
El patriotismo precede al estado nación y fue creciendo paulatinamente entre las élites según Knight, siguiendo a David Brading y otros, apoyado por la idea de Van Young de que no hubo patriotismo entre los campesinos sino campanillismo, a saber, la lealtad al pueblo precede al patriotismo; mientras que Virginia Guedea apuntala una difusión mayor del patriotismo entre la plebe por lo menos en la ciudad de México.
Así Eric Van Young es la base de la afirmación de la carencia de inclusión del campesino en la lucha independentista.
11 Sobre la contradicción en el comportamiento popular frente al rey y los españoles, esta larga trascripción del texto de Knight nos da una idea del tipo de lectura acuciosa que hizo como el calibre de la crítica metodológica que tiene: "El fenómeno de la "escisión" (splitting) se utiliza de manera insistente -y no como un simple comentario-para explicar la aparente contradicción entre la reverencia de los insurgentes hacia Fernando VII y su disposición a matar gachupines.
12 Me parece que esto es una solución inútil a un problema inexistente -o, por lo menos, un problema inflado al punto de requerir una solución psicoanalítica espuria.
Los acontecimientos se explican, en parte, haciendo referencia al "carácter psicológicamente regresivo de las multitudes" 13 (psychologically regressive nature of crowds) y a la "dinámica poco menos que universal de las multitudes pequeñas y medianas" (well-nigh universal dynamics of small to medium-sized crowds, ).
14 El padre Correa está, quizás "compuesto [...] de personalidades puramente situacionales encajadas una dentro de otra" (constructed [...] of nested purely situational personalities) 15 y el clero secular "parecía tener un entendimiento intuitivo" de cómo lidiar con las comunidades insurgentes, tal vez por "alguna memoria racial del aplacamiento de revueltas en los pueblos durante varios siglos" (seemed to have 11 Knight, Alan: "Pueblo, política y nación, siglos XIX y XX", en Ortiz Mesa y Uribe Urán: Naciones, gentes..., págs. 370-406, pág. 392.
La referencia de Brading, David: Los orígenes del nacionalismo mexicano., Ediciones Era, México, pág. 142.
Se detiene en la aparición del pueblo como actor cuando antes sólo desempeñó un papel secundario en la historiografía.
16 Más allá de lo detenido de la crítica, que vale la pena también presentar en esta nota, el tema de esta aparente contradicción -o problema inexistente como quiere Knigth-y la manera como lo soluciona Van Young tiene una raigambre más extensa de lo pensado y, lo que es más, la tendrá todavía en el futuro.
En un trabajo de envergadura e interés, Marco Antonio Landavazo se propuso "desenmascarar" la visión estereotipada de las ideas políticas de la emancipación como meras formas de velamiento de la verdadera intención o instrumentalización de la figura del rey para legitimar el alzamiento.
17 Es lo mismo que la historiografía liberal boliviana hizo con Murillo y con los rebeldes paceños.
Los estudios bolivianos se han encargado de conferir un carácter de "velada hipocresía" al grito de "viva el Rey" que enarbolaron los actores populares.
18 La "guerra contra el Rey con el mismo Rey" ha dicho Estanislao Just, y lo ha seguido Javier Mendoza más polémico y reciente.
19 Pero, no obstante el esfuerzo por darle "gloria a los hijos de mayo", a los dirigentes, a los doctores del silogismo revolucionario,20 a la astucia de Murillo, han dejado incólume el convencimiento de que los alzados del pueblo, los que se agitaron, apedrearon, conmovieron las ciudades, se dejaron llevar por la idea de defender los derechos del Rey.
En otro análisis Gunnar Mendoza considera ese "fernandismo" -como lo llama 16 Ibídem. págs. 232 y 462.
17 Landavazo, Marco Antonio: La máscara de Fernando VII.
Discurso e imaginario monárquicos en una época de crisis.
Difundió su trabajo también en: Landavazo, Marco Antonio: "La sacralización del Rey: Fernando VII, la insurgencia novohispana y el derecho divino de los reyes", Revista de Indias, 61:221, enero/abril 2001, págs. 67-90.
18 Abecia Baldivieso, Valentín: La genial hipocresía de don Pedro Domingo Murillo, Ed.
Con rigor documental, el autor explica la llamada traición de Murillo como una maniobra política.
Landavazo-un "libreto" de distracción.
21 Ejemplos similares encontraremos en casi toda la historiografía latinoamericanista.
22 En México el asunto también partió desde el siglo XIX con la formación de una historiografía nacional, pero se ha consagrado y repetido sin cansancio hasta la actualidad.
Para Landavazo se trata de una genuina forma de creencia popular en el rey y un fidelismo especialmente fuerte hacia Fernando VII, que se manifestó antes de la crisis la explosión de la fidelidad-durante ella -explora la ideología y mentalidad subyacentes en las expresiones públicas de lealtad, tanto insurgentes como realistas-y luego del fracaso de la guerra hasta la emancipación -apogeo y decadencia del imaginario monárquico-aunque la figura real, luego de la vuelta al trono de Fernando en 1814, sufrió una erosión.
Su punto es que no se trata del ideario sino de las creencias y mitos que informan el comportamiento político.
Hace una visión panorámica y no regional y se basa en los escritos, muchos sermones e impresos varios, que son un discurso de letrados o de "elite", pero piensa que se trasvasó al pueblo llano, reconoce empero que no ha hecho un estudio directo de la opinión o sentimiento popular.
El autor había adelantado sus planteamientos en un evento de 1999.
Ya entonces mencionaba el trabajo de Van Young y negaba que la figura del rey fuera una imagen mesiánica o milenaria junto a los líderes insurgentes, más bien era un cálculo político que consideraba que frente a la posible derrota española y la traición de los peninsulares, Fernando VII podía instalar su trono en América.
23 El tema de la figura del rey en relación con el comportamiento político de los indios -no sólo encabezando los alzamientos populares-no pasó inadvertida a otra experta en la época, Virginia Guedea, que estudió el comportamiento de los indios de San Juan en México, quienes mostraban su deseo de servir al rey -aunque sus ofertas fueran desatendidas por algunos oficiales reales-a la vez que lo hacían con varios de los grupos insurgentes.
24 Van Young no está de acuerdo con la posibilidad sugerida por Guedea de que los indios sólo llamasen gachupín a los españoles que residían en México, no a todos los españoles europeos, lo que posibilitaría que la contradicción de matar gachupines a la vez que vivar al rey se explicara porque, justamente, éste no era "gachupín".
25 Van Young no llega a considerar el trabajo de Landavazo, ni lo mencionan posteriormente los polemistas de Historia Mexicana, cuando este libro ya estaba en circulación.
Cierto que uno, Landavazo, es explícito en cuanto a su interés por las expresiones "letradas" que informaban a "todos" -en la medida que lo que la élite escribía provenía de lo que se comentaba y porque se leía en público-pero no daba cuenta directa de lo que el pueblo sentía; mientras que el otro, Van Young, plantea justamente lo contrario.
Hubiese sido bueno saber lo que le suscitaba "La máscara..." a Eric Van Young, visto que, sin entrar en el terreno de los debates culturalistas, Landavazo descarta la visión mesianista del regalismo popular.
La limitación, si cabe, del estudio de Landavazo ha sido notada en una amplia reseña del libro que hace Alfredo Ávila, que señala la necesidad de estudiar los "discursos subalternos" para llegar a las creencias del pueblo llano como lo hace precisamente Van Young, que no contradice, sin embargo, la afirmación general de Landavazo pero diferencia los discursos de las élites y los populares.
La crítica fundamental de Ávila es que no cuestiona el contenido de sus fuentes, a las que concede toda autoridad, sobrevalora las credenciales regalistas que proclamaban muchos con el claro propósito de salvar la vida en muchos casos.
26 En este rubro, justamente, el trabajo depurado de Van Young al enfrentar los testimonios y los documentos, usando las herramientas más variadas, incluidas las del psicoanálisis, es uno de sus puntos a la vez más interesantes y polémicos, como se ve por la dedicación que le ha merecido a un especialista erudito como Knight.
Mientras escribía esta nota descubrí que la idea de comparar o juntar The Other Rebellion con La máscara de Fernando VII ya la había tenido el autor de una larga nota que reseña ambas obras.
27 La manera de representar el asunto por parte de este crítico es muy interesante también.
Hay algunos pasajes que no me parecen certeros ni pertinentes como atribuir en Van Young una continuidad -si bien con nueva perspectiva-con las tradiciones conservadoras como la de Lucas Alamán, para quien las acciones populares fueron producto del odio y la revancha independientemente de las de los insurgentes criollos.
28 Pero más allá de esto, propone con perspicacia una ubicación a ambas obras en el panorama historiográfico mexicano y deja remarcado su aporte personal en un trabajo referido a los pobladores de Uruapan, cuyo tumulto generó un caso de "poder popular" que expulsó a los peninsulares hacia 1767.
29 Su punto es que hubo entre los indios y la plebe un sentimiento de identidad que incluía a los "españoles americanos" que se enfrentaba a los "españoles europeos", una conciencia "protonacional".
Si acentuamos algunas críticas y "desenmascaramos" algunos argumentos, quedaría claro que los extremos se juntan.
Una panorámica cuyos polos van desde la visión patriótica de la participación épica del pueblo dentro del frente común liderado por los criollos por emancipar la patria común y formar una nación, hasta ésta donde los pobladores rurales, los indios y pobres mayoritarios del "pueblo" mexicano, si bien participan violentamente en la insurgencia, eran ajenos a las ideas de nación o a alguna representación discursiva colectiva; se movían defensivamente, mirando hacia atrás, para rescatar su identidad y su ser colectivo, moral, social y político, tenían "otra rebelión" y, a la postre, la independencia les era ajena.
Con todo, al terminar su artículo, el mismo crítico, para reflexionar sobre la posibilidad de una corriente popular a la dominación colonial y del rey que diera pistas a la transición hacia una conciencia nacional dentro del pueblo mismo, apela a las "numerosas referencias y alusiones" que el mismo Van Young proporciona para pensar en una corriente subterránea que cuestionara la legitimidad de la conquista y la hegemonía colonial.
Pero aunque aquella separación de intereses y de representaciones fuese posible, cargando las tintas la conclusión que se saque, la perspecti-va es más rica de lo que esta visión arroja.
Tan rica que muchas veces se pierde la ruta, no hay un gran relato y se usa y abusa según la crítica de Knight tanto de palabras como de conceptos.
Así, por una o por otra, de tanta atención que merece, el libro se gana fuego graneado.
En cuanto a Landavazo y el tema metodológico que más ayuda a plantearse, cabe notar que el argumento de que los sectores populares quedaban al margen de la cultura letrada sigue siendo un tópico que ignora lo que al respecto ha avanzado la historiografía acerca de la lectura y el vínculo entre cultura escrita y oral en muy distintos espacios y tiempos en la historia previa a la modernidad.
También Castro Gutiérrez, como a su turno Alfredo Ávila, señala de Landavazo que al basarse en folletos, sermones y materiales literarios, no podemos saber "hasta qué punto las ideas analizadas recogían las creencias y sentimientos del pueblo o de la masa de los insurgentes".
Pero lo más curioso es que el propio autor lo quiere así y para eso incluye lo de que estos escritos representaban opiniones que "flotaban" en el ambiente.
La historia cultural y de la lectura han desarrollado los mejores aportes al respecto del tema que nos ocupa.
30 Los clásicos historiadores de la lectura privilegiaron erróneamente el estudio de los niveles de alfabetización, por lo que partieron de la desigual presencia de libros en los distintos medios sociales, y contabilizaron y registraron minuciosamente los inventarios de las bibliotecas privadas.
31 Los estudios clásicos contribuyeron a divorciar la lectura de la escritura.
Desde el poder y el gobierno se procuró que la gente aprendiera a leer para evangelizar y someter a través de catecismos y obras piadosas.
Este movimiento de ida tuvo una respuesta táctica de vuelta desde la base, a escribir aprendieron las comunidades o individuos que «veían en la escritura un instrumento que permitía una gestión más eficaz de la economía doméstica y la promesa de ascenso social».
La ideología dominante procu-raba que los bajos, mujeres y pueblo, sólo aprendieran a leer.
Pero, penosa y laboriosamente, se apropiaron de la escritura, como lo muestran los «papeles» que aparecen en los inventarios notariales o conservados en los archivos.
La práctica de la escritura en los medios populares, como muestran claramente los documentos de los archivos americanos, que se expurgan para desentrañar los movimientos culturales que aparecen en la revolución de la independencia, fue mucho más difundida de lo que se había pensado.
32 Escribir fue romper una barrera, apropiarse de un terreno vedado, desafiar al poder establecido.
Por eso no nos debería extrañar que floreciera la escritura y la cultura gráfica en momentos de desafío, de cambio, mientras se mostraban agazapadas y latentes en la práctica cotidiana de la resistencia a las formas de poder y sometimiento.
Aun los que no sabían leer tenían acceso al mundo de la cultura escrita.
La génesis de la comunicación nos muestra cómo lo escrito es proyectado con virtudes taumatúrgicas en el seno de una sociedad casi analfabeta, de allí la importancia de la escritura expuesta, pública, en los muros de las ciudades.
Hubo distintos soportes que mantenían un alto grado de familiaridad con la escritura de los no letrados: graffitis, lectura en voz alta (escenas de El Quijote lo refieren) y nuevos mercados y públicos para los textos impresos.
Los pliegos sueltos que vendían los buhoneros "difundían en las capas más humildes de la sociedad romances, coplas, relaciones de sucesos y comedias".
33 La conclusión es que la cultura de la modernidad alta fue una «civilización de impronta escrita» donde el gobierno se basaba en la escritura, y la cultura del pueblo estaba en estrecho contacto con la circulación de textos impresos baratos y compartidos.
Como ha señalado Fernando Bouza, con las conquistas de la producción impresa no desapareció el manuscrito y sus múltiples usos: «libelos, sátiras políticas, obras poéticas reunidas en misceláneas, o los textos heterodoxos» se difundían manuscritos, corrían manuscritos como dice uno de sus libros.
34 Estos manuscritos tenían el carácter de "almacenes donde se 32 Movimientos de información que tomaban ora la forma de rumores, ora la práctica del pasquín o finalmente, la impresión de periódicos que concretaban la propaganda subversiva que los documentos de la época llamaban seductiva.
Glave, Luis Miguel: "Una perspectiva histórico cultural de la revolución del Cuzco en 1814", Revista de las Américas.
33 Castillo, Antonio (comp.): Escribir y leer en el siglo de Cervantes, Gedisa, Barcelona, 1999.
Un útil comentario a este libro por Rodríguez de la Flor, Fernando: "La Escritofilia", Revista de Libros 57..., págs. 32-33.
34 Bouza, Fernando: Corre manuscrito: una historia cultural del Siglo de Oro, Marcial Pons, Madrid, 2001.
ISSN: 0210-5810 conservaba la memoria escrita de las lecturas de los lectores letrados que hacían escolios manuscritos junto al texto impreso, confeccionaban cuadernos o cartapacios de citas y elaboraban pequeños resúmenes del contenido de los libros leídos", como se puede ver en los archivos andinos y en las prácticas orales perdurables, como el típico recitador y sentenciador.
35 Otro nivel de integración viene con lo oral.
Si lo impreso no desapareció lo manuscrito sino que se intercalaron y retroalimentaron, tampoco la cultura escrita terminó con la oralidad.
Son pues tres partes de la comunicación del discurso o mutaciones del mismo que circulaba alternativo entre rumores, pinturas e impresos o que se plasmaba en prácticas que juntaban las tres instancias comunicativas como la predicación o en objetos que lo hacían como los emblemas.
Se produjeron, pues, "hibridaciones culturales".
Lo escrito mantuvo lo oral y lo plástico.
Por su parte, un estudio de Pedro M. Cátedra nos acerca a la llamada literatura de cordel y su circulación en la península ibérica; antecedente de las relaciones de sucesos que fueron a su vez la antesala del periodismo.
Se dedicaban a coplar y recitar sucesos fantásticos con alguna moralina.
Su éxito era muy grande.
Como señala Bouza, esta obra de Cátedra nos permite señalar que: "Frente al lugar común que supone una radical división entre lo letrado y lo popular en función del grado de alfabetización, Cátedra demuestra la existencia de un fluido circuito que ponía en relación a los lectores cultos con los iletrados, insistiendo en los usos de los pliegos en medios urbanos todavía con aspiraciones de reforma religiosa o, tantas veces, simplemente ávidos de nuevas más sabrosas cuanto más increíbles.
Bien como autores, bien como vendedores o recitadores itinerantes, se reconoce el protagonismo que en ese circuito habría correspondido a los ciegos, interesados a título personal o colectivo en superar mediante la composición, venta o recitación de oraciones y coplas el estatus de mendigos dentro de la polémica quinientista sobre la pobreza fingida y las formas de caridad".
36 35 La Ilustración trajo consigo un mito que negaba las formas de su antecedente y de su gestación: "el mito iluminista, encarnado en la imprenta como culminación de la civilización, llevaba aparejado un rasgo más oscuro, una suerte de dampnatio memoriae de lo anterior, como si su revolucionaria eficacia pudiera ser empañada por las formas de comunicación orales o visuales que la tipografía venía más que a suceder a desterrar" Bouza, Fernando: "Escrituras recobradas", ABC Cultural, Madrid, 25 de mayo de 2002.
36 Cátedra, Pedro M.: Invención, difusión y recepción de la literatura popular impresa (siglo XVI), Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2002.
Comentario de Bouza, Fernando: "Ciegos y pliegos", Babelia, Madrid, 7 de septiembre de 2002.
Es conocido que los pliegos sueltos contaban historias fantásticas, capaces de atraer la atención de un público rústico y de entendimiento ligero.
Esa fascinación popular, que llevó a menospreciar el «género» por la historización literaria «nacional», era en realidad su fuerza y su nexo con el mundo mental de esas poblaciones.
Entre otros, los estudios mencionados de Pedro M. Cátedra para el siglo XVI y los de Jean-François Botrel en el XIX y XX 37 se han encargado de relacionar lo popular y lo culto, la retórica menor y la mayor, decantando la misma noción de cultura.
Cultura popular o cultura letrada es una disyuntiva epidérmica a la cultura.
Lo popular estaba tan ligado a la atmósfera de ideas y sentimientos que trascendían a toda la sociedad, que muchas de ellas eran más populares que aristocráticas o, si se quiere, letradas.
La entidad que adquiere en un análisis detenido el paso de ideas a través de los sermones, que se imprimían y convertían en libros o folletos, se pierde al quedar presentada como una excusa o cortapisa al posible talón de Aquiles de no llegar a la "cultura popular", como aparece en el libro de Landavazo.
Como señala Castro Gutiérrez, "La máscara de Fernando VII no abunda en las formas de socialización de la cultura política y no se adentra en los complejos relieves y matices de vinculación entre los conflictos sociales y representaciones mentales, entre significantes y significados".
38 Tal vez, si lo hubiese hecho como en el caso de The Other Rebellion donde se practica con puntillosidad permanente, el argumento defensivo de Landavazo se hubiese trocado en su vanguardia expositiva.
La actitud ante el rey y la violencia contra los "españoles" forman parte de la acción política de los pobladores del campo y de la plebe urbana.
Por su parte, Christom Archer ha desarrollado una visión similar a la de aquellos que postulan que los sectores populares hicieron algo más que ser comparsa de un pleito que no les concernía, en un proceso largo y complejo, que incluyó hostigamientos constantes de guerrilla; los indios de las comarcas mexicanas dieron por finalizado el sistema de poder y gobierno que estaba descalabrándose después de la insurgencia de 1810.
39 Archer trabajó en estudios regionales, sobre el bandolerismo y el ejército hasta hacer balances generales que, aunque incorporan los aspectos socio económicos, no pueden ser considerados como estudios economicistas o lo que Van Young llama estructuralista o materialista, como acertadamente señala Knight para el trabajo de Hamnett.
Archer forma parte de la renovación de la historia mexicana que tiene un elenco que incluye a Jaime Rodríguez, 40 Peter Guardino, 41 John Tutino 42 y William Taylor 43 a quienes Knight suma a Nancy Farris 44 dentro de las posibles polémicas que encuentra entre los planteamientos de Van Young y los de estos autores.
El estudio de los casos de tumultos, lo mismo que las "bullas" y "tole toles" que analiza Nuria Sala en los Andes, 45 es un argumento central en el libro de Van Young.
Como bien han señalado tanto Knight como Castro Gutiérrez en sus críticas, es lo contrario al planteamiento de Tutino que las descartó en su estudio de la subversión en los valles centrales.
Van Young usa estas conmociones locales desvinculadas de la insurgencia general, desde tiempo anterior a ella y que se prolongan durante ésta, como una característica de la otra rebelión, la popular que, sin ser un movimiento colectivo, forma una acumulación a escala mayor de los casos de violencia local.
El trabajo de Van Young se vincula así, según Castro Gutiérrez con el clásico de William Taylor.
46 Ambos muestran lo que en alguna corriente de interpretación histo-40 Rodríguez, Jaime: La independencia de la América española, Fideicomiso de historia de las Américas, El Colegio de México, FCE, México, 1996.
Supone Knigt que Rodríguez postula el vínculo con la crisis hispana mientras Van Young enfatiza lo interno además en una perspectiva de continuidad.
41 Guardino, Meter: Campesinos y política en la formación del estado nacional mexicano.
Es el trabajo que contrapone como ejemplo de postulado de participación popular en la emancipación frente a la visión "divergente" de dos rebeliones que postula The Other...
La primera parte trata de los orígenes de la insurrección de Hidalgo en 1810 y las reacciones y proyecciones que tuvo.
43 Taylor, William B.: Ministros de lo sagrado: sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, El Colegio de México, Secretaría de Gobernación, El Colegio de Michoacán, 1999.
Particularmente el capítulo de conclusión dedicado a los curas párrocos y la insurrección y a la teología moral de José María Morelos, págs. 665-708.
Otro trabajo mayor con el que suélese comparar The Other Rebellion sobre todo por la contemporaneidad de la publicación de ambos.
La crisis del privilegio eclesiástico, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.
Tiene un capítulo dedicado a la inmunidad eclesiástica durante la independencia (págs. 183-218) y su conclusión se titula "La independencia: el triunfo de la reacción", pág. 219.
Incluye un apéndice con los participantes eclesiásticos en el movimiento hacia la independencia.
Knight contrapone las hipótesis de Van riográfica se llaman las "resistencias adaptativas", también lo que Thompson llamaba la "economía moral", forma de analizar los movimientos sociales que tuvo mucho predicamento tanto en México como en los Andes.
47 El propio Tutino en un artículo más reciente hace una sumilla de su hipótesis: "la insurgencia empezó como una incierta alianza entre criollos, que buscaban una participación política, y los dependientes de las haciendas que exigían una mejor distribución de los recursos agrarios".
48 Luego se centra en la zona que estudió posteriormente a su libro clásico, el Mezquital: "Miles de insurgentes otomíes se sumaron al conflicto por cuatro o cinco años en pos de visiones de una independencia agraria" "operaron como aliados -mas no seguidores-de los líderes más bien hispánicos y políticos como Julián Villagrán" y pelearon mucho tiempo más después de la derrota de éste.
Nunca fueron derrotados y si se desmovilizaron, fue por acuerdos que los dejaron en control de sus comunidades.
No ganaron pero tampoco fueron derrotados y tenían "sus propias visiones de independencia" 49 y lograron algo de autonomía y avances respecto de sus propios fines.
Aunque eran otomíes, sus historias y la diferencia del medio geográfico los hicieron actuar de distintos modos.
En el Bajío los otomíes no se sublevaron como los mestizos, y en el Mezquital los indios fueron los rebeldes.
La insurgencia en la zona difiere de la del Bajío: está contra los curas, los expulsa y tiene una visión de la independencia que requería acabar con la autoridad clerical.
A Tutino le interesan los procesos internos, los cambios y heterogeneidades de los grupos que conforman las sociedades rurales.
Concluye que tanto en el Bajío como en el Mezquital entre 1810 y 1820 "se movilizaron diversas comunidades populares en búsqueda de visiones de independencia locales y a menudo profundamente agrarias".
La independencia como toma y centralización del Estado les era contraria a sus afanes de independencia local.
Fueron insurgencias regionales que adelantaron las luchas por el federalismo del siglo XIX.
Continuaron sus luchas por la autonomía comunita- ria hasta la revolución mexicana.
Pero, y en esto estriba la diferente visión del proceso respecto de Van Young, piensa que es "absurdo excluir estas movilizaciones populares que pelearon la autonomía provincial y local de la categoría de los movimientos independentistas".
50 Eso ocurrió por la forma como se divulgó luego y se recepcionó la historia de la emancipación.
En las visiones de la independencia, los nacionalistas centralistas deslegitimaron a los localistas y regionalistas, crearon un concepto de independencia que coincidía con su interés centralizador, usurparon el lenguaje y negaron la participación popular en los conflictos.
El elenco de obras paralelas será incompleto siempre, más en un tema como éste, pero a los que se refiere la aludida crítica de Knight hay que añadir el trabajo pionero y señero de Hamnett 51 y dos obras que tienen peculiaridades que conviene puntualizar, la más nueva de Ortiz Escamilla y una ya larga y sólida de Virginia Guedea.
Es un trabajo muy interesante el de Juan Ortiz Escamilla sobre la independencia mexicana.
52 Empieza con una evaluación de la historiografía de la independencia para llegar a su objetivo de retratar los pueblos de Michoacán, Guanajuato, donde se produjo el grito de Dolores, conocidos como "cuna de la independencia", desde el punto de vista de su propia historia.
No hace propiamente una historia desde lo local a lo general como alguno de la historiografía francesa que comentaremos más adelante, pero va en esa dirección, se recrea en los pueblos y en sus circunstancias, sus redes de poder y su ingobernabilidad.
Los apéndices dan referencias sobre los pueblos rebeldes, los ataques de uno y otro bando, los jefes, la participación popular, etc. Parte de algunas preguntas muy perspicaces como, por ejemplo, si era necesario hacer una guerra larga y destructiva sólo para establecer una nueva relación con el rey, a lo que responde que no, que los líderes se planteaban la emancipación pero, como en el caso sudamericano, "engañaron" al pueblo, de manera que se pregunta también si esto era necesario y por qué.
Se remite a 1808 pero lo que le interesa son los movimientos de 1810 que se ven potenciados ideológicamente por la Constitución de 1812 y cuyo resultado se expresa "por lo menos en el papel" en 1823.
Su visión entonces es de un proceso de emancipación.
Apunta a la fuerza que adquieren las dinámicas loca-50 Ibídem, pág. 319.
52 Ortiz Escamilla, J.: Guerra y gobierno.
Los pueblos y la independencia de México, Colección Nueva América, Universidad Internacional de Andalucía y otros, Sevilla, 1997. les, la autonomía de sus procesos y de la conciencia que logran tener en la marcha de la guerra, que llevaron a una fuerte tendencia federal que, sin embargo, no terminó haciendo estallar el proyecto de Estado nacional sino todo lo contrario, lo sustentaron desde las localidades.
Luego, entre 1830-35 con Santa Anna y más tarde con la invasión norteamericana, se consolidó el Estado central remitiendo las tendencias federalistas.
El trabajo de Virginia Guedea se encamina a los espacios públicos y a las nuevas formas de sociabilidad.
53 A su libro más conocido suma los artículos que hemos consignado previamente sobre la irrupción del "pueblo" en la revolución y la inclinación por Fernando VII de muchos insurgentes.
Ha hecho otras novedosas incursiones en las sociedades secretas como la de Jalapa que fue otro caso, poco exitoso y corto, de sociedad secreta al lado de la mexicana de los guadalupes al que dedicó un libro.
La sociedad jalapeña se formó a imagen e instancias de la Sociedad de los Caballeros Racionales de Cádiz que formó el argentino Carlos Alvear con el padre Servando Teresa de Mier, con el objetivo de defender la patria y ayudarse por beneficencia.
No eran rupturistas todavía, a la usanza de los discursos de la época y de las interpretaciones aceptadas luego, pero eran corporaciones que fundían compromisos políticos de nuevo tipo.
Hubo una sociedad secreta de españoles también, probablemente por temor a las actividades criollas, pero resulta interesante notar que se sospechó que ellos también apoyaban a los insurgentes, probablemente buscando tener buenas relaciones con ellos.
El artículo tiene muchas anécdotas y referencias cotidianas muy amenas que no son desechables en el afán de difundir los hallazgos de los historiadores.
54 La compilación de ensayos aparecidos en Historia Mexicana, en una colección de difusión del Colegio de México, convierte a V. Guedea además en una promotora de debates y una difusora de nuevos temas.
55 No es una novedad desde luego, pero otra compilación suya reunió propuestas 53 Guedea, Virginia: En busca de un gobierno alterno: los Guadalupes de México, UNAM, México, 1992.
54 Guedea, Virginia: "Una nueva forma de organización política: la sociedad secreta de Jalapa, 1812", en Garrita, Amaya (coord.): Un hombre entre Europa y América: homenaje a Juan Antonio Ortega y Medina, UNAM, México, 1993, págs. 185-208.
Sobre el mismo tema de las sociedades secretas, que junta este artículo y lo que hace en su libro sobre los Guadalupes, ver su ensayo incluido en el excelente libro de Rodríguez, Jaime E. (ed.): The Independence of Mexico and the Creation of the New Nation.
"Las sociedades secretas durante el movimiento de independencia", págs. 45-62.
55 Guedea, Virginia (comp.): La revolución de independencia, Lecturas de Historia Mexicana, El Colegio de México, México, 1995. sobre el tema del vínculo con la crisis hispánica.
Son ensayos que muestran la vastedad del territorio y los vínculos con Cádiz y con España, un conjunto amplio y complejo de iniciativas, diversas, difícil de tipificar como un todo unificado.
Escriben: Chust, Rodríguez, Ortíz Escamilla, H. De Gortari, la propia coordinadora y otros.
56 La historiografía sobre la transición mexicana a la república tiene ya muchos y flamantes temas, nuevas o recuperadas perspectivas de análisis y renovada periodización.
Como lo revelaron las atinadas contribuciones de un libro breve editado por McFarlane y Posada-Carbó.
57 Entre los autores figuran dos de los especialistas más citados, en diferentes momentos, primero un clásico como Lynch y luego François Xavier Guerra cuyos aportes y magisterio han sido tan amplios como reconocidos.
La contribución de Lynch demandaba más atención a la demografía, a la religión y a las ideas, en lo que, sin embargo, visto el panorama previo, no tiene mucha razón.
Pero no son contrarios y el periodo sugerido como mejor por Lynch no es tomado en cuenta por los autores que han vuelto al clásico político (y militar) aunque renovando temas.
Guerra plantea el tema culturalmente, al subrayar el gran cambio de conjunto que significó y al plantear que no fueron luchas de emancipación nacional, pues de una misma "nacionalidad" se desenvolvieron diversos estados, la emancipación precedió a las naciones, los nacionalismos y los mismos estados de donde se desarrollaron los anteriores.
Hay al respecto de este tema una muy útil compilación de Chust, Manuel e Ivana Frasquet (eds.): La Trascendencia del liberalismo Doceañista en España y América, Biblioteca Valenciana, Conselleria de Cultura, Generalitat Valenciana, Valencia, 2004.
Edición que no es la única de ese grupo muy dinámico de estudios y debates sobre el tema independentista.
Hay una larga y perspicaz reseña del libro que revela el interés por la renovación metodológica de Landavazo, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea, 20, 2000, págs. 131-138.
En el elenco recopilado está otro autor imprescindibles como T. Anna.
58 Hay una renovada incursión en el tema por el propio Guerra en un artículo póstumo, ver Guerra, Francois-Xavier: "La ruptura originaria: mutaciones, debates y mitos de la Independencia", en Álvarez Cuartero, I. y Sánchez Gómez, J. (eds.)
Coloquio Internacional de Historia de América.
Visiones y revisiones de la independencia americana, III Coloquio Internacional de Historia de América "La independencia de América"(2001), Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2003; (Aquilafuente, 52), págs. 89-110.
Dentro de este panorama, en el que ya los nuevos estudios son tantos como el mar de publicaciones que fijaron las bases de la historiografía nacional aquí y allá en América Latina, viene a irrumpir esta The Other Rebellion que logra remover y renovar.
Tal vez no sea uno de sus aportes menores el trabajo con las fuentes y la perspectiva.
Ya no será posible que las miren incompletas, un pedazo de expediente sin saber del todo.
Encima, se toman de los pedazos pedacitos y se citan de oídas, es necesario meterse y arriesgarse en ese mar de datos y dar a cada elemento su peso específico.
No es, como vemos, nuestro autor el único, son muchos y muy variados como para puntualizar a qué corriente pertenecen, salvo que se quiera construir "hombres de paja" como señala Van Young.
La polémica aquí parece bizantina, lo complejo de determinar lo que sería materialista, estructural, economicista y otros nombres puede ser tan largo, denso y tan (in)útil como el fijar el canon de lo cultural, posmoderno, microhistórico, hermenéutico, historiográfico y más que han venido en sucesivas oleadas a renovar lo que de suyo camina renovando y removiendo como es la historia.
Con particular aprecio, Van Young menciona en su debate un artículo suyo donde proclamó su interés por la nueva historia cultural y la influencia que ésta tenía ya en los estudios mexicanistas.
59 Ya en la concreción del libro esa impronta se hace notar y es a partir de allí de donde vienen algunos de los principales recelos de algunos de sus colegas.
Se trata de algo de mucho interés para la historiografía latinoamericana y no sólo un asunto de gustos o modas académicas.
Ya hemos ido viendo en las páginas previas cómo hemos tenido que entrar a comentar la presencia de argumentos vencidos por el peso de estudios numerosos y sólidos, de los más variados orígenes y lugares, que siguen siendo ignorados a la hora de plantearse temas culturales como el caso de la lectura.
En general, se trata de asumir la verdadera naturaleza de la cultura popular para entender los comportamientos de las mayorías rurales, indígenas y campesinas, de la plebe urbana, de los estamentos de lo que luego sería el pueblo en las sociedades americanas en sus transiciones poscoloniales.
Los distintos caminos que llevaron al regreso de la historia narrativa y al auge de lo social sobre lo económico de los años setenta dieron paso a un aglutinamiento de tendencias que confluyeron en el predominio de la historia cultural en los ochenta.
60 Ya había explotado el "giro lingüístico" y se habían manifestado en todos sus extremos los postulados posestructuralistas y también deconstruccionistas.
Más allá de lo largo y complicado que parecían sus denominativos, fueron un fermento que acompañó a los revisionismos historiográficos que desembocaron en ese auge cultural que se denominó el "giro cultural" o la "nueva historia cultural".
Giro que no sería el último, pues todavía tendríamos el "giro historiográfico".
Lo llamativo de este agrupamiento historiográfico por lo cultural es que se trató de una suma y un continuo: llegaba sumando, no cortaba o hacía tabla rasa ni restaba valor a los aportes previos o perspectivas diferentes a sus planteamientos generales -aunque cabe destacar el rechazo genérico que se hizo de los planteamientos más radicales de la teoría literaria-que llevaban a los historiadores a una revitalizada propuesta multidisciplinar.
Así, la microhistoria de Ginzburg, Darnton y otros, la cultura popular de Burke y desde luego Bajtin, la antropología de Geertz, la sociología de Elías, la historia de las mentalidades de Duby, el marxismo culturalista de E.P. Thompson, o los aportes historiográficos de White se sumaban en un nuevo paradigma, abierto a múltiples desarrollos.
Como lo señala en muchas partes de su trabajo, Van Young trata la producción de símbolos en la historia, una de las tareas que se impone la historia cultural junto con las formas de percepción y las prácticas.
Junto con estos, los temas que aparecieron fueron los punteros de la renovación historiográfica: la historia de la vida cotidiana, la antropología histórica, historia de las mujeres e historia de género, historia del discurso, historia de los conceptos y otros.
61 La cultura fue el ámbito por excelencia del desenvolvimiento de la historia, la sociología se hizo histórica.
Cambiaron los temas pero también las formas de afrontarlos.
Los relatos microhistóricos, de los que The Other Rebellion está lleno, se desarrollaron a partir de estos planteamientos.
Muchos marxistas se inclinaron por la microhistoria, sin embargo, en el debate entre Knight y Van Young, éste rebate la crítica de aquél de inclinar la balanza hacia lo cultural dejando de lado lo económico, al mismo tiem-60 Aurell, Jaime: "El giro cultural", La escritura de la memoria.
De los positivismos a los posmodernismos, Universitat de València, Valencia, 2005, pág. 180.
61 Como resume muy bien Daniel, Ute: Compendio de historia cultural.
Compendia los debates sobre la historia dentro de esta denominación cultural y señala cómo su tendencia es la apertura hacia las disciplinas vecinas que en conjunto llama ciencias culturales.
ISSN: 0210-5810 po que acepta y defiende su manera de plantear su entrada al mundo de la violencia popular por calas puntillosas y detenidas, que hurgan en los pliegues más pequeños, incluso de las creencias y psique de los actores.
Lo mismo que con la microhistoria, los estudios de la memoria, la mentalidades colectivas e identidades, que parten del narrativismo revitalizado, como los plantea Paul Ricoeur, incluyendo el "retorno" o rescate de Maurice Halbwachs uno de los fundadores con Durkheim de la escuela sociológica francesa, han sido parte de este movimiento historiográfico hacia lo cultural;62 para no hablar del potente planteamiento de la historia de los conceptos de Koselleck en el campo de los historiadores alemanes.
63 Hay incluso desarrollos muy sugerentes de una historia local que tiene el mismo espíritu globalizador -que parte de lo local-de los microhistoriadores, como los aportes de Maurice Agulhon que es continuador de las líneas francesas de hacer historia, hasta no hace mucho las más comentadas y vitales.
No se puede establecer con claridad una línea divisoria entre una y otra forma de hacer historia dentro de los desarrollos que corresponden a un momento que se puede denominar como el de "la nueva historia cultural", pero en cualquier caso, estamos ante una evidente eclosión de formas de hacer historia que debaten vivamente sobre su ser y su estar en nuestras sociedades y en la sociedad global finisecular del XX.
Los planteamientos que informan los microrelatos y la estrategia de presentación de un libro tan vasto como el de Van Young tienen esa impronta y el autor trata de mostrarlo.
Van Young recuerda muy acertadamente que no es lo mismo "posmodernismo" que historia cultural, se decanta por la segunda y plantea que recogiendo los aportes que se han hecho dentro de ese magma, quiso aportar con esa perspectiva el estudio de los movimientos sociales y la violencia política.
64 Lo mismo ocurre con el sello de otra corriente que viene desde otras latitudes y que irrumpe en la historiografía norteamericana como son los estudios subalternos, vinculados a la historia social como bien lo señala Van Young y que provienen de los estudiosos de la India, que en sus influencias latinoamericanistas Knight también critica.
65 Vinculada a una ONG que fomenta los estudios e intercambios "sursur", Silvia Rivera difundió en Bolivia esta perspectiva traduciendo y prologando unos artículos aparecidos en la ya célebre revista Subaltern Studies y ha tenido tal éxito que su libro es casi una obra de culto.
66 Difusores de los estudios subalternos en América Latina como Zermeño y Dube, en sus reseñas agradecen que les hayan facilitado un ejemplar del libro.
67 De igual forma que se puede comprobar en muchos programas universitarios de toda la América Latina que lo sugieren como bibliografía en las asignaturas más diversas, desde los estudios de género hasta los literarios pasando desde luego por la historia y la antropología porque como señala Dube salvo esa publicación y el dossier de Zermeño en Historia y Grafía, Latinoamérica estaba hermética a esta influencia que se abrió paso en los Estados Unidos, donde se formaron grupos de estudio y se hicieron algunas publicaciones señeras e intervenciones editoriales muy comentadas como la de Florencia Mallon, cuya obra forma parte de los debates que acompañan el tema que Van Young informa.
68 En las investigaciones que he venido realizando sobre los movimientos sociales y la revolución en el sur andino a inicios del siglo XIX, pude comprobar lo que afirma Van Young en varios pasajes de su obra: las formas de hacer historia cultural son un punto de llegada y no uno de inicio.
Es decir, surgen como necesidad para ahondar en el conocimiento de un tema que ha sido visitado de mil maneras previamente y que sigue tan escurridizo como necesario es darle una interpretación que no sea un dogma o una visión parcial.
Terminaremos estas notas historiográficas haciendo algunas comparaciones o alusiones a los procesos que se vivieron en el mundo andino.
Como señalamos, los historiadores comprometidos en el estudio del proce-so novohispano han tendido a comparar los temas relativos a la violencia política popular más que con la coyuntura previa a la emancipación con la era de las grandes rebeliones indígenas del siglo XVIII.
En ello influyó un libro colectivo publicado por Steve Stern que reunió las más innovadoras visiones sobre ese también impresionante escenario de violencia, convulsión y cambio.
69 El libro y el programa de la reunión que le dio origen reflejan una concepción más o menos general acerca de la participación rural y popular en cuanto a la era de la emancipación: no hubo tal.
Los estudios van desde mediados del siglo XVIII hasta la actualidad, pero, salvo la incursión original y heterodoxa de Flores Galindo en el mundo cultural de los supuestos sediciosos Aguilar y Ubalde en 1805, considerado luego un capítulo de la "lucha por la independencia", no hay ninguna contribución sobre guerrillas, montoneras, tumultos, motines o participación popular en movimientos de más envergadura como la revolución cuzqueña de 1814 o las campañas en la época final de 1821-1824.
Al calce con el tema tratado en el movimiento cultural novohispano, conviene aquí llamar la atención respecto del punto tratado por uno de los contribuyentes al libro comentado.
Jan Szeminski pretende mostrar la forma en que tanto Tomás Katari como Túpac Amaru dijeron actuar en nombre del rey que les habría ordenado matar a los españoles.
Se había producido en la mentalidad popular un fenómeno de diferenciar a los españoles en el país de una España que supuestamente los apoyaba y defendía.
Todos los indios insurgentes del XVIII dijeron actuar en nombre del rey, así lo hicieron también los continuadores de José Gabriel.
No explica cómo se produjo, pero que la figura real era buena y de ella emanaba la autoridad de los jefes indios es una evidencia abrumadora.
70 69 Stern, Steve J. (comp.): Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes: Siglos XVIII al XX, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1990.
Conviene advertir el interés que para las comparaciones tuvieron, la introducción del compilador: Stern, Steve: "La era de la insurrección andina, 1742-1782: una reinterpretación", págs. 50-96, que llama a desarrollar la perspectiva cultural en los estudios del tema y el artículo de Szeminski, Jan: "¿Por qué matar a los españoles?
Nuevas perspectivas sobre la ideología andina de la insurrección en el siglo XVIII", págs. 164-186.
Allí apareció el primer artículo (Flores Galindo, Alberto: "Buscando un inca", págs. 187-199) que luego daría lugar al libro de Flores Galindo, Alberto: Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes, Instituto de Apoyo Agrario, Lima, 1987.
70 Szeminski, Jan: Los objetivos de los tupamaristas.
Se basa largamente en la CDIP.
Pero otros autores han dado nuevos y significativos pasos en el entendimiento de estos movimientos políticos usando los aportes que entonces se publicaron y nueva investigación de archivo trabajada con otras perspectivas historiográficas.
71 Así tenemos a Sergio Serulnikov que estudia el norte de Potosí, la provincial de Chayanta y el alzamiento de Tomás Catari, uno de los tres que formaron en 1780 el gran movimiento revolucionario que llama pan-andino y que confluyó en la jefatura unificada de los Túpac Amaru con los quechuas y Túpac Catari con los aymaras.
Su punto es que este movimiento informa sobre la cultura política subalterna de los indios, las formas de revitalización de sus tradiciones y el desafío al sistema de poder y autoridad coloniales que llevaban siglos imponiéndose en esa vasta región.
Tan imbricado como estuvo el alzamiento de nor-Potosí con la tramoya cultural que significó ese movimiento amplio que surgió del prestigio y la fuerza del discurso de Túpac Amaru, Serulnikov abraza las hipótesis más sugerentes sobre el alzamiento cuzqueño, como las de Alberto Flores Galindo, y las usa para comparar el movimiento tupamarista con los que salieron del ámbito Aymara a los que luego se sumarían.
En un momento de su conclusión, llega a plantear que el apelar de Túpac Amaru tanto a indios como a blancos nacidos en los Andes "puede apuntar a una incipiente formación de una discreta `comunidad imaginada ́ interracial".
72 Aquí engarza con otro trabajo que renueva la visión que tenemos de las rebeliones andinas, el de Sinclair Thomsom que analiza la dinámica del movimiento paceño de Túpac Catari y focaliza su atención en la dinámica de la insurgencia popular.
Cabe notar que ambos autores, interesados como están en la cultura política de los campesinos e indios, ubican las zonas y los momentos históricos desde el punto de vista de lo social y económico, vinculando los aportes que se han hecho desde hace más tiempo a la renovación del conocimiento de una época tan crucial para la historia andina y 71 Por mi parte, hice un balance de lo publicado y lo relacioné con mi propia investigación en Glave, Luis Miguel: "The "Republic of Indians" in Revolt (c.1680-1790)" en Salomón, Frank and Stuart Schwartz (eds.): The Cambridge History of the Native Peoples of the Americas, Vol.
Desde entonces a esta parte, las novedades son muchas, aunque lo que sostuve allí sigue teniendo validez y sentido para que pueda servir de derrotero.
Véase también: Serulnikov, Sergio: "Legitimidad política y organización social en las comunidades indígenas de la Chayanta (siglo XVIII), en dossier Charles F. Walker (coord.): Los Andes en el siglo XVIII, Anuario de Estudios Americanos, 61/1, Sevilla, 2004, págs. 69-101.
No tiene que haber una oposición entre economía y cultura.
73 En un comentario sobre un libro de Juan Pablo Fusi, La patria lejana, firmado por José M. Portillo, me resultó atrayente la crítica que le hace a Fusi que piensa que hubo una escasa socialización política entre las poblaciones indígenas americanas: "la caracterización de la mayor parte de las naciones americanas y sus sociedades resultaría decididamente otra si no se siguiera aún en la estela de la interpretación historiográfica liberal-nacionalista hispanoamericana -y, por tanto, también española-que etiquetó al mundo indígena como inadaptado a la modernidad de las formas políticas.
Hay literatura reciente que demuestra que la historia moderna de los pueblos indígenas puede leerse desde perspectiva bien distinta y en la que, por consiguiente, lo primero que surge es justamente una potente socialización política, con su modernidad incluida".
Cita como la fuente de inspiración de su acertada idea nada menos que a We Alone Will Rule.
74 El mismo autor, citando el mismo libro, deja claro que la lucha por la autonomía eurocriolla que se dio luego en lo que llama "la crisis Atlántica de 1808" hubiese tenido un buen precedente de referencia en estos movimientos sino los hubiese descartado por "inservibles muestras de barbaridad".
75 Y es que tachar de insano, bárbaro, loco, incomprensible, es siempre un mecanismo de marginación, un cerrar los ojos al camino de la verdad.
Sorpresa y desconcierto que debieran dejar la gran enseñanza: "cuando no podemos comprender un proverbio, un chiste, un rito o un poema, estamos detrás de la pista de algo importante.
76 Es interesante notar en el trabajo de Serulnikov que la lucha política parte de una erosión interna en la comunidad y en el de Thomson que es desde la lucha política que se rehacen o recrean las comunidades.
Es lo mismo que quise expresar con el título de mi estudio sobre los grupos indios canas y canchis del sur del Cuzco, un proceso étnico de creación y recreación de las comunidades.
77 En uno de los capítulos, que luego expandí, hago una microhistoria del poblado de Coporaque y su curaca Sinanyuca, donde las filiaciones y actitudes políticas tienen mucho que ver con símbolos y cultura, tanto como con una disputa por recursos.
78 En ese escenario andino, como lo señala Van Young en México, la gente hace las cosas de manera y "por razones muy distintas a las que necesariamente se esperaría por los resultados de sus acciones".
Por su parte, Ward Stavig tiene un buen número de contribuciones acerca de la región donde estalló la revuelta de Túpac Amaru y se ha fijado en temas de la vida cotidiana, de la situación de la mujer, de la familia y de las costumbres sexuales, sin dejar de plantearse temas globales referidos a la sociedad y la economía.
79 Siguiendo una tradición de lo que los estudios sobre las actitudes del siglo XVII mostraban, Ward Stavig enfatizó en el uso que los indios hicieron del sistema estatal y legal español, usaron las cortes, apelaron, escribieron al rey y sus asesores.
Stavig analizó cómo sólo cuando estos recursos fallaban apareció la violencia, ya desde un artículo de 1988 usa la idea de la "economía moral".
80 Pero incluso cuando ésta se manifestaba, las protestas eran contra los "abusos" de la ley o la corrupción excesiva, nunca contra el sistema.
Por otro lado, las relaciones cara a cara del entramado de poder y cultural rural marcaron las actitudes de los campesinos, que apoyaron bien a Túpac Amaru como al propio corregidor.
Stavig no deja de lado las circunstancias políticas generales, la presión fiscal, el aumento demográfico y otras, pero lo cultural tiene en su análisis un papel central.
Por su parte, en un libro que ya mencionamos por su indudable interés comparativo, Nuria Sala i Vila tuvo el acierto de incluir un conjunto de revueltas locales, alzamientos, bullas, motines, que se sucedieron entre la gran rebelión y la coyuntura de 1809-1814.
En su libro incluye lo que ella llamó certeramente "la participación indígena en la rebelión de 1814", que considera varias de las asonadas populares que acompañaron el gran levantamiento y que lo continuaron por varios años más.
81 Como tuve la oportunidad de prologar ese estudio, subrayé entonces algunos casos que trató la autora y que me llevaban a ver en su visión del proceso un mundo de "otras rebeliones" que, sin embargo, parecen estar todas vinculadas con el conjunto mayor del cambio en la sociedad colonial.
Entonces comenté el nombramiento del Alguacil Mayor del pueblo de Chincheros en Cuzco en 1820 es una de las tantas escenas que el libro de Nuria Sala nos retrata acerca de las actitudes políticas de los indios.
Viene a relación por el motivo del acertado nombre de su libro.
En la ceremonia de "entrega de varas", el subdelegado Mariano Campana nombró para el cargo a José Condori.
Pero los comuneros de Chincheros habían elegido ellos mismos a Antolín Cusihuamán, a quien Campana llamó indio vejancón y que sabemos era concuñado nada menos que del recientemente derrotado noble rebelde Mateo Pumacahua.
Por estas y otras razones el subdelegado recusó la elección de Cusihuamán.
Los pobladores contradijeron, sin embargo, la autoridad colonial; bajo el liderazgo de otros ancianos jefes indios entre los cuales Martín Vilca, "indio viejo" y segunda pasado de Ayllupongo -uno de los antiguos linajes de Chincheros: "a una voz habían repugnado los indios, entre los que había habido un murmullo y guri guri que ya parecía principio de tumulto".
Por ello el subdelegado detuvo e hizo azotar a los viejos líderes, que en las formas de autoridad interna ejercían un liderazgo alternativo al del mando colonial impuesto al interior de las propias villas y comunidades andinas.
El cura del pueblo afirmaba que la dureza del castigo se debió al temor que este "guri gurí" indio despertaba, con el recuerdo fresco de la guerra de 1814 y el liderazgo ejercido entonces por Pumacahua.
También, continuaba el discurso del clérigo, hacía poco, en 1818, en Chalhuanca se habían producido otros sangrientos sucesos.
Sabemos que efectivamente varias comunidades del partido de Aymaraes asaltaron el pueblo y asesinaron al subdelegado.
El mundo se sacudía, pero, a la vez, se reproducía sin llegar a crear un frente, un liderazgo, un programa, que condujera al conjunto hacia algún nuevo destino, mejor o diferente.
Voces múltiples: murmullo, bulla, alboroto, tumulto, asonada, motín parecen indicar una jerarquía de alteraciones, de niveles de intensidad del conflicto social.
Sin embargo, las autoridades seguían ejerciendo control, aunque muchas veces sus propias vidas corrieran peligro.
Las autoridades indias, por su parte, podían ejercer presión sobre sus competidores no indios o aliarse con alguno de los poderes coloniales para afirmarse sobre la competencia de otros miembros de su propia sociedad, como Condori en Chincheros.
¿Cómo definir ese estado de cosas?
El propio testimonio de Campana nos lo dice: un "guri gurí".
Sea por la pronunciación del castellano andino, del escribano o del propio Campana, la "o" de gorigori se trasformó en la "u" de guriguri.
Gorigori era la "voz con que vulgarmente se aludía al canto lúgubre en los entierros"; por extensión, el funeral al que se asistía era al de la propia sociedad colonial.
Más cerca de considerar las actitudes políticas de los indios y campesinos en la coyuntura de 1809-1824, como lo aportado por Sala i Vila, contamos con David Cahill que por fin ha reunido varios de sus artículos sobre el proceso social, político y cultural del surandino a fines de la colonia.
Entre ellos aquel "Taxonomy of a colonial riot" sobre Arequipa en 1780 y el que nos fue de gran interés para el estudio de las actitudes políticas posteriores a la revolución cuzqueña de 1780, sobre Ocongate en 1815.
82 Cahill subraya muy a tono con la línea de The Other Rebellion que la dinámica local era diferente y hasta enfrentada a la general de la región.
Este autor tiene la virtud de haber desarrollado una investigación que une la coyuntura rebelde de 1780 con los conflictos y la violencia previa a la emancipación política entre 1814 y 1824.
Ya en sus primeros estudios, de los que "Curas and social conflict in the doctrinas of Cuzco, 1780-1814" fue el más comentado y con más influencia posterior, Cahill propuso un plan de trabajo que buscaba aclarar el nivel de la participación popular en las protestas, la participación de los campesinos en procesos políticos de naturaleza urbana, si las masas eran instrumentos de la política patricia o en qué grado y con qué contradicciones y si las protestas fiscales por ejemplo fueron el plasma de una ideología popular de más larga duración.
Según lo rescatado por Cahill, en Ocongate, poblado del entorno rural del Cuzco, tanto los criollos locales como los recaudadores indios, jefes y autoridades del lugar se plegaron a la revolución en 1814.
Entre ellos estuvo un indio, danzante y comerciante, llamado Jacinto Layme que a la postre encabezó a los grupos más radicales de los naturales alzados, incluso luego de la derrota del comando revolucionario en 1815.
Cuando todavía mandaban en Cuzco los insurgentes, los rumores de una contrarrevolución que preparaban los audienciales recluidos en Paucartambo, provincia vecina de las alturas de Ocongate, llevaron a Jacinto Layme y su hijo a organizar a los indios en acciones contra los criollos locales, entre ellos el alcalde Mariano Dámaso Aparicio, que estuvo involucrado inicialmente en las acciones locales hegemonizadas por los rebeldes cuzqueños.
El mismo jefe revolucionario José Angulo mandó a llamar y detuvo a Layme para impedir los enfrentamientos.
La contrarrevolución de febrero de 1815 lo halló detenido, pero logró escapar y refugiarse en el Collao donde las acciones subversivas se mantuvieron sin contacto con el cura revolucionario Muñecas u otro caudillo, desarrollando espontáneas iniciativas locales que mostraban un estado de ánimo latente inclinado por la protesta, la revancha y la desobediencia.
Otro pueblo cercano, Marcapata, tenía agudas contradicciones internas que llevaron a una explosión popular contra el cura y los criollos, que se desarrolló paralela a la violencia revolucionaria.
De la misma manera que en Ocongate, los indios de Marcapata atacaron los símbolos de su explotación, independientemente y luego de la revolución.
Layme se sumó a los jefes de Marcapata y luego sumó a esos indios al ataque contra los criollos de su pueblo.
Entre los jefes militares indios estuvo "Huamantapara", un indio tenido por principal insurgente de las fuerzas altiplánicas que capitaneaba Ildefonso de las Muñecas.
La presencia de Muñecas agitando acciones dispersas y violentas después de la derrota de marzo de 1815 es un hecho poco apreciado por la historiografía de la revolución cuzqueña.
Lo mismo ocurre con la presencia esporádica pero recurrente de acciones violentas o de confabulaciones sediciosas por parte de las poblaciones rurales del sur del Cuzco.
Durante la revolución, actuaron como focos locales de apoyo y dieron efectivos para las fuerzas que capitaneaba el cacique noble y Brigadier Mateo Pumacahua y otros jefes indios, pero luego actuaron de manera autónoma o dirigida por los restos del ejército que tenían a Muñecas más que como jefe militar efectivo como referente simbólico del mantenimiento de las alteraciones y la protesta indígena.
Este escenario rural alterado luego de la supuesta pacificación de la región y del reino se muestra en otras situaciones de tensión, violencia y muerte.
Un caso que he trabajado en profundidad como un ejercicio de historia cultural y relato microhistórico nos lo muestra.
83 Este ensayo es una mirada guiada por la nueva historia cultural que analiza los comportamientos de los sectores populares en las movilizaciones políticas que antecedieron a las independencias hispanoamericanas.
Pretende escuchar las voces múltiples del pueblo que se alzaron por medio de actitudes, creencias y acciones -individuales y en redes-dentro de un proceso mayor de crisis de representación en el conjunto del estado virreinal.
Al analizar las relaciones entre las vivencias del pueblo y los procesos de cambio, ubicamos más certeramente a los actores populares y les damos el protagonismo que viejas visiones políticas o nacionalistas les habían arrebatado.
El estudio se centra en un análisis microhistórico de comunidades aymaras del altiplano surandino, con énfasis en el caso paradigmático de un pasquinista llamado Bernardino Tapia.
El caso sucedió en 1818 cuando se descubrió una red de relaciones encabezada por Tapia para difundir pasquines en la región de Azángaro -sur del Perú actual-con una inusual forma de entender el proceso político previo a la independencia.
Usamos las formas de análisis historiográfico que se han elaborado para entender la cultura popular en la era de la revolución francesa, particularmente las referidas a los libros, la lectura y la mentalidad que propone Robert Darnton.
Ubicamos el lugar de la lectura en una sociedad rural durante una crisis política, tema desconocido e inesperado en la historiografía independentista.
84 Una sentencia de muerte fue pronuniada en 1819 por el gobernador intendente de la provincia de Puno contra Bernardino Tapia y sus socios por el crimen de alta traición.
Se trató de un caso de lecturas, de pasquines, de difusión de un mensaje de desobediencia, de deslegitimación de la monarquía y de soberanía popular.
Como tantos otros casos en los que la documentación judicial emanada de la represión de los alzados en 1814 arroja, este de Tadeo Gárate nos vendrá a mostrar un peculiar modo de vivir los nuevos procesos culturales que fueron englobados por el conocimiento 83 Extracto y sigo la presentación hecha en Glave, Luis Miguel: "La ilustración y el pueblo...".
84 Los postulados que surgen del análisis del caso en "La ilustración y el pueblo..." se comparan con los planteamientos propuestos por Eric Van Young y buscan una visión que pueda poner en paralelo los múltiples casos de las sublevaciones hispanoamericanas de 1808-1821.
posterior como la ilustración, en este caso, una ilustración andina.
¿Las formas de expresión de la ilustración causaron un cambio en las mentalidades populares, o fue que el ámbito cultural del pueblo permitió la difusión y la lectura no letrada, humilde, de la ilustración?
El caso duró un buen tiempo, Bernardino Tapia fue condenado a muerte por la horca y fijación de la cabeza en Azángaro, acusado de alta traición como autor de por lo menos cuatro pasquines que se publicaron en Azángaro, Chupa, Chacamarca y Santaraco, otros que no se llegaron a pegar y confidencias con los insurgentes, particularmente Ildefonso Muñecas.
La zona de la acción pasquinista de Tapia corresponde a los pueblos que se ubican a orillas de un pequeño lago que se separa del Titicaca en la orilla norte, en el antiguo territorio de los indios collas omasuyos, en las actuales provincias puneñas de Azángaro y Huancane, territorio donde los líderes de la gran rebelión tupamarista fijaron su cuartel general en 1781.
Junto con Tapia, como cómplices fueron condenados 15 indios de los pueblos de Azángaro a azotes y distintas penas infamatorias y de trabajos forzados.
Aunque fragmentarios, los datos nos dan muchas pistas.
Así tenemos que durante tres años, entre 1815 y 1818, Tapia actuó como difusor de las ideas seductivas o patriotas, enseñó a leer, mantuvo tertulias, escribió y leyó los libros que compraba con el dinero que se agenciaba con sus enseñanzas o vínculos.
Varios de sus allegados fueron soldados en uno u otro bando, algunos fueron revolucionarios y se entrevistaban con él, lo oían y le conferían responsabilidades con sus familias como la enseñanza.
Fue hacia 1818, en San Juan, cuando la actividad pasó a la fijación de pasquines que Tapia elaboraba, difundía y pedía que difundan.
Y en octubre su accionar se multiplicó y dejó suficientes huellas para que lo apresaran probablemente hacia la quincena pues todavía se reunió con intención de seguir haciendo circular sus escritos hacia el 13.
Hasta el 1 de diciembre buscaron cómplices, luego el subdelegado de Azángaro dio por cerrado el caso proponiendo que se disimulara la presión, pues no convenía "alterar los ánimos".
Entre las cosas que se desprenden de las respuestas de los implicados es que en el ideario de Tapia y sus allegados se encontraban las reivindicaciones contra el tributo, las alcabalas y los donativos, pero también contra la recluta de gente que era un malestar constante entre los pueblos.
También figuraban entre sus acciones verbales el apodar a los leales y españoles con adjetivos denigrantes, probablemente pucacunca que era un término quechua (pescuezo colorado) usado en el campo, pero también cotenses o guampos o el más común, chapetones.
Eran las denominaciones que recibían los "españoles" en el habla popular, muchas veces cargadas de desprecio o mordacidad.
El registro de cotenses o guampos coincide con procesos de desobediencia o alzamientos como los de 1780 o 1814.
85 La sentencia fue acompañada por las pruebas que consistían en algunos pasquines de puño y letra de Tapia y de dos libros que el autor leía para ilustrarse en sus escritos y alimentar sus sueños insurgentes.
Uno de esos libros fue un Tratado de paz contra España y la Francia de 1659 que compró por ocho pesos a un oficial Gallardo.
Los pasquines que pegaba Tapia los denominaba "bandos de paz" en relación probable con el tema de este texto.
Tapia tenía unas extrañas elucubraciones sobre las relaciones entre Fernando VII a quien llamaba "hijo natural de Murat" -el general francés invasor de España-y un imaginario Carlos V "rey de la patria" cuya "resurrección" apesadumbraba a Fernando VII hasta causarle la muerte.
Decía haber leído esta suerte de mito sincrético en las Fábulas de Samaniego que compró por 30 pesos y a las que llamaba Real Seminario Patriótico.
86 Las fábulas, pues, y las de Samaniego en particular, comprendían un lenguaje que se imbricaba con los discursos preceptivos e iluminadores propios de esa era de cambio cultural que acompañó a la ilustración.
Siempre sacando luz de unos fragmentos, lo que nos quedó de las lecturas de Tapia no fue sólo el libro de Samaniego, también ese curioso "libro" que dijimos llevaba por título Tratado de paz contra España y la Francia de 1659.
No era la relación de un suceso cualquiera, 1659 significó el inicio de la decadencia de la monarquía hispana, una crisis de hegemonía en Europa.
Lo ocurrido mereció más de una relación de sucesos, nombre de un género literario que antecede al periodismo en la era moder-85 Ver sobre estos términos Cahill, David: "Colores cifrados: categorías raciales y étnicas en el virreinato peruano, 1532-1824", en Nueva Síntesis 7/8, Lima, 2001, págs. 29-58, pág. 52.
Reproducido en From Rebellion to Independence...
Esta agresividad verbal es reconocida también en México en estudios sobre la penalización por desobediencia o subversión, ver Ibarra, Antonio: "Crímenes y castigos políticos en Nueva España, 1809-1816: una aproximación cuantitativa al perfil social de la disidencia política colonial", en Ibero-Amerikanisches Archiv, 20/1-2, 2000, págs. 163-191.
Pero particularmente en Ibarra: "Crímenes y castigos políticos en la Nueva España borbónica: patrones de obediencia y disidencia política, 1809-1816", en Iberoamericana.
86 Reminiscencia de los catecismos patrióticos que se difundieron en el Alto Perú.
Donoso, Ricardo: El catecismo político cristiano, Imp.
Ver respecto a estos documentos el análisis de Irurozqui, Marta: "La "evangelización" política.
Esas relaciones, que hacían vibrar a los pueblos que se agolpaban para escucharlas, se difundían en forma de hojas impresas cuya forma y circulación ha recibido el nombre de literatura de cordel.
Colgadas en los cordeles de los puestos donde se vendían productos de feria, los romances eran interpretados por ciegos que tenían un auditorio reconocido en la más extensa geografía de la España y del Portugal de los siglos XVI y XVII.
Esa literatura popular, que luego pasó desapercibida por los formadores de cánones cultos, se manifestó explosivamente tanto en España como en América en el siglo XVIII y es sabido el impacto que mantuvo en México del siglo XIX.
No conocemos todavía estudios sobre su circulación en el Perú, pero este y otros casos nos muestran que fue, como en todas las otras provincias de ese mismo mundo hispánico americano, una vigorosa forma de difusión de imágenes de la sociedad y de interpretaciones del mundo y de la historia de acuerdo con las lecturas que de ellas se hacían.
87 De donde en sus lecturas obtendría el seudónimo de Dr. Salas Parrilla de Valdés, en sus pasquines Tapia se decía poseedor de diversos títulos, que difundía en sus conversaciones "seductivas": teniente coronel, comandante general en jefe del ejército auxiliar de la patria, juez teniente, regente mayor, pacificador, conquistador, defensor del Perú, etc. Pero no sólo eso, también afirmaba haber tenido heroicas virtudes al resistir persecución y amenazas, fugitivo y hambriento, pero haber salido triunfante por su sabiduría, coraje, prudencia y otras virtudes.
En sus andanzas, plantó sus bandos de paz, como llamaba a sus pasquines, en Azángaro, Puno, Arequipa, Cuzco, Chucuito, Lampa, Sicuani, Carabaya, Huancané, Apolobamba y Larecaja, un ámbito absurdo para las fuerzas de un solo hombre, la mención de esas ciudades se referiría al territorio que tanto Tapia como los rebeldes que coordinaron o siguieron espontáneamente a Muñecas, tenían por zona de descontento e insurrección.
Sin pólvora ni avíos, Tapia afirmaba que había gastado 800 pesos y logró, según pensaba, más que los antiguos generales en Buenos Aires y en Cuzco.
Sin duda el mundo onírico de Tapia debió ser capaz de alimentar su resistencia y sus andanzas.
Lo que no era cierto es que no hubiese recorrido pueblos en campaña y que ésta proviniese de anteriores contactos del reo con Ildefonso de las Muñecas.
Por eso incluye en sus andanzas los territorios donde actuó el cura revolucionario, los que la revolución abarcó y los 87 Una amplia presentación del fenómeno se puede consultar en Glave, Luis Miguel: "Del pliego al periódico.
Prensa, espacios públicos y construcción nacional en iberoamérica" en Debate y perspectivas, 3, 2003 págs. 7-30, pág. 13 y ss. que en su pequeña patria azangarina había conocido toda su vida.
En sus escritos y en sus prédicas, la imaginación andina se cruzaba con un discurso de la patria que se expandió con el ejército revolucionario cuzqueño y de la licitud del rompimiento con España y los españoles.
Tapia había sabido emplearse en los pueblos como profesor de infantes, convencer a algunos adultos de pegar los pasquines que él elaboraba y recordaba entre lo real y el ensueño las hazañas de la lucha de los patriotas.
La condena a quince hombres en estos pueblos por distintos grados de "complicidad" muestra que no se trataba de un sueño desquiciado sino de un rumor colectivo, sorda manera de guardar la memoria de la revolución y de imaginar las posibilidades de un mundo diferente y mejor al que se notaba jaqueado desde fuera y desde dentro.
Los otros indios que fueron azotados y confinados a trabajos forzosos en el hospital de San Juan de Dios de Puno eran de distintos grados de instrucción.
Algunos sabían leer y no pudieron excusar saber el contenido de lo que pegaban, otros no leían pero escucharon las prédicas y las aceptaron.
Claro que el argumento del "temor" tenía cierta validez y fue esgrimido casi siempre por los acusados de sedición.
Pensaban que si "entraba la patria" serían castigados si denunciaban al profeta.
El temor, la sumisión que un sistema de siglos había sembrado en la actitud cotidiana de las gentes, se proyectaba hacia delante.
Pero esta razón negativa no desgasta la fuerza de la forma positiva de la adhesión: hablaban, sabían, difundían, "van hacia...", pegaban papeles, en suma, sentían de una manera que se nos hace evidente a través de estos retazos de su pensamiento y de las fuentes que lo informaban.
88 ¿Estaba loco Bernardino Tapia, como pensaba el propio fiscal?
Había elaborado una curiosa lectura de la historia en 1818, resucitando a Carlos V y provocando con ello la muerte del rey Fernando VII que no era sino un 88 Walter, Charles: De Túpac Amaru a Gamarra.
Cusco y la formación del Perú Republicano.
Comenta Walker otros expedientes de casos donde se arrestaba a gente que borracha gritaba "viva la patria", pero como no se encontraban pruebas de su participación en alguna sedición, se les liberaba, cita al respecto los ejemplos consignados en ADC 1819 y 1820, RA, CC.
Las sospechas que partían de palabras o voces eran frecuentes desde hacía muchos años antes.
Cornejo Bouroncle da varios ejemplos (Revista del Archivo Histórico del Cuzco 6, pág. 209) como el de 1809 en la causa contra Gabriel Soto, indio del pueblo de Sicuani por verter "expresiones sospechosas contra la tranquilidad pública".
Posible rebelión que no se prueba y, sin mayor explicación, se cortan las investigaciones y se libera a Soto.
Aunque a algunos se les probó su correspondencia con los rebeldes de La Paz, como a Felipe Rocha, que fue deportado al Alto Perú, había sido tutor de Andrés de Santa Cruz, por lo que Cornejo supone que el futuro presidente vivía un ambiente "libertario" desde su infancia. hijo bastardo del general francés invasor Murat.
Con ese lío entre onírico y político, justificaba el alzamiento de la patria y de sus líderes, los jefes rebeldes de 1814 y particularmente Ildefonso de las Muñecas, el cura guerrillero que se refugió en los valles y atacó en las punas con su mensaje de no pagar de tributos y de apoyar a las fuerzas insurgentes del Río de la Plata.
Entonces los jefes habían muerto, pero la causa seguía viva en el discurso de Tapia.
Un discurso que parece perdido, del que no quedan sino retazos, extraídos de algunos pasquines, a los que él llamaba "bandos de paz", inspirado en algunas lecturas.
¿Las lecturas subversivas de la época?
¿Algún escrito perseguido de la ilustración, alguna proclama periodística clandestina, alguna canción popular?
Seguro que algo de eso estaba entre sus lecturas, pero lo que quedó palpable, al fin quemado al pie del reo ejecutado fueron sólo las Fábulas de Félix María de Samaniego y un romance que se leyó y reimprimió por varios siglos.
¿Cuánto dijo Tapia de sus lecturas y de sus ideas?
¿Cuánto era ciertamente lo que pensaba y cuánto ocultó?
Sus compañeros negaron todo, aseguraron que creyeron que eran insensateces o que tenían temor y por eso no lo denunciaron.
Pero en general, el desconcierto del fiscal puede ser el mismo que el nuestro.
Esos, como señala Darnton, son los casos que hay que explicar y seguir para entender una sociedad que no tuvo intérpretes ni cronistas.
89 Tanto en el caso de Azángaro como en todos los que revisé en la vida cotidiana de la ciudad del Cuzco durante los meses de la revolución no encontré muestras de regalismo popular y sí una fuerte carga emotiva y violenta contra los "españoles" entre los que estaban muchos criollos desde luego.
El grito de "viva el rey" sonó como consigna justamente el día tris-89 Robert Darnton en un conjunto de estudios sobre las formas de pensar en Francia del siglo XVIII, las mentalidades desde la gente común, los campesinos que contaban cuentos, los plebeyos que trabajaban en una imprenta, un policía y otros retratos que incluyen páginas de los filósofos de la ilustración, junto a los no ilustrados, renunciando "a la distinción usual entre la cultura elitista y la popular", mostraba que unos y otros "se enfrentan al mismo tipo de problemas".
Textos inverosímiles, sorpresa y desconcierto que debieran dejar la gran enseñanza: "cuando no podemos comprender un proverbio, un chiste, un rito o un poema, estamos detrás de la pista de algo importante.
Darnton, Robert: La gran matanza de gatos..., págs. 12-15.
También Darnton, Robert: Edición y subversión.
Literatura clandestina en el Antiguo Régimen, Turner/Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2003.
ISSN: 0210-5810 te para los rebeldes en que una fulminante contrarrevolución apoyada por la nueva de la derrota militar cambió la hegemonía en la ciudad y debieron huir.
Pero decir a partir de ese estudio que no hubo en los Andes muestras de regalismo popular sería incorrecto.
El trabajo de Cecilia Méndez es el más cercano al tema que hemos tratado en el caso novohispano.
Contrariamente a los textos patriótico-nacionalistas y los críticos de raigambre marxista, que ya incluyeron las perspectivas de Thompson y los de la historiografía francesa de la segunda etapa de los Annales, ella estudió un grupo indígena que levantó las banderas del rey incluso luego de la capitulación del ejército realista en Ayacucho en 1824.
En su genealogía del movimiento, no dejó de mencionar que mientras los discursos épicos de las sublevaciones hablaban de independencia y patriotismo, ya alguien, como Jan Szeminski, había señalado que los indios en 1780 habían matado españoles en nombre del rey.
Ella ha revisado sus ideas y sus aportes de largos años y acaba de publicar un libro que merecerá más comentario.
90 Critica el enfoque de Van Young, no niega su valor archivístico pero argumenta contra su enfoque de los campesinos realistas como "milenaristas".
Sus ideas sobre la máscara de Fernando y las ceremonias en América sobre la jura de fidelidad al rey, donde aprecia -a pesar de sus observaciones críticas-los aportes de F-X Guerra, 91 figuran en un capítulo titulado "The People and the King".
Las conclusiones a las que llegan estos trabajos sobre tantas "otras rebeliones" podrían no parecerse a las de The Other Rebellion acerca de la insurgencia mexicana.
El mismo Van Young deja abierta esa posibilidad al hacer breves comentarios comparativos con los Andes.
Algunos autores, sin embargo, se acercan más a la idea general de Van Young o, sintonizando situaciones concretas, llegan a miradas divergentes.
Las herramientas y las perspectivas metodológicas que tienen estos nuevos estudios son, sin embargo, vinculables al derrotero que toma The Other Rebellion.
En el caso de los estudios que personalmente he llevado adelante y que he mencionado aquí, comparto las experiencias que expuso Van Young en su polémica con Knight, la lectura de los libros señeros de la nueva historia cultural la hice una vez descubiertas las características de los sucesos, como una necesidad que surgió de la investigación y no como una guía previa a ella que hubiese determinado la selección de fuentes o datos y la separación o silenciamiento de otros.
En cualquier caso, la historiografía es una buena manera de ingresar a entender el tema de la cultura política y las actitudes de los actores populares en el proceso de la emancipación.
Mucho ha cambiado la visión del proceso en los Andes y es posible acercarse a una visión comparativa con lo más que se ha avanzado en los estudios mexicanistas.
Lo que hay que esperar es que estos avances se trasvasen a los discursos más cotidianos y lleguen tal vez a cambiar las visiones de identidad y de futuro que los pueblos latinoamericanos tienen de sí mismos en una era de oscuridad y crisis.
No sea que se cumpla la pesimista visión con la que Juan Carlos Garavaglia termina una introducción a una compilación de estudios revisionistas de la Independencia, señalando que "tendremos la ocasión de vernos anegados por una indigesta catarata de loas y panegíricos sobre los padres de la(s) patria(s) que nos sumergirá en montañas de papel, graciosamente pagadas por el contribuyente".
92 Con menos volumen de papel y páginas mejor escritas, tal vez ganemos la desigual batalla por devolver voces olvidadas y dar pie a que surjan nuevos coros más representativos y justos con su propia historia. |
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Tensiones identitarias y discursos conmemorativos: los ítalo-uruguayos filofascistas ante las fiestas cívicas de sus dos patrias (1918-1941)
Palabras Clave: Inmigración; Italia; Uruguay; Fascismo; Fiestas Cívicas; Identidades.
Todo movimiento migratorio genera complejas relaciones entre la colectividad migrante, la sociedad de procedencia y la sociedad receptora.
De hecho, entre los inmigrantes suele desarrollarse un doble sentimiento de pertenencia que se plasma en una identidad colectiva dual.
A veces, un compromiso ideológico (ya sea con una corriente política de la sociedad de partida o de la sociedad de arribo) puede tensionar esa identidad al punto de comprometer el sentimiento de pertenencia hacia una de las dos sociedades.
Tal es el efecto que produce -directa o indirectamente-las simpatías por el régimen fascista entre algunos integrantes de la comunidad ítalo-uruguaya durante el período interbélico.
Promovido por partidarios locales de las más variadas extracciones socioeconómicas, el fascismo arraiga tempranamente en algunas instituciones de esa colectividad al tiempo que desata resistencias.
Entre los ítalo-uruguayos que se adhieren al fascismo, se entremezclan las convicciones sinceras de algunos, el oficialismo oportunista de otros y el nacionalismo tradicional de muchos.
Su compromiso varía durante el período referido: resulta tímido en los años veinte, decidido a principios de los treinta, vigoroso durante la Segunda Guerra Ítalo-Etíope, exultante hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, e insignificante a partir de que Uruguay rompe relaciones diplomáticas con las potencias del Eje.
Debe señalarse que en ese proceso de difusión del fascismo cumple un papel fundamental la representación diplomática italiana.
Al igual que las legaciones establecidas en otros países, 1 la de Montevideo ejerce un control creciente sobre los espacios de sociabilidad y sobre las instituciones educativas de la colectividad, al tiempo que promueve actividades culturales que tienden a identificar a Italia con el fascismo.
Si bien en Uruguay el peso específico de los filofascistas dentro de la población migrante y sus descendientes es objeto de debate, algunas cifras (las de los combatientes en la Segunda Guerra Ítalo-Etíope 2 y las de los donantes de anillos matrimoniales para financiar el conflicto) 3 permiten estimar un mínimo de adherentes.
Lo mismo puede afirmarse de las fotografías que registran la presencia de cientos de simpatizantes en diversos 1 Franzina y Sanfilippo, 2003; Domínguez, 2012.
TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS actos públicos.
4 Por otra parte, el surgimiento en el medio local de entidades vinculadas al régimen fascista (como el Fascio de Montevideo o la sección local de la Opera Nazionale Dopolavoro),5 así como la fascistización de las dirigencias de las asociaciones de la colectividad y de la propia Scuola Italiana,6 permiten ponderar cualitativamente las adhesiones.
Sea cual fuere su número y su gravitación en el seno de la sociedad receptora, los filofascistas ítalo-uruguayos deben enfrentar, a lo largo de dos décadas, el desafío de conciliar su doble pertenencia en una identidad dual que entrelaza dos historias.
El modo en que se integran pasados y presentes, de manera armónica en ciertos momentos y de un modo forzado en otros, da cuenta de las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que afectan tanto a Uruguay como a Italia durante la entreguerra.
El presente artículo se propone analizar, a partir de la consideración de esas transformaciones, las diversas formas en que se resuelve la tensión identitaria que provoca el compromiso patriótico con la sociedad de procedencia y la sociedad de arribo, en el caso de los italianos inmigrantes comprometidos con el fascismo.
Para ello se considerarán los intentos de armonización de ambas lealtades a través de aquellas celebraciones en las que los ítalo-uruguayos conmemoran hechos destacados de las historias de sus dos patrias, ya sea que esos hechos se celebren como feriados nacionales, jornadas festivas, fiestas consuetudinarias o solemnidades civiles.
La rememoración periódica de acontecimientos del pasado, consagrada por los Estados o impulsada por las sociedades o por algunos de los grupos que las integran, configura uno de los factores que, en el plano simbólico, contribuyen a cimentar y consolidar las identidades colectivas.
La determinación de los hechos que se celebran, su consagración por una tradición existente, su reconocimiento por una resolución jurídica o su imposición por la voluntad de los gobernantes obedecen a complejas dinámicas en las que inciden todos aquellos actores que generan discursos con respecto al pasado, incluyendo a los historiadores.
Estas festividades pueden concebirse como un mecanismo que propende a la reproducción de las identidades construidas, pero también puede entenderse como un instrumento capaz de resignificarlas.
De hecho, durante el período interbélico los días festivos de carácter nacional varían sustancialmente en Uruguay y en Italia.
En tal sentido, cabe señalar que la eliminación por ley de unos y la incorporación JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA de otros, así como la integración de ciertos festejos no oficiales en el transcurso de la entreguerra, suscitan polémicas que desafían el sentimiento identitario ítalo-uruguayo.
Esos desafíos que generan las nuevas y viejas efemérides de ambas patrias, se reflejan en los discursos que se pronuncian durante sus celebraciones, en la realización de los actos que las evocan y en la producción iconográfica que las simboliza.
Para abordar sistemáticamente estas tres expresiones, las fuentes hemerográficas ofrecen un material de gran valor heurístico.
Históricamente, la prensa de inmigración se presenta como un medio de expresión y de reafirmación de un grupo de hombres y mujeres que, procedentes de otra sociedad, aspiran a integrarse a la sociedad que los acoge, manteniendo las tradiciones del ámbito del que provienen.
Las publicaciones periódicas (editadas, en muchos casos, en la lengua del país de origen) no solo refieren las noticas que atañen a la colectividad migrante, sino que fomentan la compra de bienes que producen sus integrantes, promueven la participación de estos últimos en las asociaciones locales e impulsan el interés conjunto por saber lo que acontece en la «patria lejana».
También generan discursos que, vinculando el pasado y el presente mediante una interpretación ideológica más o menos explícita, inciden en la conformación de la identidad colectiva del grupo migrante.
La prensa ítalo-uruguaya durante el período interbélico constituye un buen ejemplo de ello.
7 En esos años surgen varios órganos de prensa que reflexionan sobre la italianidad a partir de los lineamientos doctrinales del fascismo.
8 Ninguno de ellos, sin embargo, tiene la trayectoria y la proyección de L' Italiano (1912-1941), ya que, bajo la dirección de Giuseppe Nigro, este semanario se convierte en un temprano defensor de las ideas de Mussolini.
Desde una perspectiva hermenéutica, L'Italiano resulta relevante porque, además de reproducir las alocuciones pronunciadas con motivo de las fiestas cívicas italianas y uruguayas, crea sus propios discursos celebratorios.
A través del registro fotográfico presenta, a su vez, los escenarios en que se efectúan los actos conmemorativos y publica ilustraciones artísticas que simbolizan los hechos rememorados.
Por lo tanto, el análisis de sus textos y de sus imágenes resulta la opción metodológica idónea para cumplir con el objetivo que se propone este trabajo.
Tiempos de transición: la simpatía por el fascismo naciente en el Uruguay de tradición garibaldina (1918-1925)
A principios de los años veinte, Uruguay se presenta como una sociedad próspera, capaz de atraer (aunque con menor intensidad) a la inmigración europea que, desde la segunda mitad del siglo XIX, afluye a sus costas.
En ese entonces, el país crece económicamente a partir de un modelo agroexportador que estimula una industrialización incipiente.
La población, mayoritariamente urbana y alfabetizada, desarrolla una intensa vida cultural, cuyo principal referente es Europa Occidental.
En el plano político, la reforma constitucional de 1918 consagra el voto masculino universal e institucionaliza la democracia política, luego de que diversas reformas sociales a principios de siglo instaurasen en Uruguay el primer Estado benefactor de la región.
Con un Poder Ejecutivo bicéfalo, integrado por el presidente de la República y por el Consejo Nacional de Administración, y con un Poder Legislativo que se renueva parcialmente cada dos años, la participación política de la ciudadanía alimenta una cultura democrática que será uno de los signos distintivo del país.
La reforma constitucional supone, además, la culminación del largo y conflictivo proceso de secularización que separa definitivamente la Iglesia del Estado.
9 En ese Uruguay moderno, la colectividad italiana tiene una trayectoria destacada que se remonta a la presencia de Garibaldi y de sus legionarios en los años cruciales de la Guerra Grande.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, asociaciones de socorro mutuo, organizaciones recreativas y deportivas, así como clubes sociales, nuclean a sus integrantes no solo en Montevideo sino en casi todas las ciudades del país.
10 Para principios del siglo XX, los ítalo-uruguayos conforman una colectividad en la que coexisten varias generaciones integradas política, económica, social y culturalmente al país que la acoge.
Esa colectividad demuestra una preocupación manifiesta por la suerte del país del que procede, durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial.
De hecho, algunos de los inmigrantes y de sus descendientes deciden partir como voluntarios para combatir en las filas del Regio Esercito.
El desenlace del conflicto, con el triunfo de las fuerzas italianas sobre las austro-húngaras en la batalla de Vittorio Veneto, motiva numerosos festejos que alimentan en algunos un nacionalismo conservador.
L'Italiano, fuente JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA primaria para este estudio, canaliza ese nacionalismo a través de una producción discursiva triunfalista, así como de una iconografía alegórica muy efectiva a la hora de transmitir ciertos mensajes.
A través de sus páginas, fomenta un clima de exacerbación patriótica que disimula las frustraciones de la inmediata posguerra.
Por ello, se muestra entusiasta cuando se produce la Marcha sobre Roma y se forma un nuevo gobierno presidido por Benito Mussolini en octubre de 1922.
De manera gradual, ese entusiasmo se transforma en adhesión, ya que en los años siguientes ese gobierno sienta las bases de un nuevo régimen inspirado en una ideología que el semanario no duda en calificar de renovadora.
En un tiempo en el que Uruguay consolida su democracia y en el que Italia transita hacia el totalitarismo, L'Italiano comprende bien el papel articulador que cumple la conmemoración de aquellas fiestas cívicas que instrumentalizan los pasados de ambos países y los relacionan con los compromisos políticos del presente.
Por ello, en los años veinte promueve dos celebraciones: la del 24 de mayo de 1915 (la intervención de Italia en el conflicto) y la del 4 de noviembre de 1918 (la culminación de la batalla de Vittorio Veneto).
Estos dos eventos se suman a dos fechas históricas que son fiestas nacionales del Reino de Italia antes del ascenso del fascismo: el primer domingo de marzo (la celebración de la unidad de Italia y de la aprobación del Estatuto Albertino, constitución otorgada por los Saboya el 4 de marzo de 1848) y el 20 de septiembre de 1870 (el ingreso de las tropas italianas a Roma).
La relación que se establece entre estos cuatro hechos, en términos de pasado reciente y de pasado distante, resulta peculiar.
A principios de la década del veinte, hay un número minúsculo de italianos establecidos en el Uruguay que recuerdan cuándo se firmó el Estatuto Albertino.
Existe además un grupo pequeño de italianos que por su edad todavía tienen presente el ingreso de las tropas italianas en Roma.
A ellos se agrega el grupo mayoritario de los que, habiendo nacido luego de que se produjeran esos hechos, siguieron a través de la prensa el desarrollo de la Primera Guerra Mundial.
En conclusión, de las cuatro fechas celebradas, la primera, salvo algunas excepciones, escapa al campo de la historia vivida; la segunda forma parte de esa historia vivida, al menos para un grupo pequeño de inmigrantes, mientras que las dos restantes signan la historia reciente de la mayoría de los ítalo-uruguayos.
La constatación de que tres de los cuatro hechos conmemorados responden a una historia vivida, y que dos de ellos se vinculan con un pasado TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS reciente, introduce un factor relevante para el análisis.
Cuando los eventos que se celebran son previos a la historia vivida por la mayoría de los integrantes de una comunidad, las formas de celebración ya se encuentran claramente establecidas y sus contenidos definen una rutina celebratoria.
Cuando los hechos que se conmemoran son parte de la historia vivida por algunos de los integrantes de una comunidad, alimentan vivencias personales que gravitan históricamente con un peso específico.
Finalmente, cuando los hechos se insertan en el campo de la historia reciente o de la historia inmediata, las formas de conmemorarlos se hallan en proceso de constitución, y las vivencias personales con relación a ellos otorgan una dinámica mucho más emotiva a las celebraciones.
11 El segundo factor a considerar consiste en el modo en que evoluciona la percepción de los hechos celebrados, cuando se transforma la valoración de sus repercusiones históricas.
L'Italiano comunica entusiastamente la culminación victoriosa de la batalla de Vittorio Veneto apenas llega la noticia.
Al poco tiempo, insta a celebrarla como expresión del fin del conflicto y del triunfo de Italia en la guerra.12 Esta celebración se repite en los años siguientes.
13 A partir de entonces, la conmemoración del evento se transforma en una afirmación identitaria particularmente vigorosa, ya que vincula pasado inmediato y presente, en un lazo que se fortalece con el transcurso de los años.14 Una alegoría iconográfica publicada por el semanario resalta el sentido del hecho, transformándolo en un símbolo de renovación triunfal (figura 1).
En esa alegoría, una figura femenina coronada (representación del Reino de Italia) reposa sobre un cuadro que contiene «el parte de la victoria», comunicado por el general Armando Díaz.
Junto al cuadro se encuentra la bandera italiana y los fascios lictorios (que en este contexto se refieren a la unidad italiana y no al incipiente movimiento fascista).
En los primeros años de la década del veinte, la celebración de la victoria de Vittorio Veneto motiva, necesariamente, una resignificación del inicio del proceso que conduce a ella.
Por ello, L'Italiano insta a conmemorar JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA la Intervención.
Según su perspectiva, la actuación de Italia en la Primera Guerra Mundial, desde la decisión de participar en el conflicto hasta la victoria final, canaliza una fuerza transformadora que trasciende al propio país.
Como prueba de ello, cita estas palabras de Pedro Manini Ríos, ítalo-uruguayo de una extensa trayectoria política: JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA estandarte con el águila romana; la unión de ambos simboliza la conjunción de dos «pasados gloriosos» que gravitan en un presente de transformaciones ( figura 3).
El tercer aspecto a destacar radica en el significado que adquiere la conmemoración de ciertas fechas cívicas uruguayas a partir del fervor nacionalista que inspira la culminación de la Primera Guerra Mundial.
Al respecto, cabe señalar que en 1915 un decreto del presidente Feliciano Viera establece el 20 de septiembre como día feriado; en 1917 el Poder Legislativo declara esa fecha feriado nacional, mientras que en 1919, con la aprobación de la ley de feriados nacionales,18 el 20 de septiembre se transforma en el Día de Italia.
La transformación de esa fecha en fiesta patriótica uruguaya se percibe, desde la perspectiva de L'Italiano, como un reconocimiento a las TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS contribuciones de los inmigrantes peninsulares y a la grandeza de Italia, madre de esa latinidad de la que la cultura uruguaya es tributaria.
Lo cierto es que el Día de Italia se celebra en el Uruguay de ese entonces como un triunfo de secularización, ya que el 20 de septiembre no solo supone la culminación del proceso de la unificación italiana sino el fin del poder territorial de la Iglesia católica.
Minimizando este aspecto, en uno de sus artículos L'Italiano reproduce una expresión de agradecimiento al Parlamento uruguayo por haber instituido ese día como feriado nacional: Una apreciación similar desarrolla el semanario con respecto al significado del feriado uruguayo del Día de la Raza (12 de octubre), que se asocia con el culto a la hispanidad.
Declara al respecto que la hispanidad es una de las tantas hijas de la latinidad y que, por tal motivo, reafirmar la hispanidad no es otra cosa que valorizar la latinidad de la que procede.
Considera, además, que el protagonista del Día de la Raza, Cristóbal Colón, es el genio italiano que abre a España las puertas de América y que hace posible que la hispanidad nazca.
20 Por lo tanto, la hispanidad le debe doblemente a Italia su razón de ser.
Desde una perspectiva actual, los múltiples anacronismos contenidos en tales afirmaciones pueden resultan transparentes, pero no lo eran a principios de los años veinte, ni siquiera para aquellos que no sentían simpatía por el Día de la Raza.
JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA La tercera fecha a referir, la más significativa para la sociedad receptora, es la del Día de la Independencia (25 de agosto), la única a la que L'Italiano siempre alude.
Resulta interesante destacar la polémica que se desata en el Parlamento uruguayo a partir de la creación de una comisión que tiene como objeto determinar la fecha del primer centenario de la independencia nacional.
21 De hecho, se plantean proyectos contrapuestos: el que se pronuncia por el 25 de agosto de 1825, Declaratoria de la Florida, y el que lo hace por el 18 de julio de 1830, Jura de la Constitución.
En esta discusión prevalece el primero y se acepta oficialmente el 25 de agosto como el Día de la Independencia.
Más allá de las controversias historiográficas que se plantean durante la polémica, L'Italiano apela a la celebración de esta fecha para resaltar los lazos que unen a Italia y a Uruguay.
22 La hermandad entre ambos países encuentra su expresión simbólica en una composición fotográfica que publica L'Italiano con motivo del 25 de agosto de 1918, en la que dos jóvenes estudiantes de la Scuola Italiana representan a la monarquía italiana y a la república uruguaya con atuendos evocativos: una luce una corona y la cruz de los Saboya en su pecho, mientras una capa la cubre; la otra lleva el gorro frigio y viste una túnica antigua (figura 4).
Solo en una ocasión la conmemoración del 18 de julio encuentra eco en las páginas del semanario: cuando se cumple el primer centenario de la Jura de la Constitución, en 1930.
Con motivo de tal centenario, aparece un número especial en el que se enaltece a la sociedad y a la cultura uruguayas, como una expresión promisoria de la savia latina (figura 5).
El último aspecto a analizar se refiere a la conmemoración de aniversarios especiales.
El cincuentenario del 20 de septiembre, celebrado en 1920, 23 se destaca por la magnitud de los festejos que promueven las colectividades italianas en cada ciudad del país, alentadas por la reciente consagración de esa fecha como el Día de Italia.
En 1921 se cumplen seiscientos años de la muerte de Dante Alighieri y esta especial ocasión conjuga tres formas celebratorias.
JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA con la rememoración de los ítalo-uruguayos caídos durante la Primera Guerra Mundial; precisamente, el 20 de septiembre de 1921 se inaugura en el Hospital Italiano un monumento que exhibe sus nombres.
La segunda consiste en el obsequio de un busto de Dante al Ateneo de Montevideo, acto al que asisten destacadas figuras políticas.
25 La tercera celebración se realiza el 25 de septiembre en el Teatro Solís, con un evento musical en el que se interpretan obras de compositores italianos.
Durante este evento, que reúne a autoridades nacionales e integrantes del cuerpo diplomático, lee un discurso conmemorativo Emilio Frugoni, destacado intelectual y político ítalo-uruguayo, fundador del Partido Socialista del Uruguay.
26 Dado que el centenario de la independencia del Uruguay coincide con el vigésimo quinto aniversario de la entronización de Vittorio Emanuele III, 27 ambas conmemoraciones generan producciones discursivas y simbólicas particularmente significativas.
Con motivo del centenario de la independencia, representantes de L'Italiano le entregan un escudo como obsequio a José Serrato, presidente del Uruguay y primer ítalo-descendiente que cumple esa función.
28 A su vez, con motivo del jubileo del reinado de Vittorio Emmanuel III, Giuseppe Nigro, en nombre del semanario, envía una carta de felicitación al monarca.
29 Tiempos de tensión: la lealtad hacia el Rey y el Duce en el Uruguay republicano y democrático (1926-1932) Mientras la democracia uruguaya continúa fortaleciéndose, Italia, bajo el gobierno de Mussolini, se encamina hacia la instauración de una dictadura.
En el bienio 1925-1926 se aprueban las leyes fascistísimas que ponen fin a los remanentes del Estado liberal y democrático.
Desde el 24 de diciembre de 1925, Mussolini ya no es el presidente del Consejo de Ministros de una monarquía parlamentaria, sino jefe de Gobierno y primer ministro secretario de Estado, solo responsable ante el rey de un país que se TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS autodefine como totalitario, fascista y corporativista.
A partir de entonces deja de ser un simple gobernante para convertirse en el Duce de la Nueva Italia.
Este desarrollo de la situación política en la península tiene un efecto perceptible en el plano de la producción discursiva y simbólica de L'Italiano.
En lo inmediato, se manifiesta a través de cinco transformaciones que afectan la conmemoración de hechos históricos recientes para ese entonces.
La primera consiste en la celebración de dos natalicios: el del Rey y el del Duce.
En el período anterior, la participación victoriosa de Italia en la Primera Guerra Mundial fomentó el culto al rey soldado entre los nacionalistas conservadores, a tal punto que, en los años posteriores al fin del conflicto, el semanario celebraba con entusiasmo el cumpleaños del monarca (11 de noviembre).
30 En este período, la consolidación del Estado fascista motiva una nueva efeméride que se transforma en celebración no oficial: la del natalicio de Mussolini (29 de julio).
El semanario justifica tal celebración en razón del papel salvador que le otorga al gobernante italiano, al que compara con las grandes figuras del Risorgimento, igualando su «obra» a la de ellos:
31 De este modo, entre los monárquicos filofascistas de la colectividad ítalo-uruguaya se consolida el culto dual al Rey y al Duce.
La intensidad con la que se manifiesta este culto demuestra que se trata de una doble adhesión y una doble lealtad: a la monarquía y a la dinastía de Saboya, por un lado, y al régimen fascista y a su líder, por otro.
Se trata de un hecho singular, ya que no todos los fascistas tienen simpatías por la monarquía, ni todos los monárquicos aceptan de buena gana el fascismo.
JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA La segunda transformación radica en los festejos, promovidos por L'Italiano, de dos hechos recientes para ese entonces: la Marcha sobre Roma (28 de octubre de 1922) y la fundación de los Fasci di Combattimento (23 de marzo de 1919).
El orden cronológico en que el semanario incorpora estas celebraciones es exactamente el referido: la valoración de la Marcha sobre Roma, instancia que conduce al surgimiento del régimen fascista, motiva la consagración como fecha histórica del nacimiento de los Fasci di Combattimento, 32 del mismo modo que en el período anterior la conmemoración del triunfo de Vittorio Veneto condujo, posteriormente, a la reivindicación de la Intervención.
El 28 de octubre y el 23 de marzo, fechas vinculadas a un pasado inmediato signado por la génesis de un movimiento que toma el poder y establece un Nuevo Orden en pocos años, se celebran con la misma regularidad y solemnidad que las fechas históricas de la Italia del Risorgimento.
A pesar de que los acontecimientos evocados son recientes y no se trata de feriados nacionales, parecen haberse consagrado en un breve lapso con la misma firmeza que solo otorga el paso de las décadas.
La tercera transformación a destacar consiste en las relaciones de continuidad que establece L'Italiano entre las fechas que celebra.
Según su interpretación, la fundación de los Fasci di Combatimento y la Marcha sobre Roma son una consecuencia de la Intervención y del triunfo de Vittorio Veneto, ya que responden al mismo espíritu de renovación nacional que hace de Italia una potencia victoriosa en la Primera Guerra Mundial.
Por otra parte, la Marcha sobre Roma se presenta como una nueva manifestación de la fuerza histórica que ya se expresa en el Risorgimento, con la aprobación del Estatuto Albertino, y que inspira la marcha de las tropas italianas sobre la Roma de los Papas:
TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS proceso no es más que la continuación de otro proceso milenario que surge con el nacimiento de la propia Roma:
34 La cita anterior sintetiza no solamente la resignificación de hechos celebrados como expresión de un proceso único, sino que además enuncia con claridad la interpretación fascista de la historia de Italia y de la propia historia de la Humanidad.
Desde esta perspectiva, la «Patria itálica» nace con Roma, madre de la civilización y de sus valores universales.
Cuando esa patria cae bajo el yugo extranjero, los «italianos» se diseminan por el mundo, llevando las luces de esa civilización.
Luego, la tentación de la «degeneración democrática» se presenta, y los italianos que ceden a ella conducen a su patria al desastre.
Entonces, se produce la regeneración salvadora: la intervención en la Primera Guerra Mundial, el triunfo de Vittorio Veneto y la Marcha sobre Roma, tres acontecimientos indisolublemente ligados.
La salvación de Italia, entonces, es el comienzo de la salvación de la Humanidad, del mismo modo que el nacimiento de Roma es la génesis de la civilización universal.
L'Italiano habla de «degeneración democrática» para aludir a la Revolución Francesa y a la Revolución Rusa.
Aún no califica a la democracia como un sistema degenerativo, sobre todo porque es el sistema que impera en la sociedad receptora.
Pero cuando la situación política uruguaya cambie en los años siguientes, la tónica de su discurso se exacerbará y no tendrá reparos en contraponer la democracia al fascismo:
JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA la primera como una expresión decadente del pasado y el segundo como un régimen que transforma el presente y se proyecta hacia el futuro.
La cuarta transformación a analizar nace de una suerte de fusión por proximidad de fechas que responden a contextos históricos dispares.
El 29 de octubre, el 4 de noviembre y el 11 de noviembre definen prácticamente dos semanas de festejos sin interrupción, que enfervorizan a los filofascistas de las colectividades ítalo-uruguayas de todo el país.
La quinta y última transformación consiste en la incorporación de la Era Fascista en las dataciones que utiliza L'Italiano.
La Marcha sobre Roma se percibe, entonces, como el inicio de una nueva era a partir de la cual referir y computar los hechos.
Por ello, el semanario reproduce en uno de sus números las medallas conmemorativas acuñadas por el gobierno de Mussolini para celebrar los «avances» alcanzados en cada uno de los primeros seis años de esa nueva era.
35 Las cinco transformaciones mencionadas se hallan claramente documentadas en el plano discursivo.
Resta por determinar qué acontece en el ámbito de las escenificaciones festivas.
El estudio de los actos en que los ítalo-uruguayos celebran las efemérides de su madre patria solo es posible a través de representaciones mediáticas.
La referencia a tales escenificaciones subsiste en el testimonio gráfico y textual de los periodistas ítalo-uruguayos que asisten y generan múltiples registros de esos eventos.
Se conforman, así, dos escenarios: el original (que se corresponde con el de algunos teatros capitalinos y de ciertas entidades asociativas y culturales vinculadas con la colectividad inmigrante) y el hemerográfico (que nace de las fotografías y de los relatos publicados en L'Italiano, esencialmente).
Emergen, al mismo tiempo, dos clases de escenificaciones: la primera, presencial, que no resulta directamente accesible al investigador; la segunda, mediática, que se constituye en registro y representación de la anterior.
Esta última se convierte, además, en escenificación virtual que ejerce un efecto directo en el lector.
Se configuran, entonces, dos clases de públicos: el que asiste a algunas de las escenificaciones referidas, y el de los lectores que se informan sobre los actos celebratorios a través de los artículos que dan noticia sobre ellos.
Por lo tanto, el testimonio de la puesta en escena, es decir, la representación de la representación, deviene un factor significativo en la construcción colectiva de la percepción que tiene la comunidad ítalo-uruguaya filofascista de los actos conmemorativos propiamente dichos.
Tres son las celebraciones que generan actos sociales de relevancia durante esos años: la fiesta del Natale di Roma, la fiesta que recuerda la unificación de Italia y la aprobación del Estatuto Albertino y la fiesta del 20 de septiembre.
Tales actos se organizan en espacios diferenciados.
El Natale di Roma, que suele celebrarse en el Teatro Stella d'Italia, congrega a un amplio público; durante las ceremonias se suceden los discursos de los representantes diplomáticos y de las autoridades de la Scuola Italiana, el recitado de textos literarios y la ejecución de un variado repertorio musical.
36 Las fiestas relativas al Estatuto Albertino y al 20 de septiembre, ligadas a la Italia del Risorgimento, se desarrollan en otra clase de espacios, como el Club Italia 37 o la propia Scuola Italiana.
En esta última, las ceremonias suelen comenzar con el discurso del presidente de la institución educativa, continúan con el de alguna autoridad diplomática visitante y finalizan con la interpretación de la Marcha Real y de la Leyenda del Piave, a cargo del coro estudiantil.
38 En lo que atañe a la celebración de los feriados nacionales uruguayos, se mantiene la misma impronta discursiva que en la fase previa.
El 25 de agosto de 1927 L'Italiano reproduce el saludo del gobernador de Roma.
39 Tiempos de aceptación: la glorificación del imperialismo fascista en el Uruguay dictatorial (1933-1938) El desarrollo de los acontecimientos políticos en el Uruguay de los años treinta introduce cambios significativos en la relación de los ítalo-uruguayos filofascistas con sus dos patrias.
La crisis de 1929 impacta con fuerza en el Uruguay a partir de 1931, provocando un incremento de las tensiones socioeconómicas y políticas.
En este contexto, el presidente Gabriel Terra encabeza un golpe de Estado en marzo de 1933 y establece un régimen dictatorial que recibe el respaldo de los sectores más conservadores del espectro político y social.
40 El gobierno de Terra demuestra una clara simpatía por la Italia de Mussolini.
De hecho, las relaciones entre ambos países se estrechan con la llegada del conde Serafino Mazzolini, nuevo encargado de la Legación Italiana en el Uruguay.
Durante el tiempo en que permanece en el país (fines de 1932 a principios de 1938) transforma la Legación en un centro propagandístico del fascismo en el Uruguay y logra que la mayoría de las entidades asociativas vinculadas con la comunidad migrante se sumen a sus propósitos.
41 A partir de entonces, las celebraciones vinculadas con el fascismo, en particular el Natale di Roma, se conmemoran en el Auditorio del SODRE (Servicio Oficial de Radiodifusión Eléctrica), 42 o en el Teatro Solís, 43 principales salas de la capital uruguaya.
Esas celebraciones (a las que Mazzolini asiste luciendo el uniforme de los Camicie Nere) conjugan discursos propagandísticos con presentaciones artísticas y musicales.
Por el testimonio que brindan las fotografías que publica el semanario, tales eventos parecen convocar a un público numeroso que llena las salas.
En esos años, Mazzolini moviliza los recursos necesarios para lograr la ampliación del salón de actos de la Scuola Italiana.
TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS su uso ya no responde a los requerimientos exclusivos de las autoridades de la institución, sino a las exigencias de la Legación Italiana, que lo transforma en una herramienta propagandística formidable.
La presencia del diplomático fascista en la Scuola motiva diversos actos que escenifican su poder dentro de la colectividad y su papel como representante de la Nueva Italia.
En los actos festivos no solo se interpretan la Marcha Real y la Leyenda del Piave, sino que se ejecutan Giovinezza 44 y el Himno de los Balilla.
Además, Mazzolini logra que una delegación de docentes y de estudiantes de la Scuola participe en las fiestas patrióticas celebradas en los principales montevideanos.
45 El estallido de la Segunda Guerra Ítalo-Etíope (1935-1936) desata una campaña propagandística inédita, destinada a reclutar combatientes y a recabar oro y metales preciosos para financiar la contienda.
46 Culminado el conflicto con la anexión de Etiopía, nace entonces un efímero Imperio italiano (1936-1941), cuya fecha de fundación (9 de mayo) se conmemora a partir de 1937 en aparatosas ceremonias realizadas en el Teatro Solís, bajo la estricta supervisión de Mazzolini, primero, y luego bajo la de su sucesor, Alberto Bellardi Ricci.
47 Las convocatorias de L'Italiano a celebrar el 9 de mayo trascienden al universo de la colectividad migrante, ya que consideran que esa fecha aúna a italianos y a uruguayos por igual:
48 El Día del Imperio motiva la aparición de nuevas alegorías en las páginas del semanario.
Una en particular representa el territorio de Etiopía como un ala nacida de la efigie de Italia, que apoya uno de sus brazos 44 Giovinezza es una de las canciones más conocidas de la época fascista.
JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA sobre los fascios lictorios mientras que con el otro sostiene la luz de la civilización (figura 6).
La ilustración alude a dos fechas (la fundación de Roma y el primer aniversario de la fundación del Imperio), uniéndolas en un vínculo simbólico de identidad absoluta, incuestionada e incuestionable para una concepción que se muestra tan dogmática como esencialista.
Alcanza, entonces, su expresión más pura el discurso imperial de la Tercera Roma: la primera es la Roma antigua de los Césares, la segunda es la Roma renacentista de los Papas, y la tercera es la Roma moderna del Duce y del régimen fascista.
En este contexto propicio para expresiones desembozadas de adhesión al fascismo, la celebración del Día de la Independencia uruguaya adquiere una particular significación, ya que el presidente Terra, al tiempo que elimina la mayor parte de los feriados establecidos por la ley de 1919, mantiene el 25 de agosto como el feriado nacional.
Por ello, cada 25 de agosto L'Italiano publica una ilustración que reafirma la relevancia de esa fecha, recurriendo a una alegoría que simboliza los vínculos que unen a Italia y Uruguay: bajo el monumento a José Artigas -«el fundador de la nacionalidad uruguaya» en palabras del semanario-dos figuras femeninas (personificaciones de ambas patrias) caminan con sus manos entrelazadas (figura 7).
Detrás de ellas, se despliega la partitura del himno nacional uruguayo, algunos de cuyos acordes se inspiran en ciertos fragmentos de la ópera Lucrezia Borgia de Gaetano Donizetti.
En los aniversarios del 25 de agosto durante el gobierno de Terra, esta alegoría a veces se halla acompañada de una fotografía del presidente y de una carta de salutación al semanario.
49 En los aniversarios del 25 de agosto, L'Italiano reafirma una idea central de su discurso: celebrar la existencia de un Uruguay independiente también es recordar las contribuciones de aquellos italianos que han dejado una huella visible en el progreso del país.
Como ejemplo de ello refiere los nombres y las obras de tres figuras que resaltan ese estrecho vínculo.
En tal sentido, recuerda a sus lectores que Angelo Zanelli es el creador del monumento a Artigas, emplazado en la Plaza Independencia de Montevideo e inaugurado en 1923.
Menciona, además, que Caetano Moretti es el arquitecto que diseña el Palacio Legislativo.
Finalmente, refiere que la Estación Central de ferrocarriles de Montevideo es obra de otro italiano, el Con la culminación de la década del treinta, el régimen autoritario instaurado en Uruguay llega gradualmente a su fin.
En 1938, Alfredo Baldomir asume la presidencia y a diferencia de Terra no desarrolla un vínculo estrecho con el gobierno de Mussolini.
52 Por otra parte, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la proyección de las ideologías totalitarias en la sociedad uruguaya desata una inquietud generalizada con respecto a su «infiltración» en el ámbito educativo.
53 Surgen entonces asociaciones y órganos de prensa en el seno de la propia colectividad ítalo-uruguaya que desatan una campaña antifascista.
54 Cuando finalmente estalla la guerra, L'Italiano realiza esfuerzos denodados por demostrar la lealtad de sus simpatizantes hacia el gobierno uruguayo y hacia la sociedad que los ha recibido e integrado.
Recurre a referencias históricas que demuestran el modo en que los italianos contribuyeron al desarrollo material y cultural del país y a su consolidación como Estado independiente.
Sostiene, además, que los lazos que unen a Uruguay e Italia se manifiestan a través de las luchas históricas en las que italianos combatieron por Uruguay y los uruguayos lo hicieron por Italia.
Por ello, ante las acusaciones de la existencia de una 50 Portada sin título, Ibidem, 1.
TENSIONES IDENTITARIAS Y DISCURSOS CONMEMORATIVOS quinta columna fascista en Uruguay que conspira en favor del gobierno de Mussolini, el semanario responde recordando a otra «columna»: la de los legionarios italianos caídos en el combate de Tres Cruces o en la batalla de San Antonio durante la Guerra Grande, que murieron en defensa de su país de adopción.
55 También refiere la suerte de aquellos uruguayos que perecieron luchando por Italia.
Entre los ejemplos más citados figura el de Andrés Aguiar, garibaldino que cayó en 1848 durante la defensa de Roma, y del hermano del presidente José Serrato, muerto en acción durante la Primera Guerra Mundial.
La evolución de los acontecimientos mundiales y locales ahonda las divisiones ideológicas en el seno de la comunidad ítalo-uruguaya a principios de los años cuarenta.
En 1942, Baldomir lidera un golpe de Estado (el «golpe bueno») que supone el fin del terrorismo y el principio de la restauración democrática.
56 Su gobierno, al igual que los de la inmensa mayoría de los países latinoamericanos, rompe relaciones diplomáticas con las potencias del Eje.
En 1943, con la asunción de Juan José de Amézaga como presidente, el país se orienta claramente hacia el bloque aliado.
Se consolida así un nuevo contexto histórico en el que la gravitación del fascismo se desvanece de forma acelerada, al tiempo que surgen nuevas organizaciones que luchan por la reconstrucción de una Italia democrática.
Para ese entonces, en la comunidad ítalo-uruguaya el apoyo público al gobierno de Mussolini se había diluido por completo.
En el transcurso de dos décadas, las conmemoraciones patrióticas de los ítalo-uruguayos filofascistas experimentan transformaciones que dan cuenta de las dinámicas político-ideológicas que afectan a Uruguay, a Italia y al mundo durante el período interbélico.
No solo se modifican las efemérides de ambos países (por incorporaciones y supresiones sucesivas) sino que además se resignifican.
Esas resignificaciones motivan un discurso específico sobre las relaciones entre presente y pasado, generan actos celebratorios que obedecen a tipologías cambiantes, y en algunas ocasiones JUAN ANDRÉS BRESCIANO LACAVA producen alegorías iconográficas cuyo simbolismo revela un conjunto ingenioso de estrategias comunicativas.
En lo que atañe a las relaciones entre presente y pasado, debe destacarse la conmemoración de hechos recientes de la historia italiana.
Su inclusión propicia, por una parte, una relectura de acontecimientos fundacionales del siglo XIX, mientras que, por la otra, suscita una reinterpretación de desarrollos civilizatorios que se remontan a la Antigüedad clásica.
La tendencia a sumar hechos de un pasado inmediato se acentúa durante el período estudiado: primero se incorporan las efemérides relativas a la Primera Guerra Mundial, luego las que se vinculan a la instauración del régimen fascista y por último la que consagra la fundación del (fugaz) Imperio de la Tercera Roma.
Todas ellas introducen nuevas valoraciones retrospectivas del pasado italiano, en razón de los fundamentos doctrinarios del fascismo.
La celebración de hechos que corresponden al pasado de la sociedad de procedencia se conjuga con la rememoración de los acontecimientos históricos que festeja la sociedad de recepción.
Los cambios políticos dispares que afectan a ambas generan un discurso que busca conciliar las divergencias y potenciar las convergencias.
Estas divergencias y convergencias se alternan significativamente durante las fases del período: en los años veinte, mientras que en Uruguay se consolida un régimen democrático, en Italia se impone una dictadura que sienta las bases de un Estado totalitario; a partir de 1933, en Uruguay se instaura una dictadura que expresa su simpatía por la Italia fascista en su apogeo; por último, a fines de la década de los treinta, en Uruguay se inicia una transición hacia la democracia mientras que Italia sella su alianza con la Alemania nazi.
El discurso integrador que aspira a armonizar el sentido de las fiestas cívicas de ambos países, se hace eco de esas alternancias con estrategias retóricas que buscan diluir, simbólicamente, las divergencias cuando estas últimas resultan manifiestas.
Tal discurso se repite con insistencia en los actos públicos celebratorios y se refleja también en un conjunto de alegorías iconográficas que, publicadas en las páginas de L'Italiano, sintetizan visualmente una «imaginada» unidad de principios y de propósitos, de pasados y de futuros entre ambas naciones.
Pero todo el esfuerzo termina siendo vano cuando la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y las potencias del Eje hace imposible cualquier conciliación. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).
Los procesos de construcción y de re-elaboración de identidades se relacionan con las experiencias del presente y las expectativas de futuro.
En el caso de los inmigrantes italianos en Brasil, se observan diferentes dinámicas de construcción de identidad, que se encuentran en los álbumes conmemorativos, en las celebraciones étnicas de final del siglo XX, o en los relatos de los descendientes que emigran hacia Italia.
Se pretende analizar las dinámicas de producción de representaciones de una identidad étnico-nacional y los mecanismos que actúan en la construcción de una pertenencia través del tiempo. |
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2 Desde mediados de la década de los sesenta, Latinoamérica ha presenciado transformaciones en la composición, dirección, intensidad, velocidad, estructuración e impacto de las migraciones, pasando a asumir el rol emisor, al tiempo que se ha convertido en receptora de desplazamientos regionales.
3 En este tiempo, Argentina ha dejado de ser el país receptor de inmigrantes españoles desde los años cincuenta y ha presenciado el retorno de una parte de estos y de sus descendientes; 4 ha sufrido el exilio durante la dictadura militar y se ha convertido en el lugar de partida de muchos emigrantes hacia Europa y Estados Unidos en los ochenta, noventa y en el dos mil; 5 mientras tanto, se ha convertido en el destino de inmigrantes procedentes de Paraguay, Bolivia, Perú, Chile, Uruguay, Brasil 6 y, recientemente, Venezuela.
La llegada de estos nuevos inmigrantes a Argentina en las últimas décadas, junto con los que llegaron durante la gran oleada europea a fines del XIX y principios del XX, contribuye al escenario de diversidad cultural que se recrea en ciudades como Rosario y Buenos Aires en la forma de festividades anuales.
7 Desde el año 2009 la celebración de esa heterogeneidad se materializa en la capital en la forma de un evento festivo que tiene lugar en las calles más céntricas, impulsado y organizado por la Dirección General de Colectividades, de la Subsecretaria de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, durante los fines de semana: Buenos Aires Celebra España, Buenos Aires Celebra Italia, Buenos Aires 1 Levitt, 2009.
Organización Internacional del Trabajo, 2011.
Celebra Perú, Buenos Aires Celebra Irlanda y un largo etcétera, con la intención de apreciar «la diversidad cultural aportada por las colectividades dentro de la identidad porteña».
8 En medio de la pluralidad de grupos llegados a Argentina, los colectivos español e italiano -protagonistas de la inmigración europea finisecular-son considerados en el imaginario argentino como la base de la cultura nacional, parte del mainstream; en este sentido, encontramos paralelismos con el caso de irlandeses e italianos asentados a principios del siglo XX en Estados Unidos.
9 Recientemente, en una reunión de coordinación del Buenos Aires Celebra (en adelante, BAC) con los distintos grupos que participan, la Dirección General de Colectividades propuso a los representantes de la colectividad española e italiana que lo celebraran de manera conjunta.
10 Sin embargo, la Federación de Sociedades Españolas (FEDESPA), que aglutina a un conjunto de asociaciones culturales y de Socorros Mutuos, y es la institución organizadora del BAC España, no parece estar interesada en este momento en que lo español y lo italiano se asuman como si fuesen lo mismo.
11 Desde que se pusiera en marcha este programa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en 2009, muchos porteños han presenciado y participado de esta exaltación de lo «español», del BAC España, durante nueve años, pero también de lo «vasco», con el BAC País Vasco desde 2011 12 y más recientemente en la evocación de las «raíces gallegas» del BAC Galicia desde 2014.
10 Entrevista con el Director General de Colectividades Adrián Varela el 17 de abril de 2018 en la Dirección General de Colectividades en Buenos Aires.
11 Entrevista con Julio César Álvarez, presidente de la Sub-Comisión de Festejos de la Federación de Sociedades Españolas de Argentina, realizada en abril de 2018 en el Club Español.
«La edición 2012 del festival 'Buenos Aires celebra al País Vasco' ya tiene fecha: domingo 26 de agosto», Euskalkultura.com, 21 de junio de 2012, http://www. euskalkultura.com/espanol/noticias/la-edicion-2012-del-festival-2018buenos-aires-celebra-al-pais-vasco2019-ya-tiene-fecha-domingo-26-de-agosto.
«Más de 30.000 personas participaron en el evento Buenos Aires celebra al País Vasco», España Exterior, 15 de mayo de 2018, http://www. espanaexterior.com/mas-de-30-000-personas-participaron-en-el-evento-buenos-aires-celebra-al-paisvasco/.
Esta exaltación de la diversidad cultural y este juego de identificaciones14 con la tierra de origen, acontecen en un momento del proceso de emigración española a Argentina en el que la población que llegara a mediados del siglo XX ha visto mermado su volumen, sin el arribo significativo de nuevos emigrantes durante las siguientes décadas, y su edad es avanzada.
15 A este grupo, sin embargo, hay que sumar los descendientes que han nacido en Argentina y han solicitado la nacionalidad española, por diferentes motivos,16 a tal punto que se han registrado 156.828 nuevas inscripciones consulares en los últimos nueve años.
17 En Buenos Aires, una parte de estos emigrantes, sus hijos o sus nietos, participa de la manifestación pública de la celebración de lo español, lo gallego, lo vasco o lo castellano y leonés, a lo largo del año.
Las expresiones de identificación cultural con su tierra de origen van más allá del interés del Gobierno de la Ciudad por exaltar la diversidad de la identidad porteña y no se limitan a una muestra gastronómica y folclórica una vez al año por las calles céntricas de la capital.
18 Las dinámicas culturales de estas entidades, al menos en el caso de las de origen español, pueden ser mejor comprendidas al ampliar el foco de análisis más allá del espacio local y político delimitado por el Gobierno de la Ciudad y de Argentina, para mirar al otro lado del Atlántico, a los contactos que han desarrollado con los gobiernos nacionales y autonómicos en LA INMIGRACIÓN ESPAÑOLA EN ARGENTINA Y SUS DINÁMICAS TRANSNACIONALES España.
En este trabajo se pretende mostrar algunos de estos vínculos transnacionales actuales, de naturaleza política, social, cultural y económica, y su relación con las iniciativas de las instituciones castellanas y leonesas en Argentina, como parte de una investigación en curso sobre el análisis de la política multilocal y su multilateralidad combinando la revisión de fuentes estadísticas, la prensa y los archivos de las asociaciones con la revisión histórica y el método etnográfico.
En Buenos Aires, desde hace años, vengo realizando estancias para investigar las asociaciones de emigrantes españolas, en concreto he estudiado la historia, el papel y las políticas de identidad de la Federación de Sociedades Españolas y del Consejo de Residentes Españoles en Buenos Aires, a través de su documentación, de las entrevistas y de la observación.
19 En mis sucesivos viajes a esta ciudad entre 2007 y 2018 he tenido ocasión de conocer a las directivas de las asociaciones castellanas y leonesas, quienes me han enseñado sus instituciones, me han permitido entrevistarlos y me han invitado a sus actividades, cada vez que he viajado allí.
El trabajo de campo de estos años con las asociaciones españolas (castellanas y leonesas, riojanas, navarras, canarias o la federación de sociedades españolas), primero en Brasil y después en Buenos Aires, me ha permitido observar cambios en el número de actividades de estas instituciones, en la naturaleza de sus eventos, en el impulso y financiación, en su visibilidad en las redes: en la web institucional de los gobiernos autonómicos pero también en las páginas de Facebook que financian estos gobiernos así como en la prensa regional.
Este estudio sobre las actividades culturales de las asociaciones castellanas y leonesas y las conexiones de sus directivas con las instituciones españolas centrales y autonómicas, pretende comprender la relación entre sus vínculos transnacionales y la desaparición, continuidad o revitalización de lo que Gans denomina «etnicidad simbólica»; 20 el redescubrimiento y celebración (o no) de sus orígenes extranjeros (ya sea español, italiano, vasco, gallego, escocés, judío, armenio o polaco).
21 Al mismo tiempo intenta arrojar luz sobre una más de las posibles expresiones que puede adoptar el proceso de asimilación.
En las dos últimas décadas, uno de los conceptos que se ha puesto de moda en la Antropología de las migraciones, y que tal vez pueda facilitar el ASUNCIÓN MERINO HERNANDO análisis de la producción de la diversidad cultural en las sociedades receptoras contemporáneas, es el transnacionalismo.
En relación a este término, una gran variedad de descripciones en torno a procesos, significados, escalas y métodos ha sido propuesta en las últimas décadas; en ellas se enfoca el transnacionalismo como una morfología social, un tipo de conciencia, un modo de reproducción cultural, una vía para el capital, un lugar de compromiso político y una reconstrucción de lo local.
22 El transnacionalismo se presenta como herramienta analítica, pero desde un planteamiento político destacable y como una alternativa a la asimilación.
Una de sus precursoras, Glick-Schiller, criticaba el modelo (asimilacionista americano) desde su experiencia personal, descendiente de judíos: la forzada conversión en «americanos» asumía la ruptura de los inmigrantes con su cultura y sus lazos de origen, mientras se mantenía la discriminación racial y económica hacia ellos.
23 El transnacionalismo, en sus diferentes concepciones y enfoques, aporta un marco de interpretación del interés que gobiernos y partidos políticos españoles muestran por los emigrados y sus descendientes desde la década de los ochenta, en términos de renovación del vínculo con el lugar de origen.
24 En la línea del enfoque de Levitt y Glick-Schiller, esta situación nos invita a «examinar las formas y consecuencias de los diferentes tipos de actividades transnacionales de estas colectividades que reivindican su vínculo con la tierra de sus antepasados, de qué modo se relacionan entre sí y explorar en qué forma definen y redefinen nuestro mundo».
25 Años después, la asimilación como concepto también ha sido reformulada a la luz de su fracaso como marco interpretativo pero también fruto de la revisión de sus presupuestos, desde la Sociología y la Antropología, con autores como Brubaker, Alba y Nee: 26 se ha superado la visión tradicional acercándose a otro tipo de postulados.
Se entiende que se trataba de una concepción política y no analítica, aquella que concebía la comunidad como la expresión ideal de un estado-nación, un conjunto homogéneo y compacto de valores, reglas y creencias, donde las diferencias se percibían como algo superficial; la inmigración, como un desplazamiento unidirec-22 Vertovec, 2001.
Como recuerdan Bourdieu y Wacquant (2000, 176), la sociología de las migraciones debe ser reflexiva y ser consciente de los discursos seculares y académicos que se dan tanto en el país de origen como en el de destino.
cional entre sociedades delimitadas territorialmente, y la adaptación al nuevo contexto, como la transición de lo tradicional a lo moderno.
Hoy en día, las diferencias culturales en el ámbito local, producto entre otros factores de la inmigración, se han convertido en el centro de los análisis de antropólogos y sociólogos.
Los estudios antropológicos de la migración posbélica en Estados Unidos han constatado su persistencia y centran sus análisis en la creación de identidades diferentes entre las comunidades asentadas en las sociedades occidentales.
27 ¿Cómo analizar los (cada vez más numerosos) elementos que no se ajustan a una visión homogeneizadora del modelo de asimilación?, ¿cómo entender, por ejemplo, el mantenimiento de conexiones de los emigrantes y sus descendientes con el lugar de origen, mientras se incorporan cada vez más a la corriente mayoritaria?
Uno de los objetivos de este trabajo es comprender cómo se producen y reproducen las diferencias culturales locales sin asumir la «naturalidad» de la producción de localidad,28 o su vinculación natural a un territorio, desmarcarse del «orden nacional de las cosas»,29 tratando de prestar atención a las relaciones de poder que subyacen.
Las actividades y los vínculos institucionales
En el año 2000, un emigrante español en Brasil, directivo del Club Español de Niteroi, me contaba que desde hacía años habían comenzado a celebrar el Día das Letras Galegas, a propuesta de la Xunta de Galicia y con su ayuda financiera y su reconocimiento institucional.
En ese marco de relaciones, el presidente de la Xunta, Manuel Fraga Iribarne, durante uno de sus viajes a Brasil, les había sugerido cambiar el nombre de su entidad y pasar a llamarse Casa de Galicia.
Dieciséis años después el Club Español ha mantenido su nombre y ha seguido recibiendo a los representantes de la Xunta de Galicia en su visitas a los centros gallegos en el exterior; en 2016, el Secretario Xeral da Emigración de la Xunta de Galicia, Antonio Rodríguez Miranda, visitaba este centro y colocaba, en las calles de Niteroi, una placa con el nombre «Rúa de Galicia», para recordar que «las y los gallegos de la diáspora, lo mismo en Brasil que en otros muchos países, ASUNCIÓN MERINO HERNANDO han destacado por su alta capacidad de integración, conscientes de que su desarrollo personal y profesional tiene que venir de la mano del de su entorno».
31 Esta tendencia a celebrar eventos que recuerdan y recrean el vínculo de los emigrados con la «cultura de origen» viene siendo impulsada por los gobiernos autonómicos desde hace décadas; y las entidades de emigrantes -y sus descendientes-han atendido y adaptado este acercamiento a sus intereses.
32 Desde finales de los ochenta -tras la creación de las autonomías-, los políticos y funcionarios españoles de diferentes instituciones, rango e ideología (consejeros, parlamentarios autonómicos, alcaldes, embajadores, cónsules, ministros, representantes políticos de los partidos) han promovido, organizado, concelebrado, impulsado y financiado diferentes acciones celebratorias que expresaran la «cultura de origen», a través de sus políticas públicas en materia de emigración.
Han acudido a los destinos americanos de emigración española: Chile, Uruguay, Argentina, Cuba, Venezuela, México, Estados Unidos, etc.
Estas visitas a las asociaciones y los contactos de las autoridades locales autonómicas y nacionales españolas con los colectivos de emigrados son aun más frecuentes en Argentina, donde la inmigración de españoles fue mayor y su presencia todavía destaca en el conjunto de los destinos americanos en 2018: los 89.695 inmigrantes españoles en Argentina es la cifra oficial más alta registrada en las fuentes españolas.
33 31 «Inaugurada la 'Rúa de Galicia' en Niterói como reconocimiento a la importancia histórica y de futuro de la comunidad gallega en Brasil», España Exterior, 3 de agosto de 2016, http://www. espanaexterior.com/noticias/inaugurada-la-rua-de-galicia-en-niteroi-como-reconocimiento-a-la-impor tancia-historica-y-de-futuro-de-la-comunidad-gallega-en-brasil-2/.
Instituto Nacional de Estadística, Estadística del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero, «Población por país de residencia, sexo y lugar de nacimiento (España, país de residencia, otros países)», datos a 1-1-2018, https://www.ine.es/dynt3/inebase/es/index. htm? padre=4553&capsel=4554.
Hay que aclarar, sin embargo, en lo que se refiere a la población emigrante registrada en los países europeos y algunos americanos, que los datos consulares no incluyen el fenómeno migratorio actual en toda su dimensión.
Una parte importante de emigrados españoles que residen y trabajan actualmente en esos destinos, no se ha registrado en las oficinas consulares correspondientes.
Sirva de ejemplo la estimación del cónsul español en Edimburgo en 2013, de unos 25.000 o 30.000 españoles residentes en su demarcación y solo 12.000 inscritos, «Entrevista al Cónsul General de España en Edimburgo», Vivir Edimburgo.
Cosas que debes saber, 27 de octubre de 2013, https://www.viviredimburgo.com/entrevista-al-consul-general-espana-edimburgo/.
El peso de Argentina como destino migratorio americano resulta más destacado al considerar el conjunto de los nacionalizados: mientras que en Brasil suman 130.635 registros en las oficinas consulares en 2018, en Argentina son 457.204; es el país que presenta la mayor concentración de residentes inscritos con nacionalidad española en el continente americano (30 %).
Con los nacionalizados, emigrantes y descendientes, su concentración es mucho mayor que en el conjunto de los nacionalizados españoles: Argentina concentra más del 50 % del total de los castellanos y leoneses registrados en el continente americano, lo que implicará un especial interés de los gobiernos de Castilla y León por la población allí concentrada.
Le sigue de lejos Cuba (8 %), México (7 %), Estados Unidos (6 %), Chile (5 %) y Venezuela (4 %).
36 Esta colectividad castellana y leonesa residente en Argentina se compone principalmente de descendientes, en su mayoría leoneses, zamoranos y salmantinos, en edad adulta y jubilados, con un aproximado 15 % de población emigrada, y más del 80 % nacido fuera de España (ver gráfico 2).
En este contexto demográfico resulta comprensible que, en Buenos Aires, muchas de las instituciones creadas por los españoles emigrados, de las que se crearon a finales del siglo XIX y hasta mediados del XX, 37 hayan desaparecido, mientras otras se han visto revitalizadas -o creadas-por sus descendientes, al impulso de los gobiernos españoles (autonómicos) a partir de los años noventa del siglo pasado.
Los socios de estos centros son en una gran mayoría hijos o nietos, aunque aun encontramos emigrantes.
Si observamos de cerca, en el caso de los castellanos y leoneses en Argentina encontramos una mezcla de generaciones entre los directivos de las principales entidades que componen la Federación de Sociedades Castellanas y Leonesas de la República Argentina (en adelante FSCL, creada en 1990).
Su actual presidente, Pedro Bello, es un emigrante que llegó de Trabadelo (León) en 1957; a su vez es directivo del Centro Región Leonesa de Buenos Aires (1916), cuya actual presidenta, Agustina Berlanga, es hija de leoneses, y su predecesor, Delfín González, emigrante leonés.
Joaquín Rebollo, que dirige el Centro Salamanca (1922) es hijo de salmantina; Flo-36 Instituto Nacional de Estadística, Estadística del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero, «Tabla 1.5.
Población por país de residencia (con 1000 o más residentes), provincia de inscripción a efectos electorales (agrupadas por comunidad autónoma), sexo y lugar de nacimiento (provincia de inscripción, otra provincia, extranjero)», datos a 1-1-2018, https://www.ine.es/dynt3/ inebase/es/index.htm? padre=4553&capsel=4554.
37 Los trabajos de Juan Andrés Blanco Rodríguez dan cuenta de la historia de la emigración castellana y leonesa a América y su asociacionismo; véase por ejemplo: Blanco, 2010, 2011 38 Casa de Palencia en Argentina, Autoridades, http://www.casadepalencia.com.ar/autori dades.php; Federación Española de Sociedades Españolas en la Argentina, Entidades Federadas, http:// fedespa.org/casa-de-palencia-en-argentina-asociacion-civil/; Emiliano López Abad, Blog Vallejo de Orbó, https://emilianolopez.com/gente.php? pagina=8.
La relación entre estos inmigrantes castellanos y leoneses en Argentina y las autoridades autonómicas, provinciales y locales de la Junta de Castilla y León, es fluida y constante con las asociaciones y sus directivas.
Desde hace décadas, Pedro Bello, quien también ha sido miembro del Consejo de la Emigración de Castilla y León y representante en Argentina de la Fundación Cooperación y Ciudadanía de la Junta de Castilla y León en 2009, es el principal intermediario ante la Junta, el Ayuntamiento de León y la Diputación de León.
40 Dada la relevancia de este directivo emigrado y el peso electoral del grupo de los leoneses (ver tabla 1), junto a los salmantinos y zamoranos, no es de extrañar que dirija la FSCL.
40 Ha recibido, entre otros reconocimientos, el premio de Empresario del Año (1999) PYME de la Cámara Española de Comercio de la República Argentina; la Cruz de la Orden del Mérito Civil en 2000; el premio Cátedra de España de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales en 2009 y la Medalla de la Hispanidad, de manos de la Federación de Sociedades Españolas de la República Argentina, en 2006.
En 2009 recibió el Premio de la Asociación de Prensa Española en Argentina y la Medalla de Honor de la Emigración por el Ministerio de Trabajo de España.
A ello se suma la Medalla de Oro de las Cortes a los emigrantes castellanos y leoneses, entregada en las Cortes de Castilla y León en febrero de 2017.
«Los emigrantes recibieron la Medalla de Oro de las Cortes de Castilla y León por su "dedicación" y "tesón"», Crónicas de la Emigración, 27 de febrero de 2017, http://www. cronicasdelaemigracion.com/articulo/castillaleon/emigrantes-recibieron-medalla-oro-cortes-castillaleon-dedicacion-teson/20170227094443078282.html.
41 Instituto Nacional de Estadística, Censo Electoral de residentes ausentes que viven en el extranjero (CERA), «Número de electores por provincia de inscripción y país de residencia», datos a 1-1-2018, https://www.ine.es/ss/Satellite?c=Page&cid=1254735793323&pagename=CensoElectoral %2FINELayout&L=0.
Recientemente, el Centro Región Leonesa ha recibido catorce mil euros para ayudas sociales de manos de la Diputación de León, junto con la Medalla de Oro que les ha sido concedida en noviembre de 2018, 42 y la Federación recibirá de la Junta una parte de los sesenta mil euros destinados a federaciones castellanas y leonesas en el extranjero.
43 El ayuntamiento de Salamanca financia el Programa Añoranza desde 1997 para costear el viaje a aquellos salmantinos emigrados que tengan familiares en su tierra de origen; se gestiona a través de la FSCL y del Centro Salamanca.
Asimismo, con la ayuda de las administraciones locales y autonómicas, estas asociaciones castellanas y leonesas promueven actividades culturales para un público más amplio en el marco de las efemérides que marca el calendario cultural desde España: en 2018 se ha celebrado el VIII Centenario de la Universidad de Salamanca y la Federación ha promovido varios actos en torno a la figura de Miguel de Unamuno en el Centro Salamanca 44 y la obra de teatro «Diálogo de Sarmiento y Unamuno»; 45 a su vez se han hecho eco del día de la Mujer, y mientras la FSCL organizaba en el Centro Burgalés un acto en recuerdo de las mujeres emigradas castellanas y leonesas en abril del 2018, en el que ellas recordaban su infancia en su tierra de origen, 46 el Centro Soriano Numancia homenajeaba a las mujeres de su asociación con una merienda en el Club Español ese mismo mes.
Por su parte, el Centro Castilla y León de Mar del Plata había proyectado un ciclo de películas españolas durante el mes de mayo dos años antes 47 y, para el ASUNCIÓN MERINO HERNANDO futuro, la FSCL preveía celebrar el nacimiento de Miguel Delibes durante el 2020.
48 A estas actividades culturales se suma una cita obligada en el calendario de festividades autonómicas, como es la celebración del Día de la Autonomía de Castilla y León, el 23 de abril, que suele reunir durante el fin de semana más próximo y según agenda, a las asociaciones castellanas y leonesas de todo el país junto con autoridades consulares y representantes de la Junta; celebrando al mismo tiempo el aniversario de la FSCL.
49 Otro tipo de acciones responde a su participación en una serie de eventos propios de la ciudad, como es el BAC España, en el que el Centro Región Leonesa aporta un stand y por supuesto su presencia en la organización y ejecución de la fiesta de la Hispanidad: un encuentro de todas las entidades -a excepción de vascas y catalanas-durante un día de fin de semana de octubre en el Teatro de la Avenida de Mayo en Buenos Aires, lugar de encuentro de la colectividad española por excelencia, y en el centro recreativo del Centro Galicia que está en Olivos, a las afueras de la capital.
Como sucede en el BAC España, FEDESPA ha liderado estas actividades desde sus comienzos, y las directivas de las entidades castellanas y leonesas, como parte de FE-DESPA, participan en la organización y ejecución, con sus agrupaciones de baile y canto (Centro Burgalés, Centro Zamorano y Centro Región Leonesa).
Asimismo, tienen lugar otros eventos, entre sus socios y entre las directivas de los centros, como una invitación a un almuerzo para recaudar fondos, o para disfrutar del espectáculo de sus grupos de baile o degustar los platos de sus padres o de su infancia.
Muchos de estos fines se combinan en el tradicional cocido leonés que todos los años ofrece el Centro Región Leonesa; en 2015 congregó a trescientas personas, muchas de las cuales se encuentran entre los novecientos socios registrados hoy en día.
50 Las invi-48 M. Antolín, «El camino hacia el "Año Delibes"», ABC, Castilla y León, 2 de septiembre de 2018, https://www.abc.es/espana/castilla-leon/abci-camino-hacia-delibes-201809020117_noticia.html campaign=rrss-inducido&ns_mchannel=abc-es&ns_source=fb&ns_linkname=noticia-foto& ns_fee=0.
Mariana Ruiz, «La Federación de Sociedades Castellanas y Leonesas en Argentina celebró su 28° aniversario y el Día de la Comunidad», Crónicas de la Emigración, 29 de abril de 2018, http://www.cronicasdelaemigracion. com/articulo/castillaleon/federacion-sociedades-castellanas-leonesas-argentina-celebro-28%C2%B0aniversario-dia-comunidad/20180429210957086081.html.
taciones a un almuerzo en el local de la asociación también tienen como finalidad conmemorar al patrón en el día de su fiesta (San Juan, el Centro Soriano Numancia, y San Pedro y San Pablo, el Centro Burgalés), o celebrar el aniversario de la fundación de la entidad, actos a los que acuden no solo los socios sino también un nutrido grupo compuesto por la dirigencia de otras entidades tanto castellanas y leonesas como de otras regiones, además de una representación consular; con especial relevancia cuando se trata del centenario: el Centro Zamorano, el Centro Región Leonesa, el Centro Salamanca y el Centro Burgalés son los más antiguos.
51 A estos eventos, que llevan consigo un importante esfuerzo de coordinación y de recursos, se suman los encuentros informales de pequeños grupos de socios en su sede, donde juegan a las cartas, conversan, celebran los cumpleaños de emigrantes de edad avanzada, o participan en los homenajes puntuales a algunos de los socios.
También encontramos numerosas reuniones de las directivas, o su colaboración en actividades que organicen otros centros.
Aquí también encontramos la recepción de los representantes de partidos políticos, de la administración local o autonómica o la de los nuevos funcionarios consulares.52
Los que ahora dirigen las asociaciones castellanas y leonesas son parte de la emigración española de postguerra a Argentina.
En su práctica asociativa persiste el interés por recordar su lugar de origen y recrear el vínculo ASUNCIÓN MERINO HERNANDO con la tierra de sus antepasados a través del mantenimiento de sus casas regionales, la organización de actividades, su colaboración con las instituciones españolas y su organización en forma de federaciones.
Aun cuando hoy en día los emigrantes y sus descendientes preserven rasgos culturales de las comunidades de las que proceden sus padres y abuelos, impulsados por su nostalgia o su búsqueda de nuevas identificaciones, o estimulados y orientados por los gobiernos locales de origen y sus asociaciones de emigrantes, sus prácticas, más que restar, enriquecen su proceso de incorporación, su asimilación, en tanto que la propia sociedad receptora, en el siglo XXI, se ha vuelto menos homogénea e incluso ciudades como Buenos Aires, Rosario y Misiones celebran la diversidad cultural de sus colectividades inmigradas.
Aun cuando se dan estas condiciones, no resta para que sea posible hablar de asimilación y de los vínculos transnacionales.
Como explican Alba y Duyvendak en uno de sus últimos trabajos, precisamente esa etnicidad simbólica que ahora se ve revitalizada, vuelve más diversa la propia corriente mayoritaria, lo cual podría facilitar la incorporación de nuevos colectivos de inmigrantes que ahora se consideran distanciados culturalmente por parte de la sociedad receptora.
53 Son sus descendientes los que despliegan esos contactos que, aunque no serán igual que los de los emigrantes, se implican y trabajan en las directivas, tomando el relevo para mantener el vínculo con el lugar de origen.
Esta revitalización bien puede ser interpretada a la luz de los estudios sobre transnacionalismo.
Sin embargo, el sentido de las prácticas de estos emigrantes y sus descendientes no parece llegar de la mano de los estudios sobre el transnacionalismo o la diáspora por sí mismos, sino en su complementariedad con los trabajos sobre asimilación, en la medida en que son parte de un proceso de revitalización, de reinvención cultural, en el que encontramos nuevas formas de inventar la tradición, 54 no solo potenciada por los gobiernos autonómicos del Estado español sino también exaltada por los gobiernos locales y nacionales del Estado argentino.
Como explica Appadurai, 55 estamos ante una tensión, un juego constante entre homogeneización y heterogeneización cultural en los tiempos de la globalización, en un nuevo contexto en que la imaginación se convierte 53 Alba y Duyvendak, 2019.
LA INMIGRACIÓN ESPAÑOLA EN ARGENTINA Y SUS DINÁMICAS TRANSNACIONALES en una práctica de los agentes; un juego por parte no solo de los gobiernos argentinos, sino también españoles, nacionales y autonómicos, que exaltan la diversidad cultural en el país de origen mientras avanzan en la homogeneización cultural de las comunidades emigradas en el exterior apoyando el fomento de bailes, danzas, gastronomía y demás fiestas «tradicionales». |
El trabajo que ha dado lugar a estos resultados ha recibido financiación del Consejo Europeo de Investigación dentro del Séptimo Programa Marco de la Comunidad Europea [7oPM/2007-2013] en virtud del acuerdo de subvención del CEI n.o 312795.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA
Las Relaciones Geográficas novohispanas constituyen un valioso corpus documental para constatar la influencia del léxico indígena y su impacto en la sociedad mesoamericana de los siglos XVI y XVII.
1 La redacción de estos informes responde a diversos cuestionarios elaborados inicialmente por mandato de Felipe II, 2 con la finalidad de obtener una información completa y comparable de todo el territorio y, en función de ella, tomar decisiones de gobierno.
Aunque el objetivo principal no es obtener una información etnográfica, estos documentos revelan datos contrastados sobre la realidad, la naturaleza y las costumbres autóctonas.
3 Desde el punto de vista filológico y sociolingüístico, son un recurso inestimable, dado que la pauta indicada para la redacción de las instrucciones invitaba a dar respuestas precisas y a expresar de forma clara y unívoca -bien a través de voces patrimoniales, bien por medio de préstamos léxicos-los conceptos, seres, objetos y costumbres que se describían.
A través de estos materiales se desarrolla un discurso caracterizado por el grado de conocimiento de los redactores sobre la realidad americana, así como por el importante número de informantes que participaron en el proceso de redacción.
4 Este trabajo parte de una tipología de autoría diseñada a partir del análisis de las RG mexicanas, 5 que atiende al número y tipo de personas implicadas en la elaboración de las fuentes, al grado de intervención de estas en el contenido y en la elaboración de las RG y a la complejidad para deslindar las funciones de cada participante.
A partir de esta propuesta, nuestra investigación se propone dos objetivos:
1) Analizar la presencia de voces de origen náhuatl desde una perspectiva diferente a la que se ha llevado a cabo en anteriores estudios, con el fin 1 Se sigue la nomenclatura establecida por Jiménez de la Espada (1965) para denominar a este tipo documental, continuada posteriormente por otros investigadores.
En este trabajo se emplean las abreviaturas RG (Relaciones Geográficas) y RGM (Relaciones Geográficas de México).
3 Los cuestionarios de las RG tienen preguntas muy específicas al respecto, por lo que son fuentes útiles para investigaciones muy diversas como muestran los estudios de demografía y población (Abellán, 1988), flora y fauna (Rzedowski, 1965), geografía y recursos (Arroyo, 1988; Ocampo Rosales, 2011), enfermedades (Ocampo Rosales, 2006), entre otros.
LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL de determinar si la inclusión de estos términos se puede correlacionar con alguno de los tipos de autoría que se proponen.
2) Definir si las voces náhuatl incluidas en los textos y su tratamiento son corolario de la participación de indígenas (informantes o intérpretes) en el momento de la escritura de los documentos y, de ser así, determinar en qué grado y con qué mecanismos léxicos aparecen utilizadas las voces autóctonas.
La correlación de estos parámetros podrá servir no solo para apuntar el tipo de autor de los textos -en el caso de aquellas RG de autoría dudosa-sino también el grado de inserción de las voces indígenas en la vida cotidiana de México.
Propuesta tipológica para la autoría de las Relaciones Geográficas mexicanas
En el proceso de elaboración de las RG existió una cadena jerárquica mediante la cual los documentos circulaban desde su petición por parte de la Corona, a través de una real cédula, hasta su recepción en el Consejo de Indias una vez elaboradas, concluidas y recopiladas.
Entre el punto de salida (petición del Consejo de Indias) y el de regreso (recepción en el mismo Consejo) se produce la gestación del documento en Indias, la recopilación de información a través de fuentes orales y un complejo proceso de redacción hasta alcanzar su forma final.
La solicitud de informes llegaba en un primer momento a las autoridades mayores indianas (civiles o eclesiásticas) y estas, a su vez, tenían el deber de garantizar su distribución entre los cargos menores del territorio correspondiente.
Una vez que la Instrucción y Memoria de las relaciones que se han de hacer para la descripción de las Indias6 había llegado a su destino, los responsables de la redacción debían hallar a los informantes idóneos para responder fielmente a lo que se requería, conforme instaba el procedimiento:
Y en los pueblos, y ciudades, donde los Gobernadores, o Corregidores, y personas de gouierno residieren, haran las relaciones de ellos, o encargar las han a personas intelligentes de las cosas de la tierra: que las hagan, segun el tenor de las dichas memorias.
7 ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA Dependiendo de la zona y de las características de la población, los participantes eran de distinta condición social y étnica.
En algunos casos son las propias autoridades las que informan, en otros se delega en religiosos próximos al mundo indígena y conocedores del entorno.
8 Como pauta general, hay siempre cierto grado de participación de los naturales del lugar -como requería la citada Instrucción-, que son quienes aportan los datos específicos referidos a su esfera sociocultural y natural.
Para completar la perspectiva de este proceso de escritura, debe ponderarse la frecuente participación de los escribanos oficiales, que en muchos casos firmaban el documento, dejando así constancia de la autenticidad de lo escrito.
En algunas ocasiones eran nombrados ad hoc para la redacción de la RG, como lo manifiesta Juan de Vera, alcalde mayor del pueblo de Acatlán: «nombre por escribano por no lo aver real a francisco despinosa y por ynterprete a juan vazquez persona que sabe y entiende las lenguas misteca y mexicana».
9 Así pues, en el caso de Acatlán, suponemos la intervención de al menos tres tipos de participantes: informantes indígenas, un intérprete y un escribano, cada uno de los cuales cumplió una función (informar, traducir y escribir).
De la lectura de las RG americanas se comprueba que las funciones de estos participantes no tenían fronteras estrictas y que, con frecuencia, se producen interferencias entre ellas (el informante indígena sabe algo de español y puede ayudar a traducir, el escribano también hace funciones de intérprete, etc.).
Las RG constituyen en gran medida una suerte de autoría coral en la que no es fácil discriminar la expresión del redactor de la voz de los informantes particulares.
10 Este asunto adquiere especial complejidad en aquellos manuscritos en los que es notoria la presencia de varias manos, bien por tratarse de RG compuestas en las que, tras recabar información de forma simultánea en varias poblaciones, se unificaban las partes componiendo un único documento, bien por la propia naturaleza de la instrucción, en la que a veces se ordenaba la cumplimentación por ramos temáticos separados.
11 8 Para más información sobre las distintas responsabilidades en la autoría en función del cargo o condición social, véase Bravo-García y Cáceres-Lorenzo, 2013, 32-34.
10 Mignolo señala acertadamente que «las RGI tienen, además, la particularidad de ser producciones colectivas que ponen en juego una inmensa y compleja red de enunciantes: desde el Rey que ordena hacer la relación y el Consejo de Indias que la pone en ejecución, hasta los "indios viejos y principales" que informan frente a un notario público que escribe lo que será vertido y transformado en el discurso que leemos».
11 El cedulario indiano muestra la complejidad que puede entrañar discernir entre autor material (empírico) y enunciador (autor espiritual) en algunos documentos.
Atendiendo a las condiciones de elaboración, la clasificación tradicional para este tipo documental distingue tres tipos de RG: simples, que informan únicamente sobre el territorio que compete directamente al instructor del documento; compuestas, en las que se describen varios municipios que son citados al principio de la relación; y complejas, que aportan datos en cada pregunta sobre distintos lugares pertenecientes a la misma cabecera.
12 Si hasta ahora las RG han sido tipificadas por su factura, lo anteriormente expuesto obliga a realizar una aproximación a los distintos tipos de autor planteando una diferenciación clara entre el concepto de informante y el de redactor.
El informante aportaba los datos referidos al lugar sobre el que se hacía la pesquisa, mientras que el redactor es quien escribe de su propia mano el texto (autor empírico).
De este modo, «la persona que escribe y materializa la relación (autor material) no siempre es el individuo que la hace (autor espiritual)».
13 En ocasiones, la información que ofrecen las fuentes aclara quiénes fueron los participantes en el proceso de redacción y el papel que tuvo cada uno de ellos.
Este es el caso, por ejemplo, de la RG de las minas de Zimapán, en cuya cabecera se indica primero que la elaboración del informe fue encomendada a Alejo Murguia, juez repartidor de las minas.
Posteriormente, el documento señala que Antonio Ruíz Beltrán fue el escribano presente para tal efecto y, finalmente, se apunta quiénes fueron los informantes, en este caso los indígenas más ancianos, asistidos por intérpretes de la lengua mexicana y otomí.
Sin embargo, las RG no siempre precisan los roles que cada individuo tomaba en el proceso escriturario.
En la misma fuente citada anteriormente, el redactor señala en primera persona «hice la presente relación», dejando así constancia de que fue él quien escribió el documento.
Aquí la firma del escribano, por tanto, está presente únicamente para dar fe de la veracidad de los datos ofrecidos.
Este particular no siempre puede esclarecerse con nitidez y en algunas ocasiones resulta confuso: ¿el escribano escribe o se limita a dar fe?
En la RG de Huexutla, es el escribano, Cosme Damián, quien señala que la redacción fue responsabilidad del corregidor Cristóbal Pérez Puebla, apuntando «la hizo el corregidor ante mí».
14 En otros casos, como en la RG de Xiquilpan, el escribano Gonzalo Hernández indica antes de su rúbrica «ante mi», 15 pero no informa explícitamente acerca de quién redacta 12 Cline, 1964, 348-349.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA el documento.
No sabemos, por tanto, si este participó en la redacción o tan solo se limitó a dar fe de la autenticidad de lo escrito.
Así pues, no siempre es fácil determinar el papel que desempeñó cada uno de los agentes involucrados en el proceso de redacción, ya que solo contamos con los datos que los documentos proporcionan y la información que se desprende del análisis lingüístico (usos pronominales, verbos, etc.).
Esta complejidad relativa a la definición de autoría, no debe hacer obviar la cuestión; más aún, el asunto requiere una propuesta de clasificación precisa que atienda al menos a las contingencias que de forma habitual muestran las fuentes.
Tras el estudio pormenorizado de las RG mexicanas custodiadas en el Archivo General de Indias y en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid, se propone una clasificación que considera las tres figuras principales que intervienen directamente en la elaboración de los documentos (figura 1).
Las categorías propuestas participan en todos los documentos analizados y pueden manifestarse de varias formas, dando lugar principalmente a dos tipos de autoría:
1) Cuando las tres figuras están representadas por un solo individuo estamos ante un caso de autoría homogenética.
Es el caso de la RG de Necotlan, 16 donde Pedro Moreno, redactor del documento, encarna los tres roles expuestos más arriba.
2) Cuando el encargado de elaborar el informe, la persona que lo redacta y quienes proporcionan los datos son agentes distintos, nos hallamos ante una autoría de naturaleza heterogenética.
Así sucede en la RG de Ixcateopan:17 Lucas Pinto es la persona a quien se encomienda la elaboración del texto, el escribano Gonzalo de Rojas es quien materializa la redacción, mientras que los datos son aportados por los indígenas mayores del pueblo con la intervención del intérprete Alonso Velázquez Godoy.
Los diferentes tipos de autoría se relacionan con algunas particularidades discursivas y de formato que caracterizan a las relaciones de cada grupo: a) Relación entre tipo de autoría y extensión de la RG: dos de los tres documentos homogenéticos que se han localizado en el corpus son singulares por su breve extensión: tres planas la RG de Cuachquilpan18
LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL y dos la RG de Necotlan,19 mientras que la RG de Atitlalaquia20 está formada por un total de diez planas de escritura. b) Relación discursiva: desde el punto de vista del discurso, las RG homogenéticas poseen dos características que, si bien no son exclusivas, sí concurren en ellas con mayor incidencia: la ausencia de verbos dicendi al inicio de cada capítulo, ya que es frecuente en el discurso de las RGM que las respuestas a los capítulos del cuestionario comiencen con secuencias del tipo «los naturales respondieron», «dijeron», «se respondió», etc.; de otra, el uso frecuente de la primera persona del singular para disculpar la carencia de datos en el informe o para expresar hechos y objetos vistos por el propio autor: «Al segundo Capitulo no e podido averiguar qujen fue el primer conqujstador o poblador deste pueblo».21 Estos datos muestran que el problema de las distintas responsabilidades en la elaboración de las RG requiere de un análisis específico que tenga presente la singularidad de este tipo documental.
Además de la información paleográfica y escrituraria, esta investigación utiliza la hipótesis de que otros elementos lingüísticos, como el aporte léxico y sus implicaciones, pueden contribuir a definir la autoría de los textos.
De esta forma, valorando la disparidad de voces que presentan los textos se llegará a obtener conclusiones que se acerquen a la realidad sociolingüística y al contacto intercultural que subyace a la redacción de estas fuentes documentales.
El corpus documental objeto de este trabajo se compone de un total de sesenta y dos RG novohispanas en un arco temporal que va desde el año 1571 hasta 1582.
Veinticuatro de estos documentos proceden del Archivo General de Indias (Sevilla) y treinta y ocho de la Real Academia de la Historia (Madrid).
Tres de estas relaciones son homogenéticas -y constituyen el total de las homogenéticas que presenta el corpus citado-; cincuenta y nueve son heterogenéticas, de las cuales se ha tomado una muestra de veinte documentos, que se confrontarán con las tres de autoría individual (figura 2).
Las RG han sido analizadas desde el punto de vista textual y léxico, tomando la transcripción paleográfica de los documentos originales.
23 Se ha realizado una extracción y clasificación completa del léxico, patrimonial e indígena.
Análisis de los resultados
La descripción de la realidad indígena que muestran las RGM incluye objetos, materiales y elementos de la fauna y la flora pertenecientes a la vida y costumbres aborígenes que fueron detallados por los españoles, bien por medio de construcciones léxicas de base patrimonial, bien a través de 23 Bravo-García, 2018a.
24 Los materiales analizados son fruto del proyecto ERC CultureContact (véase nota inicial) y están incluidos en la Base de datos de documentos mexicanos en español del proyecto, de la que se ha obtenido un repertorio de fuentes léxicas y expresiones a través de cuyo análisis se realiza un cotejo entre los datos lingüísticos y los tipos de autoría propuestos.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA expresiones de origen indígena que se iban asimilando.
25 Concretamente, este trabajo centra su atención en el total de expresiones náhuatl (555 voces) que refieren realidades del ámbito mesoamericano, ya que estas constituyen el núcleo de información directa de los autores y enunciadores de los documentos.
Se excluyen del análisis dos tipos de vocabulario.
De una parte, las voces de origen caribe que ya formaban parte del lexicón de los españoles cuando estos llegaron a Tierra Firme, ya que su presencia obedece a una pauta completamente distinta.
Aunque no cabe duda de su importancia para aspectos comunicativos y culturales y son una muestra de la aclimatación del castellano en América, 26 el proceso de adquisición es diferente y la difusión en México es predominantemente en hablantes de español.
Así pues, su inclusión en este análisis distorsionaría la interpretación de voces autóctonas directas respecto a las inducidas o transmitidas por los españoles con experiencia americana.
De otra, los términos toponímicos y antroponímicos se han suprimido de este cómputo por dos motivos principales: el discurso de este tipo documental hace que estas voces sean en exceso repetitivas; en muchos casos son expresiones que aluden a referentes que no existen actualmente, por lo que, ateniéndonos a la variación gráfica presente en los textos, no es fácil determinar su filiación etimológica.
Para la ordenación de los resultados se han considerado quince campos léxicos principales a los que aluden los términos seleccionados: minería, medidas-pesos-monedas, clima-geografía, construcciones, actividad comercial y agrícola, utensilios-mobiliario, medicina-enfermedades, fauna, jerarquía-grupos sociales, ritos-religión, pueblos-gentilicios, vestimenta, alimentos-bebidas, idiomas, flora-frutos.
28 Se ha considerado pertinente considerar campos léxicos ya que la presencia de informantes indígenas 25 Bravo- García, 2017.
27 Hay petición expresa en las Instrucciones para consignar en las RG los nombres de lugares y su posible significado.
La adscripción etimológica de los topónimos mesoamericanos es un tema complejo que excede a los propósitos de este trabajo.
LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL puede incidir más en algunos de ellos.
De hecho, la propia Instrucción de las RG apremia a usar informantes locales para campos especiales como las hierbas medicinales, venenos y contravenenos, en los que el desconocimiento de los criollos y peninsulares era mayor.
La figura 3 ofrece una comparativa entre relaciones heterogenéticas y homogenéticas por porcentajes en cada uno de los campos señalados.
CAMPOS LÉXICOS SEGÚN TIPOLOGÍA DE AUTOR EN LAS RGM
A la luz de los resultados obtenidos, es notable la diferencia en lo que atañe a los campos léxicos tratados en ambos tipos de RG.
Si bien en las heterogenéticas el léxico náhuatl localizado representa, en mayor o menor medida, a los quince ítems que se han establecido, las homogenéticas solo tratan siete de estas categorías.
Por otro lado, el caudal léxico náhuatl de las RG elaboradas por un solo individuo se concentra, en mayor grado, en la referencia a nombres de pueblos e idiomas aborígenes, y en menor medida a la descripción de plantas y frutos.
Quedan sin referir objetos relativos al mobiliario o utensilios y realidades que están relacionadas con los ritos y ceremonias religiosas.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA La figura 4 ilustra tanto el porcentaje de cada campo léxico como el número de voces totales por campo, contabilizando cada aparición de una voz indígena.
El préstamo léxico, entendido como «un proceso mediante el cual una lengua, cuyo léxico es finito y fijo en un momento dado, toma de otra lengua (cuyo léxico es también finito y fijo en un momento dado) una voz (en su forma y contenido) que no poseía antes», 30 se manifiesta en los documentos de tres formas distintas:
1) Préstamo puro: consiste en la integración de un lexema simple en su forma original, sin la adición de morfemas de la lengua meta: «le daban todos los yndios de la sementeras que cogían de mayz chili algodon y frisoles gallinas y mantas».
31 2) Préstamo híbrido: se incorporan morfemas y afijos pertenecientes a la lengua que acoge a la palabra como el sufijo de gentilicios: «se conformaron contra los españoles a jnstancia de mexicanos».
32 3) Préstamo complejo, mediante el cual se adquiere una voz de origen indígena que es integrada en una construcción sintagmática cuya base puede ser patrimonial o indígena, pero de la que el préstamo forma parte: «dauan naguas e huiples gruesos de neque e no bestia algodon».
33 Huipiles gruesos de henequén es un sintagma formado por sustantivo + adjetivo + complemento del nombre, con dos bases léxicas indígenas (hupil, henequén), nahuatlismo y antillanismo respectivamente.
Esta estructura compleja explica un indigenismo de adquisición más reciente en el español de la época (huipil), mediante una descripción sintagmática que incluye un antillanismo ya asimilado en la etapa caribe (henequén).
Un segundo fenómeno presente en las relaciones son las palabrascita, entendiendo por tales las expresiones tomadas de las lenguas indígenas integradas en secuencias discursivas que denotan que el referente era desconocido para el autor del documento y que, en ocasiones, evidencian la participación del intérprete.
34 Estas secuencias están construidas por medio de proposiciones adjetivas del tipo que llaman; que los indios llaman; que los naturales llaman; que acá llaman, entre otras: «solia ser tierra sana por que no an conoçido otra enfermedad en ella sino es esta que llaman cocoliste que agora tienen».
35 Las RG homogenéticas contienen solo casos de préstamos ( 16) y palabras-cita (5); las heterogenéticas utilizan además otros recursos con los siguientes resultados: préstamos (414), palabras-cita (111), préstamos híbridos ( 27) y préstamos complejos (3).
La figura 5 muestra los porcentajes de cada uno de estos fenómenos según los tipos de relaciones.
LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL embargo, llama la atención la ausencia de préstamos complejos o híbridos en el caso de las relaciones homogenéticas.
Aunque la incidencia es menor, esta diferencia puede ser significativa si consideramos que la hibridación del préstamo y la construcción compleja pertenecen a un uso discursivo cotidiano más próximo al bilingüismo.
Podemos considerar seis tipos de contexto en los que se integran los nahuatlismos que aparecen en el corpus de estudio: simple, explicativo, descriptivo, comparativo, de equivalencia y traducción.
Esta tipología se construye respecto a un parámetro de gradualidad, 36 ya que cada uno de ellos se convierte en gran medida en indicador del grado de integración de estas voces.
En primer lugar, el contexto simple es el que marca un mayor grado de integración.
Implica la inclusión del préstamo sin ningún tipo de aclaración sobre su referente: «siembran maiz quilites chile y otras legumbres para ayuda a su sustento»; 37 «es fertil de pastos abunda en frutas de la tierra que son platanos guayauas aguacates».
38 Este uso supone no solo la aclimatación social del nahuatlismo, sino su integración fónica y morfológica en castellano.
Por ello, es lícito suponer incluso que se ha perdido la propia noción de préstamo, es decir, que el hablante ha integrado en su esquema cognitivo de tal forma la voz prestada, que asume un conocimiento compartido por todos.
Los contextos explicativo, descriptivo, comparativo y de equivalencia son distintas formas de ejecutar la alusión a un referente con matices diferenciales: a) Una explicación respondería a la pregunta ¿qué es el referente?: «e delante de los dichos manojos de cañas ponian por sacrificio vn chiquihuite pequeño de pinole que es mayz toztado molio»; 39 «en su antiguedad acudian a muchos serbiçios personales asi a los caçiques y señores como a los tequitlatos que son los que los tienen a cargo».
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA b) Una descripción haría lo propio acerca de ¿cómo es este?: «cubrian sus verguenzas con unos paños que llaman mashtles que solo cubren lo dicho con una laçada delante con que sostiene el dicho paño puesto en ella mucha plumeria de un cabo y otro»; 41 «la casa que tomauan de conejos o liebres o rratones o culebras bailar con ellas e comellas con tamales echos de maiz e myel de maguey».
42 c) La comparación contestaría a la cuestión ¿a qué se parece? en relación con el mundo europeo: «tienen capulies que son como serezas de castilla y bellotas dulçes»; 43 «hazen sus sementeras de mahiz frizoles calabacas chian que es vna semjlla a manera de zargatona de castilla».
44 d) La equivalencia establece una relación de igualdad (o, cuando menos, de proximidad) y respondería al interrogante ¿a qué es igual?: «para ello los descolgavan con vn mecate y sus ocotes o teas encendidas»; 45 «las semjllas de que de hordinarjo se an sustentado y sustenta es mayz frisoles chile y camotes o patatas».
46 Todos ellos son contextos intermedios previos al contexto simple, que supone la integración definitiva y la comprensión social transversal.
Estos estadios transitorios evidencian no solo el proceso de adaptación de las voces procedentes de las lenguas autóctonas, sino también un grado de conocimiento de ambos mundos por parte del autor que le permite confrontar dos realidades y sus reflejos lingüísticos.
La traducción, finalmente, estriba en el traslado literal del significante en lengua indígena a otro patrimonial conocido cuya carga semántica hace posible que el concepto pueda ser comprendido por los destinatarios del texto: «lo tenian preso hasta venir el dia de la fiesta que era en un dia del mes de otubre que llamaban quechul que en lengua castellana es un paxaro verde galano»; 47 «no saben dar razon que enfermedad es la que mas les fatiga. mas de dezir el cocoliztle que es en nuestra lengua enfermedades».
48 La ausencia de elemento indígena en la forma léxica se correlaciona con la presencia del elemento indígena en los valores semánticos.
Una descripción detallada de este procedimiento en las RG puede encontrarse en Bravo-García, 2018b.
palabras españolas del siglo XVI ampliarán sus significados para acoger los valores propios del Nuevo Mundo descubierto, especialmente en lo que tiene de similar.
49 Figura 6 CONTEXTOS DISCURSIVOS SEGÚN TIPOLOGÍA DE AUTOR EN LAS RGM La figura 6 muestra unos resultados especialmente interesantes que relacionan las RG heterogenéticas con los contextos de traducción y equivalencia (ambos basados en la comparación entre español y náhuatl).
En efecto, estos procedimientos de contextualización lingüística requieren un conocimiento de dos lenguas y culturas, en cuyo eje se sitúa el hablante para poder confrontar dos idiomas.
La ausencia de este procedimiento en las homogenéticas induce a pensar que el autor de este tipo se posiciona en uno de los dos universos culturales (el castellanizado) y, desde él, explica e identifica realidades.
Hasta aquí se han abordado cuestiones relativas a los procesos léxicos que afectan a las construcciones sintagmáticas que incluyen lexías de ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA origen náhuatl y que intervienen de manera decisiva en nuestra percepción sobre el grado de integración que estas voces tenían en la lengua.
No obstante, solo se obtiene una visión completa si se atiende a los procesos de adaptación fónico-grafémica que comportaron la acomodación de los sonidos indígenas a la fonética del español.
El análisis grafémico muestra cómo la adaptación del préstamo indígena a la fonología del español es un indicador relevante del grado de aclimatación léxica, así como la estabilidad del préstamo.
En este sentido, no se observa en el conjunto documental un patrón estable en lo que a adaptaciones se refiere.
Por una parte, no hay una correspondencia fija entre nivel de acomodación y los tipos de fenómeno léxico y contexto.
Así, cuando el corregidor Juan de la Vega refiere las causas de la disminución de la población indígena, apunta que «en los tiempos pasados auia en ellos mucha suma y cantidad de indios mas que no aora y que la falta dellos lo a causado gran enfermedad pestilençia que entrellos llaman cocoliste que les a uenido y tienen de presente».
50 El contexto de equivalencia léxica del ejemplo citado no aclara si el término cocoliste (cocoliztli) era o no conocido por el redactor.
En cualquier caso, se alude al término como una voz nativa, usando previamente términos patrimoniales comprensibles para los destinatarios del informe.
Sin embargo, el hecho de que la palabra esté plenamente adaptada fónica y gráficamente: cocoliztli > cocolisti > cocoliste, 51 puede ser indicio no solo de que esta expresión fuera conocida por el autor, sino de que la forma adaptada era de uso corriente en la sociedad criolla de la época.
Este ejemplo y su contexto muestran una aparente discordancia: el contexto de equivalencia léxica presume un grado aún no pleno de adaptación, sin embargo la palara está plenamente adaptada.
Para aportar una posible explicación hay que considerar al menos dos factores más: a) Conciencia del receptor: el autor de la RG es consciente de que la voz se conoce en Indias, pero no en España, destino último de su trabajo.
Por ello ofrece la voz adaptada, pero con una equivalencia que hace comprensible el indigenismo: cocoliste = pestilencia.
Este es un hecho muy característico de las RG, ya que son materiales elaborados a petición de la Corona y con idéntico destino, en los que el autor cumple una misión no personal.
Esto implica que «el yo del autor tiene mucha menor entidad en este tipo documental [...] que en otros coetáneos. [...]
La finalidad de la encuesta no es contar con opiniones sino con datos».
52 b) Muestra de pericia y conocimiento del entorno: muchos participantes no indígenas quieren mostrar su conocimiento de América, aportando sus descripciones y comentarios, lo que avala su servicio a la Corona.
La consideración de las adaptaciones grafémicas como marcadores de integración es, como se muestra, un asunto complejo, 53 y -conscientes de esa complejidad-lo abordaremos en el siguiente epígrafe como elemento que puede permitir obtener valiosa información sobre los tipos de autores de las RG, así como su posible correlación con factores discursivos.
Del análisis de los resultados expuesto hasta aquí se observa que, aunque no existen diferencias considerables entre el tratamiento que se da a las voces náhuatl en los dos tipos de RGM antes descritas, estas se oponen en lo que respecta al número de campos léxicos tratados y a los tipos de contextos discursivos que integran a estas expresiones.
Por ello, planteamos a continuación si estas diferencias son un correlato de las circunstancias sociolingüísticas que rodearon la redacción de los documentos o si únicamente se circunscriben al hecho escriturario de las fuentes.
Correlación de discurso y tratamiento de voces náhuatl en las RG
Los intérpretes -oficiales o no-mediaban en la traducción de informantes indígenas y cuidaban especialmente de aclarar aquellas voces que eran ajenas a la visión europea de la realidad.
54 La lengua de las RG está tamizada por una colectividad, anónima en muchos casos, que genera un discurso a través del cual el redactor vuelca en el papel no solo aquello que conoce por su propia experiencia en Indias, sino también aquello que otros le transmiten.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA Aunque esta pluralidad de voces no se distingue con total nitidez en las fuentes, hay rasgos que muestran determinadas diferencias en lo tocante al tratamiento del léxico náhuatl en cada tipo de relación.
La lectura de los documentos revela gran variedad en las respuestas que se daban a una misma pregunta en informes pertenecientes a distintos pueblos y autores.
Las indicaciones recogidas en la Instrucción y Memoria instaban a contestar a los capítulos pertinentes «breue y claramente, todo afirmando por cierto lo que fuere, y lo que no, poniendolo por dudoso: de manera que las relaciones vengan ciertas».
55 Sin embargo, en las RGM los redactores fueron más o menos prolíficos dependiendo de si tenían o no la colaboración de informantes indígenas.
Los que contaban con ellos fueron más productivos a lo largo de todo el documento, mientras que los que basaron la redacción en sus propios conocimientos se limitaron a aquellos capítulos con cuyas respuestas estaban familiarizados.
El contraste entre los dos tipos de RGM pone de relieve la variedad temática de unas frente a otras, hecho comprensible si se tiene presente que, a mayor número de personas implicadas en el proceso de redacción, mayor debía ser también la cuota de información que los redactores manejaban.
Así, mientras que en las heterogenéticas se atiende a todos los campos léxicos considerados en este estudio, en las homogenéticas la atención se centra en: a) Realidades relacionadas con la estructura y organización social indígenas: pueblos, gentilicios, jerarquías, grupos sociales e idiomas.
56 b) Objetos que pronto se adentraron en la cosmovisión europea, bien por la necesidad de conocer sus propiedades, como en el caso de las plantas y frutos, bien por constituir elementos que se mezclaron con otros de la cultura de los españoles, como alimentos, 57 bebidas o indumentaria y adornos personales.
Dentro de este último aspecto, se incluyen las prendas indígenas y europeas a las que se hace referencia en los documentos.
A modo de ejemplo, el término patrimonial camisa fue uno de los primeros préstamos que el náhuatl tomó del español por la rápida popularización que tuvo esta prenda entre los indígenas.
56 Sobre los estereotipos prehispánicos y europeos generados en torno a los distintos pueblos mesoamericanos véase Olko, 2012.
57 Reyes Equiguas (2014) destaca la profusa información que a partir del siglo XVI se ofrece sobre la alimentación mesoamericana en diversos tipos textuales.
Resulta llamativo, por otra parte, que en las fuentes escritas de modo individual no se haga mención alguna a los mitos, ritos y ceremonias religiosas indígenas.
No cabe duda de que la colisión intercultural que supuso el encuentro entre conquistadores y nahuas hizo que los españoles, inmersos en una cosmovisión cristiana, comprobaran cómo la realidad que tenían ante sus ojos se componía de aspectos hasta entonces desconocidos que eran difíciles de explicar por medio del léxico indígena.
59 Más fácil resultó este cometido para aquellos autores que pudieron describir estas realidades a través de la voz del otro, del indígena, en la redacción de RGM cuyas encuestas cuentan con la asistencia de nativos que detallaban no solo en qué consistían tales ritos, sino detalles concretos (nombres de los dioses, calendario, cultos, etc.).
En cualquier caso, hay que tener presente que la descripción de los elementos prehispánicos por parte de los españoles constituyó un traslado de la información indígena a la cosmovisión europea.
60 Al igual que los contenidos abordados, el modo de describir la realidad también ofrece indicios sobre el grado de conocimiento que los escribientes tenían de aquello que estaban refiriendo.
Aunque los dos tipos de RGM muestran una tipología de fenómenos léxicos semejante cuantitativa y cualitativamente, sí se evidencian desigualdades en cuanto al tipo de contexto en que se encuentran las voces náhuatl.
Esto adquiere especial relevancia si se tiene en cuenta que los contextos discursivos constituyen, en gran medida, un marcador del grado de integración de estos términos en el idioma y, presumiblemente, del nivel de conocimiento por parte de quienes escribían los documentos.
En las RGM homogenéticas se advierte un mayor número de términos que requerían explicaciones y comparaciones con referentes peninsulares.
Si bien el porcentaje de las primeras no es en exceso diferente al de las heterogenéticas, en el caso de las segundas la diferencia sí es significativa.
Como puede verse a continuación, el contexto comparativo incluye una expresión de origen náhuatl con un término de comparación patrimonial, ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA introducido por las secuencias a manera de, que es como, seguido de la alusión al referente peninsular:
(a) ay en estos pueblos vn arbol que da la fruta a manera de las çereças de castilla y llaman a la fruta deste arbol los naturales capulies.
61 (b) no tiene governador nj alcaldes nj Regidores goviernanle çiertos tequjtlatos que son como mayordomos.
62 (c) se sienbra y coge mahiz avnque poco por la esterilidad de la tierra y frisoles y la semilla del huauhtli que es como grano de moztaza de que se mantienen los yndios.
63 El 40,9 % de las expresiones náhuatl presentes en las RGM homogenéticas presentan algún tipo de aclaración, frente al 32,8 % de las heterogenéticas.
De ahí que en aquellas se encuentren insertas en contextos comparativos, explicativos, o descriptivos, que aportan una información conocida para el destinatario de los informes.
Cabe aquí cuestionarse cuáles pueden ser los motivos por los que el porcentaje de contextos complejos es mayor en las relaciones escritas sin la asistencia de informantes indígenas.
En primer lugar, en los tres casos se trata de RG breves, dos simples y una compleja, 64 que responden a la descripción de pequeños municipios, redactadas por autores cuyas circunstancias biográficas durante la escritura desconocemos.
Los datos que poseemos refrendan la idea de que estos autores tuvieron dificultades para poder encuestar a indígenas que pudieran ofrecer información fidedigna sobre el pasado prehispánico.
Este es el caso de la RG de Cuachquilpan, donde Pedro de Monjaraz tuvo que redactar un breve informe sobre una pequeña población en la que la peste de 1576 había acabado con los únicos aborígenes que habrían podido ofrecer datos sobre el pasado previo a la conquista: «no e podido saber su primero fundador por se aver acabado los yndios viejos».
65 Esta superioridad cuantitativa en lo que a explicaciones y comparaciones se refiere contrasta con el número de campos léxicos que quedaron sin abordar en estas RG, puesto que no disponían de informantes.
64 Utilizamos la clasificación tipológica que, siguiendo a Cline (1964, 348-349), recogen Bravo-García y Cáceres-Lorenzo (2013, 30), y que distingue tres tipos de RG: simples, que informan únicamente sobre el territorio que compete directamente al instructor del documento; compuestas, en las que se describen varios municipios que son citados al principio de la relación; complejas, que aportan datos en cada pregunta sobre distintos lugares pertenecientes a la misma cabecera.
LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL los párrafos introductorios de los documentos y refrendada por la falta de palabras-cita en este tipo de relaciones.
Los contextos explicativos y comparativos que proliferan en mayor medida en este tipo de fuentes responden a dos causas principales.
De una parte el carácter informativo de los informes que, independientemente del tipo de autoría, requería datos precisos y comprensibles para los destinatarios de los textos.
Por otra, el intento de optimizar la información que se debía remitir al Consejo de Indias.
Esta debía ser eficaz si no cuantitativa, sí al menos cualitativamente.
En este sentido, cobra especial importancia el uso de la primera persona para justificar la falta de algunas informaciones y, por ello, es frecuente encontrar expresiones de impotencia del autor: «Al segundo Capitulo no e podido averiguar qujen fue el primer conqujstador o poblador deste pueblo»; 66 «tlemaco questa luego quiere dezir fuego en mano quien le puso el nombre a el y a los demas pueblos tengo por dificultoso podello sacar en linpio».
67 La adaptación léxica, semántica o grafémica al castellano puede ser considerada un parámetro de integración.
Es decir, una menor necesidad explicativa del indigenismo se debe a un mayor grado de integración en la lengua dominante y, del mismo modo, cuanto más adaptado fónicamente se encuentre un término mayor debe ser también el nivel de incorporación al idioma.
Este es un aspecto de especial relevancia a la hora de evaluar el grado de acomodación de aquellas voces cuya fonética no era asequible para los españoles.
El idioma de los nahuas poseía secuencias fónicas que no eran propias del español y que fueron adaptadas inicialmente por los conquistadores del primer contacto, y, de forma más sistemática, por los misioneros que debían llevar a cabo su labor evangelizadora.
68 Por ejemplo, la sucesión de varios fonemas consonánticos en posición implosiva, relativa y absoluta, no tenía correspondencia con el límite silábico de los hispanohablantes que, a tenor de las grafías presentes en los documentos, adaptaron estos sonidos para hacerlos pronunciables acorde con las tendencias fonéticas del español del Seiscientos.
69 Así, es natural que en las explicaciones sobre detalles agrícolas se apunte que los indígenas «siembran maiz quilites chile 66 Ibidem, h 1r, 11-12.
69 Sobre las distintas variantes de un mismo vocablo de origen náhuatl véase Boyd-Bowman, 1982.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA y otras legumbres para ayuda a su sustento», 70 con la acomodación de los nahuatlismos quilete (< quilitl) y chile (chilli) a la pronunciación castellana.
En el primer caso, el grupo /-tl/ constituye una sucesión de sonidos ajena a la articulación del español, lo que provoca la simplificación del grupo consonántico a favor del elemento fuerte (oclusivo sordo /t/); la consonante /t/ es elemento extraño en posición final, máxime en palabra paroxítona, por lo que se le añade una vocal (quilitl > quilit > quilite, quelite).
71 En el segundo caso, se produce la simplificación de la lateral geminada, ajena al castellano de la época, y se sigue la preferencia histórica del español por las voces de género masculino acabadas en vocal media, en este caso /-e/ en lugar de /-i/ (chil-li > chili > chile).
72 La adaptación fónico-gráfica de los indigenismos fue un proceso en ocasiones largo que genera muchas variantes que se diseminan y algunas de las cuales se mantienen hoy.
En el caso de quelite es la única forma recogida en las obras lexicográficas académicas, 73 mientras que de chile se registra aún la variante con /i/ final.
74 Un detalle interesante es que los indigenismos que aparecen varias veces en una misma RG muestran distintos grados de adaptación, no siempre progresivos.
Este hecho evidencia que la adaptación fónica no necesariamente es un marcador de la integración del término en el idioma.
Se presentan a continuación dos ejemplos que pertenecen a un mismo documento redactado íntegramente por la misma mano:
(a) se vestian vnos cosetes de manta muy tupida delgada de seys lienços y entre los lienços la bastavan con algodon y despues los cosian e tupian muy bien con cordonçillo que era cosa fuerte y no la pasava la flecha y a estos cosetes llamaban los yndios ychcahuipil y no les daba mas de hasta la çinta.
75 (b) quando peleavan los señores se vestian de vnos cosetes que les dava hasta la çintura sin mangas que llamavan escavpiles.
76 LA AUTORÍA DE LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS MEXICANAS: LAS VOCES NÁHUATL El nahuatlismo escaupil (ichcahuipilli) figura en dos ocasiones: en la primera solo se ha adaptado la terminación -li (simplificación de consonante lateral y pérdida de la vocal cerrada en posición final), mientras que en la segunda ya se escribe tal y como ha llegado al español actual (escaupil), lo que implica además la abertura de la vocal inicial, la pérdida del sonido palatal en posición implosiva y de la h, grafía que representa aspiración náhuatl (ichcahuipilli> ichcahuipil > iscaupil > escaupil).
El término se inserta en ambos casos en contextos descriptivos (en los que se inserta una explicación del indigenismo) de los que podría desprenderse que se trata de un referente solo conocido por los naturales, a pesar de referir una prenda conocida y adoptada por los españoles para el combate.
Lo mismo se puede apreciar en la RG de Gueypuchtla con el término mezcal (mexcalli): 77 (a) de las rrayzes y hojas del maguey hazen vn genero de comjda muy dulce que llaman meyscal.
78 (b) de las rrayes y pencas hazen vna manera de comjda dulse que llaman myscale.
79 Como en el caso de chile, se produce la simplificación del fonema lateral geminado pero, a diferencia de esta voz, no se incluye una [-e] final que era necesaria en chile por la preferencia del español a evitar voces monosilábicas (y la tendencia a voces bisílabas paroxítonas): mexcalli > mescal > meiscal > miscal > mescal.
80 La variante meiscal es fruto de la vocalización de la [s] agrupada y fenómeno normal en el castellano popular de la época moderna.
También hay casos en los que el grado de adaptación es aparentemente contrario al nivel de integración que parece tener la expresión a tenor del contexto en que aparece:
(a) los granos y semillas desta tierra que le sirve de sustento son mahiz frizoles agi chian guautle que es semjlla de bledos.
81 (b) tienen mahiz frizol chian huautle calabacas no se da en esta tierra semjllas de castilla.
Como en el caso de chile, se produce la simplificación de la lateral geminada pero, a diferencia de esta voz, no se incluye una [-e] final que era necesaria en chile por la preferencia del español a evitar voces monosilábicas (y la tendencia a voces bisílabas paroxítonas).
La variante meiscal es fruto de la vocalización de la [s] agrupada y fenómeno normal en el castellano popular de la época moderna.
80 La forma con grafía z es una mera variante grafémica, ya que el seseo general en América hace que la pronunciación sea [s]; mezcal es la forma recogida en AML y en RAE, s.v.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA En estos ejemplos, la voz náhuatl huautli ( gua-, además de la apertura vocálica -i > -e, mientras que en el segundo ejemplo figura en un contexto simple, pero con menor grado de acomodación fónica (huautli > huautle).
En este caso, las formas normativas en español actual son tanto con vocal abierta como cerrada, huautle 83 o huautli.
84 En otros casos el hecho de que el mismo término aparezca escrito de diversas formas podría explicarse por la intervención de varias manos en el documento, como muestran estos ejemplos de la RG de Ixcateopan:
(a) se picaba la lengua con espinas y las orejas y se sacaba cantidad de sangre y ençendia copal.
85 (b) llebaban copale y dauanlo alli a los biexos para que lo quemasen delante el demonjo.
86 (c) tenjan por dios al demonjo pintauanle en figura de culebra llamabanle teotonoc e ofreçianle copal ques ynsenzio de la tierra.
88 (e) ofreçianle copale ques el insençio que ellos tienen.
89 (f) los arboles silbestres que tienen en su comarca son pocos y esos pequeños y la mayor cantidad dellos son de adonde sacan el copal para serbirse dello para saumerios como el ynsenzio.
90 (g) avia vnos biejos como saserdotes y tenjan cuenta en ensender copal ques como ynsençio+.
91 La secuenciación de las formas copal-copale-copal-copale-copal-copal no muestra una progresión de contexto complejo a contexto simple y de menor a mayor grado de adaptación de la palabra copal (copalli).
Ocurre lo mismo en esta misma RG con otros indigenismos como pinol (pinolli), cuyas variantes pinol y pinole se suceden sin explicación alguna sobre el referente de esta expresión.
Sin duda, la heterografía 92 del documento puede justificar las diferentes variantes contextuales y de adaptación, algunas de las cuales se mantienen hasta hoy: aunque la voz copal es la única recogida en los diccionarios académicos, 93 sí se recoge como normalizadas las variantes pinol-pinole.
En este caso y pese a tener unas condiciones etimológicas similares, un término alcanzó mayor estabilidad que otro.
El estudio de las adaptaciones gráficas y fónicas en las voces náhuatl presentes en las RG, en relación con los contextos en que estas aparecen, revela que la acomodación formal no siempre constituye un marcador de integración.
Como complemento de todo lo anterior, hay que tener presente que el componente oral estuvo en todo momento asociado al proceso de escritura de las RG.
Cada relación posee unos filtros propios que pudieron ser decisivos en el discurso que finalmente quedó por escrito y en este proceso jugaron un papel fundamental no solo los indígenas y las personas peritas en la tierra, sino también la competencia auditiva de los escribanos y el conocimiento del idioma por parte de los intérpretes.
Además, si uno es consciente de que la información local se ha transmitido a través del nahuatlato y del escribano, llegado el caso de usarla, lo primero que deberá establecer es la competencia de estos señores en sus oficios respectivos.
Y, si vale anticipar una apreciación, ni el nahuatlato garantiza amplios conocimientos del náhuatl, ni el escribano, grandes en español.
Este trabajo ofrece una clasificación que da respuesta a las distintas eventualidades que rodearon al proceso de escribir una RG.
En cuanto a la condición y tipo de autoría, se ha considerado la pertinencia de diferenciar, atendiendo a parámetros textuales y discursivos, entre relaciones heterogenéticas y homogenéticas.
Partiendo de este presupuesto metodológico y aplicando el análisis descrito, se obtienen los siguientes hechos y conclusiones.
92 Se trata de una extensa relación compuesta de 68 planas donde se describen diez cabeceras y tres estancias.
Acuña, tras detectar anomalías tanto en el orden que presentan las descripciones de los municipios como en su datación cronológica, señala la posibilidad de que al menos los diecisiete primeros folios no sean originales, sino una copia posterior elaborada por un escribano.
ANTONIO PEDROTE ROMERO Y EVA BRAVO-GARCÍA Los dos tipos de relaciones presentan matices que afectan, sobre todo, al número de campos léxicos tratados y al grado de integración de los términos del origen náhuatl en el discurso textual.
En las relaciones heterogenéticas, los términos náhuatl hacen referencia a todos los campos léxicos analizados.
Por el contrario, el léxico presente en las relaciones homogenéticas alude sobre todo a conceptos relacionados con la estructura, organización social e idiomas aborígenes.
Por tanto, la información de las RG homogenéticas es más introspectiva hacia la comunidad, más próxima al interés etnográfico, mientras que las heterogenéticas se concentran en la descripción de corte naturalista y en la diversidad de elementos sociales.
En lo que al tratamiento de voces de origen náhuatl se refiere, el matiz diferencial entre las relaciones heterogenéticas y homogenéticas es, por una parte, el número de campos léxicos tratados en los informes, superior en las primeras debido a la participación de informantes indígenas.
Por otra, los contextos discursivos en que se insertan estas expresiones, con mayor número de secuencias explicativas y comparativas en las homogenéticas debido, sobre todo, a la necesidad de cubrir cualitativamente la escasa información que las características del terreno y de la población indígena les permitió a estos autores a la hora de realizar la encuesta que tenían encomendada.
En cuanto a los contextos lingüísticos en que se insertan las voces náhuatl, la diferencia fundamental radica en que en las relaciones homogenéticas predominan las secuencias explicativas y comparativas, en las que o bien se define el referente al que se alude, o bien se le equipara con otro europeo conocido.
Los resultados de este estudio evidencian que el discurso y el tratamiento de los nahuatlismos ofrecen matices distintos según se trate de relaciones elaboradas de manera colectiva o individual y, por lo tanto, se muestran indicios de que existe una correlación entre el tipo de autoría y la presencia y variedad temática de las voces náhuatl insertadas en los documentos.
Es necesario valorar no solo el origen, condición social o nivel de instrucción de los redactores, sino también las complejas circunstancias que a menudo rodearon el proceso de elaboración de las relaciones.
Estas, por tanto, deben constituir una variable que ha de estar presente en el análisis lingüístico de este tipo de documentos. |
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Naufragio y rescate de la flota y armada del marqués del Vado del Maestre, 1691 Shipwreck and Rescue of the Fleet and Armada of the Marquis of the Vado del Maestre, 1691
Tras el desastre naval sufrido por la marina española en la batalla de las Dunas (1639), en la que perdieron la vida un buen número de hombres y prácticamente desapareció la armada, 1 la Corona centró su atención en proteger el tráfico marítimo mercantil indiano.
2 Así, a partir de 1647, la Armada de la Guarda se encargó de custodiar siempre a la Flota de Tierra Firme, «unificándose el mando de esta flota y de su escolta en las mismas personas del general y almirante de la Armada de la Avería», 3 tal y como se observa entre 1690 y 1691 en el convoy comandado por el general Diego de Córdoba Lasso de la Vega.
4 Con ello se pretendía, entre otras cosas, que en la navegación trasatlántica se procediese con la mayor seguridad posible, aunque entre 1650 y 1700 solo se despacharon dieciocho flotas a Tierra Firme, dos en la última década, prueba inequívoca de que la ruta por la que habían llegado a la metrópoli las mayores cantidades de plata estaba prácticamente muerta a finales de la centuria.
5 El citado general venía desempeñando la función de máximo dignatario de las flotas y armadas desde 1678, cuando fue elegido general de la Flota de Nueva España.
6 Un año más tarde fue nombrado general de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, probablemente a consecuencia del préstamo de 80.000 pesos que había hecho a la Real Hacienda.
7 En 1693 fue nombrado gobernador de La Habana por cinco años, con un sueldo anual de 14.000 escudos de plata,8 aunque no tomó posesión hasta 1695 -año en el que recibió el título de capitán general de Cuba-, debido a las constantes quejas mostradas por el Consejo de Indias y la Junta de Guerra 1 Fernández Duro, 1898, t.
La Armada de la Guarda recibió diferentes denominaciones durante su existencia, una de ellas fue la de «Armada de la Avería», por estar sufragada por el derecho de la avería.
4 Relación de los navíos de la armada y flota de Tierra Firme.
Archivo General de Indias (AGI), Contratación, 3195.
NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO de Indias.
9 Según el principal órgano de gobierno, el general no podía ocupar el cargo de gobernador por varios motivos, entre los que destacan que solo había ejercido oficios en el mar y que dicho puesto había recaído en los soldados de mayor crédito y graduación, normalmente entre los maestres de campo y generales de artillería.
10 Afirmaban, además, que la isla de Cuba era la demarcación más importante del Nuevo Mundo, por donde pasaban las flotas y armadas antes de regresar a la península con los caudales del rey y particulares, por lo que dicho puesto era demasiado importante para su persona, a pesar de que eran sabedores de su excelente hoja de servicios como marino.
Diego de Córdoba comenzó a servir como soldado de la Armada de la Guarda en 1675, posteriormente como capitán de infantería de una de las compañías del Tercio de la misma, aunque solo sería por un año, pues en 1677 recibió la patente de capitán de mar y guerra, y poco después la de gobernador del Tercio de dicha marina; en 1678 fue nombrado general de la Flota de Nueva España y un año más tarde de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias.
11 Durante sus diecisiete años de servicio en las flotas y armadas de la Carrera de Indias, entre 1675 y 1691, frecuentó la navegación trasatlántica como general en cuatro ocasiones.
12 Cabe señalar también que Diego de Córdoba era caballero de la Orden de Alcántara, 13 primer marqués del Vado del Maestre, 14 general de artillería, capitán general del Nuevo Reino de Granada y presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, ejerciendo estos dos últimos cargos desde el 25 de junio de 1703 hasta el 4 de febrero de 1712.
15 9 Nombramiento de Diego de Córdoba como capitán general de Cuba.
10 Véase, por ejemplo, el expediente de información y licencia de pasajero a Indias de Diego Antonio Viana Hinojosa.
11 Real cédula al general de la Armada de las Indias.
13 Pruebas para la concesión del título de Caballero de la Orden de Alcántara a Diego de Córdoba Lasso de la Vega y Martínez de Francia Figueroa y Almonte.
Archivo Histórico Nacional (AHN), Consejo de Órdenes, Caballeros de la Orden Militar de Alcántara, exp.
14 Asiento de decreto de gracia a nombre de don Diego de Córdoba Lasso de la Vega, sobre merced de título de marqués del Vado del Maestre.
El título de marqués del Vado del Maestre fue declarado por el rey como título de carácter imperecedero.
15 Residencia de Diego de Córdoba Lasso de la Vega, gobernador y capitán general del Nuevo Reino de Granada y presidente de la Audiencia de Santa Fe, por Francisco de Meneses Bravo de Sarabia, su sucesor.
El número de navíos que integraban la Armada de la Guarda entre 1690 y 1691 fue muy similar al de las armadas que se habían organizado durante todo el siglo XVII, constituidas, normalmente, por entre seis y ocho galeones y entre dos y cuatro pataches.
Desde la publicación en 1591 del primer asiento de la Armada de la Guarda, en el que se recogen las primeras condiciones que debía reunir dicha marina, la formación estaría integrada por diez galeones, dos pataches y cuatro lanchas, y su misión principal sería acompañar y asegurar el viaje que, desde las Indias, realizaran la Flota de Tierra Firme y la Flota de Nueva España.
16 No obstante, la circunstancia de escoltar a ambas flotas se dio en contadas ocasiones hasta 1647, año en el que la Armada de la Guarda empezó a escoltar siempre a la Flota de Tierra Firme, y su objetivo principal fue, desde sus inicios, transportar los metales preciosos entre las colonias americanas y la metrópoli.
Según los registros realizados a cada uno de los galeones que constituían la Armada de la Guarda dirigida por Diego de Córdoba, esta estaba formada por siete galeones y cuatro pataches.
La mayor parte de tales embarcaciones habían completado un único viaje redondo -travesía de ida hacia las Indias y travesía de vuelta a la metrópoli-, como era el caso de los galeones San José, capitana del convoy, la almiranta Jesús, María y José, que había sido la capitana de la armada de Gonzalo Chacón entre 1684 y 1686, el galeón nombrado Nuestra Señora del Mar, San José y San Francisco de Paula, 17 y el Nuestra Señora de la Concepción, San Francisco Javier y San Pedro, que en la citada expedición fue de «gobierno», denominado así porque en él iba embarcado el gobernador del Tercio.
18 El resto de los galeones habían sido carenados en 1690 por primera vez, a saber: el Nuestra Señora de los Remedios, San Nicolás y San Ignacio, el nombrado Santísimo Sacramento y el buque Nuestra Señora del Rosario y San José, que cumplía ese año las funciones de galeón gobierno.
19 A finales de siglo, los galeones de la armada solían arquear más de mil toneladas, como era el caso de la capitana, de 1.017 toneladas.
La almiranta, 16 Asiento de la Armada de la Guarda.
17 Registro de ida del navío Nuestra Señora del Mar. Sevilla, 7 de septiembre de 1684.
18 Registro de ida del navío Nuestra Señora de la Concepción y San Francisco Javier.
19 Registros de ida a Tierra Firme de los galeones del general Gonzalo Chacón Medina y Salazar.
NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO de dimensiones más reducidas, casi alcanzaba el millar con sus 965 7⁄8 toneladas.
Ambos habían sido construidos, probablemente, al igual que el resto de los que integraban la armada, en los astilleros peninsulares del Cantábrico, 20 y, a excepción del galeón de Ignacio de Ubilla, de 561 toneladas, 21 todos podían portar más de 850 toneladas.
El galeón nombrado Nuestra Señora de las Mercedes, San Francisco Javier y San Miguel se construyó por asiento signado entre la Corona y Francisco de Córdoba Lasso de la Vega, hijo del general, en 1688, lo que le valió para recibir el título de capitán de mar y guerra.
Dicho galeón aparece referido en las fuentes, en más de una ocasión, con el término «patache», debido a que esta solía ser la tipología naval empleada para cumplir la misión de ir a recoger las perlas que se obtenían, principalmente, en aguas cercanas a la isla Margarita, cuyo cometido había sido encomendado a Francisco de Córdoba.
22 Entre las condiciones del citado acuerdo constaba la obligación por parte del capitán de correr con todos los gastos ordinarios de la fábrica del navío, además de transportarlo hasta Andalucía y proporcionar un préstamo al 8 % para financiar los fletes.
Por su parte, este recibía licencia para realizar dos viajes consecutivos, en los que podía comerciar y percibir elevadas cantidades por la carga transportada, 23 tal y como fue el caso del gobernador conde de Gerena, quien ya había fabricado un galeón de 800 toneladas para el viaje en el que sirvió al lado del general Gonzalo Chacón.
Para la empresa de 1690 tenía confeccionado otro galeón de 928 toneladas, nombrado Nuestra Señora del Rosario y San José, que, a razón de 20 ducados la tonelada, suponía su construcción un total de 18.562 ducados y medio.
Dicho galeón ya había servido como almiranta en la armada de Gonzalo Chacón, entre 1684 y 1686, y pasó a ser el galeón gobierno de la armada en 1690.
24 Análoga situación se observa con los capitanes Francisco de Pineda y Salinas -que fue el almirante de la 20 Serrano Mangas, 1998.
21 Registro de ida del navío Nuestra Señora de los Remedios.
23 Real cédula a los oficiales reales de Panamá para que paguen al capitán Francisco de Córdoba Lasso de la Vega ocho mil pesos para concluir y transportar su bajel.
En ella el rey dispone lo siguiente: «se le libren 8.000 pesos, que oy son escudos de a 10 reales de plata [...] para que valiendose de este credito pueda adelantar la fabrica de su galeon y transportarle a la Andaluzia», lo cual denota las diferentes reformas monetarias que se habían realizado últimamente.
Véase, en este sentido, Font de Villanueva, 2005.
24 Real cédula a los oficiales reales de Panamá para que paguen al conde de Gerena, provisto gobernador del Tercio de Galeones para dos flotas, en atención a los méritos de su padre Pedro de Ursúa y al ofrecimiento que ha hecho de fabricar un galeón de 800 toneladas y prestar 40.000 pesos, más sus intereses (el 8 %).
armada comandada por el referido general-, Ignacio de Ubilla -que venía participando en las armadas como capitán de mar y guerra desde el año 1667-, 25 Juan de Egues Beaumont y Pedro Adrián Colarte.
El procedimiento habitual seguido por el monarca para paliar la falta de galeones a finales de la centuria fue el de otorgar el puesto de capitán de mar y guerra a quienes se comprometían a construir uno de ellos.
La Corona únicamente debía proporcionar la artillería y el carenado.
26 En las tablas 1 y 2 incluimos el nombre de los galeones, pataches y capitanes de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, así como el tonelaje de cada uno de los galeones.
25 Real cédula a los oficiales reales de Panamá para que paguen a Ignacio de Ubilla, capitán de mar y guerra que ha de ir en la Armada de Tierra Firme, 18.000 pesos que ha prestado a la Real Hacienda, más sus intereses (el 8 %).
26 Serrano Mangas, 1998 El 14 de marzo de 1690 pusieron rumbo a Cartagena los navíos que formaban parte de la flota y armada del general Diego de Córdoba y del almirante Pedro Carrillo de Albornoz.
27 A su despacho asistieron los señores Juan de Chaves y Chacón, presidente de la Casa de la Contratación, y don Francisco Lorenzo de San Millán, juez oficial de la Real Audiencia de la Casa de la Contratación.
28 En poco más de un mes de navegación, los barcos que integraban el convoy se hallaban muy cerca de las Antillas menores,29 y a comienzos de mayo arribaron a Cartagena.
30 Entre los días 7 y 15 de dicho mes se realizaron los correspondientes pregones en aquella VICENTE PAJUELO MORENO ciudad con el fin de comprobar si alguna persona podría aportar los bastimentos necesarios para la estadía y el viaje de vuelta, sin embargo nadie acudió a la llamada.
31 La situación se tornaría aún más complicada para el general a mediados del mes siguiente, pues, estando surtos los galeones en el amarradero del puerto de Cartagena, una tormenta causó graves daños a las embarcaciones, especialmente en la arboladura.
Los maestros mayores y calafates trabajaron en ellos durante el verano de 1690, respetando la jerarquía de las naves: primero sería reparado el galeón capitana, posteriormente la almiranta, le seguiría el galeón gobierno y así sucesivamente hasta finalizar con las naos mercantes.
32 Una vez enmendados los principales daños que les había causado la tormenta, tocaba emprender el viaje hacia Portobelo, en donde, en aquella ocasión, fueron carenados para el viaje de vuelta.
Debido a la presencia de dos buques holandeses en Nombre de Dios, el general convocó una junta de capitanía general e hizo llamar al almirante y a los capitanes para que diesen su opinión sobre el asunto.
33 La acción de reunir a los principales mandos de la armada se ha observado también otros años, como por ejemplo en 1597, cuando el general Juan Gutiérrez de Garibay citó a sus principales subordinados para que acudiesen a la capitana, aunque las causas que motivaron cada una de las juntas fueron bien distintas.
34 El general Diego de Córdoba vio los votos de los capitanes y manifestó, coincidiendo con la mayoría, que se enviarían dos barcos para expulsar a los navíos holandeses de Nombre de Dios.
A los capitanes elegidos para la ocasión, don Francisco de Pineda y don Juan de Egues, les correspondía poner a punto sus galeones; sin embargo, finalmente solo se despachó una lancha al amanecer, en la que iría Luis de Arana, ayudante de Diego de Córdoba, para entregarles una carta y conocer cuáles eran sus intenciones.
La lancha regresó por la noche con la respuesta que le dieron los capitanes, en idioma holandés, por NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO lo que se pidió a los diputados del comercio que la tradujeran.
La cuestión principal que revelaba la misiva era que entre ambas potencias se seguían conservando los acuerdos de paz existentes y que en breve partirían por el canal de Bahamas hacia Holanda.
Flota de Tierra Firme y navíos de costa
En 1690, además de los galeones y pataches que integraban la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, un total de quince navíos constituían la Flota de Tierra Firme que les acompañaba.
Las dimensiones de los mismos eran más reducidas que la de los galeones, puesto que las medidas del barco más grande de la flota apenas rebasaban el porte del navío de menor tamaño de la armada.
La protección que ofrecían los galeones para realizar la travesía que les conducía primero a Cartagena y posteriormente a Portobelo, lugar este último en donde se recogían los metales procedentes, principalmente, de las minas de Potosí, 36 infundían mayor seguridad a las embarcaciones que deseaban realizar la navegación hacia el Nuevo Mundo.
Por ello, el número de bajeles que aguardaban la partida de la armada fue en constante aumento durante todo el siglo XVII.
La lógica respondía al mayor número de piezas de artillería que montaban los galeones, mejor pertrechados que los navíos de las diferentes flotas que cruzaron el Atlántico y con capacidades defensivas superiores.
37 La construcción de los bajeles que formaban la flota se había realizado casi en su totalidad en los astilleros del País Vasco, centro predominante para la confección de navíos de alto bordo.
38 A medida que transcurría el siglo XVII, se fueron incorporando embarcaciones fabricadas en diferentes partes de las Indias, sin embargo la representación de navíos construidos en la península ocupó un lugar predominante durante toda la centuria.
La calidad de la madera que ofrecían los bosques indianos superaba incluso a la obtenida en la cornisa cántabra.
No obstante, América carecía en esos momentos de los materiales necesarios para obrarlos, tales como el hierro, la estopa, la jarcia, etc., y transportarlos desde la península encarecería los 39 En las embarcaciones iban dos maestres, el de la plata y el de raciones.
El primero era el principal responsable de supervisar que «el barco dispusiese de todos los medios materiales y humanos necesarios para llegar a su destino y encargarse de que el pasaje y la carga se entregasen en perfectas condiciones», mientras que el segundo era el encargado de velar por los bastimentos de que disponía la tripulación.
A finales de marzo de 1691, continuaban apostados en Portobelo los galeones y los navíos de la Flota de Tierra Firme.
Fueron varias las causas que motivaron que el general Diego de Córdoba permaneciese en aquel puerto y retrasase su salida: la primera, la celebración de una feria, en donde la mayor parte de la tripulación tenía puestos sus intereses; 40 la segunda, la ausencia de tiempos bonancibles para poder partir; y la tercera y más importante, el no haber arribado aún la plata de Potosí.
41 Carta del general Diego de Córdoba Lasso de la Vega, informando del estado de la armada.
La salida del convoy desde Portobelo en dirección a Cartagena no se produjo hasta mediados de abril de 1691.
La parada que había de realizarse antes de emprender el viaje de vuelta hacia Cádiz para la recogida de bastimentos y reparación de alguno de los navíos que mostrasen algún defecto se prolongó más de lo debido, ya que varios barcos hacían demasiada agua y hubo que efectuar numerosas reparaciones.
42 A finales de mayo, las embarcaciones que integraban la Armada de la Guarda y la Flota de Tierra Firme levaron anclas para dirigirse a La Habana, pero apenas transcurridos unos días de navegación, un accidente provocó que cuatro de las embarcaciones se perdieran para siempre en el bajo de Las Víboras, conocido actualmente como Pedro Bank, situado a unos ochenta kilómetros al suroeste de Jamaica (figura 1).
No era la primera vez que aquellos bajos se convertían en escenario de un desastre, pues en 1605 la armada del general Luis Fernández de Córdoba y Sotomayor también se topó con ellos durante una fuerte tormenta, que ocasionó el naufragio de cuatro de las embarcaciones de su conserva.
43 No obstante, las causas que provocaron uno y otro son bien distintas.
Los cuatro navíos que naufragaron en el bajo de Las Víboras la noche del 2 de junio de 1691 no padecieron ningún fenómeno meteorológico adverso, sino que no habían sido bien remendados y eran los más viejos de la formación.
Así, uno de esos cuatro navíos, el nombrado Nuestra Señora de la Concepción, San José y las Ánimas, que efectuó su primer viaje en 1682 en conserva de la Flota de Nueva España, 44 al igual que otro de los que naufragaron, el Ángel y las Ánimas, 45 venían atravesando el Atlántico con periodicidad casi anual desde aquel año; aunque verdaderamente llamativo fue el caso del navío Nuestra Señora del Carmen y San José, que se hizo a la vela por primera vez en 1672, 46 lo que 42 Reparaciones realizadas a los galeones y pataches de la armada desde el día 1 de mayo hasta el día 27 del mismo mes.
Se repararon el galeón Nuestra Señora del Mar, el galeón Nuestra Señora de las Mercedes y el patache Nuestra Señora de la Estrella.
Pedro Sánchez, maestro mayor de calafate del galeón capitana, afirma: «era normal que entrara agua por la flaqueza y antigüedad de las carenas y que con las planchadas que se le pusieron está seguro podrá hacer viaje a España».
44 Registro de ida del navío Nuestra Señora de la Concepción, San José y las Ánimas, de 357 toneladas, maestre Juan Ignacio de Cárdenas, que salió de Cádiz con la Flota de Diego Fernández de Zaldívar para Nueva España.
45 Registro de ida del navío El Ángel y las Ánimas, de doscientas sesenta y tres toneladas, maestre Isidro de Arrevillaga, que salió del río Guadalquivir, con la Flota de Diego Fernández de Zaldívar, para Nueva España.
46 Registro de ida del navío Nuestra Señora del Carmen y San José, maestre Juan Pérez Núñez, que salió del río Guadalquivir con la Flota de Diego de Ibarra para Tierra Firme.
Mapa de la Isla Jamaica con sus puertos y bajos (detalle).
AGI, Mapas y Planos, Santo Domingo, 54.
Los navíos que formaban parte del convoy dirigido por el general Diego de Córdoba entraron en La Habana el 7 de julio de 1691.
Atrás quedaron perdidos cuatro bajeles de su conserva, ahogándose algunos individuos.
Sin embargo, muchas de las personas que venían en ellos lograron salvarse gracias al auxilio ofrecido por el galeón Nuestra Señora de Regla, San José y San Ignacio.
El riesgo de que hubiera naufragado un mayor número de embarcaciones lo encontramos en los testimonios que dieron cada uno de los capitanes nada más arribar a La Habana, en los que todos coincidían en que los navíos no habían sido bien reparados ni en Portobelo ni en Cartagena.
El galeón patache, del que era capitán don Francisco de Córdoba, y el galeón Nuestra Señora de la Concepción, San Francisco Javier y San Pedro, dirigido por Pedro Adrián Colarte, también habían tocado en el bajo de Las Víboras y tuvieron serias dificultades para alcanzar el puerto cubano.
En las labores de reparación y arreglo de los mismos trabajaron Pedro Sánchez y Andrés Maltés, maestros mayores de calafatería y carpintería, respectivamente, y los buzos de los galeones capitana, almiranta y el galeón patache: Miguel Pantoja, Luis Pantoja, Francisco Rodríguez Quevedo y Francisco Hernández.
49 Ante los daños que mostraban las embarcaciones y la necesidad de rescatar la hacienda naufragada, el general Diego de Córdoba decidió reunir en la casa del gobernador y capitán general de Cuba, Severino de Manzaneda, a las personas con cargos y ocupaciones más importantes de La Habana y a Pedro Carrillo, almirante de la formación.
Finalmente, entre todos acordaron que se enviarían tres navíos al bajo de Las Víboras para sacar la plata anegada en el interior de las malogradas embarcaciones.
50 Los diputados del comercio Rodrigo de Vivero, Pedro de Vidales y Antonio Rodríguez Cortés, quienes también habían participado en la junta de capitanía general, afirmaron que:
Habiendose perdido en el bajo de la vibora los cuatro navios, Santa Cruz, La Concepcion, el Angel y Nuestra Señora del Carmen, que eran de la conserva y cargo de V.S., el dia dos de junio en la noche, y salvandose la gente de ellos, que recogio el navio Nuestra Señora de Regla, se sabe que dichos navios, los tres quedaban enteros, aunque el uno habia padecido un fuego que le consumio las obras muertas que descubrira, y que en todos cuatro quedaban porciones de plata, que, por la calidad del tiempo y la prisa necesaria para poner tanta gente en salvo, no se pudo recoger; y por ser breve y no dar lugar a que los ingleses, por la cercania que tienen de Jamaica, se 49 Señalamiento de las obras hechas en La Habana.
En el puerto de la ciudad de San Cristóbal de La Habana a bordo del galeón San José, capitana, 7 de julio de 1691.
50 Junta de capitanía general.
NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO anticipen y la saquen, recurren a V.S. con el nuevo motivo que les da haber personas que se ofrezcan con embarcaciones, asi de la Trinidad como de este puerto para bucear dichos navios.
51 Para realizar la inmersión en el bajo de Las Víboras se presentaron tres memoriales, que recogían las condiciones de cada uno de los dueños de las embarcaciones dispuestas a zarpar en busca de la plata.
Los términos del contrato exigían al monarca la tercera parte de todo lo rescatado, más el sueldo que debía pagar la Real Hacienda a los dueños de las embarcaciones.
Estos quedaban obligados a llevar sus barcos bien artillados, con personal suficiente para su defensa y un buen número de buzos.
Ante las pretensiones de quienes se habían ofrecido a proceder a la inmersión, los participantes de la junta organizada por el general acordaron que quienes efectuasen las operaciones de recogida de la plata no obtendrían la tercera parte sino la cuarta y, por el riesgo de los piratas que podían merodear en la zona, no se llevaría la plata al puerto de La Habana sino al de Trinidad, desde donde se transportaría vía terrestre hasta el citado puerto habanero.
En cada embarcación irían dos personas al cuidado de todo lo obtenido con el buceo, una de ellas nombrada por el rey, el gobernador y los oficiales reales, y la otra a elección de los diputados del comercio.
Por cabo y máximo responsable de los tres navíos fue el capitán Esteban de Berroa, 52 quien ya había participado en otros buceos como el que se realizó en el canal de las Bahamas en 1679, 53 concretamente en el paraje de Los Mimbres, donde se perdió en 1656 la almiranta de Matías de Orellana.
54 Los tres bajeles que se dispusieron para recoger la plata fueron los siguientes: la fragata Nuestra Señora de la Concepción, propiedad del capitán Sebastián de Herrera; la balandra San Pedro y las Ánimas, cuyos dueños eran Manuel Rodríguez y Silvestre Gómez; y la balandra Nuestra Señora del Sagrario y San Francisco Javier, que pertenecía a Cristóbal de Oliver.
Esta última se hallaba en el puerto de Trinidad y, según las instrucciones que se les había dado a los veedores de cada una de las embarcaciones, se 51 Idem.
52 Galeones del general marqués del Vado del Maestre.
53 Capitán Miguel de Melgar.
Expediente del asiento para el buceo de la almiranta de galeones de don Matías de Orellana, perdida el año 1656 en el canal de las Bahamas.
Al buceo de la almiranta había asistido el capitán Miguel de Melgar, pero a causa de su fallecimiento, Esteban de Berroa ocupó su puesto.
54 Relación de méritos y servicios de Esteban de Berroa, capitán de mar y guerra, vecino de Cumaná.
incorporaría más tarde al buceo.
La orden disponía, además, «que a los indios buzos se les tratase con amor y cariño», pues de esa manera estos podrían descender más en el agua.
La práctica de sumergirse a pulmón en el Caribe era muy peligrosa, por ello, en la mayoría de las ocasiones, fueron estos «elegidos» quienes realizaban las inmersiones, y no porque su capacidad pulmonar y sus técnicas fuesen mejores, sino porque la pérdida de uno de estos individuos no sería tan lastimosa como la de un humano de piel blanca, además de que el coste del descenso sería mucho más económico que el practicado por los buzos específicos de la Armada, cuyos sueldos eran muy elevados.
55 Desde el puerto habanero partieron en dirección al bajo de Las Víboras, el 19 de julio de 1691, la balandra San Pedro y las Ánimas y la fragata Nuestra Señora de la Concepción, denominada también «La Bobona».
El 20 de agosto arribaría al mismo punto la balandra Nuestra Señora del Sagrario y San Francisco Javier, que solo ese día pudo obtener algún beneficio, pues las otras dos embarcaciones, como no podía ser de otra forma dado el tiempo transcurrido, ya habían extraído casi toda la plata.
56 Los descendimientos se produjeron entre los días 8 y 20 de agosto de 1691, aunque debido al mal tiempo no todos los días se pudieron realizar inmersiones.
Las tres naves entraron en el puerto de la Trinidad cinco días después de haber realizado el último descenso y, a excepción de los propietarios de la balandra Nuestra Señora del Sagrario y San Francisco Javier, que partieron tarde del puerto de Trinidad y escasamente pudieron participar en el negocio, el resto de los componentes de la empresa recibieron generosos emolumentos.
57 El monto de lo obtenido en el buceo rondaba los 200.000 pesos, pero de ahí se tenía que pagar el salario a los dueños de las embarcaciones que se ofrecieron a realizar la inmersión, restando lo cual quedaban 164.155 pesos y 7 reales y medio.
Los salarios que se pagaron a los dueños de las tres embarcaciones fueron los siguientes: a Manuel Rodríguez y Silvestre Gómez, dueños de la balandra San Pedro, 23.211 pesos y 3 reales; a Sebastián de 55 Serrano Mangas, 1991, 107-118.
56 Diario del viaje que se hace al bajo de La Víbora, en donde están perdidos la nao Santa Cruz, La Concepción, el Ángel y las Ánimas y Campechano (el sobrenombre de Campechano le venía dado porque había sido fabricado en Campeche), de la conserva de los galeones del marqués del Vado del Maestre, de orden del señor maestre de campo don Severino de Manzaneda y Salinas, gobernador y capitán general de la isla de Cuba y ciudad de La Habana, a cargo del capitán don Esteban de Berroa.
NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO Herrera, propietario de la fragata Nuestra Señora de la Concepción, 3.597 pesos y 5 reales y medio; a don Esteban de Berroa, capitán de la balandra San Pedro, 7.662 pesos y 6 reales y, por último, a Francisco de Orellón García, capitán también de la balandra San Pedro, 1.375 pesos.
58 En los buceos se habían recuperado, además, 32 pedreros y 37 cámaras de bronce, que se depositaron en las Cajas Reales de La Habana.
Al rey le correspondían tres cuartas partes de los 164.155 pesos y 7 reales y medio y de las piezas de artillería, esto es, 123.114 pesos y dos reales (en reales de a ocho y de a cuatro), aproximadamente, además de 24 pedreros y unas 27 cámaras de bronce.
59 Para el gobernador Manzaneda la celeridad con la que se habían ejecutado los buceos fue todo un éxito, pues tres días después de que la plata estuviera a buen resguardo arribaron al bajo de Las Víboras treinta embarcaciones inglesas procedentes de Jamaica60 -isla que pertenecía a la monarquía británica desde 1655-con la firme intención de realizar el buceo en los cuatro barcos naufragados.
A pesar de la efectividad con la que parecía haberse ejecutado el buceo según Severino de Manzaneda, su precedente en el cargo, Diego Antonio de Viana, opinaba todo lo contrario, afirmando que las inmersiones se habían ejecutado de manera desordenada y fraudulenta.
Entre las razones que demostraban la ineficacia anunciada por este último, cabe destacar que la plata no llegó pesada al puerto de La Habana sino a granel y que quienes la transportaron en las bestias desde Trinidad lo hicieron sin la supervisión de ningún oficial, ni del capitán general, ni de ministros, ni escribanos: «que se puso en grave peligro su transporte, porque podía haber sido robada por los piratas, negros furtivos o bandoleros».
61 Según este, la intención de seguir la VICENTE PAJUELO MORENO ruta que une ese lugar con La Habana -en vez de llevar la plata a Batabanó, ciudad más cercana y segura-fue la de elegir el camino más largo para lograr mayor provecho de lo obtenido en el buceo.
Así, una vez terminadas las inmersiones, Severino de Manzaneda nombró por alcalde ordinario a Esteban de Berroa, prueba inequívoca de que entre todos los participantes del negocio se debían muestras de agradecimiento por lo obtenido de los cuatro barcos naufragados.
62 Finalizado el buceo, tocaba emprender el viaje de vuelta a Cádiz, aunque en los navíos de la conserva de la flota y armada del general Diego de Córdoba no se transportó lo recaudado.
Todavía a principios de 1698, el Consejo de Indias pedía que se enviase la hacienda dejada en La Habana en 1691 tras el buceo realizado en el bajo de Las Víboras.
El dinero se emplearía en la compra de tabaco en hoja y se remitiría a España en las flotas y armadas que pasarían por el puerto habanero en 1699.
63 No obstante, la situación se volvería a complicar nuevamente para el general en su viaje de regreso a Cádiz, pues, poco después de haber salido de Cuba en dirección a la metrópoli, el galeón nombrado Nuestra Señora del Mar, San José y San Francisco de Paula, de 852 toneladas, naufragó en el golfo de las Bermudas, a pesar de que había sido reparado en Cartagena antes de emprender el viaje de vuelta y era uno de los galeones más nuevos de la formación.
64 Las personas que iban en él se salvaron y también buena parte de la hacienda que transportaba.
65 Como parte de los informes que se realizaron con motivo de este suceso, se dibujó un croquis del hundimiento del galeón, en donde se observa que varias lanchas -embarcaciones auxiliares que debía llevar cada galeón, aunque no siempre se disponía de ellas en los buques-facilitaron el rescate de la plata, la tripulación y los pasajeros (figura 2).
El final del navío está muy cerca, tal y como se aprecia 62 Idem.
63 Carta del señor maestre de campo, Diego de Córdoba Lasso de la Vega, gobernador y capitán general de la ciudad de La Habana e isla de Cuba, al rey, informándole del procedimiento para la compra de tabaco en hoja.
64 Reparaciones realizadas a los galeones y pataches de la armada desde el día 1 de mayo hasta el día 27 del mismo mes: el galeón Nuestra Señora del Mar, el galeón Nuestra Señora de las Mercedes, patache de la Margarita, el patache de la armada Nuestra Señora de la Estrella.
Pedro Sánchez, maestro mayor de calafate del galeón capitana, dijo lo siguiente: «era normal que entrara agua por la flaqueza y antigüedad de las carenas y que con las planchadas que se le pusieron está seguro podrá hacer viaje a España».
65 Registro de ida del navío Nuestra Señora del Mar, capitán Francisco de Pineda, que salió con la flota del marqués del Vado del Maestre para Tierra Firme.
En una nota al margen aparece citado que «este galeón se perdió viniendo de La Habana, por la mucha agua que hacía; salvose la gente y parte de la carga que traía».
NAUFRAGIO Y RESCATE DE LA FLOTA Y ARMADA DEL MARQUÉS DEL VADO en la imagen; el agua está bastante por encima de la línea de flotación, tanto es así que las bombas ya no pueden evacuarla y el agua comienza a salir por las troneras.
Aunque la travesía que realizó el general Diego de Córdoba estuvo determinada por numerosos imprevistos, el resto de los navíos que integraban el convoy arribaron finalmente a Cádiz el 6 de noviembre de 1691.
66 Atrás quedaron cinco de las embarcaciones de su conserva.
Los diferentes siniestros que se ocasionaron en el mar durante los casi dos años que duró la empresa comandada por Diego de Córdoba, no fueron una circunstancia excepcional en la Carrera de Indias, sino más bien la tónica habitual a la que se vieron expuestas las diferentes embarcaciones que cruzaron el Atlántico, debido, entre otras cosas, a la mala reparación que se 66 Fenecimiento de cuentas.
VICENTE PAJUELO MORENO hacía a los barcos y a la antigüedad de las tablas que los constituían.
Desde la cuarta década del siglo XVII la Corona venía recurriendo a la concesión o merced del título de capitán de mar y guerra a quienes se comprometían a fabricar alguno de los galeones que integrarían la Armada de Tierra Firme; el carenado de tal galeón tocaría a la Real Hacienda, pero, debido a la falta de dinero de esta, fueron numerosas las ocasiones en las que el carenado corría a cuenta también de quienes lo construían -como fue el caso de Pedro Carrillo, almirante de la formación de Diego de Córdoba-, que empleaban materiales de peor calidad para la fábrica y aumentaban el coste de las carenas con el propósito de obtener mayores beneficios, reduciendo así ostensiblemente la duración de cada vaso y mermando su operatividad. |
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En 1739 el débil equilibrio que hacía veintiséis años había proporcionado la Paz de Utrecht nuevamente se tambaleaba con la declaración de una nueva guerra.
Las causas fueron múltiples y complejas, 1 aun cuando la antigua historiografía británica fijó como casus belli el castigo y amenaza que el guardacostas Juan León Fandiño profirió al contrabandista británico Robert Jenkins tras el apresamiento del navío de contrabando Rebecca.
2 En realidad, este episodio, acaecido en 1731, solo sirvió de pretexto a la oposición parlamentaria tory para abanderar una agresiva campaña belicista contra España siete años más tarde, si bien es ilustrativo del parcial éxito de las patrullas de guardacostas establecidas desde 1722, que redujeron sensiblemente las pérdidas por el contrabando sistemático ejercido por el comercio inglés, 3 cuya ambición superaba sobradamente los beneficios que les reportaba el navío de permiso.
4 No obstante, motivos de más calado, como la cercana rescisión del privilegio del asiento esclavista establecido desde Utrecht, primaron entre los capitalistas de la South Sea Company -con una clara representación tory-para presionar al gobierno en busca de una posición más privilegiada en el concierto comercial americano.
Esta facción, en la que se encontraba el vicealmirante Edward Vernon y a la que se sumaría buena parte de la representación whig, obligaría al primer ministro Walpole a romper relaciones diplomáticas con España el 23 de octubre de 1739 a la voz de «el mar de las Indias libre para Inglaterra o la guerra».
5 A pesar de ello, Walpole siempre se mantuvo contrario al conflicto armado, 6 sabedor de que la proporción de fuerzas entre ambas potencias se había equiparado por entonces.
Por un lado, la armada española se fue recuperando poco a poco del ruinoso estado en que se encontraba al término de la Guerra de Sucesión española, gracias al empeño de los secretarios de Marina e Indias José 1 Las causas que llevaron al conflicto han sido analizadas en múltiples ocasiones bajo diversos enfoques.
Una revisión general de esta guerra en el Caribe puede consultarse en Cerdá Crespo, 2010.
2 Varias crónicas relataron el episodio con ligeras variaciones, que serían tergiversadas tendenciosamente siete años más tarde redirigiendo la ofensa al mismo rey Jorge II.
Bajo el tenso clima de la preguerra varios parlamentarios y comerciantes requirieron la presencia de Jenkins en el Parlamento.
La política de guardacostas se prolongaría con éxito a lo largo del siglo XVIII.
4 Este constante comercio ilícito era sobradamente conocido y protegido por el Reino Unido, que nunca llegaría a disponer de medios efectivos para su supresión.
Patiño y José de la Quintana, si bien aún quedaban cuantiosos esfuerzos por acometerse para poder hacer frente a la potencia naval británica.
7 Por ello, la defensa de las posesiones del Caribe recaería fundamentalmente en la red de fortificaciones que controlaron los principales puntos de la Carrera de Indias.
8 Durante los cuatro primeros decenios del setecientos, el estado general de defensa de los puertos españoles del Caribe se vio ligeramente reforzado con nuevas obras de fortificación, abandonando progresivamente la indefensión a la que estuvieron sometidos a la muerte del último de los Austrias.
Ello sería consecuencia de la creación en 1711 del Real Cuerpo de Ingenieros Militares, 9 cuya jerarquizada y rigurosa organización contribuiría decisivamente a sistematizar de manera integral la gestión de las fortificaciones americanas.
10 La institucionalización de la figura del ingeniero militar se enmarcaba dentro de un plan más profundo de reformas del ejército, que fue básico para dotar de mayores recursos a la administración militar americana, la cual quedó al mando de capacitados gobernadores militares sometidos al más escrupuloso control.
11 Consecuencia de todo ello fue el resultado de la guerra entre ambas potencias en el teatro americano.
Quizá el testimonio más elocuente de cuanto allí ocurrió lo constituyó la batalla de Cartagena de Indias de 1741, en donde las defensas de la ciudad, comandadas por Blas de Lezo y el virrey Sebastián de Eslava, repelieron el ataque de los 27.000 hombres y 186 naves del vicealmirante Edward Vernon y el general Thomas Wentworth.
12 Sin embargo, aunque siempre se alude a este acontecimiento como el más determinante de cuantos tuvieron lugar en las costas y aguas del Caribe durante esta guerra, han de considerarse otros que igualmente fueron decisivos para el devenir de la contienda y que, de la misma forma, aunque con IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ excepciones en Portobelo y Chagres, 13 evidenciaron la preparación de las principales plazas y guarniciones españolas.
Desde el inicio, los objetivos prioritarios del ejército británico se focalizaron en los puertos centrales de la Carrera de Indias, caso de Cartagena y, principalmente, La Habana, plazas donde se redoblaron esfuerzos para su defensa.
14 Con lo ocurrido en Cartagena y ante el temor a repetir lo propio en La Habana con una escuadra muy mermada, la estrategia británica viró a objetivos menos pretenciosos -aunque siempre ambicionados-15 desde donde establecer un mayor control de las rutas de navegación.
16 Con tales fines los ingleses contaban desde 1655 con Jamaica, cuya estratégica posición la convertía en el principal centro de operaciones, no solo del contrabando británico, sino de la Royal Navy en tiempos de guerra.
17 Aquella posición sin duda se podría ver fuertemente afianzada con la ocupación del oriente cubano, situación que contribuiría a hacer más seguro el tráfico de contrabando y a controlar la navegación por el Paso de los Vientos y el acceso al Canal Viejo de Bahamas a partir de la creación de una ambicionada base naval en Santiago o en Guantánamo.
18 Esta sería la principal aspiración de Vernon después de mayo de 1741, amenaza a la que debía hacer frente el gobernador de Santiago, Francisco Cagigal de la Vega.
Para entonces, sus gestiones tanto a nivel de reclutamiento y organización de milicias, como de preparativos de fortificación, dieron como resultado una plaza que, a pesar de las vicisitudes, se verificaría inexpugnable frente a la escuadra británica.
19 Para ello contó con la valiosa colaboración del ingeniero de origen francés Francisco de Langle, encargado de dar forma al plan de defensa y fortificación de la ciudad y su jurisdicción que analizaremos y pondremos en contexto.
14 Así lo comprobó Vernon entre los meses de septiembre y noviembre de 1739, cuando bloqueó el puerto de La Habana desistiendo de atacarlo frontalmente.
El rey Jorge II colocó a Santiago en tercer lugar en el orden de prioridades de capturas durante la contienda, solo después de La Habana y Cartagena.
16 La estrategia se fundamentó en la escasa población de la zona, hecho que posibilitaría un control efectivo del oriente cubano con poco esfuerzo, al modo seguido por los franceses al oeste de La Española en el siglo precedente.
17 Para un análisis de la relación geoestratégica entre Jamaica y Cuba durante los diferentes episodios bélicos entre España e Inglaterra véase Morales, 2017.
Desde el conocimiento de estas noticias y desde las propias consideraciones de Langle, se analizará, discutirá y contextualizará sus principios para la fortificación en el Caribe.
Complementariamente con ello, nos proponemos documentar y dar nombre a un personaje desconocido y olvidado por la historiografía a pesar de constituirse como uno de los fundamentales en el éxito de la defensa.
Los preparativos de la guerra: el plan de defensa de Santiago de Cuba
Ya durante el año de 1738 comenzaron los preparativos ante la inminente guerra, sucediéndose varias operaciones encubiertas de reconocimiento y espionaje a fin de sondear defensas, movilización y volumen de fuerzas del enemigo.
El primero de julio de 1738 llegaría al puerto de Santiago una fragata inglesa con la intención de entregar una carta a Cagigal con la que justificaría su presencia allí para proteger al navío de permiso, si bien a la postre se comprobó que el propósito real de la visita fue el de ordenar la remisión de los caudales del factor del asiento de negros a Jamaica.
20 Por su parte, el capitán general de Cuba, Juan Francisco Güemes y Horcasitas, mandó a Cagigal introducir en Jamaica una persona de su confianza a fin de que informara de cuanto se viniera allí fraguando, comisión que desempeñaría con éxito en tres ocasiones el santiaguero Miguel Moncada Sandoval, hasta que fue apresado y permaneció prisionero durante cuatro meses.
21 Las demandas del capitán general contrastaban con su reticencia a auxiliar al exiguo destacamento de Santiago, desoyendo continuamente los reclamos de Cagigal.
22 Este, sabedor de que el factor humano era fundamental para el posible éxito de la defensa, combinó hábilmente los apenas 350 hombres del ejército regular con 700 milicianos, tropa a la que se sumaron otros muchos en la guerra de guerrillas, constituyendo una fuerza IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ auxiliar de enorme trascendencia en el curso de los acontecimientos.
23 La habilidad de Cagigal para adaptarse a la escasez de medios a su disposición constituirá la tónica general de la defensa frente a Vernon, tal y como se vería también en Cartagena.
24 Ello da muestra de la importancia de la gestión de los recursos y del inteligente uso del medio como aliado.
Este será, como veremos, el principio básico en el que se fundamentará el plan de fortificación de las costas de Santiago que pondrían en marcha Cagigal y Langle.
Antes de esto, el gobernador volvió a solicitar al capitán general Güemes un oficial del arma de Ingenieros para revertir la indefensión que por entonces presentaban las fortificaciones de la ciudad.
Este respondió negativamente, excusándose en que todos sus ingenieros se encontraban ocupados en aquella jurisdicción.
La gravedad de la situación llevará a Cagigal a aceptar los servicios del ingeniero francés Francisco de Langle, a la sazón en Santiago, asumiendo los riesgos que la presencia de una persona extranjera pudiera suponer en un empleo de tales características, aun proviniendo de un país aliado.
25 No obstante, con alguna supervisión previa y acreditada su lealtad, se le conferirán finalmente todas las responsabilidades de su cargo, pasando con diligencia a reconocer las defensas de la ciudad y los puertos que a barlovento y sotavento de ella pudieran servir de desembarco de tropas para un eventual ataque por tierra.
26 Dada la urgencia de la situación, agravada por el advenimiento de la declaración de guerra, pocos meses después de su nombramiento trabajaba a destajo para hacer defendible no solo las fortificaciones que se conservaban por entonces inservibles, sino otras nuevas que se proyectarán como partes constituyentes de un plan integral de fortificación.
23 Recientemente se ha presentado un completo trabajo sobre el papel fundamental de las milicias en la defensa de Santiago.
25 Cagigal a José del Campillo Cossio, 6 de abril de 1742, en «Descripción de los reparos y obra hechas en las Fortalezas del Puerto de la Ciudad de Santiago de Cuba y Puertos de desembarco a varlovento y sotavento deel abaliadas y executadas por su Yngeniero Don Francisco del Angle en virtud de Orden de su Gobernador el Señor Coronel de los Reales Ecercitos Don Francisco Caxigal de la Vega Cavallero del Orden de Santiago», AGI, Santo Domingo, 2106.
26 La única referencia sobre este ingeniero en relación a la defensa de Santiago la recoge Marrero sin atribuirle responsabilidad en el plan de fortificación, figurando como tasador de las obras.
Aparte de esto, solo constan noticias fragmentarias, imprecisas y a veces erróneas, producto de la confusión de su nombre con otros ingenieros de apellido similar.
Capel documenta la actividad de un Francisco Nangle del que cita algunas obras en Santiago de Cuba atribuibles a su figura, si bien resulta imposible considerar otras como propias por la cronología y ubicación que aquí manejamos.
Será objeto de otro trabajo documentar con rigor la obra y vida de este desconocido ingeniero.
El castillo de San Pedro de la Roca
Como principal defensa del sistema de fortificación santiaguero, el castillo de San Pedro de la Roca será objeto de varias reformas para aumentar su capacidad de ataque y defensa.
El origen de esta obra se remonta a los trabajos ejecutados por Juan Bautista Antonelli a partir de 1637.
27 Tras diversos avatares, se iría completando con las intervenciones de Juan de Císcara (1664-1668), quien trabajaría en las baterías de la Punta y del Santísimo Sacramento, además de construir otras complementarias como la Estrella y Santa Catalina, fuera del recinto del Morro.
28 El principal problema que siempre presentó esta fortaleza fue el reducido espacio al que obligaba a adaptarse la colina escarpada en la que se levantaba.
Tal condicionante imposibilitaba una defensa completa por la campaña, al ubicarse los límites del camino cubierto sin perspectiva sobre una cañada desde la que «se puede acercar el enemigo [...] a echar una granada de mano sin ser visto ni de la Muralla, ni de la estacada del ángulo saliente».
Al mismo tiempo, el revellín que protegía la cortina de acceso apenas podía contener quince mosqueteros cubiertos tan solo hasta la cintura.
Desde aquí se daba acceso a la fortaleza por un puente de madera que conducía al interior de las dependencias y cuerpos de guardia del castillo, que ocupaban solo la extensión de la cortina, siendo los baluartes llenos.
Esto mismo contribuía a la estrechez de los espacios del castillo, cuya distribución era totalmente anómala: más económicas, que pasaron por la construcción de obras exteriores que conformarían un cinturón avanzado de atrincheramientos.
Con ello se procuraba el dominio de los pasos entre los diferentes accidentes del enclave, siguiendo soluciones similares a las implementadas por entonces en la explanada del castillo de San Cristóbal de San Juan de Puerto Rico.
30 Primeramente, se haría un reducto de tres caras a poca distancia del arranque del glacis, cubriendo en alto el camino cubierto del sector norte del castillo y flanqueando asimismo un nuevo camino trazado ex profeso para comunicar la fortaleza con la batería de la Estrella.
A través de él se posibilitaba el traslado de la artillería desde el Morro, a cuyo paso se construiría una nueva batería en las faldas de la colina que impediría un posible desembarco en la playa de la Estrella.
Esta obra daría lugar, con las reformas de fechas posteriores, al denominado fuerte de la Avanzada (figura 1).
El cinturón atrincherado se completaba por el lado sureste con un hornabeque que cubría todos los flancos por donde pudiera aproximarse el enemigo.
Su construcción se hizo de estacada y fajina, con una altura de casi tres metros, con banquetas y troneras.
En el extremo norte de esta obra se levantó, sobre otro de los cerros, un parapeto que dominaba enteramente la extensión noreste del enclave.
Con la misma intención se incluía además en el semibaluarte sur un caballero que permitía divisar por encima de un pequeño cerro que precedía la tenaza, cuya prolongación frente al mar daba cobertura a la plataforma del Santísimo Sacramento (figura 2).
Castillo del Morro y obras exteriores de campaña, AGMM, Cartoteca, CUB-56/08 (detalle).
Esta última plataforma, ubicada en el tránsito entre la batería de la Punta y el castillo principal, será la parte más reformada de la fortificación, cuya configuración antes de las obras era la de una batería a 31 «Plano de la entrada del Puerto y Castillo del Morro de la ciudad de Santiago de Cuba; con sus fortalesas y nuebas obras pobizionales executadas para su regular defensa.
En cumplimiento del acuerdo de difusión pública de los documentos del archivo se adjunta un enlace al portal de la institución: http:// www.portalcultura.mde.es/cultural/ archivos.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ barbeta que se extendía por un estrecho terraplén situado en el vértice de la montaña escarpada.
Su corta extensión apenas permitía defenderse de la exposición a las andanadas enemigas, de modo que se proyectó su ampliación prolongándola por la ladera, adquiriendo la fisonomía actual, «lo que se executó con grandissimo trabajo a causa de ser todo una roca viva que se aplanó a fuerza de hornillos, picos, y seinceles».
32 Será aquí donde, aprovechando el espacio ganado, se abran las nuevas dependencias que se echaban en falta en los alojamientos superiores, cavándose estas en bóvedas abiertas en la roca viva.
33 Las obras serían iniciadas con escasos recursos y siempre en tiempos de guerra, lo que determinaría el sistema constructivo empleado:
El trabajo essencial de esta bateria se ha hecho continuamente a la vista del enemigo, pues nunca han faltado desde la declaracion de la Guerra, Navios o Fragatas Ynglesas a distancia de una legua de manera que lo que se abria un dia era menester cubrirlo al siguiente [...] deshaciendo las obras de cestones una a una para hacerlas de mamposteria: y lo que no se podrá creer es que ha sido tal el descuido de los Governadores precedentes que se empezaron las obras con una botija prestada y herramientas viejas.
Batería de la Estrella
Sin embargo, no podría dependerse solo de los fuegos de la plataforma del Santísimo Sacramento, debido a su exposición a los cañones enemigos, así como por estar a merced de cualquier derrumbe del castillo superior.
Por ello, Langle consideró reformar las antiguas defensas de la Estrella, que se encontraban en estado de semirruina.
El análisis de los planos del siglo XVII muestra cómo la plataforma se configuraba a barbeta con un claro error de orientación, al disponerse oblicua a la bocana del puerto, con lo que solo era completamente efectiva en caso de que las embarcaciones se adentraran en el canal.
35 Así, se decidió demoler gran parte de la obra antigua y ganar a la ladera unos 100 metros de costa para lo que fue necesario desbastar la roca de la colina a fin de ganar perpendicularidad hacia la entrada de la bahía.
A lo largo de esta superficie se extendería la batería, construida de cantería y abierta con troneras (figura 3).
Quedaba pendiente realizar alojamientos para la tropa, demoler parte de las antiguas defensas y habilitar los aljibes.
Batería de la Estrella, AGMM, Cartoteca, CUB-56/08 (detalle).
La ventaja de esta obra radicaba en que no podría ser atacada desde mar abierto por estar cubierta por toda la superficie del Morro, por lo que para batirla habría de adentrarse en el canal protegido a tres niveles por el castillo.
Sin embargo, aun superada la línea del Morro, las naves se enfrentarían desde los fuegos de proa a los cañones de esta batería, debido a la compleja maniobrabilidad del estrecho canal.
Así, esta combinación de fuerzas se juzgaría suficiente para defender el acceso, hasta el punto de no proponerse intervención alguna en baterías más interiores como la de Santa Catalina.
La defensa de los puertos de desembarco
Protegida la entrada a la bahía, el peligro de ataque aún era inminente por tierra, en caso de que las tropas británicas consiguieran desembarcar en las inmediaciones de la costa de Santiago.
A fin de evitarlo, Langle sería comisionado para inspeccionar posibles puntos de desembarco y fortificarlos.
37 La urgencia del momento y el hecho de que se tratasen, en la mayoría de los casos, de obras de campaña, hizo que finalmente fueran ejecutadas sin la dilación propia de las obras dependientes de la aprobación real ( figura 4).
LA DEFENSA DE SANTIAGO DE CUBA AL ATAQUE DE VERNON DE 1741 irregular, denominada la Vigía, defendiendo el desembarco con cañones y mosquetes.
Dominando todo el terreno, la Vigía posibilitaba el flanqueo de la obra anterior desde el punto más elevado del enclave, de modo que, aun tomada aquella, seguiría defendible el acceso al río.
Asimismo, este sector sería asegurado con un pequeño cuerpo de guardia levantado en la playa del Sardinero, a unos cuatro kilómetros al este.
39 Pocas complicaciones más presentaban para su defensa los puertos de Juraguá Chico y Juraguá.
El primero lo forma una playa en cuyos extremos desembocan dos ríos, dejando un frente muy amplio por donde el enemigo podría desembarcar fácilmente en columnas de ocho lanchas.
Para cubrir esta extensión, Langle construye un hornabeque en terreno ligeramente sobre elevado que, cerrado por ambos extremos por los ríos, permitía batir las lanchas que se aproximaran a la playa y dar fuego cruzado por los flancos a los atacantes que llegasen a desembarcar.
La obra se construiría de estacada y tierra, cuya resistencia debía ser suficiente para los lejanos disparos de las naves, las cuales solo podrían apostarse a no menos de un kilómetro por la existencia de bajos y escollos en las proximidades de la costa (figura 5).40 Dando cobertura a esta tenaza se construiría en la loma que domina la playa por levante un reducto de cuatro cañones.
41 Más a barlovento se encuentra el citado puerto de Juraguá, formado por una playa que se abre como depresión entre dos altas colinas, en donde desemboca un pequeño río.
En ella se disponía desde el siglo XVII de un reducto, que se vería reforzado ahora con un fuerte de campaña irregular de estacas y tierra formado por dos baluartes y dos semibaluartes, precedido de foso (figura 6).
Desde esta posición se imposibilitaba la llegada y formación de la tropa en la playa, siendo suficiente su solidez por la lejanía a la que debían disparar los buques.
En caso de que el enemigo consiguiera desembarcar en alguna de estas playas y marchar hacia Santiago, todos los caminos de este sector confluían en un estrecho paso entre dos colinas denominado el Aserradero, donde se construyó, cortando el paso, un sencillo parapeto con banqueta (figura 7).
42 Por otro lado, a occidente del puerto de Santiago se encuentra el de Cabañas, una profunda bahía de bolsa, accesible por un estrecho canal de más de un kilómetro entre dos colinas.
Sus tres brazas de profundidad solo permitían la entrada a navíos de porte mediano, que quedarían a merced de 42 «Plano del Aserradero: todos los cerros deven ser considerados inacesibles y presisamente se a de pasar por la cañada por donde se representa el camino», Francisco de Langle, h.
El pequeño fuerte abaluartado se construiría por 3.200 pesos y 500 la trinchera del Aserradero.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ la batería construida, configurada por dos caras en ángulo de 110 grados que posibilitaba batir tanto al mar como al canal.
Debido a que desde esta bahía quedaba franco el camino hacia la de Santiago, se excavó una trinchera flanqueando otro estrecho paso del camino de Cabañas (figura 8).
Esta obra sería el inicio de otros puestos atrincherados en el camino a Santiago.
43 Finalmente, a unos cinco kilómetros de Cabañas se radica la playa de Bueycabón, asegurada simplemente con un pequeño reducto de 500 pesos con carácter intimidatorio, pues desde aquel lugar sería muy complicado conducir las tropas tierra adentro.
Plano del Camino de la Trinchera de Guaycabón que tiene 100 tuesas de largo, Francisco de Langle, h.
Principios para la fortificación en el Caribe
Antes de la puesta en marcha de las obras de fortificación referidas y tras inspeccionar las existentes en el puerto, Langle entrega un informe general sobre la capacidad defensiva de la plaza firmado el 1 de septiembre de 43 El coste de la obra sobre el puerto fue de 5.000 pesos.
En él se adjuntaba un detallado proyecto para un castillo que habría de proteger la población.
45 Sin medios para llevarla a cabo, esta propuesta no solo resulta de interés por cuanto se refiere al proyecto en sí, sino también por exponerse en su memoria su concepción de la defensa y fortificación para la guerra en el Caribe.
Como base preliminar, el ingeniero parte de que los complejos preceptos de las escuelas europeas de fortificación no tenían aplicación en América, 46 pues nunca se atacaría aquí en las mismas condiciones, sobre todo en lo concerniente a tácticas de asedio:
Ay mucha diferenzia en fortificar plazas en America, ô en Europa, la primera los desembarques dificultosos; la segunda el transporte dela Artilleria, Biberes y los demás que se necesita, por ser preziso hacer seis leguas de mas zecarno desembarco a la Ziudad, y por unos caminos tan fragosos que es menester hacer muchos trabajos para hazerlos practicables además de todo esto ay mil parajes diferentes para hacer emboscadas; de suerte que la fortificazion, que propongo, es muy suficiente, para detener un enemigo todo el tiempo que es menester para que no logre su yntento.
47 Con ello, Langle sienta una premisa básica: la fortificación en el Caribe exige un sistema autónomo adaptado a sus propios condicionantes.
Esta base, ciertamente no era nueva, aunque sí sería ignorada por muchos de los cualificados ingenieros que arribaban al continente americano con preceptos académicos nacidos de la guerra de asedio en Europa.
Como indica Parker, la revolución militar defensiva nacida de la traza abaluartada, cambió el signo de la guerra.
La captura de una plaza se tornó larga y fatigosa, para lo que Vauban calculaba era necesario una proporción de fuerzas de diez sitiadores por cada defensor.
48 Por el contrario, hasta entonces las acometidas a los puertos españoles se habían sucedido bajo una modalidad de ataque, siempre monoflanco y con carácter individualista.
49 Cierto es que el paradigma cambiará sustancialmente con el arribo al Caribe de la 45 Se trataría de un cuadrado abaluartado provisto de glacis y foso, evaluado en 390.000 pesos, entendiéndose en el monto total el ahorro de contar con los esclavos del rey.
El proyecto, como era preceptivo, se sometería a la voluntad real, no recibiendo respuesta hasta junio de 1741, cuando se deja en espera de que visitaran Santiago los ingenieros Juan de Subreville y Carlos Desnaux, a quienes desde hacía tiempo se les había ordenado el pase a la ciudad.
El proyecto sería olvidado una vez acabada la contienda sin que tengamos constancia de que fuera evaluado por los referidos ingenieros.
46 Esta aseveración requiere una matización importante.
Véase el apartado de conclusiones.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ escuadra de Vernon, si bien sus ataques nunca se aproximarán a un modelo de sitio a la europea.
Por un lado, el éxito británico en Portobelo y Chagres no puede considerarse significativo con el estado de indefensión presentado por las plazas a la llegada de los atacantes.
50 Sí lo será el ataque a Cartagena, uno de los primeros en desarrollarse en multiflanco y con una superioridad jamás vista en aquel territorio.
Sin embargo, la ofensiva nunca tuvo visos de un asedio al modo de los europeos.
Prueba de ello fue el hecho de que las baterías de campaña dispuestas por Wentworth para atacar San Felipe de Barajas tan solo trabajaron a pleno rendimiento durante pocos días hasta que se resolvió atacarlo sin éxito por asalto.
51 La impaciencia británica en Cartagena venía condicionada por un factor si cabe más determinante en la guerra en el Caribe: el climático.
52 Conocedores del efecto devastador de las enfermedades que acompañaban la inminente llegada de la época de lluvias, el sitio formal y prolongado era inviable.
53 De ello era ya consciente Langle en septiembre de 1740, cuando vaticinando lo que ocurriría en Cartagena meses después escribiría:
Un enemigo tiene aquí que combatir la aspereza de la tierra lo ardiente del clima los mosquitos y otros animales impertinentes; [...]
La falta de agua por todo el camino y en toda la zircunferenzia del lugar se halla mas de una legua distante y es cierto que una Plaza que se pueda mantener quinze días, es bastante para arruinar un enemigo muy poderoso.
54 Estas consideraciones determinaban asimismo la técnica utilizada en la construcción de las fortificaciones.
La piedra y buena estereotomía de los fuertes cartageneros de San Luis y San José de Bocachica poca oposición pudieron hacer frente a las andanadas de la flota británica, hecho por el que se llegó incluso a abandonar el castillo de Santa Cruz en la entrada a la bahía de las Ánimas.
55 En cambio, las baterías de campaña de tierra y fajina desplegadas en Punta Abanico y Varadero, 56 se verificaron tan útiles como las pétreas y contribuyeron a causar estragos entre los barcos británicos en 50 Castillero Calvo, 2016, 423-439.
Un excelente análisis del factor ambiental en el desarrollo de los conflictos en el Caribe puede consultarse en McNeill, 2010.
57 De igual forma, la operatividad de San Felipe de Barajas fue tan amplia gracias al hornabeque de fajinas construido junto al pequeño fuerte de piedra.
58 Este principio también estuvo presente en el plan de defensa santiaguero.
En su memoria, Langle alude a la necesaria adaptación de las obras al potencial del enemigo.
Prescindiéndose de la solidez requerida en las construcciones europeas, donde los largos asedios y el volumen de la artillería golpeaban incesantemente durante meses las defensas de las plazas, aquí esta solidez podía ser sacrificada en favor de una mayor economía y la diligencia en su edificación.
Esta premisa fue la que se aplicó en las defensas del cinturón atrincherado del Morro, playa de Aguadores, Juraguá Chico, Juraguá, Cabañas y Bueycabón y las trincheras del Aserradero.
En todas ellas se priorizaba el control de puntos estratégicos sobre la misma solidez y perdurabilidad de sus estructuras, generalmente formadas por gaviones, tierra y fajina y siempre acompañadas de vías de repliegue hacia otros puntos atrincherados de obligado paso del enemigo.
Al respecto de la técnica empleada en estas defensas, Langle diría que la fortificación aquí no nezesita de tanta solidez ni capacidad que en España por no tener un enemigo el tiempo de hacer un sitio formal es bastante que una plaza tenga esta presencia para ser Ynexpugnable acausa de los muchos enemigos que tiene un sitiador en estos parajes como es el calor la exsigenzia de agua y en fin los socorros que puede ocurrir en muy poco tiempo.
59 Otra consecuencia de ello fue que la fortificación aquí no quedaba sometida a la implantación de modelos y esquemas ideales de las diferentes escuelas de fortificación, sino a la capacidad de adaptación de las obras a los condicionantes del terreno y a las ventajas estratégicas que el entorno proporcionaba.
Muy al contrario que en Europa, aquí la falta de suministros del sitiador ponía el tiempo en su propia contra.
En consecuencia, en algunos casos como el santiaguero, la fortificación no consistiría en cercar plazas al modo de los prototipos de Vauban ideados para hacer frente a complejos asedios que circunvalaban las plazas; por el contrario, en una dimensión más moderna, procuraban un control más extenso del territorio mediante la consolidación de accesos, pasos y otros puntos estratégicos.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ este escenario, la batalla en campo abierto estaba descartada, dada la escasez de tropas y la falta de formación y disciplina de las mismas, de modo que el éxito de la defensa reposaba exclusivamente en las fortificaciones y, en casos como el que estudiamos, en el hostigamiento del enemigo no frontalmente, sino mediante emboscadas y ataques de guerrillas.
Así, durante la primera mitad del setecientos, el modelo de fortificación en el Caribe, con algunas excepciones,60 se vincula más particularmente y con valor propio a sistemas básicos en que se busca dominar puntos claves del territorio y abandonar aquellos otros cuya vulnerabilidad defensiva comprometiera el mismo curso de la guerra y la dominación política de la región.
Es lo que en algunos casos se planteó y que Zapatero llamó «defensa por indefensión», cuyo principio dictaba que sería más propicio no construir grandes fortificaciones allí donde el enemigo pudiera fácilmente hacerse con ellas, e incluso, llegado el caso, destruir las antiguas y abandonar el paraje.
61 Hasta 1740 el resultado de esta concepción sobre la fortificación fue la falta de aplicación de los preceptos teóricos sobre los que con insistencia se debatía en Europa.
Al respecto, Zapatero ya advirtió el carácter particular del modelo defensivo americano, al que sin muchos matices definió bajo una escuela de fortificación con características independientes de las europeas, aunque nunca desvinculada de los principios de los esquemas abaluartados.
62 En relación con ello, el ingeniero militar y teórico francés François Blondel, tras desempeñar una comisión del rey como comisario visitador de las colonias francesas, relataría en su tratado Nouvelle maniere de fortifier les places que nada allí podría ser equiparable a la concepción que sobre la fortificación se tenía en Europa y que, así, ninguna de las ciudades del Nuevo Mundo podría caber bajo la consideración de «plaza fortificada».
Parecen escapar a esta idea algunos interesantísimos proyectos de ingenieros destacados en las colonias francesas de Saint-Domingue o La Louisiana, que pretendieron trasladar a las nuevas fundaciones ex nihilo de la primera mitad del siglo XVIII los preceptos teóricos de las plazas fortificadas de Vauban, en las que se llegan a incluir grandes ciudadelas.
En proyectos para Petit-Goâve, Puerto Príncipe o Nueva Orleans encontramos ciudades de trazado regular, completamente amuralladas y protegidas por obras de avanzada y fuertes exteriores que multiplicaban exponencialmente los flancos de la defensa.
64 Sin embargo, nada de esto se llegó a ejecutar, evidenciando que la fortificación en el Caribe debía regirse por otros principios autónomos y sostenibles.
Por tanto, aquí el ingeniero carente de recursos apenas se preocupará de aplicar fundamentos teóricos de fortificación sobre los que se experimentaba en Europa y que giraban en torno a la idónea proporción de estructuras y cuerpos fortificados, disposición y tipologías de obras exteriores, etcétera.
Por el contrario, este debía de ser más estratega de campaña que teórico, observador de la capacidad defensiva y de las ventajas del medio en su dimensión tanto geográfica y orográfica como también climática.
Es el motivo por el que hasta superada la mitad de setecientos las Antillas se fortificarán sobre sistemas de baterías de costa y fuertes por lo general muy lejos de la entidad de las plazas del viejo continente.
En ellos, las obras exteriores se limitarán a revellines en los puntos más expuestos y en poco o nada se desarrollaron labores de zapa para colocar contraminas.
El éxito de la defensa
Los principios de Langle sobre los que recaería la defensa de la ciudad serían puestos a prueba a partir de julio de 1741, cuando la escuadra británica de 8 navíos de línea, 12 fragatas y 40 barcos de transporte con 3.000 combatientes se aproximó a la costa de Santiago.
De manera independiente, sí se aplicarán los esquemas urbanísticos derivados de este modelo.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ tripulación y tropas auxiliares la expedición británica emplearía hasta 8.000 hombres.
66 Reunida toda la flota en las aguas cercanas al cabo de Doña María (Saint-Domingue) entre los días 11 y 13 de julio,67 el plan inicial de atacar frontalmente la ciudad de Santiago forzando la entrada a la bahía sería en un principio descartado.
La decisión se basaba en la declaración de Henry Cavelier, prisionero de la tripulación de un bergantín de la factoría del asiento, que había estado trabajando en las obras de fortificación de la ciudad.
Este describiría, en su declaración del 11 de julio a bordo del Boyne, las reformas ejecutadas en los fuertes y baterías de entrada a la bahía, así como las obras de campaña hechas en Juraguá Chico y Juraguá.
68 Con todo, las descripciones se basaban en el reconocimiento hecho varios meses antes, cuando los trabajos aún estaban lejos de concluirse.
Vernon pospondría el ataque y puso rumbo a la bahía de Guantánamo, donde comenzaron a desembarcar el 18 de julio, bautizándola como Cumberland Harbour en honor a Guillermo de Cumberland, segundogénito del rey Jorge II.
69 Vernon volvería a tantear las defensas en más ocasiones sin atisbar posibilidad alguna de éxito.
Esto mismo relataría con detalle Ricardo, un negro esclavo que desertó del campamento donde servía a un capitán de artillería del ejército británico, y que por su condición fue testigo de conversaciones entre oficiales.
En su declaración contó cómo Vernon, a la vuelta de un viaje de reconocimiento, refirió que era imposible penetrar en la bahía o hacerse con algunas de las playas inmediatas, aun con más efectivos y barcos.
70 Uno de estos viajes de exploración tuvo lugar en las costas de Juraguá Chico, donde fueron rechazados a tiros de cañón y mosquetes un navío de 70 cañones y varias fragatas y lanchas que pretendían sondear y reconocer un posible punto de desembarco.
71 De igual forma consta por el informe del teniente británico George Lowther cómo este pasó a reconocer varios parajes entre Guantánamo y Aguadores, divisando en este último punto las defensas que protegían el paso, a las que no llegaron a hostigar.
72 No hay duda que si el enemigo huviese venido aquí al principio de la Guerra huviera hallado la costa abierta y del mismo modo la entrada del Puerto, que estaba en tal estado que no avía batería alguna para su defenza y como el enemigo sabía el estado del Morro consideró esta plaza conquistada desde que se presentara con su Armada y las Goletas de la nueva Ynglaterra, decían que Wernon vendría para tomar este Puerto de Cuba con dos navíos y una Bombarda solamente, pero lo ha practicado mui diferente viniendo con todas sus fuerzas.
73 Ante tal situación Vernon pasó la iniciativa al general Thomas Wentworth, quien debía hacer valer su superioridad numérica atacando la ciudad por tierra, para lo que habría de trazar camino a Santiago desde Guantánamo.
Con ese objetivo, entre los días 4 y 5 de agosto tres destacamentos de más de 2.000 hombres se dirigieron hacia la capital a través de Macarriba.
74 No avanzaron mucho antes de comenzar a sufrir estragos fruto de los ataques guerrilleros de las milicias, constantemente apoyados por Cagigal.
Como advierte Portuondo, la bisoña tropa y oficialidad instruida en la batalla en formación de línea poco podía hacer frente a comandos armados con mosquetes, lanzas y machetes.
75 Tres días después de comenzar la operación, un consejo de guerra resolvió anularla y volver a Guantánamo.
76 A partir de entonces, Vernon pretendió poner en marcha un plan para establecer una colonia fortificada en la bahía que habría de hacerse permanente y legítima como ocurriera en la Saint-Domingue francesa, para lo cual requirió a la metrópoli refuerzos.
77 Sin embargo, estos nunca llegaron cuando las bajas comenzaban a contarse por miles, no tanto consecuencia de los constantes ataques guerrilleros como de los estragos de las enfermedades y el clima.
78 Al sumar los soldados enfermos la cifra de 2.260, zarparon durante los primeros días de diciembre en dirección a Port Royal.
79 Se advierte claramente un escenario muy similar al vaticinado más de un año antes por Langle, todo ello sin haber presentado batalla formal, situación que evidencia el éxito del plan de defensa y su fuerte carácter disuasorio:
Finalmente se ha hecho mucho mas que si se huviera ganado una batalla, por que en este caso se pierde mucha gente, y mas vale que se aya intimidado al enemigo que averse expuesto a la casualidad, aunque en cualquier caso estaba todo bien prevenido.
80 «Descripción de los reparos y obra hechas...», AGI, Santo Domingo, 2106, f.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ Después de la retirada de Vernon y con la guerra aún vigente, Langle volvería a emprender trabajos de reconocimiento para determinar nuevas defensas complementarias.
Asegurada la costa más próxima a Santiago, el foco se volverá hacia Guantánamo.
La desprotección de una bahía de aquellas proporciones y con un potencial estratégico enorme extrañaría a los mismos británicos.
También Cagigal considerará clave su dominio para el control del tráfico comercial por el Paso de los Vientos, e igualmente útil para alojar parte de la flota.
81 Sin embargo, la siguiente intentona británica no seguiría el curso del plan anterior, sino que se dirigiría directamente a Santiago.
Así, la efectividad del plan defensivo se verificaría de nuevo durante el ataque de la escuadra de Charles Knowles entre los días 8 y 10 de abril de 1748.
En esta ocasión la tentativa tuvo lugar exclusivamente por mar y con el único propósito de forzar las fortificaciones de la entrada a la bahía.
En tal coyuntura se demostraría la capacidad defensiva de las reformas ejecutadas en el Morro y la Estrella, cuyos fuegos repelieron el ataque de los once buques británicos sin sufrir apenas daños.
82 Con el Tratado de Aquisgrán ya firmado, el 12 de octubre de 1748 tuvo lugar la última acción de la guerra en aguas cercanas a La Habana.
83 Aunque la disputa hispano-británica se había saldado con una rotunda victoria española, al entroncar el conflicto con el sucesorio austriaco, la guerra se prolongaría hasta 1748.
Consecuentemente, aquel triunfo se neutralizaría con el curso de la guerra en Europa, volviéndose al statu quo ante bellum por el que se estableció un nuevo acuerdo de asiento negrero entre ambas 81 Una vez desalojada será objeto de un proyecto de fortificación formado por Langle en febrero de 1743.
Se establecía como el punto más efectivo para la construcción de un fuerte el denominado cayo de la Bandera, desde el que se proveía control total del acceso por la boca de la bahía.
Asimismo, el sistema se completaba con un fuerte que aseguraría el estrecho canal de la Angostura, por el que es necesario pasar para internarse en la gran bolsa de la bahía.
El proyecto, que contemplaba también la defensa del puerto de Baracoa, no proponía sin embargo ningún modelo de fortificación y se limitaba a reconocer los principales puntos estratégicos a controlar, a fin de que los ingenieros Carlos Desnaux y Juan Bautista MacEvan, quienes tenían ordenado dirigirse a Santiago, determinaran lo más conveniente.
Plano de la costa de Cuba que comprehende desde la punta de Cabrera hasta el río de Yatera, en que se contiene el puerto de Guantánamo...
83 La paz llevaba meses firmada desde abril de 1748, cuando la escuadra de Knowles y la de Andrés Reggio se enfrentaron en la denominada Batalla de La Habana, sin que ninguno de ellos tuviera constancia de ella.
LA DEFENSA DE SANTIAGO DE CUBA AL ATAQUE DE VERNON DE 1741 potencias.
84 Sin embargo, la victoria española en el Caribe contribuyó a consolidar su dominio en aquellas costas durante casi dos décadas.
Hasta la fecha, la historiografía ha desentrañado los entresijos de la ofensiva británica en el oriente cubano, dando al plan de fortificación un tratamiento relativamente marginal.
Con estas noticias, por el contrario, se puede advertir la importancia capital que tuvieron las obras tanto provisionales como permanentes que se ejecutaron.
Efectivamente, como concluyen Portuondo y Padrón Reyes, 85 la batalla fue ganada en última instancia por el valor y determinación de las milicias locales bajo la inteligente coordinación del gobernador Cagigal.
Pero no es menos cierto que este escenario fue consecuencia del plan defensivo que el mismo gobernador estableciera con los proyectos y planteamientos del ingeniero Francisco de Langle.
Aparte de la eficacia demostrada en puntuales incursiones y, sobre todo, en el ataque de Knowles, el carácter disuasorio de la red de baterías que articuló el proyecto acabó desplazando a los atacantes hasta Guantánamo, desde donde el asalto a Santiago se habría de emprender en las condiciones previstas por Langle, ideales para guerra de guerrillas.
Esta red de pequeños fuertes y baterías localizados en puntos y pasos estratégicos no solo determinaba un plan efectivo contra la incursión británica, sino que fue una forma rápida y económica de poner en total estado de defensa la ciudad en un plazo de tiempo extremadamente corto.
Este modo de fortificar era también una vía de adaptación a los recursos y al medio del todo eficiente, que será la base sobre la que se asiente un modo de fortificar con valores propios y que comparten coetáneamente otros ejemplos antillanos como el haitiano, que se verificaría igualmente exitoso en campañas militares posteriores.
86 En el aserto que plantea Langle sobre la autonomía de la fortificación en América con respecto a la europea caben ciertos matices que no deben ser confundidos.
Si bien, efectivamente, el esquema abaluartado nacido de la traza italiana del siglo XVI será el que se implante en América 87 -característica básica que comparten Neuf-Brisach y San Pedro de la Roca-, 84 Cerdá Crespo, 2010, 278.
IGNACIO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ hemos de diferenciar dentro de este modelo otras escuelas que surgirán en Europa, sobre todo, a lo largo de los siglos XVII y XVIII.
Estas se configurarán a partir de aportaciones y modificaciones sobre el esquema básico abaluartado, alterando las proporciones y angulaciones de los cuerpos fortificados, la disposición de las obras de avanzada, etcétera, y serán consecuencia de las prolongadas y complejas tácticas de asedio allí desarrolladas.
Serán estas escuelas europeas las que Langle deja sin aplicación en la América antillana de aquellos años, volviendo a sistemas más simplificados y reduciendo sus funciones casi a nivel de obras de atrincheramiento.
A pesar del éxito demostrado en esta ocasión, el método no siempre será infalible ni aplicable.
Así, el panorama cambiaría sensiblemente a partir de la segunda mitad de siglo, tal y como presenta el desenlace de la Guerra de los Siete Años.
En esta ocasión la guerra se saldó para España con la pérdida del control del Caribe norte con la toma de La Habana y posterior permuta de esta con la Florida, que pasaría a manos británicas.
La derrota fue causa de la puesta en práctica de técnicas de ataque nunca vistas en aquel territorio y para las que las fortificaciones caribeñas no estaban prevenidas.
Fue el caso de la toma de La Habana de 1762, en la que se sometió al castillo del Morro a un prolongado asedio y bombardeo durante más de 30 días que acabaron por abrir brecha en el castillo tras la voladura de una mina.
A pesar del heroísmo de sus defensores comandados por Luis de Velasco, un castillo del siglo XVI se antojaba incapaz de hacer frente a aquel sistema ofensivo, presente en Europa desde el seiscientos pero nuevo en el contexto caribeño.
Por tales motivos, el planteamiento defensivo puesto en práctica años atrás por Langle dejaba de tener vigencia en determinados contextos.
Desde aquí se procedería a revisar el modelo de fortificación de los territorios de la América española, comisión de la que fueron protagonistas destacados ingenieros militares como Silvestre Abarca y Agustín Crame, 88 y que en el marco colaborativo franco-hispánico evidenció un sistema coordinado en el que ya sí fue prioridad la implementación de diversos principios de escuelas de fortificación europeas del que serían testimonio los principales puertos caribeños españoles de los años subsiguientes. |
El estudio sobre los mecanismos de gobierno y control de los erarios de la Monarquía católica en las Indias occidentales durante el siglo XVIII ha experimentado un interés historiográfico creciente.
1 Un hecho que cabe atribuir a la constatación de que la mera reconstrucción del volumen y composición de sus ingresos y egresos no explicaba necesariamente su evolución.
¿A qué cabía atribuir la dinámica general?
¿Al propio desempeño de la producción, la circulación y consumo de bienes y servicios de las economías virreinales?
¿A las reformas jurídico-administrativas introducidas por el denominado «reformismo borbónico» 2 en sus diferentes etapas?
Mientras que en el primer caso, el crecimiento experimentado por el conjunto de los erarios indianos en el siglo XVIII habría sido una manifestación del desempeño económico, aunque claramente diferenciado por regiones y periodos, 3 en el segundo, nos encontraríamos ante los resultados derivados de la introducción de nuevos impuestos y monopolios (aquí el caso más notable lo conformarían los estancos del tabaco indianos) 4 y de una diversidad de medidas jurídico-administrativas como serían la variación en la modalidad de gestión de las diferentes rentas (administración, arrendamiento, encabezamiento), el reforzamiento en los mecanismos de supervisión internos o el combate al contrabando, como rasgos principales.
También es posible, como de hecho ha manifestado la mayor parte de la historiografía, que el resultado último surgiese de la combinación de factores económicos y jurídico-administrativos, en los que, sin embargo, es difícil deslindar causalidades y su posición jerárquica.
5 Con el propósito de aportar más elementos a esta discusión, el presente trabajo desarrolla una faceta de las medidas jurídico-administrativas desplegadas por la Corona en el siglo XVIII, a partir del estudio del entonces principal erario indiano, la Real Hacienda de Nueva España, 6 a saber: los 1 Ejemplos destacados de esta dinámica en los últimos años serían: Celaya, 2010a; 2010b.
2 Para una revisión del empleo de dicha categoría historiográfica en el análisis de los diversos espacios americanos, consúltese el dosier coordinado por Pinto Bernal y Sánchez Santiró, 2016.
Para un cuestionamiento metodológico, referido concretamente al erario de Nueva España, véase Gómez, 2001.
6 Un rico erario que permitió que Nueva España se desempeñase como una «submetrópoli».
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA mecanismos de control hacendarios, haciendo hincapié en la conformación de la red de oficinas del erario, la toma de decisiones sobre sus fondos, la vigilancia sobre sus oficiales y empleados y la generación de instrumentos y procesos administrativos.
Como procedimiento expositivo, se muestra el estado que presentaba el erario novohispano a fines del siglo XVII, aunque se rastrean algunas dinámicas desde el siglo XVI, a fin de ponderar la novedad y relevancia de las medidas reformistas introducidas durante el reinado de los Borbones, sin que esto implique afirmar que hubo una continuidad de objetivos e instrumentos a lo largo de la centuria.
Formas de control del erario de Nueva España en los siglos XVI-XVII La Monarquía hispánica estableció distintos erarios en América y Filipinas que, en conjunto, fueron parte del denominado «fisco hispano».
8 Por lo que atañe al caso del reino de Nueva España y sus provincias adyacentes de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Tabasco y Yucatán, 9 la Real Hacienda se fue instaurando con base en una red de tesorerías (las cajas reales de México, Veracruz, Mérida, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Acapulco, en el siglo XVI, y Guanajuato, Pachuca, San Luis Potosí y Sombrerete, en el siglo XVII), que se vio acompañada por contadurías especializadas en la gestión de rentas específicas, 10 en especial las referidas al tributo de indios y castas, las alcabalas, 11 el estanco del azogue y la bula de la Santa Cruzada.
12 En dichas oficinas, la Corona creó, según los casos, plazas de «jueces oficiales reales» (contadores, tesoreros y, menos frecuente, factores) 13 encargados de colectar y controlar los valores de los ramos que pertenecían al erario (así como ciertos ramos «ajenos»), 14 al igual que su distribución.
Oficios y dependencias que manifestaban la voluntad de la Corona de ir especializando y territorializando las facetas del quehacer hacendario, en un contexto en 7 Sánchez Santiró, 2013, 348-349.
14 Los ramos ajenos eran aquellos que no pertenecían a la Corona pero que eran administrados por la Real Hacienda y sobre los cuales ejercía control, en especial sobre el uso de los fondos.
Su presencia, muy determinada por la casuística, se fue incrementado en el siglo XVIII, especialmente con la creación de los montepíos de militares y ministros.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ el que la frontera novohispana no dejaba de expandirse.
En este sentido, la aparición de cajas reales, cajas marcas (para registro de los metales preciosos), pagadurías, etc. representa una respuesta institucional al descubrimiento y explotación privada de recursos mineros o a necesidades mercantiles y geoestratégicas, como fueron la fundación de puertos que conectasen el reino con los espacios mercantiles de Europa, Asia y el resto de América, o la creación de núcleos urbanos, presidios y misiones que consolidasen las fronteras e hiciesen viable un poblamiento que asegurase la explotación de los recursos agropecuarios y mineros.
Todo ello configuró una red de tesorerías dotadas de perfiles específicos, que respondieron no solo a las características económicas y demográficas regionales sino también a los fines últimos de la Corona en materia de conquista, colonización y preservación de fronteras.
15 A pesar de la posición jerárquica que ocupó la caja real de México (llegó a ser conceptualizada como la «caja matriz» del erario de Nueva España), nunca fungió como una verdadera tesorería general, entendiendo por ella una instancia que conociese y controlase el conjunto de los cargos y datas que se efectuaban en las distintas tesorerías del erario novohispano.
16 Su posición hegemónica derivaba de consideraciones político-territoriales, al ubicarse en la capital del reino y, por tanto, bajo el control directo del virrey, pero también por las funciones que ejerció desde el siglo XVI, cuando pasó a concentrar los valores de las rentas que gestionaba directamente, una parte considerable de los excedentes de las cajas reales del septentrión minero y los ingresos netos que le remitían las contadurías generales de rentas (en especial las de tributos, azogues y alcabalas), que tenían un radio de acción muy amplio, 17 mientras que por el lado de la distribución de los valores resaltaba las funciones que desempeñó en la remesa periódica de recursos a las cajas reales de Acapulco y Veracruz para financiar los situados externos, con los que se sostenían de forma medular las instancias de gobierno, defensa y evangelización que tenía la Corona en un enorme espacio que iba desde las islas Filipinas y las Marianas por el occidente, pasaba por los envíos de fondos a las posesiones regias en el Seno Mexicano (según los momentos, a Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Jamaica, la Florida o Cumaná, como principales puntos) y llegaba hasta las transferencias que efectuaba a las arcas de la monarquía en la península ibérica.
17 Aquí las provincias de Yucatán y Tabasco gozaron de gran autonomía en materia de rentas.
Diversidad de cajas reales y cuentas
La fragmentación del erario en diversas instancias de captación, gestión y distribución de los valores 19 provocó la ausencia de una cuenta común que permitiese apreciar detalladamente su estado financiero y evolución global.
En este contexto, la respuesta habitual de la Corona ante las exigencias extraordinarias originadas por las coyunturas bélicas de los siglos XVI y XVII 20 fue la introducción ad hoc de ciertos impuestos y rentas (v. g., las alcabalas, la bula de Cruzada, la media annata), el incremento en las rentas existentes (v. g., unión de armas y armada de Barlovento sobre la renta de alcabalas), la supresión, rebaja o impago de determinados gastos, o la solicitud de préstamos y donativos.
Medidas que se adoptaban sin tener un panorama preciso de las diversas rentas que conformaban el erario de Nueva España.
De manera frecuente, lo único que el gobierno virreinal lograba obtener de sus instancias de gestión y fiscalización del erario (contadores del Tribunal de Cuentas, oficiales de las cajas reales, contadores generales de rentas) eran los ingresos y gastos que se efectuaban en determinadas cajas reales, en especial, la caja matriz, o estimaciones «en globo» sobre el estado de la Real Hacienda, que reiteradamente mostraban un erario «alcanzado» (deficitario) o, en el mejor de los casos, incapaz de remitir excedentes a la península ibérica.
En otras ocasiones, los virreyes reconocían directamente la incapacidad para saber cuál era el importe total de las rentas de la Real Hacienda novohispana.
21 Estos problemas no eran ajenos a la precariedad con que estaban dotadas algunas de las oficinas, como ocurría con ciertas cajas reales que contaban con un único oficial real o, incluso, carecían del mismo, lo que obligaba a su traslado periódico en «alternancia» desde otras cajas reales (v. g., cajas de Mérida y Campeche; cajas de Durango y Chihuahua) 22 o a 19 Una situación que se agravaba ante la existencia de ingresos y gastos que se efectuaban «fuera de caja», como ocurría con las alcabalas de la ciudad de Puebla y los pagos que sobre dicha renta se cargaban para el pago de ciertos situados, como el de San Agustín de la Florida, o para la provisión de navíos de la Corona en Veracruz.
21 Ver las instrucciones, memorias e informes de los virreyes marqués de Cerralvo, Juan de Palafox, marqués de Mancera y Juan de Ortega y Montañés.
«Relación certificada de la caja de México», 1690, Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), Sección nobleza, CT.
Quiero agradecer a Francisco Andújar Castillo el haberme facilitado una copia del documento.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ que los cortes de caja y tanteos anuales 23 de dichas dependencias tuviesen que ser firmados no solo por el oficial real presente, en compañía del alcalde mayor, el corregidor o el gobernador local (algo previsto en la norma), sino también por miembros prominentes del cuerpo de comercio o de minería residentes en el distrito de la caja real, lo que implicaba que los propios causantes se convertían en garantes y copartícipes de la veracidad de la certificación.
Una precariedad que se extendía al personal de las contadurías de rentas.
Rendición de cuentas y visitas
Al igual que ocurría en la península ibérica, la rendición de cuentas del erario novohispano se efectuaba renta por renta y caja por caja.
24 En este sentido, los contadores generales de rentas cubrían un espacio enorme que, en el caso de la Contaduría General de Tributos, abarcaba los 138 partidos de la gobernación de México, quedando al margen los de Nueva Galicia y Yucatán, mientras que en la de alcabalas se computaban 75 partidos, con semejantes exclusiones.
25 Por lo que atañe a los oficiales de la cajas reales, estos daban cuenta de los cargos y las datas de las rentas que gestionaban directamente y que, según la diversa geografía económica virreinal, incluían grosso modo el diezmo minero, el señoreaje, la renta de azogues, las medias annatas, los almojarifazgos, el derecho de avería, el papel sellado y las penas de cámara y comisos, al igual que las remesas que efectuaban a dichas tesorerías las iglesias catedrales (ramos de dos novenos, vacantes, expolios), los colectores de la bula de Cruzada, los alcaldes mayores por razón del tributo de indios y castas, o los arrendatarios de las alcabalas, pulques y salinas, en los casos en que no estaban en fieldad o administrados, como casos más notables.
23 Los cortes de caja y tanteos consistían en relaciones sintéticas de la información contable que aparecía en los libros manuales y comunes de las cajas reales en los que se determinaba ramo por ramo su cargo global, su data, al igual que su alcance (a favor o en contra de dichos oficiales).
Con ello se lograba obtener las existencias por ramo y globales de cada tesorería.
En cuanto a su temporalidad, esta era muy diversa y obedecía a los intereses de las autoridades, aunque lo más frecuente era que cubriese un año natural, si bien podían realizarse cortes mensuales o semestrales.
Como ejemplo de estas prácticas en Nueva España, consultar: Archivo General de la Nación de México (en adelante AGNM), Bandos, vol. 6, exp.
Todas estas oficinas portaban una teneduría de libros (de cargo y data) por partida simple,26 la cual era fiscalizada, junto con los respectivos comprobantes, por el Tribunal de Cuentas de México, creado en 1605.
27 Aunque la Corona pretendió impedir el aumento de los gastos fijos derivados de la ampliación de las plazas adscritas a los tribunales y oficinas de Hacienda, se vio obligada a incrementar la estructura del Tribunal de Cuentas ante el claro desfase que existía entre sus cometidos y los medios estipulados para llevarlos a término.
Cuando dicho tribunal fue creado a principios del siglo XVII, apenas debía fiscalizar las cuentas de siete cajas reales y dos contadurías generales de rentas, como principales cometidos.
Al finalizar la centuria, las cajas reales se habían elevado a once y el número de ramos había aumentado ostensiblemente.
28 No solo se crearon más plazas adscritas al Tribunal de Cuentas, sino que se procedió a una subdivisión de funciones que llevó a que la planta inicial de contadores de cuentas y contadores ordenadores se reforzase con contadores de resultas (1644) y a que se instaurase una mesa de «memorias y alcances», como instancia de síntesis de la información, diseñada en 1653 por el virrey duque de Alburquerque.
29 A pesar de todas estas medidas, el rezago en la fiscalización de las cuentas de las cajas reales y las contadurías de rentas era la nota común.
Por ejemplo, a finales del siglo XVII, el retraso en la glosa de las cuentas de la caja real de México rondaba los 10 o 12 años (1698), mientras que el de la caja real de Guadalajara ascendía a 15 años (1699).
Las consecuencias eran claramente gravosas para el fisco en la medida en que se desconocían los alcances en contra de los oficiales reales y, caso de detectarse, se tornaba prácticamente inviable el cobro de los descubiertos, al no poderse localizar a los propios oficiales o a sus fiadores, dado el largo tiempo transcurrido.
No solo eso, la conciencia de que el proceso de fiscalización era lento y sinuoso permitía extender la idea de impunidad en la medida en que las sanciones se tornaban inciertas.
30 ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ Junto a la supervisión última del virrey, en tanto que superintendente de Real Hacienda, y la fiscalización periódica del Tribunal de Cuentas, la Corona empleó otros recursos para el control de las cajas reales y las contadurías de rentas, como eran las visitas generales a las diversas dependencias del erario, las visitas ordinarias a oficinas específicas (por lo general, una caja real), las comisiones de control y las pesquisas, en este último caso para la persecución de personas y delitos específicos.
31 Gracias a los controles establecidos fueron aflorando manifestaciones diversas de los fraudes que se cometían en los diversos niveles e instancias del erario, ya fuese el peculado, la malversación y diversión de fondos, la concusión que se ejercía sobre los causantes y los acreedores del erario, o los cohechos y sobornos en la distribución de los fondos.
32 Prácticas que una parte de la tratadística de la época percibía como la manifestación de una «corrupción innata» que detentaban sujetos que carecían de un origen noble, o que habían ejercido oficios viles o se habían inmiscuido en tratos mercantiles.
En este sentido, la venta de oficios que inició la Corona en la década de 1630 fue vista como un expediente que solo venía a agravar el problema, en la medida en que daba entrada a sujetos que carecían de la calidad necesaria para ejercer el oficio público.
33 Sin embargo, la percepción del posible fraude de los oficiales reales en la época no era unívoca, ya que se concebía que no derivaba de las prácticas per se sino de las consecuencias generadas por dicho proceder y, sobre todo, por las intenciones últimas de los implicados, lo cual abría un espacio de incertidumbre que solo el debido proceso podía sustanciar, pero ello podía implicar notables demoras en las sentencias.
34 Existía una opinión ambivalente sobre la utilidad de las visitas.
Si bien eran un potente revulsivo que permitía obtener información, localizar fraudes y fincar adeudos específicos, no siempre reintegrables, suponían también un cuestionamiento de las autoridades del momento, lo que derivaba 31 Torre Villar, 1991, v.
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA no pocas veces en duros enfrentamientos entre los visitadores y los diversos tribunales del erario novohispano, cuando no repercutía directamente en sus relaciones con los propios virreyes.
En este sentido, suponían un menoscabo de la autoridad del titular del gobierno virreinal, de ahí que el Consejo de Indias manifestase en diversas ocasiones su oposición a que se efectuasen, prefiriendo los mecanismos ordinarios de supervisión.
35 Además de las ocultaciones y el contrabando, se producían también otras irregularidades que remitían al propio funcionamiento de las cajas reales y las contadurías de rentas como eran la falsificación y poca claridad en la elaboración de los libros contables, a fin de ocultar manejos fraudulentos en las rentas de la Corona, la retención de fondos, con el propósito de financiar negociaciones en las que estaban implicados los propios oficiales reales, el pago irregular de libranzas o, incluso, la alteración en los procedimientos previstos para el cobro de rentas y el pago de adeudos.
A fin de paliar estos fenómenos, la Corona empleó las ya mencionadas visitas, comisiones y pesquisas, de las cuales se derivaron instrumentos de control como el compendio de las ordenanzas referidas a las principales oficinas y rentas del fisco de Nueva España.
36 En este sentido destaca la labor del visitador general (1640-1647) y obispo de Puebla, Juan de Palafox, referida a las ordenanzas del Tribunal de Cuentas, las de la caja real de México, las de la Contaduría General de Tributos, nuevo servicio y azogues y las de la contaduría de alcabalas, 37 así como las recopiladas en 1675 por el visitador general Juan Sáenz de Moreno, oidor de la Audiencia de México, en torno al funcionamiento de la caja matriz.
38 En ellas se reiteraban los procedimientos que debían seguir los oficiales y ministros de la Corona, así como las penas a que estaban sujetos, caso de no observarlos.
En cuanto a la teneduría de libros, sobresalen las reales cédulas de 28 de junio de 1695 y 15 de febrero de 1700, en las cuales se ordenó que las cuentas de Real Hacienda fuesen anuales, con separación de ramos e indicación de las personas, cantidades, causas y órdenes de las que emanaban los cargos y datas.
36 En numerosas ocasiones las visitas y pesquisas implicaron la separación temporal del oficio, el levantamiento de cargos, el pago de multas y, con menor frecuencia, la prisión y pérdida de empleo de los oficiales reales y contadores.
Medidas que, frecuentemente, eran revertidas si los afectados lograban activar eficazmente sus redes sociales (familiares, económicas, de paisanaje y clientelares).
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ hasta entonces en la cuenta y razón de las cajas reales y contadurías de rentas, y sin la cual se tornaba más difícil la glosa y verificación de la contabilidad por parte del Tribunal de Cuentas.
39 En cuanto a la certidumbre en la teneduría de libros, las mismas cédulas estipularon que los libros de cargo y data debían ir numerados y firmados en su primera y última foja por el virrey de turno, mientras que en las demás fojas era suficiente su rúbrica.
Con ello se intentaba impedir los defectos de una contabilidad basada en folios horadados, sin encuadernar ni numerar, que permitía intercalar o eliminar registros, según la conveniencia de los oficiales reales.
Pago de las libranzas
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA gasto prioritarias como eran el pago de tropas, la provisión de navíos de la Corona o el pago de situados foráneos, como casos más graves.
Si bien todas las libranzas debían estar respaldadas por órdenes y cédulas de la Corona (Recopilación de Leyes de Indias, ley I, título 28, libro 8), el pago efectivo dependía de las instancias locales.
Aquí se entabló una severa pugna entre los oficiales de las cajas reales y los virreyes por el control último de dichos instrumentos.
Mientras que los virreyes conde de la Monclova (1686-1688) y conde de Galve (1688-1696) pugnaron por exigir la orden especial del virrey para que se hiciesen efectivas, algo que lograron gracias a la real cédula de 30 de mayo de 1691, los oficiales reales y el Tribunal de Cuentas interpusieron representaciones e informes en los que rechazaban esta sujeción, en la medida en que la sombra de sospecha sobre el pago irregular y preferente no se desvanecía, solo se trasladaba a otra instancia (al virrey y su círculo próximo), con el agravante de que se tomaban decisiones sin tener en cuenta el estado efectivo de las tesorerías, algo que, afirmaban, solo podían conocer en detalle los oficiales reales y los contadores de rentas.
Este parecer acabó triunfando y tuvo su más clara expresión en la real cédula de 30 de mayo de 1697 en la cual se revocó lo establecido en 1691.
A finales del siglo XVII, la autonomía de los oficiales reales se vio claramente refrendada cuando el virrey conde de Moctezuma (1696-1701) procedió a reconocer, en 1698, que el pago de libranzas no necesitaba el «páguese» firmado del virrey, señalando además que era del «cargo y cuidado» de dichos oficiales el pago de los situados de los presidios internos y externos del reino, las asistencias de la armada de Barlovento y «todas las demás obligaciones de esta gobernación».44
Las transformaciones ocurridas en el siglo XVIII
Ampliación y reorganización jerárquica de las cajas reales y administraciones de rentas
La expansión de la frontera norte a finales del siglo XVII 45 convivió con el descubrimiento o la bonanza de varios centros mineros y la expansión mercantil.
En cuanto al control fiscal de la actividad mercantil, se crearon las cajas reales de Campeche (1716), Tabasco (había existido en el siglo XVII, pero se cerró, para reaparecer en 1728) y Coahuila (1794).
46 Como parte del proceso de defensa de las fronteras marítimas, se crearon otras cajas reales que funcionaban básicamente como pagadurías de destacamentos militares (en 1768 la de San Blas, en el Pacífico, y en 1774 El Carmen, en el Golfo de México), mientras que en el caso del ejército de tierra, que experimentó un crecimiento notable a partir de la década de 1760, se creó la caja real de San Carlos de Perote (1776), sede del depósito general de armas del reino.
47 La última etapa en la formación de la red de cajas reales tuvo que ver con la reorganización administrativa y de gobierno que impulsó José de Gálvez, como ministro de Indias.
En la medida que la Ordenanza de intendentes creó doce intendencias, las cuales debían contar al menos con una Tesorería principal, provocó que se erigiesen estas oficinas en aquellas capitales de provincia que no contasen con una caja real.
Fue el caso de Valladolid de Michoacán (1788), Puebla de los Ángeles (1789) y Antequera de Oaxaca (1790), lo que fragmentó el enorme territorio ocupado previamente por la caja matriz de México.
48 De manera inversa, la nueva ordenanza llevó a la desaparición de la Contaduría General de Tributos, que se transformó en una Contaduría de Retasas, encargada únicamente de liquidar las matrículas de los tributarios y de formar los padrones en cada partido del reino de Nueva España.
49 A partir de entonces los montos de dicha renta debían entrar sin excusa en las tesorerías de las intendencias y no en la de la capital.
Paralelamente a esta red de cajas reales, se erigieron dos nuevas estructuras de control territorial en torno a sendas rentas: el estanco del tabaco, creado en la década de 1760,50 y las alcabalas, que pasaron en 1776 a ser administradas por ministros del erario en su totalidad.
51 Por los que atañe al estanco, las diez factorías y las cuatro administraciones independientes con que contó estaban obligadas a remitir periódicamente informes a la Dirección General del Estanco del Tabaco, toda vez que mandaban sus LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA recursos a la Tesorería General del Estanco del Tabaco y a las cajas reales, mientras que en el caso de las doce administraciones foráneas de alcabalas, que se crearon a partir de 1781, quedaron sujetas al control de la Dirección General de Alcabalas Foráneas, una entidad que gestionó también la renta del pulque.
En el caso de esta última dirección general su dominio no fue absoluto ya que las dos principales aduanas del reino, las de México y Veracruz, mantuvieron su autonomía hasta 1816.
52 Las nuevas direcciones generales del estanco del tabaco y de alcabalas y pulques convivieron con entidades fiscalizadoras que gestionaban a otras tantas administraciones de rentas, como eran la Administración de Pólvora y Naipes y la de la Real Casa de Moneda de México (en este caso, sus oficios principales habían sido reincorporados al erario en 1733).
53 La Ordenanza de intendentes de Nueva España de 1786 implicó no solo la creación de nuevas tesorerías sino también su reorganización jerárquica.
En la intendencia de guerra y provincia de México y en las restantes once intendencias de provincia establecidas habría, como ya señalamos, una tesorería principal, de la cual pasaron a depender jerárquicamente diversas tesorerías que fueron denominadas, según los casos, como foráneas, menores y agregadas, al igual que ciertas administraciones de salinas y factorías (este último caso se limitó a la península de California).
Asimismo, la ordenanza estipuló que la otrora «caja matriz de México», pasase a denominarse «Tesorería General de Ejército y Real Hacienda».
Sin embargo, esta entidad nunca fungió como tal, en la medida en que las administraciones del tabaco, alcabalas y pulques, pólvora y naipes y la Real Casa de Moneda continuaron gobernándose privativamente por sus propios ministros, bajo la supervisión última del superintendente subdelegado de Real Hacienda.
La Tesorería General nunca tuvo el control de la información y los recursos de la totalidad de las oficinas que componían el erario de Nueva España, menos aún lo tuvieron las diversas tesorerías principales de provincia sobre las colecturías y oficinas que tenían estas rentas en sus respectivos distritos.
Archivo General de Indias (en adelante AGI), México, 2034.
Real Ordenanza para el establecimiento e instrucción de Intendentes de ejército y provincia en el Reino de la Nueva España, Madrid, 1786, art. 79, p.
54 Las implicaciones contables de esta fragmentación son notables si lo que se pretende es la reconstrucción de los ingresos y gastos generales del erario de Nueva España a partir de los libros manuales y comunes de las cajas reales, algo que por su configuración se torna del todo imposible.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ que los productos de los diferentes ramos presentes en una provincia (con excepción de los originados en la renta del tabaco) se introdujesen en las tesorerías de la intendencia -de preferencia en la tesorería principal-, numerosos administradores de rentas continuaron mandando sus recursos a las tesorerías de la capital.
55 Al abrigo de esta misma lógica de fragmentación se creó en 1804 la Caja y Contaduría de Consolidación de Vales Reales, gobernada por la Junta homónima.
56 Dada esta estructura fragmentada, la única entidad con capacidad para conocer y supervisar en detalle el valor anual de las rentas y su distribución durante el siglo XVIII fue el Tribunal y Real Audiencia de Cuentas de México, mientras que la única autoridad con capacidad para asignar de manera efectiva el gasto fue el virrey, en su calidad de superintendente general (desde 1751) o subdelegado (a partir de 1787) de Real Hacienda.
Un cargo que, como veremos, se vio claramente fortalecido a mediados del siglo XVIII.
Sistematización de la información
A partir de la década de 1770, tanto las cajas reales como las dos principales rentas del erario de Nueva España (estanco del tabaco y alcabalas) iniciaron un proceso de sistematización en la presentación de sus cuentas y reportes.
Con este objetivo se procedió a la creación y generación de formularios impresos para la elaboración de estados de productos, gastos y líquido mensuales, semestrales y anuales.
57 Iguales procedimientos adoptó la Real Casa de Moneda de México, 58 toda vez que en el caso de las cajas reales los formatos impresos también incluyeron estados de cargos, datas y existencias, aunque su establecimiento fue mucho más accidentado y menos ubicuo.
59 Gracias a estos instrumentos se facilitó la tarea de concentración y sistematización de los reportes, lo que redundó en una creciente capacidad de las contadurías generales de rentas y las tesorerías principales de provincia para proveer al Real Tribunal de Cuentas y a la Superintendencia General (y en su momento, subdelegada) de información global y sectorial sobre el 55 Franco Cáceres, 2001, 87-88.
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA desempeño del erario novohispano.
Con ello se hizo posible que la elaboración de «relaciones de valores y distribución», es decir, de ingresos y gastos globales de la Real Hacienda de Nueva España, dejase de ser el resultado contable de una coyuntura específica (por lo general, bélica), derivada de órdenes puntuales de ciertas autoridades -virreyes o ministros de Indias, como casos más frecuentes-, algo propio de las décadas que van de 1720 a 1760, a un trabajo periódico que de manera rutinaria comenzó a generar el erario de Nueva España, a partir de las décadas de 1770-1780.60
Sucesión y transformación de las visitas
La llegada de la nueva dinastía no implicó cambios destacados en los mecanismos desplegados hasta entonces para controlar el fraude fiscal, si bien hay que señalar que durante las tres primeras décadas del siglo XVIII se hizo un uso intenso de las visitas generales y ordinarias, las comisiones y las pesquisas.
Al respecto destacan las visitas generales encargadas (y no siempre iniciadas o concluidas) a Francisco Pagabe (1710), Prudencio Antonio de Palacios (1716), Francisco Garzarón (1722) y Pedro Domingo de Contreras (1728).
61 En estas visitas se reiteraron muchos de los problemas detectados en la centuria previa.
Sin embargo, sobresale el análisis efectuado por el visitador Prudencio Antonio de Palacios en torno al funcionamiento de las cajas reales, en especial, el de la caja matriz.
Denunció que los oficiales reales «habían convertido a las cajas reales en arcas de papeles».
62 La razón última estaba en que se habían invertido o alterado los mecanismos previstos para el cobro de derechos y el pago de adeudos, con las libranzas, una vez más, como punto medular.
En la medida en que los acreedores librancistas no alcanzaban a cobrarlas, o lo hacían con mucho retraso, se veían empujados por los oficiales reales a aceptar como pago de sus libranzas billetes glosados de las contadurías de tributos y alcabalas, rentas que debían nutrir de manera periódica las tesorerías del erario.
A fin de hacer efectivos dichos billetes los librancistas tenían que pasar a cobrarlos a los deudores de la Real Hacienda.
El resultado último era el agravamiento de la escasez de numerario en las cajas reales, ya que en lugar de obtener el pago de las rentas ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ en efectivo se ingresaban libranzas, lo cual estaba prohibido por las ordenanzas, mientras que los costos finales del cobro de derechos se cargaban sobre los librancistas, dado que eran ellos quienes presionaban en última instancia a los causantes.
63 El recurso a las visitas, como mecanismo de control del proceder de los oficiales y ministros del erario de Nueva España, se mantuvo durante la segunda mitad del siglo XVIII.
De hecho, la visita general realizada por José de Gálvez entre 1765 y 1771, tras la derrota acaecida con motivo de la guerra de los Siete Años, fue considerada en el momento como un parteaguas dado el número de tribunales de Hacienda y niveles de la administración visitados, así como la panoplia de medidas introducidas.
64 Que este mecanismo, en principio «excepcional», se mantuvo lo ejemplifica también la visita/comisión que efectuó Antonio López de Quintana a las cajas reales de Guadalajara en la década de 1770, cuyo efectos todavía se prolongarían en la década siguiente.
65 Sin embargo, hubo transformaciones que cambiaron la concepción de dicho instrumento de control, algo que se aprecia al observar el estanco del tabaco y la renta de alcabalas: ramos del erario que fueron claves para el control de los intercambios y la circulación de mercancías.
En el primer caso, resalta la creación de plazas fijas de visitadores y tenientes de visitadores al interior de los resguardos.
Cargos que, entre otros cometidos, debían enfocarse en la inspección del comportamiento de los empleados menores de la renta y que fungían como sus jueces de residencia cuando aquéllos abandonaban el empleo.
66 Asimismo, se dotaron plazas de visitadores generales para ciertos distritos del estanco, como ocurrió en el arzobispado de México.
Un cargo que detentó originalmente Domingo Sanz, a partir de 1791.
67 En cuanto a la renta de alcabalas, y tras su tránsito al régimen general de administración en 1776, aparecieron las figuras de «visitadores generales de las reales aduanas» de Nueva España, siendo nombrados inicialmente para este cometido (1780) Juan José Sanz y Diego Sánchez Piña Hermosa.
68 Ambas medidas denotan que la visita empezaba a ser entendida como una instancia de supervisión a la que debían someterse de manera periódica los oficiales y ministros de erario y no como una media «extraordinaria» de control.
63 Como señaló Amalia Gómez: «Así, el acreedor extorsionado por el funcionario defraudaba, a su vez, al deudor, y unos y otros estafaban a la Real Hacienda».
AGNM, Impresos oficiales, vol. 12, exp.
Centralización y control del gasto
Gracias a la información obtenida con las sucesivas visitas, inspecciones y pesquisas se puede entender la política que desplegó la nueva dinastía en torno al gasto público; en este sentido, los mecanismos establecidos en torno al control del pago de las libranzas tuvieron oscilaciones.
Así, en el caso específico de las numerosas libranzas impagadas que se arrastraban desde finales del siglo XVII y, sobre todo, las emitidas con o sin intereses durante la guerra de Sucesión, como parte del pago por los préstamos que obtuvo Felipe V de diferentes casas mercantiles de la Carrera de Indias, hubo pareceres encontrados.
En un primer momento, se prohibió el pago en la caja matriz de México (despacho de 21 de diciembre de 1715, expedido por la vía reservada al virrey duque de Linares), a fin de que fuesen pagadas y controladas en España.
En un segundo momento, se permitió que el pago fuese realizado por las cajas reales novohispanas, según una real orden de 14 de julio de 1721 remitida al virrey marqués de Valero.
69 En este ínterin, diversos oficiales reales se vieron sometidos a pesquisas y denuncias por lo que se consideraba un pago irregular de las libranzas.
70 Sin embargo, estas decisiones no habían zanjado el problema que se arrastra desde el siglo XVII en torno al control último sobre el pago de las libranzas.
A fin de respaldar una decisión que significaba revertir lo establecido en la real cédula de 1 de julio de 1697, el virrey marqués de Casafuerte (1722-1734) convocó al Real Acuerdo, en cuya sesión de 18 de septiembre de 1726 se acordó prohibir el pago de cualquier libranza que no llevase orden especial del virrey.
Una decisión que se notificó al visitador e inquisidor Francisco Garzarón y al propio monarca, a fin de que adoptase lo que fuese de su real agrado.
En esta tesitura, el Tribunal de Cuentas reiteró su apoyo a los oficiales reales y defendió la autonomía que estos habían consolidado en el pago de libranzas a finales del siglo XVII.
Sin embargo, en este caso y ya para el resto del siglo XVIII, la Corona optó por reforzar el poder del virrey, al aprobar que ninguna libranza se pudiese satisfacer sin el «páguese» firmado de dicha autoridad.
71 La centralización en la instancia capacitada para decidir el pago de las libranzas fue paralela a la acaecida en el ejercicio del gasto por parte de los jueces oficiales de las cajas reales (contadores, tesoreros y factores).
Durante los siglos XVI y XVII se había consolidado una práctica según 69 AGNM, Reales cédulas, vol. 42, exp.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ la cual las cajas foráneas del reino eran las encargadas del pago de los situados de los presidios y misiones de Tierra Adentro.
Esto se alteró en 1725, cuando el virrey marqués de Casafuerte ordenó que esos egresos se ejerciesen únicamente desde la caja real de la capital virreinal.
Una media que facilitaba el control centralizado de este rubro del gasto del erario.
Con ello se alteró el volumen y la estructura del egreso ejercido por las cajas del septentrión novohispano, al quedar circunscritas al pago del mero funcionamiento de las tesorerías (sueldos de los oficiales reales, los gastos de oficina y, en su caso, el pago del rescate de plata pasta para su conversión en numerario).
La única caja real septentrional que mantuvo niveles de gasto elevados fue la de Guadalajara en la medida en que continuó satisfaciendo los sueldos de los ministros de la Real Audiencia de Nueva Galicia, así como los egresos derivados de las plazas y gastos de la oficina de gobierno del presidente de dicho tribunal, quien desempeñaba a su vez los cargos de gobernador y capitán general de Nueva Galicia.
A partir de entonces, las cajas reales con capacidad para ejercer volúmenes importantes de gasto fueron únicamente, además de la caja de México, la caja real de Veracruz y la de Acapulco, quedando en un nivel muy inferior las de Campeche y Mérida de Yucatán,72 aunque siempre bajo la supervisión última del superintendente general de Real Hacienda y el Real Tribunal y Audiencia de Cuentas.
Sin embargo, esta relativa centralización del gasto se revirtió parcialmente con la publicación del reglamento de presidios de 1772, bajo el gobierno del virrey Antonio María Bucareli.
En dicha norma las tesorerías del septentrión recuperaron funciones de pago para los presidios y sínodos de misiones.
73 Este proceso de descentralización cabe relacionarlo con la voluntad de la Corona de «provincializar» la Real Hacienda de Nueva España, 74 y tuvo un hito fundamental en la Ordenanza de intendentes de 1786.
Un ejercicio que, consideramos, tenía como meta el territorializar y regionalizar a dicho erario a fin de tornarlo -esperaban las autoridades-más manejable y eficiente.
Fortalecimiento de la Superintendencia de Real Hacienda
La concentración creciente del gasto en la caja de México y el control ejercido por el virrey sobre el pago de las libranzas fueron paralelos al reforzamiento de dicho cargo como superintendente de la Real Hacienda.
Aunque los virreyes ostentaban ese título desde el siglo XVII, existían otras dependencias del erario novohispano dotadas también de superintendentes como eran la renta de azogues y la Real Casa de Moneda.
75 Asimismo, existían ramos que no estaban sujetos al dominio del virrey como eran los referidos a la bula de la Santa Cruzada y el papel sellado, además de los ya citados de azogues y Casa de Moneda.
Un primer paso en el reforzamiento de su poder sobre las dependencias del erario novohispano se produjo con la real cédula de 26 de agosto de 1747 que puso bajo el control del virrey de Nueva España (cargo detentado entonces por el primer conde de Revillagigedo) todos los ramos del fisco novohispano, con excepción de la renta de azogues y la ceca capitalina.
La culminación del proceso se produjo pocos años después, según una real cédula de 30 de junio de 1751, que otorgó al virrey de Nueva España la Superintendencia General de Real Hacienda, es decir, el control sobre la totalidad de los ramos de dicho erario.
76 Esta medida formó parte de la estrategia aplicada por el marqués de la Ensenada destinada a fortalecer el control de la Secretaría de Indias sobre los erarios de Ultramar, en la medida en que los diversos virreyes indianos quedaban ligados directamente a dicho ministerio, gracias al reforzamiento de la vía reservada, convirtiéndose de facto en los principales resortes locales de poder de dicha secretaría.
Reforma de los instrumentos contables
La contabilidad de partida simple, también conocida como método de «cargo y data», fue la que predominó en el erario durante los casi tres siglos de dominación de la Monarquía católica en Nueva España.
Una modalidad contable que tenía por objeto final lograr la rendición de cuentas de los oficiales y ministros del erario ante la Corona.
78 Con ella se podía determinar de manera directa la posible responsabilidad individual en la que incurrían estos oficios públicos en el manejo de los recursos del soberano.
79 Desde finales del siglo XVI, las cajas reales de las Indias debían contar con tres libros, a saber: el manual, el mayor (sin especificar la diferencia entre ambas modalidades) y el referido a «lo que entra y sale de la Real 75 Informe del marqués de Sonora [1771], 2002, 74.
79 Este aspecto era fundamental en el contexto de un Estado constituido en términos jurisdiccionales.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ Caja», con base en el método contable de partida simple.
80 Además, y según las circunstancias regionales, los oficiales reales llevaban otros libros, por lo general, libros borradores y libros específicos de determinadas rentas.
Cada oficial real debía tener su libro particular (el de tesorería, el de contaduría y, caso de existir, el de factoría), todos ellos con el mismo contenido que, además, debía coincidir con lo asentado en el libro mayor de la caja real, también denominado libro común.
A pesar de lo estipulado en las reales cédulas de 1695 y 1700, todavía era frecuente a principios del siglo XVIII que la contabilidad que se asentaba en los libros de las cajas reales no se ajustase a un año natural, ni que se hiciese una clara separación por ramos.
81 Asimismo, en numerosas ocasiones no había claridad o faltaban datos para determinar cabalmente la cuenta y la razón de las que emanaban los cargos y datas.
A pesar de reiterarse estas obligaciones (fue habitual que ambas reales cédulas, así como un breve extracto de las mismas, apareciesen en la portada de los libros de los oficiales reales de la primera mitad del siglo XVIII), fue evidente para el Consejo de Indias que la diversidad en las prácticas contables en las diferentes cajas y entre los oficiales reales que se sucedían en una misma caja real era la nota común.
Con ello se dificultaban las actividades de glosa y fiscalización de los tribunales de cuentas de Indias, así como la integración de los datos en una cuenta común.
A fin de uniformar las prácticas, el secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina e Indias, Julián de Arriaga, promovió que la Contaduría General de Cuentas y Real Hacienda de las Indias, detentada en la década de 1760 por Tomás Ortiz de Landázuri, 82 crease en 1766 una Instrucción práctica de «el método, reglas y expresión con que anualmente deberán ejecutar los tanteos y cortes de Caja en todas las de América, para saber el estado que cada una tiene».
83 Una medida que, de manera lógica, implicaba una regulación sobre el modo de llevar las cuentas.
Para hacer todavía más explícito este propósito, Ortiz de Landázuri remitió en 1767 a todos los virreyes, capitanes generales y oficiales reales de la Indias otra Instrucción sobre el «modo y reglas» que debía seguir dichos oficiales para la presentación de sus cuentas ante los Tribunales de Cuentas respectivos (México, Lima y Santa Fe 80 González Ferrando, 1994.
81 Vivo ejemplo de ello son muchos de los sumarios elaborados por las cajas reales de Nueva España en el primer tercio del siglo XVIII.
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA de Bogotá).
84 Este método fue el que se siguió en las cajas reales de Nueva España (y en el resto de las Indias) hasta que en 1784 se promovió, como veremos, la introducción de la contabilidad de partida doble.
En este contexto, y bajo el ministerio de José de Gálvez, cabe apreciar que se modificaron los objetivos referidos a la contabilidad de los erarios indianos.
Además del control individualizado de las acciones de los oficiales reales en el manejo de los caudales de la Corona, se aspiró también a conocer el estado financiero global de las tesorerías: se pasaba así del control jurisdiccional al de la información económica.
Con este mismo fin se promovió la introducción de la contabilidad de partida doble.
Al igual que en 1766 y 1767, la Contaduría General de Indias, en este caso ejercida por Francisco Machado Fiesco, procedió a crear en 1784 otra Instrucción práctica para facilitar su introducción en la contabilidad indiana.
Asimismo, se proyectó el envío de contadores-interventores para «enseñar» a los oficiales y ministros de Hacienda de las Indias los pormenores del método.
85 Aunque la implantación de la partida doble, medida por el número de cajas reales que la introdujeron entre 1785 y 1787 (alrededor de 60 cajas reales) y por la calidad de los registros conservados, fue bastante exitosa, sin necesidad de que los oficiales reales de las Indias esperasen a la llegada de los mencionados contadores-ordenadores, 86 la realidad es que no se consolidó en Nueva España debido a la real orden de 25 de octubre de 1787, que ordenó el abandono de dicho método.
Un hecho que no es ajeno a la muerte del principal promotor del proyecto, José de Gálvez, en junio de 1787, ni al conjunto de enmiendas que sufrieron a partir de entonces las diversas ordenanzas de intendentes indianas, entre ellas la de Nueva España.
87 Con todo, la real orden de 1787 no significó el retorno al punto previo en materia contable, en la medida en que la propia normativa llamó a incorporar aspectos del tratamiento y control de la información previstos en la Instrucción práctica de 1784, como eran el asentar por separado los ramos denominados «comunes y generales de Real Hacienda» respecto de los ramos particulares y ajenos, o la firma obligatoria en el libro manual de aquéllos que entregasen o recibiesen caudales de las cajas reales, junto con los ministros de las tesorerías, entre otros puntos.
Archivo General de la Nación de Argentina (AGNA), Sala IX, 25-01-10, fs.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ sobresalen en cuestión de permanencias respecto a la reforma de 1784.
En primer lugar, la prolija clasificación de las rentas y los gastos.
Si se comparan los resultados de las instrucciones prácticas de 1766, 1767 y 1784 en la contabilidad de las cajas reales de Nueva España, se aprecia que hubo un progresivo desglose contable de los egresos, lo cual facilitó el control de dicha faceta para el erario novohispano.
89 En segundo lugar, se mantuvo el «arrastre» de las deudas activas y pasivas del fisco, lo que provocó que los cargos y las datas de la Tesorería General de Ejército y Real Hacienda de Nueva España se elevasen a partir de entonces hasta cifras nunca vistas con anterioridad.
El efecto positivo de esta «nueva contabilidad» radicó en que permitió dar seguimiento a la «salud financiera» de la Real Hacienda de Nueva España; aspecto que quedó plasmado en los denominados «Estados de débitos y créditos» de la Tesorería General de Ejército y Real Hacienda.
Unos registros que pudieron elaborarse de manera periódica desde la década de 1790, lo que hizo viable el consignar de forma consistente y rápida el elevado stock de deuda que acumuló el erario de Nueva España desde la década de 1780, con motivo de las diversas guerras en que participó la Monarquía católica.
90 Todos estos aspectos permiten concretar lo que algunos autores han denominado como el establecimiento de un método contable «híbrido» para las cajas reales indianas, tras la experiencia de la partida doble del periodo de 1784-1787.
A lo largo del siglo XVIII, la Real Hacienda de Nueva España desplegó iniciativas en el combate al fraude que denotan tanto la persistencia de políticas previas como la irrupción de innovaciones.
92 Muestra relevante de las permanencias fueron el recurso a la multiplicación de oficinas y dependencias del erario (cajas reales y administraciones de rentas, con el estanco del tabaco como caso emblemático), el uso de las diversas modalidades de visitas y pesquisas para vigilar el comportamiento de los oficiales reales y los empleados de rentas, o la expedición de normas enfocadas a dotar de mayor precisión, claridad y certidumbre a la información contable 89 TePaske y Klein, 1986-1988.
LA REFORMA DE LOS MECANISMOS DE CONTROL EN LA REAL HACIENDA ( separación de ramos, datos anualizados, firma, numeración y encuadernación de libros de cargo y data, etc.).
Sin embargo, en este continuum es posible detectar cambios incrementales que apuntan hacia una transformación lenta de los mecanismos de control o del sentido último que se daba a los mismos, a pesar de mostrar un formato muy similar.
No solo se crearon nuevas cajas reales y administraciones de rentas, sino que se produjo una reestructuración jerárquica entre ellas.
Algo que ayuda a entender, por ejemplo, los calificativos de tesorerías principales, menores y agregadas, propios del último cuarto del siglo XVIII.
Una jerarquización que estaba conectada con la voluntad de rearticular el espacio fiscal novohispano con base en el fortalecimiento del gobierno provincial (intendencias).
El erario de Nueva España tuvo que provincializarse a fin de acotar mejor -se esperaba-las responsabilidades de los ministros, oficiales y empleados de la Real Hacienda.
Las visitas y pesquisas continuaron siendo un mecanismo de control del fraude fiscal, sin embargo se detecta una transformación, al ir perdiendo su carácter de medida «excepcional», acotada en el tiempo.
La aparición de visitadores permanentes, con plazas dotadas, en las dos principales rentas del erario de Nueva España (estanco del tabaco y alcabalas) a partir de la década de 1770 es buena prueba de ello.
Una permanencia en las labores de vigilancia y auditoría que vino a reforzar las que desde el siglo XVII venían ejerciendo el Real Tribunal de Cuentas y la Superintendencia General de Real Hacienda.
Un cargo que, por cierto, se vio notablemente fortalecido en sus competencias entre las décadas de 1720 y 1740.
En cuanto a la calidad de la información contable, se observan dos procesos.
Por una parte, la capacidad para hacer real lo previsto en la normativa del siglo XVII: a finales de la década de 1730 la firma, encuadernación, separación de ramos y articulación anual de los libros manuales y comunes de cargo y data de las cajas reales ya eran una moneda corriente.
Por la otra, el creciente desglose (aquí una de las claves estuvo en la subdivisión del gasto público), sistematización y capacidad de síntesis del mar de documentos e información anual que se generaba.
La ampliación en los aspectos buscados en la contabilidad, al superarse la faceta de lo meramente consignado en las tesorerías (cargos y datas), al computar también los adeudos totales y su arrastre, la generación de formatos impresos para asentar la información o el establecimiento de plazos y, sobre todo, procedimientos precisos para ciertas operaciones (cortes y tanteos de cajas reales y contadurías de rentas), son ejemplos de los nuevos mecanismos y concepciones.
ERNEST SÁNCHEZ SANTIRÓ Sin ellos no se hubiesen podido generalizar -que no crear-desde la década de 1780 las relaciones de valores y distribución o los estados de débitos y créditos de la Real Hacienda de Nueva España.
A la luz de este repertorio de medidas parece evidente que el comportamiento de los principales indicadores del erario novohispano (ingresos, egresos y deuda pública) en el siglo XVIII no puede explicarse únicamente desde el desempeño general de la economía virreinal.
De hecho, en ciertas coyunturas, los grandes «saltos» en materia de gasto e ingreso públicos solo son comprensibles desde la faceta reformista (creación de rentas, incorporación de oficios a la Corona, cambios en alícuotas, alteración en los mecanismos de gestión de ramos, nuevos mecanismos de reclutamiento y perfil de los oficiales y empleados, etc.), como nos ha mostrado gran parte de la historiografía.
Pero esto solo es una parte del proceso.
Sin otros instrumentos como la creciente jerarquización de las tesorerías, la territorialización y subdivisión de oficinas, la burocratización de las prácticas o la sistematización más amplia de la información no se hubiese podido dar seguimiento al comportamiento de los oficiales y empleados en la gestión de un erario que creció notablemente en su complejidad institucional y organizativa desde las décadas de 1740-1750.
Es evidente que el fraude fiscal y el contrabando continuaron existiendo, viva prueba de ello fue la pervivencia de los juicios de comiso, las pesquisas incoadas o las sanciones establecidas, pero desde su análisis puntual y aislado no se logra una visión de conjunto que permita valorar el éxito o fracaso de las reformas.
Esta es una tarea que, consideramos, todavía está en construcción, tanto por lo que atañe a la provisión de indicadores como a su significado y relevancia. |
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Palabras Clave: Tenientes de Gobernador; Santa Fe; Reformas Borbónicas.
En las últimas décadas la renovación de los planteamientos historiográficos de la llamada «The Military Revolution» o Nueva Historia Militar, ha incorporado una mirada sobre la guerra y lo militar que integra los aspectos sociales, económicos y políticos.
De este modo los estudios sobre lo militar se enfocaron en su «composición, estructura, financiación, tecnologías; el análisis de los militares, profesionales o no, en el marco de las mutantes y heterogéneas sociedades, explicando sus roles económicos, sociales o familiares, y desde luego sus actuaciones en el terreno de lo político-administrativo».
1 Un período que atrajo la atención de los estudios con este enfoque fue el del reformismo borbónico, poniendo mayor énfasis en el reinado de Carlos III, como el punto de partida de este proceso de transformaciones y no como el punto de llegada de una serie de decisiones políticas que comenzaron a cerrar procesos que se habían iniciado ya con el primer Borbón.
2 La importancia de lo militar en América no se circunscribió solo a la reforma de los cuerpos militares, también fue relevante la «vía militar» 3 como cantera para el reclutamiento de funcionarios para la administración de estos dominios, imponiendo un nuevo concepto y práctica de la autoridad real, 4 aunque este hecho no significó que fuera, forzosamente, en contraposición a los intereses de las elites locales.
El presente trabajo acuerda y pretende contribuir con los planteos historiográficos que revisan la cronología del reformismo borbónico evidenciando la relevancia de las políticas reformistas de Felipe V como laboratorio y PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA preparación del terreno, en la consolidación de este proceso llevado adelante por sus sucesores.
5 Uno de los aspectos de estos cambios en el gobierno fue la presencia y centralidad de los militares en la política y administración, que contribuyeron a la militarización de los cuerpos políticos de la Monarquía, en un proceso en el que arraigó con fuerza el profesional de la milicia que ejercía otras tareas, además de su propia labor castrense.
6 El ascenso de los Borbones al trono hispánico se dio en medio de un conflicto bélico, librado incluso contra sus propios súbditos.
Esta situación exigió la reconstrucción de lazos de lealtades que permitieran la gobernabilidad de la nueva dinastía y se articuló con dispositivos orientados hacia un control más directo de la Corona, tanto de los territorios insurgentes en la Península, 7 como de los territorios americanos en una situación geopolítica vulnerable por el avance de las potencias opositoras a los Borbones.
Los enclaves comerciales de Inglaterra en el Caribe, la concesión del asiento para el comercio de esclavos en el Río de la Plata y la devolución de Colonia del Sacramento a su aliada Portugal, se convirtieron en una amenaza para España.
Las fronteras australes de la Monarquía se conformaron en un espacio de contactos múltiples y heterogéneos, entre los pueblos originarios no sometidos al control hispánico, los términos portugueses y el Atlántico, un océano abierto a las ambiciones de potencias extranjeras.
Estos territorios fueron integrados en las decisiones políticas que se orientaron hacia la conservación de los dominios ultramarinos, sobre todo, la puerta de ingreso a una de las áreas económicas más importante de la Corona, las minas de plata potosinas.
Con este horizonte, los recientes planteos historiográficos piensan la relación entre reformas comerciales, administrativas y militares, en un contrapunto entre territorios centrales de la Monarquía (el Caribe) y territorios que hasta entonces eran su frontera (el Río de la Plata).
8 Las transformaciones que trajo el siglo XVIII para el Río de la Plata, significaron una mutación de su estatus político, jurídico y administrativo, de una gobernación menor hacia una «gobernación militar» que posteriormente cuajó en una estructura virreinal.
9 Este proceso de metamorfosis jurisdiccional demuestra su relevancia en el marco de la disputa internacional, ante el avance portugués e inglés luego del acuerdo de paz.
7 Con este objetivo fueron elaborados los Decretos de Nueva Planta para estos reinos desafectos a la causa borbónica.
en los modos de hacer política se comprueba en el fortalecimiento de la figura de sus gobernadores, que comenzaron a ser designados directamente por comisión real y con una vasta experiencia militar.
10 El presente trabajo se propone mostrar el cambio en los equipamientos de gobierno político-militar en una jurisdicción subordinada a la gobernación de Buenos Aires en el Río de la Plata, que se manifestó tanto en el perfil de sus gobernadores como en el de sus representantes en Santa Fe, los tenientes de gobernador, en cuya elección comenzaron a tener relevancia las fojas militares.
11 A partir del recorrido por los perfiles de los tenientes de gobernador de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz se observará que la formación o experiencia militar en la elección de estos funcionarios también fue ponderada para la defensa de las fronteras internas.
Para componer la fotografía de estas trayectorias biográficas, el trabajo pone el acento en un fondo documental en particular: las actas capitulares de Santa Fe.
En ellas se encuentran insertos los títulos de los tenientes de gobernador en los que se expresan sus grados militares y servicios a la Corona.
Por otra parte, también se consultaron archivos de Contaduría y los fondos notariales del Archivo del Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales de Santa Fe: Expedientes Civiles y Escrituras Públicas; que aportan datos sobre la filiación de los tenientes de gobernador que fueron vecinos de la ciudad, así como sus actividades y patrimonios.
Además, la información filial fue completada con los archivos eclesiásticos como las actas matrimoniales.
Se suman a esta información los datos aportados por los fondos documentales del Archivo General de la Nación, expedientes de tribunales.
La jurisdicción santafesina se constituyó en la barrera de contención ante el avance de los indígenas infieles del Gran Chaco y posteriormente de los «pampas».
El territorio indígena que circundaba al imperio era una cuestión que ya no podía seguir ignorándose por varias razones, primero, por el peligro de una asociación de estos grupos a potencias enemigas de PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA la Corona con fin de quedarse con territorios.
12 Segundo, era indispensable frenar el avance indígena sobre las arterias comerciales por las cuales circulaban las mercancías y rentas de la Corona hasta el puerto de Buenos Aires.
Por último, fue fundamental la defensa del ganado y la posibilidad de ampliación de tierras para su cría desplazando la línea de frontera.
La cuestión defensiva marcó la agenda de problemas de la ciudad de Santa Fe, sobre todo en las décadas de 1710 y 1720, por la creciente hostilidad de indígenas que destruían propiedades, robaban ganado y asaltaban la principal arteria comercial -el camino real-que conectaba el Atlántico con el Alto Perú.
Por ella circulaban los esclavos del asiento inglés y los caudales del situado que sostenía la guarnición del presidio de Buenos Aires.
La ciudad de Santa Fe se insertó en múltiples circuitos comerciales como un puerto articulador de diferentes producciones, 13 rutas y redes mercantiles, que conectaron una vasto espacio -Paraguay, Buenos Aires, Tucumán y zonas más alejadas como Cuyo, Chile, el Alto Perú y, en el otro extremo, Brasil y la Colonia del Sacramento-, transformándose en un punto privilegiado para el comercio interregional.
14 Los cambios en el equipamiento político del territorio santafesino se fueron acentuando y a las competencias militares de los tenientes de gobernador se sumó la creación de una compañía de dotación en 1726, llamada «Partidarios de la Frontera».
Este nuevo cuerpo militar fue creado con el objetivo de frenar el avance de la frontera indígena y asegurar la circulación mercantil, en el marco de la puesta en marcha del «Real proyecto para galeones y flotas del Perú y Nueva España y navíos de registro y avisos», aprobado en 1720, destinado a mejorar y agilizar la articulación comercial entre España y América.
15 Por otra parte, la defensa se dirigió a preservar los stocks vacunos y a sostener y desplazar la línea de frontera con el objetivo de ampliar las zonas de cría de ganado.
13 En el puerto santafesino convergían la yerba del Paraguay, efectos de Castilla y esclavos del puerto de Buenos Aires, metálico de Potosí, las mulas de los criadores santafesinos destinadas al mercado potosino y brasileño, el ganado vacuno para los mercados atlánticos de exportación y para Mendoza y Chile.
15 Este proyecto nacido de las presiones de las potencias victoriosas en la guerra de la Cuádruple Alianza se constituyó en la «base institucional para los navíos de permiso en que insistían los ingleses».
En torno a esta misma década fue la reforma de las compañías de presidios, que incluyó a la guarnición de Buenos Aires en 1718 y los trabajos de ingeniería para la reconstrucción de las fortificaciones.
MARÍA CELESTE FORCONI siglo XVIII, la producción de cueros se convirtió en la fuente de riqueza más importante de la región.
16 La importancia de la «causa» militar en el perfil de los tenientes de gobernador santafesinos del siglo XVIII El proceso de expansión y conquista tuvo como dispositivo de conservación de los territorios a la ciudad, que representa el espacio de la institucionalización del poder, organizada como cuerpo político.
El paso de la etapa de conquista a la de colonización requirió la transformación de los soldados de las huestes conquistadoras en vecinos de las nuevas ciudades, «avecindar al soldado fue el acto que concentró condición y consecuencia de la constitución del cuerpo político».
17 La ciudad, para la cultura política hispánica, fue el lugar por excelencia de la política y la justicia.
Y la justicia, el mayor atributo de la majestad.
En este sentido, los oficios de vara fueron los más importantes en tanto encarnaban la justicia del rey.
De aquí que el gobernador, por delegación de la potestad real, fuera la personificación de la justicia real en el Río de la Plata y con atribuciones para nombrar, a su vez, un representante en jurisdicciones menores.
La gran extensión territorial de las gobernaciones hizo necesario el nombramiento de representantes que atendieran en las tareas de gobierno, justicia y guerra en las ciudades menores que componían una gobernación.
La delegación de potestades del gobernador a su teniente instituyó un lugar intermedio entre el gobierno provincial y el gobierno local y, en este sentido, el oficio de teniente de gobernador fue caracterizado con la metáfora de la bisagra o juntura, como articulador de horizontes administrativos y de gobierno.
En las tierras de la otra banda del Paraná (la actual provincia de Entre Ríos) se ubicaban muchas de las estancias de los vecinos más importantes de Santa Fe, como también en el Pago de los Arroyos (actual ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe).
Para facilitar la lectura de las fuentes documentales transcriptas se optó por utilizar la ortografía moderna.
El teniente de gobernador tenía incumbencias en los asuntos de guerra y justicia como instancia de apelación en los procesos que trataban los alcaldes, en causas y negocios civiles o criminales.
También presidía las sesiones del cabildo introduciendo un elemento de desequilibrio en las disputas entre facciones, puesto que su voto dirimía las elecciones capitulares en caso de empate.
Le correspondía entregar la vara a los electos y en las deliberaciones prevalecía su opinión por sobre los cabildantes, quienes podían apelar a la Audiencia.
Sobre la composición del cabildo de Santa Fe ver el clásico trabajo de Cervera, 1979.
Los hombres elegidos para el oficio eran personas de confianza del gobernador, y en su rol de articulador debían ser, además, hombres respetados y reconocidos por la ciudad que los recibía.
Los alcances del ejercicio de sus atribuciones dependían de las negociaciones con el cuerpo capitular, que podía «ampliar, acotar, delimitar o exigir el cumplimiento de tales o cuales requisitos»,19 en función de la conveniencia en la defensa de sus intereses particulares o del bien común de la ciudad.
Por otra parte, la disponibilidad de distintas fuentes de derecho permitió la apelación a diversos recursos normativos para resistir o aceptar las designaciones de los tenientes.
20 Entre esos recursos, la ciudad contaba con un privilegio que permitía el nombramiento de vecinos en ese cargo, 21 una prerrogativa que fue interpuesta siempre que los gobernadores pretendieron avanzar sobre las potestades ganadas por los poderes locales.
Las atribuciones de este funcionario se configuraron en una arena jurídica entre la normativa 22 y la costumbre, mediada por alianzas, acuerdos o desacuerdos entre la elite local y el teniente de gobernador.
Estas disputas por las designaciones al oficio nos permiten reflexionar sobre los márgenes de negociación que supuso la implementación de las reformas borbónicas, entre el cabildo y los gobernadores borbónicos, y los grados de autonomía de los poderes locales respecto de los representantes de la reforma.
En las ciudades de las márgenes del virreinato peruano, fue clave el posicionamiento de los vecinos con grados militares en los espacios de toma de decisiones, por la importancias de estas plazas urbanas para la defesa de las fronteras.
23 En el transcurso del siglo XVIII, tanto el cargo de gobernador como el de los tenientes en las ciudades sufragáneas adoptaron un carácter militar, coincidente con el objetivo de conservación de los territorios americanos frente al avance de otros pretendientes.
Si bien el teniente de gobernador intervenía en cuestiones relativas al gobierno y la justicia de la ciudad, la singularidad de Santa Fe en su condición de frontera, resaltó sus cualidades militares, más que las otras causas que suponían MARÍA CELESTE FORCONI sus obligaciones.
En este sentido, el recorrido por algunos de los hitos en las trayectorias de los tenientes de gobernador santafesinos durante el siglo XVIII nos permitirá observar la mutación de estos territorios a través del perfil de los agentes, que expresa la creciente militarización del territorio y de los estilos de gobierno.
24 Apenas iniciado el siglo XVIII, la primera designación de teniente de gobernador corresponde a un peninsular, José González de Castilla.
Su título fue otorgado por el gobernador Manuel de Prado Maldonado, en Buenos Aires, el 20 de julio de 1700.
González Castilla contaba con antecedentes militares como capitán de infantería de una de las compañías de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda y capitán entretenido de las reales armadas de galeones.
A su llegada al Río de la Plata se desempeñó como capitán de caballos corazas de una de las compañías del presidio de Buenos Aires.
25 El nuevo teniente provenía de una de las ciudades portuarias más importantes de la Corona española, Sanlúcar de Barrameda, vía de entrada al puerto de Sevilla, ubicado a orillas del Guadalquivir.
Por su posición geoestratégica como defensa de la desembocadura del río ante la potencial amenaza de escuadras extranjeras y piratas, Sanlúcar se constituyó en un lugar relevante en cuanto a la política militar.
26 En una condición similar se encontraba el puerto de Buenos Aires como ingreso al corazón de las riquezas argentíferas de Potosí.
El sistema portuario rioplatense precisaba de la pericia militar que permitiera el resguardo de los caminos interiores que conectaban el puerto con el vasto territorio del virreinato peruano.
La ciudad de Santa Fe formaba parte de ese sistema portuario a través de la «Carrera del Paraguay», de la cual fue puerto y centro de distribución y comercialización de la yerba mate paraguaya.
27 El nuevo teniente cumplía con el perfil adecuado, una carrera militar con experiencia en la Marina y en el trajín de una región portuaria.
Asimismo, el origen peninsular de González Castilla contribuía al ideal del buen gobierno, en tanto su desarraigo suponía una distancia social respecto de la sociedad local y, consecuentemente, la posibilidad de quebrar los márgenes de autonomía de la elite y, así, delinear las pretensiones políticas de la Corona en el nuevo siglo.
25 Título de teniente de gobernador del capitán José González de Castilla, Santa Fe, 14 de septiembre de 1700, Archivo General de la Provincia de Santa Fe (AGPSF), Actas Capitulares (AC), t.
González Castilla contaba con dignidad suficiente para este cargo, la distancia social del funcionario respecto a los grupos de poder locales suscitó varios conflictos y oposiciones.
La designación de un peninsular para este oficio lesionaba la prerrogativa de la ciudad en cuanto al nombramiento de vecinos para la ocupación del cargo, cuestión que pretendía resguardar la autonomía de la ciudad.
29 El gobernador Alonso Juan de Valdés Inclán, que había asumido el gobierno el 3 de julio de 1702, decidió nombrar un nuevo representante suyo que fuera una persona independiente al conflicto.
30 Eligió a Fernando de Rivera Mondragón, que no pudo asumir el cargo debido a un accidente que sufrió en el camino hacia Santa Fe y le impidió llegar a la ciudad.
No obstante, es importante tener en cuenta algunos rasgos de esta figura para hacernos una idea del tipo de perfil buscado en estos funcionarios en una zona con fuerte conflictividad con los indígenas fronterizos.
Rivera Mondragón era vecino de Buenos Aires y regidor en su cabildo, ocupó otros oficios capitulares como el de alcalde de primer voto, protector de naturales, defensor de menores31 y poseía el título de capitán.
Su experiencia como protector de naturales32 constituía una valiosa habilidad, en tanto figura de mediación entre las autoridades coloniales y los indígenas sometidos.
Por otro lado, era una persona conocida para la vecindad santafesina, pues en 1673 había sido corregidor, lugarteniente y capitán a guerra de la ciudad.
33 Ante la imposibilidad de Rivera Mondragón de asumir el cargo, el 16 de agosto de 1702, fue designado Juan José Moreno, también vecino de Buenos Aires, capitán de caballos coraza y alcalde de segundo voto en el cabildo.
Debido a los enfrentamientos entre González Castilla y los capitulares santafesinos, en su título se consignó la misión especial de poner fin a los incidentes entre ambas partes.
34 En febrero de 1708 asume la gobernación Manuel de Velazco y Tejada y designa como teniente de gobernador al maestre de campo Juan José de MARÍA CELESTE FORCONI Ahumada.
Su trayectoria militar estaba ligada a los 17 años de servicios, primero como maestre de campo en el presidio de Cádiz y en las flotas de Nueva España; tras su llegada al Río de la Plata se desempeñó en el presidio de Buenos Aires como alférez de maestre de campo y capitán de caballos corazas.
35 El teniente Ahumada fue apartado del oficio por el juez pesquisidor Juan Joseph de Mutiloa y Andueza, enviado por el rey para investigar las denuncias contra el gobernador Velazco y Tejada.
Un sector de la vecindad porteña quedó excluida del control de las transacciones comerciales con los buques de registro y la venta de cueros, actividades lucrativas que el gobernador había puesto en manos de un grupo reducido de allegados y de oficiales de la Real Hacienda.
Debido a las insistentes acusaciones, el gobernador y su teniente quedaron desplazados de sus cargos.
En esta coyuntura, los capitulares de Santa Fe aprovecharon para manifestar su descontento respecto al nombramiento de personas ajenas a la vecindad y próximas a los intereses de los gobernadores, «porque siendo los que nombran personas de su casa, familia y servicios se niegan a dar los recursos e informes que se les harán sobre los excesos de dichos tenientes».
36 Como señala Birocco, «con la intervención de Mutiloa, el monarca ponía fin al poder autocrático que habían ejercido los gobernadores del Río de la Plata entre el último cuarto del siglo XVII y la primera década del siglo XVIII».
37 En marzo de 1712, el visitador Mutiloa envió una carta a los cabildos de Santa Fe y San Juan de Vera de las Siete Corrientes para que los tenientes nombrados por Velazco cesaran en sus funciones y que, en el ínterin, ejercieran como justicia mayor los alcaldes de primer voto de estas ciudades.
38 El alcalde primero de Santa Fe, Antonio de Vera y Mendoza, renuncia al ejercicio por imposibilidades que no se detallan en las actas capitulares.
En su lugar fue designado el alcalde segundo Juan de Lacoizqueta, 39 que se había constituido en fiador de su antecesor, Juan José de Ahumada, para este oficio, junto a Gabriel de Arandía.
40 Juan de Lacoizqueta fue un militar que probó su idoneidad al mando de las milicias santafesinas en el desalojo de Colonia del Sacramento en la 35 Título de teniente de gobernado del maestre de campo Juan José de Ahumada, Santa Fe, 13 de octubre de 1708, AGPSF, AC, t.
Pertrechando de su propio peculio a las fuerzas, su actuación le valió el grado militar de maestre de campo en 1704.
En la relación de méritos que hiciera su hijo Juan José se mencionaron los servicios a la Corona de Juan de Lacoizqueta y los grados militares que le fueron otorgados por ello: en 1688 como capitán de infantería española del castillo de San Carlos del Esteco, en la provincia del Tucumán, y un año después lo ascendieron a sargento mayor en el mismo sitio, y en 1704 le otorgaron el grado de maestre de campo.
44 Los dos años en que Juan de Lacoizqueta fue teniente de gobernador corresponden al momento álgido de la conflictividad facciosa en la capital de la gobernación y de reacomodamiento en las filas de los vecinos principales de Buenos Aires.
Luego que el juez pesquisidor Mutiloa apresara a Velazco y Tejada, nombró cabeza de la jurisdicción al último gobernador venal del Río de la Plata, Alonso de Arce y Soria, que estuvo en el oficio por poco tiempo debido a su muerte a escasos meses de asumir.
En la jurisdicción santafesina, Arce y Soria designó como su teniente de gobernador a Martín de Barúa, que ejerció el oficio hasta 1718 cuando solicitó al por entonces gobernador, Bruno Mauricio de Zabala, ser relevado por motivos de salud.
45 La coyuntura de reorganización de la gobernación de Buenos Aires llevada adelante por Mutiloa abrió un proceso denominado por Carlos Birocco como la «anarquía del año 1714».
Entre 1712 y 1714 la acefalia del gobierno político y militar de la provincia enfrentó a las facciones del cabildo porteño en la redefinición de las competencias políticas del cuerpo.
46 Hacia 1717 se cierra el proceso de reordenamiento con la llegada como gobernador del Río de la Plata de Bruno Mauricio de Zabala, a partir de cuya gestión comenzaron a manifestarse los cambios en la fisonomía que 41 Azarola Gil, 1940, 116.
42 Corresponden a las actas capitulares del 1 de enero, momento en que se realizaban las elecciones, AGPSF, AC, t.
45 Carta del gobernador Zabala al cabildo, Santa Fe, 3 de octubre de 1718, AGPSF, AC, t.
Su ejercicio en el oficio fue interrumpido solo por tres meses en que ejerció el cargo Francisco de Ziburu.
irían tomando estos territorios, como el perfil y modo de reclutamiento de los gobernadores rioplatenses.
Los nuevos trabajos historiográficos enfocados sobre la venta de oficios durante el reinado de Felipe V subrayan la continuidad de esta práctica e inclusive su intensificación con la finalidad de sobrellevar las urgencias económicas de la causa borbónica en la guerra de Sucesión y apuntalar la frágil economía de la Casa Real.
47 Sin embargo, el empleo de gobernador de Buenos Aires se sustrajo del lote de empleos venales y fue reservado para asignar a militares de carrera: «Ello tenía una explicación: en febrero de 1714, como parte de los convenios firmados en Utrecht y en Radstadt, se acordó la paz con Portugal y se le hizo devolución de la Colonia do Sacramento».
48 Buenos Aires se convirtió en el principal baluarte frente al avance portugués, que transformó la gobernación del Río de la Plata en una «gobernación militar», aunque no designada formalmente como tal.
Los nuevos gobernadores enviados a partir de 1717 contaron con fojas militares de relevancia, probados servicios a favor de la Corona y la mayoría de ellos provenían de regiones que se habían mantenido fieles a la causa borbónica durante el conflicto sucesorio.
49 El teniente de gobernador de Santa Fe, Martín de Barúa, designado por el gobernador Arce y Soria, continuó en su oficio a la llegada de Zabala a la gobernación.
Al igual que el nuevo gobernador, Barúa era vizcaíno y natural de la villa de Bilbao y sus gestiones ante su amigo y paisano fueron de suma importancia para la resolución de los problemas en la defensa de la frontera.
50 En el momento de su asunción, la ciudad se encontraba en serias dificultades, incluso para el abastecimiento de su población, cuestión que puso en vilo su misma existencia debido a su despoblación.
La dinámica de la frontera con el indio obstaculizaba el comercio con las provincias de «arriba» (Tucumán y Perú) y con el Paraguay, que proveía la yerba destinada a esos mercados.
El camino real, que conectaba estos circuitos 47 Andújar Castillo, 2004.
50 Tanto Barúa como Martín Joseph de Echauri (oriundo de Navarra), Baltasar García Ros (nacido en Valtierra, Navarra), Juan de Gainza, Antonio de Larrazábal (natural de Vizcaya), Juan Martín de Mena y Mascareña (natural de Bilbao) y varios otros, integraban un homogéneo grupo de oficiales vascongados estrechamente unidos entre sí, que participaron en las gestiones con el gobernador Zabala en la revuelta comunera.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA comerciales, fue repetidamente atacado en 1713, 1717 y 1718, por lo que «hubo de abrirse otra ruta».
51 Las habilidades, pericia militar y vínculos de Barúa contribuyeron decididamente a pacificar el territorio santafesino.
Tras la victoria sobre los abipones en 1718, fue necesario reforzar la frontera y para ello se establecieron nuevos fuertes, 52 que fueron guarnecidos con tropas enviadas por Zabala.
Dos compañías de 50 soldados cada una fueron creadas por el gobernador Zabala en 1724 y reconfirmadas por la real cédula de Carlos III en 1726.
Denominados «Partidarios de la Frontera», estas compañías fueron los antecedentes del «Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Santa Fe».
Esta unidad de veteranos se organizó para defender la frontera chaqueña y se componía de lanceros de caballería a sueldo y en servicio permanente.
Sin la ayuda de los recursos provenientes de la gobernación y del posterior virreinato, el peso del sostenimiento de los blandengues recayó sobre los recursos que aportó el ramo de arbitrios de la ciudad.
53 Cuando Barúa se retiró de su cargo, los capitulares señalaron su aprobación «por la suma aplicación, celo y desvelo con que durante su empleo se dedicó a la administración de justicia, defensa de esta frontera y cumplimiento de su obligación».
54 El cabildo, entonces, envió una carta a Zabala solicitando el nombramiento de Francisco de Ziburu, que había reemplazado a Barúa entre julio y octubre de 1717.
55 A pesar del pedido, el gobernador elige como su teniente a otro vecino, Lorenzo García Ugarte, 56 que estuvo en ejercicio hasta 1722 cuando fue relevado, ahora sí, por Ziburu.
Con el arribo de Bruno Mauricio de Zabala a la gobernación de Buenos Aires se inició una nueva etapa en la designación de los tenientes de gobernador santafesinos, eligiendo para este oficio a vecinos notables de la ciudad.
Las oposiciones de los poderes locales a los nombramientos de personas ajenas a la vecindad, alegaban los daños e inconvenientes que ellos ocasionaban en pos de enriquecerse, dando «tratos y contratos a personas de su estima».
52 Las actas en las que se discute la erección de los fuertes: en el tomo VIII, f.
Los datos que se hallaron sobre este teniente son muy escasos; cuando asume el oficio posee el rango de maestre de campo.
distrito fue un recurso utilizado para obstaculizar la designación «inconveniente» de una persona que no fuera favorable a los intereses de la ciudad.
El pedido sobre la vecindad de los tenientes de gobernador no era solo una cuestión de resguardo de una prerrogativa que expresaba la autonomía de la ciudad en la gestión de su gobierno.
El recrudecimiento de los conflictos fronterizos a partir de 1710 hizo que este reclamo fuera más insistente, y esto se debía a la necesidad de que el teniente de gobernador fuera un «vecino práctico y conocedor de la región», 58 como el caso de Francisco Xavier de Echagüe y Andía y de Juan José de Lacoizqueta, que en muchas ocasiones fueron llamados para asesorar en cuanto a la defensa de la ciudad, para la construcción de fuertes, la cantidad de tropa necesaria para las entradas, etc. 59 Este conocimiento que los propios vecinos tenían del espacio y de las poblaciones nativas que lo habitaban, suponía una mayor pericia en la resolución de los problemas en la relación con los grupos indígenas.
En una carta enviada en 1717 al gobernador Zabala, el cuerpo capitular describió las condiciones en las que se encontraba la ciudad y propuso diversas soluciones que aliviarían su estado «lamentable», entre ellas: «que cesase el cobro de la sisas, se dieren armas y municiones a esta Ciudad y que los lugares Tenientes de los señores gobernadores sean Vecinos y como lo tiene prevenido la Real audiencia de este distrito, por real cedula: con la experiencia de los daños y perjuicios que la Ciudad ha recibido de los tenientes foráneos».
60 La tenencia de gobernación de Lorenzo García Ugarte estuvo marcada por el aumento en la presión de la frontera indígena con los grupos abipones, mocovíes, payaguas y charrúas, que puso en crisis a la población de la jurisdicción santafesina.
Como describió el procurador del cabildo, los «[enemigos] pasaron a esta ciudad con desenfreno paseando las calles de todos los barrios».
61 En un informe que el teniente envió al gobernador Zabala en 1720, con motivo de la preparación de una entrada para frenar los ataques, indicó que apenas se contaba con 268 hombres en condiciones de tomar las armas.
62 Recién hacia 1721 partió la campaña con 445 hombres, 58 La denominación de «práctico», según el Diccionario de autoridades (tomo V, 1737), corresponde a una persona experimentada, versada y diestra en alguna cosa.
62 Informe del teniente de gobernador al gobernador Zabala, Santa Fe, 20 de septiembre de 1720, AGPSF, AC, t.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA incluidos 150 hombres e indios amigos que aportó Corrientes.
63 El estado crítico de la ciudad fue tal que en 1722 recibió la visita del propio Zabala.
64 Hacia 1723 la solicitud del cabildo sobre el nombramiento de Francisco de Ziburu fue atendida por el gobernador y en octubre de ese año presentó el título de justicia mayor de la ciudad.
65 El nuevo teniente era vecino, con el grado militar de maestre de campo y natural de la villa de Vera en Navarra.
66 Durante su gestión, el conflicto fronterizo se fue agravando al punto de que los vecinos de la ciudad «vacilan en su mudanza por haber perdido todos sus ganados y posesiones».
67 Cuando los problemas de salud de Ziburu lo alejaron del cumplimiento de su oficio, el cuerpo capitular decidió informar al gobernador para que designara una persona en su reemplazo, con el fin de no descuidar las materias de guerra, ya que las políticas quedaban a cargo del alcalde de primer voto.
68 Esta preocupación por la defensa quedó expresada en el título del teniente Ziburu y también en el de su cuñado y sucesor, Francisco Xavier de Echagüe y Andía, «siendo conveniente y preciso nombrar sucesor [...], por la urgencia de hallarse la dicha Ciudad amenazada con las frecuentes hostilidades de los enemigos infieles».
69 Estas expresiones dan cuenta de la importancia que la guerra defensiva tenía en la agenda política de la ciudad.
Entre los Echagüe y Andía 70 se cuentan varios miembros de la familia que gobernaron los destinos de la ciudad y contribuyeron a la pacificación de los indígenas durante treinta años.
Se destacó por sus gestiones militares y políticas con los grupos fronterizos, iniciando una nueva etapa en las relaciones interétnicas.
El enfrentamiento bélico como estrategia de defensa de la frontera fue dejando lugar a la vía diplomática 63 Santa Fe, 21 de noviembre de 1721, AGPSF, AC, t.
65 Título de teniente de gobernador del maestre de campo Francisco de Ziburu, Santa Fe, 21 de octubre de 1723, AGPSF, AC, t.
66 Ziburu se había casado en la ciudad con Francisca de Echagüe y Andía, hija de otro navarro.
69 Título de teniente de gobernador del maestre de campo Francisco Javier de Echagüe y Andía, Santa Fe, 28 de abril de 1733, AGPSF, AC, t.
Francisco Javier se casó el 5 de junio de 1718 con Josepha de Gaete y fueron testigos los extenientes de gobernador Antonio de Vera Mujica, Martín de Barúa y su cuñado Ziburu, todos ellos paisanos navarros.
para la resolución de conflictos.
La fundación de reducciones fue la vía diplomática mediante la cual se pretendió lograr la pacificación de la frontera, como los proyectos iniciados con las parcialidades mocovíes y abiponas.
71 El gobernador Domingo Ortiz de Rosas, nombrado al frente de la jurisdicción en 1742, designó como su teniente a Francisco Antonio de Vera Mujica, que presentó su título ese mismo año, 72 y ocupó la tenencia de gobernación durante 24 años (1742-1766), siendo el ejercicio más largo en la historia de la ciudad; trascendió a tres gobernadores: Domingo Ortiz de Rozas (1742-45), José de Andonaegui (1745-1756) y Pedro de Cevallos (1756-1766), e inclusive a tres monarcas: Felipe V, Fernando VI y Carlos III.
Los Vera Mujica, al igual que los Echagüe y Andía, fueron familias principales que sobresalieron en diversos cargos políticos, militares y eclesiásticos.
73 Tanto su abuelo como su padre ocuparon el oficio de teniente de gobernador, entre otros cargos como capitulares.
74 En el título del nombramiento de Vera Mujica se expresaron sus méritos políticos y el destacado 71 El tema de la nueva mirada política respecto de las relaciones interétnica en la frontera santafesina-chaqueña fue analizado, entre otros, por: Battcock, Gotta y Manavella, 2004; Farberman y Ratto, 2014; Lucaioli, 2014 y 2015; Suárez y Tornay, 2003; Bracco, 2016; Moriconi, 2011.
72 Título de teniente de gobernador del capitán de caballos Francisco Antonio de Vera Mujica, Santa Fe, 9 de enero de 1742, AGPSF, AC, t.
Dos años antes del nombramiento había sido acusado de comercio ilícito con los portugueses de Colonia del Sacramento, junto a dos vecinos: Ignacio de Barrenechea y Esteban Marcos de Mendoza, tío de su esposa y cuñado del anterior teniente de gobernador, Echagüe y Andía, que intervino en la causa judicial por sus atribuciones en materia de justicia.
Todos ellos tenían sus estancias en la otra banda del Paraná y desde allí comerciaban mulas y caballos con los portugueses.
La causa fue anulada por la acusación al juez de comisión por vicios en la sumaria.
Investigación sobre una partida de bestias mulares y caballos por la otra banda del Río Paraná hacia Colonia del Sacramento o Río Grande, Santa Fe, 3 de mayo de 1740, Archivo General de la Nación (AGN), Sala IX, Tribunales, leg.
Los datos de filiación fueron reconstruidos a partir de la Testamentaria de Francisco Xavier de Echagüe y Andía, Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales de Santa Fe (DEECSF), Escrituras Públicas (EP), t.
73 Ambos tenientes de gobernador, Vera Mujica y Echagüe y Andía, contrajeron matrimonio con las hijas de dos principales accioneros de ganado en Santa Fe.
Vera Mujica se casó con Juana Ventura López Pintado, hija de Andrés López Pintado y Josepha Marcos de Mendoza (ACM, Matrimonios, 1717-1732, N.o 4, f.
López Pintado fue accionero de ganado en Santa Fe, con estancias en la otra banda del Paraná.
Solicitud para que se suspenda el cobro de diezmos de vacas (DEECSF, Expedientes Civiles (EC), t.
El propio Vera Mujica también era accionero de ganado y criador de mulas con estancias en la otra banda del Paraná (AGN, Sala IX, Tribunales, leg.
El tío de Francisco Xavier de Echagüe y Andía, Antonio Márquez Montiel, fue también uno de los más importantes accioneros de ganado como constan en varios pedidos de licencias de vaqueo en las actas capitulares (Santa Fe, 17 de septiembre de 1701, AGPSF, AC, t VI, f.
286) y en el Testamento de Antonio Márquez Montiel (DEECSF, EP, t.
74 Su abuelo Antonio de Vera Mujica fue designado por el gobernador Garro al frente de los tercios santafesinos que llevaron adelante la ofensiva, con éxito, contra los portugueses recién instalados en Colonia del Sacramento en 1680; además se encargó del traslado de la ciudad en 1660, desde su primer sitio fundacional a su ubicación actual.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA desempeño en campañas militares; por otra parte, el gobernador formuló un mandato específico respecto a continuar con las gestiones que su antecesor había iniciado con el objetivo de lograr la paz en la frontera, «encargandoos téngase particular cuidado del bien común de los vecinos y moradores estantes y habitantes en esa Ciudad y su jurisdicción y en especial por el aumento de los naturales, la conservación y buen tratamiento que sean instruidos doctrinados en Nra.
75 Durante el largo período de ejercicio del cargo, Vera Mujica logró concretar los pedidos plasmados en su nombramiento, continuó la labor de su antecesor y concretó tres reducciones.
Dos de ellas del grupo mocoví, San Javier en 1743 y San Pedro de mocoví en 1763, y San Jerónimo de abipones en 1748, que puso bajo la supervisión de los jesuitas; a estas reducciones se agregó en 1750 la de Cayastá, que congregó al grupo charrúa, en manos de los franciscanos.
Los logros de Vera Mujica con las reducciones contribuyeron a que conservara la tenencia de gobernación durante 24 años.
El éxito de la estrategia de defensa a partir de reducciones se debió a su habilidad para manejar varios frentes de negociación: con los caciques de diferentes parcialidades y grupos, con las elites de las ciudades vecinas y con las congregaciones religiosas que aceptaron conceder su apoyo al proyecto de pacificación.
76 No todos los problemas fronterizos se resolvieron por la vía de la negociación, el conflicto con los guaicurúes requirió el uso de las armas.
Las acciones militares se concretaron en la organización de «entradas» y en la construcción de líneas de fuertes que fueran las barreras de contención frente a las incursiones de los infieles.
Se fundaron, con este objetivo, tres fuertes para tratar de «sellar» la frontera a los robos y ataques.
En 1746 se construyó uno en el paraje de Coronda, «en el comedio del camino entre la ciudad y la reducción y pueblo de los indios calchaquíes».
77 Otro fuerte fue levantado en las cercanías de Cayastá, al mismo tiempo que la fundación del pueblo de los charrúas en 1750.
78 Hacia 1763 Vera Mujica informó de la construcción de dos fuertes más en las costas del Salado y Saladillo, 79 reforzándose aún más la frontera con la doctrina a cargo de los jesuitas llamada San Pedro, de indios mocovíes, a solicitud de cacique Amaquín.
80 75 Título de teniente de gobernador de Francisco Antonio de Vera Mujica, Santa Fe, 9 de enero de 1742, AGPSF, AC, t.
Las gestiones de Vera Mujica también se orientaron hacia la colaboración en las campañas militares de las fronteras de la Monarquía con los dominios portugueses.
Los conflictos de límites entre los dominios de España y Portugal intentaron resolverse por la vía diplomática durante el reinado de Fernando VI, de ello resultó la firma del tratado de Permuta en 1750.
Este acuerdo suponía el intercambio de un amplio territorio que se extendía desde el río Ibicuy, al sur, hasta el río Uruguay, en su vuelta, a cambio de la devolución de Colonia del Sacramento a España.
En la región que se cedía a Portugal se asentaban siete misiones guaraníticas sobre la costa del río Uruguay, que debían ser reubicadas en otro sitio para poder concretar la permuta.
La negociación por el traslado de las misiones provocó el rechazo de los grupos guaraníes que se negaban a abandonar sus pueblos y organizaron una resistencia armada, con la aquiescencia de los jesuitas.
81 En este contexto, Vera Mujica, por pedido del gobernador Andonaegui, reclutó a sus expensas las milicias santafesinas que participaron en la campaña de 1754.
Más tarde, durante la gobernación de Cevallos, el teniente de gobernador se puso al mando de los tercios de Santa Fe por la recuperación de Colonia del Sacramento en 1762-1763, al igual que lo había hecho su abuelo en 1681.
82 En diciembre de 1766, el gobernador Francisco de Paula Bucareli y Ursúa relevó del oficio a Vera Mujica debido a los impedimentos de su avanzada edad y en su reemplazo designó al maestre de campo Joaquín Maciel, 83 quien a poco de cumplir un año de gestión en la ciudad debió poner en ejecución una de las decisiones que más impacto tuvo en la reconfiguración de relaciones y lealtades político-religiosas en América.
El 13 de julio de 1767 llegó al cabildo de Santa Fe el real decreto que ordenaba la expulsión de la de Compañía de Jesús «de todos mis dominios de España e Indias e Islas Filipinas, y demás adyacentes».
83 Título de teniente de gobernador de Joaquín Maciel, Santa Fe, 13 de diciembre de 1766, AGPSF, AC, t.
Joaquín Maciel era hijo de Manuel Maciel y Rosa Lacoizqueta, es decir, nieto por vía materna del teniente de gobernador Juan de Lacoizqueta y hermano del prestigioso doctor en teología y sacerdote, Baltasar Maciel.
Para ampliar la genealogía de la familia Maciel: Azarola Gil, 1940.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA articulado la guerra, el emplazamiento de fortines y la fundación de las reducciones de indios, en su gran mayoría administradas por los jesuitas.
Maciel se enfrenta al doble problema de resolver la administración de los bienes de la orden y el gobierno de las reducciones.
El teniente de gobernador presidió la Junta de Temporalidades de Santa Fe, creada con la finalidad de administrar los bienes, cuestión que le ocasionó numerosos conflictos judiciales.
Pero el problema más urgente era el de la dirección de las reducciones: «No solo se debía reemplazar a los religiosos jesuitas que hasta entonces habían estado a cargo de estas y decidir acerca del rol que a partir de entonces le cabría a los doctrineros, sino también tomar los recaudos necesarios para controlar las reacciones y resistencias de los indios a estos cambios».
85 Mientras la política de pacificación-reducción se tambaleaba, la inestabilidad comienza a manifestarse en la frontera sur con las crecientes incursiones de los llamados indios «pampas».
En febrero de 1769, a solicitud del gobernador, Joaquín Maciel dirige una expedición contra los pampas que habían matado y robado a vecinos del Pago de los Arroyos.
86 Solo dos baluartes custodiaban el camino hacia el sur, que conectaba Santa Fe con Buenos Aires, los asientos fortificados de la Guardia de la Esquina y el rincón de Gaboto.
Por otra parte, las denuncias contra Maciel por la administración de las temporalidades llevaron al gobernador a tomar la decisión de apartarlo de sus funciones como administrador y designar a una nueva persona.
El manejo de los valiosos bienes materiales de los jesuitas y el gobierno de las reducciones fueron puestos bajo la dirección de un militar de carrera.
La dirección de la Junta de Temporalidades fue encabezada por el capitán del regimiento de infantería de Mallorca, 87 Juan Francisco de la Riva Herrera, perteneciente a una importante familia montañesa de Santander.
87 Este regimiento tuvo una participación destacada en la batalla de Almansa durante la guerra de Sucesión, que permitió a las fuerzas borbónicas recuperar Valencia y Aragón.
Rápidamente Felipe V dicta los Decretos de Nueva Planta (en 1707 para Aragón y Valencia, 1715 para Mallorca y 1716 para Cataluña) con el fin de consolidar el poder de la nueva dinastía en los territorios rebeldes.
88 La familia Riva Herrera era natural de Gajano, en Cantabria.
El fundador del linaje fue proveedor de las reales armadas en tiempos de «la Invencible» y constructor de navíos en los astilleros de Guarnizo; la familia continuará después con el negocio naviero (González de Riancho, 2001).
Esa región del norte de la Península recibió concesiones de la nueva dinastía por la lealtad que sus habitantes mostraron en los momentos más difíciles de su ascenso al trono.
Son estas familias las que desplazaron a la tradicional nobleza castellana de los cargos de gobierno, a partir de los Decretos de Nueva Planta, conformando nuevas elites con perfiles en los que se destacaron sus servicios militares.
El carácter que fueron tomando las denuncias contra Maciel causó el apartamiento de su cargo como teniente de gobernador.
A partir de entonces quedaron escindidas las atribuciones de justicia y guerra que suponía el oficio.
La función de justicia mayor quedó en manos de los alcaldes ordinarios, mientras que el presidente de la Junta de Temporalidades fue designado como comandante de armas.
89 En varias ocasiones, durante los cinco años en que estuvo vacante el cargo de teniente de gobernador, el cabildo insistió con pedidos al gobernador para que volviera a designarlo, porque consideraba que era «preciso que haya persona que corra con el gobierno político de esta Ciudad para el despacho de memoriales, y para determinar o regular en caso de igualdad de votos, en este Cabildo y demás urgentes ocurrencias», 90 pero sobre todo «porque hay muchos casos, que no pertenecen a la Justicia ordinaria, ni al gobierno de armas, su providencia, y es necesario uno, que en calidad de Justicia mayor haga las funciones que haría el que gobierna».
91 Por otra parte, este pedido insistente estaba motivado por los sucesivos problemas de competencia jurisdiccional entre el cuerpo capitular y el comandante de armas, un conflicto que llega a la instancia judicial de la gobernación con acusaciones que se fundaban en el «exceso de facultades», en su «desmedido despotismo» contra los vecinos y justicias.
92 Año tras año se envían cartas a la gobernación con quejas por los procederes del comandante de armas cuyas decisiones y atribuciones intentaban recortar la jurisdicción y autonomía capitular.
93 Finalmente, en marzo de 1776 el cabildo santafesino recibió una carta del gobernador Vértiz solicitando el retorno de Riva Herrera a Buenos Aires al mando de 100 milicianos, para terminar con la ocupación portuguesa de los territorios del sur de Brasil.
El regidor Juan Francisco Aldao expresó en acuerdo, que la jurisdicción cometida por el gobernador a Juan Francisco de la Riva Herrera comprende los empleos de gobierno de las armas, presidente de la Junta Municipal de Temporalidades, y juez de Correos y Comisos, pero que está ejerciendo la jurisdicción ordinaria y política, habiéndosela abrogado para su propia autoridad.
94 El traslado de milicias santafesinas al mando de Riva Herrera se inscribe en el proyecto de Carlos III para terminar con la ocupación portuguesa en el sur de Brasil, en la región de Río Grande y Colonia del Sacramento.
La expedición que se organizó para tal fin fue la más grande enviada hasta ese momento a los territorios americanos.
Desde el puerto de Cádiz partieron naves mercantes y una poderosa escuadra de escolta que trasportaba tropas compuestas por 10.500 hombres.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA teniente de gobernador y capitán a guerra al cuñado del controvertido Joaquín Maciel, el sargento mayor de milicias Melchor de Echagüe y Andía, para que pudiera continuar con las comisiones que tenía designadas su antecesor.
95 La familia del nuevo teniente de gobernador tenía ya una trayectoria en la gestión de este oficio; su abuelo y su padre lo habían ejercido y con un desempeño destacado.
El propio Melchor contaba con notables servicios a la Corona en las expediciones llevadas adelante por el gobernador Vértiz en Río Grande, precisamente en la campaña del Río Pardo en 1773, como comandante de las milicias santafesinas y colaborando en la fortificación de Santa Tecla y en la derrota de los portugueses en Pequirí.
96 Paralelamente a los conflictos la frontera portuguesa, se recrudeció el problema en la frontera indígena.
La escalada de enfrentamiento interétnico entre abipones y mocovíes por el control de territorios, comenzó a desarticular la estrategia defensiva de las reducciones.
En estos pueblos se encontraban los denominados «indios de pelea o de armas», que según las palabras del teniente «hoy hay muchos expertos en el manejo de ellas».
97 Por esta razón, Melchor de Echagüe estaba convencido de que la mejor estrategia no consistía en el enfrentamiento militar directo, sino en el emplazamiento de fuertes que permitieran resguardar las reducciones.
A partir de 1777 se organizaron entradas anuales a la frontera del Chaco para pacificar el territorio y se acompañó esta medida con el reforzamiento de la línea de fuertes.
En la frontera con Buenos Aires se llevó adelante la misma estrategia defensiva con la fundación de fuertes y fortines como Melincué, India Muerta, Pavón y la reconstrucción de la Guardia de la Esquina, para frenar las invasiones de los pampas y asegurar las rutas de comunicación y circulación de mercancías hacia el Alto Perú y Cuyo.
98 Otro de los problemas que se sumó a este complicado cuadro fue la disminución de la dotación de blandengues por los pedidos de tropas para resolver los conflictos con la frontera portuguesa.
99 95 Título de teniente de gobernador de Melchor de Echagüe y Andía, Santa Fe, 1 de abril de 1776, AGPSF, AC, t.
97 Melchor de Echagüe acusaba a su antecesor, Riva Herrera, de haberles permitido el manejo «de dos cañoncitos a cuyo manejo hizo adiestrarlos con el fin de resguardarse de los infieles mocovíes».
99 Desde mediados del siglo XVIII Santa Fe contribuyó con hombres en los pedidos de tropas que solicitaron los gobernadores para resolver diferentes conflictos; en 1750 aportó 200 hombres para la campaña militar por los levantamientos de las reducciones guaraníes orientales, en oposición al traslado de las misiones que imponía el tratado de Madrid.
En 1762 el gobernador Cevallos solicitó servicios a la ciudad para la recuperación de Colonia del Sacramento, la campaña del Río Pardo en 1773 y el pedido de ayuda para la campaña de 1776.
Hacia 1786, Melchor de Echagüe fue designado como subdelegado de Guerra y Hacienda, en el marco de la real ordenanza de intendentes.
100 Además, los destacados servicios que prestó en favor de la Corona redundaron en un ascenso militar al grado de teniente coronel de milicias de Santa Fe, con 400 pesos anuales de sueldo.
101 En relevo de Melchor, el virrey Arredondo designó como comandante militar y subdelegado de Hacienda y Correos al capitán de dragones Prudencio María de Gastañaduy, el 4 de marzo de 1793.
102 Era natural de la villa de Escoriaza en Guipúzcoa y desde muy temprano, a los diez y seis años, ingresó a la carrera de las armas en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz; en 1786 recibió el título de caballero de la Orden de Alcántara y para ese entonces había ascendido a teniente de fragata de la Real Armada.
103 Durante la gestión de Gastañaduy la frontera norte de Santa Fe -desde el río Paraná hasta Córdoba-, que contaba con tres reducciones guaycurúes, fue reforzada con la construcción de nuevos fuertes y la relocalización de otros, corriendo la línea de defensa unas leguas hacia el norte.
Entre los años 1789 y 1793 se reubicaron el fuerte del Salado, ahora llamado San Juan Bautista, y el fuerte La Pelada, nombrado ahora San Nicolás.
También trasladó el fuerte del Tío, en la frontera con Córdoba, para asegurar el camino de los Porongos que conectaba Santa Fe con Santiago del Estero.
Construyó otra serie de fuertes por esos mismos años: Almagro junto al Saladillo Amargo, Soledad o Arredondo en el Rincón del Quebracho, y el de Feliú o San Prudencio.
En 1790 fundó el fuerte de Sunchales, reforzando aún más la zona con otro fuerte, el de Melo, emplazado entre Sunchales y el fuerte la Soledad.
Así, Gastañaduy logró completar un arco de defensa para la frontera norte que consolidó con una política de traslado de población para 100 El 20 de marzo de 1786 llega una carta del día 11 del mismo mes en la que el gobernador intendente informa que ha designado a Melchor de Echagüe como subdelegado de Hacienda y Guerra de acuerdo con el artículo 73 de las ordenanzas, por lo que debe cesar como teniente de gobernador.
Hacia junio de 1796 llegó al cabildo un despacho del ministro de Guerra, Miguel José de Azanza, notificando que el rey había establecido el empleo de teniente de gobernador político y militar para «Santa Fe del Río Paraná», nombrando a Prudencio María Gastañaduy (AGPSF, AC, t.
Con la implementación del régimen de intendencias (1785-1786), las ciudades quedaron bajo el mando de un subdelegado de la Real Hacienda.
Luego, justamente por el despacho que nombra a Gastañaduy, el oficio siguió siendo denominado por uso y costumbre como «teniente de gobernador» a pesar de las reformas.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA su asentamiento en los alrededores de estas fortificaciones.
104 Esta política defensiva fue acompañada de la reorganización de las milicias y el Cuerpo de Blandengues, llevada adelante por el sargento mayor Francisco Balcarce designado por el virrey Arredondo, la exhaustiva visita realizada por Gastañaduy a las cuatro reducciones (San Pedro, San Javier, San Jerónimo y Cayastá) y el repoblamiento de las tierras recientemente ganadas a los infieles.
Otro aspecto de la reconfiguración territorial de Santa Fe fue el proceso de división jurisdiccional de la campaña en 1789, a partir de la subdivisión de distritos y la designación de jueces pedáneos como auxiliares de los alcaldes de la hermandad.
Estas medidas fueron en consonancia con el proceso de espacialización de la producción ganadera, que precisaba, por un lado, poner las tierras para la cría a resguardo de los ataques indígenas que en sus entradas se llevaban los botines de ganado y, por otro, miniaturizar el territorio con el objetivo de un control mayor sobre la circulación de bienes y personas.105
A través de breves pinceladas trazadas sobre los perfiles de los tenientes de gobernador y sus gestiones en relación con la defensa de la ciudad de Santa Fe durante el siglo XVIII, el trabajo se propuso exponer la reorganización de los territorios rioplatenses desde el foco de una jurisdicción subordinada de la gobernación de Buenos Aires.
El lugar estratégico del puerto santafesino en el comercio interregional del espacio peruano fue crucial en la decisión de la asignación de recursos para su defensa.
Los propios vecinos describen la ciudad como «principal escala de los comercios del Reino todo».
106 Sin embargo, el resguardo de las rutas comerciales no fue el único objetivo de la asignación de una dotación militar y de la militarización de los estilos de gobierno de la ciudad.
En el trascurso del siglo XVIII comen-MARÍA CELESTE FORCONI zó una mutación económica de la gobernación, y posterior intendencia, de Buenos Aires, que «asistió en las últimas décadas coloniales a un notable crecimiento demográfico y fue escenario de una primera expansión ganadera».107 La trasformación productiva del territorio revalorizó no solo el ganado, sino las tierras requeridas para su cría y por tal motivo la necesidad de frenar el avance de la frontera indígena.
El compromiso de los tenientes de gobernador por el control territorial ante el avance indígena no solo se debe a sus servicios como buenos vasallos del rey.
Dedicados a la cría de ganado y vinculados a los circuitos comerciales legales e ilegales, sus propios intereses económicos estaban en juego y la seguridad de sus patrimonios dependía de sus decisiones políticas.
La mayoría de la elite santafesina tenía sus estancias en la otra banda del Paraná, en el Pago de Bajada, y otros al sur de la jurisdicción santafesina, el Pago de los Arroyos.
Suertes de estancias que habían sido trasladadas a esos sitios desde el norte de la jurisdicción, justamente por la escalada de ataques de los indígenas del Chaco.
Con el ascenso de la nueva casa dinástica al trono, la carrera militar fue la condición para reclutar a sus principales funcionarios en los territorios americanos en general y en particular en la gobernación del Río de la Plata.
Como señalan los nuevos estudios sobre el papel de lo militar en el período borbónico, se inicia en esta etapa un proceso de militarización de la política.
108 A nivel de la gobernación de Buenos Aires, la presencia del espíritu reformador borbónico se vislumbró con el fin de la guerra de Sucesión y el arribo a la gobernación de Bruno Mauricio de Zabala, que representó el ingreso de un nuevo perfil en el funcionariado borbónico, por su lugar de procedencia y su experiencia militar.
Para los cargos más relevantes de la administración borbónica en América fueron enviados peninsulares con el objetivo de desarticular las lealtades locales y, de este modo, recuperar el control de los territorios ultramarinos en favor del poder real.
Sin embargo, no sucedió lo mismo en las jurisdicciones menores y más alejadas de los centros administrativos neurálgicos.
En el caso de la ciudad de Santa Fe, a partir del gobernador Zabala se inició una nueva etapa en las designaciones de los tenientes de gobernador santafesinos, eligiendo para este oficio a vecinos.
Una política de nombramiento que continuaron los sucesores de Zabala.
Por otra parte, el perfil militar de quienes ocuparon el cargo y la PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA relevancia de la cuestión militar en la agenda política de la ciudad, contribuye a fortalecer la hipótesis sobre el reforzamiento militar del territorio, en cuanto a los estilos de gobierno de los agentes.
En los primeros años del siglo XVIII, los que van de 1700 a 1718, de los cinco tenientes en el oficio solo uno fue vecino, Juan de Lacoizqueta, que ocupó el cargo de manera interina en la coyuntura de la visita del juez pesquisidor Mutiloa.
Los cuatro tenientes restantes fueron tres peninsulares (José González de Castilla, Juan José de Ahumada y Martín de Barúa) y un alcalde de segundo voto del cabildo de Buenos Aires (Juan José Moreno).
Aquí no puede perderse de vista la figura del fiador, puesto que fueron vecinos santafesinos, como llave para la incorporación de un recién llegado a las tramas relacionales locales.
González de Castilla presentó como fiadores a Melchor de Gaete y a Miguel Diez de Andino.
109 El teniente Juan José Moreno, que obtuvo su nombramiento de urgencia en reemplazo del originalmente designado, presentó como fiadores a Francisco de Casal, un español avecindado en Buenos Aires y casado con una vecina porteña,110 y a un vecino de Santa Fe, Francisco de Noguera Salguero.
111 Para el teniente Juan José de Ahumada se constituyeron en fiadores Gabriel de Arandía y Juan de Lacoizqueta, ambos vecinos de Santa Fe, el primero de ellos vinculado al comercio de yerba en transacciones con la familia de Juan de Lacoizqueta.
112 Por último, Martín de Barúa, paisano y amigo del gobernador Zabala, presentó a dos vecinos santafesinos Manuel de la Sota y Francisco García de Piedrabuena, relacionados con las familias más notables de la MARÍA CELESTE FORCONI ciudad.
113 A partir de 1718 y hasta el fin de siglo, a excepción del último teniente de gobernador, Gastañaduy, el cargo fue ocupado por vecinos de la ciudad, cumpliéndose la prerrogativa que le había sido otorgada.
Una coyuntura particular se abrió con la expulsión de la Compañía de Jesús.
El por entonces teniente de gobernador Joaquín Maciel, encargado del proceso, fue acusado de mala administración de los bienes de las temporalidades y apartado del cargo.
A partir de estas circunstancias se interrumpió el ejercicio del cargo de teniente de gobernador en Santa Fe y sus atribuciones quedaron divididas: desde 1771 a 1776 el gobierno en lo civil y criminal estuvo a cargo de los alcaldes de primer y segundo voto, y la causa de guerra y armas en manos del presidente de la Junta de Temporalidades y comandante en armas.
114 El oficio de teniente lo restableció el gobernador Vértiz con la designación de Melchor de Echagüe, que a partir de la creación de la intendencia de Buenos Aires pasó a ser subdelegado hasta su reemplazo por Gastañaduy.
La reconstrucción de las trayectorias de los tenientes de gobernador santafesinos permitió reflexionar y matizar la visión historiográfica tradicional sobre las reformas borbónicas, desde la caracterización de David Brading como un período de «revolución en el gobierno», o los planteos de John Lynch sobre una nueva colonización de América y la «alienación de la elite criolla».
115 El caso de Santa Fe muestra la cara opuesta a estas interpretaciones, la gran mayoría de los tenientes de gobernador fueron vecinos y vinculados por estrechos lazos de parentesco.
También fueron los miembros de estas mismas familias quienes prestaron su solvencia económica constituyéndose como fiadores de los cuatro tenientes ajenos a la vecindad.
Por otra parte, la designación de vecinos en la tenencia de gobernación muestra el dilema que enfrentaron los gobernadores al momento de elegir a sus representantes en las jurisdicciones dependientes.
Si lo hacían en personas ajenas a la ciudad, con el fin de desarticular las autonomías locales, perdían en idoneidad respecto al conocimiento «práctico» que los vecinos del lugar tenían del territorio y del manejo de las relaciones con las poblaciones indígenas fronterizas, un capital fundamental en el momento de 113 AGPSF, AC, t.
Manuel de la Sota se casó con Antonia de Echagüe y Andía, por lo tanto era cuñado de Francisco Xavier de Echagüe y Andía y de Francisco de Ziburu, ambos tenientes de gobernador.
Copia de la carta que el gobernador Juan José de Vértiz cursó al cabildo desde Montevideo, el 7 de marzo de 1776.
PERFILES MILITARES DE LA TENENCIA DE GOBERNACIÓN SANTAFESINA resolver los problemas de la frontera interna.
Una idoneidad ligada también a los servicios militares que muchos de estos vecinos prestaron a favor de la Monarquía, tanto en la defensa de las fronteras internas con el indígena como con la frontera externa portuguesa, experiencia de la que carecía un recién llegado.
Vecinos y militares hechos al fragor de la defensa de la ciudad, aunque no en la carrera de las armas, demuestran la militarización de la agenda política borbónica, que se gesta en el transcurso de un siglo apremiado por las presiones en las fronteras tanto internas como externas. |
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De «monstruoso privilegio» a «ciudadanos en comisión».
Comandantes de la Guardia Nacional y autoridades civiles en la provincia de Buenos Aires (Argentina, 1852-1910) From «Monstruoso Privilegio» to «Ciudadanos en Comisión».
El comandante militar de cada distrito confecciona sin fiscalización alguna, a su capricho, la nómina de quienes deben ponerse bajo bandera.
Tanto valdría, o poco menos, conferirle derecho de vida y muerte sobre los paisanos de la circunscripción que habita [...]
No dejan de alegar muchísimas y malas razones para justificar el monstruoso privilegio con que se los inviste.
1 El local donde funcionaba la Comandancia Militar a mi cargo y el cual era cedido por la Municipalidad de este Partido se encuentra en la fecha ocupado por otras oficinas, habiendo desaparecido el archivo y demás pertenencias de la referida repartición sin que al suscripto se haya comunicado en ninguna forma donde han sido elevadas ni quien o quienes las han hecho.
2 Estos fragmentos describen dos situaciones que involucran a comandantes de la Guardia Nacional en contextos diferentes.
El primero corresponde al ingeniero militar francés Alfred Ébelot, quien participó en la dirección de los trabajos de zanjeo de la frontera bonaerense durante los últimos años de la década de 1870.
Planteaba que el jefe de la Guardia Nacional designaba a su libre arbitrio a los hombres que deberían cumplir con la obligación de armarse, luego de recibir la orden del gobernador de formar un contingente para enviar a la frontera.
Según afirmaba, esta potestad no recibía la supervisión que correspondía de las autoridades, por lo que convertía a los comandantes en depositarios de un «monstruoso privilegio».
El segundo testimonio, redactado treinta años más tarde, exhibe un escenario distinto.
Es un parte que el comandante de Cañuelas, José Arauz, elevó al inspector general de milicias de la provincia de Buenos Aires, el 15 de febrero de 1907, con la intención de informarle de los problemas que encontró al asumir la jefatura de la Guardia Nacional de ese partido.
El panorama que relata no puede ser más desolador: la oficina cedida por la municipalidad, donde funcionaba la comandancia, había sido ocupada por otras dependencias locales y el archivo y demás pertenencias se habían extraviado, por lo cual solo había rubricado la carta de puño y letra, sin el sello correspondiente a esa repartición.
Las visiones tan disímiles sobre los jefes de la Guardia Nacional que describen estos actores dan lugar, al menos, a dos interrogantes: ¿por qué a fines de la década de 1870 Ébelot consideraba que los comandantes milicianos ejercían un «monstruoso privilegio» y, tres décadas más tarde, Arauz no disponía siquiera de una oficina para la jefatura de la Guardia Nacional? y ¿qué factores convirtieron a estos comandantes en una autoridad sin DE «MONSTRUOSO PRIVILEGIO» A «CIUDADANOS EN COMISIÓN» peso en el marco institucional bonaerense a inicios del siglo XX?
Para dar respuestas firmes a estas preguntas se requiere de un examen exhaustivo, que contemple el lugar de los jefes de la Guardia Nacional en el gobierno local y provincial durante los años fundacionales del Estado nacional (1852-1880) y los decenios posteriores en los cuales se consolidó su hegemonía en todo el territorio que se suponía de su jurisdicción (1880-1910).
Este trabajo se inserta en una problemática arraigada en la historiografía latinoamericana: la construcción de los Estados nacionales luego de la finalización de las guerras de independencia.
Más específicamente, se concentra en su dimensión militar y aborda la institucionalización de su autoridad a través del control de los medios organizados de coerción en relación a los poderes provinciales y locales.
Por un lado, el artículo se encuadra en la «nueva historia política», en especial en la línea que estudia el uso de la fuerza en la vida política decimonónica y sus vinculaciones con el problema de la centralización del Estado y la construcción de un «orden» político, sobre la base del abordaje de la relación nación-provincias.
3 Por otro lado, se acerca a los debates que dan prioridad a las fuerzas de la guerra -y todo lo que ellas implican-en el proceso de construcción del Estado nacional, en el sentido de que permite dar cuenta de una variada gama de alternativas para estudiar las fuerzas armadas en relación con este último proceso.
4 Finalmente, la investigación se inscribe en lo que desde la historiografía brasileña se ha denominado nova história militar, desde la cual se aborda el estudio de las instituciones militares y milicianas, su funcionamiento y su dinámica en la sociedad, a través del examen de la experiencia de los actores sociales que intervinieron en el proceso de militarización y que le dieron forma a las fuerzas armadas.
5 En este contexto, la historiografía argentina ha generado durante los últimos años un abundante corpus bibliográfico que nos permite construir una mirada certera sobre los comandantes de milicias y de la Guardia Nacional en diversos períodos de la historia del país.
Por un lado, se abordó el rol que tuvieron durante la primera mitad del siglo XIX, a partir de la relevancia que adquirieron las guerras de independencia y civiles en la política, la economía, las finanzas y la sociedad rioplatense.
6 Por otro lado, un grupo de especialistas que se centraron en el tercer tercio del ochocientos dejaron LEONARDO CANCIANI entrever la importancia que los liderazgos intermedios tuvieron en el entramado, organización y funcionamiento de la Guardia Nacional en diferentes provincias durante el proceso de construcción del Estado argentino.
7 Finalmente, para las tres décadas posteriores y a diferencia de lo que hemos reseñado anteriormente, la información de que disponemos es escasa, parcial e ilustrativa de la situación solo en algunas partes del país.
8 Como resultado de estas investigaciones, sabemos que el poder y las atribuciones de los comandantes milicianos no se mantuvieron inalterables durante el largo período en que estuvieron en funciones.
Diversos aportes han mostrado que en algunas provincias fueron desplazados del poder local durante los decenios de 1860 y 1870, por lo que perdieron su rol de agentes del gobernador en la campaña.
En Corrientes, el gobierno provincial intentó reducir su poder con la instauración de municipalidades; 9 en Entre Ríos y Córdoba fueron relegados por los jefes políticos; 10 y, en Tucumán, la reorganización de la Guardia Nacional, que se produjo en la década de 1870, derivó en que fuesen postergados por los comisarios de policía.
11 Por su parte, en La Pampa la situación fue distinta, ya que los jefes de la Guardia Nacional mantuvieron altas cuotas de poder, junto con los jueces de paz y los comisarios, al menos hasta inicios del siglo XX.
12 Ahora bien, ¿cómo fue la situación en la provincia de Buenos Aires?
Los comandantes militares y milicianos ganaron espacios de poder en los pueblos y las áreas rurales en las primeras décadas del siglo XIX.
13 Esa tendencia se consolidó en el tercer cuarto del ochocientos, cuando pasaron a tener un lugar más destacado entre las autoridades provinciales, debido a la necesidad del gobierno de resguardar la frontera con el envío regular de guardias nacionales y por su capacidad de reclutar y movilizar votantes para las elecciones, guerras y revoluciones de estos años.
14 Pero, para los tres decenios siguientes, su lugar no está del todo claro.
Por tal motivo, el objetivo de este trabajo es analizar cómo fue cambiando el rol de los comandantes de la Guardia Nacional de campaña y evaluar su peso en el diseño institucional provincial durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del 7 Buchbinder, 2004.
15 El trabajo está organizado en dos secciones.
La primera se sitúa entre la creación de la Guardia Nacional y el fin de la frontera militar en Buenos Aires (1852-1879).
La segunda se enmarca entre la reorganización de la Guardia Nacional, luego de la derrota del levantamiento promovido por el gobernador Carlos Tejedor, y la finitud del fondo de la Inspección General de Milicias en el Archivo Histórico provincial (1880-1908).
El 8 de marzo de 1852, el gobernador interino de Buenos Aires, Vicente López y Planes, decretó la creación de la Guardia Nacional y, pocos días después, la disolución de todos los regimientos de milicias de la ciudad y la campaña, a la vez que ordenó a los individuos que los integraban presentarse al enrolamiento, con el fin de organizar la Guardia Nacional, de acuerdo a la ley del 17 de diciembre de 1823.
Si bien la disposición intentó ser un cambio nominal, lo cierto es que su organización no se produjo con la rapidez esperada, ya que las autoridades bonaerenses se toparon con graves inconvenientes.
16 La disolución de las milicias produjo un cambio sustantivo en la estructura defensiva de la frontera.
El tiempo que medió entre el licenciamiento de estas y la definitiva organización de la Guardia Nacional dejó a los partidos fronterizos en una situación de seria indefensión, debido a que los cuerpos de vecinos armados habían ejercido, en el período rosista, un rol importante en la seguridad de la campaña.
17 Los comandantes tuvieron un papel central en el «arreglo» de la Guardia Nacional.
Sus prioridades fueron enrolar la mayor cantidad posible de población avecindada en los partidos y designar a los oficiales de las compañías que deberían garantizar el reclutamiento y la formación de contingentes para mantener a las autoridades legales, propender al orden público y defender la frontera.
Aunque, en muchos casos, se toparon con 15 No abordamos aquí la participación de estos jefes milicianos en las elecciones municipales, provinciales y nacionales, así como tampoco en las revoluciones del período.
Si bien ello nos permitiría acceder a una imagen más certera de los actores que estuvieron a cargo de la Guardia Nacional bonaerense, pues podríamos enriquecer los resultados que expondremos en este trabajo.
Por razones de espacio, dejaremos esta cuestión para artículos posteriores y solo incorporaremos algunas referencias pertinentes.
LEONARDO CANCIANI la reticencia de los jueces de paz, que mantenían importantes atribuciones en la Guardia Nacional.
Esta situación, sumada a la conflictividad con los indígenas y a la hostilidad reinante con la Confederación Argentina, llevó al gobierno de Valentín Alsina a reglamentar la Guardia Nacional de campaña.
Por intermedio de un decreto del 14 de julio de 1857, dispuso que los regimientos de caballería fueran comandados por jefes del Ejército de Línea, quienes serían acompañados de un cuadro veterano compuesto por él, un ayudante mayor y un cabo de cornetas.
Además, se estipuló que los jefes de los regimientos también se encargarían de la organización y del mando de los batallones de infantería de los pueblos, lo que desplazaba a los jueces de paz de los puestos de mando que ejercían en la dicha milicia.
Finalmente, se determinó que, una vez finalizado el «arreglo», el mando de los cuerpos fuese conferido a ciudadanos particulares que reunieran las «indispensables calidades de idoneidad, patriotismo y demás».
No obstante, el alejamiento de los jueces de paz de los puestos de mando de la Guardia Nacional no logró resolver los inconvenientes que generaban la formación y el envío de contingentes a la frontera, ni menos aún garantizó la fluidez en el reemplazo de los hombres que estaban allí.
A partir de ese momento, los jefes de los regimientos se convirtieron en los principales responsables de su funcionamiento y en objeto de crítica cuando no cumplían con los requerimientos del gobierno.
18 Antes de reclutar a los guardias nacionales, los comandantes debían llevar a cabo una serie de medidas administrativas que determinaban quiénes estaban en condiciones de hacerlo.
El primer paso era la elaboración de un registro de enrolamiento, donde se debían alistar todos los hombres aptos para el servicio armado.
Los jefes milicianos debían dirigirse con anticipación al juez de paz para pedirle que hiciera citar, por medio de los alcaldes y tenientes, a las personas a quienes competía el deber de enrolarse para que concurrieran a la oficina del juzgado de paz, donde se llevaría a cabo el enrolamiento.
El procedimiento era presidido por el comandante y se realizaba en presencia del juez de paz, para que verificara el domicilio de los concurrentes, ya que no podían ser alistados habitantes de otros partidos.
Como resultado, se formarían escuadrones y batallones compuestos por dos compañías.
Además, los jefes de la Guardia Nacional eran los encargados de conceder las excepciones y dispensas al servicio activo a aquellos guardias nacionales que estuvieran al resguardo de la ley y controlar 18 Canciani, 2017, 55-70.
que continuaran en esa condición, de lo contrario habrían de ser reincorporados al mismo.
Los exceptuados se inscribían en una relación aparte y se les entregaba un boleto comprobatorio de su condición.
Una vez finalizado el registro de enrolamiento, elevaban al gobierno provincial una copia del mismo con las propuestas para oficiales de cada cuerpo, que este último aprobaría o desestimaría.
19 El Ministerio de Gobierno y la Inspección General de Milicias solían recibir informes de las autoridades de la campaña y la frontera en los cuales se denunciaba la concesión de excepciones que los comandantes milicianos hacían de forma discrecional a los guardias nacionales.
En febrero de 1857, el jefe del Ejército de la Frontera del Sud, Manuel Escalada, había ordenado la separación del sargento mayor encargado del enrolamiento de la Guardia Nacional en Lobería y Mar Chiquita, acusado de hacer «abuso indigno de su posición», al haber dejado exentos del servicio de las armas a algunos propietarios y capataces, mediante regalías o pagos que ascendían a 5.000 pesos moneda corriente.
20 En otra ocasión, a inicios de 1863, el comandante del Regimiento N.o 12 fue acusado por un vecino de Magdalena por «hechos abusivos e ilegales».
Se le atribuía que exigía marchar en los contingentes a individuos que estaban exceptuados por ley, pidiéndoles crecidas sumas de dinero para exonerarlos de un servicio al que no estaban obligados, aprovechándose de su autoridad.
21 La repetición de estos hechos en diversos lugares de la campaña, llevó al gobierno provincial a redactar una circular, el 7 de mayo de 1866, en la cual se recomendaba a los jefes de los regimientos de la Guardia Nacional que el enrolamiento se llevara a cabo «prolija y minuciosamente, [...] cuidando que no se introduzcan ningún género de abusos que no solamente ofenden a la moral y disciplina de un cuerpo, sino también, que recaiga injustamente á los buenos servidores».
Además, los exhortaba a «empeñarse y vigilar bajo la más seria responsabilidad que las exepciones sean estrictamente sujetas á la Ley», ya que una vez concluido el enrolamiento, LEONARDO CANCIANI se realizaría una inspección con el fin de examinar si estas fueron otorgadas de acuerdo con la misma.
22 Sin embargo, la exhortación del gobierno no dio los frutos esperados, ya que un año más tarde, el coronel Álvaro Barros, jefe de la Frontera Sud, criticaba la permisividad del gobernador Adolfo Alsina para con los jefes milicianos.
En una carta al vicepresidente Marcos Paz, denunciaba que «el Gobierno de la Provincia está entregado á los Comand tes de Guardia Nacional, y estos hacen lo que mejor les cuadra, y no lo que la Ley les prescribe, porque nadie inspecciona sus actos».
Concluía diciendo que «si se pasase una visita de Inspección a la Guardia Nacional, el Gobierno entonces vería hasta donde es desmoralizadora y perjudicial la práctica de sus empleados».
23 A su vez, en los archivos puede rastrearse la asiduidad con que se producían los conflictos entre los jefes de frontera y los comandantes de la Guardia Nacional por el envío de los contingentes y la sobrecarga del servicio.
Por ejemplo, el 20 de septiembre de 1868, el jefe de la Frontera Costa Sud, Benito Machado, le escribía al ministro Wenceslao Paunero para advertirle «la poca ó ninguna cooperación que prestan al Gefe de Frontera los Comand tes de G. N. y los jueces de paz».24 Dos semanas después, reafirmaba esa crítica al sostener «la poca eficasia en la coperación de parte de algunos Gefes de los Reg tos de la G da Nacional de la Provincia en el envío de contingentes, mui especialmente del Reg to N.o 17, quien hasta hoy no á llenado el suyo».
25 Al igual que Machado, Barros apuntaba a los jefes milicianos como los causantes de la escasez de milicianos en la frontera.
Si el Gobierno Nacional no tiene tropa de línea para mandar a la Frontera, y el de la Provincia deja la GN en manos de pillos que con incomparable descaro la ponen a su servicio particular, yo no puedo continuar al mando de la Frontera.
No tengo los elementos para su defensa ni puedo crearlos porque mis facultades tienen por límite los fosos del campamento, y dentro de ellos mismos no puedo impedir q e un capataz Com te de GN o un ten te alcalde me traiga la desmoralización y el desquicio.
26 Ahora bien, luego de examinar las relaciones entre las autoridades militares y milicianas, ¿cómo fueron las que se entablaron entre los comandantes de la Guardia Nacional y los principales agentes civiles de DE «MONSTRUOSO PRIVILEGIO» A «CIUDADANOS EN COMISIÓN» gobierno de la campaña?
Hasta inicios de la década de 1880, el juez de paz fue una de las principales figuras de la campaña bonaerense.
A cargo del ejecutivo local, reunía atribuciones políticas, judiciales, militares, electorales, policiales y recaudatorias.
27 En lo que respecta a sus facultades en torno a la Guardia Nacional, su poder se fue recortando progresivamente hasta 1857, cuando perdieron su rol de mando en la infantería de los pueblos.
Pero, al ser la máxima autoridad civil de los municipios, siguieron siendo una pieza clave en su funcionamiento y debieron asistir a los jefes militares y milicianos.
Si bien no tuvieron la potestad de ordenar la movilización de la Guardia Nacional, debieron contribuir con los comandantes nombrados para el «arreglo» de sus regimientos, especialmente para enrolar y reclutar a los hombres, ya que eran quienes debían librar las órdenes para citarlos y reunirlos mediante los alcaldes y teniente alcaldes.
También debieron colaborar para la detención de desertores, sublevados o aquellos que infringieran las disposiciones de reclutamiento, así como también garantizar el destino de las armas a los que fueran apresados luego de su deserción.
Asimismo, debieron intermediar en la entrega de excepciones y dispensas al servicio activo, al fiscalizar la veracidad de los argumentos que utilizaban los guardias nacionales para evadir con su obligación de armarse, y garantizar la transacción económica entre estos y sus personeros.
La colaboración era necesaria también para proveer caballos y armas de fuego a los hombres enviados al servicio de frontera que carecieran de esos elementos.
28 Más allá de ello, los problemas entre los jueces de paz, alcaldes y tenientes y los jefes milicianos fueron recurrentes.
Si bien en la provincia de Buenos Aires los fueros personales se abolieron por medio de la ley del 5 de julio de 1823, las fuerzas milicianas continuaron rigiéndose bajo el Código Militar y sus respectivas ordenanzas, por lo que se generaron confusiones, disputas de jurisdicción y fuertes desafíos a la autoridad civil por parte de jefes y oficiales de la Guardia Nacional.
Al respecto, podemos examinar algunos casos.
Un ejemplo ya retratado de este tipo de situaciones lo encontramos en el incidente que protagonizaron, en 1862, Santiago Antonino, alcalde de un cuartel de Tandil, y Joaquín Rivero, capitán del Regimiento N.o 17 de la Guardia Nacional.
El hecho tiene como protagonista al coronel Benito Machado, por entonces jefe de la Frontera Costa Sud, quien habría amenazado al referido alcalde por detener al guardia nacional Simón Vega.
Por intermedio del capitán Rivero, lo habría reprendido diciendo que «el referido Vega pertenecía al Regimiento "Sol de Mayo" y como tal tenía su Jefe», que se «abstuviese en delante de castigar a ningún soldado del Regimiento porque [le] pegaría unas patadas».
Acto seguido, Vega fue liberado por orden de Machado, lo que llevó al alcalde Antonino a pedir asesoramiento al juez de paz sobre cuál era la conducta que debía seguir en los casos de esta naturaleza, debido a que «el Coronel Machado [era] el Jefe de toda la Guardia Nacional de este Partido, y que por consiguiente siempre podría decir que el individuo a quien pretenda favorecer pertenece a su Regimiento».
29 En los días finales de noviembre de ese año se produjo un diferendo similar entre el comandante militar de Dolores, Luciano Pita, y el juez de paz de ese partido.
Este último denunciaba al gobierno de la provincia «la conducta injustificable con que procede la autoridad militar», que -según consideraba-«no sería tan reprobable si se condujese con cautela o al menos si procurase ocultar la hostilidad abierta e infundada que ha establecido con la autoridad civil, tratando por este medio de atraer conflictos al Juzgado y, lo que es peor aún, pretendiendo enervar la acción de la autoridad judicial».
Tal denuncia se justificaba en que, luego de haber sido nombrado alcalde Nazario de la Horca y haber ocupado ese puesto, habría sido llamado por el comandante Pita para ordenarle que no admitiera ese empleo, lo que motivó la renuncia al cargo, «sin otro antecedente que pertenecer dicho individuo a la G dia Nacional activa».
Además, agregaba que una situación semejante había ocurrido con el alcalde Rafael Chávez, a quien también había llamado y amenazado si apoyaba la lista electoral contraria a la que patrocinaba.
El juez de paz concluyó su descargo al ministro de Gobierno de la siguiente manera:
En otra ocasión, a fines de 1865, el juez de paz de Mar Chiquita, Juan Silva, denunciaba que una comisión de reclutamiento que encabezaba el comandante de la Guardia Nacional de ese partido, Gerónimo Barbosa, actuaba arbitrariamente y se había conformado con «parte de los muchos criminales que encuentran apoyo y protección en la autoridad militar»: un desertor de la Guardia Nacional; un destinado al servicio de armas por haber violado a una mujer; otro destinado por «vago», «jugador de profesión» y «desertor»; un ladrón de caballos y un «vago» que había herido a un vecino de ese partido, entre otros.
El abuso de la comisión dirigida por Barbosa, que según uno de los alcaldes perjudicados no hacía más que «desmoralizar y desprestigiar á la autoridad [civil] del Partido», se reflejó en diferentes acciones, como por ejemplo, tomar policías del destacamento para destinarlos al servicio de frontera, vejar los domicilios particulares de los vecinos para sumarlos al contingente, robar sus propiedades cuando no estuviesen presentes y desafiar a la autoridad civil del partido.
31 En otras circunstancias, los problemas se generaban con motivo de que los jueces de paz y sus subalternos no colaboraban con el servicio de frontera, ya que retrasaban o impedían las citaciones para la formación de contingentes que había ordenado el comandante de la Guardia Nacional.
En esas circunstancias, los jefes milicianos no dudaban en denunciar al gobierno provincial o a las autoridades locales la reticencia de sus pares civiles a contribuir con el reclutamiento miliciano.
Por ejemplo, a fines de marzo de 1855, el coronel Julián Martínez, a cargo del Departamento del Sud, lamentaba la «ninguna cooperación» de los jueces de paz de Azul, Las Flores y Lobería para la reunión de la Guardia Nacional que debían repeler un malón que se había producido por esa parte de la frontera.
32 En otra ocasión, para una citación de septiembre de 1875, Manuel Varela, capitán de la Guardia Nacional de Azul, había enviado al cuartel 7.o de la 1.a sección de ese partido un cabo citador de su cuerpo «para tomar los G s. N s. desobedientes y recolectar los demás G s. N s. activos de su escuadrón y de los cuarteles linderos».
Pero no pudo cumplir con su misión, ya que el alcalde del lugar lo interceptó y «le dijo que no entrase a su cuartel a citar y que mucho menos admitía comisión armada y que para el efecto tenía hombres armados para rechazar toda comisión que fuese».
Este episodio motivó que el jefe de la Guardia Nacional se comunicara con el juez de paz, con el propósito LEONARDO CANCIANI de pedirle que diera órdenes al alcalde para evitar este tipo de abusos que podrían generar un conflicto de mayor envergadura.
33 Finalmente, otro de los motivos que generaron la intervención de las autoridades de la campaña, ante el descontento y la deserción de los guardias nacionales que estaban en la frontera, fue la impuntualidad del relevo de los contingentes y el atraso o falta de pago por sus servicios.
34 Antes de desertar, contaron con la alternativa del reclamo-petitorio, que se respaldaba en el derecho de los ciudadanos: la solicitud de relevo.
Los guardias nacionales buscaron en sus autoridades más próximas una vía para canalizar reclamos, quejas y necesidades, aprovechando las tensiones que se generaban entre los mandos militares-milicianos y civiles por la superposición de competencias y jurisdicciones.
35 Por lo general, se presentaban al comandante del regimiento o al juez de paz para realizar dicho pedido y reclamar su baja de la frontera, quienes elevarían esa súplica al inspector general de milicias, con fin de que el gobernador ordenara el relevo solicitado para el contingente.
Los jueces de paz conformaron un polo en los cuales el poder local y del Estado aparecían íntimamente mezclados, por lo cual las funciones de mediación y represión se hallaban confundidas en su accionar cotidiano.
36 Si bien fueron un elemento central en el sistema de reclutamiento forzoso y de disciplinamiento de los pobladores de la campaña, 37 también representaron una vía de llegada a las autoridades provinciales, a través de la cual canalizaban sus reclamos.
38 Debido a que no se encontraban bajo la competencia de la Inspección General de Milicias, los jueces de paz estuvieron mejor perfilados para avalar este tipo de solicitudes, sin tropezar con las contradicciones a las que estuvieron sujetas las autoridades milicianas, y pudieron ser una vía desde la cual los guardias nacionales presentaran sus demandas a los jefes de los regimientos y al gobernador.
El 7 de abril de 1869, el juez de paz de Vecino, Juan Viton, tuvo una actitud tenaz al solicitar el relevo del contingente de ese partido al jefe del Regimiento N.o 15, Benjamín Martínez, y al ministro de Gobierno, Juan Fernández.
Primero, se dirigió a Martínez, «á nombre del Contingente del Vecino, que marchó para la Frontera del Sud 33 AHPBA, Juzgado de Paz de Azul, leg.
en Sep bre pp do y que debió ser relevado á los seis meses», con el objetivo de solicitarle que «sean tomadas las medidas que el caso reclame, á fin de que los G. N. que son llamados al pesado servicio de frontera sean relevados con la puntualidad que se debe y que se les promete».
Debido a que no tuvo contestación favorable del jefe del regimiento, Viton escribió al ministro de Gobierno para interceder por los guardias nacionales que continuaban en la frontera.
39 Pero no tuvo respuesta del Ministerio, como así tampoco a la carta que enviaría días más tarde.
Por tal motivo, el 10 de mayo volvió a escribir a Fernández.
En esta ocasión le informaba que, luego de ocho meses de servicio militar, los guardias nacionales comenzaron a volver a sus hogares sin licencia, desertando de la frontera bajo el pretexto de «pobreza».
Algunos se le presentaron en el juzgado y les ordenó que regresaran con una «nota suplicatoria» para el jefe del lugar, prometiéndoles que iba a interceder por sus derechos, debido a que el comandante no lo hacía.
Finalmente, pedía al ministro una rápida solución, ya que en caso de que estos milicianos desertaran tendría que aprehenderlos y remitirlos a la frontera como infractores, pese a saber que su reclamo era justo.
40 Los jueces de paz no fueron las únicas autoridades que se relacionaron con los comandantes de la Guardia Nacional.
Durante la gobernación de Valentín Alsina (1857-1859), los prefectos fueron representantes directos del gobierno porteño en la campaña y concentraron en sí la administración de varios partidos, que se reunieron en ocho prefecturas compuestas por las comisarías de campaña, que se habían creado recientemente.
En caso de motín, sublevación, conspiración o invasión, los prefectos estaban autorizados a reunir la Guardia Nacional, aunque debían ponerla bajo las órdenes de sus jefes y estar en constante comunicación con estos.
Las prefecturas y las comisarías actuaban en estrecha relación y eran parte de la misma estructura institucional, por lo que el fin de la gestión de Alsina, luego de la batalla de Cepeda (23 de octubre de 1859), derivó en la disolución de estas instituciones.
41 En ciertas circunstancias, los jefes milicianos fueron muy criticados por los prefectos.
El 29 de septiembre de 1858, el prefecto del 5.o Departamento informaba que «en las diversas ocasiones en que el infrascripto á virtud de súbita invasión de indios, se vio en la inmediata necesidad de ordenar la reunión de la Guardia Nacional de este partido, pudo conocer por LEONARDO CANCIANI los resultados infructuosos que se obtuvieron, el estado de desorganización en que ese cuerpo se encontraba».
Al respecto, denunciaba una serie de circunstancias que «debilitaban completamente la acción de aquellas milicias»: la poca obediencia de los milicianos hacia sus oficiales y la insuficiencia de estos para reprimirla, los numerosos individuos que no habían cumplido con el enrolamiento ordenado y las excepciones al servicio activo que se habían dado «hasta el abuso».
42 Meses después, el prefecto del 7.o Departamento informaba sobre las resistencias del jefe del Regimiento N.o 15 de la Guardia Nacional para reunir a los hombres que le había pedido el juez de paz de Ajó.
43 Si bien se ha sostenido que las dificultades que encontraron los prefectos para ejercer su autoridad se debieron a que no contaban con la legitimidad y el arraigo local que poseían buena parte de los jueces de paz, 44 también podemos plantear que los jefes de los regimientos de la Guardia Nacional tuvieron algún tipo de participación en el desprestigio de aquellos, debido a las importantes atribuciones que poseyeron y que no habrían estado muy a gusto con la injerencia de otra autoridad civil que, en ocasiones, cuestionaba su accionar y poder de mando en los cuerpos que comandaban.
45 Por su parte, las relaciones entre los comandantes y las municipalidades no fueron muy asiduas.
En la ley de creación de estas últimas, sancionada el 11 de octubre de 1854, se observa que el contacto con aquellos era bastante exiguo, aunque en teoría tuvieron que desarrollar importantes actividades en los partidos.
El artículo 64.o estipulaba que el juez de paz era «el único conducto» para comunicarse con los jefes militares y milicianos y con los jueces de paz y las municipalidades de otros partidos.
46 Sin embargo, ello no impidió que intervinieran con peticiones directas al gobernador, a fin de exonerar del servicio de frontera a la Guardia Nacional.
Esto sucedió el 7 de noviembre de 1866, cuando el presidente de la Municipalidad de 9 de Julio, «armonizando con los sentimientos del vecindario que representa[ba]», solicitaba la dispensa del servicio de frontera para los milicianos de ese partido.
Para ello, argumentaba que ese distrito había sido sobre-exigido 42 Registro Gubernativo, 29 de septiembre de 1858.
«Trabajos practicados por la Prefectura 5.a de Campaña en el período que comprende el 2.o informe».
«Informe elevado al Exmo.
Gobierno del Estado por el prefecto del 7.o Departamento de campaña, correspondientes a los meses de setiembre, octubre, noviembre y diciembre del presente año».
en la demanda de hombres para la defensa fronteriza, al punto tal de que quedaban pocos guardias nacionales disponibles para efectuar los relevos, los cuales migraban a otros partidos en los que no fueran afectados por la militarización.
Este intenso reclutamiento había generado «muy serios y fundados reclamos contra los Gefes y oficiales del Regimiento de G. N.» a causa de «la dura presión que es necesario ejercer p a reunir el contingente».
47 En síntesis, los comandantes de la Guardia Nacional fueron las autoridades en las cuales el gobernador delegaba sus atribuciones milicianas en los partidos de la campaña.
Si bien en la década de 1850 la comandancia fue ejercida por jefes del Ejército de Línea, posteriormente se priorizó la designación de «ciudadanos en comisión» que fueran vecinos de los distritos en cuestión.
Durante 1852-1879, una de sus principales responsabilidades fue la confección de registros de enrolamiento y la formación y el envío de contingentes y partidas de guardias nacionales a la frontera.
Estos procedimientos generaron disputas y conflictos jurisdiccionales con las autoridades provinciales y nacionales de ese territorio, debido a que los comandantes no enviaban los hombres solicitados por los jefes de frontera, otorgaban de forma arbitraria licencias y dispensas al servicio activo y no relevaban los contingentes una vez cumplidos los seis meses de servicio, entre otros causantes.
En algunas situaciones, recibieron la sostenida cooperación de las autoridades civiles; en otras, una ferviente oposición cargada de obstáculos; y en las restantes, un apoyo forzado por las circunstancias.
Observamos que, a diferencia de las comisarías, las municipalidades y las prefecturas, que sucumbieron a la omnipotencia de los juzgados de paz, los comandantes de la Guardia Nacional le presentaron desafíos constantes, que pusieron límites a su autoridad en algunas cuestiones y equilibraron las fuerzas de poder en la campaña.
Incluso, en determinadas ocasiones, tornaron la balanza en favor de las autoridades milicianas.
Una vez finalizada la expedición militar de 1879, dirigida por Julio Roca, que trasladó la frontera sur del país hasta el Río Negro, la demanda de grandes contingentes de guardias nacionales dejó de ser una cuestión que LEONARDO CANCIANI involucrara a las autoridades de la provincia de Buenos Aires.
No obstante, un año más tarde, la ciudad porteña y la campaña bonaerense fueron objeto de una intensa movilización de hombres durante la revolución que promovió el gobernador Carlos Tejedor, que enfrentó a las autoridades nacionales y provinciales.
La victoria militar y política de las primeras, constituyó un paso determinante en el proceso de construcción del Estado nacional, ya que la ciudad porteña fue escindida del resto del territorio bonaerense y se convirtió en capital federal de la República.
Además, se modificaron las atribuciones militares y milicianas de las provincias, lo que motivó la reorganización de la Guardia Nacional.
El 20 de octubre de 1880, el Congreso de la Nación sancionó una ley por la cual se prohibió a los gobiernos provinciales formar cuerpos militares, bajo cualquier denominación que adquirieran.
48 Posteriormente, el 10 de diciembre de ese año, el presidente Roca decretó un nuevo enrolamiento de la Guardia Nacional en todo el país con el propósito de «levantar la institución de manera que respond[ier]a á los fines de la Constitución Nacional y como base para la remonta del Ejército de Línea».
49 Como consecuencia, el 23 de diciembre, el gobernador de Buenos Aires ordenó a todos los ciudadanos de la campaña que se enrolaran en la Guardia Nacional, para lo cual debían presentarse en sus respectivas comandancias entre los días 15 de enero y 31 de marzo de 1881.
En esta ocasión, los comandantes contarían con la cooperación de los jueces de paz, comisarios de policía y alcaldes y tenientes del partido.
50 Con anterioridad a la asunción de Roca, el comisionado nacional José M. Bustillo, nombrado para recomponer el orden político y militar en la provincia de Buenos Aires durante y después de la revolución, había dictaminado una serie de medidas con ese fin.
El 31 de agosto de 1880, nombró a los jueces de paz, comandantes de la Guardia Nacional, comisiones municipales y comisarios, oficiales y escribientes de la Policía Rural que deberían regir sus funciones el resto del año.
51 El 23 de octubre, decretó la reorganización de la Inspección General de Milicias, en lugar del Ministerio de Milicias que Tejedor había creado el pasado 7 de junio.
En términos militares, el período que se inicia en 1880 se caracteriza por la implementación de una serie de reformas que buscaron el fortalecimiento de los militares y del Ejército de Línea.
Con ello se procuró transformarlo en un Ejército Nacional y subordinar la Guardia Nacional de las provincias para quitarles todo el poder sobre ella a los gobiernos locales, requisito indispensable para imponer la superioridad coactiva del Estado nacional.
53 En ese sentido, los institutos de formación profesional constituyeron una base importante para lograr la uniformidad ideológica que pudiera garantizar la fidelidad de las armas al proyecto de consolidación estatal.
54 En las décadas de 1880 y 1890, se escindieron los ministerios de Ejército y Marina, se creó la Escuela Superior de Guerra, se unificó el sistema de reclutamiento de oficiales, se reformó la Carta Orgánica del Ejército y se dispuso un nuevo despliegue territorial.
Pero fue recién con las leyes N.o 4.031 y N.o 4.707, sancionadas en 1901 y 1905, que implementaron y regularon el servicio militar obligatorio para los ciudadanos argentinos, respectivamente, cuando el Estado nacional logró obtener del Congreso las herramientas necesarias para nacionalizar completamente la política militar.
55 Al mismo tiempo, la Guardia Nacional fue objeto de importantes modificaciones.
El 22 de noviembre de 1895, el Congreso Nacional sancionó la ley 3.318 por la cual se daba una nueva organización al Ejército de la República, integrado por el Ejército permanente y la Guardia Nacional.
56 Con la sanción de la ley 4.031, del 6 de diciembre de 1901, se redujo la participación de la Guardia Nacional en el Ejército de la Nación, el cual a partir del año siguiente estaría constituido por aquella milicia, el Ejército de Línea y la Guardia Territorial -la cual se desprendió de la primera-.
El enrolamiento para el Ejército de Línea dependería exclusivamente del poder ejecutivo nacional, mientras que los gobiernos de las provincias los efectuarían para las dos fuerzas restantes.
La Guardia Nacional se conformaría por los jefes y oficiales de esa milicia y por los ciudadanos de 28 a 40 años cumplidos, que se enrolarían en la misma después de haber servido en el Ejército de Línea e integrado su reserva.
LEONARDO CANCIANI parte, la Guardia Territorial debería estar conformada por los ciudadanos de 40 a 45 años cumplidos y mantendría la misma organización de la Guardia Nacional.
57 Finalmente, el 28 de septiembre de 1905, el Congreso de la Nación sancionó la ley 4.707, que mantenía la organización del Ejército Nacional en Ejército de Línea (permanente y de reserva), Guardia Nacional y Guardia Territorial.
Ahora, la segunda sería integrada por los ciudadanos que tuvieran entre 30 y 40 años cumplidos y recibiría a los que integraron el Ejército permanente por una década; la tercera reuniría a los de 40 a 45 años.
58 Como vemos, no se perciben grandes cambios al respecto entre las leyes de 1901 y 1905, aunque sí se observa una reducción de la relevancia de la Guardia Nacional con respecto a las fuerzas del Ejército permanente y la Guardia Territorial entre las normas de 1895 y estas últimas.
No obstante, la implementación de estas medidas fue el corolario de un proceso complejo, que en la provincia de Buenos Aires estuvo ligado al cierre de la frontera con los indígenas.
Ello conllevó al fin de las constantes demandas de contingentes o partidas de guardias nacionales por parte de los jefes militares y, como consecuencia, las autoridades con mayor ascendencia en los partidos de la campaña durante los años de existencia de la frontera -jueces de paz y comandantes de la Guardia Nacional-fueron relegadas de forma progresiva y perdieron una parte considerable de sus atribuciones y poderes durante la década de 1880.
En el caso de los primeros, se profundizaron las medidas del gobierno provincial que definieron su perfil de agentes legos del Poder Judicial.
59 Hasta 1880, habían acaparado las atribuciones de policía, ya que la experiencia de las comisarías de campaña implementadas durante la gobernación de Valentín Alsina no continuó bajo la gestión de sus sucesores.
60 Por un decreto del 8 de junio de 1878, se reestructuró la Policía Rural de la provincia de Buenos Aires en doce secciones y se le dio una nueva organización y distribución del personal a lo largo de la década siguiente.
61 Diez días más tarde, se sancionaron las instrucciones a que debían sujetarse las comisarías de campaña, por lo cual se escindieron definitivamente las funciones policiales del cargo de juez de paz.
En estas se detallaba que la Policía Rural sería ejercida por el comisario, aunque debía obedecer las 57 Ley del Congreso de la Nación, 6 de diciembre de 1901.
órdenes de los jueces de paz de su sección.
Finalmente, el 13 de diciembre de 1880 se promulgó la ley que reorganizó toda la Policía bonaerense y, con ello, se definió su estructura y funcionamiento, convirtiéndose en dos jurisdicciones diferenciadas.
62 De esta forma, el ejercicio y el control de la fuerza pública, como mecanismo de regulación social, comenzaron a ser depositados en agencias estatales cuyos rasgos más notables pretendían ser su organización y profesionalidad, separándolas de aquellas esferas que hasta ese momento las habían concentrado.
63 A partir de entonces, los contactos entre los comisarios de policía y los comandantes milicianos comenzaron a ser frecuentes.
En el contexto de aumento de la conflictividad diplomática con Chile, el gobierno nacional ordenó, el 15 de diciembre de 1894, un nuevo enrolamiento de la Guardia Nacional a efectuarse entre el 1 de febrero y el 30 de abril del año siguiente.
64 Más de un año después, el 12 de marzo de 1896, decretó la movilización de los ciudadanos argentinos enrolados, con el propósito de que realizaran ejercicios de instrucción y maniobras militares.
Siguiendo el mecanismo de sorteo (cf. infra), la División Buenos Aires -compuesta por la capital federal y la provincia homónima-reunió 8.400 hombres, distribuidos en ocho regimientos de infantería y dos de caballería y de artillería que se dirigieron hacia Curá-Malal -cerca de Pigüé-y permanecieron por el término de sesenta días.
65 El enrolamiento y la movilización generaron fuertes resistencias de parte de los guardias nacionales afectados y la Policía fue la encargada de detener a los infractores y desertores y enviarlos a las autoridades competentes para que fuesen juzgados.
66 Al mismo tiempo, tuvieron un papel importante en la desmovilización, al cuidar que no se produjeran ningún tipo de desmanes.
Así lo informaba el jefe de la División de Buenos Aires, Nicolás Palacios, al gobernador Guillermo Udaondo, el 29 de abril de 1897: «La policía, [...] en sus relaciones de servicio con esta División, ha cumplido satisfactoriamente sus deberes, demostrando actividad y circunspección».
66 La sección Ministerio de Gobierno del AHPBA resguarda alrededor de medio millar de informes de la Policía en los cuales remite guardias nacionales que fueron detenidos por infringir las leyes de enrolamiento y la movilización practicada.
LEONARDO CANCIANI la escasa colaboración que recibían de los comisarios.
Así sucedió con el comandante de la Guardia Nacional de Guaminí, quien el 4 de julio de 1895 le informaba al ministro de Gobierno que, tal como se lo había ordenado, el comisario del partido no había detenido a los 48 guardias nacionales inasistentes a los ejercicios doctrinales, algunos de los cuales eran reincidentes.
68 A su vez, las nuevas atribuciones que recibió la Policía de Campaña generaron problemas jurisdiccionales con los jefes milicianos.
El 26 de octubre de 1885, el comandante de San Fernando, Toribio Almagro, inició un sumario informativo contra el subcomisario, Carlos Furst, acusándolo de abuso de autoridad.
El conflicto se había desencadenado cuando este último redujo a prisión al carrero Ramón Castro, que -contrariando las ordenanzas municipales-domaba potros en la plaza del pueblo.
Al enterarse de lo sucedido, Almagro se trasladó a la comisaría para increpar a Furst, «con palabras que la cultura no permite transcribir», por creer que se había excedido en sus atribuciones.
El subcomisario trató de apresarlo por desacato a la autoridad y, en respuesta, el comandante le dio un bastonazo en la cabeza.
Acto seguido, este último fue apresado por un tiempo junto con el carrero y, posteriormente, liberado.
De este episodio se desprende que el subcomisario había abusado de su autoridad, ya que, en lugar de apresar a Castro, debió haberlo puesto a disposición del juez de paz, a fin de que actuara según sus prerrogativas.
69 Por otro lado, las atribuciones de estos últimos se vieron recortadas con la ley N.o 1.730, del 8 de diciembre de 1884, por la cual se estipuló que, desde el 1 de enero de 1885, las funciones políticas y administrativas, que hasta ese momento ejercían los jueces de paz, serían desempeñadas por los presidentes de las municipalidades.
A partir de esa fecha, los jueces de paz desempeñarían funciones exclusivamente judiciales, como agentes de los jueces y tribunales superiores de justicia.
70 A su vez, la nueva Ley Orgánica de Municipalidades de 1886, también tuvo impacto en las atribuciones de los comandantes de la Guardia Nacional.
Establecía que la administración de los intereses y servicios locales de los partidos quedaría a cargo de las municipalidades, cuyos miembros serían nombrados por elección popular directa.
Cada partido formaría una municipalidad, la cual se constituiría de dos departamentos con atribuciones, deberes y facultades definidas: ejecutivo, a cargo del intendente, y deliberativo, compuesto por un concejo.
El intendente era votado por un año, aunque podía ser reelecto, y debía representar a la municipalidad ante el gobierno provincial.
Estaba a su cargo la administración local y el cumplimiento de las ordenanzas y disposiciones que dictase el concejo, aunque podía proponer medidas a este último.
Además, todas las oficinas, los empleados y los establecimientos del municipio quedaron bajo su dependencia.
Por su parte, el Concejo Deliberativo estaba a cargo de hacer el enrolamiento de la Guardia Nacional, resolver sobre las excepciones y formar los contingentes, por lo que se relegó a los comandantes milicianos.
Finalmente, los partidos sin pueblos o con centros de población inferiores a mil habitantes serían administrados por una comisión municipal, compuesta por un presidente y cuatro vocales nombrados por el gobierno.
71 Tal disposición fue ratificada por una normativa del 21 de noviembre de 1887, que estableció los modos en los cuales los jefes de la Guardia Nacional debían colaborar con este procedimiento.
A partir de entonces, serían los encargados de citar a los ciudadanos, «por medio de publicaciones en los diarios y por carteles colocados en parajes frecuentados», y de asistir al acto para firmar las papeletas y llevar el registro correspondiente.
No obstante, en aquellos partidos regidos por comisiones municipales, el enrolamiento debía ser hecho directamente por los comandantes de la Guardia Nacional y en La Plata por los jefes de los regimientos y batallones.
72 Este cambio en el enrolamiento generó malentendidos y conflictos entre los jefes de la Guardia Nacional y las autoridades municipales.
El 1 de abril de 1888, el comandante de Morón le informaba al inspector general de milicias sobre lo que consideraba «ciertos actos de intromisión» llevados a cabo por el intendente y un concejal del partido.
Sostenía: «El Concejo Deliberante cree que él está facultado para citar a los ciudadanos a enrolarse designándole sitio y hora a que [...] el Comandante de la Guardia Nacional está obligado á concurrir á ese sitio y á esa hora [...]
La Municipalidad carece de facultades, para tales medidas».
Por tal motivo, el jefe miliciano no concurrió al lugar fijado para otorgar papeletas.
Alegaba que era él quien estaba facultado para citar a los ciudadanos al enrolamiento y no el concejo, quien sí debía practicar la inscripción al registro.
Por su parte, días después, LEONARDO CANCIANI el comandante militar de Ayacucho, Pedro Ferreyra, informaba que no continuaría con el enrolamiento a causa de los «innumerables abusos» que cometía el Concejo Deliberante.
Argumentaba que, sin su consentimiento, los concejales entregaban papeletas de excepción a ciudadanos que no estaban al cubierto de las mismas por ley y que mandaban a los guardias nacionales pobres que procuraban su excepción a examinarse con un médico extranjero que les cobraba comisión.
Por ello, solicitaba autorización al inspector general de milicias para llevar los registros de enrolamiento a su domicilio o, de lo contrario, renunciaría a la comandancia.
73 El gobierno nacional también tomó una serie de medidas en esta dirección.
Por un decreto del 5 de septiembre 1887, se dispuso que las plazas del Ejército de Línea que no fueran cubiertas con enganchados y destinados se remontaran con guardias nacionales designados mediante un sorteo hasta completar las 8.188 dispuestas por el presupuesto.
74 La provincia de Buenos Aires debió proveer 221 hombres para el año siguiente, que serían reclutados entre todos los partidos de la campaña, de acuerdo a la cantidad de hombres en edad militar que estos tuvieran.
75 A diferencia del período anterior, donde los mecanismos de reclutamiento de los contingentes no estaban definidos de forma precisa y el procedimiento solía dejarse al arbitrio del jefe del regimiento, se determinó que el sorteo se realizara por batallón o regimiento y se designara a cada cuerpo un número de soldados en términos proporcionales al que tuviera de fuerza.
En la campaña y los pueblos, el procedimiento debió ser presidido por un jurado integrado por el jefe del regimiento o batallón, el jefe militar del Departamento, el administrador de Rentas o de Correos, y dos vecinos sorteados entre los diez mayores contribuyentes que estuviesen exceptuados de integrar el contingente.
76 De esta forma, el fin de la frontera militar en la provincia de Buenos Aires (1879) y el establecimiento de los intendentes municipales y los concejos deliberativos (1886) llevaron a la reducción de las atribuciones de los comandantes milicianos en el enrolamiento y el reclutamiento de los guardias nacionales.
Pero su capacidad de movilización electoral ya había sido recortada con la reforma de la ley nacional de elecciones (1877), por la cual se eliminó el requisito de estar enrolado en la Guardia Nacional para poder votar y se prohibió que los guardias nacionales movilizados pudiesen emitir DE «MONSTRUOSO PRIVILEGIO» A «CIUDADANOS EN COMISIÓN» su sufragio.
Así se clausuraba formalmente una de las vías que los jefes milicianos y los gobiernos habían utilizado para manipular al electorado: el enrolamiento en la Guardia Nacional y las boletas que lo acreditaban.
77 No obstante, ello no impidió que los comandantes de dicha milicia participaran en las elecciones y en la política municipal, en todo caso, nos debe llevar a reconsiderar las estrategias que implementaron para tal fin a la luz de las evidencias existentes.
Algunas comunicaciones que llegaban desde la campaña a la capital provincial reflejan la trascendencia que, al menos hasta los primeros años de la década de 1880, mantuvieron los jefes milicianos en la política local.
El 6 de febrero de 1882, Ramón Varela le informaba al gobernador Dardo Rocha que el comandante militar había traicionado su palabra de apoyar a sus candidatos en Monte y en lugar de ser «un amigo y compañero de causa» se había convertido en «un enemigo falso y traidor».
La coartada del jefe de la Guardia Nacional se evidenció en la toma de la mesa escrutadora para la votación y se manifestaba en los «trabajos» que realizaba para las próximas elecciones de marzo.
En otra ocasión, el 12 de mayo, un rochista de Moreno le escribía al gobernador para advertirle que el comandante Apolinario Acosta trabajaba políticamente en favor del grupo pellegrinista y que contaba con el apoyo del juez de paz del partido.
Sin embargo, el 10 de septiembre, el comandante Acosta informaría a Rocha que tenía organizados «en buena forma los elementos con que deve de contarse siempre para dar un triunfo a nuestras ideas».
El 21 de agosto, el gobernador recibía información desde Las Flores, a través de la cual se le comunicaba que llegado el momento de las elecciones, ese partido le sería en su mayor parte opositor, ya que el comandante militar apoyaba la lista opositora que patrocinaban Antonino Cambaceres y Jacinto Arauz.
78 Finalmente, el mes siguiente, Santiago Pilotto le recomendaba a Dardo Rocha reemplazar al comandante de la Guardia Nacional de Ayacucho, pues «no val[ía] nada ya como elemento [electoral]» y, en su lugar, nombrar a otro que conviniese más en la votación que se avecinaba.
79 Este tipo de comunicaciones se observa con menor asiduidad en los años posteriores, pues no abundan en la documentación denuncias de elecciones «viciosas» en las cuales intervinieran los comandantes.
78 AGN, Sala VII, Archivo y Colección Dardo Rocha, leg.
La consecuencia inmediata de estos factores fue la pérdida de poder real de los jefes de la Guardia Nacional en la campaña.
En su lugar, mantuvieron algunas facultades, como proponer subjefes, oficiales y ayudantes de los regimientos y batallones que estaban a su cargo, así como promover su separación en caso de que no cumplieran con sus dictámenes; solicitar vestuarios para los guardias nacionales bajo sus órdenes y armas, municiones y demás elementos para la comandancia; administrar los escasos recursos que esta tenía; elevar los nombres de los infractores a las leyes de enrolamiento y de quienes se hubieran fugado luego de haber sido designados para integrar los contingentes; informar a la Inspección General de Milicias sobre las altas y bajas de los ciudadanos de sus unidades; elevar consultas y pedidos de los milicianos y organizar los ejercicios doctrinales.
Sin embargo, no fueron pocos los que se consideraron incompetentes para dirigirlos, por lo que solían pedir a las autoridades provinciales oficiales del Ejército de Línea para que se hiciesen cargo de ellos.
80 Los intendentes y los concejos deliberativos controlaron y supervisaron el comportamiento de los jefes de la Guardia Nacional, por lo que los ministros de Gobierno recibían notificaciones sobre sus conductas en determinadas circunstancias.
Uno de los factores que se ponían de relieve era la desidia de los comandantes, que no aceptaban el cargo o no lo ejercían como debían.
Por ejemplo, el 24 de abril de 1888, las autoridades de la Municipalidad de Trenque Lauquen proponían el nombramiento de un nuevo jefe de la Guardia Nacional, ya que el vecino designado se había excusado del cargo.81 El 7 de agosto de 1890, el presidente de la Municipalidad de Pila proponía a Lino Quinteros para jefe de la Guardia Nacional, en virtud de que el comandante en ejercicio no residía en el partido y no se había hecho cargo de la reunión de esa milicia durante la reciente movilización ordenada por el gobierno, con motivo de la «Revolución del Parque».82 Un año después, el intendente de Maipú denunciaba que la Comandancia Militar se encontraba «en el más completo abandono por descuido ó impericia y ausencia [...] del comandante nombrado».
Por tal motivo, solicitaba la intervención del inspector general de milicias, a fin de que tomara medidas para evitar los conflictos que pudieran sobrevenir por la falta de enrolamiento de los vecinos de Maipú.
El 11 de abril de 1896, el intendente de Adolfo Alsina informaba a las autoridades provinciales sobre las irregularidades que cometía el comandante militar con un guardia nacional de 20 años enrolado en Trenque Lauquen, al que le había entregado la papeleta sin averiguar previamente si estaba inscripto en el registro, «inspirado solamente por su partidismo».
84 En otras ocasiones, los informes se labraban con motivo de problemas personales.
El 25 de septiembre de 1898, el comisionado municipal de la estación de La Matanza, del Ferrocarril Oeste, daba cuenta que «sin mediar palabra alguna» había sido sorprendido por la «actitud agresiva» del comandante militar de ese partido que «pudiera haber ocasionado consecuencias de alguna gravedad».
Según decía, la actitud del comandante respondía a que, días atrás, junto con algunos vecinos de esa localidad, había informado sobre las irregularidades que cometía en el desempeño de su puesto.
El incidente derivó en la intervención del intendente y del subcomisario y, una vez constatada su culpabilidad, en el arresto del comandante y la apertura de un sumario.
85 Por otro lado, fueron los propios vecinos de la campaña quienes interpelaron a los jefes milicianos.
El 2 de marzo de 1897, un grupo de padres de guardias nacionales de la clase de 20 años presentaban una queja al ministro de Gobierno denunciando el proceder incorrecto y abusivo del comandante militar, que hacía excepciones odiosas y admitía personeros, sin estar autorizado para ello.
86 En junio de 1898, veinticuatro vecinos de Brandsen solicitaban al ministro de Gobierno el reemplazo del comandante militar por un ciudadano consciente de su misión, que constituyera una garantía para los habitantes del partido.
Argumentaban que «con una negligencia culpable ha hecho abandono de todos los deberes que su puesto le impone, convirtiendo la preciosa institución que se le ha confiado en un medio poderoso para satisfacer sus intereses políticos».
Asimismo, sostenían que los oficiales eran incompetentes para dirigir los ejercicios doctrinales, por lo que solo concurrían una quinta parte de los guardias nacionales para recibir las instrucciones militares.
87 El mes siguiente, veintisiete guardias nacionales de Cañuelas solicitaban al gobernador Bernardo de Irigoyen el reemplazo del comandante militar y, para ello, esgrimían una serie de motivos.
Primero, que proveía guardias nacionales de forma incondicional al LEONARDO CANCIANI intendente, quien se desempeñaba en la Mayoría del regimiento y explotaba en beneficio de su partido político; segundo, su marcada incompetencia e indiferencia administrativa; tercero, que los oficiales instructores no eran aptos para dirigir los ejercicios doctrinales; y, cuarto, que la asistencia de los milicianos a las instrucciones se hacía de acuerdo a la buena o mala voluntad del intendente, quien concedía permisos para faltar a ciertos hombres que le eran afectos.
88 Finalmente, otro grupo de vecinos culpaban a sus comandantes de apresarlos arbitraria e injustamente, alegando en algunos casos razones políticas.
89 En resumen, a partir de 1879, la formación y el envío de contingentes de guardias nacionales hacia la frontera dejaron de ser una preocupación de los comandantes milicianos.
A su vez, luego de la derrota de la revolución de 1880, las nuevas autoridades bonaerenses y nacionales reorganizaron la institución.
Además, la reforma electoral de 1877 eliminó el requisito de estar enrolado en la Guardia Nacional para poder votar y prohibió a los guardias nacionales movilizados emitir su sufragio.
Al mismo tiempo, el gobierno provincial reformuló el esquema institucional de la campaña con la implementación de las comisarías y la creación de los departamentos ejecutivo y deliberativo en las municipalidades.
Con la sanción de la ley de 1886, los intendentes y concejales se convirtieron en las principales autoridades de los distritos bonaerenses.
Desplazaron a los jueces de paz y ejercieron vigilancia e inspección sobre los jefes de la Guardia Nacional, por lo que los conflictos entre ambos se redujeron de forma considerable.
90 Los concejos deliberativos reunieron algunas atribuciones de estos últimos, ya que fueron los encargados de hacer el enrolamiento, resolver las excepciones y formar los contingentes para remontar el Ejército de Línea.
En 1887, se determinó que el rol de los comandantes en el enrolamiento quedara reducido a citar a los milicianos, firmar papeletas y redactar el registro; aunque en La Plata y en los partidos con comisiones municipales mantuvieron aquella potestad.
En lo que respecta al reclutamiento para el Ejército, se implementó el procedimiento del sorteo para designar a los guardias nacionales que se sumarían a las fuerzas regulares y en él los comandantes formaron parte del jurado que lo llevaría adelante.
Por lo tanto, el reclutamiento dejó de ser el 88 AHPBA, Ministerio de Gobierno, año 1899, leg.
90 Solo pudimos registrar dos casos entre la documentación consultada: AHPBA, Ministerio de Gobierno, año 1881, leg.
principal motor de conflictos con las otras autoridades de la campaña.
En su lugar, las denuncias se generaron por diversos motivos, como el uso político que los comandantes o intendentes hacían de los guardias nacionales, la desidia de aquellos en el manejo de la institución y su incompetencia para dirigir los ejercicios doctrinales, la entrega irregular de excepciones, los enfrentamientos personales y los problemas jurisdiccionales, entre otros.
En este trabajo nos propusimos estudiar cómo fue cambiando el rol de los comandantes de la Guardia Nacional de la campaña de Buenos Aires y evaluar su peso en el diseño institucional provincial durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX.
La metodología que adoptamos fue analizar las relaciones de poder que se forjaron entre las autoridades civiles, militares y milicianas de los pueblos, de las áreas rurales y de la frontera bonaerense.
Si bien no desconocemos el alto grado de funcionalidad que hubo entre ellas en su obligación de mantener el orden social, económico y político en esos territorios y hacer regir la legislación que lo reglamentaba, nos enfocamos en aquellas relaciones que se volvieron problemáticas y conflictivas, así como en situaciones en las cuales no se comportaron de acuerdo con lo que las leyes, los decretos y las resoluciones de gobierno determinaban, pues nos permiten observar de forma más nítida y «a ras del suelo» el poder de los comandantes de la Guardia Nacional en relación con las otras autoridades locales de la campaña de Buenos Aires.
Intentamos demostrar que el fin de la frontera militar con los indígenas de Pampa y nor-Patagonia, consumado a mediados de 1879, originó un cambio de rumbo en los jefes de la Guardia Nacional de esa provincia a partir de la década de 1880.
La clasificación, el enrolamiento y la formación de contingentes de guardias nacionales generaban un marco propicio para que las autoridades milicianas mantuvieran una serie de prácticas poco ortodoxas que atentaban contra el arraigo de las instituciones estatales modernas en la campaña y la frontera, hecho que retroalimentaba su posición de hombres necesarios en esos territorios y ponía límites al mismo Estado que legitimaba su posición.
El resultado de aquella expedición tuvo un fuerte impacto socio-territorial, ya que, a partir de ese momento, la remisión ordinaria de contingentes para la frontera dejó de ser una de las principales obligaciones -por entonces más resistidas-de los comandantes militares LEONARDO CANCIANI de los partidos bonaerenses, por lo que, al mismo tiempo, se redujo fuertemente su nivel de imprescindibilidad para el gobierno provincial.
Esta situación se acentuó con la ley 1.072 del 20 de octubre de 1880, sancionada por el Congreso Nacional, por la cual se prohibió a las autoridades provinciales formar cuerpos militares y milicianos.
Esta medida trajo consecuencias políticas e institucionales visibles: mientras que el Estado nacional dio un paso fundamental para centralizar los medios organizados de coerción, las provincias y los gobiernos locales perdieron una de las prerrogativas que reivindicaban desde antaño.
Finalmente, la reformulación del esquema institucional de gobierno en la campaña bonaerense, que se inició durante la gobernación de Dardo Rocha (1881-1884) y se profundizó en la de Carlos D'Amico (1884-1887), conllevó el desplazamiento de los comandantes de la Guardia Nacional de su posición de preminencia dentro de las estructuras de poder local, por lo que quedaron reducidos a ser meros «ciudadanos en comisión», en los cuales se delegaban escasas atribuciones milicianas, como citar a los guardias nacionales para el enrolamiento, firmar sus papeletas y redactar el registro, entre otras.
En su lugar, las autoridades de las municipalidades pasaron a ejercer algunas de sus competencias, además de encargarse del ejecutivo local, en el caso de los intendentes.
De esta forma, la modernización del diseño institucional provincial, posibilitado por el fin de la frontera, postergó a una de las principales autoridades locales del período colonial y de la era republicana, y tal proceso se desarrolló más tarde que en Corrientes, Entre Ríos, Córdoba y Tucumán, ya que debimos esperar hasta la década de 1880 para que el mismo se iniciara. |
La aparición de este libro se vincula a las conmemoraciones y actos científicos organizados con motivo del II Centenario de la muerte de Don Francisco Antonio de Lorenzana, natural de León, que llegó a ser arzobispo de Toledo y cardenal.
Pero el estudio se centra en el arzobispado de México entre 1766 y 1775 y, en concreto, en las actividades y decisiones de los prelados Lorenzana y Núñez de Haro, que gobernaron la principal jurisdicción eclesiástica mexicana en las fechas indicadas, afrontando el problema de tener que aplicar la reforma conventual femenina conocida como la "vida común".
Con esta obra la autora continúa una línea de investigación en la que lleva trabajando desde 1990, como puede comprobarse en sus aportaciones tituladas "Fundación y primeros tiempos del convento de
el monacato femenino novohispano, centrada en la Orden Concepcionista, a la que pertenecía el convento de Jesús María.
La obra comentada va precedida de una presentación del Doctor Jesús Paniagua, director del Proyecto I+D denominado "Humanismo y tradición clásica y humanística en España e Hispanoamérica", dentro del cual se ha impulsado esta publicación, entre otras de los integrantes del citado proyecto.
El profesor Paniagua avanza la temática de los conventos femeninos mexicanos después de unos dos siglos de existencia, en los que sus integrantes vivían holgada y cómodamente, más que bajo las reglas de las distintas órdenes.
Frente a esa rutina, la llegada del arzobispo Lorenzana, inmerso en las corrientes ilustradas y defensor de una profunda renovación en los citados conventos así como en los masculinos, abre un periodo de inquietud, dificultades y conflictividad para las monjas mexicanas.
Este tema es el eje del libro que aquí reseñamos.
La introducción nos traslada al ideal sobre las mujeres y, en concreto, sobre las religiosas, en la Edad Moderna, al considerarse el cenobio femenino como "la gran solución para tantas hijas..." (pág. 17) y muestra cómo ese modelo se aplicó también en Nueva España, que originó unos núcleos conventuales poderosos y reproductores de la sociedad "del siglo" (o civil).
Todo ello sin dejar a un lado aspectos eminentemente religiosos como la vocación, el vínculo con el cielo y la futura salvación eterna, extensiva a los padres de ellas.
Una actualizada bibliografía completa esta introducción general.
Centrándonos en la temática del libro, se observan claramente dos partes diferenciadas: la primera, que incluye los capítulos I a III, vinculada a la historia eclesiástica a través del gobierno de los arzobispos Lorenzana y Núñez de Haro, especialmente a lo relacionado con la reforma en los años estudiados, y sus virreyes coetáneos; la segunda -capítulos IV a VI-, cuyo eje son los propios conventos y sus reacciones ante los cambios económicos, sociales, incluso demográficos y, por supuesto, de vida religiosa comunitaria, difíciles de aceptar y llevar a la práctica.
El capítulo I trata sobre el primer arzobispo estudiado, y traza una breve biografía previa a su llegada al virreinato.
Al seguir el viaje en barco, se aporta un dato de interés para su posterior actividad: el hecho de que coincidiera en el viaje con el nuevo virrey marqués de Croix, otro ilustrado y obediente servidor de las órdenes reales, que después seguirá y apoyará desde su máximo cargo civil las resoluciones arzobispales en pro de la reforma monacal femenina, sin roces entre ambas autoridades, como era frecuente.
El último apartado avanza las tendencias regalistas de Lorenzana, un humanista vinculado al iluminismo católico -aquí se sitúa su impulso a la expulsión de los jesuitas-, con interés en la historia y que, junto a sus publicaciones como prelado, elaborará otras de carácter histórico.
El segundo capítulo presenta el mundo de las monjas calzadas en la capital mexicana, más relajado que el de las descalzas o rigoristas, ya seguidoras de la vida común y del voto de pobreza en la segunda mitad del XVIII.
Los fondos de fundación, las dotes y diversas donaciones hicieron de algunos conventos -La Concepción, Jesús María, San Jerónimo, Santa Clara y La Encarnación-núcleos económicos de primer orden, que invirtieron sobre todo en propiedades urbanas y, en menor escala, en censos y depósitos.
La autora describe también con precisión cómo el convento reflejaba las jerarquías sociales de la época a través de "un conjunto diferenciado de mujeres" (pág. 53), encabezadas por las monjas de velo negro, a su vez sometidas a las diferencias socio-económicas, que establecían un orden vertical, partiendo de las abadesas o prioras.
Las seglares, niñas y criadas completaban este universo lleno de movimiento, actividades varias y también de enfrentamientos.
Más adelante el capítulo profundiza en el proceso de reforma desde la advertencia inicial de Lorenzana en 1767, dirigida a los diez conventos calzados dependientes del arzobispado, e incluso en el decreto de admisión de una futura monja de ese mismo año, lo cual adelanta dos años la datación tradicional del comienzo de este difícil proceso reformista -1769-y ratifica que la postura a favor de esos cambios fue trasladada por la máxima autoridad eclesiástica desde su anterior destino metropolitano.
Ya en ese primer momento el prelado intentará calmar los alborotos apelando a la obediencia y a la virtud, pero también recurriendo a la estrategia de evitar la comunicación entre las abadesas, que calentaría los ánimos de las opositoras, en clara mayoría desde el principio.
Las palabras y expresiones textuales de gran viveza reflejan esas tensiones y una actitud contraria, velada en principio y manifestada más bien con excusas, problemas y justificaciones para no aplicar la reforma.
En el análisis de las cartas pastorales emitidas por Lorenzana en 1768 y 1769 (págs. 59 y ss.), I. Arenas refleja la decisión arzobispal de aplicar las órdenes reales, basándose también en textos bíblicos, patrísticos y conciliares que apoyaban la vida en la pobreza y en comunidad, siguiendo asimismo las propias constituciones de las órdenes religiosas femeninas.
Frente a esas pastorales, unas comunidades ya rebeladas en su mayoría, que en sus cartas acumulan protestas, excusas y amenazas (págs. 64 y ss.).
Los dos frentes estaban en pie y el IV "Concilio" Provincial Mexicano sería el lugar de discusión del tema al más alto nivel, como la autora estudia entre las págs. 70 y 78.
Incluso en esas reuniones de los obispos novohispanos expresaron las monjas su opinión -la encabezaban los conocidos escritos de La Concepción y Jesús María-, destinada a mostrar su antigüedad, celo religioso y también el riesgo de sus rentas, si se aplicaban los cambios.
La buena recepción inicial de los prelados reunidos cambiaría en pocos días, y estamos de acuerdo con Isabel Arenas en que la actitud dura del arzobispo influyó en ese giro, hasta considerar que la resistencia de las monjas iba en contra del Papa, de los Concilios y del Rey.
No cambió, por tanto, el estado de tensión y enfrentamientos, entre el arzobispo y varios obispos, por un lado, y las religiosas calzadas de sus respectivas jurisdicciones (Puebla y Querétaro, entre otras), por otro.
El capítulo III se centra en la actividad del nuevo arzobispo, Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, que también gobernará con un virrey distinto, Don Antonio María de Bucareli y Ursúa, llegado en 1771 y que coincidió unos meses con Lorenzana.
Durante dos años más la situación siguió tensándose con motivo de la reforma, los enfrentamientos llegaron al interior de los propios conventos femeninos, con divisiones y luchas entre los dos bandos monjiles.
Carlos III, con una Real Cédula de mayo de 1774, ordenó aplicar esos cambios sin más retrasos, después de quince días de plazo a las monjas para decidir su sometimiento o no a la vida común, y con aspectos casi coercitivos, extensibles también a las niñas y criadas que habitaban en esos conjuntos monásticos.
El libro va marcando la tensión de ritmo creciente.
En aplicación de las nuevas órdenes reales, los conventos vuelven a agitarse y la autora sigue estudiando cómo los cambios provocaron alborotos, divisiones entre ellas y a veces expulsiones, así como la salida de muchas niñas y criadas, que tuvieron que volver a un mundo casi desconocido y desde luego difícil, ya que incluso para las de familias adineradas que recibían apoyo económico desde afuera, su regreso a las casas alteraba la vida familiar.
Otra vez las palabras de las protagonistas son muy expresivas y reflejan los estados de ánimo que evolucionan hacia la aceptación, en su mayoría, aunque el problema se alargaría varios años más.
Como se adelantó, la segunda parte trata el tema desde los propios conventos.
Así, el capítulo IV se centra en las cuestiones económicas plan-teadas por las integrantes de aquéllos, y aparecen aspectos como los peculios o reservas -fondos conservados por las monjas, procedentes de sus dotes, y que venían de los réditos o rentas anuales dejadas por sus familiares-manejados por ellas y usados también para ayudar a otras religiosas pobres, niñas y criadas cercanas a ellas.
También las cantidades entregadas semanalmente por sus abadesas y otras autoridades conventuales para alimento y vestido de cada religiosa, que vivía en sus propias habitaciones; las ganancias de esas instituciones femeninas al trabajar en sus dulces, labores, artesanías, etc., denominados genéricamente "trabajos mujeriles"; la recepción de legados, limosnas, etc.
Frente a ese ambiente de holgura económica, la libertad de decisión en su actividad diaria y sus asuntos, la vida privada en sus aposentos, el lujo en comida, ropa y adornos, la reforma les quería imponer lo comunitario en el trabajo, la comida, y las actividades en general, además de la sencillez, ahorro y aislamiento del mundo en esa vida común.
Ese cambio tan drástico es rastreado otra vez por Isabel Arenas en los testimonios de las protagonistas, que se quejan de todo, incluso de renunciar a placeres tan cotidianos como el chocolate, que en algunos conventos incluso se destinaba un cuarto de estar donde las monjas podían reunirse, charlar y tomar chocolate.
Todavía más vivo resulta el capítulo V, sobre "el mundo" en el convento, que refleja unas mujeres que se mantenían en contacto con todos los temas profanos y supuestamente alejados de ellas, aunque no salieran a las calles.
Aparecen entonces aspectos tan criticables como la relajación de las costumbres y horarios en el interior de la clausura, con entradas de visitas masculinas y femeninas, tertulias en las que se intercambiaban poemas y cotilleos, los tornos y porterías abiertos buena parte del día y en continuo movimiento, no sólo para su fin lógico sino para otros más complejos.
El apartado dedicado a las mozas, seglares, criadas y niñas enriquece el conocimiento todavía escaso que se tiene sobre "las otras" en los núcleos conventuales (a las que la autora ha dedicado, posteriormente a este libro, la ponencia "Las 'otras': niñas y criadas ante la reforma conventual femenina en México y Puebla de los Ángeles", en el Congreso Internacional Entre el Barroco y la Ilustración: la época del cardenal Lorenzana en España y América, 1722-1804, León, 20-24 de septiembre de 2004, en prensa).
Y, por último, el controvertido estudio de los confesores y su compleja relación con las monjas y demás residentes en estos cenobios no ya de confianza, sino imponiéndoles casi una dependencia respecto de ellos, para susti-tuir a los hombres que en su vida anterior las habían criado, cuidado y, por supuesto, vigilado.
El último capítulo vuelve a la línea central de este libro, al revisar la aplicación final de la reforma, mostrando en primer lugar la limitación del número de esas otras mujeres y niñas en el interior del convento y las consecuencias sociales negativas de la normativa reformista, que las devolvió a un mundo hostil y con difíciles soluciones de vida futura para ellas.
Y la propuesta definitiva de un acatamiento a las órdenes reales y arzobispales todavía lleno de tensión, divisiones e incluso abandono de la vida religiosa por parte de las más opuestas a los cambios.
Los catorce apéndices documentales son útiles y enriquecen no sólo el presente trabajo sino futuros estudios sobre este tema, que sin duda continuarán apareciendo.
La bibliografía es igualmente interesante y actualizada y, por último, se agradece especialmente el doble índice, que facilita la consulta de esta aportación a la historia del monacato femenino, una de las líneas más actuales de la historia de las mujeres en el México colonial.-MARÍA JUSTINA SARABIA VIEJO.
Desde hace ya más de una década, la editorial Chandeigne, en colaboración con la Librairie Portugaise de París, nos viene obsequiando con unas cuidadísimas y bellísimas ediciones.
En esta ocasión nos encontramos con la primera traducción al francés de las cartas en las que Amerigo Vespucci narró a distintos destinatarios sus viajes al Nuevo Mundo.
Tras una introducción general, el profesor Duviols nos presenta la obra de Vespucci agrupada en tres grandes bloques precedidos por un breve prólogo que sitúa los documentos en el contexto en el que fueron escritos.
El primero recoge las denominadas 'cartas familiares', dirigidas a Pier Francesco de Medici en Florencia.
El segundo, el más conocido y divulgado, contiene el Mundus Novus, igualmente dedicado a Medici, en el que Vespucci narró su viaje realizado entre 1501 y 1502 bajo la bandera portuguesa.
El último es el texto, conocido como la Lettera, en el que Vespucci, a instancias de Benvenuto de Domenico Benvenuto, narró al golfalonieri de la República de Florencia, Piero Soderini, sus cuatro viajes al Nuevo Continente.
A continuación el autor incluye una bibliografía cronológica, que Duviols titula "El affaire Vespucci", en la que selecciona pequeños textos sobre los temas más controvertidos de la vida y obra del florentino a cargo de muy diversas autoridades.
Así, cómodamente, podemos de un vistazo conocer las opiniones más reconocidas sobre los siguientes asuntos titulados: Vespucci ignorado, El juicio de Copérnico, Vespucci el "usurpador", Los "elogios" a Vespucci, Santarém, el precursor de Vespucci, El examen crítico de Humboldt, El "nombre de un ladrón", Vespucci defendido por Varnhagen, Vespucci no sabía nada, ¿Vespucci rehabilitado?
Y, por último, El asunto no está cerrado.
El volumen se cierra con una interesantísima bibliografía, comentada e ilustrada que el autor, maestro en la materia, ha sabido componer con reproducciones de viñetas e imágenes de las primeras impresiones de la obra vespucciana, que también jalonan otras páginas del libro.
Hay, además, índices temáticos de nombres, de personas y de lugares.
Esta primera traducción al francés de los escritos vespuccianos es una excelente versión, atinada, que se lee con gusto, sin embargo, la tarea no resulta fácil.
Los escritos del florentino muy a menudo están plagados de palabras repetidas y de largas frases entrecruzadas que parecen no tener fin.
A ello se une la enorme diferencia en estilo y el lenguaje utilizado entre unas y otras cartas.
Así, las que fueron redactadas para impresas (el Mundus Novus y la Lettera) tienen un texto más cuidado y son más sencillas de traducir que las 'cartas familiares', sobrias y escuetas, a las que Magnaghi consideraba carentes de valor literario y sólo útiles como documentos de archivo.
Duviols ha sabido, dentro de la ortodoxia, armonizar el estilo y presentarnos un texto coherente.
Conviene recordar que no se ha conservado el original de ninguna de estas cartas y que los autógrafos que conocemos del florentino son o bien documentos comerciales, o bien las cartas, escuetas, que dirigió a su patrono el Popolano, cuando era muy joven.
En la introducción que precede a la versión de las cartas, el prof. Duviols, en primer lugar, hace una semblanza de la vida de Amerigo y una síntesis del trascurso de sus viajes a los que acompaña, además de la reproducción de los mapas que hiciera Roberto Levillier, de unos pocos y escogidos grabados alusivos.
No espere el lector encontrar novedades en esta parte del volumen, ya que el autor se limita a narrar unos hechos, conocidos, de la manera más sucinta posible y a presentar las diversas hipótesis de trabajo que sobre los claroscuros vespuccianos se han susci-tado a lo largo del tiempo: su relación con Colón, la veracidad de sus escritos o el origen del nombre de América, siendo éste sin duda el mejor de los epígrafes de este bloque junto con el que cierra el capítulo dedicado a la imagen que del Nuevo Mundo nos dejó Vespucci, que nos hubiera gustado ver tratado más ampliamente.
Mientras que la traducción está cuidadísima, en la Introducción, quizá escrita con premura, se le han colado al Prof. Duviols algunos errores.
Así, por ejemplo, asegurar que la Casa de la Contratación fue creada luego de una reunión en Burgos en 1505, a la que fue llamado Amerigo, cuando ya el organismo llevaba dos años funcionando; o afirmar que entre los trabajos del florentino en la Casa estaba, el de controlar que los pilotos midieran con perfecta exactitud la latitud y la longitud para así poder confeccionar el Padrón Real ¡hubiera sido un éxito!
Lamentablemente hasta el siglo XVIII no se consiguió medir la longitud.
Quizá acierte Duviols, desde su punto de vista de historiador de la literatura y experto en la interpretación de imágenes, en no entrar en polémicas.
Lo que le interesa son los textos en sí y no la veracidad de su contenido.
Pues, como nos señala "su mérito innegable, más que sus descubrimientos geográficos o astronómicos, de los que estaba tan orgulloso, reside sin duda en el contenido informativo y exótico del Mundus Novus y de la Lettera".
Vespucci se merecía esta traducción.-CONSUELO VARELA.
Estenssoro Fuchs, Juan Carlos: Del paganismo a la santidad.
Juan Carlos Estenssoro integra una generación de historiadores formados en la Universidad Católica que han marcado una ruptura voluntaria con la historiografía dominante de la década de 1970 en el Perú.
Si bien no asumen una propuesta única, mantienen la voluntad de incidir en la construcción de un país que, como el Perú, se ha visto asolado en las últimas décadas por la violencia y por una aguda crisis política sistémica.
Con una voluntad de sentar escuela, han sido críticos tanto de las tendencias estructuralistas y marxistas, como de la tradición positivista nacional.
J. C. Estenssoro se ha propuesto, según sus propias palabras, superar la imagen que sigue presente de un Perú históricamente dividido, fruto de la lectura de la realidad peruana heredada del indigenismo y del marxismo, tendencias que dominaron el análisis académico desde las primeras décadas del siglo XX.
Se trata de una percepción que, cuando analizó el Perú colonial, lo hizo asumiendo un modelo de sociedad virreinal concebido como una estructura dual -la República de Españoles versus la República de Indios-, no permeable entre sí y que funcionó secularmente en compartimientos estancos.
Quebrar tal concepción requiere afrontar nuevas preguntas y temas de análisis y, en su caso, sugiere recuperar la historia del catolicismo indígena y, en concreto, la lucha secular de los indios por ser aceptados dentro de la sociedad colonial como católicos de pleno derecho.
Propone, en definitiva, comprender los mecanismos y procesos de interacción que la cultura religiosa colonial posibilitó entre colonizadores e indios.
Según el autor, la evangelización en el Perú presentó al menos tres etapas distintas.
En la primera (1532-82), la Iglesia y las órdenes religiosas, ante la necesidad de lograr resultados palpables, se amoldaron a la tradición indígena, al mismo tiempo y, quizás condicionados por ello, que la prédica y la liturgia se reelaboraron continuamente.
El dilema religioso del período fue tanto la necesidad de justificar la dominación, como el pragmatismo político que imponía posponer cualquier posible reconocimiento de los indios como cristianos y, en consecuencia, como sujetos de pleno derecho dentro de la sociedad colonial.
La segunda etapa (1583-1649) se inició bajo el influjo de los dictados del Concilio de Trento, en ella se entrecruzaron dos tendencias.
Una estaba imbuida de los presupuestos homogeneizadores de los rituales y advocaciones católicas que se definieron en Trento, y buscó incorporar a los indios como feligreses, eliminando las distinciones locales.
La otra, al predicar el evangelio en clave indígena, dio, en la práctica, carta de naturaleza a los presupuestos de dominación colonial.
Por entonces, éstos buscaban promover la diferencia y convertir en identidades las categorías jurídicas y fiscales que subordinaban y distinguían a los indios de los conquistadores.
La tercera etapa concluiría a mediados del siglo XVIII, cuando se quebró entre los indios cualquier esperanza de que se les reconociera, sin matiz alguno, como católicos.
El proceso frustrado de la canonización del indio Nicolás de Ayllón y la religiosidad en la Lima del período 1650-1750 le permiten a J.C. Estenssoro presentar los límites del proyecto hispano.
Hasta mediados del siglo XVIII dominaron las tesis asimilacionistas tanto en una teología que entendió que indios, mestizos, criollos y españoles se mezclaban y compartían un único purgatorio, como por parte de la Corona, que reconoció viejas reivindicaciones indígenas, al concederles el derecho a su incorporación en cualquier institución eclesiástica en igualdad de condiciones, Santo Oficio, sacerdocio, órdenes y conventos.
Sin embargo, el conato de rebelión de Huarochiri en 1750 mostró hasta qué punto la insatisfacción ante la persistencia de barreras étnicas y la recuperación de la memoria del pasado incaico dieron pie a que sectores de las elites indígenas optaran en adelante por las posiciones de ruptura e insurgencia.
J.C. Estenssoro utiliza en su texto una metodología sugerente, aunque de difícil lectura, en la que integra el análisis histórico con el de la lingüística quechua, la antropología histórica y la musicología, de la que el autor es un destacado especialista.
En suma, desde una apuesta erudita en el manejo de las fuentes coloniales, el autor busca polemizar con las imágenes establecidas a priori asumidas en el Perú que, dominadas por presupuestos "esencialistas" y atemporales, niegan a los indios la categoría de actores históricos y, en consecuencia, obvian los múltiples factores que contribuyeron a la colonización de las mentalidades durante los tres siglos de dominación colonial.
Un proceso complejo en el que, como demuestra el autor, sectores indígenas creyeron en la prédica evangelizadora y en la promesa de que se integrarían sin trabas ni limitaciones en la nueva sociedad hispana del Perú, una promesa frustrada sólo al promediar el siglo XVIII.-NURIA SALAS.
Reseñar este nuevo libro del historiador británico Paul Garner es sin duda una tarea muy estimulante.
Conocí al Dr. Garner en uno de los congresos de la SLAS (Society of Latin American Studies) en la mítica ciudad de Liverpool, justo cuando todavía era profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de Swansea, en Gales.
En aquel entonces me llamó mucho la atención que el Prof. Garner tenía unos dibujos que habían sido publicados en un semanario mexicano donde la imagen del general Díaz mostraba un semblante por demás benévolo, revisited, como dirían nuestros colegas anglosajones, en una época en la que el gobierno de Carlos Salinas (1988-1994) empezaba a ser comparado como "neoporfirista", por su fuerte vocación de promover la inversión extranjera (en particular por el impulso al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica), el fomento a la obra pública y un cierto relajamiento de las leyes sobre la propiedad agraria.
La guerra de imágenes en torno a la figura del general Díaz había obsesionado a Garner a tal grado que terminó escribiendo esta biografía política en ocho capítulos y un epílogo, tratando de descifrar, en principio más para un público anglosajón que mexicano, la dicotomía un tanto incomprensible para la jerga de la ciencia política ortodoxa, entre la construcción del héroe (con todo el discurso hagiográfico que conlleva) y el aborrecimiento del dictador.
De cierta forma, este libro es un interesante ejercicio tanto para la ciencia política contemporánea como para la "nueva historia política".
Ambas tratan de descifrar, en un modelo teórico comprensible, la lógica histórica de los gobiernos autoritarios, populistas y totalitarios del continente americano, con sus originales soluciones a la contradicción entre el discurso liberal (pro-europeo o norteamericano, según el país de que se trate) de marcado corte constitucionalista y la tradición del poder autoritario unipersonal, basado en vínculos y solidaridades de "antiguo régimen", como los llamaría F. X. Guerra en su ya clásico Le Mexique.
De l'Ancien Régime à la Révolution, (París, 1985) En el primer capítulo de su obra, el autor resume con claridad estos momentos historiográficos cruciales que han "redibujado" literalmente la imagen del presidente Díaz desde un antiporfirismo recalcitrante hasta un neoporfirismo conciliador, aunque todavía tímido, en manos de algunos escritores mexicanos reputados como Enrique Krauze y otros no tanto como Fernando Orozco Linares.
Para el público mexicano que conoce con cierta familiaridad la historiografía biográfica del general Díaz, este capítulo resulta un repaso ágil de los antecedentes de cada postura señalada por el autor, aunque es preciso remarcar que la primera biografía sobre Díaz que expresamente lo tildaba de "Dictador" fue precisamente la de Carleton Beals publicada en 1932, y fue ésta la que influyó notablemente en las apreciaciones posteriores de Daniel Cosío Villegas, que matiza mejor su antiporfirismo al reconocer al periodo bautizado por él mismo como "Porfiriato", como el laboratorio político y económico del México de la Revolución.
Garner comienza su primer capítulo nombrando a Díaz "Dictador"; por momentos uno recuerda la biografía de Beals, pero acto seguido nos aclara que se trata no de cualquier dictador latinoamericano, con lo que Garner inscribe su obra en la tradición revisionista, no sin cierta dosis de ingenuidad, pues en su descripción de las tendencias neoporfiristas que cronológicamente hace arrancar en la década del'90 del siglo XX, parece asociar los trabajos de Krauze y otros biógrafos "revisionistas" a la coyuntura política de reivindicación parcial del régimen de Carlos Salinas y al empuje del neopanismo.
Parece entonces que coyunturas políticas muy concretas estaban alentando nuevas biografías laudatorias del "Dictador" ("místico de la autoridad"), pero en verdad, en el terreno académico, los trabajos del propio Cosío Villegas, no sólo los de Taracena, habían dejado ya pistas del futuro revisionismo desde los años 60.
No deja de inquietar que, si bien nuestro autor hace hincapié en el tratamiento estricto de la biografía política, algunas obras revisionistas sobre el período como la de F. X. Guerra, ya citada, marcaron una notable influencia en los "neoporfiristas" de los 90.
Este inesperado encuentro con el despotismo ilustrado que Octavio Paz describe en el Laberinto de la Soledad para caracterizar al régimen de Díaz, encuentra en la obra de Guerra una explicación contundente bajo el principio de la "ficción aceptada" que mantiene todos los principios de la -llamada por el propio Guerra-"política moderna", como referencia para coyunturas futuras deseables y mejores.1 Estas omisiones no invalidan la idea original de Garner de mostrarnos las distintas apropiaciones de la imagen del General, Presidente y Dictador en un lenguaje accesible para un público no especializado.
Los capítulos dos al cinco son quizás los más importantes de esta nueva biografía política del general Díaz.
En ellos el autor nos explica con gran agilidad la cronología política que forma la conciencia liberal pragmática y patriarcal de Díaz, gracias al privilegiado conocimiento previo que Garner ha acumulado como "oaxacólogo" experto (Garner, Regional Development in Oaxaca, 1995 y La Revolución en la Provincia, 2004), y al acceso minucioso a dos fuentes de información de primera mano que le permitieron retratar con mayor nitidez cómo operaba esa política práctica del General Dictador más allá de las suposiciones que las otras biografías apenas señalaban.
En efecto, revisó el minutario y cartas del general depositadas en el Archivo Porfirio Díaz resguardado por la Universidad Iberoamericana en Santa Fe (México, D.F.) así como accedió a los papeles del archivo del contratista inglés, W. Pearson, depositados en el Science Museum Archive en Londres.
No es que Garner trate de decir algo nuevo en cuanto a las características sociopolíticas del general, que no hayan sido ya suficientemente tratadas en la literatura anteriormente citada por el propio autor, tanto antiporfirista, porfirista y neoporfirista-revi-sionista, sino que refresca la memoria del público mexicano, con evidencia de archivo, donde entresaca opiniones y actitudes del líder no descifradas antes, que otorgan libertad al lector para forjarse una opinión histórica y psicológica de tan controvertido personaje.
En pocas palabras, Garner nos convence en estos capítulos del hecho de que, Díaz, el general victorioso, no era cualquier dictador y, además, que el título se lo ganó a pulso como consecuencia de la reforma constitucional de 1890 que le dejó manos libres para la reelección ilimitada a partir de 1892.
Con métodos de análisis y esquemas explicativos diferentes, Garner coincide con Guerra en que Díaz se convirtió en un intermediario, un traductor e intérprete de la sociedad tradicional de camarillas, de antiguo régimen o de vínculos y solidaridades holistas, con la "sociedad moderna", liberal, constitucionalista a ultranza.
Garner tiene el mérito de describir con las mismas palabras con las que Díaz se identificaba con el liberalismo patriarcal su pragmatismo y su justificación.
Díaz es un "Dictador Moderno" porque cree en la democracia y en los valores liberales como fuente de la política moderna, y se cuida de que la solución autoritaria guarde un mínimo de forma legal recurriendo al ritual moderno de las elecciones, reformas constitucionales y apego a la "voluntad general", como recursos ficticios necesarios para conciliar y equilibrar a las facciones y grupos tradicionales que presionaban y exigían poder bajo legitimidades que Guerra llamaría de "tipo antiguo".
En los capítulos seis al ocho y, como antecedente, las últimas dos partes del capítulo cinco, Garner nos muestra su vocación revisionista.
Desmitifica la famosa pax porfiriana y nos explica por qué sus memorias son poco confiables en la maquinación consciente del culto a la personalidad.
En el capítulo seis explica y desmitifica inteligentemente en qué consistió la mal llamada "Doctrina Díaz" y la extrema precaución del Dictador para enfrentarse a la política expansionista de los Estados Unidos.
Basado en gran parte en obras ya publicadas, resaltan las contribuciones sobre la política exterior porfirista, del historiador de origen alemán Jurgen Buchenau ("Inversión extranjera y nacionalismo", 1996 y In the Shadow of The Giant, 1996), que matizan estas estrategias equilibristas hasta 1898 y la debilidad posterior provocada por la expansión militar norteamericana en el Caribe y Centroamérica.
En los dos últimos capítulos el autor resume la literatura ya conocida sobre el desarrollo económico y las razones socioeconómicas y políticas que marcaron el declive y fin del régimen.
Llama la atención aquí que el autor conozca, por razones obvias, mucho más la literatura en lengua inglesa (mayoritariamente producida en los Estados Unidos) que la que se ha producido a nivel regional sobre estos temas en lengua española, mayoritariamente en México.
Tan sólo en el terreno de la Historia Económica, los avances para explicar los ciclos y fluctuaciones de la economía mexicana en los años críticos de 1907-1908 o los trabajos sobre el movimiento obrero, anarquista y campesino en estas coyunturas de declive, son sin lugar a dudas mucho más amplios y detallados de lo que el resumen de Garner pretenda ofrecer.
En cuanto a su apreciación del declive y fin del régimen Garner coincide con los "revisionistas" (no necesariamente neoporfiristas) en que la entrevista con Creelman no tuvo el peso detonador que se había exagerado en la tradición historiográfica denostadora del régimen.
Sin polemizar con los autores que ubican el antecedente inmediato del desmoronamiento en las protestas obreras de 1907-1908, dos factores parecen alentar el fin del largo gobierno del Presidente Díaz: en primer lugar, la crisis económica de 1907 y las disparidades regionales que se evidenciaron y, en segundo lugar, lo que ya Guerra había llamado en el segundo tomo de su obra ya citada, "la querella de las élites".
Lo interesante de la descripción narrativa de Garner estriba en el hecho de que la desconfianza de Díaz hacia el proyecto militarista de Reyes y el cientificista de Limantour provocó un mayor debilitamiento del aparato represor, la salida del país de estos dos personajes -eje de la disputa por el poder presidencial-justo en el momento en que Díaz habría necesitado de ellos para contener el avance desafiante de Madero, explica históricamente las negociaciones fatídicas de Ciudad Juárez, desventajosas para el Dictador.
El epílogo de Garner es implacable:
"La prueba final de aceptación oficial, de reconciliación política y de equilibrio histórico se hará realidad sólo cuando los restos del viejo caudillo se retiren del cementerio parisino de Montparnasse para ser enterrados en su amada Oaxaca". (pág. 228) Tal y como lo mencioné en la presentación de su libro en las acogedoras y generosas instalaciones de la Universidad de las Américas-Puebla, en el verano del año pasado, el éxito inusitado de copias vendidas del libro de Garner entre el público mexicano puede deberse sin duda a la prosa ágil que lleva al lector a reconocer al "Dictador Moderno", tanto para quienes por primera vez se enfrentan a su biografía política, como para quienes, versados en el tema, agradecemos a Garner esas cartas y opiniones descarnadas y cínicas pero profundamente psicoanalíticas hechas historia por su inteligente pluma, así como por los apéndices con la cronología detallada, siempre útil y por el recuento bibliográfico que repara con mayor justeza las deudas intelectuales del biógrafo con autores y tradiciones historiográficas que, aunque no siempre estuvieron reflejados en el cuerpo de la obra, al menos están rondando en la mente del historiador.-HUMBERTO MORALES MORENO.
Glave, Luis Miguel: La república instalada.
De esta manera, Cuzco pasó a convertirse en un activo centro de producción de propaganda impresa para los años venideros.
Adicionalmente, la imprenta produjo numerosos panfletos y otros textos ocasionales, que formaron parte de lo que Jorge Basadre llamó la "orgía periodística".
Estas publicaciones privilegiaron la política sobre cualquier otro tema y buscaron sustentar las apetencias de poder del caudillo o gobernante de turno.
La prensa en el Cuzco republicano era conocida gracias a diversos estudios bibliográficos publicados desde el siglo XIX.
Mas no era suficiente su inventario o su descripción física, se imponía la tarea de estudiar el rol de la prensa como un agente de la historia.
Esto es lo que precisamente se propone Luis Miguel Glave en este nuevo libro, que constituye parte de su tesis doctoral en Historia sustentada en la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla.
Se trata de considerar "al periódico mismo como un actor" (pág. 17).
Pero ¿qué tipo de actor?
Glave expresa que la lectura y la difusión de la prensa contribuyeron a la formación de una colectividad ciudadana en el Cuzco cuyos integrantes fueron los funcionarios, las corporaciones, los institutos educativos, "hasta las casas de los vecinos, los hogares artesanos y los habitantes marginales (indios y mestizos que vinculaban el campo con los espacios urbanos criollos) que llegaban a la ciudad, el espacio de su sustento y su sociabilidad" (pág. 48).
Lo que propone el autor es un estudio fascinante e innovador, pero como se verá queda tan sólo en eso: una propuesta desafortunadamente poco lograda.
El libro consta de cinco capítulos y un anexo.
El primer capítulo se ocupa de la propuesta metodológica, bastante confusa por cierto.
A diferencia de estos dos últimos capítulos, los siguientes presentan poca coherencia temática interna.
El cuarto, por ejemplo, se ocupa de los festejos realizados en Cuzco con ocasión del cumpleaños de Gamarra en 1832, sigue con un análisis de la prensa en el período 1834-35 y culmina con la visita de los militares ingleses Guillermo Miller y Juan O'Brien a la región del Cuzco.
El quinto capítulo trata de la prensa durante la época de la Confederación peruano-boliviana, del Museo Erudito de José Palacios, de la célebre novela El Padre Horán de Narciso Aréstegui, de Anselmo Centeno y la Casa de la Moneda, y concluye de modo abrupto con la recepción de las noticias del fin de la Confederación en Cuzco.
Como anexo se incluye una lista de los principales periódicos del siglo XIX publicados antes de 1839 existentes en la Biblioteca de la Universidad y el Archivo Regional del Cuzco.
La información que contiene el libro es muy rica, pero el lector atento se preguntará por la propuesta inicial del autor.
Es aquí donde se hacen aún más evidentes las debilidades de este libro.
"Los estudios sobre los periódicos que hacemos -dice el autormuestran el diálogo establecido entre la escritura, el espacio público, las mentalidades, las nacientes y contradictorias identidades -locales, regionales, étnicas, nacionales-y la propia historia entendida como acontecer cotidiano y como discurso" (pág. 18).
Y más adelante añade que las lecturas en voz alta y los comentarios colectivos de los periódicos alimentaban las mismas páginas de estos últimos.
Se trataba de un proceso de retroalimentación.
Pero este proceso es tan sólo enunciado y no suficientemente documentado.
Más aún, Glave se limita básicamente a exponer los contenidos de los periódicos y las eventuales controversias entre ellos, así como a tratar sobre sus colaboradores.
De modo que mantiene abierta la pregunta acerca del rol de la prensa en la formación de las colectividad ciudadana, de la "mentalidad republicana" para usar las propias palabras del autor.
Por añadidura, están ausentes las precisiones conceptuales o teóricas.
A lo largo del texto aparecen mencionados una y otra vez conceptos tales como "mentalidades", "historia cultural" e "identidades".
Habría sido necesaria una definición de ellos para entender mejor la propuesta metodológica de Glave.
Algunos conceptos adquieren un valor polisémico.
Tal es el caso de "espacio público", que para el autor puede ser una plaza (pág. 19), un café (pág. 42), un periódico (pág. 61) o una corrida de toros (pág. 161).
El libro de Glave se sustenta en una demorada investigación en los archivos y bibliotecas de Cuzco.
Resulta encomiable su esfuerzo por dar a conocer todo un corpus de literatura periodística poco atendido por la historiografía, pero al mismo tiempo sorprenden algunas de sus afirmaciones relativas a la prensa del siglo XIX.
Coincido con el autor que esta última es una "fuente díscola, a la vez imprescindible, completa a la vez que parcial" (pág. 27).
Citando a Basadre, Glave sostiene que la prensa regional decimonónica es "todavía una fuente inexplorada" (pág. 55).
Basadre escribió este juicio en 1971 y desde entonces hemos sido testigos de un auténtico boom de los estudios de historia regional, en los cuales la prensa ha sido una fuente documental de primera importancia.
También Glave sostiene que "el acceso a estos periódicos, sin embargo, es mínimo y su conserva-ción casi inexistente, salvo en colecciones particulares.
El incendio de la Biblioteca Nacional contribuyó a desaparecer los pocos periódicos que llegaron a conservarse en Lima" (pág. 55).
En este punto se imponen ciertas precisiones.
Cualquier lector que acuda a la Biblioteca Central de la Pontificia Universidad Católica del Perú, o a la del Instituto Riva-Agüero y Félix Denegri Luna (ahora parte de la anterior) tiene a su alcance la colección más importante de periódicos del siglo XIX existente en Perú.
El registro de la colección se puede consultar en el catálogo electrónico vía internet.
Ciertamente el incendio de la Biblioteca en 1943 destruyó la mayor parte de sus colecciones hemerográficas, pero han pasado sesenta años desde ese suceso, y con notables esfuerzos la Biblioteca Nacional ha conseguido formar un importante fondo de periódicos regionales a disposición del investigador.
El proceso de formación de una identidad en Cuzco durante las etapas iniciales de su existencia republicana es un tema fascinante y complejo de estudio, cuyas claves de entendimiento tan sólo pueden ser reveladas siempre y cuando se manejen las herramientas metodológicas y conceptuales apropiadas, y se lean las fuentes documentales con cuidado.
Este nuevo libro de Luis Miguel Glave constituye un limitado aporte a la historiografía del Cuzco republicano y muestra cuánto camino queda por recorrer en la correcta comprensión de la historia cultural del sur andino peruano.-PEDRO GUIBOVICH PÉREZ.
Gonzalbo Aizpuru, Pilar y Ares Queija, Berta (coord.): Las mujeres en la construcción de las sociedades iberoamericanas, Escuela de Estudios Hispano-americanos y El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, CSIC, Sevilla-México 2004, 330 págs.
Los estudios que se han llevado a cabo en Europa, en los Estados Unidos y en América latina sobre las relaciones de género han cambiado la imagen estereotipada de la mujer como ser pasivo y débil, producida por el sesgo ideológico de los valores masculinos dominantes y también por la militancia feminista, que tiende a convertir al "sexo débil" en una víctima de la opresión patriarcal.
A pesar de la publicación de artículos que matizan estas posiciones, el peso de los prejuicios aún se hace sentir en los estudios sobre Iberoamérica.
Violaciones y machismo caracterizan la conquis-ta; opresión y explotación de la mujer son situaciones típicas de la época colonial.
En contraste, la complementariedad de los sexos sería natural en las sociedades prehispánicas.
El libro coordinado por Pilar Gonzalbo Aizpuru y Berta Ares Queija rompe con esta visión reductora de la historia.
Quince autores (dos únicamente pertenecen al sexo masculino) analizan un material de primera mano: testamentos, actas notariales, probanzas, cartas..., que cubre el período entre el siglo XVI y el XX y abarca diversos entornos sociales y geográficos de Hispanoamérica, aunque afortunadamente se ha incluido un texto sobre el Brasil en el siglo XVII.
Si bien hay algunas referencias al mundo prehispánico (poligamia cacical, don de mujeres), éste no ha sido tratado específicamente.
Tal no era el objetivo de los participantes, cuyo mérito es el haber barrido con la versión miserabilista de la condición femenina en Iberoamérica, y haber integrado el tema de la mujer en un contexto social general, teniendo en cuenta las variables de estatus social, prestigio, fortuna, generación y entorno (urbano o rural).
Susan Migden Socolow se centra en las mujeres rurales, porque ellas se desplazaban con más frecuencia.
También hace referencia -como la mayoría de los textos presentados-a la etnicidad.
En principio nadie puede disentir, pero creo que esta noción, de fácil empleo, debería ser revisada para evitar anacronismos, ya que no es sinónimo de condición social y de calidad, criterios esenciales en la época colonial.
Las esclavas, por ejemplo, son de "condición vil", lo cual no indica etnicidad, sino una condición jurídica que define, para el mundo hispánico, las obligaciones (y algunos derechos) de los individuos privados de libertad.
En México, en el XVII, cuando caciques e indígenas se instalan en la ciudad, las formas familiares de éstos y de los españoles tienden a homogeneizarse (Pilar Gonzalbo Aizpuru, pág. 128).
Otro aspecto positivo de este libro es el de haber enfocado el problema de la mujer no sólo a partir de las capas subalternas de la sociedad (indias, esclavas, mestizas), sino también de las elites criollas o españolas que emigraban a América.
Como el caso de Juana de Rojas que adquirió una posición envidiable gracias a sus esfuerzos personales y a su talento, como Guillermo Lohmann-Villena y Enriqueta Vila Vilar lo demuestran en un artículo fundamental para entender la mentalidad hispánica del siglo XVII.
Para exponer los logros de esta publicación, quizás convenga recurrir a un orden cronológico, ya que la situación de la mujer no es la misma en la época de la conquista o en el siglo XVIII.
A esta necesidad de distinguir etapas apunta también Pilar Gonzalbo Aizpuru (pág. 125).
Sobre los primeros años que siguen a la conquista, dos artículos complementarios de Berta Ares y de Ana María Presta tratan el mundo andino (Cuzco y Charcas respectivamente).
Ambas autoras insisten en la diversidad de situaciones frente a la cuestión de contraer matrimonio legal con una mujer india.
De ahí que sea limitado el considerar que los conquistadores no se casaron con sus concubinas, debido a sus prejuicios raciales.
Por otra parte, y a pesar de la dificultad del tema, es posible vislumbrar cuáles fueron los sentimientos de los esposos o amantes a través del análisis de expresiones aparentemente convencionales, contenidas en los protocolos notariales.
Berta Ares nos brinda ejemplos sugestivos, así como Ann Twinam, que insiste en la necesidad metodológica de rastrear el significado de expresiones como "público y notorio" o "secreto", que revelan una construcción particular de lo público y lo privado.
De las primeras concubinas se suele decir que son víctimas de la furia de los conquistadores, pero también que los han ayudado a ganar la tierra.
La condena del amancebamiento de españoles e indígenas aparece más tardíamente, en la época del virrey Toledo.
Surge entonces un discurso oficial repetitivo sobre la india como mujer fácil y lasciva.
También los indígenas de rango, como Guamán Poma de Ayala, comparten ese prejuicio.
Los mestizos reivindican un doble privilegio: "por parte de las madres es suya la tierra y que sus padres la ganaron y conquistaron".
Para los españoles, como el franciscano Bernardino de Cárdenas, la vestimenta debe diferenciar al hombre y a la mujer mestizos ( pág. 30): el hombre debería ser obligado a llevar la camiseta del indio y la mujer, por el contrario, debería vestirse "a la española".
Ana María Presta muestra cómo la elite de la sociedad colonial incorporó a su descendencia mestiza, trató a las mujeres como españolas y olvidó a sus antepasados indígenas.
La endogamia de la elite blanqueó y borró el componente indígena ( pág. 61).
Acertadamente Ana María Presta muestra que el destino de las primeras mestizas, incorporadas al sistema de parentesco español mediante alianzas -el caso de doña Juana de Zárate es fascinante-, fue mejor que el de los hombres, excluidos de las redes de parentesco.
Este punto es crucial y revela la importancia del parentesco y del sistema de alianzas para entender la formación de las elites.
En las categorías sociales más bajas, las diferencias estatutarias entre el hombre y la mujer son menos evidentes, como lo muestra Susan M. Socolow al referirse a la huida de los indígenas ante los abusos de los corre-gidores y de los curas a mediados del XVII.
Ana María Presta evoca también el problema de los hijos bastardos: a veces se los reconocía en las cláusulas testamentarias y se los mencionaba como "hijos naturales".
En otros casos aparecían como "criados de la casa", y esto hace eco con los ejemplos de Ann Twinam sobre los hijos ilegítimos de las mujeres de la elite en México del siglo XVIII.
La diversidad de situaciones y la fragilidad de las generalizaciones sobre la sociedad colonial aparecen también entre los bandeirantes de Sâo Paulo, estudiados por Eni de Mesquita Samara.
Esta autora insiste con razón en el tema del vestido, que es de gran importancia en la época colonial y que merecería un estudio pormenorizado, y presenta una galería de casos de mujeres de pioneros que, por tal razón, aparecen vinculadas al mundo de la producción agrícola y a la acumulación de capital.
A pesar de las diferencias cronológicas encontramos una situación comparable en Paraguay, en la época moderna (fines del XIX al XX), donde la economía agraria se basaba principalmente en el trabajo de la mujer, como lo muestra Barbara Potthast, así como en el comercio ambulante.
Otro aporte importante es la insistencia en la capacidad de decisión y de libre arbitrio de la mujer, aunque sea de condición humilde, como los casos tratados por Gregorio Saldarriaga para Antioquia, o de personas de mayor estatus, como las que analiza Anne Staples para México.
Los tres ejemplos de Nueva Granada son interesantes porque revelan una solidaridad popular no necesariamente étnica, ya que los grupos indígenas habían mermado dramáticamente a fines del siglo XVI.
La libertad sexual de estas mujeres contrasta con el recato de las de mayor rango, y la india Beatriz, que ha tenido relaciones sexuales con un mestizo, hijo de Gaspar de Rodas, declara que no es "cossa nueba tener una muger pobre y soltera una criatura de un hombre sin estar amancebada con él" (pág. 152).
Ana Mandinga se sirve de sus talentos de curandera para congraciarse con su ama, no sin antes despertar sospechas de dominar la hechicería.
El arma de los pobres, la hechicería, es un tema desarrollado por Judith Farberman, cuyo material de estudio procede de Tucumán a comienzos del siglo XVIII.
Al respecto, es necesario aclarar que las fuentes históricas así como los estudios antropológicos revelan la importancia de las redes terapéuticas entre personas de estatus desigual, cosa que ya había sido destacada por Gonzalo Aguirre Beltrán en su estudio sobre medicina colonial.
Es por eso que no sorprende que gente de "baja esfera" (pág. 180) sea consultada por personas más encumbradas.
"Los bienes que tengo los he granjeado por mi propia persona, sin intervención de persona alguna", dice en su testamento dictado en 1640 en la ciudad de México una soltera, madre de varios hijos (pág. 121).
Esta cita de Pilar Gonzalbo Aizpuru alude a la autoridad de mujeres que toman las riendas del hogar.
Sin embargo, estas mismas señoras, capaces de administrar negocios, inculcaron a sus hijas la sumisión a los varones.
Esto es en cierto modo comprensible ya que una mujer sola, sin familia y sin marido llevaba una existencia mucho más difícil.
Por otra parte, la importancia de las actividades comerciales y administrativas ejercidas por las mujeres (y México no es un caso único) muestra que las tareas de "aguja y dedal", que convenían "naturalmente" a las mujeres, no era lo único que éstas ejercían.
Pero no olvidemos que la costura y el bordado, tareas que hoy se consideran (erróneamente) como de poco valor, estaban al servicio del vestido, de la apariencia y del estatus.
No siempre las mujeres consintieron en someterse, como lo demuestra el capítulo sobre la pragmática de 1776 en Nueva España de Ángela Carballeda, que estudia los juicios sobre disenso para contraer matrimonio, y muestra que en ciertos casos la madre proporcionaba a su hija alhajas y dinero para que el novio, pobre y por lo tanto rechazado por el padre, pudiera entablar el pleito.
Cuando la esposa disponía de recursos económicos mayores a los de su marido, puede enfrentarse a él.
El tema del sometimiento de la mujer al hombre no es fácil de analizar, ya que muchas veces la ideología se antepone a los hechos.
Catarina Pizzigoni trata de la represión de la poligamia en el valle de Toluca, en el siglo XVIII.
Resulta sorprendente el empleo de este vocablo para designar lo que es en realidad delito de bigamia, sobre el cual la documentación abunda.
La autora compara dos casos, representados por dos indígenas, María Josefa y Juan Guillermo (pág. 196), y muestra que el castigo de la bigamia es mucho más leve para el hombre que para la mujer.
Generalizando a partir de otros ejemplos, la autora indica que pocas quejas por malos tratos aparecen en la documentación del juzgado, siendo delito mayor el no cumplir con la promesa de matrimonio.
La sumisión de la esposa no implicaba que ésta soportara los malos tratos; este aspecto es esencial en la sociedad colonial y lo encontramos inclusive entre los esclavos, que podían quejarse ante el tribunal (pág. 205).
Desde luego, el hecho de ser expuesta en público y perder la honra era un castigo considerable, un aspecto poco tratado en el libro que es fundamental.
Ann Twinam analiza la significación de la dicotomía entre lo público y lo privado mediante ejemplos muy sugerentes.
Tal es el caso de una mujer de buena familia, soltera y española, que tiene un hijo ilegítimo.
Para salvar las apariencias lo da a criar a una morisca.
Para la esfera pública el niño tiene la misma condición que su madre y, por lo tanto, es considerado como mestizo.
Sólo en el ámbito privado se admite la existencia de esa relación.
Esto no es por cierto un resabio del pasado, como lo demuestran los ejemplos del presidente Mitterrand y de su hija natural, así como el descubrimiento reciente del hijo natural y togolés del príncipe Alberto de Mónaco...
En la sociedad colonial lo público y notorio tiene mucho que ver con los rumores, lo que se dice en el barrio, los chismes y los cotilleos, lo que nos lleva nuevamente a la cuestión de la honra.
Es lamentable que un texto de tanto interés como el de Ann Twinam utilice el término anacrónico de "latinoamericanas" en el contexto colonial (pág. 251).
Este libro nos enseña que las mujeres son capaces de introducirse en los procesos económicos y que no son sujetos pasivos.
Algunos temas necesitarían ser tratados en trabajos centrados sobre las actividades específicas: por ejemplo, los negocios ( dentro de una gama extensa, desde las dueñas de tabernas y negociantas informales, como las cholas de Oruro o de Cuenca, Quito, etc.).
El rol de las mujeres en las transacciones monetarias es un aspecto fundamental que ha sido tratado magistralmente por Jacques Poloni, trabajo que no ha sido utilizado aquí, y que habría servido de estímulo para nuevas investigaciones.
1 El caso de las viudas, ilustrado en casi todos los textos, merecería ser retomado y profundizado.
Antes de poner un punto final a esta reseña, quisiera resaltar la originalidad del aporte de Sol Serrano sobre los conventos en Chile durante el siglo XIX.
La autora alude al papel desempeñado por las mujeres religiosas (monjas y laicas) en el incremento de la acción caritativa hacia los sectores populares.
Tema estudiado en Europa, pero poco explorado en América latina (apelación que puede aceptarse para la época decimonónica) vinculado con la política, como lo muestra la historia del movimiento peronista y del surgimiento de la figura de María Eva Duarte, la futura Evita.
En síntesis, este libro contiene una información valiosa e imprescindible para todos aquellos que se interesan por las relaciones entre los sexos y las transformaciones del estatus femenino a lo largo de cinco siglos.-CARMEN BERNAND.
González de Oleaga, Marisa: El doble juego de la Hispanidad.
España y la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial, UNED, Madrid, 2001, 327 págs.
La supuesta afinidad ideológica entre los regímenes de Franco y Perón mediatizó durante bastante tiempo las interpretaciones que se hicieron sobre las relaciones hispano-argentinas en la década de los años cuarenta ¿Quién podía cuestionar que Franco había alcanzado el poder con la valiosa colaboración que prestaron a su causa las potencias del Eje?
Si un sistema político que nació apadrinado por las naciones fascistas, y que poco después se solidarizó con ellas en el conflicto mundial, encontraba a su vez un destacado interlocutor en la República Argentina, ¿qué podía pensarse de los dirigentes de este último país?
Aún más, la Argentina se negó a romper su neutralidad ante la conflagración mundial, como hicieron casi todas las naciones del continente americano para sumarse al bando aliado o, si se prefiere, para apoyar a los Estados Unidos, lo que venía a representar casi lo mismo en aquel convulso período.
Pero aún faltaba la guinda del pastel.
España y la Argentina habían negociado precisamente en aquella coyuntura bélica para intercambiar productos básicos argentinos por armamento procedente de España pero que, según fuentes norteamericanas, ocultaba una operación triangular entre ambos países y la Alemania nazi.
En definitiva, el pretendido enlace Madrid-Buenos Aires había sido una prolongación del eje nazi-fascista, destinado a erosionar la política de los Estados Unidos en el continente americano.
Al menos tal era la versión que difundió la propaganda del Departamento de Estado mediante la publicación, en febrero de 1946, de un Libro Azul que ponía de relieve tan sospechosas conexiones.
A la luz de tales connivencias cabía entender una singular relación bilateral que se profundizaría en la inmediata posguerra, gracias a nuevos acuerdos comerciales que permitieron el suministro alimenticio argentino a la maltrecha economía española, además de su apoyo diplomático frente a la relegación internacional del franquismo, que culminaron en el conocido "Protocolo Franco-Perón".
Como en tantas ocasiones, una manipulación de la historia, cuyo objetivo inmediato era impedir la victoria de Juan Domingo Perón en las elecciones argentinas, acabó haciendo fortuna.
Hasta los años ochenta no aparecieron las obras de Mario Rapoport y Carlos Escudé, que arrojaron nueva luz sobre el comportamiento exterior argentino ante el conflicto mundial, en particular en un aspecto clave como era la ruptura del modelo de depen-dencia respecto a Gran Bretaña y la negativa por motivos comerciales y políticos a que los Estados Unidos tomara el relevo.
Ya en la década del noventa varios estudios, sustentados en rigurosos análisis históricos, replantearon la relación hispano-argentina poniendo en entredicho la pretendida centralidad de la conexión ideológica.
La autora de esta obra, Marisa González, fue una de las pioneras en esa relectura crítica, uniendo sus trabajos a los de otros investigadores como Mónica Quijada y Raanan Rein, que contribuyeron decisivamente a reubicar aquella relación en otras perspectivas interpretativas.
En esa línea, El doble juego de la Hispanidad es sin duda el resultado más acabado de su autora sobre esta materia.
A juicio de quien escribe estas líneas, la aportación más interesante de la presente obra es la indagación en el análisis discursivo que realiza Marisa González.
Su capacidad para desentrañar la estructura simbólica e imaginaria definió una determinada acción social.
Dicho en otros términos, estamos ante un depurado ejercicio de lectura entre líneas, de exploración semántica aplicada a la historia, combinado con un preciso conocimiento histórico de las claves de la época.
La conjugación de ambos planos, esa doble escritura de la que habla su autora, nos introduce primero en la búsqueda del sentido de las acciones, o más bien del sinsentido de atribuirlas a móviles equivocados.
Posteriormente, en una especie de juego de demostración que parte de descartar las hipótesis erróneas, se nos introduce en el significado de las palabras, en la contextualización de los discursos, en las estrategias e intenciones de los actores.
El resultado es una propuesta explicativa sugerente y abierta, que indaga en la pluralidad de manifestaciones de un proceso histórico, en su diversidad de implicaciones, en líneas de fuga que se proyectan hacia las posibles opciones de una historia que fue de una manera pero podría haber sido de otra, al menos desde la apreciación de sus protagonistas.
Vayamos a lo concreto.
La relación hispano-argentina que se mantuvo en el transcurso de la década del cuarenta no fue fruto de una afinidad ideológica, tampoco se trató de una alianza internacional destinada a convertirse en un polo alternativo a la política de los Estados Unidos en América Latina.
Más bien fue un recurso instrumental complementario para ambos países, con derivaciones comerciales y políticas, pero subsidiario de sus estrategias principales en escenarios que iban mucho más allá de esa conexión bilateral.
También mostró sensibles diferencias en cuanto a los objetivos e interpretaciones que cada uno los dos interlocutores daban a esa relación y al supuesto magma primario que los unía: la Hispanidad.
La obra parte de la propaganda convertida en versión histórica, las pruebas estadounidenses del supuesto apoyo de los gobiernos argentinos al Eje, para desmontarla mediante un cotejo riguroso con fuentes documentales más amplias y menos sesgadas.
Tras ello comienza el análisis del contexto para indagar en las motivaciones bilaterales que condujeron al establecimiento de negociaciones comerciales, a la firma de acuerdos culturales y a las conversaciones para el suministro de armamento al ejército argentino.
En todos esos terrenos existieron factores de coyuntura que contribuyen a explicarlos sin necesidad de recurrir a una vinculación excepcional hispano-argentina; a saber, complementariedad comercial como consecuencia de la guerra derivada del desabastecimiento español en productos básicos y la búsqueda de nuevos mercados por parte argentina, para no caer en una dependencia no deseada con respecto a los Estados Unidos; tradiciones culturales y lingüísticas compartidas y el deseo de preservar el coto hispánico de amenazas de penetración de otras potencias.
El intento argentino de aprovisionarse militarmente con proveedores alternativos a los Estados Unidos debido a sus rivalidades continentales permitió al gobierno español disponer de una herramienta de negociación que equilibrase parcialmente el descompensado intercambio comercial.
Es evidente que todas esas actuaciones no se desplegaban en el vacío, sino que tuvieron una significación específica derivada del momento en que se producían y de los actores que las emprendían.
En tal sentido, la asociación argentina con el gobierno español tenía implicaciones que no pasaron desapercibidas a sus protagonistas.
Pero de ahí a inferir una eventual alianza bilateral con una posible extensión hacia la Alemania nazi existe una considerable distancia.
Tampoco cabe deducir que la sintonía ideológica constituyera el cimiento de aquella relación.
La traumática gestación del régimen español difería de las coordenadas políticas argentinas, sus claves internas y los supuestos en que se basaban los grupos que luchaban por el poder o lo detentaban tampoco coincidían.
Una disparidad que también podía extrapolarse a las respectivas políticas exteriores y a su evolución a lo largo del conflicto, por mucho que la neutralidad argentina propiciara un mayor acercamiento con la "neutralidad condicionada" española.
De todo ello nos da cuenta la obra en los primeros capítulos, para llegar a una conclusión por la negativa, en palabras de la autora "lo que no fueron las relaciones hispano-argentinas en el nivel que he dado en llamar 'tradicional'".
Entonces, ¿cómo explicar el énfasis que pusieron los gobiernos argentinos en la politización del discurso sobre la hispanidad, máxime a sabien-das de las connotaciones que llevaba aparejadas en aquel contexto?
La respuesta se nos presenta en el último capítulo del libro.
Por medio de un trabado análisis de discurso, comparando las alocuciones de dirigentes españoles y argentinos en momentos y tribunas dotadas de especial relieve, se van definiendo las diferencias del concepto que presentan unos y otros con relación a la Hispanidad, la supuesta matriz unificadora.
Ni en el caso español ni en el argentino hubo una producción discursiva homogénea y uniforme en las asociaciones derivadas de aquel concepto, el tempo histórico modeló sucesivas variaciones.
Pero además, el lugar simbólico que ocupó la Hispanidad en la política exterior de cada país fue diferente en aspectos esenciales, como se nos describe al analizar "los mecanismos significantes que hacen inteligibles las prácticas".
Para el régimen español la Hispanidad establecía un vínculo en el presente, aunque partiera de una fase de sedimentación histórica, con España como sujeto y América Latina como complemento de lugar.
Tal enlace quedaba subordinado a otros escenarios internacionales en los que rentabilizar esa baza potencial, ante las naciones del Eje, o ante las potencias anglosajonas.
Para los gobiernos argentinos, la Hispanidad era un fenómeno del presente, que concebía la figura de España en términos de referencia histórica, en tanto que asignaba la calidad de sujetos del enunciado a la Argentina o a América Latina.
Ambas "constelaciones discursivas" coincidían tan sólo en definirse por oposición a otra noción que no compartía la cultura, ni la lengua, ni la religión, una coincidencia que implícita o explícitamente enfrentaba Hispanidad a Panamericanismo.
Una base insuficiente e incompatible en términos operativos para configurar un proyecto compartido de ambos países en América Latina.
De nuevo observamos que la sintonía ideológica no fue un factor determinante, y que la confluencia instrumental tampoco resultó un elemento que permitiera entender la incorporación de la noción de Hispanidad, y su asociación indirecta con España, en el discurso político de los gobiernos argentinos.
La clave del arco, para Marisa González, radica en la quiebra de la identidad social y de la identidad nacional que sacudieron a la sociedad argentina en aquel período.
La relación preferencial con Gran Bretaña que representaba el pilar de su modelo de vinculación exterior quedó desbaratada por la guerra mundial, con los conflictos internos que ello acarreó entre los grupos sociales hegemónicos y otros grupos emergentes.
La opción de los Estados Unidos quedaba descartada a causa de su incompatibilidad comercial y su rivalidad política en el escenario continental.
¿Qué aportaba la Hispanidad en tal tesitura?
"Para la Argentina el continente se convirtió de esta manera en un nuevo espacio sobre el que proyectarse.
La Hispanidad se configura en torno a esa crisis de la identidad nacional como el referente legitimador de la unidad de las repúblicas del continente, y excluyente de las pretensiones norteamericanas".
Pero además, en el plano de la crisis social, la Hispanidad iba a servir como marco global, suficientemente versátil en términos de significantes, como para admitir registros variados e incluso enfrentados entre sí, a través de los cuales se puede rastrear la pugna entablada entre los distintos grupos que aspiraban a la supremacía política.
Así pues, las modulaciones del intento de reconstruir una identidad cultural, de raíz hispánica sustentada sobre la noción de Hispanidad, iban a permeabilizar las expresiones de la identidad nacional y social, en la búsqueda de un nuevo modelo de cohesión interior y de vinculación exterior.
Las relaciones con España se situaron en esa encrucijada de expectativas, de proyectos, de discursos, dando lugar al "doble juego de la Hispanidad".-LORENZO DELGADO.
La excelente colección de dieciséis ensayos -precedidos de una lúcida introducción de los editores-contempla desde perspectivas muy diversas el tema de la frontera en la historia de los Estados Unidos.
Los ensayos se presentaron y discutieron en el Roosevelt Study Center durante la Sexta Conferencia de Historiadores Europeos de los Estados Unidos celebrada en abril de 2003 en la ciudad holandesa de Middelburg.
El libro forma parte de la serie que publican NASA (Netherlands American Studies Association) y EAAS (European Association for American Studies).
En palabras de los editores, los ensayos ilustran las formas en que los especialistas de la historia de los Estados Unidos han abordado diferentes tipos de fronteras o zonas de separación, diferenciación, contacto y conflicto desde los tiempos coloniales hasta el presente.
La línea conductora es la interconexión de la ideología, la política y la investigación académica a la hora de definir límites (boundaries) temáticos y divisiones interpretativas en relación con el desarrollo de la historiografía.
El resultado es un acercamiento muy iluminador al tema de la frontera norteame-ricana entendida de manera muy amplia.
Puede hablarse de un panorama, necesariamente selectivo, de la historia de los Estados Unidos desde la atalaya de la frontera en su acepción más rica.
La famosa y controvertida tesis de Frederick Jackson Turner (1861-1932) domina la escena después de un siglo desde su formulación.
1 No es fácil clasificar o arracimar por sus contenidos contribuciones tan diversas.
La razón de la dificultad tal vez se encuentra en la intención de los editores de tratar aspectos teóricos y prácticos de la definición y demarcación de frontiers y boundaries, y al mismo tiempo provocar su transgresión y su relación con diversas identidades y con el ejercicio del poder.
Para empezar ya en el título de la compilación aparecen dos términos gramaticalmente equívocos o ambiguos, especialmente si se pretenden traducir, por ejemplo, al español.
Hágase la prueba con estos y otros términos que también apuntan los editores: border, borderland, borderline, bounds, confine(s), curtain, demarcation, divide, edge, fringe, limit, line, march(es), marchland, margin, mark, periphery, perimeter, rim.
Los diccionarios resuelven el problema de la definición y la traducción remitiendo en sentido circular de uno a otro como si fueran más o menos sinónimos.
Dejemos que cada autor haga su personal uso de los términos en los ensayos que a continuación se reseñan, no sin advertir que reservamos para el final, como plato fuerte, o main course, la "Introducción".
Tenemos razones para ello, aunque el lector puede hacer lo contrario.
Ha habido en las tres últimas décadas un renacimiento de la teoría de la frontera respecto de la formulación original de Frederick Jackson Tuner hace más de cien años.
Pero Paul Otto en "Reassessing American Frontier Theory: Culture, Cultural Relativism, and the Middle Ground in Early America" (págs. 27-38) observa en la renovada teoría varios puntos débiles.
Para los estudiosos interesados en terrenos intermedios o de encuentro (middle ground), la frontera supone un cambio y acomodación con olvido de la persistencia.
La atención a la aculturación y la mezcla centra las investigaciones en temas cada vez más limitados que producen cantidad de microestudios valiosos pero que no dicen mucho sobre patrones más amplios de interacción cultural en la frontera.
Al tiempo que se produce esta preferencia por la extensión y naturaleza del cambio, estos estudiosos definen con frecuencia la cultura sólo vagamente o en términos demasiado generales por lo que carecen de un marco o standard para medir el cambio y el grado de aculturación que se proponen identificar.
El autor analiza la temprana frontera colonial del noreste de los Estados Unidos, aunque sus reflexiones pueden aplicarse con fruto a otras áreas y tiempos.
Cualquier antropólogo estaría plenamente de acuerdo con su interpretación de lo que es cultura, y vería con satisfacción la defensa que ella hace como instrumento de análisis para el historiador.
Michael Boyden en "Foregrounding the Boundaries of American Literary History" (págs. 39-51) aborda el problema de la territorialidad, o conexión entre literatura y espacio, en relación con la historia literaria de los Estados Unidos y su evolución desde la década de 1960.
Gran cuestión es si la disciplina ha cambiado y, en tal caso, en qué dirección, ante la creciente internacionalidad de la literatura y el ascenso del multiculturalismo.
¿Es posible escribir todavía historias literarias nacionales?
¿Cómo tendría que definirse la nación?
Dos obras utiliza Boyden en su análisis comparativo: Literary History of the United States (Robert Spiller, ed.) y Columbian Literary History of the United States (Emory Elliott ed.); la primera publicada en 1948, la segunda en 1988.
Su conclusión es que la literatura norteamericana se encuentra entre muchas fronteras (borders): estética, lingüística, política, geográfica, racial, etc., que pueden "usarse" de maneras diferentes y aparecen íntimamente entretejidas con la retórica.
Dos ensayos tienen que ver con la expansión geográfica, incluso imperial, de los Estados Unidos, e implícitamente con la intrusión de la joven república en otras fronteras de América del Norte.
Carmen de la Guardia Herrero en "Republicanism, Federalism and Territorial Expansion in the United States" (págs. 53-68) va más allá de la larga discusión entre los historiadores del Oeste en la cual unos subrayan el concepto de "espacio" y otros el de "proceso".
La autora se interesa por la tendencia historiográfica que actualmente revisa las conexiones entre la temprana cultura política de los Estados Unidos y el expansionismo territorial; en el fondo, intentos de justificar la expansión como medio posible, incluso necesario, para conseguir la estabilidad política.
Tras décadas de debate entre los historiadores norteamericanos sobre si la ideología política de la era revolucionara había sido liberal o republicana, la introducción de categorías conceptuales más flexibles ha hecho posible el acercamiento de posturas diferentes.
Sobre todo, se ha logrado un mejor entendimiento de las proposiciones teoréticas de los Padres Fundadores.
Marco Sioli en "Breaking into the Trans-Mississippian Frontiers: Thomas Jefferson 's Expeditions to the West" (págs. 69-87) analiza de las conexiones entre las cuatro expediciones promovidas por el presidente Jefferson en su política de expansión hacia el Oeste.
Advierte Sioli que estas expediciones estaban menos interesadas en los descubrimientos científicos que en definir los límites (boundaries) políticos del nuevo territorio de "frontera".
Graham Davis en "Myths and Legends of the Irish Pioneers in Texas" (págs. 89-99) considera varios mitos relacionados con la inmigración irlandesa tras la gran hambruna de mitad del siglo XIX: la noción de Texas como el Jardín del Edén; la tesis sobre la frontera de Frederick Jackson Turner; la leyenda de Thomas O'Connor, quizá el hombre más rico de Texas, auténtico "rey del ganado".
Davis concluye que los mitos y leyendas cumplieron durante el siglo XIX una importante función en el desarrollo y expansión de los Estados Unido, pero no reflejan la realidad histórica.
Tras las leyendas hay interpretaciones del pasado que exigen comprobación.
La línea Mason-Dixon entre Pennsylvania y Maryland separaba los estados libres de los estados esclavistas.
Louis Billington y David Brown en "Yeomen and Yankees across the Mason-Dixon Line: A Different Perspective on the Antebellum North/South Divide?" (págs. 101-116) consideran la construcción y la importancia de borders en la vida de hombres y mujeres que antes de la guerra, tanto en el norte como en el sur, no pertenecían a la élite.
La historia social de los últimos veinte años ha enriquecido el conocimiento de "la gente corriente" y ha permitido identificar diferentes tipos de boundaries que existían en los niveles más bajos de la sociedad.
En conclusión, es muy difícil establecer las características sobresalientes que diferencien las comunidades rurales a un lado y otro de la línea Mason-Dixon.
En la línea de las declaraciones de los presidentes Monroe (1823), Polk (1845) y Grant (1876), el presidente Hayes declaró en 1880 ante el Congreso que la política de los Estados Unidos era la existencia de un canal bajo control americano.
Fue una afirmación unilateral de jurisdicción sobre un determinado país que no pertenecía a los Estados Unidos, y estaba muy lejos de sus fronteras (borders) nacionales.
Joseph Smith resume las vicisitudes diplomáticas de un proyecto que implicó a varias naciones en los años siguientes al "Mensaje Especial" de Hayes en "The Special Message of Rutherford B. Hayes, 8 March 1880, and the 'American' Canal Policy", (págs. 117-126).
La frontera tropical del imperio colonial de los Estados Unidos -las Filipinas-trastornó el argumento medioambientalista presentado por Frederick Jackson Turner y otros autores en el sentido de que el espíritu de la frontera podría mantenerse vivo en su significado original.
La expansión transoceánica aparecía como remedio para los males sociales y económicos asociados con el fin de la frontera continental del Oeste.
Frank Schumacher en "On the Frontier of Civilization: Deliberations of Exceptionalism and Environmental Determinism in the Creation of America's Tropical Empire, 1890-1910", (págs. 127-141) opina que esto no fue así al menos en dos puntos fundamentales: 1) El determinismo medioambietal, las enfermedades tropicales y la experiencia diaria de los colonizadores cuestionaron la idea de que la nueva frontera favorecería el desarrollo de cualidades humanas también positivas para el desarrollo de los Estados Unidos.
2) Las múltiples conexiones con las empresas coloniales europeas -especialmente la experiencia británica en la India-debilitaron el argumento de que la frontera seguiría fomentando un modo único de desarrollo, el excepcionalismo americano de Turner.
De hecho, las aventuras coloniales a través del mar acercaron más a Europa y los Estados Unidos.
Acadiana es un espacio en el suroeste de Luisiana limitado por Texas al oeste y por el Mississippi al oriente.
Su centro es la ciudad de Lafayette.
Es la tierra de un grupo étnico (Cajuns) de remoto origen francés.
En el recorrido que Robert M.Lewis hace por la historia de Acadiana como borderland desde la década de 1890 hasta la fundación en 1968 de CODOFIL (Council for the Development of French in Louisiana) en "Cajun Louisiana: A 'French' Borderland in the Twentieth Century" (págs. 143-154) incluye una definición explícita de un término básico y recurrente en el presente volumen.
En resumen, lo "acadiano" evocaba el orgullo por el pasado pero también recuerdos amargos de exilio e injusticia.
Cajun dejó de ser un signo de humillación; French tenía un vago encanto místico, pero sólo unos pocos tenían la lengua francesa como una señal de diferencia cultural.
No obstante, la asociación con el pasado y con el mundo francófono contemporáneo situó a los habitantes "franceses" de Luisiana como "americanos" con ciertas diferencias.
Dos ensayos se centran en los años marcados por la Gran Depresión y la consecuente política del presidente Franklin D. Roosevelt.
David K. Adams en "New Deal, New Frontiers and Borderlands" (págs. 155-171) analiza críticamente el New Deal, con referencias al avance hacia el Oeste y la tesis de Turner.
La "nueva frontera" de Roosevelt era también una llamada hacia el Pacífico, pero con notables diferencias.
Suponía la reintegración de las fronteras interiores (domésticas) en la gran corriente de la vida americana por medio de la educación, la inversión y uso científico de la tierra, y la intervención federal a favor del cambio y para el alivio de la miseria.
Adams utiliza datos de la grave situación que vivía South Dakota en aquella década, pero advierte que lo mismo ocurría, con obvias diferencias locales, en cada estado de la Unión.
Melvyn Stokes en "Frontiers and Boundaries in Hollywood Film: The Case of The Grapes of Wrath" (págs. 173-183) realiza un inteligente recorrido por las décadas de 1930 y 1940 de la mano de la industria de Hollywood.
Figura destacada fue el productor Darryl F. Zanuck.
El eje del ensayo es la novela de John Steinbeck titulada literalmente en español como "Las uvas de la ira", la historia de una familia de Oklahoma que emigra a California.
Fueron años correspondientes a la Depresión y a la presidencia de Franklin D. Roosevelt.
Algunos críticos vieron en la película un western, aunque los pioneros que ahora marchaban hacia el oeste no se veían amenazados por los indios sino por la pobreza y el hambre.
La gran polémica se planteó en torno al papel del cine: ¿entretenimiento o crítica social?
En aquel clima surgió la censura (Hays Code, Legion of Decency).
La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría también ejercieron su influencia sobre el cine al primar intereses políticos y no tanto la denuncia social y moral.
El ensayo de James G. Ryan, "Along the Ideological Frontier: The Limits of American Democracy, the Communist Party, and the Need for Hystoriographical Synthesis" (págs. 185-195), abarca la naturaleza y el papel del comunismo en los Estados Unidos, señalando la disparidad de evaluaciones historiográficas que a lo largo del tiempo han oscilado de un extremo a otro.
En opinión de Ryan, el CPUSA (Communist Party USA) ha habitado siempre en las fronteras (borderlands) ideológicas.
Nunca, ni siquiera en sus mejores momentos, durante las décadas de 1930 y 1940, el partido cruzó del todo las barreras que lo separaban de la respetabilidad.
El autor no pretende convencer a unos ni otros de que abandonen su visión sino establecer un terreno común que permita una investigación más matizada del complejo movimiento que defendió el comunismo en la "ciudadela" más poderosa del capitalismo.
Un camino intermedio que lleve a aceptar nuevas evidencias en vez de buscar formas de ridiculizarlas y minimizarlas.
David Brian Howard en "Between Avant-Garde and Kitsch: Pragmatic Liberalism, Public Arts Funding, and the Cold War in the United States" (págs. 197-206) examina cómo los políticos e intelectuales liberales pragmáticos explotaron irónicamente lo que se ha calificado como the process of the gap, la brecha que abrió en 1957 el lanzamiento por parte de la URSS del Sputnik (missile gap), y el coetáneo culture gap que separaba la vanguardia creativa del arte popular.
El trauma producido en la sociedad norteamericana por el Sputknik creó muchas de las precondiciones necesarias para re-forjar la política liberal y lanzar la idea del "nuevo hombre de la frontera" teniendo al astronauta y al artista contemporáneo como sus mejores ejemplos.
En la base del ensayo está la cuestión de la financiación federal de las artes como medida para cerrar la brecha.
La distancia geográfica asocia de alguna manera dos ensayos, uno dedicado a Hawaii y otro a Alaska, los dos últimos estados incorporados a la bandera de los Estados Unidos.
Giles Scott-Smith en "Hawaii, Statehood, and the East-West Center: Opening up de Pacific Frontier" (págs. 207-218) considera que la extensión hasta las Islas Hawaiianas de la frontera democrática de los Estados Unidos coincidió durante la década de 1950 con grandes cambios en la política nacional.
Aunque el ingreso de Hawaii en la Unión ocurrió bajo la presidencia de Eisenhower, fue decisiva la actuación de Lyndon B. Johnson, un futuro presidente.
La tarea habría sido mucho más fácil para un político de Nueva Inglaterra o del Norte que para un hombre del Sur que se debía en primer lugar a su electorado texano.
La creación en medio del Pacífico del East-West Center para el intercambio tecnológico y cultural fue en aquellos mismos años toda una anticipación de lo que serían las relaciones de los Estados Unidos con el Este y el Sureste de Asia.
Tity de Vries en "Frontier and Identity: The Case of Alaska" (págs. 229-245) contrasta las numerosas referencias a la identificación de Alaska como "la última frontera" y su posición en el actual debate académico sobre la American frontier.
Ya Turner reconoció en 1926 a Alaska como una nueva frontera dentro del marco conceptual que él mismo creó a partir de 1893.
De Vries centra sus consideraciones en Alaskaland, un parque temático establecido en 1967 con motivo del centenario de la compra de la Península a Rusia.
La mayoría de las atracciones de Alaskaland se han convertido en empresas comerciales a pesar de su condición de edificios y artefactos históricos.
Desde la perspectiva de la continuidad histórica, el autor concluye que el interés de Alaskaland por la historia es tan auténtico como esos edificios y artefactos. * * * Con todo propósito, hemos dejado para el final la contribución de los editores Sylvia L. Hilton y Cornelis A. van Minnen, "Frontiers and Boundaries in U.S. History: An Introduction" (págs. 1-26).
No se trata de una mera introducción al uso sino de un espléndido ensayo con valor en sí mismo.
La primera tarea de Hilton y Minnen es rastrear la palabra "frontier" desde los siglos medievales hasta su multiplicidad de significados en la historia de los Estados Unidos y en otras historias.
Se sirven del historiador francés Lucien Febvre para señalar la evolución del término frontière desde el siglo XIII hasta el siglo XX.
Al principio, su connotación era militar aunque sin refererirse a murallas, fortificaciones ni trincheras sino a la tropa que en primera línea se enfrentaba al enemigo; hombres que lo mismo pueden defender un espacio como avanzar en ataque.
Gradualmente, la palabra absorbió los significados de borde de una región o país y de límite o línea de demarcación.
A partir del siglo XVI, el término pasó al lenguaje diplomático y se asoció a la idea de protección y defensa de los límites de una nación.
En los Estados Unidos, la palabra frontier se concibió en el siglo XVIII, con criterios políticos, como boundaries, limits o borders de un país, a veces de una provincia.
En 1874, los responsables del censo introdujeron el concepto de densidad de población o número de habitantes por milla cuadrada.
Pero los diccionarios no registraron ningún uso específico hasta la década de 1890 cuando aceptaron que el término frontier podía significar los bordes o límites de una parte de un país que ya estaba settled, inhabited, civilized; o que es "the frontier of civilization", de lo que era un buen ejemplo la frontera del Oeste.
Recordemos que fue en esos años cuando se publicó la tesis de Frederick Jackson Turner.
Hilton y Minnen hacen honor a la influencia de Turner dedicándole al análisis de su tesis varias páginas.
No se puede decir más y mejor en tan breve espacio sobre una cuestión larga y compleja.
La persistencia de la tesis de Turner, las alabanzas y críticas, el rechazo y la reformulación explican la abundancia de referencias en los ensayos del presente volumen.
En síntesis de los editores, Turner encontró en la expansión hacia el oeste una explicación causal al desarrollo histórico de los Estados Unidos, algo que creía era exclusivo de los Estados Unidos.
Su idea central fue que la cultura norteamericana y los Estados Unidos como nación-estado se desarrollaron durante generaciones a partir de la experiencia histórica de la lucha por dominar el desierto o tierra virgen (the wilderness) traspasando sucesivas fronteras hacia el oeste a través del continente.
Esta lucha fue para Turner el factor más importante en la historia de la nación.
El joven historiador mezcló en su hipótesis la importancia del espacio y el lugar, la relación del hombre con la naturaleza, la movilidad física y socio-ecónómica de las poblaciones, los tipos de frontera definidos por ecosistemas y actividades económicas diferentes, los conflictos interétnicos, así como evolución cultural interna, el carácter militar y la importancia política de las fronteras de colonización.
No faltaron tampoco en la frontera efectos menos deseables que afectaban a la libertad individual ante la ausencia o la debilidad de frenos accionados por el gobierno y la sociedad.
Después de un siglo de controversia, hay que decir en favor de Turner que gran parte de la crítica negativa se ha basado en una injusta y exagerada simplificación de sus ideas y en la falsa suposición de que no las modificó después de 1893.
Son de particular interés en el ensayo de Hilton y Minnen las páginas enfocadas a la comparación que permite a los editores ir más allá de la estricta American frontier de Turner, y de la excluyente historiografía del American West, para incluir fronteras de América Latina que lleven a una perspectiva hemisférica, incluso a una perspectiva universal.
Por nuestra parte, observamos que ninguno de los ensayos trata o menciona la presencia en el territorio de los Estados Unidos de una población y una cultura que crearon en el siglo XVI la primera frontera no indígena de América del Norte.
2 Una frontera -el lejano Norte-que los anglo-americanos encon-traron en su avance hacia el Oeste, y que no sólo persiste sino que es hoy más compleja y dinámica que nunca.
Es la frontera que habla español, cuya gente se identifica bajo términos como Mexican, chicanos, latinos, hispanos, Hispanics.
Esta ausencia resulta más significativa a la vista de un índice que incluye un ensayo sobre los pioneros irlandeses, otro sobre la población Cajun de Luisiana, dos dedicados a tierras tan lejanas del centro como Alaska y Hawaii, uno que se ocupa de la migración de los años treinta a California, y dos que analizan la entrada de los Estados Unidos en espacios del antiguo imperio español (Canal de Panamá, Islas Filipinas).
Tal vez la explicación de tal ausencia esté en el hecho de que fueron veinte los ensayos presentados a la Conferencia de Middelburg, pero cuatro no fueron seleccionados para su publicación por alguna justa razón.
¿Hablaba alguno de estos cuatro ensayos de la otra gran frontera de los Estados Unidos?
En cualquier caso, la sensibilidad de Hilton y Minnen ante la cuestión queda demostrada en los pocos párrafos que les permitía su propia contribución.
En defensa de la comparación, los editores afirman que dentro de los Estados Unidos, las culturas indígenas, las colonias españolas, francesas y holandesas, así como Canadá y México, lucharon por defender sus propias fronteras.
Observan que al igual que Estados Unidos surgió de las colonias inglesas, también España y Portugal dieron paso a naciones independientes.
Mencionan asimismo la tendencia de las fronteras anglo-americanas a desplazar y excluir al indígena en contraste con la política española de inclusión y asimilación que hacía posible la interacción y el mestizaje.
Otra cuestión relevante para Hilton y Minnen es el fin o no de la frontera del Oeste.
Según Turner, el fenómeno terminó oficialmente en 1890 con la afirmación del responsable de la Oficina del Censo de que Estados Unidos había ya ocupado (settled) en esa fecha toda la tierra hasta el Pacífico.
Sin embargo, la New Western History, un movimiento aparecido en las dos últimas décadas con propósitos críticos y revisionistas, ha defendido que las condiciones de frontera y los procesos inherentes han persistido a lo largo del siglo XX.
Entre sus argumentos están la diversidad étnica que sigue alimentando la resistencia cultural y muchas formas de interacción; las luchas por la tierra, los recursos naturales y otras fuentes de poder; el papel del gobierno federal en el desarrollo del Oeste.
En este apartado, como en todos los otros grandes aspectos de su ensayo, los editores aportan una selecta y extensa bibliografía.
Las páginas finales de la "Introducción" glosan con perspicacia cada uno de los ensayos de un volumen del que deben mencionarse otros méri-tos.
No es menor el diseño y realización de una Conferencia con la participación de especialistas de Alemania, Bélgica, España, Holanda, Italia, Reino Unido y los Estados Unidos.
Todos ellos convocados por un tema tan nacional y doméstico como la American Frontier, que con esta experiencia académica salta fronteras para situarse muy dignamente en territorio universal.
Todos los ensayos combinan las virtudes de la brevedad y la claridad de exposición en un inglés correctísimo.
La sugerente portada, reproducción de una pintura de Frederic S. Remington (The Fall of the Cowboy), es en sí misma una imperiosa invitación a la lectura y la reflexión de lo que viene después.
Sylvia L. Hilton y Cornelis A. van Minnen han acertado plenamente si pretendían mostrar con rigor y amenidad la importancia en el pasado y en el presente de los fenómenos de frontera, cualquier frontera.-ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ.
En ese sentido el trabajo de la Dra.
Pájaro Peres es fundamental, dado que introduce la variable regional, en un periodo ignorado hasta el momento.
Si bien es cierto que la marcha de los españoles hacia Iberoamérica, en general, y Brasil, en particular, fue masiva antes de los años 30 del siglo XX; también los es que en dicha década y en la siguiente debido justamente a la crisis económica que afectó a todos los países del área, así como a la guerra civil española y a la Segunda Guerra Mundial, por lo que en la práctica sólo partieron en forma de goteo algunos individuos, para ser más claros fueron 5.033 los españoles partieron a tierras brasileñas.
Es esta fase la que ha investigado la Dra.
Pájaro Peres, rescatando la experiencia cotidiana de los gallegos transplantados a una gran metrópoli, como ya era el Sao Paulo de entonces.
La elección de la inmigración gallega no parece fortuita, aunque su comportamiento migratorio se pueda asemejar al de individuos originarios de otros puntos de España, ellos constituyeron uno de los mayores colectivos en escoger Brasil como país de destino.
Por ello es importante que en la publicación se haga hincapié en la política inmigratoria brasileña, en años en dónde no todos eran bienvenidos.
Si bien se había superado el periodo en el que se buscaba la homogeneidad racial, las restricciones existían, y para ser aceptado había que reunir una serie de requisitos.
Sobre todo es interesante señalar que en el texto se aborda la aparición de una entidad como el CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que había sido fundado en Ginebra en 1951 y al que España ingresó en 1956.
El Cime facilitó y auxilió a los emigrantes, al parecer los gallegos fueron especialmente beneficiados, cuestión que hasta el momento era ignorada.
La autora nos muestra la realidad de parte de sus ancestros, partiendo del lugar de origen: la Galicia rural.
Este capítulo aunque quizás despierta menos interés en un lector español, no por ello deja de ser sugerente, sobre todo porque se utilizan -ocurre también a lo largo del resto del estudiotestimonios orales, fuentes literarias, así como los álbumes familiares.
Uno de los apartados más interesantes es el que titula "La inexistencia de tierra firme".
El entramado del cotidiano de los emigrantes y la percepción que ellos tienen de su condición, las expectativas, los deseos, sus trayectorias espaciales, la nueva sociabilidad que deben desarrollar es reconstruido de manera tal que brinda una perspectiva muy cercana al objeto de estudio.
Allí la utilización de la historia oral ha sido fundamental.
Como la propia autora resalta, en cada conversación -por momentos expresadas en portugués, otros en español y un tercero mezclando ambossurgían historias.
Todas permitieron vislumbrar fragmentos del día a día, mostrando con enorme exactitud la enorme riqueza de las experiencias múltiples.
Otro capítulo que se destaca es "El deseo del orden", en donde se da una visión del proceso migratorio en cuanto a los espacios de reunión de los inmigrantes y al uso político de ellos.
Centrándose en diversas asociaciones creadas por los inmigrantes, y particularmente en la única gallega que funcionó en Sao Paulo, la Casa de Galicia, analiza la compleja situación de este centro y de sus miembros, al parecer caracterizados por sus afinidades al franquismo.
En síntesis nos enfrentamos a una minuciosa investigación abordada desde la historia oral, la historia de la cultura y la historia social, muy rica en matices y en originalidad, que aporta, desde ese enfoque multidisciplinar, el conocimiento de un grupo poco estudiado, en un periodo importante para la formación de la moderna sociedad brasileña, al cual la historiografía del país receptor poca atención prestó.-ELDA EVANGELINA GONZÁLEZ.
Salazar, Eugenio de: Silva de poesía.
Obras que Eugenio de Salazar hizo a contemplación de doña Catalina Carrillo, su amada mujer, Bulzoni Editore, Roma, 2004.
La poesía más antigua que llegó a Hispanoamérica fueron los romances evocados por los primeros soldados y conquistadores que pasaron al Nuevo Mundo.
Tanto Bernal Díaz del Castillo como Fernández de Oviedo ofrecen testimonio de cuán presente estaba el romancero en la memoria de Cortés y su gente.
Los romances españoles tradicionales se fueron transformando y experimentaron variaciones notables; además, durante la etapa de conquista y colonización llegaron a componerse coplas y romances nuevos a imitación de los españoles pero adaptados a las circunstancias propias del Nuevo Mundo.
Solían ser anónimos, escritos por los soldados; a veces se convertían en verdaderos pasquines que se exhibían en las paredes para manifestar su descontento, como los dirigidos a Cortés por los primeros colonos.
La poesía culta peninsular también llegó en las dos vertientes: la medieval latinizante y la ítalo renacentista.
A comienzos de la segunda mitad del siglo XVI surgió una poesía de circunstancias escrita con motivo de celebraciones, festejos y actos sociales de relieve, en particular el recibimiento de alguna autoridad civil o religiosa.
Y en el último cuarto de siglo, bajo el estímulo de los certámenes poéticos, empezaron a surgir verdaderos poetas.
En el proceso formativo de la poesía hispanoamericana, que va desde la implantación algo azarosa de formas poéticas procedentes de la metrópoli, tanto populares como cultas, hasta la aparición de poetas criollos, jugó un papel fundamental la presencia en la Nueva España de los poetas peninsulares Juan de la Cueva, Gutierre de Cetina, que influyó directamente en Francisco de Terrazas y Eugenio de Salazar.
Por medio de ellos y de otros autores se introdujo en el Nuevo Mundo la poesía culta y se elaboraron las primeras compilaciones poéticas (silvas, flores, parnasos, etc.).
Las dos primeras fueron Túmulo imperial (1560) de Cervantes de Salazar y Flores de baria poesía (1577), anónima, donde se alternan autores españoles y criollos, entre estos últimos se destaca Francisco de Terrazas con varios sonetos.
Con el presente volumen, Jaime Martínez Martín edita por primera vez una parte importante de la Silva de poesía de Eugenio de Salazar, texto imprescindible para conocer más a fondo las dotes poéticas del autor y la poesía novohispana del período.
El libro va precedido de una presentación a cargo del eminente hispanista Giuseppe Bellini, donde, además de referirse a los trabajos científicos sobre temas coloniales de Martínez Martín, llama la atención sobre el interés que presenta la poesía sentimental de Eugenio de Salazar para un mejor conocimiento del petrarquismo en la Nueva España.
El manuscrito se encuentra en la Biblioteca-Archivo de la Academia de la Historia de Madrid y consta de 533 páginas.
Ante la dificultad de publicar un texto tan extenso, Jaime Martínez Martín ha optado por editar sólo la primera parte -en total contiene cuatro-que denomina "corpus sentimental" que, a su vez, divide en dos: piezas pastoriles, en las que sigue principalmente el modelo de Sannazzaro, y un cancionero de línea petrarquista.
La Silva reúne las producciones más importantes del autor, aquellas sobre las que él quiso sustentar su fama literaria, una obra que finalmente no llegó a publicar a pesar de haberse afanado por dejar el volumen listo para la imprenta.
La edición es resultado de un estudio monográfico precedente, exhaustivo y documentado, publicado con el título de Eugenio de Salazar y la poesía novohispana en la colección del Consiglio Nazionale Delle Ricerche, en 2002.
Aunque allí Martínez Martín se ocupa de la biografía y del conjunto de su producción literaria, la mayor parte del libro está dedicada al estudio de tres de las cuatro partes de que consta la Silva: la primera, que comprende poesía sentimental, la segunda, poesía de circunstancias y satírico-burlesca, y la tercera, obras de devoción.
La cuarta parte contiene algunas cartas que escribió a sus amigos, pero por haber sido el epistolario la faceta más estudiada y la única publicada, el editor prescinde de ella.
El texto de la Silva de poesía va precedido de una breve introducción de unas siete páginas donde trata, entre otras cuestiones, la biografía, las fuentes literarias y los dos núcleos que comprenden la poesía sentimental: los poemas de tema pastoril y el cancionero petrarquista.
La elección de éstos exclusivamente se debe a que el espíritu del cancionero se quiebra en los textos que siguen una vez que se casan los amantes y se disipan las tensiones sentimentales propias del género.
Martínez Martín considera a Eugenio de Salazar un poeta formado en la antigua tradición cancioneril pero influido por la poesía italianizante introducida en España por Boscán y Garcilaso.
Introdujo, además, formas estróficas de origen francés que el editor del texto justifica por el magisterio que ejerció don Juan Hurtado de Mendoza sobre los núcleos literarios de Alcalá y Madrid.
Al estudiar la poesía sentimental se detiene, en primer lugar, en el corpus pastoril, donde se narran los amores de Eugenio y Carilia, personajes ficticios que representaban al mismo Salazar y a su mujer, doña Catalina Carrillo.
Esta poesía sigue de cerca los modelos de los grandes autores latinos e italianos (Virgilio y Sannazzaro) y Garcilaso de la Vega.
Sin embargo, señala también aquellos aspectos en que Salazar se aparta de los modelos y las posibles razones que tuvo para ello.
Esto mismo sucede al analizar el segundo núcleo de la poesía sentimental de la Silva constituido por un cancionero petrarquista donde pone de relieve cómo Salazar, en el soneto prólogo, se aparta del modelo adoptado para evitar darle a su cancionero un tono moral.
La única objeción que cabría hacerle al estudio introductorio es su brevedad, pues el lector interesado se verá obligado a consultar Eugenio de Salazar y la poesía novohispana si quiere profundizar más en el autor.
Quizá por razones de honestidad, de no querer aprovechar el material de un trabajo ya publicado, o tal vez debido a exigencias editoriales, Jaime Martínez Martín les ofrece a los lectores tan sólo un aperitivo de sus amplios y consistentes conocimientos sobre la obra de Salazar.
La edición está basada en el único manuscrito conservado de la Silva de poesía, aunque el autor ha consultado también la copia manuscrita del siglo XIX que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid y que sigue con fidelidad el original.
El texto va precedido de una carta de Salazar dirigida a sus hijos donde les dejaba instrucciones sobre cómo se debía realizar la edición.
El aparato crítico se limita principalmente a las correcciones realizadas por el autor del texto, en las notas al pie de página ofrece tanto la versión definitiva como la desechada por el autor.
Concluye el libro con una sección que contiene notas de carácter filológico, observaciones métricas y comentarios eruditos.
La cuidada edición de la Silva de poesía elaborada por Martínez Martín resulta un texto imprescindible para conocer la obra de Eugenio de Salazar y, al mismo tiempo, los orígenes poéticos y literarios novohispanos.
Trabajos de investigación de este tipo deben servir de estímulo para que los filólogos jóvenes abandonen el prejuicio de la aridez y se aventuren a desempolvar los numerosos textos coloniales sepultados en Archivos y Bibliotecas que esperan, como el arpa de Bécquer, la mano que los rescate del ángulo oscuro.-CARMEN MORA.
Los estudios acerca del crimen y la justicia criminal en la historiografía de América Latina poseen una sólida tradición dentro de la Historia del Derecho y fueron monopolizados por juristas, burócratas e historiadores amateurs.
Estos trabajos pueden considerarse el punto de partida para los actuales estudios acerca de la ley y la justicia enfocados desde una perspectiva más social y menos legalista que integra diversas disciplinas y metodologías para comprender las dimensiones institucionales e ideológicas de la justicia, el crimen y el castigo.
Tradicionalmente la apropiación y adaptación del Estado legal por parte de los agentes populares o subalternos y el conocimiento derivado del contacto con las autoridades de la ley escaparon de la reflexión y del estudio de la historiografía latinoamericana.
En los últimos 15 años este campo de investigación ha protagonizado un importante desarrollo al ofrecer enfoques de la ley alejados de una tradicional visión que como afirman los editores de este volumen, la consideraban "un simple marco normativo que garantizaba el equilibrio social a través de la aplicación de la justicia" o "un conjunto normas producidas por el estado que reflejaban y reproducía la elite en el poder"(pág. 1).
La compilación de trabajos realizada por Ricardo Salvatore, Carlos Aguirre y Gilbert Joseph reúne una serie de ensayos analizados desde la "nueva historia legal" que examina desde distintas perspectivas comparables y desde metodologías diferentes el ascenso de ideologías liberales "modernizantes" en América Latina.
De esta forma, se advierte la disparidad de la experiencia del proyecto liberal y la compleja y dinámica relación que se establece entre la ley y la sociedad.
La colección está distribuida en tres partes: la investigación de la naturaleza de la ley y la justicia desde la perspectiva del Estado, las elites y los actores subalternos, en un intento por separar las actividades y tácticas de los agentes involucrados que buscaron en el sistema judicial la respuesta a una amplia gama de problemáticas vinculadas con el crimen y el castigo.
Las investigaciones recorren un abanico de posibilidades y situaciones que van desde la cultura legal en los estados liberales de principios del siglo XIX, pasando por los regímenes dictatoriales hasta los populismos de fines del XIX y principios del XX.
La primera parte, referida a "mediaciones legales", incluye cuatro estudios sobre la relación existente entre la interpretación legal, la práctica y las ideas culturales mediante el análisis de conceptos como género, raza, ciudadanía y derechos laborales.
En ellos se examina el papel mediador de la ley en los conflictos sociales populares y la discrecionalidad de los encargados de interpretarla.
Todo ello se realiza sin descuidar la importancia que la ley adquiere como agente esencial en la consolidación de los estados nacionales en América Latina.
La investigación que presenta Charles Walker sobre el Cuzco de finales del siglo XVIII presenta un excelente escenario para estudiar la relación que existió entre el uso del sistema legal y el movimiento revolucionario de Túpac Amaru II.
Walker argumenta que los indígenas no sólo utilizaron el sistema legal para sus propios intereses sino que también lo hacían para fortalecer la identidad indígena y la solidaridad dentro de su comunidad.
Las elites cuzqueñas y los agentes populares interactuaban persiguiendo los beneficios de un complejo sistema judicial que cada sector interpretaba readaptando los conceptos legales que justificaban su accionar.
El acceso a las cortes judiciales representaron un importante papel para la defensa de la autonomía y los recursos económicos de los indios, de la misma forma que fueron funcionales al momento de afrontar los cambios producidos por la dominación española.
Por su parte, Arlene Díaz analiza el discurso oficial sobre las mujeres y la vida familiar durante el gobierno del venezolano Guzmán Blanco.
La autora indaga en las raíces de un proyecto estatal que, imbuido de la ideología del orden y el progreso, intentaba definir un nuevo papel para las mujeres en una Venezuela que debía renacer "moralmente regenerada".
Para conseguir estos objetivos la elite gobernante impulsó una serie de reformas legales en el Código Penal y Civil de 1873, de esta forma se intentaba reglamentar distintos aspectos de la esfera familiar y especialmente las conductas que identificaban el honor femenino.
Para cerrar esta primera parte referida a los mediadores e intermediarios legales, Juan Manuel Palacio realiza un análisis sobre las condiciones en las que actúan los jueces y abogados rurales para pacificar la campaña bonaerense.
El autor establece que la precariedad y la inestabilidad de la distribución de la tierra que padecían los productores agropecuarios en la región pampeana provocaban múltiples conflictos, y señala que la situación no degeneró en grandes revueltas agrarias gracias al desarrollo gradual de una "cultura judicial" a la que los sectores rurales podían acceder diariamente.
A su vez, Palacio sostiene que existían dos elementos decisivos para el desarrollo de esta "cultura judicial" pacificadora: una administración de justicia transparente en manos de los jueces de paz y los abogados rurales como intermediarios entre la ley, los conflictos locales; y los mecanismos judiciales para destrabarlos.
Esta serie de ensayos que forman la primera parte del volumen reflejan la importancia que supone conocer el papel mediador de la gran variedad de expertos legales en el acercamiento y acceso al sistema legal de los sectores populares, por tanto es pertinente afirmar que debería formar parte de la agenda de investigación de los análisis de la historia social y de la ley en América Latina.
Los cuatro ensayos de la segunda parte muestran las causas por las que algunos aspectos de los proyectos médico-legales de la etapa de consolidación de los Estados Nacionales fueron rechazados.
Este apartado es rico en imágenes oficiales acerca del papel que adquirieron los "doctores" y científicos sociales como autoridades políticas que poseen el cometido de explicar y reconducir las conductas desviadas.
Los casos analizados en este apartado confirman que la mayoría de las intervenciones de los "expertos" utilizaban el discurso y la práctica científica para criminalizar las conductas de los individuos.
En este sentido, Cristina Rivera-Garza investiga el proceso de criminación de los cuerpos sifilíticos en México y las medidas oficiales para contener la enfermedad como perseguir a quienes ejercían la prostitución.
El estudio refleja los mecanismos de control estatales para sancionar y castigar a aquellas mujeres de vida azarosa consideradas peligrosas y -según el discurso oficial-capaces de destruir la familia o desestabilizar la nación.
Kristin Ruggiero sigue una línea argumentativa similar a la de Rivera-Garza cuando demuestra cómo utilizan la elites estatales argentinas, durante la segunda mitad del siglo XIX, el lenguaje de la medicina para describir y justificar las causas de la baja fertilidad o las características degenerativas de la población.
Finalmente, Pablo Piccato explora la influencia del discurso político en la representación social de las clases pobres mexicanas.
Para ello, rastrea en tres etapas políticas diferentes las variantes del concepto "ratero" que distinguía las conductas "decentes" de las criminales.
Los resultados del enfoque comparativo permiten reconocer las distintas miradas oficiales y de la sociedad sobre los sectores populares en México y los diferentes tipos de intervención estatal.
Los cinco ensayos de la sección final de la colección estudian las perspectivas de la elite y de las clases populares sobre las prácticas penales.
Diana Paton incluye en la discusión las comparaciones entre sociedades anglófonas e hispánicas y entre sociedades coloniales y postcoloniales mediante el estudio del castigo en el período posterior a la emancipación de Jamaica.
Paton examina la opinión de la elite sobre el golpe y las políticas de rehabilitación penal de los años 30.
La mayor parte de las propuestas de encierro en Jamaica sostiene que todas las personas respondían de la misma forma al mismo ambiente.
La autora demuestra cómo se fueron produciendo las primeras modificaciones hasta llegar a la remoción de los argumentos que sostenían la inferioridad de los negros como punto de partida para la discusión de las políticas de rehabilitación hasta llegar a la discusiones en las que el objetivo era la "disuasión" y no el castigo.
En los estudios de Aguirre y Caimari se ensayan metodologías para estudiar la forma en que interactuaban los sectores subordinados a la ley y los encargados de las políticas de las instituciones disciplinarias.
En el primero de ellos se utilizan las cartas de los prisioneros limeños en las que solicitaban reformas en el programa de prisiones diseñado por especialistas en crimi-nología, médicos y burócratas entre fines del XIX y principios del XX.
Se efectúa un rastreo de los textos de los prisioneros que reclamaban derechos y denunciaban abusos para analizar las características del discurso literario que utilizaban los demandantes, así como la reinterpretación de sus conductas y de las causas del encierro.
Lila Caimari analiza las evaluaciones realizadas por los criminólogos en las prisiones argentinas a mediados del siglo XX y las confronta con la representación que los propios prisioneros realizaban sobre lo que se esperaba de ellos.
De esta forma, la autora advierte que el espacio existente entre la percepción de los expertos y la de los destinatarios de sus políticas de castigo estaba separado por un abismo de subjetividades y contrastes.
Como saldo de este último apartado podemos resaltar que las prisiones, reformatorios, colonias penales y otras instituciones de encierro en América Latina operaban según principios de obediencia, reglas y clasificaciones donde lo que prevalecía era la diferencia y no la recuperación de los internos.
En las ideas de rehabilitación estaban implícitas nociones que hablaban de "fallos, desórdenes y vicios", los sujetos de análisis y estudio no poseían capacidad para contestar u oponerse.
Ésta era la otra cara de la ley, por tanto es preciso insistir en las distintas concepciones acerca de la justicia y la ley en la historia de América Latina que aún no han sido exploradas y esperan nuevos esfuerzos investigadores.-MARISA MORONI.
Speckman Guerra, Elisa: Crimen y Castigo, Legislación penal, interpretaciones de la criminalidad y administración de justicia (Ciudad de México, 1872-1910), El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2002.
Crimen y Castigo de Elisa Speckman se une a un conjunto de investigaciones que en los últimos diez años se han interesado en el problema del crimen.
Ésta no es una tendencia exclusiva de México, en otros países como Francia el crimen ha tenido aportes recientes, los libros de Simonne Delattre, Les douze heures Noires y de Dominique Kalifa, Crime et culture au XIXe siècle, 1 abordan la temática desde diferentes perspectivas.
Podríamos afirmar que el libro pionero sobre este problema data de 1995, se trata de Hábitos Normas y Escándalos coordinado por Ricardo Pérez Monfort, Alberto del Castillo y Pablo Piccato, 2 a éste han seguido otras producciones como las de Buffigton, Criminales y Ciudadanos en el México Moderno, 3 y Pablo Piccato, City of Suspects: Crime in México City, 1900City, -1931, 4, 4 en 1996, Rafael Sagredo desde una perspectiva monográfica también abordaba el caso de María Villa(a) La Chiquita, no. 4002, 5 como una contribución detallada al tema.
Para estos historiadores el crimen se constituye en un acontecimiento extraordinario, sobre todo de las clases populares; lo han relacionado con la sexualidad y con los sucesos de la vida diaria.
Sin embargo, podríamos afirmar que en México, el tópico ha sido estudiado más desde la espectacularidad que desde la violencia cotidiana, aquella en la cual hombres y mujeres se enfrentan para resolver su buen o mal vivir.
Este tipo de evento carece de notoriedad, pedradas y navajazos conforman su universo, está ligado al alcohol y se desarrolla en espacios más públicos que privados como las vecindades, cantinas, burdeles y la calle.
Los motivos trascienden la visión de las "tendencias orgánicas" de los criminólogos, se explican por el amor, el odio, la envidia y los celos, con el telón de fondo del honor, aquel honor que no corresponde al de la "violencia elegante".
6 En estas aportaciones ha tenido una influencia decisiva el clásico y estupendo libro de Louis Chevalier, Classes laborieuses et Classes dangereuses à Paris pendant la première moitié du XIX siècle, 7 editado por primera vez en 1958 8 la cual ha nutrido la mirada con la que se han encarado la investigaciones y ha sugerido la utilización de nuevas fuentes para conocer el mundo del crimen, en particular la literatura.
Desde diferentes lugares, autores como Pablo Piccato, Robert M. Buffington y Elisa Speckman han contribuido al conocimiento del tema y recuperado las diversas interpretaciones que sobre el crimen han tenido desde las elites hasta los sectores populares.
La obra de criminólogos tan importantes como Carlos Roumagnac y Julio Guerrero ha sido puesta en escena como fuente para una historia que se renueva y que hace algunos años permanecía oculta.
El texto de Elisa Speckman, Crimen y Castigo, se une a esta corriente para completarla desde una perspectiva mucho más legislativa que literaria.
Su trabajo suma y se convierte en imprescindible, es además un útil instrumento para introducirnos en el marco legal.
Desde la construcción del Estado, Speckman recorre de manera minuciosa el camino seguido por la legislación y se interesa en diversas reglas y documentos.
Dividido en tres partes el texto estudia la administración de justicia en la ciudad de México entre 1872 y 1910 y se preocupa por contrastar la correspondencia entre norma legal y práctica judicial.
En la primera parte aborda el problema de la ley, en la segunda rescata las diferentes miradas en torno a la criminalidad y termina con un análisis de la administración de justicia.
El libro de más de 350 páginas se encuentra bien ilustrado y posee al final una bibliografía que corresponde a las referencias que acompañan a la obra.
La primera parte analiza la expedición del primer código penal mexicano en 1872, traza la evolución que lleva a su concreción y las diversas ordenanzas y leyes que le sirven como antecedente, y destaca el origen colonial de algunas de ellas.
La dispersión en el proceso de construcción de una legislación coherente es uno de los problemas que enfatiza la autora, además de señalar la constitución de la figura del delincuente.
La construcción en el siglo XIX de una legislación más coherente y completa correspondería de manera general a la necesidad de afianzar el dominio de los grupos dominantes, proteger los intereses económicos y los códigos de valores caros a la burguesía.
La ley y su contenido reflejarían la importancia que se otorga a la jerarquía familiar.
Al compartir la visión de Elias, el eje del análisis oscila entre civilización y barbarie, así nos introduce en el problema del otro, impregnado de violencia y la permanencia del honor como sustento de la legislación.
Establece también la diferenciación que otorga la ley a la violencia masculina y femenina, según los valores morales y los modelos jerárquicos prevalecientes.
El delito adquiere por lo tanto una diferente dimensión según el papel de víctima o victimario de la mujer.
Speckman, en la segunda parte, aborda las distintas aproximaciones en torno a la criminalidad, se basa en la opinión pública y en los discursos más representativos.
A través del libro recuperamos la visión del "estado morboso" ya analizado por Chevalier en el caso de las ciudades en crecimiento como París.
Las argumentaciones al respecto parecerían repetirse como una letanía, la autora proporciona así un panorama del crimen en la ciudad de México a través de escritos especializados en derecho penal, en criminología, publicaciones de la policía, revistas católicas o dirigidas a la familia, obras literarias, nota roja y literatura popular.
Esta amplia gama de documentos le permite acercarse a las distintas concepciones del crimen, revelando la cercanía entre las interpretaciones a pesar de las grandes diferencias documentales.
A través del análisis descubre los campos que se expresan, revela su falta de definición y muestra que por el desarrollo de la ciencia en México no existe una especificidad de los diversos ámbitos en los cuales los autores reproducen y discuten su obra.
Bien lo señala Buffington cuando afirma que la criminología mexicana dificulta la generalización, la diversa formación de los autores y su versatilidad los lleva a transitar de un campo a otro sin dificultad, según sus intereses, 9 sin embargo, a pesar de las diferencias, las interpretaciones adquieren ciertos contornos reconocibles con aproximaciones eclécticas y con rasgos nacionalistas que atribuyen a las clases bajas, mestizas, todas las características del criminal.
10 El afán de medir y establecer deformidades para explicar el crimen se manifiesta en México con todo su esplendor, sin embargo, entre las causas sociales y orgánicas se realiza una mezcla en muchos casos no estructurada.
La autora rescata la presencia de los criminólogos más importantes del porfiriato, y confirman que la obra de Carlos Roumagnac es imprescindible para comprender el crimen y su interpretación en México.
11 Ante la perspectiva pesimista, uno de los grandes problemas que se discute es el de la regeneración, sus posibilidades e incertidumbres.
Para recuperar la visión policíaca la autora recurre a la Gaceta de Policía y al Gendarme, ambos órganos de corta duración junto con el Boletín de Policía.
Este tipo de documentos revela una parte oculta del ejercicio del orden, el cual a través de su análisis destaca la presencia del imaginario en la interpretación del crimen y los detalles que muestran las sensibilidades, por ejemplo la Gaceta de Policía abunda sobre los métodos que utilizan los reos al ser fotografiados para ocultar su fisonomía: despeinar-9 Buffington: Criminales y..., pág. 97.
11 Al respecto ver también Sagredo: María Villa... se, torcer la vista, inflar el carrillo o arrugar el ceño.
Lo interesante de estos órganos es que, de alguna manera, las crónicas se convierten en fuentes literarias pues recurren a la narrativa, donde la imaginación se mueve a sus anchas.
En ellos se manifiestan también las tendencias morales y las diferencias en las concepciones entre lo que puede considerarse una mujer honesta y una mujer perdida.
La autora se introduce también en la literatura popular para rescatar al criminal como personaje, esta literatura influida por el realismo y el romanticismo da lugar a un conjunto de escritos, entre los que sobresale la obra de Gamboa, Ángel del Campo, Renato Leduc y Porfirio Parra.
Realiza un acercamiento biográfico generacional de los autores que sirve como marco para explicar las distintas preocupaciones como lo social, la caída en desgracia y el fatal destino de las mujeres caídas y, de manera tenue, el problema del honor, revelando la idea de que los crímenes pasionales se sitúan socialmente en las clases populares.
La novela no se encuentra lejos de las concepciones en boga, la doble moral y la definición de diferentes atributos al hombre y a la mujer son una constante.
Coplas, poemas, canciones y caricaturas completan el análisis y dan una visión global de la concepción y el imaginario popular sobre el crimen.
Aborda también las revistas dirigidas a la familia de origen católico y afán moralista que tienen el objetivo de incidir en el control de las pasiones.
Los variados escritos denuncian los vehículos del mal, las ideas materialistas y los proyectos secularizadores, desde la perspectiva del modelo de la Sagrada Familia.
La tercera parte estudia la relación entre ley y práctica por medio del análisis de la administración de justicia, en ella se muestra la falta de autonomía en la administración de la ley y su relación estrecha con el poder y la política.
Para explicar esta situación Speckman se basa en varias hipótesis, la tolerancia hacia el cuerpo de gendarmes, el abuso de la fuerza en la aplicación de la ley y los prejuicios con respecto al pueblo mexicano.
El trabajo de Speckman es exhaustivo, recurre a una innumerable cantidad de fuentes y establece a través de su obra un hilo conductor que ata toda su argumentación, la existencia de una interpretación orgánica con respecto al crimen, que estaría en el eje de las argumentaciones y medidas con respecto a los diferentes hechos que conmocionan a la opinión pública.
Por otro lado el imaginario sobre el crimen sustenta las ideas del positivismo, y se repite el estereotipo: lo "lleva en la sangre".
La concurrencia de las explicaciones sólo es entendible por la dosis de imaginación con las que están impregnadas todas las explicaciones.
A lo largo del texto, Speckman logra trazar el perfil de la legislación penal y aunque abre una veta para conocer a los actores que participan en la construcción de la mirada sobre el crimen, podemos observar cómo se elaboran las influencias individuales pero no cómo se resuelven los conflictos generacionales y las relaciones entre campos en la construcción de la ley.
El libro de Speckman es sin duda ya una referencia obligada para aquellos que estudian el crimen en México y sobre todo un libro de consulta para aquellos que quieren apropiarse del marco legislativo dentro del cual se mueve este mundo.-ROSALINA ESTRADA URROZ. |
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La inmigración y la crisis.
Los polacos en el Buenos Aires de la década de los años treinta *
Tras el estancamiento económico provocado por la Primera Guerra Mundial, en la década de 1920 Argentina experimentó un importante crecimiento económico.
Al igual que en el periodo de preguerra, el país volvió a ocupar el primer puesto a nivel mundial en las exportaciones de los productos agrarios, principalmente carne refrigerada, maíz, lino y cereales.
En forma gradual y sostenida creció también el sector de la industria.
El desarrollo de las actividades industriales y agropecuarias promovió, a su vez, la construcción de caminos, ferrocarriles y puertos.
Se produjo un aumento moderado de los salarios reales de los trabajadores, que en 1921 superaron los niveles del comienzo de la guerra y alcanzaron su punto máximo en 1928.
1 Con todo ello, hacia finales de los años veinte, Argentina se ganó la reputación mundial de un país al que le esperaba un futuro próspero y que iba a representar un papel importante en la economía mundial.
2 Seguidamente, la necesidad de la mano de obra propició el restablecimiento de la inmigración interrumpida con el estallido del conflicto bélico.
A diferencia de las épocas anteriores, en el periodo de entreguerras se registró un cambio en la composición de los movimientos migratorios.
Si bien los italianos y los españoles seguían siendo la mayoría de los arribados al puerto de Buenos Aires, se observó una importante expansión de los inmigrantes centroeuropeos.
Dentro de este grupo, los polacos llegaron a constituir un 12 % del total de los ingresados al país.
La relativa bonanza económica de los años veinte quedó interrumpida por el estallido de la crisis económica mundial de 1929.
Su consecuencia más inmediata fue el aumento de la desocupación, fenómeno que afectó tanto a los trabajadores nacionales como a los extranjeros.
En el presente artículo nos proponemos analizar la situación de los inmigrantes polacos radicados en la ciudad de Buenos Aires al inicio de los años treinta.
En primer lugar, esbozaremos las características de los movimientos migratorios entre ambos países y el perfil de los trabajadores polacos establecidos en la capital argentina en este periodo.
Posteriormente, nos proponemos estudiar el impacto que la crisis económica mundial tuvo sobre este grupo particular.
Analizaremos también las medidas que fueron tomadas por la colectividad polaca para atenuar las secuelas de la crisis entre los connacionales más afectados.
Por último, pretendemos indagar sobre el porqué de la alta vulnerabilidad de los polacos en el contexto argentino.
Polonia y los movimientos migratorios
Los inicios de la migración polaca a gran escala con destino a Argentina datan de la última década del siglo XIX y corresponden a una Polonia dividida entre grandes potencias vecinas: Rusia, Imperio Austrohúngaro y Prusia.
Desde entonces y hasta el estallido de la I Guerra Mundial, rumbo a Argentina emigraron aproximadamente treinta y dos mil personas, de las que unas diez mil se dirigieron hacia la provincia de Misiones.
3 Los arribados en este periodo provenían mayoritariamente de la parte anexada al Imperio Austrohúngaro y, en mucho menor grado, de Rusia.
El año 1918, además de poner fin al conflicto bélico, significó para Polonia la recuperación de la independencia.
Tras el júbilo inicial generalizado, resultó evidente que el país sufría de una gran inestabilidad política, económica y social; problemas a los que pronto se sumaron los conflictos armados originados en 1919 por la delimitación de la frontera oriental.
4 Debido a los importantes cambios geopolíticos, una vez lograda la independencia, Polonia se convirtió en un país multinacional en el que los polacos, según el censo nacional de 1931, conformaban un 68,9 % de la población.
Entre las minorías más numerosas, los ucranianos constituían un 10,1 % (un 13,1 % de la población del campo) y los judíos un 8,6 % (un 24,3 % de la población residente en las ciudades).
5 La conflictividad interna fue, además, acompañada por una alta tasa de desocupación, la caída de salarios y la consecuente precarización de las condiciones de vida y trabajo.
Esta situación se agudizó en 1921 tras la desmovilización de una parte sustancial del ejército polaco.
6 Según las estadísticas oficiales, en 1928, en un país con una población de aproximadamente treinta millones de habitantes, el número de personas catalogadas como «sobrantes» -es decir, aquellas que no tenían las posibilidades de ser absorbidas por el mercado laboral-alcanzaba tres millones.
En 1933 esta cifra ascendió hasta cuatro millones y medio.
7 Se trataba mayoritariamente de personas pertenecientes al sector agrario.
En este contexto, las autoridades polacas comenzaron a poner mayor interés en el fenómeno de la emigración, percibida como una manera viable de solucionar el problema KATARZYNA PORADA de la desocupación y aliviar las tensiones internas del país.8 Desde la década del veinte, con el apoyo oficial, en todo el territorio nacional empezaron a fundarse las oficinas emigratorias destinadas a brindar apoyo a los futuros emigrantes e informar sobre las posibilidades laborales en los países de destino.9 Se instauró también una red de hoteles que albergaban y ofrecían manutención a los futuros emigrantes antes de emprender el viaje.
En la misma época, se inició la construcción de la ciudad portuaria de Gdynia.
Primero se estableció la conexión entre la ciudad polaca y los puertos europeos que ofrecían la conexión directa con los puertos latino americanos y, desde la década del treinta, se inauguraron las primeras trayectorias transoceánicas.10 La construcción del puerto polaco acortó el viaje y redujo considerablemente los gastos.
En comparación con el periodo anterior a la I Guerra Mundial, en la época de entreguerras la emigración polaca hacia Argentina aumentó considerablemente.
Si bien las políticas proemigratorias pueden haber influido en la promoción de este destino latinoamericano, un factor de esencial importancia para su gran crecimiento cuantitativo fue la introducción de nuevas restricciones en la política inmigratoria de los Estados Unidos.
Hasta las primeras décadas del siglo XX, este país norteamericano era el principal receptor de los movimientos migratorios transoceánicos originados en las tierras polacas.
11 No obstante, la Ley de Origenes Nacionales promulgada en 1924, popularmente conocida como la ley de cuotas, limitó la inmigración de los ciudadanos polacos hasta seis mil ingresos anuales.12 Consecuentemente, a partir de la segunda mitad de los años veinte tuvo lugar una considerable reorientación de los destinos migratorios polacos, convirtiéndose Argentina en un destinto atrayente y relativamente accesible.
En las dos décadas que separan las guerras mundiales, a Argentina inmigraron 160.000 ciudadanos polacos; dentro del conjunto de los emigrados, la tercera parte la constituyeron los judeo-polacos.
Es decir, en el lustro anterior a la crisis económica LA INMIGRACIÓN Y LA CRISIS.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES mundial llegaron a Argentina más ciudadanos polacos de los que habían llegado desde que se iniciaron los movimientos migratorios entre ambos países.
Al mismo tiempo, las tasas de retorno eran relativamente bajas.
14 Las secuelas de la crisis económica mundial se reflejaron en las restricciones en la legislación migratoria argentina.
En este contexto, los sucesivos gobiernos optaron por proteger los intereses de los que residían en el país, obstaculizando la llegada de los trabajadores potenciales.
En un primer momento, se pretendió frenar los ingresos al país elevando las tasas consulares.
La imposición de los obstáculos administrativos no desalentó sustancialmente la inmigración, por lo que, en noviembre de 1932, el año más crítico de la depresión, se promulgó el decreto que expresaba lo siguiente: en defensa de los trabajadores radicados en la Argentina no sería prudente en las actuales circunstancias autorizar la entrada al país de quienes no tengan de antemano asegurada una ocupación remunerativa o la subsistencia.
16 En el mismo periodo, los ingresos de los ciudadanos polacos no alcanzaron las dos mil personas.
17 Este espectacular descenso, sin embargo, más que a las restricciones en las política migratorias, se debía principalmente a las condiciones económicas poco favorables y se inscribía dentro del panorama general de los movimientos migratorios transatlánticos.
Los inmigrantes polacos en la Argentina de entreguerras
Al igual que en las épocas anteriores, la inmigración polaca del periodo de entreguerras se caracterizó por ser mayoritariamente rural.
18 Los datos disponibles referentes a las personas emigradas desde Polonia en el periodo anterior al año 1926, no contemplan la división entre personas laboralmente activas y pasivas, ni registran la profesión en el momento de emigrar, por lo que se trata de estimaciones orientativas.
Después de 1926, si bien esas dos categorías aparecen en las estadísticas oficiales, no se incluye la correlación entre el sexo y la profesión.
Tampoco aparece el estado civil de los emigrados, ni la edad en el momento en que se produjo la emigración.
KATARZYNA PORADA dirigieron hacia Argentina declararon desempeñar actividades ligadas a la agricultura.
19 Bajo esta categoría quedaban registrados los pequeños propietarios, los campesinos sin tierra, los jornaleros y un pequeño porcentaje de artesanos rurales.
Del resto de los emigrados, un 15,5 % eran trabajadores del sector de la industria (categoría que incluía obreros industriales calificados, obreros no calificados y artesanos urbanos), un 5,5 % eran empleados de servicio doméstico y, por último, un 1,5 % declaraban ser comerciantes.
20 En el periodo analizado los movimientos migratorios polacos destacaron por su alto grado de masculinización.
Si bien la superioridad numérica de hombres (220 por cada 100 mujeres) era un rasgo propio de todo el periodo de la inmigración de masas hacia Argentina, 21 el caso polaco estaba muy por encima de la media.
Cabe aclarar que en este panorama una importante excepción la constituyeron los ciudadanos polacos de origen judío.
Dentro de este grupo, el índice de masculinidad era mucho menos pronunciado, manteniéndose al nivel de 150 hombres por 100 mujeres.
22 A modo de comparación, en la misma época, en los disminuidos movimientos migratorios polacos hacia los Estados Unidos, las mujeres constituían un 55 % del total de los emigrados.
23 La alta masculinización para el caso argentino, excluyendo a los polacos judíos, 24 demuestra una importante inestabilidad del proceso migratorio.
25 La estrategia migratoria pudo haber consistido en emigrar primero el hombre, trabajar un determinado periodo hasta alcanzar cierta seguridad económica y, después, contemplaba la reagrupación familiar.
Las fuentes étnicas demuestran, además, que entre los inmigrantes también hubo un porcentaje significativo de hombres que dejaron en el país a sus familiares económicamente dependientes y planeaban retornar después de dos o tres años, tras haber acumulado un cierto capital.
25 La relación entre la creciente feminización y la estabilidad de movimientos migratorios fue destacada también por Pilar Cagiao para el caso de la inmigración gallega (Cagiao Vila, 2007, 157).
26 La existencia de una fuerte expectativa de retorno quedó demostrada en las fuentes étnicas, principalmente en las cartas de lectores publicadas en la prensa étnica entre 1919-1939.
de estos proyectos iniciales, fuesen a corto, mediano o largo plazo, quedaron postergados debido a la crisis económica mundial.
Inclusive podemos aventurarnos a afirmar que una parte de los emigrados optaron por quedarse en Argentina por no cumplirse sus expectativas iniciales y por negarse a reconocer ante su entorno más cercano el fiasco de la experiencia migratoria.
Los datos referentes al lugar de establecimiento de los polacos arribados en el periodo de entreguerras señalan la existencia de patrones territoriales muy diversificados.
Una parte se radicó en las comunidades polacas fundadas ya antes de la I Guerra Mundial o en sus proximidades.
Este fue el caso de los polacos que se dirigieron a la provincia de Misiones, donde desde finales del siglo XIX se habían ido radicando agricultores polacos.
Su establecimiento, primero, en Apóstoles, Azara, Corpus, Cerro Corá y, posteriormente, en Bonpland, Polana, Gobernador Roca y Colonia Wanda, entre otros, dio lugar al desarrollo de una compacta colectividad polaca en la región.
27 Se calcula que en el periodo de entreguerras se dirigieron hacia el nordeste argentino aproximadamente cinco mil personas.
28 La actividad económica de los colonos se centró principalmente en el cultivo de yerba mate, a lo que algunos fueron sumando las plantaciones de tabaco, tung o arroz.
En las primeras décadas del siglo XX, los polacos empezaron a radicarse también en la ciudad de Córdoba, donde muchos fueron contratados en la fábrica de cemento Portland, perteneciente al inmigrante italiano Juan Minetti.
El desarrollo de la industria cementera y la consiguiente demanda de mano de obra provocaron que en los años 1927-1930 aproximadamente un 10 % de todos los ciudadanos polacos arribados en este periodo a Argentina se instalaran en Córdoba.
29 En la misma época, tras el descubrimiento de petróleo en la provincia de Chubut, un grupo de obreros especializados en la industria petrolera, provenientes de la región de Subcarpacia, fue contratado en los trabajos de extracción.
En 1935 el número de obreros de este origen residentes en las proximidades de la ciudad de Comodoro Rivadavia alcanzó 250 personas.
30 Varios de ellos trajeron a sus familias.
Desde la década del veinte, los polacos se dirigían también a la ciudad de Santa Fe o a Rosario, donde muchos encontraron trabajo en el frigorífico Swift.
A pesar de las intenciones de los respectivos gobiernos argentinos de redirigir los movimientos migratorios hacia las zonas menos pobladas del KATARZYNA PORADA país, la mayoría de los inmigrantes demostró una acusada preferencia por la ciudad de Buenos Aires y las localidades colindantes.
Este también fue el caso que estamos analizando.
Desde las últimas décadas del siglo XIX, la capital argentina fue el principal destino de los polacos.
Inicialmente, Buenos Aires albergó a militares, abogados, médicos, que llegaron a Argentina después de una de las movilizaciones independentistas fracasadas que estallaron en Polonia a lo largo del siglo XIX.
En las primeras décadas del siglo XX a la capital argentina ingresaron también los representantes de la denominada inmigración de «post-revolución», originada por la agitación política y una fuerte oleada de represiones desatadas en el Imperio Ruso en 1905.
31 Los pertenecientes a este grupo eran principalmente obreros y artesanos de Varsovia, Lublin o Łódź.
32 En el periodo de entreguerras, a los grupos anteriores se sumaron individuos de diferentes oficios: campesinos, obreros, manufactureros, artesanos, así como el reducido número de funcionarios de las entidades diplomáticas y financieras polacas.
Los ciudadanos polacos no solo se radicaron en la capital, sino principalmente en las ciudades industriales de la provincia de Buenos Aires.
Ya a inicios de la década del veinte, en la ciudad de Berisso vivían cuatrocientos inmigrantes polacos, 33 número que fue creciendo en los años posteriores.
Su presencia en la zona fue impulsada por la apertura de los gigantescos frigoríficos -en 1907 de Swift y en 1915 de Armour-, donde muchos encontraron empleo.
Los polacos se hicieron visibles también en los ámbitos periféricos de la capital.
La apertura, en 1908, en Llavallol de la planta cervecera del empresario alemán Emilio Bieckert, influyó en su establecimiento en la zona.
34 En este caso, la contratación de los ciudadanos polacos fue favorecida por el director de la fábrica, Gastón Mazurkiewicz, ciudadano frances de ascendencia polaca que demostró una clara predilección por contratar a sus connacionales.
A principios de los años treinta, en Llavallol residían veinticinco familias y doscientos hombres de origen polaco.
35 En la misma época, la posibilidad de encontrar empleo en los trabajos portuarios incentivó la instalación de los ciudadanos polacos en Dock Sud.
La presencia polaca en la zona sur de la capital fue fomentada, además, por la inauguración en 1927 del frigorífico Anglo.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES número de polacos radicados en Dock Sud al inicio de la década del treinta superaba las dos mil personas.
36 La industria frigorífica también determinó el establecimiento de un grupo de polacos en Valentín Alsina, donde muchos fueron contratados en el frigorífico Wilson.
37 La existencia y el crecimiento de las comunidades polacas en ciertas ciudades y la concentración étnica en un sector comprueba la importancia de las relaciones interpersonales a la hora de acceder a un determinado trabajo.
Muchos obreros polacos, al igual que en el caso de otros grupos étnicos, 38 fueron reclutados a través de las relaciones personales, gracias a las recomendaciones de parientes o paisanos que actuaron como mediadores en el proceso de contratación.
No obstante, teniendo en cuenta la escala del fenómeno, la mayoría de los recién llegados en los últimos años de la década del veinte y los primeros del treinta no pudo beneficiarse de los vínculos de paisanaje existentes.
No disponemos de las estadísticas exactas sobre la estructura ocupacional de los polacos en la Argentina de entreguerras.
No obstante, los datos fragmentarios presentados por el Patronato -agencia de colocación fundada en la ciudad de Buenos Aires en 1928 y dependiente de la Oficina de Emigración en Polonia-demuestran que, en 1928, la mayoría de los ciudadanos polacos que solicitaron la intermediación en la búsqueda de trabajo (el 55 %) quedó contratada en las cuadrillas de construcción de las vías férreas y en las obras subterráneas.
Un porcentaje significativo, el 12 %, fue contratado en las canteras y en los trabajos agrícolas, el 10 % en el sector de la construcción, otro 10 % en el servicio doméstico y el resto en distintas ramas del trabajo artesanal.
39 Como podemos observar, si bien la profesión declarada por la mayoría en el lugar de origen estaba ligada al sector de la agricultura, los datos señalados demuestran un importante cambio ocupacional dentro del grupo.
El periodo de entreguerras corresponde también al desarrollo de las estructuras asociativas polacas.
38 La importancia de las redes familiares y de paisanaje a la hora de desplazarse de un lugar a otro y en el proceso de reclutamiento fue analizada, por ejemplo, en el caso de los obreros italianos contratados en la fábrica Pirelli (véase Barbero y Felder, 1992) o en el de los inmigrantes empleados en la Algodonera Flandria y la Fábrica Argentina de Alpargatas (véase Ceva, 2010a).
Lo demuestra también el caso de los polacos judíos, del que hablaremos más adelante.
39 Klarner-Kosińska, 1983, 229- La aparición de varias asociaciones polacas en el periodo de entreguerras no fue acompañada por una alta participación en las estructuras colectivas.
Se calcula que al principio de los años treinta, el número de todos los afiliados a las entidades voluntarias polacas en Argentina, incluida la provincia de Misiones, no superaba las mil personas.
40 En la misma época, el Centro Gallego ya había llegado a los 27.000, mientras que la Asociación Española de Socorros Mutuos contaba con 31.000 afiliados.
41 En el caso polaco, los frecuentes cambios residenciales y ocupacionales de un porcentaje sustancial de los inmigrantes ciertamente afectaron las estructuras comunitarias.
La muy escasa participación de los inmigrantes polacos en las estructuras asociativas parece comprobar, además, que el asociacionismo tiende a atraer sobre todo a migrantes estables, con mejores ocupaciones y mayores ingresos, por lo que no tienen dificultades para cumplimentar el pago de las cuotas exigidas.
42 Por otro lado, el poco interés por asociarse de los inmigrantes polacos probablemente indica que los servicios brindados por las respectivas entidades no tenían la capacidad de proporcionarles 40 Klarner-Kosińska, 1983, 227.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES beneficios concretos que compensaran el esfuerzo económico que implicaba la membresía.
Asimismo, una muy alta conflictividad entre los dirigentes de los respectivos centros, muy presente en toda la década del treinta, constituyó indudablemente otro factor desalentador.
El estallido en 1929 de la crisis en los Estados Unidos pronto se expandió a prácticamente todo el mundo industrializado, inaugurando el periodo denominado la Gran Depresión.
También Argentina tuvo que enfrentarse a una bajada de precios de sus principales productos de exportación.
43 La desvalorización de la producción agrícola, junto con las medidas proteccionistas empleadas por los países receptores, ocasionaron, a su vez, una drástica reducción de la capacidad de importación, provocaron dificultades para obtener nuevas inversiones del capital y se reflejaron en el notable descenso de la actividad económica.
44 A eso habría que añadir la pérdida de cosechas debido a los prolongados periodos de sequía y las devastaciones ocasionadas por la langosta, plaga que el país sufrió al principio de la década del treinta.
45 El resultado más inmediato de la depresión fue una prolongada caída de la actividad económica, la disminución de los salarios y el aumento de la desocupación.
46 La importante reducción de los salarios y la creciente desocupación fueron acompañadas por un fuerte aumento de los costos de manutención y, seguidamente, por un deterioro generalizado de los niveles de vida.
Aunque la inestabilidad de la actividad laboral formaba parte de la experiencia habitual del obrero argentino de finales del siglo XIX y principios del XX, el crecimiento económico experimentado por el país en la década del veinte se tradujo en la estabilización del empleo.
Al mismo tiempo, se consiguieron importantes avances en la materia de la legislación laboral, estableciendo una jornada laboral de ocho horas diarias y cuarenta horas semanales.
Es por ello por lo que el notable deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la desocupación registrado al iniciarse la década del treinta despertaron mayores preocupaciones que las crisis anteriores.
KATARZYNA PORADA Existen diferentes estimaciones referentes a la escala del problema de la desocupación en el periodo analizado.
En 1932, por iniciativa del Departamento Nacional del Trabajo, se llevó a cabo el Censo Nacional de los Desocupados.
47 Según los resultados obtenidos, del total de la población, que por esta fecha alcanzaba once millones de habitantes, aproximadamente 334.000 se declaraban desocupados; es decir, 2,4 % de la población total.
Los resultados del censo, al depender de la voluntad de los individuos de registrarse y reconocer su estatus de desocupados, eran altamente cuestionables.
48 No faltaron voces, incluso de los propios funcionarios a cargo del censo, señalando que las cifras obtenidas estaban muy por debajo de la realidad.
Según otras estimaciones, la desocupación en este mismo periodo pudo haber alcanzado un 28 % de la población laboralmente activa.
49 En lo que sí existe un consenso es sobre los sectores más afectados por la depresión económica.
Los más perjudicados, aproximadamente un 40 % del total de los desocupados, fueron los trabajadores del sector agrícola, seguidos por los trabajadores de la industria, transporte y servicios portuarios, casi un 30 %, y por los obreros de la construcción, un 12 %.
50 El impacto de la crisis se hizo particularmente visible en las grandes ciudades y, sobre todo, en Buenos Aires.
En el periodo de entreguerras la capital argentina cobijaba en su seno al 40 % de todos los trabajadores industriales de la República.
51 Además, ante la caída de la actividad en el campo, los trabajadores del sector agrícola empezaron a acudir masivamente a la ciudad en busca del empleo.
Como consecuencia, desde el inicio de la década del treinta, en el paisaje urbano bonaerense se hicieron presentes los asentamientos informales de las personas sin techo.
Este fue el caso de los campamentos formados en los bosques de Palermo, en el Parque Patricios, Villa Pueyrredón y en el Bajo Belgrano.
El más numeroso, sin embargo, fue el popularmente denominado «Villa Desocupación» o «Villa Esperanza», establecido en la zona del Puerto Nuevo.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES expandirse y a poblar los terrenos baldíos de la costa del Río de la Plata.
Con los materiales donados por las autoridades porteñas, fueron construyendo lo que un testigo ocular de la época definió como «pequeñas, bajas y antihigiénicas casuchas».
53 Pese a su carácter rudimentario, el campamento no estuvo exento de una cierta organización.
Algunos de los habitantes emprendieron sus propios negocios, como cigarrerías, peluquerías, pequeños almacenes con productos alimenticios, o las tan criticadas quinielas.
54 El asentamiento siguió creciendo y ya en 1934 el número de sus habitantes alcanzó cinco mil personas.
55 La mayoría eran hombres, jóvenes o de mediana edad, casi todos de origen extranjero.
56 Los desocupados crearon sus propias secciones, que reflejaron una división según la nacionalidad.
Como señalaban distintas fuentes, el número de los ciudadanos polacos instalados en la Villa Desocupación oscilaba entre un 30 y un 50 %.
El impacto de la crisis económica entre los inmigrantes polacos
Según las estimaciones de Klarner Kosińska, en el año 1930 la tercera parte de todos los inmigrantes polacos residentes en Argentina se encontraba sin trabajo y los que consiguieron conservar el empleo trabajaban de forma discontinua o sufrían grandes cortes en el salario.
58 Esta situación se deterioró sucesivamente en los años siguientes, alcanzando su apogeo en 1933.
Las fuentes étnicas señalaban que en este periodo el número de obreros desocupados superaba el 50 %.
Probablemente el desempleo no llegó a tales dimensiones, pero con toda seguridad estaba por encima de los cálculos ofrecidos por el Censo Nacional de los Desocupados llevado a cabo por el Departamento Nacional del Trabajo.
El sucesivo deterioro de la situación laboral lo demuestran también las estadísticas presentadas por el Patronato.
En el año 1930, en la sede bonaerense de la agencia polaca de colocación fueron presentadas 5.977 solicitudes de intermediación en la búsqueda de trabajo, de las que se resolvieron favorablemente 706.
54 Quiniela: un juego de azar de carácter ilegal.
A pesar de la persecución policial, el juego gozó de gran popularidad en la Argentina de entreguerras.
61 Entre los que acudían a la entidad en busca de ayuda no faltaban quejas que denunciaban que los trabajos a los que la entidad brindaba acceso eran los peor pagados, los más peligrosos y la mayoría implicaba el traslado al interior del país.
En consecuencia, muchos de los obreros no soportaban la precariedad existente, ni las pésimas condiciones de empleo y tras unas pocas semanas de trabajo regresaban a la ciudad de Buenos Aires.
La inestabilidad vivida por los trabajadores de este origen fue un tema recurrente en las notas, no exentas de una fuerte carga emotiva, publicadas por la prensa polaca de Buenos Aires.
En las páginas de los periódicos abundan las imágenes de centenares de inmigrantes polacos sin ocupación, desnutridos, deambulando por las calles porteñas.
Según señalan las fuentes étnicas, esta situación empeoraba en los meses de invierno, cuando, una vez terminada la cosecha, acudían a la capital miles de jornaleros.
No faltaron voces que por las penurias vividas por los trabajadores polacos culpaban a las autoridades del país de origen y, sobre todo, a una falsa imagen de Argentina -como un país de enormes riquezas y de grandes posibilidades-que se siguió propagando en Polonia aun cuando ya resultó evidente que el mercado laboral argentino había perdido su capacidad de ofrecer trabajo:
Los últimos transportes de emigrantes provenientes de Polonia, que desembarcaron en las orillas argentinas, despiertan la sensación que Polonia pretende mandar a todos sus habitantes fuera del país; no existe ni la más mínima selección entre los dispuestos a emigrar.
Se envía a la gente, peor aún, familias enteras, que no están preparadas para establecerse en Argentina o en Paraguay. [...]
Todos ellos atraídos por las perspectivas color de rosa, que les fueron transmitidas por los agitadores emigratorios que están deambulando por el país.
62 Paralelamente, la prensa étnica alertaba sobre el creciente fenómeno de mendicidad entre los polacos e informaba sobre cientos de connacionales viviendo de limosna en las proximidades de la Villa Desocupación y en el centro de la ciudad.
Ante la cada vez mayor visibilidad del problema, el gobierno argentino optó por tomar medidas represivas.
Ya el 15 de julio de 1932 fue aprobada la ley según la cual los mendigos o los que explotasen la mendicidad podían quedar reprimidos con una multa de 20 a 70 pesos o con el arresto de 6 a 21 días.
El análisis de las fuentes policiales confirma el protagonismo que en el ejercicio de la mendicidad desempeñaban los individuos de origen extranjero, destacando dentro de este grupo los ciudadanos polacos.
En el año 1933, 440 personas de esta nacionalidad quedaron detenidas por ejercer la mendicidad en la capital, número que superó las detenciones registradas entre los representantes de los grupos migratorios mayoritarios.
A modo de comparación, en el mismo año fueron detenidos 316 españoles y 265 italianos.
63 A la creciente mendicidad, a finales del año 1933 y principios de 1934, se sumó la participación de los habitantes de la Villa Desocupación en una serie de atracos a almacenes y tiendas alimenticias, localizadas en la proximidad del Puerto Nuevo.
Los sucesos fueron protagonizados por individuos armados de revólveres, hierros y piedras, que ocasionaron importantes daños materiales en los negocios de la zona.
Todos los detenidos fueron identificados como ciudadanos polacos.
64 Ante los actos delictivos, las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas drásticas.
En enero de 1934 los obreros municipales procedieron al derrumbe del asentamiento.
Tras la intervención de los funcionarios de la policía, los desocupados con antecedentes penales quedaron encarcelados y los demás fueron obligados a trasladarse a los albergues oficiales en las proximidades del Puerto Nuevo.
65 En estas circunstancias, no faltaron opiniones que señalaban que las dificultades que experimentaban los polacos a la hora de incorporarse a las estructuras existentes del país eran resultado directo de la etapa preemigratoria.
De acuerdo con estas ideas, Juan Alejandro Ré, subcomisario en la comisaría 23, bajo cuya jurisdicción permaneció la Villa Desocupación, afirmaba que a partir de la I Guerra Mundial, nuestro país presenció impasible la invasión pacífica de gente extranjera, de todas las nacionalidades -especialmente polaca-, gente que en su mayoría por su condición de ex combatientes, traía consigo taras patológicas y carencia absoluta de recursos de subsistencia.
KATARZYNA PORADA De este modo, el hecho de haber pasado por las experiencias de la guerra les condenaba, según esta línea argumentativa, a ser portadores de trastornos mentales y, por tanto, imposibilitaba su integración a la sociedad argentina.
La presencia polaca entre los grupos más perjudicados por las secuelas de la gran crisis económica también fue destacada por los actores argentinos.
Algunos de ellos incluso se plantearon el porqué de la tan alta vulnerabilidad de los trabajadores de este origen en comparación con otros grupos étnicos.
En un intento de contestar dicha interrogante, Felipe Sahores, el gerente del albergue donde quedaron alojados los desocupados tras el derribo de la Villa Desocupación, señalaba:
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES crisis económica.
Si comparamos el caso polaco con el de otros grupos de origen inmigrante podemos ver, por ejemplo, que la mayor afluencia de los grupos mayoritarios, italianos y españoles, al igual que los rusos, tuvo lugar en el periodo 1906-1910 y la de los alemanes en el lustro de 1921-1925.
69 Como ya se ha señalado, el espectacular crecimiento de la presencia polaca en Argentina tuvo lugar en los años anteriores a la Gran Depresión, por tanto muchos inmigrantes no tuvieron tiempo para alcanzar una estabilidad laboral suficiente que les permitiera afrontar los resultados de la crisis.
En consecuencia, el factor tiempo determinó su escasa integración laboral que se hizo particularmente visible en el momento de la caída de la actividad económica.
Por otro lado, el acceso al mercado de trabajo limitado a los puestos más bajos en la jerarquía laboral, también estuvo relacionado con la debilidad de las redes sociales.
70 Una fuerte reorientación de los movimientos migratorios polacos hacia Argentina, resultado de las restricciones en la política migratoria estadounidense, superó las escasas posibilidades de los vínculos de paisanaje existentes.
Por ello, al no disponer de lazos con otros inmigrantes ya establecidos en el país, la mayoría de los recién llegados dependía de los mecanismos impersonales de contratación y de los trabajos al que estos ofrecían acceso.
La comunidad polaca ante la crisis
Dado el impacto que la crisis económica tuvo entre los inmigrantes polacos, las estructuras asociativas con el apoyo del cuerpo consular se vieron obligadas a emprender una serie de actividades que paliaran la situación de los connacionales más desfavorecidos.
Las primeras acciones asistenciales fueron desarrolladas por el ya mencionado Patronato, cuyas funciones, además de actuar como agencia de colocación, consistían en servir de apoyo jurídico o sanitario, intermediar entre el empresario y el trabajador, ayudar a las personas sin recursos e incluso facilitar, en casos extremos, el retorno a Polonia.
La escalada de la crisis claramente superó las escasas posibilidades del Patronato.
Según los informes presentados por la institución, apenas un 15 % de los ciudadanos polacos pudo contar con su apoyo.
Tampoco cumplió su función el albergue para los desocupados, fundado KATARZYNA PORADA en 1928 gracias a las colectas realizadas por los inmigrantes.
El edificio, situado en el barrio porteño de Flores, tenía la capacidad de alojar hasta 120 personas.
71 La iniciativa, sin embargo, no tuvo buena acogida entre los propios inmigrantes.
La constante falta de medios financieros para el mantenimiento, su distancia del centro y de las principales entidades polacas, la falta de higiene básica, además de grandes defectos en su construcción, provocaron que el albergue se ganara el nombre de «El Hotel Miseria».
Paralelamente, a comienzos de 1931, en las cercanías a la zona de Retiro, detectada como la de mayor concentración de polacos desocupados, fue abierto el comedor gratuito, con el apoyo del cuerpo diplomático y gracias a donaciones privadas.
El día de la apertura, los iniciadores del proyecto aseguraban con gran entusiasmo que este podría ofrecer hasta seiscientos almuerzos diarios y que era una solución definitiva para la desnutrición de los compatriotas.
En realidad, debido a la escasez de fondos económicos, no llegaba a preparar más de ciento cincuenta comidas al día.
Además de la acción benéfica, a través del comedor gratuito se intentó poner en práctica medidas correccionales.
Los empleados del comedor recibieron instrucciones en las que se les prohibía distribuir almuerzos a aquellos que se hubieran negado a aceptar el trabajo que el Patronato ofrecía, ya que, según podemos leer en el informe ofrecido por la entidad: «El comedor gratuito fue fundado para inmigrantes pobres pero trabajadores, y no para vagos y vagabundos».
72 Con esta exclusión ejemplificadora, se pretendía disuadir a los inmigrantes de su estancia prolongada en Buenos Aires y se les obligaba a aceptar cualquier empleo disponible, independientemente del lugar y las condiciones que ofreciera.
Pese al entusiasmo inicial con que fue recibido, el proyecto no sobrevivió mucho tiempo.
El cada vez menos generoso número de donaciones provocó que el comedor gratuito de Retiro cerrara sus puertas en noviembre de 1931.
73 Dada la perdurabilidad de la crisis, en 1933, por iniciativa de los miembros más activos de la comunidad y con el apoyo de todas las asociaciones polacas de Buenos Aires, se fundó el Comité de Ayuda a los Desocupados.
La nueva institución, por un lado, pretendía reunir fondos para satisfacer las necesidades más inmediatas de los inmigrantes, garantizarles el acceso LA INMIGRACIÓN Y LA CRISIS.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES a alimentos y ofrecer ropa o productos de higiene básica y, por otro lado, dada la inoperancia del Patronato, se comprometía a aumentar los esfuerzos en la búsqueda de empleo para los desocupados y brindarles información práctica sobre oportunidades existentes.
74 En este sentido, el nordeste argentino, donde desde la última década del siglo XIX iban estableciéndose los colonos polacos, se presentaba como una posibilidad viable para escapar de la miseria vivida en las grandes ciudades.
En la prensa polaca de la época no faltaron los encendidos llamamientos a «nuestros hermanos polacos de Misiones», que apelaban a la solidaridad para ayudar a compatriotas desocupados, al tiempo que enumeraban las ventajas que ofrecía la colonización en la tierra misionera.
No obstante, la crisis económica también afectó a las colectividades polacas en Misiones y, particularmente, a la industria yerbatera, una de las principales fuentes de ingreso de los colonos polacos.
La caída de los precios impactó seriamente en la producción y comercialización de yerba mate y los colonos perdieron la capacidad de contratar mano de obra asalariada.
75 Además de proyectos conjuntos, organizados entre varias entidades con el apoyo del cuerpo diplomático, las respectivas asociaciones emprendieron acciones a menor escala.
En los años más duros de la crisis se procedió al financiamiento de entierros de paisanos sin medios económicos, se organizaron bolsas de comida o se prestó ayuda económica a personas sin recursos.
No obstante, la capacidad asistencial de los respectivos centros era mínima.
Para dar un ejemplo de su escaso impacto, en el periodo de mayo de 1931 a abril de 1932, la Unión Polaca en Berisso otorgó subsidios para once personas (93,55 pesos) y la Sociedad Polaca en Dock Sud ayudó a ocho personas, con subsidios de 52 pesos.
76 Por esa misma fecha, el salario mensual medio de un obrero industrial superaba ligeramente los cien pesos.
Los principales perjudicados no permanecieron inmóviles ante la situación en la que se encontraban.
En agosto de 1933 entre los habitantes de la Villa Desocupación se formó el Comité de Polacos Desocupados.
Su principal objetivo era representar a los connacionales sin trabajo.
En los llamamientos publicados en la prensa étnica, los desocupados reclamaban el consenso entre las asociaciones y el trabajo conjunto para mejorar la situación de los ciudadanos polacos.
KATARZYNA PORADA en la búsqueda de trabajo y, si esta exigencia era imposible de cumplir, solicitaban ayuda económica para retornar al país.
77 A pesar de la incapacidad de la colectividad para brindar asistencia a los desocupados, el retorno no fue contemplado como una forma de ayuda.
Tanto las oficinas consulares como la prensa étnica desaconsejaban retornar a Polonia, argumentando que la situación vivida en el país de origen era mucho peor.
Consecuentemente, todas las solicitudes dirigidas al Patronato con el fin de financiar el retorno fueron denegadas.
De los dos mil retornos anuales que se produjeron durante los años de mayor crisis, la mayoría lo hizo por sus propios medios.
La colectividad judeo-polaca ante la crisis
Al analizar el impacto de la crisis económica en la década de los treinta sobre la inmigración proveniente de Polonia, no se puede ignorar una parte sustancial de la misma, es decir, la de los polacos judíos.
Como se ha señalado, en el periodo de entreguerras, los judeo-polacos fueron la tercera parte del total de inmigrantes de esta nacionalidad, al tiempo que constituyeron un porcentaje sustancial del conjunto de los judíos residentes en Argentina.
A finales de los años treinta, el 22 % de la totalidad de los judíos procedía de Polonia y, en el caso de Buenos Aires, este porcentaje se elevaba al 31 %.
79 Si bien en los datos estadísticos los judíos fueron tratados conjuntamente con los demás ciudadanos polacos, las características del grupo eran muy diferentes del resto de inmigrantes provenientes de Polonia.
Por ello, a la hora de analizar las secuelas de la crisis económica, los judeo-polacos requieren ser examinados por separado.
A diferencia de los polacos católicos, la inmigración judía tuvo un carácter mayoritariamente familiar.
Se trataba de personas provenientes de un ámbito urbano y con expectativas de retorno muy bajas.
El auge de la migración judía fue anterior al de los polacos católicos.
El mayor número, 7.500 ingresos (75 % del total de los ciudadanos polacos ingresados a Argentina), fue registrado en el año 1923.
80 El significativo descenso -en comparación con la tendencia ascendente de la inmigración polaca-es-77 «Z Palerma», Codzienny Niezależny Kurier Polski, 6 de diciembre de 1933, 3.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES taba relacionado con la reorientación del movimiento migratorio; desde la segunda mitad de los años veinte, creció considerablemente la inmigración judía hacia Palestina.
Los arribados a Argentina en el periodo de entreguerras optaron por radicarse principalmente en las grandes ciudades, la mayoría en la capital y tan solo un 11 % se dirigió a las colonias agrícolas.
81 Dentro de la ciudad de Buenos Aires, los polacos judíos se fueron estableciendo en Villa Crespo, Villa Devoto, Belgrano, en menor grado en el barrio Once y, desde la segunda mitad de la década de los veinte, también en las suburbanas Vicente López y Villa Lynch.
82 Entre las profesiones ejercidas, predominaron comerciantes, vendedores ambulantes, manufactureros, artesanos y obreros.
Un porcentaje sustancial se dedicó a la industria textil.
Este fue el caso de los inmigrantes judíos provenientes de las ciudades de Białystok, Łódź y Bełchatów, donde desde el siglo XIX se había desarrollado la industria textil a gran escala.
Los procedentes de estas regiones, en su mayoría expertos tejedores, encontraban su primer empleo en las fábricas textiles de Campomar en el barrio de Belgrano, o en Braceras en la zona de Vicente López.
La estrategia laboral consistía en trabajar un tiempo en relación de dependencia y, tras ganar el capital suficiente, fundar su propio taller textil.
Con el tiempo las pequeñas fábricas, de las que muchas fueron instaladas en Villa Lynch, se transformaron en medianas empresas textiles.
Es allí donde, a su vez, se contrataba a familiares y vecinos provenientes de Polonia.
83 Asimismo, como señala Bargman, a través de la industria y el comercio textil, los judeo-polacos establecieron una importante articulación con el contexto argentino y aseguraron su movilidad social ascendente.
84 En consecuencia, su trayectoria colectiva en el periodo analizado fue más exitosa que la del resto de los ciudadanos polacos, característica que también fue registrada por los representantes del cuerpo diplomático polaco.
Ya a principios de los años veinte, el cónsul polaco, Józef Włodek, apuntaba:
En las relaciones locales se orientan rápidamente y poco después de llegar ya se dedican a hacer negocios [...].
Consiguieron establecerse en todos los principales distritos de Buenos Aires, con preferencia en aquellas avenidas, donde existen perspectivas de mejor desarrollo [...].
También se metieron en los barrios aristocráticos de Palermo y Belgrano, donde adquirieron sus propios palacios [...].
KATARZYNA PORADA a las más altas autoridades y consiguen influencia en las agencias nacionales.
El conocimiento de idiomas extranjeros les facilita encontrar trabajo y, hoy en día, en la mayoría de las oficinas argentinas, con facilidad se encuentra a un judío.
85 Paralelamente, los polacos judíos demostraron una mayor predisposición que sus conciudadanos católicos para fundar asociaciones étnicas.
En los años treinta, tan solo en la ciudad de Buenos Aires, existían doce asociaciones judías que reflejaban diferentes regiones polacas de las que procedían sus afiliados.
Los socios de cinco de ellas de las que tenemos datos -aproximadamente mil personas-igualaban en número a todos los afiliados de las organizaciones polacas católicas en el territorio argentino.
86 Ninguna de las entidades judías perteneció a la Federación de Sociedades y Asociaciones «Casa Polaca», creando su propio organismo central denominado «Unión Israelita Polaca».
Además de las asociaciones regionales, hacia 1930 se desarrollaron varias instituciones de ayuda mutua, socorro y beneficencia -tanto religiosas como seculares-, que reunían a judíos procedentes de diferentes países de la Europa Centro-oriental.
Ya en 1894, en la ciudad de Buenos Aires, se había creado la Jevra Kedushá Ashkenazí, denominada posteriormente como Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).
Inicialmente su objetivo consistía en atender las inhumaciones de los afiliados conforme al rito judío, y con el tiempo se agregaron otras tareas del campo de la beneficencia.
En 1928 el número de socios de Jevra Kedushá llegó a superar las catorce mil personas.
Bajo su iniciativa, en 1921 se construyó el Hospital Israelita.
88 Entre ellos, durante los años más duros de la crisis, se encontraban los polacos católicos, quienes no disponían de un centro médico propio.
89 Al mismo tiempo, en los años veinte, existieron en Buenos Aires dos orfanatos y un asilo para ancianos.
En 1922 fue establecida la Sociedad Protectora de Inmigrantes Israelitas ( SOPROTIMIS), que funcionó como agencia de colocación.
Ese mismo año quedó establecida la Cocina Popular Israelita, que proporcionaba comida gratuita o a muy bajo costo a judíos sin recursos.
[Traducción de la autora].
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES de las entidades había una sección que proveía subsidios a los más necesitados, ropa y, ocasionalmente, alguna herramienta o máquina de trabajar.
90 Si bien las entidades judías no eran ajenas a los conflictos internos, discusiones ideológicas y disputas por el poder entre dirigentes, la colectividad consiguió desarrollar fuertes estructuras colectivas, donde los servicios y las prestaciones brindadas eran muy variadas.
No disponemos de datos exactos sobre el impacto que la crisis económica mundial tuvo sobre los judíos provenientes de Polonia.
Tampoco sabemos qué porcentaje de los desocupados polacos se refiere a los judíos.
Indudablemente este tema requiere mayores análisis.
En cualquier caso, basándonos en las particularidades de los movimientos migratorios de este grupo, sus características socio-demográficas, así como las estructuras asociativas, podemos afirmar que en este caso las secuelas de la crisis fueron menos impactantes que las de los polacos católicos.
Los efectos de la crisis en Argentina perduraron hasta la segunda mitad de los años treinta.
A partir de entonces, la economía comenzó a recuperarse paulatinamente.
La política económica favoreció la afluencia de capital extranjero, se restableció una tendencia ascendente en las exportaciones y se observó una mejora de los precios en los principales productos destinados a la exportación.
La reactivación económica, junto con el espectacular desarrollo de obras públicas, provocaron que el mercado laboral volviera a restablecerse y la desocupación, incluida la de los ciudadanos polacos, fuera disminuyendo progresivamente.
Consecuentemente, a la par que las condiciones económicas, empezó a recuperarse el movimiento migratorio entre ambos países.
Ya en 1936, aproximadamente seis mil ciudadanos polacos arribaron a Buenos Aires, y un año más tarde este número creció hasta ocho mil quinientos.
91 No obstante, el estallido de la Segunda Guerra Mundial paralizó casi por completo los movimientos poblacionales, poniendo fin a una época destacable en la historia de la migración polaca hacia Argentina.
Como hemos intentado demostrar, los ciudadanos polacos radicados en la ciudad de Buenos Aires fueron uno de los sectores más vulnerables ante las secuelas de la Gran Depresión.
KATARZYNA PORADA de este origen, no todos los grupos étnicos fueron afectados de la misma forma y hubo una diferencia considerable en el impacto recibido entre polacos católicos y polacos judíos, diferencias que se deben a las particularidades de ambos movimientos migratorios, así como a un conjunto de factores interrelacionados entre sí.
La perdurabilidad de la crisis económica en Polonia, las fuertes tendencias proemigratorias del Estado polaco y las restricciones en la política inmigratoria estadounidense, convirtieron a la Argentina de entreguerras en uno de los principales países de destino.
El crecimiento sostenido de los movimientos migratorios procedentes de tierras polacas registrado a mediados de la década de 1920, tuvo su auge, en el caso de los polacos católicos, en los años anteriores a la crisis económica mundial.
En consecuencia, la primera época migratoria -que suele caracterizarse por un acceso reducido al mercado de trabajo y por un alto índice de inestabilidad laboral-coincidió, para un número elevado de inmigrantes polacos, con los primeros efectos de la caída de la actividad económica.
Al agravarse la situación laboral y al desempeñar las tareas no calificadas, los polacos fueron unos de los primeros en sufrir reducciones de sueldo o convertirse en mano de obra prescindible.
A la situación laboral desfavorable se sumó, además, la incapacidad de la joven colectividad de afrontar las secuelas de la crisis.
Las redes sociales existentes fueron incapaces de garantizar la contratación y, menos, la estabilización de los recién llegados.
El creciente número de desocupados superó las escasas posibilidades de las estructuras étnicas polacas, carentes de socios y de fondos económicos.
En consecuencia, su apoyo a los connacionales más necesitados fue mínimo.
También fue escasa la ayuda económica del Estado polaco para sus ciudadanos en el exterior.
Como resultado, la debilidad en los vínculos de paisanaje y la insuficiente capacidad asistencial de las instituciones étnicas obligó a los inmigrantes polacos a depender de mecanismos impersonales de contratación.
El perfil profesional de los emigrados determinó, a su vez, la oferta laboral a la que podían acceder a través de este medio.
Como se ha señalado, se trataba mayoritariamente de obreros no calificados, peones o jornaleros, sin competencias técnicas suficientes para garantizar el acceso a un empleo estable.
La mayoría no poseía el conocimiento del idioma castellano, lo que adicionalmente dificultaba su situación laboral.
A estas características se sumaba el elevado índice de masculinidad, que respondía a los respectivos proyectos migratorios.
Estos LA INMIGRACIÓN Y LA CRISIS.
LOS POLACOS EN EL BUENOS AIRES contemplaban el retorno al país de origen o preveían la reunificación familiar.
Se trataba, pues, de individuos dispuestos a realizar cualquier trabajo, reducir al máximo el gasto y enviar sistemáticamente el dinero a Polonia.
Seguidamente, la falta de ahorros imposibilitaba afrontar los cada vez más prolongados periodos de desocupación y les hacía muy propensos a formar parte de uno de los precarios asentamientos de desocupados.
Consecuentemente, la mayor vulnerabilidad de los polacos, en comparación con otros colectivos de origen inmigrante en el contexto argentino, no se debía a un más alto porcentaje de desocupados dentro de la comunidad, sino a la incapacidad del grupo para amortiguar las secuelas de la crisis.
Este impacto, en cambio, fue mucho menor entre los polacos judíos.
En este caso, los proyectos migratorios que involucraban a todo el grupo familiar y que raras veces contemplaban la posibilidad de retorno, estaban enfocados en el país de destino.
La especialización en determinados sectores laborales contribuyó, por un lado, al reforzamiento de las cadenas migratorias y, por el otro, aseguró la movilidad social ascendente del grupo.
Los vínculos de paisanaje, al parecer mucho más fuertes que entre sus connacionales católicos, crearon un eficaz sistema de ayuda y permitieron una mayor estabilidad laboral.
La intensa participación de los inmigrantes judíos en las asociaciones voluntarias fundadas en la ciudad de Buenos Aires, aseguró la existencia de fuertes estructuras colectivas.
Estas, además, se fueron retroalimentando con las de los judíos askenazíes de otras nacionalidades, lo que permitió establecer una poderosa red de instituciones asistenciales, capaz de atenuar, al menos parcialmente, las consecuencias de la crisis económica.
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El artículo propone una lectura en clave política del desembarco en Buenos Aires de tres ilustres escritores -Filippo Tommaso Marinetti, Giuseppe Ungaretti y Mario Puccinicon motivo de la celebración del XIV Congreso Internacional del PEN Club argentino.
Con el propósito de discernir si los intelectuales viajan como embajadores de las letras italianas o bien como propagandistas del régimen de Mussolini, se reconstruyen los respectivos calendarios de viaje, se rescatan de las notas de prensa de la época las conferencias dictadas durante las tournées y se recogen las impresiones vertidas sobre el país anfitrión en sus bitácoras de viaje.
Palabras Clave: Buenos Aires; PEN Club; Escritores Italianos; Fascismo; Arte y Política.
La aventura americana de Filippo Tommaso Marinetti, Mario Puccini y Giuseppe Ungaretti comienza tras su embarco en el transatlántico Asina, que atraca en el puerto de Buenos Aires a finales del mes de agosto de 1936.
Los tres escritores italianos conforman la delegación invitada a participar en la reunión internacional de «Poetas, Ensayistas y Novelistas» (PEN) que tendría lugar entre el 5 y el 15 de septiembre de ese año.
Mientras el vate futurista es ya una figura familiar en los circuitos intelectuales bonaerenses, en parte por ser esta su segunda visita, sus dos acompañantes precisan de una presentación ante el auditorio porteño a pesar de su prestigio en el contexto literario del que proceden.
1 Será el mismo Marinetti quien dedique un espacio de su primera conferencia, «Letteratura ed arte della nuova Italia», a elogiar a sus dos acompañantes como destacados renovadores de la lírica y la narrativa italianas.
Si por un lado Puccini, consagrado a la novela social, brilla con luz propia por su «personalidad indiscutida», Ungaretti representa «la expresión de la nueva poesía», afirma el tercer viajero ante los espectadores argentinos.
2 Al atender a las biografías y al perfil ideológico-literario de los visitantes, saltan a la vista una serie de concomitancias que permiten trazar una línea de parentesco entre ellos.
Los tres han participado en los actos de combate de la Gran Guerra, han manifestado su adhesión a la ideología fascista y forman parte de la élite intelectual italiana debido a su notoria trayectoria profesional y destacable obra civil.
En relación con la peculiaridad que los define como escritores combatientes, es oportuno aludir al contexto beligerante en que se produce la gestación de su actividad literaria.
A partir de la correspondencia que mantienen Mario Puccini y Giuseppe Ungaretti desde sus respectivos frentes bélicos, se conocen los avatares de su enrolamiento como jóvenes soldados durante la Primera 1 Los nombres de Ungaretti y Puccini, aunque conocidos por las élites ilustradas argentinas, no tienen el mismo poder de atracción que sus contemporáneos F. T. Marinetti o Luigi Pirandello.
La revista Sur, en la que en 1936 se publica el artículo «Ungaretti» de Ernesto Palacio, tiene un papel decisivo en la introducción de distintos nombres de la literatura italiana en la esfera cultural porteña.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI Guerra Mundial, sus desplazamientos junto al ejército y las lecturas que ocupan sus horas muertas en la trinchera;3 desde allí, en la hostil meseta del Carso, Ungaretti, además de mantener una nutrida correspondencia con el amigo, compone Il porto sepolto,4 su primer poemario y uno de los episodios líricos con mayor resonancia en la historia literaria italiana del siglo XX.
En el caso de Marinetti, quizás el escritor cuya figura se ajusta con mayor precisión a la de poeta combatiente, 5 la publicación de su manifiesto Guerra sola igiene del mondo en 1915 coincide con la ofensiva de Italia contra el Imperio austrohúngaro.
Otro rasgo que acomuna la obra de los tres escritores viajeros tiene que ver con el desarrollo de su producción literaria bajo el mandato de Benito Mussolini.
Si bien no atañe a este estudio dirimir el tipo de diálogo que mantienen estos intelectuales con el gobierno del Duce a lo largo de las dos décadas de fascismo, resulta oportuno señalar que, a pesar de los episodios de fricción que van a enturbiar la relación de Ungaretti con los altos cargos de la política institucional hacia finales de la década del treinta, 6 en el momento de su desembarco en el puerto argentino el comportamiento de la comitiva responde al de fieles propagadores de los triunfos de la Italia fascista.
La travesía transatlántica hace de los tres visitantes parte de la nómina de una joven generación intelectual que goza, por primera vez, de una mayor movilidad internacional y que se beneficia de la experiencia del viaje.
7 CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ Mario Puccini, autor de una ingente producción narrativa, 8 escribe también varios libros en los que recoge los avatares de sus recorridos por Italia, España y Argentina: entre ellos Milano, cara Milano! (1957), Amore di Spagna.
Taccuino di viaggio (1938) y L'Argentina e gli argentini (1939), en el que despliega sus impresiones sobre la pampa, el gaucho y el paisaje urbano de Buenos Aires.
Por su parte, también Ungaretti publica varios artículos de viaje reunidos en la colección Il deserto e dopo (1961), pero si su obra ocupa aún hoy en día un lugar privilegiado en el Parnaso literario no es por su literatura de viajes, sino por el viraje que su materia poética imprime en la lírica italiana contemporánea.
Ungaretti, tres años antes de su visita a la Argentina, había publicado una de sus obras maestras, Sentimento del Tempo (1933), título que pone en marcha el proceso de monumentalización de su figura como procreadora de la palabra «pura» y de su obra como precursora del hermetismo poético florentino.
Con motivo del XIV Congreso Internacional de los PEN Clubs, 10 sus presidentes, Carlos Ibarguren y Victoria Ocampo, convocan en la capital argentina una multitudinaria reunión de escritores procedentes de Europa, Asia y América.
Si bien las normas de la organización, nacida en 1921 como una entidad exclusivamente literaria, insisten en la abstención del juicio político durante las disertaciones oficiales, «algunos congresistas, en concreto aquellos procedentes de una Europa en plena convulsión, participan en las sesiones ordinarias con el ímpetu de quien desciende al campo de batalla».
Sus viajes por España, y en concreto su paso por Sevilla, explican su amistad con los intelectuales de la España republicana, sobre cuyas figuras escribirá algunos ensayos literarios como Miguel de Unamuno (1924) o Vincenzo Blasco Ibáñez (1926).
10 Se trata de la primera reunión de los PEN Clubs celebrada fuera de Europa y responde a la política cultural de Agustín P. Justo (1932-1938), que se compromete a cubrir los gastos de viaje y el alojamiento de todos los invitados para construir una imagen mejorada de la Argentina.
Las actas se publicaron el siguiente año: PEN Club de Buenos Aires, XIV Congreso Internacional de los P.E. N. Clubs, 5-15 septiembre 1936: discursos y debates, Buenos Aires, Gerónimo J. Pesce, 1937.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI El enfrentamiento entre los representantes de las distintas naciones -«la dramática disensión entre los delegados franceses y los italianos», en palabras de Roberto Giusti-12 es sintomático de la irradiación hacia el campo intelectual de las desavenencias ideológicas que fracturan el paisaje político occidental.
La batalla de ideas involucra, de manera casi unánime, a las filas literarias, cuyos representantes se ven compelidos a redefinir su rol social, a tomar postura en uno u otro bando.
Las sesiones del PEN Club se convierten, entonces, en zonas de combate donde los defensores de los ideales democráticos y los simpatizantes del fascismo, al encontrarse cara a cara, se increpan, se lanzan acusaciones y desatan varios altercados.
En la creación de tal ambiente de desorden y excitación no participan únicamente los congresistas, sino también el público porteño en general que, amontonado en las barras, asiste bullicioso y resuelto al discurrir de las batallas verbales.
La enorme expectación que suscita entre los ciudadanos la reunión de escritores es prueba, según el parecer de Giusti, de una ciudad «vibrante y receptiva».
13 Por su parte, el delegado chileno Domingo Melfi, partícipe de los acalorados debates como observador silente, escribe en su cuaderno de notas: «Es difícil que el ambiente pueda sustraerse a la presión trágica de la angustia que padece el mundo partido en dos mitades», cuyo rumor afiebrado «llega hasta el congreso.
Fascistas y antifascistas llenaban los asientos».
14 Las actas del congreso, así como las noticias de los diarios publicados en Buenos Aires,15 brindan el material necesario para reconstruir el ambiente de crispación en que se desarrollan las reuniones, cuyos protagonistas, ya sean europeos o argentinos, se encuentran inmersos en un contexto de extrema politización que alcanza, en la segunda mitad de la década, su expresión más feroz.
16 CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ La comisión organizadora del congreso de 1936, compuesta por Antonio Aita, Juan Pablo Echagüe, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Juan B. Terán, Julio Fingerit, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea y Gustavo Adolfo Martínez Zuviria -más conocido como Hugo Wast-, se hace cargo de cuarenta y un países y más de cien invitados, entre los que destacan personalidades de elevado prestigio en el mundo internacional de las letras.
Algunos de esos nombres son Alfonso Reyes, embajador de México en Buenos Aires; los españoles Enrique Diez Canedo y José Ortega y Gasset; los franceses Jules Romains, George Duhamel y Jac ques Maritain; el alemán Emil Ludwig; el belga Henri Michaux; el polaco Jan Parandowski y el austríaco Stefan Zweig.
Tras el conciliador discurso de bienvenida, a cargo del Dr. Carlos Ibarguren, y la lectura de los mensajes de saludo enviados por George Wells y André Gide a los congresistas desde el otro lado del Atlántico, las primeras hostilidades toman cuerpo con la réplica de Marinetti a las declaraciones de Victoria Ocampo -«la más rica y bella mujer de Buenos Aires, Ocampo, reina de un salón de bolchevismo esnobista»,17 tal y como la describirá el futurista en sus memorias-acerca del common reader.
El tono de querella que inaugura la primera sesión del congreso va in crescendo y encuentra en el líder futurista, espoleado por sus dos acompañantes, a su principal animador.
La mañana siguiente, Ludwig, en su tiempo de exposición y acorde con el tema central, «Función posible del escritor en la sociedad», refiere la crítica situación vivida por los escritores germanos bajo el gobierno del Führer.
Al tomar la palabra en nombre de los alemanes emigrados y exiliados, se levanta de las galerías un estruendo de aplausos que convierten a Ludwig, según el testimonio de Melfi, en «héroe de la jornada».
18 Su denuncia se propone visibilizar episodios como la quema de libros y la persecución de los intelectuales, así como denigrar la figura del escritor oficial del Tercer Reich, aquel que encuentra su acomodo en el régimen del nazismo bien como burócrata, bien como trovador a sueldo.
Sus alusiones, aunque no apuntan directamente a los invitados fascistas, soliviantan a los italianos, que interrumpen al alemán con griteríos y, en el caso de Marinetti, con un discurso en defensa de la libertad de expresión que se vive en la Italia del Duce.
A partir de esta segunda intervención del futurista, se sucede entre la delegación francesa, representante del ala democrática, y la italiana, defensora del modelo fascista, una cadena de hostilidades que terminan por 1936.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI fagocitar todos los espacios de discusión literaria.
La figura del escritoresteta, amurallado en su torre de marfil y centrado en el objeto estético, no tiene cabida en esta reunión de «educada beligerancia».
19 La controversia más violenta entre ambas se da en la sesión del día 8 de septiembre, durante la cual Marinetti, encargado de la presidencia de la mesa, es interpelado por Duhamel y Romains con relación a su polémico texto Guerra sola igiene del mondo.
Carlos Ibarguren sale en defensa del acusado, que esquiva las alusiones mediante la delación del acoso al que son sometidos los representantes de la Italia fascista por parte de los franceses durante las sesiones.
20 En las jornadas restantes se aplaca la participación de la comitiva italiana, que en la sesión de clausura, y siempre a través de su portavoz más altivo, propone la ciudad de Roma como sede del próximo congreso del PEN Club.
El balance de Melfi al término de los debates es que «Europa dominaba el Congreso», 21 mientras que los delegados hispanoamericanos asisten con estupefacción al transcurrir violento de las disputas.
Stefan Zweig, del que Melfi evoca la afabilidad y la tristeza, toma la palabra únicamente en la sesión de clausura durante la cual rinde homenaje a H. G. Wells, al que presenta ante el auditorio como «gran escritor y combatiente infatigable», para insistir en la «potencia moral» y misión ecuménica del artista y del pensador.
22 La transmisión del desarrollo del congreso por parte de la prensa argentina denota una clara escisión ideológica de la misma.
En un extremo, desde periódicos como Crítica y L'Italia del Popolo se abomina de los representantes italianos a la par que se elogia el discurso de Jules Romains, CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ miembro de la delegación francesa y principal contrincante de Marinetti.
Los postulados bélicos del futurista, leídos en los años veinte en clave metafórica, devienen literales e inadmisibles en 1936; ya no representan el pensamiento iconoclasta frente a doctrinas caducas, sino que evocan el yugo de las democracias europeas y, en concreto, la lucha en las trincheras españolas:
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI fascista, propone a Giovanni Papini, Luigi Pirandello y Benedetto Croce como los tres únicos nombres de las letras italianas contemporáneas que merecen el prestigio internacional.
La delegación italiana es boicoteada por los interlocutores del PEN Club pero también por algunos medios informativos, que lisonjean a los delegados franceses como vencedores del debate en contraste con los tres «fantoches» italianos.
26 Uno de tantos ejemplos aparece en una noticia de Crítica el 9 de septiembre, en la que Marinetti es caricaturizado en actitud descompuesta frente a un imperturbable y sereno Jules Romains: 27 CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ Las notas amables que La Nación publica sobre las virtudes declamadoras del futurista, que «habló en italiano, impetuosamente, espléndidamente, con un vigor que nacía de la seguridad exacta de sus principios y con una fluidez que era fruto de una larga experiencia»,31 pueden leerse como un testimonio de la devoción que los sectores conservadores rinden a la figura marinettiana.
Por lo que respecta a periódicos filofascistas como Crisol, Il Giornale d 'Italia o Il Mattino d' Italia, estos prefieren desentenderse de las reuniones y debates que tienen lugar en el marco del PEN Club, cuyas sesiones anuncian con parquedad.
Il Giornale d'Italia publica un solo artículo al respecto, firmado por Folco Testena y titulado «Il libro e la madia», en el que resume la celebración del congreso como un fracaso.
Por su parte, Il Mattino d'Italia dedica solamente dos columnas al comentado evento; en la primera, «Il rito della sputacchiera al PEN Club», el encuentro intelectual es presentado como una reunión entre escritores anarquistas, bolcheviques e incendiarios, y se ironiza sobre la inconstancia de las opiniones políticas de Ocampo, que dos años antes había visitado al Duce en Italia.
32 En el segundo artículo, firmado por Mario Intaglietta, la fracasada «emboscada» que Romains y Cremieux preparan contra Marinetti sirve para recrear la imagen del futurista como un poeta soldado imbatible y comprometido con la raza y el destino de su nación:
33 La desproporción entre las noticias sobre el PEN Club y aquellas dedicadas a reproducir las conferencias y entrevistas de los tres viajeros constituye, sin lugar a dudas, una manera de atenuar las resonancias del bochorno italiano en la reunión de los escritores.
El silencio de algunos medios como estrategia periodística se alterna con el insulto en diarios filo-fascistas argentinos como Crisol, donde se refiere con desprecio al carácter masónico y judaico de los congresistas:
En las crónicas publicadas por los diarios argentinos de izquierda como Crítica, mientras Marinetti ocupa la centralidad de las reyertas y es identificado como el promotor de las batallas verbales, las voces de Giuseppe Ungaretti y Mario Puccini apoyan al futurista desde una retaguardia bulliciosa que alborota las sesiones con sus aspavientos e increpa a los contrincantes franceses.
Si las actas del congreso evidencian cómo ninguno de los tres respeta los turnos de palabra, las crónicas de la prensa describen su participación como un acopio de gritos, muecas y ademanes.
Las noticias parecen retrasmitir un combate entre púgiles donde la templanza de los invitados alemanes entra en colisión con la irascibilidad de los italianos.
35 Los atributos físicos de la delegación fascista, la mandíbula altiva de Marinetti, los ojos terribles de Ungaretti, corresponden con la actuación extemporánea mantenida durante los debates, que termina por frustrar cualquier amago de diálogo literario; mientras sus exclamaciones iracundas aumentan los 33 «Il colpo fallito», Il Mattino d'Italia, 10 de septiembre de 1936.
35 «Stephan Zweig, de rostro simpático y expresión serena, estaba sentado al lado de Emil Ludwig, en la primera fila.
Más allá, Marinetti, con su altiva mandíbula; Ungaretti, ojos terribles y espaciada frente, y Puccini, ágil, movedizo, vibrante».
«El Congreso del P.E.N. Club.
Oratoria, túnicas y champagne», La Fronda, 6 de septiembre de 1936.
CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ decibelios de la sala, las silbas y réplicas que les devuelven desde las tribunas del público envuelven las sesiones en una atmósfera de incomunicación: En su balance del congreso, Susana Shirkin describe las sesiones como el espacio en que se reproducen en miniatura los enfrentamientos vivos en el Viejo Continente.
38 En el Xiv Congreso Internacional de los PEN Clubs se libra también una batalla de la que nadie parece salir vencedor o quedar satisfecho: por un lado, los diarios filofascistas apuntan a la inutilidad del encuentro y sentencian que se ha tratado de una emboscada preparada para los invitados italianos; por otro, los diarios de la izquierda argentina 36 «Un escándalo en el PEN Club.
El match entre las delegaciones francesas e italianas», La Fronda, 9 de septiembre de 1936.
38 «La expectativa potenciada por la prensa local e internacional, los decibeles en ascenso del clima político europeo y vernáculo y las disímiles ideologías y personalidades de los delegados, convertían las sesiones del Congreso en un simbólico campo de batalla paralelo del que se gestaba en el Viejo Mundo.
Para todos los miembros asistentes resultaba claro que era casi imposible sustraer las referencias políticas de los discursos», Shirkin, 2007, 4.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI comparten la sensación de fracaso debido a una nómina incompleta de invitados, que no incluye a representantes legítimos del pensamiento moderno como Valéry, Unamuno, Papini o Pirandello.
A partir de estas ausencias, Mario Marini cuestiona desde las páginas de Crítica el valor intelectual de las deliberaciones allí concluidas, «tomadas en nombre de la intelectualidad internacional por hombres dotados de la autoridad espiritual de Fidelina de Figueredo, Vermeylea, Pièrard y los demás Ungaretti».
Los congresistas fuera del congreso
Il Mattino d'Italia anuncia el 29 de agosto de 1936 la llegada de los tres eminentes escritores italianos, cuya travesía 40 -que se prolongará hasta mediados de octubre-incluye, además de una tournée de conferencias en Buenos Aires y otras ciudades del interior (Rosario, Córdoba, Bahía Blanca y Santiago del Estero), varias visitas oficiales, entrevistas en los principales diarios nacionales y la mencionada participación en las sesiones del PEN Club.
Las distintas actividades abarrotan durante varios días los circuitos culturales bonaerenses, cuyos intelectuales siguen con avidez los pasos de los italianos por la capital.
La llegada de los ilustres escritores coincide con un turbulento paisaje político, controlado desde comienzos de la década por gobiernos fraudulentos de ideología conservadora y por la marcada politización de sus intelectuales.
Frente a la propagación de las noticias acerca de ascenso de los totalitarismos europeos, la comunidad letrada argentina -sostiene Niall Binns-experimenta un cisma irreversible entre simpatizantes y detractores del fascismo, acentuado por el reciente estallido de la guerra civil española.
41 Los episodios locales y la empatía hacia los acontecimientos internacionales explican la primacía de la discusión política sobre la disquisición estética, que es relegada a un segundo plano arrastrando consigo las aventuras vanguardistas de la década anterior.
Marinetti, al atracar por segunda vez en la ciudad que diez años atrás lo había acogido como célebre embajador de la «nueva sensibilidad» europea, encuentra ahora un panorama intelectual mayoritariamente hostil en el que 39 «Balance de un fracaso.
El congreso de los bizantinismos estériles», Crítica, 14 de septiembre de 1936.
40 Se reconstruyen aquí los calendarios de la comitiva de 1936, a excepción del correspondiente a la gira de Marinetti, a la que he dedicado un estudio exclusivo en el artículo «Un futurista en apuros: los viajes trasatlánticos de Marinetti», Letterature d'America, XXXIV, 151-152, Roma, 2014, 69-83.
CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ el futurismo, estigmatizado como instrumento del ideario mussoliniano, ocupa un lugar de desprestigio en la República Argentina.
Pese a tal desinterés por su credo estético, el segundo desembarco provoca un impacto relevante en el país sudamericano, pues es aprovechado por el fascismo de ultramar como ocasión para celebrar los triunfos de Mussolini, que a mediados de los años treinta reúne en torno a sí un especial consenso debido a las victorias en África y la proclamación del Imperio.
La primera noticia que anuncia la llegada del ilustre huésped Marinetti es la que se publica el 25 de agosto de 1936 en el diario fascista Il Mattino d'Italia con el titular: «Il Seniore futurista torna dall 'Africa e viene a Buenos Aires».
Neptunia es el nombre del transatlántico que, procedente de Trieste, atraca en la capital argentina, donde, el mismo día del desembarco, el viajero pronuncia su conferencia «Testimonianza di un poeta soldato in Africa Orientale» y trasmite un mensaje personal del Duce a los italianos de Argentina.
Con talante abiertamente político, inicia así su segunda gira americana que, si bien incluye en el viaje de retorno una breve escala en Uruguay y otra en Brasil, limita la mayor parte de sus actividades a la ciudad de Buenos Aires, donde permanece hasta la fecha de regreso el 20 de septiembre.
Tal y como se ha podido comprobar en las notas de prensa de los diarios consultados, el calendario de visitas, al margen de su participación en las reuniones del PEN Club, incluye pocas actividades de índole literaria y numerosas diligencias de representación oficial.
Esta vez Marinetti dicta solamente dos conferencias en Buenos Aires, una en italiano y otra en francés, que repetirá en dos ocasiones (el 29 de agosto y el 9 de septiembre) en el Teatro Politeama: «Letteratura ed arte della nuova Italia» y «Politique et poesie futuriste.
Los contenidos de ambas disertaciones versan, de manera general, sobre los hallazgos alcanzados bajo el régimen fascista por la arquitectura, la música, la literatura y las artes plásticas.
Para sustentar esta tesis, el orador recurre al panegírico de figuras coetáneas como la de Mario Puccini, ensalzado por su «personalità libera dalle influenze dannunziane», la de Massimo Bontempelli, «novelliere elegante, snello, elettrico», la del arquitecto Sant'Elia, caído en el frente de batalla, la de Aldo Giuntini, «creatore delle sintesi musicali» o la de Luigi Pirandello, apodado el «Sardou centuplicato».
42 La tercera y última perorata que dirige a los argentinos, esta vez en Mendoza el 18 de septiembre, se desliga de asuntos artísticos, limitándose a referir las victorias de Mussolini en África 1936.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI Oriental; con ella engrosa, una vez más, el discurso patriótico que propaga en los confines bonaerenses.
El resto de sus apariciones públicas podrían dividirse en dos tipologías: por un lado, las visitas propagandísticas de carácter político-oficial y, por otro, los homenajes y encuentros ociosos con algunos representantes de la cultura argentina.
Entre las visitas, las más relevantes son al Fascio femenino el día 5 de septiembre, a los «Dopolavoristi della Marconi» y a la Asociación Patriótica Italiana el 6, a la Dante Alighieri y al Club Italiano de la calle Rivadavia el 12, a la «Scuola Elementare Italiana» el 17 y, por último, a la sede del Fascio el 19, donde refiere las acciones renovadoras de la juventud italiana bajo la guía del Duce desde su etapa como periodista hasta la proclamación del Imperio.
El poeta soldado, recibido con júbilo en las sedes institucionales, complace a su auditorio con arengas inflamadas de patriotismo en las que relata las corajudas acciones de las camisas negras en las tierras abisinias.
Marinetti, investido por Mussolini como Accademico d'Italia, cumple así con el itinerario propio de un emisario del régimen.
43 En lo que se refiere al calendario previsto para Mario Puccini, este obsequia al público argentino con varias disertaciones que se inauguran con la conferencia «Le bellezze nascoste della vecchia Roma», presentada por Manuel Gálvez y pronunciada el día 2 de septiembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
44 El 7 de septiembre tiene lugar su segunda conferencia, «Epopea italiana dal maggio 1915 al maggio 1936», en el Circolo Italiano, donde se reúnen autoridades diplomáticas y consulares, eminentes exponentes de la colectividad italiana e ilustres exponentes de la intelectualidad argentina.
También en esta ocasión recibe una presentación encomiosa, esta vez por parte del presidente de la Asociación Dante Alighieri:
45 43 Una rutina similar tiene lugar en su única jornada de paso por Montevideo, durante la cual visita el Hospital Italiano, la Escuela Italiana, se reúne con el presidente Terra y almuerza en el Circolo Italiano.
Por la tarde, da una conferencia en el Teatro Sodre y parte hacia Brasil, última escala antes de emprender el regreso a Italia.
44 «Mario Puccini disertó sobre las bellezas de Italia», La Nación, 3 de septiembre de 1936.
45 «Mario Puccini per la Dante al Circolo Italiano», Il Giornale d'Italia, 8 de septiembre de 1936.
Puccini principia su discurso con referencias a la Gran Guerra, en concreto a la victoria de Vittorio Veneto y del Carso para, a continuación, enumerar las glorias de Mussolini como soldado y adalid del pueblo italiano y completar su arenga patriótica con la exaltación de la joven Italia fascista.
El visitante concluye con un mensaje de optimismo que anuncia un «avvenire solare» para una nación que ha dado tantas muestras de «vitalità e di perenne giovinezza».
46 Puccini prosigue su periplo en la ciudad de Rosario, donde pronuncia el panegírico «Mussolini e la sua vittoria sul tempo e sugli uomini», un discurso que retoma en Bahía Blanca el 1 de octubre y que funciona como soporte para un torrente de imágenes que buscan reproducir en ultramar el imaginario triunfal edificado por la cúpula fascista.
La obra del Duce, «condottiero deciso e sicuro», es interpretada como la culminación de la obra del Risorgimento iniciada por Giuseppe Garibaldi y Giuseppe Mazzini.
El Risorgimento es interpretado, por tanto, como una revolución natural incompleta, en relación al cual el fascismo representa la culminación de la Independencia italiana.
La autora señala también cómo a partir de la dirección de Intaglietta, en relevo de Appelius, Il Mattino «rende via a via più esplicito il suo ruolo di diffusione dell 'ideologia fascista in Argentina se non organo del regime» y recuerda que el marco temporal que va de 1929 a 1936 incluye los denominados años del consenso (Ibidem, 304) Estas crónicas periodísticas, además de poner en primer plano la obra de italianidad llevada a cabo por los ilustres emisarios del régimen, informan de la expectación suscitada por el arribo de Puccini a las provincias del interior, alejadas de la agitación de la capital e interesadas en escuchar los distinguidos testimonios llegados desde la patria lontana.
49 A su regreso a Buenos Aires, Puccini aprovecha los últimos días para ofrecer otras dos conferencias, la primera en Los Amigos del Arte, «Lo scrittore del nostro tempo», y la segunda en el Teatro Colón, dedicada a la figura del músico italiano Giovan Battista Pergolesi.
Il Giornale d'Italia aprovecha la ocasión para reclamar un mayor espacio de representación en los escenarios argentinos para los artistas italianos:
50 El 5 de octubre, junto a Ungaretti en Santiago del Estero, Puccini vuelve a discurrir sobre «Le bellezze nascoste di Roma», y el día siguiente se despide de Buenos Aires con una conferencia titulada «Impressioni sulla Toscana», en la que propone un análisis del espíritu de la región a través de sus monumentos, tradiciones y obras de arte.
Así como hiciera Bontempelli en su gira de 1933, también Puccini y Ungaretti recurren a las riquezas del pasado nacional para celebrar el presente refulgente de Italia.
51 Por lo que se refiere a la agenda de actividades del poeta Giuseppe Ungaretti, sus páginas están igual de apretadas de compromisos que las de 49 «Una conferenza di Mario Puccini a Rosario», Il Mattino, 20 de septiembre de 1936, 3.
51 Recuérdese a propósito de la tournée de Marinetti, la defensa de la superioridad de la raza italiana a través de figuras clásicas rescatadas de la tradición cultural nacional como las de Dante, Verdi o Puccini.
CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ su compatriota novelista, y también en este caso son los diarios italianos Il Giornale d 'Italia e Il Mattino d' Italia los que siguen su travesía de manera más escrupulosa.
Entre las primeras visitas de Ungaretti, destaca su paso por la redacción de La Nación, que publica una crónica del episodio y un retrato de ambos huéspedes al día siguiente:
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI por una imbricación de las dimensiones de lo político y de lo cultural; de la misma manera que Puccini, en su charla sobre «Le bellezze nascoste di Roma», se desliza del plano estético al ideológico, Ungaretti hace uso de un referente literario para vertebrar el discurso centralista-romanista oficial.
El 4 de septiembre, y por iniciativa del Instituto Italiano de Cultura, Ungaretti lee en la Facultad de Filosofía y Letras su conferencia «Algunas observaciones sobre el desarrollo histórico de la poesía italiana», en la que diserta sobre la misión del poeta como intérprete de su época.
Tras los encuentros del PEN Club, el 19 de septiembre comparece en la Dante Alighieri con la conferencia «Leopardi e il nostro tempo», que repite en Rosario el día 21; el poeta de Recanati se convierte en el epicentro desde el cual se traza una parábola que del terreno literario del pasado se proyecta hasta el presente político.
El libro Canti prefigura la bisagra que entrelaza ambas cronologías pues era, según relata como testigo de los combates, «il bagaglio di molti nostri soldati nella grande guerra, eroi morti o sopravissuti».
55 En la intervención, que Ungaretti aprovecha para rememorar su propio papel como soldado, 56 las composiciones de carácter civil de Leopardi se ensartan con los axiomas del fascismo en un ejercicio de dudoso rigor interpretativo.
De nuevo, el 3 de octubre en Córdoba, retoma el discurso sobre la pervivencia de Roma en la poesía petrarquista e insiste en las continuidades entre el mundo clásico y el tiempo presente.
Al día siguiente, se reúne en Santiago del Estero con Mario Puccini, procedente a su vez de Bahía Blanca, y dicta la última conferencia de la tournée, dedicada a tres figuras monumentales de la tradición literaria italiana: Dante, Petrarca y Leopardi: Giuseppe Ungaretti giunse a questa città procedente dalla dotta Cordoba.
56 Ambos escritores asumen en su discurso oficial el protocolado por las instituciones del régimen.
Si se atiende, en cambio, a la mirada íntima que descubre el intercambio epistolar entre ambos, los lamentos y las tentativas de fuga desdibujan la imagen del poeta-soldado siempre dispuesto para la batalla (Ungaretti, 2015).
Las miradas del viajero
De la experiencia americana, Ungaretti no deja más testimonio que las conferencias recogidas, casi siempre de manera fragmentaria, en los periódicos de la época.
Sin embargo, la crítica ungarettiana ha estudiado el impacto que las vivencias en ultramar, sobre todo las relativas a sus años en Brasil (1936-1942), han tenido en su poética y señala cómo, si bien el paso fugaz por Argentina deja pocas trazas en su creación lírica, la temporada en São Paulo marca con un signo indeleble la vida y la obra del poeta.
58 De una entrevista concedida al diario argentino La Fronda se han rescatado algunas de las escasas declaraciones del poeta sobre la ciudad de Buenos Aires, en las que responde a una pregunta acerca de las sensaciones predominantes en su paso por la ciudad: Suavidad, una gran suavidad.
Yo creo que ustedes son un pueblo, en masa considerado, algo displicente, despreocupado, sin la avidez tormentosa de otras razas.
Me dicen que la gente vive aquí con facilidad y comodidad.
Maravilloso país en potencia que ha de darnos muy gratas sorpresas a los hombres de Europa.
Quien como yo haya tenido exactas noticias de lo que era esta ciudad hace escasamente cincuenta años, tiene que sentirse asombrado en presencia de este inmenso monumento.
Buenos Aires deja asombrado al viajero; asombra su extraordinaria vitalidad; su capacidad inmensa; su comercio potente.
Se tiene la sensación de estar en un medio poderoso, pero de plena juventud.
59 Ante la siguiente pregunta, referida a los altercados que han tenido lugar durante el congreso, Ungaretti reafirma la rectitud de la delegación italiana, cercada y desprotegida ante la «existencia de una parcialidad creada en forma desafortunada».
Quizás sea el mismo periodista el que, dos días antes en el City Hotel, ha entrevistado también para La Fronda a Mario Puccini, quien al responder sortea el escándalo del PEN Club: 58 Diego Bentivegna (2010) identifica en el texto de Ungaretti Riflessioni sullo stile (1946) una de las pocas referencias a su paso por la Argentina que constituye un caso aislado; tras su regreso a Italia, las dos obras que publica son Il dolore (1947) y La terra promessa (1950), condicionadas por la muerte del hermano y del hijo durante su permanencia en Brasil y por los episodios trágicos de la Segunda Guerra Mundial.
Ricardo H. Herrera y Raúl Antelo son los dos críticos argentinos que han centrado sus investigaciones en la estadía sudamericana del poeta italiano, cuyo barroco el primero considera que culmina «cuando Ungaretti logra poner en contacto dos realidades que son particularmente cercanas para nosotros: la lección lírica de Góngora y el carácter desmesurado, informe, de la realidad americana» (Herrera, 1998, 23).
Por su parte, Antelo (2006) estudia el impacto que tiene en la poética de Ungaretti el encuentro con la hibridez americana.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI ¿Qué impresiones se lleva usted de Buenos Aires?
Entre ustedes los metropolitanos, y más extensamente entre los argentinos, hay mucho que observar, que elogiar, en suma, que comentar.
Buenos Aires da la sensación directa de lo que es, especialmente para el visitante extranjero: una ciudad acogedora a pesar de su inmensidad; de una población cálida en afectos.
La hospitalidad argentina es dulce y reconfortante.
60 Puccini tampoco lamenta las incidencias provocadas y aprovecha la ocasión brindada por la entrevista para ensalzar a los escritores de la Italia fascista como aquellos que, nutriéndose «de aquella verdad maravillosa, asimilan en sus gustos y en sus tendencias, no solo la inquietud de la nueva era constructiva, sino las mismas aspiraciones de renovación».
61 Otro artículo que merece atención es aquel en que Mario Puccini hace declaraciones a la prensa sobre su viaje a la Argentina y es publicado por Il Mattino d'Italia con el siguiente encabezamiento: «Il mio incontro con Buenos Aires.
62 Quizás con la intención de nutrir este vínculo entre los italianos de Argentina y su país de origen, Puccini escribe a su regreso a Italia su libro L'Argentina e gli argentini, publicado en Milán por Garzanti Editore en 1939.
El texto, enmarcado por la advertencia «L 'Argentina è un paese ancora in pieno travaglio creativo e costruttivo», está dividido en tres capítulos en los que se incluyen un total de ciento ochenta y ocho fotografías y tres mapas.
Puccini adopta un tono lírico y entusiasta para llevar a cabo una búsqueda íntima que tiene como propósito desvelar la «vita aperta e segreta di quel paese e di quel popolo».
63 El resultado de la reelaboración de sus notas de viaje es una suerte de guía para el viajero o manual para el curioso.
En el primer capítulo, «Il Paese», de carácter histórico y geográfico, se introduce al lector en materia con una serie de datos objetivos sobre el nacimiento y la consolidación del Estado argentino.
En él se describen con precisión sus ciudades principales (Buenos Aires, Tucumán, Santiago del Estero, Santa Fe, Córdoba, Rosario, La Plata, Mendoza, Bahía Blanca y Corrientes), se traza un mapa de su majestuosa red hidrográfica y se delinean sus principales áreas geográficas (La Pampa, El Chaco, Los Andes y el Sur o Tierra del Fuego).
64 Estas tierras -advierte Puccini al lector europeo-han de ser contempladas con «innocenza e castità», pues su peculiaridad reside en la mezcla y la discordancia.
El apetito de armonía y la búsqueda de la originalidad deben contenerse en el acercamiento a lo americano, pues cada uno de sus monumentos, si trasladados a Europa, desafinarían por su desproporción y «stonatura».
La descripción de la pampa va ligada en la escritura de Puccini a un elogio de la potencia creadora del pueblo argentino por su capacidad de someter esa geografía inhóspita, inmensa y deshabitada al dominio del hombre, arraigando nuevos mitos en una tierra con un pasado despojado de mitologías: En tal obra de civilización de la tierra bárbara, además de los poetas, Puccini reivindica el papel indiscutible de los contingentes de inmigrantes.
En ella, desde los tiempos de la colonia, el «gringo» ha desarrollado un rol fundador, primero a través de los comerciantes genoveses y después, a partir de la era aluvional, de sus campesinos, muchos de ellos pobladores de «la pampa gringa».
67 El segundo capítulo, «Costumi, ideali, caratteri della città della strada e della casa», se abre con una indagación en la psicología del hombre argentino, definido por su carácter combativo: esa inmensidad vacía y salvaje, el siempre lejano horizonte, explica en buena medida la paciencia y la laboriosidad de su pueblo.
No podía faltar en el texto de Puccini la referencia al hombre de la pampa y a la historia de su declive.
Gaucho e inmigrante aparecen enfrentados en una lucha no de cuerpo a cuerpo sino de laboriosidad: si bien el gaucho es el más fuerte a caballo por su ágil dominio del CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ animal, la dependencia de la carne y del mate lo hacen más débil frente a su contrincante.
Por el contrario, el italiano es capaz de trabajar tenazmente alimentándose poco o nada.
El inmigrante, en la visión de Puccini, vence al gaucho: mientras uno ha desaparecido, el otro se ha adueñado de la pampa y su conquista se lee como signo crucial de la capacidad de la raza.
68 El interés del testimonio de Puccini acerca de la región visitada radica para nosotros en la conexión que establece entre el progreso de la República Argentina y la labor del inmigrante italiano, al que se adjudica un papel clave en el desarrollo de la joven república sudamericana, contraviniendo los prejuicios anti-inmigracionistas que vuelven a circular entre los nativos en los años treinta.
Puccini elabora su particular ensayo de interpretación nacional, en el que recupera el mito de la laboriosidad del inmigrante, aquel que tras haber contribuido a la fertilidad del suelo pampeano y a la edificación de las ciudades modernas en el país de acogida, es señalado por las oligarquías criollas a lo largo del primer tercio del siglo XX como sujeto advenedizo y corruptor de la argentinidad.
La visita a Buenos Aires del trío fascista compuesto por Marinetti, Ungaretti y Puccini, con ocasión del Congreso Internacional del PEN Club, ha de ser leída como un episodio de carácter eminentemente político.
A pocos meses del comienzo de la guerra civil española y ante los nuevos espacios conquistados por las fuerzas del totalitarismo en Alemania y en Italia, el desembarco de los tres escritores italianos convulsiona con fuertes polémicas al campo intelectual bonaerense y convierte el encuentro de «Poetas, Ensayistas y Novelistas» en un campo de batalla.
Las turbulencias que sacuden los paisajes políticos argentino y europeo acaparan los espacios de 68 Ibidem, 144.
MARINETTI, PUCCINI Y UNGARETTI discusión de los escritores, que, obligados a asumir su compromiso ante la gravedad de los acontecimientos, se dividen entre partidarios de la democracia y defensores del fascismo.
El papel desempeñado por la delegación italiana en este contexto de crispaciones poco tiene que ver con querellas de índole artístico: su encuentro con la comunidad intelectual argentina entre el 5 y el 15 de septiembre de 1936 se resume en una sucesión de agravios entre congresistas y su participación en las reuniones queda marcada por las incidencias y los encontronazos de tipo ideológico.
Las actividades de los viajeros fuera del congreso demuestran el carácter propagandístico que el régimen fascista impone a las intervenciones culturales de sus emisarios: «en cada conferencia, el hecho literario sirve para ilustrar el dato histórico, las artes brindan la materia para el panegírico y las figuras de autoridad de la tradición italiana son instrumentalizadas con una finalidad abiertamente política».
69 Los artefactos culturales son los vasos comunicantes de la campaña de italianidad llevada a cabo por los ilustres visitantes, en cuyas conferencias confluyen siempre los mismos tópicos: la grandeza de Roma, la epopeya italiana, las victorias africanas y la juventud de la Italia Nuova.
La utopía fascista, traída de la mano de sus ilustres intelectuales, tiene también una aspiración de orden artístico: a su prestigio como nación moderna, los argentinos han de corresponderle con una posición central de sus artistas en el campo cultural transatlántico.
Este desembarco es el detonante de una fuerte contienda en la prensa argentina, con un énfasis particular en los diarios italianos.
A lo largo del mes y medio que dura su estadía, los visitantes protagonizan las crónicas periodísticas, que pasan por alto su condición de literatos y recrean las figuras de los intelectuales bien como poetas soldados del Imperio italiano bien como agentes de propaganda.
La recepción de la comitiva en el medio local no puede desvincularse de su halo político: el lugar que ocupan en el tablero político es el que condiciona la hostilidad de un Mario Mariani o el entusiasmo de un Gálvez o de un Ibarguren.
La visita es, en esta ocasión, una pieza clave del aparato fascista que se encuentra en un año de pleno apogeo: la reciente guerra en Etiopía influye en las semblanzas de los escritores, más que nunca poetas combatientes de una Italia imperial, la expresión más sofisticada de su nueva era.
La comitiva de los tres escritores no puede leerse al margen de los planes de fascistización previstos por las instituciones del régimen para los territorios de ultramar, poblados de manera masiva CELIA DE ALDAMA ORDÓÑEZ por inmigrantes italianos desde finales del siglo XIX.
El desembarco del 36 brinda entonces una ocasión idónea para exaltar las glorias del Duce y organizar el consenso de los expatriados en torno a su ideario.
Así como los intelectuales italianos cumplen un papel clave en la consolidación del régimen dentro de las fronteras de la nación, sus embajadas transatlánticas suponen una herramienta privilegiada para operar en el extranjero desde lo cultural, evitando una intervención explícitamente política.
El paso de los tres emisarios por la capital permite la activación de recursos propios de la liturgia fascista: las conferencias, entrevistas y homenajes que tienen lugar en Argentina se convierten en el escenario donde venerar los símbolos, las creencias y los mitos de la Italia Nuova, revisitando así el pasado y el presente nacional de acuerdo con los presupuestos de la cosmovisión totalitaria del Duce.
A través de un concienzudo ejercicio de exhibicionismo y espectacularización, centrado en la exaltación de sus «hombres nuevos», osados, jóvenes y viriles, la prensa fascista busca la adhesión de los «italianos de Argentina» al régimen que predica.
De la misma manera que Mussolini envía en 1924 hacia los puertos latinoamericanos la Crociera Nave Italia, cargada de los más exquisitos ejemplares del arte y la industria nacionales, el desfile de los intelectuales por las páginas de las crónicas busca revertir la imagen desvencijada de la nación italiana anterior a 1922.
El cuerpo del intelectual se convierte así en emblema de la italianidad y deviene, por relación metonímica, cuerpo de la nación: el viajero no es un mero agente de propaganda sino que encarna el imaginario triunfal del régimen, es el «hombre nuevo» en unión sagrada con el destino de la patria.
Arte y propaganda quedan, por tanto, perfectamente ensamblados, aunque son los intereses del régimen los que van a imperan sobre los postulados estéticos.
Así lo constatan las embajadas transatlánticas de estos escritores, que quedan a merced de la tormenta de ideas que domina el campo intelectual de la década del treinta, deviniendo objeto del mensaje ideológico que ellos mismos se encargan de transportar desde las costas italianas a las orillas rioplatenses.
Los desembarcos de los escritores vienen a exacerbar las tensiones que atraviesan la sociedad argentina, convirtiéndose en el detonante de nuevas disputas.
A su llegada, los emisarios del régimen abren un nuevo frente de batalla, un marco privilegiado desde donde intervenir en la contienda que fractura, de manera cada vez más abrupta, la comunidad intelectual local entre fascistas y antifascistas.
Tales enfrentamientos se dan con especial virulencia en el interior de la comunidad italiana de ultramar, cuyos |
El autor nos explica desde el comienzo de su exposición que el libro que nos presenta es la versión (convenientemente remodelada para su encuentro con el público en este formato) de una tesis doctoral -La Bourse et la vie.
Destin collectif et trajectoires individuelles des marchands français de Cadix, de l 'instauration du comercio libre à la disparition de l' Empire espagnol defendida en la Universidad de Aix-en-Provence el 17 de noviembre de 2007, como así consta en el rapport que redacté como miembro de la comisión que hubo de juzgarla en aquel momento.
Diez años después, la crisálida se convirtió en mariposa y nos encontramos con este bello texto, con un título tan riguroso como el primero pero más atractivo, con un contenido esencialmente idéntico pero enriquecido en diferentes aspectos y actualizado en otros.
En especial, Arnaud Bartolomei llama la atención sobre la ampliación de la fecha terminal de su trabajo, que se desplaza cuatro años, desde la habitual (mantenida en la tesis) de 1824 (batalla de Ayacucho, de significado simbólico pero sin la incidencia que la historia tradicional le había venido concediendo), a la de 1828, verdadera partida de defunción de la Carrera de Indias, que según subraya acertadamente el autor: «ne fut officiellement abolie, comme l'a rigoureusement démontré Marina Alfonso Mola dans un article publié en 2005, qu 'en 1828 avec la suppression des décrets du comercio libre» (p.
El texto, en esta versión definitiva como libro, se apoya en una considerable masa de documentación original, extraída de numerosos archivos españoles y franceses: Archives Nationales, Archives du Ministère des Affaires Étrangères, Centre des Archives diplomatiques (Nantes), de un lado, y Archivo General de Indias (especialmente las «naturalezas» concedidas a extranjeros depositadas en la sección de Indiferente General), Archivos Provincial y Municipal de Cádiz, de otra parte.
En este aspecto, hay que resaltar de modo especial la utilización de los protocolos de diversas notarías gaditanas (para los años bien elegidos de 1778, 1785, 1796, 1800, 1815 y 1825), así como de la copiosa información consular, lo que permite obtener una imagen muy viva de la es-RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS tructura de la colonia mercantil gaditana y de los comportamientos sociales de las familias de comerciantes instaladas en Cádiz a fines del Antiguo Régimen.
A todo ello debe añadirse un vasto conocimiento de la bibliografía y del estado de la cuestión de la temática abordada.
Resulta asimismo muy convincente la ordenación del material consultado.
Así, el primer capítulo se presenta como una amplia introducción a la trayectoria comercial de la plaza de Cádiz entre las fechas consideradas.
Trayectoria dividida en tres etapas: la expansión de una ciudad bien inserta en el sistema atlántico español que ve aumentar sus potencialidades por el decreto de libre comercio (que privaba a la ciudad del monopolio, pero seguía dejando en sus manos las tres cuartas partes de unos intercambios en rápido crecimiento), la crisis de la Carrera de Indias presente desde 1796-1797 a causa de la guerra con Inglaterra y de la independencia de las distintas regiones del imperio español en América y, finalmente, la modesta recuperación tras el fin de la intervención napoleónica y, más tarde, después de 1830, fecha ya fuera de los límites cronológicos marcados por el autor.
Naturalmente, el análisis de la coyuntura coincide con el realizado por otros especialistas, del mismo modo que las consecuencias señaladas para los negociantes franceses se asemejan notablemente (con sus naturales particularidades) a las experimentadas por otras colonias extranjeras establecidas en la bahía gaditana e incluso por la totalidad del cuerpo comercial de Cádiz.
Los capítulos segundo, tercero y cuarto (el corazón de la historia económica desplegada en el libro) trasladan esta evolución económica de la ciudad gaditana a la colonia mercantil francesa, que se comporta dentro de esta fluctuante coyuntura de una manera que le es propia.
Así, los años de prosperidad ven el auge del negocio francés en sus distintas vertientes: comercio de exportación y de importación (pesos fuertes y productos coloniales), operaciones financieras, consignación de buques (más que armamento) y suscripción de seguros marítimos.
Con el resultado habitual de unos beneficios «honnêtes et réguliers».
Sin embargo, este enriquecimiento conseguido en la etapa expansiva de 1778-1796 se verá comprometido por la crisis general desatada a partir de 1796 a causa del inicio de un largo ciclo de conflictos bélicos que desarticulan el tráfico marítimo, produciendo una contracción general de la actividad económica francesa: los intercambios, las operaciones bancarias, los seguros marítimos.
A las razones que afectan al conjunto del negocio de Cádiz, se suman en el caso francés las consecuencias del paréntesis revolucionario de 1791-1795 (que representa un hundimiento brutal de las transacciones aunque solo por una temporada), en espera de la guerra de Inglaterra (a partir de 1797) y de la intervención napoleónica en España, que según Bartolomei supone la aniquilación de la presencia mercantil francesa en Cádiz entre 1808 y 1815.
Y, HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS no obstante este «anéantissement», todavía se puede percibir una última etapa caracterizada por la reconstrucción a partir de 1815 y después, finalmente, por la agonía de la colonia francesa.
El capítulo cuarto se dedica especialmente a la estrategia de adaptación del negocio galo a esta prolongada época de crisis (especialmente entre 1797 y 1808), que se analiza perfectamente: es el momento del corso (¿algo más que un mal menor?, se pregunta el autor), la continuidad y al mismo tiempo la reorientación de las transacciones financieras y el recurso sistemático a la inversión en la deuda pública emitida por las autoridades españolas a causa de la penuria de las arcas estatales (los vales reales) y a la participación en las operaciones del mismo tipo y misma causa (la desamortización de Godoy).
El balance económico fue el lógico en un tiempo de dificultades: si la compañía Rivet aparece como un logro indudable a pesar de la crisis, las demás sociedades solo salvaron la situación a medias con unos resultados que en su conjunto pueden caracterizarse, siguiendo al autor, como «beaucoup plus décevants», decepcionantes con beneficios a la baja o engañosos.
Posteriormente a esta época de adaptación, la llamada guerra de la Independencia, crisis bélica que, acentuando la permanente interrupción del tráfico y convirtiendo a los franceses de aliados en enemigos, parece conducir a la colonia mercantil a su práctica desaparición, aunque, como ya se ha señalado, este eclipse no deviene definitivo en este carrusel de altibajos que Bartolomei analiza con los necesarios pormenores.
Y ello a pesar de las medidas represivas sistemáticamente adoptadas contra los residentes franceses, y no solo con los establecidos en Cádiz.
En sentido contrario, ni siquiera el relevo generacional y la conclusión de la guerra llegan a permitir la recuperación de su antiguo papel por parte del comercio francés.
Un comercio que estuvo en sus mejores momentos muy vinculado a las transacciones con la América española (especialmente a sus retornos en metálico y a los productos coloniales de alta cotización en el mercado europeo), por lo que, si ya las alternativas generadas por la crisis se revelaron insuficientes, ahora no pudo resistir los fenómenos concomitantes de la desestructuración de la Carrera de Indias y la independencia de las repúblicas surgidas en el Nuevo Mundo.
En este rápido recorrido puede verse, por tanto, una exposición extremadamente lógica y coherente de la trayectoria de la colonia mercantil francesa de Cádiz.
El texto acierta en el paralelismo entre la suerte de la plaza de Cádiz y el destino de los mercaderes franceses en ella instalados, y no vacila en la identificación de cada fecha clave: 1796 (fin del ciclo expansivo), 1805-1808 (sima de la recesión tras el paréntesis de la paz de Amiens, batalla de Trafalgar como símbolo del cambio definitivo de la situación e inicio de la llamada guerra de la Independencia), 1820 (pérdida del imperio americano y fin de las llegadas de metal precioso, clave de bóveda del sistema comercial hispano) y 1828, abolición definitiva de la Carrera de Indias.
El capítulo quinto y último, tratado por el autor con especial mimo y riqueza de matices, analiza la caracterización de la colonia mercantil francesa en Cádiz, concluyendo en la existencia de un «arraigo sin integración».
Una expresión sobre la que hay que reflexionar para captar su preciso y a la vez complejo sentido, ya que las actitudes no fueron siempre las mismas, sino que variaron al compás de los acontecimientos y de las desgracias que fueron cayendo sobre los miembros de la colonia, algunas de ellas diferentes para cada uno de los componentes del colectivo pero la mayoría de las mismas compartidas por el conjunto de la comunidad, como ya se ha indicado.
La tesis fundamental defendida por Bartolomei es que el apego a la ciudad se produce lógicamente como consecuencia de la instalación personal o familiar pero sobre todo del establecimiento profesional de los mercaderes.
Si en general la permanencia en Cádiz fue vista más como una exigencia que como una libre elección, la crisis de 1797 obró a favor de integrarse más sólidamente, de fundar familias, de olvidarse de la idea del regreso al país natal, aunque (y en esto también ponen todo su énfasis tanto el autor como el prologuista) el apego a la vieja patria, al estatuto de «francés», a la identidad francesa, significó siempre un factor determinante en la cohesión frente al exterior de la colonia instalada en Cádiz.
Hay que subrayar asimismo la riqueza de la información ofrecida al margen del cuerpo principal del discurso.
Información que es en su mayor parte de índole económica: redes comerciales, volumen del negocio, dimensiones de las compañías, diversificación de las operaciones, diversificación de las inversiones, adquisición de rentas y de inmuebles rústicos y urbanos, inversión industrial, incluso relevancia y composición del gasto suntuario...
Pero también de índole social: los gestos que distinguen el simple apego al lugar basado en la costumbre o la opción más deliberada de la integración plena en la comunidad ciudadana, los testimonios que demuestran la profunda solidaridad en el interior de la «nación francesa», las apreciaciones sobre el nivel de vida y de consideración social en los momentos de auge, los elementos que inspiran los debates familiares a la hora de decidir entre la permanencia o el exilio en los momentos de crisis...
A todo lo cual debe sumarse la abundancia de los datos incluidos en los anexos, que no deben ser en absoluto minusvalorados o desa-tendidos, puesto que incluyen desde el estado general del comercio francés de Cádiz (para el año 1785, es decir en pleno momento de auge) hasta diversos documentos enumerando a la totalidad de los mercaderes franceses de la ciudad en diversas fechas dentro de la cronología aquí considerada.
No hemos podido avanzar objeciones dignas de mención a una construcción de bases tan firmes y de argumentaciones tan bien fundamentadas.
Aunque siempre se puede ir más allá aportando más documentación o consultando más bibliografía (como siempre se puede echar de menos algún testimonio de la época o algún título que permita ampliar el debate), la identificación de más de un millar de comerciantes y la alta representatividad de la muestra analizada permiten aceptar sus resultados como muy significativos y el estudio en su conjunto como una aportación sustancial a la temática abordada, la evolución de la colonia mercantil francesa en Cádiz, cuyos fundamentos económicos y comportamientos sociales se analizan con acierto y cuyo destino colectivo se ritma al compás del destino de la propia ciudad, que camina desde su máximo esplendor hasta su manifiesta decadencia en este medio siglo de historia.
En suma, un libro que enriquece significativamente nuestros conocimientos sobre los mercaderes de Cádiz y sobre su vinculación a la Carrera de Indias, así como sobre la resistencia a la progresiva destrucción de su mundo comercial en las postrimerías del Antiguo Régimen, un proceso que forma parte de la metamorfosis del papel del puerto de Cádiz en una coyuntura que acaba significando el fin de una época.
En lo que respecta a su objetivo principal, el libro nos permite obtener una visión de conjunto que el autor subraya de una manera muy gráfica con la contundencia propia de las conclusiones: los negociantes estudiados en sus páginas «sortirent finalement de l 'histoire par la petite porte après avoir écrit l' une des plus belles pages des négoces maritimes français au Xviii e siècle» (p.
307).-Carlos Martínez shaw, UNED / RAH.
En el año de 2013 la prolífica historiadora María Castañeda de la Paz, sevillana avecindada en México, publicó su importante libro Conflictos y alianzas en tiempos de cambio: Azcapotzalco, Tlacopan, Tenochtitlan y Tlatelolco (siglos XII-XVI), producto de sus investigaciones realizadas desde 2004 en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, sobre la interacción RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de las historias de estos cuatro importantes señoríos nahuas de la cuenca de México, antes y después de la conquista española, marcados los cuatro por su común ascendencia tepaneca, lo cual es una novedad en el caso de Tenochtitlan, pues la historiografía había destacado la ascendencia colhua (tolteca) de los gobernantes tenochcas, siguiendo de manera acrítica la reescritura tenochca de su historia, tras la derrota de Azcapotzalco, la capital tepaneca, en 1428.
Los mexicas tenochcas se impusieron sobre Tetzcoco en 1431 y en 1440, para imponer su lugar dominante en la Triple Alianza; derrotaron a Tlatelolco en 1473; trasladaron la capital tepaneca de Azcapotzalco a Tlacopan, cuyo linaje gobernante procuraron mexicanizar; establecieron en Azcapotzalco la parcialidad mexica de Mexicapan; y procuraron en todo silenciar la historiografía azcapotzalca.
Esta historia negada, esta «visión de los vencidos» (para retomar nuevamente la expresión de Miguel León-Portilla) es la que Castañeda de la Paz buscó restituir.
Y al estudiar la imbricación de las historias familiares y políticas de estos cuatro señoríos tras la conquista española, se dio cuenta de la desesperante complejidad de las abundantes fuentes judiciales vinculadas a ellos, y que las fuentes tardías eran copias poco rigurosas, alteradas y aun falsificadas.
Esto lo vio al tratar de sacar en claro los datos sobre uno de los personajes tratados en el libro, don Diego de Mendoza, gobernador indio de la parcialidad de Tlatelolco de la ciudad de México entre 1549 y 1561, cuando fue desposeído de su cargo poco antes de fallecer en 1562.
Sobre él hay muchísimos documentos, pero pronto Castañeda de la Paz vio que casi todo lo que incluyen los documentos de los siglos XVII y XVIII es invención, y que en realidad muy poco sabemos sobre don Diego, si nos atenemos a los documentos del siglo XVI.
Para llegar al fondo de la situación, la autora emprendió un amplio y detallado estudio histórico y filológico sobre la documentación escrita y pintada sobre el gobernador tlatelolca, lo cual le permitió articular un conocimiento crítico de la documentación tardía, que había confundido durante décadas a los historiadores.
Y al emprender ese camino, construyó este libro complejo, riguroso y rico, no pequeño -hermano en tamaño y formato de su antecedente, el citado Conflictos y alianzas en tiempos de cambio-, que da luz y claridad no solo sobre el corpus vinculado a don Diego de Mendoza, sino sobre el conjunto de la producción de pictografías y documentos indígenas en los siglos XVII y XVIII en varias regiones de la Nueva España.
La propia Castañeda de la Paz reconstruye los antecedentes historiográficos de su aporte.
Robert H. Barlow (1918Barlow ( -1951)), en su participación en el proyecto «Tlatelolco a través de los tiempos», dirigido por Pablo Martínez del Río (1892Río ( -1963)), al investigar las listas de los gobernadores indios de Tlatelolco durante el siglo XVI, se refirió por primera vez a don Diego de Mendoza en 1944 y 1945.
Barlow inició el acopio de documentos, que reunió de manera un tanto acrítica, aun advirtiendo sus dificultades, aunque creyó establecer su nombre completo: Diego de Mendoza de Austria Motecçuma Huitznahuatlailotlac Imayantzin, y aceptó que era hijo de Cuauhtémoc (1496Cuauhtémoc ( -1525) ).
Agrego que también presentó las fuentes de manera acrítica Rafael García Granados, en el tomo III de su valioso Diccionario biográfico de Historia Antigua de Méjico, de 1953, sobre «Indios cristianos».
Y poco después, continúa Castañeda de la Paz, Guillermo S. Fernández de Recas (1894Recas ( -1965)), en su compilación sobre Cacicazgos y nobiliario indígena de la Nueva España, de 1961, publicó pinturas y documentos presentados por diversas familias que se decían descendientes de don Diego de Mendoza.
Posteriormente, en 1989 y 1998, Stephanie Wood formuló la hipótesis de que estas pinturas, escudos de armas, cédulas y testamentos pudieron haber sido hechos por don Diego García, un arriero que se familiarizó con las necesidades de los pueblos y comenzó a elaborar títulos primordiales y códices Techialoyan a petición de diversos pueblos y personajes.
Y más recientemente, en 2005, Rebeca López Mora estudió la masa de documentos alfabéticos sobre don Diego de Mendoza que resguarda el Archivo General de la Nación de México, y aunque aceptó la hipótesis de Stephanie Wood sobre la autoría de don Diego García de los documentos pictográficos, no vio su mano en los documentos alfabéticos, que dio básicamente por buenos, pese a reconocer sus dificultades.
Sin embargo, destaca Castañeda de la Paz, el mérito de López Mora es haber reconocido el vínculo de unos descendientes de don Diego de Mendoza con algunas familias del actual Estado de Hidalgo.
A partir de aquí comenzó a trabajar María Castañeda, y pronto confirmó que toda la documentación tardía sobre don Diego de Mendoza es inconsistente e inaceptable: no se le dieron a él los escudos de armas ni las cédulas que se le asociaban, son apócrifos los apellidos de Austria y Moctezuma, no se sabe de su participación destacada en la conquista de los chichimecas.
Así pensó la autora su investigación: estudiar primero la vida de don Diego de Mendoza, con documentos bien certificados, para enseguida seguir la línea de sus descendientes hasta llegar a las circunstancias de la elaboración de los documentos apócrifos tardíos.
Organizó su libro en cuatro capítulos, además de la introducción, la conclusión y los ricos y muy valiosos apéndices de mapas, de cuadros y de documentos.
El primer capítulo se concentra en la figura de don Diego de Mendoza, y para ello esboza una historia de Tlatelolco y su linaje gobernante antes y después de la conquista española (espero que continúe esta investigación tlatelolca, porque muy poco se sabe), y de cómo con el gobierno de don Diego se restituyó el antiguo linaje tlatelolca interrumpido.
El nombre de Mendoza es posible que se lo haya dado el propio virrey don Antonio de Mendoza (1494Mendoza ( -1552) ).
No sabemos cuáles fueron las circunstancias, acaso aparatosas, que condujeron a que don Diego fuera desposeído de su gobierno en 1561, un año antes de fallecer.
Sabemos que tuvo tres hijos, de los cuales dos, don Baltasar y don Melchor, ocuparon cargos de gobernador en Tlatelolco, mientras que don Gaspar falleció sin descendencia.
Para asegurar la unidad de sus tierras y el sustento de sus descendientes, don Diego de Mendoza fundó un cacicazgo, que quedó a nombre de don Baltasar y sus descendientes.
Varias de ellas fueron mujeres y mantuvieron relaciones amistosas con los descendientes de don Melchor, hasta fines del siglo XVII, cuando comenzó la discordia.
Entonces fue necesario sacar copias de documentos del cacicazgo y algunos cayeron en manos de unas familias otomís del actual Estado de Hidalgo, que los usaron para intentar probar que ellos eran descendientes de don Diego de Mendoza y que les correspondían beneficios del cacicazgo (lo estudia Castañeda de la Paz en el capítulo segundo).
Una de estas familias era la de don Roque García y su esposa doña Magdalena de Morales, que comenzaron a copiar y alterar documentos antiguos y le enseñaron este redituable negocio y oficio a su hijo don Diego García, que, con el apoyo de don Diego Luis Moctezuma (homónimo de un nieto de Moctezuma así llamado), fundó un taller en la ciudad de México -en el barrio de Atzacoalco, el más prestigioso de la ciudad-para elaborar y falsificar documentos, que finalmente fue allanado y clausurado en 1704.
Pero para entonces otra familia de caciques, la de los Tovar y Mendoza, también se decían descendientes del tlatelolca don Diego de Mendoza.
El tercer capítulo se dedica a un minucioso análisis histórico y filológico de varios documentos del amplio cuerpo documental del cacicazgo de don Diego de Mendoza, que resultaron inconsistentes y falsos, y obra del taller de don Diego García.
Y en el capítulo cuarto, analiza los documentos pictográficos relacionados elaborados por don Diego García, muchos de ellos, pero no todos, relacionados con el tlatelolca don Diego de Mendoza: los códices del Grupo Ixhuatepec, el Códice Azcatitlan, las Ordenanzas de Cuauhtémoc, las Genealogías de la familia Mendoza y Moctezuma, el Códice Techialoyan García Granados.
Así vemos que muchos códices que se creían del siglo XVI y tanto han confundido a los historiadores, en realidad son hechuras del siglo XVIII, como bien lo anticiparon las investigaciones de Stephanie Wood.
Se dio, enfatizó Castañeda de la Paz, un verdadero «resurgir del antiguo arte de la tlacuilolli (pintura y escritura)» a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII en el taller de don Diego García, donde conservaba muchos códices y documentos, originales y copias (verdaderas y falsas), para que sirvieran de materiales para que sus hábiles escribientes y pintores los copiaran y alteraran, en papel amate para dar pátina de antiguo, de acuerdo con las necesidades de los pueblos o perso-nas que los solicitaban: títulos primordiales, códices Techialoyan, escudos de armas, reales cédulas, genealogías, y hasta acaso también códices testerianos.
Es interesante que las modalidades de la falsificación sean semejantes en el caso de los documentos alfabéticos y de los pictográficos, pues ambos partían de documentos previos, que Castañeda de la Paz se propuso identificar, con gran erudición.
María Castañeda comenzó tratando de aclarar la verdadera biografía del tlatelolca don Diego de Mendoza y acabó encontrando no solo las modalidades de la falsificación de los documentos alfabéticos y pictográficos tardíos sobre él, sino una clave para la comprensión de muchos otros documentos tardíos en toda la Nueva España, indios, pero también españoles, que habrá que ver con nuevos ojos.
Es el caso de los códices Techialoyan, que se habían asociado con las composiciones de 1643, que obligaron a las haciendas y a los pueblos a exhibir sus títulos de tierras.
Pero Castañeda de la Paz destacó que, aunque la tierra es importante en los Techialoyan, sus datos no son muy precisos y de hecho no se sabe que hayan sido utilizados por los pueblos para dar respuesta a la necesidad de «componerse» con la Corona.
Primero se hicieron los códices, que fueron resguardados como un tesoro por las autoridades de los pueblos, y fueron agarrando importancia, significado, valor y aun sacralidad para la gente del pueblo, y tal vez décadas después de hechos es que pudieron ser presentados ante tribunales españoles en pleitos de diferente naturaleza.
Entonces, si entendí bien, los códices Techialoyan se produjeron porque hubo alguien, don Diego García, que aprendió a hacerlos y a hacerlos bien, y muchos pueblos se interesaron y compraron algunos de los ya hechos y pidieron la fabricación de otros, con datos más específicos sobre su pueblo que querían resaltar.
Este es el chiste, el atractivo, la garra, de los estudios históricos, que una vez empezados, nunca sabemos a dónde nos pueden llevar.-rodrigo Martínez baraCs, Dirección de Estudios Históricos, INAH.
Gayol, Víctor (edición anotada y estudio introductorio), El costo del gobier no y la justicia.
Aranceles para tribunales, juzgados, oficinas de justicia, gobierno y real hacienda de la Corte de México y lugares foráneos (1699-1784), Zamora, El Colegio de Michoacán, 2017, 528 pp.
A lo largo de los últimos años, Víctor Gayol ha sido uno de los estudiosos que más han contribuido al conocimiento del aparato del poder político de la monarquía en Indias, de las instituciones de gobierno y justicia en la América española, liderando una corriente historiográfica de señalada importancia para la historiografía novohispana.
Con la edición, o mejor dicho la transcripción con notas explicativas, de este corpus documental, debidamente acompañado de un glosario, da a conocer tres colecciones de aranceles para el cobro de varios juzgados, tribunales y oficinas de la Audiencia de México.
Advierte que estos aranceles, que se expresaron en diversos tipos de unidades monetarias tanto reales como de cálculo, encuentran su origen a lo largo del período colonial.
Fueron obra de oidores y fiscales de acuerdo a reales cédulas y siguieron vigentes hasta principios del siglo XIX: los Reales Aranceles de los ministros de la Real Audiencia (formados a finales del siglo XVII e impresos en 1727); los Aranceles para tribunales, juzgados y oficinas de esta corte (a partir de 1738); y los Aranceles para gobernadores, corregidores, alcaldes mayores, alguaciles mayores, sus tenientes, contadores de menores, abogados, escribanos y demás ministros subalternos de los lugares foráneos sujetos a la gobernación de esta Real Audiencia de México (impresos en 1784).
De acuerdo con una tradición propia del México independiente, algunos fueron recopilados por editores anónimos y sirvieron de base para determinar la tasación de derechos en tribunales nacionales.
Bien es sabido que este tipo de fuente, muy precisa en su elaboración, no solo encierra informaciones de tipo fiscal sino también datos de sumo interés para la historia de la vida social, económica e incluso el «intríngulis de la vida cotidiana», dicho de otra forma, la historia socio-cultural.
No se limita a reflejar el manejo a diario de los reglamentos fiscales o la aplicación de leyes por los agentes del oficio público, circunstancia que el autor no deja de señalar en su presentación al recordar sus primeros pasos por los distintos juzgados que conforman «laberintos de justicia», como tituló su tesis doctoral publicada en 2007.
Más allá del enfoque descriptivo y no siempre analítico que prevaleció en la mayoría de los trabajos dedicados a la administración indiana (con notable excepción de los estudios prosopográficos), insiste asimismo en la «interconexión» de los aranceles y por lo tanto de los oficiales públicos -ya se trate del superior gobierno o de los juzgados-, y en el papel de las autoridades en este aspecto.
Así, se interesa en la actuación de los togados de la Audiencia de México, del real acuerdo (oidores y la autoridad suprema, el virrey), de los fiscales de lo civil y, para el periodo de las reformas borbónicas, del regente y del fiscal de hacienda, junto a otros ministros de rango subalterno y oficiales (alcaldes, contadores, procuradores, escribanos reales, etc.).
En esta perspectiva, se adentra también en temas como la corrupción o la venalidad, mejor conocidos ahora gracias a un buen número de trabajos realizados, y en otros más olvidados como la retribución de los oficiales públicos y la misma naturaleza del oficio público confrontado a las veleidades reformistas de la Corona, su régimen jurídico, e incluso la «extendida cultura del uso público por los particulares» (en términos de beneficio personal y concepción patrimonialista de los oficios, que los reformadores buscaron erradicar en una búsqueda ilusoria de la separación nítida de lo público y lo privado).
La retribución de los oficiales públicos y los estipendios del más sencillo amanuense, especialmente los aranceles que regulan la tasación de derechos, permite apreciar «el peso que tenía para los súbditos del rey el mantenimiento de dicho aparato» (de gobierno) y de una justicia cara por naturaleza para el litigante, salvo casos especiales (pleitos de indios o de comunidades religiosas mendicantes, por ejemplo), pese a la participación del real erario.
Aunque no todos los oficios fueron enajenados ni, por lo tanto, considerados «vendibles y renunciables» (caso de los oficios con jurisdicción) y tampoco fueron objeto de una «composición», se fue conformando «una especie de estructura de negocio privado, la oficina», manejada por el propietario del oficio.
Es precisamente este fenómeno de patrimonialización del oficio lo que el editor de este libro relaciona con los mecanismos de retribución.
Esta se asentó en un salario fijo procedente del real erario o de las arcas municipales, mediante la percepción de derechos complementarios, o también se les cobró directamente a los súbditos.
De ahí las tensiones generadas entre los oficiales públicos y la Corona.
Ahora bien, Gayol puntualiza que no hay una correspondencia estricta entre los oficios enajenados y los oficios arancelados, y recalca la complejidad del régimen jurídico de los mismos.
Unos estatutos mixtos aparecen también, como en el caso de los regidores perpetuos de cabildos de ciudades y villas, oficios enajenados aunque con un salario menor y sin la posibilidad de recibir derechos arancelarios, lo que los llevó a adquirir otros oficios mejor remunerados.
Ofrece asimismo un recorrido a través de la historia de la regulación de los aranceles, de los distintos corpus jurídicos que fundan esa normativa bajomedieval, así como de las reales cédulas expedidas para las Indias, vertidas a continuación en la Recopilación de Leyes de Indias, y de autos más específicos referentes a Nueva España.
Muestra cómo los aranceles novohispanos del siglo XVIII, tal como aparecen en los documentos aquí transcritos, obedecen a varios proyectos -y por lo tanto colecciones-distintos, formados a partir de finales del siglo XVII por oidores de la Audiencia de México -especialmente Miguel Calderón de la Barca y Baltasar de Tovar (aranceles impresos en 1699)-, o a raíz de la visita general de Juan de Palafox y Pedro Gálvez, retomados por el virrey marqués de Casafuerte, el virrey marqués de las Amarillas y luego por el regente de la Audiencia, Vicente de Herrera y Rivero.
También habría que mencionar en este aspecto los aranceles publicados durante el gobierno del virrey Matías de Gálvez.
Gayol destaca asimismo las estrechas relaciones que se establecieron entre las élites, los ministros togados y los subalternos, o sea los oficiales menores.
La Junta de Aranceles RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de 1738 constituiría otro capítulo de la difícil gestión que les correspondió a los virreyes, al coincidir en los años siguientes con la reforma de la Audiencia.
La mayoría de los aranceles compuestos en las décadas de 1740 y 1750 fueron publicados como bandos antes de la recopilación del marqués de las Amarillas, siendo uno de los primeros el del contador de menores y albaceazgos de la Ciudad de México, seguido por los oficios de chanciller y registrador de la Audiencia, receptores, procuradores, tasador y porteros, relatores de la Audiencia y sala del crimen, escribanos de cámara, o alguaciles mayores.
El segundo regente de la Audiencia, Vicente de Herrera, completaría esta recopilación, acelerando el proceso de reformas con vistas a un mejor funcionamiento del tribunal.
El estudio introductorio incluye, además, un análisis de los tres grupos de aranceles, su estructura interna y las actuaciones que se fueron incorporando, así como de la graduación diferenciada de los derechos de acuerdo con las circunstancias (y el estatuto de los oficiales, del chanciller a los escribanos de gobernación y guerra, alcaldes y corregidores), la calidad de las jurisdicciones (146 en total, 30 de primera clase), seculares o eclesiásticas.
Estas diferenciaciones quedan debidamente explicitadas por medio de varios cuadros, que ponen de relieve los motivos por los que los oidores de la Junta de Aranceles tasaron los derechos de diversas maneras, incluyendo la provisión de oficios.
Se ve claramente que la principal razón de esta clasificación no fue la distancia a la capital virreinal sino el beneficio, como se comprueba a todas luces en el caso de Oaxaca (gracias a la producción de grana cochinilla, algodón y telas, u otros cultivos y ganados).
Aunque también se mencionan privilegios propios y honoríficos de las jurisdicciones (casos de Guanajuato y de Tlaxcala), destacando el abanico de interpretaciones que propicia semejante información y los consiguientes aportes al conocimiento del gobierno y de la administración de justicia en el siglo XVIII novohispano.
Gayol insiste, sin embargo, en uno de los problemas de este tipo de investigación en lo que al siglo XVIII se refiere: «la arquitectura y el funcionamiento del aparato de gobierno y justicia», dicho de otra forma, la organización cotidiana de las oficinas de gobierno y de los tribunales, así como la actuación de los oficiales públicos junto a una lógica normativa que se enfrenta con redes de poder o configuraciones locales, resaltando las relaciones prácticas entre una sociedad de antiguo régimen y el orden jurídico trasladado desde la metrópoli en un momento de señalados cambios institucionales.
Varios índices, anexos y cuadros complementan este trabajo de largo alcance, desde una lista de aranceles de los derechos de oficios públicos hasta una lista de alcabalas mayores de las tres categorías, las disposiciones incorporadas en la Recopilación de 1660, o las divisiones en clases de curatos y doctrinas del arzobispado de México y obispado de Puebla, o un apéndice documental y una bibliografía de interés para el tema.
Esta edición anotada y su acuciosa presentación se insertan por lo tanto en una amplia aunque profusa historiografía sobre administración indiana, dando a conocer en profundidad el funcionamiento del aparato de administración y justicia en su vertiente novohispana y ofreciendo al mismo tiempo pistas de investigación novedosas para la comprensión de la sociedad de ultramar: en pocas palabras, un volumen de imprescindible consulta para el historiador americanista que se interese por la fiscalidad indiana, por cuestiones administrativas y del funcionamiento de la justicia colonial, o por temas relacionados con las sociedades de América.-Frédérique langue, IHTP-CNRS.
Hausberger, Bernd, Historia mínima de la globalización temprana, Ciudad de México, El Colegio de México, 2018, 264 pp.
La aparición del concepto de «globalización» ha propiciado la aparición de una nueva rama de la ciencia historiográfica que llamamos Historia Global.
Un concepto que admite más de una interpretación (como puede verse en la excelente obra de Sebastian Conrad, Historia global.
Una nueva visión para el mundo actual, Barcelona, 2017), aunque aquí prefiramos la que ofrece Bernd Hausberger por parecernos absolutamente válida en su extrema depuración: «la Historia Global se interesa en las relaciones, interacciones e interdependencias suprarregionales y transfronterizas de todo tipo que se han dado a lo largo de los siglos y a escala mundial».
Esta definición exige a nuestro autor la necesidad de superar varias cuestiones previas, entre otras el problema de su periodización.
En este sentido estamos de acuerdo con su radical rechazo de las posiciones mantenidas por uno de los máximos representantes de la nueva especialidad, Christopher Bayly (El nacimiento del mundo moderno, 1790-1914, Madrid, 2010)), quien dominado de un vértigo clasificatorio propone tres fases: la globalización arcaica, desde el pasado remoto hasta 1750, la protoglobalización observable en torno a 1850 y la globalización actual o poscolonial.
Un esquema que al menos es criticable (a juicio de Hausberger, que compartimos) desde un triple punto de vista: meter en el agujero negro del arcaísmo todos los desarrollos de la llamada primera expansión europea o época de los descubrimientos, ignorar casi por completo el papel de la expansión ibérica y de la propia Iberoamérica en el proceso de globalización, y otorgar un protagonismo a todas luces abusivo a la acción de los anglosajones, quienes naturalmente reaccionan convirtiendo este aberrante punto de vista en el paradigma definitivo.
Y aún falta lo mejor.
¿Cómo hablar de globalización (que viene de «globo») en los tiempos anteriores al conocimiento del globo?
Solo cuando han llegado a conectarse todas las partes del planeta puede activarse el concepto.
De este modo, Hausberger propone reservar el concepto de globalización para la época que se extiende entre el final de la Edad Media y el comienzo de los tiempos modernos.
No podemos estar más de acuerdo, ya que Carlos Martínez Shaw y yo misma hemos defendido en diversos foros el valor simbólico, para señalar un posible «inicio» de la globalización, del periodo de treinta años que va de 1492 a 1522 (desde el descubrimiento de América por Colón hasta el regreso de la expedición Magallanes-Elcano tras la primera circunnavegación).
No en vano el escudo concedido por Carlos V a Juan Sebastián Elcano era un globo terráqueo con el lema Primus circumdedisti me.
Por primera vez se podía hablar de la conexión de los diversos mundos, de la aparición de un solo mundo interconectado.
Finalmente, para no dejar ningún cabo suelto, Hausberger coloca en el último extremo de esta cronología la fecha de 1571, que inaugura la ruta del comercio transpacífico entre China, las Filipinas y Nueva España, la que -con la conquista del archipiélago por Miguel López de Legazpi y el descubrimiento del tornaviaje por Felipe de Salcedo y Andrés de Urdaneta-hace realidad las virtualidades contenidas en los hallazgos anteriores.
Una observación muy oportuna y una ocasión propicia para abrir un nuevo debate: el de los caminos y los destinos de la plata.
En efecto, la primera globalización no se entiende sin la producción y movilización del combustible monetario esencial para los intercambios, la plata «española» (es decir mexicana y, en menor grado, peruana), hasta el punto de que hemos podido defender en varios trabajos que el precioso metal fue el auténtico catalizador de este fenómeno.
Aunque Hausberger se refiere a la plata y sus circuitos en diversas ocasiones, sin embargo no desarrolla por extenso este hecho, que es vital para poner el necesario cierre a su impecable panorámica de este momento histórico.
La plata recorrió diversos caminos desde los centros productores mexicanos y peruanos hasta sus diversos destinos.
Desde el inicio, el destino principal fue la ciudad de Sevilla (sustituida por Cádiz en el siglo XVIII).
Ahora bien, desde 1573 se inauguró una nueva ruta, la llamada del Galeón de Manila, que permitió el comercio transpacífico entre el puerto novohispano de Acapulco y la capital filipina, basado en la compra de productos orientales con la plata mexicana.
Al mismo tiempo, los metales preciosos llegados a Sevilla viajaban hacia Europa para pagar a los proveedores de las flotas y a los ejércitos imperiales.
Más aún, después del viaje desde México y Perú a Sevilla y Manila, una parte de la plata alcanzaba su destino final en las arcas públicas y privadas de China, llegando a Asia por la ruta del Cabo de Buena Esperanza (en barcos portugueses, ingleses y neerlandeses y, más tarde, de otras potencias), a través del Imperio Otomano y desde el Báltico a través de Polonia-Lituania, Rusia y Persia.
Es decir, la plata «española» fue drenada por todos los caminos hasta el Extremo Oriente para morir en el Imperio del Medio, permitiendo así la existencia del primer tráfico auténticamente global de la historia.
Una vez abordadas (y solventadas con mucho tino) las principales cuestiones controvertidas en torno al concepto de primera o temprana globalización, el autor nos ofrece una excelente y bien fundamentada historia universal de los tiempos modernos desde el punto de vista de su concepción de la Historia Global, con una atención prácticamente exhaustiva y exquisitamente ponderada a los distintos fenómenos que afectaron a los distintos mundos ya interconectados.
Con una leve introducción a la asimétrica difusión del conocimiento mutuo de esos mundos, que le permite criticar de nuevo (y con razón) los planteamientos de Bayly sobre el momento de la toma de conciencia universal de la aparición de un mundo nuevo (para él, en torno a 1750, con una clara minusvaloración de los numerosos testimonios de los autores del Renacimiento, de los sabios de la revolución científica o de los cosmopolitas y enciclopédicos militantes de la Ilustración).
Y también rechazar algunas disparatadas afirmaciones de Jürgen Oesterhammel (La transformación del mundo.
Una historia global del siglo XIX, Barcelona, 2015), con una fina ironía que no nos resistimos a transcribir: «Las navegaciones de Colón o Vasco da Gama fueron de una trascendencia enormemente mayor que la llegada de James Cook a Tahití, Nueva Zelanda y Australia en 1769-1770, sin hablar del descubrimiento deportivo del Polo Sur por parte de Roald Amundsen en 1911».
Sin poder dar cuenta en estas páginas de la gran riqueza de las temáticas tratadas (con extremado rigor) a lo largo del libro, nos ceñiremos a su propia (y apropiada) división de los principales factores que intervienen en esta globalización temprana.
En primer lugar, considera a los imperios como «actores centrales» del proceso, pese a algunas fragilidades, ya que resultan construcciones inestables y con inevitable tendencia a la entropía, a su propia desintegración, aunque dejaron como legado elementos de derecho, idiomas y religiones (en ocasiones bajo la forma de sincretismos culturales creando una nueva realidad) que han tenido en muchos casos larga vida.
De todas formas, estos imperios (de los que se ofrece una más que solvente aunque sucinta panorámica) convivieron con otros estados que mantuvieron una historia sustantiva al margen de la acción de los visitantes venidos de fuera (a los que además consiguieron expulsar en algunos casos), de modo que si no es posible hablar de Iberoamérica sin hablar de la colonización española y portuguesa, la acción de los europeos solo afectó epidérmicamente (en un espacio limitado y durante un corto tiempo) a la organización política o a la dimensión cultural de los grandes estados asiáticos antes de la segunda mitad del siglo XVIII.
Las religiones universalistas compartieron con las fuerzas imperialistas una dinámica de expansión.
Esta imbricación de intereses imperiales y religiosos se hizo especialmente patente en la América hispana, donde fue clara la alianza entre la Cruz y la Corona (al margen de la brillante metáfora), donde el rey de España era al mismo tiempo una suerte de pontífice máximo en virtud del regio patronato y donde la religión fue siempre la principal justificación de la ocupación, por delante de cualquier otro de los «justos» títulos esgrimidos.
Frente a Oesterhammel, que considera decepcionantes los frutos obtenidos por la misión española, Hausberger sostiene lo contrario, es decir el éxito cosechado en las Indias españolas (incluyendo las islas Filipinas) por la acción de la Iglesia católica, aquí justamente definida como una «organización global».
Lo cual no quiere decir que no sea constatable el retroceso de la evangelización en otras geografías, especialmente tras el cenit alcanzado por la Compañía de Jesús en torno a 1620, momento en que es expulsada de Etiopía y de Japón y se inicia con virulencia la famosa controversia de los ritos chinos y malabares, que terminarán en el siglo siguiente con su salida de China y con la pérdida de su influencia en la India, espacios donde la misión católica solo conservará (al amparo de Portugal) el establecimiento de Macao y las comunidades cristianas formadas en torno a Goa.
En tercer lugar, el autor se hace cargo del sector tal vez más conocido y más insistentemente estudiado de esta globalización temprana, el de los intercambios mercantiles y la división internacional del trabajo.
Descartando la potencial influencia de las navegaciones de la China Ming (comandadas por el famoso almirante Zheng He) y su presencia en el océano Índico (y solo en el Índico, contrariamente a lo imaginado por el autor de un conocido best seller, que lleva a la talasocracia china hasta las costas americanas), el libro se ocupa de las transformaciones del espacio comercial producidas por la globalización ibérica, dando cuenta de la aparición de toda una serie de rutas llamadas a conectar espacios aislados en amplias regiones del planeta: la Carrera de Indias, a Carreira da Índia, el Galeón de Manila, la ruta de las compañías ultramarinas europeas por el Cabo de Buena Esperanza, el comercio triangular entre Europa, África y América, y así sucesivamente.
Esta interconexión mercantil opera también significativas transformaciones en la economía industrial, lo que enlaza con una pregunta final sobre la influencia de la colonización de otros mundos en el despegue de la Revolución Industrial en Inglaterra.
Antes se habían ya producido en Europa otros relevantes fenómenos como consecuencia de la aparición de los nuevos mundos en el horizonte económico del planeta.
En la historiografía de hace unas décadas, la economía de plantación y la protoindustrialización habían sido la respuesta de la Europa occidental a la crisis del siglo XVII (desatada en realidad por Eric Hobsbawm), pero ahora parecen requerirse soluciones más sofisticadas como esa discutible «revolución industriosa» que, según Jan de Vries, se produce en el Noroeste de Europa.
Lo que sí es cierto, al margen de esas etiquetas tan rápidamente incorporadas a los debates, es el progresivo aumento del consumo de géneros orientales, primero solo de lujo, pero luego ya masivamente de productos de inferior calidad, lo que ha permitido la aparición de numerosos estudios sobre los nuevos patrones de consumo en la vida cotidiana del viejo continente, dentro de los cuales deben destacarse los que ponen el énfasis en la sustitución de los artículos exóticos por los géneros locales y, según la expresión afortunada de Maxime Berg, en la «producción imitadora», que puede ser en el futuro uno de los campos de investigación que nos ofrezcan mayores sorpresas, ya que una parte de esa producción no solo satisfacía la demanda del público europeo, sino que era transferida a América y aun a Asia, el solar original de aquellas manufacturas.
Y el apartado termina con la Revolución Industrial en Inglaterra, aportando algunos datos a un enfoque ya clásico en la literatura historiográfica desde Maurice Dobb en adelante.
¿Fue la Revolución Industrial del siglo XVIII un fenómeno inmanente a Inglaterra?
¿Bastó el mercado europeo para sostener el consumo de una producción industrial centuplicada por la máquina de vapor?
¿O hay que volver a los defensores del papel de la demanda exterior, es decir de los consumidores extraeuropeos, como factor insoslayable por su amplitud para evitar la saturación de un mercado europeo todavía demasiado limitado?
Hausberger adelanta una respuesta parcial, pero que se puede suscribir sin graves riesgos: «El mundo fuera de Gran Bretaña puede que haya sido atrasado y arcaico, pero sin el potencial de compra que representaba, a la incipiente industria inglesa le hubiera resultado difícil mantener su próspero rumbo».
Además, «las manufacturas e industrias se abastecieron de materias primas claves en el exterior».
Y, concluyendo, «la industrialización se apoyaba en la creciente vinculación de diferentes partes del globo: los espacios conectados hasta ese momento no se homogeneizaron y no se industrializaron, pero sin embargo habían desarrollado una fuerza de compra suficiente como para adquirir los baratos productos industriales ofrecidos en cantidades cada vez mayores».
El último capítulo se dedica a las transferencias humanas en el mundo globalizado.
Al margen del apartado de las emigraciones voluntarias (con una copiosa información obtenida de la ingente bibliografía manejada y plagada de jugosos ejemplos de la más variada índole), se vuelca sobre la relevante cuestión de la emigración forzosa de los esclavos africanos.
Sin dejar de señalar los rasgos de inhumana crueldad de la trata negrera, que no por repetidos dejan de causar su siniestro efecto, el autor se muestra más interesado por la cuantificación de los desplazados, que hoy puede calcularse para el periodo de 1500 a 1800 en unos nueve millones de personas, de las cuales más de tres millones fueron mujeres, aunque la variante de género solo ahora esté encontrando la atención que merece.
El volumen se cierra con unas consideraciones finales que igualmente atraen nuestra atención por sus originales planteamientos.
En primer lugar, hay que ser conscientes de que los descubridores, los soldados, los administradores, los misioneros y los comerciantes europeos fueron los principales agentes y protagonistas de la globalización temprana.
¿Indica esto una visión eurocentrista de la historia o solo la constatación de una evidencia?
En la época moderna fueron los europeos los que dispusieron de armas primero, de superioridad técnica después, de un concepto universalista (imperialista) acompañado de una religión sostenida por un universalismo proselitista y, sobre todo, de plata (esencialmente «española») para garantizar los intercambios y de barcos para transportar los productos a lo largo de todo el mundo.
Este protagonismo europeo no significa que los estados extraeuropeos, salvo América, no vivieran sus propias historias, en gran parte al margen de las influencias extranjeras (descartadas en algunos casos explícitamente, como en el aislacionismo extremo del Japón del sakoku).
En cambio, si avanzamos desde 1500 a 1800 la superioridad europea se afirma (crea el «Occidente», como defiende ahora Serge Gruzinski) gracias a una serie de éxitos incontrovertibles: la Revolución Francesa, el avance del liberalismo, el proceso de secularización, el predominio político, militar y económico adquirido a lo largo de las tres centurias anteriores.
Una última reflexión: ¿estamos asistiendo al final de esa preponderancia unilateral de Occidente (que pasó de Gran Bretaña a los Estados Unidos) y regresando a un mundo multipolar, que era el propio de los tiempos de la globalización temprana?
En definitiva, un espléndido libro, fruto de muchas y reposadas lecturas y de una singular capacidad para reconstruir un periodo plurisecular y un espacio universal, con el valor añadido de ser una obra jalonada de reflexiones personales y de miradas críticas hacia autores muy significados en el nacimiento y consolidación de la Historia Global.
Y aunque pueda marcar un anticlímax en esta recensión, no quiero dejar de poner en el haber del libro sus magníficos mapas (absolutamente necesarios) y la impagable bibliografía comentada que clausura sus páginas.
Un libro que debe servir para introducirse (y para instalarse) en el ámbito de la Historia Global.
Un libro que no se deja atrás la variable hispanoamericana que tanto se echa a faltar en las obras organizadas desde una óptica abusivamente anglosajona, que ignoran (voluntaria o involuntariamente) que hablar de la primera globalización exige hablar de la acción de los ibéricos y de la relevancia de Iberoamérica para tener una visión completa de la historia universal de los tiempos modernos, pues, si no, no hay historia global, igual que, en un ejemplo conectado, el padre Antônio Vieira podía decir que sin Angola no había Brasil.
Para terminar, un libro à tout lire.-Marina alFonso Mola, UNED.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Ibarra Guitart, Jorge Renato, Cosme de la Torriente, los albores de una época en Cuba, La Habana, Ediciones Unión, 2017, 208 pp.
La historia diplomática de Cuba es una disciplina que apenas ha sido transitada por la investigación.
Junto a unos cuantos estudios de época o de los propios integrantes de las legaciones insulares en el exterior (Herminio Portell Vilá, Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, La Habana, 1939; Manuel Márquez Sterling, La diplomacia en nuestra historia, La Habana, 1967), solo hay trabajos referidos a algunos problemas y cronologías específicas.
Buen ejemplo reciente de ello son los editados por José M. Azcona, Israel Escalona y Mónica García Salgado, Relaciones bilaterales España-Cuba (siglo XX) (Madrid, 2019).
Otro tema desatendido por la historiografía sobre la isla es el género biográfico, por lo que el libro de Jorge Renato Ibarra Guitart acerca de Cosme de la Torriente Peraza supone un acercamiento muy interesante en temática y enfoque a la indagación de su pasado.
Acercamiento es la palabra correcta, pues Cosme de la Torriente, los albores de una época en Cuba tiene de biografía e historia diplomática, pero es sobre todo una reflexión, combinando ambas ópticas, para un período, el denominado la República (1902República ( -1959)), que se inició en la isla tras el fin de la intervención de Estados Unidos que siguió a la guerra de independencia contra España, y acabó con la revolución castrista.
El libro, premio de ensayo 2016 de la Unión de Escritores y Artistas de la Gran Antilla, se ha concebido como se menciona y en consonancia con la obra de su autor, historiador político del período republicano de Cuba, que ya había propuesto incursiones con semejantes métodos para indagar en La mediación del 33 (La Habana, 1999), con la que intentaron las autoridades de Washington una conciliación que evitase sucesos rupturistas tras el fin abrupto de la dictadura de Gerardo Machado; El fracaso de los moderados en Cuba (La Habana, 2000), acerca de las alternativas de soluciones reformistas en 1957-1959 frente a la también dictadura de Fulgencio Batista, contenido igualmente de Sociedad de Amigos de la República (La Habana, 2003), organización que presidió el propio Torriente; o Rescate de honor (Santiago de Cuba, 2003), introducción y compilación de la labor de recuperación y preservación de los restos del asalto al cuartel de Moncada en 1953.
Y a dichos libros se puede añadir también El tratado anglo-cubano de 1905(La Habana, 2007), investigación sobre la diplomacia comercial que inmiscuyó a intereses norteamericanos en la firma de un convenio entre la mayor de la Antillas y Gran Bretaña y con el fin de impedir que pudiesen afectarles sus condiciones.
Desde las perspectivas indicadas, Ibarra Guitart analiza la figura de Cosme de la Torriente como símbolo de su época y modo de contribuir a mejorar RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS el estudio de la misma a través de elementos que difícilmente podrían contemplarse sin esa metodología.
El biografiado, nacido en el ingenio Isabel del Matanzas en el seno de una familia acomodada en 1872, estudió Derecho y fue coronel del ejército libertador de Cuba en la guerra contra España, 1895-1898, y luego ocupó diversos cargos de primer orden en el Estado: diplomáticos (en las embajadas de Madrid y Washington) y gubernamentales (secretario de Estado con dos presidentes distintos, en 1913-1914 y 1933-1934), además de desempeñar una acción socio-política destacada en la oposición a las dictaduras de Machado y Batista ya mencionadas.
La tesis del autor es que la labor del matancero en el servicio exterior de la República insular fue la que mejor caracterizó y distinguió su pensamiento y acción, que se manifestó sobre todo por su sentido práctico, la aceptación del statu quo con el que su tierra había iniciado su independencia, sujeta a limitaciones de su soberanía impuestas por la Administración de Estados Unidos, pero con fundamentos en sus fuertes vínculos económicos con ese país.
El reconocimiento de las circunstancias en las que se desenvolvía Cuba como nación, según muestra Ibarra Guitart en el pensamiento de Torriente, debía ser por naturaleza y sin remedio piedra angular para conseguir su desempeño con la máxima autonomía, lo que el autor logra comunicar al lector poniendo en sintonía ese modo de pensar con la acción práctica.
El diplomático insular fue así figura clave en la inserción de la isla en la Sociedad de Naciones, en su participación antes en la firma del Tratado de París, o en la renegociación de sus relaciones con Estados Unidos varias veces durante el período de la República.
Y además logra el biografiador conciliar tales ideas con que la propuesta de Torriente para las difíciles situaciones políticas internas por las que atravesó la Gran Antilla en la referida etapa fuese igualmente práctica y conciliadora.
De ahí que estuviese a favor de soluciones mediadoras a la crisis provocada por el derrocamiento de Machado o de un diálogo que permitiese restablecer el orden democrático tras el golpe de Estado de Batista en 1952.
El personaje no llegaría a saber el desenlace del último de esos hechos, pues falleció al intensificarse la lucha contra aquel con el desembarco en las costas insulares de Fidel Castro en el navío Gramma en 1956.
Los albores de una época, frase con la que se subtitula su obra sobre Torriente, parece querer connotar que la Cuba que el personaje representó fue prolegómeno de una más auténtica, de la cual es posible rescatar figuras como la del biografiado por la coherencia de su pensamiento y acción y la honradez con que ejerció.
No es, sin embargo, un favor para el propio trabajo del autor y la importancia de un período y unos hechos y vivencias la consideración de mero portal de otros y tal es la principal crítica que puede hacerse al libro, junto con la falta de una relación de su bibliografía y fuentes y de unas conclusiones HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS que habrían explicitado al lector y a otros investigadores la posición fundamentada de Ibarra Guitart frente a su objeto de estudio y aclarado cuestiones como la referida o el contraste entre dicha posición y la mantenida por el propio Torriente en su relato Cuarenta años de mi vida (La Habana, 1939).-antonio santaMaría garCía, Instituto de Historia, CSIC.
Irurozqui, Marta, Ciudadanos armados de ley.
A propósito de la violencia en
La historiografía americanista de los últimos treinta años ha volcado su mirada hacia dos temas claramente definidos: el proceso de las independencias hispanoamericanas (1808-1830, poco más o menos) y el proceso de construcción de repúblicas y naciones, desde el periodo de las independencias y hasta varias décadas en adelante, según cada país o región observada.
Se trata de un giro histórico en el objeto de análisis que ha presionado hacia estos problemas ya desde los años finales del siglo pasado.
Quizás podríamos asegurar que, a partir de los inicios del americanismo en el siglo XIX y hasta la década de 1970, la atención historiográfica sobre América estuvo mayormente enfocada en el periodo hispano.
El cambio en la proporción de intereses tiene que ver con tres momentos decisivos que dan de lleno en las orientaciones americanistas: los trabajos que revolucionaron los enfoques interpretativos sobre las independencias (por ejemplo, las obras de John Lynch o François-Xavier Guerra); el reimpulso institucional y financiero que supuso el fervor del V Centenario; y el auge temático, político e ideológico que las celebraciones del bicentenario de las independencias imprimió en el devenir académico transoceánico del siglo XXI.
Sobre esos temas que han despertado mayor interés historiográfico recientemente, el de las construcciones republicanas y nacionales ha mostrado una variable común, especialmente cuando los estudios se adentran en el siglo XIX de la mano de los procesos sociales que acompañan al desarrollo de los Estados.
Dicha variable es la violencia política, problema recurrente en las observaciones del periodo que generalmente es comprendido como «un fenómeno ambiguo y dudoso», característico de los «espacios postcoloniales autoritarios y excluyentes», donde «las ideologías de la modernidad fueron quimeras impostadas».
Con estas palabras Marta Irurozqui lleva a juicio a la historiografía sobre el tema y sus problemas concomitantes en esta obra.
Detecta Irurozqui lo que esto significa, pues el asunto conduce a equívocos interpretativos y metodológicos, y da cuenta de confusiones conceptuales y ciertos vacíos epistemológicos.
En la historiografía sobre el periodo, la violencia política aparece como un elemento retrógrado en el proceso social y en el camino hacia la construcción de los Estados modernos.
Para la historiadora, la violencia en aquel proceso posee una «naturaleza institucional» y al mismo tiempo contribuye a generar la institucionalidad: «La violencia política, en tanto ingrediente de la realidad social, solo se convierte en un hecho discernible y empíricamente observable en un contexto sociohistórico determinado», nos dice.
Con tal premisa, este libro estudia la ciudadanía armada en Bolivia durante el proceso de consolidación del Estado y de la propia nación.
Justifica esta periodización como una decisión «subjetiva pero no arbitraria», en aguda confesión, pues dicho periodo encierra una dinámica de arme y desarme de la población bajo una lógica constitucional que trasluce el proceso social y político de Bolivia por entonces.
Se detiene la autora, a su vez, en el significado de la noción de ciudadanía armada que subyace a aquella violencia institucional y generadora de institucionalidad, la cual en sí misma obliga al debate sobre su legitimidad.
La discusión sobre lo legal y lo legítimo, la ley y la legitimidad política, envuelve la investigación.
Tal interpelación sobre la violencia en este contexto y estos aspectos es, por otro lado, un asunto no siempre atendido en los trabajos sobre el periodo, cuando en realidad se trata del momento en el cual los hechos dan cuenta de la importancia central de dicha discusión; en esto, Marta Irurozqui ha sido particularmente profunda y analítica.
Compartimos con la autora su señalamiento sobre «supuestos consensuados y acríticamente repetidos» acerca del caudillismo, asunto que en el caso de Bolivia le ha hecho «presa del caudillismo», reduciendo el problema a «un país dominado por militares belicosos y codiciosos», en el que los pocos gobiernos civiles han sido «débiles frente a las maniobras castrenses».
Por el contrario, el trabajo indaga sobre el papel de los militares en la conformación de Bolivia como república, estableciendo una separación crítica entre la violencia política como recurso característico de los intereses y del contexto, y la común idea sobre la monopolización militar del espacio público.
En la historiografía tradicional, el papel de los militares en la fundación de las repúblicas es regularmente confundido con la heroicidad de sus gestas bélicas durante la independencia, cuando en realidad se trata de momentos y circunstancias diferentes.
Si bien es cierto que las prebendas militares de la guerra hicieron de los militares una especie de ídolos capaces de todo, también lo es que en la vida republicana sus roles fueron políticos antes que castrenses.
Y eso incluye la violencia.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Estos razonamientos los advertimos en el trabajo de Irurozqui.
Las armas en manos del pueblo como en manos de militares jugaron papeles políticos, expresiones de relaciones de poder que deben comprenderse en su propio contexto.
Fueron «expresiones políticas y sociales del discurrir legal constitucional, de la legitimidad pública y del arraigo institucional del acto violento».
En la Constitución boliviana de 1826 ya se advierte una preocupación por la defensa de la legitimidad del poder y de la libertad ganadas en la independencia, justificando la participación del pueblo armado en resguardo de esos derechos.
Este deber moral se prolonga en las constituciones de 1831, 1861 y 1871, sin que por ello, como explica la autora, se haya refrendado todo acto de fuerza.
«El complejo, y a veces ambiguo, devenir legislativo en torno a la ciudadanía armada, además de informar de la relación entre política y violencia, también exponía el difícil equilibrio entre libertad y orden público en el tema de la defensa de la patria».
La investigación ahonda sobre esa ambigüedad.
La autora se propone ver «política y gobierno» donde antes solo se veía desorden, y asume esto como «una decisión historiográfica».
En su crítica a la lectura tradicional sobre el caudillismo advierte el solapamiento historiográfico de los procesos de militarización y pacificación de la vida pública, así como de la población en general.
La violencia política que subyace a estos procesos, eventualmente, contribuyó con la institucionalización y la vertebración del Estado, aspecto decisivo en el proceso decimonónico boliviano, pero igualmente observable en otros procesos nacionales latinoamericanos.
La advertencia de Irurozqui sobre este problema supone haber divisado un equívoco que resulta común a la historiografía americanista y la historiografía nacionalista americana.
La «Introducción» del libro es una lección abierta sobre cómo analizar la violencia en tanto que herramienta política, ya sea en el proceso decimonónico boliviano como en el resto de América Latina.
El estudio del qué y el quiénes de la violencia, esencial en cualquier caso, supone un derrotero interpretativo no siempre recorrido en la historiografía sobre el proceso y la región.
Eventualmente perdidos tras una idea fija sobre el caudillismo, y poco dados a la comprensión densa y contextualizada de las relaciones de poder, los investigadores que revisan el periodo naufragan cuando ven la violencia como un efecto simple de desigualdades sociales, como una característica del ruralismo americano, o como un recurso elemental de líderes que muy fácilmente toman las armas para concretar proyectos de poder igualmente elementales.
Las relaciones de poder van mucho más allá de la realidad aparente e incluso mucho más allá de la política.
Una investigación de esta calidad, además, logra desprenderse de la valoración negativa de la violencia en los procesos sociales latinoamericanos, entendida como un rasgo arcaico y residual.
En la misma valoración son ubicados los levantamientos, revoluciones y pronunciamientos reformadores o refundadores que en América Latina han tenido lugar en el proceso de conformación del Estado, sus instituciones y la nación.
Advertir la particularidad de cada caso conduce a comprender la heterogeneidad de los procesos nacionales de la región, eventualmente confundidos en su simultaneidad.
La violencia política, especialmente, jugó roles específicos que en la mayoría de los casos aguardan ser estudiados a fondo, tal como este libro lo logra sobre Bolivia.
Irurozqui también se enfoca en la ciudadanía armada.
Esto resulta fundamental en la observación del periodo, pues la ciudadanía, construcción característica de la subjetividad moderna, juega un rol decisivo en las formas de participación política que conforman a los Estados nación.
La ciudadanía es para la autora «una práctica y un estatus», artefacto moderno que «no eliminó del sistema social el peso del estatus».
Se trata de una forma más de desigualdad, muy a pesar de ideologías y convicciones sobre el paradigma que nos envuelve desde hace un par de siglos.
En el caso de estudio que este libro enseña, la ciudadanía armada es un aspecto de la sociedad boliviana que constituye al Estado tanto como a su proceso de consolidación.
La «soberanía popular» se vuelve elemento de convocatoria y justificación, retrotrayendo la legitimidad de sus actos en cada hecho y dando cuenta con ello de que la historia del siglo XIX no puede reducirse a golpes y caudillos ni a valoraciones impertinentes.
Esta investigación se propuso, y creemos que lo ha logrado, demostrar cuál ha sido el papel de la violencia política y la ciudadanía armada en el proceso de conformación de la institucionalidad republicana boliviana.
Vale la pena hacer analogías con otros procesos de la región, convocatoria que queda abierta a la vuelta de sus páginas.
El trabajo alcanza a tipificar la violencia observada y convierte a esta tipificación en recurso metodológico.
Por un lado, hallamos la violencia encarnada por el ejército, que describe Irurozqui a través de las revueltas contra el Poder Ejecutivo de 1839 y 1841; la sublevación del coronel Narciso Balza en 1861; el golpe de Estado de 1864 ejecutado por Mariano Melgarejo; los levantamientos en contra de Melgarejo (1867 y 1869), y los movimientos reivindicativos desde los cuarteles en Cochabamba hacia 1874, en El Litoral en 1875, o en La Paz también en 1874.
Por otro lado, se observa la violencia que representa el pueblo en armas, calificada aquí en tres tipos: «los actos homicidas del vecindario contra el abuso de autoridad», como el ajusticiamiento de Plácido Yáñez; los movimientos reivindicativos de ciertos sectores, como el gremio de artesanos entre 1861 y 1863, el ejército aymara de 1870-1871, o los trabajadores urbanos en 1875, y las conspiraciones organizadas desde los partidos políticos con acento revolucionario, como la acción de Casimiro Corral en La Paz (1874), la asonada de 1875, o el asedio a Cochabamba de ese mismo año.
El tercero entre estos tres tipos de violencia es la organizada por las propias autoridades institucionales.
Allí se observa a la Revolución Restauradora de 1839 o la Santa Revolución de 1870; las respuestas por parte de los gobiernos derrocados en 1840 y 1865; las coaliciones entre partidos rivales, como la de 1875 ante el gobierno de Daza, y la represión contra oposiciones, como la desplegada por Yáñez o bien la del gobierno de Tomás Frías en 1875.
En la historicidad de la violencia subyace el problema observado.
Su presencia recurrente, desplegada sobre esas tipologías, da cuenta de un proceso social envuelto en un proceso político, lo que descubre no solo la conformación e institucionalización del Estado, sino también la dinámica de las relaciones de poder en la Bolivia decimonónica.
No obstante, tal proceso enseña igualmente el apego a la legalidad y a los derechos en la sociedad boliviana, lo que parece haberse defendido con la vida.
El pueblo en armas fue el garante de esos derechos, sin duda; con sus acciones selló el vínculo pueblo-ley que Irurozqui advierte como nodal, dejando claro que la ciudadanía armada estuvo por encima del pretorianismo, o bien actuó como dispositivo de control ante sus desmanes.
Se observa a lo largo de la investigación que aquella violencia política acudió a las articulaciones entre diferentes lugares sociales, pues «la naturaleza de la participación de los actores populares no mostraba únicamente procesos de transversalidad social y étnica: desvelaba también los modos en que el desempeño plurisocial y plurinstitucional del poder armado modificó comportamientos, identidades y políticas públicas».
La aproximación más clara al problema se atiende en el capítulo III y en la plataforma interpretativa que elabora la autora para comprender el asunto.
El pueblo en armas, como objeto de investigación, descubre un problema histórico particular en el proceso boliviano: la necesaria y progresiva resignificación del concepto de revolución a la luz de las oportunidades en las que hubo que armar y desarmar a esa ciudadanía que actuaba en defensa de los derechos así como en defensa de ciertos intereses.
Esto condujo a repensar la utilidad del recurso, o bien a reflexionar sobre lo que representó la titularidad de la soberanía contrapuesta a su ejercicio como derecho inalienable.
Efectivamente, la investigación, tal como la autora explica, supone un esfuerzo historiográfico que se planteó como objeto demostrar lo que la violencia permitió en lugar de lo que impidió.
Ese esfuerzo, qué duda cabe, parte de un deslinde crítico ante las historiografías más tradicionales, no solo aquellas que han dedicado su mirada a Bolivia, sino otras que, tanto americanistas como americanas, no han logrado desprenderse de una interpretación sesgada y elemental sobre la violencia y algunas de sus manifestaciones más conspicuas en el proceso social del siglo XIX latinoamericano.
La crítica historiográfica de Irurozqui nos estimula a indagar en las historiografías sobre América, pues parece pertinente detenerse a reflexionar que no es lo mismo el americanismo que la historiografía americana, así como tampoco son idénticas las formas de comprender los procesos históricos a ambos lados del Atlántico.
Lo que en América Latina se entiende como periodo colonial, en Europa es periodo moderno, y esta diferencia es también tributaria de las miradas sobre el siglo XIX.
Parece prudente tener en cuenta esto cuando nos damos a la tarea de analizar procesos sociales que conviven cronológicamente y que no están de espaldas, ciertamente, al proceso simbólico de la modernidad; por el contrario, se articulan en dicho proceso y lo conforman críticamente.
Una plataforma interpretativa común sobre estos procesos geográficamente distantes pero históricamente unidos está por hacerse.
A la vuelta de la estimulante lectura de este trabajo, que recomendamos a los investigadores que pretendan conocer el proceso boliviano en el siglo XIX, así como a quienes tienen a América Latina como objeto de estudio en ese mismo periodo, y a los que comparten la permanente construcción de una historiografía crítica sobre estos problemas, creemos pertinente cerrar nuestra reseña con las palabras de la autora: «El papel de la ciudadanía armada en el fortalecimiento de la sociedad civil permite cuestionar la asociación historiográfica de los gobiernos militares del siglo XX con las revoluciones, asonadas o golpes de Estado del siglo XIX y la consecuente creencia en una tradición de violencia política latinoamericana que ha impedido e impide su desarrollo democrático.
Esa trasmutación ideológica es posible porque la ciudadanía armada posibilita una reformulación del significado de la militarización de la vida política decimonónica, haciéndola contraria a los axiomas que hacen del empleo de las armas un monopolio del ejército».
Esta advertencia es válida para la historiografía en general, tanto como para las ideologías que han alcanzado el poder en la América Latina del siglo XXI y retrotraen con sus discursos aquel siglo de efervescencias y conformaciones nacionales como su antecedente directo.rogelio altez, Escuela de Antropología, Universidad Central de Venezuela.
Marichal, Carlos; Topik, Steven y Frank, Zephyr (coords.), De la plata a la cocaína.
El presente trabajo es la traducción de la obra publicada once años antes con el título From Silver to Cocaine: Latin American Commodity Chains and the Building of the World Economy, 1500-2000(Durham, Duke University Press, 2006), conjunto de ensayos sobre la inserción de América Latina en el comercio internacional desde la llegada de los europeos hasta el final del siglo XX, que habían sido presentados en dos coloquios internacionales celebrados en Stanford (California) en junio de 2001 y Buenos Aires en julio de 2002.
En un muy interesante capítulo introductorio Steven Topik, Carlos Marichal y Zhephyr Frank, como coordinadores, se han afanado en mostrar que uno de los objetivos fundamentales de este volumen es señalar la larga duración del proceso formativo de la actual globalización que rige el comercio y las finanzas internacionales, partiendo de la idea de que el fenómeno comienza a intensificarse con la incorporación del continente americano a la economía mundial.
Con ello pretenden rebatir los postulados que han venido considerando que semejante proceso no tuvo una entidad suficiente hasta el último tercio del siglo XIX.
Los doce trabajos específicos parten de la intención de evitar las orientaciones historiográficas tradicionales en el estudio del comercio de las mercancías coloniales, centrándose en el análisis de un concepto principal: las llamadas «cadenas de materias primas».
Al modificarse el título original aprovechando la traducción se ha perdido el sentido fundamental que explicaba el objetivo central de este trabajo: aplicar el concepto de commodity chains a la investigación sobre la producción y comercio de las mercancías latinoamericanas y su impacto en la formación de la economía globalizada.
Imaginamos que este cambio habrá sido realizado por motivos comerciales.
Sin embargo, en el contenido del libro esta intención no ha sido modificada.
Los diferentes trabajos examinan la utilidad del concepto «cadena de mercancías», las cuales fueron establecidas a nivel global en cuanto a los intercambios entre productores y compradores mediante redes de comercio ya desde el siglo XVI, planteando que durante la modernidad estas se fueron haciendo cada vez más complejas.
Sobre estos principios, las cadenas de materias primas fueron adecuándose a las cambiantes circunstancias del siglo XIX y se han mantenido durante el siglo XX.
Los estudios que componen este volumen se centran en la evolución histórica de estas relaciones, focalizando en los productos que han venido siendo considerados más importantes en América Latina.
Sin embargo, la utilidad de un concepto como «cadenas de mercancías» debe ser condicionada por su naturaleza ambigua y múltiple, como señalan autores de este trabajo como Zephyr Frank y Aldo Musacchio.
Por ello se tienen también presentes en este libro ideas como la de filière, de la escuela francesa, o el más común entre investigadores hispanos y portugueses de «circuito comercial».
El volumen está organizado de manera aproximadamente cronológica dedicando cada uno de sus capítulos a un producto específico o a varios interrelacionados.
Partiendo de las exportaciones que tuvieron especial significa-ción en época colonial, se pasa por el auge de la demanda de materias primas latinoamericanas en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX, hasta llegar a los productos que han protagonizado las transacciones del siglo XX.
El primer estudio, redactado por Carlos Marichal, focaliza en la plata como moneda universal del antiguo régimen europeo, mientras los demás trabajos van desgranando otros productos fundamentales para el comercio americano: las materias tintóreas como el índigo (a cargo de David McCreery) y la cochinilla (realizado por Marichal), el tabaco (escrito por Laura Náter), el café (firmado por Steven Topik y Mario Samper), el azúcar (de Horacio Crespo), el cacao (elaborado por Mary Ann Mahony), las bananas (de Marcelo Bucheli e Ian Read), guanos y nitratos (a cargo de Rory Miller y Robert Greenhill), el caucho (realizado por Zephyr Frank y Aldo Musacchio), el henequén (cuyo autor es Allen Wells) y la cocaína (capítulo XII y último, realizado por Paul Gootenberg).
De manera trasversal, en los diferentes estudios se tratan temas generales que van del proteccionismo a la regulación de los mercados internos o la inserción en los mercados externos durante los periodos coloniales, hasta la conformación de una completa globalización en los siglos XIX y XX.
Para ello los trabajos prestan atención preferente a los principales productos de exportación ya señalados, así como a la compleja inclusión de estos en los mercados europeos y estadounidense.
Los diferentes autores remarcan que los productores latinoamericanos tenían una participación activa en las relaciones con los mercados a los que, a pesar de sufrir sus fluctuaciones, llegaron a marcar pautas de control sobre estos vínculos comerciales, todo ello teniendo presente tanto la oferta como la demanda.
En definitiva estos estudios rompen con la tradicional visión de la relación mercantil basada en la división entre un centro dominador y una periferia sometida, contemplando estas relaciones de un modo más dinámico y complejo, en el que las interactuaciones al tiempo iban condicionando los parámetros de las mismas en ambos sentidos.
Otra de las novedades en el planteamiento de este libro consiste en superar los márgenes nacionales habituales en los estudios de las economías latinoamericanas, teniendo presente el hecho incontrovertible de que dichas actividades superan esos límites.
Esta propuesta posibilita la comprensión de la problemática de manera más ajustada a los parámetros a los que estuvo sometida, aunque sin olvidar las particularidades específicas de cada país y aplicando metodologías comparativas.
De este modo, en estos trabajos se estudia de manera más amplia la evolución histórica de porciones del proceso globalizador de la economía que hoy domina nuestras vidas.
En definitiva, se trata de un trabajo destinado a analizar de manera integrada la historia del comercio de productos de América Latina, planteando numerosos interrogantes y problemas metodológicos.
Los coordinadores insisten en señalar que una de las intenciones de este trabajo ha sido abrir nuevas vías para los estudios sobre las relaciones comerciales de América Latina y una de las opciones posibles sería plantear investigaciones similares de otras mercancías que también tuvieron importancia como ocurrió con el oro, cobre, perlas, jengibre, palo Brasil o Campeche, grano, carnes, cáñamo y derivados, petróleo, por señalar solo algunos ejemplos.
Todo ello hace este volumen de especial interés no solo para los especialistas en historia económica, sino para todos aquellos que quieran comprender de manera más amplia el proceso globalizador del mundo en el que hoy vivimos.-sigFrido vázquez CienFuegos, Universidad de Extremadura.
La profesora María de Carmen Martínez, titular de Historia de América en la castellana Universidad de Valladolid, ha dedicado varios libros y artículos al conquistador Hernán Cortés, su familia y empresa, releyendo los documentos ya conocidos o reuniendo un importante corpus de «papeles» inéditos.
Fruto de sus investigaciones, en archivos españoles y mexicanos especialmente, ha publicado el libro Veracruz 1519; los hombres de Cortés (Universidad de León, 2013) y el artículo «Hernán Cortés en España (1540-1547): negocios, pleitos y familia», en la obra editada por Martín Ríos Saloma El mundo de los conquistadores (Madrid / México, Sílex / UNAM, 2015, pp. 577-598).
Si bien, sus aportaciones más notables están relacionadas con el mundo epistolar y la documentación jurídica: Hernán Cortés.
Cartas y memoriales (León, Consejería de Cultura y Turismo / Universidad de León, 2004) y En el nombre del hijo.
Cartas de Martín Cortés y Catalina Pizarro (México, UNAM, 2006), colección de veinte cartas inéditas de los padres del conquistador donde se tratan numerosos temas de gran interés, además de ser los únicos escritos de sus progenitores, sacadas del gran archivo epistolar que el licenciado Francisco Núñez, procurador en la Chancillería de Valladolid y relator en el Consejo Real, reunió durante los veinte años que actuó como procurador del extremeño, del que era primo hermano, colección de legajos de donde María del Carmen Martínez también seleccionó y publicó varias cartas escritas entre 1527 y 1538 («Cartas privadas de Hernán Cortés al Licenciado Núñez», Anales del Museo de América, 12, 2004, pp. 81-102).
Me detengo en estos trabajos de la profesora Martínez porque, en primer lugar, el libro que reseño tiene una continuidad con todos ellos, pero ahora focalizando su interés en la figura del segundo marqués del Valle de Orizaba, don Martín RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS Cortés y Zúñiga (1532-1589), hijo de Hernán Cortés y Juana de Zúñiga y Arellano, y de igual nombre que su hermano mestizo, hijo de la Malinche, centrándose en los años que van de 1532 a 1562.
Y, en segundo lugar, porque en el V Centenario de la conquista de México y de la expedición de Magallanes-Elcano, esta última efeméride está ganando por goleada, muchas veces con conferencias, artículos, libros y exposiciones de poca calidad, que contrastan con las magníficas aportaciones para la historiografía cortesiana de María del Carmen Martínez y otros colegas.
Pero volvamos al libro, que es la tarea que me he propuesto.
Sus aportaciones, en gran parte inéditas, dan luz sobre la trayectoria vital de Martín Cortés el criollo, desde su nacimiento en México hasta su regreso a su tierra natal tras pasar más de veinte años en Castilla y visitar otros reinos europeos.
Sobre su vida, abundan trabajos sobre la rebelión en la que participó meses después de llegar a la Nueva España, que le costó la vida a varios de sus compañeros, herederos de los primeros conquistadores de la tierra (remito al libro de Gregorio Salinero, Hombres de mala corte, Madrid, Cátedra, 2018); sin embargo, los viajes, negocios, relaciones sociales, encuentros con sus hermanos y hermanastros, así como su matrimonio y familia política son poco conocidos, entre otras causas, por la dificultad de conseguir información en un océano de legajos de carácter jurídico que solo personas de la preparación y el tesón de la profesora María del Carmen Martínez se atreven a estudiar.
En efecto, la gran mayoría de los «papeles» de la familia Cortés proceden de procesos y documentos judiciales.
No debe extrañarnos, pues la España del XVI fue una sociedad donde se pleiteaba constantemente tanto dentro como fuera del entorno familiar, como estudió Richard Kagan en su clásico Pleitos y pleiteantes en Castilla, 1500-1700(Valladolid, Junta de Castilla y León, 1991).
Entre las aportaciones del libro, destacaría los datos sobre los descendientes de don Hernán, quien además de Martín Cortés, tenía tres hijas con su segunda mujer Juana de Zúñiga (María, Catalina y Juana) y otros cinco de diferentes madres (Martín Cortés el mestizo, Luis, Leonor, Catalina y María).
Los dos vástagos homónimos tuvieron una relación muy estrecha durante buena parte de su existencia, aunque no faltaron los desencuentros.
Martín, hijo de la Malintzin, fue paje de la emperatriz Isabel y luego del príncipe Felipe, además de obtener un hábito de Santiago.
El conquistador le tenía un gran cariño, por lo que ordenó en una cláusula del testamento que su hermano debería mantenerlo con mil ducados anuales mientras viviese.
Las hijas de doña Juana tuvieron destinos diferentes de sus hermanastras.
Por ejemplo, Catalina Pizarro, hija de Leonor Pizarro, y María Cortés, engendrada con una princesa azteca, tomaron los hábitos en el convento dominico de la Madre de Dios de Sanlúcar de Barrameda.
No obstante, el principal protagonista del libro es Martín Cortés de Zúñiga, cuyas noticias aumentan tras la muerte de su padre.
El segundo marqués vivió por HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS encima de sus posibilidades, siempre pendiente de la llegada de las remesas de oro y plata de sus posesiones ultramarinas.
Amigo de gastar, siempre careció de liquidez, por lo que tuvo que solicitar préstamos y otorgar libranzas.
Los impagos le generaron numerosos pleitos, embargos y requerimientos de sus acreedores, obligándolo a endeudarse más para pagar a escribanos, procuradores y letrados.
Pero nada ni nadie lo detuvo en su vida disipada.
Don Martín era aficionado a los juegos cortesanos, como el de pelota y el de cañas; al baile, donde practicaba el galanteo; a los banquetes, donde pudo mostrar sus ricas vajillas de oro y plata; a la caza y al resto de diversiones cortesanas.
El enlace con su prima Ana de Arellano, hija del conde de Aguilar, el 24 de febrero de 1549, en la iglesia parroquial de Santa María de Nalda, fue una buena ocasión para mostrar sus gustos por el lujo y la opulencia.
El matrimonio le permitió emanciparse de la tutela de su tío, viviendo temporadas en Soria en compañía de la marquesa viuda, que en ocasiones actuó de fiadora o prestamista, pues su libertad no fue acompañada por una mejora en su situación económica.
Como señala la autora: «Al segundo marqués del Valle le gustó la ostentación, proyectar una imagen de ser un gran señor; aunque su estado estuviese al otro lado del mar, su persona traducía sus posibilidades, lo que sin duda favoreció que le prestasen y fiasen» (p.
Cercano al príncipe Felipe, lo acompañó para asistir a su boda con María Tudor en Inglaterra el 25 de julio de 1554, y después le siguió a Bruselas para visitar a Carlos V, regresando a Inglaterra en marzo 1557, para cruzar de nuevo el canal de la Mancha y luchar contra los franceses.
Don Martín, además de ser presumido y ostentoso, también era diestro con la espada y la ballesta.
Durante su periplo europeo, no dejó de endeudarse, acumulando nuevos compromisos y pleitos.
Esta sería una de las razones que le impulsaron a regresar a sus dominios mexicanos, los cuales, por otra parte, venían siendo cuestionados por el virrey y los funcionarios locales.
En marzo de 1562, estando en Sevilla, canceló varias deudas contraídas y pidió permiso a la Casa de la Contratación para viajar a México junto a su mujer, su hermano Martín el mestizo y varios criados.
Al llegar a las costas de Yucatán, doña Ana de Arellano dio a luz a su segundo hijo, mientras el primogénito, Fernando Cortés, se había quedado en España al cuidado de Diego Ferrer.
Al pisar tierra mexicana, el heredero del mayorazgo cortesiano se hizo cargo de sus posesiones y bienes tras más de veinte años de ausencia de su patria natal.
No sabemos si Martín Cortés era amigo de escrituras como su padre, pero los abundantes documentos judiciales han permitido a la profesora María del Carmen Martínez escribir un libro con numerosas novedades sobre la familia Cortés, llenar vacíos y rectificar errores persistentes.
Por todo ello, este volumen quedará como una obra de referencia en los estudios cortesianos.-salvador bernabéu albert, EEHA, CSIC. |
consiguientemente por el ame ricanismo español.
De otro por mi amistad, y por el obligado sen timiento de gratitud que le debemos todos los americanistas sevillanos.
Comenzaré haciendo un breve bosquejo del recuerdo que tengo de Vicente, a quien conocí recién llegado a Sevilla el año 1942, cuando acababa de ganar su cátedra de Historia Uni versal Moderna y Contemporánea de nuestra Universidad con 23 años, e iniciaba sus investigaciones sobre el reinado de Carlos III, período en el que ha llegado a ser uno de los más calificados especialistas.
Corpulento, dinámico en extremo, con inagotable actividad en el logro de sus propósitos, producía un efecto impresionante a todos los que entonces le conocimos.
En constante movimiento, no ceiaba hasta conseguir lo que él consideraba debía hacer.
Desde septiembre, en que llegó a Sevilla para comenzar el curso académi co, hasta comienzos de noviembre, son incontables el número de Tomo XLYll XIII
gestiones que llev(Í a caho con llls 111,ís di/eren/es personas, hasta entonces totalmente desconocidas para él, y los numerosos viajes que hizo a Madrid para conseguir, en un tiempo record de mes y medio, que las máximas autoridades del Ministerio de Eductzción y del C.S.I.C. accedieran a lc1 solicitud e instancias de un muchacho de 24 años -sobre todo si tenemos en cuenta lo que esto signi ficaba dentro de la mentalidad y los recursos científicos de aquel momento--para la creación en Sevilla, no obstante su honda significación americanista, de un organismo de investigación de Historia de América, equivalente al único existente entonces en España, el Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, de Madrid.
Hay que retroceder a lll situación que en todos los aspectos vivía España en aquellos años, y nuestra Universidad --donde nació la Escuela-instalada desde 17 71 en la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús, con un montaje inadecuado para cualquier tipo de enseñanzas, y alguna de cuyas aulas eran jocosamente de nominadas «el comedor», porque lo había sido de la en/ ermería de los jesuitas; y «la cueva», sin ninguna ventana, cuya lobreguez era aprovechada para las proyecciones de la clase de Historia del Arte, etc. Y en aquellas circunstancias logró Vicente le fuera cedida una amplia habitación del viejo edificio, que daba a la calle, )' había servido con anterioridad como local de la Federación Uni versitaria Escolar, y más tarde para los órganos económicos de la Universidad.
Allí se estableció inicialmente la Escuela, incorporando a los fondos de su biblioteca los del antiguo Centro de Historia de América, procedentes en su casi totalidad de De aquella edificación a lo que hoy podemos contemplar hay una enorme distancia.
Apenas existían las plantas baja y principal de la parte central, el salón de lectura, y el depórito de libros que más tarde había de tener un triple aprovechamiento: como tal depósito de libros, Imprenta y Residencia de Investigadores.
El crecimiento posterior para instalación y adaptación de los actuales seminarios y dependencias tuvo lugar a partir de entonces.
Hoy día, este edificio que, gracias a la gestión y actividad de Rodríguez Casado pertenece al Consejo Superior de Investiga ciones Científicas es una consolidada y prestigiosa realidad.
En él ejerció la Escuela su doble actividad inicial, docente e investigadora, y por ello también, después de creada la Sección de Historia de América de la Facultad de Letras de nuestra Uni versidad tuvieron aquí lugar estas enseñanzas hasta su definitivo traslado a las instalaciones universitarias de dicha Facultad en la antigua Fábrica de Tabacos.
Esta breve exposición, incapaz de reflejar, siquiera sea sucin tamente el alcance y la trascendencia de la labor de Rodríguez Casado está, por otro lado, p, zra quien desee conocer con mayor pormenor esta etapa de su vida, en el libro que le dediqué sobre el Americanismo en Sevilla (1900--1980). * Voy a intentar hacer ahora una breve síntesis de los primeros quince años de la Escuela, creaci6n suya, como hemos dicho, y que en el pr6ximo año 92 cum plirá medio siglo de existencia, y es, sin duda, el más s6lido y fructífero exponente del americanismo, no sólo en España, sino en el mundo.
Rodríguez Casado concibió la Escuela para la formación y orientación de los americanistas, no sólo como los Institutos, que era la denominación habitual dada entonces a los organismos del C.S.I.C., sino como una institución que tendría primordialmente un carácter formativo, y en la cual se enseñarían, a los futuros investigadores, docentes, estudiosos y especialistas, las distintas materias de la Historia de América, y de ello da cumplido testi monio el más de medio centenar de doctores que han logrado la máxima titulación que otorga la Universidad, aprovechando sur orientaciones, y la biblioteca, e instalaciones de ella.
Rodríguez Ca sado tuvo en todo momento una visión de futuro de la función de la Escuela, y es indudable que acertó por los frutos alcanzados hasta la fecha.
Sería, pues, un centro para postgraduados que quisieran alcan zar el titulo de doctor en ese aspecto tan importante de la Historia de España como es el de su proyecci6n en el Nuevo Mundo, y de ahí precisamente viene su denominaci6n de hispanoamericana.
Por eso también, antes de lograr tres años más tarde, en 1945, el establecimiento de las enseñanzas de Historia de América en la nueva Sección de esta especialidad en la Facultad de Letras, la Escuela, organismo entonces vinculado a nuestra Universidad y al C.S.I.C., y con el doble carácter docente e investigador, impartt6 también el conocimiento de dichas materias para el logro del Diploma correspondiente.
Más tarde, el planteamiento de la Escuela como organismo de investigación es concebido en una cuádruple proyecci6n:
La mencionada formación de los investigadores en Historia de América.
El fomento de la biblioteca especializada, cuyo progresivo incremento la ha constituido, sin duda, en la más completa en su género en Europa.
Pero al considerar conveniente Rodríguez Casado abarcar en los estudios de la Escuela las distintas etapas que ofrece la crono logía del continente americano, creó en 1948, la revista «Estudios Americanos», dirigida por Octavio Gil Munilla, y que tuvo como ob¡eto dar a conocer la problemática americana en la actualidad.
Las lógicas dificultades que entonces, ahora y siempre se han encontrado para la impresión y publicación de obras científicas, llevaron a Rodríguez Casado a establecer una Imprenta en el propio local de la Escuela, también dirigida por Octavio Gil Munilla, lo cual permitió editar el creciente número de trabaios de ésta, que No quiero insistir en las innumerables vicisitudes y anécdotas que la tarea de Rodríguez Casado llevó aparejada, y que estuvo en íntima relación con las otras dos importantes creaciones suyas, la Universidad Hispanoamericana de Santa María de la Rábida, y la Sección de Historia de América de la Facultad de Letras de la Universidad, instituciones ambas que hoy desempeñan una actividad científica sin precedentes en su género.
La Escuela ha sido en todo momento una institución en la que ha reinado un sincero sentimiento de compañerismo y amistad entre todos los miembros pertenecientes a los distintos escalafones de ella.
Aquí se han formado una serie de jóvenes que entraron a desempeñar tareas subalternas o meramente burocráticas y que precisamente por el concepto que de esta institución tenía Vicente Rodríguez Casado ) pudieron acceder a otros puestos más calificados dentro de la Escuela al facilitarles los estudios de enseñanza media y universitaria ) y la preparación necesaria para tomar parte en los concursos y oposiciones de plazas de los distintos escalafones del C.S.I.C. Este clima de convivencia que ha motivado que todos sus miembros hayamos sentido siempre a la Escuela como cosa propia, es otro de los singulares aciertos de su creador.
Mas yo no debo terminar sin añadir algo que considero im prescindible y fundamental en este esbozo de la personalidad, real mente excepcional, de Vicente Rodríguez Casado en su aspecto humano y vital ) y que hasta aquí hemos intentado pergeñar en orden a su labor pro/ esional en esta Escuela.
Cordial, aj a ble, extrovertido, abierto de carácter, incansable en su permanente actividad, sin titubear en llevar a cabo los ma yores esfuerzos y sacrificios para lograr lo que él creía eran su deber y su obligación en cada momento.
Pero no podríamos com prender toda esta actuación de Vicente Rodríguez Casado, desde su llegada, y durante su estancia de 1.5 años en Sevilla, si no nos damos cuenta del «leit motiv» que en todo momento le impulsaba.
Hombre p• rofundamente religioso, dio un primordial sentido a su Fe, que le llev6 a una total dedicación de su vida a estos principios, concebidos por él, en todo momento, de acuerdo con las normas del «Opus Dei», institución a la que perteneció, y cuya fundación y primer establecimiento llevó a cabo en Andalucía.
Para él, el perfeccionamiento personal debía lograrlo en la diaria labor profesional, y ello de por sí, explica me; or que nada la ingente y excepcional tarea que, en el campo del americanismo, tuvo como resultado la creación y desarrollo de esta Escuela de Estudios Hispano-Americanos durante los años que vivió en Sevilla.
José Antonio CALDERON QUI]ANO |
descubrir» el Pacífico, construía en él unos barcos, afi rma: «Cortés ha hecho tan grandes cosas que no le puedo creer tan desprovisto de sentido común con10 para em prender, a ciegas y a su costa, algo de tanta importancia, como es la construcción y aparejo de cuatro navíos en la Mar del Sur, si no tuviera certeza o, al menos, alguna probabilidad de éxito en el descubrimiento de dichas regiones».
1 ¿Qué había en dicho m�tr, que tanto atraía al gran conquista dor?
¿Qué esperaba encontrar en él?
A su reconocitniento iba a dedicar casi veinte años de csf uerzos y enormes sumas de dinero.
2 En la empresa puso en juego su prestigio y hasta su vida.
Al final, su tesón le enfrentaría con el virrey Antonio de Mendoza, acarreán-
dole, al mismo tiempo, la ruptur,.
¿ Qué conceptos cosmográficos le servían de estímulo para tales sacrificios?
La respuesta no es fácil, ya que, aparte el secreto con que rodea sus proyectos, rara es la vez que alude a sus ideas geográficas.
Estas se deben deducir de sus acciones y de las aisladHs reforcncias que aparecen en sus escritos.
Los cronistas, por su parte, no ayudan gran cosa, pues se limitan a narrar las actividades de Cortés en la Mar del Sur, seña lando, a lo sumo, sus razones inmediatas.
Así el viaje de Saave >) y a saber el secreto y cabo de aquella costa>>.
3 Cortés fue a California en 1535 para adelantarse a Nuño de Guzmán en la recién descu bierta Tierra de Santa Cruz.
Francisco de Ulloa se dirigió al norte cuatro años más tarde para llegar a las Siete Ciudades antes que los hombres del virrey Mendoza.
Todo ello es, al menos en parte, verdad, pero no explica ni el interés inicial de Cortés por el Pací fico ni la presencia de los barcos en dicho mar.
Sólo cuando describe su hallazgo alude Gómara al deseo de éste por «tener tierra y puertos en la Mar del Sur para descubrir por allí la costa de la Nueva España, y algunas islas ricas de oro, piedras, perlas, especias y otras cosas y secretos admirables,' y aun traer por allí la especiería de los Malucos a menos trabajo y peligros».
4 Sus palabras las re cogen Cervantes de Salazar y Antonio de Herrera.
Tampoco las historias posteriores aclaran más el asunto.
De pendiendo de los documentos que utilizan o del ambiente en que escriben, sus autores atribuyen las acciones de Cortés en el Pacífico
IDEAS GEOGRÁFICAS DE IIERNÁN CORTl�S
al simple deseo de riquezas 5 o a la búsqueda de las Amazonas.
Tanto en las Cartas de relación como en las misivas privadas al Emperador se alude con frecuencia a los beneficios económicos que se derivarán de sus esfuerzos en dicho mar.
Pero en ellas se habla asimismo, como más tarde haría su cro nista, de su confianza en «descubrir y hallar muchos secretos y cosas admirables, según -explica-han afirmado y afirman también personas de letras y experimentadas en la ciencia de la cosmogra fía».
7 En la Cuarta relación, refiriéndose a sus barcos del Pacífico, dice que con ellos «ha de ser causa que vuestra cesárea majestad sea en estas partes señor de más reinos y señoríos que los que hasta hoy en nuestra nación se tiene noticia».
8 En cuanto a lo relativo al reino de las Amazonas, no deja de ser una mera anécdota, ali mentada primero por rumores y, después, por las incursiones de Gonzalo de Sandoval y Francisco Cortés en tierras de Colima.
9 La teoría que más se ha repetido, sin embargo, y que parece estar de moda en nuestros días, es que el objetivo principal de Cortés en la Mar del Sur era el hallazgo de un estrecho que le comunicara con el Atlántico.
Los antecedentes, basados en unos conocimientos geográficos que se obtuvieron bastante más tarde, se explican, con pocas variantes, así: «Cuando Vasco Núñez de Bal boa se encontró con el Océano Pacífico demostró que la Tierra Firme no era el Cata y, según quería Colón, sino un inesperado continente.
Mas no sólo demostró eso, sino que planteó el pro blema de alcanzar el extremo de Asia, mucho más lejano de lo que el Almirante suponía...
Magallanes vino a darle solución hallan do el estrecho de su nombre, pero inmediatamente se vio que tal portillo era bastante incómodo y que se precisaba un estrecho más al Norte.
A buscar este paso se consagraron muchos marinos y políticos...
Uno Je ellos fue Cortés».10 La idea del Paso del Norte ) presentada por primera vez por el P. Vcnegas,11 la recogieron con agrado Abbad' y Lasierra12 y Fernández de Navarrete,13 ya que, cuando numerosos países buscaban afanosamente dicho paso en el siglo XVIII, les interesaba demostrar que los españoles lo habían hecho desde principios del siglo XVI.
Tenían razón, aunque no precisamente en el caso Je Cortés.
Ello no obstante, su afirmación la cóntinúan repitiendo los historiadores modernos.
14 Para justifi carla se basan unos en la expedición de Diego de Ordaz a Coatza coalcos en 1520.
Otros en las palabras «si estrecho no los parte» que, referidas a Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid, aparecen en la Cuarta relación.
Y todos, muy especialmente, a la promesa hecha por Cortés de buscar el estrecho por el Atlántico «hasta llegar a los Bacallaos (Terranova)» y por el Pacífico «hasta hallar el dicho c: strecho o juntar la tierra con la que descubrió Magallanes».
15 Aunque si nos fi jamos en las circunstancias de tales hechos y afirma ciones, podemos ver que el envío >, sabe que obtendría mayores ventajas enviando los barcos por allá.
19 Ninguna de di chas expediciones iba a tener lugar, la del Pacífico a causa del incendio de sus astilleros de Zacatula, en el cual se le quemaron todos los materiales a excepción de las anclas, 20 y la del Atlántico por haber desviado su flota a Honduras -expedición de Cristóbal de Olid-, con el fin de adelantarse a Pedrarias y Gil González de Avila en las tierras de Centroamérica.
Ya no se ocupa más del estrecho.
21 Sólo en la Quinta relación, cuando su estrella está ya en el ocaso, alude a él una vez más para prometer que, aunque no se descubra, encontrará por el Pacífico el camino de la Especiería.
Que el objetivo de Cortés en la Mar del Sur no era la con1u nicación entre los dos océanos parece, además, evidente.
De haber sido así, en lugar de instalar sus astilleros en Zacatula, como lo hizo en los primeros meses de 1.522, los habría colocado en el Atlántico.
¿Para qué construir sus navíos en lugar tan apartado, con todos los inconvenientes que ello suponía, si los resultados -el importante punto de referencia éste para los geógrafos posteriores.
Sus mapas concluían con una alusión a «tierras desconocidas» que se extendían primero al este, después al suroeste y, finalmente, al oeste, uniéndose al continente africano.
El Océano Indico, repre sentado como un mar interior, formaba en su parte oriental un gran golfo -Sinus Magnus-, el cual estaba limitado al norte por la India Exterior (India Extra Gangem), al sureste por Cattigara y al oeste por una península -Quersoneso Aureoque rebasaba unos pocos grados el Ecuador.
Las actividades que a lo largo de la Edad Media habían des plegado mercaderes y viajeros por el Oriente iban a ampliar el conocimiento que se tenía de éste, conforme se van divulgando sus obras.
El más famoso de ellos, Marco Polo, había descrito en su Libro de las Maravillas las regiones visitadas por él, las cuales llegaban hasta los confines de Asia, bañados, afirmaba, por un mar.
Refiriéndose a éste hace una aclaración que iba a tener importantes consecuencias en la cosmografía posterior: «He dicho que este mar se llama el Mar de la China, pero quiero que sepáis que en realidad se trata de la Mar Océana [Atlántico].
Se le denomina así, como se hañla del mar de Inglaterra, el mar de La Rochelle y el mar Egeo, por las diferentes provincias que baña... pero todos estos nombres no son más que una parte de la Mar Océana».
24 Los cosmógrafos interpretaron tales regiones como nuevas tierras, situadas más allá de las descritas por Ptolomeo.
La inter pretación quedaba justificada por el hecho de que el geógrafo alejan drino había anunciado al este más tierras que las contenidas en sus mapas y en que las regiones recorridas por Marco Polo estaban bordeadas por un océano, el Atlántico, que no aparecía en Ptolomeo.
Al armonizar los nuevos descubrimientos con aquello de que ya se tenía noticia, la Serica se identificó con la Tierra del Preste Juan o Tartaria y el Sinarum Situs con Mangi.
Al norte estaba el nuevo reino de Catay; al sur la región de Ciamba, seguida de la península de Loach (Lochac) o cabo de Cattigara, que, en dirección suroeste, penetraba en el hemisferio sur rebasando el Trópico de Capricornio.
El Océano Indico quedaba ahora abierto al sureste por un estrecho situado entre dicha península y unas misteriosas tierras australes.
Los descubrimientos de los portugueses confirmarían tam bién muy pronto que se extendía, asimismo, por toda la costa orien tal de Africa, hasta llegar al cabo de Buena Esperanza, uniéndose, de nuevo, con el Atlántico.
Las regiones descritas por Marco Polo se representaron carto gráficamente añadiendo 60 grados a los 180 ya conocidos de Pto lomeo.
Esta distancia parece tener su explicación en un viaje de 132 días que hizo el veneciano desde Cambaluc (Pekín) a Amien, lugar que sitúa cerca de la India.
En efecto, si se asigna un promedio de veinte millas por día y cincuenta millas por grado en el parale lo 40, la distancia nos da 53 grados, tal como se ve en el mapa de Behaim, que coloca Cambaluc en el paralelo 41 a 23Y' <le longitud este.
25 Marco Polo había aludido, asimismo, a un gran número de islas [ 7.4 59] situadas frente a la costa de Asia y, sobre todo, a una de grandes dimensiones, el Cipango, que colocaba a unas 1.500 millas de aquélla.
Para incluirla se añadieron, en consecuen cia, otros 30 grados.
Tal era la concepción geográfica existente en Europa en los años que preceden al descubrimiento de América, representadas, con pocas variantes, en los mapas de Martín de Bohemia (Behaim), Martello Germano y de Laon.
El que algunos de éstos, o todos, fuesen compuestos alrededor de 1492 no tiene mayor importancia, ya que reflejan la idea que se tenía de Asia en los años anteriores, como lo demuestran las alusiones a la famosa carta de Toscanelli, donde, con pequeñas diferencias, se repiten idénticos conceptos.
Faltaba sólo reintroducir dos viejos factores -el grado árabe de 56 millas y 2/3, y la longitud de 225 o que Marino de Tiro diera como extensión de la tierra entre las Canarias y Cattigara-para que quedase considerablemente reducida, por el oeste, la distancia entre Europa y Asia.
Es aquí donde aparece Colón.
Afirmaba éste haber compro bado en sus viajes por la costa de Africa la longitud del grado te rrestre y su conclusión era que equivalía a 56 millas y 2/3, tal como lo verificara antes que él Alfagrano.
Si Cattigara se hallaba a los 225 o (15 horas) de la Canarias, según había dicho Marino de Tiro, la costa de Asia, en dirección este, se debía encontrar alre dedor de los 285 o y la del Cipango a unos 315 o es decir, a tan sólo unas 1.125 y 750 leguas respectivamente de la costa occidental de las Canarias.
Cuando Colón se encontró con el laberinto de islas que pue blan el Caribe, se confirmó en ]a opinión de que se encontraba cerca de Asia.
Refiriéndose a ellas anota en su diario el 14 de no viembre de 1492: «Estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundi en fin de Oriente se ponen».
26 Unas semanas antes había manifestado su deseo de no perder el tiempo reconociéndolas ya que -decía-«quiero ver si puedo topar a la isla de Cipan go».
27 Al hallar a Cuba a unas 1.100 leguas de las Canarias le pareció, lógicamente, que estaba en la costa de Asia.
Como com probaría muy pronto, tanto el litoral norte como el litoral sur de la isla seguían la dirección este-oeste que los mapas habían señalado a la provincia de Mangi.
Al este debía encontrarse, pues, el Cipan go, al que identificó fácilmente con La Española, sobre todo cuando oyó que sus habitantes la llamaban Cibao.
Los viajes posteriores tuvieron como resultado el descubri miento de Sudamérica a la que se creyó, inicialmente, una avanzada de las 7.4 59 islas que aparecían en los mapas y a la que Colón llamó tierra o isla de Gracia.
Su situación y el hecho de estar po blada por caníbales, de acuerdo con lo que habían escrito Marco Polo y Mandeville refiriéndose a ellas, parecían confirmarlo.
Esta identificación fue aceptada por muchos, ya que se ajus taba mejor a la idea que se tenía de Asia.
La llegada de los por tugueses a Malaca (Quersoneso Aureo) en 1509 y a las Molucas dos años más tarde parecía confirmarla, al colocarse a éstas dentro del Sinus Magnus y creerse, en consecuencia, cerca de los castellanos.
32 La misma localización de las islas de las Especias en el Gran Golfo, e identificación del Nuevo Mundo, era el resultado de un curioso proceso cartográfico.
Behaim las había puesto, y descrito, al suroes te del Cipango, frente a la costa oriental de Loach, es decir en el Atlántico.
Cuando se descubrió Sudamérica y se la identificó con las islas situadas al sur del Cipango, las Malucas quedaron, lógica mente, al oeste del Nuevo Mundo, siempre en ese mar.
Al creerse a Sudamérica una península asiática, las islas de las Especias fueron colocadas en el Sinus Magnus, dentro del Océano Indico.
La locali zación quedaba corroborada por el hecho de haber llegado los por tugueses a dichas islas en 1511 sin tener que rebasar el Trópico de Capricornio ni bordear la península de Lochac.
Esta teoría fue, según todos los indicios, la que empujó a Magallanes a buscar el paso que comunicaba el Atlántico con el recién descubierto Mar del Sur por debajo de la «cola del dragón», tal como había visto en un mapa de Behaim.
33 Por eso, tras descu brir el estrecho que lleva su nombre, ascendió hacia el Ecuador en busca de las Malucas, cosa que no habría hecho si hubiera consi- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es derado a Sudamérica como un continente independiente.
Su mismo viaje, lejos de destruir esta creencia, la reafirmó.
Si, como explicaría Johann Schoner en sus opúsculos de 1523' y 1533, el Nuevo Mundo fuera una tierra independiente de Asia, Magallanes, para llegar a las Molucas, habría tenido que pasar por debajo de dos penínsulas: el Nuevo Mundo (es decir Sudamérica) y la de Lochac-Cattigara.
Como alcanzó las dichas islas tras bordear una sola, la conclusión era que se trataba de una misma y única península.
34 El Mar del Sur, en consecuencia, quedaba identificado con el Sinus Magt1us de los mapas de Ptolomeo.
Tales eran algunos de los conceptos geográficos en los años que preceden a la conquista de México.
Que la América del Norte no era más que un promontorio del continente asiático o, a lo más, un grupo de islas pertenecientes al Asia oriental, lo corroboran prác ticamente todos los mapas conservados, desde el de Juan de la Cosa, con el grado de Colón, hasta el de Lenox, con el de Ptolomeo, pasando por las descripciones de Enciso en su Suma de Geografía.
Sólo la carta de Waldseemüller de 1507 parece afirmar lo con trario.
Aunque si tenemos en cuenta que la costa de Asia está aquí representada de acuerdo con las medidas de Ptolomeo-Behaim y la de América según la longitud de Colón; que la configuración de las dos costas es muy semejante; que América carece, en realidad, de costa occidental; que el nombre de Parias, situado en lo que más tarde se llamaría México, quizá sea una corrupción de Pars Asiae, 35 etc., hay motivos para pensar que Waldseemüller está pre sentando, como lo hiciera Bartolomé Colón en sus bosquejos, 36 dos conceptos posibles de la misma costa de Asia, e, incluso, tres, si observamos que el mapa incluido en la orla muestra la costa ame- ricana de manera ininterrumpida a diferencia del mapa central en el que aparece dividida por un estrecho.
En cualquier caso, en su carta de 1516 ya se reconoce abiertamente que Norteamérica es «Asiae Partis».
Sudamérica, considerada aún por muchos como una masa con tinental independiente -por eso se continuó buscando el estrecho más y más al norte-no era para otros, según se ha visto, más que la península asiática, más ancha y un tanto desplazada hacia el sudeste, eso sí, que tanto Martello como Behaim colocaran entre el Sinus Magnus y el Atlántico.
37 Esta última actitud, que rechazaba, como resultado, la exis tencia de un estrecho por el centro del continente, es, sin duda alguna, la que adoptó Cortés.
Sólo con ella a la vista se pueden en tender tanto sus referencias a la Mar del Sur como sus actividades en dicho océano.
El primer indicio lo tenemos en un Memorial dirigido al Em perador a principios de 1522, por el que solicitaba una capitulación para hacer exploraciones en el Pacífico, mar que sus hombres aca baban de «descubrir».
38 En el preámbulo se afirma que, cuando escribió, «puede aver dos años y medio» (es decir, en julio de 1519), 39 Cortés hizo saber al Rey «que aunque por entonces él no thenía noticia alguna que oviese mar, de la otra parte de la costa y tierra que él pobló, trabajaría por lo saber e pornía toda diligencia por descubrir la dicha mar que está a la parte meridional o del sur' y enbiaría relación dello».
Ahora le puede comunicar que <<a su costa e por su yndustria ha descubierto la dicha mar meridio nal o del sur, e pacificado e poblado algunas provincias della».
La afirmación es ciertamente interesante por las consecuencias geográficas que se deducen de ella.
En apariencia, la frase según la cual Cortés, en 1519, «no thenía noticia alguna que oviese mar de fa otra parte de la costa y tierra que él pobló», se podía inter pretar como que ignoraba el descubrimiento de Balboa.
Dada, no obstante, la trascendencia del hecho, los años que ya habían pasado y las relaciones existentes entre el Darién y las islas de Cuba y la Española, ello resultaba imposible.
La seguridad, además, con que se dice que la «dicha mar... está a la parte meridional o del sur» así lo confirma.
Pues, si Cortés conoce la existencia del Pacífico, ¿qué significan entonces afirmaciones tales como que no tenía noticia alguna de que hubiese un mar a la otra parte de Veracruz y que haría lo posible por descubrirlo?
Cuando se refieren al hallazgo de Balboa, muchos historiadores concluyen que con él «quedaba definitivamente deshecho el error de Colón: la Tierra Firme no era el Catay, sino un t' ontinente in esperado».
40 Cortés quiere decir es que no sabe si el mar de Balboa, es decir, el Sinus Magnus, se extiende por el oeste de México.
Tal afirmación no tiene nada de extraño.
En efecto, si obser vamos los mapas de la época, vemos que casi todos colocaban la cabecera del «Gran Golfo» alrededor de los 18 grados de latitud norte, según lo habían hecho Ptolomeo y Behaim.
Enciso lo sitúa junto a la tierra de Aganagora ) a los 20 o.
Sólo Waldseemüller, en su Geographia de 1513, lo hace subir por encima del Trópico de Cáncer.
Como Cortés, cuando escribió lo que precede, se encon traba en Veracruz, es decir, a unos 19 o, es natural que se preguntase si había una costa a la otra parte de dicho lugar, en otras palabras, si el mar de Balboa continuaba hacia el norte.
Al comprobar que ése era el caso, llamó a su hallazgo «descubrimiento».
Las conse cuencias de todo esto eran de una enorme trascendencia, ya que ello le permitiría un fácil acceso a ]as Malucas, en cuya proximidad creía, así como a las tierras descritas por Marco Polo, que los ma pas situaban al norte del Sinus Magnus.
Las primeras noticias de un mar al oeste las recibió Cortés poco después de su entrada en 'T' cnochtitlan-«de tiempos de Moctezuma», aclara Gómara-, sin <luda como resultado de la ex ploración que hiciera Gonzalo de Umbría del valle de Oaxaca 42 y el reconocimiento del río.
Coatzacoakos por Diego de Ordaz.
Dada, empero, su precaria situación en la ciudad, nada pudo hacer para confirmar su veracidad.
Apenas hubo terminado la conquista de la capital -agosto de 1521-, uno de sus primeros objetivos fue la búsqueda de la Mar del Sur, ya que, como le explica al Emperador, le «parecía que en la descubrir se hacía a vuestra majestad muy grande y seña lado servicio».
43 En mayo de 1522, fecha de la Tercera relación, ya puede anunciar que la ha encontrado por tres partes.
Una era 42 Umbría salió de la capital a mediados del mes de noviembre de 1519, no al año siguiente como suele decirse.
Tarnpoco fue a Cacatula (Zacatula), según afirman erróneamente Díaz del Castillo y Antonio de Herrera, sino a Cuzula (Sosola) donde obtuvo noticias del Pacínco.
Zac�ttula,44 donde, según se afirma después, ha comenzado la cons trucción de tres carabelas y dos bergantines, «las carabelas para descubrir, y los bergantines para seguir la costa».
Otra, Tehuan tepec, cuyo cacique no sólo le ha enviado mensajeros ofreciéndose como vasallo, sino que le ha pedido a' yuda para que los españoles le defiendan contra sus enemigos de Tutupec.
La tercera era precisa mente esta provincia, conquistada por Alvarado como respuesta a la soÜcitud de los de Tehuantepec.
La elección de Zacatula para instalar allí sus astilleros no deja <le IIamarnos la atención.
Es cierto que en la región abundaba la madera.
El transporte de los materiales, desde el Atlántico, se podía realizar por territorios ya pacificados y con la ayuda de los indios amigos de Michoacán.
4 s Ello no obstante, los obstáculos eran enor mes.
En la Cuarta relación alude a ellos Cortés para justificar por qué no están acabados los barcos: «Es que como la mar del Sur, a lo menos aquella parte donde aquellos navíos hago, está de los puertos de la mar del Norte, donde todas las cosas que a esta Nueva España vienen se descargan, doscientas leguas y aún más, y en parte de muy fragosos puertos de sierras, y en otros muy grandes y caudalosos ríos, y como todas las cosas que para los dichos navíos son necesarias se han de llevar allí, por no haber de otra parte se provean, hase llevado y llévase con mucha dificultad».
46 ¿Por qué, pues, construirlos en ese lugar y no en Tehuantepec, situado mucho más cerca del Atlántico, como haría años más tarde?
La posible explicación la encontramos, una vez más, en el Memorial de 1522.
Se dice en él que con los bergantines intentaba Cortés recorrer «la costa de la dicha mar del Sur hasta quatrocientas leguas, o las que más o menos fuesen necesarias, para buscar puer tos e saber muy particularmente lo que por la dicha costa hay... e los pobladores e naturales más aprovechados>>.47 Si tenemos en cuenta que Zacatula se encuentra a los 18 o y que las 400 leguas, es decir, unos 23 o (a 17'50 leguas el grado) corresponden aproxi madamente a la anchura que los mapas asignaban al Sinus Magnus por esa latitud, hay motivos para pensar que escogi6 este lugar como base de sus operaciones porque creía estar cerca de la cabecera del Pacífico.
Con dicha distancia contaba, al parecer, establecer con tacto con las tierras del sur de la China y la India Exterior, cuyas avanzadas civilizaciones -sus «pobladores e naturales más apro vechados»-se habían descrito en el Libro de las Maravillas.
Las carabelas le servirían --continúa-para navegar «por el golfo e golfos» hasta llegar a las islas de las Especias y tomar pose sión de ellas.
48 El uso que hace de la palabra golfo tiene también su interés.
Si, para principios de 1522, sus hombres habían avistado literalmente tres puntos del Pacífico, la expresión se aplica con más exactitud a los diferentes golfos (Sinus Magnus, Sinus Perimulicus, etc.) que los cartógrafos colocaban al este del Océano Indico, entre el Quersoneso Aureo y la península de Loach.
Ahora tienen sentido las afirmaciones hechas por Cortés, en las que presenta su descubrimiento de la Mar del Sur como «uno de los más señalados servicios que en las Indias se han hecho», 49 que la exploración de éste va a superar en importancia «a todo el resto de las Indias», y que sus barcos de Zacatula harán a Carlos V «señor de más reinos y señoríos que hasta hoy en nuestra nación se tiene noticia», so afirmaciones hechas, todas ellas, apenas hubo terminado la grandiosa empresa de la conquista del imperio azteca.
La creencia de que la Especiería se hallaba cerca de la costa occidental de México, mantenida inicialmente por los portugueses, como ya se ha visto, y confirmada después por los supervivientes de la expedición <le Magallanes, 51 la compartían muchos en la Nueva España.
Rodrigo de Albornoz, por ejemplo, escribía en 1525 que, según decían los pilotos, dichas islas se encontraban a menos de seiscientas o setecientas leguas de Zacatula.
Por cierto que, creyendo muerto a Cortés en Honduras, pide poderes para ir a las islas, naturalmente con los barcos que éste había dejado en cons trucción.
52 Diego de Ocaña afirmaba un año más tarde que por el patache <<Santiago» 53 se sabía que el Maluco estaba cerca de Mé xico.
Por cierto, también, que en su carta pide a la Casa de Contra tación que se le niegue la capitulación a Cortés, de lo contrario -explica-éste «morirá con corona».
54 El mapa que mejor refleja estas teorías es el que hizo Johann Schoner en 1524.
55 Copiado, como aclara su autor, de un modelo recibido de los españoles, es el primero que muestra el descubri miento del Mar del Sur en su vertiente mexicana.
Contrariamente a lo hecho en sus mapas anteriores, en los que, interpretando literal mente la carta de Waldseemüller de 1507, consideraba todo el continente americano como una tierra separada, en él aparecen las dos Américas como parte de Asia.
Las razones para este cambio de opinioii, basadas en el viaje de Magallanes,'ya las hemos explicado.
El mapa coloca a Tremistitan (Tenochtitlan) en el centro de la provincia de Mangi, identificándola, según parece, con la ciudad de Quinsay.
Al norte se halla Catay.
Al oeste del río Daolia (Zacatula) 56 y Porto Santus (Puerto de Santiago, hoy Manzanillo) se encuentra Zaiton y, un poco más lejos, el río Coronara y Ciamba, lugares, todos ellos, descritos por Marco Polo y colocados aquí en la cabecera del «Mare de Svr», del cual forma parte el Sinus Magnus.
La situa ción que se da a las Malucas, a tan sólo 15 o enfrente de Zacatula y a las que se entra por un canal que hay al norte de la isla de Gilolo, nos ayuda a comprender las instrucciones que diera Cortés a Alvaro de Saavedra en 1527, con su «boca del archipiélago» donde los expe dicionarios debían dejar ollas o calabazas dando cuenta de su paso, así como a la cercanía a la que se alude en las cartas que llevaban para entregar a los reyes de Cebú y de Tidor.
57 No es Schoner el único.
Los mapas de Orondo Fineo y Fran cisco Monachus, de 1531 y 1529 respectivamente, presentan con ceptos semejantes, si bien este último pone un estrecho canal a la altura de Baragua (Veragua), separando de hecho el continente sudamericano.
En el Museo Británico 58 existe, asimismo, un mapa verdaderamente interesante que nos ilustra, una vez más, lo que Cortés esperaba encontrar en la Mar del Sur.
En general repite la cosmografía de Schoner de 1524, indicando una fuente común, aunque con más detalle en lo relativo a las coordenadas y nombres derivados de Marco Polo, a los que sitúa también al norte y nor- 62 En febrero de 1525 se le concedían las mercedes solicitadas, «en vista de que emprende a su costa la expedición del Mar del Sur y conquista de la Especiería».
63 Unas semanas más tarde llegaba la Cuarta relación, pero a ella le acompañaban también los hostiles informes de los oficiales reales, que darían al traste con los proyectos.
Cuando los procuradores de Cortés se aprestaban a ir a México, se les mandó volver a la Corte «con el despacho que se les había dado, el cual por mandado de vuestra majestad habían entregado en el Consejo de Indias».
No por ello desistió el gran conquistador.
A pesar de la hos tilidad que, como le contó Ribera, 65 existía contra él en Castilla, insiste en que se le otorgue de nuevo la capitulación, prometiendo con ella «descubrir toda la Especiería y otras islas que pudiera haber entre el Maluco y Malaca' y la China», con el fin -explica de que Carlos V «no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Potugal, sino que la tenga por cosa propia, y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor natural».
Tanta es la seguridad que tiene en el éxito de tal empresa que se ofrece, incluso, a ir él en persona.
El Emperador se las había empeñado al Rey de Portugal.
En la Corte, o quizás en Sevilla, donde se Le acompañan nueve franciscanos, entre ellos los famosos fray Toribio de Benavente (Motolinía), fray Martín de Valencia y fray Martín de la Coruña,,1 los que había prometido darles barcos para que les pusiesen «adonde Dios los guiase y allí ]ibremcnte pre dicasen el Evangelio de Jesucristo sin preceder conquista por medio de las armas».
71 Así explica Moto.Unía lo que esperaban conseguir: «Después de que el padre fray Martín de Valencia hubo predicado y enseñadp con sus compañeros en México y en las provincias comarcanas ocho años, quiso pasar adelante y entrar en la tierra de más adentro... y tomando ocho compañeros se fue a Tehuantepec, puerto de la Mar del Sur, que está de México más de cien leguas, para embar-carse allí para ir adelante; porque tuvo opinión que en aquel paraje de la Mar del Sur había muchas gentes que estaban por descubrir».
72 Fray Jerónimo de Mendieta se muestra más explí tico cuando identifica la tierra de más adentro... en aquel paraje de la Mar del Sur con la China, de la cual, dice, aún no había noticia, «sino que en espíritu le estaba revelada».
73 Revelación o no, sus ideas geográficas coincidían extrañamente con las de Cortés, y las «gentes que estaban por descubrir», a las que dota de ma' yor inteligencia, cultura y organización política que a los mexicanos, se acomodaban muy bien a lo descrito por Marco Polo.
La componían los galeones «Concepción» y «San Lázaro», mandados respectivamente por Diego Becerra, que iba como capitán, y Hernando de Grijalva.
Como piloto mayor llevaban a Ortuño Jiménez de Bertandoña, a quien las crónicas califican de persona muy experimentada en la ciencia de la cosmografía.
Las incidencias del viaje -separación inmediata de Grijalva, motín, asesinato de Becerra, hallazgo de California-se entienden, otra vez, mucho mejor en el contexto geográfico explicado.
Cuenta Grijalva en su relato que la separación fue involuntaria y que se pasó varias sema nas buscando el otro barco.
Pero, siguiendo sus movimientos, se tiene la sensación de que no hizo ningún esfuerzo por reunirse con Becerra, ya que, como indica acertadamente Díaz del Castillo, «qui so ganar honra por sí mismo si descubría alguna buena isla».
74 Por eso, tras apartarse de la costa, se dirigió hacia el sur, sin duda en busca de las islas de los Ladrones, que los mapas colocaban por esos lugares.
75 El 25 de diciembre encontró, en efecto, una isla, pero, además de deshabitada, estaba tan seca «que parescía jamás haber llovido».
73 Mendieta, fray Jerónimo de: Historia eclesiástica indiana.
75 Los supervivientes de la expedición de Magallanes habían situado dichas islas a 300 leguas al este de las F'ilipinas.
En el mapa de Schoner aparecen, en consecuencia, entre los meridianos 2í.l y 224, a la altura de la Linea Ecuatorial.
76 Isla de Socorro. una de las del archipiélago de Revillagigedo.
Grijalva la llamó de Santo Tomás.
«Relación y derrotero... ».
En cuanto a lo que le ocurrió a Becerra, se ha repetido hastn la saciedad, citando la Historia verdadera, que éste era un hombre intratable y que iba malquisto con casi toda la tripulación.
Juan de Carasa, contador del navío y testigo presencial, afirma por el con trario que «Diego Becerra con ninguno había tenido pendencia, a todos trataba bien y particularmente a Ortún Ximénez».
77 La causa del asesinato habría que buscarla, pues, por otra parte.
El mismo Díaz del Castillo escribe que «Ortuño Jiménez, cuando estaba platicando con otros pilotos en las cosas del mar, antes que partiese para aquella jornada, decía y prometía llevar les a tierras bien afortunadas de riquezas, que así las llamaban, y decía tantas cosas cómo serían todos los ricos, que algunas personas lo creían».
7 � Tal como iba transcurriendo el viaje no llevaban camino de alcanzar la fortuna.
Habían pasado un mes de navegación buscando inütil mente el navío de Grijalva.
Conforme a las instrucciones recibidas, pensaba Becerra localizar aún a Hurtado de Mendoza.
7 9 Aquí debió surgir el desacuerdo.
Si al noroeste les esperaba la riqueza y la gloria, ¿para qué perder el tiempo buscando a alguien del que no se tenía noticia desde hacía más de un año?
La explicación que da Carasa de lo sucedido y la ruta que siguieron después los amotina dos, con el consiguiente descubrimiento de California, parece indicar que esto fue lo que sucedió.
Los años siguientes iban a transcurrir entre la esperanza -in tento de colonización de la Nueva Tierra de Santa Cruz (California, 1535-1536); regreso de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1536) con la noticia de grandes poblaciones al norte, de donde los indios obtenían esmeraldas; visiones de fray Marcos de N iza ( 15 3 9) con sus Siete Ciudades cubiertas de piedras preciosas, sus habitantes ves- tidos de seda y oro, sus camellos, dromedarios y elefantes-80 y la desilusión -comprobación de que California era una tierra árida, poblada por indios en estado salvaje total, y enfrentamiento con Antonio de Mendoza-.
En julio de 1539, en contra de la prohibición del virrey, envía Cortés a Francisco de Ulloa para que, con tres navíos, explore la costa y tome posesión de ella.
Le debían seguir otros cinco barcos que, n1andados por su hijo Luis Cortés, le ayudarían en la pacifica ción y población de las tierras que descubriese.
81 No se han con servado las instrucciones que llevaba Ulloa, pero por los anteceden tes del viaje es claro que tenían que ver con las grandes civilizacio nes del norte, de las cuales afirmaba Cortés haber tenido noticia antes que fray Marcos de Niza.
Francisco Preciado, uno de los cronistas de la expedición, nos da una idea de ello cuando, tras aludir a la tristeza que les produjo el comprobar que, descubierta la cabecera del golfo de California, la tierra les llevaba de nuevo a Santa Cruz (La Paz), expresa la alegría que sintieron al ver que, rebasado el cabo de San Lucas, la costa parecía dirigirse hacia el poniente a la altura de la bahía de Almejas.
Por fin habían alcanzado el límite norte del Mar <lel Sur, que les aproximaría a la China.
82 La ilusión iba a durar, sin embargo poco tiempo.
Mientras tanto, Cortés se había ido a España (enero de 1540) para conseguir del emperador que el virrey no le pusiera obstáculos en sus empresas del Pacífico.
Cuando en julio de ese año obtiene la real orden ya era demasiado tarde.
Juan de Castellón, el piloto mayor de Ulloa, había vuelto con la noticia de que la costa parecía continuar indefinidamente hacia el norte.
La insularidad de las Indias Occidentales comenzaba a perfilarse.
Esto no obstante, Pedro de Castañeda, cronista <le 1n expedi ción de Hernández de Coronado, seguía afirmando años más tarde que si los componentes de ella se hubieran dirigido al oeste, en lugar de hacerlo al este, habrían encontrado el Catay, porque «como esta tierra de la Nueva España es tierra firme con el Perú, ansí lo es con la India Mayor o de la China, sin que por esta parte haya estrecho que la divida».
La afirmación se repite varias veces a lo largo de su relato.83 (Mapa IV).
La creencia de que el Sinus Magnus era parte de la Mar del Sur y que las tierras del norte de México eran las mismas que las descritas por Marco Polo acabarían pronto por desaparecer, sus tituida por otro mito: el estrecho y reino de Anian -derivado también del Libro de las Maravillas-, que mantendría las ilusiones de otros, como aquélla había mantenido las de Cortés. |
La isla original sobre la que se funda Tenochtitlan pudo haber tenido una extensión aproximada de 180 hectáreas hacia 1325, la cual fue creciendo poco a poco mediante la construcción de chinampas (del náhuatl chinámitl-seto o cerco de cañas; cercado hecho de palos y varas entretejidas).
1 De hecho hubo varios modos de construir suelo artificial tanto para poblamiento como para uso agrícola; uno de ellos lo describe Vargas Machuca en el siglo XVI de la siguiente manera: >....
El hecho de construir suelo artificial fue uno de los resultados más espectaculares logrados por la civilización mesoamericana.
Estas parcelas hechas verdaderamente «a mano» van a provocar una trans formación del ecosistema local de forma tan radical que permiten un incremento demográfico de gran importancia, 3 el cual dará lugar posteriormente a la expansión imperialista azteca y al florecimiento general de la cultura mexica.
ANA RITA VALERO DE GARCÍA LASCURAIN Hacia 1 519 aquello que originalmente había sido un pequeño archipiélago formado por cinco islillas menores (Mixiuca, Tultenco, Zoquiapan, Temascaltitlan e Iliac) y dos grandes (Tenochtitlan y Tlatelolco) se había convertido a través de doscientos años en un solo conjunto urbano fraccionado por canales' y acequias y rodeado totalmente de agua; estaba, a su vez, unido a tierra firme por medio de tres calzadas hechas de pilotes de madera, piedra y tierra apla nada.
Hacia el norte salía la calzada de Tepeyac, al poniente Tlaco pan y al sur Iztapalapa.
Tanto Tenochtitlan como Tlatelolco duplican su superficie original 5 mediante la construcción de chinampas usadas como tierra urbana, es decir, para habitar allí y no para sembrar como sería el caso de las chinampas de la ribera Je] lago, recalcando con ello la calidad urbana de la población tenochca; según Gibson, en el mome�to de la conquista muchos indios de la ciudad ni siquiera tenían el más elemental conocimiento agrícola 6 y además las par celas eran tan pequeñas que no alcanzaban para sostener a una famiTia; 7 por otro lado, la enorme cantidad de alimentos que im portaba la ciudad confirma lo anterior.
8 Aunque todos los cálculos, tanto de población como de di mensiones, son hipotéticos, se ha encontrado evidencia arqueo lógica en las excavaciones que se han hecho durante la construc ción de las obras del Metro que indica la posibilidad de que la ciudad hubiera alcanzado un área mayor que la que se había estima do anteriormente.
En el momento del contacto pudo haber tenido la isla un
3,írea de 7 50 hectáreas, es decir aproximadamente cuatro veces mayor que la isla original.
14 Por otra parte, segün los cálculos de los españoles de aquella época, había 60.000 y, si tomamos en cuenta la cifra de Calnek de 5 a 7 habitantes por casa, ello arrojaría un total de 300.000 a 350.0000 habitantes para 1521 en Tenochtitlan y Tlatelolco, lo cual coincide con los c�ílculos tanto de Gurría Lacroix como de Gibson.
Si bien las cuentas hechas en el siglo XVI son en general poco fiables por diversas razones de índole metodológica, 15 todas ellas, http://estudiosamericanos.revistas.csic.es sin embargo, coinciden en hablar de grandes cantidades, como queriendo señalar dos tipos de habitantes, es decir, morador sería tal vez «el que habita o está de asiento en un paraje» 27 dando la idea de permanencia.
Gente, quizás, que está de paso, es decir, la población flotante que llegaría a la ciudad a tratar algún negocio.
Las comunicaciones del área se enfocaban en su mayoría hacia la capital mexica; el ochpantli, por ejemplo, era un sistema de caminos que ligaba varias ciudades importantes todas ellas en direc ción a Tenochtitlan.
Es decir, que e] núdeo de todo el sistema era, evidentemente, Tenochtitlan; hay que recordar que en tiempos prehispánicos el acarreo de todo tipo de bienes lo hacían los tamemes ( tlamama),
ANA RITA VALERO DE GARCÍA LASCURAIN ya que no había bestias de carga; 30 aquéllos cargaban sobre la es palda en unos contenedores llamados petlacalli 31 y eran por lo ge neral personas müy pobres, especialmente en las ciudades, en donde había cantidades importantes de individuos sin tierras.
32 El tráfico de canoas se estima entre las 100.000 a 200.000 unidades en el Valle durante los principios del siglo XVI, algunc: 1s de ellas con capacidad hasta de 60 pasajeros: 33 « Hahía en México mu y muchas acales o harcas p ara serv1c10 de las casas e otras muchas de tratantes q uf' venían con hastimentos u la ciudad y todos los p ueblos están llenos de harcas que nunca cesan de entrar y salir de la cibdarL que eran innumerahlesH, 34 Se puede suponer que el movimiento de la ciudad fue suma mente importante; no hay que olvidar que la localización de México propiciaba una abundancia de población al estar asentada en una rica zona de altísima productividad agrícola.
Simplemente la zona chinampera de Xochimilco-Chalco pudo haber producido alimentos suficientes para 100.000 personas; 35 hay probabilidades de que Tenochtitlan-Tlatelolco fuera la ciudad más grande del mundo occi dental en 1519.
36 Según Motolinía, en la Europa de la época había «pocas cibda des que tengan tal asiento y tal comarca, tantos pueblos alrededor de sí y tan bien situados... y tan opulenta cosa como Tenochtitlan e tan llena de gente».
37 Miles visitaban la ciudad por asuntos rela- 39 Se sabe también de la venta de comidas preparadas para los viajeros; había dignatarios, nobles o caciques de otras provincias visitando la corte mexica, algunos de los cuales man tenían casas de manera permanente en la ciudad; nos habla Sahagún de un edificio que se llamaba yopicalco y también cocolco, en donde se aposentaban los señores y principales que venían de lejos a visitar el templo, especialmente los de la provincia de Anahuac; 40 todo ello nos habla de una ciudad perfectamente preparada para recibir visitantes, que de una u otra manera constantemente fluían a ella.
De manera que entre la población mexica propiamente dicha, los cargadores diversos, la fuerza de trabajo para tributar venida del exterior, los inmigrantes asentados permanentemente en la isla y los visitantes varios, la ciudad debía estar densamente poblada, pero también de manera un tanto heterogénea en cuanto a composi ción.
Suponemos que la ciudad hacía las veces de centro cosmopolita del altiplano mexicano, siendo el punto receptor de una multipli cidad de movimientos.
Es sumamente difícil precisar cómo sería el patrón de las casas indígenas en el área que luego ocupó la traza española, el centro de Tenochtitlan.
Tal vez hubo un solo patrón en toda la ciudad; o tal vez, en tiempos prehispánicos, hubo diferencia entre un centro A pesar de este aparente desorden quizás se puede hablar de tan sólo uno de los patrones de asentamiento aborigen que responde a necesidades muy concretas de su tiempo y de su espacio.
El urba nismq usado en Tenochtitlan, así como en el resto del área chinam pera, tiene antecedentes muy antiguos en Mesoamérica y en el Valle de México, prueba de lo cual es la existencia de Teotihuacan o bien, fuera de la Cuenca, las ciudades de Xochicalco en el actual estado de Morelos, Tula en Hidalgo o Chichen-Itzá en Yucatán, todas de trazos axiales y orientaciones precisas.
41 Dicho urbanismo ideado originalmente por los sacerdotes-gobernantes con el objeto de colocar el templo en un lugar preponderante, provoca un centra lismo 42 que se materializa en la forma de la plaza central, elemento que también tiene una gran antigüedad en el Valle de México.
Según la Crónica del padre Acosta, 44 la urbanización de la ciudad se inicia cuando los mexicas construyen una pequeña capilla o ermita para su dios, la cual va a señalar el centro de la ciudad.
Todo ello siguiendo las órdenes de Huitzilopochtli, interpretadas por los sacerdotes, casta gobernante del grupo mexicano.
45 Del punto central arrancan todas las calles con cierto orden que se va diluyendo conforme se alejan hacia afuera; se insinúa 45 Según fray Diego Durán, Huitzilopochtli ordenó a cada uno de los señores del grupo mexica que se instalara con sus parientes en cada uno de los cuatro barrios principales de Tenochtitlan, «tomando en medio la casa que para mi descanso habéis edificado:.; casi todas las crónicas coinciden en señalar el centralismo urbano desde su fundación.
en todo ello una forma radial que pudo haber sido característica de las ciudades fundadas sobre islas o penínsulas como Xochimilco, Cuitlahuac, Mizquic, en el área chinampera, y que se pudo haber dado en la isla tenochca.
46 Como es bien sabido, Tenochtitlan estaba dividida por dos ejes centrales que daban como resultado cuatro secciones o cua Jran tes; éstos son las zonas que, según la tradición, originaron J a ciudad mexica; surge así, una simple subdivisión que implica ya un orden espacial del cual se va a derivar toda la ciudad.
Hay quien señala que dicha subdivisión obedece al hecho de que Tenochtitlan fue fundada por cuatro grupos étnicos diferentes, los mexica, tla cohcalca, huitznahuaca y cihuatecpaneca, 47 que se asientan en las distintas •secciones de la ciudad.
El eje de la calzada a Iztapalapa (aCillal calle de Pino Suárez), combinado de manera cruciforme con la calzada a Tacuba, pudo haber tenido su origen en la división primera que supuestamente se hace cuando la fundación, es decir, entre los cuatro grupos étnicos; posteriormente, los ejes de Tenoch titlan, adquieren importancia por la comunicación con tierra firme, ya que conforme va creciendo el intercambio, las vías de comunica ción para realizarlo toman un carácter esencial, siendo entonces básicas las calzadas.
Se podría pensar que a partir del reinado de Itzcoatl, cuando se actúa con mayor organización, el plano toma un carácter más formal, construyéndose la primera calzada, hacia Iztapalapa, que va a abrir el acceso directo a tierra firme.
Por otro lado, el carácter chinampero de Tenochtitlan obligaba casi a llevar un orden en la distribución urbana puesto que las chinampas tienden a adoptar una forma regular.
48 Se cree que entre los siglos XIV' y XVI, la construcción de chinampas sobre los pantanos de la cuenca Xochimilco-Chalco obe decía a una empresa programada y bien planeada, 49 de manera que si esto era así en el área rural se puede suponer que la capital te nochca, como punto central de toda la regi6n y asiento del estado, seguía alguna forma de planeación urbana bien organizada.
La división territorial en la ciudad guardaba, además, especial importancia, ya que estaba íntimamente ligada con la actividad económica.
Suponemos que en Tenochtitlan la división del trabajo se realizaba por barrios así como en Texcoco 50 y cierta •actividad religiosa también, ya que cada barrio tenía una deidad que fuagía como patrona del barrio y de la ocupación principal de ese barrio.
Este tipo de asentamiento es, por otro lado, muy antiguo en Meso américa puesto que aproximadamente 1.000 años antes de Tenoch titlan, en el período Clásico, se encuentra organizada de la misma manera.
Las evidencias de superficie y de excavación arqueológica indican que esa ciudad estaba dividida en barrios ocupados por diversos artesanos como eran los talladores de obsidiana, los alfare ros, los comerciantes y también barrios de carácter étnico como sería el caso del barrio de oaxaqueños.
51 Parece que en Tenochtitlan hubo una correlación entre activi dades, barrios y deidades, presentando todo ello una división social del trabajo muy relacionada con la división territorial de la ciudad.
13 como polo de atracción, lugar receptor de la mayor inversión econó mica y por lo tanto de mayor valor.
Los artesanos y comerciantes de importancia se encontrarían dentro de la ciudad rodeando quizás el área que podríamos llamar super elitista o gubernamental.
54 Hacia afuera predominan las casas con chinampas, que nos hablan de una ma' yor ruralización, es decir, con una mayor superficie de cultivo que de habitación.
Por lo anterior, y a partir de las investigaciones hechas en los setentas por Calnek, se puede suponer que la ciudad estaba dividida en tres zonas principales distribuidas de manera más o menos con céntrica, siendo el núcleo de todo ello el centro ceremonial, en donde se concentraban los poderes públicos religiosos y los palacios de la alta nobleza.
Después vendría una zona «residencial» formada por casas con pequeñas chinampas de forma rectangular y con un plano ordenado, de alta densidad poblacional y que sería precisamente la masa de la ciudad, la de la vida diaria:55 la de lo cotidiano.
Por último, habría también una tercera zona que podría considerarse como suburbana, en donde la densidad poblacional va decreciendo a medida que se va alejando del centro, así como las dimensiones de las áreas en donde lo rural va sobreponiéndose sobre lo urbano, con un planeamiento menos regular y menos ventajas, siendo el modo de vida posiblemente más pobre.
56 No hay información demográfica precisa ni tampoco detalles concretos de distribución, sabemos únicamente con certeza lo si de los señores.
59 Que fue una ínsula que creció mediante la construcción de terraplenes artificiales sobre el pantano.
Que tuvo un elaborado sistema de canales, calles, calzadas y acueductos.
Que la ciudad estaba dividida en su interior para efectos admi nistrativos; dicha división data desde el origen cuando se ins talan los famosos cuatro barrios al fundarse Tenochtitlan y que son los que menciona Durán.
57 Que los barrios grandes se dividían a su vez, en colonias o vecindarios más pequeños llamados tlaxilacalli, los cuales fun cionaban como unidades de especialización económica similares a los gremios medievales en Europa, con una población apro ximada de 1.875 a 2.500 personas.
58 Que los tlaxilacalli, por su parte, se formaban con casas o uni dades habitacionales familiares, algunas de las cuales estaban asociadas a chinampas.
Que las zonas variaban según la posición social, ocupación o especialización, siendo la periferia lo del común y el centro lo de los señores.
59 Por lo tanto se puede suponer que la ciudad estuvo dividida de la siguiente manera: I Altepetl Tenochtitlan (el conjunto urbano en su totalidad).
II Barrios mayores (cuatro grandes divisiones o colonias que
datan desde la fundación: Cuepopan, Moyotlan, Atzacualco, Zoquiapan).
I I I Tlaxilacalli ( vecindarios menores).
Todo lo anterior parece indicar que el reparto citadino en Tenochtitlan no se había dado al azar, sino que era el resultado de un largo proceso histórico en donde habían intervenido factores económicos, sociales'y políticos.
El espacio urbano y la manera como éste se ordena está fuertemente influenciado por la organiza ción del grupo en cuestión; la planta de la ciudad, a su vez, influye en las relaciones sociales y en la integración general del grupo. ho La tierra tenochca pudo haber sido, no solamente un sitio para habitar, sino un elemento ordenador de tipo económico, social y religioso dentro del orden cultural mexicano.
Describe el Códice Florentino los diferentes tipos de casas refiriéndose no sólo a la capital tenochca sino también a distintas regiones del imperio mexica.
Dichas diferencias en la construcción vistas por Sahagún se originaban desde luego y en primera instancia en el medio ambiente, pero también en el factor económico-social.
La posesión y características de los inmuebles estaba rígidamente reglamentada y se derivaba directamente de la posición social (no bleza) y de la actuación en la guerra.
Dice Durán que: «Salió ordenado que ninguno fuese osado a edificar casa con altos, sino sólo los grandes señores y valientes capitanes so pena de la vida».
61 Es decir, que las casas de dos pisos eran única y exclusiva mente para los señores, considerándose la posesión de una de ellas como símbolo inequívoco de alto rango, ya que incluso iba la vida de por medio en la supuesta violación de dicha regla.
Continúa fray Diego: «... y q ue ninguno osase poner xacales puntiagudos ni chatos ni redondos en sus. ca�as, sino sólo los grandes señores, so pena de http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la vida, pon 1 ue aquélJos eran particular grandeza y merced de los Heñores, concedida de lo alto p or los dioses sólo a ellosn.
62 Los dioses directamente concedían ciertos privilegios «arqui tectónicos» única y exclusivamente a los grandes señores; es así que la construcción juega un papel importante en la rígida pirámide social azteca, siendo un claro elemento de rango y jerarquía.
Por su parte Sahagún detalla veinte y seis tipos de vivienda diferentes, dentro de una amplia gama de categorías: otra manera de choza. casa donde se esconden los guardas de los maizales. otra manera de choza puntiaguda. casa de tablas. otra manera de casa pobre. otra manera de casa de tablas. otra manera de casa de tablas. casa con sombrado. casa hecha a mano debajo de la tierra. casas continuadas unas con otras. casa redonda sin esquinas. casa generalmente.
ANA RITA VALERO DE GARCÍA LASCURAIN
No señala Sahagún distinciones entre lo que serían las casas de la ciudad y las rurales; únicamente observa diferencias de cate gorías; en el nivel más alto se encontrarían quizás la tlatocacalli, que era «buena hermosa, precisa casa»; 6 3 recordemos que el palacio de Moctezuma II ocupó una superficie de 2'4 hectáreas, 64 o sea unos 24.000 metros cuadrados, siendo una estructura arquitectónica grande, compleja y lujosa, con salas, patios y corredores.
65 El tecpilcalli o palacio de los nobles era: «preciosa, buena sutil, de buen parecer, agradable»; 66 el tlapancalli llamada por Sahagún «casa suntuosa de muchos edificios» y que sólo se permitía tener a la nobleza, era una casa de dos pisos.
La calpixcacalli, por su parte, se describe como <<grande, alta, fuerte, recia, firme, modelo, de buen clima, templada»; 67 en ella vivían los mayordomos, funcionarios encargados de algunas agencias en el palacio.
La pochtecacalli o casa del mercader era: «de gran presunción, de fachada buena, fuerte, de apariencia vistosa y gala na»; mientras que la nellicalli era «buena, recia y fuerte». eran <<no muy buenas, de ninguna manera estimadas, poca cosa, despreciadas, sin valor».
70 O bien los maceoalcalli o casas de villa nos que eran «pobres, pequeñas despreciables, de vasallo, toscas, sin muro, sin protección, frías con viento, con agua», aunque con «buenos cimientos de piedra, con base firme».
Dicho ejemplos y todos los demás citados en el Códice denotan la ausencia de calidad y de valor ( «de ninguna manera estimadas, poca cosa, despreciables, despreciadas»).
Según Torquemada, por lo general no se usaron puertas en las casas indígenas porque «no era necesario defender nada con ellas», solamente un «cañizo colgado de tejuelas» para ocultar o cubrir el interior de la casa.
71 Este rasgo nos sigue dando idea de lo simple de la construcción, así como de la sencillez de la vida cotidiana (<<no era necesario defender nada con ellas»).
Se ha hablado de la existencia de «conjuntos habitacionales» (household compound) que serían quizás las calhuinilaxtli (casas continuadas unas con otras), comparándolas con los conjuntos apar tamentales (apartment compound) que menciona Millon para Teotihuacan.
72 Sin embarg�, los conjuntos tenochcas parecen haber sido lo que hoy en día llamaríamos «casas solas», es decir, moradas inde pendientes y con su propio acceso a la cd'lle, pero construidas en yuxtaposición unas con otras, quizás incluso con muros medianeros.
Los conjuntos teotihuacanos, en cambio, eran una serie de viviendas compartiendo espacios comunes, a manera de las viejas vecindades de la ciudad de México.
Sahagún habla también de los que «habitaban en barcas>> o sobre «armazones de madera enclavados en el lago»; 73 según el Códice Florentino durante el sitio: «...los que tenían casas en el agua, unos de ellos se fueron en canoas otros salieron apeando por el agua, otros nadando, y llevaban sus haziendas y sus hijos a cues tas salían muchos de noche y otros de día».
74 Tal vez algunos habitantes de Tenochtitlan vivían en canoas o en trajineras al estilo de los shampanes de Hong Kong o de Singa pur; según las fuentes, después de la severa inundación sufrida por la ciudad en 1499, gran parte de los habitantes vivían en canoas, 75 situación que bien pudo haberse prolongado hasta la llegada de los españoles.
Recordemos que la voz náhuatl acalli tiene una etimo logía (atl = agua, calli = casa) que podría en algunos casos, indicar ese tipo de habitación.
Se supone que las áreas residenciales eran pequeñas, con super ficies que iban desde los 100 a los 500 metros cuadrados; cada área estaba ocupada por una o varias casitas en su interior que raras veces daban a la calle ya que por lo general, tenían la fachada hacia el patio.
76 Parece ser que las construcciones podían estar en diferentes puntos del terreno y no necesariamente alineadas a la calle.
Esta forma arquitectónica tan característica de la región fue quizás lo que desconcertó al español y le hizo pensar en un desorden urbano.
EI patio fue siempre un lugar muy importante en la vida cotidiana y posiblemente en el trabajo artesanal también; las cons trucciones estaban por lo general formadas de una sola pieza que servía para todo: dormir, comer, descansar, etc., es decir, que no había espacios especialitados; la cocina, por ejemplo consistía en un brasero primitivo al aire libre o en el piso dentro de la vivienda y era básicamente tres piedras sueltas en donde se formaba el fuego y sobre las que se colocaba el comal (comalli) para hacer las tortillas
o bien las ollas o las cazuelas según lo que se fuera a cocinar; por allí estaría el metate ( metlatl) o piedra para moler o el molcajete (molcaxitl), vasija pequeña de piedra para moler pequeñas cantida des y quizás unos cuantos cacharros de barro.
Algunas casas tenían el llamado teotzintle, especie de adoratorio doméstico; otras ten drían un temazcalli o baño de vapor.
En raras ocasiones se encon traban dos piezas en una sola edificación; podemos suponer que estas últimas pertenecían a la nobleza, mientras que las de una pieza serían las del con1ún.
Tenían una superficie aproximada de 10 me tros cuadrados como mínimo y 40 como máximo.
77 Parece ser que hubo variedad en las construcciones, siendo el techo un elemento indicativo de la calidad de las mismas.
Las más humildes estaban construidas con techos de paja ( xacalli), mientras que los de una posición más acomodada vivían en casas de argamasa barata con empalizada ( cacan ie calli), habiendo también viviendas de adobe con techos de vigas ( tlapan calli, tlacocolli, tlatocacalli).
No es lo mis1no, desde luego, techar a base de paja requiriendo mínimo tiempo, esfuerzo y material, que realizar un techo de vigas con material caro, escaso y con mayor necesidad de conocimientos constructivos, 78 reflejándose en ello una diferencia económica importante.
Los techos planos fueron típicos del centro <le Tenochtitlan, tan es así que llaman la atención a Cervantes de Salazar quien co menta al respecto la diferencia con las construcciones españolas hechas con tejados, diferencia que atribuye a la inseguridad de la tierra por los temblores y también a la mala calidad del subsuelo pantanoso.
79 Según Kubler, estos planos permitían el uso de las
azoteas para el cultivo de plantas y de flores, sin especificar con detalle de qué manera lo hacían.
Más tarde, durante la colonia, la floricultura continúa siendo muy popular usándose para entonces las macetas.
80 Podemos suponer que si en verdad los techos planos predo minaban en el centro de la ciudad, la construcción debe haber sido de relativa buena calidad cuando menos en esa área, donde se en contraban las mejores viviendas, puesto que las llamadas tapian calli o casas de azotea eran construcciones sólidas: Hcasa de azolea quiere decir que no t.'� choza [sino) casa de ma dera entahlada, sohre vigas)),
Por otro lado, en las zonas lejanas al centro lo usual serían los jacales ( xacal mimilli), de los cuales Sahagún consigna una doce na, la mayoría pobres, sencillos y con techos de paja.
En el altiplano se acostumbraba también techar las construcciones con una capa gruesa de barro: tales techos se siguieron usando durante toda la época colonial, incluso en la capital; para impermeabilizar las azoteas se usaban resinas o salitres.
81 Suponemos, a partir de todo lo anterior, que los materiales usados pueden haber sido los siguientes: Vegetales La madera.
Una de las riquezas de la Cuenca de México en el siglo XVI estaba constituida por las enormes zonas madereras, habiendo en ellas ciprés, cedro, pino, encino, roble y ayacáhuatl; 82 Sahagún nos habla de este último como de una madera muy estima- da, menciona también el ciprés silvestre como una madera preciosa para edificios, habla del oiametl como un pino para sacar resinas y de los fresnos llamados ylin.
83 Las zonas aledañas proveían a la isla de material de construc ción como la piedra, cal, tezontle, etc. Además Tenochtitlan recibía periódicamente por concepto de tributos las siguientes cantidades consignadas en el Códice Mendocino: 1.200 vigas grandes de ma dera; 1.200 tablones o tablas gruesas; 1.200 tablones angostos llamados morillos, llegaban a la ciudad cada ochenta días prove nientes de trece pueblos de diferentes regiones: Quaquauhcan, Tecpan, Chapulmaloyan, Tlalatlauco, Acaxochic, Ameyalco, Aco tepec, Uitzquilocan, Coatepec, Quauhpanoayan, Tlatlaxco, Chi chiquautla y Uitzitzilapan. iw Estos datos nos indican la enorme cantidad de madera usada en la ciudad.
La tala del bosque en la parte sur del Valle de México fue de gran envergadura; en el Mapa de Upsala aparecen figuras de leñadores bajando de dicha zona, la cual vivía precisamente de la explotación del bosque, sobre todo después de la fundación de Tenochtitlan, cuando la construcción se incrementa con intensi dad.
85 La madera se usó en los muros de las casas, en los techos y como cimentación a base de pilotes introducidos en la tierra en gran cantidad, costumbre de origen prehispánico que después fue practicada con éxito por los españoles en Tenochtitlan durante d siglo XVI.
86 El carrizo.-Se encuentra por lo general en las márgenes de los ríos o en la ciénega y se usaba en las armaduras de los techos o en los muros de las casas.
87 El otate y el junquillo.-Usados de la misma manera que el carrizo.
A las planchas elquauhiotl.
A los tablones tlapechoalli.
A los postes que sustentan la pieza ilhuicatl.
El tezontle.-(Terontli = piedra tosca, llena de agujeritos y liviana).
91 Fue usada desde el gobierno de Ahuizotl, cuando las grandes obras en Tenochtitlan para la construcción de los tem plos; 92 muy útil por su ligereza y dureza combinada, sobre todo en
2.5 un subsuelo tan deficiente como el de la isla sobre el que los mate riales de mucho peso eran poco prácticos.
Derivado del tezontle se usaba también la arena de tezontle conocida como tezontlalli «polvo de toba volcánica, con que se hace argamasa».
93 << ••• Ay una tierra vien conozida que se llama te�ontlalli quees y se usa para mezclar con la cal y hazcla muy f uertc véndese mu d10 aquí en México para los edificios».
94 La cantera.-Labrada en bloques y que posiblemente fue muy usada en la ciudad prehispánica puesto que los canteros tenochcas, así como los de Texcoco, eran bien conocidos por su experiencia en labrarla.
95 El recinto.-Tallado en las escalinatas y también de gran uso, como se puede ver en los restos arqueológicos.
La piedra.-De distintas calidades y medidas, usada en la mampostería de los n1uros, en los cimientos y también en los pisos.
El adobe.-Tradicionalmente usado en las construcciones pre hispánicas y aún después de la colonia e incluso hasta finales del siglo XIX; el uso del ladrillo y de la teja no se generalizó sino hasta 1.580 en México, 96 Sahagún habla del adobe:
ANA RITA VALERO DE c; ARCÍA Li\SCURAIN El adobe, material típico del altiplano, consistía en bloques hechos a mano con una mezcla de barro y agua, agregándoles a veces paja para darle mayor consistencia; según Pomar, la mayor parte de las casas de Texcoco eran de adobe, material de gran <lurabilida<l, puesto que había edificios de más de doscientos años hechos de adobe 1 Y en buenas condiciones.
El barro.-Mezclado con agua y algunas veces con paja para obtener mayor consistencia, usado también en el aplanado de lns paredes y en algunos techos.
La cal.-En su estado natural se encuentra mezclada con otras sustancias.
El lodo.-Mezclado con agua para unir y asentar piedras en el terreno, revocar las paredes hechas con varas, dando buen re sultado puesto que no se desprende ni agrieta con los cambios de temperaturas.
Resinas.-Como el oiametl, usadas en la impermeabilización de las azoteas.
Vemos con todo lo anterior que la construcción doméstica de la mayor parte de los tenochcas es realmente sencilla, poco desarrollada y bastante perecedera; sólo las grandes pirámides, pa lacios y algunos otros edificios tenían más firmeza, resistencia y dura bilidad.
99 De la lista consignada por Sahagún, que son 26 en total, solamente siete, que serían aproximadamente la cuarta parte, se pueden considerar como de calidad; 10 o el resto de ]as casas denotan escasez y pobreza.
Las diferencias en los esti1os de la construcción 1nexicana nos dan una idea de los diversos modos de vida derivados de las des igualdad social, presente en la Tenochtitlan del siglo XVI, en los albores de la conquista.
Aunque es sumamente aventurado hacer afirmaciones concre tas sobre las distintas clases dentro de la ciudad, sí se puede su poner que las formaciones sociales deben haber sido de mayor com plejidad que la simple división pipíltin versus-macehualtin que pre dominaba en las zonas rurales.
Dentro de las masas urbanas tenoch cas debe haber habido una gran diversidad de intereses económicos y de situaciones diferentes, 101 las cuales se reflejan gráficamente a través de la construcción doméstica y en el formato general de la ciudad.
LA PROPIEDAD EN LA CIUDAD
Aunque es un tema muy discutido por diversos investigadores, se puede decir que las formas de posesión de la tierra debidamente identificadas en et' México prehispánico son únicamente la comunal y la de administración estatal.
102 Parece ser que no hubo propiedad privada como la entenderíamos en la actualidad; sin embargo, se puede afirmar que una forma de tenencia de la tierra tendía ya hacia la propiedad privada tanto de hecho como de derecho en el momento de la llegada de los españoles, ya que desde fines del pe ríodo azteca se detectan asignaciones de tierras diversas en una manera que podría considerarse como propiedad particular.
103 Después de la guerra de Azcapotzalco en 1428, Itzcoatl im planta dos nuevas disposiciones que van a reforzar las diferencias económico-sociales entre pilli' y macehualtin.
Dentro de la primera crea una nobleza palaciega dando a sus parientes los más altos cargos religiosos y políticos, y dejando a los plebeyos totalmente excluidos de la administración del Estado.
La segunda disposición que es la que nos interesa, organiza una especie de propiedad privada de la tierra única y exclusiva mente para los pipiltin, creando así una diferencia económica íntima mente ligada a la diferencia de sangre.
104 Solamente los pilli des cendientes de Acamapichtli, algunos individuos muy destacados en la guerra' 05 y ciertos mercaderes útiles para el estado mexica 10 6 podían aspirar a tener posesión territorial privada, distinción deri vada precisamente de su posición en la pirámide social.
Los miem bros de ]a nobleza indígena podían transmitir a sus hijos los dere chos sobre las tierras e inclusive las podían enajenar, siempre y cuando no lo hicieran a individuos del común, restricción ésta que limitaba mucho los derechos sobre la propiedad y que reforzaba con energía las diferencias económico-sociales de la sociedad mexica.
Vemos así que la verdadera propiedad de la tierra recaía sola mente en dos entidades: el calpulli) especie de persona moral cuyos Por lo tanto, las casas en la ciudad, así como las parcelas en donde se encontraban construidas, pertenecían al calpulli y eran asignadas por los tlatoque, tequitlatos, calpullec o algún otro fun cionario del calpulli.
107 Un jefe de familia macehual podía gozar de la casa y del tlal milli o pequeña milpa adyacente a la casa (en los casos en que la hubiera dentro de la ciudad) siempre y cuando cumpliera puntual mente con sus obligaciones fiscales, teniendo también el privilegio de dejarla a sus descendientes, si es que éstos a su vez eran cum plidos; pero los derechos de posesión se terminaban si el individuo se ausentaba de la propiedad por dos años.
108 En el caso de los pipiltin la posesión sería más sólida; desde luego no tenían ninguna obligación fiscal al respecto, pudiendo ade más heredar la propiedad libremente y en algunos casos también enajenarla.
La realidad de las cosas es que el reparto era sumamente desigual 109 y la tierra se concentraba en unas cuantas manos, lo cual afirmaba el sistema de preeminencia social, riqueza e influen cia política del grupo de escogidos formado por el rey, los nobles y los guerreros que eran los grandes latifundistas de la época.
Esta propiedad, no transmisible fuera del grupo aristócrata, era natural mente un comercio inaccesible para las masas de población.
ANA RITA VALERO DE GARCÍA I.ASCUJ{AlN
Aunque es muy aventurado el poder afirmar el hecho d<: q11c la tierra se veía ya como un medio de inversión, sí se podría su poner, aunque con cierta cautela, el que el grupo aristócrata, por derecho propio, y algunos comerciantes, por adquisición, se bene ficiaban con la concentración de propiedad rural, cuyos productos guardaban en algunos casos para especular: «... los principales y mercaderes, t'�sos, troxcs y haciendas ticnc11 y bienes con que sustenta r».
111 Naturalmente, el caso de la propiedad urbana es diferente puesto que no era un medio de producción primaria como el campo; sin embargo, la existencia indudable <le talleres artesnna les le (_ttl1a cierto valor mercantil indirecto.
112 El valor de la tierra urbana se puede suponer con toda clétri dad en el caso de Tenochtitlan, ciudad con una infraestructura de finida a base de calles, acequias, templos, mercados, almacenes y sistemas hidráulicos; abastecida por un sinnúmero de bienes tanto de primera necesidad como de carácter suntuario; tierra asimismo valiosa por su localización en un área de altísima productividad agrícola, 11 3 con un eficiente sistema de transporte lacustre, elemento de especial importancia en una región en donde se carecía de animales de tiro y con una alta densidad de población.
La fuerte inversión económica que recibió la isla de Tenoch titlan durante el período azteca se percibe a través de las diversas crónicas hechas en el siglo XVI.
Por poner sólo un ejemplo, la obra realizada a mediados del siglo XV bajo el gobierno de Moctezuma I para evitar las fuertes inundaciones de que era víctima la ciudad por estar situada en la parte más baja de la Cuenca, fue sencillan1ente admirable.
La ingeniería indígena ideada por Nezahualcóyotl resultó un éxito para Tenochtitlan, aunque debe haber sido costosísimo.
Poco después de 1446 participan en la obra del albarradón bajo las órdenes de Nezahualcóyotl: Totolihuatzin, señor de Tlacopan; Xilomatzin, señor de Culhuacán; Cuitlahuatzin, señor de Iztapa1apa y Chimalpopoca, señor de Tenayuca.
114 Dice Torquemada que «fue hecho muy heroico y de corazones valerosos intentarla porque iba metida casi tres cuartos de legua (la albarrada) el agua dentro y en parte muy honda y tenía de ancho más de cuatro brazas' y de largo más de tres leguas».
115 El albarradón era un dique gigantesco que partía de Atzcacoalco en el norte hacia Iztapalapa en el sur al pie del cerro de la Estrella, hecho de piedra y barro con un muro de mampostería que a su vez estaba cubierto a ambos lados por una fuerte estacada que rompía las olas y tenía una extensión de 16 kiló metros.
Según Torquemada, lo más admirable de la obra es «la brevedad con que se hizo que parece que ni fue oída ni vista»; en ella usaron piedras «muy grandes y pesadas» que por supuesto no habría en Tenochtitlan por lo que las tuvieron que traer «de más de tres y cuatro leguas de allí).
El costo <le acarreo del material de construcción a base de energía humana, transportando piedras <<muy grandes y pesadas» e infinidad de estacas «muy gruesas» debe haber sido sensiblemente alto.
Además «la brevedad con que se hizo» aumentaría mucho el costo ya que se infiere que la cantidad de obreros que intervino en la obra para hacerla especialmente rápida sería mucho mayor que a un paso normal, aparte de los buzos y operarios especializados que necesariamente trabajaron en la reali zación del albarradón.
Además la albarrada controlaba perfectamente las aguas, pro bablemente por medio de compuertas que se abrían en la estación de secas para verter las aguas dulces excedentes en el lago de Tex coco. fy1ientras que en tiempos de lluvias las compuertas se cerraban para evitar el que las aguas salobres invadieran la región occidental del lago; además los indios habían construido también diques y compuertas para impedir la invasión de las aguas del sur en Mcxi calzingo y en Tláhuac, dividiendo así el lago de esta región en dos, que eran los de Chalco y Xochimilco, todo ello en benef1cio de Tenochtitlan.
Sin embargo, los pueblos de Chako, Mixquic, Cuitlahuac, Xochimilco y Culhuacán sufrieron inundaciones provocadas pre cisamente por el sistema hidráulico construido en beneficio de Tenochtitlan, ya que los lagos del sur de la Cuenca aumentaban el volumen contenido en sus vasos al ver represadas las aguas, las cuales se alojaban entonces a orillas de dichos pueblos, con el consiguiente perjuicio.
A pesar de ello, Tenochtitlan con gran autoridad y despotismo, controlaba las aguas de la misma manera que lo había hecho con los señoríos, gozando de innumerables ven tajas resultado de las obras hidráulicas efectuadas en los lagos.
1 th Los indígenas de México, tanto en el período azteca como también durante la colonia, estaban perfectamente conscientes del valor de la tierra a la cual cuidaban y guardaban con especial celo; abundan los documentos que nos lo demuestran.
Según relata Torquemada, a los hijos que dilapidaban su heren cia o la desperdiciaban o gastaban mal los ahorcaban; 118 el hecho de aplicar la pena n1áxima al hijo que malgastaba la herencia nos indica que los indios nobles daban a ésta el mismo valor que a la vida, es decir, que tenían en altísima estima a ]a tierra, que era de los pocos bienes que se podían heredar.
«esto es lo q ue nuestros abuelos y nuestros p adres de j aron... )). <<Hi j os míos, vosotros dehéis g uardarlo como el p ueblo de Dios.
Nuestros abuelos y nuestro p adres lo g anaron... ».
119 El énfasis que se da al valor de la herencia va íntimamente ligado al sentido > y reitera con energía el valor de la propiedad, 121 si bien en este caso se rebasa el valor que un individuo o familia le da a la tierra ya que es tierra y laguna del Señorío todo.
Al llegar los primeros grupos a la isla original se hizo un primer reparto de las tierras disponibles en cuatro calpulli princi- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es pales de una manera equitativa, dependiendo de la cantidad de gente que los iba a ocupar; sin embargo, en el momento de la llegada de los españoles es muy posible que dicho reparto equitativo de un principio se hubiera ya desequilibrado puesto que, según Zorita, no todos los calpulli tenían la misma cantidad de gente, 122 por lo tanto algunos de ellos disponían seguramente de más tierras en relación con la gente que los habitaba.
123 Ello debe haber pro vocado conflictos, cosa que se puede inferir del severo reglamento que ordenaba su posesión.
Las parcelas eran indivisibles, 124 exis tiendo pena de muerte para el que de alguna manera cambiara o alterara ]os mojones que delimitaban cada terreno.
125 La invasión de tierras de un calpulli por gente de otro era motivo de enormes pleitos.
126 Mencionan ]os cronistas 1a existencia de mapas indicando perfectamente los distintos tipos de propiedad por medio de colo res; así, las tierras del calpulli se señalaban con amarillo, las del rey estaban pintadas de rojo o púrpura y las de los nobles de rosa.
127 Por otro lado, sólo los miembros del calpulli tenían derecho a tener tierras dentro del mismo y quienes lo abandonaban perdían automáticamente sus prerrogativas.
Con ello podemos imaginar que el hecho de dejar el calpulli debe haber sido excepcional puesto que de él dependía el modus vivendi del individuo; tal vez la rígida reglamentación existente con respecto a la posesión de la tierra se había dado como resultado de una posible escasez de terreno cultivable, fenómeno que pudo quizás también presentarse en el área urbana de Tenochtitlan.
3 5 Por lo tanto en el momento del contacto la tierra, tanto rurnl como urbana en la Cuenca de México, tiene un alto valor; el espacio parece haber estado totalmente repartido, ocupado y organizado.
Hacia el primer cuarto del siglo XVI, el pequeño archipiélago que emergía al oeste de los lagos de la cuenca mexicana, se había convertido a través de doscientos años, en una aglomeración me tropolitana con características urbanas definidas.
Un ordenamiento socioeconómico parece haber determinado el reparto del terreno dentro de la ciudad, de tal manera que las �1ctividades de producción, de intercambio y de culto estaban ínti tnamente ligadas al espacio urbano.
A pesar de que la construcción doméstica era bastante elemen tal y sencilla, es probable que el elemento arquitectónico dentro de la ciudad haya desempefiado también un papel discriminador en ]a estructura social mexica, dictando ciertas normas que acentuaban y reforzaban rangos y j erarquías.
Por otro lado, todo indica que la tenencia de la tierra era de canícter comunal, siendo para el individuo únicamente el usufructo; sin embargo, existen razones para suponer que poco antes de la conquista, los n1iembros de la nobleza indígena ( pilli) disfrutaban un tipo de posesión territorial más firme, n1ás sólido y que se acer caba ya al conce pto <le propiedad privada.
Formaba entonces esta aristocracia un grupo privilegiado que detentaba incluso ya una acumulación de la tierra.
Dicha situación p udo hnber provocado una mayor p olarización dentro de las distintas clases sociales indígenas que vivieron en México-Tenochtitlan hacia el primer cuarto del siglo XVI.
35 Armillas, «Gardens on Swamps,, en Rojas, Beatriz: La Aoricultura Chi• nampera.
38 Diaz del Castillo, Bernal: Historia Verdadera de la conquista de la Nueva F1spafta.
40 Sahagún, Historia General de las cosas de Nueva Espaffa.
es ANA RITA VAI...ERO DE GARCÍA LASCURAIN La |
Como ya anunciamos en ocasión anterior, 1 en el presente trabajo nos proponemos analizar en profundidad las listas de bau tismos incluidos en la Relación de fray Gaspar de Torres de 1598 que se refieren a poblaciones de cayapas, yambas, lachas, y 1nalabas, habitantes de las cuencas de los ríos Mira, Mataje, Santiago, Caya pas y Onzole.
Al parecer, los 1.484 individuos bautizados en los años 159 5 y 1597 en esa región podrían pertenecer a tres o cuatro grupos étnicos y se hallarían agrupados formando linajes emparen tados entre sí, cuyos caciques o principales encabezarían cada uno de los grupos a los que el propio Gaspar de Torres denomina «ay Ilus», haciendo así énfasis en el hecho de que tales grupos eran parientes en cierto modo.
Aunque el análisis de los nombres de las personas bautizadas no nos permita establecer el sistema de parentesco en términos muy precisos, esperamos poder fijar, con un cierto grado de se guridad, los agrupamientos étnicos y lingüísticos y su grado de mestizaje mutuo.
LA ENTRADA DE FRAY GASPAR DE TORRES
Los trabajos de descubrimiento, pacificaci6n y evangelización de los grupos indígenas de la región, pero especialmente de cayapas y lachas, se iniciaron con la llegada del doctor Juan del Barrio Sepúlveda, como oidor de la real audiencia de Quito, en octubre de 1596.
Su experiencia como oidor, gobernador y capitán general 1 Palop, J oseflna: Los cayapas en el siolos XVI.
«Arqueologia y Etnohistoria del Sur de Colombia y Norte del F�cuador». págs. 231-252.
TERRITORIO Y SOCIEDAD ENTRE LOS CAYAPAS 3 go, cacique del pueblo de Lita, posiblemente de origen carangue, que había dominado en primer lugar a los lachas 6 y que pretendía seguir expandiendo su dominio al territorio de los cayapas.
Según se desprende del «Asiento que el doctor Juan del Barrio Sepúlveda (... ) tomó con estos ca\iques para la nueva conversión a nuestra santa fee cathólica de estos infieles», tanto Luis Gualapiango, como su hijo Alonso, quienes ya tienen como amigos a los indios cayapas se comprometen a ayudar para que «se reduzcan a una o más poblaciones y reciban el agua del Santo baptismo y conozcan al Rey nuestro señor' y sean vasallos de su Magestad, a cambio de que S. M. el rey dé a Alonso Gualapiango el nombramiento de Gobernador» de los indios que se poblaran en la provincia de Lita.
7 La amistad de Luis Gualapiango y los cayapas provenía del hecho de que habiendo sido atacados en su antiguo asentamiento de <;ampi por los mulatos de Esmeraldas, fueron auxiliados por Gualapiango quien con trescientos indios de Lita les defendió, ayudándolos a reinstalarse más al interior en el lugar de Pisuunto.
Todo ello había sucedido en 1587 y desde entonces las relaciones entre Gualapiango y los cayapas habían sido excelentes.
La operación ideada y n1ontada por el Dr. Juan del Barrio consistía en aprovec�ar estas circunstancias y, utilizando las habili dades de fray Gaspar de Torres, conseguir fundar dos poblaciones en tierras de cayapas -Espíritu Santo' y Nuestra Señora de Gua dal upe-que sirviesen de núcleos para la penetración española en aquella región, con vistas, sin duda, a realizar en el futuro un camino rápido desde Quito a la costa.
El documento que va a servir de base para el estudio que viene a continuación, que ya había sido publicado previamente por Monroy, 8 aunque con algunos errores de transcripción, se conserva en el Archivo General de Indias de Sevilla (legajo 1.077 de Docu mentos Escogidos). liabiendo sido nuevamente transcrito por la 6 Jijón y Caamaño, Jacinto: El Ecuador Interandino u Occidental antes de la conquista Castellana.
7 Folio 1 del documento al que nos referimos por extenso en estas páginas.
8 Monroy: El Convento...
La descripción detallada <le este documento es como sigue:
«Traslado del asiento,1ue el afio próximo pasado de noventa y siete el doctor Juan del Barrio de Sepúlveda oydor de la Heal Audiencia de San Francisco de Q uito (... ) por comisión della, _ en nombre y por el Rey nuestro Señor toma con los caciques y curacas principales de la provincia de Lita (... ).
Va escrito todo en 27 ho j as con ésta».
( 1 ) «Asiento que el doctor Juan del Barrio de Sepúlveda oydor de Quito en nomine y por el Rey Nuestro Señor tomó con estos caciques para la nueva conversión a nuestra santa fee cathólica destos infieles y que sean vasallos de Su Magestad (... ) ». ( Sábado:H de mayo de 1597 ), fols. lr. a lv.
( 2 ) «Título de Gohernador de los Yndios tf UC se pohlan•n en la provincia de Lita a don Alon�o Gualapian g o, ca<�ique df'l.
( l) «Al corregidor de Otabalo que ayude a fray Gaspar d >. ( Quito, 16 de j unio de 1597 ), fols.:Jv. n 1,r.
( 4 ) «Instrucción y orden que por mandado de la Real Audiencia y Chancillería que rreside en la � iudad de San Francisco de Q ui to, an de guardar don Luis Gualapiango y don Alonso Gualapiango, su hi j o mayor, ca�iques principales del pueblo de Lita que son de la Corona Real y el padre fray Gaspar de Torres de la orden de Nuestra Señora de las Men; edes (... )». � Q uito, 1 f> de j unio de 1597), fols.
( 5 ) <<Memoria de lo que los dichos Padre Fray Gaspar de Torres y don Alonso Gualapiango, cacique y g obernador an hecho en virtud de las Reales Provisiones e ynstruc�ión suso incorporadas q ue es como sigue)). l 20 de noviembre de 1597 ), fols.
Br. a l2v..,4, auario de Estudios Amtriurn, is (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ( 6) «Libro del Sancto bautismo de las Y glesias del Espíritu Santo y de Nuestra Señora Sancta María de Guadalupe de las provin �ias de Singobucho, de Cayapa y Cunaha y Aguatenc y Yamhas y Lachas que yo fray Gaspar de Torres de la horden de nuestra Señora de las Merc:;edes, rredemptión de cautibos, e hechos con licencia del Perlado comendador fray Juan de Salas, de la casa de Quito y con li�en�ia de los señores Presidente y oydores que parn ello me dieron, que al presente residen en la Real Audiencia de Quito, conforme a la Real Provisión que me dieron para que viniese acabar de hazcr la redución de los yn<lios uaturnles dcstas dichas provin�ias.
Que es fecho en diez y ocho días del mes de Agosto del año de mili y quinientos y noventa y siete años.
El viaje de fray Gaspar de Torres por tierras de los cayapas, lachas, yambas y malabas duraría desde el 8 de julio hasta el 20 de noviembre de 1597 en que el fraile termina su Memorial.
Durante esos 136 días se fundaron los pueblos «nuevos» de Espíritu Santo y Santa María de Guadalupe y se bautizaron 1.484 indios de los grupos ya mencionados.
El martes 8 de julio de 1597 los expedicionarios salen de Lita y, tras cuatro leguas de camino, llegan a pernoctar en el cerro Lonteotobucho.
El segundo día fue mucho más duro que el primero, ya que no sólo caminaron una legua más, sino que el viaje se desarrolló por una zona sumamente quebrada, atravesando primero el riachuelo Lonteotopi y llegando a pernoctar junto a otro riachue lo: el llamado río Pitonpuno.
Al día siguiente, jueves, los expedí- cionarios prosiguieron la marcha atravesando quebradas y arroyos hasta llegar al cerro de Malbucho o tierra de víboras, lo que representó una jornada de cuatro leguas de camino.
El 11. de julio lo dedicaron los viajeros al descanso una vez que alcanzaron una chacra de maíz, propiedad de don Alonso Gualapiango.
El sábado 12 de julio se pusieron en marcha de nuevo los expedicionarios alcanzando a media legua de Malbucho el río de Tum. pihucho.
Una vez que atravesaron ese río «Uegaron ocho yn dios, naturales desta tierra, sujetos a don Diego Natinguila y -según dice Gaspar de Torres-nos trajeron de refresco en señal de amor, pescado co\ido y tórtolas y bollos yamor, que por otro nombre se llama chicha» (fol. 8v.).
No muy lejos, siguiendo el curso del río Tumpibucho se encontraron con Diego Natinguila, a quien el propio fray Gaspar de Torres había convertido al cris tianismo anteriormente.
Acompañados por el «principal» cayapa, llegaron a su casa a la caída de la tarde, en un lugar llamado (:unaha.
Allí pasaron la noche y al día sigui en te, domingo, 13 de julio de 1597, Gaspar de Torres mandó hacer una iglesia donde dijo misa.
Al1í iban a estar ocho días dedicados a la catequesis y el bau tismo de los indios; fue entonces cuando parte de los indios que acompañaban a los españoles -probablemente pastos o quHla cingas-regresaron a Lita, de donde procedían.
El 21 de julio, el cacique Francisco Cayapa condujo a fray Gaspar de Torres hasta su pueblo de Singobucho, distante unas cuatro leguas de (;unaha.
En Singobucho el cacique mandó cons truir una iglesia y la casa del fraile, haciéndose construir otra casa para él mismo.
El martes, 22 de julio, fray Gaspar bendijo la iglesia que dedicó al Espíritu Santo y celebró su primera misa.
Desde ese día al 26 de septiembre el misionero residió en el lugar dedicándose a predicar, catequizar y bautizar a los numerosos indios cayapas de la zona.
El 26 de septiembre de 1597 fray Gaspar <le Torres y sus acompañantes dejaron la casa de Francisco Cayapa en Singobucho y se dirigieron hacia Aguatene, viaje en el que emplearon dos días, atravesando numerosos cursos fluviales, entre los cuales, los ríos 70 Cupi, Lachapi, Picholipi, Silamboyo y Lcnguepi, llegando finalmente a fa casa del principal Aguazami, quien ya había mandado cons truir una iglesia en el pueblo de Aguatene.
Esa iglesia que iba a dedicar a Santa María de Guadalupe sería bendecida el día 28 de septiembre de 1597.
Fray Gaspar iba a residir en aquel pueblo ]os siguientes 24 días predicando y bautizando a los indios de la región.
El miércoles, 22 de octubre, la expedición misionera parte de Aguatene, dirigiéndose hacia tierras <le lachas y yambas, región situada a cuatro leguas de aquel pueblo y en la que en 1.595 ya había bautizado a numerosos indios.
El domingo siguiente, 26 de octubre, llegaron al pueblo de C::araha, donde se había construido una iglesia que fray Gaspar iba a dedicar a Santa María de Guadalupe y donde celebró misa y predicó desde aquel día, bautizando a numerosos indios.
Como ya dijimos, el Memorial de fray Gaspar de Torres fina liza el día 20 de noviembre; sin embargo, en el Libro del Sancto bautismo que se reproduce a continuación del Memorial se copim1 las actas de bautismos correspondientes a la expedición verificada por aquella zona en los meses de junio a agosto de 159 5.
PUEBLOS Y GRUPOS ÉTNICOS
Cayapas Juan Pifiqui 19v.
Aguatene Cayapas Juan Aguazami 20r.
Aguatene Cayapas Juan Y ahatino 21r.
De la relación anterior se desprende que los grupos étnicos de la zona que estudiamos son los cayapas, yambas, pillalaguas, ma-Iabas y lachas ( véase Mapa 1).
El posterior análisis de las series nominales nos permitirán apreciar hasta qué punto se pueden man tener esos grupos con sus respectivos nombres o no.
Sin embargo, como paso previo al anunciado análisis Je las series nominales trataremos de dos aspectos que consideramos fun damentales: los ayllus y su demografía.
Con respecto al concepto de ayllu que repetidamente emplea fray Gaspar de Torres en sus listas de bautizados, ya hemos dicho en ocasión anterior 9 que ese término es quechua y debe ser interpretado en el contexto que estuaiamos como «grupo étni co» y no en la forma en que literalmente se utilizaba en el pe ríodo de dominación inca de las Andes septentrionales, ya que la región a la que nos estamos refiriendo nunca formó parte del T awantinsuyu.
Según hemos dicho en otro lugar, «la unidad básica de toda la organización social incaica, por encima de la familia, era el ayllu, el cual venía a ser como una extensión de la familia, o una subdivi sión de la tribu.
De esta agrupación se han dado nun1erosas defi niciones.
Para Valcárcel es básicamente una unidad económica caracterizada por el control de tierras' y trabajo.
Según Rowe, el ayllu inca era un grupo de parentesco con endogamia teórica, con descendencia por línea masculina.
Kirchhoff dice del ayllu que es un grupo permane�temente basado en una descendencia común real o supuesta de sus miembros, n1ientras Baudin afirma que estaba formado por todos los descendientes <le un real o supuesto antecesor.
Esencialmente pues, el ayllu representaba una unidad Je parentesco en la que los miembros se consideraban descendien tes de un antepasado común.
10 La interpretación que estamos dando a los grupos a los que designa fray Gaspar de Torres como ayllus es, por lo tanto, seme jante: grupos de individuos que, por encima de la familia, se con sideraban emparentados y, por lo tanto, serían familias conyugales que se reconocerían descendientes de un antepasado con1ún.
Cada uno de esos ayllus queda definido por el nombre de un cacique, jefe o principal, que podría ser simplemente el pariente mayor o más representativo desde el punto de vista socia), pero que también podría acumular algún género de poder político, �1 juzgar por las expresiones de fray Gaspar.
Así, cuando, al rdcrirsc al ayllu de Juan Nagola, dice:
La serie de ayllus referidos en el documento que estuJiamcs son 21, según la relación siguiente (Tabla 2).'fAlll..A:l
Los cinco primeros ayllus parecen corresponder al grupo étnico cayapa cuya cabecera se hallaba en Singobucho y cuyo cacique principal era Francisco Cayapa quien en 1587, ayudado por los ca ciques Luis y Alonso Gualapiango había abandonado el pueblo de Campi o <;ampi a causa de los continuados ataques de negros y mulatos de Esmeraldas, instalándose entonces en Singobucho.
El hecho de que los principales Gaspar Uñatapa, Diego Natinguila, Pedro Chilmisso • y Juan Pifique, fuesen parientes y jefes de ayllus, permite suponer que el grupo cayapa• desde el punto de vista de la organización política, podría interpretarse como un grupo tribal complejo o como una jefatura extremadamente simple.
Todos los demás ayllus, según veremos en las páginas siguien tes, deberán agruparse de manera diferente a la secuencia presen tada por el misionero.
Es importante, sin embargo, que examinemos en este momento los datos de carácter demográfico de que dispo nemos para estas poblaciones.
Utilizando las listas de bautismos de cada uno Je los ayllus, obtendríamos el siguiente resultado (vid. Tabla 3); Si comparamos las cifras dadas para cayapas en una y otra tahla observaremos que la diferencia no es, en conjunto, de más de diez individuos a favor de las cifras registradas en las listas de bautismos: hombres y muchachos son 533 y en las listas, 538, mientras las mujeres y muchachas son 248 y en las listas suman 25 3.
Aunque la diferencia entre hombres y muchachos y mujeres y muchachas ni es precisa, ni corresponde a una misma edad, ya que la madurez masculina y femenina no es nunca coincidente, la matización del resumen dado por fray Gaspar de Torres, completa favorablemente los datos de las listas.
Hay que destacar, no obstante, que la propia cifra global de 1.44 3 ó 1.484 individuos parece muy baja para el territorio total de que estamos tratando.
Ello queda explicado por el propio fray Gaspar de Torres cuando dice que esas cifras son «sin los que faltan por bautizar» que serían, sin duda, bastantes.
Sería muy arriesgado tratar de calcular esa población sin bautizar, por lo que deberemos admitir simplemente esas cifras como un dato de difícil valoración.
Es mucho más notable e irregular la diferencia entre hombres v mujeres que si en muchos ayl1us viene a ser aproximadamente la mitad de mujeres respecto a los hombres, en otros casos llega a ser casi inexistente.
Por el contrario, en algunos ayllus, las mu jeres casi llegan a igualar a los hombres; ese es el caso de los ayllus 6, 7, 14 y 15.
La explicación de estas desigualdades sólo puede hallarse en el terreno •de las conjeturas más o menos lógicas como put: de ser la del infanticidio de niñas, negativa de las mujeres a ser bautizadas a causa de su mayor timidez, etc.
ANÁLISIS DE LAS LISTAS DE BAUTISMOS
Los restantes ayllus podrían ser calificados de mestizos, en tanto que en todos ellos apreciamos la presencia de individuos -hombres' y mujeres con nombres cayapas al tiempo que se aprecian otros individuos Tomo XLY/1 77 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es con nombres diferentes: los ayllus 6, 7, 8, 9 y 11 presentan una lista de nombres nunca repetidos y exclusivamente masculinos que podrían corresponder a lachas y/ o yambas; por su parte, en los ayllus 16, 17 y 18 aparecen otros nombres -distintos a los ante riores-propios de hombres, pero también algunos de mujeres que por su localización podrían atribuirse a los llamados pillalaguas.
Veamos ahora cada uno de esos grupos.
Las listas de nombres de hombres y mujeres bautizados por fray Gaspar de Torres, de la etnia cayapa comprende los ayllus 1 a 5 que son los propiamente cayapas, según hemos visto más arriba y los nombres de cayapas que aparecen en los ayllus 6 a 9, 11 y 16 a 18.
Este conjunto de nombres que han sido recogidos en las Tablas 5 (hombres) y 6 (mujeres) incluyen 45 nombres de mujer y 69 nombres de hombre.
Los nombres más frecuentemente representados en las listas son los siguientes: 78 a) Hombres: 1/ Aguapapa (34).
Estos diez nombres representan el 7 5 % de los nombres <le hombres y el 69 <:lo del de las mujeres.
El sufijo de los nombres personales designan de manera casi universal el sexo de la persona ya que ma para las mujeres y pa para los hombres son constantes en ambas listas.
De los varios estudios sobre el parentesco cayapa en la actuali dad, tales como los de Barrett, 11 Jijón 12 o Carrasco 13 se pueden extraer una serie de términos que servirían para interpretar los nombres propios cayapas.
El hecho de que varios de esos términos aparezcan en los nombres propios de los indios, ofrece una apariencia en éstos como si verdaderamente expr�sasen los tipos de parentesco.
La presenta ción de varias de las familias coQ un mayor número de miembros en varias generaciones nos demostrará hasta qué punto esa apre ciación es totalmente engañosa.
La familia de Francisco Cayapa, el cacique de esa posible jefatura cayapa y el que da nombre a todo el grupo en la época colonial, puede ser el mejor ejemplo sobre lo que estamos didiendo: No obstante, lo que es evidente es que la región o territorio estrictamente cayapa la concentración de nombres con las termina ciones típicas de los cayapas es muy alta, mientras que en áreas en que los cayapas conviven con otras etnias los nombres dominan tes son escasos: Aguapapa, Carapapa, Napapa, Uñapapa, Namama y Uñamama u Oñapapa.
En estos cinco ayllus apreciamos que las mujeres siempre llevan nombres cayapas, mientras los hombres, salvo en el ayllu 6 de Juan Aguazami, en el que dominan también los nombres cayapas, se reparten entre nombre de este grupo y otros totalmente diferen tes en una proporción del 50 por ciento.
Lo curioso es que estos últimos nombres que podrían corresponder a la etnia lacha, nunca se repiten ni dentro de un ayllu, ni en el conjunto de los cinco ayllus que estamos examinando.
A continuación damos la lista de estos nombres «extranjeros» con indicación numérica de] ayllu en que aparecen:
Piaopuchopuele Juan Mayba 24v.
TABLA 5 Nombres cayapas: hombres Ayllus Nombres
672 TABLA() Nomhrt's caya¡ms: mujert's Ayllus Nombres
Hurenqueme ( 8) 8) Meguemi ( 9) Minzala ( 8) Miñufique ( 7) Moguello ( 9) Mogochidi ( 6) Mogona ( 7) Nafinchucho ( 6) Nagola ( 9) Nantaballo ( 7) Napinche ( 8) Napumi ( 8) Nemid Peoron ( 6) Nemu�e ( 6) Nipayo ( 7) Oyana ( 7) Patahudpumi ( 6) Pibeltuto ( 7) Pidbuso ( 7) Pidtulli ( 7) Pidpeuro ( 7) Pimagi ( 9) Pimugo ( 6) Pompona ( 6) Puento ( 9) Puezama ( 9) Punpincho ( 7) Purotuze ( 6) Quicha (8) Del análisis al que hemos sometido el documento en el que se reproducen las listas de bautismos practicados por fray Gaspar de Torres en el territorio de los cayapas y sus vecinos podemos con cluir que las dos etnias principales eran la de los cayapas y la <le los malabas, situada la primera entre los ríos Onzole y Santiago y la segunda al sur de los ríos Mira y Mataje.
El territorio entre ambos grupos estaba dominado en gran medida por los cayapas aunque en los ayllus correspondientes a este sector se aprecia un doble mestizaje con grupos que cabría identificar como lachas y yambas situados a ambos lados del curso alto del río Mira, camino de Lita. |
Los días 18 y 19 del pasado mes de Noviembre de 2004, se celebró en la Sala de Grados de la Universitat Jaume I de Castellón, la tercera sesión del Coloquio Internacional Permanente La trascendencia de las Cortes de Cádiz en el Mundo Hispánico, 1808-1837 con sesiones previstas desde Septiembre de 2003 hasta Septiembre de 2010 (fecha en que se celebra el bicentenario de la inauguración de las Cortes de Cádiz).
Este Coloquio está organizado por CIAL (Centro de Investigación de América Latina), unidad asociada a la EEHA (Escuela de Estudios Hispanoamericanos, CSIC-Sevilla) y grupo de excelencia de la Generalitat Valenciana y dirigido por el profesor Manuel Chust.
En la dinámica de celebración de dos sesiones anuales (una en junio y otra en noviembre), se han celebrado ya la Primera Sesión (noviembre de 2003) con el tema de Soberanía y Nación y la Segunda Sesión (octubre de 2004) con la temática de Prensa y Opinión Pública.
Así, la que nos ocupa es la Tercera Sesión, la correspondiente a Noviembre de 2004 y que giró en torno al Liberalismo y las Fuerzas Armadas.
La pretensión de este Coloquio Internacional Permanente es estudiar la importancia de las Cortes de Cádiz, no sólo para la evolución de la historia española, si no también en su profunda incidencia en los países americanos e incluso en algunos países europeos.
Para ello se crea este Coloquio, como un foro de discusión, de investigación y de debate, científico y plural y marco de reunión de investigadores de ambos lados del océano para entablar debates sobre la magnitud de las Cortes gaditanas y su "trascendencia en el mundo hispánico".
En concreto esta Tercera Sesión se dedicó a estudiar los efectos del liberalismo gaditano en las fuerzas armadas, tanto españolas como de países americanos cómo México o Colombia, en resumen, se trataría del estudio de la gran problemática que supuso la transformación de un Ejército Real (típico de Antiguo Régimen) en un Ejército Nacional (más propio de un estado liberal) y todos los entresijos de su organización, desde las milicias, hasta la financiación y su composición social.
Para ello se contó con la presencia de siete importantes investigadores, españoles y americanos, que repartieron sus ponencias entre la tarde del jueves 18 de Noviembre y la mañana del Viernes 19 de Noviembre.
La sesión vespertina del jueves empezó con la ponencia del Profesor Marc Baldó (Universitat de Valencia) titulada Quintos, voluntarios y patriotas: la experiencia de los estudiantes de la universidad de Valencia en el ejército desde la época de Carlos IV a la guerra de Independencia.
Esta interesante ponencia empezó con la descripción de parte del Ejército (real y estamental) a finales del s. XVIII, para llegar hasta la guerra de Independencia y en concreto se centró en tres puntos, el voluntariado, la leva y la quinta, que se explicaron ampliamente (sus orígenes, la procedencia social de las gentes que las integran, el paso del voluntario de "aventurero" con los Austria a "pobre" con los Borbones, las exenciones, etc...).
Luego se pasó al eje de la ponencia, la Universidad de Valencia y la reacción de los estudiantes cuando a partir de 1875 se rompe su exención de la quinta (motines, posterior aplicación de los beneficios propios de los gremios, alistamiento de los estudiantes más pobres, etc.), hasta llegar a la fecha de 1808 y la respuesta de los estudiantes universitarios valencianos, muy sorprendente, ya que de los 1500 alumnos, 500 serán voluntarios en la guerra y os restantes formaran un batallón con los catedráticos al frente.
Serán de extrema crueldad en Valencia con los franceses, y estos voluntarios valencianos son los primeros que entran en Madrid después de salvar Valencia de las tropas del general Moncey.
Para el autor, las razones de este masivo alistamiento estan claras, pues en época de crisis de subsistencia agudizadas con una guerra, "al menos en la mili se comía rancho".
Además, la mayoría de ellos acabarían como oficiales, pues se les veía más capaces que a la mayoría de capitanes españoles.
Su fin llegará con la toma de Valencia por parte del general Suchet, ya que Napoleón hará que sean enviados a Francia (aunque con su retorno a Valencia gozarán de la convalidación de sus estudios).
La segunda intervención de la tarde corrió a cargo del Profesor Jaime E. Rodríguez (University of California, Irvine) que trazó una interesante línea sobre la relación de los más importantes liberales americanos con el ejército y las milicias en los diferentes países de América Latina, en la que se pasa de unos virreinatos (países más tarde) a otros según cronología.
El título fue Las fuerzas armadas y el liberalismo en América.
Para Nueva España se habló de los ejércitos insurgentes dirigidos por Hidalgo y Morelos, así cómo de la aplicación de las normas establecidas por las Cortes tanto en 1812 como en 1820, para luego hablar de la composición del nuevo ejército mexicano, con generales en su mayoría procedentes de las filas realistas (cómo Agustín de Iturbide o Antonio López de Santa Anna).
En el caso de Perú habló de la contención realista que supone el virrey Abascal y de las operaciones de José de San Martín hasta la ocupación de Lima en 1824 por Simón Bolívar.
Para Nueva Granada, Venezuela y Quito se ocupa de las guerras intestinas que ocupan la región durante todo este período, hasta que son reunidas por Simón Bolívar en lo que llamará la Gran Colombia.
Así, después de hablar de las independencias, concluye con las tradiciones políticas que surgen en ella, una que pondrá más el acento en lo ejecutivo (y en que los "hombres de armas dominarán a los hombres de leyes", quedando más arraigada en Sudamérica) y otra que pondrá su eje eb los legislativo (de carácter más civil y que dominará en la antigua Nueva España pere a la multitud de golpes militares que se dan en México).
Tras un animado debate y un turno de preguntas y respuestas, se cerró la sesión del jueves con la intervención del Profesor Luis Jáuregui (Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora), con una ponencia titulada Reflexiones sobre la relación entre las fuerzas militares y las Diputaciones Provinciales.
Jáuregui empezó explicando el concepto de Diputación Provincial, cómo manifestación de la autonomía provincial, y los interrogantes acerca de su función militar en Nueva España y los primeros meses del México independiente, que es justamente el tema que centra sus "Reflexiones".
En una primera parte se analizan los artículos del Proyecto de Decreto de Instrucción acerca del alistamiento (que queda en manos de los ayuntamientos) y el hincapié que se hará en la separación entre jefes políticos y fuerzas armadas.
En la segunda parte, hablando de los primeros años del México independiente, se centra en cómo criterios economicistas pasan a influir en los Ejércitos, pues estos no sólo sirven para "proteger las Tres Garantías", sino que también crean mercado (puesto que si crean paz se crea un entorno oportuno para el desarrollo del mercado).
Es una explicación de los postulados economicistas del liberalismo aplicados al Ejército.
También se incluyó una reflexión sobre la llamada "reunión de mandos" (político y militar), a partir de 1823, cuando se ven intendentes y jefes políticos que en su mayoría son también comandantes militares (aunque no se da en todos los casos).
También se estudia las discusiones que sobre esto se dieron en aquellos años.
Por último, como conclusión en la tercera parte se habla de la igualdad ante la ley, de la incorporación de las castas a los ejércitos (puesto que primero debían ser ciudadanos, y por tanto contribuyentes, se aplica así de nuevo el criterio economicista del liberalismo).
Tras otro tiempo para el debate y la reflexión acerca de la ponencia de Jáuregui, se procedió a dar por terminada la jornada vespertina del jueves.
La jornada de la mañana del viernes 19 de Noviembre empezó con la conferencia del Profesor Armando Martínez (Universidad Industrial de Santander, Colombia), titulada Las contradicciones de los liberales neogranadinos respecto del Ejército Nacional.
Una primera parte de la misma trató acerca de la impronta de las Cortes de Cádiz en el Congreso de Cúcuta.
En 1821, en Villa de Rosario de Cúcuta se creará la República de Colombia, pero con el artículo 53 se adoptarán respecto al ejército los principios gaditanos.
Es ya una temprana influencia liberal, que intentaba contrarrestar las medidas bolivarianas de 1819 (con la "Ley Fundamental de Colombia" el poder soberano era "el pueblo en armas").
Para 1821, 30.000 hombres formarían el ejército, demasiados para la época, cosa que causará una completa ruina.
Pero ya en 1827 se levantan voces que quieren reducir a Bolívar a simple ciudadano, pues ven su presidencia como un ataque a la libertad.
En 1831, se creará el nuevo estado de Nueva Granada, y se purgará a todos los oficiales venezolanos.
Para 1832, se habrá limpiado el territorio de venezolanos y se habrá reducido el ejército a uno más manejable (de unos 3000 hombres).
En la segunda parte se habló de los enfrentamiento entre los gólgotas (nuevos radicales que quería acabar con el ejército permanente) y los draconianos (moderados, partidarios de conservarlo).
Para 1855, el Ejército habrá quedado reducido a unos 300 hombres, que además estarán centrados en Panamá (y además en 5 kilómetros alrededor de Bogotá no podía haber militares, porque se coartaba la libertad).
Para concluir, en la tercera parte se tratan las Reflexiones del general liberal J.M. López, que trata de buscar equilibrio a esta situación, con la concepción de que es necesario un ejército para custodiar la paz, la población y los servicios.
Su propuesta será la organización de Milicias Nacionales y Provinciales que se combinarían con las policías municipales.
Pero el Ejército quedará en 300 hombres.
Según el autor, esta es la razón por la cual en Colombia (a diferencia de Venezuela), lo militar no está tan presente.
A continuación se dio paso al profesor Juan Ortiz Escamilla (Universidad Veracruzana), que impartió una conferencia titulada Libertad o servilismo: el dilema de las tropas expedicionarias en Veracruz, 1820-1825.
En la misma se trazó la situación de resistencia de Veracruz bajo el mando de José Dávila, que se opone al reconocimiento de la independencia del capitán general Juan O'Donojú.
A partir de entonces, la protección de la plaza veracruzana será esencial para las autoridades españolas.
Con la firma de los Trtados de Córdoba, la ciudad será un nido para la conspiración, en la que múltiples actores tejerán sus redes de influencia en la ciudad (desde Dávila a Santa Anna pasando por los enviados de las Cortes).
Con la caída del Trienio Liberal, Dávila optará por el bombardeo y destrucción de la ciudad tras meses de asedio.
El profesor Ortiz habló también de las tropas auxiliares enviadas por Madrid (más en concreto el Batallón Málaga, que estaba en Cuba) y que con el bombardeo desertarán e inclusó intentarán llegar a San Juan de Ulúa a nado.
En noviembre de 1825, las tropas saldrán en un espantoso estado, abucheados, enfermos y odiados, esperando la llegada de Santa Anna y sus jarochos (a los que no se entregará la ciudad), y posteriormente de Rincón, que si obtendrá la plaza.
Tras un turno de preguntas y respuestas con su consiguiente y animado debate, se procedió a seguir con el último tramo del Coloquio, en primer lugar con la ponencia del profesor José Antonio Serrano (El Colegio de Michoacán), Milicias cívicas y federalismo en México.
En ella, el autor nos habló de la interesante relación entre las milicias cívicas y el federalismo en diferentes momentos de la primera mitad del s. XIX y en México.
Con Calleja se crearán milicias en cada ciudad, hacienda y rancho para la ayuda contra los insurgentes, con la problemática de la pérdida de poder del virrey a favor de las élites locales.
Con posterioridad, el Plan de Casa Mata reconocerá el estado federal, y con el Reglamento se unificará todos los milicianos dispersos en la llamada Milicia Cívica, hecho que instituciona-lizará un poder militar basado en las provincias.
A partir de 1825 comenzarán los proyectos de cambios en los anteriores reglamentos, hasta que en 1827 lleguen las nuevas ordenanzas, en las que se igualaba la Milicia Cívica con el Ejército.
Bajo el gobierno de Bustamante surgirán ya fuertes críticas a estas milicias, ya que eran consideradas "las escaleras de las pasiones e intereses locales", el descontento en las regiones aumentará de forma progresiva, y con ello la tensión que llevará a la Guerra Civil, en que los estados obtendrán la victoria, y los federalistas el poder.
Pero este fue el principio del fin de las milicias, que iniciarán un largo camino hacia su disolución (en la que influirá Santa Anna), que culminará en la pulverización de las fuerzas locales en la Guerra Civil de 1834, sólo la del estado de Zacatecas se salvará.
Santa Anna seguirá sus planes de reducción de la milicia cívica, hasta que conseguirá derrotar a la milicia zacatecana.
Con esta interesante ponencia, Serrano dibuja el esquema de cómo el sistema federalista apoya a las milicias, y cómo el centralismo las quiere eliminar de la vida política mexicana.
Para finalizar la tercera sesión de este Coloquio Internacional Permanente, impartió su ponencia el profesor Manuel Chust (Universitat Jaume I, Castellón), titulada El doceañismo armado: Milicia y Nación en España y México.
Tras trazar el esquema de la situación de la milicia en las diferentes etapas de la revolución española, cosa que evidencia que es el proceso revolucionario el que marca la aparición o desaparición de la milicia (aparece en la Guerra de Independencia y en 1820-23, desaparece en 1814 y en 1823).
La milicia volverá con Mendizábal (1835), que aplicará a la Guardia Nacional gran parte de los postulados milicianos, y se desmovilizará de nuevo en 1844, cuando será depurada y desaparecerá.
Situaciones similares encontraremos en el Bienio Progresista (1854-56) y en el Sexenio Revolucionario (1868-1874), cuando se llamarán Voluntarios de la Libertad, aceptarán a los jornaleros y se radicalizarán.
Con la llegada de la Restauración, ya nunca más veremos a la Milicia Nacional, el proceso de revolución liberal había terminado.
Así, la hipótesis de Chust es que la Milicia Nacional actúa como un brazo armado del liberalismo contra el absolutismo y más tarde de los demócratas contra el Estado Liberal.
Así, la milicia y su cronología serviría para periodizar la revolución burguesa en los diferentes países.
La segunda parte de la ponencia se enfocó a aplicar esta hipótesis al caso mexicano.
El papel de la milicia en México es muy similar al de la española, aunque en este caso es defensiva y ofensiva, no cómo en el caso español.
Surgirá en 1810-14, en 1821 volverá y se mantendrá su apelativo incluso hasta después de la independencia (1823) y lo que se intentará hacer es equipararla con el ejército permanente.
Para los años 1830-1832 ya estará instalado Lucas Alamán en el poder y empezará la depuración de la milicia, se trata del mismo tipo de reacción moderada que se vio en España.
El autor concluyó abriendo una serie de interrogantes y líneas de investigación a seguir acerca del tema de las milicias en México (¿Quién la forma?, ¿En qué lugar quedan los indios?, ¿Cuándo exactamente se produce la revolución liberal en México?, ¿En que influye la entrada en juego del federalismo?, etc...).
Con esta tercera sesión del Coloquio Internacional Permanente La Trascendencia de las Cortes de Cádiz en el mundo hispánico, 1808-1837 se dio un nuevo paso en el estudio y debate sobre la relevancia de las cortes gaditanas en su época y en etapas posteriores del s. XIX, y tras tratar temas referentes a las Soberanía y a la Prensa y la Opinión Pública, en esta sesión se ahondó en el punto de vista de las Fuerzas Armadas, de las Milicias y de su relación con las diferentes esferas del liberalismo decimonónico.
La importancia de dicho encuentro se refleja claramente en una próxima publicación de las ponencias impartidas en el mismo.
Seminario Internacional Justicia y Sociedad en América Latina
Siglos XIX y XX Centro de Estudios Latinoamericanos Universidad Nacional de San Martín Buenos Aires, 29 y 30 de noviembre de 2004 En las últimas dos décadas, los sistemas judiciales de los países latinoamericanos han concitado, por diversos motivos, las miradas expectantes de toda la sociedad.
Por un lado, jueces, fiscales y demás profesionales de la justicia sufrieron el desprestigio -que afectó a también a otras instituciones del Estado y a la clase política latinoamericana-derivado de la larga lista de promesas incumplidas de la democracia que se hicieron patentes con la crisis fiscal de los estados del continente, la crisis de la deuda y los proce-sos de "reforma estructural" con los que se procuró conjurarlas.
Por otro lado, mientras muchos sectores de la sociedad no dejaron de concebir al sistema judicial como mecanismo privilegiado de control social, orientado a la regulación de una conflictividad social creciente (y la supuesta "ola de inseguridad" concomitante), otros sectores criticaron los usos arbitrarios y generalmente discriminatorios de la ley penal, poniendo el énfasis en la necesidad de democratizar su uso y universalizar el acceso al sistema judicial.
Los diagnósticos negativos sobre el funcionamiento de la justicia, sobre la corrupción endémica de sus funcionarios, sobre las dificultades para garantizar el imperio de la ley, derivaron en los años noventa en el diseño, e irregular aplicación, de profundos proyectos de reforma judicial, parte de proyectos más amplios de reforma del Estado y consolidación democrática.
Todo ello, sumado al hecho paradojal de que fue en la justicia en donde gran parte de la sociedad civil cifró sus esperanzas y vislumbró una vía para lograr la depuración del sistema político -a imagen y semejanza de ciertas experiencias del Viejo Mundo-, confluyó para ubicar a los sistemas judiciales en el centro de la agenda política latinoamericana.
Esta centralidad que los sistemas judiciales adquirieron en el debate público, tuvo también su correlato en las ciencias sociales.
Así, en las últimas dos décadas se ha asistido a un verdadero renacimiento del interés por el estudio de la justicia y los órdenes legales, así como por la indagación de archivos judiciales, policiales y penitenciarios, nuevas miradas que están conformando un renovado "campo" de estudios sobre la justicia.
La aparición en los últimos años de diversas publicaciones periódicas sobre el tema, libros, compilaciones y artículos en revistas especializadas, así como la celebración de múltiples encuentros académicos, son evidencias claras de este renacimiento.
Las inquietudes dentro de este campo, necesariamente multidisciplinario, son ahora muy distintas a las que habían dominado estos estudios tradicionalmente.
No se trata ya del análisis de la ley sólo en tanto derecho positivo, de la justicia en tanto institución burocrática dedicada a la aplicación mecánica de ese derecho, sino más bien de realizar un abordaje sociológico de sus actores (los funcionarios judiciales, los intermediarios, los usuarios del sistema, sus víctimas y beneficiarios), un estudio detallado de sus prácticas y lógicas de acción, de su relación con otros poderes -políticos, económicos-y con la sociedad en general.
Problemas como los del acceso a la justicia (sus formas y posibilidades diferenciales en una sociedad); la construcción de las lógicas burocráticas -en plural-que informan la relación entre los "sistemas" judiciales y la sociedad civil; o el fenómeno reciente de la "judicialización de la política" que se verifica en algunos países, son buenos ejemplos de los nuevos objetos sobre los que se interrogan estas nuevas miradas.
Entre los historiadores, quienes tradicionalmente se habían encargado del estudio de los fenómenos vinculados a la ley y la justicia, habían sido los historiadores del derecho.
Sus trabajos, valiosos por su carácter pionero y su fuerte rigurosidad documental, privilegiaban un acercamiento más bien normativo e institucional al universo socio-jurídico.
En la Argentina, los trabajos de Ricardo Levene, o Ricardo Zorraquín Becú, Víctor Tau Anzoátegui y Abelardo Levaggi son referentes claros de esta corriente.
En las últimas décadas, nuevas investigaciones, más preocupadas por la interacción entre ley y sociedad, se preguntaron en cambio por los modos de administración de justicia en el pasado y por la ley como espacio maleable de conflicto y negociación de derechos e intereses: vieron así a las demandas judiciales de sectores subalternos como formas cotidianas de resistencia a la dominación; analizaron los modos en los que estas prácticas y contiendas judiciales contribuyeron a moldear los contornos de los estados nacionales en un proceso mucho más dinámico de lo que tradicionalmente se había querido ver; estudiaron la construcción histórica de los delitos, la diversidad de discursos y prácticas de castigo y otros instrumentos estatales de control social, entre otros.
Muchos de estos trabajos estuvieron inspirados en la obra de Michel Foucault y en sus aportes sobre el carácter 'productivo' del poder y la racionalidad disciplinaria que acompaña al discurso jurídico moderno.
Muchas investigaciones dejaron de concentrarse en los aspectos coercitivos de la justicia, para rescatar la relación dinámica que se da entre las prácticas sociales y la letra de las leyes y analizar a la justicia como una arena de conflicto pasible de ser utilizada por diversos sectores la sociedad a lo largo de la historia.
Fuera de la historia, los trabajos de Clifford Geertz y de la antropología jurídica han sido también determinantes a la hora de renovar las miradas sobre la ley -en tanto forma de imaginar lo real-y su construcción en el marco de culturas diversas.
Los antropólogos han ofrecido en los últimos años instrumentos conceptuales y metodológicos de gran valor para abordar el estudio de los sistemas jurídicos no estatales, comprender la tenacidad histórica de las "sensibilidades jurídicas" y, a partir de su propuesta de extrañamiento/descentramiento, enriquecer la comprensión de los fenómenos jurídicos en la propia sociedad.
En la problematización del funcionamiento de las instituciones y las reglas de derecho en la sociedad también han cumplido un rol de relevancia la sociología y la ciencia política, disciplinas que en los últimos años han realizado importantes contribuciones al estudio de los límites y vías alternativas para mejorar la vigencia del estado de derecho en América Latina y el acceso a la justicia de sectores cada vez mayores de la sociedad.
Es evidente entonces que, con parecidas inquietudes, sobre el tema de la justicia en América Latina confluyen diversas miradas disciplinarias.
Sin embargo, poner en diálogo esas miradas no es una tarea sencilla, dada la escasa inclinación al diálogo que históricamente han demostrado las distintas "corporaciones" científicas y profesionales en nuestros países.
Con el objetivo explícito de generar esos diálogos interdisciplinarios el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín organizó el seminario internacional "Justicia y Sociedad en América Latina", que tuvo lugar en Buenos Aires los días 29 y 30 de noviembre de 2004.
En dicho Centro se desarrolla desde hace dos años un programa de investigación sobre "Ley, Justicia y Sociedad en América Latina" que, si bien se ha centrado hasta ahora en la indagación del caso argentino, ha sostenido una dimensión comparativa implícita en todos sus trabajos, previendo para el futuro la incorporación del estudio de otros países de la región.
En el marco de la investigación, llevada adelante centralmente por historiadores, surgió la necesidad de dialogar con un conjunto heterogéneo de disciplinas que han tomado al derecho y a la justicia como objeto y han colaborado a construir el vasto y heterogéneo campo de los estudios sobre la justicia.
En vistas de este complejo escenario de los estudios sobre la ley y la justicia, el seminario buscó incentivar un ejercicio de diálogo interdisciplinario, no sólo entre la historia y las ciencias sociales sino también, y especialmente, entre esos discursos académicos y los que provienen del mundo teórico y práctico de los profesionales del derecho (juristas, jueces, abogados).
Para ello se buscó dar un fuerte contenido regional y comparativo al análisis del campo jurídico y judicial, en la convicción de que muchos de los problemas y procesos abordados reconocen orígenes y dinámicas comunes a los distintos países de América Latina.
Finalmente, se mostró acertada la decisión de abordar a la justicia tanto desde su historicidad como desde las preocupaciones del presente, que la han colocado en el centro de la agenda política y de la región.
La reunión se organizó en cuatro paneles, reunido cada uno de ellos en torno a problemas recurrentes que atraviesan la historia y presente de la justicia.
Éste -y no el cronológico o el nacional o regional-fue el criterio organizador de las mesas, de manera que en cada una de ellas existió una buena heterogeneidad de lugares y discursos de procedencia (v.g., un miembro de la corte colombiana frente a un historiadora brasileña interesada por el siglo XIX; un historiador colonialista preocupado por la terminología penal en el siglo XVII, junto a una politóloga interesada por los derechos de las comunidades indígenas en el presente guatemalteco).
En el primer panel, centrado en el análisis de los Intermediarios: letrados, jueces y juristas, se discutió el papel que estos actores, especialistas en el manejo de la ley y los procedimientos judiciales, jugaron históricamente y juegan hoy en diversos contextos culturales.
La historiadora brasileña Elciene Azevedo presentó un interesante estudio de caso: la lucha judicial abolicionista del abogado paulista Luiz da Gama a mediados del siglo XIX.
A partir de éste pudo mostrar cómo la ley, lejos de ser el ordenamiento unívoco que los positivistas jurídicos pretendieron crear, constituye una arena en la que se enfrentan diversas interpretaciones de derecho y cómo la justicia es un campo de lucha en el que fue posible resistir al poder señorial e incluso obtener la libertad.
Una visión quizás más pesimista de los intermediarios es la que presentó la antropóloga argentina Sofía Tiscornia quien procuró mostrar cómo actos cotidianos y normas administrativas "de baja jerarquía" tienen una importancia sustantiva en la administración de justicia y crean un "derecho de policía" que muchas veces termina por subvertir el derecho positivo.
A su vez, el trabajo develó la existencia de un espacio de sociabilidad entre agentes policiales y judiciales que colabora para la vigencia de ese otro derecho gracias a la complicidad de los tribunales.
La centralidad de esos agentes de menor rango pero no menor incidencia en la práctica de la justicia -como es el caso de la policía-fue una preocupación también evidente en el paper presentado por la historiadora Cristiana Schettini Pereira.
En el marco de su trabajo sobre la regulación de la prostitución en Río de Janeiro, pudo comprobar que esa cercanía entre policía y jueces fue central en la definición de las estrategias de control social del estado republicano.
Retomando la preocupación sobre los "usos de la ley" por parte de distintos actores sociales, esta investigadora marcó la existencia de dos periodos diferenciados, uno en el cual esa ley pudo ser usada como herramienta de las prostitutas para protegerse de la explotación y otro en el cual las presiones policiales para el "ordenamiento" del espacio público invalidó esa posibilidad.
Finalmente, el trabajo del abogado Martín Bohmer discutió el tema de la educación y el rol de los abogados en la actualidad y sobre las ficciones jurídicas y políticas sobre las que se basa el funcionamiento del sistema judicial en la tradición jurídica continental: la idea de que el código es un sistema completo y consistente que ofrece al juez todas las claves para la aplicación matemática de la ley y de que los juristas son los encargados de interpretar "el espíritu de las leyes", de generar la dogmática que abogados y jueces deben seguir en la práctica.
La consecuencia de esos principios es una ausencia de debates doctrinarios en la academia jurídica y una disolución del carácter político de las decisiones judiciales.
Todas estas presentaciones confluyeron en la necesidad de combinar el estudio de los proyectos y prácticas legales con enfoques más antropológicos capaces de revelar aquellas dinámicas cotidianas que moldean los procesos generales y dan forma imperceptiblemente a los textos jurídicos, corroyendo sus principios declarados e implícitas intenciones.
La construcción de la administración de justicia como aparato burocrático estatal, con sus estructuras y competencia específica, sus procedimientos ritualizados así como los proyectos sobre los modos alternativos de concebir su organización, estuvo en el centro de los debates del segundo panel (Burocracias judiciales).
Las exposiciones de los historiadores Jorge Gelman y Osvaldo Barreneche se centraron en el errático proceso de construcción de un aparato judicial especializado en la Argentina a lo largo de la primera mitad del siglo XIX.
En el primer caso, Gelman reseñó las dificultades de la empresa de convertir al conjunto de actores locales que eran los jueces de paz y sus auxiliares, en representantes del estado y su ley en la campaña bonaerense.
El debate sobre la necesidad de construir una justicia especializada y letrada -o lega y con fuerte participación popular-estuvo en cambio en el centro de la presentación de Barreneche.
Ambos historiadores coincidieron en explicar las grandes dificultades que supuso el proyecto propiamente moderno de construir una justicia especializada, escindida de la sociedad, en un contexto de crisis de legitimidad política y necesidad de reconstrucción del orden social como el del Río de la Plata posrevolucionario.
La antropóloga Josefina Martínez, por su parte, planteó una serie de nudos problemáticos en torno a la administración de justicia en la actualidad, que no dejan de vincularse con los mencionados procesos de organización primigenia del poder judicial y las opciones que entonces se hicieron.
En su trabajo sobre "la guerra de las fotocopias" esta autora reseñó las tensiones entre el carácter escrito y oral de los procedimientos judiciales que se crearon a partir de la reforma judicial que se realizó en los años noventa en la Argentina: la radical novedad del proceso oral en un contexto dominado por décadas por una "cultura del expediente", así como la jerarquización de la figura del fiscal, generó disputas de poder al interior de la burocracia judicial en torno al control de los casos y, lejos de flexibilizar el sistema, terminó reforzando la férrea estructura jerárquica de la organización judicial.
En el centro de estos cambios y conflictos no habría sino dos modelos alternativos de producción de la verdad judicial, de control social y concepción de la sociedad; modelos que han orientado las distintas formas de construcción de los aparatos jurídicos y judiciales en occidente: uno es el modelo "acusatorio" y el segundo es el modelo "inquisitivo".
El trabajo presentado por el abogado y antropólogo Roberto Kant de Lima se centró en la dilucidación de los supuestos y consecuencias políticas y sociales de ambos modelos.
A su vez analizó la coexistencia sui generis, entre ambos modelos, que se produce en el marco del ordenamiento judicial brasileño.
A partir de estas ponencias se analizaron los complejos efectos que ha producido en el continente la ola de reformas de los sistemas judiciales, impulsadas en los últimos quince años por diversos actores, y su prédica a favor de las bondades del modelo adversarial anglosajón en contextos largamente signados por la vigencia del inquisitivo (o a lo sumo de sistemas mixtos).
En el panel dedicado a la vinculación entre Justicia y política se retomaron algunos de estos problemas, centralmente la cuestión de las actuales reformas judiciales.
El trabajo de Rachel Sieder, centrado en el análisis del caso guatemalteco, reconstruyó el carácter que asumieron esas reformas al calor de la presión internacional y reseñó los intentos de creación de esferas de autonomía jurídica y judicial por parte de las comunidades indígenas.
Más allá de los límites de esta experiencia de construcción y reconocimiento de una "jurisdicción indígena", también analizados en el trabajo de Víctor Uribe sobre los casos de Bolivia, Ecuador, Colombia y Guatemala, estos trabajos resaltaron la gran transformación que implica el hecho de dejar de concebir al Estado como la única fuente de derecho y avanzar hacia un pluralismo legal capaz de reconocer y legitimar formas alternativas (comunitarias y pre-estatales) de regulación de conflictos.
Estas transformaciones no estuvieron libres de dificultades, no sólo por las resistencias del Estado a recortar esferas de potestad que construyó a lo largo de los dos últimos siglos sino por el conflicto potencial existente entre esas jurisdicciones y el discurso universalista de la modernidad jurídica y su promesa de igualdad ante la ley y respeto de derechos universales.
Este tipo de tensiones fueron analizadas por el magistrado colombiano Rodrigo Uprimny, quien relató su experiencia en estos temas como miembro de la Corte Constitucional de su país.
A su vez, su trabajo resaltó el rol clave de dicha institución en el proceso de judicialización de la política en Colombia desde su creación en 1994, a través de la intervención no sólo en las contiendas en torno a la jurisdicción indígena sino también en temas relacionados con las consecuencias sociales de las políticas económicas de los años noventa, con el control judicial de los funcionarios públicos, o con los casos de corrupción y de abuso de las instituciones de excepción jurídica.
Finalmente, la politóloga española Pilar Domingo describió las principales características de los procesos de judicialización de la política y sugirió que el mismo -en un contexto de crisis de legitimidad de los políticos profesionales-puede tener consecuencias tanto positivas (como el fortalecimiento de los mecanismos de accountability horizontal y societal, y, con ellos, del estado de derecho) como negativas (como los procesos de politización de la justicia y la potencial cooptación de jueces).
Todos estos aportes sirvieron para problematizar la relación entre justicia y política: el carácter netamente moderno de la pretensión de su escisión absoluta, los tipos de "contactos" entre ambos términos que se consideran legítimos y los que no, los límites de la pretensión estatal de apropiarse con exclusividad de la facultad de hacer justicia y cómo ello se reactualiza en un contexto de reformas judiciales que exigen ampliar las posibilidades de acceso a la justicia e incorporar los principios del multiculturalismo.
El último panel (Culturas legales), estuvo dedicado a la discusión sobre la existencia de, y la relación entre, distintas culturas legales.
El trabajo de Charles Cutter, puntualizó las principales características de la administración de justicia del imperio español en sus colonias americanas: la pluralidad de fuentes creadoras del derecho, la centralidad de los usos y costumbres locales en el accionar de los jueces, el papel determinante de los actores legos frente a la idea del español como un "imperio letrado".
También centrado en los rasgos de la cultura jurídica colonial, el trabajo de Darío Barriera buscó mostrar, a través de la dilucidación de los cambios históricos del vocablo "crimen", cómo se fue produciendo una creciente desacralización del derecho y la justicia.
Enfatizó entonces que es necesario romper con las visiones continuistas y progresivas sobre el poder político para poder dar cuenta de las discontinuidades que han signado la cultura política y legal de hispanoamérica.
El trabajo del juez misionero Manuel Moreira, finalmente, estuvo centrado en la descripción de cómo la administración de justicia estatal tramita las causas concernientes a las comunidades indígenas en la provincia argentina de Misiones y cómo esta responde a criterios fuertemente etnocéntricos.
Más allá de la ratificación e inclusión constitucional de tratados internacionales tendientes a la creación de espacios de justicia multicultural, en la práctica estas disposiciones no han logrado generar un mayor acceso a la justicia por parte de estas comunidades.
La reunión no dejó dudas sobre el dinamismo que exhibe hoy el campo de estudios sobre la justicia en el ámbito de las ciencias sociales ni sobre el largo camino por recorrer que tiene aún por delante.
El encuentro demostró también todo lo bueno que puede esperarse del diálogo interdisciplinario, una vez superados los mareos iniciales que produce esta Babel académica.
Si bien por momentos las discusiones generadas en los paneles (v.g., entre profesionales del derecho, preocupados por sus prácticas presentes e historiadores interpretándolas en duraciones sospechosamente largas; entre politólogos preocupados por los impactos políticos a nivel "macro" que suponen las prácticas jurídicas, y los antropólogos que observan sus tropiezos con rasgos culturales perdurables, a escala microscópica) amenazaron con naufragar en pantanosos conos de sombra, para desilusión de los detractores del diálogo interdisciplinario fueron más las instancias en las que los participantes se sorprendieron con sus coincidencias.
Coincidencias en las preocupaciones vitales que los llevaron a interesarse por estos temas y en la necesidad de deconstruir conceptos sagrados como los de "ley", "justicia" o "cultura"; coincidencia en los recorridos de cada uno dentro de sus respectivas disciplinas y en la pérdida de la inocencia de todos frente al objeto de estudio; coincidencias sobre el carácter inexorablemente regional de muchos procesos que involucran lo jurídico y sobre la historicidad de los mismos; coincidencia, por fin, en la necesidad de seguir ejercitándose en estos diálogos.
Es de esperar que esta experiencia, sumamente enriquecedora, pueda reflejarse en el volumen que se publicará próximamente con gran parte de las ponencias presentadas en este seminario.
MAGDALENA CANDIOTI JUAN MANUEL PALACIO |
Es bien sabida la dificultad en conocer los mercaderes que comerciaban con América (y con Europa, los más de los cuales eran a la vez mercaderes transatlánticos) con anterioridad a 1543, fecha de la fundación del Consulado.
Poseemos dos listas, una la protesta de los mercaderes transatlánticos contra los préstamos for zosos de 1536, 2 y la otra el poder del 17 de julio de 1538 para cobrar la avería del uno por ciento instituido para con1batir a los piratas franceses.
3 No coinciden todas las firmas y no firman todos los nombrados en el poder de la avería.
Otros no contenidos en el poder firman, como los alemanes Justus Walther, por la compañía de los W elser, 4 y Christoph Raiser.
5 El poder de la avería con tiene los nombres de mercaderes separados por grupos de acuerdo con su origen.
En primer lugar figuran los andaluces, que forman la mayoría, 63 en total.
Destacan entre ellos, en rango social, tres jurados:
<le maravedíes, que su pa<lre se obligó a pagar, en parte con oro y perlas en poder de Juan de la Barrera y Antón López.
Desde 1537 Francisco Ruiz aparece como jurado <le Sevilla.
En 1538 es dueño, junto con Antón López y con el piloto, <le una parte de un galeón con destino a Puerto Rico, Santo Domingo, Puerto de Plata, Jamaica y Cuba.
12 En el mismo año Antón López paga, en nombre de Fran cisco Ruiz, 500 ducados a Fernán Ruiz de Abren n1e<liante letra de cambio.
13 Sucesor de Alvaro Alonso Rascón era su hermano Alonso de Abrego, que desde 1541 dirigió la empresa de comercio y pesca de perlas de Francisco Ruiz en el Cabo de la Vela.
Desde 1540 ésta comprendía la empresa de explotación del vicario de Nueva Cá<liz Je Cubagua, Lope Quintero, que éste, tras volver a Palos, vendió a Francisco Ruiz.
Fiador suyo en Sevilla era Juan de la Barrera, y Alonso de la Barrera y Pedro <le Cádiz recibieron encargo de Lope Quintero de entregar la empresa al factor de Francisco Ruiz.
14 A juzgar por el nún1ero de buceadores indios registrados en 1548 en el Río de la I-Iacha -79-la empresa <le explotación dirigida por Alonso de Abrego era la segunda en impor tancia.,s Pero continuó comerciando con Santo Domingo y Puerto Rico.
Además de gran cantidad Je perlas registradas, sobre todo en Santo Domingo, tenemos remesas de oro de cerca de 11.000 pe sos registrados para él.en Santo Domingo entre 15.30 y 1544, y 4.800 pesos registrados en Puerto Rico.
También recibió remesas de México y Nombre de Dios.
Corres• ponden estas remesas, entre otras, a <los compañías, formadas por Francisco Ruiz el 19 de abril de 1542 con su hijo Antón Ruiz, que se obliga a ir con una cargazón a San Juan y estar allí tres años, pudiendo enviar mercancías a Cubagua o Cabo de la V cla, 17 y la otra el 9 de junio de 1542 con Agustín de Abreu, el ya citado hijo Je Pedro de Abreu, vecino de Huelva, para el comercio transatlán tico con un capital de 4.500 ducados (3.000 de Ruiz y 1.500 de Abreu) para comprar mercancías en Sevilla' y el Condado, venderlas en Indias y dar cuenta dentro de un año.
18 En 1550 Francisco Ruiz es arrendatario del ingenio de azúcar más grande de la isla de San Juan, perteneciente a la viuda del te sorero Bias de Villasante.
19 En 1551 forma, junto con su yerno Fernández Pérez, el mozo, una sociedad de comercio con Fernando de Lepe, vecino de Puerto Rico; posee en este momento una casa tlc piedra en el centro de Puerto Rico.
20 Francisco Ruiz perteneció a la aristocracia mercantil de Sevilla, constituida por los arrendatarios del almojarifazgo mayor de esta ciudad.
Arrendatarios del almojarifazgo correspondiente a los años 1530-1540, pero que solamente duró hasta 1534, por subir la renta en un cuarto, debido a lo cual los arrendatarios pusieron pleito �, la Corona, eran doce mercaderes andaluces:
Era el segundo jurado non1brado en el poder de la avería de 1538.
Hijo de Lope de Briones e Isabel Rodríguez, 22 ya en marzo de 1507 envió mercancías a Santo Domingo, 23 y en octubre del mismo año recibe una remesa de Santo Domingo de 211 pesos de oro.
24 Sin duda ésta procede de su hermano y socio Fernando Briones, que desde 1507 aparece en Santo Domingo.
25 En 1508 Alvaro interviene, con Rodrigo de Narváez y el conocido mercader burgalés Bernardino <le Isla, en el comercio de Indias con 32.700 maravedíes, 2' 1 y en marzo del mis1no afio fleta una nave para trans portar 15 toneladas y 8 becerras a Santo Domingo.
27 En 1509 es el mayor cargador de Indias: el único que carga sobre ocho de las veinte naves de este año (seis son de la flota de Diego Colón), 28 y en 1510 vuelve a fletar una nave para transportar mercancías a Santo Domingo.
29 En 1511 Fernando está en Sevilla, cargando una pequeña cantidad de mercancías para Santo Domingo (3.000 ladri llos, 7 vigas, garbanzos, carne de membrillo, pasas, higos, almendras, fideos, agua rosada y especias).: rn A.G.I., Contratación, 1.451, núm. l.
del futuro socio de su hermano, Juan de Castro de la Peña, merca der burgalés.
31 En 1511 Alvaro de Briones ya es jurado de la ciudad de Sevilla, 32 y en la primavera del año siguiente aparece en América, como miembro de la élite Je Santo Domingo: se hospedó en su casa, durante tres o cuatro meses, el recién llegado juez de la Au diencia Real de Santo Domingo, licenciado Juan Ortiz de Ma tienzo..
1 3 En 1513 Alvaro recibe, junto con Juan de Castro de la Peña, un poder para cobrar 112 ducados de los jueces de dichn Audiencia, licenciados Lucas Vázquez de Ail1ón y Marcelo de Vrnalobos.
34 En 1513 Fernando mucre en Santo Domingo: su madre y heredera Isabel Rodríguez otorga poder a Alvaro para cobrar b herencia de su hermano 31 y en julio de 1.514 Alvaro todavía cst,i en Santo Domingo. • 16 En noviembre del año siguiente vuelve a estar en Sevilla, 37 en marzo de 1516 forma compañía con el mercader de Sevilla Antonio de Vargas para vender una cargazón en Indias en la que Briones contribuye con 402 ducados y Vargas con 200.
Jx La cargazón se vendió en Puerto Rico, pues el 9 de marzo de 1 517 Briones da poder a Vargas para cobrarlo todo.. w Desde l.
5 21, de nuevo en América, interviene en Santo Domingo y San Juan, en el comercio de perlas, como socio de Juan de Castro de la Peña, y en relaciones con los Pardo de Burgos.
En 1528 en Cubagua, como miembro de la élite, tomo parte en la junta de los principales de la Nueva Ciudad de Cádiz para deliberar sobre las medidas a tomar contra el pirata Diego Ingenios.
40 En 1535, otra vez en Sevilla, forma una compañfa con e] mercader catalán Jaime Planes para el comercio en Santo Domingo, vendiendo allí una cargazón por valor de 818.030 maravedís, de los cuales cada uno aporta la mitad.
La compañía tiene una duración de tres años y Planes recibe un sueldo de 200 ducados anuales.
41 En 1537 otorga en Sevilla poder general al miembro de la élite de Santo Domingo Francisco de Avila, re gidor.
El tercero de los jurados fue uno de los grandes mercaderes transatlánticos.
Oriundo del Condado, fue con Rodrigo de Gibra lcón el mercader' y empresario más importante de Cubagua.
En 1818 se trasladó a América, y desde junio de 1519 aparece en las fuentes de San Juan, como uno de los mercaderes más importantes.
43 Ya en esta época interviene en productos de la costa de las perlas.
En 1521 y 1522, como socio del mercader de Sevilla Juan Martínez y un vecino de Huelva, remite partidas de oro desde Puerto Rico y desde Santo Domingo.
En un registro de Cubagua a San Juan, de una carabela perteneciente a Juan de la Barrera, de 1522, la quinta parte de los 125 marcos registrados le pertenece.
En otro registro de Cubagua a San Juan de 1524 de nuevo es Juan de la Barrera el destinatario más importante.
(En 1538 la factoría es el segundo constructor de una casa de piedra en la villa de San tiago.
45 En agosto de 1528 toma parte de la reunión de los 20 ve cinos más principales de la ciudad de Nueva Cádiz sobre el ataque del pirata Diego Ingenios.
A fines de 1529 abandona Cubagua, tras encomendar sus negocios a su factor Antón Ramírez; se llevó más de 500 marcos (1.150 kilogramos) de perlas.
46 De su gran compañía con Rodrigo de Gibrale6n sabemos que ya existía en 1526, y que inmediatamente conquistó el primer rango en la exportación de perlas de Cubagua: su representante en Santo Domingo, Francisco de Jerez, remitió 125 marcos de perlas a Sevilla en 1527, la segunda partida tras los 482 marcos pertenecientes a la Corona.
El factor de la compañía era Antón Ramírez, mientras que el factor de Juan de la Barrera «de su cuenta aparte» era Luis Sánchez, y el de Ro drigo <le Gibralcón Alonso de la Barrera, pariente de Juan.
En los registros de Cubagua de 1532-1533 -los únicos que se han con servadosobresalta la absoluta superioridad de Juan de la Barrera y Rodrigo de Gibralcón, ya que más de la tercera parte de la can tidad total de 1.334 marcos corresponden a los tres factores de los dos: Antón Ramírez, que registró 279 marcos; Luis S,ínchcz, 159 marcos y Alonso Je la Barrera, 63.
La misma superioridad se manifiesta en los registros <le importación,'ya que del total de 24.353 pesos de oro, suma de la evaluación de las mercancías des cargadas en Nueva Cádiz entre octubre de 1532 y agosto de 1533, más de la cuarta parte -6.692 pesos-correspondían a Alonso de la Barrera y Luis Sánchez.
En 1536 Diego de Almontc sucedió a Luis Sánchez al frente de la sociedad particular de De la Barrera.
47 El capital inicial de la compañía eran 3.224.603 maravedís en mercancías que Juan de la Barrera remitió en varias cargazones a Cubagua.
Solamente un año después, en 1537, Juan de la Barrera redactó la escritura de so ciedad, en documento privado; el capital de ésta, además de los 3'2 millones de maravedíes ya invertidos en mercancías, consistiría en otros 1.500 ducados aportados por Juan de la Barrera, y 600 du cados por Almonte.
La duración de la compañía era de cinco años y el factor y socio Almonte gozaba de la cuarta parte de las ganan cias.
48 Las relaciones entre De la Barrera y su factor principal Diego de Almonte fueron tirantes, sobre todo después del traslado de Almonte al Cabo de la Vela.
49 Sucesor de Almonte en la factoría del Cabo de la Vela sería el vecino de Medina de Rioseco Pedro Bayón, y su ayudante, el vecino de Gibraleón Rodrigo de Bolaños.
Sin embargo, Juan de la Barrera se arregló con Almonte, y en 1544 firmó, en nombre de ambos, un contrato de sociedad con Alonso Je Abrego, para dirigir, durante cuatro años, una factoría de ambos en San Germán, de la isla de San Juan.
Desde 15 3 7 Juan de la Barrera aparece asociado con otro mercader de Cubagua, Antón López.
Tienen un factor en Tierra Firme y el Perú, una factoría en Honduras,'y, en sociedad con Fernán Ruiz de Abreu, una factoría en Cuba.
El único dato con creto es de 1554: Andrés Espinosa, en nombre de Hernando Riba deneira, estante en México, registra en Veracruz 62'3 marcos de plata en cuenta del procedido de 300 pipas de vino que De la Barrera envió consignado a Juan Espinosa Salado, miembro de la famosa dinastía, 51 difunto. � 2 En 1540 Juan de la Barrera y Antón López nombran nuevo factor en Santo Domingo.
En 1542 liquidan su sociedad con Francisco de Ma yorga en Puerto Rico (en 1533 De la Barrera y Luis Sánchez tienen una compañía con Rodrigo de Jerez en Puerto Rico y reciben 55 pesos de oro; entre 1546 y 1549 las remesas para Juan de la Barrera van desde Puerto Rico -798 pesos de oro-y desde Cuba, en 1552 y 1556 -2.318 pesos de oro-), y crean una nueva factoría• en Honduras, bajo la dirección de Francisco Hernández de Gibraleón.
A partir de 1551 aparece como socio de De la Barrera en la factoría de Honduras el gran mercader andaluz (y jurado) Gaspar de Torres.
Continuó siendo uno de los empresarios nús grandes de las pes querías <le perlas <lel Cabo de la Vela.
En 1549 envió allí, en una nave de la cual poseía la tercera parte, 120 esclavos negros.
54 Tam bién en Sevilla aumentó su radio de acción: en 1542 compró una parte de las almonas de Sevilla.
En 1550 formó una compañía con Juan Orsuche para explotar las minas de alumbre <le Azcayne, en Aragón.
En 1555 creó una nueva factoría en México, bajo la direc ción de Pedro de Tovillas, natural de Valpuesta.
Paralelamente va su ascenso social.
Ya en 15_30 pertenece al reducido grupo de la aristocracia mercantil de Sevilla, como almojarife mayor.
Desde una renta a la iglesia <le San Pedro de Huelva y fundó el convento Je las Agustinas <le Nuestra Señora de la Encarnación.
55 A partir Je los años cincuenta aparece en las fuentes como «Juan de la Barrera el viejo».
En 1553 Cristóbal Alonso, estante en Veracruz, uno de los mercaderes más activos de la ciudad, registra en nombre de Gonzalo Hernández de San Pedro, estante en México, 407 pesos de tipuzque (en reales) para el jurado de Sevilla Juan de la Barrera «el mozo», a cumplimiento de 14 negros enviados por él.
56 Sería éste el Juan de la Barrera que figura en el comercio transatlántico del reinado de Felipe II.
57 DIEGO CABALLERO y su FAMILIA Oriundo de Sanlúcar de Barrameda, gozó de la ventaja inicial <le haberse trasladado temprano a América.
Inició su aprendizaje bajo uno de los n1ercaderes más importantes de la época de los Reyes.
Católicos, el genovés Jerónimo Grimaldi.
58 Desde 1512 está en Santo Domingo, Jonde tiene «la cuenta y razón» <le todas las arma das de rescate organizadas en la isla Española.
El es uno de los empresarios más importantes de estas empresas.
Está con él su hermano y socio universal, Alonso Caballero.
En 1526 es nombrado contador real y regidor de Santo Domingo.
Su colaborador más estrecho es su sobrino Alvaro Caballero.
Es uno de los primeros empresarios de las pes querías de perlas de Cubagua.
Probablen1ente no estuvo nunca en la isla de las perlas; actuó en su nombre como factor y socio Alonso Díaz de Gibraleón.
En la famosa lista del cronista Juan de Caste llanos de los constructores de casas de piedra aparece el cuarto, tras Pedro de Barrionuevo, Juan de la Barrera y Francisco de Portillo.
Destinatario en Sevil1a es su hermano Alonso.
En el registro de buceadores indios de Panamá de 1550, Diego Caballero figura con 35.
En 1521 envía a su hermano Alonso cueros y cañafístola.
En 1527 Alvaro Caballero registra para Diego y Alonso Caballero en Sevilla 1.3 3 7 cueros, la primera partida entre ]os exportadores.
(No sabemos si, de acuerdo con la costumbre de la época, tenínn varias compañías).
La segunda región con la cual los Caballero comerciaban era México.
De ellos, 2.000 pesos fueron enviados por el factor y socio de Alonso Caballero en Lima -Alonso Pérez de Valen zuela-a Andrés Pérez de Loya, estante en México (el factor prin cipal en México de los Jorge) en pago por 19 esclavos negros que: Pérez de Valenzuela había enviado a Pérez de Loya.
60 En 1548 el mariscal tenía en Honduras una sociedad con el gran mercader transatlántico de Sevilla, jurado Gaspar de Torres; tenemos remesas para ellos de 2.487 pesos de oro.
Todas fueron remitidas desde Lima por Alonso Pérez de Valenzuela.
Diego Caballero fue el mercader transatlántico que más ascen dió socialmente.
En 1549 compró una veinticuatría de Sevilla por un millón de maravedíes.
Fundó una capilla en la catedral de Sevilla, la «del mariscal», donde él y su hermano, con sus esposas e hijos fueron enterrados, bajo el retablo de Pedro de Campaña.
61 Poseía una hacienda de olivares en Mejina, cerca de Espartinas.
Fundó un mayorazgo, cuyo titular en el siglo XVII fue Diego Caballero de Ca brera, que en 1631 compró el señorío de Espartinas y consiguió para su familia el marquesado de Casal. t, 2
Si Diego Caballero fue el mercader individual más grande del comercio transatlántico en el reinado de Carlos V, en la lucha por la supremacía en ese comercio vencieron los Jorge, porque disponían El grupo de los Jorge aparece ya en 1515, cuando Alvaro, padre de Gonzalo y Gaspar, otorga un poder para cobrar 50 ducados en ]a isla de San Juan.
63 Socio de Alvaro es su hijo Gonzalo.
Su socio en Santo Domingo es el primo de Gonzalo Rodrigo Pérez, de quien tenemos una remesa en 1527 de 20 cueros.
(En 15 30 Alvaro recibió cueros y azúcar de Gonzalo Ballesteros).
6 s En el mismo año aparece otra compañía, entre Alvaro, Gonzalo y el primo de éste, Hernán Pérez el mozo, con una remesa de 2.381 pesos.
En 1544 el sucesor de la factoría de Gonzalo Jorge y Rodrigo Pérez en Santo Domingo es Juan Sánchez Bueno.
Hay remesas para Gaspar Jorge de Juan García > (no sabemos nada sobre esta compañía).
Sánchez es nombrado factor, en Santo Domingo, y capital y ganancias se reparten por • N,s..... b 1 • tcrctas partes.
69 Solamente hay un envío de Luis Sánchez para su compañía con Gaspar Jorge y Juan García de 1556 de 90 arrobas de azúcar.
Además otra de 1546 de 35 pesos de oro para los hermanos Gonzalo y Gaspar Jorge.
El comercio con México de los Jorge consta desde 1536.
Es la región con la cual más compañías formaron.
Hubo remesas para Gonzalo de 84 pesos de tipuzque y para Gaspar de 66 pesos en 1536, y de 39 marcos de plata de Gonzalo Jorge -sin duda su pariente Gonzalo Jorge de México-para Gaspar en 1537.
Para Gonzalo tenemos entre 1541 y 1552 6.512 pesos de oro y l.452 marcos de plata; pero probablemente algunas de estas remesas se refieren a Gonzalo y alguno de sus socios, ya que las listas de metales preciosos del Consejo de Indias, además de ser incompletas y sumarias, no tienen en cuenta la com pleja estructura de las remesas, y, por ser base de los secuestros, únicamente se interesan por los destinatarios principales.
Para Gas par sólo se remitieron 7 49 marcos de plata.
Incomprensiblemente hay una re mesa para Gaspar y Rodrigo Pérez de 138 marcos de plata de 1548.
El registro del galeón «Santa María de Guadalupe», del maes tre San Juan de Etorra, en Veracruz el 28 de marzo de 1553, 71 nos permite ver la estructura del grupo Jorge en México.
Su factor y socio en la capital había sido Francisco Bernal; en 1553 lo era Andrés Pérez de Loya.
72 El 16 de noviembre de 1549 los hermanos concertaron con Diego Alemán, vecino de Puerto Rico, un contrato Je factoraje para Veracruz, durante cuatro años. n Pero un año después, el 21 de noviembre de 1550, hicieron idéntico contrato con Cristóbal Alonso.
74 Consta que en los años cincuenta Cristóbal Alonso fue su factor (y socio) en Veracruz y también trabajó para otras personas, como se deduce del registro indicado.
En 1553 los Jorge tenían por lo menos siete compañías en México (con las siguientes remesas en el galeón indicado):
2) Gonzalo y Gaspar con Rodrigo Pérez y otros (201 marcos de plata);
3) Gonzalo y Gas par con Rodrigo Pérez ( 100 marcos de plata); 4 ) G• onzalo y Gaspar con Andrés Pérez de Loya ( 11 7 -7 marcos de plata y 21 O cueros y 24 arrobas y 23 libras de grana);� 6) Gonzalo y Rodrigo Pére?. y Francisco Berna] ( 121. marcos de plata); 7) Gonzalo y Rodrigo Pérez, Francisco Bernal y Juan de Tones de la Sierra ( 309 marcos de plata).
Además hay una remesa de 220 pesos de oro de Juan de Torres.de la Sierra a Francisco Bernal por mercancías <le Beatriz Jorge, mujer de Francisco Berna!, y otra de 400 pesos de oro para Alvaro Jorge de Segura, el hijo de Gonzalo.
En 15 54 aparece otra compañía: de Gonzalo Jorge, Rodrigo Pérez y francisco Bemal con Jwm García Montero, estante en México.
75 También el comercio Je los Jorge con el Perú tenía una estruc tura compleja. llubo una remesa en 1533 de 150 pesos Je oro para la compañía de Al varo Jorge con Rodrigo Pérez, en 15 3 9 Je 884 pesos para la compañía de Alvaro con Gonzalo, y de 42 marcos de plata para Gaspar (además de la compañía de Alvaro, difunto., con Gonzalo, de 607 pesos).
En 1549 Gonzalo Jorge forma parte de una sociedad con sus primos Hern,ín Pérez, el mozo, y Rodrigo Pérez; su factor en Nom bre de Dios es Pedro IIernández de Carmona.
77 El 3 de junio <le 1549 Gonzalo Hernández de Laya, mercader, vecino de Sevilla, estante en Santo Domingo, otorga allí poder a Alonso Díaz de Llerena para formar compañía con su hermano Rodrigo Pérez, y con sus primos Gonzalo Jorge y I-Iern:.in Pérez el mozo.
El 13 de enero de 1550 Gonzalo Jorge, Hernán Pérez, el n1ozo, Rodrigo Pérez y Alonso Díaz <le Llerena, en nombre de su hermano Gon zalo Hernández <le Loya, fornrnn compañía para el trato con Lima.
Factor y compañero, sin aportación de capital, es Gonzalo Fernán dez de Loya, que se obliga a llevar las mercancías cargadas por sus socios en una nave <le Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1549 para Santo Dorningo y en otra nao con destino a Nombre de Dios y llevar todas las mercancías a Lima, para venderlas, así como vender las cargazones futuras.
La duración son cuatro años prorrogables.
I-Ierfüin Pérez tiene la administración de la compañía en Sevilla.
Caso de morir el factor, su hern1ano Alonso Díaz de Llerena se obliga a devolver to<lo a los socios de Sevilla )' no a los herederos <lel difunto.
Sacados los gastos, lo que quedare de ganancia se repartiní entre los cuatro.
Protesta de los mercaderes transatlánticos de Sevilla contra los secuestros de metales preciosos de 1 5 3 6.
82 Los mercaderes y tratanteA en las Indias, vecinos y moradores y estantes en la cihdad de Sevilla besamos los reales pies y manos de vuestra magestad y dezimos que por otra petición ovimos hecho saber a vuestra magesta<l el grande desservicio que vuestra magestad rescibe y el grande daño que todos estos sus reynos y todos sus súbditos y naturales resciben de tomarse el oro y plata que a nos los dichos mercaderes se nos trae de las lnd ias en retorno de los mantenimientos y provisiones que nosotros poca cosa por respeto de las nescesidaJes y por respeto de lo con que pueden servir y sirven los pasajeros que traen grandes cantidades de oro y plata, y el daño que se recrescc de lo que a nosotros se toma es muy grande y universal a todos, e vistos los dichos <laíios vuestra magestad m, mdó proveer y proveyú por una su cédula firmada de su real nombre fecha en Valladolid a cinco de agosto, en que vuestra magestad mandú (1ue, aunque se mande tomar cualesquier cantidades de oro y plata de las naos q, ue vinieren de las dichas Indias, no tomen a los mercaderes y tratantes en ellas ningún oro ni plata de lo procedido de las merca derías que han llevado o enviado a las dichas Indias, con la qual nosotros requerimos a los oficiales de la casa de la contratación de las Indias, los quales no la an querido conplir, según parece por este testimonio que ante vuestra mugestad presentamos, y responden que ellos no toman d oro sino el licenciado Carvajal del Consejo de vuestra magestad, al qual requerimos con la misma cédula y no la ha (¡uerido conplir, y de nuevo nos ha tomado el oro y plata que nos han traído en seis naos, que después de la data de la dicha cédula han entrado, e nos ha hecho obli�ar por lo c¡ue el dicho licenciado nos ha querido repartir a cada uno de nos, por cuy a cahsa los dichos cambios han tornado a crescer muy ecesivamente, y si vuestra magestad no lo manda remediar de nes cesidad hahemos todos de quebrar y perder nuestros créditos y absentar nos.
A vuestra magestad humildemente suplicamos no consienta ni di• lugar que tan grande daño se haga en sus súbditos y vasal1os y en sus rentas reales y en todos sus reinos, porque haciendo vuestra magestad lo que a su real servicio cumple a nosotros nos hará hien y merced, mandando dar su provisión real para lo8 dichos oficiales de la casa de la contrataciún de las Indias desta cihdad de Sevilla y para el dicho licenciado Carvajal y para otros cualesquier jueces que hayan tenido o tuvieren provisión de su magestad para entender en lo susodicho que guarden y cumplan la dicha cédula de vuestra magestad como en ella se contiene, pues aquélla es tan justa y tan cumplidera al servicio de vuestra magestad, y cumpliéndola nos manden volver todo lo que nos han tomado y repartido después de la data de la dicha cédula y nos tomaren y repartieren de aquí adelante y manden cancelar las obligaciones que nos han hecho hacer cerca de lo susodicho y se hicieren, pues que todo es contra la provisión de vuestra magestad.
Fernando de la Fuente, 17 El capital no consta; corresponde a Antón Ruiz la tercera p arte de las g anancias ( A.P.S., XV, 1542, l.t', fols. |
Durante los últimos años los investigadores han dedicado un especial interés al problema de la corrupción administrativa en la colonia, en la medida en que cada vez es más difícil prescindir del estudio <le esa turbia laguna en la que casi siempre transcurrieron los acontecimientos decisivos.
Cada día es más evidente que la pesada estructura burocrática del imperio colonial se sostenía por la dudosa actuación de sus integrantes, quienes como verdaderos fontaneros estatales desatascaban los atolladeros legales mientras medraban a costa de las averías del sistema.
De esta manera, hoy en día contamos con excelentes trabajos que proponen esquemas interpretativos del fenómeno para todo el universo colonial, 1 al lado de rigurosas monografías que analizan la borrosa frontera entre lo legal y lo ilegal en ámbitos estrictamente regionales.
2 Sin em-• Siglas utilizadas: A.
FERNANDO IWASAKI CAUTI bargo, aún no disponemos <le investigaciones que nos muestren esos oscuros itinerarios en diferentes contextos y en forma simul tánca.
La posibilidad nos la brinda un navío despachado por el gobernador de Filipinas en 1581, el cual debía socorrer las necesidades de arti Hería del virreinato peruano.
Poco importa en este caso el derrotero precursor de la nao «Nuestra Señora de la Cinta», ya que su t r..1vesía será el hilo conductor que seguiremos para navegar por agu,1s cenagosas y hacer escalas en sombríos puertos: los secretos intereses de los funcionarios, las poderosas influencias que los apañaban y los hediondos negocios que concertaron.
En suma, la historia social de la venalidad administrativa y las contradictorias dimensiom:s del imperio español.
UNA FAMILIA INFLUYENTE: DE CRIADO A GOBERNADOR Como dijimos anteriormente, la nave que el regente Je Filipi nas -don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa-envió al Perü en 1581, inauguró el trayecto entre Manila y Lima para la historia 1rnuítima.
Sin embargo, lo que resulta imprescindible para nuestro trabajo es puntualizar quién era el gobernador de las islas del poniente, por qué mandó una embarcación al virreinato peruano si estaha prohi bida la navegación con aquellos reinos y cuáles eran sus relaciones e intereses en la sociedad hispanoperuana del siglo XVI.
Pa rn responder a estas preguntas tendremos que remontarnos a sus ante cedentes familiares, pero sobre todo intentaremos reconstruir la estratégica dispersión de sus parientes desde los puestos 111tis eleva dos de la administración española, hasta los cargos más nnodinos de la burocracia colonial a lo largo de tres continentes.
El primer eslabón de este poderoso linaje segoviano f uc el inefable alcalde don Rodrigo Ronquillo, tristemente célebre por la excesiva crueldad con que reprimió el levantamiento de los cu muneros castellanos, pues llegó incluso a ejecutar al obispo Acuüa NAVEGACIÓN ENTRE PERÚ Y FILIPINAS 3 en la fortaleza de Simancas. � No obstante, un análisis menos super ficial de la actuación del alcalde de Zamora durante la rebelión, demuestra que su ferocidad no tenía nada que envidiar a su codicia, ya que aprovechó su investidura para enriquecerse a costa de los campesinos Jurante e] estallido social.
4 Semejante conducta no le impidió concertar un ventajoso matrimonio para su hija Catalina, a quien casó con el licenciado Pedro Mercado de Peñalosa, a la sazón oidor de la Cancillería de Valladolid y también oriundo de Segovia.
Gracias al apoyo de su influyente suegro, Mercado de Pe ñalosa inició una meteórica carrera que lo llevó de oidor en Valla dolid a miembro del Consejo de Indias en 15 31, 5 alcalde de corte y finalmente a ministro del Consejo de Castilla.
6 En menos de diez nños el joven licenciado había llegado a lo más alto y desde allí demostraría que también dominaba el intrigante ajedrez cortesano.
En efecto, los buenos oficios del flamante consejero sirvieron para que su homónimo y pariente, el licenciado Pedro Mercado de Peña losa, fu era designado oidor de la Audiencia de Lima sin com pcti r con otros candidatos y sin que mediara consulta previa al Consejo.
7 Aunque las instrucciones del oidor Mercado consistían en dar a conocer hls nuevas ordenanzas de 1551, 8 es obvio que tuvo 4 FERNANDO IWASAKI CAUTI otro cometido secreto y premeditado: velar por los intereses fami-1 iares en ]os remotos reinos de] Perú.
Por aquel entonces se había alzado en el Cuzco Francisco Hernández Girón, circunstancia que convirtió en protagónico el papel de los oidores limeños' ya que el virrey Antonio de Mendoza había fallecido.
En uso de las atribuciones que recayeron en él durante la rebelión, Mercado de Peñalosa consiguió para su hermano Lope de Suazo el cargo de alférez real y gestionó para su tío, el segoviano Rodrigo González de Contreras, la jefatura de los galeones del Callao.
9 Al mismo tiempo, dado que los magistrados de la Audiencia forzaron a los comerciantes y vecinos notables a colaborar económicamente con los gastos de la guerra, 10 Mercado escamoteó las contribuciones de los mercaderes más modestos y dispuso de esos dineros para llevar al Perú mercancías de España.
11 Acaso estas liviandades lo aproximaron al veedor García de Salcedo, con quien no sólo compartió aficiones mercantiles sino que empa rentó con él al casarse con su hija.
12 Una vez sofocado el levantamiento otorgó la plaza de alcalde de los Andes a su primo Juan de Peñalosa, a pesar de haber sido un notorio caudillo de Hernández Girón.
13 Asimismo recompensó los servicios <le su hermano Lope de Suazo con el repartimiento de Mollepata y Paucarpata.
14 Como por esos años también murió el veedor Salcedo, Mercado de Peñalosa procedió contra toda ética posible al hacerse cargo personalmente del juicio por los bienes de su suegro.
15 El marqués de Cañete, tercer virrey del Perú, no tardó en advertir que el voraz oidor podía convertirse en un deci dido partidario suyo, y así ordenó la suspensión de la deuda de 20.000 pesos que debían pagar los herederos del veedor García de Salcedo, favoreciendo escandalosamente al oidor Mercado de Peñalosa.
16 Intuyendo que la ocasión era propicia para abandonar el Perú, el licenciado Mercado solicitó en 1558 licencia para volver a España,17 pero la visita de Briviesca de Muñatones le obligó a permanecer unos años más en su puesto.
Los testigos convocados por el visitador denunciaron minu.. ciosamente los atropellos de] magistrado segoviano, destacando entre ellos la manipulación del juicio sobre la herencia del veedor Salcedo y el usufructo del dinero de la caja de bienes de difuntos de Lima, el mismo que empleaba para comprar ropa en España y venderla después en la Ciudad de los Reyes.18 Sin embargo, las poderosas influencias del oidor le permitieron salir del Perú en 1562 no sólo libre de polvo • y paja, sino sin haber rendido juicio de residencia ante el magistrado designado para el efecto.
19 Era obvio que su ilustre pariente del Consejo de Castilla lo había protegido una vez más, pero hay que añadir que el gesto no fue desinteresado, pues dentro de la comitiva del sucesor del marqués de Cañete llegaron al Perú en 1560: Como es natural, ninguno de los hijos del consejero era sir viente del virrey.
Sabemos que el conde de Nieva obtuvo una cédula para llevar 50 criados al Perú, 21 pero lo cierto es que consiguió embarcar consigo a 118 personas.
¿ Cuántos de ellos fueron real mente del servicio doméstico del virrey?
Un ligero análisis de la correspondencia de los oidores y oficiales reales de Lima nos de muestra que la mayor parte del séquito de Nieva fue a parar a puestos claves de la burocracia local, 22 pero un número represen tativo de criados nunca fueron tales, sino extranjeros, mercaderes y artesanos a quienes el virrey les facilitó el trámite del viaje a Indias a cambio de alguna compensación.
De ahí que el conde en sayara sin fortuna algunas explicaciones a la Corona:... no pensé que erraua para que pasassen a este reyno algunas personas, así como son off iciales y labradores cassados y obrageros de paños y sederos, de lo qual ha rredundado mucho prouecho porque todos estos offi�ios comien�a ya a auer en la tierra.
Y tam bién di algunas lizen':;ias a criados míos para que se aprouechasen dellas... y si en esto uvo yerro, yo no pensé cierto que le hazía.
Pues bien, sabiendo que el traslado de criados pudo haber sido un negocio particular del conde de Nieva, no resulta descabe llado suponer que Gonzalo Ronquillo y Pedro de Mercado hubieran viajado al Perú en calidad de «aprendices»; es decir, para familia rizarse con los enjuagues y manejos de las funciones de gobierno ]os maestros.
Mu' y pronto uno Je los discípulos estuvo listo para ejercer lo aprendido, y así el oidor Mercado de Peñalosa emprendió el re greso a España acompañado por Gonzalo Ronquillo de Peñalosa en 1562.
24 Una vez en la península, los buenos oficios del padre respaldaron las pretensiones del aspirante y Gonzalo Ronquillo se embarcó el 28 <le junio de 156 7, provisto con el cargo de alguacil mayor de la Audiencia de México.
2 -" Sin embargo, su aventura novo hispana fue tan sólo un globo Je ensayo que preparó una empresa mayor, ya que apenas diez afios más tarde era nombrado gobernador de las Filipinas.
Como en las islas del poniente se precisaban colonos, Ronqui llo le propuso a la Corona reclutar 600 hombres en Castilla, man tenerlos por su cuenta en Sevilla y de ahí trasladarlos a Panamá, para finalmente pasar a las Filipinas.
Se comprometió a armarlos y equiparlos, así como a llevar 12 religiosos para apuntalar la evange lización.
Confiado en el apoyo paterno, solicitó a cambio los títulos de gobernador, capitán general y alguacil mayor en carácter vitalicio, 4.000 pesos anuales y 12.000 ducados para los gastos de la jornada.
26 Como bien apunta Díaz-Trechuelo, Ronquillo con siguió en 1577 que la Corona lo tratara como un capitán que ne gociaba una capitulación de descubrimiento, puesto que además recibió poderes para otorgar encomiendas, fundar ciudades, repartir tierras, nombrar regidores, dar ordenanzas, etc. 27 Ello no pasó inad- No obstante, nada hacía presagiar el futuro comportamiento del nuevo gobernador y hasta el mismo doctor Sande -presidente de la Audiencia de Manila y a la postre encarni1ado enemigo de Ronquillo-recibió la noticia del nombramiento con beneplácito: «entiendo que ha sjdo provisión muy acertada por ser tan honrado caballero».
29 Gonzalo Ronquillo desembarcó el 1 de junio de 1580, infor mando a la Corona que lo hacía con más de 450 hombres.. �o Una de sus primeras medidas fue tomarle la residencia al doctor Sande, a quien condenó por sus aficiones mercantiles, pero Sande fue nom brado oidor de México en 1581 y desde allí le hizo la vida imposible al gobernador de Filipinas. •' 1 Como buen discípulo del oidor Mer cado y del conde de Nieva, Ronquillo tomó posesión de su gober nación rodeado de parientes: Diego Ronquillo fue nombrado maes tre de campo y tenedor de bienes de difuntos, de donde sacaba <li nero para comerciar en nombre del gobernador.. u Otro primo, Gonzalo Ronquillo de Ballesteros, recibió el cargo de alcalde mayor de Manila, su sobrino Juan Ronquillo del Castillo fue ascendido a general y Rodrigo Ronquillo, su hijo, recibió las mejores encomien das de Filipinas:
No cabe duda que don Gonzalo, en su breve gobierno, supo apro vechar bien las mercede� y prerrogativa� que le concedía la venta-josa capitulacitm firmada, ejerciendo un descarado nepotismo...
Para descubrir un derrotero hacia la Nueva España «por la parte sur», envió a su sobrino, el Capitán Juan Ronquillo del Castillo, quien sólo consiguió llegar a Nueva Guinea, y se volvió a Manila.
El mismo capitán recibió luego el mando de la armada que fue en ayuda de los portugueses a la conquista de terrenate, aunque tam }JOCo tuvo éxito en esta ocasión.
Un don Gonzalo Ronquillo de Ballesteros capitaneó el navío que remitió al Perú con mercancías,... quien, por cierto, regresó después de muerto el gobernador.
Y, por último, designó sucesor a su primo <lon Diego Honquillo, usando de la facultad que se le otorgaba por real cédula.
33 Los negocios del gobernador tenían escandalizado al obispo de Filipinas, fray Domingo de Salazar, quien escribió al rey lo sigui�ntc:... quanJo algunas ve1.es e preguntado al gouernador por qué trata él y contrata., auiPndo sentenciado a su ant�esor el doctor Sande en tan grande pena por el mismo delito, responde: <(Véame yo tan rico como fue el doctor San<le, que yo holgaré de pagar otra tanta y más pena que yo le condené a él»...
Como saue que por haber contratado les an de llevar trcynta o quarenta mill ducados de pena, procura adquirir trezientos mili antes de la residen�ia... y si el uauío que agora un ario embió el gouernador al perú y ogaño dos a panamá y nueua cspaíia los huelue Dios con bien, no se le dará mucho pagar otra tanta pena... porque con lo que le sobrare después de pagada podría ser bien rico.
34 Sin embargo, Gonzalo Ronquíllo. falleció antes que se cum plieran los temores del obispo y tres años antes que fuera nombrado ministro del Consejo Je Indias Luis Mercado de Peñalosa, el más joven de tan emprendedora familia.
3 s La nave que despachó hacia el Perú en 1.5 81, llevaba una <,;arta dirigida al vi! rey Toledo en la
que se expresaba claramente el estilo casero de nuestro singular linaje segoviano: Don Gon�alo Honquillo va por Capitán de esa nao� y aunque es mo�o tiene buen seso.
Supplico a V E lo fauorezca y haga mer\cd, para que todos le estimen y huelguen <le venir en su compañía...
Supplico a VE se sirua de embiarme a mandar y tenga particular cuenta con hazer mer�ed a don Pedro mi hermano, pues su perssona y los serui<;ios de sus passados Jo mere�en.
36 De Madrid a Filipinas y de México a Lima, el enrevesado juego de atropellos y pasiones no sólo nos ha servido para poner en evi dencia la actuación de los funcionarios del sistema colonial, smo para trazar los rollizos perfiles de un rctra to <le familia.
La Corona no ignoraba que las mercancías chinas llegadas a Acapulco terminaron en las tiendas limeñas y por eso, previendo las posibles consecuencias para el monopolio metropolitano, prohi bió el tráfico entre Perú y Filipinas el 14 de abril de 1579.
38 Como Ronquillo actuaba premeditadamente, disimuló sus intenciones ale gando que se necesitaban más colonos para las islas del poniente, y así le escribió al Rey desde Panamá en los siguientes términos:
Si allo piloto suficiente para ello procuraré embiar una nao al pir11, y según la huena nueha que en él ay de las philipinas y gente baldía, tengo por cierto bendrán mucha gente en él, y aun se animarán a armar más naos según la gente que acudirá.
Al virrey del pirú será necessario dar hauisso para que fauorezca y ayude a la persona que fuere de las Ph ilipinas en el lebantar de la gente.
39 La presencia de vagabundos en el Perú ya era un problema <lesde los tiempos del marqués de Cañete 40 y Ronquillo debió saberlo por Nieva y el oidor Mercado, pero en Panamá se enteró <le la ineficiente defensa del Callao ante las incursiones de Drake y convirtió la necesidad de artillería en su coartada más sólida para justificar la expedición al Perú: Por saber la ne�essidad (¡uc vuestro visorrey don f ran � isco de toledo tiene de artillería, le emhiaré al presente al g unas pi�as de las <¡ue VM tiene aquí que son muchas y muy buenas, y hauisán dome le podré proueer de todas las ne � essarias, las qualcs se hazen aquí con fa�ilidad y a muy poca costa.
41 En julio de 1580 se despacharon las primeras dos naves hacia el Callao, p ero éstas nunca llegaron a su destino.
Ello desconcertó a la Corona e incluso a algunos investigadores contemporáneos, 42 p ero una averiguación hecha en México en 1583 revela q ue esas naves re g resaron a las Fili p inas a] cabo de tres meses.
43 Sin em bar g o, las noticias de la primera p artida habían lle g ado a México, Jonde el flamante virrey Enríqucz p re p araba su camino al Perú.
Conocedor de las intenciones de Ron q uillo y del valor de las mcr c:1dcrías chinas q ue se vendían en Aca p ulco, Martín Enrí q uez es cribió al Re y lo siguiente sobre los g aleones de Mnnila:
An querido dezir que el nueuo Gouernador don Gonc; alo Honquillo los quería melcr tanuién en el Perú.
En esto no puedo yo afi rmar mús de auerlo oydo, mas en esa duda quiero sauer la uoluntad de SM.
Lo <f UC de las yslas trayan todo son bu j erías y cossas ynútiles y las sedas todas salseadas y de muy poca seda, y la más es yerua y fuera de un lustre que tiene que se consume en q uatro oras no son de p rouecho.
Mas con todo la j ente se ua al barato y todo quanto traen se uende.
Y el barato es comparándola al valor que tienen las de españa.
44 En honor a la vc: rdad, Enríquez sí conocía la estima que tenían las mercaderías chinas en las colonias hispanoamericanas, puesto que se encontraba como virrey de México cuando arribó el primer Galeón de Mani la en 157 3.
Una ironía del destino quiso que tam bién recibiera el navío de mercancías enviado por Ronquillo al Perú, el cual lo despachó en junio de 1581 y sin esperar la respuesta del Consejo sobre el envío de artillería.
45 El gobernador de Filipinas ignoraba que Toledo ya no era virrey del Perú y fue Enríquez en tonces quien se hizo cargo de las cartas y falaces propuestas del segoviano:
Desde Panamá dejé scripto a VE en poder del Presidente de allí.
Entonces di cuenta de lo subcedido hasta mi partida y creo signiffi qué a VE por cuán ymportante tenía al serui�io de SM y al bien y aproueduuniento de ese rcyno y dcslc, que se frequenlasc la FERNANDO IWASAKI CAUTl gidas a Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, al virrey Martín Enríqucz y al conde de La Coruña, virrey de la Nueva España.
48 En ellas se prohibía de manera terminante la navegación directa entre Perú y Filipinas, pero además se solicitaba una investigación exhaustiva del contenido de las naves despachadas, tanto en Lima, Acapulco y Manila.
49 Sin embargo, ignorante de la resolución tomada contra él en Lisboa, Ronquillo seguía insistiendo en que sólo había enviado artillería p�ra socorrer al Perú:
Tanuién di auiso cúmo hauía emhiado el ano de BI, una nao al pirú por lo mucho,¡ue entiendo ymporta al acrcscenlamiento deste rey no, que se trate y comercie con los demás...
La nao del pirú llcuú alguna artillería para entregar al uirrey, y entrclla una pic<�a de ochenta y cinco quintales.
Dispúscmc a ello por saucr la ncccs sidad que allá tienen de artillería grucssa, hauiendo de hazer fuer�a en el estrecho.
Entiendo fue a buen tiempo el artillería porque he leni<lo carta del virrey don Martín Enríquez en que me pide fe auisse si le podró probcr de artillería grucssa.
50 No obstante, por esos mismos días el virrey del Perú también redactaba una carta al Rey en la que puntualizaba que recibió <<Una piec;a de artillería muy buena que pesaba ochenta quintales y un cañón pedrero de hasta doze quintales y no trujo otra artillería».
Como se puede apreciar, la ayuda filipina para la defensa del Callao no fue tan condundente como pregonaba Ronquillo.
En cambio, la misma misiva enumera superficialmente cuál era el contenido verdadero de la nao «Nuestra Señora de la Cinta»: ha ymhiado un navío con cantidad ele cosas de China que son p<H<;elanas y sedas y especería y hierro y sera y mantas y seda en ma�o y otras buxerías que son las que suelen traer y todo se ha vendido bien, sino ha sido la canela que tiene mala salida por no ser buena.
Y lo que scñalaua ser de la real hazienda eran como quatrocientos quintales de hierro y ciento y nouenta quintales de especería en que entraua canela, pimienta y clavo.
51 Ronquillo no sólo mintió a la Corona al señalar que la artillería era el objetivo del viaje, sino que volvió a hacerlo cuando afirmó que el virrey Martín Enríquez le había escrito solicitándosela.
52 De ahí que resultara grotesco el inesperado pero tímido inventario de la carga del navío que Ronquillo remitió a la metrópoli, para cumplir así con la imperativa exigencia del monarca.
53 Sin embar go, la relación elaborada por el gobernador de Filipinas contrasta con la enumeración que resulta del cotejo del registro de embarque y los libros de los oficiales reales de Lima.
54 Una vez más la acumu lación <le contradicciones se volverá contra Ronquillo de Peñalosa.
La primera pesquisa en cumplimiento de las cédulas del 11 de junio del 82 se efectuó en México, a través de un interrogatorio realizado a la tripulación y pasajeros del galeón «San Martín», el mismo que salió de Manila hacia Acapulco cuando el «Nuestra Señora de la Cinta» lo hacía •para Lima.
Así, el 7 de enero de 1583 fueron llamados a declarar los pilotos Francisco Gallego y Antonio de Bilbao, junto con los pasajeros Ascenso de la Peña, Marcos Pércz y Lope Díaz <le Villamil.
El cuestionario contenía prcgunt�ts como cuántas naves habían partido de las Filipinas, qué tonelaje llevaban,55 en qué consistía la carga,56 quién era el propietario de las mercaderías en caso de haberlas,57 saber si se habían pagado los derechos de salida58 y cuánto costarían en el Perú las mercancías transportadas.59 Sin embargo, además se incluía una curiosa de manda: las autoridades querían saber si el «Nuestra Señora de la Cinta» contenía oro labrado o sin labrar.
El resultado de la encuesta no pudo• ser más contraproducente para Ronquillo, pues quedó al descubierto su descomunal y solapada operación comercial: 300 to neladas de seda, especería' y porcelana se añadieron graciosamente para acompañar hasta el Perú a un cañón de menos de media tonelada.
MERCANCÍAS GaNAS EN LIMA: PRECIOS, CONTACTOS TRANSPACÍFICOS Y REVENTAS
Uno de los aspectos que más llama la atención es e] registro del «Nuestra Señora de la Cinta», levantado en Manila el 28 de mayo de 1581.
60 Así se observa que casi todos los pasajeros y tri pulantes que llevaron mercaderías al Perú para comerciar, tenían en Lima algún consignatario o acaso un custodio de sus operaciones mercantiles.
Como es evidente, el gobernador Gonzalo Ronquillo consignó su cargamento a Pedro Mercado de Peñalosa, su hennano y camarada durante los años en que fueron al Perú como «criados» del conde de Nieva.
No obstante, las referencias concretas a fun cionarios, mercaderes y vecinos Je Lin1a den1uestran que los adve nedizos segovianos no eran los únicos que contaban con solidari dades transpacíficas::Vi <pti nt.:! uroh.
(:H fardos) A mediados de febrero de J 583 se pregonó en Lima la cédula dd 11 de junio Je] Hño anterior, " 1 la cual insistía en que:
Conuiene saber las mcrcadurías, especerías y <lcmás cosas que ay se han traydo de las dichas yslas, y de qué género y valor, y dúndc se vendieron, y cuyas se hubiere entendido qucran y si han uenido más de los dichos <los nauíos de las dichas yslas y a dúndc y con qu é.
62 Teniendo en cuenta que en los registros figuraban notables personajes como el oidor Recalde, Diego Núñez de Figueroa, t). \ el escribano del cabildo y nuestro conocidJ Pedro Mercado de Peña losa, resulta sumamente sospechoso que ninguno de las mencionados fuera convocado a declarar.
En cambio, las autoridades citaron a cuatro mercaderes, al corredor de lonja del cabildo, al maestre del Como era de esperar, el cuestionario no dejó dudas acerca de la identidad de los principales dueños de las mercaderías.
Incluso asumiendo que algunos miembros de la tripulación hayan trans portado sus propios géneros,65 la precisión de las respuesttas hace suponer que la mayoría de los cargadores del registro eran interme diarios de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa.
De esta manera el mer cader Gonzalo de Ca1narena declaró: Parte de las mercadurías que truxo el dicho nauío era de su ma gestad porque las vio uender públicamente en la pla�a desta �iudad a los dichos ofi�iales reales y que las compró Alonso de Arroyo mercader.
E otras de las dichas mercadurías eran de otras perso nas, e oyó dezir que parte dellas heran del gouernador de la China y que las traía en administraciún don Gon�alo Honquillo capitán de la China, y que venían juntamente a don Pedro de Mercado, consinadas para que lus hendiese y heneficiase.66
Por otro lado, el compulsivo movimiento comercial que siguió a la llegada de fo nave filipina, reafirma la imagen de una sociedad dedicada a la compra, venta y reventa de mercancías porque en el Perú «... desde el visore' y asta el arzobispo todos tratan y son mer maderes, aunque por mano agena y disimuladamente ».
67 Así, no sólo todos los testigos del interrogatorio deben ser considerados como revendedores, sino también los personajes que aparecen a lo largo de las respuestas.
De esta manera, entre los vecinos notables comprometidos en la especulación podemos mencionar al rico en-comendero Diego Gavilán, 68 al opulento comerciante Antonio de Yllescas 69 y al mercader Juan de Saracho, testaferro de las merca derías de Diego Núñez de Figueroa.
Por eso el corredor de lonja Francisco de Castillejo declaró que «eran mucha parte de ellas de don Pedro Mercado e parte de Juan de Saracho>>.
70 Evidentemente, el tráfico continuo impide tener una idea precisa de los precios, ya que el quintal de cera -por ejemplo presentÓ' mucha disparidad en su cotización: Pedro Mercado lo vendió indistintamente a l-Iernando Morera en 50 pesos, a Pedro de Valladolid en 55 y a Alonso de Arroyo en 70; mientras que Juan de Saracho se lo expendió al mismo Valladolid en 60 y Gon zalo de Camarena lo remató en 65 pesos a unos comerciantes chi lenos.
71 Muy diferente, en cambio, fue el caso del valor de los pro ductos rematados por los oficiales reales, pues sus precios eran inferiores a la cotización establecida para las transacciones particu lares.
72 Como es obvio, el conocimiento de los estimados del mer cado limeño en este contexto, no tendrían sentido si omitimos los precios de compra de los propios productos en Macao, ya que fue en la China donde Gonzalo Ronquillo • y los demás cargadores los adquirieron.
1 •' De ahí que uno de los apéndices de este estudio esté dedicado a tan importante aspecto.
74 No obstante, a continuación ofrecemos la escritura de compra que Pedro de Valladolid otorgó
Teniendo en cuenta lo perentorio de los plazos y las legítimas expectativas de ganancia, tanto Pedro de Valladolid como Mer cado de Peñalosa habían realizado un buen negocio, ya que esos productos no sólo se comercializaron en la ciudad de Lima, sino que siguieron especulativos derroteros hacia Quito, Panamá, Potosí y Chile.
76 Por otro lado, sorprenden las audaces operaciones de estos mercaderes, quienes como Alonso de Arroyo, eran capaces de comprar en subasta pública y cancelar en el acto casi seis mil pesos a los oficiales reales.
77 Asimismo, también llaman la atención las inversiones de un modesto sastre, el cual gastó 1.125 pesos en loza azul y dorada, 150 abanicos a 1 real y medio cada uno, 700 va ras de medriñaque a 2 reales y medio la vara y otras cosas como 11 quintales de reaño, 1 quintal de cera y «muchos lien, os azules y blancos y olandi lleras de algodón».
78 Sin embargo, ¿ tenían tienda abierta en la ciudad todos los que comercializaban los productos chinos?
De las declaraciones de los testigos se desprende que al menos dos almacenes las expendieron por las vías legales, 79 pero una información posterior apunta que debía revocarse la cédula del 11 de junio de 1582, para que los mercachifles -y cajoneros no continúen enriqueciéndose con la venta de artículos chinos.
80 Lo anterior nos hace sospechar que durante los años en que empezaron a llegar las mercaderías chinas al Perú, las autoridades hicieron de la vista gorda a las actividades de los regatones, a pesar que desde 1539 y 1557 estaba prohibida la reventa de cualquier género81 y q ue en 157 4 se prornulgó una real cédula fulminante con tra la mercachiflería.
82 No obstante, entre 1575 (el primer galeón de Manila arribó a Acapulco en 1573) y 1594, la represión contra la venta y reventa ambulatorias descendió ostensiblemente.
83 Pro bablemente porque los cajoneros y mercachifles garantizaban la circulación de los artículos prohibidos sin que sus verdaderos due ños o los respetables tenderos se vieran involucrados.
En cualquier caso, ya el indiscreto aroma de las especies había surtido su hechi cero efecto y en el Perú comenzó a expandirse la idea de un co mercio directo con las Filipinas.
Por esas magias de la cosmografía, navegando hacia occidente se llegaba al oriente.
LA PROYECCIÓN PERUANA EN EL PACÍFICO ORIENTAL
Es imposible precisar cuántas personas estaban comprometidas en operaciones mercantiles a gran escala en el Pacífico Sur, pu�s ya hemos comprobado que no siempre aparecían en los registros los verdaderos empresarios, o si aparecían acaso nunca eran molestados por las incómodas arrugas de la ley.
Sin embargo, ello no es obs táculo para suponer que las cuantiosas ganancias que dejó el «Nues tra Señora de la Cinta», segura1nente despertaron la codicia e interés <le otros personajes que quedaron al 1nargen de esas maniobras De esta manera, mientras la nave filipina hacía los preparativos del viaje de regreso, algunos grandes comerciantes como el regidor Diego de la Presa, 84 despacharon sus en1barcaciones hacia Acapulco para aprovisionarse <le rnerca<lerías chinas.
Así las cosas, el nuevo maestre del «Nuestra Señora de la Cinta» obtuvo la autorización de los oficiales reales de Lima para volver con mercaderías a las Filipinas86 y Pedro Mercado de Peña losa pagó las fianzas para que el maestre Juan de Ozina pudiera zarpar.
87 No obstante, merece destacarse que tampoco llegó a cum plirse el segundo objetivo de la expedición de Ronquillo, pues al fiasco de la artillería debemos sumar el fracaso en la leva de co lonos.
De esta manera, la nave emprendió el camino de regreso el 30 de enero de 1583 con apenas 16 pasajeros y 5 marineros menos.88 Para colmo de males, el maestre Francisco de Santana tampoco volvió y fue Juan de Ozina quien dirigió la primera navega ción entre Perú • y China.
89 De pronto, inmediatamente después de la partida del navío llegó a Lima la cédula de 11 de junio del 82, la cual no sólo prohibía la carrera entre Perú y Filipinas, sino proscribía la venta de artícu los chinos en el virreinato peruano así como el tráfico de los mismos a través del puerto de Acapulco.
En ejecución de la real orden se -,embargaron algunas embarcaciones y quedó al descubierto una ope ración mercantil organizada por otro poderoso grupo de comercian tes peruleros, curiosamente compuesto por un heterogéneo conjunto de personajes que tan sólo tenían en común el afán de lucro y el no haber participado en las utilidades que dejó la expedición de Manila a Lima:
Sabemos que en uirtud de una rreal zé<lula de SM, en la qual proylw el comercio y uenta de las mercadurías de la china en este reino, se an embargado todas las mercadurías que truxo Diego de la PreHsa y otros de México, y pon¡ue nosotros hemos enuiado dineros en el nauío de nuestra seiíora <le la �iota de que ua por maestre Juan de O�ina, del puerto y Callao desta ciudad para las yslas felipinas, para que allá nos lo empleasen en mercaderías y nos las_ truxessen a este rreino.
E porque nos tememos que se hará lo mismo uenidas que sean aquí las dichas mercadurías en uirtu<l de la dicha rreal zédula...
VM a de mandar suspender en quanto a nosotros toca, declarando habersse entender con nosotros, por quanto la dicha nao nombrada Nuestra Señora de la (:inta partió con li�encia de don Martín de En rríquez vuestro visorrey.
En efecto, a través de 1a anterior solicitud m1c1aron gestiones ante la Corona los socios que participaron en la operación, los cua les fueron los siguientes: J er6nimo de Aliaga y Lorenzo de Alia ga, 91 Simón <le Meneses, Joseph de Ribera, Gaspar Salís, 92 Fran cisco de BUitrón, Hernando Caballero, Miguel de Arrascola y los mercaderes Cristóbal S,ínchez <le Rosas y Pedro Miralla 93 «y los demás cargadores para In China».
El fundamento del alegato contra la cédula del 82 revela una curiosa interpretación del carácter retroactivo de las leyes:
Ase de entender que proybe la futura contratación e comercio des pués de la llegada y p'ublicaci ón de la dicha neal <;édula, y no lo questaua hecho antes desto.
Teniendo en cuenta la premisa anterior, los socios convocaron a una serie de testigos para que con sus declaraciones apuntalaran sus endebles argumentos.
Los declarantes provenían de todos los estamentos de la sociedad, pues al lado del opulento Diego Je la Presa aparecían tres mercaderes, un discreto funcionario del puerto, algunos vecinos sin importancia y hasta un marinero desertor del «Nuestra Señora de la Cinta».
95 Las preguntas ponían el énfasis en la tardía publicación de la cédula, en la necesidad de los produc tos chinos para el mercado peruano 96 y en algo que nos debe hacer evocar la investigación efectuada en México hacia el mes de enero de 1583:
Yten si sahcn •pw <le las yslas felipinas de la China se traP a este reino y en el dicho nauío se truxo, gran suma dr� oro en tejos y barras y filigrana para trocar por rreal, porque en las dichas yslas felipinas dan por cada tostón de a ocho, nueue de a dos pesos de oro.
Y si saben los testigos <¡ue aunque se lleuen mucha moneda Je plata deste reino a las dichas yslas, no es ningún <laíio respeto del probecho que del contratar en las dichas yslas se sigue.
97 Lo primero que podemos deducir es que Ronquillo suma un cargo más en su contra al haber ocultado a los ya escamoteados re gistros la presencia del oro, pero en segundo lugar se pone en evi dencia una red de tráfico de plata americana que pasando por Fili-
El 27 de abril de 1584 Jerónimo de Aliaga recibió poder por parte del resto de sus socios, para viajar a España y litigar por sus intereses ante el Consejo y el tribunal de la Contratación de Sevi lla, 101 pero lamentablemente para ellos fue ratificado el dictamen de la real cédula de 1582: V.A. debe mandar cumplir e guardar y executar vuestra Real Cédula de que en el pro�esso desf a causa se hace mención, proibiendo el trato y comercio de los naturales destos rreinos con los de las prouin�ias de la China, oeclarando comprehenderse en la dicha prohibición e penas, las carga<;ones que las partes contrarias hicie ron en el nauío que hymbiaron a las dichas prouin�ias de la China.
102 Sin embargo, a pesar del fa1lo del Consejo, el imperio español era muy vasto y las necesidades de sus remotos burócratas más insondables aún.
Así como en el Perú todos los funcionarios se confabulaban para hacer caso omiso de las disposiciones reales por que nadie dejaba de estar involucrndo en el comercio ilícito, wJ también en México el trasvase de mercancías chinas hacia el Pert'1 ocultaba secretas influencias, pues como señala Borah: «the prohi bitions on transshipment and sale in Peru rcmained a dead letter during the 1580' s. Goods werc embarked under registry and taxcs collected on them as though no restrictions existed on the traffic».
104 En México entonces, algunos segmentos del estamento buro crático-mercantil debieron resentirse con la prohibición y conce dieron dudosas licencias que mantuvieron el tráfico de mercancías chinas con el Callao vía Acapulco.
De esta manera, entre la corres pondencia del arzobispo Zumárraga apareció una carta del obispo Pedro Moya de Contreras, la cual nos revela que Jerónimo de Aliaga pudo haberse ahorrado el viaje a España en 1584:
Por quanto Ch ristt'>hal Sánchez de rroc; as y Pedro de MiraJlas� que con licencia mía van a los rreinos del pirú, me han hecho rrc laciún que ellos salieron con li�cncia de los dichos rrcinos para y r a las yslas philipinas a emplear cantidad de dineros en mercaderías y volver con el empleo a la �iudad de Lima, y que auiéndolo echo y pagado en las dichas yslas derechos de la cantidad del dinero y salida de la rropa a S.M.� les fue for�osso por no auer otro nauío, hazer escala en el puerto de Acapulco de donde an de proseguir su viaje para los dichos rreinos.
Y porque no se les pidan ni lleucn derechos de entrada y salida en el dicho puerto ni en otro dcsta nueua españa, me pidieron les mandasse dar mandamiento para <fue lihremente los dexen emharcar y lleuar el dicho empleo... mando a el factor del puerto de acapulco y a el alcnl<le mayor de Guatulco� que no les pidan ni lleuen derechos al�unos de entrada ni salida de las mercadurías que hubiessen traydo de las dichas yslas� sino que libremente se las dcxcn licuar a los dichos rrcynos del Pirú. w 5Contrariamente, la misma solicitud no fue demostrada por las autoridades peruanas, pues el mismo año de 1585 el poderoso co merciante mexicano Baltasar Rodríguez106 llevó al virreinato de Nueva Castilla un impresionante cargamento de mercaderías chinas, autorizado a su vez por el virrey Villamanrique.
En ejecución de la cédula de 1582 el navío fue embargado por orden del conde del ViJlar a su llegada al Callao, el cual informó a la Corona acerca <le ta1es acontecimientos.107 La respuesta real consistió en una severa cédula contra Villamanrique, increpándole las consecuencias <le su desacato a las leyes.
JOR Empero, la réplica del virrey de México exhalaba un cínico candor y un vaho tinterillcsco:.. ahiéndola bisto y entendió que la proybición que V.M. fue seruido hazer al tiempo questaua en el pirú el uirrey don martín cnrríquez, de que no se Ucuasí'n allá mercad u rías de China, no fue que no se llcuasen de aquí, sino proybir que desde las filipinas no fuesen allú derechas.
Por causa de la contrataciún <lcsta tierra, me pareció que no traya ynconhiniente el da1lcs esta li�en�ia como se a dado.
109 No obstante, la expedición de Ronquillo fue el detonante de una febril actividad comercial peru1era al otro extremo del Océano Pacífico, pues ya sea directamente o vía Acapulco, los peruleros em pezaron a convertirse en 1mportantcs actores del proceso mercantil en el lejano oriente.
UN FINAL FEUZ: CRIADO, TRAI•'ICANTE Y GOBERNADOS
Gonzalo Ronquillo de Peñalosa no es precisamente el prota gonista de este apart1do final, ya que el ladino gobernador <le Fil i pinas falleció en 1583 y no pu<lo disfrutar los beneficios de sus maniobras.
El maestre de campo Diego Ronquillo ]e sucedió en el cargo y además tuvo que hacet• frente a la nefasta herencia que le dejó su primo.
En efecto, cuando la Corona ordenó que las Filipi nas proveyeran de artillería a los puertos de la costa occidental del Pacífico, el nuevo gobernador debió admitir que las islas no dis ponían de una maestranza como la inventada por su antecesor.
111 Pero donde verdaderamente la pasó mal Diego Ronquillo, fue en la explicación de los negocios de su difunto primo.
Sin lugar a dudas ese ajuste de cuentas fue un nuevo desquite del memorioso doctor Sande:
A Diego Ronquillo, goucrnador que fue destas yslas, mandé se presentase en la rreal cárcel de corte en madrid, para dar quenta a S.M. de suma grande de dineros por don Gon<_; alo Ronquillo, como su aluazea y persona en cuyo poder entraron.
Lléuale un alguazil a la cárcel rreal de esa audien�ia para que de ahí, no dando fianzas uastantes, de presentarse en la cárcel de corte de S.M. vaya preso.
En realidad, a continuación nos ocuparemos muy brevemente de la suerte del hermano de Gonzalo Ronquillo, otrora criado y luego ilegal abarrotero, pero siempre protegido e influyente.
Nos referimos a Pedro Mercado de Peñalosa, personaje principal del último acto de esta enrevesada historia de intrigas familiares.
Asimilada la aciaga experiencia del hermano mayor y respal dado por sus ilustres parientes del Consejo, Mercado de Peñalosa obtuvo en 1593 el cargo de gobernador de Tucumán en mérito, por cierto, a sus oportunos servicios.
1 13 Sin embargo, recelosa la paren tela y el propio Mercado de las odiosas circunstancias que rodearon los días postreros de Gonzalo Ronquillo, el clan segoviano decidió curarse en salud: no se trataba de reconciliarse con los enemigos ni de evitar incurrir en delitos, sino tan sólo de esquivar la intrascen dente formalidad del juicio de residencia.
De esta manera, tal como ocurrió con su homónimo pariente y antiguo oidor de Lima, la Corona dispensó un trato de excepción al flamante gobernador:.32
Mi Virrey de las prouincias del Perú e Presidente y oidorc� de mi Audiencia Real de los Charcas: Por parte de don Pedro de Mer cado, a quien e probeydo por mi Gouernador de las prouincias de Tucumán, se me ha hecho relación que se teme que uosotros, so color de un capítulo de las nuebas leyes, le ymbiaréys a tomar residencia no lo pudiendo ni deuiendo hacer... pues con título mío auía Je seruir el dicho cargo.
No entrometiésedcs a quitarle ni removerle dél, ni ymbiarlc a tomar residencia.
114 A fines de 1594 emprendió Mercado de Peñalosa el dilatado camino hacia su gobernación, abandonando Lima en estado de gracia y en olor de honestidad.115 Sus primeras gestiones nos lo muestran interesado en el rol mediador de Tucumán en un posible circuito comercial que uniera Potosí con Buenos Aires, pero la Coro na abortó rápidamente esos proyectos y aquella prohibición debió suscitar en él reminiscencias ingratas.
Una carta de los oidores de Charcas resume el pesar ocasionado por la frustración del negocio:
Vuestra Magestad fue scruido de prouecr de la prouincia de Tucu mán a don Pedro de Mercado Peñalosa, que entró en ella abrú quatro meses e a scriplo la pobreza e nescessidad de aquella tierra. e todos concuerdan en <¡ue a de ser mayor con la prohihiciún del comer�io que se abía comeru; ado por el rrío de la plata, porq uc llebar lo nescessario desta prouin�ia no pueden respecto de ser la más cara del mundo e por aquella parte teníanlo a precios bara tos por traerse hasta Buenos Ayres por mar y de ahí a toda la tierra en carretas.
116 Enorme tuvo que ser la decepción de Mercado de Pc11alosa, quien aparentemente aceptó el puesto en función de ]as transac ciones que pensaba establecer con Potosí.
La riqueza <lel célebre cerro se convirtió entonces en una obsesión que lo llevó a registrar palmo a palmo su gobernación, acaso pensando en hallar un nuevo fllón que lo resarciera <le sus pérdidas.
117 Desmoralizado por la ausencia de minas de asombro o de prósperas rutas comerciales, Mercado invocó una vez más a sus penates del Consejo para que lo liberaran de tan improductivo cargo 118 y mientras tanto apeló a lo mejor de su retórica para convencer al soberano:
Yo a qua renta años que siruo a V.M. en las Y n<lias, y los trauaxos del Perú me fueron de algún prouecho, porque adquirí con ellos alguna hazienda para el sustento de mi mujer e hijos.
Mucha parte della e consumido y gastado siruiendo a V.M. en este gobierno, y así supplico a V.M. por gratificaciún de mis serui c; ios se sirua de probeer esta pla<.;a, que aunque sea sin recibir otra mer�ed me holgaré mucho.
119 J-Iasta cierto punto resulta conmovedor itnaginarse al anciano burócrata solicitando desinteresadamente su baja, después de tener sólo la satisfacción del deber cumplido.
Pero Mercado de Peña losa no era ese tipo de funcionario, ya que nunca habría renunciado a su renta sin haber asegurado antes otra fuente de ingresos.
Por eso, conociendo a nuestro personaje y sabiendo sus debilidades, no fue difícil encontrarlo con sus enseres en otro sitio, finalmente convertido en corregidor de la ciudad de La Plata y de su acari ciada Villa de Potosí.
La consulta previa que fue elevada al Consejo para el efecto, puso el broche de oro a la brillante trayectoria de un siempre oportuno linaje segoviano.
Sin embargo, no están todos los que son.
Como ocurre con las intrigas contemponíneas, acaso por moverse demasiado Gonzalo Ronquillo fue desembarcado del retrato: El derrotero precursor del «Nuestra Señora de la Cinta» no nos ha servido para elaborar la historia de una familia, sino para urdir una historia familiar dentro del contradictorio universo de lealtades en el que se movían los funcionarios coloniales.
Quizá nuestro trabajo haya escamoteado el apasionante itinerario de la nave del gobernador Ronquillo, pero en cambio hemos podido re construir otras rutas submarinas que nos han llevado de Segovia a Manila o de Lima a Tucumán.
No fue fácil abolir en los archivos las distancias reales que existen entre tales lugares, pues tuvimos que abandonar nuestras querencias y sacrificar la visión de la pro vincia por la del imperio.
La aventura sirvió para corroborar que aquél no era más que un espejismo de la documentación. --:wo mantas de medriííaque.
----.SO quintales de hierro en 20�1 líos.
--20 piezas de broca tele� chinos.
--5 piezas de damascos de coloreR.
-9 piezas de tafetán de colores.
-:1 j>Íezas de buratos de seda.
-2 piezas blancas de al�<Hlúu •...
-:m piezas de bocacíes azules.
• • • -14 piezas <le algodón azul.
-1 petaca con cosas de China.
Consignatario: Diego N úñez de Figueroa l Hegidor de Lima).:2.
ALVAHO DE MEDINA tJ\lguacil de Manilu).
-2 cajas de loza dorada ( 450 platos). --l caja con loza y cosas de la China.
Consignatario: Hernando de Medina ( ve cino) o Bias Hernández { Escribano de Cabildo).
NAVEGA 'CIÓN ENTRE PERÚ Y FILIPINAS
NAVEGACIÓN ENTRE PERlJ Y FILIPINAS NAVEGA' CIÓN ENTRE PERÚ Y FILIPINAS 41 sillas labradas.
8 piezas de raso morado.
2 mantas negras de sangley.
1 manta de moro pintada.
3 piezas de buratos de sangley.
2 piezas de damasquillo de seda blanca.
7 libras de hilo Llaneo.;J, mantas de sangley.
HOOR[GO DE QlllNERO ( vecino).
-1 caja de sedas y mantas.:mo p iezas de loza fina.
SALVADOR DE ALDABE ( Tesorero).
----1 • caja de loza.:JOO piezas de loza. --2 cajas de loza pintada y blanca.
1 cajón con cosas de China.
6 petacas con cosas de China.
10 fardos con cosas de CLiina. l cajoncillo con 9 camarones dorados de China.
1 jarra dorada con su escudilla.
96 caracoles blancos y pintados. -• --. l S lihras de anís. |
Los españoles confiscan el agua, pero también la tierra: para los indios la dominación colonial significa la desposesión de los medios esenciales de producción.
En principio, el proceso resulta favorecido por el descenso demográfi co 1 y el aumento de las tierras sin cultivar.
Pero como los españoles buscan también las mejores tierras, en definitiva, su ocupación acaba implicando siempre la expulsión de los indios».
1 Estas palabras de Nathan Wachtel, con templadas en su obra Los vencidos.
Los indios del Perú. frente a la conquista española (1530-1570), pueden considerarse el leitmotiv de este trabajo, ya que, como podrá comprobarse, la disminución de la población indígena, el incremento de las tierras baldías y el deseo de obtener los mejores resultados tanto de la producción agrícola como ganadera, proporcionó a los españoles las circunstancias coyun turales propicias para el acaparamiento de tierras, en otras épocas de propiedad indígena, en el té' rmino jurisdiccional cordobés durante el período de tiempo analizado.
Ahora bien, para encuadrar en el marco adecuado y con la di mensión exacta lo que vamos a exponer a continuación, creemos necesaria, una previa aclaración sobre las fuentes utilizadas y sobre los aspectos concretos que vamos a tratar.
Sin miedo a caer en exageración, podemos afirmar que tal vez sea Córdoba una de las pocas ciudades, no sólo argentinas sino de toda la América colonial, que cuente con un acervo documental tan • Una síntesis de este artículo fue presentada como ponencia en el I Congreso Internacional de Etnohistoria, celebrado en Buenos Aires, durante los dias 17 al 21 de julio de 1989.
ADOLFO LUIS GONZÁLEZ RODRÍGUEZ amplio, en lo que a la evolución de la propiedad de la tierra se refiere, durante los tres siglos que estuvo bajo el dominio hispánico.
Como afirma Tanodi al comentar esta riqueza documental cor dobesa, ninguna ciudad argentina la conserva «de manera tan com pleta como Córdoba.
Esta posee, no solamente el Libro de Mercedes de Tierras del siglo XVI, sino también otras fuentes que permiten conocer los sucesivos dueños de las tierras».
2 Con lo dicho, las posibilidades de estudio que sobre esta tem,í tica pueden hacerse en el distrito cordobés de la antigua gobernación del Tucumán son múltiples y de resultados a priori bastante satis factorios.
Nosotros de momento y dado que la investigación está en unos pasos muy iniciales, sólo vamos a tratar uno de los aspectos revisados hasta ahora en este magnífico materia] documental y además de dos únicos archivos, concretamente e] Histórico de c: llr doba y el archivo privado Je ]a familia Frias.. l Nos referimos, como reza el título del trabajo, al despojo <le las tierras de los indígenas cordobeses por mano de los españoles durante los dos primeros siglos de la colonia.
Pero aún debemos acotar más.
Es evidente que la apropiación y acaparamiento de tierras generó innumerables pki tos entre los propios españoles -sería interesante y además nece sario un estudio sobre la violencia entre este sector social de ]a so ciedad cordobesa-cuyos resultados más frecuentes, aJ nrnrgen dl' que la sentencia fuera a favor de uno u otro propietario, fueron la desposesión del indio de sus antiguos lugares de vida.
Sin em bargo, no siempre en estas disputas el indígena cordobés actúa pasivamente ante el caso a que se ve sometido con la nueva realidad que se encuentra a partir de 157 3, sino que a veces participa activa mente, aunque no siempre con éxito, reivindicando y denunciando el arbitrario comportamiento de los nuevos propietarios de 1as tie rras cordobesas.
Precisamente esta actitud es la que en esta ocasión vamos a tratar, ciñéndonos principalmente a los casos, por supuesto no todos pues desbordaría los límites que nos hemos impuesto, en LA PÉRDIDA DE LA PROPIEDAD INDÍGENA 3 ]os que, ya fuera un determinado cacique o simple indio o ya fuera alguna autoridad defensora de los intereses indígenas, se enfrentaron a un determinado espafiol ante la usurpación que estos últimos llevaban a cabo de sus originarias propiedades.
Ni que decir tiene que estamos, como ya hemos dicho, en los umbrales de la investigación y que nuestra aportación a este impor tantísimo tem�1 no es más que mm modesta y simple aproximaci6n al mismo.
EL MARCO DE LA ENCOMIENDA Y a expusimos en otra ocasión cómo la encomienda fue en Córdoba una de las instituciones base, a través de la cual los espa ñoles fueron obteniendo la propiedad de la tierra de sus indígenas encomendados.
4 Situación que ha sido observada asimismo y desde hace algunos años para otros lugares americanos como Chile, Mé xico, Nueva Granada o Guatemala y expuesta a su vez en magní ficos trabajos.� Ahora bien, si se puede generalizar que la encomien da fue utilizada como vía para la posesión de la tierra, en la juris dicción que estamos tratando, y suponemos que puede ser extensible al resto de la gobernación, el deseo de la posesión de la tierra tal vez tenga un fin mucho más concreto y razonado que en otros lugares indianos.
Estamos hablando de una región carente de riqueza metalífera y con una escasa población de naturales -el descenso se cifra en un 65'7 3 % entre 1596.1607 y un 89'55% entre 4 González Rodríguez, Adolfo Luis: El cabildo ele Córdoba durante el s. XVI.
Encomenderos, propietarios de tierras, tratantes de neoros y comerciantes.
Análisis de un grupo de poder, en «Estudios de Historia Social y Económica de América», núms.
Franc; ois Chevalier en un reciente articulo señala la misma conexión: «Alrededor de la vieja ciudad de Córdoba... la gran propiedad nació du• rante el s. XVI en el marco de las encomiendas�. en La Tierra: Gran Propiedad, Sefíores y Trabajo Indígena ( Historiografía de América.
5 La bibliografía en este aspecto se encuentra sintetizada en el articulo de Mürner, Magnus: La hacienda hispanoamericana: examen de las investigaciones y debates rec'ientes, en Hacienda, Latifundios y Plantac-ione.� en América Latina.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es 1607-16 7 3-,6 pero en contrap,u-tida con una muy fértil y abun dante tierra tanto para el cultivo de la misma, desde la producción alimenticia -legumbres, frutales, viñedos-hasta la industrial -especialmente el algodón-, como para el pasto del ganado, ya fuera caballar, mular, vacuno u ovejuno.
Además esta riqueza agrí cola-ganadera, tenía, dada su inmejorable posición geográfica, una salida segura para zonas relativamente lejanas pero insertadas en uno de los circuitos regionales más característicos y típicos del viejo sistema colonial español.
Nos referimos a la ubicación cordobesa o nudo central de comunicación entre el Alto Perú, Chile y Buenos Aires, por el que van a pasar desde los años iniciales de su funda ción mercaderías desde los distintos lugares apuntados y obvia mente desde el que van a salir las propias producciones cordobesas.
Como dice Vázquez de Espinosa «es de mucho trato, respecto de ser esta ciudad (Córdoba) escala de toda aquella tierra para el Tucumán, Buenos Aires y el paso forzoso del reino de Chile, de donde viene mucho ganado por la provincia de Cuyo, de carneros, cabras, que se llevan para Potosí; de la ciudad de Santa Fe traen mucho ganado vacuno.
El trato principal de esta ciudad de Córdoba son grandes crías de mulas, mucha ropa que se hace en los pueblos de su distrito».
7 Es decir, desde un punto de vista exclusivamente económico Córdoba presenta unas peculiaridades que sin duda alguna motiva ron desde muy temprano el que sus pobladores quisieran sacar el máximo provecho de la riqueza que poseía, o lo que es lo mismo, poner en producción la tierra para lo que previamente debían obte ner la propiedad de la misma, cosa que van a conseguir con relativa facilidad, a pesar de los límites legales que existían para este tipo de adquisición.
Ya Jerónimo Luis de Cabrera, en 1573, auguró esta actividad económica cordobesa cuando en el año fundacional llegó a afirmar: >, pues va a ser a costa de estos últi mos como se van a conseguir las principales propiedades de la jurisdicción, siendo el vehículo comúnmente utilizado el de la ins titución de la encomienda.
Efectivamente, si se hace una revisión de las numerosas mer cedes de tierras concedidas en la jurisdicción cordobesa, recogidas tanto en el Libro de Mercedes de Tierras como en los fondos del Archivo Histórico de Córdoba, fácilmente puede comprobarse como la relación entre ambas mercedes aparece con una frecuencia que puede considerarse como una manera de normalizar una situación a todas luces anormal e ilegal.
La forma más corriente en la que se da esta rehtción, con Lt consiguiente usurpación a los �ndios <le sus propiedades, consisti<S en solicitar simplemente la merced de tierra en los términos de su encomienda o bien en lugares próximos a la misma.
9 Dado lo pro lijo de los casos, junto a que este aspecto es tema de otro trabajo que llevamos en curso, 10 mostraremos a modo de ejemplo la merced concedida a Miguel de Ardiles el 10 de diciembre de 1584, para a través de ella comentar los datos que más relación guardan con lo que queremos tratar en esta ocasión.
La merced dice así: «En la ciudad de Córdoba a 10 días del mes de diciembre de 1584, el ilustre señor capitán Juan de Burgos, teniente de gobernador e justicia mayor de esta ciudad... dijo que en nombre de su magestad y del dicho señor gobernador y por virtud del poder que tiene hacia a hizo merced a Miguel de Ardiles, vecino de esta dicha ciudad de todas las tierras vacas que tienen los indios de Calabanimba de su encomienda y de Ynchin\acate con una legua en torno de cada pueblo, dejando a los dichos indios tierras suficientes para sus sementeras; y así mismo hacía e hizo merced de todas las tierras de un pueblo de su encomienda que se llama Sual\acate, que está el pueblo despoblado al presente camino de Sanimba\acate con una legua en torno.
Las cuales dichas mercedes le hacía e hizo con que sea sin perjuicio de tercero para él e sus herederos e sucesores y para que en ellos pueda sembrar sus sementeras y poner cuales quier arboledas y hacer cualesquier edificios y tener su estancia de ganados mayor o menor, y lo pueda donar, trocar e cambiar y en otra manera enajenar, que desde luego se la daba e dio por servida».
11 Dejando de lado la estructura jurídica de la merced o la tipo logía del terreno concedido, lo primero que llama la atención es la claridad de la concesión en donde no hay el más mínimo interés por ocultar la conexión merced-encomienda, aunque ello trajera consigo la pérdida del dominio de la tierra por parte de los pueblos de indios de Calabanimba, Ynchin�acate y Sual�acate.
Desde luego, todo ello se matiza con cláusulas tales como «dejando a los dichos indios tierras suficientes para sus sementeras», «pueblo despoblado» o «sin perjuicio de tercero».
De momento desconocemos si el pueblo citado se encontraba efectivamente «despoblado», podemos suponer que había sufrido una alarmante disminución demográfica, lo que en el terreno en el que nos movemos era paradójicamente contra producente para el indio y muy beneficioso o excusa ideal para el blanco, pero lo que sí podemos afirmar sin mucho margen de error es que lo usual, con10 veremos después, es que los indios se queda ban sin «tierras suficientes» y que sí hubiera un «tercero» perjudi cado, mejor dicho un «primero», los indios naturales de los pueblos encomendados.
Si esta merced, como creemos, es suficientemente explicativa del trasvase existente entre encomienda y tenencia de la tierra con el consiguiente detrimento de los antiguos propietarios indígenas, la riqueza de la documentación consultada adquiere nuevas dimen siones cuando versa sobre los enfrentamientos entre distintos pro pietarios o futuros o hipotéticos propietarios, en los que los plan teamientos para adquirir la propiedad de la tierra se encuentran completamente alejados de cualquier consiJeración jurídica estable cida por la Corona española para el buen gobierno de las Indias.
El pleito entre Pedro Casero y Diego Célis de Burgos hacia media dos de la primera mitad del siglo XVII es un buen ejemplo de ello.12 Las tierras en litigio son las de Navosacate.
Los argumentos de ambos los siguientes: comenzando por Pedro Casero, expone en primer lugar que el título que posee es sólo <le «sobras Je las tierras de los indios de Navosacate», y, en segundo lugar, que el título que le fue dado a Diego Célis por el gobernador Mercado requería la clásica condición de que dejase tierras suficientes a los indios que si por aquel entonces eran unos 140, en el momento de la concesión -a Pedro Casero se le concede el 22 de marzo de 1625-no que daban más de cuatro de tasa y tres viejos, ante el fallecimiento de los demás.
Por su parte Diego Célis alega que tiene derecho a todas esas tierras, pues, transcribimos textualmente «en muriendo (los indios) el señor de las demás... a quien se le hace merced de las tierras de sus indios, entre en la propiedad de todas ellas... pues no era justo que cualquiera estuviese aguarJando que 1nuriese uno o dos indios y luego pidiese aquellas tierras' y otros otras en distancia y sitios cortos, sólo a fin de aprehender algún derecho a los demás, que �ste tiene e1 encomendero propio legítimo, aunque no tuviete merced particular como tiene mi parte, porque en la encomienda se la hace S.M. de los indios ) tierras, aguadas y montes y en esta pose sión y buena Je se cultivan _v labran las tierras donde están las encomiendas».
Varios y sustanciosos comentarios requieren amh: 1s declara ciones, algunos de los cuales son coincidentes, lo que nos con firma algunas de las tesis enunciadas en las primeras líneas de este estudio.
Empezando por estas últimas, no cabe duda que e1 factor demogrMico incidió en el proceso 1..le acaparamiento de tierras, ya que el hecho dramático de la disminución de ]a población indí gena fue, sin embargo, sutilmente utilizado por los españo]es para ocupar sus tierras o parte de las mismas, incluso con una actitud macabramente expectante «aguardando que muriese uno o dos indios», nos dice exactamente Diego Celis, que deja cuando menos en una muy criticab]e posición al comportamiento humano de los españoles.
Pero algo más se puede añadir.
Sin olvidar que a Casero lo que se le van a conceder van a ser las «sobras de las tierras de Navosacate» con una extensión de una legua de largo y otra de ancho y con el requisito expreso de que sea «sin perjuicio de espa ñoles e indios», como consta en su título de merced, 13 parece des prenderse de sus palabras que, dada la disminución en el número de los naturales, éstos no se iban a ver muy perjudicados con la propiedad que él iba a adquirir, olvidando Casero de hecho que, fueran muchos o pocos, los verdaderos propietarios eran en realidad los indios de Navosacate.
Siguiendo con las argumentaciones manifestadas por ambos litigantes y analizándolas en el contexto en el que ahora nos move mos, es decir, en el de la encomienda, lo alegado por Diego Célis adquiere una importancia sumamente relevante al mostrarnos el significado que esta institución alcanza en la jurisdicción o, con otras palabras, la visión económica-jurídica que de la misma poseían los cordobeses que llegaron a disfrutarla.
Así si leemos con deteni miento las últimas frases de Célis nos encontramos con una de las cláusulas de los títulos de concesión de encomiendas que más confu sión, discusión' y contradicción ha provocado en los investigadores americanistas que han tratado esta tem,ítica, e incluso, en nosotros mismos pues ahora tenemos una explicación n1ás matizable que ]a que expusimos hace algunos años.14 La cláusula en cuestión, recogi da casi literalmente por Célis, es la siguiente: «porque en la enco mienda se la hace S.M. de los indios, tierras, aguadas y montes».
Si es verdad que esta cláusula aparece en concesiones de encomien das de otras zonas del Nuevo Mundo, y, si también es verdad que Silvia Zavala ha demostrado que no hay concesión territorial en los títulos de encomiendas de ningún lugar >.
Error interpretativo y a la vez carente de base jurídi. ca pero que, sin embargo, está demostrando una realidad de hecho como era la de considerarse dueños de las tierras de sus encomiendas, para lo que además contaban con la famosa cláusula citada o base fundamental asimismo de la propia producción agro pecuaria ya que «en esta posesión y buena fe se cultivan y labran \as tierras donde están las encomiendas», como finalmente nos dice Célis.
Y, por el otro, la precisión que defendíamos anteriormente en la localización de los grupos humanos concedidos -caciques, pueblos, parcialidades, etc.-tal vez requiera también de cierta revisión pues en esta ocasión pierde su razón de ser, dado que se sabía muy bien quiénes eran, exactamente cuatro de tasa y tres..
En síntesis, este pleito nos proporciona nuevas perspectivas sobre la fusión que en este distrito se dio entre ambas instituciones, encomiendas y mercedes de tierras, y avala asimismo la interpreta ción jurídica, sin duda ilegal, que sus habitantes hacían de las mis mas, no sólo sus poseedores, lo que tendría alguna justificación, sino sus propias autoridades, pues por dos veces consecutivas, pri mero el 2 de septiembre de 1626 y después el 2 de junio de 1632, la sentencia del litigio entre Pedro Casero y Diego Célis de Burgos fue a favor del segundo.17
Si el resultado final del pleito anterior nos demuestra la inte resante relación existente en Córdoba entre la encomienda y ]a propiedad de la tierra, la realidad es que, siguiendo el hilo conduc tor del presente trabajo, se hubiese dado o no la problemática relación, los indígenas de Navosacate desde luego se quedaron sin sus tierras y además sin exponer ninguna protesta ante tal flagrante., usurpac1on.
Por el contrario no va a tener la mima reacción otro grupo de indígenas que ante una situación parecida, inclu' yendo la concep ción que sobre los derechos territoriales de la encomienda tenían los litigantes, van a presentar la oportuna protesta, lo que les va a valer la restitución de sus antiguas posesiones.
Los protagonistas en cuestión son por la parte india, los indios de Quisquisacate y por la española José de Quevedo y Diego González de Tapia.
18 El mo tivo, según lo dicho el 27 de marzo de 16 5 3 por el protector de los naturales Diego Ibáñez de Guevara, fue el despojo, miedo y huida que habían sufrido los citados indígenas por parte de José Quevedo al asentarse en sus tierras, aprovechando la ausencia del entonces su encomendero Diego González de Tapia.
Si el esquema del pleito responde a la típica actuación llevada a cabo por los españoles en lo referente a la ocupación de las tierras cordobesas, alguna novedad encontramos en el mismo.
La primera �y más llamativa la participación del protector de naturales que, haciendo honor a su cargo, protege y defiende a los indios de Quis quisacate, con éxito además en su cometido, al obtener del gobernador Nestares que, el 28 de mayo del mismo año, ordenara la res titución a los indios de todas las tierras que habían poseído antes de la entrada de Quevedo.19 Y, la segunda, la incidencia negativa que estas ocupaciones tuvieron en la población aborigen, tanto física como psíquicamente, afectando como ya hemos comentado a su evolución demográfica.
En efecto, como argumenta el protector en 1653 y posterior mente, el 5 de abril de 1655 lo haría también Diego Albarracín, administrador de la encomienda de Diego González, al escaso nú mero de los indígenas encomendados, unos seis o siete, se le agre gaba la circunstancia de que estaban huidos por miedo a Quevedo.
Vemos aquí, pues, una de las causas -la huida de los lugares de origen-que más afectó a la despoblación de los pueblos indígenas cordobeses•, situación aplicable asimismo al resto de la gobernación, y que una vez más demuestra la asimétrica relación que entre el español y el indio se estableció en la Córdoba de la Nueva Anda lucía durante el período colonial español.
20 En cuanto a] concepto que sobre la propiedad territorial tenían los citados Quevedo y González de Tapia, continuando con lo expuesto en líneas anteriores observamos idénticos planteamien tos e incluso con más riqueza de matices.
Así, comenzando por Gon zález de Tapia, a través de la declaración de su administrador, el alférez Diego de Albarracín, la recriminación hecha a Quevedo no sólo estaba basada en la injusticia que se le había hecho a los indios al «despojarles» de sus tierras, sino también al propio encomendero.
Primero, porque se le había impedido «saber y conocer sus tasas Y tributos», cosa bastante lógica.
Y, segundo, y lo más interesante, porque había ido, transcribimos textualmente, «contra el derecho de propiedad y posesión del dicho encomendero, porque se hallará no sólo en el título de encomienda que al dicho mi parte se le hizo, sino en lo común y formal del despacho de semejantes títulos se les hace merced en las datas de dichas encomiendas, así de los indios como de todas sus tierras durante las vidas del tiempo que se dan.
Y siendo este derecho tan asentado>>, lo pedido por Quevedo es nulo y sin ningún efecto.
Paradójicamente, la argumentación de Quevedo, <lada el 13 <le abril de 165.
5, que fácilmente podía haber rebatido lo declarado por su oponente con la contundente base jurídica establecida por las Leyes de Indias, le <la por el contrario la razón en cuanto al concepto de territorialidad de la encomienda, confirmándonos la iJea generalizada que en la jurisdicción se tenía a este respecto, aunque matiza alguna diferencia que no deja de tener su trascen dencia.
Así, si está de acuerdo que las tierras se otorgaban con los indios en las encomiendas, cuando los indígenas -aquí está la diferencia-no eran naturales de las mismas, como ocurría en esta ocasión, ni los encomenderos ni los propios indios tenían ningún derecho a la posesión de la tierra.
Como hemos dicho, el matiz no deja de ser trascendente, afectando, como es obvio, más a los indios que a los blancos, pues más difícil se le ponía, a los aborígenes, la adquisición de la propiedad de la tierra, dado el generalizado cambio de residencia que ellos mismos realizaban, bien porque los espa ñoles los trasladaban obligatoriamente o bien porque huían temero sos de ellos, amén de que dicho traslado incidía directamente en su disminución demográfica al alterar sus sistemas de vida ante los bruscos cambios climáticos, alimenticios, etc. que encontraban en los nuevos lugares en los que se ubicaban.
Traslado y pérdida de su naturaleza de origen, con la consi guiente dificultad para mantener la propiedad de la tierra, que, no obstante, contravenía claramente la legislación general y, sobre todo, la particular dada en 1612 para la gobernación por el visita dor Francisco de Alfaro, en cuyas ordenanzas 5, 45 y 46, prohibfa concretamente mudar a los indios, se consideraba por naturales a los inctios de los pueblos donde se visitaban, y, se declaraba, final mente, que el indio que llevara tres años en un pueblo se le con sideraba como natural de él.
21 Nada de esto, parece ser, tuvo en cuenta José de Quevedo.
Por último, y dentro del marco de la encomienda, vamos a comentar otro caso en el que los elementos que lo configuran son los mismos que los anteriores, o sea, la encomienda, la tierra, los indios, el protector de los naturales y los españoles enfrentados, pero cuyo desarrollo responde a características diferentes, pues diferentes son las circunstancias en las que se desenvuelve el litigio.
La gobernación de Tucum�ín es una de esas regiones del Nuevo Mundo en las que la pacificación indígena no termina con la con-21 Correspondencia de la ciudad de Buenos Aires con lo8 Reyes de España.
Madrid, 1918, tomo 2, págs. i97, 309 y 310. quista, sino que va a prolongarse hasta bien entrado el siglo XVIII, siendo numerosos, costosos y sangrientos los enfrentamientos con las diferentes tribus que constantemente amenazaban a la goberna ción.
Uno de estos enfrentamientos se produjo en 1673, protagoni zado por los mocovícs que vivían en el Chaco, siendo el gobernador Pereda el encargado de reducirlos y ponerlos bajo su tutela.
Para ello, contó con la aportación de los vecinos de la gobernación -es pecialmente los encomenderos al estar obligados por la encomienda a la defensa del territorio-a los que posteriormente premió con nuevas encomiendas por los servicios prestados.
22 La diferencia entre estas encomiendas y las tradicionales encomiendas de pueblos de indios, es que éstas eran <le indios desnaturalizados, en este caso del Chaco, a los que los encomenderos debían adjudicarles unas determinadas tierras para su manutención y subsistencia.
Precisamente de una de estas «nuevas encomiendas» se trata el siguiente ejemplo seleccionado, por lo que reiteramos la diferen cia que con las de los pueblos de indios tenía, para evitar cualquier confusión al respecto.
Los indios son de los desnaturalizados Tobas, sus tierras las de Saldán, su encomendero Enrique de Ceballos, el usurpador de las tierras Juan de Chanique y el protector de los naturales Juan Tejeda.
23 El 15 de agosto de 1684, Enrique de Ceballos, cumpliendo con la condición que el título de la encomienda le exigía, le con cedió a las cuatro familias Tobas desnaturalizadas del Chaco, con que se le había premiado, medio cuarto de legua de su estancia de Saldán para que establecieran sus sementeras, más un cuarto de legua para su ganado.
Si en esto cumplió fielmente con su obli gación, la única anomalía que hubo en la escritura de donación fue la ausencia del protector de los naturales, Tejeda, que teniendo obligaci6n de estar presente no fue a la citación el día fijado.
Si la ausencia del protector de naturales podría haberse debido a causas ajenas a su cargo, lo que evidentemente justificaría su incompare cencia, los hechos ocurridos años después nos eliminan esta posibi-lidad y nos encaminan hacia una dirección en la que entran en juego relaciones, actitudes y comportamientos bastante usuales en el distrito cordobés y que consisten simplemente en el cerco de intereses de determinados grupos de la jurisdicción que cuando les conviene se unen entre sí -compárese la opuesta actitud de este protector de naturales con la del caso anterior-, haciendo valer su poder, incumpliendo descaradamente las normas establecidas y perjudicando a aquellos individuos que, como es el caso de Ceba llos, pretendían vivir de acuerdo a lo establecido.
Así, según consta en la real provisión enviada a los jueces de la Real Hacienda de Córdoba, el 28 de febrero de 1687, en la que expresamente se pedía que Juan de Chanique enviara una infor mación de sus actuaciones, ya se dice cómo éste le había quitado a los indios Tobas las tierras de Saldán, concedidas por Ceballos, demoliendo «sus ranchos y viviendas» y valiéndose además de una información dada por José de Tejeda y Guzmán,24 apoyada por «testigos de su devoción» y «ante un alcalde ordinario» pariente.
25 Vemos cómo lo dicho antes se cumple literalmente, al encontrarnos cómo tanto la amistad, o mejor dicho la fidelidad, como la unión familiar van a ser utilizadas para la defensa de unos intereses con cretos, máxime cuando este vínculo familiar está además relacio nado con diferentes instituciones del poder local cordobés, en esta ocasión con el cargo de protector de naturales y con la institución municipal.
Sin embargo, no siempre esta influyente red de intereses con sigue sus objetivos y el caso de los indios Tobas de Saldán sigue siendo un ejemplo bastante significativo.
A pesar de las conexiones, podemos llamarlas «políticas», de Chanique, los escasos y diezma dos indios Tobas de Saldán logran, el 21 de junio de 1687, que sus tierras les fueran restituidas.
El hecho en sí demuestra cómo a veces el poder local no consigue imponer sus criterios y cómo ADOLH) LUIS <�ONZÁLEZ RODRÍGUEZ la justicia se llega a cumplir, aunque para ello fuera necesario exigir su cumplimiento por parte de los más desprotegidos, es decir de los indios, como también los Tobas siguen siendo una peculiar muestra, pues en todo este proceso la arriesgada declaración de su cacique defendiendo sus tierras y poniendo en evidencia los parentescos antes comentados, tuvo que ser, sin duda, decisiva en el fallo final del pleito.
En síntesis, creemos que los ejemplos analizados nos permiten establecer dos amplias conclusiones generales.
La primera, que la conexión encomienda-propiedad de la tierra de hecho se dio en la jurisdicción cordobesa y que la mentalidad generalizada de sus habitantes blancos fue la de superponer una institución con la otrn, no sólo la de los propios interesados, o sea encomenderos y pro pietarios de tierra, sino la de las mismas autoridades, aprobando, como hemos visto, sentencias a favor de estas peticiones que c1nra� mente conculcaban los derechos de los indios.
Y, la segunda, y enlazando con lo anterior, que la defensa de la propiedad indígena en el contexto encomienda-propiedad <le la tierra era algo que debían realizar los mismos indios, pues no siem pre sus autoridades protectoras actuaban coherentemente y haciendo honor a su capacidad y cargo, consiguiendo, como a veces hemos visto que consiguen, mantener su antiguo dominio, si bien levantan do de nuevo sus casas y edificios al haber sido arrasados impune mente por los mismos españoles.
USURPACIONES, DESPOJOS, VENTAS Y LABRANZAS
Hasta aquí hemos visto cómo la propiedad de la tierra indí gena se mueve bien para su conservación, bien para su desapari ción, en un binomio muy simple pero muy interrelacionado como es el de la merced de la encomienda y la merced de la tierra.
Las nuevas situaciones que vamos a exponer a continuación, aun estan do también vinculadas con ambas mercedes, no responden tan directamente a la conexión citada en la páginas anteriores, de ahí 186: frrnario de t'stutlio& Amc1ic1w,1., (c) que hayamos preferido darle un tratc1miento más particular en el presente epígrafe.
Con la idea asimismo de mostrar lo más sistemáticamente po sible la amplia casuística derivada de la defensa que los indígenas cordobeses llevaron a cabo de sus propiedades -recuérdese que sólo estamos tratando los pleitos en los que intervienen los indios-, vamos a exponer aquellas denuncias más significativas, siguiendo esencialmente un criterio temático -usurpaciones, despojos, ven tas de tierras, etc.-y destacando a su vez quiénes dirigieron ]a protesta -caciques, protector de naturales, etc.-. Para aquellas ocasiones en las que por su interés expongamos más de un caso será la cronología la que nos marque el desarro1lo de la exposición.
Comenzando por las acusaciones más normales y reiterativas encontradas en la documentación consultada y que corresponden a las usurpaciones o despojos realizadas por los españoles en las propiedades de los aborígenes, el ejemplo elegido, en primer lugar, es el de las tierras de Nogolna, ocupadas por Juan Ballesteros hacia la década de 1670.
26 Sin embargo, antes de entrar en la problemá.. tica surgida hacia esa fecha es conveniente ver el proceso desde las primeras concesiones de estas tierras, tanto porque ilustran fiel mente las complicadas situaciones por las que pasan las distintas propiedades cordobesas, es decir, mercedes de tierras, ventas pos• teriores, abusos en el disfrute de las extensiones o medidas otor gadas, etc., como porque se hace necesario su previo conocimiento para poder juzgar después las reacciones legales o ilegales, justas o injustas que tuvieron sus litigantes.
El 31 de octubre de 1583 le es concedida a Antonio Suárez Mejía por el gobernador Lerma una 1nerced de tierra cuya extensión era de una legua y media, sin especificar el largo o el ancho de la misma, si era en redondo o en cuadrado o en cualquiera de las medidas con las que se solía normalmente indicar la cantidad de tierra que se otorgaba, complicándose esta imprecisión, como de hecho se complicó, con el sucesivo cambio de dueño de las citadas ADOLFO LUIS GONZÁLEZ RODRIGUEZ tierras, pues cada uno dirá una extensión diferente, con el consabido perjuicio para los naturales.
En efecto, casi once años más tarde <le esta concesión, concretamente el 18 de abril de 1594, Suárez Mejía vendió a Pedro González estas mismas tierras, cuya extensión, según la nueva medición realizada, era de dos leguas de ancho y dos de largo, aumentándose considerablemente la tierra comprada con la concedida en 1583.
Hasta mediados de la década de 1670 no se va a producir nin gún hecho a destacar en este lugar -lo que de por sí nos está indicando cómo González Carriazo estuvo disfrutando de más tierras de las que en realidad le pertenecían-, alterándose esta «pacífica» posesión cuando hacia la fecha indicada Juan Ballesteros compró a los herederos de González Carriazo estas propiedades, despojando al mismo tiempo al cacique e in >,27 las declara ciones del protector de naturales y del teniente general y justicia mayor de la provincia, cargo este último desempeñado por Martín de Garayar, van a ser las que nos aclaren este conflictivo litigio al darnos una versión más ecuánime y objetiva que las contradic torias acusaciones de las partes enfrentadas.
Así, ambas declara ciones van a coincidir en el planteamiento general, es decir, tanto González Carriazo como Ballesteros se habían excedido en los lími tes territoriales, especificándose además por parte del teniente ge neral que la extensión correcta de la estancia era de una legua de largo y otra de ancho, no entrando, por consiguiente, el pueblo de Nogolma, y, por parte del protector de naturales, que las mer cedes concedidas se dieron «sin perjuicio de terceros», y afectaba a unos terceros, los naturales, siendo además menor la extensión de la disfrutada, estando «el pueblo del dicho mi parte en que se ha entrado el dicho Ballesteros... mucho más abajo».
Con lo expuesto comprobamos, pues, cómo la confusión inicial en la delimitación del terreno proporcionó tanto a González Carria z o como a Ballesteros la posibilidad de una injusta apropiación de tierras indígenas, dando origen al enmarañado proceso que aca bamos de describir.
Proceso que termina, no obstante, el 27 de enero de 16 7 8, dándosele la razón a los indígenas de N ogolma, particularmente a su cacique, al sentenciarse que «no sea inquie tado, ni removido de las tierras».
Si al final obró la justicia, ello se consiguió, sin embargo, des pués de una serie de años en los que indebidamente se utilizó, disfrutó y pose' yó la propiedad territorial del pueblo de Nogolma, existiendo unos únicos perjudicados, los indígenas naturales del Jugar.
Continuando con las desposesiones llevadas a cabo con los indígenas cordobeses en las que el protector de naturales logra res tituirle de los daños recibidos, vamos a exponer otro ejemplo que nos 1esulta bastante ilustrativo de las diferentes situaciones que se dieron en el distrito.
Se trata no de un pueblo, sino de un solo indio, Pascual, y tampoco de grandes extensiones, sino de una sola cuadra.
28 Pequeña extensión concedida al citado indio Pascual por Francisco <le Molina como compensación a la vigilancia que hacía del horno de cal que tenía en sus propiedades.
Pues bien, sin argumentaciones de abandono� falta de trabajo o deterioro, que justificaría alguna acción contra Pascual, Beatriz de Peralta, hermana de Francisco <le Malina y a través de su yerno Diego Gutiérrez Je las Nieves, desposeyó al indio Pascual de su cuadra de terreno ante el miedo de que se le juntaran en sus tierras ganados o le hicieran daño en sus sementeras.
El caso, como hemos dicho, no deja de ser un buen ejemplo pues nos encontramos con típicas diferencias familiares en las que salen perdiendo indiscutiblemente los indí genas, y, con un excesivo abuso <le poder por parte de los españoles, que como ocurre en esta ocasión, se traduce en un deseo incontro lado por extender sus propiedades que llega a situaciones tan ridí culas pero tan perniciosas para los aborígenes como es la de temer El caso, defendido como hemos dicho por el protector de naturales, finaliza el 6 de septiembre de 1687, con la orden dada por el gobernador Argandoña que, si bien no cumple con la peti ción del protector que también había solicitado la restitución de la media hanega de trigo que Pascual tenía plantada, le devuelve íntegramente su antigua propiedad.
Según lo que llevamos expuesto, la impresión que puede dar el comportamiento llevado a cabo por los españoles dueños de tie rras en la jurisdicción cordobesa, no es desde luego muy halagüeña, aunque, a veces no consigan sus fraudulentos objetivos como queda comprobado en los casos anteriores, en los que las autoridades competentes en esta temática luchan por la defensa del indio.
Ahora bien, la generalización de este comportamiento sería un completo error y, siguiendo el hilo conductor de este artículo, la exposición de los hechos es la mejor manera que nos lo puede demostrar.
Aunque no contamos con la sentencia y desconocemos, por tanto, cómo terminaría este pleito, la disputa entre José Vilches y Montoya y el curaca Esteban por tierras en Cajasacate nos da una visión bastante distinta de las anteriores, pues no van a ser las autoridades protectoras de los indios quienes van a actuar en su defensa, sino sus propios encomenderos quienes van a defenderlos, cumpliendo fiel y simplemente las obligaciones que la encomienda les exigía.
29 Así ante la entrada y destrozo realizado por Vilches de las tierras de Cajasacate y la correspondiente acusación de tal acto por parte de los indígenas que vivían en ellas, capitaneados por su curaca Esteban, la actuación de Luisa de Paz y Figueroa defendiendo la propiedad territorial de estos indígenas pertenecientes a su encomienda no deja de ser sobresaliente y merecedora de ocupar un lugar destacado entre los propietarios cordobeses.
Además nos muestra cómo pudo darse y de hecho se dio una fusión entre blancos e indios para la preservación y conservación de los beneficios e intereses <le estos últimos, cuando la tónica ge neral era bastante diferente,'y una actitud respetuosa con las leyes y órdenes emanadas de la metrópoli y encaminadas hacia la protec ción de Jo indígena.
Tal vez en esta ocasión, como en tantas otrns pero de res u] tados totalmente opuestos, las vinculaciones familiares sean la causa de este ponderado comportamiento, si caemos en la cuenta de que Luisa Paz y Figueroa era viuda de Martín de Garayar, personaje que ya conocemos como defensor de los natura les desde su cargo Je teniente general y justicia mayor de la provmcrn.
Para terminar, y dentro de las denuncias que estamos desta cando en las que el motivo medular de las mismns se concentra en la usurpación o despojos que se efectuaron en las tierras indíge nas, vamos a tratar un caso que perfectamente puede servir de ejemplo y resumen final de todo lo dicho, dadas las características y personajes que en él intervienen.
Las tierras son las de los indios de Guayascate.
Su oponente Juan Berna! de Mercado.
30 La historia comienza el 20 de abril de 1580 cuando a Bartolomé García Tirado le es concedida, mediante una merced de tierras, todas las «tierras de Guayascate, indios encomendados en él», con una extensión de una legua en redondo, para que en ella pudiera sembrar, establecer ganados, hacer edificios y plaú tar árb0les.
Vemos, pues, cómo la aludida conexión entre ambas mercedes se da también en esta ocasión, siendo lo curioso del caso que no será esta conexión el motivo de la disputa, confirmándonos una vez n1ás la enorme asimi lación que entre ambas instituciones existió en la jurisdicción y que ya comentamos en el epígrafe anterior.
Continuando con la historia de estas tierras, muerto Bartolomé García le sucede su madre Francisca Núñez, y muerta ésta sus here deros, Nicolás García, su hijo, Y Catalina González, su hija y mujer del alférez mayor Juan Bernal de Mercado.
Si la protesta india, dirigida por los caciques Pedro Tumbaque, Rodrigo Anoca y Agus tín Cama se produce el 23 de marzo de 1608, cuando los tres van a afirmar que sus tierras se han adjudicado sin consultarles previa mente, iniciándose, por tanto, de manera oficial el proceso, creemos que el malestar indígena o la particular acción de esta familia por ocupar las tierras de sus indios, común, por otra parte, con la del resto de los españoles como hemos visto, tiene una fecha anterior concretamente el 1 de diciembre de 1601.
Ello lo decimos basán donos en una información dada por el Cabildo de Córdoba en ese día, en la. que argumentando los clásicos planteamientos de mortan dad indígena «no han quedado sino unos pocos» y el carácter « advenedizo» de estos indios pues son de «Eschilín, Y acampis y Mocacax» en donde tenían sus tierras «en mucha cantidad», jus tifica la apropiación de Bartolomé García y la negativa a los indí genas de sus derechos de propiedad sobre Guayascate.
Si en ejem plos anteriores explicábamos la unión de intereses en el círculo de los españoles para legalizar las apropiaciones indebidas de las tierras de los aborígenes cordobeses, la reacción del Cabildo de esta ciudad sobre las propiedades territoriales de Bartolomé García no nos hace sino reafirmarnos en esta opinión, máxime cuando sabemos las buenas relaciones existentes entre el susodicho y la institución municipal.
31 Siguiendo con el proceso, las declaraciones que más trascen dencia poseen y que más nos consolidan las características que hemos ido señalando a lo largo del presente estudio son las del defensor de los indios, Pedro de Alvarado, que hace suyas las opiniones de los caciques, matizándolas además ampliamente.
Así, según lo expuesto el 27 de septiembre de 1610 por Alvarado, no hay duda alguna en cuanto a quiénes son los dueños de estas tierras, pues son, según sus palabras, los indios por ser naturales de ellas y «este título que es de tiempo inmemorial es más fuerte que el fingido y simulado que el dicho parte contraria pretende».
No cree mos requiera por nuestra parte comentario alguno esta sincera, honesta, real y contundente afirmación.
Pero llega a más el citado defensor.
El 5 de octubre del mismo año llega a advertir a Nicolás García que se mantenga fuera de las tierras de Guayascate, ante
el peligro que pueda suponer las reacciones indígenas si se ven oprimidos sin haberse resuelto el caso.
Y, finalmente, dos días des pués, que dado «los malos tratamientos que le puede hacer y hará (Nicolás García) como a n1iserables e indefensos se huyan y ausen tan a los montes y despoblados donde demás de carecer de lo prin cipal que es la doctrina cristiana se dejarán morir, viéndose per seguidos y maltr, Hados y despojados de sus haciendas y natural».
Como hemos dicho, las palabras de Pedro de Alvarado re cogen las principales características en las que se va a desenvolver todo lo relacionado con la ocupación de las tierras cordobesas y sus repercusiones en sus originarios propietarios, como son la re sidencia o naturaleza de origen de los indígenas, la huida y la irre mediable disminución demográfica, agregando otras que si no nos son desconocidas no nos habían salido hasta el momento, de ahí que no la hubiéramos con1entado.
Nos referimos al trato recibido por los indígenas e íntin1amcnte relacionado con ello su efecto en la evangelización y cristianización.
Por supuesto que no es este el momento de detenernos en cuestiones tan in1portantes, que re quieren de por sí un arnilisis más ponnenorizado.
Pero dado que nos han surgido en la exposición de lo que estamos viendo, algo podemos decir.
Desde luego no se puede negar la incidencia desfavorable que la conducta de determinados españoles tuvo en el sector indígena, al estar más pendientes de conseguir y amasar riqueza que de cumplir con la obligación espiritual, para algunos la única que justificaba la colonización, como era la cristianización del pueblo indígena.
Pero antes de esta fecha y muchos años después, incluso en el siglo XVIII, la crítica que la formación religiosa, o más exactamente su deformación religiosa, denuncian las mismas autoridades eclesiásticas, nos ratifica la desidia que en este aspecto se tenía no sólo en!a provincia cordobesa sino en toda la gobernación..1i Por descontado que estamos aludiendo al descontrol religioso del grupo encomendero, pero dada la coin cidencia de este sector con el tema analizado creemos suficiente mente v, Hidas y correctas las citadas denuncias.:12 González, A.: La encomienda..., p{1gs.
En síntesis, la pugna que por las tierras de Guayascate plantean sus naturales y los herederos de Francisca Núñez, representados por Juan Bernal de Mercado, nos ha servido como dijimos antes de recapitulación de todo lo expuesto, al mostrarnos, a través de una rica y expresiva documentación, cómo era la situación en lo tocante,1 la adquisición de b tierra y cómo se veían negativamente afectados sus indígenas.
Visión que compartieron en su momento las autoridades que actuaron en el caso, pues tanto el teniente de gobernador y justicia mayor por dos ocasiones -el 7 de diciembre de 161 O y el 11 de enero de 1611--ordenó, acatando una real cédula enviada al gobernador, echar a los españoles «en especial Nicolás García» y llevar a los indígenas a sus tierras, como el visitador Francisco de Alfara, quien, el 14 de mayo de 1611, mantuvo la misma resolución.
Sin embargo, esta justa decisión que suponía la conservación de las tierras de Guayascate por sus antiguos propietarios de poco sirvió en la práctica, pues un año después, el 31 de agosto de 1612, otro cacique, Lorenzo Ibacla, volvió a acusar tanto a los herederos de Bartolomé García como a un nuevo propietario, Juan Torreb1an ca, que también se había metido en sus tierras, a pesar de que ellos las «poseían de tiempo inmemorial» y del amparo que sobre las mismas le había concedido el visitador Francisco de Alforo.
Hasta el final este caso sigue siendo un magnífico ejemplo de la verdadera situación cordobesa, en la que si bien a veces hay pro nunciamientos legales de las injusticias cometidas, escasas repercu siones tuvieron en realidad en la vida cotidiana de la jurisdicción, especialmente en la de los indígenas.
Siguiendo con el criterio elegido, vamos a exponer a continua ción los dos métodos que junto con las usurpaciones anteriores con figuraron las vías más usuales utilizadas por los españoles para la apropiación de la tierra en Córdoba.
En primer lugar, comentaremos la labranza o explotación de la tierra.
Y en segundo lugar las dis tintas ventas a las que se vieron sometidas las estancias y haciendas del distrito.
En cuanto a la primera, parece lógico que el cultivo de la tierrn fu era el fin principal perseguido por los cordobeses, dadas las can1e- terísticas estructurales del lugar, y, que con10 ya diji1nos, consistían en ser una tierra carente de metales preciosos, pero, en contraposi ción, con una gran fertilidad y riqueza para las actividades agrícolas y ganaderas.
De ahí que no sorprenda mucho la inmediata produc ción llevada a cabo por sus propietarios desde los primeros años Je la colonia.
33 Pero lo que sí asombra es cómo el deseo de acaparar tierras en esta región va a estar íntimamente vinculado a la producción, no dándose el fenómeno, bastante común en otros lugares indianos, de ocupar tierras con el objetivo específico de ser los únicos dueños pero sin preocuparse por su rendimiento económico, como demos trara Chevalier en su ya clásico trabajo para el virreinato de la Nueva España. • � 4 Aquí la explotación del suelo es lo primordial, y, dado el tema que estamos tratando, de fatales consecuencias para los indígenas, pues no sólo van a ver arrebatadas sus tierras, sino que van a comprobar cómo la labranza de las mismas muchas veces corrió a cargo de los españoles, no permitiéndosele a los indígenas participar en sus beneficios.
Las acusaciones del cacique e indios de Nuñosacate contra su encomendero Diego de Castañeda son un buen ejemplo de esta productiva, pero abusiva explotación de la tierra.
35 Según el cacique, la pérdida del dominio de sus tierras, así como el abandono que tuvieron que hacer de las mismas, se debió exclusivamente a la labranza que su encomendero realizaba en sus antiguos dominios.
Pérdida de tierras y de cosechas que más contundentemente afirma el indio Nabí, al decir que ellos «dejaron de sembrar por la venida de los españoles a poblar la ciudad de Córdoba, y que así lo deja ron».
Es decir, si tomamos como referencia este clarísimo caso, los españoles, y más concretamente los encomenderos cordobeses, lle-garon a ocupar, acaparar y absorber las tierras de los indígenas de la región, poniéndolas rápidamente en explotación y teniendo como resultados más evidentes que a mayor extensión, mayor producti vidad y también mayor pérdida de la propiedad indígena.
Situación que no deja de ser original, como original fue el comportamiento humano de esta colonización y que responde, como ya ha sido dicho, a una tipología del grupo encomendero no encasillable en ningún. esquema preconcebido, sino formando parte de un sector económico-social abierto, decidido y arriesgado más cercano a una clasificación de agricultores-comerciantes que a la clásica concep tualización de la denominada aristocracia indiana.
36 Finalmente y respecto a la incidencia que la venta de tierras tuvo en la pérdida de la propiedad indígena, los casos aportados por las fuentes consultadas son lo suficientemente explícitos como para que sin más preámbulos pasemos a su inmediata exposición.
Comen zando por la venta realizada el 28 <le abril de 1597 del trozo <le tierra de Chulume por Gabriel García y Lucrecia Villalba a Alonso Martín de Zurita, se ve claramente cómo dicha venta se hi�o sin preocupación alguna por la suerte que corrieran sus indígenas, pre cisamente de un grupo de naturales que, según el defensor general de bienes de menores, estaban bien tratados por su encomendero, el general Manuel de Contreras, y cultivaban además sus semen teras en el dicho lugar de Chulume.
Es decir, si aquí nos encontra mos con unos indios que si siembran, que si cultivan y que si cose chan, como era su derecho y obligación, dando origen a una equilibrada convivencia, ésta se vio alterada por una nueva situación totalmente ajena a ellos, la venta de este trozo de tierra, que sin ninguna justificación legal, los insertó en la dinámica común de la jurísdicción, o sea, en la desposesión de sus propiedades y en el uso de las mismas por los españoles.
37 Igual situación encontramos en otra venta que Rafael Antonio de Palencia hizo a Francisco Rodríguez el 19 de diciembre de 1589, 36 Sempat Assadourian, C.: Historia Argentina.
De la conquista a la indepen •• rienda.
Antonio Rosillo, defensor gcrwrnl de bicnPs de menores, en nombre del cacique de Calamuchita.
38 Sin embargo, esta venta cuenn con un matiz importante, que sí es necesario detenerse en su comentario, pues vuelve a tocar algo que ha estado latente en todo lo que llevamos escrito.
Lo vendido formaba parte de la encomienda de Palencia que, a su vez, había obtenido en propiedad por medio de la correspondiente merced de tierras.
O sea, un nuevo elemento nos surge en el desarrollo que la tenencia de la tierra tiene en l� jurisdicción cordobesa.
A los dos ya conocidos, la encomienda y la merced de tierra, se le une el de la venta de las propiedades conseguidas, completándose un planificado circuito de rentables bene ficios para sus auto res y que le permitía la posibilidad de repetir la misma operación en cualquier otro lugar de la jurisdicción a sabien das de que lo único a lo que debían temer era a las tímidas y, a veces mediatizadas, acusaciones de los indígenas.
En efecto, en la venta que Miguel Jaimes de Ceballos realiza a Andrés Jiménez de Larca del territorio de Citón en la que el indio Juan Copina solicita sus derechos, basándose en lo que en principio parecen válidos argumentos como el amparo que sobre el dicho territorio Je había dado el gobernador y la amistad y los vínculos familiares que existían en los testigos presentados por Ceballos, la influencia de Jiménez de Lorca sobre Copina parece que fue lo que decidió la denuncia.
Al menos así lo plantea Ceballos, al alegar en su defensa el arrepentimiento en la compra de Citón por parte de Jiménez de Lorca y su colaboración con Copina en la presentación de la demanda.
39 Es decir, si escasas son las denuncias indígenas, si débil es su fuerza, si nula es su participación en las operaciones llevadas a cabo por lo españoles que directamente afectaban a sus propiedades, los casos en los que aparecen como defensores de sus antiguos dominios, con cierto tiento deben ser analizados, pues después del último caso comentado, pueden responder sus actituc.les más bien ADOLHl LUIS GONZÁLEZ RODRÍGUEZ a intereses particulares de recuperar el capital invertido por parte del propietario de turno que a una auténtica reivindicación de las propiedades que sin ningún recato se habían adueñado los españoles.
Creemos que con lo expuesto en las páginas anteriores hemos cumplido el objetivo que nos impusimos a la hora <le redactar estas líneas, pues hemos sacado a la luz los distintos medios de que se valieron los españoles asentados en Córdoba para consolidar su patrimonio territorial.
Por supuesto, no están todos, ni los que están alcanzan un análisis definitivo.
Ya explicábamos al comienzo qué íbamos a tratar y los límites que nos habíamos impuesto.
De todas maneras con lo dicho queda claro que en toda esta temática la peor parte recayó sobre los naturales cordobeses, al ver cómo con el paso de los años, tal y como dice el título general, sufrieron la constante pérdida de sus antiguas posesiones.
LA pJ'.� RDIDA DE LA PROPIEDAD INDÍGENA |
La historia de las comunidades indígenas del noroeste argen tino y su evolución social se convierte -a partir de la segunda mitad del siglo XVI-en historia compartida y constreñida a un contexto más amplio que venía desarrollándose ya medio siglo antes en gran parte del continente americano: la conquista y colonización española.
Este hecho fue el agente decisivo en la transformación de la historia de los pueblos aborígenes.
En la conquista y colonización de un pueblo por otro hay siem pre un proceso que se repite, cualquiera que sea el escenario geo gráfico.
Es el de la formación, en la zona conquistada, de grupos reducidos de conquistadores y colonizadores en cuyo beneficio tra bajan -y generalmente mueren-grandes masas de conquistados y colonizados.
A través de los datos -bastante fragmentarios y muchas veces confusos-dejados por los cronistas, relatores, misioneros' y fun cionarios, además de los innumerables testimonios administrativos, judiciales y comerciales, podemos conocer acerca del mecanismo re sultante de las relaciones sociales que se entablaron entre los pro tagonistas de las dos diferentes concepciones del mundo.
La gobernación del Tucumán nace directamente vinculada, tanto en el plano político como social y económico, al virreinato del Perú.
Sin embargo, la excesiva distancia de los centros admi nistrativos principales y la carencia de metales preciosos confirie ron a la región una fisonomía propia muy peculiar que se mantuvo desde el comienzo y hasta el fin de la etapa colonial.
Los instrumentos legales por los cuales la sociedad dominante
CRISTINA LÓPEZ DE ALBORNOZ justificó la apropiación de los bienes de las comunidades aborígenes fueron específicamente legitimados en cada una de las relaciones particulares.
Así por ejemplo, ]a encomienda, 1a mita y el yanaco nazgo regularon la forma de obtener la fuerza del trabajo indígena; el resguardo, las reducciones, la creación de « pueblos indios>> per mitieron la apropiación de sus tierras; las desnaturalizaciones y los extrañamientos, en fin, encubrieron la esclavitud y el despojo de todos stis bienes.
La encomienda, en particular, llegó a constituir el prmc1p10 y fin económico de la clase dominante en el Tucumán.
En esta región además nacieron en un contexto histórico diferente a las del resto de la América bisp, ma: cuando en otras jurisdicciones indianas la conquista de nuevas tierras y la «pacifica ción» de 1os aborígenes habían concluido pr, kticamcnte en el si glo XVI, en el Tucumán continuaron durante todo el siglo XVII y parte del XVII I a través de las fundadones, refundaciones y tras lados de ciudades, con la consiguiente concesión de encomiendas de indios.
Su dilatada existencia -más de doscientos cincuenta años-fue uno de los rasgos peculiares que otorgó estabilidad y persistencia al poblamiento cspafiol en la región, considerando la ausencia de riquezas mineras.
La encomienda se convirtió en d pilar fundamental de la supervivencia de la nueva sociedad domi nante: sin metales preciosos y sin comercio en su primera etapa, las ciudades se vieron encerradas en una economía de autosubsistencia, que necesitaba de la producción aborigen para alimentarse y abastecerse mínimamente.
Como contrapartida de esta situación la población india, afec tada de diversas maneras por la colonización ( explotación econó mica, malos tratos, epidemias, traslado de individuos a otras regio nes, mestización), sufría una marcada caída demográfica y funda mentalmente la desestructuración social de sus comunidades y la pérdida de su identidad étnica.
La encomienda en Tucumán nace oficialmente bajo el espíritu de las Leyes Nuevas de 1542 y la real cédula de 1549, es decir, la de ser una encomienda basada en la tributación indígena, de la LAS DESNATURALIZACIONES °CALCHAQUÍES 3 cual se beneficiaban el encomendero y la Corona.
Pero en la prác tica se convirtió en el servicio personal que debieron prestar los aborígenes que no llegaron a tasarse, no podían concertarse ni per cibían salario alguno.
De hecho -y luego de derecho-la enco mienda tucumana incurría en una serie de arbitrariedades por parte de los encomenderos y las mismas autoridades locales.
A pesar de la abundante legislación que se sucedió durante su primer siglo de vida, la situación no se modificó sustancialmente.
Las Ordenanzas de Abreu en 1576 tuvieron un sentido protector hacia el indígena, pero el objetivo fundamental era evitar una mayor caída demográfica de las poblaciones encomendadas, que hubiera atentado contra el sistema de explotación y producción de la región.
Luego, con las Ordenanzas de Alfa ro de 1611, la encomienda tucu mana entra a formar parte del sistema jurídico común a todo el Nuevo Mundo: se convierte en la cesión que hace la Corona a los particulares del goce <le los tributos indígenas y en la pérdida de la jurisdicción que los encomenderos ejercían sobre sus indios.
Ante la realidad, los efectos de esta nueva legislación no parece haber producido efectos considerables.
El servicio personal siguió vigente sin mayores cambios e incluso él mismo fue el argumento esgrimido por las autoridades tucumanas para que la gobernación quedara exenta de la supresión del sistema de las encomiendas decretada a principios del siglo XVIII.
Así, pues, siendo el pilar fundan1ental de la subsistencia en la región de] Tucumán la encomienda de servicio personal, va a ser sostenida y defendida por las autoridades locales, hasta principios del siglo XIX.
Para comprender los aspectos que determinaron la inserción compulsiva de las comunidades aborígenes en el sistema colonial del Tucumán -con la nefasta consecuencia de su casi extinción es necesario analizar algunos de los complejos matices coyunturales por los que Ju producción regional atravesó durante más de dos siglos de vida colonial.
Las pequeñas comunidades de españoles reci61 fundadas vivían limitadas a una economía natural de autosubsistencia, donde los aborígenes proveían desde las periferias rurales algunos productos que se intercambiaban en trueque de pequeña monta.
Los instru mentos de trabajo y las características de la producción en este primer momento no habían variado sustancialmente de los utilizados por las poblaciones indígenas durante milenios.
El cambio se pro dujo por. la intensidad de la explotación de la mano de obra, que permitió la obtención de un volumen apreciable para la exporta ción y una coyuntura apropiada que abría rnerca<los para los pro ductos regionales.
En menos de tres décadas de iniciada la conquista del terri torio y particularmente en la década comprendida entre l 586 �, 1596, la población ahorígen encomendada -la m�ís afcctacb por el contacto con los colonizadores-sufrió una merma demográfica del 40 %.
En ese mismo período las «ciudades>> de la gobernación del Tucumán sumaron al esquema dominado por una «economía sin mercado», una economía de cambios m: fa complejos a gran distancia.
En una región sin metales preciosos dos factores influyeron fundamentalmente en ]a amoliación del universo económico de b región: el uso discrecional de la fuerza laboral indígena que k permitió a la clase encomendera contar con el excedente de Lt producción y el descubrimiento de las minas de Potosí en 154 5.
Ninguno de ellos es independiente ni excluyente de otros factores que también se conjugaron en esa coyuntura.
Las encomiendas y repartimientos de indios como forma eco nómica y de subsistencia, permitían a los encomenderos 1a percep ción de los tributos en especies o, como ocurrió en la gobernación, el servicio personal les permitió contar con una masa de individuos «disciplinados>> y de escaso consumo individual, para la explota� ción personal.
Los indios realizaban todas las faenas que constituí,m la riqueza material, de consumo y comercio dentro de 1a provincia.
Cumplían periódicamente con la mita de plaza en las ciudades para el servicio público y en las campañas atendían los ganados y traba jaban las tierras sembrando y cosechando especialmente maíz, trigo
De los bosques de San Miguel sacaban las maderas que en varias carpinterías de sus pueblos labraban para la construcción de casas, muebles y carretas. lladan grandes cantidades de lienzo y conducían las carretas y arreaban las tropas de vacas y de mulas que se llevaban a vender a Potosí y al Perú.
La explotación intensiva de la mano de obra indígena comenz6 al poco tiempo del descubrimiento de la plata potosina.
Primero fue la extracción de los indios del Tucumán hacia Charcas y Chile (fenómeno singular que se mantendrá durante todo el período colonial), donde eran arrendados, alquilados o vendidos por el encomendero.
Luego, fue la utilización de las comunidades comple tas (incluidas las mujeres, los niños' y los ancianos) para proveer al mercado potosino de los tejidos de algodón.
Finalmente, y como complemento, se utilizaban los hombres para conducir el ganado, especialmente mular, en su fase más tardía.
De esta manera el encomendero tucumano asume un tipo social de cierta complejidad en relación a esta misma clase en el resto de América.
Si su jerarquía inicial había surgido de las mer cedes y repartimientos con los cuales la Corona le había recompen sado, su preeminencia económica, social y política es producto de diversas actividades -donde la encomienda, es cierto, siempre juega un papel fundamental-que pasan por el comercio, la agri cultura, la ganadería, el transporte y la explotación de los obrajes.
El Tucumán se insertó en una economía de mercado que no significó de ninguna manera la desaparición de la economía natural, sino la coexistencia de ambas.
Los encon1enderos tucumanos se asociaron o se convirtieron en los mercaderes que percibían los tributos en especies como moneda natural y los vendían como pro ductos de consumo interno o de cambio en el mercado interre gional, cobrando por ellos en moneda metálica o, en su defecto, en moneda de la tierra, es decir, en especies (maíz, trigo, algodón, lienzo, etc.).
Cada ciudad había establecido su propia moneda de la tierra, pero siempre equivalente a la plata <le ocho reales.
De todos modos, ello los favorecía ampliamente en la acumulación de capital.
Sin embargo, a partir de la segunda nütad del siglo XVll se advierte en el Tucumán una importante depresión económica direc tamente vinculada a la caída de la producción minera del Potosí y a la grave disminución demográfica >.
Es entonces cuando se abre otra etapa en el Tucum,111.
Si hicn el Potosí ha perdido gran parte de su capacidad estimulante, el comercio de la gobernación -especialmente de mulas-no decae:.
Más bien se mantiene parejo hasta mediados del siglo X lX, con virtiéndose en una importante fuente de ingresos para toda 1n región.
Por otro lado, la jurisdicción recibe una «inyección» de nuevas masas indígenas (a las que luego se suman las poblaciones chaqueñas), que sirven de mano de obra para obtener las gran jerías de la región.
Nuevos encomenderos se sumaron al grupo de feudatarios ya existentes.
Sin embargo, a fines del siglo XVII el descenso demográfico que se venía produciendo continúa con su curva de ritmo descen dente.
El hundimiento general de la población aborigen del Tucu mán es, en las últimas décadas, de casi un 55 %, sobresaliendo la de San Miguel con un 60 %.
Sus causas siguen siendo, en líneas generales, las pestes, los malos tratos y la extracción de indi viduos hacia otras regiones.
muni&1des, la política dispuesta por las autoridades ]ocales sobre el extrañamiento y la desmembración de los grupos repartidos en varias encomiendas, distorsionando la unidad familiar y exi giendo el mismo rendimiento laboral a los pequeños feudos y a los mayores.
Durante el siglo XVIII la actividad fundamental de la región seguirá siendo el comercio y la ganadería, sumada a una mayor diversificación agrícola, pero en general ya amenazados por los primeros embates del comercio libre institucionalizado lentamente desde el reinado de los Barbones.
Sin embargo, la ventajosa ubica ción de la gobernación le permite actuar de mediadora entre el puer to de Buenos Aires y el litoral argentino -mercado especialmente óptimo para la industria maderera-y una avanzada en e1 impulso comercial porteño hacia el Alto Perú.
En esta última coyuntura colonial, los miembros de las pobla ci<mes aborígenes que han logrado sobrevivir se han convertido en peones forzados en las estancias o en las nuevas ciudades inte riores que han ido surgiendo, en una situación de más o menos concertaje, mal pagados y discriminados por la sociedad dominante.
El proceso de la desestructuración social y étnica Je las comu nidades indígenas -producto de las relaciones impuestas por el mundo colonial-ha sido analizado en su magnitud más aproxima da en este trabajo en un distrito concreto de la jurisdicción de San Miguel del Tucumán, exactamente el correspondiente al valle de los Choromoros, y durante un período de tiempo también concreto, el siglo XVII.
Si el proyecto inicinl tuvo como objetivo primordial la iden tificación de las poblaciones aborígenes originarias de la zona y su posterior inserción en la estructura de la conquista, el desarrollo alcanzado por la investigación nos permitió a su vez proceder al estudio <le todo lo referente a la ocupación territorial por parte del indígena y del español, así como a conocer su situación demo-
CRISTINA LÓPEZ DE ALBORNOZ gráfica, cultura] y jurídica.
A partir de los resultados obtenidos creemos que es factible el an, Hisis objetivo de algunos aspectos del proceso desencadenado por las relaciones interétnicas en la región.
Comprendemos bajo el nombre <le «valle de los Choromoros» nl área geográfica -mucho más amplia que la actual-que hasta el siglo XVIII conformaba uno de los tres distritos en que se dividía la jurisdicción de San Miguel de Tucumán, e incluía a los actuales departamentos de Trancas, Burruyacu, parte de Tafí y la capital_, en Tucumán, y zonas aledañas de Salta y Santiago del Estero.
Dentro de esa extensa, irea, la cuenca conocida como Tapia Trancas, enmarcada entre las sierras subandinas por el este y las cumbres Cakhaquíes por el oeste y atravesada de norte a sur por el río Salí, ha actuado a lo largo <lel tiempo con mecanismos propios de una frontera cultural.
Ya desde el período prehispánico las características geomorfológicas de la cuenca y sus numerosas vías naturales de comunicación, permitieron la confluencia <le grupos aborígenes procedentes del valle de Santa María y Calchaquí y otros provenientes de las llanuras orientales.
Durante el período colonia], su fácil tránsito en dirección norte-sur convirtió al valle en camino obligado para unir los territorios del Plata con Potosí.
Ciento treinta años de rebeliones calchaquíes modelaron la fisonomía de ocupación de la región.
La imposibilidad del español de ejercer un efectivo control del valle Calchaquí mantuvo a Choro moros como frontera militar y campamento de las fuerzas colonia les.
Finalizada la guerra y volcados los esfuerzos de conquista hacia el frente oriental, el valle de Choromoros siguió sujeto a las exigencias <le aportar su población para volver a <lefen<lcr la frontera.
Como primer objetivo de la investigación se intentó cubrir un lapso temporal desconocido de la historia del valle.
Corresponde a las primeras décadas del siglo XVII, enmarcadas por la ocupa ción española y la incorporación de las poblaciones calchaquíes trasladadas a la zona.
Las particularidades de la encomienda en la gobernación del Tucumán, cuyas prestaciones mediante el servicio personal provo caron una situación de mayor dispersión, mestizaje y aculturación dieron como resultado la fragmentarización y debilitamiento de las unidades étnicas, pero no ya como resultado de una natural ten dencia de contactos interétnicos, sino fruto de la política colonial.
En e] proceso de ocupación del territorio, la fundación de las ciudades fue una necesidad estratégica que pretendía mantener la relación de intercambio económico entre el Perú y la gobernación del Tucumán.
En ese esquema poblacional el valle de Choromoros formaba parte del área «rural» subsidiaria de la ciudad cabecera.
El papel a cumplir era el de formar un cerco fronterizo alrededor de los valles Calchaquíes y asegurar ese tramo del «camino del Perú».
La ocupación del valle Je Choromoros durante el período co lonial no fue efectiva sino hasta mediados del siglo XVIII, ya que su población -tanto europea como aborigen-estuvo sujeta a las exigencias que imponía la defensa de los dos frentes bélicos.
Las características etnográficas de las poblaciones indígenas <le la región responden a los patrones culturales de poblaciones semisedentarias o nómadas que no se tasan y se los incorpora legal mente al servicio personal de los encomenderos «porque no pro ducen nada para tributar».
A principios del siglo XVII las parcialidades indígenas efec tivamente encomendadas en el valle apenas superaban la media do cena, adjudicándolo a una probable baja densidad demográfica fruto en parte de los peligros que la zona revestía por los ataques de calchaquíes y mocovíes.
Es evidente también un marcado proceso de desnaturalización de las comunidades trasladadas desde sus asientos originarios hacia las estancias de los encomenderos.
Ello implicaba readaptaciones ecológicas que alteraban las condiciones de vida de los pueblos involucrados lo que, unido al tipo de tareas obligadas a realizar, los malos tratos, epidemias, alteraciones en los mecanismos de pro ducción y reproducción, influyó en la densidad demográfica.
Al analizar las arbitrariedades con que se aplicaron las leyes en el Tucumán de los siglos XVI y XVII, se comprende quizás mejor la realidad espacio-temporal en que se inserta la región: una gobernación marginal de las áreas neurálgicas del imperio hispano, sin minas ni riquezas de ese tipo, y en un proceso tardío de con quista y colonización que no por ello fue mejor ni más justo, sino todo lo contrario.
Este• último aspecto se evidencia particularmente en la «legali zación» de las desnaturalizaciones con ocasión de la finalización de las guerras calchaquíes.
Los distintos sistemas que impuso el español para la organiza ción del trabajo indígena, la estrategia utilizada para integrar a los naturales a las pautas de vida determinadas por el «orden y poli cía», la imposición de creencias religiosas y la mecánica de control sobre la vida cotidiana, dieron por resultado la ruptura de la estruc tura original de la sociedad aborígen, secundada por una legisla� ción tendente a imponer por la fuerza la nueva cosmovisión dominante.
Un mecanismo de amplio desarrollo en la gobernación del Tucumán que atacó a la base misma de la sociedad aborigen fue el de las «desnaturalizaciones» ( erradicación de los grupos indígenas de sus nichos ecológicos originales).
Producto en parte de las constantes luchas contra los indios cakhaquíes y los del Chaco, sus antecedentes pueden rastrearse desde los comienzos de la coloniza ción del territorio.
Continuando con la investigación que atañe a la dinámica de ocupación del valle de Choromoros durante el período colonial y sus implicaciones demográfica, social y cultural para las comuni dades aborígenes de la zona, se centra el análisis de este trabajo en las poblaciones indígenas extrañadas de Calchaquí y ubicadas en Choromoros y las consecuencias que tal procedimiento engendró.
Más de un siglo de rebeliones chalchaquíes modelaron la es tructura ocupacional de la región.
La imposibilidad del español de ejercer un efectivo control del valle calchaquí, mantuvo a la pobla ción de Choromoros en constante peligro.
Dominadas las pobla- dones rebeldes por las fuerzas militares coloniales, el gobernador Mercado y Villacorta procedió a las desnaturalizaciones masivas Je 1659 y 1665, para «corregir lo notorio de sus delitos y regirlos y conservarlos en el dictamen de verdaderos cristianos».
Ello dio como resultado la descomposición y ruptura de las pocas unidades étnicas que se conservaban como tales en la región.
Divididos los pueblos en innumerables encomiendas o repartidos como «piezas» entre los soldados lJUC intervinieron en la guerra, son separados en definitiva de sus tierras, de sus familias y de sus tradiciones.
ESTADO DE LA CUESTIÓN Y FUENTES CONSULTADAS
Pocos autores se abocaron al tratamiento de la problemática de las desnaturalizaciones <le las poblaciones calchaquíes y quienes lo han abordado lo hicieron Jes<lc las perspectivas casi exclusivas del colonizador, examinando los efectos que el procedimiento tuvo para el desarrollo de las ciudades españolas, o en su defecto, rein terpretando sus consecuencias de n1anera general para todas las poblaciones aborígenes de la gobernación del Tucumán.
En cuanto a los testimonios que hacen referencia a las pobla ciones calchaquíes desnatu�alizadas son en general de carácter militar y eclesiástico, emanados de los gobernadores o vecinos que participaron en la contienda y de los clérigos que actuaron de mi- �;Íoneros en 1a región.
Al finalizar la guerra todos coinciden en los argumentos a favor de los extrañamientos, a pesar de los efectos poco redituables que tal medida tenía desde el punto <le vista de la producción aborigen.2 Una vez extrañadas las poblaciones del valle y encomendadas n vecinos de la gobernación del Tucumán e inclusive de Buenos Aires y Santa Fe, comenzaron a ser registradas por los padrones que se conservan para la segunda mitad del siglo XVII.
Todo ello sucedió en virtud de que, en 1668, la audiencia de Buenos Aires había hecho pública una real cédula por la cual se ordenaba para todo el territorio americ.mo «expresar siempre en los títulos el ver dadero valor de la encomienda y el número de naturales sujetos a cada encomienda con distinción de sexos y edades». -� Las encomiendas otorgadas por Mercado y Villacort1 a los vecinos feudatarios <le la región debieron ajustarse a esta nueva legislación, por lo que se puede contar con una mayor cantidad y cnlidad en la documentación de este período.
Esa documentación consiste fundamentalmente en empadro namientos de pueblos indios y encomiendas de las distintas juris dicciones de la gobernación del Tucumán y algunas visitas generales y circunstanciales que se conservan para la zona.
Con respecto a los padrones podemos establecer que al ser realizados en general con propósitos fiscales, o sea el de constatar el cumplimiento de la tasación indígena o el de exigir a los encomen deros el pago de la media annata, carecen de detalles que permitan determinar las condiciones a las que se hallaban sujetos los enco mendados.
Lo que sí puede inferirse a través de ellos es el hecho de que el sistema de la encomienda en Tucumán -legalmente de tributos, pero en la práctica de servicio personal-no había varia do hacia fines del siglo XVII y principios del XVIII: las enco-miendas siguen localizadas en los terrenos de los españoles y ha' y una falta total de recuentos tributarios.
En cuanto a las fuentes de carácter general sólo se conservan para la región, la relación de encomiendas y padrón ordenada por el gobernador Angel de Pereda en el año 1673, que cubrió tanto a la gobernación del Tucumán como a la de Buenos Aires, y la visita general de la tierra llevada a cabo por el oidor Antonio Martínez Luján de Vargas durante los años 1692 y 1694.
Si bien existía la necesidad siempre vigente de la retasación de la población aborigen y constantes denuncias sobre las malos tratos e irregularidades que se cometían con las encomiendas tucu manas -que ameritaban las visitas y empadronamientos generales en la gobernación-, los obstáculos que en la práctica encontró el cumplimiento de ellos los redujo a los dos casos mencionados.
Aunque su valor testimonial es indiscutible, requiere un tratamiento metodológico especial para cada caso.
Finalmente contamos para realizar esta investigación con dos visitas eclesiásticas al curato de Colalao, efectuadas en 1680 y 1683, que hacen referencia a las condiciones de los pueblos indígenas de Colalao y Tolombón en sus asentamientos <le Choromoros.
LAS REBELIONES CA LC: HAQUÍF.S
A pesar de que los valles de Calchaquí y Choromoros se hallan separados por las elevadas cumbres Calchaquíes, los numerosos pasos que los atraviesan han permitido contactos e influencias cul turales entre las poblaciones de ambas vertientes ya desde el perío do prehispánico.
Es más, al iniciarse la ocupación española en el valle de Choromoros, a principios del siglos XVII, algunas pobla ciones serranas ya habían sido incluso otorgadas en encomienda a vecinos de la región aunque efectivamente no cumplieran con las prestaciones acordadas.
A su vez la precariedad <le los asentamientos españoles en la región e.le los Choromoros durante el sigo XVII'y la resistencia
de algunos grupos encomendados de la zona -muchos de los cuales escapaban de las reducciones y huían a los cerros-, permitió va rios ataques calchaquíes a la región, para lo cual utilizaban los pasos que secularmente habían unido a los valles.
Esto provocó la actitud de parte de las autoridades tucumanas de crear un cerco alrededor de las poblaciones rebeldes que incluía al valle de Choro moros y al valle de Salta, convirtiéndose, pues, esta zona en una de ]as más afectadas por las contiendas.
Así en vísperas del primer gran alzamiento ( 1629), los indios <le Calchaquí fueron acusados Je «nuevas culpas y atrocidades» en el valle de Choromoros, pues llegaron «hasta salir a los caminos reales, doblando la cordillera y haciendo diferentes muertes y robos en las estancias circunvecinas».4 Y momentos antes <le la rebelión de Pedro Bohórquez, exactamente en mayo Je 1653, el alca]Je ordinario de San Miguel de Tucumán don Diego García Valdez exigía que se labrara un auto para investigar sobre unas cartas en viadas por el capitán Juan Je Escobar, vecino del valle de Choro moros, donde anunciaba que los indios del valle Cakhaquí y Yo cavil «no están buenos ni de paz» porque se lo han dicho los indios de su encomienda, indios de Tafí «que algunos de ellos los tienen en el dicho valle de los Choromoros».5 Por otro lado, y de acuer do al mismo testimonio, puede inducirse que la actitud de los cakhaquíes obedece a la incitación provocada por un vecino de San Miguel que tenía interés en quedarse con el producto del tra bajo de los naturales.
La rebelión de los indígenas en este caso, no sólo hacia a la posibilidad del peligro de un ataque -lo que en esta época ya era casi un hecho-sino también a la imposibilidad de contar con la mano de obra necesaria para el trabajo diario en las estancias ya que los aborígenes se resistían a cumplir con la mita.
Esa resis tencia de los naturales a ser absorbidos por el sistema colonial,
decisión tomada por sí mismos o por influencisa de algunos espa ñoles interesados en la situación, hablaba a las claras sobre el hecho de que las encomiendas -realmente no efectivas-no producían ]o que sus destinatarios exigían.
La necesidad de pacificar el valle era un imperativo.
Y el castigo al segundo gran alzamiento será más drástico aún que el primero.
Entre 1659 y 1665 prácticamente todas las parcialidades de Calchaquí fueron desarraigadas y el valle despoblado, por lo que el gobernador Mercado y Villacorta «dio licencia, en nombre de Su Majestad, para que los españoles las pidieran en merced, tierras, aguadas, etc. para formar en ellas estancias y poblaciones.
Así lo hicieron muchos y ahora las tierras de Calchaquí están habi tadas por el los». ó
Pero no sólo con el propósito de ser trasladados hacia el Alto Perú fueron desnaturalizados los aborígenes de estas provincias.
Con la justificación de un razonamiento que pretendía «adoctrinat los, tener un mejor control de la mano de obra, evitar la dispersión», o para «ubicarlos en mejores tierras» que sus asentamientos origi narios, algunos indígenas, familias y a veces pueblos completos fue ron ubicados en los establecimientos españoles, imponiéndose de hecho una situación laboral de servicio personal.
Las modalidades de este tipo de prestaciones fueron legisladas a lo largo del si glo XVI y comienzos del XVII.
Primeramente las ordenanzas de Toledo, luego las de Abreu y finalmente las de Alfara terminaron legalizando una situación que de hecho se venía dando: el desarrai go y la servidumbre.
8 Las ordenanzas de Alfara tienden específicamente a preservar al indio en su comunidad.
Con ello se pretendía de algún mo<lo poner fin a las arbitrariedades de los encomenderos tucumanos que desplazaban a los indios de sus lugares originarios a otros, con la finalidad exclusiva de pretender algún día la posesión' y propiedad de las tierras en que se había asentado la comunidad de los na turales.
El íntimo propósito del oidor era el de garantizar la per manencia de los naturales en sus asentamientos y la defensa de sus propiedades para asegurar su producción y tributación.
Claro que estas medidas no eran novedosas dentro de la ya tradicional política de la Corona que establecía que para empadronar a los aborígenes instalados en las haciendas españolas se procedería a naturalizarlos y concederles las tierras que ocupaban.
Es obvio que esa «concesión» de tierras y la consiguiente reducción a pueblo que implicaba la ordenanza atentaba contra los intereses de los enco menderos -al mismo tiempo hacendados-en los posibles dere chos de uso y propiedad que hasta ese momento hubieran tenido.
La ley, más taxativa aún, establecía que los ganados de los espa ñoles debían estar a no menos de tres leguas de distancia de los pueblos de indios y los indios sólo podrían sembrar en las tierras de sus pueblos (ordenanzas 34 y 38).
De ahí que la negación del carácter de pueblo de algunos grupos aborígenes por parte de los encomenderos era muy conveniente para el aprovechamiento de las tierras indígenas, cuando no la posibilidad de agregarse esas tierras al patrimonio privado al denunciarlas como «yermas y despobladas».
Unida a la posibilidad real de la pérdida de sus tierras, la situación legal y laboral de los aborígenes desnaturalizados era peor aún.
El indio reducido a encomienda revestía el carácter de tal mientras no era movido de su pueblo, seguía sujeto a su cacique y residía en el repartimiento de su naturaleza.
Según Zavala, 9 en la encomienda de pueblo, llamada también de cacique, los naturales permanecían en sus tierras, no así en las encomiendas de «indios sueltos o piezas».
Este último tipo de encomienda, prohibida por las Ordenanzas 3 y 4 de Alfara, fue bastante frecuente en la go bernación de Tucumán, y finalmente legalizada por Mercado en 1659.
En esa ocasión se repartieron mil «piezas de indios que lu charon hasta el final, entre los encomenderos, capitanes y soldados que habían intervenido en la guerra y ciento cincuenta se reservaron para los conventos, viudas y pobres».
10 Cuando un grupo de aborígenes, pueblo o parcialidad era tras ladado de su asiento originario, quedaba marginado de la legislación que reglamentaba su condición laboral.
No revestía el carácter de indio encomendado (no en el sentido estricto, aunque conserva esa denominación), ni de yanacona, pues aquéllos eran contratados en servicio personal, aunque luego el concepto se deformara de signando como yanaconas a todas las prácticas de servicio personal de los indios encomendados legalmente prohibidas por la legisla ción general; 11 ni tampoco se le puede considerar indio mitayo, pues no se trataba de aborígenes que residían intermitentemente y por turnos en las haciendas españolas, sino en forma permanente en las propiedades de su encomendero, sin regresar a sus repar timientos de origen.
La situación nunca es clara, pero la desvirtua-
ción de las instituciones laborales vigentes en América, dio como resultado en el Tucumán la implantación del servicio personal.
Y con ello se producía la desarticulación de la sociedad aborigen, pues separados en encomiendas de unas pocas familias no tenían oportunidad de conservar ningún tipo de mecanismo social original de su etnia.
Un caso concreto de esa situación podemos verlo en el pueblo de Colpes.
Una parte de él la encontramos relocalizada en el valle de Choromoros hacia fines del siglo XVII.
Investigando sobre el origen y antiguo asentamiento de este pueblo, nos encontramos ante un caso de desposesión de tierras y posterior desnatura1ización.
En el año 1608, los indios del pueblo de Colpes venden sus tierras a don Juan Martínez de Iriartc, quien las había ocupado «con ganados ma' yor y menor» aduciendo que le habían sido otorga das por merced del gobernador.
Los aborígenes, asesorados por el protector de naturales y «por bien de paz y quitarnos de pleito, debates y diferencias por ser sus fines dudosos y inciertos hemos tratado de vender las dichas tierras y el derecho de acción que a ella tenemos al dicho Juan de Iriarte», incluyendo como lo esta blece el mismo testimonio tierras de pastura y tierras para cultivos.12 Sin que hubiese en ningún momento mediación del encomendero de este pueblo -don Gaspar Doncel-los indios vendieron sus bienes «por precio y cuantía de doscientas ovejas de Castilla», considerándolo precio «justo» pues nadie ofreció más.
A pesar de que las tierras de indios eran inalienables segtm la legislación vigente, la demanda de Iriarte procede y se le adjudican los bienes reclamados.
Según las Ordenanzas de Alfaro, relacionadas con la delimita ción de las tierras que debían constituir la base patrimonial del pueblo de indios (Ordenanzas 33 y 34), se establecía un espacio territorial libre de toda vinculación patrimonial privada, el que cercando a los pueblos de indios constituyera un medio de defensa respecto a su integridad y a su derecho de propiedad o posesión LAS DESNATURALIZACIONES CALCHAQUÍES 1 �) frente a los posibles abusos de vecinos españoles que extendiendo sus chacras • y estancias podían atentar contra la subsistencia de aquellos pueblos.
Este tipo de legislación incurría en una contradicción interna si se considera el caso de los pueblos y reducciones de indios que se constituyen en las tierras de los encomenderos.
Tarde o tempra no, éstos o sus descendientes pretenden el pleno ejercicio de sus derechos a la propiedad de esas tierras.
En el año 1611 el pueblo de Colpes, aparentemente des membrado al menos en dos repartimientos, aparece como enco mienda de doña Juana de Villegas, a quien había pasado por dere cho sucesorio de su primer marido, el capitán Diego de Vera.
13 En 1612 el segundo marido de doña Juana de Villegas obtiene una merced de tierras otorgada por Alonso de Ribera, ubicadas en «la otra banda de la cuesta de Paquilingasta>> «que es la misma que poseyó Diego de Vera», y allí se establece como cláusula espe cial «que los indios sean preferidos en las mejores tierras y primera agua de las acequias a su escogencia».
14 Si esta cláusula se cumplió no podemos asegurarlo.
Es probable que respondiera simplemente a una formalidad administrativa.
Separado en dos parcialidades el pueblo <le Colpes aparece re gistrado en los padrones de indios realizados en las distintas juris dicciones tucumanas por orden del gobernador Angel de Pereda en 1673.
15 En San Juan de la Ribera de Londres el repartimiento aparece registrado como encomienda de Juan Bernardo de Nieva y Castilla y contaba con 26 tributarios, 13 reservados, 21 muchachos, otra parcialidad de los Colpes estaba encomendada a Andrés Ahu mada y contaba con su curaca, 5 tributarios ausentes, 1 reservado, 9 muchachos y 5 chinas.
Según la tasaci6n de indios hecha por el oidor don Antonio Martínez Luján de Vargas, con motivo de la visita general que 1levó a cabo en la gobernación de Tucumán entre 1692'y 1694, 16 la población de Colpes se registra encomendada a Esteban de Nieva y Castilla, vecino de Catamarca (donde reside el pueblo), y cuenta con 19 tributarios.
Este encomendero la gozaba en tercera vida pues la familia Nieva y Castilla poseía esta encomienda desde 164 3.
17 dados en Juan de Palacios.
Lamentablemente la documentación que se conserva al respecto no nos permite aclarar la situación.
Luego de estos registros del pueblo de Colpes realizados a fines del siglo XVII, no son consignados en ningún otro testimonio sobre empadronamientos de indios de la jurisdicción de San Miguel de Tucumán.
Es probable que esta poblaci6n ya estuviera en vías de extinción o de aculturación con otros grupos étnicos.
Juan de Palacios era también en 1692 encomendero del pueblo de Angano mo, otra encomienda muy reducida en esa época ( ver apéndice, cuadro V).
La flexibilización de las pautas matrimoniales y de las rela ciones interétnicas en general, provocadas por la misma situación de desarraigo y desestructuración social, atentaría contra la identidad grupal y terminaría por incluir a los integrantes de los distintos pueblos en una única categoría de indios.
Por otro lado es nece sario tomar en cuenta también el acelerado proceso de mestizadón que se va produciendo, elemento que no sólo modificada la cate goría étnica de los pueblos indígenas sino también su condición social y fiscal.
CHUSCHAGASTAS J ToLOMBÓNES, CoLALAOS a) Sus extrañamientos Sin lugar a dudas los traslados y desnaturalizaciones aplicadas como castigos a las rebeliones calchaquíes son los que tuvieron los efectos más devastadores y dramáticos para las poblaciones invo lucradas, provocando una absoluta desestabilización social.
Pueblos completos fueron extrañados pero raras veces fueron ubicados en su totalidad en un mismo asentamiento.
La mayoría de las poblaciones fueron divididas entre varios encomenderos, sin que se pueda determinar a través de la documentación, cuál fue el criterio utilizado en esa separación.
Quizá respondiera a alguna división interna dentro de cada grupo étnico o _fuera simplemente una relación de cantidad de familias aborígenes según el mérito del encomendero.
Otros individuos fueron entregados como «pie zas» para el servicio personal de los soldados.
Si hubo en algún momento jefaturas más o menos abarcadoras de varios pueblos, las desnaturalizaciones terminaron por desmembrarlas.
Los espa ñoles consideraron que esa política seguida era la única válida para finalizar definitivamente con el peligro calchaquí e iniciar el ansia do período de paz en la gobernaci6n.
Hacia mediados del siglo XVII, que coincidía con más de un siglo de rebeldía aborigen en los valles del oeste, el declive de la economía tucumana era inevitable, de no ponerle fin al conflicto.
Así la coyuntura potosina que le había permitido al Tucumán insertar los productos regionales (algodón, tejidos, ganados, cera, miel), y obtener un excedente monetario, ya había entrado en crisis.
Las numerosas aduanas interiores trababan el comercio de la zona; y fundamentalmente, la vertiginosa caída demográfica de las encomiendas de la jurisdicción condicionaban a poner en movimiento los mecanismos militares de toda la gobernación, esta vez no sólo con carácter defensivo sino como una «gran empresa econ6mica», es decir, había que obtener la mano de obra necesaria para seguir haciendo producir las chacras, estancias y haciendas.
Según el gobernador Albornoz, el número de naturales que habitaban el valle calchaquí hacia 1630 era de unos 12.000 indi viduos que incluían niños, mujeres y ancianos.
19 Esa cantidad parece haberse elevado hacia 1659, cuando se produce el segundo levan tamiento, pues según el informe de Pedro Bohórquez, los indios que tomaron las armas y se unieron a la rebelión contra los espa ñoles eran unos 3..500 de armas y unos 17.000 en total.
En: Larrouy, P. A.: Documentos..., docum. núm. VIII. moros' ya que muchos murieron en el combate, huyeron o se sui cidaron antes de caer cautivos.
El pueblo grande de T olombón y el de los paccioca fueron las primeras parcialidades calchaquíes en ser vencidas por los espa ñoles en la campaña de 1659 e inmediatamente reducidos a obe diencia.
Los indios rindieron sus armas y solicitaron al gobernador que Jiberara sus prisioneros (especialmente mujeres).
La respuesta fue «... que si traían igual número de cautivos tomados entre los indios aún rebeldes y los encerraban en la prisión, podrían retirar a los prisioneros hechos en su pueblo... ».
Con ello Mercado pro cedía a aplicar la política de romper con «la amistad que hasta en tonces había mantenido unidas a las tribus calchaquíes».
21 Esa política de «indios arnigos» utilizada por los españoles les permitió contar con una masa importante de gente para el ejército y para repartirlos luego para el servicio personal entre los soldados que habían participado en la guerra.
Para las comunidades indígenas haber acordado la paz no significaba de ninguna manera mejorar sus condiciones de sujeción: «... pueblos enteros se presentaron ante el gobernador para darle la paz y él la admitió con la condición de que abandonaran el valle de Calchaquí y se reunieran en reduc ciones... » «... a quienes yo inducía a hacer lo que les resultaría más conveniente; a comprender lo malo que sería que los repar tieran por piezas, no por familias, como iba a suceder si se negaban �1 abandonar el valle... ».
22 Sin embargo algunos grupos como los paccioca -con sus par cialidades de Tolombón y Colalao-fueron autorizados, al menos por un tiempo, a quedarse en el valle Calchaquí, aunque no pre cisamente en sus asentamientos originarios.
Por el hecho de haber colaborado con los españoles se hallaban temerosos de las repre salias de las otras naciones rebeldes (especialmente los quilme), por lo que el gobernador les sugirió que se mudaran «hacia el nor te» donde «habían quedado despobladas muchas tierras fértiles y con aguadas» y así, si los enemigos los atacaban, podrían ser fácil mente defendidos por los vecinos de Salta.
23 Otras poblaciones, como los chuschagasta, fueron inmediata mente trasladados al valle de Choromoros.
En 1660 «fa mitad del pueblo de Chuchagasta» se encuentra ubicado en la estancia de Antonio de Arag6n, a quien han sido entregados en encomienda.
24 Mientras tanto, en el valle de Calchaquí la represalia contra los paccioca no se hizo esperar: «... los acometieron los demás indios rebeldes y a la mayor parte de ellos los arruinaron, mataron'y destruyeron... ».
25 La venganza de los paccioca fue peor.
En ocasión que los quilme y sus aliados, por falta de alimentos, qui sieron hacer amistad con ellos «los atacaron por sorpresa y mataron a muchos, sobre todo mujeres» y luego, bien abastecidos, se fueron a Salta a ponerse bajo la protección de los españoles.
Allí perma necieron hasta el segundo gobierno de Alonso de Mercado, oportu nidad en que, incorporados nuevamente a los ejércitos españoles, reiniciaron la guerra «y amparados por nuestros soldados les hicie ron a sus enemigos todo el daño posible».
La rivalidad entre los grupos aborígenes del valle se evidencia en la fragilidad de las alianzas que establecían entre ellos o con los españoles para enfrentarse a unos o a otros.
Es seguro que entre esos grupos habría diferencias tanto sociales como culturales -según lo ha demostrado la arqueología-y las jefaturas más abar cativas (ocho o doce pueblos a lo sumo) sólo corresponderían a eventuales caciques o curacas <<principales» que lograban convocar a todas las parcialidades bajo su jefatura para la conducción de la guerra, como ocurrió con Juan Calchaquí.
Es probable que esas rivalidades hubieran tenido su origen en las diferencias existentes entre los antiguos grupos étnicos po bladores del valle y los que habrían ido ingresando con el tiempo.
No podemos olvidar que el valle Calchaquí se había convertido, desde el comienzo de la ocupación española del Noroeste argentino, en el único lugar de refugio de los aborígenes no encomendados o de aquellos que lograban escapar de las obligaciones que les imponía el sistema colonial.
Aparentemente las rivalidades surgí� das entre algunos de esos nuevos grupos y los que secularmente habían vivido en el valle condicionaría las alianzas.
Lo que sí es evidente es la existencia de una atomización polí tica que dentro del valle le permite a cada etnia actuar con bastante independencia y flexibilidad para acordar alianzas con otras par cialidades o con los españoles.
En 1665 se inicia la campaña definitiva contra el valle Cal chaquí cuyo saldo fue la desnaturalización de las parcialidades que aún se encontraban residiendo allí, especialmente los Quilme y Acalián.
La suerte de los Tolombón y Colalao en este caso, no fue diferente de los demás: también fueron divididos y desnaturalizados.
Pero para ellos se adquirieron tierras en Choromoros.
26 Divididos en tercios -según se aprecia en los padrones de las últimas décadas del siglo XVII-tolombones y colalaos fueron encomendados a vecinos de Salta y San Miguel de Tucumán, con la obligación de cumplir «mita de plaza» en Esteco, fundamental mente para su defensa militar..
b) Su evolución demográfica
Para llevar a cabo el análisis de la evolución demográfica de estas poblaciones, las condiciones de su relocalización, así como de las obligaciones a que estuvieron sujetos dentro de la estruc tura colonial y las probables respuestas adaptativas a su nuevo hábitat, contamos, como dijimos antes, con el empadronamiento general de 16 7 3 y la visita general de 16 9 2, además de los res tringidos a la jurisdicción de San Miguel (padrones de 1688, 1 711 y 1 7 18).
Las fuentes de carácter circunstancial, como las visitas e informes eclesiásticos sobre el curato de Choromoros y algunos documentos administrativos y judiciales nos permitie ron por otra parte complementar los datos para componer los cua dros demográficos.
27 Debemos considerar que para este período, cuando de análisis demográfico se trata, hay que evaluar la pertinencia de los instru mentos de-cuantificación que se conservan ya que de hecho, los abusos o negligencias cometidos por los agentes intermedios invo lucrados en los censos (alcaldes, fiscales, curacas y encomenderos), afectan directamente los recuentos poblacionales pues no pocas veces incurren en fraude censal.
El documento más antiguo que revela la situación de las par cialidades calchaquíes extrañadas a Choromoros es un padrón par cial correspondiente a la jurisdicción de Esteco, del año 16 7 1.28 Se limita al recuento de los indígenas de las encomiendas de Juan Martínez de lriarte y de Pedro Martínez de Pastrana, ambas del pueblo de Tolombón.
Aparentemente eran parcialidades de una misma entidad étnica, como puede apreciarse por el hecho de que ambas tienen un mismo cacique (ver apéndice, cuadro II).
Según se establece por este mismo documento la mita que debían cumplir estas poblaciones consistía en «atender las sementeras y cría de ganado de los vecinos de Esteco y defender la ciudad de las inva siones y hostilidades que el enemigo fronterizo hace de ordinario».
Para ello los curacas y alcaldes debían asistir a dicha ciudad pun tualmente con «todos los indios que tocaren a la sexta parte», «a los cuales se les pagará su servicio personal en su mano, habiendo cumplido con su obligación se muden y vuelvan a sus reducciones».
29 En la relación de encomiendas y padrones de indios realizada en 16 7 3, los grupos establecidos en Choromoros aparecen discri-minados en la siguiente forma: pueblo de Tolombón, encomendado en dos tercios; pueblo de Colalao, encomendado en cuatro tercios, y pueblo de Chuschagasta, encomendado en dos tercios (ver apén dice, cuadro III).
Todas las parcialidades tenían su asiento en el valle de Choromoros, compartiendo probablemente sus asentamien tos con otras etnias en las estancias de los feudatarios.
En cuanto a los padrones de indios de la jurisdicción de San Miguel de Tucumán de 1688, éstos fueron realizados con el pro pósito de actualizar las cargas fiscales de los encomenderos.
Es por ello que los datos referentes a las tareas a que estaban sujetas las comunidades indígenas en las distintas estancias, son muy exiguos.
Por otro lado, en este testimonio no aparecen registradas todas las parcialidades que se mencionaron en el padrón de 1673, con lo que se dificulta establecer una relación demográfica entre ellos ( ver apéndice, cuadro IV).
Para 1692 contamos con dos fuentes documentales que re gistran los pueblos aborígenes residentes en el valle de Choromoros: por un lado, la visita que realiza a la gobernación del Tucumán, el oidor de la Audiencia de La Plata don Antonio Martínez Luján de Vargas, y por otro la relación del curato de Choromoros que hiciera Alonso Ruiz de Marañón, cura beneficiario de las doctrinas de Colalao, Tolombón y Chuchagasta. • 10 A pesar de que ambos testi monios corresponden al mismo afio, no consignan los mismos datos (ver apéndice, cuadros V y VI).
Los motivos que habían ocasionado la visita de Luján de Var gas fueron esencialmente los abusos de que eran objeto los indios por parte de los encomenderos tucumanos, a pesar de las leyes y ordenanzas vigentes.
Esta situación, denunciada en varias oca siones en la segunda mitad del siglo, sólo fue atendida luego de la solicitud presentada por el obispo de Tucumán fray Nicolás de Ulloa, quien expresaba cuán necesaria era la visita de esta goberna ción pues los encomenderos no sólo cobraban tributos de los indios, sino también de sus mujeres, teniéndolos generalmente peor que CRISTINA LÓPEZ DE ALBORNOZ esclavos, siendo la principal consecuencia de ello el deterioro y destrucción de las encomiendas.
Si bien la visita de Martínez Luján de Vargas ha sido trans crita por Doucet y González Rodríguez, nosotros podemos añadir algo más a la misma, para lo que hemos optado, en unos casos, y completado, en otros, las cifras dadas por cada uno de ellos, si guiendo el. criterio metodológico que consideramos más adecuado. u Ambos investigadores comentan las características peculiares de esta visita.
En general parece ser que el procedimiento empleado por el visitador fue, no el de dirigirse personalmente a cada reduc ción de indios para levantar el padrón, sino que prefirió señalar determinados lugares donde debían comparecer los vecinos feuda tarios y sus encomendados.
Los lugares elegidos para ello fueron en su mayoría las ciudades cabeceras de cada jurisdicción, y los argumentos esgrimidos por Luján de Vargas apuntaban a la dificul tad de trasladarse a cada una de las reducciones, debido a la dis persión que ellas sufrían como producto de que buena parte de los indios no vivían en pueblos, sino en las haciendas de sus encomen deros.
Si bien es cierto que esta modalidad de la visita fue la apli cada en la jurisdicción de San Miguel (para lo cual se eligió a la ciudad y la estancia de Miguel de Vera, en el curato de Choromoros), no se debe desconocer que algunos pueblos fueron visitados per sonalmente por el oidor, como ocurrió con todos los de Salta, La Rioja y algunos repartimientos de Córdoba.
El procedimiento empleado para el empadronamiento de los aborígenes le quita a esta visita cierta precisión y fiabilidad para ser utilizada como fuente demográfica.
Sin embargo, con los recau dos de crítica necesarios, podemos valernos de estas cifras como una aproximación a la realidad.
A pesar que para las poblaciones aborígenes que en nuestro trabajo se analizan los valores transcritos por Doucet y González Rodríguez en general no varían (ver apéndice, cuadro V), hemos
seguido fundamentalmente las de este último por encontrar su criterio n1etodológico más adecuado a la situación por nosotros des crita.
Así mientras Doucet limita los padrones al número de tribu tarios que contienen (tanto los presentes como los ausentes), Gon zález Rodríguez incluye además a los curacas, reservados, mujeres, viudas y los muchachos y muchachas no tributarios.
Ello, a nuestro modo de ver, da una idea más completa desde el punto de vista demográfico.
Por otro lado, en el caso de no contar con todos los datos consignados anteriormente, como ocurre con el repartimiento de Chuscha, administrado por José de Ovejero, González Rodrí guez aclara que ello corresponde al número de indios examinados por el visitador y no al empadronamiento general.
Sí hemos tomado de Doucet el nombre de la encomienda de Anganomo -no consig nado por González-pues hemos podido comprobar por otros tes timonios que este repartimiento se venía sucediendo en la familia desde la merced que se hiciera en primera vida a don Juan Martínez de Iriarte, tío por vía materna de don Juan de Palacios (menor en 1692), quien ostenta la encomienda en esos momentos.
32 Pastrana «difunto encomendero que fue de la dicha Encomienda» y que ahora pertenecen al capitán Pedro Ruiz de Villegas, y a la correspondiente a Pedro Martínez de Iriarte «Encomendero de la mitad de dicho Pueblo de Tolombón».
La finalidad de este empa dronamiento era, no sólo la de actualizar las cifras de indios de tasa por los que sus encomenderos eran deudores al fisco, sino también la de averiguar «de los indios que faltaren de dicho Pueblo y si los encomenderos a quien se encomendaron los tienen en esta dicha reducción y pueblo de Tolombón o los han sacado a otra parte con tropas de mulas».
El empadronamiento se lleva a cabo en el mismo pueblo de Tolombón, en el valle de Choromoros, y allí se consignan, además del curaca'y el alcalde de la población, los indios de tasa, los reservados de tasa ausentes, las mujeres, niños (varones y mujeres) y los huérfanos, cada uno de ellos con la especificación de su edad y estado civil.
Las dos encomiendas (mitades) han sido registradas juntas, pero en un apartado se consignan a los «tasa ausentes» llevados por el capitán Ruiz de Villegas en su viaje al Perú, los que suman diez indios de los tribu tarios ausentes.
Al final del empadronamiento se aclara «que lo que toca a los indios ladinos anejos a este Pueblo que obtuvo Martínez de Pastrana se hallan en la ciudad de Salta y no e�tán, aqut».
Finalmente contamos con los padrones de indios de la jurisdic ción confeccionados por orden del gobernador Urízar y Arepaco chaga para precisar el número de indios que debían cumplir con las mitas y corresponden a principios del siglo XVIII (1711-1718).
Aquí, las poblaciones aborígenes encomendadas en el valle de Cho romoros no se registran.
Es muy probable que estos indígenas fue ran asignados a realizar prestaciones militares en el presidio de Balbuena -próximo a la ciudad de Esteco-para evitar las inva siones chaqueñas que asolaban la región.
De ser así, es posible que se eximiera a los encomenderos de cumplir con la contribuci6n correspondiente a los indios recién incorporados a la tasa.
Según se podrá apreciar por los cuadros del apéndice, hay un evidente descenso demográfico en las encomiendas del valle, lo que a su vez marca la tendencia general del proceso sufrido por 228 A11un1io, Je Estu, li,u Amnfr,i,w
LAS DESNATURALIZACIONES • cALCIIAQUÍES
31 las poblaciones aborígenes de la jurisdicción de San Miguel.
Sin embargo, no se puede establecer una relación directa de mortalidad, al menos para los tributarios, aunque sí es factible para la pobla ción infantil.
También el índice de natalidad evidencia haber dis minuido.
Claro ejemplo de ello es la encomienda de Tolombón de Martínez de lriarte: manifiesta una disminución de un 25 % en los tributarios y de un 35 % y un 60 % en los menores de die ciocho años (varones y mujeres) durante los veinte años transcurri dos entre 1671/1673 y 1692.
Sin embargo, en lo que atañe a los primeros es probable que su disminución obedezca a un oculta miento de los individuos para reducir la tasa que debía pagar el encomendero.
También es evidente que ha'y un suhregistro en el censo correspondiente a la encomienda del pueblo de Tolombón, perte neciente a Martínez de Pastrana, que consigna cinco tributarios en el padrón realizado en 16 71 y casi cuarenta en 16 7 3.
Esta última cifra se mantiene más o menos constante hasta fines del siglo XVIII, cuando ya ha pasado como encomienda del capitán Ruiz de Villegas, pero donde también se establece que este repartimiento se com ponía de un número indefinido (pues no se consigna en el padrón de 1700) de indios ladinos, es decir de indios ajenos al pueblo de Tolombón y que corresponderían a otro repartimiento que le había sido adjudicado a Pastrana.
Agl:)Í conviene hacer una aclaración con respecto a la denominación de indios ladinos, muchas veces registrados en los empadronamientos analizados.
Bajo esta cataloga ción se han incluido en general a antiguos repartimientos, que provienen de las llanuras, es decir que no son indios serranos, han sido encomendados desde el comienzo de la colonizaci6n del territorio y «hablan la lengua general» por lo que no necesitan intérpretes.
Lamentablemente la falta de datos testimoniales nos impide identificar específicamente al repartimiento de indios ladi nos de Pastrana.
Un poco más difícil de explicar es la situación de la enco mienda de Colalao de Díaz Zambrano, que entre 1673 y 1688 ha aumentado el número de tributarios, aunque el resto de la pobla ción evidencia un marcado descenso.
Quizá un buen número de CRISTINA LÓPEZ DE ALBOHNOZ varones que en 16 7 3 no tributaban haya accedido a la categoría de indios de tasa.
En el caso de las mujeres, manifiestan un des censo de alrededor del 50 %, pero tampoco podemos atribuirlo exclusivamente a la mortalidad considerando que en varios testi monios ni siquiera se registran.
Con respecto a la encomienda de Colalao, de Avila y Zárate, pertenecía, por herencia, a su mujer Claudia Costilla, viuda de Ber nardo Ordóñez de Villaquirán.
A diferencia de las otras encomien das registradas, evidencia un aumento importante de tributarios, cuyas razones podríamos encontrarlas en la anexión del pueblo de Colalao con indios tafíes, soleos y lules, que también eran enco mienda de Avila y Zárate.
Ello provocaría seguramente una mayor descomposición étnica en los grupos.
En 1689 se registran los indios tafíes, que a su vez conviven con soleos y lules, como «indios que están en el pueblo de Colalao y T olombón que así mismo pertene cen a este dicho pueblo», muchos de ellos «casados en el dicho pue blo».34 Cuando Zárate, a quien se le obliga a elegir entre las enco miendas que tiene, elige el pueblo de Tafí y quiere rescatar a sus indios, expresa: que los indios contraviniendo las órdenes que les prohíben volver al valle Calchaquí «se van poblando» allí y no se devuelven «por pertenecer los dichos indios al pueblo de Colalao».
Invocando para justificar su petición una «real cédula de la nueva Recopilación de leyes» que hace referencia, exactamente, a la no separación de los pueblos de indios o a su división35 evidencián dose, en consecuencia que los encomenderos tenían un exacto cono cimiento de la legislación vigente, aunque en la práctica -cuando sus intereses así lo requerían-no la aplicaran.
Finalmente en la encomienda del pueblo de Chuschagasta, de Antonio de Aragón, se mantiene casi sin variantes a lo largo del período analizado, e inclusive presenta un pequeño incremento entre la población infantil y adolescente (varones 21 %, mujeres 23 % ).
En cambio el número de las mujeres adultas es muy bajo y su incremento hacia finales del siglo quizá obedeciera a la incor poración de población femenina de otros pueblos.
LAS DESNATURALIZACIONES CALCIIAQUÍES j • j
ALGUNOS EFECTOS DE EXTRAÑAMIENTO
No se puede pensar que el valle Calchaquí se hubiera mante nido hasta la segunda mitad del siglo XVII, como una «isla» sin contacto alguno con la cultura europea.
Varias fundaciones espa ñolas habían tenido lugar en el territorio y aunque en general fueron efímeras, habían ido produciendo en sus poblaciones indígenas un lento proceso de cambios culturales.
5 no implican sólo un cambio de hábitat para la totalidad de las comunidades aborígenes del valle, sino que desde el punto de vista de los grupos humanos afectados, la des naturalización apuntaba a la destrucción del nicho original, a aflo jar los vínculos grupales, adecuarlos a otro espacio donde su subsis tencia y producción se encontrarán condicionadas desde una orga nización ajena al grupo.
Ello provocó las bruscas caídas demográ ficas comentadas anteriormente y un ca1nhio absoluto en sus modos de producción, reproducción, organización social, creencias religio sas y usos lingüísticos.
Desde el punto de vista de su organización social, poblaciones como los tolombón y los colalao �onservaron sus caciques, aparen temente de carácter hereditario y con una relativa extensión que incluiría al menos dos parcialidades.
Sin embargo, no creemos que hayan llegado a convertirse en los articuladores de las dos sociedades en pugna, antes bien se mantuvieron en una actitud de franca rebeldía y cuando les era posible eludían y hacían eludir las cargas que sobre ellos y sus comunidades pesaban en el mundo colonial.
3ó A esas jefaturas naturales se sumaron -cuando los grupos fueron extrañados y localizados en el valle de Choromoros-al menos dos autoridades más, esta vez producto de su «reducción» a pue blos: el alcalde y el fiscal.
Encargados Je ad1ninistrar justicia entre los aborígenes o de conducirlos ante los tribunales españoles y.
CRISTINA LÓPEZ DE ALBORNOZ de ejercer control hscal sobre la población, vinieron a trastocar el sentido de autoridad de lo organización social indígena.
En cuanto al sistema de producción originario de estas comu nidades, en general deben haber respJndido al patrón andino.
Ello consistía básicamente en una economía agrícola -realizada en colaboración por todos los miembros de la familia-v una activi dad ganadera y pastoril con animales propios de la zo�a y median te la práctica de la trashumancia.
Su alimentación se complemen taría con la caza y recolección de frutos silvestres.
El cambio hacia una producción no destinada ya a la supervivencia <le la comunidad, sino relacionada con el abastecimiento de los mercados locales'y regionales de la Colonia, provocó una ruptura de los mecanismos sociales en las comunidades.
Los hombres debieron dedicarse al cuidado de las sementeras de los encomenderos, cumplir con la mita de plaza en Esteco o en la ciudad de San Miguel, o preocuparse de la cría, invernada y traslado del ganado de los hacendados tucu manos.
Estas actividades los mantenían por largas temporadas fuera del pueblo y lejos de sus familias.
Ello se evidencia en el marcado absentismo registrado en los padrones.
La descomposición de las unidades familiares redundaba en detrimento de su producción comunal y la reproducción y creci miento del grupo.
El pueblo de Tolombón, de la encomienda de Juan Martínez de Iriarte, cuenta con un absentismo de tributarios (la población masculina más productiva) superior al 35 % que se encuentra fuera de la reducción cumpliendo tareas que, aunque no se especifican, fueron encargadas por el mismo encomendero.
Mu chos de ellos están en las jurisdicciones de Jujuy, Guachipas, Cór doba y varios de ellos en el Perú (padrón de 1671).
La encomienda de Díaz Zambrano, del pueblo de Colalao, cumple servicio personal en la estancia de su encomendero que tiene su ubicación en la juris dicci6n de Salta.
Muchos de los aborígenes de este pueblo se han casado con mujeres de la zona.
Si ese absentismo, en principio tem poral, se convertía en permanente -por muerte, huida o nueva casamiento del tributario-, la desestructuración familiar era total: las mujeres y los niños quedaban solos.
La disolución de la únidad étnica también se evidencia en la laxitud de algunas costumbres de los grupos, como por ejemplo, en el matrimonio que produce uniones interétnicas entre las distin tas parcialidades ( tolombones y chu5chagastas, o colalaos y tolom bones, aunque estos últimos parecen haber pertenecido a una misma etnia).
Otras veces las uniones se realizaban con integrantes de diferentes etnias, en algunos casos «a la usanza» de uno de los grupos y en desmedro de las costumbres del otro.
Así como la pérdida de la identidad étnica de estas parciali dades era a fines del siglo XVII casi un hecho, ciertas pautas cul turales se sumían en un sincretismo religioso y lingüístico.
El res quicio para la pervivencia de algunas costumbres se encontró a través de las idolatrías, las supersticiones, mitos y leyendas po pulares y mediante la persistencia de lenguas o dialectos propios, al menos hasta fines del siglo XVII.
37 Otro factor que tuvo gran importancia sobre la suerte del pro ceso demográfico indígena fue la pérdida de sus propiedades terri toriales comunales, pues hizo más precaria su situación y condi ciones de supervivencia.
Los indios eran considerados para el dere cho como personas necesitadas de protección y tutela para todos sus actos (desde producir y reproducirse hasta enajenar sus bienes) y por ello fueron amparados en los derechos sobre sus tierras comunales, las cuales permanecieron -para la legislación-con carácter inalienable.
Sin embargo estas propiedades tampoco se libraron de la ambición de los encomenderos, como se ha podido comprobar al menos para los siglos XVI y XVII.
38 Si la legislación hispana contempl6 todos los casos posibles de las relaciones español-aborígen, en la práctica la realidad indígena hacia fines del siglo XVII se desdibujaba, asumiendo caracteres de rebelión en unos casos o de aparente sincretismo en otros.
El re- CRISTINA L<JPEZ DE ALBORNOZ sultado de todos modos fue la formación de un estamento social indiscriminado -el mestizo-que a principios <lel siglo XVIII parece haber asumido una actitud ontológica sobre su condición de desprotegido y marginado <le la sociedad colonial.
La violencia social es inseparable de una sociedad que des cansa sobre el trabajo esclavo o semiesclavo y donde el privilegio decide la suerte de muchos individuos y algunos grupos.
Sin em bargo, esa violencia social -que no sólo caracteriza a la relación dominador-dominado sino también a grupos sociales de pareja con dición social-asume las expresiones más dramáticas cuando estalla una insurrección o cuando se sospecha que puede esta1lar.
Es cuan do todo castigo parece poco para que sirva <le alerta a otros que pueden sufrir el contagio de la rebeldía.
La extinción prácticamente total de los núcleos aborígenes registrados a principios del siglo XVII debió responder, en general, a un estadio cultural menos avanzado que les habría condicionado a padecer con mayor intensidad el nuevo modo de vida impuesto por el sistema colonial.
La falta de una estructura social organizada les hizo más vulnerables a los procesos desestabilizantes de la uniJad comunal y familiar.
A pesar de que las circunstancias de los pueblos encomendados se mantienen aún hasta el fin de la colonia, se observa que existe cierta adecuación a ellas de parte de las comunidades extrañadas del valle Calchaquí --comunidades culturalmente más desarrolla das-las cuales, aunque diezmadas, lograron llegar al fin del perío do conformando pueblos indígenas más o menos definidos.
La visita que por las denuncias por malos tratos a los aborí genes tucumanos realizara Martínez Luján de Vargas no parece que haya producido efectos tonsiderables sobre la situación de Lts encomiendas.
Hacia fines del siglo XVIII varias son las encomiendas de pueblos indios ladinos y desnaturalizados que sobreviven bajo LAS DESNA 'fURALIZAClONES' cALCIIA(JUÍES 37 las mismas condiciones.
En 1770 el cacique de los indios de Tolom bón denuncia a la autoridad local los malos tratos a los que los somete su encomendero, que además no les da de comer ni con qué vestirse, trasquila a sus mujeres y las azota.
Por otro lado, no los ha reducido a pueblo y por ello carecen de doctrina.
Mediante este expedíente los indígenas solicitan tributar al Rey, no mitar a la ciudad de San Miguel -de la cual se hallaban muy alejados-sino a la villa de San Joaquín de Las Trancas, y además, piden el re conocimiento de sus tierras «por hallarnos oprimidos de los Espa ñoles circunvecinos que se nos quieren introducir y desposeer de nuestro derecho y acción».
39 Varios pueblos indígenas de la jurisdicción de San Miguel llegan encomendados hasta fines del siglo XVIII, aunque reducidos a unas pocas familias o unos pocos indios tributarios, y tod()s ellos siguen estando sujetos a tipos de explotación similares a los del siglo XVI.
Siendo el pilar fundamental de la subsistencia de la región la encomienda, ésta fue defendida en su vigencia hasta fines del siglo XVIII.
Así cuando para toda América hispana la extinción de la encomienda se reglamentaba por la real cédula de 1720, Tucu mán quedaba eximida por el mismo expediente pues la región respondía a la excepción que aquí se contemplaba: «la incorpora ción de aquellas encomiendas que fuesen de servicio personal, siem pre que éste fuese cambiado por el cobro del tributo o se convir tiese en un servicio voluntario que los indios ejecutasen para facili tar el pago del mismo».
A pesar de una nueva cédula real, fechada en diciembre de 1771, que establecía que «cumplidas las vidas que estuvieran concedidas las encomiendas debían integrarse en las de la Real Corona», algunas encomiendas tucumanas se mantuvieron vigentes hasta comienzos del XIX.
VI RELACION DEL CURATO DE CHOROMOROS POR ALONSO RUIZ DE MARAÑON -A�O 1692 |
En realidad a lo largo del XVIII no podemos referirnos a una política distinta en relación con los tipos de trabajo a que eran destinados los esclavos del rey, los esclavos alquilados y algunos de los trabajadores que, sin tener oficio permanente, fueron reclu tados para estas labores en las obras de fortificaciones y ubicados en las denominadas como libres.
Cuando en Cuba se delinearon planes defensivos al estilo del aplicado en La Habana desde 1763 a 1789, con fortificaciones de la magnitud de La Cabaña, Atarés, El Príncipe y el perfecciona miento del Morro, unido a la edificación de baterías, cientos de esclavos del rey y presidiarios laboraron no sólo en los anchos, extensos y profundos fosos de esas fortalezas, sino en otros trabajos complementarios debido a la necesidad económica y urgencia mi litar de situar la plaza en estado de defensa.
Al respecto el informe de Agustín Crame es harto elocuente en cuanto a los esclavos del rey porque revela, una vez más, la trascendencia de estos esclavos pertenecientes a la Corona como decisiva en las construcciones militares.
En esencia el ingeniero afirmaba que «en once años con negros bozales ha sido preciso enseñarles a hablar, a ser canteros, picapedreros, rajadores, albañiles, peones y los demás oficios».
Una disposición fechada en 1763, acerca del adiestramiento de algunos esclavos del rey, confirma el criterio de selección que 1 Existen otros informes de capitanes generales e ingenieros que evidencian que el informe de Agustin Crame no es una excepción.
A lo largo del XVITI la solicitud de enseftar a esclavos del rey oficios en beneficio de las construcciones militares es una constante.
Por otra parte, recordemos que el esclavo aumentaba su precio de venta cuando dominaba labores como albaf\iles, canteros, carpinteros entre otros oficios.
Estas informaciones abundan en el Archivo General de Indias, Audiencia de Santo Domingo, legajos 2.136 y 2.138 y en Cuba en el Archivo Nacional. fondo de los Capitanes Generales.
rechazaba a los presidiarios debido a su incursión sólo temporal en las obras.
El documento, en sí, subrayaba que «siendo preciso q ue se destinen a dar barreno uno o dos individuos prácticos, se les asignó el salario de 8 reales al día y se acordó que los ayudantes que se les dieren sean esclavos de Su Ma j estad y no forzados por ser más convincente que se apliquen a aquéllos, a adquirir la inteli g encia de esta operación».
2 Quizá• la respuesta de suplir, en parte, con mano de obra es clava el tipo de traba j o calificado añada otro elemento argumental en el déficit existente en la isla.
La solicitud de importar fuerza de trabajo calificada para las construcciones militares formulada por el conde de Riela, el 23 de diciembre de 1763, reafirma la constante registrada en el setecientos cubano.
El capitán general alegaba no hallar picapedreros y albañiles hábiles en Cuba, ni en Nueva España.
Por tal motivo reclamaba el envío de 40 hombres del primer oficio y 120 de los segundos, todos procedentes de España.
3 La documentación consultada nos revela, en relación con los forzados, que sus conocimientos eran utilizados en correspondencia con el tipo de sanción a cumplir.
Si un presidiario era destinado a sobrestante, albañilería, carpintería, herrería u otro traba j o cali ficado, debía reunir requisitos indispensables para realizar esas labores.
Esos indicadores eran tiempo acumulado en prisión, carác ter del delito cometido, disciplina observada y no llevar o haber llevado cadenas o g rilletes.
Al forzado no se le enseñaban oficios, porque, p asado el perío do de aprendizaje, su explotación por parte de la Corona se limi taba a un 30 ó hasta un 40 % del tiempo q ue le quedaba en prisión, aun q ue no p odemos sosla y ar la existencia de reales órdenes que beneficiaban a los p residiarios destinados a fortificadones y que, con buena conducta, le disminuían hasta un tercio de su condena.
4 Por el contrario, el esclavo, en calidad de propiedad de la Corona, era de mayor utilidad en todos los sentidos, sobre todo cuando des pués de extraerle el fruto de la inversión en beneficio de la obra, con el ahorro monetario que esto significaba, podían ser vendidos a un precio más elevado del empleado por la Corona en su con1pra, debido precisamente a su oficio.
Carlos 111, en sus instrucciones reservadas a Diego José Navarro, al ser nombrado gobernador y capitán general de la isla, en un párrafo esclarecía la multiplicidad de propósitos:
posibles guerras e insuficiente número de esclavos del rey y forza dos, influyeron para que trabajaran también en excavaciones y de p1zoneros.
Las exposiciones y valoraciones integrales de tipos de trabajos a las cuales fueron destinados forzados y esclavos del rey no experi mentan modificaciones cuando las extendemos a fases caracterizadqs por construcciones de fortificaciones separadas entre sí, aunque res pondan a subsistemas simbolizados en La Habana y Santiago de Cuba.
Nos referimo¡ a obras trascendentes en lo económico, militar y social que demandaron una continua fuerza de trabajo en decenas de años.
Abordamos los casos de La Muralla de La Habana, San Scverino en Matanzas, Jagua en la bahía de su nombre, Aguado res, Juraguá y Sardineros en Santiago de Cuba.
Situación similar es aplicable a la fase de perfeccionamiento que, de forma sistemática, registraron las fortalezas edificadas en los siglos XVI y XVII.
En estas labores, los tipos de trabajos a que fueron destinados forzados y esclavos del rey no significaron cam bios que pudieran alterar la exposición y análisis anterior.
Esta afirmación es lícito extenderla a la primera mitad del XVIII, lo cual evidencia, más que la tendencia, la regularidad impuesta por la economía, demograffa y las necesidades defensivas de Cuba cada vez más crecientes, lo cual no concordaba con las capacidades de la isla.
Las jornadas de trabajo en las obras de fortificaciones se ri gieron por un reglamento para los operarios voluntarios de acuerdo con el clima y las estaciones de lluvia o seca.
Uno de sus puntos era que en temporada de lluvia, de mayo a noviembre, se efectuaba una parada de las 11 '00 hasta las 15' 00 horas.
A estas cuatro horas de inactividad se le añadía una más para el desayuno.
Si junio regis tra el promedio más elevado de recorrido del sol con 14 horas y 15 minutos, la jornada más extensa era de 9 horas y 15 minutos, aproximadamente, mientras que la más corta se daba en diciembre, con 7 horas y 40 minutos.
El privilegio antes citado del reglamento de trabajo no abar caba a forzados y esclavos del rey, pues, aunque todo el personal se levantaba antes del alba, para estos dos grupos el tiempo <lis- ponible para almorzar y comer era menor.
De mayo a la primera semana de septiembre, que es cuando más se prolonga la luz solar, el promedio se aproximaba a las doce horas y media de trabajo.
Mientras de noviembre a febrero ese mismo promedio disminuía a nueve horas y 40 minutos.
Claro está que el cálculo se fundamenta en condiciones mínimas para trabajar a terreno abierto o en el interior de las fortalezas.
Esto no niega que, sin despuntar el alba, comenzaran los preparativos para marchar a las construcciones mili tares y que el retorno a la barraca se hiciera entrada la noche.
Como tampoco se puede descontar de ese tiempo los minutos que consu mía el pase de revista a esclavos del rey y forzados.
Según el regla mento, era de obligación por las mañanas y tardes pasar lista nombre por nombre.
Aunque los procedimientos fueran dinámicos, esta tarea no podía realizarse en menos de treinta minutos, si observa mos que en las labores de El Morro, La Cabaña y Atarés llegaron a trabajar unos 2.000 hombres, de los cuales había que entregarle instrumentos de trabajo a más de 1.700.
En invierno el régimen de lluvias es irregular porque está generado por frentes fríos, caracterizados por aguaceros de intensi dad leve o media en su regularidad e intensos como excepción.
Su efectividad es de pocos minutos, con promedios de seis mensuales en años normales.
Mientras que el verano registra turbonadas abun dantes con interrupciones continuas, lo cual repercutía en la con tinuidad y organización del trabajo, muy especialmente en las exca vaciones de fosos.
Aunque septiembre y octubre estén ubicados nl margen del verano, tradicionalmente han sido meses de más días con lluvias.
En esta última cifra se incluían las fiestas religiosas, culturales y patrióticas.
En definitiva, los días de trabajo alcanzaban el 77''5 % al año.
Los esclavos del rey y forzados eran organizados por brigadas.
Estas quedaban identificadas por las letras del abecedario y cada una registraba 100 hombres.
La tendencia consistía en segregar a presidiarios y esclavos no por la labor que realizaban, sino para evitar mezclarlos en una brigada con los operarios alquilados.
Con el propósito de erradicar confusiones motivadas por frau des, malversaciones y lucro, se ordenó por acuerdo de la Junta de Fortificación del 1 O de octubre de 1764 se marcaran los esclavos del rey con las letras de la brigada a la cual pertenecían.
Durante el siglo XVIII el precio de la alimentaci6n de los esclavos del rey y forzados oscilaba entre el real y los tres cuartillos.
Dinero suficiente para elaborar una dieta con abundantes calorías y proteínas, capaz de reparar el desgaste sufrido en la dura labor de las construcciones militares.
El modelo de dieta que insertamos fue concebido en 1764 6 y su vigencia se extendió hasta finales del setecientos.
Su diferencia con el régimen de alimentación en la primera mitad de la centuria es insignificante, por lo cual resulta idóneo para su análisis compara tivo con la dieta de otros esclavos que laboraban en los ingenios azucareros, vegas de tabaco, minas de cobre, haciendas y arsenal en el siglo XVIII.
7 La organización y distribución de los alimentos se caracterizaba por el almuerzo (desayuno), que no variaba.
La ración consistía en media galleta y medio pozuelo de aguardiente, pero si era declinada la bebida, le entregaban una galleta entera.
Las comi das (almuerzos) y las cenas variaban, según lo establecido, de Ja forma siguiente:
Lunes y jueves comida Media libra de tasajo de vaca.
Media libra de arroz.
Cuatro onzas de tocino.
Martes y sábado comida
Media libra de carne salada.
Doce onzas de menestra.
Una cuarta de torta de cazabe. cena Media libra de harina de maíz.
Junto con los alimentos se adicionaban «tres tabacos» diaria mente.
Si por dificultades no se suministraba cazabe, en su lugar se repartían once onzas de pan en tres partes.
Haciendo un cálculo aproximado de nutrición basado en indica dores de desgaste físico como las prolongadas jornadas de trabajo de verano, el peso de los instrumentos de trabajo (pico y pala), tem peraturas de 38 y 40 grados centígrados al sol, suelo rocoso y exca vaciones a 10 y 15 metros de profundidad, un hombre necesitaba
Quizá el escepticismo acerca del cumplimiento de la dieta debido a la corrupción iniroduzca la incredibilidad.
Pero, una vez más, insistimos que en el caso de los esclavos y forzados que labora ban en las fortificaciones -muy especialmente en los fosos-exis tían condicionantes que sugieren la fiabilidad de la aplicación de la dieta con la garantía mínima de kilogramos-calorías y gramos pro teínas, aunque esté implícito el fraude habitual.
Recordemos que la permanencia de esclavos en crecido número en las fortificaciones era transitoria y que de su estado físico dependía su valor posterior en el mercado esclavista de la isla.
El revender el esclavo con intere ses financieros del Estado -e individual también-se convirtió en un elemento de presión para que se cumpliera, al menos, el porcentaje necesario en cuanto a kilogramos-calorías y gramos de proteínas.
El control impuesto para el cumplimiento de la dieta neutra lizaba las posibles malversaciones, robos y corrupción generados por el desmesurado prop6sito de obtener dinero a través de las fortificaciones, fuente de caudales públicos que posibilitaba acumu lar riquezas, como ninguna otra actividad estatal de la isla.
El peso de los artículos alimenticios y su calidad eran con trolados por los sobrestantes en cada brigada.
Estos, a su vez, por el sobrestante ma' yor, que por obligación reglamentada, examinaba en persona las raciones en relación con la dieta.
Su criterio, con siderado ley, era suficiente para imponer sanciones a infractores del almacén de víveres, cocina o distribuidores.
Además, observaba que no se duplicaran o extraviaran las raciones de enfermos y de• sertores o fallecidos.
Con el propósito de frenar esa actividad, en detrimento de la economía militar, se ordenó que la comida se distribuyera según la actualización del pase de lista que debía efectuarse dos veces al día o más.
Y en lo que pudiéramos denomi nar «control de controles», los ingenieros o superintendentes no permanecían al margen de este mecanismo de recepción, elabora ción y distribución de alimentos, tan proclive a la corrupd6n hastl por los propios autores de reglamentos y máximos veladores Je b pulcritud económica de la Corona.
Los documentos administrativos nos sugieren que la dicta establecida no experimentó variaciones.
Sólo los problemas de suministros con algunos artículos planificados o la intensa sequía de 1764 repercutieron en sustituciones como la del pan por cazah� o algunos frijoles, chícharos o garbanzos.
Los compromisos de las contratas eran el garante ideal de la efocti v idctd de la dieta, porque el incumplimiento se reflejaba en pérdidas del contratista, al igual que cualquier falta en el peso y calidad de los alimentos, sancionada por elevadas multas o confiscaciones <le las fianzas depositadas y ln imposibilidad de formalizar nuevas contratas.
El conjunto de medidas regulares <le inspección por diversos funcionarios y empleados del aparato burocrático español en fun ción de garantizar la alimentación <le mtís de 2.000 esclavos, qu� serían revendidos en el mercado esclavista al concluir sus labores de cavar fosos, salvó de la letra muerta a la dieta de esclavos del rey y presidiarios y limitó los fraudes y sobornos a proporciones menores en volumen, funcionados involucrados y magnitud finan ciera.
Lo expuesto no pretende negar la existencia de esas activi• dades delictivas en las fortificaciones, sino sugerir que el robo y la corrupción no radicaban tanto en casos como los distribuidores, FRANCISCO PEREZ GUZMÁN empleados de las obras, capataces o sobrestantes, sino en 1a altn jerarquía militar-gubernativa que recibía regalías por haber influido o favorecido en las concesiones de asientos.
Aunque las fuentes documentales no son pródigas en informaciones de este tipo, si observamos el sueldo devengado por funcionarios o personas vincu ladas a la financiación de las construcciones mili tares y su fortuna cuando regresaron a España o al desvincularse de esta actividad, nos puede servir de indicador, en parte, <le los dividendos recibidos debido a sus puestos de responsabilidad en el sistema defensivo.
El conde de Riela simbolizó a quienes se enriquecieron a causa de las obras de construcciones militares desde su posición Je gobernador y capitán general.
El vestuario de forzados y esclavos era similar.
Al afio se les entregaban dos equipos de calzón y e:1Pt1isas de bramante ordinario y una casaca de bayeta de Antequern azul o verde.
Completaban el equipamiento dos sombreros de paja, anualmente.
En la docu mentación que hemos tenido acceso, no encontramos referencia a la compra o distribución de cah.ados.
Sin afirmar con rotundidad, al menos nos inclinamos a pensar que ese tipo de avituallamiento no se efectuaba con regularidad, 9 ni era una preocupación, porque el sobrestante mayor recibía instrucciones de vigilar sólo el desnuJo de esclavos o forzados.
Los casos detectados requerían la investiga ción para determinar la causa y culpabilidad de los sobrest<1ntes de brigadas.
Después informaría al su!
Jerintcndente en relación con la medida aplicada.
La terminología que define el dormitorio de esclavos y forzados es variada.
Algunos ingenieros como José Tantete mencionan la palabra casa, en 17 34.
Aún treinta años después se dice casas de guano de vara en tierra y también dormitorios, cuarteles y barraca.
Las construcciones para dormitorios' y cuartel de trabajadores <le fortificación -según un documento oficial de 176 5-registraban 50 varas de largo y 7 de ancho.
Estas casas de guano de vara en tierra con durmientes de jócuma y varas de Yaya o Guairagc pa saron a ser la concepción típica para albergar a centenares de cscla-9 ¡.:ra normal qlw los esclavos no usarun zapatos l'll zonas ruralPs.
Sin precisar sus características, en comparación con las viviendas de esdavos que se edificaban en los ingenios, minas, cafetales y arsenales, pensamos que la casa de guano de vara en tierra evidencia la habitual construcción de vivien da para esclavos antes del comienzo del gran desarrollo azucarero ini ciado a finales del setecientos.
Su diferencia con el barracón cubano de las plantaciones es notable.
Los materiales que se utilizan, ma dera y guano, sostienen y resguardan esta casa.
No tiene paredes de mampostería y tabla.
Su ancho y altura era como mínimo dos veces inferior al de algunos barracones de ingenios del XIX y en cuanto a las dimensiones de longitud, unas veces eran similares, mientras que otras medían la mitad y aun menos.
Estaba despro vista de habitaciones interiores.
Allí sólo dormían hombres sobre durmientes Je jócuma, sin consideración a su estado de casado o soltería, ya que al ser presidiarios y esclavos de propiedad temporal para el estado colonial, la mujer en función de la reproducción no les interesaba y menos aún les estaba permitida para una satisfacción sexual.
Su capacidad de 3.50 varas cuadradas o 339 varas castellanas cuadradas, concebida para alojar entre 200 y 220 esclavos y for zados, en la práctica se reducía a 17 5 ó 190 debido al crecido número de enfermos hospitalizados.
Por tales motivos de concep ciones en dimensiones e intensidad y tipos Je trabajos, la no mal llamada -en su acepción primitiva-nave Je barracón de las construcciones militares, resulta menor.
Este análisis está fundamentado en la etapa de mayor volumen de trabajo en El Morro y La Cabaña.
Y su validez abarca los cas tillos de Atarés, El Príncipe y en menor medida a la muralla de La Habana y las fortificaciones de Matanzas, J agua y Santiago de Cuba.
La intensidad del trabajo desplegado por forzados y esclavos del rey en las excavaciones de fosos, cantera, escarpa' y contra escarpa; las condiciones insalubles de vida en las obras militares; el clima y las epidemias, y los accidentes por las características del trabajo repcrcutínn en el índice elevado de muertes.
Las enfermerías y hospitales surgieron como necesi<lad que expresaba dos direcciones principales: garantizar la continuación <le la fuerza laboral, impres cindible para concluir los proyectos, y proteger la inversión mo-Tumo X U' 11
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es netaria, pues en un tiempo prudencial ese dinero se recobraría, cuando centenares de esclavos se vendieran a particulares.
La información más completa para examinar la asistencia mé dica a esclavos y presidiarios se halla localizada en la segunda mitad del siglo XVIII en La Habana.
Dos hospitales funcionaron allí en la prestación de servicios: Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza y San Carlos.
El primero se estableció de forma provisional.
El se gundo quedó ubicado en una casa muy próxima a la Real Factoría de Tabacos, bajo la administración de los padres betlemitas.
La nómina de un hospital para atender a esclavos y forzados era de un médico, primero y segundo cirujanos, un practicante ma yor, un boticario, tres sangradores' y un capellán.
Para colaborar en la mejor atención a enfermos esclavos se incluyó un intérprete de negros bozales.
No obstante, con cierta frecuencia, algunos mé dicos, sangradores y practicantes mayores fueron sustituidos por presidiarios.
A manera de ilustración y no como excepción, cite mos el reemplazo del médico Juan Bautista Deslandes, con sueldo de 40 pesos al mes, el 18 de junio de 1764 por un forzado con pnga de-2 reales diarios (7 pesos y medio al mes).
El procedimiento para ser remitido al hospital era el siguiente.
El sobrestante de la brigada informaba al cirujano acerca <le la enfermedad de alguno de los esclavos y forzados.
El dictamen del galeno de remisión al hospital se completaba con la formación de una papeleta en la cual se plasmaba el nombre, apellidos y otros datos del enfermo.
Si se comprobaba alguna negligencia, por res ponsabilidad del sobrestante, que influyera en el fallecimiento o agravamiento del paciente, se sancionaba con fuertes multas o separación del cargo.
El recorrido del enfermo, desde la obra de fortificación o dormitorio hasta el hospital, se caracterizaba por la inclemencia burocrática.
Después de legalizar su salida por la firma del sobres tante, el enfermo era conducido a pie hasta un bote que cruzaba la bahía en horas de la mañana.
Debía de esperar que una oficina de control de recursos humanos asentara su nombre y apellidos -en caso de los forzados-en un libro.
En el hospital, el enfermo era asistido con regularidad.
Al me nos una vez al día o cada dos, recibía el reconocimiento médico.
El presupuesto destinado a comprar medicinas ascendía a 2.000 pesos y significaba el 42 % del total dedicado al hospital.
Los servicios religiosos a forzados' y esclavos del rey se prac ticaron de forma disímil hasta 1764 en que se elaboró un regla mento.
Con anterioridad, ingenieros ordinarios y extraordinarios, sobrestantes y capellanes realizaron esas labores voluntariamente.
En 17 3 7, el ingeniero en jefe coronel Bruno Caballero, cuando redacta el certificado de servicio del soldado de la compañía de arti llería Bernardo Gallavera, en funciones de sobrestante de la real fábrica, entre sus méritos mencionados: «y así mismo acude todas las noches al cuartel de los esclavos de Su Majestad a enseñarlos a rezar».
Por su parte Antonio Arredondo, ingeniero ordinario, al reflejar su criterio, expresaba: «así mismo ocupado en la educa ción de los negros de Su Majestad mediante enseñarlos todas las noches la doctrina cristiuna y lo demfis que corresponde para su mayor disciplina».
10 La actividad de instrucción y conversión al catolicismo Je rasgos espont,íneos y obligación religiosa, que se entendía como mérito, se transformó en una ocupación asalariada, incluida en el presupuesto de fortificaciones, junto con los sueldos de médicos, boticarios, canteros, sobrestantes, ingenieros, herreros, horneros y capataces, entre otras.
En el reglamento queda bien nítido que la prioridad de la enseñanza religiosa la recibirían los negros bozales «para que dispuesto a la gracia del bautismo, se concilie con el FRANC1s• co PÉREZ GUZMÁN servicio del rey, el bien espiritual de aquellas almas».11 El presbí tero Rafael de Acosta Osario, en su condición de primer capellán, remunerado con 2 pesos fuertes al día (720 al año), y Diego Díaz, como segundo, con salario de 300 pesos anuales, deberían des empeñar su labor a cualquier hora del día en que cesaran los traba jos y los domingos y fechas feriadas.
Para cumplir lo establecido en el capítulo dedicado al servicio religioso del reglamento de deberes en los trabajos de fortificacio nes, ambos capellanes permanecerían en las obras.
Así cuando esclavos del rey o forzados estuvieran consumiendo la ración de galletas y aguardiente, antes de dirigirse a la jornada diaria, comen zaba la educaci6n y conversión católica.
Labor que se continuaba por minutos en la hora destinada al almuerzo (desayuno) de 7 a 8 de la mañana.
Pero el tiempo más adecuado era e] de la comida (almuerzo).
Después de rendir una faena de cuatro horas, aproxi madamente, los capellanes realizaban con intérpretes sus trabajos espirituales a pleno sol, con temperaturas de hasta 36 grados Cel sius, y acordonados por picos, palas, barretas, grilletes y cadenas.
Mientras, en lugares altos de amplio campo visual, soldados y hom bres armados con fusiles y perros imponían el temor con el propó sito de desalentar las deserciones.
Por la noche poco hacían los capellanes en ocupación evangélica, pues la culminación de la agota dora jornada se completaba con el pase de lista de alrededor de 2.500 hombres y la distribución de la cena sin suficiente ilumina ción.
Sicol6gicamente era el tiempo más inapropiado para la asimila ción del evangelio.
La extenuación impedía que los capellanes, auxiliados por sobrestantes y ma'yorales, llegaran con su mensaje de conciliación, obediencia y amor.
Fabulosa metamorfosis de quie nes por el día imponían la autoridad del fuerte, sustentada por el Estado, para extraer el máximo de energía a los hombres, y que en el descanso diurno y nocturno, con voz angelical, se esforzaban por persuadidos de la justeza del orden imperante a través de la acepta ción religiosa.
En definitiva, el domingo y días festivos eran los más idóneos.
El convento de Predicadores de Santo Domingo enviaba sus religiosos para oficiar misas en La Cabaña y El Morro, quienes unidos a capellanes, sobrestantes y n1ayorales intensificaban la edu cación religiosa que se extendía a operarios, soldados y empleados en las obras de fortificaciones.
¿En qué podía invertir el tiempo un esclavo durante sus días de descanso?
Sencillamente se lo hacían ocupar en la instrucción católica, pues no tenía que limpiar el cal zado que no poseía, su ropa no la lavaba y el área que disponía para moverse era de unos 5.000 metros cuadrados.
Se ignora que prac ticaran algún juego o culto religioso.
Dormir durante el día resul taba muy difícil por la altísima densidad <le población de 500 per sonas por kilómetro cuadrado y por el diseño de los dormitorios cuarteles de casa de guano de vara en tierra, sin ventilación ade cuada.
A ello se unían los pases de lista que llamaban a formar por brigadas con el marcado fin de controlar.
Con estos rasgos de la vida cotidiana de esclavos y forzados es comprensible que el servicio religioso provocara reacciones diversas: tedio, incomprensión, rech'.
1zo o aceptación, entretenimiento y curiosidad.
Todo según la indivi dualidad o colectividad étnica' y geográfica de los casi 3.000 esclavos comprados para este fin de trabajos en las fortificaciones. |
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la actividad extrac tiva del cerro de Potosí seguía siendo considerada como el prin cipal filón minero del virreinato peruano, a pesar de la pérdida del esplendor que había protagonizado en los primeros momentos de su explotación, y que le habían valido la admiración de observa dores y cronistas.
1 «Aunque Potosí no ocupara más un lugar de primer orden en la economía mundial, su producción era funda mental para la articulación de un extenso espacio económico sudame ricano.
I-lacia mediados de la década de 1770 equivalía al 40 % de la plata producida en todo el virreinato del Perú».
2 A pesar de este destacado saldo productivo, la minería se veía afectada por una serie de trabas y dificultades endémicas, que no hacían sino incrementar el alto grado de riesgo inherente a ella. «... una mina está sugeta a varios contratiem p os como son, el p erderse la veta, el esciumur el metal, el aguarse con demaRÍa, o hacerse algún derrumbe considerable».
SERENA FERNÁNDEZ ALONSO La ineludible exigencia de hacer frente a estos obstáculos, junto a los derivados de la baja ley <le los metales,4 los altos costos en adquisición de insumos, transporte del mineral a las plantas de beneficio y exacciones fiscales, situaba a los azogueros ante una constante demanda de capital.
La situación efectiva de los mineros en el Perú colonial apa rece reflejada en varios testimonios de la época.5 «Ruinoso estado de las minas, metalurgia ineficiente, capitalización rudimentaria, éstos eran los tres problemas estructurales de la minería de Po tosí»6 hacia los que habrá de canalizar su interés e] Estado reformista.
Los objetivos de la política borbónica aplicada a la minería estuvieron dirigidos al incremento de la producción y el rendimien to económico, para los cuales se pondrían en marcha medidas ten dentes a la restricción de costos, reducción de impuestos e implan tación de nuevas técnicas.7 Como actividades complementarias, se procedió a actualizar los códigos legales mineros, mostrando espe cial interés en agilizar los procedimientos judiciales y favorecer en lo posible a los mineros, dignificando socialmente su profesión y potenciando su,1ctividad mediante la concesión de diversas ventajas.
Rescatar a los mineros de las relaciones <le dependencia del capital usurario y la ambición de los Lomerciantes se erigió en aspi-MINERÍA PERUANA Y REFORMISMO ESTATAL 3 ración primordial de la comisión de la visita general enviada a la villa minera, marco en el que iban a inscribirse una serie de impor tantes medidas de fomento de la actividad extractiva.
Don Jorge Escobedo y Alarcón, oidor de la Audiencia de Charcas, fue el fun cionario elegido para desempeñar la difícil misión de imponer ra cionalidad en las actividades de la villa.
8 <<Ningún lugar del Reino necesitaba tanto como Potosí el establecimiento de un fondo pú blico, para prosperidad del país, para conveniencia de los mineros y para ventaja de la Real Hacienda; porque sólo por este medio podía lograrse que se aumentase la masa circulante de los valores efectivos y nu1nerarios, con los que, además de vivificar el comercio y socorrer la industria de la minería, se hace de presente y sin fraude el pago de los Rs.
9 En efecto, desde el establecimiento de la Compañía de Azo gueros de Potosí el 12 de enero de 17 4 7 y su transformación, a instancia del visitador de las Cajas Reales don José de Herboso, en Banco de Rescates el 7 de febrero de 1752, no habían dejado de producirse violentas tensiones entre administradores y mineros, que ponían en peligro la existencia de la institución.
10 Los nutridos fondos con que se iniciaron las administraciones de San Just (1762-1767), Alvarez de Acevedo (1773) y el conde de San Antonio (1773-1777), fueron dilapidados por la irreflexiva práctica de conceder préstamos sin garantía y respaldar con ellos deudas patticulares.
Unido a ello, el afán de lucro personal les llevó a la especulación con los caudales del Banco, actividad que supieron compaginar con el ejercicio, más o menos honrado y eficaz, <le su autoridad en Potosí.
Las profundas quiebras que resultaron de estas actividades, hubieron de ser paliadas por sus sucesores: San te lices (1751-1762), Tagle (1767-1773) y Güemes (estos últimos par tidarios convencidos de la incorporación del Banco a la Corona), a través de una gestión de fuertes restricciones, siempre prot'�stada por los.mineros, qtle permitió vivir momentos de efímero esplendor en las arcas del Banco.
A pesar d� ello, la situación se agravaba paulatinamente.
Con dnuaban_los negocios con los caudales del erario, y la lentitud de la Casa de Moneda en atender las labores de acuñación causaba graves demoras en el envío del «situado» a Buenos Aires, donde se vivía el momento más álgido de la guerra con Portugal por la colonia de Sacramento.
11 La necesidad de una solución a tal cúmulo de problemas se hacía cada vez más acuciante, y vino dada por la comisión de visita.
El Banco de Rescates había sido instituido como entidad para fomentar la azoguería.
Sostenido por los propios mineros, que entre gaban 2 pesos 3/ 4 reales del valor de cada marco rescatado, el fondo acopiado se destinaba a la habilitación de sus operaciones: dotación de azogue, hierro, ejes, madera, y todo tipo de materiales para el laboreo a precios asequibles. «...
Algunas substancias como las salinas o el carbón no fueron objeto de regulación uniforme», 12 pero no por ello habrían de quedar olvidadas por el comisionado, agudo observador de la realidad a la que se hubo de enfrentar.
En la misma dimensión de banco de avío, otorgaba créditos al gremio de azogueros, y tenía estipuladas una serie de ayudas financieras gradas a las cuales muchos de ellos podían hacer frente al pago de los arriendos de sus «ingenios».
Entre sus responsabilidades se encontraba, además, la finan ciación de empresas de mejoramiento técnico: el famoso socav6n, las lagunas de la ribera, la construcción de los barriles de la misión Weber (segmento potosino de la expedición Nordenflycht), etc.
Esta combinación de funciones, inexistente en las instituciones de otras áreas coloniales, constituyó una de las principales caracte rísticas del banco potosino.
Desde siempre, la obtención Je capital para esta serie <le opera ciones había estado controlada por los <<aviadores», comerciantes locales con los que el gremio minero estaba perennemente endeu dado a cuenta de los créditos recibidos y a quienes en pago de los mismos malvendían sus «piñas», las cuales recorrían después di versas vías fraudulentas eludiendo el pago de los reales derechos.
1., La creación del Banco pretendía el ejercicio de un monopolio en la venta de insumos y en el rescate de las platas, para las que se establecía un mercado rápido y estable.
Con su incorporación a la Corona,16 se buscaba imponer un control por parte del Estado tanto en las operaciones como en los beneficios, logrando la erradicación del contrabando y una percep ción fiscal más eficaz.
Estos objetivos debían romper con una situación critica con-solidada por la venalidad de los administradores, la resistencia de los mineros a la exacción continua del real en marco, la escasez en la provisión de azogues, que entorpecía las operaciones de be neficio, rescate y amonedación, y la dilapidación de los fondos del banco en préstamos e inversiones incontroladas.
La historia del banco, desde su fundación, está mar'=ada por una sucesión de períodos de auge e inmediato hundimiento.
Entre las quejas prc sentaclas por los mineros, figuraba la de la inexistencia de una reglamentación concreta para el funcionamiento del Banco de Res cates que, encomendada a un tal Ezcurruchea, no fue nunca llevada a cabo.
A fines de 1770, Pedro <le Tagle, oidor comisionado para la averiguación de los abusos existentes, formó un reglamento que estuvo en vigor, presumiblemente, hasta 1777, y que <lio positivos resultados.
Sin embargo, cuando Escobe<lo se hizo cargo del gobier no del banco, recibió un fondo de 895.283 pesos que, gravado por un elevado donativo a Buenos Aires y una serie de débitos pen dientes, se reducía H una mera cifra teórica.
La ordenanza se iniciaba con una serie de consideraciones generales sobre los ministros, sus categorías y honores, reflejados en el título l.o, en el que se estipulaba fa prohibición de que mane jasen los fondos reales para negocios de carácter particular e inter vinieran en actividades mineras u otras ocupaciones extrañas al cargo,18 en un intento por evitar abusos derivados de ello ya sen tidos en anteriores etapas de la vida del banco.
La actividad primordial de la institución, el rescate de la plata, se organizaba en el título 2.o.
El Banco quedaba abierto al servicio de todos los minerales, y no sólo a los de1 Cerro, indicio de que la comisi6n del visitador había sido concebida con carácter general, dirigida a beneficiar la actividad minera en la jurisdicción del virreinato, si bien los azogueros <le Potosí mantenían su posi ción privilegiada ante las leyes.
19 A Jo largo del articulado, se detecta un marcado interés por centralizar la producción a través de una entidad única, evitando así la dispersión <le la plata por vías ilegales y la consiguiente evasión de impuestos.
La no exclusión de platas no impediría, sin embargo, que d rescate se realizara con distintos precios en función de las calidades del mineral y la categoría social del minero, condiciones que iban asociadas.
Los tipos recogidos por la ordenanza, azogueros de Po tosí, mineros de afuera, capchas y trapicheros, recibirían por sus «piñas>>, una vez calculada su ley por el administrador, 7 ps. y 4 rs. (en ley de 11 dineros 20 granos) los primeros, entre 7 ps. y 7 ps. y 4 rs. los segundos, y 7 ps. 1 real los terceros, 20 siendo de 6 ps. y 6 rs. en el caso de los minerales de Parco, de muy baja calidad.
Resulta anómalo que se asociaran los metales Je mayor ky con la extracción llevada a cabo por los azogueros pues, aunque mejor beneficiados que los <le los capchas, habían abandonado ]a explotación de las vetas para dedicarse a los relaves y escombreras, mientras éstos, bien por su pericia en detectar las vetas de mineral más rico, bien por la extracción del existente en los pasajes y puen tes que aseguraban las galerías, obtenían plata mucho más pura.
21 La explicación debe buscarse en el rechazo de que los capchas eran objeto por parte de los mineros, siempre quejosos de sus actividades de robo de mineral y destrozos que causaban en la estructura de las minas.
22 Otorgando mejores precios a los azogueros, <listinguién<lolo� en posición social frente a los capchas, el visitador pretendía, sin renunciar a la producción de ninguno <le cl]os, fomentar b explo tación legal y ordena<la del Cerro, y recompensar las tareas de pro fundización en vetas poco accesibles en aras Je un progreso téc nico de la minería.
Si el azoguero encontraba una compensación económica a sus esfuerzos, se vería alentado a intentar nuevas incursiones, asumir los riesgos que implicaban y aventurarse a incrementar la producción <le plata, aunque el banco hubiese de respaldarle con cré<li tos.
A la vez, un menor precio en la plata proJucto del capchco, podría actuar como factor disuasorio de <licha actividad, la ntal, salvo en la percepción de diezmos por barra para la Real Hacicn<.b, en nada beneficiaba a la azoguería.
De hecho, cuando Escobcdo estipule las condiciones de crédito, excluirá sistemáticamente a los capchas de todo tipo de ayuda.
La misma distinción es patente en las disposiciones sobre el expendio de azogue.
Frente a la adquisición al fiado por 6 meses de 2.000 libras que se reservaba a los azogueros potosinos, con devolución del principal por semanas, los trapicheros obtenían 300 libras, debiendo ser tres los mineros que se obligas(:n 1rnmo) 4 http://estudiosamericanos.revistas.csic.es munadamentc a pagar el principal y los «correspondidos».
Los mineros de afuera recibían al fiado, bajo fianzas y plazos, las mis mas cantidades que los azogueros.
Finalmente, los capchas podían adquirir cantidades no superiores a 100 libras, al contado o a cré dito, estando exentos de <<correspondidos» en el primer caso, por la incapacidad de que encontrasen fiadores y de que el importe pagado quedase como hipoteca de los «correspondidos», por lo que se aplicaba al precio del azogue («principal»).
23 La expedición de guías y tornaguías, junto con la exigencia de «correspondidos», impuso un control sobre el tráfico de azogues y platas, sujeto siempre a pérdidas de consideración.
El precio del azogue fue fijado en 7 3 ps. 3 rs. el quintal.
Si consideramos la frecuente escasez de mercurio que sufría el virreinato, los elevados costes de los fletes, y la dilación en el abastecimiento, este precio resultaba muy favorable, más aún si tenemos en cuenta que poco tiempo después, en 1782, no bajaría de 131 ps. 4 rs.
24 La explica ción inmediata hay que buscarla en la contrata firma<la por José Antonio de Areche con Nicolás Sarabia, oportunista cuya acción de extracción de mineral de alta ley de los soportes y estribos de la mina de 1-luancavelica <lío como rcsulta<lo una abundancia ficticia que permitió reducir precios. is En cuanto al proceso de requemo con vistas a liberar las «pi ñas» del azogue sobrantt:, las medidas de prueba y punición equi paraban a azogueros, trapicheros y capchas, si bien en el caso de éstos se efectuaba por cuenta propia en hornillos destinados al efecto, mientras que para los azogueros corría a cargo de la oficina de requemo de banco.
26 Uno de los mayores cu.idados <lel banco era el puntual pago a los mineros por las platas rescatadas, para que el laboreo de las minas no se viese detenido.
Para ello, las platas se pagaban en el momento de ser entregadas y, si se descubrían mermas tras el requemo, se verificaban los descuentos la semana siguiente.
Los SERENA FERNÁNDEZ ALONSO mineros de afuera recibían las tres cuartas partes del valor Je sus platas, reservándose la cuarta para respaldar las posibles faltas que se detectasen.
27 La desconfianza manifestada hacia los mineros ex traños a la villa fue una constante.
La ordenanza pretendía precaver el fraude, centrándose en aquellos casos en que la distancia podía favorecer la impunidad.
Se señalaba la obligatoriedad de satisfacer los pagos en moneda sellada, nunca en especie, poniendo fin a la práctica utilizada con anterioridad por los oficiales reales.
La pena, pecuniaria en la pri mera vez, imponía la pérdida de oficio por reincidencia.
El banco contaba con 70.000 ps. semanales para su giro, su pl iéndose fondos de la Casa de Moneda y cajas reales en caso de ser insuficiente.
Los pagos de plata, labor de la tesorería, fueron sometidos a un estricto control con la expedición <le boletas que el administrador entregaba al vendedor y eran verificadas por!a contaduría.
29 La entidad bancaria actuó como agente fiscalizador de todas las actividades, particularmente las que habían sido conflictivas durante las anteriores administraciones.
Agilización <le operaciones y custodia perfecta de los caudales fueron dos <le las claves para ello.
Disponibilidad de los fondos para el puntual servicio al pú blico, pero impidiendo el derroche y los riesgos en transacciones de carácter individual.
La transformación de las «piñas» en barras de plata se regulaba a lo largo del título 3. o.
Adquiridas las «piñas» en sábado, pa rn permitir su traslado al banco por los mineros sin interrupción de las labores extractivas, los lunes se procedía a su asentamiento en libros, fundición de piezas para detectar precio y calidad, y tasa.. ción en función de ambas, llevándose el martes a las cajas reales para, también por fundición, purificar la plata y comprobar que el administrador no había cometido errores.
Los gastos de afinación suponían 5 pesos por barra de 180 mar cos. Los «bocados» no podían ser superiores a 4 ochavas y se eje-cutaba n tras la operación de repeso de las barras por el balanzario, p roceso que se realizaba al día siguiente de la fundición.
30 Estas operaciones tenían como finalidad cotejar lo realizado por el administrador y el ensayador en prevención de ilegalidades.
La capacidad de cada funcionario de denunciar ante el super intendente las irregularidades que pudieran observar en la actuación de los demás empleados, fue otro de los mecanismos de vigilancia establecidos 31 y fue muy frecuente a lo largo de la administración colonial.
Tras b fundición de las barras, se procedía al pago de los reales derechos, una vez calculados por los oficiales reales en las boletas destinadas a ese fin: diezmo, 1 1/2 % de cobas y derechos añadidos por fundición.
Todo ello se pasaba a la tesorería del banco, donde se abonaba su importe en barras de suprema ley el mismo día del ensaye, para evitar «los desórdenes y riesgos a que en otro tiempo estubo (sic) expuesta la Real llacienda por la dila ción en satisfacerse». -� 2 Los oficiales reales emitían los resguardos correspondientes como comprobantes del libro de importes que se llevaba al Tribunal de Cuentas.
Finalmente, ]as barras se entrega ban a la Casa de Moneda, debiendo las de diezmos, por ser de Real Hacienda, ir exentas de los derechos de ensayadores, devolviéndose los <<bocados» que se les hubiesen extraído.•'-'
En prevención de actos dolosos en las actividades señalada�, la Casa de Moneda podía llevar a cabo nuevos ensayes para ajustar el valor de las barras con la tasación de las cajas reales y el banco, obviando aquellas inevitables diferencias que las distintas balanzas pudiesen arrojar, así como las derivadas de la extracción de «boca.. dos» con que las barras llegaban a la Casa de Moneda. •' 4 ¿Qué margen de ganancia obtenía el banco de todas las operaciones propias de su intervención? 3 � De cada partida de 1.000 marcos de plata, y una vez realizadas las comprobaciones mencionadas, el banco se reservaba una utilidad que oscilaba entre 1/2 real y 1 real por marco, cifra con la que había de res ponder a los gastos derivados de cada labor y a la satisfacción de los sueldos de los empleados que, según la tabla adjunta, ascendían a 16.994 pesos anuales:36 Ciertos beneficios complementarios eran producto del cobro de «corridos» y «quebrados», es decir, los picos o cantidades que el banco no abonaba a los mineros cuando en sus ventas, una vez pesada la plata, superaban los 22 granos o eran superiores a una onza, en los primeros, o no llegaran a un marco (7 ps. 4 rs.) en los segundos.
Debido a que esos excesos o mermas eran resultado de la calidad del mineral en su ley y beneficio, las condiciones no afec taban del mismo modo a los mineros, y así, mientras a los azo gueros de Potosí (que obtenían más altos beneficios por sus platas) no se les reintegraba cantidad alguna por esos conceptos, los trapi cheros, capchas y mineros de afuera, entregaban sólo 1/2 onza cuando la partida que presentaban pasaba de 12 marcos, y 1/4 cuando no alcanzase este peso.
Los «corridos» y «quebrados» se reducían de la totalidad de ]a partida semanal que cada minero presentaba en el banco, pesán dose en tiradas no superiores a 100 marcos de plata.
El Banco como institución proveedora y entidad crediticia
La segunda función del Real Banco de San Carlos era la habili tación de insumos y concesión de créditos.
37 Los auxilios que ofrecía a los mineros se organizaban a lo ]argo del título 6.o de la or. denanza.
Anualmente, el banco entre gaba al gremio de azogueros de Potosí 50.000 pesos que podían aplicarse de la forma que consideraran más conveniente de acuerdo a sus intereses y sin intervención del superintendente.38 Esta dis posición era novedosa, puesto que rompía con la fuerte dependen cia que el gremio había soportado anteriormente respecto de los jueces conservadores y gobernadores locales, dotándolo así de un alto grado de autonomía.
La cantidad de la ayuda se prorrateaba por «cabezas de inge nio» entre todos los que en aquel momento los trabajasen, bien en propiedad o en arrendamiento con mita, mientras que los ingenios sin mita recibían una tercera parte menos.
La explicación de este diferente reparto estribaba en que el minero sin tanda de mitayos estaba en inferioridad de condiciones para la explotación y, consecuentemente, para la entrega de platas en el banco y la devolución de los créditos obtenidos.
Pero, principalmente, care cía de la importante fuente de ingresos que aportaban los «reza gos», lo cual dificultaba su capacidad de hacer frente al elevado precio que había de pagar por el arrendamiento del <<ingenio», lo cual podía empujarle, tarde o temprano, a abandonarlo.
39 La ordenanza se orientó decididamente a la protección de los fondos del banco, especialmente en el tipo de créditos cuantiosos y a más largo plazo.
El otorgamiento de nuevos auxilios no podría verificarse hasta el completo reintegro del anterior, obligación a la que quedaban suscritos los miembros del gremio por escritura de mancomunidad, condición «sine qua non» para la obtención del crédito y validación del arrendamiento de «ingenios».
El banco no percibía intereses por los capitales que otorgaba en préstamo.
Semanalmente se procedía a la cobranza del auxilio al tiempo de vender la plata en el banco, mediante los descuentos corres pondientes que efectuaba el administrador, imponiéndose multas aplicadas al fondo fijo en caso de dilación en la paga u otras prác ticas en perjuicio del giro del banco.
40 La utilización del auxilio en actividades extrañas a las mi nería se castigaba con la suspensión del mismo durante 4 años, pero manteniéndose el sometimiento a mancomunidad con los dem,1s azogueros.
41 De nuevo se dejaba sentir el peso de las pasadas irregulari dades en el manejo de los fondos: los negocios ilegales de los ofi ciales reales involucrando los caudales del erario, la especulación con los insun1os, la cesión de acciones de la Compañía de Mineros en pago de deudas, los préstamos de grandes sumas a comerciantes totalmente desvinculados de la actividad minera.
Existían además una serie de auxilios extraordinarios, fijados en 1.000 pesos, para casos de urgencia en la paga de la mita y mano de obra mingada, o por deterioros materiales.
Como garantía habían de depositarse «alajas (sic) de oro, o plata, que en su peso tengan más valor de dicha cantidad... »,42 debiendo cobrarse en 4 meses y siendo libre la forma de pago que, de incumplirse, daba al banco la facultad para vender las «alajas» depositadas, aplicando las de plata a la chafalonía, y las de oro a las cajas reales para pasarlas a la Casa de Moneda, corriendo todos los gstos de ensaye, reales derechos, etc., a cargo del dueño.
El tratamiento conferido a los mineros fue distinto según su categoría.
Los trapicheros potosinos carecían de auxilio (por no estar adscritos al gremio) y tan sólo se les ofrecían 200 pesos de ayuda, siempre que aportasen el respaldo de prendas o fiadores.
El plazo de devolución se fijó en 4 meses, y estaban sometidos a las mismas responsabilidades que los azogueros.
Siendo los trapi cheros sujetos pobres, con una escasa producción, era difícil que encontraran el aval que se les exigía, por lo que en este punto de la ordenanza se presenta con10 prenda de adorno en un sistema de reforma que, aparentemente igualitario y globalizador, se diri gía a favorecer a los grandes. explotadores y propietarios de minas, marginando al pequeño minero.
Se trató <le un reformismo de élite, reservado a los azogueros de cierto peso económico y social, cuyas actividades iban a producir una rentabilidad de la que la Real Hacienda sería la beneficiaria directa.
El minero sin solvencia económica permaneció sometido a los abusos de los «aviadores».
El banco nunca pretendió elimi narlos, sino competir con ellos en la oferta de ventajas, ganarles la partida por la exclusividad, arrebatándoles los mejores clientes y dejando en sus manos las operaciones de más alto riesgo y escaso rendimiento.
Los mineros de afuera, además de las fianzas y la sujeción a los plazos establecidos, debían presentar una certificación del co rregidor de la provincia en la que se declarase que no había en ella banco, y otra del contador del banco de haber traído en otras ocasiones no menos de 500 marcos de plata en «piña».
Los rapchas fueron absolutamente ignorados en esta normativa sübrc auxilios.
Esta pnktica discriminatoria desvirtuó la esencia <le la ü1s titución: el fomento general del minero...3.
La promoción de la técnica extractiva
Finalmente, en t•elación a la tercera función <le1 banco como organismo potenciador de medidas de fomento, se le hizo cargo expresamente de las obras del <<socabón» (sic) de Potosí, fij�índosc una cantidad no superior a 20.000 pesos anualmente para hacer frente a los gastos y reservándose los minernles de plata que en su trazado pudiesen aparecer.
Los libramientos del fondo fijo de 200.000 pesos anuales se llevarían a cabo bajo supervisión directa del superintendente y a través de un complejo sistema para precaver las malversacionc s que se habían experimentado.
43 Recibos, boletos y otros documentos servirían de justificantes de los balances, estados «mensales» (sic), cuentas y asiento de In� mismas en los libros de Contaduría, Tesorería y Administración.
Los sobrantes del giro debían pasar anualmente a las cajas reales.
Ejemplares duplicados de toda la labor contable se enviarían a1 Tribunal de Cuentas para su comprobaci6n.
44 Teniendo en cuenta el intento de simplificación en las t, trcas de contabilidad que se pondría en práctica, aunque con éxito dis cutible, poco tiempo después, 45 no deja de sorprender el farragoso e intrincado sistema fijado para las del banco de la Villa de Potosí.
El administrador, fuera de las cuentas del giro semanal del banco, 1levaba a su cargo 9 libros, 4 el tesorero y 1 O el contador, quien además debía comprobar las cuentas y libros de las otras oficinas.
46 Los restantes títulos de la ordenanza fijaban detalladamente las obligaciones, facultades y sueldos de los empleados del banco.
El reglamento para el Real Banco de San Carlos de la Villa de Potosí recibió la aprobación del monarca por real orden fechada en San Ildefonso el 24 de agosto de 1782, comunicada por el minis tro de Indias al nuevo gobernador de Potosí, don Juan del Pino Manriquc, en 17 de enero de 1783.
CONCLUSIONES Aparentemente, la nueva norn1ativa contaba con los mejores auspicios para restablecer el orden y concierto en las actividades del centro minero.
Sin embargo, aunque las condiciones generales meJoraron, los cambios introducidos no llegaron a transformar la estructura: «... en una coyuntura tan desfavorable, la creación de un banco e.le crédito minero en Potosí no podía sanear la economfa va cilante y o p rimida de la. industria de la plata>>.
48 SERENA PERNÁNDEZ l�LONSO Tanto Escobedo como Pino Manrique, que habían calificado el establecimiento como «utilísimo» y como pilar del sostenimiento de la Villa, no ocultaron, sin embargo, su desasosiego ante las nue vas circunstancias, temiendo que las regulaciones « no serían suficiente».
49 El estallido de la rebelión de Túpac Amaru, el desequilibrio en la dotación de mano de obra mitaya, las sequías y la resistencia opuesta por el inmovilismo local, desembocaron en la adopción de prácticas extrañas al espíritu de la ordenanza que, inicialmente consideradas «excepciones» de carácter extraordinario y temporal, terminarían haciéndose permanentes.
50 Años después, Jorge Escobedo informaba de la grave situa ción del reino: <( Estas provincias están aniquiladas por los pasados alborotos� ellos y la guerra de Europa han hecho un paréntesi8 doloroso a el comercio, que sf\ntirá después las quichrns; El Erario rstá dps. truido... no hay otro camino que el de la Minería protegida y
Parece indudable que su gestión fue encaminada al estableci miento de un sistema típicamente borbónico que, basado en el orden de las cuentas, el rígido control del funcionariado y la consecución de ingresos a la Real Hacienda, habría de funcionar como entidad modélica en el virreinato. |
A.A.e.: Archivo del Arzobispado de Córdoba.
A.G.N.: Archivo General de la Nación.
LE.A.: Instituto de Estudios Americanistas.
Para historiar los grupos sociales, conviene partir <le la supo sición de que no es posible explicar la sociedad sin comprender sus principales componentes.
Uno de ellos lo constituyó -en Cór doba-la burguesía mercantil, que comenzó su proceso formativo en el período tardo colonial, consolidándose a mediados del si glo XIX.
En efecto, la actividad mercantil permitió el surg1m1cnto Je un grupo social de ciertas características peculiares.
Al comienzf), conformado en buena parte por españoles, con el transcurso del tiempo, integrado por comerciantes americanos, particularmente nativos de la regi6n.
El análisis se verifica en el marco de una sociedad que debi6 desenvolverse en una economía restringida, caracterizada por un estancamiento pronunciado en sus formas de producción en que -careciendo de otra actividad importante-se destacó el intercam bio mercantil, generador de un cierto flujo de capitales, volcado n un tráfico ínter-regional acorde a las necesidades de los mercados.
La tarea se emprende con la convicción que resulta más fac tible hallar y explicar un conjunto Je historias ocurridas en,ímbitos regionales LJue posteriormente se compatibilicen dentro del m,1s 2 FÉLIX E. CONVERSO amplio de dimensión nacional, que pretender lograr la homogenei dad en éste, obviando el conocimiento de aquéllas.
Porque la his toria regional puede explicar desarrollos localizados, pero además coadyuva al conocimiento de los fenómenos de carácter más ge neral.
Así como la historia nacional no debe reconstruirse como si un país fuese un todo homogéneo, sin diferenciaciones, no es acon sejable emprender con ópticas insularizantes los análisis regionales Un atento análisis de los componentes del grupo socio-profe sional en estudio, retrotrae el marco temporal a las últimas décadas del siglo XVIII.
Adoptándolo como adecuado punto de partida a fin de situar cronológicamente las raíces generacionales de los actores que intervinieron en el mercado cordobés de la primera mi tad decimonónica.
Quizá el efecto menos superficial que impresiona a quien pre tende escudriñar ese mundillo del comercio, resulta la particular pre ponderancia ejercida por los inmigrantes españoles.
En efecto, a partir de los años ochenta, su afluencia a Córdoba parece adquirir cuantía.
1 Posiblemente la crisis desencadenada en España a lo largo de los últimos cuarenta años del período colonial americano, acicateó las necesidades y acrecentó los anhelos de emigrar en los hispanos.
Acaso al constatar la situación coloreada con algunas favorables perspectivas delineadas para ciertas regiones de América, en razón de las políticas referidas a liberación comercial en el trato con la península y la tendencia fundacional, que concretamente en Cór doba, evidenció logros en el último cuarto del siglo XVIII.
2 De acuerdo con ello, en la región mediterránea y particular mente en Córdoba ciudad, se conformó una comunidad de espaFwlcs ESPAÑOLES Y AMERICANOS 3 europeos que presentó no poca entidad.
En los registros confec cionados en razón del censo de 1813, 3 se computó la importante proporción del 4 3'9 por cien to de comerciantes originarios de España, en relación al total de los inmigrantes de ese origen.
La indagación del lugar de procedencia de esta comunidad, permite inferir la abrumadora superioridad numérica de los nativos de Galicia, presentándose la región norte española como la patria del mayor transplante migratorio a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XVIII.
Las razones del traslado a las regiones centrales del virreinato son menos fácilmente atribuibles a la índole aventurera de los inmi grantes que al producto de racionales especulaciones dirigidas a explorar las potenciales posibilidades que estas economías pudieran ofrecer.
Al arribar a Córdoba, la hallaron sólida y homogéneamente edificada, con casas de muros blancos, techos rojos, elevados y a dos aguas, que cobijaban amplias habitaciones y que conformaban un todo de traza rectangular.
Abierta hacia las tierras de estepa, valles y sierras del norte y el oeste, siempre alerta hacia la pampa, ese sur dominado por el indio.
Con un pasado un tanto agrícola, con cierta tendencia por la explotación ganadera ante el más tradicional comercio urbano.
La ciudad, punto de constante tránsito hacia otros pueblos y mercados, con sus dos colegios y la importante infraestructura religiosa, 5 logr6 impresionar a los recién llegados.
Durante la aludida década de 1780, ya se hallaba constituida una comunidad de españoles, con cierta capacidad económica como para intervenir activamente en un mercado que pasaba por una
coyuntura caracterizada por alguna bonanza.
Este grupo dispcns6 apoyo a aquellos coterráneos recientemente arribados, cuya inten cionalidad -en su mayoría-apuntó a dedicarse a la actividad comercial.
6 En general no provinieron de niveles sociales o económicos prominentes de España.
Con el fin de ubicarlos provisionalmente, pero sin temor a cometer un irreparable yerro, es posible situarlos originariamente en la clase media baja de la región norte españofa.
Los hubo que pudieron sustentar otras posiciones sociales conf eri <las mediante prerrogativas, tales como los hijosdalgos, 7 pero no hicieron uso de ellas en tanto dificultara el trato comercial.
La via bilidad de éste, siempre se apreció y resguardó por encima de los privilegios derivados de determinados peldaños sociales.
Algunos partieron de su tierra natal con un pequeño capital, destinándolo a la compra de mercaderías y, mediante su arduo trabajo, lograron acrecentarlo, posibilitando así la instabcíón de sus tiendas, desde donde manejaron su tráfico y giro.
Las buenas relaciones mantenidas con los colegas cspm1oles, componentes de la aludida comunidad ya establecida, les sirvió para emplear sus pequeños réditos en inversiones de paulatino creci miento en el comercio mayorista.
Lo rescatable de estos vínculos, lo constituyen el apoyo y colaboración evidenciada pHra con los bisoños inmigrantes.8 Aquellos que no contaron con capital ni con contactos necesarios, se buscó incorporarlos a este grupo, accpt, in- dolos como dependientes en el desempeño de tareas Je mozos Je almacén o habilitados, también como corredores.
De este modo, ampliaron sus esfuerzos, reinvirtieron sus ré ditos adquiriendo mercancía ultramarina y traficando efectos de la tierra.
Es así como, el mercado de la última década del siglo XVIII y la primera del siguiente, muestra una particular división <le tareas -de ninguna manera tajante-pero evidente.
Claramente circunscrita se muestra la labor del inmigrante es pañol, preponderando en el comercio de efectos de Castilla, tras ladados desde Buenos Aires y los de producción local, elaborada artesanalmente, negociados en sus tiendas o pulperías.
Es decir, los más importantes traficaron con un mejor montaje organizativo en este tipo de intercan1bio, cuya dirección y administración corrió por su cuenta.
En tanto, comparativamente se encuentran pocos comerciantes americanos que manejasen la actividad con las mismas pautas impuestas por aquéllos.
Pocos años Jespués, los comisionados de la Asamblea dd año XIII, al compararlos, informaron al referirse a los mercaderes que exhibió menos relevancia, su giro no alcanzó las conexiones ultramarinas que los españoles por distintas razones -ya sea por su origen, parentesco o por simples vinculaciones-alcanzaron a evolucionar, manteniendo frecuentes contactos'y tratos con los mercados ibéricos, importando mercancía europea y exportando algunos productos de la tierra, como cueros.
Por su parte, el comerciante americano de alguna envergadura económica se mostró relacionado con el comercio de mulas vincu lado a las regiones norteñas y al intercambio de efectos de la tierra, sin descartar la comercialización de alguna mercancía de procedencia extranjera.
Los más sobresalientes traficantes de mulas formaron parte de familias de fortuna, propietarios de haciendas ganaderas, integran tes de una pretendida clase alta con definidos y excluyentes afanes de dominación política y bu rocr�í tica.
12 Los Allende, los Usandivaras o los Quintana, enlazados fami liarmente, también lo estuvieron en la administración de la ciudad, antes y después de la gobernación intendencia del nrnrqués d� Sobremonte, 1 3 protagonizando innumerables rencillas siempre ten dentes a posesionarse en forma predominante del poder lugarefio, atribuyéndolas, los testigos de la época, «... como principios Je estas discordias, la enemistad que profesan estas familias y p¡1r cialidad a los europeos avecindados... ».
14 De acuerdo con esto, al menos una parte de estos hacendados, también dedicados al comercio de mulas, formaron una parcialidad que los definió bien distanciados de aquellos referidos tenderos 15 Lo� «internadores» de mulas en los mercados norteños, en sus tr,1Vesías de regreso, transportaron productos de la tierra como ají o algodón, que comercializaron en la región central.
16 Otros, quiz,1 los de mayor fortuna como los Allende, Tomás, José, Pedro Lucas y Fausto, su pariente Francisco Usandivaras, el yerno del primero, Felipe Haedo.
También José Matías Torres, enfrentado a los anteriores, en fin los Quintana, los Figueroa, todos ellos tra ficaron casi exclusivamente la hacienda mular, trasladando -al retornar-importantes capitales obtenidos de sus operaciones en las regiones norteñas.
17 Este tráfico, desde el siglo XVII, constituyó uno de los más importantes componentes del comercio a distancia efectuado por los «internadores» cordobeses.
La cría local se completó con las mulas procedentes del litoral, que técnicamente invernaron en Cór doba.
Ello se explica si se tiene presente que en Buenos Aires el sistema de producción de mulas se limitó a la crianza, mientras que los productores cordobeses realizaron una tarea más compleja apar-PÍ-�LIX E. CONVERSO tando las crías de su madre a la edad de un año e jnvernándolas con madrinas en potreros separados.
18 Al llegar a las postrimerías del siglo XVIII, se observa en este intercambio una oscilación con ocasionales retracciones.
El eventual repliegue de la oferta monetaria producido por e] cese del envío de mercurio desde España al Potosí, produjo consecuentemente una reducción general del giro comercial, influyendo singularmente en el tráfico de mu las.
19 Producida la revolución de 1810, los enfrentamientos bélicos sostenidos con las fuerzas realistHs en el norte, provocaron un pon• derable entorpecimiento en las vías transitadas y un descalabro en los mercados.
2 o Consecuentemente desaparecieron de ese horizonte comercial aquellas familias a él dedicaJas, mientras otras tendieron a diversificar sus actividades.
No obstante lo referido, en relación a alguna puja política y burocdtica sostenida por ciertos hacendados y traficantes de ganado mular con los españoles, resulta imposible explicar esta sociedad como una división fundada en los orígenes geográficos o étnicos de sus actores.
Con sólo analizar la nupcialidad de los comercian tes es pafio les, ya se obtiene una idea bastante acabada respecto a los lazos de parentesco que los unieron a los americanos.
Estos españoles arribaron a Córdoba -en su mayoría-sin haber previamente contraído matrimonio, aquí lo hicieron con naturales de la región.
De un total de cuarenta y dos matrimonios seleccionados ( vase cuadro núm. 1) se detectHn sólo dos cónyuges de procedencia extraña al suelo cordobés.
La información reunida indica la alta nupcialidad del grupo, asimismo se observa en los apellidos de las esposas alguna prosapia tradicional.
Al analizar los capitales aportados al matrimonio por los co merciantes españoles (ver cuadro núm. 2) no es difícil inferir que transcurrió un lapso entre su llegada a estas regiones y la concreción del lazo familiar, espacio <le tiempo que emplearon en formar un patrimonio sustentador de sus aspiraciones matrimoniales que los 1levaron n incorporarlos a los núcleos tradicionales cordobeses.
De la selección de veintiséis matrimonios concertados entre 1772 y 1804, se evidencia que los capitales aportados por los co merciantes españoles fueron superiores a las dotes.
Estas en sólo dos casos alcanzaron un monto elevado, ello revela la condición económica prominente de la familia de la esposa, ambas dedicadas a la explotación hacendística, destinada al comercio de mulas.
Algunos indicadores relativos a los patrimonios registrados al contraer matrimonio los comerciantes americanos ( cuadro número 3) no presentan muy notables diferencias con los españoles, sólo se evidencia el mayor valor comparativo de algunas dotes.
Además una connotación que puede observarse, sin ser determinante, es un mayor número proporcional de nupcias entre hijas de hacendados y con los americanos dedicados a la actividad mercantil.
Los referidos comerciantes españoles que en Córdoba con formaron y animaron el grupo de tenderos, embarcaron proa a América en edad juvenil -próxima a los veinte años-habiendo previamente emigrado a ciudades m�is densamente pobladas de la península en busca de algún grado de aprendizaje.
Aun careciendo de estudios formales, todos -estos comer ciantes-estuvieron alfabetizados.
24 Compréndase que sólo se re quería una educación elemental para el desempeño de la práctica mercantil, es decir conocimientos de escritura, aritmética y contabi-1 ida<l.
Esta condición necesaria e imprescindible impidió a los grupos más pobres y menos educados de la sociedad española pre tender siquiera emplearse como aprendices en las tiendas al intentar instalarse en tierras americanas.
Por las características propias de su oficio, debieron sostener correspondencia -a veces profusa-con sus colegas y prolijas relaciones contables que requirieron de los necesarios conocimientos aludidos, que además condicionaron relativamente su ingreso al menester mercantil.
El acceso al gupo ya instalado se canalizó por dos vías, una consistió en el reclutamiento en calidad de dependientes de aquellos comerciantes establecidos, y el otro elemento viabilizador lo cons tituyó el lazo parental.
La aceptación más adecuada y conveniente del joven inmigrante: para integrar la comunidad mercantil resultó la posibilidad de casarse con la hija de algún colega sólidamente avecindado o lograrlo a través de una relación de parentesco menos directa.
Diversos casos de sociedades concretadas con yernos, cu ñados, hermanos, sobrinos e hijos testimonian este tipo de recluta miento.
Debe considerarse que la unión entre un recién llegado al comercio cordobés y la hija de familias avecindadas y consolidadas socio-económicamente, constituyó una ventaja mutua.
El suegro comerciante, peninsular o americano, obtuvo un yerno general mente muy bien predispuesto para el trabajo, a veces compatriota, con similitud de ideas o expectativas, que lo proiongaría no sólo con la descendencia sino también en los negocios.
Por su parte, el joven incorporado consiguió relevantes relaciones de familia y mer cado, en ocasiones una dote importante y una esposa que coadyu varía a perpetuar su nombre.
Estas uniones informan también en relación a un grado de cohesión del grupo, que se presenta elevado y contribuye a otor garle una imagen de resistente cerramiento o de repliegue interior, aunque las aludidc1s pautas no permiten encuadrarlas con una expre sión de endogamia social.
Si se observa cómo funciona la incorporación de comerciantes a las familias americanas de hacendados comercializadores de mulns (en el cuadro número 6 sólo se presentan dos excepciones, son elbs Hipólito García Posse y Ambrosio Funes, que no traficaron especí fica y únicamente con ganado) se llega a las mismas inferencias destinadas a concluir en la vigencia de un elemento ponderado, si no el más importante, y el de mayor consideración en la elección del nuevo pariente -además de socio dependiente en la mayoría de los casos-lo constituyeron los intereses y expectativas simila res, propias de un determinado grupo socio-profesional.
(V cr cua dro número 5). -------------------
De manera que estas uniones informan, como en el caso anterior, en relación a un grado de cohesión del grupo elevado y que contribuye a presentarlo con una imagen replegada en sí mis ma, próxima, pero sin llegar a asumir las características propias de endogamia social.
El cómputo de la descendencia procreada por cuarenta y una familias constituidas por comerciantes americanos y españoles (con frontar cuadro número 6) arroja un resultado indicador de una medianía prolífica, al igual que muy regular, al considerar la can tidad de uno a seis hijos.
Más escasas fueron las familias cuya prole alcanzó un número mayor.
Nótese que sólo una llegó a la cantidad de once hijos.
Aunque no debe considerarse como casualmente determinante, conviene apuntar que de las cinco familias con nueve hijos, una con diez y otra con once, cinco de ellas descansaron en una posición económica alta, si se considera el capital aportado al matrimonio.
Aquellos advenedizos tenderos españoles y los tradicionales hacendados comerciantes -componentes éstos, según Halp�rín Donghi-, 30 de una clase por momentos dominante y oligárquica, se encontraron a fines del siglo XVIII en situaciones un tanto diver gentes.
Estos en una condición; comercial rdativamente contenida a causa de las oscilaciones• en la demanda• de mulas; la misma actitud refrenada se nota en el aspecto político por efectos.de la pérdida de algunos cargos o dignidades capitulares.
En tanto que dicho menoscabo lo cubrieron los inmigrantes que consolidándose en sus negocios y relaciones sociales, dejaron de ser considerados estantes y formaron parte del vecindario de Córdoba.
A propósito, conviene recordar que la calidad de vecino con sistió no sólo en residir, sino también en estar; habitar.'
Vecino se consideró al afincado con ánimo de permanecer para siempre.
De manera que no sólo las familias se consideraron arraigadas, aquellas constituidas por los mercaderes españoles pudieron también lograr esta condición.
Esto conllevó el reconocimiento de un status, pues la calidad de vecinos los definió como verdaderos pobladores de la ciudad.
La reunión de ellos constituyó la hase estable y p�r manente de ese agrupamientq humano, con carácter funciohal y permanente.
Germinaron la• s alianzas parentales, sus frutos se enzarzaroti en un verd�dero tflcimo fclmiliar, algunos tan frondosos, �n, idos y extensos que se prolongaron fi?.ucho más allá del medio: �jglo decimonónico.
El parentesco y el matrimonio constituyen • hechos • básicos de la vida, de proyección tal como las• consecuencÍHs que se derivan Algunos llegaron a conformar verdaderos clanes, como el linaje de los Fragueiro, reforzado con el reclutamiento por vía de paren tesco de Manuel de la Lastra -inteligente y hábil administrador de los negocios familiares-y complementada por otra numerosa familia, los García Posse.
En las primeras décadas del siglo consi guieron constituir una suerte <le clan, en el que los elementos aglutinadores fueron el parentesco y su común actividad mercantil.
La razón comercial Fragueiro y compañía se compuso -en deter minado momento-por José María Fragueiro y Manuel de la Lastra-éste incorporó a su pariente Rosendo de la LHstra -en Córdoba, Mariano Fragueiro en Buenos Aires, Pedro García Posse y sus hermanos en La Rioja, Cayetano Lozano en Córdoba, Antonio Calviño y Fragueiro en Santa Fe y el litoral. • 1 2 La tercera generación continuó la tradición comercial de la familia bien avanzado d siglo.
33 La composición de esta familia ofrece quizá el mejor y más claro ejemplo de reclutamiento, mecanismo que brinJó al joven inmigrante español Manuel de la Lastra -luego gerente, sostén y cerebro de la sociedad-no sólo la posibilidad de incorporarse mediante lazos familiares, sino también de acceder a participar Jcl quehacer comercial.
Años después Lastra -siempre muy parco en lo relativo a revelar indicios sobre el patrimonio familiar-refirió: Es posible rescatar un relativa cantidad de situaciones simila res, una de ellas es la presentada por Manuel José de Ocampo, un importante comerciante natural del Cuzco, que al enviudar en Buenos Aires se trasladó al interior, emparentándose -por matri monio-con la familia del comerciante español Felipe Antonio González.
Formando un linaje de mercaderes que se proyectó más allá del medio siglo.
Así como el suegro acumuló un patrimonio importante, Ocampo que comerció no sólo abarcando los mercados interiores, de Buenos Aires hasta el Alto Perú, sino también con importantes puertos europeos, anrnsó una significativa fortuna y alcanzó prestigio social.
35 Linajes como los Signo, igualmente los Yofrc, ligados a los Roca y los Achával, se remontan a los comerciantes españoles del siglo XVIII, como los Sarachaga y los Garcón Maceda, aunque no lograron constítuir patrimonios importantes, sin gran evolución de capitales, 36 continuaron transitando el,ímbito del comercio.
Otros como el cordobés Mariano Machado, si bien no fue un relevante comerciante casó a sus hijas con algunos de ellos.
37 Todo ello revela pautas que permiten inferir que el procedimiento de reclutamiento parental entre individuos de la misma profesión continuó vigente.
Un análisis de los censos de la población Je Córdoba, en los años 1813, 1822 y 1832,.,� permite comprobar la progresiva reduc ción cuantitativa de los comerciantes españoles.
Adem,1s esto se reflejó en la edad promedio alcanzada en 1822 por estos mcrcadcr�s peninsulares, calculada en 46'6 años, cifra que marca la falta de renovación de este sector.
También se observa que los nuevos agen tes españoles censados, en su mayor parte fueron hombres maduros, probablemente trasladados desde otras provincias, ya que la situa ción político-bélica no permite sospechar una emigración directa desde España.
En el último de los aspectos mencionados se evidencia una importante renovación de los agentes del mercado.
Aquellos per tenecientes a la generación actuante durante el período tardo colo nial, desaparecieron en los años treinta.
El comerciante americano paulatinamente se posesionó de la actividad, con el ímpetu propio de una edad media aproximada de treinta y cinco afios.
En efecto el censo de 1832 ademéis de computar una disminución general de población mercantil -coyuntural-posiblemente dispersada a cau sa del auge bélico, evidenció un decrecimiento del peninsulnr, en una proporción mayor al 50 Wo, tendencia que continuó en los afios posteriores.
El número de comerciantes españoles censados en 1813 f uc de 71, veinte años después sólo alcanzó a 30, en tanto la relación con los americanos se expresó en 18 3 en el primero y 14 7 en los que se produjo la dispersión, después del derrumbe del gobierno del general Paz en Córdoba, en 1831.
Un muestreo de las listas impositivas no presenta, en el lapso siguiente, una disminución general de amortizantes de deudas fiscales aplicables al comercio, por el contrario expresan un crecimiento, particularmente en la década de 1840,39 en la que el mercado se halló integrado casi totalmente por americanos, pocos españoles y un número carente de significación de inmigrantes de otras latitudes.
Al promediar 1a década de 1830, la población mercantil se renovó.
Mientras tanto, en e1 siguiente decenio, además de la per manencia de algunas familias tradiciondes, puede aludirse a la for mación de otras nuevas que con1enzaron a tomar posiciones dignas Je consideración en el mercado y en la sociedad cordobesa.
Pero su ligazón familiar y mercantil presenta distintas y de.. finidas características.
En efecto, la particularidad que se detecta en estas nuevas familias de comerciantes es la vinculación por afini dad o cognación, por razones generacionales y a consecuencia de su reciente ingreso en el oficio.
El estudio de la formación de los linajes y de las relaciones mercantiles de los núcleos parentales formados por Félix de la Peña, Nicolás Peñaloza, Antolín Punes o Hilarión Funes, 40 por tomar algunos, arroja como resultados similares rasgos.
Tales pau tns comunes se presentan como familias nuevas dedicadas al co mercio -aunque por sus ancestros, antiguas en otras actividades todas con conexiones mercantiles, en calidad de dependencias, habi litaciones o sociedades.
La permanencia en la línea horizontal del parentesco constituyó la dirección que caracterizó a los nexos de parentesco más sobresalientes.
Por cierto que la verticalidad no dejó de concretarse, pero extemporalmcnte con referencia al marco impuesto al presente análisis.
Se explica teniendo presente que en la década de 1840 fueron familias de noveles agentes actuantes en el mercado cordobés.
Precisamente, es en razón del marco temporal, acotado a 1n primera mitad del siglo XIX, que a este nuevo grupo de comercian tes se le retacea el análisis de su proyección, que indudablemente existió y muy importante.
Otorgándole a su estudio un sesgo de horizontalidad, sin avanzar en el papel que le cupo a sus descen dientes en el período posterior.
Asimismo, existieron otros con algunas vinculaciones paren tales poco relevantes comercialmente, pero que se manejaron y pro yectaron en base a su fortuna personal amasada a través de todo el medio siglo.
41 Algunos investigadores ele los grupos basados en el parentesco, sostienen que «... en una sociedad dominada por los varones, donde el patrimonio y los cargos se transmiten de varón a varón, si se constituyen grupos probablemente serán de base patrilineal, aunque esto no sea inevitable... ».
42 Este criterio es adoptable para el aná-1 isis de las familias comerciantes de Córdoba.
Grupo en que el padre ejerció sin reservas la jefatura, siendo el responsable Je su sostén económico y también el transmisor e inculcador <le las pautas sociales, tendió a apoyarse en sus hijos varones para la tarea mercantil.
En tanto a las integrantes femeninas del núcleo les asignó una condición puramente doméstica y en la generalidad, f ucrtcmcnte subordinada al varón, tanto sea al padre, como al marido.
No por ello las hijas carecieron de la e<lucación necesaria para desenvolverse en sociedad, aunque se les reconoció más por sus virtudes domésticas, como asimismo por la reserva característica de las antiguas maneras españolas vigentes en el siglo XIX.
Lo expuesto no fue óbice para que algunas mujeres ejercieran actividades mercantiles, sin duda las hubo particularmente regen tando pulperías o pequeñas tiendas, en ocasiones obligadas por las circunstancias adversas a continuar administrando el comercio here dado del esposo desaparecido.
44 La jerarquización en el seno familiar resulta evidente, en-columnados detrás del padre, jefe incuestionable, según pautJs transmitidas por los ancestros españoles que rigieron por genera ciones, 4 s sin alternativas relevantes.
Durante los últimos cuarenta años, referidos al marco temporal estudiado, las pautas indican la plena vigencia de la continuida<l funcional en los mecanismos de reclutamiento por vía de parentesco, que posibilitaron el acceso de potenciales comerciantes al grupo socio-profesional.
El cuadro número 7 aporta n1uestras de ello, como asimismo evidencia la particular horizontalidad generacional anteriormente referida, cuya vinculación cognativa o por afinidad parece adquirir mayor proporción comparativa.
Además, reitera el vínculo parental como la clave de la estruc tura, aparentemente replegada en sí misma, pero altamente cohesiva, en que se apoy6 la empresa familiar.
Algunos pocos asistieron a las aulas universitarias donde se cursaba teología, jurisprudencia, artes, gramática y filosofía, sólo para mencionar el grueso de las disciplinas impartidas.
47 De la lista de los estudios efectuados por los comerciantes (ver cuadro número 8) se infiere un ínfimo número de egresados que completaron los mismos.
De ellos, sólo se dedicaron a la actividad mercantil los Fragueiro, José María y Mariano, Santiago Bravo, Felipe Gómez y Pedro Juan González, aunque estos tres en menor medida que los primeros.
De la generación que se destacó en el mercado cordobés en 1840, ninguno obtuvo un diploma, la genera lidad cursó un año, la excepción se constituyó en llegar al término de un par de ellos. ( Ver cuadro número 8).
Conviene mencionar la graduación de algunos hijos de comer ciantes españoles, que luego desempeñaron su profesión, en discipli nas jurídicas o canónicas, tales como -además de los Fragueiro Juan Antonio Sarachaga, Carlos Antonio del Signo, Adrián María Cires, Norberto <lel Signo en las primeras, y los Savid, José María, Manuel Antonio y José Roque, que les valió el hábito clerical a los mayores.
Además <le indicar alguna inclinación por el estudio, señala una preocupación paternal por orientarlos y procurarles acce so a estos niveles y además un soporte económico apoyado en un sólido patrimonio familiar.
Al respecto debe observarse que los diplomados -en una proporción abru1nadora-provinieron de núcleos distinguidos por sus cuantiosas fortunas.
El resto de los comerciantes americanos contó con la educación necesaria e imprescindible para su actividad, es decir lectura, escri tura y nociones de aritmética, en tanto que en la práctica cotidiana adquirieron vagos elementos contables El nivel de educación se presenta con caracteres opacos, pero de ninguna manera falentes para la actividad mercantil, si bien se detectan algunas excepciones como las ya destacadas.
Entre aque1los comerciantes hispanos del período tardo colo nial y sus colegas americanos de la primera mitad del siglo XIX, se encuentran criterios similares, puntos de contacto y pautas co munes.
Entre ellas sobresalen el modo en el que los individuos se unen al grupo mediante los diversos modos de reclutamiento observados.
También es destacable la cohesión del sector, su tenor Je cooperación tanto social como económica, lo mismo puede afir marse en cuanto a las pautas de matrimonio y p3rentesco.
En tanto, su nivel de educación se presenta muy parejo, carente de aristas remarcablcs, can, cterizando a individuos de un mismo segmento social, vinculados de tal forma que esta relación presenta una ima gen tejida con lazos muy consistentes.
A.G.N., Comisionados Jonte y Ugurlechc.
12 Carta del gobernador interino de Tucumán don Antonio de Arraigada al rey, 1777.
En: Junta Provincial de Historia de Córdoba, Córdoba, ciudad y provin cia..., págs. 176 a 180.
13 Garzón, Ignacio: Crónica de Córdoba.
14 Carta del gobernador interino de Tucumán, don Antonio de Arraigada, al rey, 1777.
En: Junta Provincial de Historia de Córdoba, Córdoba, ciudad y.... pág. 180.
AL V AREZ, Matías BARO, Domingo BAZ, Francisco BRABO, Gaspar Sáenz CAMPILLO, Florencio del CARRERA, Pedro CARRERA, Bartolomé (2.a nupcias) CORDON, Manuel ( l.a nupcias) CORDON, Manuel (2.a nupcias) CIRES, Pablo (2.a npcias) EGUILUZ, José María FRAGUEIRO, Benito Antonio GACHE, Francisco Inocente GONZALEZ, Feli pe Antonio (l.a nupcias) GONZALEZ, Feli pe Antonio (2.a nupcias) GONZALEZ DE LARA, Sehastián GONZALEZ Y SAN MILLAN, Dionisio LASTRA FRAGUEffiO, Rosendo IGLESIAS, Antonio LOPEZ, Manuel (l.a nupcias) LOPEZ, Manuel (2.a nupcias)
PONCE DE LEON� Marquesa GONZALEZ DE IiARA, María MIRANDA, Lorenza RAMIREZ, Manuela URIARTE� M. Josefa CORRO, Ana María del CORRO, A gu stina del ALLENDE, U rsula ARIAS, Rosa Claudia VELEZ Y SARSFIELD, M. Rosario LUJAN, María Dolores SIGNO, Felipa Juana del LUGAR DE ORIGEN, Protocolo de�.
Arturo: Los linajes del Tucumán. los de Córdoba.
46 COMERCIANTE:\CHAVAL, Tristán CAMPILLO� Donaciano del CASTELLA�OS, Andrés FERRER, Juan Bautista FRAGuEIRO, Julio FU�ES, Hilarión FUNES, Hilarión GARCIA POSSE, Nicolás GO�ZALEZ, Juan José OCAMPO� Alejandro OCAMPO..
Manuel José de PE�ALOZA.
Féli; de la PRUNEDA, Carlos Recalde.
Julio 4-\CHA VAL, Emilio CAMPILLO, Cleto del CASTELLANOS, José CASTELLANOS, Abraham FERRER, Juan L• \STRA� Nilamón de la FRAGUEIRO, Mariano F.
Protocolo de Escriba nos.
F.S PAÑOLES Y Af\11,:H I CANOS
ESPAÑOLES Y AMP: RTCANOS |
Como es muy conocido, la sucesión de la Casa de los Barbones al trono español a comienzos del siglo XVIII inauguró un proceso de reformas dirigidas a reconstruir el comercio colonial y de esta forma hacer revivir la economía metropolitana.
En los años recien tes, nuestro conocimiento de los orígenes y consecuencias de este proceso de reforma económica y comercial ha sido ampliado enorme mente, gracias a los estudios hechos sobre el tráfico transoceánico durante los siglos XVII y XVIII.
Así, por ejemplo, la monografía de Lutgardo García Fuentes sobre el comercio español con América durante la segunda mitad del siglo XVII, demuestra la bajada su frida por el tráfico a finales del período habsburgo, la cual llevaría a Felipe V a considerar la urgente necesidad de introducir refor mas.
1 Otro estudio que ha contribuido mucho a esclarecer el con texto y los inicios de las reformas comerciales ha sido el de Geoff rcy W alker, el cual analiza los esfuerzos por reorganizar la Carrera de Indias durante la primera mitad del siglo XVIII y demuestra con gran claridad las dificultades y contradicciones de estos primeros intentos de recuperar el comercio americano.
2 El estudio detallado de Walker de la política de reforma complementa el indispensable análisis cuantitativo proporcionado por Antonio García-Baquero, quien estudió el comercio transatlántico durante el cual el puerto de Cádiz disfrutó el monopolio del comercio con las Indias, es
Baquero nos permite formar una idea general del comercio colonial de España durante el siglo XVIII, hasta que fue reorganizado por el Reglamento de comercio libre de 1778, otro estudio reciente ha extendido aún más el análisis cuantitativo <lel comercio AtLín tico.
El libro de John Fisher sobre el comercio colonial entre 1778 y 1796 analiza las principales direcciones y tendencias que siguie ron a la gran reforma de comercio libre, antes de que los contactos comerciales de España con las Indias fueran interrumpidos por el comienzo de la última guerra con Inglaterra en 1796.
4 Por último, ha habido un creciente interés en la historia de las rela• ciones comerciales entre las diferentes regiones de España y las Américas, e1 cual se refleja en el estudio de Carlos Martínez Shaw sobre el comercio de Catalufia con América y en la reciente recopila ción de ensayos sobre el comercio libre de Fontana y Berna].
5 Estos estudios, al reconstruir todo el sistema de comercio transatlántico durante más de un siglo, y analizarlo bajo los regí menes habsburgo y borbónico, nos han enseñado mucho acerca de la organización del comercio.
Estos han permitido identificar los movimientos del tráfico así como catalogar las fluctuaciones de los mismos.
Además, han detallado las formas y las rutas de transporte, así como analizado los productos llevados entre España a América, investigando los efectos de la política real sobre el desarrollo del comercio.
Sin embargo, todos estos estudios concentran la atención en el comercio español, y su interés principal es el de estudiar lns tenoencias generales de todo el sector comercial transatlántico, sin considerar sus distintas partes; su propósito ha sido iluminar, es pecialmente en el caso de García-Baquero, el significado para la economía española de tendencias a largo plazo en sus mercados principales.
El problema central ha sido el <le relacionar el comercio colonial de España con e1 desarrollo de la economía española du rante el siglo XVIII, necesaria para explicar la relación que existía entre el comercio trt1nsatlántico y la economía metropolitana, y de este modo, ilustrar por qué España fue incapaz de comenzar un proceso de industrialización, como lo habían logrado sus principales rivales.
Claro está, existe otro contexto dentro del cual podemos estu diar el comercio transatlántico: el de las economías americanas que conformaban el otro lado del intercambio bilateral impuesto por el mercantilismo español.
Si el desarrollo del comercio colonial era de gran trascendencia para el desarrollo de las. economías metropo litanas, ¿ cuáles fu e ron los efectos de las mismas para las colonias?
Ha sido propuesto que aunque el reformismo borbónico puede haber sido incapaz de convertir a España en una exitosa potencia industrial, fue aun así de gran importancia para el futuro de Amé rica, puesto que los barbones lograron transformar a los territorios americanos en verdaderas colonias, dependientes de los centros me tropolitanos de Europa para sus mercados y para sus manufacturas.
Por lo tanto, cuando Hispanoamérica se separó de la metrópoli a principios del siglo XIX, la independencia política no fue acompa ñada por una independencia económica.
Basadas en la importación de manufacturas europeas y la exportación de productos primarios, las nuevas naciones fueron absorbidas dentro de la órbita econó mica de Gran Bretaña.
De esta forma, los países hispanoamericanos que habían sido las posesiones polf ticas del poderío imperial de España, se convirtieron. en los satélites económicos del poderío neo-colonial de Gran Bret�ña.
Esta transformación tendría impor tantísimas consecuencias para su futuro político y social.
6 El presente artículo se sitúa dentro del contexto de este debate.
Su propósito es analizar el significado de los cambios ocurridos en el comercio colonial desde una perspectiva americana, enfocándose en un período clave en las relaciones económicas de España con sus dominios de ultramar.
Este período abarca los años que siguie ron a la introducción del Reglamento de comercio libre de 1778, el cual representa la reforma más radical del mercantilismo espaiiol de todo el siglo borbónico.
Nuestros objetivos principales son los siguientes: primero, esbozar el impacto cuantitativo del Reglamento del comercio libre sobre el comercio neogranadino en el período comprendido desde su introducción en 1778 hasta el comienzo de la guerra anglo-española en 1796; segundo, analizar las conse cuencias del nuevo régimen comercial sobre la economía neograna dina, y su relación con otros aspectos de la política española en la región.
De este modo, esperamos demostrar que el comercio libre fue incapaz de remediar el débil monopolio español en la colonia, o de cambiar sustancialmente la estructura y el desarrollo de la economía de la misma.
J. EL COMERCIO LIBRE: OBJETIVOS Y RESULTADOS
1 La política comercial codificada por el gran Reglamento de 1778, fue diseñada para reformar y reestructurar el comerci0 colonial de España sobre la base de dos principios: libertad y protec ción.
Al imitar, aunque tardíamente, las políticas mercantilistas de los principales rivales europeos de España, los barbones intentaban aumentar el poder del estado, mediante la introducción de medidas que nl promover el comercio libre dentro de la colonia, fomen taran el desarrollo del poder comercial e industrial de la metrópoli.
Estas medidas giraban alrededor de dos ejes distintos pero inter conectados.
En primer lugar, con el propósito de fomentar el des arrollo de la industria manufacturera dentro de la metrópoli, los estadistas borbónicos favorecieron la construcción de barreras adua neras en contra de la competencia presentada por los productos extranjeros, así como la eliminaci6n de los obstáculos monetarios y fiscales para el intercambio dentro del territorio nacional.
También apoyaron la intervención directa por parte de la Corona en cuanto a la inversión, la distribución del conocimiento industrial y tecno lógico, y el patrocinio de una cultura empresaria].
7 En segundo lugar, reconociendo la importancia de las colonias comó mercados para la industria peninsular, se introdujeron una serie e.le medidas cuyo propósito era el de facilitar el comercio transatlántico y pro porcionar a los productores y comerciantes metropolitanos los mercados necesarios para la expansión de sus actividades.
La ejecución de estas medidas no fue, sin embargo, un proceso sistemático llevado a cabo por gobiernos borbónicos sucesivos.
Al igual que en Francia e Inglaterra, el mercantilismo de la España borbónica reflejaba reacciones, a veces inconsistentes, a presiones económicas y fiscales fluctuantes, más que la ejecución práctica y consistente de un cuerpo de conocimiento teórico diseñado específi camente para movilizar las fuerzas económicas en beneficio del poder estatal.
Sin embargo, bajo Carlos III, la indecisión y la falta de sistematización que habían sido características de las políticas de sus antecesores fue reemplazada por una estrategia de protección comercial e industrial más vigorosa y coherente.
Mientras reforzaba las medidas diseñadas para excluir a la competencia extranjera del mercado doméstico y del comercio de América, el gobierno de Carlos III intentó también establecer vínculos comerciales directos entre los fabricantes españoles y los consumidores coloniales.
El Reglamento de 1778 abolió los privi legios de Cádiz como único centro para el comercio transatlántico, y ordenó, y concedió a las zonas industriales de Cataluña, Valencia, y al País V asco el acceso directo a los mercados coloniales y a las fuentes de materias primas de las colonias.
Paralelamente a la introducción de una ma' yor libertad de movimiento entre los puer tos peninsulares y coloniales, se produjo la relajación de las restric ciones sobre la navegación y el comercio transatlántico.
Los trá mites para obtener el permiso para comerciar con las Indias fueron simplificados, y varias restricciones sobre el comercio y el transporte fueron completamente suprimidas.
Sin embargo, a pesar de las recomendaciones de algunos críticos, los impuestos sobre el comer cio no fueron completamente eliminados.
Pero, aun así, estos im puestos sí fueron reducidos y regularizados, y, aún más in1portante, revisados para favorecer a los productos españoles, a expensas de los productos de la competencia extranjera.
8 El comercio libre, entonces, fue diseñado con un doble pro pósito.
Primero, al permitir contactos más frecuentes y menos restringidos con los mercados coloniales, buscaba aumentar el vnlor y el volumen total del comercio colonial español y combatir la competencia de los extranjeros.
Para lograr este fin, la Coron�1 eliminó las restricciones sobre el intercambio que resultaban de los altos impuestos sobre un volumen reducido de comercio por un solo centro, permitiendo a sus súbditos una mayor libertad de p<1r ticipación en el comercio colonial, reduciendo impuestos, y remo viendo los obstáculos arcaicos para el movimiento transatlántico.
El segundo objetivo del Reglamento era el de reducir la participn ción de los extranjeros en el comercio entre España y sus coloni, ts, mediante la introducción de impuestos más elevados sobre lo:, pro ductos que componían ese comercio.
Como consecuencia, un�1 mayor libertad de comercio fue permitida para ampliar la escala del inter cambio entre metrópoli y colonias, pero al mismo tiempo fue introducida una mayor protección para los productos españoles, a fin de asegurar que los productores metropolitanos se constitu yeran en los principales beneficiarios de tal expansión.
Por lo tanto, el comercio libre no fue sinónimo de libre comercio; simplemente permitió una mayor libertad de comercio entre la metr6poli y las colonias.
De esta manera, los extranjeros seguían cxduidos de una participación activa, los impuestos sobre el comercio <le varios tipos de mercancías fueron mantenidos, y el comercio siguió llcván • dose a efecto por puertos determinados y específicos.
En la Nueva Granada la introducción del comercio libre afectó de varias maneras la organización del comercio de la colonia con España.
La más clara de éstas era la de sus comunicaciones marí timas con la metrópoli.
Por ejemplo, en el virreinato había var.ios tos al comercio directo con la metrópoli, y obtuvieron las conce siones otorgadas a puertos autorizados bajo las condiciones del Reglamento.
Sin embargo, estos puertos no eran considerados de igual importancia para el comercio transatlántico, y por lo tanto, en lo concerniente a los impuestos, se establecieron diferencias.
Cartagena fue considerado el puerto principal para el comercio exterior, y fue clasificado como puerto ma• yor.
Todas las mercan cías españolas enviadas al puerto pagarían un impuesto del 3 % al salir de España (a no ser que fueran exentas), y todos los productos extranjeros pagarían el 7 %.
9 Al llegar a Cartagena, las mercancías estarían sujetas al almojarifazgo de entrada, es decir una cantidad equivalente al impuesto pagado en España.
Santa Marta y Río Hacha (al igual que los puertos del Istmo de Panamá y Portobelo) fueron clasificados como puertos menores, y por consiguiente, su comercio estaría sujeto a impuestos mucho menores.
Las mercan cías españolas enviadas a estos últimos puertos sólo pagarían un 1'5 % al salir de España, y otro 1'5 % al llegar a América, y los productos extranjeros pagarían un 4 % al salir, y un 4 96,11 entrar. w Sin embargo, las consecuencias de estos cambios para las rutas comerciales coloniales no fueron tan importantes como pare cen a primera vista, porque las concesiones especiales otorgadas a los puertos menores eran aplicables sólo a las provincias de su jurisdicción.
Cualquier mercancía que llegara a alguno de estos puertos y fuera transportada para la venta a otra parte de la colo nia que no estuviera incluida dentro de la jurisdicción del puerto tenía que pagar los mismos impuestos que hubiera pagado si la mercancía hubiera llegado al puerto mayor.
Los impuestos más bajos de los puertos menores estaban diseñados específicamente para los pueblos pobres y pequeños situados al interior de estos puertos, y no para beneficiar a los consumidores de la colonia en La apertura de los nuevos puertos al comercio con Espafia fue acompañada por la confirmación del derecho de todos los co merciantes, peninsulares y coloniales, a participar directamente en el comercio transatlántico.
Sin embargo, el impacto de esta conce sión fue limitada por las reglas a las que estaba sujeto el uso de la misma.
Aunque el Reglamento permitía a los comerciantes colonia les participar en el comercio con la metrópoli por su propia cuenta y en sus propios barcos, sin la obligación de usar intermediarios peninsulares, en la práctica las autoridades desalentaban al comer ciante que intentaba hacerlo.
11 Por esta razón, cuando dos comer ciantes cartageneros solicitaron el permiso para comerciar con Cádiz en su propio barco, el ministro de Indias ordenó al virrey que rechazara la solicitud, debido a que el comercio transatlántico era controlado por comerciantes en España, y a que los comercian tes en Indias estaban limitados al comercio interno de las colonias.
12 La introducción del comercio libre coincidió con la visita general de Gutiérrez de Piñeres a la Nueva Granada, y bnjo su supervisión se aseguró que el nuevo sistema fuera introducido según las instrucciones de la Corona.
Como él era la principal autoridad fiscal en la colonia durante esos años, el visitador general propor cionó a los oficiales de la región aclaraciones detalladas de las dis posiciones del Reglamento, asegurándose de que todos entendieran perfectamente los impuestos que había que recaudar, y cómo debían ser calculados éstos.
13 Además, introdujo un sistema de guías y tornaguías para asegurar que todas las mercancías importadas pa garan los impuestos requeridos, y condujo una campaña vigorosa contra el contrabando extranjero que el nuevo sistema intentaba eliminar.
Por consiguiente, un mayor control en algunos aspectos del comercio hacía contrapeso con una mayor libertad en otros.
Según el virrey Caballero y Góngora, con la publicación del Regla mento de comercio libre la Corona había reconocido finalmente «aquella importante verdad de que los derechos de entrada y salida que se cobran en las Aduanas, no son tanto un Ramo de Real Hacienda, quanto un medio de que útiln1ente se vale la política para hacer prevalecer el comercio Nacional al extranjero... ».
EL IMPACTO DEL COMERCIO LIBRE
EN LA NUEVA GRANADA: UN BALANCE Poco tiempo después de la publicación del Reglamento en Cartagena, el visitador general Gutiérrez de Piñeres informó que la reforma del sistema mercantilista había tenido consecuencias in mediatas en el mercado de importaciones de España.
La sola noticia del cambio en el reglamento comercial provocó una caída en los precios de productos europeos en el puerto, lo cual, observó, fue tan brusca que le parecería increíble si un fenómeno similar no hubiera ocurrido cuando los puertos del Caribe español fu e ron abiertos por primera vez al comercio libre.
15 Sin embargo, a corto plazo, la esperada expansión comercial no ocurrió.
Españu y Gran Bretaña estaban en guerra, y el comercio transatlántico quedó casi paralizado por la amenaza de una acción enemiga en alta mar.
Los costos de seguros y fletes sufrieron un fuerte incre- mento, y los comerciantes peninsulares, viendo los altos precios y reconociendo el riesgo que corrían de perder sus productos, ne estaban dispuestos a seguir abasteciendo a los mercados americanos.
Por lo tanto, para poder sostener el comercio colonial, la Corona se vio obligada a organizar convoyes para el cruce atlántico y a ofrecer facilidades especiales para seguros por medio de la Real Hacienda.
Más tarde, en 1780, permitió el transporte de productos en barcos neutrales a ciertos puertos en la América española.
16 Durante los primeros dos años de guerra la Nueva Granada no se benefició de estas medidas de emergencia, y su comercio con España sufrió un descenso breve pero abrupto.
Mientras que los puertos de la colonia no estaban incluidos en la concesión del trans porte neutral de 1780, la Nueva Granada tuvo que depender del abastecimiento por medio de convoyes, lo que demostró ser un modo ineficaz de suministrar a los mercados del territorio.17 Como consecuencia el oro fue detenido en Cartagena y, a medida que las importaciones almacenadas se acababan, los precios de las mercan cías europeas aumentaban a niveles muy altos.
18 Para contrarrestar la reaparición del contrabando en tales condiciones de escasez, y para compensar las pérdidas de ingresos provenientes de impuestos sobre el comercio español, el virrey recomendó que, al igual que el puerto vecino de Caracas, Cartagena debía ser abierta al comer cio con las naciones amigas y neutrales.
19 Al principio, el gobierno metropolitano se resistía a permitir contactos de esta índole con extranjeros, pero los problemas finan cieros de la colonia forzaron un cambio en esta rígida política.
En Cartagena, había alrededor de dos millones de pesos retenidos; sin embargo, los comerciantes Je Cá<liz, a quienes les pertenecía d <linero no estaban dispuestos a prestarlo a la Real Hacienda, y d virrey, quien tenía que manejar un aumento en los gastos de defensa costera, insistió que la introducción de medidas extraordi narias para reponer los ingresos de las aduanas era indispensable.
Finalmente, por medio de una real cédula expedida en n1arzo de 1781, la Corona concedió un permiso provisional para permitir el comercio entre Cartagena de Indias y los puertos de las naciones aliadas y neutrales.
20 Parece irónico que, tan poco tiempo después de comenzadas las reformas comerciales destinadas a reforzar el monopolio espa ñol sobre el comercio colonial, la Corona se viera obligada a absol ver al comercio neogranadino de las limitaciones de ese monopolio.
Pero esta medida fue necesaria para subvenir los gastos extraordi narios de la Real Hacienda en tiempo de guerra y, en realidad, sig nthcó simplemente la legalización provisional del comercio extran jero, el cual de cualquier modo tendría lugar mediante el contra bando, para así proveer de fondos a través de impuestos comercia les.
Para la Real Hacienda esta estrategia fue sumamente exitosa: durante los años restantes de la guerra, los ingresos del almojari fazgo de entrada de géneros de Castilla -el impuesto sobre impor taciones ultramarinas-aumentaron considerablemente, a medida que el comercio con España era reemplazado por el comercio con fas bases• coloniales extranjeras en el Caribe.
21 En efecto, este co mercio tuvo tanto éxito en abastecer a los mercados coloniales que, al finalizar la guerra en 1783, la recuperación del comercio con España bajo el reglamento del comercio libre se retrasó aún más.
En los virreinatos del Perú y del Río de la Plata, el comercio con España se expandió rápidamente a continuación del Tratado de Versalles, conforme los comerciantes aprovechaban la liberalización del comercio y explotaban la demanda surgida a raíz de los años de guerra.
22 Sin embargo, a diferencia de otros puertos principales en la América española, Cartagena no disfrutó un auge posbélico en sus relaciones comerciales con la metrópoli.
A mediadas de 1785, dos años después de finalizada la guerra, el arzobispo-virrey obser vaba que pocos barcos habían llegado de España bajo el nuevo reglamento; no fue sino hasta fines de ese año cuando el comercio metropolitano con el puerto comenzó a mostrar señales de la expan sión esperada por los promotores del comercio libre.
23 El estancamiento del comercio metropolitano en los años pos teriores a la guerra fue causado en parte por la importación, durante los años de guerra, de productos extranjeros de los puertos colo niales aliados y neutrales, que a su vez habían sido almacenados por los comerciantes.
24 No obstante, el comercio metropolitano con la colonia durante ]os años de la posguerra también sufrió de la continuación de los vínculos comerciales que la Nueva Granada había establecido durante los últimos años de conflicto.
La mayor parte de los barcos que llegaron al puerto de Cartagena en 17 8 3 y 1784 provenían de puertos extranjeros, puesto que los contactos legales que los comerciantes neogranadinos habían establecido con comerciantes extranjeros durante la guerra fueron prolongados.
Varias razones fueron dadas para explicar tal tráfico anormal, entre ellas la necesidad de aceptar los negocios particulares comenzados bajo permisos para tratar con las islas extranjeras durante la gue rra; la necesidad de ofrecer alguna ayuda local al aliado francés; y la necesidad de enviar barcos mercantiles a las colonias inglesas para recoger información secreta militar.
25 De este modo, aunque las aperturas forzadas en el reglamento comercial debido a las vici situdes de la guerra fueron formalmente cerradas al finalizar las hostilidades, pasaron dos años más antes de que el comercio con la metrópoli volviera a la normalidad.
Por lo tanto, el impacto del comercio libre fue interrumpido por la continuación de los vínculos con extranjeros.
Después de 1785, cuando las distorsiones causadas por el • bloqueo establecido durante la guerra fueron eliminadas, el comercio entre la N' ueva Granada y España comenzó a responder a las mejores condiciones que el comercio libre ofrecía para el intercambio transatlántico.
El número de barcos que cruzaron el Adán.. tico desde Cartagena a los puertos peninsulares aumentó durante la década de los 80 y los primeros años de la siguiente década.
26 Asimismo, el valor de las importacio. nes y exportaciones de la colonia aumentó paralelamente a la expansión del tráfico marítimo.
En el período comprendido entre 1784 y 1793, el valor de la balanza comercial de la colonia con la metrópoli se duplicó; el valor total de las importaciones y exportaciones pasó a un nivel de aproximadamente dos millones de pesos por año -alrededor del cual osciló casi todos los años anteriores al Reglamento-a un promedio de aproximadamente cuatro millones de pesos por año durante casi toda la década siguiente a 1784.
El siguiente cuadro indica por años la actividad comercial con la metrópoli durante ese período: Sin embargo, este cambio cuantitativo en el comercio exterior Je la Nueva Granada no modificó sustancialmente su relación eco nómica con la metrópoli.
Aunque con la introducción del comercio libre aumentaron las transacciones, no cambiaron ni el carácter ni la composición del comercio de la colonia con España.
El comercio transatlántico era todavía de poca relevancia para el productor co lonial, mientras que los comerciantes metropolitanos estaban inte resados • principalmente en vender importaciones europeas en los mercados coloniales a cambio de oro, y como se verá a continuación, rnra vez se involucraban en el comercio de los productos agrícolas o industriales de la colonia.
Asimismo, el comercio español no era esencial para el consumidor colonial, ya que como veremos más adelante, li Nueva Granada aun obtenía una proporción consi derable de sus productos manufacturados de productores domésticos y contrabandistas extranjeros.
EL ESTADO Y LA ECONOMÍA DE EXPORTACIÓN
Desde los primeros años de colonización española en la Nueva Granada, el oro había sido la principal mercancía exportada de la colonia a Europa.
Cuando la producción del metal disminuyó Ju rante el siglo XVII, el comercio con España también disminuyó, puesto que ni los productos primarios ni los productos agrícolas encontrados en el territorio neogranadino proporcionaban una alter nativa satisfactoria para los comerciantes metropolitanos.
En el comercio intercolonial, el oro fue reemplazado por otros productos: la provincia de Tunja, por ejemplo, enviaba textiles, ganado, trigo y cacao a las provincias vecinas de Venezuela, donde eran inter cambiados por plata mexicana, la cual era adquirida en el comercio Je cacao entre Venezuela y la Nueva Espafia.
Los productos Je la agricultura tropical también formaban parte del comercio con la metrópoli: dentro de los cargamentos llevados por los galeones había cacao y pequeñas cantidades de productos exóticos, tales como carey, caoba, bálsamo y colorantes.
Aun así, el oro seguía siendo el (1nico artículo que constantemente atraía al comerciante de.
322 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ultramar.
Cmmdo ocurrió la expansión comercial europea en el siglo XVIII, fue precisamente el aumento de la producción aurí fera en la Nueva c; ranada el que sostuvo el resurgimiento del co mercio exterior: para los españoles y los extranjeros que comercia ban con la colonia, el intercambio de productos europeos por oro -ya sea en polvo, en barras, o en moneda-era la principal forma de comercio.
Los oficiales reales que se interesaban por el estado comercial de la colonia estaban generalmente de acuerdo en que el carácter pasivo del comercio exterior neogranadino era uno de los obstácu los principales para el desarrollo de la economía de la región.
Por lo tanto, para comercializar la extensa gama de productos que la colonia podía producir, rccmnendaron la introducción de varias medidas: por ejemplo, el proyecto de Moreno y Escandón, el cual sugería que una compañía catalana estableciera un monopolio para comerciar en palo de tinte de Santa Marta, o el proyecto del virrey Guirior para permitir la exportación de productos primarios a las colonias extranjeras.
Aunque l: stos proyectos discrepaban en cuanto a detalles, compartían el misrno objetivo: todos recalcaban ]a nece sidad <le fomentar el desarrollo de vínculos comerciales para que la demanda externa aumentara la gama y escala de la actividad pro ductiva en la colonia.
Además, al aun1entar los ingresos del sector exportador, se esperaba poder impulsar el desarrollo doméstico.
La introducción del comercio libre en 1778 fue, en parte, una respuesta a esta corriente de. opinión oficia].
A medida que la opi nión económica en España comenzaba a armonizarse con los prin cipios de la economía política contemporánea de Europa, el uso de compañías con privilegios de monopolio como método para estimu lar el comercio y Jesarrollo de territorios coloniales fue rechazado a favor de una política que eliminara los obstáculos al comercio más libre dentro del imperio.
En cuanto al comercio de América con España, esta liberalizaci6n tuvo el efecto esperado: las exporta ciones americanas se aumentaron y se diversificaron de una forma impresionante. a ese auge Je exportaciones, pero como veremos a continuación, la expansión y la diversificación de exportaciones fueron ]imitadas en su akance y en su impacto sobre la economía de la colonia.
La principal consecuencia de esta mayor libertad para comerciar con la metrópoli fue la consolidación de las tradicionales normas pasivJs de comercio.
Como demuestra el siguiente cuadro, el oro seguía constituyendo alrededor de un 90 % del valor de las exportaciones neogranadinas a España, y la diversificación en el sector exportador fue mínima.
Asimismo, el contacto más estrecho con nuevos mercados en el extranjero ayudó muy poco a movilizar los factores de produc ción, los cuales, como subrayaban frecuentemente algunos observa• dores, eran insuficientemente utilizados, debido a la falta de demnn Ja, la escasez de capitales, y lo inadecuado del sistema de transporte y de facilidades técnicas dentro de la colonia.
MERCANTILISMO noR n NICO
El comercio, el oro y la industria minera
En el comercio internacional el oro era una mercancía como cualquier otra, y durante el siglo XVIII su alto valor, comparado con otros productos, creó demandas que fomentaron el crecimiento de su producción.
30 Sin embargo, aunque a largo plazo la produc ción de oro pudo haber sido determinada por tendencias seculares en la demanda del metal precioso, las fluctuaciones en demanda a corto plazo tuvieron un efecto mínimo sobre la producción, mien tras que el minero colonial estaba aislado de las variaciones en las condiciones del mercado.
Al igual que la plata producida en la Nueva España, el oro neogranadino no era vendido directamente; una vez extraído, la mayor parte de la producción aurífera de!a colonia era convertida en moneda; casi todo el oro exportado por comerciantes españoles a la península provenía precisamente de esta fuente metálica.
Como productores de una mercancía que era procesada internamente antes de ser exportada (y cuyo precio era determinado de acuerdo a los términos de una proporci6n bime tálica establecida por la Corona), los mineros no recibían ningún incentivo directo de parte de los mercados externos a los cuales abastecfan; por esta razón, las variaciones en demanda creadas por las reformas comerciales tuvieron poca influencia sobre el ritmo de ]a producción.
Para establecer cuál fue el impacto de las re formas económicas sobre el sector minero debemos analizar el efe� to que éstas tuvieron sobre. las condiciones de producción, puesto que la producción aurífera dependía de factores como la disponibi lidad de capital, el nivel de conocimiento técnico y el estado del sistema de transporte.
En México las consecuencias de la reforma comercial fueron transmitidas a la industria minera indirectamente, por medio de los cambios que produjo la introducción del comercio libre en la disponibilidad de fondos para la inversión.
Al minar la posición pri vilegiada de los grandes comerciantes de la ciudad de México, las reformas alentaron a los comerciantes a transferir sus fondos n otras áreas de actividad económica.
Parte de este capital fue inver tido en la extracción y elaboración de plata, proporcionándole al sector minero una nueva fuente de financiamiento.:H Sin embargo, en la Nueva Granada no hubo un movimiento comparable de ca pitales mercantiles al sector minero a continuación de la del Regla mento de 1778.
A •pesar del alto valor del oro en los mercados internacionales, la industria minera neogranadina atraía grandes inversiones.
Esta estaba situada lejos de los principales centros coloniales, y requería de una inversión considerable en mano de obra esclava a fin de garantizar un buen rédito.
Asimismo, estaba sujeta a los precios altos de provisiones básicas, las cuales eran difíciles de manejar a largas distancias, y estaban siempre expuestas al agotamiento de los recursos.
Por consiguiente, las empresas mineras rara vez eran viables alternativas al comercio.
Es probable que en una ciudad como Popayán, donde 1os comerciantes acaudalados se asociaban con mineros opulentos, los matrimonios entre hijos de estos dos grupos posibilitara ciertc1 circulación de capitales entre el sector minero y el sector comercial.
Sin embargo, esta situación no era típica de la industria en general.
El rico minero ausentista de Popayán era una figura atípica en una industria compuesta principalmente <le pequeños mineros, quienes vivían en condiciones primitivas en regiones de la frontera minera.
32 De esta manera, la organización de la producción no alentó al comerciante a transferir su dinero a la minería, la cual se encontró, durante todo el período de comercio libre, con la mis ma escasez de capital que había existido en años anteriores.
Mien tras el comerciante podía obtener oro mediante el intercambio y ]a compra en el mercado, se resistía a invertir en el proceso de extracción; dada la ausencia <le incentivos económicos y empresa riales de parte del sector privado, las autoridades coloniales tuvie ron que buscar medios para fomentar el desarrollo de la minerfo del oro.
En virtud de los esfuerzos dedicados a promover la expan sión de la industria minera durante las últimas décadas <lel si glo XVIII, el gobierno colonial reconocía que el comercio n1etro politano y sus agentes mercantiles en la colonia no habían estimu lado la producción colonial, y por lo tanto tomó para sí la prin cipal responsabilidad de fomentar el desarrollo de los recursos �n la Nueva Granada.
En varios momentos durante el siglo XVIII, la Corona tomó medidas para promover la producción de oro y aumentar los ingre sos fiscales provenientes del sector minero.
No sólo trató de iden tificar la fiscalización de la producción minera por n1cdio de la refor ma administrativa, sino que también buscó promover la expansió,1 de la producción mediante la reducción de impuestos y el aumento del precio de compra del oro pagado por las casas de monedas coloniales.
Sin embargo, a pesar de la tendencia hacia un aumento de la producción, los contemporáneos estaban convencidos <le que la actuación del sector minero todavía no alcanzaba su potencia], y durante la década del 80,' el gobierno de la colonia intensificó sus esfuerzos por promover el crecimiento de la producción de metales preciosos.
Así pues, cuando el virrey Caballero y Góngora presentó su primer informe sobre el estado económico de la colonia al ministro de Indias, insistió que la falta de atención hacia los metales pre ciosos y recursos naturales era la causa principal <lel atraso de ht Nueva Granada, y pidió la intervención directa del gobierno para promover y diversificar la explotación minera..
B A su parecer, los principales obstáculos para el desarrollo de las industrias de extrac ción de metales eran la escasez de capital para invertir en produc ción y lo anticuado de la tecnología minera.
Como consecuencia, Caballero y Góngora recomendó y dirigió varios proyectos destina dos al aumento de la inversión y a la modernización de la tecnolo• gía en el sector minero.
Algunos de los proyectos de Caballero y Góngora -tales como aquellos que sugirió para desarrollar la mi nería de.hierro, cobre, plomo, y cinc-fueron ignorados por el gobierno metropolitano, pero la importancia que la Corona le daba a la producción de oro de la colonia aseguró el apoyo a varios pro yectos diseñados para promover el crecimiento de la minería aurífera.
Un proyecto de este tipo fue introducido en el Chocó en 1788 por el visitador Antonio de Vicente Yáñez.
Yáñez sostenía que la escasez de capital a la que se enfrentaban los mineros impedía la explotación de las minas de oro de la región, y decidió que este problema sólo podía ser aliviado si el gobierno prestaba ayuda a los mineros mediante la provisión de esclavos, los cuales constituían la principal inversión de capital.
No hay duda de que al tomar esta decisión, Y áñez estaba respondiendo a las necesidades de los dueños de minas de Popayán, puesto que sus argumentos, al igual que su proyecto, llevaban huellas de un proyecto propuesto por el representante de los mineros unos años atrás.
Un informe hecho en 1781 por Vicente Hurtado, un oficial del cabildo de Popayán, argüía que las minas de Popayán, de An tioquia, y del Chocó no estaban realizando su potencial, porque los mineros carecían tanto del capital personal como del apoyo económico necesario para comprar los esclavos que las trabajaran.
Para superar esta deficiencia, Hurtado sugirió que la Corona estable ciera un fondo de inversión, administrado por el gobierno, para la compra de esclavos que a su vez serían distribuidos a los mineros bajo condiciones de pago favorables.
Para conseguir el capital de este fondo, Hurtado recomendó que ]os quintos que habían sido reducidos de un 5 % a un 3 % en 1771 fueran nuevamente aumen tados al 5 %, y que la mitad del dinero recaudado fuera transferido a una cuenta especial con la cual se podría financiar la compra de esclavos.
34 Como los que generalmente pagaban los quintos eran los comerciantes que comerciaban en oro, y no los mineros, es evident e que la intención de este proyecto era la de obligar a estos com erciantes a contribuir con parte de sus ganancias al proceso de producció n.
Aunque el plan de Hurtado nunca fue implementado, el pro yecto del oidor Yáñez de 1788 era muy similar, ya que la intención del visitador era la de estimular la producción mediante el sumi nistro de fondos reales para la compra de 1.500 esclavos para distribuir a crédito entre los mineros del Chocó.
Pero este intento de parte del gobierno de asegurar una nueva fuente de capital para los mineros terminó siendo un fracaso.
En el momento en que este plan fue implementado, la producción aurífera del Chocó estaba disminuyendo, y los mineros estaban poco dispuestos a expandir sus operaciones mientras sus ganancias disminuían.
35 también tenía In intención de organizar la producción de alimentos b, isicos, tales como phítanos, maíz, arroz, y trigo, para sostener a los trabajadores <le las minas.
36 A fin de comenzar la empresa, diecisiete ciudadanos impor tantes de Popayán contribuyeron con 22.000 pesos, en esclavos y en dinero, para 44 acciones de 500 pesos cada una; la familia Valencia retenía más de la mitad de éstas.
37 Pedro Agustín Valencia se quedó con diecisiete, mientras sus hijos Joaquín y Tomás com praron otras siete entre los dos.
Los demás accionistas tenían una sola acción, y la posición dominante de los Valencia se vio reforzada por el hecho de que por lo menos seis de los demás accionistas estaban emparentados con la familia por matrimonio, o tenían víncu los comerciales con Pedro Agustín de Valencia.
3 que ésta no realizó cuanto prometía.
40 Después de algunos años, la compañía abandonó las concesiones de Almaguer, y transfirió sus operaciones a las minas de la Vega de Supía y Quiebralomo, cer canas al pueblo de Anserma, en el norte de la provincia.
41 Aparen temente, tuvieron más éxito allí, puesto que éstas sobrevivieron por lo menos hasta 1800.
A la larga, la contribución de la com pañía al desarrollo del sector minero de la provincia fue insignifi cante.
Cuando en 1797 el gobernador de Popayán presentó su informe acerca de los resultados de su visita a la provincia, incluyó en sus comentarios -generalmente despreciativos-sobre el esta do de las minas a las operaciones de la compañía en la región de Supía, donde encontró pocos indicios de progreso.
42 Aunque la producción aurífera estaba pasando por una etapa de expansión hacia fines de siglo, ni la intervención gubernamental, ni la iniciativa privada habían cambiado en lo más mínimo las con diciones bajo las cuales funcionaba el sector minero.
Dada la escasez de capital, y lo rudimentario de la tecnología, el aumento del volu men de producción dependía de la extensión de la frontera minera -la cual fue posible gracias al crecimiento de la población en la región de la costH Pacífica-y no de la mayor pr-oductividad en la explotación de los recursos mineros.
En la provincia de Antioquia, el gobierno colonial también tomó la iniciativa en cuanto a promover la explotación de sus re cursos mineros y agrícolas.
Con el crecimiento de la población y la expansión de las operaciones mineras a los aluviones de la cor dillera, la provincia de Antioquia recobraba su importancia como zona minera, y puede que se haya convertido, para fines del si• glo XVIII, en la región minera de mayor productividad de la Nueva Granada.
Los registros del oro declarado en la fundición de Santa Fe de Antioquia sugieren que la producción estaba aumen- ➔ Para salvar a la provincia de tal pobreza, el visita<lor llevó a cabo una enérgica campaña para intensificar 1a explotación de los recursos metálicos, y, en sus esfuerzos por aumentar la producción aurífera, fue más allá de la industria.
Al igual que Yáñez en el Chocó y Caballero en Popayán, Man y Velarde quería mejorar el flujo de capital y tecnología, pero al mismo tiempo tenía la intención de reducir los costos que desalen taban la inversión y abatían a la iniciativa en el sector minero.
Para poder hacer esto Mon y Velarde intentó promover la auto suficiencia local, en productos básicos necesarios para el minero.
Al igual que su antecesor, Francisco Silvestre, Man y Velarde estaba horrorizado por el estado desorganizado del sector minero, y también por la tecnología rudimentaria que se utilizaba en éste.
Por esta razón, él buscó reformar las normas que regían las opera ciones de los mineros, al igual que facilitar el desarrollo de la industria mediante la provisión de capital, nueva tecnología y pro visiones menos costosas.
Como el código legal que regulaba opera ciones dentro de la industria era anticuado y además ignorado, Mon y Velarde consideró que era necesario revisar las ordenanzas mi neras para así poder clarificar cuáles eran los derechos y las respon sabilidades de la comunidad minera, y así mejorar la posición del minero.
4:; Su preocupación principal era la de controlar el tamaño de las concesiones de minas de tal modo que se alentara la participa ción en la industria.
Pues Mon y Velarde encontró que frecuente mente ciertos individuos establecían títulos a extensas tierras de minas, y viéndose desprovist. os del capital o de la iniciativa requerida para labrarlas, impedían que otros las explotaran.
La intervención del gobierno era necesaria también para revivir los filones de Buri ticá.
Como la compañía establecida por Francisco Silvestre con el propósito de explotar estas minas no había progresado, Mon y Velarde recomendó que el gobierno enviara a los expertos españo les que en ese entonces se encontraban trabajando las minas de plata de Mariquita, a Antioquia, donde, pagados por la Corona, podrían restablecer las minas de Buriticá y regenerar la iniciativa privada en la minería de filón.
46 Los planes del visitador para revitalizar e] sector minero no estaban solamente limitados a la intervención en la industria sola mente.
Man y Velarde reconoció que el desarrollo de la actividad extractiva dependía, en gran medida, de la reducción de costos de producción, los cuales eran causados por los precios elevados de las provisiones básicas.
Antioquia dependía de importaciones de cacao, tabaco, licor y textiles, provenientes de regiones vecinas.
El precio de estos productos, una vez cruzado el terreno mon tañoso que circundaba y dividía a la provincia, era tan elevado, que absorbía una proporción considerable de las ganancias del sector minero.
Así pues, los precios tan altos de productos de consumo b,1sico continuamente minaban la acumulación de capitales para rein vertir en la exploración y explotación de minas, y, como el oro salía de la provincia para pagar las importaciones, el territorio se vio desprovisto de los medios necesarios para estimular la produc ción comercial de substitutos locales de menor precio.
Esto no sólo estorbó el desarrollo de los recursos agrícolas, potencialmente muy ricos, de Antioquia, y privó de empleo a sus habitantes, sino que también dificultó la total explotación de sus recursos mineros, puesto que aumentaba los costos de producción a niveles prohibi tivos.
Por lo tanto, para fomentar la producción agrícola necesaria para sostener una industria minera saludable y expansiva, y para convertir a la población en vasallos prósperos y contribuyentes a la Real Hacienda, Mon introdujo varias medidas diseñadas para aumentar la producción de alimentos básicos y facilitar el comercio dentro de la región.
En los pueblos grandes, como Santa Fe de Antioquia, Medc llín, y Rionegro, Mon estableció comités, conocidos por el nombre de juntas de agricultura, los cuales estaban compuestos por oficiales eminentes y un representante local, a quienes les dio la tarea de encontrnr medios para mejorar la producción agrícola.
47 Como gran parte de las tierras alrededor de los pueblos grandes estaban con centradas en manos de algunos pocos grandes terratenientes, quie nes las dejaban sin cultivar u obligaban a los campesinos a pagar altas rentas, muchos de los que no poseían tierras, al igual que los pequeños agricultores, vivían desparramados en el campo circun dante, ganándose a duras penas la vida mediante la agricultura de subsistencia, basada en la unidad familiar.
Mon intentó reagru par a éstos en pequeñas comunidades, donde podía organizarse la producción para abastecer de alimentos básicos a los reales de minas.
48 También intentó promover el cultivo de cacao, tabaco, y algodón, para que la demanda por estos productos fuera satisfecha dentro de la región, y no fuera necesario importarlos a precios elevados de otras regiones.
49 Sin embargo, mientras Mon deseaba aumentar la prosperidad de la provincia por medio de la diversifica ción de su actividad económica, también estaba interesado en inte grarla más estrechamente dentro de la economía colonial, para que el oro producido allí pudiera contribuir al desarrollo del comercio dentro de la colonia y con la metrópoli.
Por lo tanto, este pro yecto para la introducción de moneda <le oro y plata a la provincia formaba una parte esencial de su programa de reforma.
El oro en especie era muy escaso en Antioquia, y la plata en moneda era casi desconocida.
El oro en polvo era el principal medio de intercambio, y constituía también el único producto de expor tación de la provincia.
La posición del oro en polvo como mercan cía, comprada y vendida al igual que cualquier otra, dificultó su uso como forma de pago e intercambio interno, puesto que el oro en polvo era utilizado principalmente en intercambios entre los mineros y los comerciantes de.oro, quienes les suministraban las importaciones.
Además, como el oro era relativamente barato, com parado con los precios de productos importados, tendía a salir del área a regiones vecinas.
Como no había ningún otro tipo de especie en Antioquia, tanto el comercio local como el pago de salarios nor- malmente se hacían mediante el trueque y por fiado, y esta escasez de especie impedía el funcionamiento de una economía de mercado.
El uso de oro en polvo como medio de intercambio perjudicaba a la Real Hacienda, debido a que la circulación de oro en polvo no sólo reducía los ingresos de oro declarado, fundido y acuñado, sino que el predominio del trueque también minaba las alcabalas.
50 Por lo tanto, Mon y V elarde insistió que la introducción de especie de plata era crucial al desarrollo económico de la provincia y a los intereses fiscales de la Corona.
Consecuentemente, se llegó a un acuerdo con un grupo de comerciantes que se dedicaban al comercio entre Antioquia y el exterior para que éstos compraran 25.000 pesos de plata en especie de las casas de moneda de la colonia, y los transfirieran a Santa Fe de Antioquia, donde el dinero les sería devuelto, con creces, en oro.
51 El visitador esperaba que, al inyectar plata en especie a la región y fomentar la exportación de oro, reforzaría su función como exportadora de oro, sin paralizar la economía regional ni impedir el desarrollo de sus recursos, al privarla de su medio de intercambio.
Es difícil medir hasta qué punto estas medidas gubernamen tales afectaron la producción aurífera en Antioquia, o en otras regiones mineras de la colonia.
Los registros de los quintos pagados en el Chocó y en la ciudad de Popayán, y del oro declarado en Santa Fe de Antioquia ( todos éstos demostraron una tendencia a aumentar durante las últimas décadas del siglo XVIII) no necesaria mente reflejan con exactitud verdaderos cambios en producción, puesto que el aumento en los registros de oro y su fiscalización provenían en parte de una mayor eficiencia en la administración, y en la extensión del cobro de impuestos a zonas anteriormente abandonadas.
Se hizo un esfuerzo por cobrar quintos a los mazamorreros, mediante la introducción de una cantidad fija que todos deberían pagar anualmente y es posible que la reducción del impuesto haya también reducido el incentivo para evadir la declaración de la pro ducción.
52 En Santa Fe de Antioquia, por ejemplo, el aumento notable en el valor del oro registrado en la caja real estaba aparente mente estrechamente vinculado a la reforma administrativa.
Para mejorar la fiscalización del oro extraído en la provincia, Mon y Velarde también ordenó que todos los comerciantes que importa ban mercancías a Antioquia presentaran una cantidad de oro equi valente al valor de las mercancías importadas a la región, para registrar y pagar impuestos sobre él.
53 Como esta medida tuvo el efecto de restringir la evasión del pago de quintos, que antes había sido muy común, por parte de los comerciantes a cuyas manos llegaba gran parte del oro extraído en la región, el aumento en el valor del oro registrado en la fundición puede atribuirse a la fiscalización más eficiente y no a un aumento en producción.
Además, los comentarios de José Manuel Restrepo en 1808 sugieren que, si la producción había aumentado, este cre cimiento del sector minero no había sido evidente en esos años.
A pesar de los esfuerzos de Mon y Velarde, el oro en polvo siguió siendo la principal especie en circulación en la provincia; y la agricultura seguía siendo básicamente <le subsistencia; y el sector minero seguía sufriendo escasez de provisiones adecuadas, de ca pital y de experiencia técnica.
54 En Antioquia, como en otras zonas productoras de oro del Nuevo Reino, el aumento de la produc ción era un proceso lento y extenso, basado en la utilización de una mayor cantidad de mano de. obra en los aluviones, proveniente de la creciente población de mestizos y mulatos.
Ni la intervención estatal, ni la reorganización comercial tuvieron un marcado efecto sobre el carácter rudimentario y antieconómico, o la utilización intensiva de mano de obra en la industria.
El efecto de las medidas totnadas por el gobierno, como las de la iniciativa privada, sobre el desarrollo de la producción para exportación en otras áreas de la actividad económica, fueron igual- mente insignificantes.
Los proyectos financiados por la Corona para reactivar la minería en los yacimientos de plata de Mariquita, y controlar la extracción de esmeraldas en Muzo, fueron fracasos costosos.
55 Un proyecto para desarrollar las exportaciones de pla tino también fracasó poco tiempo después de s�r introducido. s:, Y, como veremos a continuación, aunque la introducción del co� mercio libre fomentó la exportación de mercancías a España, la agricultura colonial y los recursos primarios de la Nueva Granada c.: isi no fueron afectados por la expansión <lel comercio trans, tt lántico.
La expansión del comercio de mercancías estaba basado en las crecientes exportaciones de tres productos principales: algodón, cacao, y palo de tinte.
La exportación de cueros tambjén demostró una leve tendencia hacia la expansión, pero aun en su punto más alto, la producción de cueros fue tan pequeña que no amerita de masiada atención. � 7 Cuando eran enviados a España, éstos eran simplemente apéndices del cargamento principal (probablemente utilizados como lastre), y su exportación nunca tuvo un efecto sig nificante sobre las actividades agrícolas de las regiones <le donde provenían.
El algodón, procedente principalmente <le la provincia de Cartagcna, era de mucha mayor importancia.
Durante la década de 1770, la creciente demanda de algodón en Europa, junto con el deseo del gobierno español de contribuir al desarrollo de la industria textil algodonera en la península, creó un interés especial en el cultivo y la exportación de este producto en las colonias americanas.
En 1766, las exportaciones de algodón de América a la metrópoli fueron liberadas del pago de impuestos, y en 1768, 1770 y 1771, la Corona impuso restricciones cada vez más estrictas sobre la importación de algodón a la península.
58 Sin embargo, ni el desarrollo de la industria textil algodonera en Es paña, debido a una política proteccionista, ni el hecho de que el algodón estaba ahora exento del pago de impuestos, tuvieron un efecto importante sobre el comercio de este producto en el Nuevo Reino hasta después de la introducción de las reformas de comercio libre.
59 Más tarde, es decir durante los años de paz siguientes a 1783, el comercio de algodón -aunque sujeto a bruscas fluctuaciones anuales-demostró un crecimiento notable, comparado con los niveles de los años anteriores al Reglamento.
Durante el virreinato de Caballero y Góngora, el promedio anual de exportaciones de algodón a España era alrededor de diez veces mayor de lo que había sido antes de la introducción del comercio libre, y seguía creciendo a principios de la década de 1790.
60 En la provincia de Cartagcna la compra <le algodón para expor tación estimuló la extensión de su cultivo entre los hahitnntes de los pueblos pequeños cercanos a la costa.
El cultivo, la elaboración y el transporte del producto fueron importantes fuentes de empleo en la región hasta que la guerra entre España y Gran Bretaña interrumpió el comercio metropolitano después de 1796.
61 Algunas cantidades de algodón provenientes del interior neogranadino, cul tivado en las tierras calientes• de los al rededores de Girón, también habían comenzado a encontrar un mercado en España en la década Je] 90, 62 pero la guerra anglo-hispana impidió la evolución del comercio entre esa zona y el exterior.
Algunos observadores contem poráneos, impresionados por el ejemplo norteamericano, frecuen temente comentaron sobre las posibilidades que existían para el desarrollo, a gran escala, de las exportaciones de algodón, como medio para estimular la economía neogranadina; sin embargo, sus expectativas siempre superaban los hechos.
Aunque el algodón se convirtió en el principal producto de exportación de la colonia, y contribuyó enormemente a la diversi ficación de la balanza comercial, dominada por el oro en barras, su impacto sobre la vida agraria de la Nueva Granada fue limitado.
El cultivo para exportación modificó temporalmente el modelo de agricultura a nivel de subsistencia que existía en la economía rural de la región de la costa del Caribe, pero la calidad pobre del mismo impidió que se estableciera firmemente en los mercados interna cionales.
63 En el interior el cultivo del algodón seguía en manos de campesinos agricultores, cuyas cosechas eran utilizadas para la manufactura de textiles destinadas al mercado interno.
Parece que el mejoramiento de las formas de acceso a los mercados españoles, a continuación de la introducción del comercio libre, también fomentó la expansión del comercio de cacao vía Cartagena.
64 Sin embargo, aunque la exportación de este producto demostró una tendencia a la expansión, irregular pero continun, después de 1785, es probable que el aumento en las exportaciones de cacao de Cartagena a España se debiera menos a un aumento en los niveles de producción y más al hecho de que la producción existente fuera transferida de otros canales al comercio exterior.
La principal región productora de cacao en la Nueva Granada estaba situada en los valles de Cúcuta, que desde tiempo atrás tenía vínculos comerciales con los puertos de Venezuela.
Las restric ciones impuestas sobre la ruta de exportaciones vía Venezuela por los cambios en la política oficial, presentaron dificultades para los productores de cacao de la región, en cuanto a la venta de su pro ducto en el exterior.
En 1785 el intendente general en Caracas impuso un límite de j.000 fanegas en las exportaciones d e Mara caibo al puerto de Veracruz, en la Nueva España.
El cabildo de Pamplona, el pueblo principal de la región, inmediatamente pre sentó una protesta al virrey, arguyendo que, como la ruta de Mara caibo constituía la principal salida para el cacao de Cúcuta, la nueva medida eliminaría el mayor estímulo a los productores locales y arruinaría su comercio.
Ellos protestaron que este comercio era tan importante que las restricciones ya habían provocado una caída abrupta en el precio del cacao y causado la pérdida de gran parte de la cosecha.
También advirtieron que si los obstáculos impuestos por las autoridades en Venezuela no eran eliminados, el reino no sólo perdería la plata mexicana que llegaba a cambio de las expor taciones de cacao, sino que los pro d uctores serían incapaces de mantener sus cultivos, ya que Cartagena y Santa Marta no podían aceptar ni la mitad de las 8.000 fanegas normalmente enviadas a Maracaibo.
65 A pesar de que el fiscal recomendó que esta petición merecía seria atención,� el virrey no se ocupó de la cuestión,' y no hay ningún indicio de que las restricciones fueran levantadas.
Por esta razón, en 1788 los hacendados de cacao de los valles de Cúcuta aún intentaban encontrar alguna otra salida para su producto que les permitiera evitar los obstáculos a la expansión por Maracaibo.
Ellos sugirieron que les fuera permitido abrir los afluentes y e1 curso del Orinoco a la navegación, para que pudieran establecer un comercio en cacao con España y México vía el puerto de Guayana.
Nuevamente, los oficiales presentaron esta petición al virrey y al gobierno metropolitano, pero el proyecto nunca fue introducido.,; 8 Por lo tanto, la eliminación de las restricciones sobre el co mercio transatlántico no estimuló automáticamente 1n producción de cacao para la exportación, puesto que la dislocación de los mer cados para el cacao neogranadino en México y Venezuela hacían contrapeso con las reformas de comercio libre.
En realidad, es posible que la expansión de las exportaciones de cacao a la metró poli durante la década de 1780 oculte un descenso en ]a produc ción neogranadina del cultivo, debido a la pérdida Je los mercados intercoloniales.
En ]a década del 90, Pedro Fermín de Vargas esta ba convencido de que esto había sucedido, y observó que la pro ducción en la regi6n de Cúcuta había declinado como consecuencin de las restricciones impuestas sohre el comercio vía.
La intervención administrativa en el desarrollo de nuevos productos para la exportación proporciona otro ejemplo que de muestra que los esfuerzos del gobierno para diversificar el comercio exterior hicieron muy poco para promover el crecimiento del co mercio o la producción en la colonia.
Durante el virreinato del arzobispo Caballero y Góngora, las medidas gubernamentales fo mentaron una breve pero marcada expansión de las exportaciones de quina y palo de tinte, <los pro<luctos que anteriormente habfon recibido poca atención.
De los dos, la quina era menos important� en cuanto al volumen y al valor de la exportación, pero. los esfuer zos por explotar este recurso nos proporciona un ejemplo intere sante del modo en que el Estado buscó aprovechar la moda de las investigaciones científicas, características del siglo XVI IJ, para beneficiar a la economía metropolitana y a la Real I-Iacienda.
En la Nueva Granada, los proyectos para desarrollar las expor taciones de quina surgieron a raíz de las investigaciones realizadas por la expedición botánica, llevado a efecto bajo el patrocinio de ]a Corona en 1783.
70 La expedición, dirigida por el científico cspa- ñol José Celestino 11utis, fue formada para realizar la tnrea pura mente científica de clasificar la flora del territorio.
Sin embargo, cuando ésta encontró tres tipos distintos de quina en territorio neogranadino, el virrey comprendió las posibilidades comerciales y fiscales que este descubrimiento ofrecía al gobierno metropoli tano.
Muestras del producto fueron enviadas a España, y a conti nuación Caballero y Góngora se comprometió a desarrollar un comercio con esta droga, en nombre de la Real: Hacienda, y bajo la dirección de oficiales reales.
71 El proyecto del virrey para desarrollar este comercio por medio de un monopolio estatal que compraría el producto en la colonia, a pre cios fijos, pagaría el flete a España,' y que se encargaría de orga nizar su venta en los mercados metropolitanos fracasó antes de que tuviera una verdadera oportunidad de funcionar.
Una organización ineficaz, al igual que la falta de interés por parte de la Corona y la competencia de las exportaciones de quina de G• uayaquil, cons piraron a minar los esfuerzos enérgicos Je] virrey por fomcntnr su desarrollo como producto de exportación.
La promoción de lns exportaciones por medio de la intcrvcr ción directa del gobierno tuvo mucho mfis éxito en estimular otra actividad extractiva, la del palo de tinte.
Varias propuestas fueron hechas durante la década de 1770 referentes al dcsarro1lo de 1�,s provincias de Santa Marta y Río Hacha, las cuales contaban con una poblacicSn mtiy pequeña pero una situación cstraté�ica. l.
1a denominación de sus puertos como puertos menores en 177 6, y las diferentes propuestas presentadas pura la introducción de \r1c didas especiales para desarrollar el comercio de estas provincias, re flejaban un creciente interés oficial en In protección y utilizacicSn de sus recursos.
Pero no fue hasta la década de 1780 que el gobierno tomó medidas positivas.
En 1778, el gobernador de Santa Marta, Antonio de Narváez y la Torre, presentó a la Corona un plan para desarrollar el comercio exterior del palo de tinte, el cual abundaba en la provincia, y en 1784, el virrey recibió órdenes de investigar el proyecto y planificar el modo de jntrcducirlo. n Como consecuen cia de las investigaciones del virrey, el gobierno estableció una agencia gubernamental con el propósito de desarrollar el comercio de palo de tinte, la cual tuvo, en los años siguientes, bastante éxito en promover la exportación de aquel producto.
Evidentemente, el proyecto cuadraba con la inquietud del régimen borbónico por resistir la entrada de extranjeros en la zoo.: \, y por reforzar el control de Espafia sobre los recursos de las colo nias.
El desarrollo del comercio de palo de tinte no sólo proporcio naría a la metrópoli un valioso producto primario que de otro modo caería en manos de contrabandistas extranjeros.
Si el razona miento de Narváez y la Torre era correcto, también ayudaría a desalentar la penetración británica en los territorios españoles de América Central, ya que España estaría compitiendo con su comer cio en el palo de Campeche, al ofrecer para la reexportación a los mercados europeos una madera de mejor calidad.
Sin embargo, aunque no hay duda de que la Corona estaba consciente de las ganancias a largo plazo que la metrópoli obten<lría de la explota ción del palo de tinte de Santa Marta, fueron más bien las necesi dades inmediatas de la Real Hacienda las que dieron el impulso más efectivo a este proyecto.
En 1783, el virrey recibió la orden de reafirmar la soberanía española sobre el territorio disputado en la costa de Darién, y de subyugar a la población indígena local, para lo cual se prepararía una expedición militar con el fin de pacificar la región y prepararla para que fuera colonizada por una población blanca.
Como la orden no fue acompañada por suministros de tropas, barcos, u Ji� ncro, los gastos incurridos en la expedición -más de un millón de pesos-procedieron <le la colonia misma.
74 En este momento no había una fuerza naval en Cartagena, el situado había sido suspen dido, y la Real Hacienda, ya presionada por los gastos incurridos en la guerra durante el año anterior, estaba pagando su deuda, también incurrida durante la guerra, a los comerciantes de Cartagena.
Considerando esta extraordinaria carga fiscal, el virrey Ca ballero y Góngora acudió a este proyecto para el desarrollo de las exportaciones de palo de tinte, como una forma de encontrar los ingresos adicionales requeridos para financiar la expedición del Darién.
El ya le había concedido un permiso especial a un comer ciante catalán, Gerardo de Oligos, para exportar palo de tinte de Santa Marta a las colonias extranjeras del Caribe, y traer de ellas al Nuevo Reino, pólvora, harina y otras provisiones para el esta blecimiento militar en Cartagena.
7 s En 1785 Caballero propuso que la utilización oficial del comercio del palo de tinte debería ir más allá de contratos ocasionales, y recomendó la organización de un estanco del producto.
76 Inicialmente esta propuesta fue mal recibida en Madrid, donde tropezó con la oposición de intereses comerciales en España.
Un grupo de comerciantes de Cádiz, con vínculos en Cartagena de Indias, se habían interesado en el co1nercio de palo de tinte, y se oponían a que el virre' y se entrometiera en su libertad de adquirir el producto.
En 1784 el virrey Caballero y Góngora recibió una real orden que incluía una reprimenda por ]as concesiones dadas al comerciante catalán, Oligos.
También le ordenaba que permi tiera al conde de Prasca y a otros comerciantes de Cádiz, exportar el producto a España sin la intervención del catalán.
77 Sin embar go, considerando las nuevas presiones económicas creadas por la expedición del Darién, el virrey se sintió justificado en anteponer los intereses de la Corona a los intereses privados, y continuó con su proyecto para establecer un estanco de palo de tinte.
En mayo de 1786 le encargó al fiscal de la Real Audiencia de Santa Fe, Antonio de Vicente Yáñez, que visitara las provincias de Santa Marta y Río Hacha, con el propósito de investigar en qué estado se encontraban las cajas reales de la región, nsí como de eliminar el fraude y el contrabando, y de establecer el monopolio de palo de tinte.
78 Para octubre Caballero y Góngora estaba pre parado para presentar un argumento más detallado para 1a creación del estanco, el cual planteaba que el conde Prasca y sus asociados habían informado mal a la Corona cuando presentaron sus ílrgu mentos en contra de la intervención gubernamental en el comercio de este producto.
79 Caballero y Góngora observó que el contra bando practicado extensamente en esta región, junto con la necesi dad de encontrar fondos para pacificar a los indios Guajiros, y hts necesidades económicas de la expedición del Darién, demostraban claramente que la Real Hacienda debía aprovechar la extraordi naria demanda de palo de tinte proveniente de las colonias vecinas.
Para entonces el oidor Y áñez ya había introducido el proyecto, ordenando a todos aquellos que tenían existencias de palo de tinte en la jurisdicci6n de Cartagena que los llevaran a los almacenes del gobierno dentro de un término de quince días y que aceptaran como pago el precio oficialmente fijado.
80 -En su forma origina] el proyecto era sencillo: la ndministra ción colonial simplemente se interponía entre los cortadores de palo de tinte y los comerciantes que lo exportaban.
A cualquiera le era permitido cortar la madera, con tal <le que ésta fuera vendida a los almacenes del gobierno al precio fijo de cinco pesos por carga.
De ahí, los comerciantes compraban la madera al precio de ocho pesos por quintal.
Esta operación le aseguraba una doble ganancia a la Real Hacienda; una carga era equivalente a diez arrobas y diez libras, o doscientas sesenta libras.
Un quintal era equivalente a cua tro arrobas, o cien libras.
Es decir, que por cada dos quintales y me dio vendidos, se hacía un ahorro de diez libras, lo cual, calculaba c1 virrey, producía otro quintal por cada diez cargas comerciadas.
Por consiguiente, la Real Hacienda no sólo ganaba quince pesos por la diferencia entre el precio de compra y el precio de venta de cada carga, sino que también recibía una ganancia oculta de ocho pesos por cada diez cargas que pasaban por el almacén.
Caballero • y Góngora esperaba poder engañar a los cortadores y a los comerciantes, al utilizar distintas medidas de compra y venta.
El esperaba que la ganancia proveniente de esta estratagema fuera suficiente para pagar los salarios de los empleados del estanco, dejando la otra ganancia del negocio para la Corona.
Además, Caballero y Góngora le aseguró a Gálvez que los habitantes de la región habían recibido muy bien el nuevo arreglo, porque les ga rantizaba un mercado para el palo de tinte, y al mismo tiempo los liberaba de tener que depender del monopolio que tenían sobre el comercio de la provincia algunos ricos comerciantes de Cartagena y Santa Marta.
La Corona pagaba a los cortadores en efectivo, a diferencia de los comerciantes y sus agentes, quienes daban adelan tos en mercancías a precios excesivos.
81 De este modo, los corta... dores recibirían una mejor remuneración por su trabajo, y además, la economía provincial en general se vería estimulada por esta inyección de dinero en especie.
El virrey concluyó que, aunque los comerciantes no estarían de acuerdo con el monopolio, a la larga se acostumbrarían al nuevo sistema, porque les permitiría comprar en un solo almacén toda la madera que necesitaran, sin tener que arriesgar sus fondos, su paciencia, • y sus reputaciones, a los servicios <le agentes y exportadores.
Además, como el precio de venta Jcl producto en Cádiz oscilaba entre 18 y 20 pesos por quinta], los comerciantes se quedaban con una ganancia razonable.
82 Pero los intereses de los cortadores y comerciantes eran de importancia secundaria para el virrey.
Para Caballero y Góngora la utilización del estanco como medio de fomentar la explotación de los recursos de Santa Marta era de menor importancia inmediata que la utilización del comercio de palo de tinte como medio de financiar la expedición del Darién.
La función de la administración colonial como intermediaria en este comercio fue extendida en 1787, cuando el virrey procuró aumentar el volumen de palo de tinte extraído, y aumentar al mismo tiempo la participación de la Real Hacienda en los beneficios, al hacer que el gobierno colonial participara directamente en su exportación.
Este comercio, además, no estaría limitado a España; Caballero y Góngora rompió los lími tes del monopolio nacional, al abrir un canal de intercambio directo con los estados recientemente independizados de América de] Norte.
Para organizar este comercio, el arzobispo-virrey envió a Nueva York al agente que había empleado anteriormente para or ganizar la transmisi6n de suministros navales de Jamaica a la Nueva Granada.
En Nueva York, el agente comenzó a obtener provisiones y colonizadores para la expedición del Darién. x.1 Obtuvo las pro visiones por medio de la compañía neoyorquina de Lynch y Stoughton, a quienes pagaba una tasa de interés del 7 % �obre los distintos plazos ofrecidos, y un 5 % de comisión sobre las mer cancías adquiridas a los agentes norteamericanos.
84 Estas fueron entonces enviadas en barcos norteamericanos a la Nueva Granada, donde recibían cargamentos de productos coloniales para el viaje Je regreso.
Aunque los norteamericanos llevaban algodón, el prin cipal producto de exportación era el palo de tinte, el cual era ven dido directamente a los americanos por la administración real.
El producto era llevado desde la Nueva Granada a Nueva York y Filadelfia, y recibido y almacenado por el agente Monteros, quien habiendo pagado el transporte a los capitanes de los barcos, orga nizaba su venta dentro de los Estados Unidos y en los mercados europeos de Londres y Amsterdam.
Este proyecto no siempre funcionaba fácilmente, y la corres pondencia que Monteros le enviaba al virrey indica algunos de los problemas que afectaban la exportación de productos, neogra nadinos.
La intención del virrey de que el proyecto se auto-finan ciara ocasionalmente creaba problemas de liquidez para el agente, y además, la venta del producto requería un manejo cuidadoso.
En 1788 Monteros reconoció que el palo de tinte, el algodón y los cueros que él recibía eran productos comerciables y lucrativos, pero observó que era necesario venderlos lentamente para que mantu vieran un buen precio.
Y aunque Monteros estaba de acuerdo con el virrey en que el dinero adquirido de la venta de exportaciones neogranadinas podría ser utilizado para pagar los productos envia dos de Estados Unidos a Cartagena, él se enfrentaba a dificultades por la falta de continuidad entre las ventas y el pago.
Monteros se quejó de que los negocios frecuentemente eran demorados porque él no podía pagar inmediatamente los gastos del flete de los barcos que ya habían completado el viaje.
Este problema lo dejaba en una situación poco favorable con respecto a los transportadores -las demoras que éstos sufrían en las colonias también los desanima ban-y lo obligaba a pagar intereses sobre las sumas que les debía.
Por lo tanto, Monteros pidió al virrey que le enviara más dinero y más mercancías para pagar lo que debía y para que, en adelante, pudiera pagar los fletes puntualmente.
Mientras esperaba el pago de cargamentos de palo de tinte que había enviado a Londres • y Amsterdam, Monteros tuvo que enfrentar las presiones de los acreedores en Nueva York; pero debido a una demanda inelástíca de palo de tinte en los puertos norteamericanos, la llegada de una serie de cargamentos del mismo de la Nueva Granada hizo bajar el precio del producto, lo cual dificultó aún más, para Monteros, el pago de las deudas.
H<, La verdad es que había indicios de que el mercado para palo de tinte en Amé rica del Norte estaba llegando a un punto de saturación, y Mon teros• le advirtió al virrey que se estaba poniendo más y más difícil obtener un buen precio para la madera en mercados accesibles.
R 7 Los enemigos del virrey Caballero y Góngora luego sostendrían que su manipulación del comercio de palo de tinte perjudicó su desarro llo, porque al permitir la introducción al mercado de una cantidad tan grande del producto en un período de apenas dos años, pro vocó la disminución de su valor en los mercados internacionales. �s Definitivamente, parece que este comercio sufrió una brusca con tracción en los años siguientes, y después de que ]a Corona ordenó la supresión del estanco de palo de tinte en 1789 y devolvió el comercio al sector privado, el descenso del precio causó l}Ue los comerciantes de Cartagena se resistieran a desarrollar el comercio en este producto con España.:N Sin embargo, a corto plazo el estanco del palo de tinte y el comercio con los puertos norteamericanos fueron muy útiles.
El comercio <le palo de tinte proporcionó un medio para aumentar ingresos sin correr el riesgo de adicionales protestas populares -del tipo ocurrido en la rebelión de los Co muneros-debido a un aumento de impuestos, y también elevó considerablemente el volumen de las exportaciones de productos neogranadinos.
Los registros de las exportaciones de la Nueva Granada a América del Norte están incompletos, pero los que quedan demues tran que el comercio de palo de tinte constituyó un elemento impor-tante del comercio exterior de la colonin.
Por ejemplo en 1788, se registraron exportaciones de aproximadamente 86.69.3 arrobas de palo de tinte a puertos nortean1ericanos; esta cantidad, en tér minos de volumen, era alrededor de tres veces mayor que la canti dad total de algodón enviado a España, el cual era en ese momento el principal producto de exportación agrícola.
90 Por lo tanto la desviación del virre• y de los principios ortodoxos del mercantilismo español demostró el potencial económico de una política comercial más f lexible, y pareció vindicar a aquellos o f iciales quienes, durante la década de 177 O, habían sugerido que el comercio con extranjeros podría ser un medio de extender el comercio colonial y la produc ción de productos tropicales.
Aunque los requisitos económicos y fiscales de la Corona pa recían encajar perfectamente con la organización del con1ercio de palo de tinte bajo los auspicios del Estado, el proyecto no duraría mucho tiempo, ni sería repetido.
Porque mientras éste tuvo éxito en promover el comercio 'activo' que los oficiales consideraban esencial para el desarrollo de la colonia, y también logró aumentar los ingresos del gobierno colonial, fue criticado por los sucesores del virrey Caballero, quienes estaban alarmados por las posibili dades que el proyecto proporcionaba para la importación clandes tina de manufacturas extranjeras.
Los comerciantes de Cartagena estaban aún más preocupa dos por el daño que el contacto con puertos extranjeros y transpor tadores extranjeros le• causaba a su comercio con España.
Porque no sólo se sentían alarmados por la probabilidad de que Santa Marta, el centro para el comercio de palo de tinte, se convirtiera en un centro rival para el comercio exterior neogranadino, sino que tam bién les preocupaba el hecho de que d aumento en el número de importaciones de contrabando que llegaban a la Nueva Granada,
bajo el abrigo del comercio legal con los puertos extranjeros, des barataría sus negocios de importación.
Aun antes de que el comercio de palo de tinte con los puertos extranjeros fuera bien establecido, los comerciantes de Cartagena se estaban quejando de que el aumento del contrabando que llegaba a la colonia por Santa Marta era tan grande, que estaba arruinando el mercado para sus propias importaciones legales, dejándolos a ellos con deudas que no podían pagar y créditos sobre los cuales tenían que pagar intereses.
91 El fiscal de la Real Hacienda en Car tagena fue comprensivo.
Su respuesta a la petición de los comer ciantes para que se prohibiera completamente todo contacto con extranjeros, fue ordenar que se investigara cuántos barcos extran jeros habían llegado a Cartagena desde el final de la guerra anglo española en 1783.
Las investigación hecha en 1785 demostró que las licencias especiales expedidas por el arzobispo-virrey para el comercio con el extranjero, habían convertido a un recurso de tiempos de guerra en un tráfico continuo, y reveló la existencia de un comercio de contrabando, considerable y creciente, por los puertos de Santa Marta y Río Hacha.
92 En la opinión del fiscal, estos puertos se habían convertido en centros focales para el contrabando en las costas de la Nueva Granada, y observó que el comercio ilegal con extranjeros había llegado a tal nivel en esas zonas que se podía obtener casi todo tipo de mercancías a precios más bajos que en Cádiz.
Calculando que desde el final de la guerra se habían impor tado, por Santa Marta y Río Hacha, telas y otros productos con un valor de por lo menos tres millones de pesos, concluyó que el contacto con extranjeros era, como decían los comerciantes, per judicial para el comercio metropolitano con la colonia y debería entonces ser suprimido.
93 A pesar de estas primeras protestas el comercio con extran jeros siguió creciendo durante todo el período del virreinato de Caballero y Góngora.
En primer lugar, porque las licencias que él concedió para comerciar con esclavos y provisiones escondía un contrabando creciente con los británicos en Jamaica, y, en segundo lugar, porque el comercio de palo de tinte proporcionaba un medio para comerciar ilegalmente con los norteamericanos.
El arzobispo virrey, preocupado por aliviar las presiones que enfrentaba la Real Hacienda y resuelto a promover el desarrollo de las exportaciones de productos primarios, optó por ignorar estos efectos de su polí tica.
Sin embargo, para los comerciantes que organizaban el co mercio neogranadino con España, éstos eran de singular impor tanciá: su preocupación principal no era la de la desviación de las exportaciones coloniales a mercados extranjeros, sino más bien la del hecho de que el contacto con extranjeros constituía una grave amenaza para su control del mercaJo para las importaciones de la metrópoli, puesto que el comercio con extranjeros, al fomentar el contrabando, demostraba la continuada JebilidaJ Jcl monopolio español sobre los mercados coloniales.
EL COMERCIO LIBRE Y EL MERCADO NEOGRANADINO
No hay duda de que la relajación del sistema restrictivo del monopolio español bajo el Reglamento de comercio libre ayudó a aumentar el volumen de productos importados de la metrópoli a la Nueva Granada.
94 De un nivel de alrededor de un millón de pesos por año en el período anterior al Reglamento, el valor de las impor taciones por Cartagerta de Indias creció considerablemente después de 17 85, y como den1uestra el cuadro I, llegó a su punto máximo en 17 88, con importaciones de un valor de más de tres millones de pesos.
Sin embargo, a pesar de estas primeras ganancias, la re forma comercial no amplió el mercado para importaciones en la Nueva Granada, ni aseguró que la colonia dependiera de las indus trias metropolitanas.
Aunque los comerciantes españoles mejoraron su posición dentro de los mercados neogranadinos, la competencia presentada por el contrabando extranjero, junto con la persistencia de las fuertes tendencias hacia la auto-suficiencia en la economía doméstica, impidieron que éstos explotaran esos mercados para el provecho de la potencia metropolitana.
En la Nueva Granada el mercado para importaciones de Euro pa abarcaba una variedad de productos primarios y manufacturas.
Las listas de los cargamentos de los buques mercantes que navega ban de España a Cartagena, ya sea como parte de los convoyes en tiempos de los galeones o como registros sueltos durante la segunda mitad del siglo XVIII, incluían una amplia gama de textiles, meta les básicos como hierro y acero, herramientas, comestibles como olivas, aceite de oliva, especies, vino y licor, y una variedad de productos manufacturados, como jabón, velas, papel, muebles y porcelana.
Entre éstos, los textiles eran el elemento m, is valioso y voluminoso del comercio de importaciones, y dentro de esta cate goría, entraba una.gama extensa de lanas, lienzos y otras telas de diferentes tipos, calidades y precios.
Incluía tafetanes, sedas, medias, terciopelos, encajes y lanas y linones finos, utilizados por los ricos, y también bayetas, lienzos conocidos por el nombre de bretañas contrahechas, platillas reales y pontibíes, además de lienzo, cá1ico y productos de algodón toscos y sin blanquear que utilizaban los grupos más pobres de la sociedad.
limitaban el crecimiento de la demanda entre la mayoría de la po blación.
Por otro lado, los ingresos de la mayoría de los habitantes de la Nueva Granada eran muy bajos, y como la riqueza estaba concentraba en manos de pequeños grupos de altos funcionarios, terratenientes, dueños de 1ninas, comerciantes y la Iglesia, la expan sión del mercado para importaciones estaba limitado aún más por el tipo de distribución de la propiedad'y del ingreso dentro del territorio.
Los efectos del comercio libre sobre el desarrollo del comercio exterior neogranadino contrapesaban, hasta cierto punto, esa caJi dad estática que caracterizaba al mercado para importaciones eu ropeas.
Después del Reglamento de 1778 hubo mayor competencia en el comercio transatlántico, y la reducción de los costos de trans porte permitió que las mercancías llegadas de España fueran ven didas a menor precio en la colonia, mientras que la expansión en las exportaciones de productos primarios, como el algodón y el palo de tinte, proporcionó nuevas oportunidades para la comercializa ción de la producción, y para la partkipación en la economía de mercado.
Por eso en la provincia de Santa Marta, donde no había una fuente de suministro local de textiles o de productos manufac turados, el mercado de importaciones probablemente creció con la evolución del comercio de palo de tinte, porque éste proporcionaba a los habitantes de la zona un producto del cunl podían obtener un ingreso en efectivo, o bien podían dnr u cambio de productos im portados.
96 Asimismo, una mayor demanda de algodón para expor tar a España le ofrecía mejores oportunidades a los pequeños pro ductores de la provincia de Cartagena para obtener un ingreso en efectivo, mientras que la política borbónica de concentrar en peque ñas comunidades a los agricultores desparramados que se dedicaban a la agricultura de subsistencia, para luego promover entre ellos la producción <le cultivos para la venta inmediata en el mercado <le la ciudad de Cartagena de Indias, probablemente también ayudó a integrar a un mayor porcentaje de la población de la región a la economía de mercado.
Además, como estaban a corta distancia de los puertos, los habitantes de estas regiones estaban también rela tivamente bien situados para aprovechar cualquier reducción en precios que pudiera haber sido causada por la expansión de la acli vidad comercial transatlántica.
• Sin embargo, la mayoría de los habitantes de la colonia, con centrados alrededor de los pdncipales núcleos de población en el interior de la Nueva Granada, obtuvieron poco provecho de la di versificación de las exportaciones o de la reducción de los precios de las importaciones.
En 1797, Antonio Nariño, un criollo santa fc.=reño, opinaba que los habitantes de la Nueva Granada eran los más pobres de América, aunque vivían rodeados de una abundante riqueza natural.
97 Pedro Fermín de Vargas, otro criollo crítico de la política española, y que conocía muy bien la región central del territorio, repitió la misma opinión.
El reconoció que Nl España se limitara a proveer sólo «los géneros finos que tienen salida entre las gentes ricas» y fomentar el desarrollo de la industria arte sanal que estaba floreciendo en las regiones de San Gil y El Socorro.
98 Observadores oficiales en otras partes del interior compartían su punto de vista, y al igual que Vargas, argüían que la produc ción doméstica de telas y otras manufacturas no perjudicarían al comercio español, porque los pobres del interior no podían com prar productos importados.
Por esta razón, en 1788, el visitador de la provincia de Antioquia recomendó que la Corona fomentara el desarrollo de la producción de textiles de algodón en esa región.
99 Igualmente, en 1797 el gobernador de Popayán propuso que la Corona estableciera fábricas en Popayán, Pasto y Buga, para la fabricación de todo tipo de productos de lana y algodón para e1 mercado local.
100 Por consiguiente, la liberalización del sistema comercial es pañol no fomentó el desarrollo de un amplio mercado popular para las exportaciones europeas en la Nueva Granada.
Aunque el valor de las importaciones de España aumentó durante la <lécada de 1780, su valor total -de alrededor de dos millones de pesos en un aüo promedio-seguía siendo pequeño, lo cual indica que la capacilhd de la colonia para absorber mercancías importadas seguía siendo ]i mitada.
Más adelante, los críticos del régimen colonial culparían éll monopolio con1ercial español por este bajo nivel de comercio, argu'yendo que la imposición de vínculos comerciales bilaterales protegió a los importadores españoles de la competencia abierta de comerciantes extranjeros, y les permitió controlar el suministro de tal modo que podían mantener los precios y las ganancias a niveles artificialmente altos.
Sin embargo, las restricciones impuestas por el sistema comercial español sólo fueron parcialmente responsables por el crecimiento tan limitado del comercio de la colonia, puesto que, como lo demostraría la experiencia en los Hños después de que la independencia liberalizara al comercio de las limitaciones coloniales, el nivel generalmente bajo de ingresos dentro del terri torio, al igual que su distribución desigual y los altos costos de transporte interno, eran obst, iculos constantes a la expansión del mercado neogranadino.
Aunque el potencial para la expansión del mercado para im por�aciones estaba restringido por el carácter de la economía colo nial, la continuada competencia del contrabando extranjero imponía limitaciones adicionales al crecimiento del comercio español con 1a región.
Al reducir las restricciones sobre el abastecimiento desde ]a metrópoli, y al reforzar los controles sobre 1a distribución domés tica de las importaciones, las autoridades intentaban reducir el incentivo para la introducción de artículos de contrabando al con tinente, e impedir la circulación interna de los mismos.
Sin embargo, ni una mayor libertad para comerciar con España, ni un mayor control del comercio dentro de la colonia, podían garantizar la hegemonía comercial española en los mercados de Nueva Granada.
Durante los años restantes del imperio español, el contra... bando extranjero siguió siendo una fuente de suministro impor tante para los consumidores coloniales.
La persistencia del problema <le contrabando se Jcbía en parte a que la Corona, por no sacrificar los impuestos provenientes del comercio, se resistía a reducir los impuestos sobre las importa� dones a un nivel que fuera lo suficientemente bajo para hacer del contrabando una actividad redundante.
Aunque el Reglamento sí redujo los aranceles, éstos aún constituían un gasto considerable para el comerciante, especialmente cuando re-exportaba mercancías extranjeras de España a las colonias, y seguían siendo un fuerte in centivo para el contrabandista.'°1 Además, una proporción bas tante grande del comercio colonial aún estaba compuesta de re exportaciones de artículos extranjeros de puertos peninsulares ( du rante los años comprendidos entre 1784 y 1796 los artículos extnm-EL �fERCANTILISMO DORBUNJCO 5.1 jeros constituían al rededor e.le un _ 50 % del valor del comercio de España con sus colonias);' 02 por lo tanto, continucS siendo vulnera ble al contrabando de dos tipos.
En primer lugar, era posible simplemente evadir impuestos para reducir los gastos y así maximizar las ganancias.
Esto se daba tanto en el comercio transatlántico -las mercancías eran escondidas en el barco para que no pagaran impuestos, o en el caso de pro ductos extranjeros, eran pasadas como mercancías españolas para evitar el pago e.le las tarifas más elevadas sobre las re-exporta ciones-1 °" como en aguas americanas, donde los artículos de con trabando que llegaban de bases extranjeras evadían por completo el pago de impuestos.
En segundo lugar, el contrabando surgió como consecuencia del hecho de que España era incapaz de satisfacer la totalidad e.le la demanda colonial de todos esos productos para los cuales existía un mercado.
Al intentar imponer el comercio bilateral en sus colonias, Espafia se enfrentaba a un proble1na común del mercantilismo.
Los productores metropolitanos no podían sa tisfacer la demanda colonial de importación, y consecuentemente, ciertos productos tenían que ser importados de otros lados para luego ser reexportados a las colonias.
Sin embargo, éste era un problema especialmente difícil para España, porque, debido a ]a situación atrasada de su industria manufacturera, dependía de proveedores extranjeros para casi todos sus productos industriales, y especialmente para los textiles que constituían el sector m,ís valioso del comercio colonial.
Esta dependencia no sólo estorbaba la libertad de acció1i de los Barbones en el campo de la política internacional, sino que, como en el siglo XVIII se estaba volviendo más usual que los proveedores extranjeros suministraban productos directamente a los mercados americanos desde sus bases en el Cari be, también implicaba una grave usurpación <le la soberanía española en América.
Para eliminar este peligro, los gobiernos borb6nicos buscaron proveer sustitutos producidos nacionalmente para reemplazar los textiles extranjeros y proteger la industria española mediante la prohibición o la restricción de otrns importaciones.
La r, ipida expnn sión de la industria textil catalana, lo cual reJu jo la participación en los mercados peninsulares de los productos de algodón extran jeros y parece también haber hecho incursiones en el mercado mexicano, sugiere que esta política tuvo cierto éxito.
104 Sin embar go, España seguía dependiendo de productores extranjeros para suministrar a sus mercados coloniales de sedas, lanas, lienzos y artículos de algodón, los cuales, por razones de precio y calidad, tenían una ventaja sobre los productos de industria metropolitcrna.
De los productos españoles que entraron en el comercio colonial en 1794, los productos alimenticios )' las bebidas cons tituyeron el elemento más valioso, mientras que los proveedores extranjeros <laminaban el componente 1rnfa importante del comer cio, es decir, los textiles.
105 Por esta razón, las oportunidades parn el contrabandista extranjero seguían siendo amplias.
En realid;_td, la prohibición española sobre la re-exportación de artículos como hilos extranjeros, medias y otras telas por la vía de la Carrera de Indias -impuesta para proteger la industria nacional-alentahJ el contrabando porque reducía la importación legHl de tales artícubs por el comercio transatlántico.
106 El comercio ilegal en mercancías como éstas fue fomentado aún más por las inconsistencias de las reglas contra el contrabando.
Una vez capturados los productos de contrabando, éstos eran ven� didos al público por cuenta de la Real Hacienda.
De este modo, su venta frustraba el mismo objetivo de la prohibición, es decir, eli minar la competencia contra las telas españolas.
Un observador opinó que el gusto del consumidor para tales artículos había sido 5"'\ -• J desarrollado durante la guerra con Inglaterra en 1779-1783 cuando su venta como botín de guerra los hizo populares.
107 Además, <l España se le hacía cada vez más difícil suprimir esta provisión ilegal dentro de la región caribeña debido a la política agresiva se guida por Inglaterra.
En 1766 el sistema mercantilista británico establecido en las llamadas «Leyes de Navegación» fue revisado para permitir la apertura de puertos francos en el Caribe, y así reforzar la función de algunas de las Antillas inglesas como centros de comercio con las posesiones francesas e inglesas.
Antes de la guerra de indepen dencia en América del Norte, la mayor parte de] comercio de los puertos francos se desarrolló con los franceses, pero después de 1783, la exportación de manufacturas británicas a las colonias espa ñolas se convirtió en el elemento más importante de un comercio que, a medida que se extendía, comenzó a atraer la atención de los intereses industriales británicos.'°8 Además de estas condiciones generales que favorecían el co mercio Je contrabando de mercancías extranjeras, existían en la Nueva Granada las políticas de la Corona diseñadas para promover el desarrollo de productos de exportación y mejorar el suministro de mano de obra esclava disponible para el sector minero, los cuales indirectamente asistían al comercio de contrabando.
Ya en 1785 comerciantes y oficiales en Cartagena se quejaban de que las licencias concedidas por el virrey Caballero y Góngora para el comercio con las colonias extranjeras servían de abrigo para una actividad contrabandista a gran escala.' 09 Sin embargo, el virrey siguió permitiendo que barcos españoles y extranjeros continuaran importando provisiones y suministros navales de las islas del Ca ribe, y como el comercio de palo de tinte con América del Norte también aumentó considerablemente, esto provocó la creciente opo sición de los comerciantes de la costa y de los terratenientes en el interior.
En 1787 los representantes de los comerciantes españoles en Cc1rtagena informaron a la Corona que la tolerancia del virrey para con el comercio con extranjeros era perjudicial a los intereses co merciales en la metrópoli y en la colonia.
Ellos sostenían que b exportación de metal precioso para pagar mercancías extranjeras que llegaban directamente de las colonias extranjeras amenazaha la industria y el comercio de España, mientras que la importación de harina extranjera resultaba ser ruinosa para la agricul turn colonial.
110 Ofendido porque el virrey había rehusado consultar con ¿J sobre el comercio extranjero, e1 gobernador de Cartngenn, Jo�,é Carrión y Andrade, unió su queja a las demás sobre la frecuencia del contacto con extranjeros.
Ese mismo año declaró que muchos barcos -ingleses, franceses y holandeses-hacían escalas frecuen tes en Cartagena, y que el número de barcos españoles que nave gaban H las colonias extranjeras bajo las licencias especiales concedi das por el virrey crecía constantemente.
A su entender, había tlléis Je cuarenta licencias y pasaportes -todos firmados por el vírrcy-�cn la secretaría del gobierno de Cartagena, al igual que alrededor de sesenta notas de registros de cargamentos traídos de colonins extranjeras por barcos supuestamente en el servicio del gobierno.
Igualmente serio, en la opinión Jel gobernador, era el modo en que la importación de armas y provisiones de las colonias extran jeras servían de abrigo para la introducción de mercancías prohibi das, cuando podrían haber sido importadas de Veracruz o algün otro puerto colonial español.
111 En 1788 el gobernador repitió estas alegaciones, informando nuevamente acerca de «la multitud de barcos que han venido a este Puerto con géneros • y efectos de las colonias extranjeras y que para su descarga no se esperaban el per miso del gobierno de esta Plaza, como se acostumbra en los que vienen de España, o de los otros Puertos de América>>.''� Posterior � mente proporcionó información detallada acerca del carácter del comercio ilega], y de fo participación de miembros del séquito <lel virrey en el mismo.
113 Al año siguiente, el sucesor de Carrión en Cartagena, e1 go bernador Cañaveral, continuó la crítica de la política del arzobispo virrey.
Al pedir que se le aconsejara acerca de c6mo tratar a los barcos que llegaban de colonias extranjeras, Cañaveral censuró la transgresión del virrey en lo referente a las órdenes reales que prohibían tal comercio, y declaró que en el período entre 1782 y principios de 1789, éste había permitido la entrada a Cartagena de más de cien ba. rcos provenientes de puertos extranjeros.
11 4 El ca bildo de Santa Fe también protestó contra este comercio, arguyendo que todos los esfuerzos hechos por los virreyes Guirior y Flores para desarrollar el comercio interno de trigo y reducir la dependen cia de las ciudades de la costa de proveedores extranjeros habían sido anulados por el hecho de que el arzobispo toleraba la impor tación de harina extranjera.
115 Esta política de permitir el comercio con extranjeros terminó con la conclusión de la vicerregencia del arzobispo Cabal l ero y Góngora.
Ahora los comerciantes peninsulares encontraron en el nuevo virrey Francisco Gil y Lemus, un eficaz aliado para la pro tección de su monopolio sobre el comercio neogranadino.
Durante los seis meses de su virreinato, Gil y Lemus residi6 en Cartagen1, y parece que el establecimiento comercial español en el puerto lo influenció fuertemente.
Poco después de asumir su cargo, el virrey envió un informe a España, en el cual afirmaba que el principal problema con el que se enfrentaba en Nueva Granada era el del comercio con las colonias extranjeras del Caribe.
Se quejaba de que era difícil calcular la extensión del comercio que se había desarrollado sobre las dos bases de las exportaciones de palo de tinte y de las importaciones de harina, ya que no existfa un registro completo de las licencias que habían sido expedidas para legalizarlo.
Pero estaba convencido de que, al servir de abrigo para el contrabando, estos dos tipos de comercio constituían un grave peligro para el control económico de la metrópoli sobre la colonia, y por tanto resolvió terminar con todo tipo de comercio con extranjeros.
Por tal motivo buscó, en primer lugar, terminar con la importación de harina extranjera, arguyendo que la continuación de este tráfico, debido a su asocia ción c; on el contrabando, resultaría en la destrucción del comercio con Cádiz.
En segundo lugar, para restablecer el dominio metro politano sobre el comercio, Gil y Lcmus planeaba devolver e1 co mercio de palo de tinte al sector privado, permitiendo a los comer ciantes hacer contratos con el estanco de Santa Marta, y transportar el producto a España a cuenta propia y para su propia ganancia. "''
Para completar esta reafirmación del control metropolitano sobre el comercio exterior de la colonia, el virrey también recalcó que era necesario purgar la administración, que según él había sido corrompida por el comercio con extranjeros.
Se lamentaba de que la corrupción había llegado a tal extremo que el precio de las licencias para participar en este comercio era ya del dominio público, y que la misma adquisición >.
117 Durante su breve virreinato, entonces, Gil y Lemus logró invertir la política comercial del arzobispo-virrey, así como poner fin a los vínculos comerciales legalizados con extran jeros, y preparar el terreno para una reanudación -que ocurriría bajo el virrey José de Ezpcleta entre 1790 y 1796-de normas más compatibles con los principios orto<loxos del m<.:rcatilismo español.
Sin embargo, resultó imposible eliminar el comercio con ex tranjeros: mientras España fuera incapaz de proveer a la colonia de todos los productos requeridos por los mercados, el comercio con las islas extranjeras del Caribe continuaría.
Además, durante los primeros años de la década de 1790, el comercio de contrabando entre los puertos neogranadinos y las posesiones de las potencias rivales en el Caribe no sólo continuó, sino que parece haber aumen tado.
Las quejas en contra del comercio de contrabando se volvie ron m,1s ruidosas con la disminución del valor de las importaciones de la metrópoli durante los primeros años de la década de 1790, y con los repetidos informes de los capitanes de los barcos que regresaban a España acerca de las bajas ventas en Cartagena.
1 18 En 1795 un grupo de comerciantes de Cartagena informó que su comercio con la metrópoli había sufrido una abrupta disminución Jurante los tres años anteriores debido a la influencia del contra bando.
1 1 9 Aunque reconocían que la guerra con Francia, declarada en 179 3, había influido en parte en esta recesión, también insistían en que In entrada continua de productos de contrabando de las islas del Caribe era la causa principal.
Alegaban que mientras el valor del comercio con la península había disminuido en un 50 %, aun el cálculo más cauteloso del valor de] contrabando durante el mismo período demostraría que se habían importado ilegalmente a la colonia productos extranjeros equivalentes a una suma de entre tres y cuatro millones de pesos.
Aunque había una escasez de artículos de lana, • y se vendían las sedas españolas y otros produc tos a precio normal,-el mercado estaba saturado de lienzos y pro ductos de algodón de todo tipo.
Era tal la abundancia en Cartagena y en todas partes de la colonia, que varios tipos de lienzos y lino-nes alemanes y franceses, al igual que una amplia gama <le produc tos de algodón prohibidos, podían ser comprados a precios más bajos que en Cádiz y otros puertos españoles.
En la ciudad de Cartagena, el comercio en estos productos era tan abierto que se vendían por las calles, y el consumo tan común, que la gente de todas las clases, desde las señoras blancas a las esclavas, los artesa nos a los comerciantes más respetables, se vestían con muselinas, musolinetas y otras telas prohibidas.
120 Al solicitar fuertes medidas para detener la ruinosa compe tencia del contrabando, los comerciantes arguían que el comercio de esclavos, liberado de las tradicionales restricciones por decreto real de 1791, proporcionaba un abrigo legal para el contrabandista.
Bajo la nueva legislación, le era permitido a los comerciantes in dianos ir a las colonias extranjeras en sus propios barcos a buscar esclavos, por los cuales pagaban en especie y en otros productos coloniales.
121 Las licencias eran otorgadas por un viaje de ida y vuelta, y sólo permitían la entrada de esclavos y de algunos otros artículos; pero según alegaban los comercian tes, casi todos los barcos utilizados en el tráfico hacían varios viajes bajo una licencia, importaban sólo dos o tres esclavos por viaje, y traían, en cambio, grandes cargamentos de telas de Jamaica y de otras islas al pequeño pueblo costero de Sabanilla y a las islitas del Rosario, para luego ser enviados, en pequeños barcos, a Cartagena, o directamente a los mercados del interior neogranadino.
Las autoridades coloniales no dudaban que el libre comercio de esclavos abría una brecha peligrosa en el cordon sanitaire co mercial requerido por el monopolio español.
En 1794 el virrey Ezpeleta informó al ministro de Indias que, desde 1791, sólo 446 esclavos habían sido importados a la Nueva Granada bajo el nuevo reglamento,y que el comercio de esclavos se había con vertido en poco más que un instrumento conveniente para el con-trabanJista.
122 Sin embargo, el virrey no demostró ninguna solidari dad para con los comerciantes de Cartagena: él observó que, si el contrabando era tan perjudicial para su comercio con España, se debía en parte a que los mismos comerciantes, quienes poseían el capital, la experiencia y la iniciativa necesaria para organizar un comercio ilegal a gran escala con las colonias extranjeras, también estaban involucrados en el contrabando.
123 Un eminente comer ciante, el prior del consulado de Cartagena, Tomás Andrés Torres, que había sido detenido en 1795 por vender importaciones de con trabando, confesó que esto era cierto.
Protestando contra su en carcelamiento, él no negó las acusaciones, sino que más bien arguyó que para que el gobernador pudiera justificar la acusación que hacía en su contra, tendría entonces que arrestar a toda la ciudad, puesto que todos estaban involucrados en el contrabando.
124 Esto sólo confirmó las sospechas del virre' y, pues anterior mente él había recibido información detallada acerca de la red de fraude y corrupción que envolvía toda actividad comercial en el puerto, incluyendo todo el establecimiento comercial y la adminis tración de la ciudad.
En 1792, por ejemplo, recibió de una fuente anónima dos informes detallados sobre el contrabando en Carta gena.
El delator afirn1ó que el contrabando había llegado a tal extremo que era ya considerado completamente normal por el pú blico y por las autoridades.
El alegó que la administración de la aduana era completamente corrupta: el oficial principal, un tal Pedro Diago, era un contrabandista prominente, mientras que el comandante del fuerte de Bocachica (un puesto de vigilancia del pasaje angosto que daba a la bahía <le Cartagena y que era también el punto clave para controlar el movimiento de barcos), al igual que sus oficiales subordinados • y comerciantes tan prominentes como José Blanco, Juan de Francisco Martín y García del Río, estaban públicamente involucrados en la venta de productos <le con trabando.
125 Las licencias concedidas para que buques privados y navales navegaran a puertos extranjeros por cuestiones de negocios oficia les eran un medio importante para el comercio ilegal por parte <le ciudadanos respetables.
Para ilustrar lo que decía, él mismo informó acerca de la próxima salida de un buque naval para Jamaica, y comentó que de los 60.000 pesos que llevaba a bordo, sólo 12.000 estaban relacionados con su misión.
Los restantes 48.000 pesos habí�n sido enviados por individuos involucrados en el comercio ilegal.
Aparte de los comerciantes, los oficiales de Cartagena tenían un interés considerable en el viaje, puesto que muchos habían conseguido préstamos de los comerciantes para invertir en él.
Ninguno de los oficiales del puerto -<<desde el Gobernador �11 último administrador y hasta e1 fiscal de la Real I-Iacienda» ignoraban la salida del buque ni su propósito.
Los guardas no po dían actuar en contra de la actividad ilegal -cuando no eran co optados por sus superiores-por temor a perder sus empleos.
Por consiguiente, los mismos fuertes, almacenes y barcos del rey se habían convertido en depósitos de contrabando, centros para un gran tráfico ilegal que saturaba la actividad comercial de la ciudad e infiltraba las provincias vecinas.
126 Aunque España experimentaba crecientes dificultades en cuan to a asegurar los mercados neogranadinos para el uso exclusivo de la metrópoli, debido a este ambiente de indiferencia general con respecto a las reglas establecidas por la Corona, los problemas de estos años eran mínimos comparados con aquellos que surgieron después de 1796.
En ese año, España declaró la guerra en contra de Gran Bretaña, y en los doce años siguientes, el poderío marítimo británico interrumpió las comunicaciones y el comercio españoles en el Atlántico, de tal manera que, con la excepción de los dos años de tregua entre 1802 y 1804, el comercio entre la Nueva Granada y la península estuvo casi paralizado.
Después de un poco más de un década de paz, el funcionamiento del comercio colonial bajo el régimen del comercio libre había llegado a su fin, imposibilitado por este último conflicto anglo-español.
No hay duda de que en el corto período durante el cual la política de comercio libre afectó al comercio español con las Amé ricas, éste modificó las relaciones comerciales con las colonias de un modo que beneficiaba a España.
En términos generales, las consecuencias del comercio libre para el desarrollo de la economía española del Atlántico son muy conocidas.
El comercio de España con las colonias se expandió de modo impresionante después de 1778, la participación extranjera en el comercio colonial de los puertos de España disminuyó, y el contacto más estrecho entre productores metropolitanos y mercados americanos proporcionó a la industria española oportunidades para crecimiento sin preceden tes.
En las colonias americanas, el crecimiento del comercio español tuvo repercusiones importantes tanto para el consumidor como para el, roductor.
Con la expansión de las importaciones de la metró poli, los precios de las mercancías bajaron, los grupos de comer ciantes establecidos se vieron obligados a adaptarse a las nuevas condiciones comerciales, y a medida que el comercio colonial se transformaba de uno basado en los dos ejes tradicionales de la ciudad de México y de Lima, las zonas que anteriormente eran periféricas establecieron vínculos más estrechos con mercados ex tranjeros, trayendo al comercio transatlántico excedentes crecientes de exportaciones primarias y de metales preciosos.
El comercio entre España y la Nueva c; ranada form6 parte de y contribuyó a este 1nodelo de desarrollo.
En la Nueva Granada los efectos de la reforma comercial se habían hecho visibles durante la década de 1780, cu�ndo como hemos visto, el volumen de trans porte marítimo y el valor del comercio entre Cartagena y los puer tos de España habían aumentado considerablemente.
Aun así, aun que el valor del comercio entre la colonia y la metrópoli había crecido a alrededor del doble de su tamaño anterior, el comercio español no logró recuperar completamente los mercados neograna dinos para la metrópoli ni aislarlos de la competencia extranjera.
España, al igual que otras naciones colonialistas, no esperaba satis facer cada demanda de sus colonias, y por esa razón tenía que tolerar algo de contrabando.
Sin embargo, a pesar de la liberaliza ci6n de las relaciones comerciales bajo el Reglamento de 1778, el Tomo XLY/l contrabando en la Nueva Granada -especialmente a princ1p1os de la década de 1790-no proporcionaba simplemente un peque ño suplemento al comercio exterior, sino que acaparaba una pro porción considerable del mercado colonial.
Además, los produc tores domésticos aún abastecían a gran parte de ese mercado, el cual se mantenía fuera del alcance del productor y del comerciante metro politano.
Entonces, aunque el comercio libre permitió que el co mercio metropolitano mejorara su posición dentro de los mercados <lel virreinato, no garantizó que esos mercados dependieran del abastecimiento por parte de una metrópoli económicamente dominante.
El comercio externo tampoco pudo funcionar como un sector principal en la Nueva Granada, porque la expansión comercial de esos años no fue lo suficientemente grande, en escala o en alcance, para cambiar el carácter ya establecido del comercio neogranadino, ni para desempeñar un papel dinámico en el desarrollo de la econo mía de la colonia.
El comercio transatlántico absorbió una propor ción mayor de la producción aurífera neogranadina, pero no estimu• ló de modo significativo a la producción para la exportación.
Las exportaciones de cacao, algodón, palo de tinte y productos similares eran mayores de lo que habían sido antes del comercio libre, pero aún formaban una parte pequeña del total de las exportaciones.
Mientras su valor era medido en miles de pesos, el valor del oro exportado era medido en millones.
Con la excepción de algunas pequeñas zonas de las provincias de la costa, la agricultura per maneció aislada, generalmente, de las demandas de los mercados externos, y dada la ausencia de un sector exportador fuerte que pudiera producir ingresos dentro de la economía doméstica, el des arrollo de la economía agrícola siguió siendo muy localizado, res tringido por lo limitado de los mercados internos.
Según las opiniones de algunos observadores contemporá neos, la persistencia de esta estructura de comercio básicamente pasiva era la razón principal del atraso económico de la Nucv.1 Granada.
Pedro Fermín de Vargas, por ejemplo, pensabH 4uc la preocupación por la minería de oro, y el hecho de que la rolonia dependía de sus exportaciones de especie para pagar sus importa- dones perjudicaban el progreso económico de la región.
127 Fermín <le Vargas arguyó que aunque el oro era uno de los pocos productos en los cuales la Nueva Granada tenía, comparativamente, una ven taja internacional, la organización de la producción en el sector minero impedía el desarro1lo de la industria y del territorio en general.
Basado en la mano de obra extensa y de baja productividad de esclavos y debilitado por los altos precios de provisiones básicas, no era conducente al adelantamiento técnico ni a la acumulación de capitales.
Para Vargas, el mejor método para estimular la economía de la colonia era el de fomentar la producción agrícola e industrial para los mercados internos y externos.
Con este fin, recomendó que la Corona redujera los impuestos sobre el comercio con el extran jero, permitiera a la colonia comerciar libremente con extranjeros, y tomara medidas para mejorar los medios de transporte dentro de la región.
128 Otro criollo crítico de la política española, José Ignacio de Pombo, presentó propuestas similares en 1800, 1804, 1807 y 181 O. 129 El recomendó la libertad para exportar productos agrícolas a mercados extranjeros, presionó para lograr la disminu... ción de los impuestos sobre las exportaciones, y en 1800, se dedicó a la crítica cada vez 1nás furiosa del sistema de impuestos y aran celes impuesto por el Estado metropolitano en la economía colonial.
Aunque estas opiniones eran muy críticas de la política real, no eran radicalmente distintas a las que algunos oficiales reales habían presentado anteriormente.
Como ya hemos visto, el virrey Manuel de Guiriot había sugerido que fuera permitido el comercio con las colonias extranjeras para estimular la producción agrícola.
Asimismo, el argumento que sostenía que el crecimiento del comer cio externo estimularía la economía colonial había contribuido de modo significativo a persuadir a la Corona a reducir los impuestos sobre las exportaciones agrícolas durante el período del comercio libre.
En realidad, •1a húsqueda <le medios para mn p liar la g ama y aumentar el volumen de estas exportaciones tuvo influencia en la política real durante todo el período.
La Corona no sólo exhortó a los comerciantes a desarrollar la exportación de productos prima rios, sino que también patrocinó proyectos diseñados para fomentar tal comercio, y para mejorar los medios de transporte y comunica ción dentro de la colonia.
130 Sin embargo, resultó extremadamente difícil lograr la creación del -comercio 'activo' que varios observadores coloniales, tanto oficiales como privados, consideraban esencial para el desarrollo de la región.
Las condiciones demográficas y físicas dificultaban el desarrollo de un mercado unificado dentro del territorio y el estable cimiento de vínculos estrechos entre la economía doméstica y los mercados externos, y además el sistema comercial español no era capaz de superar estos obstáculos.
Mientras que la Corona buscaba estimular al sector exportador en la Nueva Granada, el sistema mer cantilista dentro del cual funcionaba el comercio de la colonia mantenía la posición privilegiada de un pequeño grupo de inter mediarios mercantiles, quienes tenían poco interés en mejorar los vínculos entre el sector exportador y el productor doméstico.
El nuevo sistema del comercio libre había ampliado los contactos económicos entre la metrópoli y la Nueva Granada, pero el cambio fue poco y llegó tarde.
La Nueva Granada quedaba en los már genes de la economía del Atlántico español, y lejos de fortalecerse durante los últimos años del régimen borbónico, sus tenues rela ciones económicas con España iban a desvanecerse en una larga y penosa guerra con Inglaterra.
Durante aquella guerra, la Nueva Granada se incorporó cada vez más en la órbita económica inglesa, así entrando de esta forma en una autonomía comercial que, des pués de 181 O, vendría a reflejarse en la libertad política. |
dosis de sus esfuerzos en lograr afianzar el dominio co mercia] que había logrado arrebatar a los Países Bajos.
La guerra de Sucesión Española ( 1700-1714) supuso la gran ocasión para apoderarse de un baluarte estratégico tan importante como el Peñón de Gibraltar.
No obstante, la Corona inglesa estimaba que la ocu pación de gran parte de las islas de Barlovento no resultaba sufi ciente para lograr su ambicionado objetivo: desplazar a España y a Francia como potencias que ejercían un dominio hegemónico del mercado en el Nuevo Mundo.
Por esta razón, la diplomacia británica se entregó a la tarea de convencer a los políticos españoles de que sólo estaba dispuesta a negociar Gibraltar si España ponía sobre la mesa de negociaciones un territorio equiparable en impor tancia a la citada Roca.
El objetivo inglés no sería otro que Puerto Rico, que por su relevancia en los mapas militares y navales espa ñoles se le conocía como la «llave de Indias».
1 Lograr el dominio 1 Blanco recoge algunas de las opiniones sobre la importancia militar de Puerto Rico: «Aquella isla es la puerta de navegación de esotras» (Doc.
Muftoz, tomo 76, fol. 224, afto 1520): «Siendo esta isla la llave de Indias, debe de estar se1ura» ( carta de Gama Vargas Castro y Garcia Troche dirigida al Emperador, 1529): «Esta es la entrada de las Indias, somos los primeros con quien se topan los franceses e ingleies corsarios» (gobernador Lando al Emperador, 1537): «Esta isla en parte es otra Rodas de la cristiandad.
Ningún navio puede venir a todo lo descubierto que desta isla no pueden ser sef\ores dél habiendo aparejo para correr al mar» (Molina en 1542): «Esta es la llave de los que vienen y van a todas partes, recomiendo la construcción de fortalezas eficaces... mis importante creo decir, es poblar la isla> (Castellanos, 1543): «De esta superioridad y eminencia viene a gozar en las Indias Occidentales la isla de Puerto Rico, como primera de las pobladas y principal cus-Tomo XLYJJ
CARLOS D' ALZINA GUILLERMETY de la isla suponía hacerse prfrticamente con el control de toda ]a actividad comercial de la zona, a la vez que potenciaría su indus tria azucarera, localizada principalmente en sus posesiones en las Antillas menores.
El propósito de este artículo es adentrarnos en este momento histórico, intentando esclarecer, por una parte las razones que hicieron posible un acercamiento diplomático entre Gran Bretaña y España encaminado a llevar a buen fin el mencio nado cambio territorial y, por otra, establecer las circunstancias que impidieron que dicha empresa se realizara.
PUERTO Rico Y LA GUERRA DE SucESIÓN
ESPAÑOLA (1700-1714) Puerto Rico tuvo Ufül importancia relevante en el preámbulo de las negociaciones encaminadas a lograr la Paz de Utrecht.
2 Gran Bretaña estaba ansiosa por tomar represalias contra Francia y Es paña.
No obstante, quedaría una vez más demostrada la capacidad de la diplomacia francesa para crecerse en momentos difíciles.
En esta ocasión se valió de la falta de decisión política interna espa ñola para mantener intacta su integridad territorial.
Luis XIV y sus consejeros elaboraron un sistema que a la postre rindió óptimos resultados: explotó el afán de poder de los vencedores con el fin de obtener provecho de las discordias y divisiones que surgieran entre éstos, y consiguió que el territorio que estuviera en juego fuera siempre el español y nunca el francés.
En el mes de julio de 1711, Gran Bretaña reclamó formalmente cuatro plazas en ultramar, esperando favorecer su expansión comer- PUERTO RICO Y GIBRALTAR (1711-1788) 3 cial.
1 Conocida la exigencia británica, el gabinete de Luis XIV no sólo ofreció a los ingleses lo que pedían en las Indias sino que fue más lejos aún proponiéndoles que ocuparan Cádiz con un�l guarnición suiza como garantía para el cumplimiento del Tratado de Asiento de Negros.
4 La Corte española reaccionó tal y como esperaban los franceses; llena de indignación, presionó a Felipe V para que manifestara, tajantemente, que España jamás entregaría Cádiz por ser uno de los principales puertos que unía a la metrópoli con sus posiciones ultramarinas y, de ocurrir esto, su comercio con América quedaría controlado por manos extranjeras.
Aunque a simple vista puede parecer que Luis XIV fomentaba estos hechos, lo que perseguía era todo lo contrario.
Deseaba que España se negase rotundamente a entregar plaza alguna en ultramar, al tiempo que ofrecía su mediación en las negociaciones de paz, y con la autorización española, procuraría que Gibraltar, Menorca y Mahón pasaran a formar parte del dominio inglés con el fin de crear una situación irreconciliable entre España y Gran Bretaña.
De esta forma, Francia salvaba su integridad territorial, lograba un fiel aliado y traspasaba a España el papel que verdaderamente ]e correspondía: el de víctima.
Siendo la diplomacia el arte de conocer el movimiento del adversario sin que éste conozca el propio, la cancillería francesa se preparó para actuar.
No se amilanó ante el fracaso del marqués de Noailles, que no pudo anular la influencia de la Reina y de la princesa de Ursinas sobre el monarca español.6 Esto no preocupó al «Rey Sol», que nombró en sustitución de aquél al marqués de Bonnac, que llegó a España con instrucciones precisas para presion�r:i Coxe, Guillermo: Historia de los Reye,q de la Casa de Borbón. tomo 2.
y convencer a Felipe V de que era necesario negociar la cesión de Trinidad o Puerto Rico con Gran Bretaña.
Bonnac impresionó tan positivamente a la camarilla cortesana española que el 6 de septiembre de 1711, la Corona le concedió plenos poderes por los que el rey de Francia quedaba autorizado para concertar con los británicos la cesión de Gibraltar y la conce sión del Asiento, así como para garantizar al comercio inglés un puerto en América con el fin de salvaguardar la seguridad de su mercado.
El mencionado puerto no estaría situado en ninguna «llave» y su enclave se fijaría en el próximo tratado que se firmase.7 Monsieur Mesnager, diputado de comercio de Rouen, viajó se cretamente de Roma a Inglaterra y, una vez en Londres, logró una rápida entrevista con la reina Ana.
Mesnager llevaba las instruc ciones que completaban el plan trazado: el embajador francés en Inglaterra debía dejar claro que España jamás renunciaría a la soberanía de Puerto Rico o de Trinidad e intentaría concertar los preliminares que quedarían incluidos como cláusulas fundamentales del tratado de Utrecht.8 El diplomático galo cumplió ambos obje tivos con rotundo éxito.9 En las manos del propio Luis XIV quedó la solución final, quien en una nota dirigida a su nieto el 18 de septiembre de 1711, en tono conciliatorio, dejaba expuesta �u buena fe y los buenos deseos de Francia para con España.10
Como se puede apreciar, la cesión de Gibraltar se planeó en Versalles y se acordó secretamente en Londres, sin participación española, un año antes de concertarse el armisticio entre franceses y británicos.
La negociación final para lograr el reconocimiento de Felipe V como rey de España, se llevó a cabo de acuerdo con los designios de Francia.
La cancillería de París consiguió que el mo narca español sustituyera a aquellos consejeros que le sugerían que no debía dejar un asunto tan importante en manos de su abuelo.
11 Una vez conseguido esto, la trama llegó a su fin: el monarca español firmó un documento en el cual autorizaba a Luis XIV a actuar según su criterio.
Este, haciendo de soberano de España, cedió a los británicos Gibraltar, Menorca y Mahón, al mismo tiempo que les otorgaba un asiento de negros por 30 años.
Además, el duque de Anjou redactó otro documento en el que se cuidaba de omitir las ventajas de lo cedido a Gran Bretaña sin que se hiciera mención alguna a la pérdida de territorio español en la península o en las Indias.
Lo primero ni siquiera se mencionaba y en cuanto a lo segundo, afirmó tajantemente «que no sería desmembrado un solo pie de terreno en las Indias y que esperaba poseerlas por com pleto, como las poseyó su señor tío, de gloriosa memoria».
12 Feli pe V renunció a los Países Bajos españoles en favor del elector de Baviera, pero lo curioso era que Luis XIV ya se los había adjudi cado al emperador de Austria.
En un tratado posterior con Holanda, el monarca francés decidió anular la cesión realizada por su nieto disponiendo de estos territorios a su capricho.
Finalmente, el 13 de julio de 1 713 se garantizó la validez del reconocimiento del duque de Anjou como rey de España.
Por el artículo 10 del tratado de Utrecht se concertaba lo planeado un año antes en Gran Breta ña al ceder España a la Corona inglesa: el Pefión de Gibraltar, Menorca y Mahón y, asimismo, garantizó el asiento de negros por 30 años a la vez que restablecía la libertad de comercio. se impuso a costa de España, pagando esta última un elevado precio por conservar su soberanía tanto en la península como en las Indias..3.
JORGE I y su PLAN PARA GIBRALTAR.
ISLAS BRITÁNICAS DE BARLOVENTO Y SU Pos1c16N CON RESPECTO A PUERTO Rico
Tres años después, Jorge I, rey de Inglaterra, en su afán de aumentar su comercio, pretendió cambiar Gibraltar por una plaza en el Caribe, preferiblemente, Santo Domingo o Puerto Rico.
Gran Bretaña estaba gastando fuertes sumas de dinero y pensaba que al tener el control de los mares, el Peñón había perdido parte de su importancia estratégica.
Para establecer la negociación, los britá nicos designaron al duque de Orleans, regente de Francia, quien remitió al marqués de Louiville la gestión.
El intermediario francés fue descubierto cuando viajaba en secreto de Burgos a Madrid y Felipe V se negó a recibirlo, fracasando la tentativa.
14 Aun en 1720, el propio duque de Orleans, le sugirió a Gran Bretaña traspasar Gibraltar por la concesión de algún territorio en las Indias entre los que se podrían encontrar aquellos que habían pedido cuatro años atrás, pero Felipe V, como muy bien sospechaba Francia, se reafirmó en su postura de 1712, según la cual jamás enajenaría ningún territorio en las Indias y se negó a dar compensa ción al gu na por la devolución de la ambicionada Roca.
15 Una de las consecuencias de esta política fue la de alentar sentimie ntos de anexión entre los miembros de la clase gobernante inglesa con respecto a Puerto Rico.
En el Caribe, el gobernador de las islas británicas de Barlovento propuso la incorporación de Puerto Rico como solución al continuo asedio de los corsarios puer torriqueños sobre el comercio británic0.
16 Esta proposición fue rechazada por los hacendados que controlaban la economía de las islas, pues no estaban dispuestos a tener un competidor potencial, como podía ser Puerto Rico en el mercado del azúcar.
En octubre de 17 36, el gobierno español intentó reanudar las conversaciones con Gran Bretaña encaminadas a lograr la recu peración. de Gibraltar.
Esta delicada misión le fue encargada al abate Paretti, clérigo italiano al servicio de la Corona española.
Paretti tuvo una larga conversación con el marqués de Montraindré, noble galo con buenas relaciones con la clase política inglesa.
El re presentante español le expuso a Montraindré el interés de España por recuperar el codiciado Peñón a lo que respondió el francés que a pesar de lo delicado del tema, Gran Bretaña estaría dispuesta a negociar la cesión de Gibraltar por un justo equivalente: Puerto Rico.
El abate respondió que tal cambio era impensable y ofreció como contrapartida la prolongación del Asiento de negros y una suma de dinero que sería abonada en secreto, preferiblemente en un banco veneciano a designar.
Estas ofertas no atrajeron el interés de Gran Bretaña, que dio por terminada la negociación.
17 El interés británico por la «Rodas cristiana» quedaría puesto de manifiesto una vez más durante la Guerra de los Siete Años (175fr-1763).
El Pacto de Familia de 15 de agosto de 1761 fue el causante de que Gran Bretaña rompiera de forma definitiva sus relaciones con España en 1763, lo que significaba un posible ataque a cualquier posición española en las Indias.
El punto elegido fue Cuba y, especialmente, su capital, La Habana.
Valiéndose de una hábil estrategia, los ingleses, al mando del conde de Abermarle, sitiaron la plaza el 7 de junio de 1763, pro longándose el asedio 53 días.
Cuando la balanza parecía inclinarse del lado de España, el ejército británico recibió un refuerzo de 4.000 hombres provenientes de las Trece Colonias Inglesas que desnivelaron la contienda.
El 30 de julio, Abermarle ordenó el ataque final y ese mismo día ondeó la bandera inglesa en el puerto e.le La Habana.
18 Dado que la captura de la ciudad no garantizaba la ocupación efectiva de la isla, los británicos decidieron utilizarla como una baza a su favor en las futuras conversaciones de paz.
En las instruc ciones dadas al ministro británico, el duque de Belford, se hacía hincapié en la posibilidad de llegar a un acuerdo satisfactorio si se canjeaba La Habana por la Florida o por Puerto Rico.
19 Finalmente con la firma de la Paz de París ( 17 63), Gran Bretaña se decidió por la Florida, con lo cual se descartó un posible cambio de soberanía en Puerto Rico.
Al estallar la Revolución Norteamericana, Francia pactó con los rebeldes norteamericanos sin consultar, en primer lugar, con España, tal y como lo disponía el Pacto de Familia de 1761.
España, reacia a intervenir en el conflicto, dado que este afán de libertad muy bien podía extenderse a las colonias españolas en el Nuevo Mundo, firmó a regañadientes la convención secreta de Aranjuez el 12 de abril de 1779, haciéndose beligerante y entrando de lleno en la guerra.
España partía de la base de que aunando fuerzas con Francia podría propinarle a su enemigo una derrota decisiva.
Empero, los británicos jugaron muy bien sus cartas frenando a Francia, que rehusó a cooperar en otros ataques contra los puntos ingleses en el Caribe, a excepción <le Jamaica.
LA POLÍTICA EXTERIOR DE FLORIDABLANCA
CARLOS D'ALZINA GlJILLERMETY de que España estaba dispuesta a conceder buques, <linero y hasta territorios, lo que despertó un vivo interés en el ministerio de Guerra británico.
Los ingleses hicieron los correspondientes pre parativos para estudiar a fondo la situación.
El 29 de septiembre, el abate Hussey retornó a Madrid por tando una carta de lord Germaine por la que se le informaba al ministerio de Estado español de que Gran Bretaña tenía los mejores deseos. de llegar a la paz, a la vez, que esperaba realizar una nego ciación de la que ambas partes se sintieran beneficiadas.
No se hizo mención alguna sobre Gibraltar.
21 Aunque el duque de Almodóvar le escribió a Floridablanca previniéndole sobre los posibles manejos de los ingleses, el monje irlandés disuadió hábilmente al secretario de Estado español e hizo que éste prestase poca importancia a los juicios del ex-embajador.
Luego, Floridablanca redactó un docu mento similar al expedido por el ministerio inglés por el que se comprometía a alcanzar una paz duradera entre ambas naciones.
22 Hussey se marchó a Londres el 9 de enero de 1780; allí se entre vistó con lord Germaine y le entregó la carta redactada por el diplomático español.
Posteriormente, realizó un resumen detallado de la situación de la Corte española y de las distintas alternativas que se podían barajar frente a Francia en caso de que se llegara a un acuerdo.
Celebradas cuatro sesiones, el gabinete encargado de entablar la negociación redactó un documento en el que quedaban fijadas las bases del convenio propuesto: «La importancia de Gibraltar es tan grande y tan interesado está el amor propio nacional en la conservación de aquella plaza de una naturaleza extraordinaria, que sería imposible a un ministerio, cualquiera que sea, devolverla sin estipular ante todas las cosas un equivalente... >>.
«Como es muy ventajoso decidir a España a firmar la paz separadamente, podría desenvolverse en las condiciones siguientes: l.
Cederá a España y garantizará a Inglaterra la isla de Puerto Rico.
Cederá y garantizará a la Gran Bretaña la fortaleza de
Orán y su territorio. ( Para la redacción de este artículo será pre ciso consultar a las personas que conocen aquel país y la naturaleza del comercio c.
1ue se hace allí).:�.
Cederá y garantizará a la Gran Bretaña un puerto y una extensión de territorio convenientemente para edificar una fortaleza en la bahía de Orán.
4◄• No sólo comprará por su valor real todos los pertrechos militares y la artillería que existe en Gibraltar, sino que entregará antes de tomar posesión de la Plaza una suma de dos millones de libras esterlinas ( 40 millones de pesos fuertes) como compensación de lo que se ha gastado en las fortificaciones desde que la posee Inglaterra.
Hará una paz separada con la Gran Bretaña, renunciando a sus compromisos con Francia en cuanto pueda obligarla a tomar parte en la presente guerra o en cualquier otra con Inglaterra, confirmando además todas las disposiciones del Tratado de París, con excepción de las modificaciones motivadas de los artículos anteriores.
Se comprometerá en los términos más solemnes, a no prestar socorros a las colonias inglesas de América, a no recibir ninguno de sus ministros o agentes y a no permitir que arriben sus buques a ningún puerto de los dominios del rey de España.
Pro meterá ayudar a la Gran Bretaña a someter sus colonias y si no se puede conseguir esta cláusula, insistiremos por lo menos que se comprometa España de un modo explícito a no conceder asilo ninguno en sus estados a súhd i to8 del rey tt uc están considerados como rebeldes y a fin de que los obliguen a salir una semana <les• pués del día en que se solicita por los ministros del rey, a nomhrc de S.M. Será recíproca esta estipulación y se comprometerá al rey a obrar del mismo modo con súbditos rebeldes de la corona de España.
Se convendrá en un urmisticio tan p ronto como se
hayan firmado y ratificado los artículos que anteceden; pero la cesión de Gibraltar por parte nuestra, y de Puerto Rico por la de España no tendrá lugar hasta tanto que estuviese terminada la rebelión en América)).
23 Las divergencias que surgieron ante tal proyecto no se hicie ron esperar.
Lord Stormont se opuso a la negociación alegando que «si España le ponía ante la vista el mapa de sus estados para que buscase un equivalente de Gibraltar fijando tres semanas para la decisión, no podría en tan largo plazo hallar entre todas las posesio nes del rey de España nada que bastase para compensar la cesión de aquella plaza».
24 Los encargados de llevar a cabo las conversa ciones terminaron por opinar lo mismo, en especial, lord North, el cual tachó al comodoro Johnstone de «simple comandante de cru cero con genio proyectista que de modo alguno tenía capacidad negociadora para estos asuntos».
25 El representante español informó al ministerio de Estado del desagradable suceso; esto sirvió para demostrar a los españoles el escaso interés que sentía Gran Bretaña por consumar esta opera ci6n, aunque las circunstancias políticas le impidieran romper las negociaciones.
En julio de 1780, Ricardo Cumberland fue enviado a Madrid para reanudar nuevas conversaciones que se prolongaron durante ocho meses y en las que España no sacó nada positivo.
Mientras tanto, el gobierno inglés, convencido de que los españoles no se separarían de Francia, opt6 por retirar a Cumberland en agos to del mismo año.
26 Los franceses, temerosos de que España les abandonase y asu miera una política exterior unilateral, decidieron ofrecer su ayuda para recuperar por la fuerza Gibraltar y Mahón a principios de 1782.
(1711-1788) 13 Floridablanca se sintió entusiasmado con la idea'y delegó en el duque de Grillón para que estableciera el asedio; por ello cuando Hussey regresó a Madrid con las mismas propuestas que habían hecho Cumberland y Storn1ont, el secretario de Estado español, con tono impositivo, subrayó que no estaba dispuesto a entrar en negociación alguna sin consultar previamente con Francia.
27 Se cerraba la vía diplomática para dar paso a la acción militar.
PUERTO RICO Y GIBRALTAR
El duque de Grill6n recuperó Menorca y este hecho provocó tal entusiasmo entre los españoles que hicieron aún más férreo el cerco; pero los peninsulares subestimaron la capacidad de la ma rina inglesa para poder atravesar sus líneas y llegar hasta el Peñón asistiéndolo con municiones y víveres.
El 13 de septiembre de 17 82, las fuerzas franco-españolas fracasaron en su intento de tomar Gibraltar y, de esta forma, quedó demostrada la inexpugnabilidad de la plaza y el pobre estado en que se encontraba la marina espa ñola.
Estos hechos fueron tenidos muy en cuenta por los ingleses en posteriores actuaciones.
El intento fallido de invadir el Peñón obligaba a los españoles a volver a la mesa de negociaciones.
Se reanudaron las conversa ciones en octubre de 1782, estando en esta ocasión España repre sentada por don Pedro Pablo de Bolea, conde de Aranda, mientras que la delegación británica estuvo encabezada por Alleyne Fitzher bert.
Aranda ofreció a los ingleses el puerto de Orán a cambio de Gibraltar, pero la sugerencia fue catalogada, además de absurda, El interés que demostraba Inglaterra por Puerto Rico hizo que la diplomacia francesa entrase una vez más en acción.
París no con sideraba oportuno que se le cediera Gibraltar por la isla, ya que rivali�aría con la parte gala de La Española.
Una vez planteada la situaci6n y para evitar que la negociación prosperase, la cancillería francesa decidió actuar en dos frentes: en Londres, su representante, Ra' yneval, manifestaba la inconveniencia de canjear Gibraltar por Puerto Rico, llegando incluso su secretario de Estado, Vergennes, a ofrecerles las islas francesas en el Caribe con el único propósito de que éstos no entregaran a España el codiciado fortín; y entre tanto, en Madrid, el embajador francés, Estaing, inducía a Carlos III a considerar la cuestión de Gibraltar como condición f un<lamental para firmar la paz.
30 En diciembre de 1783, el gabinete de Madrid volvió a exigir la devolución del Peñón, pero ante tal petición, los ingleses hicieron la siguiente propuesta: accederían a traspasar la Roca si a Ingla terra, en compensación, se le concedía la isla de Menorca, la Florida Occidental, las islas Bahamas, Guadalupe y Puerto Rico o, en su defecto, la restitución de Dominica.
31 El precio que debía pagar España por Gibraltar era demasiado alto y el conde de Aranda, influido en gran parte por Vergennes, abandonó su propósito de conseguir la restitución del codiciado fortín y firmó la paz cediendo a los británicos la isla de Menorca y las dos Floridas.
En esta ocasión, los ingleses mostraron un escaso interés en las negociaciones sobre Gibraltar, e incluso Carlos Fox y Edmundo Burke llegaron a condenar desde la tribuna parlamentaria cualquier tentativa de cambio.
Ambas naciones fueron abandonando paula tinamente la idea de que pudiese haber un acuerdo; aunque España, y en particular, Floridablanca, nunca perdió la esperanza aun intu yendo que la Roca sólo volvería a formar parte del territorio espa ñol si los ingleses eran desalojados por la fuerza.
tes manifestaciones es perder el tiempo, porque ningún ministerio inglés destos tiempos tendrá el valor suficiente para tratar seria mente de esta cuestión y así he resuelto no volverme a ocuparme de ella».
33 La mayoría de los autores consultados consideran que fue el conde de Aranda el causante de la pérdida definitiva de Gibraltar para Espa�a.34 Aranda subestimó el poder de la diplomacia británica confiando que en el Peñón, por estar en territorio español, tarde o temprano, volvería a ondear el pabellón de España, al tiempo que intentaban impedir que los ingleses adquiriesen posesiones que pudieran poner en peligro el comercio hispano.
La debilidad espa ñola consistió en entrelazar su política exterior con la francesa, lo que motivó que las arduas negociaciones sobre la Roca nunca tuvie ran el final apetecido por los españoles, ya que los franceses les interesaba que España estuviera en conflicto con Gran Bretaña.
Pese a haber alcanzado grandes victorias diplomáticas como Gibraltar y el asiento de negros de 1 713, Gran Bretaña siempre aspiró a poseer el monopolio del comercio con América y el Caribe.
La diplomacia inglesa intentó obtener una plaza estratégica como Puerto Rico, pero los españoles nunca pusieron en juego una pose sión de tal importancia, entre otras cosas, porque confiaban en el apoyo que pudieran lograr de Francia, cuando precisamente eran los galos quienes evitarían por todos los medios que un acerca miento entre estas dos potencias se consumara.
Esta confianza ciega en Francia tendría unas hondas repercusiones en la política ultramarina española y así lo planteó el conde de Arnnda cuando fue consultado acerca de la política que debían seguir con respecto a ]a emancipación <le las Trece Colonias Inglesas.
Js Desde la guerra de la Oreja de Jenkins ( 17 39), la postura expansionista británica empezó a ganar fuerzas y alcanzó su punto culminante con los famosos discursos de Edmundo Burke y Carlos Fox.
Finalmente, William Pitt le daría el carpetazo a la vía diplo mática en 1 790, aunque algunos políticos españoles como Godoy intentaron infructuosamente llevar a los británicos a la mesa de negociaciones.
Ya no se trataba de ceder Gibraltar, sino de retenerla a toda costa e intentar ampliar el territorio inglés incluso por el uso de la fuerza.
Este fue el caso de la toma de Trinidad y pos teriormente, el intento de ocupación de la isla de Puerto Rico en 1797, donde la pericia militar del gobernador y capitán general, don Ramón de Castro desbarató los planes ingleses.
A partir de este momento, los ingleses descartaron toda posibilidad de hacerse con la soberanía efectiva de territorios en el Nuevo Mundo, pues a la vista de los resultados resolvieron poner en práctica una polí tica similar a la que Francia y España llevaron a cabo respecto a las colonias inglesas del Norte: apoyar solapadamente el deseo de libertad de los criollos americanos, lo que a mediano plazo suponía hacerse con el control de un inmenso mercado sin correr con los riesgos que suponía una intervención armada.
La ratificación a re gañadientes de la Convención de Aranjuez ( 1779) constituyó un importante desatino de la política exterior española.
Al unir su política exterior con la francesa, España puso en manos de su más potente adversario la herramienta que le hizo perder la mayor parte de sus posesiones de ultramar, conservando únicamente Cuba y Puerto Rico.
El coste de la fidelidad a los Pactos de Familia había resultado demasiado caro. |
1573 fue un jalón más de la ruta que dificultosamente se venía trazando desde Chile, primero, y del Alto Perú, después, para «abrir puertas a la tierra», a fin de unir aquellas regiones con España a través del Mar de] Norte.
Sin embargo, cuando ello ocurra con la fundación de la ciudad de Buenos Aires en 1580 la Corona española ya había de cidido establecer el sistema de Flotas y Galeones por el que Para guay, Río de la Plata y el Tucumán, comprendidos en la jurisdic ción de la audiencia de Charcas y ésta en el ámbito mayor del virreinato del Perú, quedaban legalmente insertas dentro de un espacio que mirará al Pacífico y se unirá a España a través de 1� vía Panamá-Portobello.
En este esquema, Buenos Aires y, también, Córdoba, pasaban a ser los puntos más australes, marginales, de dicha realidad política que se mantendría, por lo menos en los pa peles, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVIII.
1 En consecuencia, t�mbién la temprana relación de esta región con Brasil y aun con Angola, sufriría prohibiciones que determi narían su pronta frustración, aunque no impedirían la penetración de comerciantes y aventureros lusitanos muchos de los cuales, ago tada aquella experiencia se integrarían definitivamente en las so-
ciedades locales.2 Por lo demás, tan efímera pero intensa actividad contribuyó a consolidar las precarias fundaciones diseminadas, per didas, en un inmenso territorio apenas ocupado por el conquistador e insuficientemente poblado por el indígena, y, fundamentalmente, a terminar de delinear los caminos que precariamente las unían a través de un medio humano y físico hostil hasta el desánimo.
La actividad granjeril se impondrá por doquier, en tanto que la posibilidad de encontrar mercados para aquellos productos que mejor se daban en cada región o que satisfacían carencias de otras, generaría una importante corriente de intercambio que vivificaría e integraría, progresivamente, la economía del conjunto.
Singular importancia tendría también en este proceso la conformación de polos de crecimiento en el Alto y Bajo Perú, que lograrían integrar la jurisdicción de este inmenso virreinato y Chile, en un espacio económico prácticamente autosuficiente.
3 Efectivamente, al socaire de ese importantísimo mercado con sumidor que fuera la Villa Imperial de Potosí (por las carencias que determinaron su ubicación, por lo notable de su concentración poblacional y por el no menos significativo poder adquisitivo de sus habitantes), y, luego, de otras regiones mineras altoperuanas, fue creciendo la actividad económica del Tucumán y, por ende, de Córdoba.
Sus vecinos participaron activamente en la iniciación y con solidación del negocio de mulares y en el de ganado en pie, obte niendo en retorno metales preciosos y productos manufacturados introducidos por la vía limeña.
Este tráfico constituiría la única o, por lo menos, la más importante fuente de dinero y metales para el cono sur, razón por la cual los vaivenes de la producción minera repercutirán inmediatamente en la región mediterránea y en el litoral.
Sin embargo, es preciso no exagerar su incidencia habida cuenta que se mantendrá una apreciable diversificación en la eco nomía y que como medios de cambio coexisten el trueque, los pagos en dinero y las formas mixtas, con preeminencia de unos sobre otros según las circunstancias.
Más aún, la economía natural y monetaria se sostendrán mutuamente y esta característica persis tirá a lo largo de los siglos XVII, XVIII 4 y, también, buena parte del XIX, aunque ya respondería a otras razones.
La creación del virreinato del Río de la Plata en 1776, le permitiría a Córdoba retomar con vigor su papel de lugar de trán sito, de puerto seco entre el interior y el litoral y viceversa.
Más aún, si tenemos en cuenta que los destinos finales de las grandes rutas que la surcaban •eran el Alto Perú y Chile, el panorama se ampliaría notablemente.
Por otra parte, al fijarse como capital Buenos Aires y como lugar de entrada precisa del comercio su puerto, el centro de gravedad del nuevo espacio económico se des plazaría hacia el sur, en las inmediaciones de una Córdoba que ahora sería la puerta, estrecha, del Tucumán y Cuyo.
Estamos en pre sencia de un cambio cualitativo de singular importancia.
El mercado cordobés, sin cortar nunca su relación con Buenos Aires, fue progresivamente abastecido por dicho puerto en un proceso que se había iniciado ilegalmente desde fines del siglo XVI y que reconoce distintas etapas: el establecimiento de la aduana seca en 1622 pretendía fijar la ciudad como límite de la expansión bonaerense y, también, de la limeña; su traslado a Juju' y en 1695 implicaría el reconocimiento que todo el espacio tucumano había sido ganado por Buenos Aires y mostraría la intención de preservar el altoperuano; por fin, el auto de libre internación de 1777 ter minaría por consolidar el monopolio del comercio porteño sobre su nueva jurisdicción.
5 Córdoba jugaría un papel secundario en ese movimiento vertebral del virreinato que se apuraba entre el puerto y el Alto Perú.
Por otra parte, continuaría colocando sus productos donde lo hacía tradicionalmente, constituyendo el tráfico de mulas con el Alto Perú el más importante.
Con este comercio compensaba, ge-lfÉCTOR RAMÓN LOBOS Una combinación de circunstancias de orden geográfico, polí tico-administrativas, económicas y militares, habían ido convir tiendo a Córdoba en un centro neurálgico de las comunicaciones y el tráfico y dotando a sus habitantes de una visión amplia, quizás mayor en este sentido que la de los porteños, acerca del gran espacio heredado de la dominación española.
Reducirlo al actual territorio argentino sería desconocer esa realidad y amputar sus reales •conexiones con el Alto Perú y la misma Lima, con el Para guay y con Chile, cosa que precisamente hará la guerra de I n<lependencia.
No debe extrañar pues, que los comerciantes cordobeses tu viesen simultáneamente, intereses en Buenos Aires, el litoral o en cualquiera de las provincias del norte y Cuyo.
Tampoco que no les resultase extemporánea la idea de una gran patria americana, que se extendería desde el Desaguadero al Cabo de Hornos inclu yendo al mismo Chile, como lo propusieran sus hombres más representativos.
7 Hoy parece evidente que la invasión napoleónica a España jugó un papel singular como desencadenante de la independencia de sus posesiones americanas; también el estimar que ello habría ocurrido prematuramente y, por eso, alcanzado una forma notable mente traumática.
Esto no implica desconocer la convergencia de otros factores, internacionales e internos a la monarquía, ni la rea lidad del descontento manifestado por algunos individuos y sec tores de la sociedad indiana.
Simplemente se intenta expresar la creencia que todos ellos, aun en conjunto, no tuvieron la suficiente relevancia como para explicar dicho fenómeno o como para mellar seriamente el Estado borbónico de fines del siglo XVIII, que apa- José Javier Díaz y el Plan Americano.
«Cuarto congreso internacional de historia de América,, Academia Nacional de la Historia, tomo I, Buenos Aires, 1967.
Anuuriu de l•:stUtlioi Amtrinrnos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es rentaba gozar de una remozada vitalidad e iniciaba un proceso de modernización que contaba con el apoyo de importantes grupos intelectuales, económicos y sociales, amén de los burocráticos y militares, en ambos lados del Atlántico.
8 La primera y más profunda consecuencia es la disolución <le la Nación que, hasta entonces, la constituía el Imperio.
Porque aunque este concepto fue, de hecho, seriamente cuestionado desde la perspectiva neomercantilista de los ilustrados funcionarios penin sulares, la idea de que España y América constituían una comuni dad histórico-cultural continuará siendo, para la inmensa mayoría de los americanos, una realidad que, en principio, es preciso conservar.
La prisión de Fernando VII creó un «vacío de poder» que ex plica la importancia determinante del aspecto político de la cuestión y que girará en torno a cuál debía ser la estructura del Estado y a quién correspondía asumir su dirección.
También en la búsqueda de modelos a seguir tan to en el repertorio tradicional como en los extranjeros, a veces en un paralelismo notable con la experiencia http://estudiosamericanos.revistas.csic.es que se efectuaba en España.
10 No obstante, el hecho dominante lo constituirá la guerra, que impondrá a los acontecimientos un ritmo vertiginoso cuyas consecuencias serán pronto palpables en los pla nos económico, social y cultural, a punto tal que difíci1mente pueda entenderse el proceso de emancipación hispanoamericano sin partir de la certeza de encontrarnos ante una profunda crisis espiritual y material, una verdadera revolución, cuyos remezones se hicieron sentir. en todos los órdenes de la vida.
1' Sin embargo, sería un error seguir insistiendo en el criterio interpretativo del iluminismo, continuado en el voluntarismo del romanticismo y en el optimismo racionalista del historicismo, que han analizado el fenómeno con el esquema oscuridad-luz, colonia país independiente, que tiende a acentuar la realidad de la ruptura llevándola a límites irreales.
Porque en todo proceso histórico de crisis, y de eso se trata en grado sumo, mueren formas viejas, se renuevan algunas y perviven otras, de tal manera que la noción de corte es preciso reemplazarla por la de transición que, al ampliar el marco temporal del análisis, permite contar con una mejor y más desprejuiciada perspectiva de estudio.
De allí que estimemos que el de la independencia es un momento singular en el proceso de cambio y disolución que viene operándose desde mucho tiempo atrás y que terminará por afectar al conjunto: iniciado en España, tomará particular virulencia en América precisamente en este perío- do, no sólo por el desencanto que sufre y las circunstancias en que lo debe asumir su sector dirigente sino, fundamentalmente, porque a partir de 1810 se tratar,i de una rcelaboración eminentemente justificativa.
12 Poco después, sólo en la mente y en el voluntarismo de los libertadores y algunos dirigentes se mantendrá el ideal de hacer de la América española, o de una porción respetable de ella, una nueva nación.
13 La realidad de la diversidad, 14 la duración de una guerra que fue, a la vez y sucesivamente, civil y por la independen cia, y la irrupción arrolladora de los descarnados intereses regio nales y sectoriales, 15 cuestionarán seriamente esa posibilidad e, incluso, la de configurar naciones a partir de los espacios adminis trativos heredados.
El caso que nos ocupa es particularmente elo cuente al respecto.
Por ello, ampliar a la realidad de entonces el ámbito geográfico del análisis, ayuda a entender algunas cuestiones a nuestro juicio fundamentales.
El virreinato del Río de la Plata se desarticuló brusca e im previstamente: a fines de 1810 el Paraguay alcanza su autonomía; a principios de 1811 se pierde definitivamente, de hecho, el Alto Perú; el dominio español de Montevideo y de los ríos será reem plazado por el de Artigas quien, consolidando su hegemonía en el litoral hacia fines de 1814, se desentiende del problema de la guerra de independencia y muestra el camino de los intereses regionales.
Sin embargo, el panorama sería incompleto si omitiéramos incluir, como la manifestación más acabada de atomización, el sur gimiento de las provincias como entidades autónomas desligadas, tras la caída del Directorio y la disolución del Congreso a fin de 1819, de toda autoridad superior que represente al conjunto.
Cabe pensar si la desintegración del espacio se detuvo allí por la sencilla razón de que en las ciudades y su jurisdicción, que van a servir de fundamento a las nuevas entidades, se encontraban los elementos primarios que Jan consistencia y sentido a una sociedad humana: un territorio preciso, una articulación social, usos y cos tumbres, intereses y objetivos comunes, una particular cosmovisión.
Es como una vuelta a los orígenes, con la advertencia de que aquella realidad primordial fue expresión de un orden político dentro de un proyecto de vida integral, el humanismo católico español, que, ahora, no existe.
Sin duda, la cuestión exige estudios y reflexiones que permitan evaluarla correctamente.
Por muchos años fa constitución de la Nación no pasará de ser una aspiración compartida, tenaz y heroicamente compartida, pero aspiración al fin.
Por lo demás, a mediados de la década del 20, la drástica reducción del ámbito heredado dejaba de ser una situación de hecho para pasar a ser, también, de derecho.
Las Provincias Unidas del Río de la Plata o la Nación Argentina, comJ comienzan a denominarse, 16 serán lo que quede del proceso de des integración, la nación local de la que habla Demctrio Ramos Pérez, aquello que a pesar de todo quiere ser.
Y es a partir de esa voluntad, de ese querer, que va a ir tomando forma la nueva Nación, más ajustada a la realidad, tnenos ambigua si cabe, pero no por eso libre de los peligros de la total atomización.
En fin, trazado un esbozo de la evolución histórica que de terminó la conformación • y características del gran mercado virreinal, así como el papel que en el mismo le cupo a Córdoba, y los gran des lineamientos de las razones político-militares que explicarían el proceso de desintegración del Estado y del espacio heredado, corresponde estudiar el proceso de desarticulación del comercio interior.
Sólo resta reconocer que si bien el comienzo del período estu diado no requiere <le mayores explicaciones, sí lo puede exigir el momento adoptado para su finalización.
En 1820 se produce la caí da y disolución del gobierno que había ejercido la autoridad sobre el antiguo virreinato y, con ello, el surgimiento y consolidación de las autonomías provinciales.
En el terreno que nos ocupa, esto significa, por un lado, el fin de una política económica de tipo nacional que regule al conjunto y, por otro, la fragmentación del mercado interior por mucho tiempo.
DESINTEGRACIÓN DEL MERCADO VIRREINAL
Como el punto de partida del análisis lo constituye Córdoba, único caso para el que contamos con datos ciertos, 17 evidentemente la perspectiva no será lo suficientemente amplia que si atendiera al conjunto, no por ello dejan de ser n1uchas de las circunstancias descritas una aproxim. ación seria a las distintas problemáticas re gionales y, en definitiva, tan válida como efectuarla desde Buenos Aires, como generalmente lo ha hecho la historiografía argentina, o de cualquier otro lugar del espacio.
Por lo demás, el estudio en profundidad de los casos particulares constituye la vía más ade-cuada para llegar a un conocimiento cabal y sistemático de cual quier tema de envergadura, como el que nos ocupa.
El proceso de desintegración va siguiendo los avatares de la guerra de independencia.
Más aún, son el resultado directo de ella.
De allí que el desgajamiento de las grandes regiones del virreinato que, a la vez, constituyen los grandes mercados o puntos terminales del comercio, se presenten como el primer tema a estudiar.
Luego, en un segundo momento, se procurará ver la evolución del tráfico en las demás jurisdicciones del actual territorio argentino, antes que se formalicen las autonomías provinciales.
Los grandes mercados perdidos
En tal denominación se engloban todos aquellos que con formaron el destino final o más importante de las producciones cordobesas o fueron fuente de metálico, de productos • y de manufac turas ultramarinas necesarias para el consumo o para animar un amplio y, no pocas veces, insospechado tráfico mercantil..1.1.
El alto peruano y el peruano
El primero constituyó el principal mercado para Córdoba.
Anualmente adquiría importantes cantidades de mulas, cuya cría y comercialización ocupaba a amplias capas de la población medi terránea, conformando la mayor fuente de dinero o de metales pre ciosos que fomentaba la economía de la jurisdicción.
En menor cantidad, se remitía ganado en pie y se reexportaban productos manufacturados de ultramar.
De todas maneras aún está por hacer se el estudio de este amplio circuito comercial que se proyectaba al mismo virreinato peruano.
La correspondencia que mantendría Sixto Funes, desde Lima, con su tío el deán resulta por demás ilustrativa, entre otras cosas, del carácter familiar que tenían estas empresas mercantiles donde también participaban su padre Ambrosio y su hermano Serapio.
Ello no obstaba para que cuidara los intereses de otros coterráneos como los de Antonio de Arredondo vinculado, como su progenitor, con el comerciante limeño Ugarte.
A principios de 1810 andaban también por la Ciudad de los Reyes los comerciantes cordobeses Pablo Bulnes, Usandivaras 18 y Torres, que, obviamente, también atendían asuntos de terceros.
Lima continuaba siendo una plaza muy superior, por la cali dad y variedad de productos, a la aldeana Buenos Aires, además de estar cada vez mejor provista y a bajos precios.
19 Yendo a los negocios de la familia Funes, la preocupación de Sixto se centraba en el cobro de todas las deudas y en el finiquito de una venta de mulas que iban en camino.
Sus gestiones para percibir aquéllas dan una idea de la mag- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es nitud de los intereses que se encontraban en juego en la región.
El 23 de abril remitirá a Ambrosio 3.000 pesos por el correo, pro metiendo enviar 3.800 al mes siguiente; sin embargo, el 1 O de mayo informa no poder mandar «un solo peso; porque mis nego cios no mudan de aspecto, y cada día los encuentro más expues tos».
Poco después pudo conseguir que Tomás Montaño le abonase seis mil pesos, y le arrancó la promesa de que en agosto le abonaría 5.000_ más y, en noviembre, el resto «hasta los 18 mil, que me debe».
Por otra parte, en poder de un tal Gutiérrez, al que carac terizara como «pícaro», se encontraban «los 10.500 pesos que me ha entregado Bulnes en un pagaré».
Por fin, informará que <<...
El Subdelegado de Conchucos, c¡uc debe a mi Compañía: t2 mil pesos no contesta a mis cartas.
He savido, que se halla en des• cubierto en más de 20 mil pesos con el Rey de Tributos, y que [testado.• las miras de] éste, y otros subdelegados, que se hallan en el mismo estado, retienen malisiosamcnte estos caudales porque creen firmemente que dentro de mui poco se perderá el Hcyno, y de este modo se quedarán impugnamente con todo dinero agcno.
Mire usted qué ideas tan funestas para los que tenemos intereses en las Provincias».
Tras un viaje a dicha región, obtendría del subdelegado Pa tiño la promesa de«... que en todo el mes de octubre me entregará 1.5 mil pesos y el resto a los dos, ó tres meses siguientes».
Es decir que los Punes tendrían una masa de acreencias, sola mente en el virreinato del Perú, del orden de los 60.000 pesos Jo que, por cierto, es apreciable.
A ello habría que agregar un tardío negocio de mulas cuyos pormenores interesa comentar.
En abril había partido de las tabladas de Salta una tropilla que «... ya biene con quebranto desde el día en que salió.
De las 1.600 mulas, que dejé en segunda invernada, de las que le tomé á usted el año pasado, todabía quedan 400 por flacas a tersera 412 Anu1Jrio de Estudio!
Amerfra, ws (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es inbernada».
Sabido es que la operación de arreo de las mulas im plicaba mil penalidades, sobre todo en las regiones montuosas.
No debe extrañar que en el viaje a Oruro las de Faustino Allende perdiesen 200 lo mismo que la mayoría de las tropillas, aunque la suya, a pesar de las disparadas, «no tenía sino 40 mulas de falla entre perdidas, y hendidas.
Si llega á estas tabladas con igual felizidad abansaremos bastante».
A fines de julio informará haber estado en Paseo un mes y medio para vender sus mulas que habían llegado con una falla desmedida «... pero como hendi a 1B pesos pude sacar mi principal.
No he conseguido meaio real de contado, toda va f iada; pero esto no me ha sucedido a mí solo, sino a todos los muleros.
Todos hemos salido mal, pero yo menos, que los otros.
Doi á Dios infinitas gra cias por que ya no tengo ni una mula.
Detestaré toda mi vida este maldito j iro».
Indudablemente las sucesivas convulsiones políticas y las no ticias de lo ocurrido en Buenos Aires habían determinado una con tracción en los negocios y la retención, por parte de quienes lo poseían, de dinero o de metales hasta tanto se aclarara la situación.
Después de tantos trabajos haber obtenido el capital invertido y serle pagado a plazos no era, por cierto, un negocio feliz.
Por lo demás, el mismo estado de cosas se había inmediata mente reflejado en las comunicaciones.
Precisamente Sixto se preguntaría Todavía en septiembre permanecía en la Ciudad de los Reyes, aunque la situación tendía a agravarse particularmente para los oriundos de las <<Provincias de abajo», no bien se iban conociendo los progresos de la Revolución.
El 1 O escribiría. «...
No dudo, que usted sea el diputado de Córdova.
Si ust<�d quiere hacer agachar la caheza á Lima sin tirar un fusilaso reúnase Buenos Ayres con Chile y [testado: proívale su comercio con J y éste, que niegue su puerto de V alparaíso a Lima.
Esta capital no puede sin los asúcares de Lima.
Este temor los tiene a los asen tados de aquí con el Jesús en la boca....
Estamos en el caso, que no se puede remitir medio real para esos lugares, porque todos los conductos están obstruidos de peligros... ».
A fines de ese mes se vería obligado a abandonar precipitada mente el virreinato de Perú con destino a Chile, desde donde vol vería a insistir sobre su idea: «...
Si Buenos Ayres estrecha mucho sus relaciones con esta capital [Santiago], y ésta con la de Buenos Ayres se harán una y otra inconquistables...
Si al contrario, una, y otra capital no se aucilian mutuamente, mutuamente se destru yen».
A continuación le pediría a su tío que no dispusiera nada con sus molinos hasta que llegase a Córdoba, «... quien save si al fin no biene a ser mi carrera la de molinero».
21 El descalabro económi co sufrido por los Funes confirmó lo premonitorio de aquellos te mores y constituye un ejemplo, notable por cierto, de una situación más general.
El análisis de la evolución de este comercio es por demás ilus trativo.
Tras la crisis experimentada entre 1807 y 1809 que, según el Cabildo cordobés, había perjudicado a los productores locales en «más de dos millones de pesos que se le debe en el Perú» y no se podían cobrar, 22 1810 se presenta como un buen año no obstante las dificultades experimentadas en la segunda mitad.
El siguiente cuadro muestra la cadencia y el grado de participación de algunos de los 1nás importantes hacendados-comerciantes dedicados a la actividad.
En esta Ciudad a faltado el tráfico activo de mulas que era el que llenaba de numerario esta Provincia con su exportación, y es constante que se hallan en represalia en el Alto Perú, de Córdova sólo más de setecientos mil pesos y otros tantos que se hallan en mulas de estos potreros y los de Salta a cuyo derecho de ibernada de un peso anual por cabeza de mula están sujetas y responsables las propiedades que poseen los dueños hasta su introducción al dicho Perú en donde únicamente tienen estimación y valor... ».
En 1813 se encuentra la última anotación de mulas remitidas a Salta: también serían 400 cabezas.
A partir de entonces, el trá fico cesó completamente subsistiendo, solamente, la ansiedad de los hacendados-comerciantes cordobeses porque las armas patriotas recuperasen el Alto Perú.
El golpe fue tremendo y afectó irrever siblemente a vastos e importantes sectores productivos de la juris dicción de Córdoba.
25 También interesa prestar atención a la evolución del comercio de manufacturas y a las relaciones mercantiles.
El pronunciamiento de Mayo provocará una variedad de situa ciones particulares en un espacio que, de pronto, se resquebrajó y separó política y militarmente.
Algunos optarán por quedarse en el territorio de las Provincias Unidas; 26 otros continuarán con el comercio hasta que la derrota de Huaqui los obligase a retornar, abandonando sus intereses, o a quedarse extrañados de éstas por una opción interesada o por convencimiento; por fin, muchos alto peruanos, por similares razones, se verían obligados a emigrar como el conocido Tomás Montaño, que actuara como apoderado de Narciso Moyana y de José Javier Dfaz en Lima y que, hacia 1815, aparecería como secretario del segundo durante su gobierno en Córdoba.
Y éste, por cierto, no sería el único.
El 8 de julio de 1810, Antonio Freyre y Andrade y su depen diente Francisco Aráoz recibían, en Potosí, una serie de efectos de Castilla por valor de 2.811 pesos 1 / 2 real y veinte libros avaluados en 70 pesos, de manos del comerciante tucumano Félix Facundo de Vico para venderlos por su cuenta «a los precios corrientes de esta Plaza».
En realidad, dichos efectos habían sido remitidos desde Córdoba por la testamentaría del finado doctor Francisco Javier Carballo, lo que daría lugar a la intervención de José Felipe Funes como albacea, tutor y curador de su hijo menor José Domingo.
La cuestión giraría en torno al cobro del sal¿o y si esos pro ductos fueron de los saqueados en Potosí tras la derrota de Huaqui.
Vico acusaría de manejo doloso a Freyre, que se había radicado en Salta • y viajaba hacia Buenos Aires, insinuando que había hecho dinero de la noche a la mañana y que su intención final sería pasar a Montevideo; en tanto que éste trataría de demostrar que, en reali dad, a quien debía reclamársele por el descuido manifestado en el negocio era al tucumano.
Del expediente interesa extraer algunos datos que ilustren acerca del manejo mercantil y los problemas su fridos a raíz del Pronunciamiento.
Producido Huaqui, Freyre y Andrade, desde Salta, se apre suraría a enviar a enviar a Eugenio de León para que tratase de recoger todos los efectos posibles de su tienda de Potosí, que estaba manejando su dependiente Francisco de Aráoz.
Ambos empleados, en tres ocasiones, acomodaron los efectos tratando de salir de la ciudad y, en todas ellas, los hicieron volver a la tienda amenazán dolos que si se llevaban los géneros corrían peligro sus vidas y «... aunque el Pancho se halla de sargento primero, aun así lo ame nazaban».
Tuvieron que conseguir una licencia amplia de la Junta para poder sacarlos y, aun así, no pudo Le6n controlar lo que se enfardaba porque «á medio acomodar, me fue preciso ocultarme en el combate por la mucha persecución de esos hombres que me injuriaban, y me atemorizaban».
Finalmente, el 20 de julio pudo 418 Todo ello se lo contaría desde Cotagaita el 29 de julio, pidién dole instrucciones que, por supuesto, no podían llegar.
El relato de Aráoz coincidiría con el de León hasta la salida de Potosí, haciendo notar que de no haberlo verificado ese día no podría haber viajado porque el siguiente se «... dio orden de que nadie saliese del Pueblo».
El grueso de los efectos remitidos a Salta con León eran pro• duetos manufacturados ultramarinos por valor de 5.721 pesos 1/2 real, además de 3.341 varas de tucuyos ordinarios que se tasaban a 7 30 pesos 6 3/ 4 reales.
27 El 25 de agosto de 1811, por la noche, una serie de desórde nes agitarían a Potosí: «... ha viéndose tumultado la cholada en compañía de toda la tro pa Potosina, que estaba de soldados, saquearon la casa de la viuda de Amasller, la d� don Santos Rubio, la de Lagraha, la de Tapia y la de Barnichea, y últimamente la casa de doña Manuela Alday, y en ella toda mi tienda, pues se entraron por la tienda de Mar- HiCTOR RAMÓN LOBOS tínez haciéndola pedazos, saquearon ésa, y entraron a la casa l\ y por la ventana de la tienda, me saquearon todos los efectos, tra�tes, ropa, y plata que havía allí».
A continuación, Aráoz le informaría que estaba desesperado y que inmediatamente salía por los pueblos de las cercanías hasta Chiquisaca, <<haver si recojo algo».
Sin duda que Freyre y Andrade fue un importante comer ciante en Potosí y manejó intereses de varios mercaderes de estas provincias, como los del cordobés Ignacio Peiteado, del tucumano Manuel Revoredo y del santiagueño Domingo Palacios.
Natural mente también, no obstante aumentar los peligros, no había re nunciado a mantener su giro con el Alto Perú, a punto tal que declararía haber remitido en noviembre y diciembre de 1812 y enero de 1813, en varias partidas dirigidas a Potosí y libradas a favor de Francisco Ramón Inarra, «... siete mil setecientos y más pesos y en efectos quatro mil y más pesos á principales de Salta para que proceda a su venta, y su producto con todo lo demás tenga a su disposición, como así mismo las demás partidas que hubiese cobrado, ó cobre de la nota de dependencias que le he mandado de ocho mil pesos».
Además, declararía dejar una serie de productos en la ciudad de Salta, donde se hallaba establecido, en distintas manos y por valor de unos 4.000 pesos: «... en poder de don José Rincón algunos efectos de lrn, que tenía en su tienda, y ésta corriendo de su cuenta.
En poder de don José Obejero algunos trastes, ropa, y algunas obligaciones de cantidad de pesos de muchos que le son deudores.
A don José Hipólito Tanco su dependiente vesino del Pueblo de Santa María quinientos y más pesos para que los venda de su cuenta, y al partir de utilidades».
Sólo restaría hacer notar la movilidad de estos comerciantes: Vico, partiendo desde Buenos Aires o desde Córdoba, había entre gado los efectos en Potosí; luego, junto con Fre' yre y Andrade des cendió hasta Salta, donde éste se quedaría y lo sorprendería la 420 Anuario de J.:siudiu1 Am, ricano, (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es derrota de Huaqui, para viajar directamente a Buenos Aires por negocios y, recién llegado allí, retornar a su casa en Tucumán.
Por su parte, Freyre sería requerido por este juicio en la ciudad de Córdoba, en tránsito al puerto con fines similares.
28 Sin duda, la brusca interrupción del tráfico y el estado de conmoción consiguiente serían fuente de muchas situaciones ambi guas'y oportunidad para que algunos intentasen obtener benefi cios indebidos.
Pero no pocos bien intencionados debieron sufrir injusticias o, por lo menos, pasar malos momentos.
Sin entrar a calificar a cuál de esas condiciones se ajustaría, resulta interesante comentar el siguiente juicio.
A fines de enero de 1812, a raíz del bando que disponía que todo aquel que tuviese en su poder dinero o efectos de personas que viviesen en el virrei nato del Perú y temeroso que algún malintencionado lo denunciase sin conocimiento, se presentaría el doctor Pablo Pastor al gober nador intendente de Córdoba declarando no tener en su poder los diez o doce mil pesos que se decía poseer pertenecientes a doña Juana Petronila Moscoso, vecina de Arequipa.
A continuación, ex plicaría de la siguiente manera su relación: en 1807 dicha señora le había entregado 800 onzas de oro para comprar en Buenos Aires efectos que venderían en Córdoba «a partir de utilidades»; pero a fines de 1809 se resolvería enviar las manufacturas hacia Arequipa «por ver si en él se proporcionaba alguna más utilidad de la que ofrecía esta ciudad por la caída de ellos», por lo que se liquidaron las cuentas actuando Domingo Malde como apoderado de la señora.
De ellas resultó que,. por gastos efectuados sin su anuencia y por el valor de algunos efectos que se quedó, resultaría deudor de poco más de 4.000 pesos, lo que se formalizaría en escritura pública el 11 de enero de 181 O. El mismo día en que salieron los efectos, Pastor habría entregado 271 pesos y una serie de obligaciones ori ginales de varios deudores suyos que residían en aquella ciudad y la de Lima las que ascendían a más de tres mil pesos, cifra que con los réditos y las utilidades de las ventas pensaba podía redondear la cantidad adeudada.
Sin embargo, a raíz de la interrupción de las comunicaciones, no sabía si habían sido cobradas' y si quedó debien do algo.
Conminado por la Junta de Comisión, que atendía estos asun tos, a que presentase comprobantes de lo declarado, Pastor respon derá que las obligaciones las tenía quien debía cobrar sus acreencias y que << ••• no hay en semejantes casos entrega de resguardos como continuamente acontese en el comercio de libranza abierta».
Sin embargo, la Junta dudará condenándolo a pagar 4.291 pe sos de principal, e intereses adeudados a Petronila Moscoso.
El trámite se dilatará por la apelación interpuesta, finalizando con el embargo de sus bienes hasta cubrir la cantidad adeudada más las costas.
29 Justamente un problema de libranzas le ocasionará un dolor de cabeza a don Ambrosio Funes y, a través del mismo, volvemos a encontrarnos con aspectos y personajes conocidos.
Habiendo recibido Juan Bautista Echavarría unos dieciséis mil pesos como síndico substituto de los Santos Lugares de Jerusa lén, que quedaron depositados en su poder, Ambrosio Funes daría una libranza por 7.300 pesos a su favor y contra Tomás Montaño, como apoderado de su hijo Sixto, por las deudas que mantenía con éste; y Echavarría lo endosaría inmediatamente a favor de la Junta de Comisión presidida por Francisco Antonio Ortiz de Ocampo 29 Acerca de la forma de utilización de las obligaciones y las libranzas abier tas, Pastor explica: «... el uno de ellos es, quando un sugeto com p rehe nde un viage para un destino en el que otro tiene que haver por libranza que al¡ún deudor su y o le ha dado p ara aquel p ara a e: endoza a favor de aquél la dicha libranza p ara que alll se la cobre dindole aviso de su cobro, o protextación: pe ro mientras no ben g a esta noticia, ni el acrehedor de buelve el pagaré del débito, ni el que ba a cobrar la libranza de j a res g uardo ninguno a él de la entrega de ella, sino que la buena fe, que es tan recomendable en el comercio, obra entonces, como también quando un deudor no teniendo dinero en el pa rage donde reside con el acrehedor reconvenido por éste para el p ago, le manifiesta aquél el no p oderlo verificar; pero le hace ver que tiene cómo librarle la dicha cantidad en otro destino: si el acrehedor conviene en recibirla, se la entre g a el deudor q uedando siempre en p oder del acrehedor la obligación del débito todo el tiempo que tarde en venir el aviso de haberse cobrado la letra; pe ro si se interce p ta la correspondencia de los destinos p ara donde han ido las libranzas, ni tiene el deudor cómo pedir la cha ncelación de su cuenta, ni el acreedor el pago de la obli g ación q ue está en su po der, lo q ue es tan ob vio, que nadie puede dudarlo».
Los p ormenores pueden consultarse en Las pérdidas sufridas por los comerciantes vinculados a los mercados del altiplano fueron ingentes, definitivas, en muchos casos, para las situaciones particulares y profunda para las generales de la economía.
Sin embargo, durante por lo menos el primer quinquenio, todos aguardarían febrilmente que la plaza altoperuana se abriese para reiniciar el tráfico.
Porque si bien éste no se había interrum pido totalmente, las dificultades y los peligros eran tales que subsis tía de manera muy limitada.
31 Y aunque la vía del contrabando pu diese florecer en algunos momentos, nunca un comercio irregular podía reemplazar ni cubrir las necesidades que satisfacía uno legal.
Detrás del Ejército Auxiliar del Perú se encontraban los mercaderes listos para seguir las tropas y, muchas veces, empujándolas y solven tándolas.
No es de extraar, pues, que cada vez que se organice una expedición se preparen aquéllos acopiando mercancías en Tucumán o en Salta, según las circunstancias, dispuestos a superar todos los obstáculos.
El 9 de abril de 1813, Francisco de Vico le escribía a José Felipe Funes desde Tucumán: mercado entraba tal cantidad de efectos que inmediatamente baja ban los precios, cuando no era sorprendido el mercader con sus géneros por una decisiva derrota que lo obligaba a abandonar la plaza con tanta precipitación como había entrado, viéndose preci sado a malvender sus manufacturas, a dejarlas en consignación o a regresar con ellas.
34 Huaqui (junio 1811), Vilcapugio y Ayohuma (octubre y noviembre de 1813) y Sipe-Sipe (noviembre de 1815), obligarían a tomar tan extremas decisiones que actuarían como dumping en aquella plaza.
Recién hacia 1817 se manifestaron signos inequívocos del convencimiento de los comerciantes de que la re gión altoperuana se había perdido por muchos años.
Y a ello con tribuyó, decisivamente, la resolución directoria! de respaldar el plan sanmartiniano que implicaba, en lo inmediato, para el norte, la fijación y sostenimiento de una frontera estable.
A partir de entonces, sólo quedaría la vía del comercio clandestino..1.2.
Chile, particularn1ente Santiago, constituía el mercado final de importantes exportaciones de ganado vacuno y ovino en pie que, tras invernar en Mendoza, eran trasladados al valle central trasandino.
Sin embargo, la gran mayoría de las manadas extraídas desde las campañas cordobesas y puntanas no quedarían registradas porque sus dueños no abonarían los derechos corresponc! ientes.
De menor importancia, pero no por ello menos dignos de men ción, serían otros negocios efectuados con manufacturas locales y, particularmente, con materias primas para tinturas como la grana santiagueña o el añil proveniente del exterior.
35 En retorno, se importarían algunos utensilios de cobre, azúcar 2el Perú, choco late, cacao de Guayaquil y algunas exquisiteces como almendras, anís, guindas y especies.
Sin embargo, este comercio no llegaría a adquirir gran importancia, particularmente en lo que respecta a la provisión de manufacturas por aquella vía, salvo cuando el estuario del Plata se viera convulsionado por la lucha entre los patriotas, los realistas de Montevideo y los invasores portugueses.
36 El 27 de mayo c!e 1812 se reunían, en la ciudad de Córdoba, Manuel del Castaño, vecino de Santiago del Estero, y José Giménez de San Girolami, vecino y comerciante de Santiago de Chile, a fin de formalizar en escritura pública el siguiente contrato: Castaño entregaría en la capital trasandina 800 libras de grana a 2 pesos cada una, 132 pares ce estribos de «palo tucumaneses» a 8 rea]es el par y 4 ponchos blancos bordados a ser tasados, todo lo cual se encontraba ya allí en poder de José Fernández Maceda.
Daba como su fiador a Julián Freytes, comerciante de Córdoba, para que si no se entregasen en aquella capital los expresados efectos o el dinero de su importe, en el caso que ya hubieran sido vendidos, haga en esta ciudad el entero de los 1. daba debiendo en el término de ocho meses; de no verificarlo, lo haría su fiador José Manuel Robles.
37 La ciudad y dos comerciantes cordobes es se habían constituido en el punto de contacto de éste y, a no dudarlo, de otros emprendimientos comerciales.
La caída de Chile en poder del virreinato del Perú constituirá otro fuerte golpe para la economía mediterránea, imposible de cuantificar por las razones anteriormente apuntadas.
A Córdoba también llegaron emigrados chilenos, algunos de ellos mercaderes con los efectos que pudieron salvar y que les ayudarían a superar tan duro trance.
38 El cuadro del movimiento comercial verificado entre Córdoba y Chile en el decenio Exceptuando 1812, en que se remiten 5.000 pesos en dinero para saldar diversas acreencias, los primeros años muestran un apre ciable saldo favorable al comercio chileno.
Sin embargo, de haberse podido contabilizar la exportación de ganado, posiblemente se in vertirían los términos con un jugoso beneficio para los mediterrá neos.
Así lo parece confirmar la siguiente documentación.
Por bando del 9 de marzo de 1816, el gobernador intendente de Córdoba disponía que todos los mercaderes que tuvieren pro piedades, consignaciones, efectos, dinero, etc. pertenecientes a indi viduos residentes en Chile lo debían manifestar ante una Junta de comisión nombrada al efecto para proceder a su secuestro, de acuer do con lo que se había practicado en Buenos Aires el 20 de febrero y como represalia a lo efectuado en aquel reino con los bienes de personas de las Provincias Unidas.
El 16 del mismo mes, con. la firma de los comerciantes Ignacio Pelteado, José Vélez, Felipe Antonio González, Juan Antonio Ramírez de Arellano, José Manuel Robles y Pedro Juan González, se elevaría una representación al gobernador a fin de pedir fu ese revocado dicho bando por una serie de consideraciones que interesan conocer.
En primer lugar, señalarán que el ejercicio del derecho de represalia implica una meditada decisión política por la cual un estado sanciona a otro en aquellos aspectos que, a su parecer, re sulten equivalentes a los daños sufridos; y ese puede ser el caso de Buenos Aires la que, le recuerda, «... es una provincia indepen diente de ésta y ésta de aquélla».
Para Córdoba la medida sería nefasta: Es decir, concretamente se teme que el virrey del Perú, bajo cuyo cuyo gobierno se encontraba Chile, decidiese tomar una re presalia similar no sólo en territorio trasandino, lo que no dejaba de ser grave, sino, fundamentalmente, en su propio territorio y en el Alto Perú.
El parecer del promotor fiscal José Roque Funes se limitaría a sefialar que los suscribientes eran una minoría de los comerciantes cordobeses.
Sobre lo mismo volvería la Junta de Secuestros, agre gando que << ••• de ellos muy pocos con intereses en el Perú; ninguno en Chile: algunos de ellos causados en la actualidad por ocultación de propiedades, descubiertas en su poder, y otros por presunción de tenerlas».
Luego confesaría que lo detectado hasta ese momento (26 de marzo) eran poco más de 5.000 pesos, existiendo dudas acerca de una cantidad similar.
Por fin, el asesor José Manuel Sali presalia similar no sólo en territorio trasandino, lo que no dejaba de nas apoyaría totalmente el planteamiento efectuado por los comer ciantes, aconsejando la derogación del bando, la disolución de la junta de secuestros y la entrega de los expedientes incoados al go bernador, para que éste decidiese sobre el particular.
José Javier Díaz adoptaría dicho dictamen el 2 de abril en todas sus partes, dándose por finalizada la cuestión.
39 organizar la campaña del Perú y los momentos de tensión que debió soportar San Martín allí y con respecto al Río de la Plata hacia fines de la década, poco ayudarían a mejorar la situación para el comercio.
El destino final del grueso de las exportaciones cordobesas al litoral era Asunción del Paraguay y los productos que animaban dicho comercio eran los textiles: ponchos, ponchillos, frazadas, lienzos, tucuyos y sayales, amén de jabón.
Lo demás consistía en reexportaciones de frutas secas del noroeste y, mientras duró el tráfico, azúcar y otros frutos importados por la vía chilena.
En los retornos dominaban dos efectos: la yerba mate y el tabaco, an1bos de consumo masivo, que podía servir para abastecer esta plaza o para distribuir a otras regiones.
El 5 de mayo de este último año, Narciso Lozano elevaba una «Razón de los Individuos que han introducido en esta Real Aduana car¡amentos de... yerva del Paraguay en el año próximo pasado de 181h: Suponiendo que el de 181 O haya sido un año «normal», sin duda Asunción constituía un importantísimo mercado de la pro duccion textil mediterránea, explicable por la gran masa de pobla ción indígena y mestiza que preferentemente adquiría ese tipo de tejidos bastos, durables y baratos.
En cambio, 1811 refleja el impac to que la expedición al Paraguay tendría sobre el comercio, lo mismo que las constantes correrías que practicaban los marinos españoles sobre las costas del Paraná.
43 Sin embargo, la convención firmada entre las juntas de Buenos Aires y del Paraguay el 12 de octubre de ese año, constituirá una aliciente que inmediatamente se reflejó en el movimiento adquirido para 1812.
44 Al parecer, ni siquiera sería afectado por la decisión del triunvirato de fines de enero, de cerrar los puertos de Buenos Aires y Santa Fe prohibiendo toda navegación mercante por el Paraná debido, entre otras consideraciones, a la acción desplegada por los navíos realistas que cesarían tras la batalla de San Lorenzo (febrero 1813).
Durante esos dos años, sea por vía fluvial, sea por la terrestre o bien utili zando un sistema mixto, el tráfico alcanzaría niveles notables, expli cables por las graves dificultades que tendrían los paraguayos para surtirse de efectos en el Plata, tanto en Buenos Aires como en Montevideo.
La situación volverá a un nivel similar al de 1810 en 1814, jaqueado el tráfico por una serie de acontecimientos: en diciembre de 1813 el triunvirato había creado un nuevo impuesto de guerra sobre los productos p�raguayos: la yerba mate deberá pagar un peso por arroba, en tanto que el tabaco abonará dos por igual cantidad.
El 14 de marzo del año siguiente, el teniente Juan Bautist11 Méndez se hará cargo del gobierno de Corrientes proclamando el El otro gran mercado paraguayo, el dominante, Buenos Aires, no cejará en su empeño de rendirlos por el bloqueo periódico de su comercio que tiene, en 1816, su última manifestación.
Sin duda, todo ello contribuyó a acentuar la política c.!e autosuficiencia y en claustramiento que se vería obligado a desarrollar Gaspar Rodrí guez de Francia.
45 La desarticulación de esta porción del mercado virreinal fue rápida y estuvo signada por los acontecimientos polí tico-militares.
Evidentemente todas esas dificultades se reflejaron también en el comercio con Córdoba, cuyo volumen caerá estrepitosamente para 1815 y se mantendrá en esos bajos niveles en los siguientes, para Uegar a su mínima expresión en los dos últimos años del de cenio acompañando, de esta manera, el proceso general.
Frente a las 108.111 piezas que se comercializaron en el primer quinquenio, sólo se exportarían 29.588 en el segundo, con las consecuencias que son de prever no sólo en el terreno mercantil, sino, fundamental mente, en la actividad manufacturera.
Importaciones en pesos Exportaciones en pesos El cuadro sugiere que los mayores envíos de mercaderías hacia dichas ciudades, sea por el camino real o por la ruta de Catamarca, coincidirían con 1os preparativos del ejército para intentar recon quistar el Alto Perú, por lo que tendrían un carácter circunstancial, casi una aventura que le podía deparar jugosas ganancias de lograr llegar a un altiplano supuestamente sediento de productos europeos.
Efectivamente, se había producido una modificaci6n en la composi ción de las exportaciones de la mayor importancia: mientras las registradas en 1810 y 1811 hacia Salta corresponden a mulas, las verificadas en 1812, 1813, 1814 y 1815 hacia Tucumán, Salta o Jujuy están integradas fundamentalmente por efectos manufac turados ultramarinos.
La mayoría de las guías estaban dirigidas a dos o más de aquellas ciudades, ante la imposibilidad de fijar un des tino por lo cambiante del frente, y muchas agregarían que, de ser factible, seguirían viaje a Potosí.
Ello aclara el carácter y los alcan ces de este comercio que declina en 1816 para caer, estrepitosa mente, en los tres últimos años del decenio.
En realidad, la región norte continuaría abasteciéndose directamente desde Buenos Aires a través de sus apoderados y consignatarios locales, por lo que la participación mediterránea sería muy pobre y se reduciría a com pletar existencias.
50 Por lo demás, las producciones de esas jurisdicciones práctica mente no tenían mercado en la cordobesa, a excepción de las carre tas y, esporádicamente, el arroz, las suelas y los utensilios de ma dera tucumanos o la miel y las ceras santiagueñas.
La pérdida del gran mercado altoperuano exigiría un amplio y profundo reacomodamiento de las estructuras socio-económicas de aquellas provincias, del que saldrían finalmente muy maltrechas.
Jujuy y Salta por haber sido escenario de la guerra )' Tucuméín por haber sido en alguna medida y, fundamentalmente, por el sosteni miento de un ejército inmovilizado durante años en su territorio que si bien dinamizaría transitoriamente algunos aspectos de su economía, generaría nuevos problemas y no lograría disimular la decadencia de la economía.
Santiago del Estero «gozaría» de una situación parecida a la de Córdoba, con la que mantenía lazos co merciales débiles.
51 Redondeando, esta región, para el comercio cordobés, sólo tendría importancia en función de la posible apertura de] Alto Perú.
Como tal, no constituiría un mercado significativo para su producción, a excepción del finiquitado comercio de mulares, ni fuente de materias primas o proveedoras de manufacturas comple mentarias salvo las ya mencionadas.
Por lo demás, en estos agitados años el problema de la guerra siempre se ceñiría amenazador sobre el comercio y los mercaderes.
52 Perteneció a la gobernación intendencia de Córdoba hasta 1814, aunque ello poco significaría en cuanto a las relaciones mer cantiles y sería negativo, al parecer, desde el punto de vista fiscal.
Por lo pronto, San Luis y Mendoza se abastecían directa mente desde Buenos Aires de productos manufacturados y el puer to constituía, a su vez, el principal mercado de los caldos cuyanos.
53 De ese importante tráfico, sólo la región sur de la jurisdicción cordobesa participaría indirectamente, en la medida que podía hacerlo un lugar de tránsito.
De tal manera que no puede llamar la atención que sólo ocasionalmente se remitan ese tipo de pro ductos, la mayoría de las veces en cantidades ínfimas, a excepción de lo registrado en 1817 que estada reflejando las expectativas de los mercaderes mediterráneos ante la inminente apertura del mer cado chileno.
Los datos consignados para los años siguientes son, en parte, igualmente ilustrativos del resultado obtenido en la aventura.
Importaciones en pesos Exportaciones en pesos
Las tradicionales relaciones económicas entre Chile y la región cuyana buscaría ser encauzada hacia un punto preciso con fines eminentemente fiscales: el establecimiento de la aduana de Men doza, en septiembre de 1812, transformó a la ciudad en el eje obligado del intercambio con los trasandinos.
Desde Santiago con tinuaría arribando manufactura ultramarina, efectos provenientes del comercio intérlope como añil, chocolate y, fundamentalmente, el azúcar, y productos locales como diversos artículos de cobre.
54 Sin embargo, el volumen de las importaciones es limitado y el veri ficado en 1814 aparece como excepcional, sólo explicable por la venta apresurada de efectos a bajos precios procedentes de Chile.
En fin, la región sería ampliamente abastecida en el primer quinquenio independiente desde Buenos Aires y, en menor propor- El grueso del tráfico de la región con Córdoba lo constituían dos frutos provenientes del Paraguay, el tabaco y la yerba mate, y, en menor medida, otros locales como el maní, el arroz y algunos cueros.
A su vez, si bien conformaba un regular mercado para la producción textil cordobesa, las frutas secas que sus comerciantes reexportaban o algunos efectos provenientes de Chile, en realidad la mayor parte de los productos allí destinados tenían como fin últi mo la plaza paraguaya.
Y si a ello agregamos que en momentos ce dificultades por el camino real o por otras circunstancias se intro ducían en Córdoba manufacturas ultramarinas desde Santa Fe, que dará diseñada la función que venía cumpliendo dicha ciudad.
62 Dicho puerto había sido y, en buena medida, continuaría sien do un lugar de tránsito obligado para el comercio entre el Tucumán y Cuyo o, mejor, entre el Perú y Chile con el Paraguay y viceversa.
También un jalón importante del que se realizaba entre éste y el puerto de Buenos Aires, del cual dependía política y económica-.
Ill�CTOR RAMÓN LOBOS mente hasta promediar el decenio.
63 Muchos mercaderes porteños y cordobeses preferían llegar hasta allí a efectuar sus compras de tabaco, yerba y maderas, en lugar de correr los riesgos de viajar a Asunción y en ello residía la ganancia de los comerciantes locales.
64 Los problemas que dificultaron el comercio con Paraguay re percutirían, evidentemente, en el que Santa Fe practicaba.
A ello se surriaría el incontrolable avance de los indios del Chaco que llegarían a sitiar dicha ciudad, penetrando hasta Coronda y cortando las comunicaciones con Córdoba desde 1814.
Pronto su jurisdicción quedaría bajo la influencia del Protector de los Pueblos Libres, con lo que se introduciría un nuevo elementos de deterioro al convertir esos territorios en campo de batalla entre los bandos en pugna hasta fines de la década.
La combinación de malones y montoneras tendrían consecuencias gravísimas para aquellas economías ha- sadas, fundamentalmente, en la ganadería' y el tráfico.
65 Y ello, obviam ente, se manifestaría en los cuadros de intercambio entre ambas regiones.
Por lo pronto, la actividad de los malones se. reflejaría en 1814 y 1815, aunque se deba convenir que los comerciantes estaban dis puestos a arrostrar cualquier peligro, y el bajón experimentado en las exportaciones de 1814 puede atribuirse más a la recolección de tejidos para el Ejército del Norte que a estas dificultades.
Por otra parte, la prueba más evidente del interés de ambas jurisdicciones en el mantenimiento y fomento del comercio, por encima de los desencuentros políticos, la estaría dando el incremento experimen tado en 1816 y 1817.
Sin embargo, el recrudecimiento de las inva siones indígenas y de la guerra civil terminarían por afectarlo seriamente.
Dos jurisdicciones, una perteneciente a la gobernaci6n inten dencia de Córdoba y la otra a la de Salta, primero, y a la de Tucu mán, después, conformarían, por distintas razones, los clientes por excelencia de Córdoba dentro del actual territorio argentino, excep tuando el puerto de Buenos Aires: nos referimos a La Rioja y Catamarca.
Ambas comparten una ubicación excéntrica, alejac! as de las grandes vías de comunicaci6n.
Ambas, naturalmente, tenían econo mías complementarias de la 1nediterránea y estaban orientadas, por el relieve, a encauzar sus caminos hacia Córdoba, sea por constituir un destino importante sea por conectarse, a través de ella, con el puerto.
Ambas, en fin, constituían mercados por sí para esta ciudad y su campaña.
Si se recorren las series de comercio podrá observarse que La Rioja fue surtida por Córdoba de textiles y jabón locales, de http://estudiosamericanos.revistas.csic.es yerba • y tabaco de otras jurisdicciones y de cuantos efectos de ultra mar dichos habitantes necesitasen.
En retorno, se importaban na ranjas, vinos, aguardientes, suelas y frutas secas, tanto para el con sumo interno como para ser reexportados a otras jurisdicciones.66 Por su parte, el análisis del cuadro evidencia lo favorable de la balanza comercial para Córdoba, aunque deben señalarse dos mo mentos: durante el primer quinquenio, las cifras de importaciones y exportaciones muestran un cierto equilibrio (41.378 pesos 3 2/3 reales y 42.907 pesos 1/2 real, respectivamente), el que se rompe de una manera notable en el segundo ( 41.608 pesos 7 reales con tra 72.961 pesos 1/4 real).
Ahora bien, el nivel de las importaciones se ha mantenido estable en el decenio; cabe pensar que serán las dificultades de la vía cuyana y la situación de Chile las razones que provocarían la búsqueda de manufacturas en la plaza cordobesa.
Este comercio, regular y sostenido, posibilitaría una variedad de formas para consumarlo.
Muchos mercaderes y productores rio janos «bajaban» a Córdoba con sus propias arrias a vender sus efectos y a comprar manufacturas en las tiendas mayoristas, pa gando parte de éstas con aquéllas y, el resto, con metálico.
Otros preferían actuar como consignatarios de los comerciantes cordobe ses, quienes se encargaban de remitirles lo necesario y recoger sus productos o su dinero.
A su vez, la mayoría de los cordobeses que participaban <le este circuito mercantil eran comerciantes de primera línea.
Algunos se interesarían en las posibilidades que podía ofrecer el mercado, como Hip6lito García Pose, que alentaría la radicación de su hijo Javier en La Rioja para organizar el negocio dentro del cada vez más amplio círculo familiar.
69 De este tipo seria la relación establecida entre Nicolás Caballero y Pedro Abrego, por la cual el primero entregaba efecto8 de su tienda al segundo que los expendería en la ciudad de La Rioja «al partir de utilidades,.
De las cuentas se desprende que éste quedarfa debiendo 814 pesos, cuyo reconocimiento demandarla un trám! ite ante el juez de comercio y la resolución de éste para que lo abonase en el término de tres dias «con apercivimiento de egecución:..
Otro ejemplo lo constituiría la escritura redactada a mediados de noviembre de 1814 por la cual, Domingo Guerra, vecino de Buenos Aires, «... pro mete pagar a don Bartolomé Carreras. vecino de ésta y de su comercio, la cantidad de noventa y siete pesos y siete reales en plata, procedentes de quinientos veinte pesos que recibió a su consignación de su dependiente don Ambrosio Burgos, en la Ciudad de La Rioja para entregárselos en ésta, por no haverlo verificado integra mente: la qual cantidad se obliga a satisfacetla en el término de dos meses contados desde esta fecha, en buena moneda de plata, u otro usual y corriente, y no en otra cosa ni especie». lbidem, Protocolos, Registro 1, 1811-1814, fols.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es los comerciantes cordobeses y los catamarqueños, 70 aunque las co municaciones directas se vieran dificultadas hasta que se trazase el camino de tropas en 1805 y se inaugurase el de correos a fi.n�s de 1815.
11 El comercio entre ambas jurisdicciones giraba en torno a! os siguientes productos: Catamarca enviaba algodón, ají, lienzo, sue las y tabaco, en tanto que recibía de Córdoba textiles (ponchos, frazadas), jab6n, yerba mate y manufacturas extranjeras.
De la ob servación del cuadro de importaciones y exportaciones se desprende el importante saldo favorable a la producci6n catamarqueña, que alcanzada niveles notables en 1815, 1816 y, aún en 18 l 7.
Es que ésta continuaba abasteciéndose de manufacturas ultramarinas desde Tucumán y, en menor medida, de Santiago del Estero, quedándole reservado a los comerciantes cordobeses un papel secundario.
Sin embargo, el contraste y 1a evolución experimentada por el intercambio se pondría más claramente de manifiesto si compara mos las cifras de ambos quinquenios: en el primero se exporta por valor de 26.124 pesos 3 reales en tanto que se importa por 128.032 pesos 2 reales.
Por lo demás, mientras durante el decenio las exportaciones mediterráneas no sufrirían mayores variantes, sí lo experimentarían en su composición las importaciones de aquel origen.
La decadencia del algodón motivaría que los agricultores <le aquella jurisdicción se volcasen a] cultivo del tabaco, lo que sería permitido para todo el ámbito de las Provincias Unidas en febrero de 1812.
72 Al parecer, éste se extendería rápidamente por la región, alcanzando sus exportaciones cierta importancia hacia 1819 el que, sin embargo, se presenta como un año excepcional. n En realidad, éstas sólo aumentan comparativamente, puesto que su volumen no llegaría a alcanzar gran significación en el decenio.
El notable incremento registrado en los años mencionados se asentó en tres productos: las suelas, en primer lugar, el ají, en segundo, y la incorporación de las lanas de vicuña y guanaco, en tercer lugar.
El fenómeno estaría reflejando cambios más prafundos en la estructura económica.
Piénsese que sus principales productos (algodón, tabaco y ají) requieren de un cultivo intensivo y éste ce mano de obra suficiente y estable, la que sería precisamente afee� tada por las levas y reclutamientos para los ejércitos, las milicias y los movimientos internos.
Lo más probable es que un estudio sis temático de la región demuestre un retroceso en las áreas de cultivos y una pauperización en la calidad de los mismos.
Es cierto también que comenzaría a cambiar la orientación del comercio catamarqueño enderezándose directamente hacia Buenos Aires y que habrían sido los mismos cordobeses los que les mos trarían el camino con. sus reexportaciones.
De este contacto surgiría un incremento verificado en las exportaciones de lana de vicuña y guanaco.
74 El resto de los productos continuaría alimentando este tráfico, con sus altibajos derivados de las dificultades originadas en la situación general y en la particular de cada rubro.
75 Sólo resta marcar lo que ya está insinuado: el notable déficit de la balanza comercial que muestran las cifras debe ser morigerado en razón de que la mayor parte de los principales productos cata marqueños eran reexportados por los comerciantes cordobeses que ganaban con el traslado de las mercancías.
Consolidación de un mercado dominante: Buenos Aires
Sin duda, la ciudad de Buenos Aires, por sí' y por su puerto, constituyó un mercado de singular importancia y en crecimiento tanto para consumo de la producción cordobesa como para la reex portación de sus frutos.
Por lo demás, se afirmó como único y prác ticamente excluyente punto de entrada de las manufacturas ultra marinas, también conocidas como de Castilla.
Un contacto tan estre cho determinaría que cualquier avatar que sufriera repercutirá en Córdoba e, inmediatamente, se reflejará en la correspondencia que mantenían comerciantes de una y otra plaza.
Obviamente, con di ferencias de grado y según las peculiaridades que se han ido mar cando, ello sería común a todo el ámbito del virreinato. conocer la antigüedad de la cuestión, puede señalarse que la paz de Amiens no había revitalizado el comercio como se pensó, 76 ni tampoco lo haría la reanudación de la guerra.
77 La declaración del bloqueo continental por parte de Napoleón, a la que pronto se sumaría el «embargo americano», llevarían a Inglaterra a una situación particularmente delicada.
Y será dentro de ese ambiente sicológico, de angustia colectiva, que se recibiría la noticia de la toma de Buenos Aires por una expedición que habría actuado autónomamente.
No debe extrañar, pues, que muchos hombres de negocios apresuradamente embarcasen, sin ningún or den ni concierto, manufacturas con destino a estas playas, ni que la gran mayoría sufriera quebrantos por el pronto abarrotamiento de un mercado desconocido y magnificado y por la compulsión a abandonarlo tan rápidamente como se ganó.
La consecuencia más notoria sería el dumping que la venta a bajos precios de dichos productos produciría en vastas regiones del virreinato incluida Córdoba.
Este rápido repaso tiene como objeto llamar la atención acerca de lo que pareciera ser una constante de los años inmediatamente anteriores'y posteriores a la Revolución: periódicamente se pro ducía, por una variedad de razones, el abarrotamiento de la plaza porteña, que requería de tiempo para descongestionarla a buenos precios o una también periódica liquidación de los stocks acumu lados lo que, por encima de las circunstanciales pérdidas, coadyu varía a una efectiva penetración de dichas manufacturas en el espacio virreinal.
Sin lugar a dudas, la causa fundamental sería el desorden existente a nivel de oferentes, propio de un mercado nuevo, en gran medida desconocido, y aun sujeto al aventurerismo mercantil.
Obviamente, en ello jugarían un papel fundamental los ingleses que, a partir del 6 de noviembre de 1809, verían autorizada su presencia en los puertos platenses.
79 El 1 O de enero de 181 O, Sixto Funes escribía a su tío desde Buenos Aires: «...
Estos pícaros ingle8es no q uieren absolutamente otra cosa por sus g éneros, q ue la plata...
Todos los Almasenistas Ingleses no henden medio real <fo 8Us grandes facturones.
El Virre y eslá em peñadísimo en votarlos a todos ellos.
Ayer mismo salió una nueba Orden para que q uanto antes se manden mudar...
Tratan <le opo nerse enteramente a la Orden de el Virre y; pero aun quando consigan no irse; ¿qué harán estos infelices con sus haciendas en este a p uro?
En el día no se han desemharca<lo ni la mitad de los buques la hacienda q ue tienen en el río, se aguardan muchoH bu q ues; los baratíos son mui frecuentes por los muchos contrahandos.
Si en la actualidad y a se siente tanto la m, casés de <lineros, iJUé será luego... )).
80 El 27 de febrero, Letamendi le respondía a Narciso Lozano congratulándose por la compra que efectuara Liniers de la estancia de Alta Gracia, agregando que «... todos debemos tratar de asegu rar territorios que den que comer, en las actuales críticas circuns tancias, pues que el comercio es ya privatibo a los ingleses: los sueldos de los en1pleados están a pique de perecer, y nada abrá seguro, sino lo que no puedan llebar los que sean enemigos nuestros».
81 Verificado el Pronunciamiento, el 10 de junio, Juan Larrea le escribía a Ignacio Pelteado quedar El contacto más directo con los comerciantes ingleses obligaría a los cordobeses a explorar, también, las posibilidades que la nueva situación les podía abrir.
Sin embargo, las primeras experiencias serían francamente decepcionantes, entre otras cosas porque los anglosajones exigirían metálico por sus géneros.
84 Ya lo había dicho claramente Sixto Punes a principios de 1810, en lo que se equivocó es en su diagnóstico de que tarde o temprano tendrían que vender sus manufacturas a bajos precios y ello se debió, en gran medida, a que no se percató, como muchos, que las reglas de juego habían cambiado.
Esas relaciones presentarían otros problemas.
Sin duda mu chos de los que llegaron a estas playas como comerciantes eran ver daderos aventureros dispuestos a ganar dinero valiéndose de mé todos ortodoxos y de los otros.
De ello nos ilustra la experiencia del cordobés Rafael Poll quien, «... aliándose en la Ciudad de Bue nos Ayres trató, con un Ynglés llamado don Thomas de tal (que no tiene presente su apellido pero lo conose su apoderado)», com prándole 60 cajones de azúcar confiando en el peso que figuraba en la factura.
Al llegar a Córdoba se encontró que faltaban alrededor de 2 arrobas por bulto, lo que haría ascender a 120 arrobas la falla experimentada en la operación.
Si se hubiese valido del mismo método que utilizaba en sus transacciones con criollos, no hubiese sufrido un perjuicio tan grave.
86 No sería ésta, por cierto, la única enseñanza que extraerían de los comerciantes ingleses.
El 13 de diciembre de 1813, Domingo Matheu le informaba a J. A. Pereira http://estudiosamericanos.revistas.csic.es «... >.
87 Sin duda, el curso de aprendizaje sería intensivo.
Sin embargo, la mayoría de los n1ercaderes cordobeses con tinuarían con sus apoderados habituales en el puerto de Buenos Aires o trabajarían con otros, pero conocidos, si así lo exigían las circunstancias.
88 A través de ellos se vincularían con el comercio inglés; sólo hacia fines de la década existirían contactos directos más estables con éstos, los que se acrecentarían en la siguiente.
También continuaría siendo España el destino fundamental de las exportaciones hasta, por lo menos, 1812, a partir de cuando el número de navíos con ese destino, generalmente buques ingleses, desciende apreciablemente.
90 Por el momento, las relaciones entre comerciantes seguirían los mecanismos y conductos tradicionales, personalmente o a través de apoderados •y consignatarios, de dependientes o de familiares.
También la formalización de contratos mercantiles, como el efec tuado entre el cordobés José Jerónimo Moreyra y el porteño Fran cisco de Telechea, en junio de 1811, concebido en los siguientes términos: «... el primero dixo: que por el presente instrumento público, y en la vía y forma que más haya lugar en derecho, se obliga á entregar a el expresado don Francisco, ocho mil cueros vacunos de novillo, al precio de cinco reales cada uno, sin polilla, puestos en las carretas, y marcados a fuego, siendo de quenta de éste la con ducción de ellos a Buenos Ayres, y de correr con las carretas el expresado Moreyra, para el flete y demás que se ofresca, dejándole en esta ciudad para que le administre el dinero de los fletes.
Que los referidos ocho mil cueros, se los ha de remitir á el anunciad o don Francisco, según lo baya acopiando; pero el total de ellos, se obliga a entregarlos a los veinte y dos meses desde la fecha de esta escritura: para todo lo qual confiesa tener recividos cinco mil pesos fuertes, total importe á que ascienden los ocho mil cueros f •d de las entradas de aduana, resolvería a rebajar a una tercera parte los derechos.
92 Pero ni esta medida ni el reglamento provisional del 31 Je enero del año siguiente lograrían modificar el letargo de la plaza, reflejado en el aumento de los precios y en la escasez,93 un fenómeno que dependía de circunstancias ajenas a la misma.
Las dificultades enunciadas y el hecho de mantenerse los in gleses en la tesitura de obtener metálico por sus productos, afec tarían también la colocación de los efectos de la tierra exportados <lesde Córdoba.
El 26 de enero de 1812, desde Buenos Aires, José Prudencia de Guerrico le escribía a T agle informándole que el jabón «... está intacto, á pesar de muchos esfuerzos para su venta...
Los ponchos oi mismo trage a uno para ver si los quería, y me ofreció a 7 reales y 2 reales la gerga; quando las cosas están caídas.se halla uno perplejo sin saber qué hacer... ».
94 El problema del jabón continuaría a principios de mayo, sin posibilidades de concretar una buena operación.
Tampoco arribn rían manufacturas extranjeras en cantidades suficientes como para surtir la plaza y que bajasen los precios, según se desprende de los comentarios que realizara sobre los géneros que estaba comprando para remitirle a Córdoba.
Por fin, los intentos por colocar produc tos no tradicionales, como zapatos, sufrirían los inconvenientes propios de una nueva experiencia.
95 Cierto movimiento generaría e] gobierno con sus requerimien tos.
Habiendo pedido ponchos a Córdoba, se mandada un libra- miento contra Rabaza, Busquet y compañía de la capital por 700 uni dades, utilizando el mecanismo comercial para acelerar la entrega y, también, quizás, para dar salida a un producto que no la tenía.
96 La situación variaba alejándose del puerto de Buenos Aires..
Las introducciones verificadas en años anteriores habían abarro tado los mercados del tránsito y los interiores, por Jo menos hasta Córdoba.
El 12 de marzo de 1813, el comerciante Félix Clara pedía permiso para salir del pueblo de Pergamino con destino a esta ciudad llevando un cargamento de manufacturas que adquiriera en San Nicolás de los Arroyos y que fueran introducidas, desde Bue nos Aires, en distintas oportunidades a lo largo de 181 O, 1811 y 1812.
Los efectos ascendían a la nada despreciable cantidad de 3.812 pesos 2 1/2 reales y viajarían al nuevo destino no bien satisfacieran el 8 % de aumento por el traslado.
97 Pero la frustración lo esperaba en Córdoba.
La plaza se en contraba igualmente abarrotada, a tal punto que comenzarían a menudear las devoluciones de géneros, ferretería y aun guías com pletas, algunas de singular valor.98 Veamos un ejemplo:
En abril de 181 O, el comerciante inglés Guillermo Wanklyn, a través de su apoderado en Buenos Aires Juan Larrea, había remitido a Córdoba, a consignación de Ignacio Pelteado, en primer lugar, o de Juan Capistrano de la Torre, en segundo, productos manufacturados por valor de 13.549 pesos 6 reales.
En febrero de 1812, Pelteado devolvería a Buenos Aires «por imbendibles», efectos evaluados en 4.342 pesos 2 reales.
La operación, ade1mís de ilustrar acerca de las posibilidades de la plaza mediterránea, per mite entrever los reacomodamientos operndos a nivel mercantil.
Para julio de 1813, Wanklyn estaba radicado en Buenos Aires y en ella trabajaba como su consignatario Rafael Pereyra de Lucena en lugar de Larrea, el tiempo que en Córdoba actuaría como su apoderado Manuel de Asunsolo y Urrutia.
99 Aunque los cordobeses comenzaban a sufrir seriamente los efectos de la pérdida de los mercados y las cargas c!e un Estado cada vez más exigente, amén de las dificultades que encontraban sus productos para ser colocados en el puerto, todavía podrían abonar parte de sus deudas en dinero o en metales preciosos.
En 1812 se remitieron 3 2.5 50 pesos hacia Buenos Aires para satisfacer deudas de varios comerciantes mediterráneos.
Al año siguiente, 1.000 pesos en dinero sellado y 70 marcos de plata piña.
En 1814, tras haberse acumulado grandes deudas y gracias a que algunos mercaderes cordobeses pudieron cobrar sus acreencias en el Alto Perú a raíz del transitorio dominio de ese territorio por la segunda expecición, se girarían al puerto 306.000 pesos de plata.
100 Claro está que esos envíos durarían tanto como sus ahorros porque, en definitiva, ése sería el origen de gran parte del dinero remitido.
Las deudas se multiplicarían y muchos mercaderes se verían en figurillas para saldarlas.
Un ejemplo puede ser ilustrativo c! el pro blema: Miguel Sasturain firmaría una escritura de reconocimiento de deuda por 8.505 pesos de principal y 2.753 pesos 1 1/4 reales de rédito, a razón del 6 % anual según estilo de comercio, a saldarse en el término de siete años.
La misma se hacía a favor de Tomás y Manuel Núñez, también «del comercio de Buenos Ayres y resi dente en ésta», o del apoderado de ambos, el doctor José Antonio Ortiz del Valle; debía entregarse de su cuenta y riesgo donde lo fijasen dichos acreedores, lo abonaría en «buena moneda de plata, u oro usual y corriente»,,,... y eon la ohligación de dar anualmente en el intermedio dt, e�te plazo las cantidades que pudiese en el modo que queda ex� presado, en la inteligencia que éstas se han de aplicar primera mente a la satisfacción de los intereses vencidos y que se vendie ren, y el sobrante al principal; sobre cuyo total del principal adeudado debe correr o ir corriendo siempre el interés del sei!-i por ciento a estilo de comercio hasta cubrir íntegramente la can tidad adeudada >,.
101 A] parecer, las exigencias de los ingleses de efectuar las tran sacciones a cambio de metálico habían favorecido la extensión de esa práctica en el mercado porteño, en momentos que existían dificultades para obtenerlo y pocas perspectivas de que ello cam biase en los próximos años.
Evidentemente, todos estos problemas provocarían serios des ajustes.
Muchos comerciantes se vieron obligados a cerrar las puertas de sus tiendas, otros quebraron y, no pocos, los más afor tunac! os, vieron sustancialmente disminuido su giro.
Pero, además, por una variedad de razones, se verificaría el traslado de mercade rías a otras plazas.
La caída de Napoleón y el regreso de los Barbones al trono español despertaría sentimientos encontrados; muchos comercian tes lo vieron como el comienzo de una paz duradera de la que se prometían grandes cosas.
103 Sin embargo, la acumulación que reali zaron los especuladores determinaría la subida de los precios en Buenos Aires tanto de los artículos británicos como de los frutos nativos, particularmente de los cueros de novillos.
A esto último contribuirían, por un lado, los excelentes precios que obtenían los cueros en Europa y que motivaría el comercio directo con el Plata, especialmente de los franceses; y, por otro, la escasez producida a raíz de la caída de las existencias de animales en la Banda Orien tal y en Santa Fe como consecuencia de la guerra de independencia y de las civiles y por la apertura de los puertos bajo el Protectorado de Artigas, a partir del decreto del 1 O de abril de 1815.
En Europa e1 proceso sería distinto.
Restablecida la paz, y tras el fugaz retorno de Napoleón que paralizó los mercados tem poralmente, la demanda del continente fue menor de lo esperado y tanto los precios de las manufacturas inglesas como el valor de los metales preciosos comenzarían a bajar.
Lo mismo ocurriría con los cueros y demtís derivados de la ganadería ante lo excesivo de la oferta.
Es que a los mayores envíos desde América se sumarían los tradicionales de Europa central y España.
Por lo demás, a me dida que se iban normalizando las relaciones, aquellas plazas se tornarían cada vez más exigentes en la calidad de los cueros por lo que los provenientes del Río de la Plata verían disminuir aún más su precio.
Por fin, también habría que tener en cuenta las malas condiciones económicas generales que se manifestaron des de 1817, se mantendrían al afio siguiente y terminarían por agudi zarse en 1819.
Todo ello habría determinado una contracción en la acumu lación de cueros en el puerto de Buenos Aires y, también, una sen sible disminución en el arribo de expediciones comerciales para adquirirlos.
A su vez la baja calidad y el poco peso le impediría beneficiarse con la escasez de ese pro¿ucto que se comenzaría a experimentar en Europa en 181 9.
104 En consecuencia, se imponían reformas cualitativas, una reorganización de su producción y comercialización y, sobre todo, una nueva instancia favorable a nivel internacional.
El proceso de cambio se operaría casi simultáneamente en Buenos Aires y en Córdoba; a partir de 1816, las tenerías cordobesas comenzarían a remitir interesantes partidas de cueros curtidos de las más variadas clases y tipos.
105 Distinta sería la situación para los otros dos grandes rubros de la producción y exportaciones mediterráneas: decaerían las ex portaciones de textiles en los últimos tres años del decenio, afec tadas no sólo por las dificultades internas sino por la competencia de los géneros extranjeros en la plaza bonaerense, y lo mismo ocu rriría con el jabón.
106 Aparentemente el proceso habría afectado a todos los aspec tos del comercio.
La escasez de azúcar, por ejemplo, determinaría el aumento de su precio en 1818 tanto en el puerto como en Cór doba.
Hacia fines del año siguiente se comenzaría a verificar el arribo de gran cantidad de navíos, lo que auguraba un repunte en el comercio.
107 y, también, los problemas e, incluso, el corte en las comunicaciones en distintos momentos del período.
108 Por otra parte, la comparacicSn entre ambos quinquenios per mite detectar una reducción del déficit Je la balanza comercia] entre una y otra ciudad (del 23 pasaría al 29 % ); pero, al ser tan elevado, los importantes 7 puntos obtenidos son poco signi ficativos.
La dependencia de Córdoba respecto del puerto de Buenos Aires sería notable y, en términos generales, reflejaría la situación del resto de las provincias con respecto a la capital política, comer cial y financiera de la nueva realidad emergente.
Lo grave, para Córdoba y el resto del desquiciado espacio virreinal que se aglutinaba en las Provincias Unidas, es que las posibilidades de compensar dicho déficit con otros mercados y/ o circuitos comerciales, habían sido barridas por la guerra.
LA REVOLUCIÓN Y EL COMERCIO INTERIOR
La legitimidad que sobre el virreinato se atribuyó la Junta Provisional • y los distintos organismos que la sucedieron, por la aplicación del principio de la retrocesión de la soberanía al pueblo, apenas tendría principio de aplicación habida cuenta de la rápida desintegración del espacio que dejaría maltrecha y siempre incom pleta la representatividad del conjunto, a punto tal que la provi sionalidad de los actos reina tanto en la toma de las decisiones fundamentales como en la constitución de los gobiernos o en la obra legislativa.
La transitoriedad y progresiva artificialidad de las formas políticas, la demora en declarar la in<lepcndencia, su pro clamación a nombre de regiones que no cstahHn representadas, la errática diplomacia particularmente en cuestiones territoriales y el legislar a partir de lo ideal, constituyen otros claros ejemplos del grado de improvisación y duro aprendizaje que imponían las circunstancias.
Al mantenerse vacilante e indefinida la situación político-ins titucional, corrieron igual suerte las medidas económicas que osci larían desde la continuidad del neomercantilismo de las postri merías de la dominación española hasta la aplicación ¿e la doctrina liberal, sin adaptarla ni pedir las consecuencias, pasando por la creciente ingerencia de un pragmatismo supeditado a intereses lo cales y sectoriales ajenos a todo plan de economía política.
109 Las incoherencias y, aun, las contradicciones es ta rían indican e o esa realidad.
Sólo hay un hecho dominante que lo exige todo: la guerra de la independencia y, luego, las luchas civiles, y, como consecuen cia de ello, una sola constante: la creciente tiranía de los intereses fiscales.
En este bosquejo, es preciso señalar el importante papel que cumpliría el cabildo ¿e la ciudad de Buenos Aires desde las inva siones inglesas' y durante todo el proceso político que viviría el virreinato hasta culminar con su protagonismo en la Semana de Mayo de 1810.
A partir de entonces, aunque formalmente no inte grase el gobierno del Estado, actuaría como organismo fiscalizador, asesor, legislador y, en más de una ocasión, autorida¿ superior en un régimen de hecho.
Evidentemente, sus funciones se habían hipertrofiado y resulta muy difícil definir su naturaleza.
11 o Sin em bargo, aparece clara su participación activa en la política desarro llada desde el puerto dirigida a imponer no un gobierno centralizado atento a la totalidad sino el dominio de una ciudad y su dirección http://estudiosamericanos.revistas.csic.es sobre el conjunto del virreinato; esto es, monopolizar la conduc ción del Estado y usufructuarla en su propio beneficio, sin permitir que el interior participara de esa empresa común.
Esto es, práctica mente, la proyección de las tradicionales miras locales a la totalidad del espacio, la confusión de sus intereses con los generales.
La consecuencia sería la exacerbación de viejas desconfianzas que pon drán en peligro la subsistencia del conjunto y contribuirá a expli car el desarrollo de acusados localismos y la búsqueda de argumen tos políticos que puedan justificarlos.
111 El cabildo de la ciudad de Córdoba acompañó aquel proceso de revitalización de la institución, apresurándose a reivindicar su condición de representante legítimo del pueblo y, pronto, a desarro llar la tesis de ser el depositario de la porción de soberanía no delegada que había retrovertido al pueblo, con lo que avanzaría más que el porteño.
En líneas generales, el fenómeno se repetiría en las distintas ciudades contribuyendo a sentar las bases de las autonomías provinciales que comenzarían a florecer a partir de 1820.
Obviamente, todo lo expuesto alcanzará su pleno sentido si se tiene en cuenta que el hecho dominante del período, aquello que lo exige todo, es la guerra de la independencia y, luego, las luchas civiles.
Sin duda, la realidad de tener que manejar una nueva enti dad política en esta situación de conflicto exigirá, por un lado, la concentración del poder político, militar' y de la gestión económica; y, por otro, sufrir la creciente tiranía de los intereses fiscales.
A la guerra de la independencia se subordinará todo mientras dure y gobiernen la provincia ciegos ejecutores de la política na cional; y ello ocurrirá la mayor parte del período.
Córdoba no sólo envía sus brazos más jóvenes y productivos y los frutos más apre ciados de su actividad económica (ganados, zapatos y tejidos), sino que se la buscará convertir en el gran almacén de la revolución, enderezado a satisfacer las necesidades del Ejército del Norte, pri mero, y el de los Andes, después.
Y el signo más elocuente de ello lo constituye el proceso de militarización a que es sometida toda su población a fin de actuar como reserva de aquéllos y de atender otros problemas que su desarrollo había generado, como el tre mendo que significaban las malocas indígenas sobre el territorio me diterráneo con su saldo de destrucción, robos y cautiverios.
El retroceso en las tierras ocupadas, la despoblación, la rup tura de los lazos familiares y comunales por obra de las levas y reclutamientos, la paralización o la contracción de las actividades productivas, la escasez de mano de obra, el empobrecimiento ge neral y la descapitalización de los sectores dirigentes, serían algunas de las características más notables de esa realidad cordobesa.
Los intentos por reacomodarse a los nuevos tiempos o de iniciar nuevas actividades económicas fracasarían no tanto por falta de ideas o de emprendimiento, que los hubo, sino por la carencia de capitales, de mano <le obra y de un adecuado proteccionismo estatal, aspectos todos que chocaban con la cruda realidad.
113 Esta descripción, con las peculiaridades propias de cada zona y de las situaciones locales, puede hacerse extensiva al conjunto del antiguo virreinato rioplatense.
Lógicamente, las más afectadas serían aquellas regiones que fueron campo de batalla y, por diversas razones, las que debieron participar directamente en la creación y, luego, mantenimiento de un ejército en sus territorios.
114 Hacia mediados del decenio, el primer e ingenuo entusiasmo de los pueblos va siendo reemplazado por el abatimiento y el temor de su futuro.
La visión romántica de la guerra pierde su halo glo rioso ante la cruda realidad de los campos de batalla, al tiempo que la prosperidad y la felicidad general anhelada naufraga ante la desintegración económico-social, el crecimiento de las exacciones y la irrupción de las luchas de partido que agitan el fantasma Je la anarquía.
En este contexto, la crisis 4ue había planteaJo la ruptura de la jerarquía vertical se ved acentuada por el intento porteño de monopolizar y usufructuar en su propio beneficio el gobierno, exa cerbando las diferencias entre Buenos Aires y el resto del virreinato hasta límites que pondrían a las ya notablemente disminuidas Pro vincias al borde de la atomización total hacia 1820.
Las provincias aparecerán como el único ámbito donde se dan las condiciones de territorio preciso, poder efectivo legitimado por aceptación o imposición, una noción Je patria y la certeza de cierta estabilidad y seguridad para sus habitantes.
La política y las ideas en torno al comercio interior
El problema del comercio con otros países siempre fue impor tante, pero será determinante no bien se configure una nueva entidad política, la revolución pierda el Alto Perú (1811) y 3us finanzas regulares pasen a descansar casi exclusivamente en las entradas de aduana del puerto de Buenos Aires.
116 Después de Mayo, las medidas tendieron a consolidar la situación generada:-1 partir del decreto de noviembre de 1809, que satisfacía las aspira ciones de importantes sectores porteños.
Será con Bernardino Riva davia y su decreto del 11 de noviembre de 1812 cuando se dé la libertad total de comercio y se inicie una experiencia francamente negativa, cuyo resultado será la apropiación del grueso de la activi dad mercantil (importación y exportación) por parte de los ingle ses en pocos años.
La reacción no se hará esperar, pero chocará con la realidad fiscal y con la esperanza de amplios sectores diri gentes de que Inglaterra cambiase de actitud, lo que determinani una política ambigua por el resto del decenio.
117 El Reglamento de 1809 había prácticamente establecido una división en lo referente al comercio: el exterior quedaría en manos de los extranjeros y el mayorista, junto con el abastecimiento del mercado interior, se preservaría para los grandes mercaderes por teños.
Sin embargo, el ejercicio de esa libertad demostraría, al cabo de pocos meses, que la misma constituía un peligro para la con servación de ese espacio virreinal dentro del cual se encontraba Córdoba.
El 15 de abril de 1811, la Junta Grande dirigía una circular al gobernador intendente mediterráneo recordándole que por Regla mento de comercio se había prohibido la introducción de efectos a las provincias del interior por parte de los extranjeros y que habiendo «... llegado a saber esta Junta que hay disimulo en el particular... encarga estrechamente a vuestra señoría el cumpli miento del indicado artículo en todo el distrito de su mando con pena de responsabilidad por lo mucho que interesa su exacta observancia».
118 Sin embargo, pronto comenzarían las modificaciones.
El 11 de septiembre de 1812, se les permitía a los extranjeros «vender por mayor sus cargamentos, comprar los retornos y correr con las dili gencias de embarco, quedando sin efecto la obligación de consig narse a un comerciante nacional».
11 9 La Asamblea General inten taría dar marcha atrás ambiguamente: el 3 de marzo de 1813 se resolvería que las mercaderías de ultramar debían consignarse «... tanto para la venta de sus efectos, como para la compra de los retornos en comerciantes nacionales, entendiéndose por tales no sólo los naturales del país, sino también quantos tengan carta de naturalización o ciudadanía expedida por este Soberano cuerpo».
El día 9, se precisaría que dichas consignaciones no se pondrían en efecto «... hasta haber pasado cinco meses desde la fecha para todas las expediciones que vengan de Europa, y puerto de Africa, el de un año para la India, el de ocho meses para las de Norte Am¿ rica, y el de dos para las del Brasil».
12 o Exactamente un mes después, se reglamentaría el decreto del 3 de marzo de cuyo articulado inte resa señalar la matriculación de los comerciantes nacionales resi dentes en Buenos Aires y el papel de supervisió11 que sobre su cumplimiento debían tener el consulado y el administrador de la aduana; en segundo lugar, la imprecisión del artículo 2." al ex presar <<Se entenderá por comerciante nacional, todo ciudadano que tenga algún giro con capital propio o ageno», lo que permi tiría la vulneración del espíritu de la ley; y, en tercer lugar, el intento por evitar la competencia entre dichos 1nercaderes para obte ner las consignaciones de extranjeros al fijar en no menos del cuatro por ciento en las ventas ni de dos en las compras la comisión que podían recibir ( art. 6.o), amenazando penar a los transgresores con la prohibición de recibir nuevas consignaciones y ser borrados de la matrícula (art. 7.o ).
121 Pocos meses durarían estas disposiciones que, como puede observarse, sólo tendrían como objetivo beneficiar una minoría porteña.
No existe ninguna mención al resto de las Provincias Unidas.
El primero de octubre, el Segundo Triunvirato pediría la derogación o la suspensión de dicha ley' y reglamento.
Comenzaría su argumentación haciendo notar «... la necesidad de prevenir con anticipación las consequencias que pudiera traer al Estado la esterilidad del Comercio, única fuente principal y de donde deribau nuestros recursos en la sole dad a que nos dexa reducidos la política de la Europa y la ignoran cia de la América... ».
Señalaría que la situación había variado apreciablemente pues to que la guerra en la Banda Oriental lejos de definirse se había incrementado, lo que entorpecería el tráfico y aumentaría la des• confianza de los extranjeros cuyo giro se había constituido en la principal fuente «para los gastos de la guerra».
Además, las «valio sas» consideraciones teóricas que habrían impulsado la medida se habían desvirtuado:• tanto cargan sobre la población todos los males que consigo trae esa especie de privilegio concedido a un pequeño número de ciuda danos, que procurando acrecentar sus fortunas han escogido en las consignacionel-1 un mal medio a sus designiosn.
Redondeando, el poder ejecutivo centraría su argumentación en dos aspectos fundamentales: primero, las utilidades perseguidas por la medida eran muy pobres y beneficiaban a unos pocos en desmedro de la mayoría de los consumidores; y, segundo, << ••• porque en la necesidad de alentar por todos los medios posibles la confianza de los especuladores sobre un país en revolución, y amenazado siempre de los trastornos de la guerra debe removerse el motivo de la inquietud que pre�ente la forzosa consignación, en manos qtw �encralnwnte se consiclt�ran inexpertas y desacreditadas)).
La A samblea suspendería la ley y dejaría sin efecto el regla mento.
122 A partir de entonces quedaría expedita la penetración extranjera al interior de las Provincias Unidas aunque, general mente, preferirían valerse de comerciantes porteños y, a través de ellos, de consignatarios locales.
No faltarían los que se internasen con sus productos o actuando como dependientes de sus conna cionales, sea para efectuar un negocio rápido o para afincarse en las ciudades del tránsito como ocurriría con Córdoba.
De todas ma neras, aunque detectado el fenómeno, a esta altura de las inves tigaciones no se está en condiciones de conocer el grado de impor tancia que alcanzaría dicha penetración y en qué medida los britá nicos se valdrían del aparato de comercialización existente o crea rían nuevos.
En consecuencia, tampoco se puede saber hasta qué punto serían desplazados los comerciantes porteños del comercio interior y cuál el papel de los del interior en el nuevo orden.
123 Las urgencias del erario se habían impuesto.
Las primeras experiencias comerciales demostrarían que!a mentada libertad total conspiraba no sólo contra las industrias sino, también, contra la burguesía mercantil.
No es de extrañar, pues, que algunos de los grandes mercaderes porteños •y los mendocinos, principales afectados por la penetración inglesa, protestasen contra ella, y que, en dicha actitud, muchas veces coincidiesen con otros sectores igualmente perjudicados como, por ejemplo, los produc tores de caldos cuyanos.
124 Sin embargo, esta apreciación de carácter general debe ser relativizada si se analiza el caso cordobés y quizás, deba ser revisada cuando se cuenten con los estudios regionales necesarios para co nocer el proceso económico operado en el período.
Tanto desde el punto de vista de las ideas como de sus intere ses, resulta altamente significativa la representación que elevaron, el 23 de septiembre de 1814, cuarenta y cinco de los más encum brados comerciantes cordobeses a la Junta Provincial «... contra una disposición, acaso la más depresiva, que jamás se habrá visto de la libertad con que debe girar el comercio>>.
Iba dirigida contra el bando de noviembre del año ant•:!rior por el cual Pueyrredón había tratado de morigerar los abusos que se cometían en la campa ña.
El cabildo intervendría a favor de la petición de los comerciantes por lo «muy perjudicial que era a esta ciudad y su comercio; u su Interesa hacer notar dos aspectos cualitativos que tendrían un consenso generalizado en el sector: defensa de la libertad de co mercio interior y, en consecuencia, del libre ju ego de la oferta y la demanda; proclamación abierta de la legitimación del mayor bene ficio posible, al abandonar la doctrina del justo precio; la noción del valor de cambio y de utilidad, 126 y el concepto del fomento de las actividades económicas por la doble vía del intercambio de• pro ductos y por la del adelanto de capitales.
127 También llamar la atención acerca del papel fundamental que se asignan en la generación del bienestar general y su inocultable orgullo profesional, demostrativo del vuelco operado en la consi deración social de estos comerciantes desde fines del siglo XVIII.
Sin embargo, consolidarán su situación a partir del momento que, cortado el tráfico con el Alto Perú (Huaqui, abril 1811 ), decayese la importancia de los hacendados vinculados a dicho mercado y se fuesen convirtiendo en los únicos capaces de reunir y manejar di nero, descansando en su intercambio las entradas más regulares e importantes de la Hacienda pública.
Y la resolución adoptada responderá a esta nueva realidad, que se acentuará con el correr del decenio.
En general, los comerciantes cordobeses se adecuarían rápida mente a la nueva situación.
Como se analizara, los contactos con sus proveedores por teños se mantendrán en la medida en que éstos continuaran traba jando por sí o como apoderados de los ingleses.
Hacia fines del decenio, algunos cordobeses se relacionarán directamente con mer caderes de esta nacionalidad, con lo que buscarían diversificar sus tradicionales fuentes de aprovisionamiento.
También irían modificando sus actividades.
Al principio, sus esfuerzos estarían dirigidos fundamentalmente a reunir dinero o metales preciosos a fin de pagar las deudas en la forma que lo exigían los abastecedores porteños o extrangeros.
Simultáneamente, se interesarían por los productos ganaderos y otros que tendrían demanda en los mercados europeos, ya fuese por propia iniciativa ya porque así se lo sugerían las compras efectuadas por los ingleses, con lo que las tiendas irían diversificando sus existencias.
En conse cuencia actuarían, también, como importadores de «efectos de la tierra» de otras provinch1s y de la campaña cordobesa, acumulando grandes stocks destinados a ser colocados en Buenos Aires, en otras jurisdicciones o a ser comercializados en la misma ciudad.
Posteriormente, durante el segundo quinquenio, aunque no se pueda descartar que muchos mercaderes prefirieron abandonar la recolección de productos de la campaña por no compensar el tiempo y esfuerzos invertidos, la creciente participación de manu facturas ultramarinas en sus reexportaciones estaría indicando una disminución de la actividad económica de Córdoba y jurisdicciones vecinas y su progresivo desplazamiento a cun1plir la función de meros intermediarios en el comercio de las mismas.
Otro indicio de la dependencia que• se iba anudando con el puerto de Buenos Aires.
Sin duda, el crecimiento del sector mercantil en detrimento de los productivos contribuirá a acentuar la imposición de sus ideas en torno al libre-comercio en el mercado interno sobre el cual, a diferencia de sus colegas portefios que pretendieron reser várselo o lograr un trato preferencial que les permitiese hacer frente con éxito a la competencia británica, no parecen guardar reservas, habida cuenta que para los cordobeses, muchas veces, puestos ante la opción de depender de un proveedor criollo o un inglés, podía resultarle favorable el serlo del segundo.
Obviamente su visión era 1112CTOR RAMÓN LOBOS restringida, regional, como se manifestó, entre otras cosas, en su falta de referencias al comercio exterior.
No menos cierto es, también, el hecho de que quienes por el volumen y extensión de sus negocios podrían haberse pronunciado sobre el particular, los co merciantes españoles, habían sido silenciados y sumidos en la.
Dificultades para conformar un mercado interno
Los viejos problemas que ocasionaban las enormes distancias, los malos caminos, la falta de puentes y demás dificultades que la naturaleza y los hombres (indios y salteadores) acostumbraban a interponer, se agudizaron al sufrir un deterioro creciente, cuando no la interrupción brusca, de las vías de comunicación.
129 Tampoco serían resueltos otros, como la persistencia de una variedad de unidades de pesas y medidas que dificultaban natural mente las relaciones comerciales entre distintas regiones, uo y se agravarían los derivados de la falta de moneda, cuyo uso quedaría prácticamente reducido al comercio internacional, imponiéndose en el local, particularmente en las campañas, el trueque, con las cono cidas dificultades para establecer precios justos y equitativos entre distintos productos • y el consiguiente aprovechamiento de los mercaderes.
131 Con ser todos y cada uno de ellos importantes para explicar la falta de integración de un mercado interno fluido y en creci miento, la revolución introduciría nuevos elementos negativos.
Evidentemente, la guerra condicionaría muchas decisiones.
Así, cuando se consideró necesario ganar el Paraguay se permitiría la libre introducción y expendio de su tabaco; y, cuando se lo quisiese castigar o presionar, se prohibiría o se impondrían fuertes derechos a ese producto y a la yerba mate.
132 Cuando se tratase del enemigo, se decidiría cortar todo tipo de relación como cuando, en noviembre de 1810, se prohibiese la introducción de efectos con guías de la aduana de Montevideo o con pases de ]os receptores de la campaña de la Banda Oriental, «... embargando los efectos de que conste, y dando inmediatamente aviso para proveer lo co rrespondiente»,133 disposiciones similares regirían sucesivamente con el Alto Perú, cuando estuviese en poder realista e incorporado, en consecuencia, al virreinato del Perú, y con Chile desde 1814 hasta 1817, a partir de cuando se restablecería el tráfico pero se intentaría regular como correspondía a dos Estados independientes.
Todo ello implicaría, de hecho, la interrupción más o menos durable del comercio y el establecimiento de una serie de imposiciones y gravá menes que contribuirían a trabarlo.
De todas maneras, salvo este último, se trataría de los grandes mercados virreinales perdidos.
Pero el fenómeno también afectaría al espacio remanente.
Estas gabelas podían ser de carácter nacional o local, afectar a todos los productos o sólo a algunos, y se podían cobrar sobre ]os bultos, sobre el principal <lel artículo o de la factura ( un porcentaje) o por derecho de tránsito hacia otros destinos Del primer tipo encontramos los de alcabala, eslingaje, nuevo impuesto, consulado, sisa' y el 8 CM; de mayor aumento lo que, sin pretender agotar la enumeración, Jan una idea Je lo antes dicho.
El gobierno, lejos de intentar rebajarlos para fomentar el tráfico interno, tendería a aumentar su número y a mejorar las disposi ciones que asegurasen una mayor percepción.
Así se dispondría, en junio de 181 5, que la mitad de los derechos adeudados por pro ductos extraídos desde Buenos Aires «por tierra a cualesquier puntos del Interior», debían abonarse al contado.
134 Igual interés fiscal reflejaría la disposición del 1 O de enero de 1817, referida a la exacta y rápida recaudación de la alcabala de reventa por ser «... uno de los ramos que forman la Hacienda Nacional destinada a cubrir las graves atenciones y gastos que demandan la defensa y seguridad del Estado». m O la disposición del 18 de marzo de 1818, tendente a evitar que continúen circulando mercancía y comerciantes sin las correspondientes guías de introducción que sólo podfan dar las aduanas de Buenos Aires y de Mendoza.
136 El hecho de que el ramo de sisa fuese rematado, en Córdoba, ca<la cinco años por un valor global de 15.000 pesos y que la almo neda se hubiese verificado en 1810 en favor de Antonio de Palacio y Amaviscar, permite conocer algunos pormenores.
Y a en marzo de 1812 haría notar este administrador la de caJencia del comercio <le yerba y de aguardientes por las dificulta des con el Paraguay y con Montevideo, adonde arribaban, con ante rioridaJ, los provenientes de España y Je Río de Janeiro.
Paralela mente, los mendocinos y sanjuaninos preferirían remitir sus caldos a Buenos Aires «así por el subido precio, como el expendio basto Je aquella Plaza».
Todo ello se reflejaría en la disminución experi mentada en esas introducciones que, en <linero, constituiría una merma del orden de los 1.992 pesos 6 reales, lo que afectaría apreciablemente su rema te calculado en 3.000 pesos anuales.
Para junio <le 1815 la situación no había variado.
Sin embargo, no consideraría que la disminución del comercio fuesen «sólo los quebrantos, y causales que me han atraído la ruina», sino que 484 «...
La nueva imposición subseciva de derechos tan considernbles ha sido el otro poderoso motivo de aquélla, pues haviéndose dis.. puesto a poco tiempo de la rebolución, e instalación del nuevo Go vierno la remición de esta Ciudad a la de Buenos Ayees, para costear dicha diputación se les cargaron a ambos ramos, a más de los derechos antiguos, siete, y medio reales a cada tercio, y cada carga de aguardiente quatro reales además del derecho de cisu.
A mediados del quarto año de haver celebrado el remate, se Je incrementó u cada carga de aguardiente u más de los trece pesos que tenía de derecho e impuestos, la enorme cantidad de otros doce pesos máf-5 de derechos: y al ramo de yerva independiente de los catorce reales y medio de derechos con que cstaha gravado, se le acreció el nuevo impuesto de ocho reales por arroba, cuya nueva impocición hace ascender el gravamen de cada tercio muy cerca de diez pesos, todo por disposición del Supremo Govierno de Buenos Ayres».
Por cierto que las pérdidas habían aumentado y por ellas reclamaría al gobernador José Javier Díaz, haciendo notar que el mismo gobierno había tenido que reconocer la decadencia experi mentada en el ramo, puesto que cuando fue sacado a subasta pú blica sólo pudo rematarse en 10.100 pesos, lo que implicaba una caída del tercio de su valor anterior.
Díaz le rebajaría 600 pesos de los adeudados para morigerar la pérdida experimentada.
A partir de 1815, la recaudación de los ramos de sisa y nuevo impuesto llegarían a niveles sumamente bajos, en tanto que la alcabala seguiría un ritmo bastante irregular aunque con una ten dencia negativa cada vez más clara en los últimos años del decenio.
A ello es preciso sumarle los derechos establecidos a instan cias del gobernador intendente, como el extraordinario Je guerra ( que pronto dejaría de ser extraordinario) 13R y, particularmente, los que le irían permitiendo imponer al cabildo para aumentar los pro pios de la ciudad, sostener los diputados y representantes, atender a las nuevas exigencias que generaría la guerra y los disturbios internos, erigir y mantener nuevos regimientos y las escuelas de primeras letras.
13 � Obviamente, tanto los gobiernos como los ca bildos de cada una de las ciudades y villas de las Provincias Unkh� dispondrían similares derechos por muy parecidas razones, lo que contribuiría a crear una verdadera maraña de impuestos que pesa rían sobre la circulación interna cada vez más.
140 Las necesidades fiscales locales serían tan perentorias y crecientes como las nacionales.
Lejos de fomentarse el comercio interno se había contribuido a ahogarlo desarrollando, por convicción o por jmperio de las cir cunstancias, una política exactamente contrapuesta a la ejecutada con respecto al exterior.
Y si allí se benefició el comercio y los mer caderes extranjeros, aquí se perjudicarían las economías locales y los comercian tes criollos.
Una situación de estas características podía conducir a dos tipos de soluciones: o se revalorizaban las producciones regionales en procura de satisfacer la más amplia gama posible de necesidades individuales y colectivas dentro del mismo grupo familiar, de1 «pa go» o de la jurisdicción, o se recurría al contrabando.
Y, en general, aunque se diera aquélla prevalecería éste, favorecido por la ampli tud de los espacios, la debilidad del aparato represor y el consen timiento tácito de la mayoría de la población. se separarían y aislarían regiones muy importantes, vitales para la economía del conjunto, con resultados negativos para todas y cada una de ellas.
Visto el problema desde la perspectiva cordobesa, esas pér didas significarían un tremendo golpe para su economía, la que sería sacudida en sus cimientos y vería desquiciado gran parte de su aparato productivo de una manera irreversible.
Téngase en cuenta que para 181 O, el 44 % de las exportaciones mediterráneas tenían como destino el Alto y Bajo Perú, contra apenas el 36 % que se remitía a Buenos Aires.
Esa proporción variaría drástica mente por la pérdida de aquel mercado y sustancialmente si se toma en cuenta el de la región norte como expectativa siempre abierta hacia aquel destino (a fines del decenio oscilaría entre l '50 y 2' 50 % ).
No menos dramática sería la pérdida del Paraguay para ]a industria textil.
Naturalmente, ni siquiera la demanda estatal para abastecer a los ejércitos alcanzaría a disimular la gravedad de una crisis que es de tipo estructural.
Se operaría un cambio de la mayor im portancia en la composición de las exportaciones: de un dominio rotundo de los efectos de la tierra en los dos primeros años, se pasaría al notable incremento de 1812, repetido en 181 5, de los productos ultramarinos, los que se estabilizarían en una fluctuante participación del orden del 20 % en los años restantes a excepción de los últimos, donde se volvería a los niveles de principios del decenio.
141 La creciente participación de manufacturas en las expor taciones estaría indicando una disminución de la actividad econó mica de la provincia y, también, del conjunto del espacio, amén del progresivo desplazamiento de los comerciantes a cumplir una fun ción de intermediarios en el comercio de manufacturas.
Igualmente, constituye otro indicio de la dependencia que se iría anudando con el puerto de Buenos Aires.
De todas maneras, no pocos mercaderes prefirieron Hhandonar la recolección de productos en la campaña, que implicaba esfuerzo 141 Las cifras manejadas surgen de los cuadros elaborados a partir de las series de comercio y se encuentran expuestos en Lobos: Repercusión de la guerra.... tomo V, págs. 909 y siguientes. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es y tiempo, para dedicarse al traslado de manufacturas ultramarinas de una plaza a otra beneficiándose con la diferencia de precio.
Según referencias, algunos obtendrían rápidas' y jugosas ganancias; pero muchos debieron hacer malos negocios, particularmente ique Ilos recién llegados a la actividad que pretendieron jugarse en una aventura gran parte de su capital y crédito.
Los envíos hacia los frentes de batalla, cuando corría la noticia de prepararse una expe dición hacia el Alto Perú o a Chile, como los efectuados en los primeros años hacia Catamarca y La Rioja, la mayoría de las veces habrían terminado por abarrotar esos mercados con la consiguiente pérdida para los pocos previsores.
En definitiva, para este tipo de exportaciones, eran plazas desconocidas para los cordobeses.
También es posible observar cambios en las proporciones entre frutos de la tierra y manufacturas extranjeras en las importaciones: disminuyen estos productos y, correlativamente, aumentan aqué llos.
Ello pudo responder al incremento de las reexportaciones, tarea a la que se irían reduciendo aquellos mercaderes, pero también a la necesidad de completar una masa de alimentos en el mercado interno donde la producción se encontraba en franco retroceso.
El movimiento de la balanza comercial por regiones confirma lo que ya se adelantara.
Sólo dos circuitos resultarían beneficiosos para el comercio cordobés: el Paraguay y el norte.
Ambos sufrirían una notable pérdida a lo largo del decenio porque, si bien en el conjunto siguen mostrando un llamativo superávit, las diferencias registradas entre el primer quinquenio y el segundo son abismales.
Regiones Importaciones Exportaciones Diferencia
Buenos Aires 1.173.028 ps. 617570 ps. Aquel tradicional saldo positivo le había permitido a los hacen dados-comerciantes e, indirectamente, a los mercaderes mediterrá neos, ganar importantes cantidades de dinero que le servirían para paliar el sistemático déficit que mantendrían con Buenos Aires y, aun, ahorrar.
La ruptura de ese equilibrio tendría consecuencias graves puesto que, a partir de entonces, particularmente en el se gundo quinquenio, sólo le quedaría a Córdoba la posibilidad de comerciar con el puerto en condiciones abiertamente negativas.
De más está decir que en el proceso perdieron todos menos aquellos que habían tenido sus intereses con el puerto, los que no sólo anudarían más estrechos lazos con sus colegas porteños sino, Tomo XLYJI 489 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es también, directa o indirectamente, con los ingleses.
Comenzaría a operarse, en forma sutil pero progresiva, un desplazamiento del poder económico y político de los hacendados-comerciantes serra nos a los comerciantes de la ciudad y a los ascendentes ganaderos de la llanura cordobesa.
Ello pareciera confirmarse con el impor tante papel que jugarían estos grupos en los gobiernos posteriores.
Quizás nada registre mejor la gravedad de la situación que las cifras del intercambio global.
El panorama es desolador y se agudizaría con el correr de los años: se considera 181 O como aún «normal>>, el déficit de la balanza comercial cordobesa ha aumen tado según los años entre un 250 y casi un 600 %.
Y si hasta 1814 la jurisdicción de Córdoba abonaría, al parecer, gran parte de sus deudas, particularmente aquellas que se habían ido acumulando con el puerto de Buenos Aires, lo haría evidentemente con el aho rro de sus habitantes que pronto se agotaría, como se habían ter minado sus tradicionales fuentes de provisión.
El déficit de 1a balanza comercial ascendió en un 58 % en el segundo quinquenio y, en el decenio, las exportaciones sólo alcanzarían a cubrir el 5 3 í! iJ de las importaciones, lo que estaría mostrando el grado de la de cadencia experimentada por el conjunto de la economía cor<lobcsa.
1.721.190 » -1.526.368 Es cierto que dichas diferencias se morigerarían con las expor taciones no registradas y con las ganancias que los comerciantes obtendrían en su papel de mayoristas en la plaza y en la campaña de Córdoba o el de importadores y exportadores en el conjunto del espacio, pero no menos cierto es que la crisis económica se haría sentir con singular intensidad hacia fines de la década y que la misma reconocía razones estructurales.
La guerra de la independencia también actuaría como des estructurante del sector mercantil cordobés.
Lo haría por la vía directa de lo hasta aquí expuesto o por la indirecta de los impuestos, las contribuciones, los donativos voluntarios y forzosos y de los empréstitos.
En 181 O, solamente, además de haber contribuido los cordobeses a principios de año para la Corona, entregarían más de 20.000 pesos en dinero para apoyar la Expedición Auxiliadora y solventar otros gastos, amén de establecerse un impuesto a los productos de comercio para sostener el diputado Funes que, con el tiempo, se transformaría en definitivo.
En 1813, sus vecinos aportarían 34.000 pesos fijados por el empréstito forzoso y comenzarían a pagar mensualmente las cuotas fijadas por la comisión del interior.
Para 1816 nuevamente serían requeridos para reunir los 40.000 pesos que le cargara el Congreso a los españoles de la provincia, el que tropezaría con insalvables problemas para ser recaudado en su totalidad.
142 Y a todo ello habría que sumarle exigencias menores, locales, y contri buciones en especies como ponchos, frazadas, zapatos y otros efec tos.
En fin, toda una serie de cargas que venían a agravar la situa ción de muchos mercaderes afectados ya por la crisis general y por la escasez de circulante.
El Estado, necesitado de dinero, buscaría captarlo allí donde estuviese y, perdido el Alto Perú, sólo se encontraba en manos de los comerciantes mayoristas.
A esto se agregaba que la mayoría de ellos eran españoles y, por esa condición, debían soportar el peso de las exacciones.
S. in embargo, una vez agotadas sus reservas, se recurriría a los criollos «no afectos a la causa», con lo que el espec tro se ampliaba.
De tal manera que a! os nombres de los hacendados perjudicados por el fin del tráfico de mulares como Tomás Teje-
HÚCTOR RAMÓN LOBOS rina de las Heras, José Javier Díaz, José Ascncio Ortiz, Manuel de la Torre y Vera, Fermín de Sierra Pico y los Funes; se sumarían los apellidos de otrora fuertes comerciantes mayoristas como Igna cio Pelteado, Juan Bautista Ferrer y Caminada, Antonio Savid; o de segunda línea, ahora sumidos en la miseria, como José María de Eguiluz, o encerrados en la cárcel por no poder satisfacer el pago de las contribuciones como Juan del Signo, Felipe Roca y Manuel López.
Otros, no sólo se mantendrían sino que prospera rían, con10 los Fragueiro.
143 Sin lugar a dudas, al agregarse a las dificultades expuestas una brusca y notable descapitalización, quedarían los comerciantes cor� dobeses muy debilitados como para reacomodarse e intentar hacer frente a la competencia extranjera, que comenzaría a asomarse a la plaza mediterránea a través de apoderados y consigna ta ríos y, eventualmente, de manera directa.
Existen numerosos indicios de que, con sus pcculiaridaJes, el proceso descrito para Córdoba y sus comerciantes puede hacerse extensivo al resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata. t-H Es decir, a lo que quedaría del antiguo espacio virreinal.
Sin lugar a dudas, este trabajo constituye un primer e incom pleto esfuerzo por conocer un aspecto de la rica y compleja realidad histórica estudiada y comprender el proceso de la independencia hispanoamericana.
Por ello, sin desconocer la importancia y, tam bién, los límites de los aportes efectuados, quizás su mayor contri- bución consista en el planteamiento de la cuestión siempre y cuando promueva los estudios regionales que permitan recrear al conjunto o llegue a ser considerado, valga la pretensión, un modelo de inves tigación ciertamente perfectible.
De la multitud de cuestiones que se han planteado, insinuado o que puede sugerir lo expuesto, y pretendiendo haber explicado muchas, parece aconsejable centrar el comentario final s6lo en algu nos aspectos.
De tipo general, ineludible como marco conceptual, la necesi dad de estudiar el proceso de la independencia hispanoamericana dentro del contexto más amplio de la descomposición del Imperio español.
Paralelamente, relativizar la noción de ruptura, entendida como corte tajante de dos momentos distintos y opuestos, y tra bajar con la perspectiva de encontrarnos ante un complejo proceso de transición que, con sus peculiaridades, se inserta en uno m, is amplio, común a la historia occidental.
De orden continental, señalar que quizás aún no se haya valorado suficientemente lo que signific6 la larga y dura guerra por la independencia, llevada adelante con la sangre' y el esfuerzo de todo un pueblo movilizado que, algunas veces sin convencimiento y cada vez con menos entusiasmo, la harían posible.
También es preciso hacer notar que la emancipación se conquistó con sus solas y disminuidas fuerzas, puesto que ninguna potencia la apoyaría como lo hicieran Francia y España con el movimiento independen tista de los Estados Unidos.
Por ello la gloria quizás fue mayor, pero indudablemente más costosa.
Tampoco se ha valorado bastante lo que significaron las más largas y cruentas luchas civiles que conducirían a la nación, exis tente durante decenios más en los corazones que en la realidad, al borde de la anarquía y <lesintegraci6n total.
La guerra de la independencia sacudió profundamente la es tructura económica cordobesa hereda<la del período hispánico al po• ner en crisis su aparato productivo, desarticular su comercio y liquidar los capitales existentes.
Pero también desarraigó a sus hombres y despobló sus campos; restó fuerzas al trabajo artesanal e industrial; puso, en fin, todo en conmoción.
Y de esa perturba ción, que afectaría al conjunto de las Provincias Unidas, saldrían victoriosos nuevos grupos, nuevas regiones con nuevos intereses.
De esas condiciones se saldría muy lentamente, con gran esfuerzo, ya completamente desubicados en la realidad mundial, la industria no pudo renovarse tecnológicamente como lo consiguió la europea precisamente en esos años; tampoco contó con mano de obr� suficiente y con los capitales necesarios, ni con la imprescin dible paz' y estabilidad institucional; en consecuencia, no tuvo po sibilidad de enfrentar la competencia exterior.
Y se continuó o se volvió, según los casos, a las actividades primarias de subsistencia o se fomentó sólo aquellas que tuvieron un mercado asegurado lo que, por un lado, permitiría el desarrollo de ciertas regiones del país en detrimento de otras, y, por otro, contribuiría a aumentar su debilidad estructural al no fomentar el desarrollo de una eco nomía diversificada e integrada que, aun en su modestia, pudiese disminuir razonablemente los riesgos que implicaba una excesiva dependencia del exterior.
Al nuevo orden económico mundial, que imponía la división internacional del trabajo, la Argentina llegaría como proveedora de materias primas y consumidora de productos manufacturados europeos.
De orden más específico, el primer dato de la realidad lo cons tituye la desintegración brusca, inesperada, del espacio virreinal.
En sólo cuatro años se pierden sucesivamente el Paraguay, el Alto Perú y Chile, con todo lo que ello significaría para una economía como la cordobesa (y la del Tucumán y Cuyo en general) que se había estructurado en función de aquellos mercados.
Por imperio de las circunstancias, Córdoba se vería obligada a orientar progre sivamente toda su desquiciada estructura económica hacia el único gran mercado que le había quedado: el puerto de Buenos Aires y, a través de él, al Atlántico.
De una situación de cierto equilibrio y relativa autonomía, se pasaría a una de acusado desequilibrio y dependencia creciente.
El hecho dominante del período lo constituyó la guerra de independencia y a ella se subordinaría todo, por lo menos en lo que a las provincias del interior respecta.
La voracidad fiscal no tendd límites y a sus exigencias respondertín el grueso de las me didas económicas, sacrificándose todo lo que sea necesario incluido, naturalmente, la posibilidad de reorganizar un mercado interno nacional.
También la estructura mercantil heredada sin reemplazarla por otra dominada por criollos adictos al nuevo sistema.
Efectiva mente, a la progresiva liquidación de los capitales del importantí simo grupo de comerciantes españoles, sobre los que recayeron preferentemente los empréstitos, las confiscaciones y las contribu ciones ordinarias y extraordinarias, le siguió el empobrecimiento de los americanos por similares razones y por la desarticulación del ámbito de comercio, con lo cual todos ellos quedaron en notoria inferioridad de condiciones para hacer frente a la competencia extranjera en el mercado interno, amén de que no contaron con los contactos necesarios en el exterior para reemplazar sus fuentes tradicionales de aprovisionamiento.
En fin, en gran medida, la historia económica del decenio transita por los dolorosos movimientos de reacomodamiento a una nueva realidad a la que se accedía con los muñones sangrantes por lo reciente y traumático de la amputación.
C., Lib1•0 de Alcabalas.
A, iuariu dr E, tudio, Amtrfrarw,.. me ha sido preciso parar tres días en Vichacha, una legua dis tante del camino, por las noticias peligrosas en que se hallan di chos caminos, desde Suypacha pensamos juntarnos entre muchos por estar mui peligroso el camino, y para. seguir con alguna seguridad». |
Despacho del director supremo.
La Academia de Matemáticas funcionaba ba j o la dependencia del Consulado de Buenos Aires.
Senillosa había sido desi g nado en reemplazo de Manuel Herrera, pero éste había p ermanecido sólo cinco meses en el car g o.
V. T j orks, Germán O. E.: i-;1 Con• sulado de Buenos Aires y.ms proyecciones en la historia del Río de la Plata.
Debo comenzar estas notas con una imprescindible referencia historiográfica porque, más allá de la significación de los hechos que aquí se han de exponer, interesa señalar ciertas constantes en las historias nacionales que se han escrito sobre nuestros países latinoamericanos.
Hacia comienzos de este siglo, el historiador Carlos Villanueva publicó algunos datos sobre la gestión que José de Lanz llevó a cabo en París por encargo del gobierno de la Gran Colombia.
Concretamente, refirió este autor que el conde de Villele, presi dente del Consejo francés, hizo conocer a Lanz que Francia había renunciado a toda agresión contra la nueva nación independiente, desentendiéndose así de las presiones de la Santa Alianza.
Decisión tan importante para la suerte de las revoluciones hispanoamericanas fue comunicada por Lanz al ministro de Relaciones Exteriores gran colombiano, Pedro.Gual; éste, animado por la noticia, instruyó a Lanz para que promoviera un acuerdo con Francia en condiciones similares a las ya concertadas con Gran Bretaña.
Con estas referen cias, Villanueva presentó a Lanz al conocimiento histórico hispano americano.
1 Tiempo después, el historiador colombiano Diego Mendoza agregó algunos datos sobre la misión de Lanz en un breve y sustan cioso artículo publicado en una revista londinense.
Mendoza aportó EDMlJNOO A. IIF.REDJ A alguna información biográfica, por ejer.1i: i0, que había {:Stado en Buenos Aires contratado por Rivadavrn como científico y que, dis gustado por los conflictos po!íticos ¡nternos que allí encontró, decidió regresar a Francia; el autor hacía referencia también a los servicios que Lanz prestó �l In Grnn Colombia, de lo que hemos Je tratar más adelante.
2 Un cuarto de siglo después -ya en 1938-el historiador argentino Diego Luis Molinari dio a conocer en un erudito estudio que en 1816, con motivo de la gestión diplomática que su gobierno le había encomendado en Europa, Rivadavia contrató a un profesor de ciencias exactas y naturales, el «catalán José Lanz», quien viajó a la capital rioplatense y se vinculó al director Puyrredón.
Seg(m esta versión, que más adelante corregiremos, el profesor informó nl gobernante porteño sobre las tentativas diplomáticas que se realizaban en ELtropa, y éste le encargó que por escritura cifrada le comunicara a Rivadavia la declaración de la independencia y el deseo del gobierno de que el comisionado se mantuviera en la ca pital francesa; refería luego que Lanz regresó de Buenos Aires a Francia portando oficios y comunicaciones del gobierno.
3 Luego, C�frcano recogería esta versión y la vertería en un breve párrafo de su voluminosa obra sobre la historia diplomática argentina.
4 Pocos años después del estudio de Molinari, en Colombia el historiador Francisco José Urrutia refirió que en 1824 el gobierno <le la Gran Colombia designó a José María Lanz como su agente confidencial en Francia.
Debía gestionar el reconocimiento de la independencia, informar al gobierno francés sobre los sentimientos pacíficos de los colombianos, promover la apertura y sondear In actitud de ese gobierno ante la proyectada acción militar de Colom bia en Puerto Rico y Cuba.� JOSÉ DE LANZ 3 Obvian1entc, el Lanz Je Villanueva, Mendoza y Urrutia es el mismo Lanz de Molinari y Cárcano; sin embargo, los unos y los otros lo han trata<lo como si fueran diferentes personas.
La dirección de los estudios históricos en Argentina y Colombia ha impedido, así, que sus gestiones diplomáticas, al servicio de uno y otro país en diferentes momentos de la revolución de independen cia hispanoa1nericana -en un lapso de ocho años-, fuesen vincu ladas entre sí, y esto es lo que hemos querido resaltar en esta suerte de contrapunto de sucesivas referencias historiográficas.
Es obvio también que la vinculación no ha sido establecida por la simple razón de que los historiadores de cada nación involucrada sólo han conocido la misión referida a su país, que era la que con citaba su atención.
La ignorancia no va en demérito individual de quienes, aquí y allá, se ocuparon de Lanz, sino de una tradición generalizada del enfoque y perspectiva de la historia que no ha superado aún una cerrada dimensión nacional.
Es claro que si estu viera desarrollada la historia general del continente, y en especial la historia de los pueblos hispanoamericanos en lo que tienen de común, exis. tirían otras posibilidades de que esas vinculaciones fuesen más fácilmente detectadas a través de la documentación y de la bibliografía históricas.
Y en tal caso, esta modesta introduc ción no hubiera tenido razón de ser.
Pero he aquí que nosotros mismos -que ahora venimos en el rol de correctores-, hemos cometido esta misma comisión años atrás, en ocasión de estudiar los trabajos de Lanz como científico y diplomático al. servicio del gobierno de Buenos Aires.
6 Este opúsculo tiene su razón de ser, en parte, en In necesidad de reparar aquella omisión propia.
¿Cuál es el sentido que tiene presentar ahora, como en un mural, los dos retazos?
¿Qué interés tiene para la historia de Colombia y Venezuela lo que Lanz hizo al servicio de Argentina, y viceversa?
Quizá luego de concluir la lectura de este trabajo, algu nos se mantengan en ln incertidumbre.
Y puede ocurrir que así 4 EDMUNDO A. HEREDIA sea porque aún la historia de Hispanoamérica, como una unidad, aparece como una abstracción, una empresa a realizar, un proyecto para el que no hemos encontrado todo su sentido y su valor intrín seco, aunque al menos hemos comenzado a vislumbrarlo.
La respuesta -nuestra respuesta-es que es ésta una parte, posiblemente menor y secundaria, de la historia de nuestra América que estamos buscando.
Ojalá este pequeño aporte contribuya a que un día esta historia tenga un sentido tan profundo como puede tenerlo la historia de cada nación para los ciudadanos de cada una de ellas.
Y ojalá que alguna vez la unión de todos los fragmentos -como los dos que ahora se exponen-llegue a dotar de un sen tido de unidad a este grande y complejo universo hispanoamericano.
Tenemos la intuición que será un paso firme para tomar conciencia de lo que somos a partir de lo que fuimos, y entonces sus pueblos se sentirán más cerca unos de otros. lJ.
El cientí/ ico José de Lanz José de Lanz había nacido en Michoacán (México), hacia 1770.
Sus padres, de acomodada posición, lo enviaron aún niño a estudiar a la capital española.
Se trasladó luego a París, y allí debió ga narse su sustento, pues la situación de su familia había dejado de ser próspera.
Mientras trabajaba como operario en una fábrica, estudió matemáticas generales y aplicadas.
De regreso a Madrid, intervino en la corrección y construcción de la carta geográfica de España.
Hacia comienzos del siglo XIX era ya un experto recono cido, y pudo así fundar una escuela especial de mecánica.
7 Debió tener también inquietudes políticas, de las que, por lo demás, era difícil sustraerse en la agitada Europa de entonces.
Establecido el poder francés en la capital de España, se enroló en JOSÉ DE LANZ las filas de José Bonaparte; restaurado el absolutismo en España, tuvo que regresar a Francia.
Cuando el imperio napoleónico cayó se asiló en Inglaterra, y allí fue donde conoció a Rivadavia; es entonces cuando comienza nuestra historia.
Había publicado ya, junto con Agustín de Bethencourt y Ma lina, el Essai sur le composition des machines, lo que indica la orientación de sus estudios.
El coautor era un matemático e ingeniero español, de Canarias, cuya actividad se había desarrollado en Rusia, adonde fue llamado por el zar Ale jandro, quien lo hizo allí teniente general del ejército imperial; Bethencourt creó en Rusia un Colegio Militar de Ingenieros y una Escuela de Ciencias Exactas, cumpliendo así una trayectoria muy parecida a la que llevaría a cabo Lanz en América.
La. dirección de la Academia de Matemáticas en Buenos Aires
A fines de 1814 el Directorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata comisionó a Bernardino Rivadavia y a Manuel Belgrano a Río de Janeiro y Cortes europeas.
Esta misión, ya prolijamente estudiada, estaba dirigida a contener los impulsos reconquistadores de España, tanto en gestiones directas como en tentativas media• doras con otras potencias.
Al mismo tiempo que desenvolvían sus largas y arduas tareas diplomáticas, Rivadavia y Belgrano procura ron concretar los i' deales progresistas que los inspiraban: el fo mento de la enseñanza y difusión de las ciencias y las artes en las Provincias Unidas.
Un objetivo particular de este programa era formar expertos en la fabricación de pertrechos de guerra, ya que la situación revolucionaria reclamaba que esos estudios tuvieran una urgente aplicación práctica.
Por encargo del director -entonces Carlos de Alvcar-el secretario de gobierno Nicolás Herrera había encomendado a los comisionados la contratación de profesores de matem, iticas en Europa.
Debían ser preferidos los de nacionalidad española, por la ventaja del idioma común, y se les Jcbía asegurar que gozarían en su destino de una buena acogida y de especial consideración.
Les facilitarían todos los auxilios necesarios para su traslado a Buenos Aires.
8 Rivadavia asumió la tarea con convicción y sus frutos fueron alcanzados a comienzos de 1816; encontró la persona indicada en José de Lanz, quien seguramente estaba entonces en incómoda posi ción, debido a la persecución Je que eran objeto los partidarios del derrotado Napoleón Bonaparte.
Por el contrario, la situación en Buenos Aires debía aparecer promisoria a las expectativas del científico.
Luego de varios años de gobiernos inestables y efímeros, en que no pudo imponerse un sistema de conducción definido, se había iniciado allí la época directoria!, cuya meta era organizar la nueva nación y dotarla de una constitución.
El Reglamento del Directorio garantizaba liber tades individuales, y sus dirigentes demostraban encomiable voca ción por el orden y el firme propósito de cultivar y desarrollar d conocimiento y aplicación de las ciencias.
Si en el orden interno y desde aquella óptica eran halagüeñas las perspectivas, también era privilegiada la situación de estas Pro vincias Unidas en su lucha por la emancipación.
A diferencia de los demás países hispanoamericanos en estado de insurrección, la fuerza española estaba lejos de poder amenazar la zona rioplatense.
A mediados de 1814 habían sido batidos los realistas de Montevi deo y, en lugar de armarse para defender la capital, los revolucio narios se lanzaban entonces a extender el movimiento emancipador al otro lado de la cordillera de los Andes.
Gobierno independiente consolidado y organizado, y la euforia de una revolución triunfante, debieron ser las apreciaciones de Lanz al evaluar lo que podía esperar en el Plata.
En sus conversaciones con Rivadavia y Belgrano supo, además, que el primero sería recibido en la Corte española, y el optimismo con que los Jos comisionados veían esta gestión <lcbió ser otro factor que infundió confianza al matemático sobre los días venturo sos que le esperaban en Buenos Aires.
Rivadavia convino con Lanz que éste Jcsempeñaría d cargo de director y prirner profesor <le Ciencias Exactas y Naturales de la Academia. de Matemáticas de Buenos Aires.
Se comprometió a que el gobierno le diese alojamiento en la propia casa de la Aca demia y le abonase un sueldo proporcionado a la jerarquía de sus trabajos; recibiría también en su destiro el importe de los pasajes de él y de su esposa, del cual Rivadavia adelantó parte al dueño del buque en que se embarcaron.
Desconociendo el gobierno los resultados obtenidos por el comisionado, por los mismos días en que éste concluía el acuerJo con Lanz en Europa se nombraba en Buenos Aires a Felipe Seni Jlosa en el mismo cargo de director de la Academia y de preceptor de Matemáticas, con un sueldo de 800 pesos.
10 Senillosa era un catalán que por entonces incursionaba en el periodismo, y que había estudiado Matemáticas en la Universidad de Alcalá de Hena res; luego de prestar servicios en España como militar e ingeniero, se había trasladado a Londres, donde conoció a Rivadavia y Bel grano.
Trasladado a Buenos Aires por. sugestión de éstos, pasó a redactar el periódico «Los Amigos de la Patria y de la Juventud».
Obviamente, el nombramiento de Senillosn se superponía al de Lanz.
No obstante, al arribo del segundo la situación quedó resuelta con el desplazamiento de Senillosa al cargo de segundo director, elevando en compensación sus haberes a 1.000 pesos.
11 El recién llegado fue confirmado como director, con la facult..,d 8 EDMUNDO A. HEREDIA de arreglar el plan de estudios en toJos sus aspectos, y se le asignó un sueldo de 1.500 pesos anuales.
12 El ambiente porteño no deparó a Lanz todas las satisfacciones que había vislumbrado.
El Consulado comenzó protestando al go bierno por la designación directa, porque consideraba que ella era una atribución suya.
Pero esto no obstó para que el matemático asumiera la dirección' y se granjeara pronto el respeto y la considera ción. de las autoridades, seguramente por sus relevantes antecedentes intelectuales, que lo destacaban en un medio en el que los estudios científicos eran incipientes.
13 Su primera tarea como director fue la de elaborar el Regla mento de la Academia, por lo que se deduce que con su designa ción esta institución inició una nueva y más orgánica etapa, que concluiría al incorporarse ésta a la Universidad de Buenos Aires, en 1821.
Lanz acompañó el Reglamento con una exposición en la que señalaba los beneficios de la enseñanza de las matemáticas.
Consideraba que el estudio de estas ciencias es lo que confiere• mayor dignidad al hombre, pues «dan solidez al juicio, estensión y profundidad al entendimiento, y la costumbre preciosísima de admitir únicamente lo demostrable, abandonando las hipótesis, y los sistemas especiosos, fundado ya en tradiciones vagas, ya en suposiciones brillantes».
Los grandes adelantos logrados en la nave gación, en la arquitectura naval, en la invención y perfeccionamiento de máquinas los atribuía a los conocimientos de las matemáticas y de otras disciplinas que de ellas directamente derivan.
Su estudio, en fin, conducía a formar buenos ciudadanos, útiles a la patria.
En cuanto al Reglamento, éste era presentado con carácter provisional, pues el Directorio tenía el propósito de dar mayor extensi6n a los estudios de la Academia cuando las circunstancias lo permitieran.
En tal caso, Lanz entendía que debían fijarse ma-yores requ1s1tos para el ingreso y aumentar los años de estudio para introducir los principios de la física' y de la química, « tan, • necesarios -decía-, sobre todo en un país donde las artes están aún en la infancia y donde el reino mineral ofrece tantas riquezas».
El Reglamento fue elevado a consideración del director el 11 de octubre de 1816, y sería publicado por el Consulado en la Imprenta del Sol, el mismo año.
14 En él se indicaban las condiciones para el ingreso -12 a 16 años de edad, saber leer y escribir, y conocer las cuatro reglas aritméticas-; se fijaban los horarios de clase, de prácticas, de estudios; la duración del curso -dos años, en períodos desde marzo a diciembre-.
El Consulado seleccionaría los candidatos, y los exámenes serían públicos.
El director de la Academia podía aplicar suspensiones de hasta tres días, y para san ciones más severas debía someter los antecedentes al Consulado.
15 Lanz asumió así la dirección del renovado instituto, en el que se granjeó considerable estima.
Gutiérrez juzgaría que <<Su per manencia fue corta, pero honrosa y útil para el país».
Uno de sus discípulos, Marcos Chiclana, referiría luego a Gutiérrez datos bio gráficos de Lanz, ponderando sus valores y el aprecio a que se hizo merecedor.
Lanz agregaría otro servicio a la enseñanza de las ciencias en Argentina, al traducir del francés al castellano el libro Elementos de Aritmética, de J. F. Lacroix.
Para su décimotercera edición fue abierta una suscripción por la Imprenta del Sol.16
Además del objeto señalado, Lanz vino de Europa con encar gos secretos de Rivadavia, relacionados con la comisión que éste desempeñaba ante las Cortes europeas.
Las precauciones para rnan-1 14 Fue reproducido en el libro de Gutiérrez, J. M.: Noticias históricas.... págs. 209-213.
EDMlJNDO A. HEREDIA tener el sigilo fueron extremas, y algunos detalles no se asentaron por escrito sino que fueron'--onfiados exclusivamente a la palabra oral.
Esto prueba que el matemático había ganado la confianza del comisionado, puesto que le participó sus más reservadas ges tiones y dio por segura su correcta información al gobierno de Buenos Aires.
A Manuel García, que representaba a las Provincias Unidns en la Corte de Río de Janeiro, envió Rivadavia dos cartas por ínter.. medio de Lanz; una de ellas sería entregada en el puerto de la capital brasileña a una tercera persona, para que ésta la alcanzara al destinatario.17 En ella Rivadavia recomendaba a García que fuera a ver a Lanz en el barco; cuando así lo hiciera, el viajero le entre garía la segunda misiva, que debió contener la sustancia de los informes que el comisionado quería hacer llegar a su colega. •� El celo puesto en la entrega de esta correspondencia en la escala fluminense parece evidenciarse también en los términos usados para designar al intermediario: en la primera se mencionaba a Lanz como «portador» y en la segunda como «dador», sutileza que bien puede ser producto del riguroso cuidado que tuvo Rivadavia.
19 Sin embargo, la epístola que entregó en manos de García no abundaba en detalles: en ella Rivadavia anunciaba que se presen taría en la Corte española; la mayor extensión era para recomendar al científico y pedir la colaboración de García en la etapa final de su viaje.
20 Lo significativo es que aquí Rivadavia anunció que Lanz le daría a conocer verbalmente todas las novedades; un mes des pués, ante el reclamo de García, Rivadavia le diría que lo interc-, TOSÉ DE LANZ 11 sante era lo transmitido por Lanz, 21 y más tarde que había cumplido lo que éste le había anticipado, es decir sus gestiones en Madrid.
12 Queda claro entonces que debió referir a García todas ]as relaciones previas -mantenidas en secreto entonces-• entre la Corte española y el enviado porteño, en las que actuó como mediador Juan Manuel de Gandasegui, y para ello se ptovocó la visita de García a Lanz en el barco.
Los recaudos para mantener el secreto en Río de Janeiro se justificaban por la expectativa que la actitud de Riva davia despertaba en la Corte brasileña y en el influyente embajador británico, lord Strangford.
El hecho de que Lanz fuese el mensajero oral de las cruciales negociaciones rivadavianas en Europa, indican que estaba ya invo lucrado en la actividad diplomática rioplatense, dedicada entonces a sostener la causa de la independencia de la nueva nación.
Como se sabe, estas gestiones debían estar rodeadas de la mayor cautela, pues se trataba de no provocar reacciones belicistas de España, cuyo gobierno desplegaba por entonces laboriosas gestiones ante las Cortes europtas para desbaratar los acercamientos diplomáticos de los revolucionarios.
Lanz cumpli6 aún una tarea más delicada, como fue la de entregar el sistema cifrado que Rivadavia envió al director y a Manuel García para las futuras cotnunicaciones secretas; es posible que esta documentaci6n haya sido destruida luego de ser conocida por los destinatarios, pues no se encuentra en los legajos de la misión existentes en el Archivo General de la Nación de Argen tina, ni ha sido recogida en la colección documental presentada por Emilio Ravignani.
Por ahora, lo que interesa destacar aquí es el papel especial y de suma confianza que cupo a Lanz como portador de las cifras.
El código fue participado a Manuel García, como se desprende de la carta de Riva<lavia en que le pide mayores informa ciones «por el medio que le habrá entregado Dn.
23 Tal medio no podía ser otro que e1 utilizado en las con1unicaciones entre Rivadavia • y el director, y al que se alude concretamente en carta del primero.
24 Con el transcurso de los meses y estrechada la vinculación con el director Pueyrredón, Lanz obtuvo de éste aún mayores prue bas de confianza, pues pasó a ser depositario de la cifra utilizada para las comunicaciones secretas con Rivadavia, para llegar luego a ser el corresponsal oficial del director en sus relaciones con el comi sion�do en Europa; esto es, Lanz escribía a Rivadavia, en cifra, lo que le encomendaba Pueyrred6n.
25 Lanz fue quien anunció al enviado la declaración de la inde pendencia en Tucumán -que, como se sabe, no se proclamó a los demás países, por precaución, hasta mediados de 181 7-y la orden de mantenerse en París a la espera de nuevas órdenes del gobierno.
26 Rivadavia mostró algunos reparos en aceptar las cartas de Lanz como correspondencia oficial, pero terminó por resignarse; le molestaba también la informalidad de los términos, por lo que él siguió dirigiendo las respuestas a Pueyrredón y guardando fos fórmulas oficiales de es tilo.
27 El comisionado reavivaría sus recelos contra el ahora confi dente de Pueyrredón cuando se enterara, por palabras de su esposa, que Lanz viajaba de regreso a París y que era portador del dupli� cado de la orden de su regreso a la patria.
28 No pudo ocultar entonces su profundo desagrado, descon fiando sobre los motivos del abandono del cargo de director de la Academia, para lo cual lo había contratado; en efecto, el mexicano regresaba pocos meses después de haber asumido esa dirección, contradiciendo las intenciones del convenio.
Aunque Lanz no dio mayores explicaciones sobre los motivos de su regreso, parece cierto que se reunieron varios factores.
Uno de ellos era que sus expecta tivas iniciales en cuanto a encontrar un país tranquilizado donde el cultivo de las ciencias fuese posible, quedaron defraudadas.
La oposición a Pueyrredón se había recrudecido en los meses de su permanencia en Buenos Aires; al encarcelamiento y posterior extra ñamiento de Dorrego habían seguido los de Manuel Moreno y mu chos otros.
El ambiente porteño se convulsionaba con estas noti cias, la opinión se agitaba por la acción de una prensa combativa, y al peligro de las incursiones artiguistas en el litoral se sumaba el temor de una expedición española sobre el Plata.
Por último, en esos meses se había producido la invasión lusitana a la Banda Oriental, lo que no había provocado resistencia del Directorio, sino antes bien un alivio por lo que significaba de contención a los opositores del centralismo.
Lanz no debió ser testigo indiferente de esta conflictiva situación.
Otro factor coadyuvante debió ser la falta de adaptación de su esposa al ambiente porteño, por cuanto, como lo apunta Gutiérrez, era <<estraña a la lengua española y a nuestros usos y costumbres».
El inesperado regreso de Lanz, y el hecho de que portara la resolución que relevaba de su misión a Rivadavia, pudieron hacer sospechar a éste que ese relevo estaba vinculado con el traslado de Lanz, ya que algunas circunstancias lo mostraban como su reem plazante.
El comisionado nunca recibió explicaciones, por lo que se conoce, sobre el interrumpido cometido del matemático en Buenos Aires, cuya contratación y traslado había sido su obra per sonal en beneficio del progreso científico del país.
Como es conocido, la orden de regreso no fue cumplida por Rivadavia, que prefirió permanecer en Europa para iniciar negocia ciones con representantes de los gobiernos de Portugal y España.
De todos modos, las inclinaciones monárquicas del Directorio de Pueyrred6n eran afines a las ideas de Lanz.
Este guardaba, ade más, vinculaciones con España, donde residía por entonces parte de su familia; ello induce a conjeturar que algo más que su repulsa al orden imperante en Buenos Aires motivaba su regreso a Europa, donde los comisionados porteños bregaban por una salida mofüir quica con la instalación de un príncipe europeo.
Las circunstancias lo habían convertido en la persona apropia da para obrar de componedor o intermediario entre lo gobiernos del Río de la Plata y el de España.
No obstante, tanto Rivadavia como poco después el ministro de Estado español, José García de León y Pizarra, expresaron su desconfianza • y recelos hacia él; ambos sospecharon que era un agente del contrario.
Lanz había viajado desde Buenos Aires en compañía de An tonio José Valdés, que acababa de dejar la redacción de El Censor para cumplir una misión oficial ante los países de la Santa Alianza, encargada por Pueyrredón;29 el barco que los condujo partió en febrero de 1817, y Rivadavia fue enterado para que aguardara el arribo de ambos en Francia.
El destino de los dos hombres, unidos en el largo viaje trans atlántico, presenta sugestivas analogías.
Subvencionados por el gobierno nacional, uno ciertamente para cumplir una misión polí tica y el otro aparentemente para fomentar el progreso científico -debía procurar en Europa elementos para perfeccionar el cometi do de la Academia-, quedaron emparentados finalmente al presen tarse ante las autoridades españolas con intenciones amistosas; el primero fue redactor de manifiestos para disuadir a los revolu cionarios y ganar una opinión favorable a la reconquista entre las potencias europeas; el segundo actuó como informante de la situa ción en Buenos Aires ante las autoridades peninsulares, y fue autor de un plan para llegar a la reconciliación con el gobierno por teño, como veremos luego.
30 Si bien no se conoce si se dedicó efectivamente a su laboi científica en París, lo cierto es que Lanz no cumplió de inmediato con su presentación ante Rivadavia, quien no ocultó las sospechas sobre su conducta.
Su disgusto había aumentado al tener que atender con un subsidio mensual, extraído de sus cortos recursos, a una cuñada del matemático; 31 el disgusto se convirtió en amargura cuando comprobó el incumplimiento de Lanz.
En junio de 1817 expresó a Belgrano el desagrado que le había causado la «resolu ción» del matemático, refiriéndose seguramente al abandono de la dirección de la Academia.
32 Esta situación quedó superada cuando Lanz se presentó, por fin, al domicilio de Rivadavia, le entregó el duplicado de la orden de regreso y le informó sobre la misión secreta que traía Valdés.. l, A partir de entonces las manifiestas sospechas desaparecieron, pues mantuvo contactos amistosos con él, no obstante haber entra do Lanz ya en comunicación con el Embajador español.
Todas las reservas se concentraron entonces en el compañero de viaje, Valdés, cuya actividad al servicio de España fue pública y notoria des de 1818.
34 Una prueba de la estima que Rivadavia le siguió profesando puede encontrarse en la designación de Lanz con10 miembro corres pondiente en París de la Socieda,d Literaria de Buenos Aires, pro movida por el primero cuando se desempeñó cmno ministro del gobierno argentino, en 1822.
35 Valdés fue el primero en aproximarse al representante español en París, conde de Fernán Núñez; y fue también quien introdujo en la embajada a Lanz, auspiciado por un amigo común, el general español Miguel Ricardo de Alava, un liberal que había capeado la Valdés comenzó por referir a Fernán Núñez que su presentado había recibido correspondencia de Buenos Aires, la que daba cuen ta de una conspiración para derrocar al director; al ser descubierta, había desencadenado la deposición de miembros del gobierno' y su reemplazo por elementos adictos a España; le aseguró que conocía a los nuevos gobernantes y sabía de sus inclinaciones para llegar de cualquier forma a un arreglo con Fernando VII.
Aunque es cierto que Pueyrredón se enfrentaba con una firme oposición, es fácil advertir que Valdés magnificaba y aun deformaba ]os hechos; el propósito debió ser el de aparecer ante el gobierno español como una pieza importante de un futuro acuerdo.
Llegó al extremo de lamentarse ante el embajador por no estar autorizado por el rey para hacer saber a sus amigos de Buenos Aires el partido que él había tomado y no poder, por tanto, iniciar de inmediato las gestiones conciliatorias; afirmó a Fernán Núñez que no dudaba en atraer a esos amigos cuando pudiera expresar con sinceridad y amplitud las razones que expondría en favor de la causa.
Fernán Núñez comunicó estas revelaciones al ministro Pizarro, manifestando su opinión de que era inútil mantener a V aldés en París sin destino ni aprovechamiento;36 además, sintió interés y curiosidad por conocer a Lanz, aprovechándose entonces del gener;1} Alava, a la sazón en París, quien participó en la entrevista sostenida por el embajador y el matemático, en el mes de septiembre.
El plan de pacificación
En la entrevista Lanz expuso que la mayoría de los hombres sensatos de Buenos Aires sólo deseaba la tranquilidad y el restable cimiento de autoridades legítimas; agregó que las continuas mu danzas de los gobiernos habían provocado cansancio y fastidio, ruina y desolación.
Le dijo asimismo que aún gozaba allí de un sueldo suficiente, pero que había preferido abandonar el país, y augurado que poco a poco éste quedaría despoblado si persistía la caótica situación; dijo también estar convencido que si los gobiernos no se atrevían a exponer a la metrópoli sus deseos de reconcilia ción era porque se consideraban juzgados en la causa y temían no obtener el perdón del rey.
Expresó a continuación que lo más adecuado era enviar una corta fuerza a Buenos Aires, cuyo jefe debía ofrecer garantías de moderación y prudencia, y asegurar un olvido amplio y general junto con proposiciones ventajosas de comercio; de este modo Es paña contaría, a su juicio, con la colonia más fiel.
Se mostró dis puesto también a participar en la tarea y terminó prometiendo una memoria escrita explayando sus ideas.
El conde acogió con beneplácito la exposición, pues estaba con vencido que sólo serían eficaces los medios conciliatorios; no ocultó a Pizarra el agrado que sentía al realizar este provechoso contacto.
37 Lanz cun1plió de inmediato con su promesa de presentar un escrito;38 en él dijo que, no obstante las luchas internas que las devoraban, los gobernantes de las Provincias Unidas estaban dis puestos a no ceder en las conquistas de libertad de comercio y de industria, y que para mantenerlas se entregarían a cualquier po tencia que se las garantizase.
Afirmó que, aunque todos coincidían en estos fines últimos, las opiniones en Buenos Aires se encontraban divididas entre republicanos, federalistas, realistas, realistas cons titucionales, etc. Estimó que los adictos a Portugal eran numerosos y poderosos, pero �ás aún lo eran los partidarios de España y a este partido se inclinarían los primeros si se disipara el temor a la venganza.
Una buena 1nanera de restablecer la confianza sería la desig nación de jefes políticos • y militares honrados y prudentes y, obvia mente, la libertad de comercio y de industria, tan beneficiosa para América como para España.
Tan dispuestos consideraba a los diri-gentes rioplatenses que proponía el envío de una fuerza armada con el sólo propósito de asegurar el orden público; temía que indi viduos sin escrúpulos aprovecharan la ocasión para conspirar contra el gobierno enrostrándole su actitud amistosa hacia la metrópoli.
Afirmó también la necesidad de respetar a los extranjeros ra dicados en el Río de la Plata, y en especial los capitales y mercade rías de sus comerciantes, como así también los grados alcanzados por. aquellos que se habían incorporado a los ejércitos revoluciona rios.
Debería mantenerse la legislación dictada en favor de los esclavos.
En cuanto al medio de llevar a cabo la aproximación, estaba convencido que lo más adecuado era contar con la mediación de alguna potencia, que sirviera de apoyo y garantía para el cumpli miento de los contratos que se celebrasen.
Estas informaciones y juicios fueron transmitidos a Madrid, donde Pizarra centralizaba la dirección de la reconquista desde el Ministerio de Estado.
Antes de adoptar actitud alguna al respecto, y luego de informar de todo a Fernando VII, el ministro quiso enterarse de la identidad de este nuevo colaborador; ofició a su colega de Guerra pidiéndole información, pero en los archivos de esa Secretaría no fueron encontrados antecedentes de la trayectoria militar de Lanz al servicio del rey.
39 En definitiva, el plan fue a parar al grueso expediente de paci ficación, donde -junto con otros papeles similares-sirvió para ilustrar a los gobernantes españoles su política ultramarina.
40 Las ideas desarrolladas por Lanz no deben considerarse extem poráneas, si se tienen en cuenta las circunstancias políticas en que se debatían las Provincias Unidas por entonces.
Al margen de si pudo ser o no un agente del gobierno porteño, sus expresiones ante el embajador español traducían por lo menos una parte del pensamiento <lel Directorio; que no trabajaba en su contra lo muestra la falsa afirmación según la cual Pueyrredón se había ro deado de personas adictas a España, con lo que intentaba crear ante el monarca una imagen benigna del director; además, sostenía la necesidad de conservar una de las ambiciones capitales de los diri gentes porteños, esto es la libertad de comercio.
El envío de una fuerza española que resguardara a las autoridades contra los enemi gos de la conciliación, marcaba el interés por eliminar a los caudi llos federalistas de las provincias, que bajo el patronazgo de Artigas hacían peligrar la estabilidad del gobierno centralista porteño.
Por último, la mediación de una potencia extranjera -y esto no era necesario nombrar a Gran Bretaña para entender que a ella se refería Lanz-aseguraba respeto a las condiciones básicas que sostenían los porteños, puesto que éstas coincidían en buena parte con los intereses de la mediadora.
Por lo menos hasta aquí los gobernantes de Buenos Aires, en su fuero íntimo no hubieran podido tacharlo de traidor; pero es claro que la parte más delicada y trascendental era el retorno a la dependencia política de España, y éste es un aspecto en el que Lanz hizo gala de sutil diplomacia.
En su presentación escrita no entró a tratar en manera alguna de independencia o de dependencia, ni adelantó concepto sobre la forma del futuro gobierno de Buenos Aires; usó reiteradamente del término «reconciliación», lo que in dudablemente no implica sumisión.
Y en cuanto a los arreglos, debían hacerse bajo la forma de contratos, con lo que pretendía implícitamente el reconocimiento de la existencia de entidades autó nomas y responsables.
Es cierto que hablaba de «colonias» y de «metrópolis►>, pero es obvio que usaba una denominación común por entonces y referida a una situación secular, por lo que ello no significaba una toma de posición con sentido prospectivo.
Insistió en que no correspondía indulto ni amnistía, sino un olvido total de lo pasado; en efecto, lo primero implicaba el perdón <le la autoridad hacia el súbdito descarriado, y no eran esos los principios que Lanz enarbolaba.
Tomo: XLYJ/.515 EDMUNDO A. HEREDJA En resumen, lejos estaba <le preconizar una vuelta a la situa ción anterior a 181 O, sino por el contrario intentaba cimentar e institucionalizar los principios económicos alentados y establecidos por el gobierno de Buenos Aires; al mismo tiempo se desembara zaba el Directorio de los problemas que provocaba la acción de los caudillos provinciales.
Bien pudo ser una avanzada de la estrategia rioplatense diver sificada en sus tentativas internacionales en un rosario de posibil i dades que Rivadavia desplegaba denodadamente por entonces en las Cortes europeas.
Ante el fracaso de sus gestiones directas en h� Corte madrileña, ésta pudo ser una prolongación de aquélla o una variante en los intentos de aplazar la firme vocación armamentista espHñola parn destruir la revolución americana.
Quizá el gobierno de Buenos Aires entendió que las erog:.
1ciones que habían demandado los sueldos y el traslado de Lanz podían tener una más directa e inmediata utilidad que la del fo mento de las ciencias.
De todos modos, el plan presentado fue enviado al archivo por el ministro de Estado español, aunque bien pudo ser un documento de consulta para los proyectos de pacif icn ción.
Pizarra daba culminación por entonces a un plan global de reconquista en el que no cabían gestiones directas y particulares de los gobiernos revolucionarios o de sus oficiosos delegados.
Atento a la situación internacional, Pizarra se propone llevar ade lante un pragmático programa que intentaba compatibilizar las expediciones armadas con las mediaciones de las potencias euro peas.
Las ostentaciones de fuerza servirían -según las especufo ciones del ministro-para obtener mejores condiciones en las mediaciones, y éstas permitirían acercarse a los revolucionarios y llegar a una transacción ventajosa en las difíciles circunstancias.
El punto undécimo de su plan, precisamente, decía que «la media ción sólo debe dirigirse a los puntos que nos son inaccesibles, Bue nos Aires y Caracas».41 Es decir que, como no era posible envhr fuerzas mili tares eficientes sobre Buenos Aires y Caracas, se re curriría allí a la intervención mediadora de las potencias.
Pizarro consagró su atención en todo ese año 181 7 a perfec cionar e introducir su plan en el Consejo de Estado, y esto explica que no diera n1ayor cabida a tentativas parciales como la que Lanz propuso por intermedio del embajador en Francia.
Frt1ncisco Antonio Zea en Europa
Debemos sobrepasar un interregno de varios años para en contrar la segunda vinculación de Lanz con la América hispana.
En ese lapso, el mundo de los hombres de ciencia vinculados n América aparecía ligado con los movimientos revolucionarios y los proyectos de introducir los estudios científicos en las nuevas nacio nes.
En los salones y gabinetes europeos que ellos frecuentaban, alternábanse los planes diplomáticos y revolucionarios con los de los empresarios, mercenarios y banqueros.
Pero a ellos se agregaban con su propia gravitación los de los artistas y los científicos, muchos de ellos también románticos y aventureros, que veían en estos encuentros la posibilidad de lanzarse a las tierras y mares america nos en sus afanes de exploración y de estudio, compatibles con los de la explotación de las riquezas ultramarinas y 1a colaboración con la gesta libertaria.
Fue en ese ambiente cosmopolita y controvertido, que se mecía entre los extremos de la utopía y de la realidad, del idealismo y del utilitarismo,• donde cumplió su misión diplomática Francisco Antonio Zea, enviado por el gobierno de la Gran Colombia ante las Cortes europeas.
Zea era el vicepresidente de la federación Gran colombiana, en la que entonces sentaba su indiscutible jefatura el general Simón Bolívar.
Conservando de manera simbólkn la se gunda magistratura -y disimulando así el carácter superfluo de un cargo que era incompatible con la autoridad absoluta del Liber tador-, Zea partió en marzo de 1820 como enviado extraordi nario y ministro plenipotenciario.
Tan pronto se estableció en Francia entró en contacto con aquel complejo mundo.
Debió ser muy grato para él reencontrarse con un grupo de hombres de ciencia que había frecuentado durante su larga estancia anterior en Europa, cuando fuera desterrado por sus ideas inde pendentistas.
En rigor, Zea se inclinaba más a la ciencia que a la política, y se había destacado en el estudio de las humanidades y de las ciencias naturales.
En aquella primera residencia europea había sido director del Jardín Botánico de Madrid, pero debió salir de España por su afección al régimen napoleónico.
En Francia y en Inglaterra tuvo entonces la oportunidad de alternar con los naturalistas Fréderic y Georges Cuvier, el viajero y naturalista Aimé Bonpland, el matemático, físico y astrónomo Dominique Arago, el naturalista Jean Audouin, el naturalista, explorador' y militar Jean Baptiste de Saint Vincent, y el mineralogista, geólogo y ceramista Alexandre Brongniart.
También conocería entonces al barón Alejandro de liumbo.ldt y por su intermedio a nuestro José de Lanz.
Regresado a su patria en 1815, cinco años después se reen contraba con aquel mundo europeo y estaba en condiciones de ofrecer a sus amigos científicos una oportunidad para proseguir sus estudios en tierras americanas.
42 En tanto, Zea fue desgraciado en el cumplimiento de su misión principal, que consistía en obtener empréstitos con la hipoteca de tierras fiscales, minas' y propiedades colombianas.
Su gobierno ter minó por perder toda la confianza depositada en él, advertido por las denuncias que le hicieron llegar posteriores comisionados que revisaron las negociaciones iniciadas o continuadas por el enviado extraordinario con banqueros europeos.
Lo cierto es que Zea en contró a su arribo desconfianza y descrédito hacia el gobierno co lombiano, a raíz de anteriores operaciones, y se vio envuelto en problemas derivados del incumplimiento de deudas ya contraídas.
Sus antecesores habían ido a la cárcel por insolventes e incumpli- >, terminó en escándalo público por tratarse de una venta de armas inservibles.
Zea, inex perto en cuestiones comerciales y financieras, se debatía en medio de estos turbios manejos en los cuales quedó fatalmente complicado.
En tanto, su mujer y su hija fueron acogidas en el hogar de los Bonpland, en París.
El día que se estudien en forma conjunta estas espinosas ges tiones de los enviados hispanoamericanos, que se establezcan las vinculaciones entre ellos, y se formulen comparaciones entre los cometidos de los representantes de cada una de estas naciones, tendremos una representación más veraz y ajustada de esta difícil etapa de la formación de las nacionalidades hispanoamericanas.
Zea se dio tiempo para mantener aproximaciones con el emba jador español en Londres, duque de Frías, a quien le entregó un proyecto de confederación hispanoamericana.
43 Es curioso que, en tanto el presidente colombiano avanzaba en su idea de una gran federación americana que conduciría a la realización del Congreso de Panamá, en el que el principio fundamental era concertar la acción contra los intentos reconquistadores de la metrópoli, el ali caído vicepresidente se acercaba a España con este proyecto de confederación que incluía un acuerdo con ésta, sobre la base de un cuerpo político que armonizase los intereses del antiguo amo con la vocación emancipadora de las nuevas naciones.
En él proponía el reconocimiento de la independencia, mutua defensa y ayt1da, la libre introducción de productos en América, libertad en la elección de la ciudadanía y la formación de una Comisión de in<lcmnizacio nes por los daños causados durante la guerra.
Aunque el proyecto, presentado en octubre de 1820, ya había sido desestimado antes de terminar ese año, el acercamiento al du que de Frías le valió la autorización del gobierno español para tras ladarse a Madrid y entrevistarse allí con sus autoridades.
Estas referencias, ya reproducidas en la historiografía venezo lana. y colombiana, son traídas aquí para remarcar algunas semejan zas con los pasos seguidos años antes por Bernardino Rivadavia, semejanzas que se acentuarían al repetir Zea la experiencia rivada viana de contratar a Lanz para el progreso científico de su país.
Así como el argentino había llegado en mal momento a Madrid, a fines de 1816, debido a la reacción que provocó la decisión indepen dentista del Congreso de Tucumán, ahora Zea se encontró con similar situación al arribar a la capital española cuando el gobierno tomaba noticias de la ruptura del armisticio firmado por Bolívar y Morillo.
Como consecuencia de aquel armisticio, emisarios colom bianos habían llegado poco antes a la península, y habían fracasado ya en sus gestiones de reconocimiento cuando Zea hizo su entrada en Madrid.
Pronto sufrió el desaire de la expulsión, decidida por el gobierno español ante la reanudación de la guerra y la presión de la opinión pública.
El diplomático se dirigió de allí a París, donde dedicó buena parte de su tiempo a cumplir con una de sus instrucciones, cual ern la de seleccionar y contratar «un grupo de jóvenes profesores sobre salientes en distintas especialidades de las ciencias, las artes y las industrias, para enviarlos a Colombia a enseñar sobre el terreno sus vastos conocimientos».
44 Los hermanos Cuvier y Humboldt colaboraron en esta tarea, y el sabio alemán le recomendó a Lanz.
Con el asesoramiento de los nombrados' y la ayuda de un joven peruano -Mariano de Rivera, alumno de la Escuela de Minas de París-, elaboró Zea un vasto plan de contratación de científicos con el propósito de fundar en Bogotá un establecimiento destinado a formar ingenieros civiles y militares.
El químico y agrónomo 44 Botero Saldarriaga, Roberto: Francisco Antonio Zea.
Jean Baptiste Boussingault se haría cargo de las cátedras de Química y Mineralogía,45 Rivero se desempeñaría como su ayudante en la organiz ación de un gabinete de Mineralogía.
46 Roulin enseñaría Anatomía y Fisiología.
Goudet formaría colecciones geológicas.
Por último, Carlos Cazar de Molina instalaría una sala de dibujo y litografía.;J"""''° ele 1�•s1udius Amainrnus
El contrato entre Zea y Lanz
Como resultado de estos contactos y gestiones, Zea suscribió finalmente con Lanz un contrato para contar con sus servicios en Colombia.
47 Zea firm6 el documento en su carácter de vicepresi dente de la República de Colombia y su ministro plenipotenciario, y en uso de los poderes «ilimitados» que declaraba tener.
Por él Lanz se comprometía a entrar al servicio de la República como ingeniero ge6grafo, a elaborar las cartas geográficas del país y a formar un cuerpo de especialistas en ese ramo, del que sería director perpetuo.
Se comprometía a prestar servicios propios de su conoci miento en la Marina, y de programar la creación y funcionamiento de un establecimiento de enseñanza si así le fuese requerido.
Por su parte, la República le confería el grado de coronel en servicio activo con un sueldo de mil pesos fuertes anuales, y la gratificación de media paga cuando se hallase en expedición geográfica.
LH mitad de ese sueldo sería pagada en París a la esposa del científico, pues esta vez no había querido repetir la experiencia porteña, y se que daría en Francia.
El gobierno se hacía cargo del traslado y de la compra de los instrumentos que Lanz indicara como necesarios.
Varios meses transcurrieron en los preparativos del vrnJc.
A comienzos de noviembre los contratantes daban las últimas pun tadas a la empresa que se iniciaba, y Lanz recibía un anticipo de setecientos francos a cuenta de sus sueldos.48 Partió al fin de El Havre en los últimos días de noviembre, acompañado de un joven matemático, Agustín Leperiere, a quien Zea le había conferido el grado de subteniente de Ingenieros;49 Zea se había preocupado par.a que fuera provisto «de todos los efectos e instrumentos que ha pedido, y que se han fabricado bajo su inspección por los más célebres artistas.50 En tanto, él seguía cuidando que fuesen entrega dos otros instrumentos, que enviaría luego a Colombia.
El viaje del científico fue revestido de profunda expectativa.
Estaban presentes en la mente de la comunidad intelectual a que pertenecía las expediciones de fines del siglo anterior, que habían recogido importantes elementos útiles para enriquecer los conoci mientos de las ciencias naturales.
Los consejos y la sugestión de Alejandro Humboldt, el mayor de esa pléyade de intelectuales, y el recuerdo de su venturosa experiencia americana, obraban allí a manera de estímulo.
La empresa que iniciaba Lanz era considerada Un buen estuche de matemáticas por Rochette.
Un cajón que contiene todo lo necesario para formar un pequeño bureau de conf ecsión de cartas, como son papel de varias clases para trazar dichas cartas.
Tres cajoncitos de pintura. colección de lápices, pinceles, reglas, escua A ello se agregaba el aire de libertad y emancipación que enmarcaba y formaba un ambiente idealista y romántico a la misión científica.
Antes, los expedicionarios eran viajeros que debían pedir permiso, sortear o hasta enfrentar a veces las actitudes poco hospitalarias y desconfiadas de las autoridades coloniales; ahora, en cambio, eran llamados, condecorados e incorporados al servicio de los gobiernos revolucionarios, y recibían la promesa de ayuda y apoyo para la realización de sus campañas y viajes a través de aquellos territorios ganados para la vida en libertad.
Zea vivía ese entusiasmo con alborozo y orgullo personales, porque se sentía promotor de una empresa tan elevada, y así le escribía a su gobierno: «Es increíble el entusiasmo que ha ecsitado entre los snbios esta espedición, por la cual presagian lo mucho que las ciencias y la civilización deben esperar de nuestra independencia.
Los ilustres amigos de nuestra causa han celebrado sobre manera que demos esta prueba a la Europa de que bien lejos de ser unos bárbaros incapaces de gobernarse, como los Españoles y sus partidarios se han empecinado en persuadirlo, conocemos el precio y mérito de las luces y nos apresuramos a contribuir por nuestra parte a los progresos del talento humano.
El célebre Barón de Humboldt, en quien se reúnen amhos títulos de sabio y ciudadano ha tomado tanto interés en la empresa, que a pesar de sus grandes ocupa ciones, ha tenido largas y repetidas conferencias con el Sr. l, anz para darle noticias que han de serle muy útiles, y llamar 8U aten ción sobre los objetos que cree más importantes)).
51 Como se ve, Lanz aparecía presentado ante el gobierno colom biano con el aval de Humboldt, lo que de por sí era ya suficiente garantía de sus méritos.
Además, sabría por información de Zea que era un «ilustre americano antiguo amigo de la libertad».
Según los datos transmitidos por el diplomático, había estado al servicio de la Marina española, y había ocupado luego una cátedra de Matemáticas en París.
Más tarde, había sido ingeniero de puentes y calzadas en España, ocasión en que alcanzó el grado de comisario ordenador con el encargo de dirigir una escuela de Ingenieros.
Bajo el gobierno de José Bonaparte había sido director del Depósito Hidrográfico y jefe de División en el ministerio del Interior; final mente, había sido prefecto de la Córdoba andaluza.
En rigor, estos datos de su vida pública no han sido confirmados en las posteriores referencias bibliográficas y documentales sobre el científico.
Zea sabía también que Lanz había estado en Buenos Aires, adonde fue para «consagrar sus luces y su zelo a la causa de la independencia, pero disgustado por la lucha de los partidos, y del desorden que allí encontró, regresó a Francia, y su vuelta, completó el descrédito de aquel desgraciado país>>.
Los elogios que Zea prodigó en su presentación al gobierno colombiano ponían en relieve la diferencia de trato que obtendría en su nuevo destino con respecto al que recibiera en Buenos Aires, pues los colombianos, decía, «sabremos apreciar mejor a un sabio, que por sus grandes conocimientos, por su laboriosidad, por su patriotismo, por una actividad incompara ble, y por sus ecselentes cualidades, debe considerarse como la adquisición más preciosa que puede hacer la República».
Penoso sería, para Lanz, que la persona que lo contrataba y así lo recomendaba había entrado ya en el mayor descrédito ante el gobierno colombiano, como resultado de sus desgraciadas transacciones financieras.
Esto empañaba seriamente el camino que comenzaba a transitar el científico hacia aquellas tierras americanas, y estorbaba la limpieza y brillo de sus antecedentes y <le la que debió ser consagratoria recomendación de Humboldt.
Lanz en la Gran Colombia
Lanz y su acompañante Leperiere concluyeron el viaje trans oceánico en San Thomás, y de allí se dirigieron al continente.
En febrero de 1822 estaban en Valencia, desde donde el general Carlos Soublette hizo las diligencias para que continuaran su camino
524.J111w1io, le 1�•81udio,, Amc1ic11110., (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es JOSÉ DE LAN:l 29 hacia el destino final, la ciudad de Bogotá. _a; 2 En marzo estaban en Caracas, y allí Lanz solicitó, el 8 de ese mes, los auxilios necesarios para seguir a la capital colombiana.
53 El camino comenzaba a eri zarse por obra de una burocracia quizá deliberadamente poco pre parada a beneficiar al científico; en efecto, el intendente habfa dispuesto que Lanz debía pedir esos auxilios para que la solicitud fuese puesta a consideración de las autoridades, en una muestra de su intención de revisar las amplias facilidades comprometidns por Zea en París.
El intendente se tomó su tiempo para decidir el destino de Lanz; resolvió que era mejor que permaneciera por un tiempo en Caracas -no sabemos por qué razones-y que el sueldo acor, dado era demasiado generoso, por lo que lo redujo a una cifra muy in ferior.
Así se lo comunicó a Lanz el 27 de marzo, en nota que éste recibió once días después, a pesar de que remitente y destina tario residían en la misma ciudad.
Esto significaba un cambio fun damental con respecto a lo acordado con Zea, y a las promesas que éste le formulara en París.
La reducción del salario, por lo demás, permitía vaticinar una general revisión de todo lo acordado.
La resolución de la autoridad venezolana cayó sobre Lanz como un balde de agua fría, aunque ya había tenido oportunidad de observar que la situación no se presentaba como se la había pintado Zea.
Seguramente ya venía acumulando desencanto desde que pisó tierra venezolana y debió iniciar y sostener gestiones para su desplazamiento por el interior del territorio, en lugar de encon trar su camino alfombrado como lo hacía presumir el generoso contrato.
Lanz respondió a Soublette que no estaba dispuesto a admitir ningún cambio en las estipulaciones firmadas en París,' y le negó su derecho a modificarlas unilateralmente.
Se quejó por la disminu ción de la paga, dijo no tener dinero y que, si debía esperar más de un mes para recibir el próximo sueldo, quedaría reducido «a vivir de pan y agua o a vender mis libros y efectos». s 4 Con firme resolu ción, exigió el cumplimiento del contrato, o bien <<para evitar nuevos gastos y trastornos, lo dé por nulo, y me acuerde la grati ficación, por pequeña que sea para que yo pueda regresar a París, mientras las circunstancias permiten a la República realizar sus grandes planes de instrucción pública».
Terminó diciendo que era esto último lo que deseaba, pues su salud comenzaba a quebrantarse.
A Lanz se le presentaba una situación más desagradable que la que había soportado en Buenos Aires; en Colombia sólo había comenzado su cometido, y ya la actitud del gobierno y la situación encontrada le hacían desistir de la empresa.
¿Cuál era el motivo por el que Soublette decidió dar trato tan menoscabado al científico?
La respuesta general debe ser com prendida en el aún conflictivo cuadro de la guerra de Venezuela y de la Nueva Granada contra los realistas.
Aunque en junio de 1821 se había obtenido el decisivo triunfo militar en Carabobo, aún los esfuerzos de los revolucionarios estaban concentrados en la expulsión de los restos del poder militar español, que se man tendría atrincherado durante más de dos años todavía en la for taleza de Puerto Cabello.
El triunfo debía aún extenderse, y a ese plan se entregaron Bolívar' y sus seguidores luego de Carabobo, en una formidable marcha que tendría su punto final en la ciudad altoperuana de Potosí.
También era necesario consolidar la federa ción Grancolombiana, superando los conflictos internos que soste nían las fracciones locales.
No era tiempo aún para el fomento de las ciencias.
La mente de Soublette, como la de otros generales que comandaban las campañas militares, estaban programadas en un estricto plan castrense de asegurar el dominio de los territorios y exterminar todo vestigio de fuerzas militares españolas.
La llegada de un científico, con sus instrumentos, sus láminas y sus proyectos de exploraciones geográficas eran, en esas circunstancias, un estorbo para las reconcentradas miras del general.
Las estrecheces a que estaba reducido el erario por la prolon gada situación bélica y, las penurias que las tropas debían soportar en las fragorosas campañas, debieron repercutir también para que se considerara hasta como un dispendio suntuoso el conceder a Lanz y a su acompañante sueldos mayores que los que recibían los ofi ciales de igual grado que los conferidos a los viajeros.
Quizá por eso Soublette se refirió a Lanz en su correspondencia sólo como un «oficial», tratando de sujetarlo a condiciones iguales a las que tenían los que integraban los cuadros del ejército colombiano.
Por lo demás, ¿quién enviaba a Lanz en condiciones tan favo rables?
Era aquel que, a juicio de las autoridades grancolombianas, había malversado los fondos de la República y había expuesto irresponsablemente las riquezas naturales de su suelo y de su sub suelo.
La actividad de Zea en Europa era entonces revisada con ojo crítico y hasta suspicaz en sus menores detalles, y en ella estaba involucrada la contratación de Lanz.
Con todo, pudo más el peso de los compromisos contraídos y, seguramente, el conocimiento personal que entablaron Soublette y el matemático, en el cual éste debió conquistar la confianza del general e inspirarle respeto y consideración.
También Lanz había suscitado, al comienzo de su estancia en Buenos Aires, los recelos de los miembros del Consulado, pero de inmediato se había granjeado las simpatías y el respeto de todos, seguramente por sus cualidades personales e intelectuales.
Parece pertinente suponer que también ahora esas cualidades fueron más eficientes que las mismas cláusulas del contrato firmado con Zea.
Así, Soublette dio órdenes para que le pagara lo que fijaba el contrato y favoreció el establecimiento de la clase de Matemáticas con arreglo a lo que aconsejera una comi sión de estudios.
Con esto, parecía intentar que Lanz quedase radicado en Caracas, aprovechando así para Venezuela las enseñan zas del científico.
En efecto; por lo que sabemos, Lanz permaneció un tiempo en Caracas, para luego seguir a Bogohi.
Zea fue enterado de las dificultades que había tenido a su llegada, como así de la rotura de algunos de sus instrumentos, que repuso y envió con Mariano de Rivera, el joven peruano que se sumó al grupo de científicos que viajaron luego.
Zea insistió en la necesidad de fundar en la capital un Museo de Ciencias Naturales.
«Bien pronto --<leda-se for marán en el Museo jóvenes que diseminándose en las provincias descubrirán los tesoros que encierran».55 Rivera recibió de Zea una importante suma para atender los gastos de la expedición que debía dirigir Lanz.
La disponibilidad de estos fondos contrastaba con la escasez congénita que padecían los revolucionarios en su tierra, y el contraste no debió favorecer en nada la disposición de sus autori dades para con las actividades de Lanz en el ejercicio de su misión científica.
Pero Zea entendía que las dificultades que éste había encontrado se debían a la falta de recursos del gobierno para aten der sus gastos, y por ello intentó reparar esa falta con los subsidios que él le proporcionaba desde Europa.
Poca gracia haría a Soublette y los suyos que Lanz recibiera tales dineros directamente, cuando ellos estaban tratando de arreglar las finanzas del país para sacarlo de la difícil situación a que lo había postrado la persistente guerra.
Zea se ocupó también de atender puntualmente la parte del sueldo que debía pagar a la esposa de Lanz.
En tanto, el ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Colombia, Pedro Gual, intentaba poner orden en la situación Je Lanz girando el contrato a la secretaría de Guerra y Marina, para que en ella se incorporara como ingeniero geógrafo.
El historiador Mendoza, en cierta manera, apunta otras ra zones que pudieron gravitar en la actitud de las autoridades; cree que Zea había exagerado los méritos de Lanz, en su afán de defen derlo.
Además, concluye que «no quedaron huellas muy profundas de su paso por nuestro suelo», y que sólo habría levantado un plano de la ciudad de Bogotá.
Poco más sabemos de la actividad de Lanz en territorio gran-,.,� 1 colombiano.
Sólo que se ocupó de levantar cartas geográficas de Venezuela y de Nueva Granada, las que serían publicadas en la forma de un Atlas, que constituyó el último tomo de la historia de Restrepo.
La misión diplomática en Francia
De todos modos, lo que más nos interesa aquí es seguir los pasos de la actividad diplomática de Lanz al servicio de la Gran Colombia.
Al respecto, volvemos a encontrar en esta nueva etapa alguna similitud con las tareas que cumpliera unos años antes en vinculación con el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Como ocurriera durante sus relaciones con el gobierno de Buenos Aires, 1nás itnportancia tuvo la misión que cumpliría luego de su regreso a Europa.
La causa aparente del retorno fue buscar a su esposa para reintegrarse con ella a la Gran Colombia, pero en rigor su regreso obedeció a la gestión diplomática ante el go bierno de Francia.
Para ello fue provisto de una carta credencial como agente oficial ante el gobierno de Francia.
El ministro Gual le entregó también minuciosas instrucciones para el cumplin1iento <le su misión. � 9 En ellas era advertido de las tensiones existentes por las maquinaciones prepotentes de la Santa Alianza, que se hacían sentir en 1a política europea y amenazaban extenderse a América, sólo detenidas aquí gracias a la intervención de Gran Bretaña y de los Estados Unidos.
Una de las tareas en comendadas era procurar que Francia se inclinara hacia esta última actitud, a la que parecía dispuesta por la necesidad de exportar sus manufacturas.
Para que ese gobierno tomara una decisión fa vorable, debía el agente sostener que la revolución colombiana había triunfado, y que el orden había sido impuesto.
Las versiones sobre el imperio del terror en este país debían ser desvirtuadas, atribu yéndolas a ht tendencia falsa de comparar la situación con los excesos producidos en Francia durante su revolución.
Debía tam bién negarse con firmeza a todo proyecto de instalar monarquías, pues este sistema no era aconsejable para pueblos nuevos y por la necesidad de oponerse al régimen impuesto por España, lo que se lograría mediante la afirmación de los principios republicanos.
Lanz gestionaría, en fin, el reconocimiento de la independencia, ofrecería igualdad de condiciones en los tratados de paz, amistad, comercio y navegación que se firmaran con otras naciones, con ex cepción de España, n la que podría favorecerse en compensación el reconocimiento de la independencia.
Iniciaría también propues tas para una convención consular y otra para la abolición del tráfico de esclavos, en términos de reciprocidad e igualdad absolutas.
Si se le reprochaba que no se hubiesen enviado antes otros comisionados con tales propuestas, como se había hecho con Gran Bretaña, señalaría que los colombianos que habían llegado allí por motivos particulares habían sido compelidos por la policía a presentarse ante la embajada española, contrastando así con la hospitalidad ofrecida a los súbditos franceses en Colombia.
El historiador Urru tia agrega que debía también sondear la actitud de ese gobierno frente a la probable acción de Colombia en favor de la independen cia de Cuba y de Puerto Rico.
En la capital francesa Lanz tuvo entrevistas con el ministro Jean Baptiste Villele, jefe del gabinete.
La posición política de Villele presentaba varias dificultades a la gestión del emisario; en efecto, el ministro representaba a los ultrarrealistas, empeñados en
35 venga r los agravios sufridos por el Barbón español en el período consti tucionalista de 1820-1823, y consolidar así los regímenes legitimis tas de las 1nonarquías europeas.
No obstante, Villele opo nía reservas a esa actitud, en atención a la probable reacción que ella podía provocar por parte de Gran Bretaña.
El propósito pri mordial de Villele era restablecer el antiguo régimen de manera paulatina, y a ello subordinó toda su política, incluso la interna cional.
El eclecticisn10 necesario para llevar adelante el plan pro vocaría su caída en 1827 por obra de los liberales y ante la falta de apo• yo de los ultracatólicos, que nunca aceptaron su actitud contemporiz adora.
Las tentativas de Lanz ante Villclc se enmarcaron dentro de este cuadro político europeo.
La síntesis que presenta Urrutia de tales gestiones se compatibiliza perfectamente con la posición de Villele; dice el autor colombiano que Lanz encontró en el ministro francés buena disposición y recibió 1a promesa de mediar para llegar a un arn1isticio con España, pero que también encontró cautela en razón de la amistad francesa con la Corona española.
La primera entrevista debió realizarse en marzo de 1825, pues es informada por Lanz al gobierno colombiano en nota del 31 de ese mes.
En esa entrevista la atención fue puesta en el em peño de Lanz por desn1entir el concepto sobre la revolución colom biana, a la que se veía como anárquica, destructiva y cruel con los enemigos, y también como acomodaticia en su política exterior.
El recelo francés, naturaln1ente, era por la preeminencia e influjo de la Gran Bretaña sobre los nuevos gobiernos hispanoamericanos.
La principal preocupación de Lanz, esto es acreditar las intenciones de constituir la nación y darle instituciones ordenadas, contrastan con la posición de años antes frente a la revolución rioplatense, cuando reveló en Francia su desencanto por el cariz anárquico y desordenado en que ésta se debatía.
Luego de esa primera conferencia con Villele, Lanz recibió nuevas instrucciones del gobierno colombiano conteniendo refle xiones acerca de cómo instar a Francia a desvincularse del com promiso de apoyo a la monarquía española, para dejar así a ésta http://estudiosamericanos.revistas.csic.es librada a su suerte.
60 Lanz debía enfrentar también quejas concre tas del gobierno francés por el control y requisa que revolucionarios venezolanos habían practicado sobre barcos franceses frente a Por tobelo.
61 Villele sostenía que el pabellón libre tornaba igualmente libres las mercancías enemigas transportadas en sus embarcaciones, tesis que el gobierno colombiano no aceptó, replicando que Francia misma la había desestimado en sus prácticas marítimas en épocas <le guerra; Lanz argumentó que el beligerante tiene el derecho de confiscar las propiedades enemigas encontradas en buques neutrales, derecho al que Colombia había renunciado en el tratado de comer cio y navegación firmado con los Estados Unidos, prometiendo igual privilegio a Francia si se decidiera a iniciar relaciones de nación a nación con Colombia.
Las gestiones merecieron el beneplácito de su gobierno, en tanto alternaba su tiempo en tareas diversas relacionadas con la Gran Colombia.
Sin duda, los triunfos de Bolívar y Sucre en Perü cambiaron las demandas del gobierno colombiano en Europa, y Lanz pudo asumir una actitud más segura y confiada ante el gobier no francés.
Es probable que luego de sus primeras gestiones, en cargadas antes de la victoria de Ayacucho, se mantuviera a la espera para observar la nueva actitud de las potencias europeas ante el • ya irreversible triunfo de las armas revolucionarias.
Gual renovó las instrucciones, en mérito a los sucesos que se producían y a los informes del agente en Francia; en septiembre de 1825 le encargó sondear la opinión del gobierno francés en caso de que Colombia llevase a cabo una expedición contra el poder español en Cuba y Puerto Rico.
62 La situación de ambas islas era considerada entonces con extremo cuidado por Gran Bretaña, re celosa de que, sobre todo Cuba, quedase luego de su emancipación política bajo el control de los Estados Unidos.
También provocaba reservas del gobierno norteamericano, pues el triunfo revolucio nario en Cuba acarrearía la abolición de la esclavitud, ocasionando
)7 una peligrosa situación para su régimen de explotación de mano de obra en un país vecino.
Por ese año 1825 Lanz se ocupó en tratar de reivindicar el nombre de Francisco Antonio Zea, su benefactor de años antes, a instancias de la viuda del político, mientras Hurtado y Revenga se ocupaban de reunir antecedentes para probar sus acusaciones de malversación de fondos.
63 También en ese año recibió el encargo de Hurtado de contratar la acuñación de una medalla en homenaje a Bolívar por sus triunfos en el Perú.
Lanz concertó y supervisó el tratado realizado con el grabador Raimond Gairard.
64 En tanto, Revenga había reemplazado a Gual en la conduc ción de las relaciones exteriores de la Gran Colombia; el nuevo ministro confiaría a Lanz la tarea de interesar a Francia acerca de la importancia del Congreso de Panamá, reunión largamente deseada por Bolívar y cuya concreción tendría a Gual como prin cipal organizador.65 Y a habían sido invitados los Estados Unidos y la Gran Bretaña, y ahora Lanz debía hacer saber a aquel gobierno que sería bien recibido un comisario francés en el Congreso, con la advertencia que el fin esencial era asegurar la independencia de los nuevos países.
Urrutia afirma que las actividades de Lanz cesaron en abril de 1826.
Sin embargo, tenemos referencias sobre su actividad oficial luego de esa fecha.
Como lo señala Mendoza, el 3 de abril de 1826 fue nombrado José Fernández Madrid en su reemplazo, pero éste llegaría a París recién en agosto.
El 11 de mayo Lanz tuvo una importante entrevista con Ville - le, en cumplimiento de instrucciones y de una acción concertada con la que Hurtado desarrollaba en Londres ante Canning.
Ambos pro - pusieron la intervención de las dos potencias para el caso que España, a pesar de sus derrotas en el Perú, se obstinase en no querer reconocer la independencia de los países hispanoamericanos; el objeto era, en tal caso, firmar una tregua o suspensión de hostilida des por el término de diez hasta veinte años.
66 Ahora Villele se mostró ampliamente dispuesto en favor de las pretensiones colom bianas, al igual que Canning.
Los dos ministros se comprometieron en dar instrucciones al respecto a sus embajadores ante la Corona española.
De todos modos, los colombianos no lograron la aproba ción de su gestión por el gobierno mexicano, ante cuyo represen tante gestionaron una posición solidaria.
El ministro de Relaciones Exteriores mexicano, Lucas A1amán, sintió afectados los intereses de su país, pues la tregua propuesta significaba un acuerdo bila teral entre Colombia y España que desprotegía'y aislaba la causa de la revolución mexicana.
A]amán consideró violado el pacto entre Colombia y México, que establecía no entrar en tratados con España sin velar por los intereses recíprocos de las naciones hispano americanas.
67 Obsérvese que en los mismos días de estas gestiones, se cele braba en Panamá el Congreso convocado por Colombia y Per(1, cuyo objetivo principal era concertar una acción y una estrategia comunes para sostener la independencia de estos países.
Las ges tiones de Hurtado en Londres y de Lanz en París debían ser vistas como una flagrante contradicción con los principios sostenidos en Panamá.
Las desinteligencias entre Colombia y México tenían aún una causa anterior y más eficiente: el recelo mexicano hacia las miras de apropiación que tenían los proyectos colombianos de sus traer a Cuba y Puerto Rico de la dominación española.
La política antillana de la Gran Colombia despertó también los recelos de los La tregua gestionada por Lanz, como se ve, dejaría libres los ejércitos ded Colombia para extender la revolución hacia el Caribe, como • ya lo había hecho hacia los Andes Meridionales.
Y esto no convenía a Gran Bretaña, ni a Estados Unidos, ni a Francia, ni a México.
Ante tantos opositotes, es fácil deducir las razones por las que las gestiones no fueran más adelante que de las meras expresiones de buena voluntad.
Aquí debieron terminar los trabajos de Lanz en favor de 1a emancipación colombiana.
Pronto se agravaría de su dolencia; su mujer también estaba muy enferma.
En marzo de 1827, se quejaba de no recibir sus sueldos desde muchos meses atrás.
Estaba previsto su regreso a Colombia, pero sin duda no estaban dadas las condiciones.
El nuevo representante colombiano, José Fer0tindez Madrid, se interesó por su suerte, y escribió a su gobierno poniendo <le relieve su patriotismo y honorabilidad.
69 Lanz había pedido formal mente fuese asistido para salir de su postración ecomSmica hasta «su regreso» a Colombia, pero es probable que no estuviese en sus miras regresar realmente.
No hubo satisfacción a sus demandas, en las que persistió hasta 1829.
Fernández Madrid había compro metido también la ayuda de José Manuel Restrepo, para cuya historia Lanz había colaborado con la confección del Atlas.
Res trepo, que se desempeñaba entonces en la secretaría de Relaciones Exteriores, no tomó con mucha convicción el asunto, pues se limitó a pasar la petición de Fernández Madrid al secretario de Guerra.
Bolívar dio más tarde una orden lapi<laria: «que si no se le han dado aún, se le espidan desde luego sus letras <le retiro, sin ningún género de pensión, y se le separe de toda intervención y conocimiento en los negocios de Colombia, pues que ésta absoluta mente no necesita de los servicios de aquel Gefe».71 La Secretaría de Relaciones Exteriores se ocupó en dar término a la cuestión en viando a Fernández Madrid las letras de retiro de Lanz.
7 2 Los ministerios de Guerra y de Relaciones Exteriores se habían pasado así el asunto de uno a otro, terminando ambos por lavarse las manos.
Sólo Fernández Madrid, que había visto la doliente situación de Lanz, se había conmovido por ella, pero no había en contrado eco en ninguna otra persona del gobierno.
Así concluyeron los servicios de Lanz a Colombia, sin un agradecimiento por los servicios prestados, y sin recibir sus sueldos de militar, de diplomá tico o de científico.
Sin embargo, había trabajado con inteligencia, lealtad' y provecho en favor del desarrollo científico y de la afirma ción de la independencia colombiana.
En todo caso, los errores que a juicio de las autoridades de turno cometió, fueron la conse cuencia de las mutaciones de criterios de los gobernantes que le encomendaron sostener en Europa la causa de la revolución.
Desde cierta perspectiva, cabe ver a Lanz como una víctima de las circunstancias políticas.
Cumplió una misión difícil, y al cabo de las vicisitudes de la política internacional y la suerte de la guerra revolucionaria tornaron impolítica y desaconsajable la posi ción que se le había mandado sostener ante el gobierno francés.
Unos años después, Venezuela envió a Gran Bretaña y Francia a Mariano Montilla, con la investidura de Enviado Extraordinario.
Montilla demandaría a ambas naciones sus buenos oficios para ob-tener el reconocimiento <le la independencia por España, o en su defecto un tratado de tregua.
73 Como se ve los mismos o muy parecidos términos de la misión de Lanz.
Habían transcurrido nueve años desde el comienzo de la gestión del matemático, pero Vene zuela reiteraba las fórmulas para terminar con su proceso revolu cionario, que finalmente culminaría en 1845 con el reconocimiento español de la soberanía de la nación venezolana.
Lanz había sido protagonista de un hito significativo de ese proceso.
Los trabajos de Lanz al servicio de la revolución rioplatense y de la revolución colombiana estuvieron totalmente desconectados entre sí, lo que de por sí resulta una paradoja.
También han estado desvinculados hasta ahora los estudios realizados sobre esos trabajos por nistoriadores de Argentina con los de Venezuela y Colombia, lo que también es una paradoja, ésta corolario lógico de la primera.
Esto nos conduce a la primera reflexión, referida a la continuidad, desde el origen mismo de la formación de estas naciones hasta nues tros días, de la desconexión que ha existido y existe en nuestras vidas políticas y en los estudios de nuestra realidad común.
Sin embargo, es incuestionable que lo que hizo Lanz en Bue nos Aires y en Europa al servicio de las Provincias Unidas, y lo que hizo en la Gran Colombia y en Europa al servicio de la Gran Co lombia guardan intrínseca vinculación en varios de sus aspectos.
La unión de los dos retazos requiere, aún, ser insertado en un más amplio cuadro de la revolución hispanoamericana en su dimen sión internacional, y sed entonces cuando adquiera cabal sentido integral su actividad.
Por ahora, los hechos aquí referidos muestran la desarticula dón de la estrategia de los revolucionarios en política exterior, y http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la preeminencia en esa materia de los recelos y las ri va1idades que ya entonces se perfilaban para las posteriores relaciones en trc las nuevas naciones de América.
En principio, Lanz hubiera sido un interesante nexo entre Colombia y el Río de la Plata, por sus conoci mientos y vinculaciones en uno y otro país, pero se prefirió des tacarlo a Europa, que era el centro adonde convergían los revolu cionarios en observancia del movimiento concéntrico mundial.
Los estudios científicos de Lanz quedaron frustrados en uno y otro destino.
La obvia reflexión es que aún no estaban dadas las condiciones para que esfuerzos como el suyo pudieran ser debida mente aprovechados, no obstante los empeños de quienes, como Rivadavia en el Plata y Zea en Colombia, estaban convencidos que una verdadera emancipación debía comprender también la ilustra ción y el desarroilo de las inteligencias; visto retrospectivamente, era una lección para las futuras generaciones que aún debe ser aprendida por buena parte de los dirigentes hispanoamericanos.
Pero por encima de todas las reflexiones, preferimos dejnr para el final, y a manera de colofón que, entonces como ahora, la indiferencia demostrada por la suerte de otras revoluciones o de otros procesos liberadores en la América española es una muestra lamentable de que el recelo por cuestiones vecinales relativamente menores, fue y es mayor y más fuerte que el que despertaban y des piertan los actos de las potencias imperialistas que -como entonces Francia y Gran Bretaña-disfrazaban sus propósitos hegem6nicos con máscaras que daban la apariencia de benevolente protección. |
Ningún acontecimiento universal durante la década de 1930 representó para la opinión pública hispanoamericana la antítesis de los paradigmas totalizadores de la sociedad, como la guerra civil española.
El conflicto peninsular polariz6 a la opini6n pública, los intelectuales y las instituciones en el continente americano.
En este marco cabe descubrir otra dimensión en el impacto de la conflagra ci6n hispana.
Concuerda con la revitalizaci6n del catolicismo -por la divulgación del neotomismo y la fundación de la Acción Cat6lica-y por el intento de formular un esquema socio-político que supere el capitalismo y las formas presupuestadas por el marxismo.
Esto condujo a vastos sectores del catolicismo a visualizar como modelo político el corporativismo.
La encíclica Quadragesimo Anno, de 1931, daba cierto aliento a tal derrotero.
La guerra civil en suelo español puso en el tapete una conver gencia del catolicismo con el modelo corporativista -que se ma nifestó en el bando de Franco-y fueron elementos que se dis cutieron en el interior de la iglesia chilena.
Paralelo a ese debate, discurrieron varios temas íntimamente relacionados con el con flicto hispánico, donde no faltaron el replanteamiento de la cultura nacional, la dimensión de lo religioso en el terreno político, o el análisis de los paralelos de la situación socio-económica chilena con la española y francesa a la sombra del surgimiento de las platafor mas frentepopulistas en los tres países.
En el caso particular de Chile hemos optado por hablar más de catolicismo en general que de Iglesia Católica, puesto que el 1'omo XLYJJ 539
Por el contrario, el gobierno de Lázaro Cárdenas, en Mé xico, abiertamente apoyó la causa republicana, adquiriendo arma mentos en el n1ercado internacional destinados al gobierno de Ma drid.
3 En Chile, la guerra civil española, en su aspecto diplomático, fue asumida con neutralidad por el gobierno de derecha presidido por Arturo Alessandri Palma (1932-1938).
El aspecto del asilo político provocó discusiones en la opinión pública.
Carlos Silva Vildósola recordaría en 19 39: «Conviene recordar... todo lo que se hizo y dijo sobre el derecho de asilo que el gobierno de Chile mantuvo dentro de su tradición y de la doctrina invariable de nuestra Cancillería, en la Embajada chilena en Madrid.
No sólo la prensa, sino aun parlamentarios desorientados, atacaron con acritud hasta llegar a la injuria, a cuantos representantes cfo Chile mantenían ese derecho y cumplían su deher de humanidad en resguardo al mismo tiempo de la digni dad de nuestro país.
La intervención del Embajador de Chile en Londres para evacuar de la Embajada a unos cuantos refugiados, dio ocasiún para que ese diplomático fuera objeto de las más injuriosas arremetidas de la prensa extremista».
4 En octubre de 1938 asumió Pedro Aguirre Cerda la presi dencia del país.
Con él había triunfado el Frente Popular chileno.
Chile, junto a España y Francia, eran los tres países donde se alcan zó el éxito de la alianza táctica de los partidos comunistas con los partidos burgueses progresistas, al tenor de las orientaciones del séptimo congreso de la Tercera Internacional de 19 3 5. � Objetivo principal era detener el avance del fascismo.
Cabe hacer notar que el fascismo chileno -representado por el Movimiento Nacional So cialista de González van Marées-unió a su escaso apoyo electoral 4 Josf ANTONIO GONZÁLEZ PIZARRO su separación del movimiento fascista europeo en 1938.
6 El gobier no de Aguirre Cerda mantuvo la neutralidad diplomática aunque sus simpatías por los republicanos se concretaron en acciones en favor de los exiliados.
La labor en este sentido quedó señalada en el barco «Winnipeg», donde le cupo especial participación a Pablo Neruda.
7 La intervención del cónsul y poeta Pablo Neruda nos introduce di rectamente en el nivel intelectual-ideológico del conflicto español.
La. guerra civil significó un compromiso militante activo e interna cionalista de lo más granado del mundo cultural hispanoamericano.
Nombres principales de las letras continentales apoyaron sin reser vas la causa republicana: Alejo Carpentier, César Vallejo, Octavio Paz, Nicolás Guillén, por citar algunos.
8 Neruda junto a César Vallejo crean las dos mejores contribuciones poéticas hispanoame ricanas de la lucha española: el primero España en el corazón, e1 segundo España aleja de mí este cáliz.
9 Los escritores chilenos de mayor prestigio de una u otra forma manifestaron su solidaridad a la República española.
Pablo Neruda edita, con Nancy Cunard, Los poetas del mundo defienden al pue blo español; revista que continuó lo realizado en Caballo verde para la poesía, pero de modo más militante.
Junto a Alberto Ro EL CATOLICISMO CHILENO, 1936-1939 5 congregó a un nutrido y valioso grupo de escritores nacionales, entre otros, Juvencio Valle, Francisco Coloane, Humberto Díaz Casanueva, Osear Castro, etc. 10 Los poetas habían publicado ya en 19 36 M• 1 adre España, Homenaje de los poetas chilenos, notable antologí a lírica en favor de la República.
Al aporte nerudiano se sumaron otras voces de alto valor en la poesía chilena: Pablo de Rokha da a conocer su Imprecación a la bestia fas cista en 19 3 7; Vicente Huidobro escribe un poema sobre Dolores Ibarruri, <<La Pasionaria», que apareció inserto en la revista <<Hora de España».
El 12 de octubre de 1937 redacta también en España su artículo España de la Esperanza.
11 Gabriela Mistral destinó los beneficios de su libro Tala, de 1938, en favor de los niños huérfanos vascos.
12 Es en este contexto, en el que habrá que ubicar el impacto y las relaciones de la guerra civil española en el mundo católico chileno.
La guerra civil española que nos preocupa no fue el primer acontecimiento hispánico moderno que interesó vivamente a la iglesia chilena.
Durante el bienio progresista de Baldomero Espar tero, 1854-1856, «La Revista Católica» arremetió contra las me didas anticlericales del gobierno español, dedicando una serie de artículos sumamente críticos. u Por aquel entonces algunos autores católicos españoles, como Balmes o Juan Donoso Cortés, habían http://estudiosamericanos.revistas.csic.es influenciado a algunos teólogos nacionales.
14 Al igual que en España la iglesia chilena había resistido los avances del liberalismo.
La creación de la Universidad Católica de Chile en 1889 simbolizó el repliegue de la Iglesia en las tareas culturales, pero asimismo la formación de un centro que incentivará la discusión de las ma terias más urgentes del catolicismo a futuro: la sensibilidad social y la formulación de un proyecto político.
Desde la caída de la monarquía alfonsina, tras la victoria re publicano-socialista en las elecciones municipales de abril de 19 31, la prensa católica chilena siguió de cerca la evolución de los acon tecimientos políticos en España.
No pasó desapercibida la fecha de 11 de mayo de 19 31: la quema de conventos e iglesias en Ma drid y en otros lugares.
Si bien la instauración de la república y sus apoyos ideológicos traducían una política hacia la Iglesia, 16 so brevino por la época un gran interés por la enunciación ideológica de la «Hispanidad» que la iglesia chilena vio con simpatía, por lo que significaba en relación con España y ciertamente con la religión.
Debe repararse en que por la década de 19 30 la gravitación del clero español en el interior de la iglesia chilena era mínima.
Del centenar de sacerdotes llegado entre 1900-19 20 quedaba menos de la mitad, pues habían fallecido sesenta, y un diez por ciento había retornado a la península.
Su influencia intelectual era escasa, pues estuvo dedicada al servicio pastoral, como curas rurales, ca pellanes, etc. 17 Las orientaciones teológicas y pastorales dominantes eran de procedencia francesa.
La concatenación de los acontecimientos político-socio-religio sos en 19 3 6-19 3 9, pusieron de relieve una vez más el cómo se es católico o anticlerical en España, hasta devenir el conflicto también en una guerra de religión.
18 Por más que Antonio Machado, pun tualizara, hacia 1938, que «es España el país donde más y mejor se blasfema... la blasfemia es un acto de fe», 19 su opinión y otras similares no lograron alterar la imagen de la persecución religiosa de los primeros meses del conflicto en la zona republicana.
Pudieron más el patetismo veraz de los incendios, saqueos de bienes y asesi natos de religiosos y religiosas de la iglesia española.
Aquello de cidió al episcopado chileno unánime y públicamente a situarse al lado de la iglesia española y por esa vía en el campo franquista.
En el acercamiento y examen de los sucesos españoles ten dremos en cuenta tres niveles de conocimiento y de relaciones entre la iglesia chilena y el bando nacionalista: l.o Las relaciones institu cionales entre la iglesia chilena y el bando nacional; 2.o El credo cultural franquista y el reflejo de la guerra en la creación intelec tual chilena, y 3.o La concepción de cruzada de la guerra civil y su discurso político.
Nuestras fuentes principales son: «La Revista Católica», «Or gano de la Provincia Eclesiástica Chilena»; «El Debate», «Sema nario Social-Cristiano.
Organo Oficial de la Asociación de Jóvenes Católicos» de Antofagasta, el segundo periódico católico del país en importancia;20 «Hacia el Ideal», « Revista Mensual.
Organo de la Asociación de la Juventud Católica Femenina», órgano nacio nal de esa asociación.
Se editaba en Santiago.
Las tres publicaciones estaban sujetas a censura eclesiástica lo cual refleja con mayor propiedad el pensamiento eclesinl de entonces y asimismo las inquietudes del catolicismo laico.
LAS RELACIONES INSTITUCIONALES ENTRE
LA IGLESIA CHILENA Y EL BANDO NACIONAL
El cuadro de persecuci6n religiosa que vivi6 la España republi cana, desde el día del alzamiento militar nacionalista, 21 decidió a la iglesia chilena a solidarizarse ese mismo año con la jerarquía eclesiástica española.
22 Y éste fue el camino normal sin más alter nativas.
Con antelación había tomado posición frente al surgimiento de la República, y muy en especial desde la subida al poder del Frente Popular español, al aceptar, vía reproducción, la interpreta ción de los hechos realizados por las revistas « Razón y Fe», de Madrid, y «Criterio», de Buenos Aires.
Esto revela a su vez la existencia de un canje con publicaciones eclesiales de otras nacio nes, ejecutado por medio de «La Revista Católica» y «Hacia el Ideal», por acopiar algunos ej�mplos.
Las mencionadas revistas extranjeras junto a otras de congregaciones religiosas españolas ali mentaron las informaciones del panorama político-religioso que se vivía en España.
El inicio del conflicto se tradujo en la interrupción del canje con las publicaciones religiosas editadas en la España republicana.
Podemos indicar que el referido canje sumado al testi monio de los sacerdotes que, avecindados en Chile, vivieron la experiencia hispánica, señaló el nivel básico de las relaciones entre ambas iglesias.
En el nivel superior estuvieron las comunicaciones entre ambos episcopados.
En un nivel intermedio podemos locali zar los nexos mantenidos entre las ramas de la Acción Católica Chilena, establecida el 25 de octubre de 1931, y los organismos dependientes del Gobierno de Franco.
Los jóvenes de las generaciones de 1918 y 1928 importantes en la formulación de un programa político-social en el interior de ]a Acción Católica, 23 influyeron decisivamente en el ideario de sus congéneres provincianos, adscritos al organismo eclesial por medio de las publicaciones «Revista de la Juventud», «Estudios» y «Revista Universitaria», de la Universidad Católica de Chile.
24 En Antofagasta, en agosto de 1932, aparece el periódico «El Deba te»,25 que, tempranamente, enjuicia la situación de la República -1 26 espano a.
¿Cuál fue el impacto -y la interpretación-del ascenso de] Frente Popular en España en el ambiente católico chileno?
En abril de 19 36 <<La Revista Católica» aludía a la abundancia de juicios sobre la materia, pero reconocía <<que todos los hechos trascendentales en la vida de un país siempre entrañan lecciones elocuentes que otros países pueden aprovechar».
27 A través de un artículo de monseñor Gustavo J. Franceschi se tuvo el primer análisis sobre el resultado de las elecciones.
El trabajo es serio y muy perspicaz.
Plantea que el resultado traduce la «disposición espiri tual de un pueblo».
Y en España, a sabiendas del programa anti católico de la izquierda, la mayoría de los ciuda d anos ha llevado a la «Cámara a quienes se comprometie1on a ejecutarlo», o sea, el programa anticatólico.
La mayoría por «anticatolicismo o por aca tolicismo ha consentido positivamente que la Iglesia sea perseguida.
Se dirá que han sido engañados.
¿Cómo ha logrado hacerlo una minoría?
¿No había clero, órdenes religiosas, periódicos, radio difusoras, instituciones, organismos?
¿No po d ían hablar los unos como los otros?
¿Por qué no se han aprovechado los medios de que se disponía y que tenían su apoyo en una multi secular tradición?».
Para el autor, el problema de España, antes que una cuestión política, lo es de apostolado.
La Iglesia no había sido capaz de buscar soluciones a las clases proletarias, mientras las clases dirigentes habíanse escudado detrás de ella para «vincular sus intereses a los de la institución fundada por Jesucristo, para salvar su posición».
La conjunción de la Iglesia y la monarquía -al ser el pueblo republicano-ha significado el alejamiento de éste de la Iglesia.
A diferencia d e España, la acción de la Iglesia en Francia, realizando un apostolado integral sin mezclarse en polí tica, permitía contar con la influencia del «hecho religioso» en aquel país.
Esto, vaticinaba Franceschi, hará que el probable triunfo frentepopulista en Francia, «será una victoria del izquierdismo social y económico, pero gracias a la prudencia de los obispos no lo será del sectarismo antirreligioso».
El análisis de Francischi fue contestado por José M. Corral, por cuanto era aceptar que «España ha dejado de ser católica».
28 Un tercer artículo, antes del pronunciamiento militar de Fran co, vio luz en «La Revista Católica».
El artículo en cuestión La última lección había aparecido en «Razón y Fe» en abril de 19 36.
En él se reparaba en la «crisis del patriotismo» evidenciada en la despreocupación por el bien común, los desengaños por la demo cracia parlamentaria, >.
29 Puede decirse que el movimiento insurrecciona! de Franco, Mola y de los otros generales nacionalistas fue recibido como la reacción natural, patriótica y católica ante los atropellos de que eran objeto los religiosos y los bienes eclesiales.
España era el único país que podía exhibir mártires por la causa de Cristo.
30 Y la dua-lidad española: a la «desoladora impresión que dejan en el �inimo las matanzas de España; la fiera humana ha desplegado su potencia Jiabólica para el mal, ensañándose sobre los inocentes, sobre los niños, las mujeres, los ancianos, sobre religiosos inermes», 31 se oponía >.
32 En noviembre de 19 36 «La Revista Católica» bajo el epígrafe «Para la historia de la España roja» dio cuenta de las respuestas recibidas de las instituciones religiosas españolas en su canje normal de publicaciones: «Al estallar la revolucibn, no supimos si era necesario suspender esos envíos o no, por lo que nos mantuvimos en espera de los acon tecimientos.
Han llegado las respuestas deseadas, que son docu mentos interesantes para comprender el carácter del revolucio nario rojo elevado de la sima de su propia miseria, a la alta mi sión de superior de convento».
33 Desde mediados de 19 3 7 en sus páginas aparecieron las exten sas glosas de los volúmenes franquistas distribuidos por la Editorial Revista Católica de El Paso-Texas, EE.UU., además de las recibidas desde Buenos Aires.
Para los lectores de la publicación quincenal chilena quedó definido el carácter de cruzada y el sentido provi dencialista que habían asumido las fuerzas nacionalistas-católicas.
14 Para José M. Corral, la principal pluma que tuvo «La Revista Ca tólica» en el análisis de la realidad española, la literatura aludida debía divulgarse, para contrarrestar la de procedencia marxista que «asfixiaba» al igual que la llamada «neutralista» -que adjudica ba la culpa a la izquierda y a la derecha-como también la propalada por las « agencias masónico-marxistas».
35 En el órgano oficial de la iglesia chilena se pudo leer textos completos de Franco, Gil Robles y otros exponentes del bando na cional.
También jugó un rol importante la Delegación de Prensa y Propaganda del Estado Español (Franquista): muchas de las infor maciones divulgadas por la prensa católica tenían a la mencionada Delegación por fuente.
«El Debate» celebró la designación de Enrique Martínez Granada, «activo miembro de las Juntas Nacio nalistas local y jefe de Falange Tradicionalista Española>>, como agente consular de la España franquista en Antofagasta.
36 Desde abril de 19 38 se estrechó aún más la colaboración entre el periódico y el organismo de propaganda franquista.
«Hacia el Ideal» dio cabida a la peregrinación a Santiago de Compostela realizada por la vicepresidente de la Juventud Femenina de Acción Católica Chilena: «Eramos más de 3.000 venidas de todo el territorio liberado». l 7 Lo religioso se fundía con lo político.
En septiembre de 19 3 7 el Centro Español Nuestra Señora del Pilar de Talca, re cibió del «Tte.
Coronel Ayudante secretario de S.E. el Jefe de Concluyamos que esta conjunción religioso-política de la con tienda tuvo su corolario en 1939 cuando el obispo de Antofagasta, Alfredo Cifuentes Grez, de visita en Roma, envió a la revista «Hacia el Ideal», una fotografía donde aparece «la delegada de España presentando al Papa la bandera ensangrentada a la cual el Santo Padre dio un beso como verdadera reliquia de martirio».
39 Las comunicaciones oficiales entre ambos episcopados se ini ciaron en 1936.
En aquel año el episcopado chileno remitió un cable al cardenal Gomá, señalándole su simpatía y adhesión a los obispos españoles.
La publicación de la Pastoral Colectiva de l.o de julio de 1937 del episcopado español renovó los nexos establecidos.
El documento presentó la convergencia de lo político y lo religioso de la contienda.
Vicente Cárcel Ortí refiere que fue redactado por el cardenal Gomá a «iniciativa del general Franco y saoiéndolo la Santa Sede, que aprobó el texto.
Es un documento serio, bien pensado, redactado y construido, que solamente preten día mostrar hechos -aunque no decía toda la verdad-sin demos trar tesis, para que en el extranjero se tuviera una visión objetiva y serena de los acontecimientos españoles, cosa que no se consiguió plenamente».
552; fouuriu de J:,'8tudius.lmt: riuwus (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es de manifiesto que la Iglesia «se siente amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda 1a sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas... la guerra se ha emprendido... para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos».
41 La Pastoral Colectiva fue acogida por la iglesia chilena -en su órgano oficial-como de «orientación definitiva en la apreciación de los motivos, hechos y circunstancias del sangriento drama», pero también del más a1to valor «como criterio de certeza, después de las enseñanzas infalibles de la iglesia».
De ella podía concluirse: « l.o La causa del movimiento nacional es justa, es la del pueblo sano y cristiano de España, es la causa del orden moral, individual y social, natural y cristiano, es la del genuino laudable tradicionalismo español.
8e puede inferir lógicamente lo siguien te: La guerra... por ser defensiva de lo más santo y estar inspirada en su generalidad en santos motivos, como la de fensa de principios básicos de orden natural, de la religión y de cosas santas, ¡,uede llamarse s®ta como olra. s guerra"' de que! tabla la Biblia y la Historia>).
42 El notable documento del episcopado español redobl6 la soli daridad católica y afianz6 la adhesi6n al gobierno de Franco en el interior de la iglesia chilena.
El episcopado nacional, en su respuesta a la Pastoral Colectiva, recordó: «La manifestacil>n de simpatía y adhesión que el año 1936 envia mos al Ven.
Episcopado Español en cable dirigido a V. Emmiu.
Rvdma. y para asegurar a todos los Venerables Hermanos en el El 10 de julio de 1937 el arzobispo de Santiago de Chile, José Horado Campillo, ordenaba un día de oración por Espafia.
«El dolor de España es el dolor del mundo... todo cuanto la civiliza ción milenaria de nuestra Madre España había levantado para honra de Dios, prez de su raza y provecho de su pueblo, todo se ha convertido en ruinas».
La plegaria debía encaminarse hacia el objetivo de que en España • renaciera «la paz verdadera, la paz cristiana».
A nombre del episcopado hispano el cardenal Gomá se dirigía a los obispos chilenos: Los elementos culturales del nacional-catolicismo del gobierno franquista fueron divulgados por la prensa católica chilena.
Aunque algunas ideas-fuerzas, como el hispanismo, tenían data precedente a ]a rebelión nacionalista, alcanzaron máximo despliegue durante el transcurso de la guerra civil.
Otras se mantuvieron vigentes en los círculos conservadores más tradicionalistas.
También habrá que reparar que singulares episodios inspiraron determinadas creaciones literarias en el interior de la Iglesia.
El hispanismo se constituyó en una de las más gravitantes influencias ideológicas entre la juventud católica y conservadora de la época, viéndose en él medio de «relacionar lo hispano con lo cató lico y con el modelo corporativista, que se remonta a la ilustración católica».
46 El destino del nuevo ideal en l-Iispanoamérica debía apoyarse en los cimientos de los valores de la Iglesia.
El pasado colonial abría las llaves de la comprensión del propio «ser» de América, permitiendo ubicar el lugar de la obra grande <le Espaíia (su legislación indiana que registra los derechos del hombre, el aporte del conquistador a la comprensión de la idiosincrasia del continente, la lengua, la religión, etc.),' y el diseño de la obra pro videncialista en el porvenir de América: «Todo ello caracterizado por un énfasis apologético, en lo referente a lo hispánico, y con un diseño histórico: con ideales y metas para alcanzar de acuerdo Hl socialcristianismo».
47 Son autores como Ramiro de Maeztu y Váz quez de Mella, y otros de la generación de 1898, los que orientan el pensamiento hispanista chileno.
En ellos beberán los tradicio- nalistas nacionales y recibirán ciertamente en el curso de la guerra civil otras influencias, como el falangismo de Primo de Rivera v los nacionalistas españoles.
48 La corriente hispanista determinó, de acuerdo con sus postu lados, la formación de una visión historiográfica que devino en revisionista al cuestionar incisivamente la labor de la historiografía liberal y positivista del pasado que, todavía seguía rigiendo la enseñanza de la historia nacional.
El rescate del pasado colonial, de la herencia global de la cultura española {la generación del poder político, el dogma e influjo católicos, el sentido de unidad nacional bajo una misma autoridad, orden social y valores espirituales, etc.) promovió una escuela historiográfica hispanista, cuyo mayor expo nente fue Jaime Eyzaguirre Gutiérrez.
Su labor fue sistematizar -por oposición al «pasado glorioso» de la colonia-la decadencil en que estaba sumergida la nación chilena y por ende su historia republicana.
Entre los factores de la decadencia nacional, registraba la «baja apostasía interior», su traición al legado hispánico y cató lico tradicional, la adopción de formas culturales, sociales y polí ticas extrañas al ser nacional, y la democracia y el capitalismo liberal.
49 La crítica planteada por los autores tradicionalistas y nacio nalistas españoles sobre el pasado reciente liberal, heterodoxo, par- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es lamentaría de su país, fue homologada en la prensa católica chile na.
50 Se aceptó sin reservas la interpretación histórica de los autores tradicionalistas hispanos, y de los nacionalistas de ahora, sobre la decadencia española.
En agosto de 1936 se podía leer en «La Re vista Católica»: «La Monarquía española cayó porque sus propios errores de com ponendas con los partidos avanzados a la vez que su indolencin para afrontar los problemas sociales provocaron su derrumbe.
Abandonó el poder sin defenderse para evitar que España se desan• grase en una guerra civil.
Con este paso de dudoso patriotismo no hizo más que retardar por pocos años ese desgarramiento que hoy presenciamos.
Pero la indignación de la Espaíia cristiana y tradicional no pudo soportar más esta devastación del derecho y de la vida ciudadana.
Esta es la historia sucinta de la tragedia española provocada de inmediato por el Frente Popular».
51 La visión revisionista de inspiración tradicionalista fue repe tida con exactitud por Manuel Fernández Rivas, director de «El Debate», en julio de 1938: « De los excesos de la política liberal del siglo XIX, se fue for mando en la Península el espíritu de la desintegración española.
Con la sublevación de Riego, justificada por pruritos constitucio nales, se hizo la más alta traición a la patria.
El levantamiento de Riego fue obra exclusiva de la masonería para terminar con el imperio español en la América...
La guerra de Cuba es otra de las obras maestras preparada por la mafia internacional para completar el exterminio del dominio español. l,a primera República de Pi y Margal), de Castelar, Salmerón. y de Figueras, constituye uno ele los experimentos para tantear In posihilidad de derrumbar definitivamente la forma monárquica de gobierno, último baluarte de la unidad española.
Destruido el dominio de Ultramar era menester proceder a des hacer la unidad política de la nación».
52 Para Fernández Rivas el destino de las naciones americanas estaba enlazado a la cultura hispana.
Para él la nueva España que emergía con Franco incrementaría las relaciones con Hispano américa:
« No sblo un acercamiento� sino que un enlace estrecho con suR hijo� de América, a los cuales incorporó con su mentalidad y cultura a la civilización occidental.
Los hispano-americanos debe mos impulsar desde acá esta lahor.
Guerra a/, Jndoamericarw retrógrado y disgregador de la misma cultura que le está reservado a este continente.
No debemos mirar hacia los incas ni hacia los aztecas.
Estamos deniro del rnurulo civilizado por obra de Espa, ia y con ella debemos continuar los designios de nuestra lengua, de nue,"a reli¡wn, de 11, ue3, ra cultura».
53 La aceptación de los autores católico-tradicionalistas y nacio nalistas supuso en la prensa católica una fortísima crítica hacia los intelectuales republicanos, entre los cuales se encontraban José Ortega y Gasset y.Miguel de Unamuno.
Para Fernández Rivas, la decadencia española y el inicio de la guerra civil fue en parare responsabilidad de la intelectualidad española: «Una han da de pedantes, estilo U namuno, Ortega y Gasset, Mada riaga, Blasco Iháñez, Soriano y otros más brindaban los escapara tes de las lihrerías con sus libros cuajados, por lo general, de retruécanos, frases difícilmente comprensibles, intencionadamente embrolladas, para epatar al lector con una intelectualidad carente de un sentido profundamente nacional.
Y en ese ambiente de desorden político, social y económico, en esta molicie del subscons ciente de los intelectuales españoles, en esta nación envenenada por ideas anti-españolas nació la República».
54 La formulación de la responsabilidad de la intelectualidad -con el consiguiente ataque-alcanzó su máxima expresión en «La Revista Católica», donde, en mayo de 1939, se les acusaba: 560 «Los mayores culμnhles de la catástrofe española han sido los famosos intelectuales.
Con una inconsciencia y una perfidia de que no hay ejemplo predicaron la rebeldía, la irreligiosidad, el anarquismo, la unión con Rusia roja.
Envenenaron al pueblo con su prensa, volantes, libros, folletos, opúsculos, revistas con un tezón criminal, casi diabólico alcanzando el veneno hasta las más lejanas aldeas y villorrios del país.
Fue obra lenta de penetraciém, de infiltración en que se iba des truyendo todos los principios eternos y salvadores <le Hogar, Re ligión, Tradiciones, Patria, Disciplina.
Demagogos especializados en la palabra y en la seducción, comple taban la obra del periódico y del volante y daban conferencias vulgarizando el ideal marxista: odio a la clase dominadora, odio a la iglesia, odio a la autoridad, odio a Dios.
Los caudillos intelectuales trabaja9an para sí: los Ortega, Ortega Gasset, Unamuno, Alcalá Zamora, Maura, Prieto Caballero, Osorio Gallardo.
Corrompieron al pueblo hasta la misma médula: le arrancaron la Fe en Dios y la Fe en la tradición y lo desvincularon con el Pasado.
Cuando vino la derrota, tal como los pastores mercenarios, todos huyeron para salvar el pellejo y la bolsa bien repleta.
Le han huscado refugio aquí en Chile o en México, otro país estrujado por el socialismo marxista.
Todos ellos son indeseables pues llevan en sus conv1cc1ones, veneno violentísimo para infiltrarlo en el pueblo que los albergue.
A la miseria fisiolúgica que nos ahruma nos viene de las nubes este regalo de indeseables>>.
55 Se propugnó como ideal en la formación femenina el ejemplo de las mujeres católicas españolas:
« No leeremos novelas, ni periódicos, ni revistas, ni aún las de modas, ni acudiremos a presenciar películas de cines, ni repre sentaciones teatrales, si no nos consta que están a1nohadas por la Autoridad Eclesiástica>>.
56 Al rechazo enérgico a las actividades de los escritores chilenos pro republicanos, 57 las páginas de la prensa católica dispensaron lugar a los textos líricos, discursos y hasta una obra de teatro.
En ellos se exaltaron dos temas muy significativos para la causa naciona lista: la persecución religiosa y la defensa del sitio del Alcázar de Toledo.
En los versos del presbítero Pedro Claramunt Parés se asoció la imagen del niño huérfano de la guerra con la madre viuda-España la cual implora por. sus hijos-los españoles: Mi padre estaba en la guerra; mi madre enferma y llorosa, cual descarga tempestuosa, triste nueva recihib Españoles: una madre vestida de luto, hoy llora, y por sus hijos implora Vuestra generosidad.
Su voz a toc.los conmueve, pues para nadie es extraña: es vuestra Madre, es España, todos la habéis de escuchar».
58 En agosto de 19 36 un religioso jesuita dedica un extenso poema a sus hermanos españoles, viendo en los jesuitas deportados de España el puente espiritual entre la península y América:
El Romance de muertos de la guerra de José María Pemán, uno de los máximos exponentes de la poesía franquista, 60 fue publi cado por «La Revista Católica» en enero de 1938.
En el curso del año 1936 se erigen los símbolos colectivos del heroísmo en los bandos republicano y nacionalista.
Si la defensa de Madrid -«la epopeya central de la guerra», a decir de Raymond Carr-, 61 simbolizó la valentía y el heroísmo de las fuerzas repub!i canas; el Alcázar de Toledo patentizó aquellos valores en las fuerzas nacionalistas.
Ambas proezas fueron celebradas en el periodismo Je la época.
El 2 de noviembre de 19 36 fue estrenado en el Seminario Pontificio de Santiago el drama en tres actos y un epílogo El Alcá zar de Toledo.
Su autor, el presbítero Aníbal Carvajal, «profesor del Seminario y admirado dentro y fuera de él como orador y dra maturgo, carmelita e hispanista», habíase basado en las noticias difundidas desde Burgos y Sevilla.
La obra era elogiada desde el punto de vista de la escena y de la apologética.
Duraba tres medias horas su representación.
Un cronista del drama, después de elogiar las repetidas representaciones (dos en la primera quincena de no viembre) hacía votos para que el arte del dramaturgo «puesto al servicio de la raza y de la fe» pudiera llegar a más amplios audi torios.
62 Y aquello se cumplió pues la obra fue publicada íntegra mente por «La Revista Católica>> en el mes de diciembre de 1936.
Centrada alrededor de la resistencia del Coronel Moscar<ló y su contingente, concluye en el ajusticiamiento de su hijo Luis.
Determinados personajes centrales expresaban los valores en juego desde el prisma nacionalista: el coronel, los cadetes Pedro y Miguel, herederos del legendario heroísmo, de las tradiciones y las glorias
del pasado; el capellán fray Francisco, patentiza el valor espiritual de la «cruzada»; el niño Pelayo, la niñez guiada de los valores trascendentales y esperanza del futuro.
Como obra apologética de la causa nacionalista, exhibe el antagonismo de los «valores» posi tivos de aquel bando, y los «valores>> negativos de ]os republicanos.
La interpretación de la guerra como cruzada y providencialista recorre todos los actos y escenas del drama.
De acuerdo al guión de la obra, la presentación de los valores positivos y negativos, como las ideas-fuerzas, es la siguiente.
Los defensores del Alcázar y las fuerzas nacionalistas representan:
Dios-ampara ( Reina Pilar, Apóstol Santiago)-armas: oración, invo cación, misa: Patria-Glorias pasadas=Alcázar-Reli q uia (patri momo, heroísmo, honor, caballero)=buena conciencia-alegría luchar: Nuevo Período de la Historia ==Guerra: Purificación nacional.
La representación de los valores negativos con sus consiguien tes ideas-fuerzas que simbolizan los atacantes del Alcázar y lns fuerzas republicanas, conlleva la lectura que sigue:
Demonio-guía ( Lobos sanguinarios, reptiles, bichos dañinos )-ar mas: barbarie, confusión, blasfemia: Destrucciún reliquias del Pasado ( bandera republicana: vergüenza nacional) = abortos del Infierno/ esclavos de Moscú: forajidos, perfidia, engaño: Demo cracia soberana del Puehlo==Crimen, Asesinatos.
Conjuntameqte con esta exposición ideológica del conflicto español, se ponía de relieve en el estreno del drama, la asistencia de algunos militares.
El citado cronista dice en este punto: «No ha faltado quien encuentre demasiado rezadores a los soldados.
El representante del eiército juzgó eminentemente militar el drama, y el heroísmo histórico de sus personajes, sólo se explica por su religiosidad acendrada de que el cable judío da fe».
64 Y es precisa mente un militar, el teniente coronel Florencia Felíu Velasco, del Estado Mayor del Ejército, quien escribe un extenso artículo sobre 64 Supra nota 62.
El Alcázar de Toledo que se pudo leer en el mes de abril de 19 3 7 en <<La Revista Católica».
El autor reseña la historia de Toledo desde la época romana hasta arribar a la defensa del coronel Moscard6: «El 18 de julio de 1936, la Península entera se siente sacudida por un estallido revolucionario.
La revuelta lucha por el orden y la tradición, por la religión y el nacionalismo.
El Gobierno defiende su autoridad, las leyes vigentes y sus idcus sociales.
Alimentada en las glorias tradicionales de la raza, imbuida en los principios de orden y disciplina militar y social, la Academia de Infantería se cobija bajo las banderas de las revolución...
Sesenta días de fiera resistencia presentan una lección de heroísmo no registrada hasta ahora en los anales de la humanidad...
Entre las llamas y la metralla se destaca la figura sobrehumana del Coronel Moscardó...
Es la tradición heroica de la raza; es el alma caballeresca de la España.
El heroísmo se ha impuesto sobre el odio; la entereza y la voluntad han sido más fuertes que las armas; una vez más el alma del Cid ha llevado sus caballeros a la victoria».
566.l, iuu, iu tic J:.:111udiu� A111c:1i< Desde el conocimiento de la sublevación de Franco en ju1io de 1936, la iglesia chilena visualizó la contienda como un aconteci miento de cruzada.
Se enunció el conflicto recién originado: por lo tanto de cruzada religiosa, lucha entre el bien y el mal, y, dentro de ese contexto, la misión providencialista de España.
Todo esto fue ampliamente divulgado por la prensa católica.
74 La expre sión ideológica de la cruzada alcanzó su culminación en la obra de teatro El Alcázar de Toledo del presbítero Aníbal Carvajal.
Además se fue asociando cada día más la simbolización de las virtudes espi rituales como de los valores políticos y culturales de los nacionalis tas en la figura del Generalísimo Francisco Franco:
Cruzado de. la fe y del honor en esta eta p a crí tica, ace p ta la res p onsabilidad de su actitud...
General de generales... diplomático hábil...
Franco llevará a España a cumplir los destinos de la raza latina.
Franco a p lastará el Anti.cristo de las este p as nortinas, y hará prevalecer la Cruz sohre la hoz y el martillo».
15 La España nacionalista exhibía «orden, trabajo, alegría, deci sión inquebrantable de independizar la patria del yugo soviético, JUSf ANTONIO GONZÁLEZ PIZARRO anhelos de bienestar social y premio justo al verdadero operario>>.
76 Por oposición, la España republicana se ve «quitados los oropeles Je la propaganda, vacío de ideales, vacío de consistencia, vacío de finalidad».
Los valores exaltados en las publicaciones católicas chilenas como el destino histórico, la raza, el jefe, el ideal religioso, la cru zada, la tradición, honor, caballerosidad, la sangre redentora, b violencia santificada, orden, etc., siguieron de cerca los padrones estéticos-ideológicos de la creación literaria del bando nacionalis ta.
17 Ese «cultivo retórico de la embriaguez de estilo» como defi niera aquello Dionisia Ridruejo, 78 produjo un contrapunto en la visión de los regímenes fascistas europeos por parte de la Iglesi�t: mientras tales conceptos culturales-ideológicos eran utilizados en la exaltación de la 'cruzada' nacionalista, asignándoles hondo y trascendentales significados, se los cuestionó y neg6 su empleo poi• La prensa católica chilena insistió en el tema de la restauración plena de los derechos de la Iglesia y la comunión de fe de los conductores de la guerra del bando nacionaJista.
A titulo de muestrario, cfr.
«EJ Debate>, Los j esuita.CJ en Espafta (28 de abril de 1938), Profesión de fe de varios je f es es pa fioles (2 de julio de 1938). http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la ideología nazi.
En la carta de los obispos chilenos al episcopadJ alemán, de octubre de 19 3 7, se expresa: «Cuán grande es nuestra pena... ver... cúmo la pureza de la verdadera Fe en Dios (subrayado en el texto)... trata de ser sus tituida en ciertas esferas, que el gohierno abiertamente favorece, por otros valores vacíos de sig1ii/i.. cado eJpiriJJJ.al. como la raza, la sangre, el suelo, el estado, o los nuevos mesías del concepto pan teístico y a la vez materialista de Estado-Dios, hombres positiva mente de valer y patriotismo adm, irable pero tdstemente desviados y a quienes se les cor, sAgra un culto �emidivi.nu por las muchedum bres ensoberbecidas y fanatizadas!
Se ha tratado de equiparar y aun de poner encima de Cristo, Dios y Hombre Redentor de toda la humanidad a una criatura humana, que la muerte ha de llevar al polvo del sepulcro... condenamos con energía... la paganización y sentido laico dado arbitraria y audazmente a palabras y expre.�iones, cuyo contenido real es y ha sido siempre de hondo sentido cristiano, como «revelación», «fe», «inmortalidad», «pecado ori ginal»., «humildad», «gracia))' etc. Tan desvergonzada tergiversa ción constituye, según expresión del Santo Padre, un robo hecho al Sugrario y a la Hcli�ión. para perturbar y llenar de confusión las conciencias de los fieles)>, 79 Analicemos finalmente la interrelación de tres materias que atrajeron la atención del mundo católico nacional en la década de 1930, acentuándose su discusión en el t1ltimo lustro del decenio al calor de los acontecimientos españoles y su repercusión en la polí tica chilena. l.o La doble lectura del conflicto español: de noticia internacional e interpretación como lección política; 2." la situa ción de coyuntura de la política nacional ante la plataforma del Frente Popular y 3.o la discusión del sistema corporativo, tanto como realidad desde los regímenes fascistas europeos como de proyecto político viable en el país.
El asunto de los católicos vascos y la actuación del Ministro
El primer punto lo asumió «El Debate» desde el principio de JOStl ANTONIO GONZÁLEZ PIZARRO la guerra civi] española.
Los sucesos constituían una lección que había que meditar y difundir entre los católicos y sus adversarios: el meollo era considerar 1a gravitación de la tradición católica en el país y el modo de conducirse con la Iglesia.
Esta línea periodís tica quedó delineada en su editorial de 25 de julio de 19 36:
En el mundo católico chileno -siguiendo los reflejos de las discusiones y realizaciones en la esfera ibera-latina, v. gr. Italia, Portugal, España-se vivió intelectualmente la búsqueda de «un contexto de pensamiento y de acción mezclando las consideraciones tradicionalistas por el orden y la jerarquía con el nuevo imperativo de cambio y modernización».89 Y en tal debate las corrientes re novadoras de la Iglesia también jugaban su papel.
La ventilación del corporativismo -como preocupación inte lectual a partir de las orientaciones de las encíclicas papales, como desde el acercamiento a la praxis de los regímenes fascistas italiano y portugués-estuvo unida a la realización de un programa social cristiano, inspirado en la organización gremial y corporativa de la sociedad.
Para los jóvenes universitarios católicos -la élite de la juventud conservadora-había que reponer urgentemente, como pedía Bernardo Leighton, el «concepto cristiano del bien común».
90 Para Manuel A. Garretón se podía hacer convergente el ideal cor porativista con el sentimiento de patria y unidad nacional.
91 Otros, como Jaime Eyzaguirre, Julio Philippi, dieron cuenta de los avan ces de las experiencias corporativistas europeas, viendo en ellas elementos a emular.
92 En tal sentido la revista «Estudios» fue un lugar donde se fraguó seriamente un proyecto autoritario corpora tivista.
93 Los ejemplos de Austria --con Dollfus-e Italia fueron examinados con prolijidad.
Pedro Lira Urquieta vio como obstáculo el «exagerado estatismo que predomina, a lo menos temporalmente, en las leyes fascistas».
94 Alfredo Bowen rechazó el modelo fascista italiano pero ensayó una propuesta corporativista que abarcó lo político, lo educacional, lo internacional.
Como afirma Fernando Aliaga, «es preciso reconocer que si bien se plantea un rechazo al fascismo italiano como hecho y cultura, no obstante se advierte una cierta admiración por sus logros».
95 Y fue debido -como recono ciera Eduardo Freí en 1933-a que el corporativismo abarcó una inmensidad de conceptos, que hubo necesariamente la separación entre los que, como él, plantearon una concepción de la sociedad donde la personalidad y la dignidad del hombre fuese lo funda mental, y a ella estuviesen sujetas la sociedad y el Estado, siguiendo las orientaciones de Jacques Maritain; 96 y los que abrazaron el corporativismo, en su modelo fascista, haciendo predominar el Estado sobre el individuo.
Y en tal perspectiva, la experiencia de la guerra civil española abrió con el triunfo de Franco en 1939 otro modelo corporativista, antidemocrático, pero distintivo de los mo delos italiano y alemán, por la vinculación de los intereses político religiosos, por la fusión del Estado-Iglesia, donde el hispanismo encontró amplio terreno de propagación ideológica.
Exponente de la corriente corporativa de corte fascista fue Manuel Fern�indez Rivas.
La guerra civil española produjo un enorme impacto en la vida nacional chilena.
No hubo parcela de la sociedad que no se pronunciara sobre lo que acontecía en la península ibérica: los intelectuales, los partidos políticos, las instituciones y la Iglesia.
Como hemos expuesto, el conflicto fue asumido siguiendo las pautas adoptadas en suelo español por la propia Iglesia.
Conjuntamente con la evolución de la guerra fratricida se desplegaron entre las publicaciones católicas interesantes debates alrededor del hispa nismo, el revisionismo historiográfico y al modelo corporativista.
Mientras algunos temas se mantuvieron vigentes más allá del tér mino del conflicto, como la escuela historiográfica hispanista, otros quedaron silenciados, como el corporativismo, al ser rechazado en sus interpretaciones autoritaria fascista y asociarse al destino histó rico de los regímenes totalitarios durante la segunda guerra mundial.
Coadyuvó a la repercusión de la guerra civil española en Chile, la configuración de una realidad política próxima a ella, en su forma, mas no en el fondo, como fue la gestación del Frente Popular y su ulterior triunfo en 19 38.
Asimismo, no puede minimizarse dicho impacto en el catolicismo chileno, en momentos en que éste se hallaba en pleno renacimiento intelectual ni su presencia activa en la sociedad a través de la Acción Católica.
Las fuentes ideoló gicas del bando nacionalista así como la experiencia religiosa -de la persecución y la hegemonía que alcanza en el campo franquista repercutieron con fuerza en las publicaciones católicas.
La guerra civil española constituyó, por el debate abierto en sus vertientes culturales, políticas, religiosas, el acontecimiento extranjero más influyente en la vida católica chilena de la primera mitad del siglo XX.
Registremos también que dentro
adornada con el tricolor; con la cruz gamada del Rin, con el rojo y gualda español, con el blanco y amarillo de la Santa Sede y con otros lábaros en homenaje a los alumnos del Seminario que, a más >.
67, Los sucesos de Espafta en el plan de Dios.
75 Comentario de José M. Corral al libro de Joaquin Arrarás, Franco, Buenos
79 Carta de los Obispo,i; Chilenos al Episcopado Alemán.
Los subrayados son mios.
Acerca de la devoción a la Santísima Virgen del Carmen 11 la consaoración de los Hooares, cR.
Art. firmado por Carlos Fernández Freite, capellán de la Penitenciaria de Sanüa¡o.
Se hacia constar que aquello se debia fundamentalmente al trabajo del clero francés «en la cuestión social, ha estudiado el problema y se ha puesto a resolverlo con energia y constancia, por eso los obreros lo respetan».
las delicadas funciones el nuevo mandatario en circuns tancias excepcionalmente difíciles para la República dividida en dos bandos políticos que propugnan la realización de programas. antagónicos.
Corresponde al nuevo Presidente de la República sua vizar con rectitud y ecuanimidad las asperezas que dejó la reciente lucha electoral, convirtiéndose en el Presidente de todos los chile nos para trabajar por la grandeza y la prosperidad de nuestra nación.
Anhelamos que el Primer Mandatario sepa conciliar las aspiraciones que sean justas de sus partidarios, con la pa z social de todos los chilenos, de manera que satisfaga todos los derechos y por consiguiente que no desconozca los de aquellos que por dis tintos caminos justos y honrados, desean cooperar a la grandeza y prosperidad de Chile, aportando un positivo mejoramiento eco nómico y espiritual a las clases desvalidas, sin menoscabo de los eternos principios lle la verdadera justicia».
El Nuevo Presidente de Chile Excmo. |
Antes de hablar de los ayuntamientos surgidos de las Cortes de Cádiz, parece obligado considerar, al menos de manera muy somera, dos cuestiones fundamentales en relación con el tema que nos atañe: el desarrollo de los municipios puertorriqueños hasta 1812; y la situación política de la isla en los momentos inmediat1s a la entrada en vigor del texto constitucional gaditano.
Es algo confirmado por la Historiografía que la forma en que se establecieron los municipios en América tiene su génesis en la tradición medieval castellana que concedió a los concejos de sus villas y ciudades amplias autonomías para gobernarse.
Con el fortalecimiento de la monarquía autoritaria, la vida política de los municipios castellanos fue languideciendo, de tal manera que cuando se comienza la conquista de América los con cejos castellanos, al menos los de las ciudades y villas importantes, no son ya entes autonómicos como lo fueron en el bajomedievo.
Es evidente; que los conquistadores llevaron al continente descubierto, las mismas formas de gobierno para los recientes mu nicipios creados, que Castilla mantenía en su reino en aquella fecha.
No obstante, el paralelismo existente entre los municipios in dianos y los de Castilla en los primeros momentos de la coloniza ción, fue desapareciendo a lo largo del tiempo.
Una legislación específica dada expresamente para los concejos de Indias, alejó a éstos de la evolución que siguieron los municipios de la metró poli.
Aunque las modificaciones operadas fueron distintas, sin em bargo, al llegar el siglo XIX, tanto unos como otros habían perdido.sus autonomías de gobierno.
2 Ciñéndonos a los municipios puertorriqueños, diremos que casi durante todo el siglo XVIII, sólo existieron en la isla dos: el de la capital, y el de la vil1a de San Germán.
3 El gobierno de Carlos III introdujo en los municipios españoles, y por supuesto en los de Puerto Rico, un cierto halo de vigor.
A pesar de ello se consiguió muy poco en lo que se refiere a revivir la importancia política y social del funcionamiento de éstos.
La propiedad de los cargos municipales, la escasez de medios de los habitantes de la isla, las limitaciones en materia de impuestos, la supeditación en materia legislativa a la Audiencia de Santo Domingo y en última instancia al Consejo de Indias, redujeron a los cabildos puertorri queños a lo largo de los siglos, a una casi absoluta nulidad.
4 La segunda cuestión que nos planteábamos al comienzo, era la situación política de Puerto Rico en los momentos en que fue proclamada la Constitución de 1812.
En efecto, los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX fueron ricos en acontecimientos para las colonias españolas �n América.
La revolución de Haití, los sucesos de Bayona, y las ideas emanadas de la Revolución Francesa, parece que hicieron germinar en Puerto Rico un sentimiento desconocido hasta entonces, que si LOS PRIMEROS AYUNTAMIENTOS LIBERALES 3 no podía tildársele de separatista, por lo menos tenía un cierto matiz protonacionalista.
5 No obstante, mientras que las conspiraciones de 1810 y 1811 en Cuba, son movitnientos claramente nacionalistas, las aspira ciones de los puertorriqueños más radicales sólo se traducen en la colocación de algún pasquín, la actitud más o menos atrevida del Ayuntamiento de San Germán respecto a la independencia de la isla -en caso de extinguirse la dinastía borbónica en España-, la solicitud de los ayuntamientos de que los cargos públicos fuesen ocupa dos preferentemente por puertorriqueños, etc. 6 En las circunstancias señaladas, la Constitución de Cádiz fue proclamada en Puerto Rico, el 14 de julio de 1812, en medio de una calma casi completa.
Es bien conocido que uno de los objetivos n1ás inmediatos pretendido por las Cortes gaditanas, fue la formación de nuevos ayuntamientos.
El artículo 310 -Título VI del texto constitu cional-lo pone de manifiesto: «Se pondrán ayuntamientos en los pueblos que no le tengan, y en que convenga le haya, no pudiendo dejar de haberle en los que por sí o con su comarca lleguen a mil almas, y también se les señalará término correspondiente».
7 Este aspecto de la Constitución se reflejó rápidamente en Puerto Rico, quedando la isla convertida en una sola provincia, con su corres pondiente Diputación Provincial.
En las páginas que siguen hablaremos de la constitución de los ayuntamientos cuasi populares correspondientes a los dos breves períodos liberales del primer cuarto del siglo XIX, asimismo abor daremos el funcionamiento de éstos y su relación con la Diputación Provincial, el gobierno superior de la isla, y las Cortes de la Nación Española.
Los AYUNTAMIENTOS PUERTORRIQUE�OS DURANTE EL BIENIO CONSTITUCIONAL Como bien es sabido la Constitución de 1812, en su Título VI, Capítulo I, artículos del 309 al 323, se refiere a la formación de los ayuntamientos en los pueblos de la provincia, al número de individuos que han de componer éstos, y a las atribuciones que ten-. drán en materia económica, judicial, legislativa, sanitaria y de instrucción pública.
Un real decreto de 23 de mayo de 1812, dado en Cádiz, y otro aclaratorio del 10 de julio del mismo año, seña lan y especifican las directrices a seguir para la formación de los municipios constitucionales.
El primero de e1los llegó a poder del gobernador y capitán general de la isla, don Salvador Meléndez Bruna, el 21 de agosto de dicho año.
Su articulado regula minuciosamente los requisitos para la creación de nuevos ayuntamientos, así como el modo en que se había <le efectuar la elección de los miembros de las corporaciones.
El segundo, fue recibido en Puerto Rico la noche del 3 <le septiembre de 1812.
Es un documento aclaratorio del anterior, concretamente en lo tocante al artículo 3." de aquél.
En él se indica el cese de las funciones de los regidores perpetuos y de todos los individuos que en 1812 componían los cabildos existentes en ] a isla.
Eso sí, con derecho a ser elegidos en la próxima elección de los nuevos cargos concejiles.8 Y a con anterioridad, se había f orma<lo en Puerto Rico una Junta Preparatoria cuya misión principal era revisar el censo de población, y fijar el número de electores que correspondería a cada partido para elegir el diputado a Cortes.
La otra labor importante que desarrolló la Junta Preparatoria fue la de dividir la isla en partidos para llevar a cabo la elección del diputado a Cortes, único representante que correspondía a Puerto Rico, según la Constitución gaditana.
A tal efecto, la comi sión encargada de ello, redactó un informe que proponía la división de la isla en cinco partidos.
La Junta lo aprobó en bloque sin ninguna objeción, el 21 de agosto de 1812.
La distribución de parroquias por partidos se hacía de la manera siguiente: El de San Juan, el primero, lo formarían las parroquias de San Juan, Vega Alta, Toa Baja, Coroza}, Vega Baja, Toa Alta, Bayam6n, Río Piedras, Cangrejos, Guaynabo, Trujillo, Loiza, Lu quillo, Fajardo, Naguabo, Humacao, Maunabo, Piedras, Barran quitas, Juncos, Caguas'y Hato Grande.
El partido de la villa de San Germán, el segundo, estaría com puesto por las parroquias de San Germán, Mayagüez, Añasco, Cabo Rojo y Yauco.
El tercero sería el partido de Coamo, y los formarían las parro quias de Coamo, Juana Díaz, Ponce, Cayey, Cidra, Guayama, Pa tillas, Peñuelas y Yabucoa.
Aguada constituiría el cuarto partido, en cuyo término habían de quedar incluidas las parroquias de Aguada, Aguadilla, Rincón, Pepino y Moca.
Por último, Arecibo constituiría el quinto partido y le corres ponderían: Arecibo, Manatí, Camuy, Utuado y Tuna.
Formaci6n de los ayuntamientos constitucionales
Una vez finalizada la misión de la Junta, el 13 de septiembre los habitantes de San Juan con derecho a voto se reunieron con objeto de nombrar a los compromisarios que habrían de elegir el ayuntamiento de la ciudad.
La convocatoria había sido hecha pre viamente por el gobernador.
Nombrados los 17 electores que correspondían a San Juan, el día 20 del mismo mes se votó el nuevo cabildo, que tomaría posesión dos días después.
El mismo procedimiento se siguió en los demás pueblos de la isla, quedando formados los 40 nuevos ayuntamientos y reelegidos los cinco que ya existían, en las semanas siguientes.
12 De este modo, para primeros de noviembre de 1812, en Puerto Rico se habían constituido ya casi todos los ayuntamientos del bienio liberal.
Sólo quedaban por constituirse el de Humacao y el de Rincón, pueblos correspondientes a los partidos de San Juan y Aguada respectivamente.
Algunos pueblos, por carecer del número de vecinos suficiente, habían formado ayuntamientos con otros, como disponía el real decreto de 23 de mayo de 1812.
13 Así formarían un solo ayuntamiento los pueblos de Río Piedras y Cangrejos del partido de San Juan, del mismo modo que San Ger mán tendría agregado a su ayuntamiento el pueblecito de Sabana Grande.
Si la creación de los nuevos municipios supuso un aliciente político para los habitantes de la isla, al menos en lo que se refiere a la participación para elegir los cargos concejiles, no debe mos olvidar que la condición de ciudadano alcanzó solamente a una minoría, y por tanto la participación en las elecciones resultó ser muy escasa en comparación con el número total de personas que poblaban el territorio puertorriqueño en aquella fecha.
En este sentido podemos decir que la distinción entre espa� ñoles y ciudadanos que idearon las Cortes de Cádiz, dejó sin derecho a voto en Puerto Rico, al igual que en el resto de la América española, a una gran mayoría de su población.
14 Nueva división de la isla en siete distritos electorales Es evidente que la división de la isla en cinco partidos se había hecho de manera circunstancial.
Por eso, al quedar convertida en una provincia con su Diputación correspondiente, se procedió a realizar por parte de ésta una nueva distribución.
La efectuada el año anterior entrañaba cierta desigualdad.
La extensión superficial de los partidos resultaba ser muy desproporcionada, así como el número de pueblos que correspondía a cada uno.
La Diputación se reunió por primera vez el 5 de mayo de 1813, y el 14 del mismo se formó una comisión compuesta por los presbí teros don Antonio Sánchez y don Manuel Pizarra, con el fin de pre sentar un proyecto en el que la nueva provincia española apareciese estructurada, desde el punto de vista administrativo, de manera dis tinta a como se había efectuado en los meses anteriores.
El proyecto fue presentado a la Diputación Provincial, el 9 de junio del año en cuestión, y resultó aprobado, una vez oído el dictamen de los comisionados.
La nueva división perseguía una igualación de los partidos, con un número proporcionado de pueblos y vecinos, para lo cual quedaría dividida la provincia en siete distritos, cuyas cabezas serían la capital, y los pueblos de Humacao, Guayama, Ponce, San Ger mán, Aguada y Arecibo.
Al partido o distrito de San Juan corresponderían 12 pueblos: Vega Alta, Vega Baja, Corozal, Toa Alta, Toa Baja, Bayamón, Guaynabo, Río Piedras, Cangrejos, Loiza, Trujillo y Caguas.
El número total de vecinos que reunía era de 6.4 59, incluyendo tam bién los de San Juan.
Al de Humacao pertenecerían seis: Luquillo, Fajardo, Nagua bo, Piedras, Yabucoa, y Juncos.
Al de Guayama cinco: Maunabo, Patillas, Hato Grande, Cidra y Cayey.
partido, al menos de momento, el juez letrado que establecía la Constitución.
15 En la sesión de la Diputación Provincial celebrada el 6 de julio de 1813, se acord6 que el número de jueces letrados que atenderían los asuntos judiciales de toda la isla sería solamente de dos: uno en la capital, y otro en San Germán.
El de la capital, ex tendería su jurisdicción sobre 32 pueblos, y un total de 12.981 ve cinos.
En los cuadros siguientes representamos los dos distritos má� importantes de la isla, con juez letrado en sus respectivas cabezas de partido.
17 El cuadro anterior nos muestra que el número de alcaldes, regidores y procuradores síndicos, estaba en función de los vecinos de las localidades.
El real decreto de 23 de mayo de 1812, regulaba el artículo 311 de la Constitución, determinando el número de cargos concejiles que habría de corresponder a cada pueblo según unos límites de vecindad que oscilaban entre los 200 y 10.000 ve cinos.
Para los pueblos de menos de 200 vecinos, los miembros que compondrían su ayuntamiento serían: un alcalde, dos regidores, y un procurador síndico.
Para aquellos cuyo número oscilara entre 200 y 500, habría un alcalde, cuatro regidores, y un procurador síndico.
Para las poblaciones comprendidas entre 500 y 1.000, el cabildo estaría for1nado por un alcalde, seis regidores, y un procurador síndico.
Si la población pasaba de los 1.000 vecinos el ayuntamiento lo formarían dos alcaldes, ocho regidores, y dos procuradores síndicos.
El real decreto establecía que la capital de la provincia <lebía tener 12 regidores, alcanzara o no el número de vecinos establecido.
Si la capital superaba la cifra de 10.000, le corresponderían 16 regidores.18 En estas circunstancias, en Puerto Rico, las poblaciones que consiguieron dos alcaldes fueron seis: la capital, Ponce, Bayam6n, San Germán, Mayagüez y Añasco.
El número total de alcaldes Je las primeras elecciones consti tucionales, resultó ser 51.
De la renovación de los ayuntamientos a finales de 1813 salieron elegidos 52; el pueblo de Cangrejos que en las primeras elecciones había formado ayuntamiento con Río Pie dras, se constituy6 en nuevo municipio, eligiendo sus vecinos ciu dadanos un alcalde, dos regidores y un síndico respectivamente.
En cuanto al número de electores designado por los ciudadanos para elegir el cabildo, tan1bién estaba regulado por el citado de - creto.
El número de electores o con1promisarios variaba entre diecisiete y nueve.
¿Quiénes cnm estos compromisarios?
La lectura de las ANTONIO GÓMEZ VIZUETE actas de la constitución de los ayuntamientos nos lleva a la conclu sión, de que, por lo general, los vecinos elegían como sus repre sentantes, a las personas más relevantes de los pueblos.
Así es frecuente encontrar entre los electores de la mayoría de las locali dades, a los curas párrocos, y a un gran número de oficiales del ejército, tanto en activo como retirados.
11trihuciones de alcaldes y regidores
La Constitución permitió a Puerto Rico la formación de nu merosos municipios, a la vez que convirtió a la antigua colonia en una provincia española con una diputación provincial al frente, encargada de promover la prosperidad de la isla.
Como dice el pro fesor Lalinde Abadía, la actitud de España con respecto a los dominios o colonias de América, cambió a partir del año 1808.
Desde ese momento, la metrópoli lleva una política de asimilación con sus colonias, intentando igualar los territorios de Ultramar con los de la propia nación española.
Este período <<asimilista», en su primera fase, se mantiene en Puerto Rico desde 1808 hasta 1823, coincidiendo con las etapas constitucionales que comprenden el bienio y el trienio liberal.
19 La Constitución doceañista, en su artículo 321, concede a los a• yuntamientos una serie de atribuciones de capital importancia para el gobierno de los pueblos.
Los cabildos formados por alcaldes, regidores y procuradores síndicos, tenían encomendadas entre otras, las siguientes funciones: l. o Dirigir la policía de salubridad y comodidad.
2. o Auxiliar al alcalde en todo lo que pertenezca a la seguridad de las personas y bienes de los vecinos, y a la conservación del orden público.
19 Lalinde Abadía, Jesús: La administración espaflola en el siulo XIX puerto• rri<1uefw.
La administración e inversión de los caudales de propios y ar bitrios conforme a las leyes y reglamentos, con el cargo de nombrar depositario, bajo responsabilidad de los que le nombran.
4.o Hacer el repartimiento y recaudación de las contribuciones, y remitirlos a las tesorerías respectivas 5.o Cuidar de las escuelas de primeras letras, y de los demás establecimientos de educación que se paguen de los fondos del común.
6.o Entender en el mantenimiento de los hospitales, hospicios, casa de expósitos y demás establecimientos de beneficencia, bajo las reglas que se prescriban.
7.o Llevar a cabo la construcción y reparación de los caminos, calzadas, puentes y cárceles, de los montes y plantíos del co mún, y de todas las obras públicas de necesidad, utilid,1d y ornato.
8. o Formar las ordenanzas municipales del pueblo, y presentarlas a las Cortes para su aprobación por medio de la Diputación Provincial, que las acompañará con su informe.
Todas estas funciones que la Constitución asignaba a los ca bildos, se fueron-desarrollando y. regulando, en lo posible -no olvidemos el corto espacio de tiempo que estuvo en vigor la Cons titución-, a través de decretos dados por las Cortes.
A veces el gobernador, juntamente con sus asesores jurídicos, se vio obligado a elaborar ciertas instrucciones que sirvieran para el gobierno de los municipios, mientras llegaban los reglamentos de oficio que debían regir y establecer las atribuciones de las autoridades concejiles.
Atribuciones de los alcaldes
Comenzando con los alcaldes, diremos que Ja Constitución en su artículo 282, los contemplaba como conciliadores, respecto al poder judicial que les atribuía.
Anteriormente habían ejercido la jurisdicción real ordinaria en todo el distrito que les correspondía, otorgando las apelaciones de sus providencias a la Audiencia de Puerto Príncipe, en Cuba, de la que dependía judicialmente todo el territorio puertorriqueño.
Bien era cierto que aquellos alcaldes no podían introducirse en materias de gobierno económico, policía y Real Hacienda, para lo cual el gobierno superior de Puerto Rico nombraba cada dos años un juez pedáneo en cada partido, conocido con e1 nombre de Teniente a guerra.
En lo sucesivo recurrirían a los alcaldes, todos aquellos que quisieran demandar a otros ante el juez de partido, bien por cues tiones de tipo civil o por injurias.
El alcalde se asesoraría de los motivos de] litigio a través de dos «hombres buenos», nombrados uno por cada parte.
Enterado del dictamen de los dos asociados, tendría un plaio máximo de 8 días para dar la providencia que le pareciera oportuna con el fin de dar por zanjadas las diferencias.
Si las partes litigantes quedaban satisfechas, la sentencia del alcalde se anotaría en un libro dispuesto para este menester.
En él firmarían el aknlde, los <los « hombres buenos» y los interesados.
Los querellantes podían solicitar al alcalde certificaciones' del fallo del pleito, el cual debía expedírselas.
Cuando las partes no quedaran satisfechas, también se anotaría en dicho libro, y se facilitarían certificaciones a los litigantes en las que se haría constar que la conciliación no había sido posible.
Los alcaldes podían intervenir, a instancia de parte, en aque llos asuntos que, aunque contenciosos, fuese müy urgente el re solver, y no diese lugar a recurrir al juez <le partido, remitién<loselos posteriormente a éste.
Todo parece indicar que los alcaldes tuvieron que intervenir en cuestiones de justicia mucho más de lo prevenido.
Pensemos que de los siete jueces letrados que correspondían a la isla, según el número de partidos que tenía, sólo se establecieron jueces en dos de ellos.
Por otra parte, la anterior afirmación se puede deducir del nombramiento de subalternos que la Diputación hizo para cada ayuntamiento.
Así, en sesión celebrada el 21 de mayo de 1813, se acord6 que el número de subalternos para los pueblos con un alcalde habría de ser tres: un escribano, un ministro y un alcaide de cárcel.
En aquellos pueblos donde residiera el juez letrado, el alcalde debería contar al menos con dos auxiliares: un escribano y un ministro.
Consciente la Diputación de la escasez de escribanos o notarios, previene que en los pueblos el oficio <le escribano lo supla el secretario del ayuntamiento..
Otra de las cuestiones que el gobernador expone a las autoridades de la península, es la <le haber tenido que poner reparos a la elección de alcaldes recaída en ciertos secretarios Je ayuntamientos.
De igual modo tuvo que hacer lo mismo con los ofi ciales de mi licias que servían en las planas mayores y tenían sueldos como veteranos.
Todo esto, fue sin duda alguna, el reflejo <le la situación de los habitantes de la isla, y de la excesiva tutela política que la metrópoli había tenido con ellos hasta aquel momento.21
Funcionamiento de los ayuntamientos durante el bienio constitucional
Los AYUNTAMIENTOS PUERTORRIQUE�OS DURANTE EL TRIENIO CONSTITUCIONAL
Es más que conocido que el regreso a España a princ1p10s de 1814 de Fernando VII, trajo consigo la derogación de la Cons titución liberal elaborada por las Cortes de Cádiz.
El rumbo político que volvía a tomar la metrópoli, llevaba aparejado la abolición del régimen constitucional y por lo tanto la supresión de los ayuntamientos surgidos en 1812.
No obstante, la estructura municipal puertorriqueña creada al amparo de la Constitución, en cuanto a la existencia de un muni cipio en casi todas las localidades de la isla, permaneció intacta.
Es decir, esos cabildos dejaron de ser órganos representativos de los vecinos ciudadanos, pero no desaparecieron como tales.
Es más, durante el llamado sexenio absolutista el número de ayuntamientos en Puerto Rico creció de 45 a 49.
El municipio en el período absolutista
Del funcionamiento <le estos n1unicipios nos habla Pedro Tomás de Córdova, por entonces oficial mayor <le la Secretaría del Gobierno y Capitanía General de la isla, en un informe que dirige al rey en espera de conseguir algunas reformas locales, el 28 de octubre de 1818.
Después de confirmar que los alcaldes de las villas eran elegidos por los ayuntamientos de éstas, con arreglo a las Leyes de Indias, y que los de los pueblos eran nombrados por el gobernador y el intendente, don Pedro Tomás de Córdova, propone al monarca la necesidad de crear en Puerto Rico tres villas más, que con las cuatro ya existentes y la capital, fueran cabezas de los ocho partidos en que según él, sería conveniente dividir a la isla.
22 Para su entender, en cada pueblo, debería nom brarse por el gobierno un alcalde pedáneo, y en las villas, un tenientt: de justicia mayor que tuviera jurisdicción ordinaria, designado tam bién por la primera autoridad.
A aquél, le correspondería presidir el ayuntamiento, y ser el conducto con quien la autoridad superior de la isla se entendiera en los asuntos políticos y de justicia.
Tam bién hace constar la necesidad de establecer un escribano público en cada villa.
23 Las razones en que Tomás de Córdova basaba la reestructura ción de la administración local puertorriqueña, estaban fundamen tadas en la experiencia.
En general, durante los nueve meses que habían ejercido los seis tenientes de justicia mayor, establecidos en cumplimiento de la real cédula e.le gracias de 1815, el aumento y el progreso de las poblaciones había sido un hecho.
Es posible que el proyecto que proponía el oficial mayor del Gobierno' y Capitanía General hubiese resultado operante, pero el régimen absolutista radical impuesto en España tras el regreso del rey, se iba deteriorando, por lo que después de los consabidos
Los ayuntamientos del trienio liberal
Recibidas las primeras noticias del establecimiento, por segun da vez, del régimen liberal, el nuevo gobernador de Puerto Rico, Juan Vasco Pascual se apresuró a divulgar un comunicado en el que se declaraba vigente la Constitución de 1812.
Un mes después, es decir, en junio de 1820, se llevarían a cabo las elecciones muni cipales, que dotarían de nuevo a los cabildos de la isla de akaldes constitucionales.
2 • Elegidos los ayuntamientos, según la normativa indicada ya en el bienio liberal, éstos fueron recibiendo las instrucciones corres pondientes de acuerdo con el espíritu de la Constitución.
Si nos ceñimos al terreno de la enseñanza o a] de los derechos de la persona, nos encontramos con que el nuevo gobernador de la isla, Gonzalo Aróstegui lierrcra, envió una circular a cada muni cipio, cuando apenas había tomado posesión de su cargo, propo niendo el establecimiento de escuelas según el método de enseñanza de Lancaster.
25 En la misma, dada el 16 de agosto de 1820, pro ponía igualmente el establecimiento de una cátedra de Constitución.
En sesión celebrada el 20 de agosto de 1820, la Diputación Provincial acordó solicitar al gobernador que enviara un oficio al obispo, superiores de los conventos y a todos los ayuntamientos de la isla, instándoles a que guardaran y cumplieran el decreto de 8 de septiembre de 1813 por el cual se abolía la pena de azotes.
El móvil que impulsaba a la Diputación a pedir al jefe superior que tomara tal resolución, se fundaba en las noticias que tenía de que aún se practicaba en las clases la latinidad de San Udefonso, en las de los dos conventos, y en algunas de las escuelas, la antigua co rrección del azote.
26 Por su parte, los ayuntamientos, a medida que recibían las instrucciones pertinentes, comenzaban a realizar las funciones que les encomendaba la Constitución.
Sabemos que el ayuntamiento de Peñuelas, por acta remitida al gobernador, se reunió en sesión ordinaria el 4 de septiembre de 1820.
En dicha reunión se acordó lo siguiente:
«Que las reses y bestias sueltas <Jue hacen daño a las labores del vecindario se lleven a la cárcel� exigiéndoles a sus dueños un peso por cada cabeza con aplicacifm al fondo de propios.
Y que los cerdos y gana<lo lanar que se encuentren haciendo daño en lm; sembrados -"-:continuaba más adelante---, se maten y se entreguen al regidor de policías, quien hará expender su carne y 8acará de su producto un peso por cabeza aplicándose al mismo fondo, y con el resto se pagará el daño que cause, y si �obrare se repartirá a los presos y pohrcs, multando con cuatro pesos a todo el r¡uc impidiere la conducción al pueblo de dichos animales que tamhién se aplica� rán al fondo de propios».
27 En sesión celebrada por la Diputación Provincial el 30 de septiem bre de 1820, se acordó aprobar los acuerdos adoptados por el ayuntamiento de Peñuelas, con la salvedad de que la carne de los animales sacrificados,_ por ser los más perjudiciales para las tierras cultivadas, se entregarán en su totalidad a sus dueños, sin excluir a éstos de pagar los daños que dichos animales hubieran causado a las siembras de los vecinos.
Si el asunto tratado por el ayuntamiento de Peñuelas es típica mente rural, y las soluciones que la propia corporación adopta indican claramente reminiscencias del pasado, no ocurre lo mismo con la actitud del ayuntamiento de Guaynabo, al tratar de resolver un problema más bien propio <le nuestros días: la especulación del suelo en las zonas adecuadas para la construcción de viviendas.
En efecto, en el acta enviada al gobernador se plantean las dificul tades que tienen los vecinos de esta localidad para construir sus casas.
En la reunión que mantuvo el cabildo de dicho pueblo el 18 de septiembre de 1820, se acordó solicitar al jefe superior que obligara al dueño de los terrenos que circundaban la parroquia, a vender éstos <<a justa tasación» para que los vecinos que quisieran construir pudieran hacerlo.
Según el citado ayuntamiento, aunque habían transcurrido 40 años desde que se erigió la parroquia, los vecinos aún no podían construir sus casas.
Los motivos que habían ocasionado tal demora eran bien claros: el precio abusivo de ]os solares; un peso por vara.
Después de debatir el tema, la Diputación acordó juntamente con el gobernador, solicitar un informe al dueño de los terrenos para poder obrar adecuadamente.
Una de las cuestiones que susci taron desacuerdos entre el gobernador y el intendente -por en tonces don Luis de Santiago-fue la expedición de títulos a los agraciados en el repartimiento de tierras realengas, y baldíos.
La querella, llevada a la Diputación fue ganada por el gobernador a quien el órgano representativo máximo de la provincia -artícu lo 325 de la Constitución-atribuyó el derecho a despachar dichos títulos.
El argumento esgrimido por la Diputación, se basó en los decretos de Cortes de 4 de enero de 1813 y 8 de junio del mismo año, que atribuían a los ayuntamientos y diputaciones provinciales las facultades de distribuir los terrenos de baldíos, realengos, y de propios.
Por tanto, era al gobernador de la provincia al que corres pondía tal prerrogativa, por ser el presidente de la Diputación.
28 Entre los graves problemas que afectaban a Puerto Rico en el primer cuarto del siglo XIX figuraba la delincuen(ia.
Así lo ma nifestaba Pedro Tomás de Córdova en el informe de la isla que presentó a Fernando VII en 1818: http://estudiosamericanos.revistas.csic.es c >.
29 Por eso, en real orden de 11 de septiembre de 1820, comuni cada al gobernador, se arbitraban los medios para combatir dicho mal.
La real orden va dirigida a los jefes políticos, a los alcaldes y a los ayuntamientos constitucionales.
A éstos se les previene de la obligación que tienen de velar muy eficazmente, bajo su responsabi lidad, por aquellos que no tienen empleos, oficios o modo de vivir conocido.
Todas las personas anteriormente citadas, incluyendo también a los gitanos -según la legislación al respec to-habían de ser perseguidos y encarcelados tras la información que justificara su mal comportamiento.
La citada orden contempla la obligación de enviar a los delincuentes a las casas de misericor dia, hospicios, arsenales o a cualquier establecimiento donde tra bajen y no sean «gravosos para el Estado».
Las penas impuestas a tales individuos no podrían pasar de dos años, aunque los jueces podían rebajarlas a menos tiempo.
Las personas tipificadas como maleantes podían cumplir condena trabajando en las obras públicBs de sus pu_ eblos o de los más inmediatos; pero las sanciones impues tas se someterían a la determinación de la Audiencia Territorial.. \o Una de las características de la etapa colonial, señalada por los historiadores, fue la de celebrar con grandes solemnidades cualquier acontecimiento singular ocurrido bien en la metrópoli o en la co- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es lonia.
Esta idiosincrasia, manifestada por los puertorriqueños to davía en el siglo pasado, les llevaba a festejar, con igual entusiasmo, la caída o subida <le las fuerzas políticas que alternaban el poder en la España decimonónica.
Durante el trienio liberal los festejos llegaban al máximo cuan do se trataba de celebrar algún acontecimiento de carácter político, desde la elección del diputado a Cortes, hasta la simple colocación de una lápida constitucional en la plaza de alguna localidad de la isla.
Sirva como ejemplo, la descripción que don Joaquín Goyena, alcalde de Guaynabo nos hace de las fiestas celebradas en honor Je la Constitución al colocar una lápida conmemorativa en la facha da del ayuntamiento.
Nunca, como durante el trienio liberal, se había intentado re glamentar y uniformar el funcionamiento de todos los ayuntamien tos de Puerto Rico.
Para ello, las autoridades superiores editaron un reglamento econó1nico que sirviera de modelo a los municipios de toda la isla.
El reglamento, imprimido en los talleres del gobier no, salió a la luz en el año 1822.
Aquel conjunto de disposiciones encomendadas al buen gobierno de los ayuntamientos, constaba de 34 artículos que pueden agruparse en dos apartados: el funcio namiento interno del cabildo, y el de las obligaciones del secretario.
En cuanto a las obligaciones de la corporación comienza fijando las sesiones ordinarias de ésta, que han de ser por lo menos cuatro cada mes del año, y concretamente el miércoles de cada semana.
Si las circunstancias lo exigían la corporación podía reunirse de manera extraordinaria en cualquier momento.
La ausencia de algu no de sus componentes estaba penalizada con la multa de dos pesos, a no ser que estuviera justificada por encontrarse impedido el individuo en cuestión.
Las normas contenidas en dicho reglamento, llegaban incluso a determinar la hora de comienzo de las sesiones: las diez de la mañana.
Una vez empezada la reunión, se procedía a la lectura del acta anterior por parte del secretario, signándose ésta inmediatamente por parte de los regidores que la autorizaban.
Firmada el acta se pasaba a las lecturas de la «Gaceta del Gobierno Constit_ ucional de Puerto Rico», así como de las circu lares y oficios enviados por el gobierno.
La suscripción a la «Gaceta» fue algo obligatorio a los ayun tamientos, ya que se trataba de una publicación en la que aparecían todas las leyes, decretos y comunicados dados por el gobierno su perior de la isla.
Acto seguido, se tomarían los acuerdos pertinentes, pasándose a nombrar las comisiones especiales que se encargarían de resolver las cuestiones planteadas en los inforn1es y oficios recibidos.
Los informes enviados por otras autoridades, así como los presentados Tu.mu XLYJI por los regidores se estudiaban después, examinándose si las pro posiciones de éstos eran competencia del ayuntamiento o no.
En el caso en que lo planteado se saliera del círculo de atri buciones que tenían encomendadas los ayuntamientos, los informes se remitían a la autoridad competente, absteniéndose éstos de tomar cualquier actitud.
Llegado este momento de la sesión, el alcalde presidente invitaba a todos los miembros de la corporación a que • propusieran libremente todo aquello que redundara en el bienestar de los vecinos; haciéndose constar en el acta y asentándose también separadamente en un libro destinado al efecto, que debía existir en cada ayuntamiento, la proposición hecha y el nombre del indi viduo que la hizo.
Estas proposiciones po<lían presentarse por escrito o bien verba1mente, determinando la reunión si eran admisibles o no. Si las propuestas eran asumidas por la corporación, se sometían a dos discusiones antes de proceder a ]a votación.
También correspondía al conjunto de la corporación el observar si las propuestas eran de carácter urgente o podían ser estudiadas en la sesión siguiente.
La mayoría de votos era la que decidía ante cualquier acuerdo que se tomara.
Las opiniones sobre los asuntos tratados podían emitirse por aclamación o de manera secreta, si algún miembro lo pedía.
El resultado, en el que la mayoría simple era suficiente, se reflejaba en el acta que se remitía mensualmente a] gobierno polí tico de la provincia.
Después de discutidas las proposiciones y tomados los acuer dos, tocaba el turno al regidor de policía.
Este entraría por semana, alternándose todos los componentes de la corporación.
Durante su turno bajo ningún pretexto podía abandonar el pueblo, sin el con sentimiento del alcalde.
El regidor de policía tenía la obligación de <lar cuenta de todo lo que ocurría durante la semana.
El reglamento sefialaba bien la obligación y responsabilidad Jel citado regidor de no omitir nada.
Su misión era la de contribuir al sostenimiento del orden público.
A continuación del regidor Je policía debían <lar cuenta de
sus comisiones los regidores de recaudación de subsidios, gastos públicos y fondos de propios y arbitrios.
Uno de los puntos en que más insiste el reglamento municipal de 1822, es el referente al comportamiento de los capitulares du rante las sesiones de trabajo.
En él se prohibía tasativamente fumar, conversar o distraerse en otras cosas.
Ninguno de los regidores po día tomar la palabra sobre el mismo asunto más de dos veces.
En el artículos 23 del reglamento se especifica que ningún capitu lar «podrá dejar su puesto sin expreso permiso del alcalde presi dente».
En caso de no guardar los requisitos exigidos, era el pre sidente de la corporación el que reprendía al individuo incurioso, siendo el síndico el encargado de recordar a éste, el deber de cum plir las normas establecidas.
Por último, en lo que a la disciplina se refiere, el alcalde presidente podía imponer una sanción de uno o dos pesos a aquel o aquellos que después de llamados al orden por primera vez, continuasen infringiendo algún artículo del reglamento.
El otro apartado en que hemos dividido al reglamento hace alusión a las obligaciones del secretario del ayuntamiento.
La figura de éste se contempla en el artículo 320 de la Constitución.
Elegido a pluralidad de votos por la corporación, no tenía obligatoriamente que ser escribano, según el decreto de 10 de julio de 1812.
Además no podía ser cesado de su cargo sin que lo autorizara la Diputación Provincial.
Las funciones que le encomendaban las instrucciones del reglamento económico eran, las siguientes:
Tenía que formar expedientes de todos los asuntos que no se decidían en una sola sesión; era el encargado de remitir todos los meses al gobierno político superior, una copia certificada de las cuatro actas de las sesiones celebradas por el ayuntamiento, procu rando no remitirlas en pliegos separados; debía llevar la corres pondencia del cabildo; tenía a su cargo la formación de las estadís ticas y repartimiento del partido, según las normas dadas por la corporación -artículo 30 del reglamento-; también correspondía al secretario cuidar del archivo del municipio, agrupando los do cumentos por orden de negociados y años; además era de su obli- gación controlar el libro de matrícula de extranjeros domiciliados en el distrito o partido, así como el libro de ordenanzas municipa. les, una vez que éste hubiera sido sancionado por la corporación.
Por último, diremos que el reglamento se podía leer en un pleno, al menos una vez al mes, y dar cuenta de ello al gobierno superior en el pliego que se le enviaba, para dar prueba de su fiel observancia.
La renovación de alcaldes, regidores y síndicos
Según el artículo 313 de la Constitución, «todos los años en el mes de diciembre se reunirán los ciudadanos de cada pueblo, para elegir,1 pluralidad <le votos, con proporción a su vecindario, determinado número de electores que residan en el mismo pueblo y estén en el ejercicio de los derechos de ciudadanos».
33 Siguiendo fielmente el mandato constitucional, el 11 de no viembre de 1822, el nuevo gobernador de Puerto Rico, don Fran cisco González Linares expidió una circular dirigida a todos los ayuntamientos, con el fin de renovar los alcaldes, regidores y sín dicos para el año 1823: «Siendo de la mayor importancia el que las elecciones de indivi duos para la renovaciém de ayuntamientos, se haga con toda solem nidad, aciertos y cumplimiento de las leyes -decía don Francisco González Linares-, resuelto expedir la presente circular, para que sirviendo de regla general, lleve este importante asunto la marcha majestuosa que le pertenece, y el sello legal que por sí requiere, evitando con escrupuloso cuidado, los retardos y recia- maciones que necesariamente resultan de no cumplirse estricta mente con lo prevenido para estos actos».
34 La circular prevenía el nombramiento de electores para el domingo día 8 de diciembre, y la elección de los cargos concejiles para el siguiente domingo del mismo mes, es decir, para el día 15.
El procedimiento a seguir tanto para el nombramiento de electores, como para la elección de los capitulares estaba regulado por los decretos de 23 de mayo de 1812 y 23 de junio de 1813.
Para ambos casos los vecinos con derechos ciudadanos reunidos en junta, presidida por el alcalde y el párroco del pueblo, nombrarían previamente dos escrutadores y un secretario, según real orden de 16 de noviembre de 1821.
Antes de proceder al nombramiento de electores el presidente de la junta electoral tenía la obligación de preguntar si algún ciudadano de los presentes estaba coaccionado para emitir su voto a una determinada persona.
En caso afirmativo el aludido debería hacer justificación pública y verbal allí presente.
Si la acusación era cierta, los implicados eran privados de voz activa y pasiva.
Esta decisión de la junta era irrevocable, es decir, no se podían poner recursos contra ella; no obstante, sólo tenía validez para aquellas elecciones.
Después de haberse llevado a cabo las formalidades anteriores se procedía a la votación de electores.
Cada ciudadano proponía un número de personas igual al número de electores que correspondía a la población.
Nadie podía votarse a sí mismo bajo pena de perder su derecho al voto.
Acercándose a la mesa formada por el alcalde, escrutadores y secretario, el ciudadano designaba a quienes creía más idóneos para tal fin, escribiendo el secretario en una lista, en su presencia, el nombre de quien votaba, y aquellos por quienes votaba.
35 Terminada la votación, y efectuado el recuento, el presidente de la mesa, leía en voz alta los nombres de los ciudadanos elegidos, extendiéndose un acta a cada uno de éstos para hacer constar su nombramiento.
Finalizado el proceso electoral la junta se disolvía, trasladán dose a la parroquia los ciudadanos que la habían constituido, donde se cantaba un solemne tedéum.
Al siguiente día festivo, en este caso concreto era el domingo 15 de diciembre, se f armaría la junta de electores, siguiéndose el mismo procedimiento practicado el domingo anterior.
Tal y como establecía el artículo 55 de la Constitución, ninguno de los elegidos podía excusarse de este encargo por motivo ni pretexto alguno, ni presentarse con armas en la junta.
Cada elector debía presentar en la mesa la certificación de su nombramiento.
Concluidos los detalles previos, los electores y el presidente de la junta -el alcalde o en su defecto el regidor más antiguo-pasaban a la iglesia para oír misa, oficiada por el eclesiástico de mayor dignidad que hubiera en la villa o pueblo.
A continuación de este acto, los electores se trasladaban a la casa consistorial donde se realizaba el sufragio de los cargos que debían renovarse en el ayuntamiento.
Terminada la votación, el presidente, escrutadores, y secretario efectuaban el recuento de votos, y hacían públicos los resultados.
Los elegidos deberían tomar posesión de sus cargos el día primero de enero de 1823.
Los electores debían tener presente que los individuos elegidos para un determinado cargo en el ayunta miento, alcalde, regidor, o síndico, no podían desempeñar otro en la misma corporación, al menos durante el tiempo que durara el nombramiento -según el artículo 313 de la Constitución.
En el cuadro n.o.5 se expresa el número de alcaldes, regidores y procuradores síndicos que había que renovar en Puerto Rico para el año 1823; asimismo se refleja en éste la diferencia existente entre vecinos y electores.
Como puede verse el número de alcaldes, pro curadores síndicos y regidores estaba en función del de vecinos como ya hemos indicado, en las páginas anteriores.
Igualmente los electores o compromisarios que elegían los vecinos ciudadanos, también dependían del número total de vecinos de su población.
No obstante, los puertorriqueños liberales parecían ajenos a los acontecimientos de la península y celebraron, como de costum bre, la elección del diputado a Cortes, recaída en don Ildefonso Sepúlveda.
Cuando en la isla se tuvieron noticias de la invasión de España por el ejército de la Santa Alianza, las corporaciones y los funcio narios se apresuraron a realizar todo tipo de protestas contra aque lla situación, y a manifestar su adhesión al régimen liberal.
De momento los dos gobernadores insulares: don Francisco González de Linares, gobernador civil, y don Miguel de la Torre, gobernador militar, se sumaron al sentir de los liberales.
Posterior mente la trayectoria de cada uno siguió rumbos distintos: Gonzá lez de Linares cuando tuvo noticias de la caída del régimen constitu cional se adelantó a renunciar a su cargo sin haber recibido ninguna comunicación oficial que se lo indicara; de la Torre, por su parte, también se adelantó a los acontecimientos, apenas enterado de la caída de los liberales por el gobernador de la Martinica, abolió el rgimen constitucional en Puerto Rico.
Su actitud le valió el re conocimiento de los absolutistas, quienes lo confirmaron en su cargo hasta la llegada al poder de otro gobierno constitucional.
37 La restauración del absolutismo acabó con los ayuntamientos constitucionales, tanto del territorio peninsular, como de sus islas y posesiones ultramarinas.
El Puerto Rico, el nuevo régimen ordenó la reorganización de los antiguos ayun. tamientos.
Por su parte, don Miguel de la Torre, ahora al servicio de la ideología absolutista, restringió las libertades personales de los puertorriqueños hasta el extremo de prohibir las reuniones nocturnas.
De igual modo, prohibió el que se hablara de la Constitución, así como el que los vecinos transitaran por las calles de las poblaciones, después de las diez de la noche.
San Germán Juana Díaz Ponce Peñue l as Yauco Cabo Rojo Mayagüez Añasco Rincón Aguada Aguadilla Moca Pepino Tuna Tota l CUADRO N. 0 2 PARTIDO DE SAN GERMAN 15
0 de Corresponden Idem Idem Parroq uias almas vecinos ciudadanos electores alcaldes reaidores síndicos
ldem Idem Parroquias almas vednos ciudadanos electores alcaldes regidores síndicos
Fin del trienio liberal |
La emigración es producto de la necesidad de uno o varios individuos de dejar su lugar de residencia nacional.
Puede ser de forma voluntaria o forzosa, y sus orígenes pueden hallarse en razo nes económicas, política y sociales.
Las <los primeras parecen las predominantes en la naturaleza de las motivaciones de la emigra ción cubana, sin excluir, por su entrelazamiento obvio, el papel de la tercera.
Esta emigración fue, casi en su totalidad, dirigida a las cercanías de la isla, por lo cual no hubo necesidad de atravesar largas distancias, lo cual favoreció el éxodo primero, y la comunica ción con la patria después.
Cierto número de emigrados cubanos se dirigieron a Francia.
Pero esta emigración, tan bien estudiada por el colega francés Paul Estrade, estuvo compuesta, fundamen talmente, por los segmentos sociales de más recursos.
Un número similar dirigió sus pasos a España, pero no tuvo las características que se revelaron en los otros.
Aún no se ha estudiado el flujo de emigrantes para determinar con la exactitud que requiere el análisis sociológico, las etapas y los índices del flujo migratorio, la calificación'y condición social de los emigrantes, la estructura fa miliar de los grupos y sus relaciones con el medio en que insertaron sus vidas.
Algo pudiera especularse en relación a los deseos de permanencia en los países hacia los cuales encaminaron su asilo, particularmente en lo que respecta a los exiliados políticos, cuya aspiración al pronto regreso es más que obvia, aunque a veces la vieran distante o difícil.
Este es un tema que ha merecido un análisis, aunque breve, por las implicaciones que tiene con respecto a la lucha por la libera ción nacional desde sus tiempos más remotos.
La emigración cubana se inicia por causas fundamentalmente políticas.
Por la persecución de las autoridades coloniales, por el 7 'onio XLJ' Jl 617
temor a ser represaliados por la inseguridad de la integridad indi vidual o de los bienes.
Esas son las razones primarias de] éxodo masivo que tiene lugar al iniciarse la insurrección de 1868.
Este exilio en masa ya había tenido sus antecedentes, desde que en Cuba se comenzaron a manifestar los ecos de la gesta emancipadora en el continente.
En 181 O Joaquín Infante había escapado al exilio revolucionario; tras sus huellas muchos más emprendieron el ca mino del exilio político al ver fracasados sus proyectos revoluciona rios•.
Un grupo considerable lo constituyeron los complicados en la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar que lograron escapar de los dominios hispanos; entre los más destacados: el poeta José María Heredia, Miguel Teurbe Tolón, Lucas Ugarte, Juan Jorge Peoli y muchos más.
De los 602 implicados en el proceso, 49 se fugaron después de presos o no pudieron ser arrestados.
1 Varios de los participantes de la causa independentista se radicaron en México, donde formaron la Junta Patriótica Cubana que recabó el apoyo del presidente Guadalupe Victoria.
Según Casasús <<también fracasa allí, porque una fuerza, extraña y aviesa, dominada por el egoísmo más vituperable, se opone al proyecto de la liberación».
2 El gobierno de Estados Unidos se oponía a los planes de liberación de Cubn y Puerto Rico alentados por Bolívar y por Victoria.
En 1824 Gaspar Antonio Rodríguez tuvo que huir hacia Yucatán, cuando en agosto de ese año fue descubierto en Matan zas el movimiento constitucionalista que acaudillaba.
3 Datos más precisos nos brinda Pedro Deschamps con respecto al éxodo que produjo la represión de 1844, en la cual no sólo hubo cuantiosas ejecuciones y duras condenas a presidio como es sabido: «Desde el 10 de marzo de 1844, en la etapa inicial de la represión, hasta el 30 de junio de 1845, abandonaron Cuba 739 in-dividuo s de color, de los cuales 416 se dirigieron a México, 92 re gresar on al Africa, 40 a Estados Unidos y el resto a Jamaica, Brasil y Europa».
4 De este modo, del cual aún no poseemos datos muy precisos, poco a poco fue incrementándose la emigración política de Cuba, refugiada sobre todo en México y Estados Unidos.
El estado de sitio permanente que caracteriz6 la vida política en la colonia se encarg6 de incrementar paulatinamente el número de cubanos for zados a residir en el extranjero.
La represión del descontento y el temor a la misma fueron la vía de aumento.
A mediados del siglo XIX, la cantidad se elevó en los Estados Unidos, lo cual permitió el nacimiento de organizaciones políticas, separatista no pocas de ellas, aunque no de un modo homogéneo, transidas de aquella «anemia moral», con que Manuel de la Cruz calificó al anexionismo.
Una mezcolanza de posiciones políticas, aún no definitivamente estudiadas, caracterizó aquellos núcleos de emigrados.
En 1852 existían ya las Juntas Cubanas de Nueva York y Nueva Orleans, La Estrella Solitaria, La Joven Cuba y El Ave María, en las cuales se agrupó la emigración política residente en Estados Unidos.
5 estuvo apareciendo el periódico « La Verdad», dirigido por Aniceto Iznaga.
6 V arios perió di�os políticos condimentaron las luchas ideológicas de la emigra ción política en Estados Unidos: «El Pueblo», «La Verdad», «El Filibustero», «El Mulato», <<El Cometa», «La Voz de América», en los cuales se debatieron los temas candentes del momento: la independencia absoluta o la anexión, la abolición, inmediata, gra dual, con o sin indemnización, la lucha armada y los métodos para desencadenarla.
Por medio de ellos se fue articulando un conjunto de corrientes político-ideológicas que influyó, primero en los movi mientos precedentes y luego en la propia guerra decenaria.
La indignación y las reacciones defensivas de Hispanoamérica ante la agresión política de reconquista española, hizo ver, y en ello con tribuyó la emigración política cubana, la suerte de Cuba y sus ansias de libertad.
El respaldo más rápido e importante vino del lejano Chile, en los equipajes de un destacado escritor, Benjamín Vicuña Mackenna.
Su apoyo fue mucho más allá de ofrecer a los cubanos y puertorriqueños las páginas de su periódico «La Voz de Arpérica».
Fue expulsado de Estados Unidos.
Al partir dejó «La Voz de América» en manos de un grupo de cubanos y puertorrique ños, entre quienes se destacaban J. M. Macías, J. Francisco Baseora, Cirilo Villaverde, quienes preconizaron una solución revolucionaria a la situación colonial de Cuba.
La Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico se pronunció contra los reformistas, esclavócratas y proanexionistas.
Gerald Poyo al referirse a los inicios de los,1sentamientos cubanos en Estados Unidos, destaca el papel de las relaciones polí ticas' y comerciales entre los dos territorios.
Sin mencionar cuantía afirma que en la década de los 20 se asentaron grupos en Nuevn York, Philadelfia y Nueva Orleans.
Y alrededor del incremento de las relaciones comerciales de Cuba, que exportaba hacia Estados Unidos en 1850 más del cincuenta por ciento, se establecieron casas comerciales cubanas en Nueva Orleans y Nueva York.
Poyo enfa tiza también el envío de niños y jóvenes cubanos de la clase domi nante a estudiar principalmente en Estados Unidos: Cuando en verdad el éxodo alcanza parámetros bíblicos es cuan do se desata la represión colonialista contra el movimiento por la independencia iniciado el 10 de octubre de 1868.
La suspensión de garantías, el terror desatado por los Voluntarios, el miedo que fue ganando terreno en todas las ciudades, el secuestro de bienes, las vejacione s, fueron resortes fundamentales de la masiva emigra ción.
A pesar de las restricciones impuestas por el capitán general Lersundi para viajar, las familias cubanas optaron por situarse a salvo de la ofuscación criminal de la contrainsurgencia reaccionaria.
Por supuesto que la primera categoría, a la cual alude Arnao, es la de los elementos acomodados, fundamentalmente hacendados medianos, porque los más grandes hacendados y sus familiares bus caron cómoda protección en Madrid y en París, sin involucrarse directa y activamente a la causa de Cuba.9
Es de interés para el análisis social la composición del sector independentista neoyorkino.
De 1526 patriotas afiliados en la Junta Revolucionaria de esta ciudad, donde radicaban los dirigen tes más importantes de la emigración, 499 eran obreros tabaqueros, otros 85 obreros sin especificar en qué rama, ambos constituían el 31 % de los patriotas en activo.
El 4 3 C!1J restante no especificaba una ocupación.
10 El mismo Arana describe la situación en la que encontraron estos grupos de urgidos e inesperados viajeros, a quienes veremos luego reducidos a una nueva situación económicosocial en lo material: «Hombres, mujeres y niños, en calles y plazas, en pos de asilo se mueven en distintas direcciones sin rumbo fijo... se les ve vagando con sus bultos' y maletas que demuestran han salido de la tierra sin los preparativos del viajero acostumbrado».
11 El frío, al cual no estaban habituados, empujó a muchos exilia dos al cálido sur, especialmente hacia la Florida.
En Cayo Hueso se estableció un verdadero campamento mambí, formado funda mentalmente por artesanos y tabaqueros.
Muy lejos estaba de ima ginar el oficial de caballería Juan Pablo Salas y Amaro, a quien la Corona española había mercedado el Cayo en 1805, cuando vendió el Cayo seis años después al yanqui John W. Simonton por dos mil dólares, que allí se establecería el centro principal de los patriotas cubanos en el exterior.
Un verdadero emporio proletario y revolu cionario, como veremos más adelante, que sirvió de base a todos los esfuerzos revolucionarios desde 1868.
La ciudad de Tampa, también en la península floridana, que había sido fundada en 1833 por un grupo de españoles, alcanzaba ya, al comenzar la Guerra Grande, cinco mil habitantes.
Con el decursar del tiempo allí surgirían fábricas de tabaco con obreros cubanos en su mayoría.
A mediados del siglo XIX la mayor parte del tabaco en rama de Cuba se exportaba hacia los Estados Unidos.
En la república norteña había ya centenares de fábricas y talleres que elaboraban puros.
Con excepción de las manufacturas de Chicago, Nueva York, Filadelfia y el sur de la Florida, dice Rivera Muñiz, cuya materia prima en su totalidad procedía de Cuba, en las demás, la rama cubana se usaba para ligarla con otras de inferior calidad y falsifi car los famosos habanos fabricados en nuestra isla.
Sucia compe tencia que se llevaba a cabo también en Alemania y Holanda.
13 También, los Estados Unidos eran ya los mayores comprado res del tabaco torcido cubano.
En los años sesenta del siglo pasado, importaban anualmente unos 11 O millones de unidades.
14 Lo cual es índice de una enorme demanda del tabaco producido en Cuba.
La presencia de manufactureros y tabaqueros cubanos en Es tados Unidos, se dice, es bastante anterior a la Guerra de los Diez Años.
El historiador Gerardo Castellanos, ha referido que desde 1831 había en Cayo Hueso medio centenar de tabaqueros cubanos.
En esos tiempos, los hermanos Arnao habían establecido un taller cito, un chinchal, con 16 tabaqueros.
Al comenzar la primera guerra independentista es cuando se produce un importante éxodo de cubanos hacia Cayo Hueso y otras localidades del sur y del este de los Estados Unidos, entre ellos numerosos tabaqueros.
Acerca de las causas que lo motivaron, Rivero Muñiz ha seña lado, en su monografía sobre el tabaco en Cuba que desde que se inició la guerra contra España >, concurrieron capitalistas cubanos como Eduardo Hidal g o Gato, españoles como Vicente Martínez Ibor y también judíos norteamericanos.
Cayo Hueso, Tampa, Ibor City, Nueva York y otras localidades de menor relieve, se convirtieron en importantes centros de elaboración de la hoja aromática.
Pero también, centro de actividades políticas, revolucionarias y patrióticas, de quienes huían de la miseria, de la opresión y de la persecución a causa de sus ideas independentistas.
Desde 1868 en adelante el flujo de emigrantes fue notable.
Los datos recogidos por Poyo en diversos documentos ofrecen el siguiente balance: de los 12.000 cubanos que vivían en Estados Unidos a mediados de los 70, se estimaba que un�s 4.500 residían en Nueva York, mientras unos 3.000 lo hacían en Nueva Orleans y otros 2.000 en Cayo Hueso.
Los restan tes 2.500 se distribuían entre Jacksonville, Charleston, Washington, Baltimore, Philadelphia, Jersey City, Wilmington y Boston.
18 Un paréntesis hay que señalar al finalizar la primera contienda por la emancipación.
Pero pronto volvió a reanudarse, pues los que re gresaron tuvieron que volver, en razón del acoso y de la carencia de fuentes de trabajo.
Indica Paul Estrade: «El mayor flujo de trabajadores hacia la Florida parece haber tenido lugar hacia 1890.
Aquiles Solano, Piloto Inspector de bu ques del puerto de La Habana, expone acerca del movimiento de pasajeros con Tampa y Cayo Hueso, que en enero y febrero salieron hacia los pueblos floridanos 2.841 «nacionales» y de allí vinieron a l,a Habana: HO personas.
En octubre, salieron l.074 hacia la Florida, contra 296 que regresaron de ella.
Las causas de la súbita emigraciún hay que buscarlas en los paros forzosos 17 Le Riverend, Julio: Historia económica de Cuba, pág. 462.
18 Poyo, Gerald E.: Cuban emigre..., pág. 9.
Bien entendido que en estas cifras no está incluida la emigra ción temporal a la Florida, que depende de los vaivenes de la indus tria tabaquera aquí y allá.
Incluyendo ésta, es probable que haya h oy en los Estados Unidos más de 30 mil cubanos>>.
20 Y en la entrega siguiente decía «La Habana Literaria»:
«en 1880 residían en la Florida 2.170 cubanos; pero puede creerse que el número era mayor pues aparece en el censo de aquella fecha que hahía allá 2.
793 extranjeros de nacionalidad no especificada; y más de la mitad debían de ser cubanos, si se tiene en cuenta la distribución y el origen de la población extranjera de la Florida.
Hoy damos a la luz datos sobre los pasa j eros llegados a Cayo Hueso, durante los dos años fiscales terminados el 30 de j unio de 1889 y 30 de j unio de 1890...
Durante los dos aiíos fiscales citados llegaron al vecino
Key West prospera de día en día y su auge principal lo debe al esfuerzo de los emigrantes cubanos dedicados allí a oficios e industrias, siendo de éstas la preferente la elaboración del tahaco>).12
En una descripción confidencial del cónsul español en Cayo Hueso en 1892 se calculaba el número de cubanos residentes en 6.000, y «con muy contadas excepciones todos son desafectos a España».
Esta confesión nos da la medida del carácter predominan temente político de los emigrados de Cayo Hueso.
No pocos habían emigrado por motivaciones económicas, pero la mayoría profesaba su simpatía a la independencia.
Salís, a pesar de su fobia hacia los cubanos del Cayo, hizo un inventario exacto de lo creado por los emigrados en lo que fue un montón de arena emergiendo del golfo: « Cuentan con tres sociedades de instrucción y recreo; el famoso teatro de San Carlos, donde tienen además escuela pública para ambos sexos a la que asisten unos trescientos discípulos.
Tienen, además, un círculo de trabajadores; dos llamadas academias, una de música y otra de pintura� cinco sociedades de socorros mutuos; una logia masónica, otra de Odd Fellows, otra de Caballeros de la Luz; una compañía de bomberos, tres templos protestantes, una iglesia católica que está a cargo de un sacerdote francés que habla español.
Los templos protestantes están a cargo de cubanos.
Profesiones: cuentan con diez farmacias, catorce médicos, tres dentistas, cuatro notarios públicos, dos jueces de paz, dos emplea dos en la aduana y tres concejales en el Ayuntamiento.
Oficios: unas veinticinco barberías, diez zapateros, seis sastres, varias car pinterías.
Comercio: ciento treinta establecimientos de diferentes clases, treinta y seis fábricas de tabacos, setenta y dos cafés y res taurantes, veinte establecimientos de licores, doce carnicerías, seis panaderías, la mayoría de los coches de alquiler están en manos de cubanos».
23 La descripción de Salís se extendió a las localidades de T ampa e Ibor City que estaban comprendidas dentro de su demarcación consular: «En estas dos poblaciones residen unos dos mil quinientos a tres mil cubanos dedicados a la industria del tabaco.
Cuentan con seis clubs revolucionarios, tres logias masónicas, dos sociedades de instrucción y recreo, todo ello con carácter patriótico y de las que son excluidos los peninsulares, se publica un periódico en español e inglés, La Revis&a de Tampa.
En estas poblaciones han conse guido que el Alcalde asista a sus meetings y la compañía de milicia tomase parte en sus procesiones... ».
24 Ocala no escapó al examen analítico en el informe citado del cónsul integrista: «Esta naciente población situada a poca distancia de Tampa, ha sido también invadida por los separatistas y, aunque el número es todavía reducido, y a tiene dos Clubs políticos revolucionarios>>.
15 El celo colonialista del cónsul Solís lo llevó más allá de los límites que tenía asignados, extendió su informe a las ciudades de Jacksonville y San Agustín, ya que la emigración tenía «organiza dos varios Clubs revolucionarios bajo las bases del Partido Revolu cionario Cubano.
En Jacksonville habrá unos doscientos cubanos.
En San A gu stín habrá unos setenta con dos Clubs, tampoco tienen periódico». u La presencia cubana en Santo Domingo tuvo peculiaridades diferentes, y se puede aventurar, de mayor trascendencia para el país receptor en lo económico y cultural.
Ese impacto se puede apre ciar en el estudio de Franc-Báez:
«Las guerras de independencia de Cuba motivaron un flujo migra torio, el grueso del cual se dirigió a nuestro país; unos tres mil cubanos, los más con ostensible eficiencia en materia productiva, se establecieron en los centros comerciales más importantes ( Puerto Plata y Santo Domingo), en los años de la década del 1870.
Esta inmigración cubana fue, en efecto, una verdadera «inmigración de capitales» que elevó apreciablemente el capital social».27 Efectivamente, los estudiosos dominicanos reconocen el papel de esta emigración capitalista en el desarrollo, por entonces mu' v menguado, de la primera región americana que había experimen tado la producción de azúcares a partir de la caña.
Hostos habla de una «inmigración de capitales que huyendo de la ruina que los amenazó un momento en Cuba y Puerto Rico, fueron a aprovechar la ventaja que les ofrecían la concesión gratuita de terrenos y la excelencia de éstos».
28 Según los cálculos del pen sador y escritor puertorriqueño sólo en Puerto Plata esta ola signi ficó un aumento de capital de «2 millones de pesos fuertes».
29 Entre 187.5 y 1882 dice Hoetink se fundaron treinta haciendas de caña, en las cuales tuvo participación el capital cubano.
30 Bajo el gobierno solitario de Gregario Lupcrón se instalaron «comisiones agrícolas en las provincias y centros principales, compuestas de dominicanos, cubanos y puertorriqueños, aprovechándose Moca sobre todo».
31 El cura Merino, quien fuera presidente dominicano señala:
«Ue algún tiempo acá, sobre todo después q ue estalló la guerra de Cuba, es que la agricultura ha comenzado a tener vida, con el establecimiento de fincas de caña en gran escala, en que se han invertido grandes capitales extranjeros importados por la inmigra ción cubana, y otros nacionales también de consideración que han cambiado por completo la faz del país, en el que abundan hoy las empresas agrícolas de todo género, siendo y a respetable �a exportación de azúcar en bruto y centrifugado, sino también de taoaco, café, cacao y otros frutos>,.. u
A principios de 1874 se había fundado en Puerto Plata la sociedad cubana La Juvenil, dirigida a «todos los que simpatizaran con la causa de Cuba», y la sociedad La Antillana.
Además, estaba radicada en la ciudad la Delegación Revolucionaria Cubana.
Miles de cubanos se entregaban al trabajo, en la ciudad o en los campos vecinos, a la vez que conspiraban contra España.
Varios miembros de las más importantes familias de exiliados -como Silva, Agra monte, Arredondo, García Benítez, Fernández, Céspedes-, enta blaron lazos familiares con dominicanos.
Las actividades políticas de estos inmigrantes, estimuladas aún más por el liderazgo de Hostos -quien fundó también varias revistas: «Las dos Antillas», «Las tres Antillas», «Los Antillanos», donde proclamaba sus ideas de independencia y confederación antillanas-condujeron a pre siones de parte de las autoridades españolas sobre el presidente ge neral Ignacio María González.
Este -obligado en parte por un tra tado de amistad que acababa de ser firmado con España en 1874prohibió la aparición de algunas de estas revistas y ordenó a algunos cubanos abandonar Puerto Plata.
La opinión del periódico capita lino «La Idea» de que «la inmigración y puertorriqueño (es) mu cho más ventajosa que el canje de un tratado entre España y Santo Domingo» no podía ser compartida por el amenazado Presidente.
Esto apresuró su caída.
Hostos, junto con otros inmigrantes, apoyó la sociedad patriótica Liga de la Paz que bajo el liderazgo de Lu per6n, hacía oposición a González, y le redactó diversos documentos que aparecieron con la firma de Luperón.
Incluso, fue acusado Hostos por la Gaceta Oficial de «tomar las armas» junto con el cubano Pedro Recio y de «encabezar como jefes los cuerpos armados de cubanos, que han fundado últimamente en Puerto Plata, sin legítima autorización».
La rebelión contra González -tan clara mente provocada y apoyada por los inmigrantes-tuvo éxito en 1876, recibió el nombre de «Evolución» y llevó el alivio a los extranjeros que quedaban en Puerto Plata.
Pero varios de ellos parecen no haber esperado el desenlace, según Luperón, la mayoría había partido a Venezuela, Haití y Jamaica.
33 En 1875 en Puerto Plata «existía un barrio habitado exclu sivamente por cubanos, que era llamado Cuba Libre».
También vivían en la ciudad numerosos puertorriqueños.
Los dos grupos de inmigrantes, de acuerdo con dominicanos amantes de la libertad, trabajaban resueltamente en pro de la independencia de Cuba alzada en armas, y de la proyectada insurrección de Puerto Rico.
34 También en años posteriores siguieron llegando inmigrantes cubanos al país; no siempre se trataba de capitalistas.
Representaban las siguientes ocupaciones: agricultores: 40; sastres: 5; comerciantes: 6; hacen dados: 1; periodistas: 1; barberos: 2; ingenieros mecánicos: 2; marineros: 1; alfareros: 1; herreros: 1; panaderos: 3.
En Puerto Plata había en 1897 nuevamente una colonia cubana de tamaño considerable.
Casi se sobreentiende que, por cuanto la inmigración de los puertorriqueños y cubanos adquirió un carácter permanente, su asimilación al medio dominicano se produjo en muy corto tiempo.
35 Otros núcleos cubanos se establecieron en distintas fechas en Haití, México, Costa Rica, Honduras, Panamá, Venezuela, Colom bia y Jamaica, en donde establecieron una variedad enorme de em presas: de tabaco, comerciales, ferrocarriles, de navegación, colo nias agrícolas, periódicos, escuelas, librerías y clubes patri6ticos.
Un verdadero cinturón de emigraciones pendientes de la suerte de la recién nacida patria.
Muy poco conocemos de los asentamientos cubanos en Haití.
Algunos cubanos y puertorriqueños encontraron aquí refugio tem poral.
Las oscilaciones políticas y la pobreza del país lo hicieron poco atractivo.
No obstante, el pueblo haitiano dio muestras con tinuas de simpatías hacia sus hermanos de las Antillas; a los que luchaban contra el colonialismo hispano y a los que se oponían a la anexión de Santo Domingo a Estados Unidos.
Cuando Maceo tra bajaba en los preparativos de su expedición a Cuba en 1879, se puso en contacto con clubes y núcleos de patriotas cubanos que radicaban en Jacmel, Jeremías Aux Cayes y Cabo Haitiano.
3 6 Pero, en enero de 1880, el presidente Salomón, en estrecha vinculación con el oro español, obligó a los cubanos a salir de Haití y buscar refugio en Santo Domingo y Jamaica.
37 También en la cercana isla de Jamaica hubo núcleos de emi grados cubanos.
No sólo fue una tierra de paso hacia Cuba, y de Cuba hacia otros puntos geográficos.
M�íximo Gómez, en su carta de recuerdos autobiográficos a su hija Clemencia, dice que cuando llegó a Jamaica en 1878, había en esa isla «más de mil cubanos de todos los sexos y edades, y en su mayoría aptos para tomar las armas».
3 8 En torno al tabaco se desenvolvieron no pocos de estos emigrados, buen número como cultivadores de la hoja.
Como fabri cante de importancia se destacó Benito Machado.
Hacia marzo de 1891 la situación económica de los emigrados en Jamaica se hizo insegura: «Los vegueros cubanos están de mala: a lo menos los de Temple Hall, pues el dueño les ha dado seis meses de aviso para que desocupen las tierras.
Según se dice, una compañía inglesa ha comprado ( o va a comprar) los terrenos de Temple Hall para el cultivo del guineo.
Este cultivo está reemplazando completamente el <le la caña y hay vastísimos terrenos hoy, q ue antes estaban La crisis comercial, cuenta Alejandro González a Máximo Gómez, produjo muchas quiebras.
El Consulado español se dedic6 a engatusar cubanos para que viajaran de regreso a Cuba.
Unos «70 cubanos entre hombres, mujeres y niños confiados en las ofertas del cónsul» 40 vendieron cuanto tenían para viajar».
Sin embargo, el capitán general Polavieja desautorizó al c6nsul: «No va cañonero y no despache pasaporte a Cuba sin permiso».
41 En otra carta que dirigió a Gómez en agosto de 1892, pocas semanas antes de la visita de Martí a Jamaica, dice: «Jamaica muy mal.
La mayor parte de los cubanos se están yendo a Costa Rica para fomentar la colonia de Maceo».
42 Honduras, en época de la presidencia de Marco Aurelio Soto, brindó fraternal acogida a los cubanos después del acuerdo del Zanjón.
Entre las más destacadas figuras que residieron en Hondu ras a principios de los 80 encontramos a Máximo G6mez, Antonio Maceo, Carlos Roloff, José Joaquín Palma, Tomás Estrada Palma, Enrique Loynaz del Castillo, Flor Crombet, Eusebio Hernández, Francisco de Paula y Flores, Raúl Grave de Peralta, Pompeyo Ber tot y José Dolores Pérez, sobrino de Gómez.
Este grupo de re volucionarios, durante cierto período, jugó un papel relevante en Honduras.
Antonio Maceo, con rango de general de división, fue comandante en jefe de la plaza de Tegucigalpa, Camayagua'y La Paz.
Igual rango se le concedió a Máximo Gómez, a quien se le encomendó un estudio de reorganización del ejército y la plaza militar de Amapola.
Tomás Estrada Palma organizó el Correo y Telégrafo Nacionales.
Carlos Roloff se encargó de la administra ción de un banco comercial.
El médico Eusebio Hernández orga nizó el primer Hospital General del país.
Flor Crombet fue gober nador de una provincia.
Paula y Flores, único maestro a quien se le ha erigido busto en el país hermano, fundó un colegio de segunda enseñanza en Juticilpa, La Fraternidad.
Grave de Peralta y Bertot se dedicaron a negocios de exportación.
El poeta José Joaquín Palma, animador de la Academia Literaria de Honduras con el doctor Ramón Rosa, colaboraba en la redacción de los decretos y reglamentos del gobierno de Soto, y dirigía el periódico «La Paz».
13 Un importante aflujo de cubanos hacia Panamá trajo la cons trucción del canal.
Allí volvemos a encontrar a Gómez y a los Maceo, a Cebreco y Antonio Alcalá, Juan Bravo, Héctor Rengifo Linares, Augusto Arango, M. Mediano y a los doctores Osorio, López Cantillo, Padró Piñán, Alvarez, Corcolles y Hoheb, este último puertorriqueño.
Muchas vicisitudes pasaron los cubanos, como los millares de braceros que fueron a dar con sus huesos en la fraudulenta obra alentada por Lesseps.
Muy pocos echaron defi nitivamente el ancla en el codiciado istmo, como Rafael Lanza quien estableció en Colón un negocio dedicado a la importación de mercancías y productos.
Mejor fortuna hallaron en Costa Rica a comienzos de la última década del siglo.
En este país muchos encontraron reposo a tan largo peregrinar por diversas regiones del área caribeña.
Tortuoso era el camino hacia la tierra prometida.
El gobierno costarricense con cedió al general Antonio Maceo una buena extensión de tierra en la península de Nicoya, en la costa del Pacífico.
La colonia agrí cola se desarrolló con rapidez.
Sembraron yuca, maíz, frijoles, café, arroz, plátanos y cacao.
44 Según Franco, a pesar de que ya la pe netración imperialista norteamericana se hallaba presente para la «De esos dos o tres mil colonos, que cada uno traía su contingente de dinero, de ciencia y de trabajo, cuarenta o cincuenta estarían en aptitud de solicitar empleos; los demás eran operarios acostum brados a ganar la subsistencia con el cultivo de la caña y del tabaco.
Hien pronto comenzaron a sentirse los efectos de la inmigración habanera.
En toda la costa del estado de Veracruz, los cubanos establecieron siembras de las dos plantas que de preferencia se dan en las regiones de los trópicos, y varios 11eriódicos hablaron con entusiasmo de las vegas formadas en San Andrés Tuxtla, Coat zacoalcos, etc. En Tampico, Veracruz y otras poblaciones del Golf o mexicano, se agolparon la mayor parte de los expatriados; ahrié ronse por ellos fáhricas para la elaboración del tabaco, y el país contaba con nuevos hombres inteligentes en dos industrias impor tantes, ansiosos de trabajar honradamente para vivir y remunerar de alguna manera la generosidad de los hombres que les daban asilo».
45 En el ámbito intelectual y social dejaron diferentes huellas de su quehacer José Victoriano Betancourt, Andrés Clemente Vázquez, Alfredo Torroella, José Miguel Macías, Carlos Varona, Antenor Lezcano, Rodolfo Menéndez, Nicolás Domínguez Cowan, Ilde fonso Estrada y Zenea' y José Martí.
Las raíces que echaron en la tierra hospitalaria, que concedió carta de ciudadanía a buen número, no disminuyó el anhelo patriótico, su cuota de lucha por la inde pendencia de la tierra natal.
En la región sureste la transcultura ción cubano-mexicano, que ya venía de lejos, recibió un fuerte impulso.
Presencia e influjo de menor importancia pueden hallarse en Colombia, donde descuella el empresario Francisco Javier Cisneros.
En Perú, Ecuador y Venezuela, la información es muy deficiente hasta hoy, pero se sabe que Juan Duany estableció la fábrica de cigarrillos El H uascar en Lima; Máximo Gómez en su viaje por Perú y Ecuador habla de los grupos que allí encontró.
De Venezue la, cuna de la independencia americana, que dio verdaderas mues tras de solidaridad en hechos, conocemos el establecimiento de varios cubanos, entre los que se destacan José Martí, J. de Armas, Arredondo y Miranda, Vicente García y otros.
Los núcleos de emigrados cubanos se formaron, principal mente, al iniciarse la lucha por la liberación nacional el 10 de octubre de 1868.
A partir de esa fecha, se produce un éxodo hacia distintas regiones del mundo, pero muy especialmente hacia las cercanías continentales e insulares.
Los factores económicos tampoco estuvieron ausentes.
Estos asentamientos difieren cuantitativa y cualitativamente.
Los más importantes y estables, lo cual no incluye ciertas oscilaciones, tienen lugar en Estados Unidos y Santo Domin go.
En Jamaica, México, Haití y repúblicas centroamericanas, se caracterizan por una mayor inestabilidad.
De igual modo debemos referirnos al grado de cohesión de estos núcleos y a sus relaciones con la sociedad donde se han insertado.
Los datos actuales no per miten más que impresiones con diverso grado de exactitud.
De lo visto hasta hoy, puede apreciarse en los asentamientos diversas con ductas: la asimilación e integración al medio parece ser la tónica 638 Anuario,/, f.'studio., Amt! ri<'anoJ (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es de los propietarios, aunque mantengan posiciones patrióticas.
Una parte considerable de los cubanos adquirieron la ciudadanía de] país donde se asentaron, por ejemplo en Estados Unidos, en donde podían hacer uso del derecho al sufragio y ocupar cargos oficiales y políticos, e incluso afiliarse a los partidos políticos en pugna.
Otros aceptaron un cambio de carácter religioso.
La lengua, en los países de habla inglesa o francesa, fue una condición indispensable sólo para ciertos sectores sociales.
A pesar de los diversos grados de integración en los diferentes asentamientos, la mayoría de la emigración cubana, animada por sus ideales patrióticos, supo con servar y defender los perfiles básicos de su identidad nacional y cultural, por medio de instituciones propias, actividades políticas y culturales de carácter patriótico, todo lo cual constituyó una base óptima para la lucha por la liberación de la dirigencia revolucionaria e n el exterior.
11 Arnao, Juan: Páginas para la Historia...
Franco, José Luciano: Antonio Maceo..., tomo l. pág. 238.
También Manuel Garcia Freire y Gabriel Manuel Cadalzo, ambos pro� fesores; coronel Manuel Morey, mayor de plaza de Tegucigalpa; el brigadier Rafael Rodríguez, gobernador de las islas de Roatán: Manuel Romero, mayor de plaza en Omoa; Anselmo Valdés, Magin Rizo y otros más dedicados al fomento de vegas tabacaleras en Santa Rosa de Copán y El Jaral.
44 Franco, José Luciano: Antonio Maceo..., tomo 11, ofrece alguna información. |
Pero no sólo no habían acrecentado su contribución a las exportaciones el trigo y la harina, sino que los productos mineros, tales como cobre y plata, no estaban en una situación mucho más ventajosa.
SALITRE Y ECONOMIA CHILENA
Hacia fines de la guerra del Pacífico, o mejor dicho, la guerra del Salitre, que concluyó en octubre de 1883 con el tratado de Ancón, Chile había aumentado el tamaño de su territorio alrededor de un tercio con la anexión de las provincias de Tarapacá y Anto fagasta.
Los recursos existentes en estas provincias vendrían a ayudar en una forma sin precedentes al desarrollo de la economía chilena.
En efecto, la era del Salitre, como se la ha denominado, había comenzado.
La consecuencia más inmediata fue el sacar al país de la crisis en la que había estado inmerso desde 1875.
El incremento de la actividad en la explotación del salitre en la parte noroeste cobró una importancia cada vez mayor y pasó a un segundo plano la inci dencia de las exportaciones de productos agrícolas que habían tenido hasta entonces un papel nada despreciable.
Enfrentado con estas nuevas fuentes de riqueza el gobierno chileno tenía inevitablemente que intervenir.
El estado tenía dos alternativas principales; cualquiera que eligiera definiría un mo delo para el futuro de la industria y la relación de ésta con el resto Je la economía del país.
Una primera posibilidad era la nacionalización del campo sa litrero, ya fuera mediante la compra de los certificados que habían sido emitidos por el gobierno peruano antes de la guerra o, simple mente, anular la validez de los mismos.
En realidad, Chile podría haber conseguido por una vía menos onerosa y más fácil lo que los peruanos habían intentado hacer anteriormente sin mucho éxito.
La otra opción, que fue la elegida por las autoridades chilenas, era reconocer a los poseedores de esos certificados como los autén ticos dueños de los campos salitreros y enajenar otros a empresarios privados.
Esta decisión contaba con el total apoyo del presidente Santamaría, quien dijo «... dejemos que los gringos o los que quieran trabajen las salitreras o hagan en ellas sus inversiones, lo que a nosotros nos interesa es que nos paguen los impuestos de exportaciones por cada quintal <le salitre... lo que nos conviene no es un estado monopolizador del salitre ni del guano, sino un estado que reciba los beneficios directos de su exportación... ».
4 Este pro yecto estuvo claran1ente a favor de cobrar solamente los impuestos, sin intentar controlar la industria o ejercer ningún poder para inci dir sobre sus determinaciones.
Tales hechos. deben contemplarse dentro de un contexto más amplio definido por la situación económica del momento.
En los años previos a la guerra, la economía chilena atravesaba una etapa muy difícil debido a la caída de los precios de los principales pro• duetos de exportación (ver tablas 1, II y 111) y a un aumento del gasto en armamentos y en obras públicas durante el gobierno de Aníbal Pinto.
La situación era tan desesperada que el servicio de la <leuda alcanzaba cerca del 3 3 por ciento del total de los gastos del gobierno.
1-Iacia 1878 la economía había llegado a su punto más bajo desde la independencia.
Por lo tanto la guerra podía ser vista como una oportunidad de apoderarse de los yacimientos sali treros, y de esta forma, estimular la deprimida economía local.
Pese a esto, una vez que las tropas chilenas hubieron ocupado los yacimientos salitreros, aumentó la presión sobre el gobierno para que sancionara los certificados emitidos por el gobierno perua no en los años previos al conflicto.
Ciudadanos británicos tenían en su poder alrededor de 24.000.000 de libras esterlinas en certifi cados que Perú era incapaz de reconocer como su propia deuda.
Los británicos vieron la posibilidad de que las fuerzas chilenas ratificaran la validez de estos certificados y los compraran.
La ofi cina de asuntos exteriores de Londres presionó a las autoridades chilenas para que llegaran a un acuerdo con los propietarios de estos bonos.
El gobierno no se podía permitir ignorar estas pre siones.
Chile debía confiar en Europa para detener los préstamos otorgados a Perú e impedir así que éste adquiriera los equipos mili t, tres necesarios y al mismo tiempo tenía que recurrir al mercado monetario europeo para financiar a su vez la guerra.
Por estos motivos Chile se veía obligado a atender las pre siones del Foreign Office para lograr un acuerdo con los acreedores.
En cuanto a la política interna había que cobrar los impuestos con la mayor brevedad posible y así rebajar la atención sobre las arcas públicas.
Estas medidas iban encaminadas a lograr que la guerra pudiera ser financiada parcialmente sin tener que depender absolu tamente del mercado europeo.
Estas fueron dos importantes con sideraciones que el gobierno tuvo presente a la hora de tomar las decisiones finales.
Como resultado de esta política, aun antes de la firma del tra tado de Ancón, Chile había comenzado a entregar derechos de pro piedad a empresarios privados.
Tanto es así, que ochenta oficinas fueron devueltas a empresarios privados cubriendo un total de 7.000 estacas (una estaca peruana equivale a 20.795 metros cua d r�H.los Je yacimientos salí treros), las cuales pasaron a manos de
644,4nuario de Lilludio,,4merfrcJtw.r (c) En 1884 el Banco Nacional de Chile y el Banco de Valparaíso habían otorgado préstamos por un valor de alrededor de 5.000.000 de pesos chilenos, principalmente a súbditos británicos, que a su vez los invertían en la compra de certificados salitreros.
En otras palabras los capitales invertidos por extranjeros eran chilenos y no, como se pudiera interpretar, capitales extranjeros que venían a estimular la industria nacional.
Entre los extranjeros beneficiados por esta medida se encontraba John North, quien obtuvo un prés tamo de alrededor de 600.000 pesos, que lo convirtió en uno de los empresarios más importantes del norte de Chile.
Varias de las oficinas a precios irrisorios fueron más tarde sacadas a bolsa en Londres, con grandes utilidades para los especu ladores audaces, y otras compañías fueron compradas con capital británico.
Entre estas últimas -algunas de las más conocidas em presas salitreras que deben ser mencionadas-se incluyen Liverpoo] Nitrate, Sandonato, Primitiva, Colorada o San Pablo.
En todas ellas North y Harvey (este último, otro conocido especulador) eran importantes accionistas.
Además se debe incluir la muy cono cida casa británica Gibbs, propietaria de ocho oficinas y la casa Campbell, propietaria de otras dos oficinas.
Otras casas extran jeras que tuvieron una participación importante fueron Williamson, Balf our, J ewell, Lomax Blain y Cía.
Esta compra de yacimientos salitreros por parte de los britá nicos significó que en 1890 el 70 por ciento de las oficinas estaban controladas por capitalistas de esa nacionalidad, cifra sin parangón, ya que en 1875 controlaban sólo un 15 %.
Pero los intereses britá nicos no se restringían al sector salitrero.
Como una extensión «na tural» de sus intereses invirtieron también en otras áreas de la economía.
Los ferrocarriles parecían ser un sector apropiado para la inversión, ya que esto les permitiría un transporte barato y efi ciente desde los depósitos hasta los puertos.
Los bancos y el sumi-6 PEDRO VERA nistro del agua fueron otro de los sectores que atrajeron al capital británico.
North, que para entonces ya era conocido como el «rey del salitre», poseía la mayoría de las oficinas y organizó su propio banco, «Banco de Tarapacá y Londres», y al mismo tiempo era pro pietario de la línea de ferrocarril en Tarapacá.
Los servicios urbanos también cayeron bajo su control.
Era propietario de la compañía de agua, elemento vital para las oficinas, y del servicio de gas, que era usado para el alumbrado público.
Se estima que en 1889 el capital británico invertido en el norte de Chile en el sector sali trero y otras actividades relacionadas con éste alcanzaban los 15.000.000 de libras.
Desde luego no todo se logró sin ningún problema.
Gibbs y North estuvieron en conflicto permanente durante toda la era del salitre.
La política de North era maximizar las u tili<lades en el menor tiempo posible, mientras que Gibbs prefería utilidades se guras y constantes.
Sus diferencias llegaron a un punto crítico cuando Gibbs rehusó aceptar una baja en la producción, tal como requería la primera combinación, o asociación de empresarios, y la apertura por parte de Gibbs de la mina «Primitiva» en 1887 pro vocaría la ira de North.
Por otra parte North estaba dispuesto a usar su posición en los ferrocarriles para cobrar altas tasas por los transportes a com pañías como Gibbs.
Esto explica en parte por qué durante los años previos a la guerra civil, Gibbs apoyaba la política balmacedista.
Gibbs estaba en discretas negociaciones con la intención de lograr la concesión de una línea de ferrocarril en el norte y romper así el monopolio de North.
Si bien es verdad que los intereses británicos estaban presen tes en las salitreras aun antes de la guerra, también es cierto que no tuvieron la preponderancia que llegarían a alcanzar al final de las hostilidades.
Durante la década de 1880 la participación britá nica aumentó y en los años siguientes llegarían a tener una notable influencia en los recursos que el país habría de recibir.
Pero hay una característica en la explotación del salitre que Pero esta situación de sobre-oferta no era un caso nuevo para la industria; una gran crisis había afectado al sector en 1883, la cual llegó a la formación de una combinación en marzo de 1884.
Esta fue levantada sólo en 1887 debido al aumento de la demanda de nitratos desde Europa.
Un primer objetivo de la combinación era controlar la pro ducción total, lo que a su vez llevaría a un aumento de los precios y mantener así la tasa de utilidades de los salitreros.
Esta alterna tiva tampoco era nueva entre la comunidad industrial.
A la vez que protegía el negocio, la asociación trataba de pro teger también a sus miembros; por eso estuvo de acuerdo en que los precios que se impusieran deberían ser rentables incluso para los productores de más altos costos y de esta forma impedían a los productores más eficientes comercializar salitre más barato y así acaparar un segmento más amplio del mercado.
Este tipo de acuer do le permitía al productor más eficiente disfrutar de una tasa de utilidad superior a la del productor que no lo era tanto.
Cada vez que los salitreros se sintieron amenazados por la sobreproducción recurrieron a las combinaciones.
7 Todas estas experiencias no eran nada fáciles de mantener a pesar de las medidas adoptadas.
La combinación asignaría cotas de producción a cada explotación y mantendría unas reservas cuando los precios estuvieran bajando y a la vez los liberaría cuando éstos estuvieran en alza.
Otras medidas instruidas fueron la recolocación de las cuotas que otros productores eran incapaces de cumplir y al mismo tiempo el sancionamiento de aquellos que sobrepasaban sus cuotas.
El número de afiliados a las combinaciones crecía lo que traía como consecuencia el aumento de la capacidad de producción total, pero al mismo tiempo la cuota por oficina se reducía lo que provo caba enormes presiones por parte de los productores más eficientes.
Para corregir a corto plazo los efectos negativos de este tipo de acuerdos, North propuso la transformación total de la industria salitrera en un solo consorcio con unas acciones que alcanzaron los 5.000.000 de libras.
Con esta cantidad North entendía que se po drían comprar otras compañías dentro del sector y de este modo poner a toda la industria salitrera bajo una sola dirección.
Dos razones fundamentales conspiraron para que esta iniciativa no pros perara.
Por un lado, North fue incapaz de reunir el capital en Londres, y por otro, se encontró en el país con un gran sentimiento contra esta iniciativa, que significaría el absoluto monopolio.
La combinación, como forma de protección de los industriales, era particularmente apropiada para la industria salitrera.
El salitre era un producto relativamente homogéneo, localizado en un área geográficamente pequeña y en un solo país, y, por último, hasta esa fecha no existía un sustituto natural.
La decisión del gobierno chileno de imponer un impuesto sobre el volumen de salitre exportado significó que cada vez que se orga nizara una combinación se producía un aumento de los precios, pero la cantidad total exportada se reducía, de tal modo que afec taba los ingresos que el gobierno recibía por este concepto.
Pero no todos, dentro de la sociedad chilena, estaban satis fechos con el hecho de que los británicos tuvieran tanta influencia.
Varias figuras públicas alzaron su voz para expresar su preocupa ción ante la penetraci6n de los intereses extranjeros en el norte del país.
En 1889 este descontento tenía ya las características de un debate público.
A esto se sumaba la inquietud de que Tarapacá y Antofagasta fueron conquistadas después de una guerra de la que sólo habían pasado seis años, por lo que todavía no se podía hablar de que estuvieran totalmente integradas en el territorio nacional.
Los intereses de las compañías no necesariamente coincidían con los intereses del país; en los hechos se demostraría que más bien había una contradicción.
La sospecha general era que la con secuencia a largo plazo podría ser la independencia del país, dado que la mayoría de los extranjeros podrían recurrir a la ayuda de sus respectivos gobiernos si se presentara la oportunidad.
Francisco Valdés reflejaba esta preocupación por la influencia monopólica de la industria de] salitre en este texto de 1884:
Dicha empresa, tendría en sus manos todo el comercio de Chile, jugaría con el cambio sobre Europa y ejercería en la marcha de los negocios una influencia que no tendría ni podría tener contrapeso alguno... »; y agregaba «...
El monopolio del salitre en poder de una empresa o compañía privada, constituiría un odioso e insoportable tutelaje sobre los intereses públicos y privados de Chile... ».8 Todo este sentimiento antibritánico y antiimperialista se per sonificó en la figura del presidente Balmaceda, apoyado por una muy pequeña y aún débil burguesía industrial emergente.
Balmaced1 se vio a sí mismo como el líder de un nuevo Chile en el cual se permitiría un desarrollo capitalista diferente, principalmente con una orientación industrial.
Con el gobierno de &lmaceda se da comienzo a un amplio programa de gastos públicos que compro metía importantes recursos fiscales.
Este ministerio extendió el tendido cablegráfico a 2.
La red ferroviaria fue incre mentada en más de 990 Kms. (que sobrepasan los' ya existentes a la llegada a la presidencia de Balmaceda) en los que se incluyen los del extremo norte del país, el de Osorno a Victoria y en la zona central desde Calera a La Ligua, Salamanca a Illapel y Santiago �1 Melipilla.
Dos importantes puentes fueron construidos, Bio-Bio y Malleco.
Todos estos proyectos buscaban fortalecer el sector industrial de la economía a la que se le asignabc1 un papel líder en el desarrollo capitalista del país.
Balmaceda también estaba interesado en el desarrollo de la educación.
Las cifras que se muestran en la memoria del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública de 1890 dan prueba de esto: «... en 1886 Chile tenía 1.394 escuelas de todo tipo con una matrícula de casi 79.000 alumnos...
En general podemos decir que durante el período de Balma ceda (1886-1891) hubo realmente un pequeño desarrollo del sector industrial, princip�lmente en aquellas industrias que fueron estimu ladas por el programa de gastos públicos.
Pero éste no fue el re sultado de una política sólida de sustitución de importaciones, que era lo que el gobierno perseguía.
En verdad este sector industrial no alcanzó los niveles de desarrollo por los cuales se hubiera trans formado en un nuevo polo de crecimiento para la economía en su conjunto.
De esta cifra sólo 28.764.000 pesos chilenos permanecieron en el país en forma de salarios, impuestos materias primas y 50.436.000 fueron a Euro pa como servicios, intereses, fletes, seguros y comisiones. u La intención del presidente Balmaceda era incrementar, na turalmente, la participación del gobierno en las utilidades, y de e• sta manera financiar desde el Estado el desarrollo de la industria nacional.
A mayor recaudación mayor presupuesto para gasto público.
Balmaceda entendía que la fuente de ingresos para el finan ciamiento de sus planes debía ser el impuesto sobre el salitre.
El sistema de impuestos de ninguna manera permanecía ajeno a los cambios que se estaban operando en el resto de la economía.
Los derechos de aduana representaban la más importante fuente rie ingresos para cualquier gobierno, y dentro de éstos eran los dere chos a las importaciones los que proveían las tasas más altas -alre dedor del 30 por ciento al 40 por ciento del total de los ingresos del país-, mientras que los derechos sobre las exportaciones re presentaban sólo alrededor del 2 por ciento de los mismos.
Al mismo tiempo hubo otras dos fuentes de ingresos: el «im puesto agrícola», tasa sobre los productos agrícolas y «alcabala y derechos de imposición>>, sobre enajenación de la tierra.14 Otras fuentes relevantes de ingresos eran los ferrocarriles y el estanco ( tiendas gubernamentales que poseían el monopolio del tabaco y otros pequeños artículos).
Sin embargo, debido al incremento Je los recursos obtenidos a través de los impuestos sobre la exporta ción de salitre, en 1884 los derechos de exportación sobre cobre y plata habían sido totalmente abolidos.
Entre 1880 y 1896 el gobierno chileno abolió gradualmente los diferentes impuestos que, por largo tiempo, habían sido fuente de para el Estado.
En 1883 los impuestos de faros y tone laje fueron eliminados.
En 1880 el de alcabala corrió la misma suerte y Balmaceda propuso el término de los de renta' y herencia, los cuales favorecieron a aquellos sectores más altos en la escala económica.
Todas estas aboliciones se tradujeron en la reducción de los impuestos internos y su peso en el ingreso total del país cayó de•un 26 por ciento en 1878 a cerca del 1 por ciento en 1893.
Los recursos aportados por el salitre fueron insuficientes para mantener el ritmo de gastos del gobierno.
Dada la trascendencia que los ingresos tenían para los fines de la política diseñada, Balmaceda tenía plena conciencia de los riesgos que presentaba el control extranjero sobre esta fuente de ingresos.
Todavía estaba fresca en la memoria la com binación de 1884 en la cual los empresarios británicos decidieron limitar la producción como una forma de aumentar los precios en el mer cado mundial.
La guerra civil de 1891 ha sido analizada distintos án gulos de acuerdo con las visiones particulares de cada autor.
Exi5• ten discrepancias entre autores chilenos marxistas, como Luis Vitale y Ramírez Necochea, y, por supuesto, con aquellos historiadores que representan visiones más conservadoras como es el caso de Francisco Antonio Encina.
Las discrepancias se centran en torno a las causas y consecuencias de la guerra civil, especialmente en las causas poiíticas y económicas, y sobre el papel que jugaron las com pañías salitreras controladas por extranjeros, principalmente por los británicos.
En el caso de la apreciación política hay diferencias en torno a las posiciones que las diferentes clases tomaron durante la guerra, y cuán dividida estaba la aristocracia frente al conflicto.
Al parecer, una interpretación «final» sobre la guerra aún está por elaborar. «...
Es posible ahora una síntesis de una interpretación <<constitu cional y económica»?...
La respuesta debe ser un categórico «no» por un sinnúmero de requisitos que aún faltan... », 19 como recuerda Blackmore.
Después de la guerra civil un nuevo período se inicia en la historia chilena, que ha sido llamado la «República Parlamentaria» por historiadores como Encina, entre otros.
Durante estos años la clase alta chilena, preferentemente esos sec tores ligados al negocio del salitre, disfrutaran de los beneficios de los ingresos que proveía la exportación de aquél.
Durante esta época el total de las exportaciones casi se triplicó, debido principalmente a un aumento de la demanda en el mercado europeo, y en menor medida de Estados Unidos.
El estado chileno aún confiaba en los impuestos sobre la exportación del salitre.
La http://estudiosamericanos.revistas.csic.es decisión de no intervenir se basaba en la creencia de que empresarios favorecidos por este tipo de política reinvertirían sus utilidades en otros sectores de la economía, de tal forma que cuan do el salitre se agotara o el mercado fuera menos exigente, la eco nomía encontraría otra fuente de desarrollo, principalmente en d sector industrial.
Sin duda de bería ser capaz de proteger la moneda nacional como un medio de p ersuadir al capital de permanecer en el país.
Figuras públicas, como Agustín Ross, achacaban la falta de desarrollo a la ineficacia económica, la inestabilidad monetaria, y al mismo tiempo, a a q uellos especuladores estrechamente ligados a las oficinas salitreras.
Exigían que Chile hiciera buen uso de sus ventajas comparativas y p oder así competir en el mercado internacional; para Ross «... las tarifas ba j as traerán «civilización» (?) y satisfarán la demanda de las masas.
El país debería volver al patrón oro por q ue las fluctua ciones en el valor de la moneda crean incertidumbre y el g obierno debe hacer todo lo que esté en su poder para prevenir otra com binación salitrera.
El descontento provocado por la amenaza de bajar los derechos a la importación de ganado desde Argentina significó que los derechos sobre la importación de carne aumentaran en un 60 por ciento, mientras que los derechos sobre ropas, muebles y otros aumentaron entre un 36 y un 60 por ciento.
Pero estos rubros no representab an �l grueso de las importaciones.
Otros bienes como carbón, texti les y bienes de consumo no se vieron afectados.
Esta decisión no reper cutió de ninguna manera en el modelo de comercio exterior; el Reino Unido continuaba siendo el principal socio y proveía la mayoría de los bienes importados para el mercados chileno.
El principal problema a que se enfrentaba el gobierno quedaba sin resolver.
¿Cómo incrementar el desarrollo sin aumentar su participación en el sector naviero, cuando eran los navíos británicos los que transportaban alrededor del 53'8 por ciento de toda la La única manera para atajar fenómeno, según la visión de Montt, era la de cambiar al peso oro.
Para conseguir este obje tivo, una vez terminada la guerra civil, el gobierno buscó aumentar las reservas de oro como el mejor modo de apoyar la transferencia al peso oro.
Se aumentaron algunos impuestos que debían ser pa gados preferentemente por los sectores medios en desmedro de los sectores más desposeídos, como impuestos a la propiedad, derechos de importación (como los mencionados anteriormente); además, un impuesto sobre los pasajes de tren, se impuso con el mismo criterio.
Curiosamente los impuestos sobre el salitre no fue ron elevados.
De acuerdo con esta política, los depósitos de salitre fueron sacados a remate a pesar de la oposición de gente como Aldunate, el cual se opuso a la ley publicada el 29 de noviembre de 1889, por la que se permitía el remate de 23 estacas y 38 oficinas propiedad del estado.
Una proporción de estos bienes estatales fueron rematados por súbditos británicos.
Otra medida tomada con este mismo objetivo, fue la contra tación por parte de Montt de al menos tres préstamos de 7.000.000 de libras esterlinas, ya que era la alternativa que le quedaba para aumentar las reservas en moneda extranjera.
Efectivamente ésta fue una medida que otras administraciones hubieran también impulsado para lograr el mismo objetivo.
Montt no estaba dispuesto a ceder.
Pese al pobre desempeño económico del país en 1894, debido principalmente a la caída en el precio de la plata y a las malas cosechas, el gobierno continuó con la misma política, ya que estos problemas fueron vistos solamente como transitorios.
Finalmente, en 1895 el Congreso aprobó la propuesta de crear el peso oro.
Después de largos debates en la Cámara se acordó que el peso debía tener un valor en oro igual a 18 peniques británicos.
Hay que tener presente que el año anterior el valor del peso «papel» tenía un valor de sólo 11 peniques en el mercado de Londres.
El sector que salió más favorecido de esta conversión fue el de los
comerciantes británicos, quienes «curiosamente» habían apoyado la conversión desde un primer momento.
El alto del peso sig nificó que sus importaciones «serían más competitivas 'y obtendrían en oro aquellas deudas previamente contraídas en papel».
23 Para hacer efectiva la conversión del peso oro el gobierno debía reemplazar el papel moneda con monedas de oro y plata.
Montt emitió 42 '6 millones de pesos y al mismo tiempo retiró el papel moneda emitido por el gobierno a sólo 1' 1 millones.
Los banqueros privados fueron mucho más lentos en reaccionar.
Redu jeron el papel moneda de 19 '9 millones de pesos a una cifra cercana a los 1 7' 1 millones de pesos.
Como se puede deducir el ambiente económico no era el mejor en el momento de la introducción del peso oro.
En general el pú blico no tenía confianza en que el peso oro fuera a durar por mucho tiempo.
Las razones para desconfiar de la conversión se fundamen taban preferentemente en la situación económica del país, cuya precariedad podía ser fácilmente apreciada por todos.
Las pobrt!s cosechas sumadas a la competencia extranjera, significaron que para 1900 sólo 69.000 hectólitros de trigo se embarcaban a través de Talcahuano frente a los 1'1 millones de 189 5.
La industria cuprífera tampoco tenía un desempeño muy saludable y las combi naciones del sector salitrero eran también responsables por la caída de los ingresos del país.
La última combinación que habría de tener algún efecto, organizada en 18 96, había disminuido la producción a sólo el 3 5 por ciento de la capacidad total en cada una de las oficinas que partici paban.
Esta sería la última combinación que tendría algún efecto.
En el futuro, el gobierno recurrirá al remate de los yacimientos salitreros como una forma de superar la caída de ingresos.
Las com binaciones dejarían de ser una forma eficiente de controlar los pre cios ya que debido a los avances tecnológicos, aquellos depósitos que previamente habían sido abandonados por ser económicamente jnviables, ahora eran económicamente factibles de explotar.
Por último, y como consecuencia de la inhabilidad de las admi nistraciones para sostener el peso la inflación se transformó en un serio problema.
Fue Errázuriz quien debió abandonar el peso oro.
Ross, uno de los principales promotores del peso oro, acusó a unos supuestos conspiradores de ser los responsables de hacer fracasar al gobierno en el mantenimiento de la moneda.
Ya en 1899 el gobierno fue incapaz de obtener préstamos en el exterior para respaldar el peso oro.
Los efectos de volver una vez más al papel moneda deben ser vistos a la luz de quienes se beneficiaron con este cambio.
Las arcas gubernamentales se encontraban realmente en un punto muy bajo (30.000 pesos para afrontar todos los compromisos) y si esta ban dispuestos a arriesgar un desastre fiscal, una parte de la élite debería sufrir las consecuencias.
Una vuelta a la inconvertibilidad significaría que aquellos sectores que debían recurrir al crédito dis frutarían de una tasa más baja en papel moneda de lo que hubieran obtenido de otra forma.
Como resultado de estas relaciones Chile no llegó a conver tirse en la potencia esperada, objetivo perseguido desde el co mienzo de la república parlamentaria hasta el inicio de la primera guerra mundial; por el contrario, continuaba la dependencia del capital extranjero para la explotación de los recursos naturales y los servicios relacionados con ella.
Los transportes estaban mayori tariamente controlados por los británicos, y las casas de importación sufrían la competencia de las firmas alemanas más que de las chilenas.
El descansar en el capital extranjero para invertir en otras áreas de la economía se probó un error, como fue también el confiar en el inversor nacional.
Al final de la guerra del Pacífico, el con flicto ya había dado pruebas de tener un efecto muy importante para Chile; aparte de haber aumentado su tamaño en un tercio, se apropió de ricos yacimientos salitreros que en los próximos cuarenta años financiaron a todos los grandes proyectos que los dif e rentes gobiernos buscaron implementar.
Este período salitrero creó una élite que estaba dispuesta a establecer una relación de dependencia con los extranjeros, que en algunos casos eran notoriamente La élite confiab a en el estado, institución que en cualquier caso ellos mismos contro laban, para asegurarse los retornos sobre sus inversiones.
La ma yoría de los ingresos generados por los impuestos sobre el volumen de las exportaciones del salitre fue disfrutado directamente por esta élite chilena, que de una u otra forma estaba vinculada a la industria salitrera o a los efectos subsidiarios que ésta producía.
E�ta élite gastó sus beneficios en una vida de lujos e importaciones desde Europa, para imitar los estilos de vida y valores que eran ajenos a la sociedad chilena.
A su vez los latifundistas pudieron disfrutar durante este período de los beneficios de una mano de obra barata lo mismo que del crédito.
La oportunidad histórica de avanzar más rápido y pro fundamente en el desarrollo del país se había perdido.
Desarrollo que de haberse llevado a cabo habría sido beneficioso para el con junto de la sociedad.
Pero hay que preguntarse por qué la élite podría estar interesada en el bienestar de todos los miembros de la sociedad.
Históricamente las élites han estado preocupadas por maximizar sus utilidades independientemente de los costos, a veces sociales, que esto pudiera traer.
En esta época Chile es testigo de una de las primeras manifestaciones de militancia de la emergente clase trabajadora y al mismo tiempo se suceden algunas de las más grandes masacres de trabajadoress que se recuerdan.
La primera guerra mundial abre una nueva etapa en la historia de Chile, uno de cuyos elementos más destacados es la consolidación de la dependencia de las élites nacionales a la influencia extranjera.
EXPORTACIONES CHILENAS DE COBRE 1
IV MERCADO MUNDIAL DE SALITRE (en toneladas
COMERCIO CHILENO CON GRAN BRETAÑA, ALEMANIA Y EEUU Porcentaje total de importaciones Porcentaje total de exportaciones Aflo Gran Bretaña Alemania EEUU.
Gran Bretaña Alemania EEUU. |
Durante los primeros años de este siglo y al amparo de un decreto del gobierno argentino del 27 de septiembre de 1907 se crearon, en los valles Superior y Medio del Río Negro, entidades societarias cuyo objetivo declarado consistía en dotar a dichas zonas de canales de riego imprescindibles para la producción agrícola.
MARÍA CRISTINA OCKIER orientado por el método cooperativo».
1 Otros llegan nún más lejos.
Tal es el caso de Maida, cuando asevera: «El texto del decreto refleja la preocupación del gobierno por faci litar al pequcíio y mediano agricultor el acceso a la tierra.
Atento a las características de suelo y dima que suponen factores nega tivos al arraigo de colonos sin capital, estimula la formación > evocan, casi suhliminalmente podría de cirse, la mancomunión e.le esfuerzos e.le pequeños productores independientes.
Dada la estrecha relación existente entre la culminación <lel proceso de apropiación de las tierras ribereñas y la aparición de estas entidades, la investigación se propuso indagar tanto en el origen cuanto en la composición y evolución de las mismas con el intención de aportar elementos que permitiesen desentrañar su verdadera naturaleza.
Los resultados obtenidos prueban que, en esencia, las sociedades cooperativas constituyeron instrumentos de una apropiación de tierras de contenido decididamente elitista.
Ello, a la par que entraña cuestionar las divulgadas concepciones sobre LAS COOPERATIVAS DE IRRIGACIÓN.
3 el papel que las mismas cumplieron en el desarrollo económico re gional y aquellas otras no menos difundidas que aluden al hipoté tico fracaso de algunas, explica también que esas'sociedades nunca estuvieran constituidas -y mucho meros dirigidas-por el sector de pequeños propietarios.
Conceptualizar como elitistas a las cooperativas de riego y a la legislación que las generó no implica, en absoluto, postular la existencia de un contenido diferente, es decir democrático, en los decretos, leyes o disposiciones de tipo general por medio de los cuales se habían distribuido para entonces ya prácticamente en su totalidad las tierras arrancadas al indígena.
3 En todo caso, la particularidad del marco legal sancionado entre 1907 y 191 O -tanto en su explícito carácter de normativa jurídica ad hoc como en sus novedosos fundamentos de contenido progresista-no haría más que reflejar la profundización que había alcanzado hacia la época del centenario, el curso de desarrollo abierto en el país desde 1880.
LA SOCIEDAD CoOPERATIV A DE IRRIGACIÓN
En el proceso de apropiación y distribución de las tierras del valle del Río Negro es posible reconocer dos períodos cuya delimi tación no se funda, sin embargo, en la posibilidad de señalar algún cambio o modificación de aquellas características que permiten definirlo en su totalidad como marcadamente elitista.
Antes bien dichas etapas sólo reflejan el disímil grado de interés que suscitaran estas tierras a los ojos de los sectores dominantes en tanto fueron modificándose circunstancias que, a tales efectos, resultaban determinan tes Durante la veintena de años que median entre la «Conquist a del Desierto» y fines del siglo pasado, la región no habría de pro vocar en el ánimo de los mentores y beneficiarios de la expedición militar atracción mayor a la que por entonces les despertaba la inmensn Patagonia.
Las preferencias de los contribuyentes finan cieros de la campaña se orientaron decididamente hacia las tierr as de Buenos Aires y del entonces territorio de La Pampa mientras las del sur del Colorado habrían de destinarse en lo fundamental a los beneficiarios <le la ley de Premios Militares:
«La aristocracia ganadera que detentaba el poder supo guardar las tierras huenas y otorgó a sus servidores las mesetas pedre gosas de la Patagonia...
H. 4 Luego de transitar la larga y �frida travesía que separa al Río Colorado del Negro «ante ese espectáculo desolado y desierto, aun que grandioso» en el que la naturaleza parecía haber resumido todo lo ingrato, Darwin no había vacilado en exclamar que «aquella zona era la región maldita por excelencia».
5 A su exigua productividad natural • y a la considerable distancia que las separaba de los mercados, características entonces distin tivas de la mayor parte de las tierras patagónicas, las aledañas al Río Negro sumaban la peculiaridad adversa de encontrarse sujetas a periódicas y devastadoras inundaciones, lo que «explica cómo hasta hace muy poco tiempo el público no se disputó las concesiones de tierras en el Río Negro>>.
6 Así, el reparto inicial de las tierras valletanas quedó enmar cado en la legislación de tipo general sancionada desde 1878, con formada tanto por las leyes y decretos que habían sustentado de modo directo la operación militar de conquista (leyes del Emprés-LAS COOPERATIVAS DE IRRIGACIÓN 5 tito o de Premios Militares), como por aquellas disposiciones que regían por entonces la adquisición de las tierras fiscales (ley de Remate Público, de concesiones en venta o arrendamiento de con siderables extensiones, etc.).
Correspondiéndose con las concepciones estratégicas que pos tulaban el establecimiento de una nueva línea de fronteras sobre el Río Negro, el poder ejecutivo sancionó un decreto complemen tario de la ya inminente operación militar.
Dicho decreto disponía que una comisión de ingenieros militares explorase las márgenes del río con el fin de determinar los puntos más convenientes <<al establecimiento de colonias agrícolas de familias europeas o indí genas o de colonias militares» las que deberían constituirse en ba luartes para la defensa de la frontera a establecerse.
Estas tendrían una superficie máxima de 40.000 hectáreas subdivididas en 400 lo tes de 100 hectáreas y se deberían distribuir en todo el curso del río, a distancias iguales entre sí.
7 En cumplimiento de tal disposi ción resultó trazada sobre el valle superior del río, la Colonia Roca (29-11-1883).
8 Caben, sobre el particular, algunas importantes precisiones.
Pensada con los criterios propios de los tiempos coloniales donde 100 hectáreas constituían lo que hoy se designa como unidad económica de una familia de agricultores en «las tierras de pan llevar», esa superficie era a tales efectos -es decir, como base para el sustento de una familia campesina-absolutamente insufi ciente antes de la solución del problema del riego, en razón de la exigua productividad natural de esas tierras (lluvias anuales de 150 mm.).
A comienzos de la década 1920, cuando las obras hidráu licas se hallaban prácticamente concluidas, el jefe de la Comisión
MARÍA CRISTINA OCKIER Inspectora de la Dirección de •Tierras y Colonias, capitán de fragata Justino Riobó, efectuó estimaciones sobre el beneficio líquido que era posible obtener con el cultivo de alfalfa, predominante por entonces.
Consideraba que por tratarse aquél de un cultivo menos intensivo que el de frutales y viñedos era también menos remune rador y concluía que una superficie de 100 hectáreas «es excesiva» pues resulta «superior a lo que necesita una familia agricultora para su mantenimiento y progreso, aparte de que en esta superficie nunca podrá desarrollar sus actividades con la intensidad que requieren cultivos de esta índole», proponiendo, en consecuencia que se redujesen las concesiones a 25 hectáreas.
El desarrollo pos terior de la región confirmaría las aseveraciones de Riobó pues, cuando la frutiviticultura se constituyó en la producción funda mental (hacia 1940-19 50), la superficie promedio de las propie dades del típico frutiviticultor valletano -sujeto social mayoritario a mediados de la década de 1950 y pilar del vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizarían a la economía re gional durante ciertos períodos-habría de ser de alrededor de 10 hectáreas, y la inmensa mayoría de las explotaciones menores de 15 hectáreas.9
Las incursiones militares que siguieron a la expedición de 1879 con las que culminó la ocupación de la Patagonia, previa derrota y exterminio del indígena, habrían de volver anacrónicos aquellos planteamientos defensivos que tan sólo unos pocos meses antes abogaran por la nueva frontera sobre el río Negro.
Pese a ello, la afectación de prácticamente el 80 % de la superficie de su valle superior y de la casi totalidad de la del valle medio a la constitución de esas colonias agrícolas con lotes de 100 hectáreas se mantuvo, lo que explica que esa porción de las tierras ribereñas no resultase en un principio adjudicada en extensiones similares a lo que lo venían siendo el resto de las arrebatadas al indígena.
El hecho <le LAS COOPERATIVAS DE IRRIGACIÓN 7 que tierras de una productividad potencial tan grande hubiesen quedado desde entonces hipotecadas a un proyecto estratégico tan rápidamente dirimido, no dejaría de tener consecuencias ulteriores como se verá.
Unos pocos lotes de la Colonia Roca pasaron al dominio privado a título de cancelación de los certificados <le la ley de Premios Militares en tanto otros fueron entregados a particulares «en concesión», régimen de tenencia provisoria en virtud del cual los beneficiarios debían cumplimentar ciertas obligaciones en plazos determinados a fin de estar en condiciones de solicitar la cscritura ción correspondiente.
La guarnición militar establecida en el «Fuerte General Roca» dio origen al primer asentamiento blanco permanente de la «Colo nia».
Su población -según e] relato de Augusto Margueirat, ins pector general de la Dirección de Tierras de activa, prolongada y decisiva participación en la distribución de tierras-estuvo ini cialmente constituida por «[... ] soldados dados de baja [a los que se agregó] un contin gente de familias alemanas que no pudieron subsistir dando lugar al decreto de 14 de diciembre de 1885, por el cual se eximía del pago de los anticipos que se les habían hecho para su traslación y establecimiento, permitiéndoles abandonar la colonia>>.
10 Contemporáneamente, varios de los concesionarios iniciales constituyeron la Sociedad Vitivinícola Sanjuanina a cuyo frente se encontraba Hilarión Furque quien dirigió, entre 1884 y 1885, lo construcción del primer canal de riego con que contó la región.
Aunque también participaron indios, criollos, algunos de los inmi grantes alemanes e incluso penados, la mano de obra principal fue aportada por los soldados de la guarnición por lo que habría de conocérsele como « canal de los milicos ».
Realizado con medios sumamente rudimentarios y sin respetar criterios técnicos, sólo MARÍA CRISTINA OCKIER alcanzaría a regar de modo muy precario unas 1.300 hectáreas, en medio de permanentes disputas entabladas entre los pobladores a propósito del manejo arbitrario del agua, de lo que dan cuenta los expedientes elevados a esos efectos al ministerio de Agricultura.
11 A las dificultades mencionadas deben añadirse las que provo caban los frecuentes embancamientos que afectaban al canal y la constante amenaza de las inundaciones, lo que explica que los escasos colonos que residían en la Colonia Roca. « [... ] se contentaban con vivir, sin mayores aspiraciones, y así corrieron los años sin que se note interés por adquirir sus lotes>,.
12 Es que, el atractivo para los inversores, como comenta llurct, residía ahora en otra parte: « [... ] comenzaha a cultivarse el trigo en el norte de Buenos Aires.
Luego sobrevino un período de crisis, y el Hío Negro quedó olvidado».
13 Tal situación habría de quedar patentizada en el informe presentado por el inspector Marco Antonio Rufino, en 1896.
14 Del procesamiento de la información recabada por el funcionario en su minuciosa inspección, lote por• lote, se concluye que: a) sólo un poco más del 6 % de las «chacras» había salido ya definitivamente del dominio del Estado; b) casi un 60 % carecía de concesiones vigentes a la fecha de la inspección; c) el 33 % restante se hallaba concedido, pero de esos 145 lotes casi una tercera parte estaban abandonados, no habiéndose todavía satisfecho, en la mayoría de los ocupados, las obligaciones impuestas por la legislación.
De modo tal que, a más de una década de trazada la Colonia, todavía quedaban disponibles para la apro piación privada 387 lotes, un 92 % de su superficie.
Apenas transcurridos dos años del relevamiento de Rufino el gobierno nacional decidió suspender la venta de lotes en razón de la precariedad del servicio de riego [... ] hasta que se efectuasen en el canal las reparaciones indispensables para que pudiese sumi nistrar agua suficiente para el riego de la Colonia.
15 Las opiniones de protagonistas y observadores también resul taban coincidentes a la hora de señalar la falta de comunicaciones como otra de las circunstancias que conspiraban contra el desarrollo de la región.
En tanto Rufino le atribuía el estancamiento y dete rioro de las actividades económicas, Margueirat opinaba que una colonia situada a tanta distancia de los centros de población y mer cados de consumo, no tenía cómo progresar.
16 El inconveniente del aislamiento quedó resuelto con el tendido del ferrocarril -cons truido por los ingleses en una conjunción de intereses económicos con objetivos esencialmente estratégicos del Estado argentino (dispu ta con Chile)-y sobre cuyas consecuencias inmediatas diría, años más tarde, Margueirat:,.
17 10 MARÍA CRISTINA OCKIER El texto citado resulta significativo desde un doble punto de vista.
Por un lado, al atribuir al ferrocarril inglés y a la exporta ción de productos que aquél posibilitaba la población y adelanto de la colonia, el funcionario no hacía más que reflejar la visión dominante desde el triunfo político de Roca y de la denominada Generación del Ochenta.
La producción de alimentos baratos y otros bienes de origen agropecuario para el capitalismo europ eo en expansión y en asociación con él, constituía a los ojos de esos sectores, la única alternativa posible de crecimiento.
18 Por el otro, porque explícitamente hacía portadores de tales ideas a las « per sonas de más largas vistas» que trajera el ferrocarril a las que con traponía a los pobladores más antiguos atados a una «existencia vegetativa>>.
No obstante, la documentación disponible prueba que estos últimos luchaban como podían por la tierra y el adelanto económico contra los obsdculos naturales, la burocracia y los sectores dominantes.
Pero los nuevos interesados a los que hiciera referencia el funcionario, habrían de encontrarse con la imposibilidad momentá nea de obtener las tierras que deseaban dada la suspensión de las concesiones.
Coincidentemente con la llegada del ferrocarril la vida de los pobladores se vio bruscamente conmocionada por la inunda ción de 1899.
Este h�cho impresionó a tal punto la memoria de los lugareños que hizo decir, años después, al ingeniero Julián Romero enviado a la zona por la Dirección Nacional de Irrigación: «Todos recuerdan por qué asumió las 1, roporciones de lo inolvida ble la espantosa creciente que arrasó cuánto había en esa región>>.
19 La resolución de 1898 por la que se había dispuesto suspender la venta de lotes en la colonia fue ratificada luego de la inundación, medida cuyos fundamentos exponía Margueirat del modo siguiente: En tal situación se juzgó conveniente suspender toda concesión vista la imposibilidad material de indicar el lugar de los lotes y también la de que se hicieran cultivos sin contar con la servidum bre de agua de riego.
Por decreto 27 de enero del corriente afio se autorizó la venta de lotes en las colonias salvo en la colonia General Hoca, hasta hmto se construyera el canal ).
20 En virtud de lo expuesto, el funcionario aconsejó ( 1904) no modificar la situación de los concesionarios mientras no se ejecuta ran obras de defensa contra las crecientes extraordinarias y se hiciese un canal con capacidad suficiente para alimentar con riego todas las tierras aptas para el cultivo insistiendo en que, antes de exigir a los colonos que cumplan sus obligaciones, corresponde facilitarles los modos de hacerlo.
Fundándose en ello y en que en la Colonia Roca no era posible conceder lotes sin previamente hacer el replanteo y mojones, procedió a rechazar algunAs solicitu des en 1904, y utilizando similar argumento denegó en 1906 la aceptación de otras peticiones que habían sido elevadas tres años antes por Luis Casterás, Miguel Muñoz, Da Ponte Riveiro y Agus tín Vera.
La numeración y fechas de los expedientes así como los apellidos, lugar de residencia de los solicitantes ( todos de la capital federal) y la participación que cupo a los mismos en la historia posterior de la región permiten inferir que salvo una, se trató de presentaciones simultáneas efectuadas por los miembros del grupo que pocos años después impulsarían la sanción del decreto del 27 de septiembre de 19 0 7. ir Es que, con el tendido del ferrocarril se renovaba el interés por las tierras del valle, aun cuando todavía el temido espectro de las inundaciones estaba al acecho.
En ese sentido, el gobierno na cional ya había puesto en marcha estudios tendentes a dar una solu ción integral a la cuestión con el proyecto elaborado por el ingeniero italiano César Cipolett (1899) sobre regulación del caudal de los ríos Limay y Neuquén que dan nacimiento al Negro' y su aprove chamiento para riego.
En tanto, y con la misión de investigar las dificultades que seguía planteando el sistema de riego de la Colonia, la Dirección General de Irrigación envió en abril de 1907, al ingeniero Julián Romero.
Una vez inspeccionadas las obras, el funcionario elaboró un informe en el que, luego de explicar técnicamente las razones de las dificultades del canal nacional -nombre que se daba en los escritos al viejo «canal de los milicos»-y las posible soluciones, terminaba exponiendo los criterios a su juicio más convenientes para las futuras adjudicaciones de tierras en la Colonia.
En tal sentido proponía la ejecución de las obras « sin el auxilio de los recursos que forman la renta de la nación» mediante la creación de un «fondo • de irrigación» que habría de constituirse fijando a la tierra un precio que se aproximase al valor que le daban las transac ciones particulares dado que, según su opinión, aquéllas se conce dían por entonces a título casi gratuito (en alusión al importe de 2'50 pesos • la hectárea estipulado por la ley 416 7) aconsejando un precio de 50 pesos por hectárea para integrar los recursos con los cuales ejecutar las obras necesarias para proporcionar riego a todo el valle.
Por último, en lo concerniente a la futura adjudica ción de las tierras, Romero estimaba que «para facilitar su adqui-
13 sición por parte de agricultores que carezcan de capital, podría concederse el pago en seis anualidades».
22 Los antecedentes expuestos precedentemente fueron sin dudas tenidos en cuenta por el poder ejecutivo a la hora de promulgar una serie de disposiciones legales cuya aplicación iba a signar duramente la historia posterior de la región.
Entre 1907 y 1910 con la firma del presidente Figueroa Alcorta y a instancias de su ministro Ramos Mejía fue sancionada una serie de decretos en virtud de los cuales fueron privatizados prácticamente la totalidad de las tierras aún bajo el dominio del estado nacional en los valles medio y superior del río Negro.
El primero de aquellos decretos fue promulgado por el go bierno nacional (27 de septiembre de 1907) como corolario de la solicitud de tierras efectuada por un grupo de particulares.
En sus considerandos sostenía la «conveniencia pública de establecer con diciones especiales de población» para la colonia dados los costosos trabajos requeridos para poner sus tierras en producción, lo que colocaba a éstas en «situación excepcional y fuera del alcance de colonos desprovistos de capital»; y entendía, además, que era ne cesario limpiar, perfeccionar y prolongar el canal de riego existente, «obras que deben ser ejecutadas por los mismos propietarios, ya que el Estado carece por ahora de los medios requeridos para lle varlas a cabo».
Para ello fijaba el precio de la tierra en cincuenta pesos la hectárea, el que sería reducido a 2'50 pesos siempre que los adjudicatarios constituyesen una cooperativa para irrigar total o parcialmente la colonia.
(Repárese que se tomaban aspectos de la propuesta del ingeniero Romero, cambiándoles el sentido). � 3
Por otro lado, ordenaba que la Dirección de Tierras y Colonias investigase la situación de los lotes ya adjudicados a fin de verificar la satisfacción de las obligaciones a que estaban sometidas las con cesiones procediendo a dictar -en caso que se constatare su in cumplimiento-la «correspondiente declaración de caducidad».
El artículo 6.o disponía:
« En la ad j udicación de los lotes se concederá la preferencia a los solicitantes comprendidos en la petición presentada al Ministerio de Agricultura con fecha 16 de agosto ppdo., que ha dado motivo al presente decreto reglamentario [... ] )).
24 Los nuevos beneficiarios quedaban obligados a dar cumpli miento a una serie de condiciones: cercar totalmente el lote, des bascar, nivelar y sembrar la cuarta parte de la tierra concedida deritro de los dos primeros años; en los dos siguientes debían, además, plantar 2.000 árboles para cada 100 hectáreas (200 fru tales) y construir casa-habitación de tres piezas de material; por último, se obligaban a depositar antes n -como garantía del cumplimiento de las restantes obligaciones mil pesos por cada lote de cien hectáreas.
Este depósito -que podía ser satisfechos mediante bonos del gobierno que devengaban interés, además de estar prevista su devolución posterior-cons tituyó en los hechos una de las formas legales mediante las cuales se excluía a las mayorías de la posibilidad de acceder a la tierra.
En efecto, a fin de evaluar el significado económico del depósito, téngase en cuenta que la remuneración mensual de peones y ca pataces oscilaba, en la época' y en la región, entre 20 y 45 pesos respectivamente.
25 En consecuencia, la nueva distribución de lotes «a cuya propiedad habían perdido sus derechos la mayor parte de los primitivos poseedores» 26 se hallaba regida por obliga ciones cuyo cumplimiento, de ser efectivamente exigido, suponía una cierta solvencia económica por parte de los beneficiarios.
De ese modo, y al tiempo que eran arbitradas disposiciones legales que preveían la caducidad de concesiones anteriores y el desalojo en plazo perentorio de los «intrusos», quedaba sancionado un régimen de excepción para la entrega de las tierras fiscales de la Colonia del que resultaban expresamente marginados «los colonos desprovistos de capital».
La propuesta de reglamentar el pago escalonado de ]a tierra como modo de « facilitar su adquisi ción por parte de agricultores que carezcan de capital», oportuna-• mente elevada por el ingeniero Romcr0, terminó por ser incorporada a una legislación que vedaba a aquéllos, de modo explícito, tal posibilidad.
Concretando la preferencia que el art. 6.o otorgaba al grupo cuya solicitud había originado la precedente disposición, el poder ejecutivo dictó pocos días después un nuevo decreto.
Entre los beneficiarios figuraban los hermanos Piñeiro Sorondo (Patricio, Octavio y Miguel), Luis Casterás, Alfredo y Daniel Goytía, Da Ponte Riveiro, Ramón Lemos, Paúl Edel, el ingeniero Luis Huergo, Angel Azcué, José Guerrico, Alfredo Lacabanne, el doctor Manuel J. Cordiviola, Ricar do Frías, Horacio Guerrico.
En tanto, otros 39 lotes eran reservados durante el término de 60 días «a pedido del Sr. Cernadas, quien en su gestión manifestaba que serían solicitados por vecinos de la Colonia y personas que en esa época estaban fuera de la Capital», según habría de comentar el ingeniero Elenzar Garzón, director de la Direcci6n de Tierras y Colonias.
27 Con la sanción del decreto del 27 de septiembre de 1907 y fundándose «en la imposibilidad de aplicar en aquel paraje (la colonia Roca) los preceptos contenidos en los decretos reglamen tarios vigentes», el Estado había promulgado u nn legislación es pecial para el reparto de las últimas tierras fiscales de la región.
Los solicitantes cuyos pedidos originaron esas disposiciones espe ciales -las que también, como se vio, otorgaban a aquéllos la 27 D.E.R.-D.G.T. y C. Expediente núm. 6114.
A propósito de la! reiteradas menciones de nombres propios que aparecen en el texto cabe aclarar que ellas no implican, de parte de la autora, Juicio valorativo al¡uno sobre las conductas de tipo individual.
Los comportamientos de los hombres conciernen al historiador en tanto exteriorizan relaciones sociales de las que ellos son meros soportes: esto es, cuando tales conductas tienen la virtud de expresar y sintetizar en si mismas el movimiento y la dinámica de una sociedad concreta.
Por otro lado, es de lamentar que dados los condicionamientos de espacio que necesariamente supone una publicación de este tipo, resulte imposible poder siquiera transmitir las particulares resonancias que guardan ciertos apellidos para cualquier lector familiarizado con la historia argentina.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es preferencia en la adjudicación de los lotes-fueron, por supuesto, sus principales beneficiarios.
Se hace necesario, pues, intentar una caracterización social de al menos algunos de ellos a fin de com probar si, como afirma Maida, «el texto del decreto refleja la preocu pación del gobierno por facilitar al pequeño y mediano agricultor el acceso a la tierra» o si, por el contrario, se trató de una disposi ción que favorecía su apropiación por parte de unos pocos p�ivilegiados.
28 Patricio Piñeiro Sorondo, el más destacado de los miembr os de este grupo, había sido funcionario del aparato estatal lleg ando a ocupar durante la presidencia de Manuel Quintana ( 1904-1906) el cargo de subdirector de la Dirección General Tierras y Colonias, organismo decisorio entre los que por entonces arbitraban el destino de las tierras públicas.
Había arribado por primera vez a la zona a fines del siglo pasado, como oficial mayor de Secretaría General de Correos: «Su misión era el tendido y vigilancia de la línea telegráfica hasta Chos Malal, a lo largo de la vía férrea, por cuenta del ejército, con motivo del amago de guerra con Chile.
Adquirió campos en el lugar lo mismo que sus hermanos Octavio, Miguel y Lino, y en los pri meros años [ del siglo] viajó continuamente desde Buenos Aires a la tierra que tan fuertemente lo atrajo>).
29 Fue entonces cuando, según un autor, convencido de las ca pacidades potenciales de la región contagió su entusiasmo a un grupo de personas con las cuales habría de participar en la funda ción de la Sociedad Cooperativa de Irrigación de General Roca.
30 De allí que Margueirat, en oportunidad de referirse de modo tan entusiasta a las transformaciones que se producirían con el ferrocarril y la llegada de aquellos forasteros que pronto advirtieron las riquezas que prometía el valle, comentase: http://estudiosamericanos.revistas.csic.es lugar a la petición por cuanto, según expresaba, «esta Dirección co noce al Sr. Patticio Piñeiro Sorondo y cree formani el establecimien to que se propone».
Transcurrida tan sólo una semana de iniciado el trámite, el presidente Figueroa Alcorta firmó el decreto de con cesión otorgándosele además al interesado el plazo pedido para ubicar los lotes.
No obstante la elección fue tan rápida que el mismo día habría de entregársele a aquél los títulos provisorios con la firma de Garzón.
Octavio Piñeiro Sorondo prosiguió tramitaciones similares caracterizadas por idéntica celeridad que le permitieron obtener otras 200 hectáreas.
Las gestiones de ambos hermanos cul minaron dos años después con la firma de sendos decretos de Fi gueroa Alcorta por los que se le otorgaban los correspondientes títulos de propiedad.
35 Mientras a los peticionantes de 1907 se les asignaban tres de los lotes que había ocupado anteriormente la Intendencia de Gue rra, y el retiro de la guarnición militar de la Colonia (1902) cons tituía el argumento a que apeló Margueirat para satisfacer la petición de Patricio Piñeiro Sorondo, resulta oportuno destacar lo siguiente.
Poco antes de la rápida y exitosa gestión de este último, ante las solicitudes de dos inmigrantes rusos, Jos Ulman y Manuel Zil vestein, Margueirat expresaba: Carlos Cernadas, no sólo había sido gestor de la disposición legal por la que se habían reservado tierras para los solicitantes de septiembre de 1907, sino que su nombre es mencionado de modo explícito por varios de ellos como «representante legal de la em presa», en lo que pareciera una implícita referencia al grupo pro pulsor.
Simultáneamente con la adjudicación de los lotes que se le habían otorgado en la Colonia, Cernadas obtuvo una concesión en venta de 1.151 hectáreas en Neuquén, extensión que había arrendado con anterioridad de acuerdo con disposiciones de la Ley núm. 4167.
Manuel Belloni, italiano de origen, se había destacado en los primeros años del siglo como un fuerte adquirente de las tierras recientemente incorporadas al Estado como producto de la «Con quista del Desierto».
Como tal, realizó una presentación en 1900 por la que solicitaba plazo para realizar la mensura de una super ficie de 10.400 hectáreas que le había sido adjudicada en amortiza ción de certificados de premios por la expedición al Río Negro, de los que era tenedor en calidad de cesionario.
Pocos años después se le ve gestionando el título de propiedad sobre 34.638 hectáreas adquiridas en condominio, la concesión en venta de la cuarta parte de una superficie de 10.00� hectáreas de que era arrendatario en La Pampa de acuerdo con la Ley núm. 4167 y una nueva concesión en arriendo de otras 5.000 hectáreas ubicadas en el citado territorio ( 191 O).
Al tiempo que concretaba dichas operaciones, Belloni obtu vo por cesión cuatro lotes en la Colonia Roca dos años antes de sancionarse el decreto de 1907, constituyéndose de inmediato en uno de los más activos propulsores de la cooperativa Je riego.
40 El ingeniero Luis Huergo, «argentino ilustre perteneciente a una de las familias más honorables de la época» nacido en 1841 en la capital federal, había sido uno de los pocos argentinos de aquel entonces que, «niño aún, fue a instruirse al extranjero» re gresando para ingresar en la facultad de Ciencias Exactas de la que egresó en 1870 con el título número 1 en Ingeniería Civil.
Desempeñó muchos cargos oficiales, entre ellos el de miembro de la comisión que estudió los ríos Negro y Limay en 1878, decano de la facultad de Ingeniería, director de la construcción del puerto de Buenos Aires, ministro de Obras Públicas de la provincia de Buenos Aires y presidente del Congreso Científico del Centenario, según datos de la breve crónica que de su vida nos acerca Rodríguez.
41 Entre esta pléyade de nuevos propietarios de la Co]onfo algunos lo eran, a su vez, de otras tierras en la zona.
Tales los casos, por ejemplo, de Luis Casterás que poseía más de 1.000 hec táreas en cercanías de la confluencia; de Casimiro Gómez, provee dor del ejército y amigo del general Roca, propietario de grandes LAS COOPERATIVAS DE lRRIGACIÚN 21 extensiones en el valle inferior del río Limay y del juez nacional Daniel Goytía, gestor y principal beneficiario del decreto que daría origen en 1908 a la Sociedad Cooperativa de Choele-Choel.
En tanto, otro grupo de los favorecidos (Lacabanne, Manuel Cordiviola, Ricardo Frías, Horado Guerrico, entre los principales) habrían de formar parte de la Compañía de Tierras del Sud, socie dad an6nima constituida en 1908 de cuyo directorio participaron, el ingeniero Percy Clarke, gerente del ferrocarril del Sud, el doctor José María Rosa (h.), ministro de Hacienda y Finanzas de Roca, el doctor Julio A. Romero y el ingeniero Emilio Mitre.
42 La extracción social de los principales miembros del grupo habría de evidenciarse hasta en sus hábitos y costumbres cotidianas lo que no pasó inadvertido para un observador agudo como Blasco Ibáñez quien, años después, rememoraba; «Recuerdo una comida en una fonda de General Roca, a la que asistieron los chacreros de las inmediaciones, para saludar al go bernador del territorio.
Eran jóvenes los más de ellos, de exquisitos modales y notable ilustración que se revelaba a las pocas pala bras La información disponible permite distinguir en la formación del grupo promotor -Y a la vez principal favorecido del decreto de septiembre de 1907 y los que lo siguieron-la confluencia de tres sectores cuyos integrantes, amalgamados no sólo a través de relaciones económicas sino incluso, en casos, de tipo parental inte graron un tramado social compacto y homogéneo.
Ellos fueron: a) miembros del aparato estatal, es decir, personas que había for mado, formaban o formarían parte de alguno de los poderes del Estado Nacional, de la provincia de Buenos Aires o de la Capital Federal; b) importantes adquirentes de tierras fiscales; y e) per sonas vinculadas a los capitales británicos que por entonces habían comenzado a operar en la zona, bien por intereses económicos, bien en calidad de profesionales asignados técnicamente a las obras de irrigación.
45 La cooperativa inició los trabajos tendentes a la mejora del canal existente en 1908; más tarde obtuvo la aprobación de sus estatutos y la autorización para funcionar como sociedad anónima ( 1911), alcanzando a regar durante su gestión alrededor de 17.000 hectáreas.
El hecho de que Patricio Piñeiro Sorondo y Ramón Lemos, dos de los socios que contaban con mayor influencia y relaciones en los más altos niveles gubernamentales, ocupasen durante varios períodos la presidencia de la cooperativa facilitó enormemente el accionar de la n6vel sociedad.
La actividad del segundo de los nom brados resultaría particularmente eficaz: De ese modo pudo obtenerse el apoyo financiero del Estado para realizar parte de las obras que habían fundamentado la crea ción de la sociedad.
Hacia fines de 191 O y cuando ya estaban en marcha las obras estatales de riego, le fue adjudicada a la Comisión Administradora del Canal Nacional de la Colonia Roca la cantidad de ochenta mil pesos destinados a la construcción de desagües, alambrado del canal, etc. 47 Por otro lado, y apenas otorgadas las concesiones, no sólo fueron rápida y favorablemente resueltos los pedidos de algunos de los beneficiarios que solicitaban cambiar la ubicación de los lotes originalmente asignados, sino que también recibieron la aprobación gubernamental cualitativas modificaciones introducidas al texto ori ginal del decreto de 1907.
La más significativa de ellas se originó en una presentación colectiva realizada, entre otros, por Pearson, el ingeniero Huergo, el doctor Cordiviola, Azcué, M. Piñeiro Sorondo, por la cual solicitaban fuese reemplazado el inciso a) del artículo tercero del decreto del 27 de septiembre de 1907 por la obligación impuesta a los concesionarios de Choele-Choel según el decreto de abril de 1908.
La disposición cuya sustitución se pedía establecía la «obligación de cercar, emparejar, desbocar y sembrar o plantar con capital propio, la cuarta parte de los lotes concedidos dentro de los dos primeros años, la mitad a los tres y la totalidad a los cuatro».
Por decreto del 7 de mayo de 1908 -nótese que sólo habían transcurrido 3 5 días desde la sanción del decreto referido a Choele-Choel-el poder ejecutivo aprobó la solicitud fundando su decisión en razones de equidad' y estableciendo para los concesio narios de Roca «la obligación de cercar totalmente el lote, nivelar, desboscar y sembrar la cuarta parte de la tierra concedida dentro de los dos primeros años>>, además de exigirles la plantación de dos mil árboles por cada 100 hectáreas de los que doscientos debían ser frutales.
48 De ese modo -y una vez excluidos expresamente <dos colonos agrícolas desprovistos de capital»-se procedía a reducir notoda men te la extensión original de tierras que debían sistematizar los concesionarios como requisito para obtener la propiedad definitiva, al tiempo que al eliminar de la redacción la obligación de que tales trabajos fuesen ejecutados «con capital propio» quedaba abierta la posibilidad -de hecho ampliamente utilizada por los titulares de las concesiones-de su cumplimiento mediante el empleo de arrendatarios.
En agosto de 1908, Lemos se dirigió al entonces ministro de Agricultura, Pedro Ezcurra, presentando una nómina de los accio nistas de la cooperativa y comunicando que los mismos habían re,1lizado el depósito de garantía exigido y parado el 1 O % de la� acciones suscritas.
Luego de manifestar que la Sociedad Cooperativa se hallaba efectuando los trabajos preliminares para la construcción del canal de riego • y que la falta de agua impedía a sus representados <,<el cumplimiento de la ley» con lo que éstos podrían haber dado «forma más visible a la posesión», planteaba la necesidad de que «se ordenase» a la Dirección de Tierras y Colonias tomar de�ida nota en sus registros de los lotes concedidos: 688 «En el deseo, pues de evitar a los accionistas un gasto mayor de veinte mil pesos, que les resultaría inútil, y a fin de prevenir tam-hién de su curso a solicitudes correspondientes a esos lotes, que pudieran intentar algunas personas invocando sin derechos tarácter de ocupan tes [... ] ».
49 Menos de un mes después, iniciaba un nuevo expediente con la finalidad de peticionar para los accionistas de la cooperativa el beneficio de la rebaja del precio de la tierra a 2'50 pesos en virtud de haber llenado las condiciones exigidas por el Art.
Al expediente se adjudicaba un lauda torio informe de Margueirat quien, luego de recordar la cláusula y los cinco incisos correspondientes cuyo cumplimiento daba dere cho a los adjudicatarios a la referida reducción del precio, y el hecho de que la solicitud de Lemas se fundaba en el cumplimiento de tres de los mencionados incisos concluía que: «Esta Sociedad única en su género, formada para la colonización v explotación de una tierras improductivas, desde muchos afios que se creó la colonia debido a la falta de riego, es muy digna de apoyo por parte de los poderes públicos y conviene cooperar a su desen• volvimiento.
El pedido que formula el Señor Presidente de la sociedad es justo por cuanto siempre habrá lugar antes de acordarse el título definitivo de propiedad a exigirse el pago de cincuenta pesos la hectárea, suponiendo que no se cumplieran todas las dis posiciones del decreto del 27 de Septiembre ele 1907)).
50 El incumplimiento por parte de algunos de los beneficiarios de las adjudicacion�s dispuestas en función del decreto de 1907 de las obligaciones relativas a la integración de los capitales a la coope rativa, quedaría probado por una resolución ministerial dictada en octubre de 1914.
Por la misma se exigía que las sociedades cooperativas de irrigación de Choele Choel y Roca justificasen haber cumplimentado el inciso e) del art. 5. o de los decretos respectivos (referíase a la suscripción de las acciones) por cuanto esa era la razón por la cual se encontraban pendientes de resolución las solicitudes de tí tu los de propiedad de chacras ubicadas en esas colonias.
51 La irrigación de la parte oeste de la Colonia dependió de la cooperativa hasta 1921 en que el Estado adquirió, luego de largas conversaciones, los canales e instalaciones para integrarlos a la red de regadío fiscal concluyendo de ese modo una tra'yectoria signada por un régimen de prebendas, excepcionalidades y ayuda financiera del gobierno.
El principal mediador de las gestiones que prepararon dicha transferencia había sido Ramón Lemas, activista permanente en todas las tramitaciones que era necesario encarar en Buenos Aires «en cuyos círculos era muy conocido y apreciado» y encargado en esta oportunidad de solicitar el apoyo estatal ante los gravísimos problemas de salinización de los suelos originada por la falta de des agües.
52 El problema venía de larga data y sobre las «consecuencias desastrosas» que iba a acarrear en el futuro la ausencia de los nece sarios drenajes, ya había llamado la atención muy tempranamente el ingeniero Romero.
53 Años después y con motivo de su inspec ción, Justino Riobó pudo comprobar los asertos de la opinión de Romero, 54 cuestión sobre la que insistiría posteriormente, en más de una oportunidad, la Dirección Nacional de Irrigación.
El inge niero Rodolfo Ballester, funcionario regional de esa repartición, escribía en 1924 que la estadística de producción • y cultivos venía registrando desde hacía tres años una disminución de la producción en las zonas donde primero se había iniciado el riego, estaciones de Cipoletti, Allen, J. J. G6mez y Guerrico (las tres últimas corres pondían a regantes de la cooperativa), hecho que atribuía a dos causas.
Por un lado, al agotamiento que venían experimentando los viejos alfalfares que requerían una pronta renovación y, por el otro, a un problema que destacaba como particularmente grave en la «Colonia Roca» donde prestaba servicio la cooperativa de Irriga ción, que describía del modo siguiente:
«.En esa zona, la II (, hay un problema más, la falta de desagües suficientes para descargar los excesos del riego, que ha hecho apa recer el salitre en muchas propiedades, problema que tiene �u origen aííos atrás y que preocupaba ya en l 919 a la misma Coope rativa antes que pasara al Gobierno)>.
55 Como producto de las gestiones llevadas a cabo por Lemos ante las autoridades nacionales, la Dirección Nacional de Irrigación firmó con la cooperativa (ad referendum del PE), un convenio por el cual la entidad daba por cancelada con los 200.000 pesos mo neda nacional ya recibidos en efectivo «la cesión a título oneroso de sus canales al Gobierno» quedando resuelta así, y tal como rezaban los considerandos del decreto por el cual se lo aprobaba, «una situación dificultosa para los regantes y para la Nación».
56 Mediante esta operación, el Estado adquiría los canales y de más instalaciones que la Cooperativa había construido con los 50 pesos por hectárea que cada concesionario se obligaba a aportar a cambio de la rebaja que se le hacía en el precio de la misma.
El monto mínimo 2'50 pesos que los beneficiarios pagaban por hectárea se compensaba, por decirlo de algún modo, con la contribución obligatoria que debía hacer la cooperativa para la construcción de las obras que regarían las tierras de sus socios.
Por tanto, podría decirse que con la adquisición de los canales, el Estado se compraba a sí mismo.
Compraba lo que se había pagado con su dinero -con el que había dejado de recaudar con la venta de la tierra a un precio nominal-con el a-gravante de que aquello que compraba adolecía de notorias deficiencias como habría de manifestarlo sin ambages la Intendencia de Riego, en 1920, al afirmar que en la «colonia
Roca había un servicio de riego dudoso por ser derivado de una boca toma natural, con un sistema de desagües pésimo>>.
57 Años después ya en oportunidad de una conferencia que dictó en el diario «La Prensa», Ballester rememoraba del modo siguiente aquellas circunstancias:
«La antigua Cooperativa siguió funcionando, pero trabado su desarrollo por dificultades financieras, problemas de desagües y alimentación de su toma, en marzo de 1921, el Estado se hizo cargo de la misma haciendo el servicio desde la red general de canales, cuy a construcción se había contratado con el ferrocarril del Sud. � 8 Tanto 1a gestación y desarrollo de la Sociedad Cooperativa de Irrigación de la Colonia Roca como el modo en que fueron final mente resueltos los problemas de riego y particularmente de dre najes -recuérdese que el precio de las tierras había sido reducido a fin de que los concesionarios asegurasen el riego total o parcial de sus tierras y que el gobierno había otorgado una subvención para la construcción de desagües-resultan claros ejemplos del verda dero sentido que los sectores dominantes en la sociedad y el estado argentinos han dado a los términos privatización y estatización.
Incluso el propio Ballester, entusiasta defensor del espíritu que, en su opinión, había animado la constitución de esta coopera tiva «ejemplo de labor individual y colectiva de los regantes», no dejaría de manifestar su desencanto cuando, a modo de balance sobre la gestión de la misma, expresó: « [... ]
Lástima que su iniciativa fue anulándose en cuanto vieron al Estado emprender las grandes obras.
Fenómeno general que cada día parece que tiende a hacerse más intenso.
tado-providencia que ha de venir a salvar todas las dificultades, transforma la acción en peregrinación de postulantes,,.
5 l J Aunque sin proponérselo, el funcionario no hacía más que poner al desnudo un aspecto crucial entre aquellos que contribuyen a explicar, entonces como ahora, la ríspida y debatida cuestión del déficit estatal.
Excepcionalidades y privilegios de todo tipo, siempre a costa del erario público, han jalonado a todo lo largo de nuestra historia, excepción hecha de cortos interregnos, tanto la trayectoria de las inversiones extranjeras realizadas en el país como la de los negocios emprendidos por los sectores de poder.
La distribución de la tierra pública a partir del decreto que otorgaba preferencia al grupo promotor de la Cooperativa General Roca se efectuó en su mayor parte mediante concesiones de dos lotes.
Si a ello se agrega el empleo, en casos, de prestanombres y algunas muy tempranas operaciones de compra efectuadas por algu nos de los más pudientes y especialmente más avisados miembros del grupo acerca de la inminencia de la solución del problema del riego, se comprenderán las razones que confluyeron para configurar una estructura latifundista de la propiedad de la tierra en la porción occidental de la Colonia Roca.
Así lo atestiguaba Riobó quien, con motivo del relevamiento que efectuara en el Pueblo y quintas de Allen en 1920, iba a exponer con crudeza los resultados reales de esta política de tierras.
En la parte general de su informe, luego de señalar los graves in convenientes que ocasionaban a la agricultura la presencia del salitre en los suelos y la falta de desagües en la zona de irrigación, concluía:
«Hay además otro motivo -tal vez el más grave---que detcrmhrn esta situación de estancamiento de Allen.
Nos referimos a la escasa subdivisión de la propiedad en las cercanías de este p ueblo, el que se encuentra materialmente ahogado por g randes latifundios, como son los de Pifieiro Sorondo por el sur con sus cuatrocientas hec-táreas aparentes y tal vez mil en realidad; el de Hans Flügel, con cerca de l.000 hectáreas a continuación del anterior� el de Ja Sucesión Zorrilla con l.000 hectáreas también, cerrando el paso por el oeste y un poco más allá el Doctor Manuel Cordiviol a con 500 hectáreas, y así siguen estos latifundios que han nacido al margen Je la ley, burlando sus disposiciones y pisoteando su espí ritu, para servir si>lo de rémora al progreso de los pueblos, de Jas. colonias y del paísn.
LA Soc I EDAD CooPERATIV A DE CHOELE-CHOEL
Y EL «ACAPARAMIENTO DEL DR.
GoYTÍA» Producida la inundación de 1899, y como consecuencia de ella, la capital del territorio se trasladó desde Viedma a la isla de Choele Choel, situada en el valle medio del río Negro.
Apelando a las ventajas que suponía la llegada del ferrocarril, el entonces gober nador Eugenio Tello solicitó al ministerio del Interior la creación de la colonia agrícola pastoril.
Su propuesta quedó concretada un año después mediante la sanción de un decreto por el cual se pro cedía a trazar aquélla sobre una superficie aproximada de 30.000 hectáreas subdividida en 304 lotes de 100 hectáreas.
Dos años después, a instancias nuevamente de Tel10, se produjo el arribo de 70 familias galesas provenientes de la colonia del Chubut otor gándoseles a cada una un lote de 100 hectáreas de acuerdo con la ley de Tierras núm. 416 7 por entonces vigente, las que de inme diato se abocaron a resolver siquiera fuera parcialmente el problema del riego.
61 Los propios colonos -con la ayuda de un aporte estatal de 50.000 pesos-construyeron el conocido como «canal de los galeses» obra no obstante de modestos alcances ya que no alcan zaría a regar más de 7.000 hectáreas y sobre cuya falencia habría de informar a la Dirección de Tierras y Colonias A. Margueirat, luego de una inspecci6n realizada a principios de 1907.
En abril de 1908, y a semejanza de lo ocurrido en la porción occidental de la Colonia Roca, el poder ejecutivo dictaba un de creto para Choele Choel en cuyos fundamentos sosteníase la con veniencia de fomentar el progreso de las colonias nacionales dictando disposiciones especiales para algunas de ellas acordes con la peculiaridad de su ubicación, naturaleza del terreno o facilidades de irrigación por cuanto la Colonia Nacional de la Isla de Choele Choel no prosperaba en la proporción que debía hacerlo, entre otras causas principalmente, debido a la falta de riego que esterilizaba el esfuerzo de sus habitantes.
Luego de manifestar que la necesida >., terminaba por establecer disposiciones similares a las arbitradas en 1907.
El precio de 30 pesos fijado en este caso a la hectárea quedaba reducido a 2 '50 pesos para aquellos adjudicatarios que constitu' yesen una cooperativa para irrigar total o parcialmente la colonia, finalizando la disposición el art. 6.o que establecía:
«En la adjudicación de los lotes se concederá la preferencia a los solicitantes cúmprendidos en la petición presentada al Ministerio de Agricultura con fecha 2:l de diciernhrc del aiío próximo pasado y la del �3 de febrero último que ha dado motivo al presente decreto reglamentario y en adelante según el orden de presentación»."•'
Como se ve, y de modo casi idéntico a lo ocurrido en 1907 en la Colonia Roca, la legislación que arbitraba la entrega de tierras en la isla resultaba el corolario de la solicitud previamente
elevada por algunos interesados a quienes aquélla convertía en beneficiarios prioritarios y casi excluyentes de sus disposiciones.
No es de ningún modo casual que uno de los peticionantes a quienes hacía mención el decreto, Daniel Goytía, hubiese resultado previa mente favorecido con tierras en la Colonia Roca.
Transcurrida más de una década de otorgadas estas concesio nes, la isla de Choele Choel fue inspeccionada por la comisión que encabezara Justino Riobó.
El funcionario informaba que, para entonces, la superficie cultivada en la Colonia se hallaba circuns cripta a la influenciada por el canal llamado de los galeses y abarcaba a lo sumo unas siete mil hectáreas en la extremidad noroeste de la isla, agregando:
<<A excepción de las siete mil hectáreas a que acabamos de referir nos y de algunos lotes de la ribera que favorecidos por la humedad producida por las filtraciones del río pueden ser cultivados sin necesidad de riego, todo el resto de la Colonia se encuentra sin cultivos por carencia de agua para el riego.
Podría decirse, que toda esta zona improductiva y abandonada es la que se encuentra hajo la influencia de la Cooperativa de Irrigación de Choele-Choel y sus obras.
Nuestra visita a las chacras de los miembros de esta cooperativa, la mayoría de las cuales se encuentran incultas y deshabitadas; la recorrida efectuada por la extensión del canal construido para el riego de las mismas, como así mismo las impresiones recogidas entre los pobladores de esta Colonia, nos hace formar una opinión poco favorable a los propósitos reales de la Cooperativa de Irriga ción de Choele-Choel».
64 Tanto las cuestiones vinculadas al origen y formación de la cooperativa como las que tenían que ver directamente con las obras realizadas eran los hechos que, a juicio de Riobó, lo llevaban a formular tal opinión.
Sobre el primer punto, el inspector recordaba que el decreto del 2 de abril de 1908 había dispuesto una reducción del precio por hectárea siempre que los adjudicatarios de lotes formasen una socie dad cooperativa que llevase a cabo la irrigación total o parcial de la colonia, y agregaba: «Esta disposición dio origen a la formación de la Cooperativa de Irrigación de Choele-Choel, constituida en su casi totalidad por personas radicadas en la Capital Federal y con ocupaciones com pletamente ajenas a la agricultura.
Sin embargo, todas estas per sonas pronto fueron concesionarios <le chacras en la Colonia, go zando de la reducción de precio de que hemos hecho mención».
65 En cuanto a las obras realizadas, el funcionario expresaba que la referida a la construcción de los canales necesarios para el riego de las tierras de sus asociados constituía la obra fundamental e indispensable que debía haber encarado una cooperativa cuya fina lidad era la irrigación; obligación que, de paso recordaba, había sido la condición exigida por el decreto del 2 de abril de 1908.
De acuerdo con el resultado de su inspección la tal cooperativa había construido un canal que estaba muy lejos de satisfacer los fines del decreto mencionado por cuanto la visible ineficiencia de su sección no permitía el paso del caudal necesario para la conve niente irrigación de las tierras cuyo precio era reducido por el hecho de ser regados con tal caudal.
Por otro lado, el hecho de que la boca toma del canal de la cooperativa que debía servir 20.000 hec táreas se encontra�e situado sobre el canal matriz construido por los galeses destinado para una superficie de 7.000 hectáreas, le llevaba a afirmar que el canal de la Cooperativa de Irrigación de Choele-Choel no tenía capacidad para irrigar la zona para la cual había sido proyectado.
Como producto de la comprobación de la insuficiencia de la obra que era, a su vez, causa y origen de la constitución de la aludida cooperativa, Riobó planteaba significativas reflexiones: 65 lbfdem, folio �44. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es « [... ] se presenta al espíritu la duda sobre si las deficien cias de la ohra son una consecuencia de errores técnicos o el res ultado deliberado de una farsa destinada a engañar al Gohierno y burla r al decreto del 2 de ahril de 1908 mediante la construcciún de a¡Hlrentes obras de irrigacióri que permitirían obtener la conside rable reducción de precio que establece el decreto referente>>. fil Ello demostraba, a juicio del funcionario, la imperiosa nece sidad de que una seria investigación técnica de las obras realizadas por la cooperativa pusiese en claro el asunto a fin de que la supe rioridad pudiese resolver en definitiva sobre las concesiones vigen tes, a partir de un cabal conocimiento tanto sobre el estado en que se encontraban dichas tierras como sobre los antecedentes que habían determinado tales concesiones.
Y a modo de conclusión terminaba por plantear que la Dirección General de Irrigación to mase, como base de sus estudios, la investigación realizada por la comisión a fin de llegar a construir una sola red de canales que re gasen toda la colonia, cosa que debería resultar factible y fácil una vez que el Estado se hiciese cargo de las obras de ese canal y del de los galeses.
67 Así ocurrió también en esta porción del valle.
En junio de 1911 la Dirección General de Irrigación fue autorizada a firmar los contratos con la empresa del Ferrocarril del Sud la que, sin embargo, no aceptó el trabajo.
De allí en adelante el tema del riego experimentó sucesivas dilaciones.
Los conflictos suscitados entre los regantes por la utilización del escaso caudal de agua -motivo de reiteradas reclamaciones ante el gobierno a la firma de un decreto del presidente Irigoyen (1922), por el cual se creaba la Intendencia de Riego de Choele-Choel organismo que, sin embargo, tampoco dio solución a los problemas.
Diez años después todavía persistían los inconvenientes y limitantes que se derivaban de la falta de un sis tema eficiente de riego, como habría de atestiguarlo la detallada La construcción de las obras por parte del Estado culminaría en 1953 no habiendo estado ausentes durante este largo proceso partidas de ayuda financiera votadas oficialmente para la coope rativa y sanción de excepcionalidades que habrían de permitir a sus miembros obviar, aunque no fuese más que temporalmente, el cumplimiento de las obligaciones que les imponía la ley.
69 Llegados a este punto cabe preguntarse cuáles fueron -a la postre-los resultados reales de la aplicación del decreto de abril de 1908 y, nada más ilustrativo al respecto, que recurrir nueva mente a •los informes de Riob6.
Este relataba que, durante su actividad en la isla, la Comisión Inspectora se había visto en la necesidad de prestar atención a la insistencia con que se le comu nicaba la versión circulante sobre un acaparamiento de aproximada mente 25 lotes realizado por Goytfa: Tales referencias, a las que no obstante se debían consider ar como «veladas y tímidas denuncias» ya que sus autores en ningún caso habían querido realizar acusaciones formales alegando falta de pruebas materiales o su deseo d� «no meterse en líos», habían llevado al funcionario a investigar con detenimiento la situación de aquellos lotes que, incluidos en el presunto acaparamiento, no hubiesen sido todavía escriturados en propiedad.
Además de la una�imidad exhibida por colonos y pobladores al considerar a Goytía único propietario de los 25 lotes, la indagación había per mitido comprobar, según relataba, el sentimiento generalizado de «condenación» que suscitaba el nombre de Goytía por «los proce dimientos puestos en práctica para obtener ciertos lotes>> de los que había desalojado mediante la violencia a sus primeros ocupantes.
La repulsa popular por los «desalojos y violencias» de que habían sido víctimas los pobladores Porcel, Uvaldi, Malina y otros había provocado en los lugareños animosidad tal contra Goytía que: Sólo una concepción abstracta sobre el funcionamiento del Estado podían hacer olvidar a un funcionario como Riobó --capaz de develar como lo había hecho la verdadera naturaleza de estas cooperativas-, los alcances prácticos de la legislación a cuyo am paro habían nacido.
No sólo quedaba sancionado el derecho prio ritario que asistía a algunos pocos en sus peticiones de tierras sino que habían sido previstos los mecanismos legales que liberarían de intrusos o de «incumplidores» de la ley a las ya ocupadas.
Los simultáneos procesos de apropiación elitista de tierras y despose sión de ocupantes anteriores a que daría lugar semejante legislación, resultaría expuesto con claridad por el propio Riobó cuando, a propósito de los avatares sufridos por Porcel, un «viejo veterano del Ejército Nacional» participante de la expedición al Río Negro y poblador de larga data, relataba los pormenores de la expulsión de aquél de la tierra luego de 10 años de ocupación efectiva de la misma: La constatación de los explícitos actos de propiedad ejercidos por Goytfa sobre ese y otros lotes afectados a concesiones aún en vigencia (desalojo de ocupantes anteriores, arrendamiento de la tierra, etc.) además de suscitar la áspera censura de Riobó por la manifiesta ilegalidad que los mismos entrañaban habrían de llevarlo a denunciar la práctica de la utilización de testaferros, sumamente generalizada entre los beneficiarios de esta particular legislación.
A propósito de la exposición del caso de uno de los lotes inspeccionados, Riob6 comentaba los términos de una carta que había enviado Goytía a uno de sus testaferros, en febrero de 1912, en la cual 73 Ibfdem, folio 278.
El escritor español Vicente Blasco Ibáñez llegó a la Argentina en el mes de junio de 1909 con el propósito de dictar un amplio programa de conferencias.
Ligado a la Argentina desde 1906 como corresponsal del diario porteño «La Nación» y pese a que aún no había escrito la que sería su obra más conocida, su llegada concitó u� enorme interés al punto que se había constituido una comisión de recepción presidida por el escritor Rafael Obligado.
77 Comenta Maida que la revista «Caras y Caretas» «Se regocijó de la acogida dispensada por nuestro pueblo al escri tor, cuyas proporci _ ones no habían sido igualadas por ninguna de las recepciones hechas a hombres extranjeros» [agregando que] «Lo esperaban más de l 0.000 personas que, en agitada aglomera ción siguieron el coche que lo condujo desde el desembarcadero de la dársena norte hasta el Hotel España>>.
78 Durante su estancia en el país desarrolló una intensa actividad que incluyó, no sólo la aceptación de cargos honoríficos y la parti cipación en variados actos sociales, sino también una agenda de viajes que lo llevó por muchas regiones del país, viéndosele en fotografías con los indios tobas del Chaco o con los ingenieros del ferrocarril en la frontera con Bolivia.
79 En diciembre de ese año ( 1909) regresa a España y plasma en un libro (La Argentina y sus grandezas) las impresiones de sus re corridos por el país.
Dedicado en su mayor parte a describir las provincias argentinas, dirá en él: Impresionado por las potencialidades que entendía brindaba la Argentina de entonces, Blasco Ibáñez habría de mostrar algunas de las facetas de su personalidad en las siguientes expresiones que le atribuyera el periodista español Abelardo Fernández Arias: Oficialmente inició sus gestiones el 31 de agosto de 191 O cuando se presentó ante el ministerio de Agricultura solicitando, para sí y para un grupo de 39 personas de las que probaba c; er apoderado según mandato otorgado en Valencia ante escribano público, 84 lotes en la Colonia Roca por un total de 8.169 hectá reas.
Manifestaba que era su intención establecer en dichas tierras una colonia de agricultores españoles dedicados �1 cultivo intensivo con regadío, proyecto que tendría lugar baio las proposicjones sigui en tes: «l.a-Me obligo en nombre propio y de mis poderdantes a cercar de alambrado las citadas tierras, desmontarlas, roturarlas y ararlas.
2/--A construir en ellas habitaciones <le albañilería para los co lonos, sanas, amplias y cómodas.
3/'-A crear por propia cuenta el riego para dichas tierras, colo cando grandes máquinas elevadoras de agua en la orilla del Hío Negro, con bombas., motores, etc. 4.1'-A construir canales mayores y secundarios para la distribu ción <le agua en las tierra8, y a cumplir, además, con todas las obh gacioncs exijidas por el decreto reglamentario ( se refiere al decreto del 27 de setiembre de 190 7)».
La solicitud fue remitida a la Dirección General de Tierras y Colonias cuya división de Inspección de Tierras confeccionó al día siguiente una «Plantilla de los lotes libres en la Colonia Roca».
83 En ella se determinaba que los únicos lotes aún fiscales en la «Co lonia Roca» son justamente los 84 comprendidos por la solicitud de Blasco Ibáñez.
Esta coincidencia de, ningún modo puede ser interpretada como una mera casualidad sino, muy por el contrario, como derivación de las múltiples y variadas relaciones que había establecido Blasco Ibáñez durante su estancia en el país, incluso en las más altas esferas del poder.
A propósito de las gestiones em prendidas comenta Maida que, siendo amigo del presidente Figue- Por otro lado, la información proporcionada por la menciona da planilla de lotes libres en la Colonia Roca muestra que 80 te nían solicitudes pendientes aún de resolución (los 4 restantes eran lotes inferiores, más pequeños y ubicados en los extremos del valle), y que en 22 de esos casos existía más de una petición por lote.
Este manifiesto interés por las últimas tierras susceptibles de apropiación privada de la región se explica si se recuerda que desde marzo de ese año se encontraban ejecutándose las grandes obras hidráulicas (dique regulador sobre el río Neuquén, canal aliviador y Gran Canal Fiscal) que resolverían el grave problema de ]as inundaciones y proporcionarían riego a las tierras del valle.
Esas circunstancias fueron expuestas por el director general de Tierras y Colonias, ingeniero Eleazar Garzón, en el dictamen presentado al ministro de Agricultura el 6 de septiembre de 191 O a rafa de la solicitud de Blasco Ibáñez: «La Inspección de Colonias en su precedente informe manifiesta que los lotes cuya compra gestiona el recurrente se encuentran libres de adjudicación con excepción del señalado con el N.o 370 que figura concedido a don Camilo Fernández en Junio de 1895, y anota los pedidos que para cada uno <le dichos lotes han presentado varios interesados.
Es indudable que la colonización en la forma que la propone el recurrente sería sumamente ventajosa para el progreso y adelanto de aquella región, pues es notorio que sólo mediante la inversión de importantes capitales en trabajos de riego y desmonte, pueden destinarse aquellas tierras a la agricultura.
Por estas ligeras consideraciones ( sic), la Dirección General se' pero como otras personas de reconocida responsabilidad han presentado propuestas tamhién ventajosas como la presente y la su perficie disponible en la Colonia General Roca está casi limitada a la q ue se gestiona en este expediente, considera esta Dirección General que habría conveniencia en reducir a ( 150 hs.) ciento cincuenta hectáreas la extensión a concederse a cada uno de los solicitantes, con el fin de satisfacer los demás pedidos a que se ha hecho referencia».
85 Como resultado de la solicitud de Blasco Ibáñez y en vista de las numerosas solicitudes de lotes de la Colonia General Roca el poder ejecutivo sancionó el decreto del 24 de septiembre de 1910, algunos de cuyos antecedentes habría de rememorar tiempo después Augusto Margueirat.
Sostenía el funcionario que una vez demos trado el éxito de la sociedad cooperativa de irrigación de la Colo nia Roca en el ensanchamiento y mejoramiento del canal existente, y ante el convencimiento de que eran necesarios capitales, no sólo para la ejecución de las obras a realizarse sino también para soste nerse los años que hubieren de pasar antes de obtenerse producción, « [... ] se pensó en suspender las concesiones en la parte Este Je Ja Colonia, fuera de la zona de riego, en circunstancias que el Señor Vicente Blazco Ibáñez, en su nombre y en el de varios agricultores residentes en Europa, se presentó solicitando la concesión de lotes, obligándose a ejecutar las obras necesarias para su irrigación, etc. Dicha presentacittn dio origen al Decreto del 24 de Setiembre de 1910, en el cual se establecieron las condiciones <1ue regirían las concesiones que se hicieran en la zona Este de la Colon ia ».
86 Aquél comenzaba por manifestar que si bien en atención a la falta de riego las tierras ubicadas en la porción oriental de la «Co lonia» no habían sido todavía enajenadas, tal dificultad podía ser salvada por la acción de los futuros adjudicatarios en razón de que los solicitantes declaraban hallarse en condiciones de cumplir las obligaciones respectivas y hacer los trabajos necesarios para obtener el riego de las tierras que gestionaban.
Entendía el poder ejecutivo que seguían vigentes las razones que habían determinado el decreto de fecha 27 de septiembre de 1907 y que no existían inconvenien tes que oponer a la concesión de dichos lotes, pero que eran nece sarias condiciones especiales exigidas «la especialidad del caso» ya que se trataba de tierras de una excepcional capacidad produc tora, que debían «distribuirse entre el mayor número posible de colonos».
Sin embargo, en su parte dispositiva el nuevo decreto repetía casi textualmente las disposiciones contenidas en el de 1907 registrando como única novedad la del artículo 4.o por el que se estipulaba que, en ningún caso, se otorgaría el título definitivo de propiedad sin haberse comprobado el cumplimiento de las obli gaciones (cercar, desboscar, nivelar, cultivar, construir población, etc.), a cuyo efecto debería haberse invertido un capital no menor de 300 pesos por hectárea.
87 Días después resultaba sancionado con la firma de Figueroa Alcorta y su ministro Ramos Mejía el decreto de adjudicación de las tierras, en virtud de que: <<[... ] el Sr. lllasco Jháíiez, manifiesta que ha llegado al país una parte de las familias agricultoras que se comprometió a establecer en las tierras de la Colonia 'General Roca' y que, además, ha adqui rido máquinas e implementos de agricultura, que ya han sido en• viados a su destino, circunstancias que permiten explicar la ur- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es gencia que invoca. estando, por otra parte, satisfechos los requisi tos estahlecidos p or el decreto 24 de Setiembre ppdo. )).
88 Por el mismo se concedían doce lotes completos a otros tantos solicitantes y veintiséis de 50 hectáreas a los restantes, quedando reservados dos lotes para futuras obras de irrigación, con lo que se totalizaba, aproximadamente, 2.500 hectáreas.
• ¿Qué había sucedido?
¿Por qué la concesión quedaba redu cida a 2 5 lotes cuando Blasco Ibáñez había peticionado 84?
Es que las «otras personas de reconocida responsabilidad» que habían «presentado propuestas también ventajosas» a las que hacía refe rencia el director general de Tierras y Colonias en el dictamen citado supra, integraban los dos grupos que habrían de constituir la Sociedad Cooperativa del Este (véase el apartado siguiente) entre cuyos socios más destacados se contarían miembros promi nentes de la Sociedad Cooperativa de Roca, como los hermanos Patricio y Octavio Piñeiro Sorondo y otras personalidades como Pedro Ben e gas, bodeguero y mendocino y fuerte propietario de tierras y su hermano Alberto, el doctor Elíseo Segura y su hermano Benjamín, el doctor Santiago Amadeo Doléris, el ingeniero José Cantutti, funcionario de la Dirección de Irrigación, los hermanos Luis y Pedro Cipolletti y el cuñado de éstos, Felipe Bonoli, entre otros.
Así, el decreto de concesión a Blasco Ibáñez sería seguido casi de inmediato de otros dos (6 y 8 de octubre, respectivamente) por los cuales se concedían a esas otras personas un total de 3 7 lotes.
Pero la limitaci6n de la cantidad de tierra otorgada a Blasco lbáñez no derivó de la sugerencia realizada en su momento por Garz6n de acotar en 1.50 hectáreas la cantidad a conceder a cada peticio nario puesto que varios de los beneficiarios de los decretos de octubre recibirían dos lotes de 100 hectáreas.
Dado el cúmulo de datos resulta a todas luces claro que el gobierno, ante el interés concurrente de varios e igualmente influyentes grupos sobre las mismas tierras y considerando seguramente las relaciones de amis tad, parentesco y económicas que ligaban a miembros de unos y otros, había optado -previo acuerdo general-por una solución negociada con la finalidad de satisfacer a todos.
89 Escasos días después del decreto de concesión, Blasco Ibáñcz efectuó el depósito de 25.000 pesos <<valor nominal en títulos del Crédito Argentino» por la garantía establecida por el decreto del 24 de septiembre de ese año, según reza el dictamen de la Con taduría; sin embargo, el decreto establecía que el depósito de garantía podía ser constituido en títulos públicos a <<su valor de plaza».
90 Cumplimentados así los primeros trámites para la concesión de las tierras Blasco Ibá. ñez desarrolló en el último trimestre de 1910 una intensa actividad en relación con su proyecto.
Así, consigue el permiso para ejecutar en el lote núm. 316 las obras necesarias para la toma <lel agua para el riego de la futura colonia (decreto del 28 de octubre de 1910), recibe los títulos provisorios de propiedad previa firma de los pagarés anuales por cada una de las concesiones e inicia gestiones pidiendo la modificación de la disposición referida a los materiales a utilizar en las viviendas que debía construir en los lotes, según el decreto pertinente.
En lugar del ladrillo «frágil e imperfecto» que no ofrecía las garantías nece sarias y que además redundaba en construcciones «más costosas» solicitaba hacerlas en cemento armado y madera para pisos y re vestimientos, propuesta que fue aceptada y avalada por un decret o presidencial firmado por Sáenz Peña a condición de que el costo de cada vivienda no fuese inferior a 1.500 pesos.
91 Simultáneamente, el escritor se abocó a la constitución de la Cooperativa del Riego prevista en el decreto de adjudicación y cuya finalidad quedaba expresamente aclarada cuando, luego de mencionar a sus integrantes, se explicitaba que la sociedad obedecía al propósito cte: « [... ] obtener para sí el primero ( Blasco Ibáñez), y para sus poderdantes los demás, los beneficios de la reducción del precio de los lotes hasta el mínimun de la ley, según el artículo quinto del decreto del Superior Gobierno de veintisiete de setiembre de 1907 [... ] ».
92 Para ello y en uso de los poderes que le otorgaran sus mandan tes, designó a 9 miembros de la colectividad española de Buenos Aires como representantes cada uno de un grupo de cesionarios de las tierras a fin de que representasen a éstos en los actos relativos a la constitución de la Sociedad Cooperativa.
Realizada la reunión constitutiva y redactados los estatutos, Blasco Ibáñez se presentó ante el ministerio de Justicia solicitando la aprobación correspon diente el 22 de noviembre de 1911.
La Inspección de Justicia opi nó favorablemente aunque entendía que previamente debía inter venir el ministerio de Agricultura en razón de tratarse de una sociedad de regantes.
La Dirección General de Tierras y Colonias elevó el expediente al procurador general del Tesoro «con reco mendación de despacho urgente» efectuando el funcionario algunas objeciones, la más significativa de ellas referida al hecho de que los estatutos «tienen una amplitud de fines que desnaturaliza el objeto principal que se propuso el Superior Gobierno Nacional al conceder beneficios para la adquisición de los lotes».
Aceptadas rápidamente las observaciones por el recurrente, el presidente Roque Sáenz Peña firmó un decreto aprobando los estatutos de la sociedad y un par de días después, el 17 de diciembre de 1910, es decir a 25 días de iniciado el trámite, otro decreto autorizaba a dicha sociedad a funcionar como anónima» (con lo cual, también en este caso, la sociedad de regantes tenía de cooperativa apenas el nombre).
El 28 de diciembre, apenas dos días antes de embarcarse nuevamente para Europa, Blasco Ibáñez daba por finalizados los trámites administrativos relativos a sus tierras reduciendo a escri tura pública los estatutos de la «Sociedad Anónima Cooperativa Limitada de Irrigación, Colonia Cervantes, tal y como lo disponía el Código de Comercio».
93 Vuelto a España, habría de desarrollar en su tierra natal una intensa campaña destinada a reclutar los primeros agricultores para sus proyectos de colonización.
El desbordante entusiasmo que sen tía habría de quedar reflejado en los comentarios que hiciera a un escritor francés: Tomo XLY/l los hallados ninguno se corresponde con los de los beneficiarios originales de los lotes.
A fin de dar comienzo a los trabajos, lo que presumiblemente habría ocurrido hacia el mes de abril, el escritor recurrió tanto a los labriegos valencianos como a jornaleros y contratistas.
Para realizar el desmonte, sin duda una de las tareas más rudas y difíciles, Blasco Ibáñez había adquirido una máquina de procedencia norteamericana.
Sin embargo las características de cier tas especies típicas de la región, particularmente el alpataco, ter minaron con la desmontadora y el trabajo debió continuar con método comúnmente utilizado basado en el pico y e] hacha.
9 � En consonancia con su espíritu moderno y grandioso Blasco Iháñez había incorporado «dos máquinas emparejadoras 'Cham pion', dos máquinas de bordear (para la construcción de canales y acequias de riego), y dos motores'Hart-Pare (locomóviles) a nafta fuerza 52 HP» -lo que hoy llamaríamos tractores-que munidos de tres arados de cinco discos cada uno eran capaces de arar <<Una superficie de una hectárea por hora» lo que resultaba absolutamente extraordinario para la época y la región.
96 Para el riego de las tierras haba importado de Italia dos bom bas centrífugas para cuya instalación debieron realizarse emplaza mientos sucesivos cuando la primera construcción sobre la costa del río corrió peligro de ser arrastrada por el agua.
Resuelto el problema se profundizó una excavación natural la que alimenta&, a su vez por un canal oficiaba de reservorio desde el que se confiaba en extraer el agua de riego: no obstante el sistema nunca llegaría a funcionar obstruida casi permanentemente su boca toma con arena y malezas.
Una inspección practicada en enero de 1912 -cuando ya las obras se encontraban virtualmente paralizadas-mostrada que se había construido una parte del canal distribuidor principJl (1.700 m.) y una tercera parte de los secundarios (8.000 m.) de modo que, de haber funcionado el sistema de elevación mecánica 95 Ibídem, págs. �9-30.
LAS COOPERATIVAS DE IRRIGACIÓN.
51 del agua, el riego habría llegado a 8 de los 25 lotes que componían la Colonia.
No obstante, sólo unas 50 hectáreas podrían haber sido efectivamente regadas puesto que se trataba de la única super ficie sistematizada y que contaba con las acequias necesarias para ello.
En lo referido a las tareas de desmonte y roturación <le la tierra, la mencionada inspección constató que se habían desmon tado unas 1.395 hectáreas de las cuales se habían arado s,,, no habiéndose realizado, empero, sino mínimas siembras.
Por lo demás, la to talidad de los lotes habían sido alambrados y se habían cons truido unas 37 viviendas.
De fierro, es decir chapa galvanizada, en su mayor parte o de ladrillo, las construcciones eran de dimensiones reducidas, 36 metros cuadrados las más amplias, habiéndose com plementado el conjunto habitacional con un núcleo administrativo integrado por una casa principal, caballerizas y ranchos de peones ubicados en la chacra núm. 328.
No obstante, para fines de año la vida de la Colonia langui decía y se había agotado ya el ímpetu que hasta entonces animara a Blasco Ibáñez agobiado por las dificultades de todo tipo, particu larmente financieras, que debía afrontar.
El desconocimiento de las peculiares condiciones de la re gión que harían de él un «improvisado agricultor» unido a su in experiencia como empresario reflejada en garrafales errores en los cálculos de costos y períodos de retorno de las inversiones realiza das; las dificultades derivadas de un sistema de riego qu!,!, además de costoso por depender de un insumo como la nafta, adolecía de notorias falencias técnicas; el rápido agotamiento de sus generosos recursos pecuniarios provocado por una mala administración, cons tituyen algunas de las múltiples causas que diversos autores han señalado como determinantes del descalabro financiero en que ter minó la experiencia c f lonizadora de Blasco Ibáñez en la región. �� Lo cierto es que el 22 de diciembre de 1911 Blasco Ibáñez se presentó ante el ministro de Agricultura solicitando la reducción del precio de la tierra a $ 2'50 y el otorgamiento de los títulos definitivos de propiedad.
A fin de fundamentar su petición elaboró un extenso escrito (7 folios a máquina de ambos lados) en el cual con su estilo gran dilocuente describía tanto las dificultades cuanto los logros de la que calificaba «una labor de colonización digna de aprecio».
Entre las primeras destacaba las provocadas por la sequía peculiar de la tierra, la falta de agua potable y la dura y espesa vegetación.
Luego de destacar la velocidad y tenacidad, a su juicio «dignas de ser tenidas en cuenta» que habían caracterizado la marcha de los trabajos, pasaba a detallarlos de modo pormenorizado a la vez que enumeraba las maquinarias y material rodante existentes.
En su exposición, el escritor no vacilaría en incurrir no sólo en notorias exageraciones, como cuando afirmaba tener 1.600 hectáreas des montadas y haber construido 20 kilómetros de canales primarios, sino incluso en afirmaciones falsas como cuando aseguraba estar sembrando unas 700 hectáreas con alfalfa.
Luego de describir la obra de riego hasta entonces «realizada en su parte más impor tante» y los fundamentos de un modernísimo y por demás ambi cioso proyecto de sistema mixto de ganadería y agricultura que pensaba poner en marcha.
Blasco Ibáñez concluía: 716 «Tan grande esfuerzo ha agotado completamente nuestros recursos pecuniarios.
Hemos empleado en las obras de la Colonia todos nuestros medios económicos y además hemos apelado al crédito bancario que es el recurso supremo de casi todos los que trabajan; crédito <¡ue hoy nos agobia con las exigencias de plazos ineludibles.
De aquí la petición que formulamos a V.E. solicitando se nos conceda el título definitivo de las tierras que hemos colonizado, previo pago de la cantidad convenida con el Gobierno.
Necesitamos este título porque tenemos el propósito de hacer una operación con el Banco Nacional Hipotecario, operación de préstamo que nos permita regularizar nuestra situación económica [... ] ».
99 La solicitud terminaba expresando que el pedido se hallaba avalado por el cumplimiento de las condiciones de poblamiento exi gidas por la ley de Tierras y Colonias y al tiempo que reclamaba la protección es ta tal, afirmaba: «La ley con sabia precaución y el espíritu previsor de los gober nantes oponen ciertos obstáculos a la concesión de los títulos defini tivos para evitar que los especuladores de tierras se apoderen de los terrenos públicos y los vendan después..
Pero en el caso pre sente no se trata de una petición de títulos definitivos para vender luego los campos.
Deseamos los títulos definitivos para hacer una operación hipotecaria y el producto de ella aplicarlo por entero a la continuación de nuestra obra colonizadora.
Y de la rectitud y claridad de nuestras intenciones responde el que no intentemos hacer la operación hipotecaria en un banco privado o con un particular, sino que nos propongamos acudir a un establecimiento público del propio Gobierno, como es el banco Hipotecario Nacional».
En su reiterada manifestación de que el esfuerzo realizado había agotado todos sus recursos, Blasco lbáñez no hacía más que reconocer la situación de quiebra a la que había arribado su ambicio sa experiencia rionegrina.
El fracaso final de ésta fue, según una autora, «la culminación de una serie de 1nomentos difíciles en los que abundaron deudas, préstamos nunca saldados y gravámenes de hipotecas sobre las tierras»; otro califica como de dramático el final de «la obra del colonizador ilustre ante los numerosos proble mas creados por la falta de recursos para afrontar los pagos, al haberse agotado los cuantiosos fondos aportados de su haber literario».
También se recuerdan los entredichos suscitados entre el va lenciano y los encarg�dos de la construcción de las viviendas que aquél debía hacer lev�ntar en cada concesión en razón de la falta Tomo XL'Yll de pago.
Maida transcribe una carta que recibió de uno de los cons tructores, el italiano Ernesto Carizza, quien relataba no haber dado cumplimiento al contrato de construcción por cuanto «de cada tres casas construidas, se abonarían dos, quedando una de garantía.
Como no se dio debido cumplimiento a esa cláusula, dejé el tra bajo».
Incluso, en ocasi6n de uno de sus viajes al valle, Blasco Ibáñ� debió sortear una tensa situación en la que el constructor le• reclamó e insisti6 en el pago de la deuda; ante la imposibilidad de poder convencerlo, aquél se alejó del lugar exasperado recomen dándole a su administrador:
«No me empleen más gringos pues son muy huelguistas, tomen paisanos que será más fácil joderlo s)). mi
Problemas similares habría de tener con los valencianos que llegaran entusiasmados por el «furor propagandístico» que cun diera en Valencia a raíz de la encendida campaña desarrollada por el escritor.
El primer grupo arribó en los meses iniciales de 1911.
103 Integrado por unas 25 a 30 familias de agricultores, el contingente fue transportado en carros hasta su lugar de destino: Acto seguido, Augusto Margueirat ordenaba al inspector de colonias Emilio Cornejo que, previa visita al terreno, informase detalladamente sobre: el capital social de la Cooperativa de Irrigación Cervantes; la división proporcional de ese capital por el número de concesiones y la tasaci6n de todo lo que estuviese en clavado al suelo y constituyese capital fijo en cada concesión (casa habitación, corrales, cercos, piletas, graneros, caballerizas, planta ciones de árboles frutales y forestales, alfalfares y cultivos gene rales, etc.).
Al recordar que en su presentación Blasco Ibáñez había incluido como capital a computarse maquinarias y ganado de labor, Margueirat estimaba conveniente dividir el total proporcional mente por el número de concesiones, por cuanto:
es de suponer que con un propósito de economía, los mis mos asociados de la cooperativa, han aunado sus esfuerzos para la adquisición de útiles de labranza, vehículos, ganados, etc. lo que no perjudica sino que beneficia los trabajos de la coleotivi dad, [... ] ».
112 Pese a sostener que la necesidad de conocer todo minuciosa mente obedecía al propósito de saber si se habían radicado en cada lote los trescientos pesos moneda nacional por hectárea fijados en el artículo 4.o del decreto del 4 de octubre de 1910, la intenciona lidad que entraña el párrafo precedentemente citado es clara.
Cono cedor de la real situación de esas concesiones, Margueirat se apre suraba a predisponer al funcionario que debía realizar la inspección y sutilmente lanzaba la idea de una asociación de capitales que, de hecho, diluía las obligaciones estipuladas por ley para cada concesionario.
Sólo 20 días le demandó al inspector Cornejo la presentación de un extenso informe compuesto de un cuerpo central (28 folios) y otro de anexos conteniendo cálculos de costos, detalles de las maquinarias y datos conexos.
Siguiendo las instrucciones recibidas efectuó un detalladísimo relevamiento de las mejoras existentes en cada lote y de la obra de irrigación «que ha sido la más costosa de todas y exigido enormes esfuerzos», manifestando que: «De todo lo que antecede se desprende que las chacras enumeradas están totalmente alambradas y comunicadas entre sí por portones, desmontadas en parte o en todo, así como las calles intermedias, en su mayor parte limpias y roturadas en igual proporción, mu chas con canales hechos y otras próximos a hacerse una vez que terminen otros trabajos de importancia en actual ejecución y que todas tenían ya sus correspondientes casas de buen aspecto y sólida construcción y su parte de terreno arado y listo para ser sembrado una vez que empieze a correr el agua tan indispensable, en forma normal y sistenrnda (sic)>,.
113 Para terminar concluía que, en un corto lapso de tiempo, se había desarrollado una suma de trabajo muy importante que repre senta no sólo un fuerte capital comprometido en él, sino un empuje' y una entusiasta energía poco comunes dignas de ser bien apreciadas.
Al precedente informe se añadió el elaborado por Margueirat quien en términos laudatorios explicitaba las razones que a su juicio justificaban la entrega de los títulos de propiedad solicitados por Blasco Ibáñez.
En su necesidad de disfrazar el evidente carácter de testaferros de los 37 adjudicatarios de tierras, presuntos repre sentados de Blasco Ibáñez, luego de recordar que se trataba de concesiones «nominales e individuales» aludía al «esfuerzo manco munado de los concesionarios».
Luego, en una curiosa interpreta ción de la letra del decreto de concesión sostenía que si bien era obligación de cada concesionario invertir $ 300 m/n en mejoras y cultivos, el haber reducido el precio de la tierra a todos aquellos que constituyesen cooperativas de riego «lleva al ánimo el conven cimiento de que la mente del poder ejecutivo fue facilitar la asocia-
_'i9 ción de los capitales, mancomunando el esfuerzo para la mejor, más acertada y económica explotación de la tierra».
De lo anterior con cluía la necesidad de que el monto total de capita1es sociales se divi diese proporcionalmente por el número de concesiones.
No obstan te el art. 4.o del decreto del 24 de septiembre de 1910 había sido bien explícito.
Establecía que en ningún caso se otorgaría el título de propiedad sin haberse comprobado el cumplimiento de las obligaciones (cercar el lote, construir una población, desboscar y nivelar la mitad de las calles circundantes y sembrar el 2.5 % de la concesión) «a cuyo efecto deberá haberse invertido un capital no menor de 300 pesos por hectárea».
Pese al abultamiento de las cifras, a considerar como inversión egresos no procedentes (pozos de agua que no funcionaban, maquinarias y ganado de labor)' y a su particular interpretación de la letra de la ley, Margueirat no podía dejar de reconocer que la totalidad de los capitales no alcan zaba a los 750.000 pesos que corresponderían a las 2.500 hectáreas, y que «lo que falta para completar las obligaciones es la plantación y sementeras».
No obstante, y retomando casi textualmente las argumentaciones utilizadas por Blasco lbáñez, destacaba que lo hecho en tan corto lapso representaba «un esfuerzo poco común, un aporte de energías y capitales, caso único en las colonias nacio nales» y que era «poco en relación a lo que ha de hacerse, pues al punto que se ha llegado no es posible parar sin ir a la ruina, mien tras que perseverando se llegará a la meta».
Por último y a mo<lo de concl usión de su parecer, expresaba:
« [... ] aun cuando lo hecho y los capitales introducidos no alcan zan a los 300 pesos por hectárea, no habría ningún perjuicio en otorgar el título definitivo de propiedad, posibilitando así a los adjudicatarios el realizar una operación de crédito que les permi tiese llevar a buen fin la em p resa».
Al día siguiente la División de Contabilidad informaba que oídos los concesionarios se encontraban en mora por el pago de la primera letra que había vencido el 4 de octubre del año ante-rior, estimando la deuda global en $ 21.4 34'40 cuyo pago debía ser previo al informe de Contaduría.
Añadía, la mencionada ofi cina, que el recurrente en su carácter de apoderado había infringido «el inciso 3.o, artículo 28, de la ley de sellos vigente».
115 Al tiempo que se producía el despacho anterior, Blasco Ibáñez inició un nuevo expediente en el que, en calidad de presidente de la Sociedad Cooperativa de Irrigación, y en nombre de todos sus integrantes, solicitaba se hiciese llegar al «beneficio consignado en el Decreto de 2 4 de setiembre de 191 O, según el cual debe cederse la tierra al precio de 2 '50 pesos la hectárea a los que hubiesen hecho en ella obras de irrigación».
116 El mismo día de la presentación ante rior, Margueirat aconsejaba hacer lugar a lo solicitado en atención a que los concesionarios habían constituido una sociedad cooperativa de irrigación «que ha ejecutado las obras que permiten regar los lotes» correspondiendo en consecuencia la rebaja de precio a que tienen derecho de acuerdo con el decreto citado.
117 El dictamen final del director de Tierras' y Colonias sobre las solicitudes de Blasco Ibáñez -la reducción del precio de la hec tárea y el otorgamiento de los títulos de propiedad-se produjo el 26 de enero de 1912.
En relación a la primera se expedía favora blemente aconsejando se accediese a la rebaja solicitada y que, «de conformidad con el precio rebajado» se exigiese a los adquirentes la regularización de las deudas sobre las que había informado el Departamento de Contabilidad.
En cuanto a la pertinencia o no de otorgar al peticionario los títulos de propiedad, señalaba que se habían satisfecho las obligaciones de población, cercado y arreglo de las calles circundantes pero no las del cultivo de las tierras; y en lo referido a la exigencia de inversión de un capital por hectárea de 300 pesos el dictamen sostenía que « [... ] no se ha llenado si ha de entender tal obligación con rela ción a la totalidad del terreno; y se habría llenado si el cómputo deberá hacerse refiriéndolo solamente a la superficie que tienen obligación de cultivar, vale decir, la cuarta parte de las extensiones acordadas».
118 Si bien reconocía que la circunstancia de no haberse realizado todavía el cultivo podría constituir una falla en el otorgamiento del título de propi�dad, la Dirección manifestaba que el hecho de haberse radicado en las chacras un capital en obras de riego de importancia que aseguraba la explotación de la tierra y el de la vigencia aún del plazo de dos años de que gozaban los adquirentes para satisfacer las obligaciones, además de la afirmación del re currente de que necesitaban los títulos de propiedad para efectuar una operación hipotecaria, cuyo producto sería aplicado por entero a la continuación de los trabajos, colocaban a la repartición: « [... ] enfrente de un serio prohlema que afecta no solamente a los concesionarios sino también al prestigio y a la economía de la localidad.
En efecto, si esta Dirección extremara su rol fiscal y sostuviera con cierta dureza, que deben invertirse 300 pesos en cada una de las 2.500 hectáreas, prolongarse los canales de irrigación, termi narse los cultivos etc. antes de otorgar el título de propiedad, es seguro que todo lo hecho quedaría malogrado, y a que en estas ma terias la suspensión produce la ruina con todas las ingratas proyec ciones antes señaladas.
Planteada la cuestión así, es de considerar este punto esencial: las obras realizadas ya, minuciosamente espe cificadas por el inspector Cornejo, ¿ ofrecen al Estado una suficiente garantía con relación a la seguridad que el gobierno debe tener de que aquéllas serán terminadas y la totalidad de los terrenos colocados en 1 situaciim definitiva de producir regular y pro gresivamente?
Esta Dirección general no trepida en afirmar que ellas las ofrecen, pues las obras ejecutadas por los concesionarios -sobre todo las hidráulicas que, en este caso, constituyen la base fundamental de esa colonización -son de tal carácter que no pueden hacer abrigar ninguna duda sobre su eficacia, estabilidad, duración y arraigo definitivo al terreno, como también sobre los propósitos que animaron y animan a los concesionarios que la8 han realizado en tan corto tiempo ».
119 En razón de que la inspección practicada había comprobado la cons trucción de importantes obras de irrigación «que funcionan perfectame nte>> además de la introducción de fuertes capitales «que han permitido a esos agricultores incorporar sus energías al adelanto de esa región» el poder ejecutivo sancionó un decreto del 29 de enero de 1912 por el cual se otorgaban los títulos de propiedad a nombre de los beneficiarios originales y se accedía a la rebaja del precio de la hectárea a 2,50 pesos.
121 En síntesis, mediante un decreto de su amigo el presidente Sáenz Peña culminaban las exitosas gestiones emprendidas por el escritor las que habrían de caracterizarse durante todo su desarrollo, no sólo por la discrecional interpretación que de la letra de la ley harían los funcionarios intervinientes a fin de favorecer al solici tante, sino también por una asombrosa y por momentos pasmosa celeridad del aparato administrativo-burocrático.
122 No obstante, los títulos definitivos solicitados por Blasco Ibá ñez y sus presuntos representados no fueron utilizados para cum plir con lo que aquél había manifestado en ocasión.
Aun cuando en princ1p10 algunos de ellos pudieran parecer meramente anecdóticos, los hechos que jalonaron la efímera vida de la Colonia Cervantes trascienden la esfera de lo doméstico y exhiben con particular contundencia aspectos que hacen a la propia naturaleza del Estado.
Desde este plano es que deben explicarse, tanto la impunidad de que gozaban las élites privilegiadas en la utilización de procedimientos, algunos de ellos rayanos en lo ilegal a fin de conseguir sus objetivos, como la actuación de los funciona rios gubernamentales.
Si bien es cierto que Blasco lbáñez se valió de todos los me dios a su alcance para conseguir las tierras, se tratara de aquellos difícilmente impugnables en sí mismos como de otros calificables de delictivos 125 ( el empleo de verdades a medias cuando no del engaño, la morosidad o el incumplimiento de las reglamentaciones legales, la apelación a lo que hoy se denomina «tráfico de influen cias», la utilización de testaferros, entre otros), lo principal es que para concretarlos debió contar necesariamente con la disposición y benevolencia del propio aparato del Estado.
Tal es el caso de la utilización de testaferros.
La entrega de lotes agrícolas y pastoriles se hacía de acuerdo con lo establecido por
El decreto reglamentario del 8 de noviembre de 1906 había establecido claramente que «una sola persona o So ciedad no podi•á adquirir, ni aun por interpósita persona sea directa mente o por transferencias anteriores al pago total del precio, más de cuatro solares o dos lotes agrícolas».126 Las referencias de los fun cionarios gubernamentales sobre la verdadera identidad de los con cesionarios habrían de ser siempre vagas e imprecisas.
Margueirat alude indistintamente a «varias familias agricultoras representadas por don Vicente Blasco Ibáñez», a <<varios mandantes en Europa» o bien a <<agricultores residentes en Europa».
Aun cuando son con tados los nombres de valencianos que han podido ser detectados en las fuentes, lo cierto es que de los hallados ninguno se corres ponde con los de los beneficiarios originales de los lotes; el cúmulo de la información recogida permite aseverar que ni uno solo de ellos estuvo jamás en el valle.
Como vimos el escritor hablaba de «mis tierras» para referirse a las de Colonia Cervantes y en Europa había manifestado su intención de establecerse en Argentina «don de he adquirido vastos territorios».
Por lo dem�is, todos los por menores que rodean el caso desde la puesta en marcha de su pro yecto hasta el desenlace del mismo avalan la afirmación de que Blasco Ibáñez, al modo como lo harían otros importantes benefi ciarios de esta legislación ad hoc, recurrió al procedimiento de utili zar testaferros para eludir y burlar las leyes vigentes sobre con cesiones de tierras públicas.
Otro de los aspectos destacables, aunque de ninguna manera privativo de las gestiones emprendidas por el escritor, radica en la comprobación de cuán eficaces y expeditivas podían llegar a ser las oficinas gubernamentales en sus resoluciones, según fuesen los interesados.
En ese sentido, tal celeridad resulta no sólo remarcable en sí misma sino que lo es más aún cuando se repara en que algunos de los expedientes fueron tramitados en los días previos o subsi guientes a las fiestas navideñas, fechas por cierto nada propicias para concretar gestiones en instancias administrativo-burocráticas.
Por otro lado, al repasar detenidamente los informes elabora dos por los funcionarios intervinientes puede observarse no sólo que abundan las imprecisiones y contradicciones sino que, en casos, existe un deliberado ocultamiento de la realidad si con ello se favorecían las gestiones del solicitante.
En tanto Cornejo, por un lado, no vaciló en utilizar como prueba y aval de sus constataciones documentación que le había proporcionado Blasco Ibáñez (planillas de presupuestos que le habían sido remitidas al escritor a su solici tud con fecha anterior a la de la inspecci6n), como tampoco en aumentar de modo arbitrario los valores de los capitales introdu cidos para que alcanzasen a los exigidos por ley, por otro acentuaba el agobio económico a que aludía Blasco lbáñez, si con ello aceleraba la tramitación en marcha.
Lo mismo habría de ocurrir con el tema del riego.
Aun cuando en determinado momento Margueirat se vio llevado a decir que aquél no funcionaba a fin de apurar las tramitaciones que permi tieran al solicitante obtener créditos, y Cornejo -quien como �e vio tuvo una actitud más que benevolente para con el valenciano no pudo menos que constatar que sólo había una hectárea regada con agua de tanque y que un sembrado de alfalfa no había logrado prosperar por falta de riego, en general la opinión de los funcio narios habría de ser unánimemente laudatoria.
Así, basándose en el informe del inspector Cornejo, Margueirat afirmaba que los pro cedimientos utilizados para llevar el agua habían tenido un «éxito casi insuperable»; la Dirección General de Tierras y Colonias, por su lado, aseguraba. que las obras ejecutadas eran de tal carácter «que no pueden hacer abrigar alguna duda sobre su eficacia, estahi• lidad, duración y arraigo definitivo al terreno» y que ellas cons tituían «de por sí una garantía de que serían llevadas a su término prolongando los canales de irrigación en la forma señalada en los planos a fin de que el riego alcance a todos los extremos de la Colonia».
Por último, en los considerandos que avalaban la entrega de los títulos definitivos de propiedad solicitados por el escritor, el poder ejecutivo afirmaba que la inspección practicada acredi taba que la Sociedad Cooperativa de Irrigación Colonia Cervantes La experiencia «colonizadora>> de Blasco Ib�íñez concluyó, pues, con 2.500 hectáreas de las mejores tierras valletanas en manos de un solo propietario.
Fueron transferidas al sector pri vado a razón de 2'50 pesos utilizando para ello el ardid de la cons tit�ción de una cooperativa de riego -que de tal sólo habría de tener el nombre-, y utilizando todo el poder del Estado, del Esta do en concreto, personalizado en los funcionarios intervinientes, fueran éstos de carrera, como los de la Dirección de Tierras, o polí ticos, como ministros y presidentes.
Las tierras permanecerían incultas durante más de una década y termi naron siendo fraccionadas a precios 600 veces superiores al que habían sido privatizadas.
LA SOCIEDAD COOPERATIVA DEL ESTE
En el mes de octubre de 191 O, pocos días después de conce didas las tierras a Blasco Ibáñez, el poder ejecutivo sancionaba dos nuevos decretos.
En el primero de ellos ( 6 de octubre) enuncia ba que el doctor Santiago Amadeo Doléris había iniciado un expe diente por el cual solicitaba para sí y en representación de las per sonas cuyos nombres indicaba, la concesión de varios lotes en la Colonia General Roca manifestando que era propósito de los peti cionarios el destinarlos «a trabajos agrícolas y vitícolas de impor tancia, estableciendo al efecto viveros y viñedos que consulten las mejores experiencias realizadas en la localidad».
Agregaba que, teniendo en cuenta «el renombre científico de algunos de los solí• citantes» así como la competencia que otros habían demostrado durante su estancia en el país lo que brindaba a la propuesta «todas las garantías exigibles», y que a pesar de que Doléris no había pre• sentado los poderes certificados de las personas que invocaba aduciendo «razones atendibles de urgencia para la adjudicación de (,') esos lotes» -poderes cuya presentación la Dirección de Tierras y Colonias debería exigir en el término de sesenta días-, el presi dente de la República decretaba la concesión en venta de un��s 1.200 hectáreas ( 12 lotes; los números 387, 388, 389, 392, 393: 3 94, 403, 404, 405, 406, 407 y 408) a Doléris y sus representados.
El grupo se hallaba integrado por Esteban Berlín, Roberto Schnei der, P. Pacottet, F. Chabert, Santiago Delavigerie, Pedro y Santiago Amadeo Doléris.
Por el otro decreto, sancionado dos días después, se otorgaron 36 concesiones a 27 personas (9 de ellas recibían dos concesiones) que totalizaban aproximadamente unas 3.350 hectáreas (4 conce siones con un total de 300 hectáreas se encontraban fuera de lo que sería la zona de influencia de la Cooperativa del Este).
Entre esos concesionarios se encontraban Patricio y Octavio Piñeiro So rondo, José Cantutti (jefe de las Comisiones de Estudio e inten dente general de irrigación en los valles del Negro y del Neuquén desde 1909), Benjamín y Elíseo Segura, Juan Bautista Evens, Pedro Vallee, Luis Cipolletti, Pedro y Alberto Benegas, Felipe Bonoli (de activa participación en el fraccionamiento llevado a cabo en la segunda mitad de la década de 1920 por la CIAC en Villa Regina) y otros.
Residentes en su gran mayoría en la ciudad de Buenos Aires, recibieron como mínimo superficies de 100 hectáreas cada uno, aunque hubo 2 con 150 hectáreas y 6 con 200 hectáreas.
127 La gran mayoría de los beneficiados con ambas disposiciones integrarían la Sociedad Cooperativa del Este.
Esta fue conocida también como Cooperativa Francesa en virtud que sus prin cipales accionistas •entre otros los doctores Doléris y Evens, eran de esa nacionalidad.
La documentación analizada muestra que no sólo se trataba de ciudadanos de origen francés sino que, en su mayoría continuaban residiendo en Francia.
Tales los casos de] propio S. A. Doléris, de Estefano Merlín, médico como el anterior y domiciliado en la ciudad de Provins, Departamento del Seine Marne del país galo, del doctor Enrique P. Vallée, profesor de una escuela de Veterinaria en Francia, del ingeniero Roberto Schnci-der' y de Santiago Delavigerie, radicados ambos en la capital francesa.
128 Siguiendo el modelo de la Sociedad Cooperativa de Irrigación de la Colonia Roca, los concesionarios de los decretos del 6 y 8 de octubre de 191 O se comprometían a constituir una sociedad cooperativa construyendo los canales necesarios e instalando las bombas necesarias para la elevación mecánica del agua, para cuyo emplazamiento los propulsores de la sociedad cooperativa habían solicitado la reserva de la chacra núm. 367.
Para ello se instaló una usina con dos bombas hidráulicas que podrían elevar el volu men de agua suficiente para el riego de las 6.000 hectáreas com prendidas en el proyecto.
Al parecer la puesta en marcha de estas que abandonar momentáneamente sus solares y quintas para 1 r a trabajar en la zona regada.
De este modo, puede decirse, que el pueblo Ingeniero Huergo actualmente existe en la mente de los que allí tienen mejoras� los cuales esperan ansiosamente el agua que próximamente les dará el canal del Gobierno, para volver a radicarse definitivamente en él.
Como lo que pasa con Ingeniero H uergo ocurre también con los lotes agrícolas de la Colonia Roca en la zona de influencia de este pueblo, el comercio es todavía escaso o nulo n.
13 2 Sintetizando el final de la Sociedad Cooperativa del Este en la frase de Riobó de que aquélla «fracasó antes de poder regar», res ta analizar qué sucedió con las tierras públicas concedidas de acuerdo con las disposiciones legales vigentes que obligaban a los concesionarios a cercar, poblar, desmontar, cultivar, constituir so ciedades cooperativas para el riego de sus lotes, invertir como mí nimo 300 pesos por hectárea, etc.
Por la extensión de la superficie involucrada, por las peculiari dades de su desarrollo y desenlace y por el hecho de que esto último habría de reiterarse en buena parte de las otorgadas por el decreto del 8 de octubre de 1910, el caso de las concesiones al grupo en• cabezada por el doctor Santiago Amadeo Doléris resulta altamente ilustrativo.
Santiago Amadeo Doléris era médico, miembro de la Academia de Medicina de París.
133 Según su relato, el 6 de junio de 1910, partió desde Plaza Constitución <<en vagón especial reservado» con el objeto de efectuar una visita a Río Negro y Neuquén, siendo des pedido en la estación por el presidente del Consejo Municipal de la ciudad de Buenos Aires, J. del Sud comisionado en la oportunidad para actuar como guía.
Durante el detenido recorrido de varias semanas por la región, <<el trío de excursionistas», al decir de Doléris, tuvo a su exclusiva disposición un tren compuesto únicamente de tres vagones: uno destinado a los invitados, Doléris y Benegas, otro para el anfitrión, el ingenier o Coleman, • y un furgón.
134 Acordadas las concesiones y luego de un período no precisado de estancia en la Argentina, Doléris volvió a Francia.
Desde Lembe ye (Bajos Pirineos) había de otorgar un poder especial a Luis Burat, domiciliado en la región, encargándolo de la administración de los lotes.
Hacia 1920 y en oportunidad de la inspección ya men cionada del capitán de fragata Justino Riobó, éste manifestaba en relación a estas tierras: « [... ] hemos de referirnos ahora a un presunto acaparamiento de 1.000 hectáreas en las proximidades <le Ingeniero Hucrgo, acerca del cual existe la posibilidad de evitarlo, puesto que esa tierra sólo se encuentra afectada a concesiones en vigencia cuyas exigencias no han sido llenadas en la mayoría de los casos.
Durante la inspección de la Colonia, dos personas radicadas desde hace varios años en ella -los señores David Martínez y José Ma rín Sánchez -denunciaron ante esta Comisión, que los lotes:387,: um. de estas concesiones� sino fuera que y a sería aconsejable e�ta me dida por la falta de cumplimiento a las condiciones exigidas por la le y respectiva)).
Mediante la inspección realizada lote por lote, la Comisión verificó que ninguno se encontraba ocupado ni habitado; cuatro contaban con vivienda mereciendo solamente una de ellas el califica tivo de buena, las demás carecían de puertas y aun de techos y, en casos, sólo habíanse levantado los cimientos.
Tampoco registrábase cultivo alguno.
El alambrado perimetral, unas pocas hectáreas des montadas y emparejadas y algunos metros de acequias constituían todo el trabajo cultural concretado en una década.
En síntesis, a comienzos de 1920, los lotes adjudicados a Doléris y sus represen tados se encontraban en completo abandono.
136 El informe general elaborado por Riobó en el que éste da cuenta de la denuncia del acaparamiento está fechado el 30 de julio de 1920.
Menos de dos meses después de la inspección y, a diez años de la disposición que le otorgaba plazo de sesenta días para acreditar legalmente las personas invocadas Doléris, alegando aún carácter de «mandatario verbal», gestionó ante un mismo notario de París, y el mismo día, los poderes por los cuales sus mandantes designaban administrador a Luis Burat a fin de que éste los representase ante el gobierno argentino y ejecutase todas las acciones'y gestiones que fuesen necesarias en relación con sus concesiones, 137 A dichos poderes seguirían otros tramitados cuatro años después en el consulado argentino de París, con la asistencia LAS COOPERATIVAS DE IRRIGACIÓN 75 de idénticos testigos, por los que se comisionaba a Burat que solicitase los títulos de propiedad.
Transcurridos catorce años de otorgadas las concesiones, las msmas habrían de ser objeto de nuevas inspecciones ordenadas por la Dirección de Tierras y Colonias.
Los informes que en esta oportu nidad elaboró A. Capdevila ponen en evidencia que Doléris había logrado no sólo mantener el control y usufructo de los lotes que detentaba a título personal sino que, incluso, había ampliado su número a once a despecho de que éstos figuraran empadronados por la Intendencia de Riego a nombre de sus concesionarios originales.
De hecho había sido Doléris quien, siempre a través de Burat, contratara con terceros los trabajos a llevarse a cabo en las chacras en calidad de mandatario de los beneficiarios primitivos, situación que explicitó con claridad Capdevila al informar que las tales concesiones eran conocidas en la zona como parte de «las cha cras del Sr. Doléris».
La Planimetría confeccionada en el año 193 5, por último, habría de registrar 8 de los lotes a nombre de la Socie dad Anónima La Agrícola e Industrial de la Argentina, y los otros tres como propiedad de Doléris.
Particular atención merece, de otra parte, la rica información que brindan los funcionarios oficiales en especial la referida a 1 a contratación de arrendatarios como el procedimiento más común mente empleado por los adjudicatarios de tierras para dar cumpli miento a las obligaciones que les imponía la legislación.
A partir de los informes contenidos en el Libro 428 puede observarse que Doléris y otros concesionarios, conocida la inminente llegada del riego -los secundarios VI y VII que sirven la zona fueron habili.. tados en marzo de 1921-se apresuraron por hacer levantar vivien das en las «chacras» con el objeto de arrendarlas, aun cuando a la fecha de acordarse este tipo de contratos (entre abril y agosto Para entonces habíase dado cumplimiento, de modo parcial, a la obligación de construir viviendas puesto que éstas no llenaban los requisitos en cuanto al tipo de edificación a realizar.
Ocho de los lotes se encontraban arrendados mientras los otros tres lo habían estado anteriormente correspondiendo a los arrendatarios la adi ción de algunas mejoras suplementarias, la siembra de un total de 464 hectáreas de alfalfa, el desmonte de algunas decenas más (sobre un total aproximado de 1.080 hectáreas) y la implantación de un número considerable de cortinas protectoras de álamos y de algunos frutales.140 Según manifestarían en su declaración Isaac y José Locev, ellos habían sido «los primeros ocupantes de dichas tierras» sembrando 25 hectáreas en los lotes números 388-389-392-404-407 y 408 (afirmación que los informes confirman) mediante convenios oportunamente concertados con Luis Burat.
141 El tiempo de duración de los contratos no era uniforme y osci laba entre 3 y 5 años que era lo habitual en la zona.
Pero lo remar-cable del caso radica en que no sólo determinábase un plazo peren torio para finalizar la implantación de los cultivos <le alfalfo, sino que se especificaban incluso los recaudos que tomaba el concesio nario si sus locatarios no cumplían con lo acordado al respecto.
Según el art. 8." del contrato celebrado con Girotti, por ejemplo, quedaba expresamente aclarado que aquél quedaría nulo en caso que las 25 hectáreas no estuviesen sembradas en la fecha indicada abonán dosele al arrendatario, en tal caso, el 50 % del valor de los trabajos que hubiere realizado.
La existencia de cláusula semejante y el hecho de que los contratos con los arrendatarios fuesen acor dados mayoritariamente entre abril y agosto de 1923 lleva a pensar que, conversaciones y relaciones mediante, Doléris haya obtenido algún plazo para dar cumplimiento a las obligaciones de la ley.
La circunstancia de que durante catorce años esas tierras per maneciesen prácticamente incultas, el tipo de mejoras introducidas -las mínimas para cumplir con la ley-y las consideraciones que las mismas merecieran de los funcionarios gubernamentales por no mencionar sino los hechos más evidentes, llevan a recordar de in mediato los proyectos enunciados por Doléris y que fueran retoma dos, a su vez, por el poder ejecutivo en los considerandos del decreto de concesión.
En ese sentido, la declamada intención de destinar los lotes a trabajos agrícolas y vitícolas de importancia esta bleciendo viveros y viñedos acordes a las mejores experiencias realizadas en la localidad, contrasta drásticamente con la situació!1 que describen las inspecciones mencionadas.
Si pasado tan. to tiempo Doléris se decidió a realizar las trami taciones necesarias para dar cumplimiento a las exigencias de la ley (cumplimiento que, como se vio, no derivaría de la inversión de capital sino del trabajo de sus arrendatarios), resulta válido pensar que alguna garantía o seguridad se le habría ofrecido desde las esferas decisorias sobre el éxito final que tendrían sus gestiones.
Sobre la magnitud de éste puede tenerse una idea aproximada si se recuerda que de acuerdo a las condiciones de la concesión • y de la constitución de la Cooperativa el precio por hectárea era de 2, 50 pesos, en tanto que las tierras regadas sin sistematizar se ven-
Hacia el fin de la segunda década de este siglo, ya no quedaban «chacras del gobierno salvo uno que otro retazo».
143 El control de las inundaciones y el riego eran ya una realidad cuando Doléris logró retener casi 1.100 hectáreas de alto valor unitario pese al manifiesto incumplimiento de las obligaciones de la ley, lo que permite deducir que sus vinculaciones con el poder eran lo suficien temente fuertes como para evitar que otros miembros de la élite pudiesen disputarle esas tierras bajo la fachada de exigir un estricto cumplimiento de las disposiciones legales.
Nada mejor para sinte tizar algunos de los aspectos principales de este caso que transcribir el Informe que, a modo de conclusión, elevó Capdevila en 1924: Tumu XLYII chacras, todo en regular o mal estado) construidas en 1915; exi guas extensiones desmontadas y niveladas en sólo algunas; ausen cia total de cultivos.
Las inspecciones practicadas en los meses de octubre a diciembre de 1924 por el auxiliar de tierras Arturo Cap devila habrían de registrar un panorama significativamente mo dificado.
Las chacras 353 y 354, concedidas originalmente a Enrique Madero y M. Pinedo habían salido del dominio del Estado.
El pri mero -perteneciente, como el segundo, a una de las «tradicio nales» familias de Buenos Aires-había logrado, pese al evidente incumplimiento de las condiciones de la concesión, la escrituración de ambos lotes.
Capdevila constata que los lotes restantes habían sido ocupados entre 1921 y 1923 (cabe recordar que el servicio de riego dependiente del sistema estatal fue habilitado en esta zona en marzo de 1921) y que se habían introducido mejoras -en dis tinto grado-en alambradas y viviendas; que prácticamente la totalidad de la superficie se hallaba desmontada y nivelada; se habían construido las tomas de agua de riego así como los canales y acequias interiores e implantado cultivos de alfalfa en alrededor del 90 % de la superficie de las chacras, además de haberse efec tuado plantaciones de árboles frutales, viñas y alamedas.
146 También en este caso, la llegada del riego y las perspectivas de la inmediata valorización de las tierras que ello suponía impulsó a estos concesionarios a cumplir con la contratación de arrendata rios, al modo de Doléris, otros apelaron a formas alternativas; bien la de otorgar a uno o más ocupantes un permiso provisional de usufructo de la tierra a condición de obtener todas las mejoras que los mismos hubieran introducido bien la firma de los denomi nados «contratos de compra-venta».
Por éstos, el concesionario vendía al ocupante parte o la totalidad del lote cuya escritura en tregaría una vez que la obtuviese, a su vez, del Gobierno a cambio del compromiso del comprador de «efectuar todos los trabajos y a llenar las obligaciones establecidas en el título provisorio como necesarios para obtener el título definitivo».
En algunos casos corrían por cuenta del ocupante no sólo las erogaciones necesarias para dar cumplimiento a las obligaciones de poblamiento, sino incluso las derivadas de la suscripción de las acciones para integrar los fondos de la cooperativa de riego, correspondiente a la exten sión que recibía en venta.
147 Realizar una evaluación de la experiencia de la Cooperativa del Este obliga a reiterar conceptualizaciones ya efectuadas en rela ción con los otros casos estudiados: venta a minorías privilegiadas de miles de hectáreas de tierras públicas a precio vil a condición de la ejecución de obras y cultivos jamas realizados; consecuente configuración de una estructura de la propiedad de la tierra con centrada, altamente monopólica; utilización de múltiples artimañas para burlar la ley incluso el empleo de testaferros (Doléris); tierras que permanecen incultas por más de una década aun después de ser beneficiadas por las obras solventadas con recursos del Estado, a la espera de que la expansión de las actividades económicas y la demanda valorizasen el monopolio de la propiedad del suelo en la medida exigida por sus detentadores para desprenderse de él.
¿Cuáles fueron los resultados de la legislación arbitrada entre 1907 y 191 O para las tierras de la región?
Tanto la Cooperativa Cervantes como las del Este y Choele Choel no llegaron a regar; las 2..500 hectáreas adjudicadas a Blasco Ibáñez -burlando mediante <<el tan socorrido sistema de testa ferros» la disposición legal que limitaba a dos lotes de 100 hectá reas la cantidad que podía concederse por persona-pasaron a manos de un solo propietario permaneciendo prácticamente incul tas hasta después que hubo llegado a ellas el riego a través del sis tema construido por el Estado.
Las entregadas a Doléris y los demás integrantes de la Cooperativa del Este -entidad «que fracasó antes de poder regar-», quedaron abandonadas por años pasando final-mente a propiedad de aquél y algunos otros privilegiados aun cuan do las obligaciones establecidas por la legislación hubieran sido tardía y parcialmente cumplimentadas, cuando no directamente in satisfechas.
Destino similar sufrieron las tierras bajo influencia de la Sociedad Cooperativa de Choele Choel, que, para 1920, se: hallaban completamente incultas.
En tanto, la única de las entidades cooperativas que estuvo en condiciones de exhibir la realización de obras que efectivamente prestaron servicio contó con un régimen preferencial que concluiría con el traspaso de aquéllas al Estado, cuando el problema de la salinización de los suelos por falta Je drenajes amenazaba con desvalorizar las propiedades.
Al fundamentar la sanción del decreto de 1907 el gobierno consideraba que debido al alto costo del trabajo de desrnonte y pues ta en producción de las tierras valletanas (< [ ••• ] han <¡uedado sin cultivar las chacras cuyos concesionarios han carecido de recursos, notándose en plena prosperidad las obtc. nidas por colonos que han llevado allí el capital requerido, por lo cual debe aprovechar el P. E. la experiencia hecha y modificar la reglamentaciún en esas colonias de acuerdo con sus enseiianzas, distribuyPndo los lotes entre personas que 8e encuentren en condi• ciones de aplicarlas al cultivo intensivo de que son susceptibles, con el propbsito <le estimular el aumento <le lu producciún nacional ».
148 Evaluar los resultados de la legislación que promovió la cons tituci6n de cooperativas de regantes a la luz de sus objetivos lleva, pues, necesariamente, a reconocer su fracaso.
Excluidos explícitamente «los colonos desprovistos de capi tal», el resultado de su aplicación, desde el punto de vista de la distribución de la tierra, no pudo haber sido sino el que fue, es decir, el de consolidar una estructura de la propiedad f un diaria http://estudiosamericanos.revistas.csic.es serv1c10 de una apropiación latifundista.
Originadas en una legis lación de intencionalidad progresista que legitimaba sus medidas excepcionales en razones de interés público ( «con el propósito de estimular el aumento de la producción nacional»), estas coopera tivas constituyeron de hecho y de derecho vehículos a través de los cuales minorías privilegiadas se reservaban las tierras de la región; no sólo quedaron marginados expresamente los agricul tores sin recursos, sino que terminaron siendo también excluidos otros interesados, que pese a poseerlos, no gozaban del necesario favor oficial.
149 Por ello y en la medida que los gestores y benefi ciarios directos de tales entidades se hallaban vinculados estrecha mente al poder político y a los intereses económicos dominantes, cabe afirmar que, en esencia, aquéllas favorecieron una distribución elitista de la tierra.
Al tiempo que el ingeniero César Cipoletti daba fin al estudio que le encomendara el gobierno nacional tendente a encontrar una solución integral al problema del agua ( control de las inundaciones e irrigación) y tenía lugar la llegada del ferrocarril, se afianzaba el convencimiento de que la productividad del suelo como elemento cualitativamente mensurable (y por ende su valorización) dependía por entero del riego.
Las nuevas circunstancias resultaban prome tedoras para aquellos que consiguiesen hacerse de las tierras fisca les aún existentes y en ese contexto es como debe ser interpretada la derogación de las reglamentaciones que hasta entonces habían re gido la enajenación de lotes agrícolas y la promulgación de un novedoso estatuto legal que, lejos de facilitar su adquisici6n por parte de agricultores sin recursos dejaba aquéllos real y explícita-MARÍA CRISTINA ()CKIER mente «fuera del alcance de colonos agrícolas desprovistos de capital».
Ahora bien, ¿qué elementos novedosos contiene la nueva legislación en relación con la que hasta entonces se había aplicado paar distribuir las tierras de la región?
En primer lugar, se trata de una legislación que reconoce como su origen expreso el interés y las consecuentes gestiones lleva da• s a cabo por integrantes de un grupo socialmente reducido con la finalidad de obtener la concesión de las que por entonces eran las últimas tierras fiscales disponibles en la región; en ese sentido se trata de una legislación ad hoc manifiestamente para dichos particulares y por su iniciativa.
En todos los casos, la medida legal se halla precedida por peticiones elevadas por aquéllos ante el ministerio de Agricultura, que concluyen en la sanción de los res pectivos decretos del ejecutivo nacional.
Por éstos, a los peticio narios les era explícitamente reconocida la prioridad en la adjudica ción de las tierras y recibían éstas en condiciones sumamente ven tajosas, al tiempo que se arbitraba la caducidad de concesiones otorgadas con anterioridad y la expulsión de los intrusos.
La explí cita discriminación que ello entraña, a diferencia de la que de modo más o menos evidente subyace en todas las formas a que recurriera con anterioridad el Estado para enajenar la tierra pú blica (remates de enormes superficies publicitados y realizados en Buenos Aires, concesiones de dilatadas extensiones a las denomina das compañías colonizadoras, empréstitos contraídos por el Estado pagaderos en tierras que estipulaban la obligación de suscribir un número determinado de bonos, etc., mecanismos todos que ex cluían de hecho al «pobrería») se fundaban ahora en supuestas razones de conveniencia o interés general apelándose desde el poder a un consenso a partir de cuya consecución pretendían legiti mar intereses minoritarios.
El decreto de 1907, que sirvió de modelo a los posteriores, comenzaba por explicitar el hecho de la cuantía de los gastos que requerían esa clase de tierras para entrar en producción y aludía luego a la experiencia (supuestamente ya realizada) que demostraba la prosperidad obtenida por los «colonos>> que habían contado con
85 recursos suficientes en contraposición a aquellos que habían care cido de los mismos.
Tales aseveraciones concluían en la afirmación explícita de que la posesión de capital y la declamada intención de invertir éste en la tierra constituían los elementos definitorios a partir de los cuales se legitimarían las futuras solicitudes de lotes quedando éstos de hecho y de derecho «fuera del alcance de colo nos agricultores desprovistos de capital».
La lógica de la con clusión en la que derivaba razonamiento semejante -expuesto a modo de silogismo-quedaba no obstante invalidada en sí misma en tanto provenía del encadenamiento de dos afirmaciones previas de las cuales, aquella que aseveraba la prosperidad obtenida por los «colonos>> con capital, constituía un mero supuesto, una premisa admisible en abstracto pero indemostrable para ese período Je la historia local.
El tenor limitacionista de las anteriores disposiciones y el con tenido profundamente elitista que ellas entrañan adquiere su ver dadera magnitud cuando se analiza de qué modo era planteada en los decretos de marras la cuestión del riego y cómo habría de re solverse finalmente dicha cuestión.
Hasta entonces el servicio venía siendo cumplimentado en la zona por precarios canales construidos o mantenidos con ayuda estatal.
Las deficiencias y la evidente insuficiencia de ambos sistemas demandaba a ojos vista la urgente realización de obras de perfeccionamiento, limpieza y prolonga ción que permitiesen el riego regular de más tierras; no obstante, tanto la experiencia cuanto los estudios realizados demostraban que únicamente la construcción de embalses en el Neuquén y la habilita ción de. una red de canales de riego y desagües cualitativamente dis tintos a los existentes podrían resolver el problema de las inun daciones y el de la utilización racional de los cursos fluviales para irrigación.
De allí entonces la falacia de las argumentaciones contenidas en el decreto de 1907 y en los posteriores.
El Estado, autojustificán dose en una situación de impotencia financiera que supuestamente le impedía concretar las tareas menores de prolongación y limpieza de los canales existentes o construcción de similares donde no los había, procedía a entregar tierras a precio nominal a determinados
MARÍA CRISTINA OCKIER interesados a condición de que éstos realizasen las obras, a sabien das unos como el otro que las mismas en caso de concretarse sólo podrían servir de momentáneo paliativo a la situación.
Es decir que el Estado obviaba hacerse cargo de obras menores que sólo podían brindar cuanto mucho un riego provisional y privatizaba las últimas tierras fiscales de la región en beneficio de quienes su puestamente harían dichos canales; acto seguido, ese mismo Estado comprometía los fondos de Rentas Generales en la construcción de la costosa infraestructura de riego de que hoy goza la región.
La inversión estatal comenzó con anterioridad a que resultaran sancionados los decretos de 191 O por los que fueron privatizadas las tierras de la porción oriental de la Colonia Roen.
Es que los casos expuestos ejemplifican, ilustrándolo, un com portamiento característico de los sectores más poderosos de la so ciedad argentina en el último siglo.
Cuando las condiciones econó micas de una situación concreta ofrecen promisorias perspectivas de grandes y fáciles ganancias, el Estado es presentado como carente de recursos, incapaz no sólo por ello sino por una supuesta inefi cacia intrínseca, de desarrollar las actividades de que se trate y los capitales privados como poseedores de la iniciativa, la capacidad, la eficiencia y los recursos para ello.
Luego cuando al cambiar las circunstancias las perspectivas de pérdidas aparecen como algo cierto para el futuro inmediato, ese mismo Estado es presentado como poseedor de medios y de recursos suficientes («Una obra de esta época --dirá Blasco Ibáñez refiriéndose a la suya-no es considerable para un gobierno que cuenta con toda clase de me dios») 150 para acudir en salvación de los particulares.
Y los fun cionarios gubernamentales, el Estado en concreto, el Estado que también tiene nombre y apellido, se encargarán de encontrar los argumentos para justificar el socorro estatal -y los casos presen tados parecen demostrar que la imaginación e inventiva de los burócratas no tiene límites cuando lo requiere el interés de los poderosos.
Ese auxilio estatal, cualquiera sea la forma que adopte, En el caso de las obras de riego del Alto Valle del río Negro la socialización habría de concretarse en el modo como finalmente aquéllas fueron pagadas.
En efecto; para la construcción de las grandes obras hidráulicas el Estado sancionó en 1909 la ley de Irri gación de acuerdo con cuyas disposiciones contrató con la empresa del Ferrocarril del Sud la excavación del gran canal de riego y, merced a un préstamo que le otorgara la citada compañía, procedió a construir el Dique Contralmirante Cordero y el canal aliviador.
A cambio de la obra la empresa británica recibiría Bonos de Irri gación emitidos por el Estado argentino que devengarían un interés del 5 % anual y cuyo servicio se haría con el producto líquido del canon de riego o, en su defecto, con las rentas generales ae la nación.
El gobierno administraría las obras una vez concluidas y cobraría a los beneficiarios un canon de riego lo suficientemente elevado como para pertnitirle cubrir los gastos de explotación del servicio de riego además de los intereses y el capital adecuado.
Por otro lado la ley establecía que el monto del canon de riego debía ser notificado con antelación a los propietarios para que quie nes no estuviesen conformes entregasen sus tierras al precio de tasación anterior al de la ejecución de las obras.
El sentido de la disposición era evitar que aquéllas permaneciesen improductivas.
Así lo declamaba Ramos Mejía, al inaugurar las obras del dique: «Preparada la parte de la tarea que corresponde al Gobierno quetla librada a lds propietarios la realización del vasto pensamiento; no sea que corra el agua fecunda JJOr campos sin surcos, volviendo estéril al río de que salió.
La distribución de la tierra que en el cultivo intensivo requiere importante capital para reboscar, nivelar, roturar y sembrar, debe ser lo primero que preocupe con toda mayor razón cuanto que resultará ruinoso J>ara los terratenien tes el pago de agua en terrenos baldíos, que obligatoriamente tendrán que efectuar, la usen o no; disposición q ue la ley ha tomado precisamente para evitar la actitud de algún mal inspirado que creyera conveniente especular egoístamente con el sacrificio general».
152 Sin embargo extensas zonas del valle superior del río Negro -dentro y fuera de la Colonia Roca-tardaron décadas en sub dividirse e incluso permanecieron incultas por décadas aunque el sistema de riego había quedado completado hacia mediados de la década de 1920.
Es que, como en tantos casos, las disposiciones de la ley se habían convertido en letra muerta en razón de los fuertes inte reses que afectaban.
Multas, recargos, suspensión del servicio de riego, ejecución judicial de las deudas en concepto de canon im pagado, fueron en la práctica sustituidos por decretos concediendo prórrogas para su pago, reducción del importe y condonación de multas y recargos.
En consecuencia, más allá de la letra, la política favoreció en la práctica a grandes propietarios y especuladores, algunos de los cuales subdividieron y vendieron inmediatamente aprovechando la revalorización experimentada por sus tierras gracias a las obras que financiadas por el Estado terminaron por pagarse a través de Rentas Generales a un costo que un autor no vacila en calificar de «fabuloso».
153 Ante los resultados finales de esta política, la mayor parte Lle los estudiosos tiende a atribuir a elementos difícilmente ponderables (negligencia, descuido, imprevisión, etc.) lo que no ha sido sino una manifestación más de la utilización del Estado y sus recursos en beneficio de los intereses dominantes.
La utilización arbitraria que de los hechos solían hacer algunos funcionarios a fin de favorecer o desalentar las peticiones setgún quienes fuesen los interesados, constituye otro de los componentes elitistas que habría de caracterizar, particularmente desde 1880, la legislación sobre tierras públicas.
El doctor Miguel Piñeiro Sorondo, en tanto, venía dedicán dose desde principios de siglo a operaciones vinculadas con tierras fiscales.
El Poder Ejecutivo había aprobado en 1900 una transfe rencia a su favor de las acciones y derechos correspondientes a una extensión de 40.000 hectáreas ubicadas en el Chaco, superficie que integraba una inicial de 80.000 hectáreas que habían sido otorgadas a su cedente para colonizar.
37 Simultáneamente, como propietario de certificados por la expedición al Río Negro y en calidad de cesionario de Rosario Guayaquil de Ferreyra había obtenido 4.100 hectáreas en el Territorio del Chubut, superficie que habría de transferir pocos años después a Florencia Martínez de Hoz.
43 Blasco Ibáftez, Vicente: La Argentina y.,us grandezas, pág. 744, cit. en: Maida, Esther L.: La colonización de Vicente Blasco Ibdftez y el contingente valen ciano en el Alto Valle del Rfo Negro.
Formación de la Colonia Cervantes. |
Como tendren1os ocasión de discutir con mayor detalle en las próximas páginas, y debido a múltiples razones, los procesos de urbanización y civilizatorio han venido a confundirse, super ponerse e incluso a considerarse como sinónimos en América.
En las páginas de este ensayo, nos proponemos analizar y discu tir toda una serie de cuestiones teóricas que afectan a esos proble-1nas, in1pidiendo, en nuestca opinión, aclarar el fondo del tema del urbanisn10 en la América anterior a la llegada de los españoles.
EL PROCESO CIVILIZATORIO El término de Civilización puede ser utilizado en 1nuchos sentidos; el más clásico es aquel que hace referencia a su signifi cado etimológico, como lo propio de la ciudad, 1 mientras que desde un punto de vista evolucionista, civilización correspondería al nivel más complejo del sistema creado por Lewis H. Morgan 2 de Salvajismo-Barbarie-Civilización.
Desde nuestro punto de vista, el proceso civilizatorio debe tener un carácter fundamentalmente evolutivo, de manera que tanto la civilización en conjunto, como el urbanismo en un plano más concreto, debe entenderse como el resultado de un proceso evolutivo, justamente aquel que estamos denominado proceso civilizatorio.
Para entender ese proceso, vamos a utilizar dos tipos de pre sentación (cuadros: 1 y 2): en el primero atenderemos a una serie de aspectos o componentes, cuyo análisis nos servirá para compren der el proceso mismo; en la segunda presentación atenderemos más en concreto al proceso 1nismo y menos a sus componentes.
En el primero de esos cuadros vamos a considerar ocho aspectos diferentes: l.
Organización social: Consideramos dos tipos de socie dades: igualitarias y no igualitarias.
Las primeras están basadas en relaciones de parentesco: familias nucleares y familias exten didas.
Las sociedades no igualitarias evolucionan desde una socie dad de rangos hasta una típica sociedad estratificada o de clases.
Aunque basado fundamentalmente en la obra de Fried,3 no se ha incorporado a nuestro esquema el nivel de «sociedades jerarqui zadas» de ese autor y, por el contrario, se incorporan conceptos de otros teóricos.
Organización política: En este caso se ha incorporado literalmente el sistema de Service4 en el que los cuatro niveles son los de: bandas, tribus, jefaturas (chiefdoms) y Estados.
Los tamaños de población'y la densidad de pobla ción, para cada uno de los niveles de Service han sido adoptados de Sanders y Price5 con pequeñas modificaciones.
Información mucho más detallada puede verse en el parágrafo siguiente.
Patrones de asentamiento: el esquema evolutJ ivo que presentamos es el mismo que vamos a defender en este ensayo: campamentos, aldeas, pueblos, villas, ciudades y urbes.
Sistema económico: Basándonos fundamentalmente en Polanyi,6 atribuimos el sistema de reciprocidad a las sociedades igualitarias; el de redistribución corresponde básicamente a las jefaturas, mientras que el de intercambio es el típico de los Esta dos.
El mercado como institución característica del intercambio aparece, en mi opinión, ya en la etapa de jefaturas.
Siendo, al prin cipio, de trueque, al final de la etapa de los Estados se transforma en un mercado monetario.
CUADRO t DE�SIDAD DE POBLACION r3)
Producción: En esta sección, y basándonos en autore� diversos, consideramos tres niveles en la producción agrícola: horticultura, hidro-agricultura y agricultura hidráulica.
7 Esos tres sistemas o niveles de producción corresponderían a los de tribus, jefaturas y estados, aunque con las necesarias matizaciones.
Creencias: Finalmente, el sistema de creencias ha sido dividido en tres niveles que, aunque de manera grosera, dan idea dd proceso evolutivo en ese aspecto de la cultura.
El segundo punto de vista acerca de ]a evolución de las socie dades, queda reflejado en el Cuadro 2, en el que se presentan once unidades socioculturales que se ordenan de acuerdo con tres sistemas sociales: sociedades igualitarias, sociedades de rangos y sociedades de clases, y de acuerdo con los sistemas políticos de ]os cuatro niveles ya clásicos de la clasificación de Elman Servi ce: 8 Bandas, Tribus, Jefaturas y Estados.
Dicho esquema evolu tivo, que hemos publicado recientemente, 9 podría resumirse en la forma siguiente: l.
Cazadores-recolectores-pescadores, nómadas (Bandas I): Puede considerarse como la sociedad «prístina»: desde los co mienzos de la hominización hasta el surgimiento de los cazadores especializados, aunque en el caso americano, obviamente, ese pro ceso solamente debe comprender los años 40.000 a 15.000 a.
C. La recolección representa el 70 % o más de los alimentos reque ridos por el grupo, mientras la caza solamente alcanza a animales de pequeño tamaño.
Por su parte el tamaño de las poblaciones no alcanza los cien habitantes, siendo su densidad de hasta 0,6 por Km 2 • 2.
Cazadores con recolección estacional: semisedentarios (Bandas II).
Cuando en la América de las grandes llanuras se ins talan y desarrollan los cazadores especializados, en la región mon tañosa del oeste se «refugian» los primitivos recolectores-cazado res que desarrollan actividades «plantadoras» -corte del bosque http://estudiosamericanos.revistas.csic.es con grandes instrumentos líticos, como hachas de mano, etc.-, lo que debemos entender como un primitivo antecedente de los procesos que conducirán a la agricultura.
De esa tradición surgirá la llamada Cultura del Desierto.
Cazadores especializados: nómadas (Bandas III).
C. bandas procedentes del continente asiático intro ducen en el Nuevo Mundo tecnologías más avanzadas en el trabajo lítico que les permite construir finas puntas de dardo para jaba linas' y flechas.
El aumento de la población, por otra parte, obliga a tareas de cooperación orientadas hacia la caza de la megafauna típica del Pleistoceno, con el consiguiente aumento de proteínas en la dieta.
Sin embargo, la caza incontrolada de aquellos animales conducirá a la extinción de más de doscientas especies y, por con siguiente, al agotamiento de posibilidades evolutivas dentro de esa línea.
Muchas de esas macrobandas perecerán o se desintegra rán, volviendo a fórmulas de recolección, caza menor y en algunos casos pesca.
Horticultores-pescadores-recolectores: sedentarios (Tri bus).
El aumento de la población hasta la constitución de unidades sociales superiores a los 100 habitantes, con una densidad mayor a los 2 habitantes por Km 2 obliga a considerables aumentos cuan titativos en la recolección y a la selección de plantas especialmente aptas para la alimentación: es el inicio de la aparición de «cultí genos» y de una horticultura que juega al alza en relación con la recolección tradicional.
Las cuatro unidades descritas sucintamente en los párrafos anteriores corresponden a sociedades igualitarias, cuya organiza ción se basa en el parentesco y cuyo sistema económico es, básica mente, el de reciprocidad.
Recolectores-pescadores con almacenes: sedentarios (Je faturas I).
Algunas sociedades de pescadores como la de los indios del noroeste, 10 utilizando medios de conservación de alimentos, tiende a la acumulación de riqueza y, por consiguiente, de poder, en manos de algunas personas y, por lo tanto, evolucionan hacia URBANISMO PRECOLOMBINO DE AMÉRICA 7 algunas primeras formas de desigualdad social, a las que ciertos autores designan como Jefaturas.
Estas poblaciones son ya, defi nitivamente, sedentarias, al igual que las tribus agrícolas, funcio nan dentro de un sisten1a redistributivo.
Horticultores-pescadores-recolectores sin almacenes (Je faturas II).
La transformación de la sociedad desde el nivel tribal al de Jefaturas ha debido producirse como una consecuencia del sistema de reciprocidad propio de las unidades de bandas-tribus, en el que los líderes «prístinos», con cualidades como cazadores guerreros, o como shamanes, les permite ofrecer a cambio de bie nes de subsistencia, servicios de protección bélicos o militares y mágicos o religiosos a la sociedad de agricultores.
A partir de esas formulaciones la economía se transforma paulatinamente en un siste1na de redistribución a través de festivales en los que los valores simbólicos y «religiosos» tienen más y más importancia.
Horticultores-pescadores: yuca amarga con almacenes (Jefaturas III).
El reforzamiento de los «jefes» se verifica cuando alguna planta puede ser conservada durante mucho tiempo.
Tal es el caso de la yuca amarga que, transformada en harina o cazabe, permite conservarse y acumularse.
Con ese procedimiento el poder y la riqueza aumentan de modo que las desigualdades sociales se incrementan, nace y se desarrolla una «nobleza» adscrita al jefe, al tiempo que los servidores se especializan -artesanos, militares, shamanes-sacerdotes, etc.-y empieza a surgir algún tipo de «in tercambio» en mercados internacionales.
Agricultores cereal is tas con almacenes (Jefaturas IV).
El cultivo de cereales en algunas zonas, o la incorporación de estas plantas en las regiones donde dominaba la vegecultura, va a permitir un aumento de los recursos •acumulados por los jefes, reforzando y aumentando cuantitativamente las condiciones de estas jefaturas que propenden a unas. mayores desigualdades socia les y económicas.
Los cultivos se ven beneficiados por técnicas nuevas en el tratamiento de la tierra y el agua, como es el caso de los «camellones», andenerías, etc. La población aumenta hasta alcanzar niveles que oscilan entre 500 y 20.000 habitantes con una densidad de 4 a 50 habitantes por Km El tercer y último nivel en el desarrollo sociocultural de las sociedades de la América precolombina corresponde al de los Estados antiguos.
En términos muy generales, los estados se ca racterizan por una economía de intercambio con mercados y en algún caso con 1noneda, que provoca el desarrollo de una clase especializada de comerciantes; una organización social con dife rencias marcadas, en clases y en algún caso ciertos tipos de «escla vitud»; alto desarrollo de las tecnologías metalúrgicas y fabricación en masa; agricultura sofisticada, con construcciones hidráulicas a gran escala y producción de excedentes en grandes cantidades; considerable aumento de la población y asentamientos típicamente urbanos; desarrollo del militarismo a gran escala, con ejércitos de conquista, caminos, fortificaciones y depósitos; gran desarrollo de los conocimientos astronómicos, la contabilidad y el calendario, lo que dará lugar a la escritura y a la matemática; organización religiosa de carácter eclesial altamente jerarquizada; gran des arrollo de los poderes administrativos del Estado, con el nacimiento de una alta burocracia; impuestos en materias primas, productos 1nanufacturados y trabajo; desarrollo de la moral y la justicia, la literatura y las artes plásticas.
Agricultores cerealistas con almacenes y clases sociales (Estados I: Reinos).
El aumento de las capacidades económicas acumuladas y de la población en las Jefaturas conduce a la con figuración de organizaciones políticas con densa población, estra tificación social, alto desarrollo del militarismo, etc., lo que podría ser calificado de gran Jefatura o Estado de pequeñas dimensiones o incipiente y a lo que estan10s calificando de Reinos.
El ejemplo más típico sería el de los Muisca o Chibcha.
Agricultores hidráulicos, cerealistas y teocráticos.
La primera de las dos fonnaciones estatales que va1pos a contemplar aquí tiene un marcado carácter teocrático, lo que quiere decir que el poder religioso prepondera sobre el poder militar o tiene a éste con10 subordinado.
El ejemplo más típico de esta formación es Teotihuacán que pese a ser un estado expan-10 Atiuurio de Estudios Amc: rinmvs sionista, basa toda su organización en un poderoso sacerdocio.
En ese mismo nivel o con ese mismo carácter habría que situar las ciudades-estado mayas, en el Período Clásico, • y los estados de la costa peruana.
El aspecto hidráulico de la agricultura para estos últimos no resulta tan claro como para los prin1eros.
Agricultores hidráulicos teocrático-militaristas y comer ciantes (Estados III).
La segunda formación estatal que conside ramos aquí sería aquella en que el poder militar prepondera sobre cualquier otro, sin que lo religioso deje de tener un peso especí fico extraordinario.
Además, en este caso, hay que considerar la aparición de una nueva clase, la de los comerciantes, que juegan un papel destacado en el carácter expansionista del Estado.
Se trata de los clásicos «imperios militaristas», en los que el factor expansivo juega un papel de primera importancia.
El ejemplo más claro para este tipo es, sin duda, el de los Incas.
URBANISMO Y PROCESOS DE URBANIZACIÓN
Si partimos de la base de los conceptos de asentamiento y pa trón de asentamiento tal como se concibe y practica en la moderna arqueología, 11 debemos pasar ahora al análisis del fenómeno ur bano desde varios puntos de vista.
Una buena parte del confu sionismo que reina en torno al problema del urbanismo se deriva del hecho de que es un tema tratado por sociólogos, geógrafos, historiadores, economistas, arquitectos, urbanistas y también ar queólogos, todos los cuales «utilizan los términos ciudad y urba nización tan libremente» que en ocasiones parecen sinónimos12 lo que, como veremos más adelante, dista mucho de• ser verdad.
Desde la época en que Gordon Chilcle desarrolló su teoría sobre la «Revolución Urbana» se ha desarrollado un cierto confu sionismo entre dos procesos que, siendo coincidentes en ciertos aspectos, no deben utilizarse como términos sinónimos: me refiero a los de civilización y urbanismo.
«La urbanización -dice Servi ce-era la característica básica que Childe empleaba para campen-Jost ALCTNA FRANCH diar la civilización.
Pero dado que el paso desde las aldeas neolí ticas a la civilización lo denominó también la revolución urbana muchos aceptaron la implicación de que urbanización no sólo era un indicador importante de la civilización, sino también, de algún modo, un factor causal.
Se con1ete una injusticia con Childe al tratar su teoría de la urbanización de esta manera.
Por ejemplo, en el artículo que muchos consideran su más definitiva exposición sobre la urbanización, 13 Childe dice que «el propósito del presente ensayo es el de presentar la ciudad históricamente -o más bien prehistóricamente-como el resultado y el símbolo de una 'revo lución' que inició una nueva etapa económica en la evolución de la sociedad (las cursivas están añadidas)».
Según Childe este cam bio en el tamaño de la población constitüyó la culminación de un cambio progresivo en la «estructura económica y la organización social» de las comunidades.
No obstante, son tantos los que equi paran «urbanización» con > que, se dé o no siempre por sentado reahnente una prioridad causal, la aso ciación necesita todavía ser discutida».
14 El hecho de que etimológicamente Civilización se derive del término latino civitas ha reforzado, por su parte, la confusión childeana, al implicar que la civilización sólo se da cuando se ha alcanzado el nivel de concentración poblacional, densidad y com plejidad social, económica y política de las ciudades, cuando, por lo que sabemos para un largo período en la historia del anti g uo Egipto o para el desarrollo de la cultura maya en Mesoan1érica 15 se pudo alcanzar el nivel de la Civilización sin que la población se concentrase en verdaderas ciudades.
No es, por ello, imperti nente que recordemos los siete atributos de la civilización para Willey, Eckholm y Millón: 16 arquitectura monumental pública; grandes estilos artísticos, desarrollo de ciencias aplicadas; sistema de escritura; poblaciones de gran tan1año y densidad; diferencia ción de la población en un gran número de clases sociales y conser vación de recursos naturales para trabajos públicos y con1ercio exterior extensivo.
l)e las siete características mencionadas, hay algunos autores que no consideran indispensable la instalación y uso de ciudades, como ocurre para el caso de los mayas, o el uso de la escritura como sucede en el caso de los incas.
17 Sin embargo, para G. Sjo berg 18 «aun cuando los sistemas de escritura tardaron siglos en desarrollarse, su ausencia o presencia sirve de piedra de toque para distinguir una comunidad genuinamente urbana, de otras que, a pesar de su tamaño y su elevada densidad de población, dtben ser cuasi urbanas o no urbanas».
Concluiremos desde nuestra perspectiva y siguiendo la pr� puesta de Schaedel, 19 que ni el fenómeno de la escritura ni la vida en ciudades deben ser condiciones indispensables para que califi quemos de civilización a una determinada sociedad cuyo desarrollo cultural haya alcanzado las restantes características de la definición de Willey, Eckholm y Millón.
Queda por aclarar, sin embargo, el problema del urbanismo y su equiparación con vida citadina.
Es quizás una de las mejores definiciones de urbanismo, la que nos dan William T. Sanders y Bárbara Price, 20 al decir que «el urbanismo puede definirse como el proceso por el cual comu nidades físicas surgen con grandes poblaciones que se concentran en un área pequeña, continua y compacta y están caracterizadas por una intensa diferenciación interna basada en variaciones de riqueza, especialización económica' y poder.
Estas características -crecimiento de población, nucleación y diferenciación social pueden ser convenientemente analizadas como procesos separados pero interrelacionados».
Los criterios utilizados •por Sanders y Price apuntan tres aspectos fundamentales en el proceso de urbanización: demografía, concentración de la población y complejidad social y no meramente a los que proporciona el urbanismo n1ás tradicio nal y mecánico y desde luego, supera ampliamente a la definición utilizada por Rowe21 al ocuparse del tema en relación con el área andina.
Aunque 1a definición de asentamiento urbano dada por An derson 22 tiene un carácter más universal que las anteriores y por lo tanto, trata de englobar el urbanismo actual, conviene repro ducirla aquí, por lo que puede servir para completar anteriores definiciones.
«Un asentamiento urbano -dice Anderson-con siste fundamentalmente en una agrupación de viviendas y otros edificios más una población residente considerable.
Las construccio nes tienen carácter permanente, están situadas a cierta distancia de las de otros asentamientos y dispuestas en forma compacta, típicamente en manzanas separadas por calles o callejones.
Aunque no existe acuerdo universal respecto a la cantidad de población que ha de tener un asentamiento para que se le considere como urbano se suele situar el mínimo más o menos entre 2.500 y 10.000 habitantes».
En cualquier caso el urbanismo es un proceso para cuyo sur gimiento se requiere de una serie de prerrequisitos, entre los que cabría mencionar la productividad de la agricultura de irrigaci6n, el control centralizado de los sistemas de riego, las instituciones que armonizan los intereses de agricultores y pastores, etc., 23 pero sobre todo, la presencia y el peso político del señor, rey o sobe rano, quien ejerce un papel catalizador para el nacimiento del urbanismo.
«Mi hipótesis -dice Mumf ord 24 -es que el factor más in1portante de la transf ormaci6n de la economía descentrada de la aldea a la organizadísima economía urbana fue el rey, o más exac-tan1ente la institución de la monarquía (... )
El rey está al centro de la concentración urbana; es él el imán que atrae al corazón de la ciudad y somete al control del palacio y del templo todas las nuevas fuerzas de la civilización.
A veces fundaba ciudades nuevas, a veces transformaba antiguos poblados agrícolas impo niéndoles la autoridad de sus funcionarios; en ambos casos su soberanía determinó un cambio decisivo tanto en sus forn1as como en sus contenidos».
25 Es evidente, como veremos luego, que el desarrollo de las Jefaturas implica la concentración en la cabecera no sólo del caci que y su parentela, sino de los especialistas a su servicio, incluidos los nuevos n1ilitares, lo que itnplica a su vez la construcción de instalaciones especiales: palacios, templos, fortalezas y viviendas.
Todas esas instalaciones que originahnente no sobrepasan en mucho el volumen de las viviendas ordinarias de los habitantes de aquel núcleo de población, conforme va aumentando el carácter suntua rio de las mismas para proporcionar más prestigio a sus habitantes, crean el núcleo religioso, político y administrativo del centro cívi co en torno al que se aglutinará la ciudad propiamente dicha.
El hecho de que muchos de esos centros se hallen planificados permi te concluir que «fue el previo desarrollo político lo que hizo posi ble la ciudad y no al contrario».26
Desde la publicación del artículo germinal de V. Gordon Chil de de 19 50, 27 los avances en relación con la metodología a utili zar para el análisis del fenómeno urbano hán sido numerosos e importantes.
Childe define la ciudad a partir de diez criterios o prerrequisitos, que son los siguientes:
El tamaño de las primeras ciudades es superior al de cualquier asentamiento anterior: entre 7.000 y 20.000 habitantes las ciudades sumerias; Harappa y Mohenho daro: unos 20.000.
Sociedad: además de campesinos aparecen los comercian tes, sacerdotes, funcionarios, artesanos, etc., que se man tienen gracias a los excedentes de los primeros.
Los excedentes son entregados como tributo o impuesto a una deidad o un rey divino que concentra el excedente.
Los edificios públicos monumentales simbolizan la can een tración del exceden te social.
La clase gobernante estaba exceptuada de cualquier tarea manual y era mantenida por el excedente.
Se crean sistemas de escritura y notación numérica para registrar contribuciones y bienes.
Los sistemas de notación numérica permitieron elaborar las primeras ciencias exactas: aritmética, geometría y as tronomía, sobre cuya base se elaboró el calendario para regular el ciclo agrícola.
Los artesanos-artistas proceden a elaborar un complicado sistema simbólico que aplican al dibujo, escultura, mo delado, etc. 9.
El comercio exterior desarrolla la importación y expor tación de materias primas y productos manufacturados, especialmente de carácter suntuario.
«Las más tempranas ciudades ilustran la primera apro ximación a una solidaridad orgánica basada en la com plementariedad e interdependencia funcionales entre to dos sus miembros».
El problema de la urbanización había sido abordado también por aquellas fechas por Robert Redfield, para quien «el pueblo campesino comparado con la aldea tribal, la villa comparada con el pueblo campesino, o la ciudad comparada con la villa es menos aislada; es más heterogénea; está caracterizada por una más com pleja división del trabajo; tiene una economía monetaria más desarrollada; tiene profesionales especialistas con un carácter más secular y menos sagrado... ».29 Aunque Raoul Naroll, al abordar el estudio del desarrollo social estudia igualmente el problema de la urbanización utilizan do como criterios analíticos, el tamaño de los asentamientos, la especialización artesanal y la ramificación organizativa30 quienes hacen aportes más significativos al estudio de los asentamientos urbanos son los peruanistas Rowe 31 y Lanning.
32 El primero intro dujo en el artículo de referencia los conceptos de acorítico y sin corítico.
Rowe dice textualmente: «Estoy proponiendo el uso del término pueblo para designar un asentamiento urbano en el cual todos los residentes se hallan dedicados a la caza, pesca, agricul tura o pastoreo, al 1nenos durante parte del tiempo, y ciudad para designar un asentamiento que incluye residentes dedicados a otras actividades (manufactura, comercio, servicios, administración, de fensa, etc.).
Si el asentamiento urbano tiene a su alrededor una población rural dispersa yo propongo llamarla sincorítica, un tér mino que deriva de la palabra griega chorites, campesino.
Si toda la gente dedicada a tareas rurales reside en el mismo asentamiento urbano, es decir que el campo no tiene virtualmente ningún re sidente permanente entre los asentamientos, yo propongo llamar les asentamientos acoríticos.
Las cuatro clases de asentamientos urbanos son, entonces: el pueblo sincorítico, el pueblo acorítico, la ciudad sincorítica y la ciudad acorítica».
33 Esta aportación de Rowe ha sido incorporada por Lanning a sus criterios para la de finición de los tipos de asentamiento del área audina.
34 Además del corismo, Lanning contempla los criterios de: per-l.
Josf: ALCINA FRANCH 1nanenc1a, tamaño, aglutinación, nucleación y especialización.
En cuanto al tamaño, Lanning hace una triple división: de menos de 1.000 habitantes, de entre 1.000 • y 5.000 habitantes y por encima de 5.000 habitantes: los pritneros asentarnientos son todos acorí ticos y no especial izados; los segundos pueden tener un cier to tipo de corismo y especialización; mientras que los de más de 5.000 habitantes eran todos sincoríticos y especializados.
La aglutinación «se refiere a la densidad de población en una comunidad y a la naturaleza de la comarca en torno.
En un asen tamiento aglutinado muchas o todas las casas eran construidas una junto a otra».
35 Lo contrario de aglutinación es dispersión.
« Una comunidad no aglutinada o dispersa consiste en nutnerosos agru pamientos de viviendas, bien separadas unas de otras, pero lo bastante cerca como para dar a entender que no estamos ante pe queñas aldeas independientes».
En ese sentido Mumford 36 viene a coincidir con el plantea miento de Lanning al decir que «cuando un arqueólogo dice que la dispersión no se ajusta a lo urbano en un sentido auténtico, des carta arbitrariamente un tipo de ciudad que ha tenido una larga historia y que está adoptando una nueva f arma en la actualidad».
La nucleación consiste en la presencia de uno o varios cen tros en los que se agregan estructuras arquitectónicas de edificios públicos: puede ser un altar, una plaza o un conjunto de edificios públicos.
En asentamientos grandes puede haber varios núcleos..1 7
Por último, Lanning alude a la concentración de especialistas en un asentamiento.
Tales especialistas pueden ser sacerdotes, ofi ciales de gobierno, artesanos, mercaderes, etc.
«Un asentamiento es considerado más o menos especializado dependiendo en qué proporción de su población estaban los especialistas».
38 Con referencia al problema de la urbanización en el área an• 35 Ibídem, pág. 33. dina Richard Schaedel propuso la utilización de una metodología en la que se integrarían series arquitectónicas con edificios bien fechados, juntamente con datos etnohistóricos para confirmar los ejen1plos más representativos de tiempos tardíos y el uso comple mentario de informaciones procedentes de enterramientos y de excavaciones.
39 Hay que mencionar también, las características y funciones que definen a la ciudad según Hardoy: 40 1.
Extenso y poblado para su época y regi6n.
Con una densidad 1nínjma para su época y región.
Con construcciones urbanas y un trazado urbano indi cado por calles y espacios. urbanos reconocibles.
Un lugar donde la gente residía y trabajaba.
Con un mínimo de funciones específicamente urbanas como ser un mercado y/ o un centro político administra tivo y/o un centro militar y/o un centro religioso y/o un centro de actividad intelectual con las instituciones correspondientes.
Heterogeneidad y diferenciación jerárquica de la socie dad.
Residencia de los grupos dirigentes.
Un centro de economía urbana para su época y región, cuya población dependía hasta cierto grado de la pobla ción agrícola de gente que, en forma total o parcial no vivía en la ciudad.
Un centro de servicios para las localidades vecinas, de irradiación de un esquema de urbanización progresivo y de difusión de adelantos tecnológicos.
1 O. Con una forma urbana de vida distinta de una forma de vida rural o semirural para su época y región. c.
• Por últin10, Miguel Rivera ha hecho, con escasa fortuna, una síntesis de algunas de las características y criterios antes menciona dos, salvo los decisivos de Gordon Childe a quien ignora y a los que aplica una ingenua mate1natización pseudocientífica.
41 Si tratamos de hacer una comparación con las listas de carac teres de los autores más importantes mencionados anteriormente y, sin obligarnos a hacer una minuciosa crítica de los mismos, haríamos una propuesta de diez caracteres o funciones que vienen, en nuestra opinión, a definir un asentamiento urbano.
Es evidente que alguno de los diez caracteres se presenta en organismos que hemos calificado de semi-urbanos y algunos otros vienen a carac terizar a las civilizaciones o al desarrollo político de las socieda des, pero en conjunto entendemos que definen a los asentamientos urbanos teniendo en cuenta que en ellos confluyen características muy diversas que corresponden al proceso civilizatorio, a la evolu ción sociopolítica y a los propios patrones de asenta1niento (Cuadro 3).
TIPOLOGÍA DE LOS ASENTAMIENTOS
En la medida en que el establecimiento de tipologías afecta a la problemática de los geógrafos y de los arqueólogos, no parece haber mucho acuerdo entre unos y otros, manifestando los pri meros un criterio enormemente más amplio y matizado que los segundos, en tanto que su información es más precisa y más con trolable que la de los segundos.
Mencionaremos, en primer lugar, una lista de-asentamientos que, por ser la más amplia, podríamos entender que es la que utó picamente consideraríamos como la que deberían alcanzar tanto geógrafos como arqueólogos y que, de mayor a menor, incluiría, los siguientes tipos de asentamiento:
Manejando conceptos que difícilmente podrían referirse en estos momentos a poblaciones o asentamientos arqueológicos, como son los de distancia y población total abastecí.da) se pueden llegar a definir cuatro unidades de asentamiento bien diferenciadas en el campo de la Geografía humana: pueblos, villas, ciudades y capi tales regionales.
42 En un caso y otro diríamos que la Arqueología debería pro ponerse alcanzar niveles de información y análisis relativamente parecidos a los que maneja la Geografía, ya que, en principio, no parece que deban existir mayores diferencias entre el presente y el pasado para este tipo de cuestiones; otra cosa es que la metodo logía aplicable en Arqueología plantee muchos más problemas a la hora de obtener la información deseada.
Para Sjoberg, en la historia urbana considerada como un con junto, sólo se pueden establecer tres grandes niveles de desarrollo, a través de los cuales se estructuró la evolución de las ciudades: « 1: la sociedad popular: caracterizada por ser pre-urbana, preliteraria y en especial por carecer de excedentes económicos.
«2: la sociedad pre-industrial, también conocida como feudal, que se desarrolla en base a la existencia de excedentes, con trabajo 4.2 Puyol, Rafael y otros: Diccionario de Geografía.
4! luariu cfo Estudios Amcricarws (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es especializado y una n1arcada estructura de clases.
Sus caracterís ticas son la escritura y la utilización de fuentes de energía externa al hon1bre.
Es aquí donde se estructuran las primeras ciudades.
3: y la ciudad industrial que, como su nombre indica, se ca racteriza por ser la industria su determinante fundamental».
43 Sin embargo, el estudio que nos lleva más directamente a la problemática que nos interesa en este ensayo y que lleva fecha tan temprana como la de 1961, es el estudio de William T. San ders sobre el Valle de México, para cuya etapa Post-Clásica esta blece tres tipos básicos de comunidad y tres niveles de estratifica ción comunitaria, en la forma siguiente: << 1.
Comunidades rurales pequeñas formadas cada una a par tir de un grupo de parentesco llamado calpulli, que eran nucleadas, tenían pequeños recintos ceremoniales y poseían comarcas de tie rras agrícolas comunales.
Villas urbanas con un gran recinto ceremonial y 3.000 a 6.000 habitantes, consistentes en especialistas en religión, go bierno y economía (artesanos y mercaderes).
En el centro cívico había templos, el palacio de un señor hereditario y un mercado.
Esta villa urbana era el centro de un pequeño estado territorial que incluía una mucho más grande poblaci6n rural tributaria, re sidiendo en comunidades del tipo 1 y teniendo una población total de 12.000 a 30.000 habitantes.
Ciudades, con poblaciones en torno a las decenas de millares, con la misma con1posición poblacional que las villas, pero con un control político sobre un gran número de pequeños esta dos territoriales antedichos.
Este control estaba apoyado en con quistas militares' y se basaba primariamente en el derecho de sus Señores a percibir tasas en trabajo, bienes y servido militar».
Al plantearse, poco después, John H. Rowe el mismo tema, pero con referencia al área andina, su división entre dos únicas entidades -no urbanas y urbanas-resulta mucho más esquemá tica que la de Sanders: «Nosotros -dice Rowe-tenemos razo nes para suponer que cualquier asentamiento urbano con una po blación que excede de 2.000 habitantes es o era una ciudad y no un pueblo (... ).
Propongo referir a �;1sentamientos urbanos que se e• stima tener menos de 2.000 habitantes como pequeños y los que se estima tener más de 2.000 como grandes».
45 La escala más amplia y completa que se ofrece para una re gión americana en la etapa precolombina es la que da Borheg' yi para el altiplano de Guatemala en el Predásico y en la transición Pre clásica/Clásica.
Borhegyi distingue dos tipos principales de asenta miento, «uno es el asentamiento con el propósito primario de proveer protección y habitación y que consistía en formas arquitectónicas perecederas domésticas (... ) y construidas cerca de tie rras arables con suficientes recursos de agua y combustible». seculares (sitios defensivos) y comunales, con n1ás de treinta estructuras.
La calificación de mográfica de aldea para Willey y Bullard viene a ser parecida a la de los autores citados, ya que la cifran entre 250 y 500 habitantes.
Para Lanning, finalmente, aldea es «un asentamiento pequeño, permanente, aglutinado, con población por debajo de mil personas.
Muchas o todas las aldeas eran acoríticas y an1pliamente no espe cializadas; algunas eran nucleadas, otras no nucleadas.
No hay diferencia significativa entre aldeas aglutinadas y dispersas, aunque a1nbas tienen pequeñas pero bien definidas comarcas».
47 Si contemplamos en conjunto los datos y opiniones que aca bamos de resumir ( ver Cuadro 4), al tiempo que insertamos nuestra propuesta personal ya indicada en el Cuadro 1, podremos apreciar algunas líneas generales comunes a todas ellas.
En ninguno de los autores mencionados se trata del concepto de campamento, lo que en términos arqueológicos correspondería a asentamientos de cazadores-recolectores del período Paleolítico.
El término de al dea se aplica a los asentamientos menores de 200 ó 250 personas.
Los pueblos o aldeas grandes se hallan, por lo general, por debajo de los mil habitantes.
El asentamiento que nosotras denominamos villa y que tiene un cierto carácter sen1iurbano, siendo el tipo característico de los asentamientos de las Je/aturas es el que recibe denominaciones más variadas: «pueblo», «pequeña ciudad» o «pue- glo agrícola satélite>>; pero siempre el límite máximo de este asen tamiento, que viene a ser la frontera del urbanismo se sitúa en los 2.500 ó 3.000 habitantes.
Solamente superan esta estimación Dewey y Sanders con sus villas urbanas (urban tozvns), por lo que parece poderse concluir que los centros ceremoniales o ciudades se constituyen plenamente entre los 2.500' y 1 O.000 habitantes.
48 Más allá de los términos apuntados de ciudades o centros ceremoniales, n1ás allá, por lo tanto, de los 10.000 habitantes, sólo se mencionan los llan1ados «centros ceremoniales mayores» de Borhegyi y nuestra proposición de usar el término de urbe para ese tipo de concentraciones urbanas entre las que Teotihuacán, en la fase Xolalpan puede ser un ejemplo característico con sus dos cientos mil habitantes.
49 En las páginas siguientes., pasaren1os a analizar con un tnayor detalle los tipos n1ás característicos 1nencionados hasta aquí.
Los estudios llevados a cabo en fechas recientes por los etó logos y especialistas en primatología 50 nos permiten poder entre ver hoy, con alguna mayor precisión, cómo sería el patrón de asen tamiento de esa sociedad «prístina» a la que hemos llamado de «recolectores-cazadores-pescadores».
Su característica más desta cada es la de corresponder a una sociedad nómada o trashumante, como la de gorilas o chimpancés, los cuales crean sus «nidos» en lugares adecuados, pero a los que raramente regresan, mieqtras que los humanos «reutilizan sus puntos fijos transfonnándolos en hogares-base por tratarse primordialmente, de lugar�s de distribu ción, preparación y hasta conservación de alimentos y, además, centros de reunión intra o intergrupales, consecuenten1ente de autoafirmación como individuos pertenecientes a un grupo singular.
Josf ALCINA PRANCU Es obvio que estos condicionantes, cuando alcanzaron un determi nado nivel, obligaron a una conducta unificadora 1nás con1pleja, la que originó los hogares-base>>.
51 Aunque este tipo de campa111entos es utilizado por todos los grupos de cazadores-recolectores del n1undo, incluidos los ameri canos, los mejores ejemplos o los casos mejor estudiados son afri canos.
Así, por ejemplo, los bosquimanos Kung del Kalahari, que viven en grupos familiares de cuatro a seis individuos y que re corren el área de caza-recolección, en la que constru' yen 28 campa mentos a lo largo de 26 semanas, de los cuales solamente 23 fueron ocupados una sola vez.
Así con10 entre estos bosquimanos no se aprecian diferencias estacionales, en lo referente al tan1año de las áreas de acampada que son mayores en la estación seca, todo lo cual no es propio de los Póngidos.
Entre los tipos de cho:�as utilizadas por los recolectores-caza dores, quizás la más extensamente distribuida es la de fortna semi esférica, con varas curvadas que se hincan por ambos extremos, dejando un espacio que se cubre con grandes hojas.
En el caso de pueblos africanos, estas hojas son de plantas que utiliza igual mente el gorila para hacer sus nidos.
Un segundo tipo, muy popu lar también es el de las chozas de mediagua o paravientos, de base rectangular y cubierta de corteza, hojas o pieles.
Las casas rehun didas, buscando el calor que proporciona la tierra, son propias de los grupos de cazadores boreales o sub-boreales, como los esqui males, cuyas chozas de nieve representan un tipo de adaptación al medio muy característico.
Por último, las tiendas cónicas son típicas de los cazadores de las praderas, cuya movilidad es n1ayor que la de otros grupos.
52 La cantidad de unidades sociales incluidas en un campamen to puede oscilar entre cuatro y seis, siendo el área de cada unidad social de unos 25 m 2 y la de cada individuo de 6'5 m 2
• General mente, las cabañas se disponen de manera circular, mirando las entradas de cada una hacia el centro.
«Las chozas se agrupan en función de vínculos de parentesco; el centro de este círculo corres-URBANISMO PRECOLOMBINO DE AMtRICA 27 pande al interior del campo y se usa como área comunal».
53 Las chozas sirven para dormir y cuando deben protegerse de la lluvia, pero los hogares se sitúan siempre en el exterior.
Cuando los pig moides de Gielli de Río Muni se desplazan por la selva duermen al aire libre, construyendo camas de hojas semejantes a los nidos de los gorilas.
Los campamentos permanentes de los cazadores se suelen situar en las proximidades de manantiales y, en ocasiones, están constituidos por casas comunales que pueden ser de gran tamaño, como la de los Onge que tenían hasta 144 m 2 • El tipo de asentamiento descrito sucintamente en los párrafos anteriores, correspondería a la mayor parte del territorio norte americano: especialmente las áreas ártica y sub, frtica, altiplano, California y suroeste e igualmente gran parte de Suramérica, sobre todo los cazadores de las Pampas y Patagonia, los del delta del Paraná y Gran Chaco, así como algunos grupos aislados en el Ama zonas y en la costa atlántica, a todos los cuales Julián H. Steward agrupó bajo el nombre de Tribus Marginales.
Marshall D. Sahlins 54 ha destacado el hecho de que las formas tribales nacidas de la <<revolución neolítica» en muy diversos lu gares del mundo se han desplazado diversificándose durante el pro ceso y experimentando una «radiación adaptativa».
Menciona así, tribus de agricul tares forestales, nómadas pastoriles, tribus de ca zadores, pescadores y recolectores, cazadores ecuestres y algunos casos de agricultura intensiva.
55 Algunas de esas formulaciones tienen que ver con el hecho de que las diferencias entre bandas y tribus, siendo ambas socie dades igualitarias, residen en la cantidad de habitantes que con centran bajo una unidad política o en sus asentamientos y en las relativas complejidades de parentesco y otras, más que en la eco nomía de subsistencia, en la que el hecho agrícola viene a resolver circunstancialmente el problema del crecimiento demográfico.
De otra parte, el tipo de los pastores, importante en el Viejo Mundo, no es significativo en América, donde la domesticación de animales viene a completar en algunos casos la economía familiar de los agricultores, sin que llegue nunca a constituir la base sustancial de la subsistencia del grupo.
Por todo ello, centraremos nuestra atención en la adaptación agrícola al bosque tropical, donde en el caso americano encontra mos una alta densidad de población, con organización tribal ocu pando un territorio relativamente extenso.
«En las selvas tropi cales se practica una forma específica de producción neolítica.
Ca racterizada por técnicas ingeniosas de cultivo de tala y quema se orienta generalmente hacia el aspecto agrícola, ya sea asociado con la recolección de algunos alimentos, ya sea contando hasta cierto punto con algunos animales domésticos».
56 La descripción que nos proporciona Levi-Strauss 57 para una aldea Bororó puede servir de modelo para los vecinos Kayap6.
58 Estas son aldeas de forma circular, con una serie de chozas -28 en el caso del poblado de Kejara de los Bororó-que dejan un am plio espacio interior, en cuyo centro se sitúa la casa de los hombres, de mayor tamaño que las restantes y que se ordenan teniendo en cuenta las dos «mitades» del grupo social, divididas por una línea diametral.
En el caso de los Kayapó, la casa de los hombres se halla en el mismo perímetro que las restantes, pero en el lugar diametralmente opuesto a la casa del jefe.
Este no es, sin embargo, el único modelo de asentamiento practicado por los grupos tribales de foresta.
«Un poblado jívaro, por ejemplo, está constituido por una sola casa comunal en la que habita una familia extendida, patrilocal.
Se la sitúa en un sitio en que sea fácil la defensa, como en lo alto de un promontorio,
en el recodo de un río o en una saliente rocosa (si el terreno es n1ás escabroso).
Aunque con acceso a una corriente pequeña, la casa se erige a cierta distancia de la ribera, para reducir al mí ni1no las posibilidades de ser descubierta por los que pasan por el río (... )
Las casas tienen de 15 a 3 O m. de largo, con los lados rectos y los extremos redondeados (... )
En el interior, una mitad corresponde a las mujeres'y la otra a los hombres, aunque no exis te una separación formal entre ellos».
59 Las casas de los jívaros se agrupan en número de cinco o seis a lo largo de un curso fluvial comun.
En el caso de los Camayurá, el patrón de asentamiento con siste en un conjunto de seis grandes casas en un círculo como de cien metros de dián1etro, dejando en el centro una plaza vacía, a excepción de un pequeño edificio en el que se guardan las flautas sagradas.
Las casas comunales agrupan a las familias conyugales en áreas restringidas, en las que las hamacas del hombre y la mujer se superponen, quedando los hijos mayores alrededor y los peque ños con la madre.
60 Otros grupos indígenas de bosque tropical, pero en zonas no amazónicas, como los Cayapas, del noroeste del Ecuador, se instalan en casas de gran tamaño, con el hogar sobreelevado en el interior, apoyadas sobre pilotes que alejan el suelo de •Ia vivienda de terrenos relativamente elevados sobre el nivel del río, junto al que las construyen, pero que pueden inundarse en la poca de lluvias.
Estas casas agrupan un promedio de nueve personas in cluyendo, por lo tanto, algo más de una familia conyugal.
61 Así como no existen en la práctica evidencias arqueológicas de campamentos de cazadores para el continente americano, o son evidencias muy escasas, lo que sabemos hoy acerca •de poblados aldeanos de agricultores del Formativo de América es ya mucho.
Para citar solamente unos ejemplos, tendríamos que hacer referen- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es cía a la serie de descubrimientos de viviendas y de aldeas más o menos completas en Mesoamérica, 62 especialmente en los valles de México y de Oaxaca, pero también en las tierras bajas del Golfo de México y en la costa de Guatemala.
Otro tanto podemos decir de los hallazgos en Ecuador, tales como la planta de una casa en el sitio de Las Vegas, o el poblado de Cotocollao, junto a la ciudad de Quito, e incluso el de Real Alto, en el Guayas.
63 Los hallazgos en otros lugares de Suramérica son numerosos y vienen a coincidir en términos generales con los citados anteriormente para Meso américa y el Ecuador.
El patrón de asentamiento de las Jefaturas o Señoríos es, ordinariamente, muy variable ya que, al tiempo que se concentra en poblados que pueden llegar a tener varios miles de habitantes, verdaderas villas, especialmente cuando inclu' yen la residencia del Jefe o Señor, por otra parte, puede presentar un aspecto disperso en forma de pequeños caseríos e incluso de casas aisladas.
El ta maño de la población oscila entre los 800/1.000 hasta los 20.000 habitantes para toda la unidad política que representa el Señorío aunque en el caso de las Jefaturas polinesias se alcanzan niveles poblacionales mucho más altos, de hasta 100.000 habitantes.
64 Si, utilizando en primer lugar, datos de carácter etnohistóri co, tomamos como ejemplos relativamente diferentes los casos de Taínos en las Antillas y de los Cañaris en la Sierra Sur del Ecua dor, podremos comprobar que la población de esas sociedades se concentra en pequeñas aldeas, caseríos y aun viviendas aisladas.
En el caso de los taínos se pueden señalar verdaderos poblados concentrados, de mayor o menor extensión, desde una población que «era de mil casas», 65 hasta otras que tenían solamente «cin cuenta casas», 66 pero otras muchas veces solamente se trataba de agrupaciones de no «más de cinco casas» 67 o incluso de «dos casas».
68 Por lo que se refiere a los Cañaris parece que la pobla ción era dispersa, ya que «hasta ahora que los han obligado a que se congreguen -dice Salinas-no solían vivir sino derramados, poblados a manera de barrios, por tener cerca de sus casas semen teras y tierras y propiedades».
69 Tanto en el caso de los taínos, como en el de los cañaris, parece seguro que tenían algunas poblaciones que podrían ser calificadas de <<cabeceras», donde se concentraba la población hasta un nivel que permite hablar de un cierto sistema «semiurbano».
Pedro Mártir de Anglería, refiriéndose a un cacique llamado Beu chio Anacanchoa, de La Española, dice que tenía una «corte (... ) que se llama J aragua».
70 En el caso de los cañaris son bien cono cidos los sitios urbanos o semiurbanos de Hatuncañar, Tomebam ba y Cañaribamba.
71 En una Relación de 1582 se dice que «se llaman generalmente los cañares porque tres leguas de aquí (Azo gues) está un pueblo que se llama Hatun-Cañar, que quiere decir en la lengua del Inga,'la provincia grande de los cañares'; y allí dicen que en tiempo del inga Guaynacaba había grandes poblaciones de indios y que allí era la principal cabeza de estos cañares; y así parece porque en el día de hoy hay grandes y sumptuosos edificios y entrellos una torre muy fuerte».
De acuerdo con esa descripción y las evidencias observadas en el sitio de Ingapirca, parece clara la identificación de este yaci-JOSI� ALCINA FRANCH miento arqueológico con el I-Iatun-Cañar de la Relación y, por consiguiente, con la cabecera del reino de Cañar.
La zona, exca vada por nosotros hace algunos años, 73 parece ser un asentamiento de tipo disperso en un área relativamente extensa y de la que tene mos suficientes datos para afirm,1r que se trataba de una alta con centración de población cañar en torno a una serie de elementos centrales de evidente valor religioso y ceremonial, como la paca. rina que debió estar situada donde hoy se halla el Castillo y segu ramente también el J ngachungana, área junto a la cual las instalaciones residenciales, los depósitos y las construcciones de carácter defensivo completan un organismo semiurbano de cankter muy variado y con una aparente desarticulación.
Con independencia de que las Je/ aturas no dispongan de una arquitectura comparable con la de los Estados de Mesoamérica o de los Andes Centrales 74 es característica común a todas ellas la construcción de «palacios» o residencias para el cacique, aunque sea con materiales perecederos.
Pedro Mártir de Anglcría nos ha dejado una muy buena descripción de un «palacio» taíno.
«En traron luego -dice-en la mansión real donde hallaron una opípara cena preparada a su usanza y repararon fuerzas.
Al llegar la noche, cada uno según su categoría, fue conducido a su aposento por los servidores del rey y descansaron en los lechos colgadizos de que esta gente se sirve y que ya hemos descrito».
75 En lo que se refiere a los cañaris tenemos evidencias arqueo lógicas que podrían corresponder a esta cultura, en el yacimiento de Ingapirca, en el que el edificio designado como Pilaloma, pare ce corresponder a la residencia <le un cacique indígena.
76 En relación con la existencia de edificios dedicados al culto tenemos datos que se refieren a las culturas que estamos compa rando, aunque es evidente que existen diferencias entre ellas.
Los taínos han debido tener casas dedicadas a practicar algunas cere monias, como el llamado «rito de la cohoba» según lo describen con todo detalle los cronistas.
Benzoni 77 dice que «cuando un ca cique de la isla Española quería celebrar la fiesta de su principal y falso dios, reunía a todos sus súbditos (... )
El cacique iba de lante, entraba al tetnplo donde los sacerdotes estaban arreglando al ídolo v se sentaba tocando un tambor»..,
De los cañaris sabemos que tenían «guacas y adoratorios» 78 y el P. Velasco se refiere a un templo conocido con el nombre de Supay Urco, en el que se sacrificaban todos los años cien niños tiernos antes de sus cosechas.
79 Para completar la información exclusivamente etnohistórica utilizada en los párrafos anteriores, podemos referirnos ahora a un poblado de la costa de Esmeraldas (Ecuador), excavado por nosotros hace algunos años y que representa en nuestra opinión un buen ejemplo de cómo podrían ser las cabeceras de las Jefatu ras en esa región.
C. Pero que, según informaciones etnohistóricas, per dura hasta la llegada de los españoles a mediados del siglo XVI.
80 Según la información arqueológica y etnohistórica acumulada sobre este sitio, se puede concluir que el patrón de asentamiento queda limitado por dos líneas o fronteras: el bosque y el mar.
Más allá de esas fronteras se sitúan las actividades de caza y reco lección de bosque y pesca y recolección marisquera; todas las res tantes actividades se desarrollan en este ámbito: tanto la actividad agrícola como la actividad comercial o como la actividad artesanal.
El asentamiento propiamente dicho, sin e1nbargo, está repre sentado por una unidad compuesta de los siguientes elementos: TOSf ALCINA FRANCH aguadas o pozas, que aprovecha las aguas de lluvia o las subte rráneas del estero Taseche, pone en comunicación cada una de esas unidades.
El modelo permúe pensar en un sistema de repro ducción continuo y, por consiguiente, de crecimiento igualmente continuo.
Cabe pensar, sin embargo, que ese crecimiento puede tener dos direcciones: a) crecimiento interno dentro de cada uni dad y b) crecimiento externo, en la medida en que la sociedad debe haber ideado algún procedimiento para evitar el colapso del sistema interno de cada unidad, mediante su reproducción literal, de manera adyacente.
Desde un punto de vista funcional, cada unidad representada por su plaza y los elementos señalados más arriba están apuntando a una unidad de carácter social en la que casa-adoratorio, casa para enterramientos y casas-viviendas deben estar representando los diferentes núcleos en torno a los cuales se organiza la sociedad, tanto si consideramos una unidad pequeña, como pueda ser una familia extendida, como un linaje o un clan.
Del conjunto de datos manejados para Atacamcs podemos concluir que se trata de un centro semiurbano compuesto a] menos por cinco plazas -hay indicios de hasta once-o estructuras circu lares en las que el perímetro está compuesto por videndas -po siblemente de tamaño medio o grande-con una casa ce• •�monial, «templo» o casa de los hombres, situada ordinariamente en el lado sur, junto al bosque, con una casa o zona para enterramientos en la parte central de la plaza.
El modelo utilizado para cada una de estas unidades tiene un gran parentesco con el patrón tribal examinado más arriba, pero su reproducción hasta un número tan elevado de veces concuerda con la concentración de población -2.655 habitantes sobre una superficie de 1,9 Km 2 -que pode mos esperar para la cabecera de una Jefatura de regular importan cia demográfica. si, pero no ha llegado al umbral del fenómeno urbano que en opinión de Schaedel 82 se halla en torno a los 2.000 habitantes por Km 2
• El califica tivo de semiurbano que hemos utilizado en varias ocasiones para designar a este asentamiento viene a marcar ese nivel de transi ción entre lo típicamente rural y lo específicamente urbano de que tratamos en estas páginas.
Antes de pasar a estudiar el problema concreto de los «cen tros ceremoniales» conviene que abordemos la oposición entre ciudad-centro ceremonial, en el contexto del fenómeno del urba nismo.
En primer lugar hay que poner un énfasis especial en el hecho de que el urbanismo es un proceso dentro del continuum de los sistemas de asentamiento que ordinariamente se sitúa entre lo que llamamos con 1nayor o menor propiedad villa (town) y ciu dad (city): en algún caso hemos hablado de semiurbano y en otros casos habría que referirse a «asentamientos urbanos» sin que ello implicase el tratamiento de ciudad o de centro ceremonial.
Desde otro punto de vista hay que destacar que cuando em pleamos la expresión de «verdaderas ciudades» -con casas, calles, callejones, plazas, etc.-estamos implicando la existencia de falsas ciudades; esas falsas ciudades serían, por ejemplo, los centros cere moniales.
Como dice Bernal 83 es difícil pensar en una civilización no urbana y ese sería el caso de la civilización maya, si no consi derásemos que los centros ceremoniales son equivalentes a las ciu dades.
Por ello no parece «conveniente dividir la etapa del urba nismo en centros ceremoniales y ciudades urbanas», 84 aunque Wheatley argumenta con abundante documentación que la mayor parte de los procesos de urbanismo se iniciaron mediante centros ceremoniales, si bien debieron servir para fines muy diferentes como de altnacenamiento, redistribución, mercado y residencia.
85 Aún hay que añadir otra consideración que entendemos müy pertinente para comprender cúal es el centro del problema: aun que el tipo urbano que todos conocemos es el de las ciudades con centradas, con alta densidad de población, habitando zonas en la forma antes dicha de calles, plazas, etc., no debemos olvidar que • hoy ese modelo se está transformando mediante las llamadas «ciudades jardín>>, «ciudades dormitorio», lo que hace que la lla mada city se reduzca a cumplir funciones económicas comparables a las rituales y religiosas de los centros ceremoniales antiguos.
En otras palabras: las ciudades pueden presentar la forma «clá sica» tan conocida y también otras no tan comunes, pero sí tan eficaces para cumplir las funciones específicas de una ciudad.
En ese sentido los «centros ceremoniales» no son solamente una etapa en el proceso hacia la ciudad, sino otra forma de ciudad en la que lo que queda a la vista no es sino el corazón monumental de un asentamiento cuyas zonas habitacionales no monumentales debían expandirse a su alrededor.
Otra cuestión es la de los orígenes de los centros ceremo niales que indudablemente hay que ver en las villas.
Para Lan ning 86 hay varios tipos de villas: «la que podemos llamar villa rural no nucleada y acorítica (... ) la villa urbana, era nucleada y sincorítica.
Mientras la villa rural era esencialmente una aldea de gran tamaño, la villa urbana era una versión pequeña de las an tiguas ciudades.
Ellas probablemente tenían diferentes grados y ti pos de especialización, los mercaderes y oficiales gubernamentales se concentrarían probablemente en las villas urbanas, mientras los especialistas en las villas rurales serían principalmente artesanos.
Otros tipos de villas existirían indudablemente, incluyendo asen tamientos nucleados, acoríticos con altares que funcionarían como pequeños centros ceremoniales para villas y aldeas vecinas».
Personalmente he señalado 87 al estudiar la estructura fun cional de las jefaturas, la necesidad de relacionar internamente las áreas sagradas, el mercado y la Gesta, en especial en aquellos asentamientos en que la concentración semiurbana coincide con la existencia de un santuario regional, adonde acuden en peregrina ción los miembros de numerosas naciones o grupos étnicos -po sibles tribus o linajes diferenciados-que ordinariamente se hallan en continua competencia y, por consiguiente, con enfrentamientos bélicos constantes.
La necesidad de paz para la celebraci6n de aquellas peregrinaciones coincidía con la necesidad de un terri torio pacificado para la celebraci6n de mercados internacionales, donde utilizando primero un sistema de trueque y quizá, muy poco después, un sistema monetario, se alcanzan grados de intercambio de materias primas y productos manufacturados que hasta enton ces no era posible.
El caso lo hemos podido rastrear en relación con una ciudad o centro ceremonial como La Tolita, en Ecuador, 88 donde la instalación de una guarnición que garantizase aquella paz se llega a perpetuar como una tradición hasta el siglo XVIII.
La fiesta que acompaña ordinariamente tanto a las celebraciones religiosas como a los mercados, sería la garantía de que las prác ticas exogámicas realizasen un necesario mestizaje entre los gru pos étnicos involucrados en el afianzamiento de aquel centro ceremonial.
89 Sea el centro ceremonial una primera etapa del urbanismo, o una forma de adaptación al medio ambiente de algunas regiones del mundo americano precolombino o aun del mundo entero, el hecho es que se ofrece con frecuencia en el medio al que estamos aludiendo en estas páginas, por ello conviene disponer de una adecuada definición, tal como la que nos proporciona Lanning: «Centros ceremoniale.s: un grande y elaborado complejo de estructuras ceremoniales, faltan do una población grande y de per manente residencia, que sirve como punto focal para muchos asen tamientos sobre una gran área.
Centros ceremoniales representan lo f�ndamental en nucleación y sincorismo mientras ellos son el núcleo y la mayor parte de la población es rural.
Hahitados per manentemente sólo por un pequeño cuerpo de sacerdotes-adminis tradores y personal cuidador eran visitados por la población sola mente en ocasiones rituales.
Un centro ceremonial puede ser visua lizado como la sección nuclear de una gran ciudad despojada de sus distritos residenciales.
Ciudades y centros ceremoniales eran raramente encontrados en la misma región en la misma época; más bien representan métodos alternativos de organizar la pobla ción de una gran área)).
90 La definición de Lanning habría que matizarla en algún sen tido, al destacar el hecho de que con bastante frecuencia el centro ceremonial cuya población interna suele ser escasa, aunque hay ocasiones en que se hace mayor, está sostenido por una «población básica de apoyo a veces ralamente diseminada en distancias con siderables que acude al centro solamente en ocasiones especiales» 91 El ejemplo etnográfico quizás más adecuado'y específico para este supuesto es el de los centros ceremoniales de los Cayapas actuales en la cuenca del Santiago-Cayapas, en Ecuador.
92 De otra parte, aunque Lanning afirma que centro ceremonial y ciudad «representan métodos alternativos de organizar la pobla ción de una gran área», hay ocasiones en que la convivencia es absoluta.
Si consideramos T eotihuacán como un ejemplo típico de «ciudad» del período Clásico y T enochtitlán como lo propio del Postclásico del centro de México, tendremos dos casos en los que, si bien la «ciudad» es un ejemplo típico del urbanismo planeado, es igualmente cierto que en ambos casos el centro ceremonial con vive con la ciudad planeada, refugiándose precisamente en su cen tro geográfico, a modo de corazón, donde late toda la vida de la ciudad.
En el caso de Tenochtitlán ese centro ceremonial quedaría, además, aislado dentro de un recinto que lo delimita claramente.
En el caso andino, donde quizás no resulta tan clara la con vivencia de ambos sistemas, parece evidente que muchos de aque llos centros ceremoniales siguieron usándose hasta tiempos de la Conquista y aun después, 93 aunque es evidente que los centros ceremoniales fueron típicos del primer milenio después de Cristo.
Los ejemplos más característicos de centros ceremoniales para toda la América precolombina son, evidentemente, los mayas don de el complejo de pirámides con templos y tumbas, los «palacios», juegos de pelota, cenotes, chultunes, temazcales, etc. quedan enla zados mediante calzadas, plazas, escalinatas, etc. en una estructura planeada muy característica.
Aunque no tan popularizados como los mayas y mesoamericanos en general, los centros ceremoniales andinos son tan característicos como aquellos.
«El complejo o centro ceremonial -dice Schaedel-está bien ejemplificado en varios grandes sitios del período Mochica (Ej.
Huacas de Chimbote en el Valle de Santa y Campanilla-Tres-Huacas en el Valle de Chicama) bien entendido que muchas de ellas fueron reutilizadas y modificadas subsiguientemente.
El corazón del tipo es la pirá mide con plaza.
En los grandes ejemplos las pirámides principales tienen cámaras adjuntas: en cualquier caso el concepto es el de un agregado de pirámide.
En Nepeña, Peñamarca reconstruido pro porciona todas las características aunque su actual fachada es tiahuanacoide».
Una vez que, al menos pretendidamente y, desde luego, desde nuestro punto de vista, dejamos aclarado el problema del signifi cado de los «centros ceremoniales», debemos abordar el problema Je lo que, como decíamos más arriba, muchas veces llamamos «ver daderas ciudades».
El nacimiento de las ciudades, en opinión de Adams, es fundamentalmente un proceso social que, en realidad, expresa más los «cambios en la interacción del hombre con sus compañeros que en su interacción con su medio ambiente».
95 Tomando como buena la definición de ciudad que nos ofrece Lanning, diríamos que este es «un asentamiento grande, perma nente y aglutinado, con una población mayor que 5.000 personas.
Aunque ciudades acoríticas de gran tamaño son conocidas por todo el mundo, especialmente en Africa, las ciudades del antiguo Perú eran probablemente todas sincoríticas.
Eran ciertamente todas especializadas y muchas o todas eran nucleadas.
Las más grandes ciudades eran capitales de antiguos estados, sedes de religiones estatales y centros de innovación y prestigio.
Muchas de ellas eran también centros de mercado, pero mercados prominentes podían también estar localizados en villas pequeñas.
Las ciudades usual mente proporcionan claras evidencias de estratificación social en distritos residenciales de diferente grado de lujo y riqueza».
96 Aunque en el caso del área andina el nacimiento de las ciu dades parece remontarse al período Intermedio Temprano, es en el Horizonte Medio cuando el cambio alcanza una más amplia difusión de manera que en las etapas sucesivas se viven las con secuencias de los cambios de ese período.
Esa idea, que había sido intuida por Rowe, Schaedel y Hardov, ha sido analizada y descrita de manera muy precisa por Canziani: guerrero, en la que las actividades religiosas pasan a un segundo plano.
En las ciudades Wari, además del carácter administrativo propio de una organización estatal de tipo imperial, donde las ciudades y el modelo de asentamiento en general juegan un rol fundamental en la estrategia de dominación y control de un vasto territorio, destaca el desarrollo de una amplia actividad productiva que involucra y concentra en éstas a un ingente número de arte sanos especialistas dedicados a la producción de cerámica, tejidos, metales, piedra, madera, adornos, etc. Pero en este caso se tra taría de una producción urbana que se plantea como alternativa a la producción agrícola que se desarrolla en el campo.
Qué niveles alcanzaba la contradicción ciudad-campo es algo que aún no sa bemos con exactitud; lo que sí es un hecho es que esta contradic ción estaba ya planteada en el seno de la sociedad Warh.
97 El fenómeno descrito por Canziani en relación con el pro blema del nacimiento de las ciudades en el medio ambiente de los Andes Centrales, podría generalizarse a todo el continente y aun podría elevarse a categoría universal, si tenemos en cuenta que el poder religioso que se pone de manifiesto en los centros ceremonia les, es sustituido en un momento determinado por un poder civil, o seglar, político, militar, administrativo y mercantil que no des truye al poder religioso o sacerdotal, pero que lo sitúa junto a aquellos otros poderes.
El caso de una ciudad como Teotihuacán en la que el poder religioso y sacerdotal parece ser decisivo, a juzgar por la impor tancia del centro ceremonial y los barrios residenciales supuesta mente sacerdotales, debe explicarse de manera diferente a como se manifiesta en el contexto andino con la aparición del poder Wari.
Un caso diferente es el del área maya, durante el Postclásico.
Aquí, <<Borhegyi y Willey han hecho una muy clara distinción (... ) indicando que un tipo de villa (llamada «villa defendible y concentrada» por Welley y «villa de jurisdicción extendida» por Borhegyi) se desarrolló en tiempos del Posclásico en el área maya, 97 Prólogo de Canziani en Slaino y Canziani: Los oríQene8..., pág. 14.
pero que verdaderas ciudades no se desarrollaron.
Las diferencias entre los dos autores para definir una ciudad como opuesta a una villa parecen residir en un énfasis más tecnológico y cuantitativo en Willey y más cualitativo en Borhegyi».
98 El hecho de la ciudad contemplado desde la perspectiva de la geografía actual plantea igualmente problemas de difícil solu ción.
«Mientras que algunos consideran la ciudad como el mayor logro de la humanidad, otros autores consideran la ciudad como un centro degradante de la condición humana».
99 Esa es, entre otras, una de las causas por lo que resulta tan difícil proporcionar una definición acdecuada de ciudad) con la que los autores que se ocupan del tema se hallen mínimamente de acuerdo.
Esa hetero geneidad se puso de manifiesto de manera muy llamativa cuando en 1977 la ONU seleccionó los criterios de definición de la ciudad en 133 países.
«En 33 casos se utiliza el tamaño de la población.
100 De lo que llevamos dicho se deduce que el número de defi niciones sobre ciudad sólo es comparable con su disparidad formal o de fondo.
Mumford 101 afirma que «la ciudad es una colección de formas arquitectónicas en el espacio y un tejido de asociaciones, corporaciones e instituciones que ocupan esta estructura colectiva y han interactuado con ella a lo largo del tiempo.
El tamaño y com plejidad de la ciudad están directamente relacionados con los de la cultura que acumula y trasmite», de lo que se deduce la práctica imposibilidad de separar el fenómeno urbano del resto de los aspectos de la civilización a la que pertenece.
Hardoy 102 ha reunido una serie muy numerosa de definicio nes, especialmente obra de sociólogos, economistas y urbanistas, de las que hemos seleccionado algunas.
Para Wirth, la ciudad es «un establecimiento permanente relativamente grande y denso de individuos socialmente heterogéneos».
El ya citado Sjoberg ve a ]a ciudad <<en contraste con una aldea, como teniendo mayor ta maño, densidad' y heterogeneidad e incluyendo a una amplia va riedad de especialistas no agrícolas entre los cuales los de mayor significación son los literati», poniendo el énfasis, como ya discu timos más arriba, en la cuestión de la escritura, lo que resulta difícil de admitir, especialmente en el caso americano.
Para el ur banista Bartholomew, «la ciudad es un establecimiento permanente, relativamente grande y denso de individuos ocupados en activida des económicas distintas».
De los economistas destacaremos dos definiciones.
Para Sombart <<una ciu<lad es una gran concentración ck� persona�: que dependen para su subsistencia de la producción ck las agric: iltores», mientras que Weber definía a la ciudad como un mercach -�•. cm1ndo los habitantes locales satisfacen una parte económic,�.sü�L�ull:i•.� Je sus necesidades diarias en el mercado local y hasta su ale,:,--� esencial mediante productos que la población local y.la del hinterland inmediato producen para su venta en el mercado o adquieren de otras maneras».
Por nuestra parte y atendiendo a algunas de las afirmaciones que se han hecho en los párrafos anteriores, definiríamos la ciudad como una estructura arquitectónica en la que habita permanente mente un grupo social funcionalmente diverso, de gran tamaño (a partir de 2.500 a 10.000 habitantes) y alta densidad demográ fica (en torno a los 2.000 habitantes por Km 2 ), cuya actividad eco nómica en un 75 % como mínimo no es agraria, pero que depende para su subsistencia de la producción agrícola de su entorno in mediato.
La ordenación urbana tiene que ver fundamentalmente con la concepción cosmológica de la civilización a la que perte nece, al mismo tiempo que responde a necesidades de viabilidad e intercomunicación• institucional e individual de los componentes del grupo social concentrado en ese tipo de asentamientos.
Esa alta concentración de población plantea problemas de carácter múltiple: abastecimientos de agua y productos alimenti cios, materias primas para la construcción y la fabricación artesa nal; drenaje y cremación de basuras; enterramientos; y servicios Tomo XLYlll tales como los de defensa, salud, educación, almacenamiento de alimentos, etc. 103 Todo ello implica la investigación funcional de los edificios ) lo que en muchas ocasiones resulta muy difícil o prácticamente imposible, para el caso de las ciudades arqueoló gicas que, o bien han llegado hasta nosotros sin que hubiese una investigación adecuada, como es el caso de la mayor parte de las ciudades incaicas, o bien no se aplican estrategias de inve5tigación que nos •lleven a la averiguación de ese extremo, todo lo cual con tribuye a que se perpetúen interpretaciones tradicionales pura mente especulativas.
Es necesario, pues, que se apliquen criterios objetivos al análisis de edificios dentro de conjuntos urbanos que nos permitan interpretar de manera correcta algunos de los pará metros en los que entendemos que se produce el asentamiento al que llamamos ciudad, de acuerdo con los términos de la definición que acabamos de dar.
Es temprano, pues, para la elaboración de una tipología de las ciudades, pero cabe avanzar algunos conceptos que permitan una aclaración en el futuro.
Este es el caso del concepto de ciudad preindustrial elaborado por Sjoberg para distinguirlo de ciudad industrial.
Considerando la tecnología como el hecho decisivo en este caso, marca los siguientes rasgos diferenciales: « 1) una po blación escasa, siendo el tamaño más frecuente entre 10.000 y 50.000 habitantes; 2) carácter de ruta y encrucijada de caminos; 3) funciones administrativas, políticas y religiosas; 4) una mor fología (On la presencia de varios recintos amurallados separadores de grupos étnicos; 5) estructuralmente se caracterizó por una di ferenciación clara del centro-periferia.
El centro reúne edificios del poder y ocupan el lugar físico prominente.
En la ciudad hay una marcada segregación social y los diferentes espacios urbanos son multifuncionales.
La morfología y estructura urbanas reflejan una organización económica y política en la que la industria de pende esencialmente de la fuerza animal».
Scrvice 10 5 ha señalado algunos tipos específicos de ciudades, tal por ejemplo el <le la ciudad fortificada: «Si se intensifica la pro ducción de alimentos a causa de las necesidades de defensa contra los incursores, la ciudad podía llegar a ser muy grande.
Una ciudad <lefensiva de este tipo que necesitaba acomodar en determinadas épocas a toda la población, tendría que proporcionar también todas las demás funciones, lo que supondría un nuevo impulso para su crecimiento.
Teotihuacán, Chan-Chán y las ciudades chinas y de la Baja Mesopotnmin fueron aparentemente ciudades de esta especie combinada».
De otra parte, lo que fueron centros ceremoniales «subsis tieron sólo como ciudades ceremoniales con poblaciones relativa mente dispersas como la mayoría de los centros mayas, olmecas, chavinos.
Algunas otras fueron centros ceremoniales con aldeas separadas independientes, de artesanos, como en Egipto.
Y otras combinaron un <.:entro ceremonial y administrativo con mercados, almacenamientos, etc., logrando un tamaño imponente, sin ninguna me<lida• defensiva muy evidente, como en el caso de las ciudades Jel valle del Indo».
106 Los tamaños de estas ciudades arcaicas llegaron a ser con siderables.
Para la región norte de Mesoamérica decía hace ya años Pedro Armillas: «Un estudio reciente asigna a Tenochtitlán Tlatelolco 300.000 habitantes; 400.000 al área metropolitana Texcoco-Cuatlichan-Huexotla-Atenco.
Huejotzingo y Cholula pa rece se acercaban al cuarto de millón y Chalco es posible que al canzara 100.000.
En Colima y áreas vecinas Sauer menciona ocho ciudades, aunque de tamaño mucho menor que las del centro de México.
En ellas se concentraba un quinto de la población de aquellas provincias». |
período de formación del México hispánico, y en él se comenzó a gestar una nueva na ción al empezar la fusión de dos razas.
España misma, después de haber logrado su unificación en la guerra de reconquista contra los musulmanes, se vio influida por el movimiento renacentista que había seguido la línea de la cultura marcada por hombres como el cardenal Jiménez de Cisneros y otros, quienes abrieron camino a las corri�ntes humanísticas y culturales de la época.
Así, España, consciente del momento histórico que vivía, trasladó al Nuevo Mundo un ambiente cultural con espíritu humanístico.
1 La conquista de México modificó la estructura social, eco nómica, política y religiosa de las civilizaciones autóctonas e im puso otras formas de vida.
Después de esta etapa épica y sangrien ta, sobrevino un momento de calma; muchos indígenas asimilaron la influencia española llegando a alcanzar altos grados de nivel cultural gracias al tutelaje humanista.
Los primeros frailes se dedicaron a fundar colegios con el fin de alfabetizar e inculcar la educación y los nuevos valores hispánicos, así como la religión católica.
2 La escuela franciscana San José de los Naturales, establecida por fray Pedro de Gante en Tenochtitlán, fue ei' modelo de las que posteriormente se fun daron en los conventos de los pueblos.
El centro de educación
ISABEL GRA�tN PORR�A más notable fue el colegio de Santa Cruz en Tlateloko, � creaJn en 1536 parn instruir a los hijos más inteligentes de los caciques mexicas en un seminario destinado a su ordenación v así f urmar un c1ero nativo.
El curso, cuya duración era de tres años, abarcaba las mate rias tradicionales de gramática, retórica, filosofía, lógica, teología y latín.
Sin embargo, debido a muchas críticas en contra del fun cionamien• to del Colegio, principalmente por parte de los domi nicos, el I Concilio Provincial Mexicano prohibió la ordenación de indios, modificando así el proyecto trazado de antemano.
Gra cias a] apoyo del virrey Luis de V el asco )' de algunos otros, Santa Cruz continuó impartiendo conocimientos pero con otros fines.
Se ensefió latín y náhuatl, así como el estudio de la cultura indí gena, lo que permitió a los alumnos convertirse en excelentes tra ductores de las lenguas aborígenes, e informantes de la historia de las antiguas civilizaciones autóctonas.
Así la duración del Co legio se prolongó hasta principios del siglo XVII.
Hernán Cortés decidió establecer la Ciudad de México en la sede de la antigua capital azteca -Tenochtitlán-y fue ahí donde comenzaron a centralizarse las grandes instituciones; entre ellas destacó la Universidad Real y Pontificia de México, la cual desarrolló la gran inquietud intelectual que existía en aquellas tierras desde su fundación en 1553.
A dicho centro de enseñanza acudieron personas especializadas en diferentes campos para im partir clases, las cuales eran en latín, porque se trataba de la lengua académica vigente en todas las universidades europeas de aquel entonces.
Hubo seis cátedras: Teología-Sagrada Escritura, Cánones, Leyes, Artes, Retórica y Gramática.
La Universidad me xicana concedió los grados de Bachiller, Licenciatura y Doctorado y las facultades fueron Leyes, Medicina, Artes y Teología.
4 LAS IMPRENTAS NOVOHISPANAS.
SIGLO XVI 3 La demanda de libros y la existencia de bibliotecas en la Nueva España durante el siglo XVI muestran la gran circulación de obras que había en el Nuevo Mundo.
Hasta ahora no se ha rea lizado un inventario general, ni sistemático de los libros que llega ron a la Nueva España en el siglo XVI, pero nos damos una idea gracias a los trabajos sobre la identificación de los libros en los inventarios de bib1iotecas, en las listas de los registros de los bar cos que iban de Europa a América llenos de mercancías y de las obras recogidas por el Santo Oficio de la Inquisición.
5 En vista de la realidad intelectual novohispana del siglo XVI f uc necesario mejorar los elementos que la cultura humanista en viaba al Nuevo Mundo.
Así el virrey don Antonio de Mendoza y el obispo fray Juan de Zumárraga se interesaron por la idea de establecer una industria tipográfica en la Nueva España que faci litara la difusión cultural.
Ambos, interesados por la enseñanza en el Nuevo Mundo, no dejaron de advertir lo importante que era introducir en las Indias una imprenta que les ayudara a lograr sus fines intelectuales.
6 Desde 1533 Zumárraga decía que «sería cosa muy útil y con veniente haber allá emplenta (sic) y molino de papel»; es más, tan interesado estaba en la cultura de las tierras conquistadas que en 4 ISABEL GRAÑÉN PORRÚA el mismo Memorial dejó escrito: «es necesario que aya algunos preceptores de gramática» y especificó que hacía falta una «muy buena librería a causa de los casos y dudas que cada día allá se ofrecen», 7 es decir, sugiere la idea de crear una biblioteca.
LA NECESIDAD DE UNA IMPRENTA EN EL NUEVO MUNDO Las raíces históricas acerca de la introducción de una prensa tipográfica en América no están del todo claras; sin embargo, la Ciudad de México tiene el honor de «haber sido la primera en el Nuevo Mundo que vio ejercer en su recinto el maravilloso arte de la imprenta>>.
8 La difusión cultural y espiritual a partir de 15 39, año de la llegada del primer impresor conocido a la Nueva España, adquirió un gran empuje que impregnó a toda la vida colonial.
Para la Iglesia constituyó una forma rápida de extender sus ideas religiosas, de ahí que las órdenes mendicantes fueran quienes se encargaran de organizar los conventos con un compromiso que iba más allá de la vida de contemplación y de oración; ellos sen tían la necesidad de salvar a miles de almas indígenas y conver tirlos al nuevo culto.
9 John L. Phelan sostiene que las palabras del Evangelio de San Marcos: «id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» podían ser cumplidas por quienes las hicieron llegar a los gentiles.
10 La Santa Sede había concedido a los reyes de Castilla Derecho de Regio Patronato, es decir, autoridad eclesiástica en las Indias, con • el fin de obtener beneficios espirituales y así se comprome tieron a extender el Evangelio entre los «infieles», 11 término que se usaba para designar al indígena no bautizado.
Los religiosos encontraron en el libro un medio de divulga-7 Archivo General de Indias (en adelante A.G.I.,), México, 2.555.
a García Icazbalceta, Bibliografía mexicana..., pág. 23.
10 Phelan, John L.� El reino milenario de los franciscanos en el'Nuev� Mundo.
Anuario, fo Estudios Amnfra11os (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ción para sus propósitos, por lo que publicaron consejos y nuevos métodos para la enseñanza.
Las mismas portadas de los impresos novohispanos del siglo XVI reflejan este interés, además de cons tituir una manera de atraer la atención de quienes utilizaban el libro.
Así, Juan Pablos, primer impresor, publicó en 1544 la.
O la portada del Tesoro espiritual en lengua mechuaca que con tiene «la doctrina cristiana, acciones para cada día, el examen de la conciencia y la declaración de la misa»; este libro vio la luz en 1558 en la primera casa tipográfica de América.
También Antonio de Espinosa, el segundo impresor, edita un Confesionario breve en lengua mexicana y castellana, cuyo autor, fray Alonso de Malina, explica en el prólogo las razones que le movieron a escribir tanto en el Con/ esionario Mayor, como en el Breve: «... el primero, algo dilatado para tí, con el cual yo te favorezca algún tanto y ayude a salvar a tí, que eres cristiano y te has dedicado y ofrecido a Nuestro Señor Jesu Christo, cuyo fiel y creyente eres tú que tiene la santa fé cathólica.
Y el segundo confesionario pequeño y breve para tu confesor para que sepa y entienda tu lenguaje y manera de hablar».
En fin, muchas obras reflejaron el constante hincapié por con vertir a los indígenas a la nueva religión y el espíritu de los mi sioneros por «salvar almas»; pero dentro de su programa trope zaron con la dificultad de las diferencias lingüísticas.
13 Así lo se ñalaron los obispos del virreinato cuando declaraban: «en esta tierra donde tanta falta ynopia y necesidad ay de intérpretes sacer dotes para la administraci6n de la doctrina xpiana y santos sacra mentos».
14 También el virrey Luis de Velasco se pronunció en este sentido en una carta dirigida a Felipe II el 7 de febrero de 1554, en la que dice: «y haber en cada provincia su lengua 6 ISABEL GRA�fN PORRÚA tan diferente de la otra que no se entiende más que alemanes y vizcaínos, ha� y muy pocos frailes ni clérigos que los entiendan... ».
15 Una de las medidas que tomaron los misioneros para dar solución al problema de evangelizar a unas culturas con diferentes idiomas, fue componer doctrinas en lenguas indígenas con una doble función: la primera para que los aborígenes aprendieran la doctrina y la segunda para que los misioneros ejercieran el cono cimien tó de las lenguas locales.
16 Esto aconsejaba fray Alonso de Malina en su citado Confesionario.
Sin duda, la imprenta influyó en todos los ámbitos de la sociedad colonial; por medio de publicaciones didácticas y cien tíficas, las prensas ayudaron a las instituciones dedicadas a la enseñanza, tanto a la Universidad, como a los seminarios y a las escuelas.
Además es importante hacer notar que la imprenta no sólo producía libros, sino otros trabajos como la fabricación de las tesis universitarias, los abecedarios, las invitaciones y los cua dernos de clases, entre otros, de los cuales se han conservado muy pocos debido al uso cotidiano, lo cual aceleró su destrucción.
Los impresos jurídicos demuestran que la política también se vio in fluida por este nuevo instrumento tipográfico introducido en América.
Finalmente, los libros de tipo literario sirvieron para el entrenamiento de la gente.
ESTABLECIMIENTO DE LAS PRIMERAS IMPRENTAS
Mucho se ha discutido acerca de quién fue el primer impre sor de la Nueva España, su primera publicación y la fecha de ésta; 17 sin embargo, no hay pruebas claras que confirmen la exis-tencia de una imprenta formal anterior a 1539 cuando JUAN PA BLOS, natural de Brescia (Italia), firmó un contrato con el impresor alemán en Sevilla, Juan Cromberger, para establecer en América un taller tipográfico.
18 Gracias a este documento puede decirse que Juan Pablos fue el primer impresor que llegó a la Nueva Espa ña y ha• y bases para comprobarlo.
Giovani Paoli, castellanizado Juan Pablos, 19 llegó a la capital de la Nueva España en septiembre de 1539, e instal6 la imprenta en la llamada «Casa de las Campanas», que, según demostraciones recientes, estaba situada en el número seis de la actual calle de Argentina.
20 De 1539 a la primera mitad de 1546, los libros del taller de Juan Pablos tienen la indicación de haber sido impresos en «casa de Juan Cromberger», a pesar de que éste, su patrón, había muerto el 8 de septiembre de 1540.
Es decir, cuando Juan Pablos no llevaba siquiera un año de estancia en México.
Segura mente ello se debió a que entonces seguía en pie «la razón social de la casa de Juan Cromberg�r», 21 y eso era lo convenido en el contrato: «que en fin de ca libro se ponga: fue ympreso en la cibdad de Mexico, en casa de Joan Cromberger y que no ponga su nombre ni de otra persona alguna».
22 Los libros impresos por Juan Pablos entre 1546 y 1547 no llevan el nombre del impresor, seguramente porque estaba trami tando la compra del taller mexicano 23 y no dependía ya de la fami lia Crom�erger.
Hasta 1548 no apareció su nombre en ningún pie de imprenta, mostrando así su independencia total y la aparición de la primera empresa mexicana de este tipo.
Juan Pablos comenzó a agrandar su negocio, pidió permiso para contratar «hasta tres personas ofiziales maestros de la emplen ta componedor e un fundidor».
24 Así, el 17 de septiembre de 1550 contrató a Tom é Rico, tirador, y a Juan Muñoz, componedor, para trabajar en su imprenta por tres años.
Unos días más tarde firmó un contrato con Antonio de Espinosa, «fundidor de letras», 25 mas este último, al darse cuenta del éxito de la imprenta, reclamó ante el rey el fin de ese monopolio y abrió una imprenta en 15 59.
La muerte de Jmm Pablos en 1560 no acarreó el fin de su empresa, sino que ésta siguió trabajando gracias a que Jerónima Gutiérrez, la viuda del primer impresor novohispano, alquiló las prensas, en 1563, al mercader Pedro Ocharte, quien estaba casado con María Figueroa, hija de Juan Pablos y de su primera esposa.
26 Según Joaquín García Icazbalceta, la imprenta de Este impresor era español, natural de Jaén.28 Fue un gran cortador y fundidor de letras y su taller fue el único de la Nueva España en el siglo XVI que us6 una marca tipográfica para distin guir sus producciones.
La última noticia que tenemos de él data de 1576 y por eso se ha considerado como el año de su muerte.
La imprenta pasó a manos de su hija María de Espinosa pero, por ser ésta aún demasiado joven, estuvo a cargo de Pedro Balli, librero, por veinticinco años.
Más tarde, cuando María se casó con el tipó grafo Diego López Dávalos, éste se adueñó de la empresa.
La primitiva imprenta de Juan Pablos siguió adelante gracias a PEDRO OCHARTE,29 natural de•Ruán en Normandía, quien después de haber sido mercader, casó con María Figueroa entre 1561 ó 1562, y pudo heredar así la primera casa impresora del Nuevo Mundo.
Respecto a la calidad de sus producciones, Ocharte reuti lizó los moldes antiguos de Juan Pablos además de la «variedad más rica de punzones para tipos góticos, románicos, itálicos y libros can torales»,30 que eran de su propiedad o de otros impresores contemporáneos a él que vivían en la Nueva España.
Al morir María Figueroa, Pedro se casó por segunda vez con María Sansoric, tal como puede comprobarse por una carta que recibió de su esposo en 1572, mientras estuvo preso por la Inqui sición, acusado de luteranismo.
31 • Dos años más tarde se le otorgó ISABEL GRA�fN PORRÚA 1a libertad, mas la imprenta no reanudó las labores hasta 1580.
Pedro Ocharte siguió trabajando como editor utilizando las prensas de Antonio de Espinosa y de otro impresor contemporáneo llamado Antonio Ricardo.
Se conocen publicaciones de Pedro hasta 1592, supuestamente el año de su muerte.
Su esposa continuó impri miendo y mudó el taller a Tlatelolco, donde trabajó con CORNELIUS ADRIAN CESAR, impresor de origen holandés que había sido con denado por la Inquisición en 1598 acusado de herejía y luteranis mo, mas después de una reconciliación le redujeron a varios años de prisión y devotas penitencias en el convento franciscano de Santiago de Tlatelolco.
En 1601 apareció una publicación de Luis Ocharte Figueroa, hijo de-Pedro Ocharte y nieto de Juan Pablos.
El siguiente impresor de la Nueva España fue PEDRO BALLI; parece que era originario de Salamanca pero de ascendencia france sa, y es probable que arriba1a a México en calidad de librero en 1569.
La ma' yorfa de sus producciones las realizó con el mate rial de Antonio de Espinosa, pues estuvo al mando de esta im prenta durante veinticinco años; es decir, después de la muerte de Antonio.
También utilizó tipos y planchas de Pedro Ocharte, ya que estuvo trabajando con María Sansoric, la viuda de Pedro, a quien compró parte del material de la antigua imprenta.
Respec to a sus tipos romanos e itálicos, Emilio Valtón los calificó de «un estilo individual, fino y elegante».
33 Este librero comenzó a tra bajar como impresor desde 1575, finalizando al terminar el si glo XVI.
García Icazbalceta supone que fue llamado por los jesuitas, pues tenía la oficina en el Cole gio de San Pedro y San Pablo y además trabajó para la dicha orden.
Más tarde Agustín Millares Cario rectificó este dato argu mentando que para 1572, fecha de la llegada de la Compañía de Jesús a la Nueva España, ya estaba ejerciendo en alguna imprenta novohispana, probablemente la de Antonio de Espinosa, o con más seguridad en la de Pedro Ocharte.
Por último, la imprenta mexicana se honra con el nombre de ENRICO MARTINEZ.
El ingeniero constructor del Desagüe del Valle de México también fue dueño de una prensa tipográfica en 1599.
La antigua imprenta de Cornelious Adrián César, reco gida por la Inquisición, le fue otorgada a Enrico, pues, según el Santo Oficio, Enrico era una «persona que entiende cómo se an de tratar la dicha emprenta y letras», 36 y así continuó con dicho trabajo hasta el siglo XVII.
Según algunos, era de origen alemán, pero en realidad todavía no se ha esclarecido el lugar de su naci miento.
37 Con este personaje concluimos la resefi.a de impresores del siglo• XVI.
Como hemos podido observar, la mayoría de los impresores establecidos en la Nueva España durante el siglo XVI fueron extranjeros.
Juan Pablos y Antonio Ricardo eran italianos; Pedro Ocharte era originario de Francia y Pedro Balli, aunque nació en Salamanca, su ascendencia era igualmente francesa; Cornelious Adrián César, holandés y Enrico Martínez nació en Alemania.
Durante la Epoca del virreinato, todas aquellas personas que iban de Europa al Nuevo Mundo necesitaban un permiso otor- gado por la Casa de Contratación de Sevilla, las Reales Audien cias o los gobernadores de las Indias.
El propósito que se buscaba era reglamentar el paso para América y prohibir el viaje a España a los nativos de las Indias.
38 En un principio, los permisos eran muy abiertos, pero con el tiempo se hicieron más rigurosos, aun que siempre encontraron alguna manera de burlarlos.
La Corona estableció una serie de restricciones y prohibicio nes a quienes viajaran sin licencia del rey, especialmente a los moros, los judíos, los gitanos, los herejes o los descendientes de éstos.
39 Tampoco permitían el paso de los esclavos de cualquier raza, 40 ni a las mujeres solteras, únicamente era permitido que las casadas fueran a reunirse con sus esposos en América.
41 Los frailes tenían impedimento en el caso de que no tuvieran permiso de sus superiores o que su orden no estuviera establecida en el Nuevo Mundo.
42 Según las leyes, los extranjeros sin licencia no podían em barcarse rumbo a las Indias, y en el caso de que lo hicieran se les castigaría quitándoles todos sus bienes y expulsándolos de ese lugar.
43 Se consideraban extranjeros a los «franceses, geno veses, portugueses, holandeses, ita] ianos, alemanes, ingleses y to dos los demás septentrionales».
44 A pesar de todas las restricciones impuestas por la ley a los extranjeros que cruzaban a las Indias, los impresores novohispa nos lograron trasladarse, pero además de esto, la Corona también estableció una serie de exigencias para abrir un negocio, a las cuales debieron hacer frente.
Una de las primeras condiciones era la de <<ser español de nacimiento», y en algunos casos, el interc-38 Martínez, José Luis: Pasajeros de Indias.
45 Hubo casos en que los extranjeros so lían naturalizarse con el fin de embarcarse a las Indias; para esto era necesario haber residido en España o en Indias durante diez años y estar casados con «mujeres naturales dellos».
46 Algunos debieron hacerlo en Europa, mientras que otros conseguían esposa con el fin de obtener el permiso para inaugurar un negocio.
El proceso se complicaba más para aquella persona que pre tendía abrir legalmente su tienda.
Necesitaba pertenecer a un gremio, tener una aprobación del cabildo y haber superado un examen; su conducta debía de ser intachable y tenía que obedecer las disposiciones municipales; también era necesario acreditar una vivienda estable y garantizar la renta anual.
Finalmente, debía contar con un respaldo de la Junta de regidores.
47 Nos preguntamos por qué, a pesar de la cantidad de dificul tades que imponía la Corona a los extranjeros para pasar a las Indias, y de las exigencias establecidas para abrir un negocio en América, todos los impresores novohispanos del siglo XVI, con excepción• de Antonio de Espinosa, eran extranjeros.
La respuesta estriba en que había una gran necesidad de impresores en el Nuevo Mundo y por ello, la Corona se vio obligada a otorgar las licen cias necesarias a personas especializadas en el oficio, a pesar de que fueran extranjeros.
Lo importante era que los impresores ejer cieran su profesión y no tanto que fueran extranjeros.
En realidad, existen muchos casos que atestiguan cómo du rante el virreinato se burlaron los requisitos tan estrictos que im ponían las autoridades.
Además, durante los reinados de Carlos V y Felipe II se otorgó bastante tolerancia a los extranjeros en las Indias para que éstos comerciaran.
Durante el siglo XVI en la Nueva España había poca gente que supiera leer, y entre aquéllos sólo a unos cuantos les intere saba la lectura, además no todos tenían la misma preparación para poder entender cualquier tipo de materia, ya que no era lo mismo leer un catecismo o un libro litúrgico, que comprender una publicación científica o alguna creación literaria.
Así, los libros en América tuvieron diferentes destinatarios: desde los letrados latinistas, altos funcionarios, intelectuales, frailes evangelizadores y nuevos cristianos, hasta los aprendices de letras.
49 Sin embargo, entre las personas que sabían leer sólo unos pocos tenían los recursos necesarios para adquirir un producto tan caro como fue el libro, y quien podía consumirlo no necesariamente tenía cono cimiento de la lectura, sino que podría tratarse simplemente de prestigio.
El hecho de tener biblioteca en el siglo XVI, afirma Maxime Chevalier, era un «privilegio de clase>>.
50 El caso es que una reducida parte de la sociedad novohispana tenía capacidad económica para comprar libros y valorar la adquisición hecha.
Debido a todo esto, en la Nueva España se publicaron gran número de obras con un fin práctico-religioso; se hicieron Cate cismos, Confesionarios, Doctrinas, Sermonarios y Tesoros espiri tuales con el objeto de enseñar el mensaje evangélico, pero al mismo tiempo estas publicaciones servían para cultivar al nuevo lector y tenían un interés filológico, pues se realizaron en varias lenguas indígenas.
Así, por ejemplo, la Cartilla para enseñar a leer, impresa por Pedro Ocharte en 1569, tiene la finalidad «expresa, terminante, <le enseñar el alfabeto a los naturales de estas tie rras»..'H Es más, aunque se hubiera realizado con ese objetivo, al observar la Cartilla, únicamente las dos primeras páginas están dedicadas a la alfabetización, el resto trata de enseñar la religión católica con temas como El Padre Nuestro, El Ave María, El Cre do, La Salve, Los Mandamientos, Los Sacramentos, La División de los Pecados y la Oración de la Confesión.
En sí, el mensaje que inspiraba la publicación de este tipo de obras era el de adecuar las enseñanzas evangélicas a la situación local del momento, ya que trataban de adaptar a los indígenas a los gustos e ideas de la cultura europea.
Asimismo, los impresores novohispanos del siglo XVI rea lizaron ediciones litúrgicas de canto, debido a que las ceremonias de culto estuvieron aco1npañadas de música y eran agradables para los indígenas, los cuales estaban muy interesados en aprenderla hasta el punto Je ir desde muy lejos a los conventos.
52 Dichas publicaciones presentaron hermosos grabados, orlas e iniciales.
Fueron de tal calidad estética que, como afirman algunos, pudie ron competir con las mejores obras de su clase producidas por la tipografía europea.
53 Por otra parte, las necesidades de la universidad contribu yeron también a hacer trabajar a las prensas novohispanas.
Se hicieron obras de tipo científico, destacando los temas filosóficos, literarios, médicos, militares, náuticos, entre otros.
Asimismo se publicaron las tesis latinas escritas por los graduados, pero nos han llegado muy pocas hasta la fecha.
Como las imprentas novohispanas del siglo XVI influyeron en todos los ámbitos coloniales, no podemos olvidar las publica ciones políticas como ordenanzas reales, ni tampoco libros de negocios y noticias recientes del momento.
A pesar de la cantidad de obras que realizaron estas prensas, con una variedad amplia en cuanto a la temática, el público consu midor de este producto era muy reducido y eso aumentaba su encarecimiento.
Para dar una idea de la proporción del costo del libro, citaré un ejemplo que da Pilar Gonzalbo.
La edición de los Confesionarios -mayor y menor-de fray Alonso de Malina, impresos en 1565, alcanzó un precio de entre «30 y 50 reales» proporcionales a cuatro o seis pesos y medio.
Para hacer la rela ción del costo, esta autora comparó el sueldo anual de los doctri neros que era de « 150 pesos de oro en minas -equivalentes a 248 pesos de oro común»; es decir, se necesitaban de seis a diez días de trabajo para poder comprar el Confesionario completo.
54 Por todo lo anterior, se puede decir, que como el libro era un producto sumamente caro dentro de la sociedad novohispana, el impresor debía asumir el papel de negociante para vender su producto, pero al mismo tiempo debía hacerlo atractivo dándole rienda suelta a la creatividad para que fuera más solicitado.
Para poder establecer una «tienda», que era el lugar destinado al trabajo como taller de cualquier tipo, 56 los artistas de casi todos los oficios debían ser examinados ante el Ayuntamiento «debiendo comprobar su oficialato con la escritura o contrato de oficiales o con el contrato de personas idóneas»; 57 así les era concedido el permiso de inaugurar una «tienda».
Esto quiere decir que única mente el maestro examinado, tras haber sido aprobado por los veedores del Cabildo en su habilidad para ese trabajo, era consi derado apto para fundar un taller.
Si carecían de esa especie de título y abrían un negocio, se les imponía una multa de «veinte pesos de oro en minas» y además se les quitaba la tienda.
58 Con esas premisas, los impresores también establecieron talle res para trabajar y aunque no elaboraron ordenanzas propias, su profesión tenía que sujetarse a ciertas normas que exigía la Corona, como fue la concesión del «privilegio» que se les otorgaba con el fin de dar a'l impresor, al editor o al mismo autor, el monopolio y venta del texto.
59 Era una forma segura de obtener ingresos, pues quien lo conseguía lograba que ningún otro como él imprimiera una obra igual.
Así, por ejemplo, el arzobispo Montúfar encargó a fray Bartolomé de Ledesma que «compusiese un libro de los Santos Sacramentos» y otorgó una licencia para comenzar la impresión, pero el dicho arzobispo pidió aprobación real para que «tenna más authoridad» y «que se pueda acabar de imprimir con privilegio de veinte años que ninguno otro lo pueda imprimir».
60 Es decir, que así como las ordenanzas debían estar aprobadas por el Cabildo, el privilegio sólo podía ser otorgado por el rey o el virrey, como Ninguno de los dueños de las prensas novohispanas del si glo XVI podía llamarse «impresor» hasta que no tuviera el taller en propiedad.
Así, Juan Pablos llegó a la Nueva España tan sólo en calidad de «componedor de letras», 61 ya que debía trabajar en la sucursal mexicana de Juan Cromberger.
Pero al independizarse de esta familia sevillana consiguió hacer suyo el negocio convirtién dose en «impresor», seguido igualmente de Antonio de Espinosa, quien también comenzó a trabajar en el taller de Juan Pablos como «fundidor de letras», 62 y en el momento de establecer el suyo pro pio, años más tarde, ocurrió lo mismo que en el caso anterior y adquirió entonces el título de «impresor».
Pedro Ocharte era considerado «mercader>> cuando llegó n la Nueva España y al comprar el negocio de Juan Pablos se con virtió en «impresor>>.
Lo mismo ocurrió con el librero Pedro Balli cuando llegó a América, mas al comenzar a trabajar en el mismo negocio era un «librero-impresor».
Los talleres estuvieron en contacto unos con otros, p_ u�s solían intercambiarse materiales.
Por ejemplo, se puede observar que muchas planchas o grabados se pasaron de una casa a otra para decorar algún libro.
Por citar un ejemplo, entre muchos, la placa de la imagen de San Agustín que fue usada por Juan Pablos en la portada del Recognitio Summularum en 1554 (fig. 1), fue reutilizada por Pedro Ocharte en 1571 para decorar el frontis picio de la Doctrina Cristiana en lengua huasteca (fig. 2), asimismo Antonio de Espinosa la empleó en 1575 en la portada de los Sermones para publicar (fig. 3 ), Pedro Balli en otra Doctrina Cris tiana de fray Juan de la Anunciación (fig. 4) en ese mismo año y en 1576 en la Doctrina Cristiana en otomí y mexicano (fig. 5).
O sea, la misma placa fue usada cinco veces para decorar frontis picios de libros por cuatro impresores diferentes.
En conclusión, no existe ningún otro dato que confirme que para abrir un taller de impresión se requería hacer algún examen ante un veedor y adquirir un título como condición previa, si guiendo el modelo de los <<maestros examinados» de los gremios.
Más que un aprendizaje cualificado de oficio, los impresores ne cesitaron ser hábiles negociantes y disponer de fondos para formar su propio taller, sin atenerse obligatoriamente a un cuerpo legisla tivo para formalizar su trabajo; sin embargo, pese a no tener ordenanzas, manifestaron características corporativas semejantes a las de los gremios.
EL TRABAJO EN LAS IMPRENTAS NOVOHISPANAS
Las similitudes que existieron dentro de los talleres con la jerarquía o categoría de trabajo propias de un sistema gremial eran: los aprendices, los oficiales, los maestros y los veedores.
63 En las imprentas novohispanas •también participaron varios oficia les que complementaron el trabajo de impresión.
Seguramente hubo mucha comunicación entre todos aquellos que se dedicaban a un mismo oficio, ya que intercambiaban ideas, plantas, letrerías y hasta prensas.
En los documentos sobre la historia de la primitiva imprenta mexicana se pueden rastrear las categorías de trabajo de sus ope rarios de la siguiente manera:
Primeramente, el 12 de junio de 1539 Juan Pablos confesó haber recibido del impresor Juan Cromberger «ciento y veinte mill maravedís» para llevar los aparejos del viaje a la Nueva España, su flete, el de su mujer, el de su oficial Gil Barbero y el de un esclavo negro, llamado Pedro.
mismo año se contrató a un «tirador», 66 a un «componedor» y a un fundidor de letras».
67 Ya hemos dicho que Antonio de Espinosa llegó como «fun didor y cortador de letras» al taller de Juan Pablos, y al abrir su propio taller escribió en algunas de sus portadas salidas de sus prensas: «en casa de Antonio de Espinosa, impresor», con lo cual el mismo ascendía en su trabajo sin ningún examen de tipo gre mial, basándose en su capacidad económica.
Mientras que Pedro Ocharte estuvo encarcelado por el Santo Oficio de la Inquisición, le escribió a su segunda mujer, María Sansoric, una carta el 4 de marzo de 1572, en la que menciona a varias personas que trabajaban en su imprenta; primeramente a un tal Adrián para «componer» las cuatro formas de Cartillas.
Una vez realizado el trabajo «los negros debían tirarlas; Pedro Balli debía de «corregir» otra Cartilla y un «Sr. Hernández» que ejercía el mismo trabajo de corrector sólo que para la obra del Pasionero.
68 También se conoce el nombre de Juan Ortiz, que era «cortador de imágenes en madera», es decir, era un grabador, el cual trabajó para la misma casa de Pedro Ocharte y fue procesado igualmente por la Inquisición en 1572.
69 Con lo anteriormente recogido puede decirse que todo un equipo de empleados se dedicaban al oficio de la imprenta, y cada uno de ellos desempeñaba un papel importante que complemen taba el trabajo del taller:
a) El impresor o dueño del taller
Esta persona debía conocer bien el negocio, pues era quien estaba en contacto con el medio intelectual que encargaba el producto.
El impresor debía mantener las relaciones públicas con los clientes del taller; es decir, con todas aquellas personas que tenían 70 Seguramente fueron, como lo afirma Blanca García Vega al hablar de los impresores españoles, «hombres de gusto».
70 Sin embargo, a pesar de estar rodeados de un medio intelectual, no se requirió que los impresores novohispanos fueran hombres cul tos, ni ésta fue una característica común a todos ellos, así lo afirma la misma autora al referirse a quienes ejercían idéntico trabajo en España.
Clive Griffin está en desacuerdo con aquellos autores que sostienen que Juan Pablos fuera un impresor letrado o que hubiese estudiado en alguna universidad europea.
71 En el proceso inquisitorial realizado a Pedro Ocharte en 1570, le preguntaron si había estudiado alguna facultad y éste respondió: «que no, e que sabía leer y escribir poco».
72 Aunque también hubo impre sores cultos como Enrico Martínez que, además de hablar el espa ñol y el latín, sabía el alemán y el flamenco y había estudiada Ma temáticas en París.
73 Esto ratifica que el impresor era ante todo un buen negociante y estaba rodeado de gente preparada técnicamente.
Los mismos dueños de las imprentas procuraron también la distribución de las ediciones; el propio Juan Pablos lo especificó en el contrato, celebrado el 12 de junio de 1539, con el impresor Juan Cromberger: «que yo... sea obligado a vender todo lo que se imprimiere bien e fielmente».
En realidad fueron impresores cditores, término que, como dice Klaus Wagner, tiende a con fundirse en el siglo XVI, pues, por un lado, a cargo de ellos o de su casa-imprenta estaba la impresión de la obra y por otro, sacaban «a la luz pública la edición» de dicha obra.
74 Además existió el caso de Pedro Balli que era librero; es decir, vendía libros y fue simultáneamente impresor-editor.
Este individuo era, como hoy, el que tenía por tarea eliminar las erratas.
Para ejercer el cargo era requisito indispensable ser una persona letrada y culta, además de conocer el idioma en que se había escrito la obra, fuera latín, español o alguna lengua indí gena.
Pensemos que el aprendizaje de las lenguas indígenas era un medio eficaz para hacer llegar el mensaje cristiano'y comunicarse con los aborígenes, así los correctores aprendieron los idiomas y dialectos que imperaron en el virreinato.
Algunos indígenas del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco solían ir a las Ílnprentas para ayudar en la composición de las obras que estuvieran en sus len guas, pues así lo afirma el Códice Tlatelolco.
77 En los primeros Concilios provinciales celebrados en la Ciudad de México, presi didos por fray Alonso de Montúfar en 1555 y 1565, se habla de los inconvenientes que había en la traducción de textos en lenguas indígenas que además tenían errores, pues en el capítulo LXIX dice: «que no se den a los indios sermones en su lengua y que ninguna Doctrina se traduzca en lengua de indios, sino fuere examinado por el Clérigo o Religioso, que entienda la lengua en que se traduce».
78 Esto explica el cuidado que debía tener el co rrector de pruebas en las imprentas y el peligro que corría al no trabajar debidamente.
Así, todos los libros novohispanos escritos en lenguas indígenas tienen impresa una hoja que especifica que la obra había sido revisada por una persona digna de confianza y que daba permiso para publicarla.
c) El fundidor de letras
Se dedicaba a transformar el metal para convertirlo luego en un molde de letra.
Seguramente debía ser una persona con apti tudes artísticas y creativas, pues los tipos que se usaron en la Nueva España no fueron importados en su totalidad de Europa, sino que, como se verá más adelante, los realizaron con los ma teriales gu• e tuvieron a su alcanc�, a pesar de que los diseños estaban inspirados en la letrería europea.
Aunque sabemos que Antonio de Espinosa fue cortador de 1etras y trabajó como tal en el taller de Juan Pablos, Europa si guió enviando letras para imprenta.
El listado de embarque de una nao que salía de España rumbo a la Nueva España en 1606 afirma que enviábase «cien mazos de canones de escrivir a un real cada mazo montan cien rreales>>.
79 Es decir, una porción de carac teres gruesos, los cuales venían atados o unidos formando un grupo y su precio por unidad era de un real, y el conjunto costaba en es te caso cien reales.
El fundidor tallaba en la parte tronco-cónica de un pequeño bloque de metal duro, seguramente de acero, una letra invertida como en un espejo.
Una vez realizado, acuñaba con él un metal blando, una pieza de cobre o latón con la que se obtenía un va-
ciado en forma de letra.
Generalmente se hacía la fundki(>n de plomo en aleación con antimonio y zinc, calentándolo para llevarlo a los moldes.80 Esta aleación se fundía fácilmente, por eso se podb trabajar enseguida con las letras, ya que eran lo suficientemente fuertes como para soportar la acción de la prensa una vez coloca das en las cajas de imprenta, lo que originaba el trabajo del �ajista.
Las portadas de los libros impresos por Antonio de Espinosa demuestran una preferencia por el uso de letras en el enmarque, quizás por el hecho de que conocía perfectamente el oficio de fundidor y cortador de caracteres.
En ellas observamos una cons tante para colocar unas frases bíblicas en lugar de orlas diseñadas con figuras o con grecas.
Es importante mencionar que esta forma de diseño es una tradición europea, y particularmente españof o.
Un ejemplo claro, de entre los muchos que existen, son varios grabados de tema franciscano que llevan la misma inscripción a su alrededor: el Vocabulario en lengua castellana y mexicana de 1555 (fig. 6), el Vocabulario en lengua castellana y mexicanw de 1559 (fig. 7), ambos realizados en las prensas de Juan Pablos, y el Vocabulario en lengua castellana y mexicana impreso por An tonio de Espinosa en 1571 (fig. 8).
El marco de los dos primeros, en comparación con el tercero, cambia el orden y el color de la tinta; sin embargo, aunque aparentemente la letra es igual, no se utiliza la misma placa, pues el diseño varía en las pnlabras «tuum», «signis», en los dos puntos suspensivos al final de la de Juan Pablos y en los dos puntos que utiliza Antonio de Espinosa en «Franciscum».
Me aventuro a decir que ambas inscripciones fueron realizadas por Antonio de Espinosa, ya que desde 1555 éste trabajaba en el taller de Juan Pablos y hasta 1571 no tuvo su imprenta propia, en la que utilizaba la misma letra para decorar varias obras, como el Confesionario mayor de 1565 y de 1569, el Confesionario breve de 1569, y la J nstituta ordinis bedti Frcm cisci de 156 7, entre otras.
países, por lo que fue frecuente utilizar grabados provenientes de otros lugares para que sirvieran corno modelos de inspiración, o fueran copiados exactamente.
Así, el grabado se convirtió en un medio difusor de temas iconográficos que podrían ser utili zados para cualquier otro campo del arte, como fue la pintura, fo escultura y la arquitectura.
Esta persona colocaba tipo a tipo, línea tras línea, hasta que completaba unn página, la cual constaba de varias piezas que po drían cambiarse fácilmente de posición, pero también podían des prenderse fácilmente por lo que tenía que hacerlo con cuidado.
La composición, una vez unida y fijada fuertemente en la rama, estaba lista para colocarla bajo prensa. tn El cajista también deli mitaba la superficie que debía tener la escritura, es decir, marcaba los límites de los márgenes de las líneas de palabras, con el fin de dar una composición armónica y ordenada al texto de la obra.
Se hicieron libros cuyas hojas se escribían con un margen continuo de izquierda a derecha, o frecuentemente, con escritura a dos columnas.
A veces, en ]as portadas y colofones de los libros se ordenó fa caja en forma de triángulo invertido con un fin puramente armónico, tal como se realizaban las impresiones en el Viejo Continente.
Este trabajo fue el • más rudo del taller, pues consistía en prensar las planchas de la imprenta para realizar los libros.
Las prensas eran de madera de roble, fijas al techo y al piso.
La plan tina, que dejaba preparada el cajista y sobre la que se imponían ISABEL GRA�tN PORRÚA las formas disponiéndolas para entrar en la máquina, debía entin tarse con la ayuda de un par de almohadillas de cuero con mani jas, llamadas «balas».
El entintado era homogéneo y con cuidado para no desbaratar los tipos sueltos y evitar así las desigualdades y desórdenes en las líneas.
Posteriormente se colocaba un papel que debía ser más grande que la composición y lo prensaban con el sistema de tornillo, es decir, un huso de madera con un remate o cabeza• de hierro donde se adaptaba la barra de la que había que tirar para dar el golpe de la presión con una fuerza conside rable.
84 Finalmente ponían la hoja de secar con el objeto de que 1a tinta no se corriera.
En el contrato de Juan Pablos por el que se le da permiso para abrir una sucursal de Juan Cromberger en América, se especifica que el primero se comprometía a hacer «la tarea de tres mill plie gos cada día como se faze en la dicha vuestra casa», es decir, imitando el trabajo de la imprenta sevillana; no en balde Klaus Wagner llega a la misma conclusión sobre la realización de idén tica cantidad en España.
Así, la cantidad propuesta en el contrato implicaba un com promiso que Juan Pablos no podría realizar con el pequeño taller.
Es muy probable, afirma el mismo autor, que se tratara de la mitad, 3.000 impresiones, es decir, 1.500 pliegos, número bastante razonable para la mayoría de impresores en un buen día de trabajo.
86 Est� trabajo debió ser el de menor categoría dentro del taller, ya que, como se vio anteriormente, en la imprenta de Ocharte, los negros fueron quienes se dedicaron al dicho oficio.
87 De este modo, las imprentas novohispanas del siglo XVI trabajaron con un equipo bien formado, compuesto de personas dedicadas en cada proceso de elaboración del libro y así, los talleres pudieron satisfacer Jas necesidades tipográficas que tanta falta hadan en la Nueva España.
En la Nueva España, y en especial durante el siglo XVI, éstas:1doptnn un papel importante, pues constantemente aparecen vincu ladas a la historia de la primitiva imprenta mexicana.
Sabemos que era una modalidad del trabajo familiar, común entre los oficios gremiales de ese tiempo, principalmente con los pintores, 88 unido:11 papel masculino predominante.
El mando del taller lo ejercía el impresor, es decir, el dueño del negocio, pero las mujeres adquirieron un papel importante, pues no solamente el linaje de propiedad pasó a través de ellas, como se verá más adelante, sino que a veces ejercían su propio tra bajo en la casa-imprenta.
En efecto, el taller era al mismo tiempo, un lugar de trabajo y un sitio para habitar, pues allí mismo residían los trabajadores de la imprenta.
El documento del contrato entre Juan Cromberger, impresor de libros en Sevilla, y el prensista Gil Barbero declara que a este último se le debía dar «pasaje franco e comer e beber en el dicho tiempo asy en el viaje como en la dicha cibdad de méxico a uso y costumbre de la tierra».
89 No sólo a este prensista se le prometió alimentarle en la Nueva España sino que ésta parece una cláusula común en los contratos.
Asimismo Juan Pablos convino con Tomé Rico, tirador, y Juan Muñoz, componedor, para que fueran a tra - bajar a su imprenta en 1550, y el concierto afirma que se les daría
ISABEL GRAÑÉN PORRÚA > a su llegada al Nuevo Mundo.
90 También en 15 50 Antonio de Espinosa, fundidor de letras, se comprometió a llevar a Diego de Monto' ya a trabajar en la primera imprenta novohispana y por ello se le tendría que dar un sueldo, «de comer e beber e casa e cama».91 Definitivamente estos documentos demuestran que los oficia les con. tratados de ]a imprenta, por el hecho de trabajar en ella, tenían derecho, además de cobrar un sueldo, a vivienda y alimen tación y es muy seguro que fu era dentro del mismo taller y a cargo de la esposa y miembros fe meninos de la familia del impresor.
El proceso inquisitorial que se le hizo a Juan Ortiz, grabador de imágenes, en 1572, confirma cómo éste residía en casa del im presor Pedro Ocharte, pues él mismo declaró que había vivido ahí en su oficio de imaginería «diez y ocho meses», hasta que había sido preso por la Inquisición.
92 Imprenta Pahlos-Ocharte Una vez declarado lo anterior, veamos lo que pasó con las mujeres en las imprentas novohispanas del siglo XVI y a lo que se dedicaron.
Me remontaré a una noticia que es digna de tomarse en cuenta, aunque no esté totalmente aclarada.
Se ha dicho que Juan Pablos fue sobrino de Juan Cromber ger.
93 Don Francisco del Paso y Troncoso dejó una libreta con la nota siguiente: «Juan Pablos, primer impresor, era pariente de Juan Cromberger; según esto su madre sería Marta Cromber (ger), ya que consta que esta alemana era mujer de un italiano».
1550 par�1 que se contratara en España a un fundidor de tipos, 94 h,1bla de Juan Cromberger como «mi señor», difunto, aspecto que n Carlos Linga le hace suponer que no se referiría así si se tratara sólo de un socio, aunque es muy posible que llamara de esa forma a su patrón.
Este dato, si fuera cierto, nos hace pensar en que el lazo de sangre ya ayudó a Juan Pablos a ser elegido para esta-. blecer la imprenta en la Nueva España.
Como la información anterior no está totalmente fundamen tada, se puede decir que la primera mujer que aparece dentro de la historia de la imprenta novohispana es Jerónima Gutiérrez; su nombre se menciona en el contrato entre Juan Cromberger y Juan Pablos el 12 de junio de 1539, diciendo lo que debía realizar en el taller: « I ten, que la dicha Jerónima Gutíérrez, mi muger sea obligada a rregir e servir la casa en todo lo que fuere menes ter>>.
95 Esto quiere decir que como el taller era un sitio habitable, la mujer debía atender al marido y a todos los oficiales que vivie ran en la casa; mas no podía cobrar sueldo «ni otra cosa alguna, salvo solamente su mantenimiento>>.
Pero esta señora debió estar muy enterada de lo que ocurría en el taller que continuó llevando, pues en 1563, Jerónima, ya como viuda, alquiló al mercader Pedro Ocharte <<dos imprentas de Y mprimir con letras e imágenes» que habían sido propiedad de su marido.
96 Nos preguntamos cómo pudieron haberse conocido estos dos impresores, pues ya tres años antes la viuda del impresor novo hispano le había pedido a Pedro Ocharte que sirviera de testigo en una cláusula testamentaria con el fin de poder cobrarle a Fran cisco de Escobar un dinero.
97 José Toribio Medina dice al respecto que Pedro Ocharte seguramente había estado en contacto con Juan Pablos, debido a que ambos eran comerciantes, y cuando éste muere, Pedro tuvo amistad con la familia y por eso fue testigo de la dicha cláusula, en la cual se contienen las únicas 98 A tal grado fue la amistad que Ocharte se casó con María Figueroa, hija de Juan Pablos, entre 1561 y 1562 -según Medina-.
Es decir para la fecha del arrendamiento de la imprenta, el 1 de fe brero de 1563, ya eran marido' y mujer, y por lo tanto Ocharte miembro de la familia Pablos.
99 Se ha dicho que María Figueroa era hija de un primer matri monio de Juan Pablos, y que ésta había nacido antes de 1539.
Lo importante es que esta mujer heredó una parte de la imprenta de su padre, y más tarde, su marido Pedro Ocharte, se convirtió en el propietario del dicho negocio.
Ni Medina, ni García Icazbalceta han encontrado en sus investigaciones la manera en que sucedi6, ya que sólo sabemos que la imprenta le había sido arrendada única mente por dos años.
Alexandre A. M. Stols supone que esto fue posible gracias a que la parte heredada por su mujer se sumó a la otra que seguramente compró a la viuda de Juan Pablos y a sus otros hijos menores de edad, pasados dos años de alquiler.
100 Todo ello hoce suponer que, la estrecha relación que éste tenía con la familia de Juan Pablos y el hecho de haber contraído nupcias con María Figueroa, son factores importantes para que Pedro Ocharte se adueñara de la imprenta.
También es importante hacer notar el hecho de que el antiguo mercader escogiera a su esposa dentro de la misma profesión, pues así conseguiría también ayuda en el nuevo oficio, ya que seguramente María había colaborado en el taller de su padre como luego lo estaría haciendo en el de su marido.
Al morir María Figueroa, Pedro Ocharte contrajo segundas nupcias con María Sansoric (o Sanzores) en el mes de mayo de 1570.
1 o 1 Esta mujer también conocía el negocio de la imprenta, pues en 1572, cuando Pedro Ocharte fue procesado por la Inqui sición, le escribió la ya comentada carta a su mujer pidiéndole que se encargara de ciertos asuntos pendientes en la imprenta.
102 Para L592 muere Pedro Ocharte y su viuda continúa con la imprenta, por lo menos durante dos años más.
En este lapso pu blicó De institutione gramatictte.
Libro tres, de Emanuel Alvarez; pero por ciertas dificultades no pudo terminarla y pidió ayu<la a Pedro Balli, el otro impresor del momento, que concluyó las dos últimas partes de la obra.
No obstante, en 1597 María de Sansoric trabajaba en el convento de Tlatelolco con Cornelious Adriano César, impresor originario de los Países Bajos que había sido preso por el Santo Oficio de la Inquisición y vivía en dicho convento.104 Este individuo seguramente supervisó el trabajo y la orientó.
Melchor Ocharte, hijo de Pedro Ocharte y de María San soric, es quien continuó con el trabajo de la primera prensa llegada al Nuevo Mundo de 1597 a 1605; pero en 1601 se conoce una impresión de Luis Ocharte Figueroa, hijo de Pedro Ocharte y nieto de Juan Pablos.105
Ya hemos visto lo que acaeció en la casa Pablos-Oc! wrtc y el papel que desempeñaban las mujeres.
A contint1ación se analizará lo que ocurrió en la imprenta de Espinosa, donde la mujer también ejerció un papel importante.
Aunque no se sabe la fecha exacta de la muerte de este impresor de origen español, la última noticia que tenemos de él es de 1576.
106 A su muerte, la imprenta pasó a manos de María de Espinosa, su hija, y según Stols, ésta debía ser entonces muy joven, 1o1 pues el librero Pedro Balli alquiló el taller por veinticinco años y en sus impresiones estuvieron pre-sentes los tipos y grabados que había utilizado antes Antonio Je Espinosa.
108 Años más tarde, María Espinosa contrajo nupcias con un famoso tipógrafo de principios del siglo XVII, llamado Diego Ló pez Dávalos, en cuyas manos quedó el taller del difunto Espinosa.
109 Existe la hipótesis de que Melchor Ocharte vendió su taller a Diego López Dávalos en 1605.
11o Si esto ocurrió así, supuso la fusión de las dos primeras imprentas establecidas en la Nueva España: la de Juan Pablos, que más tarde pasó a manos de los Ocharte, y la de Antonio de Espinosa.
A la muerte de Diego López Dávalos, entre 1611 ó 1612, su viuda, la misma María Espinosa, continuó con el oficio de im primir, pues en 1614 se lee en la portada de un Manual para administrar sacramentos: «En la imprenta de María Espinosa» y, al final de dicha obra «en la imprenta de la viuda de Diego López Dávalos».
111 María de Espinosa estuvo al frente de la imprenta por lo menos hasta• 1615, año en que se publicó una obra llamada Vida y milagros del glorioso padre San Nicolás de Tolentino, y que todavía dice: «en casa de la viuda de Diego López Dávalos», es decir, la hija del impresor novohispano Antonio de Espinosa.
112 _ Como observamos, la mujer desempeñó un papel importante en la historia de la imprenta novohispana del siglo XVI.
El linaje de propiedad pasó a través de ellas; estuvieron al tanto de lo que sucedía en los talleres y fueron capaces de ejercer el trabajo doméstico de la casa-imprenta.
Desde pequeñas, sus padres debie ron integrarlas al trabajo porque era una forma de prolongar el negocio al casarse con otros impresores, con quienes colaborarían en el nuevo taller.
En el momento de enviudar, las mujeres fueron capaces de hacer frente al negocio, aunque es importante aclarar que en este caso, siempre tuvieron la colaboración de un miembro masculino que supervisaba el trabajo.
«Actas del III Coloquio Hispano-italiano».
19 Millares Cario y Calvo, Juan Pablos...
Estos autores especulan esta fecha por el tiempo en que Juan Pablos firmó el contrato en junio de 1539, hasta su llegada al Nuevo Mundo e instalación del taller.
21 Valtón, Impresos mexicanos del siglo XVI..., pág. 24.
Pu blicado por Gestoso y Pérez, José: Documentos para la historia de la primitiva tipografía mexicana.
Carta dirigida a José Toribio Medina.
Sevilla, 1908, págs. 5-11; del mismo: Noticias inéditas de impresores sevillanos.
23 Stols, Alexandre: Antonio de Espinosa, el segundo impresor mexicano.
26 Garcia Icazbalceta, Bibliografía mexicana... t pág. 37, nota 65; Gómez de Orozco, Federico: La cultura occidental y los libros mexicanos del siglo XVI. dV Centenario...,, pág. 80; Linga, Carlos: Los primeros tipógrafos en la Nueva Espafta y sus precursores europeos.
«IV Centenario... », pág. 541; Stols, Antonio de Espi nosa.... pág. 12.
56 Anuariu de Estudius Ameri<.:anos. |
La provincia de Florida había resultado, desde los inicios <le su colonización y asentamiento, dura y difícil para vivir y tra bajar en ella; los constantes ataques de potencias extranjeras, a que se vio sometida la población, impidieron una explotación sistemática de la tierra y, la lejanía y problemas de comunicación con otros territorios partenecientes a la Corona española, unida a la dilación en la solución de los diferentes asuntos que se plan tearon, conllevó en la mayoría de los casos una compleja y lenta administración.
Tras los intentos frustrados de dominicos y jesuitas desde mediados del siglo XVI para conseguir la evangelización del te rritorio, fueron los franciscanos quienes secundaron con éxito la ingente labor misional, ocupando su trabajo apostólico práctica mente el llamado Primer Período Español en esta provincia (1565-176 3).
La primera fecha marca la fundación de la ciudad de San Agustín, la capital y el núcleo receptor de las continuas expedi ciones misioneras que se comenzaron a enviar desde la península; la segunda, el año del traspaso de Florida bajo el dominio inglés.
La presencia franciscana se inició a partir de 15 7 3, ya que el 23 de febrero de ese mismo año, fue expedida en Madrid una real cédula ordenando en ella al adelantado Menéndez de Avilés que continuase la labor de colonización emprendida en tierras flori-
SISTEMA MISIONAL FRANCISCANO EN FLORIDA 3 en parte estos primeros momentos de intentos de adoctrinar el territorio.
Este religioso perteneció a la expedición que llevó por comisario a fray Alonso de Reinoso.
Provenía de la Provincia Re gular de Andalucía y nada más arribar a tierras floridanas, fue en viado al pueblo de l'Jombre de Dios, cercano a San Agustín.
Su obra, nunca publicada en su totalidad y conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid, es un extenso poema de 449 fo lios, dividido en tres partes, conteniendo una completa historia, con amplias noticias del país y de los acontecimientos que allí su cedieron en los años que ejerció su labor evangelizadora.
Está calificada como de lo mejor que se escribió referente a esta pro vincia en el siglo XVI, supliendo en gran parte la falta de muchos hechos no conocidos por otro conducto, y constituye en sí un do cumento histórico de gran importancia, dada su conformidad y exactitud de las relaciones, que otros autores no r? portan.
4 Las impresiones sobre el avance de las misiones en estos años eran excelentes, puesto que los religiosos, aparte de la labor realizada, contaron en muchos casos con el apoyo de los gobernadores, como fue el caso Je I\1.nrtínez de Avcn<laño (1-594-1.595), hombre activo, intachable y muy celoso de la difusión de la fe católica entre los naturales.
Según se afirmaba, rigió la provincia con tal acierto y prestigio que vinieron a instruirse y bautizarse hasta algunos indí genas de tierra adentro, situados fuera de la jurisdicción española, ya de las clases principales, como del común, acompañados de sus mujeres e hijos.
En 1595, el número de indios cristianizados era Je 1.500, 5 lo que supuso la petición de nuevos religiosos para ir ampliando el campo de acción misional.
6 Pronto se registró un núcleo denso <le indígenas cristianizados en la isla de San Pedro
(actualmente Cumberland Island), cuyo cacique don Juan, prest6 a los religiosos una valiosísima ayuda para convertir y «reducir a ]os demás indios», llegando a proporcionar víveres y ayuda a otros pueb. los en tiempo de necesidad.
7 b) Expedición a la Tama Aunque los misioneros circunscribieron su acción a las re giones más cercanas a San Agustín, como hemos comentado, se comenzaron a efectuar por estos años exploraciones, acompañadas casi siempre de religiosos, a regiones más apartadas, como es el caso de la efectuada en 1597 a la Tama, a unas 50 leguas tierra adentro.
Generalmente y aunque a veces la excusa presentada era la evangelización, el fin primordial de éstas, como ocurrió en mu chos otros territorios del Nuevo Mundo, fue el económico, a la búsqueda de posibles yacimientos mineros.
Para acompañar a los soldados fueron designados los padres fray Pedro Fernández de Chozas y fray Francisco de Ben1scola, 8 llevando como intérprete al soldado Gaspar de Salas «por entender la lengua de la provincia de Guale y de San Pedro».
9 llabiendo salido de San Agustín en la primavera de ese año, no hallaron buena tierra hasta llegar a la dicha Tama, donde los religiosos co menzaron a adocttinar a los naturales.
En las regiones de Cuaque, Talufa y Usatipa hicieron importantes descubrimientos sobre las riquezas naturales, pero al tratar de penetrar aún más hacia el interior, el cacique del pueblo de Ocute les aconsejó el regreso ya que consideró que se exponían a perder la vida.
El viaje de vuelta lo realizaron pasando Yufera y Cascangu, pueblos de indios alia dos.
Los resultados ohtenidos fueron escasos, pero tuvieron la gran ventaja de ir aportando las primeras noticias y datos sobre estas nuevas regiones y sus habitantes.
10 También por estas mismas fechas, comenzaron a surgir pro blemas entre el gobernador, los religiosos y los indígenas que crearon graves tensiones, llegándose incluso, por parte de los na turales, a verdaderos enfrentamientos contra los españoles, situa ciones que comentaremos posteriormente, pero que nos vienen a confirmar el grado de tensión existente al convivir sociedades y grupos tan dispares, difíciles de compaginar; tendentes por parte de la población civil española a lograr una rápida obediencia y su misión de los naturales'y por parte de los misioneros, alterando su modo de vida, circunstancia frente a la que los naturales se mos traron en franca rebeldía.
En muchos casos, la táctica indígena para no acatar las obligaciones impuestas por los religiosos, fue marcharse Je las doctrinas e internarse tierra adentro.11 e) La revuelta de 1597 en Tolomato En este ambiente surgió la rebelión, consecuencia de todos los factores anteriormente mencionados y que merecen la pena ser comentados para intentar esclarecer las circunstancias de la misma.
El gobernador Gonzalo Méndez de Canzo, al contrario que su antecesor Martínez de Avendaño, fue tachado de proceder con tra los indígenas con crueldad, con precipitación, con desaciertos frecuentes que pronto fueron denunciados incluso por los propios misioneros al ser de «... gran escándalo para los recién converti dos a la fe y es grande obstáculo e impedimento para otros que tenían el santo propósito de convertirse... ».
12 Los religiosos desde comienzos de la evangelización, trataron de prohibir costumbres sociales de los indígenas incompatibles con el catolicismo, como la poligamia y el concubinato y ello fue la causa principal de esta sublevación.
Por el Confesionario de fray Francisco Pareja, se puede deducir hasta qué grado trataron los franciscanos de modificar las costumbres sociales, ceremoniales y �exuales de los indígenas floridanos.
En él se incluyeron pregun tas sugestivas para el uso del fraile durante las confesiones, que abarcaban los ritos tradicionales para la caza, la agricultura, cos tumbres médicas, la magia y actividades políticas.
El Confesio nario también nos revela que las costumbres tradicionales entre hombres y mujeres y su conducta sexual se consideraban pecami nosas para los frailes, 13 según se desprendió además de las decla raciones de los propios naturales y que posteriormente se realiza ron, en un proceso llevado a cabo para el esclarecimiento de los hechos.
14 Los fines perseguidos por los indígenas en este levanta miento fueron: matar a los misioneros e indios cristianos, prepa rar la guerra y provocar una insurrección general contra todos los españoles.
15 Los franciscanos que murieron a causa de esta revuelta fue ron: fray Pedro de Corpa, fray Miguel de Añón, fray Antonio, fray Blas Rodríguez y fray Francisco de Beráscola.
16 Fray Francisco de A vila fue hecho prisionero y sometido a crueles torturas, sien do al fin rescatado por una patrulla española al ser canjeado por un cacique cautivo.
Años más tarde fue a La Habana, donde escri bió un interesante relato sobre sus diez meses de cautiverio entre lJ Geiger, O.F.M., Maynard:'l' he f ranciscan con q uest..., pág. 88.
Deagan, Kathleen: Los misioneros y los matrimonios: el papel de las relaciones his p ano indias en la f ormación de una tradición hispano-f loridana, en «La Influencia de España en la Florida, el Caribe y la Luisiana (1500-1800)».
14 Todo ello fue una batalla entablada contra la poligamia indigena iniciada en la persona del cacique de Tolomato.
Don Juan o Don Juanillo, irritado contra fray Pedro de Corpa, que realizaba allí su labor misional y que por su poligamia 10 apartó del mando.
1G El libro de Omaechevarría. ya citado, está centrado en la figura de este misionero, la tarea que desarrolló en tierras floridanas y su muerte a manos de los indígenas.
A.G.I., Santo Domingo, 224 ]os indígenas.
17 También en el pueblo de Ays (en la parte sur, junto al cabo Cañaveral), mataron los naturales a un español, lengua de esta comarca, y a otros dos indígenas cristianos.
18 El gobernador Méndez de Canzo, junto con 100 soldados españoles y 200 indios aliados, fue el que puso fin a esta situación, a veces por la fuerza, sistema duramente criticado por los propios francis canos,19 y otras mediante obsequios y agasajos.
20 Para el estudio de este período contamos con la Relaci6n
Histórica del padre Oré,21 las octavas reales del padre Escobedo, en su poema La Florida,22 y la información oficial, a la que ya hemos hecho referencia y que se practic6 en San Agustín en 1598 a raíz de los sucesos acaecidos.
23 En la península se pretendió, lógicamente, conocer cómo se haJlaba la provincia floridana tras los graves incidentes ocurridos.
Se planteó la realización de una investigación, enviándose a San Agustín a Fernando de Valdés, hijo del gobernador de Cuba.
Este, sorprendido, informó que. había hallado a los franciscanos optimistas con respecto al futuro de su evangelización.
24 Las di rectrices las tenían claramente establecidas y fijadas las bases para ISABEL ARENAS FRUTOS la gran tarea que se iniciaba y que alcanzarían tan importantes frutos en la centuria siguiente.
Es ahora, cuando comanzaba la gran expansión misional en tierras floridanas.
En 1604 el Rey Felipe III envió de nuevo a Florida frailes franciscanos de la provincia de los Angeles (en España) para pro seguir la conversión del territorio; encontraron bastantes dificul tades, a causa del período de apostasía en el que habían estado inmersos los indígenas tras la rebelión ocurrida.25 ¿Cómo reinicia ron su trabajo los religiosos franciscanos y establecieron las doc trinas en el territorio?
El receptor de envíos de las distintas expediciones26 fue siem pre el convento de la Inmaculada Concepción, sito en la ciudad de San Agustín, como anteriormente hemos apuntado.
Desde allí, el religioso era enviado al lugar en que era más necesario su mi nisterio.
La misión estaba integrada generalmente por varios po blados, al más céntrico de los• cuales, o más importante, se le designaba con el nombre de «cabecera», mientras que los restantes recibían la denominación de «estancias, aledaños o sujetos».
La cabecera constituía el centro de acción del misionero.
Se consi deraba como su. residencia habitual y de ella partía, a intervalos más o menos frecuentes y por temporadas de duración diversa, a trabajar o inspeccionar las aldeas del distrito.
El ideal, que no siempre se cumplió, era que cada misión estuviese atendida por dos religiosos.
En ese caso, mientras uno permanecía en la cabecera, el otro recorría los aledaños, turnán dose sucesivamente.
La ausencia del misionero era suplida en los anejos por indios especialmente instruidos (]adinos), a cuyo cargo corría la marcha externa de cada poblado.
27 La tarea principal del doctrinero consistió en la enseñanza de la doctrina cristiana; para ello, y desde el primer momento de la evangelización, fue seguido un mismo esquema, llamado «método vertical»; el primero a quien se trataba de evangelizar era el cacique o señor principal de un paraje concreto.
28 Una vez logrado esto, el resto de los habitantes, por sumisión o respeto, le secundaban.
Generalmente los más reacios al cambio de religión fueron lógicamente los ancianos, más arraigados a sus costumbres ances trales.
Esta afirmación la encontramos en la Relaci6n del padre Pareja.
29 Los indígenas llegaron incluso a pedir a los franciscanos que los fueran a enseñar ya que «los caciques de por acá, dijeron, que son más orobisi (sabios) nos lo dicen, y se han hecho cristia nos.
Nosotros también lo queremos ser, y guiarnos por lo que ellos dicen y hacen, enseñados• por vosotros►>.
30 Cuando ya una parte de la población, perteneciente a una región o pueblo con creto, estaba cristianizada, el misionero, con los escasos elementos con los que generalmente contaba, trataba de levantar una capilla donde celebrar los cultos.
31 Aclaradas estas ideas generales en lo que a evangelizaci6n se refiere, pasamos a analizar la evolución progresiva que estas misiones experimentaron durante los años que venimos estudiando.
Durante estos primeros momentos del XVII, se tuvo la gran ventaja de contar con algunos franciscanos cuya labor resultó bá sica y fundamental, no sólo en lo que respecta a predicaciones y bautismos logrados entre los naturales, sino por la extrema dedi caci. ón e impulso conseguido entre la población aborigen en as pectos e instrucción cultural y material.
Les enseñaron a leer, escribir, música, técnicas de cultivo, implantaci6n de nuevos pro ductos..., etc. Además, la enseñanza de la gramática española, llegó a ser, según los propios religiosos, un «medio eficacísimo para imprimir en aquellas tierras con letras, la disciplina y doctrina cristiana>>,32 lo que se tradujo en un rápido aumento del número de indios cristianos.
Se comenzó a detectar una mayor interacción entre ambas culturas y como consecuencia de ello, una mejor comprensión mutua y respeto entre costumbres' y formas de vida.
Estas afirmaciones se sustentan en una serie de informaciones, enviadas desde el prop. io territorio por los franciscanos mientras realizaban sus tareas evangelizadoras.
Nos referimos en concreto a la que en 1602, envió desde San Agustín fray Francisco Pareja, explicando los logros obtenidos en sus siete años de enseñanza entre los naturales en la misión de San Juan del Puerto, donde contaba con un total de 500 personas cristianizadas.
33 También la de fray Baltasar López, desde el pueblo e isla de San Pedro, donde había 792 indígenas cristianizados 34 y Guale, donde según informó, ascendía el número a 1.200.
Por los cálculos que se realizaron, en 1607 se contabilizó en 4.000 el número de 1os naturales bautizados 35 y por la crónica de fray Antonio Daza había en tierras floridanas 4 conventos y 13 vicarías; 36 en tan sólo unos cuantos años (1617), la cifra de cristianos se duplicó.
Esta era muy elevada ya que aún no había doctrinas establecidas en las provincias de Apalache, Tama, Santa Elena, ni en la costa de San Carlos (provincia floridana de Calus).
37 El desarrollo misional hasta mediados de ese siglo destaca por el gran avance que se fue experimentando.
La interesante y extensa información proporcionada por fray Alonso de Jesús en 1630, 38 nos aporta importantes datos sobre los indígenas flori danos, sus costumbres y formas de vida, al igual que sobre las misiones y el desarrollo de éstas, indicando que había ya por estas fechas en pie más de 600 iglesias repartidas en 32 doctrinas y aten didas por 27 religiosos, para a los pocos años ( 1634) ascender de nuevo a 35 franciscanos, atendiendo a 44 misiones y doctrinas.
39 Este sería el proceso general hasta llegar a mediados de siglo, en el cual el avance evangelizador fue roto esporádicamente por alguna que otra revuelta indígena, ante el rechazo del trabajo impuesto
La más importante de éstas tuvo lugar en 1647, siendo reprimida y castigándose duramente a los promotores del suceso.40
Antes de continuar con el desarrollo misional merecería 1a pena destacar algunos aspectos y características que consideramos importantes, relacionados directamente con el estudio que venimos efectuando: El doctrinero no tenía fijado un tiempo concreto de estancia en la doctrina, éste sólo estaba establecido por las leyes de permanencia en Indias y era de 10 años completos,41 residien do en el lugar que se le asignaba hasta que sus superiores le envia sen la orden de traslado a otro lugar.
Para controlar el normal desenvolvimiento de estas misiones se realizaron en esta centuria diferentes «visitas» a las mismas, tanto eclesiásticas (realizadas por los obispos o sus delegados) como por visitadores de la propia Orden (las efectuadas por fray Luis Jerónimo de Oré).
42 Con respecto a la congrua o estipendio que recibieron por su trabajo misional, éste fue estipulado entre el Rey y el Consejo de Indias, entregándose en un principio al provincial de la Orden en Florida para que se ocupase de su distribución.
Esta cantidad era de 115 du cados (158 pesos) equivalente a una plaza de soldado del presidio.
Como esta asignación, según los propios religiosos, resultase insu ficiente debido al incremento progresivo de los precios, estable cieron en sus respectivas doctrinas algunos aprovechamientos, sem brándoles los indígenas trigo, «una sabana para el padre y otra para la iglesia»; también les cultivaron tabaco' y les criaron gana do de cerda, aves y otras legumbres, «que todo importa al año muy buena porción, porque estos géneros por mano de sus síndicos los envían a vender».
43 Al Oeste de San Agu.stin ( provincia de Timucua).:31.
Santa Fe de Toloeo, a 30 leguas.:tt San Francisco <le Potano, a 2:3 leguas.
Al Sur de San Agustín:34.
San Luis de Acuera, a:�2 leguas.
Santa Lucía de Acuera, a 34 leguas.:3ü.
San Salvador de Mayaca, a 36 leguas.:m.
San Diego de Jaca, a 7 leguas>).
El aparecer la parte sur de la península floridana, habitada por la familia Calusa, despoblada de doctrinas, se debe a que fue en esta región donde los jesuitas ejercieron su ministerio, que, como hemos apuntado al comienzo de nuestro trabajo, resultó un evidente fracaso, debido principalmente a la belicosidad de sus habitantes, refractarios a las predicaciones misionales.
Esta fue la cota máxima alcanzada por las misiones en el territorio ya que a partir de este momento su número fue decre ciendo paulatinamente a causa de dos factores principales: muchos indios se aliaron con los ingleses de Carolina del Sur, abandonando sus pueblos; la población indígena disminuyó por las epidemias y enfermedades llevadas por los españoles.
En 1680 había un total de 53 religiosos empleados en las mision;s; de ellos, tres ministros, se encontraban en el convento de San Agustín para administrar a los naturales en los tres idiomas (guale, timucua y apalache).
Los restantes franciscanos se halla ban repartidos, a su vez, entre las provincias de Guale y Mocama, Timucua y Apalache.
46 Es además por estas fechas (1689) cuando se realizó el censo más preciso de las misiones floridanas, al enviar el obispo de Cuba47 a la Corona una lista de las diferentes doctrinas, con el número de familias nativas pertenecientes a cada una de ellas.
48 Florida se hallaba dividida en cuatro provincias:
-Guale con 6 doctrinas y un total de 185 familias.
-Apalache, la más próspera de ellas, también con 13 doctrinas y 1.920 familias. -La «provincia nueva» localizada en el sur, con tan sólo 2 doctrinas y 100 familias.
Estimándose que cada una de ellas podía estar compuesta por 5 miembros, se contaban 13.980 personas.
Además el censo de la ciudad de San Agustín ISABEL ARENAS PRUTOS era de 500 familias ó l.444 personas, incluyendo blancos, indios y negros.
De estas mismas fechas poseemos también una interesante relación de los ornamentos, prendas y alhajas que, para el culto divino, tenían las iglesias de estas conversiones, so consistente en: 992 campanas para tocar misa.
183 imágenes de Nuestra Señora, niños Jesús y diferentes santos.
71 misales, algunos nuevos y otros usados.
4 7 cálices con sus patenas de plata.
Los años finales de esta centuria no serán ya más que un lento declinar del sistema misional franciscano.
Sucesivos pueblos indígenas se aliaron a los ingleses en su lucha contra el gobierno español por el dominio de aquella provincia.
Estos ataques resul taron auténticas «razzias» que fueron minando cada vez más los debilitados cimientos del mundo hispano; la frontera establecida entre ambas naciones fue avanzando inexorablemente hacia el sur, situación tensa y difícil con la que se iniciaba un nuevo período.
Esta nueva centuria comenzó en un ambiente de presión continua: españoles, indígenas e ingleses se mostraban desconfiados y a la expectativa de acciones ofensivas y defensivas por parte de alguno de ellos.
El gobierno español llegó incluso a dictar una serie de normas 51 prohibiendo, en una de ellas, la posesión por parte de los naturales de armas de fuego, aunque les estaba orde nado mantener sus armas indígenas, caso de tener que defender su aldea de alguna posible agresión por parte de los vecinos del norte. a) Asalto a la ciudad de San Agustín El 10 de noviembre de 1702 se produjo, por parte inglesa y aliados indígenas, un devastador ataque contra fa capital flori dana.
Este se produjo, no sólo por mar (con unas 14 ó 15 naves), sino también por tierra, poniendo sitio a la ciudad durante 51 días, teniendo que refugiarse sus habitantes al amparo del castillo.
52 Ya el primer día que atacaron la ciudad, quemaron la amplia biblioteca (unos 600 volúmenes) del convento franciscano.
53 Al recibir los españoles ayu_ da de La Habana, los atacantes huy<::ron prendiendo fuego además a la iglesia parroquial, al con vento fran�iscano, 54 hospital y unas veinte casas.
En su huida quemaron siete doctrinas más (Nombre de Dios, Tupiqui, San Fe lipe, Santa María, San Juan del Puerto, Salomototo e Itolomaso), <le las que no quedaron señal alguna, al ser sus fábricas de madera y cercadas de lo mismo; 55 arrasaron los campos, frutales, y ma taron el ganado mayor.
56 Se llevaron además a tres religiosos pri sioneros (fray Domingo Posso, fray Domingo Santos'y fray Manuel de Urira), 57 los cuales estuvieron cautivos durante tres años, su-
ISABEL ARENAS FRUTOS friendo grandes penalidades, hasta que por fin pudieron ser rescata dos.
Conocemos muchos pormenores de la deplorable situación en que quedó la capital floridana, al haberse enviado a fray Ma:-tín de Alacano a España para realizar diversas peticiones de ayuda, SI\ aunque desde aquella provincia no dejaron tampoco de realizarse.
59 En 1704, los ingleses atacaron también la provincia de Apa t: Khe, matando a dos misioneros (fray Juan de Parga, de la pro vincia de Santiago, que realizaba su labor misional en la misión de Pata1y.
Era un gran predicador, habiendo realizado dicho oficio en la iglesia parroquia] de San Agustín durante una cuaresma.
El otro religioso fue fray Manuel de Mendoza.
Ambos conocían muy bien la lengua de los indígenas),60 y 40 indios, además de hacer prisionero a otro franciscano.
61 El número de doctrinas destruidas o abandonaJas por sus habitantes alcanzó casi la treintena, 62 achacándose el hecho n la falta de armas adecuadas por parte de los indios que se hallaban bajo el amparo de los españoles, para resistir los ataques ingle ses.
63 Además, los indígenas que no se habían reducido a pueblos, vagaban por los montes huyendo de los enemigos y algunos reli giosos que los siguieron sufrieron muchas penalidades.
64 Estos dos grandes ataques ingleses, marcaron el comienzo de la deca dencia de las misiones franciscanas en Apalache, Timucua y Guale, tras los 130 años de labor ininterrumpida de la Orden en aquellos territorios.
b) Intentos de reorganización misional tras las agresiones británicas
Los comienzos, pues, de esta centuria en cuanto a m1s1ones se refiere, son bastante negativos.
Nunca, durante este amplio período que venimos analizando, fue tan decadente la influencia española sobre los indígenas.66 Los franciscanos, en un último intento evangelizador, trataron de rehacer en lo posible la situa ción misional con los pocos pueblos que aún permanecieron fieles a la Corona española, reuniéndolos en torno a la ciudad de San Agustín, al abrigo del castillo y buscando su protección frente a posibles nuevos ataques, ayudándolos en sus necesidades físicas y espirituales.
La situación se mantuvo relativamente estable por algunos años en la provincia, incluso, en 1715, pareció que los españoles hubiesen podido recuperar sus alianzas indígenas puesto que cuatro caciques, representando 161 aldeas de Apalache, fueron a San Agus tín pidiendo ayuda: y protección al gobernador.
Estas tribus, alía• das de los ingleses durante la guerra, se habían rebelado contra éstos al término de la contienda ( 1713) al habérseles exigido, por la fuerza, el pago de municiones y provisiones que se les había proporcionado.
El gobernador español pensó, que una alianza con estos pueblos indígenas podía abrir un nuevo camino para el re nacimiento de la misión franciscana.
Consiguió un incremento en la cantidad asignada para ayuda de los naturales (de 2.063 pesos a 6.000), 67 contando también con el apoyo del procurador general franciscano de la provincia de Santa Elena.
68 Envió para ello, en 1716, al noroeste, al teniente Diego Peña, 69 a ratificar esta alianza con los apalaches.
Sin embargo, este acuerdo entre espa ñoles e indígenas, tras sucesivos intentos, y, a pesar de contar con el decidido auxilio misional de los franciscanos, 70 no llegó a realizarse, debido principalmente a la falta de recursos econó micos por parte española.
71 Los religiosos hubieron de conformarse con continuar su labor con• los pocos indígenas que aún eran aliados de la Corona, 7 2 pro veyéndoles de comida y suministros de los almacenes de San Agus tín.
Por real cédula de 26 de mayo de 1725 se ordenó que fuesen visitados estos pueblos de indios, tanto los de Apalache -con un total de 16 doctrinas y 1.011 personas-, 73 como los cercanos a San Agustín -11 pueblos, integrados por yamasees, timucua nos y guales-.
74 Estos, próximos al presidio, se redujeron enor memente, atacados, tanto por epidemias, 75 situación que alarmó enormemente a las autoridades españolas que solicitaban desde la península continuos informes, 76 como por los acosos de repeti dos ataques enemigos, 77 como el que se efectuó en 1728, en el que se llevaron muchos prisioneros, dejando despobladas algunas doctrinas, puesto que los pocos indios que quedaron se fueron a vivir a la ciudad.
Esta situación misional afectó seriamente a los religiosos fran ciscanos; su labor evangelizadora, a la vista de resultados tan ne gativos, se relegó bastante, denotándose gran apatía en este terre no. Tanto el Capítulo, como la moral conventual, llegó a ser más importante para ellos que su trabajo entre los naturales.
78 En 1727, 17 frailes franciscanos regresaron a-Cuba, en contra de la política seguida por el gobernador.
79 En Madrid, sin embargo, el nuevo comisario general, fray Do mingo Losada, defendió la actitud de los misioneros, ya que afirmó que los que se marcharon, habfan cumplido su estancia en las cercanías de San Agustín, 9 vivían en el convento y 2 permanecían en Pensacola y Apalache.
80 e) Las desavenencias entre frailes criollos y peninsulares En 1735, surgió un grave conflicto entre ambas parcialidades religiosas y que incidió de manera notoria en el sistema misional, al sufrir éste una gran regresión y achacársele en parte a esta pro blemática, la falta de evangelización y trabajo misionero que a par tir de entonces se detectó.
Es en. esta fecha cuando se delimitan claramente ambos grupos: por un lado, los criollos amparados por el gobernador de la colonia, por otro, el Rey y los frailes peninsulares.
El monarca español, llegó a ver a los criollos como conspira dores, intentando mantener la supremacía.
81 Es por ello que, en Florida, como en otros territorios del Nuevo Mundo, se pretendió que estuvieran siempre bajo las órdenes de sus superiores penin sulares.
Los criollos, tan sólo en ocasiones, llegaron a ser virreyes, arzobispos o gobernadores.
En Florida, en estos años, los criollos llegaron a controlar la situación de la Orden franciscana, haciéndoles, según afirmaron los religiosos peninsulares, al enviarlos a las aldeas más hostiles y miserables, siendo casi for zados a abandonar la colonia.
83 Aparte de haberlos enviado a los pueblos más pobres, se les estuvo cambiando continuamente de lugar y por ello no tenían ocasión de aprender ninguna de las len guas indígenas para evangelizar a los naturales.
Como ejemplo de lo comentado, podríamos citar el caso de fray Pedro de León y Cor�ero, que desde el año 1732, en que llegó, hasta 1735, residió en Porotalaca, Jororo, fuerte de Apalache, Costa, Rosas, Tolomato y de nuevo Costa (donde permanecía en este año).
El destino de los otros 8 misioneros fue prácticamente el mismo.
84 El gobernador y frailes criollos acusaron a los misioneros pe ninsulares, de malos tratamientos con los indígenas; a los primeros se sumó además el obispo auxiliar fray Francisco de San Buena ventura, 85 llegado por estas fechas, y que en un primer momento, estableció buenas reladones con el gobernador.
La situación se mantuvo mu)r tensa durante unos años; ambas facciones, criollos y peninsulares, trataron de conseguir las máximas prerrogativas �y ventajas, no resolviéndose el asunto hasta el traslado del gober nador en 1737.
Aún en 1743, por los nuevos ataques ingleses, las aldeas se redujeron todavía más, quedando tan sólo 4 (Tolomato, Palica, Porotalaca y Punta), pretendiendo los españoles nuevas alianzas con las tribus indígenas, pero sin resultados satisfactorios.
88 En 175 3, el virrey de Nueva España propuso 89 que 11 frailes podrían cubrir las necesidades de la colonia: un superior y cinco franciscanos en el convento de San Agustín, con tres hermanos ]egos para la enseñanza de los niños de la ciudad y dos misioneros más para trabajar entre los indígenas, pudiéndose centralizar todos estos proyectos en dos lugares, Tolomato y Punta, aumentándose En 1759, la reducción en el número de indígenas, fieles a los españoles, era aun más evidente.
En la capital y alrededores, inclu yendo los pueblos de Tolomato'y Moze, 91 no llegaban ni a los 80; cerca de San Marcos de Apalache, tan sólo quedaba una aldea, Tamasle, con no más de 25 habitantes.
92 En todo el territorio apenas permanecían 10 religiosos.
93 Aunque en 17 63, se intentaron establecer nuevas alianzas con los indígenas, éstas evidenciaron ya su manifiesto retraso, pues ese mismo año los españoles hubieron de evacuar Florida para dejar la a los ingleses.
SISTEMA MISIONAL FRAN' CISCANO EN FLORIDA |
A lo largo de sus setenta y siete años de existencia el Inca Garcilaso usó hasta cuatro nombres diferentes: Gómez Suárez de Figueroa hasta los 25 años; Gómez Suárez de la Vega durante unos meses de 1563 y Garcilaso de la Vega desde esa fecha hasta su muerte ocurrida medio siglo más tarde.
Sin abandonar el uso de estos últimos apellidos los compaginó en algunas ocasiones -no muchas-con el de Garcilaso Inga de la Vega.
Tres o cuatro veces utiliza además Inca anteponiéndolo a sus nombres, como en otras tres veces se define como indio, al principio de sus trabajos: como en 1590 en La traducción del Indio.
2 Pero tanto Inca Garcilaso como Indio Garcilaso son llamadas literarias y no identificaciones de apellidos, fórmulas usadas por el propio cuzqueño-cordobés para evitar confusiones y errores entre sus obras y las de su pariente el poeta Garcilaso.
Estas sucesivas mudanzas han sido atendidas por sus biógra fos y por los estudiosos garcilasistas como pruebas de sucesivos estados de ánimo, depresivos casi siempre, motivados como reac ciones de un mestizo ante determinadas situaciones hostiles: unas 2 FRANCISCO DE SOLANO veces, salidas de la sociedad española; otras, directamente Je su propia familia.
José Durand aduce sólidas razones familiares que pudieron influir en estos cambios, mas también opina que «pueden simbo lizar los conflictos sociales que lo envolvieron y la honda turbación de aquella vida trasplantada».
3 J. B. Avalle-Arce cree ver posturas revanchistas al mayorazgo familiar, deudor del Inca -aunqu� fuese una cantidad poco significativa-, así como una temprana vocadón humanista.
4 Porras Barrenechea, por su lado, opina que el abandono del «indiano mestizo Gómez Suárez de Figueroa» se debe al momento psicológico de 1563 en que el Consejo de Indias le deniega las pensiones que solicitaba sobre los méritos y servicios de su padre el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega.
«Ha decidido -concluye-ser español y romper con las Indias».
5 Para Avalle Arce la mudanza de apellidos no esconde más intencionalidad que razones literarias, 6 mientras que para Hernández y Saba suponen una «afirmación de la identificación con su padre y con su linaje as cendente por la rama paterna».
7 Sáenz de Santamaría, el primer editor de la obra completa, no se inquieta demasiado por estos cambios, haciendo suyas las opiniones de Porras.
Sin embargo, reflexiona que las mudanzas se realizan a los pocos años de la llegada del Inca a España por lo que no deben tener demnsinda influencia en su decisión de escritor, que se revela en 1590, casi treinta años después de aquellas decisiones.
8 De cualquier forma es 1563 cuando se verifican estos impor tantes trueques.
Las hip6tesis sobre ellos son numerosas, sosteni-LOS NOMBRES DEL INCA GARCILASO 3 das siempre por unas referencias imprecisas, poco claras, que Gar cilaso apuntó.
Junto a ellas se recuerdan unas palabras durísimas, descalificatorias de ciertos parientes, señaladas como posibles causas de los dramas de 1563, que es cuando se verifican los cambios:
«los descastados viles y bajos que, por sus abominables bajezas e infames codicias, se hacen indignos de esta sucesión... es muy justo borrarles... y dejarles en perpetuo olvido» 9 pero estas violentas y vengativas palabras fueron escritas por 1600 y puede que definan otras actitudes; no existiendo, además, cons tancia de que sean justificativas de aquellas mudanzas nominales.
Tanto es así que en 1583 en el acta de bautismo de Francisco Fernández de Toro actúa como padrino con el nombre de Garci laso de la Vega y Figueroa: un modo <le demostrar su fervor por sus linajes.
Garcilaso, que siemp'te transmite con cuidado sus referencias, que camina siempre anunciando sus pasos y describe con extrema atención las historias de su familia, no se detuvo en ningún caso en explicar los por qués que lo indujeron a abandonar Gómez Suárez de Figueroa -nombre glorioso, matriz de la casa condal de Feria--por el de Garcilaso de la Vega, igualmente notable y guerrero, a más de literario.
La descripción de la historia incaica y de la historia de la conquista y posteriores guerras civiles en Perú eran ocasiones óptimas para haberlo confesado, igual que en Genealogía de Garci Pérez de Vargas 10 donde, usando la matemá tica fidelidad de la genealogía, entrama los parientes, ascendientes y descendientes de la ancha familia paterna.
Pero todas estas obras se componen en los alrededores de 1600, cuando el autor tiene 9 Relación de la desce n. dencia de Garci Pérez de Var a as, destinada como prólogo a la Historia de La Florida.
18-8 de la Biblioteca Nacional de Madrid.
Ed. facsimilar, Lima, 1951, publicada por Raúl Porras Barranechea, y en Obras completas del Inca Garcilaso, Biblioteca de Autores Españoles, vol. l�l2, Madrid, 1959.
También en Sáenz de Santamaria, Garcilaso de l. a Ve g a..., págs. 137-155.
Esta frase, por otro lado, está tachada en el original.
Ha sido transcrita, perfec• cionando otras lecturas, por José Durand en 1965, El Inca llega a Espafia y en 1976, El Inca Garcilaso, clásico de América.
sesenta y bastantes gastados años, y las razones que le provocaron a erradicar el Gómez Suárez, de la ya casa ducal de Feria, habían dejado de perturbarle.
Incluso fueron éstas unas ocasiones des perdiciadas para desdecirse -si así lo hubiera deseado-de las decisiones tomadas en 1563.
Garcilaso de la Vega está, por lo menos satisfecho de su determinación del cambio que realizara en sus nombres y apellidos, aunque éstos no fueran los escogidos por su padre, al que guarda siempre una devoción, atención y venera ción'ejemplares.
Y si se atreve a desobedecer una decisión paterna es, porque existen otras razones de las apuntadas hasta ahora para justificar la sustitución.
El cambio de apellidos no fue un hecho anormal en la Baja Edad Media, ni en los tiempos modernos sino, por el contrario, un hecho relativamente frecuente.
Hasta nueve causas encuentra Ra• fael Sánchez Sáus en su importante obra Caballería y linajes en la Sevilla Medieval u para que se verifiquen cambios: de tipo econó mico, unas ( exigencia para recepción de unos bienes); sociales, otras (conveniencia, pacto matrimonial, deseo de perpetuar el re cuerdo de un ancestro, falta de arraigo del apellido en la comarca, ilegitimidad); afectivas o políticas, las últimas (afecto personal derivado de la crianza, desafección, muestra pública de autonomía).
Ninguna de estas causas se da en el caso de Garcilaso: cambia un apellido por otro de su linaje, sin que medien razones económicas, ni sociales.
No recibe herencia alguna que exigiera su disfrute a r: ambio de llevar el apellido del otorgante; ni le es impuesto un nuevo nombre por compromisos matrimoniales, ni por cualquier otra causa.
La elección y decisión son suyas, aunque puede que le ayudara en ello su tío Alonso de Vargas, hermano de su padre, con quien vive en Montilla desde 1565.
12 Garcilaso no se auto margina, ni abandera con su decisión una actitud de protesta.
Su denuncia -«la ingratitud de algún príncipe, y ninguna gratifica- 1�' Porras, El Inca Garcilaso en Montilla, pág. 4, razona, además, que Gómez Suárez de Figueroa se llamaba también el primogénito de los condes de Feria, dicho nombre «era inoportuno en Montilla y se prestaba a confusiones para ser usado por un mancebo humilde y desconocido».
ción del Rey me encerraron en mi rincón»13 -tiene idéntico valor tanto si la hubiera pronunciado como Gómez Suárez que como Garcilaso.
Y tampoco es única: es una voz más en el coro de reclamaciones -fundadas las más-que se hacen al Estado por servicios prestados y tarde, o nunca, retribuidos.
Y a que Garcilaso cegó todas las pistas para resolver estos enigmas habrá que definir más certeramente los entornos fami liares para hallarle soluciones.
Tal como ya recomendaba la maes tría de José Durand en «Revista de Indias» en 1965, porque «im porta mucho para la comprensión de su vida, su destino como escritor y aun su misma formación humanística».14 1.
LA FAMILIA PATERNA La familia paterna vivía en Badajoz, en Extremadura, man teniendo estrechos vínculos con muy importantes linajes castella nos, que habían logrado su renombre en las armas, en la política y en las letras.
Los abuelos del Inca procedían, cada uno, por sus cuatro costados, de linajes señeros que habían contribuido estre chamente en diversos momentos de la Reconquista, por los que habían obtenido hidalguías, escudos, tierras, señoríos, títulos.
Los linajes Pérez de Vargas, Mendoza y Lasso de la Vega, Suárez de Figueroa, Sotomayor e Hinestrosa representan notoria nobleza, entroncándose con importantes casas tituladas (Feria, Santillana, Infantado, Priego) y ocupando altos cargos en la política (comen dadores, maestres de Ordenes militares, consejeros, obispos, dea nes) desde los años medios de la Edad Media.
Lohmann Villena ha reconstruido la amplia familia del Inca en cada uno de estos linajes y sus respectivos árboles �e costado.15
El padre del Inca nace por 1500 y era el tercer hijo varón del matrimonio de Alonso Hinestrosa de Vargas, señor de Valde sevilla: casados a finales del Cuatrocientos.
Tuvieron cuatro hijos varones, a los que nominaron a cada uno de forma diferente, apli cándoles escogidos apellidos de entre sus linajes, tal como fue norma hasta mediado el siglo XIX.
Gómez Suárez de Figueroa, el mayor, llevaba el mismo nom bre y• apellidos de su abuelo; los mismos que llevaba la rama prin cipal de la casa condal de Feria, de la que procedían por línea materna.
Quedaba en Badajoz al cuidado y atención del mayorazgo: y como tal, con la obligación de atender al clan, como jefe y ca beza <le familia.
Los otros tres hijos escogieron la carrera de las armas, como plataforma para su mejor promoción.
Francisco de Plasencia lo hace en Europa, en los ejércitos españoles de Italia y Flandes, en donde milita de 1524 a 1560, alcanzando el grado de sargento mayor y capitán y título de don.
Regresa a Badajoz en 1560 y en 1561 cambia su nombre por el de don Alonso de Vargas, como su abuelo paterno, radicándose en Montilla, casando con dama de la familia Argote Ponce de León.
Los otros dos hermanos, los más pequeños, se van a las Indias: Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas y Juan de Vargas Figueroa.
Fueron dos hidalgos de los muchos extremeños que acompañaron a su paisano Pedro de Alvarado en su regreso a Guatemala en 15 31,, fascinados por los hechos de armas de las Indias y las grandes posibilidades de «servir a Dios y a nuestro Rey y señor, y procurar de ganar honra, como los nobles varones deben b11, scar la vida» como confiesa otro emigrante, soldado de la hueste de Hernán Cortés, el castellano viejo Berna!
16 Abandonaban Badajoz con tres primos hermanos -Gómez de Luna, Gómez de Tordoya de Vargas y García Suárez de Figueroa-y otros parientes más o menos cercanos: como un otro Gó mez Suárez de Figueroa y parientes de otras provincias, como los Cabrera de Sevilla.
A estos hidalgos se les unían criados de la casa <le Feria: Pedro Fernández el Leal, Francisco de Almendros y fiernán Pérez Tablero -hermano de leche de Alonso de Var gas-.
Forman un pequeño, pero sólido, grupo familiar -el clan Vargas/Figueroa-cu' yo comportamiento merecería un detallado estudio.
No supone ya el conquistador aislado, que se alía y de fiende en Indias según su instinto, paisanaje o afinidades; sino el de todo un núcleo familiar motivado pluralmente y decidido a los logros sociales que lo impulsaron a la emigración.
La actuación del grupo en tiempos de tensión -como el de las guerras civiles no invalida la cohesión, incluso estando sus miembros en bandos opuestos: primando siempre el fervor, el linaje y el parentesco.
To<los estos parientes se alejaban de sus entornos familiares <le la Extrcmadura española con la esperanza de obtener en Indias las tierras, las glorias y las honras que no tenían en España por ser segundones <le casas notorias.
Es interesante comprobar que el grupo sale de Espafia ( 15 31) y.llega a Perú ( 15 34) sin abando nos, a pesar de permanecer tres años en Guatemala.
En efecto, se habían radicado primero en Guatemala.
Pero este grupo familiar siguió a Alvarado en 1534 en su expedición al Mar del Sur, que concluyó en Quito y el mundo de los Andes: y en él se quedaron para proseguir sus andanzas, luchas y sinsabores, aturdidos por el torbellino de las diferencias que surgieron entre los jefes de la Conquista, que situaron a los miembros del grupo en bandos dis tintos.
Todos tomaron partido y se enzarzaron en las guerras: en el lado realista se sitúan unos y en ellos hallan su final, como Gómez de Tordoya que le llega la muerte en 1542 en la batalla de Chupas, y a Juan de Vargas en 1547 en la batalla de Huarina, mientras a Gómez de Luna le cortaron la cabeza en La Plata por amotinador en 1552, pero lo ordenó su paisano Francisco de Almendros, par tidario de Pizarra y padrino del Inca Garcilaso.
Por su lado, Se bastián Garcilaso se encuentra unas veces en el lado realista con Vaca de Castro y las más en las de su paisano el rebelde Gonzalo Pizarro, participando a su lado en las batallas de Añaquito y Hua rina.
Pero fue el primer partidario de Gonzalo que se pasa al bando realista de La Gasea, en 1548 «junto a un su primo» -tal
vez ese mismo Gómez Suárez de Figueroa, que aparece siendo par tidario del rebelde Francisco Hernández Girón hasta el final exacto de su rebelión en 15 54.
17 En la década de 1560 regresan a Badajoz dos miembros del clan, al calor de la dirección y de la palabra del mayorazgo de la familia, Gómez Suárez de Figueroa Vargas: son éstos su hermano Francisco de Plasencia, mudado en el capitán don Alonso de Var gas,• con una pensión de 200 ducados y buenos dineros colocados en hipotecas, y el hijo de su otro herma�o, Sebastián Garcilaso, el mestizo Gómez Suárez de Figueroa que llega, asimismo, para recibir consejos y orientaciones.
LAS AMBI °CIONES DE SEBASTIÁN GARCILASO
En los destinos de Garcilaso Inca algo intervinen todos estos laberintos familiares de los parientes de su padre, de altos linajes detentados por unos mayorazgos que cuidan del resto del clan, favorecen relaciones matrimoniales o fuerzan, implacables, hacia la milicia o el convento a los hermanos y hermanas pequeños.
Pero cada miembro del clan puede ser, a su vez, cabeza de otro.
Este es el empeño de los hidalgos emigrantes: el de obtener honra «servir a Dios, a Su Majestad y también haber riquezas, que todos los hombres comúnmente buscamos», en palabras de Bernal Díaz.
Es lo que consigue Sebastián Garcilaso de la Vega a los diez años de estancia en América y desde los cinco de experiencia peruana.
Su participación al lado de los Pizarro (Francisco primero y Gon zalo después) le permite acceder a repartimientos en Tapacarí (1539) y obtener tierras en Huamampallpa (1541) y una chacra de coca llamada Havisca logrando gracias a sus habilidades polí ticas puestos directivos, a pesar de las tensiones que se siven en Cuzco y en el Alto Perú durante los primeros veinticinco años de existencia cristiana.
Estos logros se complementan con un alto nivel de vida.
La http://estudiosamericanos.revistas.csic.es casa de Garcilaso en Cuzco es una de las mejores y en ella vive con su mujer, la princesa Beatriz Suárez Chimpu Ocllo, nieta de Tupac Inca Yupanqui, sobrina de Huayna Cápac: que le da dos hijos.
Para el mayor destina el padre el nombre más prestigioso del clan -Gómez Suárez de Figueroa: como su hermano, como su abuelo, como varios primos, del fértil tronco de los condes de Feria-, y el nombre de Luisa de Herrera para su hija.
La forma de vida de este capitán extremeño en Indias supone la exteriorización de muchos sueños y otras tantas ambiciones: poseer una buena casa -«el solar conocido», una de las condi ciones sine qua non del hidalgo: «símbolo más elocuente del poder del linaje y el marco de sus relaciones sociales», recuerda Sánchez Sáus: 18 buena casa y bien pertrechada, que aloja a criados, solda dos, amigos: buena hacienda para sostener albergues y comidas.
Signos exteriore!, -ropas lujosas, caballos, galas-evidentes de la notoriedad de la nobleza y de la buena fortuna conseguida en Indias.
Los puestos directivos de capitán general de Cuzco (1542) y <le corregidor y justicia 1nayor de Cuzco (1555-1556) no hacen sino premiar esto�. éxitos políticos y sociales, máxime en un mun do tan inestable como el Perú de la primera mitad del siglo XVI.
Con una innata habilidad política Sebastián Garcilaso sortea estas dificultades apareciendo leal a cada contendiente en los momentos oportunos (el rey, Gonzalo Pizarro, Sebastián Castilla, Francisco Hernández Girón, Egas de Gumán).
Por tal habilidad le fue otor gado por el cronista Diego Fernández, el Palentino, en su Historia del Perú (Sevilla, 1571), el calificativo de «leal de las tres horas»: porque era dudosa su lealtad después de ese tiempo.
Esta habilidad le fue adversa a su hijo el Inca, porque no se estimó la habilidad como virtud sino como deservicio'y traición.
A pesar de estas peligrosidades, Sebastián Garcilaso no olvi da a su familia.
Pone maes_ tros de gramática y latinidad a su hijo, como hacen los señores en España con los suyos, quienes dan clases a su hijo, junto a otros mestizos y criollos de la primera ge neración.
Maestros de armas y de equitación completan la educación de estos jóvenes.
En 1549 el capitán Garcilaso contrae matrimonio -siguien do las exigencias metropolitanas de que todos los encomenderos deberían hacerlo con españo1as-con Luisa Martcl de lo�; Ríos, que le da <los hijas, mientras doña Isabel Chimpu Ocllo casa con otro español de rango menor.
Pero su hijo mestizo se queda a vivir con su padre, aunque con su corazón dividido y sus ganas de aprender y de perfeccionarse en los lances de la caballería..
Diez años más tarde Sebastián Garcilaso hace testamento, muriendo en 1559.
Legitima a su único hijo varón, dejándole 4.000 pesos «para comprar los juros para la educación de Gómez Suárez de Figueroa» en España.
Es comprensible los deseos del conquistador afortunado que su hijo, ya con lecciones aprendidas en caballería y manejo de armas, completara una educación más refinada, propia de su rango.
Y éste nada tiene que ver con mes tizajes: lo que se cuantifica es la legitimidad o la bastardía.
No se manda sólo a Garcilaso Inca a España a estudiar -que en Lima existía universidad desde hacía unos años-, sino a completarse como caballero y (obviamente) a tomar estado con un buen matri monio.
La ida a España representaba la consolidación de muchas esperanzas: llamándose el viajero Gómez Suárez de Figueroa re presentaba una baza,' ya pensada por su padre desde el momento de su bautismo.
Una garantía asegurada si, además, se añadían las principescas filiaciones incaicas con las que dignificar el linaje.
EL CONSEJO DE INDIAS Y LOS VARIOS
GóMEZ SuÁREZ DE FIQUEROA De 1561 a 1563 el cu�queño vive en España importantes acontecimientos --conocidos los más por sus resultados-que obran de forma capital en él.
En casi todo ese tiempo acompaña a su tío el capitán Alonso de Vargas, segundo hermano de su padre, que ha regresado también él a Badajoz, a la casa mayorazga.
Alonso de Vargas no sólo va a ser un sostén y su protector, sino también su mentor y su modelo.
Ambos, el tío Alonso y el sobrino mestizo, permanecen poco 130 El camino para la obtención de prebendas, para el cobro de pensiones, para reclamaciones por servicios prestados a la patria y al rey, acaba en Madrid, desde ese mismo 1561 capital del mundo hispánico.
El mestizo 1narcha, solo, a Madrid a formular las oportunas peticiones, iniciando los inevitables procesos admi nistrativos.
Resulta difícil creer que no hiciera estas peticiones a través Je unos procuradores más experimentados, máxime en alguien que desconocía completamente los ambientes de la buro cracia.
Como igualmente es difícil de creer que no fuera advertido de las dificultades que encontraría -administrativas, las más-.
Solicitaría, eviJentc1nente, rcco1npensas en Perú, por los servi cios <lcl capitán Sebastián Garcilaso <le la Vega, que había gas tado «treinta años de su vida, hasta que se le acabó, en ayudar a conquistar y poblar el Nuevo Mundo, principalmente los grandes reinos y provincias del Perú», porque también estuvo en Gua temala y en el norte de Quito.
Asimismo e] mestizo reclamaba tierras o compensaciones por su madre la princesa Chimpu Odio.
Sería interesante hallar las probanzas de los méritos y servicios de sus padres, y la petición de recompensas y devoluciones.
Fue denegada por el Consejo de Indias, en especial por decisión del licenciado Vaca de Castro, que encontró actitudes poco claras en el capitán.
La Corona no podía reco1npensar a quien se había mostrado más leal con el rebelde Gonzalo Pizarro, facilitándole su caballo en una batalla definitiva, que con el propio rey.
Las informaciones de las rebeliones peruanas señalaban la par ticipación de numerosos nombres, para quienes se enviaba oficial mente perdón y amnistía.
Pero la administración no olvidaba a la hora de la distribución de repartimientos y otras mercedes.
El mestizo llega a Madrid en el instante menos favorable.
En el momento en que se hn apaciguado la última rebelión, pro tagonizada por Francisco Hernández Girón, que tuvo como tenien te, fiel hasta el final, a un Gómez Suárez de Figueroa: uno de aquellos parientes de su padre.
19 El nombre, en vez de favorecer contribu' yó a constatar la denegación de mercedes.
Y el halo de deslealtad y deservicios al rey -lo más contrario a las virtudes de la caballería-caía sobre el nombre del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega como la peor de las afrentas.
La actitud de su hijo fue inmediata y modélica, aunque no la explicara nunca.
Imitó a su tío Francisco de Plasencia-ahora en Montilla como don Alonso de Vargas-en la mudanza de apellidos: ya no se ataba el recuerdo de un ancestro, sino que su cambio de nombre representaba el homenaje personal y deci dido a su padre.
Todo ello se produjo en Montilla en noviembre de 1563: el mestizo Gómez Suárez de Figueroa dejaba paso a] mestizo Garcilaso de la Vega.
Pero nunca pudo despegarse del primer nombre.
En numerosas ocasiones otorga poderes y firma documentos en donde consigna «Garcilaso de la Vega, que por otro nombre me solía llamar Gómez Suárez de Figueroa, hijo legí timo de Garcilaso de la Vega, difunto».
Los propósitos de homenaje-reparación de la honra paterna quedan, aparentemente, satisfechos para el mestizo Garcilaso con el cambio de nombre.
Esta actitud decidida contrasta con sus pos turas durante las siguientes décadas: durante sus treinta años mon tillanos lleva una existencia gris, a la vera de sus tíos.
A la espera de una coyuntura favorable (matrimonio, por ejemplo) mantiene una discreta labor de labrador, atendiendo los campos de su familia, como criador de caballos, haciendo préstamos e, incluso, com prando y vendiendo esclavos.
Toda una muy diferente existencia para rehacer honores en entredicho.
Aquellas prisas por mudar el nombre -igual al de sus tíos, al de su bisabuelo'y otros ancen tros-por el de su padre -igualmente con muchos homónimos se acalman sorpresivamente.
En 1568 la rebelión de los moriscos de Granada le permite apagar su ocio con la perspectiva de una óptima oportunidad.
Forma p�rte de la mesnada que se forma en Montilla, sostenida por el marqués de Priego.
Pero las acciones guerreras del Inca fueron breves y entrecortadas, alcanzando sólo algunos meses de 1570, aunque• a pesar de ello obtuvo cuatro menciones y el grado de capitán: debido más al peso de sus vale dores que al de sus méritos de guerra.
22 Montilla y su vida provinciana le motivan más que cualquier otro incentivo.
Del vaivén peligroso vivido en Cuzco durante los años <le las guerras civiles a la paz bucólica y elen1ental de Montilla es un paso, evidentemente, brusco.
Al Inca le debió causar, por lo menos, como dice Durand, «honda turbación»: aunque una turbación beneficiosa.
De la mano del tío Alonso se le abren las puertas de la sociedad rural montillana, 23 y se valoran sus linajes -paterno y materno-.
No se analiza su mestizaje, creo, como elemento despreciativo que lo marginara o se le rechazara social mente.
El mestizo no es, por otro lado, un personaje insólito en la Andalucía del Quinie. ritos: moriscos (libres y esclavos) y has-22 Lohmann Villena, Guillermo: Apostillas documentales en torno al Inca Garcilaso.
23 «Atestiguando su naturaleza de hijo de su hermano Garcilaso de la Vega y afianzándole como heredero de su difunta hermana Doña Leonor de la Vega, en acta registrada en Montilla en 1561», según Sáenz de Santamaría, Garcilaso de la Vega..., pág. 36.
tantes indios,24 lo mismo que los judíos conversos definen un pa norama multirracial de una sociedad habituada a contemplarlo, aunque solamente fuera pusilámine en matices de legitimidad, pero absolutamente tolerante con las relaciones interraciales.
E] Inca, legitimado por su padre, y pariente de la familia imperial incaica poseía las bases para colocarse y proceder a su ascensión social.
Y así lo verificó, conectándose con la alta aristocracia local, lo• mismo que con la sociedad agrícola y ganadera de la región, en la que se inicia como discreto empresario.
Estas posiciones en Mon tilla se consolidan de tal suerte que hasta abandona sus propósitos reivindicativos sobre los servicios cometidos por su padre.
Y así deja pasar dos oportunidades en las que, tal vez, hubiesen tenido mejor signo sus «pretensiones acerca de los servicios de mi padre y de la restitución patrimonial de mi madre», escribe.
25 En 1568 el pariente Gómez Suárez de Figueroa es hecho duque de Feria y consejero del rey, y desde 1572 lo es, del Consejo de Indias, el licenciado López García de Castro recién venido de Perú donde estuvo como visitador.
Le animaban los amigos a Garcilaso «que ahora que el Lic.
Castro había visto el Perú, que fue lo que mi padre ayudó a ganar y fue de mis abuelos maternos, me sería muy buen padrino para que me hicieran mercedes, ya que la primera vez me había sido contrario para q ue me las ne g aran».
26 Pero abandona estas pretensiones cuando muere en 1570 su tío Alonso, heredándole.
En el cuidado de su hacienda, usufructuada por su viuda, se gastan estos años, junto a una intensa promoción de estudio y de reflexión.
Pero también desde 1570 el Inca, con 31 años, se afana por adquirir una posición en la Montilla del señorío de los Priego.
La nobleza rural se sostiene por sus fer vores en el linaje, que se cuida con esmero, atendiendo mejorarlo siempre con uniones favorables y beneficiosas, y atendiéndole al extremo de obligar a algunos de sus miembros al celibato (con vento, clero) antes de que el linaje se «envilezca» con una relación matrimonial desafortunada: vulgarizando rentas y mayorazgos.
Este fervor por el linaje se apodera, también del Inca a la vez que va acelerándose su vinculación a la vida montillana, donde Garcilaso es el 'capitán Garcilaso de la Vega', un importante título con el que distinguirse y ser distinguido.
El número de veces que es padrino de bautismo y matrimonio -desde 1570 a 1591-demuestra que la sociedad rural en la que gusta vivir no recela de su condición de mestizo, ni es minus valorado por ella.
Es tema que no preocupó entonces, aunque sólo ahora se escruten ]as actitudes de los vecinos para con los mestizos indianos, dando por descontado que la vida de un mestizo en España tuvo necesariamente que -ser dura, hostil' y desgraciada, por ser un desarraigado, un transterrado, un sujeto dudando entre dos tierras, y sin ninguna totalmente propia.
No se encaró, sin embargo en el siglo XVI de esta suerte.
Aquella sociedad de pro vincias actuaba cerradamente, como lo hace igualmente la con temporánea, defensivamente: el mestizo de indio no llegó siquiera a problema, por el escaso número de éstos que se avecindó en España.
En Montilla este hecho no fue calificado, sólo tal vez a eco de murmullo: como no lo fue en la Cáceres de las mismas fechas con los Cano Moctezuma, nietos directos del emperador Moctezuma y del conquistador Juan Cano de Saavedra, encomenderos de Tula y Tultengo.
El caso del padrinazgo del Inca en bodas y bautizos tiene otras <los consideraciones, -aparte de las vinculaciones que el com padrazgo creaba con sus apadrinados y sus familias: en primer lugar los regalos que hace todo padrino que nunca fueron motivo de queja en un Inca «quejumbroso» 27 impenitente para cuestiones económicas.
En segundo lugar, el papel de las madrinas.
De las 109 actas de bautismo transcritas por Raúl Porras de In parroquia de Montilla, durante el período de 1561 a 1601,28 el Inca estuvo acompañado por diversas señoras: bastantes de ellas de su familia y las restantes parientes o esposas de amigos, vecinos y deudos.
Entre la personas de su familia están su tía Luisa Pono� le León ( siete ocasiones: siempre en vida de Alonso de Vargas), pero también están parientes solteras.
De éstas, unas son parientes po líticas y las otras son miembros de la familia Figueroa.
Modos ambos de destacar los compromisos femeninos que contrae el célibe capitán Garcilaso compartiendo los deberes cristianos de padrino, aunque el Inca no se decidió a completados con el sacramento del matrimonio pero señala, en cierto aspecto, los pasos que se daban para formalizar una unión con familias de impecable lina je: con doña María de Angulo ( su prima, se dice en un acta de 23 de febrero de 1587) actúa en ocho ocasiones (1561, 1563, 1571, 1574, 1580, 1585 y 1587) y una con doña Ana de Angulo.
Ambas eran sobrinas carnales de doña Luisa Ponce de León, her manas por tanto de Luis de Góngora y Argote, y la primera de ellas quedó como heredera universal de la viuda de don Alonso de Vargas en 15 8 7.
Las vinculaciones con parientes del clan Figueroa son mucho más extensas e intensas. • En bastantes ocasiones el párroco inscribe en los registros datos familiares de interés: jamás apunta en ellos la palabra «mestizo», tan corriente en Indias para individuos que lo fueren e igualmente costumbre en España el matizar el carácter de moriscos, conversos y esclavos.
Todas ellas son hijas de notables de la villa, hijas de hidalgos, y como tales señaladas con el título de doña.
El Inca tuvo además otras acompañantes solteras de otras clases sociales: Mariana de Canto ( 156 7),María Arias, hermana del capellán Cristóbal García Colorado (1570, 1573), Ana Baptista, hija del escribano público de Montilla ( 1571), Catalina Luque (1571), Ana Berrio (1572), María de Orellana, hija de Jerónimo de Bercedo, escribano del Concejo (1577, 1580), Beatriz de Agui lar, etc. Sus nombres no van precedidos por títulos de «señora doña», que singularizaba la clase.
Además de estas acompañantes el Inca compartió padrinazgo con esposas de autoridades locales y viudas, conformando con todos los casos el papel que el Inca tenía, y mantenía, en Montilla, como más tarde en Cc.Sr<loba, 29 con idénticos resultados.
La vida privada del Inca estaría, si no vigilada, sí preocupada por otros parientes que tiene en Montilla: su tía Leonor Lasso de la Vega «monja de todo buen. ejemplo, que hoy [ 1589] vive en el convento de Santa Clara de Montilla, tía de dicha Isabel de Figueroa, abadesa que ha sido del mismo convento» y, sobre todo, por la atención que le profesan las marquesas de Priego -como destacan sus biógrafos Porras, Miró, Durand, Sáenz «ejemplos de religión cristiana y de grandezas y magnanimidades de príncipes» se encarga el Inca en calificar.
GENEALOGÍA, HISTORIA, ESCUDO, ENTERRAMIENTO:
LA PERENNIDAD DE GARCILASO INGA
De Garcilaso de la Vega (año 1563) a Garcilaso Inga de la Vega (1598) pasan treinta' y tantos años, que transcurren casi íntegramente en Montilla•.
Es el tiempo apagado de la vida del Inca, por aún insuficientemente conocida, a pesar de la obra de Porras, o precisamente a causa de ella, ya que orienta hacia bas tantes hechos aún no suficientemente explicados.
Primeramente 29 Torre del Cerro, El Inca Garcilaso de la Vega...
30 Relación de la descendencia de Garci Pérez.... pág. 8.
la posición que el Inca tiene en la propia vil1a de! vlontilla.
Es un residente, no un nuevo vecino, por lo que no pidió la adscripción al estado noble -como hizo su tío D. Alonso de Vargas en 15 57, al que el ayuntamiento incorporó a este estamento sin necesidad de probarlo documentalmente, porque era hidalgo notorio.
31 Los concejos para evitar la disminución del número de sus pecheros, ponían toda clase de impedimentos a los nuevos vecinos.
Nume rosos pleitos de hidalguía se suscitaron por estas cuestiones, que se instruían en las salas de Hijosdalgo de las Chancillerías de Va lladolid y de Granada.
Fueron ellas, y no las audiencias, las que tenían el derecho de juzgar estos casos.
Junto a otros dos: expe dientes y probanzas de higalguía.
La probanza ad perpetuam reí memoriam resultaba de la in vestigación sobre un pretendiente: aspectos sociales, humanos y económicos, también espirituales y raciales (no ser descendiente de converso culpado por la Inquisición).
Una vez resultaban de mostradas las calidades del pretendiente, el rey otorgaba la car! a ejecutoria de hidalguía.
Con ella se conseguían las prerrogativas nobiliarias, con sus deberes (participación en la defensa del Rei no) • y numerosos privilegios.
La gama de los privilegios alcanza amplias prerrogativas de honra y beneficio, entre las que pueden señalarse la jurisdiccional (jueces especiales, fuera de la justicia ordinaria), de tratamiento (uso del don), suntuarias (vestidos de relieve), de ceremonia (lu gares especiales en actos públicos), de recursos (facultad de recu rrir directamente al rey) y exención de ciertos impuestos.
Garcilaso era hijo de hidalgo notorio y de noble inca, ¿por qué no pidió una de estas ejecutorias de hidalguía en la Chanci llería de Granada, mientras solicitaba en el Consejo de Indias las mercedes por los méritos alcanzados por su padre en la Con quista?
Hubiera alcanzado, tal vez, las preeminencias que se que jaba no poseer 32 aunque puede que no iniciara la petición, bien por seguridad en su petición en el Consejo de Indias en mcJor 31 Porras, El Inca Garcilaso en Montilla..., doc.:J, pág. 5.:J2 «Quejumbroso Inca» le llama el P. Sáenz, Garcilaso de la Vega..., pág. 38. ocasión, o bien por temor de no obtenerla tampoco de los jueces de la Chancillería granadina, donde no existe constancia documen tal del Inca.33 Los premios que gestionaba en el Consejo de In dias dejaron de interesarle desde 1568, aunque vuelve a pedirlos en 1611, uniendo sus propios méritos -méritos adquiridos por su «nobleza de letras»-a los de su padre y de su tío Don Alonso para que Felipe III otorgara una merced a su sobrino Alonso Márquez Inca de Figueroa, que habfa, igualmente, cambiado su nombre, abandonando el de Alonso de Vargas Figueroa que había llevado hasta entonces.
Entre los muchos interrogantes que surgen en la vida del Inca en Montilla está su poco interés en la milicia.
Resulta sor prendente este desdén, máxime porque representa uno de los fulcros que tiene la sociedad del Quinientos para ascender y con solidarse socialmente.
En la vida militar alcanzaron, precisamente, los logros más notables bastantes parientes del Inca, incluidos los conquistadores en las Indias -qu_ e tan clave papel tienen en las obras de Garcilaso-, así como el éxito personal del tío Alonso, capitán en sus acciones de Flandes, donde obtuvo la notoriedad del don y las riquezas que hereda el Inca.
La fama, la honra, la distinción, la nobleza se obtienen y se demuestran con hechos de armas.
Y hechos de armas describirá el Inca cuando derive en historiador de Florida y de Perú.
¿Por qué no continuó la expe riencia de la guerra de Granada, con su digno grado de capitán, en otros escenarios?
Las ocasiones resultaban particularmente favorables en la España de la segunda mitad del siglo XVI con un servicio militar continuado en numerosas guarniciones, tanto en España, como en el exterior (Milán, Nápoles, Sicilia, Flandes), además de las ocasiones bélicas: Lepan to ( 1571), expediciones a Túnez ( 157 4), defensa de Orán y la ocupación de Portugal (1575-1580), Armada Invencible (1583).
¿Por qué rechazó, incluso, el alarde que hace en la misma Montilla D. Lope de Figueroa -otro pariente que segufa la tradición familiar de la vida militar-con el fin de reclutar &oldados para sus tercios en Flandes?
En cual quiera de estas numerosas ocasiones podía haber desarrollado y per feccionado el ejercicio de las armas, en las que se había adiestrado desde muchacho en Cuzco, y que desarrolló tan brevemente en la guerra de Granada.
Tampoco se conoce demasiado sobre la vida cotidiana del Inca en Montilla.
Vive en casa propia, rodeado de sirvientes y es clavos, criando caballos -¿participaría alguna vez en los juegos de cañas de las fiestas patronales, como hizo en Cuzco?-, lle vando una existencia acomodada, aunque «en condición inferior a la que creía merecer por su ilustre sangre».
35 Su preocupación y su convivencia con la aristocracia rural, junto a otras causas, le orientan irremediablemente hacia su definición genealógica: que es una forma, asimismo, de ofrecer sus preocupaciones antro pológicas.
Una atención hacia los ancestros paternos para resaltar su antigüedad y su nobleza, pero también una exteriorización de sus raíces incaicas y de los hechos imperiales tan destacados como desconocidos por los españoles.
tarios reales de los Incas -que escribe entre 1586 y 1605-; asimismo como «una historia personal del Inca Garcilaso», como define Bellini.
36 La relación de méritos y servicios de su padre el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas se explicita en la Historia General del Perú: comentándose sus hechos y virtudes cabailerescas y su lealtad como buen vasallo, junto a la descripción de la Conquista y las «heroicas hazañas de los españoles que ga naron aquel imperio».
Estas obras, vistas como los documentos esenciales que se presentaban como probanzas para la obtención de hidalguías, tie nen como complemento la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas y el escudo del Inca.
La Relación es un borrador que desarrolla parte del frondoso árbol genealógico vinculado con la varonía del Inca.
No está concluida, aunque fechada en Córdoba en 1.596.
El hecho de que parte de ella sirva como prólogo de La Florida ha hecho suponer que se la destinaba íntegramente para servirle de proemio, aunque para. este fin resulta infrecuente un texto de tan excesiva longitud.
El propósito de la Relación -al frente de La Florida o fuera de ella-es dar noticia de la genealogía • y descendencia del «grande y famoso Garci Pérez de Vargas... para que se vea qué manera son vuestros mis abuelos y todos los que nos preciamos de haber salido de vuestra cepa y tronco».
37 Este matiz de indudable vani dad y orgullo de casta se apaga con una otra intencionalidad: la de divulgar los valores de estos ilustres varones, para que sean imitadas sus virtudes, sus esfuerzos y sus celos -«celo en el ser vicio del Rey y en el aumento de santa fe católica».
28 La Relación está dedicada al sevillano don Garci Pérez de Vargas Bohórquez, como «cabeza y pariente mayor de todos los Vargas de Extrema dura».
El Inca acometió e• sta obra con gran cuidado'y, como toda: i6 Bellini, Giuseppe: Los 'Comentarios reales' historia «personal» del Inca Garcilaso y las ideas del honor y la fama.
investigación genealógica, debió resultar difícil y compleja, máxime cuando requiere reunir datos fehacientes.
El Inca formuló los tirboles de costa<lo Je los Vargas usando ((de los testameTLtos y carta� de dote de los antecesores de vuestra merced f D. Garci I\' "rez de Vargas] he p odido sacar con las dos ramas <le su tronco y ce p a y suceden hasta los descendientes que l1-0y viven, que para un indio no ha sido poco atrevimientm).39 que estudia directamente en el archivo de esta casa en Sevilla, adonde ha tenido que ir con frecuencia; Lohmann Villena ha re construido las genealogías de la Relación, tanto para puntualizar los buenos informes de Garcilaso como para, en algunos casos, «prolongar las líneas familiares hasta la época en que vivió el Inca» 40 mostrando los numerosos deudos que tenía repartidos en Andalucía y Extremadura.
La Relación se abre con la genealogía del apellido Vargas, desde 1200 con Pedro de Vargas, mozárabe de Toledo, padre de Garci Pérez de Vargas y Diego Pérez de Vargas Machuca, que anduvieron en la reconquista de Sevilla y Jerez de la Frontera con Fernando III (1248).
De éstos hasta el padre del Inca se pasan doce generaciones; catorce hasta don Garci Pérez de Vargas, el destinatario.
Entremezclados con estos árboles, sigue el Inca la evolución de algunos entronques que le interesan, como las conexiones con los linajes Suárez de Figueroa y Lasso de la Vega, siguiéndoles des de 1359 (maestre de Santiago don Gómez Suárez de Figueroa) y 1320 (Pedro Lasso de la Vega, almirante de la mar océana).
41 Para conformar estas genealogías el Inca ha viajado más de Jo que se apunta en sus biografías.
Numerosos y repetidos viajes a Sevilla y Jerez y, sobre todo, Jaén, donde existe una importante rama de los Pérez de Vargas en Andújar.
42 Y, sin duda, otros lu gares, aunque desde la plataforma de Montilla, donde se definirían bastantes relaciones de parentesco, están como valiosas informan tes la marquesa de Priego y sus tías monjas.
La Relación repre senta, para su autor, en fin, la ocasión de mostrar su amplia y poco común ascendencia española, donde aparecen unos varones tan relevantes que, apunta el Inca <<no han menester la salsa de pronombre Don» para sobresalir.
Es decir, que como el propio Garcilaso Inga de la Vega, pues, que con sólo el enunciado de este nombre se descubren las altas cumbres nobiliarias de sus cuatro costados.
En 161 O el Inca publica su escudo de armas; aparece en la primera edición de los Comentarios reales, impreso en Lisboa.
Fue confeccionado por el propio Garcilaso, usando del derecho que tenía toda persona -incluso no perteneciente a la nobleza-de escoger libremente un blasón aunque se precisaba para su uso el que una autoridad lo garantizara.
El Inca introduce ciertas no vedades en su escudo, pero lo verdaderamente interesante es que representa -tal vez mejor que cualquier texto suyo-la exterio rización de los conceptos políticos y genealógicos que Garcilaso venera, respondiendo así de forma genuina y gráfica tanto a sus orgullos familiares, a la posición social de su familia -paterna y materna-, como su vasallaje al re' y.
El escudo es, tal vez, el elemento más notorio de la conciencia 42 Rodríguez Mofiino, M.: Los La.r�so de la Vec,a de Anclújar, Badajoz.
J Fueron numerosas las concesiones reales de blasones otorgados para las Indias, 44 que se efectuaban para premiar hechos <le armas y por servicios al Estado, incluidas las ciudades.
4 " Fue, asimismo, un elemento distintivo otorgado a la nobleza indígena, como una forma (o fórmula) para mejor hispanizarla: así Carlos I da escudos a la familia imperial azteca, lo mismo que a varios caciques guatemaltecos, 46 y en 1544 por real cédula de 1 O de octubre firmada en Valladolid, otorgaba un escudo de armas a Hatauchi y Sahalaraute, descendientes de Huay na Cápac.
Era este escudo, cortado, con yelmo móvil, situado en los cuarteles pares un león y una serpiente, y en los impares el arco iris y la mascapaycha.
47 Es importante destacar, además, que el uso del apelativo Inga como apellido 48 solamente fue concedido a la descendencia directa de Huayna Cápac.
Siendo constante la comunicación con sus parientes incas, sorprende que Garcilaso ignorase estas disposiciones reales: si así fue, su utilización de Inga como apellido aparece como una novedad; si lo contrario, una irregularidad y una provocación: Durand observa que «se coti zaba como inca heredero del Perú».
49 Pero usó Inga en no dema-
siadas ocasiones y con escasa trascendencia, sa1vo las cuatro oca siones en que, con publicidad, firma Garcilaso Inga de la Vega como autor de sus obras impresas.
El escudo de Garcilaso es un blasón inventado, pero por tal razón de extraordinaria importancia, por ser uno de los escasos escudos de mestizos y, sin duda, uno de los primeros -si no el primeramente utilizado.
Notable, asimismo, la simbología incaica: que ho sigue el blasón otorgado por Carlos V a los hijos de Huayna Cápac -no hay, pues, tanta conexión entre Garcilaso y sus primos-.
El modelo es, evidentemente, obra del propio Inca que lo ha <lado a un grabador para que dibujase la plancha.
Sobre una piel enrollada aparecen los emblemas en el escudo partido en dos mitades: la izquierda está ocupada por los elementos identificado res de cuatro linajes españoles; la derecha, reservada al linaje andino.
Describiendo la parte izquierda, y de arriba abajo: en primer lugar, las ondas de los Pérez de V nrgas, rodeadas de leones y cas tillos, en homenaje a la Casa Real; siguen las hojas de higuera de los Suárez de Figueroa y la última parte, compartidamentc se encuentran los escaques del damero de los Sotomayor y las bandas y el Avemaría de los Mendoza de la Vega.
Garcilaso define sus raíces y sus preferencias.
El análisis de este escudo ofrece facetas novedosas, que no han sido facilitadas por otros comentaristas.
50 El tronco Pérez de Vargas, en primer lugar, como varonía, de donde proceden paterlinealmente numero sas ramas, aunque por la variedad de sus nombres parezcan per tenecer a otras líneas.
Esta composición explica la Relación genea lógica y que ocupe el lugar primordial del escudo, mientras Lasso de la Vega es situado en el último lugar.
El segundo puesto se reserva a los nunca preteridos Figueroas: la mudanza que hace el Inca de su primer nombre (allá en 1563) no le insta a renunciar a él, como pareciera de aquellas palabras atroces contra algunos La parte derecha del escudo se reserva a la emblemática in caica: el sol, la luna, el llautu y la mascapaycha.
Como lema, un préstamo tomado del poeta Garcilaso: «con la espada y con la pluma>>.
El escudo fue repetido en dos ocasiones: en la reja de la capilla del Inca en la catedral de Córdoba y en un barroco cáliz de oro'y 32 esmaltes para su misma capilla, que hoy se encuentra en el Volkerkunde Museum de Viena.
51 * * * Las preeminencias sociales se buscan para el ennoblecimiento, distinción y sostenimiento del clan.
Y se procuran tanto para re saltarse en vida (casa, escudo) como para que se mantengan des pués de la muerte.
El linaje precisa •de la genealogía para recordar y ser recordado: acción colectiva que se va conformando genera cionalmente.
También dedica especial atención al enterramiento, no sólo en iglesia sino en lugar de relieve donde resaltar el linaje.
Lo frecuente es preparar un altar, destinándole los fondos econó micos con los que sostener el culto (capellanía) por las almas de los miembros del clan.
Ese altar se transforma, en muchos casos, en capilla e, incluso, iglesia, dedicada principalmente para cultos por el fundador y todos sus deudos.
El Inca Garcilaso consigue singularizarse, también, después de su muerte.
Adquiere el 18 de septiembre de 1612 una capilla en la catedral-mezquita de Córdoba «agora y para siempre jamás, amén», disponiendo en ella de espacio para varios enterramien tos 52 que se suponen para. su familia.
La escritura de cesión del obispo Fray Diego de Mardones de una capilla en la catedral, con obligación de hacer retablo y cerrarla con reja, se otorga a Gar• cilaso Inga de la Vega.
En octubre del mismo año, se verificó la ratificación de la venta a Garcilaso de la Vega, clérigo.
incomprensiones -por aspectos poco claros-del Inca, porque siendo permanente su empeño probatorio de su nobleza -genea logías, probanzas (Comentarios reales, Historia General del Perú), escudo-, semejante a los empeños desplegados por todos los que desearon perennizar una estirpe, en Garcilaso resulta todo un tremendo esfuerzo inútil, dado que era célibe y, además, clérigo de órdenes menores desde 1606.
Como no instituyó heredero, que podría haber llevado su mismo nombre, 53 ni reconoció a su hijo natural, 54 parece todo un montaje destinado apenas para autorre saltarse y glorificarse entre la sociedad provinciana que escogió para vivir.
Puede que sea así, aguijoneado, como apunta Sáenz, por «sus delirios de grandeza... y su vida de terrateniente anda]uz», ss pero es m,ís que probable que la capilla responda al capítulo final <le su proyecto, destinándola para su enterramiento y el de sus padres.
Pero como su costumbre es silenciar su vida privada, apenas que dan los documentos eclesiásticos y los protocolos notariales como indicadores que, en este caso, ofrecen pistas demasiado planas.
Los últimos documentos del Inca (testamento y codicilos) detallan <le forma minuciosa sus disposiciones y sus bienes, que dejaba para sostén de su capilla y edición de la Segunda Parte de los Comen tarios reales, a más de muchas mandas.
Faltan, sin embargo, muchas cosas en estos testamentos.
No hay referencias a su madre, tan mencionada tantas veces y por h1 que se sentía tan orgulloso de su pasado incaico, ni <lisposición
de misas por «esos indios, mestizos y criollos de los reinos y pror vincias del grande y riquísimo Imperio del Perú», a quienes se ha cuidado de dedicar su obra.
Es, en verdad, un olvido tan culpable como sorprendente en un Inca muy prolijo en sus cuentas, que se olvide igualmente de hacer referencia y destino a sus 188 libros y sus (sin duda valiosos, pero no precisados) manuscritos.
Estos silencios desvirtúan una acción que el Inca acomete y no ha sido demasiado recordada: su interés en enterrar a su padre en España.
El capitán Sebastián Garcilaso, murió en Cuzco el 18 de mayo de 1559 y fue enterrado en el convento de San Francisco de esa ciudad.
Su hijo se ocupó en ordenar la exhuma ción de sus restos y su traslado a España « venido yo a Espaíía alcancé bula de Su Santidu<l para que me Lrujeren sus huesos Y así los sacaron de aquel convento y me los trujeron, y yo los puse en la iglesia de San Isidoro, collaciún de Sevilla, donde (p1edaron sep � ltados a gloria y honra de Dios nuestro Señor, que se apiade de todos nosotros, amén».
56 Merece resaltarse que si hoy resulta dificultoso hacer un traslado de restos mortales, en el siglo XVI a los engorros buro cráticos se añadían las trabas eclesiásticas por el enterramiento en una iglesia.
Garcilaso debió gestionar la indispensable autoriza ción papal durante el tiempo que anduvo en Madrid procurando sus mercedes del Consejo de Indias (1561--1563): y entre la bu la papal y las diligencias de exhumación en Cuzco, envío de las cenizas y entierro de las mismas en Sevilla deben haberse sucedido años.
Y estando el padre enterrado en Sevilla, ¿por qué no dispuso el Inca que lo fuere en la capilla que poseía en la mezquita?
Así las gestas de su padre, por quien había cambiado su nombre, portador de linajes tan preclaros -señalados en el escudo mes tizo de la reja de la capilla de las Animas-tendrían un otro re conocimiento.
Sebastián Garcilaso debe ser uno de los pocos con quistadores que, fallecidos en Indias, se encuentren enterrados en España: aunque en este caso lejos de su hijo, su más denodado defensor.
Como lejos se encuentra enterrada su madre, en la ca tedral de Cuzco, desde su muerte en 1578.
La capilla de las Animas de la catedral-mezquita de Córdoba habría acogido al Inca y a sus padres, completando el reconoci miento público que consiguió transmitir, tan galanamente, en sus obras históricas.
Pero ausentes el capitán Sebastián y su fiusta Chimpu Ocllo, que son su garantía, no se manifiesta como una capilla panteón de un linaje, ni siquiera de una estirpe -porque el Inca no la inició-, sino como una capilla funeraria: monumento a su propio fundador desde 1622 en que se colocaron unas lápidas en donde se exaltan la nobleza y prosapia de sus apellidos espa ñoles y peruanos, Garcilaso Inca de la Vega «ilustre en sangre, valiente en armas».
Pero también, desde esa fecha, homenaje a un mestizo, siguen los textos de las lápidas, que fue «varón insigne, perito en letras, digno de perpetua memoria>>.
y linaje en la Sevilla medieval, Sevilla |
Nobleza y fiscalidad en la Ruta de las Indias: el emporio señorial de Sanlúcar de Barrameda (1576-1641)
Instituto Universitario de Florencia En este artículo se estudia la influencia que un emporio señorial de la magnitud de Sanlúcar de Barrameda -sede de la Casa de Medina Sidonia-tuvo en la configuración y desarrollo de las instituciones comerciales de la Carrera de Indias.
En conjunto proponemos un replanteamiento de aquel entramado de intereses a la luz de las dificultades con las que topó la aplicación sobre el terreno -la Baja Andalucía, caracterizada por la gran discontinuidad jurisdiccional-de las medidas fiscales diseñadas en la Corte.
El lapso cronológico abarca desde las primeras visitas generales al sistema aduanero del Atlántico sur -hacia 1580-a la caída en desgracia del IX duque en 1641, tras su implicación en la famosa conjura.
PALABRAS CLAVE: nobleza, poder, Medina Sidonia, política fiscal, comercio, instituciones.
Según Braudel, "el atlántico de los españoles es una elipse de la que Sevilla, las Canarias, las Antillas y las Azores marcan el trazado, siendo a la vez puertos de arribada y sus fuerzas motrices".
1 Tras más de medio siglo 1 Braudel, F.: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II, 2 tomos, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1993 [1949], vol. I, pág. 295; también P. Chaunu ha señalado las condiciones geográficas privilegiadas para cubrir la travesía del Atlántico de las que disfruta la franja costera entre Lisboa y Salé.
En Conquista y explotación de los nuevos mundos, Labor, Barcelona, 1984, págs. 135-137. del comienzo de la explotación sistemática de las posibilidades expansivas del imperio americano por parte de la Corona de Castilla, una de las principales características de la Baja Andalucía hacia la década de 1580 era el carácter mercantil de su economía.
Esa enorme extensión marítima del "atlántico de los españoles" tenía por cabeza visible a Sevilla.
En palabras de Antonio Domínguez Ortiz, "en la base de la fortuna de Sevilla está su elección como puerto privilegiado".2 En efecto, el comercio americano potenció las posibilidades de enriquecimiento, no sólo de aquella ciudad, sino de toda una región a la que denominamos Baja Andalucía.
3 Por otra parte, la Baja Andalucía era, en la Edad Moderna, un área marcadamente señorializada, en la que el realengo constituía casi una excepción geográfica.
Buena parte de las más poderosas Casas señoriales castellanas tenían sus sedes en esta región -así los duques de Arcos, Osuna, Alcalá y Medina Sidonia, por sólo citar cuatro de los más destacados ejemplos-.
En cambio, las excepciones realengas eran, a su vez, algunas de las más importantes ciudades de la Corona de Castilla: Jerez, Cádiz, Córdoba y la propia Sevilla.
4 Tal era el peso de estos núcleos de población que la Baja Andalucía era la única zona que cumplía los criterios clásicos de urbanización en toda la Península Ibérica, de entre los cuales destacan, junto con los de población e instituciones, otros referidos a la actividad comercial y a las redes de comunicación en las que se encontraba inserta.
5 La descripción de Sanlúcar de Barrameda en 1634 por Pedro Texeira dice:
"Es esta ciudad de grande población.
Su trato es el mayor que de ningún lugar de toda esta costa.
El puerto es capaz de muchos bajeles, aunque no dejan de entrar en él con algún peligro [...].
En esta playa y puerto de Sanlúcar dan fondo los galeones y flotas que vienen de las Indias y aguardan la marea para ir a descargar a Sevilla".
6 El peligro que representaba la barra de Sanlúcar, que era tan reconocido como para que los reyes castellanos legislasen sobre el volumen máximo de los barcos que hacían la ruta a Indias, 7 no había impedido el florecimiento comercial en la Baja Edad Media de la propia Sanlúcar ni de Sevilla.
Como se ha podido argumentar, hacia 1492 ambas ciudades eran florecientes escalas en la gran ruta comercial marítima que unía la Europa nórdica con la cuenca mediterránea.
8 Con respecto a la población de Sanlúcar, sabemos que hacia 1640 rondaba los 3.000 vecinos, a los que hay que añadir un alto número de individuos estantes, muchos de ellos en tránsito hacia las Indias.
9 Esto último se debía a que en Sanlúcar se reunían los diversos cuerpos de los convoyes de la Carrera de Indias para zarpar en conserva.
Del mismo modo, en condiciones normales, en Sanlúcar "daban fondo" los galeones y flotas en su viaje de regreso a Europa.
Buena parte de los trabajos que han abordado el comercio oceánico en la Edad Moderna aluden a Sanlúcar como ante-puerto de Sevilla.
Sin embargo, más allá de esa evidencia greográfica, se ha tendido a olvidar que Sanlúcar era la sede del mayor poder señorial de la Corona de Castilla, cuya capacidad de interferir en la organización de aquel trasiego merece ser estudiada.
10 Este artículo explora un aspecto esencial de aquella organización, como es el desarrollo de las instituciones fiscales de la Carrera de Indias, resaltando en su justa medida la dimensión política y fiscal de la participación de los Medina Sidonia en dicho proceso.
Pretendemos así comenzar a cubrir el notable olvido historiográfico que ha pesado sobre un emporio señorial clave.
Para ello, en primer lugar, vamos a ubicar la aduna de Sanlúcar en el marco de las grandes instituciones con intereses directos en la fiscalidad sobre el comercio indiano.
A continuación, nos aproximaremos a los aprovechamientos fiscales de los Medina Sidonia a través de las denuncias de las que fueron objeto los duques y sus ministros hacia 1580, en un momento clave para el comercio atlántico por cuanto el renovado interés fiscal de 7 Legislación que parece ser era ignorada.
8 Otte, E.: Sevilla y sus mercaderes a fines de la Edad Media, Universidad de Sevilla, Sevilla, 1996; Moreno Ollero, A.: Sanlúcar de Barrameda a fines de la Edad Media, Diputación de Cádiz, Cádiz, 1983.
10 Así, Comellas reconoció a vuela pluma, hace ya más de una década, que los Medina Sidonia tuvieron una activa intervención en la organización de las flotas de Indias.
Comellas, J. L.: Sevilla, Cádiz y América.
ISSN: 0210-5810 Felipe II en esta fuente de ingresos produjo cambios notables en la estructura fiscal de la Baja Andalucía.
De ahí en adelante analizamos la evolución del sistema, utilizando como hilo conductor los permanentes roces institucionales que no cesaron hasta el destierro del IX duque don Gaspar en 1641.
Una aduana señorial en la Puerta de las Indias
Dado que todo territorio señorial tiene una dimensión fiscal -que se define por oposición a las otras fiscalidades señoriales, municipales o realengas-, la doble condición de Sanlúcar de Barrameda como cabeza de un estado nobiliario y antepuerto de Sevilla debe ser puesta en relación con el desarrollo de las instituciones del comercio indiano.
Para ello debemos comenzar por situar en su contexto institucional a la principal fuente de riqueza de los Medina Sidonia: su aduna sanluqueña.
La mayor parte de nuestro conocimiento sobre la estructura fiscal impuesta sobre el circuito comercial al que aludimos como Carrera de Indias ha girado en torno a la deslumbrante presencia de la plata americana.
Además, ciertos azares historiográficos11 han propiciado que la mayor parte de la investigación se orientase a la evaluación del dinero político del rey de España o a la estimación de su contrario, es decir, de la elusión de los derechos regios.
Haciendo un somero resumen, debemos señalar que frente a las tesis y la cronología de Chaunu, la discusión sobre la validez de las fuentes oficiales de registro de mercancías ha permitido desmontar algunos mitos sobre la llamada "crisis del siglo XVII" que, en el aspecto concreto de este tráfico comercial, daban a entender un desplome en picado del comercio a partir de mediados de la década de 1620.
12 Como conse-cuencia de esta revisión, se ha impuesto la idea de que existía todo un circuito comercial que cada vez escapaba más a la inspección de la Corona y que hacia 1690 acabó por absorber la mayor parte del tráfico de todo tipo de mercancías.
Así, los iniciales deseos de la Corona de controlar en régimen de monopolio el tráfico comercial con América parece que no pueden ya ser interpretados como el gran leit motiv de la política regia respecto al tráfico mercantil sevillano a lo largo de toda la Edad Moderna.
Por el contrario, ahora aceptamos que la lógica regia respecto a los caudales de Indias estaba presidida por un afán recaudatorio conceptualmente menos ambicioso, sobre todo desde que en 1543 se crease el Almojarifazgo Mayor de Indias.
13 En todo caso, los caudales producidos por aquella fiscalidad suponían "las más importantes rentas que Su Majestad tiene en toda su Monarquía; pende de ellas toda Castilla, los más principales hombres de ella y la gente más necesitada y todos los monasterios".
14 Conviene precisar, en todo caso, que en la Baja Andalucía, más que de un comercio, se debería hablar de varios comercios o, con más precisión, de varias ramificaciones de una tupida red comercial en la que esta región era una pieza esencial.
Podemos hablar, grosso modo, de cuatro rutas: la Europa mediterránea, la Europa nórdica, el Magreb y América.
Respecto a las tres primeras, Sevilla era cabeza de una renta de larga tradición bajo-medieval, el Almojarifazgo Mayor, de cuya caja central dependían todas las aduanas de mar pertenecientes a la Corona castellana entre Ayamonte y Orihuela.
¿Crisis del comercio de Indias en el siglo XVII o pérdida del control del monopolio?" en Martínez Shaw, C., y Oliva Melgar, J. M. (eds.): El sistema atlántico español (siglos XVII-XIX), Marcial Pons, Madrid, 2005, págs. 19-73; por otro lado, ciertos autores han insistido más en la validez indicativa de los registros y arqueos para evaluar el desplome del comercio atlántico desde Andalucía, como es el caso de Chaunu, P.: Sevilla y América, Universidad de Sevilla, 1983; y A. García-Baquero, cuya opinión y críticas a Morineau resumió en "Andalucía y los problemas de la carrera de Indias en la crisis del siglo XVII", en II Coloquios de historia de Andalucía.
Respecto a la relación de las remesas de plata con la política regia, destacan los trabajos de Álvarez Nogal, C.: El crédito de la Monarquía Hispánica en el reinado de Felipe IV, Junta de Castilla-León, Valladolid, 1997; y Los banqueros de Felipe IV y los metales preciosos americanos (1621-1665), Banco de España, Madrid, 1997.
15 Una descripción de principios del XVII la evalúa en 350 millones de maravedíes y estima en unos 800 los ministros encargados de su cobranza y gestión.
Para entonces, el anónimo cronista refiere que casi toda ella estaba consumida en juros y tributos.
Ver también Ulloa: La Hacienda Real..., pág. 284 ss.
ISSN: 0210-5810 A partir de los años de 1580 se generalizó el arrendamiento del Almojarifazgo Mayor unido con el de Indias, cuya sede también era Sevilla.
En consecuencia, cuando, hacia 1600, el beneficio de la renta de los almojarifazgos estaba dedicado casi en su totalidad al pago de deudas consolidadas, la solvencia de los sucesivos arrendadores de ambos caudales había pasado a ser una cuestión política de primer orden.
La más cotidiana amenaza contra la viabilidad de esta estructura fiscal era el fraude, cuyo monto en el cambio del siglo era capaz de hacer tambalear toda la estructura de reparto que pesaba sobre esta renta.
Por ello, el complejo equilibrio entre las tres presiones principales que pesaban sobre la Corona -los intereses de los grandes comerciantes, el respeto a las jurisdicciones "con mano" en la materia y la defensa de los intereses de los compradores de juros-se debía establecer mediante una negociación en la que la acción judicial era muy delicada, como iremos viendo.
La percepción de los derechos reales y la organización de aquel comercio múltiple fueron el acicate para la creación de un notable complejo institucional radicado en Sevilla que hubo de abrirse camino entre los organismos previamente existentes en la ciudad, que no dejaron de tomar parte en los cambios que se produjeron en la Sevilla del siglo XVI.
La Casa de la Contratación, 16 el Consulado de Sevilla, 17 la Real Audiencia y el concejo de la ciudad -presidido por el Asistente, alter ego regio equivalente al corregidor-18 son las más señeras.
Ahora bien, aunque todo esto prueba que Sevilla era en sí misma un gran centro de poder, es imprescindible dar entrada en nuestro esquema a los cauces institucionales que vinculaban a cada uno de estos organismos con el entorno de poder al que aludimos 16 Schäfer, H.: El Consejo real y supremo de las Indias.
Historia y organización del Consejo y de la Casa de la Contratación de las Indias, 2 vols., Junta de Castilla-León, Valladolid, 2003 [1935]; Cervera Pery, J.: La Casa de la Contratación y el Consejo de Indias.
(Las razones de un superministerio), Ministerio de Defensa, Madrid, 1997.
Una aproximación", en Vila Vilar, E., y Kuethe, A. J.: Relaciones de poder y comercio colonial.
Nuevas perspectivas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1999, págs. 3-34; Oliva Melgar: "La metrópoli sin territorio.
¿Crisis del comercio de Indias en el siglo XVII o pérdida del control del monopolio?" en Martínez Shaw, y Oliva Melgar (eds.): El sistema atlántico..., págs. 19-73, págs. 37-66.
J. L. Velásquez Gaztelu cita una cédula de Carlos II en la que se establecía el mínimo negocio para poder ser matriculado en 200.000 maravedís cargados a riesgo propio (cédula de 24 de mayo de 1686), en Estado marítimo de Sanlúcar de Barrameda, ASEHA Cádiz, 1998 [1774], pág. 241.
18 Domínguez Ortiz, A.: La ciudad del siglo XVII, en Morales, F. (dir.): Historia de Sevilla, Universidad de Sevilla, Sevilla, 1991, pág. 92.
ISSN: 0210-5810 como Corte regia, relación que presenta una multitud de conexiones personales y colectivas en los dos sentidos.
La línea fundamental que guía estos contactos preferentes es la del reparto de competencias, de modo que cada institución sevillana encontraba amparo para la prosecución de sus objetivos en un Consejo real.
Así, el Consejo de Indias solía respaldar a la Casa de la Contratación; 19 la supervisión del cobro de los almojarifazgos al Consejo de Hacienda; 20 por su parte, el Consejo de Castilla nombraba al Asistente, era la instancia de apelación de la Audiencias y tenía competencias en cuestiones de salida de moneda del reino; 21 por último, el Consejo de Guerra participaba por derecho propio en las materias de contrabando, en el nombramiento de los generales de armadas y tenía jurisdicción sobre los delitos cometidos en el mar.
Frente a este reparto de competencias, Andalucía se erigía como una de las zonas más difíciles de someter a control fiscal por parte de la Corona.
El fraude fiscal en la Edad Moderna presenta dos planos de análisis esenciales.
El primero es conceptual y se relaciona con el privilegio.
22 El segundo es de índole práctica y tiene que ver con las formas administrativas de su persecución.
Pero además, el fraude fiscal era una fuente de ingresos extraordinaria, no sometida a reglas fijas y muy rentable para la autoridad que se erigía en vigilante de esta actividad.
En el caso de la Carrera de Indias podemos distinguir entre el fraude a gran escala y el practicado por pasajeros o pequeños comerciantes, cada uno caracterizado por un tipo de respuesta por parte de la Corona, como veremos.
Vistas estas disputas por el control del comercio indiano en perspectiva secular, parece claro que en el ámbito sevillano la Casa de la Contratación resultó derrotada por el Consulado, en buena medida porque la Corona se vio obligada a consentir un alto nivel de fraude en el seno del sistema.
En una consulta del Consejo de Hacienda en 1633 sobre cierto problema de competencias, don Miguel de Ipeñarrieta hacía resumen del caso, utilizando la expresión "depende de" al referirse a ambas instituciones.
Así, al aludir a su competencia en un caso de descamino de mercadurías, remite a los dos almojarifazgos (Mayor y de Indias) y a los derechos de la cochinilla, tabaco y otros productos importados de América.
Dice al respecto que estas cuestiones tocaban al Consejo de Castilla "privativamente".
22 Cárceles de Gea, B.: Fraude y administración fiscal en Castilla.
Poder fiscal y privilegio jurídico-político, Banco de España, Madrid, 1994; de la misma autora, Fraude y desobediencia fiscal en la Corona de Castilla, Junta de Castilla-León, Valladolid, 2000.
ISSN: 0210-5810 derrotada por los intereses de los cargadores sevillanos y obligada a claudicar en lo que sería su fin y objetivo esencial -el mantenimiento del monopolio.
23 En primer lugar, porque semejante afirmación presupone que los objetivos expuestos en la creación de la Casa de la Contratación en 1503 serían los mismos que perseguía la Monarquía un siglo y medio después.
Además, se olvida que la lucha contra el fraude no puede ser separada de la persecución del contrabando.
El matiz entre fraude y contrabando -entendidas ambas como formas de eludir las imposiciones regias-desde luego no escapaba a los consejeros castellanos.
El contrabando -que engloba tanto el tráfico de mercancías prohibidas (manufacturas de enemigos, libros, etc) como el comercio directo y fuera de todo control-era una practica al margen del sistema de flotas, mientras que el fraude se refiere a la ocultación de una parte de las mercancías negociadas dentro del sistema para evitar el pago de los derechos reales.
24 En este sentido, el exceso de celo en la persecución del fraude actuaba de incentivo para el contrabando, del cual la Corona nada podía extraer, salvo en el azar de las capturas.
25 ¿Cómo afectaba lo que llevamos expuesto a la fiscalidad y a las rentas de los duques de Medina Sidonia?
Desde la perspectiva regia -que es la que perseguía la fijación de la figura jurídica del fraude como daño al bien común o público-, la presencia de una autoridad fiscal fuerte en la puerta de las Indias podía dificultar el control fiscal en un área particularmente sensible.
Sin embargo, en principio, la participación de la fiscalidad ducal en el comercio americano estaba vedada, por lo que la aduana señorial de Sanlúcar no podía registrar ni remitir mercancías al otro lado del océano.
26 Ahora bien, más allá de que de facto los duques pudiesen o no despachar mercancías desde sus aduanas a Indias, todo el comercio con otros puertos atlánticos o mediterráneos incumbía plenamente a la aduana de Medina Sidonia y a la actividad de su puerto sanluqueño.
En este sentido, la irrupción de América en el tejido comercial andaluz se produjo en un momento expansivo de dicho tráfico, aumentando mucho su volumen y radio de acción.
27 La práctica imposibilidad de controlar la circulación de mercancías fuera de registro en las inmediaciones de las costas andaluzas -tanto las cargazones a la ida como las descargas a la vuelta-implicaba que el intento de controlar esta actividad resultase un elemento clave en el reparto de poder en la ruta de las Indias.
Por eso, es aquí donde hay que empezar a dar entrada a la autoridad señorial de los duques de Medina Sidonia.
Para empezar, desde la perspectiva de la fiscalidad del poder señorial, cabe distinguir tres tipos de intervenciones de los duques sobre el comercio en su puerto, todas ellas susceptibles de generar beneficios.
1.-En primer lugar, la intervención jurisdiccional en la vigilancia de los delitos de fraude y contrabando afectaba a la Casa ducal en cuanto ostentadora de derechos de cobro en su propia aduana.
2.-A esta facultad como señores jurisdiccionales se sumó, a partir de 1588, la intervención por medio del cargo de Capitanes Generales del Mar Océano y Costas de Andalucía.
Este cargo dio entrada a los duques, bajo jurisdicción militar, en cuestiones de apresto de armadas y persecución del contrabando.
3.-Por último, como se verá, se acusó reiteradamente a los Medina Sidonia de, por un lado, amparar a comerciantes que practicaban el contrabando como una más de sus actividades comerciales y, por otra, de practicar ellos mismo el fraude, como veremos con más detalle.
Aspectos institucionales: aduanas y almojarifazgos
La aduana ducal era la institución encargada del cobro del almojarifazgo sanluqueño, es decir, de los tributos pertenecientes al duque de Medina Sidonia generados por los intercambios comerciales de su villa con el exterior de la Corona de Castilla.
Dinero y crédito en el comercio colonial español con América, Tabapres, Sevilla, 1992, págs. 90-99.
28 A modo de ejemplo, se puede ver la consulta del Consejo de Hacienda que, en 1607, al tratar de las denuncias, daba a entender, como era sabido, que en el momento de salida y arribada de flotas en Sanlúcar se producían los embarques y descargas fuera de registro.
29 Hacia 1616 el concepto de almojarifazgo era definido como "el derecho que pagan todas las cosas que entran y salen por la mar y comúnmente son cinco por ciento; algunas cosas hay que pagan más.
Tiénese en esto la orden que todas las cosas estén apreciadas al valor que han de tener y conforme a esto se hace la valuación y para ello hay sus fieles o tasadores".
BNM, Mss 6.043, págs. 177-187, "Relación de todas las rentas...". fuentes de ingreso de la nobleza castellana, lo excepcional de esta renta no era el concepto -otras grandes Casas señoriales gozaban de almojarifazgos en sus villas-, 30 sino el hecho de que el distrito en el que se cobrase fuese un puerto de mar tan importante como Sanlúcar, caso sólo comparable, aunque a bastante distancia, con el señorío de los duques de Medinaceli sobre El Puerto de Santa María.
Desde un punto de vista estadístico, es clara la importancia extraordinaria de la aduana sanluqueña en el conjunto del tesoro ducal, con un peso relativo que no hizo sino aumentar con claridad hasta 1640.
Visto en perspectiva secular, el impresionante ritmo de crecimiento del producto de esta renta en la segunda mitad del XVI se mantuvo constante hasta superar la cota de los 35.000 ducados anuales en la década de 1590.
De ahí en adelante, aunque se llegaron a alcanzar cifras sensiblemente superiores, lo más característico fueron unos años de relativa inestabilidad, si bien sólo en un año se registraron menos de 20.000 ducados de ingreso, nivel que se había alcanzado en 1580.
La tendencia se interrumpe abruptamente a mediados de los años de 1640, coincidiendo con la incorporación de la ciudad -que no de sus rentas-a la Corona.
Con respecto al ritmo estacional del cobro en la aduana, hay que señalar la presencia de dos picos bien significativos: abril y agosto, precisamente los meses señalados como óptimos para realizar los viajes a Nueva España y Tierra firme, respectivamente.
31 Hay que señalar también que todo este ingreso fue administrado de forma directa por los Medina Sidonia, ya que nunca pusieron su aduana en arriendo, tanto por razones de prestigio como de cálculo económico.
32 Aunque con el tiempo se produjo una diversificación de los conceptos percibidos en la aduana ducal, desde el punto de vista conceptual, la parte del león se la llevaba el famoso almojarifazgo sanluqueño que, como renta más característica de la Casa de Medina Sidonia, era muchas veces confundida con la aduana en su conjunto.
El origen de esta renta fue la concesión a don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno del derecho de carga y descarga de naves en su puerto, al mismo tiempo que se le entregaba el señorío sobre 30 Tal es el caso de los duques de Osuna en la villa homónima.
Atienza Hernández, I.: Aristocracia, poder y riqueza en la España moderna.
32 Así, hacia 1580 el duque ordenó elaborar un informe para la evaluación de cierta propuesta que había recibido para el arriendo de su aduana.
La conclusión tajante del mismo era que el duque podía perder "incomparablemente más" con el arriendo que si lo mantenía bajo su administración.
33 El notable desarrollo comercial de toda la zona a lo largo de la Baja Edad Media provocó constantes roces con los almojarifes de Sevilla -ministros encargados del cobro del Almojarifazgo Mayor-, obligando a los duques a obtener sucesivas confirmaciones de su renta.
34 En el trasfondo encontramos el intento frustrado de los ministros sevillanos de caracterizar el almojarifazgo de Sanlúcar como una parte desgajada de la renta que a ellos competía.
En tiempos de Fernando el Católico volvieron a colisionar ambos rangos de almojarifes -reales y señoriales-, si bien, pese a los problemas que hubo entre dicho monarca y el conde de Ureña -tutor del heredero del ducado-, los derechos señoriales fueron confirmados en 1512 y 1513.
35 De todos modos, en las décadas siguientes la demanda de los almojarifes sevillanos fue encontrando un claro eco en la aspiración de la Corona por hacer que los niveles de imposición que regían el Almojarifazgo Mayor de Sevilla -que oscilaban entre un máximo del 10 y un mínimo del 2'5%-36 se aplicasen en todos los puertos de la Baja Andalucía.
Por su parte, la tabla de la aduana ducal al comienzo de nuestro periodo establecía el pago de un 5% de entrada y un 2'5% de salida.
37 Sobre este punto crucial, el duque defendió que la rebajas que él pudiera hacer sólo afectaban a su propia hacienda, por lo que debían ser consideradas como simples mercedes contra el tesoro ducal.
Por el contrario, esta cuestión fue el gran caballo de batalla entre Cádiz, Sevilla y Sanlúcar a lo largo de todo el siglo XVI.
Profundizando en el conocimiento de la aduana señorial, debemos señalar que, según la contabilidad de los duques, a principios del siglo XVII se cobraban en dicha aduana, junto al almojarifazgo en sentido estricto, otros dos conceptos: la alcabala de la aduana y la cobranza de los mer-33 Existen varias copias impresas del privilegio de donación de Sanlúcar, una de ellas en ADMS, 1.014; algunas confirmaciones reales del siglo XIV en AGS, Varios-Medina Sidonia, caja 5, n.o 84, 9 de agosto de 1365.
Ver también Velásquez Gaztelu: Estado marítimo..., págs. 85-86; Solano Ruiz, E.: "La hacienda de las Casas de Medina Sidonia y Arcos en la Andalucía del siglo XVI", Archivo Hispalense, 168 (1972), págs. 85-176.
34 Una de las últimas tuvo lugar en 1460, cuando Enrique IV concedió la plenitud de cobro de estos derechos al II duque don Enrique, como agradecimiento por la pacificación de Sevilla.
Del hecho de que este documento tuviera título de concesión desprende Moreno Ollero que el almojarifazgo estuvo fuera de la Casa, aunque no hay prueba de ello.
35 Para la confirmación, el rey se apoyó en el testimonio de varios mercaderes genoveses, flamencos e ingleses que aseguraban la inmemorial posesión del duque de esta renta.
Moreno Ollero: Sanlúcar..., pág. 199.
37 ADMS, 3.987, "Memorial de lo que Sevilla [...] ha pretendido, hecho y pedido en Sanlúcar".
El primero, aunque algo oscuro, se basaba en la tasación de los intercambios comerciales de algunos productos que se registraban en la aduana para su salida de la ciudad.
Da la sensación de que el cobro se realizaba por medio de un evalúo o tasación global de las mercancías que eran embarcadas en los tornaviajes de los mercaderes extranjeros, de modo que vendría a ser un almojarifazgo de salida.
Sin embargo, la alcabala no era igual para todos los productos que pasaban por la aduana, sino que aquí la doble distinción entre lo que pagaban los mercaderes castellanos y los extranjeros, de una parte, y lo que se pagaba en función del punto de destino, por otra, marcaba considerables diferencias.
De este modo, la alcabala de la aduana otorgaba a los duques una herramienta de proteccionismo señorial para favorecer la producción -sobre todo de vino-en el propio territorio mediante el mayor encarecimiento porcentual del producto elaborado fuera.
38 Por su parte, la llamada "cobranza de los mercaderes bretones" era una imposición que aparece por primera vez como tal en los primeros años del siglo XVII y que desaparece tras el proceso al IX duque de 1641-1645.
Se trataba de una imposición genérica que pagaban los mercaderes bretones y, al parecer, los extranjeros en general, para poder comerciar en Sanlúcar.
39 Es muy probable que el cobro de esta renta tenga su origen en una obligación que, según Velázquez Gaztelu, tenían los bretones, por acuerdo tomado con el duque, de cargar en sus tornaviajes al menos la tercera parte de sus barcos con vinos de Sanlúcar.
El acuerdo habría estado vigente al menos entre 1568 y 1589, aunque, según este cronista, hubo quejas de los productores sanluqueños por incumplimiento por parte de los bretones.
Por eso, la aparición diez años después de la cobranza cabe ser interpretada como forma de compensación al duque por la anulación del acuerdo anterior.
40 El mantenimiento del término bretones en esta renta -aun admitiendo que pudieran seguir siendo mayoritarios los comerciantes de la Bretaña-41 puede provenir tam-38 Hay que señalar también que en ocasiones la misma estructura de cobro de la aduana era utilizada para la percepción de algunos otros ramos fiscales, como la alcabala percibida por la venta de censos y posesiones o la alcabala del aceite y del vino que se exportaba, que a veces figuran como renta aparte y no inclusa en la categoría de alcabala de la aduana 39 El nombre deriva del predominio de los mercaderes franceses en Sanlúcar que, según describía en verso el padre dominico fray Pedro Beltrán,"Los Surtos vasos membrudos/ parecen islas francesas/ llenos de árboles desnudos/ a quien las jarcias espesas/ sirven de ramos menudos".
40 Velásquez Gaztelu, J. L.: Historia antigua y moderna de la muy noble y muy leal ciudad de Sanlúcar de Barrameda, ASEHA, Sanlúcar, 1994 [1760], pág. 347. bién del espacio físico que en Sanlúcar concentraba la mayor parte de las tiendas y comercios de exportación, que era la calle Bretones.
De ser esto cierto, la novedad consistiría ante todo en que se trataba de una renta que gravaba por mayor la exportación de producciones locales.
42 Cuantitativamente, el crecimiento de la cobranza fue opuesto al descenso de los otros dos ramos que se percibían en la aduana, llegando a ser la parte más importante de lo percibido en Sanlúcar.
Planteamiento de una disputa
Un memorial que data de hacia 1585 conservado en la British Library recoge por extenso y con gran profusión de datos todo un catálogo de las contravenciones a la legislación regia que, según denuncia, eran amparadas por los Medina Sidonia en su puerto de Sanlúcar.
43 Probablemente dirigido al Presidente del Consejo de Hacienda, este texto debe ser inscrito en los esfuerzos del Consulado de Indias por alzarse con el arriendo de los dos almojarifazgos sevillanos -Mayor y de Indias-, objetivo para el cual resultaba conveniente hacer una crítica a fondo del statu quo ante en todo el distrito.
Por esta razón, y pese a que su autor demuestra conocer sobradamente la materia, la clara finalidad instrumental de la denuncia nos debe llevar a valorar con cuidado algunos de los extremos aludidos.
Sin embargo, tanto por la amplitud del contenido como por su carácter interesado, nos va a servir para situar los términos en los que se produjeron las fricciones de las que nos vamos a ocupar.
En un plano teórico, comienza el texto afirmando que el almojarifazgo ducal sólo competía a los productos que entrasen y saliesen del reino por mar.
Distinguía así esta renta de los derechos de portazgo, los cuales vincula en exclusiva a la hacienda regia.
44 Por el contrario, los Medina Sidonia, 41 Aunque no se refiera a Sanlúcar, es indicativo del grado de fluidez de las redes comerciales bretonas con Andalucía el estudio de Broens, N.: Monarquía y capital mercantil: Felipe IV y las redes comerciales portuguesas (1627-1635), Universidad Autónoma, Madrid, 1989.
42 Hasta tal punto era importante la actividad que se concentraba en la calle Bretones que, tras el destierro de Sanlúcar del IX duque don Gaspar, la duquesa -aún residente en su palacio-hubo de proponer el nombramiento de un alcalde específico para la calle de los Bretones, con el fin de que los problemas de autoridad no perjudicasen aún más el trato que allí tenía lugar.
44 Corriendo de entrada, para los productos negociados por extranjeros, al 5%, para los vecinos de Sanlúcar al 4% y para todos ellos al 2'5% de salida de la ciudad.
ISSN: 0210-5810 apoyados en el "mucho respeto" que les tenían los almojarifes de Sevilla, habrían ido negociando con estos la permisión de cobrar el mismo derecho sobre las mercancías que entrasen por tierra a un porcentaje, además, muy bajo.
A lo que no se atrevía el autor era a cuantificar el procedido: chos que reducía al 2% la entrada y al 3% la salida.
Con esta acusación se ampliaba notablemente el margen de influencia que se presuponía al duque y se daba entrada de lleno al aspecto territorial de su poder.
Para colmo, todo aquel volumen de negocio implicaba la salida de grandes cantidades de moneda del reino a manos de mercaderes franceses en pago de los textiles importados.
47 Este estado de cosas suponía un flagrante incumplimiento de las disposiciones reales que obligaban a no hacer gracias so pena de perder las rentas.
En efecto, una cédula de Carlos V fechada en 1526 -que instaba a establecer en todos los puertos del distrito del Almojarifazgo Mayor de Sevilla las tablas que fijaban los derechos regios y prohibían las rebajasfue pregonada en Sanlúcar, aunque de inmediato encontró la oposición del duque, que hizo saber, mediante otro pregón, que se comprometía a impedir a los almojarifes de Sevilla llevar a efecto la real cédula.
Frente a las amenazas de la real disposición, el duque aseguraba su protección a los mercaderes extranjeros de su puerto para evitarles tributar en Sevilla, comprometiéndose incluso a tomar a su cargo la defensa legal de los afectados.
48 Que medio siglo después se siguiera debatiendo la materia prueba que la real cédula no se había cumplido.
Es más, advertía nuestro autor de que, tras la toma del arrendamiento del Almojarifazgo Mayor por el concejo de Sevilla, en 1573, el duque había negociado con dicho cabildo una moratoria para que no se cumpliese la cédula.
Aquel fruto de la "mucha mano" que el duque tenía en el cabildo hispalense explicaba por sí solo que ni los arrendadores del almojarifazgo ni el duque quisieran que residiera en Sanlúcar ninguna justicia regia.
49 Por otra parte, denunciaba abusos jurisdiccionales por parte de los ministros del duque, el más grave de los cuales consistía en que todos los barcos que entraban en la barra de Sanlúcar, aunque su destino fuese otro puerto, eran detenidos por una barqueta 50 con un oficial de la aduana ducal que inspeccionaba los libros con objeto de persuadir a los maestres para que descargasen alguna parte en aquel puerto, presionándoles de modo que, 47 Calculaba que, si la entrada de ropa alcanzaba el valor de 400 cuentos durante las ferias, la carga de vino en el tornaviaje no alcanzaría más de los 10.000 ducados en valor, de modo que todo el resto iría en moneda labrada o lingotes de plata.
50 Se trata de un pequeño navío que utilizaban los ministros de las aduanas en los puertos de mar para inspeccionar los navíos que entrasen en su jurisdicción.
A ello se sumaban los intentos de hacer pagar derechos de ondeaje -operación consistente en transbordar mercancías de un barco de mayor tonelaje a otro de menor calado para llegar con seguridad a Sevilla-.
En resumen, según este texto, se estaba dando lugar a que mercaderes de lugares realengos como Cádiz se asentasen en Sanlúcar para mayor comodidad de sus negocios, dado que ya incluso los barcos procedentes del Mediterráneo, que según el denunciante nunca lo habían hecho antes, acudiesen a aquel puerto en lugar de a los realengos.
En consecuencia, Sanlúcar quedaba "en poco tiempo muy crecido y de gente muy rica".
51 En el capítulo de las cosas vedadas aún insistía el informe en que, para poder defraudar mejor, los mercaderes extranjeros remitían la mayor parte de las mercancías prohibidas a Sanlúcar a nombre de los principales ministros ducales para obtener amparo y favor.
Así, aunque alguna justicia regia tratase de descaminar las mercaderías, los ministros del duque salían al paso diciendo que primero debían entender ellos la causa sobre el impago de derechos en Sanlúcar, de modo que lograban ocultar el fraude.
Todavía el duque era acusado de fomentar el cohecho practicado por un cónsul de los bretones: en el conjunto de la Monarquía Hispánica: por una parte, que aquel puerto era un competidor activo en la atracción de mercaderes y comerciantes, tanto con Indias como con otros destinos, y por ende una notable fuente de rentas; y, por otro lado, que la capacidad de penetración de las justicias regias en el señorío más poderoso de Castilla era, cuanto menos, compleja.
Más allá de excesos en las acusaciones, tener aduana propia permitía al duque y a los grandes productores sanluqueños vender sus productos agrarios en los tornaviajes.
53 Pero, sobre todo, los productos de importación dan una indudable dimensión transoceánica al trasiego comercial sanluqueño.
De este modo, la participación de los Medina Sidonia en aquel tráfico adquiere su dimensión fiscal al convertirse Sanlúcar en un importante mercado para los cargadores a Indias, sobre todo de textiles.
En cuanto a las conexiones de Medina Sidonia con el cabildo hispalense, nos consta que en nuestro período algunos veinticuatros -o sus parientes-entraron al servicio ducal, como agentes en Madrid o como representantes en diversos modos.54
La evolución del sistema: el equilibrio improbable
El padre Beltrán cantaba a Sanlúcar refiriéndose a ella como "aquella franca ciudad/ libre de todos derechos/ que sólo a Su Majestad/ dos años le pagó pechos/ por verle en necesidad".
55 No sabemos a qué dos años se refería el dominico en estos versos, aunque la franqueza total de la ciudad, hacia 1612, era una exageración.
No obstante, es cierto que Sanlúcar había permanecido virtualmente exenta de las imposiciones regias hasta las postrimerías del XVI gracias a la enconada oposición que a las novedades institucionales ofrecieron los duques.
De aquellos intentos regios y de la resistencia de la jurisdicción ducal es de lo que nos vamos a ocupar a continuación.
En el medio siglo posterior a la publicación de la cédula de 1526 -que, recordemos, perseguía igualar los derechos de aduana-, los intentos por parte de la Monarquía de intervenir en la gestión fiscal del comercio exterior en Sanlúcar de Barrameda fueron más bien tímidos.
Felipe II confirmó el contenido de la cédula en 1562, aunque aún no dotó al comercio sevillano de instrumentos precisos para hacerla cumplir.
Cuatro años más tarde, una nueva cédula de Felipe II acrecentó los derechos percibidos sobre la exportación por mar de todos los productos y mercaderías.
56 Aquella nueva regulación suponía la creación de tablas que distinguían las diversas mercaderías e implicaba una estructura de control algo más compleja que la precedente, todo lo cual fue dando paso a graduales intentos de control aduanero en todo el complejo y discontinuo distrito de la Baja Andalucía, aunque de momento afectó poco a Sanlúcar.
57 En este contexto, un viejo expediente institucional -como era la escribanía de sacas y cosas vedadas, creada sobre el papel en 1512 con competencias muy amplias-ofreció a la Corona la posibilidad de obtener, por un lado, dinero de su arriendo y, por otro, un nuevo instrumento de control sobre el comercio.
Consistía el oficio en la competencia para registrar todas las mercancías que entrasen o saliesen del reino y que debiesen derechos de aduana pudiendo descaminar, quien lo detentase, aquellas que no hubiesen satisfecho lo debido.
En 1576 un individuo llamado Pedro Negrete presentó un arbitrio a Felipe II -por medio de la Cámara de Castilla-solicitando la rehabilitación de aquel oficio de nuevo en su persona.
Negrete recordó los términos en los que fue concedido al primer poseedor, el doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal, para solicitar que ahora se ampliase la jurisdicción, que antes abarcaba la costa entre Gibraleón y Cartagena, a toda la Corona de Castilla.
Haciendo memoria del desenvolvimiento de la escribanía, recordaba Negrete que hubo de ser litigado su ejercicio por los tenientes del oficio en cada lugar donde se 56 Aunque en diversa cuantía: ciertos productos pasaron de pagar el 2'5% de derechos que al principio pagaban todos los productos al 10% (entre ellos la cochinilla, corambres, aceitunas y frutos secos); otros subieron al 7'5% (sedas, vinos, perlas y piedras preciosas), quedando el resto de los no citados en un 5%.
57 Se citaban aduanas de cobro del almojarifazgo de Sevilla -sólo en los obispados de Sevilla y Cádiz-en Jerez, Cádiz, Sanlúcar, El Puerto de Santa María, condado de Niebla, marquesado de Gibraleón y Lebrija.
ISSN: 0210-5810 debía ejercer, de lo que al fin se entendió "solamente han sido admitidos [...] en la ciudad de Jerez y villa de El Puerto de Santa María".
58 Además, Negrete acusaba a los administradores del Almojarifazgo Mayor de Sevilla de haberse concertado con los dueños del oficio para que, a cambio de cierta cantidad, no siguiesen tratando de ponerlo en ejercicio.
El argumento de Negrete era claro: sólo con que se aplicase de veras el oficio al conjunto del arzobispado de Sevilla pasaría a multiplicar su valor al menos por tres, perjudicando sólo a quien entonces los poseía, a la sazón Pedro Hernández Roldán.
Por el contrario, causaría un gran beneficio en las aduanas reales, porque del hecho de que en la práctica lo administrasen los arrendadores del almojarifazgo o sus delegados se derivaba que se despachasen muchas cosas vedadas "y se asientan en los libros confusamente y con poca claridad".
Especialmente señalaba la extensión de aquella mala práctica en el obispado de Cádiz.
La Cámara no llegó aquel año a ninguna conclusión, dada la división de pareceres, por lo que el rey mandó hacer mayores averiguaciones.
59 Como resultado, al año siguiente Felipe II solicitó la opinión del contador Garnica, quien respondió que no encontraba grandes inconvenientes, sino que "antes me parece que será útil dársele [a Negrete], pues ahora no le tiene nadie por título de Su Majestad y hará que le acabe de asentar y allanar a los escribanos de los puertos y pueblos donde lo hubiere de usar y poner tenientes, en que habrá de tener muchos pleitos, costas y gastos, y hecho esto podrá ser para adelante buen oficio".
Esta declaración, que no deja dudas sobre el carácter construido -más que creado-de los oficios regios, demuestra las múltiples resistencias que cualquier innovación institucional generaba en los sectores implicados en el comercio atlántico, cuyos privilegios podían estorbar judicialmente la ejecución de la voluntad regia.
Por su parte, la propia Cámara de Castilla se opuso al oficio en su segunda consulta, desestimando la petición de Negrete y aconsejando que se creasen escribanías para cada puerto, lo cual conllevaría un mayor provecho para la hacienda regia.
El rey, sin embargo, anotó que le parecía bien la petición de Negrete, siempre que rentase al menos 2.000 ducados destinados a los arqueros de Sevilla.
60 hecho, aunque no hemos encontrado el nombramiento, Negrete obtuvo lo que pedía hacia 1580.
Los modestos precedentes de aquel cargo señalaban como sus principales opositores a los almojarifes de Sevilla, que se negaron a reconocerlo.
Pero con la ampliación de las causas que competían al escribano de sacas a toda forma de exportación que no pagase derechos, las resistencias aumentaron.
De hecho, tal expansión produjo problemas de territorialidad, asunto en el que los Medina Sidonia entraron de lleno.
En efecto, el VII duque, don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, se negó a reconocer la competencia de la escribanía en la aduana de Sanlúcar, alegando que sólo atañía al Almojarifazgo Mayor de Sevilla.
61 En 1584 se falló una sentencia por parte del Consejo de Castilla que, interpretada por los abogados del duque, significaba que al ser la de Sanlúcar una aduana de señorío, el cargo de escribano de sacas que ostentaba Negrete sólo debía entenderse respecto a los llamados derechos acrecentados -es decir, los productos obligados al pago de derechos de aduana en 1566-y no a todas las sacas.
Más aún, alegaban los abogados del duque que, teniendo en cuenta que Felipe II había ordenado crear en Sanlúcar una aduana específica para la cobranza de los nuevos derechos -en la que se había colocado ya a un factor-, se entendía que nada nuevo tenía que hacer Negrete en Sanlúcar.
62 No obstante, Negrete obtuvo el respaldo del Consejo de Hacienda, con cuyas provisiones acudió de nuevo a Sanlúcar para tratar de hacerlas cumplir.
Sobre el terreno, Negrete volvió a encontrar la sistemática y cerrada oposición de los jueces de la aduana del duque.
El relato de sus desvelos es muy significativo.
Un informe del abogado de Negrete narraba cómo en 1587, al enviar al enésimo teniente del oficio a Sanlúcar, apoyado por el alcalde mayor de Cádiz -Gonzalo de Mesa-, los almojarifes del duque le habían contestado "que tenía que se cansar en hacer las cédulas e despachos tocantes al dicho oficio".
Y en efecto, una vez que se hubo marchado Mesa, cuando el teniente de escribano quiso ejercer su oficio, los ministros del duque "se lo habían resistido e impedido, cerrando las puertas de la dicha aduana [ducal] y no se habían querido juntar con el dicho Pedro de Ledesma a despachar las mercadu-61 En concreto, se hizo contradicción a las pretensiones de Pedro Negrete, segundo poseedor del cargo, en su intento de ser también escribano de la aduana de Sanlúcar.
62 El texto al que remitimos es el parecer de los doctores Berasategui y Asensio López, emitido en febrero de 1585, que ofrecían a la consideración de otro colega, todo ello en preparación de la llegada de Negrete para pedir cumplimiento de la sentencia del Consejo.
rías que venían a la dicha aduana, ni dejarle usar del dicho oficio [...].
Por manera que después de haber llevado cinco jueces de comisión por nos proveídos a costa de su parte a la dicha villa de Sanlúcar [...], estaba el dicho su parte despojado, como al principio que había principiado a litigar".
63 De aquellas disputas se derivó una acusación criminal por prevaricación, firmada por el titular de la escribanía, contra varios ministros de la aduana ducal.
Del mismo año 1587 data también un auto por el que Mesa, por mandato y delegación del Consejo de Castilla, conminaba al acatamiento del oficio y de las sentencias presentadas por los tenientes de Negrete, so pena de pérdida del cargo y multa de 2.000 ducados.
Sin embargo, el duque interpuso recurso.
Aunque los autos a que dio lugar esta fase de la disputa no nos constan, sabemos que tres años después, en enero de 1590, se remitió a Sanlúcar a un nuevo juez de comisión, Pedro Gago de Castro, para volver a intentar poner en ejercicio el oficio.
En sustancia Negrete solicitaba que se le repusiera sin más en el uso de su oficio al amparo de las sentencias y autos de que ya disponía, mientras el duque, por el contrario, sostenía que la escribanía de sacas se estaba litigando sin perjuicio de la posesión por su parte de ciertos oficios incompatibles, por lo que no tenía sentido dar este cargo sin que el otro pleito concluyera.
No obstante, el 5 de enero Gago mandó que, pese a las alegaciones de Medina Sidonia, se cumpliese lo mandado por el rey a favor de Negrete.
Para ello acudió en persona a la aduana del duque, donde se encontraban despachando los almojarifes del rey -Pedro Echeum y Antonio López de León y Yañez-, el administrador de las aduanas del duque -Francisco Gutiérrez de Valbuena-y los almojarifes ducales -Estacio de Figueredo y Bartolomé Juárez-, en presencia de los cuales Gago llamó al procurador de Negrete -Juan Núñez de Bohórquez-y a la parte del duque, ante los cuales puso en posesión del oficio a Hernando de Mayorga -escribano de El Puerto de Santa María, nombrado por Negrete como su teniente-, con apercibimiento de que no se le molestase ni inquietase.
Los tres ministros ducales dijeron lo obedecerían con el acatamiento debido y pusieron la orden sobre sus cabezas, diciendo que tendrían a Negrete o sus tenientes por escribano de sacas, diezmos y aduanas, todo ello "sin perjuicio del derecho que el duque de Medina [Sidonia] tiene a la dicha escribanía".
Del mismo modo, Gago hizo notoria aquella posesión a otros jueces del duque, entre ellos el corregidor de Sanlúcar.
Así, tras más de 80 años, se lograba poner en práctica un oficio que era visto por los Medina Sidonia como una clara injerencia en su ámbito fiscal, aunque, como veremos, ciertas circunstancias permitieron dar un vuelco a la situación pocos años más tarde.
Ahora bien, la escribanía difícilmente hubiera podido imponerse si no se hubiera emprendido, al mismo tiempo, la tarea de desarrollar las cédulas de 1526 y 1566, en las que se contemplaba la creación de una completa estructura aduanera regia -hasta entonces inexistente-en todos los puertos andaluces, incluidos los de señorío.
Medina Sidonia trató de defender su espacio fiscal por medio de una demanda a la Corona en el tribunal de la Contaduría Mayor de Hacienda contra la cédula de 1566, alegando que el crecimiento de los derechos de almojarifazgo en Sanlúcar y su partido le pertenecían a él en virtud del derecho de concesión de dicha renta, de igual modo que reclamaba su derecho a hacer rebajas y mercedes.
Sin embargo, la causa dio un giro cuando en 1567 Pedro Luis Torregrosa tomó el arriendo del almojarifazgo Mayor de Sevilla y trató, en consecuencia, de poner aduanas regias en todo el distrito, incluida Sanlúcar -en concreto en el paso llamado de la Barraca-.
La excusa de Torregrosa para introducir esa novedad fue que por aquel paso -que se encuentra en la orilla oeste del Guadalquivir, una legua y media río arriba de Sanlúcar-se introducían mercancías sin pagar derechos en perjuicio de la recién creada aduana real de Lebrija.
El duque se opuso abiertamente, acusando a Torregrosa de hacer él mismo gracias y sueltas, entre otros a los propios vecinos de Lebrija.
La disputa no pasó a mayores al alcanzar ambas partes un acuerdo particular según el cual, por un lado, desde la aduana de Sanlúcar se despacharían a todas las aduanas dependientes del arriendo de Torregrosa las mercadurías a ellas consignadas, mientras, por otro lado, el duque podría hacer pasar por la Barraca sin pagar Almojarifazgo Mayor -en dirección al condado de Niebla-mercancías hasta un valor de 12 millones de maravedíes.
Los encargados de vigilar el cumplimiento de esta parte del acuerdo serían dos almojarifes enviados por cuenta de Torregrosa.
Aquellos ministros llevarían barqueta y guardas y las causas que descubriesen se llevarían ante la justicia ducal de Sanlúcar, asignando las condenas en metálico a la cámara señorial cuando el culpable defraudase sus derechos, o a la Cámara de Castilla si iban contra el Almojarifazgo Mayor de Sevilla.
Tal acuerdo fue ratificado con los nuevos arrendadores de esta renta, el cabildo de Sevilla, por el tiempo que tuvieron a su cargo el almojarifazgo -de 1573 a 1580-, salvo en lo que respecta al valor de lo que se podría pasar por la Barraca, reducido primero a seis y luego a cuatro millones de maravedíes.
65 Como en principio todo esto sólo afectaba al Almojarifazgo Mayor de Sevilla, no fue hasta 1580 -momento en el que se comenzó a contemplar la posibilidad de arrendar juntos los dos almojarifazgos hispalenses, Mayor y de Indias-cuando aparecieron los primeros grandes problemas entre la autoridad de Medina Sidonia y la jurisdicción de los arrendadores de estas rentas, precisamente porque el rey, espoleado por la necesidad de obtener más fondos, comenzó a respaldar activamente las nuevas pretensiones de los arrendadores a través del Consejo de Hacienda -presidido por Hernando de Vega-66 mediante el envío de jueces visitadores desde la Corte.
De hecho, como las irregularidades no eran exclusivas de Sanlúcar, la disputa trascendió ya abiertamente el nivel local para convertirse en una investigación general sobre el comercio en Andalucía.
Así, tras el fracaso, a principios de los años de 1580, del arriendo de los dos almojarifazgos por parte de Juan Alonso de Medina y consortes -entre los que se encontraban el prior y cónsules de Sevilla-, ambas rentas se hubieron de poner de nuevo en subasta, como resultado de la cual el cabildo hispalense se alzó con ambos almojarifazgos por una década.
67 En este marco de cierta reorganización en la percepción de derechos comerciales en Andalucía es en el que se inscribe la primera gran visita general a los puertos dotados de aduana dentro del partido del doble almojarifazgo.
Tanto la unión de las dos rentas como la visita fueron medidas dirigidas a aumentar el ingreso mediante el control del creciente fraude en el comercio con Indias.
La pauta de toda la serie de visitas a Sanlúcar que se sucedieron en las décadas siguientes la marcó en 1581 el teniente de asistente en Sevilla -el doctor Ortiz de Caicedo-al fundar de forma efectiva, aunque efímera, la primera aduana regia en el distrito sanluqueño, de nuevo en el paso de la Barraca.
Sin embargo, apenas hubo abandonado la ciudad, su labor quedó en nada, por lo que en 1584 se remitió al licenciado Luis Romero -dotado de vara de justicia y de un equipo de colaboradores-65 ADMS, 3.987, todo ello aparece resumido en un texto redactado como instrucción a un abogado del duque, titulado "Memorial de lo que Sevilla [...] ha pretendido, hecho y pedido en Sanlúcar de Barrameda".
68 Al parecer, la fundación de una aduana real en la venta de la Barraca -dotada de las armas reales, puestas en lugar visible-fue desmantelada por algunos ministros ducales que, amparados por una escolta, desalojaron a los almojarifes y quitaron las armas reales.
El duque, por su lado, denunció que los almojarifes enviados por Sevilla habían violado los acuerdos y comenzado a hacer vejaciones para ahuyentar a los comerciantes de Sanlúcar y obligarlos a acudir a otros puertos.
Más grave aún era que, según el duque, pese a que el cometido de los almojarifes sevillanos sólo competía a la salida de mercadurías por mar -que eran las acrecentadas por la cédula de 1566-hubiesen procurado aumentar también los derechos de entraba y los de salida por mar y tierra.
Según él, tal actitud era una provocación injustificada para desatar su ira.
69 Más allá de depurar responsabilidades por lo sucedido, lo sustancial de la misión de Romero perseguía cuatro objetivos: fundar de nuevo la aduana de la Barraca, crear una aduana real en la villa de Sanlúcar, denegar al duque el derecho de hacer franquezas y evitar el cobro de derechos de ondeaje y alcabala en el puerto señorial.
A los dos primeros elementos el duque se opuso, alegando que en todo aquel distrito no podía correr más tabla que la de su aduana por privilegio antiguo.
Con respecto a los fraudes de la Barraca, don Alonso adujo, además, que sus guardas y sobreguardas, dotados para la vigilancia de una barqueta, se bastaban para controlar un daño que, en todo caso, iba contra su tabla de derechos.
Todo ello lo reforzaba con el argumento de que la posesión de la aduana de Sanlúcar era un derecho adquirido por sentencia, "la cual da y pasa a dominio y después de adquirido es de derecho natural y de las gentes".
Con respecto a las franquezas, el duque señalaba que no se le podía obligar a no hacerlas él cuando los almojarifes de Sevilla incurrían en la misma falta.
Además, dado que los almojarifes presentes en la aduana ducal ya vigilaban el pago de lo acrecentado en todo el distrito de Sanlúcar, no había causa para hacer mayores molestias a los vecinos de su villa.
Frente a estos argumentos, las acciones de Romero -que había prendido a ciertos arrendadores de rentas del duque-eran un abuso de su comisión, que en ningún caso le facultaba para tanto.
Por fin, Medina Sidonia argumentaba que el ondeaje era consustancial al almojarifazgo que le pertenecía, por lo que era improcedente el intento de perturbarle en su cobro.
Más aún, denunciaba que para causarle daño Romero había tratado de retirarle el derecho de percibir la alcabala de lo contratado a bordo de los barcos -es decir, sin desembarcar ni ondear-y en el puerto.
70 La causa prosiguió con prendimiento de las justicias de una y otra parte y diversas diligencias, 71 si bien las consecuencias a medio plazo de la visita de Romero se bifurcan en este punto.
Por un lado, el proceso judicial sobre el cobro de los derechos acrecentados siguió su tortuoso curso, jalonado de autos y apelaciones, aunque resulta evidente que hacia fines de 1585 se debió alcanzar algún tipo de acuerdo entre el duque y el cabildo de Sevilla.
Así, estando en grado de apelación ante el Consejo de Castilla, en palabras de Velázquez Gaztelu, "quedaron estos autos dormidos".
72 Por otro lado, respecto a las innovaciones institucionales de Romero, tenemos constancia de que las aduanas regias en Sanlúcar y la Barraca se pusieron en funcionamiento, aunque desde muy pronto quedaron la primera marginada y la segunda abandonada.
En efecto, unos años después, finalizado el primer arrendamiento de los dos almojarifazgos de Sevilla por el propio cabildo -entre 1583 y 1592-, nadie quiso pujar por aquellas rentas en la subasta a la que se procedió.
En consecuencia, la Corona hubo de hacerse cargo de su administración hasta 1595, período en el que, contrariamente a lo que en principio pudiéramos pensar, se aprecia cierta subida del valor de los almojarifazgos.
73 Parte de aquel aprecio de las rentas se debió a la magna visita a todo el comercio andaluz y americano que se encomendó a don Luis Gaitán de Ayala, administrador de los almojarifazgos hispalenses por cuenta del rey y consejero de Hacienda -organismo que se encontraba, a su vez, en pleno proceso de robustecimiento institucional, espoleado por la necesidad de encontrar nuevas fuentes de ingreso-, para tratar de revitalizar dichas rentas.
74 Fuese culpa exclusiva del cabildo sevillano el descrédito de los almo-70 ADMS, 3.987, "Memorial de lo que Sevilla [...]".
74 La fulgurante carrera de Gaitán había comenzado a descollar con el corregimiento de Madrid, que le valió unos inusuales elogios del Consejo de Castilla en 1592.
Estudios históricos y geográficos, 119 (2003) jarifazgos en aquellos años, como sugiere Lorenzo Sanz, o depreciación de una renta consumida en juros, lo cierto es que la comisión de Gaitán tiene un claro designio de advertencia y corrección de abusos y prácticas fraudulentas.
75 Es cierto, asimismo, que las dudas generadas por la limpieza de la administración por cuenta del cabildo databan ya de 1584, cuando el Consejo de Hacienda había rechazado la terna de candidatos propuesta por el concejo hispalense para la elección de juez visitador de los puertos por considerar que eran personas "ocupadas y algunas de ellas interesadas y tener deudos con los del cabildo".
76 Recordemos, además, las denuncias de connivencia entre el cabildo sevillano y el duque de Medina Sidonia expuestas en el memorial de 1585 que analizamos en el apartado anterior.
Sin embargo, hubo dos elementos que hicieron de la visita de Gaitán una fuente inagotable de problemas: la generalidad de su comisión, debida a la gran autoridad que le confería ser al mismo tiempo visitador y administrador de los almojarifazgos; y la circunstancia de que por entonces Felipe II hubiese procedido a introducir una reforma de gran calado en los almojarifazgos de Sevilla, al disponer que en adelante los casos que a estas rentas atañesen serían entendidos por un solo tribunal privativo, el Consejo de Hacienda.
Según denunciaba Gaitán, tal medida había generado un fuerte rencor en las instituciones hispalenses, sobre todo en la Audiencia, cuyos miembros desobedecían abiertamente la real orden al tratar de intervenir en su visita, pese a lo explícito de la orden de inhibición.
77 Según los jueces de la Audiencia, por el contrario, el problema era que Gaitán había hecho de aquella cuestión "punta de honra", llegando a negarse a presentar ante ellos sus poderes.
78 También el estamento eclesiástico se enfrentó al visitador, quien por su parte lamentaba que los religiosos, so color de llevar mercaderías de su producción y, por tanto, exentas, actuaban como comerciantes intermediarios.
79 En tercer lugar, Gaitán se propuso controlar aquellos lugares que disfrutaban de una gran autonomía.
En esta línea, el 11 de enero de 1593 informó al Consejo de Hacienda de su intención de acudir "a reparar los daños que resultan de lo que ha pasado y pasa en Sanlúcar".
79 Una carta de Juan de Salinas al rey -sin fecha-, tratando de una averiguación anterior, acusaba a los vecinos de la villa de Medina Sidonia que cargaban mercancías en Sanlúcar de ser de los que más aprovechaban aquella pretendida exención.
ISSN: 0210-5810 siguió la senda abierta por el licenciado Romero, que ya entonces era papel mojado.
80 Antes de que llegase a Madrid el primer informe de Gaitán sobre lo que sucedía en Sanlúcar, el Consejo de Hacienda ya había recibido un memorial del duque a partir del cual se elevó una consulta al rey sobre la materia.
Medina Sidonia se curaba en salud al advertir de las quiebras y daños que se iban a seguir para los almojarifazgos y otras rentas dependientes de ellos si se aplicaban las tablas que en su día había fijado Romero.
Resaltaba, por el contrario, la conveniencia que había tenido el acuerdo tomado por él mismo con la ciudad de Sevilla, por lo que suplicaba al rey que no se hiciese novedad en la materia.
El duque situaba la cuestión en un plano estrictamente jurisdiccional, al afirmar que sólo perseguía el reconocimiento de la posesión de la aduana heredada de sus antepasados.
En cambio, la consulta del Consejo a partir de tal petición entendía de modo muy diferente la labor del licenciado Romero, que estimaba muy apropiada para el buen cobro de la hacienda real.
Por eso se pronunciaba a favor de que Gaitán restableciese la tabla de Romero, a pesar del concierto que Sevilla hubiera pactado con el duque.
Se oponían igualmente a la sugerencia de Medina Sidonia de buscar un arbitraje, sobre todo si venía de fuera del Consejo de Hacienda, "pues en él se tiene bien entendido lo que esto es y lo que conviene y concuerda hacer en ello".
El rey decidió esperar a las noticias del visitador.
81 El domingo 17 de enero llegó Gaitán a la capital ducal procedente de Lebrija, comenzando inmediatamente su visita, de la que fue dando cumplida cuenta el escribano de su comisión, Hernando de Herrera.
Como primera diligencia llamó a los almojarifes de la ciudad para que le informasen del estado de la renta.
Al día siguiente, visitó la aduana del duque y, a continuación, la regia, de la cual dijo que estaba mal acomodada -en lugar "alto, pequeño y estrecho"-.
De este modo, buscó nueva ubicación, encontrando una casa de su gusto frente al mar, en la playa de la ciudad, con comodidad para que se hiciesen llegar allí las mercaderías para ser despachadas y que, además, estaba cerca de la aduana del duque.
Mandó aderezar la nueva sede con lo necesario, nombrando almojarifes, receptor de guardas y sobreguardas y arraez de barqueta para dicha aduana y su distrito.
El martes acudió a la nueva sede y puso en funcionamiento la aduana, situando a los almojarifes y receptor 80 AGS, CJH, 316, c.
"con su mesa y libros para el despacho.
Y así mismo puso en ella escudos de las armas reales, uno sobre la puerta de la dicha casa y otro en la mesa y asiento de los dichos almojarifes, adonde quedaron despachando los negocios".
A continuación acudió a la venta de la Barraca, donde la aduana regia había sido abandonada.
Visto el lugar, Gaitán estimó oportuno que hubiese en ella aduana, repitiendo los actos de jurisdicción, incluida la fijación de la tabla de derechos.
Cuando ya se estaban despachando las primeras mercaderías, apareció un ministro del duque, Francisco de Gallegos, procurador y vecino de Sanlúcar, quien contradijo lo realizado, lo cual no impidió a Gaitán proseguir su labor.
De vuelta a Sanlúcar, mandó pregonar en tres puntos de la ciudad las aduanas y sus distritos para que los comerciantes se encaminasen a ellas, so pena de descamino.
También proveyó un auto que mandó notificar a los oficiales de la aduana ducal en el cual se prohibía de nuevo hacer cualquier gracia o suelta "de los derechos que legítimamente pudieren y debieren llevarles".
Para vigilar el cumplimiento de esta disposición, Gaitán dijo tener nombrado un almojarife vecino de Jerez -Martín Ochoa de Olárraga-para que asistiese en la aduana del duque y no consintiese que se hiciesen franquezas, so pena de cobrarlas por el rey "con el cuatro tanto" de penalización, según las disposiciones.
82 Por otra parte, Gaitán comprobó que el duque seguía cobrando derechos de ondeaje, por lo que el 22 de enero proveyó un nuevo auto para evitarlo.
Según su relato, no era legal cobrar esta imposición sobre mercancías que total o parcialmente se encaminase a otros lugares distintos de Sanlúcar, en especial si iban a Sevilla o fuera del reino.
Aquella exacción, que Gaitán estimaba muy dañina para el comercio en general, la percibía el duque sumada al almojarifazgo.
83 El mismo día, Gaitán informó personalmente al rey en una carta acerca de que coincidía en lo básico con el informe de su escribano, aunque añadía algunas reflexiones muy jugosas.
La de mayor enjundia es la que se refería al almojarife de Jerez, Ochoa, a quien puso en la aduana ducal para evitar las rebajas en los derechos.
Decía Gaitán que había optado por aquel individuo frente a la oferta que la ciudad de Cádiz le había hecho -que consistía en el envío de un regidor de su cabildo para que ocupase el puesto-porque, si bien la oferta del cabildo gaditano ahorraba el sueldo de Ochoa, la conocida competencia que existía entre Cádiz y Sanlúcar desaconsejaba aceptar "por si se llevaren mal 82 AGS, CJH, 316, c.
Por otra parte, Gaitán lamentó que el teniente del oficio de escribano de sacas -que lo debía ejercer en nombre de Negrete-"ni ha servido, ni sirve, ni ha aparecido" en Sanlúcar, porque ello sería motivo de llevar buena contabilidad en las materias de sacas.
Por eso se debía compeler a Negrete a que pusiera en ejercicio su oficio.
Por lo demás, Gaitán era consciente de que sin la autoridad fuerte de un ministro regio todo lo obrado -tanto en Sanlúcar como en Chipiona, Rota, Lebrija y Cádiz-duraría poco, como demostraba la experiencia, por lo que recomendó al rey que pusiese "alguna persona con jurisdicción" que sustentara lo ejecutado.
Haciendo una reflexión más general sobre lo perjudiciales que resultaban para la Real Hacienda "los lugares francos", Gaitán decía no haber querido espiar -según sus términos-el comercio en Sanlúcar para tomar las mercancías descaminadas por el mucho costo que aquello tendría, prefiriendo consultar a Su Majestad.
84 En efecto, apenas dos meses de funcionamiento bastaron para demostrar la dificultad de la empresa.
En marzo, Gaitán tuvo noticia de que en el almojarifazgo del duque se habían desgajado algunos ramos de cierta importancia -así la madera, jarcias y brea, pescado fresco y salado, frutas secas y carne salada-, de modo que aquellos productos no se despachaban por la vía ordinaria, escapando al control del almojarife regio puesto en la aduana ducal.
Para lograrlo, las partidas desgajadas se habían puesto en arriendo o encabezadas en comerciantes que precisamente se ocupaban del ramo, por lo que el fraude era inevitable.
Para remediarlo, Gaitán dictó un auto que obligaba a que en adelante se llevase la contabilidad de tales ramos del mismo modo que se hacía con el resto de las partidas del almojarifazgo, en libros registro.
Citaba expresamente a todos los ministros ducales para que no cometiesen abusos ni hiciesen gracias.
85 Por su parte, el duque, que no se había cruzado de brazos ante aquellas novedades tan poco convenientes a sus intereses, estaba ante todo preocupado por el nuevo almojarife real en su aduana, sin cuyo concurso no podrían despachar sus propios almojarifes, según había dispuesto Gaitán.
Por eso decidió llevar la negociación al terreno más político que implicaba su apelación directa al rey.
Como resultado, una orden de Felipe II al Consejo de Hacienda comunicaba que el duque le había suplicado que no se innovase en la forma en que sus antepasados habían gozado el almojari-84 AGS, CJH, 316, 22 de enero y 4 de febrero de 1593.
El rey preguntó por la oportunidad del acuerdo en términos de justicia y por la consistencia de la alegación ducal, advirtiendo de que la consulta debía discurrir "con mucho secreto", para que "sin que se entienda que de acá se os ha escrito, os informéis y enteréis de todo y me informéis de ellos [los derechos del duque] en particular y de lo que resultó de las diligencias y autos que en esto hizo el licenciado Romero y el estado en que aquello quedó y el que ahora tiene y podría tener adelante y lo que puede haber importado al duque las sueltas y bajas de derechos que en sus aduanas dicen se han hecho y el perjuicio que de ellos resulta a la renta de mis almojarifazgos y en lo que Cádiz es interesada en ello".
86 En la respuesta del Consejo se informaba de que el duque solicitaba que todas las novedades hechas por Gaitán -como todas las anteriorescesasen.
El Consejo, ante la magnitud del negocio -según reza la consulta, "por ser este negocio de tan grande importancia como es y en que va tanto y que la determinación de él presupone grande deliberación y mucho acuerdo"-se inclinaba por dilatar su respuesta hasta que tuviesen mayor información de lo obrado por Gaitán y de lo alegado por el duque.
87 Pese a ello, el Consejo no obtuvo respuesta regia de ésta ni de otra consulta de 13 de mayo sobre la misma cuestión.
Por eso, en septiembre volvió a consultar al rey, alegando que, pese al silencio, se había vuelto a mirar el asunto de lo "que podría hacerse con el duque", dadas las múltiples instancias que mientras tanto estaba haciendo Medina Sidonia, que habían llevado a que el rey volviese a mandar, por otros conductos institucionales -presumiblemente el Consejo de Castilla-, que se mirase el asunto con celeridad.
En todo caso, el de Hacienda se limitaba a posponer de nuevo la respuesta hasta que el nuevo arrendamiento de los almojarifazgos se efectuase, sugiriendo "que así será bien irlo entreteniendo [al duque] buenamente como pueda hacerse o decirle algo, si sin inconveniente pudiere, por donde entienda que hasta haber arrendado los almojarifazgos no se puede ni ha de tomar resolución en lo que pide".
El rey se conformó, añadiendo que "será bien decirle lo que aquí se apunta y [se] procurará por esta vía que él ayude a lo del arrendamiento y 86 La orden del rey fue despachada al presidente de Hacienda -el licenciado Laguna-por la vía del secretario Gasol.
vos, el licenciado Laguna, se lo dad a entender en la forma que fuere mejor".
88 Desde luego, el celo legalista queda muy reducido en esta respuesta frente a la posibilidad de obtener los fondos que ofrecían, por un lado, un acuerdo con Medina Sidonia y, por otro, la negociación del arrendamiento de los almojarifazgos, negocio en el que se estimaba la ayuda del duque.
Por lo demás, la visita de don Luis Gaitán de Ayala seguía levantando ampollas en todo el entramado del comercio trasatlántico.
El propio Gaitán, que, recordemos, era al mismo tiempo administrador real de los almojarifazgos, advertía al Consejo de Hacienda de los excesos que se hacían en la carga de vino y otras provisiones en los barcos de la Guarda de la Carrera, denunciando que el sobrante -lo que no se consumía en el viaje-se vendía en Indias, defraudando a la Real Hacienda.
Dichas cargas se hacían en el río de Sevilla -es decir, entre Sanlúcar y la capital hispalense-y los implicados eran, según Gaitán, importantes comerciantes, entre ellos el prior y cónsules.
Indicaba que, aunque existía la costumbre de no cobrar derechos en las armadas reales, en la guarda de aquel año bien podría cobrarse, porque su administración la tenía el consulado por el arriendo de la avería.
No obstante, Gaitán advertía de que no había hecho nada para impedir tales abusos porque entendía que ya iba muy "cargada" la armada y por no dilatar su salida.
De todos modos, había dispuesto la vigilancia en barcazas para controlar más cargazones ilegales.
89 Tampoco las galeras de España escaparon a su pesquisa, las cuales resultaron acusadas de fraude, hasta el punto de ser señalada esta actividad como la causa principal de que no se hubiesen podido arrendar los almojarifazgos en 1592.
90 Como hemos visto, al tiempo que avanzaba la pesquisa de Gaitán se estaba negociando el arrendamiento de los almojarifazgos Mayor y de Indias a petición del cabildo de Sevilla, ya desde enero de 1593.
91 Sin embargo, la discusión de las nuevas condiciones fue compleja, incluso en el seno del propio cabildo hispalense.
De este organismo salió una propuesta firme en mayo, según informó el asistente -el conde de Priego-al Consejo de Hacienda.
92 El rey, en carta a Priego, resumía que, tras haber sido "visto y reformado" el gobierno de los almojarifazgos de Sevilla, ahora el cabildo 88 AGS, CJH, 335, c.
91 Solicitud del cabildo al rey para que una de las personas que acudiesen a negociar el arriendo fuese el Asistente de la ciudad, que era buen conocedor de las cosas de su gobierno.
pretendía tomarlos de nuevo en arriendo por el mismo precio que los había tenido antes.
Sin dejar de mostrar su deseo de favorecer a la ciudad, el rey decía que las condiciones que presentaron eran inaceptables, pero dejaba la puerta abierta a la negociación.
93 A este respecto, el Consejo de Hacienda cifraba el aumento exigible en el precio en diez cuentos de maravedíes, si bien este organismo era más flexible en lo tocante al control de los generales de armadas y galeras, pese a lo delicada que resultaba la materia.
94 En este contexto, apenas iniciado el debate sobre el arrendamiento, compareció la ciudad de Cádiz por medio de un memorial -dirigido al rey a través del Consejo de Hacienda-cuyo objetivo era de nuevo denunciar los acuerdos entre el duque de Medina Sidonia y el cabildo hispalense.
Según este texto, con dichos acuerdos se favorecía sobre todo a Sanlúcar, mientras se dañaba el real patrimonio y a la propia ciudad de Cádiz.
Por eso los ediles gaditanos entendían que en aquel arrendamiento se jugaba "la restauración o total ruina de esta ciudad", salvo que el rey mandase que en Sanlúcar se cobrasen por entero los derechos de almojarifazgo y alcabala, como en cualquier puerto regio, evitando los tratos de favor que Medina Sidonia hacía a ciertos comerciantes.
Esta era la causa de que el duque interviniese en el asiento del dicho arrendamiento "so color de decir que Vuestra Majestad se lo ha mandado.
Y, como tiene tanta mano en Sevilla, se teme esta ciudad que se asentarán condiciones útiles a la dicha Sanlúcar y en daño de esta plaza".
Para reforzar sus súplicas, destinadas a que nada de aquello se aceptase, el cabildo gaditano acusaba además a Sanlúcar de ser un lugar por el que salía gran cantidad de plata.
El rey respondió al memorial afirmando que lo tendría en cuenta en su resolución.
95 Sin embargo, tras una larga discusión, se dio de nuevo el arrendamiento de ambos almojarifazgos al cabildo de Sevilla por otros diez años, con un aumento de 18 millones de maravedíes con respecto al arriendo de 1583.
96 Probablemente una intervención de Gaitán, en octubre de 1594, alertando sobre los daños que se iban a derivar a los almojarifazgos si se detenía aquel año la flota en Indias para invernar, figuró entre las causas del repentino desbloqueo de la negociación que trajo consigo la rebaja de las exigencias regias, de modo que en diciembre ya sólo el nombramiento de los jueces delegados parecía obstaculizar el acuerdo.
97 Vista en perspectiva, la comisión de Gaitán tuvo como resultado más inmediato volver a incitar entre ciertos sectores de Sevilla el interés por arrendar los almojarifazgos, incluso a mayor precio, advirtiendo de paso a los interesados del conocimiento que se tenía de sus actividades irregulares.
Ante este panorama, la subida del precio alcanzada en 1595, comparada con la ausencia de pujas de 1592, no era poco logro.
Que, en todo caso, esta segunda administración de los almojarifazgos por el cabildo hispalense resultase un desastre era algo difícil de prever en los orígenes de la visita de Gaitán.
98 En todo caso, los efectos a largo plazo de la misión de Gaitán en Sanlúcar fueron, entre otros, la inclusión en la aduana del duque en Sanlúcar de un factor por cuenta del rey, con nombre de almojarife real, aunque sospechosamente su cargo no generó muchos conflictos.
99 Más sorprendente resulta que, unos años después, un tal Fernando Gaitán de Ayala -acaso hermano de don Luis-estuviese ejerciendo de tesorero de la agencia de Medina Sidonia en Madrid.
El advenimiento de Felipe III se abrió con unas muy buenas perspectivas para la Casa de Medina Sidonia, entre otras razones porque el duque don Alonso había sabido aproximarse a quien se perfilaba como hombre 97 En febrero de 1594, el mismo Gaitán advirtió que la gestión del conde de Priego había retrasado la negociación, al no haber sabido jugar las bazas regias.
98 Y ello pese a que, ya antes del traspaso de la administración de estas rentas al cabildo, habían comenzado las irregularidades.
El propio Gaitán, antes de abandonar Sevilla, denunció los nombramientos de administradores y jueces a que estaba procediendo el cabildo, que elegía a criados de los veinticuatros.
Así, en el reparto de oficios, uno de los más importantes había recaído en el mismísimo duque de Arcos.
99 En 1605, siéndolo aún Martín Ochoa de Ocariz, remitió una carta al secretario Pradera en la que denunciaba que en abril de 1603 Pedro Díaz Picazo, vecino y regidor de Sanlúcar, había comprado en Rota 12 botas de vino de las que no pagó derechos, metiéndolas ocultamente en Sanlúcar, por lo que él las descaminó.
Picazo, desacatando de obra y palabra sus órdenes, había ido a Sevilla donde un tal licenciado Hermida -juez de los almojarifazgos-dio mandamiento para que se inhibiese Ochoa.
De este modo, Picazo había logrado evitar el castigo, por lo que ahora él suplicaba al rey que diese provisión a Hermida para que concluyese rápido y poder pasar a entender él en la causa.
La ocasión era, por tanto, propicia para poner fin a ciertas disputas antiguas y consolidar sus bases de poder, como puso de manifiesto la compra que el duque don Alonso hizo de la escribanía de las cosas vedadas de la ciudad de Sanlúcar y la Barraca por precio de 4.200 ducados a los pocos meses de la muerte de Felipe II, inversión con la que Medina Sidonia reforzó su control sobre su espacio fiscal.
El vendedor del oficio no era otro que el duque de Lerma, quien poseía el oficio por donación real desde hacía pocos meses, y que transformaba así la merced por un lado, en refuerzo de una alianza política y, por otro, en dinero líquido.
101 De este modo, apenas diez años después de que, tras múltiples pleitos, el oficio se hubiera implantado en Sanlúcar -aunque, como denunciara Gaitán, de forma muy tibia-, su compra permitió a Medina Sidonia neutralizar el peligro que hubiera supuesto para sus propias rentas.
Así, el 29 de marzo de 1600 un delegado del duque de Medina Sidonia, el licenciado Jerónimo de Abreu y Soria, tomó posesión quieta y pacífica del cargo, haciendo el gesto ritual de tomar papel y tinta como símbolos de su oficio, cerrando a favor de los Medina Sidonia aquel litigio secular.
102 Mientras, la administración de los almojarifazgos por parte del concejo de Sevilla seguía su curso entre un clamor de protestas.
En 1599, el Consulado de la Universidad de Mercaderes de Sevilla denunció los muchos inconvenientes que aquella administración estaba produciendo en todo el comercio indiano, al tiempo que se postulaba sin disimulo para un próximo arriendo.
Los mercaderes aducían no sólo los muchos servicios que hacían a la Corona, sino su gran interés en comerciar de forma legal para garantizar el suministro a los encomenderos y mercaderes en Indias.
Esta advertencia, en la coyuntura previa al gran desplome en el volumen de las mercancías registradas con destino a Indias, debe ser interpretada como una forma de llamar la atención sobre cuál empezaba a ser la baza más rentable que se presentaba a los cargadores y a sus proveedores europeos, que no era otra que el comercio al margen del sistema, es decir, el comercio directo y el contrabando.
En todo caso, se denunciaba al cabildo hispalense por el excesivo rigor con el que solicitaban las declaraciones juradas a los 101 El título era "escribano de sacas y cosas vedadas, diezmos y aduanas de los puertos de estos reinos y señoríos que hay desde la raya de Portugal [...] y se acaba en la ciudad de Cartagena", de modo que lo que vendía a su consuegro era sólo la parte tocante a Sanlúcar y la Barraca.
La causa oficial de la entrega a Lerma había sido el fallecimiento de Jerónimo Negrete y Juan Saravia de Ramales, últimos poseedores.
cargadores, lo cual estaba produciendo considerables retrasos y que algunos de los más poderosos miembros del Consulado se negasen a cargar.
103 Evidentemente, la opinión del cabildo era otra.
Lamentaban que los del Consulado, "movidos sólo de pasión", se negaran a hacer las declaraciones juradas que eran tan beneficiosas a la Real Hacienda, "pues conocidamente se le encubre tanta cantidad de derechos".
Según el cabildo, el motivo que impulsaba al Consulado a querer tomar el arriendo de los almojarifazgos era el de ocultar lo que cargaban, "pues siendo ellos los que han de adeudar los derechos y cobrarlos no podrá haber quien los castigue y descubra sus fraudes".
Apelaban a la real conciencia para que no consintiese que el Consejo de Hacienda entrase en la plática sobre hacer un nuevo contrato de arriendo porque, además de estar estipulado en las condiciones firmadas en 1595 con el cabildo que no se haría tal cosa hasta finalizado el arriendo, no había razones para ello.
Asimismo vaticinaban que, de arrendarse al Consulado, se cerraría el comercio a quienes no estuviesen integrados en él.
Frente a este peligro, el cabildo afirmaba que había procedido "haciendo franquezas y dando todo buen despacho, con lo cual ha animado a que con más gana traten y las rentas y alcabalas de Vuestra Majestad se aumenten, y disimulando el dicho cumplimiento de dichas condiciones por el servicio e interés de Vuestra Majestad".
Es decir, que habían renunciado a parte de los derechos adquiridos por animar la contratación.
Por último, esbozaba el cabildo el argumento de que siendo el Consulado una congregación, nadie quedaría obligado en caso de quiebras.
104 En nuestra opinión, lo que esto implica son dos formas opuestas de afrontar la supervivencia del comercio americano de Sevilla.
Por un lado, el Consulado proponía evitar la tentación del contrabando, permitiendo un amplio margen de fraude, con la garantía de hacer frente a los pagos acordados con la Corona en el arriendo.
Por otro, el cabildo pugnaba por no ser excluido de la gestión del comercio, blandiendo el argumento de que la inspección fiscal siempre sería más rentable para las arcas del rey.
En ambos casos, el peor escenario previsible era la ausencia de mercaderes en los puertos, lo que ni más ni menos significaba comercio directo.
De todos modos, pese al alegato del cabildo, ante el cúmulo de quejas y las muchas quiebras en el pago de juros, en 1602 se suspendió su arrendamiento de los almojarifazgos.
En su lugar, el capitán Juan González de Guzmán logró convencer al rey, a Lerma y a don Rodrigo Calderón -según él mismo relató más adelante-de la bondad de su oferta para mejorar dichas rentas y alzarse con el arrendamiento, pese a la oposición del Consulado.
105 Parte sustancial de la capacidad de persuasión de González de Guzmán se debió a que pujó un aumento de 95 cuentos y medio del valor de los almojarifazgos.
Sin embargo, como él mismo lamentó, el Consejo de Hacienda primero le negó los prometidos, más tarde no tuvo en cuenta las bajas en el comercio y, por último, permitió cargar sin hacer las declaraciones juradas, lo cual contradecía su contrato con la Corona.
Peor aún, tras haber empezado, pese a todo, a pagar en mayo los juros cargados sobre los almojarifazgos, poco después se publicó el llamado decreto Gauna "con que incontinenti cesó el comercio y cesaron de venir las naos que estaban en Calais y en Alemania".
106 En tales condiciones, al haber dejado González Guzmán de pagar los juros, el Consejo de Hacienda envió dos superintendentes que comenzaron a tomarle cuentas con todo rigor, como si hubiera acabado su administración.
Con tales agravios, González de Guzmán pidió que se le hiciese justicia o se le dejase abandonar el almojarifazgo, solicitando también amparo al duque de Medina Sidonia.
El duque, por su parte, se dirigió al presidente de Hacienda recomendando que se mantuviese a González de Guzmán en su crédito, aunque reconocía en carta a Calderón que la quiebra total era posible.
107 En todo caso, el arriendo no duró mucho y ya a finales de 1603 fueron los superintendentes -Bernabé de Pedroso, del Consejo de Castilla, y Alonso de Espinosa, de Hacienda-quienes tomaron la administración por cuenta regia.
108 En su petición de amparo al duque, González de Guzmán había señalado varios asuntos de gran trascendencia que por entonces estaban centrando las tensiones en torno al comercio americano.
La que aquí más nos incumbe es el espinoso asunto de las declaraciones juradas de lo embarca-105 Consulta del Consejo de Estado sobre las críticas del Consulado a González de Guzmán en AGS, Guerra Antigua, 3.916, 12 de agosto de 1603.
108 No sabemos si González de Guzmán llegó a ser encarcelado, aunque sí que Medina Sidonia medió, sin implicarse en exceso, para evitarle aquel castigo.
Aquella cláusula, apoyada desde el Consejo de Hacienda, era rechazada por la Casa de la Contratación y sobre todo por el Consulado.
Mientras las instituciones comerciales hispalenses seguían defendiendo una forma de pacto de compensaciones mutuas que no excluía sustanciosos beneficios para los mercaderes y cargadores, el Consejo de Hacienda se situó como adalid de la legalidad, enarbolando el estandarte del mayor beneficio fiscal de la Corona y denunciando las prácticas contrarias.
Esta tensión se plasmó en 1604, cuando, estando en Sanlúcar el alcalde Portocarrero -encargado por la Casa de la Contratación del despacho de las flotas-, se encontró con que la flota de Nueva España, lista para emprender viaje, se veía ahora en peligro de no zarpar por los intentos de Bernabé de Pedroso de obligar a hacer relaciones juradas a los cargadores.
Vista la situación y para agilizar la partida de la armada, el Consejo de Hacienda consideró útil suspender excepcionalmente aquella obligación a cambio de que se hiciesen estimaciones someras.
Sin embargo, la publicación del cese de la obligación del juramento produjo un considerable alboroto en Sevilla, Cádiz y Sanlúcar.
La causa, según denunció el Consejo de Hacienda, era que al tener noticia de que no se pedirían declaraciones, la Casa de la Contratación lo publicó por pregón, dando lugar a una avalancha de embarques de última hora, cuyos mayores beneficiados eran "los cargadores de los dichos presidente, jueces y oficiales, y que podría ser que entre otros fraudes intentasen, no contentándose con no dar las dichas relaciones juradas [...] de darlas a tiempo que con seguridad las puedan dar faltas y diminutas de la verdad en cantidad y precios de las mercadurías que cargaren".
Aquello no venía a ser, según el Consejo, sino un episodio más de la continuada y antigua tendencia del comercio sevillano a tratar de defraudar los derechos reales.
109 En estas circunstancias, a fines de 1604, se firmó con Pedro Gómez Reynel un nuevo arriendo de los almojarifazgos sevillanos.
110 También breve y poco exitoso, el arriendo de Reynel parece que venía lastrado desde el principio por las condiciones pactadas.
Una de ellas contemplaba la prohibición de cargar mercancías para Indias fuera de los puertos de Sevilla y Cádiz "y no en otra parte, so pena de perderlas", condición que se espe-109 AGS, CJH, 441, la carta de Portocarrero de 26 de abril de 1604, el resto sin fecha.
110 Gelabert: La bolsa..., pág. 129. raba minase el fraude cometido bajo el amparo de la jurisdicción militar.
Ateniéndose a esta condición, el licenciado Diego de Landeras Velasco, juez de la Audiencia y conservador de los almojarifazgos de Sevilla, denunció en 1605 que por entonces Juan Núñez Correa -que era desde 1603 asentista para la provisión y apresto de la Armada de las Indias-111 pretendiese cargar lo necesario para el despacho de los galeones en Sanlúcar y otros lugares, contando para ello con el amparo del alcalde Martín Fernández Portocarrero -a la sazón juez único de las causas civiles y criminales que tocaban al oficio de Correa, jurisdicción que pretendía ejercer incluso si se trataba de causas contra el asiento de Reynel-.
112 Landeras advertía que, de permitírsele cargar, se producirían gran cantidad de fraudes, ya que el propio Núñez Correa y sus deudos embarcarían mercaderías sin control alguno.
El Consejo opinó que se debía respetar la exclusividad de Sevilla y Cádiz para evitar los abusos que se cometían en los aprestos militares, como "dicen suele suceder".
La consulta iba más allá, al señalar que lo peor no era el fraude, sino que los barcos de guerra dejasen de llevar los bastimentos militares necesarios hacer sitio a las mercaderías.
A tanto llegaba el abuso que, en opinión del Consejo, nadie quería cargar por la vía legal, al no poder competir en Indias por ir muy gravadas las mercancías.
Más concreta era la preocupación de Núñez Correa ante la posibilidad de tener que llevar de nuevo a Sanlúcar las mercancías para el abasto de las flotas que él mismo había comprado en Jerez, dado que sería a su costa.
El Consejo propuso la solución de mandar que se guardase lo dispuesto anteriormente, es decir, que Portocarreo se encargase de dar cédula, señalando qué cosas debían ir en cada barco, mientras las cédulas serían presentadas en Sevilla ante Correa para su aprobación y despacho.
113 A mediados de 1606, Gómez Reynel fue encarcelado, mientras la gestión de los almojarifazgos quedaba en manos de Domingo Zabala -del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda-, especialmente comisionado para ello 114.
En ese contexto de interinidad, en 1607 volvió a denunciarse que en Sanlúcar se cobraban derechos de ondeaje.
El juez entonces remitido -el alcalde Núñez Morquecho-encontró los consabidos problemas e incomodidades en sus averiguaciones en la capital ducal.
Según confesaba en carta al secretario Contreras, "en mi vida tuve comisión de más disgusto [...] porque aunque el duque no entra ni sale en él, como tengo presos a sus criados [...] paso muchas pesadumbres".
Tras las primeras averiguaciones, el Consejo de Hacienda ordenó cobrar del receptor de la aduana del duque la cantidad que hubiera percibido en concepto de ondeaje, al tiempo que se pregonaba en Sanlúcar y Sevilla que no se cobraría más.
En cuanto a las actuaciones contra los criados del duque -para las que Morquecho contó con el asesoramiento del propio Zabala-, se iniciaron contra los receptores de derechos ducales, ya que Bartolomé Juárez -almojarife del duque-logró eludir las comparecencias.
Incluso los receptores ducales lograron huir a Sevilla, donde hicieron "grandes diligencias" en diversas instancias de justicia.
En tales condiciones Núñez Morquecho suplicaba por fraude contra los derechos de la aduana del duque, que dejaba aparte aquellos que en exclusiva competían a la aduana real, como era todo lo tocante al comercio con Indias.
El preámbulo del acuerdo aludía a las discordias constantes que se producían entre los ministros de las aduanas del rey y de Medina Sidonia en Sanlúcar por causas de jurisdicción, ya que unos y otros trataban de llevar las causas a sus aduanas.
Según denunciaba el acuerdo, esto originaba la pérdida de no pocas causas o que se viesen sin el cuidado oportuno, porque los jueces llegaban a composiciones con los acusados en daño de la Hacienda real.
Se advertía asimismo de la importancia que tenía la asistencia de los ministros a las condenaciones, porque si no concurriesen los jueces de una aduana al reparto, quedaba todo el tercio correspondiente para los que sí hubiesen asistido.
El punto esencial, en todo caso, era la fijación del gravamen en los supuestos de entrada y salida de mercancías.
116 Con respecto a lo descaminado en Sevilla, en el condado, en Cádiz o en otras partes tampoco competían a este acuerdo por no deberse allí derechos a la aduana del duque.
Al fin, el texto ordenaba a los almojarifes y oficiales de la aduana real que cumpliesen estos términos, aunque reservaba el derecho regio a alterar las condiciones sin que el duque pudiera apelar al acuerdo.
117 Hay que señalar que entre los motivos inmediatos que facilitaron aquel reparto de competencias en materia de descaminos, figura sin duda el litigio que había enfrentado a las justicias regias con las ducales por la posesión de un oficio sobre el comercio: la alcaldía mayor de sacas.
118 Por su parte, en las circunstancias marcadas por este nuevo acuerdo, el duque don Alonso modificó de forma significativa la orientación de sus aspiraciones.
En 1610, ante la alarma causada por el aumento del contrabando de moneda falsa de vellón introducida en Castilla, Medina Sidonia remitió una consulta al Consejo de Estado -del cual era miembro-proponiendo ciertas reformas para atajar el problema.
Ante todo indicaba que era preciso que la inspección de los buques se hiciese en Sanlúcar, donde recordaba que él ya no cobraba ningún derecho por ese motivo.
De otra forma no tendría remedio, porque en las 12 leguas de despoblado que había en el recorrido del río entre Sanlúcar y Coria los barcos desembarcaban cuanto querían de moneda falsa y mercaderías, sobre todo porque contaban con "valedores" en tierra.
Decía don Alonso que eran "materias en que no se puede hablar, aunque piden harto remedio".
De este modo, visitar los buques antes de que pasasen a Sevilla era la forma de asegurar la persecución de aquel comercio, para lo que el rey podía contar con "el rigor que allí [en Sanlúcar] se tiene en el cumplimiento de las órdenes por estar el duque presente".
La respuesta del Consejo y del rey fue dar competencia al duque para averiguar lo que insinuaba.
119 Desde el punto de vista de Medina Sidonia, este intento parece indicar que, ya que no podía cobrar ciertos derechos, al menos esperaba extender su jurisdicción en la persecución del fraude.
De este modo, aseguraba para sí cierto protagonismo en el área, haciendo pesar la amenaza implícita de que en su mano estaba abrir o cerrar aquella sangría.
En todo caso, en los años siguientes se detecta una menor tensión entre las aduanas regia y ducal, en parte motivada por la coyuntura de relativo crecimiento del comercio con Europa que se había experimentado desde la firma de la Tregua con las Provincias Unidas.
120 Sin embargo, ni estas circunstancias ni el acuerdo de 1609 entre el duque y la Corona pusieron fin a las esporádicas "vejaciones" de las que se lamentaba un corregidor sanluqueño, padecidas sobre todo por extranjeros afincados en la ciudad.
121 En uno de estos roces, en 1616, el licenciado don Juan de Liébana, miembro del Consejo del duque y corregidor de Sanlúcar, expuso pormenorizadamente el tipo de abusos cometidos por los guardas mayores y menores 119 AGS, Estado, 2.640, d.
De nuevo el implicado era un delegado de Jerónimo Guardiola.
En primer lugar, daba a entender que los guardas no presentaban oficialmente su cargo a las autoridades locales, sino que la noticia de su presencia en Bonanza la recibían los ministros del duque a través de las denuncias de los mercaderes extranjeros, que se lamentaban del modo indigno en que eran registrados, afirmando que en la playa "las dichas guardas los desnudan para mirar lo que llevan, causando mucho escándalo".
122 Todo ello, además, contravenía las disposiciones reales dictadas con el fin de promover el buen trato a los extranjeros y suponía, en su opinión, una usurpación de su jurisdicción ordinaria.
123 Sea como fuere, cuando aquellos problemas de competencias tenían cierta enjundia, rápidamente derivaban hacia instancias más altas.
Así, frente a los autos del corregidor señorial los subdelegados del alcalde de sacas pidieron el amparo del Consejo de Hacienda.
124 No obstante, cuanto más alta era la instancia, más fácil era que Medina Sidonia negociase en términos políticos, campo en el que tenía mucho más que ganar.
Por ejemplo, en 1618 Felipe III revocó la autoridad a los delegados del juez de sacas para la fiscalización de los extranjeros, concediéndosela expresamente a Medina Sidonia.
125 De hecho, hasta 1634 no fue recibido por el cabildo de Sanlúcar ningún alcalde de sacas por cuenta del alcalde mayor de este oficio en Sevilla.
Tal vez porque el efecto combinado del acuerdo de 1609 sobre la aduana de Sanlúcar y la rectificación del oficio de juez de sacas de 1618 diese lugar a un cierto equilibrio jurisdiccional, las disputas específicas entre las aduanas regia y ducal disminuyeron aún más de intensidad y calado en las dos décadas siguientes.
Tampoco está de más recordar que en los comienzos del reinado de Felipe IV se aceleró el desplome en los registros de la Casa de la Contratación, que la historiografía relaciona con el aumento paralelo del fraude, dando lugar a un sistema de tolerancia a cam-122 ADMS, 1.022, auto de 25 de enero de 1616.
123 Para ello, como primera providencia, a la espera del dictamen de Hidalgo ordenaba suspender el oficio de los guardas.
125 No hemos encontrado más que una referencia de archivo del siglo XVIII a esta concesión.
bio de donativos y servicios extraordinarios pactados en momentos de apuro, política que aspiraba a volver a atraer mercaderes a Andalucía.
En este sentido, la amplia colaboración que el duque don Manuel Alonso -que reinó entre 1615 y 1636-prestó al régimen de Olivares, sobre todo en la década de 1620, pudo ser el equivalente sanluqueño a los servicios concedidos por el Consulado y el comercio de Sevilla a cambio de un cierto dejar hacer.
Sin embargo, sería inexacto afirmar que el conflicto desapareció en aquellos años.
Por el contrario, lo que hizo fue desplazarse a un plano más general, como es el que suponía la guerra comercial contra los holandeses, reemprendida con decisión por Felipe IV,127 materia que abordamos en otro lugar.
Tras el desastre de Matanzas, sin embargo, y en el contexto de los primeros grandes reveses del reinado, las tensiones por hacer rendir más las fuentes de ingresos volvieron a generalizarse.
Como bien ilustra el llamado "descamino grande de plata" de 1633 -que no salpicó directamente al duque de Medina Sidonia, aunque sí a sus vasallos-, a aquellas alturas nadie se llamaba a engaño sobre la extensión del fraude en todo el entramado comercial del bajo Guadalquivir, Cádiz incluida.
Aquel año se descubrió en una de las flotas de Indias una enorme cantidad de plata embarcada sin registro y cuyos destinatarios últimos eran mercaderes franceses.
Según el licenciado Paz de Cuellar, en una carta a Felipe IV, lo que había causado mayor escándalo en aquel caso era la nacionalidad de los beneficiados, lo cual había impedido practicar la tolerancia de casos anteriores en los que los destinatarios eran súbditos del Rey Católico.
Don Juan de Santaelices -regente de la Audiencia-fue más allá al señalar que en aquel caso estaba implicada la mayor parte del comercio de Sevilla y Sanlúcar.
El regente propuso dos medios para actuar: uno duro, en el que saldrían culpados todos los comerciantes mayores y medianos de ambas ciudades, con gran escándalo y mucha dificultad de cobro por la naturaleza de las haciendas de estos comerciantes, muy protegidas ante cualquier ejecución judicial; por otro lado, el blando, que se basaría en la búsqueda de un acuerdo para que entre los comerciantes se extrajese un gran donativo o, en su defecto, lograr que, a cambio de la amnistía, se hiciesen cargo de la avería.
En todo caso, para dar apariencia de severidad, debía darse un ejemplo público sobre las espaldas de algún implicado de menor fortuna.
128 De todos modos, la extensión de la pesquisa aquel año debía mucho a la disputa entre las diversas jurisdicciones, es decir, al deseo de dañar la jurisdicción del otro.
Así, si la investigación arrancó con las pesquisas ordinarias de un juez de sacas -don Francisco de Vargas-, la presencia en Sevilla de un juez conservador del Consejo de Hacienda -don Luis de Baeza y Mendoza-produjo el deseo de profundizar en la averiguación de lo sucedido, sin que se encontrase el freno habitual que suponía el soborno.
Por su parte, el conde de Peñaflor -presidente de la Casa de la Contratación-, trató de abocar sobre sí toda la causa de la plata venida fuera de registro.
Así, fue el azar de la colisión de tres jurisdicciones -las de Indias, Hacienda y Castilla-lo que destapó el escándalo.
A Sanlúcar fue remitido el licenciado Quiroga, cuyos desvelos por tratar de averiguar las cuentas de los comerciantes de la ciudad fueron infructuosos en su mayor parte.
En la correspondencia con sus superiores, Quiroga acusaba al duque de que, aunque no iba a impedirle seguir sus diligencias, todo aquello le dolía como cosa propia.
129 Pese a la opinión contraria del Consejo Real, ya en septiembre, el rey mostró su intención de componer un perdón general a cambio de 100.000 pesos, del cual sólo excluyó a los oficiales de la Armada que hubiesen resultado culpados.
El alto tribunal entendía que sólo se debía aceptar la composición en materia de fraude -la venida de plata fuera de registro-, pero bajo ningún concepto se debía admitir tal plática en materia de sacas, sobre todo si iba dirigida a enemigos, porque ellos se enriquecían a costa de empobrecer al reino.
Así, aunque se dañase algo el comercio, el Consejo opinaba que se debía aplicar el castigo sobre las causas de sacas con todo rigor, dando por supuesto que los principales culpados serían extranjeros.
130 Al fin, a principios del año siguiente se llegó a una composición con el Consulado por un valor de 200.000 ducados.
131 Pero el torrente del fraude era incontrolable: apenas dos meses después, en marzo de 1634, a la llegada de la flota de Tierra Firme bajo el mando del marqués de Cadereyta, la diferencia del monto de la plata que se declaró en Sevilla -tres millones de pesos-con respecto a lo embarcado en América -ocho millones-dejaba en evidencia la magnitud, extensión y variedad que había alcanzado el fenómeno.
En este caso, el sistema utilizado había sido el desembarco de los metales pre-129 AHN, Consejos, 7.227, f.
131 AGS, CJH, 717, 1-18, 4 de enero de 1634. ciosos en pequeños barcos por toda la costa andaluza antes de la entrada en Sanlúcar, haciendo inútiles todas las prevenciones, guardas y vigilancias.
132 Medina Sidonia, por su parte, no pudo mantenerse al margen, sino que fue también objeto de una acusación muy grave formulada por un consejero de Estado, don Carlos Coloma -con el apoyo del conde de Villahermosa.
Coloma, que llevaba años denunciando la mucha plata que se sacaba por los puertos andaluces, recordó -en una reunión monográfica del Consejo sobre el comercio en Andalucía-que, siendo embajador en Inglaterra, había denunciado la saca de moneda que se producía, según él, sobre todo en Sanlúcar y además "por conveniencia de los mismos a cuyo cargo estaba el defenderla".
Estimaba muy necesario adoptar medidas extraordinarias para afrontar un problema que consideraba esencial y cuya solución no podía pasar sólo por poner personas "de buena vida".
De momento, proponía la formación de una Junta especial para estudiar las medidas.
Frente a aquella opinión, el marqués de Santa Cruz y el conde de Castrillo opinaron que la mejor solución pasaba por procurar quitar incentivos a la carga fuera de registro, lo que implicaba moderar los derechos que se cobraban.
El conde de la Puebla, por su parte, incidió en los problemas diversos que causaban el contrabando y el fraude, extendiendo su acusación a todos los ministros en general que se ocupaban del asunto.
El rey se conformó con Castrillo y la Puebla, lamentando que "no hay justicia ni se hace en estas materias de codicia".
133 En estas circunstancias, estando tan cuestionado el comercio de Sanlúcar, poco pudo oponer el duque a la petición que en 1637 recibió del rey para colaborar con don Bartolomé Morquecho en la composición de un donativo que se debía sacar de Sanlúcar, Sevilla, Jerez y El Puerto de Santa María.
El monto venía prefijado en 800.000 ducados y la causa formal era el consabido alivio de las deudas regias con los hombres de negocios y asentistas.
Nótese que la tasación previa de lo donado transformaba la misión de Morquecho más bien en la ejecución de una derrama forzosa, 134 si bien para su cobro se procedería a la imposición de una sisa sobre el volumen de lo negociado en las aduanas de toda la región.
Morquecho, que obtuvo un 1'25% de imposición en los demás lugares, no logró sacar del duque para cobrar en Sanlúcar más que un 0'5%, por lo que el rey le instó a aumentarlo al menos al 1% que ya había ofrecido Sevilla.
El rey, aunque agradeció al duque que, como dueño de la aduana, hubiese consentido la nueva imposición, no dejó de recordarle que hacer tales actos fiscales era parte de su regalía, de modo que pedir su mediación debía ser entendido sólo como una deferencia para facilitar el logro y no como un derecho.135
En los años de los que se ocupa este trabajo, los Medina Sidonia sostuvieron con notable éxito su empeño por mantener bajo su control un espacio fiscal propio en un área de gran trasiego comercial y, por virtud del cual, Sanlúcar tuvo un cierto peso en la evolución del sistema comercial castellano.
Ahora bien, las peculiaridades que otorgaba a esta ciudad su condición de puerto señorial, hicieron que las tensiones a que se vio sometida y las soluciones que se arbitraron presenten concomitancias y diferencias con los otros agentes implicados.
Buena parte de la capacidad mostrada por los Medina Sidonia en la salvaguarda de sus privilegios se debió a la complejidad de intereses que se concitaban en torno al gran comercio internacional, tanto en Sevilla como en la Corte, de modo que los duques pudieron maniobrar con un amplio margen entre instituciones y personas, incluidos monarcas y validos.
En la primera etapa, los Medina Sidonia defendieron sobre todo judicialmente la prevalencia de su derecho frente a las reformas legislativas que la Corona trataba de imponer para hacer rendir más sus fuentes de ingreso.
En este sentido, lo más significativo de los argumentos ducales es su apuesta por defender un marco jurídico determinado en el que los derechos señoriales no tenían por qué ser marginados por las iniciativas regias.
Sin embargo, la férrea voluntad de la Corona aconsejó acompañar la batalla jurídica con otras formas de ganarse el favor regio, como era la activa participación en la defensa costera, plasmada en la Capitanía General.
Este doble impulso, unido a su autoridad y poder de facto, permitió a los Medina Sidonia conservar sin apenas interferencias externas la gestión de su espacio fiscal hasta los inicios del siglo XVII.
Ahora bien, el desplome del edificio fiscal que la Corona había construido sobre la Carrera de Indias se produjo, a pesar de que la Monarquía se iba adueñando de la exclusividad del concepto de fraude fiscal, pasando así en el terreno doctrinal a situar su regalía por encima de cualquier otra fuente de derecho, incluida la tradición.
Esta situación situaba, a su vez, a los Medina Sidonia en una posición más emparentada con los impulsos que guiaban al Consulado de Sevilla que con los esfuerzos de la Corona por mantener una ficción legal cuyo control se les escapaba.
Así, la aparición hacia 1600 de la cobranza de los mercaderes bretones como principal ingreso de la aduana ducal cabe ser interpretada como la contrapartida que los mercaderes extranjeros pagaban al duque por obtener una protección que pasaba por fiscalizar de modo muy somero sus operaciones.
A cambio, de forma similar a como los comerciantes agrupados en el Consulado compensaban a la Corona por sus conocidas irregularidades, los Medina Sidonia no dejaron de mostrarse solidarios con el nuevo reinado y generosos con los donativos que les fueron pedidos o exigidos durante el valimiento de Olivares.
A la postre, este nivel de acuerdo demostró ser muy vulnerable a las coyunturas políticas cuando en 1641 todo el edificio legitimador construido entorno a la fidelidad a la Monarquía de los Pérez de Guzmán se vino abajo al ser acusado el IX duque, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán, de conspiración contra Felipe IV.
Por tanto, sostenemos que Sanlúcar no fue sólo el antepuerto de Sevilla: la sede de la corte ducal de los Medina Sidonia era una pieza fundamental con la que los reyes castellanos hubieron de contar para que cualquier medida de control fiscal sobre el comercio indiano se aplicase con eficacia.
O, dicho de otro modo, sin la colaboración activa de los Medina Sidonia, Sanlúcar suponía un escollo potencial difícil de superar para las políticas regias.
Visto de este modo, podemos afirmar que los duques mantuvieron una mesura en la defensa de sus intereses que les permitió evitar el conflicto abierto con la Monarquía por esta causa.
Los roces y las disputas -cuya aspereza se percibe casi siempre en el nivel local-no deben ocultar el hecho de que sobre la boca del Guadalquivir existía un margen de control similar al que había en otros puntos de la costa de la Baja Andalucía.
La gran diferencia estribaba en que en Sanlúcar eran los Medina Sidonia quienes decidían quién podía negociar y quién no y con qué grado de tolerancia, cuestión cuyos márgenes siempre resultaron conflictivos. |
Las informaciones hasta ahora conocidas acerca del artífice mercedario fray Cristóbal Caballero se limitan a las someras alu siones de Vargas Ugarte en su Ensayo de diccionario, 1 imposibles de verificar en sus fuentes documentales por no ir acompañadas de las referencias a los textos originales; y a las que por su parte aportó Harth-Terré en un estudio pub1icado varias veces e incluido en su obra Escultores españoles.
2 El acopio de datos en estos dos estudios es muy parco y no siempre fiable; tanto que no per miten conocer la obra profesional realizada por el alarife y ensam blador limeño fray Cristóbal Caballero durante la segunda mitad del siglo XVII en Lima.
Aventuró Harth-Terré la opinión de que el mercedario Caba llero era español de nacimiento, oriundo de Extremadura; y ello sobre la base de una fuente documental leída apresuradamente.
ANTONIO SAN CRISTÓBAL SEBASTIÁN Presentado Fray Cristóbal Caballero mi hermano del dicho Orden de las Mercedes».
4 El tal don Diego Caballero declaró en ese documento reiteradamente que fray Cristóbal era su hermano: y en ningún lugar dice que el mercedario fuera hijo suyo, como ha escrito Harth-Terré.
De sus hijos dice don Diego: «... y durante el dicho matrimonio tuvimos y procreamos por nuestros hijos legítimos a doña María == doña Isabel Caballero, monjas profesas de velo negro en el monasterio de Santa Catalina y a Juan Caba: llero los declaro por todos mis hijos legítimos».
5 Declaraba igual mente él, don Diego, que era «natural de la villa de Zalamea de la Serena en Extremadura hijo legítimo de Cristóbal Caballero y de María Alonso Zenteno difuntos».
Consiguientemente, estos mis mos deberán ser los padres del merce&1rio fray Cristóbal Caballero, su hermano.
Quedaría todavía por aclarar el lugar de nacimiento de Cris tóbal.
Pues bien, he descubierto ]a partida de nacimiento del niño Cristóbal Caballero, inscrita en el libro de Bautismos de ]a parro quia limeña del Sagrario de la Catedral.
Dice así a la letra: «Xris tóbal Caballero.
Jueves veinte <le marzo de mil y se.iscientos treinta y un años yo el doctor Fernando Becerril cura <le esta Santa Igle sia bauticé y puse óleo y crisma a Xristóbal de edad de cuarenta días hijo legítimo de Xristóbal Caballero y de María Alonso su mujer, fueron sus padrinos Alonso de Esquivel y Beatriz Alvarez su mujer testigos Tomás Hernández' y Juan Pérez».
6 Según aparece en esta partida de bautismo, los padres del niño Cristóbal Caba llero son los mismos que los declarados en el testamento de don Diego Caballero, su hermano.
Queda, pues, demostrado que el alarife fray Cristóbal Caballero nació en Lima; si tenía cuarenta días cuando le bautizaron el veinte de marzo, se concluye que nació en la Ciudad de los Reyes del Perú el día 14 <le f ebrcro de 1631.
Es importante tener en cuenta su origen limeño, para interpretar correctamente su obra como alarife y ensamblador de FRAY CRISTÓBAL CABALLERO Y LA MERCED DE LIMA 3 retablos.
Algún historiador de la arquitectura virreinal limeña infirió de los falsos datos de Harth-Terré que fray Cristóbal Ca ballero al embarcar en Sevilla para las Indias debió conocer el arte de Cano y de los Ribas, llevar su estilo a los retablos limeños.
En realidad, fray Cristóbal nació, vivió y murió en Lima, sin haber tenido conocimiento directo de la arquitectura de Sevilla en obra firme y en madera.
Sus trabajos deben, pues, ser enjuiciados en función de la arquitectura limeña del siglo XVII que él conoció y en la que participó activamente.
Para su estudio sobre fray Cristóbal Caballero se basó Harth Terré en las escasas actividades del mercedario por él conocidas: una escultura mencionada por Vargas Ugarte sin indicación de la fuente documental; ciertos datos tomados a la ligera acerca de pagos por la hechura del retablo del altar ma' yor para el monas terio de la Santísima Trinidad, su tarea en el claustro de Santa Catalina también interpretada erróneamente; la reparacic.Sn del retablo de las Once Mil Vírgenes en el monasterio de la Limpia Concepción, además de algunas tasaciones; y también en el in forme acerca de la catedral de Lima publicado por Diego Angulo Iñiguez.
7 Todos estos datos proceden exclusivamente de los legajos de monasterios del Archivo Arzobispal de Lima; pero no aportan ninguna información procedentes del Archivo General de la Na ción en Lima (A.G.N.), que es precisamente donde se conservan los conciertos notariales de las obras realizadas por fray Cristóbal Caballero.
Atribuye Vargas Ugarte al mercedario Caballero la hechura del túmulo puesto en la catedral de Lima para las exequias de la reina madre doña Mariana de Austria.
8 No he logrado veri f icar esta información, ya que ninguno de los <los ejemplares de la obra acerca de estas exequias conservados en la Biblioteca Nacional del Perú guarda el grabado <lel túmulo; y la barroca descripción que de él hace el autor de la obra no permite reconstruir su arquitcc-4 ANTONIO SAN CRISTÓBAL SEBASTIÁN tura.9 Teniendo en cuenta la fecha tar<lía de este grabado, podrá descubrirse en él la evolución que experimentó el estilo de fray Cristóbal desde sus primeras obras y el grabado del monumento para el rey Carlos II.
El grabado para el túmulo viene a ser casi contemporáneo de la portada de la iglesia de La Merced.
Parece ser que en el archivo del convento de La Merced de Lima no se conservan otros documentos referentes a fray Cris tóbal Caballero que las breves y someras referencias que he podido leer en el Libro de Provincia.
Tampoco el historiador mercedario padre Víctor Barriga aporta otras noticias acerca del mercedario Caballero que vivió en ese convento limeño.
La limitación en el uso de las fuentes documentales hasta ahora utilizadas por los historiadores contribuye no sólo a men guar el conocimiento Je los trabajos ejecutados por fray Cristóbal Caballero; sino también y principalmente a opacar ciertas facetas de su actividad como artífice; ya que Harth-Terré le ha catalogado sólo como escultor.
Es justo reconocer que este mercedario dedicó parte de su tiempo a tallar imágenes, como por ejemplo, el bulto de Santa Rosa de Lima que vendió al cabildo metropolitano de Lima para ser colocado en el altar mayor de la catedral, por el precio de 200 pesos con fecha 1 de septiembre de 1694.
10 Ya des de su primera obra que de él tengo documentada, se titula «maes tro de escultor y ensamblador».
Ello acontece en el concierto notarial celebrado con los mayordomos de la cofradía de la Santa Cruz en el convento de Santo Domingo para hacerles unas andas procesionales que debía entregar para el domingo de Ramos si guiente a partir del día 17 de enero de 1657, fecha del concierto, por el precio de 900 pesos de a ocho reales.
11 Consideramos ésta como su primera obra documentada; pues no es posible confrontar con la fuente documental la talla de una imagen en 1650 que le FRAY CRISTÓBAL CABALLERO Y LA MERCED DE LIMA 5 atribuye el padre Vargas Ugarte.
Pues bien, ya desde los inicios de su actividad artística, aun cuando fray Cristóbal tallaba o arre glaba bultos de imágenes para los retnblos que le encomendaban, tal como se observa en los conciertos notariales de obra, destacó principalmente como arquitecto en el ensamblaje de retablos y en la construcción de obra firme, según aparece en los conciertos notariales descubiertos en el Archivo General de la Nación de Lima.
Por un concierto notarial de 5 de junio de 1658, el provincial de La Merced otorgó licencia a fray Cristóbal Caballero «religioso corista y profeso» para que vendiera un esclavo su' yo.
Dice este do cumento que «era hijo del convento Grande de Lima», lo que en el lenguaje religioso significaba que había tomado el hábito y profesado como religioso en ese convento limeño.
12 No, he lo grado averiguar en qué fecha ingresó en el convento de l.,a M. erced; pero debería ser en edad adulta, pues en la fecha de junio de 1658 tenía 27 años de edad y todavía era coristc1, es decir, no se había ordenado de sacerdote.
Muy poco tiempo después de la primera obra documentada, concertó el día 28 de septiembre de 1659 la hechura de un rctab]o por 2.400 pesos para la cofradía de San Lorenzo en la iglesia de su convento de La Merced.
Este concierto es importante porque incluye la licencia del Superior religioso por la que estaba autori zado a ejercer estas actividades artísticas.
En ella leemos este frag� mento: «por cuanto tenemos dado título de maestro de obras de este convento Grande de Lima al Padre fray Cristóbal Caba llero por ser primo en el arte de arquitectura y escultura y tener muchas dependencias de obras pertenecientes al dicho oficio». u Es necesario señalar que ya en este concierto notarial presentó como su fiador a su hermano Diego Caballero.
A diferencia de fray Diego Maroto, que permaneció en acti vidad ininterrumpida como maestro mayor de obras durante toda la segunda mitad del siglo XVII hasta el final de sus días hacia 12 A.G.N., escribano Martín Ochoa, 1657-166:J, pl'otocolo 1.:300, folio 34v.
13 A.G.N., escribano Joseph del Corro, 1660-1661, protocolo 391, sin numera ción de folios. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es enero de 1696, el mercedario fnty Cristóbal Caballero trabajó en la arquitectura con alguna larga interrupción; y sospecho que re tornó a ella después de haber concluido su cargo de comendador en el convento de La Merced del Callao, y apremiado por la urgen cia de tener que emprender las reconstrucciones de las ruinas pro ducidas por el terremoto de 1687.
Causa un cierto desconcierto la curiosa circunstancia de que algunos retablos, que manifiestamente fueron trazados y ejecuta dos por fray Cristóbal, aparezcan en los conciertos notariales como obra de su hermano don Diego.
De los numerosos conciertos celebrados por este don Diego Caballero se deduce que era un próspero hombre de negocios, pues otorgó abundantes cartas de pago, escrituras de obligación, préstamos a terceros, etc. En cierta ocasión contrajo deuda por una elevada cantidad de pesos, e inme diatamente se los transfirió a los religiosos mercedarios que se encontraban en una apurada situación económica.
Pero creo sin ceramente que este don Diego Caballero no ejercitó en verdad el arte de la arquitectura ni fue ensamblador de retablos; a pesar <le existir conciertos notariales de obra en los que aparece él como tal.
Conozco al menos cinco casos debidamente documentados en los que don Diego Caballero firmaba el concierto notarial y asumía todas las obligaciones contractuales; pero en los que ejecutaba la obra el mercedario fray Cristóbal Caballero.
Curiosamente, todos estos conciertos se firmaron por los mismos años.
Acaso, al no contar fray Cristóbal con licencia de sus superiores religiosos, ejercía el oficio de ensamblador algo clandestinamente; aunque se puede suponer que con el asentimiento implícito del comendador del convento.
Cuando posteriormente obtiene la licencia del supe rior para estos menesteres, pudo dedicarse abiertamente al oficio y concertar obras en nombre propio.
Intervino don Diego en la firma del concierto notarial de 30 de abril de 1664 14 para hacer la cubierta de madera en el se gundo claustro del convento de La Merced edificado por el alarife 14 A.G.N.,.escribano Juan FPrnández Algaba, Hi64, protocolo 458, folio �m6v.
El segundo concierto notarial de esta naturaleza atañe a un retablo: don Diego Caballero firmó el día 11 de sep tiembre de 1665 concierto notarial con Juan de Benavides, mayor <lomo de la cofradía de Nuestra Señora de los Remedios en la iglesia del convento de La Merced, para hacer un retablo nuevo sobre otro viejo retirado por el carpintero Pedro de Céspedes, además de otras tareas adjuntas, todo por el precio de 3.600 pesos de a ocho reales.
15 El tercer caso da lugar a que los mayordomos de la cofradía de La Limpia Concepción en la iglesia de San Francisco manifes taran ingenuamente la ficción mantenida entre don Diego y fray Cristóbal.
El ensamblador Asensio <le Salas pretendió encargarse del retablo para esta cofradía, ya concertado con don Diego, y ofreció p, ira ello una apreciable rebaja en el precio total.
Los ma yordomos «veinticuatros» consultaron el problema con don Cons tantino de Vasconcclos, proyectista de la iglesia de San Francisco, y con fray Josefph Pizarro, religioso dominico que había ejercido el oficio de ensamblador antes de ingresar a la orden religiosa.
Con el dictamen favorable de estos peritos, los mayordomos decidieron firmar el concierto final con don Diego Caballero.
Pues bien, el largo concierto notarial firmado el 19 de enero de 1666 por don Diego, en el que incorporan todos los autos del proceso, y los acuerdos de los « vein tin1a tras», 16 con tiene es ta explicación de lo actuado: «y lo tenían concertado (el retablo) puesto y armado en blanco con Diego Caballero hermano del dicho fra• y Cristóbal Caballero que es la persona que lo había de hacer en once mil pesos de a ocho reales sobre el retablo viejo que tiene la cofradía... y se obligaba el dicho Diego Caballero con su persona y bienes sin embargo de ser a cargo y cuidado y disposición del dicho padre fray Cristóbal Caballero la obra <lel dicho retablo».
El cuarto caso documentado viene a ser complemento del retablo anterior.
Consiste en un concierto notarial firmado el 8 de marzo de 1668 entre el mismo Diego Caballero y los diputa-dos de la cofradía de La Concepción en la iglesia de San Francisco para hacer dos retablos pequeños: uno para San Bernardo y el otro para San José, los que se habían de poner en los nichos a los lados del retablo grande de La Concepción, por el precio de 2.300 pesos.
17 Aunque este concierto notarial no menciona para nada el nombre de fray Cristóbal Caballero, creo que no cabe la menor duda de que siendo las mismas las personas concertan tes -• don Diego y los «veinticuatros» de la cofradía de La Con cepción-se repetía de nuevo la misma ficción jurídica antes con fesada para que fray Cristóbal ejecutara la obra, a pesar de no estar en condiciones canónicas para concertarla.
El quinto caso, enteramente similar a los anteriores, ocurrió con fecha 2 de agosto de 1669, en que don Diego firmaba el concierto notarial para hacer el retablo en blanco para la capilla de Nuestra Señora de Gracia en la iglesia del convento de San Agustín; aunque aquí se indica que este retablo se haría «con forme a la traza y modo de la planta que ha dado el padre maestro fray Cristóbal Caballero del Orden de Nuestra Señora de La Merced».
18 A mi modo de entender, se trataba de una ficci6n jurídica inventada para soslayar la dificultad de que, siendo fray Cristóbal Caballero religioso, no podía comprometer bienes propios para garantizar el cumplimiento del concierto notarial o para asegurar los pesos que le adelantaban para ejecutar las obras, según era costumbre en los conciertos notariales de la época; además de que posiblemente en alguna ocasión no contaba con la licencia de sus superiores religiosos para dedicarse a tales menesteres.
El re medio más sencillo consistía en hacer aparecer a su hermano Diego como firmante del concierto, y como responsable de todas las obli gaciones económicas inherentes al mismo; pero siendo fray Cris tóbal quien ejecutaba y había diseñado la traza del retablo con certado.
En otras ocasiones, en que pudo contar con la licencia del padre comendador del convento para hacer retablos, como es el caso del retablo mayor para la iglesia del monasterio de La Santísima Trinidad, fray Cristóbal se limita a presentar a su her mano Diego como fiador y llano pagador exigido por las cláusulas notariales de la época.
Esta relación entre los dos hermanos, Cristóbal y Diego, tiene todas las apariencias de haber sido muy íntima y solidaria, pues los numerosos conciertos notariales otorgados por don Diego Caba llero aparecen firn1ados con su nombre' y apellidos, pero escritos con la caligrafía inconfundible de la firma de fray Cristóbal Caba llero.
Esta curiosa suplantación de firmas se constata patentemente en las firmas del concierto notarial con la abadesa del manaste• rio de La Santísima Trinidad, donde firman los dos hermanos: fray Cristóbal lo hace con nombre y apellido completo en cuanto principal otorgante de la escritura; y don Diego lo hace como su fiador, pero poniendo solamente sus iniciales D. C. Ahora bien, esta inicial del apellido de don Diego es exactamente igual a la de la firma del mercedario.
Si en los documentos firmados por don Diego Caballero se quitara el nombre de Diego y se pusiera en su lugar el de Crist6bal, resultaría la firma auténtica y completa de fray Cristóbal Caballero escrita con la misma letra tan bella y clara, rubricada con los mismos garabatos con que lo hacía habi tualmente el mercedario.
El concierto notarial c�muflado para la ejecución del retablo de Nuestra Señora de Gracia en San Agustín no aporta ningún detalle ni descripción de la obra; solamente menciona el autor de la traza y el precio en que se concertaba, que era de 4.700 pesos, además de entregarle el retablo viejo.
2.-EL MONUMENTO EN HONOR DE CARLOS II
Existe un documento gráfico de extraordinario valor para conocer las tendencias estilísticas prevalecientes hacia mediados del siglo XVII en Lima, así como para evaluar la obra de fray Cris tóbal Caballero.
Se trata del grabado que representa el monumento levantado por la Ciudad de los Reyes del Perú en honor del rey Carlos II, con fecha 17 de octubre de 1666, que aparece clara mente atribuido a nuestro religioso mercedario.
Ha sido publicado por Humberto Rodríguez Camilloni.
19 Constituye este monumento una semejanza de retablo a la que sólo le faltaría para ser tal que le incorporaran la mesa del altar y que colocaran en él las imágenes y el sagrario.
Consta de dos cuerpos de columnas y un cuerpecillo de pilastras coronado con una cupulilla con adornos renacentistas.
Las columnas del segundo cuerpo muestran el pri mer tercio «melcochado» en estrías enrolladas en espiral; y las columnas del primer cuerpo son un perfecto anticipo de las que se tallarían pocos años después en la portada principal de la igle sia del convento de San Francisco de Lima.
Este grabado demues tra que no es necesario acudir a ese enigmático e inexistente Car los Pavía, a quien Vargas Ugarte atribuyó el retablo de La Inmacu lada en la catedral de Lima, para explicar la portada de San Fran cisco, como lo hace Wethey; 20 pues siguiendo el mismo criterio, deberíamos atribuir la paternidad de la portada franciscana a fray Cristóbal Caballero, cosa que no es cierta.
Es cierto que el estilo de las columnas del monumento y del retablo catedralicio concuerdan con las de la portada franciscana.
En cuanto al retablo de La Concepción en la catedral, he descubierto y publicado el concierto notarial firmado por el ensamblador Asensio de Salas para labrarlo; 21 es un retablo de 1654.
Fray Cristóbal Caballero estuvo muy vinculado al ensamblador Asensio de Salas, hasta el punto de que continuó algunas obras dejadas inconclusas por éste a su muerte.
Tiene especial valor la forma volumétrica plasmada en este monumento pues la calle central de los tres cuerpos aparece situada en un plano más adelantada que los intercolumnios laterales del primer cuerpo; y esta calle central conforma una especie de planta rectangular coronada en los dos primeros cuerpos por arcos apo yados sobre los soportes de columnas.
Resalta a primera vista que los arcos frontales más interiores en ambos cuerpos son más pequeños y están colocados a menor altura que los arcos frontales delanteros; lo cual aparece claramente por la menor altura de los soportes más interiores respecto de los soportes del primer plano.
Pudiera pensarse que ello no es n1ás que un efecto de pers pectiva arbitrado por el dibujante del grabado.
Tenemos sin em bargo, suficiente motivo para suponer que este efecto de perspec tiva no fue un recurso del grabador, sino la conformación real y objetiva del monumento dada por el mismo Caballero; de tal manera que el dibujante no hizo otra cosa que representar con fidelidad lo que la obra expresaba.
En efecto, en el concierto nota rial de obra para el retablo de la Santísima Trinidad, el mismo fray Cristóbal Caballero especifica que la caja en la que ha de ponerse el Sagrario también se cubriría con cuatro arcos, de los cuales el interior en la testera había de ser menor que el paralelo de enfrente en la parte delantera.
El arquitecto mercedario obje tivaba la perspectiva volumétrica, no dejándola librada a una im presión subjetiva del contemplador, sino plasmándola mediante una reducción real de la altura de los elementos colocados en el segundo plano; y también reduciendo el tamaño de los mismos.
Si tratamos de explicar qué razones pudo tener fray Cristóbal Caballero para objetivar así el efecto de perspectiva, en lugar de a San Cristóbal Sebastián, A.: El retablo de La Concepción en La Catedral, nú mero 15, Lima, 19B2, págs. 91-108.
Tomo XLVJ/1 ANTONIO SAN CRlSTÓBAL SFHASTIÁN dejar que cada espectaJor lo formase en su propia percepción subjetiva, acaso pueda ello derivarse <le que la formación <lcl efecto Je perspectiva requiere que interceda una cierta <listancin entre d espectador y el objeto contemplado; y que cuando tal distancia no existe, tampoco se puede producir la deformación <le perspec tiva en la visión del objeto.
Puesto que las obras arquitectónicas de fray Cristóbal Caballero sólo se contemplaban desde corta <lis• tancia-, él prefirió plasmar objetivamente el efecto de perspectiva en las mismas, antes que privar de tal efecto a sus contempladores.
En cierta manera, este arquitecto mercedario <liseñnba sus trabajos en perspectiva al modo como los pintores italianos del Renaci miento acentuaron la proyección de la perspectiva en sus cuadros; claro que hay que salvar siempre la distinción que intercede entre un lienzo plano, en el que se representa la perspectiva, y una cons trucción arquitectónica tridimensional que incorpora 1a p�rspccti va objetivamente.
Cada trilogfa de columnas en el monumento n c�1rlos JI expresa igualmente un planteamiento volumétrico, pues L;1 colum na central de mayor altura y grosor que las dos laterales, antecede a estas menores que están más retrasadas..
Este efecto volumétrico aparece también en In portada principal de San Francisco de Lirna, y sabemos que lo usaba Asensio de Salas en sus retablos, como aparece claramente en el de la Limpia Concepción Je la catedral de Lima.
Resalta llamativamente la diferencia de altura en los soportes del primer cuerpo, pues distinguimos allí hasta cuatro niveles de altura en los fustes de las columnas; lo cual a su vez origina la superposición de uno, dos, tres, y hasta cuatro cubos Je entabla mento sobre los respectivos capiteles corintios de las columnas.
Estos trabajos muestran que en la década de 1660 gozaba fray Cristóbal Caballero de reconocido prestigio profesional en la Ciudad de los Reyes del Perú.
El suntuoso púlpito tallado por el ensamblador Diego Agnes para la catedral de Lima, tan ponde rado en el lenguaje barroco del contador Echave y Assú, era objeto de un contencioso redamo entre el autor y el cabildo metropoli tano.
El año de 16 71,n consecuencia de la muerte del ensamblador Asensio de Salas, acaecida en 1669, sobrevino sobre fray Cristó bal Caballero una cierta acumulación de trabajos importantes en arquitectura de obra y de madera.
I-Ic localiza<lo la documentación notarial referente a los retablos para la iglesia del monasterio de Santa Catalina de Sena, la de la portada de la misma iglesia y la del grandioso retablo para el altar mayor del monasterio de la Santísima Trinidad que Hnrth-Terré sólo conocía por algunos re gistros de pago.
Las relaciones profesionales entre el mercedario fray Cristó bal Caballero y el monasterio de Santa Catalina se reforzaban por sus vínculos familiares, pues sus dos sobrinas hijas de don Diego profesaban como monjas de velo negro en el 1nismo monasterio.
Por escritura de 12 de octubre de 1679, la monja Isabel Caballero renunciaba a su legítima en favor de su padre don Diego, reser vando 6.000 pesos a favor de su hermana si se hacía n1onja; pues de lo contrario fundaría una capellanía a favor de su hermano Diego Caballero Castro, que era sacerdote.
23 Aunque según el testamento de don Diego también la otra hern1ana profesó como monja, de todos n1odos doña Isabel fundó la capellanía a favor >.
Cualquiera podría suponer que este fraile mer cedario se entrometía con audaz improvisación en actividades que no eran de su competencia, sorprendiendo la buena fe de unas simples monjas.
Sin embargo, nada más lejos de ello, pues la licencia que le concedió el padre comendador de La Merced para hacer esta obra afirma que «tenemos hecho nombramiento de Maestro mayor de todas las obras <le este dicho Convento al padre predicador fray Cristóbal Caballero religioso profeso y sacerdote de nuestra sagrada Religión atento a la pericia que tiene en su arte».
Asimismo, en la licencia que el mismo comendador de La Merced le otorgaba el día 1 de octubre del mismo año de 1671 para que pudiera hacer el retablo del monasterio de la Santísima Trinidad, le denominaba «Maestro mayor de todas las obras de esta Provincia».
Desde luego, se trataba del título de maestro mayor para uso interno de la Orden Mercedaria; pero no por ello debe infravalorarse la competencia de fray Cristóbal Caballero en los menesteres del arte de la arquitectura.
Debido a ello, llegará a finales del siglo XVII a asumir el cargo oficial de maestro mayor de fábricas reales que por su muerte había dejado vacante el do... minico fray Diego Maroto.
Si bien, no tendría fray Cristóbal a fines de 1671 labor muy comprometida ni transcendente en su convento mercedario, en ca• mbio a finales del siglo XVII inter vino documentalmente en tareas como la de establecer las <<condi ciones» para los reparos de la muralla de Lima cuyo concierto notarial se conserva y se transcribe como Anexo. -�' No debemos olvidar esta «pericia en su arte» que le atribuía su propio superior religioso; ya que el terremoto de 1687 le proporcionaría la gran oportunidad para ejercitarla en la retHnuración de h. iglcsi,; del convento de La Merced <le Lima, donde él vivía.
La portada de la iglesia de Santa Catalina no llevaba colum nas, sino pilastras y traspilastras; pero su construcción resaltaba en gran relieve respecto del muro de fondo al que se anteponía.
El arquitecto mercedario plasmó un volumen desigual para los diversos cuerpos de la portada, pues el plano de los cuerpos su periores quedaba más retrasado que el plano externo del cuerpo inmediatamente inferior; y puesto que las pilastras del segundo cuerpo más retraído que el primero sobresalían de la pared de fondo tres cuartas, los pedestales labrados en piedra de Arica, «que no es salitrosa porque no se coma el ladrillo», sobresaldrían en gran manera del muro de fondo.
Son importantes las palabras de fray Cristóbal Caballero en el mismo concierto: «Con decla ración que al plantar las bases de los pedestales se les han de dar el relieve necesario para que habiendo disminuido hacia adenrro segundo y tercer cuerpo se quede el relieve necesario de la pared para afuera a los algotantes y resaltos de las traspilastras de suerte que por las cañas de las pilastras del segundo cuerpo tenga tres cuartas de relieve antes más que menos».
Además de la conve niente incorporación de la portada con el muro de la pared, se planeaba deliberadamente este desnivel entre los cuerpos <<para que quede seguro de temblores todo bien acondicionado».
Los pedestales actuales de la portada catalina, que sin duda son los que plant6 fray Cristóbal Caballero, muestran todavía el gran re lieve'y volumen otorgado a la obra de esta portada.
El desnivel entre el muro de fondo y los diferentes planos en saliente de la portada se salvaban mediante ese expediente tan limeño de los resaltos de las traspilastras; es decir, mediante los planos quebra dos en escalonamiento descendente hasta el interior, al modo como se observa en la portada lateral de la iglesia <le San Fran�:U A.G.N., escribano Diego Fernández Montano, 1698, pro�ocolo 502, folio 666v. c. isc::o, obra del alarife Manuel de Escobar y posterior a la porta<lc.1 catal ina.
Aún insiste Caballero en otro detalle que aumenta el gran volumen conferido a esta portada: las pilastras del primer cuerpo sobresaldrían lo necesario «para que las impostas del arco princi pal se incluyan como demuestra la traza»; o sea, para que esas impostas quedaran en un plano más retrasado que las pilastras, y pudieran continuarse lateralmente en toda la portada por detrás de los ejes de las pilastras.
La portada de Santa Catalina se ornamentaba con los adornos usuales hacia mediados del siglo XVII; sólo que no estarían talla dos en piedra sino modelados en « barro cocido de ollería», a saber, «todas las tallas de serafines, marioletas, y fruteros y capiteles y ]os santos que se han de poner en la dicha portada que inín declarados en esta escritura así mismo han de ser de barro cocido».
Consta que fray Cristóbal ejecutó puntualmente la portada de las monjas catalinas, pues su precio de 3.200 pesos aparece consignado entre los diversos trabajos a que se refiere la carta de pago del día 4 de 1 mayo de 16 7 3 otorgada por ante el escribano Alonso Martín Palacios.
4.-EL RETABLO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD Y OTROS TRABAJOS
La otra obra importante encomendada en 16 71 a fray Cristó bal Caballero y aceptada contractualmente por él, mediante licencia expresa del comendador del convento de La Merced, fue el gran retablo para el altar mayor de la iglesia del monasterio de monjas cistercienses de la Santísima Trinidad.
En esto, como en otras cosas, fue Harth-Terré quien proporcionó la primera información acerca del mencionado retablo; pero se basaba únicamente en el Libro de Cuentas del síndico del monasterio conservado en el Ar chivo Arzobispal de Lima; esta fuente documental no informa más que acerca de los pagos efectuados a fray Cristóbal Caballero, pero no dice absolutamente nada acerca de la obra arquitectónica http://estudiosamericanos.revistas.csic.es del retablo.
Posteriormente, he descubierto el concierto notarial firmado por la abadesa del monasterio y fray Cristóbal Caballero el día 1 de octubre de 1671; 32 y este documento permite recons truir la historia completa <lel retablo, así como describir su con formación arquitectónica.
Tuvo el retablo de la Santísima Trinidad una historia harto irregular hasta que llegó a ser colocado definitivamente en su lugar; pero parece que alcanzó efímera existencia, porque el terre •moto de 1687 arruinó la iglesia y el convento, y posiblemente des truiría el retablo.
De todos modos, este retablo no duraría más allá del terremoto de 1746.
Concertó la escritura fray Cristóbal con la abadesa del monasterio doña Marcela de Aguilar, previa licencia escrita dada por el padre comendador de La Merced e in serta en el texto del concierto notarial; aunque también aparece antepuesta al mismo concierto en su texto original.
Tratando de este retablo, cuyo concierto no conocía, prefirió Harth-Tcrré cali ficar a Caballero como «maestro escultor»; pero en el texto del concierto registrado ante Tomás de Quesada figura como «maestro arquitecto»; y en verdad, sin dejar de ser lo primero, se ejercitó en este retablo cumplidamente como artífice de arquitectura en madera.
En el mismo concierto se establecían los plazos para la eje cución del retablo: el día 20 de agosto estaría colocado el primer cuerpo en blanco; el segundo cuerpo a los seis meses siguientes; y el tercero y lo res tan te en otros seis meses; finalizándose el día 20 de agosto de 1673, festividad de San Bernardo, fundador de la Orden Cisterciense.
No por culpa de fray Cristóbal Caballero, sino por incumplimiento en los pagos por parte del monasterio, se retras6 todavía otros tres años la terminación del retablo y su colocación.
Las cartas de pago otorgadas por fray Cristóbal Caba llero se sucedieron desbordando ampliamente los plazos señalados en el concierto: el 6 de diciembre de 16 71 otorgó carta de pago a cuenta del retablo 33 por 4.300 pesos.
34 El 11 de mayo de 1674 otorgó nueva carta de pago consolidando el valor de los materiales reci bidos y de los pagos adelantados en 1a cantidad global de 1 O.500 pesos «por el entero de los dos cuerpos del retablo»; 35 y el mismo día adjunta seguidamente otra carta de pago por 1.127 pesos «por cuenta de tres mil y quinientos que el dicho monasterio le resta. debiendo para el entero del tercer cuerpo del retablo».
36 Y toda vía en marzo de 16 7 6 seguía reclamando fray Cristóbal Caba1lero que le pagaran el resto de la deuda y afirmaba que «con todo proseguí en la obra hasta ponerla de dos cuerpos y porque habien do acabado el tercero no se me ha dado el resto que son dos n1il y cuatrocientos pesos he suspendido el ponerlo hasta que e. sté satisfecho y porque ha más tiempo de dos años que le tengo acabado y con el tiempo puede tener menos valor... ».
37 Por fin llegaron a un acuerdo honorable para el pago de la deuda pen diente y se pudo colocar el retablo, aunque con un retraso notable con relación a los plazos establecidos en el concierto de obra.
De la lectura del concierto notarial se desprende que Asen sio de Salas apenas había ejecutado antes de su muerte otra cosa que «el sagrario, bancos, columnas y tarjas sueltas»; todo lo cual le entregaron a Caballero como parte del pago total de la obra.
Pero, al asumirlo, el arquitecto mercedario rehizo completamente la planta y traza inicial; hasta el punto de que el retablo resultó siendo obra suya en cuanto al diseño y ejecución, exceptuando sólo ese Sagrario labrado por Salas.
Las prolijas y abundantes «condiciones» concertadas por Caballero atestiguan que no se limi tó a terminar una obra planeada y comenzada por otro ensam blador, aunque éste fuera del prestigio de Asensio de Salas, como ha sostenido el arquitecto-historiador Harth-Terré.
Comenzó fray Cristóbal Caballero por acomodar la propor ción de los tres cuerpos del retablo, pues el segundo en la trazt1 de Salas resultaba desproporcionado en relación a los otros dos:
«de segundo cuerpo el cual ha de crecer respecto del todo, porque el que está hace poca consonancia a la máquina del todo adem, is de estar alto y disminuirla>>.
El remedio para agrandar el segundo cuerpo consistió en rebajar tres gradas del pavimento, para que este espacio lo ganara en altura el retablo, especialmente en el segundo cuerpo.
El maestro Asensio de Salas acostumbraba en sus trabajos formar bloques de a tres columnas en cada uno; una de ellas principal y a los dos lados otras dos más pequeñas y re-+ trasadas; pero en este retablo había reducido las columnas late rales de los bloques a sólo cuartos de columna adheridos a los lados de la gran traspilastra de la columna principal.
Buscaba así la apariencia efectista, pero reduciendo el costo en madera y trabajo: ya que no tallaba el fuste completo de las columnas laterales.
Por el contrario, Caballero prefirió la autenticidad de poner colum nas laterales enteras en el primero y segundo cuerpo; aunque para ello debió <le modificar la traspilastra de la columna principal.
Modificó igualmente la conformación ornamental de las calles la terales del retablo en el primer cuerpo, en la parte superior de los nichos: «y acompañar los segundos cuerpecillos que rompen la cornisa principal del primer cuerpo y esos tnblerillos se amino ren y lleven frontispicios como lo es el del medio».
Para interpretar posteriormente la portada de La Merced, nos importa ahora en gran manera destacar algunas aportaciones esti lísticas peculiares de fray Cristóbal Caballero en este retablo cis terciense.
Para alojar la gran pieza del Sagrario dejada por Asen sio de Salas formó en el primer cuerpo una especie de baldaquino o cobertura coronada por una bovedilla «vaída ovalada»: la que sustentaba en cuatro arcos.
Pues bien, en este retablo reiteró fray Cristóbal Caballero el mismo efecto de objetivar la perspec tiva, ya aplicado anteriormente en el monumento a Carlos II: «y el arco de la espalda ha de ser menor que el de afuera para que vaya siempre manifiesto a la vista los lados y lo cubierto que va sobre los cuatro arcos dos pequeños a los lados y uno en la testera menor que el de fuera».
Añade en el entablamiento del Sagrario una especie de abra zaderas superpuestas que él denomina «cortezas»: «que abracen el alquitrabe y miembros de la cornisa y en ellas las mensulillas que hoy tienen y lo mismo en los del segundo cuerpo».
Y lo rei tera más adelante: <<ltem es condición que los bancos del Sagrario se han de enriquecer con algunas cortezas que nbracen las molJu.. ras así de los pedestales como de los recuadros».
Este detalle tan original de Caballero tiene especial significación, con10 se verá al analizar la portada de La Merced.
En el tercer cuerpo del monumento a Carlos II no colocaba columnas, sino pilastras adornadas con «fruteros».
Para este reta blo de la Santísima Trinidad varía la ornamentación; pues añade lo siguiente: «Item condición que en las pilastras del tercer cuer po a donde están las frutas se han de poner unas mensulillas o cargadores que sustenten la arquitectura de arriba».
Este detalle es de gran importancia, porque demuestra que desde antes de la portada lateral de la iglesia de San Francisco, se empleaban en la arquitectura limeña las pilastras con modillones en lo alto a modo del capitel; que constituyen un elemento arquitectónico específico de la escuela barroca limeña.
Finalmente, propone adornar las jambas de los nichos de las calles laterales con unas molduras talladas del siguiente modo: « Y los muros de los lados de los nichos por encima se han de guarnecer con recuadrillos de molduras talladas o tarjillas largas y angostas».
Otras modificaciones propuestas por Caballero confieren al retablo una estructura y apariencia muy distinta de la que inicial mente señalaba Asensio de Salas.
No se trataba, pues, sin1plemente de terminar una obra inconclusa; sino de ensamblar una planta y traza diseñadas por fray Cristóbal Caballero en sustitución de las de Asensio de Salas.
Todas estas obras habían consolidado el prestigio profesional de este ensamblador y alarife mercedario; y naturalmente le ga naron nuevos encargos.
Con fecha 18 de agosto <le 1674 otorgaba carta de pago por valor de 1.500 pesos de a ocho reales corres� pondiente a la hechura del arco en la calle de Mercaderes para recibir al nuevo virrey conde de Castellar, según el encargo que 1'01110 XLJIJIJ le había hecho el Tribunal del Consulado.
38 Lamentablemente, no se conocen detalles de esta obra.
Mayor importancia reviste, tanto por las dimensiones como por su precio, el retablo concertado con los señores curas de la iglesia del Sagrario en la metropolitana de Lima, para hacer el retablo del altar mayor.
39 No se incluyen en el concierto notarial otros detalles del retablo que sus dimensiones que, a la letra, dicen lo siguiente: « Veinte y dos varas de largo (acaso deba decir de alto) y de ancho doce más o menos»; pues para lo demás se remite a la planta y traza presentada por fray Cris tóbal Caballero.
Cada uno de los tres cuerpos se entallaría en e1 plazo de ocho meses; a no ser que le entregaran todo el precio, en cuyo caso lo terminaría en un año.
Firmó este concierto notarial previa licencia dada por el padre comendador del convento de La Merced, en la que se denomina a Caballero como «maestro mayor de obras de nuestro convento».
Para esta fecha de 1681, ese título sería pura denominación sin efectividad; pues sin duda se vio obligado nuestro alarife a reparar los daños sufridos en la iglesia y convento mercedario por el fuerte temblor de tierra de 1678.
Además de comprometer para hacer el retablo sus bienes, entre ellos «una casa y todos sus esclavos», presenta como fia dores del dinero recibido y del cumplimiento del concierto a Mi guel de Garay, que era alarife con título de capitán, y a su her mano don Diego Caballero.
Al final de esta escritura estampó esta vez su firma completa el fiador don Diego; y se observa en ella con toda claridad que está escrita con la misma caligrafía y rúbrica que la de fray Cristóbal, pues ambas firmas están anota das a escasa distancia una de la otra.
Poco tiempo después de concertar el retablo para 1n iglesia del Sagrario de la catedra], se ejecutaron en el convento de La Mer- ced donde vivía Caballero las obras del nuevo noviciado y unas celdas del mismo;'y consta documentalmente que para ellas ejer citó fray Cristóbal Caballero su oficio de «maestro mayor de obras de nuestro convento>>.
En efecto, con fecha 6 de junio de 1679 firmaron los padres provincial y comendador de La Merced el concierto de obra con el maestro de albañil Francisco Javier Do míngucz.
40 Se incluye como Anexo documental.
Ciertamente, este concierto no contiene detalles de la arqui tectura del nuevo noviciado mercedario, ya que tales obras se ha brían de realizar «en la forma y según que se contiene en la planta y modelo que está hecho en un papel y firmado de todos los otor gantes y de mí el presente escribano sin exceder de él en cos� alguna».
Ahora bien, el concierto señala implícitamente que el autor de la tal planta y modelo habría sido fray Cristóbal Caba llero; pues también actuaba como director técnico de los trabajos, ya que el maestro Domínguez quedaba obligado a hacer la obra «bien y cumplidamente y a satisfacción del padre fray Cristóbal Caballero religioso del mÍsmo Orden».
Una fórmula similar a esta aparecía frecuentemente en los conciertos notariales de obra cuya planta y dirección habían corrido a cargo del dominico fray Diego Maroto.
Por ello, no interesa ahora esta edificación en sí misma, cuanto el hecho de que fray Cristóbal Caballero planeaba y dirigía todas las obras que por aquellos años se ejecutaban en el convento de La Merced de Lima.
Nada autoriza, pues, a suponer que e.n otros casos de mayor necesidad dejarían los mercedarios de utilizar la pericia de fray Cristóbal como maestro mayor de obras, sobre todo si las tareas eran grandes y los recursos económicos estaban escasos; y tampoco cabe suponer que fray Cristóbal, religioso que vivía en el mismo convento, dejaría de acudir prestamente como buen religioso en ayuda de• su comunidad y convento.
Otra situacion similar y conjunta con ella se produjo al mes siguiente de celebrado el anterior concierto notarial de obra, al acumularse otro nuevo concierto por el cual, con fecha 18 de julio de 16 7 9, el mismo maestro albañil Francisco Javier Domínguez se comprometía a levantar fa planta alta del segun<lo claustro mercedario iniciado en 1662 por el alarife Manuel de Escobar.
41 A partir de rnediados del año de 1685, las actividades arqui tectónicas de fray Cristóbal Caballero quedarían interrumpidas por un período no inferior a tres años.
En el capítulo provincial de la Orden de La Merced iniciado el 21 de mayo de 1685 fue elegido comendador del convento de La Merced del puerto del Callao;42 cargo en el que estaba obligado a permanecer hasta mayo de 1688.
Es cierto que el 25 de mayo de 1688 otorgaba carta de pago por 3.125 pesos al capitán don Agustín de Castro, mayordomo de la cofradía del Santísimo Sacramento en la metro politana de Lima por la hechura de un tabernáculo grande en la capilla del Sagrario del altar mayor y por cuatro hacheros que hizo; 4 J pero no podemos determinar si se trataba de cobrar una deuda atrasada; o si se trataba de un encargo nuevo ejecutado durante el tiempo de su permanencia en el cargo de comendador del Callao.
Desde luego, este cargo de comendador en el puerto del Callao le inhibía de otras ocupaciones, como era la de ad1ni nistrador de la hacienda denominada de Surquillo, propiedad del convento de La Merced de Lima; motivo por el cual tuvo que arrendarla al alférez Cristóbal García de Paredes con la licencia de sus superiores.
44 Al término de su «encomienda» en el convento de La Mer ced del Callao, se reintegró al convento grande de San Miguel de Lim�.
45 Anteriormente, con fecha 24 de noviembre de 1684, le con firieron el grado acadén1ico de Presentado, según patente firmada en Madrid por el padre general de la Orden de La Merced a 30 de mayo de 1684, y ratificado en Lima por acuerdo del virrey duque de b Palata el día 11 de julio de 1689.
5.-LAS •cuBIERTAS DEL CLAUSTRO DE SANTA CATALINA
La participación de fray Cristóbal Caballero en la recons trucción del claustro del monasterio de Santa Catalina después del terremoto de 1678 es otro de los temas deformados por una in formación incon1pleta y mal leída.
Había visto Harth-Terré algunos papeles en los legajos del monasterio de Santa Catalina conserva dos en el Archivo Arzobispal; y sin hacer un estudio completo de ellos, y también sin conocer la historia de la edificación de este claustro catalina, escribió_ a la ligera estas palabras: «fray Cris tóbal Caballero, en el año de 16 7 8, tuvo a su cargo la ejecución del claustro principal del monasterio de Santa Catalina de Sena en esta ciudad».
47 A partir de esta información, y sin consultar los documentos, otros historiadores han proseguido considerando a fray Cristóbal Caballero como constructor del claustro de las dominicas catalinas.
48 En realidad, el claustro existía desde mediados del siglo XVII, cuando lo construyó el maestro Juan de Mansilla, según consta por la documentación que he descubierto en el Archivo General de la Nación de Lima.
Este claustro tenía cubiertas de bóvedas de arista en sus corredores, labradas con cal y ladrillo, pero resul ta que estas bóvedas se hundieron en el terremoto de 16 7 8; no así los pilares y l_ as arquerías, salvo dos o tres que tuvieron que! 45 Archivo del convento de La Merced, Lihro de Proviricia. folios 55r., 93r.
Antes de proceder a la reconstrucción de las cubiertas del claustro, fue necesario ejecutar algunos pequeños reparos en las arquerías y pilares levantados por Juan de Mansilla.
Entre los tra bajos ejecutados por Escobar y Cevallos aparecen algunos reparos de albañilería en el claustro principal.
El Libro de Cuentas anota esta salida: el 21 de febrero de 1679, después de haber pagado a Cevallos y Escobar 1.000 pesos, «a cuenta de las obras que están haciendo en el dicho monasterio», añade el contador: «luego incontinente se sacaron 200 pesos que se entregaron al dicho Manuel de Cevallos para que con ellos haga y costee dos arcos en el claustro principal del dicho convento».
49 Pero es mucho más explícita la liquidación de todos los trabajos archivados en el legajo 6 del monasterio del mismo Archivo Arzobispal, en la que se incluye lo siguiente: « Y así mismo se aderezaron todos los basamentos de los pilares del claustro capiteles y cornisas con la drillo cortado y se enlucieron los cuatro ángulos del dicho claustro y se blanquearon con dos capas y se sacaron las enjutas de las formas de cal y ladrillo hasta coronar con ellas' y se hicieron dos arcos nuevos y se aderezó lo maltratado de los demás y se asentaron los ladrillos cortados y raspados que se arriman a las paredes de dichos ángulos y se pusieron todos los azulejos que faltan que importa este reparo seiscientos pesos».
Queda así ple namente demostrado que antes de 1678 existía el claustro princi pal de Santa Catalina, en el que los alarifes Manuel de Escobar y Manuel de Cevallos ejecutaron algunos reparos externos, además de reedificar dos arcos arruinados en ese terremoto.
No hay docu mentación alguna que demuestre que, fuera de tales reparos y de retirar los escombros de las bóvedas de arista derruidas y de volver a solar el piso de los corredores, Escobar, Cevallos o cualquier otro alarife ha' yan ejecutado los pilares y arquerías del claustro como si en el lugar no existiera antes ningún claustro anterior.
El tercer proyecto presentado por Manuel de Escobar con sistió en volver a poner nuevas cubiertas en el antiguo claustro catalina.
Como tarea preliminar para esta restauración, se aca baron de derribar todas las bóvedas de arista levantadas por Juan de Mansilla.
Así se menciona en los documentos citados del Ar chivo Arzobispal de Lima.
Debe quedar bien claro que los pila res y arcos levantados pqr Juan Mansilla no necesitaron de otros reparos que los ejecutados por Escobar y Cevallos.
Ninguno de estos, ni tampoco fray Cristóbal Caballero tuvo necesidad de vol ver a construir los pilares y arquerías de este claustro principal.
Fonnuló también Manuel de Escobar tres alternativas para el proyecto de las nuevas cubiertas del claustro.
Dos de las pro puestas presentaban cubiertas planas de madera.
Una de ellas con cuartones sobre canes «con su tocadura y los cuartones de la mis ma suerte»; y la otra propuesta sólo incluía simples cuartones cargados sobre las arquerías y las paredes del perímetro externo; y ambas llevarían un solado de ladrillo por encima, como las antiguas bóvedas de Juan de Mansilla.
La otra tercera propuesta m� rece especial consideración por su originalidad.
La podemos des componer en dos estratos: uno superior de cuartones y tablas para soportar el mismo solado de ladrillo;'y otro debajo de aquél, formado por unas bóvedas de arista similares a las desbaratadas, pero construidas «de cerchones de madera de roble y yeso de Pisco», pues así lo da a entender la Memoria cuando dice «y vol verlo a poner al parecer como lo que se ha derribado».
Prevalecieron en Santa Catalina los apremios económicos par� sufragar tantos reparos como se acumularon al mismo tiempo; y por ello las monjas catalinas optaron por la solución m�ís económica de hacer las techumbres planas y sencillas <<como los demás claustros».
La ejecución de este tercer proyecto estuvo a cargo del mercedario Caballero.
Estas cubiertas planas se habían de colocar en los cuatro ángulos del claustro, no solamente en uno de ellps; pues la Memoria de Escobar alude a todo el claustro, y también a sus cuatro ángulos.
Ninguno de los documentos de archivo autoriza a limitar los trabajos de fray Cristóbal Caballero a uno sólo de los ángulos del claustro catalina.
No he encontrado el concierto notarial para hacer esta obra de las cubiertas, pues tal vez lo pasaron ante Tomás de Paredes, de quien no se conserva ningün protocolo en el Archivo General de la Nación.
Pero el precio cobrado por Caballero corresponde a las cubiertas de los cuatro ángulos, según el presupuesto elaborado por Manuel de Escobar en su Memoria para la alternativa más barata.
Corren en el Libro de Cuentas del Monasterio las salidas o pagos a fray Cristóbal Caballero desde el 18 de noviembre de 16 7 8 hasta el 15 de octubre de 1680.
50 La última salida dice a la letra: «... y se sacaron 315 patacones los cuales se entregaron a Fray Cristóbal y con ellos se le acabaron de pagar los seis mil y quinientos pesos en que se concertó la obra del claustro».
Nótese que todavía cobró Caballero otros quinientos pesos más del presupuesto inicial pre sentado por Manuel de Escobar.
No se improvisaba fray Cristóbal Caballero con el tr, tbajo de Santa Catalina de cubrir claustros con techumbres de madera.
He encontrado el concierto notarial de 30 de abril de 1664 51 por el cual don Diego Caballero, su hermano, concertaba las obras de las cubiertas de madera para el segundo claustro del mismo convento de La Merced, terminado en su primera planta por Manuel de Escobar en 1662.
La obra del segundo claustro mercedario la concertaba don Diego, pero la ejecutó fray Cristóbal Caballero,
según la ficción jurídica empleada en otras oportunidades por los dos hermanos Caballero.
Fray Cristóbal era religioso mercedario y por su profesión no podía hacer conciertos notariales de obra sin autorización de sus superiores religiosos.
Hay que notar que las obras del claustro de La 1'• 1erced las pagaba el obispo de Tru jillo don fray Juan de la Calle y I-Ieredia, no el convento de La Merced.
6.-LA PORTADA PRINCIPAL DE LA MERCED El historiador mercedario padre Víctor Barriga confiesa en su libro sobre el templo de La Merced de Lima que puso especial empeño por buscar en el Archivo General de la Nación de Lima el concierto notarial para hacer la portada principal de la iglesia; pero sólo logró encontrar el concierto notarial por el que el maes tro cantero se obligaba a cortar las piedras de la portada en la cantera; tiene fecha de 11 • de julio de 1697. � 2 Este concierto con el cantero es smnamente sobrio en detalles, pues ni siquiera con tiene la Memoria de las piedras que se debían cortar, según aparece en el concierto para cortar las piedras de la portada del convento de San Agustín que he encontrado en el Archivo General de la Nación; y tampoco menciona el nombre del alarife o maestro a cuyo cargo había de estar la portada.
Los trabajos para la portada mercedaria se habían iniciado, al menos, desde principios del año de 1697.
Con fecha 17 de enero de ese año se concertó el padre fray Luis Galindo de San Ramón con un arriero llamado Francisco Pérez de Guzmán, para el acarreo de las piedras desde la cantera de Virco en el pueblo de Huaman tanga, hasta el convento de La Merced de Lima.
53 Podemos suponer que según este coqcierto notarial, las piedras se habrían de cortar según las n1edidas de cada parte de la portada mercedaria; pues ésta era la norma con que se habían trabajado otras portadas lime ñas, como la principal de la catedral,'y también la que se siguió para
ANTONIO SAN CRISTÓBAL SEBASTIÁN la portada de San Agustín.
Pero el concierto notarial con Francisco Pérez de Guzmán sólo menciona dos tipos de piedras: los tablones y los sillares, sin especificar sus medidas propias.
Este concierto de enero de 1697 incluye la licencia otorgada al padre fray Luis Galindo por su superior religioso.
Al señalar que tenía a su cargo toda la obra de las portadas mercedarias, le estaba nombrando obrero mayor, o sea administrador económico de las obras.
No debe confundirse este cargo con el de maestro mayor, que era el alarife o arquitecto propiamente dicho; y era el cargo que asignaron anteriormente a fray Cristóbal Caballero, y que sin duda continuaría ejerciendo para la restauración de La Merced.
Por estos mismos años, fray Cristóbal Caballero sucedió a fray Diego Maroto como maestro mayor de fábricas reales, o sea como arquitecto oficial del virreinato.
Es muy raro que al histo► riador mercedario padre V. Barriga no se le ocurriera que el arqui tecto y diseñador de la portada principal de la iglesia de La Merced de Lima pudiera residir en el mismo convento cuando se estaba construyendo la tal portada; y que pudiera ser un religioso mercedario.
Si nos atenemos a la duración de los cargos de gobierno en la Orden de La Merced, todavía no le sorprendió a fray Cristóbal Caballero el terrible terremoto de 1687 residiendo de nuevo en el convento grande de San Miguel de Lima, pero se reincorporó a él poco después.
Los años subsiguientes al terremoto no fueron pro picios para concertar encargo de retablos, sino sólo para reedifi car los edificios derruidos o dañados en ese temblor.
En la iglesia de La Merced de Lima se hundieron las bóvedas vaídas de cru cería levantadas con cal y ladrillo.
Ahora bien, si en los conciertos notariales de 16 71 y de 1681 aparecía fray Cristóbal Caballero ejerciendo el cargo de maestro mayor de obras de su convento y provincia, ahora se presentaba una ocasión mucho más urgente para ejercer ese mismo cargo en una amplitud no sospechada inicial mente, y ante unas urgencias económicas apremiantes que obligaban a au tofinanciar las obras para aprovechar mejor los escasos re cursos disponibles.
¿Necesitarían acaso los religiosos mercedarios buscar un maestro de obras extraño para dirigir las reedificaciones
del convento e iglesia, teniendo en casa una persona de toda con1petencia y experiencia, como lo era fray Cristóbal Caballero.
A pesar del silencio de los historiadores del arte, sabemos q ue fray Cristóbal Caballero estaba suficientemente capacitado para dirigir la reconstrucción de La Merced después del terremoto de 1687.
Si tras la muerte de fray Diego Maroto, la ciudad de Lima le encomendó el cargo de maestro mayor de fábricas reales, ello se debía no tanto a las labores que pudo haber desempeñado anteriormente, cuanto a las tareas actuales q ue asumiría en su propio convento después de octubre de 1687.
Sabemos también q ue fray Cristóbal Caballero ejerci6 este oficio interviniendo en obras importantes.
No fue sólo el famoso Informe acerca de la catedral publicado por Diego Angulo Iñiguez; 54 o también la noticia de que fray Cristóbal Caballero asesoró al gobernador La g únez como maestro mayor de fábricas reales en el reconocimiento de los socavones subterráneos en las minas de Huancavelica, pu blicado por Lohmann Villena; 55 sino también las <<condiciones» preparadas para la tasación y adjudicación de los re p aros de la muralla de Lima, preparadas en unión del ayudante de ingeniero Pedro de Asencio, en lo que demuestra a cabalidad dominar las técnicas y recursos del oficio de arquitecto • y de constructor: se inclu' yen estas condiciones como Anexo según el concierto notarial firmado el 16 de j ulio de 1698.
56 Se conoce también la intervención de fray Cristóbal Caballero en el pleito suscitado contra el en samblador J osé de Castilla por otro ensamblador llamado Diego de Rojas que pretendía quedarse con el encargo de tallar el retablo para la capilla de Nuestra Señora de los Remedios en la iglesia de La Merced.
En este pleito replicaba así el ensamblador Castilla:
Como prueba decisiva de la intervención de fray Cristóbal Cabal1ero en la reedificación de la iglesia de La Merced después de 1687, vislumbramos este significativo detalle: en las pilas tras de las columnas y en los arcos fajones y torales de la nueva iglesia se emplea el esgrafiado de grandes figuras geométricas en las que alternan óvalos y rectángulos.
Aun cuando Wethey supone que esta decoración «mudéjar» recuerda los antecedentes anda luces, que difiere de la decoración empleada en las iglesias de Quito,58 la verdad es que encontramos un antecedente inmediato de esta decoración esgrafiada de La Merced de Lima en el monu mento a Carlos 11, obra documentada de fray Cristóbal Caballero, reproducida en el grabado de Pedro Nolasco; a los lados del mo numento se elevan dos delgadas pirámides adornadas en su frente con la misma alternación de grandes óvalos y figuras rectangulares.
Sucedió, pues, que el mismo fray Cristóbal Caballero reiteró en la iglesia de La Merced la ornamentación que él había introducido en las pirámides del monumento a Carlos II.
La portada principal de La Merced muestra aspectos especí ficos que permiten identificar las modalidades estilísticas empleadas por su autor en otras obras suyas.
Como aspecto general, esta portada destaca entre las grandes portadas limeñas por su rotundo planteamiento volumétrico.
Todo el bloque de la portada merce daria resalta en gran manera sobre el muro a que se antepone; además de que sus dos calles laterales quedan retrasadas con rela ción a la calle central.
Esta era la misma disposición desarrollada en el monumento a Carlos 11 y también en la portada del monas terio de Santa Catalina.
Dentro de esta disposición del volumen, tan específica de Caballero, resulta coherente el paso desde los bloques de tres columnas usados en el monumento y en el retablo de la Santísima Trinidad, a las dos columnas en distinto plano colocadas en la portada mercedaria.
El desarrollo volumétrico conlleva otras derivaciones en el estilo peculiar de fray Cristóbal Caballero.
Los cuerpos segundo y tercero de la portada de Santa Catalina quedaban más retrasados, quebrando hacia adentro el paramento más extenso de la portada, como una medida de seguridad antisísmica, tan necesaria en Lima.
Sin duda, por el mismo motivo se reitera en la portada mercedaria el retraimiento de los cuerpos superiores hacia adentro, quebrando la línea externa de la portada.
Este efecto resulta todavía per ceptible en la reconstrucción actual de la portada realizada por Harth-Terré; pero destaca mucho más notoriamente en las foto grafías antiguas de la misma portada, como la que publica Wethey fechada hacia 1890.59 Desde luego, no encontramos en Lima nin guna otra portada virreinal en la que reaparezca la línea quebrada antisísmica de sus cuerpos, como la impuesta por Caballero en las portadas de Santa Catalina y de La Merced.
Se ha expuesto el ingenioso recurso mediante el cual fray Cristóbal Caballero plasmaba en los cuerpos de gran volumen del monumento a Carlos II y en el retablo de la Santísima Trini dad un efecto de perspectiv, a logrado al poner arcos interiores más bajos y menores que los arcos externos del frente.
Este mismo efecto es sobremanera notorio y resaltante en los tres cuerpos de la calle central de la portada de La Merced.
En su primer cuerpo, el vano de entrada a la iglesia se adorna con dos arcos a distinto nivel: el exterior es de aspecto claramente peraltado; y el interior queda más bajo y rebajado; unidos ambos arcos con mucha gala nura mediante la gran venera.
Corona el gran balcón del segundo cuerpo un arco trilobulado del estilo de los que prodigaba José de Castilla en sus retablos durante el primer tercio del siglo XVIII; pero aquí también se objetiva el mismo efecto de perspectiva volumétrica; pues detrás del primer arco externo, aparece otro arco similar más bajo y estrecho.
Y en el óvalo vado del tercer cuerpo se reitera el mismo efecto de perspectiva con el arco del fondo más bajo que el arco exterior.
Ninguna otra portada virrei nal de Lima n1uestra este efecto de perspectiva descrito en las «con diciones» establecidas por Caballero para el retablo de la Santí sima Trinidad, y aplicado igualn1ente en el monumento a Carlos II.
En el Sagrario ensamblado por Asensio de Salas introdujo fray Cristóbal Caballero unas curiosas «cortezas que abracen el alquitrabe y miembros de la cornisa».
Si quisiéramos identificar este adorno mencionado por dos veces en el concierto notarial con el monasterio de las Bernardas, no tendríamos expediente más fácil que acudir al arco exterior del vano de entrada en la portada principal de La Merced.
Aquí encontramos cinco de esas cortezas o abrazaderas ciñendo las dos impostas o molduras de la rosca del arco: también es este un recurso ornamental singular, no reiterado en otros retablos o portadas limeñas.
Tienen igualmente cabida en la portada de La Merced otros detalles ornamentales usados por fray Cristóbal Caballero.
A seme janza del retablo de la Santísima Trinidad, en cuyo tercer cuerpo ponía en las pilastras <<unas mensulillas o cargadores que sustenten la arquitectura de arriba», también se ponen en la misma posición y con idéntica finalidad tales adornos en el tercer cuerpo de La Merced.
A lo cual se añaden otros niños cargadores que soportan la rosca del arco exterior de la entrada.
Los pedestales de las columnas se adornan en La Merced con «medias tarjillas que co rrespondan a los pedestales de las columnas principales», como en el retablo de la Santísima Trinidad.
Y tanto en La Merced como en este retablo, «los muros de los lados de los nichos porl encima se han de guarnecer con recuadrillos de molduras talladas o tarjillas largas y estrechas», según se observa en los cuatro nichos laterales mercedarios, en los cuales aparecen fajas de escamas imbricadas.
Me atrevo a pensar que para atribuir a fray Cristóbal Caba llero la paternidad sobre la portada principal de La Merced, las afinidades estilísticas demostradas entre la misma portada y otras obras auténticas del mercedario suplen con creces la ausencia de fuentes documentales, pues tienen tanta o más fuerza probatoria que las referencias escritas.
Más bien, tomando en consideración la trayectoria como alarife y ensamblador de fray Cristóbal Caba llero y el cargo de maestro mayor de fábricas que desde antiguo venía desempeñando en el convento de La Merced, lo extraño e inexplicable hubiera sido que cualquier otro alarife ajeno a la Orden Mercedaria fuera llamado para diseñar la traza de la obra arquitectónica más notable de La Merced.
Los agustinos no em prendieron la portada principal de su iglesia limeña hasta no haber terminado de restaurar el convento grande de Lima.
Pero los mercedarios, tallaron la portada de su iglesia, obra de pura ornamentación y por lo tanto innecesaria, cuando todavía pasaban penurias con el convento grande de San Miguel en ruinas.
Apre miaba a ello la impaciencia de fray Cristóbal Caballero, temeroso de que la muerte le impidiera continuar su proyecto.
El historia dor-arquitecto Harth-Terré imagina los últimos años de fray Cris tóbal Caballero estimulado en el descanso y reposo por la grata complacencia de las obras ejecutadas.
En realidad, los trabajos de los años precedentes no fueron para él sino entrenamiento y maduración para realizar la gran obra que todavía le quedaba: la reconstrucción de la iglesia y diseñar la traza para 1 a portada principal de ésta.
Aquí remansaron en sosegado acopio sus expe riencias, sus creaciones volumétricas, sus singulares motivos orna mentales, su configuración •de la perspectiva, y aquella efusiva libertad creadora que le movía a establecer en sus conciertos que «si me pareciera añadir para mayor crédito de mi obra alguna cosa a la arquitectura o ensamblaje lo he de poder hacer sin que por ello se me haya de dar más cantidad que la que va declarada en esta escritura», la del concierto de la Santísima Trinidad.
A fray Cristóbal Caballero le llegó su gran oportunidad para ejercer el arte de la arquitectura, que le nacía de dentro, cuando se encon traba al final de su vida.
Correspondió generosamente a este don de Dios; y acaso lograra contemplar terminada antes de morir, hacia 1702, la portada que acaso nunca hubiera soñado con poder alumbrar, de no haber acaecido el terremoto de 1687.
ANTONIO SAN CRISTÓBAL SEI3ASTI/\N 1\sunciún de la Virgen Santísima Nuestra Madre y de la revelaci(m y fundación de nuestra Sagrada Religiún cuatro cientos y cincuenta y tres años.
Fray Juan Centeno Comendador.
Padre Comendador Fray Nicolás Ruiz Secretario.
Y usando de la dicha licencia suso inserta el dicho Padre Fray Cristóbal Caballero de la una parte y de la otra la Madre María del Salvador Abadesa del Monasterio de Monjas de Santa Catalina de Sena de esta dicha ciudad a quienes doy fe conozco y de un acuerdo y conformidad por el tenor de la presente otorgaron que son convenidos y concertados en esta manera.
Que el dicho Padre Fray Cristóbal Caballero se obliga de hacer la portada principal de la iglesia del dicho Monasterio que cae a su plazuela de piedra de Arica y ladrillo a todo costo según y en la forma de la planta y diseño que está hecha y queda en poder del dicho Padre Maestro para ejecutarla la,¡ue queda firmada de ambas partes y del presente escribano público y la dicha obra se obligó a hacer en la forma y con las condiciones siguientes: Primeramente con condición que se ha de hacer la dicha portada de albañilería y cantería y para ello se han de sacar los cimientos nece sarios desde lo firme y sobre ellos se ha de plantar los pedestales de cantería labrada de piedra de Arica hasta dos varas de alto y de ancho dicha portada nueve varas menos sexma de fuera a fuera por las barras de los pedestales y el hueco de dicha portada de ancho de una jamba. a otra cuatro varas menos sexma y de alto por la clave seis varas y una. sexma de hueco = y toda la dicha portada ha de levantar quince varas y media sin los remates ni pedestales de ellos inclusive el frontis último y de allí para arriha los remates ejecutándose la traza hecha por el dicho Padre Fray Cristóbal Caballero susoreferida con todos sus ador nos añadiendo en el segundo cuerpo capiteles corintios en lugar de los toscanos que tienen las pilastras las cuales han de ser como parecen en la traza con los relieves necesarios para que las impostas del arco prin.. cipal se incluyan como demuestra la traza y todos los vuelos de laf cornisas y gruesos de molduras y demás adornos han de tener lo ne cesario según arte == y de buenos materiales de ladrillo cal y arena con tablones y pasteleros donde -fueren necesarios bien cocidos y de 188 Anuario de K�tudius Amerinwus (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es huen barro toda la dicha portada de ladrillo desde las dos varas de cantería para arriba y barro cocido de ollería::::: todas las tallas de serafines marioletas y fruteros y capiteles y los santos que se han de poner en la dicha Jlortada que irán declarados; en esta escritura así mismo han de ser de barro cocido == y todo lo demás entallado perfilado y enlucido O tengan tres cuartas de relieve antes más que menos y toda la dicha obra bien trabada con la pared de adobería entregándose en el macizo de ella media vara ¿on la albañilería de ladrillo y por partes dos tercias para que quede seguro de temblores todo bien acondicionado a ley de buena obra a vista y satisfacción de las personas que se nom hraren para ello por parte del dicho Monasterio y todo ello se ha de! hacer a toda cos't, a de materiales y manufactura hasta dejarla acabada en toda perfección en precio de tres mil y doscientos pesos de a ocho reales pagados en esta manera: los un mil pesos de ellos que se han de dar de contado al dicho Padre Fray Cristóbal Caballero para comenzar la dicha obra == y otros mil pesos dentro de cu8i'tro meses de la fedha. <le esta. escritura en adelante y los mil doscientos pesos restantes acabada la ohra en toda perfección <¡ ue ha <le ser para fin de noviembre de este presente año de mil y seiscientos y setenta y uno = Item se declara que los santos que se han de poner en la dicha portada son en el cuerpo principal Nuestra Señora del Rosario, en el remate San Miguel Arcángel a los dos lados Santo Domingo y Sanita Catalina de Sena = y es con dición de esta escritura que si el dicho Padre Maestro Fray Oristóbal Caballero no hiciere la dicha obra y la diera acabada al plazo referido en esta escritura pueda la Madre Abadesa que fuere del dicho Monaste rioriu mandarla hacer con otro maestro de este arte y por lo que más Y de ella usando nos ambos dos dichos otorgantes decimos que estamos convenidos y concertados en tal manera que el dicho Padre Maestro se obliga como por la presente me obligo de hacer un retablo para la capilla mayor del dicho Convento de la Santísima Trinidad que ha de tener todo el ancho de su capilla y de alto todo el que así mismo tiene según y en la forma y manera que demuestra la planta y norma que queda en poder de mí el dicho Padre Fray Cristóbal Caballero firmado del Señor doctor don Juan Santoyo de Palma arce <l iano de esta Santa Iglesia que está presente al otorgamiento de esta escritura en conformidad de lo dispuesto por la licencia de susoinserta y de ambos otorgantes y el presente escribano para según y en la forma que en ella se contiene disponer y acabar el dicho retablo con todos los repartimientps y nichos que en ella se demuestran sin exceder en cuanto a disminuirla en cosa alguna de su tenor y forma y la dicha obra me obligo de hacer con cargo de guardar y cumplir las condiciones siguientes: l,a primera que para veinte de agosto del año próximo venidero de mil seiscientos y setenta y dos día del g lorioso San Bernardo he 1'vmo X/,J' lll 191 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es de dar puesto el primer cuerpo en blanco acabado en toda perfección sin que le falte cosa alguna conforme a dicha planta y dibujo == Y el segundo cuerpo para del dicho día v�nte de agosto en seis meses == Y de ahí en otros seis el tercer cuerpo y resto del dicho retablo por manera que todo él ha de quedar puesto a los plazos referidos para veinte de agosto de mil �eiscientos y setenta y tres.
Item. con condición que para haberse de poner dichos cuerpos y retablo he de ser obligado para que quede la testera en la perfección que se requiere al arte de bajar tres gradas una de las dos sobre que está formado dicho altar mayor y las otras dos del presbiterio si pare• ciere convenir al Monasterio y si no dejarlo como se está == Con declaración que habiéndose de hajar lo que se gastare en ello lo ha de dar y pagar el dicho Monasterio sin que se me descuente del precio_ Pn que está concertado dicho retablo. ltem. condición que los cuartos de columnas del primero segundo cuerpo han de ser enteras quitando las traspilastras a la columna principal o dejando dichas traspilastras en el ancho de las columnas y sólo en esta calidad he de tener facultad para reconocer si es más a propósito que queden en cuartos los entrecolumnios o que sean en teros y dichas columnas grandes y pequeñas se han de revestir más de lo que están en dicho dibujo al modo que lo están las del retablo de la capilla mayor del Monasterio de Monjas de Nuestra Señora de la Encarnación.
I tem. condición que el Sagrario sohre el segundo cuerpo se ha de acompañar con más obra por delante y los lados = Y en los frisos del primer cuerpo de dicho Sagrario unas cortezas que abracen el alqui trabe y miembros de la cornisa y en ellas las mansulillas que hoy tiene y lo mismo en los del segundo cuerpo y desde la media naranja del encima del Sagrario alquitrabe en que remata el arco de la Virgen esté encarcelada la media naranja y la interna que sea una urna que sirva de plan al Santo Cristo y en cuanto a la caja que comprende el dicho Sagrario se ha de cubrir como bóveda vaída ovalada porque no embarace mucho el relieve y el arco de la espalda ha de ser menor que el de afuera para que vaya siempre manifiesto a la vista los ladosl Y la cubierta que va sobre los cuatro arcos dos pequeños en los lados y uno en la testera menor que el de afuera. ltem. con condición que los bancos del segundo cuerpo han de llevar sus medias tar j illas que corresponden a los pedestales de las columnas principales y en los de ahajo que caiga una hoja del motilo para abajo y en esta conformidad se ha de guarnecer el resto del reta blo y acompañar los segundos cuerpecillos que rompen la cornisa principal del primer cuerpo y estos tablerillos se minoren y lleven frontispicios como lo es el del medio con ángeles recostados con ins trumentos de música de segundo cuerpo el cual se ha crecer respecto del todo porque el que está hace poca consonancia a la máquina del todo además de estar alto y disminuirla.
Item. condición que los Santos que se han de poner en los nichos que tuvieren en la calle que acompañan el Sagrario han de ser redondos en la escultura los cuales y todos los demás que se han de poner en dichos nichos han de ser los que dijera la dicha Abadesa por su devoción. ltem. condición que la repisa que hoy sirve y está para el Santí simo se ha de guarnecer con sus rostrillos y la de la Santísima Trinidad poniendo cada una seis cornucopias y resaltando en la parte del Santo Cristo la peana y respecto que en el nicho que está hecho para el Santo Cristo se ha de poner otra hechura se podrá acortar por la cabeza para que la tarja crezca dejándolo a lo menos de vara y tercia de alto para que en él se ponga el Santo que después se advirtiere = Y los muros de los lados de los nichos por encima se han de guarnecer con recuadrillos de molduras talladas o tar jillas largas y angostas.
I tem. condición que en la hasa de la talla de la Santísima Trinidad después de haber dejado en el resalto que ha de tener la cantidad nece saria para que haya en ella seis cornucopias en que se pongan las luces y suficiente capacidad para que entre cornucopia y cornucopia se pongan ramos en el resto de adentro de dicho plan una portañuela aquí y en todos los demás nichos para que por ella se aderecen y pon gan las luces sin que• se vean de la parte de afuera para que no sea necesario hacerlo con escalera y si pareciere al dicho Padre Fray Cris tóbal que la portañuela se reduzca a que se abra todo el nicho hacia adentro engoznando por un lado o en dos mitades para que habiendo dejado en el plan de dichos nichos capacidad de suelo por detrás del retablo se puedan retirar los Santos para adentro y que sea más cómodo el poder aderezar con flores y velas las peañas o repisas y vestirlo� y <1ue quepa la persona que lo ha de hacer porque de la otra forma no es posible por el embarazo que hace el Santo en el dicho nicho:y de la mi�rna forma tengan bastante resalto las peanas de dichos nichos para dichas cornucopias y ramos de flores de su adorno ltem. condición que los bancos del Sagrario se han de enriquecer con algunas cortezas que abracen las molduras así de los pedestalillos como de• los recuadros.
Item. condición que dicho retablo se ha de dar asentado fijo en carnes y tornapuntas con declaración que todo el molduraje y tallas se ha de hacer en madera de cedro.
ltem. condición que las puertas principales del Sagrario han dP tener a San Pedro y San Pablo de media talla poco relieve con sus moldurillas talladas que ciñen los bultos y que se reduzca a dos niche cillos largos y angostos. ltem. condición que en las pilastras del tercer cuerpo adonde están las frutas se han de J>oner unas mensulillas o cargadores (¡ue sustenten la arquitectura de arriba.
ltem. condición que la talla de la Santísima Trinidad y los bultos de los gloriosos Padres San Benito y San Bernardo han de ser los mismos que hoy tiene la dicha capilla mayor que sólo los recibo yo el dicho Padre para vestirlos con más perfección y adorno con adver tencia que los bultos de dicha talla han de llevar más relieve del que al presente tiene.
Y toda la dicha obra la he de dar acabada en la forma que se contiene en dicha planta de que va hecha mención y si me pare ciere añadir para mayor crédito de mi obra alguna cosa a la arquitec tura o ensamblaje lo he de poder hacer sin que por ello se me haya de dar más cantidad de lo que irá declarado en esta escritura.
Y a los plazos y en la forma que se contiene en las condiciones insertas me obligo de guardar y cumplir en todo y por todo según como en ellas se contiene � Y por todo ello se me ha de dar y pagar c, atorce mil pesos de a och,'> reales en la forma y a los plazos siguientes: los cinco mil trescientos y veinte y siete pesos de ellos que tengo recibidos ade lantados en esta manera: tres mil seiscientos y cuarenta y cuatro pesos en el valor del Sagrario bancos columnas y tarjas sueltas que había
Anuario de E: Jtudio!l AmerictJ1ws (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es hecho Asensio de Salas con quien primeramente se había concertado la dicha ohra que es el precio en que se tasó todo lo referido por mandato del Juez Ordinario de este Arzobispado y se le adjudicó al dicho Monasterio en dicha cantidad por cuenta de la que había per cibido el dicho Asensio de Salas para la obra del dicho retablo.
Cuatro cientos pesos en que se tasó la talla de la Santísima Trinidad dos cajas de ángeles de cuerpo entero grandes y los dichos bultos de San Be nito y San Bernardo y los tableros en que al presente están = seis cientos pesos del valor de doce vigas las siete enteras y las cinco ase rradas == treinta y tres pesos del aserrío de las cinco dichas vigas == seiscientos y cincuenta pesos del valor de un negro nombrado José Manrique de la Santísima Trinidad de que me ha de hacer venta en esta escritura la dicha Abadesa == por manera que todas las dichas partidas suman y montan los dichos cinco mil trescientos y veinte y siete pesos de los resente soy acepto esta escritura en favor del dicho Monasterio según y como en ella se contiene y por cuenta de los catorce mil pesos del concierto de ella declaro haber recibido el dicho Padre los tres mil seiscientos y cuarenta y cuatro pesos que contienen las partidas de suso en que se incluyen los seiscientos y cincuenta pesos del valor del negro Jose11h Manrique de la Santísima Trinidad el cual por el tenor de la presente se lo vendo al dicho Padre... ( sigue la venta del esclavo)... y los ocho mil seis cientos y setenta y tres pesos restantes cumplimiento de los dichos catorce mil que obligo al dicho Monasterio de se los dar y pagar al dicho Padre y a quien su causa hubiere a los tiempos y plazos que van referidos en esta escritura y antes si antes los tuviere porque si antes los tuviere se los daré y pagaré sin que sea menester aguardar a que se cum1>lan dichos plazos Y a la firmeza paga y cumplimiento de lo que dicho es obligo... ( siguen las cláusulas notariales de cumplimiento)... en la ciudad de los Reyes del Perú estando en la portería principal del dicho Monasterio de la Santísima Trinidad en presencia y con asistencia del Sr. Dr. D.
ANTONIO SAN CRISTÓBAL SEllASTIÁN
Francisco Javier Domínguez en tal manera que el susodicho ha de hacer la fábrica del dicho Noviciado y celdas en la forma y según que se contiene en la planta y modelo que está hecho en un papel fi rmado de todos los otorgantes y de mí el presente escribano sin exceder de él en cosa alguna lo cual ha de hacer bien y cumplidamente y a satisfacción del Padre Predicador Fray Cristóbal Caballero religioso del mismo Orden a toda costa poniendo el dicho maestro todos los materiales necesarios para la dicha fábrica y los oficiales y peones que fueren menester para que en toda b�evedad se ajuste y acabe y la ha de empezar luego desde el lunes que viene que se contarán doce del corriente traba jando en ella todos los días de trabajo sin omitir ninguno la cual dicha obra se le ha de pagar al dicho maestro en esta manera primeramente que por todos los adobe., que se pusieren y asentaren en lo alto y bajo de la dicha fábrica se le han de dar y pagar a razón de cincuenta y dos pesos por cada millar.
Iten la mampostería de las paredes cercanas a la acequia del sitio que está señalado que son cincuenta varas cúbicas más o menos los que í ueren se le han de pagar a seis pesos de a ocho reales cada vara haciéndolas el dicho maestro a toda costa. ltem por debajo de las dichas cincuenta varas de mampostería ha de haber otras tantas de cimientos de piedra y cal y ha de ser otra vara debajo de tierra y éstas se le han de pagar a razón de tres pesos y cuatro reales. ltem por lo tocante a la albañilería de los tres arcos y pilares puerta de la capilla y entrada del arco del noviciado que corresponde a la puerta de él se le ha de pagar a razón de diez pesos de a ocho reales por cada vara cúbica en lo que así fuere de albañilería cal y ladrillo = Y al mismo precio la acequia que se ha de echar por la calle y así mismo toca a albañilería.
Item que respecto del precio señalado en las partidas aquí con.. tenidas se le ha de pagar todo lo que montaren en esta manera Primeramente un mil y quinientos pesos de a ocho reales en vi niendo el navío en que viene embarcado de tierra firme el capitán Francisco de Paredes cuarenta días después de haber dado fondo en
el puc rlo del Callao y las demás pagas se las ha de ir haciendo el M.R.P. Comendador conforme se fuere ofreciendo sin que se le haga falta para la prosecución de dicha obra con descuento de lo que impor taren los jornales de los negros que el dicho M.R.P. le diere de los <1uc el dicho Convento tiene para peones de ella que ha de tener hecha el dicho maestro como también el dicho M.R.P. Comendador en su libro para el ajuste de la paga que se obliga de hacer a dicho maestro y si acabada la obra se le restare por pagar alguna cantidad se le ha de pagar y satisfacer luego de contado con costas de la cobranza en fuerza de esta escritura que ha de ser para ello exigible de aparejada expresa mente y en la dicha forma se obligó el dicho maestro a hacer la dicha fábrica con toda la brevedad posible empezándola luego desde el día señalado que se le contarán doce de este presente mes y año continua... mente sin hacer falta y si la hiciera de por enfermedad u otro acci dente ha de poner maestro que la continúe y acabe y en su defecto le ha de buscar el dicho Padre Comendador y por lo que más le cos.. tare de los precios señalados en esta escritura en cada género y partida diferido en su simple juramento se lo ha de pagar el dicho Francisco.
Javier Domínguez luego que conste = Y si el dicho P. Comendador le faltare al dicho maestro con la primera paga de los dichos un mil y <¡uinientos pesos y con los socorros que le pidiere y se fueren ofreciendo como dicho es ha de parar en la dicha obra y pagarle todo lo que en ella hubiere hecho y fabricado al respecto de lo que va señalado en cada partida y los materiales que hubiere sueltos en el dicho Convento así piedra como de cal y ladrillo y todo de contado a expensas de los bienes expolios del dicho M.R.P. Fray Diego Serrano y en su defecto se le ha de hacer juramento quiénes o qué personas tienen y en qué cantidad para que el dicho maestro Francisco Javier Domínguez haga diligencia judicial o extrajudicialmente para la cobranza de todo lo que se le debiere pagar y satisfacer ajustada la cuenta con el dicho Padre Comen dador de que se le ha'de dar vale firmado de su nombre el cual con esta escritura y su simple juramento ha de ser bastante recaudo para su cobranza... ( siguen cláusulas notariales de obligación)... y consiente que de esta escritura se saquen uno o más traslados el uno cumplido y pagado los demás no valgan en cuyo testimonio los otorgantes lo firma ron de sus nombres juntamente con el dicho M.R.P. Provincial siendo
Síguese el portillo de Renán Paniagua que tiene que reedificar treinta varas de largo y ocho de alto hasta el parapeto y en considera ción que la obra antigua queda parte de ella en ser y hecha la cuenta tiene la� sesenta varas de recinto a dichos veinte y siete pesos hacen ochocientos y diez pesos.
Síguese el portillo de San Jacinto que tiene que hacer de adobería cinco varas de recinto que acompañan la albañilería de ladrillo que importa dicha adobería ciento y treinta y cinco pesos y la albañilería de este postigo de ladrillos y cal importa doscientos y sesenta y seis pesos. ltem diez varas cúbicas de cimientos de piedra del río y harro a dos pesos veinte pesos.
Habiéndose de traer de la Tila dos piedras para las quicialeras de la parte de arriba de una vara de largo cada una y tercia <le ancho y de peralte otra tercia abierta la quicialera del tamaño que se le diera Un portillo alto que está et� lo alto del Crimen en una cortina de forma triangular tiene una vara de recinto e importa veinte y siete pesos.
El postigo que se ha de macizar en Guadalupe tiene cuarenta varas cúbicas de adobería que hacen dos varas <le recinto y valen cincuenta y cuatro pesos.
El portillo de Santa Catalina que se ha de cerrar de adobería tiene cuatro varas de recinto que a veinte y siete pesos vara importan ciento y ocho pesos.
Síguese el postigo del dicho Molino de Santa Catalina que ha de ser de tres varas de ancho con dos pilares a los lados y cada uno d,e, ellos de tres varas de grueso con sus trabazones tres varas de ancho de alto cuatro varas cimiento de piedra y barro de media vara de fondo un brote de madera de• amarillo para las quicialeras de cinco varas de largo cinco cuartones de ollar cinta embebida y tabla de roble encima solado de ladrillo revocado con cal las dos surtidas así en la banqueta como en el andén y tres varas de recinto de adobería para el acompa ñado de dichos pilares por los lados y todo importa seiscientos y cua renta pesos.
Síguese la portada de Cocha reas camino real del Arco dejando el hueco de la puerta de cuatro varas y cuarta y cuatro varas para los pilares de los lados que dan <le recinto en el acompañado de adobería cinco varas de recinto que montan a los veinte y siete pesos ciento: y treinta y cinco pesos.
Y la portada con dos pilares a los lados con basa plinto con una. hilada �le piedra n de ladrillo de corte importa su valor dos mil ochocientos y setenta y seis y las que se hicieron de esta forma en tiempo del Sr. Duque fue su costo de cinco mil pesos.
El parapeto inmediato a la puerta de los Padres Belemitas se ha <le poner baqueta cordón parapeto y solería corren diez y siete \jlras de largo como también las dos subidas en dicha portada y cada subida de seis varas de largo y dos de alto en escarpa hacen seis varas de recinto importan ciento y sesenta y dos pesos El derrumbe que hizo la acequia que se vertió contra la muralla en la puerta falsa del Cercado tiene de costo quinientos pesos derribando todo lo viciado y haciéndolo de nuevo diez y siete varas que es lo que tiene según lo ha reconocido.
La cual dicha obra fue tasada y apreciada por el Padre Maestro Fray Cristóbal Caballero del Orden Real de Nuestra Señora de Las Mercedes que lo es de Fábricas y por el Ayudante de Ingeniero Pedro de Asensio según la tasación y avaluación de dicha obra firmada de los susodichos de cinco del corriente la cual dicha obra de la muralla de esta ciudad han visto y reconocido los otorgantes y poniéndolo en efecto dichos de por sí in solidum renunciando como expresamente renuncian las leyes de duobus... y todas las demás de la mancomunidad como en ellas se contienen debajo de la cual otorgan que se obligan a hacer la dicha obra que se necesita en la muralla así de'una puerta como de un postigo y cerrar los demás portillos que van mencionados en esta escritura cuyas obras contenidas darán acabadas en toda perfección y satisfacción del dicho Padre Presentado y Maestro Mayor de Fábricas Reales o de aquella persona o personas que por su Excelencia se nom braren 1>ara su reconocimiento y para los materiales y trabajos se les Y es calidad y condición que si la dicha obra no la hicieren con la perfección y según y como se con tiene en la tasación inserta quieren que por lo que dejaren de hacer y faltaren a lo contenido en dicha tasa ción y avaluación la mande hacer Su Excelencia a su otra persona y por lo que costare más han de poder ser ejecutados en virtud de esta escritura y el reconocimiento o juramento del Maestro Mayor de Fábricas sin otra prueba ni recau<lo alguno... ( siguen las cláusulas notariales de obligación)...
Aunque parece ser que los canónigos limeños hicieron oídos 162.4uu.a, io de I.::studios Amerit.: anus
24 22 Archivo Arzobispal de Lima, Libro de Fábr-ica de la Catedral, legajo 4, |
-el uno por ciento-exclusivamente dirigida y destinada al mi nistro de Indias, y que se justifique para determinados fines, aun que, como veremos, en la realidad fueron mucho más amplios.
Igualmente, la precisión de ser «cuenta separada», e independiente por tanto de los ingresos globales de Hacienda, indica por sí mismo el interés del ministro de Indias, don José de Gálvez, de disponer de unos• ingresos específicos para utilidades de su ministerio.
No debe olvidarse el hecho de que, aunque el mencionado Reglamento de Libre Comercio tenía ya unos antecedentes desde 17 65, 3 sin embargo, en su edición definitiva en el 1778 hubo de pasar el visto bueno de Gálvez, Floridablanca y Múzquiz, es decir, los tres prin cipales ministros secretarios de ese momento en Indias, Estado'y Hacienda, lo que quizá justifique esa excepcionalidad en el cobro del impuesto por el ministro indiano.
Entre las numerosas e itnportantes reformas que introduce el Reglamento para el Libre Comercio con América en 1778 no podían faltar las relativas a los derechos del oro y la plata que llegaban a España procedentes de Indias.
Así, los artículos 44 y 4.5 precisan nuevas variaciones tributarias,, rebajando sensiblemente los porcentajes que venía recibiendo la Real Hacienda por tal concepto.
En concreto, el artículo 45 especifica y explica la rebaja: «a CINCO Y MEDIO POR CIENTO las contribuciones sobre la moneda de plata, con dec_laración que sólo el QUATRO perci birá mi Real Hacienda por todos sus derechos; MEDIO el Consu sulado con la calidad y fin prevenidos en el artículo anterior; y el UNO restante se depositará con cuenta separada a disposición de mi Ministro de Indias, así para indemnizar al Colegio Semi nario de San Telmo y otros Cuerpos que tenían dotación en el gra voso derecho de Toneladas, como también para invertir el sobrante en la construcción del camino de Andalucía, que interesa principal mente al comercio de Cádiz».
1 La nueva medida contributiva favorecía a los particulares por cuanto les rebajaba el pago superior al 10 % que hasta entonces se venía aplicando sobre la plata americana.
2 Por otra parte, de ese cinco y medio por ciento es significativo que se precise una parte El tema del presente trabajo se ciñe a la recepción y distribu ción del mencionado 1 % en los diversos puertos españoles abier tos al comercio libre desde el año 1778, analizando especialmente el período comprendido entre 1786 y 1792, fechas que vienen delimitadas y condicionadas por el material documental hallado en el Archivo General de Simancas, y que no ha sido posible com pletar para los años anteriores más que muy indirectamente por datos ya de bibliografía.
No obstante, estos años suponen una etapa de cierta unidad, especialmente referida a las actividades del comercio hispanoamericano, que entonces ya había aplicado la nueva reglamentación arancelaria y que disfrutaba de la paz exterior necesaria para el normal desarrollo de sus actividades.
Internamente, en cambio, se suceden una serie de modificaciones que -dejando de lado el cambio de monarca-repercuten en la administración y por ello en el tema que nos ocupa: tales son la EL IMPUESTO DEL 1 % SOBRE LA PLATA DE INDIAS 3 muerte en 1787 del preeminente ministro de Indias, José de Gá] vez, que conllevó la división de su ministerio en dos Secretarías: Gracia y Justicia de Indias, a cargo de don Antonio Porlier, y Gue rra, Comercio y Navegación, dirigida por don Antonio Valdés, y muy poco después, en 1790, la supresión de esas dos Secretarías y la unión de sus diversas ramas a las correspondientes de España, de modo que el titular de Hacienda de España e Indias pasó a ser Pedro de Lerena, en tanto que la cartera de Marina fue ocupada por Antonio Valdés, por citar solamente los dos ministerios que afectaban al impuesto del 1 % de la plata de Indias.
Añadamos a estos cambios la supresión de la Casa de la Contratación gadi tana, también en 1790, aunque sin que el hecho llegara a influir Jirectamente en nuestro tema, ya que desde 1778 la Aduana de Cádiz había sustituido a la Casa en las funciones de recaudación de los derechos mercantiles del comercio hispanoamericano.
4 Aunque, obviamente, a partir de ese 1 % de impuesto sobre la plata de particulares que -llegaba a España se pueden deducir las cantidades que se recibieron de este metal, no es tal conclusión la finalidad del presente trabajo, sino las cuentas de recepción y distribución del total recaudado por el ministerio de Indias.
Pre cisamos que el trabajo está realizado sobre documentos que refle jan cantidades oficiales cobradas por los encargados de las aduanas de los puertos, y no sobre estimaciones o cálculos.
Las relaciones y balances del ingreso del 1 % de la plata reflejan habitualmente el caudal entrado cada año y son, por tanto, significativas de la cuantía del metal recibido.
Por otra parte, es evidente que estas cifras oficiales no revelan la realidad si se tiene en cuenta la prád tica bastante habitual del contrabando y la ocultación de metales preciosos antes de la obligatoria declaración ante los oficiales de la Real Hacienda, lo que suponía la evasión en el pago de lo. s aranceles correspondientes.
El ejemplo del fraude en el traslado de 4 ÁNGEL SANZ TAPIA los metales a Cádiz5 puede ser aplicado asimismo a los demás puertos libres, aunque, lógicamente en un porcentaje menor.
Fiándonos, por tanto, de las cuentas oficiales presentadas al ministro de Indias por los tesoreros u oficiales de las aduanas de los diversos puertos, veamos el cobro de este impuesto.
A pesar de tratarse de un período corto de tiempo ( 17 86-1792) hubo variaciones en el sistema de recepción por parte del mi nistro de las cantidades obtenidas, debido a la diferente actitud de los titulares responsables, quienes en última instancia eran los des tinatarios del dinero y decidían su utilización posterior.
En la época de Gálvez (1779-junio del 1787) el cobro seguía este pro ceso: luego de arribar el navío y declarados los caudales de par ticulares que transportaba, el oficial correspondiente de aduanas recibía el porcentaje estipulado y lo anotaba en cuenta aparte e in dependiente de la Real Hacienda.
Era entonces cuando Gálvez, según sus necesidades, solicitaba la remisión de los ingresos a la Corte o señalaba directamente el destino de determinadas canti dades para unos fines concretos.
Es importante subrayar que esta recepción y traslado a Madrid estaba encargada a la Compañía de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, quienes mediante sus agentes en cada puerto recogían lo recaudado, cobrando por el transporte a su vez un 1/2 % de ese 1 %.
6 Tal función, es decir, el arriendo del cobro del 1 % de la plata, no aparece mencionada en la obra clásica de Miguel Capella y Antonio Tascón, 7 quizá por las peculiares condiciones del impuesto, que iba directamente al ministerio de Indias.
Escapa a nuestro tema el tratamiento de esta entidad y sus relaciones económicas con la Hacienda Real, pero destacamos las actividades de los Cinco Gremios en relación a la recogida y entrega de las cantidades originadas por dicho arancel.
Hay que añadir que en la época de Gálvez, el cobro no era regular sino que dependía, como hemos dicho, de las urgencias y necesidades del ministro.
Además, a tenor de los documentos consultados en la etapa de su sucesor, Valdés, también intervino en la utilización de estos caudales el propio ministro de Estado, conde de Floridablanca, quien, desde su alto cargo, llegó incluso a disponer del dinero con prioridad sobre el ministerio de Indias.
Lo que parece evidente es que Gálvez manejó y dispuso de estos fondos a su propia voluntad, destinándolos a fines variados, en oca siones al margen de lo estipulado en el artículo 45 del Reglamento.
Incluso hay testimonios escritos de que la contabilidad del 1 % <le la plata no se llevó con una mínima regularidad ni en el cobro ni en la entrega al ministerio, lo que indica la amplísima libertad del marqués de Sonora en el manejo de tales fondos.
Testimonia esta situación un documento de la Secretaría de I-Iacienda, Comercio y Guerra de Indias, ya de fecha posterior (1788), en que se mencionan los grandes gastos que se hicieron para los caminos de Andalucía y de Málaga, sufragados con el dinero del 1 %, especialmente en los años 1784 y 1785, añadiendo «sin que se haya podido hacer una completa averiguación de los objetos en que se invirtieron, bien que se deduce que se submini� traron al Sr. Conde [de Floridablanca] muchas y grandes partidas para caminos».
Referente a los ingresos del 1 % durante el mandato de Gál vez disponemos solamente de algunos datos provenientes ma'y ori tariamente de estudios monográficos sobre los primeros cinco años del establecimiento del nuevo sistema comercial.
Todos los auto res coinciden en q ue durante la guerra ( 1779-1783 ) el flu j o de caudales hacia la península fue escaso, cuando no inexistente en algunos años, y sólo a p artir de 1784 se recogen altas partidas de plata en los puertos españoles como resultado de la anterior retención y acumulación en Indias para evitar q ue cayeran en manos de p otencias enemigas.
Los porcenta j es del 1 % de la plata para el período 1779--1785, q ue hemos p odido localizar, son los siguientes: i: I:...;,,,.... �' •I t er:
T.J:n,.. n (multiplicados por mil)
Anuario de Estudios Americemos
23 m., sin q ue conozcamos el correspondiente des g lose anual.
19 Disponemos, no obstante, de las cifras de autores q ue han traba j ado sobre el tema del comercio barcelonés en estos años, pero los informes incluyen conjuntamente los valores del oro y la plata, sin deducir los distintos porcentajes pertenecientes a uno y otro metal.
Sólo disponemos de datos de los siguientes años: 1781..................
Con muchísima menos capacidad comercial, el resto de Jos puertos habilitados para el libre comercio debieron recibir esca sísimas, cuando no nulas, cantidades de plata proveniente de cau dales particulares durante esos años.
De otra parte, los datos son muy limitados, y tanto Sevilla como los puertos menores medite rráneos (Palma de Mallorca, Almería, Tortosa, Cartagena y Ali cante) no expresan cifras de un mínimo interés.
Por ejemplo, hay alguna referencia a la llegada de plata en determinado momento (p. e.
Alicante en 1782, 1784 y 1785) pero sin precisar cantidad concreta,23 o los 5.287 r. que había en Tortosa en 1786, 2 -t lo cual no es extraño, pues ni siquiera en los años siguientes (1787 a 1792) se alcanzan cantidades de importancia, a pesar del <lesa rrollo y la experiencia que ya tenía el libre comercio, de tratarse • de una etapa de paz y de las facilidades que se dieron para poten•• ciar las relaciones mercantiles con Indias.
Un caso especial es el de San Sebastián, que no se incluyó en la relación de puertos abiertos al libre comercio porque hasta 17 81 fue el centro de la actividad comercial de la Compañía Guipuz coana, que tenía la exclusiva con diversos puertos venezolanos.
A partir de esa fecha, que supuso la desaparición de la mencionada entidad, la ciudad debió incorporarse también al tráfico americano, aunque hasta 17 88 no se reconoció igual categoría.
25 Hay que pre cisar también que en muchas ocasiones las arribadas de los navíos provenientes de América se hacían en el puerto de Pasajes, donde se pagaban los derechos correspondientes, aunque se remitieran los caudales obtenidos a San Sebastián, como centro principal.
Así, las cifras de que disponemos sobre el 1 % provienen mayori tariamente de Pasajes: A la vista de los datos anteriores, aunque incompletos, no obstante pueden advertirse algunos aspectos significativos, como p. e. el predominio de Cádiz como receptor de las mayores canti dades de plata, seguido por La •Coruña, ya muy distanciada, y más aún Barcelona, Santander y quizá Málaga, señalando que el resto de los puertos recibieron entradas casi testimoniales por su escaso porcentaje en el total general.
Lamentamos no disponer de las seriaciones anuales de Cádiz en 1784 y 1785 (que debió recibir cuantiosos caudales), ni tampoco de Málaga en los mismos años, en tanto que para Barcelona ya he1nos citado un total general, por otra parte, no excesivo.
La tendencia de llegadas del metal sí corrobora la escasez o ausencia de ingresos de los primeros años, así como también la llegada de grandes remesas de caudales en los dos años siguientes, 1784 y 1785, manifiesta en casi todos los puertos.
En cambio, ya en 1786 hubo una ligera disminución, que debe entenderse como una vuelta a la normalidad, hecho que se verá corroborado por la evolución del 1 % en los años sucesivos.
Concretamente, 1785 fue el de mayores ingresos por este concepto, en todos los puertos y muy superior a las fechas inmediatas.
Por otra parte, es obvio que podrán inferirse algunas conclusiones referidas al sistema comercial pero estarían incluidas en un contexto de valores generales en la relación importación-exportación, además de in cluir variables como la acumulación de capitales en tierras hispa noamericanas durante la guerra, por todo lo cual omitimos estos aspectos para concretarnos exclusivamente al cobro del impuesto.
Lo que sí resulta evidente es que la etapa de Gálvez al frente del libre comercio supuso un período de auge en los ingresos específicos del ministro de Indias, e indirectamente también para el conde de Floridablanca, que, desde su cargo de superintendente de Correos y Caminos, a partir de 1778, destinó gruesas cantidades a la mejora de los caminos españoles, especialmente en Andalucía, tal como estaba precisado.
28 Por su parte, Gálvez también apro vechó para subvencionar a las instituciones allí señaladas, además de otros fines.
La muerte de Gálvez, a mediados de junio de 1787, dio paso a la división de su ministerio en dos Secretarías: Gracia y Justicia, Valdés no estableció variaciones en cuanto al sistema del cobro del 1 % de la plata, aunque sí intentó aclarar las cuentas para conocer realmente las posibilidades de los ingresos obtenidos.
A raíz de estas gestiones se evidenció que, en concreto en 1787, el dinero procedente del impuesto no había llegado a cubrir las necesidades de los gastos y que era preciso recurrir a préstamos por parte de la Compañía de los Cinco Gremios Mayores de Ma drid, que adelantaba los caudales necesitados, cobrándolos a pos teriori, cuando hubiera remanente.
Resulta evidente que la mayor péJrte de los ingresos se destinaron a los caminos de Andalu cía y de Málaga (5 millones de reales largos en dicho año).
30 Incluso se intentó calcular una media de ingresos anuales, pero la creciente disminución de numerario no permitió unas conclu siones adecuadas a los gastos previstos.
Es significativo que al poco tiempo Valdés pasó aviso a los directores de los Cinco Gremios para que mediante sus comisionados en cada puerto, recogieran todo el dinero existente.
31 Esta demanda se repitió los años si guientes, a intervalos irregulares, e� decir, cuando se necesitaba urgentemente dinero, lo que por otra parte dificulta extraordina riamente la localización de los ingresos cada año.
Durante la etapa de Valdés (1787-1790), el 1 % de la plata que hemos calculado para cada uno de los puertos habilitados da las siguientes cantidades: 32 Al igual que en la etapa anterior, el resto de los puertos reci bió unos ingresos muy escasos, cuando no nulos.
24 m. en los tres años citados.
43 A tenor de los datos anteriores hay algunas constantes que se repiten en este trienio con relación al período anterior: Cádiz sigue siendo el puerto fuerte, aunque con un descenso pronunciado con respecto a los años inmediatamente precedentes, lo que parece indicar que éstos fueron especiales, por la favorable acumulación de caudales, y que luego se retornó a una situación más regular.
Muy distantes del puerto gaditano están los demás, aunque en líneas generales hay una ligera tendencia al alza especialmente en 1787: Coruña se sitúa como segundo lugar en recepción de plata, y luego Barcelona, Málaga y Santander.
La subida elevada de Bar celona en 1789 coincide con los datos de J. M. Delgado Rivas, 44 el reinado de Carlos IV, originó importantes modificaciones en la estructura administrativa hispanoamericana, al suprimir las Se cretarías de Indias y englobar cada materia específica peninsular y americana en un mismo ministerio: Se crean así Estado, Gracia y Justicia, Guerra, Marina y Hacienda, cada una por tanto de España e Indias.
46 Ello conllevó obligatoriamente un reajuste de los titulares de los ministerios, quedando Antonio de Valdés como responsable de Marina, y Pedro de Lerena en Hacienda, aunque fue sustituido en 1792 por Diego de Gardoqui, mientras el conde de Floridablanca proseguía en Estado hasta ese mismo año y A� tonio Porlier en Gracia y Justicia.
Para nuestro tema, el interés se centra en Hacienda y Marina, que eran las dos vías por las cuales, según el texto de la reglamentación del libre comercio de 1778, podía y debía cobrarse el impuesto del 1 %, una vez desaparecido el ministerio de Indias, que era literalmente el des tina tario.
Por otra parte, y por lo que respecta a Cádiz, tiene especial interés la supresión de la Casa• de la Contratación, según real de creto dado en Aranjuez el 18 de junio de 1790, y su reconversión en Juzgado de Arribadas.
47 Aunque la Casa ya desde 1778 no llevaba el cobro de los impuestos derivados del comercio y de los metales, la reconversión de este momento es indicativa de que el objetivo prioritario del equipo ministerial era la Hacienda, y en consecuencia, el cobro del 1 % debía ir a parar indefectiblemente a este ministerio.
Así, se ordena que la mayoría de los fondos y caudales de la Contratación pasarán directamente a la Tesorería General de Hacienda, tal como expresa el propio texto del real decreto:... «el conocimiento que ha de haber en mi Tesorería General de todos los caudales, frutos y efectos que entran en Cádiz y en los almacenes de Indias de aquel puerto, incluso los del producto del 1 % de la plata de Indias... ».
48 De hecho, a fines ÁNGEL SANZ TAPIA de octubre de 1790 ya era la Tesorería mencionada la encargada del cobro del 1 % de Cádiz, aunque el aviso a todos los puertos para que el ministerio de Hacienda recibiera todos los derechos del dinero y efectos introducidos en España pertenecientes al ex tinguido ministerio de Indias es de fecha posterior, del 29 de noviembre.
49 A partir de 1790 disponemos de menor número de datos re ferentes al cobro del 1 %, y solamente para algunos puertos con tinúa la seriación algunos años más.
Bien es cierto que a partir del 1792 la nueva etapa de guerras entorpeció el tráfico con Am¿ rica, incidiendo en la llegada de caudales de Indias, retraídos por la inseguridad marítima.
No obstante, podemos ofrecer las siguien tes cifras: ÁNGEL SANZ TAPIA llevado.
El sistema que se sigue es la remisión desde cada puerto a Tesorería General de los caudales líquidos, es decir, luego de haber satisfecho anualmente determinados gastos, de modo que en algunos casos, la cuenta quedaba cerrada cada fin de año.
61 Este hecho está en la línea de un mayor control hacendístico por parte de la Corona y en concreto por los titulares del ministerio, Lerena y Gardoqui.
Haciendo balance general de ingresos, los totales que hemos calculado para cada puerto por el 1 % son los siguientes: Almería: No hay constancia de ninguna entrada entre 1786 y 1789.
Los resultados globales evidencian la importancia suprema de Cádiz como destino principal de las remesas de plata americana.
Siguen Coruña, Barcelona, Santander y Málaga como puertos de segundo orden, aunque ya muy distanciados.
Los demás pueden calificarse de lugares menores, pues incluso San Sebastián-Pasa jes, a pesar de gozar del monopolio de ciertos puertos venezolanos, no introduce cantidades de importancia.
Finalmente, el total' definitivo que hemos obtenido -con todas las salvedades e imprecisiones expresadas en cada caso par ticular-resulta un importe de 31.465.259 r.
20 m., que trans formados en pesos de plata fuerte supcndrían 1.57 3.262, cantidad que al menos sirve de referencia como nivel mínimo en cuanto al valor de la plata llegada a España en estos años.
De otra parte, desde 1790 los totales del 1 % figuran in• cluidos ya dentro de las cuentas generales de la Hacienda, lo cual permite calcular qué porcentaje ocupaba dicho impuesto en el total de los ingresos provenientes de Indias.
El texto del artículo 45 precisa los fines a que debían dedi carse los caudales del 1 %: «... indemnizar al Seminario de San Telmo y otros Cuerpos que tenían dotación en el gravoso derecho de toneladas, como también para invertir el sobrante en la construcci6n del camino de Andalucía, que interesa principal mente al comercio de Cádiz».
63 De ello se encargaría el ministro de Indias e indirectamente también lo aprovecharía el ministro de Estado, Floridablanca, a través de la dirección de Correos y Caminos, y otros Cuerpos no precisados.
La realidad no se aparta demasiado de estos objetivos, aunque sea preciso hacer notar que el mayor desembolso se hizo para los fines propuestos por el titu lar de la 1.a Secretaría, especialmente para las obras de caminos.
Con ello se invierte el orden textual del Reglamento, ya que el sobrante se convirtió en el gasto principal.
El proceso que se seguía en los gastos del 1 r;v era así: Lo habitual era que primeramente, una vez ingresada la cantidad correspondiente en las aduanas de cada puerto, se descontara una cantidad destinada a la persona encargada del cobro de dicho im puesto -cuando existía una dedicación específica-o al oficial de la Tesorería que llevaba a su cargo los ingresos de Indias.
Des pués, y según cada puerto, había un número de asignaciones fijas que se pagaban directamente a los interesados (pensiones, grati ficaciones, sueldos), con lo que quedaba una cantidad líquida, que era cobrada por los apoderados de los Cinco Gremios Mayores de Madrid (hasta 1790) y de la cual, como ya se ha señalado 64 se des contaba un 1/2 % en concepto de transporte,'y otro 1/4 % en concepto de comisión.
Una vez el dinero en Madrid, la Com pañía de los Cinco Gremios abonaba otra serie de consignaciones fijas a diversas personas, instituciones e incluso a la propia admi nistración central de Indias ( sueldos de los funcionarios de las Secretarías, gastos especiales, etc.), con lo cual lo normal era que 262 63 Vid.
Reglamento para el comercio Libre.
Anuario de Estudios 1lmcrirnnos
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es el ingreso quedara en números rojos y que fueran los Gremios quienes tuvieran que adelantar determinadas cantidades, a tenor de las necesidades urgentes, tanto del ministerio de Indias como del de Estado.
En este sentido fue muy corriente que la cuenta del 1 % estuviera en descubierto y que la citada Compañía su pliera la falta, sobre todo cuando Floridablanca solicitaba cantida des realn1ente importantes para sus proyectos de los caminos an daluces.
65 Estas directrices, bastante personalistas, instauradas por Gálvez, se mantuvieron, aunque con cierto control en época de Valdés y se regularizaron a partir del reajuste ministerial de 1790, al suprimirse el ministerio de Indias y encargarse del tema el de Hacienda.
Por lo tanto hay que distinguir también diversas etapas, según el titular del ministerio, quien era el último en decidir el destino definitivo de estos ingresos.
De la época de Gálvez, es decir, hasta mediados de 1787, no tenemos excesivos datos, pero no todo apunta a una actitud muy personalista del ministro en el tema y n un cierto descontrol en las cuentas.
Al menos en el pri mer semestre de 1787, el titular <le Indias cedió a Floridablanca más de 5 millones de reales, a petición de éste, y parece que en años anteriores ( 1784 a 1786) las cantidades fueron aún mayores sin que la documentación utilizada nos permita precisar más.
66 De ahí que el nuevo ministro, Valdés, intentara hacer un balance de ingresos y gastos anuales provenientes del 1 %, al poco tiempo de iniciar su gobierno, tras la muerte de Gálvez.
De otra parte, es comprensible el interés de este último en la mejora de las co municaciones en su provincia, Málaga, para lo que concedió tam� ÁNGEL SANZ TAPIA bién importantes sumas.67 Del mismo modo, utilizó el dinero del 1 % para conceder pensiones o asignaciones fijas anualmente a diversas personas, hecho que gravó asimistn() la dnta sobre el impuesto.
El esquema de los gastos dependientes del 1 % era el siguiente: i.o) Cantidad destinada al funcionario encargado de su cobro en cada puerto.
2.o) Consignaciones fijas, también específicas de cada puer to, de las que destaca especialmente la cuantía de las de Cádiz, Má laga, Coruña y Barcelona.
3.o) Cobro por los Cinco Gremios Mayores de Madrid de un 1/2 % en razón del transporte del dinero resultante a Madrid, más 1/ 4 % para el comisionado.
4. o ) Pago de las asignaciones fijas por cuenta de los Cinco Gremios.
5.o) Gastos específicos del Ministerio de Indias (sueldos, pensiones, etc.).
6.o) Gastos extraordinarios, también encargados a la mis ma Compañía.
7.o} Cantidades entregadas a la Dirección General de Co rreos y Caminos, a petición de Floridablanca Hay que precisar que algunas pensiones o gastos extraordi narios se pagaban del caudal del 1 %, pero en calidad de reintegro, es decir, que se cargaban sobre otros ingresos que, cobrados pos teriormente, se devolvían a este ramo objeto de estudio. l.o) Hasta 1787 no había una norma común a todos los puertos para los recaudadores del ramo del 1 %, y dependía del sueldo que por la vía de Hacienda recibían, y tal sistema se con-signa también en los años siguientes.
Lo com{m era que la per sona o personas encargadas recibieran una asignación, bien fija o en porcentaje sobre los ingresos anuales, como compensación por lo que suponía de trabajo extra, al margen de sus actividades como funcionarios del ministerio de Hacienda, que controlaba todos los ingresos indianos salvo este especial impuesto.
68 Las re ferencias conocidas subrayan una marcada variedad: p. e. en Co ruña se pagaba del impuesto una ayuda anual de 8.000 reales en 1787, que fue subiendo hasta 1791, según aumentaba la plantilla del funcionariado.
69 En Santander sólo cobró sueldo el juez de arri badas, por un importe de 2.200 r. anuales, 70 entendido y calificado como gratificación.
En Málaga sucede lo mismo: 3.000 r. al año para el juez de arribadas, Domingo Pavía.
71 El caso de Barcelona es un tanto original, pues el tesorero de rentas generales del prin cipado, Josef de Pera, que llevó las cuentas del 1 % desde 1779 hasta su jubilación en 1787, no cobró ninguna gratificación por este trabajo extra, pero en esa última fecha solicitó del ministro de Indias una cantidad en porcentaje sobre el dinero ingresado.
Se le concedió el 1 % de ese total anual, y lo mismo a su �ucesor y al contador hasta 1791, en que la desaparición del ministerio de Indias obligó a llevar las cuentas por vía de Hacienda, lo que determinó una rebaja de la gratificación al 1/2 %.
no tenemos constancia de que se descontara inicialmente dinero alguno para el encargado del 1 % hasta 1790, cuando al juc7 de arribadas Tadeo Croquer se le abonaron 3.000 reales, situa ción que continuó posteriormente, 73 y para San Sebastján, la re ferencia de los ingresos y gastos de 1788 no indica tampoco este concepto.
74 Del resto de los puertos no hay datos, pero teniendo en cuenta la escasez del caudal ingresado por este concepto, el tra bajo s-orrespondiente fue escaso y, en consecuencia, no supuso una dedicación especial por parte del personal de la Hacienda de la aduana.
2.o) Las consignaciones fijas que se abonan en cada puerto es uno de los ramos de g�1stos del 1 % más importantes y espe cialmente por lo que respecta a Cádjz, como receptor de las ma yores cantidades.
De allí salía el dinero para los colegios de San Telmo de Sevilla y Málaga, y para ]a Universidad de l\foreantes, pero también para una serie de pensiones que el rey, en época de Gálvez y por su medio, había concedido a determinadas per sonas.
En la etapa de Valdés esto se mantuvo, pero ya en 1790, con la desaparición del ministerio de Indias, el pago pasó directa mente al de Hacienda, e incluso hubo variaciones referidas al apor te de caudales para la construcción de caminos.
Conocemos la relación de estas consignaciones Je Cádiz c:n 1788, provenientes de años anteriores y continuadas hasta 1790.
Algunas de ellas se reintegraban después, al ser concedidas sobre otro ramo distinto de la Hacienda, aunque en principio se abona ron del 1 %.
En calidad de pensiones privadas, figuraban:
-El juez de arribadas de Alicante: 2.200 r., R-i desde la misma fecha.
En concepto de reintegro había tres casos:
(250 pesos anuales), que se recuperarían del ramo de vacantes mayores y menores de Santa Fe, desde 1782.
16 m. ( 4 50 pesos anuales) desde l.o de enero de 1785, reintegrables de las Cajas Reales del Perú y pagando peso sencillo por peso fuerte. �ll -Doña María Teresa Micón y Manjón, como viuda de don don Francisco Manjón, presidente que fue de la Real Audiencia de la Contratación de Cádiz: 14.000 r. anuales, desde mayo de 1786, reintegrables de las vacantes mayores y menores de Nueva España.
No obstante, además de estos gastos regulares, también se abonaron algunos extraordinarios, en calidad de reintegro o no, según los casos, lle gando a cantidades muy elevadas, como p. e. en 1789, cuando se abonó del dinero del 1 % 2.799.
384 r. como parte del pago del azogue venido de Alemania.
88 Estos desembolsos tan especia les y elevados provocaron en ocasiones que la existencia de nume rario correspondiente a este impuesto quedara muy reducida, a pesar de los altos ingresos del mismo.
A partir de 1790, con la creación del ministerio de Hacienda de España e Indias, estas pensiones continuaron atendiéndose ya a cargo de esta Secretaría.
89 Desde entonces también saldrá del caudal del 1 % gaditano el presupuesto mensual para los caminos de Andalucía, que antes era provisto por los Cinco Gremios de Madrid.
De los restantes puertos, solamente algunos tienen también consignaciones fijas, pero en mucho menor grado, al ser muy inferior su nivel de ingresos.
A�:, Málaga no pagaba más que 15.000 r. anuales al administrador general de sus aduanas, Pedro Ortega, 90 por real orden de 25 de agosto de 1786, quien además era intendente honorario.
En Coruña, además de las asignaciones a los funcionarios ya citados, había dos beneficiarios: Doña María de Ramos y Ariza, con una pensión de 7.529 r.
91 En Tenerife, la única pensión iba destinada como limosna a sor María de la Concepción, religiosa en el convento de Santa Clara de La Laguna, por un importe de 900 r. al año.
92 Barcelona abonaba a don Antonio Montañer, catedrático jubilado de Anatomía de México, 7.528 r.
(500 pesos) al año, como pensión concedida por el Rey.
93 Otros puertos con ciertos ingresos, como Santander, o San Sebastián no tu vieron sobre sí el pago de ninguna asignación especial. y lo mismo cabe decir de los puertos menores, como Sevilla, Almería, Cartagena, Alicante (cuya única pensión fija se cobraba en Cádiz), Tortosa, Palma o Vigo...,_.)
I ministro de Indias como del de Estado, para quien, en definitiva fueron los mayores aportes.
Durante el gobierno de Gálvez, aparte de las peticiones de numerario para Correos y Caminos, la Compañía de los Cinco Gre mios se ocupó también en atender las diversas necesidades del ministerio de Indias, ya fueran gastos habituales, es decir, fijos, o extraordinarios.
Estos eran los más frecuentes y, lamentable mente, no disponemos de datos concretos hasta la entrada de Antonio Valdés en el cargo.
Que hubo muchísimos desembolsos es evidentes, al extremo que en septiembre de 1788, cuando el nuevo ministro intentó hacer un cálculo anual de ingresos y gas tos, el caudal del 1 % estaba empeñado en 13.846 r., 97 por lo que fue preciso ordenar la recogida inmediata de todo lo que hubiera en los puertos habilitados e incluso recurrir a préstamo adelan tado por la Compañía, situación que se repitió en varios momentos entre 1787 y 1790.
98 Entre los pagos directamente efectuados por los Gremios había una serie de asignaciones fijas, que no obstante variaron de la época de Gálvez a la de Valdés.
En concreto., las relaciones de que disponemos son de los años 1788 y 1789, es decir, inme diatamente anteriores a la supresión de Indias como ministerio, y en ellas aparecen tanto pensiones a particulares como consigna ciones a instituciones y a personas responsables de una misión concreta, e incluso cantidades destinadas a las dos Secretarías de Indias. para su funcionariado.
100 El pago cesó por los Cinco Gremios el l.o de junio de 1790, siendo encargada del mismo la Tesorería de Sevilla, de cuenta de la Real Hacienda, y rebajándose el importe mensual a 15.000 r., ya desde el mes de agosto del propio 1789 -A don Juan Bautista Muñoz, cosmógrafo de Indias: 10.400 r.
1 0 1 De ellos sólo se cobró 100 Don Antonio de Lara y Zúñiga era el apoderado de D. Juan Bautista Muñoz, quien realmente organizó y a quien se debe la creación del Archivo General de Indias.
En una carta suya al ministro de Indias (A.G.S., S.S.H., 382), de 12 de agosto de 1787, Muñoz precisa la situación del edificio en ese momento y las necesidades económicas que son perentorias.
Hasta entonces se disponía de 60.000 reales mensuales, pero las dificultades de entrega, la tardanza en el cobro y el estar entonces trabajando en «las costosas obras de la escalera principal del edificio (con jaspe de Morón), el soldado de mármol y la estantería de cedro y caoba» requerían tal cantidad.
El mismo añadía que según fueran terminándose las obras sería menor el caudal que necesitaba, lo 4ue así sucedió en 1788, pasando a cobrar sólo 30.000 r. mensuales.
En la Guía del Archivo de Indias de Sevilla.
de J. M.a de la Peña y Cámara, Madrid, 1958, pág. 46, se ofrecen también estos datos, aunque con cierta imprecisión: el coste total de la obra es estimado en 958.830 r.
8 m., dándola por finalizada en 5 de noviembre del 88, lo que contradice los documentos que hemos manejado.
No se precisa que «el 1 % de los Gremios de Madrid» corresponde al impuesto sobre la plata de Indias, y que la consigna ción siguió en años sucesivos, con la rebaja a 15.000 r. mensuales desde 1.
0 de agosto del 89, según se iban concluyendo las obras (A.G.S., S.S.H., 382).
Carta del tesorero General D. Francisco Montes al superintendente del Archivo, D. Antonio de Lara y Zúñiga, San Lorenzo, 29 de septiembre de 1790.
Esta cantidad ya no la abonan los Gremios sino el Ministerio de Hacienda.
También puede tener interés para el tema: Ordenanzas del Archivo General de Indias, Sevilla, 1986, con edición facsimil y diversos estudios preliminares.
101 Sobre la importantísima personalidad de D. Juan Bautista Muñoz cabe consultar los artículos de Antonio Ballesteros Beretta en la «Revista de Indias», núms.
Se tr,\L.1 del propio secretario de Gracia y Justicia de Indias.
En total, la cantidad anual de estas consignaciones fijus ascen día a 489.285 reales de vellón, a lo que habría que añadir el im porte de los conceptos que siguen.
5.o) Acerca de los gastos específicos del m1111sterio de In dias, extraídos del 1 9ó de la plata y abonados por los Cinco Gre mios no nos consta que en la etapa de Gálvez hubiera una asigna ción concreta anualmente, más bien se dispuso de cantidades diversas en el momento en que se hacían necesarias, sistema que prosiguió al comienzo del gobierno de Valdés, con la división en <los secretarías.
10 4 Sin embargo, el nuevo ministro, dentro de su intento por controlar los balances de entrada y salida del caudal del 1 %, decidió establecer una cantidad anual fija, que cumpliera esas necesidades secundarias pero urgentes.
Así, a partir de fines de 1788 hay una consignación de 41 O.000 r. al año para cada una de las dos secretarías de Indias, a cobro de los Gremios.
10 5 Incluso, a partir del 28 de septiembre de 1788 se concierta otra cantidad fija «para los gastos imprevistos y eventuales de conducciones de madera y para los Príncipes», que se establece en 100.000 r. anuales.
Gastos extraordinarios del n11111sterio Je Indias: Lógi camente existieron desembolsos especiales para cc1s0s concretos, no repetidos, a personas e instituciones, tanto con Gálvez como con Valdés.
A título de ejemplo, citerr10s los 13.000 r. para don Fernando Casado de Torres, con10 pensionado ten1poral; los 5.250 r. para el agustino Juan Sié, que debía pasar de C�idiz a Manila; los 1.000 r. a la priora de las Carmelitas Descalzas Je Málaga, para socorro de aquella comuniJad, e incluso una cantidad de 4.400 r. para gastos de escritorio en Ct1diz.
28 m. sin que se especifique el des tino, o los 9.000 reales a don francisco Ivfoch�Klo para un gasto secreto del real servicio.
Estas cantidades eran a fon<lo pcrdiJo, mientras que también se dieron casos de gastos extraordinarios con calidad de reintegro, tales como los 6.000 r. a don Juan González dd Campo, oficial de moneda de las Cajas Reales de Puebla, a quien se le descontarían de su sueldo, o la pensión del presbítero tlaxcalteca don Juan Cirilo de Castilla (400 pesos anuales == 8.000 reales), también reintegrables de las vacantes mayores • y menores de Nueva España.
107 Un caso especial de gasto extraordinario fue el referente a las entregas hechas por los Cinco Gremios a los colegios de San Telmo de Sevilla y de Málaga en 1788 y 1789.
Además de que dispon�an de una asignación fija pagable del 1 9ó de los ingresos de Cádiz, ya estudiada, al pasar a depender del ministerio de Marina, Valdés obligó a llevar una cuenta separada de la de Indias, 108 lo que hizo que, aparte de los ingresos habituales, los Gremios entregaron• 30.133 r.
Con Antonio Valdés al frente de la Secretaría no cesaron las peticiones urgentes de Flori<lablanca, quien en 25 de septiembre de 1788, a pesar de estar el fondo del 1 % empeñado, no dudó en solicitar otro millón de reales, sobre el fondo de Real Hacienda y reintegrables a ésta cuando fuera posible.
113 No obstante, este aporte altísimo de numerario no era soportable por la cuenta del 1 %, por lo cual Valdés decidió, previo acuerdo con el ministro de Estado, establecer una cantidad fija mensual para los caminos <le Andalucía, que se especificó en 60.000 r., lo que hacía al año 720.000, pagaderos por los Gremios114 y a partir de 1789.
La cuenta de esos pagos figura en el balance Je ese año de la Com pañía, que lo entregaba a don Juan Francisco de Guereta, tesorero principal de la renta de Correos.
Sin embargo, la supresión de las secretarías <le Indias y el paso del 1 % a cargo de la Hacienda general supuso el fin de: la intervención de los Cinco Gremios en el tema, de modo que, previo acuerdo entre Floridablanca y Pedro de Lerena, el nuevo titular de Hacienda, se concertó la continuación de los 60.000 r. mensuales pero cobrables desde entonces del 1 % de la Tesorería General de Cádiz.
115 Desde ese momento, los documentos de esta cuenta gaditana sólo descuentan mensualmente esta cantidad, por que el resto de las consignaciones pasaron también a la vía de Hacienda.
116 Lo cierto es que, gracias a estas inversiones, Florida blanca consiguió completar su plan de caminos y carreteras, que, en Andalucía llevó a la construcción del puerto del Rey en Sierra Moreni1, los accesos a Jerez y los tramos de Andújar a Bailén, además de gran parte de las rutas de Málaga y Vélez con Ante-ÁNGEL SANZ 1APIA 1':n los tres, mos 1787 a 1789 d balance resulta negativo, �n 1 nq,:e va descendiendo muy sensiblemente, quizás porque An tonio de Valdés intentó afinar la contabilidad y frenar los gastos extraordinarios, especialmente las remesas a Floridablanca.
Acerca de quién cubrió ese déficit apuntamos a los préstamos anticipados de los Cinco Gremios (comprobados en los años 1788 y 1789) e incluso la propia Real Hacienda, cuando en 1790 se hace cargo del impuesto.
Otra posibilidad es que los cuantiosos gastos del año 1787;;e hicieran aprovechando los también importantísimos in gresos de J 786 y de los dos años precedentes.
De aquí que sea 17S9 justamente el año más regular y más fiable, en que son los Cinco Gremios qu icnes cubren ese déficit.
Crn10 conclusiones pueden �;cií�1Iarsc vmias: a) L: originalidad del impuesto, destinado específicamente al ministro de Indias, y cuyas cuentas no pasaron por llacienda, hecho que consideramos excepcional.
Es evidente que, aun justi ficando sus fi nes, fue� creado por acuerdo e interés de Gálvez y PloridabLmca, con el asentimiento del ministro de Hacienda, Mi gue] de Múlquiz_, y que en ]a época de Gálvez las cuentas fueron muy irregulares por lo que su sucesor, Valdés, intentó poner cierto orden.
No obstante, el cobro del 1 % fue una interesante posibilidad pecuniaria para el ministerio de Indias, al menos teó ricamente: se pagaban de él: pensiones y asignaciones fijas, tanto en los puertos con10 en e1 propio ministerio, gastos extraordinarios y se cubrieron necesidades no previstas. b) Con este ingreso se abonaron las indemnizaciones al Seminario de San Tclmo de Sevilla, luego al de Málaga, de nueva creación, a la Universidad de Mareantes, a la Sociedad de Medi cina de Sevilla, al Archivo <le Indias, etc. tal como estaba espe cificado en el Reglamento de Libre Comercio.
Sin embargo, lo llamativo es que las mayores cantidades hasta 17 88 fueron des tinadas a la construcción <le los caminos de Andalucía y Málaga, que eran de interés prioritario, tanto para Floridablanca (por su política viaria) como para Gálvez (con su favoredmiento a Málaga 47 y su provincia), por lo cual, de algún modo, se invirtieron los fines, y «lo sobrante» pasó a ser de utilización prioritaria.
Destaca el hecho de que, según el coste global que se ha estimado para adecuar el edificio del Archivo de Indias a su función: 9 58.830 r.
8 111., 131 cabe concluir que se pagó íntegramente con la asignación extraída del impuesto del 1 %. c) Con todo, y quizás debido a los gastos extraordinarios, ademéis de los presupuestos para caminos, el balance anual -a tenor de los datos mostrados-fue deficitario, habiendo de ser por la Compañía de los Gremios, como responsable de su contabilidad.
No obstante, debió haber años con superávit (1784, 1785 • y 1786) porque en ellos se conceden las mayores cantidades para Floridablanca, como también se otorgan casi todas las pen siones y asignaciones fijas a particulares, incluso las reintegra bles por otros ramos de Hacienda, a m�1s de echar mano del caupal del 1 % para adelantar el pago de los azogues de Alemania, que suponían una considerable cantidad (casi 2.800.00 r. en 1789). d) El total de ingresos por este concepto del 1 Cfb en los puertos y años reseñados anteriormente alcanzó la suma de 31.465.259 r.
20 m., cantidad que debe considerarse como la mínima, considerando que nos faltan datos de lugares y tiempos.
En pesos fuertes supondrían un mínimo de 1.57 3.262, que en un 100 ero darían 157.326.200 de plata que entró en España per teneciente a particulares durante esta etapa. e) También y como se ha dicho ya, tomando como referen cia el año 17 89, el caudal del l % supuso un 1,8 % del total de los ingresos provenientes de Indias.
EL IMPUESTO DEL 1 fff.; SOBRE LA PLATA DE INDIAS |
Autos sobre Chacsinkin y Tziskal. fol. 1.
En el documento el sitio aparece como Tecal y Chacimicin, aunque a lo largo dtel pleito acaban por imponerse los nombres por los que he optado.-García Berna!, La explotación pecuaria..., púg.
9 A partir ele su fusión con Tziskal en 1608 aparece casi siempre citado en las sucesivas ventas sólo como Chacsinkin y a veces, incluso, omitido por considerarse incluido en la estancia de Tziskal.
Juan Francisco Peón Ancona lo denomina Chaksikin, al aludirlo como hacienda vecina a la de San Antonio Siskal ( Tziskal en este trabajo) en 1705.
«Las antiguas haciendas de Yucatán> en Diario de Yucatán.
10 Autos sobre Chacsinkin y Tziskal, fols.
La expansión de la ganadería en Yucat,1n constituye sin duda uno de los aspectos más interesantes de la historia agraria de esta provincia, dado que las estancias no sólo representaron un patrón de desarrollo regional acorde con las características ecológicas de la península, sino también una etapa rc8lmente importante en el proceso de ocupación del suelo por parte de los españoles, aunque el ritmo de evolución fuera mucho más pausado que en el resto de 11éxico y su progreso notoriamente más restringido.
Destacar esto es necesario porque, como ya he expuesto en otros trabajos, la explotación pecuaria a lo largo de las dos primeras centurias determinó el desarrollo agrario de la región, ya que las estancias constituyeron la base de muchas de las tardías haciendas y plan taciones y representaron adem,ís un incipiente factor de distorsión de la economía maya, al ejercer una grave presión sobre las tierras indígenas, presión que a la larga contribuiría a hipotecar el por venir agrícola de los mayas yucatecos.
1 Todo ello avala el interés que ofrece el estudio de una pro piedad que durante un siglo estuvo integrada por un sitio para ganado menor conocido por Chacsinkin y una estancia de ganado mayor denominada Tziskal, de los que, por otra parte, sólo se
• Una versión p reliminar mu y resumida de este traba j o fue p resentada en el IX Con g reso Internacional de Historia de América, organizado p or la Asocia ción de Historiadores Latinoamericanistas Euro p eos ( A.H.I.L.A. ) y celebrado en Sevilla, del 1 al 5 de octubre de 1990.
1 García Bernal, Manuela Cristina: La pérdida de la propiedad indíoena ante la e:i: pansión ele las estancias yucatecas ( siglo XVII).
«Actas de las VIII Jorna da� de Andalucía y América».
1 1 la competencia por la tierra en torno a Mérida de Yucatán, en «Temas America nistas>>, núm. 8.
MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL conoce su pervivencia por separado en el siglo XVIII, pero nada o muy poco se sabe sobre su origen y evolución.
Dicho estudio es posible gracias a los testimonios de un litigio que se planteó en 1748 con motivo de haberse introducido ganado caba11ar en el sitio de Chacsinkin-Tepecal, hasta entonces prácticamente des poblado, por el perjuicio que ello reepresentaba para las estancias circunvecinas (Tziskal y Opilchén).
En el expediente de dicho pleito -. localizado en el Archivo General de la Nación de Méxi co-se encuentran recogidos todos los trámites legales que lo configuraron, pero sobre todo una serie de documentos, en su mayoría originales, sobre el origen y desarrollo del sitio y de una de las estancias vecinas, Tziskal, con la que desde 1608 constituyó una sola propiedad hasta su separación en 1708.
Aparecen por ello!:egistradas 1: ts sucesivas ventas conjuntas de ambos parajes durante un largo período de tiempo, así como las transferencias que condujeron a su integración en el siglo XVII y a su posterior disgregación en el siglo XVIII.
2 Lógicamente el interés del pleito reside sobre todo en la valiosa información que sus numerosos testimonios contienen sobre la desigual explotación de esta propiedad rural -e, incluso, sobre la de los dos sitios de estancia por separado-, así como sobre las peculiares condiciones bajo las que se desarrolló la expansión pe cuaria en Yucatán hasta mediados del siglo XVIII.
Por ello me diante su análisis microeconómico se puede no sólo alcanzar un conocimiento histórico preciso sobre la evolución, dimensiones y rendimiento de una empresa ganadera, sino también poner de re lieve hasta qué punto esta propiedad fue un reflejo de las especia les características que conformaron la explotación ganadera en Yucatán.
Y es que a través de las sucesivas transferencias de la propiedad y de los importantes datos que en ellas se registran es posible detectar sus momentos de expansión y de estancamiento, UN POSIBLE MODELO DE EXPLOTACIÓN PECUARIA 3 su irregular explotación y las fluctuaciones que por ello acusó su avalúo y también la mayor o n1enor estabilidad patrimonial de la misma.
Asimismo, su evolución puede muy bien ilustrar en qué medida el desarrollo de las estancias estuvo determinado por la capacidad empresarial y financiera de sus propietarios o por facto res exógenos como, por ejemplo, la grave crisis que acusó la pro vincia a mediados del siglo XVII.3
La actividad ganadera con fines comerciales empezó a desarro llarse en Yucatán desde el comienzo mismo de la colonización ante la ausencia de recursos mineros o agrícolas.
Para mediados del siglo XVI ya existían estancias de ganado menor (cabras y ovejas sobre todo) y mayor (vacuno y caballar) que los primeros encomenderos y vecinos de la nueva provincia habían empezado a instalar, aprovechando los ingresos que la tributación de sus encomiendas les proporcionaba y la facilidad con que, merced a su influencia, podían obtener tierras y servirse de los indios para el cuidado de los rebaños.
4 La única inversión que esta explota ción exigía era, pues, la compra del ganado, un ganado que en los primeros tiempos era sobre todo menor o «menudo», por ser el vacuno entonces «muy exquisito».5 Quizá por ello en 1565 sólo había, según la información del alcalde mayor don Diego de Quijada, siete u ocho estancias de ganado mayor «en toda la provincia, de donde ordinariamente se sacan novillos y se doman caballos y mulos y mulas».
6 El hecho de que el ganado menor fuera más asequible y abun dante puede explicar por qué Sebastián Vázquez de Andrada, regidor de Méridá, solicitó a principios de 157 4 al gobernador Francisco Velázquez de Gijón tierras «para poblar una estancia >.
8 En esta merced de tierras, una de las pocas que se conocen para Yucatán, radica el origen de Chacsinkin-Tepecal 9 y tambi é n el fundamento de.l pleito suscitado en el siglo XVIII, toda vez que en el documento sólo aparece el término genérico de «ganado», sin especificarse el tipo del mismo y sin recoger la calidad de <<menudo» que Vázquez de Andrada incluía en su petición.
Y en este detalle, aparentemente sin importancia, fue en el que se basó el capitán don José de la Ruela (o Roela) para justificar en 1748 la introducción de ganado caballar en dicho sitio, dando como im plícita en el título de merced la licencia para poblarlo de ganado mayor y menor, puesto que «las mercedes de tierras que se con� ferían a los conquistadores eran para pastar en los distritos de las peonías o caballerías puercos, vacas y hacer labores», ya que los fines con que se solicitaban y concedían las tierras no eran otros que <<poblar y extender el ganado vacuno y caballar» que en aquel tiempo «el que había era muy exquisito».
10 Por supuesto, para la parte contraria la cuestión no estaba tan clara, pues si lo normal hubiera sido conceder a los conquistadores UN POSIBLE MODELO DE EXPLOTACIÓN PECUARIA 5 tierras para ganado mayor, Vázquez de Andrada (del que no había constancia que fuese conquistador) no hubiera pedido licen cia para poblar de ganado menudo, «cuando bastaba el pedirla absoluta (que era mejor) y sin límites para después poblarla del ganado que quisiese».
Luego, el término «ganado» que aparecía en dicho título sólo podía entenderse como <<descuido» o «malicia» del escribano o porque éste tuvo «por ociosa la expresión de ganado menudo» al ser éste el más numeroso.
Consiguientemente, sólo subsistía la licencia de ganado menudo solicitada por Vázquez de Andrada.
11 De todas formas, no parece que V ázquez de Andrada llegara n sacar mucho provecho de las tierras y de la licencia obtenidas, ya que en 1599 la propiedad -que también incluía las dos caba-1Ierías de tierra-sólo se valora en 25 pesos de oro común, que fue el precio que Juan Camas de León, vecino de Mérida, pagó por ella a Juan V('. faquez de Andrada, hijo y heredero de Sebastián Vázquez de Andrada.
12 El bajo precio y el hecho de que no se con signase en la carta de venta ningún tipo de cultivo e instalaciones ni cantidad alguna de ganado hace pensar que el avalúo respondía sólo a la tierra en sí y a los derechos legales sobre la misma.
Así, pues, en 1599 Chacsinkin era un paraje yermo, a pesar de la condición expuesta en el título de merced de que debía poblarlo �n un año so pena de perder los derechos sobre él.
Ello lógicamente 6 MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL invalidaba o hacía «nula» la licencia obtenida para poblarlo de ganado, tanto mayor como menor, según los argumentos esgri midos en el siglo XVIII, dado que durante veinticinco años no había hecho uso de dicha licencia, ni tampoco había cumplido la condición expresa de poblarlo «dentro de un año».
13 Sin embargo, a principios del siglo XVII el control de las estancias por parte de las autoridades no debía ser muy efectivo, pues lo cierto es que Juan V ázquez de Andrada transfirió junto con el sitio la licencia para poblarlo de ganado, como lo prueba el que sus suce sivos propietarios a lo largo del siglo XVII no encontraran traba legal alguna para introducir ganado en él.
Un ganado, sin embargo, que debería ser menor, dado que en las diferentes cartas de ventas expedidas durante ese siglo Chacsinkin siempre aparecía como un sitio de estancia de ganado menor (no mayor, como en el si glo XVIII pretendería José de la Roela).
No deja de ser extraño que Vázquez de Andrada no hubiera abordado la explotación del sitio cuando con las encomiendas de su esposa tenía asegurados unos ingresos que, aunque eran escasos según su testimonio, alcanzaban por lo menos los 400 pesos de oro común anuales.
14 Y lo curioso es que tampoco su hijo, Juan Vázquez de Andrada, llegó a poblar el sitio, a pesar de que tam bién contaba con una encomienda, y optó por venderlo por una cantidad exigua.
Ello y el hecho de que al año siguiente fuera uno de los vecinos que más bajo donativo (25 pesos) aportaron al rey pueden ser un indicador de su deficiente capacidad financiera y de su incapacidad, por tanto, para abordar una empresa que exigía un cierto capital, aunque también pueden reflejar una falta de iniciativa empresarial y un miedo al riesgo que toda inversión conllevaba, sobre todo en una época en la que las sequías, la peste y las hambres hacían su aparición con excesiva frecuencia.
15 La primera constancia de la existencia de ganado menor en U Autos sobre Chacsinkin y Tziskal. fol. 54v.
Manuela Cristina: Apuntes sobre la sociedad urbana de Yucatán.
«Anuario de Estudios Americanos», XL.
Sevilla, 1983, pág. dicho paraje data de 1600, cuando, a los cinco meses de la venta, se da la posesión de Chacsinkin a Juan Camas de León, donde, según el docu1nento, éste. l<i Es evidente que en el período transcurrido entre la venta y la toma de posesión Juan Camas de León había introducido ganado en el sitio y había construido las instalaciones imprescindibles para el funcionamiento de la estan cia. Y aunque nada se dice sobre la cantidad de ganado que en 1600 tenía Chacsinkin, es indudable que Camas de León logró revalorizar la propiedad en un corto período de tiempo, ya que en 1601, cuando el bachiller Bartolon1é <le 1-Ierrera, clérigo pres bítero y vecino de Mérida, se la compró, Chacsinkin • y Tcpecal contaba ya con 800 cabezas de gafü! do <<cabruno y ovejuno, chico y grande» y con «casa, cocina, pozo, pib, pilar y todo lo denu1s a ello anexo».
Por supuesto, lo más valioso de la estancia era el ganado que, a razón de 4 reales un cuartillo ( 3 granos), importaba 425 pesos de oro común, mientras que el sitio con sus «corrales, casas, pastos y abrevaderos» se valoraba u1 J 30 pesos, con lo que el bachiller Bartolon1é de llerrera tuvu que pagar <�de contado» 555 pesos de oro común.
De la venta se desprende que la cotización de la estancia había aumentado considerable1nente y que la diferencia de su valor con relación a l 599 no estribaba sólo en el ganado introdu cido, sino también en la calidad de la planta ( el conjunto de edi ficios, instalaciones, aperos y derechos legales sobre la propiedad) que de 25 pesos había pasado a 130 pesos, es decir, había quin tuplicado su valor ante las mejoras introducidas por Juan Camas de León.
18 Cierto que lo que daba entidad económica a la estancia era el ganado que representaba el 76,5 % de su valor total, pero también lo es que el. ganado exigía unas mínimas instalaciones, 16 Toma de posesión de Chacsinkin y Tepecal, 14 de marzo de 1600, en Autos sobre Chacsinkin y Tziskal, fol. 4v.
2fi de febrero de 1 GOl, en Autos sobre Chacsinkin y Tepecal, fols.
18 Esto fue también pue.;;to de relieve en el siglo XVIII para demostrar que Vázquez de Andrada no llegó a poblar el sitio.
Autos sobre Chacsinkin y Tepecal, fols.
54v.-55 y 6:3. aunque fuesen precarias, y es evidente que Juan Camas de León había contado con el capital necesario para la compra del ganado y el acondicionamiento de la estancia.
Incluso debía incluir el sitio la fuerza de trabajo necesaria para la vigilancia de un hato tan numeroso, aunque para nada se alude a ella ni al desembolso económico que representaba.
Todo ello no deja de ser curioso, porque revela que allí donde había fracasado un encomendero triunfó un individuo, pro bablemente un mercader, que debía estar recién llegado a Mérida, pues, aunque en marzo de 1600, al tomar posesión del sitio, era considerado vecino de Mérida (no así en 1599 cuando la com pró), no fue incluido, sin embargo, en la relación que el 24 de marzo de 1600 se hizo de los vecinos de la capital que habían contribuido «voluntariamente» con un donativo al re�, ( tampoco fue registrado como vecino en las relaciones de Valladolid y Cam peche).
19 ¿Había llegado quizá después de haberse procedido a la recaudación de dicho donativo?
Es posible que sí, porque difí cilmente se hubiera negado a una contribución que le permitiría gozar de mayor consideración en la ciudad, dado que ni siquiera vivía en el casco urbano de la misma, sino, según la carta de venta de 1601, en el barrio de San Cristóbal, «extramuros de la dicha ciudad».
20 También es interesante reseñar que en 1601 el sitio ya limitaba con las estancias de Jerónimo de San Martín, Pedro Nieto Pacheco y Alonso de Aguilar, los tres vecinos de Mérida, pero con diferente status económico, según se desprende de la relación de vecinos de 1600.
Aunque los dos últimos aparecen registrados en dicha relación como encomenderos y con un donativo de rela tiva importancia (200 pesos Pedro Nieto Pacheco y 150 Alonso de Aguilar), lo cierto es que Pedro Nieto Pacheco en esa fecha sólo era encomendero consorte, pues la verdadera beneficiaria de la encomienda de Tekantó y Tepakán era su esposa Juana Sánchez Mexía y él no la conseguiría hasta 1616.
De todas formas, era el que figuraba y cobraba los tributos de la encomienda que en 1607 alcanzaba un valor anual bruto de 3.100 pesos, ingresos superiores a los de la también importante encomienda de Mama y Peto que gozaba Alonso de Aguilar y le devengaba en 1607 un total anual de 2.325 pesos.
No extraña, pues, que con tan altos ingresos sus donativos hubieran sido de los más elevados y que además hubieran invertido en la explotación ganadera, al ser ésta una actividad económica con garantías de rentabilidad.
El caso de Jerónimo de San Martín es, sin embargo, más sorprendente, pues ni era encomendero ni debía ocupar un lugar destacado en la estructura socioeconómica de la capital, dada la exigua cuantía de su donativo (50 pesos) y sobre todo su ubicación en la relación de 1600.
Aunque, como ya demostré en el estudio de la misma, el donativo no era en modo alguno expresivo del nivel económico de los vecinos de Mérida, pues no había correspondencia entre el mismo y el beneficio económico que muchos de ellos percibían de sus encomiendas, sí podía su lugar en la lista reflejar su estima ción social.
Si se tiene en cuenta que la relación era un fiel reflejo de la rígida jerarquización social de Mérida, el hecho de que ocupara uno de los últimos puestos y que no resaltara precisa mente por la importancia de su donativo puede indicar que su posición económica y social no debía ser muy destacada.
Lamen tablemente la relación no facilita, como en otros casos, ningún dato sobre su ocupación laboral, por lo que no es posible saber cuál era su fuente de ingresos, ni la posible cuantía de éstos.
Sólo hay constancia de que en 1615 su propiedad, lindante con Chacsin kin, era reputada como estancia de ganado mayor y de que en 1660 aún seguía figurando como suya, lo que demuestra una estabilidad patrimonial realmente sorprendente.
21 Así, pues, Chacsinkin y Tepecal en 1601 era ya una empresa ganadera en claro proceso de expansión.
Desgraciadamente no se puede saber cuál fue el beneficio que Juan Camas de León obtuvo de su venta, porque no hay datos sobre el capital que invirtió en el ganado, en equipar la estancia con los avíos e instalaciones pre cisas y en dotarla con el número de trabajadores necesarios.
Cabe, no obstante, pensar que por lo menos la reproducción del ganado sí debió proporcionarle algún rendimiento, toda vez que las crías fueron. tasadas al mismo precio que el ganado «grande».
Su nuevo propietario, un eclesiástico, debía contar con el suficiente respaldo económico como para hacerse cargo de una estancia ya consolidada y con buenas perspectivas de rentabilidad y desarrollo.
¿Cómo gestionó el bachiller Bartolomé de Herrera la estan cia?
¿ Logró acrecentarla y recuperar con creces el capital invertido en su compra?
De la información existente se puede deducir que la administración del eclesiástico fue un rotundo fracaso, pues sorprendentemente, a los cuatro años de su adquisición, Chacsin kin y Tepecal -incluyendo, como siempre, las dos caballerías de tierra-era transferido mediante venta a Diego Martín, vecino de Mérida, por Juan de Céspedes y Figueroa, también vecino de la capital, como albacea del padre bachiller Bartolomé de Herrera, por el ridículo precio de 25 pesos de oro común.
22 Ignoro cómo en cuatro años una floreciente estancia de ganado menor había po dido arruinarse de tal forma.
¿Qué había pasado con las 800 ca bezas de ganado y con las instalaciones construidas por Juan Camas de León?
¿Es posible que todo se hubiera destruido hasta el extremo de que el paraje se encontrara de nuevo como en 1599 y, por tanto, sin ningún interés económico?
Lo cierto es que la carta de venta para nada alude al ganado ni a cualquier tipo de construcciones y que la devaluación de la propiedad era patente ante el exiguo precio que se pagó por ella, curiosamente el mismo con que se había tasado en 1599.
Pero Diego Martín nada hizo por poner de nuevo en fun cionamiento la estancia, ya que al parecer se limitó a venderla otra vez dos meses y medio después.
El nuevo comprador fue el licenciado don Manuel Núñez de Matos, tesorero de la Santa
Catedral de Mérida, que pagó «de contado» por la propiedad 30 pesos de oro común.23 La compra de la estancia había, pues, reportado a Diego Martín un beneficio de sólo 5 pesos.
¿ La había adquirido con la intención de especular con ella?
Es difícil saberlo, pero desde luego la operación no le representó grandes ganancias.
El nuevo propietario, otra vez un eclesiástico, se revelaría como un hombre de recursos •económicos, ya que pocos años des pués lograría unir el sitio de T epecal y Chacsinkin con la estancia de Tziskal, al confluir en él los derechos de propiedad sobre ambos parajes.
Esto ocurriría en 1608, cuando se reconoce al licenciado don Manuel Núñez de Matos como propietario de Tziskal.
24 Ter mina, pues, en 1608 el desarrollo autónomo de Chacsinkin y Tepekal, iniciándose entonces una nueva etapa en la evolución del mismo.
LA ESTANCIA DE TZISKAL
El 13 de julio de 1606 fue sacada a subasta pública una estancia de ganado mayor que había sido propiedad de don Juan de Montejo.
25 Su venta en «pública almoneda» fue hecha a peti ción de Juan de Sanabria, defensor de los naturales, para el pago del «principal y corridos de unos censos que sobre ella había cargado D. Juan de Montejo».
26 En realidad, no se hacía sino cumplir la última voluntad de don Juan de Montejo que en su testamento había expresado que entre los bienes se encontraba «un sitio de estancia llamado Tixcal, en términos de esta ciudad [Mérida], sobre la cual tengo echada cantidad de pesos de oro a censo», pidiendo que sus albaceas procedieran a la venta de la estancia y redimieran con su fruto los dichos cesas y que lo que faltase lo pagara su hijo don Juan de Montejo Maldonado a fin de descargar su conciencia.27 Aunque don Juan de Montejo no especificaba el valor ni el tipo de dichos censos, ni tampoco quiénes eran los censualistas, parece que la cantidad en que la estancia fue rematada (901 pesos de oro común) era para el pago del «prin cipal y corridos» de dichos censos.
28 La estancia fue, pues, vendida en 901 pesos, sólo un peso más de la cantidad de salida en la subasta que se fijó en 900 pesos.
Por lo visto el único postor fue el licenciado don Manuel Núñez de Matos, tesorero de la Santa Catedral de Mérida, en nombre de su hermana viuda, Clara Núñez.
29 Poco después ésta tomaba posesión de la estancia Ciscal que al parecer sólo contaba con unas instalaciones muy precarias -una casa sin puertas y un corral--, ya que para nada se hacía alusión a la existencia de ga nado.
Evidentemente lo que se había pagado era el valor de su planta.
30 Ahora bien, aunque el remate se hizo a favor de Clara Núñez y fue ella la que asumió la escritura de obligación de pagar y la que tomó posesión de la estancia, parece, sin embargo, que sólo intervino en la operación de compra como simple testaferro de su hermano.
Ello se infiere de la declaración que hizo Clara Núñez en 1608, manifestando que la estancia de Tziskal pertenecía en realidad a su hermano don Manuel Núñez de Matos, «porque él la pagó y ha gastado su hacienda en la dicha estancia, en repararla y hacer nuevos edificios en ella y echarle el ganado mayor y menor que tiene».
31 De esta forma confluían en una misma persona el sitio de Tepecal y Chacsinkin para ganado menor' y la estancia Tziskal de ganado mayor, «haciendo de todo una estancia sola».32 Indu dablemente ello fue posible porque ambos parajes eran colin dan tes y podían por ello ser explotados de forma conjunta.
Prueba de su contigüidad eran los límites comunes que ambas propiedades tenían, ya que en 1608 las dos. lindaban con las estancias de Pedro Nieto Pacheco y María de Velasco, viuda de Alonso de Aguilar, y las dos estaban en el radio de una legua de Mérida, en dirección suroeste, por el camino real que iba a Umán y Campeche que, en el caso de Tziskal, pasaba junto a sus casas y corrales.
33 Precisa mente su inmediación sería puesta de manifiesto en el siglo XVIII ante el perjuicio que el ganado caballar introducido en Chacsinkin representaba para Tziskal, comprobándose que poco más de media legua ( 2.544 varas 6 2.100 metros) separaba la noria de Chacsinkin de la estancia Tziskal.
34 No obstante, aunque parece que Chacsin kin estaba más próximo a la ciudad que la estancia de Tziskal, la cercanía de ésta a la capital se pone de manifiesto en el hecho de que su antiguo emplazamiento se encuentra actualmente en los límites del casco urbano, concretamente al final de la calle 60 sur, casi en terrenos del aeropuerto internacional de Mérida.
15 Esta matización es importante toda vez que hasta ahora no estaba clara 1a ubicación de Tziskal, ya que Espejo-Ponce de Hunt esta blece como probable su proximidad a Itziminá o Itzimná, al norte de Mérida.
36 Lo que no deja de sorprender es la forma un tanto sinuosa que el licenciado don Manuel Núñez de Matos utilizó para adqui rir la propiedad de Tziskal, cuando era normal que clérigos, curas y dignatarios eclesiásticos tuvieran tierras a título individual, a pesar de las iniciales prohibiciones reales y de las limitaciones im puestas por el Concilio de Trento dirigidas a evitar que los clé rigos y religiosos pudieran descuidar su misión espiritual.
37 Es más, el propio Núñez de Matos no hnbía tenido ningún reparo en figurar como comprador del sitio de Tepecal y Chacsinkin en 1605, como tampoco el bachiller Bartolomé de Herrera al adquirirb en 1601, luego no parece tener sentido que pujara en la subasta en nombre de su hermana cuando debía saber que ésta no contaba con el capita. l necesc1rio para hacerse cargo de la empresa.
Si no la utilizó como simple intermediaria, sólo cabe pensar que Clara Núñez confiaba inicialmente en el apoyo financiero de su hermano y que después debió agobiarse por las dimensiones pecuniarias de la empresa.
Por otra parte, es interesante destacar que la con junción de las dos estancias en una misma persona o de los dos sitios en una misma propiedad demuestra, frente a lo que Espejo-Ponce afirma, que no era tan extraño durante la primera mitad del siglo XVII que una sola persona tuviera dos o más propie dades ganaderas o que una finca abarcara más de dos sitios.
38 Es más, Núñez de Matos tampoco sería una excepción en este sentido, porque el capitán Francisco Maldonado también poseía dos estan cias, pero en los términos de la jurisdicción de Campeche, donde era reputado como uno de los criadores más antiguos.
TZISKAL Y CHACSINKIN: UNA SOLA ESTANCIA Una vez que Chacsinkin y Tziskal constituyeron una sola estancia su valor lógicamente creció, al combinarse el aumento de su superficie con las mayores posibilidades de explotación, dado que en ella podían concurrir el ganado menor y el mayor.
Para hacerse con ambos sitios de estancia Núñez de Matos había tenido que desembolsar, como ya se ha visto, 30 pesos por Chacsinkin en 1605 y 901 pesos por Tziskal.en 1606.
En total, pues, 931 pe sos por los derechos legales sobre ambas propiedades y por unas instalaciones bastante rudimentarias, que en Tziskal sólo com prendían una casa sin puertas y un corral y en el caso de Chacsin kin ni siquiera se mencionaban, a pesar de que debían de quedar algunas de las construcciones erigidas por Camas de León.
El es tancamiento en que ambas fincas se encontraban era manifiesto, al no constar en ninguna de las operaciones de venta la existencia de cualquier tipo de ganado.
40 Es evidente que Núñez de Matos supo sacar partido de la unión de ambos parajes, creando una infraestructura productiva e invirtiendo en la compra de ganado.
Así se desprende del testi monio de Clara Núñez en 1608, según el cual su hermano había empleado su dinero en restaurar Tziskal y hacer nuevos edificios y en introducir ganado mayor y menor en ella.41 Que en verdad era así lo demuestra el que cuando Núñez de Matos procedió a vender la nueva estancia, constituida por Tziskal y Chacsinkin, la propiedad ya contaba con «300 cabezas de ganado vacuno y caballar chico y grande», marcadas con la señal de la estancia -re• producida en el margen del documento-, y con «casas, pilas, no• rías, pozos, sitios, cercas, pastos y abrevaderos», además de 9 5 col. menas, un burro, cuatro sillas de vaquerías con sus frenos -luego, debía contar con vaqueros, aunque para nada se los menciona y las herramientas y aperos correspondientes.
Todas estas mejoras quedaban reflejadas en el avalúo de la propiedad que fue tasada para su venta en 2.900 pesos de oro común, 1.400 pesos por los sitios «con todo lo que les pertenece», y 1.500 por el ganado, a razón de 5 pesos por cabeza, pues no se hacía distinción entre caballos y reses ni entre el ganado chico y grande.
Sin embargo, el comprador, Benito Díaz Castañoso, vecino de Mérida y tesorero de la Santa Cruzada en Yucatán, sólo tuvo que pagar al contado 1.900 pesos, al descontarse del precio total los 1.000 pesos que la estancia tenía cargados como principal de un censo al quitar, perteneciente a la capellanía que fundó la ya difunta Inés de Bor ges, de la cual era patrón Luis Rosado.
42 Del documento de venta se puede deducir, no obstante, que lo que verdaderamente había revalorizado la estancia era el ganado, que representaba el 51 % de su valor total, ya que la planta en conjunto de ambos sitios tan sólo superaba en 469 su valor inicial (931 pesos), a pesar de las reformas introducidas por Núñez de Matos para acondicionarla y de las colmenas, el burro y los aperos que el avalúo de la planta incluía.
Indudablemente las 300 cabezas de ganado mayor representaban un apreciable patri monio y evidenciaban además el esfuerzo realizado por Núñez de Matos para que su propiedad alcanzara una entidad económica importante, dentro de los niveles siempre modestos en que se desenvolvía 1a explotación pecuaria en Yucatán.
Chichí, por ejem plo, que, según Espejo-Ponce de Hunt, debía de ser una de las mayores estancias de los alrededores de Mérida a 1nediados del siglo, en 1640 albergaba unas 300 cabezas de ganado vacuno, más algunos caballos y bestias de carga, y su valor sólo alcanzaba los 2.000 pesos, a pesar del evidente desarrollo que había experi mentado desde 1626 en que únicamente tenía ganado menor y su cotización era, por tanto, muy inferior.
Ahora bien, si se consideran las dimensiones que la estancia de Nohpat había adquirido para 1613:-la empresa gana dera de Núñez de Matos estaba todavía en unos niveles de explota ción bastante bajos, ya que Nohpat llegó a poseer 1.720 cabezas de ganado vacuno y caballar, 8 mulas, 3 burros y 1.278 colmenas y fue valorada en 11.000 pesos.
Pero puede que la comparación con Nohpat no sea muy representativa, en cuanto que esta estancia, a la vista de los datos que hasta ahora se han encontrado, verda deramente constituía un caso excepcional en el marco de una explo tación ganadera todavía incipiente.
43 De todas formas, no cabe duda que Núñez de Matos había sabido planificar su inversión y que ésta había dado sus resultados.
Aunque, por otra parte, parece evidente que en dicha inversión no todo el capital provino de su peculio, sino que el crédito tam bién jugó un importante papel, como se infiere del censo de 1.000 pesos que gravaba la estancia perteneciente a la capellanía de Inés de Borges.
El hecho de que la capellanía no respondiera a una fundación piadosa de Núñez de Matos demuestra que ést,1 era simple y llanamente un censo consignativo, es decir, un prés tamo que el patrón de la misma le había hecho, tomando como garantía la estancia, con el fin de invertir el capital donado por Inés de Borges y aseg�rar con los réditos o intereses ( el 5 % del capital o principal) el pago del estipendio que el capellán designado debía recibir a cambio de su obligación de celebrar cierto número 43 Espejo-Ponce de Hunt, Colonial Yucatan..'J páos.
de misas en memoria de la donante.
El censo representaba, pues, una hipoteca de la propiedad, ya que de no cumplir el prestatario con el pago de los réditos el inversionista podía recurrir al embar go o remate de la misma para recuperar el capital prestado.
44 Ahora bien, este riesgo que asumió Núñez de Matos estuvo compensado por la inyección de capital que el crédito supuso para el desarrollo de la capacidad productiva de la estancia.
Para el com prador, por su parte, el gravamen que representaba el censo era contrarrestado por la oportunidad que le brindaba de hacerse con la propiedad por una cantidad notoriamente inferior a su valor total, siempre que aceptara el pago de los réditos.
En este caso Benito Díaz Castañoso reconoció el censo y se comprometió a pagar los réditos desde la fecha de la compra, quizá porque en ese momento no disponía de capital líquido suficiente, por lo que también él se benefició del crédito que implicaba la capellanía.
No obstante, frente a la idea general de que muy pocos de estos censos se redimían, 45 Benito Díaz Castañoso se preocupó de devol ver los 1.000 pesos al patrón de la capellanía (como es sabido, el pago de los réditos no suponía la amortización del capital pres tado) en cuanto que dispuso de medios para hacerlo.
Y así, cuatro años después, solicitó y obtuvo de Luis Rosado la redención del censo, quedando de esa forma la propiedad libre de toda carga.
46 Probablemente tanto en la adquisición de la estancia como en la redención del censo influyó la disponibilidad de numerario que Díaz Castañoso tenía en virtud de su cargo de tesorero de la Santa Cruzada, toda vez que ello le permitía recurrir a los fondos de las bulas para negociar, aunque fuera transitoriamente, en pro vecho propio.
Benito Díaz Castañoso mantuvo en su poder la estancia hasta 1615 en que la transfirió por venta a Cristóbal de Paredes Valdés, vecino y encomendero de Mérida.
La venta refleja que en esos siete años la empresa había cobrado una mayor entidad al contar ya con «362 cabezas y media de ganados vacunos y caba llares del dicho hierro de la dicha estancia».
Pero también del do cumento se puede deducir que el crecimiento de capital de la estancia se debía más al incremento natural de los animales que a la propia inversión de Díaz Castañoso, toda vez que para su avalúo se mencionaba la existencia de becerros <�acidos de este año», que debfon ser computados a razón de dos cabezas por una.
Cabe, por tanto, pensar que también en años anteriores el hato de la estancia había ido creciendo de forma natural sin que las crías, además, requiriesen excesivos cuidados y gastos.
Todo ello se pone claramente de manif iesto en la operación de venta, al obser varse que su revalorización procedía exclusivamente del aumento del ganado, pues la planta mantenía la misma cotización de 1608.
Así, de los 3.215 pesos de oro común que Cristóbal de Paredes pagó en «reales de contado», 1.400 correspondían a los «dichos sitios [ Tziskal y Chacsinkin], casas y corrales con todo lo que les pertenece», y 1.815 pesos al ganado (el 56'4 % del valor total), que seguía valorándose a 5 pesos por cabeza sin distinción entre el ganado vacuno y caballar, aunque sí entre el ganado chico y grande, al ser computados dos becerros como una sola cabeza, cosa que no había ocurrido en la transacción de 1608.
En este sentido puede decirse que Díaz Castañoso no supo o no pudo sacar del ganado el mismo partido que Núñez de Matos extrajo al transferir la propiedad en 160 8.
47 Varios aspectos se desprenden del documento de esta trans ferencia y que interesa destacar con vistas a un mayor conocimien to del desarrollo agrario de la región.
En primer lugar, cabe señalar que de las cuatro estancias que colindaban con la ampliada propie dad en 1608, sólo dos se mantenían en manos de los mismos propietarios: la de Jerónimo de San Martín, que era vecina al s1t10 de Chacsinkin, y la de Pedro Nieto Pacheco, que lindaba con Chacsinkin y Tziskal, aunque ahora no se registre, como en 1608, su contigüidad con esta última.
Nuevos estancieros ha bían irrumpido en la zona, además de Cristóbal de Paredes, ya que la antigua finca de María de Velasco, que limitaba con ambos sitios, aparecía en manos del encomendero licenciado León de Salazar, y la de Luis Rosado, contigua a Tziskal en 1608, había pasado a poder del también encomendero Cristóbal de Salís Mon tejo.
Con ello se evidencia, además, el interés de los encomenderos por invertir los beneficios de sus encomiendas en la propiedad de la tierra y en la explotación pecuaria, aunque, paradójicamente, también se puede inferir una cierta falta de apego a la propiedad por la rapidez con que ésta cambiaba de manos, aun no sabiendo si la transferencia de las estancias limítrofes se hizo por venta, cesión o herencia.
48 Por otra parte, conviene llamar la atención sobre el hecho de que reses y caballos mantuviesen la misma cotización en las primeras décadas del siglo XVII, ya que durante la mayor parte de esta centuria y los años iniciales de la siguiente el ganado vacu no fue siempre tasado a un precio superior.
49 Las ventas de Tziskal Chacsinkin en 1608 • y 1615 y la tasación que se hizo de Nohpat en 1613 pueden ser un exponente de cómo al principio los dos tipos de ganado eran igualmente importantes, aunque en el caso de Nohpat su precio notoriamente inferior (29 reales ó 3 pesos y 5 reales) estuvo sin duda determinado por las condiciones en que fue rematada.
Sin embargo, en 1625 los caballos ya se evalua ban por debajo de ganado bovino, pues en la subasta de Teya se ofrecieron 5 pesos por cabeza de ganado vacuno y 2 pesos y medio por la de caballar.
50 Sería a partir de la segunda década del si glo XVIII cuando de nuevo los caballos alcanzarían la misma coti zación que las reses bovinas, llegando incluso a superarlas en precio en la segunda mitad de la centuria.
51 Finalmente, no deja de ser extraño que ni en 1608 ni en 1615, cuando la propiedad ya contaba con un significativo hato de ganado mayor, se haga alusión alguna al personal laboral de la estancia, que sin duda debía existir, aunque fuese de forma poco estable y en pequeño número, toda vez que las explotaciones ganaderas no requerían demasiados trabajadores.
Así, pues, en 1615 la estancia de Tziskal, que incluía el sitio de Chacsinkin, era aparentemente una empresa ganadera en expan sión.
Sin embargo, increíblemente su desarrollo se estancó de tal forma que en 1660 no sólo se encontraba despoblada de ganado sino también completamente devaluada, pues fue vendida por el exiguo precio de 150 pesos de oro común.
¿Qué había ocurrido en esos cu aren ta y cinco años?
¿ Cómo había explotado Cristóbal de Paredes la estancia?
La documentación no es muy explícita al respecto, ya que hay constancia de la transferencia que en 1660 hizo el alférez Antonio Martín Negrón, vecino de Mérida, en favor de Manuel Rodríguez de Sossa, regidor perpetuo y alguacil mayor de la capital y encomendero de indios, a cambio de 150 pe sos.
En la carta de venta únicamente se especificaba que la pro piedad había pasado a manos de Antonio Martín Negrón porque éste había sido fiador de doña Antonia Zapata, viuda'y vecina de Mérida, cuando ésta la compró al regidor Bias Díaz de San tiago, y al no poder ella pagarle había hecho «dejación» de la estancia en su favor, lo que él había aceptado.
Sólo en la certifica ción del escribano real, público y del cabildo -inserta en la carta de venta-de que la propiedad estaba libre de cualquier carga se aludía a Cristóbal de Paredes, al especificarse que el censo im- puesto sobre la estancia y las casas que fueron de él ya había sido redimido. ) 2 Cabe, por tanto, pensar que debió de ser Cristóbal de Paredes el que se la vendió a Díaz de Santiago, aunque no es po sible saber cuándo ni los términos de la transacción, como tampoco en qué momento y en qué condiciones doña Antonia Zapata se hizo con la finca.
Varios son los interrogantes que se plantean ante esta sor prendente carta de venta.
¿Cómo es posible que la estancia se hubiera deteriorado hasta el extremo de no cotizarse siquiera sus instalaciones?
Estas evidentemente seguían existiendo, ya que en el pleito que se entabló en el siglo XVIII continuamente se aludía a «la noria antigua» y a los «vestigios de los bebederos» de 26 varas de borde alto de Chacsinkin, para demostrar que este sitio había estado poblado de ganado mayor.
Y otro tanto ocurría con Tziskal, pues en 1677, al ser transferida por donación la pro piedad, se mencionaban sus «montes y sabanas, pastos y abreva deros, árboles silvestres y frutales, noria, pilas y corrales, y dos casas de paja».
53 Es indudable por ello que la devaluación de la propiedad tuvo que ser en gran medida fruto de la gestión y de la incapacidad financiera de sus respectivos propietarios, pero tam bién cabe pensar que la grave crisis que la provincia padeció entre 1648 y 1656 debió de influir en el estancamiento de la propiedad y en la depreciación de su planta, toda vez que la caída demográ fica se tradujo también en una seria depresión económica que sin duda afectó a la explotación ganadera, pues las grandes matanzas de ganado que se hicieron en 1651, el llamado «año del hambre», y su consiguiente carestía debieron de paralizar el ritmo de desarro llo pecuario de la región.
54 Sólo así se puede explicar el poco interés que en 1660 ofrecía la estancia, a pesar de su apreciable potencial económico, tanto en tierras como en instalaciones.
Prue ba de ello es que a principios del siglo XVIII sólo Tziskal, es decir, sin incluir Chacsinkin, fue evaluada en casi 5.000 pesos ( 4.884 pesos, 7 reales, exactamente), cantidad realmente impor tante si se tiene en cuenta que Hobonil, una de las estancias más valiosas de Yucatán, según Patch, alcanzaba en 1728 un valor total de 3.580 pesos.
55 Otra de las cuestiones que surgen a la hora de analizar esta operación de venta reside en la fijación de sus límites por la im portancia de éstos para conocer la distribución de las estancias en torno a Mérida.
Hasta la venta de 1660 los linderos de Chacsinkin y Tziskal se marcaban por las estancias vecinas, pero sin precisar su orientación.
Será, pues, en esta fecha cuando se especifique que la estancia para ganado mayor, que incluía los sitios de Tziskal y Chacsinkin, tenía por linderos «al oriente sitio que hoy posee D. Gerónimo Medrana y al poniente estancia de Mulsay, y al norte estancia que fue del capitán D. Francisco de Salís Casaus y al sur estancia del capitán D. Gregario Enríquez de Chaves».
56 Sin embargo, también se incluía en la carta de venta una certifica ción del escribano capitán Tomás Gutiérrez Páramo de igual fecha ( 12 de febrero de 1660), señalando que sus linderos más cerca nos eran «por la banda del norte estancia de ganado mayor de D. Cristóbal de Solís Montejo y por el poniente estancia de Geró nimo de San Martín,'y por la banda del norte [el documento repite esta orientación] estancia de Dña.
Florinda Mallén y a la banda del sur estancia del alférez Diego de Vargas que hoy es de D. Gregario Enríquez de Chaves».
57 Las contradicciones son, pues, manifiestas y en cierto modo desconcertantes, ya que el único lindero que coincidía era el del sur, representado por la estancia de don Gregorio Enrfquez de Chaves que, según una escritura de donaci6n de 1677, era Nohc6 y que podría quizá ser la misma que en 1615 pertenecía al licen ciado Gas par León de Salazar, posteriormente transferida a Diego de Vargas.
Ahora bien; es posible que las contradicciones fueran más aparentes que reales, pues cabe pensar que la estancia que http://estudiosamericanos.revistas.csic.es perteneció a <lon Francisco de Solís Casaus (Tanil, según la dona ción de 16 7 7), situada al norte, era la que había pertenecido a su tío don Cristóbal de Solís �1ontejo que pudo llegar a su poder por herencia, y de ahí la confusión del escribano.
58 También es probable que la estancia <le Jerónimo de San Martín, que el escri bano consignaba como lindero occidental, fuera Mulsay, pues aun que a fines del siglo XVI, según Molina Salís, esta estancia lindaba con la de Jerónimo de San Martín, éste podría haberla absorbido y por ello el escribano las identificaba.
Lo cierto es que Mulsay llegó a abarcar una considerable superficie, puesto que en 1727 también colindaba al oriente con la estancia San Antonio Xcoholté, que estaba situada al norte de Tziskal y Chacsinkin.
59 Con todo, no deja de ser sorprendente que aún siguiera apareciendo Jerónimo de San Martín como estanciero, cuando éste debía ser por enton ces de muy avanzada edad.
Por último, se puede también deducir que el sitio de Jerónimo de Medrana, que constituía el límite oriental, era la estancia de doña Florinda Mallén (erróneamente ubicada al norte), pues ésta podía ser su esposa, aunque es algo que no he podido verificar y sólo cabe por ello plantearlo como hipótesis.
De todas formas parece que los límites correctos eran los incluidos en la propia carta de venta, dado que en la transac ción de 1677 se especificarían los mismos linderos.
EL RESURGIR DE TzrsKAL Y CHACSINKIN
Es evidente que Manuel Rodríguez de Sossa había hecho una ventajosa inversión al conseguir por sólo 150 pesos una estan cia que por su ubicación, superficie y planta tenía un valor clara mente superior.
Las críticas circunstancias por las que atravesaba la propiedad y también la provincia jugaron sin duda a su favor.
Por los testimonios encontrados es imposible saber si logró ponerla de nuevo en explotación.
Sólo hay constancia de que en agosto de 1668, ocho años y medio después de haberla adquirido, la vendió a su yerno don Pedro de Magaña y Eguiluz ( también citado como don Pedro Dorantes), vecino de Mérida y encomen dero de indios, que estaba casado con su hija doña Beatriz de Sossa.
Ni el precio ni el estado en que se encontraba San Antonio Tziskal (no se alude a Chacsinkin, aunque estaba incluido) en el momento de la transferencia aparecen reflejados en los documentos.
Pero para 16 77 la estancia• era de nuevo una empresa ganadera de cierta entidad con un estimable hato de ganado y con una planta notoriamente revaluada, aunque su cotización estuviera todavía muy por debajo de la que alcanzó en 1615.
Todo ello se pone de manifiesto en la carta de venta que don Pedro de Magaña y Eguiluz expidió en febrero de 1677 a favor de doña Ana Gallegos, abuela de su esposa.
El aumento de los precios de ganado había contribui do, pues, a una mayor evaluación de la estancia, compensando as{ el menor aprecio de la planta con relación a 1615.
Evidentemente la propiedad seguía acu�ando las secuelas de la crisis, aunque la carestía del ganado provocada por ésta la beneficiara.
60 Se puede pensar que fue don Pedro de Magaña y Eguiluz el que realmente impulsó el desarrollo de Tziskal-Chacsinkin, poblán- dola nuevamente de ganado.
Para ello debió de servirse de los ingresos que le proporcionaba su encomienda de la mitad de Mama y Peto,61 pero sobre todo del crédito que representó la capellanía fundada por el doctor don Antonio de la Orta Barroso, arcediano de la catedral de Mérida, de la que en 1675 se impusieron a censo sobre la estancia 510 pesos de oro común, «con obligación espe cial de 200 reses vacunas y 50 caballos debajo de hierro que han de estar• siempre de manifiesto en dicha estancia».
Aunque es evi dente que la producción ganadera de la propiedad no respondía en 16 77 a la obligación contraída en la imposición del censo, éste, sin embargo, pudo constituir la base para capitalizar de nuevo la estancia.
En la transferencia doña Ana Gallegos reconoció el censo y se comprometió a pagar sus réditos.
De esta f arma ella también se beneficiaba del crédito que representaba la capellanía, dado que el principal de ésta tenía que deducirse del valor total, quedando así reducida a 843 pesos la cantidad que debía pagar por la estan cia. Cantidad que se vio, además, mermada por la donación que el vendedor le hizo de 249 pesos por ser abuela de su mujer doña Beatriz de Sossa y «por otras justas causas y motivos que a ello me mueven», con lo que doña Ana Gallegos sólo tuvo que des embolsar por la compra de Tziskal-Chacsinkin 594 pesos.
62 Aunque es imposible saber las «otras justas causas y moti vos» que movieron a don Pedro de Magaña y Eguiluz a regalar 249 pesos a doña Ana Gallegos, sí se puede deducir que hubo en ello implicaciones familiares que iban mucho más allá de que ésta fuera abuela de su esposa.
Y es que parece que lo que impulsó la compra de Tziskal-Chacsinkin, fue el deseo de doña Ana Ga llegos de donarla inmediatamente a su otra nieta, doña Inés Ro dríguez de Sossa (cuñada, por tanto, de don Pedro de Magaña y Eguiluz), para aumento de su dote.
Según la escritura de dona ción, doña Inés Rodríguez de Sossa había sido criada por su abuela y había por ello vivido con ella desde su nacimiento.
Incluso después de casada permaneció en la casa y en compañía de doña Ana Gallegos por lo que ésta le tenía «mucho amor y voluntad».
De ahí que le hiciera donación «graciosa y gratuita» de la estancia por vía de dote para que su esposo don Martín del Puerto y Pa checo pudiera mejor «sustentar las cargas de dicho matrimonio y a la dicha su mujer y a los hijos que Dios fuere servido de darles».
Por ello don Martín de Puerto tuvo que otorgar carta de pago, declarando que recibía para aumento de la dote de su esposa los 843 pesos que restaban del valor de la estancia (1.353 pesos), una vez rebajados los 510 pesos del censo que la gravaba y que él también reconoció, comprometiéndose, junto con su esposa, a pagar los réditos debidos.
63 Es evidente que, aunque la estancia era propiedad de doña Inés Rodríguez de Sossa, a su esposo le correspondía el usufructo de la misma, como se estipulaba en un testimonio adjunto a la escritura de donación, donde él y su esposa hacían reconocimiento del censo.
De la donación se desprende que en 16 77 don Martín del Puerto y Pacheco no debía contar con ingresos estables y cuantiosos • y que ni siquiera era beneficiario de una pequeña en comienda, aunque dos años después él se declaraba encomendero al solicitar al gobernador en octubre de 1679 que fueran recono cidos con10 válidos los títulos y escrituras que poseía de la estan cia de Tziskal y del sitio de Chacsinkin.
64 Unos títulos que el gobernador don Antonio de Layseca y Alvarado dio por «buenos y legítimos» con lo que don Martín del Puerto pudo evitar la composición que se exigía a todos los que no tuvieran los títulos en regla.
No hay que olvidar que la composición permitía lega lizar tierras poseídas sin títulos válidos mediante el pago al fisco de una determinada cantidad Je dinero.
Ello motivó que muchas usurpaciones de tierras indígenas fueran legitimadas por la propia Corona� a pesar de que su política se orientaba •a proteger lds fundos de las comunidades autóctonas.
En Yucatán las composi ciones empezaron a generalizarse en la segunda mitad del si glo XVII, justo cuando la Corona trató de contener la expansión de las estancias.
No deja por ello de ser una paradoja que a fines de los setenta proliferaran las composiciones y se sancionaran, por tanto, posibles expropiaciones o estancias sin licencia, cuando lo que el gobernador pretendía, al solicitar que «los dueños de estancias y sitios presentasen los títulos y recaudos que tenían», era evitar, de acuerdo con las órdenes reales, poblaciones indebidas de ganado y los perjuicios que éstas acarreaban a los indios.
65 El hecho de que don Martín del Puerto y Pacheco tuviera sus títulos de propiedad en regla y contara con la licencia parn introducir sin límites ganado mayor en Tziskal-Chacsinkin, no implicó crecimiento de ésta, habida cuenta de que la licencia, aun siendo la clave para el progreso de una estancia, no era el único factor para su desarrollo, ya que éste dependía también de la cai pacidad financiera y administrativa del propietario.
Y parece que don Martín del Puerto siguió estando en una situación económica precaria a pesar de contar con los ingresos de una encomienda, pues en 1682, cuando procedió a vender la estancia «de manco mún» con su esposa, la propiedad acusaba un sensible deterioro con relación a 1677.
El ganado había descendido en número y cotización y la planta o sitio se había depreciado, por lo que Tzis kal-Chacsinkin sólo se valoraba en 719 pesos, 4 tomines.
Y a ese precio se hizo la operación de venta a favor del capitán don Fer'- valor <le su planta.
El hecho de que ésta apareciera devaluada e identificada con la cuantía del censo hace pensar en un intento des esperado por desprenderse de la propiedad al precio que fuera, aun a sabiendas de que sus beneficios no serían elevados ante la baja cotización del ganado.
Por otra parte, es obvio que la operación de venta representó un buen negocio para don Fernando de Aguilar y Galiana, habida cuenta de lo poco que tuvo que pagar para hacerse con la propie dad.
Indudablemente éste contaba con medios para impulsar el desarrollo de la estancia, dado que la encomienda de Chemax y mitad de Dzonotchuil que gozaba desde 1644 le reportaba unos ingresos apreciables ( 1.211 pesos de oro común anuales, sin des contar las cargas fiscales), a los que había que añadir 11 O pesos de oro de minas de la ayuda de costa que heredó en segunda vida http://estudiosamericanos.revistas.csic.es de su padre el alférez ma'yor Alonso Sánchez de Aguilar.
67 Además, aunque para esta fecha ya había renunciado al puesto de alférez mayor y regidor en el cabildo de Mérida que ejercía desde 1649, y tampoco desempeñaba los cargos de tesorero y factor, el hecho de que hubiese pagado 800 pesos por el oficio de alférez mayor y de que ya en 1652 figurase como estanciero, pone fuera de duda su solvencia económica y evidencia, al mismo tiempo, su expe riencia • en las inversiones ganaderas.
68 Quizás por ello en los dos años que estuvo la estancia en su poder aumentó el ganado, sobre todo el vacuno que casi se duplicó.
En realidad fue el ganado lo único que revalorizó la propiedad, pues en 1684, cuando la transfirió por venta al capitán Lorenzo de Evia, vecino y regidor perpetuo de Mérida, pacían en ella 80 reses vacunas, 20 «bestias caballares» y 2 «bestias mulares» que importaban 390 pesos, a] cotizarse el ganado bovino y caballar al mismo precio que en 1682 ( 4 pesos las reses y dos pesos y• medio, ó 20 reales, los caballos), y evaluarse las mulas a 10 pesos, una tercera parte menos que en 1677.
69 Se mantenía, pues, depri mida la estimación económica del ganado, lo que quizá podría re lacionarse con la progresiva expansión de las estancias durante la segunda mitad del siglo XVII y el crecimiento de la producción ganadera y, por tanto, de la oferta.
Sin embargo, ello echaría por tierra los argumentos de los estancieros establecidos desde antiguo de que la proliferación de las estancias disminuía el ganado por la insuficiencia de los pastos y encarecía el precio de la carne!, y abonaría mi tesis de que la aparente escasez de ganado y la carestía de la carne que a fines de la centuria comenzó a denunciarse era más la consecuencia del monopolio de unos pocos y poderosos estancieros que de una saturación del suelo, similar a la que sobrevino en México a fines del siglo XVI.
70 En realidad, si nos atenemos a la operación de venta de San Antonio Tziskal {no se cita Chacsinkin, aunque sigue anexionado a la propiedad), se puede deducir que en la década de los ochenta las empresas ganaderas atravesaban un período de cierta depre sión, al no cotizarse ni siquiera una que reunía todos los requisitos para ser apetecida: cercanía al mercado de Mérida y en las inmedia ciones del camino real a Campeche, instalaciones y, sobre todo, superficie para albergar un importante hato de ganado.
Quizá por ello la planta o sitio seguía tasándose por el valor del censo que la gravaba, es decir, por los 51 O pesos correspondientes a la capella nía del doctor don Antonio de la Orta Barroso, con cuyos réditos se debía pagar el estipendio del doctor don Bernabé de Fuentes, cura beneficiado del partido de Tizemin, que era entonces el ca pellán designado.
No debía, pues, contar la estancia con muchos pretendientes, pues de haberlos tenido la competencia entre ellos la habría revalorizado.
El surgimiento de nuevas estancias debió también influir en ello.
Basta reseñar que en 1684 ya no se regis traba Tanil, sino Xcoholté como lindero septentrional, y Subin kancab como límite oriental, aunque por el sur seguía colindando con Nohcó.
Ahora bien, el cambio de dueño no significó para Tziskal un cambio de tendencia en cuanto a su trayectoria productiva, sino todo lo contrario, pues ocho años después la estancia aún se va loraba menos por el descenso de su producción ganadera, un des-MANUELA CRISTINA GARCÍA IlERNAL censo tan notable que ni siquiera la superior cotización del ganaJo en 1692 lograba compensar.
No es posible saber cómo gestionó el capitán Lorenzo de Evia la propiedad, si logró sacar algún pro vecho de ella, y ni siquiera cuándo, por qué y en qué condiciones se desprendió de la misma.
Lo cierto es que a fines de 1692 el propietario de Tziskal era Diego Montalvo, vecino de Mérida, ya que fue éste el que se la vendió al doctor don Nicolás de Sala zar, chantre de la catedral de Mérida, examinador sinodal, juez de testamentos, capellanías • y obras pías y comisario del Santo Oficio.
Para esa fecha, San Antonio Tziskal, que limitaba al norte con Xcoholté, propiedad del capitán Clemente de Acevedo, y al sur con Nohcó, sólo albergaba 20 reses y 33 caballos con un valor total de 199 pesos, al tasarse a 5 y 3 pesos, respectivamente.
El sitio fue nuevamente evaluado en 510 pesos, incluyendo en este precio <<las tierras, montes, pastos, abrevaderos, noria, corrales, pilas y aperos».
Todo montaba, pues, 709 pesos, aunque el doctor don Nicolás de Salazar sólo tuvo que pagar los 199 pesos corres pondientes al ganado, al restarse del total los 510 pesos que tenía de censo la estancia por la capellanía del doctor don Antonio de la Orta Barroso y que, una vez más, se correspondían con el valor del sitio.
71 De nuevo un eclesiástico accedía a la propiedad de Tziskal Chacsinkin y a la vista de los cargos que ostentaba se puede pensar que disponía de recursos para potenciarla.
Y en realidad la evolu ción de la estancia a partir de 1692 demuestra que efectivamente era así, pues s6lo un año después el doctor don Nicolás de Salazar solicitó la redención del censo que la gravaba y que él había re conocido al comprarla.
Y en virtud de su petición, el doctor don Juan de Villarreal, arcediano de la catedral de Mérida y patrono de la capellanía, le expidió escritura de cancelación, una vez que don Nicolás de Salazar «hizo oblación» de los 510 pesos ante el obispo de la diócesis, doctor don Juan Cano Sandoval.
De esta forma la estancia quedaba libre de toda carga, lo que hace suponer que el patrón de la capellanía tendría que imponerla en otra pro-piedad para que el capellán de la misma, que a la sazón era el clé rigo presbítero don Diego Felipe Santiago, pudiera cobrar sus réditos en concepto de estipendio.
Paralelamente, el doctor don Nicolás de Salazar Lara y Bo nifax (hijo del alférez don Nicolás de Salazar'y de doña María de Lara y Bonifax) se preocupó de que la estancia se convirtiera en una empresa rentable, dedicándole <<mucho trabajo y mucho di nero», tal como él mismo declaraba en el testamento que hizo en 1706 por hallarse «con edad crecida y con algunas quiebras de salud».
Para entonces ya había ascendido a deán de la catedral de Mérida, ejerciendo a la vez los cargos de comisario del Santo Oficio y comisario apostólico real subdelegado de la Santa Cruzada en el obispado.
Lo interesante de su carta de testamento, aparte de la declaración de sus bienes, es la separación que en la misma esta blecía de la estancia Tziskal, con sus tierras y ganados, con relil� ción al sitio de Chacsinkin «por haberlo dado y por haberlo de donar».
Ello representaba el fin de Tziskal-Chacsinkin como una sola propiedad y el inicio de una nueva etapa, ya por separado, para ambos parajes.
Así, Tziskal con sus ganados, «sacadas las bestias y mulas y ganados que dejare donados» y dejando fuera Chacsinkin y las colmenas que no se podían vender porque también las tenía dona das, debía ser evaluada y vendida a su sobrino el capitán Miguel de la Roela, siendo éste preferido a cualquier otro comprador que ofreciese, incluso, más de lo establecido en el avalúo.
Pero en la transferencia se debía reconocer la capellanía de 2.000 pesos de principal que por su alma y la de su hermana y cuñada tenía fun dada sobre Tziskal y que debía empezar a correr cuando él muriese.
73 Sobre el destino de Chacsinkin no establecía nada� salvo su decisión de donarlo.
No obstante, se puede presumir que lo cedió a su sobrino don Miguel de la Roela, porque en 1710 se reconocie-72 Escritura de cancelación del censo, 8 de septiembre de 1693, en Autos sobre Chacsinkin y Tziskal, fol. 41.,, 73 Carta de testamento, 7 de abril de 1706, en Autos sobre Chacsmkin y Tziskal, fols.
43-45v. ron a éste como válidos los títulos que, tenía de Tziskal y Chacsiti kin, y en 17 38, al hacerse los inventarios y avalúas de sus bienes en vida se incluyó como parte de su patrimonio el sitio de Chacsinkin que fue adjudicado, al morir él, a su hijo el alférez don José de la Roela en 245 pesos.
74 El hecho fue que cuando el 28 de marzo de 1708 falleció el deán doctor don Nicolás de Salazar, sus albaceas solicitaron que en cumplimiento de su última voluntad se procediese al avalúo de Tziskal.
Los «avaluadores» nombrados -alférez Agustín de los Ríos • y capitán Juan Rodríguez Campos-estimaron el valor de la propiedad en 4.884 pesos y 7 reales, correspondiendo 1.000 pesos al sitio, 2.724 a las 454 reses vacunas (a razón <le 6 pesos cada res), 312 a los 7 8 caballos ( a 4 pesos cada uno), 64 5 a las 43 <<mulas y machos» (a 15 pesos por cabeza), 110 a los burros «por malos», 11 pesos y 2 reales a 30 cargas de maíz (a 3 reales la carga) y 82 pesos y 5 reales a las deudas que debíad «los vaqueros por ser poco pertenecientes a la estancia».
Sin em bargo, del total debían deducirse los 2.000 pesos que tenía la estancia de censo principal en virtud de la capellanía fundada por el deán, con lo que el «superávit» ascendía a 2.884 pesos y 7 rea¡ les.
Y ésta fue la cantidad que tuvo que pagar el capitán y comer ciante don Miguel de la Roela para que se le adjudicara la estancia en cumplimiento de la cláusula del testamento de su tío.
75 De esta forma pasaba a ser propietario de dos estancias, si es que para esta fecha el capitán don Miguel de la Roela no se había despren dido de la estancia de Munos que en 1704 era de su propiedad )' albergaba 120 reses vacunas y 25 caballos herrados, aunque estaba gravada con un censo de 600 pesos correspondientes a la capellanía del capitán Cristóbal Santiago, de la que era patrón su hijo el ba chiller Santiago que fue cura beneficiado del partido de Hocabá.
76 Y así fue cómo se consumó la separación de Tziskal y Chacsin kin, después de haber estado integrando durante todo un siglo una misma propiedad.
El hecho de que en don Miguel de la Roela confluyera también Chacsinkin no invalidó, sin embargo, dicha división, pues ésta perduró hasta que él murió, aunque entonces fue cuando se hizo verdaderamente efectiva, al pasar el sitio a su hijo don José de la Roela.
Y, paradójicamente, lo que había posi bilitado su explotación conjunta, es decir, su contigüidad, sería lo que en 1748 provocaría un largo pleito entre sus respectivos propietarios, dado que el ganado caballar introducido por el ya capitán don José de la Roela en el sitio de Chacsinkin fue con siderado perjudicial para Tziskal por su propietario de entonces, el doctor don José Martínez de Salas, maestre de escuela de la catedral de Mérida.
Pero también merece destacarse el desarrollo que había al canzado Tziskal cuando su propie. tario, en este caso el deán doctor don Nicolás de Salazar, supo y, sobre todo, tuvo recursos para ampliar su capacidad productiva y, por tanto, su capitalización.
La planta duplicó su valor en relación a 1692, aunque sin llegar a alcanzar la cotización de 1608 y 1615 -quizás porque el avalúo de 1708 ya no incluía el sitio de Chacsinkin y su superficie era menor-, y la cantidad de ganado aumentó considerablemente -llegó a representar el 77'6 % del valor total, a pesar de que del hato evaluado se debieron descontar las bestias, mulas y ga nados que, según su testamento, pensaba dejar donados-, coad yuvando a la revalorización de la propiedad el alza que los precios del ganado acusaron a principios del siglo XVIII. no deja de ser interesante que por primera vez se aluda a los va queros de la propiedad, reseñándose además las deudas que éstos tenían contraídas con el propietario «por ser poco pertenecientes a la estancia>>.
Ello supone que Tziskal contaba con una fuerza laboral no estable a la que se intentaba retener mediante deudas, al no haber logrado su propietario incorporarla a la estancia de una forma permanente.
Es más, el monto de la deuda (82 peso�, 5 reales) hace pensar en un número inusual de trabajadores, o en unos atrasos excesivos, toda vez que las propiedades ganaderas medianas solían contar con un mayoral y uno o dos vaqueros, cuyo salario en el siglo XVIII era comúnmente de 5 ó 20 pesos anua les, el primero, y 12 pesos los segundos, más una ración de maíz cuya cuantía se desconoce, pero que en el caso de la estanda Locá, que Patch analiza, representó 181 cargas de maíz para lo� tres en 17 4 5.
79 Por tanto, o el doctor don Nicolás de Salaza11 debía varias anualidades a sus vaqueros, lo que no es muy plausi ble, o la explotación de Tziskal requería seis o siete trabajadores, lo que significaría que como empresa ganadera se encontraba entre las más importantes, dado que sólo las estancias muy extensas su peraban la docena de trabajadores.
80 Finalmente, la existencia de maíz y de colmenas hace pensar en la diversificación productiva de Tziskal y en sus mayores beneficios, ya que a la posible comer - cialización de los productos ganaderos (carne, cueros y sebo) se había unido el cultivo del maíz y la explotación, mediante la in troducción de colmenas, de miel y de cera, productos de gran tradición en la península.
81 Destacar esto es importante, en cuan-to que la aparición <lel maíz en una empresa ganadera, aunque sólo fuera para la subsistencia del propietario y del personal laboral de la estancia, sugiere el asentamiento de indígenas en la propiedad de forma pern1anente, es decir, de luneros, aunque para nada se haga alusión a ellos en el avalúo de la propiedad.
Y es que no deja <le ser extraño que una estancia de la importancia de Tzi_ skal en 1708, tan cercana a los barrios de Mérida y al pueblo de Umán y con una incipiente producción de maíz, no hubiera sido capaz de arraigar un determinado número de indios, cuando desde 1688 ya se había iniciado, como he demostrado en otros trabajos, el desplazamiento de los indios de los barrios de Mérida y de los pueblos circunvecinos a las estancias cercanas, y éstas habían dejado en muchos casos de ser simples unidades económicas para trans formarse en verdaderas unidades sociales.
82 Con todo, la alusión a la producción de maíz permite creer que en Tziskal ya se había empezado a gestar el proceso de transformación agraria que se consolidaría en las últiinas décadas del siglo XVIII con el surgi miento de las haciendas de producción mixta.
TZISKAL Y CHACSINKIN: EL CONFLICTO POR LOS PASTOS
No he podido saber cuándo y en qué condiciones fue tras pasada Tziskal al doctor don José Martínez de Salas, maestre escuela de la Santa Catedral de Mérida, pues s6lo consta que a la muerte del capitán don Miguel de la Roela la estancia pasó a uno de sus herederos, mientras que Chacsinkin recaía en su hijo don MANUELA CRISTINA GARCÍA BERNAL José de la Ruela.
84 Pero lo cierto es que en 17 48 la estancia per tenecía al doctor don José Martínez de Salas y como propietario de la misma se opuso al poblamiento de ganado caballar que el capitán don José de la Ruela había hecho en el sitio de Chacsinkin, ejerciendo su oposición conjuntamente con el capitán don Bernabé Salís y Barbosa, encomendero y regidor perpetuo de Mérida, que era dueño de la estancia Opilchén, también colindante con Chac sinkin•.
Para llevar a cabo el litigio eligieron como apoderado al capitán don Pedro de Castro y Sugasti, quizá porque éste era yerno de don Bartolomé de Salís, al estar casado con su hija Florencia.
85 Para oponerse al poblamiento de Chacsinkin alegaban que éste era un sitio para ganado menor, tal como lo había solicitado Sebastián Vázquez de Andrada, y que, por tanto, no contaba con licencia para ganado mayor.
Además, puesto que los caballos des truían los pastos igual que las reses, al no poseer licencia para po blarlo de ganado vacuno, tampoco podía introducir en él la espe• cie caballar.
No obstante, como su apoderado había caído en fo cuenta de que en el título de merced que se hizo a Sebastián: Vázquez de Andrada tan sólo figuraba el término genérico de «ganado», sin especificar la especie, se preocupó de alegar que, aun en el «supuesto falso» de que se identificara el vocablo ganado con ganado mayor, dicha licencia era nula, al no haberse cumplido la condición impuesta en dicho título de poblarla en el plazo de un año, ya que sólo 25 años después, al pasar a propiedad de Juan Camas de León, se efectuó la referida licencia.
Más tarde, incluso, rebatiría el testimonio de don José de la Ruela acerca de que a
39 los conquistadores se les daban las licencias sin límite alguno, argumentando que no había constancia de que fuese conquistador y que, aun en ese caso, la licencia habría expirado con su muerte, • ya que la gracia concedida por una vez no se transmitía a sus des cendientes.
Y así lo probaba el hecho de que durante ciento setenta y dos años sólo estuvo poblado con ganado menor.
Por otra parte, a todo ello se sumaba la excesiva cercanía de Chacsinkin con rela ción a sus propietarios, pues Tziskal y Opilchén, distantes entre sí una legua, lindaban con dicho sitio que, además, dividía la estan cia de Opilchén.
Era, pues, evidente el perjuicio que ambas es tancias acusaban, así como el «inevitable daño que ahora y en adelante recibieran los pastos».
86 Como era natural, el capitán don José de la Ruela no estaba dispuesto a despoblar Chacsinkin, tal como pedían los dueños de las estancias vecinas, convencido como estaba de tener derecho a dicba población.
Respondió por ello que él estaba introduciendo caballos en su «estancia» de Chacsinkin (casi siempre denominal;>a al sitio estancia, para demostrar que daba por supuesta la licencia para ganado mayor que, según él, subsistía hasta el último po seedor, porque los parajes eran siempre los mismos) «con justo título», porque, aparte de que tenía su «dominio y posesión» desde hacía más de diez años, dichas tierras habían sido calificadas por merced real «para población de ganado» en 1574, entendiéndose «la generalidad» para ganado mayor y menor.
Y que así había sido además reconocido en 1 71 O por el doctor don Bernar dino Vigil Solís que había llegado a Mérida como <<juez privativo para ventas y composiciones de tierras, indultos y recaudaciones de ellas», y que había declarado que eran válidos los títulos y demás recaudos «pertenecientes a la estancia de ganado mayor vacuno y caballar de que se hizo merced a Sebastián Vázquez de Andrada en nombre de. su Majestad».
87 Y realmente era así, pero lo que don José de la Ruela no decía era que el juez Bernardino Vigil se había confundido en su apreciación y había identificado Tziskal con Chacsinkin, quizás porque ambas propiedades, aunque ya divididas, seguían mante niéndose en poder de la misma persona, y el capitán don Miguel de la Ruela, que era entonces su propietario, debió presentar sus títulos conjuntamente, aprovechando la unión de ambos parajes en una sola estancia durante cien años.
El texto de la declaración del juez de comisión denota claramente su confusión, ya que, después de aludir a la estancia de ganado mayor vacuno y caballar que había obtenido por merced real Vázquez de Andrada, reconocía que en la «dicha estancia, nombrada Tziskal y Chacsinkin», que poseía el capitán don Miguel de la Ruela, no había «excesos ni demasías ni introducídose en tierras realengas» y que, en consecuencia, declaraba «ser justos y con legítimo derecho adqurido los títulos y demás recaudos de dicha estancia de Tziskal y Chaq sinkin».
Es obvio que había malintepretado los documentos que don Miguel de la Ruela había presentado, porque, como ya se ha visto, Tziskal no fue otorgada por merced real a Vázquez de Andrada, sino que era propiedad de don Juan de Montejo y sólo se unió a Chacsinkin cuando los derechos de propiedad de ambos parajes confluyeron en el licenciado don Manuel Núñez de!\1atos.
La parte contraria, sin embargo, sí advirtió el error de don Bernardino Vigil y alegó por ello que la estancia de ganado mayor que dicho juez había aprobado era Tziskal y no el sitio de Chac sinkin, anexo a ella.
Y por supuesto no aceptó la argumentación de don José de la Ruela sobre que la existencia de noria y bebe deros con borde alto demostraba que su «estancia» de Chacsinkin había estado poblada de ganado mayor, porque, según don Pedro de Castro, la noria no era signo de estancia, pues muchas casas de Mérida la tenían, y la existencia de los bebederos era lo normal en un sitio que llegó a tener hasta 800 cabezas de ganado menor.
Tampoco consideró éste válida la afirmación de don José de la Roela de que la distancia entre las tres propiedades era la normal y que los pastos en Yucatán se tenían <<por comunes», ya que 322 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es era precisan1ente su cercanía lo que había provocado el conflicto por ellos.
88 La verdad es que en las largas réplicas y contrarréplicas se hace difícil establecer cuál era la verdad, porque las considera ciones de ambas partes parecían válidas.
Así, don José de la Ruela tenía razón cuando alegaba que en la provincia los pastos eran comunes y que en la comarca de Mérida las estancias estaban «situadas en tan poco distrito unas de otras que hace grande el que se opone de Chacsinkin a las de Tziskal y Opilchén».89 En consecuencia, el ganado no podía perjudicar en nada a las pro piedades circunvecinas, toda vez que lo «correcto» en la provincia desde antiguo era poblarse las estancias a media legua unas de otras, y Chacsinkin, en cambio, distaba de Tziskal más de media legua -2.544 varas ó 2.136 metros-y <<como tres cuartos de legua» de Opilchén.90 En realidad, don José de la Ruela se limi taba a poner en evidencia un proceso cierto, porque, como ya he manifestado en otros trabajos, la proliferación de las estancias en el siglo XVII no sólo contribuyó a la n1erma de las tierras indígenas, sino también a la competencia entre los propios estan cieros por unos pastos que cada vez eran más insuficientes.91 Pero también don Pedro de Castro acertaba cuando dudaba que los pastos fueran realmente comunes, basándose en los numerosos conflictos que el tema provocaba.
92 Efectivamente, eran muchos los pleitos que la competencia por unos pastos que supuestamente eran comunes había originado en la península en el siglo XVII y seguía promoviendo en el XVIII.
Pero es que la cercanía de las estancias provocaba inevitablemente el conflicto, pues para el siglo XVIII algunas estaban separadas por sólo un cuarto de legua -1.250 varas, 7 50 pasos ó 1.050 me tros-, distancia ridícula si se piensa que en el siglo XVI el cabildo de Mérida pretendió que las estancias de vacas y yeguas guardaran entre sí una distancia de una legua -5.000 varas, 3.000 pasos ó 4.200 metros-, y que la Corona consideró incluso insuficiente dicha separación con relación a los pueblos de indios, ya que en 1618 estableció que las propiedades de ganado mayor debían mantenerse a legua y media de las comunidades indígenas como forma de proteger sus tierras.
93 Contrariamente a ello, parece que sólo 7 50 pasos separaban, según don José de la Ruda, la estancia de El Campo de la de Chucuaxin, Buena Vista de Ame, Kampepén de Chantún, Lacantún de Subinkacab y Tecat del pue blo de Mocochá y, sin embargo, ello no había impedido que obtu vieran la licencia para poblarlas de ganado mayor.
94 El pleito iniciado a mediados de 17 48 se prolongó más de un año, pues hasta agosto de 17 49 el gobernador don Antonio de Benavides no publicó.su resolución sobre el mismo.
Durante dicho tiempo las tensiones se acentuaron y aumentaron los pro... blemas, dado que el propietario de Chacsinkin no sólo se negó a retirar los caballos del mismo mientras se desarrollaba el pleito, sino que en su transcurso siguió introduciendo más con el consi guiente agravio para• las estancias circunvecinas.
95 Y aunque en el litigio lo que se dirimía era si don José de la Ruela tenía o no facultad suficiente para poblar de ganado mayor el sitio de Chac sinkin, durante el proceso salieron a la luz otros aspectos no menos interesantes.
Por ejemplo, quedó en evidencia que para entonces también era propiedad de don José de la Ruela la estancia de Como puede observarse, las contradicciones entre los dife rentes testimonios eran patentes, pero, aun así, lo que no deja de sorprender es el empeño de don José de la Ruela por poblar el sitio de Chacsinkin teniendo contigua una estancia con licencia y, por tanto, sin problemas para albergar ganado mayor.
También resulta llamativo el bajo precio en que parece se valoraba el sitio, cuando su dueño había pagado por él 245 pesos «estando yermo y despoblado».
97 Aunque, por otra parte, si Chacsinkin efectiva mente colindaba con Nohcó, es posible que su propietario pre tendiera utilizarlo como una ampliación de su estancia, sin prever una reacción tan firme y tenaz de parte de sus vecinos.
Con todo, no parece que ante el gobernador surtieran efecto los argumentos de don José de la Ruela sobre la licencia que obtuvo Vázquez de Andrada y sobre los vestigios de norias y de http://estudiosamericanos.revistas.csic.es bebedores con tres cuartas de altura y veintiséis varas de largo que existían en Chacsinkin y que, según él, constituían la prueba de que había estado poblado de ganado mayor, dado que el menor no necesitaba ni esos bebedores ni la noria.98 En consecuencia, el 4 de agosto de 17 49 el gobernador falló a favor de los dueños de Tziskal y Opilchén, porque, en su opinión, don Pedro de Castro había probado su demanda, mientras que don José de la Ruela no había probado su licencia y debía por ello sacar dd Chacsinkin los caballos que había introducido.
99 Pero el capitán don José de la Ruela no estaba dispuesto a despoblar el sitio cuya planta, que incluía corral y pila, se valoraba ya en más de 300 pesos y que además para esa fecha contaba con 45 caballos, 10 mulas y 1 burro.100 Por ello decidió apelar a la Audiencia de México, consiguiendo con ello que el dueño de Tziskal, doctor don José Martínez de Salas, renunciase a continuar el pleito, aduciendo que por su «estado» debía contribuir a «La paz pública que todos los vecinos deben mantener».
Sin embargo, don Bernabé de Salís no desistió por ello y solkitó una y otra vez que se confirmara la sentencia dada a su favor y que el gobernador ordenara al dueño de Chacsinkin que sacara el ganado del mismo.
102 A su vez, don José de la Ruela pedía al gobernador que revocara la sentencia dada en contra de él, aduciendo la injusticia de la misma y reiterando para ello todos los argumentos anteriormente esgrimidos.
Insistía en su justo derecho a introducir ganado mayor y en que las distancias con las estancias vecinas eran las permitidas, pues sólo estaban prohibidas las inferiores a.1000 varas.
10 3 Al fin, en mayo de 17 50, el gobernador dio por concluso el pleito y ordenó remitir los autos a la Audiencia de México para que ésta diera su veredicto.104 Pero la Audiencia no hizo sino confirmar la sentencia del gober nador de agosto de 1749 a favor del doctor don José Martínez de Salas y de don Bernabé de Solís y en contra de don José de la Ruela.
105 Más de dos años y medio habían pasado desde que se inició el litigio.
No obstante, don José de la Ruela se mantuvo obstinado en su derecho a introducir ganado n1ayor y recurrió el auto de la Audiencia, alegando su procurador no habérsele comunicado a su tiempo que los autos del pleito habían llegado a México ni tam: poco la resolución de la Audiencia de 1 O de febrero de 1751.
Esta entonces ordenó al gobernador de Yucatán que de nuevo remitiera los autos íntegros y originales para decidir en consecuen cia. 106 Otra vez se sucedieron en la capital virreinal las peticiones de los procuradores de ambas partes, reiterando unos y otros los argumentos que avalaban el derecho de sus representados.
107 Sin embargo, y a la vista de lo expuesto y pedido por ambas partes, la Audiencia declaró que no había «lugar a la reposición pedida por parte de D. José de Ruela», pero que éste podía usar de sus derechos sobre la resolución confirmatoria de la Audiencia de 10 de febrero de 1751.
108 Y eso fue lo que hizo don José de la Ruela, apelar de nuevo, exponiendo otra vez sus derechos para poblar Chacsinkin e insi� tiendo en lo que, según él, justificaba dicha población.
1 09 Y otro tanto hizo el procurador de don Bernabé de Salís, aduciendo que los defectos de forma que se habían dado en el proceso en México tenían su justificación • y pidiendo por ello que se declarara insupli cable en auto de la Real Audiencia de febrero de 1 751.110 Sin embargo, la constancia del capitán don José de la Ruela acabó dando su fruto, pues a fines de marzo de 17 5 3, casi cinco años después de haberse incoado el pleito, la Real Audiencia resolvió a su favor, declarando que podía «usar libremente de la estancia del paraje nombrado Chacsinkin, teniendo en ella ganado mayor o menor, conforme a su arbitrio y utilidad».111 De esta forma Chac sinkin pasaba de sitio de ganado menor a estancia para ganado mayor.
Don José de la Ruela debió de pensar que el tiempo y los gastos del litigio habían quedado compensados por la satisfacción de ver su derecho reconocido y por la consiguiente revalorización de su propiedad.
TZISKAL Y CHACSINKIN: ¿UN MODELO
DE DESARROLLO PECUARIO EN YucATÁN?
A modo de conclusión se puede apuntar que en la evolución del sitio de Chacsinkin, primero, y de la estancia Tziskal-Chac sinkin, después, estuvieron presentes buen número de los rasgos que configuraron la expansión pecuaria en Yucatán.
Asimismo, en el extenso expediente del pleito que en el siglo XVIII enfrentó a las dos propiedades es posible vislumbrar hasta qu é punto la explotación ganadera modificó el paisaje agrario de la región y con tribuyó a la transformación de su estructura productiva y laboral.
En consecuencia, del análisis microeconómico de la empresa ganadera que constituyeron el sitio de Chacsinkin y la estancia de Tziskal, tanto cuando formaron una sola propiedad, como cuando operaron como unidades de producción separadas, se pueden ex traer una serie de consideraciones acerca de cómo su evolución en cierto modo refleja el ritmo de desarrollo ganadero en la península. a) Las mercedes de tierra: sitios y estancias Se pone así de manifiesto que, al igual que en México y otras regiones de América, la transferencia de la tierra a los españoles se hizo a través de las mercedes de caballerías de tierra y sit�los de estancias, como lo demuestra la que obtuvo Vázquez de Andt a da en 1574.
En dicha merced, que ya he analizado en otro trabajo, aparecen plasmados todos los rasgos y contradicciones que carac terizaron las mercedes de tierras mexicanas.
112 Pero lo original de ella era que incluía «junto lo uno con lo otro» el sitio de estan cia y dos caballerías de tierra que Vázquez de Andrada pensaba dedicar al cultivo del añil que para esa fecha se encontraba en pleno auge en la provincia con el beneplácito de la Corona.
Evi dentemente, el hecho de que en México ya se hubieran generalizado las mercedes de estancias influyó sin duda en la concesión conjunta de caballerías para. labranzas y tierras para ganados.
Sin embargo, los documentos demuestran que Vázquez de Andrada no llegó a poner en explotación las tierras obtenidas, quizá porque cuando él se decidió a emprender la producción del añil se encontró con las progresivas restricciones de la Corona que, preocupada por la dureza del régimen laboral de los indios en los ingenios de añil, acabó por prohibir en 1581 el trabajo indígena en dichas explota ciones, sentenciando de esa forma un sector agrario que hubiera podido llegar a ser el gran producto de exportación de Yucatán.
113 El porqué Vázquez de Andrada no aprovechó las caballerías y el sitio de estancia para introducir ganado y sacar rendimiento de la merced es algo que ignoro.
Lo cierto es que cuando en 1599 el sitio• de Tepecal y Chacsinkin fue transferido por venta era un paraje yermo y sólo se valoraba en 25 pesos de oro común.
Ni siquiera lo había poblado con ganado menor que era por entonces el más numeroso y el que menos inversión requería, aunque tam bién el que menos rentabilidad producía, ya que su cotización era muy inferior a la del ganado vacuno y caballar.
Quizá por ello �1 ganado menor no llegó a afianzarse en la provincia, pues, según los testimonios del pleito, en el siglo XVIII era ya tan poco apreciado que no había «más que tres cabríos en los barrios y asimismo dentro de la ciudad [Mérida] se crían muy pocas ca bras, carneros y ovejas».
1 1 4 Aunque, por otra parte, en el escaso progreso del ganado menor también debió influir «la aspereza de la tierra» y «la falta de agua», pues ello motivó que el ganado ovejuno no prosperase y que fuera tan «corta», según Cogolludo, «la crianza de carneros, ovejas y cabras» ya desde mediados del siglo XVII.
115 De todas formas, el sitio de Tepecal y Chacsinkin llegó a albergar hasta 800 cabezas de ganado menor en 1601, aunque sorprendentemente tan considerable hato desapareció en sólo cua tro años.
Y, a pesar de que en todas las transferencias Chacsinkin siempre fue catalogado como sitio de ganado menor, la cierto es que durante el tiempo en que se mantuvo unido a Tziskal nunca llegó a estar poblado de esa especie de ganado,'ya que a partir de su integración con dicha estancia el único ganado reseñado en las ventas fue de tipo mayor.
No cabe duda que, al formar una sola estancia con Tziskal, sus sucesivos propietarios se valieron de la licencia de ésta para introducir ganado mayor, mucho más lucra tivo, renunciando a la explotación del menor.
Así, pues, don José de la Ruela no tenía razón cuando en el siglo XVIII alegaba que su «estancia» de Chacsinkin había estado poblada de ganado mayor, porque en realidad esa posibilidad sólo se la había brindado su unión con Tziskal.
En consecuencia, Chacsinkin no fue una es tancia de ganado mayor hasta 1753 cuando la real provisión de la Audiencia de México le dio licencia para ganado mayor o menor >.
Queda, pues, clara en todo el proceso la importancia que tenía el que un sitio dispusiera de la correspondiente licencia de ganado mayor, porque, aparte de que eso lo convertía en estancia, dejando de ser un simple sitio, las posibilidades de expansión eco nómica eran mucho mayores.
Por tanto, era la licencia la que de hecho establecía la diferencia entre sitio y estancia, a pesar de que con frecuencia ambos términos se utilizaban como sinónimos -en el pleito se llega incluso a utilizar indistintamente los vocablos estancia y hacienda-y de que no había en realidad ninguna dis tinción económica entre las dos clases de propiedades, ya que ambas se dedicaban en primer término a la ganadería y secunda riamente a la apicultura.
116 A ello se uniría una incipiente produc ción de maíz, que empezó a surgir en algunas estancias del área de Campeche ya en el siglo XVII, y que en las primeras décadas del siglo XVIII empezaba a detectarse en las de la jurisdicción de Mérida.
El caso de Tziskal y de otras estancias analizadas por Patch pueden constituir una muestra de la progresiva integraci6n del cultivo del maíz en las estancias del circuito de Mérida.
Igual significado podría tener la existencia de indios luneros de Nohcó asentados en Chacsinkin, dado que estos indios, a cambio de una parcela de terreno, dedicaban un día a trabajar para el propietario sin salario alguno, centrándose normalmente su jornada laboral en el cultivo de una milpa para el estanciero.
No es por ello arries gado afirmar que con la incorporación progresiva del maíz y de los indios las estancias fueron decisivas en el cambio de la estruc tura productiva y laboral de Yucatán.
No sólo constituyeron el período de tránsito a las haciendas, sino que además provocaron un fuerte reajuste de la estructura laboral, al modificar las rela ciones entre propietarios e indios, • y una perceptible transformación de los modos de asentamiento indígenas, dado que los mayas se fueron integrando de forma creciente en las estancias a fin de eludir las cargas laborales y tributarias que soportaban en sus pueblos.
117 Pero insistiendo en la diferencia entre sitio y estancia, se podría quizá establecer, como apunta Patch, que un sitio era muy bien un rancho ganadero pequeño, de reciente creación y en pro ceso de expansión.
118 Pero tampoco esta definición tendría validez general, porque Chacsinkin, por ejemplo, se mantuvo como sitio de ganado menor durante ciento setenta y ocho años.
Además, en todo el proceso del pleito se pone de manifiesto que en la práctica la distinción entre ambos tipos de propiedad existía y que, como ya se ha dicho, era la licencia para introducir ganado mayor lo que marcaba el tránsito de sitio a estancia.
Por tanto, un sitio, o in� cluso un conjunto de sitios, no pasaba a ser considerado estancia hasta que contaba con licencia para poblarlo de ganado mayor.
Es cierto, sin embargo, que dicha restricción no comenzó a tener verdadero efecto hasta la segunda mitad del siglo XVII, cuando la Corona se decidió a poner coto a la expansión ganadera para proteger las tierras indígenas y cuando los estancieros establecidos desde antiguo se dieron cuenta del peligro que representaba para sus intereses la multiplicación de las estancias.
Y si hasta entonc�s, como señala Espejo-Ponce, muchos sitios de ganado menor se habían transformado «de facto» en estancias por el mero hecho
de introducir sin permiso ganado ma• yor, después de 1650, sin embargo, la licencia empezó a jugar un papel primordial como instrumento de control y se convirtió de hecho en privilegio de personas con poder político y económico.
11 9 Los problemas que tuvo don José de la Ruela para que se le reconociera su licencia son un buen exponente de todo este proceso.
Ello explica, además, por qué las composiciones de tierras fueron tan tardías en Yucatán en comparación con el centro de México, ya que parece que no empezaron a darse hasta el último tercio del siglo XVII.
El hecho de que las propiedades ganaderas en Yucatán fueran de dimensiones muy modestas e insuficientes en un principio para abastecer los centros urbanos había quizá favorecido la peculiar interpretación del sistema de licencias que la legislación establecía.
Pero cuando la Corona a partir de la cé dula de 1661 optó por utilizar las licencias para restringir la expansión ganadera en beneficio de los indios, su obtención se convirtió entonces en la clave, más incluso que la acumulación de terrenos, para que un sitio o un conjunto de sitios prosperase, sobre todo porque los antiguos estancieros colaboraron a contro larlas para impedir la competencia de nuevas explotaciones gana deras.
Fue entonces cuando muchos propietarios se encontraron en dificultades, al exigirles las autoridades que presentasen sus títulos y justificasen sus licencias, no quedándoles otro remedio que com ponerse con el monarca.
En este contexto, pues, se enmarcan las composiciones de 1678, a instancias del gobernador, y la de 1710 requerida por el juez don Bernardino Vigil Solís, aludidas en el expediente del pleito, así como la que establece Espejo-Ponce para 1726-1728.
12o Pero lo paradójico de estas composiciones fue que la política protectora de la Corona acabó legitimando las ex propiaciones y las estancias sin licencias, justo todo lo contrario que pretendía, quizá porque no cayó en la cuenta de la contra dicción que existía entre su política fiscal y su deseo de salva guardar los fundos indígenas.
Pese a la importancia de la licencia para el progreso de una propiedad ganadera, no hay que olvidar que la misma no era el único factor que determinaba su desarrollo, ya que éste también estaba en función de la capacidad empresarial'y financiera del pro pietario.
Y ello se pone claramente de manifiesto en la evolución del sitio de Chacsinkin en su etapa autónoma, pero sobre todo durante el largo período en que formó con Tziskal una sola pro.. piedad.
La irregular explotación que ambas propiedades acusaron estuvo en buena medida condicionada por la iniciativa y recursos de sus sucesivos propietarios, aunque en algún momento pudieron también influir factores externos al propio funcionamiento de la empresa.
Por ejemplo, el estancamiento que Tziskal-Chacsinkin experimentó entre 1615 y 1660 pudo muy bien deberse a una sequía, como la de 1639, ó a la crisis que soportó la provincia a mediados de siglo y que, como ya he apuntado, repercutió tam bién en, la explotación ganadera, pues, según refiere Cogolludo, quedaron <<muy disipadas las pocas haciendas que de este ganado [vacuno] había con que se ha encarecido».
121 Con todo, en el análisis de la evolución de Chacsinkin y Tziskal Chacsinkin ya se ha puesto de manifiesto que no todos los propie tarios explotaron los parajes con igual intensidad, aunque aparen temente contaran con recursos para fomentar su desarrollo.
Así, durante el período en que Chacsinkin funcionó como unidad de producción independiente, es decir, en 1574 a 1608, de sus seis propietarios, dos fueron encomenderos (Sebastián Vázquez de Andrada y Juan Vázquez de Andrada), y dos eclesiásticos (bachi ller Bartolomé de Herrera y licenciado don Manuel Núñez de Matos), pues de los otros dos (Juan Camas de León • y Diego Mar• tín) sólo consta que eran vecinos de Mérida.
Se podría, por tanto, suponer que los encomenderos y los eclesiásticos, con ingresos seguros, eran los que se encontraban en condiciones idóneas para abordar la empresa.
Y, sin embargo, fue Camas de León el único que en verdad la puso en explotación, y que no es posible saber lo que Núñez de Matos invirtió en Chacsinkin, puesto que, al inte grarse con Tziskal, sus instalaciones y posible ganado quedaron incluidos en la estructura productiva de la nueva propiedad, no estableciéndose por ello en la venta de 1608 ninguna distinción entre lo que pertenecía a cada uno de los parajes.
En cuanto al funcionamiento de Tziskal en su primera etapa autónoma, es muy poco lo que los documentos revelan.
Sólo que don Juan de Montejo no supo o no pudo explotar la estancia como para convertirla en una empresa rentable, dado que a su muerte tuvo que ser subastada para que su heredero pagara los censos que sobre la nüsma tenía impuestos.
Precisamente son estos censos los que en cierto modo refleja� el valor de la propiedad que se había ofrecido como garantía, dado que su «principal y corridos» alcan zaban 900 pesos, es decir, prácticamente la cantidad que se fijó de salida en la subasta.
Pero también evidencian dichos censos que don Juan de Montejo tuvo que recurrir al crédito, a; pesar de que por su ascendencia gozó hasta su muerte en 1603 de una de las encomiendas más rentables -integrada por Conkal, Cholul, Siquipach, Dzilam, Chablekal, ltziminá y mitad de Abalá-, pues en 1607 devengaba unos ingresos totales de 3.565 pesos.
Aunque, por otra parte, hay que tener presente que podía haber contado con más patrimonio si no hubiera tenido que hacer renuncia en 1565 del derecho a la sucesión de la encomienda de Umán que gozaba su padre, don Francisco de Montejo el Mozo, en favor de su hermana para que ésta la aportara como dote en su matri monio.
122 Sólo cabe, pues, pensar que la elevada posición que don Juan tenía en la incipiente sociedad yucateca le exigía un nivel de vida por encima de sus posibilidades y que tuvo por ello que gravar Tziskal para asegurarse el capital que necesitaba para su explotación.
Pero ni aun así parece que tuviera éxito en su empre sa, puesto que en el momento de la subasta no se alude a ningún tipo de ganado y sí a unas instalaciones muy rudimentarias, por lo que la cantidad en que se subastó debía de corresponder más al valor del sitio que a su infraestructura productiva.
El hecho de que Chacsinkin y Tziskal constitu' yeran en 1608 una sola estancia en poder de Núñez de Matos y que éste invir tiera parte de su hacienda en acondicionarla y poblarla de ganado supuso lógicamente una inmediata revalorización de la propiedad, pero no implicó que su desarrollo se estabilizara.
Los sucesivos traspasos a lo largo de un siglo revelan las fluctuaciones que la estancia acusó, los momentos de expansión y estancamiento, todo ello en función de los diferentes propietarios y también sin duda de la coyuntura económica que a cada uno le tocó vivir.
De los quince que en ese tiempo accedieron a su propiedad, seis eran encomenderos (Cristóbal de Paredes, Bias Díaz de Santiago y Manuel Rodríguez de Sossa, ambos también regidores de Mérida, Pedro de Magaña y Eguiluz, Martín del Puerto y Pacheco y Fer nando de Aguilar y Galiano), uno comerciante y miembro del cabildo de la capital (el regidor Lorenzo de Evia), dos eclesiás ticos (licenciado don Manuel Núñez de Matos y el doctor don Nicolás de Salazar Lara y Bonifaz), uno tesorero de la Santa Cruzada (Benito Díaz Castañoso) y el resto vecinos de Mérida.
De los encomenderos cabe mencionar a Bias Díaz de San tiago, pues, aunque no hay constancia de sus actividades profesio nales, debía contar con una fuente de ingresos segura, toda vez que dispuso de capital para comprar la estancia y adquirir en 1652 el oficio de regidor de Mérida por 499 pesos.
Y todas estas inversiones las realizó aun antes de obtener una encomienda, ya que hasta 1660 no se le otorgó la mitad del pueblo de Cansahcab, cuyos tributos (260 pesos anuales) tampoco representaban, por otra parte, unos elevados beneficios.
123 Pero también Manuel Ro-dríguez de Sossa y Fernando de Aguilar y Galiana merecen espe cial atención, en cuanto que ambos debían disponer de sobrados medios para explotar la estancia.
Prueba de ello es que el primero, aunque la encomienda que disfrutaba desde 1649 era bastante modesta, no había tenido problemas para desembolsar 1.600 pesos en 1651 por el oficio de alguacil mayor de Mérida, quizás atraído por las posibilidades de lucro que el cargo conllevaba.
Es más, tampoco la estancia de Tziskal-Chacsinkin constituía su primera inversión en la explotación pecuaria, puesto que hay constancia de que en 1652 ya tenía intereses ganaderos.
124 En cuanto al sel. gundo, ya quedó manifiesto en la primera parte de este trabajo, cómo disfrutaba de una posición económica desahogada que le había permitido adquirir por 800 pesos el oficio de alférez mayor e invertir en la explotación ganadera antes de hacerse con Tziskal Chacsinkin.
Indudablemente debía ser una gran personalidad en la provincia, al combinar su poder económico y político (llegó incluso a ser en 1663 alcalde gobernador de Mérida) 125 con el prestigio social que le brindaba su ascendencia benemérita y su condición de encomendero.
Es, pues, evidente el interés de los encomenderos que desempeñaban oficios capitulares por invertir en la explotación ganadera, pues, aparte de que ésta era junto con el comercio uno de los pocos recursos de importancia econó mica que la región brindaba, no cabe duda que ellos podían apro vechar su posición en el cabildo para hacer rentables sus inver siones pecuarias.
126 En los otros propietarios mencionados concurrían circunstan cias muy parecidas.
Las actividades mercantiles que desarrolló el comerciante y regidor Lorenzo de Evia entre 1652 y 1670 debie ron proporcionarle liquidez suficiente como para convertirse en colaborador de los negocios ilícitos del gobernador Flores de Alda na y diversificar sus inversiones.
Su puesto de regidor lo colocaba también en una posición idónea para sacar el máximo provecho de la explotación ganadera y quizá por ello adquirió la propiedad en 1684.
127 Finalmente, respecto a los dos eclesiásticos y al teso rero de la Santa Cruzada ya quedó expuesto, al analizar la evolu ción de la estancia, como por su posición económica, los primeros, y posiblemente por su cargo, el segundo, pudieron y supieron capitalizar la propiedad.
Así pues, la mayoría contaba aparentemente con unos ingre sos estables y, por tanto, se les podía suponer la suficiente ca pacidad financiera como para revitalizar la estancia.
Sin embargo, tras un período de pujanza desde 1608 a 1615 en el que la estancia cobró verdadera entidad, tanto por su planta como por el ganado que albergaba, cayó en una situación crítica hacia 1660, precisamente cuando la provincia atravesaba un período de depre sión demográfica y económica.
Ello quizá podría explicar por qué se había venido abajo una estancia que la gestión de Núñez de Matos y de Díaz Castañoso había convertido en una floreciente empresa ganadera, y por qué una propiedad que en 1615 se eva - luaba en 3.215 pesos y contaba con 362 cabezas y media de ganado mayor acabó despoblada'y vendida por sólo 150 pesos.
A pesar de todo, Tziskal-Chacsinkin consiguió superar, aun que lentamente, su estancamiento.
Las inversiones y la adminis tración de Manuel Rodríguez de Sossa y, sobre todo, de don Pedro de Magaña y Eguiluz, dos encomenderos, lograron que la estancia se recuperara y que en 1677 estuviera de nuevo en funcionamiento, aunque sin llegar a alcanzar los niveles de 1615, a pesar de que, el encarecimiento del ganado contribuía a su revalorización.
Su planta no llegaría a merecer la estimación de entonces ni siquiera cuando en poder del deán de la catedral la propiedad: acusó su máxima explotación, pues en 1708 sólo se evaluaría en 1.000 pe sos.
Con todo, este avalúo supuso un notable avance, si se tiene en cuenta que al menos durante diez años el valor del sitio se c) Las ca p ellanías como fuente de crédito en Y ucatán A la vista de lo expuesto cabe destacar que en el resurgir de la propiedad no sólo influyó la lenta recuperación que a todos los niveles experimentó la provincia durante las últimas décadas del siglo XVII, sino también el crédito.
Un crédito que se cana lizó sobre todo a través del capital de las capellanías y a modo de censos consignativos, es decir, de préstamos que el patrón de una capellanía hacía de los fondos de la misma, tomando como garantía un bien inmueble, a fin de invertir el capital donado y asegurar con los réditos � intereses el pago del estipendio al capellán.
Dos ejemplos de estas inyecciones de capital que repre sentaban los fondos de las capellanías aparecen en la evolución de Tziskal-Chacsinkin.
El primero de ellos es el censo de 1.000 pesos que en 1608 gravaba la propiedad y que pertenecía a la capella nía fundada por Inés de Borges.
Censo que Benito Díaz Castañoso reconoció al comprar la estancia, pero que en 1612 redimió me diante la devolución a Luis Rosado, su patrono, de los 1.000 pesos.
El segundo está representado por el gravamen que en 1675 asumió su propietario, don Pedro de Magaña y Eguiluz, al recibir como préstamo 51 O pesos de la capellanía que había fundado el doctor don Antonio de la Orta y Barroso, arcediano de la catedral.
Este censo estuvo impuesto sobre la propiedad hasta 1693 en que el deán don Nicolás de.
Salazar lo redimió, con lo que se beneficiaron del crédito que el mismo representaba todos los que en ese período accedieron mediante compra a la propiedad de la estancia, al des contárseles del precio global el valor del censo y tener así que desembolsar menos cantidad para su adquisición.
En ambos casos no deja de llamar la atención el hecho de que acabaran redimién-,. dose, cuando la opinión general es que estos censos se mantuvieron Tomo XLJ"/11 MANUELA CRlSTINA GARCÍA BERNAL invertidos durante muchos años, siendo muy pocos los que llega ron a redimirse.
128 Ahora bien, la capellanía podía constituir también otro tipo de gravamen de la propiedad cuando era el propio dueño de la estancia el que procedía a su fundación, aunque en el fondo im plicara también un préstamo.
Este caso se daba cuando un indi viduo quería proceder a la fundación piadosa de una capellanía y no contaba con dinero líquido, o no deseaba desprenderse de él, y recurría entonces al crédito de la Iglesia, ofreciendo como ga rantía una propiedad o algunos de sus bienes.
La operación se hacía entonces mediante un censo consignativo que jurídicamente era un crédito de la Iglesia, ya que ésta prestaba al donante la cantidad que había decidido donar y éste se la devolvía para la fundación de la capellanía.
En la transacción, sin embargo, no había trasvase de capital, sino todo se hacía sobre el papel, contrayendo el compromiso el donante, que al mismo tiempo era prestatario, de pagar los réditos de la cantidad acordada para el mantenimiento del capellán.
129 Así pues, la fundación piadosa no constituía en este caso una fuga de capital, sino todo lo contrario, en cuanto que el censo contribuía a que la propiedad no se descapitalizase.
En Tziskal--Chacsinkin aparece este tipo de censo en la capellanía que en 1706 tenía ya fundada el doctor don Nicolás de Salaz1r por el bien de su alma y de su hermana y cuñada con un capital principal de 2.000 pesos.
Gravamen que su sobrino don Miguel de la Ruela reconoció al adquirir la estancia, beneficiándose al mismo tiempo del crédito que la capellanía representaba, al des contársele los 2.000 pesos del precio a pagar.
Se mantenía, pues, la deuda con la Iglesia a la que tendría que seguir pagando los réditos o, caso de que quisiera redimir el censo, abonar los 2.000 pesos.
Es, por tanto, evidente que la Iglesia funcionó en Yucatán, al igual que en el resto de América, como institución financiera UN POSIBLE MODELO DE EXPLOTACIÓN PECUARIA 59 ante la escasez de nun1erario circulante, y también que los fondos de las capellanías constituyeron esencialmente la base del crédito en la provincia.
Ya en 1673 el gobernador de Yucatán, reivindi cando la jurisdicción real para el cobro de los réditos de las capellanías, aludía al carácter temporal de estos fondos -opinión no compartida por la Iglesia que defendía su índole espiritual en los que «todos los vecinos de esta ciudad [Mérida] y provincia son comprendidos, por estar situados los censos sobre todas las casas y estancias que poseen».130 Y parece que la situación no varió, pues a mediados del siglo XVIII el capital de la Iglesia seguía siendo la fuente de crédito más importante, de forma que «todas las casas y estancias de esa Provincia [ se dirigía el rey al gober nador de Yucatán] se hallaban con el gravamen de cantidades pertenecientes a cape1lanías y otras obras pías».
131 Es más, el obis po de Yucatán, reclamando de nuevo la jurisdicción eclesiástica para proceder contra «legos» (personas seglares) en las causas de impagos de réditos y principales de capellanías, alegaba que los alcaldes ordinarios estaban •impedidos para actuar en «las causas ejecutivas por rentas eclesiásticas», porque «viviendo todos de la renta eclesiástica, con dificultad proveerá un alcalde ejecución, temiendo hagan con él lo mismo mañana», aparte de que «entre los empeños que se contraen por los vecinos no es de poca impor tancia el dinero que por segunda mano sacan los gobernadores de las arcas eclesiásticas para sus repartimientos y los pretendientes de encomiendas para la compra que de ellas hacen».
132 El conflicto de jurisdicción que a mediados del siglo XVIII se planteó entre el teniente de gobernador, licenciado don Sebas ti6r1 Maldonado, y el obispo de Yucatán, fray Ignacio Padilla, y su provisor y vicario general, licenciado Vicente Antonio de los Ríos, pone claramente de relieve el papel que el capital de la Iglesia MANUELA CRISTINA GARCIA BERNAL jugaba en la provincia y también la importancia de los fondos de las capellanías.
En realidad, el pleito surgió al demandar el tenien te de gobernador «la jurisdicción real frente a la eclesiástica sobre el conocimiento de las causas ejecutivas por réditos y principales de capellanías», y darle el rey la razón en 1757, precisando que los jueces eclesiásticos debían abstenerse de «proceder contra legos en las causas ejecutivas por réditos y principales de capellanías».
133 La decisión del obispo de oponerse a la publicación de la cédula real de 1757 acabó provocando la suspensión de ésta por el go bernador, al ampararse el prelado en una provisión de la Real Audiencia que reconocía «por inmemorial costumbre» la jurisdic ción que «le asistía para recaudar ejecutivamente y defender toda renta eclesiástica»,' ya que lo que se dirimía no eran sólo los réditos de las capellanías, sino toda la renta eclesiástica.
134 Una renta que era vital para la provincia por ser prácticamente la única de la que podían valerse los vecinos «para su comercio y tráfico».
De ahí que según el cabildo de Mérida, «del crecidísimo número de casas, estancias de campo, así de esta ciudad, capital, como de las dos villas de Campeche y Valladolid no se hallarán quince o veinte en que no se halle radicado algún censo de caudal eclesiástico o que en alguna manera no est é hipotecada u obligada al mismo caudal eclesiástico por pesos tomados a ganancias lícitas por tiempo de dos, tres o cuatro años; y así vienen a estar todos los vecinos y habitadores de toda esta provincia bajo la jurisdicción del juez eclesiástico, y hasta el presente no se les había hecho tan duro y sensible, porque no habían padecido la experiencia con demasiado rigor con que hoy se procede a embargos y remates de bienes».
13 5 Y es que la penuria en que vivía la provincia originaba el im pago de los réditos de las capellanías, lo que, según el obispo, suponía un detrimento para «las almas del Purgatorio», al no re-UN POSIBLE MODELO DE EXPLOTACIÓN PECUAIUi\ 61 cibir los capellanes el estipendio que necesitaban para su subsis tencia.
136 Sin embargo, de nada sirvieron las lamentaciones del prelado sobre la ruina que sufrirían las rentas eclesiásticas de no tener jurisdicción sobre ellas, porque en 1760 el rey dejó bien claro que lo que «mira a principales de capellanías, puede conocer el juez eclesiástico hasta la erección y establecimiento de ellas», pero «una vez establecidas las fincas que se arrendasen a legos o censos que se impongan sobre ellas, cesa ya en el todo su juris dicción y no tiene acción para proceder contra el lego por los réditos que debiere al capellán o Convento acreedor de la capella nía u obra pía, pues son réditos puramente profanos».
Es decir, la Corona dejaba bien claro la supremacía de la jurisdicción real sobre la eclesiástica en las materias que eran de «mixto fuero».
137 <l) 1 ncstabilidad patrimonial y mano de obra indígena Al margen del litigio. jurisdiccional que las capellanías sus citaron en Yucatán, lo que interesa destacar es hasta qu é punto la explotación pecuaria en la provincia se valió del crédito para su expansión, y también cómo las deudas contraídas por los estan cieros determinaron en no pocas ocasiones los sucesivos traspasos de la propiedad, favoreciendo al mismo tiempo la concentración de la misma, pues los censos propiciaban que un individuo que contara con capital líquido se hiciera con varias estancias por el valor de una.
Posiblemente los casos del eclesiástico Núñez de Matos y del comerciante Miguel de la Roela en Mérida, y del capi• tán Francisco Maldonado en Campeche, constituyan un ejemplo al respecto.
Consiguientemente, la incapacidad de pagar los intere ses del préstamo recibido y el tener que recurrir a la venta podrían explicar la escasa estabilidad patrin1onial que se advierte en la evolución de Tzisk. al-Chacsinkin y que muy bien puede ser con siderada como otro de los rasgos que configuraron el desarrollo agropecuario de la región.
Pero, por otra parte, la rapidez con que 136 Ibídem.
Reales cédulas al gobernador y obispo de Yucatán, respectiva, mente, 2 de abril de 1760. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es las propiedades cambiaban de dueño y el hecho de que rara vez se mantuvieran en una misma familia durante más de una genera ción sugiere también una falta de apego a la propiedad rural ver daderamente sorprendente si se tiene en cuenta la mentalidad se ñorial que impregnaba la sociedad yucateca.138 Para Espejo-Ponce ello no era más que la consecuencia de la «furia especulativa» que en torno a la propiedad territorial empezó a detectarse hacia 1675, motivada por el deseo de los encomenderos de obtener ganancias mediante la compraventa de estancias.
13 9 Sin embargo, las suce sivas transferencias de Tziskal-Chacsinkin no evidencian tal es peculación, toda vez que el avalúo de su planta se mantuvo relativa mente estable durante el último tercio del siglo XVII y, por tanto, pocos beneficios pudieron obtener sus propietarios al traspasarla que no fueran los derivados del encarecimiento del ganado con que la hubiesen poblado.
Es muy posible que en el fondo fuera la estimación que los encomenderos tenían de su elevada posición social, combinada con las limitadas condiciones productivas de la provincia, lo que motivó la escasa estabilidad patrimonial y que la institución del mayorazgo no arraigara en la propiedad teritorial yucateca, dado que el prestigio no lo daba la tierra sino la encomienda.
Evidente mente, las modestas dimensiones de las estancias yucatecas difícil mente hubieran podido costear los excesivos gastos que exigían la fundación y mantenimiento social de un mayorazgo, teniendo en cuenta que a la Corona no le interesaba la constitución de «ma yorazgos cortos», es decir, de rentas exiguas.
Pero tampoco parece que las familias principales o adineradas tuvieran gran empeño en vincular su linaje a la propiedad territorial cuando tenían la encomienda para saciar sus anhelos de prestigio y de nobleza.
140 Ello podría, por otra parte, estar también en relación con el hecho de que las estancias constituían unidades económicas y no sociales, ante el escaso nú1nero de trabajadores que la explotación pecuaria demandaba.
En modo alguno podían por tanto, representar una propiedad de carácter señorial.
¿Qué repercusiones tuvieron, pues, las estancias en las comu nidades indígenas?
A mi entender, muchas.
No obstante, hay auto res que sustentan la tesis de que las estancias se desarrollaron al margen de los pueblos de indios, no entrando en conflicto con ellos hasta fines del período colonial.
Tesis de la que disiento, tanto porque considero que el origen de los indios luneros estuvo en las estancias, como porque la multiplicación de las mismas influyó en las formas de asentamiento y relaciones laborales de los indígenas y redundó negativamente en los cultivos de sus comunidades.
141 Curiosamente, la evolución de Tziskal-Chacsinkin no supone un ejemplo del cambio de asentamiento de los indígenas, puesto que no hay constancia de que llegase a incorporar un nú mero significativo de indios de modo estable, ni siquiera a prin cipios del siglo XVIII, cuando ya otras propiedades, como Nohcó, contigua a ella, habían integrado indios luneros.
Indudablemente debió contar con vaqueros -a los que sólo se alude en 1708-, provenientes de los pueblos vecinos o de los barrios que circun daban Mérida, pero éstos debieron estar en función de sus fluc tuaciones productivas y nunca ubicados en ella de forma perma nente, siendo por ello «poco pertenecientes a la estancia», según se declaraba en 1708.
Ahora bien, lo que sí queda en evidencia en el análisis de Tziskal-Chacsinkin es el controvertido problema de los pastos y los conflictos que provocó.
El pleito surgido entre la estancia de Tziskal y el sitio de Chacsinkin, una vez que constituyeron uni dades productivas independientes, es un exponente más de la com petencia por el espacio que la expansión de las estancias suscitó.
Una competencia que evidentemente se acentuó en el siglo XVIII, al reducirse las distancias que separaban unas propiedades de otras y con relación a los pueblos indígenas.
Los ejemplos citados por don José de la Ruela de estancias que sólo guardaban entre sí un cuarto de legua ponen de manifiesto hasta qué punto prolifera ron en Yucatán las explotaciones pecuarias' y, por consiguiente, el grado de ocupación del suelo por los españoles en lógico detri mento de las comunidades indígenas.
La concentración de la tierra que posteriormente se consolidaría a través de las haciendas y plantaciones no haría sino agudizar el proceso. |
significó a su vez en esta última región una creciente pérdida del poder adquisitivo del dinero y una consiguiente alza del costo de vida.
La devaluación del dinero y la correlativa alza de los precios significó una profunda erosión de la base material de las élites patricias del interior del espacio colonial, las cuales recibían de sus encomiendas de indios • y de sus inmuebles urbanos y rurales rentas fijas.
En el interior, las guerras guaraníes y las campañas contra los indios del Chaco y de la Pampa, y las suce sivas expediciones a las misiones para demarcar los límites con las colonias portuguesas erosionaron aún más las encomiendas de la región.
Esta erosión económica y demográfic� les generó un crónico endeudamiento y reiteradas rivalidades internas, que les obligó a desprenderse de sus bienes raíces, sus oficios públicos, y de sus hijas mujeres en beneficio de una nueva clase de acreef dores, los cuales fueron a su vez renovando la antigua élite, con otros apellidos.
El incesante aluvión de comerciantes españoles que comenzó a radicarse en dicha región a partir de la Paz de Aquisgrán ( 1748), amén de debilitar la naturaleza patricéntrica de las élites locales volviéndolas más cognáticas, 1 provocó a su vez una ingente de manda de premios o grados militares y eclesiásticos, así como de oficios públicos, que amenazó seriamente a las élites locales con sufrir una movilidad social descendente.
Esto hizo necesario mo-1 Sistema de descendencia unilineal doble, donde las obligaciones y los deberes para con los parientes del padre o de la madre son muy similares.
Esta conflictiva realidad hizo que la Corona, para paliar la creciente irascibilidad de las élites locales, se viera obligada a mal vender -subastándolos-los bienes de los jesuitas expulsos.
Para ello le otorgó a los cabildos seculares y eclesiásticos la f aculta<l de elegir sendos diputados que• integraran las respectivas juntas mu nicipales de temporalidades.
La tardía imposición de la real orde nanza de Intendentes (1784) no habría podido remontar esta rea lidad.
Por último, es nuestra hipótesis que esta particular consti tución de la élite colonial se perpetuó, perdurando en el tiempo, no obstante las reformas borbónicas y el fenómeno revolucionario de Mayo, repercutiendo notablemente en el reclutamiento de la élite política decimonónica, en especial de sus gobernadores, ministros y legisladores.
Ello fue notorio en el siglo XIX, por cuanto para ser gobernador se requería el goce de una propiedad raíz de valor de 10.000 pesos o una renta equivalente a la de ese capital, para ser ministro un capital de 6.000 pesos, y para ser diputado un capital de 4.000 pesos.
7 Esta realidad habría perdurado hasta que se consumó a coμiienzos del siglo XX, con la Ley Sáenz Pefia, el acceso al sufragio universal.
También es nuestra hipótesis que 4 EDUARDO R. SAGUIER el nepotismo vigente entonces, y el común dominio sobre la pro piedad inmueble urbana y rural, condicionó las estructuras de pa rentesco, al extremo de reforzar la endogamia de dichas élites.
En este trabajo nos limitaremos a estudiar y comparar el caso de Córdoba.
La incesante penetración de comerciantes peninsulares en la sociedad cordobesa acentuó también la gravedad de sus crisis políticas, acelerando la decadencia de la antigua casa de los Eche nique.
La ciudad de Córdoba contaba, para 1778, de acuerdo con las «Noticias» del marqués de Sobremonte, que diera a co nocer Quesada (1865), con 500 españoles;'y de acuerdo con el padrón que publicara Larrouy (1927), con un total de 700 espa ñoles casados, sobre un total de 4.838 indios, negros, mulatos, y zambos.
8 Pero los vecinos que eran susceptibles de elección pasiva no pasaban del medio centenar, y los que efectivamente eran nom brados como alcaldes y regidores eran un número mucho menor y pertenecían por lo general a la casa de los Allende o a sus parien tes más inmediatos, ya fueren patricios o peninsulares.
Entre estos últimos, la lista COR-1 registra un total de 139 peninsulares radicados en Córdoba.
Al igual que en Salta, Tucumán, y Santiago del Estero, esta incesante penetración de comerciantes peninsu lares, que no se daba en ciudades como La Rioja y Catamarca, alentó la demanda de cargos públicos, capitulares y militares.
La resistencia que ofreció el cabildo de Córdoba a esta demanda hizo que la Corona impusiera por real cédula el régimen de la alter� nativa.
Como secuela inmediata de la imposición de dicha real cédula, en 1765 se había elegido como alcalde de primer voto al patricio Dalmacio Vélez, 9 y como alcalde de segundo voto al peninsular José del Portillo, 10 ambos ligados por parentesco a la casa de los Echenique.
El resultado de estas elecciones fue confir mado, contra todo derecho, por el alcalde provincial José Martínez, casado él mismo con una Echenique.
11 Esta confirmación viciaba las Leyes de Indias por cuanto la facultad de confirmar las elec ciones de alcaldes podía ser asumida, sólo por los virreyes, presi dentes de real audiencia y gobernadores, y por cuanto los alcaldes de primer voto no podían a su vez titularse justicias mayores, 12 Al año siguiente, 1766, el general José de Allende y Losa, jefe del linaje a partir de 1759, fecha de la exoneración del general Tomás de Allende y Losa de los oficios concejiles, 13 logró revertir la rela ción de fuerzas ubicando como alcalde de primer voto a su her mano menor el patricio Santiago de Allende y Losa, mientras que la fracción ligada a la casa de los Echenique había instalado al europeo Cayetano Terán Quevedo.
14 Para 1767, los Allende• lo graron repetir como alcalde de primer voto a su cabeza más visible: el patricio Joseph de Allende y Losa, y como alcalde de segundo 6 EDUARDO R. SAGUIER voto a Francisco José de Uriarte;15 para 1766 a los patricios Joa quín de Mendiolaza y Francisco de Armesto y Allende; • y para 1769 a los europeos Phelipe Haedo y de la Sota, 16 y Melchor Otero.
17 Tal era la preeminencia del bloque de poder formado por los Allende mediante las cuatro alianzas familiares citadas anteriormente, que Tomás de Allende y Losa y su cuñado Gre gario Arrascaeta extendieron su influencia al Tucumán donde lle garon a afianzar en 1764 el futuro juicio de residencia del nuelvo gobernador de Córdoba del Tucumán Juan Manuel Fernández Campero.
18 Pero una vez que el gobernador de Córdoba del Tucumán Campero cayó en desgracia, como consecuencia del escándalo pro vocado por el reparto <le los bienes de los jesuitas, fue el gober nador Jerónimo Matorras, que había estado fuertemente vinculado con la Compañía de Jesús y era socio de la casa comercial sevillana ESPLENDOR Y DERRUMBE DE UNA ÉLITE 7 de Behic hermanos, 19 quien quiso en 1770 poner coto al poder de la casa de los Allende, en especial arrestando a Santiago de Allen de y Losa.
20 Aprovechando la circunstancia de que Matorras fuera en 1770 convocado detenido por el virrey del Perú a Lima.
21 y que los regidores José Benito de Acosta' y Esteban Montenegro fueran multados por no haber asistido a las vísperas de la publica ción y predicación de la santa bula, 22 el gobernador interino Joa quín de Espinosa y Dávalos, consolidó dicho bloque de poder familiar subastando los oficios de regidor en las personas de José Prudencio Xijena y Céliz de Burgos, 23 de José de Allende y Losa, 24 de Córdoba».
1974, vol. 6, pág. 14; y Mayol Laferrere, Carlos: Linaje del Valle de Teoua 'Los Berrotarán'.
«Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba», 1974, tomo 6, págs. 31-33; Según Allende Navarro Maria Ignacia Argüello, la mujer de Antonio Allende, era hija del capitán José de Argüello y Moyana, y de Mariana de Baigorri y Brizuela, y hermana de la mujer de José Oscariz, del capitán Pedro Argüello y Baigorri, y de Juan Antonio de Argüello y Baigorri, casado con Sinforosa de Tejeda y Ledesma.
Estos últimos fueron a su vez padres de María Teresa de Baigorri y Tejeda, mujer de Bernardo Vélez d\e Herrera, abuelos de Dalmacio Vélez Sarsfleld.
Por lo tanto, Antonio de Allende era tío de la mujer de Simón de Azcoitia y GonzáJez, abuelo de la mujer del doctor Juan Antonio Saráchaga, y tío en segundo grado del coronel Santiago Alexo de Allende y del caballero de Carlos III Pedro Lucas de Allende.
Lazcano, Linajes..., tomo I, pág. 53.
En 1771 Antonio Jie Allende fue nombrado administrador de Santa Catalina, propiedad secuestrada a la Compañía de Jesús.
26 Gallego, coronel de milicias de la frontera, casado en primeras nupcias con Hipólita Garay Y Molina, sin sucesión y en segundas nupcias con María
Anuario de Estudios Amerirnnos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es y José de Vexarano, 27 que desde 1771 detentaban las alcaldías ordinarias.
28 Esto finalmente lo lograron, pues en 1772, en el pór tico de la iglesia de la Merced, «transformando su sagrado en mar cial palenque de soldados», los hermanos José de Allende y Losa, y Santiago de Allende y Losa consiguieron, en lo que constituyó la cuarta crisis política de importancia ocurrida en el cabildo de Córdoba durante el siglo XVIII, con el violento apoyo de 500 mi licianos armados: 1) recusar a Juan Tiburcio de Ordóñez, 29 el mismo que había emitido el dictamen por el cual el teniente de rey Esteban y León impidiera el auxilio militar al convento mer cedario en ocasión de la rebelión de 1766, 2) resistir la reposición de Cayetano Terán Quevedo en la vara de alcalde de segundo voto, el mismo alcalde que quiso intervenir con las milicias provin ciales en el capítulo mercedario de 1766, y que iniciara la pesquisa sobre cohechos admitidos por los miembros de la Junta de Tem poralidades, 30 3) consagrar como alcaldes al maestre de campo Gre gario Arrascaeta, 31 y José P�udencio Xigena y Céliz de Burgos, y 4) colocar en la Junta de Temporalidades a los protectores de aquellos que debían ser juzgados por dicha Junta.
12 Como trágica secuela de esta crisis fue asesinado el comisionado de la real Au-: diencia de Charcas general José Francisco de Galarza. acontecida en el cabildo de Córdoba en el siglo XVIII, ocurrida en 1772, presenta una seria dificultad para su correcto análisis por cuanto hasta ese entonces no se conocieron extremos de vio lencia semejantes en la intensidad de la fronda patricia.
La con vocatoria de las milicias urbanas y rurales en el atrio de La Mer� ced en 1772 venía a resolver el conflicto iniciado en el 1nismo atrio en 1766, aunque agravado por las secuelas del reparto de los bienes secuestrados a los jesuitas, y señaló el punto más álgido de la lucha intra-colonial que se venía librando en el cabildo de Córdoba.
Fue en esta coyuntura crítica cuando el poder de los pa tricios, personificado en la Casa de los Allende, aunque por métodos violentos, se consolidó definitivamente.
De todas maneras esta victoria militar necesitaba para su legitimación, de un triunfo elec toral aún pendiente y de un discurso ideológico que lo convalidara, lo cual como veremos, se concretó unos años después.
Nuevamente, en la segunda mitad de la década del 70, la casa de los Allende se afianza, pues había elegido como alcaldes, no sin oposición, para 1775, a los patricios Francisco Xavier de Usandivaras y Sierra, 39 y doctor Domingo Ignacio de León; Felipe Santiago de Arze y José Ascasubi ocupaban cargos y posi ciones relevantes, los que muy probablemente fueren quienes los instruyeran en los secretos y argucias capitulares.
Para que José Ariza no obtuviera el ministerio que solicitaba, el cabildo de Córdoba acordaba en agosto de 1777 que «... deben colocarse en estos empleos, no sólo los más nobles y beneméritos sino es también deben tener la calidad de Ricos [solventes], para que libres del aliciente del interés y del temor, puedan servir sus empleos con pureza, de modo que [aun] cuan.. do se le conceda a osé de Ariza, la primera cualidad de Noble, no podrá considerársele idóneo por estar desnudo de las dos subsecuentes, mayormente habiendo como hay en esta ciudad copia de vecinos veneméritos y de conocidos caudales».
51 Por último, el cabildo de Córdoba acordaba, para impedir el ingreso de Ariza, que la ley 53, título 4, libro 6 de la Novísima.
Recopilación «... prohíbe el que ni los Oficiales Reales, ni sus hijos, deudos, criados, ni allegados puedan tener estos reximi�n tos».
52 Siendo José de Ariza tan allegado al teniente de oficiales reales Carlos Estelá, << ••• así por la estrechísima amistad que con él mantiene, cuanto por el oficio de Defensor de Real Hacienda que obtiene», el cabildo entendía que debía aplicarse• dicha prohi bición y que Ariza no debía obtener el oficio subastado.
53 Es con motivo de las elecciones capitulares de Córdoba de 177 8, al producirse la quinta crisis de relevancia política en lo que iba de siglo, 54 cuando se puede advertir claramente la natura leza de los mecanismos mediante los cuales se alcanzaba la hege monía en los cabildos.
Fracasada la implementación de la alterna tiva, como mecanis�o utilizado por la Corona para controlar los cabildos, por cuanto los criollos casaban sus hijas con españoles europeos, a quienes colocaban en los oficios concejiles, el alcalde
Nicolás García Guilledo, 55 denunciaba en 1780 el incumplimiento de la real provisión del 20 de agosto de 1641, que condenaba:a designación de alcaldes relacionados entre sí dentro del cuarto gra do de parentesco, es decir hasta primos hermanos.
La implemen tación de la legislación colonial por parte de Guilledo no era ajena a las mejores tradiciones de las monarquías occidentales, para las cuales el desarrollo del derecho estaba íntimamente vinculado al avance de la burguesía mercantil y al consiguiente retroceso de los poderes feudales.
56 La mayoría del cabildo de Córdoba, con trolada por los regidores propietarios José y Santiago de Allende y Losa, y su sobrino segundo José Antonio de Allende y Argüello, rechazó la denuncia de Guilledo alegando que el índice alfabético de las provisiones reales por él citado no hacía fe por estar ile gible, y que por ende había que estarse al Derecho Común «... que permite puedan ser regidores padre e hijo, y dos hermanos, como podía verse en la Curia Filípica párrafo segundo de elección de oficios número 27 y 28, confirmada por la Le' y 5, Título 1 O, li bro 4 de las Recopiladas», 57 Según dicha mayoría concejil, en los citados textos jurídicos «... sólo se prohibía el que los regidores hermanos, pudiesen votar unos por otros, padre por hijo, de cuio tenor se infiere, el que no se prohíbe el que puedan tener voto dichas personas, como no sufraguen uno por otro».
58 Más aún, aunque hubiere sido cierta la real provisión citada, el fiel ejecutor José de Allende y Losa, alegaba que «... estaría derogada por la inmemorial costumbre que se ha observado en esta ciudad, com probada con innumerables actos de esta naturaleza que tienen fuer za de ley».
59 En apoyo del argumento de la mayoría José Pru- Para impedir dicha confirmación estaban las cabezas visibles de la estirpe de los Allende, los hermanos José Santiago de Allen de y Losa.
Conjuntamente con su sobrino segundo (en el quinto grado de parentesco) el alcalde José de Allende y Argüello, 65 los hermanos Allende y Losa pretendían elegir a su sobrino carnal don Francisco de Armesto y Allende, 66 hijo de uno de los tres ma- trimonios de María de Allende y Losa, cuya compleja y clave descendencia para la historia política de Córdoba podemos obser var en el cuadro COR-X.
Para lograr colocar a su sobrino, dichos hermanos alegaron que sobre Ordóñez pesaba la tacha de haber sido ya recusado por el cabildo de Córdoba en noviembre de 1772, con la agravante de haber sido esta recusación admitida por la Real Audiencia de la Plata.
67 Concurría en Ordóñez, según los Allende, «el defecto de ser de los más inquietos y sediciosos de esta ciu dad [Córdoba], y la reprensible circunstancia de tener vinculada su congrua en la dirección de los jueces, y accesoria de las par tes, vendiendo la justicia a los que más dan, como se comprueba de tres cuerpos de autos».
68 El mismo carácter de Ordóñez tenía, según los Allende, el alguacil mayor Guilledo, «... a quien por su inquietud y codicia, por su genio sedicioso, apellida el pμblico con el apodo de tinterillo».
69 No es de etxrañar que para los Allende, Guilledo fuera «inquieto», pues el 3 de febrero de 1779 solicita «... se le manden restituir los derechos que percibía como Alguacil Mayor de Cajas por las Tropas de Carretas y Arrias que salían de aquella ciudad>>.
70 La mala fe del cabildo de Córdoba en pretender cobrar dichos derechos con destino a las obras públicas se revelaba, para Guilledo, cuando era «... omiso en recaudar el real por mula» concedido para dichas obras.
•También guardaba la misma caracterización que a Guilledo y Ordóñez le habían asignado los Allende, don Juan Antonio de la Bárcena, 72 pues el 11 de septiembre de 1779 don José de Allen de y Losa «... acompaña testimonio de los acuerdos celebrados para recibir el nuevo Tesorero que nombraron los Oficiales Reales en lugar de Carlos Estela, por donde consta el genio inquieto de Juan Antonio de la Bárcena».
73 Tres meses después, en diciembre de 1779, cuando con ocasión del socorro solicitado por Buenos Aires para afrontar la amenaza portuguesa, Bárcena se hallaba aprontando 300 hombres, el gobernador-intendente libró comisi6n para arrestarlo, medida que puso en ejecución el alcalde de primer voto general José de Allende y Losa.
74 Con el pretexto de la apela ción ante la Real Audiencia la rosca de los Allende se opuso al recibimiento de Ordóñez, desobedeció al gobernador, y en el acuer do del día siguiente eligió -según manifiestan Nicolás García Guilledo y Domingo Garay-«... por pluralidad de votos, si acaso merece este nombre la confederación de los de una familia», para alcalde de primer voto al doctor Domingo Ignacio de León, y para alcalde de segundo voto a don Francisco de Armesto y Allende.
75 León se hallaba de presidente en la Junta de Temporalidades, «sujeto a las cuentas que debe dar de sus asuntos y caudales, y sin haber dado residencia del empleo de alcalde de segundo voto, que ejerció en 1775».
7 6 En tanto Armesto y Allende, «... entenado de Don Gregario Arrascaeta y sobrino de muchos de los que lo eligieron» se hallaba con causa criminal pendiente, «... y sus bie nes embargados por las tropelías que ejecutó contra doña Fran cisca Fernández, primera mujer del Alférez Real Don Juan Anto nio de la Bárcena».
77 En otra carta dirigida al virrey un año después, en 177 9, el alguacil mayor Guilledo y el alcalde pro vincial Domingo Garay le informan que por alcalde de primer voto han elegido al coronel Francisco Antonio González, 78 y <<para atraer a los demás Regidores a una concordia que dictara la equi dad, la prudencia y la razón», 7 9 eligieron por alcalde de segundo voto a un nuevo miembro de la casa de los Allende, aunque hijo de quien en el pasado se había enfrentado a dicha familia, que lo era don Nicolás de Cabrera Ceballos.
80 Sin perjuicio de sus acti vidades políticas, Francisco Antonio González poseía un fuerte don Juan López Coba, 82 y al regidor Juan Antonio de la Bárcena, de resultas de la cual logró consolidar una parcialidad que ponía en tela de juicio la legalicbd del mecanismo electoral adoptado por la mayoría.
83 Como coroforio de su posición, la mayoría del cabildo eligió en 17 80 a un pariente de los Allende y a un rico comerciante bien emparentado.
En efecto, la alcaldía de primer voto recayó, pese a haber sido acusado en 1769 de contrabandista, en Francisco José de Uriarte, que aunque relativamente pobre era concuñado de Santiago de Allende y Losa, y la de segundo voto en el comerciante Bernabé Gregario de las Heras.
84 Este último, como puede observarse en el cuadro COR-XIX, se caracterizaba por ser concuñado del comerciante peninsular Jacinto Díaz de la Fuente, del hacendado y comerciante Felipe Antonio González, 85 y del administrador de la real Renta de Tabaco y Naipes don Rafael María Castellanos y Cossío.
86 Gregario de las Heras contaba con un intenso giro comercial que se extendía desde Buenos Aires hasta Salta, extremos por donde viajaba asiduamente, y en cuyos cabildos su opinión también contaba.
87 No obstante los argumentos de la mayoría y pese a hallarse en inferioridad numérica Guilledo planteaba que la asistencia simultánea de padres, hijos y hermanos en los cabildos «... no era una costumbre legítima sino corrup tela».
88 La fórmula elegida en esta ocasión por Guilledo, López Cobo y Bárcena, y recaída en el teniente coronel Xavier de la Torre Benítez, y en el sargento mayor Gaspar de Salcedo, aunque derrotada, fue formulada al decir de López Coba «... sin otra preo cupación que la de que florezca la justicia, se extirpen los vicios y respire el público de este vecindario que por tantos años gime bajo el' yugo de las casas de Arrascaeta y los Allende».
89 Según el comisionado y Juan López Coba, los empleos concejiles fueron erigidos «... para honrar a los vecinos beneméritos de los pueblos mas no para perpetuarse y vincularse en una sola casa, familia o bando».
90 Tanto Bárcena como López Cabo eran fuertes comercian tes, cuyo giro comercial se originaba en el crédito con que con taban entre los comerciantes porteños.
92 En esta quinta crisis de 1778-1780, a diferen cia de otras anteriores, la élite nativa colonial ensaya legitimar la hegemonía violentamente lograda en 1772, articulando una estrate gia conciliatoria fundada en una concordia, y un discurso ideológico qua ponía en tela de juicio la unidad del discurso oficial, desarticu ]ándolo.
Para dicha tarea la élite colonial recurría a la exégesis de la Curia Filípica y al pensamiento de Castillo de Bobadilla y de Solórzano y Pereira, para quienes la fuerza de la costumbre estaba encarnada en los casos históricos con1parados.
93 También las facciones en que estaba dividida la élite co lonial se interesaban en el contenido de su discurso ideológico, por las desviaciones morales y las consiguientes secuelas que una insolvencia o excesiva pobreza material podía eventualmente aca rrear a los electos en los acuerdos capitulares.
En 1781 el alguacil mayor Guilledo se ve nuevamente obligado a actuar por cuanto «... se omiten los Acuerdos _que manda la Ordenanza, se abando nan las Visitas de Cárcel, y no se trata de la Reforma de abusos, que tiene corrompida este República».
94 En el caso específico del regidor Jos é Manuel Salguero, 95 quien por su ocupación en la Real Renta de Tabaco y Naipes practicaba un reiterado ausen tismo en las sesiones del cabildo, mereció de Guilledo una con dena explícita.
96 Mas luego, con motivo de la solicitud de con firmación de las elecciones de 17 82, Guilledo no pone objeción a los electos, «adictos al partido de facción que domina esta Re pública» pero por no ser «poderosos [económicamente]» sostiene que �stán expuestos «a desviarse».
A juicio de Guilledo, s6lo don Francisco Antonio Díaz, y don Jacinto Díaz de la Fuente eran los menos sospechosos «por las mayores conveniencias que disfrutan sobre los otros».
97 En el caso del primero estas conve niencias han sido mencionadas y en el caso de Díaz de la Fuente consistían en que ya llevaba concertadas con Buenos Aires entre 17 66 y 177 4 una docena de operaciones de fiado por valor de 29.427 pesos.
98 El mismo año de 1782, a diferencia de Guilledo, Carlos Estela, un comerciante de origen porteño, ex-tesorero de la Real Hacienda de Córdoba y amigo del impugnado candidato a regidor José de Ariza, y al igual que con anterioridad lo había denunciado el teniente gobernador Arriaga y la minoría del cabildo, delata en los autos obrados por la diputación del cabildo acerca de la alegada extenuación del ramo municipal de Propios, la situa ción imperante en el cabildo de Córdoba como un grave caso de nepotismo.
Si el cabildo de Córdoba había cobrado los derechos de entrada de carreta y arrias que debía percibir la Real Hacienda, los ingresos correspondientes a dicho ramo no podían, según Este la, menos que abundar «... porque bien notorio es las mulas que entran en aquella ciudad [Córdoba] de la de Buenos Aires anual-mente».
99 Pero si, por el contrario, el cabildo no había cobrado dicho derecho, y como hemos visto, tampoco los cobraba el algua cil mayor de cajas García Guilledo, ello sería evidencia de que los vecinos negociantes en las especies gravadas habían usurpado a los propios este derecho.
Entre dichos vecinos, Estela detallaba «... principalmente los Allendes, Quintanas, y toda su parentela, que están empleados en el Cabildo, ya de jueces ya de regidores».
Como era de suponer, Estela había sido excluido y separado por los demás oficiales reales del manejo de la Real Caja, motivo por el cual se había suscitado un litigio en la Intendencia de la Real Hacienda.
Impuesto del hecho, el gobernador-intendente de Cór doba, Antonio Arriaga, no sólo lo declaró a Estela por «buen Ministro», sino que también le libró despacho de reposici6n.
101 El cabildo compuesto por el linaje de los Allende en la persona de don José de Allende y Losa y don Francisco Hurtado de Men doza, 1 o 2 resistió su reposición, no admitiendo de modo alguno la fianza que Estela ofreciera.
Pero el caso era que en aquel cuerpo municipal «... no se cumplían las resoluciones de los Tribunales superiores».
103 Los que componían aquel ayuntamiento eran los re gidores propietarios José, Santiago, y José Antonio de Allende; el justicia mayor Antonio de la Quintana y Sebreros, y el alcalde de segundo voto don Ambrosio Punes y Bustos de Albornoz, ca sados estos últimos con dos hermanas hijas del finado general Tomás de Allende y Losa, y sobrinas carnales en primer grado de los dos primeros regidores mencionados (ver apéndice V).
Asimismo componían dicho cabildo el alcalde de primer voto No se diga, alegaba Estela, que en Córdoba no había otros vecinos a quienes acudir para llenar los cargos capitulares, pues Córdoba «... era abundantísima en vecinos honrados de conciencia, timora tos, y sin coligación, ni parentesco, de modo que anualmente se pueda con amplitud completar el número de individuos en el ayuntamiento, sin necesitarse por ningún título de incluir en mucha serie de años dos individuos que por línea alguna aludan parentesco».
106 Del creciente proceso de descomposición de las casas patri cias del interior del espacio colonial era factible que sus descen dientes varones, aquellos que carecían de la posibilidad de concer tar un matrimonio conveniente o de acceder al cabildo, recayeran en lo que Halperin ( 1979) denunciaba como una barbarizaci6n de la élite.
10 7 La élite nativa cordobesa, que había logrado fusionar sus intereses mediante el matrimonio concertado entre Francisco de Armesto y Allende con la hermana del alcalde provincial Do mingo Garay y Malina Navarrete, sufrió en 1782 una tremenda convulsión.
En efecto, el alcalde provincial don Domingo Garay, fue hallado culpable por el juez Ambrosio Funes y Bustos de Albornoz,108 de haber degollado en el Corral de Barrancos, puesto de don Luis de Aguirre, en sus propias camas, a] matrimonio cons tituido por Pascual Cortés y su mujer Isidora Orco, y a la joven; de 12 años, Candelaria Cortés, hermana de Pascual.
109 Las cir cunstancias que rodeaban la personalidad de Garay, los respetos debidos a su empleo, las conexiones de su casa, que incluían al linaje de los Allende, formaron, al decir del canónigo Gregorio Funes en carta al virrey, «... un conjunto de cosas temibles a mi hermano, si su Dios y su Rey no fuese la única cosa que él teme».
110 No eran infundados sus temores, pues apenas se verificó la prisión de Garay «... empezó en esta Ciudad un murmullo de toda su p arentela, que nos llenó de con-fusión.
Ellos nos han difamado públicamente con la nota de mulatos, y con cuantas calumnias puede inspirar una torpe venganza)). ll1
Si bien dicha prisi6n no dur6 demasiado la mala coducta reinciden te de Garay confirmó al vecindario de la justa actitud del juez Am-brosio Funes.
En 1790 Garay fue nuevamente procesado por inferir lesiones a Carlos Andino, marido de María Teresa Lorca, y privar indebidamente de su libertad a la parda liberta María de los Santos Morales, y maltratar a su esposo Valentín Cáceres.
112 Con motivo de este proceso se le embargan los bienes.
113 Un año después vuelve a reincidir intentando asesinar a Florentino Ro-
n una epoca en que os cr1menes e os 1n 1v1 uos «trascendían• a los parientes», los mismos significaron la defenestración política y social de sus hijos varones José Justo Garay y Justo Pastor Garay, 11 5 y de su yerno el ex-alcalde José del Portillo.
Finalmente, su nieto José Lorenzo Garay y Peralta, hijo de Justo Pastor, perseguido por la justicia cordobesa se radicó en Buenos Aires.
116 La destacada actuación de Punes en dicho juicio, donde demostró poseer una inusual independencia de carácter, le sirvió para diferenciarse del bloque de los Allende, de cuyas filas había partido su designación como alcalde de segundo voto, e inaugurar una nueva facción que con el correr de los años se convirtió en1 un bloque de poder de neto corte antiallendista.
Otra de las casas patricias envueltas en el proceso de bar barización fue la de la familia De las Casas.
En efecto, el alcakle de hermandad Fermín de las Casas y Punes y sus hermano Diego de las Casas, 11 7 junto con Ignacio Tejeda, habían protagonizado en la década del 50 uno de los ejemplos de barbarización más crueles e impunes que se hayan cometido en los anales de la élite rural rioplatense.118 Luego que un malón de indios ranqueles asal tara en 17 49 una tropa de carretas • y asesinara al comerciante Nicolás Gil, 11 9 que viajaba desde Mendoza hacia Buenas Aires, con caudales de oro y plata; Casas y Tejeda, ocasionalmente en el paraje de las Tunas, al toparse con las carretas abandonadas ro baron los caudales y ahorcaron a un mulato superviviente, para que no quedaran testigos del saqueo.
120 Medio siglo después, la impunidad hija del clientelismo y el nepotismo continuaba.
El juez cuadrillero del Partido del Tío don Mariano Rodríguez le denunciaba en 1807 al comandante general de armas coronel San tiago Aiexo de Allende que había sido depuesto de su cargo y despojado de sus armas por el teniente de milicias urbanas don Lauro Alvarez (nieto de José Alvarez y de Josefa Ladrón de Guevara), por el hecho de haber remitido Pese a los esfuerzos de la facción funesista, para comienzos de la década de los 90, la casa de los Allende encubierta bajo el manto de sobremontista seguía en el control del cabildo, pues para 1788 se eligió por alcalde de segundo voto al coronel de milicias Antonio del Castillo, 122 para 1789 a Francisco Antonio González por alcalde de primer voto, y al doctor Victorino Rodrí guez por alcalde de segundo voto; 123 para 1790 a Victorino Rodrí guez y � don Antonio de la Quintana respectivamente; para 1791 a don Pedro Lucas de Allende Vicentelo y a don Antonio del Castillo; y para 1795 a José de lsasa' y Ayesta.
124 En oportunidad de elegir en 1800 el defensor general de menores, el alcalde mayor provincial Antonio Arredondo, 125 expuso que el alcalde de primer voto Pedro Lucas de Allende «... deherá excluirse de las presentes elecciones por hallarse actual mente sustentando un ruidoso o interesante litigio en esta ciudad con el Sr. Regidor Defensor General de Menores [ Francisco An tonio Bulnes], a quien S. A. lo ha nombrado, p ara que promueva 122 Natural de Lima, gobernador de armas de Santiago del Estero, casado con Polonia Hernández de León, hija de Juan Hernández de León y de Francisca Pérez y Calderón, padres de Andrés del Castillo, mujer de Hilari0t Lazcano y U sandivaras: y de Manuel Antonio del Castillo, marido de Francisca Funes; y suegro de Lorenzo Recalde.
Lazcano, Lina j es..., tomo I, pág. 263; y Buscá-Sust Figueroa, Jorge: Los Piñero, «Revista del Centro de Estudios Genealógicos de, Buenos Aires», núms.
123 Hijo del maestre de campo José Rodríguez y de Felipa Catalina Ladrón de Guevara.
E, ra hermano de José Antonio Rodríguez, casado con María Agueda.
Allende y Mendiolaza, hija del alcalde Santiago de Allende y Losa y de María de la f'ruz Mendiolaza; y de Manuel Antonio Rodríguez, casado con María del Rosario Ordutía, antecesor de las familias puntanas de los Rodríguez Sáa y los Rodrígue2!
Jurado (Lazcano, Linajes..., tomo I, pág. 336).
124 Nacido en San Sebastián, España, casó en Córdoba con María del Rosario Ponce de León, hija del maestre de campo Agustín Ponce de León• y Elena de Carranza. padres de José Manuel de Isasa, prócer de la Independencia. (.A.G.N., División Colonia, Temporalidades de Córdoba, 1774-1777, Leg.
Comprador de La Candelaria, estancia jesuítica, según Acuerdo del 31-III-1784).
Debo esta referencia a la gentileza de la profesora Estela Barbero,, q uien se halla estudiando la expulsión de los j esuitas con una meticulosidad propia de benedictino.
Tuvo Isasa duros pleitos con José Manuel Salguero, dueño de la estancia de Los Dos Ríos.
A.G.N., División Colonia, Tribunales, Leg.
125 Hi j o de Manuel de Arredondo y Puerta y de María Polonia Ascasubi.
Esta última cuando enviuda vuelve a casar con José de Allende y Losa.
6. ) que el corond, y los tres sobrinos segundos del mencionado coro nel, llamados Tomás Bailón y Faustino de Allende y Torres.
137 y José Antonio Cabrera y Allende.
138 La incorporación de Tomás Bailón viene acompañada con una suerte de indemnización simbó lica por la triste suerte corrida por un tío segundo el coronel San tiago Allende.
Como premio a su actuación a favor del bando pa triota, la Primera Junta le remitió los despachos del grado de coronel del Ejército con un introito que por sí solo es una mues tra del nuevo discurso político que se inaugura con la Revolución.
Comienzan los considerandos del despacho advirtiendo que «los suplicios no manchan el honor de las familias, sino los crímenes que los han producido», para más luego acreditar al mundo entero el revolucionario dogma de que << ••• el crimen de un individuo no trasciende a sus parientes».
139 Finalmente, el despacho justifica el proceder de la Junta refiriéndose a la personalidad del coronel ajusticiado en los siguientes términos: «...
La Ilustre Casa de los Allendes no recordará con horror la muerte del Coronel tío de V.S., sino el intolerable desvío con que haciendo traición a su sangre y a su patria, empeñó todos sus BSÍUerzos en favor de los conspiradores que trabajaron la división de los pueblos, su anarquía y su ruina ».140 La integración de los Allende de filiación patriota es lograda, sin embargo, no sin fuertes resistencias, pues en julio de 1811 el doc tor Manuel Félix de Tejada y Fernández de Loria,141 Antonio Arre dondo, Dalmacio Allende,142 y Silvestre Martínez cuestionaron que se hubiera propuesto a hombres asociados a la casa de los Allendes, «como si no hubiesen más vecinos que los de este apellido».
José Norberto de Allende Ascasubi era primo hermano de la mujer de Ambrosio Funes y tío segundo carnal tanto de Tomás y Faus tino Allende como de José Antonio Cabrera (es decir en el quinto grado de parentesco), y estos últimos eran entre sí primos herma nos.
Pero la crisis provocada a comienzos del siglo XIX en el comercio exterior, y en la producción minera, y por consiguiente en el mercado interno colonial, y la consabida crisis fiscal que se desató en todas las provincias correspondientes al virreinato <lel Río de �a Plata, necesariamente provocó fisuras'y rivalidades entre las solidaridades familiares, como las que en este trabajo hemos comprobado, que con posterioridad la revolución y la guerra civil se encargaron de acentuar a niveles hasta entonces desconocidos.
En conclusión, podemos afirmar, sobre la base de los innu merables conflictos de nepotismo suscitados en el cabildo de Cór doba de fines del siglo XVIII aquí relatados, que las estructuras de parentesco fueron más fuertes que cambio político alguno, incluidas las reformas borbónicas, pues lograron perpetuarse en el tiempo, hasta que la inmigración, la alfabetización, y el sufragio universal lograron acelerar la movilidad social, y con ella la circu lación de las élites políticas, transformando a la llamada oligarquía argentina en una burguesía dependiente.
Presumiblemente, este poder fue hecho para proseguir en Cór doba la causa iniciada en la provincia de Buenos Aires.
En efecto, en el Archivo Histórico de Córdoba, en la escribanía núm. 4, en el legajo 1, expediente 8, figura un expediente caratulado «Casas, Fermín con Bartolina Rodríguez de Gil, por saqueo de una tropa de carros».
Recién ocho años después de librado el citado poder, y como consecuencia del ofrecimiento que el maestre de campo y juez comisionario don Diego de las Casas le hiciera al virrey el 9 de mayo de 1779 de ser quien tomara a su cargo el cuidado de auxiliar los situados, el 11 de octubre de 1779 el comandante de, armas del Río III Francisco del Signo pasó al asesor de gobiernq el despacho -iniciado por el sargento de la Compañía de Natu rales del Río III Tomás de Andrada-impugnando la postula ción de De las Casas, de resultas del cual arrestó a Diego de las Casas «por resultar probados los atroces delitos que aquél expu so».
El hechoi cierto es que por la sospecha que sobre Fermín de las Casas y Punes se había desatado, éste no halló; consorte dentro de la «Sagrada Familia» cordobesa, pues según Lazcano (1968) falleció soltero, e Ignacio Tejeda, aparentemente carcomido por el remordimiento se habría enclaustrado de fraile en un convento.
Luque Colambre menciona como fallecido en 1780 a un fraile llamado José Ignacio Tejeda, que bien podría ser el arrepentido cómplice de este crimen de lesa humanidad (Luque Colombres, Análisis crítico, pág. 56).
Esta barbarización de la élite en todo lo que se refiere a su conducta en la frontera sur, y en especial con las víctimas de los malones indígenas, se continuó en el tiempo.
En 1786, Francisco Amblardo le otorgó un poder especial a José de Obregón •manifestándole que 388 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es «... ha hiendo asaltado los indios infieles a una tropa de mulas en que conducía a ésta de la de San Juan algunos efectos dejaron éstos en el campo y camino que llaman de las Tunas, donde acae ció la desgracia, entre varias cosas la cantidad de $500 fuertes y $100 en moneda corriente, que eran el dinero que traían.
Merced al gobernador de Tucumán y a Bentura de Montoya, co mandante del Fuerte de las Tunas, lugar donde acaeció la desgracia, sabemos también que «... de haber parecido y a la dicha plata por haberla hallado dos sugetos, los que la ocultaron y aun gastaron pero que según 1� había escrito el Gobernador de Tucumán al dicho Montoya se iha recaudando y no se perdería nada por tener los sugetos, bienes y estar embargados». ( Ibídem).
Si bien desconocemos la identidad de quiénes se quedaron con el dinero de los inmolados por el malón indígena al menos nos ha permitido el documento hallado saber que quienes recogieron el botín mostrenco fueron vecinos con bienes suficientes como para ser embargados.
cios echaron sobre su gestión.
23 Hijo de José Gaspar de Xijena Santisteban y de Agueda Céliz de Burgos, viudo de Francisca de Soria se casó en segundas nupcias en 1790 con Rosa de Argüello y Tejeda, viuda a su vez de Juan José Martinez de Betancur, e hija de, Juan de Argüello y Baigorri y de Sinf orosa de Tejeda y Ledesma.
Lazcano, Lina""I jes..., tomo I, pág. 53.
José Gaspar era hermano de Pablo Ignacio, casado con Teresa Espinosa de los Monteros, y primo hermano de Juan José y de Pedra Nolasco Xijena, padre este último del doctor José Dámaso Jijena.
Bustos Arga naraz, Carlos: Don Francisco Aroanaraz de Murguía.
«Boletin del Centro de Estu dios Genealógicos de Córdoba».
Era José Prudencio deudor de Domingo de Basabilbaso y de José Almorifía Caro por valor. de 7.080 pesos.
En tanto, los primos Pablo Ignacio y Juan José Xijena fueron deudores del come� ciante porteño Pablo Ruiz de Gaona en tres transacciones por valor de 12.000 pesos.
24 Hijo de Lucas de Allende y Larrea y de Agueda Losa Bravo, casóse e� 1754 con María Isidora de Ascasubi, hija de Marcos Ascasubi y de Rosalia de las Casas y Ponce de León, prima hermana de la segunda mujer de su herman� 1'omo XLVIII 355
Bosquejo Histórico de la Universidad de Córdoba.
Los Linajes Allende en Córdoba: Un orioen común.
«Boletin del Centro de Estudios Genealógicos
Es probable, que en 1771, Martín de Arrascaeta hiciera entrega del registro de escribano de Córdoba a Clemente Guerrero, con motivo de su viaje a La Paz.
Gregorio de Arrascaeta casó luego de 1744 con María de Allende y \Losa.
Su herencia tuvo toda suerte de incidentes, comenzando con su sobrino Justo Arrascaeta, quien le disputó la propiedad de la estancia denominada la Yerba Buena, que hubo don Gregorio por herencia de su hermano el arcediano doctor Marcos Arrascaeta.
Estos incidentes se extendieron a la herencia del primer Arrascaeta, procedente de España, que en su oportunidad cobrara el coronel Marcos José de Larrazábal. al extremo que Juan de Hormaeche solicitaba en 1816 se le exhibiera su testamento.
Desconocemos si el Amarante aquí citado es o no el mismo q* figura casado con una Quevedo y Soria, suegro de Cayetano Terán Quevedo.
32 En un comparendo incoado el 8 de enero de 1772, Marcelino Moyano, Andrés de León, José de Ariza, Martín de Galain, José Mechinel, Ignacio Javier d¿ Viera, Antonio Xijena, Antonio Matos de Acevedo, Lorenzo González, e Ignacio Antonio Alvarez, apandillados con los Allende, testimoniaron individualmente que sabian que Cayetano Terán, Juan de la Bárcena, Esteban Montenegro, Juan Tiburcio Ordóñez, José Benito de Acosta, y José Bejarano «son públicamente parciales coligados y comensales, que se tratan con la más íntima correspondencia»; a la tercera pregunta que sabian y les constaba que «dichos seis sujetos son enemigos capitales de José de Allende, sus hermanos y parientes,; a la cuarta pregunta que habian que don Cayetano Te• rán «ha seguido recursos criminales contra el Maestre de Campo Santiago de Allende, hermano de Joseph de Allende,: a la quinta pregunta que era notorio que don Joseph de Allende, su hermano Santiago y otros interesados «siguieron recurso contra dicho Esteban de Montenegro, ante el Sr. Contador General Don Cándido Ramos»; y a la sexta pregunta que dicho; Ordóñez es director de don Cayetano Terán, «y que al mismo tiempo es Defensor, de Temporalidades, como que lo ha visto el que declara por estar su casa inme diata a la de Ordóñez».
A.G.N., División Colonia, Intendencia de Córdoba, Leg.
de envergadura;34 Antonio de Arriaga al Excmo.
Sr. Pedro de Ceballos.
División Colonia, Intendencia de Córdoba, Leg.
35 Español. casado con Maria del Carmen Albornoz y Carranza, hija de, José de Albornoz y Guevara y de Francisca Carranza Echenique, padre del que fuera gobernador de Córdoba, José Xavier Díaz, quien a su vez estaba casado con Jenuaria Allende y Mendiolaza: de Juana Isabel Diez, mujer del comerciante de mulas Gaspar Sáenz Bravo; y de María Clara Díaz, mujer del fiel ejecutort José García Piedra.
Calvo Carlos: Nobiliario..., pág. 203.
37 José Xavier Diaz era hijo del coronel Francisco Antonio Diaz y de Maria del Carmen Albornoz.
Contrajo matrimonio por vez primera con Maria Jenuaria Allende y Mendiolaza. hermana del coronel Santiago de Allende. y en segundas nupcias con Tomasa González y Arias de Cabrera, hija a su vez del comerciante Y hacendado Felipe Antonio González.
Dtaz era concuñado en su primer matrimonio de Francisco Gache, Phelipe López Crespo, Y Santiago Lorenzo Lazcano, Lina; es.... tomo I, pág. �7).
En su segundo matrimonio Díaz fue concuñado del cuzqueño Manuel J. Ocampo, el cual luego se radica ne Buenos Aires (Lazcano, Linajes..., tomo III. pág. 17: May<Jl Laferrere, Carlos: Linajes Fundadores de la Villa de la Concepción del Rio Cuarto.
38 Entre sus principales acreedores figuraban Manuel Escalada, José Almo �iña Caro, Pedro José Doye, M. Sánchez, José Iturriega, Nicolás de Acha, Pablo tompson, Manuel José de Borda, Francisco Alvarez Campana, Ignacio de Irigoyen, Tomo XL'Y/11 359
44 El mismo que fuera en la década del 50 corregidor y justicia mayor de Azángaro, y más tarde fuera teniente gobernador interino de Córdoba.
56 Michel Foucault, Las Redes del Poder.
Revista de Sociología publicada por estudiantes de la carrera, año 1, núm. 1, noviembre diciembre.
hay quien no les rinda por la violencia todo homenaje, y con razón, porque ellos tienen, puede decirse, como en el bol sillo, toda la autoridad y judicatura de aquella Ciudad, anual mente se ve entrar y salir todo el mando y poder de aquella ciu dad de unos parientes en otros, entre ellos turna y entre sus manos se gastan las varas, mas no se atienden las resoluciones del Soberano». tos
Cipriano Moyana era primo hermano de Catalina Moyano Cabrera, la mujer de José Antonio de Allende.
149 Converso, Félix E.: La Facción l, unesista en Córdoba.
«Centro de Estu dios Históricos», año 1, núm. l.
Córdoba, 1980; y Luque Colombres, Carlos: Para la Historia de Córdoba.
150 Natural del Paraguay, nieto o sobrino de Juan Manuel Cano de la Pera.
Fue dueño de los terrenos del Cerro de Aparipi, Paraguay, que había litigado con los herederos de Sebastián Agüero.
A.G.N., División Colonia, Tribu nales, Leg.
Fue yerno del alcalde de Córdoba Antonio del
División Colonia, Tribunales, Leg.
En 1782 se le otorgan sus certificados por sus servicios militares.
A.G.N.• Despachos Militares y Cédulas de Premio, Libro 16, fols.
Entre sus acreedore6 se encontraban Francisco Guerrero Villalobos, Juan Antonio Egusquiza, Pedro José Doye, Maria Josefa Balbastro y Tomás de Valansátegui. |
Las tierras de Nueva España, tan pródigas en riquezas naturales, aparecían esquilmadas y empobrecidas en la segunda década del siglo XIX, no sólo por los inconvenientes del sistema económico colonial español, sino, sobre todo, por los rigores de una guerra que durante varios años lo llevó todo a sangre y fuego.
Se refería en ese escrito a la circular de Lardiz,íbal del 24 de mayo de 1814, en la que atribuía la guerra a la rivalidad entre gachupines 7 y criollos.
De ese parecer discrepaba Abad' y Queipo: la guerra no era --como venía sosteniéndose-consecuencia de una lucha de hermanos entre sí; más bien había de buscarse la verdadera causa en el deseo de independencia y separación de la metrópoli, arraigado en unos cuantos que lo propagaron persua didos de que la pérdida de España era irreparable:
«no es ésta, pues, una diferencia entre hermanos, causada por la ausencia del Padre común; sino una conspiración infame y atroz de los hijos contra su Padre y su Madre, contra su Rey y su Patria, con el fin de ocupar el mando y el patrimonio común».
8 Don José Mariano Beristain, canónigo y decano del cabildo catedralicio de México, por su parte, opinaba que faltaba en la corte un conocimiento exacto de lo que ocurría en Nueva España.
En noviembre de 1814, cansado y abrumado por la vejez y los no presta atención al hecho de que los sectores más relevantes de ambos gru po s sostenían mu y estrechas relaciones po r motivos de parentesco ( cfr.
The Fall of the Royal Government in Mexico City, pág s. 9 y 20, y The Indepen dence of Mexico, pág. 54 ).
E, 1 mismo Anna. al rectificar ese punto de vista, se• • inclina por la interpretación p ropuesta po r Luis Villoro: El proceso ideológico de la revolución de independencia.
De todos modos, aun q ue las observaciones de Villoro ha y an contribuido a un enf oq ue más realista. su cansina insistencia en da clase a g raviada> o da clase ofensora> y su acento casi exclusivo en la vertiente social del conflicto restan credibilidad a sus explicaciones.
Por último, Hamnett concede mucha im p ortancia a las divisiones que existían entre los propios pe ninsulares, princi pa lmente p or motivos económicos y adminis trativos.
ataques de sus enemigos -tenía ya sesenta años-, pedía que se le relevara del decanato de México: «Yo no puedo vivir aquí.
He trabajado muchos [años] en dos sedes vacantes, y en tiempos dificilísimos: y en veinte años no se ha puesto Carta, Representación, Edicto, Decreto, Pastoral, Infor me para el Cabildo de México en sede plena, o vacante que no haya sido obra mía.
Más: el año pasado pasé a Querétaro, que iba a perderse, con el título de Visitador extraordinario, nombra do por el Virrey actual [don Félix María Calleja del Rey] y por el Arzobispo Gobernador, estuve ocho meses, gasté mucho dinero mío, y dejé aquella ciudad como un mar de leche».
9 Tras esta exposición de sus servicios a la patria, el canónigo solicitaba que se le enviase a alguna región española de clima benigno, para reponer su salud, sin que dejara de emitir un juicio sobre las causas de la guerra, que no atribuía a agravios inferidos o a quejas más o menos fundadas, sino a los deseos de independen cia absoluta de los sectores más ilustrados del país.
Al decir de Beristain, gentes feroces y desenfrenadas, insti gadas por aquellos grupos intelectuales, componían las partidas que asolaban el reino y destruían pueblos, haciendas, minas y fábricas aplicando la máxima que aprendieron de Napoleón: «el pueblo que quiere ser libre, lo consigue».
Para ello no vacilaban en des truir las fuentes de riqueza del gobierno, en un criminal intento de provocar su colapso.
10 Beristain, al igual que Abad y �ueipo, insistía en que los políticos españoles desconocían la realidad. americana.
No eran éstas la únicas razones que se adujeron para explicar el desencadenamiento de la guerra.
Lafaye deduce de la lectura de 6 MANUEL FERRER MUÑOZ la carta secreta que el 22 de enero de 1812 dirigió el virrey Venegas al ministro de Gracia y Justicia que el odio al gachupín era, para la mayoría de los partidarios de la independencia, el principal resorte pasional.
Tal vez este sentimiento, al racionalizarse, podía explicar los anhelos de independencia en que tanto insistía el obispo de Valladolid.
Los principios de la Revolución Francesa pu dieron interesar tan sólo a un pequeño número de ideólogos que, como• Cos, componían la independentista Junta dirigente.
Exis tiendo, es innegable, una influencia de la ideología francesa revo lucionaria, debe insistirse especialmente en el sentimiento anti gachupín, tan vivo en Nueva España.
11 Cómo explicar, si se prescinde de este estímulo, o al menos si se le margina a un segundo plano, el anhelo de ruptura de los vínculos que unían a Nueva España con la metrópoli?
Para res ponder a este interrogante sería preciso plantear en sus justos tér minos la influencia del racionalismo en el mundo hispánico durante los siglos XVIII y XIX: después del trabajo de Sarrailh sobre La España ilustrada} se hace esperar la aparición de un libro que llevase el título de La España tradicionalista: el fenómeno de las luces, como ha mostrado Sarrailh, minoritario y limitado en las posesiones de la corona de España, no cobrará su plena significa ción mientras no se le inserte en un estudio más amplio acerca del inmovilismo y de las resistencias con que tropezó el espíritu filosófico.
12 La secesión espiritual de Nueva España, que precede casi en medio siglo a la disidencia política, había hecho aparecer a la metrópoli en vías de reforma bajo el impulso de Carlos III, como un país innovador, fuertemente contrastado con el conservador virreinato, defensor de los jesuitas expulsados de España por los déspotas ilustrados.
Esto es lo que llevaba a reclamar la unión de los americanos con objeto de obtener la independencia y «conser var» así la América española pese a la traición de los europeos, acusados de actuar al servicio de Napoleón.
Los gachupines habrían traicionado la causa secular dejando penetrar en la península, primero, las ideas de la Ilustración; luego, a los agentes de Na poleón y, por fin, como coronamiento, a José Bonaparte.
13 Los enemigos de los gachupines no tenían por qué ser for zosamente indios, ni pertenecer a ninguna de las castas: es inútil y desenfocado buscar una explicación que se inspire en odios o resentimientos raciales.
Malagón señala a este respecto una carac terística común al Nuevo Mundo con la única excepción de Haití: la independencia fundamental con respecto a los movimientos de signo independentista que se desarrollarían en los países africanos y asiáticos en la siguiente centuria, ya que en todos éstos prevale cería siempre una acusada fobia al «hombre blanco».
14 En otras palabras, los representantes de la cultura occidental, en nuestro caso de la española, fueron los que se separaron del gobierno europeo, para continuar en ciertos aspectos una vida in dependiente, que mantenía casi en su totalidad la propia organiza ción anterior a la ruptura.
Busquemos de nuevo la interpretación de otro contemporáneo de los hechos: en este caso, don Antonio Joaquín Pérez, que había sido diputado por la provincia de Puebla.
15 Un informe su' yo al duque de San Carlos contenía una primera parte, que titulaba La revolución en Nueva Es p aña, en la que refería los sentimientos Las noticias recibidas en julio sobre la salida del rey a Bayona y la ocupación de la península por las tropas de Murat corrobora ron la fidelidad de los habitantes de Nueva España, que seguían con ansiedad la suerte de las tropas españolas.
Sin embargo, ya en septiembre de aquel año se registraron en México algunas convulsiones, a las que dio ocasión el virrey Iturrigaray cuando, cediendo a presiones, decidió formar una Junta.
Acabó este suceso con la deposición del virrey y el traspaso del mando militar y polí tico a don Pedro Garibay, al que sucedió la Audiencia hasta que en febrero de 1809 fue nombrado virrey Lizana y Beaumont, arzobispo de México, que no tardaría en ser relevado, en mayo de 1810, por don Francisco Javier Venegas.
16 En apreciación de Pérez, estos acontecimientos no afectaron a la fidelidad del pueblo, cuyo único descontento venía motivado por la venalidad de algu nos funcionarios de la administración.
Pasaba luego a narrar la revolución de Hidalgo, que estalló cuando Pérez se disponía a embarcarse para España, en su calidad de diputado: junto a los indios y castas que se agruparon en torno al cura de Dolores, integraban estas primeras partidas de insur gentes ayudantes de las haciendas, desertores del ejército, fugados de presidios y aventureros.
A ellos se unieron, aunque en corto número al principio, algunos eclesiásticos, abogados y militares.
No consideraba Pérez que se pudiera sospechar siquiera de esos primeros grupos armados que abrigaran los más mínimos deseos de independencia, por cuanto invocaban la autoridad de Fernan do VII.
La ingenuidad más completa inspiraba algunos párrafos del informe, aunque a la vista de la futura trayectoria política de Pérez cabe pensar en una intencionalidad velada de restar impor tancia a aquellos sucesos: «En la América Se p tentrional riu, nca ha habillo UM revolu cwn rigur0.sa co1"ru el Gob�rn.o Español,, por q ue ésa no se cons- tituye por una facción de bandidos, que hoy aquí, y mañana allá, cometen excesos y atrocidades, sino por una subversión del orden social establecido, en que entren las autoridades y jerarquías de los tres órdenes, militar, civil y eclesiástico, como sucedió en Santa Fe, donde hasta llegó a publicarse la Constitución impresa que todos vimos en Cádiz, con el título de Constitución de Cun dinamarca.
La Nueva España ha estado siempre, y ahora está en comunión gustosa con la antigua, cuyo gobierno y leyes ni un solo instante ha dejado de reconocer.
Resulta asimismo, que aun entre los autores <le aquellos dis turbios, el nombre de nuestro Soberano el Señor don Fernando VII, siempre ha sido agradable, amado y respetado; aunque por otro respecto sea muy doloroso, que tuviesen la osadía de tomarlo por pretexto de sus infamias».17 do VII», decía primero que no se dirigía la guerra contra el rey; pero añadía más adelante: «Hablemos claro, aunque la hiciéramos haríamos hien, pues cree mos no estar ohligados al juramento de obedecerlo, porque el que jura de hacer algo mal hecho, ¿ que hará?
Dolerse de haberlo jurado y no debe cumplirlo [... ]
Nuestros planes en efecto, son • de independencia; pero creemos que no nos ha de dañar el nom bre de Fernando, que en suma viene a ser un ente de razón».
19 Cuesta, en verdad, admitir que de la misma persona procedan unas y otras aseveraciones.
En una carta que, en noviembre de 1812, José María Liceaga dirigía a Rayón, vuelven a plantearse las motivaciones de la guerra.
Carlos IV y Fernando VII eran presentados como los primeros traidores a la patria, que «teniendo hacia nosotros la misma con sideración que a una manada de ovejas, nos entregaron a Napo león, y sancionaron nuestra esclavitud con la abdicación de la Corona».
20 Empeñada España en su lucha por la supervivencia contra los ejércitos franceses, o reviviría, caso de vencer -y entonces los americanos insurgentes habrían dejado pasar su oportunidad, para quedar reducidos a un estado peor que el anterior-, o sería de.,¡ rrotada: y, en esta eventualidad, no convenía poner restricciones a la libertad plena.
Esa identificación de la libertad de los americanos con la ruina de España aconsejaría influir ocultamente para acelerar la muerte de «esta madrastra cruel>>.
Los medios disponibles para este tratamiento eutanásico eran bien elementales: sostener la gue rra y estorbar el envío de auxilios a la península.
Preparativos de la guerra
Existen profundas discrepancias entre los estudiosos en torno a la cuestión de si obedecía o no la lucha a un plan prefijado, eD el que se especificaran objetivos que alcanzar a largo plazo.
El capítulo 3.o de la Historia del pueblo mexicano de Pereyra se titula «El levantamiento anárquico», un encabezamiento que ya es, de por sí, una definida toma de postura sobre el particular.
Según manifiesta este autor, los planes de insurrección, aunque vagos, eran coincidentes en su fin: se pretendía desposeer del mando político a los españoles y, para conseguirlo, se preveía la convocatoria de una representación nacional, única fuente de poder público capacitada para actuar en nombre del re'y desterrado.
El procedimiento por el que se llevaría a la práctica este proyecto consistía en una insurrección de criollos y mestizos, que «harían entonces lo que hicieron los españoles con lturrigaray, esto es, sorprenderlos, su jetados a prisión, y en caso de resisten cia, expulsarlos del país y secuestrar sus bienes».
22 Los planes podían ser vagos e inconcretos, pero lo que cada vez se advierte con n1ás claridad es que obedecían a una prepara ción remota.
Navarrete sostiene, a propósito de un informe del virrey Calleja escrito en 1815 y recogido por Gibaja y Patrón,23 que el proyecto de independencia de septiembre de 181 O había sido forjado en Nueva Orleans unos años antes: así constaba en un manuscrito <le Garibay -conservado entre los papeles de Iturri garay-, que contenía un plan insurrecciona! elaborado en aquella ciudad en 1807.
Al parecer, ese año se había formado una junta secreta -la «Asociación Americana-», con el objetivo de eman cipar América bajo la protección de los Estados Unidos del Nor te:24 el primer paso de la empresa vendría dado por la toma de Batan-Rouge, donde se haría tremolar el antiguo estandarte mexi cano; y, desde allí, se procedería a la liberación de los territorios vecinos, aligerando así a México «de un yugo que aborrece».
25 Para Gíbaja queda fuera de toda duda que fue la masonería la instigadora del proyecto y del entero proceso de independencia.
Consta efectivamente que hubo contactos entre la secta y los caudillos de la rebelión.
26 Aunque faltan pruebas de que Hidalgo y Allende fueran masones, 27 hay dos testimonios -concordes en lo esencial-que sostienen el parecer de que ambos caudillos per-tenecieron a la masonería.
Uno de ellos viene procurado por una inscripción lapidaria, grabada en la puerta de una logia:
« El Rito Nacional Mexicano.
A los ilustres caudillos de nuestra independencia nacional, D. Miguel Hidalgo y Costilla y D. I g nacio Allende, iniciados masónicamente en esta casa el año de 1806».
28 Carecemos, sin embargo, de datos que permitan sospechar que Morelos fuese masón.
Tan sólo consta que mantuvo relaciones con los angloamericanos, pero sin que esos contactos impliquen vinculación explícita con la masonería.
29 Un informe (cuya autenticidad no se puede comprobar, por que no se cita la fuente) del obispo de Valladolid, don Manuel Abad y Queipo, al rey don Fernando, es recogido por Gibaja con objeto de fundar más firmemente sus opiniones.
El tema no podía ser otro que la conspiración de masones, que situaba en 1810, cuando ya se habían establecido unas logias llamadas «De Racio nales Caballeros» en Cádiz, Londres, Filadelfia y Caracas.
Hacia esas fechas se acusó de sedición a un tal Vicente Acuña, residente en Nueva España, que había sido iniciado en la logia del barrio de San Carlos de Cádiz.
Enviado a la península, en Cádiz fue. proclamada su inocencia, según sostiene el informe, por influjo «de una facción» que le facilitó la vuelta al virreinato.
Desde entonces se convirtió en un decidido militante de la secta, que propagó por varias ciudades contribuyendo al establecimiento de logias en Veracruz, Jalapa y México.
30 No obstante, por la parcialidad del autor del que hemos tomado estos datos -hay quien afirma que Gibaja ve maso11:1:s detrás de cada esquina-, y por la difícil comprobación de su vera cidad, es preciso acoger con reservas esas informaciones, en espera de poder constatarlas con otros testimonios.
Como muestra de la curiosa mezcla de las nuevas ideas y del espíritu <<tradicionalista», que justificaba el levantamiento como medio de sustraerse a la «perdida» España, hemos recogido el plan de independencia formulado en 1808 por fray Melchor de Talamantes.
31 Este y otros precedentes permiten sostener que la rebelión de 1810 no se vio tan huérfana de ideas y de orientación práctica como suponía Pereyra.
•Era Talamantes un fraile mercedario, de origen peruano, que, ante la gravedad de la situación provocada por criollos y penin sulares, y después de que fuese conocida la abdicación de Fernan do VII, llegó a elaborar un plan de actuación que preveía, en primer término, la convocatoria de un Congreso Nacional que ((revistiese al Reino de Nueva España de aquel carácter de digni dad, grandeza y elevación que debía hacerlo respetable entre las naciones cultas e independientes de América y Europa».
32 La soberanía radicaría en el Congreso, verdadero exponente de la voluntad de la nación.
Las atribuciones del órgano soberano quedaban sintetizadas en los siguientes puntos; nombrar al virrey capitán general del reino y confirmar en sus empleos a los demás cargos; proveer las vacantes civiles y eclesiásticas; trasladar a la capital los caudales del erario,' y arreglar su administración; convocar un concilio provincial para estudiar los medios de suplir en Nueva España lo que estaba reservado a la Santa Sede; restringir la Inquisición a su autoridad espiritual, con suje ción al metropolitano; requisar la correspondencia de los particulares en que se insinuase algo contrario al gobierno; http://estudiosamericanos.revistas.csic.es conocer y determinar los recursos reservados por las leyes al rey; extinguir mayorazgos, capellanías y pensiones de los residen tes en Europa; declarar extinguidas las deudas pendientes entre la metró poli y esa parte de las Américas; extinguir la consolidación y arbitrar medios de indemnización a los perjudicados; suprimir los subsidios y contribuciones eclesiásticas, salvo las de media annata y dos novenos; eliminar las trabas del comercio, minería, agricultura e industria; establecer relaciones diplomáticas con los Estados Unidos del Norte.
Realizado este programa, debería tratarse de la sucesión a la corona de España y de las Indias: la persona que fuera desig� nada tendría que ser reconocida por el Congreso como legítimo soberano, y debería jurar acatamiento a las actuaciones del Con greso, • y confirmar en sus empleos y destinos a cuantos hubiesen sido nombrados por el Congreso de Nueva España para el ejercicio de aquellos cargos.
33 Los programas absolutista y liberal' Viva fue la polémica en España sobre cuál de estas dos formas de gobierno resultaría más apta para impedir la pérdida de los dominios americanos.
Los hechos mismos permiten conjetu• rar la inviabilidad del sistema constitucional, garante de unas liber tades que los rebeldes -no empleaban sino en contra del sistema.
La política de atracción se reveló ineficaz, por lo que empezó � practicarse una intensa represión a partir del retorno a España de Fernando VII.
El problema consiste en determinar si a largo plazo conducía a buen término el régimen reimplantado por el monarca.
En definitiva: si las instituciones eran liberales, insensi blemente contribuían a facilitar la separación entre ambos terri torios; si opresivas, podían provocar una explosión más violenta, y causar el mismo efecto.
35 Infante escribía en 1820 sobre la enorme sima que se abría de modo irreparable entre la península y Nueva España.
Sus razo namientos pretendían explicar por qué la Corona acertaba todavía a retener sus posesiones norteamericanas y cómo podía evitarse la ruptura; aunque se hacía eco del sentir general, que daba por perdidos esos territorios en un plazo muy breve de tiempo.
En su opinión, era evidente que si se hubiesen respetado las antiguas instituciones que regían la administración municipal de América, y se hubiese adoptado el criterio de Macanaz, que abo... gaba por la entrega a los naturales del país de los principales cargos de la administración, América hubiera alcanzado la eman cipación mucho antes.
36 Advertía, por eso, de los peligros de la http://estudiosamericanos.revistas.csic.es puesta en vigor de la Constitución, por cuanto suponía una vigori zación de las energías locales, que habría de producir irremediable mente la separación.
Si el gobierno español dispusiera de una eco nomía saneada y de una marina importante, cabría abrigar alguna esperanza, pero las circunstancias del momento privaban a España de esos medios, por lo que el abandono era inevitable.
37 La independencia de Nueva España no podía ser contemplada con una actitud comprensiva por la metrópoli, en la que seguía prodigándose el tópico del americano incapaz de gobernarse por sí mismo, opinión de la que participaban, entre otros, Torrente, Beruete y el mismo ministro Lardizábal.
Gil Munilla 38 recoge unas palabras de Benedetto Croce, tomadas de su Historia de Europa en el siglo XIX, que resultan muy clarificadoras: «no podía,. en suma, el absolutismo volver a la sociedad europea a una estática de tiempos remotos, que además no había existido nunca, y que, por tanto, era una estática imaginaria»: la Reconquista -una vez que España perdió sus colonias-fallaba por las mismas razones que fallaba la Restauración.
Por mucho que el Antiguo Régimen se empeñara en impedir la pérdida de sus colonias, su momento histórico había pasado, y carecía ya de resortes que articularan y dieran cohesión a sus esfuerzos.
Además, la ausencia de Fernando VII y los reveses militares de España ante los ejércitos franceses durante el período de acti vidad de las Cortes coincidieron con los primeros movimientos asuntos: «parece poco conforme a la razón que carezcan aún de tener en su propia casa manejo» (cfr.
Ezquerra, R. de: La critica espafl.ola sobre América, pá ginas 310-312' ).
A la primera parte de la lucha, que terminó en Bailén y per mitió la expulsión de Madrid del rey intruso, siguió la fase de los triunfos franceses, inaugurados personalmente por Napoleón.
La ininterrumpida serie de éxitos de los invasores pareció avalar el generalizado convencimiento de que la causa de Fernando VII perdía' cualquier esperanza de supervivencia.
Por tanto, nada arries gaban los americanos partidarios de la ruptura con España cuando invocaban el nombre de Fernando, seguros como estaban de que nunca el rey legítimo recuperaría su trono.
«La seguridad de que los españoles, a pesar de su heroísmo, no vencerían la invasión napoleónica, la exasperación que producía la extracción constante de numerario ( 11 millones en 1809 y 1810) para favorecer una causa perdida, el mezquino decreto de la Junta Central concediendo a cada uno de los Virreinatos ameri canos el derecho de hacerse representar en la Central por un diputado, producían una tensión indecible en los ánimos».
39 Las nuevas disposiciones de las Cortes y el propio articu lado de la Constitución contribuyeron a robustecer los sentimien tos independentistas, alentados por el mayor protagonismo con cedido a los ciudadanos por el régimen constitucional, que ponía en manos de los americanos la posibilidad de designar sus repre sentantes en las Cortes y de decidir la configuración de los nuevos ayuntamientos.
Algunos aspectos sobre la marcha de la guerra hasta 1815
Un estudio detenido de los avatares bélicos nos distraería del objetivo principal de nue�tro trabajo.
Es, por otra parte, un tema exhaustivamente tratado en cualquiera de las historias de México contemporáneo.
No podemos prescindir, sin embargo, de unas referencias breves: a un esquema general muy sencillo 40 hemos añadido algunas notas -extraídas de la documentación consultada en el Archivo General de Indias-, que corresponden a los suce sivos balances de la situación elaborados por Calleja y a las infor.. maciones sueltas del diario de los Guadalupes, 41 que muchas veces corroboran • y otras desmienten los datos proporcionados por el virrey.
Sólo, pues, la pri mera parte -y no en su totalidad-constituye el objeto de nuestro estudio.
La primera fase, a la que se llama también «Guerra Civil», 42 se distingue por un carácter más bien anárquico y por las dificultades en que se vieron Hidalgo y sus sucesores en el mando para ejercer la dirección de las operaciones.
Cabe distinguir dentro de ella varios períodos: 41 Los Guadalupes constituían una sociedad secreta, al servicio de la inde pendencia. asentada en la misma capital del virreinato.
Mantenían informados a los cabecillas rebeldes de cuanto ocurría en México: tanto el diario como las cartas que escribían a los dirigentes de la revuelta abundan en datos precisos y noticias en las que se paladea el sabor del rumor callejero. elaborado a partir de las informaciones obtenidas por agentes infiltrados en instancias oficiales.
42 Lo apropiado de este nombre se confirma por la composición de los ejér citos: las tropas virreinales que combatieron a Hidalgo estaban formadas. en un 95 %, por mexicanos.
De los 32.000 hombres que componían la fuerza militar de Nueva España ante:5 de la guerra, sólo 10.620 eran veteranos españoles: «the backbone of the royalist force remained creole and mestizos» (Anna, T. E.: The Independence of Mexico, pág. 69).
Centraremos nuestra atención en el segundo período de la pri mera fase de la guerra, que encaja en el marco cronológico en que se desenvuelve este trabajo.
Derrotado Hidalgo por Calleja en el Puente de Calderón, el 1 7 de enero de 1811, fue alcanzado en su fuga por Allende y los otros jefes y despojado del mando, que recogió Rayón.
Este resucitó el programa de Hidalgo, en posición a Morelos, que no quería seguir hablando de los «derechos del Rey».
En agosto de 1811, se juntaron en Zitácuaro Rayón y otros caudillos para elegir los vocales de la Junta Nacional.
Resultaron nombrados Rayón, Liceaga y Berduzco, a los que más tarde se agregó More los.
Simultáneamente, en el orden ideológico, debe destacarse la labor desarrollada por el cura don José María Cos, que comenzó en Sultepec la publicación de un semanario con el título de.El Ilustrador Nacional) al que siguió luego El Ilustrador Americano.
Si hay algo que distingue a esta primera etapa de la guerra es la adopción de las más rigurosas medidas por uno y otro bando: esta lucha de exterminio condujo a un progresivo endurecimiento de las posiciones, reforzado por el acceso de Calleja al virreinato.
A finales de mayo de 1813, cuando sólo habían transcurrido dos meses desde que se confiara el mando en Nueva España a Calleja, hizo éste una recapitulación sobre la n1archa de la guerra, que parecía orientarse por nuevos derroteros.
Desde hacía dos años y medio, los Villagrán -padre e hijo-ocupaban Zimapán y Huichapan; quince meses llevaba Rayón fortificado en Tlalpu jagua, cerca de los caminos que comunicaban México con Queré taro y Valladolid; otros tantos meses duraba la permanencia en Zacatlán de Osorno, con un ejército de seis mil hombres que in terrumpía el camino de Puebla.
Y, sin embargo, todos esos centros de resistencia habían sido desalojados en poco menos de dos meses.
Los hermanos Rayón fueron derrotados en Salvatierra, y Liceaga en Puruándiro, provin cia de Michoacán, el 24 de abril.
Morelos trató de pasar a Puebla, desde Oaxaca, pero hubo de retroceder ante las fuerzas que man daba el conde de Castro-Terreño.
Perseguido por una división de las tropas de Guatemala, dirigió su ejército a Acapulco, de cuyas inmediaciones hizo retroceder a una división mal organizada, que debía asegurar la provisión de víveres al castillo que dominaba el puerto que, por este motivo, estuvo a punto de caer en mano1, de Morelos.
En el interior del reino, derrotados los rebeldes de El Bajío y Guanajuato, habían quedado reducidos a pequeñas guerrillas.
El estado de Nueva Galicia era semejante, a pesar de las quejas de su comandante general, don Jos é de la Cruz, que se lamentaba de la falta de auxilios.
La realidad, en opinión de Calleja, éra más optimista: ni escaseaban los recursos económicos, ni faltab� _ n tropas.
Más hostigada estaba la provincia de Michoacán, uno de los principales focos •de actividad insurgente.
San Luis Potosí, Zacatecas, Durango y Sonora se encontraban, en cambio, en abso luta tranquilidad, aunque expuestas a las consecuencias de la ocumatar a todos los prisioneros militares y devastar los pueblos y haciendas colabora cionistas» (cfr.
pación de Texas por Bernardo Gutiérrez que, en abril, se había apoderado de la villa de San Fernando, su capital.
44 La unificación militar que habían pretendido alcanzar los rebeldes con la reunión de Zitácuaro en agosto de 1811 resultó un fracaso.
De aquella experiencia extrajo Morelos la idea de un gobierno democrático, con un Congreso y un Ejecutivo, que tam poco habría de resultar: el 14 de septiembre de 1813 se reunía el Congreso de Chilpancingo, en el que se eligió un generalísimo y cesó la autoridad de la Junta, que fue disuelta por Morelos el día 18 del mismo mes.
La declaración de independencia se produjo el 6 de noviem bre, y con ella culminaban las aspiraciones del Congreso.
Sin em bargo, los fracasos militares de Morelos45 aconsejaron al Congreso privarle del poder ejecutivo, que pasó a ser compartido por Licea ga, el propio Morelos y Cos.
Tampoco funcionó la fórmula tri partita, que alimentó continuas disensiones que forzaron la retirada de Cos: éste llegó a acusar al Congreso de ilegítimo -sus compo nentes se habían elegido a sí mismos-y de traición, por haberse vendido a las autoridades españolas.
Aprehendido por Morelos, fue condenado a prisión perpetua.
A finales de 1813, el balance parecía bastante positivo para las tropas españolas, aunque persistía una tenaz resistencia por parte de los sectores independentistas46 y las armas realistas no acababan de afianzar su dominio en los territorios ocupados: la falta de medios y la explotación incompleta de las victorias explican, parcialmente, que los éxitos militares no fueran decisivos y que para el año 1814 se avizorara un panorama nada halagüeño.
Las medidas de gracia que otorgó Calleja tuvieron escasa repercusión y, desde luego, no se revelaron nada benefi�iosas para la causa de los españoles: muchos de los que se acogieron a esos indultos seguían siendo insurgentes encubiertos, que se mantenían a la expectativa de cualquier ocasión propicia para su causa.
Esta fue la razón por la que se publicó un bando el 22 de junio, que limitaba a treinta días el plazo para quienes quisieran beneficiarse del indulto: expirado ese tiempo, no habría ya posibilidad ninguna de obtener la gracia.
47 Una carta de Calleja al ministro de Ultramar, fechada en octubre de 1814, evaluaba los efectos que en el bando rebelde había causado el decreto del 4 de mayo: en aquellas fechas no quedaba ya ninguna provincia controlada por los insurgentes --co mo ocurriera antes en Oaxaca y en su capital, desde donde exten dían su influencia a toda la provincia de Puebla-, aunque retenían la fortaleza y puerto de Acapulco y mantenían su predominio en casi toda la costa del sur, tenían, en fin, un gobierno y una autori dad común que era reconocida por casi todos los cabecillas.
Mucho habían cambiado las cosas en octubre: dispersas las fuerzas rebeldes, éstos se veían obligados a vagar de lugar en lugar; y aunque seguían asolando el país, su ejército había perdido casi toda su eficacia.
A raíz del regreso de Fernando VII a España, Calleja estimó oportuno informar del hecho y divulgar cuáles eran la voluntad y los designios del rey: «el resultado es que los rebeldes se han quitado la máscara y negado la obediencia al Rey Nuestro Señor, y aunque fue siempre una mera hipocresía... », se habían descubierto sus verdaderas intenciones.
48 Al mismo tiempo que el virrey remitía sus extenso• s informes a las autoridades peninsulares, los Guadalupes ponían en cenoci-47 A.G.I..
La política emprendida con posterioridad a los sucesos penin sulares de mayo de 1814 significó un cambio radical en el modo de plantear el pro blema de la insurrección americana: si hasta entonces las posturas de fuerza se compaginaban con concesiones y reformas, la nueva situación se caracterizó por una escalada militar, que permitió la rápida reunión de dos mil soldados que debían ser enviados a Nueva España, para incrementar las fuerzas con las que el virrey se proponía asegurar la paz.
Costeloe, M. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es miento de los cabecillas rebeldes cuanto ocurdt4 en la capital de Nueva España • y les comunicaban su entusiasmo.t r los éxitos de las armas insurgentes: así, el 18 de noviembre de 1813, contaban la difusión que alcanzaron en México las noticias de la caída de Celaya en manos rebeldes y de la llegada de seis mil angloameri canos a Cuernavaca.
Según otro de sus escritos, el 30 de diciembre se daba por sentado en México que los españoles habían sido desal9jados de Valladolid, aunque se desconocieran pormenores de la operación.
49 Después de que Morelos fuera capturado por las tropas virreinales (noviembre de 1815) prosiguieron las disidencias.
Se acordó entonces la disolución de los Tres Poderes, y una Comisión Ejecutiva reemplazó al anterior gobierno.
Comenzaba así el perío do de decadencia.
Desde le provincia de Michoacán, que fue el principal centro de operaciones de los rebeldes durante mucho tiempo, las acciones insurgentes mantuvieron en jaque a todo el territorio del virrei nato.
Por eso, en rigor no debe hablarse tanto de puntos conflic tivos como de las dificultades que aquejaban a todas y cada una de las provincias.
Naturalmente, ese intento dificultaría notable mente la comprensión de la marcha de la guerra y degeneraría, con suma facilidad, en una intrincada relación de golpes de mano.
Limitaremos, pues, nuestra observación a los lugares en que la conflictividad fue mayor.
La adquisición de la Luisiana por Estados Unidos
Jefferson, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, adquirió por compra -en 1803-el territorio de la Luisiana, que fue vendida por Napoleón, entonces primer cónsul.
Con diferencia de días, Monroe, enviado por Jefferson, inició las ges tiones para la compra a España de Florida occidental, incluido el puerto de Mobila, cuya posesión se juzgaba indispensable a partir del momento en que Nueva Orleans se convirtiera en una gran potencia marítima.
Desde los primeros contactos, el gobierno norteamericano pretendió que Florida occidental había sido com prada con la Luisiana, por estar comprendida en sus límites.
A la oposición enérgica de España replicaron los angloamericanos con nuevas insistencias, que desembocaron en la decisión unilateral por la que Madison, en 181 O, declaraba anexionado el territorio en disputa.
50 Agregábase a la gravedad de esta provocación su coincidencia en el tiempo con otro acontecimiento fundamental: la invasión de España por Napoleón.
Desde estos momentos la Florida constituyó un punto de liti gio permanente.
Interesada la Regencia española en atraerse a sus habitantes, en diciembre de 1812 concedió un indulto al que po dían acogerse quienes hubiesen tomado parte en la invasión de Florida oriental y occidental.
51 En efecto, también estos terri torios pretendían separarse de España, y en sus costas se habían establecido varias guarniciones insurgentes en las que la disciplina brillaba por su ausencia.
Luis de Terán, a propósito de una de ellas, comentaba que el orden no era mayor allí que el que se observa a bordo de un barco corsario.
Además era grande el interés que tenían los Estados Unidos en adueñarse de la isla de Amelía, pró xima a estas costas, donde radicaba el más importante centro de trata de negros.
Sus conversaciones con el gobierno de� Madrid dieron fruto' y obtuvieron la cesión de la isla.
52 No fue éste el único problema _que la venta realizada por el primer cónsul planteó en las relaciones fronterizas entre Nueva España y Estados Unidos.
La marcha al oeste de los angloamerica- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es nos, que coincidía con la grave crisis de 1808, preocupaba a las autoridades españolas.
Este temor se refleja en el informe que don Nemesio Salcedo, entonces comandante general de las Provincias Internas, escribía a la Junta de Sevilla:
«El genio inquieto y codicioso de nuestros vecinos los anglo-ame ricanos, el carácter vacilante y anárquico de su Gobierno, los hombres revoltosos que encierra en su seno y la debilidad de su Constitución y leyes, para poder descansar sobre su fe y palabra, me hace recelar de su parte alguna agresión, en unas circunstan cias que, quizá, estimarán las más oportunas».
53 Salcedo elaboró un proyecto, al que llamó «Plan de oposición a las empresas de la República de los Estados Unidos de Améri ca», en el que explicaba las bases en que debía apoyarse la defensa del territorio español.
Los pasajes más relevantes de su informe atañían a la crítica situación de la provincia de Texas: sus puertos se hallaban insuficientemente defendidos, y su lejanía con respecto a San Luis de Potosí -principal base militar de los alrededorescomplicaba sobremanera el transporte de tropas.
Esos temores ante la eventualidad de una acción armada de los vecinos del norte se veían acrecentados por las previsibles difi cultades en la absorción de los habitantes de la Luisiana que pre tendían establecerse en Nueva España.
54 Coincidían estos sucesos con un sensible descenso en la pro ducción de las minas de las Provincias Internas, cuya economía giraba en torno a las actividades extractivas: sobre todo de, sde que, en 1803, se descubrieron nuevos e importantes yacimientos de cobre en la Sierra de este nombre, donde se inició también la explotación de un placer y una veta de oro.
Desde 1808, las minas y placeres de Cieneguilla, Mulatos, Cobre y Mapimí y Hornillas empezaron a rendir de manera más irregular.
La difícil coyuntura se agravó cuando la Real Hacienda suspendió la compra de cobre, porque disponía ya de cantidad suficiente y porque el erario se veía apremiado por más urgentes necesidades.
Otros factores que incidieron en el descenso de la producción -que alcanz6 su nivel ínfimo en 1812-eran la interrupción de comunicaciones con México que proveía a la región de azogue, herramientas y ropas, y la dispersi6n de la población a causa de las primeras actividades insurgentes.
Texas 56 De una manera o de otra, lo cierto es que la suerte de, las provincias limítrofes con la Luisiana era, por lo menos, incierta.
Así se explican los urgentes requerimientos al gobierno central en relación con las negociaciones fronterizas.
57 El peligro revestía especial gravedad en Texas, adonde se había mandado una expedición -los tercios de Texas-desde la península, que no llegó a desembarcar al haber sido apresadas por los ingleses las fragatas que debían transportar a las tropas.
58 En noviembre de 1813 la situación era insostenible: el día 3 de ese mes se enfrentaron las tropas españolas que mandaba Arredondo con grupos armados angloamericanos que, según los Guadalupes, eran «gente venida a auxiliar a nuestra insurrección por orden Y.' acuerdo del gobierno de Estados Unidos».59 La presencia de Arre dondo al frente de las fuerzas realistas resultó eficaz; así se des prende de un informe de Calleja, fechado en enero de 1814, en el que relata la notoria mejoría experimentada en la marcha de la guerra en ese territorio.
60 Por entonces actuaban en Texas los rebeldes José Alvarez de Toledo y Bernardo Gutiérrez, que se había apoderado -en abril de 1813-de la capital de la provincia.
A la vista de estos acon tecimientos se encargó a Arredondo que acudiera a la frontera para contener al enemigo.
61 El horizonte del verano de 1813 no aparecía precisamente despejado: hacia julio fue batido el cuerpo de caballería de Coahui la que mandaba el teniente coronel don Ignacio Elizondo; y, además, estaba sublevada parte de Nuevo Santander y de Nuevo León, y habían caído en poder de los rebeldes algunas ciudades de la primera de esas provincias.
No obstante, a principios del nuevo año parecía observarse una reacción de las armas españolas.
Arredondo había disuelto a los grupos insurgentes, y los restos de esas partidas fueron per• seguidos por Elizondo hasta más allá de la frontera con Luisiana; recuperada la capital, Béjar, Arredondo concentró allí todas las tropas del oeste y sur de la provincia; el coronel don Cayetano Quintero al frente de una división de caballería, había tomado Nacogdoches y castigado a los indios que prestaron a' yuda a los rebeldes.
La perspectiva era incomparablemente más lisonjera y, como muestra de buena voluntad, se concedió el indulto a los habitantes de Texas que lo solicitaron y a las tribus de indios que vivían en la provincia.
Arredondo se mantenía informado de los nuevos proyectos que abrigaban Gutiérrez y Alvarez de Toledo, y• rec � laba de los angloamericanos, que habían ocupado la zona neutral.
Por todo esto consideraba conveniente la formación de varios cuerpos de ejército en los territorios que se hallaban bajo su mando: un cri terio que no era compartido por Calleja, por la disminuci61' de brazos en la agricultura y la ganadería que implicaban las nuevas red u tas.
62 El virrey prefería atenerse a un antiguo plan sobre población civil y militar de Texas, que preveía el envío directo a esta pro vincia de una expedición de 1.500 a 2.000 hombres que deberían desembarcar en el puerto de Matagorda, 63 sito en la bahía del Espíritu Santo: se evitarían así el descontento de las tropas que, procedentes de la península, eran trasladadas de las provincias del sur a las del norte, las más afectadas por la insurrección.
Tan grande era la resistencia que ofrecían los soldados para servir en este des tino que, en la marcha de Monterrey a San Antonio de Béjar,, llegó a desertar en su integridad la compañía de Cazadores del regimiento de Extremadura..
En el manifiesto con el que Calleja saludaba el regreso de Fernando VII a suelo español, se contenía una breve síntesis de los últimos sucesos bélicos, entre los que destacaban los ocurridos en Texas.
Recordaba el virrey cómo, al principio de la guerra, esa provincia había sido invadida por los angloamericanos, aliados con los rebeldes y los indios de la frontera.
La gravedad de la situa ción obligó a Calleja a enviar a Texas la mitad de las tropas de los regimientos de Extremadura y de Sabaya que recién llegados a Jalapa desde la península, debían asegurar las comunicaciones de esa ciudad con Veracruz y Puebla.
Además, la eventualidad de una acción insurgente sobre el Nuevo Reino de León obligó a utilizar también la división de Nuevo Santander y de Huasteca.
En el curso de unos cuantos meses, la situación había cam- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es biado de modo sustancial no sólo en Texas sino en el resto del vi rreinato: asegurado el control de aquella provincia, exterminados los dos grandes ejércitos rebeldes de Morelos y de Matamoros, también Acapulco había sido reconquistado por las tropas reales.
Los rebeldes no conservaban otra base militar que la de la laguna de Chapala, «que no tardará en ser su sepulcro»
La causa insurgente en Michoacán y Guadalajara
En una carta del obispo Abad y Queipo a Calleja, del 16 de septiembre de 1814, se incluía un cálculo del total de tropas que los rebeldes habían movilizado en la provincia de Michoacán, que absorbía una parte importante de los ejércitos insurgentes.
Según los datos de Abad y Queipo, los rebeldes contaban con doce mil doscientos hombres, distribuidos entre las diversas par tidas que actuaban en ese territorio: con Morelos había dos mil, mil con Manuel Muñiz, otros tantos seguían a Cos, y mil doscientos a Vargas; Navarrete, Saín, Villalonguín y Huerta, que habían juntado sus tropas, reunían entre todos a mil quinientos hombres; Torres mandaba }a partida más numerosa, compuesta de cuatro mil soldados; finalmente, había mil con Pachón y quinientos con los hermanos Rayón.
La vecina provincia de Guadalajara se veía amenazada desde marzo de 1814 por las incursiones de Vargas, Cos, Navarrete y Torres.
La defendían s6lo tres mil hombres, y se había pensado en la posibilidad de abandonarla si no llegaba el esperado refuerzo de dos mil soldados.
64 Sin embargo, mal concertados entre sí los jefes rebeldes, pron to quedó conjurado el peligro y Guadalajara fue sustraída a la acción insurgente.
Ya en el otoño de 1814 había desaparecido cual quier posibilidad de avenencia y coordinación entre aquellos diri gentes independentistas, «esparcidos en el día y vagando de lugar en lugar»: una situación ésta que se hallaba en vivo contraste con la eficacia de las armas insurgentes a lo largo de 1813, cuando poseían Oaxaca y ocupaban gran parte de Puebla y el importante puerto de Acapulco.65
LA GUERRA, VISTA DESDE EL BANDO INSURGENTE
Morelos) generalísimo de la insurrección
A los ojos de todos, Morelos pasaba por ser el caudillo in discu tibie de los rebeldes de Nueva España.
Su personalidad y condiciones excepcionales eran, desde luego, reconocidas por todos, incluidos los realistas, que no ignoraban el influjo que Morelos ejercía sobre las masas de insurgentes.
El diario de los Guadalupes refiere un hecho ocurrido el 24 de noviembre de 1813.
La llegada de un correo extraordinario, que portaba malas noticias provocó la indignación del virrey:
«Se enfureció exclamand�> que todos los proyectos se los frus traba el señor Morelos: uno de los concurrentes que había que dado tan suspenso como los demás, viendo la furia de Calleja, le dijo que si unos proyectos se frustraban, otros se conseguirían, que él era bastante fecundo: a lo que contestó el virrey más alte rado, que ya estaba estéril, y tomando la esquelita se metió para otra pieza, sin hablar más palabra».
66 Aparte del alterado estado de ánimo de Calleja, muestran estas observaciones el elevado concepto que de Morelos tenía el virrey, hasta el punto de atribuirle el fracaso de tddos sus proyectos.,.
El papel rector gtle desempeñaba este caudillo recibió su •con firmación legal cuando el Congreso Nacional convocado por él en Chilpancingo lo nombró generalísimo de las armas mexicanas.
Los Guadalupes, que acataban su autoridad antes incluso de que hubiera recibido el nombramiento, expresaban su contento al re cibir la noticia:
«ahora sí que veremos arregladas todas las Divisiones sueltas que con tanto heroísmo han tomado las armas para defender su Patria, y la falta de dirección les hacía separarse de su fin».
6 7 Desavenencias entre los jefes rebeldes.
La forzada incomunicación creaba condiciones óptimas para la adquisición por cada caudillo de un poder autónomo, desvincu lado de toda autoridad superior.
A eso se referían los Guadalupes en el texto arriba citado: hasta la erección de Morelos como generalísimo no había un auténtico poder dirigente de primera magnitud, pues la Junta Nacional antes existente se reveló de ninguna utilidad.
A las distancias y obstáculos geográficos venía a añadirse el problema de las desavenencias entre los vocales.
Morelos, cono cedor de estas rivalidades, manifestó a Rayón sus proyectos para restablecer la concordia, en una carta que le dirigió en marzo de 1813.
Para apaciguar ánimos y prevenir enfrentamientos futu ros, Morelos sugería «que los vocales se releven o remuevan de la Junta con las mis mas formalidades que entraron a ella, probado el motivo de su remoción así para satisfacción del Pueblo como para elección de otros individuos, o suplentes y honor de los que entran y salen; pues de lo contrario nadie, ningún hombre de honor querrá entrar en constitución, sabiendo que ha de ser llamado con deshonor el día que como hombre cometa algún yerro, del que no estuvo exento ni el primer hombre, ni el más sabio de los hombres».
68 Si el plan era aceptado, deberían reunirse los vocales, junto con la oficialidad de cada plana, previa la adopción de las conve-. nientes medidas de seguridad.
Se había de procurar que el lugar de] encuentro fuera equidistante y, al elegirlo, era preciso tener en cuenta que asistiría también el vocal de Oaxaca, pues sin él no podía procederse a ninguna votación.
Como fecha de la reunión se proponía el 8 de septiembre, y el lugar más indicado parecía el pueblo de Chilpancingo, que reunía aquellas condiciones requeridas.
Las diferencias entre Morelos'y Rayón estribaban funda mentalmente en sus opiniones encontradas acerca de la publicación del Acta de independencia.
El parecer de Rayón habfa sido expre sado en los sigui en tes trminos: « Yo cada día encuentro más embarazos para publicarla, porque la que se ha extendido está tan diminuta que advierto expresados en ella unos artículos que omitidos se entienden más, y otros que el tocarlos es un verdadero germen de controversias [... ]
«¿Qué avanzamos con publicar esa constitución que realmente nada alivia para la ad � inistración de justicia y régimen inte rior? [... ].
«Creo, repito, nada avanzamos sino que se rían de nosotros y con firmen el concepto que nos han querido dar los gachupines de unos meros autómatas».
69 No era grata a Rayón la promulgación del Acta de indepen dencia porque entendía que el Congreso se justificaba en cuanto fiel depositario de los derechos soberanos de Fernando VII.
La abierta declaración de independencia podía ocasionar daños irre parables: la enorme masa de los indios, hasta entonces solidarios de los demás americanos en la común opinión de que tarí s610 se trataba de reformar un poder arbitrario, sin sustraerse a ]a •obe diencia del rey, se movilizaría una• vez declarada la separación.
Además, le preocupaba la actitud que pudieran adoptar las poten cias extranjeras: «¿Quién garantiza la neutralidad de las potencias extrañas, prin cipalmente de la Inglaterra, acreedora de la moribunda España de una inmensa suma de millones de que sólo puede reintegrarse con la posesión del codiciado reino de México?>>.
70 La sombra de estas dudas impedía a Rayón adherirse a las opiniones de Morelos, deseoso a toda costa de proclamar la independencia.
La diversificación de las operaciones militares, principal causa de lo limitado de sus éxitos, era otra de las razones que urgían a Morelos la convocatoria del Congreso del que había de resultar la independencia.
Morelos atribuía aquella ineficacia a la confluencia de todos los poderes en los pocos componentes de la Junta, que se veía agobiada por la magnitud de sus tareas.
Al mismo tiempo, juzgaba de la mayor importancia que el poder ejecutivo se con centrara en una persona, en cuya designación deberían intervenir los jefes militares a partir del rango de coroneles.
71 El Congreso de Chilpancingo72 Los éxitos rebeldes culminaron en la celebración del Congreso de Chilpancingo.
Y, sin embargo, en los meses que le siguieron empezaría el declive de las armas insurgentes, debido a una com pleja serie de razones que no resulta fácil de comprender.
Además de la ya aludida necesidad de coordinar la acción de los dirigentes rebeldes, hubo otras consideraciones que animaron a Morelos a la convocatoria de esta reunión: cabe pensar tanto en la necesidad de endurecer las acciones bélicas ( con su inevitable acompañamiento de represalias y crueldades), como en el afán por alzar el sentir antiespañol de la nación y los deseos de inde pendencia que brotaban de ese odio a la metrópoli.
Por otro lado las noticias que llegaban de Europa no resul-taban tranquilizadoras para el cura mexicano: al mediar 1813, la península se veía casi enteramente libre de la ocupación fran cesa, y era considerado inminente el regreso de Fernando VII, que privaría de justificación a la causa de la independencia, que siem pre había proclamado su fidelidad al rey desterrado.
73 Aceptado el principio de la división de poderes, una de las primeras decisiones que debía adoptar el Congreso se refería a la designación de la persona que, con el cargo de generalísimo, asur miría la dirección de la guerra.
Morelos recibió un respaldo amplí simo, 74 pero declinó inicialmente la aceptación del poder ejecu tivo.
Al cabo, «vencido por las expresiones públicas y por la autoridad del con greso, admitió por fin el empleo con las cuatro condiciones si guientes: 1.-Que cuando vengan tropas auxiliares de otra poten cia no se han de acercar al lugar de la residencia de la Suprema Junta.
2.-Que por muerte del Generalísimo ha de recaer el mando accidental de las armas en el jefe militar que por graduación le corresponda haciéndose después la elección como la presente.
3.-Que no se le han de negar los auxilios de dinero y gente, sin que haya clases privilegiadas para el servicio.
4.-. Que por muerte del Generalísimo se ha de mantener la unidad del Ejército y de los habitantes)).
75 Los requisitos exigidos por Morelos no eran en realidad más que simples medidas de prudencia tendentes a impedir 1� desin tegración de la unidad de esfuerzos alcanzada después de haber sido sorteados muchos escollos.
En un discurso pronunciado por Morelos el 14 de septiembre, que había sido escrito• por don Carlos María Bustamante, se habla- A partir de estos principios se concluía la legitimidad de la lucha sostenida por los españoles contra Napoleón y, por los mismos motivos, de las pretensiones de independencia de los americanos:
<< ¿Podrán nuestros enemigos ponerse en contradicción consigo mismos, y calificar de injustos los mismos principios con que canonizan de santa, justa y necesaria su actual revolución contra el Emperador de los Franceses?».
77 El discurso terminaba con una mirada retrospectiva hacia el pasado, que permitía presentar a los miembros del Congreso como vengadores de todos los ultrajes inferidos por tres siglos de dominación española: <<Genios de Moctezuma, Cacama, Quatimozín, Xicotencal y Cal zontzin, celebrad en torno a esta augusta asamblea [... ] el fausto momento en que vuestros ilustres hijos se han congregado para vengar vuestros ultrajes y desafueros y librarse de las garras de la tiranía y franc-masonismo, que los iba a sorber para siempre».
78 La verdad sea dicha, tal invocación, algo trasnochada, no pasaba de ser un recurso poético para embellecer la justicia d6 una causa cuyos principales beneficiarios eran los criollos, y: no los indios.
Un anticipo parcial de lo que sería la Constitución de Apat zingán, en el que se concretaban los ideales que habían de presidir la nueva organización política novohispana.
El Breve razonamiento que el Siervo de la Nación hace a sus conciudadanos y también a los europeos representaba el canto de cisne de Morelos, en la cumbre de su carrera y próximo ya a su declive.
Sus primeras reflexiones iban dirigidas a los americanos: «Somos libres por la gracia de Dios e independientes de la sober bia tiranía española, que con sus cortes extraordinarias y go biernos muy extraordinarios y muy fuera de razón quieren con tinuar el monopolio con las continuas metamorfosis de su gobierno, concediendo la capacidad de constitución que poco antes negaba a los Americanos, definiéndolos como brutos en la sociedad».
79 La confusión política de los gobiernos españoles y su apurada situación económica facilitaban el resquebrajamiento de la con fianza que en ellos pudieran depositar los americanos.
Por eso, la coyuntura era la más idónea para lograr la separación de la metró poli, que se vería facilitada por la concertación de un plan que permitiera la destrucción de todas las fuentes de riqueza, a la que seguiría irremediablemente el colapso del gobierno virreinal.
Como ya se ha señalado con anterioridad, una de las razones que decidió a Morelos a convocar el Congreso fue la necesidad de poner fin a las discordias entre los miembros de la Junta, y la elaboración de un programa común que recogiera las aspiraciones de los que habían desafiado a las armas españolas.
Algunos de los dirigentes de la insurgencia entendían que esa concertaciót:1 pas? ba por la adopción de un texto constitucional, que proporcionara 1 •un marco jurídico de referencia.
Y a en abril de 1812 Rayón había enviado a Morelos un pro yecto de constitución,' para que lo revisara e hiciera las oportunas observaciones.
80 Se recogía en ese texto una explícita profesión de fe, se declaraba la religión católica como la única oficial, �e encargaba la vigilancia del dogma a un tribunal de la Fe, y se creaban cuatro órdenes militares: Guadalupe, Hidalgo, Aguila y Allende.
Proclamaba la independencia de toda otra nación; re conocía el origen popular de la soberanía, que residía en Fernan do VII, aunque su ejercicio en el Nuevo Mundo -por las pecll' liares circunstancias de la península-correspondía el Supremo Consejo Nacional Americano; y propugnaba la separación de los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo.
Otras aspiraciones genuinamente liberales que se contenían en el proyecto constitu cional eran la apertura de los puertos al libre comercio, abolición de los gremios y la libertad de imprenta en cuestiones científicas y políticas, «habiéndose de respetar las legislaciones vigentes».
81 En la preparación de ese proyecto no se había contado con Morelos, pues -como explicaba el propio Rayón-su nombra miento como vocal de la Junta fue posterior a la redacción de aquel borrador.
Invitado, no obstante, y por segunda vez a ex poner su opinión, Morelos apuntó una serie de rectificaciones al proyecto de Rayón.
82 Tal vez influido por esas consideraciones o por una más atenta reflexión, Rayón desistió de sus propósitos antes de que se reuniera el Congreso, que no se ocupó, por tanto, de la discusión del proyecto constitucional. del pensamiento escolástico tradicional con las nuevas ideas libe rales.
84 Aunque partidarios de la república, sus redactores acce dieron al establecimiento de una forma de gobierno provisional, en espera de que la nación pudiera decidir cuál habría de ser la definitiva.
Sus principios y declaraciones más generales eran los habituales: soberanía de la nación, división de poderes, sistema de elecciones en tres grados de sufragio, etc.
A pesar de los inconvenientes de su redacción apresurada, introducía una forma viable de gobierno; conservaba la unidad nacional y, con un ejecutivo compuesto de tres personas, impedía que nadie pudiera arrogarse dictatorialmente la dirección de la insurgencia.
85 Su publicación acrecentó las preocupaciones del virrey Ca lleja, por cuanto contribuía a estrechar los vínculos entre los rebeldes:
«Leíase la constitución en el mismo palacio, y no bastaron a im pedir su curso ni las amenazas, ni las conminaciones, ni las ex comuniones que contra ella fulminó la Inquisición de México, cali ficándola de herética, principalmente por la base fundamental de la soberanía del pueblo».
Los Guadalupes y Morelos 87
Más elocuente que cuanto podamos recoger en estas páginas acerca de la ayuda que los miembros de esta sociedad tμexicana prestaron a Morelos es la continua referencia que a ellos hemos ido haciendo a propósito de las incesantes noticias que, mediante correos secretos, hacían llegar a Morelos y a otros dirigentes de la rebelión.
Su existencia fue conocida por Calleja que, gracias a la do cumentación arrebatada a los insurgentes en Puruarán y otras acciones, pudo desenmascarar a muchos de sus miembros.
A ellos se refería en una carta al ministro de Gracia y Justicia, fechada en México en agosto de 1814, de la que proceden estos párrafos que, por su extraordinario interés, reproducimos en su integridad: «Una liga facciosa que ha subsistido bajo el nombre de los Gua dalupes más de tres años en el seno de esta capital y con relaciones en todo el reino, compuesta de un gran número de gentes visibles y de necesaria intervención en el gobierno, dirigía los cuerpos rebeldes sosteniéndolos y reanimándolos en sus derrotas.
De este club recibían cuantas noticias podían conducir a su seguridad y acierto, remitiéndoles diarios exactos de cuanto pasaba en la capi tal; estados de fuerza; de municiones y caudales sacados de las mismas oficinas del Gobierno; relación de sus recursos, escaseces y apuros, y razón de cuantas resoluciones tomaba el virrey en las diferentes circunstancias que ocurrían: cuyos documentos adqui ridos en las últimas considerables derrotas que ha sufrido el enemigo, han facilitado la descubierta de algunos de los muchos reos de la facción, y debían haber producido el efecto de purg. ar el país de los muy temibles revoltosos, desorganizar la rebelión, de imponer a los traidores ocultos y de afirmar el Gobierno, si yo hubiera podido obrar con autoridad y desembarazo ».
88 La formación de este grupo pudo estar relacionada con la existencia de varios núcleos comprometidos en el alzamiento de noviembre de 1810, al que trataron de apoyar de diversas formas.
Después de que algunos de ellos fueran descubiertos y castigados, se volvieron más cautelosos.
Sus primeras conexiones se estable cieron con Rayón que, después de la captura de Hidalgo, dirigía el sector más activo de la insurgencia.
Esos contactos, que se pro longaron durante todo el año 1811, contribuyeron a la mejor organización del grupo y dotaron de mayor solidez a la Junta for mada por Rayón.
Después de que en 1812 Morelos asumiera un papel preponderante, sería éste el destinatario de la correspon dencia de los Guadalupes, que no se interrumpiría hasta la muerte del Siervo de la Nación, en 1815.
Las cartas que los mantenían enlazados con los jefes eran portadas por mensajeros a quienes auxiliaba una cadena de sim patizantes, que permitía también el intercambio de libros, perió dicos, armas y todo género de pertrechos.
Además de las cartas, se servían de unos diarios en los que quedaba reflejado todo cuan to ocurría en la capital del virreinato.
No se conformaban con su ministrar estas informaciones a los jefes insurgentes sino que, interesados en propagar el pensamiento revolucionario, les pro veían de imprentas en las que pudieran reproducirse decretos y proclamas.
Así, hicieron posible la aparición del periódico «El Despertador Americano», que dirigió don Francisco Severo Maldonado.
Réplica de esta organización fue la red de espías tendida por el gobierno virreinal, de cuya existencia estaban informados los Guadalupes.
En esta maraña• de complots y espionajes recíprocos estaba enredado todo tipo de personas: figuras destacadas de la judicatura, del clero, funcionarios de la administración pública, etc.
Las derrotas sufridas por los rebeldes, en las que se incautaron papeles com prometedores para los miembros de la sociedad, y las cartas que Calleja recibía de sus colaboradores le proporcionaron datos que le permitieron actuar.
La posterior captura y muerte de Morelos tendría un efecto decisivo: las comunicaciones del grupo con los jefes rebeldes fueron haciéndose cada vez más espaciadás, hasta terminar por extinguirse en 1816: su operatividad, sin embargo, no era' ya la de antes. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es tro estudio.
Debe destacarse, en primer lugar, la intensidad del sen timiento anti-gachupín que, robustecido por otros móviles -la defensa de los valores tradicionales o la reacción ante la traición de las autoridades metropolitanas, que habían dejado libre el campo a Napoleón-y avivado por los planes conspiratorios, puede expli car el carácter de guerra civil que atribuimos a los primeros movr. mientos independentistas de Nueva España: eso constituiría la clave para entender la complejidad de las actitudes y la inusitada dureza de las acciones bélicas y de la consiguiente represión.
Por que el debate en curso no era estrictamente político -la conr troversia era mucho más radical-el régimen constitucional se revelaría inviable para frenar la insurrección: más aún, contribuiría a su mayor difusión, a consecuencia de la vigorización de las ener gías locales que supusieron las nuevas disposiciones en materia mu nicipal y de la instauración de la libertad de prensa.
Pero tampoco podía llegar la solución mediante la reimplantación del Antiguo Régimen, cuyo momento histórico, por lo demás, ya había pasado.
La difícil coyuntura por la que atravesaba la metrópoli, su mida en guerra contra las tropas invasoras francesas, y la complica dísima situación económica repercutieron en beneficio de la causa insurgente, al verse privadas las autoridades virreinales de los medios indispensables para dominar la revuelta.
Sin embargo, la desgraciada coincidencia entre la publicación de la Constitución de Apatzingán -en la que se recogían las principales aspiraciones que, en el orden político, había enunciado un año antes el Congreso de Chilpancingo-con los más graves reveses militares de los insurgentes supuso un freno temporal al proceso de la independencia: esa detención pareció adquirir ca rácter definitivo con la captura y muerte de Morelos, alma d� aquel Congreso, el silenciamiento de la prensa rebelde y la des articulación del grupo de los Guadalupes que, durante años, había representado una eficacísima cabeza de puente entre la capital del virreinato y los principales caudillos de la insurgencia.
Nueva España en los comienzos de la lucha por la independencia |
Muy brevemente, el esquema que me propongo desarrollar en este artículo va a consistir en lo siguiente.
Partiendo de las bases econón1icas sobre las que se asienta el despegue productivo de la sociedad campesina de Galicia durante lo que convencion�l mente entendemos por segunda mitad del siglo XVIII, entre las que, junto a la demanda peninsular, cabe situar la demanda ameri cana de tejidos y alimentos, se pasará a presentar la serie de im portaciones coloniales efectuada� desde sus puertos habilitados para el período del comercio libre ( 177 8-1816), a fin de extraer de ellas algunas consideraciones con las que detectar con mayor precisión los efectos, ocasionados por la desaparición de aquellos mercados, sobre la economía regional durante las _primeras décadas del siglo XIX, algo que hasta ahora tan sólo se había podido realizar desde la óptica del comercio de exportación.
1 INSERCIÓN DE LA ECONOMÍA REGIONAL EN EL SECTOR EXTERIOR ESPA�OL * El trabajo ha sido financiado con fondos del proyecto de investigación «Dos siglos de intercambios entre Galicia y América Latina.
Flujo de capitales, emigración y comercio,
Simplificando quizás en exceso, podemos afirmar que la eco nomía gallega de la primera mitad del Setecientos estuvo caracte rizada por el predominio de la producción rural, en. donde el 2 LUIS ALONSO ALVAREZ autoconsumo constituía la práctica más común.
La familia cam pesina muy raras veces colocaba excedentes en el mercado local, que estaba escasamente desarrollado, al constituir aquélla en tér minos generales una unidad de producción y de consumo.
2 Duran te la segunda mitad del siglo y conforme aumentó la población española, lo hizo paralelamente la demanda de productos de escasa elasticidad, lo que significó la introducción de un primer elemento que estimuló la producción para el mercado.
Por otra parte, y mientras que en la Europa del entorno el crecimiento de la pobla ción estuvo asociado a una ampliación en las tierras de cultivo, en Galicia -sin esas posibilidades de ampliación debido a una marginalidad superior de sus suelos-se tradujo en una reducción del tamaño de las parcelas más productivas en explotación a partir de la generalización de la práctica del subforo que se superpuso a las peculiaridades del sistema hereditario tradicional.
Ello iba a manifestarse en una disminución real del excedente neto para los cultivadores directos, aun suponiendo constante la presión se ñorial.
Para subsistir, los campesinos se vieron obligados a alternar las actividades directamente vinculadas a la agricultura con otras que constituyeron su complemento, tales como la producción de manufacturas textiles en las áreas del interior y la transformación de los derivados de la pesca en las zonas costeras, a fin de conse guir unos ingresos adicionales en los mercados extrarregionales y que ya no podían obtener exclusivamente de la tierra.
3 Si a todo esto sumamos el estímulo que debió introducir en las economías familiares el alza de los precios de los productos necesarios, como resultado de una demanda creciente, apreciable a lo largo de toda la centuria y en especial en su segunda mitad, habremos acabado de definir el tercero de los mecanismos básicos que obligaron en ESPECIALIZACIÓN MERCANTIL 3 general a los campesinos gallegos a producir para mercados extrarregionales.
El producto que la economía agraria regional estaba en dis posición más ventajosa de ofrecer -los tejidos de lienzo ordinario y las salazones de pescado-cubría las dos necesidades fundamen tales de una población en aumento -alimentos'y vestido-e iba destinado a satisfacer un tramo muy específico de la demanda extrarregional, 4 el constituido por los grupos sociales de rentas más bajas.
En todo caso, se trataba de productos cuya tecnología conocía el campesino, puesto que eran practicados en régimen de autoconsumo desde tiempo inmemorial y cuya utilización sólo re quería ahora una ampliación de la escala productiva, algo que encajaba perfectamente en el marco de una economía rural sin alterar sustancialmente la base agraria del campesinado.
5 Dejando de lado la parte de la demanda que constituía el mercado interior español para la produc�ión rural gallega, sin duda la más importante en términos cuantitativos y ya suficientemente estudia da, 6 en la segunda mitad del siglo XVIII surgen nuevas oportuni dades para el producto de la economía campesina de Galicial en las colonias españolas de América.
Si bien durante gran parte del siglo XVIII, Cádiz mantuvo un monopolio del tráfico con Indias, Galicia pudo compartirlo desde 1764 a través de una compañía privilegiada -los correos marítimos, establecidos durante ese año en el puerto de La Coruña-, logrando colocar otra parte de su producción textil y alimentaria en los mercados coloniales.
7 Desde esta fecha y hasta 1778 transcurrió un período en el que la eco-nomía regional disfrutó de un mercado sin apenas competencia, el del área rioplatense, salida natural para los productos del alto Perú, donde el textil gallego -y en otra medida las salazones-� se insertó perfectamente en el sistema del reparto forzoso de mer cancías, cuestión que ya ha sido desarrollada en otros lugares.9 Quedaba, pues, por estudiar lo que la economía gallega recibía a cambio de la exportación de manufacturas de procedencia regional, es decir, el comercio de importación.
LA IMPORTACIÓN DE PRODUCTOS AMERICANOS
Se ha realizado ya una reconstrucción general de las importa ciones entre España y América durante la época del comercio libre que posee una ventaja incuestionable: se trata del primer acercamiento científico a una cuestión que no se conocía más que por valoraciones de los contemporáneos y que nos ha permitido desde hace unos años tener ya una visión del conjunto.
10 No obs tante, presenta algunas insuficiencias, entre ellas la de que, pese a su pretensión de globalidad, deje sin cubrir un período tan importante como el del primer comercio libre entre 1765-1778, el de libertad comercial con Barlovento, por lo que aparece sin cuantificar durante esos años el ámbito caribeño.
Por otra parte, el tipo de fuente más utilizada -los resúmenes agregados de la carga registrada en los navíos y no los propios registros-hace que se pierdan datos fundamentales para estudiar las especificída-des regionales del comercio con América.
Si a ello sumamos las comprobadas duplicaciones de algunas expediciones, muy frecuen tes en el caso de los correos, que abrían siempre un doble registro -los de la Habana y Puerto Rico en el Caribe, y los de Buenos Aires y Montevideo en el Río de la Plata-así como las distor siones originadas por los bailes de fechas en las arribadas, que desfiguran la reconstrucción de las series anuales, era aconsejable efectuar una revisión de las cifras regionales del llamado comercio libre con Indias a partir de otro tipo de fuentes.11
En esta reconstrucción regional se han utilizado, como fuen tes fundamentales, los registros de los navíos, 12 la documentación más dispersa de todas cuantas aportan información cuantitativa sobre el tráfico colonial.
En ellos aparecen, junto a los datos refe rentes a los vehículos del tráfico -tipo y nombre del navío, patrón que lo comandaba, carrera seguida y otros-, los que aluden al producto importado -el individuo o sociedad remitente, el tipo de operación realizado en cada caso, una descripción del propio producto, con sus características de calidad, sus unidades, proce dencia y precio, su destinatario en la península y el valor de la mercancía a precios de arancel-.
Los registros de importación, que formalmente son registros de exportaciones americanas, permi ten, además, obviar el problema de las duplicaciones, posibilitando también la eliminación de las distorsiones introducidas en las fechas de arribada de los navíos.
Para completar la inforn1ación proporcionada por los registros, se ha podido disponer asir.ais1no de otra fuente -desgraciadamente fragmentaria-formijda por los estadillos de metal precioso llegado de América en los correos.
Se trata de una documentación fiable y rigurosa, puesto que cons tituía el primer control fiscal ejercido por la Corona sobre las llegadas de metal americano al puerto coruñés.
Una primera ojeada a las cifras del comercio de Galicia con América -véase el cuadro 1-nos permite constatar la gran su perioridad de las in: iportaciones frente a las exportaciones (626 '2 millones de reales para las importaciones y sólo 133' 8 para las exportaciones, casi cinco veces más).
Ahora bien, si examinamos con detenimiento la información cuantitativa, comprobaremos que el producto de importación que realmente desequilibra la balanza comercial lo constituye el metal precioso -véase el cuadro II-, mercancía que representa más del 91 % de las importaciones.
Con mayor detalle, las importaciones esta.rían encabezadas por la plata-moneda (que conforma el 70'9 % del total importado) y el oro-moneda ( 1 7'2 % ), mientras que los productos coloniales presentarían una importancia muy relativa en el conjunto ( véase el cuadro 111).
Es importante destacar que, de igual modo que sucedía con las exportaciones, 14 la inmensa mayoría de los productos impor tados, y muy especialmente el metal precioso, eran transportados a puertos gallegos a bordo de navíos artillados, los correos marítimos (véase el cuadro IV).
Estamos, pues, ante una de las claves que nos explican el porqué de este desequilibrio en la balanza comercial, al preferir muchos comerciantes peninsulares (y no sólo gallegos) el envío de remesas de metal en los escasos navíos de la carrera de Indias que viajaban artillados -salvo, claro está, los de la flota de Nueva España hasta 1789-y los únicos que lo hacían regular1nente desde los puertos del Río de la Plata.
Rapidez, regularidad y seguridad, pues, conferían una mayor eficiencia al transporte de metal precioso a través de los correos -dado que el coste oficial del flete no variaba sustancialmente y en todo caso el coste real era internalizado por la Corona-, que se convirtie ron en el medio de transporte óptimo para las.remesas de metal americano.
¿ De qué mercados americanos procedía este metal llegado a Galicia en los correos?
De acuerdo con el cuadro V, donde se más del 90 %, lo que nos hace pensar que una gran parte del metal producido en el alto Perú, dependiente ahora del nuevo virreinato del Río de la Plata, era remitido a España desde los puertos señalados y utilizando el servicio de los correos marítimos.
CARACTERISTICAS DE LOS NAVIOS (VALORES EN MILES DE REALES DE 1778)
Los mercados españoles a los que se dirigía -véase el cua dro VI-eran fundamentalmente los de Cádiz, que absorbía algo más del 60 %, La Coruña, con una cifra ligeramente superior al 26 %, y Madrid ( el 1 O por ciento), lo que significa la práctic� totalidad de los remesas.
En conjunto, la economía regional absor bía tan sólo un 28 % de las partidas indicadas, canalizándose 472 el resto (casi un 72 % ) hacia la península, lo que subraya una vez más cómo el metal que llegaba a Galicia lo hacía en gran me::dida estimulado por la rapidez, regularidad y seguridad del transporte y servía para compensar una parte de las exportaciones al Río de la Plata realizadas desde otros puertos y plazas españolas.
Por otro lado, ese 28 % de metal que permanecía en Galicia se ajusta muchos más a los valores ya estudiados de las exportaciones 15 y, por lo tanto, era el que equilibraba en realidad la balanza con1er cial regional con América.
15 Las exportaciones constituían, como hemos visto en el cuadrn l. casi el 22 % de las importaciones, un porcentaje más próximo al 28 % anterior.
Finalmente, nos queda por destacar el elevadísimo porcen taje del comercio de importación que se realizaba a través de operaciones a comisión -un 78 % del total de importaciones, según el cuadro VII-, que no guarda ninguna relación con d de las exportaciones, mucho más equilibrado, 16 y que nos remite de igual modo a la elevada cantidad de metal precioso americano que entra en Galicia para ser remitido a otras plazas de la gco-1 grafí� española.
Si en general, y tal como se estableció en otra parte, 17 se puede precisar que el comercio de Galicia con las colonias es pañolas se había caracterizado por una marcada tendencia a la 78 '05 21' 94 100'00 especialización en la exportación de productos industriales autÓc• tonos, sobre todo en las décadas anteriores a 1778, de igual modo se puede apreciar idéntica especialización en las importaciones de metal precioso rioplatense.
Estrategia de concentración del riesgo comercial en determinados productos -lienzos y metal precioso-, presencia de prácticamente una única área de mercado -la del Río de la Plata-y carencia de una flota mercante propia -que hacía depender al tráfico colonial de la continuidad de los correos, una propiedad de la Corona-, fueron los tres elementos que 474 16 Alonso Alvarez, L.: Comercio colonial, pág. 181.
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CANTIL 13 precarizaron la estructura de los intercambios en mucha n1ayor medida de lo que sucedía en otras áreas peninsulares, en donde se evidenciaba una diversificación superior del riesgo.
Su estudio, pues, nos va a permitir completar nuestro conocimiento sobre el impacto que experimentó la economía regional al producirse la pérdida de los mercados continentales y, con ella, la emancipa, ción de América, lo que sin duda introducirá nuevos matices en las ideas que tenemos sobre la crisis de la economía rural tradi cional en Galicia.
LA CRISIS DE LA ECONOMÍA RURAL
La generalización del sistema de 'comercio libre' desde 1778, la desaparición de la práctica del repartimiento forzoso de mercan cías en América desde 1782, tras la derrota de la revuelta de 1 Túpac-Amaru, 18 y la instalación de las Intendencias, hicieron des aparecer un mercado protegido• para los productos industriales de la economía rural gallega.
Los comerciantes de lienzos autóctonos se vieron obligados ahora a competir en los mercados del Río de la Plata con la producción propia de los obrajes americanos, con los tejidos filipinos de importación y, sobre todo, con las reex L �, portaciones de textiles de procedencia hamburguesa, remitidos además desde un mayor número de puertos españoles habilitados.
En estas condiciones de ampliación del monopolio, desaparecieron las ventajas comparativas que hasta ahora poseían los productos regionales, cayendo por ello en picado las exportaciones de mayor valor añadido como confirman las cifras.
19 La paralización del trá fico en 1797, que al tiempo conllevó la institucionalización del comercio europeo directo con las colonias españolas, hizo desapa recer definitivamente el monopolio español.
Las consecuencias originadas sobre una economía que en su sector comercial dependía
en gran medida de mercados extrarregionales20 -el colonial y el peninsular-fueron dobles.
Si bien por un lado, se perdieron definitivamente unos mercados protegidos para la producción pro pia de la industria rural, por otro, la economía regional se vio igualmente afectada con la caída de los ingresos derivados de la intermediación de la plata llegada en los correos coruñeses y des tinada a otras áreas peninsulares.
No hubo que esperar a la inde pendencia de las colonias: al desaparecer en 1805 la mayor partei' de los buques correos, hundidos en Trafalgar, se bloquearían las últimas oportunidades brindadas por la distribución del metal precioso procedente de las colonias rioplatenses.
Con todo, las consecuencias más graves sobrevinieron tras la inmediata pérdida de los mercados peninsulares para la industria rural doméstica.
21 La invasión francesa, por una parte, provocó la desarticulación de los mecanismos tradicionales de distribución del producto regional -la guerra liquidó el transporte de lienzos realizado por arrieros y emigrantes estacionales-, con lo que empezó a decaer asimismo la oferta lencera en los mercados de la península.
Su lugar fue ocupado paulatinamente por tejidos ingleses de algodón, 22 que entraron de contrabando al desaparecer los navíos de vigilancia costera, hundidos también en Trafalgar.
El algodón constituía ahora un producto mucho más competitivo que los tejidos de lino 23 e iba destinado a satisfacer el mismo tramo de demanda.
Privada, pues, de su base industrial, que actuaba como un complemento de los escasos ingresos procedentes de la tierra, la economía campesina empezó a manifestar durante las décadas ini ciales del siglo XIX un desequilibrio malthusiano que sólo la emigración posterior lograría en parte compensar.
Su apéndice, el mundo de la intermediación, el gran beneficiado con el creci miento de las transacciones en la centuria anterior, experimentó en un primer momento la fuerte depresión derivada de la desapa rición de los mercados extrarregionales, bien manifiesta en la impresionante inmovilización de capital mercantil en rentas agra rias y urbanas.
Pero esta situación se había de alterar, aunque sólo fuera parcialn1ente, al renudarse el tráfico con lo que aún quedaba del imperio.
Y así, equilibrada con la emigración la economía campesina, canalizada la actividad de rentistas y con1erciantes hacia la compra de tierras desamortizadas y al tráfico con las Antillas, la sociedad gallega mantuvo durante el siglo XIX una estabilidad incuestionable que obviaría toda necesidad de trans formaciones económicas, pero que arrojaría sobre el país los elementos que habrían de consolidar su proverbial atraso respecto a otras áreas peninsulares.
Si, como escribía don Pedro Rodríguez, conde de Campomanes, Galicia constituía en el siglo XVIII el espejo en el que deberían contemplarse las demás provincias es pañolas, 24 apenas sesenta años después aquel espejo acabó por configurar una perfecta contraimagen.
24 Rodríguez Campomanes, P.: Discurso sobre el fomento de la industria popular.
Cito por la edición de John Reeder.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es quiso venderles a nuestros empobrecidos paisanos nada menos que biblias-, para describir todo el patetismo de esta nueva situación: «No me gusta nada este país (... )
Porque aquí todos mendigan, y, como apenas tienen para ellos, menos tienen para mí, que soy forastero.
¡Qué miseria la de Galicia!
Cuando por las noches llego a una de esas pocilgas que ellos llaman posadas y pido por Dios un pedazo de pan para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me contestan que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que desde que estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo un poco de lo que llaman aquí broa y unos desperdicios de cañas, usadas para camas de los caballos; me duelen todos los huesos desde que estoy en Galicia».
Elaboración propia sobre los registros de exportaciones (A.G.I..
Anuario de Estudios Amirlc: arws
PLAZAS DE DESTINO DEL METAL PRECIOSO (PORCENTAJES SOBRE EL METAL IMPORTADO) |
Como bien dice Ismael Teste, el primer maestro que tuvo Cuba fue al mismo tiempo su primer sacerdote; 1 pero esta afirma ción la debemos someter a un mínimo análisis.
Efectivamente, hasta el siglo XVIII, en que el objetivo principal y a veces único de la enseñanza era la doctrina cristiana, educación y clero fueron dos términos en estrecha relación; tal vez por esta razón el espíritu de caridad haya presidido la labor educativa incluso hasta nuestros días, y también ha destacado más el elemento vocacional que el profesional en el ejercicio del magisterio.
La Ilustración señaló como fin del proceso educativo no ya la salvación del indi viduo, sino la perfección del hombre en la tierra mediante el mejoramiento de sus condiciones económicas y sociales; es decir, como afirma Dorothy Tanck Estrada, la esperanza estaba puesta en el progreso más que en Dios.
2 Las Cortes de Cádiz añadieron a las ideas ilustradas nuevos conceptos democráticos que hicieron variar la concepción de la enseñanza religiosa.
Durante el siglo XIX las notables diferencias entre los gobiernos absolutistas y liberales primeros, así como entre modernos'y progresistas después, unidos a la fe de los liberales en que por la vía de la educación se podrían conseguir buenos ciu dadanos, fueron causas que justificaron hechos tan extremos como delegar el Estado en la Iglesia todo el peso de la enseñanza pú blica gratuita, a prescindir de las órdenes religiosas y aumentar la participación del Estado en la educación, mediante el control de
letras -dicen-es evidente, y la justifican porque es imprescin dible para adquirir conocimientos de la religión.
¿Es conveniente el estudio de filosofía y teología? -se preguntan en segundo lugar-.
Aunque no tan necesario como las primeras letras --con testan-, es indispensable para los que se dediquen a la carrera de las letras.
Reconocen que a veces se ha mirado como perjudicial a los intereses del Estado el que demasiado número de personas se aplicasen «al estudio de las ciencias por distraerlos de �tras ocupaciones útiles»; pero justificaban su enseñanza con una nueva pregunta: ¿Cómo ha de ser maestro el que no ha estudiado? para concluir dando carta de naturaleza a la participación de los reli giosos en la docencia al afirmar que «La experiencia constante de que de la instrucción del clero se deriva la instrucción pública... es la que dio lugar al estableci miento de los seminarios conciliares... ».
En tercer lugar se preguntaban:
«¿Convendría utilizar en la enseñanza a los religiosos mora dores en sus conventos, aun cuando no estén obligados por leyes de j usticia?>>.
Esta cuestión es sencilla -opinaban-, pues «La Ley de Indias que manda se edifiquen monasterios donde sean necesarios para la enseñanza de los naturales no tuvo por oh j eto la precisa de las verdades de la Religión... en las Misiones no se limitaban a instruir a su grey en las verdades de la Reli gión... los principios de orden, ideas de cultura, policía, conoci miento de las artes y oficios, la de la economía dom�stica y los intereses de la agricultura, todo entraba en su plan... ».
3 4 ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ Desde Madrid no sólo contemplaban como útil la participación de los religiosos en la enseñanza, sino que les facilitaban todo an programa de actuación educativa, siempre y cuando se considera sen como misioneros permanentes.
No tenían inconveniente las autoridades de la Corte en elo giar la labor educativa de cualquier religioso porque -decfan había de ser más fructuosa que la de cualquier secular:
«Ellos, por lo común, deben tener mayor instrucción, su con ducta se observa más de cerca jlor los superiores; y como están más acostumbrados al orden y a la disciplina deben ser más arreglados en su conducta y costumbres)>.
4 Pero en esa alabanza se trataba de una exposición de deseos m, fa que de justificar una serie de conductas.
Vamos a dedicar unas líneas, a continuación, a analizar las cualidades del clero de la isl n cubana para sacar posibles conclusiones de su repercusión en la enseñanza.
En cuanto a vocaciones religiosas e] primer problema que se nos presenta es el de su escasez en aquel territorio.
Ismael Teste nos plantea el círculo vicioso que se ha querido encontrar en torno a esta materia: <<no hay vocaciones porque no hay instruc ción religiosa y no hay instrucción religiosa porque no hay vo caciones».
5 Sea por lo que fuere, la realidad es que a pesar de fun cionar dos seminarios, el de San Carlos en La Habana' y el de San Basilio en Santiago de Cuba, apenas proporcionaban clérigos para cubrir las vacantes de los religiosos seculares; en cuanto a los regulares, en su inmensa mayoría, eran procedentes de España.
ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ Sobre los estudios que se practicaban en dicho Seminario, decía: «...
La Sagrada Liturgia, la Escritura, los Santos Padres, la Teología Escolástica y lugares comunes de sus argumentos, que son propiamente las disciplinas eclesiásticas de que el concilio desea imbuir a los que se eduquen en sus seminarios... no habían tocado aún a la puerta del nuestro y el Moral y los Cánot1es c � ñidos; el primero a u na lección semanaria y los segundos a un maestro, ya se ven el progreso que podían tener... n.
Con respecto al número de seminaristas, sobre los doce de la primera dotación dice el gobernador haberse aumentado en seis «a reserva de completar 24»; es decir, tan sólo contaba con 18 seminaristas.
7 ¿Cómo era el clero que llegaba a Cuba procedente de España?
Si nos guiamos por la información facilitada por Ismael Teste dejaba bastante que desear «... y si bien es cierto que los hubo buenísimos y en extremo sacrificado, no es menos cierto que otros, aunque no eran presi diarios, salieron de España en busca de fortuna, y la gran facilidad con la que los obispos les dejaban salir demuestra q ue se q uitaban al marcharse ellos un g ran dolor de cabeza de encima>>.
8 Numerosos documentos encontrados en los archivos avalan la opinión de Teste.
Todavía sin finalizar el siglo XVIII -1787-, en una visita que realiza el obispo de Cuba al hospital de San Juan de Dios de La Habana, y que incluimos aquí porque muchos de los defectos que encuentra pasaron al siguiente siglo, cuenta al rey, en un extenso documento del que resumimos lo que con sideramos más importante, que ha advertido: desórdenes en la administración de sus temporalidades; abandono en la curación de los enfermos, principal misión de estos regulares; abandono en la vida interior de los clérigos, no hay oración ni ha habido hasta ahora refectorio, muchos de ellos comen en sus casas, y toman el alimento en monedas, tienen propio peculio, y hasta fincas, «sin que conste en el archivo porque éste es imaginario»; el hospital es albergue de juegos de envite «' y alguno de sus miembr�s ha tenido aliento de ser administrador de una casa pública de éstos»; viven algunos «extraclaustra» y hasta ha llegado el caso de pasar enfermedades en casa de sus «barraganas»; salen solos de día y algunos de noche en trajes seculares; en fin, no tienen otro actd religioso que la asistencia a las enfermerías... <<a que no concu rren siempre».
El prelado concluye diciendo: «estos desórdenes exigen reforma... y que se reduzcan estos religiosos al contenido de la ley V tít.o 4.o, lib. l.o de las recopilaciones de es tos • 9 remos... ».
La llegada de Juan José Díaz de la Espada, hombre enérgico, al obispado de La Habana, en 1802, supuso muchos e importantes cambios en la vida del clero.
El expediente sobre la visita que realizó por su diócesis, durante 1803, 1804 y 1805, es un intere• santísimo documento porque hace un relato de cómo se encon traba la Iglesia en la isla a comienzos del XIX.
Acusa, el prelado, a muchos eclesiásticos de sus vidas y costun1bres.
Igualmente censura al arzobispo de Cuba por proteger a todos aquellos que él acusaba, sin guardar orden, ni forma de derecho, usurpándole su jurisdicción al excederse en los límites de la propia.
10 Franciscanos, dominicos, capuchinos, betlemitas, agustinos..., todos se quejaban de los procedimientos adoptados por el obispo ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ Espada, por las vejaciones que causaba a los religiosos de stis, órdenes.
11 Tal cúmulo de documentos, contrarios al diocesano, llegaron a la Corte que, fiscal y Consejo de Indias, propusieron al monarca, en 1817, como así ordenó, que se mandara a aquel prelado que tratara a dichos religiosos con la suavidad que le es taba prevenida.
12 Anteriormente, el 14 de abril de 1815, contestando al Mí nisterió Universal de Indias sobre las denuncias que había hecho el vicario provincial de las dos Castillas de los capuchinos, el 1 obispo de La Habana decía no hacer otra cosa que cumplir con su deber; que se había tratado de disponer el ánimo del rey contra él con quejas infundadas, en parte inciertas y en parte silenciando las causas Y circunstancias por las cuales había dado aquellas dis posiciones generales y gubernativas en la diócesis.
Aprovechaba la ocasión para exponer ante la Corte:
«Los abusos e inconvenientes que resultaban de las repetidas y largas mansiones de los regulares en los campos y pueblos cercanos, que llegan regula res de otros obispados sin licencia, sin contar para nada con él..., la falta de disciplina monástic� la falta de observancia de la vida claustral...».
No s6lo el obispo se lamentaba de la falta de disciplina de los religiosos.
En carta remitida a la Corte, por el gobernador de La Habana, el 7 de noviembre de 1803, exponía la conducta rela-jada que se observaba en muchos de los franciscanos, concreta mente, que iban de la península, expresando que, para ser así, convendría más no enviar ninguno.
El Consejo, en pleno de dos salas, «después de madura reflexión», reconocía que aunque por las leyes y den1ás disposiciones se hallaban prevenidas las buenas cualidades que debían adornar a los religiosos que se colectasen para las misiones de Indias, pasaban no obstante a ellas muchos que en lugar de edificar destruían y escandalizaban con su ejemplo.
Entre las causas de este gravísimo mal, decían encontrarse: la fragilidad humana, la negligencia de los comisarios generales y «... principalmente en la aversión con que miran los provin ciales y prelados locales de España estas colectaciones dando informes engañosos a los colectadores para retener a los religiosos que son de vida y costumhres probadas y descartar de sus con ventos a los díscolos y relajados...
Si en todos los colectados pu diera verse su corazón se hallaría que van impelidos o de un di..,_ gusto con sus superiores o de un tedio de la vida que profesan o finalmente del reprobado deseo de disfrutar mayores comodidJ. des y lograr premios para saciar su ambición... )>.
Se llegó a plantear la duda, en el Consejo, de si serín preciso abandonar el envío de religiosos europeos y dejar despoblados los conventos y colegios de misiones, desapareciendo las conversiones; o por el contrario someterse a pesar de estos inconvenientes que, «... aunque graves, eran infinitamente menores que los que resultarían de dejar tantas almas en las tinieblas del paganismo o en la privación de los consuelos de nuestra Santa Religión».
Hallaba, el Consejo, que aunque fuera cierto que muchos misio neros se corrompían y escandalizaban con su conducta, hahía gran exageración en esto, por un lado, y de lo cual t€nían buenas pruebas de ello; y por otro, que producían 10 ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ aun cuando las costumbres no sean tan puras como se pudieran desear... ».
La conclusión final fue de que era preferible tolerar el inconve� niente de que algunos salieran «de mala vida y costumbres» por el peligro de peores males.
14 Malas consecuencias se podían derivar, indudablemente, de una rigurosa selección en una tierra donde había un corto nú mero de clérigos.
Aunque la isla de Cuba, en el siglo XIX, no estaba considerada como tierra de misión, en el sentido amplio de la palabra, como de expansión religiosa, de conversión de pa ganos al cristianismo, sí que necesitaba de abundantes «operarios» que proporcionaran el alimento espiritual a su cada día más nu merosa población.
Entre las tareas que más demandaban del clero los cubanos estaba, sin lugar a dudas, la de la enseñanza, labor que no siempre podían realizar por la escasez de personal.
Excelente enclave geográfico, zona de paso hacia otros puntos del Nuevo Mundo, en La Habana hacían escala un elevado número de religiosos en su largo viaje desde la metrópoli al continente americano o a la inversa.
En 1819, dos religiosos franciscanos que desde la península iban destinados a enseñar las primeras letras en Guatemala, Ambrosio Giménez y Fernando Martínez, fueron retenidos por el gobernador, en la capital de la isla antillana, para que, se ocuparan igualmente de la docencia tanto en aquella ciudad como en la villa de Guanabacoa, cuyo Ayuntamiento lo había solicitado anteriormente.
15 Que los religiosos pudieron y debieron hacer más en el campo de la instrucción pública en Cuba está fuera de toda duda, pero no es menos cierto que fue muy grande su aportación a la cultura.
Si, como hemos visto, la conducta de muchos era merecedora al menos de amonestación, también abundaron aquellos cuyos mé ritos estaban oscurecidos, a la sombra de su moderación y sus virtudes.
Para premiar a estos últimos una real orden, de 3 de octubre de 1816, mandaba a los arzobispos y obispos de aquellos dominios que remitieran anualmente, por la vía reservada, listas de todos los eclesiásticos que se distinguieran por sus luces, por su ministerio, por su caridad.
Por otro real decreto, fechado en Madrid el 13 de junio de 1819, el Ministerio de Gracia y Justicia, volvía a mandar a todas las personas constituidas en dignidad: arzobispos, obispos, rectores y cancelarios de las universidades, remitieran a la ma' yor brevedad posible listas, tanto de seculares como de regulares, que por su virtud y mérito debieran ser coloca dos en las prebendas y dignidades eclesiásticas. «... dando preferencia a los párrocos que más hubiesen sobre salido en el cumplimiento de _ sus obligaciones, instruyendo, am parando y auxiliando a sus feligreses, interesándose en la educa ción de los niños de sus respectivas parroquias a los catedrá ticos de universidades y seminarios que mejor hubiesen llenado d t.
Después de varios siglos en los que la labor sacerdotal había tenido un prestigio que rara vez fuera sometido a tela de juicio, en la centuria decimonónica los religiosos estuvieron expuestos a los fuertes vientos de la política imperante: con los gobiernos absolutistas de Fernando VII gozaron de protección; pero, en las épocas constitucionales, de gobiernos liberales y más si eran pro gresistas, fueron duramente criticados, reducidos, perseguidos y algunas órdenes incluso eliminadas.
De las Cortes de Cádiz, por ejemplo, se quejaba Juan Bernardo O'Gavan, canónigo doctoral y provisor vicario de la catedral de La Habana y diputado por aquella provincia, de que ÁNGEL HUERT /', MARTÍNEZ «... en el Congreso por sostener la justicia cuando se hacía una guerra cruel al estado eclesiástico, sufrió una violenta per secución...
La feliz llegada a V.M. puso término a los males que afligían a sus vasallos... >).17
Efectivamente el retorno del monarca daba seguridad al esta mento eclesiástico y garantizaba su participación en la enseñanza.
Una real cédula, de 20 de octubre de 1817, ordenaba el estable cimiento de escuelas en todos los claustros de regulares, de ambos sexos, para la docencia a niños y niñas pobres.
Por razones econó micas y políticas, Fernando VII, prefirió confiar la educación y el aprendizaje de las primeras letras a las órdenes religiosas.
Una Comisión nombrada por el capitán general de la isla y el obispo de La Habana se encargó de establecer los diálogos necesarios, con los prelados de los conventos de regulares' y su• periores de los monasterios, con el fin de dar cumplimiento a lo mandado en octubre de 1817.
En la capital habanera, en enero de 1819, se abrieron colegios para niños en los conventos de: Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y La Merced; para niñas, en los monasterios de Santa Clara, Santa Catalina y Santa Teresa.
Habría también, según comunicaba la Sociedad Patriótica de dicha ciudad, «escuelas caritativas» en todos los pueblos de ese obispado donde existiesen conventos de regulares.
18 La colaboración de algunos miembros del clero indígena a favor de la independencia de las colonias -Morelos e Hidalgo en México, por ejemplo-, debió de ser la causa por la que en la Corte se mirara con recelo el hecho de que participaran en asuntos políticos sacerdotes de ultramar.
Y a hemos visto cómo Bernardo O'Gavan se quejaba de la persecución a la que decía ser sometido por el Congreso de las Cortes de Cádiz.
La isla cubana, enclave intermedio entre Europa y las colo nias hispanas, era terreno bien abonado donde podían fructificar las semillas del separatismo.
Obligación de España era velar por su integridad territorial, por lo que no podía permanecer en silen cio ante el intento, por parte de algunos religiosos, de sembrar las ideas de la independencia.
En 1816, el gobernador de La Ha bana comunicaba a la Corte lo peligrosa que era la permanencia en aquella isla de fray Francisco de Paula Chacín, de la orden de la Merced, por sus antecedentes: natural de Caracas; había pre dicado dos sermones, uno en dicha ciudad y otro en el pueblo de La Guayra, con motivo de la instalación de la Junta Revolucio naria «profiriendo expresiones sediciosas para atraer a incautos, especialmente a la gente de color... para que odiasen a los eu ropeos»; trasladado a Santo Domingo, el gobernador de esta isla, lo consideró emisario de los insurgentes por lo que lo envió al capitán general de Cuba quien, a su vez, lo remitió a Cádiz, donde fue juzgado el 18 de marzo de _ 1811.
El gobierno de la Regencia ordenó fuese trasladado al convento de su orden en Mallorc:1, sin que pudiese volver a ningún territorio de América.
Ocultando estos antecedentes, solicitó al Consejo, desde Barcelona, el 24 de diciembre de 1815, licencia para poder embarcarse, acompañando el permiso del general de su orden, cuya gracia se le concedió el 12 de enero de 1816.
El gobernador de La Habana, viendo sus antecedentes sediciosos, mandó al prelado de su convento que observase su conducta hasta que el monarca resolviera, añadien do que «... semejantes sujetos no pueden estar en un país tari quieto como aquél sin correr riesgo la tranquilidad públican.
19 Una ley, sancionad. a el 25 de octubre de 1820, alteró durante el Trienio Liberal el sistema establecido; por ella,.se suprimían 19 A.G.I., Ultramar,:3.
De acuerdo con el dictamen del fiscal y el del Consejo, la Corona resolvió remitirlo �con el del), ido decoro» al convento de Mallorca para que cumpliera la sentencia que le estaba impuesta. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es los monasterios de las órdenes monacales hospitalarias de San Juan de Dios y Betlemitas, al tiempo que se ordenaba el arreglo de los conventos de los regulares.
Los hospitales y las escuelas de primeras letras se encomendaron a los ayuntamientos de las locali dades respectivas, los cuales tenían que proponer los arbitrios que consideraban más idóneos para su subsistencia, dando cuenta a la Corte, previo informe de la Diputación Provincial y del gobernador capitán general.
20 Las quejas desde algunos sectores no se hicieron esperar.
En Santiago de Cuba, su síndico procurador general, Tomás Creagh, exponía a la Corona los perjuicios públicos que podían dimanar de la supresión del hospital de los betlemitas, establecido en aquella ciudad; el desconsuelo del pueblo por «... haberse desplomado... el único asilo de la humanidad doliente que existía... con escuelas de primeras letras, debido a la caridad, industria y desvelo de cuatro laboriosos operarios... }).
Con respecto a los arbitrios oportunos que debía proponer el Ayuntamiento para restablecer el hospital y la enseñanza, expre saba, dicho síndico, «no alcanzar cuáles sean capaces de reempla zarlo» por cuyo motivo suplicaba recobrar a la mayor brevedad posible el consuelo de verlo restablecido, porque mucho lo necesitaba.
21 Con las casas y bienes de los conventos suprimidos, se debía formar, según la mencionada ley, un crédito público cuyo objeto sería la extinción de la deuda nacional, por medio de las ventas que en pública subasta se hicieren, con arreglo a los decretos de las Cortes.
Con la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y la consiguiente vuelta al poder absoluto de Fernando VII, se des hacía lo implantado en los tres años anteriores, volviendo el mo narca a depositar su confianza en el clero en cuanto a la instruc ción pública se refiere.
Por ello, el 25 de marzo de 1824, se orde naba a las autoridades que se excitara de nuevo a los religiosos para que dirigiesen y costeasen escuelas gratuitas.
Fruto de la política belicista del bando liberal fue la segunda supresión de las órdenes religiosas, en 1836-1837, con objeto de cubrir con sus bienes, entre otros fines, parte del déficit nacional.
Con respecto a Cuba, su capitán general -Miguel Tacón-, pro ponía al Supremo Gobierno, a través del Ministerio de Hacienda, que se adoptasen las normas, consideradas más útiles, para la continuación de los establecimientos piadosos o de instrucción pública que estuvieran a cargo de las comunidades religiosas.
Debían conservarse, en su opÍnión: a todo trance, el convento hospital de caridad de San Juan de Dios; también eran conve nientes los conventos de franciscanos y el de misioneros capuchi nos; recomendaba fervientemente a las monjas ursulinas, porque además de estar dedicadas a la enseñanza -decía-, eran dignas de elogio por sus virtudes y pobreza.
Con respecto a la instrucción pública de los niños, sólo se dedicaban, por estas fechas, a la primera enseñanza los betlemitas y a la universitaria los domini cos; pero el concepto que sobre la labor de estos religiosos teníai el gobernante no sería muy bueno cuando comunicaba a dicho Ministerio:
Una ley sancionada en 30 de enero de 1838 disponía que la isla de Cuba debía contribuir a los gastos extraordinarios de la guerra (Carlista) con un subsidio de dos millones y medio de pesos y otros dos por cuenta de la enajenación de los bienes de los reguiares.
Una Junta integrada por dos miembros de cada uno de los organismos principales de la isla sería la encargada de recaudar estos impuestos.
23 El artículo 7.o del decreto de 30 de enero prevenía que no se procediera a la enajenación de los bienes de los conventos que en todo o en parte estuvieran dedicados a la beneficencia o a la instrucción pública, a menos que fuera imposible obtener de J.os otros los dos millones decretados; por esta razón, la primera labor de la Comisión de liquidación de los bienes de los regulares debía ser examinar la forma en que podrían separarse los que habrían de servir a la expresada enajenación hasta completar con sus bienes dichos dos millones.
24 Posteriormente, el gobernante Espeleta, en nombre de la Comisión, informaba a la Corte que la enajenación de los bienes de los conventos, aunque se hiciese en los términos más favo rables, no daría al Gobierno la cantidad señalada; y que produ ciría a aquellas Cajas Reales un gravamen anual, con disminución de los situados que se remitían a la península, si hubieran de cum-plir con las obligaciones y cargas de los establecimientos de bene ficencia e instrucción pública, así como la subsistencia de los reli giosos que también tenía que ser atendida.
La enajenación no sería realizable -en opinión de la Comisión-, sino en una mínima parte y que distaba mucho «de llenar los deseos del Gobierno».
Proponían proceder a la venta de los bienes de los betlemitas exclusivamente, por estimarse en algo más de dos millones de pesos, cantidad aproximada a la designada por la ley, si bien insistían que bajarían los precios cuando se tasaren y mucho más en la subasta pública.
25 Mala época corría para que las autoridades de Madrid frenaran su proyecto de enajenación.
El apoyo decidido de la Iglesia a la causa carlista generará una creciente oleada anticlerical, fomentada o al menos permitida por los progresistas en el Gobierno.
La des amortización siguió su cauce para poder cubrir, entre otros bene ficios, «las urgentes necesidades» de la guerra, aunque de ella no se obtuvo en la isla, como ocurriera en la península, el fruto que se esperaba.
26 Las tensiones Iglesia-Estado llegaron hasta tal extremo que las relaciones entre España y el Vaticano se rompieron.
27 La ense ñanza en la isla de Cuba, con la supresión de las órdenes religiosas, sufrió algunas consecuencias al no contar los ayuntamientos que en teoría se debían de hacer cargo de la misma, con los medios económicos y estructurales necesarios que el tema requería.
Veamos a continuación los efectivos con que contaban las órdenes religiosas, en aquella isla antillana, en 1837: 25 Ibídem.
Una real cédula de 26 de diciembre de 1838 encal 'gaba al gobernador de La Habana que contribuyera a promover la venta de las fincas enajenadas de la Real Hacienda y las de' l clero regular.
Ezpeleta, el �O de febrero de 1839, contestaba al ministro de Hacienda que cooperaría cuanto pudiera.
Ramón, arzobispo administrador de La Habana al secretario del Despacho de Gracia y Justicia.
Dice haber recibido la orden circular de 1!l de abril de 1841 por la que fa Regencia provisional del reino previene no se use ni se permita usar de las bulas, breves, ni demás despacho9' qμe vengan de la Curia Romana sin que antes hayan obtenido el correspondiente pase del Gobierno.
ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ CONVENTOS DE RELIGIOSOS EXISTENTES
Francis-Domi-Betle-Mer-Capuchi-Agusti-Jua- La llegada al poder de los liberales moderados, en la déca<la de los cuarenta, hizo posible la firma del Concordato con la Santa Sede, en 1851, en el que se reconocía al Gobierno español el dere cho de Patronato y se daban como hechos consumados las ventas de los bienes de la Iglesia.
Se permitía, a cambio, al estamento ecle• siástico, el derecho a adquirir nuevos bienes, la dotación del culto y clero, la participación de la Iglesia en todos los grados de la enseñanza y otros beneficios.
El fruto del d: oncordato, en Cuba, se dejó sentir a partir de la real cédula de 26 de noviembre de 1852 por la que se establecían en dicha isla las siguientes órdenes religiosas: San Vicente de Paúl, padres escolapios, Compañía de Jesús y franciscanos.
En el preám• bulo del documento, la Corona, exponía las causas de su implantación:
«... carecer de pastores muchas parroquias de la diócesis de Santiago de Cuba cuyo M. Rvdo. prelado ha reclamado de mi Gobierno los sacerdotes necesarios para remediar esta dolorosa orfandad de sus iglesias; convencida además de que la educación religiosa de las clases pobres... no está atendida en la isla como conviene... confiándose la de las clases más acomodadas a manos mercenarias que frecuentemente la convierten en objeto de especu lación mercantil y aun a veces en instrumento de reprobadas y apasionadas miras políticas... y conviniendo... que la numerosa población de color, que reside en las fincas de campo, pueda re cibir en ellos la enseñanza religiosa... ».
29 El ejercicio de la docencia, una vez más, justificaba la pre sencia del clero en aquella isla antillana.
Del resto del contenido de dicha cédula, ya trataremos cuando hagamos un estudio porme norizado de las órdenes religiosas afectadas por el mismo.
La participación del clero en la formación de la población cubana está fuera de toda duda aunque, en algunos momentos o para determinadas personas, fu.era negativa.
Pero veamos, por últi mo, cuál era la opinión de la Corte a este respecto.
Si bien es cierto que el Gobierno del Estado, cuya primera cabeza dirigente -la Corona-, ostentaba el título de Católica Majestad, tradicionalmente venía dejando el control moral de la sociedad en manos de la Iglesia, cuando los resultados no sean los apetecidos, no tendrá inconveniente en someter a un severo análisis la actuación de los religiosos.
Veamos un ejemplo que nos aclare esta afirmación.
El general Concha, el 15 de marzo de 1851, remitía a la Corte su célebre «Memorial» en el que exponía que la instrucción primaria estaba en estado lamentable.
El 24 de mayo del mismo año, un oficial del negociado de la Gobernación de Ultramar «en te ndía» que la postración de la enseñanza en Cuba, descrita por el gobernador, la falta de asistencia de los alumnos, el reducido número de escuelas existentes, etc., no dimanaban tan sólo de la carencia de fondos sino que provenía, en primer lugar, del estado de la moralidad de aquella provincia ultramarina, por lo que se debía.
(< •• • com'eruhía recoger datos sobre las costumbres del cle ro... que arrojen algunas luz... y a que no ha sido tocado e�te delicadísimo p unto en el informe del gobernador sobre el estado de la o p inión p ública en la isla...
Posiblemente el Plan vigente desde 184-2 va y a descubriendo im p erfecciones q ue reclamarán urgente remedio».
La duda sobre la influencia positiva del clero en la sociedad cubana debía de ser compartida por muchos en la Corte cuanJo la real resolución fue, como proponía el oficial en su nota, qua se pidiera a Gracia y Justicia un informe razonado de los cincuenta años del siglo de cuantos datos hubiera sobre costumbres del clero de Cuba y de su cooperación en las escuelas de primeras letras: igualmente, se les pedía su parecer, acerca de la participación que en un futuro pudiera darse al estado eclesiástico en instrucción..
Gracia y Justicia, en contestación a Ultramar, de 13 de mayo de 1852, remitía el dictamen del Consejo Real en el que decía que en su archivo no se encontraba expediente que contuviese reglamento ni disposici6n general sobre instrucción primaria en Cuba, hallándose tan sólo algunos documentos sobre estableci mientos de escuelas en varios pueblos de la misma; que tampoco se encontraba nada sobre costumbres del clero de aquel país, por que de instruirse algún expediente hubiese sido por la vía resen vada; por último, su Consejo, se abstenía de sentar bases sobre las que cimentar la enseñanza de las primeras letras en dicha 4Sla por pertenecer al de Ultramar determinar la participación que en la misma debía tener el clero.
La resolución final, ante la falta de datos en la Corte, fue solicitar al capitán general de la isla, en 15 de julio de 1852, que 500 Anuario de Estudio., Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es informase nuevamente sobre el punto priÍ1cipal de arreglo de la instrucción <<con la debida separación» bajo los tres a6pectos: moral o religioso, de interés social y económico de actualidad, adjuntando los pareceres de la inspección de estudios y de otras autoridades de su gobernación.
30 En Madrid se juzgaba que una posible causa del «lamentable» estado de la instrucción de la isla podría ser las malas costumbres del clero cubano.
Los religiosos, por su parte, como efecto de rebote, culpaban a las autoridades de los defectos morales de aquella población.
Bajo esta perspectiva se comprenden fácilmente las palabras de Ismael Teste, eclesiástico cubano de nuestro tiempo, cuando dice:
«Para muchos cubanoR decir Religión Católica y Gohicmo Español era la misma cosa, y las consecuencias de esta confusión fueron fatales en muchísimas cosas para la verdadera formación cristiana del cubano y a que la conducta de los gobernantes en muchos casos no correspon. día a sus principios religiosos».
31 novación de algunas órdenes y de instalación de otras nuevas como escolapios, San Vicente de Paúl, etc.
3.o) Pocos se dedicaron a la enseñanza de las primeras letras de una forma habitual.
Dominicos, franciscanos y jesuitas apor taron una mayor labor a lo que hoy consideramos como segunda: enseñanza.
4.o) Todos los religiosos, sin excepción, decían dedicarse a la instrucción pública aunque ésta sólo consistiera en la doctrina cristiana, catecismo, principios de orden, formación de novicias, etc.
La orden religiosa hospitalaria de los betlemitas, vulgamente llamados belemitas, fue fundada por el venerable tinerfeño Pedro de San José de Bethencourt, en Guatemala en 1655.
Pronto pa saron a esta isla antillana en la que, a comienzos de la centuria decimonónica, contaban con dos conventos: uno en La Habana y el segundo en Santiago de Cuba.
Tratamos, en primer lugar, de esta orden, porque sin lugar a dudas ellos fueron los que más se dedicaron a la enseñanza de las primeras letras, y a veces fueron los únicos.
1.-Los betlemitas en La Habana
La Casa de Convalecencia de Belén, en La I-iabana, fue la segunda de las fundadas por esta orden (la primera se estableció en Guatemala), para socorrer a todos aquellos que salían del hos pital sin terminar su curación.
A las gestiones del obispo Compos tela, en 16 9 5, se debe su instalación en la ca pi tal habanera, siendo fray Francisco del Rosario y fray Julián de San Bartolomé los pri-502 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es meros religiosos betlemitas que llegaron a la isla, en 1 704, y que fueron hospedados por dicho prelado en su casa de la Huerta de San Diego.
El benefactor principal de este convento y hospital de Belén fue Juan Francisco Carvallo, alférez de milicias y rico mercader, quien compró todas las casas de la manzana para que se pudiera edificar en ella la iglesia y la casa de los religios y s. Muerto Carvallo, en 1718, el obispo -Jerónimo V aldés-, co, iguió de la Corona (a pesar de la oposición del capitán general Guaso Calderón), que todos sus cuantiosos bienes fuesen destinados a continuar la obra de los betlemitas.
32 La actividad de estos religiosos estaba al servicio de la co munidad: de la iglesia y oficios divinos pasaban al hospital y de aquí a las escuelas u otras oficinas y empleos donde de nuevo �e ejercitaban en la caridad pública.
Tanto en el hospital como en la escuela de los betlemitas de La Habana se admitían «a toda clase de individuos blancos, pardos y morenos, de cualquier condición y estado, sin exclusión de mi serables» pero estaban «con la debida separación».
Refiriéndose a la educación de los niños «de color», el obispo de La Rabanal, comunicaba a la Corte que no eran ciertos los datos dados por José de la Luz Aguiar de que no se admitían los negros en las escuelas de los blancos puesto que entraban en varias y principal mente en las de los betlemitas.
33 Según las cifras de la única esta dística que disponemos en la que figuran los alumnos separados por «color », la de 1783, el 72'83 % eran blancos y el 27'17 % res tante de pardos y morenos.
No hay razones que nos lleven a pensar que variase mucho esta proporción en el siglo.
XIX por lo que podemos deducir que de cada cuatro alumnos, tres eranl blancos y uno «de color».
Una real cédula de 17 de julio de 176 f mandaba que los varones expósitos se pusieran en el hospital de f os betlemitas cuan- do cumplieran los cinco años para que aprendieran las primeras letras; pero esta orden, no se llevó a cabo.
Los locales escolares del convento consistían:
«... en un salón muy largo, que se compone de cuatro piezas, quitadas las divisiones donde había copioso número de muchachos escribiendo...
Fuera del salón había dos claustros todos llenos de. escolares, con tfes maestros religiosos belemitas (sic)... ».
34 En cuanto a los alumnos asistentes a estas escuelas es difícil precisar su número exacto puesto que, como manifestaba su vice prefecto en 1795, no llevaban «libros de asientos», pero sí pode, mos afirmar dos cosas: primera, que al finalizar el siglo XVIII tenían casi tantos discípulos en sus aulas como juntos todos los de las demás de La Habana (incluso más, según la opinión de su viceprefecto); 35 segunda, que a lo largo de la decimonona centuria, su número de alumnos, fue disminuyendo hasta la total desapari ción de la orden en 1841.
Veamos los datos de que disponemos y que avalan los asertos anteriores:
En 1783 asistían al centro betlemita 552 niños distribuidos En 1819, en un estado de cuentas que presentaba el convento hospital de Belén en La Habana desde 1784, después de manifestar los que entraban al año en la convalecencia, lo que gastaban, dietas, número de muertos, etc., hacían una serie de advertencias, de las que destacamos la cuarta, en la que expresaban que d convento sostenía «... una escuela de primeras letras, con la mayor brillantez, regentada por los mismos religiosos, a la que asisten diariamente como 400 niños... ».37
La disminución de escolares en las aulas betlemitas en esas fechas -1819-debió ser consecuencia de la real orden de 20 de octubre de 181 7 por la que se establecían escuelas caritativas en otros conventos de la capital.
Reanudada su tarea después del período de supresión de la orden, durante el Trienio Constitucional (1820-1823), la matrí cula volvió a sufrir otro descenso considerable.
En 1825, el vice presidente del convento exponía el siguiente estado de sus escuelas, en cuanto a número de alumnos: En 18 3 7, según el inf arme de la Capitanía General de la isla, elaborado con motivo de la orden de supresión de las comunidades regulares, entre las cargas de los betlemitas figura:
«Un escuela gratuita ele primeras letra:,, para la cnsenanza de más de:200 niños... )).39 Además de la enseñanza de la lectura y escritura hubo alguna época en que impartieron clases de aritmética y ortografía; así, en 1795, «había más de cuarenta» niños que se beneficiaban de estos aprendizajes.40 Igualmente nos consta que, en 1817, la Sociedad Económica de La Habana estaba dando los pasos oportu nos para poder establecer una escuela gratuita de matemátic�s en el convento de Belén; pero, a raíz de la disposición de la Corte de que se pusieran escuelas en todos los claustros de regulares para la enseñanza de niños y niñas pobres, estimó oportuno, dicha Sociedad, esperar al cumplimiento de esta orden.
Sobre la ense ñanza de las matemáticas en el mismo, nunca más se volvió a hablar.
41 Nada hemos encontrado que nos permita hablar de la metodología empleada por estos religiosos; tan sólo que practicaban los niños seis diferentes clases de letra.
Nos sorprende que enseñasen por separado la lectura de la escritura; suponemos que el conoci miento de la primera debía preceder a la adquisición de destrezas que hicieran posible el dominio de la segunda.
Si observamos detenidamente la estadística de 1783 los blan cos asistían en mayor número a las clases de escribir y contat' mientras en pardos y morenos ocurría lo contrario, esto nos1 muestra el mayor nivel cultural de los primeros.
A todos los alumnos, sin excepción, se les suministraba gra tuitamente la tinta por lo que era denominada «de gracia»; a los considerados como muy pobres, les socorría el convento &in doles todo lo necesario para su enseñanza: plumas, papel, libros, etc.
El convento hospital de Belén tenía una situación privilegiada y disponía de una gran capacidad por lo que los autoridades civiles, en las épocas de supresión de la orden, siempre contaron con este edificio para otros usos.
En septiembre de 1820 la Diputación Provincial de La Habana solicitaba al gobierno constitucional de Madrid, que se alojara en él el batallón de Cataluña: «... sin perjuicio dé las salas destinadas a la convalecencia de enfermos y a la enseñanza de primeras letras..., )).
42 El capitán general Nicolás Mahy, en abril de 1821, dirigía al Gobierno Supremo la propuesta de la Diputación Provincial habanera de que se destinara el convento de los extinguidos betle mitas para establecer en él la universidad provincial.
La Comisión de Educación nombrada a este efecto, por dicha Diputación, ex ponía en su informe que debiendo establecerse en La Habana una universidad, según el proyecto. del Plan General de Enseñanza Secundaria presentado a las Cortes, se necesitaba un edificio bas tante capaz y sin dependencia de ninguna corporación extraña «... como la tiene -añadían-actualmente con tantos defectos en el con vento de Santo Domingo n.
Fundaba la Comisión su dictamen en el artículo 132 de dicho prdyecto que facultaba al Gobierno para reservar con este fin cualquier edificio de las extinguidas comunidades monacales.
43 ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ El real decreto de 1 de octubre de 1823 por el que se anulaba todo lo hecho «en el llamado sistema constitucional>> hizo que volviera la orden betlemita a su actividad normal, en el expre sado convento.
Hasta 1841 en que desapareció la orden, los betlemitas im partieron enseñanza primaria en su convento.
Ya veíamos cómo, en 1838, el capitán general Miguel Tacón exponía a la Corte que erari los únicos religiosos que se dedicaban a esta tarea, pero tam bién añadía que no los consideraba necesarios por sobrar colegios de instrucción primaria; sin embargo, sabemos, que para evitar los daños que supondría el cierre de estas escuelas, la Superinten dencia de la Real Hacienda en La Habana, hasta 1849, las subven cionó con 9.497 pesos al año, y a partir de esa fecha con 6.000 pe sos anuales, pagados a la Inspección de Estudios a razón de 500 mensuales.
44 El amplio convento de Belén, desaparecida la orden, fue ocu pado para diversas dependencias oficiales.
En 1854 la Compañía de Jesús estableció en él su colegio.
2.-Los betlemitas en Santiago de Cuba
Por una real cédula de 29 de julio de 1756 se mandaba entre gar a la religión betlemítica un hospital con su iglesia existente en la capital de la parte oriental de la isla.
El estado del edificio era tan deporable que para poder permanecer de pie estaba apun talado.
Las rentas con que contaba eran tan menguadas -166 pe sos-que no eran suficientes para el sostenimiento de los reli giosos por lo que necesitaron ser auxiliados por sus compañeros del convento de Belén de La Habana.
Los desvelos de la comunidad betlemítica en Santiago de Cuba dieron tan buenos resultados, en el aspecto económico, que a comienzos del siglo XIX estaban en condiciones de solicitar la constr� cción de un nuevo edificio, extramuros de la ciudad, obra que no llegó a producirse.
El convento-hospital de Belén en Santiago de Cuba, aunque viejo y destartalado, era muy amplio.
Según exponía su padr� presidente al arzobispo, podía destinarse (cuando se trasladaran al que pensaban edificar) para hospital de mujeres, Casa de Recogidas de penitenciadas, Casa de Niños Expósitos y escuela de niñas, pues to que «para todo ofrecía capacidad».
45 La sala que más nos importa del recinto es la que estaba des tinada a aula de clase.
A pesar de ser «cómoda» y «de una ventilación libre» se hacía necesaria otra sala más, porf concurrir a ella 204 niños, con lo cual no contaban, o de mayor amplitud la existente, «para evitar el contagio y la opresión».• Esto sólo se podría solucionar, según el padre-presidente, con la nueva obra del convento.
46 ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ de regular, si bien es cierto que justificaba su deficiencia alegando que era «quanta permite la antigua fábrica de este convento».
Igual que ocurría en el convento de Belén de La Habana, en el de Santiago de Cuba eran admitidos tanto los niños blancos como los de color, pero separados unos de otros «por contribuir así a la decencia y la educación».
Los niños que asistían a la escuela de Belén no pagaban estipendio alguno; todos los gastos que ocasionaba su enseñanza salían de la masa general de bienes y fondos correspondientes al hospital.
Con respecto al clérigo encargado de la clase -presbí tero Correoso en 1816-, afirmaba llevar mqs de tres años sirvien do la escuela sin otra renta que los 15 pesos que tenía asignados como segundo capeJlán del hospital, si bien añadía «con la espe ranza de su premio».
El Plan de Enseñanza en este centro educativo era el siguiente:
Lectura en distintas obras, todas ellas «espirituales y de saludables máximas cristianas, políticas y morales... ».
Oraciones: por el maestro Jerónimo de Ripalda.
Doctrina Cristiana: la aprenden de memoria de la contenida en el catecismo de Ripalda.
Exámenes: todas las semanas, de catecismo, ortografía, reglas de aritmética y muestras.
Otras actividades en las que se les instruía: ayudar a misa.
En cuanto a la disciplina, según informaba el presidente de la orden y el presbítero encargado de la escuela al señor comisio nado, el trato que se les daba a los niños era «suave, prudente y moderado»; tenían para con ellos «toda la consideración que la edad recomienda» para luego añadir que no se descuidaban y cuando el caso lo requería eran fuertemente castigados «... sin el menor exceso de suerte que no se hallan en es; ta escuela aquellos instrumentos ásperos y opuestos a nuestra sahia legislación, sino los bastantes al terror y la corrección>>.
Se trataba, por tanto, de una disciplina muy severa, deduc ción a la que también nos lleva otra frase del informe en la que manifiestan no perder de vista el «sofocar y reprimir el orgullo de los niños para hacerlos humildes de corazon, según los preceptos del evangelio».
El objetivo primero que se proponía era que los niños adquiriesen buenas costumbres y modales, siendo un ele mento funda1nental para ello el orden.
Del aula no se les permitía salir, ni siquiera para hacer sus necesidades «... ni aun de dos en dos., sino uno en pos de otro regresado que sea el primero, a menos que la urgencia no dé espera, evi tando de este modo la ociosidad, pérdida de tiempo y otras consecuencias».� Las prácticas religiosas predominaban en el sistema educativo betlemítico.
Además de las lecturas piadosas, oraciones, catecismo y doctrina, aprendidos de forma memorística, inclinaban a los niños a recibir con frecuencia los Santos Sacramentos y a asistir diariamente al Santo Sácrificio de la Misa.
Cuando adquirían los conocimientos primarios en este cen tro, los alumnos que más destacaban eran encauzados para las clases de latinidad y otras superiores; aquellos niños que los betle mitas consideraban que por su corta capacidad u otros impedí-- mentas no eran aptos para estudios mayores, recomendaban a sus padres que, sin pérdida de tiempo, los aplicaran a las artes y oficios.
También debemos de mencionar aquí la gestación de un pro yecto aunque no llegara a realidad.
El 24 de septiembre de 1819, el gobernador de Santiago de Cuba, Eusebio Escudero, remitía al ministro de Gracia y Justicia el expediente promovido por su secretario, José Emigdio Maldonado, en el que se solicitaba la fundación de un hospital de mujeres desamparadas.
Proponían que pasaran a su ciudad dos fundadoras del beaterio de betlemitas de Guatemala para que ejercieran su hospitalidad y al mismo tiem po se emplearan en la educación de las niñas.49 Los sucesos polí ticos acontecidos en la península en 1820, que dieron lugar a� cambio del gobierno absolutista por otro liberal, imposibilitaron el que se llevara a efecto lo solicitado; incluso, algo peor, que se anularan las clases dadas por los betlemitas a los niños.
El Ayun tamiento de Santiago de Cuba, en 1821, lo que pedía a Su Majes tad era que se restableciera la escuela de primeras letras que existía en el convento betlemita, por considerarla de mucha necesidad.
50 Concluido el Trienio Constitucional, esta orden hospitalaria, vuelve a impartir la enseñanza.
Pero nuevos problemas la acechan: la independencia de México hace que por unos años se encuentren incomunicados con sus prelados generales que residían en la capital de Nueva España; por otro lado, a pesar de que eran varios los individuos que habían emigrado de las provincias disidentes, pre ferían domiciliarse en el convento de La Habana y no en el de Santiago de Cuba, por lo que tenían el grave inconveniente de la falta de religiosos.
El 18 de mayo de 1830, los dos prelados de betlemitas de la isla, manifestaban a la Corte estas circunstancias y solicitaban que mientras permanecieran incomunicados, se les autorizase que de mutuo acuerdo pudieran trasladar indistinta mente de uno a otro convento sus individuos, bien por tiempo de terminado o indefinido.
Solicitud que les fue concedida.
51 En la relación de bienes de los regulares, hecha en septiem bre de 1837, con motivo de la orden de supresión de los mismos, consta que en el convento de Belén de Santiago de Cuba tan sólo había cuatro individuos, todos legos.
Entre sus cargas figura el hospital de caridad que sostenían pero ya no se hacía mención al guna a la escuela de primeras letras que, tal vez habría desapare cido, por falta de personal que la pudiera atender.52
Los frailes franciscanos fueron los primeros que llegaron al Nuevo Mundo.
Ya iban en el segundo viaje de Colón.
Según co menta Teste, Diego Velázquez llevó cuatro de estos religiosos a la conquista de Cuba, los cuales se quedaron en aquella parte oriental de la isla.
53 También fue la orden de San Francisco la primera en estable cer un convento en aquel territorio antillano (en La Habana en 1576) y la que con m-ayor número de comunidades (ocho) y religiosos contaba, en el primer tercio del siglo XIX.
Las locali-dades que tenían conventos franciscanos eran: La Habana (dos), Santiago de Cuba, Bayamo, Puerto Príncipe, Sancti Espíritus, Santa Clara, Trinidad y Guanabacoa.
Después de los betlemitas es posible que los franciscanos fueran los religiosos que más aportaran a la enseñanza primaria. de los niños cubanos.
Varios testimonios apuntan hacia esta po sibilidad.
Jacobo de la Pezuela, en su Diccionario.. •J expresa que <lLos franciscanos desde que se reunieron en sus primeros conventos enseñaban las j)rimeras letras a muchos niíios de los pueblos, gratuitamente a los que pertenecían a familias indigentes, o por módico estipendio a los de las familias regularmente acomodadas».
54 Veíamos, en la primera parte de este estudio, cómo la con ducta relajada de algunos franciscanos ponía a la Corte en I� duda de si sería preferible no enviar ninguno más.
Una «madura reflexión» en el Consejo de Indias les llevaría a la conclusión de que de esas faltas, aunque graves, resultaban inconvenientes mu cho menores que los que se derivarían de dejar a las almas sin el alimento espiritual; que si bien era cierto que muchos misioneros se corrompían y escandalizaban con su conducta, también era seguro que había exageración en ello; y que, a pesar de todo, producían «utilidades muy apreciables a la religión y al Estado».
55 Trataremos, en primer lugar, de los franciscanos instalados en Guanabacoa.
Ya comentábamos que en la real cédula de fun dación del convento de San Antonio, de religiosos observantes de San Francisco de Guanabacoa, de 19 de diciembre de 1721, se acreditaba que el motivo que tuvieron los vecinos de esa villa para recibirlos en su población fue el que atendiesen a la educa ción.
Desde esa fecha hasta 1790 se dedicaron a la enseñanza de las primeras letras y de la lengua latina.
El «espíritu de división» y «la mano larga con que se concedieron las secularizaciones» redujo al convento a su absoluto abandono y por falta de reli giosos tuvo que cesar la docencia.
Aunque la disminución de efec tivos era evidente, el Ayuntamiento de Guanabacoa, a finales del siglo XVIII, reclamó al padre provincial de la orden que abriera una escuela, conforme a la obligación que contrajo; ante la negativa del prelado de San Francisco, de que sus subordinados se dedicaran a la enseñanza, por considerarla incompatible con el estado de recogimiento y abstracción que debían de tener, y alegar que prefería la recolección de operarios misioneros para las Floridas que los enseñantes, la Justicia y Ayuntamiento de la villa recurrieron al Consejo de Indias, demandando centros de ense ñanza, tanto en el convento de los franciscanos como en el de los dominicos.
56 La diferencia de criterio entre religiosos de Guanabacoa y Ayuntamiento fue la causa de que se plantearan en el Consejo si era de utilidad la enseñanza de las primeras letras, si era con veniente el estudio de filosofía y teología' y de si convendría utilizar a los religiosos de los conventos en la enseñanza.
De todp ello ya hemos tratado anteriormente.
De los franciscanos en Santa Clara sabemos que, a co1nienzos del siglo XIX, se ocupaban de la enseñanza.
Manuel Quintana, miembro de dicha orden, en 1809, manifestaba que había sido destinado como maestro de latinidad y de una escuela de primeras letras, situada en el Hospicio de dicha villa; que había permane cido en este destino cinco años, en cuyo cumplimiento había sido eficaz tanto en el ministerio sacerdotal como en el de la enseñanza.
57 No tenemos motivos para suponer que no siguieran impar tiendo docencia estos religiosos; al menos desde 1817 gue por real cédula de 1 de octubre Fernando VII ordenaba abrir escuelas en los claustros de los conventos.
La ley de supresión de regulares, de 1837, afectó al de fran ciscanos de Santa Clara, pasando todos los bienes del mismo a la Inspección de Estudios para su aplicación a la enseñanza pública.
58 En cuanto al convento franciscano de Santa María de ]os Angeles de Bayamo, fue uno de los primeros instalados por la orden en la isla ( 1582), después de los de Santiago de Cuba y La Habana.
Nos cuenta Ismael Teste que en él existió la primera escuela pública, fundada por fray Francisco Adán, con las limosn,1s del vecindario59 y que funcionaba ya a finales del siglo XVI.
Los franciscanos se encargaron de aquella escuela gracias a los bienes de la obra pía del capitán Francisco de Parada, hasta la conmuta ción de dicha obra, en 17 35, hecha a favor del convento de Santo Domingo.
Sin embargo, la orden franciscana siguió teniendo lector de latinidad durante todo el siglo XVIII y el XIX.
60 A pesar de la información de Teste, de que la enseñanza pri maria en el con ven to franciscano de Bayamo cesó en 173 5, nos consta que, en 1813, había no sólo clase de latinidad sino también dicha «escuela constitucional de primeras letras», por los padrones de la isla de Cuba, censo mandado hacer por el arzobispo.61 Suprimido en 1821, en cumplimiento de la ley de 1 de octu bre de 1820, por no tener el número de religiosos asignado,62 sería abierto en 1824 y nuevamente cerrado, en 1841, cuando contaba únicamente con dos sacerdotes.
Con respecto a los franciscanos de Puerto Príncipe (Cama• güey), no tenemos dato alguno que nos permita afirmar que se dedicaran a la enseñanza primaria.
En los padrones de la isla de Cuba, realizados por los párrocos (censo mandado hacer por ¿ arzobispo en 1813), sólo se menciona que había un convento de franciscanos con ocho religiosos.63 En 1821, como tantos otros, también sería suprimido por falta de sacerdotes.
Por el informe realizado por el jefe político de Puerto Príncipe al secretario del Despacho de la Gobernación de Ultramar, con motivo de esta supresión, sabemos que el edificio conventual, aunque bastante deteriorado ofrecía «bastante <;apacidad» para dedicarlo a «ense ñanza pública» de la que carecía esa capital.
Lo que proponía en realidad era que en él se ubicara la Universidad Provincial que debía establecerse con arreglo a los planes de las Cortes.
6 4 La orden de San Francisco contaba con dos conventos en la ciudad de La Habana: el de la Purísima Concepción, fundado en 1576 y el del Hospicio denominado de San Isidro.
La, cons trucción del edificio de la Purísima, según Teste, comenzó en 1547.
Para formar a nuevos misioneros determinaron fundar una escuela que llegó a ser de las primeras de la orden en América.
Sus estu"" dios fueron los primeros de la ciudad.
65 Aparte de esta información de Teste sólo tenemos noticias ÁNGEL HUERTA MAl(I'ÍNEZ de que se dedicaran a la enseñanza primaria a partir de enero de 1819, como consecuencia de la orden dada por Fernando VII de que se abrieran escuelas gratuitas en ]os claustros de los conventos, docencia que cesaría con los cambios políticos habidos en 1820.
Si en el primer cuarto del siglo XIX abundan las tensiones entre estos religiosos y el obispo, por problemas de relajación, secularización, etc., en la década de los treinta debían de gozar de. mayor prestigio cuando el gobernador recomendaba al ministro de Hacienda, en 1838 a los franciscanos, con motivo de la orden de supresión de comunidades religiosas, considerando conveniente que se conservaran sus conventos, así como el de misioneros capuchinos.
66 Según Teste, en 1531, llegó a Santiago de Cuba la misión que deseaba fundar la primera casa franciscana en la isla.
Tres veces fue destruido el convento en esta ciudad, pero siempre lo volvieron a edificar mejorándolo.
67 Sabemos por Bachiller y Morales que los franciscanos de Santiago de Cuba también se dedicaron a la enseñanza.
En una de las notas que nos facilita, en el cuadro de la instrucción pública de la isla, según los datos reunidos por la Sección de Educación de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, en 1836, nos dice que se educaban gratuitamente 60 niños.
68 Ismael Teste también nos facilita información acerca del convento de esta orden establecido en Sancti Spíritus.
Sabemos por ella que el padre Silvestre Alonso les dio a los franciscano6 de esta villa «... los necesarios recursos para la fundación del convento que, en el año de 1716, quedó instalado en un edificio con bastante capacidad para la comunidad y local apropiado para la escuela a la que se dedicaron desde entonces con extraordinario provecho <le los alumnos)).
69 No tenemos motivo alguno para dudar de las palabras de Teste pero, en los archivos visitados, no hemos encontrado' do cumento alguno que nos permita afirmar la existencia de tal escuela en el siglo XIX.
Como casi todas las de su orden cerró esta comunidad en 1841.
Tampoco tenemos noticias de que se abrieran escuelas en el último convento de franciscanos que nos falta por relatar, el de Trinidad, ni para dar cumplimiento a la orden de 1817.
Su aportación a la enseñanza habrá que lin1itarla también al ejemplo de sus virtudes y a la docencia del catecismo y la doctrina cristiana.
Cuando se llevó a cabo la total extinción de las comunidades religiosas en la isla, en 1841, todos los franciscanos se habían reunido en dos conventos: este de Trinidad y el de Guanabacoa; en el primero había, cuando la exclaustración, 25 sacerdotes y un hermano lego; en el segundo, 4 7 sacerdotes y 7 legos.
La mayoría salieron a las repúblicas de Centro y Sur de América, algunos quedaron en la isla, unidos a otros sacerdotes, para las atenciones de la Iglesia.
70 Veamos, por último, las referencias a la Orden Franciscana después del Concordato de 1851.
La real cédula de 26 de noviem• bre de 1852, que restablecía las comunidades religiosas en la isla, prestaba una atención preferente a los miembros de San Francisco; su punto IV expresaba:
«Siendo la clase de color... particularmente la que. habita en los campos, la más atrasada en educación religiosa y no convi.. niendo para el buen régimen y disciplina de las fincas que reciban la instrucción fu-era de ellas...
Considerando... que... para la población agrícola puede ser más a propósito los religiosos obser vantes Orden de San Francisco ( los que en mayor número había antes de la supresión de los conventos) he resuelto se establezca en la Península una Casa Matriz... para repoblar aquellos... ».
La Comisión de Instrucción Primaria de La Habana, en 1857, manifestaba ser útil y conveniente crear en los campos «leccio neros» que atendieran a la «enseñanza rutinaria» de los niños de corta edad desempeñados por padres franciscanos; fundándose en que no era posible poner una escuela de distancia en distancia muy• corta, ni menos hallarse maestros que por un corto sueldo se ofrecieran a ejercer su empleo en tan aislados y remotos sitios.
El gobernador de La Habana apoyaba la idea, convencido de que ésta era la única forma de conseguir los resultados que deseaban obtener, por lo que pedía a la Corte que efectivamente se esta bleciera la Casa Matriz para repoblar los conventos de la isla y que mientras tanto destinasen algunos de los religiosos francis canos ya existentes, con el fin de que atendieran, no sólo la instrucción primaria en los campos sino también las necesidades religiosas.
7 2 La resolución de la Corona, de acuerdo con el Consejo Real, fue de que se solicitaran los datos estadísticos de todas las escuelas de la isla, porque partiendo la idea de la Comisión de La Habana tal vez la medida no interesara en la parte oriental; otra duda que se planteaban, sentado el caso de la conveniencia de los «leccioneros», era si se los debían asignar a comunidades religiosas o a otra clase de persona; aceptando que fuesen reli giosos, opinaban, que ya estaban establecidas en la isla otras órdenes como escolapios, jesuitas y clérigos de San Vicente, cuya principal misión, además de la educación religiosa era la instruc ción primaria de los niños pobres.
¿Hasta qué punto puede con venir otra nueva orden?, se preguntaban en Madrid.
7 -', Hasta 1887 no regresarían los franciscanos a Cuba, fecha en que se estableció una comunidad en Guanabacoa.
ÜRDEN DE PREDICADORES (DOMINICOS)
Con cuatro conventos contaba la orden de Santo Domingo en la isla de Cuba, situados en las localidades de: La Habana, Gua nabacoa, Sancti Espíritus y Bayamo.
El convento de religiosos de Santo Domingo en La Habana fue fundado en 1578.
Desde que se creó la Universidad habanera, en 1728, fue esta orden la encargada de la misma, ocupando sus religiosos los principales cargos.
74 Breve es el estudio que hacemos de estos dominicos porque escasas son las noticias que nos han llegado sobre su aportación a la enseñanza de las primeras letras.
Sólo dos escuetos datos hemos recibido: primero, que su convento fue uno de los cuatro que se abrió en 1819 para impartir enseñanza gratuita a los jóvenes, en virtud del manda to soberano de 181 7; segundo, según un inf arme de Gracia y Justicia de Indias, de 1826, en este convento de religiosos de Santo Domingo se hallaba establecida una escuela de primeras letras.
75 Pero nada sabemos sobre matrícula, tiempo que permaneció abierta, materias de enseñanza, disciplina, etc.; inclu so, es posible, que acabado el Trienio Constitucional, no estuviera en funcionamiento dicha escuela y que los datos aportados por Gracia y Justicia fueran anteriores a 1820, que no se hubieran actualizado.
76 Con respecto a la villa de Guanabacoa ya veíamos, al prin cipio de este trabajo, cómo sus vecinos permitieron la instalación de dominicos y franciscanos en su población, con la intención de que atendiesen a la enseñanza; pero, mientras los segundos se dedicaron a la docencia de las primeras letras, los religiosos de Santo Domingo, (instalados en el convento de Nuestra Señora de la Candelaria), desde el primer momento se ocuparon de los estu dios secundarios, enseñando latín, filosofía y teología.
77 En la relación de bienes de los regulares que el Gobierno de la isla eleva a la Corte, en 18 3 7, entre las cargas de es tos reli ""! giosos sólo figuran «las de culto y algunas misas», no hacen men ción alguna a la enseñanza.
Poco podían hacer al contar el conr vento con el reducido número de cuatro sacerdotes y un lego y ser escasos sus recursos económicos, por llevar muchos años en pleito los terrenos de su propiedad y no producirles nada.
78 En cuanto a los dominicos de Sancti Spíritus sabemos que el obispo Espada, en 1803, abrió una escuela en los locales del Hospicio de Jesús Nazareno, poniendo de maestro a un sacerdote del convento de predicadores de aquella ciudad, dotándole con el sueldo de 400 pesos anuales (300 procedentes de las rentas de dicho Hospicio y los 100 restantes de los Propios del cabildo).
Numerosas fueron las críticas que recibió el prelado por disponer de los fondos de Propios del Ayuntamiento y por la forma de elección del maestro, sin preceder información de vida y costum bres, ni el examen correspondiente por el conocimiento que de la persona elegida tenía el diocesano.
79 Pocos datos hemos encontrado acerca del funcionamiento de esta escuela pero, todavía en 1837, entre las cargas de los domi--nicos del convento de Sancti Espíritus, figuraban <dos sueldos y gastos de una escuela gratuita de primeras letras y una clase de latinidad»; disponiendo para ello, con10 producto de sus bienes, de 930 pesos anuales.
80 La comunidad estaba formada por dos sacerdotes.
Finalmente, en el convento de la Asunción de Bayamo, de los padres dominicos, como en otros de su orden, también se impartieron estudios secundarios, teniendo abiertas cátedras de Latinidad, Retórica, Filosofía, Teología, Escolástica, Dogmática y Moral, si bien carecían de habilitación para dar grados.
81 Igual que ocurría en Guanabacoa, al coincidir en esta villa franciscanos y dominicos, los primeros se dedicabé1n a la enseñanza primaria mientras los segundos impartían estudios secundarios.
Se fundó este convento de Bayamo, hacia 17 40, con la con mutación de la Obra pfa de Francisco de Parada.
A cambio de la fortuna dejada por dicho señor, se con1prometían a tener escuelas gratuitas primarias, de Latín, Melchor Cano, Filosofía y Teología.
El 10 de abril de 1826, don Manuel de Berdecie solicitaba que se cumpliera la voluntad del fundador; aunque él lo único que buscaba es que se socorriera a su familia porque se hallaba «en la mayor indigencia>>, era evidente que, al menos en lo de impartir enseñanza primaria, los religiosos no llevaban a efecto las obliga ciones que se habían señalado.
El colegio de capuchinos de La Habana, único existente en la isla de Cuba, fue instalado provisionalmente (y siempre estuvo), en el Oratorio de San Felipe Neri, en 1784
Las obligaciones de los religiosos de esta orden eran atender a la gente que asistiera a aquella iglesia para recibir los Sacra� mentas, confesar enfermos, auxiliar moribundos y misionar por la isla.
Nunca abrieron escuela de primeras letras, ni cátedras de segunda enseñanza, por lo que su docencia se limitaba al ejemplo que pudieran dar' y a la doctrina cristiana Dos problemas fundamentales tuvo esta orden, en la capital de la isla cubana, durante su tiempo de permanencia: primero, el escaso número de religiosos que siempre tuvo y que les impedía cumplir adecuadamente con su cometido, así como el de poder enviar misioneros suficientes a las dos Floridas; 1 13 las quejas con tinuadas de miembros de la comunidad contra los procedimientos y conducta del obispo de La Habana, Juan José Díaz de la Espada.
En 1803 el Consejo dio licencia a fray José Sayatón. religioso lego capuchino en La Habana, para que volviese a su provincia de• las Dos Castillas.
El gobernador de La Habana contestó que no podía llevarse a efecto la licencia por el corto número de religiosos.
Se pide desde la Corte que se informe del número • de religiosos que hay y el que se necesita, a lo que el prefecto contestó que existían siete sacerdotes, de los que uno era simple y tres inútiles por achaques y ancianidad; cuatro legos: uno ciego, otro de 74 años (portero) y otro --Sayatón-. que tiene licencia para regresar a España.
Que necesitaba 12 sacerdotes y eL prelado para dentro de los muros y cuatro más para las Dos Floridas (donde sólo existían dos) y tres legos: limosnero, cocinero. etc.
El Consejo de Indias informaba a la Corona que era conforme con que se concediera al colegio de capuchinos de La Habana una misión de 16 religiosos y 3 legos.
El vicario general de capuchinos pedía colectar cinco religiosos sacerdotes y dos legos para La Habana por contar, dicho colegio, con sólo siete sacerdotes, tres legos y dos donados, Madrid, 24. de agosto de 1814.
(El envío de los 16 sacerdotes y tres legos, al parecer no se había efectuado).
En el resumen de los bienes de los regulares, de 1837, consta que esta comunidad estaba formada por siete sacerdotes y dos legos.
Fray Bruno de Samaniego, residente en el con vento de capuchinos de La Habana, se queja de los procedimientos del obispo con los individuos del colegio de su Orden.
El Consejo estimó que tenían razón los capuchinos y que se debía encargar al Las cosas no debían marchar muy bien por el de la capital habanera cuando ellos mismos solicitaban a la Corte que se redu jera su número hasta llegar al de la primitiva fundación, porque las rentas no daban para el sustento de todos y por tanto debían buscarlo por otros medios en detrimento de la regla monástica.
85 Varios documentos encontrados en los archivos visitados po nen de manifiesto la tibieza y relajación de algunos de estos religio sos de La Habana, de los que no nos vamos a detener mucho po rque no nos consta que tuvieran una participación muy activa en la enseñanza.
Ya veíamos la aportación negativa del mercedario Francisco de Pau1a Chacín, que utilizaba el púlpito para proferir obispo se abstuviera de molestar a los religiosos con suspensiones ni otras penas semejantes.
El obispo de La Habana, en 14 de abril de 1815, dice no haber hecho otra C'llsa que cumplir con su deber: que las quejas eran infundadas, que silenciaban l�s causas y circunstancias por las qule dio sus disposiciones; exponía los abusos de los religiosos, la falta de disciplina monástica, de vida claustral, etc. En otro informe del obispo a don Esteban Varea,. fechado en La Habana a 11 de julio de 1815, hablaba el prelado de las «intrigas�,. «desobediencia absoluta» y «siniestras intenciones del capuchino Bruno de Sama niego... so la capa de celo en defensa de los derechos o privilegios regulares... > 1 • A.G.I., Ultramar,:i72.
Quejas de Tomás Berrón, de la Orden de Capuchinos.
El Consejo de Indias, en 20 de mayo de 1817, proponia mandar al obispo de La Habana, la orden de que trata• ra a los religiosos con suavidad.
Se le participa al prelado lo resuelto sobre las quejas dadas por los capuchinos y otros religiosos.
Erigido en La Habana, en 1774, con ocho sacerdotes y dos legos, en 1784 tenía ya 27 sacerdotes por lo que se acordó la supresión de ocho; lejos de cumplirse, en el 96 eran 37, sin contar• con los que se esperaban de Santo Domingo.
El, visi tador reformador, en 1784, propuso que por cada dos religiosos que murieran o faltasen se admitiría un novicio, por la necesidad de individuos jóvenes.
Pedía a la Corte, en 1798, que destinara un «sujeto de conocida providad y literatura que entendiera en arreglar y reformar la disciplina monástica decaída».
Salian del claustro y se empleaban en servir capellanías en los ingenios o pretendían curatos.
Opinaban que los reformadores enviados en 1774 y 1784 sólo sirvieron para q_casionar inmensos gasLo3 y empeñar a los conventos, dejándolos en su ausencia: en al mismo estado de tibieza y relajación.
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No debemos de tomar la excepción como regla general y por tanto tenemos que pensar que otros muchos compañeros aprovecharon su influencia sobre la población para instruirlos, si no en las primeras letras, sí al menos en doctrina cristiana.
Cuando en octubre de 181 7 Fernando VII ordena que se abran escuelas en los conventos de religiosos, uno de los que se ofreció a dar enseñanza en La Habana fue el de la Merced.
Des conocemos el número de alumnos y demás circunstancias de esta escuela, pero poco pudo influir en la instrucción de los jóvenes, debido a que comenzaron a impartir la docencia en enero de 1819 y al año siguiente lo dejaban, a consecuencia del cambio político habido en España.
Mucho se había reducido su número, en 1820, cuando fue anulado el convento en virtu >.
87 En 1837, fecha de su supresión definitiva, el convento mer cedario de La Habana, tenía 16 sacerdotes y cuatro coristas.
Sus bienes consistían en 18 casas en la ciudad y 15 accesorias, cuyos ingresos podían calcularse en unos 1.000 pesos mensuales y en cuanto a cargas sólo consta que tuvieran diversas misas y fiestas del culto en su iglesia, pero nada de enseñanza.
88 Con respecto al convento de la Merced de Puerto Príncipe, fue el único que quedó en esta ciudad durante el Trienio Liberal, al suprimir el de San Francisco.
Se hallaba comprendido, para su subsistencia, en el caso del artículo 17 de la le'y de supresión de 25 de octubre de 1820, por contar con 13 religiosos ordenados in sacris.
Además, según manifestaba el intendente jefe político interino, José María Zamora, al secretario del Despacho de la Go bernación de Ultramar, era notorio que en este convento «... se había enseñado • y se enseñaba Gramática, Filosofía y Teología, habiendo clases públicas de estas ciencias, precedidas por religiosos del mismo, en términos que dicho convento puede gloriarse de que a él le deban innumerahles emjlleados de todas clases, las luces y conocimientos que poseen en su carrera».
Se trataba, por tanto, de enseñanza secundaria.
Poco duró la alegría de estos padres mercedarios.
Al cambiar el intendente jefe político interino, el nuevo -Pedro Ruiz de Ortega-, escribió dos cartas dirigidas, una a las Cortes y la otra al Ministerio de Ultramar, con fecha 26 de noviembre de 1822, en las que comunicaba que habiéndose disminuido el número pre fijado por la ley, por haber sobrevenido algunas secularizaciones, había considerado ser su obligación el suprimirlo, a pesar de las reclamaciones que había hecho su prelado.
90 Las razones expuestas para la supresión por el intendente jefe político debían de ser ciertas, pero tal vez actuó con saña contra los mercedarios en su decisión de eliminarlos.
En un informe de la Diputación Provincial de La Habana, se exponían varios puntos negatiyos sobre Pedro Ruiz de Ortega:. se le tachaba de «porte poco conforme»... «por separarse de la obediencia debida a la Superintendencia cuya superioridad no le place reconocer».
91 Con la vuelta al poder del gobierno absolutista de Fernando VII, se acaba este litigio.
Bachiller y Morales, en el cuadro sobre instrucción pública de la isla en 1836, según los datos de la sección de Educación de la Sociedad Económica de La Habana, nos dice que los mercedarios de Puerto Príncipe educaban a 40 niños.
Nos inclinamos a que fueran de primeras letras aunque no especifica nada.
92 En 1837, en la evaluación de sus bienes, con motivo de la supresión definitiva, consta que había en este convento 11 sacer dotes y un lego.
Sus cargas se limitaban a «varias misas y fiestas del culto».
Por esa fecha, al parecer, ya tampoco impartían aquellas enseñanzas de que nos hablara el jefe político en 1821, ni las manifestadas por Bachiller y Morales.93 AGUSTINOS La Orden de San Agustín sólo tenía un convento en In isla de Cuba, situado en la capital de La Habana.
Pocas noticias han llegado hasta nosotros de la participación agustina en ]a instrucción habanera; abundan, sin embargo, los documentos en los que al menos se duda de la conducta de algunos de estos religiosos.
94 En cuanto al tema que nos interesa, el de la enseñanza, sabe mos que en 181 7 la Sociedad Económica de La Habana estaba haciendo las gestiones oportunas para establecer una escuela gra tuita en el convento de San Agustín, según el método de Lancaster.
Tal proyecto no se llevó a cabo al disponer el soberano que se abrieran escuelas en los conventos de religiosos, pero sí que fue este claustro agustino uno de los cuatro designados para la ense ñanza gratuita a la juventud de La Habana y que comenzaría la docencia en enero de 1819.
95]UANINOS La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios contaba con dos conventos en la isla: uno en La Habana' y otro en Puerto Príncipe.
En ambos, las obligaciones de sus religiosos se limitaban al soste nimiento de los hospitales de caridad.
No tenemos dato alguno que nos permita afirmar que impartieran algún tipo de enseñanza.
La real cédula de 26 de noviembre de 1852 m:: rn<laba que desaparecida en la península esta orden y faltando casi todos sus individuos en la isla de Cuba, se encargasen de los hospitales las Hermanas de la Caridad.
Los primeros religiosos de la Orden de San Vicente <le Paúl llegaron a La Habana el 21 de enero de 184 7, según nos narra Ismael Teste.
Durante varios años vivieron, dos de estos sacer dotes, en una casa alquilada, cerca de la Casa de Beneficencia y del Hospital de San Lázaro, cuyas capellanías atendían.
96 La real cédula de 26 de noviembre de 1852, en su punto primero, disponía, que teniendo en consideración los servicios a la Iglesia de estos clérigos, y la obligación por su regla de dedicarse a la enseñanza religiosa y misiones, se abrieran dos casas de es ta Orden, una en Santiago y otra en La: Habana, en alguno de los conventos suprimidos, que el gobernador, de acuerdo con el inten dente, tuviese por conveniente designar, siendo obligación de aquéllos encargarse en la enseñanza, régimen y disciplina de los seminarios conciliares, con el beneplácito de los diocesanos, cuya suprema dirección e inspección debían conservar siempre.
97 Pero no tuvo efecto este apartado primero de la real cédula.
Y a veremos cómo el arzobispo de Cuba era partidario de enco mendar la enseñanza en los seminarios a la Compañía de Jesús.
En 1815 varios vecinos de Nuestra Señora de Guadalupe, extramuros de la capital de La Habana, solicitaban a la Corte la permanencia en aquella localidad de fray Gabriel de la Guardia, http://estudiosamericanos.revistas.csic.es religioso de las Escuelas Pías de Getaf e, que estaba dedicado a la enseñanza pública, así como la remisión desde la península de otros de su Orden para el mismo fin.
Exponían en su escrito que dicho sacerdote, estimulado por los deberes sagrados de su «ins tituto» y movido por la necesidad de tantas familias que carecían de educación y de medios para optar a ella, había abierto una escuela gratuita para niños pobres a la que acudió tan elevado número de alumnos que pronto no bastó su persona para desem peñar las tareas educativas por lo que tomó, a sus expensas, los ayudantes necesarios asalariados.
Los niños, según dicho documen to, eran instruidos por el religioso paralelo, a este religioso se le terminaría autorizando parn que pidiera la secularización.
99 No volvemos a encontrar información alguna acerca de los escolapios en la isla de Cuba hasta 1835 en que el Ayuntamiento de Puerto Príncipe solicitaba real permiso para que fu eran de la península tres padres de esta Orden, para que se dedicaran a ]a enseñanza de la juventud.
Manifestaban que serían bien acogidos, proporcionándoles sus habitantes cuanto pudieran necesitar mien tras conseguían establecer formalmente el colegio.
Añadían que incluso había un vecino, que por modestia no quería se supiera su nombre, que se comprometía a costear el transporte de los tres escolapios, que al parecer se hallaban dispuestos a ir, desde Bar celona a Nuevitas, siempre que se les concediera la licencia ne cesaria.100 La resolución de la Corona fue suspender el expediente promovido por el Ayuntamiento, hasta que se presentase el Plan General de Enseñanza.
101 La real cédula de noviembre de 1852 que marcaba, como ya hemos visto, las consecuencias para Cuba del restablecimiento de las relaciones con la Santa Sede, a raíz del concordato de 1851, señala, en su punto II, que para llenar en La Habana y Santiago de Cuba el vacío dejado por la falta de padres betlemitas, se res tablecieran dos casas de padres escolapios, en cuyos colegios, ade más de la enseñanza primaria para las clases pobres, pudieran recibir las acomodadas una esmerada educación religiosa.
En 1856 los escolapios Bernardo Collazo y Agustín Botey viajaban a la isla de Cuba para poner en práctica las diligencias más convenientes que dieran cumplimiento a la real cédula de 1852 mencionada.
Puestos en contacto con autoridades civiles' y ecle siásticas fijaban las bases y condiciones que por ambas partes habrían de observarse.
1o2 El 30 de marzo de 1857, el capitán general de la isla, José de la Concha, pedía informes a los prelados de La Habana y Cuba acerca de la orden religiosa a la que se debían de encargar las escuelas nortnales y los centros de segunda enseñanza, según el número de padres que pudiera disponer cada congregación.
El obis po de La Habana, el 4 de abril del mismo año, contestaba estar feliz y conforme con el establecimiento en aquella capital o en Guanabacoa de un centro de formación de maestros regido por los escolapios y era partidario de encargar también a esta orden y no a los jesuitas la enseñanza secundaria de Puerto Príncipe «tanto por el número como por otras razones de conveniencia», (razones que no especifica).
Con respecto al arzobispo de Cuba, Antonio María Claret, el 6 de abril de 1857, contestaba al Gobier - no de La Habana, haberle llenado de satisfacción la idea acertada de crear una escuela normal en cada departamento; opinaba debía situarse en Santiago de Cuba; en cuanto al punto de si veía bien poner a los escolapios en Puerto Príncipe, decía que sí... y también con el tiempo, otro colegio en Santiago y otro en Bayamo.
Como podemos observar, estos religiosos, gozaban de mucha aceptación.
Los padres de la Compañía de Jesús, además de su colegio de La Habana, quería el santo prelado que se hicieran cargo de los seminarios conciliares.
103 No obstante fijar, la real cédula de 1852, a La H�abana y Santiago de Cuba com_ o ciudades donde había que establecer las las gestiones realizadas, con respecto a la Normal de Santiago de Cuba, con objeto de que dictara las medidas necesarias para preparar la instalación de la referida escuela y de proveer de albergue a los correspondientes padres escolapios.
Nuevas remesas de religiosos de esta orden saldrían para Guanabacoa y Puerto Príncipe pero, la Normal de Santiago de Cuba al término de nuestro estudio -1868-, todavía no estaba en funcionamiento.
107 Como ya hemos indicado anteriormente, los escolapios, goza ban de mucho prestigio en tierras cubanas.
El gobernador de La Habana, Jos é Gutiérrez de la Concha, en 1859, comunicaba al ministro de la Guerra y Ultramar el resultado de los exámenes de la escuela normal de Guanabacoa, los cuales tuvo el honor de presidir; decía haber quedado muy sorprendido por los adelantos que habían hecho en un año escaso que tenía el centro de exis tencia y que este resultado se debía «... al celo, inteligencia y laboriosidad de los Padres Esco lapios que han empleado sus tareas con el ardor propio de per sonas que hacen de la enseñanza un voto religioso... >>.
Consideraba, dicha autoridad, que eran acreedores a toda benevo lencia y que se debía proteger por todos los medios el desarrollo en la isla de tan importante institución.
Proponía que la protec ción más eficaz' y activa podría ser crear un seminario en Guana bacoa en el cual pudiesen dar la enseñanza primaria y secundaria porque, estos padres, habían sido perfectamente recibidos y acep tados en la opinión pública.
En Puerto Príncipe los escolapios se dedicaban a la secundaria y en Guanabacoa a la preparación de los maestros y� la enseñanza primaria; pero, según opinión del general 107 Ibídem.
El 25 de octubre de 1863 el comisario apostólico pedía penmiso para enviar a la isla de Cuba a los sacerdotes: Domingo Lancia, Domingo Moreno, Francisco Romero y Francisco Alberti; y aa lego José Gresa.
El 19 de agosto de 1866, el vicario general manifestaba que saldrían para Guanabacoa y Puerto Príncipe: Domingo Fita, Domingo Moreno (otra vez, tal vez no había salido la anterior), Joaquín Campos, Francisco Lozano y José María Hernández.
Concha, se debía de dar también la secundaria, porque multitud de gente se había presentado solicitando la admisión de su hijos y se retiraban con desconsuelo, al ver que no podían ser atendidos.
«Si fuera posible crear en un mes un seminario capaz de �00 plazas, todas quedarían cubiertas en 24 horas...
El día que tuvieren medios materiales (los escolapios de Guanabacoa) para recibir discípulos se llenarían instantáneamente sus colegios como se llenó el de Puerto Príncipe apenas quedó abierto y debe tenerse muy en cuenta que cada alumno de éstos es una inteligencia y un corazón arrancados a la influencia norteamericana porque de seguro no irían a buscar su educación fuera del país si en él la encontrasen apropiada y menos costosa)).108
Nos consta que en la isla de Cuba las virtudes de los religiosos de la Compañía de Jesús, en materia de enseñanza, eran altamente valoradas en el siglo XVIII.109 Con cierto pesar debieron acoger los cubanos la noticia de su supresión, en el reinado de Carlos III, a pesar de que con sus cuantiosos bienes se financiaban, en parte, una serie de establecimientos educativos y de caridad.110
Con el regreso al poder de Fernando VII, en 29 de mayo de 1815, decretó el restablecimiento de los regulares de la Com pañía de Jesús en todos sus dominios, así de España como de Indias, esta bleciéndose para el aumento de miembros de dicha Compañía una Junta con pdvativa autoridad y facultades en el asunto.
111 Por otra real orden de 26 de septiembre de 1824 se le comunicaba al gobernador de La Habana que entregara al superior de la Compañ ía de Jesús todos los bienes a ella pertenecientes.
112 Pero los enfrentamientos existentes entre los gobiernos libe rales de Isabel II y la Iglesia serán la causa de que no se esta blezcan centros de enseñanza jesuíticos en la isla de Cuba hasta la segunda mitad de la centuria.
Firmado el concordato con la Santa Sede (1851), la real cédula de 26 de noviembre de 1852 encargaba especialmente la educación secundaria a los seguidores de San Ignacio, que establecieron su primer colegio (de esta se gunda etapa), en el convento de Belén de La Habana.
No vamos a detenernos en• hablar del colegio jesuítico de la capital habanera, cuyos estudios se declararon válidos para ser admitidos sus cursantes en Facultad Mayor de la Universidad, por real orden de 30 de septiembre de 1856, 11 3 por tratar nuestro trabajo de la enseñanza de las primeras letras.
Sin embargo, tenemos la obligación de comentar con más detalle el centro educativo que, a cargo de los padres de la Compa ñía, se creó en Sancti Espíritus, en 1862, por impartir en el mismo tanto la primera como la segunda enseñanza.
La idea de establecer este colegio, bajo dirección jesuítica y en la misma forma que el ÁNGEL HUERTA MJ\RTÍNEZ que a su cargo se hallaba en La 1-Iabana, en que pudiesen estudiarse los cursos de la Facultad de Filosofía, partió del Ayuntamiento de la villa, el cual cedió para colegio el convento de San Francisco, que en aquella fecha no tenía utilidad alguna y era de su propie dad.
Los gastos de instalación pudieron costearse gracias a b �11� cripción de varios padres de familia.
Los jesuitas de La Habana estaban conformes con hacerse cargo de la enseñanza en aquel centro siempre y cuando a la nueva Casa-Colegio se le declarase Congregación y se le asignasen los derechos correspondientes, por considerar no ser suficientes los recursos ofrecidos por la pobla ción para el sostenimiento de los religiosos.
El 25 de julio de 1863 ]a Corte accedía a esta solicitud, declarándoles Congregación, por lo cual se le pedía al gobernador de la isla que formara el presu puesto de las pensiones que se le debían de señalar, del fondo de bienes de Regulares, a los padres jesuitas de Sancti Espíritus.
En el Plan de Estudios elaborado para el centro dedican una mayor atención a la enseñanza secundaria, tanto a la elemental ( tres cursos) como a la superior ( cuatro cursos), especificando año por año las materias de estudio.
En cuanto a la docencia de las primeras letras, en dicho Plan, sólo la incluyen como una especie de anexo de la secundaria, haciendo constar, con el epígrafe de Estudios Preparatorios que «Además de los estudios indicados ( segunda enseñanza) se ha establecido un curso preparatorio en favor de aquellos alumnos que al ingresar en el colegio carecieran de la suficiente instruceiún para cursar inmediatamente y con frutos los estudios clásicos.
Esta escuela preparatoria se divide en dos secciones)>.
Las materias de enseñanza de cada una de las dos secciones eran: 538 Primera sección: doctrina cristiana, leer, escribir,• primeras nociones de aritmética y geografía, rudimentos de gramática y parte de la Historia Sagrada.
Primera sección: doctrina cristiana; catecismo del padre Ri palda, todo entero; de la gramática castellana, la primera A.,iuario de Estudios Ame1ica11us (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es parte o analogía; de Historia Sagrada, el compendio de Fleu ri, todo entero; de aritmética: sumar, restar, multiplicar y dividir números enteros y nociones sobre quebrados; geo grafía, de la isla de Cuba.
114 Como veíamos anteriormente, al hablar de los escolapios, el arzobispo de Cuba, Antonio María Claret, en informe solicitado por el general Concha, opinaba que tan pronto como se pudieran extender los jesuitas, además de su colegio de La Habana, se debían de hacer cargo de los seminarios conciliares <<singular mente del de Cuba», con objeto de formar buen clero «que tanto se necesita en esta isla», concluía afirmando el prelado.115
C) MONASTERIOS DE RELIGIOSAS
URSULINAS!.-Ursulinas en La Habana
A lo largo del siglo XVIII varias bulas prohibieron que en los conventos de religiosas, hubiera mujeres seglares; para evitar la relajaci6n de costumbres se ordenaba, desde Roma, que no se admitieran ni siquiera niñas para ser educandas, ni aun criadas.
Frecuentes fueron las instancias que, familias distinguidas de La Habana, elevaron a la Corte, en las que exponían que deseaban educar, a sus hijas en el monasterio de Santa Clara; que para el numeroso vecindario de dicha ciudad era necesario dar «el consuelo de una buena educación Christiana y política para la juventud femenina de clase ilustre y honesta... »; que no habiendo colegios con este destino convendría recurrir a la Santa Sede para que dispensase cualquier obstáculo que se opusiere a la admisión de educandas; que si este medio, extensivo a los otros dos con ventos de dominicas y carmelitas descalzas que había en La Haba na, pareciere inadaptable o insuficiente, por el aumento constante de población, pudiera fundarse un colegio de educación o un convento de ursulinas, tomando ejemplo del de Nueva Orleans.116 Las aspiraciones de la sociedad habanera pudieron verse cumplidas, a comienzos del siglo XIX, gracias a la cesión hecha por España de La Luisiana a Francia.
El 24 de octubre de 1802, sor Antonia de Santa Mónica, superiora del convento de ursulinas de Nueva Orleans, solicitaba a la Corona que costease el.real erario su traslado, así como el de otras ocho monjas españolas y algunas otras francesas 117 a La Habana o a la capital de México, señalándoles igualmente una pensión.
Consultado el Consejo de Indias,118 decidieron que se trasladasen y residiesen interinamente en alguno de los conventos de la capital de la isla cubana, hasta tanto informaran, el gobernador y el obispo, dónde serían m,ís necesarias y útiles en el ejercicio de enseñar a la juventud <le su sexo, y menos costase su establecimiento.
119 El 8 de noviembre de 1803 el gobernador, marqués de Some ruelos,, informaba a Madrid de la llegada a La Habana de la co munidad religiosa de la Luisiana; que de acuerdo con el obispo habían dispuesto que se hospedasen en los tres conventos de mon jas que había en la ciudad.
En cuanto a la pensión que solicitaban, se les señaló la misma que disfrutaban las monjas que fueron emigradas de Santo Domingo, es decir, 27 pesos mensuales a cada una.
120 Numerosas dificultades encontraron para alojarse 121 p or estar los conventos muy poblados a consecuencia de las monjas pro cedentes de Santo Domingo.
En febrero de 1804, la superiora de las ursulinas, solicitaba por medio de carta al Consejo de Indias se les hiciera donación, p ara establecer su convento, del colegio de Propaganda Fide, titulado de San Isidro, de los franciscanos, por estar sólo ocupado por dos o tres frailes.
122 Por otra posterior carta de la superiora, sor Antonia de Santa Mónica, solicitaba se les. donara para su establecimiento la antigua Casa de Recogidas, titulada San Juan Nepomuceno, en la que se les había colocado provisionalmente, así como que se les asignara 20.000 pesos anuales sobre el fondo que colectaban para el vestuario de milicias, la Aduana y el Consulado de La Habana.
123 La primera noticia que tenemos sobre su dedicación a la en señanza nos la facilita su capellán, José Miguel de Moya.
Después capital de la isla de Cuba.
Con esa misma fecha se le informa de lo mismo al obispo (folio 132).
Real cédula al obispo de La Habana, de 25 de julio de 1803 participándole haberse resuelto que las religiosas ursulinas de Nueva Orleans se trasladaban a aquella ciudad.
Llegaron a La Habana el 23 de junio de 1803 por la tarde y se alojaron: seis en el monasterio de Santa Teresa. seis en el de• Santa, Clara y las cuatro restantes en• el de Santa Catalina.
Carta del obispo al Consejo.
Da cuenta de haberse pasado dichas religiosas a la Casa de Recogidas, con la correspondiente separación y proponiendo que se las coloque en el colegio de niñas de San Francisco de Sales.
EJ 5 de febrero de 1804. también solicitaba la posesión contigua al convento de San Isidro, nombrada el Palenque, que estaba habitado por algunos negros al servicio de la Artillería.,.
Por los informes favorables, tanto del capitán general como del prelado de La Habana y del Consejo de Indias, en 1811, una real cédula mandaba al Ayuntamiento de La Habana que hiciese cesión absoluta y gratuita de la casa pe San Juan Nepomuceno a las monjas ursulinas emigradas de Nueva Orleans, subrogando el importe de los alquileres en algún ramo de sus propios y arbi� tríos.
Igualmente ordenaba, que para la construcción del coro, extensión de la capilla y acomodar todo el edificio, se les contrihuyera cada año, por espacio de diez, con 8.000 pesos de los 20.000 sobrantes del vestuario de milicias y que se les permitiera recibir novicias.
125 Pero todavía pasarán unos años para que mejore la situación de estas religiosas: la posesión definitiva de la casa de San Juan Nepomuceno no la tuvieron hasta diciembre de 1815; 126 del fondo sobrante del vestuario nunca recibieron nada, por no haber so brante alguno en el mencionado fondo de La Habana; 127 y sobre la concesión de hábitos, el obispo, Juan José Díaz de, la Espada, había manifestado a las monjas que no se lo permitiría hasta que el convento tuviese suficientes medios económicos para que las aspirantes entrasen sin dote.
128 La superiora de las ursulinas, en 1813, recurría a la Dipu tación Provincial de La Habana para informar de su situación.
Exponía que era imposible continuar como hasta entonces porque habían fallecido los bienhechores que prodigaban sus auxilios y ellas habían consumido sus fondos; que sólo eran 15 religiosas, «las más de edad y casi todas de salud achacosa»; que era imel de San Felipe Neri o el de San Isidro (especialmente el primero). ocupados, por capuchinos el primero y el segundo por franciscanos, ambos en muy corto número.
Apodaca. a Miguel de Lardizábal y Uribe (Ultramar), La Habana.
Expone el estado en que se hallaba el establecimiento de las monjas ursulinas, proponiendo se les dé el Hospicio de San Isidro de misioneros franciscanos.
Dicet ser personas <<extremadamente recomendables» y que mejor establecidas su beneficio sería mayor.
Apodaca a Miguel de Lardizábal.
Contesta a la real orden sobre señalamiento de alguna cantidad a las ursulinas del sobrante de vestuario de milicias.
Contesta que con sentimiento suyo, del expresado fondo, nada se les puede señalar, por no habar sobrante alguno.
El rey mandó de nuevo, que se les auxiliara con lo que fuera.
Efl 1:3 de enero de 1816, José Miguel de Moya, exponía a la Corona que «como jamás se cumplen en estos países tan remotos en un todo las soberanas disposiciones, por lo lexos y lo difícil de los recursos», se previno que se les diera 8.000 pesos, durante 10 años, no se había verificado... por el pretexto de que no hay dinero.
«Por las diligencias del Sr. intendente se inf or.. mará V. M. de los fondos que han entrado para el empedrado de la ciudad y de lo que anualmente sobre después de vestidas las milicias».
Suplicaba, el administrador, recibir los 8.000 pesos directamente de la administración de la Aduana, sin inter vención del Ayuntamiento, porque de lo contrario jamás obtendría nada.
José Miguel de Moya, capellán de las ursulinas, el 5 de febrero de 1812, expresaba que tenían que correr muchos años y acaso siglos antes de que pudiera reunirse la masa suficiente para que se colocasen silll dote; que era muy dificil encontrar un capital de 200.000 pesos que rindiese.
10.000 al año para su congrua manutención, todo lo cual se subsanaba con que se: les permitiese admitir novicias que pagasen a su entrada 3.000 pesos, «no siend� exorbitante el rendimiento de 150 pesos anuales para la manutención de una persona en un país donde son tan caros los víveres y renglones de primera necesidad».
Cartas acordadas al gobernador y obispo de La Habana para que manifiesten los motivos para no dar cumplimiento a lo mandado.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es posible educar, por ellas solas, a 4 5 niñas internas y a 146 exter� nas; que necesitaban criadas para el servicio y pretendientes del hábito con quien compartir el trabajo de la enseñanza; que si se quería perpetuar en La Habana el beneficio de la educación en las niñas, era indispensable que se realizara lo más pronto posible la asignación de una cantidad que estimaran suficiente para cubrir sus necesidades.
Promover la educación de la juventud del sexo femenino, según dicha superiora expone en este documento, es «... tan interesante al bien púhlico cuanto es poderoso el influjo que las mujeres han tenido siempre en las deliheraciones de los hombres».129 Sabemos, por la carta anteriormente mencionada de la su periora a la Diputación, que la enseñanza de las externas se hacía «enteramente de gracia» y que las internas abonaban una pequeña pensión que «ni era exacta ni segura la paga».
En agosto de 1814, viendo la superiora que no recibía «pro videncia alguna» de la Diputación, recurría a la Corona suplicando alguna atención.
Alegaba como méritos contraídos, los diez años dedicados a la enseñanza (podemos considerar, por tanto, que desde 1804 tuvieron escuelas de niñas).
En este nuevo documento, sor Antonia de Santa Mónica, exponía el programa de actividad escolar, tanto a las niñas que se educaban en el claustro como a las de c1 ase externa: «... haciéndolas levantar a las 5 y 1/2, de asistir con ellas a su oratorio para hacer el ejercicio cuotidiano, después ir con ellas al coro para oír misa hasta las 7, el dirigir sus plumas sobre el papel de 8 a 9, de instruirles en la doctrina cristiana de 9 a 10, de trabajar con ellas en las costuras, bordando, y en otros tra bajos de su sexo según su capacidad y voluntad de sus padres, de 10 a 12; de l a 2 enseñar la aritmética; de 2 a 3 rezar el rosario de María Santísima y Letanías; a las 3 volver, con unas a la labor, otras a la lección, otras a la gramática y orto g rafía castellana hasta las 5 que van a hacer oración al coro, y p ara cerrar el día, a las 7 y 1/2 el ejercicio cuotidiano... ».
130 El capellán de la Casa de Recogidas de La Habana, Joaquín de Pluma, en 1825, solicitaba a la Corte que se le devolviera a la institución que él administraba la casa que ocupaban las mon-, jas ursulinas.
131 Exponía el capellán que todo había ido bien, desde que se estableció la Casa de Recogidas, en 1746, hasta 1805 en que, por disposición de las autoridades, fueron colocadas en dicha casa las ursulinas, trasladando a las mujeres recogidas a otra de dimensiones más reducidas; y que no contentas todavía las reli giosas con la posesión interina de la casa, solicitaron y obtuvieron la propiedad de ella por real cédula de 21 de abril de 1811; igual mente expresaba, dicho admi�istrador, los 2.000 pesos que del fondo de vestuario de milicias se les había asignado a las recogidas, por vía de indemnización por el perjuicio que se les causaba.
El capellán suplicaba que se ordenase resarcir de los perjuicios originados al. establecimiento, con el abono del total del valor de dicha casa y de los alquileres vencidos, con el fin de poder pro porcionar otro edificio a propósito para las recogidas.
Sor Antonia de Santa Mónica a S. M. La Habana, 8 de agosto de 1814.
Exponía, dicho capellán, el 10 de junio de 1825, que desde que se estableció la Casa de Recogidas, en 1746, todo fue bien hasta 1805• en que se colocaron en la citada casa las ursulinas, trasladando a las mujeres, recogidas a otra de dimensiones más reducidas.
Como medio de indemnización de los alquileres de la casa que se les despojaba, se ordenó que del sobrante del ramo de Vestuario de Milicias se les diera 2.000 pesos.
En la consulta que la Regencia había hecho al Consejo para la cesión de la casa, ésta fue favorable a las monjas, por su utilidad, por lo que se les concedió el 21 de abril de 1811.
La real cédula de �1 de abril de 1811 no fue cumplida por el gobernador ni el prelado de La Habana; sin embargo, el Ayuntamiento, en cabildo de 29 de agosto de 1811, acordó que debi� obedecerse en atención a que la Casa de Recogidas se formó con limosnas de particulares que deseaban la mejora de costumbres, y que era justo que recayese este beneficio en las monjas por el corto número de recogidas y ser todas ellas delincuentes, las cuales podrían pasarse a una de las cárceles, en donde estarían con más seguridad y causando menos costo.
La resolución de la Corte fue pedir nuevos informes al capitán general, obispo y Ayuntamiento, por si el tiempo transcurrido hiciere necesario cambiar a las monjas de la referida casa, así como si convendría resarcir a las recogidas del valor de ella o si era bastante la renta que tenían.
El gobernador, en carta de 29 de agosto de 1829, manifestaba que para hacerlo convenía citar a una Jl:J.nta de autoridades, lo que había realizado, el 13 del mismo mes, y en la que habían acordado mejorar a la Casa de Recogidas, con cantidades que en el acto ofrecieron el obispo, el intendente y los comisarios del Ayuntamiento.
Constantes fueron los clamores de falta de recursos por parte de las religiosas ursulinas.
Uno más fue el 7 de enero de 1833 en el que pedían que, en atención a no haber tenido efecto� los arbitrios que se les. des tina ron en 1811 y órdenes posteriores, se mandara ahora que de los espolios del obispo Espada se les des tinara alguna cantidad que fuera suficiente para ensanchar su convento.
El informe de la Contaduría fue que esta gracia sólo podría tener efecto después de que el real erario se hubiese reinte grado de las sumas adelantadas con motivo de la epidemia de cólera.
En el caso que nos ocupa, como resumen final, vamos a sacar algunas conclusiones.
Percibimos, en primer lugar, una clase social favorecida por la instalación de las ursulinas, al contar con un centro de confianza para la enseñanza de sus hijas; en el punto opuesto hallamos un grupo minoritario, marginado, en el que al menos hay una duda razonable de atropello de sus derechos.
Como segunda conclusión afirmamos que no se debe considerar a las religiosas como beneficiarias de esta situación porque en rea lidad ellas cumplían con su trabajo y, sin embargo, desde que llegaron a la isla, como manifestaba el intendente de La Habana, vivían con suma estrechez, en un edificio insuficiente y mezquino, a pesar de lo cual habían sostenido además de sus funciones reli giosas una educación con el mayor provecho y utilidad del «sexo débil» eran dignas de 1a piedad del rey -seguimos resumiendo la opinión del intendente-, porque no tenían renta alguna cuan do otras poseían las más pingües y eran dueñas de habitaciones cómodas (aquí se puede detectar una crítica solapada a teresas, catalinas y monjas de Santa Clara); y pone el dedo sobre la llaga, en el punto final, cuando expresa que en lugar de librar su exis tencia (las ursulinas) sobre aquellas Cajas Reales, muy recargadas, debía recaer «sobre algunas clases de la sociedad que nada con tribuyen a los gastos del Estado y disfrutan de un bien real».
135 Consideremos, en tercer lugar, que las autoridades no locales de la isla -gobernador, obispo, intendente-, tienen parte de culpa por dejarse arrastrar por los regidores de La Habana y no saber proponer mejores medidas.
Por último, el Gobierno de Madrid, desconocedor en gran n1edida de lo que pasaba en Ultramar, siempre pretendía arreglar las cosas lo mejor posible, bajo los informes que recibía de allí.
En algunos casos aprobó medidas después de hechos consumados, para evitar males mayores si llevaba la contraria a las autoridades locales.
2.-Las Ursulinas en Puerto Príncipe
La fundación del monasterio de las Ursulinas en Puerto Príncipe se debe, en principio, al presbítero de la villa, José Ce� ferino Alvarez, quien en 1816 exponía a la Corte que contando con más de 50.000 almas, no había convento de religiosas donde pudieran consagrarse «las vírgenes devotas que voluntariamente anhelen el claustro», ni un colegio para la educación de jóvenes «principalmente de las personas de más alta jerarquía... que formen mujeres completas para el estado religioso o ya para el matrimonio».
Solicitaba que de la fundación de Santa Angela de Merici, o monjas ursulinas que se habían establecido en La Habana, pasaran cuatro a Puerto Príncipe para erigir otro monasterio bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen.
Apoyaba el sacer dote su petición en otras circunstancias: primera, que aunque hubie ra el mismo convento en La Habana, además de ser las dotes crecidas, había que emprender un largo viaje de cerca de 200 le guas, que llevaba consigo gastos, incomodidades y otros perjui cios como el sentimiento de padres Y parientes de alejar a tanta distancia a sus hijas; segunda, que otros pueblos cercanos a Puerto Príncipe tenían el mismo interés; tercera, que muchas jóvenes se hallaban con ardientes deseos de entrar en clausura, con sus corres pondientes dotes de 2.000 pesos; cuarta, que había un elevado número de pudientes en dicha villa que estaban dispuestos a con tribuir con cantidades considerables para la reedificación de un mo nasterio con su iglesia y todas las dependencias necesarias, sin que el erario tuviese que exponer cantidad alguna.
Curioso es el informe del fiscal de Nueva España, con respecto a este asunto.
Exponía que no sólo lo recomendaba por útil sino que lo apoyaba aquel Ayuntamiento y cuantos declaraban como testigos en la información sumaria; que convenía <<evitar dilación... por el miedo de que se resfríen los ánimos en un asunto de tantd interés espiritual y temporal».
Siendo favorable tanto la opinión del fiscal como la del Consejo de Indias, una real cédula de 21 de mayo de 1817, dirigida al arzobispo de Cuba, le encargaba que de acuerdo con el capitán general de la isla procediera a erigir en Puerto Príncipe un monasterio de ursulinas.
136 El 15 de agosto de 1817 la comunidad religiosa de Santa Ursula de La Habana estaba reunida con el fin de elegir a las cuatro compañeras qμe habían de desplazarse a Puerto Príncipe, para cum-plir la disposición soberana, que acababan de recibir de manos del arzobispo de Cuba.
137 Pero veamos otros hechos ocurridos en la villa y que tienen relación con esta fundación.
En julio de 1794 había hecho testa mento el capitán don Lorenzo de Miranda, dejando a su mujer como única heredera usufructuaria con sus bienes un hospicio de mujeres pobres, recogidas en la casa de su morada, imponiéndose el resto de su capital en fincas, cuyo rédito sirviese para mantenerlas a ellas y al capellán que les administrase los sacramentos y dirigiese los rezos.
punto final al asunto, desestimando la queja de Caballero y mandan do que se llevara a efecto la conmutación de la Obra pía de Miranda.
En esa fecha ya había sido vendida la casa del capitán benefactor y se había construido un nuevo monasterio, al que se habían tras ladado en 1828 las monjas ursulinas.
Hemos encontrado pocos documentos que nos manifiesten el número de alumnas que pasaron por las aulas de estas religiosas.
El síndico de las ursulinas, comisionado por el teniente de gober nador para llevar a efecto la erección, nos dice que una vez reparada la casa de la Obra pía, se colocaron en ella las monjas, obteniendo la población n1uchas. ventajas de su enseñanza,. «acudiendo gran número de niñas» (sin decir cuantas).
140 De diez años después -1828-tenemos un dato algo más explícito pero todavía incom pleto; el teniente de gobernador imformaba «que además de las educandas pensionistas (¿?) había 60 externas» y que cuando se fi.. nalizasen las obras del claustro y de las salas de enseñ2nza se podría admitir mayor número, tanto de internas que solicitaban el hábito como de externas.
141 Efectivamente debió de ser así, porque en la Memoria que al siguiente año -1829-elevaba Joaquín de Mi randa y Madariaga al rey, le exponía que contaba con: 4 monjas, 4 postulantes, 5 pensionistas, 108 educandas, l capellán, 1 síndico y 1 vicesíndico.
Al tener mayor amplitud en el nuevo monasterio la comunidad amplió considerablemente sus efectivos.
En la relaci6n de bienes de los regulares, de 1837, en la ya ciudad de Puerto Príncipe, pro fesaban 16 monjas de Santa Ursula, teniendo a su cargo, como siempre fue habitual en ellas, una escuela gratuita de primeras letras.
143 Se puede observar cómo tanto en La Habana como en Puerto Príncipe, la instalación de las monjas ursulinas se hizo atropellando, en cierta medida, los derechos adquiridos por otros grupos sociales marginados, con la aprobación de las autoridades locales.
Los regi dores de ambas capitales se preocuparon más de los intereses de la élite, por ser los suyos propios, que de los de la mayoría de la po blación.
Trataron de beneficiar a una clase elevada, o al menos media,.en perjuicio de los más menesterosos.
Las conclusiones que poníamos, como resumen final de las ursulinas de La Habana, tam bién pueden considerarse válidas para las mismas religiosas de Puerto Príncipe.
Como ya veíamos al hablar de las ursulinas, frecuentes eran las instancias de personas distinguidas de La Habana que deseaban educar a sus hijas en el monasterio de Santa Clara y no podían ha cerlo por prohibirlo el Estatuto de la Orden.
Carlos IV, ante esta situación, solicitó de la Corte de Roma que se dignase conceder la correspondiente facultad para que en el referido monasterio y de más conventos de religiosas de sus dominios de Indias fuesen admi tidas a la educación las niñas de esas principales familias que lo deseaban.
Condescendiente Su Santidad a las súplicas del monarca hispano expidió, en 21 de julio de 1795, un breve por el que habilitaba a los prelados de Indias para que pudieran dar licencia a las niñas <<procreadas de padres honrados y decentes», de edad mínima de siete años para que pudieran entrar «en clase de educan Estamos ante la comunidad religiosa mejor dotada de La Habana, la que contaba con mayores rentas.
Toda la clase «ilustre» pretendía llevar a ella a sus hijas con objeto de que adquiriesen «una buena educación cristiana y política».
Ella fue la que motivó el breve que hemos mencionado anteriormente.
Pero dos causas influyeron para que, a pesar de contar con la licencia papal, no se llevara a cabo la admisión de educandos: primera, la paz de Basilea -1795-por la que España cedía a Francia la mitad de la isla de Santo Domingo hizo que varias reli giosas, de la misma orden, franciscanas observantes, se refugiaran en el monasterio de Santa Clara, ocupando hasta el último rincón de sus dependencias;145 segunda, el traslado de las ursulinas de Nueva Orleans a La Habana -1803-, vendría a llenar la falta de enseñanza de niñas que la población demandaba.
Tan sólo tenemos noticias de su dedicación a la docencia durante 1819, a raíz de la orden de Fernando VII de impartir clases gratuitas en los claustros de conventos y monasterios.
ÜTROS MONASTERIOS DE RELIGIOSAS
El monasterio de Santa Catalina, poblado por monjas domi nicas, fue fundado en La Habana en 1658.
Aunque como hemos ÁNGEL IIUERT A MARTÍNEZ visto, al hablar del de Santa Clara, por el breve de Su Santidad de 1795 podían admitir educandas, con licencia del prelado, no nos consta que se dedicaran a la enseñanza, si exceptuamos. la for mación de las novicias que entraban en su orden y la escuela gra tuita para niñas de La Habana que en enero de 181 O se abría en este convento, en cumplimiento de lo mandado por el monarca en octubre de 1817.
146 En cuanto al monasterio de Santa Teresa, de carmelitas des calzas, fue fundado en La Habana en 1702.
Igual que hemos co mentado al tratar del convento de catalinas, no tenemos, dato alguno que nos permita asegurar que las monjas carmelitas im partieran otro tipo de enseñanza que en las excepciones apuntadas anteriormente.
Respecto a las Hermanas de la Caridad o Hijas de San Vicente sabemos que, en enero de 1847, seis de sus miembros llegaron a La Habana y que inmediatamente se pusieron al frente de las escuelas de niñas y salas de mendigos de Ja Real Casa de Benefi cencia.
El cuidado de los niños expósitos fue el motivo de su llegada a la isla de Cuba, aunque luego ampliaron su campo de acción a otras actividades como la enseñanza.
147 Testimonios laudatorios de la actividad pedagógica de estas religiosas los encontramos, pero ya en fecha posterior a nuestro estudio.
En el caso de las Misioneras Claretianas estamos ante la pri mera congregación nacida en esta isla antillana.
Deben su funda ci6n al arzobispo de Cuba, Antonio María Claret, hoy en los alta-res.
Después de comprobar, el santo prelado, el abandono de Lt educación de la juventud, especialmente la femenina, decidió reformar los estudios en el seminario y atender a la instrucción de la juventud.
Dentro de estas medidas de reforma hay que situar la creación de esta orden misionera.
El 26 de mayo de 1852 llegaban a Santiago de Cuba cinco jóvenes religiosos, 1 4 8 que iniciaron su clausura y noviciado el 7 de junio de 1853, de acuerdo con las reglas dadas por el arzobispo.
El 20 de noviembre de 1854, el prelado suplicaba a Su Santidad el Papa Pío IX, que permitiese erigir en la ciudad un monasterio de enseñanza en el cual se observarían sustancialmente las reglas de San Benito.
El 16 de julio de 1855 se recibía en Santiago de Cuba la contestación de Roma, favorable a la solicitud de Antonio María Claret, procediendo posteriormente a recibir los votos las cuatro hermanas (Florentina Seingler había fallecido),' y deposi tando el cargo de priora en la madre Antonia París de San Pedro.
Para solidificar su obra, el arzobispo, pensó crear un novi ciado en España.
En Tremp, en 1859, quedó fundada la segunda Casa de la Congregación, que era, a su vez el noviciado.
Posteriormente se irán extendiendo ( en el último tercio del XIX y en el siglo XX), por Baracoa, Palma Soriano, La Habana.
En mayo de 1818 se detuvieron en La Habana las primeras religiosas de una nueva congregación -la Sociedad del Sagrado Corazón-, las cuales se dirigían a los Estados Unidos.
En 1854, monseñor Hugus -obispo de Nueva York-, por motivos de salud, pasó a la capital antillana y se puso en contacto con el pre lado habanero -Fleix y Solans-los cuales trataron sobre la posibilidad de crear en esta ciudad, un colegio regido por la mencionada institución.
Después de solucionar algunos problemas que salieron al pa! io, el 19 de marzo de 1858, abrían el colegio, contando con 40 alum nas pensionistas.
La casa fue colocada bajo el patrocinio del Purí simo Corazón de María.
Clara X MONASTERIOS DE MONJAS EXISTENTES Ciudad
NUMERO DE REGULARES EXISTENTES EN LA ISLA Orden Franciscanos
es 20 ÁNGEL HUERTA MARTÍNEZ NUMERO � MONJAS EXISTENTES EN LA BADANA |
organismo que en el año 1831, absorbe las funciones mantenidas anterior mente por el Real Consulado; es decir, promover la agricultura, industria y comercio de toda la isla de Cuba.
Desde los orígenes, su objetivo preferente fue potenciar la inmigración de la raza blanca a Cuba y muy particularmente la canaria, al objeto de ir desembarazándose de la dependencia laboral esclava.
Conociendo pues el objetivo de la Junta, consu1tamos sus fondos, pudimos encontrar una extensa documentación sobre emi gración de canarios a la isla de Cuba, no solamente listas donde aparecieran el nombre del colono, su edad y su profesión, sino también las reglas que regulan su entrada en la isla, los partes médicos del estado en que estos colonos embarcan, los contratos de trabajo que firman, y el estado de las embarcaciones.
Para este estudio en concreto elegimos veintiuna listas de colonos canarios que llegan a La Habana entre el 30 de abril de 1852 y el 17 de jul�o de 1855.
A continuación nombraremos sólo de paso el otro gran pilar de la economía canaria, el comercio, que a diferencia de la agri cultura parece más rentable.
La situación privilegiada del archi piélago fue aprovechada para obtener abundantes ventajas median te el ejercicio del comercio con América.
10 «Este régimen comercial de excepción con Indias, en el marco del monopolio, donde el contrabando con manufacturas ex tranjeras, plata, productos indianos y esclavos desempeña un papel singular además de su sistema fiscal privilegiado diferente del vigente en Castilla y basado en la carencia de impuestos interiores con objeto de potenciar el poblamiento insular y el crecimiento de su economía».
Analizados los dos bastiones fundamentales de la economía canaria, estudiaremos a continuación las principales causas que hacen que los naturales de estas islas se vean forzados a salir de su país para buscar sin lugar a dudas, mejores condiciones económicas, que les permitan vivir con comodidad.
Empezaremos haciendo referencia a los factores físicos; geo lógicamente las islas Canarias son de formación muy reciente y producto de erupciones volcánicas, lo que comporta escasos suelos aptos para el cultivo y la ganadería, esto impide alimentar a una población numerosa 12 característica principal de la población ca naria, donde «el elevado saldo vegetativo es incapaz de ser absor bido por el modelo económico imperante».
13 Un clima bonancible, una alimentación equilibrada y una exposición al sol que permite asimilar vitaminas explican el alto índice de fecundidad.
14 Este hecho, junto con otro tipo de complicaciones, crean una situación de permanente tensión que encuentra sólo una vía reso lutiva: la emigración, esta emigración sirve por un lado como alige ración de las tensiones sociales por lo que es apoyada por las fuer-LA BÚSQUEDA DE UN MODELO LABORAL CAPITALISTA 5 zas sociales dominantes Y por otra sus remesas contribuyeron a p aliar su balanza comercial crónicamente deficitaria.
15 La segunda de las causas que provocan esta emigración es la atomiz ación de la tierra y la falta de lluvias en Canarias.
Según Julio Hernández 16 el problema fundamental radica en que las fincas eran muy pequeñas y las distancias entre ellas muy grandes por lo que se hacía muy difícil la comunicación y difusión de los productos agrarios.
Esta parcelación del terreno constituye un verdadero problema, al no haber tierras para todos y siendo fu agricultura la principal fuente de riquezas, el canario no encuentra otra vía que la emigración.
Al problema de la parcelación o atomi zación del terreno hemos de añadir el de la escasez de aguas, así por la naturaleza especial de su suelo volcánico las lluvias son muy raras además de la insuficiencia de bosques y arbolados y del efecto de la latitud que ocupa.
De aquí que la riqueza agrícola no produzca todo lo necesario para el consumo de sus moradores, motivo éste de continua emigración.
Así se expresaba la propia Diputación Provincial de Canarias en un informe del 19 de marzo de 1869.
11 A estas dos causas fundamentales que traen consigo la emi gración canaria hacia las tierras de ultramar hemos de añadir otras que son consecuencia directa de la anterior, siguiendo igualmente a Julio Hernández, podemos comentar que a consecuencia de la mala situación del campo canario cada día escaseaban más los artículos de primera necesidad, a consecuencia de la crisis agríco las, lo que hace que los precios de estos productos se eleven coru siderablemente' y que el campesino no tenga poder adquisitivo por el bajo nivel que tiene su salario.
Con lo cual la situación se vuelve nuevamente desastrosa.
Este campesino no consigue ni siquiera el autoabastecimiento, teniendo que alimentarse muchas veces de hojas de nopal hervidas, a estos salarios mezquinos hay que añadir un horario abrumador y una dieta alimenticia msu ficiente ante lo cual no le queda otra salida de la emigración.
Además del lamentable estado de la agricultura canaria, y del resto de los problemas que hemos enumerado, otro factor de cisivo son las pesadas cargas tributarias que han de soportar los canarios.
En discurso pronunciado el 24 de enero de 1888, en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas18 se manifiesta «que el Fisco tenía la culpa de la decadencia de la agri cultura en Canarias; ya que la Hacienda grava en demasía al labra dor de Canarias, teniendo éste que perder sus tierras al no poder pagar las contribuciones y quedándole como única solución la.., em1grac1on».
Independientemente de estas causas propias de las islas Ca narias, van a aparecer una serie de motivos que hacen al canario emigrar, la totalidad de ellos proceden de la otra parte del A tlán tico, y son motivos permanentes a todo fenómeno migratorio, entre los más relevantes citaremos: las cartas de llamada de parien tes ya establecidos en América, la política migratoria llevada a cabo por las repúblicas hispanoamericanas y el mito indiscutible del indiano que volvía enriquecido.
Una vez explicadas las características más notables de la economía canaria y cómo esta economía desemboca en un proceso irreversible de causas que hacen al canario emigrar, hablaremos a continuación muy someramente de los lugares escogidos por estos canarios para iniciar una nueva vida.
A nuestro entender existen dos tipos de causas fundamentales: en primer lugar a partir de 1830 se inicia en Cuba un movimiento de oposición al contrabando de esclavos, este sentimiento, al decir de J. Le Riverend, está mucho más arrai gado entre los elementos progresistas de la clase hacendada, que comienzan a tener sus dudas sobre la utilidad del sistema escla-vista, preocupánd oles especialmente el rápido incremento de la población esclava ante el temor de una sublevación negra.
19 Por otra parte ya en 184 5 el gobierno español dicta la le'y de represión del tráfico de negros, por la cual se establecen duras penas a los que tomen parte ya directa o indirecta en la _trata. clandestin a.
A consecuencia de estos dos aspectos -la conveniencia o no del negro y la prohibición de la trata-en Cuba empieza a disL minuir la población tradicionalmente vinculada al trabajo en inge nios y cafetales.
La segunda de las causas, es que ya desde la primera mitad del siglo XIX se inician los primeros planes de colonización blanca, y acuden a Cuba miles de campesinos y artesanos de la península y de Canarias sobre todo.
En esta línea el papel de los hacendados cubanos fue decisivo, pues «abogaron enérgicamente por la inmi gración y la colonización blancas, sin que muchos de ellos los de más enérgico y elevado espíritu, cejasen en su empeño a pesar de las amenazas y calumnias de. los negreros contrabandistas de es clavos en provechosas relaciones generalmente con las autoridades superiores de la colonia».
20 A nuestro entender estos son los dos motivos fundamentales que hacen que los canarios se dirijan mayoritariamente a Cuba, independientemente de factores de tipo climático, lingüístico, etc. A todo esto contribuyó la mala situación económica que atravesaba Canarias y que veía en la emigración la única manera de solucionar sus males.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX el gobierno español se vio obliga4o a dictar una serie de reales órdenes y reales decretos regulando la emigración de sus súbditos.
Debido a la real orden del 1 de octubre y 6 de noviembre de 1836, se había prohibido emigrar a las repúblicas de América del Sur, esta prohi bición había venido motivada entre otras cosas, a consecuencia del mal trato de que eran objeto dichos emigrantes, y también a conse cuencia de las guerras que por estas fechas asolaban a los países de América.
No obstante una vez que estas condiciones fueron ca�biando, cesando el estado de agitación de algunas repúblicas y habiéndose colocado en algunas de ellas agentes diplomáticos, no tenía ya sentido mantener esta prohibición.
Así el 16 de septiembre de 1853 se da una real orden circular «con objeto de que cese la prohibición que en virtud de Reales Ordenes vigentes, está pesando sobre los habitantes de las islas canarias para emigrar a las repúblicas de América del Sur».
21 No obstante, ni estas prohibiciones ni las reales órdenes que regulan todo lo contrario afectan para el caso que aquí a continua ción trataremos ya que la emigración de canarios a Cuba, Puerto Rico y Filipinas nunca se vio afectada por este tipo de órdenes.
Unicamente aparecen una serie de normas que van a regular la entrada de colonos canarios a Cuba y que a consecuencia de los abusos y de los malos tratos de que eran objeto estos emigrantes el propio capitán general de la isla de Cuba no tuvo otra alter nativa que aprobar en 1849 unas reglas elaboradas por la Comisión de población blanca de la Real Junta de Fomento, que tendría como finalidad acabar con las injusticias (vid. Apéndice I).
A pesar de esta reglamentación se siguen cometiendo abusos'y la mayoría de estas reglas no se cumplen, por lo que a lo largo de la cronología estudiada veremos cómo surgen modificaciones a las reglas de 1849.
A consecuencia de los citados abusos la Comi sión de Población Blanca, publica un contrato a firmar por el colono y el patrono, con el único fin de regular situaciones extremas (vid. Apéndice II).:::,.
l; �:•:;::. �: � /_, � r-�,,.:•; r � �; r • _;..,, De estas cuatro cantidades podemos destacar la del año 1853, por ser la más elevada y además por coincidir este año con la real orden circular del 16 de septiembre en la que cesa la prohibición de emigrar a las repúblicas de América del Sur, si bien tenemos que hacer notar que esta prohibición no había afectado nunca a Cuba, sí pudo esta política aperturista de emigración hacer que aumentaran las cifras incluso a países donde nunca estuvo prohi bido emigrar.
De las demás poco podemos decir, sólo comentar que son superiores a las aportadas para épocas anteriores, 1826-1853 por M. C. Albelo Martín 22 que nos da una media de 283 per sonas por año, e inferiores a las que nos ofrece el historiador Julio Hernández 23 para el período 1835-1850, lista que incluimos.., a cont1nuac1on:
Estas diferencias no nos pueden asombrar, dada la estructura sexista existente en la sociedad y en las ofertas de trabajo, no obstante al permitírseles a los colonos el viaje con sus mujeres e hijos el aporte de la emigración femenina en Canarias es digno de tener en consideración al compararlo con otras regiones de igual tradición migratoria.
Por lo que se refiere al estado civil, tenemos que decir que en la mayoría de la documentación consultada no consta este dato, y ruando aparece es sólo para especificar que son parejas de es posos o familias completas, siendo su número muy reducido por lo que la conclusión que sacamos es que la emigración canaria a Cuba en estas fechas es fundamentalmente soltera.
Respecto a las edades, debemos decir que casi todos los colonos registrados en estos años aportan este dato (gráf.
Con estos datos podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la emigración de colonos canarios a Cuba en el período 1852-1855 es una emigración joven, gente que probablemente buscaría su primer empleo, pues están todos concentrados en edades laborales.
Respecto al origen poblacional el aporte es el siguiente: de los 1.803 colonos que emigran a Cuba entre 1852 y 1855 Ja inmensa mayoría la constituyen los naturales de Tenerife con un total de 1.423 individuos que representan un 75'8 %; el segundo lugar lo ocupan los naturales de Gran Canaria con 238 individuos que representan el 12'7 %, seguido de los de Gomera con 139, o sea un 7'4 %.
El aporte del resto de las islas es bastante menor así de Lanzarote salen para Cuba en las fechas estudiadas 1 O indi viduos, de Fuerteventura 30, de la isla de Hierro 14 y de La Palma sólo 1 (gráf.
Aparte de estos emigrantes colonos ca narios, en la documentación consultada aparecen 15 personas no naturales de las islas y que tienen su lugar de nacimiento funda mentalmente en Galicia, Castilla, Santander, Cádiz y Granada.
Desglosando el origen poblacional de estos colonos canarios tenemos las siguientes cifra:;: En cuanto a la dedicación laboral que ejercen los colonos canarios al llegar a Cuba, salvo para el año 1852, en el que no se especifica el oficio o profesión de ninguno de los que emigran, los datos son los siguientes: 8'3
Estos porcentajes nos demuestran, que son los labradores, los que constituyen la inmensa mayoría, esto no nos puede extra ñar ya que el isleño destacó siempre en el sector primario en su tierra de origen y era muy normal que en América ejerciera la misma profesión.
Ejemplo de la actividad agricultora del canario la observamos en la lectura de los peri6dicos isleños editados en Cuba:
<<No pecaríamos de exagerados, indudablemente, si dijéramos que al importante y valioso elemento emigratorio de nuestro país, debe, esta honrosa tierra de Cuba, un señalado e inapreciable be neficio, el engrandecimiento de su propia agricultura.
Testimonios irrefutables y elocuentísimos de esta verdad son las hermosas y florecientes comarcas de Vuelta Abajo, Remedios y Camajuani, donde el arado del laborioso agricultor isleño ha hecho verdaderos prodigios de aquellas incultas y dilatadas llanuras, en ricas y productivas fincas de labor.
Obedeciendo a su carácter libre e independiente, el canario emigra llevando al hombro las herramientas de trabajo.
Agricultor por excelencia no se agrupa como otros inmigrantes en torno a las grandes ciudades, se dirige a los campos, como si su inteligente mirada buscase amplios horizontes y dilatadas llanuras donde ejer citar su poderosa actividad».
24 El resto de las actividades laborales decaen considerable mente en su número respecto a los labradores.
De los sirvientes podemos decir que esta profesión es ejercida tanto por el género masculino como por el femenino y que constituye la segunda acti vidad más importante del colono canario en Cuba seguida de jornaleros y lavanderas.
El resto de los oficios: zapateros, artesa nos, costureras, carpinteros, panaderos, etc. constituyen el 8'3 % del total.
Como colofón podemos decir que el elemento canario se con figura en Cuba como una solución laboral alternativa, de corte ca pitalista, obrero libre, al trabajo esclavo.
De hecho Canarias, a partir de esta época, como zona de primida y marginal, ausente de industrialización y como un modo de producción casi feudal, se convierte en un país dependiente y monoproductor.
En este sentido sus propios hombres se convierten en una de sus principales exportaciones.
Por una serie de motivos culturales, existentes desde 1492, estos hombres van a tender hacia América: Venezuela, Uruguay y sobre todo Cuba.
Esta emi gración que ya fue fomentada por los Barbones -no se olvide d. «impuesto de sangre» por motivos comerciales-es ahora fomen tada por los poderes económicos del momento, ya que en efecto esta población desocupada y necesitada era un magnífico caldo de cultivo para las ideas progresistas del momento.
Por eso mis mo la oligarquía canaria ausente del momento económico de la época e incapaz de desarrollar su propio suelo ni cultivar produc - tos alternativos a los agrícolas tradicionales, prefiere que el pueblo Cuba en estos años se encuentra entre la dicotomía de seguir manteniendo un modo de producción esclavista, con costos cada vez mayores, en todos los terrenos de la vida cubana, o de ir abriendo el mercado a una mano de obra libre.
En efecto por estos años en Cuba asistimos a la transición del esclavismo al capital lismo.
Para ello se acude a colonos canarios con una antigua rai gambre laboral y cultural en el país, cuyas pretensiones económicas son débiles y por tanto bien asumidas por los propietarios cuba nos, los mismo que a chinos y en ocasiones a gallegos.
Es en este encuadre histórico cómo debemos situar esta emi.. gración canaria a Cuba que tanto ha servido para unil' a estos pueblos, ya que de hecho en muchos aspectos tienen esa identidad común que proporciona una historia compartida.
6) Al día siguiente de éste, se anunciará por los periódicos la llegada de los pasajeros expresándose sus circunstancias y que están dis puestos a colocarse con las personas que lo soliciten, debiendo tener lugar las colocaciones en los 15 días siguientes de su llegada, en el concepto de que cumplido este plazo cesarán los auxilios de alojamiento y manutención por parte de la Junta.
7) Dichas colocaciones serán enteramente a discreción de la Comisión de población blanca sin que el tiemJlO de ellas pueda bajar del que se necesite para el reintegro de los gastos desembolsados por la Comisión, cuidándose no obstante de que sean colocados con per sonas de responsabilidad y buenas costumbres y que no se se11aren de los padres los hijos de menor edad ni los maridos de sus mujeres contra su voluntad.
8) Las contratas entendidas por duplicado se firmarán por ambas partes y se autorizarán por la Comisión que recogerá una quedando la otra en poder del su jeto a cuyo servicio entre el pasajero, se expresará en ellas el término del contrato, el salario, alimento y vestido, asistencia en las enfermedades, horas de trabajo y cuantas más condiciones se consideren necesarias para la claridad de ambas obligaciones, así como los descuentos que deberá sufrir el interesado en su salario para que la Junta se reembolse de los gastos hechos, siendo este pago obligatorio para los dueños aun cuando falten los criados.
9) A cada pasajero se le formará por la Contaduría de la Corporación una cuenta de sus gastos en la que se incluirán los pasajes, des-
embarco, manutención, vestidos, cama y asistencia cargándo:-:c a su total importe un 5 1 % para gastos menores. l{)) Como encargado de la Junta de fomento de la población blanca en esta Isla ejercerá su patrocinio y protección con estos individuos por todo el tiempo de sus respectivas contratas.
En consecuencia oirá las quejas que sobre los ajustes se procurarán por ambas partes y en caso de no haber conformidad con sus resoluciones las some terá a la decisión de la autoridad su periorn.
El segundo rasgo que podemos definir de esta emigración de colonos canarios es que es absolutamente masculina, del total de 1.803 individuos, contabilizamos 1.307 varones, o sea el 72'5 % y hembras, el 27'5 % (gráf.
2), diferencia a favor de los varones que se mantiene a lo largo de los cuatro años tra., bajados como se demuestra con los siguientes datos: |
navíos, que suponen un 20% del total.
Esto nos ha permitido localizar lotes de libros declarados en 34 barcos, en los que se han encontrado 130 envíos de libros.
Este conjunto ayuda a detectar las claves del circuito de llegada de los libros, muy poco conocido, por medio de comerciantes, libreros y particulares.
El estudio de los intermediarios también permitió localizar algunas de las redes que intervienen en ese tráfico de libros.
Por último, el estudio de los títulos embarcados ha llevado a encontrar una muestra significativa de los textos impresos en Europa que llegaron en los siglos XVI y XVII al área de Guatemala y Honduras.
El impreso irrumpió por doquier en el mundo moderno.
Los textos emborronados con la escritura artificial de los tipos salieron de las prensas para circular, su fin no fue otro que el de venderse e intercambiarse.
El tex-to impreso fue un producto cultural con rasgos novedosos que pronto encontraría su lugar en el mercado a uno y otro lado del Atlántico.
Desde fechas tempranas la producción de las imprentas europeas contó con una importante vía de negocio en el territorio americano gracias a la Carrera de Indias.
2 A ello contribuyó, sin duda, la escasez de impresos realizados en el Nuevo Mundo y la tardía implantación de las imprentas en la mayoría de los lugares.
En este sentido el área centroamericana es, en gran medida, un ámbito sin prensas, dependiente de la producción mexicana, poblana y europea.
Los mismos lazos del impresor José de Pineda Ibarra, establecido en 1660 en Santiago de Guatemala, marcan una pauta de relación con México.
En su testamento de 1680 indicaba que debía a Paula de Benavides, viuda del impresor mexicano Bernardo Calderón, 150 pesos "que siendo su oficial y trabajando en su casa, me los prestó en reales de diferentes partidas ".
3 En esta tesitura el negocio de la imprenta y de la librería quedará, en muchos casos, como una más de las actividades económicas desempeñadas por estos profesionales del libro.
El caso de Pineda Ibarra resulta, de nuevo, revelador.
Reconocía deudas pendientes por la compra de una tenería, o bien por negocios con harinas, pero también una deuda de 411 pesos "para comprar la librería del señor doctor don Jerónimo de Vega y Vich, oidor que fue de esta Real Audiencia".
Sin duda fue un buen negocio, pues consiguió los libros sin desembolsar un peso, a cuenta de partir las ganancias por mitad, y logró un fondo considerable de 334 libros que aún tenía en su poder en 1680.
2 Analiza la llegada de vendedores de libros a Lima Hampe Martínez, Teodoro: Bibliotecas privadas en el mundo colonial: La difusión de las libros e ideas en el virreinato del Perú (siglos XVI-XVII), Vervuert, Frankfurt; Iberoamericana, Madrid, 1996.
También se ocupa de estos asuntos Guibovich Pérez, Pedro: "Libros para ser vendidos en el virreinato del Perú a fines del siglo XVI", Boletín del Instituto Riva-Agüero, 13, Lima, 1984-1985, págs. 85-114.
En el caso de las ciudades mexicanas, además de los repertorios clásicos, contamos con trabajos especializados como el de Castro Morales, Efraín: "Libros del siglo XVI en la ciudad de Puebla de los Ángeles", en Libros europeos en la Nueva España a fines del siglo XVI.
Una revisión general en Rivas Matas, Emma: "Impresores y mercaderes de libros en la ciudad de México, siglo XVII", en Carmen Castañeda (coord.): Del autor al lector.
I. La historia del libro en México y II.
La historia del libro.
Una visión de conjunto en Calvo, Hortensia: "The Politics of Print.
3 Esta cita y las siguientes están tomadas de la transcripción del documento notarial publicado por Medina, José Toribio: La imprenta en Guatemala, Santiago de Chile, Impreso en casa del Autor, 1910, págs. LXIII-LXV.
También se ocupa por extenso de estas imprentas Medina, José Toribio: Historia de la imprenta en los antiguos dominios españoles de América y Oceanía, Tomo II [en línea], Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2000, págs. 119-167.
Ed. digital basada en la de Santiago de Chile, 1958. http://www.cervantesvirtual.com.
Los impresores y los libreros que se asentaron en las ciudades centroamericanas tuvieron una clara perspectiva de las dificultades que encontrarían para consolidar sus negocios en un territorio en el que existía una clientela potencial minoritaria, aunque dependiente de sus habilidades.
4 El tráfico comercial ligado a la Carrera de Indias les facilitó una vía para obtener libros, al igual que los burócratas en sus viajes en busca de un nuevo cargo podían aprovechar para incrementar su biblioteca durante su estancia en España o en México.
De la misma manera los religiosos solían aprovechar el viaje a la Corte o a Roma, o bien pedir los libros que deseaban tener en sus conventos, como hicieron los dominicos de Coyoacán.
5 Los libreros centroamericanos también solicitaban las novedades a sus colegas sevillanos, y de igual modo, podían acordar la compra de lotes en Sevilla con los mercaderes que traficaban en el navío de Honduras.
Estos encomenderos resultaron una baza fundamental de todo el tráfico, pues controlaban la complicada maquinaria de la Carrera de Indias.
Acudir a ellos era una garantía para lograr que el navío trajera en su tornaviaje aquellos preciados volúmenes que necesitaban para sus estudios o sus librerías.
La posibilidad que brindaba el tráfico atlántico fue aprovechada para surtir de libros las tiendas, los colegios, la universidad, los conventos e iglesias y las bibliotecas particulares.
En cualquier caso es evidente que había grandes diferencias entre las ciudades y las zonas campesinas, así como entre las áreas portuarias mejor abastecidas y las zonas de interior.
El obispo de Honduras se quejaba al rey de la falta de medios "porque como Guatemala es tierra tan rica y está tan misera, no ay clérigo que quiera parar en ella" y le pide merced "para que le hagan retablos, caliçes, ornamentos, libros de canto y otras cosas necesarias".6 Los Cabildos y los obispos procuraban abastecer sus territorios con las obras básicas de la liturgia, y para lograrlo podían acudir a la Corona o bien utilizar el dinero recaudado a sus feligreses.
El negocio para los libreros no acababa aquí ya que los párrocos necesitaban en sus iglesias libros blancos para el asiento de los bautizos, bodas y defunciones.
El comercio del papel, la tinta y otros materiales necesarios formaba también parte del negocio de los libreros.
En estos territorios los libros podían quedar en uso un largo tiempo, sin que les afectaran las preocupaciones de revisión que demandaban primero los obispos mexicanos y luego la Inquisición de ese virreinato, a partir de 1571.
De hecho, cuando en 1586 el comisario de Chiapas recibió el encargo de revisar los libros escribió que "en lo que toca al trabajo de expurgar los libros, bien vemos que será grande, y así habemos permitido cualquier ayuda [...] que cada uno enmiende su libro por el cathálogo ".
7 Los impresos, las estampas, los formularios de las notarías, así como la variedad de la producción efímera, circularon y se usaron abundantemente.
La letra impresa en sus múltiples variantes, los grabados xilográficos y los adornos tipográficos fueron cotidianos a los habitantes de las ciudades y aún lo fueron más conforme se iba consolidando la colonización.
Lejos quedaban las estelas y la escritura maya que vió Diego García de Palacio, pues en "Copán, están unas ruinas y vestigios de gran poblazón [...] y una piedra grandísima en figura de águila, y hecho en su pecho un cuadro de largo de una vara y en él ciertas letras que no se sabe qué sea ".
8 El olvido y el desconocimiento de esa otra escritura de "ciertas letras" supuso una condición más para la colonización. siglo XVI, Obispado de Choluteca, Honduras, 1994, págs. 297-298.
Una consecuencia de estas peticiones es el intenso tráfico de pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y otras que recoge Luján Muñoz, Jorge: "Ejemplos de comercio de obras de arte entre España y el reino de Guatemala en la colonia", Archivo Español de Arte, 51, 202, 1978, págs.155-163.
Este tipo de negocios atlánticos son habituales en los artistas sevillanos, así en el testamento de bienes de Alonso Vázquez de 1607 este pintor afirma " que de la çiudad de Guatemala se me ynviaron çient pesos para colores"; transcribe el documento Palomero Páramo, Jesús: "Las últimas voluntades y el inventario de bienes del pintor Alonso Vázquez", Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 86, 2005, págs. 169-202.
7 Libros y libreros en el siglo XVI.
La acción inquisitorial es descrita por Chinchilla Aguilar, Ernesto: La Inquisición en Guatemala, Ministerio de Educación Pública, Guatemala, 1953, págs. 187-196, e incluye la lista de libros expurgados o recogidos por la Inquisición, págs. 299-312.
ISSN: 0210-5810 El navío de Honduras La Casa de la Contratación se encargó de organizar la flota que se dirigiría a Veracruz.
Desde 1564 salía en el mes de abril (y en mayo a partir de 1582), y a ella podían unirse el navío de Honduras y los barcos destinados a las Antillas.9 El viaje en el navío resultaba incómodo, lento y peligroso.
El obispo de Honduras escribió su primera carta al emperador Carlos V desde Trujillo en 1545 y no dudó en anotar al margen "tarde en my viaje de Sevilla aquí XLV días".10 Un dato que resume, en su brevedad, las difíciles jornadas de navegación atlántica.
El tráfico a tierras centroamericanas quedó vinculado a un trasiego de hombres para el gobierno, misioneros y mercancías que pronto permitieron consolidar un intercambio de materias primas por toda una gama de productos europeos de importación.
Desde Trinidad de Sonsonete, Francisco López de Salazar escribió a su hermana invitándola a ir a tierras americanas y en la carta trataba asimismo sobre los negocios, pues éstas eran, además de un lazo de unión, un buen mecanismo de información mercantil.
Le informó de que "va tratado con Jerónimo de Pereda que el año que viene le envíe tinta, que es la mercadería de esta tierra ".
11 En esto tenía toda la razón, pues los libros se pagaron con añil en muchas ocasiones.
La franja costera del Golfo de Honduras, en la bahía de Amatique, el puerto de Trujillo, Puerto Caballos y Santo Tomás de Castilla fueron puntos de arribada de la "nao de Honduras".
Aunque el tráfico de navíos fue, en opinión de Pérez Brignoli, "azaroso y a menudo esporádico", 12 Chaunu apunta que "la continuidad del movimiento con Honduras es el mismo de Nueva España",13 pues seguía el ritmo de las flotas y dependía de la buena marcha del grueso de los navíos.
La carga de mercancías en los navíos de Honduras permite detectar quiénes fueron los cargadores que enviaron frangotes y cajones de libros encaminados a la vertiente atlántica de la franja centroamericana.
El proceso de carga seguía idénticos procedimientos que el resto de la flota de Nueva España.
Los cargadores debían acudir con los cajones y los documentos a la Aduana, donde quedaban depositados los bultos hasta que se embarcaban en el navío en el que realizarían el viaje atlántico.
De aquí el cargador iba con los papeles a la Contaduría de la Casa de la Contratación, en la que se van anotando los pagos de impuestos (almojarifazgo, avería de armada, consulado, etc.).
Una vez resuelto el complicado papeleo, los libros debían someterse a un control paralelo por parte de los inquisidores sevillanos.
El cargador tenía que, de este modo, seguir un trámite un tanto enrevesado antes de lograr sacar de la Aduana los libros encajonados y marcados con un sello de cera que garantizaba la revisión por parte de un calificador del Santo Oficio.
El porcentaje de idas a estas áreas (tabla I) ofrece unos resultados escasos en comparación con las cifras de miles de navíos de la Carrera de Indias que fueron a los puertos de Veracruz, Nombre de Dios, Portobelo o Cartagena.
No obstante, el conjunto de 260 navíos que viajaron entre 1538 y 1700 suma una cantidad de viajes más que notable, que abrió las posibilidades a la llegada de libros desde Europa.
En este trabajo queremos aportar una aproximación al estudio del comercio del libro en la zona de Honduras y Guatemala investigando una muestra de 52 registros de barcos (un 20% del total).
En 34 de ellos navegaron libros declarados como mercancía.
Otro asunto bien distinto sería el de los libros que pudieran llevar los pasajeros consigo.
En este trabajo tan sólo aparecerán reflejados los libros incluidos en las declaraciones juradas realizadas por los cargadores.
Este era un testimonio preceptivo y obligatorio para poderse embarcar bajo registro, pues hay un proceso administrativo y un cobro de impuestos que viene fijado en el articulado de las Ordenanzas de la Casa de la Contratación.
El libro aparece, de este modo, tratado como una mercancía más de las declaradas en la Aduana de la ciudad de Sevilla para cargarse con destino a América.14 Las cifras obtenidas de la muestra de 34 navíos se exponen en la tabla II.
En los años que transcurren entre el primer navío estudiado de 1557 y el último de 1687 la cata de navíos analizados muestra la notable cantidad de 130 cargadores de libros (tabla II).
En esta primera etapa los envíos son pequeños, generalmente de menudencias con textos básicos (cartillas, coplas, etc.).
Las ausencias más notables se deben, claro está, a los pocos registros analizados entre 1561 y 1600, algo que esperamos subsanar en nuevas investigaciones.
En todo caso, las cotas más altas de envíos a Honduras coinciden, en líneas generales, con los mejores momentos de remisiones de libros a América a principios del siglo XVII.
15 El tráfico comercial de este producto cultural en la primera década apareció con fuerza, fue un momento de envíos abundantes, tan sólo en 1608 hay 23 cargadores que declaran libros.
En todo caso éste fue un año excepcional en todo el conjunto de la flota de Nueva España, con envíos impresionantes si tenemos en cuenta la caída del tráfico observada a partir de 1610.
Esta fecha y la de 1620 suponen un punto de inflexión que también se refleja en los envíos a un área periférica como Honduras.
A partir de 1610 las cifras de cargadores de libros son muy discretas hasta llegar a un tope de 10 en la década de los setenta debido, sobre todo, al navío que va en 1678.
El estudio de Lutgardo García Fuentes permite seguir la pista al total de barcos que realizaron la travesía en la segunda mitad del siglo XVII y en su trabajo se contabilizan los cajones de libros remitidos entre 1650 y 1699.
Es una unidad de medida discutible pero que permite un primer acercamiento.
El tráfico de libros a Honduras supuso, de acuerdo a estas cifras, un 2% del total de los envíos de cajones con libros.
Es un total discreto, pero no debemos olvidar que el mercado potencial es más limitado y que los cauces del navío de Honduras no eran la única vía de llegada de libros.
El desglose que ofrece este investigador al analizar todos los navíos (tabla III), y no únicamente la muestra que aquí ofrecemos de manera más detallada, permite evaluar un primer acercamiento.
Teniendo presente que el registro es una vía comercial de transferencia de mercancías con otras prioridades (los libros no dejan tantos beneficios frente a otras mercancías), que tan sólo revisamos un 20% del total de navíos y que no se cuentan los libros que fueron entre las pertenencias de los pasajeros ni, claro está, los que pudieron pasar de contrabando, los totales resultan interesantes y plantean numerosos interrogantes en torno a las redes que mantuvieron, a pesar de las dificultades y de las debilidades del abastecimiento, un hilo de lecturas en común en forma de transferencia cultural sostenida.
15 Un detallado análisis de los negocios de los libreros sevillanos a finales del XVI en González Sánchez, Carlos A., y Maillard Álvarez, Natalia: Orbe tipográfico.
El mercado del libro en la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVI, Trea, Gijón, 2003.
Análisis de los envíos: libros en red
La red de hombres hace posible la red de libros en circulación (tabla IV).
Los circuitos y las rutas de las mercancías más habituales marcan el territorio de abastecimiento y los cauces por los cuales llegaban los libros a destino.
Los puertos y caminos más transitados eran los que en primer lugar recibían los beneficios de las novedades impresas destinadas a una vasta clientela de lectores coloniales.
Es el caso de Puerto Caballos, convertido en un punto clave de los circuitos mercantiles y polo de atracción para los negocios.
La red de intereses tejida en torno a las clientelas comerciales es clave para comprender las bases de distribución, las rutas y los mercados.
Los mercaderes dependían de los intereses de los propietarios de la tierra y de la burocracia de la Corona, implicados de forma decisiva en la explotación de los recursos agrícolas a través del tributo indígena.
Estas redes comerciales permitieron el abastecimiento de libros allí donde las deficientes estructuras de distribución a través de la librería americana no llegaban, en lugares donde toda la infraestructura para el negocio del libro, aún existiendo demanda, no se había consolidado.
16 En los primeros envíos analizados de 1557 se aprecia una intervención de mercaderes como Alonso de la Aguila, que recibió unas horas en romance y "30 docenas de cartillas", enviados por una compañía sevillana que declaró además tinta, cañones, escribanías y papel.
Era lo más frecuente, pues el mercader sevillano Juan Fernández de Honduras también remitió 30 "docenas de cartillas" en 1557 a encomenderos de Puerto Caballos.
En conjunto, en ese mismo año pudimos localizar seis envíos con cartillas que suman en total 5.196 ejemplares.
En esa fecha igualmente, los libros declarados en doce envíos alcanzaban los 269 ejemplares.
Las menudencias impresas ligadas a la educación y los textos necesarios para la liturgia son, en gran medida, los enviados con mayor frecuencia en ese momento.
En esos comienzos de circulación del libro también es posible articular la red de intercambio a partir de conocidos como el clérigo Pedro de Cabrera, que remitió desde Sevilla a Francisco Marroquín, obispo de Guatemala, un "libro de pergamino de tinieblas" y también varios libros de música al 16 Este problema es tratado en Rueda Ramírez, Pedro: "Mercaderes y libros en la Carrera de Indias a finales del reinado de Felipe II", en V Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna: Felipe II y su tiempo, José Luis Pereira Iglesias (coord.), Universidad; Asociación Española de Historia Moderna, Cádiz, 1999, págs. 565-572.
ISSN: 0210-5810 doctor Cota,17 tanto manuscritos como impresos, del tipo de los "dos cuerpos de libros de música de [Cristóbal de] Morales en uno".
Esta forma de envíos, con lotes pequeños mandados por mercaderes bien a destinatarios concretos o en una venta de otro tipo, es el caso de los "quatro libros flos sanctorum catorce ducados" y "quatro misales diez y seis ducados" remitidos por Hernando de Torres al jubetero Juan Sedano, vecino de Honduras, que los recibió en 1593 junto a un lote de azafrán, hilo portugués, lancetas, cintas, sombreros, agujas, botones y calzas de lana.
18 A principios del XVII detectamos negocios librarios de mayor calado.
El caso de Pedro de Lyra es ejemplar.
Aparece citado como destinatario de cajones de libros de los navíos de Honduras desde 1608 a 1640 y nos servirá para trazar la tipología de las modalidades del tráfico.
Lyra era regidor de Guatemala y uno de los siete mercaderes con un mayor capital de la ciudad en 1623.
19 En 1614 una relación de méritos da cuenta de que "a casi treynta años que paso de los reynos de España a estas partes".
Vivió prácticamente toda su vida en Santiago de Guatemala y estuvo allí "con su cassa y familia teniéndola de las mas principales de esta ciudad en la qual a tiempo de seis años que sirbe el oficio de regidor y de familiar del sancto Oficio".
20 Este peninsular dedicado a una intensa actividad comercial contaba en su declaración de bienes, demandada por la Corona, que su patrimonio se formó "enviando mi hacienda y arriesgándola destas provincias a los reinos de España y del Perú y a la ciudad de México y a la Puebla de los Ángeles." 21 Era el radio de acción de los mercaderes de Santiago de Guatemala que controlaban el negocio de la exportación del cacao y el añil, así como los créditos a obrajeros a través de censos.
Lyra era el destinatario de buena parte de los envíos de libros a Guatemala en esos años, su faceta de prestigio quedaba cubierta por su papel como familiar de la Inquisición y su excelente posición económica en la sociedad colonial le convirtieron en un intermediario habitual.
En 1608 los Carmona le enviaron un lote que iba por cuenta y riesgo de "un fraile que conoce el dicho Pedro de Lira que nosotros no sabemos el nombre" con 24 títulos de obras religiosas, fundamentalmente sermonarios.
Da cuenta, como dato interesante, del precio de 24 reales "por la caxa en que van estos libros",22 indicador de su papel como intermediario.
Los Carmona también cargaron en 1608 un total de 47 títulos (281 ejemplares) que se corresponden con un envío para dos destinatarios.
En este caso debían entregarse en el puerto de Santo Tomás de Amatique.
Afirmaban los Carmona que los libros "me envío de Salamanca el pe maestro Fr.
P.o de Ledesma por cuya quenta y riesgo van", algo lógico, pues llevaban 167 tomos de la Suma de Ledesma (entre primeras y segundas partes).
Ahora bien, también portaba "asimismo dos cajas de libros que le envíamos consignadas al dicho Pedro de Lira de lo proçedido del añir que nos envío registrado el año pasado" de 1606 y "estas dos cajas van por quenta y riesgo del dicho Pedro de Lira".
De todos modos, en el detalle del cajón se indicaba una noticia interesante, pues las dos cajas últimas "me envío el padre fr.
Domingo Rosales para que la envíe al dicho Pedro de Lira".
Esto es, tanto Carmona como Lyra eran intermediarios que hacían llegar a Guatemala los libros de Ledesma y de Rosales.
En 1609 Cristóbal Barrionuevo le registró un lote a Pedro de Lyra en Guatemala de "lo procedido de los veynte caxones de añir que le inbio" del que tiene "quenta corriente".
Era un lote comercial de 57 títulos (185 ejemplares) con una selección de libros religiosos y algunos títulos de literatura como una "toledana discreta".
23 Un texto un tanto singular del religioso Eugenio Martínez (O.Cist.) que llevaba el título de Genealogía de la toledana discreta.
En la obra se desgrana en treinta y cuatro cantos una extensa y abigarrada versificación de aventuras caballerescas.
Un libro que, en opinión de Pantoja Ribero, "pertenece a un género híbrido que mezcla los libros de caballerías y la épica culta renacentista cuando ya ambos filones narrativos han entrado en franca decadencia".
24 En 1609, Juan Cascajo carga libros para entregar en Puerto Caballos a Pedro de Lyra para que hiciera la voluntad de "Juan Cascajo conforme auisa por sus cartas".
El lote comprendía 39 títulos (159 ejemplares), la mayoría religiosos y textos de liturgia con "Diez y seis misales quarenta y nueue breuiarios y cinquenta dos diurnos del usso y reçado de la orden de St. Domingo siendo general el Rmo.
Pe Jabier impressos todos en Roma anno de mill y seiscientos y tres y seiscientos y quatro y seiscientos y cinco".
Aunque también declaró un libro de éxito "llamado don Quixote author Miguel de Cerbantes Saauedra impresso en Madrid año de mill y seiscientos y ocho".
En 1613 recibió un lote de libros religiosos tan especializado que debió de responder a una petición concreta gestionada por los mercaderes sevillanos Bartolomé y Alonso Carmona Tamariz.
En este caso llevaba obras recién publicadas, como las "Declaraciones de 12 lugares de la escritura por el pe Alua cartujo 4.o nuevo" que hace referencia a las Selectae annotationes et expositiones in varia utriusque testamenti de Juan de Alba (Valencia, 1613), o bien el asiento de la "2.o parte de los sermones del obispo de Astorga f°" que es la Segunda parte de los Sermones y discursos (Valencia 1611) de Antonio de Cáceres y Sotomayor.
También se incluían algunos textos que habían pasado el filtro expurgatorio del recién aparecido índice de libros prohibidos de 1612, como la "Bibliotheca sactorum patrum de las nuevas emendadas conforme al catalogo por el pe Ju.o de Pineda en 6 tomos".
En las décadas de los veinte y treinta el intermediario habitual de Lyra era el mercader Juan Fernández Jurado.
Así, en 1628 le remitió dos cajones de libros y en 1633 tres cajones con "libros que se abrieron en el aduana y se uieron." 25 Para entonces Lyra tenía parte de su patrimonio en juros situados sobre el almojarifazgo y las almonas (fábricas de jabón) de Sevilla y dio orden a Fernández Jurado para invertir lo procedido de estas rentas (pero no el principal) en mercancías que fueron remitidas a Santiago de Guatemala.
26 El negocio era redondo, pues mantenía seguro el capital y, a la par, con los beneficios conseguía nuevos bienes para negociar.
El plus añadido de ingresos se lograba con la venta de estas mercancías, incluidos los libros, a la llegada de la nao de Honduras a tierras centroamericanas.
En 1640 iban registrados dos cajones de libros "para dar y entregar a doña Catalina de Valdés y Caicamo, vecina de Santiago de Guatemala, viuda de Pedro de Lyra, vecino y regidor." 27 A Lyra le enviaron mercancías y lotes de libros particulares, mercaderes, libreros como el impresor sevillano Alonso Rodríguez Gamarra, que aprovechó el mercado de Guatemala en 1613 enviando a Lyra un lote de 295 ejemplares, aunque 150 de ellos son sermones sueltos.
En la misma remesa también van menudencias con "quatro resmas de cartillas, coplas y libritos para niños de la escuela." 28 El papel de Lyra como factor es similar al de otros muchos españoles de Centroamérica que actúan por cuenta de otros comerciantes o de una compañía, por tiempo determinado, siguiendo las indicaciones recibidas en la correspondencia y a cambio de una comisión, variable según el riesgo, las condiciones de recepción y envío, etc. Tan sólo conservamos algunas cartas de factores, como las que desde Guatemala envió el factor Pedro Herranz a Francisco Eslam de Flores en 1679 y 1680, en las que el primero indicaba las dificultades de venta y daba cuenta de los beneficios.
Uno de los párrafos en los que se ocupa de la venta de unas plumas no tiene desperdicio pues indica Herranz que "las que Vmd. me remitió blancas vendí con los esparragones, fiadas a pagar para Navidad de este año, a tres reales los esparragones y los libros con 70% del costo principal de España".
29 El beneficio podía ser, por lo tanto, realmente sugestivo para los intereses de los mercaderes españoles.
El importante mercader Francisco de Jerez Serrano aparece muy ocasionalmente como intermediario en el negocio de libros, a pesar de ser un comerciante muy destacado que afirmó haber "tenido tratos gruesos, enviando a Castilla cantidad de tinta y teniendo retorno a ella de cargazones, las cuales dentro de mi casa en el almacen las he vendido y beneficiado".
30 Tan sólo encontramos en 1621 a Juan de Ocaña, un intermediario que también envió libros a Puebla de los Ángeles, registrando un lote de 32 títulos (con 139 ejemplares) al "mayordomo de la Catedral de Guatemala" que no es otro que nuestro comerciante y regidor Francisco de Jerez Serrano, un peninsular sólidamente establecido en la ciudad de Santiago.
El lote presenta un rasgo destacado ya que contiene algunos libros que debieron interesar notablemente como "una istoria de Guatimala", junto a un lote de lite-27 AGI, Contratación, 1184.
30 Peña, José F. de la, y López Díaz, María Teresa: "Comercio y poder...", pág. 144. ratura de entretenimiento que contenía comedias ("Diez partes de comedias de Lope", novelas ("Dos del premio de la constançia, Uno la uida del escudero, Seis de la ssabia flora, Dos nobelas de cerbantes, Seis del marido examinado") y obras en verso ("Dos justa poetica de ssan ysidro, Un rromançero general").
31 La circulación de libros en áreas desabastecidas dependía, como vamos viendo, de los mercaderes.
La red de caminos facilitaba la salida de la cosecha hacia puertos como el de Trujillo, ya que transportar a San Juan de Ulúa "costaría más de lo que vale y sería ymposible aber requas ni carruaje que lo trajinase con que pareze ser forçoso aberse de traer por la mar con más defensa que la que asta aquí".
Este testimonio anónimo y sin fecha declara los productos de exportación con los que se negociaba: "La cosecha de Honduras montara cada año 3.000 cajones de añil, 16.000 queros, 600 quintales de çarçaparrilla sin mucha cantidad de achiote, cacau y alguna plata que todo se junta en el puerto de Trujillo".
32 Precisamente a esta ciudad iban en 1601 mercancías registradas por Fernando de Palma, cargador que no dejaba pasar la oportunidad de enviar junto a arrobas de aceite, bonetes de clérigo o servilletas, un "flor satorum de Villegas y unas oritas de devoción." 33 Este parece un negocio claro.
Veamos otro caso: el clérigo Pablo de Villalobos recibió en Trujillo 37 ejemplares de diez títulos distintos.
Entre ellos 24 "oratorios de Fr.
Luis [de Granada]", precisamente dos docenas, unidad de medida por excelencia de este tipo de libros de devoción.
También recibió "dos libros del pícaro" que es la manera de asentar el libro de Mateo Alemán más difundido en América, el Guzmán de Alfarache, y dos ejemplares de la Filosofía secreta de Juan Pérez de Moya.
34 Es un caso probable de actividad comercial a través de este clérigo, que, de paso, consiguió algunos libros para sí mismo y vendió o distribuyó el resto.
Estas obras se podían conseguir con facilidad en el mercado librario sevillano.
Las librerías más destacadas actuaron como almacenes de libros para el Nuevo Mundo, a la calle Génova de Sevilla llegaban cajones enviados desde todas partes.
Los mercaderes de libros sevillanos vinculados al tráfico americano son los más destacados y, en cierta medida, actuaban tratando a la mercancía libraria en régimen de "monipolio" tal y como lo 31 AGI, Contratación, 1170A.
ISSN: 0210-5810 define Alejo Venegas al referirse a "la compra en grueso de una mercaduría que compra uno o dos o tres para darla después por menudo a los mercaderes circunforáneos".
35 Este menudeo escanciado en los registros que vemos es muy revelador de los abundantes resquicios de circulación del libro.
El librero conseguía colocar la mercancía y lograba una distribución extensa en zonas en las que no había competencia.
Estos libros tuvieron, a buen seguro, unas considerables posibilidades de circulación ante la demanda de impresos, un bien siempre escaso y apetecible en tierras centroamericanas.
El mercader Benito Rodríguez, vecino de Sevilla, era cargador en 1608 para el puerto de Trujillo.
Uno de los lotes de mercancías que llevaba fue tasado en 660.000 maravedíes, y entre toda la variedad de telas, especias o productos de hierro encontramos "una resma de cartillas" valorada en 2.040 maravedíes.
36 En otro registro distinto incluía un surtido de libros religiosos de 70 ejemplares muy frecuentes en los envíos a Nueva España, como los "seys oratorios de [Francisco Ortiz] Lucio a 6 reales cada uno", que el librero Antonio de Toro tasó en su conjunto en 1.050 reales.
37 En 1608 llegó al Puerto de Santo Tomás el navío "Nuestra Señora de los Remedios" con una suculenta carga de libros, ya que once cargadores los habían registrado en Sevilla.
Andrés París era uno de ellos.
El registro constaba de una caja con una muy notable variedad de resmas, docenas y ejemplares de libros.
Es conveniente anotarlo completo:
Seis resmas de catones y coplas del marque [sic] de Mantua y de Sant Alejo y de otras coplas diferentes a 20 reales resma en 120 reales.
Cuatro docenas de oratorios de frai Luis [de Granada] a 30 reales docena en 120 reales.
Tres docenas de Romanceros a 16 reales docena en 48 reales.
Una suma de [Bartolomé de] Medina en 12 reales.
Diez libros de la conquista de Sevilla en 2 1⁄2 reales en 25 reales.
38 Un libro de comedias en seis reales.
35 Venegas del Busto, Alejo: Agonía del tránsito de la muerte; suivi de Breve declaración de las sentencias y vocablos obscuros que en el libro de la muerte se hallan, ed. Marc Zuili, Paris, 2001, pág. 628.
Impresso en Seuilla: en casa de Francisco Perez, 1603.
Un texto en el que se canta "la restauracion y libertad de Seuilla por el Santo Rey Don Fernando" al conquistarla en 1248.
Cuatro docenas de librillos de doctrina cristiana 8 reales docena en 32 ".
39 El surtido de "coplas", romanceros y comedias era puro entretenimiento.
También llevaba libros educativos como las cartillas, las doctrinas y las Introductione de Nebrija, estas últimas para el estudio de los rudimentos del latín.
Alguna de las obras como los "diez libros de la conquista de Sevilla" iba, probablemente, por su buen precio y su carácter de composición en verso, pues casi todo lo de entretenimiento que se incluía en el envío era poesía.
La lectura de la narración épica de la conquista de Sevilla en el otro lado del Atlántico debió resultar una distracción de deleite e incluso una lectura de asimilación al comparar la "recuperación" de la reconquista con el proceso colonial.
En cualquier caso, el uso de los temas históricos por la poesía épica fue algo común en la descripción de la conquista americana.
En este navío también el cargador París registró libros para el deán de la Iglesia de Guatemala, Felipe Ruiz del Corral.
Con anterioridad, en 1628, le había remitido a este deán otros dos cajones de libros.
40 Como se ve, los intermediarios solían actuar de forma reiterada, lo que da idea de la existencia de redes consolidadas, las únicas que podían hacer viables los envíos a estos territorios.
Los envíos a particulares
El mercader Pedro de Mendoza aparece como intermediario al mandarse libros para particulares.
Tenemos localizadas 12 hojas de registro que contienen libros para entregar en Guatemala, en los años comprendidos entre 1593 y 1604.
En estos casos son pequeños lotes, como los que 39 AGI, Contratación, 1153B.
Las resmas de menudencias en "coplas del marque [sic] de Mantua y de Sant Alejo y de otras coplas diferentes" forman un lote de 3.000 pliegos impresos.
Tanto el Marqués de Mantua como la Vida de San Alejo tienen una larga vida editorial.
Puede seguirse su trayectoria inicial en las prensas en Rodríguez-Moñino, Antonio: Nuevo diccionario bibliográfico de pliegos sueltos poéticos (siglo XVI).
Edición corregida y actualizada por Arthur L.-F. Askins y Víctor Infantes, Castalia, Madrid, 1997.
En otro registro distinto se remitió un cajón más del que no se especifican los títulos, si bien alcanzan un valor de más de 800 reales, muy probablemente una continuación del envío anterior.
Con anterioridad le enviaron dos cajones de libros sin especificar títulos.
ISSN: 0210-5810 consignó al licenciado Pedro Mallén de Rueda, presidente de la Audiencia de Guatemala, con el "De natura noui orui" [de José de Acosta], un "calendario perpetuo" y un "flos sanctorum de Toledo".
En otro envío Mendoza cargó:
"Las concordancias de la Bliuia de Plantino.
41 Las partes del maestro [Juan] Ybañez [de Deza y Flechilla] dos cuerpos.
Un [Alonso de Villegas] Flos sanctorum de Toledo tres cuerpos.
42 Un derecho canonico [Corpus Iuris Canonici] tres cuerpos".
Estos cuatro libros se mandaron a Cristóbal Ibáñez (intermediario habitual de los envíos de Mendoza) junto a dos piezas de ruán, una libra de hilo primo y seis manos de papel.
El lote fue pagado con parte de los "quinientos sesenta y tres queros al pelo y tres mill tostones" que envió Ibáñez a Mendoza.
En 1602 mandó al beneficiado Antonio Jiménez un lote de ocho libros, la mayoría religiosos con la salvedad de "1 Momo", de León Batista Alberti en traducción de Agustín Almazán.
En otras ocasiones, en el lote de mercancías iba algún libro.
En dos registros aparece un solo título.
En estos casos llevaron, respectivamente, "un libro de Plinio noui" y "un reportorio [de los tiempos] de [Jerónimo de] Chaves".
43 Estos pequeños lotes, destinados con bastante probabilidad a particulares, dan cuenta de envíos bajo demanda o bien pequeñas bibliotecas que se remitían aprovechando los circuitos comerciales.
De forma breve pretendemos ofrecer varios casos de juristas que recurrieron a la Carrera de Indias para lograr lotes de libros.
En 1606 se remiten libros jurídicos a Bartolomé de la Canal de la Madrid, fiscal de la Audiencia de Guatemala.
El jurista Canal era un caso ejemplar de ascenso en la carrera burocrática y social, utilizando para esto último su matrimonio, que le permitió consolidar su situación al ligarse con una familia de conquistadores.
Entre tanto recibió un lote de 34 títulos jurídicos, evidentemente para el ejercicio de su oficio.
Ese mismo año, 1606, en el que los 41 Es un libro publicado en varias ocasiones en las prensas de Cristóbal Plantino: Concordantiae Bibliorum utriusque Testamenti Veteris et Novi.
42 Se trata de tres de las seis partes escritas en castellano.
El nombre "Toledo" en el asiento puede referirse al lugar de edición, pues en la ciudad de Toledo imprimió varias partes Juan Rodríguez; aunque también el autor era "capellan de la Capilla Morçarabe de la Santa Iglesia de Toledo".
166-170. libros se embarcaron en el navío "Nuestra Señora de la Rosa", escribió una sólo 4 de contenido religioso.
Era, con bastante probabilidad, un surtido para la venta, que comprendía: Estas obras literarias fueron, sin duda, degustadas por públicos diversos.
El tráfico comercial de los libros de caballería (varios de los aquí citados editados en Alcalá de Henares pocos años antes del envío) se fue reduciendo pero no así la épica ni el romancero, que lograron un notable éxito comercial en el siglo XVII.
En cualquier caso, denotan un circuito comercial para los libros de entretenimiento, que llegaron con relativa facilidad a tierras centroamericanas.
La muestra de 52 registros de navíos de Honduras aquí analizados, que suponen un 20% del total, nos ha permitido detectar lotes de libros declarados como mercancías en 34 barcos, y en ellos localizar un total de 130 envíos.
Este conjunto sirve para encontrar las claves del circuito de llegada de los libros, muy poco conocido, por medio de cargadores (comerciantes, libreros, particulares, etc.).
Entre ellos destacan comerciantes como Pedro de Lyra, que mantiene una red de contactos para facilitar la llegada de lotes con regularidad.
Los textos europeos embarcados permiten entender las relaciones de los colonos con la lectura, sus preferencias por la literatura devota contrarreformista, los libros para el aprendiza-50 AGI, Contratación, 1089, n.
ISSN: 0210-5810 je en lengua vernácula y en latín, así como por obras de entretenimiento, ampliamente representadas en los envíos con comedias, libros de poesía y novelas.
El abastecimiento de libros en Honduras tuvo notables dependencias en cuanto al ritmo de llegada de las obras en los barcos de la Carrera de Indias, a las rutas de aprovisionamiento que facilitaban su circulación y las disponibilidades limitadas de conseguir las novedades recién publicadas.
El libro en ningún caso estuvo ausente, al contrario.
Los inventarios, los registros de carga de mercancías y otras fuentes nos informan del tráfico de esta mercancía cultural hacia Centroamérica desde fechas tempranas.
Los impresos son productos de consumo vitales en la formación de las nuevas sociedades americanas.
Los mecanismos comerciales de suministro a través de las rutas de la Carrera de Indias fueron un cauce continuo que permitió la consolidación del negocio del libro en ciudades como Guatemala.
Tal como nos recuerda Luján Muñoz, "en toda situación colonial se produce un esfuerzo por reproducir la cultura material e inmaterial metropolitana; es decir, repetirla" o, en la cabeza de los protagonistas, continuarla, como él cita, por importación o duplicación.
Aceptado el 6 de julio 2007 51 Luján Muñoz, Jorge: "Centro y periferia en el reino de Guatemala durante la dominación española", en Factores de diferenciación e instancias integradoras en la experiencia del mundo Iberoamericano, Real Academia de la Historia, Madrid, 1994, págs. 335-349 (cita de las págs. 341-342). |
El carácter de la formación nacional ha sido un tema clásico del pensamiento sociopolítico dominicano.
Desde principios de siglo se ensaya dentro de la tradición liberal democrática fundada por Hostos y continuada por Américo Lugo.
Peña Batlle se forma en la atmósfera hostosiana, pero no fue menos sensible a los cam bios intelectuales de la época posterior a la Gran Guerra ( 1914-1918); ambas vertientes las reflejan sus primeros escritos.
A par tir de los años 40 formuló una tesis alternativa del problema nacional de carácter autoritario,. pretendiendo apoyarse en Lugo.
En este trabajo se aborda el proceso de su evolución ideológica y se examinan los componentes de su proposición alternativa en re ferencia a su producción histórica.
Pese a que este artículo se ciñe a un solo aspecto de la obra de Peña Batlle, 1 el tratamiento no podrá sino esbozar en forma general la discusión sobre su concepto acerca de la forma ción nacional dominicana.
Este límite atiende no sólo al hecho de que el tema está vinculado a la comprensión de las nociones de lo 1 Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954), nació en Santo Domingo (Repú blica Dominicana); licenciado en derecho (1921) por la universídad de es� ciudad.
Inició su carrera politica dentro del movimiento nacionalista contra la ocupación norteamericana (1916-1924).
RAYMUNDO GONZÁLEZ nacional esbozadas previamente en la tradición liberal del pensa� miento sociopolítico dominicano, lo que de por sí amerita un es tudio crítico,2 sino, y sobre todo, a que es una pieza clave de su pensamiento de historiador y político.
Tal es la importancia de dicha problemática en este autor que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que lo más característico de su producción intelec tual lo constituye el intento de otorgar a aquélla una sólida funda mentación conservadora.
Su tentativa es principalmente de carácter histórico y político, aunque no deja de tener múltiples implica ciones en otros campos que no podemos desarrollar en el breve espacio de estas páginas, por lo que nos limitaremos a presentar en las líneas siguientes sólo aquellos argumentos que conciernen a su producción historiográfica.
Por tal fundamentación conservadora se entiende la empresa ideológica de dar razón de la existencia del conglomerado domi nicano que: a) parte de una formación nacional «pura» ubicada en abstracto en el pasado contra la que se oponen «conspirado� nes» que impiden su desarrollo. b) Reduce el campo de análisis de lo social a lo nacional. e) Adopta para ello el punto de vista de la autoridad, del poder; proponiendo el problema en términos del rescate o defensa frente al «enemigo» -el «otro»-de las «esencias verdaderas» de la nación identificadas, en el momento en que escribe, con el orden vigente.
No se nos escapa el papel que jugó Peña Batlle durante el dominio despótico tru j illis ta ( 19 3 0-19 61 ),'y en efecto, una de las motivaciones profundas que lo impulsó a acometer la empresa intelectual de superar la noción liberal precedente estuvo dada por la preocupación de ajustar en una correspondencia duradera, orgá nica, la relación entre proyecto nacional y esa modalidad de la dominaci6n social burguesa.
En los hechos, hasta entonces esos dos elementos estuvieron disociados y a menudo en conflicto, pues desde antes, en el plano teórico, las aspiraciones de una sociedad burguesa habían encontrado asidero en los proyectos PEÑA BATLLE Y SU CONCEPTO HISTÓRICO 3 liberales que desde finales del siglo pasado se apoyaban en las concepciones democráticas de Eugenio María de Hostos (1839-1903).
Por otra parte, en su eficacia inmediata, nada desdeñabl�, su labor apuntalaba el régimen de Trujillo al conferirle el sentido histórico de «rescatar» las bases económicas y «purificar» de taras y elementos sospechosos la nacionalidad dominicana; mas el alcance de la obra de este autor no parece restringirse a ello.3
A través de sus escritos se advierte un curioso itinerario ideológico que va desde las posturas nacionalistas y antiimperialis tas, radicalizadas hacia los años treinta en un discurso socializante, aunque sea de carácter burgués, 4 hasta las concepciones reaccio narias que denotaban «una explícita modalidad de autoritarismo>>.
5 Sus presupuestos iniciales• remiten a la escuela hostosiana, 6 la que más tarde será el blanco de sus críticas más enconadas.
Entre ambos momentos puede señalarse un elemento común que fue tornándose crucial a medida que avanzaba en su teorización des pótica: el prejuicio antihaitiano, cuyos antecedentes trascienden el alcance de este artículo.
7 Aunque racista, a tono con la concep-
c1on pos1t1v1sta que asumta, en dicha escuela operaba una suerte de compensación, gracias a los postulados democráticos que de fendía, que el propio Hostos subrayó en más de un lugar para el caso dominicano.9 De manera que dentro de una concepción hos tosiana ortodoxa no podía sustentarse un concepto nacional cuyo eje fuese el racismo, aun cuando lo contuviera en forma subsidiaria.
Pero el racismo no fue el elemento que determinó la infle xión en la evolución ideológica de Peña Batlle.
La relativización de las concepciones liberales que heredaba, formó parte de un pro ceso global de frustración de las energías intelectuales y morales del nacionalismo radical, incapaz de articular un proyecto viable de organización nacional, a pesar de haber ocupado casi todo el tiempo la dirección política desde la caída del dictador Heureaux en 1899 hasta la ocupación imperialista en 1916.
También para aquellos que defendieron esta última como alternativa económica, por cuanto significaría un sensible avance de los principios de la economía liberal, fue cuesta arriba sostenerse en sus posiciones.
Los efectos de la Gran Guerra, finalizada en 1918, habían declara do la crisis de la economía liberal; en el país la reducción de los precios internacionales del azúcar desde 1921, fue un primer gol pe.
Pero la época de entreguerras iba a tener muy pronto una re cesión generalizada que estalló en 1929 afectando todas las eco nomías y generando una parálisis del comercio internacional, que sólo se recuperará tras la Segunda Guerra.
Volviendo a la Repú blica Dominicana, la crisis iniciada en 1929 borraría los vestigios de progreso que pudieron haberse atribuido a la economía mono pólica azucarera.
Así las cosas, el panorama desde la perspectiva liberal se tornaba particularmente sombrío.
Ese clima intelectual no es ajeno al giro que dará la producción de nuestro autor que se dirigirá en forma determinante hacia la historia.
El impacto de la crisis económica y política, estuvo además potenciado por el influjo mundial de la revolución bolchevique cuyos ecos se hicieron sentir desde temprano en Santo Domingo.
En ese orden las propuestas sociales burguesas requerían redifini ciones en las que fueron pioneros algunos intelectuales procedentes del liberalismo, como fue el caso de Enrique Jiménez, cuya obra prologara Peña Batlle.
De esa forma, en una línea paralela a la crisis del liberalismo se desarrollaba una nueva pugna ideológica que resultaba del desarrollo de nuevos sectores sociales explotados a partir de la expansión de la economía capitalista y de sectores no capitalistas que crecieron subordinados a ella en el ámbito urbano, influidos por el auge comercial externo.
10 Pero fuera del prólogo citado, todavía no son manifiestas estas consecuencias políticas en los primeros estudios históricos de Peña Batlle.
Si nos atenemos a sus palabras, el primer trabajo de enverga dura lo realizaría en 1928 cuando acopiaba los materiales necesa rios para la tarea de demarcación de la línea fronteriza entre la República de Haití y la República Dominicana.
11 Su publicación, dieciocho años más tarde, habla de la metamorfosis de sus concep ciones, como tendremos ocasión de ver más adelante.
Otro escrito temprano que sí vio la luz en este período fue publicado en España en 1931.
Eleborado durante su estancia en la frontera dominico haitiana, contiene una visión sintética del período colonial de la isla opuesta a la que sustentará con ahínco posteriormente.
El descubrimiento de América y sus vinculaciones• con la 10 Un excelente estudio de esas manifestaciones ideológicas se halla en Cassá, Roberto: Movimiento obrero y lucha socialista en la República Dominicana.
11 Según anota en las «Palabras previas� de su Historia de la cuestión fronteriza dominico-haitiana, tomo I, Ciudad Trujillo, 1946, � material de ese libro había sido preparado desde 1928, aunque el mismo autor señala que en esa forma el escrito no hubiera visto la luz nunca.
Peña Batlle al año siguiente presidió la Comisión nombrada por el gobierno de Horacio Vázquqz con la finalidad de establecer la línea fronteriza con Haití; cfr., pág. 380 n.
Tomo XLY/ll 589 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es política internacional de la época, 12 es un escrito breve donde Peña Batlle llega a algunas conclusiones similares a las de Hostos res pecto a la política colonial ibérica.
Con las providencias de estable cer un Consejo para la dirección de los negocios de Indias, una lonja en Sevilla y una aduana en Cádiz, que darían origen a la¡ Casa de Contratación, >.
Contrapone l.? idoneidad del plan de colonización por el sometimiento de los territorios y los pueblos indígenas a la jurisdicción real con la expansión poblacional y económica _que implicaba, a las «férreas y absurdas disposiciones que, casi al mis.. mo tiempo, se dictaban sobre el comercio con las Indias y que se convirtieron más tarde en el funesto sistema colonial español de los siglos XVI, XVII y XVIII».
13 Frente a España colocaba las demás potencias europeas que el autor considera como interlocutores válidos de la política colo nial hispánica: «Holanda e Inglaterra eran dos potencias protes tantes que no se sentían ligadas a la arbitraria disposición de la Santa Sede; Francia, aunque católica, impulsada por la conserva ción de sus propios intereses, no podía menos que seguir la misma política de las otras dos naciones».
Este juicio se articula a la actitud que siguieron esos países para contrarrestar la política colonial española: «La reina Isabel de Inglaterra y el rey Francis co I de Francia mantuvieron una constante protesta contra las donaciones de Alejandro VI y contra el Tratado de Tordesillas.
Para ellos estos instrumentos no les eran oponibles (... ).
La lucha de intereses dio nacimiento al corso.
Para hacer efectiva su pro testa contra las concesiones pontificias, el rey Francisco I autori zaba -por patentes especiales-a sus armadores y capitanes, a realizar toda empresa guerrera contra españoles y portugueses en 13 Ibídem, págs. 16-24.
Anuario de E1tudio1 Americanos
Los gobiernos ampararon y protegieron la pira tería para defenderse con ella de la absurda política ibérica.
La luc ha entre corsarios y españoles fue larga'y heroica: duró hasta que España se decidió a abandonar el monopolio que había que rido mantener en su comercio con América».
14 Se advierte en esta interpretación el criterio liberal que la anima, que no le con cede a España sino una justificación inicial frente a la expansión portuguesa; mientras el ideal de la libertad de comercio se ase guraba el triunfo, siendo su vehículo la protesta de las naciones que competían con España por él, teniendo al corso y la guerra comercia l por sus instrumentos.
Incluso la conferencia que pronunciara en 1938 sobre las devastaciones en la Isla Española (1605-1606), contiene elemen tos, retomados de las precisiones históricas que realizó Américo Lugo (1870-1952), 15 que lo acercan al planteamiento de raíces liberales hostosianas.
Aquí se le ve particularmente crítico frente a la política colonial española.
Con la pasión que caracteriza su estilo, arremete contra la «absurda política comercial>>, corres pondida a la postre con el absurdo histórico de las devastaciones.
Todavía no ocupa la cuestión ideológica el centro de su argumento.
Tal como él mismo señala en ese escrito, la causa fundamental es económica; el cambio de este criterio constituye uno de los puntos nodales de la metamorfosis de su pensamiento histórico, todavía sin producirse.
Esa conferencia constituye el último de sus escritos en que se expresa la tradición liberal.
Relacionaba el contrabando y las maniobras de los extran jeros a la venalidad de los funcionarios y los pésimos sistemas admi nistrativos españoles en sus colonias, lo que se agravaría con la introducción del sistema de flotas, pues a su juicio: «... se condujo a extremos increíbles la política comercial de puerta cerrada se guida por España en América.
De hecho se declaró un riguroso y permanente estado de sitio en los puertos coloniales haciéndose del comercio hispano-americano una monstruosa institución de Es.. tado, de sostenimiento casi imposible (... ).
A todas luces resultaba ya imposible sostener en el Atlántico y en el Pacífico la política italiana y medieval del Mediterráneo; no eran las mismas entonces las fuerzas contrarias, ni era el mismo el teatro en que debía des arrollarse una política tan absorbente y tan ambiciosa (... ).
Aun que parezca paradójico, es •cierto que la extremada y rigurosa me.. dida puesta en práctica por el Real Consejo al crear las Flotas de la carrera de Indias, produjo el acrecimiento del tráfico ilegítimo.
La lucha cobró entonces proporciones gigantescas y no comenzó a decaer sino en 1713, cuando España, en el Tratado de Utrech, concedió, por primera vez, derechos sobre los beneficios del co mercio hispano-americano».
16 Si esto no fuera suficiente habría que señalar las consecuen cias jurídicas que se desprendían de este análisis.
En su Tratado. de Sociología, Hostos, después de argumentar contra la política comercial española en términos similares como causante del con trabando en la isla, señalaba: «... esta burla de las leyes comer ciales de la Metrópoli; lejos de ser delito común, era verdadero ejercicio de un derecho de necesidad».
17 Peña Batlle por su parte, concluye: «... nada es más libre que -el comercio.
El contrabando, mejor que un crimen, era un imperativo de las circunstancias».
18 En 1938, pues, todavía los conceptos de Peña Batlle sobre la situa ción colonial corroboran los puntos de partida de 19 31.
19 Por el momento, conviene apuntar que a lo largo de la dé cada de los treinta están presentes en Peña Batlle las preocupa ciones históricas sobre la relación con Haití y la política comer cial del imperio español.
A lo anterior hay que añadir una tercera preocupación que tocó a Hostos introducir como una categoría para pensar lo na cional: la noción evolutiva de lo social como base del desarrollo nacional.
El concepto es recurrente en la obra posterior de Peña Batlle, aunque sustancialmente redefinido.
Esta observación su giere varios comentarios, pues el terreno de la problemática na cional y las categorías para pensarla provenían de la escuela hostoniana.
20 En este sentido, la tarea de legitimación del des potismo no contaba con una base ideológica adecuada, situación que fue aclarándose ante sus ojos a medida que profundizaba en el conocimiento del régimen.
Reconoció en ello una seria incom patibilidad entre la herencia ideológica y el régimen imperante que se mostraba agresivamente nacional.
Sin duda esta circunstancia tuvo un peso considerable en la recusación global que hará de la obra de Hostos.
En cierto modo esta recusación irá configurándose en una dialéctica con las demandas de la política despótica, que irán precisando el sentido glob�l de su discurso hasta llegar a las matizaciones sobre el carácter particular, sui géneris, que la evolu ción histórica de dicha sociedad imponía a la democracia domini cana que él entendía no podía sino basarse en un principio fuerte de autoridad.
21 Mas esa conclusión suponía una interpretaci6n histórica conservadora que él quiso encontrar y finalmente preten dió atribuir a Américo Lugo.
Las dos preocupaciones históricas y la noción apuntadas, se resumían en la cuestión de los orígenes de la «dualidad social y política» existente en la isla.
Y así quedará patente en las obras posteriores.
Resolver esa cuestión era, en su criterio, hallar la solución teórica del problema nacional.
Pero antes de ocuparnos de este nuevo punto de partida de la labor historiográfica de P�ña Batlle, vale la pena precisar la imputación que hace este autor a Américo Lugo.
RAYMUNDO GONZÁLEZ ÜNA IMPUTACIÓN VICIOSA Américo Lugo abriría las puertas a la conservatización del liberalismo, pero no dio el paso decisivo.
La relativización de sus concepciones democráticas en aras de constituir un verdadero estado nacional, por una parte, y la defensa de las raíces hispá nic�s de la nacionalidad dominicana, por otra, constituyen las dos direcciones en que se produjo la dicha apertura.
En rigor, la tarea de Lugo fue reconciliar el hostosianismo con el hispanismo.
Esto no lo haría sin introducir serias ambigüedades en la comprensión de la relación entre pasado y presente, y en el continuum de categorías sociedad-nación-Estado en el sentido democrático desarrollado por el racionalismo hostosiano.
22 Así lo advirtió Peña Batlle al señalar «la grave contradicción» que atra viesa su pensamiento político.
23 Mas conferirle a esta evolución todo el contenido que sólo el propio Peña Batlle pudo dar a su noción hispanista, racista, autoritaria y antihaitiana de la nación dominicana, es una falsificación del pensamiento de Lugo.
Ni si quiera es aceptable su conclusión de que la recusación del pensa miento de Hostos fue realizada ya por Lugo, 24 puesto que si bien es cierto que él entendió que los conceptos histó2"icos del maestro debían ser rectificados en muchas partes, aprovechando el acervo documental que reunió en sus años de investigación en Europa, aún conservaba las categorías y la problemática misma de ese pen samiento.
25 A tal punto, que la Historia de Santo Domingo que 22 Baste con señalar la insistencia de Hostos en desarrollar el espíritu gregario del pueblo dominicano, que veía en correspondencia con la necesaria des centralización requerida por el sistema politico democrático.
Véase Rodríguez Demorizi, Hostos..., y Hos�os, E. M.a: Lecciones de derecho constitucional (1886)..24 Tras comentar la labor de Lugo contra la ocupación en quei resaltó los rasgos hispánicos de la nación dominicana, afirma: «La posición de Lugo resultaba, pues, negatoria de toda la influencia que hasta entonces había recibido él de su¡ Maestro, el señor Hostos».
Afgunos juicios sobre la organización social, el comercio, la política, dan cuenta de ello, aunque también la obra está salpicada de otras nociones.
El racismo, matizado en función de la tesis de Vasconcelos, no deja de Todavía más: Peña Batlle silencia dos elementos fundamen tales, que no debió obviar al señalar los hitos del pensamiento de Lugo: el primero atañe al carácter mismo de la reconciliaci6n realizada por Lugo, puesto que el movimiento hispanista no se produce sólo en la República Dominicana sino que tiene dimen siones continentales, y un sentido muy preciso que le otorga la confrontación con el imperialismo norteamericano.
Con motivo de la reacción latinoamericana ante la agresi6n imperialista del coloso del Norte, el pro' yecto sajón con que se reconocía la propuesta política hostosiana debió redefinirse.
Desde este momento, la guerra hispano-cubano-norteamericana de 1898 y la secesión de Panamá de la República de Colombia, planteaba el problema de la oposición a los Estados Unidos de una manera urgente y dramática.
Surgieron así autores: «... conscientes de que era necesario establecer una línea de defensa frente al avance imperial de la cultura anglosajona, que inevitablemente consoli daría la dominación económica, y hasta la política anexionista, que planteaban frontalmente los Estados Unidos».
A nivel continental el Ariel de José Enrique Rodó, desde su aparición en 1900, se convertiría en la divisa del nuevo rumbo del liberalismo latinoamericano.
28 Al comenzar ese año Hostos publicará un artículo admonitorio, que al mismo tiempo que cons tituía una denuncia del imperialismo reclamaba un «esfuerzo su premo de desviación» por parte de los pueblos que se veían ame nazados por éste.
Había sonado la hora para la patria antillana de acceder por vías propias a la civilización, o todo su esfuerzo corría el peligro de perderse.
29 En esa dirección La raza cósmica, 1925), de José Vasconcelos, será otro puntal del nuevo panorama intelec tual que se configuraba desde inicios de siglo.
Todos ellos influi rán de manera decisiva en el pensamiento postrero de Lugo, sin que abandonase los criterios liberales y democráticos de su forma ción hostosiana.
Lo más destacado fue su intento de definir con precisión la dirección del «esfuerzo de desviación» indicado por Hostos como única alternativa de los pueblos que no querían perecer.30 Para él, la tradición cultural hispana constituía el valla dar más importante para frenar el influjo absorbente del imperia lismo norteamericano.
Sólo la oposición tajante que hizo a la postura pronorteamericana que exhibía Francisco J. Peynado (1867-1933), apoyándose pretendidamente en el maestro (Hostos), le confiere sentido progresivo a esta postura.
Por si fuera poco, el Manifiesto de los intelectuales que escribiera en defensa de la República española, declara con toda nitidez el signo de su his panismo.
Este «olvido» tiene consecuencias, puesto que sin estos elementos, 1� posición hispanista de Lugo aparece fácilmente sin signo progresivo alguno que la distinga de las posiciones reaccio narias que campeaban en la España de los años cuarenta y cincuen ta, cuando escribe Peña Batlle.
El segundo <<olvido» es todavía 1nás relevante, pues involucra la actitud frente a Haití.
A Lugo pertenece la iniciativa de formar una confederación de las dos repúblicas que comparten la isla.
Lo hacía no en la etapa en que estaba «fatalmente imbuido de las ideas hostosianas» -para utilizar la expresión de Peña Batlle-, sino precisamente cuando casi ha completado su período de inves tigaciones en los archivos de Francia y España, esto es, en el año 1913.
31 ¿Cómo es posible que llegara tan lejos?
Peña Batlle no pudo recuperar desde el discurso reaccionario esta actitud de Lugo; por eso la silencia.
Le tocará a un émulo suyo hacerlo.
32 Tampoco en este punto Lugo se ha separado un ápice de las enseñanzas del maestro; entiende esa posición como un desarrollo lógico, como una consecuencia, de los planteamientos de Hostos, que en ningún momento proponía una fusión entre los dos pue blos que conviven en la isla.
Ya en 1901 había expresado que «Haití y Santo Domingo tienen un deber común supremo: con servar la independencia de la Isla»; • y agregaba: « sólo la conf e deración puede ayudarnos a cumplirlo».
33 Que considerara válida esta propuesta en 1913, de cara a la amenaza imperialista, signi fica, casi sobra decirlo, que no había variado ese concepto.
Una referencia a las relaciones personales que entablaron Américo Lugo y Peña Batlle, corrobora en otro sentido lo que acabamos de ver a través de sus escritos.
Dice Peña Batlle: «Fue en este momento, poco después de haber sido llevado a las barras del Tribunal Militar, cuando nosotros entramos en contacto con Lugo.
Lo conocimos en su modesta e iluminada casita del Parque Duarte, rodeado de sus libros, de su pobreza, de su familia y de sus convicciones.
Aquella casa era el centro de la ortodoxia na- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es cionalista dominicana, continuamente frecuentado por la juventud que se daba a estas cosas.
A nosotros no nos atraía solamente las ideas políticas que allí tomaban cuerpo de expresión, sino también el encantado ambiente de tranquilidad y cultura que irradiaba en aquella casa.
Nos seducían los restos de la biblioteca de Lugo, su afición a la buena música, sus interminables conversaciones sobre arte, su erudición, tan amena y desleída, y sobre todo, las finas maneras del escritor y de su esposa, toda consagrada al culto del marido».
34 Como hemos visto, Lugo dejó abierta una puerta a la con servación del liberalismo de matriz hostosiana que nunca cruzó; el tránsito hacia las posiciones. derechistas lo cumplirá Manuel A. Peña Batlle, quien quiso acarrear el pensamiento del más re presentativo de aquella tradición democrática.
35 Hacia 1923 conoció a Lugo, y enseguida despertó su interés por las materias históricas.
Hay razones para ver a Lugo en las primeras conclu.. siones que esbozara Peña Batlle en 19 31.
Hasta es dable suponer que algunos de los libros que utilizara entonces pertenecieran a la biblioteca que tanto llamó su atención, cuyo recuerdo recoge entre los que la gratitud le inspiraba muchos años después.
El impacto de las ideas de Américo Lugo debió ser suficientemente fuerte en la mente del joven nacionalista que era entonces Peña Batlle, 36 como para que pagara tributo a las mismas.
Por lo tanto, quien mejor nos habla de las ideas que sustentara Lugo en los años veinte, no es el Peña Batlle que emite juicios desde el statu quo de 1952 sino el que escribe todavía bajo esas influencias en 1931, 1932 y 1938.
Sólo a partir de entonces, cuando Peña Batlle acepta la par.. ticipación en el poder que el propio Américo Lugo rechazara en El período que siguió a su integración al poder es el más prolífico de su vida intelectual y el más importante desde el punto de vista de la transformación de su pensamiento.
Durnnte casi diez años estuvo formándose, en pugna con las concepciones libe., rales originarias, en una constante trabazón con tareas políticas inmediatas, la conceptualización conservadora de la nación.
Pese a que se vio precisado a sacrificar en bloque el sentido de sus conclusiones históricas y políticas precedentes, algunas de las publicaciones que verán la luz en este período las contienen formal mente con la impronta singular de la transformación.
No son ya los criterios hostosianos los que animan la matriz de sus preocu paciones.
El vehículo de esta metamorfosis del pensamiento peña� batlleano en el campo histórico está dado por la asin1ilación de las corrientes historicistas y especialistas desarrolladas por. el pensa miento irracionalista europeo entonces en boga.
Aunque publicado en 1942, Transformaciones del pensamien to político40 fue escrito entre 1932 y 1933 y constituye el primer anuncio del nuevo derrotero de su pensamiento.
Hay todo un debate acerca de si debe o no llamarse claudicación a su integración al poder, como quiera que procedía de una tradición que aparte de nacionalista se había destacado en la defensa de la democracia liberal.
41 Probablemente en esa forma juzgaron su actitud sus contemporáneos y quizás repercutió en la afirmación de los cri.. terios de quienes, al igual que Lugo, prefirieron cargar hasta la muerte con sus ideales democráticos.42 Acaso la pregunta más relevante se refiere al contenido de ese cambio que tan radical mente ocasionó una ruptura en el modo de comprensión del fe.. nómeno nacional.
Si es así, entonces habrá que prestar atención a la valoración del poder en la tradición liberal democrática que fundara Hostos y la valoración del mismo que resultaba de las concepciones irracionalistas tal como las observaría Peña Batlle en el período entre guerras.
Otro exponente nutrido en la tradición democrática bosto niana y atento a los cambios que se producían en la posguerra fue Pedro Henríquez Ureña.
Podría resumirse con una frase suya la valoración que persistía en aquella tradición: «El poder es siem.. pre efímero», decía en su Utopía de América escrita en 1925.
A la inversa, el poder cobraba a los ojos de Peña Batlle una trascenden cia hasta ahora oculta para los que no pensaban sino en «la utopía de una revolución pedagógica».
Para él tras la guerra de 1914-1918, los estados no serían más la expresión de un derecho par ticular como creyeron los liberales, sino instrumentos para el bien estar adecuado a un estado social dado.
Este último correspondía entonces al de las clases organizadas con sentido corporativo de acuerdo con normas internacionales que el Tratado de Versalles habría propuesto por encima de la soberanía individual de las naciones; la creación de la Organización Internacional del Trabajo era una muestra de ese nuevo concepto supranacional que res pondía a una evolución social moderna y requería de un nuevo tipo jurídico que lo expresara.
Despojado de su halo jurídico, el estado habría quedado como simple instrumento de poder para ser empleado en favor de los ciudadanos colectivamente conside rados.
El derecho individual cedía ante el derecho corporativo.
43 Ese instrumento de poder era lo que necesitaba el colectivo do minicano para colocarse «definitivamente en el carro de la civiliza ción y de la cordura», como afirmara años más tarde.
En efecto, en el plano político el panorama nacional e inter nacional era realmente novedoso: el estado dominicano había re• chazado con dosis crecientes de represión una tras otra las ame nazas desestabilizadoras, dando muestras de una fortaleza inédita.
Al incremento de la represión política y económica se agregó la matanza de miles de nacionales haitianos en territorio dominicano.
El hecho, perpetrado por el régimen despótico en octubre de 19 3 7, muestra hasta qué punto se vivía un clima de terror y xenofobia.
44 Junto a ello, en el plano internacional, la derrota de la República española por el ejército franquista, y la reimplantación de la dic tadura «nacional» con base en la ideología del falangismo; el auge obtenido por el nazismo y el fascismo en Alemania e Italia, respectivamente; todo ello aparecía devolviendo el espíritu cor porativo y de cohesión nacional que el liberalismo individualista había fracturado en el orden burgués.
45 Desde ese punto de vista, el sentido del sacrificio en aras posteriores a los hechos no deja de ser sintomático el de un connotado publicista del régimen que, glosando el famoso discurso de Peña Batlle, El sentido de una, política (1942) en Elía Piña, encuentra el quid de la cuestión haitiana.
Hernández Franco, Tomás: «Síntesis, magniturl, y solución de un problema», «Cuadernos Do minicanos de Cultura», núm. Bernardo Vega ha publicado párrafos de un discurso de 19 3 5 en que Peña Batlle se muestra particularmente elocuente: «De Trujillo me ha interesado en sus cuatro años de admi nistración el sentido francamente 'nietzscheziano' que ha impreso al Gobierno y, como secuela, el hondo arraigo nacionalista con que ha desenvuelto sus gestiones de gobernante.
Ni por inclina ción, ni por temperamento, ni por educación libresca, yo soy un 'nietcheziano' del Gobierno, ni un nacionalista cerrado; pero después de haberlo pensado mucho, después de haber en focado con reposo todos los aspectos de la situación, me formé el criterio de que las contundentes necesidades del momento en que el General Trujillo vino al Gobierno tal vez no hubieran podi do conjurarse con éxito dentro de la ideología que hasta entonces sostuvieron nuestros hombres de estado, sino mediante la adopción de un sentido nuevo y extraordinario de Gobierno, que sólo un hombre singular hubiera podido imponer.
Ese hombre fue Tru jillo.
Comprendí, sin esfuerzo, que era necesario reprimir ambi ciones para contemplar el paso de aquel hombre a quien las cir cunstancias mismas habían tomado de la mano para colocarlo a la cabeza de los dominicanos en los precisos instantes en que la República, frente al cuadro pavoroso de la crisis, necesitaba fuer zas supremas y energías inagotables.
Oponerse a la trayectoria de esas fuerzas y de esas energías, hubiera sido insensato y lo es todavía.
Por eso me inscribí, hace apenas quince días en las nutridas listas del Partido Dominicano».
47 A diferencia de otros intelectuales que no se plantearon el problema de su apoyo al régimen más que como una cuestión prag mática, Peña Batlle asume en términos ideológicos el contenido de las acciones del régimen despótico, las que encuadra en el marco de las transformaciones del pensamiento político de la época.
Lo hacía con entera libertad de juicio, por esa razón debió advertir que hablaría sin cortapisas en ocasión de aquel discurso.
48 Toda su energía se volcará en la construcción de una corriente ideológica adecuada al contenido de tal obra de gobierno, pues «dentro de la ideología que hasta entonces sostuvieron nuestros hombres de estado» no podía encontrar sus soportes.
Alcanzó tal arraigo en la mente de este autor esta conv�cción que Joaquín Balaguer llega a afirmar que «Trujillo no parece haber comprendido cabalmente a Peña Batlle, ni haber dado a sus servicios el valor que realmente tuvieron».
49 Bajo estas n1iras el pensamiento de Peña Batlle salta a la posición conservadora que caracteriza su obra de madurez.
Sus concepciones políticas, estimuladas por los requerimientos del ré gimen despótico consiguen desplegarse con mucha más soltura que las concepciones históricas fueron a la zaga.
En más de un sentido, la acción y el pensamiento político de Peña Batlle ilumi naban e indicaban las tareas en el campo histórico.
La matanza de haitianos, había convertido en cuestión de estado la historia de las relaciones fronterizas con Haití.
Como contrapartida, la ideología nacionalista, en el sentido fanático, xenófobo, sólo campatible con las variantes irracionalistas del pensamiento europeo, lo era también en lo que respecta a la consolidación y legitimación del régimen.
Agudamente Peña Batlle captó que el momento reclamaba una visión histórica ajustada a ella, sin el compromiso liberal que hasta entonces exhibían los intelectuales al servicio del régimen.
La tarea presentaba dificultades reales en términos históricos que sólo podían afrontarse con un carácter profundamente con vencido de esta necesidad y una sólida inteligencia que lo secun d. ara.
Peña Batlle fue representativo de ese carácter y esa inteli gencia.
No obstante, sus obras de este período expresan de dife rentes formas esas dificultades.
Más arriba se ha mencionado la Historia de la cuestión fron teriza domínico-haitiana; pues bien, el tomo I de esta obra fue publicado en 1946.
El libro realmente presenta los elementos toda vía yuxtapuestos que conforman su visión histórica hispánica y antihaitiana.
La introducción -ya citada-es un texto de 1938, con modificaciones, que no entronca sino superficialmente con la cita de Marcelino Menéndez Pelayo puesta como epígrafe.
50 En cierto modo, el libro puede entenderse como muestra de la con dición adversa que ha supuesto el diferendo fronterizo, el cual no se consigue resol ver en forma definí ti va por utilizarse para plan tearlo criterios únicamente jurídicos, o, incluso, geométricos.
Le contrapone un criterio social que aparece en la introducción casi de manera aislada.
El libro se justifica por el carácter que da al Tratado de Aranjuez, al considerarlo como el instrumento que había creado el único régimen fronterizo valedero entre las dos naciones, lo cual situaba a Haití como usurpador de casi una tercera parte del territorio que ocupaba antes de los acuerdos fronterizos llevados a cabo por Trujillo en 1935.
Por otra parte, el cuerpo del libro -exceptuando la introduc ción, y algunas partes iniciales-está redactado en un estilo que recuerda las historias en forma de protocolos de inspiración posi tivista.
Incluso, las matizaciones antihaitianas aparecen más como imputaciones que como desarrollos lógicos.
Es el caso, por ejemplo, del capítulo IX donde trata de la cuestión del apoyo haitiano a los restauradores.
Se detiene a explicar las consecuencias que tuvo en las relaciones dominico-haitianas la anexión a España: «Es ne cesario (... ) tener en cuenta que este hecho contribuyó mu' y eficaz mente a estrechar las relaciones entre dominicanos y haitianos, quienes, en presencia de un mismo peligro, optaron por olvidar, momentáneamente, sus.odios y rencores para aunar sus esfuerzos en un legítimo propósito de defensa común.
El presidente de Haití, Fahré Geffrard, dándose cuenta de la significación del momento por el que atravesaban los dos pueblos, empeñó toda su voluntad en favor de la aspiración dominicana de restaurar la secuestrada soberanía de la República, inconsultamente comprometida en em presa de éxito dudoso».
Para superponer inmediatamente motivos q ue no necesitaban de los anteriores: «... desde luego, el estadista haitiano no obedecía a impulso de un altruismo sentimental.
Al enfrentarse a España y ayudar a los insurrectos dominicanos hasta el punto de comprometer la suerte de su propio Gobierno, cumplía una finalidad básica de la política nacional haitiana: descoyuntar el se ntido hispanista de la nacionalidad dominicana».
51 Para quien está leyendo el libro, esta conclusión viene a ser una afirmación que no sale de ningún argumento anterior, incluso, luce por su tono como un añadido.
Y, en efecto, si el t'exto no fue reescrito en su totalidad --como deja ver el prefacio de su autor-, la sustentación de lo que hemos subrayado en la cita anterior no se encuentra desarrollada en él y, probablemente, ni siquiera -en ese momento-en la cabeza del autor.
Acaso por las razones que hemos mencionado arriba, consideró necesaria la publicación de este libro, para lo cual debió introducir algunos cambios.
El párrafo citado es, seguro, uno de los intercalados.
No obstante la debilidad argumentativa de la obra, La Histo ria de la cuestión fronteriza domínico-haitiana tiene el valor de pre sentar los nuevos puntos de partida para construir la concepción de lo nacional.
El autor aprovecha la publicación de los materiales._¿unidos en 1928, para enunciar sus propósitos en el ámbito his: tórico; de esta manera, en las «Palabras previas» recalca este obje tivo: «La historia de nuestro país está estrechamente ligada a sus problemas fronterizos.
Para los dominicanos, la frontera, conside rada no como expresión geográfica, sino como un estado social, es elemento integrante de la nacionalidad y envuelve en sí proble mas sustanciales de los cuales depende en enorme proporción el porvenir de la República.
Consideró muy útil, en consecuencia, pro fundizar en el estudio del asunto, para que nos sea posible afrontar estos problemas con cuidado y conciencia, libres de prejuicios, pero debidamente informados sobre el proceso y evolución de los hechos que han determinado en el curso de nuestra historia las situaciones especiales por que ha atravesado la cuestión fron teriza y para poder estimar, con el conocimiento de causa requeri do, las necesidades que puedan derivarse de tales situaciones».
52 Mas el propósito que anuncia, sólo más tarde -y no en el interior de ese libro-tendrá ocasión de materializarse.
La obra que cierra este período de transición hacia sus con cepciones maduras es La rebelión del Bahoruco.
53 Aquí Peña Batlle se revela como sesudo polemista, al mismo tiempo que avanza en la comprensión de las concepciones jurídicas que ani maron la implantación colonial española en sus orígenes.
Reem prendía el camino de 19 31, pero ahora con vistas a desentrañar las raíces hispánicas de la nacionalidad dominicana.
El capítulo VII constituye un alegato jurídico sobre el derecho a la sublevación que asistía a Enriquillo sobre la base de las doctrinas cristianas entonces vigentes que los dominicos de la Española convirtieron «en programa de acción política para las Indias».
Ese programa estuvo en la base de la sublevación del cacique sin que se tratara de un levantamiento fundado en el «principio de independencia nacional propiamente dicho».
54 <<En el terreno científico y doctrinario -continúa diciendo más adelante-fijó el padre Vitoria conclusiones definitivas sobre http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la exten sión del derecho de los indios (... ).
En la doctrina gen ial de l insigne Maestro de Salamanca no cabe dudarse sobre el prin cipio básico de la igualdad entre indios y españoles 'como si se tratase de nacione s europeas' (... ).
De la igualdad natural, al estilo cristi ano, de todos los hombres, cual que sea su condición socia:! 0 étnica, se desprende con gran facilidad el postulado vitoriano de que también son iguales las naciones en que aquéllos viven orga nizados, aunque se trate de pueblos no creyentes ni civilizados en la forma europea (... ).
Aplicando concretamente toda la teoría al caso concreto del Bahoruco, Fray Bartolomé reconoce especí ficamente a Enriquillo como sujeto de Derecho Internacional.
Es esta una premisa que debe tenerse muy en cuenta, porque de su consistencia teórica dependerán en mucho nuestras conclusiones».
55 Llama la atención cómo se conjugan en esta obra las doctrinas jurídicas de Salamanca con las que representará, más adelante, el nacionalismo protestante: «De Vitoria --escribe-pasó el legado al insigne holandés Hugo Grocio y de éste a la inquietud de hombres y pueblos deseosos de encontrar el eje de sus relaciones».
56 Pero su significación sobrepasa nuestro asombro.
Rebatiendo los conceptos de fray Cipriano de Utrera, Peña Batlle advirtió una brecha desde donde reconstruir las bases de la formación nacional dominicana.
Este punto remite, en particu lar, al terreno ideológico, donde radicaba de manera fundamental el obstáculo más importante de la conceptualización conservadora.
Había estado bregando en esa tarea convencido de la necesidad y ahora encontraba la posibilidad de llevarla a cabo.
La resistencia de Enriquillo, cuya base estuvo en el «programa político de los dominicos», aunque no constituía «propiamente» una reivindica ción nacional, la anunciaba; era su presagio.
En esta «tradición» que parte del pensamiento colonial en la isla se inaugura, a s'u entender, una ideología nacional domini cana, preliberal, conservadora, libre de las influencias racionalistas francesas.
No importa que en aquel momento el intento de resis- tencia encabezado por Enriquillo se saldara con el fracaso.
Ello constituiría una de las tantas adversidades con que ha tropezado la formación nacional.
Ni siquiera que el humanismo cristiano de los dominicos asumiese contenidos erasmistas, puesto que a la postre sus doctrinas fundaron los justos títulos de la dominación española en Indias; y aún se les puede considerar fundidas en el bloque ideológico que saldrá del Concilio de Trento y la Contra rreforma.
A tal punto llega su contento que adoptando en su argumentación la doctrina de Santo Tomás, según la cual la base de la legitimidad del poder reside en el bien común, ¡recrimina por «impolítica» la matanza perpetrada por Ovando contra los aborígenes! 57 Después de 1948, en el pensamiento peñabatlleano la forma ción nacional dominicana se asentará en perfecta correspondencia con el tradicionalismo, sin los abigarramientos de este período transicional.
En lo sucesivo se aclara la dimensión global de la recusación del pensamiento hostosiano, que nadie hasta él había emprendido; pues está claro que no se le puede dar esa entida'd al señalamiento de «inexactitudes» que había realizado Lugo al final de los años treinta e inicios de los cuarenta.
Esa recusación trascendía el marco de las necesidades políticas del momento, pero aseguraba una larga trayectoria al dominio burgués despó tico, aun cuando se planteara su recambio.
AJUSTE DE' CUENTAS CON LA HERENCIA HOSTOSIANA
Fruto de los diferentes esfuerzos que hacía desde su doble situación de político e historiador, por concretar un pensamiento histórico coherente con las características del régimen y de la ideo logía burguesa de la época, concibió con claridad una empresa colosal que marca el inicio de la última etapa de su pensamiento.
Ella implicaba dos tareas, la una en sentido negativo: la impug nación de la tradición hostosiana; y la otra en sentido positivo: El criterio con que abordará la segunda tarea lo había for,.. mulado en 194 5, rebatiendo las opiniones del ministro cubano de Relaciones Exteriores, doctor Jorge Mañach.
Aparte del anti haitianismo visceral que refleja, lo más relevante, en cierto modo, es que la formulación de ese criterio se inspira en la misma lógica con que Hostos llamó la atención frente al imperialismo norte americano.
Por supuesto, Peña Batlle le confirió al planteamiento un contenido aberrante.
El texto no tiene desperdicios: «... los dominicanos -dice en su carta a Mañach-hemos vivido frente a un dilema aterrador, de vida o muerte: nosotros o nos organizamos consistentemente para la civilización o perecemos ab sorbidos por esos factores negativos de que le hablo más arriba.
Por no haber podido hasta ahora dar suficiente consistencia eco nómica y social a la nacionalidad perdimos mucho más de la ter-+ cera parte del territorio de la isla que fue nuestra en el principio y que hoy compartimos con los causahabientes de filibusteros, ladrones y malhechores de toda laya.
Los errores políticos de la España decadente y estadiza del Conde Duque los estamos pa. gando nosotros todavía con sangre y sudores.
Francia canalizó contra España las fuerzas proditorias del bucanerismo y sentó reales en la isla desde el segundo tercio del siglo XVII para afincar allí una colonia que ni aprendió a hablar francés.
Desde entonces se inició en la isla de Santo Domingo una lucha tremenda entre dos fuerzas sociales opuestas cuya determinaci6n no es pre visible todavía».
58 Huelga decir que este criterio resulta absolutamente in aceptable para Eugenió María de Hostos y Américo Lugo, por sólo mencionar dos figuras de la escuela hostosiana que influyeron -el primero con sus obras y el segundo con sus obras y su per sona-decisivamente en la formación inicial de Peña Batlle.
Re-RA�MUNDO GONZÁLEZ chazo intelectual y moral que la más ligera confrontación de sus obras advierte.
De tener la oportunidad, Hostos le hubiera de vuelto la aseveración que hace en esa misma carta, cuando dice que: «Con la única excepción de Eugenio M.a de Hostos, maestro amado de los dominicanos, las cabezas señeras del Continente no han mirado la encrucijada en que nos debatimos los hijos de est. a tierra».59 Se la hubiera devuelto por falsa y gratuita.
Hostos no vio ni podía ver de esa manera.
Para tranquilidad de sus restos, Peña Batlle lanzaría un con juro contra la obra de Hostos equiparable al odio que sentía por el pueblo haitiano.
Recusación que era un corolario de la tarea pendiente de fundar una noción conservadora de la nación dominicana.
Son bien conocidos los términos del famoso prólogo al libro de Antonio Valle Llano.
60 Introduce su diatriba acusando a Hos tos de superficia], de no haber contribuido a acrecentar el «caudal de conciencia» hispanista.
El magisterio de Hostos se había inicia do cuando «estaba en crisis extrema de valores la experiencia social dominicana»; en razón de esta crisis, resultaba que no podía ser «ningún medio más incauto que el dominicano para confrontar la doctrina del Maestro».
Esa crisis tenía su origen en Haití: «Desde 1801 estuvimos sujetos a la influencia haitiana que llegó a su clímax durante los veintidós años de Boyen>.
Y después de señalar el contexto, continúa con la enumeración de los cargos: «Filósofo materialista (... ).
Político liberal (... ).
Anticatólico (... ); visible sentimiento de simpatía calvinista (... ), admiración por los movimientos religiosos y políticos de La Reforma. (... ) grandes líneas del pensamiento político hostosiano se desprenden de la Revolu ción Inglesa y del enciclopedismo francés del XVIII (... ).
Ni estudió ni comprendió los problemas de este país y los miró siempre imbuido en sus sentimientos antihispánicos (... ).
Apasionada (y) desconcertante justificación de la influencia haitiana en Santo Do-mingo.
En su sañuda desobediencia a lo español, el señor Hostos nos prefería haitianos».
61 Y luego del maestro, seguían sus enseñanzas: «Ni la ciencia ni la razón son en sí elementos vivos de un verdadero ideal na cional.
Eso dejó de discutirse desde hace muchos años.
La Escuela Normal formó varias generaciones dominicanas, pero no creó un auténtico programa de recuperación colectiva.
No enseñó a los do minicanos a gobernarse ni a conducirse con sentido corporativo».
62 Sólo faltaba hacer auto de fe con Hostos y el hostosianismo.
El resto de los intelectuales trujillistas, la mayoría de los cuales venían torciendo y retorciendo los planteamientos demo cráticos de la escuela hostosiana en un acoplamiento grotesco con el despotismo, se solazaba en esta recusación.
Si embargo fue el caso que a la altura de los años cincuenta era muy difícil echar a andar una nueva construcción ideológica.
A lo sumo se adoptó un discurso que aceptaba nadar en las dos aguas, por lo que la ideo logía trujillista siguió presentando las contradicciones y falsifica ciones que la caracterizan.
63 Fuera de ese inconveniente, es pro bable que operaría la incapacidad intelectual de muchos que se hacían pasar por tales medrando a la sombra de la dictadura.
Pero lo cierto fue que entre las dos cosas dieron al traste con 1a recusa ción de Hostos que Peña Batlle captó como un elemento primor dial de un reactivamiento ideológico propio: de la dictadura; la que en su desfase no tuvo solución de continuidad.
El subrayado es nuestro.
63 Un ejemplo puede verse en el d1srurso de Pedro Troncoso Sánchez, Es4 « influencia cultural».
Casi todos ( con la excepción de Andrés A ve lino y Robles Toledano) se inclinaron por una interpretación que colocaba a Hostos habiendo cumplido con una tarea histórica, en su tiempo, positiva; aunque Trujillo, por supuesto, representaba una situación superior.
Peña Batlle había sido crítico frente a la inconsistencia de la «dialéctica» --como él la denominaba-de sus amigos y otros servidores del régimen, quienes se empeñaban en compaginar el liberalismo hostosiano con el trujillato.
Más de una vez llamó la atención sobre este particular.
Casi como una ironía, tras la muerte de Peña Batlle, Rodríguez Demorizi, haría el último intento por colocar a Peña Batlle como uno más de ellos, compartiendo el grotesco dualismo que tanto había criticado: «...la impugnación de Peña Batlle es el mejor tributo que hoy puede rendírsele al insigne Educador; revisar su obra, vivificar lo permanente de esa obra; extraer de ella lo útil y valedero, cons tituiría una nueva modalidad del hostosismo.
Al Hostos de ayer podrá oponerse el Hostos de hoy y de mañana... ».
66 ¡ Hasta ese extremo llegaba la «dialéctica» de sus amigos!
A la hora de escribir aquel prólogo Peña Batlle veía con claridad la otra cara de su empresa ideológica.
Y, en efecto, al final del mismo enuncia la tarea positiva: «... una conciencia social, no podrá crearse en Santo Domingo por sistemas contrarios a la idiosincrasia hispánica y católica del pue blo dominicano.
Si deseamos verdaderamente crear un ideal de civilización para vincular en él los factores de nuestra expresión nacional obligados estamos a exaltar aquellos dos valores esenciales de nuestra constitución.
Hacer otra cosa equivaldrá a secar las raíces de nuestro espíritu».
La isla de La Tortuga y El Tratado de Basilea...68 son obras complementarias.
Persiguen un mismo objetivo y siguen un mismo plan.
Difieren en el período que abarcan y en la calidad del tra tamiento de las fuentes documentales y bibliográficas.
En realidad, sólo la primera es un verdadero resultado de investigación histó rica, mientras la segunda queda a nivel de hipótesis como ensayo.
Por esta razón La isla de la Tortuga constituye el remate de k1 tentativa peñabatlleana en el campo historiográfico; y en la Re pública Dominicana, acaso la obra cumbre del pensamiento con servador en esta materia.
Con el pretexto de estudiar La Tortuga, construyó toda una teoría del desenvolvimiento histórico dominicano y la formación nacional acorde a sus prejuicios antihaitianos e hispanistas.
En la elección de la pequeñita isla de La Tortuga, convergen diferentes razones: desde temprano se interesó por los problemas del comercio de contrabando y las devastaciones de Osorio; el nexo entre estas últimas y la ocupación occidental de la isla por los franceses ya había sido establecido en la historiografía.
69 Los do cumentos de la Recopilación Diplomática realizada por Américo Lugo, que Peña Batlle había dado a la publicidad, 70 contenían prolijamente los detalles de esa historia, junto a otros que en esos años había dado a la publicidad Emilio Rodríguez Demorizi, gra cias al trabajo realizado por fray Cipriano de Utrera; 71 era ma terial de primera mano procedente de los archivos franceses y españoles, respectivamente.
E1los, sin embargo, si bien son con-diciones básicas, no constituyen razón suficiente para decidirse por el tema.
En realidad, La Tortuga tiene todo un valor simbólico.
En primer lugar, ante la mirada conservadora de Peña Batlle, en los poco más de cincuenta años que forman el ciclo de la historia de esta islita en el siglo XVII se resume, hecho realidad, el contenido de todas las metáforas sobre el quebrantamiento del orden, de la vida sin sujeción a la autoridad, sin principio de orden alguno; esa sociedad que no puede ser nación, reúne todo lo vituperable de la existencia humana desordenada, abandonada al libre albedrío.
Para Peña Batlle, aquí reside una parte del pecado original de la nación haitiana.
En segundo lugar, lo que fue la vida de los hom bres de La Tortuga constituía, en alguna manera, un referente de una premisa básica del pensamiento liberal: el «hombre natural» de Rousseau.
La disputa que el pensamiento conservador sostiene con el liberalismo y el racionalismo tiene allí en su favor, a los ojos de Peña Batlle, un argumento irrefutable.
Por último, allí el enfrentamiento de los poderes europeos alcanzaría, a su juicio, la altura de la epopeya, para no decir que cobraría vida el mismo don Quijote en la figura de Montemayor de Cuenca, arquetipo dominicano.
Y aún más: la islita menospreciada, se convertiría en el talón de Aquiles del incontrastable Imperio español... cual «piedra que desecharan los que construyeron»..
Si a este valor simbólico se agrega el hecho de que en ese punto del Caribe se dieron cita las naciones que disputaban a España el predominio comercial y sus posesiones coloniales, siendo un contrafuerte singular de estos poderes a lo largo del siglo XVII; siglo cuyo saldo en Europa fue la hegemonía de la monarquía fran cesa y en el Caribe la formación de hecho de la colonia francesa, que está en el origen de la República de Haití, no cabe duda de que la elección había sido acertadav La tesis de La isla de la Tortuga es que la nación dominicana se formó desde el mismo siglo XVI bajo el influjo estatista del imperio español.
A ese influjo se debe además la preponderancia de la civilización moderna occidental y cristiana.
El estado con formó de una vez y para siempre el sentido hispánico y católico de la nnción dominicana.
Sujeta al estado para sobrevivir, la 1Ltción no pudo adquirir rasgos peculiares co1no resultado del desarrollo de la sociedad en un medio diverso.
De esa manera la nación do minicana se define como «un rincón espiritual de España».
Lo que se haya perdido de los rasgos originarios se debe a la inci, dencia perniciosa de la decadencia del imperio en general y en particular de la colonia occidental (Haití).
Sin restar originalidad al concepto de nación que desarrolla en este libro, no hay duda de que Peña Batlle se inspira directainente en las tesis tradicionalistas de Menéndez Pelayo'y en la idea de la «hispanidad» popularizada por el falangismo.
72 En la Historia de la cuestión fronteriza... ya ha colocado de epígrafe la cita con que el santanderino concluye su capítulo sobre la «Poesía en Santo Domingo».
73 Pero el leitmotiv de esa obra no corresponde al sentido profundo que el concepto del tradicionalismo implicaba; había entonces una relación exterior entre el contenido, la cita y el libro propiamente dicho, puesto de manifiesto por la inserción de la conferencia de 19 38 como introducción.
74 Pero en este otro libro, aunque sin mencionarlo para este propósito, hay una com penetración con el sentido de aquella cita.
Lo que en la primera ocasión había quedado como expresión de propósito, ahora que daba cumplimentado.
En suma, la concepción peñabatlleana de la nación domini cana es rigurosamente el desarrollo de la tesis de Menéndez Pelayo según la cual España, «...
Martillo de herejes, Espada de Roma, luz de Trento y cuna de San Ignacio (... ), en aras del interés católico y cultural del mundo y en defensa de las libertades na cionales, se desangró y arruinó a sí misma en la época de su �ayor grandeza».
«Pero fuimos el único pueblo de Europa que cuando todos los demás volvían de una manera o de otra la espalda a la tradición medieval, supimos mantener la continuidad histórica, salvando la unidad espiritual de Occidente, por lo menos en e! 72 La dic�adura de Primo de Rivera intentó galvanizar un proyecto nacional apoyado en estas tesis junto a las elaboraciones de Ramiro de Maeztu.
74 Peña Batlle no completó el proyecto anunciado de un segundo volumen de la'-Historia de la cuestión fronteriza.
Mediodía y trasplantarla a otros continentes.
Nuestra muerte fue la salvación de Europa y la vida de infinitos pueblos de América.
Quedamos para lección y ejemplo del mundo por nuestra postura gallarda y nuestra manera típica de realizar la idea imperial a base de una Monarquía cristiana (... ) >>.
75 El hecho de estar inspirado en esta tesis y en el contexto polí tico anotado, da pie a una discusión -todavía pendiente-sobre las posiciones de principio, filosóficas y políticas, de Peña Batlle, aunque éstas no sean elaboraciones suyas.
76 Mas lo que nos cumple tratar aquí es el entramado de la concepción histórica nacional que constituye el objetivo central de las obras publicadas por Peña Batlle en este último período.
Veamos, « sin digerir», como lo expone el autor: «La independencia dominicana (... ) comenzó a producirse dos siglos antes de que despertara en estas tierras una conciencia polí tica de autoeterminación (... ).
«Durante más de dos tercios de los quinientos luchamos con tra la Reforma.
El contrabando de los productos de la isla fue un activo agente de la lucha del calvinismo contra los poderes cató licos. (... ).
A fines de la centuria la isla de Santo Domingo vivía un penoso período de inquietud en el que estuvieron a punto de perderse nuestra raíz hispánica y nuestra tradición católica.
En el transcurso de los seiscientos vivimos en constante estado de guerra con bucaneros y filibusteros, luchando contra el individualismo crudo y descarnado que dio origen a todo el sistema capitalista moderno. (... ).
Los setecientos los pasamos en un cruento y pro longado esfuerzo para obtener la divisoria fronteriza que nos sal vara de la penetración francesa.
En 1795 nos pagó España aquel denodado esfuerzo vendiéndonos a Francia como si fuéramos un 'hato de bestias', en el momento preciso en que triunfaban en aquel país las ideas por las que habíamos sufrido nosotros todas nuestras vicisitudes.
Los ochocientos nos trajeron el predominio de los esclavos Y la influencia de las ideas y los sistemas del ma terialismo y el positivismo francés, traducidos en 1nás de cincuenta años de opresión haitiana, y en otros cincuenta años de descon cierto y turbulencias derivados de la influencia de Haití».
Un momento culminante de la consolidación nacional se re laciona con La Tortuga: «Durante los once años del gobierno de D' Ogeron se desarro lló el más espantoso drama por la conservación de la isla de Santo Domingo.
Los dominicanos, celosos de su heredad, resistieron hasta extremos increíbles el empuje de los bucaneros y de los colonos franceses para adueñarse de la isla.
La epopeya no ha sido todavía reseñada en toda su magnitud, pero de sus resplandores surgió nuestro país en sus proporciones geográficas actuales.
En aquella lucha sin cuartel, de in. sospechada ferocidad, se templó para siempre el temperamento colectivo y el espíritu nacional de los dominicanos.
Después que Peñalba abandonó La Tortuga se perdió definitivamente el contrafuerte en la lucha por el predo minio marítimo y comenzó a desintegrarse el imperio de España en América como elemento de supremacía comercial.
Pero al mismo tiempo se inició el conflicto social, todavía existente en Santo Domingo».
78 Otro momento marcado por el Tratado de Basilea inicia el período de dislocación; tras lo cual se impuso el instinto de conservación: «La única manera de llegar alguna vez a la independencia la vieron los dominicanos de aquella época en la conservación de sus formas sociales tradicionales.
Nuestra independencia tiene con figuración conservadora.
Es el resultado de un fenómeno de intros pección Social.
jenó muchas de nuestras modalidades originarias, pero lo recón dito de nuestras esencias hispánicas se mantuvo y se mantiene inalterado».
79 En resumen: «La independencia dominicana representa un movimiento social de introspección.
Continuamente nos hemos vis to obligados a volver hacia atrás -por vías de conservación-para no • perder nuestras características permanentemente amenazadas por el imperialismo calvinista, por el materialismo y por el africa nismo básico de la formación social haitiana».
Tal como aparece desarrollado en sus últimos trabajos, el concepto de nación implica para Peña BatlJe una doble dimensión: una dimensión material y otra espiri tual.
La primera está sometida a la contingencia del cambio en el tiempo, mientras la segunda es de carácter inmutable, eterno; de ahí la preeminencia de esta última sobre la primera.
Ambas están unificadas por una fuerza trascendental que tiene expresión en el Estado.
La primera de esas dos dimensiones está compuesta por la sociedad-territorio.
Aquí comienza a hacerse particular su con cepto de lo nacional: la insistencia en el autorreconocimiento, me diado por el interés que despierta en el hombre el territorio donde vive y comparte con los de su mismo colectivo, está en la base de esta noción.
Aquél da pie a la interiorización de la unidad del colectivo con el territorio: se trata de un vínculo «entrañable».
No puede haber fractura en esta noción: territorio y sociedad que dan forzosamente implicados bajo una misma unidad analítica; separarlos es falsear la concepción de Peña Batlle de la «vida so cial».
En efecto, la sociedad-territorio es la que está sometida «a la inestabilidad», a «la inquietud»; es por aquí que se introduce todo el dinamismo social que cabe en el concepto de nación de Peña Batlle, quien atribuye carácter de ley a ese tipo de cambios dentro de esta dimensión material: «...
La ley fundamental, el elemento básico de nuestra formación social son la inestabilidad Con el establecimiento de esta relación unívoca entre socie dad y territorio se asegura, de un lado, la confinación de lo social al interés imperial de conservación de sus posesiones americanas y, de otro lado, la supeditación de lo social a lo nacional, en cuanto la equivalencia de ambos extremos coincide en el término central dado por el territorio.
De ahí también que identifique la frontera como estado social, el cual habría evolucionado desde una situa ción «completa» configurada en el siglo XVI, hasta la situación <<mutilada» de mediados del siglo XVII.
Ambas situaciones re presentan estados sociales distintos.
A propósito de la consulta promovida por el presidente de la Audiencia de Santo Domingo sobre el futuro de la guarnición des tacada en La Tortuga tras el rechazo de las fuerzas inglesas en 1655, Peña Batlle caracteriza esa evolución.
Los participantes de aquella reunión tenían claro que La Tortuga era otra cosa que la costa norte de la isla, y no iban a arriesgarse por algo que ya no recono cían como propio: «La mutilación de Osario había cobrado ya carácter social en 1655>>.
Bayajá, Puerto Real, Govaines o La Tortuga, ya no eran parte de lo «entrañablemente dominicano».
Para los dominicanos de entonces no cabía el sacrificio por aquellas posesiones, su sangre correría «solan1ente en defensa de la here dad local, de la patria chica, de lo que nos dejó a nosotros la dis gregación del Imperio».
82 Correspondiente a esta sociedad-territorio, está un pueblo territorio o una masa-territorio, vaciados en los moldes culturales, las «formas sociales» de. que nos habla Peña Batlle.
En efect�, se violenta toda la conflictividad social para reducirla a la constitu ción de un «frente nacional» permanente contra la amenaza pri mero de los «enemigos de España», luego trocados por «el enemi- go»: Haití.
Esta doble continuidad -entre autoridades y pueblo, por una parte, y entre «enemigos de España» y «el enemigo» de República Dominicana-tiene un contenido «social» -en el sen tido que atribuye Peña Batlle a esta nación-que se expresa par ticularmente a través del enfrentamiento armado.
Se descontex tualiza la situación histórica para resaltar la fiereza de los enfren tamientos.
83 A continuación la asimilación de aquella lucha ar mada en los inicios de la colonización francesa como una caracte rística básica de la sociedad-territorio, proporciona una justifica ción histórica de la matanza perpetrada por el régimen trujillista en 19 3 7.
La asociación se asegura constantemente subrayando la continuidad de esa «lucha social» y su carácter «inconcluso».
En realidad recurre a una imagen de lo nacional por fuera y por encima de lo social.
En esa visión «los dominicanos» actúan -en una brillante muestra de disciplina-como un solo bloque tras el líder espiritual que encarna el sentimiento de <<la hispani dad», representado por su autoridad.
A eso queda circunscrita la actuación del pueblo-territorio, que no conoce otra voluntad que ajustar su comportamiento a las opiniones de su autoridad, sea ésta eclesiástica, político-militar o social.
No es por casualidad que sea en este nivel don<le se producen todos los acontecimientos de orden interno -odios, intrigasa veces detalladamente referidos.
Queda excluida cualquier observa ción sobre los grupos sociales explotados, nivelados por su arbi traria categoría de sociedad.
La mención de los esclavos es sólo para identificarlos a Haití -y al tremendo enfrentamiento entre haitianos y dominicanos-, o en el mejor de los casos para descartar la importancia que tuvo esta institución social en la isla Española.
No hay ninguna mención de las sublevaciones de esclavos que pre cedieron y sucedieron a la rebelión de Enriquillo.
Mientras que esta rebelión es asociada con la resistencia frente a los ocupantes franceses de una manera realmente artificiosa.
84 Pero esa exclusión arrastra consigo los procesos demográficos, económicos y sociales en general.
En esto su concepto se aparta del de Américo Lugo, quien prestó atención a la dinámica demográfica en función de fac tores políticos y económicos.
Con relación a las configuraciones sociales, todo su empeño está puesto en no reconocer más distinciones que los caracteres definidos por los personajes individuales.
Asume una visión psi cologista de la historia, con lo que asegura una visión heroica com patible con la exaltación nacionalista que procura sostener.
No hay clases sociales por definición.
Pero este arbitrario proceder tiene consecuencias.
Por una parte, la única fuerza de cohesión posible de esa sociedad-territorio es la amenaza externa: la pre sencia del enemigo como una entidad cuasi demoníaca, a la que tiene que apelar incesantemente.
Esa sobredimensión, apenas deja espacio para la vida propia de la sociedad: «La colectividad do minicana no tuvo reposo ni espacio moral para darse a la tarea de su propia formación.
Vivió • como le permitieron los otros que viviera: en la agonía de no perderse para siempre.
Perdernos era dejar de ser españoles».
85 La relación entre nación y sociedad, que supone la supedita ción de la segunda a la primera, se traduce en el escaso margen para entender el funcionamiento interno de la sociedad-territorio.
No hay más que caracteres, funciones y jerarquías.
La existencia de tales caracteres daría la medida de los hombres destacados en esa sociedad: su virilidad, arrojo, dotes de autoridad, o por el con trario, su vileza, perversidad, etc. De ello proceden diferentes con flictos que aquejan la sociedad-territorio; frecuentemente. se en cuentran en lucha los caracteres nobles con los perversos; 86 son casos paradigmáticos: el arzobispo Dávila Padilla frente al gober nador, capitán general y presidente de la Audiencia, Antonio Oso rio, en los años finales del siglo XVI; o el caso de Montemayor de Cuenca 87 frente a un haz representado por el arzobispo, 88 los oido res y el presidente de la Audiencia, el conde de Peñalba, y don Rodrigo Pimentel.
89 Resultado de lo anterior, la sociedad-territorio se disuelve en una concepción psicologista de la historia.
90 La materialidad de esta dimensión se revela en el héroe y su contrincante, en la fuerza de su confrontación y su enorme impacto en la configuración de la• realidad.
Pero la razón de ese conflicto que compacta a toda la sociedad tras los individuos que encarnan la nación, está dada en un nivel distinto de lo propiamente material.
La dimensión espiritual de lo nocional está formada por la cultura, entendida como «molde» social -«forma social», es cribe Peña Batlle-, que por extensión abarca las letras, las artes, las ciencias, así como sus instituciones (la escuela, seminarios, uni versidades); pero también los actos cotidianos, ya sean compor tamientos religiosos, hábitos alimenticios o manera de vestir.
La cultura, pues, define patrones de comportamiento, estéticos, mo rales, etc., inmutables, fijados arbitrariamente.
No sólo la cultura no es un proceso dinámico, un quehacer creativo y colectivo, sino que se la desfigura para aparecer como simple mimetismo, repro ducción inevitable de lo dado en este caso por el término domi nante que es el Imperio.
Así entendida, la cultura no es más que lecho de Procusto que constituye la mirada del poder, a la que forzosamente tiene que acomodarse lo dominicano.
Pero en su 87 «La llegada de Monte mayor al gobierno en 1653 produjo el mismo ef ect� del guijarro que cae en las aguas estadizas de un remanso, pues estaban todos1 acomodados a las facilidades, dejadeces e imbecilidades de •los Pérez Franco (el Presiden�e anterior, R. G.), y cada uno vivía en el cotejo de sus intereses par ticulares, sin preocuparse mayormente de la cosa pública (... ).
Refiriéndose a las formas religiosas y culturales de la cons titución dominicana, señala cómo su contenido social reflejaba la «influencia del Patronato» y la Contrarreforma: la «aplicación estricta y exigente» de las resoluciones del Concilio de Trento y el Patronato indiano fijó el carácter al «gobierno canónico de las Indias»; con su aplicación la corona castellana no sólo modeló las institu ciones sino los prejuicios y sentimientos de la colectivi dad dominicana durante su formación.
«De aquellas formas de gobierno tenía que surgir necesariamente un sistema de cultura y una manera de vivir adecuados a las modalidades de la administrac ión».
91 Esto implicaba encerrar la cultura en una forma definitiva alcanzada en una situación pasada, que Peña Batlle parece iden tificar con el catolicismo colonial.
Los valores que reflejan la visión del poder se resuelven en > sin mediación alguna: se traducen en «prejuicios tradicionales».
La sociedad no inter viene sino como receptora.
Todavía más: la cultura se acata del mismo modo que una ley, cuando no, la cultura se aplica sobre el colectivo social.
La sociedad no cuenta para crear la cultura sino para actuar conforme a lo establecido de antemano por leyes y resoluciones desde el poder, lo que confiere un sentido restrictivo y autoritario a esta noción de cultura.
Una vez dado el contenido estático de la cultura, con esta noción cabía oponer en términos ontológicos los pueblos domini cano y haitiano, sin necesidad de apelar, de primera intención, al racismo: «El dominicano no podía vivir ni comportarse como vivía y se comportaba el haitiano.
El uno y el otro procedían de formaciones muy distint.as.
No es necesario detenerse en distingos raciales para seguir adelante en este orden de ideas.
El dominicano había construido su sentido de grupo en un mundo de valores y jerarquías sociales de carácter netamente español; el haitiano, por el contrario, representa, como tipo social, la negación de todos http://estudiosamericanos.revistas.csic.es aquellos valores».92 La alternativa era la perdición: «Perdernos era dejar de ser españoles» -dice-.
En consecuencia, el racismo aparecía mediatizado dentro de esa noción cultural, aunque esa atenuación va cediendo a medida que avanza en su teorización, hasta llegar incluso a negarle calidad nacional al colectivo haitiano.
93 Pero, además, esa noción ofrecía la posibilidad de introducir la iinpugnación de Hostos extendiéndola a todo el pensamiento liberal, incluso más allá de nuestras fronteras.
Según su planteo, los movimientos de independencia en América Latina se produjeron a despecho del liberalismo, <<cuando les maduró su conciencia» formada en los modelos imperiales; a lo sumo, el liberalismo proporcionó un «molde político» a la independencia.
94 Al disminuir el papel de la ideología liberal que dio sentido al movimiento Trinitario y a todo el viejo liberalismo nacional -la tradición de pensamiento liberal anterior al de signo hos tosiano-, de paso descartaba toda contribución del liberalismo a la conformación nacional.
Considera que la independencia domi nicana dependió no de un ideal político sino de «un definido sen timiento de cultura».
Fue un movimiento instintivo, hallándose los dominicanos «obligados por necesidades apremiantes de pre servación cultural, para resguardo y defensa de las formas de nuestra vida social propiamente dicha».
Y puntualiza sobre el término cultura: «Téngase presente que la palabra cultura se usa aquí en su más estricta acepción sociológica»;95 esto es, los pre juicios del hispanismo y del antihaitianismo de las clases domi nantes -exacerbados desde principios de siglo--que en su «sociología» se extienden a todos los grupos sociales dominicanos de todas las épocas.
Junto a los caracteres analizados más arriba, la jerarquía es un elemento interno de la unidad analítica sociedad-territorio en el concepto peñabatlleano de lo nacional.
Ella remite a la cues tión del orden, noción clave del pensamiento conservador.
Peña Batlle se esfuerza en presentar este orden como un sistema reli gioso de convivencia en el que no existen mayores contradicciones sociales y del cual se exluye todo signo de explotación; no duda en negar el carácter colonial de la dominación española: «El sis tema de la colonización propiamente dicha o de la explotación no es engendro español, (... )
España creó su Imperio a través de un sentimiento religioso. (... )
España no fomentó colonias ni fundó Compañías privilegiadas de colonización.
Confundió sus esencias con las de las regiones adonde llegaba para hacer de ellas provin cias y entidades, que luego se convirtieron en naciones a su seme janza.
España civilizó medio mundo sin explotarlo.
No tuvo el genio comercial de los pueblos protestantes, pero sí incomparable sentido de convivencia».
96 Este orden, al igual que los individuos descollantes de la so ciedad-territorio que actúan guiados por un sentimiento cultural, tiene conexión con la dimensión espiritual.
Las manifestaciones concretas del orden pueden verse en derecho privado y público, así como en el derecho entre las naciones, el derecho internacio nal; w pero la fuente de este derecho, remite al punto cardinal: el estado.
Para el caso de la noción histórica que nos ocupa, Peña Batlle ubica señaladamente esa fuente en el estado imperial católico de Carlos V y Felipe 11.
Detengámonos un mo1nento en el problema del estado.
El planteamiento de la cuestión en el pensamiento social dominicano se debe en primer lugar a Hostos y a Américo Lugo.
Ellos enten dieron, como momento decisivo de la formación de un estado de mocrático, la asunción efectiva por los ciudadanos de las nociones del deber y el derecho sociales inscritas en una moral racionalista.
Este concepto otorgaba primacía a la iniciativa de los individuos como expresión del desarrollo de la sociedad, antes que a las insti tuciones puramente estatales.
Sin que entremos a analizar esos conceptos, cabe anotar que la relación entre sociedad, nación y Estado, ya había sido establecida en una solución democrática por l-Iostos desde finales del siglo XIX.
La solución autoritaria que da Peña Batlle a esta relación es lo que veremos de inmediato.
Para ser legítimos, el orden y la jerarquía que supone deben tener sus fuentes en la tradición.
Todo orden ha de estar justificado en la historia.
Si bien los elementos de su concepto nacional son la sociedad-territorio y la cultura, la nación supone la articulación de esas dos dimensiones.
Pues bien, esa correspondencia viene dada 'constitutivamente', esto es, de manera originaria, aunque está sometida a contingencias temporales, históricas.
A ella se refiere la noción fundamentalísima de tradición.
La tradición como categoría abstracta en Peña Batlle, pero también en el pensamiento conservador, equivale a esa corrts pondencia a la que se atribuye carácter originario y esencial.
Esos dos atributos no son casuales: rota la unidad inicial, entonces la tradición estaría en el fondo de cualquier actuación consecuente de la sociedad o los individuos sobresalientes que la encarnan para restituirla.
Como expresa en un arranque de inspiración: «Eso sí ha sido duro y consistente.
A ese hueso sí que no pudieron hincarle el diente ni ingleses, ni fr.:inceses, ni holandeses, ni herejes, ni negros, ni bucaneros, ni filibusteros, ni malandrines, ni ladrones.
Eso ha persistido • y persistirá, porque se nutrió de la más pura leche imperial, de la que amamantó a Carlos V y a Fe lipe II.
Eso persiste porque es brote de la perenne semilla hispá nica que aquí sembraron los dominicos, los Casas, los franciscanos, los Ovando, los Ramírez de Fuenleal, los Alonso Suazo, los Fuen mayor, Los Montemayor de Cuenca, los Solano y Bote, los Joaquín García.
Eso persiste porque lo inmortal no muere, porque Cer vantes, Santa Teresa y Fray Luis pudieron escribir en Santo Do mingo, a la sombra de nuestras piedras ilustres, sus obras eternas.
Anuario de E'stu, Jios AmBTÍ'-'anos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es Eso persiste porque aprendimos a hablar en español y a sentir en católico, porque nos amparó la Contrarreforma y somos los causa habientes lejanos, pero los mejor probados en América, de aquella magna e invencible concepción religiosa y política que salvó para siempre a lo hispánico del naufragio y el hundimiento».
98 Pues bien, rota la unidad originaria (por las contingencias históricas), una vez hallada (gracias a la heroicidad de algunos in dividuos sobresalientes guiados por su sentimiento de cultura) toca al estado asegurar la correspondencia entre sociedad-territorio, en cuanto dimensión material, y la cultura, en cuanto dimensión espiritual.
Vale decir, el estado perpetúa la tradición que otorga consistencia a la nación.
Aplicar esta noción a las situaciones his tóricas, implica matizar el enunciado anterior: El estado debe ase gurar en su duración, es su obligación, su función, la tradición que mantiene cohesionadas las dimensiones material y espiritual de la nación.
Perpetuar la tradición es mantener la esencial de la nación, lo que dejaría espacio pa�a elevar su bienestar material y espiritual; como instrumento, el estado es voluntad y fuerza eje cutoria para reponer en su cauce nacional a la sociedad.
Conforme a este concepto, tras cobrar «carácter social la mu tilación de Osario», la acción del Estado imperial en el siglo XVII, dio consistencia a la frontera: «(... ) una evidencia ya• concluida en 1680 (... ) es la de que en esa fecha la ocupación francesa encontró un límite, que no sobrepasó jamás».
Los bucaneros filibusteros habrían conseguido en la segunda mitad del siglo XVII «destruir las vías de comunicación del Imperio español y aniquilar su comercio.
El Tratado de Utrecht de 1713 es hijo de los buca neros-filibusteros con todas sus implicaciones y consecuencias, pero este conglomerado tan activo y tan duro no pudo destruir ni el es píritu ni el país de los dominicanos.
Lo español-dominicano, prendido en la parte oriental de Santo Domingo, resistió y super vivió por obra de su propia consistencia».
99 En 179 5, con la cesión a Francia de la parte oriental de la isla, se inicia el período de la desnacionalización.
La influencia de la Revolución Francesa y de la Revolución Haitiana son los dos agentes inmediatos.
El Tratado de Basilea envuelve la «tragedia de Santo Domingo», y es en sí mismo un hecho antínacional por su inconsecuencia con la tradi ción.
«Si se tiene en cuenta -escribe Peña Batlleel contenido catastrófico de los reinados de Carlos IV y Fernando VII y todo el daño que le causaron a España, nada de sorprendente se encon trará en la tragedia de Santo Domingo ».
100 Se produjo desde entonces la disociación entre los factores que componen la nación y, por tanto, la tradición quedaba sepul tada.
Detrás de toda acción sensata, por ejemplo, la independencia nacional, no podía haber otra cosa que una vuelta a la tradición para así sacar a flote la nacionalidad.
Después de Juan Sánchez Ramírez, le cabe el mérito a Pedro Santana: «Si se coloca el fondo de la independencia dominicana en su justo sentido social de re conquista contra la influencia de Haití y de regreso a la valoración hispánica de nuestra nacionalidad, necesariamente se llegará a la conclusión de que el caudillo no sólo no traicionó a su país sino que trató de consolidar sus cimientos sociales con la anexión a España».
101 La influencia racionalista y positivista en los dirigentes domi nicanos contribuía a debilitar las fuerzas espirituales de la tradición.
Lo peor fue la influencia hostosiana que planteó la educación ra cionalista y la descentralización como vías para realizar el ideal nacional.
Pero si fracasaron en ese empeño se debió, a los ojos de Peña Batlle, a que no era la sociedad la que podía regresar por sí sola a sus cauces originarios hispánico y católico, puesto que ella se hundía en «el caos de la anarquía» y todo el país en «el des orden y la incapacidad de gobierno».
Esa tarea no podía realizarse sin el concurso de una voluntad suprema que encarnara la tradi ción, concentrando en sí misma toda la fuerza necesaria para res- Según esto, desde el Tratado de Basilea, pues, había desapa recido el Estado que se apo• yaba en la tradición.
Con ello se había puesto en peligro la existencia de la nación.
Si bien la independen cia de 1844 respondía a un imperativo dictado por la «cultura», todavía faltaba la presencia fundamental del estado que mantu viera cohesionada esa cultura con la sociedad-territorio.
Por falta de un estado el problema nacional -que consistía en el descoyun tamiento de sus dos dimensiones-no tenía solución.
Esto fue lo que aportó el despotismo trujillista:
«La nación se encuentra a sí misma, después de un largo pro ceso de desarrollo material y espiritual, en las formas finales de su organización política. que son las del Estado.
La nación es historia y tradición, el Estado es derecho y objetividad legal_. (... )
La convivencia de un grupo nacional descansa sobre la eficacia de la ley, y ésta no podría resultar útil sino cuando descanse, a su vez, sobre el principio de autoridad bien entendida.
La causa eficiente del Estado, es pues, la autoridad acatada y respetada.
Del respeto a la autoridad dependen el orden y la disciplina sociales, factores ínsitos en el progreso de un país.
Nuestros pensadores políticos echaron de menos siempre en la vida pública dominicana la cohe sión de sentimientos que hace viable una máquina administrativa nacional.
Eso equivalía, precisamente, a la ausencia del Estado, porque éste no se concibe sino como medio de expresión de un ideal nacional definido v concreto».
103 102 «La única Revolución posible en Santo Domingo la hemos visto realizarse ya.
Ha sido el resultado de una genuina comprensión de nuestras esencia3 sociales (... ).
Eso no se ha obtenido con los maestros de escuela, ni por vías de de. scentraU zación ficticia y teórica.
El resultado social y político en que nos encontramos es, por el contrario, obra de una sola voluntad creadora, de una suprema concentración de energías, de una imprescindible concentración de tiempo y de una fe ciega en los destinos de la Nación: todo eso es Trujillo».
Ese estado había sido creado nuevamente.
Pero no desde la sociedad, inmersa en el caos y la pobreza, como habían pensado los hostosianos.
Sucede al estado lo mismo que a la cultura que resultaba de una voluntad exterior, impuesta por la providencia.
Así se cerraba el circuito de toda la construcción peñabatlleana de lo nacional: colocando a Trujillo como el «creador» del estado y resolviendo definitivamente «la tragedia» nacional.
Se consagraba así •e1 estado despótico como la forma adecuada para conseguir el progreso y el bienestar.
Peña Batlle colocó al estado en el centro de su concepto na cional, que concibe como instrumento.
Desde el estado se orga nizaría la sociedad mediante la fuerza y el consenso, implantando instituciones a las que se obligaría a adaptarse a la sociedad.
Exac tamente era la relación contraria a la propuesta por Hostos, quien partía de la formación de los hombres y no de su domesticación, para alcanzar la constitución de un estado democrático, distinto al existente entonces en el país de carácter oligárquico.
El estado despótico orquestado por la dictadura, aseguró el dominio de un bloque de poder estatal y la sujeción del estado al sistema imperialista.
Aparte de las premisas subjetivistas en que se apoya ese concepto, el planteamiento no parece ofrecer mayores dificultades.
Visto en general, su esquema lógico es sencillo y cerrado.
Pero su montaje en términos históricos resulta, como consecuencia de las premisas que lo sustentan, necesariamente artificioso y fraudu lento.
Ni la sociedad ni la cultura ni el estado podrían reducirse a los términos planteados por Peña Batlle, puesto que sus premisas rechazan cualquier confrontación empírica.
Su valor y significado reside en haber superpuesto esta solución teórica conservadora, «libre» de impurezas liberales al debate procedente de la herencia ideológica hostosiana.
Ciertamente, tenía en favor suyo el hecho de que el debate había sido cerrado ya mediante la integración de un contingente importante de los intelectuales liberales al ré gimen.
Pese a todo, su propuesta de ajuste ideológico entre pro yecto nacional y dominio despótico, por varias razones, no fue universalmente seguida por el conjunto de los intelectuales tru- jillistas, y hasta el final de la dictadura las concepciones libcrJlcs hostosianas se entremezclan con los postulados ad hoc de la dic tadura, dentro de los cuales se encuentran, desde luego, las formu laciones peñabatlleanas.
En este sentido las elaboraciones históricas de Peña Batlle no representan la continuidad del debate liberal sino su cierre autoritario.
Abandonada la preocupación por la cuestión nacional con sentido democrático, vemos a un Peña Batlle que falsifica a Hostos, imputa y silencia a Lugo, obvia e hipertrofi a informaciones históricas que tiene a la mano, con gesto autoritario en la impu nidad que garantizaba el estado despótico.
A la justificación his tórica y política de ese dominio apostó todas las fuerzas de su genio.
Aun dentro de la misma racionalidad burguesa esa reflexión resulta un sofisma viciado por sus prejuicios.
La conceptualización histórica de la nación dominicana elaborada en los estudios de Peña Batlle, deliberadamente no ofrece otra salida que el despotismo.
Mueve a la reflexión, empero, que bajo el mando intelectual con que lo cubrió Peña Batlle, el prejuicio antihaitiano siga siendo exaltado en la República Dominicana a la categoría de «esencia nacional», actuación que no puede ocultar sus propósitos políticos re accionarios; cierto que esto es posible porque queda más de un prejuicio de herencia despótica en la mentalidad dominicana.
De esa manera seguirá siendo su concepto histórico de la nación dominicana un recurso del pensamiento antidemocrático.
Pero por esa misma razón el debate sobre el proyecto y la construcción nacional sigue abierto y no donde pretendidamentc lo situara Peña Batlle.
piritualidad y cultura del
Anuario de EJtudios AmericanM
es PEÑA BATLLE Y SU CONCEPTO HISTÓRICO 11 preparaba |
Se dan discrepancias entre los autores que piensan que la Independencia conllevó cambios sustanciales en la política agraria del Perú, y aquellos otros que ven en ella una continuidad de las bases impuestas durante la colonia.
En lo que se refiere a las comunidades campesinas, no cabe duda de que su origen hay que buscarlo en las reducciones coloniales, supuesto que nosotros hemos fundamentado en otro lugar.
1 Sin embargo el período na cional ha ido perfilando sus rasgos de acuerdo a la dinámica de los nuevos tiempos, y las comunidades campesinas se enfrentan hoy ante la alternativa de aceptar fas difíciles condiciones de integra ción que esta dinámica propone, de acuerdo a una teoría jurí dica inoperante, o bien retraerse hacia los patrones que les son consustanciales y que operan exclusivamente en el ámbito de la marginalidad.
Ambas opciones están recibiendo acogida entre las comuni dades campesinas del Perú de hoy.
Muchas de ellas han iniciado su proceso de disolución incorporándose al flujo migratorio que los «pueblos jóvenes» absorben desde las ciudades, mientras que otras tratan de afianzarse en sus patrones de vida, y buscar a, ultranza vías de supervivencia y recreación cultural.
• Advertencia: Toda la documentación que aparece con relación al Minis terio de Trabajo (Dirección General de Asuntos Indígenas); Ministerio de Agri cultura y SINAMOS, se consúltaron en la ciudad de Moquegua, en las Oficinas del INDEC (Instituto Nacional de Desarrollo de Comunidades Campesinas), cuya sede es la CORDEM (Corporación de Desarrollo Departamental de Moquegua), organismo este último que depende de> l Ministerio de Agricultura.
En la actualidad esta do cumentación ha pasado a los depósitos del Archivo Departamental de Moquegua (ADM).
TERESA CAÑEDO-ARGÜELLES FÁBREGA hemos tomado como modelo de estudio se inscribe en esta segunda alternativa.
Se trata de una comunidad del valle de Moquegrn1, al sur del Perú, que hemos tenido oportunidad de conocer �, es tudiar en un contexto de vida cotidiana, para analizar el papel que la dinámica exterior desempeña en el virtual proceso de «integra ción>> que se ha puesto en marcha desde una perspectiva política.
¿ Cuáles son sus objetivos?, ¿ qué posibilidades reales existen de llev• arse a término?, y por último, ¿qué respuestas dan a todo ello los representantes de la propia comunidad?
El análisis en esta ocasión no pretende incurrir en la mecánica interna de su organización y sistema de valores, sino establecer los parámetros que, desde el exterior, están tratando de definir la posición de «la comunidad campesina» en relación al contexto global en la que se halla inserta.
Su RECONOCIMIENTO JURÍDICO Hemos podido verificar cómo en el seno de las reducciones coloniales la propiedad de la tierra y los medios de producción fueron adquiriendo un carácter privado, hasta el punto de que al filo de la Independencia el indio había adoptado netos rasgos de campesino.
2 La legislación republicana contribuyó a consolidar esta transformación mediante la promulgación de una serie de decretos tendentes a ampliar el marco legal de tal presupuesto: el 8 de abril de 1824, Bolívar ordenó la entrega de las tierras que todavía permanecían en régimen comunal a sus usufructuarios.
El 4 de julio de 1825 decretó que a cada indígena se le repartieran además tres topos de tierra, 3 no pudiendo las propiedades así adquiridas enajenarse ni transferirse hasta el año 1850, fecha en que se suponía que el indio estaría preparado para hacer uso libre• mente de sus bienes.
En 1828 el presidente La Mar reafirmó este INTEGRACIÓN DE LAS COMUNIDADES CAMPESINAS 3 último decreto, y finalmente, la ley del 30 de octubre de 1893 reconoció de hecho la existencia legal de las «comunidades>> en el Perú.4 Los indígenas pasaron así a convertirse de modo defini tivo en propietarios de sus tierras, situación que también los dejó expuestos a los abusos de los sectores privilegiados, interesados en adueñarse de ellas con o sin licencia.
Sin embargo, los indios continuaron manteniendo su orga nización en unidades familiares de producción y consumo, dentro del marco de su inveterado modelo comunitario.
En estas uni dades socio-económicas se han mantenido hasta hoy los patrones tradicionales de alimentación, tecnología agropecuaria y de riego, sistema de parentesco y todo un universo de valores y creencias que todavía se articulan mediante la cooperación )' reciprocidad de servicios entre sus componentes.
Ello les permite, de forma consciente o no, garantizar la reproducción del sistema, como la única vía posible de hacer valer su entidad frente a la clase dominante.
En abril de 19 58 la Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio de Trabajo registró alrededor de cuatro mil aldeas con categoría de «comunidades», que albergaban a una población de unos cuatro millones de habitantes.
5 Para hacernos una idea de lo que esta población representa en el contexto global de la na ción, señalaremos que la misma constituye el 40 % del total na cional y el 67 % de la poblaci6n rural.
6 En cuanto a su ubicación geográfica, la mayor parte de estas comunidades se encuentra en la zona serrana del centro y sur del país, ocupando las vertientes andinas o los cursos medios y superiores de los valles.
Sus domi nios se extienden en un área aproximada de quince millones de hectáreas, de las que el 90 % son pastizales, mientras que 4 TERESA CAÑEDO-ARGÜELLES FÁBREGA el 1 O % restante constituye terreno cultivable de muy bajo ren dimiento a�rícola.7 Situadas entre los 2.000 y los 4.500 metros de altura, las comunidades han mantenido el tradicional uso de la ecología microzonal para lograr la explotación complementaria de los recursos.
Así, casi todas ellas combinan las zonas de pastos, a mayor altura, y las zonas agrícolas más próximas al río y a las bocatomas de riego.
• Los estudios llevados a cabo por Figueroa,8 demuestran que la productividad de los recursos no se ha modificado signi ficativamente desde la época hispánica, o no lo ha hecho al mismo ritmo del crecimiento demográfico, lo que ha dado lugar a la disminución del producto agropecuario por familia.
A ello hay que añadir el evidente deterioro de los suelos por efectos del aban dono y de la erosión, al no haber recibido la aplicación de palia tivos correctores adecuados (insumos modernos como fertilizantes y pesticidas).
Ello explica que los campesinos integrantes de este sector se sitúen en el nivel más bajo de la escala nacional de renta per cápita, y explica también que las comunidades constituyan el sector que aporta menos PBI del país, en relación con el número de personas ocupadas en la producción.
No es extraño, por todo ello, que las comunidades campesinas hayan sido marginadas de hecho (no de derecho) por parte de las políticas económicas del Estado.
A pesar de todo, los economistas y antropólogos apuntan la presencia de racionalidad en la economía de este pequeño campe sinado andino, obstinado en sobrevivir y en demostrar su capaci dad de adaptación al medio y a las circunstancias.
La fragmenta ción de la tierra opera, en su opinión, como base para desarrollar estrategias de diversificación de riesgos, mediante la combinación, como antes señalábamos, de ciclos agro-ganaderos y de zonas micro ecológicas.9
Nuestro estudio se ha centrado, como apuntábamos más arri ba, en una comunidad del departamento de Moquegua (provincia de Mariscal Nieto), en la región meridional del Perú.
Esta comu nidad forma parte del distrito de Torata, y al igual que cada uno de los seis restantes distritos de que se compone esta provincia, puede identificarse con las antiguas doctrinas coloniales de Mo quegua que han conservado hasta hoy el mismo nombre, y a las que hemos hecho referencia en otro trabajo como marco para el estudio de la formación del campesinado en período hispánico.
10 La comunidad en cuestión está compuesta por cuatro «ane xos»: Tumilaca, Pacata, Coscare y Tala.
Los dos primeros existían ya como «ayllus» en tiempos prehispánicos y mantuvieron su es tructura durante la colonia inscritos en la doctrina de Torata.
Su conjunto da non1bre actualmente a la comunidad, que está regis trada bajo el nombre de «Tumilaca-Pocata-Coscore y Tala».
A ellos se accede por «caminos de herradura» que van serpenteando por el borde de los cerros y que demandan varias horas de trayecto desde la carretera más próxima.
En realidad se trata de cuatro pequeños villorrios instalados en el curso del río Osmore, cuyo curso descien de luego por el fértil valle de Moquegua para desembocar en el Pacífico a la altura del puerto de Illo.
El tramo correspondiente a esta comunidad discurre a una altura de unos 2.000 m. sobre el nivel del mar: Se trata de una zona de tierra áspera, formada por materiales volcánicos que no favorecen la formación de suelos fér tiles.
Sin embargo, en tiempos pasados el área contaba con diec-i nueve zonas de irrigación, dotada cada una de ellas con su propio sistema de andenerías, canales de distribución de agua y estanques.
Esta estructura global se encuentra hoy en un 70 % en estado de total abandono.
11 Uno de estos «anexos», el de Pacata, está ubicado justo a los pies del cerro Pukarani, en cuya cima se hallan los restos de una http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ciudadela preincaica que los pocateños consideran el recinto de sus antepasados.
Le llaman «el gentilar»,'y es respetado hasta el punto de que sólo es posible acceder a él mediante un largo rodeo por evitar el contacto con la zona sagrada de enterramientos, situada justo delante de lo que sería el acceso más directo desde el valle.
Las áreas de puna o «los cerros» ascienden a unos 4.000 m., son los «altos de Coscare» que constituyen los terrenos de propiedad co mu. nal «desde tiempo inmemorial» y se utilizan para pastos y oca sionalmente para el cultivo de alguna variedad de papa de altura.
El lecho del valle está dividido en pequeños fundos agrícolas que se distribuyen entre todos los comuneros en régimen de propiedad familiar.
Esta comunidad ha usufructuado sus territorios y los ha mantenido bajo una forma <le dominio que ha sido reconocida y amparada por sucesivas leyes.
Sin embargo, en el presente, los mis mos han debido ser readquiridos por compra, como condición in dispensable para que el Estado reconozca ahora la personalidad jurí dica de las comunidades ante la ley.
el proceso que hemos descrito en otro lugar.
12 Actualmente, y dado su pequeño tamaño (entre uno y tres topos cada una), no es posible escriturarlas públicamente mediante notario (la ley no admite pro piedades menores de tres hectáreas), así que la mayoría de los co muneros tan sólo disponen de «hijuelas hechas hermanablemente».
Pero don Albín Marca, el actual teniente de gobernador de Pacata, asegura que, a pesar de que no existan títulos, e1 Consejo Distrital de Torata, que es quien controla el pago de los autoavalúos (im puestos), sabe qué familias detentan la tierra y en cuanta., proporc1on.
En cuanto a las tierras comunales, don Miguel Marca, un hom bre instruido que como presidente de la comunidad actúa de intet locutor entre ésta y la micro-región, conoce bien las escrituras que se otorgaron en época reciente, y guarda en su poder copias de algunas de ellas.
El origen de la versión contemporánea de esta propiedad comunal, ha podido ser rastreada gracias a los protocolos notariales de Moquegua y a los registros que actualmente se hallan depositados en las dependencias del Instituto Nacional de Desarro llo de Comunidades Campesinas (INDEC).
Por la documentación consultada sabemos que el 1 de agosto de 1793 se llevó a cabo por primera vez el deslinde judicial de estos terrenos a instancias de un terrateniente del lugar, Baltasar Mazuelos, y con intervención del alcalde de Torata y de caciques de los ayllus de Coscare y Pacata.
Posteriormente los indígenas Bias Coayla y Melchor Fernández, compraron las dos quintas partes del n1ismo a los herederos de Sebastián Barrios en 1893, que a su vez los había adquirido en parte de doña Eusebia Mazuelos (en octubre de 1855), y en parte me• diante remate público en agosto de 1854.
El 4 de mayo •de 1894 estos terrenos fueron comprados por Asensio Hinojosa en repre sentación de un grupo de campesinos de la comunidad por 400 soles nacionales.
Las otras tres quintas partes de estos pastizales fueron com- pradas en 1863, también a los herederos de Sebastián Barrios, por Melchor Fernández.
Uno de sus herederos, Juan Pablo Fernández, vecino de Cosco re, logró reunir la propiedad para venderla por último en 1929 a los vecinos de Tumilaca, Pacata, Coscare y Tala, más diez vecinos del <<pago» de Azana (ya en la cordillera), otros 2 de Torata y 4 de Moquegua, por 600 soles nacionales.
Otra porción de las tierras que esta comunidad venía usufruc tuando desde «tiempo inmemorial» para producción agrícola (es decir, desde los tiempos en que era una reducción hispánica, y desde más atrás por los ayllus que la componían), son los llamados «fun dos de Tumilaca», que fueron adquiridos por el encomendero Juan de Castro en 155715 • y se convertirían en la moderna «Sociedad Agropecuaria José A. Castro».
El 13 de febrero de 1964, la comu nidad de «Tumilaca-Pocata-Coscore y Tala» elevó a la Cámara de Diputados de la nación una petición de expropiación de estos fun dos,16 alegando que los mismos «pertenecieron a la comunidad en la antigüedad, y le fueron arrebatadas ilícitamente... », «y no está de más decir -añaden-que estas tierras sólo sirven para enverna de ganado, mientras los comuneros se mueren de hambre mirando tanta riqueza».
El 16 de noviembre de 1968, es decir, cuatro años después, el presidente o personero legal de la comunidad elevó una segunda petición, ahora al ministro de trabajo y comunidades, reiterándole la necesidad de recuperar aquellos terrenos que habían sido suyos de siempre, y proponiendo la compra de los n1ismos a su actual propietario José A. de Castro.
18 La ley de Reforma Agraria núm. 15.037 amparaba este pro cedimiento de recuperación de tierras usurpadas ilícitamente a las comunidades, proceso que obedece a una tónica general de reivin dicaciones de tierras en todo el país, y cuyo período álgido se sitúa precisamente entre 1956 y 1964.
El pequeño campesinado de la sierra central y sur, protagonizó acciones tendentes a reivindicar las tierras que les habían sido usurpadas por los gamonales, terrate nientes o empresarios capitalistas a raíz de la equiparación de los indios con los blancos en materia de propiedad, y de que éstos no contaban realmente con otro aval que la tradición y la palabra {'ara demostrar la legitimidad de sus derechos a las parcelas que trabajaban.
Estas aspiraciones de los campesinos no contaron con el apoyo estatal, más bien el Estado amparó a los grupos más capaces de agenciarse hipotéticos derechos a las tierras.
Ello se advierte clara mente en el texto de la Resolución de Reconocimiento Jurídico de comunidades, en la que se especifica que el mismo «no importa amparo del derecho de dominio de las tierras que la comunidad con sidere suyas».
19 Sin embargo el Estado incurría en una flagrante contradicción exigiendo a las comunidades documentos legales de propiedad, al mismo tiempo que reconocía sus derechos inmemoria les a la misma.
En la certificación hecha por el gobernador del dis trito de Torata, Gerardo Barrera, sobre la autenticidad de los docu mentos presentados por la comunidad para optar a su reconoci miento, se alega que efectivamente «la existencia de esta comunidad es de tiempo inmemorial», y que <<sus comuneros han estado y están en posesión de los pastales que manifiestan en los altos de Coscore de este distrito, gozando de todos sus derechos anexos al de la propiedad».
20 Por su parte, el sub-prefecto Luis A. Maura, una vez concluidas las investiga�iones realizadas con objeto de otorgar el reconocimiento jurídico de esta comunidad, precisaba en su informe Para optar a su reconocimiento, los presidentes de los Consejos de Administración y Vigilancia de la comunidad, Alfredo Madueño y J. Melchor Coayla, tras presentar las escrituras de compra-venta <le «sus» terrenos comunitarios, solicitaron a la Dirección General <le las Organizaciones Rurales de la Oficina Nacional de Apoyo a la Movilización Campesina (ONAMS), el deslinde y las colindancias de los mismos «a fin -decían-de garantizar y preservar nuestro patrimonio territorial [... ] en armonía con los principios jurídicos señalados en la Constitución».
22 El 5 de mayo de 1949, la comunidad presentó en la Dirección General de Asuntos Indígenas del Ministerio de Trabajo y Justicia una solicitud de reconocimientos: copia certificada del Acta de Administración Judicial de los altos de Coscore ( que son los terre nos que figuran como de propiedad comunal); un croquis de estos pastizales naturales, especificándose las majadas con sus respectivos nombres; un censo con los padroncillos donde figuran las mujeres, varones y niños que componen la comunidad y las cabezas de ga nado que corresponden a cada uno; un certificado expedido por el inspector de Educación Primaria de la Provincia, donde se hace constar la existencia de dos escuelas elementales y mixtas y otra particular y las escrituras públicas de la adquisición de los terrenos comunales.23 El 7 de septiembre de 1949 la comunidad de «Tumi laca-Pocata-Coscore y Tala» recibió por fin el certificado de inscrip ción en el registro oficial de Comunidades campesinas del Perú, con un total de ciento ochenta y dos personas (65 hombres, 26 mujeres, 52 niños y 39 niñas.24
INTEGRACIÓN DE LAS COMUNIDADES CAMPESINAS
COMUNIDADES CAMPESINAS: SU ARTICULACIÓN EN LA POLÍTICA
En el año 1958 el Ministerio de Trabajo • y Asuntos Indígenas había reconocido 1.568 «comunidades indígenas», de las aproxi madamente 4.000 que se hallaban registradas en el Perú.
25 La cre ciente invasión de tierras protagonizada por los campesinos de la sierra central y sur durante el primer tercio de siglo, hizo sentir el inquietante peso de este sector en la política nacional.
Concluida la dictadura de Odría, las fuerzas políticas vieron la necesidad de contar con este amplio sector agrario, y a partir de la década de los cincuenta, al mismo tiempo que apareció el sindicalismo agrario en la sierra (en la costa se había dado este proceso con anterioridad), se intensificó la recuperación de sus tierras.
El reconocimiento jurídico daba a las comunidades campesinas la posibilidad de dar cauce legal a sus requerimientos, a través de organismos que se fueron configurando con vistas a la atención de este sector.
En 1971 se creó el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), con objeto de articular a las lla madas «asociaciones de base» con el gobierno.
El SINAMOS inclu yó una «Dirección de organizaciones económicas de interés social» y una «Dirección de organizaciones rurales».
El organigrama admi nistrativo se diversificaría en una tupida red de conductos, cuyas competencias llegarían a solaparse y a dificultar el discurso de la comunicación intersectorial.
Así tenemos que las comunidades campesinas del departamento de Moquegua dependen de la micro región de Torata, y ésta a su vez de la Corporación del Departa-\ mento de Moquegua.
26 Además, a efectos de la administración de comunidades, el Departamento de Moquegua ha sido dividido en cuatro «micro-regiones>>: Carumas con trece comunidades re conocidas; Omate con siete; Ubinas-Ichuwa con veinte y Mariscal TERESA CAÑEDO-ARGÜELLES FÁBREGA Nieto con sólo una, que es la de «Tumilaca-Pocata-Coscore y Tala».
27 Al amparo del decreto ley 19.400 de Organizaciones Agrarias (artículo 25), todas estas comunidades han contado al mismo tiem po con la posibilidad de articularse con asociaciones agrarias más ampHas, e inscribirse en órganos rurales de ca-rácter provincial que contribuyan a facilitar su comunicación con el Estado.
28 Así, paralelamente a las comunidades, se formaron en el Departamento de Moquegua otras agrupaciones campesinas con trabajadores ru rales adscritos a distintos regímenes de tenencia de la tierra, fue ron las siguientes:
-«Asociación Agropecuaria de Campesinos sin Tierra del Valle de Moquegua» {legalizada el 17 de enero de 197 3).
-«Cooperativa Agropecuaria de Servicios Múltiples Santa Fortuna ta» ( legalizada el 2 de septiembre de 19 7 3).
-«Asociación Agraria de conductores directos del distrito de Moquegua» (legalizada el 18 de octubre de 197 3).
-«Liga Agraria Provincial José Carlos Mariátegui» (legali zada el 11 de noviembre de 197 3).
-«Liga Agraria de Conductores Directos del distrito de Torata y Anexos» (legalizada el 7 de agosto de 197 4).
Entre otras cosas se pretendía que actuaran como marco para «armonizar» las reivindicaciones de los campesinos con los intereses del Estado, y prometían la asistencia técnica y social necesaria para que aquéllos tuvieran acceso al desarrollo.
29 La «Liga Agraria Provincial José Carlos Mariátegui», com-pren<lía todos los distritos de la jurisdicción y contó con la con currencia de las citadas anteriormente, más la comunidad de «Tu milaca-Pocata-Coscore y Tala».
En sus estatutos se pone en evi dencia la intención de agrupar a todas las Organizaciones Agrarias «de base», para su vertebración en la Federación Agraria Regional.
En el informe técnico que esta asociación presentó al SINAMOS el 25 de julio de 197 4, se afirma que «su dirigencia está en manos de verdaderos trabajadores del agro, gente nueva con bastante dinamismo [... ].
El presidente es un pequeño agricultor del valle de Moquegua, y el secretario es miembro dirigente de la co munidad campesina de «Tumilaca-Pocata-Coscore y Tala», y el res to de los miembros son pequeños agricultores, salvo los delegados de la Cooperativa que representan a la mediana agricultura de la zona».
30 Para el asesoramiento técnico, los cuadros dirigentes asistie ron a cursillos y Convenciones Agrarias programados por el SINAMOS, lo que explica la capacitación leguleya que han adqui rido los miembros directivos de todas estas asociaciones rurales.
Los estatutos de la liga <<José Carlos Mariátegui» recogen parte de los puntos que conforman los de las asociaciones de base, enfatizando siempre en su propósito de servir como órgano re presentativo de las mismas ante el Estado para «proporcionar ase soría técnica, especializada, organizativa y administrativa a sus afiliados, servicios sociales, tales como salud, educación y recrea ción cuando éstos no sean otorgados por el Estado; elevar el nivel social, económico, técnico y cultural de sus afiliados.
31 La articulación con el Estado se preveía que tuviera efecto mediante su conexión directa con el Ministerio de Agricultura, pero delimitándose claramente los asuntos a tratar -debían ser de naturaleza técnica y agraria-y especificándose la taxativa prohi bición de que sus • afiliados se involucraran en «políticas partidarias».
Las comunidades campesinas se han visto envueltas en pro gramas de integración económica, sobre todo a partir de la Reforma Agraria.32 Esta política ha pasado por su impostergable reconoci miento como entidades representativas de una tradición histórica imposible de ignorar, porque, ¿qué hacer con una población que representa, por su volumen y por su significación cultural, un grave problema de incorporación a la dinámica nacional?
El pro blema es tanto más serio cuando hay que aceptar como «dinámica nacional» un estado económico semi capitalista, en el que las áreas de crecimiento constituyen enclaves aislados que no han compro metido en el proceso de desarrollo a una amplia infraestructura, capaz realmente de absorber a los sectores que deseen incorporarse a ella.
Las comunidades campesinas lo tienen muy difícil, tratare mos de analizar el porqué.
En el siglo XIX, se comenzó a instalar en el Perú, en las re giones agrícolas más favorecidas y en las zonas aptas para la explo tación minera, el capitalismo.
En la costa norte, el antiguo lati fundio dio paso a las grandes haciendas azucareras y algodoneras, las cuales abanderaron la introducción de una organización típica mente capitalista (tecnología moderna, fuerte inversión de capi tales y generalización del régimen salarial en el caso de las azuca reras).
Pero esta modernización parcial del agro no implicó altera ciones sustanciales en la estructura tradicional de la propiedad
INTEGRACIÓN DE LAS •coMUNJDADES CAMPESINAS
rural, ni tampoco implicó un simultáneo desarrollo industrial en el país.
Por el contrario, el capitalismo trató de articularse con el!,Ístema tradicional de producción, estableciendo las bases de un binomio característico en el siglo XX y que se traduce en su coexistencia con los sistemas arcaicos de producción.
El mantenimiento fragmentario del atraso del agro peruano brindaba a las empresas capitalistas la posibilidad de conseguir ren tas diferenciales a través de múltiples vías.
Como ejemplos men cionaremos su posibilidad de recurrir a fuerza de trabajo de carác ter estacional y más barata que la que exigía la población proletari zada, y en segundo lugar su ubicación privilegiada con respecto a los mercados y a las principales arterias de comunicación.
En otros sentidos la economía capitalista ha ejercido su in fluencia en el agro mediante la inducción al cultivo de determina dos productos comerciales.
Ello ha contribuido a a1terar sustan cialmente la estructura económica de las comunidades� que se han visto así obligadas a adoptar una buena cantidad de rasgos carac terísticos de la sociedad mercantil y de consumo.
En cierto modo estas circunstancias han significado un estímulo para la revitaliza ción del propio modelo comunitario, al exigir la colaboración estrecha entre sus componentes para enfrentarse eficazmente con los problemas que plantea el acoso a que se ven sometidas por cual quiera de las expresiones del capitalismo.
33 La articulación de la comunidad con la política económica nacional se está dando vía mercado en sus dos versiones: de pro ductos, a escala macroeconómica tenemos que el desarrollo del capitalismo ha entorpecido la reproducción de la economía cam pesina a pequeña escala haciendo inviable la con1petitividad de su producción.
34 Actualmente los Estados Unidos exportan• cerca del 60 % de los cereales que concurren al mercado mundial, y en el Perú concretamente.resulta más barato comprarlos que produ cirlos mediante tecnologías arcaicas.
A nivel nacional el Estado orienta la producción agrícola de este sector mediante el control de las fuentes crediticias, sien- TERESA CAÑEDO-ARGÜELLES FÁBREGA do los cultivos de mercado los más favorecidos, en especial los destinados tradicionalmente a la exportación.
La distribución del crédito después de la Reforma Agraria, ha mantenido las diferen cias regionales existentes, toda vez que en 1978 cinco departa mentos dedicados a la industria azucarera, algodonera y arrocera ubicados en la costa norte y central, continuaban recibiendo el 55'22 % de los préstamos.
Otros cinco de la sierra dedicados a la moderna producción pecuaria recibían el 30'03 %; las regiones selvática 'y serrana deprimidas sólo alcanzaban el 10' 25 % mientras que los de la «mancha india» (área de comunidades) el 4'50 %.
35 La producción alimenticia nunca contó con el apoyo estatal y la Reforma Agraria mantuvo esta misma política, con lo que las zonas desprotegidas han incrementado su marginalidad, al verse inducidas a ingresar en una economía de mercado desprovista de medios para competir con ella.
Por otro lado, la asistencia técnica que el Estado ofreció a la agricultura, favoreció también a los cultivos de mercado, lo que otra vez coincidió con las áreas más desarrolladas del país dejando a la agricultura tradicional relegada a la marginalidad e impidiéndole la posibilidad de optar realmente por su articulación en el mercado nacional.
36 Como señalábamos antes, su tecnología arcaica y su distanciamiento de las principales arterias de comunicación, hace que sea la producción de las áreas de desarrollo las que se vean favorecidas por una considerable renta diferencial.
En cuanto al mercado de trabajo, la disminución del pro ducto agropecuario por familia con relación al crecimiento demo gráfico, ha provocado que parte de la mano de obra familiar tenga que emplearse como asalariada en ámbitos extracomunitarios.
El campesino se convierte así en una fuente de mano de obra barata y de este modo, como señala Figueroa, resulta más rentable que como productor de alimentos.
37 Pero los bajos salarios que per ciben estos campesinos no cualificados, impiden su reproducción como fuerza de trabajo, por lo que parte de su sostenimiento debe ser asumido por la economía doméstica, lo que apunta, en última
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(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons instancia, a la necesidad de perpetuación del modelo alternativo comunitario.
En Moquegua, este tipo de mercado representa todavía una pequeña proporción de los asalariados que se desplazan temporal o permanentemente de sus comunidades.
En Tumilaca-Pocata Coscore y Tala se registraron en 197 4 cuarenta ausencias de hom bres adultos «sabiéndose que han emigrado en busca de trabajo».
De ellos no llegaban a diez los que ingresaron en este mercado, mientras que los restantes se dirigieron a otras comunidades o al valle de Moquegua ofreciéndose como cuidadores de ganado o de huertas.
38 El capitalismo, en otro orden de cosas, ha contribuido al confinamiento de las comunidades campesinas a las áreas menos productivas, como consecuencia del avance experimentado por las grandes haciendas y las explotaciones mineras desde finales del XIX.
En el caso de la comunidad que ha servido de modelo de estudio, tenemos que su paisaje ha sufrido una profunda trans formación desde que en 1969 el gobierno peruano firmara con la Southern Perú Copper Corporation un contrato bilateral para la explotación de los yacimientos cupríferos de Cuajone, los cuales se sitúan hoy en los cerros que flanquean la comunidad de «Tumi laca-Pocata-Coscore y Tala» por la margen derecha del río.
Sobre este particular, el Banco Mundial difundió en 197 5 un inquietante informe titulado «El medio ambiente y el desarrollo», uno de cuyos fragmentos reproducimos textualmente: «Los grandes proyectos mineros, industriales y de riego ofre cen igualmente ejemplos del grave desequilibrio ambiental que puede provocar el desarrollo.
El proyecto minero de Cuajone en el Perú [... ] está ubicado en una zona escasamente poblada y en gran parte semiárida de la región meridional del Perú, adyacente a la costa del Pacífico [... ].
El examen de este proyecto reveló que [... ] cada año se arrojarán al n1ar 30 millones de toneladas 38 Archivo del Ministerio de Trabajo, Moquegua.
Dirección General de Asuntos Indígenas.
Certificado del comandante del puesto de la Guardia Civil de Torata a solicitud del director regional de ORAMS XI Tacha-Moquegua.
TERESA CAÑEDO-ARGÜELLES FÁBREGA de residuos y se lanzarán al aire 60.000 toneladas de óxidos de azufre [... ].
Por consiguiente, si no se adoptan medidas adecua das de protección ambiental el proyecto podría tener a largo plazo graves repercusiones en la agricultura y la industria pesquera peruanas, así como en la salud de los residentes de los centros urbanos vecinos [... ].
En particular, los directores del proyecto [ se comprometieron] a adoptar todas las medidas necesarias para modificar, de ser preciso, los actuales métodos de eliminación de residuos [... ] a fin de prevenir toda amenaza a la salud pública y a las actividades agrícolas».
39 Para las fechas de la publicación de este informe, la comu nidad había logrado su reconocimiento y además contaba con la experiencia solidaria que le otorgaba su participación en la Liga Agraria Provincial.
Esto no servía de mucho, pero les había dado a sus miembros la oportunidad de adquirir conciencia como enti dad jurídica, y sus dirigentes estaban instruidos para conocer e interpretar las leyes y los derechos que les amparaban.
Esta situa ción queda muy elocuentemente reflejada en la siguiente solicitud, cursada el 6 de agosto de 197 5 por el personero legal de la comu nidad al director general de Asuntos Indígenas: « [... ] a raíz de haberse establecido la Negociación Minera de Toquepala nuestra comunidad viene siendo víctima de diversas atropellos y abusos cometidos por dicha Negociación en agravio de nuestro patrimonio comunal [... ].
La mencionada Compañía, con el fin de extender sus trabajos y de darse facilidades en sus negocios, ha abierto diversas carreteras que malogran los terrenos pastales, así como el corte de árboles llamados «queñebales» y «yaretales» que nos sirven como combustible y alimento para nuestros ganados.
Además ha construido un campamento en el sitio denominado «Quillabeco», que es destinado para las ma jadas donde se pastaban nuestros animales.
Estos hechos están produciendo graves perjuicios a nuestra comunidad, sin que la Compañía haya hecho algo por compensar los daños que nos biene ( sic) ocasionando.
Por las razones expuestas, tratándose de defen der el patrimonio comunal, solicitamos de usted Sr. Director, se sirva citar a una junta de conciliación que tendrá lugar en esta Dirección General, a la que debe concurrir el Gerente de la men cionada Negociación a fin de que se nos dé la indemnización que corresponde a los daños sufridos».
40 El 28 de octubre de 197 4, los presidentes del Consejo de Administración y del Consejo de Vigilancia de la comunidad, dirigieron un segundo oficio al ingeniero coordinador zonal de OZAMS-Moquega, para comunicarle los cambios de autoridad efec tuados, «a fin de que puedan representar a la comunidad ante el juicio que se sigue por daños y per j uicios a la S.P.C.C. ( Southern Peru Coop p er Corporation)».
Con el oficio se ad j unta copia de las Actas de la Asamblea celebrada el día 13 ese mismo mes, en la que puede leerse este otro informe: De más está añadir que, hasta la fecha, éstos y otros muchos requerimientos judiciales que la comunidad ha interpuesto a la Southern no han surtido el más mínimo efecto.
El pasado mayo de 1989 la agudización del conflicto se extremó como consecuencia de que todos los vertidos procedentes de la mina estaban acumu lándose en el lecho del río, y el cauce empezaba a invadir los cultivos de Tala'y Coscare.
Sus moradores temen que de no porierse remedio, en tres años habrá desaparecido Tala, y los ane xos de Coscare y Pacata seguirán pronto su misma suerte.
La integración política de las comunidades, que hemos visto fundamentarse en un sinnúmero de leyes y organismos dispuestos a servir de cauce para el diálogo con el Estado, nada han podido hacer por armonizar las necesidades de supervivencia de «Tumilaca Soscore y Tala» con los intereses de la nación.
El martes 9 de mayo de 1989, tenía lugar en Tala una reunión con el prefecto de Moquegua y algunos representantes de la Compañía minera.
Las expectativas entre los comuneros apun taban a que la invasión del lecho agrícola del valle por los des montes de la mina, era una amenaza irreversible.
La misma está siendo contestada al día de hoy mediante la recuperación de la acequia incaica de <<Sojabaya», con el propósito de extender la frontera agrícola por la vertiente opuesta a los yacimientos, monte arriba, hacia los espacios que sus ancestros ocuparan en la cima del Pukarani.
Esta actitud no representa más que una de las muchas que evidencian la firme voluntad de este sector por atrincherarse en su tradicional patrón de vida, como alternativa frente a la propues ta de pasar a formar parte de una supraestructura nacional, donde la realidad apunta a su marginación en términos mucho más mi serables que la que supone su supervivencia como entidad auto suficiente.
La cuestión es saber si esto es todavía posible, cuando tantos elementos de la cultura nacional se han incorporado ya a su espectro de necesidades, demandando respuestas que no pueden darse sino en relación con ella.
ARGÜELLES FÁBREGA COMUNIDADES CAMPESINAS: SU ARTICULACIÓN EN LA E °CONOMÍA |
Con motivo de la concesión del premio Cervantes al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos he vuelto a releer su primera no vela Hijo de hombre, editada en 1960 (Buenos Aires).
Como en la lectura inicial, hace ya años, me he sentido sacudida por este impresionante documento sobre los seres humanos que en el Pa raguay de la primera mitad del siglo XX arrastran sus vidas do lientes.
Sorprende la fuerza y la capacidad de sugerencia del relato; y sorprende aún más al lector que sabe del vacío narrativo en que ha surgido.
En efecto, el mismo Roa Bastos ha definido la narrativa para guaya como... «una literatura sin pasado» 1 que comienza prác ticamente a fines de la década del 30 con tres novelas sobre la. guerra del Chaco y continúa en la siguiente con textos de Gabriel Casaccia.
Atraso y marginación son, pues, las notas características de lo textual equiparables al retraso material, cultural y social en que se debatió el país hasta nuestros días.
¿Cómo se explica entonces la madurez y calidad narrativa de Hijo de hombre?
Pienso que están en conexión directa con dos peculiaridades que constituyen un acierto por parte de su autor: su enraizamiento en la tradición oral del país y el cuestio namiento del estatuto del narrador al configurar el relato.
Me gus taría detenerme brevemente a considerar ambas cuestiones.
En cuanto a lo primero, el mismo Roa ha recordado que la nueva novela pretende instaurar... «una modernidad inédita que 1 Roa Bastos, Augusto: La narrativa paraguaya en ei contexto de la narrativa hispanoamericana actual. en I berorornania.
se apoyaría en una recuperación de las raíces autóctonas».
2 El éxito de esta propuesta es un hecho destacable en escritores tan variados como Miguel A. Asturias, Alejo Carpentier o el más joven García Márquez; hombres que debieron salir de sus respec tivos países para desde el viejo continente europeo proyectar ese «retorno a las raíces del que ha hablado Jean Franco, aplicándolo a la& décadas subsiguientes a la vanguardia en Hispanoamérica.
Asturias reentronca con los anti gu os mitos ma' yas que nutrirán su indagación antropológica; Carpentier renueva la utopía en su búsqueda de un mundo perdido apoyado en la geografía americana y las viejas crónicas de la conquista y García Márquez recrea el mundo provinciano de su Colombia natal en el que lo fantástico adquiere el mismo estatuto de la realidad cotidiana.
La modernidad escritura! va unida a la búsqueda de identidad: la pregunta por el origen, al modo de los románticos europeos que les llevará a las esencias precolombinas más allá de ese fecundo mestizaje de siglos.
Roa Bastos sigue de cerca la estela de Asturias con una par ticularidad propia de su país: el bilingüismo generador de una diglosia, una sociedad dilingüe con fenómenos de mutua invasión léxica, sintáctica y semántica.
Este bilingüismo se apoya en una fortísima tradición oral que había sido «olvidada» a la hora de la escritura culta con evidente detrimento para las letras.
Según el paraguayo... «es la represión de este trasfondo de oralidad (... ) otra de las causas que ha impedido o retardado en el 1 Para gua' y el desarrollo de una vigorosa y genuina literatura narrativa».
3 El sello de autenticidad en Hijo de hombre viene dado por la superación de ese viejo tabú, ya que su autor parte del presupuesto de que... «para escribir es necesario leer antes un texto no escrito, escuchar y oír antes los sonidos de un discurso oral inf ormulado aún pero presente ya en los armónicos de la memoria».
4 «Es un texto subyacente en el humus matricial del mundo me• stizo.
Un texto en el que uno no piensa pero que lo «piensa» a uno, como sucede con la lengua o con la historia».5 ¿Cómo transmitir o plasmar en el papel ese texto oral gua raní que... <<Se impone desde la interioridad misma del mundo afectivo de los paraguayos?».6 Roa Bastos tuvo con el guaraní el mismo problema que el peruano José María Arguedas con el quechua: tras las primeras redacciones de sus relatos en castellano que resultaban forzadas por inauténticas, llegaron a la conclusión de que... «es la lengua de la cultura oral la que provee la base de un equilibrio entre escritura y oralidad para los textos de imaginación»;7 y junto al colectivo de escritores paraguayos de hoy siente que... debemos rescatar este hemisferio de nuestro mundo lingüístico e incorporarlo, fundirlo en los textos que escri bimos en castellano (... ) al menos en su riqueza semántica, en su irradiación mítica y metafórica»...
8 Lejos quedan los pesados v�cabularios de las viejas novelas regionalistas; no son necesarios porque la yuxtaposición poética del guaraní es perfectamente inteligible.
Los momentos más líricos, las canciones, los apelativos cariñosos -como en José María Ar guedas-se plasmarán en guaraní transmitiendo al lector caste llano la belleza' y la fuerza incontaminada de un pueblo doliente.
El segundo de los aciertos del paraguayo viene dado por su tónica escritural.
Partiendo de un concepto de «escritura libera dora su deseo es que»... <<el universo imaginario, más libre y crea tivo que nunca, emerja de las fuentes mismas de la realidad y de la historia».
9 Literatura enraizada en la sociedad, pero literatura que rebasa ampliamente la funcionalidad del documento.
La cadu cidad del pacto mimético ha llevado al escritor a desear forjar una imagen de la realidad en función de un proyecto literario.
Y en este proyecto literario el• pivote fundamental es el narrador que en Hijo de hombre debe mucho a la tradición oral.
No lo sabe todo; indaga, quiere saber y concibe la escritura como acto explo ratorio.
De ahí el fragmentarismo de la novela -muy relacionado también con el mundo de la oralidad, como sucedía en los cantares de gesta medievales que ha llevado a críticos de la categoría de Benedetti a negarle la categoría de novela.10 Tal vez por ello otros como Carlos Fuentes o André J ansen ni siquiera lo citaron en su momento.
1 1 Frente a ellos, estudios como los de Jean Andreu12 han puesto de manifiesto los elementos estructuradores que ligan esos mundos aparentemente inconexos.
Antes de pasar a señalar algunos, me gustaría explorar varias cuestiones relacionadas con el estatuto del narrador.
Macario (capítulo I) es el clásico contador de cuentos de cual quier tradición oral; «memoria viviente del pueblo>> de Itapé, 13 se constituye en el filtro de la historia del Paraguay durante más de medio siglo ya que la vida de su padre se desarrolla durante la dictadura perpetua, como esclavo de Francia, el temido Karaí Guasú que inmortalizará la leyenda.
La palabra de Macaría tiene el poder no sólo de evocar el pasado sino de crearlo'y fijarlo de�: finitivamente en las cabezas infantiles de sus oyentes: «veíamos los sótanos oscuros llenos de enterrados vivos»...
«Lo veíamos cabalgar»..., 14 dirá Vera, narrador adulto, recordando la capaci dad de sugerencia de aquellos relatos en guaraní.
Pero además, como corresponde a la tradición oral, cuenta la historia... «cam biándola un poco cada vez.
Superponía los hechos, trocaba nom bres, fechas, lugares»...
15 En él se funden y confunden historia y leyenda; es más, la historia del país se nutre de sus mitos y a la vez los alimenta ininterrumpidamente.
«Hueso y piel, doblado hacia la tierra» 16 parece sacar sus jugos nutricios de ella, como los «hombres de maíz» de Miguel A. Asturias.
En la forma de narrar de Macario como representante de la tradición oral se apoya el autor, Augusto Roa Bastos, para justi ficar su «poética de las variaciones» que le llevó a «corregir y variar un texto ya publicado».
17 En efecto, en 19 82 retoca la edición original y lo comenta así: «Un texto, si es vivo, vive y se modifica.
Lo varía y reinventa el lector en cada lectura.
Si hay creación, ésta es su ética.
También el autor -..como lector-puede variar el texto indefinidamente sin hacerle perder su naturaleza originaria».
18 Detrás de esta sólida razón se perfila la insobornable creencia de que tradicionalmente... «la letra se subordina al espíritu la escritura a la oralidad»...
19 Y entre estas dos personalidades -que no auténtico narra dor-se introduce el narrador textual, un narrador onnisciente no identificado ante el lector, en los capítulos pares; y Miguel Vera como narrador en primera persona durante los capítulos impares.
20 El juego pendular entre ambos puntos de vista ha sido bien estudiado por Benedetti • y Foster, 21 por lo que no entraré ahora a considerado.
Me interesa traer aquí a colación el papel desempeñado por Vera a través de esa especie de > con pureza la verdad de los hechos:
((... trocaba nombres, fechas, lugares, como quizá lo esté haciendo yo ahora sin darme cuenta, pues mi incertidumbre es mayor que la de aquel viejo chocho, que por lo menos era puro)).
22 Autocuestionamiento como narrador; pero también como personaje para quien la escritura se concibe como catarsis: «... comencé la tardía indagación de los hechos, no para ayudar a la justicia --que ya se había cumplido el margen de las le yes-sino para llegar hasta el fondo de una iniquidad que nos culpaba a todos)).
23 En consecuencia, esta catarsis es llevada a cabo por uno de los protagonistas de la historia que toma como eje las vivencias propias desde la infancia hasta la muerte; escritura que se pro� yecta, pues, hacia el pasado, ejercida por un personaje tímido (cap. III), delator (cap. VI), solitario y algo despreciado por los otros ( caps. VII, X), pero con cierta honradez que le impide autoengañarse:
«Ahora mismo, mientras escribo estos recuerdos, siento que a la inocencia, a los asombros de mi infancia, se mezclan mis trai ciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida.
No estoy reviviendo estos recuerdos; tal vez los estoy expiando».
24 Ese <<inadaptado social» busca inconscientemente su centro a través de la escritura.
Su soliloquio en la selva, mientras deja transcurrir la monótona vida del penal, apunta en esta dirección: «Viejo vicio, éste de la escritura.
Círculo vicioso q ue se vuelve virtuoso cuando se cierra hacia afuera.
Una manera de huir del no lugar hacia el espacio estable de los signos; una manera de buscar el lugar q ue se llevó nuestro lugar a otro lugar.
¿ Y no es, éste acaso el verdadero sentido de lo utópico? la utopía del Hijo Pródigo regresando al hogar que ya no existe (... ).
El hombre mismo es, pues, la utopía p erfecta... ».
25 La escritura y la introversión como utopía, refugio alterna tivo... se ponen en marcha en un momento indetertninado de la historia que no interesa al lector.
Lo que sí es significativo para él es la alternancia presente/pasado que Vera establece a la hora de narrar y que recoge el texto entretejiéndola de nostalgia.
Si esto es así de forma implícita durante los capítulos II al X se debe a que en el primero el narrador ha marcado las distancias entre el hoy y el ayer de manera reiterativamente explícita.
El ayer recubre desde Francia y la dictadura perpetua hasta la infancia de� narrador, pa sando por las referencias a la Guerra Grande, la historia de Gaspar Mora y los ritos con el Cristo de Itapé.
26 No obsta�te, el narrador se ha «contagiado» de la tradición oral: la indeterminación preside la temporalidad del relato, desde fórmulas tan típicas como «en aquel tiempo»..., «fue cuando»... hasta un «hoy», «ahora»... cuyo término real desconoce el lector.
Tal vez quede a la vista cómo el constante juego de contra posiciones del primer subcapítulo servirá para marcar la dinámica del resto del capítulo I. En sus 16 fragmentos el relato se sitúa preferentemente en el pasado mediante la analepsis formal, con la excepción de 3, 4, 8 y 16 en que se vuelve a reiterar el sistema contrapuntístico fijando perfectamente el ritmo temporal de la escritura.
Por último, dentro del, estudio del estatuto del narrador, me gustaría referirme a ese narrador onnisciente de los capítulos II, IV, VI y VIII que funciona como alter-ego del autor.
Fluctúa entre la historia y la leyenda, manteniendo ante el lector una pre tendida «racionalidad» que, paradójicamente, es eficaz para intro- Claro, una leyenda, otro rumor, de los que vihoreaban entre esa pobre gente a la que el infortunio había echado en brazos de la superstición»...
27 No es sólo la distancia irónica del narrador, sino sobre todo la sabia selección léxica la que abre la puerta a la incertidumbre: parecía, misteriosamente, leyenda, rumor, superstición...
Al final resultará que la fortaleza del país reside en este nivel que escapa al estereotipado mundo racional europeo.
Junto a ello, el narrador se «juglariza», planea como una sombra agorera insinuando al lector las desgracias que acontecerán a sus personajes.
Resabio también de ese narrador onnisciente del XIX que desde el folletín periodístico debe captar a su público.
Esa intencionalidad es muy clara en el capítulo IV que relata la dura historia de los Jara.
Por lo menos en dos ocasiones el narra dor se involucra sentimentalmente en ella: «La primera comida decente después de meses (... ).
Iba a ser también ui última.
Pero aún no lo.sabúm,.
Su ingenuo entusias mo por el nuevo destino les tapaba los ojos))...
28 Por otra parte, es a este narrador a quien toca reflexionar sobre el sentido de la vida de los seres que constituyen el pueblo paraguayo, un pueblo machacado por las circunstancias externas: la sequía, como en Los perros hambrientos de Ciro Alegría, arrin cona hasta lo infrahumano a los combatientes de la desatinada guerra del Chaco, en el capítulo VII.
El hambre, incluso sorteada http://estudiosamericanos.revistas.csic.es con ironía en la misma guerra, no puede ser más brutal.
La natu raleza toda se transforma en madrastra en los yerbales de Takurú Pukú (cap. IV).
Para Casiano Jara y su mujer Natí no es sino «el entramado de cortaduras y ramas espinosas que trafican y retienen sus cuerpos como los grumos del almidón en un cedazo (... ) el húmedo horno de la selva que les va chupando los últimos jugos en la huida sin rumbo».
29 Como en La vorágine, de José E. Rivera la selva devora al hombre; al igual que sucedía en la narrativa indigenista encuentra su aliado en el poderío del hombre blanco explotador económico de la región:
«Takurú-Pukú era, pues, la ciudadela de un país imaginario, amu rallado por las grandes selvas del Alto Paraná, por el cinturón de esteros que forman las crecientes, infestados de víboras y fieras, por las altas barracas de asperón; por el río ancho y enturbio nado, por los repentinos diluvios que inundan en un momento los bosques y los bañados con torrenteras rojas, como sangre.
Pero, sobre todo, por la voluntad e impunidad de los habilitados.
Esta ban allí para eso (... ).
Actuaban, pues, legalmente, sin una malig nidad mayor que la de la propia ley»...
30 Sin recaer en la denuncia panfletaria de la novela indigenismo al modo de Icaza o del mismo Alegría se vuelve a señalar sutil mente a esa triada explotadora del indio, insensible a todo lo que no signifique lucro monetario.
Al narrador no le interesa tanto acusar como volver los ojos con ternura a... «esos hombres que trabajaban bajo el látigo todos los días del año y descansaban no más que el Viernes Santo, como descolgados también ellos un solo día de su cruz, pero sin resurrección de gloria como el Otro, porque esos cristos descalzos y oscuros morían de verdad irreden tos, olvidados»...
31 La acusación se impone por sí misma a través de la plasticidad y exactitud del relato.
¿Qué mantiene a ese pueblo? -se pregunta el narrador-.
¿Qué permite a un ser humano sobrevivir en estas circunstancias?
Tal vez la costumbre de crecer siempre así, en el sufrimiento, ai límite de sus posibilidades vitales.
En el texto se plasma de una manera lírica, bellísima, casi en los términos de la cosmovisión guaran1:
«También los ojos del mensú suelen echar su rocío, que es como el sudor del ánima sobre las penas cuando todas desde adentro le pujan por ese poquito de esperanza atada al corazón con tiras de la propia Ion j a, más difícil y más pesada que el fardo del raído.
De ahí su identificación, en el último capítulo, con los senti mientos del narrador onnisciente: «Se sienten unidos en la pasión del instante que los proyecta fuera de sí mismos, ligándolos a una causa verdadera o engañosa, pero a algo \... ).
Ellos viven, simplemente l... ).
La aguja de la sed marca para ellos la dirección del agua en el desierto, el más misterioso, sediento e ilimitado de todos: el corazón humano.
La fuerza de su indestructible fraternidad es su Dios».
35 Si fraternidad y solidaridad engrandecen al ser humano hasta límites épicos en su tarea de... «querer algo hasta olvidar todo demás»..., 36 resultan insuficientes como sustituto de cualquier perspectiva trascendente.
Porque a la frustración de saberse sim ples piezas en el engranaje de la historia, se sobrepone un terrible descubrimiento: «la crucifixión del hombre común en la búsqueda de solidaridad con sus semejantes» 37 -según palabras que Roa ha utilizado para definir el tema profundo de la novela-.
Ese Cristo de! tapé fabricado por Mora en el primer capítulo se revela impotente para sustituir al «Hijo de Dios».
La evidente parodia del sintagma bíblico del título, que en su origen reafirmó la fe en el hombre, se tambalea al final de la obra.
Por ello el manuscrito de Vera se cierra con las siguientes palabras: «Alguna salida debe haber en este monstruoso contrasentido del hombre crucificado por el hombre».
38 El ciclo revolucionario deberá ponerse en marcha de nue vo: a nivel social, para solucionar la problemática paraguaya, y a nivel existencial para suturar el desanaigamiento del hombre contemporáneo.
Así este «cuento frustrado» -según su autor-se convirtió en una de las grandes novelas hispanoamericanas de hoy, no sólo por la cronología que sitúa su publicación junto a las obras maes tras de Sábato, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa, sino por la manera de transfigurar míticamente la historia del país, enraizándose en la tradición oral y asumiendo su bilingüismo.
De ahí la utilización de tiempos simultáneos fracturados y recu rrentes y la concepción sincrónico-metafísica circular que subyace en la obra.
«La visión mítica no nos aparta de la historia, es • su más acertada descripción»39 ha dicho Rodolfo Borello al tratar de la historicidad del texto.
Esa visión es capaz de superar los esque mas narrativos de los años 30-40 (novela de la tierra, novela indi genista), aprovechando de otros escritores, como el uruguayo Horado Quiroga la tierna recie�umbre a la hora de describir la relación hombre-naturaleza en Misiones.
La modernidad textual está también en.función del difícil equilibrio instaurado entre unidad y fragmentación, en el que --como se ha visto-juega un papel esencial el estatuto del narra dor.
La mirada oscilante de Vera es un factor clave de coherencia interna en la novela.
Pero además toda una red de leitmotiv entreteje la narración ligando historias y capítulos ( 9 en la pri� mera edición, 10 en la versión definitiva) aparentemente dispersos.
Son muchos: la figura del doctor que persiste en Sapukai entroni zada en la leyenda a partir de su desaparición (cap. II); el cometa, con su halo de misterio y desgracia, contemporáneo a la muerte de Mora (cap. I) y la fundación de Sapukai (cap. II); las referencias a viejos personajes con9cidos (M.a Rosa, M.a Regalada)...
Entre todos me gustaría detenerme en la consideración de dos que son centros imantadores del mito: la explosión en Sapukai y el vagón de los Jara.
Roa elige un acontecimiento histórico, la destrucción de un destacamento de soldados en 1912, en una estación entre Villarica y Paraguarí, por un vagón del gobierno cargado de bombas, para erigirlo en leitmotiv contrapuntístico.
La primera alusión llega al lector unida al amanecer en Sapukai: el socavón irrellenable y los restos de la metralla convertidos en un agujero que «parece no tener fondo».
40 Como no lo tiene la «desmemoriada atonía, ese• vacío de horror o indiferencia que poco a poco se irá relle nando en el espíritu de la gente».
Al fin, en el capítulo V, Miguel Vera en su función de narrador transmite ordenadamente lo que fue el hecho real (págs. 183-186).
Por obra de la perspectiva literaria... «la dimensión fantástica de los objetos precede a su dimensión real».
42 Lo mismo sucede con los hechos; por eso a la primera visión distorsionada del desastre se sobrepone en el mismo capítulo un relato más ajustado a la realidad.
La explosión se centra en una estación de ferrocarril y un vagón.
Y es que el ferrocarril va a desempeñar un papel central: con las vías! tapé comienza a desperezarse; el ruido de las ruedas sobre los rieles coincide con el responso de Macario (cap. l), es decir, de alguna manera supone el fin de la conciencia mítica y la entrada en la historia.
En un tren llega el doctor (cap. II); desde el tren el niño Vera conoce Sapukai y la leyenda de la explosión, y amanece a la adolescencia en su viaje de estudios a la capital (cap. 111).
En un tren se llevan presos a los revolucionarios (cap. VI) y a través del tren volverán los supervivientes de la macabra guerra (caps. IX-X).
Pero es el vagón de Casiano Jara el eje mítico de la leyenda, ese vagón en llamas cuyo trasunto es el camión con las ruedas inflamadas en que se deslizará su hijo Cristóbal para lograr su misión.
Un vagón que parece desplazarse y que logr�1 en realidad incrustrarse en lo más profundo del monte.
Es el símbolo de una resistencia en la que colabora toda la comu nidad.
Como ha estudiado muy bien Adriana Valdés,... «el mito convierte al objeto en un centro en el cual convergen múltiples fuerzas: la de la narración (... ), la de la perspectiva colectiva (... ) y finalmente la coincidencia final de los múltiples ejes del tiem po (... ) hasta instalarse fuera del devenir».
43 Hijo de hombre se convierte así en un hito inolvidable en la trayectoria narrativa de su autor, 44 y finaliza entronizándose la perspectiva mundial a través de la parodia de ciertos símbolos cristianos; asunto no por estudiado menos significativo.
A partir de ahí Paraguay deberá tenerse en cuenta en cualquier estudio sobre la narrativa hispanoamericana. |
Este extraño trabajo tuvo su génesis en una amigable conversación que sostuve a comienzos de 1989 en la ciudad de Valladolid, sin embargo ya n1e había atraído y llamado la atención este interesante tema desde h::1ce variot-años
Cuan advertencia previa para el lector, y en honor a fa verdad, éste sabrá que no he tenido otro objetivo más que el de dar algo más de cohesión al estudio de esta costumbre como el de aportar nuevos testimonios etnohistóricos sobre su supervivencia en América hasta tiempos recientes.
DEL DERECHO PRIMITIVO En estos últimos años parece revivir el interés por el de recho primitivo.
El campo de la Historia del Derecho se halla dividido, en España, entre partid¡uios de incluir estas inves tigaciones entre aquéllas de la disciplina y otros que las consi deran Antropología Jurídico.
Quizás an1bas clasificaciones sean exactas pues trátase del estudio de derechos tradicionales per tenecientes a las llamadas «sociedades primitivas», como tam bién del estudi� de grupos humanos distantes y distintos a nuestro modelo social.
Tanto el etno-centrismc de nuestra civilización como los prejuicios derivados del positivismo crean 1 La dicha comunicación personal la recibí de la Srta.
Belén Arunz, entu1iuta de 111 investigaciones sobre las sociedades prlmltlvaa, s qui::n en compai\(a de Alfonso Carvajal Gar da-Valdccasas les dedicó lr.s p'ainaa siauicntea, como una humilde co,:,tinuación de la Rama Dorada.
ISTVÁN SZÁSZDI LEÓN-BORJA barreras casi insuperables para que a esta rarr1a de la Histo ria del Derecho se le dedique la suficiente,;rención.
Hace sesenta años existía el problema, y en aquel cntcnces eran los antropólogos quienes se preocuparon t.!el estudJC, del derecho prin1itivo.
Bronislaw Malinowski nos ha JejaJo un testimo nio de aquella época en que en Alernanía est�. dorada rama del derecho creó la fascinación de sus estudiosos: «La antro pología no siempre se ha mostrado tan indifere11te como aho ra a la justicia salvaje y a sus métodos de idministración. f-Iace más o menos n1edio siglo hubo una verdadera epide mia de investigación y estudio de la ley prin1itíva, especial mente en el continente europeo y n1ás particuformente en Ale n1ania.
Los nombres de Bachofen, Post, Bernhoft, Kohler y otros escritores agrupados alrededor de la Zeits�hrift für ver gleicher de Rechtswisscnschaf t bastan par�. recordar al soció logo el alcance, volu1nen y calidad del trabajo que ellos lle varon a cabo.
Y, sin embargo, dicho trabajo �n,�untró muchas dificultades.
Los mencionados autores tuvieron que valerse de los datos de Íos primitivos etnógrafos aficH.11"! ados, ya que en aquel tie1npo no existía el moderno trtbajo sobre el cam po del especialista entrenado, que se hace con método, pro pósito determinado y buen conocimiento de los problemas.
En un asunto tan abstracto y complejo con10 d de la ley pri mitiva, las observaciones de aficionados son en sustancia inú tiles.
Así, pues, la primitiva escuela de juríspruciencia antropo lógica, en difícil situación por matertal insufj('�_ente y supo-3iciones infundadas, se encontró en un callejón sin salida de construcciones estériles y artifici&les.
En consecuencia se encen tró incapaz de verdadera vitalidad y todo el interés que había despertado el tema se derrumbó pesadamente -a decir verd:.1d, se desvaneció casi por completo-después de su fugaz auge inicial2 • Estos siguen siendo los obstácu1cs y ré1nor2.s del tietn po presente.
El año de 1987, una profesora dei Colegio Nacional Pío del Río Ortega, en la castellan1 ciudad de Vhlladolid, des cubrió con asombro la observancia de una antiquísima ley: la mayoría de sus pequeños aiumnos pertenecían a la nación gi tana pero hasta entonces nunca había podido constatar la fuer za y el respeto a la aplicación de su derecho.
Hacía poco tiempo había fallecido en la tribu una mujer que nombraremos Ana, la educadora pasó list� en su aula y para su gran sorpresa cada vez que nombraba a una niña con el nombre de Ana nadie contestaba, al principie pensó que se tratarían de normales ausencias pero pronto notó que las su puestamente ausentes se encontraban en la clase.
Cada vez que les hacía a las susodichas una pregunta, éstas no respon dían a su non1bre.
Creyó la 1naestra que se trat�ba de un jue go de niños pero la experiencia volvió a repetirse en los días y semanns siguientes a aquella experiencia.
Peor fue su des concierto cuando descubrió que las aludidas respondían a nom bres completamente distintos al de Ana.
Las amiguitas y sus compañeros las llamaban por sus nuevos nombres como si és tas se hubieran llamado así de toda la vida.
Al cabo de un mes.las niñas volvieron a llamarse Ana.
Poco después, supo la pro fesora, gracias a sus mejor informados compañtros que se ha bía enfrentado ante un tabú.
Este y sus variaciones no son exclusivos del poblado gi tano de Valladolid, la norma se encuentra en niuchas socieda des primitivas a través del globo.
Para algunas, la muerte de un miembro de la tribu va acon1pañad0 del silencio, un silen cio absoluto que es guardado por la familia.
Félix de Azara, a finales del Siglo de las Luces escribió de los indios Mbayás, que habitaban entre los 20 y 22 grados de latitud en el Chaco en el siglo XVI y que a mediados del siglo XVII pasaron al oriente del río Paraguay, «El duelo dura tres o cuatro lunas, pero sólo entre los parientes, y se reduce a que las mujeres y los esclavos no coman más que vegetales y nada de carne, y guarden un silencio tan profundo que no responden una sola palabra a los que les hablan» 3 • Existe una causa y un efecto a la violación de estas formas de tabú: la pérdida de la salud y el poner en religro a toda la comunidad.
La acción de los espíritus o de la magia enemi ga son las causantes de todos los males provocados del acto sacrílego e imprudente de cantar un nombre tabú, el de un difunto, que es lo mismo que el pedir un encar�tc.
• Existe una enorme resistencia por parte de la mayoría de los indios americanos a pronunciar estos nombres, registrán dose esta prevenci6n entre los indígenas de la Bahía del Hud son hasta la Patagonia.
«Entre los guajiros de Colombia, men cionar a los muertos ante sus familias es un crimen espantoso que con frecuencia se castiga con la muerte; si acontece est o en el rancho del difunto en presencia de su tío e, de su sobri no, seguramente matarán al ofensor allí mismo si pueden, y si escapa, la pena se resolverá en una fuerte 1nulta, por lo ge neral de dos o más bueyes.» 4 Esta creencia perdura como leyenda folcl61ica en el Pa raguay el día de hoy.
Sir James Frazer ha escrito a este res pecto: «Entre los indios norteamericanos, todas las personas, fueran hombres o mujeres, que llevaban el nombre de alguno que acababa de morir, estaban obligadas a abé! ndonarlos y a adoptar otros nombres, lo que se hada formalmente en la primera ceremonia de duelo por el difunto.
En algunas tribus al este de las Montañas Rocallosas, estos cambios de nombre duraban tan sólo el período de luto pero en otras de la costa norteamericana del Pacífico creemos que eran permanentes».
6 Es justamente el modelo ya descrito y recogido entre los gi tanos de la ciudad del Pisuerga.
Frazer recoge también que entre algunos indios del noroeste americano los parientes más cercanos del muerto cambiaban sus nombres «bajo la impresión de ser atraídos a la tierra los espíritus si oyen nombres fami Uares repetidos con frecuencia».
Los indios kiowas nunca mencionan el nombre del fallecido en presencia de su familia e igualmente todos los familiares del difunto cambian de nom bre.
En 15 8 7 los col�nos de Sir Walter Raleigh hallaron la r.nisma norma entre los indios de la isla de Roanoke, en Vir ginia 7
• Tampoco los indios abipones del Paraguay tienen permi tido el nombrar a sus muertos; aquellas palabras relacionadas con el nombre del personaje fallecido o que correspondan a él desaparecerán del vocabulario utilizt? do por fa tribu.
Esta norma se practica por los australianos, nicobare y por pue blos de Nueva Guinea.
Volviendo a los abipones, vale la pena citar a Frazer: « Una costumbre similar transforma �ontinuan1f; nte el lengua Je de los abipones del Paraguay, entr\! los que, sin embargo, cuando es abclida una palabra, nunca vuelve a ser empleada.
Palabras nuevas•, dice el misionei-o Dcbrizhofft:r, nacen de la noche a la mañana como las setas, pues todas las palabras que recuerdan los nombres de los muertos quedan abolidas 6 Frazcr, J. por proclamación y circuladas otras nuevas en su lugar.
La «fábrica» de las palabras nuevas estaba en m�nos de las an cianas de la tribu y siempre que se ponía en c1tculación una nueva palabra con su aprobación, la aceptabae de inmediato altos y bajos, sin un murmullo, y se extendía tomo un incen dio por los campamentos y establecimientos de fo tribu.
Cual quiera se quedaría atónito, dice el misionero, al ver con cuan ta docilidad dan su aquiescencia todas las tribus a la decisión de una bruja arrugada y cómo las palabras famjliares caen ins tantáneamente fuera de uso y jamás se las vueivc a repetir a pesar del hábito o del olvido.
En los siete años que estuvo entre estos indios Debrizhoffer la palabra «jaguar>> fue cam biada tres veces y las de «caimán», «espina» y «matanza del ganado» pasaron por esas vicisitudes aunque en menor esca la.
Como resultado de este hábito, los vocabularios de los misioneros estaban plagados de tachaduras, teniendo que e li minar de continuo las palabras antiguas como obsoletas y colo car las nuevas en su lugar».
8 Sin duda la causa de esta normativa tan extrema es el terrible miedo al maleficio.
La multitud de anJuletos, conju-ros, creencia en brujos, el éxito de!a santería cubana en Ma drid, etc. nos hacen recordar que no nos halla1nos muy lejos de los indios amazónicos y de sus temores, que son aquellos del hombre de siempre.
La abstención a la pronunciación de ios nombres de lo s muertos es común a los albanes del Cáucaso, a los samoyedos de Siberia, todas de la India meridional, ainos del Japón, tribus de la Australia central, mongoles de Tartaria, akamba y nandis del Africa orientai, los tinguianos de Filipinas, y gen tes de Nicobar, Madagascar y Tasmania.
También los tuaregs «ellos temen el retorno del espíritu del muerte y hacen todo lo que pueden para evitarlo, levantando el campamento, de jando para siempre de pronunciar su nombre y evitando todo lo que pudiera considerarse como una evocación o llamamien to a su alma».
9 El temor de los gitanos a «jurar por sus muer tos» y a las maldiciones en que intervienen ésto�, son bien co nocidos por aquellos que habitamos en España.
Comenzamos este trabajo citando un testimonio de abstención suya de pro nunciar nombres de difuntos.
En el mundo de los taínos, no tenemos a nuestro pesar pruebas definitivas, aunque sí serios indicios que por causa de su fe en el espiritismo, practicaban el cambio de nombre ri tual.
En la Relación de Pané: «Esto lo creen todos en gene ral, lo mismo los pequeños que los mr. yores; y también que se les aparecen los muertos en forma de padre, de madre, de hermanos, de parientes, o de otras formas.
El fruto del que dicen alimentarse los muertos es del tamaño del membrillo.
Los muertos no se les aparecen de día, sino siempre de noche; y por ello no sin gran miedo se atreve algún indio a ir sólo de noche».
10 La Relación de Ramón Pané es la narración más exacta de las cre�ncias de los taínos y de su mundo sobrenatu- ral; continúan eso sí, existiendo pasajes osccros en los que sólo se puede aplicar un método compatativo.
Tomemos la historia del capítulo VI de cómo regresó Guahayona a la tie rra de donde se había llevado a las mujeres: >.
11 Este pasaje cobra sentido a la lu1 de la presente inves tigación.
La historia de Guahayon� narra el génesis del tráfi co de mujeres y de chaquira en las Antillas, j3 razón mitoló gica de la isla de Matininó, como también la causa -efecto del mal francés y de su curación.
Abundemos en el texto an tes de extraer su significado más oculto.
Américo Vespucio al escribir su relación del viaje que emprendió desde Cádiz, el 10 de mayo de 1497, en nombre del rey Fe1w�ndo (y debfa añadir Vespucio, la reina doñn Isabel) a las Indias, dice de los venezolanos «Cuando mueren, usan varios 1nodos de exe quias, y a algunos los entierran con agua y su� viandas en la cabecera, pensando que las han de comer; no tienen ni usan de ceremonia de luminaria ni de llantos».
Y añade «En algu nos otros lugares usan el más bárbaro e inhu111ano de los en tierros, y es que cuando un doliente o enfern10 está casi a un paso de la muerte, sus parientes lo llt: van a un gran bosque, y cuelgan de dos árboles una de las redes doHde duermen, y después lo ponen en ella, danzándole alrededor todo un día; y cuando viene la noche, le pone en la cabecera agua y otras viandas de manera que pueda mantenerse durante cuatro o seis días, y después lo dejan solo volviéndose a la población; y si el enfermo se ayuda a sí mismo, y come y bebe y vive, se vuelve a la población; y lo reciben los suyos con ceren1onias, mas son pocos los que se salvan, mueren sin que nunca sean visitados, y aquella es su sepultura».
112 Esto nos obliga a citar a Azara: «No dan a sus enfermo3 más que agua caliente, frutos o alguna otra bagatela, y si no se curan enseguida los abandonan por complctl' y los dejan morir.
Tienen tal horror a los muerto� que ne dejan a nadie nunca morirse en sus chozas o casas.
Cuando �e figuran que uno va a morir lo cogen por las piernas y lo at rastran a unos cincuenta pasos.
Lo colocan de espaldas, y la parte posterior, sobre un agujero hecho expresamente para qtK haga sus ne cesidades.
De un lado encienden fuego y de otro le dejan un cacharro lleno de agua, _por si tiene sed No le dan nada más, si bien se aproximan con frecuencia, no para socorrerle ni ha blarle, sino para ver desde lejos si se ha muerto» 13
• La cita se refiere a los ya aludidos «lenguas».
El mismo autor decía de los mbayás: «Si entierran con el cadáver las alhajas y los caballos del difunto es porque todos los indios salvajes tienen un gran horror a los muertos y no quieren conservar nada que les recuerde su memoria».
La posibilidad de la cercanía a la muerte era causa de tanto miedo que Azata no llegó a ex plicarse el comportamiento de estos indios ante la enferme dad: «Se cura a los enfermos chupándole el estómago, como he dicho �nteriormente; pero si tienen que ir a establecerse a otro lado y hay un enfermo que no está en estado de seguir a la horda o cuya enfermedad tiene trazfls de durar mucho, lo abandonan»:• 14 Un último testimonio debe recogerse, el de Betty Meggers sobre los indios W aiwai, que pertenecen a 12 Vespucci, A.: Carlas de viaje.
13 Azara: Viaies por la Aml, ica..., pia.
235. la familia de pueblos caribes continentales y que habitaban has ta hace poco las orillas del Esequibo, en la altíplanicie de la Guayana.
Mucho interés tiene este relato después que Szász di demostrase que Guahayona y su padre eran c�ribes.
La an tropóloga norteamericana ha escrito: «Cuando se inicia la 1nenstruación en las niñas, se las aisla en una choza especial que carece de puertas; ahí permanecen reduidas unos dos me ses, sin hablar con nadie, alimentándose de harina, jugo de mandioca y pescados pequeños, hilando algodón para distraer se.
Cuando son liberadas, reciben banda8 para los brazos y en adelante pueden tener relaciones sexuales con sus maridos potenciales...
Se cree que la muerte es causada por hechice ría, excepto cuando se trata de niños muy pequeños o de per sonas muy ancianas.
Se traslada al moribundo a un refugio cerca de la casa, en donde permanece acon1pañ�tt�c por su cón yuge o por un pariente, hasta que muere.
El cuerpo es cremado el mismo dfo o a la mafiana siguiente; se destruyen todas su s propiedades personales, menos el hacha del homhre o el de lantal de cuentas de la mujer, los que pasan a un hijo o hija» 14 bis.
Creo que hay que entender el pasaje del aislamien to y cura de Guahayona en este marco de referencia cultural.
Así el cambio de nombre se encuentra irremedfo. bJemente uni do al peligro de muerte, cuya superación conduce a la adquisi ción de un nuevo nombre que se añadirá al primero.
La temi da muerte es conjurada con el cambio de nombre.
Creo que esta norma ritual debió ser corriente entre los taínos, práctica que se habría de fundamentar en el mito de Guahayona; des graciadamente las noticias del derecho y religión de los anti guos aruacos insulares son imprecisas y escasas.
Mi suposi ción puede ser contrastada con la información que tenemos de otras sociedades indias continentales donde sJbemos que la norma se aplicó.
Leví -Strauss escribió de los tt! pÍ-ka. waíb: «Los indígenas también adquieren nombres cuando pasan de la infancia a la adolescencia y después a la edzd adulta.
Así, cac!a uno posee dos, tres o cuatro, que mt• comunica de buen grado.
Esos nombres presentan un interés con�iderable, por que cada linaje utiliza preferentemente ciertos grupos forma dos a partir de las mismas raíces y que se refieren al clan.
La aldea que estudiaba era en su mayoría del clan mialat (del jabalí); pero se había formado por intermatrimonios con otros clanes: Paranawat (del río), Takwatip (del bambú) y algunos otros.
Ahora bien, todos los n1ie1nbros del último dan citado se llamaban con nombres deriv3dos dd epónimo: Takwame, Tak warumé, Takwari, Walera (que es un gran b(,Ímbú), Topehi (fruto de la misma familia) y Karamua (tan161én una planta pero no identificada)» l?l.
Pedro Mártir de Anglería escribió sobre la imposición de n01nbres a los taínos nobles: «Cuando le nace prole a algú n reyezuelo, concurren los comarcanos y entran en la habitación de la reina.
Este saluda a la criatura con un nombre, aquel con otro.
Salve, Lámpara Brillante, dice uno; Reluciente, aquel; Domador de los Enemigos, otro quien, Nieto de un Héroe Esforzado; quien, Más Brillante que el Oro...
Behequío Ana caucoa, señor de la región de Jaragua, del cud y de su dis creta hermana Anacaona se habló extensamente en la Década primera, estos nombres tenía: Tureigua Hobin, que significa Rey Resplandeciente como el L9tón; otro sol&mente Starei o sea Reluciente; otro Huiho, que es Altura; otro Duiheyni quén, que significa Rico Río» 16
• La multiplicidad de nombres
También nos ofrece nombres sacros, sine múltiples a l t1arnos a conocer los siguientes héroes míticos taínos: la mu jer Itiba Cahubaba, Deminán Caracaracol el s�rnoso, el caci que Mautia-Tenuel, el señor de Ccaibai: Maquetaurie Cua yaba.
Para adquirir una idea más 1proximada dd significado y utilización del nombre vamos 3 continuar la cita que inte rrumpünos de Anglería: «Con todos estos nc.1i1bres y otros cuarenta se da tono Beuchío siempre que tiene que mandar al guna cosa o promulgarla por medio de pregoneros.
Y si al guno de éstos, por descuido o negligencia, on11! 1:. un nombre, el cacique creería que se le había hecho el mayor insulto.
Y lo mismo pasa con los demás».
18 Es decir que no sólo los ca ciques tenían multiplicidad de aombres.
¿ Siempre se utiliza rían todos?
Quizás, sólo cuando el ceren1onial así lo exigía.
Vale la pena volver a los nombres del cacique Behequío.
Adám Szászdi ha sido el primero en llamar la atención sobre la comunicación comercial entre Jamaica y Nicaragua (véanse las páginas 42-44 de su obra citada).
Especialmente ha subrayado que los contactos no se reducían al comercio y tráfico de bienes sino a la aceptación de elementos que po dríamos llamar símbolos de poder y cargos cortesanos que pa recen originarse en la más complicada y protocolaria sociedad nicaragüense.
Como parte de ese cuadro citamos de nuevo a Anglería: «Pero escucha otras cosas de éstas, que me las han contado hace poco varones graves que han explorado las cos tas meridionales de aquella tierra; cosas que pasaron por alto Gil González y sus consorcios, pero que son dignas de saber se...
Habiendo hecho éstas y semejantes exclamaciones, vol viéndose al príncipe actual dicen maravillas de sus méritos, bondad y demás virtudes, y con desordenados s<os y danzas, cual bacantes furiosas, rodean al cacique y le miran con reve rencia y le adoran diciendo que ven en él el i- >. en cuenta que los tupí tenían en común n1uchísimos elementos culturales con los caribes, quienes habían sido sus maestros.
Si el nombre nuevo es cual un «crédito de vida» su conoci miento y n1al uso puede ser un peligro de muerte.
Frazer cuenta que los indios de la isla de Chiloé tienen μor secreto sus nombres y es la razón de su mayor disgusto el que alguien lo 1nencione en voz alta, la causa de tanta preocup�ción dicen s er «que hay hadas y duendes en la tierra firme y en las isla s vecinas que si conocen los nombres de las gente� las dañarán, pero que mientras no los conozcan esos espíritus malévolos son impotentes», al igual que los nativos de la Australia cen tral no le dan sus nombres a los forasteros, pueJ incurren en e l peligro que éstos adquieran un poder sobrenatural sobre ellos Frazer cuenta cómo cuando un viajero le preguntó su nombre a un arauca: io, éste le contestó: «yo no tengo P-Ínguno».
Fra zer afirmó de los indios ojebway: «Cuando a un indio ojeb way le piden su nombre, mira a otro que esté presente y le dice que conteste su nombre por é l ».
20 Volviendo al bosque �mazónico, los indics nambiquera tienen prohibido utilizar sus nombres propios entre ellos, uti lizan nombres supuestos, nombres •:!n portugués, o sobrenom bres.
Lévi-Strauss sólo pudo averiguar los nombres verdaderos y el secreto de la norma gracias a una pelea entre niños, que fueron inmediatamente silenciados.
21 Los pueblos indios de la Columbia Británica tienen otras normas, aunque parecidas: «uno de sus más fuertes prejui cios y que parece preocupar por igual a todas las tribus, es su negativa a decir sus nombres, así que nunca se tiene el verdadero non1bre por el mismo que lo lleva, pt: ro dirán lo s nombres de los demás sin hacerse de!"ogar », lc. mismo ocurre en todo el archipiélago malayo. � 2
Entre los antiguos egipcios cada uno recibía un nombre grande y atto llamado pequeño, que correspondían al nom- • gueño era públicamente conocido mientras el verdadero o grande era nrnntenido en secreto con gran cuidado.
Entre los brahamanes ocurre otro tanto y s6lo utilizan sa nombre se creto en ceremonias como el matrimonio.
La razón siempre es la misma al justificarse, protegerse de la magia.
23 Cual la otr� cara de la meda 1 Ja, una última cita: «A la inversa de los nambiquara, los tupí-kawaib n:> ocultan sus nombres, que como habían notado los viajeros dei siglo XVI, tienen un sentido entre los tupí: «igual que ncsotros con los perros y otros animales -decía Léry-ellos les dan indife rentemente nombres de cosas que les son conocidas, co mo Sarigoi, que es un animal de cuatro patas; Ariñán, una galli na; Arabutén, el árbol del Brasil; Pindo, una hierba grande, y otros semejantes».
Lo mismo ocurría en todos los casos en que los indígenas me proporcionaron una expiicación de su s nombres.
Tapehari parecía ser una avecita de piumaje blanc o y negro; Kunhatsin quería decir «mujer blanca o de piel cla ra»; Takwane y Takwari parecían derivar de takwara, una es pecie de ban1bú; Potién, un camarón de agua culee; Wiraku ru, un pequeño parásito del hombr� (en portugués: bicho de pé); Karamua, una planta; Walera, también una especie de b b, 24 am u».
Al terminar de escribir estas páginas pude realizar una consulta que confirma la tesis aquí expuesta. s� trata del ar tículo de José Arrom: «De cómo se poblaron las Antillas: Glosas etnolingüísticas a un ciclo mítico taíno>>.
Comentando la historia de Guahayona escribe: «El cambio de nombre des pués de haber rebasado una grave enfermedad es una costu m bre que todavía se conserva entre los actualc:; arahuacos, y representa para el. doliente haber nacido a una nueva vida».
26• De esta ma nera nos afirmamos en la creencia que esta costumbre ritual, que afecta a la personalidad, fue antigua norma entre los arua cos insulares.
Los taínos se unen al espectro de pueblos que cesde Canadá hasta Tierra de Fuego tenían como precepto el conjurar a la muerte añadiéndose un nuevo nombre o elimi nando el antiguo y adoptando el nuevo.
La pena a la viola ción de este tabú podía ser la muerte, ejecutada por los hom bres, u otra de carácter sobrenatural por medio de la magia.
Hoy, de otra forma, pervive en nosotros el hombre primitivo que sigue inquietándose por la «mala dicción», la mala utili zación del poder de la palabra... |
Las explicaciones de los hechos hist6ricos relativos al continente americano a partir de su conquista y colonización por parte de los europeos, se han basado casi exclusivamente en la acción de dos grupos antagónicos y con1plementarios: el blanco y el indio.
Ello, sin dejar de ser útil pata la compren sión del fenómeno general de la colonia, es insuficiente cuan do atendemos a Iac diferencias regionales, funciamentadas, en parte, en la conjunción de factores rnedioambientales y étnicos, pero también en el número y composición de la población blan ca dominante y fa tempra• na o tardía aparición del mestizo, quien debilitaría las fuertes barreras raciales y sociales esta blecidas legalmente entre la población autóctona americana y -en el caso que nos ocupa-los españoles.
Aquéllos que se establecieron en tierras americanas no constituían un grupo homogéneo, ni siquiera en los primeros años de la colonia; ya desde el siglo XVI los hallamos divi didos y enfrentados disputándose el poder y la riqueza, esca sa, por cierto, en Guatemala, si la comparamos con otras re giones de América.
La documentación relativa al? rimer siglo de vida colo nial guatemalteca refleja ya el conflicto existente entre los in tereses creados de los conquistadores, quienes se considera ban merecedores de toda clase de prebendas reales, y nuevos grupos de españoles, que exigían pa!'ticipar en el honor, la riqueza y el poder de aquéllos.
Delegados reales, mercaderes, comerciantes y nuevos pobladores en general, además de los representantes de la iglesia católica, especialmente los religio sos de una o varias órdenes, disputílhan tierras, preeminencias Tomo XLIX
3 unas lluvias torrenciales!a destruyeron casi po1 completo.
Des pués de este suceso, los vecinos buscan un nut.vo lugar donde ubicar la ciudad y eligen el valle del Tuerto -al que los in dígenas llamaban Panchoy-a unn legua de d�stancia de la recién destruida capital de Aln1olonga.
El actc., oficial de tras lación tuvo lugar el 10 de marzo de 1543, fecha en que co n ceio, justicia y regidores, precedidos por los alcaldes, llegaron a Panchoy.
En diversas ocasiones grandes temblores de tierra hicie ron peligrar la vida de la ciudad, -:on las consiguientes muer tes de vecinos y destrucción de edificios, hasta que el 29 de julio de 177 3 un terremoto de g�andes propo1ciones destru yó esta capital de Panchoy (hoy Anti gu a), quedando desde en tonces establecida la ciudad en el lugai-que actualmente ocupa.
La nueva ciudad de Santiago h1e ci.e las primeras capita les planificadas de América.
En este nuevo asentamiento ha bía posibilidades de habitabilidad para cinco mil personas 1, repartiéndose los sitios para vivienda de los vecinos en orden de importancia: los más cercanos a la plaza cotrespondieron a las personas más scbresalientes -antiguos couquistadores-; más alejados a ella se fueron ubicando los pobfodores y en los alrededores de la ciudad, en las zonas que más tarde se llama ron barrios de San Francisco, La Mctced y San. to Domingo, se fueron estableciendo gran cantidaJ de ináios que, junto con los que poblaton en las milpa:: dd valle, trabajaban para los españoles en sus labranzas, obras públicas o servicio do méstico..El valle de Guatemala (Panchoy) formaba parte de una circunscripción mayor, llamada por lc,s indígenas Pasuya y por los españoles corregimiento del Valle; éste englobaba a su vez otros nuev-� valles: Chimaltenango, Jiloü.:peque, Alote nango, Zacatepequez, el ya referido de GuatemDla o Panchoy, Mixco, Las Vacas, Canales y Petapa 2
• El corregimiento de]
La mayoría de estas poblaciones indígenas del Valle se formaron en las tierras distribuidag a los conquistadores poco después de la fundación de la dudad en Altnolonga.
Estas tierras se poblaron con indios no rc::ducidos que vivían dis persos en ran: hetías y a los que lo:, es¡;añoles apresaban y asentaban en sus <<milpas, labranz1s y sementeras», a fin de que trabajasen en ellas.
Asimismo, a los indígenas capturados en la guerra se les esclavizaba y gran número ce ellos, proce den tes de lugares diversos, fueron llevados a Santiago por los vecinos de la dudad para que trAhajasen la tierra, cuidasen de sus ganados y se dedicasen a oficios arte�f.nales i.
Eran tantos los indios establecidos ai servicio de íos españoles en la ciudad que cuando se destruye la priniera Santiago, en 1541, mueren dentro de ella <<más de seiscientos indios, además de negros y algunos mestizos» 6 • Esta cifta adquiere mayores pro porciones si la comparamos con la poblaci6n hispana de la ciudad: en ella sólo había edificadas ciento cincuenta casas de Santiago fue sede de la audiencia desde 1549 a 157 3; con excepción de unos cuantos añcs que ésta permaneció en Panamá (1563-1570), toda América Centl'al y Chiapas, es de cir, todo el tetritorio conocido con1c <<Reino <l� Guatemala», se gobernó desde dicha ciudad.
Asimismo fue cabeza del obis pado de Guatemala desde el año 1534, en que ostenta la dig nidad cardenalicia don Francisco Matroquín.
Los relatos históricos y los restos artísticos nos hablan de la relevancia que la capital guatemalteca fue adquiriendo a través de ]os años.
La ciudad s� pobló de casas solariegas al estilo español de Santander o And�lucía, con gran boato de mobiliario, jardines, caballerizas y coches.
Desde aquellos pri meros años en que se reducía a un pequeño núcleo urbano y unos cuantos barrios de indios en to:.-no a él, se llegó a la con formación de una gran ciudad en h que la pob1aci6n española (siglos XVII y XVIII) se expandía � las zonas indígenas y se creaban nuevos barrios'donde convivían espi.ñoles, indios, negros, mulatos y 1nestizos.
En el priiner cuarto del siglo XVII Santiago contaba ya con tres mon: isterios de frailes (merce darios, dominico� y franciscanos), uno de 1nonjas, dos iglesias parroquiales (catedral y San Sebastián), un hospital de pobres y dos colegios: el «Seminario parn crianza de los niños nobles>> y el > 13 • A fines de la primeta centuria de: su existencia como ca pi tal colonial, Santiago contaba ya con tres prinupales vías d� comunicación con el exterior: el camino de Pet&pa, que unía PILAR SANCHIZ OCHOA Santiago con la mayor parre de los pueblos del Valle, siendo también vía de conducción de las 1:.1.�rcaderías q�e llegaban del Golfo Dulce; el de Jocotenango, por el que enttaban las mer cancías de México, Oaxaca y Chiapas; y, finalmente, el de Ciudad Vieja, que comunicaba la capital con Suchitepequez y Soconusco 14• Cuando Santiago de los Caballeros fue destruida por e l terremoto de 177 3, el núcleo principal de ella &e componía de dieciséis barrios, sin contar con!o.; de Jocotenango, al norte y Santa Ana, al sur; rodeando la ciudad, y bastante cerca para proveer a su mercado diario, se extenciían veinticinco'pueblos o aldeas de indios.
La capital guatcn1alteca había aumentado su extensión para esta fecha en cinco veces su ta� maño original, ucupando un área o�ho o diez vec.:es mayor que la establecida en la traza de 1541 rn.
GRUPOS RACIALES Y ESTRATOS SOCIALES EN SANTIAGO
A pocos años de la conquista. la poblaci61? guatemalteca se dividía en do� grupos cerrados -españoles e indios-, con derechos y deberes, penas y castigos legalmente establecidos para cada uno de ellos; sin embargo, ninguno de dios cons tituía un grupo homogéneo.
La funcionalidad y valoración de los roles o actividades sociales y la mayor o menor antigüedad en la tierra, consti tuyeron criterios determinantes de?
Osidón soctJl ent!'e la po blación española.En cuanto a los L1dígenas, aunque en zonas alejadas de la ciudad siguieron manten1endo, pcr algún tiem po, una estructura social interna semejante a la que existía en época prehispánica, en el valle y tierras cercanas a la capital, las preeminencias concedidas por la Corona española a los an- El desempeño de un papel tan importante en los prime ros años de la colonia como el milhar, colocó 8 los conquista dores en una posición superior con respecto a! resto de la población española, estratificándose ésta a su vez -ele acuer do con su mayor o menor antigüedad en la tierra -en pobla ciores antiguos y meros vecinos.
El haber participado en la conquista, poniendo armas y caballos al servicio del rey, es motivo de encumbramiento para 1nuchos españoles, quienes llegan a adquirir la categoría de hi�aigos en aquella sociedad en formación 16; la Corona les premia c; on encomiendas, ayu das de costa y cargos concejiles y, en ocasiones, les concede pri vilegios que los iguala a los hidalgos peninsulares.
Es tan im portante el guerrero en los primeros años de la colonia que, Jncluso dentro del estrato constituido por los oficiales (de oficios mecánicos o meros vecinos se concede la mayor importancia social u los armeros, pues siendo las armas prin cipal atributo dei caballero, es lógico que se intente favorecer a los individuos que hacen posible que aquél las porte17
• Por encima de los conquistadores sólo se situarán en los primeros años los representantes del poder poiítico y el poder religio so: los presidentes-gobernadores y los obispos.
Al igual que los conquistadores, los antiguos pobladores disfrutaron de ciertos beneficios: con10 aquéllos, recibieron lotes de tierra que convirtieron en labranzas y haciendas de ganado gracias al trabajo de los itdios; en muchos caso s obtuvieron enc0micridas, tanto por estar casados con hijas o viudas de conquistadores como por haber participado en la PILAR SANCHIZ OCHOA pacificación de regiones, como Pochutla y LacaP..dón, alzadas contra el dominio español despué., de la conquista.
A veces consiguieron cargos concejiles y co: regim1cntos y, en caso de extrema necesidad, recibieron las: 1yudas cie co�ta que la Co rona destinaba a «conquistadores pobres o viejos y tullidos» y a las viudas de unos y otros.
DesJe la década de los sesenta hallamos también recompensados �on taies ayudas de costa o «pensiones en corregimientos» a personas pobres con títu lo de licenciado o doctor -preceptores de gramática, médi-,. b JS • b cos, etc.-, as1 con10 a mon1as y eatas •; stn em argo, nunca se permitió que los «oficiales de oficio� n1ecánicos» se be neficiaran de ellas y si alguna excepción se hace es por la ne cesidad que de estos «oficiales» se tiene: colonial-, ocupándose éstos de controlat las ambiciones de,.guellos desde sus puestos de cabildo, regulando sus jornales y los precios de sus manufacturas e i11cluso manteniendo el privilegio de cxan1inar a los nuevos artesanos 21• Sin embarg o, la n1ayor necesidad de ciertos oficios e, incluso, la riqueza de los materiales que se trabajan, van a producir un escalona miento interno del estrato, anteponiendose o concediéndosele 1:1ayor prestigio a algunos oficios durante algunos años, Así, por ejen1plo, la importancia que ten1an los r. rmeros en los nüos que siguieron a la conquista se ve reflejada en las orde nanzas del cabildo sobre el lugar que han de ocupar los dis tintos «oficios» en la procesión del Corpus Christi, detrás de la Custodia: los más cercanos los armeros, después los pla teros y mercaderes, seguidos de barberos, sastres, carpinteros, herreros, zapateros y demás artesanos:.!:.!.
Avanzado el siglo e innecesar�as ya las actividades gue rreras en aquella sociedad, las aspir�c1ones de robleza de gran parte de la población española, reflejadas en el comportamien to y la « apariencia honrosa», convertirán en importantes a los individuos que hacen posible la distinción externa de los ca - balleros: en _ primer lugar los mercacieres «de grueso» o de «mercaderías d� Castilla», seguidos, naturaln1ente, de plateros y sastres.
Tanto unos como otros, imprescindibles desde los últin10s años del siglo XVI, se enriquecerán y llegarán en al gunos casos a ascender en la escala socia] hasta equipararse con los descendientes de conquistadores y antiguo� pobladores, e incluso se unirán en matrimonio con las hijas de aquéllos.
Los indios, declarados vasallos libres y súbditos de la Corona, siguieron manteniendo en lugares lejanos a la capital -como ya dije-una estructura social interna semejante a la que existía en época prehispánica.
Los caciques y principales tueron exentos dt. j l tributo, siguieron gubernando a sus propios 21 Por cédula del 10 de marzo de 1.566 se mantiene aJ cabHdo en el privlleaio de exa minar a los oficiales de sus of idos.
Las primeras orden• -mzas dictadu pol' el ayuntamiento para la constitución de los gremios de herreros y sastres son de 1'30.
22 Remesal: Historia..., T. I, págs. 87 y 88. pueblos y se les concedió el status de hidalgos; los macehua les, en cambio, no habían de tributar a sus antiguos señores, sino al rey castel1ano y al encomendero, debiendo realizar asimismo toda una serie de trabajos forzados.
Tanto princi pales como macehuales fueron considerados «menores» por las leyes españolas y esto les permitía gozar de una protección especial; así, la Inquisición no tuvo �obre ellos jurisdicción alguna, estaban exentos de pagar diezmos y alcabalas, no tenían que prestar servicio militar,,T se les prohibía usar armas de fuego o espadas y n1ontar a caballo.
En el valle y tierras cercanas a la capitgJ de Guatemala la situación de los indígenas, sin emb�rgo, era algo diferente; el n1ayor contacto con los españoles modificó un tanto la es tructura social p1ehispánica.
Los indi0s asentaJos en las tie rras y 1nilpas de los primeros vecinos de Santjago habían sido sacados de lugares diversos y no eran dirigidos ya por sus an tiguos caciques, sino por mestizos o indios «ladinos en lengua castellana», gente que ya mostraba un cierto grado de acultu ración en sus formas de vida y comportamientos.
Por otra parte, no todos los indios que vivían en el valle tributaban; tanto los indios mexicanos que habían ayudado a Alvarado en la conquista como los natiguos esclavos liberados por las Le yes Nuevas fueron exentos del tributo.
En cualquier caso, el trabajo de unos y otros indígenas -tributarios o no-vino a cubrir las necesidades y ambiciones de enc.omenderos, alcaldes corregidores, frailes, curas y vecinos de la ciudad.
En los primeros años de la colonia e] ejercicio de las ar tesanías fue privativo de los españoles; los únicos oficios que los indios desempeñaban eran los que ya ejercían antes de ser dominados: los de petatero, ollero, aserrador, carpintero...
A principios del siglo XVII, en cambio, los barrios de San Francisco y Santo Domingo se llenaron de cordoneros, alba ñiles, carpinteros y hasta algún qu� otro sastre indios; sin em bargo, los «conciertos» de aprendizaje y conttatos de trabajo especifican siempre ser ladinos en lengua castallena los que contratan sus servicios como oficiales o se conciertan con al- tiguos a la ciudad, agrupándose en la plaza o <<tianguez» del barrio de Santo Domingo a la espera de ser repartidos a los españoles, quienes los empleaban princ.ipalmente en trabajos agrícolas y en las haciendas de ganado24
Anuario de Estudios Amerlconoa
Como los negros, muchos mulatos -procedentes de la unión de españoles con esclavas negr 1s-permanecieron en esciavitud; otros, en cambio, fueron libres desde su nacimien to, puesto que sus madres habían sido liberadas antes de que ellos nacieran.
Estos mulatos, con el tiempo, vinieron a en grosar el número de los artesanos o fueron contratados por los dueños de estandas de ganado, de�emp•�ñando en ocasiones el cargo de mayordomos.
Negros, mulatos y zambos libres fueron a veces igualados por la ley.
Aunque nunca perman�cieron bajo el régimen de encomienda, sobre ellos -como sobre toda la población in dígena asentada en el valle-recayó un impuesto especial des tinado a benefic�ar exclusivamente a!ü Corona: el «servicio del tostón»; pero, mientras que lo� indígena& tributaban sólo un tostón de plata, negros, mulatos y zan1bos habían de pagar cuatro.
Y a en el si3lo XVII un gran número de estos negros y mulatos llegaron a constituir la población flotante de Santia go y sus alrededores.
Eran, en expresión de la época, cima rrones o furtivos; es decir, carecían de lugar fijo de residen cia y solían trabajar única1nente por temporadas sirviendo a los españoles bien en sus casas, bien en las haciendas de ganado, trapiches de azúcar u obrajt!s de añi!.
Adquirieron tal fama de alborotadores y pendencieros que los indígenas te mían que entrasen en sus pueblos, ya que les robaban víveres e incluso les quitaban sus mujei-es; en la ciudad de Santiago llegó a prohibírseles ei uso de armas por temot � que pudieran causar males y escándalos �.
Sin embargo, no todos los negros y mulatos libres fueron cimarrones; como ya dije, muchos se integraron con la po blación de Santiago y, asentados en los barrios tradicionalmen te indígenas, formaron parte del servido de los españoles o desempeñaron algunos oficios.
Los mestizos gozaron de cierta situación privilegiada con respecto a los mulatos, pues no sólo estaban exentos del tribu to sino que, además, se les eximía del servicio del tostón; no obstante, también como aquellos estuvieron discriminados en lo que concernía al desarrollo de ciertas actividades sociales.
En último extremo, su posición en la sociedad dependía de la de sus progenitores y, a su vez, del interés que éstos hubieran mostrado por sus hijos naturales.
Por ello, algunos siguieron f armando parte de las comunidades indígenas a la que perte necían sus madr�s, otros fueron a engrosar el número de los cimarrones y muchos aprendieron diversos oficios y llega ron a ser maestros, incluso en las artesanías que habían sido privativas de los españoles duranre los prilneros años de la colonia • 216
• Pero, si los mestizos -!tan hijos de conquistado res o pobladores antiguos y, por añadidura, de�cendientes por vía materna de caciques indios, aquellos llegaban a formar par te de las casas principales, siendo r; riados y educados por sus padres y las mujeres legítimas españolas de éstos; aún más, se comportaban como caballeros o damas «honradas», hereda ban bienes de sus padres y, en casos excepcionales, llegaron a recibir encomiendas, además de co-1traer metrimonio con mujeres y hombres españoles 27
• En estos casos era el status de los padres lo que prevalecía sobre el criterio racial para
determinar la P'--'�ición social de l�-., mestizos; y es también la situación de J0s padres la que de r ide la indusión de lo" mestizos en las cofradías de españole�� así co1no el ingreso en el colegio-seminar�o de la Asunción de S2ntiago. fundado por el obispo fray Gómez de Córdoba �n 1596 ��.
Sin embargo, las constitucione5 del colegio cre1do para «recogimiento de _ doncellas pobres � pupilas ricas» �1ñr� 1592) son mucho más estrictas, ya que en ellas se esp�dfic•i que no ha dársele en trada a ninguna n1es tiza 29 • Las diferencias raciales y la posición de los individuos en la sociedad guatemalteca quedan perfect�n1ente reflejadas en muchas dispo�iciones legales; sólo pondré como ejemplo la disposición relativa a la prohibición de desjarretar ganado y las penas que se estab1ecen para cada uno de los gtupos que com ponían aquella sociedad.
En ella s� m�ucan la� diferencias en tre blancos y otras razas por una parte y, dentrc ya de estos dos grandes grupos, entre indios y «ctras generaciones» por un lado y españoles importantes frente a meros vecinos, por otro.
Así, ningún español recibe pena �0rpora] si transgrede la norma, mientras que se prescribe ésta para los otros grupos ra ciales que lo hagan.
Pero, mientras que el español dueño de ganado que infringe la ley ha de paga; una multa de trescien tos ducados y cumplir un destierro d-.! dos a cinco años, el es rañol de humilde condición es castigado con pena de ver güenza pública y ha de pagar una multa de cien ducados para la Cámara Real.
Las diferencias entre 1nd1os y «otras genera ciones» se manifiestan en el hecho de yue aquéllos sólo serán penados con cincuenta azotes, mientras que.negros, mulatos, mestizos y zambos recibirán entre cien y dosdentos.
En caso de reincidencia: el español sufrirá d destierro perpetuo de «todas las Indias», mientras que a n1cstizos, Pegros, mulatos y zambos se les duplica la pena corporal, siendo además conde nados a <<galeras al remo, tiempo ae cinco años» ao.
PODER Y ENCOMIENDA: CONQUISTADORES Y GOBERNANTE� Al finalizar los hechos guerrero'-' que mHterializaron la conquista, los indíviduos que la hicie1on pos: ble mantenían una fuerte conciencia de grupo, adquh•:da en fo lucha y corro borada por la obtención de encomiendas conc, edidas μor la Corona para premiar sus esfuerzcs.
Los beneficios producidos po: la conqu! sta los reclama ban para sí aquéllos que en verdad los habían conseguido con su esfuerzo físico y económico, los cnnquistadores; pero los restantes grupos sociales no se.,:onfütmaron con el simple papel de moderadores, dirigentes y PVangelizadores; de ahí Ja rapidez con que se crearon fu�rtcs tensiones en torno a dichos benefidos.
Pronto se engendrar0n grandes intereses en torno al indio y el conquistador entró en competencia con el resto de la población.
La encomienda c0nstituyé• un fundamen to de la hostilidad entre los conquist.�dores y el resto de la sociedad guatemalteca, junto con la hid2lguía o beneficio de orden social.
En torno a estos dos factores económico-sociales fluctuaron las relaciones antagónico-amistosas cie los conquis tadores con i-especto a gobernantes, oficiale� reales, clérigos, religiosos y los Jcstantes vecinos de ía ciud�d.
Hay, dentro del grupo racial 61anco, personas que se consideran «tnás honradas» y d� «más calidad» que otras: son los conquistadores y sus descend:. entes.
La� expresiones escritas de todos• ellos están fuertemente cargadas de locucio-PILAR SANCHIZ OCHOA nes valorativas sobre su situación �n la escala social frente al resto de la población.
En gran número de documentos (espe cialmente probanzas de méritos y servidos) ímp1idta o explíci tamente se hace referencia a la distancia que les separa de los restantes grupos sociales; juicios �abre su nobleza, su honra, su desprecio del trabajo manual, les hacen aparecer como la s personas más importantes en la socie&1d guatemalteca del si• glo XVI.
Se consideran nobles, hombres y mujeres principa les y así lo expresan siempre que hay oportunidad para ello:''Muestra su nobieza en el trato de su persona, casa y conversación " ai.
Iv1ani: fiestan ante los demás su superioridad en cualquier oca sión: en las disputas, con motivo de cualquier acción delic tiva, ante la justicia para hacer valer su inmunidad...32 y cuan do a uno de estos hidalgos notorios, descendiente de conquis tador y empobrecido, se le pregunta en un juicio cuál es su oficio, él responde ofendido que «el oficio que tiene es sus tentar armas y caballos para servir a Su Magestad» 33 • Pero, si la superioridad social de los conquistadores so bre el resto de la sociedad es claran1cnte percibida por ésta y no se cuestiona, los gobernantes, en ca1nbio, n1uestran una clara rivalidad con aquéllos, despr�ci,1ndo su posición y, a veces, los hechos en los que cimentan su notoriedad.
Cierto es que los represtntantes del poder político detentan la auto ridad que el cargo les confiere, sin ernbargc, ven frecuente mente debilitarse su poder ante el fuerte gruro social de los conquistadores.
Documentación diversa refleja el antagonis mo entre éstos y los gobernantes, no 3ólo por cuestiones eco nómicas (encomiendas) sino sociales (hidalguía, nobleza, sta tus).
La distribución de riqueza, poder y statLs entre los ha bitantes de Santiago, fundamentada -r.omo ya he dicho-en la participación en la conquista y la'?!ntigüedad en la tierra, era frecuentemente ignorada por los r�presentantes del poder político que consideraban injusto el shtema de gratificaciones establecido por la Corona; llegaron a cuestionar la legitimi dad de dicha distribución, considerándose a sí mismos y a sus parientes con derecho a participar en los beneficios eco nómicos destinados a los conquistadores.
Sus abusos de auto ridad les llevan n hacer caso omiso d-� las norn1as vigentes y de los privilegios concedidos por la Corona a aquéllos, dis frutando de beneficios en la tierra que gobernaban y distri buyendo encomiendas y repartitnient.Js entre sus parientes, criados y amigos.
Los conquistadores, por su parte, perciben este ataque a su posición como un ataque al orden social y acusan una y otra vez ante el rey d nepotismo de sus manda tarios.
Efectivamente, los gobernantes no des�provechan oca sión de medrar en las riquezas y señodos que proporcionaban las tierras conquistadas; así, quitan y conceden indios a su antojo, aunque las leyes reales prescribían el reparto de indios y tierras atendie11do a la «calidad» de las personas.
Ello hará que los conquistadores, sintiéndose agraviados. denuncien una y otra vez dichas arbitrariedades ante el rey.
Acusaciones como la que transcribimos, hecha por el conquistador ls: znacio de Bo badilla contra el obispo Marroquín -en el período en el que fue gobernador provisionallas hallamos en boca de con quistadores y descendientes durante tuda la centuria:
Uno de los primeros conquistsdores, al denunciar a don Francisco de la Cueva, teniente de gobernador (1541) nos da la posibilidad de ahondar en otro, le los problemas derivados de los intereses cteados en torno a las encomiendas, a las re laciones conquistadores-gobernantes y a la maripulación por parte de éstos del resto de los vecinos de Santiago, fundamen tada en los beneficios económicos que los representantes del poder político prometían o repartían e�:tre ellos.
El conquista dor denuncia el haber sido desposeídc por don Francisco de la Cueva de unos indios para asignárselos a un mercader:
"Y atento a que Juan Ortega "s mercader, persona que ha mucho tiempo vive del trato, quo ha ganado muchos pesos de oro y que no es casado ni tiene mujer ni hijos en esa provincia, ni es conquistador de ella... " ®r..
Traficantes y mercaderes gozaron del fav0r de los gober nantes, quienes al encontrarse necesitados de algún producto español o pretenaiendo mayores bentf1cios eP el corto tiem po que les era dado para su gobierno, hallaban buenos aliados en los profesionales del toma y daca.
Pero, n0 siempre con quistadores y mtrcaderes estuvieron enrrentados; éstos se con virtieron con frecuencia en el apoyo e 1.. onómico de aquella hi dalguía de ultran1ar, hasta el punto dr.. que se puede afirmar que fueron sus fiadores, a pesar de lo� fuertes intereses que, por otro lado, los unían a los dirigentes.
Así, en tiempos del presidente Landecho hallamos palabra& como éstas en boca de los mercaderes, tratando de dc: fender a lo� conquistado res para, de rechazo, poder cobrar sus deudas una vez que éstos hayan obte11ido merced real:
"Sabe que los vecinos de esta ciudad viven pobremente con muchas ne cesidades, porque con las rentas que tien�n no se pueden sustentar, se gún los grandes gastos y lo sabe porqu� es mercader y tiene cuenta con todos ellos y le deben muchos dinerfJE y no los pagan por la ne cesidad que tienen y así les sobrelleva sm necesidades de condolerse con ellos" 36 •
En definitiva, aunque la causa de enemistad entre con quistadores y mercaderes fue, como en otros casos, la enco mienda, en realidad podemos decir "-Jue el functnmento de ella está en la políticJ de los gobernant'=s, quienes usaron el poder a su antojo favoreciendo a unos y perjudicando a. otros, segú n sus intereses y apetencias.
La mayor y más fuerte denuncia contra la arbitrariedad y el nepotismo de los gobernantes la hace e1 conquistador Cristóbal Lobo, quien, en varios documentos (cartas y pro banzas), fechados entre 15 4 9 y 15 5 5, acusa a todos los go bernadores habidos hasta la fecha -Alvarado, Maldonado, Cerrato-y pre�enta poderes de hasta treint8 vecinos y an tiguos pobladores de Guatemala que tenían que haber sido preferidos en la concesión de indios «vacos», anteponiendo aquéllos, en cambio, a sus parientes, 1migos, criados y pania guados.
Los acusa en los si gu ientes términos: "... han procurado de maltratar a los'-1.Ue han servido ul rey, porque ellos no tienen otras nrmas para pedir de com�� sino decir que son conquista dores y por decir esto les tomrtn odio y maltratan st�s personas... " 87 • Y añade que los conquistadores que él representa han sido agra viados por el presidente Cerrato «malctatándo]es con palabras injuriosas y... llamando a los conquistadores robado. res».
En el juiciu de residencia de escc presidente, entre los cargos que se le imputan aparecen distintas ofensas infligidas a los conquistadores: Dejando al n1argen los insultos y acusaciones, así como la personalidad y el temperamento de los individuos, se nos muestran burdan1ente pergeñados los intereses de los gober nantes.
Lo que movía al rey a conceder mercedes a los con quistadores era precisamente la participación el e éstos en la conquista; este hecho predisponía auto1náticamente al mo narca en su favor.
Por el contrario, el mismo hecho movía a ios gobernantes a odiarlos y «maltratar sus personas», ya que las encomiendas que ellos trataban de manejar a su anto jo, repartiéndolas entre sus familiares y amigos > habían de ce der.las por orden real a los conquistadores.
Pero estos documentos a los que! iago referencia, no sólo reflejan el antagonismo entre gobernantes y conquistadores en el aspecto económico, sino también en el soci2.
J. En todos los insultos transcritos se afrenta a la pe1sona del conquistador en su calidad de noble.
Hay, parece, un deseo manifiesto de rebajar la importancia social del grupo de conquistadores, nue vos hidalgos y, en algunos casos, hidalgo de ejecutoria.
Es sig nificativo el hecho de que entre los cargos que resultan contra Cerrato en su juicio de residencia sólo aparecen los insultos y vejaciones infligidos por éste a los conquistadores, mientras que no hay ninguna denuncia de malos tratos a mercaderes, oficios ni, por supuesto, indios.
En este detall{; podemos apre ciar la conciencia de los conquist.adores de pertenecer a un grupo digno de ser respetado por su situación de nobleza («... siendo como es conquistador») y el reconocimiento, diría mos oficial, de esta situación social privilegiada, puesto que no se toman como delitos graves los insultos y vejaciones hechos a otras personas hasta el punto de engr0sar el capítulo de car gos en el juicio <le residencia.
En untt publicación anterior39 consideraba que esta postura de d�sprtcio de ]os gobernantes hacia los conquistadores era el equivalente a ]a competencia social y al desprecio que la noblesse de robe -juristas y le trados-de la Europa de la época hacen y sienten ante una hidalguía empobrecida y decadente; aunque, en el caso de Guatemala, habría que hablar de una hidalguía incipiente, po bre y con el agravante de no tener ejecutorias que la avalen.
Para un presidente de la audiencia, licenciado o doctor, de bería resultar ec_,.., jcsa la primacía social que el conquistador inculto, generalménte pobre y, hasta en algún cnf:o analfabeto, trataba de tenet s(ibre el resto de fo población sólo por el hecho de haber rarticipado en la conquista.
Aunque el presidente Landecho comenzó su mandato (1558) favoreciendo a conquistadores y pobladores antiguos, al final de su gohictno ( 15 61) se le acusa de las mismas faltas que se habían imputado a los presidectes que le precedieron: concesiones de ayudas de costa � parientes y criados, provi sión de corregimtentos y alcaldías mayores a personas recién llegadas a la tierra, «plateros, carpinkros y dt otros oficios, mercaderes y tratantes, «así co1no 1 oficiales de la Audiencia, secretarios, relato res y procuradores»..,...
A principios del último tercio Jd siglo, estando en el gobierno don Antonio González l.On10 presidente (1568-1572) el cerrado grupo de conquistadore� co: nenz6 a establecer la zos de parentesco con otros grupos sodales a través de enla ces matrimoniales que, aunque no estuvieron �ancionados fa vorablemente por aquéllos ni por algunos miembros del go bierno, fueron fomentados por el pres.:dente para beneficiar a sus deudos.
Un encomendero denunc¡a en un memorial los casamientos concertados por don Antonio González: a una sobrina suya, moza de más de treinta años, que llevó con-PILAR SANCHIZ OCHOA sigo; a don Rodrigo, su cuñado, cor. doña Inés Calderón, hija de importante conquistador y encomendero; a su sobri no con doña Beatriz de Escobar, viu<l� del regjdor Francisco López, teniendo ésta más de cincuent& años pero contando con mil quinientos pesos de renta al año; a un primo de su mujer con una,�n1oza rica», hija Je conquistador y encomen dero, Juan de Alba...
El presidente níl dotaba a sus parientes para el. matrimon10, pero «¿qué n1ás dote quieren que en ca sándolos les envía a tasar sus repattimientos y se les acrecien ta, y en cinco o �;eis años les vale más que la dote que él pudiera dar?» 41• Uno de lo• " gobernadores quP. n1�is favoreció a los con quistadores y Su r, descendientes fut� el licenciado Briceño (1570-1573), quien encomendó indic-, en primera vida a los herederos que poseían tales enc01niendas por segunda vida.
Esta actuación del presidente puso en �u contra al fisco real, haciendo que se promoviesen varios pleitos contra sus bene ficiados, puesto que por cédula real se prohibía a los gober nantes encomend�ff indios 42 • Y a a fin de la centuria, los presidentes -Valverde (1578-1587) y Mallén de Rueda (1587-1594)-vuelven a ser acusados por el cabildo de beneficiar en las provisiones de cargos a sus deudos y criados en perjuicio de las personas que estaban nombrad�s para tales cargos 4 � y ios descendientes de conquistadores repiten casi las mi�ma•) frases que años antes salían de boca de sus padres y abuelO!�, en sus continuas que jas contra los gobernantes: Y añaden lo que sus pasados decían: "... hay hijos e hijas y nietos de,;onqui�h, dores que han de ser pre feridos en proveimientos y aprovechamientos para recompensarles los muchos y buenos servicios qu� sus padres hicieron.
Con ellos no se cumple y mueren de hambre por dar el presid"! nte los cargos y aprovechamientos u sus deudos y criados" 44.
Pero los presidentes seguirán acudiendo f. mil ardides e interpretaciones personales de las dispusiciones reales para tra tar de justificar su acostumbrado nepotismo: "... y la ordenanza de esta Audiencia!J.o prohíbe al presidente y oidores en este caso otros deudos más que hijos, yernos, suegros, hermanos y cuñados y de éstos ninguno tengo yo" 45.
PODER Y CONFLICTOS DE AUTORIDAD; GOBERNANTES, ECLESIÁSTICOS, CONQUISTADORES Y COMERCIANTES
Nunca ha existido -ni creo qut' � exista jamásplena concordancia entre io que individu•.Js? gtupos consideran su justo derecho dentro de una sociedad y la fcrma en que se distribuyen en ella riqueza, honor y poder.
La sociedad co lonial de Santiago no constituyó, precis. amente, una excepción PILAR SANCHIZ OCHOA zando los enlaces matrimoniales de aquéllos o sus descen dientes con parientes o protegid"'s suyos.
Pero los conflictos no se reduj�ron al enfrentamiento entre conquistadores y gobernantes.
Diversos grupos e in dividuos frustrados de aquella sociedad se esforzaron por aumentar su parte de gratificación en ella; sus demandas en contraron siempre la resistencia J.e J'-}uéllos que, como los conquistadores, habían establecido previamente sus intereses en relación con la distribución de bienes., honra y prestigio.
Por ello, durante toda la centuria (�iglo XVI) sufrirán ataques del resto de la sociedad, unas veces encubiertos con justifi caciones humanitarias y cristianas -ca�o de los religiosos con respecto a las er: comiendas y el trabajo del indios para con su encomendero--otras, directmnente,, exigiendo sus mis mas prerrogativas económicas y sodales-caso de artesanos y comerciantes-; y... vistos todo.5 e�cos ataques por el con quistador, naturalmente, como una an1tnaza al sistema mismo, al orden social e�tablecido y querido pur la Corona española.
No todos los conflictos, sin embárgo, alcanzaron la mis ma magnitud y algunos se resolvieron de�de ío� ámbitos ofi ciales y legales; esto ocurrió con el disfrute de las encomien das.
Aquellos nu llegaron a las tierras recién conquistadas con el deseo de encontrar nuevos horizontes en la práctica de sus oficios, sino con el ánimo dispuesto a convertirse en señores; por esta razón piden repartimientos dt'. indios y se les conce den, bajo la ame11aza de no practkar �us oficios.
Una vez ob tenidas sus encomiendas, abandonaron sus trabajos y comen zaron a vivir como «caballeros», manteniéndose sólo con los beneficios de estos repartimientos.
Posteriormente, una cédu la real, precedida de protestas varias de la ciudad, manda que se despoje a estos individuos de 10s indios a fin de que se dediquen a sus antiguos oficio).
He aquí como relata el cronista Remesal el conflicto que mi1ntuvo desasistida a la ciudad entre los años 1530 y 1534:
Anuario de EJtudios AmerictM01
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es "Acariciados, pues, y honrados los oficial�s de la ciudad de Santiago, más que otro ninguno del Viejo Munio, dieron las riquezas y hacienda su fruto, que fue entonación y soberbia y de�deñarsfl de lo que antes eran.
El herrero apagó la fragua, el sastre cerró la tienda... el zapatero no conocía las hormas y para sí mismo enviaba pcr zapatos fuera de la ciudad.
El carpintero huía de!a uuela y trataba dr jaeces y caba llos y que otw hiciese las obras de la: iudad y se afrentaba de que le dijesen que h�bía aserrado un nndero.. " "'"• Los oficialc, mecánicos, una vez desposeídos de sus en comiendas, no obstaculizaron los inter 1..!ses de los conquistado res, puesto que, conocido por todos el trabajo que aquéllos desempeñaban, no podían aspirar al srntu� sodal del conquis tador; sólo en algunos casos, por favo;�es realizados a los go bernantes, recibieron las encomiendas o ayudus que debieron estar destinadas f• los conquistadores.
No obstante, éstos no pudieron desterrar la profunda apetencia que afectaba a todos los que llegaban a Guatemala y, yo diría que a todas las J n dias: el ennoblecimiento.
Conquistadores, anti gu os pobladores y sus descendientes se encargaron de controlar, desde que se produjera el conflic to, las ambiciones de artesanos y c.:omLrciantes «de menudo» (pequeños comerciantes) desde sus puestos de cabildo, regu lando sus jornales, los precios de las 1nanufatturas y de los productos que se vendían en los merc�dos de la ciudad, a la vez que mantuvieron el privilegio Je examinar a los nuevos artesanos 47 • El «mercadeo» fue considerada,_. na ocupación indigna por los españole'., importantes de Sattiago en los primeros años de la vida colonial; éstos se encargaron de abastecer la ciudad de trigo, carne de res o de cualquier producto proceden te de sus tributos (adquiridos por servido o en especie) sin ser considerados por. ello mercaderes o tratantes; nunca per dieron el apelativo de encomenderos y su actividad comer- PILAR SANCHIZ OCHOA cial se encubría bajo la justificación eufemística de extra dedi cados a >, españoles y, ya en trado el siglo XVII, mestizos, quienes mantenían tiendas abier tas al püblico, vc: ndiendo no sólo •'J los españoles, sino a indios, mulatos, mestizos e, incluso, negros libres, a los que �urtían de tejidos, huipiles, mantas y cualquier otro artículo n1anufacturado procedente de Oaxaca, Chiapas, Yucatán o Mé•
Sin embargo, las ventas cas.
1 nunca se ren�1zaban de for ma directa; se �stablecían cadenas interminables de vendedo res y revendedorc:s, haciéndose siempre la� transacciones a través de agentes o terceras personas.
Encubiertamente, veci l•OS importantes e incluso miembros de la audiencia y el ra hildo realizaban tratos comerciales para aumentar sus ing�e J; os; aún más, algunos � clérigos se convertían en tratantes y sus actividades comerciales se cernraban directamente en lo., indios, aunque siempre el «trato>> fuese realizado por inter rnediarios servidores suyos (españoles, indios, mestizos y n1u latos).
El comercio, pues, actividad considerada infamante por los conquistadores y antiguos pobladores y 1a que, no obs-48 Los testamentos son una fuente importante para conocet la actividad de estos co merciantes: qué vendían y a quiénes, procedencia de sus productos, deudas, etc.
48.Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es PODER Y CONFLICTOS EN SANTIAGO 29 tante, todos se veían obligados a realizar de forma encubierta para obtener beneficios sin «perder la honr�>>, adquiría im portancia y distinción cuando pasaba de «menudo» a «grueso>> y, sobre todo, cuando se comerciab� �on productos de lujo procedentes de Castilla.
La paulatina desaparición de la� encomiendas y las for.. tunas de estos mercaderes «de grueso» rompió las fuertes barre ras sociales establecidas por el grupo de conquistadores.
An tiguos de tractore-; de aquéllos, en la necesid�d de mantener su «presencia honrosa>> y ya desaparecidas las encomiendas, que habían sido 1notivo de conflict0 entre ambos grupos -por las generosas concesiones que de �nas hicieran los gobernan tes en favor de dichos mercaderes-, los conquistadores tu vieron que pactar con la riqueza para mantener su nobleza, estableciendo alianzas matrimonial�s con aquéllos.
Por me dio de estos matrimonios los desc�ndicntes de conquistadores obtuvieron la base econó�ica sustentadora de «la reputación en que estaban», mientras que los rico� mercaderes consiguie ron añadir a sus saneadas haciendas el prestigio y la notorie dad de los conquistadores-hidalgos guntemaltecos.
Quizás el más fuerte antagonismo que encontraron los conquistadores partiese de los religiosos.
Los frailes lucha ban en buena p�rte por aliviar el férreo yugo que aquéllos d' 1 •,, 1 como en comen �ros, pon1an a os tn(ugenas para su exp otación en benefk;o propio; pero, sus continuas protestas ante d rey y la audiencia no sólo comportan el deseo de prote ger al indio, sino de encubrir sus intereses en conflicto con el resto de poblac16n española por el dominio y el monopolio sobre la persona del indígena.
Parece que 1os religiosos aprov�charon la puesta en prác tica de las Leyes Nuevas para enfrentar a la población indí-6ena con el grupo de conquistadores, a fin de aumentar su propio prestigio entre los indios; aquéllos, por su parte, acu san a los religiosos de engañar en las ta�aciones y de apropiarse de indios y tierras.
En una probanza contra frailes, un testi- go, vecino de Sautiago pero no encomenderu, declara haber visto cómo al ir la audiencia a «contar los indios de los pue blos, los frailes dominicos hacían huír de cien a doscientos de ellos para que así no tuviesen que tributar a S.M. o a los encomenderos»,:.Juedando libres, por ranto, para el aprove chamiento de íos religiosos.
En la m 1 s1na prebanza, un cléri go acusa a los f raíles de «usar tanto poder como el Papa y más que el Rey y su Audiencia, al despojar y expulsar a los clérigos de tierras en las cuales habían sido puestos por el mismo obispo; pnr esta cuestión hube un escandaloso enfren tamiento armado entre clérigos y frJiks 4 �.
Apoyados por sucesivos presidentes de la audiencia, los f raíles no sólo se opusieron a los encornenderns, sino también a los clérigos, a los que intentaron una y otra vez despojarlos de los pueblos de indios que les habfon s�do encomendados para �u evangelización.
En 1553 un provincial de Santo Domingo, fray Tomás de la Torre, escribe al re; solicit�ndo que se ex pulse de los pueblos de doctrina a dichos clérir-os y se permi ta a los religiosos instalarse en ellos.
Las razones que esgrime en su petición s� 1epetirán en boca de los religirn, os: «no hay lustre de policía ni de cristiandad»; « ios clédgo� sólo acuden a los pueblos para aprovecharse de lo� indios y mercadear».
En tiempos del presidente Cerrato, el cabildo de Santia go -constituido por conquistadores y antiguo� pobladores en sus continuas quejas contra el �!'esi<lente, culpa también a los frailes de la s�tuación de despoblaci�5n y pobreza en que se hallaba Guatemala: Sin embargo, tod 1 Js los documentü�; de la época muestran una población dividida en dos facciones: una compuesta por los conquistadores, antiguos pobladores, clérigos y obispos y otra que unía en sus intereses al presidente, miembros de la audien cia y religiosos de diversas órdenes.
El indio, su protección o explotación constituyó la causa apa1• e11te de un conflicto en el que medían sus fuerzas el poder político y el eclesiástico ( obispos-gobernar.-.tes) y en su lucha por imponer su autori dad, apoyaron los intereses de las órdenes reHgiosas (gober nantes) y de los sacerdotes seculares (obispos).
Pero, ¿cuál fue la razón que n1antuvo unidos a conquistadores y eclesiás ticos?
Las prebendas y los beneficios-curatos constituían una buena solución a los problemas-familia�es de índole económi ca; remedio para las madres viudas y las hermanas pobres y por casar.
Y, pa.ca conseguirlos, ser descendientes de conquis tador o poblador antiguo eran méritos más que suficientes 62• Hacia fines del siglo el clero t; ecuiar tenía bajo su tutela mayor cantidad de indios que cualquiera de las órdenes reli giosas asentadas en Guatemala lis.
Poco a poco los clérigos habían ido sustituyendo a los frailes en los pueblos de indios que, a su vez, dejaron de depender de! los encomenderos para pasar a ser tributarios de la Corona.
Ya en 1586, debido a la polémica que durante todo el siglo habían mt: tntenido los de fensores de clérigos y f raíles en relación con el adoctrinamien to de los indios, el rey pide al cabildo secular de Santiago su opinión acerca de esta materia.
S 1 Jrprendentemente, no hay unanimidad en la respuesta: unos úpinan en tavor de los frai- Desde lueg,_,, no es tarea de¡ historiador e1nitir juicios sobre la eficacia y honradez de los clérigos y religiosos de la Guatemala colonial, pero sí explicd: lo� comportamientos y jui cios de los hombres del pasado, acudiendo para ello a las cir cunstancias económicas, sociales y políticas que dirigían sus �cciones y valoraciones.
Es así como podemos comprender por qu é el cabildo secular, años atrás compuesto exclusivan1ente de conquistadores y pobladores antiguos, y defensor entonces del clero secular, �e halle dividido a fin de la centuria respec to a sus opiniones sobre el clero, pues, no hay que olvidar que en estas tardías fechas la mayor parte <le los cargos de cabildo habían sido ocupados por españoles recién llegados de la pe nínsula, sin intereses en la tierra, o por meros vecinos, ca rentes de un pasacio honroso.
Por otra parte, la buena relación mantenida durante años entre gobernantes y religiosos se. �ompe en estos últimos años de la centuria.
Así, curiosamente, la otden religiosa que más favor obtuvo • �n tiempos del presidente Cerrato, los dominicos, caen en desgracb durante la presi,•!encia de Vulverde rm.
¿ Qu é había ocurrido p�ta cambiar la actitud de los gobernantes res pecto a los dominicos?
Estos, ensoberbecidos por la fuerza y razón de fray Bartolomé de las Casas ante la Corona, des ¡.., reciaban a las autoridades civiles, haciendo oídos sordos a sus n, andamientos y recomendaciones, actuando libremente en los pueblos a ellos encomendados para; �u -evangelización y toman do las atribuciones de aquéllas.
De la nueva situación y las nueva" alianzas, quienes, des de luego, no se beneficiaron fueron los indics; pues, si no
habían de servir y tributar al enco1nendero, a"t fraile, al cléri go o a todos iuntos, tenían sobre sus espaldas el mantenimien to del presidente, oidores, alcaldes ordinarios, corregidores, alcaldes mayores, de la Mesta, de la Hermandad...
Y, en res puesta a estas presiones, los indio� abandonaban sus milpas, �us casas y sus comunidades, pasando a aumentar el número de mendigos y vagabundos que pululaban por la ciudaa y sus alrededores M. Por otra parte, las diferencias y enfrentamien tos que las distintas órdenes religiosus mantuvieron entre sí y con los sacerdotes seculares, -� _, nsecuencia de la lucha por mantener el control sobre los indios-les llevó a posiciones contrapuestas en la transmisión oblación tenían c,1mo causa el no haber sido tratados unos y ¿otros de acuerdo,:on la «calidad de sus per �onas».
Así, unos pecan por exceso, atribuyéndose el trata iniento de señorías, como es el caso de los alcaldes y regi dores del cabildo, r; \ y otros lo hacen por defecto, natural mente, en su tratamiento a los otros.
Cientos y cientos de pa- peles, pleitos interminables se promovieron por no guardar Je las preeminencias que con ciertas personas se debían: un sitio especial en la catedral, en la� procesione� 0 festejos, no llamar a otro de «Don», o saludat incorrectamente...
Es di fícil a la mentalidad del siglo veiute llegar a comprender la gravedad de tales delitos; pero, si pensamos que en aquella época se era lo que se mostraba y decía ser con el refrendo, naturalmente, del resto de la sociedad, podtemos entender mejor la importancia de tales hechos.
Para finalizar este breve análisis de los conflictos susci tados en la Guatemala del siglo XVI, así como �us causas, nada mejor que acudir a la exposición que el oidcr Tomás L6pez hace de los defectos que aquejaban a aquella sociedad:, |
mas y dinámica operativa 2, a quienes nos referiremos en ade lante.
AREAS COSTERAS DEL CARIBE y ANTILLAS
En la o. rganización espacial llel tráfico comercial entre los dos continentes, se estableció un escal0íiamiento desde los primeros viaies, interviniendo, pcr un lado, los conoci mientos geográficos -cada vez mayores-y, por otro, loe; elementos técnicos necesarios para el transporte desde el dones que llegaban a esos mismos puertos.
Además de Ias rutas, la circulaci6n come1cial estaba con dicionada por los puntos de origen, escalas y final de los via jes, regulados por la legislación correspondiente y, en otros casos, consolidados por la costumbre o por fo� facilidades de los puertos concretos.
Así hubo abandono de puertos que no eran operativos, otros crecieron como centros receptores de las producciones del interior, influyendo también la importan cia de las rutas terrestres para la distribución de las importa ciones que llegaba a esos mismos puertos.
En la península, por exigencia monopolística de la Co rona, se centr6 eil tráfico en el put! rto de Sevilla�\ con algu nas concesiones temporales para o�ros puertos peninsulares y muy especialmente a las islas Canarias 4 • Los primeros puertos del Nuevo Mundo, localizados t�n las Antillas, coincidían con los centros más poblados, como 2 Nos hemos referido a distintos aspectos de este tema en anterb1• es trabajos.
Río M0 reno, Justo L. del y L6pcz y Sebastián, Lorenzo E.: El comercio azucarero de la Española en el siglo XVI.
Presi6n monopolística y alternativas locales.
Río Moreno, Justo L. del y L6pez Sebastián, Lorenzo E.: El tráfico a1.ucarero antillano tn el. siglo XVI: el mflrco legal y la expectativa local.
«Actas del Tercer Seminario Internacional.
Producci6n y comercio del azúcar de cafia en �poca prcindustriali..
La producción económica tiene como destino inmediato la afluencia de bienes a los tnercados, desde les que se inicia la distribución proporcionando una • \ede de beneficios en cada uno de los eslabones que van de un extre1no al otro de la ca dena, premiando la actividad comercial ejercida por los agen tes que efectúan operaciones de inversión� transporte y alma cenamiento sobre los productos ya �nanufacturados, que cons tituyen en conjunto uno de los aspectos más lucrativos de la actividad econón1ícn.
El azúcar fue uno de los ptoductos más apreciados entre los que llegaban desde las nuevas tiertas, una vez que se im plantó y desarrolló su producción c11 elbs.
Fue tan importante que definió áreas especializadas, n�ereci�ndo gr2n atención por parte de la Corona que, interesada en la consoH¿aci6n de las primeras colonizaciones, no dudó en proteger su producción y circulación, aunque resultara gravoso para la Real Hacienda
En el área antillana se impfantcí la primera industria azucarera de América y, por mucho tiempo, su comercio se limitó a los azúca1es y cueros, comple1.11entadc,s posteriormen te con produccione� menores, co.ntrapktrtida de los producto� que llegaban de Europa, además de los capitales necesarios para la implementación de la citadJ industria.
Será precisamente a estos agentes intermedios, que posi bilitaron el tráfic_o, con sus estrategivs, asimdaci6n de nor-COMERCIO Y TRANSPORTE EN EL S. XVI 3 sucedió en el caso de Santo Domingo, capital de la Españo la, tras el práctko abandono para la actividad comercial de c. tras ciudades en el centro d� la isla.
Fueron importantes en �a isla de Puerto Rico, los de San Juan y San Germán; en Jamaica, Sevilla la Nueva y Oristán; e.:n Cuba, el de Santiago y, más tardíamente La Habana.
Los puertos mencionados -que no pretenden ser una l�s ta completa-, f.xceptuando el caso de Cuba, debieron su desarrollo al relevo o sustitución de la extracción minera por Lt industria azucarera, que produjo una decadencia paralela Je los principales pueblos mineros.
Este desarrollo se debió a la drcunstancia de ser dichos ¡. mertos las ciudades más pobladas y, por lo tanto, mercado inmediato de las importaciones, a3Í como a la mayor necesi dad de tonelaje que los productos exportados, azúcares y cue ros,.requerían -en cuanto a su volumen-con respecto a ]os metales preciosos.
Es decir, si anAlizan1os la localización geo gráfica de la mayor parte• de los centros productores de azúcar, observaremos que casi todos ellos se encontraban situados en las cercanías de los puertos m;-trítimos.
Es más, el cam bio de economía, de la extracción aurífera a ki industria azu carera, trajo consigo un desplaza1niento paralelo de los luga res de concentración de bienes económicos.
En el tránsito de la década Je 1510 a fo de 1520 asis timos al abandono casi repentino del interiot de la Española y Puerto Rico, desarrollándose la 1nayor parte de la actividad económica en los valles y terrazas costeros.
La consecuencia in mediata fue la rápiáa desaparición de los caminos interiores, supliendo la navegación de cabotaje a la comunicación dentro de las mismas isias.
Podemos ded r que el azúcar impuso la costa sobre el interior minero, aunque no debe entenderse nuestra afirmación cie forma tajante, pues advertimos que las tierras más alejadas de los puertos quedaron aprovechadas por una próspera ganadería.
En el área circuncaribe continental, los puertos princi pales en la primera mitad del siglo XVI, fueron Veracruz, Burburata.
El d� Santa María de 1 a Antigua fue importante por tratarse del primer puerto continental en el que existió una compañía mercantil dedicada al azúcar, aunque no por el volumen de su comercio.
Sin duda alguna, el muelle qu� capitalizó lo. n1ayor parte de las exportaciones continentales fue Vetacruz, en lo relati vo al tráfico azuLarero.
Hacia esta ciudad portuaria bascula ban las producciones de los inget1: os instalados en sus cer canías, así como en las regiones de Puebla y Tuxtla.!\1uchos de los puertos citados m�ntuvieron importantes relaciones comercia1es con los antillanos ya mencionados, es pecialmente al principio de la colonización, pues hasta conse guir la autosuficiencia dependieron de las islas para su apro visionamiento.
El desarrollo de hs nuevas tierras, el incre mento de la población y de sus necesidades, así como la ma yor productividaJ de estas tierras, hicieron que dos de los puertos continentales señalados, Vei-acn1z y Nombre de Dios, fueran los destinos de las flotas, perjudicando con ello sensi blemente a los de la Española, Puerto Rico y Jamaica, que quedaron relegados; en tanto qu� el de La Habana, escala obligada en la ruta, se convertfa en el puert<' principal del tráfico.
En cuanto a las rutas, recordemos algun&� ideas básicas: los viajes de ida se hacían aprovechando la fuerza de los ali �ios, que obligaban a una primera escala en las islas Canarias.
Desde allí se llegaba a las Antilla:, Menores, entrada al Cari be, dirigiéndose los navíos a sus respectivos puntos de desti no en las Antilla� Mayores, continuJndo otro� hacia Veracruz y Honduras, o bien hacia Nombre 3e Dios bordeando Tierra Firme.
Los viajes de regreso se hacfan por la ruta septentrional, pero procurando salir antes de mediados de agosto, para evitar d riesgo de huracanes en las zonas calmas; cruzaban las Ba hamas, siguiendo hasta las Azores, aunque a veces se llegaba La comerciaUzación del azú: ar seguía unu serie de paso::; que, con ligeras variaciones según los casos, en términos ge nerales podemos decir que compr�ndfan lo� que señalamo.;; a continuación.
En teoría, eí proceso se inicinba �on el rransporte desde el propio ingenio hasta el puerto c�e embarque, donde se al macenaban las p�I.rtidas hasta tenc, carga suficiente para un navío o a la espt.ra de su llegada.
Era en este punto donde se iniciaba propiamente la export�d6n, bien directa o por transmisión a mercaderes, establedéndose acuerdos con na vieros y maestres para ajustar los fl,• •tes o gastos del transporte.
Estibada la carga, la responsabilidad de ella recaía sobre d maestre, quien había de responder ante los aseguradores en caso de siniestro, pues los titulat�s del registro solían preo cuparse de asegurar el valor de �lls mercancías.
Cuando el buque navegaba en régimen de flota, la protección naval re glamentada imponía un nuevo gast,J sobre el valor de las mer• candas mediante la avería tl.
Una vez qu� el buque atracaha en el puerto sevillano de las Muelas, las cajas de azúcar comf�nzahan un nuevo recorrido que, escalonadamente, incrementaba su precio.
Se iniciaba con la visita de los oficiales de la Casa de la Contratación que com probaban el registro y, a partir 1e 1543, determinaban la Las cantidades devengadas a lo largo del proceso, se c:o rresponden con una serie de operaciones realizadas con los azúcares.
Una vez llegados a Sevilla, los grandes mayoristas distribuían a mjnoristas tales como boticarios, confiteros y refinadores7; a veces, las transacciones se llevaban a cabo entre.factores o financieros, con azúcares que aún no habían salido de las Antillas, creando una auténtica trama económi ca sobre bienes invisibles.
A Sevilla ll? gaban mercaderes de toda Andalucía, quie nes habían adquirido ya el azúcar en Santo Domingo o Puer to Rico, a través de algún factor o compañero, o bien adqui rían en el puert� bético la preciada mercancía para su redis tribución por los mercados locales que controlaban, ya fuese en otras ciudades de la misma Andalucía, Castilla o distintas urbes del Mediterráneo, Atlántico, Báltico y resto de Europa.
Conocemos el caso de dos genoveses, residentes en Málaga y Sevilla respecti\•amente, que formaron compañía con objeto de adquirir azúcar en América para llevarla a puertos italia nos 8, pero fueron muchas las sociedades constituidas con este fin.
Vamos a exponer seguidamente un caso concreto, que ilustra gran parte del proceso anunciado, de cuyo análisis po demos deducir las apreciaciones del producto, los gastos y márgenes de beneficio que acompañaron su trayectoria desde el productor hasta el minorista.
En 1542, Hernando Gorjón, señor de ingenio de la Es pañola, envió a Pedro de V e lasco, su factor en Sevilla, diez cajas de azúcar con un peso total de 130,5 arrobas, cuya ca lidad desconocemos pues no aparece en el documento.
El camino que siguieron estas cajas, a las que acompa ñaban 52 cueros, lo podemos reconstruir a partir de los su cesivos incrementos, calculados en maravedís, que supuso la comercialización final, desglosada de la manera si gu iente: A las difere.ncias de precio hay que añadir las del peso final de los azúcares, que en la última venta fue de 125 arro bas y diez libras de «azúcar de pilón», compradas por el con fitero Fernando de Salamanca, a razón de 650 maravedís la arroba, con un importe total de 81.510 maravedís.
Por tan to, cada arroba tuvo un coste de comercialización aproxima do de 90 maravedís.
Si queremoc, establecer el precio por arroba de la mer cancía en Santo Domingo, habremos de restar el valor de los sucesivos increm,�ntos comerciales, establecidos en 90 marave dís por arroba, al precio final de 650 maravedís por arroba que pagó el último comprador, resultando el precio de salida de la mercancía en Santo Domingo en 540 maravedís por arroba9
• Antes de crnJtinuar, hemos de advertir que el ejemplo pro puesto hace referencia a la venta al por mayor en la Lonja de Sevilla, sin incluir las transacciones previas en la Española, L. E. LÓPEZ Y S. Y J. DEL RÍO MORENO que eran muy frecuentes, los gastos de transporte interior en la isla y el almacénaje en Santo Domingo.
Además, finalizada la transmisión del mayorista, se iniciaba un proceso de venta al detall que, siendo muy complejo, tampoco recogemos en el caso expuesto.
Nos limitamos el proceso de puerto a puerto, entre continentes, correspondiendo el primer incremento al transporte marítimo y, sucesivamente, al transporte del puer... to de la. s Muelas J la Lonja, a la ocupación de Lonja, comisio nes, seguros-impuesto y venta.
El proceso final de la industria azucarera concluía con la obtención del azúcar cristalizado y los subproductos que ge• neraba dicho proceso.
Las calidades eran diversas, recibien do un nombre e�pecífico, y teniendo lógicamente un valor dis tinto en el mercado.
El pan de azúcar se dividía en cinco partes, con nombre propio cada una Je ellas, atendiendo al grado de pureza o acu mulación de impurezas.
De esta forma, los nombres de cada tipo eran: «blanco» o «lealdado», «quebrado», «mascabado», «espumas» y «panelas».
El « blanco>> se consideraba con un grado de pureza del 100%.
El «quebrado» contenía un 25% de impurezas, equi valiendo al 75% de «lealdado» o «blanco».
El «mascabado>> llevaba un 3 3 % aproximadamente de impurezas.
Las «espu mas» y >, de donde este a: lúcar recibía el nombre de «mascabado».
La parte inferior del corte de «mascabado» se llamaba «ogucho» y era separada Je aquel para un nuevo procesamiento.
Los terrones del «marcabado» se quebraban sobre un toldo, para facilitar su secado, recibiendo este azúcar el nombre de «que brado»
La reputación de los azúcares exportados cesde la Es pañola, siempre preocupó a los órganos de gobierno locales.
Valga como ejemplo la petición que hacían los cabildos de la isla en 1521, señalando la conveniencia de implantar el cargo de lealdador para fiscalizar la calidad de las exportaciones.
Nos sugiere esta propuesta que, en los primeros años, debía ser grande el descontrol en la peritación de la riqueza de lo3 azúcares.
Abonando esta idea la súplica al rey, hecha el 30 de enero de aquel �ño, en la que pedían estos nombramientos «porque el azúcar que desta isla saliere sea tal que conviene y questos lealdadores y oficiales sean puestos por los cabil dos e de 1 p ersona•, conocidas y sin sospecha que a ellos les pa resca... »
El estado de los azúcares obtenidos, que podían ser só lidos o fluidos, determinaba el tipo y tamaño de envase, uno de los elementos principales en el transporte, llegando su im portancia a tal punto que la calidad de aquellos puede dedu cirse a través de la documentación según el envase que los contenía.
El sistema de envasado comprendía una serie de opera ciones, la primer!l de las cuales consistía en secar al sol tanto el azúcar como! os propios envases; cuando ambos estaban secos, cada envnse era pesado individualme nte, después de asignarle un número.
A continuación, los azúcares eran in troducidos, poniendo sucesivas capas -que prensaban los es clavos-y finalmente, se colocaba, clavaba y precintaba la ta pa.
Para aislar el •azúcar de la madera de las cajas, éstas eran recubiertas de papel y, posteriormente, se cosía antes de ce-L.
E. LÓPEZ Y S. Y J. DEL RÍO MORENO rrarse el recipiente, con la intención de aislar el contenido de la humedad todo lo posible.
Cada señor de ingenio tenía su propia marca y ésta se ponía en las cajas para identificarlas, anotándose en los re gistros de embarque quién era el cargador, a quién iba des tinada la mercaccía, cuántos recipientes eran y el peso en arrobas de azúcar que contenía cada uno.
Era •normal que se pesaran tanto a la salida, por el ex portador, que así controlaba el envío y además c-alculaba los derechos de flete; como a la llegada, por el destinatario, para efectuar el pago 1 1e la mercancía o la comprobación de su peso, si el primer consignatario era un factor o miembro de com - pañía establecido en Sevilla, pues tenía que rendir cuentas al remitente, justificando el precio final del producto y la cantidad percibid� por él.
El peso de una caja de azúcar «lealdado» oscilaba entre 12 y 14 arrobas; las cajas de «quebrados» con tenían 21 ó 2 2. arrobas, mientra� que los cuartos(barriles) podían transportar azúcares «<quebrados», «mascabados», «espumas» o «pane las» y solían pesar entre 28 y 32 arrobas, dependiendo de ] a calidad del azúcar que contenían.
Como toda cuestión de medida, la imprecisión, contra dicciones y difkuitades para establecer cálculos concretos e.; grande.
A pesar de ello, hemos intentado cuantificar y obte• nido unos resultados preliminares que podemos desglosar de la siguiente manl�ra: Otro aspecto importante que hemos tenido en cuenta ha sido la asociación entre envase y tipo de azúcar, pues no siem pre el segundo aparece especificado en la documentación, por lo que las deducdones son muy teóricas y, por lo tanto, pen dientes de verificación, si encontramos documentos que la permitan.
De las cons,.deraciones anteriores se deduce que, en el caso de Santo D0mingo, no existió uniformidad en los pesos correspondientes a cada envase, lo que presumiblemente indi ca dimensiones distintas en los mismos, aunque este punto no aparece reflejéido en los documentos, ni hemos hallado una asociación suficientemente clara entre los tipo3 de azúcar y los envases a los que hemos hecho referencia.
En el comercio del azúcar era frecuente el deterioro de L-1 carga, los naufragios, los robos y distintas prácticas defrtlU datorias.
Son n1últiples los casos que conocemos de pleitos y disputas por engaños en los pesos, consecuencia de la im precisión, ya señalada, tanto en los contenidos y envases como en las calidades del azúcar, originando dichos pleitos múlti ples interrogatorios a testigos expertos, tanto en la confección de cajas y barriles como en la determinación de las calidades de los azúcares.
Las inform�ciones proporcionadas por los pleitos, son es pecialmente ricas en los casos de extravíos de cargas o pérdi das causadas por naufragio y ataques piráticos.
A veces, en lo relativo a calidad; era aún más frecuente el engaño puro y sim ple, como puede verse por lo que sucedió a Diego Rodríguez, quien recibió una caja de azúcar de «panelas» como si fuera azúcar <<mascabado», de mucho más valor, apeíándose al pe ri taje del mercader de azúcar sevillano Antonio de Toro Como vemos, la determinación de calidades representa uno de los problemas pendientes para el conocimiento del co mercio azucarero, en tanto que la determinación rigurosa de la capacidad de los envases y el peso de los azúcares, permi tirán una cuantificación más exacta que la posible hasta ahora.
Las modalidades del mercado azucarero de Santo Domingo podemos agruparlas en dos apartados previos.
El primero, de carácter estrictan1cnte local y distribución interna, tenía una escasa importanciF en el movimiento económico externo de la isla.
Todos los s�hores de ingenio tenían alguna participación en él, siendo la especialidad de los productos menos impor tantes, quienes carecían de recursos financieros, y los que no estaban endeudados con el exterior.
Un segundo apartado, que es el que nos interesa anali• zar en la presentt� ocasión, es el constituido por los exporta dores, que para la comercializaci6n de su produ: to dependían del exterior y en función de las peculiaridades Je cada produc tor o empresario, obligan a una división en cuanto a su com portamiento en d mercado de azúcares, que podemos resu• mir en estos cinco tipos básicos:
Señore� de ingenio con posibilidades financieras su ficientes, no endeudados y que contaban con factor en Sevilla.
Señores de ingenio sin recursos financieros o con Jeudas exteriores, que amortizaban con azúcares ouesto� en Sevilla.
Señores de ingenio con deudas interiores, que sa tisfacían con el mismo producto a los mercaderes acreedores radicados en Santo Domingo, quienes se convertían automáticamente en intermediarios de la exportación.
4) Señores de ingenio que constituían compañías o for maban parte de sociedades comerciales en funcio namiet to.
5) Interrr1ediarios mayoristas, que acumulaban considerabbs cantidades de azúcar en la propia isla, ex portándola mediante cualquiera de las fórmulas an - teriores, y que intervenían por tanto, e• n el proceso de comercializaci6n pero no en el de producción.
Pasamos a continuación a estudiar los principales tipos an teriores, aunque las f armas de operar de cada uno de ellos eran muy diversas y no hemos de pensar en grupos homogéneos y rígidos en sus c: omportamientos comerciales.
Concretaremos nuestras referencias a los tres tipos principales.
El número de señores de ingenio con capacidad económi ca suficiente, para comercializar ellos mismos sus produccio nes, fue muy reducido desde los primeros años.
Durante la década de 1520 contamos con un grupo im portante de señores de ingenio que exportaban directamente, aunque su núme10 se redujo a medida que nos acercamos al decenio siguiente.
Los principales productores de este grupo fueron: Juan de Villoría, Benito de Astorga, el secretario Diego Caballero, Lope de Bardecí, Esteban Justinian, Fran cisco de Ceballos, Fernando de Illescas, Francisco de Tapia, d tesorero Esteban de Pasamonte y la virreina doña María de Toledo, viuda de Diego Colón.
Estos diez nombres co rresponden a los úriicos señores de ingenio que encontramos en una larga lista con más de doscientos cincuenta exportado res.
Sin embargo, es muy probable que más de la mitad de los diez nombres citados enviaran los cargamentos a Sevilla para resarcir deudas pendientes.
Entre 1530 y 1550 se produce un doble fenómeno que A medida que nos adentramos en el siglo, desaparece la figura del produc. tor-exportador, quedando toda la comercia.. lización en mano5 de compañías comerciales más fuertes.
PRODUCTORES ENDEUDADOS QUE PAGAN EN AZÚCAR
La práctica del pago de los préstamos en azúcar tenía sus precedentes en la implantación de la industria azucarera canaria y se recogía en algunas ordenanzas como, por ejemplo, en las del concejo de Gran Canaria, que establecían distintas restricciones, tale� como las reventas -penadas con la pér dida de la merc2ncía-, pues se intentaba obstaculizar la es• peculación, procurando la exportación directa de! os azúcares
En los caso� de Santo Domingo y Puerto Rico, mucha.
En este grupo encontramos a azucareros como Diego Gar cía de Aguilar, señor de ingenio, que remitía a Sevilla a nom-bre de sus acreeJores burgaleses, cinco cajas de azúcar «blan co lealdado>> con 69 arrobas, siendo el riesgo a cuenta de la compañía, por t. r-atarse de deudas; también se hacían cargo del flete, cuyo importe ascendía a 635 maravedís por caja 16
Otras veces, el azúcar no era para pagar deudas, sino para sufragar la adquisición de encargos hechos por los isle ños.
Así sucedió con los guadamecíes que pidió Francisco Tos tado a Lorenzo Vivaldo y Juan Bautista Pinelo, para los que les remitió un barril de azúcar «mascabado» cuyo valor en Sevilla fue de 1 O.200 maravedís 17
Según corría el siglo, fue aumentando el.número de per sonas que intervenían en el comercio azucarero sin moverse de Sevilla, es decir, fuera de compañías o de intervención en el proceso de producción del azúcar; sencillamente, encargaban a maestres y miembros de la marinería su adquisición en San to Domingo o Puerto Rico 18• Paralelamente, asistimos a un fenómeno rle pérdida del control de los fletes por parte de los productores y poblado res antillanos, consiguiendo y encargando el transporte desde la ciudad de Sevilla aquellas compañías o mercaderes más vin culados al tráfico azucarero, que pretendían asegurarse el re torno de determinadas cantidades de azúcar.
La mayor parte de las personas que intervenían en el comercio azucarero estaban vinculadas entre sí mediante acuer dos económicos, tales como la compañía.
Aunque no preten demos entrar en detalles, por la gran diversidad de posibili dades que ofrece el estudio de esta forma de participación en el comercio, vamos a caracterizar sus formas más elementales, Sin duda, la principal sociedad local estaba constituida por Alvaro Caballero y sus dos tíos, Diego y Alonso.
T ene mas datos que corroboran la constitución de la compañía ya a mediados de la década de 1520; a fines de este decenio la sociedad intervenía en distintos negocios esclavistas, ganade ros, en empresas de conquista y practicaba el comercio inter regional en todo el Caribe con las producciones de sus nu merosos hatos ganaderos.
Pero, nos interesa resaltar la co.. mercialización de los azúcares producidos en sus propios in genios, a los que añadía la mayor parte de las elaboraciones de San Juan de la Maguana -las de más calidad de toda la Española-, que en conjunto exportaba a Sevilla y desde esta ciudad a Flandes.
En 1530 Diego Caballero disponía de sus propios navíos, entre los que estaban las carabelas San Juan y Santa Cruz
Las compañías no tenían siempre un carácter tan fami liar, ni contaban con los medios de los Caballero.
Podemos agrupar en tres modalidades las sociedades constituidas en las Antillas a lo largo del siglo XVI.
El primer grupo estaba for mado por productores y comerciantes con residencia en las islas, con intereses semejantes en el comercio azucarero.
Un segundo grupo, el más importante, lo constituían las socie dades sevillanas o extranjeras con residencia en Sevilla, que invertían parte de sus cuantiosas ganancias en ingenios azuca reros de las islas, diversificando sus negocios e interviniendo en la producción.
Por último, estaban las compañías mercan tiles dedicadas estrictamente al comercio, con factores en las islas, que constituyen la forma más convencional de <:om-_,, pan1a.
Entre las compañías comerciales formadas por mercade res sevillanos con factor en Santo Domingo, conocemos dis tintos ejemplos que nos sirven para definir las pautas de com-portamiento mercantil de sus componentes.
Estas sociedades exportaban a Santo Domingo y Puerto Rico ropas y otras mercancías que vendían o trocaban por azúcares.
Con el trans curso de los años y el encarecimiento de los fletes, se fueron haciendo selectivos en cuanto a las calidades del azúcar que co mercializaban, ya que los derechos de transpo.rte se calcula ban sobre peso y volumen y no sobre valor o calidad.
Cuando los factores o los socios sevillanos de las com pañías eran activos y emprendedores, aseguraban los pedidos antes de solicitarlos a las Antillas, siendo frecuente que los corresponsales antillanos actuaran por encargo para satisfa cer los compromisos contraídos en la Península.
Ilustra per fectamente este caso el de la sociedad formada por Pedro de Tamayo en Sevilla y Pedro Ruiz en Santo Domingo20• En la intervención de las compañías resultaba determi nante el contacto y la comunicación entre sus miembros a uno y otro lado del Atlántico, pues así contaban con la ne cesaria información sobre precios, demandas del 1nercado, prác ticas mercantiles a emplear, posibles inversiones y sobre todo, podían orientar éstas a la compra de mercancías -como el azúcar-de fácil venta y rápidas ganancias en la Península, sin asu1nir los riesgos de otras inversiones mercantiles.
AGENTES DE LA NAVEGACIÓN COMERCIAL
En Sevilla había al menos cuatro tipos de profesionales relacionados con el comercio antillano.
En primer lugar, y con mayor importancia, estaban los mercaderes, quienes nor malmente enviaban productos peninsulares o europeos e in vertían parte de sus beneficios en productos locales que co mercializaban desde Sevilla.
Por las peculiaridades del mer cado antillano podemos diferencias tres subgrupos: los que traficaban con bienes de consumo, los esclavistas que surtía n de mano de obra al mercado antillano y los financieros o pres tamistas, que exportaban capital para su inversión en inge nios azucareros.
Un segundo grupo lo constituían los almacenistas, con infraestructura y capital suficientes para la venta al por mayor, que suministraban carga o participaban de algún 1nodo en los negocios qu� efectuaban en las Antillas los mercaderes del grupo anterior.
En tercer lugar estaban los tratantes, frecuentemente me ros comisionistas, factores o corredores, cuya actividad era in termedia entre las correspondientes a los grupos anteriores, actuando como agentes comerciales.
Por último, estaban los tenderos, minoristas dedicadoc; a la venta al público, que ocasionalmente enviaban algún car gamento a las Antillas, proveían a viajeros y cumplían peque ños encargos de residentes en las islas.
Los grupos descritos se engrosaron con las propias gen tes de mar, capitanes, maestres, pilotos y hasta la misma ma rinería, que a veces se reservaban parte de la capacidad del buque, comerciaban con su trabajo o invertían las ganancias en productos antillanos que vendían a su regreso, siendo el volumen de su actividad económica muy apreciable por el número de ellos.
En las Antillas, y concretamente en la Española y Puer to Rico, intervenían en el comercio con Sevilla los siguientes grupos:
Mercaderes que vivían en Santo Domingo o San Juan de Puerto Rico como almacenistas o mayoristas y enviaban o llevaban sus productos a Sevilla para la venta.
Pasajeros y gente de mar que volvían a España en la� flotas.
Tenderos o minoristas, que acumulaban sus ganancias en azúcar y exportaban directamente dicho azúcar, o lo ven dían a mayoristas exportadores en circunstancias de merca do favorable para obtener un beneficio máximo.
Señores de ingenio que comercializaban • 3u propia pro-ducción, con destino a la venta o al resarcimiento de deuda" en la península.
Por último, factores o encomenderos!!], que de forma permanente en el primer caso y esporádica en el segundo, re cibían órdenes de compra desde Sevilla, por cuenta de la� compañías en el caso de los factores y de particulares o aso ciaciones informales en el caso de los encomenderos.
Estos grupos generaban una serie de vínculos mercanti les, que a efectos de exposición breve, podemos sintetizar en los que siguen.
La forma más utilizada fue la compañía, normalmente entre dos o tres socios que participaban en las ganancias, en función del capital que invirtieran.
Lo habitual fue que un o de ellos actuara de factor en las Islas y otro u otros lo hicie ran como exportadores y receptores en Sevilla.
Los miembros de compañías podían tener un vínculo fa miliar, profesional o de intereses económicos.
Las �sociaciones podfan ser ocasio nales, para un negocio único, o establecerse con mayor dura ción, que solía ser de tres años.
Otra forma de asociación era la denominada «encomien da>>, acuerdo establecido entre dos individuos, uno que per manecía en el lugar de embarque y otro que se desplazaba con las mercancías.
Estos convenios admitían dos formas de remuneración, percibiendo el encomendero un sueldo o can tidad fija o bien un porcentaje de las ganancias.
El tercer tipo de vínculo económico era el de la «facto ría», pudiendo efectuarse con múltiples combinaciones.
En los primeros años, estos «factores» ocasionales se compro metían para un único viaje de ida y vuelta.
Con posterioridad, tras el establecimiento de compañías más duraderas, los «fac tores» pasaron a ser permanentes.
Sin embargo, el papel de sempeñado por los primitivos «factores», lo cumplieron con posterioridad maestres y tripulantes de los barcos que llega ban a las Islas.
L. E. LÓPEZ Y S. Y J. DEL RÍO MORENO EL SISTEMA COMERCIAL DE NAVÍOS SUELTOS
En el comercio antillano del siglo XVI, y en el america no en general, hay dos períodos o épocas bien diferenciadas.
La primera se caracterizó por un transporte individual, con la única condición de utilizar el puerto de Sevilla como pun to de partida y destino final.
Esta primera época ha sido definida por la historiografía americanista como de un trans porte orientado por los intereses particulares, cuando no por el capricho de mercaderes y maestres, cuyos efectos princi pales fueron la poca fluidez, la irregularidad en los viajes y la falta de protección de los buques y cargamentos.
Sin embargo, analizando las fuentes documentales, la primera impresión obtenida, nos induce a cuestionar esta afir mación, a no ser que se maticen muchos aspectos, aún por estudiar, y desde luego, en lo relativo a la isla Española es tamos en disposición de afirmar lo contrario.
La expansión conquistadora hacia el continente provo có un aumento de la demanda y, por tanto, del tráfico, a la vez que la necesidad de asegurar las cargas.
Muchas veces estas cargas fueron suministro vital para los nuevos coloni zadores, a la vez que fuente de recuperación en productos americanos, que regresaban como pago de las mismas, espe - cialmente importantes cuando se trataba de metales preciosos.
A veces, lo que regresaba en concepto de compensación de los productos importados en América, eran azúcares, que no tuvieron el valor ni despertaron el mismo interés que el oro y la plata, lo que afectó decisivamente a los medios de transporte dedicados a su circulación.
Para evitar las frecuentes pérdidas ocasionadas por ata ques de piratas y corsarios 22, especialmente intensos en los continuos períodos de guerra, y más arriesgados cuanto más valiosos eran los cargamentos, la Corona se preocupó del con trol del estado de los buques, de la protección de éstos y de regular las condiciones en las que se efectuaba el tráfico ma rítimo.
Así entramos en el segundo período del comercio en el siglo XVI, conocido por la sistematización del tráfico mer cantil mediante flotas protegidas por armadas, asegurando una mayor regularidad en dicho comercio.
A pesar de las ventajas que el nuevo sistema aportaría, en términos de seguridad y regularidad, nunca llegó a evitar que continuara practicándose el comercio mediante navíos suel tos, que constituyó una alternativa para las islas antillanas.
Con excepción de Cuba, todas pasaron de ser centros impor tantes a zonas periféricas y sufrieron un fuerte decaimiento de sus puertos principales, todo en función de Jas nuevas eta pas establecidas en los derroteros de las rutas comerciales.
Para regularizar el tráfico marítimo -aplicando los co nocimientos cartográficos, climatológicos y navales acumulados hasta entonces-a la vez que asegurar la protecci6n de los cargamentos -objeto de ataque de piratas y corsarios cada vez con mayor frecuencia-en los viajes de regreso, asf como para fiscalizar la entrada de los productos más valiosos y cus todiar el tesoro de la Real Hacienda, surgió la necesidad de establecer unas normas mínimas • que hicieran posible tales objetivos.
Los riesgos aumentaban en épocas de abiertas hostilida des con potencias europeas, desde el principio de la coloniza ci6n, apareciendo las primeras iniciativas para asegurar la tra vesía en 1521.
En dicho año se constituy6 una armada para vigilar el espacio marítimo que separaba las Azores de San lúcar de Barrameda y Cádiz.
La solución no fue eficaz, por-
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es que los piratas siempre encontraban barcos sueltos, que con tinuaban partiendo aisladamente de América, constituyendo pa ra ellos fáciles presas.
Veinte años de experiencia y pérdidas, junto a la am pliación de las áreas marítimas en las que operaban los cor sarios y piratas, hicieron que la Corona optara por proteger durante el yiaje a los buques que partían de Sevilla, así como en su regreso, solución que implicaba su agrupamiento en flotas23 • A consecuencia de la guerra iniciada con Francia, el li cenciado Gregorio López, miembro del Consejo de Indias, re cibió el encargo de elaborar una ordenanza reguladora de los aspectos defensivos del comercio.
En agosto de 1543 se pro mulgó dicha ordenanza, por la cual se establecía la salida fija y periódica de dos flotas, dos veces al año -una en marzo y otra en septiembre-, que una vez entraran en el Caribe se dividirían para dirigirse a Veracruz y Nombre de Dios, res pectivamente.
En el regreso, los buques habrían de reunirse en La Habana, a excepción de los de Santo Domingo que po dían regresar por su cuenta.
Para constituir una flota debían reunirse un mínimo de diez buques con capacidad superior a 100 toneladas cada uno.
La protección armada que acompañaba al convoy se sufragaba con una aportación proporcional de cada mercad�r, dependien do del valor de su correspondiente registro.
En 1552 se intenta abandonar el sistema, delegando en cada maestre la protección de su nave, que debía ir conve nientemente artillada, y permitiéndose en estas condiciones la navegación en buques sueltos.
La Corona proporcionaba el apoyo de dos armadas para facilitar la seguridad en el espa cio que podían controlar desde Sevilla o la Española.
La pri mera armada protegía las costas andaluzas y las aguas com prendidas entre las islas Azores y el Cabo de San Vicente.
La segunda, con base en Santo Domingo, controlaría el Caribe, Jefendiendo las Antillas.
Con el desplazamiento de la piratería desde las Azo res al Caribe, el plan anterior sufrió modificaciones en 1554.
A sugerencia del Consulado de Mercaderes se añadieron a las flotas dos navíos de guerra y un correo armado, navegando juntos hasta las Antillas y dividiéndose en ellas para acom pañar uno a la de Tierra Firme y otro a la de Nueva España.
A través de los primeros reglamentos se establecieron las bases definitivas de la navegación indiana entre los años 1561 y 1566.
La experiencia anterior quedó recogida en nuevas ordenanzas promulgadas el 16 de julio de 1561:
«Porque conviene al aumento, conservación y seguridad del comercio, y navegación de nuestras Indias.
Establecemos y mandamos, que en cada un año se hagan, y formen en el Río de la Ciudad de Sevilla, y Puertos de Cádiz, y Sanlúcar de Barrameda, dos Flotas, y: una Armada Real, que vayan a las Indias: la una Flota a la Nueva España; y la otra a Tierrafir me, y la Armada Real, para que vaya, y vuelva, haciéndoles escolta y guarda» 2 ".
Quedaba en ellas prohibido expresamente el comercio en navíos sueltos: <<Mandamos, que no pueda ir, ni vaya a las Indias, e Islas adyacentes, ni venir de ellas a estos Reinos, ningún na vío suelto... si no fuere con licencia nuestra, y expressa, y es pecial revocación de esta ley,... » 2' r;.
Efectivamente, se dieron algunas excepciones entre las que podemos contar las relativas al comercio azucarero domini cano.
Un problema importante en las flotas lo constituían las fechas de partida y' regreso, pues entraban en juego la segu ridad a través de factores climáticos estacionales, y la opor tunidad de los mercados locales.
Atendiendo a estas razones, L. E. LÓPEZ Y S. Y J. DEL RÍO MORENO nuevamente, en las ordenanzas del 18 de octubre de 1564, se establecían las fechas de salida, que no siempre se cumplieron.
Según aparece en la Recopilación de las leyes de Indias, cada flota debía contar para su protección con una nave capi tana y otra almiranta, la primera en vanguardia y la segunda en retaguardia 26 • Entre 1565 y 1566 terminaron de fijarse las normas para la navegación en flotas, especificándose los cargos, con diciones de los navíos, y la dinámica de control que ejercía la Casa de la Contratación Los capitanes y almirantes debían ser nombrados por or den del Consejo de Indias 27
• Se aumentó considerablemente la capacidad de carga mínima para formar parte de las flotas, pues de las 100 toneladas requeridas en 1543 se pasó a 300 toneladas!!H. No bastaba la declaración de mae3tres y capita nes sobre el estado de los buques, sino que debían revisarlos oficiales especializados de la Casa de la Contratación.
Los requisitos que debían reunir los navíos para formar parte de las flotas eran diversos.
El primero, llevar el registro de la Casa 29 • Los galeones de guerra no podían ser propiedad del general ni del almirante de la armada 30
• Los buques de carga no debían ser viejos, ni estar cascados, quedando prohi bido el viaje en barcos que hubiesen navegado «a Levante o Poniente» durante más de dos años a 1
• Tampoco podían for mar parte de la flota barcos construidos en la costa de Se villa, por la calidad de su madera y, especialmente, por la cos tumbre de fabricarlos con n1aderas poco curadas 32 • Quedaban excluidos los barcos extranjeros.a.q.
Sin embargo, muchas de estas condiciones no se cum plían, concediéndose licencias a navíos extranjeros y cargos en flotas c�•pañolas n marinos de otras nacionalidades.
A partir de l 500 estuvo permitido a pilotos y maestres europeos ser vir en aquéllas a condición de que fueran católicos, exceptuan do a los ingleses.
Esta prohibición se extendió a franceses y holandeses a partir Je 1595.
La fuerza 1nilitar asignada para la protección de los bu ques se componía de un capitán de infantería con 25 infan tes y 18 marineros por cada 100 toneladas de capacidad del buque.
Las naos capitana y almiranta debían llevar 100 mari neros, disponiendo de mosquetes, y los pasajeros debían ir equipados con arcabuces.
Era obligatorio que en cada galeón hubiera un armero, dos carpinteros y dos calafates, así como un buzo en la capitana y almiranta.
Cada flota debía llevar, al menos, un médico, un cirujano y un boticario 34 • La Casa de la Contratación estaba obligada a registrar y anotar detalladamente todos los cargamentos con destino a Indias.
Efectuada esta operación, el documento resultante que daba en la flota, dándose copia al general, a los visitadores y al juez de la Casa de la Contratación.
Las infracciones se castigaban con el decomiso de las mercancías, la privación de oficios y penas económicas.
Al lle gar a América se conformaba carga y registro, debiendo resul tar iguales 3: �.
Antes de salir de España las flotas recibían tres visitas, en las que se comprobaba el registro y, desde 1569, se visi taban también los buques de armada.
En los viajes de regre so esta visita era efectuada por un juez y un escribano de la Casa de la Contratación, que se desplazaban al puerto, te niendo que concluirla en el día, pues mientras se realizaba nadie podía abandonar el barco ni descargarse mercancía al-
VOLUMEN COMPARATIVO DEL COMERCIO EN NAVÍOS SUELTOS Y FLOTAS
Es muy difícil abordar temas de historia económica sin caer en la tentación de tabular datos numéricos, frecuentes en los documentos, pero, desafortunadamente, aislados, hetero géneos y, por lo tanto, carentes de posibilidades para un tra tamiento estadístico, con resultados fiables en los que apoyar afirmaciones posteriores.
Al aproximarnos al tráfico azucare ro antillano y, concretamente, de la Española, hemos padeci do las mismas deficiencias de la documentación a las que nos hemos referido.
No disponiendo de series completas por períodos, hemos optado por comparar la información parcial, procedente de registros de la Casa de la Contratación, de los que hemos to mado años sueltos, en los que el tráfico de navíos fuera de flota nos ha parecido especialmente intenso, dunque pode mos afirmar tajantemente que no hemos dispuesto de toda la información referente a cada uno de los años considerados.
Algo semejante hemos hecho al tratar de cuantificar lo s datos relativos a la navegación en flotas, escogiendo una del año 1552, que nos puede servir de base para establecer ci fras indicativas del volumen del tráfico.
Si bien, tenemos que aclarar que no hubo dos flotas iguales en el número de na víos, ni en las mercancías transportadas, por lo que no aspi ramos a otra cosa que a una relativa aproximación al estudio dd comercio azucarero, tratando, eso sí, de establecer líneas básicas para el mismo, dentro del desarrollo general del co mercio americano, algo más estudiado globalmente an.
Precisamente, el año 1528 marca una diferencia considerable en el número de registros encontrados, diecisiete para los dos años anteriores y ocho para los dos posteriores.
El dato en sí no tiene importancia, a no ser que expongamos la siguiente observación: de los diecisiete barco s que llegaron a Sevilla en esos dos años, tres no llevaban azú... cares, lo que nos indica que-en un período de producci6n ascendente-sobraban barcos para la exportación de aqué llos.
En definitiva, había exceso de buques para las necesida des de la isla.
Por el contrario, en los dos últimos años del período considerado, los ocho barcos que llegaron a Sevilla llevaban carga de azúcares, pues escaseaban J7a las naves y se aprovechaban al máximo las disponibilidades existentes.
La diferencia porcentual entre los cuatro años referidos y una sola flota del año 155i, cuando ya Santo Domingo ha bía perdido las posibilidades exportadoras en relación con años anteriores, es de poco más del 1 %.
De tan notable di ferencia temporal se deduce la limitación que imponen las fuentes encontradas para estudiar este tema, pues nos resulta in1posible creer que veinticinco barcos en cuatro años llevaran casi la misma cantidad que los diez de una flota, aunque ésta fuera excepcionalmente grande para el período histórico que nos ocupa.
Hemos escogido la flota de 1552, porque este año coin cide con nuevos planteamientos en cuanto al régimen de flotas para el comercio americano.
Pretendemos con ello resaltar las profundas diferencias del comercio dominicano del azúcar con respecto al período anterior, por ser una de las mayores flo tas que partió de Santo Domingo en la segunda mitad del siglo XVI.
En lo que respecta al volumen total del tráfico azucarero es imprescindible considerar tres aspectos interrelacionados, que son la producción, la demanda y los medios de transporte En cuanto al primero de los aspectos señalados, hemos podido documentar un enorme crecimiento de la producción azucarera en el período comprendido entre 1530 y 1540, que llegó al máximo entre 1542 y 1544.
A partir de aquí se ini cia una caída de la producción, con ligeras y discontinuas in flexiones, indicativas de un alza en aquélla, hasta que defi nitivamente decae a finales del siglo.
En cuanto a la demanda, si analizan1os los precios en Andalucía y Castilla, vemos que entre 1530 y 1537 se pro duce una caída de éstos.
En general, los precios subieron paula tinamente a lo largo de la segunda mitad del siglo en toda Castilla, iniciando un ligero descenso a partir de la década de 1580
El tercer aspecto señalado es la disponibilidad de buques para el transporte de las exportaciones, constituyendo su pro gresiva disminución el mayor inconveniente alegado por pro ductores y mercaderes de la Española, de cuyas informaciones se desprende que, con la implantación del régimen de flotas, dejaron de utilizar el puerto dominicano como etapa en �us rutas.
Habiendo de conformarse dominicanos y puertorrique• ños con las que ellos mismos podían armar en d primer puer•• to, para lo que solicitaban continuamente permisos de comer cio, a veces otorgados, que aún así resultaron insuficientes para las necesidades isleñas.
Del análisis conjunto de los tres aspectos �eñalados re sulta una línea, tentativa para el comercio azucarero domini-cano -y por extensión también del puertorriqueño-, explí cito en la tendencia de la exportación de dicho producto.
Entre 1530 a 1540, coincidiendo con el momento de máxima demanda española, se produce igualmente una fase corta de máxima exportación.
Como efecto de la aplicación de las Leyes Nuevas, se inicia una caída en las exportaciones que no terminará hasta 1560.
A partir de dicho año, la línea de las exportaciones sigue unos movimientos irregulares, de gran des oscilaciones de periodicidad anual.
Hacia 1580 se produ ce un alza inesperada en las exportaciones, coincidiendo con una subida de precios del azúcar en España, y con la llegada de una gran flota a Santo Domingo, siendo este año el que n1arcará su caída hasta el declive definitivo, coincidente con el fin de siglo.
TRÁFICO LEGAL Y CONTRABANDO
La evolución del volumen del tráfico azucarero es bas tante discontinua debido a la irregularidad de la propia afluen cia de navíos.
La primera exportación significativa de la que te nemos constancia data de marzo de 1522, fecha en la que la Española exportó a Sevilla 2.000 arrobas de azúcar 8 9, aun que por entonces la producción real de la isla debía ser bas tan te superior.
A partir de 1520 las cifras aumentaron considerablemen te, exportándose en 1530 un mínimo de 90.000 arrobas, si consideramos que cada fábrica obtenía una producción no in ferior a 3.000 arrobas anuales, de promedio, y que en dicho año funcionaban, al • menos, veinticinco ingenios y tres tra piches 40 de 22 arrobas, según hemos expuesto en líneas anteriores47; ateniéndonos a nuestros cálculos, la cifra sería de 10.776 arro bas.
Con10 es natural, al disminuir el tonelaje de exportacio nes legales, teniendo en cuenta que la producción azucarera no sufrió reducciones sustanciales en las cantidades elabora das, podemos pensar que el resto de la producción �e comer cializaba por la vía ilegal.
Para que esta actividad prosperara, era necesaria la con nivencia con piratas, corsarios y mercaderes extranjeros, que hacían llegar el producto a puertos europeos directamente, con la consiguiente pérdida fiscal para la Corona.
En otras ocasiones el contrabando se hacía con los propios maestres y comerciantes de la Carrera de Indias, que hacían entrar el pro ducto, utilizando múltiples recursos, en cualquiera de los mu• chos puertos peninsulares o europeos sin autorización para el comercio directo.
Prueba de nuestra afirmación la encontramos en el in forme del visitador Rodrigo Ribero, quien dirigiéndose a Fe lipe II en 1581 le advertía de la necesidad de nombrar un corregidor que visitara la tierra y castigara a los vecinos que contrabandeaban con el francés, para que no quedaran diez mados sus ingresos48 • También se hacía contrabando en sentido contrario al señalado, complementando así el deficiente aprovisionamiento de las islas.
Teniendo conocimiento la Corona de este tráfi co ilegal, se vio obligada a enviar a Santo Domingo en 1583 ciertas galeras que hicieran servicio de guardacostas para re primirlo, con el pretexto de proteger a los isleños de piratas y corsarios.
Aún así.el remedio aplicado sólo tuvo efecto por un corto período de tiempo 4 n.
L. E. LÓPEZ Y S. Y J. DEL RÍO MORENO
El contrabando creció desmesuradamente en las dos últimas décadas del siglo, al verse obligados los vecinos a con trarrestar de algún modo su aislamiento, en defensa de su su pervivencia económica, aunque en detrimento cel comercio legal, fundamentalmente, por sus consecuencias fiscales.
Esta situación puede constatarse en múltiples referencias relativas a las exportaciones azucareras de la isla Española y en general del contexto insular antillano.
LAS ANTILLAS Y LOS SISTEMAS DE NAVEGACIÓN
El regimen de navíos sueltos respondió sifmpre a las expectativas locales, cuando no hubo dificultades que lo im pidieran.
La implantaci6n del sistema de flotas, origin6 una legislación en la que pesaron considerablemente los intere ses de grandes mercaderes con negocios en Nueva España y Tierra Firme-Perú.
El conjunto de intereses de los comerciantes, vinculados con los de la propia Corona, concentraron en pocas manos los buques disponibles para el comercio intercontinental y, des pués, orientaron el tráfico comercial dirigiendo la mayor par te de los buques a destinos diferentes de los antillanos, esti mulados por la fuerte atracci6n que ejerdan los metales pre ciosos ante las escasas ganancias del azúcar.
Los navíos sueltos representaban para la Corona el ries go de pérdida y la falta de control fiscal.
Por el contrario, el sistema de flotas -afrontando el riesgo real en la seguridad de los cargamentos-recibi6 un decisivo empuje por parte del Estado, que centr6 su atención en la importación de me tales preciosos.
Esta iniciativa quedó reforzada por los intereses globa les de las compañías comerciales más importantes, que podían transportar sus productos con garantía de ganancia a los gran des centros ricos en metales, cumpliendo la Corona el papel
protector de los cargamentos en una y otra dirección, regulan do condiciones y fechas más seguras y obligando a proteger las cargas, en su propio beneficio, mediante la avería, aporta ción que terminaría constituyendo un impuesto más al co mercio transatlántico.
Sin embargo, este aislamiento, que fue causa determinan te en la caída rotunda de las economías azucareras de la Es pañola y Puerto Rico, sentó! as bases de un nuevo ciclo azu carero en la isla de Cuba, más extensa y mejor comunicada, que se manifestó en el siglo XVII.
A partir de dicho siglo comenzó una alternancia en la producción azucarera de las Antillas, que con la incorporación de nuevas tecnologías v, en muchos casos, nuevos soberanos, configuraron 1 1na nueva eta pa en la historia del azúcar.,
Anuario de Estudio, America, no,
COMERCIO Y TRANSPORTE EN EL S. XVI |
Con d ag0tamíento de la ec�Pomía del oro, o como mu chos historiadore: han denominado «el ciclo ael oro>>, se ini cia la primera cri�is económica de ]a 1. sía Española.
Los yaci mientos de ese mineral, que parecía!! ser la principal fuente de riqueza,,:omcnzaban a dar mu�stra de debilidad.
En vista de esto, fue necesario la búsqueda de formas alternativas que garantizara11.. �l so�tenimiento de �3 r.olonia.
La plantación azu carera sería el nuevo modelo a desarrollar, el cu�l, iba a estar caracterizado por el afianzamiento de las relaciones esclavis rns de producción, cuyo elemento más importante sería la ex plotación intensiva de la mano de obra esclava.
El rápido declive de las reserv�:is fturíf eras no fue un obs táculo para que!a élite enquistada en el poder lograra un a �cumulación inicial de capitales.
Ese mismo sector, que re presentaba los intereses de la Corona, aceleró el proceso de 1 El traba j o que presentamos a continuación, es el fruto de la p onencia presentada p or nosotros en el &e g undo curso CONTRA EL OLVIDO, org, mizado por In Facultad de Ciencias J urídicas y Políticas de la Vnlversidad Autónoma de Santo Domingo, en el mes de marzo de 1991.
Dada la �m po rtancia y amplitud del mismo, sólo podrá ser tratado en sus • 1s 11ec tos más generales.
En él expondremos csqm.máticamente, algunas de las hip6tesis de trab-.
1 j o que hemos elaborado p ara un estudio más amplio sobre la industria dominicana en el siglo XV l.
En vista de los pocos traba j os que ha y, estamos estudiando de manera sistemá tica, las fuentes documentales del Archivo General de Indias.
Entre las escasas publica ciones que refieren nuestro caso se encuentra el artículo «The Early Sugar lndustry in Española», del historiador norteamericano Mervyn Ratekin.
El mismo fue editado en el vo lumen XXXIV n.
No obstante haber pasado ya varias décadas todavía no ha podido ser ampliado en sus líneas principales.
Otros traba j os no menos importantes han sido realizados por Irene Wright, er1trc los cuales cabe destacar el «Commencement oí the Cane Sugar Indust ry in Amcricai., publicado en la �American Historical Review», XXI, 1916, 755�780.
GENARO RODRÍGUEZ MOREL decadencia en la isla.
La ambición económica v el deseo de ascenso en!a escala social, fueroi1 fnctores que siempre estuvieron presentes en la mente de los primeros pobladores eu ropeos 2 • A esto habría que agregar 1a mala política imple mentada por los colonizadores.
En vista de la casi extinción de la raza aborígen de La Española,. los colonos se vieron en la necesidad de traer can tidades de negros esclavos, procedentes del Africa.
Sobre este nuevo componente social recaería todo el trabajo de las plan taciones.
En adelante, se experimentaría un cambio radical en! as relaciones de producción, siendo el modelo esclavista el tipo dominante.
Aunque la encomienda del indio fue la pri mera forma de esclavitud que se implantó en las nuevas tierras conquistadas, la misma fue efímera por la agresividad con que.los colonizadores forzaron a los pobladores nativos a trabajar en las minas.
En cambio, los avances tecnológicos introduci dos por la empresa azucarera permitieron que el mismo se diseñara con éxito.
El derrumbe de la minería del oro conjuntamente con el de los indios fueron dos factores que incidieron en el giro que daría toda la estructura política, social y eco r.ómica de la Española.
Ambos elementos influirían para que se acelerara el proceso expansivo del colonialismo Ibéri co en el continente.
Ahora bien, sólo el mantenimiento de ins tituciones jurídicas y administrativas en Santo Domingo po dían hacer de esa ciudad e isla el centro de la colonización.
Para tal efecto se crearía, en 1511, la primera Audiencia del Nuevo Mundo, cuyo principal objetivo sería d de mantener ESCLAVITUD Y VIDA RURAL.
SIGLO XVI 3 los controles en el aspecto adminis�rativo, así como garantizar que los grupos gobernantes ubicados en la colonia mantuvieran cierto núcleo poblacional estable, aunque pata ello tuviera que delegar importantes poderes a la élite dirigente 8 • Con el fin de evitar una emigración colertiva, se debie ron otorgar múltiples concesiones y privilegios a quienes per manecieran en ésta, especialmente, a los miembros del apara to administrativo.
Las mismas tenían como principal propósi.. to estimular a los pobladores para que se integraran en el nue vo programa económico.
Bajo esa visión se ordenó en 1519, mediante una Real Provisión enviada a los jueces de Apela ción y oficiales reales de la Española, que se dieran todo tipo de facilidades a aquellas personas interesadas en construir in genios de azúcar, incluyendo las tierras y aguas necesarias para los mismos4
• Es, durante ese período, cuando se inicia la for mación de los primeros latifundios en La Española.
Aunque é.lnteriormente se habían hecho. repartimientos de tierras, los mismos estaban limitados a las áreas urbanas, sobre todo para las construcciones de casas, iglesias, conventos, hospitales, etc. Las nuevas tierras que en estos momentos se iban a re partir tenían otra connotación.
El hecho de que las mismas fueran dadas en las zonas rurales respondía a un cambio en las relaciones• de producción, cuya base principal sería la ex plotación agrícola.
Las prerrogativas que en ambos sentidos les fueron otorgadas a los gobernantes resultaron de tal magnitud, que todo el aparato administrativo colonial, sector sobre el cual recayeron dichas mercedes, fue infectado por el ba cilo de la corrupdón.
Así la clase gobernante comenzó a ver la forma de llenar sus apetencias, tJnto en Jo e,:onómico como en lo político.
Hasta el memento de la imnlantación de la economía azucarera, los canibios que se venfa--� dando en la sociedad do minicana eran el resultado, como ya hemos señalado, de las contradicciones y luchas sociales llevadas a cabo entre los di ferentes sectores de la vida poiítica criolla 5
• Posteriormente, c.on el fortalecimiento del nuevo modelo productivo, habrá un recrudecimiento de las luchas internas, donde participarán ios diversos sectores de la vida colonial.
Esto se debía funda mentalmente al choque de los intereses de la clase en el poder.
La misma estaba representada por los diferentes sectores de la burocracia administrativa.
El ingenio azucarero, al ser 1 1na empresa privada, en la que los inversores eran los dueños de los mectios de produc ción, fue algo que atrajo la atención y el interés de los grupos t)cales económicamente más poderosos.
Estos eran los que tenían mayores posibilidades para comprar los esclavos que trabajarían en las plantaciones azucareras.
Si bien desde un ¡;rincipio la mano de obra negra fue la más cotizada, no me nos cierto es que, por lo menos en la construcción de los pri meros ingenios la fuerza productiva más numerosa eran los in dios hechos prisioneros de las islas comarcanas.
Para demos trar lo que decimos hemos tomado como ejemplo la población de trabajadores de uno de los primeros ingenios de que se tenga información detallada.
Se trata del ingenio Santi Espí ritus.
En cuanto al precio de estos trabajadores te nemos que, cada pieza de esclavo indio costaba 15 pesos mien tras que los negros fueron tasados en 54 pesos�.
En la isla había dos tipos de indios.
El primero lo com ponían los naturales de la tierra, y el segundo los diversos grupos traídos de otras posesiones fuera de la Española.
A los indios de las zonas más próximas a la isla, le hacían guerras para traerlos como esclavos a las plantaciones de azúcar y a las minas de oro.
Como he1110s visto, los mismos resultaban ser más baratos que los negros africanos.
Esta práctica fue suspen dida en la medida en que el comercio de la trata negrera se convertía en un negocio rentable, tanto para los comerciantes de la metrópoli, como para los grupos que vivían en la isla7
• 11 Desde finale" de la segunda Jécada del siglo XVI, fecht.
1 en que la plantación azucarera su: rge como dternativa eco-11ómica, hasta la década de 1530, ya en la isla se habían construido 19 Íl: genios, movidos por fuerza hidráulica, así como algunos trapiches8
• La mano de obra que hasta el mo mento trabajaba �n esos ingenios estaba distribuida de la si guiente manera: 1.935 negros, 325 españoles y sólo 200 in dios.
• Todos estos ingenios eran propiedad de los sectores de poder que formaban parte del círculo cortesano.
En las inversiones que se hicieron al prin cipio para las construcciones, tanto de los ingenios como en los trapiches, siempre estuvo presente la iniciativa del Esta do.
La misma se hacía, mediante múltiples concesiones y? ri vilegios que le fueron hechos a la élite gobernante de Santo Domingo 1 o.
La producción de azúcar de un ingenio variaba en la me dida en que éste estuviera bien aviado.
Si las condiciones na turales le favorecían y no se presentaba ningún contratiempo el mismo po<lía moler cinco y seis mil arrobas de azúcar al año.
Un trapiche producía de dos míl a dos mi! quientas arro bas.
Otro de los elementos importantes para una buena cose cha iba a estar determinado por la fertilidad de la tierra y la forma en que la misma era tratada.
La fertilidad del terreno siempre fue determinante para una buena zafra.
En la medi da en que se introducían cambios tecnológicos, el rendimien to de las tierras era mayor.
Un ejemplo de esto lo tenemos con la utilización de los arados usados para remover el terreno.
Mientras más cantidad de rejas tenía éste, mejor sería la �a lidad de las cañas.
En la preparación de las tierras cañeras se llegaron a utilizar arados de hasta cinco rejas, aunque esto no sucediera en todos los ingenios, sino en los 1nás grandes.
Otros avances tecnológicos fueron introducidos en el mo lino.
Tanto los ingenios como los trapiches molían utilizando dos cilindros, entre los cuales pasaban las cañas.
Posterior mente fueron utilizados molinos de tres cilindros verticales.
El ingenio «La Veracruz de Ocoa», del licenciado Alonso Zuazo, ubicado en Azua, llegó a utilizar ese tipo de engrana je 11• En los trapiches fue menos común esa práctica, por el hecho de los mismos necesitaban mayor fuerza para moler las cañas que se pasaban entre los tres rodillos.
Fréderic Mauro señala que a principios del siglo XVII, un sacerdote español 1levó desde el Perú esa revolución tecnológica al Brasil12
• Ha bría que ver la trayectoria que segμiría la tecnología domini cana, y la manera en que se expandió por el continente.
Otro de lo•.; factores que incidían para 1a obtención de una buena zafra era la cantidad de leña con que contaba ur1 ingenio.
Por eso, la oligarquía azucarera pedía terrenos co n bosques madereros próximos a los mismos.
Con esa práctica, se ampliaban los latifundios y la oligarquía agraria se adue - ñaba de mayores porciones de tierra.
Desde los inicios de la s plantaciones cañeras, las mercedes por concepto de tierras fueron muy frecuentes, sólo que las mismas se distribuían a un reducido grupo de personas, por lo general ligadas a la admi nistración colonial rn.
Las zonas donde se construyeron la mayo1 cantidad de ingenios fueron aquellas próximas a las riberas de los ríos, preferiblemente que estuvieran a cortas distaHcias de la ciu dad de Santo Domingo.
Las razones para ello podían ser va rias.
La primera era de tipo técnico.
Como el engranaje er a movido por la fuerza hidráulica, resultaba menos costoso y más práctico llevar el agua de los canales a la rueda del molino 14•
Esto tenía sus riesgos; muchas veces, cuando los ríos traía n caudales, arrastraban las ruedas del molino ir,.
Otra de las ven tajas que tenían los ríos era el transporte.
Las redes fluvia les significaban una de las mejores vías para movilizarse, sobre todo, por los pocos caminos que se habían construido en la zona rural.
Aunque en los alrededores de Santo Domingo se hicieron caminos, los mismos se �erraron por el poco tránsi to que había, llenándose de gu�yabos 16• Otra de las razones que había para que fueran los ríos el medio más idóneo para llegar a la ciudad de Santo Domingo desde los ingenios, era porque gran parte de éstos desembocaban al mar proporcio nando un viaje tnás rápido.
Tanto los ingenios como los trapiches requerían gran des cantidades de leña para cocer el guarapo de las cañas e n las calderas.
Un ingenio de agua podía consumir anualmente unas cuatro mil carretas de leña, las cuales costaban entre tres y cinco reales de plata cada una.
El trapiche, como es natural, necesitaba menos cantidad.
Una carretada tenía seis o siete cargas 17
• Para un ingenio proélucir las cinco mil arrobas de azúcar anualmente necesitaba de 24 a 28 mil cargas de leña, cantidad que era muy significante en aquellos tiempos.
Como en un principio los bosques estaban vírgenes, ha bía gran cantidad de madera, por lo que los señores de inge nios no tenían que comprarla.
El agotamiento de las reservas madereras cercanas a los ingenios fue una de las limitaciones que tendría a mediano plazo la economía azuca1era.
Esto traj o graves dificultades económicas, porque para obtener la leña 15 Esta fue otra área donde se produjeron cambios tecnológicos.
A esto se refiere Hcr nando Gorjón cuando dice haber inventado que las ruedas de los molinos se movieran dándole el agua en los cubos de abajo.
La práctica conocida en la isla se efccw: 1 b� de manera inversa, o sea, que el agua le caía por gravedad, dándole encima de la rueda, l" que hacía que lla misma se moviera sobre un eje, que a la vez ponía en marcha todo el engranaje del molino.
Rodríguez Morel, Genaro: Cartas privadas de Hernando Gorjón.
Memorial enviado por el Lic.
El mismo forma parte de la visita realizada por éste en la isla.
17 Cada carga tenía aproximadamente 10 arrobas.
Sin duda alguna la ganadería fue otro de los renglones con el que debía contar la empresa azucarera.
En el momento de la instJlación de un ingenio, el ganado vacuno tenía mú l tiples utilidades� Servía tanto para la alimentación de los es clavos, como para tirar de las carretas que llevaban las cañas desde los cañaverales al molino, así como para mover la rueda de éste.
El consumo de carne, tanto del ingenio como del tra piche, variaba en función de la cantidad de negros con que contara el mismo.
Por lo general, consumían un promedio de dos reses al día.
La carne, junto con el cazabe y el maíz, resul taron ser los renglones de mayor consumo en las plantaciones azucareras.
Estos tres artículos formaban la principal dieta diaria de la población esclava de un ingenio.
La cantidad de ganado vacuno utilizado en un ingenio variaba mucho.
Esto dependía de los capitales que tuviera el señor de ingenio.
Ahora bien; el número inicial de cabezas de ganado que se compraban para la construcción de un ingenio oscilaba entre las 2.000 6 2.500 cabezas.
Posteriormente, ese número podía crecer en decenas de miles.
La ganadería ocu paba uno de los primeros lugares en el costo de la inversión inicial de un ingenio o trapiche 19 • Como ya hemos señalado, en un principio la cantidad de ganado de un ingenio sólo se utilizaba para las áreas de la producción.
Posteriormente, en la medida que había excedente, el mismo era vendido.
El ganado se acorralaba cada tres meses para quitarle el cuero.
La venta de éste representaba uno de los mayores ingresos de un ingenio, dado los buenos precios a que eran vendidos.
Igualmente se daba el caso en que los c;;e ñores <le ingenios vendían el ganado al pelo.
El medio de locomoción más utilizado en un ingenio era el caballo.
El mismo lo usaban los capataces y mayordomos de ingenios para moverse de un lugar a otro en las plantaciones.
De igual manera se utilizaban en el pastoreo del ganado y para cargar los alimentos.
El costo de un caballo era muy elevado si lo comparamos con el de las reses vacunas.
A partir de la década de los años 20 del siglo XVI, fueron exportados gran des cantidades de ganado caballar hacia Nueva España y poste riormente al Perú.•20 Los mismos fueron utilizados en las gue rras que se libraban entre españoles e indios, llegándose a pa gar en esos lugares, hasta 100 indios por un caballo21• Otro de los usos que tenía el caballo era el de objeto de lujo, pero más que éstos lo eran las mulas.
La fortaleza de ese anim�l, así como su mansedumbre, la convertía en el medio de trans porte idóneo para las damas de la alta sociedad.
En Santo Domingo, como en otras partes del continente, fueron utili zadas para llevar a las esposas de los señores más importantes.
Las mulas eran adornadas con finas sedas en el momento en que cargaban en sus lomos a las «flamantes» damas.
Esto pro dujo gran escándalo, hasta el punto de que la Corona tuvo que prohibir esa práctica por los excesivos gastos que �e hacían.
La mano de obra especializada, como su nombre lo in dica, era la más escasa en la producción azucarera.
Los prime ros grupos de trabajadores fueron traídos de las islas Canarias, por la gran experiencia que tenían en la fabricación del dulce 2 �.
En la medida que se desarrollaba la empresa, los mismos fueron sustituidos por trabajadores negros, quienes con el tiempo aprenderían el oficio.
Los maestros de azúcar canarios, si bien no tenían la responsabilidad por los daños ocurridos en el 2zúcar, como era el caso de aquellas islas, cobraban fuert es sumas de dinero por su labor.
Los señores de ingenios tenían que asegurarles toda una serie de comodidades para poder trabajar eficazmente.
Además del dinero que ganaban, había que darles buen vino y una negra esclava para que le sirviera.
Y a para finales del siglo XVI, prácucan1ente todos los trabajadores que laboraban en la empresa azucarera eran crio llos.
Estos hacían las múltiples labores del ingenio, desde maestro de azúcar, hasta cortador de caña.
Para poner un ejemplo, en el ingenio «La Concepción de Nuestra Señora» que tenía el contador Alvaro Caballero en Haina, nos encontra mos con que toda la población esclava de este ingenio, 100 en total, desempeñaban las tareas má:., complejas, como las de n1aestros de azúcar, carpinteros, prenseros, purgadores, tache ros, etc. Igualmente de las 50 mujeres que había, además de hacer labores de cocina, algunas formaban parte de los tra bajos de producción 23 ro dominicano, particulartnente durante la segunda mitad del siglo XVI.
En la medida en que se destruían ios ingenios de agua, por el costo que acarre�ban, se construían cada vez mayor cantidad de trapiches, entre otras razoues, porque el mismo requería de menos negros para operar y dada la care:-; tía de éstos, era mínima la inversión que había que hacer.
El tiempo óptimo de rendiini�nto que tenía un ingenio era durante las épocas de lluvia.
E3to era debi<!o, a que había una mayor capacidad de molienda del molino, por ser movido por la fuerza hiciráulica.
Ahora bit'n, ese período no era e l mejor para las cañas, por el hecho de que las mismas tenía n menos sacarosa.
O sea, que cuando el tiempo le favorecía c.
11 molino, no lo era así para las caña5.
Un ingenio molía por lo general durante tres meses, algunos podían llegar a moler has ta cuatro, dependiendo de la can-cidad de cañ� que tuviera, o de las condiciones mecánicas del mismo.
El trapiche tenía Ja ventaja de que podía moler aun y cuando lo� ríos tuvier an poco caudal de agua, por el hecho de que su fuerza motriz eran los animales.
De esa manera aprovechaban el punto más alto de sacarosa de las cañas.
En la mayoría de los casos, las per sonas más ricas que tenían un ingenio, también tenían trapi ches, lo que les �seguraba la molienda sin interrupción.
Si por algún accidente se averiaba el ingenio, cosa muy frecuente. sobre todo en los meses de lluvia, se molían las cañas en lo s trapiches hasta que se reparara la avería.
De ese modo era imposible suspender el ritmo productivo.
Durante la primera mitad del siglo XVI se llegaron a moler más de 400.000 arrobas de azúcar en un año.
Haci� los años 60 de esa misma centuria, sólo Melchor de Torres v el contador Alvaro Caballero habían vendido 200.000 arr� bas a un mercader sevillano 2.'S. De esto podemos deducir, que la quiebra de fa economía azucarera, no se produjo por una
baja productividad de los ingenios, por lo menos hasta la dé cada de los 80, sino más bien por la quiebra dd comercio entre Sevilla y Santo Domingo.
Si bien, hasta 1540 a las islas lle gaban embarcaciones del condado 1e Flandes, Canarias y del norte de la Península, con las cuales se ejercía ei comercio li bremente, no fue el caso de los posteriores años, cuando se le prohibió a esos mercaderes visitar la colonia.
La quiebra del mercado libre y los altos precios a que los mercaderes héticos vendían sus productos fue una de las causas principales para la decadencia de la isla.
En la medida en que la crisis del comercio arreciaba, la oligarquía azucarera comenzaba a debilitarse como grupo so cial.
Una de las medidas que éstos utiíizaron como forma de hacerle presión J la Corona fu� amenazar con destruir los ingenios.
Si bien a partir de los años 30 se comenzaron a des poblar algunos, esto no se hizo con la frecuencia que asegu ran ciertos funcionarios de la Ccrona.
Más bien lo hicieron con el propósito de buscar que le fueran conconadas alguna s deudas, o para que se les dieran nuevas concesiones.
Pode mos decir, que ninguna de las personas que para esa fecha amenazaron: on destruir ingenios lo hicieron.
Entre quienes habían anunciado que destruirían esas unidades se encontra ban las familias más prósperas de Ja colonia, Pasamonte, Ca ballero, Dávila, Ampiés, Tostado, etc. 216 La oligarqufa esclavista azucarera siempre se mantuvo de manera muy fraccionada en el interior de la isla.
Esta fue una de las razones principales para que la misma no pudiera estructurarse como una clase ho1nogénea, lo que aceleró su desintegración y aniquilamiento.
Hacia la segunda mitad del siglo XVI, el más poderoso de estos clanes estaba represen tado por el contador Alvaro Caballero y por Melchor de To rres, considerados los hombres más ricos de la isla.
El primero era dueño de dos ingenios y un trapiche, además de muchas http://estudiosamericanos.revistas.csic.es otras haciendas.
El último, poseía varios ingenios de los más poderosos, así como varios trapiches y haciendas 27 • Ambas familia� fueron de gran renombre en la isla, ya que se habían establecido en ella desde muy temprano.
Uno de los hijos de Melchor de Torres llegó a ocupar el puesto de fiscal de la ciudad de Santo Domingo.
Dur�nte la primera mitad del siglo XVI, el monopolio de la empresa azucarera, estaba controlado por un grupo no ma yor de 19 familias, de las más prestigiosas de la isla.
Es tes danes, eran conscientes del papel que jugaban como tales y 1a importancia que tenían los ingenios en la vida colonial.
Como unidad productiva, los ingenios garantizaban una población estable, algo que era muy importante para los intereses de la monarquía.
Aunque para la segunda mitad del siglo, Santo Domingo no era La llave del Nuevo Mundo como le llamaba Las Casas, seguía siendo un punto estratégico en la zona 28 • Hasta la década de los 50 sería esta ciudad el centro de donde salían las flotas que zarpaban hacia la metrópoli.
A partir de esta fecha, quedaría desplazada por el puerto de La Habana, el cual reunía mejores condiciones.
Entre otros, por ser puer to marítimo y no fluvial como el de Santo Domingo�.
Hacia finales de la primera mitad del siglo XVI, la eco nomía dominicana comenzaba a sentir el peso que producía la falta del comercio, sobre todo, para la'! xportací6n de los pro ductos fundamentales de la isla: azúcar y cueros, cañafístola, etc. Fue durante ese período cuando la monarquía hizo merced a los vecinos de la isla de Puerto Rko, prestándole hasta 2.000 http://estudiosamericanos.revistas.csic.es pesos de oro a las personas que se dedicaran a la fabricación de ingenios de azúcar.
Tales préstamos saldrían de las Cajas Reales de aquella isla y los mismos serían pagados a larg os plazos, con el fin de ofrecerles mayores facilidactes a quienes se dedicaran a la fabricación del dulce 80 • En vista de esto, la oli garquía azucarera dominicana, con el fin de obtener las mis mas ventajas que para esa fecha tenían los puertorriqueños, solicitaron que las deudas contraídas por este rector en Santo Domingo, tanto con mercaderes sevtllanos como con la misma Corona, les fueran condonadas, o por lo menos que se les die ran otros plazos para el pago de las mismas 31 • Una pregunta que nos surge ante este hecho es: ¿cuáles serían las causas para que la adniinistración española diera estas facilidades a los vecinos de Puerto Rico, en un momento en que de hecho, estaban apoyando el bloque0 que le tenían los comerciantes �evillanos al comercio dominicano?
La res puesta parece compleja.
Si partimos de que para esa fecha en Santo Domingo se estaban produciendo revueltas de esclavos 3 • 2 y que la inseguri&1d que tenían los ingenios ponía en peligro 1a producción del dulce, nos par�ce cotrecta.
Lo que no cree mos es que ese cambio s6lo se debiert4. a la cdsis social, sino, que había otras motivaciones, provocadas por los enfrenta mientos que tenían los grupos de mercaderes de la me trópoli y el sector azucarero de la colonia, por mantener el control del monopolio comercial.
Aunque desde un princi-pío esas diferencü:s se dieron en el terreno privfü.!o, la monar quía le dio el apoyo a los grupos p�ninsulares de manera ins titucional.
El interés de la oligarquía dominicana conllevaba la búsqueda de una cierta independencia comercial de España, o por lo menos de los grupos que controlaban aquella empresa, lo que no implicaba renegar a ser súbditos del Rey, sino más bien de su condición de sector marginado y sin alternativas económicas 33 • III Las restricc1cnes impuestas al circuito con1ercial domi nicano, por parte de los mercaderes sevillanos, obligaron 1 la oligarquía de Santo Domingo a buscar salid2s sustitutivas e independientes.
El desarrollo de �n comercio de tipo regio nal fue la opción más lógica desde la visión insular.
Si bien esa forma de mercad<' se mantenía regularmente con las más im portantes ciudades del hemisferio, no respondfa a una política aut6noma, sino como parte integrante del monopolio de Se villa.
En adelante, el mismo iba a responder a un proyecto de ca rácter político y económico representado por los mercaderes isleños.
Las debilidades de los sectores de peder de la isla, impidieron que éste prosperara.
Entre otras razones, por la división que había entre ellos y por la excesiva dependencia que tenía de los grupos peninsulares.
Otra ar.:tividad ejercida por los vecinos de la Española sería el contrabando.
Fue ese el sistema más complejo y donde sostuvieron su economía.
Podemos decir, que fue la práctica más popular, participando gran parte de la población económicamente activa de la isla, sobre todo, por no estar bajo el control de la Corona.
Hasta el momento de la ret;�sión comerc1al, Santo Do mingo era la ciudad que abastecía a todo el distrito de la Audiencia.
El papel jugado durante Lis cos prin1C'ras décadas de la conquista, le (bba un sitio preponderante y exclusivo.
Este fen�meno hizo que fuera la duda 1 tnás activa y de mayor tráfico comercial del continente, hasta la conquistí: de México y Perú.
Ese impulso fue cargado mediante una Real Ordenanza, enviada a los miembros de la Audiencia de Santo Domingo, a petición de los cónsules y prio! de Sevilla -sector que re presen taba los intereses de los comerciantes de esa ciudad-, en la cual impedía que las me! caderías que llegaran desde Cas tilla a la Española salieran de la isla 84
• Estaba claro, los mer caderes sevillanos sabían que los intermediarios que había en la isla afectarían el monopolio.
El agudizamiento de las con tradicciones entre ambos sectores se mantendría a través del bloqueo comercial por parte de la metrópoli.
Como hemo� señalado, la lucha desenfrenada por el con trol del monopolio marítimo fue algo que desde muy temprano se reflejó en la vida de la colonia.
Hacia 1534, el cabildo de la ciudad de Santo Domingo,• representado por la oligarquía esclavista, enfrentó a los mercaderes peninsulares poniéndole tasas impositivas a las mercancías que eran traídas a la isla.
Esta situación provocó una fuerte reacción por parte de los mercaderes hasta el punto de amenazar a los miembros de la entidad edilicia, con no llevarle mercancías a esa ciudad.
La arrogancia con que los mercaderes béticos trataron a los por tavoces del Ayuntamiento denotaba la ira provocada por el desafío.
Los mismos no podían concebir tales atrevimientos, en tendiendo que eran ellos los que ponían las reglas del juego.
Fue por eso que pidieron al Con�ejo que mandara dar una real cédula ordenando que ni el Cabildo de Santo Domingo ni otra persona «... se meta en poner la dicha tasa en los mantenimien tos ni mercadurías... ».• El representante oficial del cabildo en esos momentos era el entonces capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, quien salió en defensa de la oligarquía esclavista.
Ovie do se refirió a la forma en que comerciantes de Sevilla habían conseguido una Real Provisión para que no se le pusieran tasas a las mercaderías llegadas de Castilla, dijo que esa Real Cédula fue hecha «... con siniestra relación y sin previamente documentarse de lo que pasaba en la isla».
No caben dudas del control que tenían los comerciantes de la península en la Española.
Los misn1os sabían, hasta la cantidad de productos que podían consumir los vecinos d e aquella ciudad, porque como dice Oviedo, «... nos tienen con tados con los dedos... no llevan una pipa de harina ni otra de vino mas de las que les pares\e, para que ni nosotros salga mos de nes�esidad e hambre, ni ellos dexen de ganar todo lo que quisyeren... >>.
De esa manera mantendrían el alza en el precio de los productos importados.
Una de las tácticas em pleadas por los mercaderes sevillanos para mantener subidos los precios, era anunciar que en Esoaña había escasez, aunque en realidad sucediera lo contrario, así, siempre se n1antendría la demanda por endma de la oferta, provocando el proceso in flacionario n.
Fueron muchas las pet1c1ones que hicier �n los vecinos de la Española para que de nuevo se les permitiera comercia lizar libremente con los mercaderes del condado de Flandes y con las islas Canarias.
En ningún momento se le volvió a conceder este privilegio.
El bloqueo marítimo a que fue sometida la isla hacia mediados de la centuria, respondía a choques de intereses eco nómicos privados.
Por un lado, se encontrabJn los sectores ligados al circuito comercial sevillano, apoyados por la Monar quía.
Por el otro, estaban los isleños.
Los primeros se empe ñaban en mantener el monopolio imponiendo sus condi ciones.
Los segundos resistían a dejarse dominar buscando mé todos alternativos 36
• Como bien señala Haring, la prosperi- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es dad de los comerciantes de Sevilla era algo que dependía de la conservación del monopolio.
Era un sector tan poderoso, que podía contrarrestar cualquier tlpo de oposición, como las que en su momento le fueron rechazadas a los colonos y mer caderes de San to Domingo.
La complejidad de ese fenómeno era dt•bida a la falta de correspondencia en los términos del intercambio.
La econo mía de la isla estaba condenada a abastecerse únicamente del mercado exteiior, de ahí su dificultad para desarrollarse.
La misma limitación que tenía, obligaba a sus l1abitantes a co merse todo lo qw-; les llevaran y al prl.!cio que� fuera.
Las po sibilidades que había para organizar un mercado competitivo eran nulas.
Para que el mismo se Jiera, era necesario, que el azúcar y los cueros, principales praductos de t'Xportación, su frieran transform�.ciones que le ¿crmitieran ii,;:;ertarse en un mercado más complejo.
Otra limit:.1ción estaba presentada por la debilidad del stmbolo monetario.
La ausenci:1 de una m one da estable impedía la eficacia del cometcio oominican\.1.
La inestabilidad de la moneda no daba confianza como para in vertir en ella 87 • La devaluación de la moneda, provocó alza en los precios de los productos, tanto criollos con10 importados, lógico el proceso inflacionario as.
La complejidad de la socie dad mercantilista de la época, requería de productos acabados para completar el círculo del intercambio, cosa que no suce día en Santo Domingo.
En una de )as titeas donde podemos ver los daños cauados por la devaluación de In moneda, era el pago de ]0� intt"rescs por censos y tributo&.
Muchas r,,e: sonas, con el temor de que fuera devaluada la rr.oned� no ponían, us haciendas a censos.
Pe-ro se daba otra difi cultad, y era que, los precion de los productos de importació--; subían, en el momento en que el circulante se reducía.
Paro un estudio detallado sob'"e la moneck en
Las limitaciones estructurales que tenía la economía de la isla, iban a repercutir de manera directa en el cotnportamien to de los grupos f.ociales.
La agudización de la crisis comercial y el freno que esta le imponía a la industria azucarera fueron los detonantes principales que encendieron las luchas de cla ses.
Los niveles insospechados a que llegaron éstas hicieron tam balear por primera vez, la maquinaria esclavista.
Tales cont!4a dicciones no sólo se presentarían entre los grupos de poder, sino entre éstos y la población esclava de la isla.
La década de los años 40 fu� la é�,oca en que se agudiza.. ron esas contradil.ciones.
El auge nbk'nido p<'r las revueltas negras en toda!a isla pusieron en crisis las estructuras del poder colonial.
Durante todo ese período, la �sla fue agitada por los constantes levantamientos dirigidos por líderes negros de la talla de Juan Vaquero, Diego de Guzmán, Diego de Ocampo y Sebastián Le. mba, entre otros.
Estos estuvieron acompañados por centenares de negros, los cuales respondían a las órdenes de sus capitanes.
Los esclavos alzados quemaban ]as plantaciones de caña, así como las casas de los ingenios.
Una práctica regular entre los insurgentes consistía en liberar a los negros que estaban presos, llevándose igualmente a las mujeres negras, así como los alimentos, armas, caballos, etc. 89
bajo a que estaban. sometidos, n1otivarún las hvidas de muchos negros, los cuales salían de las ca�• Js de sus amos, así como de las plantaciones cañeras, internándose en los montes y sie rras.
En el momentc de las revueltas, estos gn1pos de negros fueron acompañados por indios rebeldes con quienes hacían causa común.
Podemos decir, que un fenómeno inversamente igual había sucedido en tiempos anteriores, cuando andaba levantado el cacique Enriquillo.
Fueron muchos los negros que acompañaron al valeroso líder del Bahoruco.
No sabemos hasta dónde pudo incidir en los negros las hazañas de aquel guerrero.
Las luchas sociales que se estaban desatrollando agudi zaron la crisis económica de la isla.
Para contr.1rrestar la mis ma, se crearon nuevos impuestos, los LUales iban a recaer en la población desposeída.
Uno de l'Js que más perjudicó a los vecinos de Santo Domingo fue la sisa, que gravaba los princi pales productos alimenticios: pan, sal, vino, etc.; igualmente se gravó con el 1 % a todos los 3t�ículos que entraban y sa lían del puerto de la ciudad.
Parte del dinero obtenido me diante estos impuestos fue invertido en la pers-ecución de lo s sublevados.
A lo�� capitanes contratadfJs para salir en busca de los negros se les pagaban 1 O pesos al mes, a�imismo se le pagaban 5 a los de1nás soldados.
S�gún informadones obteni das, entre enero y junio de 1543 �e habían ga&tado en la gu e rra unos ocho mil castellanos, la maye.ría de lo::; cuales salie ron de dichos impuestos''o.
Las reivindicaciones de los negros debilitaron el sistema esclavista y crearon las bases que definirían i•i conglomerado social dominicano.
Las demandas que haden l0s esclavos eran un reflejo de la conciencia colectiva que se estaba gestando en ese grupo humano.
Aunque una vi. -üón de clase en sí todavía no era posible, entre las masas de esclavos existían intereses e identidades, como eran el lenguaje y las condiciones de vida, con todo lo que ellas implican.
Podemos ir más lejos.
El en- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es frentan1iento y oposición de los sectores oprimidos contra la clase don1inante, iba a definir a largo plazo una cultura popular opuesta a la cultura de élite 41
• Hasta el momento, la misma sólo podía ser identificada como una cultura de rebeldía que, aunque tenía sus bases en un grupo heterogénc:o, respondía a una cultura específica, en la cual, lo distante de su origen se iba a identificar con el objetivo común 4 • �.
En el momento que se desarrollaban estos conflic tos sociales, la clase esclavista criolla se percató de Ja inferioridad en que estaba, frente al conjunto de esclavos.
Sólo en las sierras del Bahoruco se encontraban reuni das más de 300 familias, entre negros y mulatos.
En una car ta enviada por el Dr. Aliaga a S.M. le dice, que la población blanca no pasaba de dos mil en toda la isla.
Entendemos que esa cifra es muy baja,,aunque posiblemente no pasan de 1.000 familias, o sea unos cinco mil blancos.w.
Ante tal situación, se temía un levantamiento total por parte de la población ne gra, y aunque no fuera ésta la única causa, se suavizaron los malos tratos a los mismos.
El establecimiento de un núme!o de escfovos estables en la isla desde la segunda mitad del �ügio XVI permitió que los mismo se pudieran aglutinar de manera más o 1nenos coheren te en torno a una identidad cultural original.
La formación de los nuevos componentes sociaíes fue el producto de la con vivencia entre la población esclava, y el elemeuto criollo, este último en proceso de definición 44• La misma daría origen a un conglomerado nacional estable, el cual se afianzaría a partir del el Dr. Cuenca, presidente de la Audiencia de Santo Domingo le dice q ue en la isla aran pette de la po blación está formada po r «... criollos na�idos en la tierra y criados con españoles que son mas ladinos y atrevidos que los demos y se ha tenido rela � ion q ue hazen j untas y hablan p alabras preñadas de mal sentido... ».
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Así, la simbiosis de negros y mulatos, fue el ele mento dominante en la vida dominicana, quedando relegados a un segundo plano los aporte de la minoría blanca.
Ese sect or se había estancado en su crecimiento desde la década de los años 40, sobre todo, por la poca emigración que en adelante hubo 4 r,.
Las manifestaciones culturales heredadas de negros en aquel período, particularmente la música, alimentación, reli gión, etc. fueron el resultado de esa síntesis.
El español de jaría, entre otros factores, su lengua como aporte más significa tivo.
Esta fue asumida de manera colectiva por el conglome rado de negros como medio de comunicación.
Los esclavistas evitaron por todos los medios que los esclavos se reunieran, sobre todo si eran de un mismo origen tribal.
El negro bozal, aunque se adaptara en más tiemp0 al medio, era preferido a los ladinos.
Ha sido una constante de ia hü; toriografía tra.. dicional dominicana el querer presentar este fenómeno de 111anera inversa.
Los máximos representantes de esa corriente histórica han estado dispuestos• a n1anipular la objetividad y las leyes de la historia con pretensiones políticas.
La tesis hispanista, una de las elaboradas por tales intelectuales era la manera de justificar el racismo, y con éste el antihaitianis• mo, una de las bases de sustentación ideológica utilizada por el estado despótico durante la dictadura trujillista 46 • V A todos los elen1entos que hen1os señalado como causan tes de la crisis del sector azucarero, se suma otro, que enten demos no es menos importante.
Nos referimos a los constan tes enfrentamientos que se desarrollaron entre los señores de ingenios y los representantes del alto clero insular.
Estos conflictos, que duraron prácticamence todo el siglo XVI, fue-ron debidos a la negativa de la oligarquía azucarera a pagar la parte correspondiente de los diezmos del azúcar y otros productos.
El primer pleito de que tenemos referenda, el cual fue llevado hasta la& altas instancias judiciales de Sevilla, se pro dujo en el mes Je junio de 15 3 7, entre los mie1nbros del ca bildo eclesiástico de Santo Domingo y el cabildo de esa ciudad.
En el mismo se discutía la manera en que se debía diezmar el azúcar de los ingenios y sobre el hacer iglesias en los mismos 47 • Desde los inicios de la colonización, el papel de la igle sia como instrumento ideológico di:! dominación estuvo clar o.
En la práctica, tenía que garantizar la sumisión de los indi os a aceptar a los colonizadores y la nueva doctrína que les se ría impuesta, además de permanecer fieles a la política ema nada de la Corona.
Ante tal situación, el clero que había en la isla tenía un gran compromiso, pero a la vez un gran reto, sobre todo, porque ante los cambios que se estílhan experimen tando en la iglesia española a partir de la reconquista, de los antiguos territorios cristianos en manos de los árabes, la mis ma tendría un nuevo espacio donde sembrar 1a doctrina ca tólica 48 • En vista de esto, la monarquía hizo ciertas concesio nes a los clérigos que estaban en la Española.
Les fue permiti do que administraran para su provecho los Jiezmos prove nientes de todo lo que se producía en la isla, exceptuando los metales preciosos: oro, plata, perlas, etc. Esta concesión fue hecha en 1512, a los recién constituidos obispados de Santo Domingo y La Vega 49
La compleja relación entre la jerarquía eclesiástica y la oligarquía azucarer� era el reflejo de las dificuitades de inte gración que se daban entre ambos poderes en aquel contexto.
La crisis que padecía la isla era algo que ponía en t;>e ligro los intereses económicos de dichos grupos.
Por un lado, los señores de ingenios estaban dejando de percibir las ganancias que hasta ese momento recibían, con el agravante de que perdían libertad de acción ante los grupos de comerciantes de la metrópoli.
Este fenómeno afectaba directa mente a la iglesia como parte de la �uperestruc: tura ideológica.
En la medida en que la base econ6mica entr�La en crisis, se reflejaba de forma directa en el apar! lto ideológico.
Así, se daba una interrelación entre econon1ía e ideología, estando esta última supeditada a la primera.
La iglesia dominicana se estaba ccnvirtiendo en un obs táculo para los intereses de la clase dominante, representado por el sector 3zucarero.
En este sentido, el cabildo de la ciu dad de Santo D01ningo, formado en su mayot parte por se ñores de ingenios y ganaderos, presentó ante el Consejo de Indias una solicitud, mediante la cual pedían que los prelados de la iglesia catedral pusiesen clérigos en los ingenios, así co mo en los demás lugares donde hubiesen concentraciones de �e gros.
Esta petición fue aprobada por la Corona, mediante una real cédula dada en la villa de Madrid el 4 de febrero de 1533.
Como era de esperar, el clero isleño reaccionó con in dignación, alegando que la medida afectaría a los diezmos de la iglesia, la cual estaba tan pobre, que no tenía construcciones que no fueran de paja M>.
La estrategia no podía ser mejor: con la misma, lo� miembros del Ayuntamiento -entiéndase señores de inge nios-buscaban eliminár a los representantes del cabildo ca tedralicio de la facultad que tenían para adn11nistrar directa mente los diezmos de la iglesia.
De igual manera, los dé- rigos que iban a ser asignados a los ingenios dependerían de la oligarquía azucarera y ganadera, por lo menos, en lo relativo a su mantenimiento.
Tales medidas, provocaron reacciones por parte de algunos miembros de la baja clerecía, los cuales cri ticaron públicamente a la jerarquía de la iglesia.
Fue durante la administración del obispo Alonso de Fuenmayor cuando salieron. a relucir los mayores conflictos.
Un caso particular se dio en la ciudad de La Vega, donde el obispo fue acusado su puestamente por el manejo personal que hacía de los diezmos.
Estos clérigos fueron reprimidos duramente por el prelado, quien además, para esa fecha, fungía como presidente de la Audiencia de Santo Domingo r.
1 • Hacia la segunda mitad del siglo XVI, la representación del clero secular que quedaba en ia isla Españoia fue decayen do en términos morales e intelectuales, fenómeno que no es capaba al conocimiento de la Corona.
El mismo cambio ope rado en la estructura social de la colonia fue un factor que incidió en ese proceso degenerativo.
La comunidad eclesiásti ca encontraría que la población de negros y mulatos estaba articulada mediante concepciones socio-culturales, y que ha bían conservado intactas sus creencias religiosas integradas ahora al medio antillano.
Pero más que eso, el calor de las luchas que libraban los esclavos impedía una práctica evan�e lizadora efectiva, sobre todo, por la desvinculación que había por lo menos, en términos estratégicos, entre iglesia y escla vos.
Todavía no hemos encontrado un caso en que la iglesia apoyara estos levantamientos.
Todo lo contrario, sabemos que dentro de la cúpula eclesiástica había un sector esclavista, fuer temente constituido �• 2
• Posiblemente esa fue la razón que im-- Los primeros prelados que llegaron a la isla en el sigl o XVI se caracteriza. ron por ser grandes pensadores y humanis tas.
Estos fueron los que fraguaron lo más alto de las ideas y la práctica evangelizadora.
La comunidad religiosa de aquellos tiempos tenía amplios conocimientos de teología y estaban comprometidos con sus designios religiosos.
Fray Pedro de Córdoba, Las Casas, Montesinos, son una muestra de aquella primera iglesia, gestores y creadores de la política evangeli zadora en Santo Domingo y América.
Sus convicciones morales y espirituales hicieron que las mismas chocaran con los intere supieron enfrentarse por encima de los intereses de la monar quía española.
La práctica inhumana del grupo de encomenderos española.
La práctica inhumana del grupo de encomenderos fue fuertemente et iticada por éstos, hasta el punto de ser blan co de duras críticas, poniendo en juego sus propias vidas.
Esa iglesia que vino en esos primeros años, no sólo evangelizó, sino que se opuso por primera vez al régimen cíe los reparti mientos y a los malos tratos que se les daban a los indios.
Posiblemente, los cambios ocurridos durante la segunda mitad del siglo XVI no fueron asimilados adecuadamente por los religiosos que había en la isla.
Si en la primera mitad Jel siglo XVI, los clérigos y demás miembros de las órdenes reli giosas provenían de la península, eso fue cambiando por su re nuncia a vivir en la isla�.
En cambio, los criollos, «... hijos de ve�inos prin�ipales, que andan en servi�io de la yglesia...
Otra de las dificultades que se presentaba, era la falta de pre lados.
Se llegó a dar el caso de que el cabildo catedralicio de la ciudad de Santo Domingo permaneció por más de 14 años sin obispo.
En 1566, la catedral sólo tenía cuatro canónigos y dos dignidades.
Estos eran, el deán, el tesorero, un racionero, dos curas y un clérigo que había en la parroquia de uno de los hospitales de la ciudad 55
• Tal situación provocó gran desorien tación y falta de cumplimiento d� las íabores regulares d e evangelización.
Las principales figuras que quedaban al frente de la igle sia seguían teniendo propiedades de tierras con granjerías y estancias, a las cuales le dedicaban má!'\ tiempo que a los tra bajos religiosos.
Esto fue reprochado poi la Ccrona en una real cédula dirigida al arzobispo, en la que le ordenaba lla mar la atención a los canónigos y demás dignidades • 00 • El lu gar que ocupaban algunos miembros de ia igh. �sia, les aseguraba un bienestar estable, sobre tod�, porque tanto el deán como los demás miembros del cabildo cobraban las capellanías a título personal, «... e para ello tienen su mayordomo particu lar que cobra las dichas rentas... »:n; en cambio, los sectores más ha jos de la iglesia, tenían que conf ormarst con los bene ficios que le dab�n los vecinos de la isla, pa1 ticularmente la población negra, ya que eran muy pocos los blancos que ha- Como podemos ver, la complejidad dei proceso social Jesarrollado durante esa centuria, &fectó a todas fos institu ciones de la sociedad dominicana.
Los protagonistas de este evento serían las grandes masas d� pobladores negros, como sujeto histórica, y sobre éstos, el rriollo, que ¿arfa forma a los primeros elementos constitutivos de la identidad nacional.
Con este planteamiento no queremos minimizar el papel!U gado por la clase dirigente ya que la misma se mantuvo pre sente y activa en todos los momentos de la vida social.
Ahora bien, el rol jugado por ésta en función de las redefiniciones y logros alcanzados en el aspecto político y social es inferior al desempeñado por las mayorías étnicas criollas.
Podemos de cir que las luchas libradas en el seno de la sociedad dominica na entre los diferentes estamentos sociales fue el vehículo que sirvió para la cristalización de las perspectivas de los sectores marginados.
Las contradicciones operadas entre la sociedad p o lítica ayudaron a definir todas las estructuras sociales de la isla, hecho que vino a concretar en el futuro, la síntesis final del pueblo dominicano. |
atención de los historiadores sobre todo por la información general de Puerto Rico que, como teniente de gobernador, sometió a l a Corona española en 1532.
Dicha información, entre otras co sas, contiene las <<Relaciones» sobre los colonos españoles, los indios encomendados y esclavos y los negros esclavos que han venido a conocerse en la historia.de Puerto Rico como el Cen so de Lando.
Lando es famoso, además, por fo_ carta en que dramatizó la situación crítica por la que atravesaban los co Jonos en la década de 1530 (disminución de la mano de obra nativa, endeudamiento, etc.), con sus frases célebres: «y fi nalmente el que 1nás arraygado está en la tierra no habla otra cosa sino así Dios me lleve al Pirú».
En la misiva solicitaba al rey que adoptase medidas para remediar la situación, «por ser esta la entrada y llave de todas las yndias y la primera de las pobladas» 1 •
Como es el caso de otros colonos favorecidos, Francis co Manuel de Lando fue uno de aquellos que disfrutaron de una encomienda de indios.
La encomienda fue d régimen so• cioeconómico característico de la primera fase de la coloniza ción.
Luego, Lando vendría a formar parte de la clase dominan te y sería uno de los protagonistas de la transformación de las relaciones serviles por relaciones esclavistas de producción ENCOMENDERO Y ESCLAVISTA.
MANUEL DE LANDO 3 se plasn1arían la nueva clase dominante de los �mos y la de los trabajadores esclavos.
Laboro con esta hipótesis.
Un esbozo del Lando que nos interesa sigue a continuación.
Cuando Francisco Manuel de Lando se trasladó a Puerto Rico, en el año de 1519, luchó por establecerse como enco mendero.
Venía procedente de La Española, donde había pa sado diez años.
Lando fue uno de aquellos colonizadores que impartieron a la encomienda una dimensión inter--colonial.
En y desde las Antillas se vio extender el proceso histórico com binado y desigual de la encomienda2 • En una probanza llevada a cabo en 1534, Landa mani festó que hacía 25 años más o menos que residía «en estas partes»: 10 años en La Española y 15 años en Puerto Rico:{.
Acerca de la década que pasó en La Española se sabe muy poco.
Sin embargo, notamos que durante ese tiempo se ex perimentaron períodos de apogeo y de desgaste del régimen encomendero en aquel primer emplazamiento colonial del Nue vo Mundo.
Posiblemente, Landa vio los últimos días de la gobernación de Fray Nicolás de Ovando ( 1502Ovando ( -1509)).
Se afin có durante la restauración del virreinato truncado de don Die go Colón, hijo del Almirante descubridor (1509-1514), y fue uno de los perjudicados en el repartimiento general de indios (1514)(1515).
Es posible que Francisco Manuel de Landa haya forma do parte de la flota de don Diego Col6n que ancló en Santo FRANCISCO MOSCOSO Domingo en junio de 1509.
Desde ese momento, como señala el historiador Roberto Cassá, se entabló una lucha entre fac ciones de grandes encomenderos capitaneados por el tesorero general, Miguel de Pasamonte, y una élite de funcionarios y criados, pequeños encomenderos y otros sectores que se he• neficiaron en torno a la autoridad del nuevo «Almirante Vi sorrey» 4
• Se trata del conflicto entre los «servidores del Rey», según se-autodesignaron Íos primeros, y los llamados deservi dores, como fueron tildados los segundos zs.
De haber sido así, Lando muy bien pudo haberse beneficiado del repartimiento practicado por don Diego en 151 O, en el que se cree que más de 3 3.
000 indios fueron reasignados en encomiendas.
Para estos apuntes sobre Landa en La Española, y lue go en Puerto Rico, sigo algunas pistas y estoy alerta a ciertas coincidencias.
A fines de agosto de 1519 Lando sometió una probanza reveladora en Puerto Rico ante el alcalde ordinario Pedro Moreno.
Haciendo constar su condición de vecino, Lan da afirmó ser el nuevo detentador de la encomienda colombina en Puerto Rico: «... e digo que por quanto los Reverendos pa dres gerónimos administradores de estas partes por Sus Al tezas me encomendaron todos los yndios e naburias que el Al mirante don Diego Col6n tenía en esta ysla de San Juan que es la ca�ica doña María Baganame y con todos sus yndios e naborías»6
• La historiografía dominicana registra brevemente un «Manuel de Lando», primero como criado de Diego Colón.
Y en seguida, según observa el historiador Frank Moya Pons, como uno de los condenados al ostracismo por el «gru po oficial» encabezado por Pasamonte, que lograron despla zar a don Diego del poder, provocando que el hijo de Colón se marchara a España donde pleitearía nuevamente, y duran te años, por sus derechos 7 • Lando permaneció en Santo Domingo como administrador de los bienes de don Diego Colón, para lo cual recibió un poder del Almirante fechado a 30 de noviembre de 1514.
Una semana antes había dado comienzo el repartimiento ( que se prolongó hasta enero de 1515) y en el que «Manuel de Landa» no figura con una encomienda.
Moya Pons subraya las intenciones políticas del nuevo repartimiento y las conse cuencias negativas para la propia esposa del virrey y para los dieguistas.
Tras efectuarse el repartimiento, <<la autori dad del Gobernador fue desconocida de una vez y por tod�s, y tanto María de Toledo como Manuel de Lando, a quienes Diego había encargado de conducir los negocios oficiales lo mismo que sus asuntos particulares, fueron completamente ig norados por todos los miembros del grupo oficial» 8 • ¿Era ese «Manuel de Lando» el mismo Francisco Ma nuel de Landa?
En la documentación conocida no hay nada que ligue directamente el uno y el otro.
En ningún momento, curiosamente, el Lando en Puerto Rico declara haber sido criado de don Diego.
Pero se conocen por lo menos tres ins tancias documentales en las que Lando fue identificado en Puerto Rico s6lo con el nombre de Manuel: firmando junto a los oficiales de Puerto Rico en una carta al emperador Car los V, en 15 34 9; como uno de los testigos llamados a corro borar los «Descargos» del gobernador Ledo.
Sancho Veláz quez en el Juicio de Residencia que se le celebraba en 1519 1 o, y con el nombramiento de teniente de almirante, nombrado personalmente por don Diego Colón con motivo de una visi-
ta de éste a Puerto Rico en 1520, y que comento más ade lante.
Si en su probanza de 1534 Lando consignaba su resi dencia en Puerto Rico durante los últimos quince años, en tonces 1519 sería el año en que llegó.
En su declaración so bre los «Descargos» de Velázquez dijo que tenía más o menos 30 años de edad.
Grado universitario no tenía, pues consta en una real cédula de 1537 que no era letrado.
Mas, duran te su juventud en La Española, Lando tomaría el curso en «política práctica» con su mentor colombino.
Francisco Manuel de Lando reclamó la encomienda d e don Diego Colón en Puerto Rico.
Si se trata de 1a misma per sona, como parece y creo era, algunos hechos (como el del nombramiento citado arriba) tendrían una explicación lógica.
Los 25 años de vivencia en las Antillas apuntados por Lando (en 1534) se pueden rastrear al 1509 con la llegada a La Es pañola y toma de posesión del gobierno por don Diego Colón.
Para entonces Lando sería un joven de unos 20 años, lleno de ímpetu conquistador y con buenas perspectivas de ascender en la escala social bajo el ala del almirante visorrey.
Es de su poner que disfrutaría de una encomienda gracias a ello.
Con solidaría su inserción en la clase dominante ( en un sector de ella) mediante su «conexión colombina», o dieguista, como prefieren denominar a los partidarios de don Diego los histo riadores dominicanos.
No está muy claro si fue despojado de su encomienda en el último repartimiento general de 1514-1515.
El hecho es que su nombre no figura entre los que recibieron indios en esa ocasión.
En todo caso, Lando pudo haber sobrevivido como hombre de confianza de don Diego.
Acerca del naci miento de Lando, que debió ser por el 1489 ó 1490, y su formación en España antes de emigrar para las Indias Occi dentales, todavía hay que investigar.
Ciertamente no provenía de un seno familiar totalmente desprovisto, sabía leer y es cribir y era muy versátil con la pluma, como se puede verifi car en toda la documentación disponible.
Adquirió bastante Con la partida de Colón para la metrópoli a fines de 1514, Landa se vio afectado por la alta oficialidad y enco - menderos contrincantes.
Soportaría circunstancias adversas en los cuatro años siguientes.
La marginación política a que fue sometido bien puede ayudar a explicar su decisión de esta blecer nueva residencia en la ciudad de Puerto Rico.
Y re comenzar desde otra base.
¿Con una «cara nueva»?
En lo poco que se conoce del Lando de La Española, d nombre de éste se identifica como Manuel11
• El Lando de Puerto Rico, sobre el cual existe bastante documentación, se conoce más bien por el nombre de Francisco Manuel.
Alguna razón de peso debió haber para que Francisco Manuel de Landa obtuviera la encomienda «que el Almirante don Diego Colón tenía en la ysla de San Juan».
Creo que la respuesta está en las piezas del rompecabezas que se han 3co plado aquí.
Es importante recalcar la experiencia previa de Landa como partícipe del régimen encomendero y conocedor de su colapso en La Española.Hacia el 1517 en La Española, la catástrofe del agotamiento de la mano de obra indígena era evidente e irreversible y la minería del oro se estaba tam.. baleando.
Además, allí Landa vio los primeros pasos dados en la construcción de ingenios azucareros y establecimiento del ré gimen de producción que se basaría en la esclavitud importada de Africa12
• Por lo tanto, en La Española, Landa fue testigo FRANCISCO MOSCOSO del proceso de decadencia de la encomienda y del surgimien to de la esclavitud.
La película había de repetirse años después en Puerto Rico, esta vez con Landa como una de las estre llas principales.
En 1520, y por los próximos seis años, don Diego Co lón volvería a gobernar Santo Domingo con derecho a man tener tenientes gobernadores en Puerto Rico, Cuba y Jamaica.
Lando pudo haber tenido algunas confidencias de que don Diego estaba de regreso.
En otras palabras, las condiciones políticas podrían volver a ser favorables para uno de los «de servidores».
Pero, por el contrario, tomando en consideración la crisis de La Española y quizás pensando que se le haría difícil convertirse en un señor de ingenios allá, el Landa de 1519 muy bien pudo haber tenido una sola cosa en mente:
¡ Dios me lleve a Puerto Rico!
Diego Colón fue restituido en la gobernación por orden real del 7 de mayo de 1520.
Procedió a nombrar a Pedr o Moreno como su teniente de gobernador en Puerto Rico.
Mo reno (por ende, Colón) encontró oposición por parte de un sector de los encomenderos, algunos de los cuales eran miem bros del cabildo.
Según relató el historiador Murga Sanz, en noviembre de 1520 y de pasada en Puerto Rico camino., su corte, don Diego requirió públicamente a los alcaldes y re gidores acatar su mandato de permitir al gobernador Morenc, participar en todas las sesiones del cabildo, como se acostum braba hacer en La Española.
Fue en este contexto en el que el almirante visorrey hizo pregonar el nombramiento de > 13 Resulta difícil decir qué forma parte de la cita y qué constitu ye la opinión de Murga Sanz: el historiador de nuestros días cerró filas con la realeza y su postura fue claramente anti dieguista 14• Un grupo de oficiales y miembros del cabildo, incluyendo al adelantado Juan Ponce de León, respetaron la autoridad de don Diego; otro grupo objetó y se reunió en cabildo «rebelde» en casa del contador Hernando de Mogo llón.
Murga Sanz no elaboró sobre esta riña.
Como cuestión de hecho, en Puerto Rico también afloraron las f"Ontradicciones entre los encomenderos que veían sus intereses mejor prote gidos como defensores del Estado absolutista y los encomen deros que sumaban su suerte a la del heredero de las Capitu laciones de Santa Fe.
¿Cómo quedaría parado Francisco Ma nuel de Lando en esta encrucijada?
La dialéctica de las con tradicciones sociales no se resuelve con la exactitud de las ma temáticas.
Después de haber sido depuesto de la gobernación en 1509 por Diego Colón, el adelantado Juan Ponce de León tendría motivos suficientes para ser anti-dieguista en 1.520.
Sin embargo, él fue uno de los que acataron la c! utoridad dei virrey restaurado.
Su biógrafo de cuatro siglos después (Mur ga Sanz) asumió la postura antidieguista.
Está claro que Lando prefiri6 jugárselas en el horizon te borrascoso de Puerto Rico antes de recaer en lo que para él fue atmósfera sofocante de La Española.
Santo Domingn le parecía inestable o incierto aun con don Diego de vuelta.
Lando pudo haber pensado eso reservadamente o tal vez lo discutió con el virrey.
¿Cuánto tiempo duraría la nueva go bernación colombina?
En Puerto Rico, Lando contaba con una encomienda, con dificultades como se verá, pero algo que para él representaba un camino con futuro.
Retrocedamos un instante al reclamo entomendero de Landa, con lo cual también se aprende algo sobre las encomien-
das y su funcionamiento en Puerto Rico y en las Antillas.
Dos de los testigos en la probanza de Landa ( 1519), Martín Cerón y Juan de Mesa, señalaron que desde el repartimiento general efectuado por Velázquez ( en 1514-1515, como en L1 Española) y hasta 151 9, don Diego Colón disfrutaba de una encomienda en la isla, a la cual estaba asignada la <<Cacica» doña María Bagaaname 1 • 5 y su contingente indígena.
En el docu mento, además, se emplean intercambiablemente los términos estancia, haciendas y granjerías del señor almirante.
Esta cáp sula de términos encierra una problemática de relaciones d� producción y de propiedad cuyo análisis desborda mi objetivo aquí.
Pero vale la pena tener presente que las formas de pro piedad y las unidades de actividad económica durante la fase de la encomienda, de acuerdo a como se desarrolló en las Antillas, y en Puerto Rico en particular, muestran esta flui dez.
Unidades económicas bien delineadas con significados más estrictos, por eje1nplo, hatos, haciendas, estancias e inge nios, como unidades dedicadas a la producción pecuaria, agrí cola y azucarera comercial, respectivamente, tomaron formj en las formaciones coloniales sucesivas.
Don Diego Colón fue uno de los principales encomen deros ausentistas que también tipificaron el régimen por lo menos hasta 1520.
Bagaaname, hija del cacique Caguax, fi gura como «cacica» ( obsérvese, como «doña María») en la-.; circunstancias de la desarticulación del sistema cacica! preco lombino.
Pero «Bagaaname» subraya la instru1nentalidad del cacicazgo en la configuración de la encomienda �olonial 10 • Los padres jerónimos a los que se hace mención en la probanza, como se sabe, fueron enviados por el regente car•• denal Cisneros a administrar las Indias entre 1517 y 1519 17• Los jerónimos traían consigo un proyecto de reforma para en• frentar el problema grave de disminución de los indios.
Ellos sondearon a los encomenderos y oficiales, quienes afirmaron que los indios carecían de capacidad para gobernarse a sí mis mos siendo necesario mantener el régimen de las encomiendas.
De ahí que Lando indicara que más o menos dos meses antes de hacer su probanza (agosto de 1519), le habían encomenda do los indios adscritos a don Diego Colón 18
• Puede ser que en el verano de ese año, con la cédula de encomienda en sus manos, Landa mudara de isla.
Los testigos de la probanz3 co rroboraron haber visto «la dicha �édula de encomienda».
Por virtud de la concesión jeronimiana y por mandamien to de Juan de Castellanos, visitador de indios, en nombre de Lando se efectuó el traspaso encomendero el día 26 de julio de 1519.
Rodrigo Palos, estante en la isla, manifestó: «en el mes de julio pasado otro día después del día de Santiago vio e estando este testigo en la estan�ia del señor almirante donde estavan la dicha ca�ica e yndios como Martín Cerón en nom bre de Francisco Manuel fue a la dicha estan�ia e notificó un mandamiento al dicho Francisco Padilla que allí estava para que le diese a la dicha ca�ica e yndios e naborias porque dezía tenerlos encomendados el dicho Francisco Manuel, e el di cho Padilla se los dió>> 19
• Los indios fueron llevados a la es tancia de Martín Cerón, quien había sido oficial dieguista en Puerto Rico en los comienzos de la conquista.
Landa podía sentirse en casa.
La razón para esta mudanza a la propiedad de Martín Cerón, ade más, parece ser la de que todavía Lando no estaba plenamen te establecido en • el nuevo suelo.
Es interesante notar el lenguaje que Landa empleó al validar su encomienda.
Armado de su cédula y «por manda miento del vesytador», él declaró: > y disponiendo el pago de un «salario justo» por servicios de encomienda.
A lo que se sumaban las ordenanzas de 1512-1513 (Leyes de Bur gos) y las directrices de los jerónimos.
Es decir, la Coronn autorizaba al encomendero en relación a los indios «para que los administre en las cosas de la fe, y se sirva dellos, y ellos se aprovechen de él en lo del vestuario y otras cosas, según se acostumbra»!!t.
Lo del vestuario se refiere 1 la modalidad de pago en especie (pero tasado en un peso de oro por jor nada) del trabajo encomendado.
En ningún caso la Corona permitía la constitución de feudos.
Esto no excluye la pre sencia de un elemento servil en las disposiciones de encomen dar indígenas.
Pero tampoco Landa y la cacica Bagaaname y sus indios entablaron relaciones esclavistas.
El historiador Silvia Zavala, en su obra magistral sobre la Encomienda, refiere «posesiones» en el sentido de «toma de posesión» de las encomiendas con arreglo a las normas reales 22
• La encomienda colonial en las Antillas, a mi ver, articulaba relaciones serviles de acuerdo con d trasf ando v prácticas encomenderas (señoriales) en España, relaciones tri bal-tributarias propias del medio cacica! taíno, y relacirn1es
precapitalistas presentes con el jornal cacona (como le llama ban los indios al pago).
También se utilizó el trabajo de escla vos indios, mas como relación subordinada a b de la cnco n1ienda.
Estos procesos, al mismo tiempo, estaban conectados con las actividades del capital comercial de la época.
Por lo tanto, no es de extrañar que Lando estuviera invocando algu na potestad señorial con la que también estaba dotada la en comienda.
Landa solicitaba del alcalde Moreno un oficio que ratificara su encomienda «ad perpetuam rey memorian o en cual quier manera que de derecho ay a buen gobierno», y confor • me a las pruebas de la probanza 23
• La preocupación de Lande era que por aquel tiempo las autoridades estaban inclinándose a supritnir las encomiendas de oficiales y ausentistas (forma l izado en 1520): los indios que Lando recibía eran los del almirante visorrey.
Si el rey Carlos estaba dispuesto a abdicar sus indios de encomienda (por ej., los de la Real Hacien da), tampoco iba a permitir a don Diego permanecer con los suyos.
Un precavido Francisco Manuel de Landa quiso rati ficar su encomienda antes de que la nueva política se pusie-
que se refería Brau (pero que también aconteció o comenzó a hacerse en 1519) no es conocido, pero es probable que fue ra un poco después de que Landa tomara posesión de su en comienda.
Consta, en efecto, que Sebastián de la Gama fue encargado de reunir los indios encomendados de la Corona y otros altos funcionarios de la metrópoli, del tesorero general Pasamonte, los del regidor Juan Ponce de León, los de algu nos encomenderos difuntos y otros que se confiscaron por «mal tratamiento».
Como alegadamente los indios no tenían a donde ir, quedarían en la Real Hacienda de Toa «en depó sito».
Estos indios podían ser empleados sobre la base de con tratación voluntaria.
Ya se estaba allanando el camino para la abolición gradual de la encomienda en Puerto Rico.
Pero, simultáneamente, el depositario Sebastián de la Gama quita ba los indios de una parte y los re-encomendaba en otra.
Tam bién los indios del almirante -30 según la relación oficial fueron colocados en depósito 2' 6• Sin embargo, acabamos de ver, basándonos en la pro banza, que los <<papeles» de Lando estaban en orden.
Técni camente hablando, una vez que Lando había tomado posesión de la encomienda no había base legal para su confiscación.
Parece que quien actuó arbitraria e ilegalmente fue Sebas tián de la Gama que, a su vez, fue acusado Je perjurio.
El pleito que se montó entre Lando y Sebastián Gama se pro longó varios años.
A mediados de 1523, la Corona instruyó a la audiencia de Santo Domingo a procurar una solución con temporizadora.
La real cédula en parte, lee: sabiendo que no son suyos c! iz q ue los ha tratado muy mal, y son muertos más de ]os medios que al dicho Francisco Manuel le fueron encomendados por los padres j erónimos... por ende, yo os mando que luego veáb lo susodicho, y llamadas y oídas las partes, brevemente hagáis y t1dministréis entero cumplimiento de justicia, sin dar lugar a largas ni dilaciones de malicia, de manera que las parte s no reciban agravio de que tengan razón de se quejar...
26 Sebastián de la Gama se valió de la posición e influen cia de su hermano, el otro licenciado Antonio de la Gama, juez de residencia y gobernador en 1519-1520.
No sabemos si la Audiencia dio una solución salomónica dividiendo los indios restantes entre las partes en litigio.
La Jocumentación del caso, de existir, no ha sido descubierta o procurada.
Pero hay base para creer, como veremos, que Landa se valió de otros indios de encomienda.
Su situación de clase, como en comendero y esclavista durante la década del 1520, por aho ra la establecemos por inferencias.
En el censo de 1530-1531 Francisco Manuel de Landa informó que era dueño de 44 negros y negras t: sclavos, más cuatro indios esclavos, y todavía dependía de cuatro indios libres naborías a:?.
Es posible que Landa no pudiera disponer de los indios transferidos de la encomienda Je don Diego, después del embrollo del «depósito».
O quizás la audiencia resolvió dar unos a Lando y otros a Sebastián Ga1na.
La otra posibilidad es que Landa tuviera acceso a otros indios.
Pero es claro que el puñado de naborías era un residuo de indios que tuvo en calidad de encomendero en años previos al censo.
Desde 1525 en adelante, Lando y otros encomenderos debieron combinar su fuerza laboral encomendada con una ere.. ciente mano de obra esclava de origen africana.
Durante la fase de la encomienda y minería del oro muchos encomenderos suplementaron (unos más, otros menos) el trabajo de los in dios encomendados con el de indios esclavos.
La esclavitud jndígena entonces una relación de producción subordinada a la encomienda, dialécticamente sedimentó el camino para la esclavitud negra.
En la fase de la decadencia de la encomienda (sobre todo en la década de 1530) la inminente extinción de la mano de obra nativa, tanto encomendados como esclavos, se hizo patente.
Esto se debió a la aniquilación física de los taínos y a la imposibilidad de traficar masas de indios de otras fronteras de colonización en América donde había necesida des propias de trabajadores.
Los colonos no: �staban prestos a repetir el error antillano.
El agotamiento de los indios de encomienda y la insuficiencia de los indios esclavos dispar6 la demanda por una masa de esclavos importados de Africa.
Los traficantes de esclavos del continente negro debieron anun ciar y vender su mercancía como una fuente inagotable de tra bajo forzado.
Francisco Manuel de Landa tenía experiencia práctica ( en La Española) con procesos de transición en los sistemas económicos.
Por coincidencia, en el mismo año en que se mudó a Puerto Rico, en 1519, se comenzaron a descargar en
la isla las primeras centenas de esclavos negros ( alrededor de 600) importados de los ya existentes en Castilla y de Afri ca M. Pero en ese momento Lando estaba más interesado en asegurar para sí una encomienda de indios.
La situación había mudado considerablemente para me diados de la década siguiente.
Los indios continuaban dismi nuyendo y cada vez eran mayores los estorbos para reaprovi sionarse de éstos.
La real cédula del 12 de julio de 1520, or denando poner en libertad a los indios de Puerta Rico, desen cadenó un proceso de abolición gradual de la encomiend� 34• Para las navidades de 1525 la Corona encargaba al cé lebre fray Antonio de Montesinos, director de lo� dominicos, supervisar personalmente la emancipación de los indios y las nuevas relaciones de trabajo y obligaciones fiscales que les cupieran.
«Hemos acordado», decía la orden!:' eal, «que los indios que al presente estén vacos, y de aquí en adelante: vacaren en esa Isla, se pongan en libertad, imponiéndolos el servicio y tributo que• a vos os pareciere».
Esto, que está pres crito desde 1520, no parece haber sido muy acatado.
Hubo indios re-encomendados, y eso se sugiere más adelante en el texto de esta cédula: «por lo cual os mandamos y encarga mos que luego que ésta os fuere mostrada, os informéis, y se páis si hay algunos indios en la Isla, que están vacos por muer te de las personas que los hayan tenido y tenían encomenda dos, y no se hayan encomendado, y así a éstos como a los que vacaren de aquí adelante...los hagáis poner y pongáis en aque lla libertad y manera de vivir que vos viereis que de justicia y raz6n deben tener... » ais.
Montesinos, un defensor probado de los indios, no tenía luz verde en este menester.
La señal de la abolici6n gradual era amarilla intermitente.
El estaba obligado a actuar con el parecer del obispo, don Alonso Man so, quien tenía intereses creados en la encomienda.
Pero ahora las cosas estaban cambiando.
Manso también se vio afectado por la reducción de los indios y habría de abrirse a la esclavitud de los negros.
La compra de escla vos de Africa fue facilitada mediante licencias y concesione'i especiales del emperador Carlos V. El 20 de febrero de 1524 el monarca imperial había instruido a los oficiales de la Casa de la Contratación en Sevilla, en el sentido de autorizar la im portación de 4.000 esclavos negros por espacio de ocho años, con providencias para doblar el número de acuerdo con la demanda: «vista la suplicación de las dichas Indias» 86
• De este bulto grande 500 esclavos deberían destinarse a la i.;la de San Juan (Puerto Rico) siguiendo los caminos legales.
Mu chos otros esclavos negros fueron introducidos clandestina 4 mente, a escondidas o a sabiendas de los mandones coloniales.
Landa se fue haciendo qe su pelotón de esclavos negros.
Simultáneamente la realidad encomendera se di'5olvía ante los ojos de todo el mundo.
Con su patrón, don Diego Colón, el encomendero-esclavista Francisco Manuel de Landa había aprendido sobre cómo consolidar la base económica con la autoridad que confiere la esfera política.
A través de Lando puede estudiarse, con muchas sorpresas inéditas por venir, maneras en que se complementaban las estructuras y las su perestructuras de la sociedad.
La conexión colombina, después de la muerte de don Diego, todavía daba motivos a Lando para estar risueño.
La «Señora Virreyna doña María de Toledo en nombre de Su Majestad» le encargó la tenencia de gobernación de Puerto Rico, desde el 2 3 de marzo de 15 3 O a 1
• Sin hacer cons tar su base documental, monseñor Murga dio por iniciado el período de gobernación de Lando «desde diciembre de El mismo mes que asumió la gobernación en 15 30, la Corona le solicitaba hacer una información comprensiva de la población y de diversos asuntos de interés para las autori dades imperiales.
A primera vista sobresale el gran nú mero de esdavos negros ya existentes en Puerto Rico.
Como se puede apreciar, las relaciones de encomienda se encontraban en un proceso avanzado de disolución.
La una vez subordinada mano de obra india esclava ocupaba una po sición intermedia.
Y la esclavitud de importación africana de, plazaba al combinado indio encomendado y esclavo.
Puerto Rico vivía una fase histórica particular de cambio social y económico.
Por el camino de la encomienda a la esclavitud de importación de Africa, como se conoció en las Antillas, no atravesaron todos los pueblos de Hispanoamérica.
Desde fines de la década de 1520 y a lo! argo de la dé cada de 1530, en Puerto Rico se llevó a cabo una transición de la encomienda a la esclavitud.
Apenas se conocen las lí neas generales de este proceso, pues todavía no ha sido 0b jeto de una investigación exhaustiva.
Las relaciones esclavis tas de producción, articuladas con el tráfico ie esclavos de Africa, no se plasmaron sino hasta después de la abolición de la esclavitud y encomiendas de indios con las Nuevas Leye'i de 1542.
Para mediados del siglo XVI se establecería un com plejo económico-social de ingenios azucareros.
Entonces, los señores de ingenios se erigieron como la nueva clase dominan te, basada en la hegemonía del modo de producción escla vista.
El surgimiento del esclavismo colonial en los años 30, sin embargo, debe e.
studiarse en relación con el desmantela- En lo que atañe al cuadro demográfico de los negros es clavos, pudo haber una variación decreciente entre el momen to del censo en 1531 y 1539.En este último año nuevamen te los oficiales solicitaban licencias para importar la indispen sable fuente de trabajo, y escribían:
En esta ysla ay poca cantidad de negros porque e.le poco tiempo a esta parte se han sacado muchos para el Perú e Nueva España e otras partes que vecinos de esta ish se han ido con ellos 40.
Francisco Manuel de Lando fue uno de los colonos q ue al momento del censo contaba con un número grande de ne - gros esclavos y poquísimos indios naborías.
¿Cuál seda su si tuación después?
En general, la fuerza laboral africana tam bién fue empleada en las actividades mineras.
Probablemente Landa logró una posición económica cómoda.
En 1530 Lan do ya era gobernador y como tal no podía prescindir de alia dos de clase.
A veces esas alianzas se reforzaron mediante ma trimonios convenientes.
Esto también lo aprendió bien de don Diego, a quien un casamiento estratégico le ayudó a ganar
De acuerdo con el historiador Salvador Perea, Lando se casó con Teresa de Rivera, herma na de Alonso Pérez Martel41 • Pérez Martel hat'ía de conver tirse en un regidor de influencia y en uno de los poderosos señores de ingenios de Puerto Rico.
En su probanza de 1534, Lando declaró que hacía unos tres años era casado y había enviado por su mujer a Castilla42
• Durante su administración de gobierno Landa abogó en favor de préstamos reales para la construcción de ingenios de azúcar.
Al presente no se tienen más noticias acerca de las acti vidades económicas del gobernador.
Sin duda, como hicieron los encomenderos-esclavistas en general, buscó oro con sus naborías y esclavos negros.
Lando, a su vez, era un terrate niente pero no sabemos de qué porte.
Una de las quejas que él tenía y motivo para la probanza de 1534 era que, desde que asumió el cargo, lo ejercía «sin salir a residir ni entender en granjería suya».
Cada año iba a llevar a cabo la visita ru tinaria de la villa de San Germán.
Pero «no le dan cosa al guna de salario» y él tenía muchos gastos.
Landa planteaba una reivindicación salarial en un medio prec�. pitalista colo nial.
En esa coyuntura repleta de dificultades Landa disfru taba del apoyo de algunos colonos principales.
El regidor García Troche testificó a su favor: «es público y notorio que no le dan salario por el dicho cargo e que si se Jo dieran este testigo lo supiera».
Y el alcalde ordinario, Diego de Cuéllar, expresó: «que desde que tiene el cargo le a vysto residir en el cargo syn visitar sus haziendas e que sabe por no las besytar a recibydo daño en ellas» 4a.
Nótese que Cuéllar subraya la posesión de haciendas (en plural).
¿Dedi cadas a qué actividades?
¿Lando intentaría experimentar con la producción de azúcar?
Aunque no lo hiciera, se unió a un sector de vecinos, que incluían a su cuñado, interesado en la transformación so cial y económica.
Su firma encabezó la lista de los miembros del cabildo de la ciudad de Puerto Rico en la «Instrucción de la Isla de Puerto Rico» (1534) que enviaban con el pro• curador Juan de Castellanos para presentar al �n1perador.
En tre sus peticiones importantes, solicitaban: «que Su Majestad sea servido en mandar prestar a algunos vecinos de esta ciu dad, casados y abonados, y que estén sin deudas, cada dos 1nil pesos de oro, para que• cada uno haga un ingenio de moler azúcar» 44• Proponían la construcción de no menos de seis ingenios.
Una vez más, Francisco Manuel se encontraba pu lulando en un proceso de transición histórica.
Mas él no es taba destinado a conocer la síntesis.
La gobernación de Francisco Manuel de L�ndo, al pa recer, concluyó en el verano de 1536.
Pero la:-; contradiccio nes entre los colonos, que se • expresaron en tét• minos de co lombistas (remontándose a los días de Cristóbal Colón) y sus contrarios, no habían cesado.
La audiencia de Santo Domin• go ponía al rey al corriente de la situación: «muchos vecinos de San Juan pidieron residencia contra Francisco Manuel de Landa, teniente de gobernador por el Almirante, porque ser vía más de siete años el oficio sin dar cuenta».
Para la tarea la audiencia comisionó al licenciado Juan Blázquez por real cé dula fechada a 26 de mayo de 1536.
En otra comunicación oficial del 12 de julio, la audien cia certificaba que el doctor Blázquez realizó el juicio de re sidencia de Lando.
Según los oidores, Blázquez «sosegó la5 parcialidades» 4 r..
Al menos las discordias de origen dieguis-ta.
Landa fue sucedido por Vasco de Tiedra, quien ejerció el cargo de gobernador por breve tiempo.
Desde el punto de vista del Estado absolutista una mudanza política crucial se estaba fraguando.
El tesorero Juan de Castellanos informaba en 1537 que la saca de oro venía en disminución e imponía altos costos.
También avisó de la salida de habitantes llevándose sus es clavos.
Para poner en orden la contaduría de la isla el teso rero recomendaba los nombres de Troche, del teniente de go bernador Tiedra, y de Landa 4
Después de e;;ta mención el nombre de Francisco Manuel de Lando se desvanece de la do cumentación investigada.
M; irga aludió a las reales cédulas del 7 y 14 de julio de 1536, en las que el rey mandaba «que no se permitan molestias en torno al jui cio de residencia de Landa», que cualquier reclamación contra él se remitiera al Consejo de Indias, y que una vez concluido el juicio «no se le obligue a ejercer otro cargo por ser viejo y estar enfermo» 4.
Desa fortunadamente, no se ha encontrado la Resider.cia del gober nador Landa, que indudablemente podría nutrirnos de infor n1ación substanciosa sobre el encomendero y esclavista y, por supuesto, de su período de gobernación.
En todo caso ya no contaría con el apoyo de un almiran te visorrey.
En ese mismo año (1537) el nieto del descubridor, don Luis Colón, daba por cerrados los pleitos de su familia con la corona, transando por un marquesado en Jamaica y otros privilegios de dinero 48
• Para Francisco Manuel de Landa esa fue la última coincidencia.
17 Francisco Ximénez de Cisneros (1476-t,17), arzobispo de Toledo, tras la muerte del rey Fernando en enero de 1.516, se desempefió como regente brevemente.
38 Historia Documental de Puerto Rico, vol. II, pág XLII. |
Como muchos otros emigrantes venía atraí do por el espejismo de la riqueza americana, pero también como otros recién llegados a Indias se reembarcó desilusionad0 para volverse a Granada, por no hallar «conveniencia en que buscar la vida».
Al parecer se detuvo en Cuba un tiempo y esto fue suficiente para recapacitar sobre su apresurada deci sión.
Así, en 1630, tomaba un• barco en La Habana de regreso a Nueva España, «viniendo a pie y en la recua de los pobres»
ANTONIO RUBIAL GARCÍA iadaron muy pronto a la ciudad de México y rsí, para me diados del siglo, la mayoría de los capitales utilizados en la minería procedían de esa plaza, e incluso numerosos comer ciantes que operaban en Zacatecas lo hacían con caudales procedentes de la capital.
Fue seguramente p: Jr esta época cuando Diego del Castillo se radicó definitivamente en la ca pital del virreinato 2 • Durante su estancia en los reales de minas, don Diego descubrió también que había mucha necesidad de metal amo nedado y fue entonces, a mediados del siglo XVII ) cuando se convirtió en mercader de plata.
Este tipo de comerciante, nos dice Bakewell, «era un rescatador a gran escala.
Compraba plata en bruto en grandes cantidades y actuaba como provee dor de crédito en gran escala por medio de agentes que vivían en los poblados mineros» = �.
Tenemos así dos actividades fun damentales de los mercaderes de plata: el abafltecimiento de moneda en las ciudades norteñas y la concesión de créditos o aviamiento a los mineros.
Como abastecedores de moneda los n1ercaderes de plata tuvieron una fuerte vinculación con la Casa de Moneda de la ciudad de México, la única sede autorizada para tales efec tos.
David Brading dice que, a principios del siglo XVIII, «... la acuñación era un proceso largo especialmente porque 1a Corona había concedido el privilegio de acuñar, mediante una renta fija, a ciertos individuos particulares que carecían de fondos suficientes para comprar todas las barras de plata que llegaban a la capital.
Así pues, la mayoría de los mineros preferían vender su plata a comerciantes o a br-mcos de plata con sede en México, con un descuento de un real sobre cada marco cambiado.
Este sistema tan insatisfactorio fue abolido en 1729, cuando la Corona nombró oficiales asalariados, dotó a la Casa de Moneda de un espléndido edificio y estableció un UN MERCADER DE PLATA ANDALUZ 3 fondo revolvente de medio millón para la compra inmediata lle toda la plata» 4 • Sin embargo la actividad como abastecedores de moneda pasó a un segundo término pues muchas veces la plata era pagada en especie, con mercancías, y la mayoría de los avia dores de provincia tenían cuenta con los almaceneros de la capital.
Por tal motivo muy poco metal acuñado regresaba a ]os campos mineros y, así, los mercaderes de piata tuvieron mayor influencia como proveedores. de telas, herramientas, alimentos y artículos de lujo que como abastecedores de mo neda.).
Pero de todas sus actividades, la más sobresaliente fue la que realizaron como aviadores de capital p&ra la minería.
A cambio del crédito concedido, los mercaderes obtenían no sólo jugosos intereses, sino también mejores precios al com prar la plata de los mineros.
Los préstamos se hacían sola-1nente a personas solventes y se entregaban en pequeñas can tidades a intervalos frecuentes.
La falta de moneda acrecen tó el crédito y con ello aumentaron las libranzas, letras d� cambio y vales, que aseguraban además las fortunas contra los bandoleros de los caminos.
Tanto el capital prestado como el interés (6 reales poi marco promedio), eran cobrados por agentes que tenían los comerciantes de la ciudad de México en los reales de minas.
Estos agentes realizaban su labor en el momento en que lo s 1nineros llevaban las barras de plata a quintar a la caja real para pagar el impuesto correspondiente.
Para los comercian tes era mejor obtener la plata quintada por los mineros, quie nes sólo pagaban un impuesto del diez por c: ento por St!.á:' productores directos.
Con ello se evitaban el pago del veinte por ciento exigido.a los no productores.
Los corregidores, alguaciles mayores o funcionarios pri- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es vados actuaban como agentes de los mercadere" en los reale� de minas.
Los corregidores, a pesar de la prohibición de que los funcionados de la Corona tuvieran negocios de este tipo, fueron al parecer los primeros en financiar con sus fondas a los mineros.
Con el tiempo, sin embargo, se convirtieron en meros intermediarios o agentes de los mercaderes de plat•;¡ de la ciudad de México.
Tal fue el caso del corrLgidor André:; de Estrada, acusado en un juicio de residencia en 1683 de haber proporcionado ilegalmente avíos a los 111ineros, quien Jedará que no lo había hecho en su nombre sino en el de algunos mercaderes de plata de apellido Retes que vivían en M.,.
6 J.. ex1co Con la afluencia de capitales a las minas, -�,_ � pusieron en explotación nuevas vetas y la Corona incrementó el abasto de 1nercurio al darse cuenta que los mineros tenían la capacidad de pagar al contado.
Los mercaderes de plata c.un1enzaron a ser, por tanto, sumamente útiles para la economía n1inera desde mediados del siglo XVII.
Diego del Castillo era ya un importante n1ercader de plata entre 1650 y 1660 y seguramente su principal centro de actividad fue San Luis Potosí.
Bakewell menciona en esl década dos pares de mercaderes de plata que vivían en Mé xico, pero que hacían sus transacciones en Zacatecas a través del alguacil mayor capitán José de Villarreal.
Ellos eran los capitanes José de Retes y Dámaso de Zaldivar, Juan de Urru tia Retes y Luis Sáenz ( Sánchez?) de Tagle7
• El hecho de que no aparezca Diego del Castillo entre ellos se debe, muy po dblemente, a que sus agentes actuaban en San Luis Potosí, el otro gran real de minas del Norte de México.
Para 1650 Diego del Castillo ya estaba casado con Elena de la Cruz, que era muy posiblemente una muchacha de ori gen criollo.
De esta mujer y de su familia no he encontrado ninguna noticia.
Su acta matrimonial no aparece en el archi vo de la parroquia del Sagrario Metropolitano, por lo que pu-Jiera pensarse que el matrimonio se realizó en otra ciudad de Nueva España.
La búsqueda en el Archivo de Notarías tam bién fue infructuosa pues las actas del notario José Muñoz de Castro, ante quien testó Doña Elena en 1679, tampoco existen.
Es muy posible que Diego del Castillo haya despo s¡,1 do a Elena de la Cruz cuando ya tenía una posición desaho gada, aunque era común que las familias criollas búscaran maridos para sus hijas entre los hombres peninsulares, sin que fe eran necesariamente ricos ni nobles.
Después de varios años de matrimonio la pareja no lo gró tener descendencia.
Por ello, alrededor de 1653 adoptaron;J su primera hija, a quien pusieron María.
Una decada después hicieron una nueva adopción y la criatura fue llamada Fran.. c;�ca, como la madre de don Diego.
Para este tiempo Cas tillo ya era miembro de la Archicofradía del Santísimo Sacra mento, en donde llegó a ser diputado, y es muy posible que esta huérfana procediera del Colegio de la Caridad que esa hermandad administraba8 • La pertenencia a hermandades y cofradías era un signQ de piedad y prestigio en la sociedad novohispana y don Dieg o era micn1bro de algunas de lafi más importantes de la ciud9. d, l>cupando en ellas incluso cargos destacados.
Peaeneci6 con s.. �guridad a la cofradía del Rosario con sede en la iglesia de Sfü1to Domingo, de la que era vecino.
Tuvo los cargos de con cíliario de la tercera orden de la penitencia de San Francisco y de prefecto de la congregación del Divino Salvador con sede en la casa profesa de los jesuitas.
También en estas fecha� consiguió la hermandad en las órdenes religiosas de San Agus tín, Santo Domingo y San Diego, seguramente otorgada por hts dadivosas limosnas que dio a sus conventos n.
Además de estos honores, don Diego consiguió el título de capitán, como la mayoría de los ricos come1.• c1antes de su t�t: mpo.
Pero en cambio no buscó nunca el de caballero de una orden militar como la de Santiago o la de Alcántara, ni su ingreso al Consulado de comerciantes de la ciudad de Mé A pesar de no tener familia propia, Castillo se compor t:J con sus hijos adoptivos de la misma forma que un padre d2 esa época lo haría con los propios.
El 1 O de julio de 166 7 su «primogénita» profesaba en el Real Convento de Jesús M�. ría, uno de los más prestigiosos de la ciudad, con el nombre de María de la Trinidad12• Don Diego concedió a su hija adop tiva una celda privada y una casita adosada a! os muros del c0nvento, de la que María obtendría alguna renta.
Para 1a iglesia conventual que la albergaría regaló también un retablc Jedicado a Cristo Crucificado y al apóstol Santiago rn.
En 16 7 3, un año después de la profesión de María, don
]Jiego casaba a Francisca, su segunda hija, con Domingo de la Rea, un capitán vasco natural de Erive, en Alava.
Domingo erq viudo, y de su primera mujer Josefa de Solí� y Palomino, había tenido varios hijos 14 • Seguramente también se dedicab3 éll comercio y podríamos decir que era un buen partido.
Resul • té, tan bueno, que cinco años después, el 28 de junio de 1678, Castillo lo convirtió en su socio y fundó con él una compañía para el tráfico de plata.
Estas compañías fueron el antecedente de los bancos de plata del siglo XVIII.
Las ganancias obtenidas fueron separadas en tres partes, de las que una era para Domingo de la Rea «por su asistencia y traba jo>> y las otras, dos para Diego del Castillo, el socio capitalista.
De esas ganancias fueron sacados «90.000 pesos en rea les para el gasto y costo de la fábrica de la Iglesia, vivienda, pc, rtería y lo demás del convento de religiosas descalzas de Señora Santa Isabel desta ciudad».
Don Diego se hizo cargo de concluir la iglesia y hacer el convento, para lo cual su compañía donó los 90.000 pesos mencionados y él, de su peculio, otros 10.000.
La iglesia, techada con hermosas bóvedas, fue dedica da el 27 de julio de 1681.
No obstante la obra conventual no Ílte acabada sino hasta el 26 de julio de 1683, poco más de cuatro meses después de la muerte del patrono u,.
Cinco años atrás, don Diego había concluido también el e )dvento y el templo de los franciscanos descal?.os de Sant:l l\1Jría de los Angeles de Churubusco.
La iglesia fue dedicada el 2 de �nayo de 1678 por el obispo electo de Guadiana fray Bartolomé de Escañue la y en sus claustros fueron albergados 30 religiosos, ademá:, dd noviciado.
El cronista de la provincia de San Diego de �léxico, fray Baltasar de Medina, quien nos dejó estas noti cias, decía en 1682 de este benefactor de su orden: «...los h0mbres que no dexan de si alguna memoria, su vivir y mo rir no han sido racionales, porque los famoso•� edificios son inmortales pregoneros de corazones generosos»
A los pocos meses de terminada, la iglesia de Churubus co recibió el cuerpo de doña Elena de la Cruz, muerta el 3 de mqrzo de 1679.
Cuatro años más tarde, el sábad,J 13 de marz•) de 168 3, el generoso mercader de plata era dcposi tado tan1-b1 én en el mismo sepulcro, junto a su esposa, J un lado dd presbiterio.
Dos esculturas de madera policromcda vestida�� con negros atuendos, fueron colocadas sobre las tumbas de los patronos del convento y han conservado hasta nuestros dí,,s sus efigies.
Las exequias por la muerte de don Diego fueron cele bradas el domingo 14 de marzo con gran esplendor.
Acudie ron a cantar el responso frailes de todas las órdenes religio;;as asentadas en la capital y se dijeron misas «de a peso» po: su alma en cuatro altares construidos en su casa.
No menos espectacular fue el entierro efectuado el lunes 15 en la iglesia de Churubusco.
Según su disposición tes tamentaria fue amortajado con el hábito de los descalzos de San Francisco.
Al acto luctuoso asistieron, además de los re presentantes de los religiosos de todas las órdenes, cien clé rigos a los que se les pagó cuatro pesos por su asistencia.
En los días que siguieron se mandaron decir mil misa'; rezadas por su alma que se pagaron «a la pitanza ordinaria Je 4 ton1ines cada una».
Además, en la iglesja rk] dicho con vento de Churubusco se rezaron cien misas de <<a 8 tomines cada una».
El cronista Antonio de Robles, quien nos clcjó estas no ticias en su Diario, agrega: «hizo dos iglesias, la de Santa María de Churubusco, de religiosos de San Diego, y la de Santa Isabel de religiosas; y dicen dejó 300.000 peso5» 1 r.
Veinticuatro días después del sepelio, fray Antonio Co rrea O.F.M., predicador mayor del convento de San Francis co, dijo en la iglesia de Santa Isabel un sermón laudatorio que exaltaba las virtudes del difunto.
Esta pieza oratoria se publicó 8 expensas de Domingo de la Rea y Zárate, socio y yerno del finado, y llevó por título: Fúnebre panegyris que a las honras del tnuy piadoso y nobilísimo republicano Diego del Castillo co, nprador de plata consagró como patrono de su iglesia el muy ilustre convento de las señoras religiosas des calzas de Santa Y sabel desta ciudad de México el 29 de mar -�o de 1683 18
Este documento de 34 páginas, impreso por Francisco Rodríguez Lupercio ese mismo año de 1683, es una pieza de oratoria llena de calificativos y alusiones bíblicas.
El panegi rista compara a Diego del Castillo con Job y con otros per sonajes del Antiguo Testamento, recurso común en los sermo nes de la época, pero también nos da algunos d�:1tos de inte rés sobre la vida de don Diego, por ejemplo, su llegada a l\1éxico entre 1628 y 1630, y su desempeño en los cargos dirigentes <le varias cofradías.
Junto con estas escasas menciones biográficas, el orador desarrolla en can1bio. de forma exhaustiva el tema de las vir tudes que adornaron a tan excelso personaje, siendo la de la caridad la más señalada.
Los principales beneficiarios de ella fueron las iglesias, conventos y capillas de fo ciudad.
Les seguían las religiosas pobres y las huérfanas que recibieron dadivosas limosnas de tan espléndido ciudadano.
Finalmente los indigentes recibieron de él continua ayuda, tanta que el orador menciona: « Y así se ve que en su casa no entró pobre que no saliese rico, y de esto se gloriaba diciendo muy humil de, que mucho más se holgaba del bien de aquellos pobres, que de todos los bienes que gozaba».
El sermón termina lla mándolo incluso padre de los pobres con estas pa�•abras: «Jus to será que en el feliz sepulcro en que dichoso y2.ce aquel que por piadoso, obsequiosa fama solemniza, con el nombre de Padre de los pobres, ponga la mesma fama la oliva que es su gloria>>.
Don Diego del Castillo era ciertamente un ejemplo a imitar para todos los ricos.
Correa -tres maravillosos renglones: 1.-54.00C pesos par<1 la cofradía del arcángel San Miguel del convento de la Encar nación, para distribuir entre las religiosas pobres ¿el convento; 2.-15.000 pesos para todos los conventos de la ciudad a 500 a cada uno; 3.-3.000 pesos para sustentar el Colegio de Niñas».
Pero el testamento es mucho más rico de lo que comenta el autor del sermón y nos da muchos otros datos de este per sonaje.
El documento que ahora publicamos, se conserva en el Archivo General de Notarías y fue hecho ante el notario Baltasar de Morante, escribano Real, el 8 de marzo de 168319
A través del testamento sabemos que don Diego estaba tan enfermo que no pudo firmarlo.
El documento nos dice también que no tuvo hijos ni legítimos ni bastardos, pero que adoptó a seis niños, a los que dejó señalados algunos bienes.
Estas personas fueron: María de la Trinidad, la monja que vivía en el conven to de Jesús María, que tenía 30 años a la muerte de don Diego, recibió las rentas de la casa de la familia ubicada en la calle de Santo Domingo.
Francisca (de 19 años), desposada con �u socio Domingo de la Rea, recibió 10.000 pc�os en el tes t. amento.
Diego, que era considerado protegido más que hijo, y que estudió para sacerdote con los agustinos, recibi6 una jugosa capellanía de 250 pesos anuales, que p<"r otra fuente sabemos no disfrutó, pues pasó a Filipinas con10 misionero en 1684 2 o.
J oseph, que tenía diez años a la muerte de don Diego, recibiría 1.000 pesos cuando llegara a la mayoría de edad.
Rosa,.que tenía nueve años y que vivía con María de ia Trinidad en el convento de Jesús María, recibió sólo 2.000 pesos, además de su dote; con el tiempo profesaría como monja en el mismo monasterio, con el nombre de Rosa Ma ría de Santo Domingo.
Finalmente el pequeño Francisco, que tenía dos años a la muerte de don Diego, obtendría los rédi tos de 2.000 pesos de principal, y en caso de entrar en la Iglesia otros 2.000 pesos para crear una capellanía.
Es un hecho notable en el testamento que las cláusulas que hacen referencia a las monjas son muy extensas, quizá por los problen1as legales que se presentaban con los conven tos por las cuestiones de las reservas, o bienes privados de 1as religiosas, los que eran disputados a menudo por las co munidades contra los herederos legítimos.
También es de men cionarse la diferencia en el monto de los bienes heredados por los varones y las hijas más jóvenes y los recibidos por las hi-. pe, los Remedios y la Piedad, a los hospitales del Amor de Dios y de Jesús (o de la Concepción), a los conventos de re ligiosos o a ] as cofradías del Rosario y del Salvador.
Otras veces son ayudas para la construcción, como la que se dio a la iglesia de San Agustín, destruida por un incendio en 1676 (que recibió en total 12.000 pesos), la que otorgó a la capilla del Rosario de Santo Domingo y la que se concedió a la igle sia del hospital de los Betlemitas.
Finalmente debemos desta car las obras pías como la que recibió la iglesia de Santa Isa bel.
Cabe señalar que este templo, así como el convento de des calzos franciscanos de Churubusco, por ser obras de las que Castillo era patrono, recibieron más abundantes límosnas.
Pero el más dadivoso de los rubros (110.000 pesos) fue el que se otorgó a las doncellas y religiosas pobres.
A menudo se dejó la administración de estas limosnas a las cofradías que tenían a su cargo esas obras de beneficencia: la del Santísimo Sacramento y de la Caridad, encargada del colegio-orfanato de Niñas, la del Rosario que• dotaba doncellas pobres para el matrimonio o la vida religiosa, o la da San Migue] que ayuda ba a monjas sin recursos, que fue la que recibió la más dadi vosa de todas las limosnas, 54.000 pesos.
Pero aparte dejó otros bienes para monjas pobres de todos los conventos de la ciudad, cuya repartición se encargó al mismo albacea.
Se nota en estas donaciones, como en las de sus hijas adoptivas, una curiosa obsesión por dejar sustento a las mujeres.
Explicable tal vez por la misma obsesión que poseía la sociedad al considerar a la mujer como débil y menor de edad.
Es curioso que las limosnas a religiosas se den en forma individual y no colectiva, a pesar del voto de pobreza que hacían.
Este es un reflejo de la situación que se guardaba en los conventos femeninos de Nueva España.
El rubro de limosnas curiosas ( 14.500 pesos) es muy significativo pues nos muestra un aspecto interesante de la mentalidad social del habitante de Nueva España; la beati ficación de Gregario López, el ermitaño que vivió el siglo anterior en estas tierras y cuya causa fue promovida infructuo-Tomo XLIX 155 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es samente por los criollos; los Santo Lugares de Jerusalem y la redención de cautivos, están inmersos en el legendario y lejano mundo de la reconquista, de la lucha contra el Islam, de lo exótico; las limosnas secretas son acaso una muestra de modestia?
Finalmente el testamento es un documente inestimable para saber algo sobre la formación de una compañía de plata, la inversión de capital y la distribución de sus ganancias.
Asimismo nos da interesantes detalles sobre otros negocios del finado, como el que tenía con el capitán Gaspar de la Plaza, a quien fueron encargados «diversos géneros» de los reinos de Castilla con un costo de 8.000 pesos.
En un documento r.otarial firmado por Plaza en 1681, se señala que Diego del Castillo y Antonio Giralda le habían encargad:) ciertas mer c.aderías entre las que estaban rejas de arar, henajes y varios quintales de acero, y fierro de Vizcaya, pero por algunos pro blemas no las había podido transportar y se habían quedado en Sevilla y en Cádiz 22 • La fortuna y los negocios del mercader granadino fue ron a manos de su socio y heredero universal, el capitán Do mingo de la Rea, quien a los pocos meses del deceso de don Diego, el 20 de octubre de 1683, recibió el hábito de caba llero de Santiago.
Para 1686 era nombrado prefecto de la Congregación del Divino Salvador 23
• Con esto� actos el re den temen te enriquecido comerciante vasco se mostraba dig no representante de su clase, tal como la describía en 1673 el virrey marqués de Mancera: «Los mercaderes y tratantes de que se compone en las Indias buena parte de la nación espa ñola, se acercan mucho a la nobleza, afectando su porte y tra tamiento... puede suponerse en estas provincias por la mayor parte el caballero es mercader y el mercader es c.aballero... » 24 La riqueza y prosperidad que Domingo de la Rea reci bió con la herencia de don Diego no sólo incrementó su pres tigio social, también aportó beneficios a sus parientes cerca nos.
El capitán Juan de la Rea, su hermano n1en0r, consiguió en 1686 el arriendo del asiento del pulque, una de las rent as más jugosas que la Corona podía conceder a un particular.
Ciertamente Juan ya había estado trabajando este proyecto desde hacía algún tiempo y para lograrlo se había casado en 1685 con Nicolasa de Valverde, hija del anterior arrendador del asiento, ya difunto, Roque Alfonso de Valverde.
Sin em bargo Juan no hubiera podido solventar el pago adelantado de 97.000 pesos que la Corona cobraba anualmente por la concesión, de no haber sido por su hermano Dumingo.
Poco tiempo después Juan también consiguió el cargo de tesorero de las cajas reales de las minas de Pachuca, a pesar de'ier incompatible con su actividad de asentista del pulque.
Y en este caso también fue seguramente de gran ayuda el capital y las influencias de Domingo.• Los hermanos de la Rea actua ron así juntos en varios negocios gracias a la tienda de plata heredada de Diego del Castillo.
La concesión del arriendo del impuesto sobre el pulque debía vencerse en 1699, pero en 1692 una rebelión popular acabó con el negocio.
El levantamiento causado por la falta de grano y por el hambre fue imputado a la embriaguez pro vocada por el pulque, y la prohibición de su consumo y de su venta no se hizo esperar 2 �.
Este descalabro sin embargo no afectó considerablemen te la economía de Domingo de la Rea, quien el _; de noviem bre de 1692 consiguió para sus hijos Luis y Juan, los hábitos de Alcántara y Santiago respectivamente.
No obstante, nin guno de los dos hermanos quiso hacerse cargo de los nego cios del padre.
El capitán Domingo de la Rea murió el 4 de enero de 1697 y fue enterrado en la iglesia de Churubusco, de donde era patrono por nombramiento testamentario de Diego del Castillo.
Junto con él, el 30 de marzo de 1702,!ue sepultada su mujer Francisca del Castillo, con la que,.11 parecer, no tuvo hijos!!• n.
Con la muerte de Domingo de la Rea, la compañía de plata creada por Diego del Castillo, corno muchas empresas de su época, no sobrevivió a la generación que la creó.
Mejor �,uerte tuvieron Isidoro Rodríguez y Luis Sánchez de Tagle, propietarios de los dos únicos bancos de plata que funciona ban en la ciudad de México a principios del siglo XVIII:! 7
• Sin embargo,a pesar de su corta vida, la comp,,ñía de plata creada por Diego del Castillo fue una de las primeras em presas en su género y el mercader granadino uno de los más i1nportantes iniciadores de esta actividad en NPeva España.
Ytem mando se den de limosna de mis vienes a cada una de las cinco mandas forzosas a 50 pesos de oro común con que las cxcluio de ellos.
Ytem mando se den de limor; na de dichos mis vienes a los hospi tales del Amor de Dios y de la Limpia Concepción de esta ciudad 100 pesos de oro común a cada uno.
Ytem mando que el dia de mi entierro, si fuere hora, y si no el siguiente, se manden decir por mano de mi albacea en la yglesia del dicho convento de Churubusco l 00 misas rezadas y se paguen a 8 tomine s ca da una, y las reparta el dicho mi Albacea entre los sacerdotes que le pareciere.
Ytem mando se den de limosna de mis vienes a las ermitas de Nues tra Señora de Guadalupe y de los Remedios, extramuros desta ciudad, 200 pe• sos en reales a cada una.
Ytem mando se den de mis vienes de limosna al convento de la ermita de Nuestra Señora de la Piedad de la orden de Nuestro Padre Santo Domingo, extramuros desta ciudad, 300 pesos en reales.
Ytem mando se den de mis vienes de limosna a la cofradía de Nuestra Señora del Rosario fundada en el convento de Nuestro Padre Santo Domingo de esta ciudad, 1.500 pesos para las dotes de 5 huerfanas que se sorteen como se acostumbra con las demás, para que salgan en la procesión de la fiesta que se celebra por dicha cofradia el día primero de Henero.
Lo qual se entiende que ha de ser y sea por una vez sola la limosna de un mill qui nientos pesos para las dotes de dichas cinco huérfanas a 300 pesos a cada una.
Y demás destos 1.500 pesos mando se den de dichos mis vienes de limosna a dicha cofradia otros 500 pesos en reales, para qu, se empleen en el adorno de su capilla o efecto que dicha cofradía viese ser conveniente.
Y tem mando se den mis vienes de limosna 100 pesos de oro común en reales para la ayuda a la beatificación del Benerable Gregorio López.
Ytem mando se den de limosna de dichos mis vienes al convento de Santa María de los Angeles de Churubusco, 1.500 pesos para que el Re verendo Padre Guardian que es o fuere de el lo distribufa en los efectos dP que más necesidad tuviere dicho convento y en particular de que este corriente el agua en él.
Ytem mando se den de limosna de dichos mis vienes a Josepha de la Torre y Estephana de la Torre. doncellas pobres de esta ciudad, 300 pe sos de oro común a cada una, de que les hago manda y leeado para ayuda de sus necesidades.
Ytem mando se den de limosna de dichos mis Vienes a Domingo de Elizaga y a J oseph de Vilvatua, personas que me asisten en el trato de la plata, 1000 pesos de oro común a cada uno de los dos, el e que les hago manda y legado, por lo bien que me han asistido y el mucho amor y voluntad que les tengo.
Ytem mando se den de mis vienes a Doña Francisca del Castillo, mi hija, muger lexitima del capitán Domingo de la Rea, 10.000 pesos de oro en reales, de que le hago manda y legado, por el mucho amor y voluntad que le tengo.
Ytem mando se den de mis vienes 1.000 pesos de oro común a J oseph de el Castillo, que e criado en mi casa, que será de edad de 1 O años, teniendo cumplidos los 24 años, o si antes le pareciere a mi albacea que procede bien y le seran de aiuda para que busque su vida.
Ytem mando que de mis vienes se saquen 2.000 pesos de oro común en reales y entren en poder de mi albacea para que... ejecute lo que le tengo comunicado debajo de secreto natural...
Ytem mando se saquen de mfa vienes 2,000 pesos de oro común, y por mano de mi Albacea y tenidor de ellos y sin que e� ello tenga inter vención otra ninguna persona, un año después de mi fallecimiento, los ym ponga a senso redimible sobre la finca que le pareciere segura... para que per petuamente sean dote de la fiesta que se ha de selebrar de la Visitación de Señora Santa Y sabel en la Y glesia de su convento de esta ciudad todos los años.
Y los 100 pesos los ha de cobrar y han de entrar siempre en poder de la Madre abadesa que es o fuere de dicho convento... para que por su mano, 29.
Ytem mando que dos años después de mi fallecimiento se den de mis vienes de limosna 2,000 pesos de oro común a los lugares santos en Hierussalem y otros 2,000 pesos de dicho oro común a redempción de cau tivos.
Ytem mando que un año después de mi fallecimiento se den... por sólo una vez a los conventos del Señor Santo Dominso, San Francisco, San Agustín, Nuestra Señora de el Carmen, Nuestra Señora de la Merced, ANTONIO RUBIAL GARCÍA San Diego, casa profesa de la Compañia de Jesús y San Juan de Dios de esta ciudad de México, a 500 pesos de oro común a cada ünu de dichos con ventos.
Ytem mando se den de mis vienes...
2,000 pesos de oro común para aiuda de la fabrica de la yglesia que se ha de hacer del hospital del conva lescientes de Nuestra Señora de Belem de esta ciudad...
Ytem mando que dos año s después del dia de rni fallecimiento �e den de limosna de mis vienes a todos los conventos de religiosas que aL presente hay en esta ciudad de México, 500 pesos de oro común y se repartan... entre las religiosas pobres que huviere en cada convento...
Ytem mando que dos años después del día de! ni fallecimiento, se den de limosna de mis Vienes a la archicofradía del Santísimo Sacramento }' Caridad, fundada en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de México, 3,000 pesos para que los Señores Rector, diputa dos y maiordomo de ella los impongan a senso y renta en la finca que les pareci.!re, para que los 150 pesos que le corresponden de réditos en cada un año, se gasten en el sustento de las doncellas colegialas del Colegio de Nuestra Señora de la Caridad de esta ciudad, de que es patrona perpetua dicha ilustre archicofradía.
Ytem ordeno y es mi voluntad que desde el dia que yo fallesca en adelante, gosse y persiva por entero la ma d re Maria de la Trinidad, monja professa en el convento Real de Jesus Maria de esta ciudad, Ir renta y arren damientos de las casas en que vivo en la calle de Santo Domingo de ella, que estan libres de senso, hipoteca, ni otra enagenacion, por todos los días que viviere la dicha madre Maria de la Trini d ad, a su libre uso, sin inter vencion de su prelada, ni otra ninguna persona superior, para aiuda a sus gastos y necesidades, sin que pueda tener ni tenga la susodicha ni el dicho su convento derecho ni acción a dichas casas, ni mas que a sus arrendamientos, la dicha madre Maria de la Trinidad durante los días de su vida; la qual a de cobrar todo el arrendamiento y de dichas casas y darlas en el a la s perso nas y por el precio y tiempo que le pareciere, otorgando las escripturas necesa rias y cartas de pago de lo que cobrare de dichos arrendamientos, por si o la persona que tuviere su poder, con renunciasion de las leies...
Desde luego para entonces le doi mi poder cumplido bastante en derecho a la dicha madre Maria de la Trinidad.
Y desde el dia de su muerte sub ceda en el gosso de la renta de dichas casas enteramente por todos los dias que viviere Rosa del Castillo, niña que esta en compañia Je la dicha madre Maria de la Trinidad, si fuere religiosa, en qualquiera de lo� conventos de esta dicha ciudad, persiviendo y cobrando la renta de dichas casas para aiuda a sus necesidades y bestuario, a su libre usso y sin intervencion de su prelada, ni de otra ninguna persona, sin que el dicho su convento donde fu ese religiosa, pueda ni tenga derecho, ni se pretenda, a dichas casas ni a sus arrendamientos, porque solamente en el tiempo de su vida, siendo re ligiosa la dicha Posa del Castillo lo ha de tener a la renta de dichas casas, cobrandola por entero... y darlas en arrendamiento a las personas, por las cantidades y precio que le pareciere, dar cartas y otorgar e�•cripturas desde luego.
Para entonces Je doi mi poder bastante a la dicha Rosa del Castillo y a quien el suio huviere.
Y desde el dia de la muerte de la dicha Rosa del Castillo, niña, mi huérfana, siendo religiosa, y no lo siendo desde el dia del fallecimiento de la dicha madre Maria de la Trinidad, en adelante, perpetua mente sean, y aplico desde luego para entonces las dichas c�sas y todos sus arrendamientos para el dote de dos capellanias de missas resadas con obli gasión presiza que an de tener los capellanes propietarios e interinos aue fueren de ellas, de dejar cada uno de dichos capellanes cien missas resadas en cada un año, que vienen a ser doscientas en dichas dos capellanias, en la iglesia del dicho convento Real de Jesús Maria de dicha ciudad, en el altar del Santo Cristo, que yo aunque indigno hize y coloque en dicha Iglesia, por cuia limosna cada uno de dichos capellanes an de cobrar y llevar la mitad de la renta de dichas casas en cada un año, y dichas missac; las aplico desde luego por mi alma, la de mi esposa y de mis padres y suios, que para ello doi poder a los dichos dos capellanes propietarios e ynter: nos que fueren de dichas dos capellanias y a cada uno en su tiempo para que den en arren damiento dichas casas y administren y cobre cada uno la mitad de la renta dellas, den cartas de pago y otorguen los demas instrumentos y escripturas que se ofrecieren, cuidando de tenerlas • siempre en pie, reparadas y aderesadas de todo lo que tuvieren necesidad.
Y desde luego nombro y llamo por pa tronos y capellanes de ambas las dichas dos capellanias que asi se han de fundar... a los dichos nietos subcesores y descendientes y (hl, sus ligneas del dicho Capitan Domingo de la Rea que al presente tiene y adelante tuviere, prefiriendo siempre los del segundo matrimonio con Doña Francisca, mi hija, a los que tiene el dicho capitan de su primero matrimonio, y el maior al menor y el hijo de baron al de embra.
Y por falta de sus hijos, nietos, sub• cesores y desendientes, el dicho Capitán Domingo de la Rea, en la fundacibn que hiciere de estados, capellanias y por su falta qualquiera de sus hijos que subsedieren al susodicho prefiriendo siempre a los del segu11do matrimonio como ba dicho, ponga todos los demas llamamientos de patwr.os y capellanes propietarios e ynterinos que le pareciere a su voluntad...
Ytem declaro que yo tengo hecha manda de 10,000 pesos para aiuda de la fabrica de la yglesia del Señor San Augustin, de que tengo dados hasta oi 7.000 pesos.
Es mi voluntad qu� de mis vienes se den y ajusten ror mi Albacea y tenidor de ellos los otros 3,000 pesos para la fabrica de dicna yglesia y otros 2,000 pesos mas en reales para que se ajusten 12,000 pesos.
Y dichos S.000 pesos y la cantidad que al tiempo de mi falJecimiento se res tare a cumplimiento de dichos 12.000 pesos el dicho mi Albacea y tenidor de vienes los baia dando de ellos, en el discurso de quatro años que corran desde el dia de mi fallecimiento en adelante, al fin de cada un año la quarta 36.
Ytem mando se saquen de mis vienes dos años después del día de mi fallecimiento en adelante 5,000 pesos de oro común y por mano de mi Albacea y tenidor de ellos o de quien subcediere en su derecho y sin otra ninguna intervencion, los ymponga sobre la finca segura que le pareciere a su satisfaccion y voluntad y...los situe a senso redimible sobre las cassas que tengo y poseo en esta ciudad en la calle de los donceles.
Los quales y los 250 pesos de• sus reditos en cada un año los aplico, asigno y señalo desde el día que cumplieren los dichos dos años subcesivos al de mi fallecimiento en adelante, (porque en el discurso de ellos no an de corr�r reditos algunos ri tener ni quedarle obligación de pagarlos el dicho mi Albacea), para el dote de una capellania de missas perpetuas por mi alma, 1 a de mi esposa y demas de mi yntencion, y los capellanes propietarios e ynterinos que fueren de ella y cada uno en su tiempo, an de tener presiza obHgacion de celebrar una missa resada todos los días de fiesta y domingos del añc, a hora de las doce del medio día en dicha yglesia de religiosas de Señon Santa Y sabel de las descalzas de esta ciudad, en el altar del glorioso San Antonio de Padua que yo, aunque yndigno hize y coloque en dicha yglesia.
Y el capellan pro pietario o ynterino que fuere de dicha capellania halla y lleve los dichos 250 pesos desu renta en cada un año...
Y nombro por primeros patronos de ella a los dichos capitan Domingo de la Rea y a Francisca del Castillo, mi hija, su muger y por falta de uno lo sea el otro in solidum.
Y por primero e apellan propietario... a fray Diego del Castillo, religioso prof esso de la orden de Nuestro Padre San Augustin con licencia que pidd a sus prelados para poder obtener y servir dicha capellania y gossar desde el dia que se ordenare de sacerdote de su renta...
Ytem mando que de mis vienes se saquen 8,000 pesos de oro común en reales y entren en poder de mi Albacea y tenidc.,r de ellos para que con dichos 8,000 pesos haga y ejecute lo que le tengo c municado debajo de secreto natural y en descargo de mi conciencia.
Y no se le pueda pedir ni pida a dicho mi Albacea por ningun Señor, Juez ni prelado quenta de su distribucion ni en que efectos por ser secreto dicha comnnicacion que asi lo dispongo ser mi voluntad.
Ytem mando que de mis vienes se saquen 40, tlOO pesos de oro común en reales, cuatro años despues del dia de mi fallecimiento, porque basta entonces doi de termino y plasso a mi Albacea y tenidor de ellos para que cobre las cantidades que se me divieren, por hallarme mui repartido y que lo estara mi hacienda al tiempo de mi muerte, por ser preciso para el trato y compra de Plata repartir muchas cantida des de pesos.
Y en dicho tiempo de quatro años es mi voluntad no se le pida ni pueda pedir a dicho mi Albacea y tenidor de vienes cumpla con el tenor de esta clausula, ni que afianze la dicha cantidad ni parte de ella, ni que pague reditos algunos en 166 Anunrio de r:.�rwlio., Amnicanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es dichos quatro años de dichos 40,000 pesos, por la entera safüfaccion y con fianza que de el tengo.
Y cumplidos dichos quatro años, el dicho mi Albacea con yntervencion de los señores rector y ocho diputados y ma! ordomos de la Ylustre Archicofradia del Santissimo Sacramento y Caridad fundada en esta Santa Yglesia Cathedral de Mexico y a su satisfaccion y voluntad... y sin que concurra otra ninguna persona... se impongan los d ichos 40,000 pesos por prin• cipal de senso redimible sobre la finca o fincas valiosas y guantiosas que les pareciere que sean dentro de esta ciudad de Mexico (y 110 fuera de ella)... para que perpetuamente sean dote de la obra y memoria de casar huérfanas pobres...
Y que los 2,000 pesos en cada un año los cobre y reciba la Archi cofradi a...
Y que se baian metiendo en el cofre de tres llaves que dicha. archicofradía tiene diputada y señalada para que de los 1,800 pesos de dicha renta, que corresponden a los 37,000 de los 40,000 de dicho principal, sean perpetuamente para las dotes de seis huerfanas en cada un año, a 300 pesos a cada una, que an de ser prezisando doncellas pobres españolas y que no tengan padres y naturales deste reyno.
Y perpetuamente se han de sortear en cada un año las dichas seis huerfanas en esta manera.
Que el Señor Rector que fuere... y los ocho diputados y maiordomos actuales señalen cada uno dos huerfanas.
Otras seis la madre abadesa que fu ere del convento de Santa Ysabel de las descalzas desta ciudad...
Y asimismo han de entrar en suerte con las 24 que ban expresadas y señaladas quatro donceJhs collegialas, las quales sean de las que estuvieren en el Colegio de Nuestra Señora de la Caridad...
Y esta memoria de casar huerfanas la fundo desde luego por via ce patronato laico, y sin que en ella tenga ni la pueda tener }ntervencion'li ningun señor juez ni prelado, porque siempre la a de administrar y cobrar su. renta la dicha Ylustre Archicofradia, por el efecto referido en esta clausula y sin que se pueda aplicar ni aplique su principal ni reditos y a otro efecto aunque mas pio sea, porque assi lo dispongo y es mi voluntad.
Como tambien lo es que sea patrona perpetua para siempre lt-dicha Ylustre Archicofradía... en atencion de que estando a cargo de ella tendra duracion y permanencia como., regida y administrada por tan nobles y cristianos señores.
Ytem mando que de mis vienes se saquen 54,000 pesos de oro común en reales, cuatro años despues del dia de mi fallecimiento, porque hasta entonces doi de termino y plasso a mi Albacea y tenidor de ellos para que cobre las cantidades que se me devieren por hallarme mui repartido y que lo estara mi hacienda al tiempo de mi muerte por ser preciso para el trato y compra de Plata, repartir muchas cantidades de pesos.
Y cumplidos dichos quatro años, el dicho mi albacea con yntervencion de los señores prefecto y oficiales de la Ylustre Congregacion del Arcangel San Miguel fundada en el convento de religiosas de Nuestra Señora de la Encamacion de dicha ciudad... y a su satisfaccion y voluntad... y sin que concurra otra ninguna persona... se impongan los dichos 54,000 pesos por principal de senso redimible sobre la finca o fincas valiosas y quantiosas que les pareciere que sean dentro de
parte, sin que pague réditos ningunos de dicha cantidad porque asi es mi voluntad. |
Para la realización de este trabajo nos basaremos funda-111entaln1ente en el Padrón de Indios de Lima dt: 1613, rea Jjzado por Miguel de Contreras, notario público, a instancias del virrey don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montes claros.
Este dispuso elaborar un censo de Litna, pero desgra c! adan1ente sólo se ha conservado la parte corr.,espondiente a jrt población indígena.
Contreras y sus ayudantes recorren la Ciudad ce los Re yes y anotan de cada uno edad, lugar de nacimiento, caso d e no haber nacido en Lin1a los años que llevan residiendo en ella, nombre de cacique y• encomendero, estado civil, núme ro de hijos y sus edades, profesión.
Junto a estos dztos en al gunos casos aparecen otros adicionales, como son dónde se encucntrn su lugar de trabajo, para quién trabnjan, noticias sobre la vivienda (si es propia, alquilada, es un corral... ), bie nes que poseen.
No faltan tampoco peculiaridades de la per sona: es cojo, tartamudo, tiene el «rostro herrado».
Se incluyen en el padrón indios de procedencia asiática; son los denominados «indios de China, Japón y la India de Portugal», los cuales aparecen consignados aparte, al final del documento.
I-Iay que señalar que mientras que los indio:: americanos están inscritos por calles, los asiáticos figuran uno tras otro.
Las distintas calles• de la ciudad se señalan con un número y, en algunos casos, junto a éste, aparece la denominación de la misma.
Es curioso que en muchos casos las vías rio debían te ner nombre y se las designa por el del vecino principal que vivía en ella: «Cuadra donde vive D. José de Ribera>>.
En otras ocasiones se las nomina por su situación ( «Cuadra de la Tomo XLIX
M. a ANTONIA DURÁN MONTERO Merced a la calle de los Mercaderes»).
Aunque también las había con su nombre, como la mencionada de los Mercaderes, Ja de las Mantas, etc.
Un número amplio de páginas lo ocupan los indios que residían en conventos y edificios religiosos pero, curiosamen te, sólo los varones.
Las mujeres, que seguro residían en los monasterios femeninos, no se mencionan.
Llama la atención que no se incluyan en el padrón los indios de Santiago del Cercado, a pesar de su proximidad a Lima, ni tampoco los de la reducción franciscana de Magdale na, u otros enclaves vecinos a la ciudad, dándose la circuns tancia de que en muchos casos trabajan en Lima personas que residen en estos lugares o incluso en El Callao.
Al leer detenidamente el padrón hemos observado alg u nas anomalías como, por ejemplo, personas que �parecen dos veces inscritas.
Asimismo, es posible que los datos no sean demasiado exactos., pues a veces desconocen, o dicen descono cer su edad, en cuyo caso el escribiente coloca la que a él le parece; o bien ignoran su lugar de origen, los años que llevan residiendo en, Lima, quién es su encomendero o cacique.
Tam bién figuran muchos como «ausentes».
Quizás esta falta de <<precisión» se puede deber a que, si el padrón �e hizo con fi nes fiscales, se pretendiese eludir datos e información para huir del pago de tributos.
A pesar de que el padrón se refiere a población india, aporta noticias sobre las distintas etnias que C'lnvivían en la ciudad.
Por ejemplo, aparecen españoles mencionados com o dueños de talleres, de viviendas, encomenderos, etc. Igualmen te se citan mulatos, mestizos y negros.
Por todo ello se trata de un documento extraordinariamente importante, sobre el que ya se han hecho algunos estudios.
De ellos es de destacar la reconstrucción de la ciudad basándose en el padrón, realizada por Juan Bromley, así como el capítulo «Lima en 1613», ambos en el libro Evolución urbana de la ciudad de Lima, del que es coautor José Bar-bagelata 1
• En el trabajo se mencionan las distintas calles, apor tando datos sobre los vecinos más ilustres que en ellas resi dían, edificios destacados...
Asimismo, cabe mencionar la publicación que hizo del padrón Noble David Cook, en la que se incluye un estudio pre liminar del mismo 2 • Paul J. Charney es también autor de una investigación inspirada en este documento, en el que inserta, sobre el plano reconstruido por Bromley, unos signos indicativos del núme ro de indios que residían en las distintas calles de la ciudad a.
Recientemente Javier Flores, en su artículo Hechicería e idolatría en Lima colonial (Siglo XVII), inserta comentarios sobre algunos aspectos de este censo 4
• En este trabajo nuestra idea es tratar temas relacionados con el urbanismo, concretamente dos: la vivienda, qué puede Jeducirse acerca de la casa urbana limeña en estcs inicios del siglo XVII, y la disposición de las personas en función de su profesión dentro de la trama ciudadana.
Hemos seguido la publicación de N. D. Cook, basada en el manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid.
Advertimos que la nun1eración de calles del mismo no coincide con la dada por Bromlcy en su reconstrucción.
cándose en la parte correspondiente a cada solar cí nombre del vecino al que se concedía;').
La población estaba constituida por 11 7 manzanas dis f Uestas formando un rectángulo (nueve por trece>).
Cada cua dra tenía 450 pies de lado y constaba de cuatro solares.
Las calles eran de cuarenta pies de ancho cada una (;.
La plaza mayor se hizo suprimiendo una mrnzana, como era habitual en la época; aunque en este caso no estaba ubi cada en el centro del plano, sino que se desplazó hacia el Nor te, hacia el río, pues la ciudad estaba a orillas del Rímac.
En 1613, según la reconstrucción de Juan Bromley, la población ha crecido y la regularidad del plano inicial se ha visto alterada en algunas zonas.
La parte que se mantiene en líneas generales más fiel a la traza primitiva es la parte oeste.
El extremo sur ha sufrido notables alteraciones: las manza nas han perdido en algunos casos su forma cuadrada, e inclu so las calles no son perpendiculares unas a otras, sino que su fren inclinaciones.
No obstante, la parte más caótica y meno�-respetuosa con el trazado inicial es la zona oriental.
Aquí encontramos manzanas y plazas irregulares, como las de Sar: tta Ana y el Santo Oficio.
Es la zona donde se concentran buen número de conventos y monasterios y, como es sabido, en esta época nos encontramos con la «ciudad conventual».
Mediunte donacio nes y compras se van incluyendo dentro del recinto casas e in duso calles colindantes, que iban > la red ur bana.
Es asimismo la zona donde se sitúan edificios educa tivos: Universidad, colegios...
A través de calles irregulares la ciudad se prolonga hasta el Cercado.
Era éste una reducción creada para acoger a indios de encomiendas vecinas; su for ma era un rectángulo con unas manzanas cuadradas, 3 5 en to tal, y una curiosa plaza romboidal en el centro.
Estaba rodeado de un alto muro, de ahí el nombre de Cercado, aunque su deno minación prin1era era Santiago, y en él se abrían dos puertas; una principal en el extremo sur-oeste, donde terminaba la calle del Cercado (n.o 1 a 3), y otra trasera en la esquina Nor oeste, en la que también finalizaba una vía (n.o 6), que debía estar muy poco habitada en esta época.
La parte norte de la ciudad era la que lindaba con el río.
En principio la idea fue dejar allí una zona sin construi r para ejido, pero pronto se empezaron a edificar en ella unas manzanas irregulares, que en muchos casos resultaron peligro sas, pues las avenidas del Rímac a veces ocasionaban derrum.. bamientos y desgracias, como en la llamada Barranca de San Francisco; se trataba de la parte trasera del convento, por donde era peligroso el paso, especialmente en períodos de cre cidas, aunque esta circunstancia no impidió que allí residieran numerosas personas.
Al otro lado del río surge un barrio, San Lázaro.
Pronto se pobló, pues empezaron a surgir casas a un lado y otro dd camino a Trujillo que lo atravesaba.
Allí instaló Antón Sán chez una leprosería o lazareto que dio nombre a la zona.
Fue en principio, un lugar poblado por indios que luego se tras ladaron al Cercado al fundarse éste en tiempos del virrey don Francisco de Toledo, pasando los terrenos al Cabildo, si bien en 1613 es numerosa la población indígena que sigue resi diendo allí.
San Lázaro se comunicaba con la ciudad a través del puente que, en 1613, estaba recién inaugurado.
Su trazado seguía un poco «por libre» la cuadrícula.
En un extremo del barrio se hallaba la Alameda de los Descalzos, también aca bada de estrenar, pues se había finalizado en 1611.
En él se encontraban aden1ás el rastro, las carnicerías, ter: erías, el que.. madero y otra serie de instalaciones contaminantes o peligro �as, como una fábrica de pólvora.
Pero era también una zona de expansión y recreo, pues, además de la mencionada Alame c.. �a, lugar de paseo habitual, existían numerosas pulperías y tambos, que daban al lugar un carácter lúdico.
El verdadero centro neurálgico de la población era la Plaza Mayor.
En ella se situaban una serie de edificios decisi-Tomo XLIX vos en la vida ciudadana.
El lado norte lo ocupaban las Ca sas Reales.
Su frente estaba plagado de «cajones» o tiendas portátiles, que solían ser propiedad del Cabildo de la ciudad.
Estos enmascaraban parte de la fachada, ya qu� �ólo dejaban visible el piso superior y la puerta de acceso.
El lado este lo ocupaban las casas del arzobispo y la ca tedral, ante la cual se encontraba un cementerio El Sur era el llamado Portal de Botoneros; en él existían múltiples tien das de sederos y botoneros que daban nombre al lugar.
El oeste, con portales a todo lo largo, lo ocupaban casgs particulares, ante las cuales se situaban el llamado Portal de Escribanos, y las Casas de Cabildo.
En el centro de la plaza se situaban cajone5 y tenderetes, asimismo existía una fuente inaugurada en 1578 7, que años después sería sustituida por la actual, de la que es autor Pedro de Noguera.
Otra plaza no muy lejana de la principal er:: 1 la del Santo Oficio, actual Plaza Bolívar.
Su forma era trapezoidal y en torno a ella se encontraban el edificio de la Inquisición, el hospital de San Cosme y Damián, más conocido como la Cari dad, y la universidad de San Marcos.
En el centro existía una pila de agua.
Más hacia el oeste se encontraba la plaza de Santa Ana, pues en ella estaba el hospital de este nombre; su forma era un trapecio irregular.
En ella existían vende:k, res al igual que en la plaza principal.
Diseminadas por toda la población había plazuelas surgidas como atrios de los edifici0s religiosos, como las de San Francisco o Santo Domingo. dad va creciendo y evolucionando, se pierde.
A través del pa drón de 1613 podemos hacer una aproximación a los tipos de vivienda existentes en la ciudad por estas fecha4i, teniendo en cuenta que la información de este documento se refiere funda mentalmente a indios.
Se mencionan como lugares de residencia los corrales en un número cercano a la treintena, los cuales hem. os señalado en el plano adjunto.
El corral, también denominado «calle jón de cuartos>>, era una casa de vecinos, consistente en un «ca llejón» o pasillo a cielo descubierto perpendicnlar a la en trada, a cuyos lados se disponían las distintas viv1endas o apo.. sentos, que solían tener una o dos habitaciones y un patio uti lizado como cocina y gallinero R.
En el Archivo Arzobispal de Lima hemos manejado un documento 1, en el que Pedro Fernández de Valdés, alarife de la ciudad, realiza un informe en 1683 acerca de las reparaciones que necesita un corral propiedad de la cofradía de Nuestra Se ñora de la Candelaria.
En. él había catorce aposentos; el ala rife va detallando las obras necesarias para su acondicionamien to y los materiales precisos: mangle, barro, esteras, caña brava; es decir, componentes pobres; únicamente la puerta de la calle se habrá de «recalzar con piedra y batro lo que está ahí comido».
Como en casi toda la ciudad, el uso de la piedra se restringe ante lo costosa que resultaba al tener que traerla de Arica o Panamá, y mucho más en unas viviendas modestas, como son éstas.
Si observamos en el plano la ubicación de los «callejones de cuartos», encontramos que no se mencionan en San Láza ro, a pesar del carácter popular de este barrio.
La mayoría se sitúan al este de una línea imaginaria que atravesase la Plaza Mayor de norte � sur.
En general, salvo dos, se encuentran en zonas poco comerciales.
El primero se situaba frente al convento de la Merced, en una zona un poco lín1ite en lo que se refiere a actividad c01nercial.
Se encuentra a tres manzanas de la Pla za Mayor; las dos rmteriores (n.o 67 y 80) están plagadas de tiendas, en ésta el número de las mismas desciende.
El segun do se encontraba 1nuy próximo a la Plaza, en la calle de los Roperos.
La 1nayor concentración de corrales se da entre las calles n.o 1.
5 y 16, en una zona próxima al río, con siete en total, y en el área aledaña a la recoleta franciscana de Nuestra Señora de Guadalupe, el monasterio de la Encarnación y los Niños Huérfanos (n.o 90 a 93), donde hay seis.
El 1esto aparecen diseminados sobre todo por la parte oriental de 1a ciudad.
Es curioso que uno de los corrales esté en la parte tra-5era de Santo Domingo (n.o 141).
Años después, en el plano que de este edificio hace fray Juan lvleléndez, figura un corral en una esquina del convento próxima al río.
Respecto al número de familias que vivían en cada una de estas viviendas, resulta difícil de precisar, pues sólo se cen sa a los indígenas.
El número máximo es de nueve familias en el corral del Tercero (n.o 15).
En otros casos se menciona a una sola familia, lo cual es imposible, pues se supone que debe haber más gente, pero deben pertenecer a otras etnias.
En relación a quiénes son los propietarios de estas vi viendas comunitarias, también hay variedad de situaciones, sin faltar casos en los que no se da ningún dato en este sentido.
Algunos de estos «callejones de cuartos» son propiedad de mujeres.
Así Francisca de Lorenzo, mulata, tiene el suyo en la calle n.o 16 y María de Sosa, morena, en Ja n.o 92.
De las restantes no se menciona raza; son Ana Muria, viuda de Diego López (n.o 2), Catalina de Acuña (n.o 90), Francisca Beltrán (n.o 93), María de Ocampo (n.o 100), Juana del Cas tillo (n.o 103) y Luisa de Ayala (n.o 125).
Quizás esta abundancia de corrales en maJJOS femeninas podría ser una manera de subsistir a través de las rentas de los mismos de una manera digna, sin tener que realizar trabajos mal vistos en la• época o depender de parientes.
Hay cuatro corrales cuyos dueños trabajan en la admi nistración.
Uno de ellos pertenece a Francisco Hernández Cres po, oficial mayor de Gobierno (n.o 23).
Los tres restantes son de escribanos.
Francisco de Velasco, escribano real, tiene el suyo situado en la calle n.o 85.
Antonio Alcalá Ugarte, escri bano de los naturales, lo tiene en la calle 94 y Alonso de Ca rrión, escribano de Cabildo, en la 111.
También aparece una cofradía, la de Santa Catalina de Siena, como dueña de un corral.
Existe otro denominado de La Merced, que acaso pu diera pertenecer a este convento; el que sin duda pertenece al de Santo Domingo es el mencionado anteriormente (n.o 141).
De los restantes sólo se mencionan los oficios de los pro pietarios en dos casos.
Gregario de Mújica es latonero y su corral es uno de los más concurridos, con ocho familias indias residiendo en él (n.o 90).
El otro es de un barbero, Juan de Lemes (n.o 92).
Bromley nos facilita información sobre otros casos; así el de Tercero debe su nombre al apellido de su dueño, un mecánico español 10.
Miguel Rodríguez, también propietario, (n.o 22) era almotacén o encargado de la limpie za de la ciudad en 1602 11 • Un caso curioso es el de don Hernando Niño de Guzmán, también dueño de un corral (n.o 36).
Era arcediano, canónigo y chantre de la catedral 12• Su propiedad estaba junto a su casa, de ahí su situación más céntrica que los dt! la mayoría.
Casos como éste pueden ser un intento de mejorar la econo mía de la persona, a pesar de que por su posición debía ser buena.
Independientemente de los «callejones de cuartos» apa recen numerosos casos de arriendos y subarriendos de vivien das.
Es frecuente que en una casa convivan varios gru � os _ fa miliares.
Nos encontramos con un fenómeno de tugur1zac16n que nada tiene que ver, apenas ochenta años después de fun-oada la ciudad, con los criterios iniciales de distribución de solares.
El caso de los subarriendos se agudiza en unas áreas con cretas de la población.
En la calle del Cercado [URL] 1 a 3) conta bilizamos 27 casas en las que se da esta circun�tancia.
Tres de ellas pertenecen a mulatos, tres a indios, una a una more na y el resto suponemos que a españoles.
En algunas de estas vivi�ndas llegan a residir un número considerable de familias, hasta siete en la de Alonso Ramírez Tarragona o cinco en la de Francisco de Elías.
Otra zona en la que también abundan, aunque en menor medida, es en las traseras del convento de San Francisco.
Aquí figuran 25 casas con subarrie11do, con una cantidad considerable de inquilinos por vivienda (cinco en casa de Jerónimo de Ayala).
Dentro del mismo t)arrio también abundan en el Rastro (n.o 156), en las casas dentro de él habi tan numerosos indios sobre todo en la llamada Ranchería del Rastro, donde se mencionan catorce.
En la zona centro de Lima residen indios, pero suelen ser dueños de talleres allí situados, que viven en el mismo lugar de trabajo, y también aprendices que se a1ojan con sus maestros; si bien, la mayoría de los que trabajan en este área residen en lugares periféricos de la ciudad, com�, los que es tamos mencionando, o incluso en el Cercado, Magdalena o El Callao.
En esta parte central es donde reside la «aristocracia ur bana» con preferencia; son descendientes de los primeros pobladores, encomenderos, miembros del Cabild-J o altos car gos de la administración, personas todas ellas a las que se les supone una situación económica desahogada, ptro que posi blemente en mayor o menor medida realizaban subarriendos en sus moradas.
Es el caso de los Aliaga: en los bajos de su vivienda había una sillería (n.o 75).
El arrendar la planta in ferior de las casas como tiendas va a ser habitual, teniendo en algunos casos que intervenir el Cabildo, pues las ventanas del piso bajo se transformaban en puertas y la habitación se al quilaba como local para instalar en él un taller o un comercio.
Por el padrón deducimos que los indios económicamente mejor situados vivían y tenían sus posesiones �obre todo en dos zonas de la ciudad: calle del Cercado y San Lázaro.
En el primer enclave encontramos dos indios de los que se dice tienen tienda propia; son Juan de Herrera, sastre, y Francisco Huerta, zapatero.
El primero tiene una esclava ne gra y el segundo tierras en Lati.
Deducimos que deben ser además dueños de las casas que habitan.
Los restantes viven en San Lázaro.
Son Mi gu el Huamán, sastre con casa y dos esclavas negras (n.
0 1' 46); Sebastián Fran cisco, zapatero, dueño de una casa y una esclava negra con un hijo mulato (n.o 147); Martín Rodrí gu ez, sastre, propietario de dos casas y tres esclavas (n.o 148); Domingo Martín, sedero con casa y dos esclavos; Mi gu el Carua, con idénticas propie dades; éstos dos últimos residían en Malambo, como Gregario Hernández, labrador y alcalde de los naturales, dueño de cass y tres esclavos.
En esta misma calle residían Ak, nso de Gua dalupe, Colqueyana, Andrés Pérez y Juan Huamán «el Rico», todos ellos con vivienda propia, aunque en algunos casos te nían parte de las mismas alquiladas a otras familias.
Entre los llamados indios de «China, Japón y las Indias de Portugal» no se mencionan propietarios; posiblemente su situación económica fuese en aquellos momentos peor que la de los indígenas.
Muchos de ellos son esclavos o lo han sido y de algunos se dice que tienen «herrado» el rostro o bien el rostro y la barba.
Respecto a los dueños de estos esclavos no se especifica; posiblemente fuesen españoles. donados en el citado documento.
En el mismo se incluye en algunos casos el enclave concreto de unas y otros dentro de la calle, pero en otras ocasiones sólo se nos indica que estaba en esa vía, mas no su situación exacta dentro de dla.
Por ello unas veces la ubicación es precisa y otras aproximada.
A veces aparecen unas letras indicativas del grupo étnic0 al que per tenecía la persona que dirigía el taller (i: indio, n1e: mestizo, mu:• mulato, e: español, a: asiático); sin embargo, en nume rosas ocasiones el empadronador no indica este dato.
Una vez más aclaramos que es posible que existiesen más obrajes no mencionados por no trabajar indios en ellos.
A la vista del plano podemos observar que el mayor nú mero se encontraba en el lado sur de la Plaza Mayor y sus aledaños.
En el Portal de Botoneros (n.o 65) predominan los de este oficio junto con sederos, talabarteros, botoneros y go rreros.
Muy concurrido era el Callejón de Sombrereros (n.o 66), donde junto a éstos trabajaban sederos; que también los ha bía en unos cajones junto a la catedral.
En la calle de los Mercaderes (n.o 67) abundaban los sastres, doce en total.
Debían ser sastrerías importantes por el nú. mero de operarios que trabajaban en ellas.
Una era la de Andrés Núñez, proveedora del virrey, donde había ocho in dios laborando.
Además de sastres había en esta calle calcete ros, soleteros, talabarteros y botoneros.
La continuación de Mercaderes hacia la Merced (n.o 80) era también prolija en tien das, con predominio de sastres, aunque en menor medida, igual que la cuadra si gu iente (n.o 103).
En la calle de los Roperos (n.o 63) abundaban los ropa vejeros, junto con zapateros.
En Plateros de San Agustín (n.o 68) trabajaban los de este oficio, aunque no exclusiva mente.
Los plateros son los únicos que se sitúan en una sola calle, pues las ordenanzas del gremio solían disponer que es tuviesen próximos para un mayor control de loe; metales que utilizaban.
En el padr6n se mencionan varios.
Diego de Re quena y Mi gu el Bonifaz, dos de los nombrados, aparecen unos años antes, en 1597, firmando como testigos en las constitu ciones de la cofradía de San Eloy y Nuestra Señora de la Mi sericordia, creada por los plateros de Lima en el convento de San Agustín rn.
El primero es mencionado como tasador de las alhajas del convento de Santa Catalina en 1630 1 � y el segun do trabaja en la elaboración de una corona para la imagen ti tular de la Concepción y en varias piezas de la catedral de Li ma 1:;.
Otro de los citados es Juan de Azúa, del que no hemos encontrado ninguna referencia.
En su taller figuta un apren diz indio, Pedro Pumaguanca, lo cual es curioso pues era este un oficio de españoles, al menos legalmente.
En la calle que seguía a ésta (n.o 69), conocida como Col choneros, predominan sastres y zapateros.
Los mismos abundan en otra de las vías próximas a la plaza: la que discurría por la parte lateral de las casas del Arzobispo (n.o 43).
A medida que nos alejamos de la plaza el número de ta lleres va disminuyendo y se va «difuminando» por toda la ciudad.
De todas formas hav una mayor abundancia de ellos en la parte este de la misma.
Los oficios contaminantes o peligrosos se alejan del cen tro, tal es el caso de un cohetero (n.o 95).
Pero donde más abundan este tipo de talleres es en San Lázaro; curtidores, herreros y olleros se sitúan en este barrio.
Parece que hay un predominio de españoles dirigiendo talleres, si bien no están excluidos los de otras razas.
Nos parece curioso que los asiáticos tengan preferencia por dos oficios: soleteros y abridores de cuellos, muchos de ellos ejerciendo su profesión en lugares próximos a la Plaza Mayor [URL] 57,114,47,80).
En relación a la pregunta de si se sitúan los de un mismo oficio en una zona, tenemos que decir que esto se cumple en el caso de los plateros.
Con otros trabajos hay a veces un predominio en un área, pero no la exclusividad.
Pueden ser un ejemplo los mencionados sombrereros, en el portal de su nombre, o los sastres en la calle Mercaderes.
Los pintores también parecen tener tendencía a situarse en una zona (n.
En el padrón se cita a varios individuos con esta profe sión.
Francisco Taviri, Juan Sánchez, Agustín de Sojo, Diego Sánchez y Martín Alonso de Mesa aparecen �in especificar raza.
Tomás Manta, Rafael Hernández, Juan Martín, Sebas tián Quisi Yupanqui y Pablo Mariano, este último residente en la Compañía, son indios, como los siguientes, si bien éstos son aprendices; se trata de Juan Aunquillampa, que está en el taller de Diego Sánchez, Cristóbal de Barrios, en el de Sojo, y Domingo Tomás, que aprende el oficio en la C0mpañía.
De los mencionados apenas hemos enconttado noticias.
Agustín de •Sojo colaboró en el convento de Santo Domingo16, Diego Sánchez realizó pinturas para San Agustín de Huánuco y para la Magdalena17
• Vargas Ugarte menciona en su Dicciona rio de Artífices a Martín Alonso de Villavicencio pero como escultor, no sabemos si es el citado en el padrón como pintor18• En relación con profesiones ligadas a las artes se men ciona a Juan Martínez de Arrana, escultor y arquitecto, que residía en la calle de la Concepción (n.o 33), en cuyo taller fi gura un aprendiz, Pedro Limaco.
Hay profesiones que no necesitan un obraje para ejercer las y por tanto no figuran en el plano.
Empezaremos comen tando aquellos trabajos relacionados con el sector primario que, según Paul Charney, están entre la población indígena 19• Exis ten numerosos pescadores, que suelen residir (-fl unas zonas concretas: calle del Cercado, proximidades de la plaza de San ta Ana, espacio comprendido entre el monasterio de la En carnación, los Huérfanos y Guadalupe (n.
En este último lugar encontramos pastores, lógi co teniendo en cuenta que en el mismo se encontraban las carnicerías de la ciudad.
Relacionados con la agricultura el censo cita a labrado res y chacareros.
Los primeros son minoritarios; se mencio na a uno en la calle del Cercado, del que se dice tenía tierras propias, otro vive en un corral en la calle del Molino Quebrado (n.o 9).
Los restantes residen en Malambo; son Juan Guamán «el Rico» y Andrés Pérez.
San Lázaro es lugar de residencia de numet. osos chacare ros, así como las calles a espaldas del convento de San Fran cisco y las inmediaciones del convento de la Concepción.
Abun dan también en zonas periféricas de la ciudad por el sur y el oeste (n.
Posiblemente se deba a que si, como dicen los cronistas, Lima estaba rodeada de huertas, las personas encargadas de cuidarlas viviesen en lugares pró ximos.
Lizárraga nos dice al respecto «... desde fuera no pa rece ciudad, sino un bosque por las muchas huertas que la cercan»20 • Los sectores secundario y terciario ocupan q buena parte de la mano de obra indígena; prácticamente de ningún oficio están excluidos; aparte de los mencionados ya, hay albañiles, ladrilleros, estereros..., no faltan algunos espedalmente lla mativos, como un chasquero, que por lógica reside en la casa del Correo Mayor, Diego de Carvajal; o un intérprete de la Real Audiencia, morador en San Lázaro.
Una profesi6n tremendamente extendida es la de sirvien.. te, tanto entre hombres como entre mujeres.
Entre ellos no faltan casos de subempleo, pues dicen tener un oficio (sastre, zapatero, chacarero.'.. ), sin embargo se ganan la vida como criados.
Como tales aparecen indios de Chile, de los que se especifica en ocasiones que son esclavos como consecuencia de las guerras que se mantienen en ese territorio.
El servicio doméstico es también trabajo desempeñado por muchos de los asiáticos.
Mejor vida debía llevar los jóvenes indios o_ue están en Lima estudiando.
Hay dos alumnos en la escuela que Juan de Mendoza, español, tiene junto al hospital de San Lázaro.
Va rios más aprenden en las escuelas de Antonio Rodríguez de Vi toria y Marcos Picón (n.o 62).
Un caso curioso es el del pe queño Antonio de Pariona, cacique de diez años de edad, que reside en la casa de Francisco de Nájera y Arauz de Toledo (n.o 143), del que se dice que lleva hábito de penitente del Santo Oficio, para que éste le enseñe a leer y rezar.
Tampoco faltan quienes ejercen oficios relacionados con la iglesia: son los sacristanes, que suelen residir en las proxi midades de las parroquias donde trabajan.
Esto nos lleva a un grupo tratado aparte en el padrón; se refiere a los que tra bajan en conventos y edificios religiosos.
Sólo se enumeran varones, por ello en los monasterios femeninos aludidos (San José de las Descalzas, la• Trinidad y la Encarnación) única mente se cita en cada uno de ellos el sacristán, aunque en los mismos debían residir numerosas indias al se1 vicio de las monjas.
En la mayoría de los conventos masculinos los indios aparecen como sirvientes y al gu no desempeñando el ya citado cometido de sacristán o como cocineros.
Lo mismo sucede en los colegios que las distintas órdenes religiosas tenfan en Li ma. La excepción está en los edificios de los jesuitas; en ellos fi gu ran criados pero pertenecientes a los colegiales que allí estudiaban, los restantes desempeñan oficios varios: hortela nos, sastres, pintores.
Curioso es el caso de Santo Domingo donde reside un pergaminero, Juan Sulca, y dos indios más de los que se dice que acuden a que les den de comer.
¿Vivirán de la «sopa boba» conventual?
Otro grupo trabaja en los hospitales; la mayor parte lo hace en las enfermerías;--no -faltando sacristanes y hor_ telanos.
Hay un caso peculiar, el de Francisco Alonso, cuya misión era ir recogiendo indios enfermos para llevarlos a Santa Ana.
Numerosa población femenina trabaja; la m2yoría lo ha ce como sirvientas dispersas por toda la ciudad.
Una minoría son costureras y bordadoras, abundando las llamadas <<gateras», es decir, las que venden en lugares públicos, rves según el padre Bernabé Cobo, «gato» es la transcripción española de una palabra quéchua que designa el mercado.
Suelen vender maíz, frutas y en algunos casos comidas preparadas por ellas mismas, o bien chicha; estas últimas reciben el nombre de chicheras.
Muchas residen en la zona de la parroquia de San ta Ana, en San Lázaro y en los alrededores de los Niños Huér fanos.
Otro grupo de mujeres se debían ganar la vida arrendan do parte de sus viviendas, situación extensiva a españolas y a las restantes etnias que convivían en Lima.
A la vista de lo hasta aquí expuesto podemos deducir va rias conclusiones.
En primer lugar el crecimiento de la ciudad ha deformado el trazado primitivo de la misma, sobre todo en las zonas este y sur, donde la irregularidad de calles, pla zas y manzanas es notoria. •Asimismo, la división original de estas últimas en cuatro solares se ha perdido ca3i por comple to, apareciendo por toda la población el subarriendo y la tugu rización.
Son numerosos los vecinos, algunos de ellos perte necientes a la «aristocracia urbana>>, que alquilan parte de sus viviendas a otras familias, o bien habitaciones de la planta baja como talleres o tiendas, dando lugar a un p! oceso de con vivencia interracial.
Asin1ismo abundan los corrales de ve cinos o «callejones de cuartos».
La poblaci6n india reside en toda Lima, aunque parece ser que en mayor medida en el sur de la ciudad, alrededores de Santa Ana y San Lázaro.
Es pre cisamente en los lugares mencionados al final donde vivían los indios que gozaban de una mejor posici6n económica.
La zona comércial de la ciudad es sobre todo la Plaza Mayor y sus inmediaciones, si bien tiendas existen por toda la ciudad, sobre todo zapaterías y sastrerías.
A e�ta zona cén trica acuden a trabajar personas que residen a veces en nú cleos poblacionales fuera de Lima, como El Callao o Magda lena.
Los talleres de profesiones que encierran un peligro po- Salvo los plateros, que residen en una sola calle, Plateros de San Agustín, en las restantes profesiones no se da esta cir cunstancia, aunque en algunos casos hay una cierta tendencia.,, a concentrarse en una misma area.
Al frente de los talleres encontramos, además de españo les, que son mayoría, personas de otras razas.
No parece que hubiera profesiones de las que estuviera apartada la población indígena, ya que en el padrón figuran con los oficios más va riados, si bien hay un predominio de sirvientes.
Numerosas mu j eres se g anan la vida arrendando parte de sus v1viendas.
De lo dicho hasta ahora p odemos sacar como conclusión final que la convivencia entre los distintos g rupos étnicos, tan to en viviendas como en traba j os, era una realidad en la Li• ma de 1613. |
Como los medios son cortos para tan gran máquina, temo que no han de alcanzar a tanto como se abarca...
La mentira histórica de un pirata caribeño: el descubrimiento del trasfondo histórico de los Infortunios de Alonso Ramírez (1690) 1
El presente trabajo se centra en ofrecer una prueba documental contundente, contextualizada históricamente, de que el texto producido por la colaboración entre Carlos de Sigüenza y Góngora y Alonso Ramírez en 1690 no fue ficción sino relato basado en las experiencias verdaderas de un marinero puertorriqueño.
Se trata de la correspondencia entre el conde de Galve, virrey de la Nueva España, y su hermano, el duque del Infantado, ambos opuestos al partido dirigido por el cardenal-arzobispo Portocarrero que triunfó al acceder los Borbones al trono en 1700.
Por consiguiente se propone que hay que ver la producción del texto de los Infortunios como un eslabón en la estrategia política e imperial.
PALABRAS CLAVE: Infortunios de Alonso Ramírez, imperio, Carlos II, piratas, nobleza, literatura colonial, Gran Alianza, historia marítima, Guerra de la Liga de Augsburgo.
La historicidad de textos se establece penosamente.
Sin recurrir a los archivos para comprobar su veracidad, sin embargo, es imposible distinguir la verdad o mentira histórica de las imaginaciones ficticias, es decir, los hechos tal y como los relata el testigo ocular de como los imagina un escritor.
Cabe notar, en este contexto, que las fuentes archivísticas comparten con la literatura la ambigüedad inherente a toda narración de "hechos", la problemática de su veracidad.
En torno al caso del libro que se piensa compuso don Carlos de Sigüenza y Góngora en 1690 bajo el título de los Infortunios de Alonso Ramírez [Infortunios que padeció Alonso Ramírez...], los historiadores nos hemos quedado a la zaga de los estudiosos de la literatura.
Desde que empezó a interesar seriamente este pequeño libro como tema académico hace apenas cien años, son los investigadores literarios los que han analizado con mayor ventaja su valor como literatura mundial y su conexión con otras novelas tales como el Periquillo Sarniento, pero sin descubrir los detalles complejos de su composición.
3 La opinión más generalizada sigue siendo que esta obra es importante por su contribución al desarrollo de la novela colonial latinoamericana.
No obstante, existen pruebas en los archivos coloniales de Europa que demuestran que esta pieza no nació de la imaginación calenturienta del cosmógrafo en la ciudad de México, sino como texto de complicada historia, cuyo fondo radica en las experiencias de un verdadero marinero hispano que arribó a las costas de la Nueva España en el otoño de 1689.
4 Aunque se debate el tema de la historicidad de Los infortunios desde que apareció en 1902 la edición de Pedro Vindel (parte de la serie "Colección de libros raros y curiosos que tratan de América"), no se ha podido reivindicar el carácter fundamentalmente histórico de este texto fechado en el siglo XVII hasta los descubrimientos presentados por primera vez al lector en este trabajo.
Apenas existió interés por la obra de Sigüenza y Góngora en los dos siglos posteriores a su aparición; Infortunios de Alonso Ramírez se volvió a descubrir como texto importante sólo a comienzos del siglo XX.
Los escritores latinoamericanos en general, y nacionalistas en particular, buscando la herencia criolla, se entusiasmaron por la narración interesantísima de las peripecias de este hijo aventurero de las Américas en la Nueva España, Asia y el Caribe con la misma emoción que causan todavía.
En parte estos lectores, simples o académicos, disfrutaron meramente al hallar en los Infortunios prueba fehaciente de que las Américas se resistieron en el XVII a las disposiciones legales de 1532 y 1543 prohibiendo "que se imprimieran o se trajesen de Europa obras de ficción, ya fuera en prosa o en verso," como señaló Alba Vallés Formosa en 1967.
6 No es de extrañar, pues, que el relato de Alonso Ramírez suscitara tanto interés, teniendo en cuenta que sus episodios novelísticos -el secuestro por piratas ingleses, la esclavitud entre bucaneros en el océano Índico y, finalmente, el naufragio en el litoral caribeño del Yucatán-concordaron con los deseos literarios de poblar aquel hemisferio con héroes americanos, no embargante su carácter ficticio.
7 Últimamente se ha perdido interés por el tema de 5 El presente trabajo se basa en el estudio profundizado de la historicidad de este texto y de su importancia dentro del imperialismo aristocrático hispano bajo Carlos II que aparecerá pronto bajo el título de The Spanish Empire Strikes Back: Seventeenth-Century Piracy and the Misfortunes of Alonso Ramirez, publicado por University of Texas Press.
6 Alba Vallés Formosa, siguiendo las investigaciones de Henríquez Ureña, Pedro: Infortunios de Alonso Ramírez, Cordillera, San Juan de Puerto Rico, 1967, pág. 9.
7 El redescubrimiento académico se lo debemos a Vindel, Pedro: Infortunios de Alonso Ramírez, Relación de la América Septentrional por Luis Hennepin, Viuda de G. Pedraza, Madrid, 1902.
Véase también la nota bibliográfica sobre el interés del erudito Beristáin y Souza en el siglo XIX en el estudio crítico de Rodilla, María José: Infortunios de Alonso Ramírez, Alfaguara, México, 2003, que contiene una relación breve de las varias ediciones en las páginas 113-115.
ISSN: 0210-5810 Los infortunios, como demuestra la falta de estudios sobre el texto en el homenaje coordinado por Alicia Mayer en México, dedicado al tricentenario de la muerte de Sigüenza y Góngora el 22 de agosto de 1700.
8 Entre éstas destacan por el énfasis histórico de su mira las dos ediciones de 1984 (Londres y Caracas) y la de 1990 (Puerto Rico).
Casi todos los editores más recientes de esta obra repiten los detalles que relatan el origen del texto tal y como nos lo cuenta el narrador en la edición de 1690, en su prólogo dedicado al virrey de Nueva España, el conde de Galve, así como los que expone el protagonista mismo, Alonso Ramírez, al final de ella.
No obstante, ha sido imposible hasta ahora comprobar los detalles.
En la dedicatoria es Sigüenza y Góngora, científico con varios cometidos en la corte virreinal de Galve, quien ofrece el relato ramirense al conde como muestra del magnánimo amparo virreinal para necesitados semejantes al protagonista, Alonso Ramírez, a la vez que publica el libro en testimonio de la buena política que este gobernante estaba realizando desde 1688.
"Cerró Alonso Ramírez en México el círculo de sus trabajos", nos cuenta Sigüenza y Góngora, con que apresado de ingleses piratas en Filipinas, varando en las costas de Yucatán en esta América dió vuelta al mundo; y condoliéndose Vuestra Excelencia de él cuando los refería, quién dudará el que sea objeto de su munificencia en lo de adelante, sino quien no supiere el que templando Vuestra Excelencia con su conmiseración su grandeza tan reciprocamente las concilia, que las iguala, sin que pueda discernir la perspicacia más lince cual sea antes en Vuestra Excelencia, lo grande heredado de sus progenitores excelentísimos o la piedad connatural de no negarse compasivo a los gemidos tristes de cuantos lastimados la solicitan en sus afanes.
Alentado pues con lo que de ésta veo cada día prácticamente, y con el seguro de que jamás se cierran las puertas del palacio de Vuestra Excelencia a los desvalidos en nombre de quien me dió el asunto para escribirla, consagro a las aras de la benignidad de Vuestra Excelencia esta peregrinación lastimosa, confiado desde luego, por lo que me toca, que en la crisis altísima que sabe hacer con espanto mío de la hidrografía y geografía del mundo, tendrá patrocinio y merecimientos.
No faltan lectores modernos cuidadosos, como J.S. Cummins y Alan Soons en 1984, que no se hayan fijado en cómo los contemporáneos perspicaces se habrían dado cuenta del candor falso de Sigüenza y Góngora al 8 Carlos de Sigüenza y Góngora: Homenaje, 1700-2000, Alicia Mayer (coord.), Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2000, 2 volúmenes.
9 Uno de los únicos ejemplares del original de 1690 se guarda en la Hispanic Society of America, cuyo texto incluyó Estelle Irizarry en edición facsímil, pero desafortunadamente sin paginar, en Infortunios de Alonso Ramírez, Comisión Puertorriqueña para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico, Río Piedras [San Juan], 1990. final de la dedicatoria, puesto que toda la corte en el México de 1690 reconocería la auto-alabanza que consta en ella.
"La crisis altísima" que realiza el narrador "con espanto mío de la hidrografía y geografía del mundo" era frase autorreferente que ponía en evidencia precisamente los retoques científicos que debió de dar el cosmógrafo a los conocimientos rudimentarios que tuviera el carpintero puertorriqueño.
Aún así, o posiblemente a causa de la autorreferencia, muchos han leído los Infortunios con escepticismo sin aceptar que existieran ni el marinero puertorriqueño ni sus aventuras, aunque sobren detalles acerca de la composición textual al final del relato, detalles que Sigüenza y Góngora pone en voz de Alonso Ramírez.
El "desvalido" que amparó el virrey, en este caso Alonso Ramírez, nos dice más detalladamente él mismo en el último párrafo del libro cómo se formuló el texto de los Infortunios.
El viernes 5 de mayo de 1690 (no el 5 de abril, error tipográfico manifiesto),10 un día después de arribar a la ciudad de México desde Veracruz, se le concedió a Alonso audiencia con el virrey quien, "compareciéndose primero de mis trabajos y congratulándome de mi libertad con parabienes y plácemes, escuchó atento cuanto en la vuelta entera que he dado al mundo queda escrito".
Pero en esa ocasión, continúa Alonso, "sólo le insinué a su Excelencia en compendio breve" las penas que había padecido, por lo cual, "mandome (o por el afecto con que lo mira o quizá porque estando enfermo divirtiese sus males con la noticia que yo le daría de los muchos míos) fuese a visitar a Don Carlos de Sigüenza y Góngora".
Éste, "compadecido de mis trabajos, no sólo formó esta Relación...sino que me consiguió" socorros en efectivo "con la intercesión y súplicas que en mi presencia hizo al Excelentísimo Señor Virrey".
Por lo visto, si no se trata de una invención de Sigüenza y Góngora a la cual el conde de Galve dio crédito, ambos juzgaron que lo que les contaba Alonso era verosímil -cabe la posibilidad, que prontamente descartaremos por más que se haya llevado la palma entre los críticos literarios, de que la escena de mayo de 1690 entre náufrago, autor y virrey fueran pura ficción-.
La aprobación de don Francisco de Ayerra Santa María, fechada en 26 de junio de 1690, asimismo, nos demuestra que la opinión de otros contem-poráneos importantes fue que "la relación de los infortunios de Alonso Ramírez" era histórica.
Como "compatriota" de Ramírez -nacido igualmente en Puerto Rico-el famoso poeta Ayerra Santa María informa en su censura que el cosmógrafo mexicano sólo "describió" las aventuras de Ramírez, aunque las pulió "con su lima" de erudito.
La labor de Sigüenza y Góngora sirvió para plasmar lo oral en el texto, igual que las tribulaciones de Job sólo se hicieron memoria didáctica para los siglos por vía de su inclusión en la Biblia: "Para eternizar Job lo que refería deseaba quien lo escribiera...este quis mihi tribuat de Job halló (y halló cuanto podía desear) el sujeto [Ramírez] en el autor de esta relación [Sigüenza y Góngora] que para noticia y utilidad común por no tener cosa digna de censura será muy conveniente que la eternice la prensa".
11 Es difícil averiguar, sin servir de impedimento la conformidad de estos tres personajes, hasta qué punto aceptaron el relato de Alonso como verídico la mayoría de sus contemporáneos.
Les resultaría casi imposible, de todos modos, comprobar los detalles al no tener a su disposición todos los documentos necesarios para revisarlos de manera sistemática.
Que sepamos, por lo menos un individuo desconfió de Ramírez: don Ceferino de Castro, uno de los dos alcaldes de la villa de Valladolid, a medio camino entre la capital de Yucatán (Mérida) y la zona que sólo desde 1734 se conoce comúnmente como la costa de Cancún.
12 Tal personaje aparece en los archivos y, aunque poco sabemos de él, lo que sí confirman sus títulos es importantísimo a la larga, como veremos, pues heredó el puesto de fiel ejecutor de la villa en abril de 1689, poco antes de llegar Ramírez a las costas bajo su jurisdicción.
13 El fiel ejecutor de entonces, según el Diccionario de la Real Academia (1732), se encargaba "del reconocimiento de los pesos y medidas de que usan los que venden" y además debía "examinar si los 11 Citando siempre por la edición facsímil de Irizarry, Estelle: Infortunios de Alonso..., 1990.
13 Don Ceferino de Castro y Velasco se confirmó como regidor y fiel ejecutor de la villa el 21 de abril de 1689; tomó el título "por juro de heredad" de su padre y abuelo, Archivo General de Indias (AGI), México, 198, 50.
Véase también García Bernal, Manuela Cristina: Población y encomienda en Yucatán bajo los Austrias, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1978, pág. 527, seguida por Bryant: Seis obras.
Infortunios de Alonso Ramírez, Trofeo de la justicia española, Alboroto y motín, Mercurio volante, Teatro de las virtudes políticas, Libra astronómica y filosófica, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1984, 46n.98, quien recoge las pruebas para su encomienda de 120 indios en 1688 en el pueblo de Yalcoba, y Lorente Medina, Antonio: La prosa de Sigüenza y Góngora y la formación de la conciencia criolla mexicana, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág.177.
Con la notable excepción de don Ceferino, cuyas sospechas, según el texto, las suscitó un kris o daga de tipo asiático que Alonso confesó haber regalado a un aristócrata yucateco, el virrey y el poeta que dio su aprobación a la publicación del libro se creyeron ambos que Alonso no sólo no se lo inventó el cosmógrafo sino que los dos contaron la verdad.
No obstante tales aseveraciones textuales, la mayoría de los lectores lo han considerado todo casi como un cuento de hadas colonial.
Resulta interesante la caracterización de Sigüenza y Góngora que hizo su sobrino cuando murió su tío en 1700, en vista de la incredulidad de los lectores de hoy, lo que se opone a la opinión predominante de los contemporáneos de los hechos narrados en los Infortunios.
En una carta al vicario episcopal, don Antonio de Aunzibay y Anaya, describió al cosmógrafo de la siguiente manera: 14 No alcanzo modo para explicar las prendas con que Dios Nuestro Señor le había dotado, afable, comunicativo, compuesto en sus palabras, modesto y ejemplar en la calle y dentro de su casa rígido, caritativo, principalmente con los enfermos y amigo de hacer bien a todos, sin interés ninguno; amigo de la verdad, abominando la mentira y malicias, y al fin hombre compuesto y medido en todas sus cosas y erudito en todas las ciencias, como a todos consta.
15 Aún así, los enredos verdaderamente novelescos de los Infortunios, más propios de la trama del capitán Sangre de Rafael Sabatini o de la película Piratas del Caribe que de un relato fidedigno e histórico, les han impedido a sus lectores creer que no se los inventó don Carlos.
Las "múltiples lecturas" a las cuales nos invita Pérez Blanco, por ejemplo, incluyen "la del historiador" pero, siguiendo la pauta establecida por otros, no le concede al texto "las dimensiones puras de la realidad," aunque se resiste este crítico, también típicamente, a desvirtuar "la honestidad del escritorhistoriador [Sigüenza y Góngora]".
16 La indecisión crítica sobre la historicidad del texto abarca así múltiples cuestiones que no sólo se encaminan a problematizar la credulidad del lector moderno sino también las del virrey y el cosmógrafo.
En la estimación de Emilio Carilla, aparecida en 1949, el cuento de Alonso Ramírez es "El Robinson americano", lleno de coincidencias literarias con la historia de aquel otro náufrago más famoso.
17 Cuarenta años más adelante José Joaquín Blanco notaba la incoherencia narrativa de los Infortunios, la yuxtaposición inesperada de la voz de Alonso con la del científico pedante, lo cual era compendio de "una especie de pícaro conversando con la elegancia y riqueza verbal, sintáctica, moral y geográfica de un catedrático...; a veces el pobre náufrago habla más como cosmógrafo en cátedra que como el lamentable y sencillo hombre de Dios sobre el que se abatieron las calamidades, entre las que no fue la menor la corrupción de la propia burocracia novohispana".
Asimismo, subraya las semejanzas del texto híbrido creado por el marinero y Sigüenza y Góngora con otras obras pseudo-históricas y marítimo-literarias, como las "de Swift, de Defoe, de Stevenson y de Conrad".
18 En 1967 Vallés Formosa trató el tema de la historicidad de los Infortunios con destreza en su edición crítica, refiriéndose a los estudios de Luis Alberto Sánchez de 1953 y de Anderson Imbert de 1954, en los que ambos optaban por la esencia novelística del texto, aunque Imbert pensó que "el autor intercala conceptos y creencias de su propia creación dentro de un relato que de alguna manera sin establecer constituía un texto histórico".
Es posible incluso, añade Vallés Formosa, que el autor del Robinson Crusoe, Defoe, "hubiera tenido noticia del texto de Sigüenza y Góngora".
No obstante, difieren los Infortunios de la famosa novela inglesa en cuanto al peso de la imaginación del autor en la redacción del texto: en vez de "la vida novelada de un marinero" de verdad, "el Alonso Ramírez tiene que ceñirse a un relato más real y conocido, aunque expuesto con técnica novelesca".
La falta de pruebas extra-textuales para la existencia de Alonso Ramírez y sus aventuras ha constituido el obstáculo que le impidió a Vallés Formosa romper con esta interpretación novelística: "Nuestro protagonista es, pues, el típico de la novela hispanoamericana", concluye, y no la voz auténtica de un marinero puertorriqueño.
Para María José Rodilla, Infortunios es eminentemente un texto con valor histórico a tenor del testimonio social de La lozana andaluza de Francisco Delicado y de "los juegos cervantinos de autor, narrador y personajes lectores de la novela, dentro de la novela misma, en El Quijote".
Sin embar- go, Rodilla duda, como todos los estudiosos del tema, al considerar su veracidad: "Sea o no real el personaje Alonso Ramírez y sea o no verdadera la relación de su viaje, cuestiones estas muy debatidas por la crítica, lo que importa es el texto que ha llegado a nosotros y la lectura literaria que de él hagamos".
19 Como vemos, con escasas excepciones, la crítica se ha mostrado escéptica al apreciar la historicidad del relato.
En 1988 Lucrecio Pérez Blanco introduce su edición de los Infortunios dentro de la serie Crónicas de América, siguiendo lo que casi se había convertido ya en tópico de eruditos: el texto escrito por Sigüenza y Góngora vale más por su carácter literario que como fuente histórica.
A pesar del predominio de este punto de vista entre los estudiosos, para historiadores como Francisco Vidargas, la obra entera del cosmógrafo, aún lo más obviamente literario, se ciñó siempre a las vistas "objetivistas" de Sigüenza y Góngora, cuyo metier de autor jamás se desvió, para Vidargas, de la meta de establecer la verdad objetiva por encima del encanto de la ficción.
20 Concuerda con este dictamen el estudio lexicográfico meticuloso de Estelle Irizarry, posiblemente la prueba más convincente de que el léxico y el estilo de los Infortunios ofrecen claras pruebas de su autoría heterogénea y, por ende, prueba convincente de que el cosmógrafo actuó, como nos dice, de amanuense para el marinero.
En contra de estos razonamientos, el análisis literario escéptico ha dominado hasta tal punto la labor de los estudiosos que las voces discrepantes de los literatos e historiadores que se han planteado el tema de los infortunios de manera distinta apenas se han oído.
Entre los que sí se han declarado por la historicidad del relato destacan Marcelino Menéndez y Pelayo, Cayetano Coll y Toste, Concha Meléndez, Josefina Rivera de Álvarez, y Manuel Álvarez Nazario.
Para todos ellos el texto final lo produjo la combinación de hechos históricos con el pulimento estilístico del cosmógrafo de una manera u otra, con predominio del erudito sobre el marinero o viceversa, o por una colaboración equilibrada entre Alonso Ramírez y Sigüenza y Góngora.
El resultado ineludible de tal tesis, que no desdeñó aceptar la existencia de Ramírez pese a la falta de pruebas fehacientes, es constituir a los Infortunios claramente en una fuente histórica de alta 19 Rodilla: Infortunios..., pág. 119.
20 "Don Carlos trabajó siempre con rigor las fuentes históricas, haciendo a un lado toda suposición que provocara errores.
Esa actitud quedó manifiesta en el conocimiento histórico que, con objetividad, utilizó en sus obras", San Juan de Ulúa y Carlos de Sigüenza y Góngora, Instituto Veracruzano de Cultura, Veracruz, 1997, págs. 5-6.
importancia para Puerto Rico y, secundariamente, para México.
Otros, como Raúl Castagnino, se mantienen indecisos al preguntarse si Ramírez existió o no. Hacia el punto de vista opuesto se inclinan Willebaldo Bazarte Cerdán y David Lagmanovich, quienes opinan que la pluma de Sigüenza y Góngora pesó más que la lengua de Ramírez.
Para J.S. Cummins y Alan Soons, quienes primero descubrieron algunas de las pruebas históricas para los Infortunios en 1984, el texto que produjo Sigüenza y Góngora se inspiró en las experiencias de un marinero que existió de verdad pero, como advirtió Estelle Irizarry al comentar sobre la edición de estos dos hispanistas, Cummins y Soons aceptaron con demasiada facilidad el carácter básicamente literario de los episodios tal y como los narró Sigüenza y Góngora.
Las muchas correspondencias entre el texto de los Infortunios y las pruebas documentales que manejaron en 1984, limitadas a fuentes publicadas, no dieron el resultado esperado (aún así, Cummins y Soons separaron el derrotero del galeón de Manila desde Acapulco del resto del texto, añadiéndolo como apéndice al final de su edición para mostrar una parte del texto que lógicamente no debió de salir de la boca de un simple marinero puertorriqueño).
21 Pese a estas pruebas históricas, muchas de las cuales existían ya en publicaciones fácilmente accesibles, en 1964 Enrique Anderson Imbert consideró que los Infortunios eran "una ficción" que le permitió a Sigüenza y Góngora describir magistralmente las aventuras de otra persona, pero sin llegar a ser "novela".
Este cuento de viajes le sirvió de escenario al erudito mexicano para exhibir sus conocimientos geográficos y humanos.
22 En 1996 Antonio Lorente Medina dedica un estudio minucioso a toda la obra de Sigüenza y Góngora dentro del cual se pronuncia irremisiblemente en favor de la interpretación histórica de los Infortunios e imbrica al libro con los otros textos históricos del autor dentro de un género que Lorente Medina demuestra convincentemente ser típico del autor del XVII, enumerando obras parecidas como Piedad heroica de don Fernando Cortés (fragmento, 1663), Noticia cronológica de los reyes, emperadores, gobernadores, presidentes y virreyes de...México (1682?), Paraíso occidental (1684), Relación de lo sucedido a la Armada de Barlovento (1691), Triunfo de la justicia española en el castigo de la alevosía francesa (1691) y el Mercurio Volante (1695).
23 La reseña de los estudios sobre la historicidad y ficcionalidad de los Infortunios que incluye Lorente Medina en su análisis de la formación de la conciencia criolla mexicana es, sin lugar a dudas, la mejor y más completa que se haya producido, hecho que resalta la importancia de su tesis de que "es chocante" que para probar la ficcionalidad del texto "ha habido estudiosos que han utilizado" precisamente las dos ediciones que salieron en 1984 -la de Cummins y Soons publicada en Londres más la de William G. Bryant en Caracas, con prólogo nada menos que de Irving Leonard-24 que conjuntamente forman las voces discrepantes en el "mare magnum de opiniones que abogan por el carácter novelesco de Infortunios".
Aunque Cummins, Soons y Bryant demostraron que existían pruebas no sólo para comprobar la existencia de la mayoría de los personajes que menciona Alonso Ramírez sino también para el contexto en general de lo que afirmó haber sufrido con los piratas ingleses en aguas asiáticas, la crítica literaria ha dejado de lado lo que consta desde la publicación del trabajo de los tres grandes hispanistas en 1984: "No obstante esta evidencia, los estudiosos aparecidos posteriormente han ignorado las aportaciones esenciales de estos críticos".
La defensa aristocrática del imperio en 1690 y la historicidad de los Infortunios
Conocidísimo es el tema de la decadencia de España en el siglo XVII, aunque los estudios sobre el reino de Carlos II basados en fuentes archivísticas que van saliendo últimamente contribuyen en gran parte a derrocar la visión homogeneizadora de la tesis "decadentista".
Las investigaciones de Antonio Ramón Peña Izquierdo, por ejemplo, ponen de relieve la vitalidad de la política aristocrática de la familia Portocarrero y Palma como contrapartida a la narración de bancarrotas, corruptelas, y desastres militares bajo el último de los Austrias.
La importancia de la prueba documental que he descubierto para la historicidad de Alonso Ramírez radica en parte en el entramado político de las intrigas cortesanas de los Portocarrero y Palma con la otra gran familia del Madrid de los años noventa, los Infantado.
En principio vale recordar que cuando Alonso Ramírez llega en la primavera de 1690 a la ciudad de México, al final de sus aventuras, el virrey de Nueva España era don Gaspar de la Cerda Silva y Mendoza, conde de Galve, hermano menor de don Gregorio, el mismo duque del Infantado cuyo retrato todavía cuelga en la sala de Velázquez del Museo del Prado.
Los Infantado y Galve estaban en esas fechas al frente de un partido aristocrático organizado desde Europa pero que abarcaba a las Américas y a Asia.
Se oponían a las reformas propuestas por los Portocarrero y sus seguidores, que propugnaban una visión gubernamental sinodial en contra del predominio de validos en la corte de la reina madre Mariana de Austria, cuyo poder sobre el pobre Carlos II sobrevivió a las crisis de los años setenta.
27 Los Portocarrero se encontraban rezagados por sus rivales, los Infantado-Galve, quienes se convirtieron en los favoritos de Mariana de Austria, regente hasta los años setenta, y de Mariana de Neoburgo, la nueva reina después de la muerte de la primera esposa de Carlos II, tras el desastre del golpe de estado de don Juan José en 1678-1679.
Aunque se ha pensado que Mariana se retiró de la política tras 1677-1679, María Dolores Álamo Martell recuerda que el gran biógrafo alemán de Carlos II, Ludwig Pfandl, hace años sospechó fundadamente que la reina madre siguió rigiendo las fortunas de España después de la muerte de don Juan José.
En 1685 "la destrucción del primer ministro", el duque de Medinaceli, sucesor del príncipe bastardo, se debió, según Alamo Martell y Pfandl, a "las conspiraciones dirigidas, en gran medida, por la reina madre".
Pese a la imagen de progenitora desterrada, Mariana todavía contaba con aliados en la corte de su hijo Carlos II, particularmente los Infantado.
El final de Medinaceli lo causó él mismo por su "torpeza política al haber infravalorado a la reina viuda".
28 La gobernación de Oropesa entre 1685 y 1691 igualmente no 27 Véanse como muestras de la reivindicación de la importancia de doña Mariana los trabajos de López-Cordón Cortezo, María Victoria: "Entre damas anda el juego: las camareras mayores de Palacio en la Edad Moderna", Cuadernos de Historia Moderna, Anexo II, 2003, págs. 128-148 y Goodman, Eleanor: "Conspicuous in her Absence: Mariana of Austria, Juan José of Austria, and the Representation of Power", en Theresa Earenfight, Queenship and Political Power in Medieval and Early Modern Spain, Ashgate, Aldershot, Inglaterra y Burlington, Vermont, 2005.
28 "El VIII Duque de Medinaceli: Primer Ministro de Carlos II", en Escudero, José Antonio: Los validos, Universidad Rey Juan Carlos, Dykinson, Madrid, 2004, pág. 566. debió de plasmarse sin la anuencia de la reina madre.
Con don Gaspar de virrey en Nueva España y don Gregorio de amigo del rey y su madre en Madrid, se establece el contexto para el poder del partido anti-Portocarrero.
Sin pararnos a considerar las complicadísimas políticas de tal alianza entre Corona y aristocracia, debemos hacer hincapié, no obstante la inseguridad documental para semejantes generalizaciones, en la importancia de reconocer que en las manos de don Gregorio y don Gaspar se reunían, según los estudios de Henry Kamen, la mayor riqueza de los grandes de España, los estados correspondientes al ducado del Infantado, más el puesto de mayor prestigio y lustre entre las posesiones coloniales, el virreinato de Nueva España, coyuntura que forma el telón de fondo para el documento que vamos a leer.
29 En 1690 el virrey conde de Galve, después de dos años de gobierno, se sentía frustrado por los problemas que le causaba la falta de dinero, a semejanza de la queja del rey Felipe IV en 1657.
Las peticiones que le mandaban los consejeros desde Madrid para que enviara más galeones y con más plata, urgentemente necesarios para los gastos europeos, le parecían al virrey imposibles de cumplir, puesto que la defensa de Nueva España contra las depredaciones de piratas y bucaneros y las ambiciones de Luis XIV en Luisiana exigían cada año mayores recursos.
Durante el mandato de Galve, se volvió a poner en pie de guerra a la Armada de Barlovento, se amurallaron ciudades en el Caribe, se extendieron las fortificaciones de las principales plazas de Nueva España y se organizó la reconquista de la provincia de Nuevo México.
30 En el verano de 1690 la pesadilla de la devastación del puerto de Veracruz en 1683 por un verdadero ejército de bucaneros seguía vigente en la corte virreinal, así como la 29 Spain in the Later Seventeenth Century, 1665-1700, Longman, Londres y Nueva York, 1980, pág. 232; sin embargo al parecer del duque de Maura siguen siendo los Medinaceli, entre todos los grandes de Carlos II, los más poderosos y ricos, Vida y reinado de Carlos II, Espasa-Calpe, Madrid, 1942, vol. 1, pág. 197.
30 Se pueden sacar a colación las famosas obras del ingeniero Jaime Franck en San Juan de Ulúa, cuyas "antiguas obras" fueron "corregidas y perfeccionadas" por él entre 1689 y 1692, así como su trabajo sobre los "ocho baluartes terraplenados" en Campeche, la finalización de "las obras básicas del fuerte de San Marcos" en San Agustín de la Florida allá por el año 1695, la construcción larga y penosa del recinto amurallado de La Habana empezada en 1674 y sin acabar hasta 1702, la reconstrucción del castillo del Morro de Santiago de Cuba después del terremoto de 1678, que también ocasionó costos por los serios daños que efectuó en varias fortificaciones importantes de Puerto Rico, cuya remodelación continuó a buen paso durante los años de Galve, y el restablecimiento de "la precaria fortificación" del castillo de San Felipe del Golfo Dulce en Guatemala tras el asalto de piratas en 1680, Gutiérrez, Ramón: Fortificaciones en Iberoamérica, Ediciones el Viso, Fundación Iberdrola, Madrid, 2005, págs. 82, 92, 109, 118, 141, 151-167,169.
TRASFONDO HISTÓRICO DE LOS INFORTUNIOS DE ALONSO RAMÍREZ (1690) perturbación causada en la política de Galve por las noticias de la expedición francesa al valle del Misissipi liderada por La Salle, claramente un fracaso dadas las noticias que recibió entre 1686 y 1690, pero decididamente aviso aciago de problemas que le llevarían a darle a Madrid argumentos en favor de la fundación de una nueva colonia en la Florida (Pensacola).
31 En junio de 1690 no había llegado todavía la confirmación por vía del gobernador de Coahuila de que la expedición de La Salle había fracasado, 32 y Galve preparaba contraataques, confiando en las buenas noticias de que el nuevo rey de Inglaterra, Guillermo III de Orange, acababa de deshacer la gran diplomacia europea de Luis XIV al decidirse, tras bastante esfuerzo por parte de Ronquillo, embajador español en Londres, a unirse con España y Holanda para contrarrestar el poder galo.
En la coyuntura, pues, de la primavera de 1690 se reunían óptimas condiciones para los planes coloniales, imperiales y europeos de don Gaspar y su hermano el duque del Infantado.
No es de extrañar, por consiguiente, que la aparición de Alonso Ramírez, víctima de piratas y heroico sobreviviente español (es decir hispano-puertorriqueño), le sugiriera al virrey la composición de un libro que pudiera distribuir a la camarilla política de los Infantado en Madrid como propaganda que destacaba la importancia de sus planes para la defensa de Nueva España.
Es precisamente lo que hizo, según un documento del Archivo de la Casa Ducal de Osuna, el cual evidencia que no es verdad que Alonso Ramírez no existió, como pensaron muchos críticos literarios, ni mintió Sigüenza y Góngora al narrar su versión de cómo se formuló el texto de los "trabajos" que padeció el marinero puertorriqueño, según consta en la carta siguiente, escrita de puño y letra por don Gaspar el primero de julio de 1690 a su hermano en España: Excelentísimo señor, hermano, amigo y señor mío: Acompañan a esta veinte relaciones del viaje que hizo Alonso Ramírez, natural de Puerto Rico, desde las islas Filipinas hasta la provincia de Campeche donde se perdió, que habiéndole mandado viniese a esta corte hice le tomasen declaración de la derrota e infortunios que padeció en tan inaudita navegación hasta estos tiempos, que por ser bien rara y peregrina la remito a Vuestra Excelencia.
He hecho se imprima para poder enviar muchos duplicados a V.E. por si gustase repartir entre los amigos, que yo sólo la envío al Marqués 31 Véase Dunn, William Edward: Spanish and French Rivalry in the Gulf Region of the United States, 1678-1702, University of Texas Press, Freeport y Nueva York, 1971 y Leonard, Irving: The Spanish Approach to Pensacola, 1689-1693, Quivira Society, Albuquerque, Nuevo México, 1939.
de los Vélez, de que doy cuenta a V.E., cuya excelentísima persona guarde Dios muchos años como he menester.
A los pies de V.E. su servidor y mayor amigo, El Conde de Galve [Firma y rúbrica holográfica].
33 Sin lugar a dudas, este documento prueba de una vez por todas la historicidad fundamental de los Infortunios, es decir, el carácter eminentemente histórico de la creación del texto del libro, lo cual, empero, no constituye lo mismo que decir que debemos aceptar como verídicos todos los detalles que contiene.
Cabe afirmar que si esta carta demuestra que no mintieron don Carlos y Alonso al contarnos cómo se formuló el texto, nos sugiere muchísimas preguntas sobre los actos que posiblemente dieron lugar a la formación de la curiosa narración de las desventuras del puertorriqueño.
Más allá de la cuestión general sobre la historicidad de los Infortunios, que ya, según hemos visto, varios estudiosos sospechaban era en sí ficticia dadas las pruebas internas, textuales, y publicadas para su contexto histórico, debemos resaltar que la misiva del virrey Galve a su hermano demuestra que los Infantado-Galve se interesaron por la historia de Alonso Ramírez no sólo porque contenía una "inaudita navegación...bien rara y peregrina" sino también porque les ofreció material propagandístico para influir en las decisiones que tomarían el marqués de los Vélez y sus "amigos" en los consejos gubernativos en la corte.
Poco después se empezaron a registrar los resultados desafortunados de la política personal de Galve e Infantado, el primero víctima de ambiciones virreinales que superaban los recursos financieros coloniales a la vez que su proceder y sus indiscreciones le comprometían de cara a las exigencias de la mayoría de los consejeros en la metrópoli; el segundo, don Gregorio, murió a finales de 1693, dejando al hermano en las Américas sin el respaldo diplomático que venía ofreciéndole dentro de la corte madrileña.
Además, con vistas a la reforma iniciada en 1691 por Oropesa y el marqués de los Vélez, antiguo "amigo" de los Infantado, que impulsaba mecanismos para contrarrestar "el fraude e impagos", 34 la actuación de Galve como virrey le expuso, especialmente a partir del verano de 1692, a las críticas de detractores que tildaron su gobierno de absolutismo militar, tema que se soslayó con dificultad en la residencia concluida tras la muerte de Galve en 1697 por don Baltasar de Tomás, el juez más antiguo de la 33 Archivo Histórico Nacional, Sección Nobleza, Osuna, 55, 61.
35 Un grupo envió cartas anónimas al citado juez, por ejemplo, para delatar a Galve en 1692, haciéndole responsable, entre otras cosas, de los desastres agrícolas y económicos que desembocaron en el motín que a principios de julio asoló varias salas del palacio, el archivo municipal y otros edificios en el centro de la ciudad de México.36 La situación empeoró.
Dos años después del motín, a finales de diciembre de 1694, y en nombre del rey, los consejeros criticaron duramente a Galve, increpándole por haber atropellado los derechos administrativos de la Audiencia y los oficiales reales en Nueva España.
37 Al morir don Gaspar el 12 de marzo de 1697 cerca del Puerto de Santa María en la casa de su amigo, el duque de Alburquerque, al final de su tornaviaje a España, ya se había desmoronado el plan ambicioso de los Galve-Infantado para ensalzar el poder imperial de la corona austríaca.
Aunque en enero de 1695 se frustró el golpe de estado de su más acérrimo contrario, Luis Manuel Fernández Portocarrero, cardenal y arzobispo de Toledo (1635-1709), salió éste ganador a la larga con el establecimiento de los Borbones a partir de 1700.
Esta contribución al estudio del famoso texto de Sigüenza y Góngora no pretende ser exhaustiva en cuanto al tema de la historicidad de los detalles contenidos en el relato de Alonso Ramírez; como ya hemos anotado, queda esto pendiente hasta la aparición de mi estudio monográfico sobre el tema.
Sin embargo, el presente trabajo contribuye a deshacer mentiras: a pesar de que hace años varios estudiosos coincidieron con Antonio Lorente Medina "en subrayar la existencia real del protagonista de Infortunios", ahora por primera vez, utilizando la carta de don Gaspar, podemos comprobar de manera fidedigna su existencia, su relato, y el papel que de modo seguro desempeñó Sigüenza y Góngora en la redacción del texto (aunque no le mencionara explícitamente el virrey en su misiva).
Es posible, como dijo Lorente Medina hace ya más de diez años, que "se encuentre Alonso Ramírez entre los 'catorce oficiales' que acompañaban a Juan Enríquez Barroto durante la campaña del Guarico en el patache Santo Cristo de San Román" en 1690-1691.
38 Es aún más probable que la autojustificación de Ramírez motivara la primera formulación del texto de los Infortunios, si tenemos en cuenta las dificultades que experimentaron los contemporáneos de Ramírez que, como él, viajaron con piratas para quitarse de encima la sospecha de colaboración con ellos (piénsese en las vidas de Exquemeling, Ravenau de Lussan, Dampier, y Kidd), cargo que claramente el regidor y fiel ejecutor en el Yucatán, don Ceferino de Castro y Velasco, atribuyó a Alonso en 1690 según consta al final de su relato.
Por consiguiente la trama más intrincada del momento histórico de 1690, el contexto en que se ideó el relato de los Infortunios, obedeció no sólo a la lógica de los proyectos imperiales y personales de Galve e Infantado, y de Sigüenza y Góngora, sino también -y primordialmente-a los deseos de Alonso Ramírez de probar que tenía derecho legal al cargamento valioso del buque que naufragó a causa de la ruta peligrosísima que él mismo le trazó por mares caribeños hasta México a finales de 1689.
El patronazgo del virrey le sirvió a Alonso de cobertura gubernamental contra las sospechas de los oficiales reales yucatecos de que había colaborado con los piratas ingleses en sus depredaciones, a mi manera de ver, indicios comprobados por un análisis detenido de todo el contexto histórico de las peripecias de Alonso entre 1687 y 1690.
Alegaron estos oficiales, basándose en la Bula de la Santa Cruzada, que el buque y su contenido, como presa tomada de piratas, por derecho canónico pertenecían a la Santa Cruzada, un recurso legal nada "frívolo", pese a lo que dijo Alonso al final de los Infortunios.
Fueron Galve y don Carlos los resortes de Alonso para remediar el desastre del naufragio que le expuso a perder el valioso cargamento.
Con el motivo de contrarrestar las delaciones en Mérida aprovechó Alonso la oportunidad del interés que suscitó su historia para apelar su causa al virrey.
Irremisiblemente, dadas las circunstancias del naufragio, mintió el histórico Alonso al enfrentarse a la posibilidad de perderlo todo como sospechoso de piraterías, pero no mintió el conde de Galve en julio de 1690 al decirle a su hermano por escrito que acababa de conocer a "Alonso Ramírez, natural de Puerto Rico", el cual, le explicó al duque su hermano, había viajado "desde las islas Filipinas hasta la provincia de Campeche donde se perdió"; ni tampoco mintió Sigüenza y Góngora al repetir en su 38 Archivo General de la Nación, México, Reales Cédulas, vol. XXIV, expediente 92, ff.
274-304, Lorente Medina, Antonio: La prosa de..., 175n.111. texto lo que el virrey le explicó al duque del Infantado, que "habiéndole mandado" a Alonso Ramírez que "viniese a esta corte hice le tomasen declaración de la derrota e infortunios que padeció".
La descripción manuscrita de la "derrota" y los "infortunios" que tomó el secretario del virrey entre mayo y junio de 1690, claro está, se plasmaron en el famoso libro del cosmógrafo, cuyo manuscrito también se ha perdido.
Acaso algún día descubriremos estas fuentes principales en algún legajo perdido allá por los archivos de la monarquía española bajo Carlos II. |
Al hablar de Barroco hemos de hacerlo en términos am plios, pues hoy «lo Barroco» no se puede entender sólo como un mero período de la Historia del Arte o de las Ideas, sino como un fenómeno que afecta a toda la Historia Social.
Es la cultura del mundo occidental del siglo XVII, que consis te en la respuesta dada por los grupos activos Je la sociedad a la dura y difícil crisis relacionada con fluctu�ciones críti cas en la economía de este espacio temporal, creando una re lativa homogeneidad en las mentes y en los comportamien tos de los hombres 1
• Con esto no queremos deci:-que no exis tan «Barrocos Nacionales» sino que éstos no se pueden abs traer del contexto general.
La cultura barroca, que busca su equilibrio en la inesta bilidad de los contrarios, posee unos contenidos espirituale s que se balancean entre la materia y el espíritu, entre el senti n1iento y la razón, entre la formalidad y la profundidad, entre el dolor y la felicidad, entre la vida y la muerte.
Estos conte nidos generales de la cultura barroca provocan que el Barroco artístico tienda hacia la apariencia óptica fugaz, la composición en profundidad, las formas abiertas y la subordiJ1ación de to das las partes al motivo primordial.
Frente al sistema de éli tes del equilibrio renacentista, el Barroco propone un siste-
MARÍA JESÚS MEJÍAS ALVAREZ n1a de equilibrio vitalista con afán de impresionar, de deslum brar, mediante efectos de luz, de masa y movimiento.
Como consecuencia de esta concepción de la vida hay que entender la fiesta barroca, pues en ella confluyen caracteres lúdicos, religiosos y políticos, confrontándose el estado de cri sis general con el boato y artificiosidad que éstas despliegan.
Si la fiesta renacentista se expresa como manife�tación de la vida placentera, con fuerte carga de idealismo, la fiesta ba rroca, sin perder el sentido del placer, se concentra en la idea del ornato como símbolo del poder; son, las fiestas barrocas, instrumentos para la ostentación y propaganda de los conte nidos imperantes en la cultura del siglo XVII.
Por ello, van íntimamente unidas a las ciudades donde el despliegue y di vulgación de éstos tiene mayor aforo 2 • Esta necesidad de esplendor material, de lujo y fantasía que arrastra la fiesta barroca no se detiene ante la muerte, pues incluso ésta es aprovechada, tal es el caso Jd fallecimien to de una persona de una casa real, para exalta.r el poder de las monarquías absolutas.
Con un carácter sacro y profano se festeja, en el caso de la muerte regia, la renovación de la mo narquía.
Así, de una forma bastante poética, se 1efleja en una carta del cabildo de la villa de Ica, en el virreinato del Perú, fechada a 13 de abril de 1622, en la que informando sobre las fiestas que se hicieron para la coronación del rey Felipe IV, se nos dice:
MUERTE REGIA EN EL BARROCO 3 gozo y las honrras en fiestas dando gracias a Dios nuestro señor nos dio rey y señor natural cathólico y ligitimo heredero a quien servir...
"3 • Tenemos que entender la muerte como uná manifesta ción mas del sentido teatral de la vida del Siglo de Oro4
• Los lutos forman parte de esta teatralidad, pues, provocan un cam bio en la_ vida cotidiana de los ciudadanos, llegúndo a ser en ocasiones excesivos.
De tal importancia es para el hombre ba rroco este tema que hasta la propia monarquía se ocupa de ello, estableciendo normas; así nos lo demuestra la real cé dula fechada en Madrid, a 22 de marzo de 1693, por la que se establecen las formas de lutos y pompas fúnebres: "... sera mui combeniente n. mi real servicio y bien de la causa publicar de los vasallos de mis dommios de las Indias moderar el excesso que hasta aora ha havido en el uso de los lutos para que mediante esta providencia se escussen los crecidos gastos que en todas clases de per sonas ocasionan la ynmoderacion que en esto se practicava con menoscavo de sus caudales y otros perjuicios; he resuelto dar la presente que quiero tenga fuerza de lty corno si estubiera yncorporada en las de la Nueva Recopilación de Indias, por la qual mando que de aquí ade lante los lutos que se pusieren todos mis vasallos de la� Indias de am bos reynos del Peru y N ueba España y Islas adyacentes por muerte de p ersonas -reales sean en esta forma.
Los hombres han de poder traer capas largas y faldas caydas hasta los pies, y Lan. de durar en esta forma hasta el dia de las honrras, y las mu j eres han de trahcr mongiles de ba y eta si fu ere en ynbiemo, y en verano de lanilla con tocas y mantos delgados que no sean de seda lo q ual tambien ha de durar hasta el día de las honrras, y des p ues se p ondran el alivio de luto correspondiente... " 6.
Todo lo que lleva a conmocionar los sentidos se poten cia en la cultura barroca, de tal manera que la escenografía de las exequias se refuerza prestando gran aten. d6n a la ilu-minación, a la música y cantos, y cómo no, a los olores.
Los túmulos se adornan con gran cantidad de vela:; y candeleros que aseguran el éxito visual de éstos.
Sirva de referencia la descripción que se nos hace en el testimonio de las exequias por la muerte de Carlos II en Trujillo: "... proporcionados al casso �inquenta hachas de cera blanca de quatro pavilos en hacheros de plata,... y todo el túmulo adornado y cubierto de muchos blandones y can deleros de plata con velas de cera... " 6 • Además, las naves de las iglesias se cubren con telas ne gras realzando la escenografía fúnebre, pero por si esto no bastara, el hombre barroco no deja escapar el sentido del ol fato para dar mayor pompa al a�to y atraer, aún si cabe más, al gentío que asiste a los mismos, tal como nos lo manifiesta la ciudad de Castrovirreina en las exequias por la muerte de Felipe III: "... y ensendidas las luzes del túmulo tapadas las lumbreras con aran fragancia de buenos olores, que en esto se puso particuhtr cuydado... " 7 •.-SOLEMNIDADES REGIAS: EXEQUIAS FÚNEBRES
Las fiestas relacionadas con la figura del rey durante el siglo XVII son muchas, tantas como actos en los que se ve implicado el monarca y su familia, y en el caso de América también se hace extensible a su máximo representante, el vi rrey.
Se festejan nacimientos, matrimonios, defunciones, en tradas, coronaciones, etc. Cualquier acontecimiento era apro vechado para organizar una fiesta cuya finalidad última era exaltar, como ya hemos dicho, el poder real.
De todos los festejos son las exequias fúnebres las que mayor prestigio y difusión alcanzaron en este período, tanto en la España peninsular como en la americana.
Además, sus puestas en escena son similares, a pesar de las desigualdades geográficas y desequilibrios étnicos y económicos que entre ambas zonas existen 8
• Para trascendencia y rango de la fes tividad era necesario un despliegue de recursos que, en fun ción de su calidad y cantidad, determinaban la grandiosidad del festejo.
Así, toda exequia que se preciase debía de contar con un artefacto o construcción arquitectónica de carácter efí mero que diese el tono monumental y suntuoso que se per seguía, a la vez que servía de soporte para expresar un pro grama sin1bólico.
Este mismo carácter efímero hace que el acceso al estudio de estas manifestaciones se haga a través de una metodología diferente a la que, convencionalmente, uti liza la Historia del Arte.
En temas de arte efímero no es la observación directa de la obra de arte la fuente primordial para su análisis, pues en la mayoría de los casos no nos han llegado sus representaciones grabadas, sino que hay que realizarlo apoyándonos, por un lado, en fuentes literarias, so bre todo las descripciones conmemorativas, y de otro, en las Jr chivísticas que nos revelan relaciones de lo acontecido, así como gastos e incluso contratos, siendo en éstas, concreta mente, en las que nosotros nos hemos apoyado.
Cuando la noticia de algún fallecimiento regio llegaba a las ciudades españolas, tanto peninsulares como americanas, se reunía el Cabildo secular para programar «los festejos»; para ello se designaban a uno o a varios comisarios, que de bían contactar con los autores de los contenidos simbólicos y alegóricos y de la construcción material del túmulo.
Los prime ros solían ser casi siempre eclesiásticos o eruditos locales.
Tras haber resuelto el plan iconológico, en las constn1cciones más aparatosas, se contrataba a los artesanos y artistas que lo ma terializaban.
Estas manifestaciones funerarias se plantean co-1no una verdadera interacción de artes ya que tn ellas parti cipan arquitectura, pintura, imaginería, oratoria, música y li teratura, que colmarán las necesidades de auto�atisfacción y propaganda del estado dirigente u.
Asimismo, al ser estas construcciones reflejo del <<dolor» de las ciudades, éstas se vol carán • en sus costes como muestra de su poder económico y esplendor social.
Las exequias fúnebres se desarrollaban en d interior de las iglesias mayores aunque en ocasiones se acogían en templos conventuales, como es el caso de las celebradas en la ciudad de Arequipa tras la muerte del príncipe Baltasar Carols: "... que para su lusimiento y magestad se escogió la iglesia del Colexio de la Compañía de J esus!)Or se: la más capaz y grande que ai en ella y... " 10.
Las naves de los templos se engalanaban y se construía en su interior un túmulo, el elemento más vistoso de las exequias, pero que no se reducían a él, pues además se organizaban pro cesiones, cánticos, sermones, lutos y toques de campanas, todo ello extendiéndose hacia calles y plazas provocando una autén tica transformación visual en la ciudad.
Los habitantes de és ta se vestían de acuerdo a las circunstancias, con)o así se nos i-efleja en el testimonio sobre las exequias realizadas en la ciu dad de Castrovirreina tras la muerte de Felipe Ill:
"... mandose pregonar que todos los vezinos, estantes y avitantes en esta ciudad se pusiesen lutos cada uno conforme su caudal calida d y obligaciones... " 11•
También se produce un cambio en el ambiente acústico habitual de las ciudades con el reiterado toque de campanas que hace recordar la triste pérdida, tal es el caso de la ciudad de Trujillo tras las muerte de Carlos II: "... a las horas acostumbradas empezando p rimero la Santa I gl esia cathedral en demostracion de tan j usto sentimiento y con dobles reales han estado las campanas de todas las iglesias desta ciudad doblando con ellas... " 12.
Podríarnos pensar que, en las exequias reales de las ciuda des peruanas, al no tener que efectuar el traslado del cadáver del palacio a la catedral, el componente procesiC'nal del «fes rejo» se suprimiría, pero en realidad éste se mantiene ya que al cabildo y al resto de las autoridades y demás personas prin cipales de la ciudad se les convocaba en un lug�r común del que partían en procesión hasta el recinto sagrado ¿onde se efectuaban las honras fúnebres.
Como ejemplo sirva el relato que se hace en la relación de las exequias de Felipe III en Cas-..
"... llegado el día sefialado a las dos de la tarde se j untaron, en las cassas del gobernador cavildo j usticia re gi miento oficiales reales y demás vezinos y moradores de la ciudad conforme al pregon, de donde salie ron a las tres, en borden y aviendo proseción, todos con sua lutos •.• " JB.
En esta comitiva se llevaban los elementos simbólicos de la Corona, las insignias reales (estoque, cetro y corona), para lo cual se designaba a hombres de cierta categoría y prestigio social en la ciudad.
No siempre se facilita en las relaciones de las exequias el nombre de los elegidos, pero de las cuatro ciu dades que hemos ton1ado como ejemplo para desc: ribir las ac tividades de éstas tra. s la muerte regia, dos de ellas sí lo hacen, es el caso de la ciudad de Lima en su relación de las exequias de Felipe III: y el de la ciudad de Trujillo en su relación de Ja3 exequias de Carlos II: "... con sumo silencio y demostraciones de pesar llevando por delante sus porteros y maseros con sus armas en los pechos y en el cuerpo del dicho cavildo las referidas insignias reales, la corona de superior fábrica el capitan don loan Esteban Roldan Dávila cavallero del hot"den de Santiago, el cetro el capitán de cavallos don Francisco de la Huerta y Zubiate, y el estoque el H.cenciado don Bartolomé Sanz de Salas abo gado de la Real Audiencia de la ciudad de Los Reyes... " 1i:s.
Esta comitiva de las autoridades ciudadanas en procesión se solía repetir dos veces, pues las honras se celebraban, gene ralmente, en dos días.
El primero, el día de vísperas, se rea lizaba por la tarde y el acto era más sencillo; el segundo, día propiamente de honras, se acudía por la mañana al templo en el que se celebraba una 111isa solemne con sermón panegí rico sobre las virtudes cristianas del difunto, así como la exal tación de sus actividades mundanas.
De esta 1nanera queda reflejado en el sermón que el licenciado Juan Muñoz del Hoyo, canónigo de la catedral de Trujillo, preparó tras la muerte de Felipe III, y que hoy podemos leer y ver completo en los fon dos del Archivo General de Indias HJ: "... donde pone Jos reyes en supremo lugar y entendiendo humildemen te que esta muerte es eclipse del mayor potentado del mundo Philippo 3.o nuestro señor, que quando gozaba su mayor monarc.hia grandeza y resplandor se ynterpuso la tierra y hizo en los ojos del mundo eclipse y dejo tinieblas y llanto a todo el Reyno, alguna muestra desto es esta potente maquina este tumulo que sin duda deja atras la vana obsten ta ción de las piramides de Egipto, Mausoleo de Caria, agujas de Zecar, no solo en grandeza sino en significación por ser aquellos lisonjas genti licas y este sacrificio religioso pia ceremonia y christjano monumento a quien la corta altura deste tempo puso limite, aquí avia de tener yo tantas lenguas como plumas y tantos ojos como lenguas para que se conformaran con la pintura y ni bocas, ni plumas, ni lenguas, ni ojos bastaran para ver ni decir del sujeto que se trata... ".
Dependiendo de los propios bienes de la ciudad y del caudal destinado para celebrar las exequias fúnebres se im ptimían los textos del sermón, e incluso, en ocasiones, se ha dan grabados del túmulo funerario -sirva de ejemplo el gra bado del de Felipe III en la catedral de Lima' 1 -, a los que se añadía una descripción detallada del monumento efímero.
Pero en realidad nos han llegado escasos grabados de las ma quinarias fúnebres, dificultándonos así su estudio.
Además, ]as descripciones que se hacen de los túmulos en las relaciones de las exequias son, por norma general, particularmente pobres.
De los cuatro ejemplos elegidos de relaciones de exequias de ciudades peruanas, sólo la referente a la de Felipe III en Lima es completa, tanto por las descripciones como por ad juntar grabado del artefacto fú11ebre.
El túmulo funerario surge de los trofeos griegos y ro manos y es acogido por la Iglesia como tantas otras costumbres paganas, para homenajear y conmemorar la mu<:rte de hom bres de cierta alcur�ia social.
Esta costumbre �j�rcida duran te la Edad Media y el Renacimiento se desarrollará plenamen te en el Barroco como consecuencia de la concepción teatral de la cultura del momento.
El túmulo barroco presenta un desarrollo arquitectónico considerable, tendiendo a la vertí-calidad, pues, generalmente, se conforman con tr�s o más cuer pos superpuestos.
Este aparato de arquitectura efímera se re viste con elementos decorativos y luminosos alcanz�ndo grandes niveles de pompa y monumentalidad18 • Tras haber aclarado la tipología del túmulo barroco, pa semos a la descripción de los cuatro túmulos realizados con mo de exequias reales en las cuatro ciudades del virreina to del Perú (Castrovirreina, Lima, Trujillo y Arequipa) que hemos elegido como ejen1plos para hablar de la vida de la ciudad tras una muerte real.
a) El túmulo de Felipe III en Castrovirreína
El 31 de marzo de 1621 muere en Madrid el rey F el i pe III, conociéndose la noticia oficialmente en la ciudad de Castrovirreina el 1 de noviembre de 1621 tras el recibo de una carta del oidor de la Audiencia, don Juan Solórzano Pe reira, en la que se pide se celebren las debidas honras Tras conocer la noticia, el cabildo secular y el goberna dor, don Alonso de Mendoza Ponce de León, se reunieron y ac.ordaron manifestar el dolor de la ciudad por la muerte real.
Con10 comisario de las exequias se eligió al regidor don Benito Valderón, que debía ajustar los gastos a los escasos propios de los que disponía en ese momento la ciudad.
A pesar del recorte presupuestario, se concert6 la fabricaci6n de un túmulo en la iglesia catedral del que desconocemos su tr�cista y cons tructor.
Se adornó la iglesia tapizando algunas zopas con telas negras.
En el crucero se colocaron las armas reale� con un ró tulo que decía: «PHILIPI 3 o HISPANIARUM, CHRISTIANISSIMI REGIS MONUMENTUM» También se vistió de luto el púlpito desde donde el día de las honras, tras acabar la misa, se predicó el sermón pane gírico a cargo del padre fray Cristóbal de Torquemada, de Ja orden de la Santísima Trinidad, del que desconocemos su texto.
El túmulo se construyó en la capilla mayor.
Se trazó un artefacto, sobre pedestal de base cuadrada, con cinco cuerpos de vara 1 o y media cada uno.
El primero medía de ancho cuatro varas y de largo ocho, componiéndose en disminución progre � i va hasta el quinto, que medía dos varas y media de ancho, �obre el que había un buf etillo con sobremesa de tela de oro y plata, con cenefas, en la que se hallaba un cojín de terciopelo leonado bordado en oro y con flecos de seda; sobre éste des cansa una bandeja de plata sobredorada en la que se mostraba una corona de plata y un cetro dorado.
De la cubierta de la nave pendía un dosel cuadrado, también de tela de oro y plata, del que partía un lienzo de vara y media de largo y una de ancho con el escudo de las armas reales.
Los cinco cuerpos del túmulo se hallaban cubiertos d e bayetas negras y en los tramos entre cuerpo y cuerpo se veían adornándolos velas de cera blanca de diferentes alturas y ta maños, que hacían del túmulo un artefacto muy vistoso.
En el primer cuerpo se colocó un altar, y un Cristo en un tabernácu lo de tres cuartas de largo, de factura bastante conseguida, ocupaba el segundo cuerpo, mientras que en el tercero se dispu so otro conjunto de armas reales como las que veíamos en el do sel, y en el cuarto cuerpo, una muerte con rostro de mujer cu bierta con una capa custodiando a sus pies cetros, coronas, tiaras, mitras y rostros humanos, queriendo decir que nada ni nadie se escapa á ella.
En su mano derecha portaba un Cru cificado con una leyenda en forn1a de S que decía:
«CRUX, FIDELIS INTER OMNES ARBORES» y en su mano izquierda una palma con la si gu iente inscripción:
La noticia de la muerte del rey Felipe III llegó a la ciu dad de Lima por carta del rey Felipe IV dirigida a la Real Au diencia, en la que se mandaba se hiciesen las reales exequias con la solemnidad oportuna.
Se nombraron como comisarios de éstas al licenciado Diego Núñez Morquecho, oidor de ia Real Audiencia, y al factor don Cristóbal de Ulloa.
Los gastos que se produjeron en tales actos se cubrieron con los fondos de' la Real Hacienda, por lo que se requirió que los costes del túmulo fuesen moderados.
Se acordó realizar un concurso con la presentación de diversas pla11tas entre las que se escogería la más conveniente, tanto en estética como en presupuesto.
Por otra parte, la junta organizadora preten día, en un principio que el túmulo se armase en la capilla ma yor del monasterio de Nuestra Señora de la Merced, «por ser grande y acomodada», ya que la catedral se hallaba en obras y «no luciría tanto», pero al final de la polémica «no pareció conveniente hazer novedad», armándose en la iglesia catedral.
Tras el estudio de los distintos diseños presentados se eligió la traza realizada por Francisco de Noguera, por �er la que más se ajustaba a la capacidad de la iglesia.
Como constructor se contrató a Francisco Ortiz, arquitecto, que se comprometió a llevarlo a cabo en cuarenta días, y así se es crituró ante García de Tamayo, escribano mayor de Minas y Registros y de la Contratación y Caja real de la ciudad de Lima, el 20 de octubre de 1621, según consta en la relación escrita por el padre fray Hernando de Valverde, de la orden de San Agustín.
Existe una contradicci6n con la relaci6n de gastos del túmulo que nos facilita don Crist6bal de Ulloa, comisario de las honras, en la que se nos dice «Luis» Ortiz como construc tor, lo que nos lleva a dudar del nombre de pila del citado arquitecto hasta no tener más datos documentales sobre el.
También se hubo de pensar en el encargado de realizar el sermón de las honras, recayendo tal compromiso en don Marcelo Carne, obispo de la ciudad de Trujillo, y natural de ella, que había sido canónigo de púlpito de la ciudad de Lima; y en los portadores de las insignias reales, eligiendo para el tstoque a don Diego de Carvajal, correo mayor, para el cetro a don Juan de Mendoza Mate de Luna, gobernador que fue de Santa Cruz de la Sierra, y. para la corona a don Fernando de Castro, caballero de la orden de Santiago.
Las vísperas de las honras se celebraron el día 5 de di ciembre de 1621 y las honras al día siguiente, ya que hubo algunos inconvenientes en la construcci6n del artefacto, no concluyéndose en el período acordado de cuarenta días.
La iglesia se encontraba engalanada como lo requería «tan triste como magestuoso acto».
Así, las dos naves principales, en las que se había acomodado el túmulo y los asientos para la Real Audiencia y demás tribunales, como las capillas que alberga ban a los religiosos, estaban cubiertas de colgaduras negras, &l igual que los pilares, mientras que el altar mayor se encon traba cubierto con velos pardos.
En la nave pri�cipal que «cae a la pared que sale a la plaza» estaba armado el túmulo, «con toda mage\tad, señorío, y decencia a que daba lugar el sitio».
Presentaba un aspecto so it mne por los numerosísimos cirios y candelero., encendidos, todo cubierto de luto menos las zonas dedicadas a las pintu ras de los jeroglíficos y emblemas.
Constaba el artefacto de tres cuerpos ( véase lámina) que medían desde 1a planta a la Tomo XLIX
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es clave 23 varas de alto y 11 de ancho.
El primer cuerpo 1nedía siete varas de alto con pedestales y cornisas, sin los corredo res, que tenían seis cuartas.
La planta de abajo tenía cuatro frentes que se adornaban, con veinte columnas dóricas de cin co varas de alto.
El túmulo contenía catorce enuadas, de las cuales diez tenían traza de portadas que presentaban en sus bases y lados pinturas y jeroglíficos sobre historias y sucesos de la época del rey difunto; en las metopas de ia cornisa, de bajo del friso, se representaron muchos escudos c 1 e armas rea les.
Por los pasadizos estaban repartidas ocho pirámides de cuatro y otras cuatro mayores de ocho varas de alto, i-ematadas en una gran bola que acompañaban a los cuatro la dos del segundo cuerpo.
Junto a estas se coloraron cuatro figuras de bulto redondo, de dos varas y media de alto cada una, que representaban las cuatro partes el muPdo (Europa, Asia, Africa y América), vestidas con sus atributos.
Sobre el primer cuerpo y entre las pirámides y figuras se levantaba el segundo cuerpo, que medía siete varas de alto, apoyado en cua tro columnas jónicas sobre las que se armaban cuatro arcos por los que se accedía a donde estaba ]a urna y tumba real ro deada de cirios encendidos.
Se cubría este segunde cuerpo con un escudo de las armas reales.
El tercer cuerpo se levantaba sobre diez columnas dóricas con frontones curvos.
En su pe destal, en correspondencia con las columnas jónicas del segun do cuerpo, se representaban figuras de bulto redondo que sim bolizaban las Virtudes (Justicia, Templanza, Fortaleza y Pruden cia), haciendo referencia a las virtudes reales.
En el centro se hallaba la figura de la Muerte, representada como un es queleto portador de guadaña.
Esta advertía al e�pectador de su poder, el esqueleto de sus consecuencias y para todos que daba claro que ni aún el rey se veía salvado de ella.
Este ter cer cuerpo se cubrió con una cúpula que sostenía a la figura de la Fe representada, según la iconografía italiana, con cruz en la mano izquierda y cáliz en la derecha.
Según las• cuentas facilitadas por don Cristóbal de Ulloa, comisario de las honras, éstas costaron en total 13.767 pesos, de los cuales 4.000 pesos de a ocho reales se destinaron a lama nufactura y maderas del túmulo; 5.346 al pago de los lutos; 180 pesos a las escaleras por las que se accedía a éste; 2.415 pesos y 6 reales y medio al pago de la cera y su fabricación; 1.206 pesos y 7 reales por 14.126 varas de bayeta de la tie rra y de Castilla; 152 pesos por más lutos; 76 pesos y 4 rea les en paños y adornos para el túmulo 21• e) El túmulo del príncipe Baltasar Carlos en Arequipa
El príncipe Baltasar Carlos muri6 en Zaragoza en 1646, en los umbrales de la adolescencia y truncando « la esperanza de España y de la Dinastía» 22, después de haber sido inmor talizado por el pincel de Velázquez y su círculo, teniéndose noticia en la actualidad de no menos de 25 retratos.
Se conoció la defunción en la ciudad de Arequipa el 25 de octubre de 164 7, por una carta del virrey marqués de Mancera.
Acord6 la ciudad los oportunos lutos y se eligi6 como comisario de las honras al capitán Lorenzo Cornejo y Ulloa, alcalde ordinario.
Tras los necesarios estudios se acord6, como mejor escenario para el montaje del túmulo funerario, la igle sia del colegio de la Compañía de Jesús, no sólo por su am plitud espacial sino por igualar estas honras a los llevadas a cabo en 1645 por la muerte de la reina.
El túmulo fue trazado y construido por Juan de Aldana, maestro arquitecto, que lo concibi6 con seis cuerpos de 1.5 va ras de alto en total y «proporcionados y ajustados a los pre ceptos de la arquitectura».
El primer cuerpo era cuadrado de cinco varas de alto, formado sobre bajas columnas y capiteles, con arco de medio punto, con cornisas y cuerpos, en dismi- nución, hasta el último ren1atado con una cruz; la tum ba estaba cubierta con un paño de terciopelo, sobre el que des cansaban dos almohadas con una corona de oro.
Cirios en cendidos rodeaban toda la estructura dándole gran vistosidad al aparato fúnebre.
El ornato de la iglesia se con1pletaba con colgaduras de damasco negro.
La relación no nos facilita una descripción amplia, por lo que cabe pensar que el túmulo no tenía mayor complicación en su traza, como así parece al sólo tardarse once días en su construcción 2-.,.
El 1 7 se celebraron las vísperas, y al día siguiente por la mañana se efectuaron la vigi1ia y misa so lemne que concluyó con el sermón del padre Francisco de Cer vantes, rector del colegio de la Compañía, en el que no esca timó elogios y alabanzas para •el príncipe difunto, finalizando los actos «pasadas las dos de la tarde».
d) El túm' Ulo de Carlos II en Trujillo
\ "l,,, Conocida la muerte del rey Carlos 11, el Hechizado, se reunió el cabildo en la ciudad de Trujillo acordando celebrar las honras el día 4 de julio de 1701.
Las honras y túmulo se efectuarían en la,e.tedral a cos ta de los propios de la ciudad.
Se eligi6 al licenciado don Vi talicio de Vega Bazán, can6nigo magistral de la catedral, para el preg6n del sermón de la misa de las honras.
El túmulo se arm6 en la capilla mayor de la catedrat, llegando hasta la cúpula.
De ocho cuerpos de alto, todos cu biertos de ricas telas y de diferentes colores, adornados con cirios y velas de cera blanca colocados en blandones y cande leros de plata.
El féretro dorado, cubierto de rica tela y dos cojines con las insignias reales, se ennoblecía con un dosel de terciopelo negro bordado en oro y plata que se r. ustentaba con seis varas altas de plata y en los cuatro frentes aparecían cua tro escudos grandes con las armas reales y debajü de uno de ellos las de la ciudad, y en las cuatro esquinas del túmulo �e podían apreciar otros cuatro estandartes negros con el escudo de las armas reales.
El suelo de la capilla mayor se cubrió de alfombras, los pilares de luto y tarjas con diferentes sonetos redondillas y cuartetas.
La misa solemne de las honras se cantó en el primer cuerpo del túmulo, colocándose para ello un Cristo de bron ce dorado «al parecer por la grandeza de su hechura y fábrica de la cruz y peana ser hecho en Roma»:! 4
• Con todo esto no hemos querido más que reafirmar que la Fiesta Barroca, en general y por extensión la peruana, hay que entenderla como un mecanismo más para combatir el pe simismo colectivo que conlleva la crisis social y tconómica por la que atraviesa el siglo XVII, que ésta puede derivar en fes tividades religiosas o en fiestas públicas, relacionándose con estas últimas las actividades reales, siendo su característica •más notable su proyección hacia la calle de forma ordenada y jerar quizada.
Como fiesta pública y extraordinaria hay que conside rar las exequias reales celebradas por las ciudades con tal boato, ostentación y espectacularidad que provocan un autén tico distanciamiento de lo cotidiano, uno de los fines de la fiesta misma.
MARÍA JESÚS MEJÍAS ALVAREZ |
Un hecho un tanto sorprendente ha venido desde antiguo a llamar la atención de los especialistas en los Siglos de Oro españoles: si el Descubrimiento afectó profundamente -para bien o para mal-a la economía castellana del momento, su influencia parece haber sido, en cambio, muy lateral para los in tereses de la literatura.
Y un panorama semejante ha sido do (umentado por A. Tudisco para las letras del XVIII: «...los temas americanos no ocupan ni preocupan a lo•; escritores es pañoles (del XVIII) tanto como era de esperarse» 1
Salvo casos como los de Fernández de Ov1edo 2, Queve do a, Góngora • 4 y otros, la intelectualidad no puso sus ojos con atención en Indias, y muchas veces, si lo hizo, fue con un grado variable de crítica y re�hazo.
Si buscarnos géneros y obras en que el impacto pueda ser estudiado p]enamente, la epopeya tiene bien poca presencia de los acontedmientos ame ricanos, fuera de una obra notable como La Araucana de Er cilla, y en el teatro sólo cabe señalar unas pocas que traten el tema por extenso, por ejemplo alguna y de tono menor de Lope y varias de Tirso.
Los autores literarios nos dan la impresión de haber vivido en general bastante de espalda� a las Indias, embebidos sin duda en la realidad urgente de la vida peninsu lar, y en ellos se observa con frecuencia, dentro del escaso in terés, más bien esa cit�da actitud de crítica o rechazo, de dis-tanciamiento moral respecto a ciertas consecuendas del Des cubrimiento y la colonización.
Y en el caso de la novela pica resca, a la que vamos a dedicar estas páginas, encontramos también solamente algunas menciones y referenc1as, que son muchas menos de las que quizás cabría esperar, dado el re lieve que hoy concedemos a aquellos acontecimientos.
No se trata por supuesto sólo del hecho de que el primt'r libro pica resco aparecido en Indias, el de Concolorcorvo, �e haga espe rar hasta 177 3.
Más allá de esta circunstancia, que no deja de ser igualmente significativa, parece darse inclus<' una cierta incompatibilidad entre el género, o, si se prefiere, la figura del pícaro novelesco, y las andanzas por las Indias, un tema que conviene analicemos, si bien no de un modo exhaustivo, sí con cierto detenimiento.
Hoy la idea de que la picaresca es hija de la crisis eco nómica surgida a raíz, como una motivación esenrial, del Des cubrimiento y la colonización.,, es muy objetabk..
Como dice B. Bennassar\ es «completamente inexacto considerar la ini ciación de un empobrecimiento duradero de las clases popu kres...; por el contrario, hasta los años 1570 se asiste a un enriquecimiento general» y «todavía los años 1578-1590 son buenos en muchas regiones».
J. A. Maravall ha expresado un parecer semejante aunque en otros términos y más vincu iados a nuestro tema: «La picaresca se suscitó en la fa&e en que la crisis del trabajo se barruntaba; maduró ( uunc!o todavía se pensaba que podía tener remedio y que de no procurarlo podía surgir una amenaza para los ricos; llegó a su fase final cuando estos últimos optaron por solucionar tcpresivamente la jugada y mantuvieron una producción estac; ion.Hria, dejando a la intemperie a la población excedente, a esos desvalidos incapaces de cualquier tipo de discordancia que no fuera la n1era lamentación y que aceptaron vivir de limosna... » 1
Y, en última instancia, el pícaro siempre puede alistarse en el ejército, puesto que no sólo hay pícaros soldados, sino que existió una real picaresca cuartelera, como muestra el nu trido grupo de quienes desertaban para volver a inscribirse más de una vez y cobrar así reiteradamente la prima de en ganche 1 0 • Pero el nuevo concepto del pobre al tiempo sitúa al pícaro, que forma parte de una fauna definible como parasi taria, en la esfera del «vago vicioso», cada vez más duramen te denunciada y reprimida, sobre todo desde mediados del XVI 1 1• El pícaro, por otra parte, y nos referimos ahora estric tamente al novelesco y, en consecuencia al tipo de individuo que parece poder representar, evita con cierto cuidado, inclu so, como Rinconete y Cortadillo, aun en la complicidad de asesinos y matones, verse confundido con el malhechor, con el bandido.
Por no hablar de la evolución marcadamente mora lizante que atestiguan textos como el Guzmán de Alfarache o la Vida del escudero Marcos de Obregón y otros.
Entrando ya en nuestra materia, podemos comenzar por recordar unos cuantos datos relevantes.
Mateo A1emán publi ca en 1604 su segunda parte del citado Guzmán de Alfarache en la que el protagonista se propone pasar a Indias para huir de su ama, tras robarle «una buena pella» de sus haberes En otras novelas los viajeros indianos son personajes secundarios, normalmente ajenos a los afanes y metas picares cas de los protagonistas.
Así el doctor Sagredo, amo de Mar cos de Obregón, hidalgo de una pieza y mejor médico de su honra que de los padecimientos de su clientela, no es un pí-caro él mismo.
Esto vale también para el comerciante del En tremés de «la castañera» 14 o, en el «tranco» X, la doña To masa del Diablo Cojuelo� dama dudosa y trapacera, si no píca ra.
Además, la última limita los términos del viaje a una vaga intención, que no a un propósito firme o a un embarque de hecho, en tanto que el personaje citado de Castillo Solórzano no detalla su aventura.
En varios de los relatos, pues, como decimos, el persona je central, o alguno de sus adláteres, planea arrjbar o arriba efectivamente a Indias, pero, de modo casi invariable, su mo desta epopeya es silenciada por el autor, vagamente prometida o pronto truncada.
El pícaro literario, mal que en ocasiones le pese, no suele ir a América o, si lo hace, no pa1ece ocurrirle allí, salvo algunos pocos casos excepcionales, nada reseñable.
Cabe dudar de si los autores de la picaresca se encuentran in cómodos o ignorantes de aquella nueva realidad o si la atmós fera indiana, como hemos apuntado, tenía una cierta incom patibilidad con las metas del pícaro.
A continuación y por se guir en esta línea en nuestro análisis, estudiaremos tanto las razones del pícaro para emigrar como las que lo invitaban a no hacerlo, ya fuera por fuerza o de grado.
Desde la perspectiva del pícaro no se puede negar que Je fuera de sobra conocida, por ser tópica, la fr, ma de la ri queza de las Indias en la España aúrea.
Un «Potosí» o unas <<Indias» venían a ser sinónimos de una fortun1 incalculable.
«El <<rubio indiano» es, en palabras de Suárez de Figueroa ir.,!a moneda de oro.
La recurrencia del perulero ric0. o del crio llo adinerado persistirá hasta nuestros días en las novelas y en el teatro.
Al parecer, más que el afán de embarcarse, la obse sión del metal precioso sí invadió la literatura, muy a pesar cel cierto olvido a que ésta en líneas generales confinó el nue vo continente.
El oro americano y el del siglo literario no son el mismo, pero sí coinciden en un grado de interés, que indu dablemente respondió más a una preocupación nacida de una e.reciente crisis económica que de un auténtico apego a las no vedades que las Indias suponían.
En el mismo Donado habla dor, Alonso, ante un personaje al que en Madrid todos feli citan, pregunta si <<tráele algo la flota que ha veniclo de Indias» y en Sevilla contempla «las luminarias y alegría universal» por la arribada también de la flota 16 • O, por citar otro ejemplo, recordemos el de ese ficticio, pero convincente, caballero li najudo de los Lodeñas en Las harpías en Madrid, que «venía 1iquísimo» en la flota de América17
El indiano y su oro, el intenso movimiento comercial, las más o menos sinceras exageraciones de los soldados que retor naban y la interesada propaganda de la Corona lograron crear en la imaginación del país un cuadro de riqueza exorbitante y, sobre todo, la creencia en que ésta era fácil de conseguir en las nuevas tierras.
«De luengas vías luengas mentiras», reza el adagio.
Y los testigos del esplendor americano, incluso si no tuvieron necesidad de exagerar las maravilla•; económicas de Ultramar, de su oro y de su plata, sí mintie1on sobre la supuesta facilidad con que se obtenían.
Todo ello hizo del Nuevo Mundo un lugar de notoria riqueza ilusoriamente dis ponible a los ojos de los que hacia él iban, y difícil de arran car en opinión del que de allí retornaba, el indiano, ya fuera éste pobre o rico.
Porque, como señala Miguel Herrero 18, el venido de Indias era «guardoso» 19 o, en voces aún más ex presivas, «el hombre más miserable que crió naturaleza» 20 o poco pródigo de sus muchos dineros, si los tenía.
Y la tal cor tedad se acompañaba siempre, citamos a Herrero, de los en.. carecimientos de «los muchos trabajos que costaba el granjear lo y traerlo».
Sobre estos afanes escribe G. Friederichi, parti dario de la ambición como motor decisivo de la conquista, que «como esclavos de la afanosa codicia del oro dieron los espa ñoles en América pruebas de su maravillosa tenacidad, de su celo incansable, que les llevó a realizar hazañas casi increí bles» 21
• En cualquier caso, crónicas de viajes como los de Lo pe de Aguirre o Cabeza de Vaca confirman la ingratitud de la jornada americana.
Fernández Navarrete 22 in�íste en la du reza de la andanza colonial, cuyo producto terminaba en gran parte limpiamente en mero provecho de extranjeros.
Y Fer vández de Oviedo nos ofrece unas irónicas palabras que mues tran a lo vivo y a todo color las penalidades indianas: «Y desta causa, aquellos primeros españoles que por acá vinieron, cuan do tornaban a España algunos de los que venían en esta de manda del oro, si allá volvían, eran de la misma color dél; pero no con aquel lustre, sino hecho azamboas e de la color del azafrán o tericia; e tan enfermos, que luego, o desde a poco que allá tornaban, se morían, a causa de lo que acá ha Lían padescido», para concluir que «se busca •:!l oro en estas partes, e topan más aína con lloro e muerte de los cuerpos, y en aventura mucha e peligro de las ánimas» 23
• Y por si fue ra poco, un motivo tan real como literario como eran las tor mentas atlánticas, no podía sino desanimar a parte al menos de la caterva de delincuentes auténticos y aventureros de baja estofa y, por supuesto, a nuestros héroes novelescos.
Así, el soldado vagabundo Estebanillo nos relata donosamente los sufrimientos de su desafortunado periplo marino; «En el poco tiempo que dur6 esta embarcación, no eché de menos la Man cha, pues por ser aguados mis camaradas y haberse todos ma reado, fue siempre mi barriga caldero de torreznos y candiota de vino.
Hallábame gordo y sucio, en blanco la bolsa, y en os curo la camisa, los cabellos emplastados con pez y los calzo nes engomados con brea.
Sobrevínonos una fiera tormenta, y • En fin, que todo esto, de que había cumplida noticia en el rumor popular, no era, según ya podemos intuir, precisamente un acicate para qtiienes, como el pícaro, tenían como meta una supervivencia ra2onable como vago errabundo con la básica condición del menor esfuerzo y una todavía menor tenacidad, con lo que la hipótesis del es perado y natural interés americano en un género como la pi caresca comienza a debilitarse por razones l6gicas.
Para andar «vagando a la flor del berro», es decir a sus anc-has, como el ideal picaresco en boca de Guzmán de Alfarache, no eran sin duda las Indias el lugar más apropiado.
Tales noticias, positivas y negativas, llegaht1n a una so ciedad, la española, enferma de hidalguía ociosa y de afanada picaresca.
Un fenómeno que tiene dos consecuendas sólo apa rentemente inconexas.
Una es la censura política y moral de los críticos de la codicia reinante y, por ello, del Descubri miento: es el caso de don Francisco de Quevedo y de su ene• migo, Luis de G6ngora, de Luis Vélez de Guevara y de otros.
Esta crítica es coincidente con la vinculación que establece el �utor del Donado hablador entre la codicia y los negocios in dianos de su protagonista, tal como recordaremos después.
La �egunda es que la menci6n del paso a Indias, dentro del re lativo papel de éstas en todos los géneros, no llega a conver tirse en un lugar común, como podríamos esperar tal vez in genuamente, de la novela en general y, en particular, de la ricaresca, «con pícaro» o apicarada, y del teatro.
Es cierto que en ocasiones también el pícaro buscará en América su f or tuna o su refugio (su «remedio»)
M. BRIOSO SÁNCHEZ Y H. BRIOSO SANTOS
Que el pícaro real se embarcara no es sorprendente, a pesar de tantas reservas y dificultades, de las que tenemos en las propias novelas cierta información fidedigna.
Así, entre los consejos que recibe el Lazarillo de Manzanares está el de que «no fuese a Indias -porque le dije yo que mi natural me indinaba a ellas-, porque hay allá cantidad Je perdidos a que es causa valer de balde la comida y no haber menester trabajar para ella, y por esta causa son más que en España, y el que quiere aplicarse en ella halla lo que otros van a buscar a ellas>> 26, y Alonso nos lo reitera con conceptos muy semejantes, si bien con la mente puesta en su frustración: «No son las In dias para todos: tantos perdularios andan por al1á como por España, quizás fiados en que la comida no cuestíl dineros y a ninguno le falta... ».
Un ejemplo egregio de esto es el del «li cenciado en desvergüenzas» Estebanillo, que entra como tri pulante y soldado en un bajel de Nueva España con pasmosa facilidad 27 • Que desde el principio mismo de la colonización americana esto era cierto es bien seguro.
Y para ello contamos incluso con la evidencia de los propios viajes de Colón, cuyas naos no se dotaron, según documenta Alice GouJd, de tripu laciones precisamente irreprochables 28 • No pocos de sus hom bres tenían cuentas pendientes con la justicia y varios conde nados a muerte indultados y algún que otro ladronzuelo vie ron en su compañía el Nuevo Mundo.
Años después, en 1517, a la letra del testimonio dado por Fernández V3rgas, un tal Berrio empujó a doscientos marginados, «los más taberneros y algunos rufianes y vagabundos y gente holgazana, y los menos labradores y da con ellos... en la Casa de Contratación».
Ante tal presión callejera de los «vagabundos», se les embarca apre suradamente para el Nuevo Continente29
• Datos de un calibre expresivo que hacen insistir a Gould, autora ya citada, en la emigración de delincuentes a Indias, pues «van a tener más fa cilidades para pasar a América que los tan deseados campe-. sinos».
De la escrupulosidad de las pruebas de sangre y de con ducta que con el tiempo pudieran exigirse 30 no debemos fiar nos demasiado, dada la común corrupción administrativa, que permitía incluso entrar en la nómina de los familiares de la Santa Inquisici6n a personajillos de lamentables historiales a 1.
El paso de Mateo Alemán a México, lleno de irregularidades, ts todo un ejemplo bien conocido y de un tipo que no debió ser nada infrecuente.
Y, por citar un caso individual, que tampoco debía for mar parte de las rarezas, sabemos que un tal Juan de Góngora, sevillano y barbero, pagó con una perla su pasaje' y fue a mo rir a Panamá, donde dejó un completo ajuar picaresco: doce nas de joyas falsas, cartillas, coplas, etc. 32 De que allá no todos iban por amor de establecerse nos hablan ias quejas de Fernández de Oviedo sobre esta calaña de precarios colonos: http://estudiosamericanos.revistas.csic.es tria... ».
Y también en el Lazarillo de Manzanares, en sus úl timas páginas, el protagonista se deja convencer fácilmente por su protector para entrar en negocios indianos, en que par ticipa como socio y aun embarcándose con el ánimo de ayudar «en la administración y venta de las cosas que de España se le enviaban», es decir transformándose en un eficaz comercian te y olvidado, suponemos, de sus andanzas peninsulares.
Aun �in el obsesivo empeño moralizante del autor del Alonso, Cor tés de Tolosa redime a su Lázaro metamorfoseándolo sin em bargo en traficante indiano, es decir haciéndolo renegar igual mente de su anti gu a condición.
Aunque sabemos que, salvo en casos como el de Mateo Alemán, no hay que trazar un paralelo entre la vida del autor y la de su criatura picaresca, merece la pena n0 obstante se ñalar que los propios escritores de varias de las obras citadas40, p. ente, sin duda, de mejor ley que sus personajes, no pudieron pasar a Indias o se enfrentaron con grandes obstáculos al in tentarlo.
El ejemplo de Cervantes, como el que da más!'á bulo a las conjeturas sobre lo que del Quijote habría sido de haber prosperado su pretensión emigratoria, re�ulta el más citado con lujo de memorial y de infeliz respuestíl oficial.
Del judío Mateo Alemán sabemos que por serlo se encaró con increíbles dificultades para embarcarse y, finalmente, tras dos intentonas en 1580 y 1607, se hizo de una cédula falsa d e pureza de sangre con la que él y los suyos pudieron emigrar, no sin esperar un año que se dilató la salida.
Y se dice que también el autor de Los sueños quiso hacerlo sin llegar nunca a cumplir su deseo41
• En cambio, precisamente del autor del Donado hablador, novela en que tan inusual reheve tiene el negocio indiano, no hay noticia al gu na que lo �credite pasan do a América.
El personaje picaresco, cuya geografía es tan nutrida y v-ariada, se siente atraído por las grandes urbes: Madrid, Se villa, París, las italianas más renombradas...
Cu2ndo la histo ria del género avanza, de modo paralelo se hace más ambicio sa y variopinta su expansión geográfica.
El continuo despla zamiento es connatural al pícaro, como si aceptara en su in consciente la analogía bíblica entre la vida humana y el pere grinaje, pero sin duda más por su afán de buscavidas y por su necesidad de impunidad, así como, en lo que hace a sus auto-1es, debido a las lógicas posibilidades de variedad que los des plazamientos les proporcionaban.
Con las graPdes ciudades, donde el individuo se confunde con la masa y sus oscuros ne gocios pasan desapercibidos entre el trasiego urbano, compi ten otros lugares en los que el antihéroe picaresco puede dis frutar de un anonimato comparable al que le depara la gran aglomeración.
Tal es el caso de las almadrabas Je Conil y Ve Jt:r y de las tierras extranjeras.
Las famosas pesquerías de atún del duque de Medina Sidonia, como una verdadera legh1n txtranjera de los tiempos modernos, son «río vuelto» 42, donde los apellidos y los respectivos pasados se olvidan.
Hay más: la muchedumbre ciudadana o pescadora pro tege al vividor, pero la villa también le propordona lo que Bennassar llama «la familiaridad de los poderosos» 43, un víncu lo beneficioso para el pobre aspirante a criado ele tinelo o a cortador de bolsas.
Oigamos al semi pícaro Marcos de Obre• gón: << ( ••• ) no era cordura salir de Madrid, adonde todo so bra, por ir a una aldea, donde todo falta; (... ),.,.
44 • En estos lugares parecía existir una riqueza concentrada en pocas ma nos que, psicológicamente (y en algún caso criminalmente), d pillo podía apropiarse.
Y pareja virtud a la de las jábegas de Cádiz tienen la Cor te y otras ciudades ricas y crecidas en habitantes, de las cua-les, como bien se sabe, era en la época Sevilla una de las más atractivas por su trajín comercial e industrioso.
No en vano el bogavante Garay, travieso pícaro de la Garduña, «andaba encubierto» en la gran capital del Betis comparada con el la berinto de Creta por Vélez de Guevara
Pues bien, si cualquiera de las dos vías reconocidas de ascenso social -ennoblecimiento más o menos ficticio o bien pesos ensayados-era ya aceptada, entonces América, que podía, como las urbes, favorecer ambas a los ojos dt los desahu ciados y proporcionar el anonimato y la vecindad de la rique za, había de ser, al menos en teoría, un destino predilecto de
los dineros de su señora en el pasaje aludido, decide «buscar ruevo mundo» sin duda como un urgente «remedio», por usar el término utilizado por Cervantes en El celoso extremeño jus tamente para las Indias 50: « Ya juzgaba si fuese requisitoria de Italia, ya si de mis acreedores en Castilla o s1 de mis nue vos hurtos no purgados».
Para un pícaro versado en Madrid, en Sevilla y en casi toda Italia, como es Guzmán, el «mundo» puede llegar a quedársele pequeño en el horizonte de sus fe chorías y el que le resta por conocer es América.
El tipo de expedición picaresca, improvisada, que Guzmancillo planea, queda consignada en su «como quiera que fuese» y en su «dar conmigo» en lugar de algún otro verbo de viaje más agrada ble y organizado.
No dice -nótese bien-querer hacer for tuna allá, puesto que pensaba agenciarse el habt.. r ajeno antes de partir, por lo que sus planes son bien distintos de los de un Alonso o Lázaro de Manzanares, más próximos al mercan tilismo común.
Ajeno a los esplendores indianos, Guzmán huye simplemente de su última gran pillería por la vía más rápida imaginable en un lugar como Sevilla.
Y conociéndolo como lo conocemos, podemos presumir que, al igual que ha bía hecho en Almagro, en Milán y en Génov�1, si efectiva mente hubiese arribado a puerto americano, hubiese dado en cambiarse el nombre por al gu no más sonoro, de más alcurnia, y pretendido seguir con sus manejos.
De los dos móviles teó ricos del viaje transatlántico ninguno escoge o menciona el de Alfarache: tan sólo podemos suponerle, a tenor de otras oca siones, un afán de medrar socialmente (de haber ido en efecto a Indias).
Además, en la obra de Alemán hallamos, aunque en este caso sea forzada por las circunstancias, otra propiedad común http://estudiosamericanos.revistas.csic.es llevadas desde la península.
Una vez cobrado el valor de la n1ercancía, los jóvenes esperan el barco que los vuelva a San lúcar.
La narración de la «aventura» de Indias queda en el encarecimiento de las frutas americanas, cuyo conocin1iento confiesa deber Céspedes al «docto Acosta y el Palentino».
De suerte que dos bribones adoctrinados en la escuela del Patio de los Naranjos como son Silva y Píndaro no realizan en aqué llas tierras más que una transacción sencilla y legal casi impropia de ellos.
El interés por las cosas de las tierras descubiertas es rnuy relativo.
Hay algún caso excepcional, cual es el del rela to de Espinel, donde se narran prodigios y se nos ofrecen datos que la crítica está acorde en que han sido extraídos de los his toriadores indianos en buena parte, pero en que. como ya re cordamos, no es el protagonista de la novela d viajero, sino su comparsa el Doctor Sagredo, lo que le rest!l importancia e.n nuestra opinión.
Cuando, como en El soldado Píndaro, los <<perdidos» de que nos habla el memorable pasaje cervantino van al Nuevo Continente por un fuerte afán aventurero, alimentado por una 1lusión juvenil, el trayecto no concluye allí, sino que abarca otras tierras: «Teníamos los dos muy conformes cieseos, anhe fando por pasar a las Indias y dar al mundo (cl, mo si fuese España solamente) tres o cuatro rodeos» A 2
• Si �n éste, que es Je los pocos ejemplares picarescos con un genuinc-interés ame ricano, la voluntad de cruzar el mar es decidida. también es, sin embargo, evidente la intención de ir más allá, de conti nuar viaje.
En los demás, cuando aparece, lo que. comproba rr10s es que América obra en el ánimo de los perf; onajes como un destino final <<a falta de otro».
Así oímos decir de la To masa del Diablo C <j uelo que trataba «desengeñada, de pa sarse a las Indias» •.
La contingencia del viaje americano en la n1e-nte del «va gamundo» es, mutatis mutandis, la del mismo episodio en la de los creadores de las obras que tratamos.
Si el Nuevo Mun do es poco más, cuando lo es, que otra parada del camino -puesto que lo fundamental y lo que presta t1.11idad al con junto es el propio camino y el que lo recorre, el pícaro--, es, asimismo, apenas algo más que un episodio del libro.
Tan es así que Cortés de Tolosa, Alemán y otros de los dichos ni si quiera envían a su criatura al otro lado del Atlántico, y Que vedo soslaya la peripecia ultramarina, por más que sea uno de los pilares de la trama picaresca la inclinación a la comple jidad argumental sobre la base del encadenamiento episódico.
En cambio, si bien el occidente atlántico no fue la meta primordial de todos los delincuentes, sí encaja en su afán de 2esplazamiento.
Como indica J. Deleito y Piñuda en su obra La m• ala vida en la España de Felipe IV �4, «a la vida difícil (del pícaro) se unía el ansia de movilidad y variaci0n, creado en las andanzas de Europa y Ultramar (... )», en esa, como él la llama, «existencia centrífuga» del Imperio Español.
El cono cimiento de los viajes ajenos pudo tener, en efe\"to, su parte en el mencionado ensanchamiento del universo conocido del aventurero picaresco.
Y es que el pícaro, más que buscar, huye.
Huye de la ley social, de los exámenes de sangre, de la policía, de su pasa do,...
Siendo así habrá de importarnos más lo que podría ha cerlo emigrar que lo que le invita a hacerlo; la España que lo margina y lo acosa más que las Indias que presuntamente pu dieran atraerlo.
Un pasaje de La vida y hechos de Estebanillo González dice: «Echaba mi •barriga al sol (en la almadraba), daba paga general a mis soldados y me reía de los puntos de honra y de los embelecos del pundonor».
Esteban se burla y se aparta en las jábegas de Vejer de lo que tantos otros temieron o sufrieron (Buscón, Guzmán... ), esto es, de la España de las probanzas maniáticas, de los códigos.
El pícaro se siente aje no a las coordenadas en que se desenvuelve su sociedad.
Una situación bien distinta de aquellos honrados labradores rio-54 Madrid, 1989, pág. 116. janos de Las Casas: estos piensan mejorar labrándose una ha cienda en libertad, en tanto que los de la picardía optan por el puro lucro mercantil, si se embarcan, o por hacerse de las ha ciendas ajenas con el robo o el timo.
Por lo mismo, el campe sino que no pensaba en ir a Madrid o Sevilla, donde el asala riado por lo común brega en la miseria, sino en ganarse los lotes de tierras nuevas, nada tiene que ver con d vividor tra pacero o el «caballero de la capa parda» que busca indistin tamente pero sobre todo la aglomeración de la ciudad.
Pero, además, no bastaba con tomar la decisión de pasar se a Indias.
Junto a la larga espera en muchos casos, había un cauce oficial, con examen por las autoridades, al menos para quien pretendía detentar algún cargo.
Tal es también una ra zón para que no todos los pícaros, que en hipótesis hubieran podido desear ir, o incluso los propios literatos que pudieran estar inclinados a ello, como fue el caso positivo de un Gutie rre de Cetina, lleguen a pisar el Nuevo Mundo.
E] mismo Alon so, que embarcará de criado con el «alguacil mayor de Mé jico», habrá de mostrar de modo más enfático de lo habitual sus credenciales y testimonios de presunta honradez, sin que sea suficiente la apreciativa mirada del futuro amo, que sí lo es en tantas otras ocasiones.
En tanto que el pasaje de vuelta ni requiere de tantos miramientos ni toca a los magistrados con cederlo, toda vez que la probanza de sangre y d� calidades d e decoro se hizo ya a la ida.
Por todo ello, parece claro que el pícaro literario suele a lo sumo mostrar interés por las Indias cuando yn ha visitadC> (y con frecuencia descartaco por la mala fama dejada) otros dt..stinos de vagabundeo más inmediatos y, quizá, a la letra de nuestro razonamiento anterior, más acomodados a sus ne cesidades picarescas (Italia, Francia, partes no vistas de las Españas... ) que los virreinatos de ultramar.
En varios casos es tan débil su afán indiano (y el del autor) que no llega a vivir la prometida continuación en América, dándono� ía impresión de que se trata más bien de una argucia del narrador para aca bar de un plumazo su obra: así sucede, como hemos visto, en los del Buscón y de Lazarillo de Manzanares y, con menos precisión, de Guzmán.
En algunos otros pocos �ucede el pro yectado viaje, con la citada y no rara metamorfosis del pícaro en su antítesis y la consiguiente e inevitable kcción moral.
Pero es evidente que, si como dice el de Manzanares, «el in genioso en España las tiene», el pícaro literario al menos no �iente casi nunca la urgencia de mudarse a fatigosas tierras, por más que de allá le lleguen halagüeñas noticias.
Y también ¡;orque de allá también venían noticias no tan haJagüeñas.
Así pues, el trabajo americano, tal como hemos recordado, con todas sus compensaciones (esclavitud y abundancia general), presentaba un cariz durísimo.
Ante una perspectiva como ésta cabe preguntarse si, en cambio, podía ser atractivo para el pícaro un trabajo asalariado estable en la península o una vida de sacrificios en América 53 • Pésimamente remunerado como es bien sabido y que con frecuencia daba a lo sumo para el pan (y no es metáfora) familiar, en «una economía en la que la gran masa de la población trabajadora tenía dificultades para �obrevivir únicamente con sus salarios, en tal medida que con harta frecuencia lo que ganaban durante medio 2ño tenía que dar de sí para un año entero>>, en palabras de Maravall 66, que �ún se queda corto sin duda en sus cálculos.
Y cabe pregun tarse ahora también: si ya el pícaro en su tierra huía de caer en esa triste condición del famélico asalariado, ¿podfa esforzar se por buscar fortuna en Indias, a costa de penalidades y ries gos, si tenía, por ejemplo, en el ci�ado Arenal sevillano un pe rulero siempre a mano a quien esquilmar ladinE'mente y que traía sudada plata indiana para su provecho? � 7 • Pero es que el que profesaba la picardía er�t esencialmen.. te un holgazán contagiado de la general repugnancia por los oficios mecánicos de la sociedad española.
Tan �rraigado está en ellos el vicio de la ociosidad, que ni siquiera parecen pa rarse a considerar la penuria del trabajador a sueldo.
Al La zarillo de Juan de Luna le oímos decir tras ajustarse como es cudero de siete damas que «aquel no era oficio trabajoso, de que huía como del diablo; porque siempre quist• más comer berzas y ajos sin trabajar, que capones y gallinas trabajando» �
En sus andanzas errabundas, en esa geografía que el gé nero expande de modo continuo, cualquier lugar podía s er bueno como escenario de la hazaña picaresca, pe ro había sin duda grados y no parece haber sido Indias un centro entre los que dieran más facilidades para el desarrollo de esa trayectoria vital.
Es más, si entre los tan debatidos cimiento� del género está la ética, con frecuencia en la forma de una lección moral a costa del pícaro, era aquí en el viejo mundo donde, por un lado, el autor conocía más profundamente los entresijos so ciales que le servían de escenario moral y, por otro, era esta \., ieja sociedad el mejor caldo de cultivo para las peripecias de su protagonista, que, como pícaro, servía de reflejo, todo lo literariamente modelado que se desee, de esos vicios sociales que se quería señalar.
Los escritores de novelas picarescas son, salvo excepcio nes como las de los expatriados autores del Gregorio Guada ña, de Estebanillo González y de la Segunda Parte parisina del Lazarillo, hombres profundamente arraigadl$ en la vi da nacional y sin duda atentos observadores de sus avatares.
El trasiego migratorio del pícaro puede inducirnos n engaño.
Pero Don Pablos tiene la conciencia de que «nunca mejora su esta do quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres», ). esto es lo que expresa exactamente El pasajero de Suárez de Figueroa: «Así, los que discurren de tierra en tierra en vano se mudan, por llevar enfermo el ánimo y antojadiza la volun tad... >>.
La coincidencia de ideas entre el libro pkaresco y el Por otra parte, si de modo, a un tiempo par,1dójico y sin tomático, vale decir, tal y como hace Suárez de Figueroa en El pasajero, que «las Indias déstos ( entiéndase <<los extranje ros») son nuestra España, de quien sacan tantos tesoros... », y si, en efecto, así era, cosa de la que caben pocas dudas al que conoce los estudios económicos actuales de aquellos siglos, po demos suponer que si a• los genoveses, franceses u holandeses convenía más explotar la riqueza indiana sin colonizarla, esto es, por intermedio de España, ¿qué decir entonces del holga zán vividor español, aún menos emprendedor que el acomo dado europeo?
Aún más, las posibilidades de lograr un enriquecimiento <<indiano» sin embarcarse nos las revela, por ejemplo, La Vi llana de Getafe de Lope de Vega, pícara por sus procedimien tos, aunque ajena al género, y que en esos años se dedica a idénticas empresas fraudulentas sin salir de la Villa y Corte.
A la revelación sigue el análisis en pormenor del procedimien to realizado por Castillo Solórzano.
En sus Harpías y en su Garduña vemos a las estafadoras fingirse enriquecidas en In dias para justificar una posición social ficticia con la que gran jearse lo ajeno M. Con tal procedimiento el int�nto de sus traerse a la propia (mala) fama y al linaje se complica sobre manera, perfeccionándose así el embeleco.
Se crea así la imagen del falso indiano, hallazgo estupen do de la inventiva picaresca, pero que suponemos con sólidas bases reales, y que permitía, sin moverse de la Península y sin fatigas, adquirir todas las supuestas ventajas del que regresa ba tras afanarse en Indias.
Y mientras los bachilleres trapaza y las harpías madrileñas vuelven de las Américas sin haber ido allí, los sufridos colonos y soldados retratados por Fernández de Oviedo vuelven «rotos» 00 a la patria, si es que -sobreviven a la fiebre aurífera y a otras enfermedades menos preciosas.
En fin, para concluir y sin que, como advertimos al inicio de estas páginas, haya estado en nuestro ánimo el-hacer un análisis exhaustivo del tema y sin el recurso a todos los textos disponibles, creemos haber mostrado con argumentos de peso que en lo tocante a la aventura indiana el pícaro literario no parece ser un estricto reflejo del maleante y aventurero de la realidad, que sí acudió en buen número a la empresa america na.
El pícaro, de las novelas, posiblemente dentro del marco. del frecuente e innegable despego de los intelectuales, apenas toma las Indias como una meta, renuncia, sí lo hace, con ex trema facilidad o, en todo caso, se transforma en ellas en un antipícaro, en su contrafigura.
Hemos hablado, incluso, un tanto provocativamente, de una relativa incompatibilidad entre la picaresca y el negocio indiano.
Su. caldo de cultivo estaba en la vieja Europa, sobre todo en la i: ona de influencia españo la y en especial en las ciudades de la Península.
La plata y el oro americanos. no fueron un atractivo suficiente para estas criaturas de ficción, que prefier�n desenv, olverse en los zocos urbanos, al amparo de un fácil anonimato y en que en último extremo podían beneficiars�. \ del trasiego de aqt 1 el maná sin someterse en cambio a las fatigas; que iban emparejadas con su.logro en las. nuevas tierras.....
MÁXIMO BRIOSO SÁNCHEZ HÉCTOR BRIOSO' SANTOS
21 El carácter dtl descubrimiento'Y de la conquista dt América.
22 Conversaci6n de monarqulas'Y discursos pollticos, BAE, XXV, pq.
23 Las citas cstm tomadas de En¡uita Utrilla, J. M.: «Bl oro de l4s India.
Datos léxicos en la 'Historia general y natural' de Fernándt% de Ovledo-., en |
RECONVERSION DE LA IGLESIA DEL CONVENTO DE SANTO DOMINGO (LIMA).
DURANTE EL SIGLO XVII Las grandes iglesias •conventuales pe�nas muestran ac tualmente. la planta basilical. de tres naves abiertas con crucero interno.
No fue ésta, sin embargo, la forma de planta con que f:e edificaron inicialmente esas iglesias durante el siglo XVI.
Con excepción de alguna que ctra, como la tercera del cole gio jesuítico de San Pablo en Lima, casi todas. la�; grandes igle �ias virreinales peruanas llegaron a adquirir la planta basili cal tnediante un proceso de reconversión interna.
Constituye b reconversión de la planta una de las expresioue& más carac terísticas de la arquitectura virreinal peruana; pues dura nte d siglo XVII se transformaron internamente todas las gran des iglesias hasta el punto de que ha desaparecido en el vi rreinato del Perú todo vestigio de la platan gótico.. isabelina de las iglesias construidas durante el siglo XVI con una Sola rn�ve abierta, sin crucero y: con-series laterales de.,capillas--hor� nacinas profundas• cerradas con rej�s de madera.',!
Sólo, PQde-. mos vislumbrar cómo• había. sicJQ aquella i plan.ta. góti�,i$a.b e li na de las grandes iglesias.: vírreirutles de -la•, primera. rni tad del s; glo XVII mediante. la descripción de los ¡cronistas religiosos de aquella época, y también por el l' ej. emplo, de las pequeñas iglesias gótico•-isabelinas virreinales. sin • capillas-hornacinas profundas y con-:un arco toral intercalado entre la capilla ma• yor y la. nave de los. fieles, de las que quedan todavía valiosos ejemplares en la sierra peruana.
En la iglesia de La Merced en Lima se llevó a cabo la reconversión plena entre los años de 1608 y l 614, aunque se completó el proceso de cerrar las nuevas cubiertas después To, no XLIX 233
ANTONIO SAN CRISTÓBAL de 1628; en la iglesia de San Francisco se hizo a partir de 1657; y las otras iglesias limeñas de San AgustíP. y de Santo Domingo no llegaron a realizar la reconversión sino a fi nales del siglo XVII.
La transformación de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en el convento de Santo Domingo, resulta paradigmática porque muestra una planta arquitectónica que fue adap tándose progresivamente hasta llegar a la conformación ac tual.
Y en cuanto a sus cubiertas, anticipa la evolución desde las cubiertas mudéjares de lacería hasta las bóvedas vaídas de crucería labradas en madera de cedro y yeso, que después se aplicaron con notorio éxito en la reconstrucción de la ca tedral de Lima subsiguiente al terremoto de 1687.
Hizo posible las transformaciones que analizamos ahora la singular circunstancia de haber residido como religioso con ventual del convento de Santo Domingo el famoso alarife fray Diego Maroto, maestro mayor de fábricas 1eales, y figu ra predominante en los quehaceres arquitectónicos limeños durante la segunda mitad del siglo XVII.
No fue Maroto ini ciador de nuevas tendencias en cuanto a la conformación de 1a planta de las iglesias limeñas, ya que ello venía aplicándo se desde principios del siglo XVII; pero, al menos, se dio cuen ta de que la planta de la iglesia de su convento necesitaba ser rnodificada, porque resultaba anticuada e inadecuada para las exigencias de su tiempo; y supo resolver el problema técnico de adecuarla con el menor costo posible, pero con notorio acierto.
La solución por él introducida resultó tan apropiada que ha desorientado a historiadores del arte tan competentes como el norteamericano Wethey.
Encontramos la información básica para conocer la plan ta inicial de esta iglesia de Nuestra Señora del Rosario en las descripciones de Lizárraga 1, Bernabé Cobo 2; y, en menor va-
RECONVERSIÓN DE SANTO DOMINGO (LIMA)
3 lía, en la crónica de V ázquez de Espinosa 3, referentes todas ellas a la primera etapa anterior a la reconstrucción de la plan ta; además de los conciertos notariales publicados por el pa dre Domingo Angulo 4 • Para analizar la reconstrucción sucesi va debemos acudir a la obra clásica del cronista dominicano Meléndez, tanto en sus descripciones, corrio en \!l famoso pla no del convento de Santo Domingo:s; ademá3 de al gu nos protocolos notariales mencionados por el dominico padre An gulo, pero todavía utilizados en lo que concierne a la evolu tión arquitectónica de la iglesia del Rosario.
El historiador del arte don Enrique Marco Dorta ha se ñalado al gu nas características del primer templo dominicano de Lima, anterior a las reformas subsi gu ientes al terremoto de 1678, tomando como base las descripciones de los cronistas ccntemporáneos.
Escribe así: «Relacionando estos datos po demos describir el templo como una iglesia de una gran nave con capillas, abovedadas éstas y el presbiterio, y cubierta la r.ave central con alfarjes, resultando así de un tipo g6tico-1nudéjar muy de acuerdo con la época en que fue c: onstruida»
Refiérese esta interpretación más bien a las cubiertas que a fa planta misma; lo cual no obsta para que tambíén bajo este aspecto merezca ser calificada esta iglesia dominicana como de t1 azado g6tico-isabelino.
El historiador dominico padre Angulo pudo habernos es bozado la historia completa de la reconversi6n de su iglesia del Rosario; pero, lejos de ofrecernos una visió. n integral, se limit6 a presentar dos versiones fragmentadas e independien tes, desprovistas de las referencias documentale� que las ava laban; con el agravante de aparecer distanciadas una de otra 4 ANTONIO SAN CRISTÓBAL treinta años.
La primera versión aparece en su obra: La Orden de Santo Domingo en el Perú, y en ella atribuye al provincial dominico padre Juan de los Ríos la reconstrucción de la igle sia por los años de su gobierno entre el 7 de enero de 1677 y el 24 de julio de 1681 • 1
• En esta versión se ha basado el historiador Jorge Bernales Ball�steros 8 • Aparece. la segunda versión ofrecida por Domingo Angulo en el artículo publicado e:n 1939, donde atribuye al auspicio del prior de Santo Do mingo fray Diego Morato la construcción del <..rucero de l a iglesia por los años de 16.
83 y 1684; es decir, después de pu blicado el primer. tomo de la obra de Meléndez con el plano general del convento e •iglesia9
• Ciertas confusiones interpr e tativas en que se enredan los historiadores del arte virreinal provienen de esta dualidad incoherente de versiones ofrecidas por el padre Domingo Angulo.
Sin duda, el más confundido. ha resultado Wethey al afi r mar muy confiadamente. que la planta de la iglt•sia de Santo Domingo ha permanecido la misma a l largo de todo el tiem po, desde su inicio en la quinta década del siglo XVI 10, _ Según este punto de vista de Wethey, la frase del cronista Lizárra ga: «comenzó el edificio de la iglesia de bóveda de tres naves», concordaría con el f amo$o plano de Meléndez publicado, en 1681; mientras que le parece a Wethey inexacta y desconfí a ble la minuciosa des<;ripción ofrecid'l.por Betnabé Cobo; al mismo tiempo que no. parece muy di�puesto a. sacar conclu sión: alguna de la info; rmación proporcionada. por Domingo• An gulo en.1939; además de no haber tenido.en cuenta para nada la infofm�i6n de �ste historiador dominico en 1908.
Las. confusiones históricas.• originadas en los sucesivos y no concordados escritos del padre Angulo vuelven a apare-cer en el estudio de la doctora Martha Barriga acerca de la iglesia de Santo Domingo 11• Por un lado, parecl� suponer que el crucero de la iglesia dominicana existía antes del terremoto de 1678, porque afirma que a consecuencia de este terremoto, Íue necesario derribar la capilla mayor y ello «obJigó a reedi iicar las capillas laterales a la mayor y las de fa_, naves late-1ales que formaban el crucero»12
• Por otro lado, atribuye al prior de Santo Domingo, padre fray Diego Morato, la amplia ción del crucero en 1681, que en realidad se redujo a la aper tura de los muros divisorios entre el crucero y fos capillas de San Juan Bautista y del Rosario, que todavía aparecen cerrados en el plano de Meléndez 18
• Aunque la doctora Barriga cita el testimonio de Bernabé Cobo, no se ha detenidc a confron tar la planta descrita en el primer tercio del siglo XVII con el plano de Meléndez de 1681; y tampoco ha estudiado en qué uempo se construyó el famoso crucero, si bien supone que existía desde antes de 1678.
La tesis de Wethey acerca de la permanencia de la planta de la iglesia desde el principio ha 5ido reactualizada en el estudio de la doctora Barriga.
Estamos actualmente en condiciones de descalificar por completo la creencia de Wethey; y de afirmar que la planta de la iglesia de Santo Domingo ha variado fund�mentalmente durante la segunda mitad del siglo XVII.
Comenzamos por restituir plena confiabilidad a la descripción del cronista con temporáneo Bernabé Cobo: «La iglesia es muy grande y de c.ostosa fábrica; de una nave con dos órdenes d� capillas por los lados; éstas son bóvedas curiosamente labradas, y la nave de enmedio cubierta de madera y lacería curios�; la capilla 1nayor es de bóveda y para tan grande iglesia �� tenida po r pequefia» 14• A pesar de lo que opine Wethey, la descripción 6 ANTONIO SAN CRISTÓBAL de Lizárraga, hijo del mismo convento, concuerda a cabalidad con la de Coba; dice así el cronista dominico: "... comenzó el edificio de la igl�ia de bóveda de tres naves, e hizo la mitad de la iglesia, dejando los cimientos de lo restante sacados... s6lo una falta se le pone, y sin envid;a, que la capilla mayor es pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado " 1G.
Cuando Lizárraga afirmaba que la iglesia del Rosario se hizo de tres naves, no estaba indicando con ello que las tres raves estuvieran abiertas y comunicadas; pues &abemos po r <.'tros documentos que las dos naves laterales estaban ocupadas por capillas cerradas e incomunicadas entre sí, de tal modo que mostraba la iglesia una planta típicamente gótico-isabeli na.
Refiriéndose el dominico Lizárraga a la totalidad del e di ficio de su iglesia, mencionaba las tres naves, pero no su dis ponibilidad para estar abiertas al tránsito público.
El cronis ta Vázquez de Espinosa empleaba una terminología semejante para describir la catedral de Lima:
"su fábrica es maravillosa de bóvedas de crucerfa, orden jónico, de cinco naves, las tres claras a que corresponden las tres puertas a la plaza, y las otras dos naves de capillas del mismo \)!"den conforme a buen arte " 16.
7 les, incluyendo las de Agüero y Aliaga, tenían las mismas di mensiones, y estaban cerradas frente a la nave: entral por re; as de madera, e incomunicadas entre sí por muros continuos.
Todavía se conservan cerradas en la iglesia de s�nto Domingo las capillas-hornacinas situadas debajo del coro, de las que,.. �egún inforn1a Lizárraga, una era de indios y otra de negros 17
De esta suerte, la iglesia del Rosario sólo tenía hJbilitada para uso del público la nave central, larga y estrecha en toda su iongitud, y más corta de lo que quedó después de las remode-1 aciones que analizaremos, sin cimborrio ni cúpufa, y toda ella cubierta de techumbre mudéjar desde la capilla mayor hasta el muro de los pies.
Sabemos, por otro lado, qne la novedad cel crucero comenzó a ser introducida en la arquitectura vi rreinal peruana a principios del siglo XVII con la iniciación Je la planta basilical; y así fueron ampliadas las iglesias de La Merced y San Francisco, a las que siguió la del Colegio de San Pablo.
El cronista Cobo es muy explícito al describir el nuevo crucero abierto a principios del siglo XVII en las iglesias lime ñas de San Francisco y de La Merced; en cambio no lo men ciona para nada en la iglesia de Santo Domingo.
Otros docu-111entos que serán analizados adelante informan que el cruce ro dominicano se abrió en época posterior; pero nos interesa �,hora destacar que la planta inicial de Santo Domingo no requería inicialmente del crucero: era una planta g6tico-isa belina, descrita por Cobo con toda exactitud.
Nos encontramos pues, ante dos momentos históricos distintos de la planta en la iglesia de Santo Domingo, �mbos acreditados fehaciente mente por testimonios contemporáneos de los hechos: el pri mero es el de la planta gótico-isabelina, de una sola nave abier t. a sin crucero y con capillas-hornacinas cerradas y capilla ma ) or pequeña; el segundo es el representado hacia 1681 por el plano de Meléndez, de una planta basilical con tres naves abiertas y crucero interno, faltando por abrir dos muros trans-
versales entre el crucero y las dos capillas adjuntas.
La existen c.:ia de estos dos momentos estructurales diferentes y sucesi vos en la iglesia de Santo Domingo nos plantea el problema histórico, soslayado por algunos historiadores y entreverado ar tificiosamente por otros, de determinar cuándo y cómo se llevó a cabo la reconversión de la planta gótico-isabelina inicial e n la planta basilical posterior.
Adelantamos que se trata de u n proceso de reconversión gradual de la planta, no de la nueva construcción en el mismo sitio de otra planta distinta; porque fo iglesia dominicana conserva todavía gran parte de su perí-1netro murario inicialmente construido en el siglo XVI.
La planta de Santo Domingo no ha permanecido inmuta ble, ni siquiera desde sus comienzos, hasta las glandes refor mas introducidas en el último tercio del siglo XVII.
También durante la primera mitad del mismo siglo se ejecutaron algu nas modificaciones de la planta en la iglesia dominicana, las que �i bien no afectaban a la totalidad del edificio, condicionaron �u evolución posterior.
Estas primeras reformas parciales han permanecido intangibles hasta el día de hoy; y puesto que este sector conserva la traza que adquirió entonces, el sector de los pies de la iglesia por ellas afectado permanece tal cual quedó por aquellos años.
Las que parecían reformas parciales e inconclusas, derivaron en definitivas, al no ser acompañadas por otras complementarias; y con su provisionalidad cons o• l1dada han impedido que la iglesia de Santo Don1ingo logre el desarrollo grandioso que ostentan las restantes iglesias con ventuales mayores de San Agustín, San Francisco y La Mer ced.
Las reformas de la segunda mitad del siglo XVII se des plazaron, en cambio, hacia el sector de cabecera en busca de mayor capacidad espacial; pero sin dar acogida al avance arro llador del barroco limeño en las demás iglesias.
Los. mayordomos de la poderosa cofradía de Nuestra Señora del Rosario, cuando todavía ocupaban c1 lugar que aparece señalado en el plano de Meléndez, iniciaron una pe queña reforma, a manera de anticipo de la que d, spués se ge neralizó en todas las capillas laterales.
Se trataba de abrir la comunicación entre su propia capilla y la contigua hacia los pies de la iglesia, denominada capilla de las Reliquias, median te la perforación de un arco en el muro divisorio.
La apertura de comunicación entre las dos capillas cerradas de la nave la teral constituye una de las reformas efectuadas a principios del siglo XVII en la iglesia limeña de La Merced con el obje to de transformar su planta gótico-isabelina en planta basili cal de tres naves abiertas.
La apertura del arco entre fo.s capillas del Rosario y de Las Reliquias la contrató el mayordomo Gil Gómez con el alarife Antonio Mayordomo por concierto notarial de 7 de 11oviembre de 1608 18
• Parece que este Antonio Mayordomo era experto en abrir arcos entre capillas adjuntas, porque tam.. bién realizó otra operación semejante entre dos capillas ce nadas de la nave de la epístola en la iglesia limeña de la Mer ced, según concierto notarial de 16 de abril de 1611 19
• El arco desplazaba al muro lateral. divisorio entre las dos capillas do minicanas.
Se asentaría sobre dos pilastras: «la una arrimada al pilar toral y la otra arrimada a la pared del claustro».
Esto significa que el arco cubría toda la anchura de la nave lateral actual, de tal forma que constituía el principio de una futura planta basilical de naves abiertas y comunicadas entre sí.
Pero además, este arco había de tener «la montea tal y de la manera j del tamaño del arco que está en la capilla de Ntra.
Señora por la parte del cuerpo de la iglesia»; de tal modo que, por deducción, también este arco de la iglesia abarcaría toda la. anchura entre los dos pilares.
En realidad, el �reo entre las: dos capillas era doble, debido a que el muro a sustituir tenía; gran anchura y ello permitía formar dos arcos contiguos, uno; a cada lado del viejo muro.
Lo importante es que estos dos\ arcos y el del frente de la capilla del Rosario «estén a un mis..: rno alto y a una montea».,, No quedaban llanos y lisos estos arcos ni en el intradó& 1 ni en sus pilastras de sustentación, antes bien tenían ornamen tación renacentista de artesones.
El concierto dice que el in u adós «por la parte de abajo de la mocheta del arco ha de lle var la talla que tiene el dicho arco referido»; además de que «las pilastras ha de ser con artesón cerrado con sus florones de yesería todo curioso y perfecto».
Son importantes los detalles técnicos de la construcción.
No derribaron previamente el muro divisorio, sino que lo aprovecharon como sustento y cimbra para los �reos a cons truir: «y se entiende y es declaración que este arco le he de cerrar sobre la pared que es donde está hoy que ha de servir de cimbra volviendo como me obligo a macizar lo que picare y cabare de la dicha pared hasta que de todo punto el dicho arco esté seco y embebido».
Es posible que este sistema de construir arcos sobre el muro preexistente, que �horra la cim bra de madera, se haya empleado en otras ocasicnes al abrir capillas laterales a la libre comunicación para formar naves iaterales abiertas.
Otro trabajo importante con�istió en con solidar y trabar firmemente el trasdós de los nuevos arcos con los muros contiguos en la base de las bóvedas de las dos <'apillas, denominados «formas»: «de manera que no corran ningún detrimento crucero ni forma ni rampant.t».
Había de quedar el intradós de los dos nuevos arcos dis puesto no sólo como buena obra de albañilería, sino también preparado para recibir ornamentación de pinturas: «de ma nera que esta obra esté acabada en perfección y ccnforme arte pincelada cabayada bruñida y enlustrada por si se quiere dorar con su talla».
En efecto, los mayordomos de la cofradía del Rosario se concertaron al final de las obras, eI día 13 de junio de 1609, con el pintor Pedro Pablo Morón, discípulo de Pérez de Alesio, para encomendarle la pintura de la bóveda y del arco que se había abierto en la capilla de las Reliquias, junto a la del Rosario rial dominado por la poderosa cofradía de Nuestra Señora del Rosario; pero señaló el camino a seguir para conectar to ¿os los ambientes laterales en forma de naves abiertas, al modo como se estaba realizando entonces en la iglesia de La Mer ced.
Algunos años más tarde de esta primera reforma, preten dieron los dominicos aplicar la misma solución en mayor es cala; pero no consiguieron completar la reform� integral de las capillas laterales en toda la iglesia, en parte debido a la con figuración de la planta inicial, y en parte por las fuertes inter ferencias institucionales de la cofradía del Rosario.
Al final tuvieron los dominicos que transigir con la oposición de la cofradía, aun a riesgo de fracasar de momento en su intento de 1nodernizar la planta de la iglesia.
Por concierto notarial del 17 de noviembre de 1638, llegaron estos frailes y la cofra ¿ía a una transacción que frenaba pot entonces la expansión del libre tránsito por las naves laterales de la iglesia.
Aporta este concierto notarial informaciones muy valiosas para co nocer el estado de la planta en la iglesia durante la primera mitad del siglo XVII.
Dice así el texto del concierto: El análisis de este texto arroja los siguient�s resultados: Primero: se abrieron por aquellos años los muros divi sorios de las capillas laterales situadas entre las dos puertas la terales de la iglesia y las capillas de Agüero y Aliaga.
Esta si tuación permaneció estacionaria desde entonces hasta la dé cada de 1680 en que se logró abrir el gran crucero nuevo y se cumplió la libre comunicación entre éste y las naves latera - les, derribando los dos muros transversales que todavía apa recen dibujados en el plano de Meléndez.
Segundo: no se prosiguió la reforma por las divisiones entre las capillas laterales situadas entre las dos puertas la terales de la iglesia y el muro de los pies.
Ellas permanecen todavía cerradas e incomunicadas con la nave central como a principios del siglo XVII.
Parece ser que nunca se formuló un plan orgánico integral para teformar el sector de los pies en la iglesia dominicana.
La misma ampliación del coro alto, que se estudiará a continuación, resultó una medida inconexa y desintegrada con el desarrollo completo de todo el sector de los pies de la iglesia.
Tercero: la terca oposición de los hermanos veinte y cua tro de la cofradía del Rosario frustró por entonces la apertu ra del muro transversal que separaba su capilla de la de los Aliaga.
Los frailes dominicos tuvieron que acceder a que la cofradía colocara el altar de la Virgen del, Rosario en ese muro transversal, en lugar de abrirlo, y que cortaba la prolongación de la nave lateral de la epístola hasta el testero de la iglesia.
También se opusieron aquellos veinte y cuatro a que el con vento colocara una tribuna o balcón en la ventana abierta e n d antecoro frente a su capilla del Rosario.
Perma�1ece esta ven tana actualmente en el mismo estado en que la dejaron por c1 concierto citado de 1638.
Cuarto: la nave lateral del lado del evangelio quedó trun cada de un modo similar a la de la epístola.
No sabemos s i ello se debió a la oposición de alguna cofradía poderosa o al desaliento de los.frailes dominicos al no poder continuar las reformas hasta el muro testero.
El plano de Mcléndez mues-tra el estado en que quedó la iglesia por este sector central después de las reformas en las naves laterales.
Posteriormente �e abrió el crucero tal como lo representa el mismo plano de Meléndez; pero los últimos muros transversales en las naves laterales sólo se pudieron abrir con posterioridad a la publi cación de este plano y ello tras largas negociaciones con la in transigente cofradía de Nuestra Señora del Rosario.
La segunda obra importante que influyó en la evolución posterior de la planta de la iglesia dominicana consistió en la fábrica del segundo campanario, concertada con el mismo ala rife Antonio Mayordomo, con fecha de 22 de enerc de 1632 22
No se trataba todavía del gran campanario en forma de torre levantado por el alarife Francisco Cano Melgarejo según traza c.Íe fray Diego Maroto, sino de una simple espadaña que venía a sustituir a la precedente más modesta y de materiales dé biles.
No se describe en el concierto aquella segunda espadaña de Mayordomo, ya que �I concierto notarial se remite a la planta y montea diseñada por el obrero mayor de obras del LOnvento fray Juan García, dominico.
Más importancia que la planta misma tiene ahora el de terminar el lugar donde se edificó la espadaña de Antonio Mayordomo.
Creo que estaría colocada en la parte exterior del muro del evangelio hasta el límite final de este muro.
Así lo inferimos de este detalle anotado en el concierto notarial: en cada esquina del muro lateral de la iglesia existía un pequeño torreón, sin duda similar al que posteriormente dibujaba el grabado de Meléndez sobre la prolongación del coro alto; pues bien, señala el concierto que «torreones y pared ha de ir en rasado como está en la dicha planta».
De esta manera, la es padaña de Mayordomo y la gran torre de Cano Melgar�jo ccuparon sucesivamente la n1isma posición en ln que enton e.es era la esquina de la iglesia.
De suyo, la colocación de l a de la espadaña no determinaba necesariamente la de la torre posterior que había de sustituirla; sin embargo, por razones
que no podemos determinar, fray Diego Maro to prefirió co locar su torre en la misma posición en que había estado la �egunda espadaña.
Esta subordinación del luga� de la torre al de la espadaña frustró el desarrollo de la gran fachada ba rroca a los pies de la iglesia de Santo Domingo; pues la torre quedó retrasada respecto del muro frontero adelantado que se había formado por la prolongación del coro dto en 16 33.
Otro hubiera sido el aspecto frontal que presentara la igle sia de Santo Domingo si Maroto hubiera retr�sado la torre hasta alinearla con la nueva fachada del coro alto.
Claro que, en tal supuesto, hubiera tenido que levantar otro c.ubo de torre similar y paralelo en el sector de patio en la otra esquina del coro alto; y acaso también habría tenido que desplazar de algún modo la entrada a la portería del convento dominican o.
Lo cierto es que ni en los tiempos de García ni en los de Ma roto pensaron los dominicos en prolongar las capillas later a les a los lados del coro para privilegiar la portada a los pies de la iglesia; pues siempre han mantenido como única y prin dpal portada la lateral.
Pareciera como que la colocación anó mala de la gran torre de Cano Maroto hubiera querido frus-' trar en la iglesia de Santo Domingo la formación de la gran fachada barroca en el muro de los pies que lucen con tanta prestancia San Agustín, San Francisco, la Merced y la cate dral, además de las iglesias menores como la de las Trinitarias.
La tercera obra decisiva para el futuro de la iglesia con �istió en alargar el coro alto desde la primitiva pared de los pies de la iglesia «hasta el pretil del cementerio».
Concertó esta obra el prior del convento con el mismo alarife Antonio Mayordomo por concierto notarial de 14 de f ebrerc de 16 3 3 28• Se hubiera podido dejar el lugar libre para la fran fachada si,.. n lugar de hacer esa prolongación externa del coro alto, se hubiera edificado un coro bajo y alto dentro de la misma igle �ia, como los que edificó el mercedario fray Pedro Galeano en fo iglesia de la Merced y en la iglesia del monasterio de Santa Catalina; o también si se hubiera acompañado este cuerpo saliente con sendos cuerpos robustos de torres aljneados hasta el mismo pretil del cementerio.
Pero como el coro alto alarga do quedó solitario y desamparado, no ha produdoo otro efec to arquitectónico que el de distorsionar y frustrar el armóni co desarrollo de la planta de la iglesia de Santo Domingo en d sector de los pies.
En el concierto notarial no aparece ninguna descripción rrquitectónica de la ampliación a realizar en el coro alto, ex cepto la somera alusión a las bóvedas.
Ahora bien, ya que se conserva esta obra en su integridad y sin modificacones de nin gún género, nos basta con acudir a la realidad existente para valorar no tanto su construcción, cuanto lo que ella repercutió t.:n el desarrollo de la planta de la iglesia dominkana.
Por lo pronto, se cubrieron dos techumbres superpuestas fuera del rerímetro que hasta entonces ocupaba la iglesia: una en forma de bóveda de cañón rebajado en arco carpanel con lunetas a los lados, situada a mitad de la altura de la iglesia, sobre la que asienta el coro alto ampliado; la segunda, que cubriría este nuevo ambiente, sería la prolongación de ia cubierta de la nave central hasta el límite del «pretil del cemc.'nterio».
Nos interesa destacar los siguientes aspectos en relación a la planta de la iglesia:
Primero: sólo se prolongó el coro alto en t1 sector que corresponde exclusivamente a la nave central de la iglesia; pero no se prolongaron los espacios laterales colocados sobre las primeras capill�s laterales.
De este modo, el muro de los pies en la iglesia dominicana no forma una línea recta, sino quebrada, más adelantada en la nave central que en las late rales.
Segundo: con esta prolongación, se ganaron dos nuevos ambientes: el sotacoro y el coro alto; pero sólo este último fue incorporado al ámbito interno de la iglesia; mientras que. " tnerreda�it,• 1 fte:y! fe dro,..
Anuario de Estudio, J.mericano1
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A semejanza de ellos se construyó la ampliación externa del coro alto para la iglesia de Santo Domingo, aunque en posición diferente.
Quinto: con la formación del sotacoro o nártex externo, la primitiva portada de los pies qued6 truncada.
Antes de ini ciarse esta obra existía allí una portada de diseño renacentista, que constaría de dos cuerpos con frontón terminado en una cruz entre pináculos.
Pues bien, al derribar la mitad superjor del muro de los pies para abrir la prolongación del coro alto y anteponer allí la nueva bóveda transversal del sotacoro ex terno, se cortó la portada por el se gu ndo cuerpu y parte del primero.
Se pueden observar todavía los restos bajos de aque lla portada renacentista.
Por otra parte, los dominicos no s e preocuparon en lo sucesivo de suplir la vieja portada desapa redda por otra nueva antepuesta al muro quebrarlo de los pies en la parte más adelantada-en el lindero de la calle.
La desva lorización, o mejor desaparición de la portada de los pies, con sumada en 163 3, impuso la correlativa revalorización de la portada lateral en el muro del evangelio.
Es importante aclarar al gu nas informacione� acerca de fo portada de la iglesia de Santo Domingo.
Resumiendo la obra de Meléndez en la parte pertinente, escribía el padre Domingo An gu lo que, entre las obras subsi gu ientes al terremoto de 1678, el provincial fray Juan de los Rfos «hizo después la por tada de la misma iglesia» •.
El padre An gu lo dice claramente «la portada», sin añadir que ella sea la «principal», o que se trate de otra nueva distinta de la lateral que era hasta enton ces la única existente en la iglesia.
Sin embargo, sobre la base de su información, •amplía as{ la doctora Barriga: «Luego man dó construir (se entiende el mismo fray Juan de los Ríos) la portada principal de la iglesia, la lateral ya existía desde princi pios del siglo XVI» 26
• Se trata de la misma informaci6n acer- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ca de la misma portada mandada hacer por el n1ismo provin cial; pero parece en este segundo comentario que se tratara de otra portada -la principal-distinta de la lateral del siglo XVI.
Surge, pues, la pregunta: ¿cuál fue la port?.da mandada construir por el padre Juan de los Ríos después d0 1678?
Ev i dentemente no puede tratarse de una portada principal distin ta de la lateral y que hubiera estado situada en el muro de los pies, ya que allí está la única puerta externa sin portada.
Las razones son, porque la prolongación del coro alto impide ra dicalmente la formación de alguna portada en este sector, que permanece desnudo y sin adorno arquitectónico desde 16 3 3; además de que el grabado de Meléndez publicado inmediatamente después de las obras realizadas por Fray Juan de los Ríos hacia 1681, no muestra ninguna portada en el muro de los pies.
En cambio, el mismo grabado de Meléndez con el frente de la iglesia y convento de Santo Domingo representa muy claramente la portada lateral con dos cuerpos y tres calles en cada uno de ellos.
Esta portada, reproducida por Meléndez, constituye la ampliación de otra renacentista inicial, fácilmen te reconocible, porque la calle central del segundo cuerpo tie ne menor anchura que la calle inferior del primer cuerpo, como era usual en las portadas virreinales renacentistas hasta prin cipios del siglo XVII, además de conservar el éntablamento corrido sobre el primer cuerpo.
Esta portada lat�ral no podía tener dos cuerpos de tres calles cuando fue labrada en el si glo XVI, por la sencilla razón de que entonces no estaba en uso el diseño barroco de la cuadrícula regular completa.
Por consiguiente, deducimos que las dos calles lateraks del segun c!o cuerpo, que por lo demás son más anchas que las calles similares del primer cuerpo, fueron añadidas posteriormente durante la etapa barroca.
Esto significa que la portada promovida por el provincial fray Juan de los Ríos entre 1678 y 1681 no fue una portada nueva, que no existe en la iglesia domini cana; sino que consisti6 en añadir las calles faterales en el segundo cuerpo a la portada del muro del evangelio para trans- formar la primitiva portada renancentista allí existente en una portada-retablo barroca de dos cuerpos y. tres c�lles, que es la representada por el grabado de Meléndez.
A partir de la am pliación del coro alto en 16 3 3, la iglesia de Santo Domingo cuenta únicamente con la portada lateral del lado del evan gelio.
Esta portada ha pasado sucesivamente por e�tos momen tos estilísticos:
La portada inicial de diseño renacentista; 2.
La portada-retablo metamorfoseada en barroco por fray Juan de los Ríos después de 16 7 8; 3.
La portada actual, fruto de la vandálica deformación de la iglesia perpetrada por Matías Maestro.
Las modificaciones que se efectuaron en la iglesia de Santo Domingo durante el primer tercio del stglo XVII no obedecieron a un plan integral de conjunto, similar por ejem plo al que se ejecutó gradu. almente en la iglesia de la Merced para lograr su reconversi6n a planta basilical.
S6]o durante el último tercio del siglo XVII se emprendieron reformas más amplias y orgánicas de la planta; pero esta vez no en el sector de los pies de la iglesia, sino en el de cabecera.
Se trataba de resolver definitivamente el viejo problema de la pequeña ca pilla mayor señalado por los cronistas de comienzos del siglo XVII.
Con ocasi6n del terremoto de 16 7 8 decidieron los domi nicos modificar la planta de la iglesia.
Las reformas consistie ron en ampliar el espacio delantero introduciendo el crucero; y en abrir al tránsito los últimos muros cerrados entre el mis mo crucero y las dos naves laterales, con lo que ee consumaría la desprivatización de las capillas.
La primera reforma era ex clusivamente arquitectónica; n1ientras que la segunda, ade tnás de sus implicaciones sobre la planta de la iglesia, incidí a en el fuero jurídico de la propiedad privada mantenida por algunas familias y cofradías sobre las capillas qu,� eran su lu gar de enterramiento y devoción.
Tanto en el concierto notarial de 1683 como en el de 1684 se menciona explícitamente que se ha alargado, y se ha ampliado la iglesia del Rosario.
Esta ampliación st: realizó de rribando toda la parte de la iglesia comprendida entre el muro frontero de las dos capillas de Agüero y de Aliaga hasta el presbiterio, y en edificar el nuevo perímetro de la iglesia en fo cabecera, con una capilla mayor más profunda que la an ttrior; y también adelantando las dos mencionadas capillas con una anchura igual a la de la nave central de la iglesia, de tal manera que se pudo formar el ancho crucero que hoy con templamos; y se pudiera cubrir su parte central con la airosa cúpula de cedro y yeso.
Los dos conciertos notariales locali zan con toda exactitud esta ampliación, pues señalan que am bas capillas han ganado un espacio entre sus primitivas bó vedas o criptas sepulcrales y el nuevo muro al que quedaron adosados sus respectivos retablos; este espacio cñadido es e l que había permitido formar el nuevo crucero.
Las reformas anotadas se habían realizado a partir de 16 7 8, y han sido incorporadas en el plano publicado por Me-' léndez.
Hay que recordar muy claramente que la apertura de los muros transversales entre las capillas que se observa en el plano de Meléndez no procede de esta etapa posterior a 16 7 8, pues fue realizada durante la década de 1630, como ya se ha estudiado antes.
Después de leer detenidamente los conciertos notariales de 1683 y 1684, podemos sostener c.on toda cer teza que el plano de Meléndez no corresponde a la planta ini cial de la iglesia de Santo Domingo que conocieron Cobo y Lizárraga, pues incorpora la apertura de las naves laterales hechas antes del concierto de 1638 y también la construcción del crucero y nueva capilla mayor realizada a partir de 1678.
Merece la pena leer atentamente el plano de Mc•léndez, pue s en él encontramos las siguientes innovaciones, respecto de la planta de principios del siglo XVII: a) aparece ampliado el presbiterio con muro plano testero en la cabecera de la iglesia; b) la capilla delAliaga, con su altar de San Jerónimo, y la de Agüero, con el altar de Crucifijo donde estaba colocada Santa Rosa, han perdido la forma de capillas-hornacinas cerradas que tuvieran inicialmente y han pasado a formar parte del espacio más amplio del crucero nuevo.
Figura también señalada la media naranja en el centro del cru cero.
Todavía permanece señalado como altar de Santa Rosa el de la capilla de Agüero en el lado del evangelio. e) se distingue perfectamente en el plano la apertura de la comunicación entre las capillas de las naves laterales, con la única y notoria excepción de los muros que incomuni can el crucero con las capillas de Nuestra Señora del Ro sario y de San Juan Bautista.
La apertura de aquellas ca pillas laterales data de la década de 1630, como se ha indicado; la apertura de los dos últimos 1nuros trans versales constituyó el enojoso problema ju11dico que se resolvió mediante los largos conciertos notariales de 1683 y 1684.
Desde luego, el plano de Meléndez no llegó a incorporar la apertura de los dos últimos muros transversales, porque sólo alcanzó a historiar las obras ejecutadas durante el provin cialato del padre fray Juan de los Rííos, que termjnó el 24 de julio de 1681.
Dice así el mismo Meléndez en su obra: «E n lo restante de su provincialato concluyó nuestro Provincial las obras que quedan dichas, y acabado gloriosamente su oficio a 24 de julio de 1681, no sabemos todavía en Roma el que le ha sucedido, si viniere la noticia a tiempo en que se pueda es tampar, lo haremos al final de este quinto librv y tercer to mo»28
• Sabemos también que estas obras, incorporadas en el plano de Meléndez, se ejecutaron con posterioridad al terre n1oto de 17 de julio de 1678, según refiere también el mismo Meléndez 2 o.
Por si quedara alguna duda acerca de todo este prolon gado proceso de reconversiones en la iglesia del Rosario, trans• cribimos aquí el largo fragmento en que Melénciez describe las obras realizadas en la iglesia por el provincial Juan de los Ríos.
Dice así el tomo 111 del cronista dominico: "Había muchos días que se temía ruina en la Capilla Mayor porque de sus bóvedas de ladrillo y cal había caído un pedazo >• se deseaba dar orden como asegurarlo todo; y el Provincial pensando con una obra ocurrir a las dos necesidades de remediar el dafto que amenazaba la Ca pilla Mayor y hacer capilla al cuerpo, de Santa Rosa, habido consejo con los Padres más aravos del Convento, en que hubo diferentes pareceres conforme al humor de cada uno, derribó la Capilla mayor antlpa y en su mismo litio, extendléndo,e aqo mú por uno y otro lado, -,na d16 anlm01111Dente la f"-ica de un crucero que ya Je tiene acabado y remata en una cúpula o media naranja belUsima adornada por dentro de Santos de la Orden hechos de media talla, de madera de cedro, que representan una gran majestad.
Al mismo tiempo trató con el ma yorazgo de los caballeros A&ileros patrones de la capilla de su apellido que (como se ha dicho ya) es la inmediata al lado del evan¡elio detrás del altar mayor, que consintiese en que en su altar se pusiese colocado el cuerpo santo de la Virgen Santa Rosa, obli¡ándose su Paternidad a hacer un rico retablo al altar en que se colocase por remate la imagen del Crucifijo que sus devotos Progenitores tenían coloca. do en el altar de la capilla vieja; pactando que en la capilla y retablo se pusiesen las armas de los Agüeros y tuviesen su sepultura inmediata a la peana del altar en medio de la capilla; pero con condición de que colocado en su altar el cuerpo de Santa Rosa no adquiriesen nin¡ún derecho ni posesión sobre las sagradas reliquias, sino que pudiese el Convento todas las veces que le pareciese convenir sacar de alU el cuerpo santo y p o nerlo en la parte que quisiere " ao.
Si el padre Domingo Angulo hubiese conrordado este largo texto del tomo III de Meléndez con los conciertos nota riales de 1683 y 1684, no habría embrollado inneresariamente la sencilla historia de la reconversión de la planta de la iglesia de Santo Domingo.
Pero debemos añadir que carece de validez la afirmación suya en que atribuye las reformas al gobierno priora! de fray Diego Morato en 1681-1684 a 1; es decir, des pués de publicada la obra de Meléndez y su plano del conven to e iglesia del Rosario.
Esta opinión de Angulo es la que ha confundido a W ethey, que sólo sobre esa base pudo soste ner que la planta de la iglesia había permanecido inalterada desde sus orígenes hasta el plano de Meléndez en 1681.
Ahora bien, tanto el largo texto citado como los conciertos nota riales de 1683 y 1684 desvirtúan las opiniones de Angulo y Wethey, ya que en ellos se menciona explícitamente que la iglesia se ha ampliado, y se ha alargado, además de que ello se hizo «extendiéndose algo más por uno y otro lado».
Lo único que se realizó durante el gobierno priora! del padre maestro Diego Morato fue la apertura de aquellos dos muros transversales que todavía permanecían cerrados entre el cru cero y las capillas de San Juan Bautista y del Rosario, que es lo que atestiguan los conciertos de 1683 y 1684; pero esto no constituye.ninguna ampliación o modificación es tructural de la planta, sino una simple reforma interna para la libre comunicación.
El cronista dominicano Meléndez afirmaba que la planta de la iglesia del Rosario «formóse de tres partes: capilla ma-
yor, cuerpo que llaman de la iglesia, y la gran pie�a del coro» 32 • Y añade seguidamente la conformación de la capilla mayor que por entonces comprendía ya «el presbiterio, crucero y dos capillas laterales», a saber: la de los Aliaga, en el lado de la epístola, y la de los Agüero, en el lado del evangelio.
Toman do las medidas señaladas por el mismo Meléndez, notamos que el crucero tenía después de las reformas treinta y seis varas de largo, y que su ancho era de quince varas como el ancho de la nave central, para formar en el centto un cuadra do perfecto sobre el que se eleva la circunferencia de la me dia naranja.
Evidentemente, con las nuevas ditnensiones que Meléndez atribuye a la capilla mayor ampliada, había desa parecido el fundamento de la queja expresada por los cronis tas Cobo y Lizárraga, según los cuales la capilla mayor «para tan grande iglesia es tenida por pequeña».
Aunque no cono cemos las dimensiones de la iglesia del Rosari• e> a principios del siglo XVII, sospechamos que la cabecera terminaría en la línea de separación del actual crucero nuevo; de tal modo que, después de 1678 se añadió a la planta todo el espacio del presbiterio actual, además de abrirse el nuevo crucero sobre el solar de las antiguas capillas-hornacinas cerradas de los Aliaga y Agüero, con un espacio adicional que es donde se trasladaron los retablos de estas viejas capillas desaparecidas como tales.
Este espacio adicional incorporado en la nueva planta va a ser materia de negociaci6n en los conciertos no tariales de 1683 y 1684; pues aunque amplió el espacio de las dos capillas mencionadas, sin embargo no �i-a propiedad de éstas, sino del convento de Santo Domingo que había ce dido la parte correspondiente de su propio solar para abrir el nuevo crucero.
Con posterioridad al levantamiento del plano de Me Iéndez, pero con anterioridad al día 7 de septiembre de 1683, en que se concertó el convenio con el mayorazgo de Aliaga, ya se había abierto el único muro transversal que permanecía virreinales reflejaban todavía el poder feudal de las clases do tninantes, en este caso el poder de dos de los 1nás destacados c. onquistadores del Perú.
Un siglo después de fundadas estas capillas, en Santo Domingo prevalecía el poder institucional de las cofradías sobre el de las personas o las familias.
Si los clominicos hubieran pretendido abrir el crucero de la iglesia un siglo antes a costa de estas mismas capillas de Agüero y Aliaga, se habrían enfrentado a la invencible resistencia que encontró el cabildo metropolitano de la catedral frente a un problema semejante; y posiblemente se habrían tenido que contentar con abrir el crucero de la iglesia en otro lugar, como sucedió en la catedral de Lima.
Pero en 1683 la oposición pro venía no de las personas feudales, sino de la poderosísima co fradía del Rosario; y ellos fueron los que finalmente impu sieron sus condiciones para derribar el último muro trans versal entre la capilla y el nuevo crucero.
Para resolver el problema del traslado del retablo e ima gen del Rosario se acordó primeramente un concierto notarial tripartito entre el prior de los dominicos, fray Diego Morato, los mayordomos de la cofradía del Rosario y el maestre de campo don Juan de Aliaga, por el cual cada uno otorgaba a los demás y recibía de ellos al gu nos beneficios: la cofradía podía trasladar su retablo e imagen a la capilla &mpliada de los Aliaga, y dejaba expedito el lugar para abrir el arco que faltaba entre la capilla y el crucero, así como también entre - gaba al convento su antigua cripta sepulcral; y recibía en com pensación el espacio que se había ampliado entre la anti gu a capilla de los Aliaga y el nuevo muro lateral del crucero, para hacer en dicho sitio nueva bóveda sepulcral.
El mayorazgo de Aliaga cedía su altar y capilla para acoger la imagen de Nuestra Señora del Rosario, a cambio de lo cual ingresaría como uno de los hermanos veinte y cuatro mayordomos de la cofra día; pero exigía mantener el retrato del segoviano don Geró nimo de Aliaga, fundador de la capilla.
Para ilustraci6n ofre cemos este fragmento del larguísimo concierto notarial: se colocase en su capilla la Santa Rosa y se la hiciese tabernáculo po niéndose en él la efigie del Santo Cristo Crucificado con que se hizo la fundación y dedicación de dicha capilla y es así que por los mismos motivos había consentido el maestre de Campo don Juan de Aliaga Sotomayor, dueño y patrono de la capilla colateral que fundaran sus antepasados, en que se pusiese en ella la imagen de Nuestra Señora del Rosario, se le hiciese tabernáculo que la adornase quedando en ella la efigie de San Gerónimo en memoria de su primera dedicación y fμndación y hechos estos pactos se ha reconocido que la capilla del suplicante está en lugar más decente al lado del evangelio la imagen de Nuestra Señora del Rosario pasando a la del dicho don Juan de Aliaga Sotomayor el retablo e imagen de la Santa Rosa" 87.
Creemos que el retablo de Santa Rosa, tradadado desde el lado del evangelio hacia el lugar de la capilla de Aliaga, en el mismo crucero pero al lado de la epístola, era el que había sido concertado por fray Diego Maroto,;•eligioso lego del Orden de Predicadores y maestro mayor de fábricas rt!a ]es, con Diego de Aguirre para ponerlo en el c..rucero de la capilla mayor, por el precio d� 3.800 pesos de a ocho reales, por concierto notarial de fecha 6 de octubre de 1681
La poderosa cofradía del Rosario había logrado por fin acomodar su altar e imagen en el lugar más amplio y presti giado litúrgicamente de la iglesia del convento de Santo Do mingo, invadiendo incluso el lugar que era propiedad de una de las familias más influyentes de la conquista del Perú.
Sa tisfechos los mayordomos de tan notoria localización para su cofradía, se aprestaron a cumplir con generosidad los com promisos concertados.
Primeramente convinieron con el maes tro albañil Francisco Javier Domínguez la construcción de dos bóvedas sepulcrales en la nueva capilla de Nues�ra Señora del Rosario, con fecha 27 de enero de 1685: rn.
Es necesario pre-cisar que este concierto notarial no se refiere a fo. capilla an tigua del Rosario, es decir a la que Lizárragn y Meléndez señalaban en la nave de la epístola a continuación de la capilla cie los Aliaga, sino a la nueva capilla trasladada al lado del evangelio en el crucero, en el altar de los Agüer0, con el San to Crucifijo.
Esas dos bóvedas sepulcrales tenían la mayor 8 varas de largo, 6 de ancho y 3 varas y media de profun didad «de la solería menor abajo»; y la bóveda menor desti nada a los Agüero sólo tendría 3 varas de ancho, 3,5 de largo y se correría por debajo del altar mayor nuevo.
Se concerta ron las obras en 1.500! pesos de a ocho reales; y tendrían que quedar a satisfacción del dominico fray Diego Meroto.
En cuanto al nuevo retablo para la flamanté. capilla del Kosario, también se encargó el ensamblador J)iego de Aguirre, con fecha 14 de enero de 1684, por la eleva&1 cantidad de 11.000 pesos de a ocho reales.
En el concierto se especifica que «se ha de poner en la capilla en que está el de la Santa Rosa al lado del evangelio... llenando con él todo el testero en el ancho y alto y a espaldas de él en el hueco que quedase se ha de formar el camarín que cupiese con su escalera de madera encajonada para vestir a la Santísima Virgen María Santísi ma Nuestra Señora del Rosario con sus puertas y la escalera Jo más suave que se pudiera hacer en su subida» 40
• Esto indica �ue todavía no se hizo el camarín a la manera d� una habita ción y en material firme de construcci6n, como se había con (:ertado en 1683 y como finalmente se realizaría con la deco 4 Algunas dudas debieron albergar todavía los mayordo mos de la cofradía del Rosario después de tantas modifica ciones y conciertos notariales pues se reservaron siempre el derecho de retornar a su antigua capilla y de cerrar de nue vo la nave lateral de la epístola 42; pero a lo que se sepa, to davía no ha habido lugar a ello.
Podemos compendiar la secuencia del proceso histórico de la reconversión de la planta en la iglesia del convento de Santo Domingo de Lima en los siguientes momentos funda mentales:
1.-La planta gótico-isabelina sin crucero, que constaba de una nave alargada separada de la capilla mayor por el arco toral, y tenía dos series de capillas-hornacinas cerradas e incomunicadas entre sí.
2.-La apertura del muro divisorio entre la capilla del Rosario y la de las Reliquias, en la na, 1 e de la epís tola en 1608.
Sepan cuantos esta carta vieren como nos Gil G6mez mayordomo de la cofradía de Ntra.
Sra. del Rosario fundada en el convento de Santo Do mingo de esta ciudad de los Reyes del Perú y Antonio Mayordomo albañil residente en ella, otorgamos y conocemos que somos convenidos y concertado s de hacer la obra por la orden y precios en la forma siguiente:
Primeramente, que yo el dicho Antonio Mayordomo me obligo de hacer y que haré un arco en la capilla de Ntra.
Sra. del Rosario para la parte de la capilla de Las Reliquias y el dicho arco ha de hacer la montea tal y de la manera y del tamaño del arco que está en la capilla de Ntra.
Sefiora para la parte del cuerpo de la iglesia el cual dicho arco que he de hacer ha de tener el mismo ancho y ha de ser con la misma labor por la parte de la capilla de Ntra.
Sefiora que está hecho el dicho arco o sea la del cuerpo de la iglesia y por la otra parte del arco que he de hacer se ha de guardar la orden que lleva el mismo arco y por la parte de abajo de la mocheta del arco ha de llevar la talla que tiene el dicho arco referido y ha de tener el mismo ancho para abajo de manera que los tres arcos est6n a un alto y a una montea y ha de ser con sus pilastras la una arrimada al pilar toral y la otra arrimada a la pared del claustro y las pilastras han de ser con la misma labor y talla que está dicho revolviendo y resaltando los basamentos por la orden que requiere para la buena labor y las pilastras han de ser con artesoTtes cerrados con sus florones de yesería, todo curioso y perfecto y he de cerrar este arco con las formas de las capillas el trasdós del arco asegurando las formas de manera que no corran ningún detrimento crucero ni forma ni Más me obligo de abrir una ventana que corresponda a la capilla de las Reliquias como la que corrcsoondc a la capilla de Ntra.
Sra. del Rosario si pareciere que conviene ha de ser de otra manera.
Más me obligo que he de solar la capilla de las Reliquias conforme está solada la capilla de Ntra.
Sra. del Rosario todo a nivel y he poner los azulejos que se han de rodear en una conformidad como está la capilla de Ntra.
Sra. del Rosario resaltando por los pilares por la parte de dentro de suerte que es a mi cargo ponerlo todo en perf ecci6n.
Y es b mi cargo de poner la madera para las cimbras Y demás pertrechos y he de solar el aposento que está en la capilla de San Juan de Letrán de ladrillo y afijar la puerta y asf he de hacer el dicho arco en la dicha forma de manera que esta obra esté acabada en per fección y conforme arte, pincelada cabayada y enlustrada por si se quisiere dorar con su talla sin que le falte cosa alguna.. de suerte que esté a vista de oficiales y maestros peritos en el arte y a contento del Provincial y �on vento y de los Mayordom0s de la dicha cofradía para cuya labor el dicho Gil Gómez y los mayordomos que fueren de la dicha cofradía han de ser obligados a dar los materiales que se entiende cal y arena y ladrillos yeso clavos para forrar la tabla porque lo demás los peones y oficiales los he de poner yo a mi costa la cual Jicha obra he de hacer bien acabada y per fecta y fuerte de manera que no tenga ningún daño ni riesgo que sea causa por mi descuido o negligencia so pena de pagar los daños que sobre ello se recrecieren demás de que ha de ser a vista de oficiales puesto& por ambas partes para que declaren si está perfectamente acabada para que visto si viniere algún daño que remediarse se remedie y torne a hacer de nuevo a mi costa por la cual dicha obra el dicho mayordomo que es o fuere me ha de dar y pagar ochocientos pesos corrientes de a ocho reales el peso, pagados en. la forma que irá declarado con lo cual me satisfago y contento por la dicha obra la cual empezaré a hacer cada vez y cuando el dicho mayordf)mo u los que lo fueren me empezaren a entregar y dieren loa materiales y no ten¡o de alzar la mano de la dicha obra hasta dejarla acabada la cual dicha obra tengo de dar acabada dentro de tres meses de como la empezare no faltándome los materiales y si teniéndolos no acabare la dicha obra o la dejare de la mano el dicho mayordomo o los que fueren puedan buscar otros oficiales y concertarse con ellos para hacer la dicha obra y la acaben o prosi¡an hasta que lo acabe y les pagar por los pesos que ellos se con certaren y si íos tales pesos montaren más d" lo que están obligados a dar los pagaré luego que conste de la paga de lo que más montare por su juramento en que queda desde lue¡o diferido la prueba de ello sin que sea necesario otra diligencia porque de ello les relevo y si acabare la dicha obra en el dicho tiempo por ella se me ha de pa¡ar los dichos ochocientos pesos corrientes de a ocho reales los cuales se me han de papr en esta manera: cada sábado desde el principio que se empezare la dicha obra se me han de dar y entregar cincuenta pesos de a ocho reales hasta en cantidad de quinientos ANTONIO SAN CRISTOBAL una palabra) de la pared de suerte que torreones y pared ha de ir enrasado c: omo está en la dicha traza con toáo lo demás que contiene.
Item, el pilar de enmedio ha de haber un caracol que venga a salir deb�jo de la campana de en medio con la puerta a entrambas partes como se con tiene en la dicha traza.
Item, he de quitar las campanas y ponerlas en la pared del coro de suerte que puedan servir y después volverlas • a poner en sus arcos toda a mi costa.
Item, tengo de derribar el campanario que está hecho a mi costa que dándome con el ripio adobes y tierra con obligación que hago de dar para unas celdas que se han de hacer en el patio de la carpintería los adobe s necesarios.
Item, tengo de dar limpio y desembarazado el cementerio de la dicha igle sia cuando se acabe la dicha obra.
La cual me obligo de hacer a toda costa poniendo los materiales ofi ciales peones y demás adyacentes que sean necesarios sin que el dicho con vento haya de dar ni poner cosa alguna más de tan solamente los oficiales y madera necesaria para apuntalar las madres.
Y por la dicha obra y costa de ella se me ha de dar y pagar por el dicho convento diez mil pesos de a ocho reales pagados los dos mil y quinientos pesos de ellos habiendo aca bado la cuarta parte de la dicha obra y otros dos mil y quinientos estando acabada la mitad de la dicha obra y otros dos mil y quinientos estando acaba das las tres cuartas partes y los dos mil y quinientos pesos restantes cum plimiento a toda la dicha cantidad estando acabada de todo punto la dicha obra la cual me obligo de dar perfectamente acabada conforme a la dicha traza y en la manera que dicho es dentro de cuatro meses que han de em pezar a correr y contarse desde primero dfa del mes de febrero que vendrá, te este presente año en que estamos de la fecha de esta escritura y empe z�dola desde el dicho dfa sin alzar mano de ella hasta la dejar acabada y a ello quiero ser compelido y apremiado por todo ri¡or |
2-. cross such cuerpos. |
A pesar de estar situado en la periferia del mundo his pano, el Perú es un país donde la fiesta brava ha conservado.-cdo su hechizo y vigor desde los primeros años de la domi nación española.
Sin embargo, a despecho de la abundante do cumentación existente, nunca se ha realizado una investiga ción que se aparte de los daguerrotipos costumbristas y anec dóticos que han reducido el tema a un deleznable «archivo de criollismo».
Nuestro trabajo pretende seguir el itinerario del toreo en Lima desde la fundación de la ciudad en 1532 hasti la cons trucción de la Plaza de Acho en 1766, para explicar cómo se articularon poder y sociedad alrededor de la fiesta durante los 300 años del virreinato peruano.
Evidentemente será una ranorámica preliminar, pero a la vez trazaremos los derrote-1 os que otros investigadores podrán recorrer en posteriores estudios.
I -DEL JINETE SEÑORIAL A LOS NEGROS CAPEADORES
Según eruditos autorizados, la primera corrida celebrada en Lima se llevó a cabo durante la consagración de óleos hecha por el obispo fray Vicente d� Valverde el 29 de 1narzo de 1.540:
La función fue en la Plaza Mayor; principió a la una de la tarde, y se lidiaron tres toretes de la ganadería de Maranga.
Don Francisco Pizarro, a caballo, mató al segundo toro a rejonazos t.
La cita anterior exagera cuando menos dos detalles.
El que Pizarra pudiera rejonear a caballo con más de setenta años de edad y, lo más curioso, que se hable de una «ganadf! tía de Maranga».
Con respecto a lo primero ningún biógrafo 1el c.onquistador del Perú recoge semejante acontecimiento, y en c.uanto a lo segundo debemos apuntar que Nicolás de Ribera <<el Mozo», encomendero de Maranga, en efecto era propie tario por esos años de un valioso hato de vacas valorado en ocho mil pesos 2
• Pero además hay que corroborar que también t:.ra un empedernido aficionado, pues en 1564 elevó una ins tancia al rey en la que se quejaba por el desenfoce de una ca.. rrida 3
Sin embargo, no hay que olvidar que los escasos est�n cieros de la época debieron ser a la vez regidores o alcaldes, en cuyo caso resultaban ser! os primeros beneficiarios de la tiesta, ya que no sólo eran quienes se lucían alanceando toros, sino los dueños de las reses lidiadas.
Cada celebración exalta ba su prestigio y poder:
Los principales colonos, como individuos, exigían tierras; como regido res eran responsables de la distribución de las tierras.
Como rancheros producían carne de vaca y algunas otras provisiones con que se alimen taban las ciudades; como regidores fijaban los precios a que se debía vender las mercancías...
Los cabildos fueron las instituciones principales para salvaguardar los intereses y expresar las opiniones de la clase conquistadora 4.
Durante el siglo XVI el número de toros bravos o en castados en Lima debió ser más bien raquítico, razón por la cual «el cabildo destinó para esta diversión cuatro días en cada año; y desde 15 5 9 se verificaron, la primera corrida el día de la Epifanía o Pascua de Reyes, la segunda el de San Juan, la tercera el de Santiago y la cuarta el de la Asunción»5 • Sin embargo, también hay que tener en cuenta la prohibición papal, recurrida por el rey y origen de no pocas disputas entre e! poder civil y el clero.
De �hí que el virrey Toledo le diri gí era al n1onarca es tas líneas:
Entre otros breues en que acá nos bamos retiniendo hasta entender que estén pasados por Vuestra Alteza como Su Magestad lo manda, a cido uno el de los toros, en que la pobreza y melancoHa de estas tierras recibió muy mal que el Arzobispo le hiziese publicar, no auiéndose hecho en esos rcynos después de auer suplicado dél.
La ciuda d embía su su plicación y la mía también, porque el dicho breue habla con los gouer nadores.
Vuestra Alteza mandará que se siga la causa como más conni niere y fuesse seruicio de Su M agestad y me mandará auisar de lo que sobre ésto se u viere de hazer 6.
Al parecer, las gestiones del virrey fueron eficaces porque los toros volvieron a correrse en Lima ese mismo año, pero el arzobispo Loayza insistió en su rechazo ante la Corona, mas en esa ocasión alegando la integridad de los indios.
La preo cupación del dominico significaba además que la lidia perua na convocaba a otros actores que no eran exclusivamente de la nobleza: ¿ Qué significaba la presencia de los indios durante la lidia?
Desde los tiempos de Pizarra hasta el gobierno del mar qués de Cañete (1555-1561), los jinetes se dividían en <los bandos para rejonear toros o jugar a las cañas, pero «después Je ellos fue cuando se introdujeron en la corrida cuadrillas de parlampanes, papahuevos, cofradías de africanos y payas»8 • Como se puede apreciar, desde muy temprano indios y negros �e integraron a• la fiesta.
En un primer momento la función de los negros debió ser más bien discreta, pero los indios alcanzaron rápido pro tagonismo a través de la suerte de moharras: Entrado el siglo XVII, las celebraciones a.umentaron en número según la calidad de los acontecimientos 10, lo que com plicó la etiqueta y protocolo de las corridas, desatando con flictos entre las autoridades.
Tenemos el caso del encierro con que el nuevo virrey deseaba agasajar a su antecesor e n 1629, pero ya preparada la plaza se tuvieron que retirar los tablados «por estar ocupado y no hallar lugar conveniente que dar a su antecesor, porque en el acuerdo el señor Virrey trató de que combidaría al señor Marqués de Guadalcázar que le daría su ipano derecha, pero respondió el Presidente o Oydor más antiguo de la Real Audiencia que en manera ninguna consentiría que se le quitase su lugar, que es el primero des- Y es que por aquel entonces la fiesta seguía siendo un atributo señorial, como lo demuestra la crónica de una corrida celebrada el 6 de noviembre de 16 7 4, donde el número de caballos expresa a las claras el patrimonio y status de los ji netes:
Esta mesma tarde, a las tres, salió de Palacio el señor Virrey y la señora Virreina en su carroza nueva y con su silla de manos detrás, con mucho acompañamiento, y dió vuelta a toda la plaza, que estaba toda eJla cercada de tablados y aforrada de tablas, al uso de la Corte, y coronada toda de gente; y se fueron a la galería de Cabildo a ver correr los toros.
Don Miguel de Oruña y don Francisco de Le6n en traron en la plaza de Lima en carroza y con catorce caballos detrás, los ocho del capitán León y los seis de Oruña, y con sus espadas anchas y muchos rejones.
Al primer toro que salió dió Oruña dos rejonazos muy buenos y limpios; y en el discurso de la tarde di6 otros seis rejonazos, y los toros le hirieron muy mal dos caballos.
Don Francisco de León dió cuatro rejonazos y los toros le hirieron cuatro caballos y él hirió otro caballo en que iba con su espada ancha por dar al toro.
Ya tarde lo sacó de la silla un toro y a pie se fué al toro con su espada ancha en la mano y cara a cara le embistió; y el toro lo arrojó en el suelo y lo maltrató, que le lastimó en la cara del golpe.
Don Rodrigo de Mendoza entró sólo en la plaza, de aventurero, en su caballo, con dos pajes y dos rejones y los empleó bien, y salió muy airoso, sin mudar caballo y con muchos vítores 14 • Sin embargo, poco a poco estos «pajes» y auxiliares fue ron acaparando el protagonismo, quienes al lado de los indios consiguieron darle otro color a las corridas.
Un curioso cartel de 163 O da cuenta de las diversas suertes que se llevaban a cabo en las fiestas de la plaza de Lima:
Cavalleros Jinetes Primero: -AJ que mexor corriere y más ayroso anduviere en la plaza se le dará una pieza de agua blanca acastañada.
Segundo: -Una pieza de agua con pié.
Tercero: -Una tembladera con assas.
Cavalleros galanes U na taza dorada de plata.
Dos candeleros de platillos.
Una pieza de agua con pié.
Al cavallero que con más desayre corriere se le dará una higa de cristal guarnecicia en oro. llay dos cosas que n1erecen resaltarse del cartel anterior.
En primer lugar, la participación de «gente de a pié», cuya premiación por «las mexores suertes que hizieren al toro» in dica'la existencia de ciertos cánones o criterios a calificar que existían en Lima desde el siglo XVII 10 y, en segundo término, que la corrida en cuestión era organizada por el gremio de pla teros, por lo tanto, al margen de las fiestas oficiales del cabi] do.
¿Era común que los oficiales y artesanos de la ciudad feste jaran con toros sus días patronales?
Siguiendo los Diarios de Suardo y Mugaburu, que apenas cubren algunos años del siglo XVII y de manera arbitraria, podemos encontrar muchas referencias sobre encierros orga nizados por los gremios y otros colectivos, que suponemos de- Es interesante comprobar cómo en un sóio año podían realizarse cinco corridas, aparte de las cuatro programadas por el cabildo.
En esas fiestas los indios y negros pudieron ir in crementando su participación, ya que estaban perfectamente integrados a los gremios 18
• No obstante, tímidamente los ne gros comenzaron a ganar terreno en los encierros, y en enero de 16 31 celebraron su primera corrida: Evidentemente se trataba de una farsa montada por: os mismos amos, quienes ignoraban el in1predecible desenlace que sobrevendría años después.
De hecho, no sólo los negros te fiÍan sus fiestas, pues en febrero de 1631 los mulatos repre sentaron La Ilíada por las calles de Lima y «a 11 por la tarde lus mulatos por remate de su fiesta jugaron toros» 2ó.
Debe entenderse que un negro disfrazado de Agamenón e Aquilea, habría causado la misma hilaridad en los anillos taurinos.
La clase dominante toleraba y promovía esas paro c.lias que a la larga adquirieron carta de ciudadanía.
Es posible que en esos lances se gestara el capeo a caballo, suerte genui namente peruana y que ha sobrevivido hasta nuestros días.
De hecho, en diciembre de 1656 el Diario de Mugaburu con signa: <<Martes diez y nueve c;!el corriente, los negros criollos jugaron toros en la plaza; y hubo rejones y rompe-leño.
Tarde.. d 21 regoc11a a» Mientras tanto, los indios siguieron integrándose en las co-11idas a pesar de las disposiciones en contra 2'!, y así, hacia 1659, la población andina logró celebrar su propia fiesta en fa capital del virreinato, honrando la memoria de los incas y esquivando la muerte entre los cuernos de los toros: |
Analizando el movimiento de las 111anifestaciones por me ses, naturalmente, hay que contar con posibles influencias cir cunstanciales sobre el curso de sus curvas, con10 la falta Je mano de obra a causa de epidemias, escasez de alimentos como consecuencia de malas cosechas o la paralización de la pro ducción debido a rebeliones locales, incursiones de indios nó-1i1adas, de las cuales sufría la frontera del norte, o una huelga c: omo la famosa del Real del Monte en 1766.
No obstante que, desafortunadamente, pueden perturbar en cierto grado el curso de los ciclos estructurales, tales eventos no pueden ser tomados en cuenta aquí.
Espero que un período de siete años �ea suficientemente largo para ofrecer tendencias genera les, sin que resulten sustancialmente alteradas por hechos extraor dinarios.
Además, se da el irremediable problen1a de que no queda n1uy claro cuánto tiempo pasó entre la extracción del mineral de la mina, su beneficio y su manifestación en las cajas.
Ya la costumbre administrativa de algunas cajas de no abrir todos 1os días, sino, por ejemplo, solamente una vez en la se1nana, produce cierto desfase (véase Tabla 2).
nes se realizaran prácticamente sin la resistencia eficaz de parte de los empresarios 4 • Ahora bien, Sonora fue una región periférica en la época colonial, y no se puede esperar que sus estructuras sean re presentativas para el resto de la colonia.
Se dice generalmente gue la minería del siglo XVIII fue caracterizada por su rela tivamente fácil acceso al capital mercantil, lo que garantizó un elevado nivel de inversiones; y además que la mano de obra �e formó principalmente de un grupo de obreros asalariados especializados.
De haber sido del todo así, sería de esperar que no aparecieran ciclos productivos como los que se obser van en el caso de Sonora en las zonas mineras más importan tes, ciclos que se motivaron por los costos del desagüe y por la inconstante oferta de la mano de obra.
Esta hipótesis la intenté someter a un examen median te el uso de la fuente ya citada, bien consciente de que esto se volvería un camino áspero que no llevaría a una respuesta definitiva, sino más bien a una serie de preguntas y dudas• P-uevas.
Con todo eso, me parecen interesantes los resultados logrados.
El usar de una fuente de tipo fiscal implica preguntarse por la importancia del fraude y e � � contrabando, Soy cons ciente de este problema, sin embargo, creo que lo podemos pasar por alto en la presente temática, porque su tratamiento no depende de si los datos son completos o no. No es de sospechar que el fraude se realizó con oscilaciones estacionales. ntrales, sino a las operaciones de trabajo que seguían a ésta, que eran el beneficio del mineral y el transporte del metal a L1 caja.
Muchas veces la plata pasta no manifesteda fue objeto de una amplia circulación antes de que se le registrara en la Refll Hacienda 5
• Estas afirmaciones adquieren un significado importante trente al hecho de que los distritos de las distintas cajas estaban interiormente estructurados de formas muy diversas.
Mientras que en unas se manifestaron casi exclusivamente las produc ciones de sus alrededores cercanos, a otras les llegaron meta les de una multitud de reales de minas dispersos sobre un vasto territorio.
Al primer grupo pertenecía en primer lugar Bola - fios (sobre el cual no dispongo de datos), Guanajuato y Pachu ca.
El segundo lo formaban Durango -cuya zona administrati• va abarcaba aproximadamente los estados actuales de Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Durango-y Guadalajara, donde se re gjstró la producción de la Nueva G�licia y Nayarit, así con10 la mayor parte de Sinaloa y también una porción de Sonora.
Las otras cajas cubren dimensiones territoriales entre los dos extremos.
Por este motivo, i los registros en las cajas de Duran... ge y Guadalajara sólo se pueden tomar en cuenta para la in... terpretación en forma limitada.
Los ritmos observados en las diferentes cajas no son cla ros a primera vista.
Presentan marcadas oscilaciones, pero desiguales de caja a caja y de red 3 real.
Su interpretación no es fácil.
Ahora bien, ¿por qué motivos podrían producirse ciclos estacionales en la presentación de las manifestaciones Je oro y plata?
A mí me interesó principalmente una posible relación con la oferta de la mano de obra, pero para no llegar a conclusiones apresuradas, hay'-�üe pensar primero en otras explicaciones.
INFLUENCIAS DIRECTAS DEL CLIMA
EN LA PRODUCCIÓN DE METALES PRECIOSOS
De éstas tienen que ser consideradas especialmente dos, que podían haber afectado el monto de las manifestaciones.
Ambas son de tipo técnico, una en la fase de la extracción, la otra en la del beneficio.
Las lluvias del verano agravaron los problemas del desa güe en las minas y podría ser que la extracción durante este período haya bajado algo.
Este problema, principalmente lo enfrentaron las muchas minas pequeñas y medianas, desprov�s tas de capitales propios o créditos para aguantar los esfuerzos del desagüe.
Pero incluso un minero tan prestigiado y exito<5o como José de la Borda lamentó los crecidos costos de producción que le causaron las lluvias en sus minas en Tehuilotepec, cerca de Taxco6 • Los meses secos y fríos del invierno podían aliviar e•�te problema, pero traían otras dificultades.
La falta de pasto di ficultaba el transporte del mineral, de la leña y del carbón a lomo de mula a las haciendas de beneficio7
• Asimismo, se sabe que la rapidez y la eficacia del método de patio, el proceso de:e finamiento más importante de la época, disminuía con el frío, lo que es posible que haya provocado una baja en los n1eses de invierno, porque no se podían refinar los n1etales al n1ismo rit mo que salían de las minas y entraban a las haciendas de beneficio.
Un obstáculo para verificar tales influencias en la conta bilidad de la Real Hacienda se encuentra en los efectos opues tos del clima cálido y lluvioso del verano para la extracción, por un lado, y para e] beneficio, por el otro.
Además, parece que u1 los distritos n1ás norteños, donde se dan las temperaturas más bajas, fue bastante estimada la amalgamación caliente, t 1 llamado método de cazo ( que fun r:"Íonaba independientemen te de las temperaturas exteriores), sino es que del todo predo minaba la vieja tecnología de la fundición 8
En los dos períodos respectivos, fn Durango se producía con esta tecnología el 46,1 % de la plata amalgamada, el 13,8 % de toda la plata y el 11, 9 % de la r.. roducción total, incluyendo el oro; en Sombrerete de 1761 J 1765 las correspondientes proporciones eran más altas: el 74,6%, el 61,1 % y el 61,0%, respectivamente.
A lo mejor hay que contar con una situación similar también para San Luis Potosí, donde más adelante la � amalgamación caliente predominó casi totalmente, haciendo desaparecer incluso,1 la fundición, que en la época analizada aquí todavía fue muy usa <.fo en su distrito (véase Tabla 1).
Si las temperaturas afectaron el desarrollo de la produc ción por su influencia en la rapidez del beneficio, en tal caso, cabría pensar que las manifestaciones de la plata de fuego siguieron un ritmo distinto de aquellas de la plata de azogue.
Tal tendencia, sin embargo, apenas se vislumbra.
Al compa rar las curvas de las desviaciones de los promedios de los res pectivos registros de los dos tipos de plata, se observa un aumento en la importancia relativa de la plata de fuego respecto de la de azogue en los meses de frío (véase Gráficas 1.1-6).
En Pachuca entre noviembre y febrero, en México de enero a mayo, en Guanajuato de enero a marzo y en San Luis Potosí de noviembre a abril.
A primera vista, esto puede pa-..
MOVIM í ENTOS EN LA REAL HACIENDA 9 reccr impresionan te, pero las diferencias entre las dos curvas co son 1nuy grandes.
En San Luis Potosí, el terreno ganado por la plata de fuego durante el invierno está interrumpido ror el mes de enero, en el cual las manifestaciones de plata de C!
Zogue llegan a su tope.
Prácticamente en un ritmo idéntico se realizaron las manifestaciones de la plata de fue g o y de azogue en Zacatecas.
Tal vez, aquí se utilizó, como en el cer cano Sombrerete y en Durango, en proporción mayor el mé todo de cazo, lo que hubiera compensado la influencia de la temperatura en el proceso de amalgamación.
No se elaboraron curvas referente a Sombrerete por la presencia mínima de la fundición y en lo que se refiere a Zimapán por la ausencia co! ll pleta de la amalgamación en sus distritos durante los años tratados.
Naturalmente, sería más claro un análisis de las cuentas de una hacienda de beneficio.
Desafortunadamente, una fue11te de este tipo no está a mi disposición.
Sólo se puede utilizar la ya citada investigación sobre dos empresas sinaloenses (véa se nota 2).
Representa cierta desventaja que los autores han observado la movi1idad estacional de la producción de plata entre 1769 y 177 3 por trimestres, lo que no permite ver las oscilaciones exactas mes por mes.
Lo que queda bien estable cido es que la producción máxima se dio en todos los años en el período de julio a septiembre, mientras bajaba clara mente durante los meses de invierno, lo que hace patente ]a posible influencia climática en los procesos del beneficio O • En conclusión, parece que el clima influenció la elección del tipo de beneficio a emplear10, pero hay que suponer que 1a influencia negativa de las lluvias en la extracción sobrepasó a la de las tetnperaturas bajas en el beneficio.
BERND HAUSBERGER los DÍAS FESTIVOS
Y LA PRODUCCIÓN MINERA
En un documento de Chihuahua, los mineros locales plan tearon ampliamente los problemas que les causaban los paros productivos estacionales.
En primer lugar mencionan la in terrupción causada por la Pascua y la Navidad.
En estas épo cas, así dicen, les abandonaba su gente de servicio para fes tejar, descansar o escaparse de la obligación de confesarse y no regresaban antes de una semana.
Asimismo, en el tiempo de la Navidad al gu nos obreros solían ajustar sus cuentas d e �neldo y dejar a su dueño oficialmente, los cuales en general no podían ser reemplazados de un día al otro11
• Si se ven ]os registros de los metales por quincena de algunos reales de minas que tenían una Real Caja propia ( excluyéndose de esta manera, en la medida de lo posible, la influencia del trans porte) se observará una imagen muy heterogénea.
En algunos años, por ejemplo en 1761, se nota una baja clara alrededor de las fechas referidas, en otros no, así como tampoco en la gráfica que se basa en el total de los siete años ( véase Grá ficas 2.1-8)12
• Si se ven• las referidas fechas en detalle, se puede cons tatar que en los días inmediatamente anteriores y posteriores el.el domingo de Pascua no había registros en ninguna de las cajas., pero existían grandes diferencias referente a la dura ción de este período de caja a caja y de año a año.
Dado el número, en general reducido, de días en que se efectuaron re gistros (véase Tabla 2), no se puede deducir mucho de esta circunstancia.
Lo que le resta cierta significación es el hecho que son sólo pocas las fechas en que nunca aparecen maní-
tri,,,., - -,,,,,,, -,,, - • De todas maneras, este punto integra la ofer ta de la mano de obra a nuestras consideraciones, con lo que he llegado al momento, según mi parecer, más interesante en el análisis de los ciclos estacionales de la producción minera.
f: ICLOS AGRÍCOLAS Y CICLOS MINEROS
El clima pudo afectar a la minería en forma indirecta a través de su influencia en la agricultura.
Esto se observa, por ejemplo, en grado exagerado en Sonora, lo que ya he mencio nado más arriba.
Allí los indios y mestizos de las misiones y BERND HAl1SBERGER de ]os ranchos sólo se iban a las minas cuando sus tareas de campo les dejaban libres.
Tambié�, d1 Chihuahua, mucho más potente económicamente, hay indicios similares, sin que'3U importancia real quede clara.
En un informe se habla de <da e�casez de peones que por este tiempo, y particularmente en el antecedente, hay y ha habido, porque los indios, que también �yudan, han estado y están en el laborío del campo por estar este prefinido [sic] a ciertas ocasiones y tiempos».14 Inclu so en Potosí, en los Andes de Bolivia, Enrique Tandeter ob servó hacia finales de la Colonia una baja en el número de cbreros, tanto libres como forzados, durante el tiempo de la cosecha, lo que le hizo suponer cierto lazo de ellos con el Cárnpo u •.
Las condiciones de Chihuahua, y menos las de Sonora, quizás no puedan ser consideradas como típ_ icas de la mine ría novohispana.
En general, es común la opinión de que el ramo industrial funcionaba, en su mayoría, gracias a una pequeña dase de obreros libres y especializados y, de esta manera, se podría esperar el que no se reconozca ninguna baja en la p;•o c.ucción en los meses de intensivo trabajo del campo, salvo una muy leve, pero provocada por las inundaciones de parte de las minas.
Pero esto hay que verlo en detalle.
En primer lugar, se necesita saber cuándo se realizaron los trabajos de campo en las distintas regiones de México.
Par� no complicar cien1asiado el asunto, hay que limitarse al maíz, que era la planta más cultivada en la Nueva España y la base alimenticia de la población.
En el centro de México se prepararon las milpas de maíz de abril a mayo y se cosechó de noviembre a febrero.
Esto no quiere decir que en las otras partes del año los campos no hubieron requerido de trabajo, pero los meses referidos eran ]os más intensos,1._ En realidad se observa una clara baja de 1as manifestaciones en la caja de Niéxico de abril a julio, en no viembre, enero y febrero.
En estos períodos caen también la Fascua y la Navidad.
En México, las manifestaciones del año 1744 no se asemejan a la imagen de los años sesenta.
Sin embargo, es necesario decir que, en este año, la curva es alta mente influida por dos registros en noviembre, el uno de una cantidad inusualmente alta de plata no identificada en cuanto •1 su origen local, y el otro de metal procedente de Mazapil, en la Nueva Vizcaya, que tuvo que ser conducido a lomos de• 1nulas por el largo camino a México.
De todas maneras, re uíendo presente las diversas circunstancias casuales que po dían influir la curva de un solo año, ésta no puede ser tomaJa tan representativamente (Gráfica 3).
En Pachuca, donde las oscilaciones son muy débiles, se registra una muy leve reducción de abril a junio, y algo más fuerte, de octubre a diciembre, prolongada más suaven1ente hasta febrero (Gráfica 4.2).
En Zimapán la curva toma e ttc rumbo.
Hay una fuerte baja en agosto y septiembre, que tal vez se explica por las inun daciones de las minas a causa de las lluvias de verano.
Otra Laja en noviembre se podría originar por la ocupación de la mano de obra en la cosecha, pero la fuerte actividad en la caja en diciembre y enero contradice algo a tal inclusión, sino es que bs cosechas ya se habían terminado para este período (Grá.. fica 4.6).
En el Bajío se sembró el maíz en mayo y junio y se co.. �,echó en diciembre 17
• Contando con el desplazamiento causa do por la amalgamación de los n1inerales, a lo mejor más pro longado en el invierno que en el verano, el ritmo de las ma- rían mucho de los hasta ahora mencionados.
La curva de las manifestaciones en esta caja es muy irregular como para atre \•erse a dar una interpretación segura.
Por lo menos, presen ta la misma baja de febrero a junio (¿preparación de los cam pos y siembra?), en agosto (¿inundaciones? ¿ cuidado de 1as milpas?), otras en octubre y diciembre (¿cosecha?).
Aparte, la curva observada está caracterizada por un fuerte ascenso en enero.
Es difícil de interpretar, sino es que para e• ste mes, una vez terminadas las cosechas y aún no iniciada la prepara ción del campo para la próxima siembra, los empresarios dis pusieron de un número particularmente elevado de mano obra.
El retiro de mano de obra a los campos seguramente se d:o mucho más entre el grupo de los trabajadores no especia-]izados que realizaron el transporte de los minerales a las ha c.tendas de beneficio, el molido, etc.; puede ser que a su re greso encontraran cantidades acumuladas de mineral extraído por los trabajadores especializados, cuyo refinamiento para ese momento provocó un nivel de producción desproporcionalmen te alto.
Como aquí se fundía casi la mitad de los minerales y ce la otra mitad probablemente se sometía una porción al método de cazo, estas cantidades podían ser beneficiadas rá?i damente.
Pero todo es una hipótesis (Gráfica 4.3).
Hay que recordar que la curva del no muy lejano Zimapán, donde todo el mineral se fundía, ofrece un auge parecido en diciembre y eriero.
En Zacatecas la situación es algo más clara, a pesar de que también aquí se observa la pronunciada alta en enero.
Las bajas en febrero, en mayo y junio y de agosto a diciembre, sin embargo, son más claras y se pueden explicar, como en las ctras cajas, por la preparación de los campos, la siembra, las inundaciones y la cosecha (Gráfica 4.5).
De esta manera casi todo el año consiste en bajas, lo que es poco satisfactorio para un análisis.
En el vecino dist.�ito de Sombrerete se da!a baja de marzo a mayo, en agosto,, y de octubre a diciem bre ( Gráfica 4.4).
Si dejamos las cajas para ver los movimientos mensuales de las manifestaciones de los reales de minas, hay que decir primeramente que éstos ofrecen una base numérica mucho más estrecha que las cajas, en consecuencia, cualquier influencia circunstancial se expresa más chtran�ente que en las manifesta ciones sumadas de cada caja.
Sin para los distritos de Guadalajara y de Durango no hay otro camino que ver por separado los reales más inmediatos a las dos ciudades.
Para Guadalajara, los resultados no son del todo claros.
Con la excepción del Real de Guachinango, se observa en fas curvas elaboradas cierta tendencia a la baja durante los n1eses 2el verano, que en algunos casos ya se inicia en marzo y abril, a lo mejor por los días festivos de la Pascua.
Puede ser que esta situación constituyese una consecuen ('13 del impacto unido de los trabajos del campo y de las llu vias de verano19
• En las pequeñas y, probablemente, poco capi talizadas minas de la nueva Galicia, de la misma manera como está documentado para la periferia de Sonora, el peso de éstas ultimas hay que suponerlo más alto que en un lugar como Gua najuato (Gráficas 5.1-10).
Para el distrito de la caja de Durango la imagen es uni forme, si se excluyen los lejanos reales de Sinaloa, de Sonora y de la Villa de Chihuahua, cuyos ritmos de registro obedecían a los largos transportes.
En casi todos los reales observados l, ay una baja bastante clara en los meses de noviembre a enero, ctra alrededor de marzo.
Dos caídas más son menos generali zadas, una alrededor de junio-julio, y la otra en septiembre octubre.
En la Sierra Tarahumara, se siembra el maíz entre 1.l,000
De esta manera, los ciclos observados en los registros corres ponden en mucho a la situación vigente en la agricultura (Gráficas 6.1-8).
Al observar las manifestaciones procedentes de los rea les que componen los distritos de las otras cajas, la situación es bastante heterogénea.
En Guanajuato s6lo se pueden obser var los metales de Comanja en los Altos de Jalisco, cerca de león; Guanajuato, manifestaciones presentan una baja de mayo a junio (¿siembra?), en noviembre (¿cosecha?), de febrero a marzo (¿preparación de los campos? ¿cosecha pro longada?) y otra en septiembre (¿inundaciones? )
( Gráfica 7)21 • Las de San Luis Potosí son bastante equivalentes (Gráfi cas 8.1-4).
En cuanto a Zacatecas, para los registros de Asientos se observan, marcadamente, las 1n: smas bajas que en el total de la caja, sólo que son desplazadas un mes por adelantado, lo que se pudo originar por la distancia del real a la caja.
Para Fresnillo se da una fuerte baja de marzo a mayo y otra en septiembre y octubre (Gráficas 9.1-2).
Todos los pequeños reales del distrito de Zimapán pre sentan una baja más o menos pronunciada en la primavera, alrededor de abril, y otra en el verano, las cuales se pueden relacionar con las preparaciones de los campos y la siembra y, en la segunda estación nombrada, con las inundaciones.
En Es canela y en el Cardona! se dan dos bajas más entre octubre y noviembre y entre diciembre y enero, tal vez por las cosechas (Gráficas 10.1-3).
En total la base numérica de todos estos ejemplos parece demasiado pequeña para poder construir sobre ella un sólido cuerpo de interpretaciones.
Quedan por último los reales del distrito de México.
Aquí la concordancia entre los ciclos agrícolas y los movimientos de las manifestaciones es muy clara.
Para repetirlo: en el centro de México se prepararon los cultivos de maíz de abril a mayo y se cosechó de noviembre a febrero.
JU.,1:1, apil.,C,000 11,000 Estructuras similares se dieron, en cierto grado, en el campo de la Nueva Galicia, pero allí la minería era más débil y, consecuentemente, más subordinada a las necesidades de la �gricultura que en lugares como Taxco o Sultepec y, a la vez, más expuesta a los problemas del desagüe durante la época de lluvias.
Con toda esta enumeración de altas y bajas en las distin tas partes de la Nueva España no se pretende dar una comple ta explicación de la relación entre minería y agricultura.
Pero 1.os números presentados indican cierta relación entre los dos sectores, la cual se puede esclarecer con la tesis de que la mi-nería se apoyó en cierto grado en el mismo cuerpo de mano de obra.
Tal vez esto relativize un poco el mito de la mano de obra libre, flotante y bien pagada en las n1Ínas de la Nueva Es paña.
Es cierto que, ya por la naturaleza del trabajo n1ine. ro, muchas tareas dentro de la mina y en las haciendas de bendi Lio fueron realizadas por especialistas.
Pero el funcionamiení.. o de la minería dependía de la misma manera de una multitud de cargadores, arrieros y peones para simples trabajos manuales que no requerían un entrenamiento especial.
Estos, probable mente se reclutaban o entre la población agrícola, tanto de hs comunidades indígenas como de los ranchos mestizos, o entre un grupo de trabajadores eventuales y errabundos que se ha t, bservado en muchas partes de la colonia y que se contrata 1.)a siempre donde y cuando más convenía, que se movía entre empresas n1ineras, haciendas agrícolas, empleos en d sist�tna de transporte y distintos servicios que podían encontrar en los centros urbanos:H. Parece lógico que referente a este último grupo, la competencia entre agricultura y minería por la mano de obra disponible aumentaba en los períodos de intensivo 1J abajo del campo, de manera que también la oferta de ios obreros eventuales, a pesar de que no fueran can1pesinos, se t edujo para la minería.
En la investigación, que he citado ya varias veces, sobre una en1presa del sur de Sinaloa, se dan algunos datos sobre el pueblo de la hacienda n1inera de San José de Gracia entre tnarzo de 1771 y marzo de 177 2, los que conviene reproducir aquí.
Los autores observan un descenso en el número de tra bajadores de abril a mayo y de agosto a mediados de diciem bre • 2:;.
Desafortunadamente no tengo a la mano información sobre los ciclos agrícolas de esta zona de tierras calientes.
Pero supongo que la primera baja coincide con la época de siembr'l; k segunda se explica probablemente con los crecientes pro biemas de desagüe durante el verano y con las cosechas en el c, toño.
El hecho de que las fluctuaciones en el número de cbreros sean algo más fuertes en la mina que en la hacienda de beneficio nos llevaría hacia la misma conclusión.
No se ol \ide que el refinamiento de los minerales en las haciendas llegó a su tope en el trimestre de julio a septiembre.
Como va he dicho en otro lugar, los autores del estudio ri tt1do creen en cierta influencia, en las oscilaciones observadas del número de obreros, de las principales fiestas cristianas, ]a Semana Santa en la primavera y la Navidad en diciembre.
A esto se puede agregar que el ca]f; nd3tio de las festividades re ligiosas se estableció en cierta concordancia con les ciclos, 1 •?,O agrtco as -.
El amplio recurso del trabajo estacional, si bien limitó la constancia productiva, resultó �e cierta ventaja para las fin�n• zas de los mineros.
Les permitió reducir la remuneració n de estos obreros estacionales, porque no era necesario que los �a Jarios recibidos en las, minas les alimentaran a ellos y a sus fa milias todo el año.
La importancia del trabajo migratorio y estacional reclutado entre campesinos ha sido analizada en muchos sistemas coloniales.
Primeramente para algunas reg io.. nes africanas en el siglo XIX, después en un artículo muy estimulante de Enrique Tandeter para la minería del Potosí en �1 siglo XVIII 27
• Lo n1ismo se ha observado en varios estu... c? ios de caso de las grandes haciendas agrícolas novohispanas que se apoyaron en gran medida en el trabajo estacional.
Se llegó incluso a organizar un sistema de «trabajo migratorio>> (• n tre producción de subsistencia y producción de mercado en sus propias tierras, dando a los peones residentes campos para tu propio uso, lo que les permitió aprovecharse de ellos sien1-1:•re que los necesitaban, y despacharlos a casa si preocuparse Je su abasto una vez que el trabajo fuera cumplido �s.
La búsqueda de posibles ciclos estacionalef) en las mani festaciones descubrió marcadas diferencias entre las distintas zonas mineras de la Nueva España, que parecen originarse, por io menos en parte, en las particulares condiciones en cuyo marco se realizó la minería en cada región.
Esto, por lo me nos, puede servir como advertencia para no generalizar estruc - turas observadas en determinados lugares para toda la colonia.
En general, se puede percibir una cierta coincidencia entre ciclos agrícolas y ciclos mineros, que merece ser profundizada en otra ocasión.
Tal realidad contradice al postulado de la mano de obra minera especializada e independiente y a todos aqué llos que han querido ver en la minería novohispana un «capi talismo» temprano basado en el trabajo libre asalariado 2H.
Muy contrariamente, pone a ia producción minera en el marco L 1 t' una sociedad fundamentalmente agrícola (lo que corres ¡:onde a una vieja tesis de Enrique Florescano, en la cual señaló la preponderancia de la agricultura en la economía novohispa na del siglo XVIII ao).
Esta situación es más marcada en el centro de México y en la Nueva Galicia que en Zacatecas o Guanajuato.
También queda fuera de duda que tales estruc turas afectaron en mayor grado a minas pequeñas y poco ca pitalizadas que a empresas grandes, como la del conde de Re- gla en Real del Monte.
Ahora, la opinión generalizada es que la minería mexicana de esta época estuvo fuertemente domi nada por empresas de tal tamaño.
Pero esto constituye sola n1ente otro mito que se ha desarrollado alrededor de ella, tema que me está ocupando actualmente y que presentaré en otra., ccas10n.
Claro está que mis afirmaciones se mueven en mucho to davía a nivel de hipótesis.
Para poderlas verificar, especificar y, si es necesario, modificar, se requiere aún más trabajo de ar chivo que arroje información adicional a la fuente aquí uti lizada. |
Este trabajo, si bien se integra en la probíemática global que es la nuestra, o sea el estudio de las élites coloniales ve nezolanas en una perspectiva comparada -aprovechando un trabajo anterior sobre Nueva España y la coordinación de un proyecto de investigación-y en sus distintas expresiones (detentadoras de un poder -económico, social... -pero tam bién de un saber) parte en definitiva de una constatación, en cierta manera de un balance, un.poco inevitable a la hora preci samente de definir el término «élite» y más todavía cuando se relaciona con un tema conexo de índole institucional.
Cuan do se aborda el tema del poder político de estos grupos domi nantes de la sociedad colonial: imericana, si la aproximación no se limita a una descripción de los mismos, se hace sjguiendo unos presupuestos de índole económica, por no decir econo micistas, que evidentemente no están desprovistos de interés pero sí contribuyen a ocultar no pocas facetas de los persona jes que nos interesan.
Por el otro extremo, se considera a las élites llamadas, no sin casualidad, «élites institucionales» en relación casi exd11siva con el funcionamiento de una institució11 indiana y no necesariamente del sustrato social en que evolucionan y que determina en gran medida sus actitudes, tanto a nivel políti co como personal.
En cuanto a las instituciones indianas que * Ponencia presentada en el 47.° Congreso Internacional de Americanistas, New Orlr! ans, 7-11 de julio de 1991.
�ean puramente administrativas o económicas (Consulados Je comercio, Tribunales de Minería), también se estudian en el marco de referencia del vínculo colonial, en otros términos como elementos de la cadena que une las distintas regiones del imperio de América; sólo de manera verdaderamente excep cional se evocan los hombres que impulsan el funcionamiento áe las mismas.
• Por lo tanto, nuestro propósito consiste en tomar �n cuenta las mentalidades y los comportamientos de las élites caraqueñas en vísperas de una independencia particularmente contrastada; enfoque que contribuye no poco a precisar la primera forma de aproximación -que participa de la antro pología social e intenta definir, más allá de los intereses en juego, que a menudo son efectivamente de tipo económi co--las formas de sociabilidad que sostienen el funcionamien to interno del grupo, de esa «gran familia» -para retomar el término acuñado por Doris Ladd en su estudio de la no bleza mexicana en vísperas de la Independencia-que elegi mos para acercarnos a una sociedad particularn1ente con1pleja en comparación con otras 1reas de Hispanoamérica.
De tal forma que, junto a la reconstitución -basada en el método prosopográfico-de las redes de parentesco y amistad, de �os clanes o incluso de los partidos políticos conforme vamos avanzando hacia el siglo XIX, quisiéramos abordar este micro.. cosmos desde el punto de vista de la historia de las ideas -que encaja de cierta manera en las «estructuras mentales» que con templamos anteriormente, o las prolonga según un punto 1e vista particularmente abierto que es el de los especialistas de las mentalidades-, en una perspectiva político-lingüística: Ja aproximación antropológica toma en cuenta -en el caso que nos interesa-las prácticas del grupo considerado; en cam bio, este acercamiento privilegia el discurso de las élites, en cuanto grupo -dividido o no-y personas (ciertas individua lidades muy fuertes).
Las mismas circunstancias que presidie ron la evolución del Cabildo caraqueño nos autorizan a adop-CABILDO COLONIAL: CARACAS, 1750-1810 3 tar una progresión cronológica dentro de este análisis, que no ro mpe en absoluto con la temática adelantada 1
Antes de pasar al período que nos interesa, nos pareció conveniente sostener nuestro análisis en unos puntos de refe rencia que, si bien sitúan al Cabildo caraqueñc en el marco general de esta institución municipal hispánica, también con - tribuyen a resaltar ya algunas de sus características y originalidades más decisivas.
El papel de esta institución en un período de Reconquista/ conquista ya se ha estudiado con una relativa precisión, así como la otorgación por el monarca de unos privilegios que llegan a formar la médula de la institu ción -los fueros-y la base de su orientación autonómica, que hizo de las corporaciones. municipales un actor político de primer grado.
Un hecho, unas prerrogativas que no des mienten en absoluto el proceso de conquista que se inicia en tierras americanas en un momento en que, paradójicamente, los Reyes Católicos emprendieron su labor centralizadora y por consiguiente la aniquilación de las autonomías urbanas, especialmente por medio de la designación de un corregidor, por Jo cual la justicia se impartía por delegaci6n del poder real 2 • Ahora bien, las circunstancias de la colonizaci6n de Amé rica (distancia del poder central) y por consiguiente la ampli tud de actuación dejada a los municipios para poblar estos
reinos, confortaron el arraigo del régimen municipal en Jos erpíritus, a través de los cabildos.
La autonomía de los ca bildos americanos, desde el primer momento, es un hecho �mpliamente comprobado.
De ello aporta una significativa ilustración la historia de los cabildos venezolanos, y en especi!-11 del de Caracas.
No insistiremos en las funciones económir3s impartidas a los cabildos indianos, o simplemente adminis ttativas.
En cambio, sí queremos resaltar una de las caracterí'3ti cas más decisivas del Cabildo caraqueño en el terreno político: muy pronto, los alcaldes quedaron autorizados en efecto para el gobierno político en ausencia del gobernador, disposición plasmada en la real cédula de 8 de diciembre de 1560 �n corporada en el corpus jurídico de la Recopilación.
A conse cuencia de esta decisión el Cabildo ejercerá la gobernación de la ciudad de Caracas a través de sus alcaldes en varias opor tunidades: 1651, 1674, 1677 8 • Desde febrero de 1675 inclu so, el Cabildo se hace eco de una reivindicación: pide que en íos casos de muerte o de ausencia del gobernador, los alcal ¿es caraqueños tengan jurisdicción en toda la Provincia.
La solicitud fue rechazada en un primer momento pero por real cédula del 18 de septiembre de 1676 (y luego del 26 de agosto de 1694) los alcaldes ven confirmada su jurisdicción sobre tooa la Provincia en caso de muerte del gobernador.
En 1704, el gobierno del Cabildo choca con las decisiones de la Audienda, y en 1720, con el virrey de Santa Fe.
Una de las últimas desavenencias entre el Cabildo y el gobernador respecto al derecho de los alcaldes a ejercer el go bierno en ausencia del titular, tuvo lugar bajo el mandato de Diego de Portales y Meneses (1721-1728).
En marzo de 1722, este funcionario decidió en efecto suspender al alcalde de la Santa Hermandad de Valencia y quiso designar lugartenientes suyos en las ciudades de su jurisdicción; asimismo le encargó al obispo Escalo�a y Calatayud, con motivo de un viaje al 1n-terior, el gobierno de la ciudad, haciendo caso onüso del reque rimiento del Cabildo; el 17 de 1-�ner� de 1723, el Cabildo')btitne del rey la real cédula por la cual se ordena entregar el gobierno a los alcaldes y se prohibe hacerlo en lo sucesivo a los eclesiásticos.
Pero el 14 de septiembre de 1736, con motivo de los informes mandados por Lardizábal, defensor de la Com pañía Guipuzcoana, se derogó los privilegios de los alcaldes por otra real cédula, poniendo fin a una etapa importante de la historia del Cabildo caraqueño como actor político ".
El papel ordenador del Cabildo caraqueño en los asuntos más variados se manifiesta a todas luces en su intervención -y no solamente en su papel consultivo entonces: en el si glo XVII se discute ya en las reuniones capitulares uno de los temas que más relevancia va a adquirir en el transcurso del f.Íg]o XVII: el tabaco, elemento -entre otros-del comercio ilícito que se realizaba con los barcos extranjeros, cuyo cultivo se prohibió en esa oportunidad • ( diciembre de 1604, real cé dula de 1606); para la defensa del cacao venezolano y de su precio, especialmente del que se mandaba a México, el Ca bildo, en 1678, obtiene la publicación de una real cédula que impide el cobro de una tasa especial en Nueva España; otro tema conexo: el comercio ilícito, particularmente con la isla holandesa de Cura�ao (muchos capitulares se aprovechaban de este comercio, pero oficialmente se atiende las órdenes rea les en contra de estos intercambios, aunque el tema no deja de plantearse hasta las resoluciones de los años 1780, en que �e autoriza el libre comercio); la cuestión de los solares y tie rras otorgadas por el Cabildo, junto al problema de los propios; e1 orden de las calles y el embellecímiento de la ciudad; la
Anuario ele Estudfoa Americanoa (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es sivamente la esfera de lo civil: la real provisión leída en la sesión del Cabildo de 11 de septiembre de 1 713 ordena a los jueces eclesiásticos no proceder contra legos...
Ahora bien, en muchos casos, durante el período que nos interesa, el catali zador de estos conclictos lo van a constituir ya no las diver gencias de tipo político -los alcaldes ya no tienen derecho a gobernar-sino una preocupaciones de tipo económko.
EL CABILDO, ANTECÁMARA DEL CONSULADO En el contexto de las reformas borbónicas y del auge que c.aracteriza el siglo XVIII en varios aspectos, un tema adquiere especial significación: el de la libertad del comercio, vinculado con el papel controvertido de la Real Compañía Guipuzcoana, de 1728 (fecha de creación del. monopolio), a 1784, año en que se decreta su abolición.
Esto en una coyuntura sumamente favorable para la Provincia, durante la cual se convierte en un espacio comercial y exportador de primera importancia dentro de la economía imperial y de las preocupaciones fiscales de la Corona.
Está claro que el comercio marítimo adquiere en ese momento unas connotaciones muy especiales, derivadas del hecho de que el territorio de la provincia vive económi camente de lo que exporta y de lo que importa; la sociednd local, sus élites económicas, viven por lo tanto, «proyectada[s] de esta forma hacia su comercio exterior» 0 • Destitución de un gobernador (García de la Torre en 1 7 3 2, acusado de en torpecer las realizaciones de la Compañía); «desafuero político del Ayuntamiento» bajo el gobierno de Lardizábal (1732-1737)': en ningún momento la Compañía, por medio de los informes de sus factores, y las gestiones de sus apoderados en España, dejó de presionar por el control FRfDtRIQUE LANGUE de la vía quizás más importante del comercio venezolano en aquella época: la carrera de Veracruz, hacia donde los cose cheros embarcaban el cacao, en vez de entregárselo a ella.
Por medio de su factor, la Compañía impuso entonces la fijación de una cuota, la cual tuvo como consecuencia una disminución del precio del cacao para mayor beneficio de la Compañía.
Esta se valió además de una estratagema para controlar de manera definitiva el comercio del cacao: le propuso al Cabildo pagar 3 pesos de más por fanega -o sea 14 en vez de 11a cam bio de la renuncia por la provincia de Caracas a su comercio en favor de la Guipuzcoana (sepüembre de 17 38).
A la vi�ta de la degradación sufrida por el comercio con Nueva España, d Cabildo accedió a esta petición, acordándose que la mitad de la capacidad de las naves se reservaría para los <<coseche ros», fuente de repetidas discrepancias en los años siguientes.
Es el momento en que se perfiló una primera escisión dentro del Cabildo: el conde de San Javier y el marqués del Toro, principales productores, dueños de embarcaciones que cubrfan precisamente la ruta de Veracruz, consiguieron de la Corona ]a anulación del contrato, y encabezaron la resistencia contra d monopolio, incluso dentro de un Cabildo preocupado r_, or la baja de los precios.
En repetidas ocasiones se les acusa de c.ooptar -con la colaboración de los canarios-a los alcal des y procuradores; en 174 5, resultó electo como alcalde de primer voto el marqués de Mijares, primo del conde de San Javier; en 1746, los dos alcaldes, Domingo Antonio de Tovar y Juan Félix Blanco Villegas, resultan ser familiares del conde; otros ingresaron como regidores.
Tal es el caso de José �1i guel Gedler y Juan Tomás! barra.
Ahí tenemos, de manera cada vez más nítida, lo que es quizás el elemento clave de la cohesión de las élites caraqueñas a lo largo del período colo nial, así como el factor explicativo de su inscripci6n en la larga duración, que hace de ellas unas élites «principales» en Amé rica, por oposición a las élites «secundarias»: los vínculos de parentesco, que las convierten en una «gran familia», refo r zada además por las formas de parentesco espiritual ( compa- • Esta presencia de los grupos fa1niliares en el seno de las instancias de poder económico-Cabildo, y más ade lante, Consulado-lleva al gobernador, entonces Zuloaga, a solicitar -en vano-de la Corona ( enero de 17 46) la anu lación de esta elección.
Con la insurrección de Juan Francisco de León en 1749 se instaura otro orden de relaciones entre la Compañía y los productores locales.
Sindicado por la Compañía, el teniente de gobernador y justicia mayor del Valle de Panaquire expresó en realidad el descontento de las élites económicas.
El 22 de abril el Cabildo se reunió al efecto de considerar la situación, presidido por los alcaldes Nicolás de Ponte y Mi gu el Blanco Uribe.
Después del gobierno -a fin de cuentas concilia dor-de Arriaga, empezó un período de denuncias de ios perjuicios sufridos por los cosecheros.
El interlocutor del Ca bildo, el gobernador Ricardos, quien toma posesión de su car go en junio de 1751, confirma a 1�.
Compañía en sus prerroga tivas.
Ahora bien, en una sesi6n extraordinaria del 24 de junio de 17 51, el Cabildo logró dos objetivos fundamentales: el derecho de intervenir en la fijación de los precios de los pro ductos exportados por la Provincia y la posibilidad de seguir comerciando con Veracruz con unos buques que no fuesen de fo Compañía; asimismo logró a mediados de 1752 la puesta en libertad de dos de sus miembros, presos a raíz de.la subleva óón contra la Compañía, el alcalde de segundo voto Luis Arias Altamirano, y el regidor Pedro Blanco del Ponte, encar celados desde julio y agosto de 17 51, respectivamente, y al con de San Javier en Madrid.
La verdad es que el mismo Arria ga había aconsejado estas libertades, por el grado de parentes co que vinculaba a la nobleza caraqueña 8
Poco a poco, el Cabildo fue desarrollando un nuevo papel t: conómico en la'vida de la Provincia, ingresavdo por meJio de los cosecheros en la misma C\Jmrañía (acciones de 500 pe sos).
Defensor de los intereses de los productores criollos, lle gó de cierta manera a cuestionar el'papel impartido a este 1nonopolio y el valor de los derechos que se cobraban sobre este producto.
En 1779, con motivo de la guerra con Inglaterra, se susp�ndió el comercio con Veracruz y por lo tanto se fueron �cumulando excedentes: empez6 una discusión entre la Com pañía, cuyo papel incluía la compra de excedentes de cacao, sobre todo desde la real orden de 26 de junio de 1777 -pero que en este momento preciso tampoco los podría exportar y el Cabildo, que actuó incluso de manera imperativa, irres petuosa, altanera, al presionar a la Compañía, y denunciar el <<monopolio de los regatones»9
• Notemos la actitud similar manifestada por el Cabildo ante el establecimiento del estan co del tabaco, por real cédula de' 24 de junio de 1777.
De ahí la actitud crítica manifestada por el intendente Abalos para con los capitulares, especialmente en la carta que le mandó a José de Gálvez' con fecha de 27 de septiembre de 1780.
Con la decisi6n de ampliar a Venezuela el decreto de libertad de comercio (1778; nueva real cédula de 28 de enero de 1780 que se concreta solamente en 1789 con el reglamento del 28 de febrero), se multiplicaron las dificultades para la Compañía, que desaparece del escenario venezolano en 1784 para fusionarse con la recién creada Compañía de Filipinas.
Con la creación del Consulado en 179 3 se abre de cierta manera un período de armonía, que no rompen ni siquiera los problemas de fiscalidad, o de comercio ilícito cuya solución le correspondía anteriormente al Cabildo.
Con la concesión el 6 de dicietn-• bre de 1799 por el intendente de la libertad de comercio con los neutrales se zanja una polémica clave para los in1:e reses económicos y políticos de los comerciantes y mercaderes representad os en la corporación municipal, esto a pesar de 1as reticencias de la Corona española, renuente a aceptar lo que era sin embargo una situación de hecho, y por lo tanto ¿umamente perjudicial para los intereses de la Real Hacienda.
LA CONFORMACIÓN DE UN ESPACIO SOCIAL
Al considerar la vida del Cabildo caraqueño en la pers recti va que es la nuestra, es imprescindible tomar en cuenta ]a actuación de las élites que lo conforman en cuanto grupo, (m cuanto actores sociales.
A ese respecto, el estudio de los nntagonismos que se expresan en el seno del Cabildo no dej4n dt precisar la evolución de las mentalidades propias de este grupo dirigente: unos antagonismos que llevan a la escena otras instituciones (Iglesia, Audiencia, Intendencia) y otros grupos socio-étnicos.
En el caso venezolano, la definición de las élites, y más cuando nos acercamos a las postrimerías del si glo XVIII, comporta un elemento algo negativo: en numero t, os documentos y actas de sesiones, los representantes de los mantuanos estigmatizan o a sus competidores -los españoles <�europeos», o sea los peninsulares-o a los estratos inferio res de la sociedad colonial: las castas, en otros términos esa inmensa mayoría de los pardos que adquieren en ese momento un peso demográfico e incluso cultural decisivo.
Junto a estas pr�ocupaciones de tipo étnico se va definien.. do, modificando, el espacio social urbano.
Los actos sociales ya eran pretexto para definir el lugar de cada quien, la incorpo ración o, al contrario, la exclusión c!e determinada categoría �acial o estamento -estamos en una sociedad de Antiguo Ré gimen, caracterizada por determinadas formas de sociabilidad, preferiblemente colectivas.
Se r, ersigue el relajamiento, per ceptible a través de la multiplicación de las pulperías, bodegas y lugares públicos donde se reúnen mujeres de «mala vida» y esclavos prófugos (Bando de 1806).
En• 1777, se dedica es pecial atención a la formación de un nuevo batallón de mili cias y el Cabildo protesta en esa oportunidad I contra la pos tergación por el gobernador de «algunos individuos patricios nobles» y la elección de Sebastián Miranda...
Con el ordena miento urbanístico de la ciudad se va mucho más allá de estos imperativos protocolarios, expresión puntual de un imaginario político en plena evolución.
Para el último tercio del siglo, la ciudad se había extendido considerablemente, de tal forma que el gobernador Agüero había recon1endado -como sucedió en otras ciudades de América-la creación de alcaldes de ba rrio.
Una real orden de 13 de novien1bre de 1778 aprobó la división de Caracas en ocho departamentos (La Pastora, La Trinidad, Las Mercedes, Candelaria, San Pablo, San Felipe de Neri, Santa Rosalía y San Lázaro) encargados• a sendos funcio narios, elegidos indirectamente por los vecinos bajo la presi ciencia de un alcalde ordinario.
Siguiente etapa del mencionado proceso: la redacción en 1780 de las Ordenanzas municipa les (terminadas en octubre de 1802), encargadas al licenciado Miguel José Sanz por la Real Audiencia y el gobernador, fin consulta previa del Cabildo.
La construcción de algunos edifi cios, así como el Coliseo, sobre rm soJar perteneciente al conde de Tovar, atestigua sin embargo las preocupaciones de la élite local en el orden cultural 10 • En el control del espacio social impartido, o mejor dicho defendido, por el Cabildo y sus integrantes cabía naturalmente el control de los estratos inferiores de• la sociedad colonial.
El interés manifestado por las cuadrillas y las ordenanzas de lla nos rebasan lo mero anecdótico del caso.
El hecho es que el gremio municipal prestó también especial atención al problema de los esclavos, mano de obra de las haciendas de los capitu lares.
El problema de la importación de esa mano de obra se menciona constantemente en las actas consultadas (desde el siglo XVII se consiguen licencias al efecto, recogidas por el procurador, así en 160 7); asimismo la persecución de los es clavos prófugos, los cimarrones y más todavía después de la f.ublevación de Juan Francisco de León 11 • Pero la expresión quizás más significativa de la mentali dad caraqueña o mejor dicho mantuana, la encontramos en las divergencias que intervienen en el seno del Cabildo ante la elección a los distintos cargos.
Para contrarrestar el predomi nio criollo, se expide el 12 de septiembre de 1770 la célebre real cédula que dispone la alternancia anual de los cargos en tre peninsulares y americanos.
Hay que señalar, como elemento del predominio criollo, la importancia de los vínculos de paren tesco en el mismo Cabildo, eligiendo los miembros de un mis mo clan familiar a uno de ellos r:!.
Pero la publicación de la real cédula de alternativa no pus• o fin a las discusiones en el seno del Cabildo: el 27 de junio de 1777, después de leerse una (arta del gobernador Agüero, Antonio de Egaña protesta en nombre de los peninsulares contra las «extorsiones, menospre cios y desaires que estaban sufriendo de esos naturales sin más causa que la de haber nacido ellos en España, hiriéndoles �n el honor y estimación y la de sus mujeres e hijos con i g nomi nia».
En su carta, el gobernador mencionaba precisamente la queja del regidor Manuel de Clemente y Francia ( 15 de diciem bre de 1774) por el <<agravio con que sus compañeros los re gidores lo expulsaron de la Sala del Ayuntamiento para tratar y acordar sobre las recíprocas pretensiones de los españoles y http://estudiosamericanos.revistas.csic.es mnericanos al goce de los oficios de justicia y empleos honorífi cos y de la tergiversación que dieron a lo que propuso... ».
Has ta se formaron varios memoriales en este sentido (acerca de los perjuicios sufridos por los españoles), firmados por los <(europeos» Juan Ignacio Garmendia, Fernando Domínguez de Rojas, Antonio de Egaña, Felipe de Francia y Juan Ignacio de Lecumberri, entre otros (no se precisa la identidad de los otros 14 firmantes) pero fueron rechazados por el goberna dor13
• En 1775, se invalidan las elecciones del 1 de enero (Sebastián de Mier y Terán, europeo, fue elegido alcalde de primer voto y también López de la Vega, canario; Esteban de Ponte y Bernardino Caicedo) bajo pena de multa ( 1.000 pe sos) y se nombra -por el gobernador-a otros sujetos para ocupar los cargos capitulares.
La vara del alcalde de primer voto se depositó en Joachín de Castilloveitia, Joseph de Ora2, Estanislao Mayoral y Joseph de Escorihuela.
El Cabildo eligió en efecto a dos criollos, siendo el primer alcalde Juan Javier Mijares de Solórzano.
Está comprobado incluso que desde 1774, año en que el europeo Joseph de Fierro fue elegido alcalde, los criollos monopolizaron los cargos de alcaldes, favorecidos por su s-u premacía numérica: Marcos de Rivas, criollo, fue alcalde de primer voto en 1775, y Manuel Felipe de Tovar en 1776.
El Cabildo no deja de quejarse del «despojo que ha sufrido el Ayuntamiento en haber declarado el Señor Gobernador por nulas la mayor parte de las elecciones del día primero de enero de este año» (1777).
El gobernador justificó su decisión por bs «inhabilidades» de los sujetos electos, ligados por unos víncu los de parentesco.
En lo económico, las solidaridades de Jos clanes se afirman de la misma manera: en 1779, el intendente deplora la corrupción interna del Cabildo (comercio de cacao) y denuncia la «corruptela» de que hace los repartimientos «para consagrar y beneficiar sus paniaguados».
Lo mismo sucede en 179 5, el gobernador se niega a confirmar la elección de Isidoro López Méndez como regidor por este motivo (su her mano Luis era alcalde de primer voto).
En 1806, los lazos de parentesco entre Juan de Ascanio, elegido síndico, y Luis José de Escalona, los intereses familiares expuestos a la vista de todos, son el pretexto de las discrepancias entre el >, excluidos de la universidad y de las escuelas de los conventos, pretendían ser �dmitidos en las sagradas órdenes y poder contraer matrin10nio con personas blancas...
De semejantes resoluciones sólo resultaría la confusión, unas «perniciosas discordias en las fa milias», se entablarían numerosos pleitos sobre las «calida <les que las leyes exigen para los empleos mayores y menotes de la República».
En la junta del 18 de mayo de 1789, se vuel ve a señalar las pretensiones de los mulatos «bejaranos» para colocarse en el estrato de blancos us.
En las estructuras mentales de estos herederos de toda una tradición hispánica de valores,,,
d honor tiene en efecto un papel fundamental.
En las sesio nes del Cabildo se discute con frecuencia, y se s01nete a la consideración de•ia asamblea de los capitulares, las uniones que se están realizando en su seno.
El 5 de m,1yo de 1786, �or ejemplo, se examina el caso del matrimonio de Diego Jacinto Gedler, vecino de Caracas y corregidor de La Victoria, con Petronila Izaguirre (su prima).
En esa oportunidad se subraya el «temerario y malicioso escándalo que derramó Don Igna cio Gedler», el hecho de que el susodicho mancilla el > a pesar de que no fue «desigual».
Asimis1no se celebra con el debido lustre la confirmación de hidalguía de uno de sus miem bros 16
• Con la publicación en 1795 de la real cédula de «gra cias al sacar» se acrecientan los temores del Cabildo; de chí la presentación del 14 de abril de 1796, por la cual se pide b suspensión de la referida real cédula que permitía, 1nediante el pago de una suma determinada, gozar de privilegios hasta ahora reservados a los blancos.
La misma actitud se puede encontrar en la universidad ante el ascenso de los pardos ilus trados, y de manera general, en el proyecto educativo de los capitulares, perceptible en la creación de escuelas de prime ras letras.
Junto a las inquietudes «étnicas» se asomaba otra preocupa ción: la de la difusión de las «perniciosas» ideas dadas a, •o nocer después de la Revolución francesa, particularmente en tre los pardos 17 Volviendo a esa definición «a contrario» que es la del Ca bildo caraqueño, la encontramos también de cierta manera tn; as relaciones que mantuvo con la Audiencia.
Antes de 1786, le correspondía en efecto a la de Santo Domingo la jurisdic ción de la provincia.
La cual no vacilaba en declarar que el gobernador <<no podía advocarse las causas que penden ante los alcaldes ordinarios, ni pasarlas de un tribunal a otro aun que el juez que esté conociendo en ellas sea recusado... ».
Par tidarios de su erección (1769) para conferirle un estatuto mayor a la provincia, los capitulares no tardaron en chocar con la nueva instituci6n, creada el 31 de julio de 1787, en el uso del espacio: disposición de los respectivos cuerpos en hs ceremonias públicas o religiosas.
Así sucedió el 20 de julio de 1787, cuando los oidores les negaron a los cabildantes d derecho a ocupar escaños en la nave cenrral de la catedral.
Y en lo sucesivo, cuando la Audiencia reclamó que los capitu lares cumplimentaran no sólo al capitán general sino también d tribunal de la Audiencia FRÉDÉRIQUE LANGUE gido a Luis Blanco en detrimento del <<derecho de regalía» cel otro personaje.
El mismo año, el alcalde ordinario Juan Blan co y Plaza y el teniente coronel Joaquín de Castilloveitia elevan una protesta en nombre del Cabildo -pero reiterando su vo luntad de <<evitar quimeras»-con motivo de las visitas de cárcel que solían realizar los sábados junto con un oidor y t�n esa oportunidad no se les daba el asiento que les corres.. pondía 10• A los pocos años, dirigiéndose esta vez al rey, el Cabildo se quejó del incremento de los pleitos, de la rivalidad con la Audiencia cuya política, contraria a los intereses y creencias de los criollos, consistió tempranamente en incorporar a los pardos en el manejo de la cosa pública (puestos de escribanos por ejemplo).
En agosto de 1802, se vuelve a plantear el pro blema de las preeminencias: el marqués del Toro había usur pado las facultades del teniente de gobernador en la proce sión del Corpus.
Otro conflicto de envergadura, que quedó en los anales municipales, tiene su origen en la consulta que se hizo a la Audiencia el 2 de junio de 1808 para. saber si era de la competencia del Ayuntamiento o del capitán general nombrar alguacil mayor.
Este conflicto <le competencia lo J.e solvió la Audiencia a favor de este último (provisión del 3 de marzo de 1809)20
• El 14 de mayo de 1793, los alcaldes ordinarios de Caracas volvieron a elevar una protesta con motivo ¿e que en las visitas de cárcel efectuadas los sábados por un re presentante del Cabildo junto a un oidor, no se les daba el asiento que les correspondía...
Notemos que las discrepancias con las autoridades religiosas no por eso habían desaparecido: la jura de Fernando VII, el 24 de septiembre de 1810, ve el enfrentamiento de los dos cuerpos -cabildo secular y cabil-do eclesiástico-por la elección del templo donde se lleva!'á D cabo la ceremonia21
• Ultimo aspecto de estas rivalidades entre los cuerpos constituidos: la que opone el Cabildo a la Intendencia (1777).
El 18 de junio de 1787, el Ayuntamien to da cuenta de su «infeliz constitución» y denuncia el «in sulto ejecutado el día 7 del mismo mes por Don Rafael Al calde (... ) asesor de la Intendencia, en haber despojado con violencia a Don Francisco García de Quintana, regidor y al calde ordinario de segundo voto, de su lugar y asiento, al tiempo que se hallaba con el nominado Ayuntamiento en la Iglesia catedral asistiendo a la solemnidad del Corpus Christi, on desacato del santísimo sacramento (... ) y escándalo del público».
El mismo año, el Cabildo se queja del despojo que está sufriendo en sus «regalías» por culpa de los ministros de Real Hacienda.
La ordenaci6n de las ceremonias civiles v religiosas, especialmente de los solemnes «autos de fe», se fundaba en efecto en una jerarquía estricta, violada ocasional mente por la creación de una nueva autoridad civil: hasta las esposas del presidente de la Audiencia, de los oidores y ca bildantes (preeminencia de los títulos nobiliarios dentro del Cabildo) tenían lugar y rango previamente definido, especi11mente para las misas que se celebraran en la Iglesia catedral.
En todo caso, y para finales del siglo XVIII, se va confirman do con motivo de estos actos ceremoniales la sujeci6n del Ca bildo a las autoridades «superiores» de gobierno.
En el cere monial de 1781, la disposici6n y ordenación de los cuerpos par ticipantes fue la siguiente: el inquisidor más moderno a �u derecha y el gobernador, los ministros de la Audiencia y luego 1os regidores a su izquierda, esto para ir hasta la puerta de la Iglesia.
En otros térqiinos, los autos de fe eran marcados por la participación del obispo y del gobernador «con sus respec tivos gobiernos».
Durante la ceremonia propiamente dicha, el obispo tenía a su derecha al gobernador, ubicándose los respec tivos Cabildos en un segundo nivel.
Recordemos solamente y 20 FRÉDÉRIQUE LANGUE al respecto, las reiteradas reivindicaciones de los capitulares: en 1734, con motivo de la publicación de los edictos generales de la fe, los cabildantes encabezados por el alcalde de primer voto -el maestre de campo Pedro Solórzano--, se dirigen al representante de la Inquisición cartagenera «para que este ca bildo estuviese en inteligencia de todo» y presente en las ce remonias, a pie o a caballo.
En 1779, el Cabildo contribuye activamente «al mayor esplendor de la citada función», a la organizaci6n del paseo por las calles de la ciudad.
Para esa fecha, las relaciones entre el Cabildo y la Inquisición son ca lificadas de «urbanidad recíproca», asimismo se insiste en la «observancia de la pragmática de las cortesías» de parte ce ambas instituciones.
La misma Inquisición de Cartagena, di rectora en materia local, no vacilaba en señalar, en cambio, que los prelados de la diócesis de Caracas eran «sobremanera ce losos de su autoridad», actitud que hadan remontar incluso al siglo XVIF.
LA CHISPA REVOLUCIONARIA: ¿INTEGRACIÓN O DESINTEGRACIÓN DE LA CORPORACIÓN MUNICIPAL?
Los años 1790, con su escala de revoluciones, continen tales o isleñas, aportan un sinfín de indecisiones.
En un r, ri mer momento, el «miedo a la revoluci6n» constituye sin em bargo un factor unificador, el cimiento de los intereses en juego, y de los actores sociales, Ahora bien, las «líneas de fallas», las líneas divisorias, perceptibles anteriormente entre c-riollos y europeos para el gobierno político de la ciudad,'-te La oposición se expresa más bien, aunque de manera no exclu síva, entre los hacendados-mantuanos y los comerciantes, es pecialmente con los mercaderes, de menor categoría económi <.a e influjo social.
Un escenario retiene en especial la atención de los contrincantes: el Consulado, creado por real cédula ci el 3 de junio de 1793 2a.
Recordemos que una de las características del Consulado caraqueño, entre todos los que se crearon en América, fue el haber sido ideado de acuerdo con las opiniones de la élite económica local, de acuerdo al procedimiento del intendente Francisco de Saavedra.
En el Consulado aparecen los mismos nombres que en el Cabildo, parientes o descendientes: el con de de Tovar hace de prior; son consiliarios el conde de San Javier, Feliciano Palacios y Sojo, Martín Jerez de Aristiguieta, Ignacio Gedler, Manuel Felipe Tovar y otros tantos • 24
• En su funcionamiento, el Consulado difiere poco del Cabildo:!os mismos problemas -para las autoridades civiles que supervi san su funcionamiento-son idénticos.
Así como por ejem plo el parentesco entre los miembros de dicha institución, se vtramente reglamentado por diversas disposiciones pero que, bajo la presión de las circunstancias, quedó en letra muerta: t:n 1809, si reto1nan10s el célebre caso de la elección de Simón Bolívar, el elegido por los hacendados, no se manifiesta des pués de su elección ( cada dos años para el Consulado).
¿ Fue su parentesco en grado prohibido con el consiliario Pedro de Vega lo que in1pidió su toma de posesión?
En todo caso, se ha calculado que ese mismo año, otros cuatro personajes (Juan José Rivas, Esteban Ponte, Rafael Blanco, y el conde de la Granja) se encontral? an en el mi�mo caso, el 54% de las pla zas se habían otorgado a personas que eran familiares entre sí ( 6 de los 11 funcionarios electos) y el 6 3 % de los nuevos electores tenían parentesco en un grado prohibido para su po- sesión.
En este sentido, la nueva institución había cobrado 1.1n valor de «bien patrimonial de las familias aristocráticas cara queñas»•.
No hay solución de continuidad entonces entre ambas instituciones.
En cambio, otras oposiciones se acentúan y cul minan a favor de una u otra institución.
En cuanto a la Audien cia, no es una casualidad que el acta de emancipación del 19 de abril resuelva que cesen en sus funciones los miembros <le este tribunal.
En cuanto a la desconfianza -políticamente ha blando-experimentada por el gobernador -especialmente por Carbonell-ante el Cabildo después de la conjuración de 1 797, descansa en el poderío de los criollos aunque en 1806, ninguno de ellos tome partido a favor de Miranda.
En todo caso, a través de los repetidos donativos ofre cidos por los capitulares a favor de la Corona española, de! as diversas representaciones al monarca a raíz de la conspira ci6n de Gual y España, luego del desembarco de Miranda (1806) o de la conjuraci6n de 1808, no vacila en sus princi píos el discurso fidelista.
En 1808, el conde de Tovar insiste en acreditar para la jura de Fernando VII la «distinguida fi delidad de esta capital» 28
• Ahora bien, hay que resaltar el contenido de las representaciones mandadas a las autoridades locales y de las actas levantadas con motivo de las numerosas sesiones extraordinarias que celebró el Cabildo en ese perío do de conflictividad.
El discurso predominante es, en efecto, el discurso de la fidelidad, a la Corona, a la metr6poli, en ltn momento en que no faltaron los intentos de seducci6n oor parte de los ingleses.
Ahora bien, lo que no es ninguna con tradicción si consideramos la evoluci6n de los acontecimientos, la conciencia de una autonomía y luego de la necesidad de una independencia económica -véase las actas del Consulado ca raqueño, suerte de prolongación de las actas capitulares en lo económico-respecto a la metrópoli no dejó de tener conse cuencia en la participación de la élite local en varias conspira ciones (la de los mantuanos en 1808) y luego en el movimien to independentista.
Esto antes de que se manifestaran con mayor claridad las veleidades de las élites locales a través de la desconfianza expresada para con el Cabildo caraqueño por lá alta administración, plasmada en la p1 1hibición hecha?. los alcaldes de asumir -en caso de vacancia de la autoridad 5uprema, o sea de la gobernación-el gobiern � de la Prov1n cia. De manera significativa, en 1794, Pedro C,,rbonell infor ma al obispo que en caso de ausencia, enfermedad o muerte Jel gobernador capitán general, la vacante será cubierta por el t� niente del Rey --entonces Joaquín Zubillaga-«en conside ración a las ocurrencias que puedan sobrevenir en las actuales circunstancias».
Hay que resaltar sin embargo un hecho, que nos remite a los primeros años de la vida de la corporactón municipal: hasta cuando se reitera la fidelidad al soberano, te evoca el Ayuntamiento como «depositario de la suprema auto ridad».
¿Esperanza de regresar a los viejos tiempos del gobier no de los alcaldes?
Quizás; en todo caso, está comprobado ya que la decadencia de la �utoridad local, del poder municipal, particularmente desarrollado en Caracas, más que en otras ciu dades de América, vio paralelamente el auge de un fenómeno que va a caracterizar de manera significativa el siglo XIX ve r..ezolano: el caudillismo' 27 |
En el presente ensayo quisiera analizar, simultáneamente, tres movimientos sociales que cobraron definición en el espa cio andino entre 1765 y 1781.
Es decir, durante la puesta en práctica de las Reformas Borbónicas.
Esta será precisamen te la coyuntura cohesionadora que nos permitirá realizar com paraciones, al margen de posibles anacronismos.
Me interesa abordar, concretamente, la rebelión de los barrios de Quito de 1765, la gran rebelión _ o rebelión de Túpac Amaru de 1780-1781 en el Bajo y el Alto Perú, y la rebelión de los Co.. muneros del Socorro en Nueva Granada, durante 1781.
Quisiera poder plantear dos tipos de prt:• guntas.
En la primera parte, confrontar algunos argumentos que han veni.. t�o desarrollándose durante los últit�10s años en torno a este período de intranquilidad social.
Dentro de esta línea de aná� lisis quisiera revisar algunas afirmacio11es que juzgo tan suge rentes como controvertidas.
Me refiero, por ejemplo, a la falta
ce consenso que se advierte cuando se intenta catalogar como rebeliones o revoluciones a este conjunto de movimientos; al planteamiento de que estas rebeliones de envergadura supo nen consistentemente la culminación de revueltas menores; a la presencia o ausencia de rasgos mesiánicos en las mismas; aI marco interpretativo de la Era de las Insurrecciones Andi nas; y, finalmente, a la tesis de la Utopía Andina.
En una segunda parte quisiera poder concentrarme en las características partic�lares de.. los tres 111ovimientos enun-2 SCARLETT o'PHELAN ciados y confrontar algunas variables que funcionan en unns, pero no en otros o que adquieren, en todo caso, connotacio nes particulares.
Me refiero a la presencia de ciertos elementos que dotan a los movimientos de cohesión tale� con10 el lide razgo de los caciques, el sisten1a de la mita, las minas y sus circuitos comerciales, las redes de parentesco; y a la de rasgos desestabilizadores tales como la violencia cotidiana y la gue-1 ra de castas.
Finalmente, trataré de proyectar los movimientos de la segunda mitad del siglo XVIII hacia las guerras de indepen dencia del temprano XIX, circunscribiéndome a la primera fase de la lucha, que se materializó en el establecimiento c1e Juntas de Gobierno entre 1809-1814.
Me interesa explorar h�sta qué punto se puede hablar de un hilo conductor que sirva de nexo entre estos dos períodos y, en todo caso, a par tir de qué mecanismos es que esta conexión se construye.
Sobre la nomenclatura utilizada para definir a los movi mientos sociales de este período, no existe un acuerdo entr e los estudiosos.
Para el caso de México, William Taylor nos habla de Rebeliones e Insurrecciones 1
• Para el caso de los An cles, en un trabajo previo, he propuesto establecer una distin ción entre Revueltas y Rebeliones 2
• Sin embargo, la coinci dencia reside en que lo que Taylor denomina rebelión y yo REBELIONES ANDINAS 3 revuelta son movimientos menores mientras que lo que él define como insurrección y yo como rebelión, son movimien tos de mayor alcance.
No obstante, en México, durante el siglo XVIII, no estalló una gran rebelión.
Es decir, a dife rencia de los Andes, no surgió un movimiento de enverga cura suficiente que llegara a anudar la sucesión de rebeliones <.1ispersas que se produjeron durante la segunda mitad del s¡g}o XVIII, o que estuviera conformado por un liderazgo únicamente mixto capaz de elaborar un programa político que rc.flejara los intereses de los distintos sectores sociales, y que comprometiera una extensa área geográfica durante un período frolongado de agitación social.
Sin embargo, a pesar de todas estas características par ticulares, insisto en que los movimientos de Quito, Perú y Nueva Granada caen dentro de la categoría de rebeliones y no de revoluciones.
Si bien la naturaleza de la rebelión del sur andino es diferente, sobre todo en su segunda fase -en la fase aymara-resulta más conveniente definirla como gran rebelión que como revolución.
Y no me refiero exclusivamente al hecho de que los insurgentes reafirmasen con insistencia su fdelidad al «Rey nuestro Señor», aunque, si hay un elemento común en los tres movimientos mencionados, éste sería la in compatibilidad que surge entre la figura del Rey, por un lado, y la del Mal Gobierno, por otro, al punto de hacerlos irrecon ciliables.
McF arlane nos habla de la rebelión de los barrios de Quito, Friede de la rebelión Comunera de Nueva Granada, Vilar de la gran rebelión o rebelión de Túpac A1naru3
• No obstan tf, en el libro de Phelan se plantea que el movimiento Comu nero fue una revolución y un enfoque similar al que propone
Flores Galindo para el caso del n1ovimiento Tupacamarista �n ]os Andes 4 • ¿Que define una rebelión o una revolución?
Básicamen te la respuesta la encontramos en los programas políticos, en el nuevo tipo de sociedad que se esboza, en el nuevo tipo de gobierno que se propone.
Pienso, siguiendo de alguna 1nanera d enfoque de J.C.D. Clark para el caso inglés 5, que el estado y la sociedad colonial del XVIII concibieron sus protestas dentro de un marco reformista de una naturaleza no-revolucio naria.
Inclusive, los movimiento de Quito y Nueva Gran�da son lo suficientemente conservadores como para que las mo dificaciones o reformas que traía consigo el proyecto borbó nico apareciesen como contraproducentes.
Resulta entonces más apropiado hablar de rebeliones que de revoluciones.
El comportamiento de las élites es similar: se oponen a un sis tema impositivo que afecta a los productos en torno a los cuales giran sus intereses e inversiones.
La consigna es im puestos versus libertad.
Y, a diferencia de Quito, la élite de Socorro no atravesaba por una crisis productiva, lo cual, en cierta medida, empaña el argumento que recurre a la recesión económica para explicar la agitación social O • La fiscalidad re presenta un papel decisivo, no así la depresión económica.
Desenmascarar los métodos de evasión fiscal a los que recu nía la élite equivaldría a poner el dedo en la llaga.
En el caso de Quito esto es claro.
Allí los criollos, t'li te y clero, dominan inicialmente la escena política 7
• La re belión de los barrios se desdobla, la población indígena y mes.. tiza es más radical, pero el movimiento no deja de ser urha-.398
Anuario dr. E.,tudioJ Amnicann.s (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es no. El problema de monopolios y alcabalas atañe al sector vr bano y a los propietarios de centros agropearnrios que resi den en la capital.
Las mitas y el tributo, que afectan a las masas indígenas del campo, no aparecen en las demandas ini ciales aunque, irónicamente, los tributos se rezagan por sie te tercios como corolario de la rebelión 8 •
En el caso de Nueva Granada -a esto se debe probable mente que Phelan utilice el término revolución-aparece la demanda por la tierra, por la abolición del tributo 9 • Pero no es el argumento gravitante: la rebelión no surge a partir rle estos conflictos sino que estalla en una provincia criolla y 1nestiza, en una provincia «blanca», para enfrentar monopo lios y alcabalas.
El movimiento se inicia con el asalto a la f:ábrica de aguardiente y a los almacenes de tabaco, produc tos que dentro del nuevo régimen fiscal quedaban estanca dos 10• Incluso, no será el líder criollo Berbeo, sino el diri.. gente mestizo Galán, quien tome la iniciativa de suspender el tributo aunque, finalmente, las capitulaciones de Zipaqufrá hagan la concesión de reducirlo temporalmente, pero sin lle gar a anularlo11• Cambios de carácter estructural, revolucio nario, habrían implicado tanto la erradicación total de tributos y mitas como transformaciones relevantes a nivel del agro.
No ocurrió ni lo uno ni lo otro.
En el caso de la gran rebelión, particularmente en -,u fase temprana, la estructura interna del movimiento es un tc tlejo de la sociedad de castas colonial; no hay, pues, modifi caciones radicales.
Los criollos se ubican en la esfera de las decisiones al lado del clan Túpac Amaru.
Los caciques rebd-des y algunos mestizos de confianza tienen mando militar, los Indios y los negros son la base de la pirámide social.
No se rL dvierten cambios sustanciales o inversiones notables de la pirámide pre-establecida.
Entre las demandas, la supresión de aibutos y mitas se ve postergada.
Inclusive cuando se de creta su abolición, la ausencia de tributo y mita cubre exclusi yamente el período en que la rebelión se mantiene activa, tras le cual se introducirán de nuevo 1':!.
Abogan por la supre sión del tributo no solamente los indios, sino también los mc A s tizos y zambos que temen ser incorporados a los nuevos padro nes de tributarios 13• Quizás un elemento que ofrece, en cierta medida, posibilidades de movilidad social es el botín de gue rra, los títulos y promociones militares que reciben los caci ques realistas que, de esta manera, afianzarán su posición H. Pero estas gratificaciones conciernen fundamentalmente a la élite indígena para reforzar sus lealtades; no se extienden a mestizos y mulatos en general.
En todo caso, se crea el pre tedente de que la guerra puede ser utilizada como medio de 3scenso social.
El caso del Alto Perú es distinto.
El movimiento se ra dicaliza, aparecen rasgos de una guerra de castas, emerge un liderazgo indígena y se enfatiza la supresión de repartos, mitas y tributos 15
• Se concede, pues, prioridad al programa indíge- pa, a las demandas indígenas.
No obstante, el movimiento está condenado al fracaso -dentro del contexto en que se pro ¿ucedebido a que expulsa al componente criollo y entra en contradicción aguda con el componente mestizo.
De todos modos hay que reconocer que si en algún momento se propo ne una inversión de la sociedad colonial es, precisamente, du-1ante el liderazgo de Túpac Catari, aunque su proyecto resul te impracticable.
Rebeliones como culminaci6n de revueltas menores
Si bien la correlación entre la presencia de movimientos ce menor alcance y su culminación en una rebelión de carác ter más general puede plantearse en el caso del sur andino 16, esta fórmula no funciona con igual transparencia en el caso de Quito y Nueva Granada.
Efectivamente, en el caso del Perú, nutnerosos atentados contra corregidores durante la década del 70 y sucesivos ata ques a las Aduanas instaladas en el Bajo y el Alto Perú, crea ron las condiciones para que cuajara una rebelión de largo aliento como la Tupacamarista 17
• No en vano se incluyeron t:n el programa las protestas que se habían planteado previa mente con insistencia: la supresión de repartos, corregidores, Aduanas y reducción de la alcabala a su tasa original del 2 %.
A diferencia de Quito y Socorro, en la gran rebelión desde un principio se alude a la erradicación de mitas y tributos, lo
cual es índice de la temprana implicación del sector indíge.1a l: derado por sus caciques.
En el caso de Quito, el preámbulo a la rebelión de los barrios no es tan claro.
El trabajo de Segundo Moreno Yá ñez lk, al concentrarse en el estudio de las sublevaciones in dígenas, no incluye dentro de su análisis la rebelión urbana de 1765.
Pero si revisamos la tabla de movimientos sociales que rresenta Moreno en su libro, se constata que no es posi1⁄2le tstablecer una secuencia consistente entre las revueltas que p1ecedieron a la rebelión de los barrios y el estallido de esta última.
No se observa un ciclo preparatorio convulsionado, de gestación, como en el caso del Perú.
Si alguna conexión �ro nclógica se puede inferir es respecto de la sublevación de Riobamba que estalla un año antes, en 1764 10 • Pero su naturaleza es completamente diferente.
El de Riobamba es un movimiento indígena contra empadronamien tos, tributos y encomiendas, es decir, contra los hacendados.
Inclusive, si en algo influyó la experiencia de Riobamba en la rebelión de los barrios, fue en crear temor entre los criollos trente al potencial subversivo de las masas indígenas y, pro bablemente, en convencerlos de que no debían solicitar la colaboración de provincias del interior tales como Riobamba, Ambato y Latacunga.
No en vano sr señala que la subleva ción de Riobamba, de 1764, fomentó -entre los hacendados ttiollos-el sentimiento de que los indios podían «matarlos a su arbitrio como incautos y desprevenidos, posesionarse de bienes, haciendas y ganados... contaminando todas las provin cias» 2'().
En el caso de Quito no es extremo afirmar que Jas medidas fiscales borbónicas fueron aplicadas prácticamente «en frío», es decir, sin previo aviso.
Y es que, efectivamente, Quito fue la primera ciudad de Sudamérica donde se introdu jeron, siendo transferido el control del monopolio de aguar c! iente y la recolecci6n de alcabalas al Real Erario tan solo en 1764, pocos meses antes que estallara la violencia en! os barrios.
En el caso del Bajo y del Alto Perú, en cambio, los insurgentes tuvieron como punto de referencia la experienda guiteña, por un lado, y supieron canalizar la atmósfera de des contento creada por el escalonado ataque a las Aduanas Jel sur andino, por otro.
Para el caso concreto de Nueva Granada, Anthony McFar ]ane ha sugerido que, al igual que en el caso del Perú, la re belión de los Comuneros fue también resultado de una serie de revueltas menores que la antecedieron21• No obstante, el hilo conductor no se presenta del todo claro, porque no se �r ticula directamente con las revuelta& producto de las refor mas, sino que se engarza con protestas de otra índole, como d ataque al corregidor de Tunja en 1740 y las revueltas an t�fiscales de 1755, 1756 y 1760 en Ocaña.
Incluso el análisis se remonta a la revuelta de los indios de Turmequé, Tunja, que se produjo en 1705 22 • La cronología es un tanto ambigua, las coyunturas imprecisas y, por tanto, las conexiones con los Comuneros, poco claras.
Dentro de la línea de argumentación que intenta estable (er correlaciones entre las revueltas que precedieron al moví... miento Comunero, el reciente trabajo de Gilma Mora de To var guarda una secuencia más coherente, en la medida en qne �. e concentra en el análisis de las revueltas que estallaron con tra la renta y el monopolio del aguardiente 28
SCARLETT ü'PHELAN estudio se llega a tener una idea más cabal del impacto de Jas 1eformas borbónicas que se materializó en el establecimiento de los monopolios, y del malestar que estas medidas crearon e11 los diferentes sectores sociales afectados en tanto su status como productores, comerciantes u operarios en los centros {it procesamiento y fabricación del licor!!-t.
No obstante, si bien en el caso de Nueva Granada se pue de hablar de antecedentes en la intranquilidad social que prece dió. a los Comuneros, no se observa una protesta tan reitera cfa como en el caso del sur andino, ni una que cubra un radio de acción tan amplio.
Las secuencias, por lo tanto, pueden ser!:imilares pero de ninguna manera idénticas; y si algo las distancia del caso del Perú, es la marginalidad que distin gue la participación del sector indígena.
En el siglo XVIII estallaron numerosas revueltas y rebe liones en el espacio andino; sin embargo, pocas fueron las que ¡.,resentaron rasgos mesiánicos: 25 • Habría que preguntarse por qué.
En primer lugar, es difícil encontrar elementos mesiáni cos en las revueltas de carácter cotidiano dond� no se observa fo presencia de una elaboración a nivel ideológico.
Los ar gumentos son de carácter inmediato y difícilmente trascien den este entorno.
Es posible, por otra parte, encontrar componentes mesiá nicos, sobre todo en los movimientos que alcanzaron connota ciones de rebelión.
Esto se debe, en primer lugar, a que la mayor permanencia temporal les brindó la oportunidad de darse a conocer en el plano ideológico.
En segundo lugar, el liderazgo de tales movimientos tuvo una composición social mixta: no se advierten sólo elementos criollos, sino también mestizos -caciques y clérigos.
Estos estuvieron en capacid�d de estructurar un programa que trascendía lac; puras reivin dicaciones económicas y/o las demandas cotidianas.
Además, d mesianismo que surgió en los Andes estuvo fundamentalmen t� ligado a la imagen del Inca.
De allí que ejerciera impacto, sobre todo en las masas indígenas 2'11.
El mesianismo cobró, ¡:.ues, definición en la gran rebelión que estalló precisamente en el corazón del Imperio Incaico, antes que el caso de la rebelión urbana de Quito, o de la rebelión encabezada por los criollos provincianos y mestizos del Socorro, en Nueva Gra cada.
En el caso de Quito, no se advierten referencias al In:a, aunque hay alguna información de que se pensaba coron�r, en el momento oportuno, al conde de Selva Florida 27
• El peso de los patricios dentro del movimiento se pone una vez más de manifiesto y debe tenerse en cuenta para cuando se conforma la Junta de gobierno en 1809.
El esquema patricio-plebe que utilizan Phelan y McFarlane para los casos de Nueva Granada y Quito, respectivamente, no se puede aplicar al Perú suran dino, donde la presencia de los patricios se diluye frente a la En el caso de Nueva Granada, la referencia al Inca es más casual que consistente y es, además, inexacta.
De acuerdo con el libro de Mario Aguilera Peña, los comuneros de Cocuy y los pueblos llaneros de Tá111ara, Ten y Manare firman, el 23 de mayo de 1781, un comunicado en el que se refieren al rey nuevo de las Indias, el poderoso don José Francisco Túpac Amaru
• Las imprecisiones son dos: en primer lugar, en tal fecha Túpac Amaru había sido ya ajusticiado.
En segundo lu gar, el nombre del cacique era José Gabriel; Francisco era, en todo caso, su tío 00 • Inclusive, entre las añadiduras que se hacen al borrador de las Capitulaciones de Zipaquirá se men ciona «Al indio don Josef Gabriel Amaro Tupay quien p1e tende con toda su alianza despojar a Su Magestad del Reino del Perú, no obstante de hahérseles alzado por el señor Virr�y y Audiencia todos los pechos que motivaron su alzamiento» �
Lo que resulta incuestionable es que Túpac Amaru se había convertido en un símbolo de la lucha contra el Mal Gobierno, y que su nombre ejercía gran convocatoria.
En los Llanos de Casanare, por ejemplo, Don Javier de Mendoza levantó nume rosas poblaciones indígenas presentándose como comisionado de Túpac Amaru En el caso del Perú, los movimientos que estuvieron en capacidad de desarrollar características mesiánicas fueron el de Juan Santos Atahualpa, en la selva central, y el de Túpac Amaru, en el sur andino sr..
Ambos líderes eran mestizos, bi lingües, y habían sido educados por los jesuitas; el segundo e.ra, además, miembro de la éJite indígena.
De allí sus posibi lidades de convertirse en líderes mesiánicos: habían sido adoc trinados con esmero, manejaban el discurso cristiano y las imágenes bíblicas.
A pesar de todos estos atributos, habrá quie nes se refieran al cacique de Tinta como «adornado de 1 1n decernimiento y prendas nada comunes a los yndios, aunque no acierte a explicar todos sus pensamientos por su torpe edu cación... ».:w,_ Era obvia la distancia entre ser miembro de la
élite indígena y pertenecer a la élite criolla y, por lo visto, esta distinción era clara no sólo para peninsulares y criollos, sino también para las masas indígenas.
En las oportunidades en que criollos • como V élez de Córdova, en Oruro, y Farfán de los Godos, en el Cusco, in tentaron legitimar sus conexiones incáicas para afianzarse como líderes, fracasaron en su intento, siendo sus conspiraciones abortadas.
No les resultó fácil contar con el reconocimiento de los pobladores indígenas, ni asumir el título de Inca-Rey.
Además necesitaban siempre recurrir al apoyo de un cacique que actuaba como intermediario entre los líderes criollos y las comunidades.
El diálogo con estas últimas no era, pues, di recto.
Es posible observar que el curso de los movimientos mesiánicos no coincide necesariamente con el curso de Jas rebeliones coyunturales.
En el caso de Juan Santos, por ejem plo, se trata de un movimiento que estalla en 1742 y perma nece en vigencia hasta 1752.
Entremedio ocurren --en 1750la conspiraci6n de Lima y la rebelión de Huarochirí, cuyo carácter fue bastante más coyuntural.
Quizás ello se deba, como he argumentado antes, a que el movimiento de Juan Santos tuvo un desenvolvimiento paralelo por surgir en un territorio que no había sido incorporado plenamente al siste ma colonial y que, por lo tanto, aún no respondía a los ciclos de las rebeliones coyunturales.
La Era de las Insurrecciones Andinas
Este n1arco de análisis ha sido propuesto recientemente por Steve Stern, con el propósito de insertar la rebelión de Juan Santos Atahualpa en el contexto de las rebeliones anti coloniales del siglo XVIII37
• Constituye, además, un intento por demostrar que la sierra central del Perú participó, a su ma-
REBELIONES ANDINAS. l 5 nera, de la dinámica de lucha social e incluso que Juan Santos fue el eje del cual se nutrieron posteriormente rebeliones como la Tupacamarista.
En un ensayo anterior llamé la atención sobre dos pun tos cuestionables en este esquema.
En primer lugar establecí que, a mi juicio, el área en la cual se desenvuelve el movi miento de Juan Santos era un territorio que aún se hallaba en la fase de «conversión» y que no había sido incorporado propiamente al sistema de explotación colonial.
La rebelión se presenta entonces como una expresión de resistencia ante 1a posibilidad de ser anexados al engranaje colonial.
De 1llí que no pueda analizarse cabalmente en el mismo nivel de las otras rebeliones genuinamente anti-coloniales 38 • En segundo lugar argumenté que si había que buscar las raíces del movimiento de Túpac Amaru resultaba más apro piado remontarse.a las rebeliones de 1730, en Cochabamba, oy de 1739, en Oruro, antes qu� a la rebelión de Juan Santos -.:-S>.
Cocha bamba y Oruro f armaban parte del sur andino al igual que el Cusca y, además, tales provincias no se hallaban en la etapa de «conversión» sino que eran, desde el siglo XVI y el establecimiento del circuito comercial Cusca-Potosí, ejes rlel f. istema colonial.
De allí que sus progr�mas tuvieran más puntos en común con el de Túpac Amaru, que las coincidencias que se pueden advertir entre éstos y las propuestas agitadas por Juan Santos Atahualpa «a unos indios recién convertido�,» que eran, además, el grueso de sus seguidores.
La presencia de serranos fue, en todo caso, marginal 40
No obstante estas discrepancias, un punto interesante que t: merge del estudio de Stern, es la concepción según la cual la dinámica de lucha social que incluye un proyecto mesiánico no siempre guarda confluencia con coyunturas de intranquilidad social que culminan en rebeliones.
El proyecto tnesiánico tiene!,U curso propio durante el siglo XVIII, pero hay puntos de SCARLETT n'PHELAN t: ncuentro.
Es por eso que hay que tomar con cautela Ja crítica de Leon Campbell en el sentido de que «los eventos de 1780 (la gran rebelión) en vez de ser la lógica culminación de una década de revueltas locales antifiscales, constituiría, mas bien, la culminación de una serie de protestas mesiánicas y nativistas» -u.
Si bien es cierto que el ritmo de los movimientos coyunturales no siempre coincide con el de los movimientos mesiánicos, esto no quiere decir que sean excluyentes.
El caso más notable que demuestra que no lo son es, sin lugar a dudas, d de Juan Santos Atahualpa, cuyas protestas aisladas se ar ticulan con el contexto coyuntural en 1750.
En la rebelión de Túpac Amaru ambas corrientes confluyen, se anudan y com l: inan con éxito la protesta antifiscal y las imágenes mesiáni cas.
Pienso, sin embargo, que el potencial mesiánico no habda cobrado tal realidad en ausencia c l d explosivo ingrediente an tifiscal.
La tesis de la Utopía Andina
Otras interpretaciones han tratado de buscar el hilo con ductor de las rebeliones anticoloniales en la construcción men tal de un proyecto que, reiterativamente, proponía la implan tación de un nuevo estado, el estado Inca, y la consiguiente erra dicación de los españoles.
Los casos que sirven de ilustración pern1iten postular que e. l proyecto de la utopía andina no se enarboló en las revueltas menores, ni en las protestaa cotidianas, ni en los enfrenta mientos locales.
Tal discurso sólo se constata en las conspira ciones y movimientos que alcanzaron connotaciones de rebe Uón o que encerraban el potencial para convertirse en rebe liones.
Me pregunto entonces ¿por qué el poblador común de las villas, epicentro de las revueltas menores, no enunció este discurso en sus protestas cotidianas?
Regresemos a las rebeliones mencionadas líneas arriba y exploremos la composición social de las mismas.
En Oruro �e correspondió al criollo ( también descrito como mestizo) Vé le1 de Córdova -en alianza con el cacique local y varios 1nes tizos artesanos-conspirar y planear la rebelión. -i�i.
En Lima, en 1750, fueron mestizos, indios de la élite y artesanos indí genas, apoyados por un clérigo franciscano mestizo, los que proyectaron alzarse 44 • En Cusca la Conspiración de Plateros �e 1780 fue convocada por un criollo, Farfán de los Godos, quien incluyó en sus proyectos al cacique Pisac y varios artesanos criollos y mestizos 46 • La rebelión de Túpac.
Amaru es bastante conocida: su programa acogió a todos los sectores sociales 1e �-ionados por la política borbónica.
Dentro de ellos, criollos y mestizos llevaron la voz cantante, sobre todo durante la pri mera fase del movimiento.
En este sentido quisiera cuestionar, una vez más, la ase veración de que la utopía andina fue concebida por el pobb-SCARLETT o'PHELAN dor indígena y de allí irradió a otros sectores sociales 46 • Está claro que estas formulaciones no aparecen en las revueltas sino en las rebeliones, donde la dirigencia es étnicamente mixta.
Pienso que criollos y clérigos tuvieron más injerencia en la di fusión del discurso del retorno de los Incas de lo que, hasta el momento, se les ha atribuido.
En un trabajo anterior planteé que el colegio de San Bor ja, en el Cusco, fue indudablemente un foco importante para propagar esta tesis el último cacique de Bogotá -rn.
Poco antes de estallar la rebe lión, Pisco había solicitado oficialmente que se le adjudicara d título aduciendo que era tío directo del legítimo heredero quien, a la sazón, era menor de edad r....
No obstante, para 1781, el cacicazgo se había reducido a unas cuantas villas es parcidas y a Pisco lo conocían más como comerciante, que como clescendiente de caciques.
Algo muy distinto a lo que ocurrió con Túpac Amaru, quien combinaba con éxito estas dos actividades.
Para los crio llos y mestizos del sur andino, era el diligente arr1ero que trans portaba productos entre el Bajo y el Alto Perú.
Para los indí genas era el afamado cacique que había ido a Lima a solici tar que los indios de Tinta y las provincias aledañas dejaran de mitar en Potosí ya que, desde 1776, las minas potosinas -como el resto del Alto Perú-habían sido transferidas al Virreinato de Buenos Aires.
Además, su largo litigio para acre ditar ser legítimo descendient� del Inca Túpac Amaru I le había hecho bastante conocido entre los pobladores del; �ur andino u.
Así como en México la religión fue el elemento que aglu tinó a criollos, mestizos e indígenas bajo el n1anto de la Virgen de Guadalupe, punto de encuentro de los diferentes sectores sociales 62, en el caso del Perú fue el Inca la figura a la que recurrieron criollos provincianos y caciques mestizos para ga.. rantizarse el apoyo de las masas indígenas.
La presencia de una élite indígena aún significativa que, además de reproducir sus relaciones con las comunidades a través de los tributos y la SEGUNDA PARTE.
Si comparamos las rebeliones de Quito, Nueva Granada y el Perú, se pone de inmediato en evidencia que en Quito y en Socorro la población indígena no era mayoritaria.
Los centros urbanos coloniales solían albergar a la población blanca,:us esclavos de servicio y una porción de indígenas que, habiendo abandonado sus comunidades de origen, se desempeñaban como artesanos y pequeños comerciantes r-.....
Los caciques, en este contexto, no tenían razón de ser.
Uno de estos casos es el de Socorro, donde la población era fundamentalmente blanca y mestiza.
De acuerdo al censo de 1778, en el Virreinato de Nueva Granada sólo el 15% de sus habitantes eran indios.
• Ello im plica que la influencia que la élite indígena podía lograr �ra bastante limitada.
No hay que olvidar que la rebelión de Ios Comuneros sólo fue captando la adhesión de los pobladores indígenas cuando avanzó hacia Bogotá.
No nació como un movimiento en el que destacara un significativo contingente indio.
Una vez más, los caciques poco tenían que hacer en una rebelión de esta naturaleza y, además, el extenso mestizaje anulaba la posibilidad de que en Nueva Granada el sistema En el caso del Perú, la gran rebelión estalló en el sur an dino, donde se concentraba la población indígena del Virreina t0 -alrededor del 70%-y donde, por lo tanto, los caciques cui: nplían un papel vital 5' o.
Siendo líderes comunales pasaron a convertirse en líderes de la rebelión.
Sus lazos con los pobla dores indígenas eran fuertes y no se reproducían básicamente t�. través de las fiestas de las cofradías -como ocurría en el caso de México, donde cobró importancia notable la Iglesia rn.
Dependían aún de mecanismos tradicionales que congregaban a las comunidades tales como eran la recolección del tributo y la mita de Potosí.
Como he señalado en otro trabajo, la mita demostró que los caciques que enviaban anualmente una cuo ta de mitayos a Potosí estuvieron en óptimas condiciones para remitir refuerzos durante la gran rebelión r..
8 • Tenían poder de convocatoria y mando sobre los indios de su comunidad.
La mita articulaba, además, dieciséis provincias del sur andino que reprodujeron esta red de contacto durante la rebelión Tupacamarista.
No hubo dudas ni improvisación por parte de los caciques, que utilizaron mecanismos y estructuras que es taban en plena vigencia.
Otro importante elemento cohesionador que estuvo to talmente ausente en el caso de Quito fue la presencia de un ".
La intranquilidad social también se apodera de las minas de Oruro, en 1781, y durante fo segunda fase de la gran rebelión los indios mitayos de Po tosí solicitaran « exaltar el levantamiento en esos lugares» ao.
Quito, al carecer de un complejo minero similar, perdió las posibilidades de utilizar este tipo de redes pa�a expandir un rnovimiento social.
Las minas de Zaruma tuvieron una explo tación espasmódica sin llegar a descollar.
Por otro lado, el tráfico comercial quiteño de consideración, más que llevarse a cabo por tierra, se hacía a través del puerto de Guayaquil 61• Pienso que el fenómeno de fragmentación de las comunidades indígenas que advierte Moreño Y áñez, bien pudo haberse de bido a la ausencia de un eje articulador semejante al Potosí altoperuano.
Esto repercutió en que el comercio interno se compusiera de rutas fragmentadas.
Además, durante el siglo XVIII estalló en la Audiencia de Quito una secuela de �pi demias que diezmaron a la población indígena.
Esto debió agudizar aún más la dislocación o aislamiento de sus comunida des, que vieron reducirse el elemento humano con el cual po dían contar para reproducir sus redes de contacto regional.
La situación <<intermedia» de la Audiencia, entre los virreina tos de Nueva Granada, en el norte, y del Perú, en el sur, la hacía aún más vulnerable a la propagación de las pestes que la atacaban por dos flancos.
Así, en la década del 40 y del 50, la SCARLETT O'PHELAN Audiencia quiteña sufrió el impacto de la epidemia de virudas que se originó en Lima y, en 1760, la gripe asiática la alcan zó desde Bogotá.
Entre 1763 y 1764, numerosos indios ha bían sucumbido en Quito y sus alrededores, precisamente en los años previos a la rebelión de los barrios
En el caso de Nueva Granada, la expansión del movimien to de Socorro hacia Bogotá cubrió de alguna manera la ruta Socorro-Popayán, en la cual Santa Fe de Bogotá era un punto inte. rmedio.
Además, llegaron ecos del movimiento Comunero �-centros mineros tales como Rionegro, Guarne y Palencia que �e aunaron a solicitar la abolición de impuestos, la extinci5n de pulperías y rebajas en dos de los productos estancados: ta baco y aguardiente 63 • Es preciso recordar que Zipaquirá era también conocida por sus minas de sal gema explotadas por! os indígenas, las cuales pasaron a manos de un administrador especial en 1777, suscitándose serias protestas 64 • Si bien es posible que estos circuitos comerciales no estuvieran tan bien integrados o arraigados como el de Potosí, fueron aprovecharlos de un modo similar para los propósitos de propagación del 1no vimiento Comunero.
Es mas, en este sentido, Ambrosio Pisco debió jugar un papel clave.
Pisco, además de ser propietario de mulas, se desempeñaba como administrador de los monopo lios de aguardiente y tabaco.
Al igual que otros hacendados y comerciantes de la localidad, mantenía tiendas en Bogotá, a las que abastecía peri6dicamente •.
Las rutas con1erciales le re-sultaban conocidas y los contactos con la ciudad estaban con venientemente tendidos.
De esta manera los..:ircuitos del aguar diente y el tabaco también contribuyeron a facilitar el avance del ejército Comunero hacia la capital.
En efecto, otro elemento que confirma la importancia de las rutas comerciales en la difusión de la rebelión de los Comuneros y de la gran rebelión puede verse en la comprobada participación de arrieros en ambas insurrecciones, Aguile.ra Peña, en su libro sobre los Comuneros del Socorro, presenta cuadros donde aparecen varios arrieros que fueron procesados por sus conexiones con la rebelión además, claro está, de Am brosio Pisco 66
• En el caso del Bajo y el Alto Perú, este fenó meno fue aún más evidente, en la medida que el clan Túpac Amaru manejaba una próspera empresa de arrieraje que pres taba servicios, precisamente, en la ruta Lima-Cusco-Potosí.
Adicionalmente, los libros de la Aduana del Cusco demuestran que Túpac Amaru y sus parientes transitaron activamente a le largo de esta ruta en los meses previos al estallido de la gran rebelión 67
• No en vano estuvieron en condiciones de 1se gurarse el apoyo de los gremios de arrieros, trajinantes y vi� jantes del sur andino 68• Lo que sí es obvio, es la dificultad que experimentó un movimiento urbano (como el de Quito) para expandirse a las provincias del interior y, a su vez, las limitaciones de las rebe liones que estallaron en las provincias (como Socorro y Tinta), para poder tomar con éxito las ciudades.
Como si la contradic ción ciudad-campo fuera imposible de superar.
En el caso del movimiento de Socorro, se llegó a cercar la ciudad de Ro gotá lo cual, indudablemente, supuso un factor de presión du rante las negociaciones de Zipaquirá 69
• En cuanto � Túpac Ama ru, se le increpó por no haber aprovechado estratégicamente el • El cacique optó más bien por avanzar hacia el Alto Perú, ruta que conocía, y donde, además de sus redes de arrie /aje, también tenía establecidos lazos de parentesco.
En el siglo XVIII las redes del parentesco sobresalen como un núcleo cohesionador de importancia, frente a la inminente �usencia de partidos políticos constituidos.
Ígnificado del alcance del sistema de parentesco no será uni forme.
En el caso de Socorro, los cuadros de Aguilera Peña cemuestran los vínculos entre parientes a nivel de lo que él domina «capitanes acaudalados» y también a nivel de la ofi cialidad del ejército comunero.
Allí traban lazos tíos, primos, sobrinos, cuñados n.
El trabajo prosopográfico que realiza Phe Jan con relación a los lazos establecidos entre las familias.Ar dila, Berbeo y Estévez, ofrece una idea clara del entramado sobre el cuál construyó sus contactos la élite socorrana n.
Lo mismo se advierte, de alguna manera, entre la élite quiteña: Francisco de Borja, uno de los incitadores de la convocatoria a Cabildo Abierto en 1765, tramitará el respaldo de los más ilustres vecinos de la ciudad, valiéndose de sus vínculos de parentesco.
Esto no le resultó difícil en la medida de que su suegro, el alférez real Juan de Chiriboga, era uno de los pro ductores de azúcar más importantes, insumo del cual se ob tenía el «aguardiente de caña» 73 • Pero, en el caso del sur andino peruano el entretejido es más complejo, en la medida que se extiende a lo ancho de comunidades enteras que se sustentan en sus ayllus o unida-
des familiares de referencia.
Un cacique como Túpac Ama. ru fjO controlaba sólo a sus parientes cercanos, sino también a 1as comunidades de Pampamarca, Surimana y Tungasuca, todas contenidas en su cacicazgo.
De los ayllus que conformaban es tas comunidades se nutrieron sus cuadros militares.
Los lazos de parentesco adquieren, entonces, una dimensión bastante diferente de la que se presenta en Quito y el Socorro a nivel de la élite criolla.
La adhesión de comunidades indígenas pue de llegar a tener una configuración masiva.
En su defecto es probable que en Quito y Socorro los gremios y cofradías hayan jugado un papel más decisivo en la conformación de los cuadros • 1◄.
En ambas insurrecciones es posible detectar el envolvimiento de artesanos, sin que esto dgnifique que se haya constatado su vinculación con determina das cofradías o hermandades.
Pero el parentesco será un arma de doble filo.
Por un lado, en el caso de la rebelión de Huarochirí de 1750, no sólo el clan Puipulibia recurrirá a los lazos familiares para forjar el alzamiento.
El militar encargado de reprimir la insurrección, Francisco de Mela, se apoyará también en los numerosos com padres que tenía en diversos pueblos huarochiríes para recla mar sus lealtades y sofocar la rebelión i,r;.
Como él mismo expli cará en su Diario Histórico «tenía yo en el pueblo de la Asup ción, en aquel tiempo, sobre treinta compadres» 7 fl.
Las redes de parentesco no sólo abarcarán la consanguinidad sino también las alianzas de padrinazgo que forjaron los españoles a través de ritos cristianos como el bautizo y el matrimonio.
Por otro lado, la relevancia que cobró el parentesco aca rreará sus propias contradicciones, sus propias trampas.
Las 1faltades entre parientes llevarán a que, en más de una ocasión, los líderes rebeldes sean denunciados y traicionados por su propio círculo familiar, puesto que éstos estaban enterados del paradero de los insurrectos.
No es casual que en la cons piración de Plateros del Cusco, de 1780, el cacique Tamho huacso fuese delatado por su cuñado a quien, en reconocimien to, se le adjudic6 el cacicazgo n.
En forma similar, el líder aymara Túpac Catari fue también entregado por Tomás Sisa López, pariente cercano de su esposa 1 �.
Las redes de par'!n tesco fueron utilizadas tanto para organizar, como para desman telar los movimientos sociales Los hacendados de Socorro y la élite de Quito (constitui da ésta última en gran medida por hacendados «ausentes» con propiedades en Ibarra, Latacunga, Riobamba, Ambato) 19, ten drán que buscar otros mecanismos para reclutar sus tropas.
Los capitanes comuneros propietarios de haciendas, estancias, po treros y sobras de resguardo�, tendrán que establecer sus propios códigos y lealtades.
Pienso que es en este momento cuando comienza, a operar, incipientemente, el caudillismo pro vincial.
Debido a su status de hacendados y no de caciques, estos líderes forjarán la relación patr6n.. cliente, que aparecerá con más nitidez en el temprano siglo XIX.
Con el énfasis que las Reformas Borbónicas pusieran en la revitalización de la producción agrícola81, la hacienda recobrará su importancia no sólo como unidad económica sino también como entidad polín Angles Vargas, Víctor: Bl c, cique T, mbobuac.so.
REBELIONES ANDINAS 29 tica.
Bajo estas condiciones, el caudillismo encontrará el terre-�2 no adecuado para florecer..
A ello contribuirá también el hecho de que, para fines del siglo XVIII, el sistema cacical estaba en estado de crisis.
Es más, luego de la gran rebelión y tras descubrirse el poten d al político de los caciques, se tomarán medidas correctivas que implicarán decretar la abolición de las sucesiones cad cales � 1
• Aparecerá entonces una nueva estirpe de caciques, de origen criollo, que contribuirá al deterioro irreversible de las relaciones de reciprocidad andina �.
Esta nueva casta de caciques-hacendados fortalecerá las relaciones en cuyo marco ya se movían muchos terratenientes criollos y peninsulares, las relaciones patrón-cliente, propias del contexto agrario y base del emergente caudillismo.
Abolir los cacicazgos supuso, de al gu na manera, dejarles el campo libre a los caudillos loca les y proporcionarles un acceso más directo a lac; comunidades.
Violencia cotidiana y guerra de castas
Los trabajos de Ward Stavig -para el caso del Cusco han resaltado, la importancia de la vida cotidiana para explicar enfrentamientos que se suscitan durante revueltas y rebelio nes sr,.
Es indudable que durante períodos de agitación social emergen e, inclusive se intensifican, contradicciones que se ha-
Ilaban latentes en la sociedad colonial.
Se ataca selectivamente a un clérigo que había expropiado tierras de comunidad; se pasa de un asalto a la Aduana hacia la violencia contra el co rregidor y sus repartos; las comunidades enemistadas por liti gios de tierras se enfrentan militarmente; se recrudecen los conflictos interétnicos; caciques advenedizos son heridos o muertos�-Las rebeliones simulan un laboratorio en el que se man. ifiestan las tensiones irresueltas.
Se convierten en el terreno donde se saldan cuentas pendientes, sobre todo si no ha habido mecanismos catalizadores, válvulas de escape.
De allí que en algunas ocasiones se conviertan en guerras de castas, propiciando la polarización que ubica al sector blan co a un extremo y a la población india al otro.
En el caso del Socorro la oposición no es tan tajante.
Sólo surge en el caso de la jurisdicción de Honda, ámbito en que se registra la con signa «mueran los blancos» 87
• Los antagonismos no son tan pronunciados debido, probablemente, a que el líder mulato -o mestizo--José Antonio Galán y el dirigente de las masas indígenas, Ambrosio Pisco, podrán insertar sus demandas en las Capitulaciones de Zipaquirá, aunque después sean conde nados a muerte y exilio, respectivamente, mientras que se nom bra corregidor de Socorro al líder criollo, Juan Francisco Ber beo 88• En el caso de Quito, el inesperado ataque indígena de la noche de San Juan dejará huella en la élite criolla como in dudablemente dejarán marca los 109 días que eJ líder aymara Túpac Catari mantuvo sitiada la ciudad de La Paz 89
31 cuando McFarlane establece el tránsito de revuelta a rebelión en el caso de la insurrección de los barrios quiteños.
La convul sión social se extiende entonces de los barrios de San Roque y San Sebastián y una manifestación contra el corregidor se trans Íorma en un movimiento anti-europeo al que se aunan los po bladores indígenas de las villas aledañas uo.
La <<invasión indí gena» será la pesadilla que se apodere de peninsulares y crio Uos en Quito, así como el hambre, la epidemia y la muerte debidas al cerco aymara, quedarán grabados en la memoria de los vecinos de La Paz.
Un testigo de los hechos, el oidor de la Audiencia de Charcas, Francisco Tadeo Díez de Medina, de jará registrado en su Diario, el día 14 de abril de 1781 «... el bloqueo en que nos tienen los indios, sitiados no sólo por ví veres que no internan a la ciudad... sino por la falta de agu� y fuentes que no corren, por haber cortado los enemigos, desde d principio del sitio, las cañerías o acueductos de la ciudad» 91 • En otro acápite se referirá a «la grita y algazara de los indios con todos aquellos improperios,' injurias, desvergüenzas y osa día contra los españoles, que llam2n káras, que antes de esta sedición ni se vieron ni oyeron» 9
El temor subyacente a una guerra de castas se pondrá de manifiesto en 1809, cuando tanto Qui to con10 La Paz tengan resquemor de incorporar a la población india en las platafor mas políticas de las juntas de gobierno Da.
Y es que, a diferen cia de Nueva Granada, en Quito y más aún en el Alto Perú, 1a población indígena era masiva.
En Quito, a fines del siglo XVIII, alrededor del 60% de los habitantes eran indígenas;
en la Intendencia de La Paz el 99,3 % eran indios94 • Los criollos aprendieron de la gran rebelión que, en lo sucesiva, las insurrecciones no podían escapárseles de las manos, que no podían exponerse a la irrupción de las masas indígenas.
Esto �ólo era posible asumiendo el liderazgo y control de los mo vimientos sociales.
El siglo XIX les brindará las condiciones ¡.,ara colmar sus aspiraciones de autonomía sin tener que!O currir en flagrantes contradicciones para justificar su actuación rolítica.
REBELIONES ANDINAS Y GUERRAS DE INDEPENDENCIA
Creo que si se trata de buscar un hilo conductor, un puen te que conecte las rebeliones del siglo XVIII con las juntas de gobierno del temprano XIX en los Andes, se hace necesa rio indagar en la naturaleza y puesta en práctica de las Refor! nas Borb6nicas.
Cada vez resulta más evidente constatar que la brecha que abrieron las reformas entre España y sus colo nias fue de carácter irreversible: un punto sin retorno•.
Y no me refiero, exclusivamente, s las medidas de orden fiscal.
En este sentido, es preciso enfatizar que el proceso de ruptura no se inicia en 1808 sino bastante antes.
El «desastre de 1808 », como lo denomina Anna 00, sólo refuerza una cr1s1s que ya estaba en marcha.
Resulta entonces más conveniente hablar de demandas írresucltas.
Las reivindicaciones que se esgrimieron en los pro gramas del XVIII pero que no se viabilizaron, reaparecen en ¡ el temprano XIX: abolición \de monopolios, reducción de impuestos, reblandecimiento del reglamento del comercio Ji bre, expulsión de los peninsulares que conforman el nuevo 1, parato burocrático y administrativo, revalorización de los �ri vilegios del clero y la Iglesia, recorte de los impuestos ecle siásticos".
El grito de « Viva el Rey, Muera el Mal Gobierno» que surge en 1780-1781, se transforma en «Viva la Independencia, muerte a los gachupines» o «muerte a los chapetones».
La cam paña en favor de la erradicación de los peninsulares no se �ni cia en 1810.
En 1809, La Paz y Quito piden que los españoles que no quieran someterse a las juntas abandonen el virreina to o, de lo contrario, juren reconocimiento al nuevo gobierno.
Esto, a pesar de haberse decretado que «españoles>> eran todos los habitantes de las colonias, sin distinciones étnicas.
E! propósito de tal medida fue diluir los antagonismos y limar las diferencias frente al poder peninsular.
Pero el sentimiento anti-peninsular no era nuevo y, ad�más, se había• agravado co n la puesta en práctica de las reforinas borbónicas y la transfe rencia de un nuevo cuerpo burocrático, administrativo y mi litar, a las• colonias' 98
• Así, el repudio al pe, ninsular aparece consistentemente en las rebeliones del siglo XVIII, materia lizándose en ataques contra visitadores, aduaneros, corregido res.
Quizás la diferencia radique en que, en el temprano XIX, Pienso que la expulsión de los jesuitas, en 17 6 7, pudo azuzar el conflicto.
Obligar a numerosos clérigos criollos miem bros de la Compañía a abandonar su tierra natal n 9, debió re sultar contraproducente a las élites locales, creándoles una mayor conciencia de que debían hacer respetar sus derechos ante el gobierno colonial.
No obstante, la erradicación de la Compañía de Jesús era el ataque selectivo a una orden y no una agresión frontal a la Iglesia como institución.
Así, si bien en el siglo XVIII caciques y curas demostra ron su poder de convocatoria, los primeros y no los segundos serán la cabeza visible de las rebeliones.
En el caso de la gran rtbelión, los clérigos que de alguna manera se ven compro metidos en el movimiento forman parte del círculo cercano a Túpac Amaru; son sus compadres, porque o bien han casado al cacique o a sus familiares, o han bautizado a sus hijos.
Son ]os doctrineros locales y serán señalados como los autores de algunas proclamas «plagadas de citas bíblicas» 1 0o.
En el caso de Nueva Granada, la posición del clero será de reconciliación, un poco a imitación de la actuación del arzobispo don Antonio Caballero y Góngora.
Sin embargo, es posible detectar la pre-• senda subrepticia de algunos curas franciscanos, dominicos y agustinos que serán acusados de haber redactf4do pasquines y oficiado misas por el éxito de los Comuneros 1o1 • Esta inter vención se produce a pesar de que las Capitulaciones de Zipa quirá pondrán énfasis no sólo en los abusos de los corregí-dores, sino también en los excesos perpetrados por los curas con los cobros por obvenciones rn2•
Por el contrario, al doblar el siglo, y después de que la Jglesia recibe el impacto de la política anticlerical de los Bar bones, el clero participará más abiertamente en las luchas de independencia.
El clero sufre su primer revés, en 176 7, al dic taminarse la expulsión de los jesuitas.
Pero, lo que determina-1á su distanciamiento de la metrópoli y su permeabilidad a la c.ausa patriota será el secuestro de las capellanías y obras pías decretado, en 1804, por la Corona española io:-1.
De allí en 2delante los eclesiásticos tendrán menos reparos en congre gar tropas, redactar manifiestos, legitimar insurrecciones y, además, dar estabilidad a los movimientos rebeldes.
Dejarán les entretelones para asumir el liderazgo político 104•
Ei clero: del perfil bajo al protagonismo
Pero la figuración del clero tiene antecedentes.
En Nue va Granada, es el arzobispo-virrey Caballero y Góngora quien negocia con los Comuneros, en 1781, su repliegue de la esce na política, además de asumir la misión de pacificar el alza miento 100.
Creo que su éxito se debió más a su condición de arzobispo que a su puesto interino de virrey.
En 1809, en Quito, el obispo José Cuero y Caicedo será elegido vicepre sidente de la Junta Suprema que encabeza el marqués de Selva Alegre 100• Se reproduce, en gran medida, el comportamiento de la élite quiteña durante la sublevación de los barrios de 1765: se reafirma la alianza entre patricios y clero.
Esto no debe sorprender demasiado, en la medida de que numerosos clérigos eran también miembros del patriciado.
No sólo.-.;us intereses económicos y políticos, sino también sus lazos fami li&res confluían.
Pienso, además, que al decretarse el secuestro de las ca pellanías se propició un mayor acercamiento entre la élite y el clero, en la medida que era precisamente a partir de estos mecanismos «de caridad» como se fortalecían los vínculos entre la élite y la Iglesia 1o1.
La mayoría de los miembros de la élite tenían fundadas capellanías a favor de algún pariente cerr.a IJO que era sacerdote.
Desmantelar estas conexiones sirvió para que aunaran sus esfuerzos en declarar su autonomía frente a España.
Así, en 1809, Quito.saca ventaja de la experiencia de Jos Comuneros con Caballero y Góngora, que sirve para demostrar el poder de negociación por parte del clero y lo que es más importante, su potencial para limar diferencias, para encontrar un punto de equilibrio, de consenso.
La lección se aprende y es así como en 1809, otro clérigo, José Cuero y Caicedo, será el elemento conciliador que catalizará las distensiones al;n terior de la élite, que enmendará el faccionalismo, que permi tirá la supervivencia -frente a las amenazas de atomización de la junta quiteña.
Justamente debido a ello, pasará de su cargo de vice-presidente a asumir, en 1811, la Presidencia de la Junta Suprema.
Pero esta vez tres clérigos asumirán posiciones claves dentro de la Junta Tuitiva y uno de ellos, José Antonic Medina, cura de Sicasica, tendrá una actuación destacada 108 • A diferencia de Quito, los curas parroquianos no jugarán un papel activo en la expansión del movimiento, las doctrinas no serán focos de propagación, probablemente debido a la efímera perma nencia de la junta altoperuana frente a la estabilidad de la quiteña.
Además, el conato rebelde que se suscitó con antel a ción, el 25 de mayo en Chuquisaca, alertó al alto clero y a las autoridades peninsulares.
De allí que las diferencias que sur gieron entre el arzobispo Moxo y los doctrineros de Charcas debieron combinar el excesivo rigor que demostró el clérigo en la adjudicación de parroquias y su origen peninsular 109
• Se entiende entonces que la alta jerarquía eclesiástica fuera l;)tO clive a orquestar una vez más la represión, al lado de una élite atemorizada por el traumático recuerdo de la rebelión de Túp�c Amaru y el desbordamiento de las masas indígenas.
La rebelión de Túpac Amaru puso a las autoridades es pañolas en guardia sobre la capacidad de convocatoria por parte de los caciques del sur andino.
Y es que, no sólo la gran rebelión sino también la maquinaria represiva se montó en base a la colaboración de la élite indígena 110• Pero, no bien sofocada la insurrección se suspendieron las sucesiones cacicales y sólo fueron mantenidos en sus puestos aquellos caciques que habían materializado su apoyo a la causa rea lista111• La descomposición del sistema cacica! era un hecho, y las provincias cusqueñas fueron las más expuestas a todo tipo de irregularidades112 •
• La postura realista de los caciques altoperuanos �n 17 8 0-1781 explicará que no reclamen una actuación política ir.ás representativa en la junta de 1809, donde incluso se pro pone la abolición de los cacicazgos 11:1
• Sólo en el caso del Perú se mantendrá en vigencia la figura del cacique como líder de importancia.
Así, el cacique Toribio Ara, en Tacna, y Mateo Pumacahua, en Cusca, tendrán aún espacio en la estructura de la dirigencia, aunque supeditados al liderazgo criollo114
• Las alianzas se redefinen y el radio de acción de los caciques �e reduce.
Son una élite en extinción.
Precisamente, Ara y Pumacahua son dos sobrevivientes cuya participación en las juntas de Tacna, en 1811 y Cusca, en 1814, puede haber respondido al interés de garantizar que �us cacicazgos se mantuvieran en vigencia, ante la amenaza de �bolición.
No obstante, se ven involucrados en las juntas de gobierno en diferentes momentos.
Ara, antes de decretada la Constitución de Cádiz de 1812.
Pumacahua, no sólo a dos años de haberse oficializado la constitución, sino en circuns-t&.ncias en que Fernando VII ha retomado las riendas de la Corona española anulando, entre otras cosas, los alcances de la Constitución 116 • Pero el papel de los caciques en las juntas de gobierno es marginal; no alcanza el protagonismo del siglo XVIII duran te el cual, a partir de la solidaridad de numerosos caciques del sur andino, Túpac Amaru configura y expande su rebelión.
Es a través de los caciques como se aprovisiona de hombres y Je víveres.
Para el siglo XIX Pumacahua estará en condicío oes de aportar, en 1814, un contingente de 200 hombres de tropa.
Su poder de convocatoria, para esas fechas, debió ha berse visto reducido si consideramos que entre 1809-1810 �n vió refuerzos al ejército realista de Goyeneche para la represión Je las juntas de La Paz y Buenos Aires.
Mientras tuvo aspira ciones de ubicarse en la Audiencia del Cusco -en la que lle gó a detentar interinamente la presidencia-se mantuvo leal al gobierno peninsular.
Fue al ser removido de la Audiencia cuando comprendió las limitaciones de su figuración bajo los có digos coloniales y aceptó participar en calidad de aliado en la Junta cuzqueña que, en 1814, constituyó un grupo de c-riollos provincianos encabezados por los hermanos Angulo.
discutió en los programas del XVIII, aunque sin ser el foco central de los mismos 1 m.
Sólo la Constitución de 1812 reto mará estas demandas, provocando el resquemor de la élite c.riolla que expresará la dificultad de seguir opert1ndo al margen de tales mecanismos de explotación colonial.
Será en e5te momento cuando los indios presionarán porque se oficialice d decreto de abolición del tributo y de las mitas 117
• No en vano uno de los objetivos del establecimiento de la junta cusqueña de 1814 fue, precisamente, la puesta en práctica de la Cons titución, cuya aplicación había sido sistemáticamente retra sada por la Audiencia 11,8• La junta que se instala en el Cuz(:o está conformada -a semejanza de la paceña-por criollo� y mestizos que no pertenecen a la rancia élite provincial, pero que poseen propiedades y n1an tienen in te reses comerciales 110• De allí se entiende que al no ser los beneficiarios directos de tributos y mitas, abogaran por su supresión.
Era también una manera de ganar consenso y aceptación entre 1a población india y de atraerlos al movimiento.
Serán, en todo caso, los grandes propietarios los que teman la repercusión de la nueva legisla ción y su interferencia con el suministro de mano de obra in.. dígena.
Es evidente que las discusiones en torno a la Constitución de Cádiz y a las elecciones de diputados y representantes loca les debieron tener incidencia tan1bién sobre los pobladores in dios.
Pero ser partícipes de este activismo político no les era del todo nuevo.
Debe tenerse en cuenta que los movimientos del siglo XVIII de alguna manera fueron un medio de <,poli tización», de «formación» para las masas indígenas.
La convo catoria de la élite quiteña a Cabildo Abierto en 1765 fue aco gida con entusiasmo por los pobladores de los barrios perifé ricos r 20
• De igual manera, con el avance del movimiento Co munero a Bogotá, la elección de capitanes y redacción de las Capitulaciones de Zipaquirá, se dio un espacio de representati vidad política abierto no sólo a los criollos sino también, aun que en forma más reducida, a mestizos e indios 121• Asimismo aunque Túpac Amaru designó directamente a sus comandantes y capitanes, Julián Apaza Túpac Catari promovió elecciones a nivel de las comunidades, cuyos dirigentes fueron nomina dos «por aclamación general>> 122 • Esta atmósfera política de elecciones, representantes y reivindicaciones, debió producir alteraciones a nivel de las comunidades al hacer partícipes a las masas indígenas de la efervescencia del momento.
En un principio la junta paceña de 1809 convocará ex clusivamente a la «acción de los cholos» de la ciudad, sin ape lar a las comunidades indígenas 123
• Esto puede explicar que los pobladores indios, al verse postergados, hayan sido más proclives a la organizaci6n de guerrillas para poder expresar sus intereses y expectativas en el nuevo gobierno criollo 124 • Se aludirá a que Manuel Victorio García Lanza, uno de los miembros de la junta, estaba en condiciones óptimas para SCARLETT o'PHELAN e5tablecer comunicación con las comunidades, en consideración a que tenía propiedades en las Yungas 12!•.
De esta manera se propiciaba la relación patrón-cliente, a la que también recu rrirán los miembros de la junta quiteña.
Así, Carlos y Xavier Montúfar (hijos del marqués de Selva Alegre) contaban, e n Riobamba, con un centenar de indios de peonaje con palos, barretas y sacos, para formar parapetos l2'J.
No obstante su participación «a medias» en las juntas, las demandas del campesinado indígena sólo serán oídas cuan do se promulgue en 1812 la Constitución de Cádiz, que abolía tributos y mitas.
En 1809 se había establecido que Hispano américa no era colonia sino parte integrante del Imperio es pañol y que todos sus habitantes debían ser considerados es pañoles.
En los sucesivos autos judiciales que presenten los campesinos de las comunidades enfatizarán su estado de «espa rioles-indios» y «ciudadanos exentos de mitar» 121• De allí que cuando, en 1814, Fernando VII retorne a España y trate de c�ar marcha atrás frente a estas medidas, será n1uy difícil per suadir a las comunidades de que deben prescindir de los bene ficios que la Constitución les había otorgado.
De alguna ma nera dejar de mitar y de tributar fue interpretado como •:iue «ya eran todos iguales ante la ley», aunque más temprano que tarde descubrirían que ser «españoles» no significa1⁄2a, necesariamente, ser <<ciudadanos».
Lc,s semillas de la autodestrucción: Regionalismo y Faccionalismo
El regionalismo y el faccionalismo 12 �, qui'.! han sido con siderados rasgos distintivos de las luchas de independencia, presentan connotaciones particulares en el siglo XVIII.
Con relación al primero se puede observar, por ejemplo, que las rebeliones del Perú y Nueva Granada se circunscriben a una región.
Una región donde se articulan intereses econ6micos, redes comerciales, lazos familiares y en donde existe, en conse cuencia, un margen para proyecciones políticas.
En el caso ciel Perú, la gran rebelión se expande hacia Bolivia.
Por otro lado, el movimiento Comunero se propaga hacia Venezuela.
Si bien los epicentros son Cusca y Socorro, el entretejido que los sustenta compromete, respectivamente, a las provincias �ltoperuanas, y a Pamplona,_ en Venezuela r21\
No obstante, no hay ecos militares ni de uno ni de otro movimiento en el caso de la Audiencia de Quito, escenario de la rebelión de 1765.
En todo caso, las autoridades penin sulares expresarán su inquietud de que, por su naturaleza similar, el movimiento Comunero pueda ganar adeptos entre la élite quiteña.
Es evidente que hay más puntos de coinci dencia entre la rebelión de los barrios y los Comuneros, que entre estos movimientos y la gran rebelión, donde la élite provincial se cuidará de no dar la cara.
Pero si bien durante 1780 las reformas borbónicas causan revueltas locales en los pueblos adyacentes a Ambato, donde en Pelileo, Quisapincha, Píllaro y Baños se protesta contra los nuevos impuestos y se tscucha el grito de « Yiva el Rey y muera el mal gobierno» al tener que sofocar simultáneamente 1 dos insurrecciones: las de Quito y La Paz rn4• Su objetivo militar amplía el marco <le agitación social y política.
Su radio de interés no fragmenta el sur andino del escenario de la Junta quiteña; los visualiza en conjunto.
El marco regional se ensancha, pero a su vez se limita, exclusivamente a la fronteras espaciales del virreinato del Perú en el momento previo al desmembramiento de las Audiencias de Quito y Charcas.
No obstante, los programas políticos se restringen al �ontexto regional y reflejan, sobr e todo, los intereses de las élites provinciales.
La naturaleza del faccionalismo es también distinta en ]as rebeliones del XVIII.
La división que establece Aguiler a:?eña para el caso de Socorro entre capitanes terratenientes y c�pitanes populares se pondrá también de manifiesto en el temprano XIX y desembocará en la conformación de facciones.
Sin embargo, en el XIX el faccionalismo surgirá y, en forma más transparente, a nivel de la élite.
El caso de Quito es el más ilustrativo si consideramos que se gestaron al interior de b Junta Suprema dos facciones: la del marqué-, de Selva Ale gre y la del marqués de Orellana 136 • Pero cabe también establecer diferencias.
En el XVIII 1as facciones de capitanes terratenientes y capitanes populares (dis tinción que tan1bién se puede ajustar al caso del Perú en la presencia de Túpac Amaru y Túpac Catari), no llegaron a en frentarse militarmente.
Hay momentos de descoordinación en tre los ejércitos quechua y aymara, no sólo porque los objeti vos no siempre coinciden sino por problemas de incomunica ción verbal que determinan la necesidad de recurrir a intér pretes.
Pero muchos de los movimientos militares son planea dos en conjunto: Túpac Catari tiene una autonomía relativa, el comando central estará en las manos del clan Túpac Ama-
SCARLETT o'PHFLAN los enfrentamientos no trascienden del plano local, no se ar ticulan ni en el norte con Nueva Granada, ni en el sur con el Perú.
Quizás porque se trata, fundamentalmente, de revuel tas indígenas, los criollos ya habían tenido su rebelión, en 17 65, y se mantendrán al margen de los altercados que propi cien los indios contra los empadronamientos y el nuevo esque ma de alcabalas que incorpora productos nativos que gozaban de ex�epci6n.
Las revueltas de 1780 eμ la Audiencia de Quito mantienen, por lo tanto, un perfil insular.
No obstante, si bien geográficatnertte los movimientos so dales de este período tienen connotaciones regionales, no na cionales, las noticias se transmiten, la información circula y su pera el ámbito de lo local.
En Cusco, en 1780, los rumores sobre la rebelión de Quito de 17 65, señalan el éxito de los triollos.
Farfán de los Godos exaltará a sus allegados refi riéndose a que en Quito, en s61o una noche y un día, se ha bían librado de pensiones y aduana quedando en vigencia sólo la alcabala y i el, • Por el contrario, en el XIX las facciones chocan y en el caso de Quito, sólo la presencia del obispo Cuero y Caice do logra conciliar lo que se estaba convirtiendo en una guerra civil entre montufaristas y sanchistas.
Regionalismo y Faccionalismo persistirán durante ]as guerras de independencia y serán dos de las grandes trabas que encuentre Bolívar para mantener la estabilidad de la Gtan Colo, nbia.
Pero sus raíces son coloniales, exacerbadas por las reformas borbónicas.
No en vano la conformación de los nue vos estados republicanos guardará límites similares a las tra dicionales Audiencias coloniales: Quito (Ecuador), Lima (Perú) y Charcas (Bolivia).
Asimismo, regionalismo y faccionalismo serán vértice del caudillismo, que obstaculizará la estabilidad política de los nacientes estados durante el temprano período republicano. |
1810-1820 tenemos la �ensación de que estamos trabajr-.ndo sobre una temática n1uy sencilla y acerca de la cual puede agregarse muy poco.
El tema de la actividad de los edesiásticos en la Revolución ha sido profundamente estudiado dándose, incluso, la repetición de temas y metodologías por dife.r�ntes autores.
Por otro lado, y buscando una nueva perspectiva de acerca1niento que cont�i buya novedosamente a la historia política de la etapa revolu c. ionaria, vemos que el tema adquiere una complejidad inusi tada.
Complejidad que viene dada por varios motivos: en pri mer lugar, porque los historiadores qce se ocuparon del tem� se preocuparon más en probar la adhesión de los clérigos a la 1evolución sin preguntarse siquiera si la revolución es una sola, o, por el contrario, si hay tendencias en su seno que bus can adhesiones para imponerse a quienes se enfrentan.
En se gundo lugar, porque la Iglesia es concebida, a pesar de que numerosos hechos podrían hacer pensar lo contrario, como un �ólido bloque donde los enfrentamientos son personales y pun - tuales, sin imaginarse que podrían estar reflejando u ocultando distintas posturas o proyectos políticos, además de estar re presentando luchas por el poder en el seno de la institución.
Como paso inicial de nuestra tarea vamos a hacer un brevísimo, y seguramente incompleto, exan1en de los planteos Tomo XLIX
FERNANDO CARLOS URQUIZA generales de los textos que, a nuestro juicio, han resultado lqs más importantes por sus aportes al tema.
En este sentido, podríamos agrupar la bibliografía en cua tro rubros diferentes: a) las obras de carácter general; b) las que tratan el tema específico de la Iglesia en relación con J;,1 Revolución de Mayo; e) aquellos textos que indagan el aspec to biográfico de clérigos que actúan en este período y d) aqne-110s que abordan aspectos especiales o problemas puntuales <k la Iglesia en esta época.
Entre las primeras -denominadas obras de carácter gene ral-sobresalen dos ejemplos.
En primer lugar, la Nueva his toria Eclesiástica Argentina de Juan Carlos Zuretti 1, es Lltl trabajo encarado de forma tal que abarca cronológicamente desde la conquista hasta el siglo XX, en donde analiza �os temas sobresalientes del desarrollo de la Iglesin en la Argentina, seleccionando aquéllos que le permiten destacar el beneficinso papel que cumpli6 esta institución en el territorio.
El otro ejemplo, la monumental obra de Cayetano Bruno, es encarada del' mismo modo, con una vocación totalizadora ele la historia eclesiástica nacional.
Esta colección de Historia Eclesiástica Argentina, editada en varios tomos, propone un minucioso examen histórico, desde la conquista hasta la �c tualidad, en cada una de las di6cesis, abarcando una amplísi ma gama de sucesos que incluyen a aquéllos en los que 1 A instituci6n jugó un rol discutible o polémico.
El tratamiento de estos temas resulta por 4emás int�resante ya que el • autor los somete a profundas revisiones, utilizando tanto los argumen tos que han servido' para criticar a la Iglesia como aquellos que fueron empleados •¡,ara elogiarla', sfr1 que esto Jo lleve a olvi dar su carácter sacerdotal.
Otro mérito de Bruno es citar una gran cantidad de fuentes y documentos para justificar sus apreciaciones, hecho que -además de darle solidez a sus:.a zonamientos-facilita enormemente la tarea de investigaci6n posterior.
CLERO PORTEÑO EN 1810-1820 3 En cuanto a aquellos artículos o libros que encaran es pecíficamente el tema de la Iglesia en sus relaciones con la Revolución, la serie es mucho más. larga pero también muy dispareja en cuanto a su calidad.
De los numerosos trabajos que hemos leído acerca de este aspecto, seleccionamos algunos que exponemos a continuación.
Tenemos, por ejemplo, Ja obra de Mons.
Agustín Piaggio Influencia del clero en la Indepen dencia Argentina!, escrita en 1910 y presentada• en un.con curso literario que, según palabras de: su au tot, fue realiz�d a rara destacar la acción del • clero en la revolución que hasta d momento era una.página. en blanco,. ignorad.a por los histo -: r iadores.
Los principales apoyos de su estudio. son el voto de los sacerdotes en el Cabildo• Abierto del 22. de mayo, las or� - c iones pronunciadas en Jos aniversarios patrios y algunas anéc dotas protagonizadas por curas revolucionarios.
Otro historiador, Juan Carlos Varetto, ubicándose en,.
1na línea contraria a -la-de los autores tratados, opina en su obra Hostilidad del, clero• a la Independencia Americana 8 que la Iglesia estuvó, en contr• a de la• emancipación.
Afirma que huho algunos casos de clérigos vinculados a la Revoluci6n, pero esto �ucedió á pesar de ser: clérigos y no por estar en la Iglesia.
Abona sus afirmaciones con la orden de la Junta de predicar desde el, púlpito. en favor d. el nuevo Qrden i y, c on1: la, lista de a l gunos curas reaccionarios que él, uisrno.. cQ�cc; cio�iaJ l:�n� bién cita a Pi�ggio cu, indo 1aJirma que. los. clérigos. debier0n luchar contra.la ignorancia, la rutina y la apatía de los pueblos y también <:0ntr� • la influencia poderosísima de sus colegas y aún de sus prelados... •.
Guillermo Furlong, en cambio, trata de contestar estas severas críticas,, con su �rtículo Clero patriótico y clero apatrió tico entre 1810. y 1816...
Afirma el jesuita que no hubo ni podía haber hombres antipatri6ticos en mayo de 1810 debido a que la patria no nace en esta.fecha sino que sólo es conce-FERNANDO CARLOS lJRQUIZA bida en el corazón de unos pocos, naciendo recién en 18 16.
Como la patria no había nacido aún, es un contrasentido qfir mar que ya había curas que estaban en contra de ella; por eso lo más que se puede decir es que hubo sacerdotes apatr1ó ticos.
En otro artículo, el mismo autor prefiere estudiar la ac tuación del obispo Lué al frente de la diócesis; nos referimos a Monseñor Benito Lué y Riega antes y después de 1810.
Ya en los primeros párrafos declara cuál es su obíetivo: gener�u cambios en la imagen del prelado, analizando su conducta des de antes de 1810.
Este trabajo es importante porque perm1te inferir las estrechas relaciones que existían entre el dioces3no y los virreyes Liniers y Cisneros, como también la conducta mantenida por éste luego de los sucesos de mayo.
García Loydi, otro historiador vinculado a la Iglesia, escri bió El Clero en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810, en donde analiza la actuación de los curas en esta asamblea c. �\_jando fehaciente constancia de la existencia de un clero revo lucionario.
Entre las explicaciones que da acerca de esta situa dón esgrime aquella, acuñada por Rómulo Carbia, en la que afirma que esta adhesión a la Revolución se da por la frus tración de los nativos al no poder alcanzar cargos altos en la estructura eclesiástica local.
Dejamos para el final de este rubro precisamente a Ró mulo Carbia por considerarlo uno de los más importantes y serios investigadores que abordaron el tema que nos ocupa.
Con su obra La Revolución de Mayo y la Iglesia 4, cuya pri mera versión apareció en 1915, tercia en la polémica de 1 a época acerca de sí la Iglesia estuvo a favor o en contra de la Independencia, afirmando que hubo un clero revolucionario y uno reaccionario; que el apoyo a la Revolución viene de los curas nativos que no habían podido alcanzar cargos altos en la jerarquía porteña y que se hacen revolucionarios porque tenífü1 una preparación intelectual acorde, recabada en base a libros prohibidos y viajes a Europa.
También hace jugar un papel ímportante a las tensiones existentes entre el Cabildo Ecle siástico y el obispo, que son para él producto de la frustración aludida.
Toda esta serie de artículos que intentan legítimamente indagar este tema tan complicado presenta algunas dificultades.
Una que aparece en casi todos los trabajos es una adhe"ión emocional bastante fuerte a la Revolución que termina oor convértirse en una premisa de trabajo, impidiendo que los sucesos se conviertan plenamente en objeto de estudio.
Junto a esto se presenta el problema de una escasa reflexión teórica acerca de lo que es una revolución, cuánto dura, cómo se lleva a cabo, cómo reaccionan sus adherentes y cómo sus oposito res, etc., lo que hace muchas veces que los trabajos se con viertan en una sucesión de hechos anecdóticos con conclusio nes poco claras.
En la categoría de obras que abordan el ten1a biográ fico hay tres ejemplos dignos de mencionarse: Fassolino, Ni colás: Vida y obra del primer rector y cancelario de la UBA, Pbro.
Dr. Antonio Sáenz; Gallardc, Guillermo: El cape llán de la Primera Junta Don José León Planchón; y Ruiz Guiñazú, Guillermo: El Deán de Buenos Aires, Diego Estanis lao Zabaleta.
En los tres textos lo que se hace es una biogra fía de los sujetos al modo tradicional, tratando de resaltar hasta los aspectos más cotidianos de la psiquis de cada uno, que por tratarse de personajes «ilustres» se convierten en facetas importantes de personalidad.
En ninguno de los tre'i hay un intento de profundizar en el estudio de la realidad histórica que rodea al sujeto ni de indagar en los aspectos más <<soda les» de éstos, ya que seguramente eran referentes en su épor:a.
La última categorí. a -trabajos que analizan temas espe• dficos de la Iglesia en este período-se compone esencial.. mente de dos artículos: Tanda, Américo: La Asamblea del 6 FERNANDO CARLOS lJRQUIZA cteación de esta institución y sus consecuencias para la Igl� � ia y ambos coinciden en que si bien esta comisaría repre sentaba una violación del derecho canónico, no trajo efectos negativos para el clero por la honestidad de quienes desetn peñaron los cargos en ella.
Estos son, en apretada síntesis, los principales textos -hay muchos más-que nos han servido para dar forma a nuestra investigación.
Su importancia resulta de que, por un fodo, • nos han permitido ubicarnos en el estado actual del tc1na, -que hace mucho tiempo que no atraía la atención de 1os investigadores-y por otro lado, se han convertido en fuentes documentales en reemplazo de las escasas fuentes pri marias que poseemos.
Esta escasez obedece a k destrucción eme se hizo en su momento del Archivo de la Curia de Buenos _j.
Aires, que nos ha producido un vacío documé' ntal difícil de reemplazar.
Tenemos la impresión, al reflexionar sobre nuestro ob jeto de estudio y la forma de abordarlo, que es muy comple jo y que admite varias vías de análisis, ya que si nos acerca-1nos críticamente a él es posible ver el entrecruzamiento de varios planos de acción política.
En principio, una vía de análisis puede ser la de la posición de la Iglesia -estudiada a través de la actitud oficial de la institución, y por ello mis mo concebida como única-en relación con los acontecimien tos «laicos» generales.
Otra vía puede ser, sin duda, el exa men de la acción política interna, es decir la lucha por los es pacios de poder en el seno de la institución.
Pero hay una perspectiva más, y es la de relacionar ambos planos, porque es, "\ vidente que la sociedad laica -más aún en aquellos momen tos-requiere definiciones de la Iglesia acerca de los proble-1nás que afronta.
En este sentido vemos que hay un doble jue go de planos, por una parte toda la política interna de la ins titución, y por otra, los resultados de ésta en interacción con los acontecimientos políticos generales.
Nuestro objetivo es tratar de captar ese doble juego y analizarlo lo más profun damente posible. • Hasta no hace mucho, pensar en la Iglesia como institu ción en cuyo seno existen tendencias, sectores, bandos o. fac ciones que no siempre llegan a acuerdos y que incluso llegan a enfrentarse, era declararse anticlerical sin lugar a dudas.
Afor tunadamente hoy este prejuicio ha cambiado y existt! consen so, aún en los sectores menos «agiornados>>, en que realmente hay un juego interno de poderes que podemos llamar político.
En efecto, muy lejos de lo que siempre se afirma, las uni cades de poder dentro de la Iglesia no son unidades monolí ticas sino que, por el contrario, la organización interna de la comunidad religiosa se basa en entidades con cierto grado de �mtonomía, subordinadas a otras más grandes (por ej. arzo bispados, diócesis, curatos) u organizaciones paralelas inde pendientes entre sí -provincias de regulares y diócesis por ejemplo-.
Las relaciones entre estas estructuras, sus grados ¿e dependencia y de autonomía y los límites de su indepen dencia están cuidadosamente delineados por el Derecho Ca tónico; derecho que no cubre ciertas zonas grises, permitien do la dinámica de las estructuras y convirtiéndose, a la vez, en fuente de conflictos G.
LAS RELACIONES ENTRE EL CABILDO ECLESIÁSTICO Y EL OBISPO
Para analizar la dinámica de la política interna de la Iglesia en la diócesis d�l Río de la Plata entre 181 O y 1820 es fundamental comprender una de sus principales aristas, que es la de las vinculaciones entre el obispo y el Cabildo Ecle siástico.
Si bien estas relaciones terminan en 1812 con la FERNANDO CARLü� L!
RQUIZA muerte del prelado, nos ayudan a entender la significación v el rol del Cabildo Eclesiástico, que será hasta la finalizacÍtJn de la sede vacante quien llevará adelante el gobierno de la diócesis a través de la designación del provisor.,.
Podríamos decir que desde un primer momento hubo enfrentamientos entre el Cuerpo Capitular y Lué; ya a los diez meses de su consagración como obispo escribía a la Corte en Madrid:
"No he visitado mi iglesia catedral, aunque lo deseo, porque preveo graves dificultades en la reforma y arreglo de las obligaciones más esen ciales."
T De todos modos el primer choque in1portante se produ ce en octubre de 1805, cuando renuncia el doctor fray Cayetano Escola y queda vacante el cargo de secretario capitular.
El Ca bildo designa al doctor Sáenz, que aún no es sacerdote, e infor-1na de ello al prelado para que despache el título correspondien te.
En su respuesta, Lué afirma que son sus atribuciones admitir tanto la renuncia como la designación dei nuevo s• ccretario.
El Cabildo Eclesiástico, ante esta actitud, mantiene su decisión y solicita al obispo que despache el título porque si no se verá obligado a efectuar el nombramiento por sí solo, tal cual era la práctica hasta entonces.
Decidido a llegar a un acuerdo amigable, el Pastor �o-licita que un representante del Cabildo con plenos poderes mantenga una reunión con él, a fin de dar una solución al conflicto.
El representante capitular es el magistral Melchor José Fernández -declarado enemigo de Lué-y se acuerda que Sáenz debe renunciar bajo amenaza de no obtener de parte del obispo el presbiterado y que Fernández se encargue de la secretaría 1nientras tanto.
Posteriormente, el canónigo Fernández infar mará que era intención de Lué designar uno de sus familiares en el cargo, cosa inaceptable para él ya que sus colegas «no habrían asumido como depositarios de sus confidencias a un comenzal del Pastor, de quien a cada paso recibían desmanes.>>8 En diciembre de 1806, el Cabildo Eclesiástico nombra finalmente secretario a Sáenz, que es confirmado a principios de 1808 por la Real Audiencia de Buenos Aires.
Aquí termina el episodio, pero una muestra de que los choques y enfrentamientos continuarán con la misma intensi dad la tenemos en 1808.
A principios de marzo del citado'lño un grupo de clérigos cursa a S.M. un informe clandestino acerca de los procederes del obispo.
Todo parece indicar que los impulsores del citado oficio eran el presbítero Sáenz y el presbítero Antonio Herrera y que, según informaciones surgi das del sumario mandado hacer por Lué, contarían con el visto bueno del canónigo Fernández.
El prelado, por su parte, en una exposición al monarca propone quitarle los oficios de secretario del Cabildo a Sáenz como pena por «la seducción de su clero y calumnias de �;u Obispo»9
• A estas alturas, las cosas se habían complicado a tal extremo que el propio virrey Liniers terció con el fin de obtener una solución amistosa sobre la base de un acuerdo entre los bandos en pugtla: la propuesta del virrey era la Je FERNANDO CARLOS URQUIZA destruir la representación de los clérigos y el sumario realiza.. do por Lué, encareciendo sus méritos ante el Rey.
Aparen temente aceptada la propuesta efectuada a los jóvenes sacer dotes, el trámite fracasará cuando el obispo haga pública �u c•xigencia de que el Dr. Sáenz renuncie a la secretaría capitu lar a cambio de otro beneficio en la catedral o en la Diócesis, a su elección.
Sáenz rechaza la pretensión del obispo, con lo cual e� sumario sigue adelante.
El provisor Mariano Zavaleta solicitó y obtuvo de Liniers el arresto de Sáenz en el Semi nario.
Junto al expediente girado a España, Liniers dirige una carta al ministro de Gracia y Justicia en la que realiza una minuciosa y encendida defensa del obispo.
De todos modos,,, pesar del apoyo brindado por el virrey, la Real Audienda de Buenos Aires falló en favor del recurso de fuerza interpues to por Sáenz El resto del clero, excepto seis casos, votó con variantes fa postura expresada por los capitulares de la catedral; 16 vo tos en favor de la cesación del virrey, 7 en contra y 1 indec..i so.
Los votos que se asemejaban al del obispo fueron el del padre provincial de San Francisco fray Ramón Alvarez, el guar-11 AGN, Acuerdos del Extingujdo CabHdo de Buenos Aires, �erie IV, tomo IV, pág. 12.5.
14 Puede citarse como ejemplo el caso del maestrc::scuela Fernándcz.
Tanto el análisis de la votación del clero en el Cabildo del 22 de mayo como los hechos antes relatados -el conflic to.por la secretaría capitular y el episodio del envío de un in forme escrito con serias críticas acerca del prelado al rey 15 podrían estar señalando la situadón de profundo cuestiona miento en que se hallaba el obispo desde el comienzo de su administración.
Quienes debían ser sus colaboradores más in mediatos -los integrantes del Cabildo Eclesiástico--eran sus más conspicuos enemigos que además, a partir de los relatos del desarrollo de la asamblea del 22 de mayo, quizás estuvie ran liderando la oposición al prelac!o 16 ya que no eran los únicos que disentían de él.
Con fecha del 11 de febrero de 1809 -por ejemplo -la Junta de Montevideo y el síndico de la ciudad Bernardo Suárez elevan una exposición al Consejo; en dicho oficio se relata una visita pastoral de Lué a la Banda Oriental y el desagrado que causó tanto en feligreses como en curas 11• Pero, ¿cuáles eran los apoyos del obispo?
En primer término, y sin lugar a dudas, el carácter oficial que le confería la designación real.
En segundo lugar, quizás fueron sus alia dos más importantes los virreyes.
Tanto Liniers como Cis neros apoyaron al pastor en los cuestionamientos que le tocó enfrentar 1,8 • Y por último unos pocos curas que no alcanzan a constituir una facción política.
¿Cuáles fueron, en cambio, los apoyos del cuerpo capitu lar?
En casi todos los conflictos que debieron mantener 3us armas eran, por un lado, un profundo conocimiento del Dere cho Canónico, en cuyas inte. rpretaciones nunca estuvieron dis conformes ni la Real Audiencia de Buenos Aires ni el Consejo de Indias; aspecto que seguramente el obispo -ex militar no dominaba en profundidad.
Por otro lado, el Cabildo secu lar en todos los casos que tomó intervención, se declara final mente en favor del capítulo religioso.
Por último, creemos que en toda la diócesis, y a juzga!" por la mala impresión que causaba el obispo, los curas tanto regulares como seglares vi sualizaban con mayor simpatía al Cabildo Eclesiástico que a su diocesano.
Si aceptamos que estos sucesos relatados, más allá de ser enfrentamientos personales, forman parte de uno mucho más general y de carácter político, podríamos pensar que e n este sentido parece darse una similitud con lo que ocurre en d Cabildo Secular ya que en el eclesiástico estaríamos asistiendo � la representación más genuina de las aspiraciones del sector eclesiástico local, por lo menos en ese momento.
Luego de definirse la nueva Junta que gobernará el terri torio y sobre todo luego de la compulsa de fuerzas que signi fic6 la semana de mayo, la situación política del obispo no era de las mejores.
El hecho de haber representado quizás la ma yor postura conservadora le granjeó la desconfianza de la Junta, que se manifestó en la negativa a la licencia que solicitó el pre fado el 15 de junio de 1810, para efectuar la segunda visita
pastoral de su gobierno a la Banda Oriental que había. üdo anunciada con anterioridad a los sucesos de mayo.
Esta medida, que se completa con la separación del obis po de las ceremonias en la Catedral y la prohibición de predi car hasta nueva orden, estarían indicando la cautela con que se movía la Primera Junta respecto del prelado.
Por Ante esta situación de recelo por parte de la Junta por teña y de reclamo de una acción más clara por parte de Mon tevideo, ¿cuál será la actitud del obispo Lué?
En primer lugar, luego de haber recibido la notificación de la creación de la Primera Junta, envía una misiva a las nuevas autoridades con fecha 26 de mayo de 1810:
"Obedeceré a V.E., le cumplimentaré y felicitaré en cuanto me corres ponda, prestándome a sus disposiciones, como autoridad superior del virreinato, hasta la congregación de la Junta General en la forma en que lo previene el bando publicado en esta capital el día de ayer (... ) y en conformidad con lo dispuesto por las leyes divinas y humanas espero que V.E. se dé por satisfecha con esta mi sincera manifestación de obediencia a la autorida d constituida del virreinato... " 2() El texto es claro y no son necesarios comentarios al res pecto.
El prelado opta por otorgar un voto de confianza al nuevo gobierno, que por otro lado es legal.
El 12 de junio de 1810, el obispo dirige un oficio a la secretaría de la Junta solicitando una entrevista con ésta.
Ma Difestaba que, estando al tanto de las especies adversas que circulaban respecto de él, deseaba mantener una reunión con los integrantes del gobierno a fin de sincerar y aclarar.'as cosas.
La respuesta de la Junta no se hace esperar, comunicán dole que �e le complacería cuando fuera conveniente.
A los pocos días Lué recibe otra nota mediante la cual el gobierno le comunicaba que habiendo trascendido al público las con tinuadas desavenencias existentes entre el Cabildo Eclesiástico y él, para escándalo de los fieles, había resuelto por provi dencia precautoria que se abstuviera de asistir a la Iglesia hasta tanto se tomase una resolución definitiva 21 • Tiempo más tarde, el gobierno solicitó dos sacerdotes para capellanes de la expedición al Perú, uno de los cuales carecía de las licencias necesarias para hacerse cargo de su misión, de biendo otorgárselas el obispo.
Respecto del primero, Mons.
Lué no tiene objeciones para nombrarlo capellán.
El otro can didato, el presbítero Albariño, que era quien no tenía las re feridas licencias, debía dar un examen ante el obispo -requi.. sito señalado por el Derecho Canónico para obtenerlas-.
Re firiéndose a esta situación, el prelado escribe a la Junta: Sin duda esta carta es más que sugestiva acerca de la si tuación política del prelado� Pero no nos detengamos en este análisis aún.
Hay dos hechos, que echan más luz todavía acer ca de este punto.
El primero de estos sucesos es el que apunta el padre Gpillermo Furlong cuando remarca la profunda olie diencia a la Junta que prestaba tl dioc: esano, ejemplificada en el acto de quitar licencias sacerdotuies a fray Manuel Aparicio fray Mariano Perdriel y al presbítero Ramón Vieytes.
Esta san ción había sido solicitada por la Junta, aunque no había moti vos para ella a la luz del Derecho Canónico, luego de los suce sos del 5 y 6 de abril de 1811.
El otro acontecimiento importante es el hecho que el gobierno nombre a Mons.
Lué presidente del tribunal espe cialmente constituido para juzgar la conducta del obispo de Córdoba, Mons.
Esta asamblea estaba constituida Es a partir del análisis de Ios hechos relatados cuando tJo demos sugerir una interpretación de la conducta del obispo Lué.
Vemos que en principio el prelado, a pesar de las incita ciones del foco realista del Montevideo, se cuida muy bien de agredir a la Junta surgida del Cabildo del 25 de mayo e incluso. de presionar a los clérigos que se hallan bajo su autoridad para actuar en contra del nuevo orden.
Pero es evidente que a pe�ar de ello, el nuevo gobierno no confiaba en Lué y en lo que éste pudiera significar para la Revoluci6n.
Podría pensarse que el obispo, ante esta situación, intentó un acercamiento al nuevo orden.
El hecho de que solicitara una reunión con la Junta para aclarar posiciones quizás sea un indicio en este sentido.
Pero recordemos que la Junta cobija en su seno dos ten dencias bien diferenciadas que llegan a chocar, prevaleciendo en un primer momento la conservadora, representada princi palmente por Saavedra.
Para diciembre de 1810 este bando habrá desplazado a la facción Morenista -ala radicalizada y posibilitado la incorporación a la Junta de los diputados del interior, entre ellos quien reemplazará al mismo Moreno en la dirección de la Gazeta y se convertirá en colaborador de Saa vedra: el deán Punes.
En su proceder, Lué parece aprovechar la incorporacinn de Punes a la Junta para acercarse a la Revoluci6n.
En diciem bre de 1810, en la carta que transcribimos antes, es el mismo obispo quien pide ser sustituido por Punes en la prédica del día de la Inmaculada Concepción y es luego de los sucesos del 5 y 6 de abril, al quitarles las licencias a los frailes Apa ricio y Perdriel y al presbítero Vieytes, cuando parece demostrar su adhesión a la Junta Grande.
Por la carta de mayo de 1811 que recibió el prelado para que fuese él quien oficiase lo� fes tejos religiosos del primer aniversario de la Revolución, po dría pensarse que sus intentos de acercamiento fueron cor o nados con.el éxito, y esto parece confirmarse si recordamos que el 1 O de octubre siguiente será designado presidente del Es necesario recordar que -si bien nosotros tendemos a creer que el prelado había intentado acercarse con éxito a la Junta, cosa que se le facilita con el triunfo de la tendencia mo derada y la incorporación del deán Punes a ella-no logra disipar completamente la desconfianza que había generado en un principio.
Prueba de ello es que aun cuando se había hecho menos antipático para ciertos sectores revolucionarios, no se le permitirá salir de Buenos Aires para su visita pastoral.
No debemos olvidar tampoco que, a pesar de haber disi pado parte de su imagen negativa, aún existen sectores que no lo aprecian en lo más mínimo.
Por mencionar sólo un caso, recordemos al Cabildo Eclesiástico, algunos de cuyos mie1n bros participan en tareas de la Revoluci6n, que seguirá opo niéndose a su obispo hasta la muerte de éste, acaecida el 22 de marzo de 1812.
Con la repentina muerte del obispo, se trunca el• acer camiento que este podría estar intentando hacia el ala con servadora de la Revolución y desaparece el principal adver sario que tenía el Cabildo Eclesiástico en aquella época.
De aquí en adelante, el gobernador de la diócesis -ahora en sede vacante-será designado por el capítulo catedralicio zr hasta que se retomen las.cortadas relaciones con Roma.
Reunido el Cabildo Eclesiástico en pleno -para llevar a cabo la eleccióndiscuten la forma y las condiciones en que se efectuará ésta.
Previendo el presidente del Cabildo, que la sede permanecerá vacante por muy largo tiempo en razón de que las relaciones con Roma se mantenían a través de Madrid, ahora en guerra con sus colonias, además de que el Papa no se arriesgarfa a designar un obispo para la diócesis de Buenos Aires pues e5to supondría un virtual reconocimiento de la legitimidad del nue vo régimen, o al menos de un patronato con el gobierno re volucionario, se pregunta si se pondrán límites a la duración del mandato otorgado al provisor en sede vacante.
El otro tema que acompañó en el debate al de la duración del provisoriato, fue el de las facultades que se otorgarían a este vicario.
Acerca de ambos problemas expuso su parecer el arcedeán Zamudio -que presidía el Cabildo por hallarse sjp designar el deán-, opinando que la duración del mandato debía ser por el término de un �ño, procediéndose a una nue va elección finalizado este período.
En lo que respecta a las fa.cultades, estimó conveniente que el Cabildo Eclesiástico se reservase para sí la provisi6n de beneficios, la expedición de letras dimisorias, la presidencia de los capítulos de monjas y la visita can6nica a los monasterios.
Todos los miembros del Cabildo prestaron su conformidad a las opiniones vertidas por el Dr. Zamudio, decidiendo efectuar la votación el dfa �iguiente � 8 • La votación se realizó mediante el sistema de voto cantado.
Resultó electo por unanimidad el Dr. Diego Estanis Iao Zavaleta, comunicándose la novedad al gobierno29
• Este, en respuesta inmediata, contesta que no le satisfacían las cir cunstancias en que se realizó la elección y ordena que: Los integrantes del Cabildo Eclesiástico, de amplia ex perienci a en roces de este tipo con el fallecido obispo, deciden �ontesta r de inmediato la nota del gobierno que ellos juzgan equivoc ada.
En primer término afirman que han participado 9 la superioridad cuál era la persona en la que ha recaído la 1 • � e ecc1on: Argumentan en su favor un antiguo 1u1c10 similar -el caso del provisorato del Dr. Don Francisco Tabau-en que la resolución viene dada por una real cédula de 1798 que fija 1a exención de los Cabildos en sede vacante, de solicitar la confirmación del Real Patronato.
En lo que respecta a: as facultades, los canónigos afirman que ignoran la existencia de disposiciones que la invaliden y que los autores más jm.. portantes abonan la práctica de hacer las reservas que par':!z can convenientes, tal como lo testifica el Archivo y los ejem plares de las demás catedrales.
La respuesta del gobierno llega al día siguiente, y según Américo T onda: Sin duda los integrantes del cuerpo capitular no desco nocían sus derechos y no era la primera vez que recurrían a la autoridad política en defensa de sus intereses.
Por e1lo, luego de instalada la Asamblea del Año XIII, y tras ser informados por el provisor Zavaleta de que había expedido letras dimiso rias a 6, los canónigos disponen que el secretario capitular saque Luego de tres af.os de ejercer el provisorato <<a satisfac ción del Cabildo», el Dr. Zavaleta renuncia a su cargo adu ciendo razones de salud, la que. le es aceptada en la reunión del.
4 de febrero de 1815 � 8 • Antes de proseguir con la elec ción del nuevo prelado, el arcedeán presidentt propone �o meter a discusión si la designación sería con pltnas faculta des 0 con algún tipo de restricción.
Es necesario aclarar que esta vez no se hizo referencia al problema de la confirmación por la autoridad civil.
En este sentido, ya se había adelantado al Director Supremo que pedirían la confirmación del electo.
Luego de tratar el tema, los capitulares decidieron elegir vicario provisor al canónigo tesorero Valentín Gómez sin nin gún tipo de restricción temporal ni jurisdiccional.
La elección de Gómez fue comunicada de fr1mediato al director supre1no Alvear, quien con la misma cele.ridad �•. probó lo actuado, de tal modo que ese mismo día -9 de febrero de 1815-asumió el nuevo provisor electo.
Unos meses más tarde, el 15 de abril de 1815, Alvear clebe dejar el cargo de Director Supremo y con él todos sus adictos.
Varios canónigos sufrieron el destierro, entre ellos Valentín Gómez que, previa renuncia a su cargo, no volvería hasta un par de años más tarde y con él el magistral padre P. Vidal y el segundo racionero Santiago Figueredo.
También de bieron alejarse de Buenos Aires el ex-secretario de la Curia, Gervasio Antonio de Posadas, y Juat'.
Larrea -antiguo more nista adherente a Alvear ahora-, todos de indudable peso en fa Asamblea General Constituyente.
Nuevamente se reunió el Cabildo Eclesiástico a efectos de proveer la sede vacante el día 25 de abril de 1815.
Del 1nismo modo que en los casos anteriores, se trató el tema de las limi- taciones con que se conferiría el cargo.
El chantre Belgrano se manifestó en contra de lo decidido para con el Dr. Gómez y se pronunció en favor de las restricciones; con él coincidie ron los canónigos Careaga y Roo mientras que el ex-provisor Zavaleta -quien había gobernado la diócesis sin restricciones por orden del Triunvirato--se opuso a este parecer.
Final mente se acordó que el vicariato sería por un lapso de dos años, sin determinar nada acerca de las facultades.
Se pasó al trámite de la elección, siendo favorecido por la votación el Sr. José León Planchón 89 • Esta designación fue objetada por el Dr. Sáenz que ahora era miembro de la Junta de Observación, por considerar al candidato de «pública ineptitud y ninguna ciencia».
El gobier no, haciéndose eco de la protesta de Sáenz, ordena, por decre to del 2 3 de noviembre de 1815, una nueva elección desapro• bando la anterior.
Del mismo modo que en casos anteriores cuando el Con cilio Capitular recibía una orden del gobierno, y sobre todo del poder ejecutivo, reacciona preparándose a resistir.
Plan chón, para evitar el conflicto, renuncia, motu propio, el 4 ¿e diciembre de ese mismo año.
En una nueva reunión del Cabildo Eclesiástico, llevada a cabo el 9 de diciembre, vuelve a intentarse la elección de un Puevo provisor y vuelve también a tratarse el tema de las facultades que el cuerpo capitular habría de reservarse para sí a la luz del Derecho Canónico.
Como observó un historiador:
El mismo día, envía una nota al secretario de Estado c1djuntándole el oficio enviado a la catedral.
En dicha nota solicita el auxilio y la defensa de la superioridad en favor de > 44
• La nota pasó a manos del asesor letrado del Cabildo Secular y el 28 de junio el gobierno ordena que se remita al Cabildo el expediente a los fines ex presados en la providencia librada por el asesor.
• La respuesta del cuerpo capitular, que lleva fecha del 8 de julio, es manifestación muy clara de la actitud que anima á dicho organismo: El provisor, seguramente impresionado por la dureza de 1n nota recibida, insiste en solicitar por no puestas las limha dones a su despacho.
El Cabildo, por su parte, haciendo gala de su erudición y experiencia en estos temas, rebate uno a nno los argumentos del prelado.
Previendo que los canónigos no dejarían fácilmente sus posiciones y que en última instancia llevaba las de perder, ya por la práctica en estos asuntos del cuerpo capitular, ya por el deterioro de su prestigio ante los fieles, Achega prefiere t.n arreglo amistoso.
Para ello solicita una entrevista con el Cabildo Eclesiástico, entrevista que es concedida de inmediato.
Lo que sigue es imaginable: un acuerdo con mutuas alaban zas basado en una aceptación de la posición del Cuerpo Ca-.
1 -46 p1tu ar En diciembre de 1817 el provisor Achega notifica al cuerpo capitular la pronta expiración de su n1andato.
El 22 de ese mes se reunieron los canónigos y luego de darle las gracias por los servicios prestados se avo.:aron a la elección del nuevo vicario.
No escaparon tan1poco <.:sta vez a la costumbre de tra tar el tema de las limitaciones a las facultades con que se otor garía el cargo.
A excepción del Dr. Gómez -que había recu perado su cargo perdido con el destierro que se le impuso a la caída del alvearismo-todos votaron por mantener las res 4 tticciones tanto en el período con10 en las facultades.
Los votos favorecieron al cura de la Concepción Juan Dámaso Fonseca y la toma de posesión 47, luego de obtener la confirmación del director supremo Pueyrred6n, �• � verificó el día 25 de <licic1n bre de 1817.
Este nuevo provisorato transcurrió tranquilamente y sin conflictos de poderes.
Seguramente esta tranquilidad le valió a Fonseca el premio de la reelección otorgada por el Cabildo Eclesiástico.
Reunidos una vez n1ás el 31 de diciembre de 1819, confirmaron la decisión 48 • Es te manda to finalizó por renuncia del Vicario, que había visto agravado su estado de salud y solicitado permiso para dejar el cargo, permiso que le fue concedido el 11 de agosto de 1821.
Cuando iniciábamos el análisis del período 1812-1820, que para nosotros comienza luego de la muerte del obispo Lué y que finaliza con las vísperas de la reforma, decíamos que había desaparecido el rival más enconado a que debió enfren tarse el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires desde principios de siglo.
Pero ello no significó, los hechos relatados lo mues tran muy a las claras, la desaparición de los conflictos como c_ abría esperar.
A estas alturas nos preguntamos ¿cuál es el origen de estos antagonismos?
¿Los conflictos que mantiene el Cabildo Eclesiástico con el obispo son de la misma natura ]eza que los que mantiene con el vicario?
¿ Cuál es la causa que los produce? y sobre todo ¿ qué consecuencias generan en la esfera de gobierno de la diócesis?
Los hechos parecen mostrar que lo que busca el Cabildo es convertirse en un polo de poder importante en el Obispado para cogobernarlo, y, por qué no, gobernarlo ante la situación de sede vacante.
En este sentido, podría verse una continuidad entre los conflictos mantenidos con el obispo Lué y los que surgen luego de su muerte, ya que si bien los motivos por los que se suscitan estos antagonismos parecieran ser distintos, la dinámica de los mismos es similar: en todos los enfrenta mientos lo que siempre termina haciendo el Cabildo Eclesiás tico es reivindicando su accionar, además de reservarse impor tantes facultades, justificando todo muy sólidamente en base al Derecho Canónico 49 • Es probable que una consecuencia de esto sea un paula tino y no siempre lineal incremento de poder de los canóni gos fS(), que en su conquista llegan a desgastar el prestigio del obispo -que por otro lado no era ciemasiado carismático y terminan gobernando la diócesis con plenos poderes y por qué no, también al provisor de turno.
En este largo proceso de ensant.:hamiento de la esfera de poder del cuerpo capitular, los sucesos de mayo son un hito Al analizar el período 1810-1820 desde el punto de vista de la Iglesia surge indudablemente la necesidad de darle un espacio destacado a la Asamblea del Año XIII.
¿Por qué sólo a la Asamblea y no dedicarle esfuerzos especiales también al Congreso de Tucumán o incluso a aquel que sancionó la Cons titución de 1819?
La respuesta es quizá un tanto obvia, ya que es indiscutible que la Asamblea realizó una muy importante c, bra en materia eclesiástica,. materializada a través de impor tantes medidas concretas.
En cuanto a la política eclesiástica de la Asamblea toma da en conjunto, es fácil distinguir dos aspectos diferentes pero que deben ser estudiados en conjunto -análisis inédito hasta ahora-ya que abordar la cuestión política propiamente dicha y la economía en sus implicacionf!s mutuas, nos dará una visión más acabada del asunto.
El primer aspecto que intentaremos abordar es aquel re lacionado con la organización política interna de la Iglesia.
En este sentido, hay una serie de decretos que abordan el tema de las autoridades eclesiásticas; serie que comienza con aquél cel 15 de marzo de 1813: Es evidente que el problema de las autoridades de la Iglesia en el marco del nuevo orden de cosas era at1n un asunto pendiente y la Asamblea, decidida a darle una solución, soli citaba opiniones y pareceres a los propios interesados.
En la sesión de 12 de abril siguiente se presenta un proyecto que srrá aprobado:''En el orden del día se discuti6 la moci6n hecha por el ciudadano Gó mez para que revocase la Real Cédula del 29 de diciembre de 1796 en la parte que prohibe a los Provisores en sede vacante dispensar Jos intersticios para los 6rdenes sagrados...
Con presencia de estos y otros prolixos razonamientos...
Se resolvió lo siguiente: Decreten La Asamblea General Constituyente deroga la cédula de 29 de diciembre de 1796 en la parte que prohibe a los Provisores en iede vacante dispensar los intersticios para los 6rdenes sagrados.
Firmado Pedro Agrelo presidente, Hip61ito Vieytes secretario."� El lector se preguntará qué tiene que ver esto con el tema del gobierno de la diócesis.
Si nos retrotraemos a una parte ya tratada en el texto, vemos que aquí se fija por de creto una atribución del provis0r, atribución que antes era patrimonio del Cabildo Eclesiástico.
Es de notar que la ac titud tradicional del capítulo catedralicio porteño era la de no desprenderse de ninguna de sus facultades, pero además es llamativo que este decreto sea impulsado por un canónigo que �e integró al cuerpo el 29 de diciembre de 1812.
Finalmente no podemos olvidar que el clérigo Valentín Gómez, es también partidario notorio de Alvear.
Varios días más tarde, el 4 de junio, la Asamblea deja asentado en actas que: "... hallándose de hecho cortada toda comunicación entre el territorio ae las Provincias Unidas y su antigua metrópoli; declarada la guerra de ésta contra aquéllas, el mismo dertcho natural de acuerdo a la más i! ll periosa necesidad autorizaba la independencia de toda autoridad eclesiás tica que tuviese el mencionado carácter (ser autoridad de presentación real); no debiendo examinarse sino el modo de suplirlas conforme al Derecho Canónico y a nuestras actuales circunstancias.
Sobre estas premisas se acordó lo siguiente: Ley: La Asamblea General declara que el estado de las Provincia s Unidas del Río de la Plata es independiente de toda autoridad eclesiás tica, que exista fuera de su territorio, bien sea de nombramiento o áe presentación real.
Firmado Vicente López presidente, Hipólito Vieytes secretario." cm El 16 de junio siguiente la Asamblea completa los asun tos pendientes, en especial el modo de suplir las autoridades eclesiásticas:
"Ley: La Asamblea General Constituyente declara que las comunidades de religiosos de las Provincias• Unidas del Río de la Plata quedan �or ahora y mientras no se determine lo contrario en absoluta independen cia de todos los prelados generales existentes fuera del territorio del estado.
La Asamblea Genera! prohibe, que el Nuncio Apostólico residente en España, pueda exercer acto alguno de jurisdicción en el estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata 3ro.
La Asamblea General ordena, que habiendo reasumido los reve rendos Obispos de las Provincias Unidas del Río de la Plata sus primi tivas facultades ordinarias, usen de ellas plenamente en sus respectivas Diócesis, mientras dure la incomunicación con la Santa Sede Apos tólica.
Firmado P. Vidal presidente, Hipólito Vieytes secretario:' cw Vemos, analizando los decretos citados, que el Congreso va dando respuesta paulatinamente -en el lapso de tres me ses-al problema de las autoridades religiosas.
En princi pio, la intención es reunir información y sobre todo tantear las opiniones de aquellos que en definitiva soportarían las re formas.
Más tarde se fijarían dos principios fundamentales: la,3 lbidem.
S URQUIZA independencia de las autoridades eclesiásticas metropolitanas y la prohibición de que estas realicen actos de gobierno en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Al mis mo tiempo afirma en el terreno doctrinario, la idea de que 1os obispos recuperan las facultades otorgadas al Papa.
Pero el decreto más impor'J-1nte quizás, en lo referente al gobierno de los eclesiásticos, será aquel que lleva fecha del 28 de junio de 1813: Mediante este decreto-ley se crea en el territorio la ins titución de la Comisaría General de Regulares, que podríamos definir de un modo sui generis'"'orno la creación de una auto ridad máxima para el clero regular, con jurisdicción sobre to das las órdenes y con potestad sobre todas las autoridades lo cales de éstas.
El Poder Ejecutivo nombró, el 29 de noviembre de 1813, mediante una resolución que lleva la firma de Nicolás Rodrí guez Peña, Juan Larrea y Gervasio Antonio Posadas, al pri mer comisario, el franciscano fray José Casimiro Ibarrola.
Tam bién, en una circular aparte con fecha del 6 de diciembre, se nombraron tres secretarios que secundarían a Ibarrola en su tarea.
Ellos eran el franciscano fray Hipólito Soler, el domin-:co La aceptación de la nueva autoridad y la delegación en ella de las facultades correspondientes por parte de los obispos y provinciales de las diversas órdenes, aunque fue generaliza da, presentó algunos problemas.
El provisor Zavaleta, de la diótesis de Buenos Aires, el mismo que se benefició con la derogación parcial de la. real cédula de 1796 solicitada por Gómez y sancionada el 12 de abril, otorgó inmediatamente y sin reparos las facultades re queridas.
Del mismo modo procedió el provisor de Salta, José Alfonso Zavala, reemplazante del obispo detenido Videla del Pino.
El obispo de Córdoba, Antonio Orellana, que cuando fue consultado acerca de la creación de la Comisaría recomen dó recurrir a Roma, concedió en esta oportunidad la potestad: El 12 de enero de 1815 muere Ibarrola, luego de lo cual fue necesario designar un nuevo comisario.
La elección efec tuada por el director supremo Alvear recayó en el don1inico fray Julián Perdriel, provincial de su orden.
Quiso el nuevo comisario asegurarse el reconocimiento de todos, tanto de J. • e gulares como de seculares, para ello solicitó por oficio'1el 9 de febrero de 1815 la reafirmación de su potestad: En general, los destinatarios de la solicitud reconocieron sin problemas la autoridad del nuevo comisario, excepto el obispo de Córdoba, Mons.
Orellana, quien esta vez se Je claró decididamente en contra de la nueva institución a pesar de haber reconocido la legalidad del primer comisario.
"Fueron después nulas...; expiraron mis tales f acuitad es, desde aquel feliz momento de la libertad del Santo Padre; o por lo menos desde eme hubo aquí noticia positiva de ello." u Junto a esta negativa aparece la del guardián del con vento de San Carlos, fray Joaquín José Carrera, quien le con1u nicaba la suspensión de su obediencia por haber emanado su autoridad del depuesto director Alvear, al que calificaba de «intrigante nulo y erecto arbitrariamente en soberano».
Tam bién hacía sentir su voz en desacuerdo el provisor Planchón, que invocaba las palabras de.Orellana, afirmando que: "... son a mi juicio convincentes y yo me hallo totalmente conforme con el dictamen y el parecer del Ilmo." 62 También plantearon su oposición los clérigos de la con gregación capitular de la orden seráfica, que llegó al extremo de ventilarse en la Cámara de Apelaciones, con resultado nega tivo para Perdriel.
Se hallaba en estas disputas el comisario, cuando solici tó una licencia por tres meses el día 30 de abril de 1816, li cencia que no llegó a cumplir, falleciendo el 25 de mayo de J 816 en el convento de Buenos Aires.
El golpe final a la Comisaría de Regulares partió de las órdenes de Franciscanos y Mercedarios, que se dirigen al Con greso de Tucumán a través de un documento de 7 folios.
El Congreso, luego de aceptada la demanda, nombra a una comi sión -conformada por fray Justo Santa María de Oro, Felipe FERNANDO CARLO:; URQUIZA Antonio Iriarte e Ignacio Castro Barros-encargada de exa minar el tema y cuyo dictamen final será declarar válidas las protestas generalizadas efectuadas en contra de la Comisaría.
En el dictamen solicitaban además, que fuese suprimida la Comisaría de Regulares derogando el decreto de la Asamblea del Año XIII, que quedaran sin efecto los beneficios y gra duaciones concedidas a varios religiosos y que abandonara la • guardianía de la Observancia y ia Recoleta fray Francisco de Paula Castañeda y fray Esteban Soto J impuestos por el difun to comisario.
Finalmente, el Congreso, acabó por suprimir la Comisaría el 8 de octubre de 1816 comunicándoselo al Ji rector supremo.
Si analizamos la obra de la Asamblea desde el punto de vista de una di6cesis en sede vacante como lo era la de Buenos Aires, notamos que una de las primeras medidas -la dero gación parcial de la real cédula de 1796-significó un recorte de poder al Cabildo Eclesiástico.
Si a ello añadimos la crea ción de una nueva jurisdicción en el seno de la Iglesia -la Comisaría de Regulares� a la que las autoridades «tradicio nales», es decir obispos y provisores, ceden parte de sus fa cultades en propio detrimento, podemos concluir que en este r, eríodo el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, se vio más Umitado que nunca, incluso que cuando tenía que lidiar con t l obispo 68 • Si admitimos la considerable influencia que tiene el 11vearisrno dentro de la Asamblea General Constituyente, prue bas en este sentido serían, además de los numerosos diputados alvearistas -Larrea, G6mez Perdriel, Vidal, etc.-el hecho de que el mismo Alvear y antes su tío Posadas fueron desi.g nados director supremo por ella, podríamos decir que el al vearismo comparte esta política y en relación con ella es in teresante analizar las posturas tanto del obispo Orellana como de los provisores Zavaleta y Planch6n.
El primero, cuando debe dar sus facultades al comi�ario Ibarrola lo hace, deján donos la impresión de que accede porque no le queda n1ás remedio; él mismo declara que las había otorgado: "... porque se me impuso miedo grave para concedérselas, como podría informar el Rdo. señor maestro Fray Domingo Leyva que fue uno de los que (.. ) me instó con grande e11c..arecimiento a que pasara por ello en obviaci6n de mayores males y perjuicios que sabían que debían sobrevenir... " 64 Pero luego, cuando se le solicitaron las facultades para e] padre Perdriel, se negó taxat�. vamente, alegando que había que recurrir la Silla Apostólica por las vías expeditas de Lon dres o Portugal.
Del mismo modo, el provisor Zavaleta o, r. es el primero en aprobar las facultades de Ibarrola, y Planchón -su sucesor se apega y reproduce la negativa de Orellana.
Es una rara coincidencia que los dos dictámenes favorables -el de Zava-1eta y el primero de Orellana-se dan a fines de 181.3 y principios de 1814, apogeo de Alvear, y los dos negativos -el de Planchón y el de Orellana nuevamente-unos meses �mtes de su caída.
En cuanto a la derogación del decreto que daba origen t• la controvertida Comisaría, es sugestivo recordar que quie nes solicitaron la anulación fueron, junto a algunos merceda rios, los franciscanos del convento de San Carlos, con quienes San Martín tenía muy buenas relaciones.
La afinidad de estos curas y San Martín había nacido cuando los granaderos uti lizaban el convento como refugio antes del combate de San Lorenzo y se había prolongado tiempo más tarde, cuando la Asamblea del Año XIII expulsa a aquellos españoles que no tuvieran carta de ciudadanía y es el propio Libertador quien les tramita a todos ellos, que eran españoles, el mencionado 38 FERNANDO CARLCS lJRQUIZA documento ante las autoridades 6.
• Debemos añadir a lo dicho que uno de los principales colaboradores que tuvo el Ejé! ci to de los Andes, fue el franciscano fray Luis Beltrán.
En cuanto a los mercedarios, también allegados a San Martín, además de prestar importante ayuda económica al /Ejército Libertador, oponen t�naz resistencia al: reemplazo -ordenado por el director supremo Alvear-de San Martín por el coronel Perdriel en el gobierno de Cuyo.
Es innecesario describir el enfrentamiento entre Alvear y San Martín y es difícil demostrar que dicho enfrentamiento tuviera su manifestación en la esfera eclesiástica, pero es inne gablemente llamativo que fueran los curas allegados a S3n Martín los que solicitasen la anulación de la obra religiosa de la Asamblea del Año XIII, en la que creemos que el Alvearismo tuvo mucho que ver.
CLr.RO PORTEÑO FN 1810-1820 39 Los datos que analizaremos a continuación son tomados Je Jos 1nás importantes y difundidos diccionarios biográficos que existen en circulación acerca de los hombres que han te nido algún rol en nuestra historia � 7
• La metodología empleada es la siguiente: en primer lugar examinaremos la información sobre el conjunto general de religiosos que tienen actuación política en Buenos Aires en la década que va de 1810 a 1820.
Ya que no tenemos datos precisos sobre la estructura de la población blanca urbana para el período, en su reemplazo uti lizaremos esto como marco de referencia.
A continuación con frontamos este grupo con lo qu.e saben10s de aquellos que fueron convocados para el Cabildo Abierto del 22 de mavo de 1810 6, 8 y también con los que votaron en ese momento por la cesación del virrey.
Asimismo, en algunos casos, incursio namos en el examen de los curas que se manifestaron en favor del virrey siguiendo el voto del obispo 4 m y, finalmente, ana lizamos también el grupo que hemos identificado como parti� dario de la facción alvearista.
Acerca de los clérigos, las cifrns de la época nos hablan de alrededor de unos 549 religiosos 70 para Buenos Aires, de los cuales nosotros hemos seleccionado 44 casos.
Las circuns tancias que nos obligaron a est:l selección giran en torno a las dificultades que se derivan pues si nos basamos en el uni verso mencionado, obtendríamos conclusiones deformadas de bido a que no todo el grupo tic�.
Nuestro conjunto de 44 casos surge de un listado en el que confluyen todos aquellos que fueron convocados para asistir al Cabildo En lo que respecta al grupo alvearista, fueron incluidos en él todos aquellos clérigos que son desterrados a la caída de Alvear y quienes tuvieron cargos en la Comisaría General de Regulares.
Es lícito aclarar que puede ser que haya algún sa cerdote más que sea partidario de esta facción pero no lo he rr10s podido detectar fehacientemente por lo que no lo hemos incluido, basándonos sólo en los que presentan seguridad.
No hemos intentado el análisis de otros grupos políticos más allá de los mencionados porque la ind1vidualizaciún de integrantes de otras facciones -saavedristas o conservndores, morenistas, sanmartinianos, etc.-se hace difícil, aportando rólo datos y conclusiones inseguros además de confusos.
En cuanto a las variables tratadas, la lina se compone de apellido y nombre, fecha de nacimiento, origen, primer lu gar de estudios, segundo lugar de estudios y tercer lugar de es tudios.
Apellido y nombre nos fueron útiles par,1 hl1scar los datos en las fuentes por un lado, y para inicializar la i11f,)rma ción en el conjunto obtenido al finalizar el rastreo de casos.
La fecha de nacimiento nos ha servido para efe• ctuar el cálculo de la edad en 1810 de los integrantes de nuestro uni verso 71• De todos los años posibles seleccionamos 181 O para este cálculo porque es el año en el cual se produjo un hecho político importante que plantea una «divisoria Je aguas» en cuanto a la conducta posterior, ya sea por adhe3it:,n o no al nuevo orden.
Nos ha interesado analizar también el lugar de nacimien to de estos individuos desde un punto de vista cuantirntivo ya que sobre el origen y la distribución de cargos han girado la mayoría de las explicaciones sobre la existencia de un clero adicto a la Revolución, sin que el tratamiento de la infor1na ción haya sido, a nuestro juicio, satisfactorio.
Seguidamente nos preocupamos por examinar los lugares de estudio donde se formaron,:<;tos sacerdotes, ya que tratán dose de religiosos es importante el sesgo filosófico-ideológkJ de la instrucción que recibió cada uno.
Aclaremos que no va1nc� a hacer un estudio ideológico profundo del aspecto educacional, sólo analizaremos dónde fueron formados los distintos grup�ls y qué regularidades aparecen en este sentido 12• Para analizar el origen elaboramos cuatro cuadros, uno del universo ( 44 casos) -Cuadro 1-, otro para los convo cados el 22 de mayo de 1810 -Cuadro 2-, uno más: on la información relativa a aquellos que votaron por la cesa ción del virrey -Cuadro 3-• -y añadimos el Cuadro 4 con datos sobre los que apoyaron la continuidad w.
Comparando la información de los cuadros siguientes ve mos que en el universo los porteños alcanzan el 52,27 % (23 ca sos), en el grupo general de 181 O llegan al 5 8,3 3 % ( 14 casos) y en la facción de los revolucionarios al 7 5 % con 12 casos; es decir, que hay una sobre-representación de los porteños res pecto del universo en el Cabildo Abierto del 22 de mayo y esta tendencia se acentúa si analizamos la composición de los revolucionarios.
Los sin datos llegan a sobreparar el 20 % de los casos en total, descendiendo al 12,50% (3 casos) para el grupo que a � tuó en 1810, sin que haya ningún caso para los revoluciona - r10s..
Otro elemento importan te que nos sugieren los datos es C': tUe la idea de que los nativos no llegan a ocupar cargos imporcante� en la estructura eclesiás tica local, no es totalmente exacta.
Si aceptamos que a esta reunión asistió «la parte más sana y principal de la población», que en la lista de los cargos de los clérigos invitados no hay ausencias notables, figurando los exponentes fundamentales de la Iglesia porteña y que más del 50% son porteños (66,66% df nativos con 16 casos) frente a sólo un 20,85% de españoles (5 casos), debemos relativizar fuertemente esta hipótesis 76 ------------------------------ Fi.ente: ldem.
De los españoles convocados, 20,83% (5 casos), dos op tan por la Revolución y tres se manifiestan partidarios del vi.. rrey.
Ateniéndonos a los datos vemos que el 40% de ellos se suman a los rebeldes.
También, examinando atentamente la informaci6n contenida en los cuadros vemos que los rea - listas (29,16%, 7 casos) superan a los españoles (20,83%, Este análisis estaría abonando la idea de que es necesario relativizar la hipótesis que vincula el origen con oportunida des en la carrera eclesiástica y la frustración derivada de esto que se canaliza por vías políticas hacia la emancipación.
Para afrontar el examen de Ja estructura de edades hemos utilizado como referencia un cuadro elaborado por Zulma Rec ch ini de Lattes 77, que aunque: )e basH en criterios distintos a los empleados por nosotros -es otra la división en grupos de edades-es uno de los pocos tr:1bajo� que, aden1ás de analizar esta variable, nos ha resultado acce�ible.
Comparando los datos de edad de la población masculi r:3 de la ciudad de Buenos Aires con los de nuestro universo �al culados para 1810 y la de los citados para el 22 de mayo, es posible notar que los grupos de edad mayores (aquéllos que üenen más de 41 años) están mejor representados en el grupo de sacerdotes que en la población, tendencia que se agudiza entre los cabildantes.
En otras palabras, el conjunto de religio sos es más anciano que la población masculina en general, ya que de esta última sólo el 28% pasa de los 31 años y entre los primeros más del 60 % tiene por lo menos dicha edad.
Esto no es llamativo debido a que la.convocatoria se efectúa a hombres con una carrera profesional ya desarrollada y por lo tanto es normal que se concentren en las edades mayores.
Por otro lado, los datos de población en general están considerando grupos de 0-10 y 11-20 años en la composición porcentual -que además son los más numetosos-para los cu:1les noso tros no tenemos representantes ya que es impensable un sa cerdote de entre O y 10 años por ejemplo.
De lo dicho se desprende que los más interesados en la cesación del virrey son aquellos que tienen entre 41 y 55 años, siendo acompañados por los jóvenes que, aunque en términos relativos representan menos, todo ellos votan por su caída 79• Pasando a la consideración de los lugares de estudio d� los clérigos que nos ocupan, debemos tener claro para no co meter errores de interpretación, que la cantidad de casos sin datos es muy alta: 50% (22 casos).
Los cuadros precedentes constituyen la corroboración es tadística de un hecho esperable pero que hasta el momento no había sido cuantificado: la absorción de estudiantes por parte de los dos principales centros de estudios preparatorios, Buenos Aires y Córdoba.
En Buenos Aires la mayor parte pasó por el Colegio de San Carlos (17 casos), tres sacerdotes estudiaron ne Santo Domingo y dos lo hicieron en el convento de San Fran-.
En cuanto al lugar de estudios 2, es decir el ámbito donde se cursaban estudios superiores, aparece Charcas como segundo centro en importancia (cinco casos, 11,36%) en la formación de religiosos, después de Córdoba que registra nueve casos (20,45 % ) y antes que Buenos Aires que tiene tres casos (6,81 % ).
En el cuadro 8 se exponen los datos de los lugares de estudios preparatorios y superiores de los componentes reli giosos del Cabildo Abierto del 22 de mayo y en el anexo se indican los de los realistas.
Si se observan detenidamente las cifras se verá que de los 16 casos sin datos del cuadro, seis son realistas (que pasan al anexo también como sin datos) y que el caso restante es de Montevideo.
En definitiva, los convocados -que en este caso coinci den con los que denominamos revolucionarios-se reparten casi por mitades entre Buenos Aires (tres casos de San Carlos) y Córdoba (cuatro casos) con un leve predominio de esta úl tima en cuanto al primer lugar de estudios.
Esta leve prepon derancia cordobesa se acentúa si examinamos el segundo lugar estudios, pasando a siete casos -29,16%-frente a tres de Charcas -12,50%-sin que se registre ninguno en Bue nos Aires.
Es bastante evidente -aunque no debemos olvidar la cantidad de casos sin datos asentados: 50% para el. cuadro 7 y 66,66% para el 8-el predominio de aquellos estableci mientos educativos que estaban en manos de los franciscanos.
Un porcentaje superior al 38 % del universo recibió instruc ción por parte de esta Orden si tenemos en cuenta todos aque llos que figuran con estudios en San Carlos, San Francisco, Córdoba y Montserrat.
De los que presenciaron la reunión del 22 de mayo, cifras cercanas al 30% indican esta misma situa ción.
Si observamos los guarisn10s para el LE2, vemos que siguen predominando los franciscanos'I pero no ya los porteños sino aquellos que residen en Córdoba.
Esto es lógico ya que no había en Buenos Aires un centro de formación superior tan importante y cercano como el de Córdoba.
El segundo lugar en importancia es ocupado por Charcas, que registra tres casos con un porcentaje superior al 12%.
Sólo hubo un caso que pasó por los tres ámbitos educativos: el canónigo Valentín Gó mez que inició sus estudios en San Carlos, prosiguió en la Uni versidad de Córdoba y finalizó en Charcas.
En resumen, sin dejar de tener en cuenta la fragmentarie cad de los datos, es significativo el peso de la formación de Córdoba entre los sacerdotes en general y los revolucionarios en particular como segundo lugar de estudios.
Pero es mucho más importante el peso de los franciscanos en general en la for mación de los curas, en especial de aquellos que se adhirieron a la Revoluci6n.
El otro grupo político importante que hemos podido iden tificar es aquel que se mostró partidario de Alvear, cuyos datos se presentan en los cuadros 9, 10 y 11.
841 -------------------------• -- Las características del grupo son bastante precisas y lla mativamente homogéneas.
El origen es, sin lugar a duda s, porteño (seis casos) y podríamos decir rioplatense, conside ra. ndo los dos de Uruguay.
Predominó en este grupo una edu cación brindada por los franciscanos de Buenos Aires en los estudios preparatorios y los de Córdoba en los universitarios.
La edad del grupo (40% entre 30 y 40 años ó 50% menos de 45) parece situarlos un poco más abajo en la escala que la edad de los revolucionarios de n1ayo de 18 l O. En otras pala bras, rioplatenses que comenzaron sus estudios en los fran ciscanos de Buenos Aires, en San Carlos o en el Convento de Jos franciscanos y prosiguieron en Córdoba; que son un poco más jóvenes que la media general de los curas que tienen participación política, parecen ser los curas de Alvear.
Pero si recordamos un dato adelantado cuando tratamos el punto de la política eclesiástica de la Asamblea del Año XIII, que los dos comisarios de Regulares -Ibarroln y Perdriel, designados ambos por el alvear-ismo y notorios partidarios de esta fac ción-, mueren en sus cargos, siendo los sacerdotes más an danas del grupo (71 y 63 años respectivamente), podría pen sarse que este grupo político, al menos en su faz eclesiástica, está formado por algunos ancianos quizá desplazados del pocer y que se apoyan en jóvenes sacerdotes que aún no tienen una carrera política.
Esto se vería confirmado por el ingreso, cuvas edades -Vidal de 37 años, Figueredo de 32 y Gómez de 40están por debajo de la media del grupo revolucionario y de la del Cabildo Eclesiástico.
Cuando aborda1nos el estudio de la Iglesia en la década que va de 1810 a 1820 nos resultan notables algunos elemen tos que caracterizan la vida interna de la institución.
En pri mer lugar se destaca nítidamente la debilidad de los lazos que unen a los frailes con sus conventos y a los seculares con �us parroquias.
Abundan en este sentido multitud de ejemplos que son analizados minuciosamente por los diversos autores que se ocupan del tema de la participación del sector religioso lue�o de 1810.
La debilidad de estos lazos se ve plasmada en la jn finidad de casos de sacerdotes que se alistan como capellanes en las diversas columnas del ejército revolucionario, sin men cionar aquellos que abandonan los hábitos para convertirse en soldados o para cumplir funciones militares en la retaguardia.
En segundo lugar saltan a la vista -y la bibliografía en general lo destaca-los conflictos que signaron las relaciones entre el obispo y el Cabildo Eclesiástico desde principios de siglo.
Detrás de ambos parecen alinearse algunos elementos de la estructura de poder colonial; el virrey detrás del obispo y el Cabildo Secular junto a la Real Audiencia detrás del Cuerpo capitular.
Luego de 1810, el obispo, que a raíz de los sucesos de mayo se encontraba en una situación sumamente compro metida, parece intentar con éxito un acercamiento al ala mo derada de la Revolución a fin de contrarrestar la influencia po• lítica del Cabildo Eclesiástico.
Pero lo llamativo es que estos conflictos se mantienen luego de 1812, año en que muere d prelado y debe ser reemplazado por un vicario designado por 81 Datos tomados de Tonda: La Asamblea del Año XIII...
La pregunta que nos surgía ante esta situación era si estos nue vos antagonismos tenían la n1isma P-aturaleza que los que existían con el diocesano y la respuesta que nos dimos fue que aparentemente era así y que además estaban relacionados con las aspiraciones políticas del cuerpo capitular.
En este contexto la Revolución iniciada en mayo de 1810 actúa como un disparador de estas situaciones -tanto del 2listamiento de los frailes en el ejército como de los conflic tos con el Obispo-en las que el clero, quizás liderado por el concilio catedralicio, aprovecha para atacar nuevamente al Prelado y erosionar su figura un poco más.
Si examinamos los datos de edad y origen de los revolucionarios nos damos cuen tfl que los españoles no son tantos ni los nativos están tan mal ubicados en la estructura de poder eclesiástica.
Sumado a esto notamos que los rebeldes tampoco son los más jóvenes del clero, por el contrario todo indica que h�n alcanzado la madu rtz, tanto vital como profesional, ocupando puestos de impor tancia.
Esto nos lleva a relativizar muy seriamente la hipótesis clásica, esgrimida por Carbia y García Loydi entre otros, que afirma que existió un clero nativo revolucionario debido a que no podían alcanzar cargos altos en la jerarquía eclesiástica local.
La pregunta que se impone es ¿por qué este alto clero, dominado sin lugar a dudas por importantes elementos locales, se involucra en una aventura que aún años después navega en la incertidumbre?
Nosotros nos inclinamos a pensar que toda esta serie de desencuentros con el prelado primero y con el vicario provisional luego, nos hablan de una construcción de un polo de poder por parte del Cabildo Eclesiástico en el que se integran los principales sacerdotes locales y que se enfrenta al máximo poder en el obispado.
En este sentido, los sucesos ¿e mayo de 181 O habrían sido sólo un escalón más en este pro ceso de absorción de poder que continuará aproximadamente hasta 1820.
Si esto es así, la situación se nos aparece como dis tinta a aquélla por la que pasaba el clero mexicano insurgente,
FERNANDO CARLOJ URQUIZA que comienza su actividad revolucionaria 1nerced a la crítica situación económica a la que lo habia llevado la aplicación <le las medidas borbónicas � 2
• Aquí precisamente es el poder al canzado por los curas nativos el que le permite enfrentarse a las autoridades eclesiásticas primero y políticas luego, conjunta• mente con el sector laico revolucionario.
Este proceso, los hechos descritos en la primera parte: le.este trabajo estarían indicándolo, fue exitoso ya que hacia 1820 el concilio catedralicio logra controlar casi totalmente al vica.. rio provisional que reemplaza dl obispo, constituyéndose en el máximo poder eclesiástico local.
Pero, ¿cuál es el papel que juega la reforma que en materia eclesiástica lleva a cabo la Asamblea del Año XIII?
La respuesta a este interrogante es un poco más difícil; en primer lugar debemos recordar que esta reforma, consistente en la creación de la Comisaría Gene ral de Regulares, fue implementada -casi con seguridad-por Alvear y sus partidarios.
En segundo lugar, debemos tener r, re sentes las características de este grupo político, tanto en su faz eclesiástica como laica.
Existe consenso en otorgar al «proyec to alvearista» al menos dos características: centralismo por un lado, y personalismo por el otro.
Ahora bien, como cualquier proyecto político de la época, éste seguramente necesitaba el apoyo de la Iglesia o de, al menos, una parte de ésta.
Si recor damos que el grupo de curas que se afilian a esta tendencia son, por un lado, ancianos que no h. an tenido demasiada ac tuación cívica, quizás por haber sido desplazados por las es feras de poder, y jóvenes que aún no tienen una carrera polí tica por el otro, la explicación parece cercana.
El alvearismo seguramente quiso crear una estructura de poder eclesiástico donde apoyarse, paralela a la estructura tradicional.
Los repre sentantes de esta última, como hicieron siempre en todos y cada uno de los momentos críticos que debieron enfrentar, se limitaron a esperar una buena oportunidad para presentar lucha.
Pero curiosamente no alcanzaron a verse complicados en ella, porque como dijimos antes -y en esto están de acuerdo la mayoría de los autores más importantes en la materia-el golpe mortal a la Comisaría General de Regulares provino de los franciscanos del convento de San Carlos -allegados a San Martín-y del Congreso reunido en Tucumán, en el que el Libertador también tenía considerable peso.
Obviamente, en esto debe haber ayudado la rápida caída de Alvear en 1815, y la fugacidad de su paso por los acontecimientos políticos de esta década.
¿Cuál es el epílogo de este proceso?
No lo sabemos bien, pero seguramente la reforma emprendida por Rivadavia -te maque necesita un estudio propio--es el acontecimiento que cierra este ciclo de predominio del Cabildo Eclesiástico.
"Si se ha de subrogar otra autoridad a la superior que obtiene el Exm.o.
Sr. Virrey dependiente de la Soberana que se ejerza legítimamente a nombre del Señor Don Femando VII, y en quién. " 11 El primero en votar fue el obispo, sosteniendo: "Que el Exmo.
Virrey continúe en el ejercicio de sus funciones sin más novedad que la de ser asociado para ello el Sr. Regente y el Sr. Oidor de la Real Audiencia de Buenos Aires Don Manuel de Velazco, lo cual se entienda provisionalmente por abora y hasta ulteriores noticias, fin perder de vista proporcionar aquellos medios que correspondan para que permanezca expedita la comunicación con las ciudades del interior del reino con arreglo a la proclama del Bxmo.
"Debe subrogar el mando superior Que obtiene el Exmo.
Sr. Virrey en el Exmo.
Cabildo de esta Capital interín se forma la junta o corporación que debe hacerlo; cuya formación debe ser en el modo y la forma que se estime por el Exmo.
Cabildo y que no quede duda de que es el pueblo el que confiere la autoridad o mando." 18 El resto de los integrantes del Cabildo Eclesiástico votó en forma similar a la expuesta por Domingo Belgrano y en �lgunos casos exteriorizando categóricamente su disidencia con e� prelado 1 ".
FERNANDO CARLOS URQUIZA dián
Ilustrísimo Señor: En vano sacrificaría mis desvelos para restituir el orden y la tranquilidad perdidos en esta Banda Oriental, y para sepultar hasta el más leve indicio de rivalidad, si los pastores eclesiásticos se empeñan en sembrar cizaña, en enconar los ánimos y en alterar el orden, persuadiendo a la rebelión a las leyes patrias.
V.S.I. conoce cuán trascendentes son los dafios que pueden surgirse de una conducta tun abominable, escandalosa y contraria a las determinaciones de la Igle sia, y tan reprobada y punible por las leyes del reino (... )
Es preciso remediar estos desórdenes: venero el carácter sacerdotal, y por eso hago a V.S.I. esta exposición reservada, para guardar el decoro entre quienes no se hayan desacreditado, pero no puedo disimular por más tiempo, sigan en sus curatos y licencias los que se ha11an en los expresados pueblos, a cuyo fin espero del celo eminente de V.S.I. que tomará por sí todas las providencias que reclaman nuestra religión y sacrosanta nación (... r u
a la práctica, lo que más resiste el derecho natural y el literal contexto del Capítulo 16, ses.
24 del Concilio ci tado." |
El tema que abordaré es apenas conocido, polémico en demasía y muy extenso.
Por ello trataré, en las páginas que continúan, de desarrollar al gu nos aspectos que puedan servir para reflexionar sobre él, comenzando por una breve sembla!l za de Luperón que ayude a comprender mejor su trayectoria vi tal y política.
Nació Gregario Luperón en Puerto Plata, República Do minicana, el 8 de septiembre de 1839.
Siendo muy joven se opuso a la Anexión a España, realizada en 1861, a espaldas del pueblo, por el general Pedro Santana, caudillo y terrate niente que no creía en la viabilidad de la independencia nacio nal ni en la capacidad del pueblo dominicano para mantener su soberanía.
En febrero de 1863 participó en el fallido intento de res taurar la República, dirigido por la pequeña burguesía taba quera y mercantil simple de la región del Cibao.
Cuando el 16 de agosto de ese año estalló la gu erra restauradora, verda dero proceso revolucionario popular anticolonialista que gal vanizó el sentimiento nacional, se incorporó a la lucha contra España y los anexionistas nativos y rápidamente demostró sus brillantes cualidades militares.
Combatiendo contra las tropas anexionistas (peninsulares, cubanas, puertorriqueñas y domini canas) se distinguió por su temerario valor y por el correcto empleo de la táctica gu errillera.
Ante la derrota del ejército español y el fracaso del go bierno del Partido Unión Liberal, dirigido por Leopoldo O'Donnell, en las Cortes se planteó el abandono de Santo Do mingo, lo que ocurrió a mediados de 1865, con lo que la so beranía dominicana quedó plenamente recuperada.
Este triun fo del pueblo dominicano luchando contra el poderío español, no hubiera sido posible sin la fraternal ayuda que le ofreció el presidente haitiano Fabré Geffrard.
Del proceso revolucionario restaurador, Luperón emergió como intransigente nacionalista y propugnador de la integra ción domínico-haitiana que hiciera posible garantizar la inde pendencia y soberanía de los pueblos que comparten la Isla de Santo Domingo y lograr la emancipación de Cuba y Puer to Rico para, juntas las cuatro naciones, oponerse a los desig nios yankis en el Caribe.
Con la ascensión de Ulises Grant a la presidencia de los Estados Unidos de América, el ya poderoso capitalismo nor teamericano encontró la oportunidad de anexar la isla _de San to Domingo por los manejos antinacionales del presidente do minicano Buenaventura Báez y del haitiano Sylvain Saln ave.
En ese momento histórico, Luperón se convirtió en un fer viente luchador antianexionista y antiyanki, planteando la 1 m• periosa necesidad de que los pueblos dominicano y haitian o se unieran para combatir a sus entreguistas mandatarios y opon er se a los propósitos de Grant y del secretario de Esta do Ha milton Fish de expandirse en el ámbito antillano toman do com o base a la isla de Santo Domingo para, desde ella, pro yec _ tar se sobre Cuba y Puerto Rico, agitadas por los movi mien tos in d e pendentistas iniciados en 1868 en Yara y Lares.
1. h • • Nis• Luperón, que contó con el apoyo del nac1on a ista aiu�n o u sage Saget, no solamente derrotó a Báez y Salna v�, 5! n o d q l impidió que toda la isla se convirti era en un terr itor io e. /. urnon norteamencana.
Luperón además de haber sido un exit oso g uerr er o, también un g; aP 1ntillanista que vislu mbró, ant � s qu e lo s p u 498 Anuario de E1t udi o1,4,,,.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es torriqueños Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos y del cubano José Martí, que las Antillas solame! lte podrían evitar ser dominadas por los Estados Unidos de Amé rica mediante la integración política dentro de una amplia con federación insular.
Fue el precursor del panantillanismo y el prin1er antimperialista antillano, así como de los ideólogos y organizadores del Partido Azul, grupo que encarnó el nacio nalismo y el liberalismo de los sectores sociales dominicanos políticamente más avanzados del siglo XIX.
Aunque de humilde cuna, fue un autodidacta que se pulió y codeó en Europa con Víctor Hugo, Gambetta, Albertini, Abaut, Torres Caicedo, lord Gladstone, la reina Victoria, lord Granville y la intelectualidad parisina.
Ya en las postrimerías de fo vida y desde el exilio, escribió sus Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos, fuente obligada para todo el que quie ra investigar el proceso histórico del pueblo don1inicano en!0s últimos cuatro decenios del pasado siglo.
Murió en 1897 sin poder ver plasmados sus sueños li berales, nacionalistas y antillanistas por la voracidad del ame nazante imperialismo de los Estados Unidos de América en e] Caribe que, con su política expansionista, arropó a las Gran des Antillas y logró que una tras otra -salvo Jamaica, pose sión británica desde 1655 -cayeran bajo su dominio eco nómico, polítíco, social, militar y cultural en los albores n1is mos del siglo XX.
Es práctica común de gran parte de nuestros investigado res históricos, esconder o mutilar el pensan1iento y la acción rev olucio naria, antianexionista, antillanista y antimperialista de L uperón, particularmente el relacionado con la unidad in s ular contra los Estados Unidos.
Y es lógico que así haya o c urrido, debido a los sentimientos antihaitianos existentes en n�es tro país y porque a los sectores dominantes de ambas so ci e dad es, así como a los intereses geopolíticos del imperialis lll o, les ha convenido -y convienemantener oculto ese Pr � eso histórico de unidad insular antiyanki, para seguir man teni e ndo desunidos a ambos pueblos y explotarlos mejor.
Aunque por el lado materno Luperón tenía ascendencia haitiana, en ciertos momentos de su vida manifestó los prejui cios contra Haití que afloraban en el pueblo dominicano por el proceso histórico que le tocó vivir de 1844 a 1861.
Fue en su destacada participación militar y política durante la Res tauración, viendo el amplio y fraternal apoyo que Fabré Gef frard brindó a Cabrera, Monción, Pimentel y Santiago Rodrí guez, después del fracasado movimiento de febrero de 1863, y a los gobiernos restauradores de Salcedo, Polanco y Pimentel, luego de Capotillo, cuando Luperón tomó conciencia de la ne cesidad de la unidad domínico-haitiana para poder lograr la derrota y expulsión del ejército español.
Luperón igualmente se identificó, entre combate y com bate, con la política restauradora frente a Haití, sobre todo cuando, el 24 de enero de 1864, el Gobierno Provisional se ñaló que, con la Anexión, «(... )
España era un peligro y una amenaza para Haití.» 1 Cuatro días después incrementó su iden tificación•cuando en el «Manifiesto a los Dominicanos y al Mun do Entero», el Gobierno Provisorio protestó, en nombre del pueblo dominicano, contra el abuso de España que, recurrien do a la fuerza sobre el Gobierno de Haití, «(... ) ha impedido que los ciudadanos haitianos tomasen parte en favor de la causa dominicana, que es su misma causa.�> 2 Ese manifiesto, conforme a documentos del Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, fue enviado p or Ulises F. Espaillat a Auguste Elie, ministro de Relaciones Ex teriores de Haití, con una comunicación en la que le afirmó que la República Dominicana « (... ) tenía por objetivo expulsar a la dominación española de la Isla de Haití, desencadenando un proceso de liberación en las otras colonias españolas» 3 L UPERÓN Y HAITÍ
Con esta declaración, el gobierno restaurador esbozó, a mediados de 1864, una tímida concepción antillanista casi al mismo tiempo que Geffrard planteaba una confederación an tHlana, cuatro años antes de que Hostos lo hiciera en España y también con anterioridad a Betances y, desde luego, a José Martí.
Con toda probabilidad, Luperón comenzó a preocuparse por la libertad y unidad de la Isla de Santo Domingo, por la liberación de Cuba y Puerto Rico y por el antillanismo y ] a confederación, bebiendo en las fuentes del Gobierno Proviso rio de la Restauración y del presidente haitiano Geffrard.
Más tarde, en junio de 1864, el Gobierno Provisorio propuso al gobierno de Geffrard un Proyecto de Tratado con Haití para lograr la unidad de los dos pueblos contra España; documento que en sus considerandos señaló, entre otras cosas: «(... ) que los elementos que componen el pueblo dominicano son idénticos a los de que está forntado el pueblo haitiano; (... ) que habiéndose visto en peligro la Independencia de Haití con el mismo acto de la Anexión, (... ) de todas las Nacion�s del Globo es la República de Haití la que está más interesada en el buen éxito de las Armas Dominicanas.» 4
Con estos antecedentes y, particularmente, con la solici tud que hizo el Gobierno Provisorio al de la República ne Haití, el 8 de julio de 1864, Luperón comenzó a definir su posición con relación a Haití, Cuba y Puerto Rico.
En este doc umento, el gobierno restaurador presionó a Geffrard iden tifi cando, « (... ) una vez más, la suerte de la revolución en ] a P_ arte Este con la independencia de Haití y apelaba a la nece s1 dad de una alianza entre los dos pueblos.
Hacía una clara o fe rta: la confederación de los dos estados.» 6.
Esta proposición de confederación política domínico-hai �• aoa podría parecer una herejía para muchos compatriotas.
Después de este testimonio, La Gándara reproduce gran parte del Informe y sostiene que, entre las miras políticas J. el presidente Geffrard estaba conseguir que «cuando la parte española de Santo Domingo vuelva a constituir una Repúbli ca, celebre un tratado con la de Haití que tienda a mancomu nar los intereses de sus naturales y a prepararlos a una confe deración con un presidente haitiano o dominicano.»8
Este Informe de Van-Halen fue remitido por La Gándara al ministro de la Guerra, en Madrid, el 8 de febrero de 1864, con la siguiente anotación: «(... ) las divisiones se agudizan entre los partidarios de Haití y los independentistas.
Estaban enfrentados los primeros, encabezados por Polanco, y los Be gundos, a quienes representaban Mondón y Pimentel.
Los proyectos eran pactar una confederación y unificar luego los dos estados.» 11 Puesto que Luperón fue fiel seguidor de Polanco, Bonó y Espaillat y los apoyó en todas las medidas que implantaron desde el derrocamiento de Salcedo, es muy probable que tam bién pensara como ellos y que fuera, a c_ omienzos de 186.
5, partidario de la confederación domínico-haitiana.
Y era lógi co que así ocurriera porque en la Restauración -que no fue solamente una lucha de liberación sino también una guerra social y racial en la que se «galvanizó la nacionalidad domini cana», según expresión de Pedro Henríquez Ureña, y se fra guaron los cin1ientos que permitirían, mucho más adelante, el surgimiento de la nación como categoría histórica-Luperón fue comprendiendo el significado de su «nacionalismo sin tran sacciones» 10 y tomando conciencia de la perentoria necesidad de lograr la unidad insular como base de la antillana contra el colonialis1no español y el expansionismo de los Estados Unidos.
El «insularismo» de Luperón, si se me permite emplear este adjetivo, surgió, pues, en la guerra restauradora: vivien do y compartiendo los co1nbates, las penurias y las demandas de las masas dominicanas y estrechando lazos fraternales r: on el presidente Geffrard, quien, según La Gándara, una vez lo grada la fusión de las Repúblicas Dominicana y de Haití, pre té-ndía formar con Cuba y Puerto Rico, cuando no pertenecie ran a España, una confederación 11 • Como apunté anteriormente, esta idea de la confedera ción antillana tuvo su precedente en el «Manifiesto del Gobier no Provisorio de la Restauración», aunque Geffrard y otros militares haitianos la compartieran por razones muy propias de la situación histórica de Haití.
Con esos militares Luperón mantuvo estrechos contactos durante la guerra restauradora y los gobiernos de Cabra! y del Triunvirato, señaladamente con Alexis Nord, John Lynch, Michel Domingue, Héctor Tanis, Louis Tanis y, especialmente, con Nissage Saget, quien, en Luperón evidenció, por primera vez, su ideario de unidad domínico-haitiana contra enemigos comunes siendo miembro del Triunvirato, en enero de 1866, cuando -en ocasión de la rebelión de Mención y Salnave en favor de Báez y contra el Triunvirato-manifestó a Geffrard: «Nuestros pueblos han sido colocados por el Altísimo tan cerca el uno del otro, para que se traten como amigos, y favorezcan a la sombra de la paz sus mutuos intereses.» 13 Parte de la correspondencia entre Luperón y Geffra.rd relacionada con el apoyo o la unidad frente a los anexionistas aparece en las primeras sesenta páginas del tomo II de la obra de Rodríguez Objío y de ella he seleccionado algunos párrafos.
Geffrard, el 12 de junio de 1866, envió a Luperón, en Puerto Plata, a bordo de la cañonera «Alexandre Pétion» una dele gación para ofrecerle ayuda contra los baecistas; ayuda que consistió en 400 carabinas, varios quintales de pólvora y otros tan tos de plomo El 24 de octubre, Luperón informó a Geffrard que el Triunvirato había cumplido su misión y él resignado el mando en favor de Cabral.
Añadió que no dudaba que el nuevo go bierno se hallaría animado de los mejores deseos de paz y franca y leal amistad hacia Haití, «porque tales son los gene rales sentimientos de los dominicanos y sus prohombres.>> 1 � Luego de Salnave derrocar a Geffrard y encontrándose éste exiliado, Luperón le hizo llegar una tierna comunicación en la que le dijo que: «Ud. y sólo Ud. representaba en Haití Ja concordia, la paz y el progreso, y yo veía en Ud. una áncora de salud y de esperanza para poder afianzar la independencí a de mi Patria, y cortar de raíz el germen de la guerra civil.»
Concluyó su misiva vaticinando, con la presidencia de Salnave, muchas calamidades para Haití y que en República Dominica na, la indiferencia de Cabral sería la «causa de nuestra propia ruina» 17 • El 2 de mayo de 1868, Buenaventura Báez asumió la presidencia por cuarta vez, en el llar:!:lado Régimen de los Seis Años, justo en el momento que, concluida la guerra civil, 1a economía de los Estados Unidos comenzaba a transformarse en monopolista y el capitalismo yanki se expandía hacia el Oeste, después del escandaloso despojo hecho a México; justo cuando ya Estados Unidos había firmado un tratado con Rusia para adquirir Alaska y otro con Dinamarca para comprar las Islas Vírgenes, iniciaba su expansión en el Caribe y se había propuesto adueñarse de las Islas de Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico.
Luperón, buen conocedor de Báez, previó que anexaría el país a Estados Unidos y se fue a Jacmel, ciudad Estando en Jacmel, se presentó al Comité Revolucionari<? y se ofreció, junto a Cabral y varias decenas de don1inicanos, para defender la plaza.
Con su experiencia militar convirtió las afueras de la ciudad en un bastión que reforzó «con la lle gada de 35 dominicanos expulsos más (... ) levantó aún n1ás, el espíritu revolucionario de los haitianos y fortaleció las c:.s peranzas de los dominicanos» 19• El 17 de julio de 1868, lanzó una proclama planteando la unidad domínico-haitiana en los siguientes términos: «Co1n prendiendo que entre los pueblos libres e independientes de!a República Dominicana y de la República de Haití, debe exis tir una paz inalterable, por ser dos pueblos hermanos, llama dos a vivir en la armonía, y a sostener y defender juntos su independencia y libertad, para lo que se hace absolutamente indispensable, que entre ambas haya un acuerdo sincero que los unifique en su política (... ) debiendo todo esto fijarse por medio de un Convenio (... ). » 20 Luperón no solamente planteó la hermandad insular y la defensa mancomunada de la independencia y la soberanía de ambos pueblos, sino que para ejecutar el Convenio propuesto nombró a Juan Esteban Aybar, Pedro Valverde y Pedro Ale jandrino Pina como comisionados ante el Gobierno Proviso rio de Saget para ajustar las bases de un Tratado de Paz y Amistad Domínico-Haitiano que garantizara la independencia y libertad de ambos Estados.
Este tratado de Paz, Amistad, Comercio, Navegación y Extradición vino a firmarse seis año5 L UPERÓN Y HAITÍ 11 2espués, en octubre de 1874, bajo los gobiernos de González y de Michel Domingue.
El 18 de julio le solicitó a su amigo, el general haitiano Lynch, recursos para iniciar la «revolución dominicana» por que consideraba que Báez y Salnave se habían coaligado «para mantener siniestros manejos con algunos Gabinetes extranje ros, dando fundados motivos para sospechar que μn gran -peligro amenaza la independencia nacional de las dos Repú blicas.» 21 Estando en Kingston, el 21 de julio de 1868, �se guró a Fernando Arturo Meriño que: «tan pronto como Sal nave caiga, tendremos a nuestra disposición grandes elemr.n• tos.
Días después, el 5 de agosto, al enterarse que Báez ha bía iniciado conversaciones con los Estados Unidos para ven der la Bahía de Samaná, a cambio de un millón de dólares en efectivo, 100.000 dólares en arman1entos y buques de gue rra que apoyaran su gobierno, el prócer hizo pública su famosa xionistas y asistirse mutua mente en todos los aspectos de la lucha nacionalista y anti anexionista.
José Gabriel García, testigo a distancia y, en �1gunos momentos, participante en la Guerra de los Seis Años, destacó en su obra histórica que, al finalizar el 1868: «Las ar mas, el dinero, las influencias, t(>do llegó a ser común entre unos y otros, y la zona fronteriz:1 q1.1e en un tiempo sirvió de teatro a la guerra entre las dos naciones, servía de campo a l a lucha apasionada sostenida por i<�� dos partidos políticos en que estaban divididas» En enero y febrero de 1869 Saget incrementó su ayuda a Luperón y los dominicanos que con1batían en Haití se apres táron para realizar incursiones <.ontra Báez por el Norte y Sur.
Montecatini, el gran amigo de Luperón, le informó, el 16 de enero, que habían logrado una victoria decisiva frente a los «piquetes» de Salnave y que «d 4 o el 5 del mes próximo penetraré en la parte dominicana, a fin de acelerar la revo lución» 31 • Los días 6 y 1 O de febrero dos misivas le fueron despa chadas a Luperón desde Jacmel.
En la del 6, Montecatini le participó que se había puesto en rnarcha «con todas las n1u niciones (... ) y fusiles que me ha sun1inistrado el bizarro Ge neral L. Tanis» 32
• En la del 10, Tomás Bobadilla hijo, quien combatía junto a «los jacomelianos�> y se distinguía luchando con honor y valentía, le confirmó que Montecatini había s�li dc hacia el Sur a unirse con Ogan&J y Adón, llevando 12 ca jas de municiones y 30 rifles de repuesto 33
En esos mismos días de febrero, gestionó en Haití un vapor para bloquear a Báez y «capturar al ex Mariscal».
El general Riviere fue a Saint Thomas y le ofreció el buque «Ar tibonit», que estaba siendo reparado en Saint Thomas.
Puesto que deseaba aprovechar las incursiones que se hacían por ]as fronteras del Noroeste y del Sur y las reparaciones del «Arti bonit» tardarían un par de meses, I..uperón desistió del ofre dmiento haitiano y resolvió adquirir el <<Telégrafo», buque que se hizo famoso en los anales h� s �óricos dominicanos y del Caribe, fue comprado en Saint Thomas a nombre de Félix Tampier, cónsul haitiano en dicha isla.
Ramón Emeterio Betances, el antillanista y gran amigo del pueblo dominicano, decidió, incon:,ultamente, apoyar plena mente los planes de Luperón, por lo que sería duramente cri- El 24 de febrero de 1869, el «Telégrafo» fondeó en San Marcos y Luperón escribió al presidente provisional Nissage Saget informándoselo.
El 4 de marzo, el mandatario haitiano le respondió poniendo «(... ) a su S;;!rvicio, como al de todos los partidos de la Isla en armas para la defensa de nuestros derechos más sagrados, todo lo que permite el estado precario de nuestras fuentes de recursos.
Ud. no encontrará el oro para los aprovisionamientos de que Ud. me habla en su indicada c�rta, pero a lo menos los medios, 1 e hacerlo.
Yo daré órdenes para que ellos sean provistos a su necesidad. (... ) y me senti ré muy dichoso si, según los sentimientos de mi corazón, logro 9sistirle y ver el país desembarazado de Báez de un lado y de Salnave del otro» 00 • A pesar de las precariedades señaladas por Saget, secuela natural de la larga y destructora guerra contra Salnave, el p;o bierno haitiano aportó a Luperón, en lo inmediato, 300 cara binas, municiones, pertrechos de guérta y algún dinero.
Ade más, Saget se comprometió a pagar y pagó, con parte de la cosecha de café de ese año, el costo del armamento del «Te légrafo», consistente en un cañón grande, 2 piezas de artille ría de menor calibre, 100 balas, 200 fusiles, 150.000 cápsu las, 5.000 fulminantes, 40 toneladas de carbón, 25 quintales de pólvora, dos cañones de a cuatro y 50 resmas de papel a<1.
Mientras realizaba los preparativos para su peripecia ma rítima, Nissage Saget y Ramón Emeterio Betances mediaron para que Luperón y Cabra! se reconciliaran, ya que mantenían una permanente discordia por el personalismo del primero y la conducta ambivalente y el egoísmo del segundo.
El 17 de abril de 18 6 9, a bordo del « Telégtaf o», bautiza do con el nue vo nombre de «Restauración», b 'lj' J los auspicios de Saget y de Betances y ante la presencia en pl<:: no del gabinete haitiano, Luperón, Cabra!, Pimentel, Lilís,!viarcos Adón, Timoteo y Benito Ogando, Rodríguez Objío, Pablo Mamá y otros doscien tos dominicanos más, firmaron el famoso Pacto o Convenio de San Marcos.
Este documento pfo. nteó la unidad de los exi liados para luchar, con el apoyo Je Haití, en defensa de las soberanías dominicana y haitiana.
Luperón combatiría por d Norte, la Línea Noroeste y el Cibao, y Cabra! por el Sur.
Con tenía, además, un pequeño programa unitario de gobierno para ser implantado una vez derrocado Báez 38
• Desgraciadamente, este Convenio no llegó a ejecutarse, por causas que no es del caso comentar en este momento,!)e. t.J ) fundamentalmente, por el comportamiento de Cabra!.
Antes de zarpar en el viaje ah• ededor de la Isla, desde San Marcos, el 29 de mayo, Luperón se despidió del presiden te Saget con una misiva de gran calidad humana: « Una cir cunstancia imprevista me arrastró a San Marcos en el vapor que mandaba.
Vuestra franca, leal y simpática acogida, ha he cho desbordar en mí el instinto de la fraternidad hacia el pue blo haitiano, y me ha constituido deudor hacia vuestro Go bierno de una inmensa gratitud.
Mi involuntaria estada en esta rada, luchando con infinitas contrariedades, 1ne ha dado lugar a estimar vuestros nobles esfuerzos por ayudarme a vencerlas y ellas han sido vencidas por fin por vuestro decidido concurse.
¿ Qué podré yo hacer para retribuir tan tos servicios?
Nada, na da más que ofreceros desvelarme por hacer efectivas la paz, la amistad y la más cordial fraternidad entre los dos pueblos 38 Ibídem, págs. 115-120.
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Los hombres son guiados en su carrera por los acontecimientos, y éstos me condujeron a San Marcos p'.lra dar derechos a la República Haitiana de inscribir en los fastos de su historia, una página tan brillante como la que suscribió Petión secundando los planes gigantes del genio de Colombia.
La posteridad, Presidente Nissage, repetirá en alta voz vues tra magnanimidad» 39
• Con tan hermosas palabras Luperón igualó a Saget, por la ayuda prestada al pueblo dominicano en su lucha por la soberanía nacional, con la que le prestó Ale xandre Pétion, en más de una ocasión, a Simón Bolívar para que sembrara la América del Sur de repúblicas independiente5.
El mismo día el «Restauración», con bandera haitiana, levó anclas e inició el periplo de la Isla que convirtió a Lu perón en noticia internacional al ser declarado pirata y per seguido por la flota yanki.
Aunque no me corresponde tratar ese tema, tengo que referirme, someramente, a la toma de la población de Samaná porque allí, el 7 de junio, Luperón es tableció una Junta de Gobierno bajo su presidencia.
Al día siguiente, el general Julián Belisario Curiel, secretario de Ha cienda y Comercio y encargado de la Comisión de Relaciones Exteriores, dirigió una comunicación al ministro de Relacio nes Exteriores de Haití reseñando las operaciones del vapor hasta ese día.
En la parte final de la misma Curiel expresó: «Desea mi Gobierno que al mismo tiempo manifieste a V.E. que jamás olvidará el importante servicio y el insigne honor que ha recibido del ilustrado y liberal Gobierno de Haití, ya por los eficaces servicios que le ha rendido y sigue rindiendo a la Revolución, ya por la confianza que ha tenido permitiendo que el vapor «Restauración» saliese con bandera haitiana» 40 • Luego del fracaso militar del «Restauración» y estando Luperón en Inagua, el 10 de julio, el comandante Owen, e. e la marina de guerra de los Estados Unidos, recibió instrucciones de apoyar al gobierno de Báez contra los ataques de los revo- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es lucionarios.
Tres días después, el capitán Brunce, comandante del crucero «N antuket», fondeó en J acmel e informó a las autoridades haitianas que cualquier acto hostil contra la Re pública Dominicana de parte del Gobierno de Haití, sería con siderado como una actitud inamistosa contra el Gobierno de los Estados Unidos 41 • Ante esas graves amenazas Saget pudo comenzar a ame drentarse y a considerar que se estaba metiendo en verdaderas honduras con su abierto apoyo a los antianexionistas domini canos.
Sin embargo, por el momento no vaciló y continuó dán doles la mano, aunque un poco más veladamente, y, aunque recibió una carta de Luperón -fechada en! nagua el 14 de julio--en la que le manifestó haber resuelto retirarse de la lucha porque «su presencia era motivo de embarazo para la revolución dominicana» 42, al finalizar el año, el 30 de diciem bre, Félix Tampier, cónsul haitiano en Saint Thomas, le avisó que Saget había triunfado completamente, que Salnave se re tiró derrotado y que «el Gobierno Haitiano se ocupará seria mente de la cuestión de Santo Domingo» • después, a inicios de marzo, con1enzarían a resquebrajarse hs estrechas y fraternales relaciones que había mantenido con �1 mandatario haitiano.
En efecto, a mediados de mes, de Moya le ratificó la decisión del gobierno haitiano de ofrecerle «toda clase de protección, bajo reserva, por temor a los yankees, (... ) para que se embarque -en la goleta «Concepción» en viada para esos fines-, y pase al Cabe Haitiano del modo que mejor le aconseje su buen criterio» 45 • El día 21 del mismo mes, el Dr. Be tan ces, resuelto a evi tar, por todos los medios, que los y�nkis se quedaran en 5a maná después de haber desembarcado en la Península, le 1J virtió que había que frustrar el proyecto de Báez retardando las negociaciones que éste sostenía con Washington porq 1 1e de llegar a realizarse, «sería la condenación de nuestra raza y una completa destrucción.
Haití debe socorrer activa y fuerte-1nente a los dominicanos, o condenarse a perecer en el mismo abismo» 4,6.
La clarividente den1anda de Betances, de la que tuvo conocimiento Saget, impulsó al presidente haitiano a es cribirle al prócer, «llamándolo a Port-au-Prince, donde su pre sencia era indispensable para dar un nuevo impulso a la re volución» 47
Al saber Hamilton Fish, secretario de Estado de los Es tados Unidos, que Luperón proyectaba viajar hacia Haití y co nocedor, por las constantes informaciones del canciller domi nicano Manuel María Gautier, que el Cibao estaba amenazado por «los cacós dominicanos y haitianos» 48, instruyó al 1ninis tro en Haití, E. D. Bassett, «notificar al Gobierno de Haití que él se vería compelido a cesar todas las relaciones diplomá ticas en caso de que las tropas haitianas no fueran inmediata-1nente retiradas del territorio dominicano» 49 Las an1enazas yankis no quedaron ahí sino que fue.ron subiendo de tono ante la inminente llegada de Luperón a te rritorio haitiano y las demandas de ayuda del temeroso Báez al gobierno de Grant.
El 9 de febrero, una escuadra de 7 bu ques de guerra de la flota del Atlántico Norte de los Estados Unidos llegó a las aguas territoriales haitianas y dominican:J. s. El ministro Bassett se las arregló para que su comandante, el contralmirante Poor, visitara el mismo día a los integrantes del gabinete del Gobierno Provisional de Haití.
En la reunión que sostuvieron, éste les «dijo, muy tajanten1ente, que los Estados Unidos no tolerarían ningún tipo de interferencia en sus planes con la República Dominicana» ó • o.
Al día siguiente, 10 de febrero, el contralmirante Poor, desde el crucero «Severn» y con «el apoyo moral de sus ca fiones» y los del monitor «Dictador» envió al presidente Sa get, obedeciendo órdenes expresas del presidente Grant, una nota en la que le participó que los gobiernos de los Estados Unidos y el Dominicano estaban llevando a cabo negociaciones y que él había «determinado impedir, con todo su poder, cual quier interferencia de parte de los haitianos o de cualquier otro país con el gobierno dominicano.
Por lo tanto, cualquier intromisión o ataque realizado por buques de bandera haitiana o de cualquier otra contra el gobierno dominicano durante el curso de esas negociaciones, será considerado como un acto de hostilidad a la bandera de los Estados Unidos y provocará hostilidad en represalia» 51 • Estas últimas amenazas de ejecución de vías de hecho, sin lugar a dudas, atemorizaron a Saget y a los miembros de su gabinete, por lo que el ministro de Relaciones Exteriores, Octavious Rameau, debió comenzar a buscar la manera de deshacerse del restaurador.
Para ello, es muy posible que se Me he adelantado a los acontecimientos y debo, por tan to, volver atrás.
Desde el momento en que Luperón recibió la llamada de Saget para trasladarse con urgencia a Puerto Príncipe, dejó de cavilar y sin pérdida de tiempo embarcó para Cabo Haitiano en su goleta «Concepción», ciudad a la que llegó el 12 de febrero.
Al otro día, el 13, el crucero yanki «Severn» entró al puerto y el contralmirante Poor, creyendo gue éste estaba a bordo de su velero, lo hizo requisar por infantes de marina para detenerlo.
Mientras tanto, en tierra, protegido por su amigo el general Alexis Nord, escribió a Sa get participándole que «impulsado sólo por el amor a la Li bertad, y por la voz del deber, vengo dispuesto a combatir la tiranía de Báez, la felonía de su Gobierno, y a defender ia Independencia e integridad territorial dominicana como la de la Isla entera».
Concluyó su misiva preguntándole si su presencia en territorio haitiano era perjudicial a los intereses de su gobierno «y si podía o no contar, como otras tantes ve ces, con la eficaz protección de Haití para llevar a cabo sus santos propósitos»' 52
Posiblemente el 15 ó 16 de febrero el prócer se trasladó a Puerto Príncipe, porque el 18 se entrevistó con Pimentel.
Días más tarde, el presidente Saget lo recibió ante su Consejo de Ministros y delegados de los generales Cabral y Pimen tel, y, al preguntarle por sus planes, Luperón respondió que para ayudar a los dominicanos debía «facilitar un empréstito a l a revolución: se aplicaría la mitad a las operaciones del Sur y 52 Correspondencia Luperón-Saget.
Rodríguez Objío: Gt'e g orio Lu p erón..., pág. 327.
El subrayado es nue�tro.
Tomo XLIX 517 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la otra mitad a las operaciones del Norte, sin dar oídos a in trigas aviesas que sólo servirían para sostener a Báez en el poder».
Añadió que, para evitar que Báez continuara acu sando a los antianexionistas de estar negociando con Haití una parte del territorio dominicano, el gobierno haitiano de bía declarar a los representantes diplomáticos que «tan pron to la República Dominicana se dotara de otro gobierno digno de la confianza nacional, la nación haitiana estaba dispuesta a celebrar un tratado de paz, comercio y de común seguridad, y que, desde luego, reconocería la independencia de la Repú blica Dominicana» 53• Relata Luperón que sus palabras provocaron la cólera del canciller haitiano, Octavious Rameau, quien insultó a los dominicanos y afirmó que Haití nunca reconocería a «un pue blo que vendía su independencia y territorio por dos millones de pesos; que lo único que él aconsejaría al Gobierno haitiano sería dar dos millones y medio y tratar al pueblo dominicano como pueblo innoble, indigno e incapaz de gobernarse» 54 • El prócer, sorprendido, recogió el guante y con indigna• ción respondió al canciller señalándole que su falta de visión haría perecer la nacionalidad de las dos repúblicas, «dignas de ser gobernadas por hombres más capaces»; que Haití tenía un Salnave que intentó anexar su país y vender la Mole de San Nicolás; «que si en la República Dominicana había ane xionistas, era porque aquí hubo un Toussaint y un Dessalines».
Agregó que después de ese incidente «ningún acuerdo fue po sible entre él y el Gobierno Haitiano» �.
Este incidente, punto de partida del enfriamiento de �as amistosas relaciones entre Luperón y Saget, no me parece que fuera exclusivamente el resultado de la acalorada discu sión con el canciller haitiano.
Ello así, porque es inconcebible que Rameau pronunciara palabras ofensivas contra el pueblo dominicano en presencia de Saget sin que éste interviniera para calmar los ánimos de su ministro de Relaciones Exterio res.
Es inadmisible que Saget, hombre ecuánime, culto, con secuente defensor de la lucha unida en defensa de la indepen-2encia y soberanía de ambos pueblo�, «insularista», antilla nista, antiyanki y amigo entrañable de Luperón, permitiera, imperturbable, los exabruptos de Rameau, y, lo que. es psor aún, iniciara el rompimiento de sus relaciones con él.
¿Cómo explicarse la actitud de Rameau y Saget en momentos en q1.1e Grant se aprestaba a presentar ante el Senado de los Estados Unidos el proyecto de anexión de la República Dominicana; ptoyecto que constituía una auténtica amenaza contra la jn dependencia y soberanía haitianas?
Esta discusión no fue el resultado de una disputa perso nal entre dos hombres desaforados.
Tampoco fue, como seña la Jimenes Grullón, un «choque entre dos posturas ideológi cas»: la del anti-dominicanis1no de la clase dominante haitia na y la del antillanismo luperoniano que perseguía la unidad contra el expanisonismo yanki' 5 \ i.
A mi entender, más que una <�postura ideológica anti-dominicanista» la actitud haitiana obe deció a una postura biológica: el terror que dominaba al ga binete haitiano, con Saget a la cabeza, por las crecientes ame nazas de Grant y Hamilton Fish y la presencia de una escuadra naval yanki en las aguas territoriales y puertos haitianos.
Esto no debe entenderse, naturalmente, como una manifestación mía antihaitiana; todo lo contrario, pienso que es el resultado de un análisis sereno de la actitud de Saget a partir del 2 de febrero; fecha en la que Hamil ton Fish inició el « bombardeo de ablandamiento» con sus notas diplomáticas al gobierno de Hai tí.
Opino, como Casimiro de Moya en su comunicación del 14 de enero, que el gobierno haitiano ofreció a Luperón «toda clase de protección, bajo reserva, por temor a los yankees» para ofrecerle protección, ante el posible enfrentamiento con la flota yanki que amenazó realizar actos bélicos en represalia si Báez era agredido, no encontró otra manera de deshacerse del restaurador sino mediante el provocador acto teatral del canciller Rameau.
El propio prócer, en carta a José Gabriel García, fechada en Cabo Haitiano tres semanas después, el 8 de marzo de 18 7 O, indicó con honesta claridad la causa que motivó la actitud del gobierno de Saget.
Dijo: «La política haitiana para con los do minicanos, según mi penetración, es siempre la misma.
No qui sieran ver la anexión americana y no admiten el enajenamien to de Samaná, tienen mucha simpatía por los dominicanos, pero le tienen miedo a los yankees, y según parece no tienen la intención de comprometerse» e5s.
La situación entre Luperón y el gobierno haitiano se agra vó a consecuencia de la entrega que hizo Cabral al presidente Saget del derrotado Salnave -apresrrdo en territorio dominica no por Neyba-a cambio de una recompensa de 5.000 pesos fuertes.
Esta entrega o «venta», según expresión del prócer, y el inmediato fusilamiento de Salnave y sus infortunados com pañeros, provocó tal indignación en Luperón que le impulsó a publicar una airada protesta; protesta que produjo tres efec tos inmediatos: 1) el congelamiento de las ya frías relacio nes con Saget; 2) la suspensión de b ayuda del gobierno hai tiano y 3) su definitiva enemistad con Cabral.
Durante los meses de marzo, abril, mayo y junio, Luperón escribió 12 cartas relacionadas con la captura y entrega de Salnave por Cabral a los siguientes destinatarios: 4 a José Gabriel García;; que ese vergonzoso hecho creó un abismo entre los dos países que iría tomando la forma de un crimen nacional 00; que no se retractaría nunca de su pro testa 161; que la protesta había sido oportuna porque de nada serviría después que el gobierno de Saget terminara su mi sión 62; que sus amigos le abandonaban, con lo que aceptaban la mancha lanzada por Cabra! sobre la revolución, 13.3; que era hoy y no mañana cuando su protesta tenía el carácter de justi cia, imparcialidad, desprendimiento y honradez que la hacía útil en el porvenir 64; que la calumnia se había enconado contra é1, pero que no quería tener responsabilidad en un crimen po lítico 65; etc. La situación de Luperón en Haití fue empeorando cada vez más a partir de esta protesta.
SE epistolario evidencia un creciente patetismo, en la medida que pasaban los días y el gobierno haitiano, indiferente, guardaba estrecho silencio a sus requerimientos.
El 10 de marzo confesó al Dr. Betances: «Es toy aún esperando las contestaciones del Presidente Nissage) (... ) me voy desesperando (... ) nuestra causa en general, es mal comprendida por los hombres que representan este Estado» 66 • El 14 escribió a Saget ratificándole que hacía un mes que estaba en Cabo Haitiano y que todavía no había recibido contestación a su carta del 13 de febrero 0 7; el 14 el Dr. Be tances respondió su misiva del 1 O y le informó que había visto al general Lamothe, jefe del Ejército, y a Rameau, ministro de Relaciones Exteriores, y que le habfa parecido «que tenían poca fe en la Revolución Dominicana» < J s; el 15 informó al Dr. Betances no haber recibido aún contestación de Puerto Príncipe y «que parece que las prevenciones suscitadas �llí
En julio de 18 71 el Senado de los Estados Unidos rechazó el Tratado de Anexión de la República Dominicana y Bát::z, en enero de 18 7 3, sometió al Congreso un contra to de arrcn damien to de la Bahía de Samaná a la «Samaná Bay Com pany of Santo Domingo» por un período de 99 años y por 150.000 US$ anuales.
Si Saget había considerado que el frus trado proyecto anexionista constituía una a1nenaza a la inde pendencia de Haití, el arrendamiento de la Bahía de Samaná igualmente atentaba contra la misma.
Natural fue, pues, que recurriera otra vez a Luperón que se encontraba en Curazao.
Allí llegó, el 1 O de junio de 18 7 3, «un Comisionado del Pre siden te Nissage a buscarlo con urgencia, ofreciéndole todos los r cursos necesarios para la revolución», 15 • De inmediato viajó a Los Cayos y de esa ciudad fue a Puerto Príncipe «donde el Gobierno y sus amigos lo espera ban, y le hicieron un recibimiento libtral y patriótico».
Desde allí, el 17 de junio, escribió a José Gabriel García relatándole su situación con el gobierno haitiano y el presidente Saget.
Des corazonado, deprimido, dijo a su arnigo: «Creí haber conse guido cuanto necesito en el Gobierno Haitiano. (... )
En mis primeros pasos fui feliz, nada de lo que pedí se rr:e negó, todo me fue formal y oficialmente ofrecido. (... )
Y cuando creí..:¡ue ningún estorbo pudiera presentárseme para empezar mis ope raciones, sucede que se me retir9. lo concedido» 716 • Ante esta nueva falta de seried�d del gobierno haitiano, Luperón se destapó con una serie de graves juicios contra Sa get, a quien atribuyó una «política to}•tuosa» y dejarse influen ciar por las intrigas de Cabral.
Señaló que en Haití todavía había partidarios de la tesis geopolítica de la unidad e indivi sibilidad de la Isla de Santo Domingo y que su objetivo era ver a su país «libre de toda tiranía y de toda opresión extran jera y extendiendo su dominación e�1 los límites a que la Re- En noviembre de ese año 1873 estalló en Puerto Plata el movimiento del «verde» González que incendió todo el Cibao y provocó la caída de Báez.
CoPcluyó el funesto Regimen de los Seis Años y con su desaparición también se eclipsaron 1: �11 Luperón, momentáneamente, sus ardientes sentimientos de uni dad domínico-haitiana de fines de la década de 1860 e inicios de la de 1870.
El circunstancial desprendimiento de Saget hacia los r: lo minicanos y el de Luperón hacia los haitianos no ha sido estu diado• con imparcialidad por los historiadores de la Isla, par ticularmente por Price-Mars, quien solamente mira la lucha de los pueblos dominicano y haitiano contra Báez y Salnave desde una perspectiva haitiana; es decir, ignorando el aporte de Luperón, Cabra!, Pina, Ogando, BobadiUa hijo, Rodrí guez Objío y de cientos de dominic2.nos que arriesgaron y/ o perdieron sus vidas y bienes defendiendo la soberanía haitiana en lucha contra Salnave.
En el tomo III de su polémica obra, ignorando la lu(:h a del pueblo dominicano y, particularmente, la de Luperón y sus segui dores, Price-Mars atribuye únicamente a Saget el fra caso de la política anexionista de Báez al aseverar que el presidente haitiano «salvó la independencia dominicana y la nuestra del más grande peligro a que hubiesen estado sometidas» 79 • Los historiadores haitianos han sido injustos con Lupe rón, quien no solamente combatió personalmente en Jacmel y Los Cayos, sino que prestó import, Jntes servicios a los anti anexionistas haitianos encabezados por Saget conduciendo!:'.r n, amentos, pertrechos y alimentos a diversos lugares del Sur y Oeste de Haití en su goleta «Concepción».
En más de tres ocasiones, cuando Jacmel sufrió las penurias del sitio de los «piquetes» de Salnave, Luperón, desde Saint Thomas, Islas Turcas y Santiago de Cuba, envió su velero cargado con ali mentos para aliviar el hambre y las necesidades de sus pobla dores; comestibles que siempre fueron costeados por él y por los que nunca pasó recibo al gobierno de Nissage Saget.
A pesar de los desengaños que Luperón tuvo con Saget, siempre fue consecuente con el pueble de Haití y en todo mo mento estableció una marcada diferencia entre las masas hai tianas y sus gobernantes.
Durante su gobierno provisional (di ciembre de 18 7 9 a septien1bre de 18 8 O) se regularizaron J as relaciones domínico-haitianas e imperó la arn1onía, al solucio narse las divergencias que habían surgido con la interpretación del Tratado Domínico-Haitiano de 1874.
En 1880 Luperón planteó la necesidad de que existiese una alianza cordial y defensiva domínico-haitiana frente a «la tenaz tendencia invasora de los norteamericanos»; y que no debía permitirse la existencia de prevenciones, con razón o sin ella, que crearan antagonismos radicales entre los dos países, pues «vendrían sólo en favor de la aviesa política norteamerica na, tan amenazante y peligrosa para ambos estados» pretensiones de los Estados Unidos y sus tendencias a adue ñarse ¿e la Isla, era necesario echar a un lado para siempre ideas exageradas, mostrándose prácticamente patriotas sus hi jos, como hermanos de una madre común» 81• En 1885 expresó a José Desiderio Valverde que el pre sidente haitiano Saloman intentaba ui.ilizar a la República Do-1ninicana para sus proyectos porque «se ha alimentado siempre con la esperanza del imperio y del dominio de toda la Isla (... )
De intentarlo se encontraría con obstáculos que no podría vencer (... ) porque la guerra no se la haríamos al pueblo hai tiano sino al Gobierno del General SJlomon» 82• Cuando llegando al ocaso de sL vida, en 1893, su anti guo lugarteniente y ahijado, Ulises Heureaux, tiranizaba al pue blo dominicano y, aliado al presidente haitiano Hippolite, ne gociaba la venta y/o arrendamiento de la Bahía de Samaná �1 presidente Harrison de los Estados Unidos, el prócer se ima ginó revivir sus años mozos de las jornadas contra Báez y s� ll nave un cuarto de siglo atrás: se lanzó a la manigua para derro car a Lilís y planteó, de nuevo, «la unidad de ambos pueblos, vecinos y hermanos» para derrocar a ambos tiranos ss.
Este intento insurreccional contra Lilís fracasó rotunda-111ente por el poderío bélico del tirano y porque las condiciones subjetivas en el pueblo dominicano no estaban aún lo suficien temente a punto como para lograr un levantamiento general en el Cibao, zona en la que tenía influencia el viejo caudillo azul.
En abril de dicho año, estando en la rada de Cabo Hai tiano a bordo de la barca italiana «Aurelia Re» para ser expul sado del territorio de Haití por Hippolite, le envió una carta protesta en la que manifestó su «insularismo» y le hizo saber que había ido a ese país «a dirigir la revolución que exigía la libertad, el progreso y la integridad del suelo patrio, y maña-
Gregario Luper6n e Historia de la Restauración.
La República de Haití y la Reptíblica Dominicana. |
Un análisis sucinto del Asiento de esclavos con Inglaterra (1713-1750) y el papel desempeñado por la contabilidad en su desarrollo
En 1713, el Tratado de Utrecht daba fin a la Guerra de Sucesión al trono de España, ratificando el Asiento firmado entre España e Inglaterra, que otorgaba a la segunda el privilegio exclusivo, hasta ese momento tenido por Francia, del tráfico de esclavos negros en toda la América Española por un período de treinta años y cuyo desarrollo fue concedido por la reina Ana a la South Sea Company.
El período investigado abarca hasta 1750, año en el que se firmaba un Tratado con Inglaterra que daba fin al citado Asiento.
Este estudio nos ha permitido reconocer que la contabilidad desempeñó un papel destacado en el desarrollo de ese Asiento de negros y en la política internacional seguida por Patiño en su afán de hacer frente al contrabando inglés.
PALABRAS CLAVE: Historia de la contabilidad, sector público, contabilidad, esclavitud.
A principios del siglo XVIII Inglaterra, como líder de la Gran Alianza, ya tenía muy claro cuales eran sus objetivos inmediatos y exigencias a la monarquía española: conseguir privilegios comerciales que le permitiesen abrirse paso en el comercio hispanoamericano.
Ya, en 1707, el archiduque Carlos le había otorgado ese privilegio, de modo que, en 1713, al finalizar la guerra de sucesión al trono de España, y, a cambio de reconocer a Felipe V, exigió la firma de un tratado comercial "que abarcara la Península y las Indias, con la cláusula de nación más favorecida, la posesión de algunas plazas en América y el monopolio de la trata de negros, por lo menos en las mismas condiciones en que se había otorgado a Francia".
1 De esta forma, el reconocimiento de Felipe V por parte de Inglaterra, como señala Geofrey J. Walker,2 significaba su admisión en las Indias por la puerta falsa, considerando que el Asiento de Negros era la más ancha y provechosa de todas las puertas, ya que los esclavos eran la única "mercancía" que, por diferentes razones, no se obligaba a su registro en la Casa de la Contratación, lo cual era sumamente importante pues representaba una clara contravención del monopolio comercial español en las Indias.
3 De este modo, para las compañías extranjeras, hacerse con el Asiento de Negros representaba el modo más "práctico y rentable de burlar el dominio exclusivo de España sobre los mercados americanos, motivo que bastaba para que el Asiento fuese muy codiciado por las naciones europeas".
4 En abril de 1713, con la firma del Tratado de Utrecht, 5 se ponía fin a la guerra de sucesión y se ratificaba el Contrato del Asiento de esclavos 6 -cuya portada podemos ver en la Ilustración 1-que un mes antes, el 26 de marzo, habían firmado las dos Coronas, por el que se otorgaba a Inglaterra el privilegio exclusivo que, hasta ese momento había tenido Francia, del tráfico de esclavos negros en toda la América Española durante treinta años.
7 De esta forma los ingleses obtenían una importante victoria sobre franceses y holandeses en sus aspiraciones comerciales en el Nuevo Mundo, ya que, como hemos visto, se consideraba que el Asiento de esclavos era uno de los mejores mecanismos para introducirse de forma subrepticia en el ambicionado mercado hispanoamericano.
Hugh Thomas8 entiende, con buen criterio, que ninguna de las otras concesiones del Tratado de Utrecht (Gibraltar, Menorca...) tuvieron la importancia de este Asiento, al que se consideró en Inglaterra, según sus propias palabras, "el verdadero El dorado del comercio".
Con dicho tratado, según Walker, 9 no sólo se consiguió una vez más la paz en Europa, sino que también cambió el equilibrio del poder comercial en el mundo.
10 De esta forma la economía inglesa, como reconoce Pierre Vilar,11 "se desarrolla y se apoya sobre una conquista de las vías marítimas, particularmente de las ventajas adquiridas sobre España en los tratados de Utrecht y Rastadt, en particular el "asiento" de trata de negros y el navío de permiso".
El desarrollo de este negocio sería concedido, como veremos a continuación, por la reina Ana a la South Sea Company, sociedad por acciones que había sido fundada en 1711 por importantes financieros y hombres de negocios, entre los que destacaba el conde de Oxford, que conseguía el mencionado privilegio por una aportación a la Corona de £ 7.500.000.
La trata de esclavos se convirtió en esa época en uno de los principales negocios de Inglaterra y de sus puertos de Londres, Bristol y Liverpool salían muchos barcos destinados a ese comercio.
Sólo de Londres se calcula que, entre 1722 y 1727, zarpó un promedio de 56 navíos al año 12 y, tal como nos informa Eric Williams, 13 hacia 1750 no existía en Inglaterra una ciudad manufacturera o comercial que no estuviera de alguna manera conectada con el tráfico triangular 14 o directo a las colonias, constituyendo las ganancias así obtenidas la fuente principal que dio origen a la acumulación de capital que financiaría en Inglaterra la Revolución Industrial.
15 Colmeiro 16 entiende que no existía una potencia europea que dispusiese de tantos medios para repoblar América con esclavos como Gran Bretaña, ya que al estado floreciente de su navegación, había que unir el hecho de que de las 66 factorías que llegaron a poner los europeos en las costas de África para la compra de negros, 40 eran inglesas y el resto de los portugueses, holandeses, franceses y daneses.
Y concluye: "todas o casi todas las naciones de Europa mordieron el fruto prohibido, y las que más hoy blasonan de filantropía podrán estar arrepentidas del trato que dieron a los negros; pero si muestran sus manos las veremos manchadas de sangre".
En lo que sigue, nuestro principal objetivo es realizar un análisis sucinto del desarrollo del Asiento de esclavos con Inglaterra destacando un aspecto apenas reconocido hasta ahora en otros trabajos de investigación como es el importante papel que desempeñó la contabilidad, o mejor las cuentas, que de forma reiterada se solicitaban a la Compañía del Mar del Sur por parte de la Corona española, en cuyo negocio participaba con una cuarta parte y que, por el articulado del Asiento, estaba la Compañía obligada a presentar periódicamente.
Este conflicto de carácter contable se unió a otros muchos que finalmente desembocaron en la denominada "Guerra de la Oreja de Jenkins" en 1739, como muy acertadamente analiza Béthencourt Massieu, 17 quien sí reconoce que, a las causas políticas y 12 Thomas, Hugh: La trata de esclavos..., pág. 242.
13 Williams, Eric: Capitalismo y Esclavitud, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, 1973, pág. 67.
14 El tráfico triangular era el que se realizaba entre Europa-África-América y vuelta a Europa.
15 Con esta orientación, en la que se destaca la contribución de la esclavitud al desarrollo del sistema capitalista occidental, encontramos entre otros los trabajos de Cortés López, José Luis: Los orígenes de la esclavitud negra en España, Mundo Negro, Madrid, 1986 diplomáticas que promovieron los conflictos entre las dos naciones, hay que añadir "el de las frecuentes peticiones de cuentas por Felipe V y el pago de sus beneficios conforme a los plazos señalados por los tratados".
El contenido del tratado del asiento
El monarca español reconocía en el preámbulo del Asiento el deseo que le había manifestado la propia Ana de Inglaterra de participar en este negocio del comercio de esclavos y, asimismo, que los ingleses le habían presentado un documento con cuarenta y dos condiciones para regular dicho negocio.
Felipe V, con la opinión en contra del Consejo de Indias y con el único deseo de complacer a la reina británica, admitió y aprobó en su totalidad dicho documento, añadiendo incluso, por iniciativa propia, una extensión no exenta de polémica y que consistía en la concesión de un navío anual de 500 toneladas cuyas mercancías, libres de impuestos, podrían venderse en las ferias que se celebraban con ocasión de la llegada de las flotas a Nueva España o los Galeones a Cartagena o Portobello, lo cual, en opinión de G. J. Walker, 18 "constituía una relajación sin precedentes de los principios estrictos que durante siglos habían mantenido alejados del imperio español a todo comerciante extranjero, legítimo o no".
El Asiento comenzaba a correr desde el día primero de mayo de 1713 y, con una duración de treinta años, debía concluir ese mismo día en 1743.
En ese tiempo la Corona británica, a través de las personas que designara, se obligaba a introducir en la América Española 144.000 piezas de Indias 19 de ambos sexos y de todas las edades, a razón de 4.800 piezas por año.
Por cada una de ellas los asentistas se obligaban a pagar 33? pesos escudos de plata, 20 derecho que sustituía a cualquier otro impuesto de los que se cobraban en el comercio de las Indias.
19 La pieza de Indias era una unidad de medida de los esclavos que se utilizó por primera vez, con fines principalmente fiscales, en el asiento firmado en 1663 con los genoveses Domingo Grillo y Ambrosio Lomelin.
A esta unidad de medida se reducían las cabezas de esclavos, teniendo en cuenta que la pieza se refería a un esclavo de siete cuartas sin defectos físicos ni enfermedades.
La operación de reducir las cabezas a piezas se denominaba palmeo e iba seguida de la carimba, que era el marcado a fuego del esclavo.
20 El peso escudo de plata era la moneda utilizada en las Indias y equivalía a ocho reales de plata, siendo asimismo utilizada como unidad de cuenta en la documentación contable.
21 El cobro de este derecho y el cálculo de su cuantía se convertiría en una de las principales controversias que enfrentarían a la Corona española con los asentistas y para cuya solución se apelaría, por la parte española, continuamente a las cuentas.
La Compañía de Inglaterra,22 al conseguir este privilegio se obligó a adelantar al monarca español 200.000 pesos, en dos pagas iguales de 100.000 pesos cada una, en los primeros cuatro meses del contrato.
Del mismo modo, se comprometió a pagar el importe de los derechos de la mitad de los esclavos que estaban obligados a introducir anualmente, cada seis meses.
Sin embargo, se les había concedido, además, que esos derechos los pagarían únicamente de los correspondientes a 4.000 negros, ya que se les hacía la gracia de los 800 restantes en "atención a los intereses y riesgos, que debían bonificarse a los dichos asentistas, por la paga y anticipación en esta corte de los derechos que corresponden a cuatro mil piezas" (Art.
Se les permitía introducir y vender los esclavos en todos los puertos del Mar del Norte y en el de Buenos Aires, aunque el desembarco tenía que ser siempre en donde hubiese oficiales reales que pudiesen visitar las naves y certificar los esclavos que se introducían.
En la costa de Barlovento, Santa Marta, Cumaná y Maracaibo se establecía el precio de trescientos pesos como máximo por esclavo con la finalidad de alentar su compra, dada la precariedad económica de sus habitantes.
Una novedad importante en este Asiento fue la apertura al comercio extranjero del puerto de Buenos Aires, lo cual no había sido permitido hasta ese momento, al menos no tan abiertamente como se concedía ahora, ya que se autorizaba a introducir anualmente mil doscientas piezas de Indias por el Río de la Plata, repartidas en cuatro navíos: ochocientas debían venderse en Buenos Aires y las cuatrocientas restantes podían ser transportadas y vendidas en las "provincias de arriba y reino de Chile".
Para el asentamiento de los ingleses en Buenos Aires se preveía la entrega, tal como había sido estipulado en los Preliminares de la Paz, de algunas porciones de tierra con el fin de que pudiesen plantar, cultivar y criar ganado para su sustento y el de sus esclavos, pero todo ello siempre bajo la supervisión de un oficial real.
Los esclavos que se vendiesen en los puertos del Perú debían partir en barcos fletados desde Panamá y el producto de su venta volver a ese puerto, ya fuese en frutos de la tierra, reales, barras de plata o tejos de oro, todo ello sin pagar derecho alguno, siempre que dichos productos no se hubieran obtenido del comercio ilícito y fuesen consecuencia únicamente del comercio de esclavos.
Además, se les permitía a los asentistas enviar de Europa a Portobelo y desde Portobelo a Panamá por el río Chagre o por tierra: cordelaje, velas, hierro, madera y todos los demás pertrechos y provi-siones necesarias para los barcos y su manutención.
Esta posibilidad de dar entrada a pertrechos y mercancías, aunque se daban las advertencias precisas sobre las consecuencias derivadas de los posibles fraudes, se convertiría en una de las principales causas de contrabando que, como reconoce Scelle,23 fue consecuencia principalmente del hecho de permitir a los factores ingleses avanzar hasta el corazón de las colonias españolas.
Como en otros asientos anteriores, se permitía a los asentistas que nombrasen en cada puerto (factoría), un "juez conservador", oficio que normalmente recayó en la persona más importante de la Audiencia más cercana y cuya misión consistiría en resolver disputas entre los factores del asiento, los oficiales reales y los mercaderes locales, para lo cual se les concedía "el privativo conocimiento de todas las causas, negocios y dependencias de este asiento, con plena autoridad y jurisdicción, e inhibición de audiencias, ministros, tribunales, presidentes, capitanes generales, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores y otros cualesquiera jueces y justicias" (Art.
13 del Asiento) y sus sentencias sólo podrían apelarse directamente al Consejo de Indias.
24 Este juez conservador, como otros puestos que se crearon como consecuencia del Asiento, y los oficiales reales que realizasen alguna tarea relacionada con este comercio debían recibir el salario correspondiente de los asentistas.
A la llegada de los navíos a puerto tenían que ser visitados por el gobernador y los oficiales reales, pudiendo únicamente desembarcar los negros y las provisiones para su sustento, prohibiéndoles "desembarcar, introducir, ni vender género ni mercadería con ningún pretexto ni motivos, porque si alguna se hallase en los navíos han de ser comisadas, como si estuvieran en tierra..."
22), estableciéndose duras penas para todo aquel que contraviniese esta condición, así como para sus cómplices.
La única excepción que se preveía era para aquellas mercaderías permitidas que no se hubiesen podido consumir y corriesen el riesgo de corromperse, en cuyo caso se podían vender allí o conducir a otros puertos para su venta, pagando los derechos correspondientes y siempre con la intervención de los oficiales reales.
Los retornos derivados del comercio lícito podían ser cargados en las flotas o galeones o en navíos de guerra del rey y eran tratados con los mismos privilegios que si fuesen de la Real Hacienda, libres del pago de cualquier derecho de entrada en España.
Sin embargo, se prohibía expresamente que cualquier navío del Asiento llevase a bordo ningún pasajero español, ni caudales de "vasallos de su Majestad Católica" (Art.
La condición 24 del Tratado del Asiento era importante de cara al reconocimiento del momento en que se debía devengar, por parte de la Corona española, el derecho de 33? pesos por pieza, cuando reconocía "que los derechos de los negros introducidos han de causarse desde el día de su desembarco en cualquiera de los puertos de las Indias", quedando excluidos, como una excepción a esa norma, los esclavos que se encontrasen gravemente enfermos, cuyo desembarco se permitía para que fuesen atendidos y curados, pero si el enfermo sobrevivía quince días, la Compañía debía pagar el correspondiente derecho, en caso contrario quedaba exento de él.
Una vez vendidos parte de los esclavos desembarcados en un puerto, se permitía a los asentistas que, con los sobrantes, pudiesen pasar a otro puerto, recibiendo previamente de los oficiales reales certificaciones de los derechos que allí hubiesen adeudado, para que así no les fuesen de nuevo cargados en esos otros puertos.
Los barcos de regreso a Inglaterra con el producto de la venta de los negros debían enviar la relación de su carga para que el monarca español estuviese plenamente informado y para controlar que, en esas embarcaciones, los retornos fuesen únicamente fruto de la venta de los esclavos y, por supuesto, que en ellos no iban españoles ni caudales de españoles.
Por la condición 28 se reconocía la participación de las coronas española y británica en el Asiento, del que correspondía un 25 % a cada una: "Ambas majestades han de ser interesadas en la mitad de él y cada una en la cuarta parte que le ha de pertenecer según lo acordado...".
25 La participa-ción del monarca español se valoró en un millón de pesos escudos de plata, que se debían anticipar a los asentistas, aunque se juzgó conveniente que fuesen los propios asentistas los que adelantasen ese dinero, comprometiéndose el rey a "hacer buenos los intereses en la cuenta que dieren a razón del 8 por ciento al año, correspondientes a los días del desembolso, hasta los del reintegro y satisfacción, en virtud de la cuenta que se presentará, para que de este modo pueda su majestad gozar de las ganancias que pudieren pertenecerle...".
Pero, si en lugar de ganancias, los asentistas tuviesen pérdidas, en ese caso el monarca español quedaba obligado a "mandar rembolsar de este tiempo a aquella parte lo que le tocare de intereses, según fuere de justicia, y en la forma menos perjudicial a su Real Patrimonio".
Al final de ese mismo artículo se instaba a Felipe V a que nombrase cinco directores o factores que representaran y velaran por los intereses de la Corona española en la Compañía: dos para Londres, dos para las Indias y uno que residiese en Cádiz.
Su función sería intervenir junto con los ingleses en todas las negociaciones y cuentas del Asiento, para lo cual el rey debía darles las instrucciones pertinentes.
Por el artículo 29 los asentistas quedaban obligados a "dar la cuenta de los útiles y ganancias que hubiere después que hayan cumplido los primeros cinco años de este Asiento, con relaciones juradas y legítimos instrumentos de los precios de compra, sustento, transporte y venta de negros y de todos los demás gastos que se hubieren causado".
Las cuentas, tanto de ingresos como de gastos, debían ser primero reconocidas y liquidadas por "Su Majestad Británica" y después examinarse y ajustarse en España "lo que tocare a Su Majestad Católica y cobrarlo de los asentistas quienes tendrán la obligación de pagarlo muy regular y puntualmente a fuerza de esta condición".
La contabilidad quedaba así consagrada como el principal instrumento para dirimir la participación del monarca español en ese comercio que, se sospechaba, podía llegar a ser muy rentable, tanto que en los artículos 30 y 31 se contemplaba la posibilidad de que con las ganancias de los cinco primeros años se pudiese reembolsar la Compañía lo anticipado por la cuarta parte, juntamente con sus intereses y, aún más, se preveía que, si las ganancias lo permitiesen, podían los asentistas cobrar todo o parte de los doscientos mil pesos que ofrecieron anticipar.
Aunque, lo que no sospechaba Felipe V era que las cuentas y este artículo se convertirían en el principal elemento de presión contra la Compañía para exigirle el pago de sus derechos y participación, frente a la resistencia de los responsables de ella a presentar sus cuentas, para lo cual aludían a todo tipo de excusas.
Otras condiciones recogidas en el Tratado del Asiento y que merecen ser destacadas son las siguientes: -Los deudores del Asiento serían considerados como si lo fuesen del propio monarca y, por tanto, se les apremiaría ejecutivamente a satisfacer sus deudas. -Los asentistas podían enviar vestidos, medicinas, provisiones y pertrechos navales desde Europa para la manutención y sustento de los esclavos y de todos sus dependientes en las diferentes factorías; pero les estaba prohibida su venta, a no ser que hubiese un caso de necesidad por parte de algún navío español. -Se les concedía que pudiesen arrendar tierras cerca de las factorías para que en ellas intentasen "cultivar y recoger provisiones frescas para su alivio y sustento", pero ese trabajo debía ser realizado por los naturales del país y por los esclavos negros y no por otros. -Se acordaba que, por medio de una cédula real, se debía publicar en todos los puertos americanos el indulto para los negros de mala entrada, lo cual sería en beneficio de los asentistas, a quienes los dueños estarían obligados a pagar una cantidad por ellos o a perderlos en beneficio de la Compañía, quien, a su vez, estaba obligada a pagar los derechos de 33? pesos escudos. -Por el artículo 40 se reconocía "que en caso de declaración de guerra (lo que Dios no permita) de la corona de Inglaterra con España, o de la de España con Inglaterra...",26 se suspendía el Asiento, pero los asentistas debían poder contar con un período de tres años y medio para sacar todos sus efectos de los navíos que estuviesen en los puertos de las Indias, fuesen del Asiento o españoles, pero siempre "precediendo la justificación de ser del producto de los negros". -Cumplidos los treinta años del Asiento se concedía a los asentistas una prórroga de tres años para que pudiesen ajustar sus cuentas, recoger todos sus efectos en las Indias y dar la cuenta final.
A las cuarenta y dos condiciones del Tratado del Asiento, como ya hemos reconocido, Felipe V añadió, por propia iniciativa (proprio motu y voluntad), en consideración a las pérdidas que al parecer habían sufrido los asentistas anteriores, una disposición adicional, recogida en un real decreto de 12 de marzo de ese mismo año, por la que se concedía permiso a la Compañía Británica para introducir en las colonias españolas un navío de 500 toneladas cada año, durante los treinta de duración del Asiento, cuyas mercancías, libres de impuestos, sólo podían ser vendidas en tiempos de ferias.
Esta concesión resultaba poco menos que inadmisible para el Consejo de Indias, ya que vulneraba las normas restrictivas sobre el comercio de extranjeros recogidas en las leyes de Indias y colocaba a Inglaterra en una situación de clara ventaja frente a otras naciones que se disputaban el comercio americano.
Además estaban convencidos, como así ocurriría, de que la limitación de las quinientas toneladas sería fácilmente burlada.
Por tanto, estamos de acuerdo con Scelle27 cuando reconoce que esa condición adicional resultaba bastante onerosa para el tesoro español, ya que por un lado estaba la no percepción, durante un período largo de tiempo, de los derechos correspondientes a quinientas toneladas y, por otro, la disminución del valor que se podía prever sobre el conjunto de los derechos reales, ya que éstos al ser ad valorem, teniendo en cuenta la disminución de los precios que experimentarían el resto de las mercaderías, harían disminuir los ingresos de los comerciantes y, en consecuencia, la recaudación del tesoro.
Aunque sí se le reconocía al rey de España el derecho a percibir la cuarta parte del beneficio obtenido por este navío, de acuerdo con su participación en el Asiento, más un 5% de la líquida ganancia de las otras tres partes, lo que representaba una participación del monarca en el beneficio de esos navíos del 28,75 %.
En este punto en el tratado se ponía de manifiesto una clara contradicción; por una parte, el navío anual de permiso, que era como se denominaba al mencionado barco de 500 toneladas, se concedía en atención a las pérdidas que en el negocio de esclavos se vaticinaban para los asentistas; sin embargo, por otra parte, se preveían importantes descuentos de la deuda del monarca con esos mismos, con cargo a posibles beneficios.
28 Ciertamente los rendimientos de la trata de esclavos no parecen muy claros, ya que se encontraban sometidos a riesgos evidentes y, en ocasiones, habían llevado a la quiebra de algunos asentistas, pero como reconoce Walker, 29 "los ingleses desde siempre codiciaban el Asiento de Negros y sabían muy bien como se obtendrían los beneficios que deseaban: a través del contrabando" que ahora les permitía burlar fácilmente el monopolio comercial de España en sus Indias30 mediante el navío anual, cuya práctica, de acuerdo con Bernardo de Ulloa,31 fue "que sin llevar un barril de agua, lo convoyasen otras embarcaciones con víveres, que lo sobrecargaban a la entrada del puerto, desenfardelando después más que el galeón de la China, equivaliendo su carga más que la del resto de la flota, y que sus rezagos fuesen perennes".
En fin, esta concesión del navío de permiso fue, como señala Colmeiro,32 "un postillo abierto con buena fe por Felipe V, del cual se aprovecharon los ingleses para ingerirse en el comercio de América, burlándose de las limitaciones y cautelas del monarca español".
La compañía de Inglaterra
La South Sea Company, también conocida en España como la Compañía Real del Asiento o la Compañía de Inglaterra, como ya hemos reconocido, fue la empresa elegida por la reina Ana para el desarrollo del Asiento de esclavos negros firmado entre las dos Coronas y ratificado en el Tratado de Utrecht.
Esta compañía, con un nombre engañoso,33 había sido establecida por un Act of Parliament en mayo de 1711 y, originariamente, su creación obedeció al intento del gobierno británico de resolver un agudo problema financiero: liquidar la enorme deuda contraída por el Tesoro Real en el sostenimiento de la guerra.
34 La deuda pública ascendía a unas £ 9.000.000, lo que constituía una grave amenaza al Tratado de Paz, ya que ese gobierno no había provisto fondos para el pago de los intereses de la deuda.
La Compañía, en poco tiempo, absorbió dicha deuda a cambio de participaciones a los acreedores del Tesoro Real, los cuales se vieron incentivados a invertir en ella, una vez que el gobierno le hubo concedido el monopolio comercial en la costa este de América, desde el Orinoco hasta el estrecho de Magallanes y en todo el Pacífico.
Firmado el Asiento, la existencia de la Compañía quedaba justificada, máxime si tenemos en cuenta las enormes ventajas comerciales que había adquirido en comparación con otros asientos anteriores.
Se constituyó como una compañía por acciones, al estilo de otras similares creadas en Europa en el siglo XVII y que, bajo la protección de sus gobiernos respectivos, actuaban o habían actuado de forma monopolística en determinados mercados.
35 En el vértice superior de su pirámide organizativa se encontraba el cargo de gobernador, puesto honorario nombrado por el monarca -el conde de Oxford fue el primer gobernador de la Compañía-, así que el verdadero director era el subgobernador, quien dirigía la empresa con una corte de directores, un contable y un secretario y, para todos los asuntos relacionados con el Asiento, se constituyeron diferentes diputaciones integradas por los directores.
Las decisiones importantes se tomaban en las asambleas generales de propietarios, donde tenían voz y voto todos los accionistas.
Con base en la experiencia de otros asientos anteriores e informes de comerciantes británicos, la Compañía estableció inicialmente seis factorías en la América Española: -Buenos Aires: desde allí se podía proveer de esclavos por el Río de la Plata a Chile y Potosí. -Cartagena: para proveer de esclavos a la industria minera del norte de Sudamérica. -Panamá y Portobelo: consideradas como una sola factoría, para el abastecimiento de esclavos al mercado de Lima. -Veracruz: para el mercado de Nueva España (México).
-La Habana y Santiago de Cuba: para la provisión de esclavos principalmente a las plantaciones de tabaco y de caña de azúcar.
Pero el verdadero centro de operaciones de la Compañía en América se encontraba en Jamaica y Barbados, auténticos almacenes donde los esclavos eran clasificados y distribuidos a las mencionadas factorías, excepto a la de Buenos Aires, que los recibía directamente de África, dado 35 Nos referimos por ejemplo a la Royal Africa Company, fundada en 1672 y dedicada en Inglaterra al comercio de esclavos negros, que sustituía en ese negocio a la Royal Adventures Trade of Africa.
En otros países como Holanda ya funcionaba desde 1621 la Compañía de las Indias Occidentales y en Francia y Portugal se crearían, con el mismo nombre y similares objetivos, la Compañía Real de Guinea.
el elevado coste de cualquier otra alternativa.
Las factorías funcionaban con seis factores, excepto La Habana y Santiago que sólo contaban con tres, entre los que merece la pena destacar al presidente o factor principal, que era el responsable del buen funcionamiento general de la factoría y al contable que estaba encargado de llevar las cuentas, responsabilizándose de sus libros y, fundamentalmente, del control de la caja.
Los factores se reunían una vez a la semana y las decisiones se tomaban por mayoría, con el voto de calidad del presidente.
Los factores ingleses, junto con los oficiales reales españoles, visitaban los navíos a su llegada a puerto y procedían a realizar la inspección de sanidad, el palmeo o medida de los esclavos así como su marcado, operaciones todas ellas que precedían a la determinación del derecho real y la venta del esclavo.
Esa venta se intentaba realizar lo más rápidamente posible, para ahorrar el coste de manutención, y preferiblemente al contado a cambio de oro y plata quintada, aunque también se admitían frutos de la tierra que tuviesen buena aceptación en Inglaterra y pudiesen ser vendidos con beneficios, como los cueros de toro, el tabaco, el azúcar, el palo de Campeche, etc.; no obstante, la venta a crédito, que al principio no estaba admitida salvo en casos excepcionales, se iría generalizando a lo largo del desarrollo del Asiento.
Los barcos autorizados y el barco anual de permiso
A poco de firmarse la paz por el Tratado de Utrecht, el monarca español se dirigía a los virreyes del Perú y Nueva España, presidentes, gobernadores, oficiales reales y otros ministros, a los que avisaba del ajuste de un nuevo Asiento sobre la introducción de esclavos negros con la Compañía de Inglaterra, adjuntándoles una copia para su puntual cumplimiento.
36 Además, se les informaba de la autorización que daba para que dos navíos ingleses de cerca de 1.000 toneladas, la "Elizabeth" y el "Bedford", 37 con destino a la Veracruz y Cartagena o Portobelo, respectivamente, pudiesen vender sus mercancías en esos puertos.
ISSN: 0210-5810 definitiva la dio el rey por una cédula de 17 de mayo de 1715, en la que se reconocía que estos navíos habían sido concedidos como un regalo de Felipe V a la reina Ana en 1713, cuando se estaba negociando la paz.
Sin embargo, por problemas entre la soberana y la Compañía se había retrasado su salida, a pesar de que en junio de 1713 se revalidaba la orden de autorización y ya eran conocidos los navíos disponibles, dos buques de guerra de la armada inglesa prestados para la ocasión a la Compañía.
Esos dos barcos, con un tonelaje muy superior a las 500 o 600 toneladas autorizadas, fueron cargados con mercancías de primera calidad, tanto inglesas como de otros países europeos, y se había acordado que, de los beneficios que obtuviese, el monarca español tendría una participación de un 10%.
El navío la "Elizabeth" salía hacia América en agosto de 1715 y llegaba a la Veracruz a principios de noviembre y el "Bedford" partía en noviembre de ese mismo año y atracaba en el puerto de Cartagena a principios de 1716.
Las cuentas disponibles de ellos 38 nos permiten reconocer que el negocio que realizaron fue bastante rentable para la Compañía, aunque sus retornos, al contrario de lo que se pretendía, fueron casi en exclusiva con frutos de la tierra, tales como añil, grana, zarzaparrilla o palo de tintura.
Por esas cuentas sabemos que la líquida ganancia que se calculó de participación al rey de España en el "Elizabeth" fue de 7.846 libras, 16 chelines y 3 peniques, aunque, de acuerdo con las advertencias realizadas por el representante español en Londres, Tomás Geraldino, esas ganancias debían elevarse a 10.371 libras, 10 chelines y 1 penique, siendo la causa de la diferencia el hecho de haber cargado en la cuenta del viaje 25.243 libras, 4 chelines y 9 peniques de intereses, correspondientes al 5% del tiempo de su desembolso, antes de calcular la participación del monarca, lo que en opinión del representante español no debía admitirse, ya que ese cargo por intereses representaba una disminución inadmisible en el beneficio al pretenderse que la Compañía no tenía caudal propio con el que llevar a cabo ese comercio, de todas formas el propio contador de la Compañía reconocía en la cuenta que ese punto no había quedado completamente decidido.
Por su parte, la contabilidad oficial del "Bedford", dada la escasez de registros disponibles, fue muy incompleta, a pesar de lo cual se calculó la participación del monarca español en 3.695 libras, 16 chelines y 4 peniques, 38 Estas cuentas fueron traducidas y remitidas en 1733 por el representante español en la Compañía en Londres, Tomás Geraldino, y se encuentran en AGI, Contaduría, 266.
considerándose igualmente en su cálculo los costes financieros, lo que nuevamente llevaba a que Tomás Geraldino discrepase de esa cuantía, alegando las mismas razones dadas en el caso de la "Elizabeth".
Las cifras que aparecen en la documentación contable del Asiento de esclavos corresponden, como es lógico, a las cantidades registradas oficialmente y nada nos dicen del contrabando practicado que se presupone debió ser muy elevado, pero esos datos, como reconoce H. Kamen, 39 son imposibles de obtener por definición.
Este contrabando se preveía desde el principio, por ello la Corona, temiendo que por el exceso de tonelaje entre el real y el permitido, de 500 o 600 toneladas, se pudiesen introducir muchas mercancías ilícitas, había puesto en sobreaviso a los funcionarios españoles tanto de Veracruz como de Cartagena, de manera que por una cédula de 26 de julio de 1715 se instaba a dichos oficiales a que llevasen a cabo el control y medida de los barcos siguiendo las normas de la Casa de la Contratación.
40 Por otro lado, de acuerdo con la condición adicional anexa al Asiento, el rey había concedido por propia iniciativa el que la Compañía pudiese enviar un navío anual de 500 toneladas con mercancías y de cuyos beneficios se reservaba una participación para la Corona española, como ya vimos, del 28,75%.
En todo el período del Asiento sólo navegaron siete de estos barcos anuales, el primero de ellos, "the Royal Prince", estaba listo para zarpar en 1713; sin embargo, por problemas de la propia Compañía, no lo haría hasta agosto de 1716, fecha en la que, por un nuevo tratado, conocido como "Tratado de la Declaración", 41 se produjeron dos importantes modificaciones a la concesión relacionada con el navío anual.
La Compañía Inglesa se quejaba de la condición de tener que vender los géneros y mercaderías necesariamente en tiempo de feria, lo que les obligaba a tener que esperar a la flota y galeones españoles, introduciendo una gran incertidumbre y riesgo a la empresa, ya que el momento de la celebración de dicha feria era muy impreciso y una parte importante de las mercancías podía estropearse, máxime teniendo en cuenta el clima americano.
Las quejas fueron oídas y contempladas en el mencionado tratado, lo que dio lugar a la primera modificación por la que se les permitió, en adelante, que pudieran vender sus mercaderías pasados cuatro meses sin que "De parte del Rey Británico, y de la dicha Compañía se ha representado, que la mencionada gracia concedida por el Rey Católico, se concedió precisamente para indemnizar las pérdidas que la Compañía hiciese en el Asiento: De suerte que si se debiese observar la condición de no vender las mercaderías, sino es en el tiempo de la Feria, y no haciéndose ésta regularmente cada año, según la experiencia lo ha hecho ver por lo pasado (lo que podía suceder en lo venidero) en lugar de sacar provecho, la Compañía perdería el capital de su dinero, pues se sabe muy bien que las mercaderías en aquel país no pueden conservarse mucho tiempo y particularmente en Portobelo".
La segunda modificación a la concesión tenía que ver con el tonelaje del navío.
Por el hecho de no haber salido dicho barco desde 1713 a 1716, se permitió a la Compañía que pudiese repartir las 1.500 toneladas que le correspondían entre los siguientes diez años, por lo que el navío desde entonces y en la década siguiente podía transportar 650 toneladas, en lugar de las quinientas previstas por la concesión.
A juicio de los expertos, el Asiento y tratados adicionales como éste, ayudaron a reforzar la posición de Inglaterra, otorgando al comercio británico "una situación excepcional en el mar de las Antillas y los dos océanos"; 42 o, como reconoce Palacios Preciados, 43 "con un contrato así concebido, Inglaterra estaba segura de realizar un negocio lucrativo y lo que era más importante aún, servirse de éste para perforar por todos lados el monopolio comercial que, aunque teórico, mantenía España en las Indias Occidentales y de paso eliminar la competencia francesa".
Aunque, hay quien opina, como Walker, 44 que ese "tratado favorable conseguido por los ingleses en 1716 fue lo que empujó al gobierno español a llevar a cabo un esfuerzo constructivo para remediar el abandono en que se hallaba el comercio trasatlántico".
Como ya reconocimos, el Consejo de Indias se manifestó abiertamente en contra de la concesión del navío de permiso y, aunque en varias ocasiones se intentó abolir dicha condición, ofreciendo a cambio a la Compañía otras ventajas, nunca consiguió que los británicos accediesen a su solicitud, lo cual, por otro lado, era lógico, dadas las expectativas de beneficios que tenía, no sólo con el comercio lícito que este barco practi- caba, y que le permitía, al ser mercancías libres de impuestos, venderlas un 25 % o 30 % más baratas que las que venían en las flotas desde España, sino y sobre todo por el contrabando que con este tipo de barcos podía fácilmente realizarse.
45 Aunque en opinión de Walker, 46 "lo que realmente sacaba de quicio a los españoles, comerciantes y ministros por igual, era que el navío de permiso pudiera destruir lo poco que quedaba del comercio con las Indias.
El navío de permiso no socavaba con su contrabando el comercio de Cádiz, sino que lo hacía con su mera presencia, con el simple hecho de que, tanto si llevaba 100 t. como si eran 1.000 t., encontraba mercado en América cuando los galeones y la flota no hallaban donde colocar sus cargamentos", de esta forma "el navío de permiso, con o sin contrabando, atacaba el mismo centro nervioso del sistema".
Desde la óptica española, uno de los problemas fundamentales en el desarrollo del Asiento era que, hasta 1732, se había descuidado en exceso el control de las operaciones de la Compañía; así, por ejemplo, esa vigilancia en Indias era ejercida por los propios oficiales reales, cuyas actuaciones, la mayoría de las veces, dejaban mucho que desear.
El escaso control no permitía a la Real Hacienda española conocer cual era la verdadera situación de ese comercio y, por tanto, cual era el estado de sus cuentas y la participación del monarca español en el negocio, ya fuese en los derechos de esclavos o en los beneficios del barco anual.
En 1732, en un intento de paliar esa situación, José Patiño, ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, 47 tomó cartas en el asunto y nombró como representante español de la Compañía en Londres al ya citado Tomás Geraldino, quien había recibido instrucciones 48 precisas con la pretensión de aplicar fuerte vigilancia sobre las actividades de la Compañía y, muy especialmente, para prevenir el contrabando del barco anual.
49 Tal vez, como señala Béthencourt, 50 Patiño le había instruido, 45 Existe una gran cantidad de documentación que prueba ese contrabando y muchos informes detallados relatando los abusos cometidos por la Compañía, principalmente con el barco anual.
47 En 1734 ocupaba también la Secretaría de Estado, convirtiéndose en un verdadero superministro con cuatro secretarías a su cargo.
48 Esas instrucciones las podemos encontrar en AGI, Indiferente General, 2785 y en Archivo General de Simancas (AGS), Estado, 7007.
49 La persecución del contrabando en América era una de las ideas que obsesionaban a Patiño, en ese sentido Béthencourt Massieu (Relaciones de España..., pág. 354) nos informa que para cortarlo había hecho redactar a don Dionisio Alzedo su "Extracto legal y político de los abusos con que se manejan en los puertos de Indias las factorías del Asiento establecido con la Corona de la Gran Bretaña" y que, a su entender, representó la base de todas las órdenes y nombramientos, como fue el caso de Tomas Geraldino y sus precisas instrucciones, principalmente en lo que se refería al navío de permiso.
para ejercer un control tan riguroso sobre los distintos negocios de la Compañía, que su misión última fuese "lograr la ruina de la sociedad, privada de su mayor parte de ingresos: el comercio fraudulento", razón por la cual al navío de permiso, verdadero negocio de la Compañía, iban dirigidos los trece artículos primeros de sus instrucciones.
Además, para ejercer un control más estrecho sobre sus actividades se nombraron factores españoles 51 en cada puerto donde la Compañía ejercía el comercio: La Habana, Veracruz, Campeche, Caracas, Cartagena, Panamá, Portobelo y Buenos Aires, con responsabilidades similares a las de Geraldino, a quien debían mantener informado en todo momento.
Estas designaciones, en opinión de los ingleses, eran una clara violación del artículo 28 del Asiento, artículo que, además de reconocer la participación del monarca español en el negocio de la venta de esclavos, establecía el derecho que tenía para nombrar: "dos directores o factores, que debían residir en Londres, otros dos en Indias y uno en Cádiz".
En él se reconocían también cuáles eran sus principales funciones: "Para que de su parte intervengan con los de su Majestad Británica y demás interesados en todas las direcciones, compras y cuentas de este asiento; a los cuales ha de dar su Majestad Católica las instrucciones convenientes, a fin de que deban observar y con especialidad a los dos de Indias, para evitar todos los embarazos y controversias que puedan ocasionarle".
52 Efectivamente, el tratado sólo preveía dos factores españoles en Indias y no siete, lo cual, evidentemente, representaba un obstáculo importante para ejercer el contrabando al que estaban acostumbrados los ingleses con la connivencia, generalmente, de los propios oficiales reales españoles.
A lo que se debía añadir el hecho de que ese control facilitaría la elaboración de unas cuentas más completas de sus negocios de cara a reconocer la verdadera participación del monarca español, cuestión que la Compañía no tenía ningún interés en que se conociese.
Paradigmático resulta el caso del último navío al que se le concedió el permiso de las 650 toneladas, el "The Royal Caroline", 53 séptimo barco 51 El nombramiento de estos factores lo encontramos en AGI, Indiferente General, 2851 y las instrucciones que se les dieron en AGI, Indiferente General, 2785.
53 Sobre este barco se puede consultar Donoso Anes, Rafael: "Determinación y análisis del resultado de la carga de un barco de mercancías en el siglo XVIII: el caso del navío inglés The Royal Carolina (1732)", X Encuentro de Profesores Universitarios de Contabilidad celebrado en Santiago de Compostela en junio de 2002.
Este navío fue arqueado en Londres con asistencia del representante español en la Compañía y matemáticos nombrados por el monarca, requisitos necesarios para que el navío no fuese obligado en las Indias a la realización de un nuevo arqueo.
En Veracruz, destino del "The Royal Caroline", se había nombrado como factor en representación del rey de España en la Compañía a Juan de Ávila, 54 y el 21 de julio de 1732 se le hacían llegar sus instrucciones, 55 en las que se le especificaba el modo y forma de practicar su intervención en el navío de permiso, poniendo especial cuidado en el embarque de plata y frutos permitidos.
El citado barco salía del puerto de Londres en octubre de 1732 con destino a Veracruz, uniéndose en ruta a la flota española comandada por Rodrigo de Torres.
Geraldino, fiel a las instrucciones que había recibido de Patiño, permaneció muy atento a la carga del navío poniendo algunas objeciones al embarque de ciertos géneros, por tratarse de manufacturas adquiridas fuera de la Gran Bretaña.
Los directores de la Compañía, en carta de 8 de agosto de 1732 dirigida a Geraldino, 56 mostraban su extrañeza a las reticencias del español, ya que según ellos: "el embarque de esas mercancías siempre se había practicado en otros navíos anuales, sin que se hubiese producido ninguna queja por parte española".
Además, en el Asiento sólo se aducía al tonelaje del navío, sin que nada indicase el tipo de productos que debía transportar.
La objeción de Geraldino planteaba a la Compañía un problema económico importante, ya que las mercancías no podían ser devueltas sin que eso acarrease crecidas pérdidas, lo cual -como argumentaban los directores ingleses-afectaba al monarca español, dada su participación en la empresa.
En consecuencia, pedían a Geraldino que considerase esas circunstancias, las consultase con la corte y después ya estudiarían esa materia más adelante.
Por aquella vez se dispensó a la Compañía y el tema quedó zanjado, pero el factor español siguió insistiendo en que le suministrasen una copia de la factura de la carga y que, en atención al artículo 28 del Tratado, diesen cumplida cuenta a los representantes españoles en Indias de los precios a que se comerciase dicha carga.
Ávila resultó ser un hombre bastante diligente y responsable.
Como muestra de ello tenemos la queja que dirigiría al rey el 15 de noviembre de 1733, relacionada con la falta de cuidado que ponían los ingleses en la elaboración de sus cuentas.
55 Esas instrucciones se encuentran en AGI, Indiferente General, 2786.
56 Esa carta puede verse en Ibídem.
Vendidos los retornos y conocido su resultado ya no quedaba sino pasar a la liquidación de la cuenta del viaje, cuenta que no se elaboró hasta finales de 1735, una vez que Patiño la solicitó oficialmente a la Compañía el 7 de agosto de ese año.
57 Pero, hay que reconocer que la persistencia y buen oficio de Geraldino serían la clave para que al fin la Compañía accediese a elaborar las cuentas del viaje y considerase algunas de las objeciones y reparos puestos por el representante español en Londres.
58 En su carta dirigida a Patiño el 3 de noviembre de 1735 queda muy bien reflejado esto: "Muy Sr. Mío: En 27 de octubre di cuenta del reparo que se había ofrecido en la Diputación de Cuentas de la Compañía del Asiento para ajustar la cuenta del viaje del navío la Real Carolina a la Veracruz el año pasado de 1732, y del expediente que pensaba proponer al Tribunal de Directores al día siguiente para que no se retardase su ajuste, lo que ejecuté y se convino la dirección acordando que la Diputación de Embarques examinase la cuenta del capitán y cargase su importe al viaje con la reserva que yo propuse, lo que ha ejecutado dicha Diputación hoy y mañana procuraré que en la Junta de Directores se refiera él todo a la Diputación de Cuentas para que forme la del viaje y la de separación de utilidades".
59 El 28 de noviembre Patiño solicitaba a Geraldino que, sin más dilación, le hiciese llegar las cuentas del "The Royal Caroline".
El 22 de diciembre éste le respondía que "se halla ya formada la cuenta y en estado que espero recibirla esta semana, cuando la remitiré a manos de V. E."; sin embargo, reconocía la poca disposición que encontraba en la Compañía para pagar a la Corona Española su participación en los beneficios de esta empresa: "Y en cuanto al pago de las utilidades que dimanan de ella, continúa la dirección su oposición, y yo no omito diligencia para que den respuesta formal a la participación de dicho oficio que hizo a la dirección el duque de Newcastle de orden de este gobierno, de cuyas resultas daré cuenta; lo que servirá V. E. poner en la Real noticia".
60 El 12 de enero de 1736 concluía Geraldino el envío de la contabilidad del citado navío, con separación de las utilidades que correspondían al 57 AGI, Contaduría, 266.
58 Donoso Anes, R.: "El papel de la contabilidad en política internacional: el caso de las cuentas del Asiento de esclavos firmado entre Inglaterra y España (primer período 1713-1722)".
XI Congreso de la AECA celebrado en Madrid en septiembre de 2001; en esta obra se deja patente el importante papel que desempeñó Geraldino para el ajuste y liquidación de las cuentas de las factorías americanas relacionadas con el Asiento de esclavos.
61 Sin embargo, a pesar de todo el esfuerzo realizado, la participación de Felipe V en el beneficio de este barco nunca fue hecha efectiva por la Compañía,62 y eso que su reivindicación fue una constante en todas las negociaciones ulteriores, hasta la definitiva que puso fin al Asiento en octubre de 1750.
63 Terminamos este apartado recordando que el "The Real Caroline" fue el séptimo y último barco anual de permiso.
Siete navíos en treinta y seis años parecen muy pocos; sin embargo, hay que tener en cuenta que, en ese período, habían tenido lugar tres guerras -la última con una duración de casi diez años (1739 a 1748)-y algunos permisos solicitados por la Compañía habían sido denegados64 debido, principalmente, a las reticencias que el gobierno español tenía en relación con la legalidad del comercio que dicho barco realizaba.
Además, un análisis detallado de la documentación contable, 65 bastante completa en el caso del "The Real Caroline", nos permite, al menos, descartar el hecho de que fuese la falta de rentabilidad de ese negocio una de las causas de que no navegasen más navíos de permiso en ese dilatado período.
Los tres períodos de desarrollo del Asiento y el importante papel desempeñado por la contabilidad
Como hemos podido comprobar, las cuentas tenían un papel destacado en el Tratado del Asiento firmado en 1713 entre la monarquía española y la británica, principalmente recogido en su artículo 29, por el que la Compañía Real del Asiento se comprometía a presentar la cuenta de los resultados obtenidos por este comercio cada cinco años, así como las correspondientes a los navíos anuales de permiso.
Siendo esa la forma que se había previsto para que el rey español pudiese comprobar la bondad de las cantidades que recibiese, ya fuese por el derecho de introducción de los esclavos de 33? pesos de plata por pieza, ya por su participación en el negocio de venta de éstos y de los navíos de permiso.
Del análisis de la documentación del Asiento se desprende que el gobierno español no se preocupó al principio de establecer los controles adecuados que permitiesen, en un momento dado, comprobar la racionalidad de las cuentas que pudiese presentar la Compañía.
Aunque lo que en un principio no podía sospecharse era que ni tan siquiera presentarían dichas cuentas, tal y como lo exigía el mencionado artículo del Tratado.
El desarrollo del Asiento podemos dividirlo en tres períodos:
66 Comienza con la firma del Tratado de Asiento en marzo de 1713; se trata de una etapa de asentamiento de las factorías en América y está caracterizada por un reconocido descontrol por parte de España en relación con las actuaciones y cuentas de la Compañía.
Descontrol cuya causa hay que buscarla en el poco interés que se mostró en la metrópoli española para nombrar algunas personas competentes que, desde Londres y América, defendiesen los intereses del monarca en un negocio en el que tenía una importante participación; así, la propia Compañía hubo de designar a una persona, un inglés por supuesto, para que llevase a cabo esa representación en Londres, designación que recayó en Arthur Moor.
67 Finalmente, en 1717, se nombraba en España a Guillermo Eon para ocupar el puesto de director de la Compañía de parte de Su Majestad Católica en Londres.
68 En realidad el Asiento, aunque se firmó en 1713, no se haría efectivo hasta 1714 y, desde el primer momento, se sucedieron los problemas en su normal desenvolvimiento.
Primero los ingleses condicionaron el pago de los 200.000 pesos que prometieron adelantar a Felipe V a la concesión del permiso de navegación de los dos navíos que había regalado a la reina Ana, y cuyas mercancías ya habían sido adquiridas.
Recordemos que esos navíos eran el "Elizabeth" y el "Bedford", que finalmente salieron en agosto y noviembre de 1715 respectivamente.
Por otro lado, los ingleses se habían negado a pagar el derecho de esclavos de 33? la pieza correspondiente a 1713, alegando que durante ese año no se había introducido ninguno Las quejas de los ingleses desde el comienzo, condujeron a que se iniciasen unas nuevas negociaciones que culminaron con el Tratado de la Declaración de 26 de mayo de 1716, por el que, como ya vimos, se hacían algunas concesiones relacionadas con el navío anual y se liberaba a la Compañía del pago del derecho de esclavos de 1713.
Sin embargo, los problemas no terminaron, el "Bedford" tuvo problemas con su carga en Cartagena en 1716 y quedó retenido, excusa que serviría a la Compañía para seguir negándose a pagar el derecho de esclavos.
La situación entre las dos monarquías se fue enrareciendo y desembocó en una declaración de guerra en septiembre de 1718, cuya principal consecuencia en relación con el Asiento sería la represalia ordenada por el monarca español de los bienes de la Compañía que quedaban confiscados, 69 incluyéndose en estas primeras represalias parte de la carga del navío de permiso "The Royal Prince", que había zarpado de Londres con destino a Veracruz en 1716, aunque el barco pudo librarse por haber salido de regreso hacia Inglaterra poco antes de que comenzasen las represalias, curiosamente llevándose los libros de cuentas de la factoría veracruzana, tal como alegaron sus factores cuando los oficiales españoles los solicitaron.
El problema que tuvo lugar consistió en que, justo cuando correspondía ajustar las cuentas del primer quinquenio de acuerdo con el Tratado del Asiento, se había declarado la guerra y aplicado la represalia, siendo esa la causa, tal como alegaban los directores de la Compañía, de que se hubiese perdido y destruido mucha documentación.
Argumento que, sin embargo, cabe poner en duda, ya que es posible que ese no fuese el motivo principal, y si nos atenemos al análisis de la documentación, todo indica más bien que la Compañía, como reconoce Palacios Preciados, 70 no tenía ningún interés en dar a conocer sus ganancias a los españoles y, sólo después de mucha 69 AGI, Contaduría, 1437.
El rey, desde San Lorenzo el 14 de septiembre de 1718, ordenaba por real cédula el embargo de todos los bienes y propiedades pertenecientes a los ingleses.
ISSN: 0210-5810 insistencia, como relataremos a continuación, se lograría que presentasen algunas cuentas incompletas de ese primer quinquenio.
71 La guerra terminaba en junio de 1721, y ese período bélico fue especialmente desastroso económicamente para la Compañía al haber coincidido con su mayor crisis financiera, que llevaría a la ruina a muchos de sus accionistas, y cuyo principal artífice fue Jonh Blunt, uno de los directores de la empresa, que había lanzado un plan, posteriormente conocido como "South Sea Bubble",72 con el que pretendía absorber la deuda nacional de 50 millones de libras.
Evidentemente esa situación de crisis hacía más imperiosa para la Compañía la necesidad de recuperar las cantidades embargadas por las represalias, de las que, por otro lado, el monarca español daba las órdenes pertinentes para que se restituyeran en la medida de lo posible y en aquellos casos que estuviesen plenamente justificadas documentalmente dichas represalias.
Se caracteriza por un estado continuo de tensión entre la Compañía y el gobierno español, con acusaciones mutuas, los unos quejándose de las medidas restrictivas que se le ponían a su comercio en América, los otros intentando evitar el cada día más evidente comercio ilícito de los ingleses que se veía agravado por los frecuentes rumores de que estaban estableciendo una red de bancos, que atraía los recursos financieros de los españoles que terminaban en remesas de contrabando en los navíos de permiso.
La situación incluso se agravó cuando el 10 de enero de 1724 abdicaba Felipe V en su hijo Luis I, pero las viruelas pusieron fin a su reinado ese mismo año y, el 6 de septiembre, volvía a ocupar el trono español el primer Borbón.
En ese espacio de tiempo la Compañía había llegado a acusar al nuevo gobierno de actuar en contra de sus intereses anulando todas las cédulas reales por las que habían obtenido algunos privilegios.
Sea como fuere, la vuelta de Felipe V hizo que las aguas volvieran a su cauce y muchas de las medidas restrictivas que se dictaron contra las actuaciones de la Compañía fueron anuladas en 1725, aunque la tensión no disminuyó y las acusaciones de fraude contra esa sociedad comercial fueron en aumento.
En marzo de 1727 la situación entre las dos Coronas se deterioró y, finalmente, se volvió a declarar la guerra, lo que para el Asiento significaba, de nuevo, que sus bienes serían confiscados, sufriendo las consabidas represalias, aunque en este caso la experiencia les hizo actuar con una mayor diligencia, de manera que, para cuando llegaron las órdenes de las represalias a América, muchos bienes y documentos habían sido puestos a buen recaudo en Jamaica.
La paz llegaba el 6 de marzo de 1728 con la firma de la llamada Acta del Pardo 74 que suscribieron Francia, Inglaterra, Austria y España y que se consolidaba con el Pacto de Sevilla de 9 de noviembre de 1729.
75 Con el Acta del Pardo se restituía el comercio del Asiento a la misma situación en que se encontraba antes de la guerra y de nuevo se emitían las cédulas para la restitución de todos los bienes y efectos embargados a la Compañía en América.
En este período comienza a intensificarse el control contable de la Compañía a la que se le exige que presente sus libros contables, tal como se había previsto en el Tratado del Asiento.
A falta de las cuentas ajustadas que la citada sociedad tenía que presentar, tanto del derecho de esclavos como de la participación del monarca en el negocio de la esclavitud y navío anual, los españoles elaboraron un presupuesto (lo llamaron así porque sus datos no estaban del todo confirmados) del estado en que se encontraba el 74 AGI, Indiferente General, 1601.
75 Éste constituyó un pacto de unión, paz y mutua defensa entre España, Francia e Inglaterra, que representaba volver a los términos de la Cuádruple Alianza y para España asegurar la sucesión italiana del infante don Carlos (Gil Novales, A.: Historia de España dirigida por Manuel Tuñón de Lara, Tomo VII: Centralismo, Ilustración y Agonía del Antiguo Régimen (1715-1833); Segunda Parte: Política y Sociedad, Editorial Labor, Barcelona, 1980, pág. 192.
Aunque, por lo visto, la Compañía ya había pagado 683.602 pesos que, sin embargo, debía justificar adecuadamente su pago, por lo que de ser así la deuda quedaba reducida a 316.397 pesos. -200.000 pesos que la Compañía se había obligado a anticipar a Felipe V, pero que aún en esa fecha no los habían pagado y por ello lo incluían como deuda.
Pero lo más importante que se reconocía en este presupuesto, presentado en forma de cargo y data, no era la deuda por los derechos de esclavos, sino la ausencia total de información en relación con la participación del monarca en la cuarta parte de los beneficios que la Compañía hubiese obtenido en este negocio, así como la cuarta parte más el 5% de las otras tres cuartas partes del beneficio del navío anual, en este caso del "Príncipe Federico".
A partir de este momento el tema de las cuentas ocuparía un lugar importante en todas las negociaciones ulteriores que se llevaron a cabo con la Compañía, empeño que se vería intensificado a partir de 1726 cuando Patiño fue elevado a secretario de Hacienda, Marina e Indias.
Pero, ya en 1725, ante la pretensión de la Compañía de cobrar 800.000 pesos que según ella se le debía, el rey nombró una junta particular, constituida por dos contadores, para que averiguase y elaborase las cuentas de esta sociedad tanto de los "derechos causados de piezas de negros hasta fin del año de 1724, como también los derechos y ganancias que de este negocio pertenecen a S. M. en los dos primeros quinquenios que ya han pasado".
77 Para conseguir ese objetivo se apremió a Francisco Stratford, apoderado de la Compañía en Madrid, para que presentase a esa junta particular los papeles y justificantes necesarios para formar las referidas cuentas.
Esto ocurría en julio de 1725 y, al no obtenerse respuesta, la Junta de Negros se dirigía, en enero de 1726, a Guillermo Eon, director nombrado por el rey para 76 Este presupuesto se encuentra en AGI, Indiferente General, 2785.
representar sus intereses en Londres, para que solicitase las referidas cuentas a los directores de la Compañía.
Al mismo tiempo se seguía insistiendo a Stratford, quien contestaba que se encontraba a la espera de una respuesta por parte de los directores de Londres y que en cuanto estos le remitiesen las cuentas, las entregaría en la contaduría del Consejo de Indias; según comentaba, los directores le habían dicho que estaban "trabajando sobre la conclusión de las referidas cuentas".
En marzo y mayo se volvía a insistir a Eon y, en ese último mes, de nuevo a Stratford informándole de que, como pasaba el tiempo y el tema no se resolvía, la junta había acordado que "se le haga a V. m. recuerdo de la citada orden, para que con la mayor brevedad presente la Compañía sus cuentas, en virtud de la obligación que tiene de darlas de cinco en cinco años como se previene en el capítulo 29 del Asiento pues de no ejecutarlo así se tomarán las providencias convenientes para la seguridad de los intereses que S. M. debe tener según lo capitulado en el expresado asiento".
78 En 1727 se seguía insistiendo a Stratford, que había sido detenido, por orden del monarca, en Navarra cuando se dirigía a Londres, para que presentase "la cuenta de la Compañía del Asiento de negros de los dos quinquenios cumplidos", pero su respuesta era la misma, que se encontraba a la espera de que se la mandasen los directores de la Compañía.
En el Consejo de Indias, por el contrario, se pensaba más bien que Stratford estaba ocultando esa contabilidad debido al enrarecimiento de las relaciones por el que estaban pasando los dos países; así, en una carta dirigida al regente de Navarra para que lo retuviese, se señalaba que esa documentación "se debe presumir la ocultara con motivo de las presentes novedades, de cuyo reconocimiento y ajuste pende la averiguación de los gruesos caudales que de S. M. retiene la expresada Compañía".
79 Finalmente, el 28 de mayo de 1727, se decidió mantener detenido a Stratford hasta que presentase las cuentas.
Firmada la Paz en 1728, la Compañía nombró un nuevo representante en la corte borbónica, Benjamín Keene, un hombre muy preparado que dominaba el español a la perfección; sin embargo, su tarea no iba a ser fácil, máxime teniendo enfrente a Patiño, un político dispuesto a poner fin a los abusos de la Compañía y, a ser posible, a dar por finalizado el contrato del Asiento.
Pero lo que realmente preocupaba a los ingleses y que podía 78 Ibídem.
79 Carta del Consejo dirigida a Antonio José de Cepeda, regente de Navarra, en 30 de abril de 1727.
interferir gravemente en sus planes era, como nos indica Domínguez Ortiz, 80 la actividad que desplegaba ese ministro en la reconstrucción del poder naval español, precisamente en el mismo año de 1728 Keene hacía la siguiente observación de Patiño: "Desde que he vuelto a este país he notado con gran disgusto los adelantos que hace Patiño en su plan de fomento de la marina española y de ello he hablado en casi todos los oficios que he tenido la honra de escribir".
81 La correspondencia de Keene es una muestra muy clara de la inquietud inglesa frente a la actitud del ministro y, verdaderamente, existían motivos fundados para ella, ya que el fortalecimiento español amenazaba el contrabando inglés que resultaba más fructífero que las ventajas legales que le aseguraban los tratados; 82 así, en un comentario al primer ministro Walpole, el 25 de noviembre de 1731, le decía refiriéndose a Patiño: "Nadie está más convencido que yo que es acérrimo enemigo del comercio extranjero; y como tiene más conocimientos comerciales, y sabe los abusos que se cometen en las aduanas, mejor que los ministros antecesores suyos, nos molestará mucho más que los otros.
Antes nos quejábamos de las dilaciones, lamentándonos sin cesar de la lentitud española; en el día hay que añadir la mala intención también, porque el ministro sólo se cuida de reformar y anular todas las medidas perjudiciales a España".
83 Patiño demuestra una verdadera obsesión con Inglaterra, a quien considera el verdadero peligro y el principal enemigo de España dadas sus ambiciones mercantiles en el continente americano, y por eso procura responder a los abusos de los ingleses siempre que le es posible, como reconoce un experto en este personaje: "A la agresión contesta con agresión, al contrabando con corsarios, a los abusos de la Compañía del Asiento con la suspensión del despacho del navío de permiso, y a las notas de protesta sobre medidas de gobierno perjudiciales a los intereses mercantiles extranjeros con hábil empleo de la tradicional lentitud de la burocracia española.
Hecho sintomático: a raíz de su muerte comienzan a surgir dificultades planteadas por Inglaterra que terminarían en guerra".
A principios de 1732 se había acordado que las cuentas del Asiento (las correspondientes al primer quinquenio) serían entregadas a Felipe V a finales de julio de ese año, sin embargo ese acuerdo político fue protestado por la corte de directores de la Compañía que consideraba que era imposible proporcionar esas cuentas, ya que la mayoría se habían perdido o habían sido destruidas.
La situación, por tanto, se hacía irreconciliable, la Compañía se negaba a dar las cuentas y en España se hacían oídos sordos a las quejas de los factores ingleses en América, e incluso la comisión que funcionaba desde el Tratado de Sevilla de 1729, para intentar solventar las diferencias entre la Compañía y el gobierno de España, quedó definitivamente disuelta.
De nada servirían las amenazas que desde el gobierno español se hizo llegar a la Compañía de rescindirle el Asiento por claro incumplimiento del contrato; 85 los comisarios ingleses, por el contrario, se cerraron en banda y se marcharon a Inglaterra acusando a los españoles de querer boicotear las justas pretensiones de los británicos.
En un intento de resolver la situación Patiño había llegado a persuadir a Keene de que la Compañía renunciase al navío anual a cambio de la entrega por parte de la Corona española de una participación del 2% sobre el total de los ingresos obtenidos anualmente por los galeones y las flotas hasta la conclusión del contrato del Asiento.
La Compañía, sin embargo, rechazó esta propuesta, sobre la que Geraldino volvería más adelante, por considerarla poco atractiva desde el punto de vista financiero, lo cual, como reconoce Walker, 86 "constituye una muestra tangible del valor del comercio, lícito e ilícito, que llevaba a cabo por medio del navío de permiso".
En este año de 1732 fue cuando tuvo lugar uno de los acontecimientos más importantes para el desenvolvimiento futuro del problema relacionado con las cuentas del Asiento: el nombramiento, en el mes de abril, de Tomás Geraldino como representante español en Londres, lo que en principio fue interpretado por los ingleses como un deseo de Patiño de inaugurar una nueva era de entendimiento y paz comercial, dada su reconocida honestidad y su talante negociador.
87 aquella capital perfectamente informado de la situación y con un minucioso plan, con la pretensión de ejercer un riguroso control de las actividades de la Compañía en relación con el Asiento, siendo una de sus primeras medidas, como ya hemos visto, el nombramiento de factores en cada puerto donde la Compañía ejercía su comercio, siendo las responsabilidades de estos factores, en esos lugares, similares a las que tenía Geraldino en Londres, básicamente destinadas a establecer un estrecho control de todas las actividades de la Compañía.
La información así obtenida por los factores, debía ser inmediatamente enviada a Geraldino a Londres y a Patiño a Madrid, con lo que se trataba de evitar que volvieran a repetirse los acontecimientos que habían desencadenado el que no se pudiesen ajustar las cuentas con la Compañía y, de esta forma, poder contar con la información necesaria, no sólo para poder reclamar los derechos correspondientes, sino también para poder evitar, en la medida de lo posible, el comercio ilegal desarrollado por los ingleses.
Evidentemente, esa medida fue muy protestada por los directores del Compañía que veían en ella una clara contravención de lo capitulado en el Asiento y, en respuesta, dieron órdenes a sus factores en América para obstaculizar la labor de esas personas.
En las instrucciones secretas que Patiño entregó, en nombre del rey, a Tomás Geraldino, 88 y a las que ya nos hemos referido anteriormente, destacan los puntos dedicados a las cuentas, principal preocupación del ministro español que, como ya hemos señalado, pretendía que los directores de la Compañía le entregasen las de los dos primeros quinquenios ajustadas a las normas previstas en el Tratado del Asiento, a finales de julio, hecho que recordaba a Geraldino en sus instrucciones, donde además se incluían aspectos concretos y detallados del contenido de esas cuentas.
Por ejemplo, un punto destacado de ellas lo constituía el tema de los intereses del capital ajeno que la Compañía se empeñaba en incluir como un gasto antes de calcular la participación del monarca español, tema que en el punto 24 de dichas instrucciones se recogía de la manera siguiente: "...respecto a bonificar yo los intereses a mi cuarta parte, debe considerarse por efectivo y existente el del total, y por la misma razón cualquier partida que se hallare cargada con título de intereses de dinero que hubiesen tomado, se deberá excluir por deberlo subsanar las otras tres cuartas partes aplicándose sin esta carga los útiles y ganancias que corresponden a mi cuarta parte".
De esta manera el Asiento de Negros, incluyendo el navío de permiso, era 88 Estas instrucciones secretas se encuentran en AGI, Indiferente General 2786.
sometido a un control especial, debiendo comprobar minuciosamente la contabilidad de la Compañía desde el principio hasta el momento presente.
El caballo de batalla, como bien señala Béthencourt Massieu 89 era ahora la entrega de las cuentas y la participación de Felipe V, a lo que "Geraldino puso manos a la obra con gran entusiasmo".
Pero a pesar de su insistencia, las cuentas siguieron sin ser entregadas, y así llegamos a 1734, año en el que el director español estuvo más volcado que nunca haciendo lo imposible para que la Compañía elaborase y le entregase las mencionadas cuentas, o en su lugar proponiendo la finalización del Tratado, mediante algún tipo de acuerdo que compensase a ambas partes.
En relación con las cuentas, los directores seguían considerando que su formación era "impracticable en el modo estipulado por el Tratado del Asiento" 90 y habían pensado solicitar al rey que les permitiese formar las cuentas por el "libro de caxa y entrada", sumario de tesorería que, según ellos, abreviaría la conclusión del tema.
Por otro lado, el subgobernador de la Compañía culpaba de la situación creada y de conducta negligente a sus predecesores, aunque Geraldino iba más allá y sospechaba que detrás del comportamiento del subgobernador y directores de la Compañía se encontraba el primer ministro Roberto Walpole, pues, como reconocía Geraldino en su carta de 25 de febrero a Patiño, aquellos no daban un solo paso sin el consentimiento de éste.
Por esa razón, en adelante, sus quejas las dirigiría directamente al citado ministro, quien, no obstante, siempre se mostraba muy ocupado con asuntos políticos, lo que le hacía presumir a Geraldino que su verdadera intención era diferir la solución del problema, según sus propias palabras: "esta respuesta del ministro me afianza en la sospecha de que es su ánimo diferir la resolución cuanto pueda...".
El representante español no se mostraba contrario a que los directores sacasen las sumas del "libro de caxa" con la finalidad de establecer un juicio de las cuentas, siempre que no se suspendiese el trabajo que ya se estaba haciendo, a instancias suyas, para la formación de dichas cuentas.
Finalmente se decidió preparar un extracto de ellas sacado del citado libro, el cual, una vez visto por Geraldino, sería enviado al apoderado de la Compañía en Madrid, quien a su vez lo pasaría para su aprobación al Consejo.
El tres de marzo de ese año de 1734 los directores de la Compañía volvieron a reunirse con Geraldino y le entregaron el extracto de cuentas que habían acordado, pero correspondientes únicamente a los cinco primeros años y, en opinión del director español, bastante incompleto, ya que en él sólo encontró sumas de los desembolsos y entradas realizadas de tiempo en tiempo.
Las palabras de Geraldino, que reproducimos por su interés, eran las siguientes: "...no hallé nada nuevo para mí por haber yo visto el libro de que se sacaron muchas veces, y como mi objeto en no oponerme a su intento es el que ellos mismos declaren al Rey la ninguna regularidad que han tenido en sus cuentas y la dificultad en que hoy se hallan, tomé motivo de lo sucedido aquel mismo día en una asamblea general de sus propietarios para no hacer ninguna objeción, así en las cuentas como en su intento, a decirles que si el fin de su Representación al Rey 91 era de buena fe, como suponían el de abreviar el ajuste de las cuentas para facilitar la Transacción del Asiento que sus propietarios consideraban ventajosa, me parecía medio más breve el que se tratase de lo uno y de lo otro a un mismo tiempo, confiándose la Compañía en que la equidad del Rey dispensaría la rigurosa inspección de las cuentas a que tenía tan claro derecho por el bien que resultaría a ambas naciones".
92 Hemos destacado algunos renglones de ese párrafo de la carta de Geraldino, porque representan una prueba muy clara del papel político que se hizo jugar a la contabilidad en relación con el Asiento: el director español reconocía que el rey dispensaría la rigurosa inspección de las cuentas, es decir, accedería a su formación utilizando exclusivamente el libro de caja, si con ello se facilitaba la Transacción del Asiento, o sea, su finalización, que era lo que en realidad deseaba Patiño.
Cada tres meses los socios de la Compañía celebraban una asamblea general y, el día 3 de marzo, después de la reunión reservada que Geraldino mantuvo con los directores, se celebró otra que fue aprovechada por el representante español para plantear su opinión respecto al tema de las cuentas, ligando su entrega al Tratado de la Transacción.
Su proposición consistía en adelantar dicho Tratado y suprimir el Asiento de esclavos, aplicando su caudal a pagar las elevadas deudas de la Compañía, lo que, al parecer de Geraldino, fue muy bien acogido por muchos propietarios, pero no por los directores que le respondieron "...que para llegar a tratar la Transacción era 91 Esa representación se refiere a la petición que hacían los directores al rey para que les permitiese la elaboración de las cuentas por el libro de caja.
preciso participar a los propietarios el estado de las cuentas de la Compañía con el Rey, lo que la dirección no podía ejecutar, porque si a este fin formaba su extracto por el libro de caxa que era el único medio que tenía, y después al tiempo de liquidarlas con el Rey, por las objeciones que de parte de S. M. se hiciesen, resultaba ser otra cosa que la que representaban a sus propietarios, quedaría la dirección expuesta a muy graves inconvenientes".
93 En una palabra, los ingleses no se fiaban de los españoles y de que, una vez dado su consentimiento para la Transacción, se fuesen a conformar con las cuentas dadas.
Así que siguieron con sus propias ideas, basadas, fundamentalmente, en la continuación del comercio del Asiento de esclavos negros hasta su finalización, de acuerdo con el tratado firmado en 1713 y, de paso, intentar conseguir algún que otro privilegio más.
El extracto de cuentas prometido por la corte de directores de la Compañía era entregado por Keene en abril de 1734 y representaba únicamente un intento para averiguar si el método contable utilizado por la Compañía era aceptado o no. Como era de esperar, las objeciones y reparos que desde del Consejo se pusieron a ese extracto de entradas y salidas de caja que iban desde primeros de mayo de 1714 hasta finales de marzo de 1721 eran tajantes y fueron decisivos para que se rechazara el método contable propuesto y se exigiese la aplicación de un método coherente con lo previsto en los capítulos 28 y 29 del Asiento, de manera que la cuenta general debía formarse de la integración de todas las cuentas particulares que habían intervenido en el negocio y no exclusivamente a partir de la cuenta de caja.
La conclusión de los reparos y reflexiones al tema realizados por Joseph de la Quintana era la siguiente: "Que el extracto exhibido de la data y cargo entre la Compañía y su caja sólo conduce a dar por libre al tesorero de las partidas que anota haber dado y recibido en virtud de órdenes de la dirección y no siendo justificativo que se convirtiesen en el trato de negros y demás negociaciones de la Compañía en que S. M. es interesado, tampoco se puede verificar que las resultas que se dan por tales en el tanteo que envían formado con título de cuenta general provengan del expresado trato y negociación, razón porque no se deben admitir las cuentas por el método que dan a conocer los extractos".
El documento donde se recogen esas reflexiones y reparos elaborado por Joseph de la Quintana lleva por título: "Las razones con que se impugnó el método en que manifestó Mr. Keene intentaba la Compañía dar las cuentas del trato de negros".
La presión realizada por Geraldino, siguiendo las instrucciones de Patiño, y aprovechando un momento en el que los accionistas de la Compañía se mostraban mayoritariamente descontentos con su situación económica, llevó a que éstos apoyaran en 1735 la propuesta que les presentó el representante español, similar a la que años antes había realizado Patiño a Keene, y que en este caso se trataba de dar por finalizado el Asiento a cambio de una compensación monetaria.
Sin embargo, esta propuesta finalmente sería rechazada debido a maniobras realizadas por los directores de la Compañía en connivencia con algunos miembros del gobierno.
95 Geraldino seguiría insistiendo para que la Compañía presentase las cuentas lo más ajustadas posible a lo previsto en el Tratado del Asiento, de esta forma conseguiría que, a lo largo de 1735, firmadas por el contador de la Compañía John Read, le fuesen entregando las correspondientes al primer quinquenio, y él, pacientemente, las fue traduciendo y enviándolas a Madrid al ministro Patiño; 96 el 17 de mayo de 1736 Geraldino daba cuenta de que la dirección del Asiento le había pasado las cuentas del segundo quinquenio (1722-1727) y que se encontraba estudiándolas para comprobar su conformidad con lo estipulado en el acuerdo.
97 Todas esas cifras, aunque pueden resultar muy interesantes para los estudiosos de la Historia de la Contabilidad, sin embargo, por sí solas no permiten sacar conclusiones relacionadas con la rentabilidad del Asiento, principalmente por el hecho constatado de que esas cifras oficiales son poco representativas del comercio real llevado a cabo, mostrando nuestro acuerdo con la opinión de Palacios Preciados, 98 que, tras considerar que las pérdidas del comercio de esclavos pudieron ser cuantiosas, manifiesta que "la Compañía no tenía como principal fuente de ingresos los provenientes de la trata de negros, sino la de las actividades interpoles, de otra forma resulta inexplicable el interés por mantener el Asiento"; reconociendo asimismo este autor, que si se comparasen los ingresos, muy superiores, de los navíos autorizados, con los obtenidos por la trata, parece evidente que el interés de los ingleses era utilizar el Asiento como simple "tapadera" para apoderarse del comercio de mercancías, ya fuese legalmente, ya a través del contrabando, para lo que contaban con la complicidad de muchos funcionarios españoles y la colaboración de los propios mercaderes americanos.
Patiño, tal como nos informa Walker,99 estaba convencido de que no podía haber un verdadero remedio para los males comerciales de España hasta 1744, año en el que concluía el contrato del Asiento, y creía que después de ese año España sería libre de revisar y reformar su comercio con América de modo que resultase ventajoso para ambas partes, desgraciadamente esto no fue así y el 3 de noviembre de 1736 Patiño moría pasando a ocupar su puesto el marqués de Torrenueva.
Como consecuencia de ello, se producía una renovación de cargos: Geraldino pasaba a ocupar el puesto de embajador en Londres en sustitución del conde de Montijo y su puesto en la Compañía lo desempeñó en adelante Pedro Tyrry, a quien el 24 de septiembre de 1737 el rey le hacía entrega de la instrucción secreta de lo que debía observar en ese cargo de director del Asiento de negros en la corte de Londres,100 debiendo tratar con Geraldino los asuntos de la Compañía.
La mayor parte de los artículos de la instrucción que ahora se le daba a Tyrry coincidían con los otorgados a su predecesor el 1 de mayo de 1732.
El nuevo director español llegaba a Londres el día 3 de diciembre y, como consecuencia de la muerte de la reina, no pudo presentarlo Geraldino a los ministros ingleses.
El mismo Tyrry, en carta a Torrenueva del día 5 de ese mes,101 le informaba de su llegada y de que inmediatamente había pasado a verle Tomás Geraldino, manifestándole que antes de pasar a la casa de la Compañía debía presentarse al duque de Newcastle, secretario de Estado, a fin de que en su secretaría se tomase la razón de su título de director.
Todos esos cambios no condujeron en absoluto a solucionar las diferencias de la Compañía con la corte borbónica, por el contrario esas diferencias se fueron haciendo cada vez mayores e insalvables.
Desde España se insistía en el pago de los derechos del rey y la participación en los beneficios, tanto en el comercio de esclavos como en el navío "Real Caroline"; la Compañía, por su parte, no quería saber nada de pagos ni rendición de cuentas hasta que no se le devolviesen las cantidades confiscadas en las represalias de 1718 y 1727.
Por otro lado, las relaciones entre las dos Coronas se fueron deteriorando, en esta ocasión debido, principalmente, a las diferencias ocasionadas como consecuencia de los conflictos derivados del desarrollo del propio Asiento y del trato injusto que, en opinión de los ingleses, recibía su comercio en las colonias españolas, con continuos embargos de navíos y bienes.
Esta situación desembocó en una nueva declaración de guerra, por parte de Inglaterra, el 23 de octubre de 1739, en la que llegaría incluso a apoderarse de Portobelo.
Previamente a esa declaración, el 23 de agosto, tanto a Tyrry como a Geraldino se les había ordenado que volviesen a España102 y, nuevamente, el rey mandaba que se confiscasen todos los bienes de la Compañía en América.
Esta guerra no finalizó hasta 1748, mientras tanto Felipe V había muerto el 9 de julio de 1746, siendo sucedido por Fernando VI y, aunque el Asiento de esclavos podía haber continuado algunos años más, hasta que se completasen los treinta convenidos, la Compañía, sin embargo, decidió no continuarlo y prefirió la compensación de 100.000 libras, para cubrir las pérdidas derivadas de las tres represalias, que se fijaron en el Tratado Particular103 que firmaron las dos Coronas en 1750.
Ese Tratado sería ratificado por el rey de Inglaterra el 5 de noviembre y por el monarca español el 3 de diciembre de ese mismo año de 1750.
Aunque desaparecía el Asiento, se confirmaban los demás privilegios comerciales de Inglaterra en las Indias, de manera que, como señala Gil Novales,104 "el imperio español seguía sirviendo para la transformación de Inglaterra, de país aristocrático rural a país dominador del mundo".
Después de pagar España las 100.000 libras, quedaron abolidas todas las pretensiones de una y otra parte, así como el Tratado del Asiento y el navío de permiso.
Aunque la Compañía en un principio entendió que sólo renunciaba al comercio pero no a las cuentas pendientes y a los bienes represaliados, que creía que no podían ser compensados con esa cantidad de libras, sin embargo el Parlamento inglés determinó que en ese acuerdo estaba comprendido todo y por tanto no admitió el recurso.
Desde aquel momento quedaron en manos de la Corona española todos esos bienes y deudas a favor de la Compañía de los que, rápidamente, pediría cuentas a los oficiales reales en las Indias durante los años siguientes.
Los estudiosos del reinado de Felipe V resaltan como característica más sobresaliente la reorganización que se llevó a cabo en el aparato del Estado, pasando del gobierno de los Consejos, dominados por la alta nobleza, al gobierno de las Secretarías de despacho, consiguiendo con ello dotar de una mayor eficiencia y agilidad a la toma de decisiones.
El caso más paradigmático de todos es el de José Patiño que, como ya se ha señalado, llegó a concentrar en sus manos en 1730 tres Secretarías, Guerra, Marina e Indias y Hacienda, ocupándose en 1734 también de la de Estado.
El problema de España en esa época era que pretendía sostener el monopolio comercial con las Indias sin contar con los medios necesarios para ello, porque, como reconoce Oliva Melgar, 105 "para detentar un monopolio hay que ser capaz de llenar con mercancías propias, sobre todo con las de mayor valor añadido, todos los renglones del comercio, ser capaces de transportarlas por medios propios y, naturalmente, ser capaz de cubrir todas las necesidades financieras del sistema con recursos propios".
Esa es una idea que encontramos en la base de las teorías económicas del más prestigioso economista de la época, Gerónimo de Ustáriz, 106 en cuya opinión, de nada servía a España tener las Indias si no podía comerciar con ellas, poniendo de manifiesto esa impotencia para abastecer sus colonias con productos españoles.
107 Ese hecho perfectamente reconocido es lo que hacía que todos fuesen conscientes de que el comercio con América era un comercio básicamente de contrabando, única forma de poder cubrir las 105 Oliva Melgar, José M.: "La metrópoli sin territorio.
¿Crisis del comercio de Indias en el siglo XVII o pérdida del control del monopolio?", en El Sistema Atlántico Español (siglos XVII-XIX), Martínez Shaw, Carlos y Oliva Melgar, José M. (edits.), Marcial Pons Historia, Madrid, 2005, págs. 19-73.
106 Uztáriz, Gerónimo de: Theorica y Practica de Comercio y de Marina.
Obra reeditada por Editorial Aguilar con un estudio introductorio de Gabriel Franco, Madrid, 1968.
Fernández Durán (Fernando de Urtáiz..., pág. 240) considera a Urtáiz un testigo del declive del imperio español, que refleja en su libro esa impotencia para evitar el derrumbe y para explicar claramente que España no estaba obteniendo nada de sus colonias y que los beneficios los obtenían Inglaterra, Francia y Holanda.
necesidades demandadas por la población americana.
Desgraciadamente España no contaba con el desarrollo industrial requerido y era un hecho aceptado que el comercio de flotas y galeones era esencialmente extranjero e insuficiente, por lo que el contrabando se convertía en una necesidad y era especialmente demandado por ser, además, bastante más barato.
Ese problema llegó a obsesionar a Patiño, que veía que la única forma de hacerle frente era mediante el fortalecimiento naval español, de manera que poniéndolo a la altura de su principal rival, Inglaterra, podría llegar a frenar el contrabando que estaba llevando a la bancarrota al comercio español y que esa nación practicaba de forma descarada utilizando el navío de permiso y el Asiento de negros.
Pero, si además sometía a un férreo control a las actividades de la Compañía del Asiento, nombrando a personas eficientes e inteligentes en cuentas como factores de la Compañía, representantes del monarca español, tanto en Indias como en Londres, ese objetivo podría conseguirlo más fácilmente.
Tomás Geraldino en Londres se convirtió en su representante clave y hombre de confianza, que no sólo se preocuparía de evitar el contrabando, sino que su máxima ocupación sería solicitar de forma reiterada las cuentas de la Compañía para determinar la participación del monarca español, mediante la aplicación de un método contable completo que los ingleses, y Patiño era consciente de ello, se negaban a aplicar, asunto que se convertiría en pieza política clave hasta la declaración de guerra en 1739.
Ese hecho constatado en la documentación consultada nos permite concluir reconociendo que la contabilidad desempeñó un papel destacado en el desarrollo del Asiento de negros y en la política internacional al respecto seguida desde España. |
los estudios uni versitarios en las últimas décadas hacia temas centrípetos de 1a historia nacional, ahincados en las fuerzas sociales y eco nómicas, en detrimento de los que componen la «historia Je las relaciones internacionales», los cuales siguen constituyendo aún hoy «un inexplicable vacío científico y, en no menor me dida, (... ) una inexplicable desidia nacional».
Al adentrarnos en la lectura del libro de Juan Carlos Pereira, conprendemos que la despreocupación hacia la his toria de las relaciones exteriores de España no es tanto u n problema de enfoque universitario como el hecho de que ]a tendencia aislacionista ha venido siendo una constante entre nosotros, producto de un ca�ácter peculiar así como de las características geográficas e históricas de este país.
Es nuestro deseo colaborar con este escrito en dar una visión modestamente puntual de la historia diplomática de España, centrándonos en la figura de Gabriel García y Tassa ra, cuya memoria literaria de poeta romántico ha ofuscado en gran medida su importante papel como ministro plenipoten ciario de la corona hispana en Washington desde 1857 hasta 186 7.
Para ello, además de considerar la bibliografía ya exis tente sobre Tassara, lo cual nos permite ofrecer aquí una in ttoducción biográfica a su persona, hemos accedido al Archi vo del Ministerio de Asuntos Exteriores, donde se encuentran Tomo ZUX 529 (34) Maite Jou Anuario de Estudios Americanos, vol. 49 (1992) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es * * * Gabriel García y Tassara, a quien quisiéramos ante todo poeta y quien no obstante fue ante todo político, nació en uno de esos hiatos de vibración inmóvil entre las aristas revo lucionarias del siglo XIX.
Sevilla, 1817; Fernando VII se halla en su mejor momento de aclamación popular y de reti cencia intelectual.
Habiendo alcanzado en 1836 el grado de Bachiller en Jurisprudencia Civil por la Universidad de Sevi lla, y publiq1do desde 1835 varios poemas suyos en revistas literarias de la época, acudió a Madrid, como muchos de los 530
cuantos despachos enviara desde su destino diplomático.
En ellos, además de dar puntual información de cuanto allí suce día, se preocupó especialmente en denunciar los intentos ex pansionistas estadounidenses hacia territorios sobre todo de habla hispana y, además, se permitió aconsejar repetidamente al Gobierno español en cuáles habían de ser sus actuaciones en América, siempre bajo el concepto de lo que él mismo llamaba «la restauración de España en el exterior».
Durante los años de su destino diplomático, tuvieron lugar en América graves acontecimientos entre los que sabe destacar: la conflictiva situación mexicana, que llevaría al trono del país al denomina do emperador Maximiliano I; un período crítico en Cuba'--le revolución latente; la Guerra de Secesión en Estados Unidos; y la Guerra del Pacífico entre España y las repúblicas del Perú, Chile, Bolivia y Ecuador.
Desde su posición como represen tante de España en los Estados Unidos, de estos y otros! llu chos asuntos -que sería demasiado largo de enumerar-tuvo que dar cuenta, hallándose en el país que pretendía capitalizar cuanto estaba relacionado con América.
Y dentro de la •1m plia labor que intentó realizar en su destino, vamos a conside rar ahora lo que observamos como su mayor mérito en rela ción a la época; su espíritu hispanoamericanista, en una,:oncepción plenamente moderna de lo que l1abían de ser fos relaciones entre España y sus antiguas colonias.
GABRIEL GARCÍA Y TASSARA 3 entonces denominados románticos, a la búsqueda tanto de los aires renovadores que allí se respiraban como de un prota gonismo en los tiempos que se estaban vaticinando.
Desde que la reina regente María Cristina promulgara en 1833 el in dulto general que dio fin a la «década ominosa» y, sobre todo, desde que Martínez de la Rosa fuera nombrado como primer ministro -presidente además del Ateneo de Madrid durante los años de 1838 a 1841-, no sólo se favoreció un giro liberal en el gobierno español sino que se facilitó asimis mo el desarrollo literario y científico del país promoviendo la creación de distintas entidades culturales.
Si bien ya en 1838 había publicado su poema «A MatH ce» en el Correo Nacional (27 de julio), el sábado 25 de mgyo de 1839 vio la luz en este mismo periódico -del que vendrá a ser colaborador habitual hasta 1842-su primer artículo, en el que con el título «A un amigo» y en forma epistolar, re fiere las impresiones de su llegada a la capital.
De este modo, y dado que en él afirma haber transcurrido un mes desde que llegó de Sevilla, podemos fechar que en febrero de este año �e instal6 en la ciudad.
Zorrilla escribió hacia 184 3 un artículo en el que traza ba irónicamente un claro perfil de la figura y la actividad social del poeta en su época; en él dice: «ahora un tomo de poesías, una buena comedia, un poema bien escrito, introduce a un poeta en la secretaría de Estado o de Gobernación, en la Bi blioteca Real o en una legación en el extranjero>> 1
• Así, según el conde de Coello, D. Saturnino Calderón Callantes, minis tro de Gobernación, nombró a Tassara oficial del Gobierno político de Madrid' 2, aunque parece ser que perdería su carg o antes de un mes a consecuencia de la dimisión de Calderón Callantes por desavenencias con el duque de la Victoria.
Con ánimo inquieto y cierta aristocrática presunción, par ticipó Tassara en cuantos ambientes literarios había en Madrid,
MAITE JOU el de las tertulias y el de los famosos <<jueves del Liceo», que tenían lugar en la sede de dicha institución cultural, sita (;n el Palacio de Villahermosa.
En la lista de socios del Ateneo de Madrid del 31 de enero de 1840 (había sido admitido el día 31 de mayo de 18 3 9) figura, sin embargo, en la sección de Ciencias Morales y Políticas, de la que es elegido vice-secre tario a fines del mismo año y secretario el 27 de diciembre de 1841.
Será de todos modos su última participación destacada en el Ateneo, excusándose incluso por dos veces de ejercer c.:átedra allí, en 1852 y en 1853.
Como «hábil polemista de grandes ideas y levantado y castizo estilo» define Manuel Ossorio Bernard a Tassara en su libro Periodistas españoles del siglo X. IX.
Hartzenbusch, en Periódicos madileños, indica que además de sus frecuentes colaboraciones en el Correo Nacional, fue redactor habitual de El Tiempo y de El Heraldo, cofundador de El Sol y direc tor de El Faro.
Colaborador también asiduo de El Piloto, he mos hallado poemas y artículos suyos en El Pensamiento, y únicamente poemas en el Semanario Pintoresco, Revista de Madrid, el Laberinto, Revista de Europa) entre otras de Jas publicaciones de Madrid.
* * * La tendencia hacia los asuntos políticos se va perfilan do cada vez más, siempre en las filas del partido moderado.
Desde ellas se presentó a las elecciones para el Congreso de los Diputados, aunque su primera participación fue posible de un modo un tanto accidentado.
En la convocatoria del 6 de diciembre de 1846 salió elegido por la provincia de Lugo, distrito de Fontsagra, Miguel Rodríguez Guerra, pero suce diendo que había desempeñado el cargo de jefe político en la provincia en los últimos meses y que no hubiera tenido que ejercer oficio público alguno en los seis meses anteriores, se &nul6 su elección.
En la nueva convocatoria, se presentaron Ramón Campoamor y Tassara, saliendo elegido el último con 532 Anuario de E1tudio1 Amtricano, (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es el doble de votos que su adversario.
En la legislatura de 1850 Tassara no accedió a las nuevas Cortes, pero sí en la de 18 5 4, esta vez por la provincia de su Sevilla natal, durante la cual fC: hicieron ostensibles sus facultades oratorias.
En el más extenso de sus discursos como diputado -pro nunciado el 3 de febrero de 1855-, afirmó que la esencia de la democracia se halla entre dos absolutismos, el del hecho y el del derecho, y que en su proceso de advenimiento se habían marca�o hitos que definían dos tipos de democracia: aquella que devino de la revolución del siglo XVIII -la del raciona lismo, de partido, de imprenta; la de las inteligencias, en fin-, y la posterior a la revolución del 48 -la del pueblo, que é1 identifica, sin embargo, con la tradición histórica monárqui ca-.
Para Tassara, «el misterio del mundo futuro» se halla <<en la conjunción de estas dos democracias».
Parecen muy in dicadas aquí las palabras de Alain Finkielkraut cuando habfon do de los tradicionalistas dice que «en su preocupación por devolver la razón a la razón, es decir el respeto de los valo res tradicionales, fulminan todos los dualismos» a.
Este interés se va reproduciendo en todo el discurso de Tassara quien, en aras a un tiempo de su moderantismo y de �u modernidad, busca la conjunción monárquico-democrática que evite la hegemonía de ninguna de las dos vertientes polí ticas.
El diputado sabe bien lo que está diciendo, y cuando al final de su extenso discurso define el tipo de soberanía nacio nal por el que aboga, se muestra partidario de la concepci6n de la misma que mejor prevenga los levantamientos revolucio narios; esto es, aquella que permita una conjunci6n entre el hecho y el derecho como acto «a un tiempo espontáneo y ne cesario, en virtud del cual lqs pueblos fundan, modifican o sub tituyen al hecho el derecho de sus instituciones cuando este hecho y este derecho se han interrumpido por una causa ma yor».
Pero, si «por soberanía nacional se entiende la sobera nía de los partidos, el desgarre brutal del hecho, la consagración MAITE JOU del derecho monárquico y la constante interinidad de la mo narquía (... ), contra semejante soberanía protesto yo con n1i corazón por tiránica, con mi cabeza por absurda».
Propone, en suma, un conservadurismo tolerante, bien distinto al casi <<dictatorial» que su amigo Juan Donoso Cortés promulgaba en su última época, con motivo también de las grandes revoluciones sociales del momento.
Su intención er2, sobre todo, frenar el impulso de algunos partidos que desde el poder pro movían el advenimiento de tiempos republicanos, paradójica mente alejados de la realidad social más popular.
En este mismo discurso, Tassara hace mención al con cepto de raza: «Asistimos (... ) al espectáculo tremendo y mag nífico (... ) de la muerte de una sociedad y del nacimiento de Gtra (... ) es la solemne promulgación de la ley de las razas, que viene a sustituir la ley de las nacionalidades».
El romántico Tassara no sabe escapar, como casi nadie entonces, a esa con• tradicci6n suprema -aunque no siempre conscientede!a modernidad entre universalismo y especificidad.
Según Alain Finkielkraut, la posteridad revolucionaria Uno de los intentos <le conciliación de estos dos extremos va a ser este que venimos comentando de la ley de las razas, que ahondará en la especificidad del nacionalismo y, al mismo tiempo, en el universalismo que aporta el término asociados y su propuesta de poder horizontal.
Aunque tal vez Tassara en el momento de su discurso to davía no hubiera gestado totalmente la idea que más habrá de caracterizarle, muy pronto podrá aplicarla en su concepto de raza hispana, donde se suman idioma, tradición e historia co munes propios del nacionalismo:. con la pretensión de formar una Confederación de Estados entre España y sus antiguas colonias, hecho que pareció viable tras la experiencia notte-
segunda allí, escribió al gobernador civil de la Provincia �u dimisión como diputado el 14 de mayo de 1857.
En ella apa rece una reflexión sobre su política y sus intenciones al aceptar el cargo de ministro plenipotenciario en Washington6: "Mis principios son hoy como siempre los del partido moderado que, por un conjunto de circunstancias felices, aún puede hacer mucho bien a la España con las nuevas y sistemáticas aplicaciones que los tiempos • requieren y que han preparado los acontecimientos. (... )
Otro gran ob jeto tenemos hoy delante que tampoco conseguirán los gobiernos dé biles: nuestra restauración en el exterior donde el nombre de España no se pronuncia sino con exageradas lástimas que es necesario ir dejando de merecer.
La España de hoy no tiene nada que perder y tiene mucho que ganar en el mundo" 1.
* * * Llegado a Washington el 17 de febrero cie 1857, tomó posesión de su cargo el día 20 del mismo mes, entregando ��us credenciales al presidente ya cesante, Franklin Pierce.
La elec <..ión como presidente de James Buchanan pudo tener mucho que ver en el nombramiento de un nuevo ministro español, dado que su antecesor en el cargo había criticado públicamen tL a los Estados Unidos 13, y se temía que el nuevo gabinete norteamericano buscara cualesquiera razones para enfrentarse a España.
El temor estaba justificado: Buchanan había sido uno de los firmantes del Mgnifiesto de Ostende cuando era ministro de los Estados Unidos en Londres O, y en su campa-ña electoral había hecho de la anexión de Cuba una de sus principales causas.
En una ocasión el general Herrera, ministro de Nueva Granada en Washington, le hablaba a Tassara de las novhs de Buchanan: una de juventud, tras la cual no volvió a ca sarse; la otra Cuba, única por la que haría una locura (N.o 89, 4 de julio de 1857) 10• Aunque en un principio la opinión que le mereció el nuevo presidente fue que iba a seguir en el in terior «una política de tendencias moderadas, que empezará por ttO satisfacer a ningún partido y acabará por aislarle en medio de todo el mundo» (N.o 24, marzo de 1857) 11, no deja de tener presente que «el Manifiesto de Ostende es la verdadera política exterior de los Estados Unidos» (N.o 3 7, 31 de marzo e.le 1857) 12• Desde que Monroe en su discurso presidencial del 2 de <liciembre de 1823, proclamara que América quedaba cerrada a la colonización europea y que la organización política de sus repúblicas habría de ser ya siempre distinta de los sistemas vigentes en Europa, quedaban sentadas las bases de lo que iba a ser la política exterior de los Estados Unidos, con el lema <,América para los Americanos».
Sin embargo, con el Mani fiesto de Ostende de 1854, puede considerarse que se atrevie ron a ir un poco más allá, impulsados en su energía después de la anexión de Texas, al finalizar la guerra con México.
La política anexionista, mediante conflicto o compra, será ahora su principal objetivo, sin dejar de hacer frente, por otro lado, a cualquier intento usurpador proviniente de Europa.
Muy pronto se le ofreció a Tassara una ocasión que iba a ser peligrosa, a la vista de las intenciones norteamericanas.
Con motivo de la promulgación de una constitución liberal tn México, los conservadores, capitaneados por Miramón, ini ciaron una reacción armada que prolongó una guerra civil durante tres años.
Debido a que algunos súbditos españoles re sjdentes allí habían sufrido las consecuencias de los atropelles bélicos, España se propuso mandar fuerzas a fin de proteger los por sí misma.
Más allá de todo ello, Tassara creyó que la verdadera intención había de ser > quien le comentó «que no había encontrado un solo americano que al despedirse no le dijese: firmes en la cuestión con Es paña, que nosotros les ayudaremos a ustedes, y lo hacemos de balde, porque nos cobraremos Cuba».
Ante este estado de cosas, creyó Tassara respecto a la situación de México que <<nuestro objetivo allí, generalmente hablando, no puede ser jamás otro que la formación de un orden social y político lo más fuerte posible para levantar a su sombra un baluarte con tra la invasión de esta raza» (N.o 46, 20 de abril de 1857) 14• Durante los últimos cincuenta años, España había ido perdiendo cada una de sus antiguas colonias a las que, de sobras e� conocido, había gobernado con virreinatos respaldados en fuertes oligarquías.
Tassara en ningún momento pretendió vol ver a ello, sino que -precursor de la idea de la hispanidad ir,_ expuso con una transparencia meridiana la teoría de la raza hispana.
De la novedad de su concepto fue consciente desde el rrimer momento.
En ocasión de los conflictos de México dijo: <,es menester que inauguremos una política que si hasta ahora 13 Ibídem.
ha sido un sueño o una declamación empieza a estar hoy en la razón y en la necesidad de las cosas: la política de la r: iza española» (N.o 50, 4 de marzo de 1857) rn.
Para ello había que contar -opinaba-con el beneplácito de los habitantes de las repúblicas hispanoamericanas, en las cuales «aún sería posible que se llegase a olvidar el idioma español, [si] no hu biese ya síntomas de una reacción de raza que nosotros debe mos favorecer» (N.o 81, 21 de julio de 1857) 17• Tassara opondrá, además, el concepto de raza angloameri cana al de raza hispana.
De la «otra» raza, afirma:
"el angloamericano es por naturaleza filibustero y filibustero será, hasta que una reacción interior o una fuerza exterior venpn a determinar el límite dentro del cual ha de quedar encerrada la angloamérica.
España es tal vez de todas las naciones de Europa la principalmente destinada a señalarle este límite y esta sola idea encierra toda nuestra política en adelante" (N. 37, 31 de marzo de 18S7) 1s.
Recordemos que es la época del más conocido de los fi libusteros norteamericanos, William Walker, quien, apoyado por los esclavistas del Sur, había ya promovido dos expedi ciones contra Estados centroamericanos: La Baja California en 1853 y Nicaragua en 1855.
Su intención fue siempre el esta blecer un imperio esclavista en Centroamérica, llegando inclu so a ser reconocido como presidente de Nicaragua por los Es tados Unidos en 1856, hasta que la Alianza Centroamericana lo expulsó del país en 1857.
Ahora bien, en un nuevo intento en noviembre del mismo año, la marina de los Estados Unidos llegó a apresarlo, siendo juzgado en Nueva York y no obstan te absuelto.
Para Tassara: <<Cuando todo esto pasa, difícil es �obreponerse a la opini6n general de la definitiva dominación ci.e esta raza sobre la otr� América» (N.o 120, 10 de noviem bre de 1857) 19• Ante el caso, Tassara -con una lucidez en-
comiable que desde nuestra perspectiva actual y a la luz cle cuanto ha sucedido después nos asombrapreviene:
"La cuestión está en esta inmensa facultad de absorción de que se �u ponen dotados a los Estados Unidos, la cual cuando está sostenida l)Or una ambición tan declarada como la que ha llegado a profesar c-asi oficialmente el Gobierno angloamericano, y cuando va acompañada de golpes como los de este instrumento peculiar de conquista que se llama "filibusterismo", naturalmente debe exponer a los pueblos de la otra América, el riesgo de que los más legítimos elementos industriales y mercantiles sean la preparación y el camino de otras influencias más in vasoras, y hacerlos más cautos en sus pactos con un Gobierno y con un país que anuncia sin rebozo el propósito de convertirlos en otras tantas anexiones y conquistas (... ) si este tratado llega a ratificarse 2'0 (... ) las potencias marítimas de Europa deben apresurarse a celebrar otros semejantes, no sólo por interés propio, y por el interés general del comercio europeo, sino también con la mira de tener un pie puesto en esta gran balanza del poder de la América para que los Estados Unidos no la inclinen tanto de su lado que causen una gran perturb� -ci6n en el mundo" (N. 129, 24 de noviembre de 185 7)21.
En tales circunstancias, pocos meses después comenzó Tassara a ver el posible «mañana» de ese tratado: «se profe �a con mayor claridad que nunca la doctrina del destino de ��ta raza, o sea, la dominación de toda la América, en no muy distante día, y aludiendo al tratado reciente con Nicaragua v a sus consecuencias se da ya por angloamericanizado a Nicaragua por medios más seguros que cualquier fillibusterismo».
Más aún, llama la atención en cómo el periódico La Unión, al cual describe como presidencialista, osa descubrir claramente el pro ceso para cualquier anexión: primero, la emigración suficiente para dar pretexto; segundo, la intervención del gobierno; y, tercero, la anexión inexorable (N.. o 4, 11 de eneto de 1858):!�.
Al poco tiempo, refiere Tassara el contenido de un artí culo aparecido en otro rotativo norteamericano, según el cual «los planes Jel Presidente encuentran menos oposición de lo que generalmente se cree en los gabinetes extranjeros y pare ce estar no muy lejano el momento de llevar a cabo una pací fica conquista»; el autor del artículo, indica Tassara, «se re fiere nada menos que a Méjico, la América Central y Cuba tcdo de una vez» (N.o 23, 16 de marzo de 1858) • 23 • * * * Ante la actitud de la <<raza angloamericana» -pueblo al que Tassara no halla mejor adjetivo para definir que uno re cogido de su propio argot, bombástico (N.o 6, 19 de enero de 1858) • 24 -, el ministro destaca que parecía formarse en Centro-América una "reacción de odio que se va verificando en ellos hacia esta raza cuya civilización y cuyo progreso los tiene reducidos en sus prestigios; (Sa reacción es uno de los síntomas más característicos y de los elementos principales de la nueva situación en que va a entrar la América y en que nosotros, Excmo.
Señor, lo digo con la convicción más profunda, estamos destinados a representar un gran papel.
Por mi parte hablo en ocasiones semejantes un lenguaje sincero, de una confianza en el por venir cercano, que acaso porque no se está acostumbrado a él advierto que causa grande impresión en los ánimos (N. 10, 2 de febrero de 1858 2 1 ll.
Sobre el general Robles, representante en Washington de un México sumergido entonces en graves conflictos bélicos, comenta en otra ocasión que habiéndole conocido en el desá nimo de la certeza de que su país iba a ser pronto un Estado más de los Estados Unidos, había logrado convencerlo de reor ganizar la ya casi discutida nacionalidad mexicana y que su es fuerzo había hecho mella en él, retomando entonces la con fianza en sus fuerzas..
Afirmándole al general Robles que Es paña era ya bastante fuerte para sostener una posición que había de aunarse a la de México, concluye el despacho con estas
palabras: «éste es el lenguaje que se debe hablar hoy a los hombres políticos de la otra An1érica» (N.o 69, 9 de ago�to de 1858) • � En contraposición al espíritu que había de inaugurar 1 Jna nueva etapa en las relaciones entre España y sus antiguas co lonias bajo la idea de la «política de la raza hispana», consi deraba Tassara que el concepto de «raza angloamericana» era m. imismo extensible a Gran Bretaña, que -a su juicio-iba a caminar junto con los Estados Unidos hacia «una aliaaza sincera y omnímoda, a una alianza de ideas y de intereses, a una alianza de raza en el porvenir» (N.o 75, 30 de agosto de 1858) • 21• En esa línea, un año después, y con motivo de los conflictos que estaban teniendo lugar en Europa en relación �on ia guerra de Italia, se atrevió a vaticinar Tassara:
"el dia de una coalición contra la Inglaterra, los Estados Unidos se sentirían heridos por el mismo golpe que aquella antigua metrópoli c1 la cual tanto muestra aborrecer,,; así, "en el curso de los acontecimientos futuros, estas dos ramas de la misma familia o de la misma civiliza ción, estarán cada día más unidas en un destino común de prosperidad o de decadencia.
La ley de las Razas es aquí más ley que en las na ciones de Europa, y no es a la España, madre de la otra América y dueña de Cuba, a quien conviene olvidarlo" (N.o 89, 2 de agosto de 18S9) 2s.
En este mismo despacho, y en relación a cómo frenar ia fuerza de la «raza angloamericana», aconseja Tassara lo que figura también en el análisis de Juan Carlos Pereira co1no una de las principales razones de la falta de incidencia exterior de España: la carencia de una verdadera flota naval.
Aunque en abril de este mismo año, y en respuesta al despacho n.o 48 �nviado por Tassara, se le había intentado tranquilizar desde No obstante, nunca llegó a fortalecerse lo bastante la marina española, según Juan Carlos Pereira a causa de que las Fuerzas Armadas españolas se ocuparon, principalmente desde 1833 a 1875, en formar parte de la política interna del país <<con un papel de árbitro y con un arma rápida: los pronun-
No sólo respecto a México, sino con cualquiera de las repúblicas hispanoamericanas, resaltaba Tassara, era preciso seguir una política de apoyo a sus gobiernos y al mismo tiem po fortalecer las relaciones a fin de llevar a cabo un proyecto común de «raza».
En un memorándum que hacia octubre de 1859 le envió Pedro Gálvez, ministro plenipotenciario del Perú en Washington, se le proponía «restablecer de un modo tan sincero como permanente las relaciones de verdadera amis hid entre la España y sus antiguas colonias las repúblicas his pano-americanas».
Seguía diciendo este documento: «Ha pasa-
do enteramente toda idea y todo sentimiento hostil que pu >; en consecuencia, las relaciones de amistad de las repúbli"�as hispanoamericanas «con ninguna están llamadas a ser tan in timas y afectuosas como con la nación que ayer fue madre de todas ellas y que verá en el progreso de ellas el de su familia en el mundo».
Acaba el comunicado pidiéndole al ministro tspañol que «apoye cerca de su Ilustrado Gobierno estas ideas» (Anexo al despacho n.o 112 de octubre de 1859)' a�.
En su respuesta, Tassara le indicó que experimentaba «una gran sa tisfacción al hallar en él la elocuente expresión de sentimient,)s que hoy más que nunca deben animar a todos los miembros de 1a familia española»; y termina con las afirmaciones que son usuales en él:
"para la España, para su familia y su raza, cuyos destinos están enlazados por una ley providencial, se acerca una nueva época de grandeza y de gloria que se extenderán al Perú como a todas las Repúblicas de la otra América" (Anexo al despacho n.o 112 de octubre de 18S9) ss.
Dentro de las principales preocupaciones de T assara des tacaba la protección de la isla de Cuba, uno de los objetivos de mayor ambición de Norteamérica.
Su temor: el filibusteris-1no, los intentos de insurrección en alianza con el movimien!o independentista de la isla, la creación de sociedades secretas como la de los Caballeros del Circulo de Oro, de índole masó rJico-militar, formada por integrantes cubanos y norteamerica- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es nos, entre los cuales se sospechaba pertenecían el mismo Bu chanan y el secretario de Estado, el general Cass.
Todo ello le llevaba a denotar un interés constante en los Estados Unidos por hacerse con Cuba, siguiendo cualquier método viable.
Per �istiendo todavía en la isla el sistema esclavista, el asunto del tráfico de esclavos que seguía haciéndose ilegalmente en las cestas norteamericanas constituyó motivo de no pocas friccio nes con el Gobierno español, a quien se acusó principalmente de ella.
En el tema, y mientras se exarcebaban los ánimos entre un Norte abolicionista y un Sur esclavista, llegó a los Estados Unidos el rumor de que en España se estaba debatiendo �a definitiva abolición de la esclavitud en su colonia.
El Norte se mostró favorable a ello; en cambio, el Sur no podía sopor tar una revolución de tanta trascendencia social a sus mismas puertas.
No obstante, en ambas posturas se argüía a la vez el temor de una africanización de la isla.
La cuestión de Cuba siempre se hallaba presente en •cualquier senticio 84• En 1860, ante el triunfo republicano en las elecciones presidenciales -recordemos que es el abolicionista Lincoln el elegido-, se agravó la irritación del Sur.
Según nuestro ministro, la gravedad podía ser todavía más extrema para Es paña, dado que con su secesión, el Sur buscaría el anexionismo de Cuba con más fuerza que nunca, en nombre del princi pio de la esclavitud.
Pero también los republicanos trabajaban su popularidad afirmando sin rebozo que en cincuenta años habrían conseguido la anexión de la América rusa, inglesa y española (N.o 136, 29 de octubre de 1860) 3
Mientras, el gobierno de Buchan an se afanaba en mos trar una decidida preeminencia respecto a la América Latina.
Acusados, por ejemplo, junto con Francia por el Perú de haber realizado contrabando de guano, Francia reconoció la acusa ción y destituyó a los implicados; los Estados Unidos, en cam bio, se mostraron ofendidos y rompi�ron las relaciones con Perú.
Asimismo, insistían siempre en su pretensión de cohr comercialmente las repúblicas latinoamericanas en sus toda \Ía incipientes sistemas económicos.
Con todo ello, opina Tas s3ra:
"los Estados Unidos van cada día enajená: ndose más y más la voluntad de los pueblos y de los gobiernos de la otra América.
Junto esto con la discordia interior que comienza a trabaja-rlos, bien pronto no quedará ni la sombra del prestigio de que han goaido en aquel la parte del Con tinente.
Lo contrario sucede con la España.
Nuestra resurrección ad mira a las naciones hispanoamericanas; y en cuanto a los sentimientos de odio o de desprecio de que se las supone animadas respecto a noso tros, créame V.E. cuando le aseguro que en ello hay cuando menos tanta preocupación por nuestra parte como por la de ellas (... ).
Cada paso falso que los Estados Unidos dan en la otra América, es un paso que la oblipn a dar hacia la España: cada p-aso falso que demos nosotros es un paso que la oblipmos a dar hacia ]os Estados Unidos" (N.o 154, 29 de noviembre de 1860) se.
Sin embargo, hubo de ser al revés de los deseos de Tassa ra; fue España, y esta vez sin provoca-ción por su parte, quien dio un paso en falso enajenándose la voluntad hispanoamerica na, al aceptar el regreso a su seno de la isla de Santo Domingo.
Supuestamente bajo sufragio y por el temor a una invasión haitiana por un lado, o bien sucumbir a la codicia norteameri cana, por otro, el presidente dominicano, Santa Ana, proclamó la anexión en marzo de 1861.
Para James W. Cortada, este hecho fue el que cambió radicalmente la opinión latinoameri cana respecto a España 87
• Estados Unidos no pudo entonces hacer nada por oponerse, acuciados por las disensiones internas, pero protestaron formaln1ente contra Ja anexión.
Suceden a partir de ahora para España lo que viene considerándose como «años de euforia en Ultramar», que �e prolongarán hasta 1866, aprovechando la inevitable distracción de estos asuntos por parte de Estados Unidos a causa de su guerra civil.
Santo Domingo, México, y la Guerra del Pacífico van a ser puntales de esta euforia; pero la manifiesta ineptitud del Gobierno español, sobre todo en la causa del Pacífico, va a hundir ya para siempre cualquier aspiración en el conti nente americano, e iniciará el proceso de total decadencia de nuestra presencia allí.
Respecto a México, el tratado de Londres de octubre de 1861 entre Francia, Gran Bretaña y España, suele considerarse como un intento de retorno europeo a la América Latina.
El detonante fue el que México resolviera suspender por dos años los pagos de su deuda exterior.
Los países firmantes decidie ron intervenir conjuntamente enviando fuerzas allí para con seguir una garantía de los impagados.
Iniciada la ocupación de México con el desembarco en Veracruz de las tropas españo las al mando del general Prim, avanzaron después todos los ejércitos expedicionarios hasta que el mismo Prim firmó en Orizaba el compromiso de negociación conocido como la Con vención de la Soledad, al que parece ser que los mexicanos de nominaban como «la capitulación de los aliados» � 8
• No habiendo podido los Estados Unidos evitar la inter vención europea, pronto se apercibió Tassara de que se hallaban prestos a que la situación les fuera fructífera, intentando su fragar los débitos mexicanos a cambio de sugerir como aval los territorios de la Baja California, Sonora y Chihuahua 39
• Les frenó el hallarse desde mayo de 1861 bajo los rigores de la Guerra de Secesi6n, careciendo de -fuerzas suficientes para im ponerse.
No obstante el acuerdo de Orizaba, y aunque España e Inglaterra decidieron retirarse, Francia -con el II Imperio de Napoleón III-mantuvo su intervención y apoyó al archi duque Maximiliano de Austria como emperador de México, jamás reconocido por los Estados Unidos, pero ante el cual no pudieron hacer nada.
La consecuencia más significativa ante este hecho fue el que, de resultas de la imposición, se levantarían los ánimos patrióticos mexicanos, no sólo frente a cuanto viniera de Francia sino de toda Europa, impactando asimismo el hecho a los demás países latinoamericanos.
Durante los años de 1862 y 1863, se mantuvo Europa en la indecisión de si había que mediar en el conflicto de los Estados Unidos y en si debía reconocerse la existencia de la Confederación del Sur.
De entre las naciones europeas, Fran cia aparecía siempre como la más resuelta, actitud que no le era nada simpática a Tassara, dado que estaban disputando un poder en América contrario a sus pretensiones.
Ya hemos visto anteriormente que, según Tassara, la se paración de la Confederación del Sur podía resultar especial mente conflictiva para España, puesto que en sus planes se incluía la anexión de Cuba.
A medida que va desarrollándose la confrontación, sin embargo, nuestro ministro muestra cada vez mayor simpatía hacia la causa sureña y en varias ocasiones vaticina (equivocadamente, según fue después) la imposibili dad de que se reconstituya la Unión.
Por otro lado afirma en otra ocasión: «En este cuerpo diplomático se repite todos Jos días cien veces esta frase:'dos o tres victorias, y nadie podrá aguantar a este Gobierno'.
Desdichadamente para él sus victo rias no serían sino muy pasajeras».
(N.o 4 5, 11 de marzo de 1863)'' 0 • En 1864, y ante nuevos avances de las tropas norteñas, indica que los federales habían vuelto a recuperar «su antigua actitud», bastante maltrecha hasta entonces por no haber po dido frenar �l ímpetu bélico del Sur, menos equipado y disci- plinado pero más convencido de su causa.
En cierto momento creyeron alcanzada ya la victoria y ello hace que T assara no consiga disimular su antipatía por la prepotencia del gobierno del Norte: «la completa subyugación del Sur habría sido anun ciada al mundo como un hecpo consumado, y acaso la Europa habría comenzado a oír el lenguaje que el Gabinete de Washing ton tiene reservado in pectare para aquel día» (N.o 65, 28 de junio de 1864) 41
• En el otro bando, y ante el bloqueo europeo de su terri torio, el presidente confederado Jefferson Davis dio muestras de que podían llegar a ser autosuficientes porque, en definitiva, aunque su gobierno estuviera dispuesto a pactar la paz «el espíritu público era tal que sería colgado el que osase hacerlo».
"dejando en su lugar estas cuestiones de emancipación de la esclavi tud, de instituciones políticas y de organización social con cuyo criterio comparativamente pequeño en esta ocasión se acostumbra todavía a juzgar en Europa y en el mundo la cuestión inmensamente más grande de la formación y constitución esencial de los pueblos que han de existir definitivamente en este lado del Continente (... ), nin¡ún pueblo se ba mostrado jamás más digno que el Sur de ejercer el derecho de formar por sí mismo una nacionalidad aparte, este derecho supremo que no tiene más juez que la fuerza de la historia, pero que la Europa moderna ha reconocido ya alguna vez con menos fundamento" (N. 0 6.5, 22 de abril de 1864) 4: 2.
Aquí es el propio Tassara quien habla, puesto que, como ministro de España, no podía interesarle el triunfo del Sur es clavista cuyas primeras miras se dirigirían inmediatamente ha cia Cuba.
Suponemos que aquello que debió cautivar a Tassa ra en su preferencia por la causa del Sur ha de estar relaciona do con el que observara que su ímpetu surgía en consecuen cia de un modo de entender el mundo distinto al del Norte.
Si recurrimos a la terminología que Alain Finkielkraut utiliza al referirse a las consecuencias de la Revolución Francesa, y que
hen1os comentado más arriba, podemos decir que en ese he mistiquio armado de la historia de Norteamérica se estaba debatiendo nuevamente la imposición de una asociación, con tradictoria con la pretendida libertad de la que hacía bandera, con el derecho a la pluralidad.
Como hemos venido diciendo, también Tassara analizó la contradicción de estos dos vértices del « poder horizontal» de •la modernidad, y en su caso, frente al peligro que reore sentaban los Estados Unidos, intentó conciliados en la ideR de la raza hispana.
El respeto que podía sentir hacia el derecho de la singularidad que definiera las evidentes pluralidades se observa en este decantamiento hacia la causa sureña.
De este modo, llegó a identificar la uniformización con la modernidad 4:1.
En diciembre de 1864, escribió Tassara dos despachos en los que retomaba su preocupación esencial, pero lo que indicaba que sucedía entonces era precisamente contrario a su idea: «se va desarrollando y fortificando en ambas Amé ricas un espíritu de Americanismo común, en oposición al �s píritu europeo de que se sienten amenazados» (N.o 231, 13 de diciembre de 1864) 44
• Tassara había avisado años antes de que era preciso to• mar las riendas desde España en una hegemonía que pretendía Francia en América, y Francia las tomó en México; había propuesto también una política de tratados que neutralizara los que estaban llevando a cabo los Estados Unidos, y que en lugar de que obligaran al fin a anexiones, se forzaran colabo raciones entre España y sus antiguas colonias, caminando hacia una Confederación.
En su lugar, se está gestando ahora la guerra del Pacífico de Perú y Chile contra España, y precisa mente esta última ha ocupado recientemente las islas Chinchas, justificando el hecho en garantía de pago de la deuda del Perú con ella.
Aún en Santo Domingo estaba en marcha el proceso de independencia de España, que se prolongaría hasta 1865, cuando el gobierno de Narváez, a fin de no ponerse más en contra la opinión internacional y a pesar de estar ga nando a la oposición en armas, decide abandonar la isla.
Con todo, no ya en la cuestión de la raza hispana, sino en la de ]a influencia ideológica europea en el nuevo continente, con.. fiaba todavía nuestro ministro:
"No por eso es menos cierto que, después de haber estado la Europa cincuenta años bajo la presión de cierta atmósfera americana, el es píritu europeo vuelve hoy a invadir con nueva fuerza este continente, y que las ideas y las instituciones de Europa volverán otra vez a servir de modelo y molde a los futuros sistemas e instituciones ame ricanas" (N.o 231, 13 de diciemb_ re de 1864)46.
A comienzos de 1865 destaca Tassara un creciente interés en la prensa norteamericana por actualizar la doctrina Monroe, viendo en ella la posibilidad de aunar los ánimos de los con tendientes en un proyecto común.
Así, cita el contenido de 11n artículo publicado en el periódico sureño Richmond Enquir�r, donde se afirma que si en breve
Y a hemos ido viendo lo antipáticas que le resultan a Tassa ra las continuas proclamas imperialistas de los norteamerica nos.
Ante la insistencia en la doctrina Monroe y el recurso de una guerra exterior para conseguir la unión entre federales y confederados, se hace más evidente esta repulsa de nuestro ministro, quien lo expresa claramente: nir está en otra parte, no tenía aquí más interés que el del progreso y de la civilización en general de mundo; que por lo demás este Go bierno era tanto más cuerdo en protestar contra ciertos proyectos cuanto el día del triunfo no sería tan fuerte como generalmente se le creía; que los Estados Unido s serían ese dfa muy fuertes si el Sur volviese todavía por una reconciliaci6n, pero que no lo sería tanto si el Sur no volvía sino por la subyugación, porque la cuestión definitiva de la unidad y nacionalidad de este país quedaría siempre en pie, y contra ese mal sería un gran remedio una guerra extranjera; que en fin la Espafia no tiene por qué temer hoy a nadie y que por lo demás escribiría a V.E. que se mostrase tanto más amistoso hacia este gobierno cuanto que, según a él le constaba, jamás había habido en mí ninguna de las preocupaciones que suelen abrigarse contra este pafs" (N.o 31, 3 de marzo de 1865) -i8.
No podemos dejar de reproducir, a pesar de su extensión, parte del despacho escrito por T assara en el que refiere el acto �e inauguración de la presidencia del reelecto Líncoln.
Destaca durante la ceremonia dos incidentes dignos de mención, que relata con un lenguaje decididamente irónico por el cual pode mos observar con claridad su profundo antiamericanismo: El otro incidente fue el haberse suscitado cuestiones no nuevas sobre si el Cuerpo Diplomático ha de tener o no la primacfa sobre el Tribunal Supremo y sobre el Senado; de cuyas resultas, as í como de no habérsele guardado ciertas consideraciones en el acto de la ceremonia, se abstuvo por unanimidad de asistir a la lectura del discurso inaugural en el atrio del Capitolio según costumbre de las anteriore s inauguraciones.
Así en esta ceremonia como en el baile que se dio después, y en el cual, dicho sea de paso, el Presidente y la Presidenta recibían con cierto aire de Emperadores Romanos, ha habido hacia el Cuerpo Diplomático algo del inevitable desvío con que se mira aquí a los Gobiernos de Europa, hecho no obstante con tal arte, que los Representantes de la otra América, los cuales por muchas razones deben ser hoy los más cortejados, son los más resentidos de este Gobierno" (N.o 50, 14 de marzo de 1865) 49.
El 9 de abril de 1865 rendía el general Lee su ejército confederado y concluía definitivamente la Guerra <le Secesión.
Al día siguiente, escribió Tassara un despacho en el que seña la que se van diseñando con mayor fuerza cada vez dos ten dencias contrarias en la política estadounidense: la de las con cesiones al Sur y guerra extranjera; la que niega cualquier con cesión al Sur y paz con Europa.
En cuanto al Gobierno, en cambio, le parece a él que «la tendencia natural es hacia ]a moderación y a la paz así en las cuestiones interiores como en ]as exteriores»; aunque, sigue diciendo: «en este país no existe hoy más voluntad ni más iniciativa que la de los acon tecimientos» (N.o 68, 10 de abril de 1865) fS().
Y con10 si estas palabras fueran premonitorias, pocos días después caía Abra ham Lincoln abatido por los disparos del extremista sudista John Wilkes Booth, asumiendo la presidencia el hasta enton )ces vicepresidente Andrew Johnson, mientras Seward per manecía en el cargo de secretario de Estado.
En el primero de ellos, y a raíz de un artículo publicarlo en el Times sobre la mencionada doctrina, cree Tassara vis lumbrar que en ese momento puede leerse en dos sentidos: «el uno concreto y por decirlo así diplomático, y el otro más alto y que ha llegado a ser nacional en esta América».
En la primera �cepción no era, según él, más que una defensa en contra de la intervenci6n europea; en la segunda, "fue desde luego en la mente de sus autores la exclusión más o menos tardía, no ya sólo de la Europa, sino del principio politico europeo, es decir, de la Monarquía, de este continente, y la implantación del principio republicano en todas sus instituciones; y llegó a �er al cabo, por una extensión aún mayor de sentido, la dominación exclusiva de �41ta raza y la anexión sucesiva de todo el continente al Norte y al Sur, a la Confederación de los Estados Unidos: fue, en una palabra, lo que se entiende por las fórmulas del "Destino Manifiesto" y de la "América para los Americanos", entendi6ndose por Americanos los Americanos del Norte'' (N.o 184, 7 de julio de 186.S) �1.
Tassara observa que el interés en recordar la doctrina Monroe -como demuestra la publicación de un artículo en un periódico considerado como presidencialista -reside en pre parar la opinión pública del país, antes de obligar a Francia a retirar sus tropas de México.
Se trata, en todo caso, de una reactivación del espíritu monroísta, después de un lapsus de debilidad en razón de la guerra civil.
En el segundo de estos despachos, refiere Tassara que en ocasión de la entrega �e credenciales del nuevo ministro del Brasil en Washington, señor Azambuja, el presidente Johnson había dicho en su discurso: «Deseamos, sobre todo, imbuir los en la convicción de que todas las Naciones de América, ri quieren seguir existiendo, tienen que aspirar a una independen-
cia que se sostenga absolutamente por sí misnza y a una perfec ta i gu aldad política con las demás Naciones de la Tierra».
A todo ello, conviene Tassara que «el actual Presidente con dena la Doctrina Monroe, no ya sólo en el sentido vulgar y popular de la absorción futura de todo el continente, sino en e1 sentido más estricto de la oposición a la intervención de la Europa y a la implantación de la forma Monárquica en la ctra América».
En consecuencia: «Ni crea V.E. que el pue blo norteamericano renuncia por tanto a la Doctrina Monroe ni a la idea que universalmente domina en el Norte respecto a Méjico: lo que hace es tener una fe ciega en el Presidente».
Y parece no equivocarse el pueblo en su devoción, dado que se estaba siguiendo con Brasil y Rusia -precisamente las dos potencias americanas más fuertes en este momento y las únicas, excepto México, que no se regían por una república democrática, sino por una monarquía constitucional la pri mera y por eJ absolutismo zarista la segunda-, una política que luchaba «por atraerlos a la órbita de una especie de Doc trina Monroe general y común sin perjuicio de aplicarles más tarde su propia Doctrina Monroe, de lo cual ha habido ya señales en sus pretensiones en el Amazonas y en sus indirectas sobre la compra de la América rusa» (N.o 126, 27 de septiem bre de 1865),s
Como bien indica Joaquín Oltra: «Tassara acertó en es te punto.
Alaska fue comprada por Seward a pesar de la opo sición del pueblo americano que no acababa de ver la utilid.1d de aquella compra y que hacía burla de ella con varios nom bres intraduciblemente divertidos: Seward's F o ll y, Frigidia, Walrussia y Johnson 's Polar Bear Garden»; informa, además, e1 conocido historiador: «La compra de Alaska no fue la úni ca aventura anexionista de Seward quien se distinguió r, or sus múltiples intentos -no siempre coronados por el éxitode expansión por compra»
Durante el año 1866, graves cuestiones se cuecen tanco Jentro de España como en sus relaciones con el exterior.
TrAs algunos intentos contra el gobierno moderado, se mantiene! _a tensión, con el general Prim al frente.
El prestigio de Tassara es grande allá como aquí, y no son pocos quienes confían en él como puntal de España.
La primera, de José de Olañeta, escrita el 3 de enero del mencionado año: «Nadie mejor que usted puede salvarnos.
Su reputación en España es grandísima (... ) un arranque de usted quizá decida en buen sentido la cuestión y liberte al país de una guerra tan desgraciada y sin gloria en la que nos vamos a meter» 64 • La segunda de las cartas es de Carolina Coronado, y pue Je fecharse, según deducciones de Méndez Bejarano, el 29 de mayo del mismo año: «A mí me parecía en vista del estado de los asuntos y en la expectativa de los acontecimientos, que era conveniente para usted su venida ahora»; sin embargo, afirma más adelante, «un hombre de la importancia de usted, tiene que colocarse en un puesto definido y aquí lo que hay flhora es el caos».
Termina diciéndole: « queremos verle aquí; pero queríamos verle para conservarlo, no para inutilizarlo.
Usted debió venir antes o debe llegar después: venir en medio del conflicto en vez de un recurso será una perturbación» l\tl.
La caótica situación a la que se refería la conocida poetisa devino en una reunión que tuvo lugar el 16 de agosto de este iño 1866 en Ostende, durante la cual se sentaron las bases de lo que llegó a ser la Revolución del 68.
En el exterior, sigue durante este año la Guerra del Pa tífico con los países de Chile, Perú, Bolivia y Ecuador aliados contra España.
El 31 de marzo tuvo lugar el bombardeo de Valparaíso y el 2 de mayo el del Callao, ambos bajo las órde nes de Méndez Núñez. (sucesor del almirante Pareja tras su suicidio), quien al verse en inferioridad de condiciones ante el puerto peruano dijo la famosa frase: «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra».
Se están hundiendo, por supuesto, las ilusiones de Tassa ra a causa de una política incoherente mantenida desde la Península; en las palabras de Marta Palenque: «una mezcla de indecisión y de intransigencia que ocasionará intervencio-11es y desenlaces rayanos en lo ridículo, que hicieron crecer la hispanofobia» 66 • Años después, Antonio Flores, diplon1átir.o ecuatoriano en Washington en tiempos de nuestro ministro, �firmaría que muy distinta habría sido la suerte de América del Sur de hallarse Tassara en el lugar de Salazar, Mazarredo, Pinzón o Pareja, y confirma luego lo que hasta aquí se ha venido diciendo:
"Los que hemos tenido el alto honor de ser amigos y compañeros de Tassara en la capital de los Estados Unidos, podemos comprender la desesperación de aquella grande alma que soñaba y deliraba con una gran confederación de pueblos que hablan español, con España a la cabeza.
El quería aplicar en mayor escala a nuestra raza la teoría de las nacionalidades que fascinó y perdió a Napoleón 111" �1.
Todavía permanece en la oscuridad el motivo de la destitución de Tassara.
Un amigo suyo, Fermín de la Puente y Apecechea, autor de los apuntes biográficos que inician la Corona poética en su honor, dice que los Estados Unidos se permitieron «en comendar a su agente en Madrid que leyese al Gobierno es pañol, sin dejarle copia, una nota en que se quejaba de que el señor Tassara en el ejercicio de su cargo se separaba de la política de otros representantes europeos, cultivando con pre ferencia relaciones con los de las Repúblicas americanas» r,s.
De este texto, y seguramente de cuanto debió contarle su amigo el marqués de Casa Real los datos de �a destitución.
Desde luego, a pesar de la amistad per�on,11 con el secretario de Estado Seward, y conocedor é�te sin duda de las ilusiones que abrigaba y ¿e la política que desde su destino intentaba llevar a cabo Tassara, resultaba peligroso para los intereses norteamericanos.
Concretamente, avisado ante cualquier movimiento expansionista de los Estados Unidos, es de notar el seguimiento que hizo de los pasos de su amigo para conseguir comprar las islas danesas de Santo To más, San Juan y Santa Cruz durante el año de 1866, lo cual debió resultarle molesto a Seward, quien consiguió adquirir la primera de las islas en 1868.
No obstante, y aún siendo cierto que la destitución de T assara viniera por conducto expreso de la voluntad norteame ricana, la caótica situación de España podía resultarle tenta dora para forzar su regreso.
Tampoco parecía ser el más in dicado para representar los intereses del Estado español en la reunión que se había ya fijado para el primero de abril de 1867 en Washington entre los plenipotenciarios de los distintos Estados comprometidos en la Guerra del Pacífico; las bases de la negociación -según aparecen en las instrucciones de su sucesor en el cargo, Facundo Goñi-eran poco conciliadoras, y en verdad no se consiguió firmar el acuerdo hasta 1871.
Su renuncia se verificó en el despacho número 11 del 8 de enero de 1867; el último llegado a nuestra manos de los que man dó desde Washington es el 81 del 6 de marzo, mientras que el primero de su sucesor es el 96 del mismo mes � 0 • A su regreso, mucho habían cambiado las cosas en Espa ña.
Tassara volvió con serias pretensiones electorales que �e vieron truncadas por los avatares políticos que dieron fin al año siguiente al reinado de Isabel II.
A pesar de haberse le vantado las fuerzas progresistas, con Prim y Ruiz Zorrilfa a la cabeza, en contra del gobierno moderado de González Bra-- Quisiéramos destacar como cierre a estas páginas unos cuantos aspectos en relación a la figura diplomática de Gabriel García y Tassara que hagan justicia a la importancia de su pa pel histórico.
Creemos que, aunque infructuoso en su objetivo último, tiene su lugar merecido por cuanto supo adelantarse a la época y contraponerse al espíritu español de pretendida superioridad, en una concepción claramente moderna de las relaciones internacionales y, sobre todo, respecto a las más convenientes con Hispanoamérica.
Refiramos, pues, los más ¿estaca bles:
El interés primordial de nuestro m1n1stro en restaurar la imagen exterior de España en una voc2ción de inter nacionalismo poco usual en nuestro país, no sólo enton ces sino posteriormente.
El certero análisis que realiza en sus despachos del 1no vimiento expansionista norteamericano y de su voluntad imperialista impuesta por cualquier medio a su alcance: invasión, conflicto, compra o tratados económicos.
La convicción de que España debía por todos los medios de fortalecer su marina como soporte a su papel en la nueva situación mundial que estaba aconteciendo, de Jo cual no llegó a convencer, sin embargo, al Gobierno es pañol.
Su visión particular de la Guerra de Secesión norteame ricana en la que,.más allá de su condición de repres�n tante diplomático y aún en posible detrimento de los in tereses españoles en Cuba amenazados por un Sur inde pendiente, llegó a considerar justa la causa sureña en rei vindicación de una especificidad nacional en oposición al universalismo uniformizador del Norte.
Pero, ante todo, por lo que Tassara es n1erecedor de ocu par un lugar destacado en nuestra historia diplomática es por haber sabido trazar una estructura en fos relaciones hispanoamericanas bajo el concepto de raza hispana que sobrepuesto al ya conocido del nacionalismo romántico, rompe los límites de este último en una interpretación moderna de la unicidad en respeto de la diversidad
Todos los subrayados que aparezcan en los despachos de Tassara son de él.
Espafia de hoy, regenerada al cabo, no necesita más que una ma rina militar correspondiente a su fuerza real y a su importancia en el mundo para ser en todos sentidos mucho más que la Francia en América.
Mientras no la tengamos, nuestra posición será secundaria, y la Espafia volverá a entrar sin permiso de nadie en el Congreso de las grandes potencias, y tendrá una parte muy principal en la dirección de las cues tiones de este Continente" (N.o 89, 2 de a¡osto de 1859 ) ao.
GABRIEL CAI: CÍA Y TASSARA |
creación suya, inspiraron y organizaron la conspiración que desemboca ría en el alzamiento de Baire.
Recogió Martí la experiencia que la emigración independentfota fue adquiriendo a lo largo de la guerra, que se inició en Y ara y en los años posteriores a la Paz del Zanjón 1: alentar los focos insurgentes dentro de la Isla y auxiliar a 1 uienes estaban preparando un nuevo levan tamiento armado El 8 de diciembre de 1894 estaba diseñado el plan 3 • En
é; se asignaba un papel destacado a los dos generales de la anterior guerra, Máximo Gómez 4 y Antonio Maceo 5 • Cuando el 24 de febrero de 1895 se pronunció de nuevo d ¡Viva Cuba Libre!, se iniciaba una guerra que marcaría de cisivamente el final del segundo tramo de la Restauración, fo regencia de Doña María Cristina 6
UNA VOLUNTAD FORJADA EN DIEZ AÑOS DE LUCHA
En los meses anteriores la Legación de España en Washington informó que Máximo Gómez había exigido ga rantías de que la sublevación no era una aventura más.
Era el único capaz de ponerse al frente de las fuerzas que se alza ran si tenía éxito un desembarco importante en Cuba.
Martí había tejido solidaridades que aseguraran la victo ria.
Había sido un esfuerzo exquisitamente programado.
Nada se dejaba al albur.
El fracaso inicial de la expedición de Fer.. nandina demostraba que Estados Unidos estaba «contra la independencia de Cuba» 7
• En el interior de la Isla se habían ido creando las condiciones que iban a permitir consolidar J.3 -�:�.es obra de esta nueva revolución, noble y elevada, que ticnt: abiertos sus t,r: tzos para recibir en ellos el día del triunfo a los cubanos todos y a los españoles, cualesquiera que hayan sido sus opiniones durante el curso de la ¡uerra de la independencia.»
«Si humanitario y benigno se muestra Martfnez Campos, no menos hemos sido nosotros... »
Salvador Cisncros-Bcn j amfn, J. Guevara y Gonzalo de Q uesada, 6 de j unio de 189,, Ibldem, p,g.
«En cuan t o a la moralidad y orden en nuestro cj&cito, ye eso lo conoce Vd.; y esta vez, con cierta sa tisfacci6n, contem p lamos la práctica de virtudes tan necesarias, cuidindonos muy mucho de reprimir la más peq ueña falta que p ueda quitar nobleza a nuestra causa.• Máximo G6mcz-T'lrnú Estrada, 22 de agosto de 189,, Ibídem, pq.
Nó • pndo set: Lo itnpidi6• 1 fa, pres¡6n J!e''l!B
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El enfrentamiento tuvo• todos los rasgos de una lucha• por la Fue una sorpresa para el gobierno de Madrid.
Los liberales dejaron el poder el 23 de marzo.
Se acudió a todos los que habían prestado su cooperación en momentos de crisis
El reclutamiento del cuerpo expedicionario puso de ma n�fiesto la discriminación que creaba el dinero a la hora de em barcarse para combatir en la manigua.
La oposición a la gue- rra, salvo en el caso de los republicanos federales, se redujo a demandar igualdad de todos a la hora de «verter la sangre por la integridad patria» 26
• Tuvieron que luchar los soldados peninsulares en condiciones de miseria, sin la alimentación ni el vestido adecuados y con una deficiente atención médica 27 • El patriotismo retórico tenía que pasar la prueba de la contribución de sangre.
No era fácil y hubo que acudir a la emigración española • � s. Comparados con el contingente de fuer zas que hubo que enviar esos años a Cuba, esos reclutamientos no carecían de importancia.
El número de bajas solicitadas desde el inicio de la gue-1 ra hasta finales de 1895 en el cuerpo de oficiales se cifraba en 16 71, pero no todo era entusiasmo en el ejército 21 ).
Los in-.; 1 Las reformas políticas tenían como fin «ganar la guerra c.n Washington».
Se quería frenar las miras expansionistas Je Estados Unidos y poner un dique a sus ambiciones sobre Cuba.
Había que luchar contra una atmósfera «pútrida, sedicio sa y mercenaria», alentada por la prensa que estaba al lado de los. separatistas. � sa campaña hallaba eco er; el Congreso.
Sus miembros se de1aban sobornar.
Antes de que se abrieran fas sesiones en la Cámara de Representantes y en el Senado �ahía que dejar sin argumentos a los enemigos de Espalla.
Eso exigía modificar el estatuto jurídico de la Isla y asentar t. n ella instituciones liberales 3fi.
Eran necesarias también in versiones para fortificar la Isla, a ejemplo de Inglaterra en las Bahamas y en las otras posesiones británicas en el Caribe, así como en las zonas fronterizas de Canadá.
Los norteamericanos estaban reforzando su escuadra 86 • Inseparables de la acción militar, las reformas eran com pañeras de los fusiles.
En ocasiones hubo interferencias.
Weyler se quejó de que algunas declaraciones de la oposición benefi ciaron a los insurgentes, que las utilizaban para reforzar la ima- gen de que Cuba gemía «bajo un yugo opresor y que, privada ne ]ibertades, soporta(ba) el régimen de la tiranía» 37 • La atención a las repercusiones internacionales de la gue rra se reducía a las potencias monárquicas.
A la solidaridad entre ellas apelaría España cuando tuvo que presentar sus demandas ante _ las capitales europeas.
En un contencioso, que implicara a Estados Unidos, estaba interesada no sólo España, sino «el principio monárquico en general» 88• No fue la crisis española un caso aislado ao.
Había un c.ontexto internacional, que denunciaba un cambio en la con, epción del derecho internacional e implicaba lo que Jover he llamado la «redistribución colonial>>.
Una especie de <<darwi nismo político» dio cobertura a las pretensiones de las nacio nes más poderosas.
Una potencia de segundo rango necesitn!,�-1 dianzas para conservar sus dominios de Ultramar.
En el repar to, forzado por el crecimiento industrial y la necesidad de gn- http://estudiosamericanos.revistas.csic.es nopolizaba el poder.
El representante español en Santiago presionaba ante el partido conservador.
El clero español, nu meroso en Chile, favorecía la difusión de la creencia de que fo revolución cubana estaba controlada por la masonería.
Pe'ie a las buenas perspectivas de los radicales chilenos, la ayuda que este país podía prestar a los insurgentes era exigua43 • Eloy Alfaro, presidente del Ecuador, se, dirigió a la Reina Regente.
En su carta, fechada el 19 de diciembre de 1895, pedía la independencia para Cuba.
Alfara asumía la tesis de que la emancipación de América debió cumplirse sin guerras, ahorrando vidas humanas y recursos, evitando una ruptura entre dos sociedades, hermanadas por la cultura, el idioma, la mza y la religión.
Inglaterra aconsejó entonces una solución negociada.
Eran compatibles los intereses de España y las aspiraciones justas de Cuba «sin mengua del decoro».
La carta del presidente ecua toriano quería ser una prueba de amistad y lealtad.
Era ex presión de un deseo: acrecentar la gloria del trono español44 • Fracasó esta gestión.Se confirmaba así la triste impre sión de los cubanos ante la reacción de las otras repúblicas hispanas".
La ambigüedad es el signo que marca las relaciones de los independentistas cubanos con Estados Unidos: entre la �uexión como amenaza y la voluntad de contar con el apoyJ dd poderoso vecino, a cuya tradición emancipadora se apela-CRISTÓBAL ROBLES MUÑOZ ba.
Trataban de ganarse la opinión con relatos exagerados sc bre los excesos de la guerra 4,6.
La muerte de W. Quint0n Greshan, secretario de Estado, fue un tropiezo para España.
Era un «hombre de gran inte iigencia, de ideas conservadoras, que servían de contrapeso a la opinión, tan exagerada» en Estados Unidos respecto a las cuestiones internacionales.
Era «muy honrado, amigo de la verdad y de la justicia... aceptaba y comprendía la razón cuan do se le presentaba» 47 • El papel del secretario de Estado se acrecentaba ante fa,,parición de un lobby cubano, que paso a paso iría penetran do en el Senado, con la ayuda de algunos congresistas, como e l senador por Florida, Call, que los cubanos habían apoya.Jo en sus reelecciones para el Congreso "':.
Sus vinculaciones con comer ciantes y financieros de Nueva York eran evidentes.
A Olney, su secretario de Estado, lo habían promocionado sus amigos de Nueva Inglaterra, interesados en invertir en la industria azu carera de Cuba.
Eso explicaba su insistencia en pacificar la Isla y su oposición a todo auxilio para la insurrección 49 • Fnalizaba el primer año de guerra.
El presidente Cle veland dirigía el 3 de diciembre su mensaje al Congreso.
Re cogía el incidente con el barco correo «Alliance» Hablaba de c.ietenciones de ciudadanos americanos en Cuba.
Se habían re-sl1elto las reclamaciones de Antonio Máximo Mora y los pro l,]emas arancelarios-con la Isla y Puerto Rico �.
Tenía enfrente el Mensaje, una opinión trabajada en favor de los independentistas.
Le eran contrarios los congresistas par tidarios de la anexión y los que postulaban una acción exterior más agresiva.
La proximidad d� las elecciones presidenciales de 1896 presionaba sobre los candidatos que debían halagar a todos los sectores para conseguir sus votos.
Cleveland, cons ciente de sus deberes, se había situado como hombre de Estado.
Bastaba comparar el tono de sus mensajes con los del general Grant durante la guerra de los diez años.
El mismo Cleveland había adoptado una actitud muy dura al enjuiciar los litigios l'endientes de Estados Unidos con Inglaterra y Alemania.
El resultado del mensaje presidencial fue una total \.-te cepción entre los laborantes cubanos, aunque trataban de su perar ese tropiezo.
España podía mirar con mayor tranquilidad el futuro, fiada en el comportamiento de Washington 61• Estrada Palma, el jefe de la Junta de Nueva York, des tacó ante sus corresponsales dentro de la Isla los aspectos favorables del mensaje de Cleveland.
Admitía, sin embargo, que el presidente no había reconocido la beligerancia a los cubanos r; 2, pero creía que con eso se intentaba dejar abierta la vía para ejercer los buenos oficios de Estados Unidos entre ]as dos partes enfrentadas, tal como se habían intentado va rias veces.
Estrada insistió en el proyecto integrador de la r.ueva República.
«Cuba independiente, Cuba república, sería hogar de cubanos y españoles que, como miembros de una fa milia, vivirían en paz y armonía, ciudadanos de una misma nac1on».
El esfuerzo para conseguir el reconocimiento de la beli gerancia fue la primera preocupación y el principal afán de los cubano-americanos.
H. S. Rubens se entrevistó con Wil kinson Call.
Le pidió su mediación ante el fiscal general para exponerle las quejas de los cubanos por la vigilancia y apre samiento de expediciones organizadas en auxilio de los que luchaban en la Isla.
A la conversación asistió también el ge La primera recomendaba al presidente el inmediato recono,;i rniento de la beligerancia.
La proposición Cameron pedía que, c.:on carácter de urgencia, se excitara a España para que reco nociera la independencia de Cuba, sin excluir apoyar esa su gerencia con amagos de intervención en la Isla M.
Los adversarios de la intervención frenaron esas esperan zas 57
• Pese a todo, cuando el 5 de abril se votó, la pr0posición obtuvo el apoyo de 244 congresistas frente a los 27 que �e pronunciaron en contra.
Se confiaba que esta abrumadora apro bación influyera en Cleveland 6_8• Un comité integrado por Sherman, Gray y Lodge se entrevistó con el presidente el 27 de mayo.
Estaban decididos t' recomendar la Joint Resolution que aprobaba el reconoci miento de la beligerancia para los rebeldes cubanos li 9
• Esa f�estión ante Cleveland logró las simpatías del Presidente hacia l? causa cubana.
España habría accedido a la peticiones de Washington.
Cleveland consideró que de ese modo no se bene ficiaba a los cubanos.
Su administración quería trabajar con las manos libres y la Joint Resolution era una traba 80 • Jugó en favor de la anexión, ilunque sus denuncias de la incapacidad española para controlar Ja rebelión pudieron servir igualmente a los anexionistas e in ciependen tistas.
El recuerdo de lo •que sucedió a raíz de la Paz del Zanj<Sn en 18 7 8 y el temor de que una guerra prolongada propiciara escisiones y abriera brechas entre los combatientes llevaron a los separatistas a cuidar la preparación de la campaña sin ahorrar medios para que fuera repisa proponiendo fórmulas rara llegar a la independencia.
Una de ellas fue comprar a España los derechos de soberanía mediante una compensación por todos los bienes de su propiedad y por los ingresos que dejaría de percibir.
Se negoció un empréstito sindicado para proporcionar a ia revoluci6n las armas que necesitaba su ejército 64
• Era e3ta una senda para ampliar y consolidar las bases de colaboración entre el pueblo y el gobierno norteamericanos y los combatien tes cubanos.
El New York Times, según Estrada, llegó a con vertirse en un <<campeón de nuestra causa».
No hubo unani- guerra colonial a un pleito forense, sin ver su dimensión in ternacional, salió al encuentro y se puso al lado de la retó rica de quienes pensaban que la muerte ha de ser la inevita ble matriz de la que nazca la libertad de un pueblo.
Y lo que hubo, en realidad, fue una complicidad maldita, que qui zás perdura, haciendo estéril el sacrificio de los que sueñan con �na patria libre y sin mentira, que cobije, sin adjetivos, a todos, allende y aquende los mares.
Historia militar y polltica de la iíltima guerra separatista durante dicho mandr, 1, Madrid, 1910, pt{gs.
15 Procuraron los insurgentes conservar el efecto favorable que estaba provocando e, trato que daban a sus prisioneros.
Pont, alegó que, pese a sus simpatías por la insurrección, no podía abonar esa suma.
Si destrufar su hacienda, «renunciaría a levantarla de nuevo.
Estaba dispuesto a pagar, pero a plazos.
Sobre este mismo asunto, véanse otras cans (18 de octubre, 10 y 1, de noviembre), lbldem, pigs.
Bcrnal, C.: La reforma política en Cuba y su Ir• constitucional, Madrid, 1881.
Labra, R. M. de: La autonomía en España...
Discursos, notas, advertencias, comenta, los y,m extenso pr6logo sobre el estado de la cuesJión colonial en España desde 1870 a esta parte, Madrid, 1898.
Sobre la autonomía, Súichez Buatamante, A.: La ideologla autonomista, u, Habana, 1933, Infiesta, R.: El autonomismo cubano, su razón y
midad en el campo rebelde.
Francisco Javier Cisneros se tlú opuso.
Comprar la independencia a España fue una sugerencia c; ue vino de fuera.
En Le Figaro, el 19 de octubre de 1895, bajo el título «L 'insurrection cubaine», el conde de Keratry, considerado una persona recta e imparcial, presentó esa pro puesta.
España reconocería la independencia y recibiría 300 mi llones de duros por las propiedades que dejaba en Cuba.
U n sindicato de banqueros norteamericanos avalaría esa cantidad.
St evitaba así pérdida de vidas y de dinero 00
Había en este punto una perfecta simetría entre cubanos y españoles.
Los revolucionarios no querían comprijr su em: ln cipación y en Madrid no estaban dispuestos a vender Cuba, ni siquiera meses más tarde, cuando se preveía como inevitable ]a guerra con Estados Unidos, frustrándose para los independen tistas la pretensión de vencer a España�n.
Cuando concluía el primer año de guerra, combatir has ta el final era la única salida.
España juzgaba injerencia cri minal toda intervención en un asunto que calificó como in terno.
Los rebeldes querían iniciar su independencia fundan do la patria cubana sobre el heroísmo y el martirio de.:;us mejores hijos.
El honor puntilloso de quienes redujeron la |
El nuevo sistema económico internacional tuvo como país central a Inglaterra, y se caracteriz6, sobre todo, por un extraordinario incremento del comercio exterior.
Ver sobre dlo Sunkel, O. y P. Paz: El subdeiarrollo latinoamericano y la teorla del dcJarrollo, Madrid, 1973, p�gs.
Sobre estas cuestiones ver Cardoso, C.
En las décadas de 1920 y 1930 se produjo en gran parte Je la América Latina un extraordinario crecimiento económi co, basado en la industrialización acelerada de algunos de los países del área.
Son varias las causas que contribuyeron a e�te crecimiento, y el orden de importancia de cada una de ellas puede ser discutible.
Pero hay dos factores que resultan decisivos para ello: la existencia de un excedente de capital, y el crecimiento y la paulatina integración del mercado inter no, sin los cuales esta industrialización nunca hubiera sido posible.
Y para abordar estos problemas nos vamos a centrar aquí en el caso de Colombia, no porque allí la industrializa ción fuera mayor, de hecho fue anterior y más intensa en los países del Cono Sur o en México, sino porque la formación del mercado interno y la acun1ulación de capital tuvieron allí ca racterísticas peculiares, que hicieron el proceso, en cierta for ma, diferente.
EL SECTOR EXPORTADOR Y LA AMPLIACIÓN DEL MERCADO
El auge de la ecohomía británica desde principios del siglo XIX, y de las continentales europeas y la norteamericana algo más tarde, llevó a la configuración de un nuevo sistema 2 ROSARIO SEVILLA SOLER económico internacional, que se caracterizó en los llamados países periféricos -como los latinoamericanospor un ex traordinario incremento de las exportaciones de productos pri marios
Uno de los primeros efectos de la incorporación latino americana a ese sistema fue la llegada de capital extranjero -sobre todo británico--que inició su penetración por me dio de los préstamos a los gobiernos.
Gracias a esa transfe rencia de capital, que se invirtió sobre todo en infraestructura de transporte, el comercio exterior latinoamericano experimen tó un crecimiento casi ininterrumpido desde la segunda mitad del siglo XIX • 2 • Este crecimiento provocó, a su vez, ]a apari c.ión de clases medias en el sector servicios, incorporando al tnercado a una parte importante de la población que antes estaba inmersa en la economía de subsistencia.
Y esto, junto �• la acumulación de capital generada por el sector exportador en manos de la oligarquía llevó, directamente, a la aparición de la industria moderna.
El sector industrial surgió así en parte de la América Latina antes de 1914, como resultado directo del crecimiento del sector exportador.
Pero mientras estos fenómenos se producían, esencial mente, en países como México, Argentina o Brasil, otros, en tre los que se encontraba Colombia, permanecían al margen de ellos.
La inversión extranjera era mínima y se concentraba en ia minería y en la infraestructura necesaria para la exportación de tabaco, sectores ambos que funcionaban prácticamente al margen del resto del sistema económico Y los efectos beneficiosos de esta expansión no se limi taron al sistema económico.
A lo largo del siglo XIX se había mantenido prácticamente intacta la estructura latifundista en Colombia.
Pero a finales de ese siglo se inició un fenómeno que-logró modificar esa estructura en algunas zonas: la colo nización antioqueña de la Hoya del Cauca y del Quindío a través de la finca cafetalera, en la que, aunque participaron todos los sectores sociales, acabó imponiéndose la pequeña y 1nediana propiedad 8 • Los colonos antioqueños ocuparon las tierras vacías de la Hoya del Cauca y del Quindío y, aunque tn muchas ocasiones entraron en graves conflictos con los la tifundistas o con las grandes compañías a las que se habían hecho concesiones de tierras para la colonización, acabaron imponiéndose.
El carácter de colono lo imprimió la ocupa ción y explotación efectiva de la tierra, rompiendo de este modo el concepto tradicional de la propiedad privada defen dido por la oligarquía y, en definitiva, poniendo por primera vez en cuestión los principios que sostenían a ésta
Y esta aparición de la pequeña y mediana propiedad tie ne, a su vez, un efecto trascendental sobre el resto del siste ma: la ampliación del mercado interno.
La estructura que se impuso en la producción del café en Colombia, tan diferente de la que existía en el gran centro productor de aquellos mo mentos, Brasil, es la mejor explicación para poder enten der el gran y favorable impacto que, ya en estos primeros años, http://estudiosamericanos.revistas.csic.es comenzó a tener el café en Colombia.
La distribución del in greso comenzó a hacerse más amplia, y originó la formación de una clase media rural, que en la etapa siguiente se conver tirá en un importante mercado para los bienes de consumo corrientes.
Al contrario de lo que sucedió con la expansión de otros sectores exportadores latinoamericanos -que inclu so empeoraron la situación del trabajador rural-la estruc tura dominante en la producción del café colombiano llevó, en poco tiempo, a miles de familias campesinas de una eco nomía predominantemente de subsistencia a otra fuertemente comercializada 10• Y todo ello fue lo que originó la creación de la primera fábrica n1oderna.
Por un lado, el excedente de capital gene rado por el sector exportador permitió a las familias impor tantes de Medellín -que controlaban el procesamiento y co mercio del café-, comenzar una diversificación en sus inver siones 11
• Pero es que, además, y como ya hemos dicho, el café no sólo produjo grandes• beneficios para unos cuantos.
Al hacer aparecer la pequeña propiedad, comenzó a distribuir mejor el ingreso y a generar una demanda, aunque todavía fuera pe_queña, de bienes de consumo corrientes, que se con virtió en el primer estímulo para la industria local.
Las primeras tentativas de crear una fábrica textil mo derna se habían hecho en Medellín en 1899.
Un año más tarde tenía ya 200 telares y más de 500 empleados; y este éxito, como es lógico, estimuló la aparición de otras empresas que
LA EXPANSIÓN DE LAS EXPORTACIONES Y EL SECTOR INDUSTRIAL
En 1913 el sistema económico internacional que se ha bía impuesto en el siglo XIX experimentó un importante cambio, que llevó aparejada la disminución de la importancia relativa de Inglaterra como centro económico mundial, y su paulatina sustitución por los Estados Unidos.
Para los países latinoamericanos, las primeras consecuencias del deterioro del sistema fueron el estancamiento de las exportaciones y un cam bio de orientación en el comercio exterior.
A partir de enton ces Inglaterra y los Estados Unidos participarán en plan de igualdad en ese tráfico, que antes era dominado, casi exclu sivamente, por los ingleses 13• La segunda consecuencia fue el incremento de las inver� siones extranjeras en la zona, especialmente de las norteame ricanas.
Y esto no sólo produjo un incremente del total de las inversiones extranjeras, sino un importante cambio cuali tativo en éstas.
Las inversiones británicas -en general-ha- En el caso de Colombia, la aceptación por parte del go bierno de las líneas económicas marcadas por la misión Keme rer, especialmente por lo que se refería a la organización ban caria, abrió las puertas de este sector a la intervención del ca pital norteamericano 16
• A partir de entonces los préstamos a los gobiernos comenzaron a crecer, al tiempo que hubo ta1n bién un extraordinario incremento de la inversión directa, aunque, como había ocurrido en la etapa anterior, siguió te niendo poca importancia en el sector exportador, en la agri cultura y en la manufactura.
La mayor parte se concentró en las explotaciones mineras y, sobre todo, en las petroleras rn.
Por lo que se refiere al comercio exterior, y al contrario de lo que sucedió en gran parte de la región, creció extraor dinariamente; es ahora cuando se produce en Colombia el fenómeno del crecimiento hacia afuera, que había triunfado en otros países en la última parte del siglo anterior.
Mientras los cereales o el ganado argentino, por ejemplo, no eran nece sarios en el nuevo centro económico, que contaba con una gran producción propia, el café no sólo no se producía en los Es tados Unidos, sino que encontró allí un gran mercado.
Con- Gracias a ello hubo un importante incremento del sector exportador en general, ya que en esta época el café constituía el 7 O% del valor de todas las exportaciones colombianas.
• En poco tiempo �e había logrado desarrollar una importante economía de ex portación, que la convertía en el cuarto país latinoamericano tn cuanto al valor del comercio exterior, cuando antes de la guerra ocupaba el séptimo lugar 19 • Y los efectos de esta expansión se dejaron sentir muy pronto en la estructura social.
Es ahora cuando se inicia la <.'risis de la llamada República Señorial, a medida que se fue,;centuando la incorporación del país al mercado internacional y fueron surgiendo las nuevas clases sociales.
Es evidente que una simple expansión del comercio exterior, por fuerte que fuera, no basta para producir un cambio social de tanta tras cendencia.
Pero que el café se desarrolló en Colombia a una escala geográfica y productiva muy amplia, y logró implicar en él, especialmente en la década de 1920, a un sector rela tivamente importante de la población: 20 • Por una parte, las obras públicas y la incipiente manu factura iniciaron, tímidamente, la transformación de la mano de obra campesina en un proletariado urbano cada vez más numeroso 21
• Por otra, la colonización continuó en la Hoya del Cauca y del Quindío y se extendió a otras zonas, erosio-nando los esquemas latifundistas tradicionales, y originando una verdadera reforma agraria 22 • Por último, hubo un extraordinario desarrollo de la bur guesía empresarial.
El control del sector exportador y de su comercialización por el capital nacional, y especialmente antio queño, originó la aparición de una burguesía del café, que supo defenderse del dominio del capital extranjero y que, gracias al poder económico que obtiene, comienza a in corporarse a puestos relevantes del Estado, preconizando desde ellos políticas más avanzadas 28 • dades cafetaleras, en virtud de la amplia oferta de empleo que 1epresentaban las plantas procesadoras de café, las obras pú blicas, o las primeras fábricas textiles.
Al mismo tiempo, �re, ían también las clases medias urbanas al amparo del mayor desarrollo de la administración que toda esta evolución traía tonsigo 26• Por último, se acentuó extraordinariamente la integra ción de ese mercado.
Como ya se ha dicho, la mayor parte de: as inversiones norteamericanas en el país se concentró en los préstamos a los gobiernos.
Y una parte muy importante de esos préstamos se empleó en infraestructur�, de transporte 27 • Y en todos estos cambios radica la transformación que experimentó el sector industrial en la década de 1920.
En 1914 fa industria moderna apenas existía en Colombia 28 Pero al lle gar la Primera Guerra Mundial, y como en otros países de la región, hubo serias dificultades para abastecer el mer cado interno de una serie de productos que antes suministraba la industria británica, como por ejemplo los textiles.
Surgi6 así la primera gran oportunidad para el sector textil nacional, que entre 1915 y 1919 duplicó el capital invertido 29 • Se trataba todavía de una industria muy limitada.
Es en realidad en la década de 1920, con el gran incremento de los ingresos del sector exportador y la mayor amplitud e integra-c.::ón del mercado interno, cuando esa industria textil, centrada en Medellín, se constituyó en el punto de partid3 no sólo de la industria de Antioquia, sino de toda la colombiana.
Al incre mentar el proletariado urbano llevó, a su vez, a la aparición de nuevas industrias, que surgieron, sobre todo, en la zona antioqueña ao.
En cuanto a los efectos que esta transformación social y el incremento de las exportaciones tuvieron sobre el mt:!r cado interno, la incorporación de familias campesinas a ese mercado se aceleró extraordinariamente en estos años.
El avan ce colonizador en función de la expansión del café continuó, con más fuerza que antes, a lo largo de las Cordilleras Central y Occidental hacia el sur, llegándose a la progresiva ocupación de las vertientes andinas por inedio de una fuerte movi lización de campesinos sin tierras
A pesar de todo, el proceso de industrialización colombia no era todavía incipiente en los últimos años 20.
Mientras en Argentina por ejemplo la industria constituía un 22,8 % del producto interior bruto, en Colombia era sólo de un 6,2%.
Pero el crecimiento había sido considerable, y un 30% de la mano de obra activa era ya empleada en la industria, aun que un 66 % de esa industria fuera todavía artesanal, frente a un 40% de los países del Cono Sur o un 36% de México 31• En realidad, la factoría moderna jugaba todavía un pe queño papel en la economía colombiana, pero ya muy impor tante.
Y, sobre todo, estaban puestas las bases que la conver tirían en la etapa siguiente en el gran motor del crecimiento econ6mico -incluso por encima del sector exportador-, y que permitirían superar, en poco tiempo, los efectos de la crisis mundial de 1929.
Los primeros resultados de esa crisis en la América Latina fueron la retirada de las inversiones extranjeras y la disminución del comercio exterior.
La política proteccioni sta que implantaron los países industrializados ocasionó un fuer - te descenso en la demanda de productos primarios y, en con secuencia, también de los precios.
El deterioro de la balanza de pagos latinoamericana fue muy rápido, y los gobiernos se vie ron obligados a intervenir directamente en la economía, re gulando todas las operaciones que pudieran alterar el volumen de divisas y ejerciendo •un severo control sobre las importa-30 En 1918 la inversión industrial era de 3,9 millones de dólares en Medellín, q ue con• taba con la mitad de los telares de Colombia y con 6.000 em p leados.
Como resultado de ello, el crecimiento industrial lati noamericano se aceleró extraordinariamente en estos años en lo que se conoce como el proceso de sustitución de importacio nes, que llevó al más rápido crecimiento industrial que ha co nocido nunca la América Latina 32 • El primer resultado de la crisis en Colombia, como en el resto de América Latina, fue el fin de los préstamos norte americanos.
Entre 1932 y 1939 fueron retirados 61 millones ce dólares estadounidenses, y las repercusiones en el sector público fueron casi inmediatas.
Por lo que se refiere al co mercio exterior, la crisis del 2 9 significó un inmediato descen so en el volumen de las ventas y en los precios internacionales del café.
• Sin embargo el comercio exterior colombiano sufrió menos que el de otros países del área; el mercado norteameri cano del café se recuperó pronto y, a su amparo, la producción siguió creciendo en la década de 1930, aunque lo hiciera a un ritmo inferior al de los años anteriores 3 • 4 • Desde 1934, sobre todo, hubo una nueva expansión de las exportaciones de café.
La participación de este producto en el valor total de las ex portaciones descendió a un 55%; pero esto no se debió al descenso de las exportaciones, sino a la caída de los precios, que llegaron a estar de nuevo por debajo de los 10 centavos la libra 35 Y esta evolución de las inversiones extranjeras y del co mercio exterior a raíz de la crisis provocó fuertes reacciones internas en las estructuras económicas colombianas, que hicieron que la industria pasara a ser el motor de la economía.
En poco tiempo abrieron sus puertas unos 800 nuevos centros textiles y de confección, creciendo también extraordinariamente la in dustria de bebidas, la alimenticia, la de material de construc ción, la del calzado, etc. En plena depresión la industria colombiana crecía con una tasa anual del 11 % y el nivel de empleo industrial, que apenas superaba las 42.000 personas en 1931, pasó a 111.000 en 1939 00 • CONCLUSIONES En definitiva, pese al considerable atraso que presenta ba Colombia respecto a países como Argentina o México en cuanto a industrialización, al llegar la crisis del 29 el proce so sustitutivo de importaciones se dio allí con gran fuerza.
Y esto ocurrió, esencialmente, porque existían ya en el país tres factores esenciales para el crecimiento industrial.
Por una parte, el mercado interno que había comenzado a crecer t n los últimos años del siglo XIX, y cuya integración se había acentuado notablemente desde 1920.
Por otra, la acumul.a dón de capital en n1anos de la nueva burguesía, iniciada tam bién en la última parte del síglo anterior, y que se había in crementado extraordinariamente en la década de 1920 con la expansión de las exportaciones, de manera que las activi dades industriales pudieron financiarse con el capital nacional é!
CUmulado gracias a la comercialización del café 37
• Por último, existía esa burguesía del café, que venía dando al país una experiencia empresarial desde los primeros años del siglo XX, y que se mostró capaz de transformarse en la burguesía in- Contando con estos tres elementos, apenas comenzaron a descender las importaciones a causa de la crisis se incrementó, de f arma notable, la producción nacional de bienes de con sumo corrientes, que vinieron a cubrir el mercado momentá neamente abandonado por la industria extranjera
Pero es que, además, otros factores vinieron muy pronto a dar un nuevo impulso a este crecimiento industrial que, en ios primeros momentos de la crisis, se había dejado, exclusiva mente, a la iniciativa de la burguesía.
Estos factores se debie ron, a su vez, a la intervención estatal en la economía deriva da de la instauración de la llamada República Liberal, y a la consecuente eliminación de los obstáculos políticos y económi ('OS que bloqueaban la integración nacional "°. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la década de 1930, porque sin ella nunca se hubiera podido impulsar con tanta fuerza el proceso de sustitución de impor taciones que se inició en aquellos años.
Pese a todo ello el coeficiente de industrialización era todavía bajo comparado con Argentina, Brasil, o México.
Pero mientras allí la industria había crecido de 1929 a 1937 entre un 16 y un 46 %, en Colombia lo había hecho en un 90 %, aun que por supuesto partía también de índices mucho más bajos.
En realidad, salvo en Medellín, Cali, Bogotá y Barranquilla, eJ proceso apenas había superado la fase de artesanía, y esta jndustria no podía competir con la internacional sin un fuerte proteccionismo 41 • Pero el camino estaba ya abierto para la industrialización en otras zonas y, sobre todo, existían en prin cipio buenas perspectivas para continuar avanzando en ese.. mismo camino. |
En este lapso se defi nieron las nuevas características que dieron al oficio nuevos contenidos econ6micos y sociales.
El contexto económico en que tuvieron lugar estos cam bios es el de la finalización de la crisis azucarera, palpable ha cia el año 1902 1 y el consecuente inicio de un nuevo período ce bonanza, para cerrarse con una segunda crisis que se de finirá nuevamente en torno al azúcar hacia mediados de 1920
Los años de bonanza azucarera produjeron relativamente rá pidos cambios en la sociedad dominicana.
El crecimiento de las ciudades, convertidas en centro de los nuevos polos eco nómicos, es una muestra de ello.
San Pedro de Macorís es el caso más conocido, pero también otros lugares son afectados por dichos cambios.
En el norte de la isla, el ferrocarril y el crecimiento de la producci6n de cacao y café, dieron un giro importante a la vida local, y en buena medida fueron un relevo de la produc ción de tabaco, que para entonces se hallaba en una fase de clinante en importancia social y económica.
Toda esta situa ción afect6 a la mujer de distintas maneras.
Los antecedentes del trabajo de la mujer en la sociedad se redefinen en el nuevo contexto capitalista, ahora en auge * Ponencia en el ciclo de confc1• encias: Cátedra Extracurricular sobre la mujer «Minerva Miraba!».
Programa de Estudios de la Mujer EQUIS-INTEC y Programa de Estudios de la Mujer CIPAF.
El texto es parte de la investigad6n realizada por la autora sobre El mercado d, trabajo en la industria de la aguja en la República Dominicana 1900-19.50, ausi, iciada por el CIPAP.
Resulta llamativo el hecho porque las relaciones ca pitalistas de producción vinieron a hacer más marcadas las diferencias de género en la división del trabajo.
Hasta podría decirse que significó un retroceso en ciertos aspectos en re foción a la participación en la agricultura, pese a la subordina ción en que ya se encontraba la mujet en la situación preca pitalista de todo el siglo XIX.
En este período la costura deiará de ser exclusivamente un oficio que la mujer • desempeña dentro del ámbito doméstico de autoconsumo para convertirse en un oficio «industrial».
Esta transformación forma parte de un proceso complejo de can1bios en la formación social dominicana.
Como se sabe, la dinán1ica,1a imprime la industria azucarera a lo largo Jel r: eríodo, que se manifiesta en la evolución de los ingresos oor exportaciones de azúcar y de las importaciones de mercan cías • 3
• A la vez, este crecimiento está envolviendo en •su di námica a algunas ciudades, que de pronto se ven aumentadas por las migraciones internas y externas.
Aún así, el creci miento poblacional 1siguió siendo lento aunque, en términos relativos, no dejó de ser significativo.
Desde finales del si glo XIX y principios del XX la incorporación de la mujer trabajadora a las actividades económicas de las ciudades fue en aumento, a través de los servicios (lavanderas, planchado ras, cocineras, pequeño comercio, enfermeras, maestras), pero también a través de la producción (fabricación de cigarros, zapatos, sombreros, confección de ropa, de dulces, de pastas alimenticias, botelleras).
Esta incorporación resultaba de la creciente rnercantilización de la vida económica, pero tam bién de un proceso de cambios que concentraba los medios de subsistencia en las ciudades cada vez más.
Aunque la importación de tejidos y ropa era un fenóme no común desde la época colonial, cobró entonces caracterís ticas particulares debido a varias razones: Por una parte, la conformación de un mercado consumidor de ropa hecha y en constante expansión, cuyo elemento más característico fue <<la COSTURERAS EN LA SOCIEDAD DOMINICANA 3 moda» extranjera.
Estaba guiada desde los centros interna cionales (París, Londres, New York) y representaba la van guardia de la modernización a que aspiraban las clases domi nantes y los sectores urbanos ascendentes 4 • Esa conforma ción implicó la aparición de establecimientos especializados en fa, venta de ropa hecha y de otros que se dedicaban a la fa bricación de la misma.
Esos establecimientos estaban ubica dos en las ciudades, que daban sustancia económica a tales mercados.
En segundo lugar, el cambio tecnológico que supu �c la introducción de, la máquina de coser, permitió la fabrica c.i6n seriada de productos siguiendo los patrones de «moda».
Pero este instrumento ofrecía otras ventajas: elevaba la pro cuctividad individual, a tal punto que hada rentable la �venta de ropa hecha inclusive para sectores de medianos ingresos y vino a consolidar de esa forma la ampliación del mercado que consagraba, la moda extranjera, al hacerla accesible a un pú blico más amplio.
En tercer lugar, en función de esta evoh1ción de la costura se definieron categorías sociales que per manecen hasta hoy: la costurera tradicional va a saltar. del ámbito del autoconsumo doméstico para convertirse en la. mo dista o en la obrera de la agu;a.
En principio la diferencia de una y otra no aparece demarcada, pero no tardará mucho tiempo, en aclararse esta diferencia por una distinci6n clasista.
Es muy difícil conocer cuál era el número de costureras que había en el país a principios del presente siglo, puesto que carecemos de informaciones precisas al respecto, por lo menos hasta el año 1920.
Antes de esa fecha, los datos dis ¡:,onibles son fragmentarios y no siempre puecie confiarse en ellos; incluso para el año 1920 tenemos una cifra global para todo el país, que no nos dice nada sobre, aspectos decisivos de la evolución de la •costura en el período inmediatamente, in terior, como puede ser, por ejemplo, la distribución geográ-fica por provincias y zonas (rural o urbana) de su ubicación.
Igualmente es difícil conocer cómo estaban distribuidas las costureras en términos de la diferenciación social que venía definiéndose al interior de la actividad de la costura, que 1ba colocando de un lado a las obreras asalariadas y de otro a. las rnodistas propietarias de pequeños talleres.
Para el año 1875 Roberto Cassá 15 recoge en Puerto Plata un número de 70 costureras en una población económicamen te activa de 1.962 personas, lo que representa el 4% de dicha población.
En 1899 tenemos noticia de que en la ciudad de La Vega había 81 costureras establecidas'1.
En Santiago de los Caballeros, según el censo realizado en 1904, había 704 costureras, siendo ésta la ocupación de la mano de obra de la mujer que arrojó mayor número, seguida por las plan chadoras, 608; las cocineras, 230; y las verduleras, 507
• Para el año 1909 en Santo Domingo ya existía una fábrica de ca misas con producción al vapor, propiedad de «J. Elías Hnos.», cuyo valor ascendía a 15.000 dólares, con capacidad de pro ducir seis docenas de camisas diariamente: el mismo censo informaba que la fábrica había cumplido el año anterior 301 días de trabajo,8
• Otro censo realizado en la ciudad de Santia go, terminado el 31 de diciembre de 1916, daba cuenta de la existencia para esa fecha de tres talleres de costura y una fá brica de camisas, además de otro taller de costura pertenecien te a las escuelas primarias de esa ciudad 9 Cuatro años más tarde, en 1920, el Censo Nacional daba la cifra global de 4.658 costureras para todo el país, junto a 621 tejedoras y COSTURERAS EN LA SOCIEDAD DOMINICANA.
5 otras 5 3 bordadoras 10• Aunque no está especificado, es pro bable que la categoría de tejedora se refiera a aquellas muje res que se dedican a la fabricación de sogas y otros produc tos de fibras y canas.
De la comparación de esas cifras con �.lgunos datos sobre la evolución del consumo de tejidos 11 se saca la impresión de que las mismas se encuentran subvalua.. das.
Aunque sobre este punto todavía no es posible obtener información concluyente.
Los hechos más significativos de los que tenemos noticias en la evolución de la actividad de la costura a principios del presente siglo están asociados, por una parte, a la aparición de un número significativo d� establecimientos bajo la deno minación de modista, talleres de costura y camiserías.
Por ctra parte, a la contratación de costureras por cuenta del Es tado, para la fabricación de vestuarios, especialmente militares.
Dentro de esas manifestaciones se dieron las modalidades que asumió la actividad de la costura en su etapa mercantil.
Primero, la artesanal qu� en más de un sentido es la que mayores continuidades guarda con las características de la cos tura en la época colonial.
Esta modalidad artesanal estaría vinculada a las demandas de las élites urbanas y en algunos casos, como el de Santiago de los Caballeros, a las élites aris tocráticas o «gentes de primera», como se solían llamar.
Por supuesto, en la capital también estaban estos grupos de «pri mera», aunque el caso de Santiago resulta paradigmático, en parte porque todavía hoy puede observarse esta tradición.
Acaso sea la modista tradicional el grupo ocupacional más re presentativo de la categoría social que representó este sector artesanal dentro de las trabajadoras de la aguja del período C'Onsiderado.
Hay que destacar como rasgo diMintivo que la modista tradicional, no sólo sabía diseñar y cortar un vestido, sino que además podía hacer los encajes y bordados, los ador nos de exigencias de la época en función de la clase a que esta bn adherida esta trabajadora artesanal.
En otro lugar se halla la costurera sin más, que se ocupa ba de la costura para un público menos selecto.
Su menor des treza en el arte de la aguja y su incorporación al mercado: ie trabajo como costureras tendió a separarlas del grupo anterior por una barrera económica y social.
La colocaci6n de las cos tureras en talleres y fábricas de camisas, ya como aprendice5 o como obreras, complementa el cuadro ocupacional que inician la� modistas.
Pero esta modalidad, a su vez, ofrece variantes.
No siempre la costurera cosía dentro de un taller y por ks evidencias que se disponen parece ser que una forma muy socorrida de contratación fue el trabajo a domicilio.
La moda lidad no fue exclusiva de la industria de la aguja, sino que. más bien entraba dentro de los parámetros de la división sexual del trabajo.
El notorio desarrollo de esta forma de contrata ción de la fuerza de trabajo de la mujer fue un elemento que st sumó a las dificultades para la organización de gremios y a�•ociaciones de costureras a principios de siglo, pese a que desde sus inicios no contó con remuneraciones adecuadas a ]as largas jornadas de trabajo.
Tardarán más de una década en aparecér los primeros gremios de costureras.
Todavía más, ser contratadas bajo esta modalidad fue un factor contraproducente en términos de su salario, puesto que al realizarse en el ámbito del hogar le otorgaba un carác ter totalmente subsidiario y/o complementario al trabajo do méstico.
De esa forma los patronos conseguían pagar la fuerza de trabajo por debajo de su valor, además del ahorro que su ponían en instalaciones e incluso de medios de trabajo (mesas, planchas, tijeras, agujas, alfileres, dedales) que eran propiedad de las mujeres trabajadoras.
Siendo así, no es de extrañar que una buena parte de las mujeres ocupadas como costureras lo hayan sido a través de la modalidad de trabajo a domicilio.
No sólo en la fabricación de ropa se utilizaba el trabajo a don1icilio de mujeres, sino también en la elaboración de srnn- Pero la modalidad que más llama la atención dentro del período que nos ocupa se encuentra en la contratación de )as costureras a domicilio por cuenta del Estado.
Aunque es po sible que esta práctica se haya utilizado eventualmente en si tuac�ones anteriores a 1908 rn, lo más seguro es que esta mo dalidad de contratación no fuera regular sino después de crea da la Guardia Republicana, bajo el gobierno de Ramón Cáceres.
En efecto, es a partir de ese año cuando se registran en los libros de Contaduría General de la Secretaría de Estado de 1-Iadenda14 pedidos que irían ampliándose con el tiempo.
Los pedidos consistían, en uniformes y capas, camisas, cuellos, pantalones, fluses, kepis, así como ropa interior para oficiales y soldados del Ejército Nacional, Marina, Guardia Republic1na, Guardacostas, Banda de música, Bomberos, etc.
La repartición de los trabajos de costura se efectuaba en ]ps. almacenes del Estado.
Las costureras eran llamadas o ci tadas por orden alfabético mediante notas de prensa que � e publicaban en los diarios de circulación nacional..
Estas mujeres tban por las telas, llevándoselas para su posterior elaboración en sus respectivos domicilios.
Esta forma de elaboración de la ropa para el ejército, parece haber tenido sus causas en la búsqueda de ahorrar gastos en uniformes militares, que debió tener importancia dentro Je los gastos del ejército, los cuales por lo general consumían una buena parte de los ingresos del fisco.
Pero sobre todo a MARÍA ANGUSTIAS GUERRERO partir de la Convención Dominico-Americana de 1907, era preciso recortar esos gastos.
Los gastos por concepto de vestuario alcanzaban un 3,6% del gasto público y el 18,4% cte los gastos de la Secretaría de Guerra y Marina; los costos por concepto de vestuario se estipulaban de la siguiente manera:
Pero además, la integración de mujeres a este grupo de costureras del Estado parece haber tenido visos de un intento oficial de política social.
Una tarjeta de la Secretaría de Esta do de Hacienda y Comercio, reseña una comunicación de fecha 1 9 de octubre de 1911, dirigida a esa Secretaría por Josefa Vda.
Meriño, quien «pide que en obsequio a su miseria sea anotado (sic) en la lista de costureras del Gobierno».
La so licitud fue contestada positivamente en fecha 31 de octubre del mismo año: «que se ha ordenado anotarla» rn.
Aun en esa forma, la cuestión de las costureras del Estado debió alcanzar alguna relevancia dentro de las opciones que tenía la mujer para incorporarse al trabajo remunerado de las ciudades.
Esto nos los hace pensar el revuelo que causó el <�reparto» de los trabajos entre las costureras en ocasión de d. d d.
11 presentarse un pe 1 o e «urgencia»: "...
Cuando la revolución última, en varias ocasiones, (... ) se me ordenó la confección rápida de fluses para reclutas i como me ura(a dejar complacida la petición df a un familiar mfo cierta cantidad que suman a 20 fluses para su rápida confección, pero ese familiar, deseando cumplir aún mejor, dió de esa cantidad cierto número de piezas a varias personas, i surgió de ahí la especie mal entendida de que yo daba a mis familiares (?) todas las costuras."
Debido a ello, el mismo guarda almacén del Estado, quien ttnfa a su cargo el reparto de costuras, se vio envuelto en una situación donde se puso en duda la equidad con que realizaba su tarea.
Por esa razón recibió un oficio (N.o 1214) del ad ministrador de Hacienda local, fechado el 29 de octubre de 1913, al cual respondió mediante otra comunicación en la que atribuía la conducta del administrador a «circunstancias e5peciales derivadas de las acusaciones o interpretaciones aje nas o a versiones o rumores de la calle (... ).
No me inquietan juicios ajenos, i sí me ocupo de proceder honradamente>>.
El administrador, a su vez, la remitió al contador general de Ha cienda, en su oficio N.o 1233 del 5 de diciembre de ese mismo año.
El guarda almacén decía en esa comunicación:
"Ha sido mi norma en este Almacén hacer el reparto de costuras lo más equitativo entre las personas que cosen i pruebas las tiene Ud. quo por su contabilidad pasan los recibos que se expiden (... )
Bien agradecería que hiciera Ud. el reparto de las costuras, i de no, el digno Contador Gral. de Hacienda, porque creáme que no tengo interés particular en hacerlo yo, i asf descansada de las impertinencias de costureras que están reñidas con la educación i las buenaa formas." i s Así como la demanda de uniformes de la Guardia Re publicana se atendió por medio de la contratación de costu reras a domicilio por parte del Estado, el resto de la demanda que implicaba a un número importante de la población de las ciudades debió ser cubierta por otros medios.
Conjuntamente con estas costureras del Estado apare cen talleres de costura y fábricas de ropa en las distintas ciu dades.
Ya hemos visto cómo una de estas fábricas alcanzaba una producción promedio de seis docenas de camisas por::lía en Santo Domingo; había otros establecimientos en Santiago, La Vega y San Pedro de Macorís.
Los talleres de costura podían dedicarse a la fabricación de piezas de vestir tanto como a la fabricación de bordados.
Hacia la primera década del si glo, aparecen propuestas concretas para fomentar la creación de talleres para la enseñanza de la costura, iniciativa que asu mió el Estado.
En número más reducido que las costureras se hallaban las modistas, el otro subgrupo que hemos mencionado.
Junto � ellas se pueden ubicar las bordadoras, puesto que muchas veces trabajaban para la misma élite social.
También las mo distas tenían algunas aprendices, como los tenían los sastres.
Puede decirse, al hablar de establecimientos de modistas, que se trataba de pequeños talleres artesanales, donde la modista tenía el lugar de maestra de oficio.
De esa suerte aparece en el «directorio comercial>> de Deschamps, la categoría de Modista.
No sabemos con exactitud el tamaño de esos talleres, pero puede considerarse que, en general, debieron tener por lo me nos tres o cuatro costureras ayudantes que hacían los traba jos manuales de menor envergadura.
La lista, incompleta, co mo advierte el propio autor, se presenta en el cuadro que cierra este artículo.
En conjunto, para el año 1907 Deschamps ha conside rado 76 establecimientos de modistas y tres camiserías, entre fas cuales una se encontraba en Azua y dos en San Pedro de 1�acorís, sin mencionar las existentes en Santo Domingo.
De lo anterior resulta que la importancia de la actividad de la costura ya a principios de siglo era insoslayable.
En general el punto crítico de las trabajadoras de la cos tura fue la situación salarial.
La mujer había itrumpido en el mundo del trabajo en poco tiempo para adaptarse a las nuevas formas de vida que la ciudad capitalista demandaba.
Las con secuencias de su incorporación al mundo del trabajo fueron similares a las padecidas por los picadores de caña en los in genios.
Se frustraban las esperanzas de las trabajadoras de al canzar mejores formas de vida para ellas y sus hijos.
La jor nada prolongada e intensiva, las condiciones precarias de es pacio en los talleres y las viviendas, las características del sa lario a destajo, todas ellas se resumían en una inferior calidad de vida.
Situación miserable que no pocas veces estuvo asocia da a la mortandad por enfermedades laborales (la tuberculosis fue un caso frecuente).
Tanta magnitud alcanzó esta situa ción que el propio presidente• de la República, Ramón Cáce res, la denunció con patetismo ante el Congreso Nacional en un discurso del año 191 O:
Pese a este temprano pronunciamiento acerca de la pro tección del salario de las mujeres, y en general de los trabaja dores, la situación permaneció sin cambios favorables a las costureras.
En 1925, Walter St. Elmo, al elogiar el trabajo de las mujeres dominicanas en el arte de la aguja ) expresaba que «su destreza es inigualable», que fabricaban «los artículos más exquisitos de vestir», quedando sin poder elegir entre tantos y tan hermosos trabajos.
Y acotaba que estas maravillas �e vendían <<con los precios más ridículos» �.
Si estos trabajos �e pagaban a esos precios, el salario de las mujeres costureras no debió ser menos insignificante.
En efecto, ser costurera sin más fue un sinónimo de indigencia en no pocos casos.
Aún hoy algunas costureras de esa época así lo recuerdan.
Por esta misma razón debe sospecharse de algún grado de demagogia en las afirmaciones que hace el licenciado Fran cisco J. Peynado en su conocido Informe sobre el arancel de 1919.
Tiene razón en el carácter desprotectivo del nuevo aran cel, puesto que al reducir los impuestos a los productos fina les, se reducía también la protección a la producción local de ropa, desapareciendo los márgenes de beneficios esperados por los dueños de talleres.
Después de enumerar las fábricas existentes en el país al momento de aplicarse el Arancel de 1919, añade: «... y casi en todo hogar dominicano, una fábrica de ropa interior para hombres y mujeres y una fábrica de trajes para señoras, por que el de la costura es el oficio a que, casi exclusivamente, se dedica nuestra poblaci6n femenina» 21• "Un examen de nuestra actual tarifa de aranceles demostraría: (... )
Que en las camisas de fabricación extranjera han merecido una reducc;6n que varía desde el 40 hasta el 75%, segón las clases.(... )
De la con f ecci6n de trajes interiores y exteriores, para mujeres y niños viven aquí millares de mujeres, y de la de hombres, infinidad de sastres: todos languidecen por causas de que la reducción de derechos con que la nueva tarifa arancelaria favorece las prendas de vestir extranjeras los va reduciendo a la impotencia para la lucha " 22 En realidad esta medida debió afectar ambas actividades en el sentido que anota Peynado, pero no es cierto que la si tuación previa tuviera las características que le atribuye.
Al contrario, la situación de las trabajadoras de la costura ya de jaba mucho que desear desde antes de la entrada en vigor del Arancel, como vimos a lo largo de este artículo.
Más aún: su entrada al mercado de trabajo de la ciudad se dio en: on dición de fuerza de trabajo desvalorizada en todos los luga res donde se ocupaba, hasta el punto que José R. López ex pt esaba en 1919 que el salario pagado a una mujer obrera «no era para vivir, sino para morir lentamente» 23 |
Análisis del papel que la élite colonial desempeñó en la Orden de la Mer ced a través de los capítulos provinciales -donde se realizaba la elección del pro vincial y de las autoridades de las provincias-y el trasfondo socio-político que ello implicaba, pues los intereses de los clanes familiares constituyen uno de los pilares de la inserción del clero regular en el sistema social colonial, a través de una tupida red de intereses económicos.
Las fuentes utilizadas son muy diversas, pero el núcleo lo constituyen una serie de informaciones de autoridades españo las y americanas, civiles y eclesiásticas, en respuesta a una pregunta de Carlos 111 acerca de si debían suprimirse los capítulos provinciales de la Orden de la Merced, ante una serie de disturbios ocurridos.
A partir de esas respuestas se ha construido una "ficha técnica", presentada en varios cuadros, que permite anali zar el discurso socio-político de las autoridades coloniales.
Introducción: La construcción del objeto; ubicuidad y fertilidad teórica
Como es bien sabido, unas veces es la fuente la que convoca al historiador, sugiriendo el tema, o un enfoque determinado; otras veces es el historiador quien debe buscar los testimonios que le per mitan recrear un determinado tema, originándose así una pesquisa previamente orientada por una dirección de encuesta.
Entablar una polémica sobre cuál de los dos temas es más vá lido, sobre todo si el que reflexiona sobre uno determinado lleva un tiempo razonable haciéndolo, parecería equivalente a interrogarse acerca de la primacía entre el huevo o la gallina.
Agradezco a Carlos Mayo, Carmen Sesto, Zacarías Moutokias, Eduardo Saguier, Jor ge Gelman y Juan Carlos Garavaglia todas sus sugerencias, que me fueron de mucha utili dad para el presente artículo.
En el presente trabajo, ambos aspectos han contribuido tanto en lo que hace al tema elegido, originalmente los capítulos provin ciales, como en el manejo de las fuentes; ambas facetas respalda das por una larga investigación, más amplia, sobre la inserción del clero regular en la sociedad civil.
1 Es claro que no puede obtenerse un conocimiento sólido sobre esta inserc�ón, sin comprender mínimamente los capítulos provincia les, donde las órdenes religiosas elegían sus autoridades, a veces pa cíficamente, muchas veces conflictivamente.
Y es precisamente esta armonía o esta conflictividad, y sus ac tores, lo que nos pone en la pista de dos temas íntimamente rela cionados con los capítulos provinciales: la participación de las élites en ellos, y el imaginario socio-político colonial que queda plasma do como trasfondo de los acontecimientos.
Para tratar este conjunto de temas nos hemos valido de fuen tes muy diversas, extraídas del Archivo General de Indias, la Bi blioteca Nacional de Madrid, el Archivo General de la Nación de Buenos Aires, y otros repositorios documentales: juicios contencio sos, memoriales, alegatos, reales cédulas, declaraciones y papeles di versos, civiles y eclesiásticos.
Sin embargo, debo destacar que el tronco central de la docu mentación lo ha constituido un legajo del Archivo General de In dias, donde figuran las respuestas que las principales autoridades de España y América dan a la pregunta del Monarca, acerca de si de ben suprimirse los capítulos provinciales en la orden de la Merced.
Lógicamente esto conlleva ciertas limitaciones: Ceñirse a la orden de la Merced, la primera, y focalizar la atención en estas autorida-LA MANIPULACIÓN DE LOS CAPÍTULOS PROVINCIALES 3 des que responden a la encuesta, descuidando quizás otras opinio nes también válidas.
Por tanto, es evidente que las conclusiones a que nos lleve nuestra investigación, deberán constreñirse al discurso que invoca mos: básicamente, una serie de personas, casi siempre autoridades, que responden a una pregunta de Carlos 111, y otro grupo de perso nas cuyo parecer hemos podido reunir, que opinan acerca del tema de los capítulos provinciales, y de la actuación de las élites en ellos; lo mismo deberá decirse del trasfondo que se atisba a través de este discurso, el "imaginario socio-político", trasfondo que sólo puede ser válido en esta construcción algo deliberada y algo espontánea, que hemos llevado a cabo: el "imaginario" socio-político invocado, resultará así plenamente válido dentro de este discurso, mezcla de arbitrario y natural.
Pero, por otra parte, debemos decir también que la orden de la Merced es especialmente importante a la hora de estudiar la inser ción del clero en la sociedad colonial, ya que siendo su finalidad, recaudar fondos para la redención de los cautivos, realizaba esta fi nalidad encargando a ciertas personas esa recaudación en las ciuda des más importantes (además de recaudar fondos a través de sus miembros) a cambio de un adelanto, frecuentemente en metálico, por parte de los beneficiarios de este encargo.
Esto conectaba do blemente a la Merced con la sociedad: por una parte la relacionaba con personas de relevancia en el espacio de cada una de sus pro vincias, que reunían el dinero que habían adelantado, reproducien do de este modo el sistema de recolección fiscal civil, y mostrándonos al mismo tiempo el acomodamiento y la asimilación a que esta orden había llegado en el sistema social colonial.
Por otra parte, al contar con el dinero de los cautivos, era una orden que re vestía especial jnterés para quien buscara crédito.
2 4 JAIME PEIRE ¿Es legítimo acudir a las autoridades para averiguar qué su cedía en los capítulos provinciales?
Creemos que sí, siempre y cuando se tenga en cuenta que la imagen que se nos presenta no es necesariamente la única legítima.
Pero por encima de sus de fectos, yo destacaría sus virtudes: en primer lugar, las respuestas a la pregunta del rey acerca de si conviene o no suprimir los ca pítulos mercedarios y en caso de suprimirse, cómo debería reali zarse la • elección, provienen de actores sociales, políticos y religiosos muy variados: arzobispos, obispos, comisarios generales, generales de órdenes y autoridades eclesiásticas en general.
Y tam bién fiscales del Consejo de Indias, Audiencias, el mismo rey; vi rreyes, visitadores generales, entre las autoridades civiles que responden.
En segundo lugar, estas autoridades no sólo provienen de lu gares muy distantes entre sí, sino que la opinión de autoridades cuya esfera de poder es muy distinta (por ejemplo el rey = el impe rio, un general = toda la orden; un provincial = su provincia; una Au diencia= sus límites) y espacialmente diversa, por otra parte: Roma, Madrid, América, obtenemos una representación de respuestas que parece garantizar cierto pluralismo en las opiniones.
Completando estas fuentes, traeré también a colación algunos casos de capítulos provinciales conflictivos, que contribuirán a vi sualizar qué sucedía en estas elecciones.
El tema de los capítulos, nos lleva directamente a detener la mirada en las élites que sin duda actuaban en ellos, como se verá.
¿Qué actitud tomaban con respecto a ellos?
¿Actuaban haciendo va ler su peso específico, o por el contrario dejaban que los cargos je rárquicos pudieran caer en manos de quien pretendiera un ascenso sin su anuencia?
Por otra parte, ¿cómo se comportaba la élite buro crática ante estas elecciones?
¿Su actitud era prescindente o inter venía en estos acontecimientos tan importantes para las ciudades donde los burócratas tenían su nicho?
Era en el ámbito urbano, donde los capítulos tenían lugar, pues allí se reunían los vocales y entraban en juego las élites, y por ello -como se verá-este tema está íntimamente ligado al de los ca- Una vez ubicados dentro del tema de los capítulos y las élites, atisbamos también el imaginario en este discurso: la imagen que ciertos sectores tenían de cómo debería ser una sociedad, y sobre todo de cómo debería comportarse ante determinadas circunstancias, cuyas características ponían en tela de juicio esa imagen.
Hemos tomado la palabra imaginario, tratando de definirla eti mológicamente, es decir como imagen que, aunque quizás incons ciente, poseía cierta estructuración.
El tema de la imagen, confluye con otro que concierne a los historiadores, en cuanto forma parte de su estatuto epistemológico, que las fuentes nos permiten apenas incoar: ¿hasta qué punto podemos percibir la realidad histórica, de nuestra percepción de esta realidad, o de la percepción de los acto res mismos?
Y cuando se trabaja con temas específicamente cultu rales, cuya importancia se torna creciente, esto se hace más problemático aún.
Los límites entre lo real y las percepciones de ello se toman más difusos.
4 3 Socolow, Susan, y Hobennan, Louisa (eds.): Cities and Society in Colonial Latín America, Albuquerque, Nuevo México, 1986, especialmente los capítulos..
Para ver la perspectiva de un contemporáneo no perteneciente a la sociedad colonial, viajero en México, Gemelli Careri, Giovanni Fran cesco: Viaje a la Nueva España, México 1976, donde se percibe con nitidez la importancia estratégica de las iglesias y de los símbolos religiosos en la ciudad, y su proyección en la sociedad.
Véase, para tomar dos casos paradigmáticos, la descripción de la ciudad de Méxi co (págs. 19 y ss.) y Puebla (págs. 145 y ss.).
4 Fran�ois Guerra se refiere a la importancia de estos temas, afirmando que "hay que reconstruir los universos mentales de los diferentes actores sociales, tanto en lo que tie nen de específico y singular, como en lo que tienen de singular y compartido por todos.
Ana lizar las ideas e imágenes sobre lo que es el hombre, la familia, la sociedad, el gobierno..., sobre lo que es el bien y el mal, lo lícito o lo que no lo es, es decir los valores; sobre la propiedad, el trabajo, la riqueza, la pobreza...; sobre los modelos sobre los que estas concep ciones se apoyan -religiosos, históricos, míticos...,-sobre los mitos y las utopías", etc. Guerra, Xa\rier: El olvidado Siglo XIX, • París, 1988 Por fin, debo advertir que la presente investigación me ha obli gado a poner el acento en el Río de la Plata, de donde he tomado un ejemplo patente, que dio origen, además, a las respuestas que menciono: el capítulo provincial mercedario de 1766.
Los capítulos provinciales: el campo de batalla
Cada• cuatro años se reunían todos los religiosos llamados �'vo cales", para elegir el nuevo provincial y las autoridades de la pro vincia.
Normalmente los vocales eran los "comendadores" (priores o guardianes en otras órdenes) los ex-provinciales, el definitorio de la provincia (una especie de consejo de provincia) y algunos otros frailes prominentes con que la provincia contaba.
En realidad, los vocales eran convocados por el provincial, lo que ya de hecho constituía un problema, puesto que era éste quien decidía quién podía votar -y ser votado-en el capítulo y quién no. Además, el vicario general, autoridad para todo el virreinato del Perú o de México, nombraba un presidente de capítulo, que era el indicado para iniciar el acto, calificar si los vocales presentes po dían votar válidamente, presidir la elección, verificar que los sufra gios se emitieran sin irregularidades, y clausurar el capítulo, terminado el cual se nombraba un nuevo provincial.
Pero como es lógico, este mecanismo no garantizaba, ni mu cho menos, la inexistencia de conflictos: el obispo de Puebla men ciona los capítulos de 1764 y 1770 como especialmente conflictivos, todavía dos décadas después.
El general de la orden, menciona en 1772 que recientemente ha debido anular tres capítulos por graves irregularidades, en México, Chile y Tucumán.
El obispo de Hua manga se queja de que en 1783 se produjo en esta ciudad un capí-Daniel, y Saint Geours, lves: Jerusalem et Babilone.
Lefort, Claude: Las formas de la his toria, ensayos de antropología política.
En cualquier caso, la definición de imaginario que usamos, la "imagen", no es sólo el reflejarse una realidad social o política en la "retina" del intelecto; es por el contrario, algo que contiene ya cierta elaboración: es un conjunto de En la provincia de Quito y Santa Fe, el obispo de Quito menciona un capítulo mercedario donde se organizó un tumulto.
En HCaracas e Islas" los capítulos mercedarios también turbaban la paz pública.5 En el Río de la Plata las elecciones tampoco resultaron fáciles: prác ticamente no hubo capítulo hasta 1819 que no fuera conflictivo en mayor o menor medida, con enfrentamientos, peticiones de auxilio al virrey, e incluso un capítulo anulado en 1792 en la provincia de Tucumán.
Santa Fe y Buenos Aires se disputaron el privilegio de ser sede del capítulo en casi todas las ocasiones, enviando memo riales al gobernador -o en su caso al virrey-para que el capítu lo se hiciera en la ciudad que ellos defendían.
El virrey, por su parte, siempre se mantenía atento a los posibles disturbios, o bien auxi liando a unos u otros, o bien enviando oidores de la Audiencia que asistieran a los capítulos.
6 Los problemas en las.elecciones provinciales en los cuerpos re ligiosos no eran nuevos; un capítulo era un acontecimiento en toda la ciudad, y era costumbre que el nuevo provincial fuera aclamado por el pueblo, y a veces hasta paseado por él, mientras la facción derrotada permanecía en un significativo silencio.
Pero el capítulo mercedario llevado a cabo en Córdoba en 1766, desbordó la capacidad de la sociedad y de las autoridades para di gerir sus propias contradicciones: el provincial saliente sufrió un in tento de envenenamiento.
El presidente de capítulo, apoyado por el vicario g�neral del Perú, se negó a iniciar el capítulo, sabiendo que la mayoría de los vocales estaban en contra de su candidato.
Salie ron a relucir las armas, el Ayuntamiento de Córdoba envió ayuda al presidente del capítulo, no obstante lo cual resultó elegido un re ligioso del partido opuesto al vicario general y al presidente del ca pítulo, perteneciente al partido del provincial saliente.
El resultado de estas controversias, fue que el presidente del capítulo reunió a sus partidarios y eligió a "su'' provincial.
El asunto llegó al general de la orden, quien anuló el capítu lo, y proclamó provincial a un tercero.
A la vez, el general pidió al rey que se extinguiesen los capítulos provinciales en América, a cau sa de los conflictos que generaban, y no sólo los de la Merced, sino los de todas las órdenes.
Las élites: la emergencia de los conflictos ¿Por qué tantos conflictos en una sociedad que a veces se su pone exageradamente jerárquica e inmóvil; y por qué justamente en cuerpos donde se esperaba que el orden debía primar, y dotar de estaríamos asistiendo a una fase constitutiva del poder de estos clanes, que todavía no ha bían podido asignar miembros de inferior jerarquía por su ro) o por su edad a ciudades de menor importancia, como modo de asegurarse cierta hegemonía en el ámbito regional.
No era así en otras provincias de la misma orden.
Esto mismo sugieren Diana Balmori y R. Op penheimer cuando muestran la importancia de la familia en la historia urbana: HEra a través de la familia que tenía lugar la creación de un núcleo y una ciudad capital, en el sentido so cial y económico de una ciudad dominante firmemente integrada con su hinterland'.
En http://estudiosamericanos.revistas.csic.es sentido a los mecanismos previstos para que las elecciones fueran llevadas a cabo sin desgastes que afectaran la tan ansiada unidad?
Muchos de los que respondieron a la pregunta del rey acerca de la supresión de los capítulos provinciales (ver Cuadro 1) hablan expresamente de las conexiones que los religiosos tenían con los se glares de fuera, y de las influencias de estas conexiones en los pro blemas capitulares.
Los intereses de los clanes familiares en influir los capítulos provinciales eran conocidos; las familias de "patricios", como dice el arzobispo-virrey de Santa Fe,8 intervenían en la puja por los car gos: "se sabe vulgarmente la parte que toman los seculares en las ciudades donde hay capítulos, interesándose las familias enteras por la inclinación a los sujetos, por el parentesco y otras relaciones que siempre traen malas resultas".
Tenemos aquí un primer elemento -las lealtades ciánicas que constituye uno de los pilares fundamentales de la inserción del clero regular en el sist�ma social colonial y al que hay que estar muy atento a la hora de definir los actores sociales en la competen cia por el poder en las corporaciones coloniales, como lo demostra ra Brading.
10 Pero la intervención de las familias y sus estrategias para ase gurarse un lugar de privilegio en la sociedad, no agotan -ni mu cho menos-la problemática de los capítulos; es evidente que -dada la atención, casi siempre la intervención de las autoridades, como en los demás cuerpos que los Barbones trataron de controlar para sus propios fines-cada capítulo constituía por peso propio un acontecimiento político.
De las respuestas al rey, el general de los agustinos lo dice con claridad: "El mal de estos [capítulos] no con siste en el método canónico de las elecciones, sino en las causas extrínsecas que concurren en la América y no en Europa.
(... )Los desórdenes y disturbios escandalosos, que se experi mentan en las elecciones capitulares en América, nacen principal mente de que los señores virreyes, gobernadores y oidores tienen parte en todos los capítulos patrocinando a alguno o algunos de los religiosos, que son los que buscan tales patrocinios para obtener lo que no merecen. (... )El protector hace la recomendación con el me jor empeño, el provincial y el presidente entran con temor de no disgustarlo con su negativa; y aunque sean violados los sagrados cá nones, no pueden refrenar al pretendiente por el respeto debido al protector, de quien temen algún mal que pueda perjudicarles.
(... )Se conoce claramente ser la protección externa la causa principal de los ruidos y disturbios que se experimentan en los ca pítulos y que aún cuando se hacen pacíficamente, jamás se hacen sin alborotos populares como si fuese de un concurso de cátedras, pues la protección hace que se alegren del feliz suceso los indivi duos que dentro y fuera del claustro tienen la conexión ".11
Es cierto que las autoridades gubernamentales intervienen mu chas veces en los capítulos americanos, pero esto no era ninguna garantía de imparcialidad, o bien por el interés político que desper taba la elección de uno u otro candidato (con el resto de las auto ridades provinciales) o bien por las relaciones de parentesco o amistad entre los candidatos y las autoridades locales.
Por eso, las más de las veces, las autoridades quedaban -como dice Hober man-enredadas en las disputas de las corporaciones y reducidas a una vaga función de supervisión, intentando resolver sus disputas, en un esfuerzo por no perder el control de lo que ocurría.
12 Eso fue lo que sucedió -por ejemplo-en el enfrentamiento de 1766: las autoridades cordobesas auxiliaron a los religiosos de la facción cordobesa.. que contaba con el apoyo del vicario general del Perú; pero el virrey dio su apoyo a la facción de frailes bonaeren ses., cuyo candidato fue considerado el vencedor finalmente; los miembros del Cabildo cordobés que habían ayudado a la facción cordobesa fueron encarcelados y luego desterrados.
13 Pero la función de supervisión de la burocracia colonial rara mente resultaba imparcial, como queda dicho por el general de los agustinos, y como de hecho sucedió en el capítulo cordobés (y en muchos otros), dado el grado de integración de las élites locales con las autoridades gubernamentales, a través de los mecanismos de cooptación o alianzas.
Muchas veces resulta arbitrario distinguir en tre burocracia y élite, si se atiende a las conexiones que las unían.
Lo que sí parece más claro, son los conflictos entre diferentes gru pos de la élite (o élites), en los que quedaban sumergidos los fun cionarios.
Este fluido intercambio entre la burocracia y las élites conver tía al virrey, y en última instancia al rey, en árbitro de estos con flictos en el que frecuentemente el bando derrotado buscaba el apoyo, y el bando victorioso la confirmación de su victoria.
14 Pero las respuestas de las autoridades a la encuesta real, dan pie para pensar que -además de los intereses políticos y familia res-un tercer factor se sumaba imbricándose con los anteriores, haciendo a veces de los capítulos enconados enfrentamientos: las elecciones involucraban una interesante red de intereses económicos a los que no les resultaba indiferente que ganara uno u otro parti do, como afirmaba el provincial de Quito al decir que los intereses de los seglares no sólo se dirigen a la elección de provincial sino que se 4'encuentran del mismo modo en las encomiendas, y aun con superioridad de razón, porque los seculares se rosan más con los comendadores, y tienen mayor necesidad de éstos, que de los pro vinciales; ya por el manejo de temporalidades; ya porque parte de éstas, se reduce a los réditos de los sensos, que pagan los propios seculares, a los comendadores".
15 El parentesco, la amistad o el compadrazgo con los miembros de las comunidades religiosas, representaba una importante conexión que implícaba también el acceso al crédito, y que en las órdenes re ligiosas no siempre se manejaba con criterio estrictamente económi co; me refiero a que muchas veces, los criterios sociales primaban sobre el interés comercial; o bien que no es el interés comercial de la orden muchas veces, lo que fundamentaba la entrega de un cré dito y el cuidado del principal.
Esto es lo que sugiere, al observar las cuentas detalladas de los conventos, la diferencia de porcentaje sobre el principal que los destinatarios de los censos pagaban.
Tam bién las abultadas cifras que los religiosos perdían al descuidarse los principales, anotándolos pasivamente como censos incobrables.
Las órdenes religiosas carecían del moderno "agente de créditos", y este hecho, unido a la fuerte influencia del parentesco y la familia, nos induce a pensar que el "descuido" -que en la Reforma Gene ral del clero regular casi todos los visitadores mencionan-era más bien aparente.
De modo que el resultado del capítulo provincial implicaba también la posibilidad de acceder al crédito, o quizás un trato más benigno con el deudor, o por el contrario, la frustración de este ac ceso, o quizás una mayor exigencia en el pago de los réditos, o una vigilancia más estricta del capital principal.
16 A la vez, estos intereses económicos habían penetrado profun damente en la estructura clerical internándose en los claustros, por medio del parentesco, la amistad, el compadrazgo o la clientela, in tegrando el sistema político de las órdenes religiosas en el circuito comercial colonial: "los religiosos para conseguir los empleos se va len en estos reinos de los seglares, éstos no omiten diligencias ni gastos por crecidos que sean para ganar los vocales para sacar pro vincial proporcionado a sus ideas; conseguido el capítulo los segla res son los que venden los empleos: para satisfacer los religiosos estas sumas consumen los caudales de los conventos".
Si bien no tengo testimonios de que en todos los sitios fue ran los seglares los que vendían los cargos, sí es posible demos trar que a lo largo y a lo ancho de toda Hispanoamérica "el soborno de los vocales", como dice la Audiencia de la Plata, era algo muy frecuente y constituía otro de los acomodamientos de la sociedad clerical en la sociedad civil, lo que no debería asombrarnos, dada la existencia de esta c�mpra en el ámbito civil y administrativo y, análogamente con lo que sucedía en esta esfera, la compraventa de cargos dentro de las órdenes religiosas puede ser considerada co mo una inversión.
En este sentido, el obispo de la Paz nos orien ta crudamente sobre la generalización de estas prácticas, cuando explicaba al rey: "Cansado estoy de oír, desde que estoy en este reino, las muchas cosas irregulares y extrañas, que se praqctican en los capítulos provinciales; siendo lo peor de todo lo que públivento Bethlemítico de México desde enero de 1742 hasta 1776".
El reformador de los do minicos de Quito lo asienta con bastante claridad, cuando trata de cambiar estas prácticas en la provincia: "Constándonos que muchos censos se han perdido en todo por haberse deterio rado o perecido las hipotecas, encargamos y mandamos que en adelante se ponga el más di ligente desvelo, en no dar capital alguno a censo sin que preceda información rigurosa de la calidad de las fincas e hipotecas y conste ser libres y de valor duplicado, a lo menos a la cantidad del principal que se entregue, dando, además de esto el censualista fiadores abona dos, obligándose éstos con sus bienes a réditos y principal en el caso de que aquel quiebre.
La información se hará por escrito valiéndose de sujetos imparciales, que depongan con li sura y con verdad, y hecha en esta forma se entregará a los padres de consulta, para que cada uno lo lea y reflexione.
El visitador de Chile y Perú al rey, Lima, 2 de febrero de 1775. camente se vocea, y es, que por provinciales se eligen, los que más miles de pesos aprontan; y por prelados locales, los que con tribuyen con mayores cantidades; resultando de esto (... ) el gra vissimo inconveniente de que los prelados menores, por ahorrar las rentas de los conventos el dinero necesario para satisfacer el empeño, que contrageron para entrar a las prelacías; y si las ren tas son al�o pingues, para hacer bolsillo con que asegurar otras en los capítulos futuros".
Era tanta la avidez de dinero, que los reli giosos debían salir fuera del convento, y a los prelados no les im portaba, al contrario, les convenía: "por tener esa boca menos que mantener''.
18 Este párrafo, además de afirmar que la riqueza en las órdenes tenía nombre y apellido, más que ser algo institucional e inmóvil, nos pone en la pista de que, aunque de modo informal, todo ese di nero entraba a formar parte del circuito monetario colonial, o a ve ces quedaba en manos de un religioso que vivía en medio del lujo, desplazándose en calesas, comiendo en vajilla de plata, etc.; es de destacar aquí, cómo la estructura económica interna de esta orden -aunque el obispo se refiere a todas-reproduce los mecanismos de circulación y/o acumulación de la sociedad civil.
De hecho las palabras con que el obispo define las compras de los cargos, sugie ren fuertes similitudes con las compras de los cargos en los pues tos burocráticos, por entonces teóricamente inexistentes.
Estos sobornos -públicamente detestados pero muy frecuen temente practicados-funcionaban no a pesar, sino gracias a la es tructura jerárquica de las órdenes, ahora utilizada como palanca para estrategias familiares, ya que las rentas, en muchas de las provin cias mercedarias americanas -y de otras órdenes también-eran manejadas a discreción, por prelados-caciques que desde el provin cialato o el priorato, repartían bienes, créditos, haciendas, arreglán doselas para eludir los posibles obstáculos que los necesarios libros de contabilidad deberían haber constituido para estas prácticas comerciales.
No resultan del todo incomprensibles estos partidos y enfren tamientos en los capítulos, porque, como hemos visto, no se trata ba sólo de elegir determinados cargos, sino que además, estas elecciones estaban grávidas de otros intereses que hacían a la inser ción del clero regular en la sociedad profana, revelando un intenso intercambio entre ellas que cargaba las elecciones de significados e intenciones engarzadas unas en otros, y alineaban bandos opuestos.
El imaginario socio-político: la legitimación del gobierno colonial
A partir de las respuestas de las autoridades a los requerimien tos del monarca, hemos construido una "ficha técnica", presentada en el cuadro 1.
Esta ficha nos permitirá profundizar un poco más en el análisis del discurso de las autoridades que respondieron.
Las variables que he seleccionado, son las que resultaban más interesan tes -y las que más veces se repetían-permitiendo cierta cuanti ficación para recrear la imagen que la sociedad colonial tardía tenía de sí misma, a partir de su reflejo en una institución frente a la cual "'supuesto el conflicto y la intervención real" no tenía más remedio que proyectarse.
Los párrafos que siguen, tienen como finalidad brindar un con texto interpretativo del cuadro 1, tal como lo entendemos nosotros.
Trataré, en la medida de lo posible, de usar los mismos términos que encontré en las fuentes, procurando no salir de las formaciones discursivas que la consulta de los testimonios me iban marcando, intentando que la articulación de estas formaciones discursivas re sulte lo menos arbitraria posible.
Hay una díada conceptual que aparece en un porcentaje impor tante de los encuestados; son los conceptos/valores ARMONIA CONCORDIA, y lo que tanto autoridades_civiles como eclesiásticas, consideran como su concepto/disvalor opuesto: PARTIDOS, BAN DOS, DIVISIONES, PARCIALIDADES.
Los conceptos de armonía http://estudiosamericanos.revistas.csic.es y concordia conducen al "bien común", ya que están guiados por la "serenidad'' y "tranquilidad" que da el obedecer las reglas constitui das.
Por el contrario, los partidos, los bandos y las di visiones, si es tán llenos de "pasión", de "ambiciones" o incluso de "venganza" conducen a los "desórdenes", a los "disturbios" y a los "alborotos populares".
Estas ambiciones no conducen al bien común, sino a su disvalor opuesto: el bien de unos pocos.
En un marco armónico, no hay "competencia" por los cargos: cada uno tiene su lugar, y se confía que la elección marque ese lugar según la razón; la competencia es considerada perjudicial, pues -se arguye-detrás de ella está la "ambición" y el "enconamiento" que hace que a los competido res no les importen los medios para conseguir el puesto que desean, aun en detrimento del "honor" de la orden a la que pertenecen, en este caso los mercedarios.
Pues bien; ¿cómo se proyecta este imaginario en el caso de los problemáticos capítulos provinciales?
De los conceptos que muestra el cuadro dos resultan claros acerca de los márgenes conceptuales en que se mueve el discurso: por un lado el principal valor a de fender es la armonía y la paz pública, como contracara de los te midos "partidos" y parcialidades.
Para concluir de raíz con estos problemas, muchos de los en cuestados proponen la extirpación de los capítulos provinciales y las elección de las autoridades, o bien por algunos notables de la pro vincia, o bien --disyuntiva más propuesta-posibilitando que los prelados fueran elegidos directamente por el general de la orden.
En el extremo opuesto están los que ven en esta proposición, que es la del general de los mercedarios pero que no resulta agra dable -en general-a las autoridades locales, un inevitable "des potismo" de los prelados o "tiranía", como existía -dice uno de los encuestados-entre los frailes jesuitas.
Se percibe con nitidez el equilibrio buscado en este imagina rio, en donde por un lado, los partidos son considerados perjudi ciales, pero, la disyuntiva a este problema tampoco es atrayente por razones de participación legítima en el gobierno de una pro vincia que a todos concierne; la posibilidad del despotismo parece evocar la idea de más conflictos y tumultos de los que ocurren 28 Anuario de estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es con el método del sufragio.
De modo que habría que proceder "de tal manera que tantos votos, si por su copia disintiesen, suenen al exterior (nótese la expresión. sonar al exterior, porque la sociedad es la caja de resonancia de las disensiones) como uno sólo.
Este que es el laudable espíritu de la uniformidad en los espíritus, aun cuando las opiniones sean adversas, debe esperarse de toda convención".
19 El pináculo de este, equilibrio ---tan sutil-es la armonía, que es el valor/fin del imaginario.
Armonía a la que debe llegarse no sólo dentro de determinado cuerpo, sino de todos los cuerpos entre sí; armonía que -a la vez-es la única garantía de una jerarquía viable: "Entre todos los objetos del mando superior de estas provin cias que he recibido del Rey, ninguno me merece mayor atención ni procuro con más empeño --dice el virrey Loreto hablando de las elecciones de provincial-que el mantener y promover en todos los cuerpos e individuos de ellos aquella armonía, paz y tranquilidad que hace suave y feliz la dominación, y sin la cual todo es corrup ción y desorden.
20 Pero, ¿cómo sería esto posible justamente dentro de un méto do de elecciones?
En verdad era difícil, pero no obstante no dema siado utópico, ya que el virrey lo procura con tanto empeño; se confiaba en que cada persona podía encontrar "su'' lugar --cada uno en su esfera, como decía un religioso-articulándose con los de más individuos y cuerpos, sin estorbar a nadie, lo que evitaría la competencia que, por naturaleza, desestabilizaría el sistema.
En la sociedad colonial, cada uno tenía su ubicación, que cuidaba celosa mente; por eso se le daba tanta importancia a los sitiales de honor -y sus grados de jerarquía-a la hora de cualquier ceremonia o procesión.
Todo esto tenía un hondo significado que hoy puede es capársenos, acostumbrados a medir la sociedad según una escala es trictamente vertical.
No es que en la sociedad colonial tardía no hubiera superiores e inferiores; nada más lejano al ideal colonial: pero la garantía de la felicidad en esa escala resultaba precisamen te de la pervivencia de cada uno o de cada grupo en ese lugar asig nado.
Así por ejemplo, cuando la comunidad franciscana de Buenos Aires pide una ayuda económica al rey, sutilmente lo hace 41, no en calidad de nobles esclavos a su señor, como dice Eliano que son los vasallos, puesto que esto sería pedir con desconfianza: ocurren si, a un ViceDios en lo temporal, a un Padre de familias, caveza de sus vasallos, almma de la monarquía, y el corazón de los corpóreo de ella, que todo lo es V. M. cuia real protección de alla descien de, es padre, cabeza, alma y corazón de sus vasallos en los dilata dos dominios de su vasta monarquía".
21 En este párrafo se ve plasmado el imaginario orgánico/corpo rativo con mucha nitidez; pero hay un detalle que no debe escapár senos, que hace a la esencia de aquel imaginario: la base de la aguda argumentación -dentro de esa mezcla de seducción y agudeza es que el rey DEBE prestar la ayuda pedida, ya que ellos piden como lo que son: no esclavos, sino vasallos que esperan del rey un trato adecuado -justo, debido-a semejante categoría.
Y el rey de be hacerlo puesto que cumple una función vicaria: es un ViceDios.
Por lo que si miramos el discurso como lo que es -un hilo argu mental, una argumentación-, prácticamente el rey estaba obligado a conceder la ayuda pedida.
En síntesis, el análisis discursivo del imaginario colonial tar dío, a partir de las fuentes que hemos reunido para ello, revela has ta qué punto el deseo y el ideal de armonía en el ámbito socio-político, imponía una uniformidad donde las facciones, los par tidos, carecían de sentido, porque conducirían a la división, o para decirlo más radicalmente, al caos, el cual, en palabras del virrey, destruiría el sentido de la dominación, y su significado: el yugo co lonial tenía sentido dentro de cierto orden; desde el momento en que el gobierno perdía la capacidad articuladora de las jerarquías, podría generarse una situación que lo comprometería políticamente.
Los "partidos", que introducían la competencia, dividían la unidad de las corporaciones, y entorpecían la función articuladora del go bierno en tanto y en cuanto la "pasión" que había detrás de las "par cialidades" (palabra por lo demás sugestiva), empobrecían los vínculos comunitarios resquebrajándolos, enervando el sistema so cial, e incrementando peligrosamente la entropía social de un siste ma político que privilegiaba la paz por encima de todo, porque la consideraba un pilar de su legitimidad.
Para el virrey era vital que la dominación fuera suave y feliz.
Estas dos palabras, merecerían un capítulo aparte, que excede nues tro propósito; pero para decirlo sintéticamente, y en términos más modernos, desde el punto de vista socio-político, era esencial que la dominación fuera percibida como lógica, algo natural.
Simmel ha señalado que una de las causas de la declinación del grupo domi nante, es la pérdida de su legitimidad frente a los súbditos, dis parando una espiral de violencia o de protesta social; y esto es precisamente lo que Loreto teme.
La armonía entre los cuerpos, era vital también para que el accionar del gobierno tuviera sentido en la percepción de los gobernados.
22 Hoberman lo ha señalado con particular claridad: "El modelo de sociedad que se cree existía en el período colonial es llamado corporativo u orgánico; se contrasta con sociedades que son indivi dualistas, competitivas y conflictivas.
Cada modelo se identifica con un filósofo primariamente: el primero con Santo Tomás de Aquino, el segundo con John Locke.
Para Aquino la sociedad ideal consis tía en grupos complementarios, cada uno de los cuales desarrollaba una función específica para el bien común y se relacionaba con otros en forma jerárquica.
El equilibrio y la estabilidad eran valorados más que la competencia y el cambio.
La paz social tenía prioridad sobre el mejoramiento social. (... )
La armonía, buscada en la socie dad como un todo, debía existir dentro de los subgrupos también.
Se creía que la• gente debía verse a sí misma más como miembro de un grupo que como individuos.
Y por consiguiente debían co operar para beneficiar al grupo.
23 Pero este imaginario ¿era sólo una abstracción?
Cabe pregun tarse aún, hasta qué punto esta percepción de la realidad por parte de las autoridades no era certera, y hasta qué punto el fenómeno in dependentista no fue una respuesta a la amenaza de "disolución" de aquel imaginario cuya pervivencia el gobierno colonial no podía ga rantizar,• pues había perdido su capacidad de articular una sociedad "viable" o es decir "armónica"?
Al reconstruir la independencia, ¿no deberíamos atender un poco más a la percepción del mundo y a su sentido, desde la óptica del período que analizamos antes que aten der a nuestra propia lógica, antes que dotarla de sentido nosotros proyectándolo al pasado?
Aunque es claro que aquí se nos mezcla lo real con la percepción de los hechos, y que volvemos al proble ma del huevo y la gallina, sin embargo, lo que parece cierto es que es válido atender a las palabras del virrey Loreto para observaral menos en este caso-cuál era el concepto que algunos funcio narios del estado tenían de la legitimidad de éste.
24 Desde esta óptica, la dominación colonial debía darse a través de un estado que fuera capaz de articular las diferencias y conflictos de los sectores dominantes entre sí, estructurando un concierto entre los diferentes cuerpos; viéndose la metrópoli en la imposibilidad de realizar esto, su legitimidad quedaba seriamente erosionada, dejando a los secto res dominantes avanzar sobre el espacio de legitimidad que hubie ra quedado vacío.
Todavía una reflexión más al respecto.
Desde esta perspectiva, se visualiza con bastante claridad el ámbito específicamente políti co colonial que hasta hace no mucho tiempo parecía inexistente.
Así, la política aparecía en el escenario americano de la mano de las revoluciones de la independencia.
Sin embargo, la historiografía más reciente, ha tomado conciencia creciente de que los conflictos políticos en América ya existían antes, que responden a una diná-23 Socolow y Hoberman (eds.), Cities and Society..., pág. 322.
24 Con esto no preJendo afirmar la menor o mayor importancia del imaginario en el proceso revolucionario, pero sí asentar que -en mi opinión-es esencial incluir estos te mas en el debate sobre las revoluciones independentistas.
Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es mica propia, y en consecuencia deben ser estudiados no sólo como antecedentes de la independencia, sino también como fenómenos es pecíficos de la dinámica colonial, lo que contribuirá a la vez a en tender con más nitidez la política posterior.
25 El hecho de que los capítulos provinciales, con la consiguien te manipulación de las élites (clanes familiares, burocracia), se ha yan mantenido después de la consulta del rey, más que mostrarnos que el gobierno colonial tuviera una mentalidad de tipo "moderna" -recordemos que los capítulos son una realidad plurisecular dentro de los cuerpos religiosos-nos muestra un antecedente importante en la manipulación de las elecciones en América Latina durante el período posterior por parte de las élites, ya acostumbradas a cierto tipo de participación política, que pisan sobre terreno firme a la ho ra de elegir una autoridad determinada en el ámbito de una "com petencia" limitada; de una participación restringida a ciertos círculos sociales.
Pero si la manipulación de estas'-elecciones" bien puede ser tomada como un antecedente del modelo posterior de participación política restringida, también parece no menos importante una inves tigación sobre la pervivencia de este imaginario socio-político en el período posterior, que, pensamos, puede deparar no pocas sorpresas.
Cuando se detiene la mirada en el significado que tienen los enunciados que conf arman el imaginario, surge la posibilidad de profundizar en sus supuestos antropológicos, y sus proyecciones en el ámbito político.
El hecho de que la existencia de partidos, bandos y parcialida des fuera considerada como disvalores que conducían a la compe tencia y al concurso, opuestamente al desempeño de cada persona en su esfera buscando la armonía, el bien común por encima de los intereses de los particulares, exigía una serie de condiciones que, naturalmente, aparecen insinuadas en los enunciados (captaciones elaboradas en determinados campos enunciativos) que figuran en los cuadros • 1 y 2.
Nos parece adecuado, para finalizar este acápite, esbozar estos supuestos antropológicos, a modo de hipótesis.
Si del plano del disvalor "partido" o "parcialidad" o "facción", disvalores que hacen referencia al funcionamiento de la sociedad, pasamos al plano antropológico, veremos que el supuesto de estos términos es la palabra "pasión" o "ambición", algunas veces "'enco no", incluso alguna vez, "'venganza".
Todos estos términos son enun ciados como el disvalor correspondiente a los sujetos, que sustentan a su correlato en el ámbito social: los "bandos".
Aunque no he encontrado enunciado claramente el valor que se contrapone a estos disvalores, pienso que los términos "venera ción", "obediencia" son los que más relación guardan con los dis valores "pasión", etc. La veneración, ya sea a las autoridades políticas o religiosas, o la obediencia en general a la jerarquía superior, exi gía el freno de las ambiciones personales, de las pasiones, en pro del bien común del grupo.
Es justamente aquí donde -nos parece-un breve análisis an tropológico arroja luz sobre el imaginario, aun cuando sea hipotético.
Para una mentalidad clásica, que abrevaba en las fuentes gre corromanas, y en su posterior adaptación cristiana, el tema del "de seo" era fundamental, y de su planteamiento, dimanaba una imagen teórica de lo que el hombre debía ser, y también el modo de com portamiento que debía observar.
Pues bien, para esta tesis el deseo debía ser regulado; debía ser llevado a su plenitud, por medio de la ética: existía una ética del desear.
Más aún, el hombre llega a su plenitud (con la cual no nace) fundamentalmente por la vía del in telecto, de la razón (logos ), regulando el deseo, ya que "el descon-trol del deseo orgánico incide sobre el intelecto en la forma preci sa de anularlo''.
26 Esta regulación del deseo se daba por medio de la virtud de la templanza (sofrosyne).
La inversión de esta tesis se habría producido en el siglo XIX, cuando Schopenhauer invierte los términos y postula una ética basada en el deseo sin control: el hom bre no es fundamentalmente intelecto, sino pulsión, y a ella tiene que atener su modelo de plenitud y su ética; aquí el "pecado" es reprimir la pulsión.
Este planteamiento, recogido posteriormente por Freud, quedó reflejado en aquella famosa frase del vienés: "hasta ahora los hombres han sabido que tenían razón, a partir de mí sa brán que tienen deseos".
27 Llegados a este punto, probablemente el lector se pregunte qué tiene que ver todo esto con el imaginario colonial tardío, los capí tulos provinciales y las élites.
Pues bien cuando las autoridades ha blan de los disvalores (pasión y sobretodo ambición), no hacen otra cosa que registrar un descontrol del deseo que necesariamente des equilibra la persona, y p�r su propia dinámica desequilibrará el sis tema político cuando sea trasladado por medio de la integración de los partidos, en tanto y en cuanto éstos no sintonizan con la jerar quía cuyo respaldo final -en el último análisis-es Dios, y a quien se debe "veneración y obediencia".
Pero esto no es todo: aquí reside una de las claves que legi timaban la dominación, como decía el virrey Loreto.
Para este vi rrey, si la autoridad permitía el descontrol de las pasiones, pronto reinaría el desorden, que pondría en peligro la vigencia de toda la cadena de valores que hemos visto, y la dominación dejaría de ser "suave" para convertirse en un molesto yugo en el que ya estaría implícito el ansia de independencia, considerada -por supuesto-como subversiva del orden establecido, querido y respaldado por la di vi ni dad.
En este punto nos parece que nuestro esbozo antropológico pue de aclarar el tema que nos ocupa: el gobierno colonial, y en gene ral todo el antiguo régimen, no se conformaba con un control exterior de la persona, sino que pretendía extender ese control, en la medi da de lo posible, a su interioridad, porque entendía que también la interioridad debía integrarse en aquel orden -en lo posible por vo l untad propia, si no practicando la obediencia y la veneración-so pena de subvertir el orden social, a mediano o largo plazo.
Para dar una idea de la preocupación del monarca en el ámbito hoy consi derado como privacy podemos observar la "instrucción para visita dores refonnadores" que Campomanes ideó -y Carlos 111 puso en práctica-y que estos visitadores que debían reformar todas las ór denes religiosas en América recibieron: en ellas se prescribía que en la confesión y en las conversaciones privadas, se enseñase como "máxima fundamental del cristianismo" el respeto y la fidelidad al monarca y sus ministros.
28 Si esta hipótesis fuera cierta, podríamos visualizar el itinerario completo de este imaginario, que va desde el comportamiento ínti mo acorde a una ética basada en la regulación racional del deseo; cosa que resultaba viable gracias a que se entendía que cada perso na tendría en cada momento "su" lugar en la sociedad, sin necesi dad de obtenerlo por la fuerza o la competencia, sino acomodándose a la situación social establecida con la misma naturalidad con que una gota de agua resbala por una piedra, hasta acomodarse en al gún resquicio de su rugosa superficie.
Epílogo: ¿ Consultar para gobernar?
La consulta real y el posterior trámite que surge a raíz de ésta, permite enfrentar la cuestión desde un punto de vista abarcativo, que puede servir a la vez de epílogo.
Es significativo, que un gobierno fuertemente centralizador, como lo fue el de Carlos 111, se detenga a consultar a las autorida des que estaban por debajo de él.
¿Por qué no suprimió directamen te los capítulos provinciales, o decidió por su cuenta que la iniciativa había partido del general de los mercedarios?; ¿quién además suge ría que los capítulos provinciales fuesen extinguidos no sólo en la Merced, sino también en el resto de las órdenes?
El mismo hecho de que al monarca consultase, pone de manifiesto que el asunto era delicado, y no podía ser decidido desde Madrid, sin alterar un equi librio de fuerzas ya conocido, para cambiarlo por otro cuyo resul tado se desconocía.
El hecho de que 1 O respuestas (sobre 42) mencionen que de no haber capítulos provinciales se incurriría en una "tiranía", certifica que si el rey hubiera suprimido motu propio los capítulos, probablemente esto hubiera generado cierta oposición.
Además, la mayoría de las respuestas se inclinaron por la negativa.
Parecería evidente que al monarca le convenía la supresión de los capítulos, ya que hubiera podido manipular la elección de los pre lados desde Madrid.
Pero si esto hubiera sido posible, probablemen te lo hubiera hecho.
Por el contrario, la Corona elige el camino de la consulta, lo que de nuevo nos lleva a su papel articulador, no só lo de las élites americanas, sino de las autoridades en general que se relacionaban con su imperio.
De hecho, aunque posteriormente los capítulos no fueron suprimidos, el gobierno reivindica silenciosamen te la posibilidad de hacerlo, a la vez que aumenta su legitimidad co mo interventor en los conflictos que se producen en las colonias.
Sólo deseo. apuntar una cosa, para terminar: los capítulos pro vinciales no fueron suprimidos.
No sucedió lo mismo con otro trá mite administrativo que corrió paralelo a éste: el de la supresión de los comisarios generales, máximas autoridades para las áreas mexi cana y peruana; el trámite resultó análogo: ante las denuncias de abusos de estos prelados de gran poder, se consultó su supresión y Tomo L. núm. /, /993 el cargo fue extinguido.
La intencionalidad política también parece clara en este caso: el aprovechamiento de conflictos reales para el control más directo de las órdenes religiosas.
29 Pensamos que la diferente resolución del rey en tomo al pro blema de los capítulos provinciales marca de alguna manera cuáles eran los límites de la autoridad al otro lado del Atlántico.
Si las au toridades de las órdenes religiosas hubieran sido nombradas desde Madrid, -probablemente la Corona se hubiera visto enrolada en al guno de los bandos que se alineaban en tomo a los capítulos pro vinciales, conflictos que involucraban a toda la sociedad civil en cada caso, cosa que es mencionada por el rey en la cédula en que se consultaba a las autoridades.
Esto probablemente hubiera signifi cado inmiscuirse en problemas de los que ningún rédito político po dría obtener; por el contrario, su "imparcialidad" se hubiera visto seriamente erosionada, y, a la larga su función articuladora se hu biera vuelto imposible, socavando al mismo tiempo la legitimidad del gobierno colonial.
La decisión final del rey, sugiere que su entorno político -y quizás él mismo-conocían que los conflictos de la sociedad colo nial solían resol verse en los Cabildos seculares, en los Cabildos ecle siásticos y en los capítulos provinciales.
Parecería paradójico que la oportunidad que se le brinda al rey con la propuesta del general de los mercedarios de zanjar la cuestión suprimiendo los capítulos fue ra desaprovechada; sin embargo si el monarca hubiera optado por el control directo de las elecciones, esto hubiera equivalido a repri mir los conflictos evitando su explosión en su campo natural de emergencia.
Pero, ¿acaso esto no hubiera provocado una implosión mucho más preocupante?
Y en último análisis, quizás hubiera sido más inquietante aún enfrentar los conflictos reprimidos que eclosio naban en un sector de la sociedad política colonial que en definiti va contaba con su propia legitimidad, y _prestaba parte de ella al monarca y sus funcionarios, reasegurando calladamente ante los ojos de la gente el vínculo entre colonia y metrópoli.
Anexo: Análisis pormenorizado de los cuadros 1 al 6
El objeto de este análisis es contribuir a una comprensión más deta llada de las formaciones discursivas con las que hemos construido nues tro objeto de estudio, al mismo tiempo que explicar más detenidamente cómo emergieron los enunciados que dieron origen. a estas formaciones discursivas; se aclarará también, de este modo, los campos enunciativos.
El cuadro número l, muestra cuáles son los enunciados, y qué auto ridades civiles o religiosas hacen referencia a ellos.
El cuadro número 2, es un resumen aclarativo del cuadro 1: ¿cuáles fueron los enunciados más usados?
Los términos pasión, ambición, encono, aparecen 18 veces, provi niendo de campos enunciativos muy diferentes: virreyes (2), Audiencias (2), el fiscal del Consejo de Indias, arzobispos (2), obispos (5), generales ( 1 ), vicarios generales (3), provinciales (2).
Esto insinúa la importancia que te nía dentro de este discurso, lo que pasaba por dentro de la persona, en or den a su comportamiento social.
No resulta pues casualidad, que los términos bandos, parcialidades, facciones, etc., aparezcan mencionados 24 veces.
Como podemos advertir si miramos el cuadro 5, estos términos que son tomados como disvalores, provienen de todos los sectores; en los cuadros 4 y 5 no conviene el por centaje que la "'torta" pretende endilgarnos: nos engañaríamos, puesto que el porcentaje está en dependencia directa de la cantidad de respuestas de cada rubro.
Así por ejemplo, advertimos en el cuadro 4 que en el "archi piélago de disvalores" los obispos encabezan la lista, con 30 referencias a ellos.
Pero si volvemos al cuadro 1, veremos que contamos con 14 res puestas de obispos a la encuesta real, mientras que el gobernador de Bue nos Aires, menciona el archipiélago 3 veces, pero sólo figura 1 vez en el cuadro 1.
Sin embargo, el hecho de que los partidos y patrocinios fueran de nunciados desde campos enunciativos tan diferentes, sugiere que las auto ridades metropolitanas y las residentes en América, tanto religiosas como civiles, tenían conciencia del fenómeno y, aunque parezca una perogrulla da, lo juzgaban negativo: solamente una vez he encontrado la palabra par tido usada sin carga negativa, cuando un mercedario declaró que'"siempre que han gobernado los religiosos de este partido ha habido paz y obser vancia regular en la provincia".
30 Esta declaración fue emitida por el provincial electo en el turbulen to capítulo mercedario de 1766 celebrado en Córdoba.
Aun cuando fuere una sola vez, es interesante que fuera un religioso local -y no peninsu lar-, puesto que los Rodríguez Flores mercedarios eran cordobeses, el que, en el medio del forcejeo entre los dos partidos, muestre que estos existían hacía tiempo.
Los• enunciados que más aparecen -27-son los de desórdenes, dis turbios, discordias, tumultos, alborotos populares, que -si observamos el cuadro 1-provienen de todos los sectores; quizá no estaría de más re cordar que estamos -para la mayoría de los encuestados-en el período 1781-1782, donde las rebeliones y alborotos estaban a la orden del día.
Llama la atención en el cuadro 2, la escasa aparición del problema de la oposición entre criollos y europeos ( oposición a europeos I vez, opo sición a prelados criollos 1 vez), lo que podría estar indicando, vista la cantidad de veces que aparece la problemática familiar, que los problemas provendrían no de la nacionalidad de los personajes que intervenían, sino más bien del partido, o grupo en el que estaban enrolados, y por detrás de ellos, la esfera social de donde provenían y a la que guardaban fideli dad.
Relacionado con este tema estaban los patrocinios y la intervención de los virreyes, gobernadores y oidores, junto con los seculares en general.
Quiero hacer notar también un enunciado por lo demás significativo: despotismo-tiranía, que aparece mencionado 1 O veces en el cuadro 2, siem pre en sentido negativo, y a veces relacionado con la estricta verticalidad de los jesuitas.
Este hecho nos muestra los límites del orden que contaba con el respaldo divino: debía ser un orden que no llegara a la tiranía.
Uno probablemente pudiera pensar, después del análisis realizado, que los reli giosos terminaban por ser momificados por un imaginario que les impe día cualquier movimiento, ya que prácticamente debían operar en la sociedad según estaba previsto.
Contradice esta proposición la inmensa cantidad de desacuerdos, dificultades y disensiones que pueden observar se en el Archivo General de Indias, y en otros repositorios.
Análoga con clusión podría extraerse de la famosa tendencia colonial a pleitear.
Quizá, las órdenes reflejaban con mayor o menor distorsión la realidad de la so ciedad civil, constituyendo una sociedad vicaria: de lo que parece no ca ber duda es que estaban estrechamente relacionadas con el mundo
Hexterior"� y que su inserción en el mundo colonial puede contribuir a en riquecer la visión que tenemos de la historia social colonial, y de su ima ginario.
Si detenemos nuestra mirada en el cuadro 3, obtendremos una ima gen más detallada acerca del interrogante principal de la encuesta real: la extinción de los capítulos.
El cuadro 6 muestra gráficamente el resultado de la encuesta, hasta donde llegan nuestros límites heurísticos: un 45 % de los encuestados respondió que los capítulos debían suprimirse, mientras que un 55 % contestó que no. El cuadro 5 ilustra estas opiniones detallan do en qué medida cada sector deseaba la supresión o no. Un análisis detallado de este cuadro en relación con el cuadro 1, revela detalles inte resantes; por ejemplo, entre las Audiencias interesadas en suprimir los ca pítulos estaban las de La Plata y Quito.
Si pensamos que el momento en que las autoridades responden a la encuesta es el mismo de la rebelión de Túpac Amaro, es fácil imaginar por qué estas Audiencias no desean nin gún tipo de alboroto ni de bandos o partidos.
En el mismo sentido se pro nuncian el obispo de La Paz, que afirmaba además que los capítulos debían ser extinguidos en todas las órdenes, y decía explícitamente que esto pro vocaba alborotos y tumultos.
La Audiencia de La Plata relata en su en cuesta que cuando se elegía a un provincial, éste era proclamado con vítores, ante la amargura de los que sostenían al perdedor.
El obispo de Huamanga, otro de los interesados en suprimir los capítulos, también in merso en el área tupamarista, pone especial énfasis en el enfrentamiento criollo-europeo.
Pasando al área quiteña, además del clima de sublevación general (y de la propia sublevación quiteña de 1765), Merino nos informa en su obra sobre las Noticias secretas,31 acerca del estado calamitoso de los frailes de esa región.
Aparte, el propio provincial mercedario se pronunció en fa vor de la supresión. acentuando la relación entre las elecciones de provin cial y comendadores, con la concesión de los créditos.
El obispo de Quito, a pesar de ser de la opinión de que no se debían extinguir los capítulos, admitía que en el último capítulo la paz pública había sido turbada por la elección de un fraile que había vivido toda su vida en una hacienda que la orden le había arrendado.
Por su parte, el arzobispo de Santa Fe, ha ciendo referencia •a Quito, también es de la opinión de suprimir los capí tulos, afirmando que el origen de los disturbios eran "las pasiones" de los seglares.
Entre los no interesados en que se supriman los capítulos estaban las Reales Audiencias de Guatemala, Lima, México y Santiago de Chile� has ta donde llega nuestra información, sabemos que los frailes contaban con estrechas conexiones familiares, de amigos y de paisanos en Lima, San tiago de Chile y Guatemala, lo que explicaría su poco interés en extinguir la institución.
31 Para finalizar, quisiéramos dejar detenida la imagen en el último cua dro (55 % por la no extinción, 45 % sí).
Muchos de los encuestados que se pronunciaron por el no, hacían referencia a una posible tiranía o des potismo.
Valga como ejemplo el obispo de Quito, que admitía los alboro tos, pero temía una tiranía.
No es posible sacar conclusiones definitivas acerca de este tema, ya que el número de autoridades que respondió a la encuesta es limitado.
Pe ro queda clara la tendencia al equilibrio, dentro de los límites de la auto ridad, mientras que otra tendencia consideraba más importante suprimir los Hrincones oscuros", donde la luz de la autoridad real parecía no llegar.
Autoridades Civiles y Eclesiasticas.:.:.:.:.:.. e e
16 Anuario dr EstudioJ Americanos |
En este estudio se abordan los conflictos de etiquetas mantenidos entre el Cabildo, el obispo, el gobernador primero y el virrey después desde 1750 en ade lante en el Río de la Plata.
Partiendo del modelo acuñado por Norbert Elias (La sociedad cortesana, FCE, México, 1981) en el que demuestra que la etiqueta ma nifiesta la posición político-social de cada uno de los actores en una sociedad de Antiguo Régimen, descubrimos que dichos conflictos son la forma de enfrentarse que tenían en el virreinato el obispo y el virrey en la segunda mitad del siglo XVIII.
También encontramos que tales enfrentamientos se deben a dos cambios en el equi librio -y a la búsqueda de uno nuevo-de poderes local: el extrañamiento de jesuitas y la creación del virreinato en 1776.
Estos cambios y sus lentos reacomo damientos estarían explicando la larga serie de conflictos a los que asistimos en el Buenos Aires dieciochesco.
Si nos detenemos a leer la historia política del Río de la Pla ta en la segunda mitad del siglo XVIII encontramos, contrariamen te a lo que podía pensarse, que los conflictos de carácter político no son pocos; es más, esta última parte de la larga "siesta colonial" parece estar dominada por los enfrentamientos tanto internos como externos.
Sólo por mencionarlos superficialmente tenemos por un lado aquellos vinculados a los problemas con la Corona de Portu gal por la creciente expansión hacia el interior del continente y las consecuencias defivadas de esto en las esferas política y económi ca.
Por otro lado tenemos la expulsión de los jesuitas del Imperio, con su secuela de solidaridades y enemistades a las que debe agre garse el no menos traumático traspaso de sus misiones y univer sidades a los franciscanos.
No debemos olvidar tampoco los levantamientos o rebeliones indígenas posteriores a la creación del 2 FERNANDO CARLOS URQUIZA Virreinato que abarcaron una amplia zona desde La Paz hasta Tu cumán.
Finalmente hay toda una serie de conflictos que tienen por escenario la ciudad de Buenos Aires y como protagonistas al obis po, al Cabildo Eclesiástico, al gobernador antes de 1776, a los vi rreyes luego y al Cabildo de la ciudad.
Estos enfrentamientos que a menudo requerían como solución definitiva una real cédula o una disposición del Consejo de Indias, son innumerables y se dan sin tregua durante los cincuenta años que nos ocupan.
Lo interesante de todo esto es que a pesar de esta continua pre sencia de dichos conflictos -menudos algunos, groseros otros-no han merecido estudios específicos por parte de los historiadores en general.
Quizás los moti vos que originan la casi totalidad de estos antagonismos -la etiqueta, el ceremonial y las precedencias-no han parecido dignos de esfuerzo e incluso han sido calificados por algunos autores ya clásicos como nimiedades producto de los carac teres quisquillosos de sus protagonistas1 o como efecto de la apli cación del Derecho de Patronato.
Por nuestra parte vemos que si estos desencuentros se dan durante tanto tiempo y son llevados a cabo por diferentes personas, la explicación que gira en tomo al ca rácter de sus protagonistas y a la aplicación del Derecho de Patro nato -que la Corona posee desde la época de los Reyes Católicos nos parece por lo menos insuficiente, y por lo tanto un tema digno de estudio.
La etiqueta, el ceremonial y las precedencias han sido aborda dos por numerosos investigadores entre los que se destaca Norbert Elias, quien analiza la corte de Luis XIV encontrando en ella el pa radigma de lo que denomina sociedad cortesana.
En su obra estu dia el modo en que se relacionan entre sí y con el Rey los distintos representantes de la nobleza cortesana, haciendo especial hincapié en el papel que juega la etiqueta en estas interconexiones.
Describe las peculiaridades del entramado cortesano aristocrático y hace una ETIQUETAS Y CONFLICTOS EN EL RÍO DE LA PLATA 3 distinción entre la actitud profesional-burguesa y la cortesano-aris tocrática frente a los ingresos y a los gastos.
Según el autor, el ethos dominante en las sociedades cortesa nas es opu_ esto al que predomina en las sociedades burguesas y se basa fundamentalmente en el consumo de status.
En estos círculos, la seguridad de la actual posición de una familia y más aún, el au mento de su importancia y el éxito social, dependen de su consu mo así como de sus egresos, que deben estar en consonancia con el rango social y el status que se posee o al que se aspira; quien no cumple con esto pierde el respeto de su sociedad.
Por lo tanto la economía personal depende de los gastos más que de los ingre sos ya que quien no puede vivir como lo que representa o como lo que aspira a ser, queda a la zaga de los que participan de la competencia por las oportunidades de poder, prestigio y status que se dan en la corte.
La consecuencia de esto puede ser la ruina eco nómica y la marginación del grupo con quienes se comparte el rango y el status.
La conjugación de esta concepción acerca del consumo y del manejo del dinero por un lado, a la que se suma la fuerte presión en la competencia por el status en la corte por el otro, hace que muchas familias terminen arruinadas, pero esto no debe verse sólo como una serie de procesos individuales sino como el producto de una particular organización social: unas familias triunfan y otras necesariamente, como derivación del éxito de los otros, se arruinan.
El principal medio para sostener una situación económica dada sin perder la consideración de los demás y la propia es -si se de jan de lado las herencias, los casamientos ventajosos y los presta mos en dinero de otros cortesanos-el favor real.
Existe una gran cantidad de posiciones en la corte, en el cuerpo diplomático y en la Iglesia a las que se puede acceder mediante la pertenencia a la so ciedad cortesana• o mediante las conexiones con otros cortesanos y el favor del rey.
Estos cargos aseguran un ingreso pero a la vez obligan a cumplir con los deberes de representación conexos a la función desempeñada.
Sin embargo la obtención de estos cargos no está al alcance de la mano de cualquier cortesano ya que es claro que esta sociedad está regida por un sistema escalonado de rangos Tomo L, núm. /, /993 57 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es y privilegios, siendo el objetivo de los hombres que la integran con servar la distancia con los que están por debajo y tratar, a la vez, de reducirla con quienes están por encima del nivel que cada uno ocupa.
En este contexto de acre competencia por el rango, el pres tigio y el status, los conflictos se hacen rutinarios y se reproducen de continuo por las convicciones, valoraciones e ideales de los no bles que integran la corte.
En el capítulo V, el autor describe el papel de la etiqueta y el ceremonial en esta conflictiva sociedad cortesana.
Las oportunida des de prestigio, estaban meticulosamente escalonadas --en conso nancia con la estructura jerárquica de la sociedad-ya que prestigio y poder eran conceptos idénticos pues el prestigio que cada uno po see es el símbolo de la aceptación que goza frente a los demás y de esta aceptación dependen las posibilidades de influir en el resto de los hombres que componen la corte y también las probabilida des de someterse o no a la influencia de otros.
Es en este marco donde debemos analizar la etiqueta cuyo fin es, según el autor, poner de manifiesto el distanciamiento que sepa ra -pero que al mismo tiempo asocia-a los cortesanos acredi tando en público la jerarquía presente para todos, es decir la consideración cortesana que unos a otros se reconocían: 58 "La etiqueta practicada es con otras palabras una autopresentación de la sociedad cortesana.
Aquí los demás confirman a cada individuo y, al rey en primer lugar, su prestigio y su relativa posición de poder.
La opinión social, que constituye el prestigio del individuo, se ex presa dentro de una acción común, según ciertas reglas, a través de las conductas recíprocas de los individuos (... )
El prestigio no es na da si no se acredita a través de la conducta.
El enorme valor que se da a la testificación del prestigio, al cumplimiento de la etiqueta, no es fijarse en 'nimiedades' sino en algo que tiene vital importancia para la identidad individual del cortesano.
La precisión con que se organiza detalladamente cada ceremonial, cada acto de etiqueta, el cuidado en que es sentido y calculado el prestigio de cada paso, co rresponde al grado de importancia vital que tanto la etiqueta, como la conducta recíproca poseen en general para los cortesanos" 2 De todos modos la interacción de los cortesanos cuyo motor es la competencia por el status y que además está cruzada por pre siones de arriba hacia abajo -intentos de distanciamiento--y de abajo arriba -intentos de acercamiento--se estabiliza en un de licadísimo equilibrio expresado en la etiqueta, que se convierte de esta manera en una garantía de existencia social y de oportunida des de prestigio cuidadosamente escalonadas.
Por supuesto que la seguridad brindada por esta garantía es sumamente frágil, dado que los competidores pretendían y podían introducir -merced a las más variadas tácticas que iban desde el favor del rey al méri to militar pasando por las conductas hábilmente disimuladas-cam bios en la etiqueta y a través de éstos en la jerarquía de los rangos.
No podía haber ningún desplazamiento de los rangos que no se expresara en la etiqueta e inversamente, cualquier cambio en ésta señalaba una modificación de la ubicación que cada uno tenía en la corte.
De esto, ni más ni menos, se derivaba la extrema sensi bilidad con que eran acogidas las más leves y sutiles reformas de este mecanismo, sobre todo si la modificación no redundaba en be neficio propio.
La necesidad de distinguirse que tiene la nobleza cortesana obra para que apele o acepte toda una serie de mecanismos que le permiten lograr este efecto.
Es cierto que tal necesidad en estos grupos elitistas amenazados facilita la tarea de dominación del rey al ser éste el administrador monopólico de favores reales; pero, si bien esto es así, es necesario agregarle algunos elementos que com pletan el panorama.
En primer lugar recordemos que el rey también es un noble y permitir que desaparezca la nobleza es permitir que se derrum be su propio carácter de aristócrata.
En segundo lugar es preciso dejar en claro que el monarca tiene necesidad -del mismo modo que un noble-de distanciarse, y por esta causa se ve envuelto en la lógica de la etiqueta cumpliéndose también para él todo lo ano tado más arriba acerca de la corte; pero además todo el ceremo nial es asimismo un instrumento de poder no sólo en relación a la aristocracia cortesana sino a nivel social general porque el pueblo
44debe ver para creer" 3, y este es un elemento importante: mien tras que para la nobleza la etiqueta es el mecanismo para poner en práctica el distanciamiento social como fin en sí mismo, para el rey no sólo es esto, sino también una manera de poner en prác tica sus funciones a nivel general en todo el reino.
En tercer lu gar, así como para la nobleza ser noble para el rey ser rey es, del mismo modo, un fin en sí mismo estando entre los atributos del reinar, el de ejercer el poder absoluto -mas allá de las influen cias que todo estadista debe concentrar para gobernar-que juega en la autoidentificación del soberano el mismo papel que la fama, el honor, la glorificación y la preeminencia.
Finalmente podríamos agregar que el monarca se encuentra en una posición muy especial en la corte ya que es el único noble que no soporta presiones de arriba hacia abajo dado que no hay nadie sobre él, aunque sí las sufre -y esto no es poco importante-des de abajo para arriba; las fuerzas de quienes tienen menor rango no son menospreciables y serían insoportables si éstas se unieran en su contra aniquilándolo -en términos políticos-en poco tiempo.
Ante esta situación, el rey para dominar debe conducir, según sus deseos y evaluaciones personales, la dirección de los conflictos; en este sen tido el monarca está permanentemente ponderando las relaciones de fuerza y equilibrando las tensiones surgidas como producto de las presiones y contrapresiones.
Los mecanismos de los que se vale son variados y sutiles -del mismo modo que son variados y sutiles los elementos que sirven para incrementar el status de un noble-y van desde recompensas reales (títulos, pensiones, etc.) hasta imaginarias (invitaciones para pasear por los jardines del palacio, a excursiones de caza, etc.) pasando lógicamente por cambios -tanto temporales como permanentes-en la etiqueta.
Desde la perspectiva del rey, la etiqueta y la corte son aparatos de vigilancia, autorreguladores y efectivizadores del poder absoluto dado que el grupo cortesano, al no estar encaminado a la conquista y acciones comunes, reproduce HLa cortesía no inspira siempre la bondad, la equidad, la complacen cia, la gratitud, pero da por lo menos las apariencias y hace que el hombre se muestre en lo exterior como debería ser interiormente.
Se puede definir el espíritu de cortesía, no se puede fijar la manera de practicarlo: según el uso y las costumbres recibidos; va unido a los tiempos, a los lugares, a las personas y no es el mismo en los dos sexos y en las diferentes condiciones.
El ingenio sólo no hace adivinarlo; hace que se lo siga por imitación y que se lo perfeccio ne.
Hay temperamentos que no son susceptibles de la cortesía y hay otros que sólo sirven a un gran talento o a una virtud sólida.
Es ver dad que las maneras corteses dan curso al mérito y le hacen agrada ble y que es preciso tener eminentes cualidades para sostenerse sin la cortesía.
Me parece que el espíritu de la cortesía consiste en cierta atención para hacer con nuestras palabras y nuestras maneras, gue los demás estén contentos de nosotros y de ellos mismos. (... )".
4 Al llegar a este punto nos surge la duda acerca de si este mo delo basado en el estudio de la corte francesa del rey Luis XIV, ubicado temporalmente en la segunda mitad del siglo XVII, es apli cable al Buenos Aires de la segunda mitad del XVIII.
En principio debemos admitir que el paradigma, tal como lo describe su autor, no tiene mucha relación con esta región, pero creemos que toman do algunas precauciones y ajustando algunos conceptos se puede uti lizar con relativo éxito.
Uno de los primeros puntos a tener en cuenta es que luego de 1750 podemos decir que estamos, ya sin lugar a dudas, bajo el im perio de la monarquía ilustrada, mientras que Luis XIV es uno de los representantes más claros de la monarquía barroca o absolutista y esto nos resulta altamente significativo.
Recordemos aquel traba jo de Perry Andetson, El Estado Absolutista, 5 en el que su autor FERNANDO CARLOS URQUIZA concluye entre otras cosas, que dicho estado es una adaptación de las estructuras de dominio feudales a nuevas condiciones económi co-sociales pero en las cuales la aristocracia feudal sigue siendo la clase dominante.
Si bien el autor también adjudica este carácter so cial y político a la monarquía ilustrada española, existe consenso en pensar que bajo esta nueva versión del estado encontramos, junto a la Coro�a, fuerzas innovadoras que son de difícil caracterización.
6 Sin embargo, nosotros creemos que para el siglo XVIII el panora ma social español se ha complicado un poco y que es necesario te ner en cuenta algunos elementos para referirse a este período.
En principio debemos decir que todo el aparato jurídico sobre el que se asienta la nueva monarquía es de tradición -y por qué no herencia-de la organización monárquica absolutista o barroca propiamente dicha.
Si bien es cierto que el mecanismo de legisla ción "sobre la marcha" implantado a través de las reales cédulas mantiene aggiornado el sistema legal, creemos que el espíritu en general de la legislación vigente a fines del siglo XVIII se corres ponde con el que se impuso durante el XVI; esto podría verse con firmado si observamos las reformas legislativas impuestas en Hispanoamérica luego de la conquista y la coherencia mantenida a posteriori.
En segundo término es claro que algunos de los principales ob jetivos de los nuevos reyes son el desarrollo económico y técnico, con el fin de adaptar sus respectivos reinos al nuevo clima impe rante luego de 1750.
En este sentido se dan para España una serie de medidas económicas que, según algunos, constituyen por prime ra vez "una política económica coherente y digna de tal nombre".
7 Tales medidas, que son entre otras, liberalización del comercio in terior, adopción del concepto de libertad protegida en industria y comercio internacional, estímulo a la inversión de capital y vigori zación de las fuentes de riqueza, derogación de los privilegios de la Mesta, concepción de las colonias como mercado potencial de la in dustria española, etc., llevan a Roland Moussnier y Emest Labrous se8, y también a Manfred Kossok9 a ver una alianza entre la monarquía y la burguesía.
Es innegable que la mayoría de estas dis posiciones analizadas en sí mismas están muy en consonancia con lo que podríamos denominar ideología burguesa -sobre todo si las comparamos con las concepciones económicas del siglo XVI-pe ro nos parece excesivo afinnar que hay en España en esta época, una burguesía y que además está aliada a la monarquía.
Sin querer adentrarnos en un problema de carácter teórico-his tórico como es la existencia o no de tal burguesía, creemos que la presencia de algunos grandes comerciantes vinculados al tráfico de ultramar -caracterizables sin dudas como burgueses-que en ge neral se asentaban en los puertos, no nos autoriza a hablar de bur guesía, sobre todo si tenemos en cuenta el disímil panorama regional español en donde encontramos provincias que seguramente se ase mejan a Inglaterra, pero en donde también hallamos otras que po drían identificarse con las regiones menos desarrolladas de Europa Oriental.
Sumado a lo anterior notamos, quizás sin hacer un análisis de masiado profundo, debemos admitirlo, que los principales gestores de esta renovación pertenecen a la nobleza, comenzando obviamen te por los monarcas -pertenecientes a la casa de Barbón, que además están vinculados a la educación cortesana francesa por tra dición-y terminando por los ministros y funcionarios entre los que abundan los títulos de nobleza.
Todos estos elementos nos hacen pensar en una España más parecida a Francia que a Inglaterra, en una España menos burguesa que lo que creen algunos y donde la mayor diferencia con Francia parece ser que mientras en París los ilustrados no logran alcanzar un gran éxito político, en Madrid apa rentemente sí.
Dejando de lado el arduo problema de comparar la sociedad española del siglo XVIII con la francesa del XVII, volvamos al tema de la etiqueta y de la aplicabilidad del modelo de Elias a nuestro estudio.
Según los artículos "etiqueta", Hceremonial", "precedencia" y "Casa Real" de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Ame ricana, 10 • la etiqueta ha existido con mucho peso, al menos desde los tiempos de Felipe 11, y a partir del casamiento de Luis XIII y de Luis XIV con princesas españolas se acusa una importante influencia de las concepciones francesas acerca de la etiqueta en España.
Por otro lado, durante el siglo XVIII los Barbones que ocupan el trono ibérico tenían como uno de sus objetivos principales el for talecimiento del poder real; ya sabemos lo importante que puede ser en este sentido la etiqueta, pero debemos tener en cuenta que, a di ferencia de lo que ocurría en la corte de Luis XIV, ya en este mo mento en España el ceremonial está legislado y codificado en las diversas recopilaciones de las leyes del reino.
Sin embargo es de notar que esto no impedía la introducción de cambios ya que, jun to a la ley, también era aceptada la costumbre, siendo esto una de las principales fuentes de conflicto respecto de este tema.
No son pocos los enfrentamientos por cuestiones de etiquetas en que unos esgrimen la ley como justificativo y otros la costumbre como de fensa y esto, aunque parezca raro, otorga al rey amplias posibilida des de aplicar arbitrariamente su poder al aceptar a veces el peso de la costumbre como válido y en ocasiones adoptar sin más la le tra de la ley.
Ahora bien, los conflictos que nosotros vamos a estudiar se de sarrollan fundamentalmente en la diócesis de Buenos Aires, y sus principales protagonistas son el obispo Gunto al grupo de sus ase sores y comensales), 11 el gobernador o virrey y sus sucesores según lO Enciclopedia Ilustrada Europeo Americana, Espasa Calpe S.A., Madrid, 1930, to mos y apendices correspondientes.
11 Comensales erari en aquella época el grupo de sacerdotes que cada obispo decidía traer para que le ayudasen en sus funciones cuando era propuesto para ocupar la mitra..
Anuario de Esrudios AmericanOJ (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es la época, el Cabildo eclesiástico y el Cabildo secular.
La pregunta que se impone es: ¿forman parte todos ellos de una nobleza y vi ven en una corte como para poder considerarla cortesana y aplicar el modelo explicitado por Elias?.
Evidentemente la respuesta es que poco tienen que ver con la nobleza cortesana de Versalles, más bien se parecen a lo que Fran�ois Guerra12 denomina "actores co lectivos tradicionales" o "actores sociales tradicionales" y que defi ne como grupos estructurados por nexos que expresan una cultura específica, agregando además que poseen f armas de autoridad, re glas de funcionamiento interno, lugares y formas de sociabilidad, lenguajes particulares etc., que les son propios e identificables.
Es tos elementos, según apunta el autor, sirven para mantener la iden tidad y cohesión del grupo en el tiempo ya que éste precede y permanece independientemente de la aparición y desaparición de sus integrantes.
Guerra, en su artículo, reflexiona acerca de la historia política de América Latina, realiza algunas precisiones para analizar este tema y a continuación comienza a exponer sus concepciones.
En primer lugar dice que hasta fines del siglo XIX o principios del XX en América Latina los hombres difícilmente actuaron en forma in dividual en política representando a los distintos grupos sociales.
Según su juicio, los hombres actúan unidos entre sí en agrupacio nes colectivas y son estas agrupaciones los verdaderos actores de la política.
Seguidamente establece algunas diferencias entre lo que es la política moderna y lo que era la política del antiguo régimen.
No sotros vamos a detallar sumariamente estos últimos rasgos que son los que más nos interesan.
Para esta enumeración parte de la defi nición de actores sociales antiguos que ya mencionamos y conclu ye que las sociedades antiguas no han conocido los actores políticos específicos, que sólo es posible encontrar actores sociales colectivos que llevan a cabo actividades políticas conjuntamente con sus acti vidades sociales, en un todo indiferenciado:
HLos únicos actores que encontramos allí son actores sociales y la política no aparece como una actividad diferente de la acción social de los actores." 13 A continuación el autor hace una enumeración de las caracte rísticas de la política antigua y princi pía destacando que los actores sociales que llevan a cabo actividades políticas no se han constitui do para ello sino que, unido a su actuación total, desarrollan la po lítica.
Otro rasgo significativo es que las relaciones fundamentales se dan entre los actores sociales y no entre los individuos, añadien do que las rivalidades en la cúspide de dos grupos comprometen a todos sus integrantes.
Una tercera característica que señala Guerra es que, dado que son actores que además de ser diferentes quieren demostrarlo, sus acciones deben estar previamente pactadas y regu ladas con expresa manifestación de deberes y derechos recíprocos.
Finalmente, una particularidad más es que la legitimidad en sí mis ma, según la opinión del autor, no está en duda, sus fundamentos están consagrados ya sea por la costumbre, las leyes o la religión.
Esto no implica que no haya competencia por algunos privilegios por ejemplo, pero lo que no hay son dudas acerca de la legitimidad de la existencia de dichos privilegios.
Si nos atenemos a las características enumeradas y pensamos en la segunda mitad del siglo XVIII en el Río de la Plata, es difí cil no estar de acuerdo, pero sobre todo con aquella afirmación en la que se relacionan los actores sociales antiguos con sus necesi dades de diferenciación y las relaciones pactadas que se dan entre ellos, ya que si esto es así no sólo podemos pensar que aplicar el análisis de Elias sobre la etiqueta -adoptando el concepto de acto res sociales tradicionales en reemplazo de la nobleza cortesana-, es correcto sino también deseable.
Ambos modelos comparten una idea básica que es la de no im poner nuestras actuales concepciones a las conductas de nuestros su jetos históricos, pero lo que es mas significativo es que coinciden también en la idea de diferenciación que tenían los cortesanos para uno y los actores sociales para el otro, debiendo manifestarse ésta mediante acuerdos pactados, ya sean escritos o no. Un ejemplo de esto podría ser, sin lugar a dudas, la etiqueta acerca de la cual Elias nos aporta el significado y el funcionamiento mientras que Guerra nos propone los sujetos que la practican.
En otras palabras, creemos que los conflictos de etiquetas sur gidos entre el obispo, ambos Cabildos, y el gobernador o virrey en la Diócesis del Río de la Plata, pueden abordarse con el mo delo explicitado en La sociedad cortesana ya que, si bien las si tuaciones de la FraQcia de Luis XIV y la España de Carlos III y Carlos IY no son exactamente coincidentes, quizás se parecen más de lo que suponen ciertos autores.
Sumamos a esto que desde la perspectiva del rey, la etiqueta era un mecanismo más para forta lecer su poder, y este era uno de los objetivos de los reyes.Bor bones.
Pero si bien en Buenos Aires no existe una nobleza cortesana, entendemos que sí hay grupos sociales que responden al concepto, acuñado por Gue�a, de actores sociales de antiguo ré gimen y que, dadas las características que les atribuye, se compor tan frente a la etiqueta en forma similar a la que describe Elias, pudiendo ser intercambiados ambos conceptos sin disminuir su ca lidad explicativa.
I_.os conflictos en Buenos Aires
Si comenzáramos a relatar todos los conflictos en los que in tervienen el obispo y el clero sin organizarlos de algún modo, le conferiríamos al texto y a su lectura la condena del tedio.
Por este motivo hemos decidido dividir el estudio en dos partes: el primer período va desde el año del primer conflicto de etiquetas 14 que tenemos registrado. hasta 1776, que es una fecha que nos resulta FERNANDO CARLOS URQUIZA significativa dado que en dicho año fallece el obispo de la Torre, se crea el Virreinato y reasume Cevallos el poder local, esta vez como virrey; siendo el segundo período desde 1776 a 1800, fecha final del presente artículo.
Estos hechos resultarán sin duda, mu cho más significativos al final del trabajo ya que se nos impusie ron a nosotros como producto de la lectura que hemos hecho de los mismos.
En principio tenemos un desencuentro entre el Cabildo secular y los franciscanos con ocasión de la inauguración de su templo el 25 de mayo de 1754.
Cuando los capitulares llegaron para presen ciar la ceremonia, encontraron que no tenían sitio reservado.
El guar dián del convento, a la vez que se disculpaba alegando la enorme cantidad de gente que había asistido, se negaba a situar las bancas entre la sacristía y el comulgatorio.
El Cabildo toma tal actitud como una afrenta y oficia al rey el 8 de junio siguiente informando lo su cedido.
Los regidores recibieron un nuevo disgusto el 4 de septiem bre de 1756 con ocasión del entierro de doña Gregoria Quintana en la misma iglesia de San Francisco, al serles negado nuevamente los asientos que solicitaban.
Para no experimentar más desaires decide el cuerpo en el acuerdo del 9 de septiembre de 1756, no asistir más a ninguna función en dicho templo, hasta tanto no se obtenga una satisfacción al respecto.
La respuesta al problema llegó mediante una real cédula 15 fechada el 16 de noviembre de 1756, en la que se ordena que en todas las ceremonias realizadas en San Francisco el Cabildo debe tener asientos propios, tal como se observa en las demás iglesias de la ciudad.
Este tipo de sucesos ocurridos durante el gobierno del obispo Marcellano y Agramont, que desempeñó el cargo entre 1749 y 1758, no volvieron a repetirse hasta el momento en que se recibe al nue- vo obispo Antonio de Basurco y Herrera a fines de 1759.
En su ca mino desde el Alto Perú a Buenos Aires, el prelado, a través de su provisor, invita al cuerpo capitular a recibirlo y a acompañarlo en su ingreso a la ciudad empuñando las varas del palio.
Estos respon dieron que, en primer lugar, además de la invitación al cuerpo, de bían pasarse esquelas personales a cada uno de sus integrantes, y en segundo lugar, que no era costumbre que el secular sostuviera el palio, ante lo cual el Cabildo eclesiástico declaró que los regidores podrían asistir si acompañaban al prelado, de otro modo deberían evitar la asistencia a la ceremonia.
La entrada se produjo con el Ca bildo eclesiástico sosteniendo el palio y sin la presencia del cuerpo capitular, quienes el 20 de mayo de 1760 recurren al Consejo de Indias, esta vez para explicar que no se había tratado de negar ho nores al Diocesano, ya que habían comisionado al alcalde de pri mer voto y al alférez real para que salieran a dos leguas de la ciudad a dar con las mazas16, la bienvenida a S.I. en representación del cuerpo y la ciudad.
El 19 de diciembre del mismo año se recibió en Buenos Aires la respuesta del fiscal del Consejo de Indias, en la que se prohíbe, tanto al Cabildo secular como al eclesiástico, acom pañar al prelado bajo palio fuera y dentro de la Iglesia 17• En febrero de 1761 fallece el obispo Basurco cumpliendo poco menos de un año en el gobierno efectivo de la diócesis, ya que des de diciembre se hallaba en cama a causa de una continua y grave enfermedad.
El período de la sede vacante 18 fue tranquilo y no ofreció di ficultades, sólo resulta interesante la elección del provisor.
Basurco, en reunión con el Cabildo eclesiástico, había encargado que cuan do él no estuviera designaran como provisor al deán Francisco de los Ríos.
En el momento de efectuar la votación, el deán solicitó que se le eximiese de tal obligación dados sus achaques y las repe tidas ocasiones en que había desempeñado tal cargo.
A continuación emitió su voto que favorecía al arcediano Miguel José de Riglos, votando al mismo tiempo para ecónomo y juez de rentas al canóni go José de Andújar.
Riglos formuló el mismo voto tanto para ecó nomo como para provisor.
La opinión siguiente, la del magistral Francisco José de Goicoechea, reprodujo del mismo modo que la de Andújar el voto del deán, resultando unánime la elección.
19 Lo importante de esto es que el sucesor de Basurco, el obispo Manuel Antonio de la Torre, en una carta al rey, citada por Bruno, 20 insi núa que esa elección fue producto de un arreglo previo de Riglos dentro del Cabildo eclesiástico.
Debemos anotar también que a la muerte del anterior prelado varios personajes porteños intentaron promover, para la mitra vacante, al arcediano Riglos.
En principio solicitaron esto el magistral Goicoechea y el canónigo Andújar, su mándose posteriormente el teniente del rey y gobernador interino don Marcos José de Larrazábal.
El Cabildo secular solicitó primero a Riglos y dos semanas después al deán de los Ríos.
Por su parte, los jesuitas tenían su candidato aparte, el franciscano Pedro José de Parras.
Según el punto de vista de Bruno, Parras no tenía posibili dad, dado que existía una camarilla antijesuítica en Madrid, y por el mismo motivo es elegido para el cargo de la Torre 21• La principal controversia que se produce en este período, aun que no la única, es la vinculada a la ceremonia de la paz.
Ésta con siste en darse la paz unos a otros, tal cual sucede aún hoy en la misa, con la diferencia de que en aquel entonces la recibían prime ro las autoridades civiles y eclesiásticas mediante el acto simbólico de besar el portapaz sostenido por un sacerdote.
21 Como se sabe, este es un proceso en Europa y España que no es producto de una camarilla sino de un profundo debate político-teológico en el que los reyes, por lo menos hasta Carlos III, se inclinan por la opción antijesuítica y en base a ella diseñan sus políticas.
22 El portapaz era un gran medallón de metal que un acólito o un monaguillo llevaba a los fieles para qμe éstos lo besasen cuando el celebrante daba el abrazo de la paz.
323 (en adelante ACS). tiese-luego de hacerse mutuas cortesías.
24 Sin embargo la ley es tablecía que estando en una capilla el obispo o arzobispo se le die se la paz primero a éste y luego al virrey o presidente de la Audiencia, y la paz debe ser una suministrada sólo por un sacerdo te.
25 Como se avecinaba una fiesta -San Pedro Nolasco-en la que el celebrante era el obispo, éste consultó al gobernador Ceva llos para saber qué era lo que correspondía hacer.
El gobernador respondió que sus asesores le aconsejaron mantener la costumbre en aquella función y en las que siguieran, cosa que se hizo.
El proble ma surgió mas adelante con el Cabildo, en la festividad de las Ca talinas, el 30 de abril de 1765, en que la paz se le dio luego de que la tomó el prelado y todo el clero (a esta festividad aparentemente no habría asistido el gobernador).
Este hecho se repitió en varias oportunidades, siendo atribuido por los regidores a un descuido ca sual la primera vez, y negándose a recibirla desde la segunda en adelante.
Sucedió lo mismo incluso con el gobernador presente, quién también fue precedido por de la Torre en la percepción de la paz, agregándose a esto que el mitrado, contrariando la costumbre, no esperaba a los capitulares en la puerta de la Iglesia, como tampoco aguardaba la cortesía del Cabildo secular para despojarse de los or namentos pontificales luego de la misa.
Ante esta situación, el cuerpo capitular, molesto porque:
"... se ha dado materia para que se hable en el Pueblo, cediendo to do, en cierta especie de menosprecio al decoro y autoridad que re presenta este cuerpo... ", 26 decide instruir al teniente don Juan Manuel de Lavardén, oidor honorario de la Real Audiencia de La Plata, mediante el procurador general, para entablar recursos y abstenerse de concurrir a las mi sas con el prelado.
La pretensión del cuerpo era seguramente que el diocesano averiguara por qué no asistían a las funciones y esta- blecer un acuerdo, o por lo menos negociar algún tipo de salida, pero éste no se molestó ni se dio por aludido.
Así llegó el día de San Carlos, onomástico de S.M., en el que se practicaba doble ce lebración� en esta ocasión el Cabildo salió del fuerte acompañando con sus maceros al general de los Recoletos, dirigiéndose en línea recta a la catedral donde esperaba el eclesiástico para el corres pondiente recibimiento y de allí se encaminaron al convento de San Francisco luego de aceptar los saludos de los canónigos.
Mien tras en la catedral se desarrollaba la función solemne con de la To rre como celebrante, en San Francisco se realizaba otra con asistencia del cuerpo capitular.
Para la fiesta del patrono de Buenos Aires, San Martín de Tours, los regidores dispusieron que la celebración se efectuara también en la iglesia de San Francisco, para lo cual decidieron darle a su ma yordomo los fondos para sufragar los gastos consiguientes.
Al año siguiente, en 1766, el gobernador se sumó a las celebraciones del Cabildo, dejando de asistir a aquéllas en que oficiaba el prelado, ocasionando no poco escándalo.
El oidor honorario Lavardén, que ya había sido comisionado al efecto, confeccionó un informe con declaraciones de varios tes tigos aportados por el Cabildo, en el que se afirmaba que el obis po estaba empeñado en quitarle los honores y el reconocimiento que le correspondían al cuerpo, advirtiéndose además, que S.I. consulta ba sus asuntos con el Dr. Juan Baltasar Maciel y que por lo tanto seguramente era influido por él.
El oficio fue remitido a Cevallos quien, como ya dijimos, tanto en la consulta del obispo si debía con tinuar con la costumbre como en las misas en San Francisco, pare cía estar de acuerdo con los capitulares.
El mitrado, por su parte, escribió a Madrid acusando al gobernador de instigar la conducta del Cabildo e invoca en su favor la Recopilación de las Leyes de los Reinos de Indias en orden a lo dispuesto a la ceremonia de la paz.
27 El hecho de colocarse bajo la protección de la Recopilación no era tan conveniente para de la Torre, dado que el Cabildo en su informe y antes Cevallos, informaron al Consejo de Indias que el prelado había hecho su entrada a la ciudad bajo palio, lo que estaba prohibido por la ley y confirmado desde cuando hizo su ingreso Ba surco y Herrera.
Hubo algunos pequeños desencuentros más, con su cruce acostumbrado de notas que solo acrecentaron el conflicto.
Hacia mayo de 1766 -a casi un año y medio de surgidos los problemas-los regidores dirigieron a S.I., ya que se avecinaba la fiesta de Corpus a la que debían asistir en cumplimiento de orde nanzas dictadas previamente, una nota proponiéndole un acuerdo consistente en que se practicasen las etiquetas y cortesías que eran costumbre.
El obispo respondió que temía lesionar el derecho de pa tronato si ponía en práctica lo sugerido, ante lo cual el cuerpo ca pitular despachó al gobernador un oficio solicitándole que analizase el asunto.
Cevallos no encontró nada que objetar y pidió al prelado que pusiera en práctica las etiquetas propuestas en tanto el monar ca no dispusiera otra cosa.
El año de 1766 concluyó sin novedades respecto al problema origir: iado en la ceremonia de la paz, siendo gobernada la región desde el 15 de agosto por Francisco de Paula Bucarelli.
La solución llegó con una real cédula desde San Ildefonso, fe chada el 25 de agosto de 17 6 7.
El rey pedía la conservación de la armonía entre el Cabildo y el mitrado, ordenándoles que en las fies tas se siguiesen el ceremonial y las leyes del reino, si la costumbre no era contraria.
Ante cualquier duda el cuerpo capitular debía de liberar con el gobernador y remitir lo decidido al Real Consejo de Indias.
Esta cédula se recibió casi al cierre de las actividades de la corporación y quedó sin tratar.
Bucarelli, en julio de 1768, solicitó a los capitulares un informe en orden a las etiquetas que pretendían que se guardasen por el obispo de la diócesis.
28 El Cabildo secular no contestó la solicitud durante lo que faltaba de ese año; pero el prelado, sin embargo, no se quedó tranquilo y escribió a S.M. soli citando que se zanjasen los puntos controvertidos de la etiqueta po niendo mas peso en las leyes que en las costumbres.
Para una mejor toma de decisiones, desde Madrid se pidió la formulación de las exigencias que cada uno pretendía, cosa que se cumplió puntualmente.
Unos meses más tarde, en agosto de 1770, cuando Bucarelli había retomado a España y ocupaba su lugar Juan José de Vértiz, llegó la solución final a esta prolongada controver sia mediante cédula del 8 de agosto de 177029 que establecía: Hasta aquí el desarrollo y conclusión de los hechos relativos al problema de la ceremonia de la paz y los conflictos entre el obis po, Cevallos y el Cabildo; pero hay aún uno más que tuvo lugar a fines de 1766.
Efectivamente el 8 de diciembre de 1766 se produ jo un desencuentro entre el Cabildo eclesiástico y el secular a raíz de que el primero no salió a esperar a los capitulares y al gober nador en la puerta de la catedral y si lo hicieron con S.I., que lle gó después.
La reacción ante esta situación fue el retiro inmediato -tanto de Bucarelli como de los regidores-sin asistir a la fun ción.
El concilio catedralicio alegó un descuido y dio la correspon diente satisfacción accediendo a lo propuesto por el Cabildo secular: 74 "l.
Ninguna función de tabla o extraordinaria debía comenzar antes de las 9 de la mañana.
El Cabildo eclesiástico avisaría al secular cuando estuviese a punto para recibirlo dignamente.
Esperarían a éste al menos dos dignidades o un cura y clérigos.
No debía darse el caso de esperar el obispo al Cabildo secular ni este al obispo." 3 o Su Ilustrísima aceptó sin inconvenientes la propuesta y así se verificó.
31 El obispo también debió pasar por una crisis con su Cabildo eclesiástico, a raíz de la designación en 1767 -año de la expulsión de los jesuitas-del Dr. Maciel, que no integraba el Cabildo, como provisor y vicario general del obispado.
La elección en sí no fue cuestionada, sino el lugar que Maciel ocuparía en el coro de la ca tedral ya que el diocesano había ordenado que se sentara luego del arcediano.
El concilio catedralicio protestó tal colocación sugirien do que no se le diese lugar en el coro o que fuese al final después del último canónigo, aunque hubiera antecedentes que favorecían la decisión del prelado.
Para zanjar la cuestión se informó al monarca y éste, por real cédula del 28 de marzo de 1768, decidía que el pro visor debía sentarse después del deán o de quien presidiere el cuerpo.
Hubo además un conflicto en el que tuvo intervención Maciel que, si bien no fue producto de un desacuerdo en precedencias, pue de ilustrarnos algunas cosas acerca de este período.
Se hallaba vacante la canonjía magistral y el obispo, para cubrirla, convocó a concurso con votación secreta, modo habitual en que se cubrían los cargos.
Según el jurado, la dignidad debía recaer en Maciel, quien ocupaba el primer lugar en la terna elevada al gobernador Bucare lli, seguido por el Dr. José Antonio de Oro y el Dr. Antonio Ro dríguez de Vida.
El problema surgió cuando dos clérigos -Juan Cayetano Femández de Agüero y Pedro José Crespo-sindicaron la votación de injusta y apasionada.
Nuevamente fue informada la Cámara de Indias acerca de los sucesos e inmediatamente se envia ron sendos informes, uno con la firma de Bucarelli y otro con la de
FERNANDO CARLOS URQUIZA De la Torre notificando la muerte del deán de los Ríos en cuyo reemplazo ambos proponían a Maciel.
32 El Consejo de Indias no tomó en cuenta la proposición y designó deán al maestrescuela José de Andújar, dejando de lado al arcediano Riglos -a quien le hu biera correspondido el cargo-además de confirmar al provisor Ma ciel en la canonjía magistral.
Riglos censuró al obispo, alegando que el motivo por el cual le fuera negada su promoción fue el conjun to de malos informes confeccionados por el prelado y éste le acu só de proferir vituperios hacia su persona.
El rey ordenó, mediante cédula del 22 de diciembre de 1770, que ambos, pastor y arcedia no, estuvieran en armonía y paz.
33 En 1773 S.I. se dirigió al Concilio de La Plata, que comenza ba ese año; el obispo permanecería allí hasta su muerte en 1776.
Dos años más tarde se daba por finalizada la reunión por muerte de más de la mitad de sus integrantes.
Desde el alejamiento del prelado, el gobierno de la diócesis quedó en manos del provisor Maciel.
También bajo su gestión hubo enfrentamientos por etiquetas, en los que él no tuvo un rol protagó nico.
Los sucesos comenzaron cuando en las proximidades del Vier nes Santo, cuya celebración se llevaba a cabo en la iglesia de la Merced, el comendador de la orden remitió la invitación correspon diente al Cabildo de la ciudad con un religioso, cuando lo espe rado era que asistiera el comendador en persona.
Se sintieron agraviados los regidores pero decidieron, por el momento, no tomar medidas excepto el envío de una nota 34 informándole de la situa ción y que le esperaban en la tarde del día siguiente para un arre glo amistoso.
El comendador ni fue, ni se disculpó, ni manifestó señales de arrepentimiento, hiriendo el orgullo de los capitulares, quienes aplicaron su ya tradicional receta de no asistir a las funcio nes s1 las invitaciones no se realizaban en la forma esperada por ellos.
El problema se agravó cuando los mercedarios oficiaron una misa de acción de gracias por el nacimiento de la princesa Carlota, invitando al Cabildo secular de igual modo que lo habían hecho an tes y llevando personalmente las esquelas al Cabildo eclesiástico.
Como si esto fuera poco, cuando se realizaron en el convento franciscano honras fúnebres a un conocido personaje, el guardián de dicho monasterio no salió a recibirlo ni a ofrecerle agua bendita35 conducta que, según los capitulares, se debía a la influencia de los mercedarios.
Se ordenó al portero que, junto al escribano del Cabil do, reunieran a los superiores de la orden y les apercibieran acerca de sus obligaciones.
En la reunión los sacerdotes se disculparon ale gando una confusión de último momento, pero estos hechos se re pitieron en tres oportunidades más.
Ante tal situación, el alcalde de primer voto, con anuencia de los demás regidores y del gobernador, solicitaron al provisor que tomara las medidas correspondientes.
El Dr. Maciel dispuso un auto recriminando a los regulares cuyo texto, además, satisfacía por completo las demandas del cuerpo capitular.
Como telón de f ando de esta serie de conflictos con los que hemos llegado a 1776, hay un conjunto de sucesos que debemos tener presentes para evitar caer en errores que seguramente come teríamos si analizáramos lo relatado fuera de contexto.
Ya hemos adelantado que la etiqueta y la conducta de los actores políticos de tipo antiguo son formas de actuación política y que creemos guar dan relaciones con hechos "puramente políticos".
Los dos sucesos principales que marcan esta época son, por un lado, los problemas de límites con Portugal, y por el otro la expul sión de los jesuitas, y como se sabe, ambas cuestiones están en ín tima relación.
En 1750 España y Portugal firmaron el Tratado de Permuta en el cual se establecía básicamente el intercambio de la colonia de Sacramento por un amplio territorio en el Chaco para guayo, que quedaria bajo dominio portugués.
Una de las secuelas de la aplicación de este acuerdo fue la Guerra Guaranítica, guerra en la cual los indios que habitaban en las misiones bajo el lideraz go de algunos padres de la orden de San Ignacio, se enfrentaron a FERNANDO CARLOS URQUIZA los ejércitos español y portugués porque no querían abandonar sus territorios.
En 1759 este tratado fue anulado y don Pedro de Ceva llos -designado gobernador de Buenos Aires-al frente de una importante tropa compuesta en gran parte con indios de las misio nes y con apoyo de sus frailes tomaron la Colonia de Sacramento en 1762, que fue devuelta luego del establecimiento de la paz.
Son ampliamente conocidas las opiniones encontradas que ma nifestaban los ministros, gobernadores, funcionarios y soldados de S.M. frente a la cesión o no de la Colonia.
Esquematizando las co sas, dado que no nos interesa profundizar en el tema, podrían re ducirse a dos las posturas.
Una, encarnada en el ámbito local por Cevallos, sostenía que España, por su capacidad militar en la zona y su potencial económico, podía quedarse tanto con la Colonia como con las misiones.
La otra línea de pensamiento, expresada por el marqués de Valdelirios, era la que indicaba que se debía mantener la posesión de la Colonia y ceder las misiones, impidiendo de este modo la penetración lusitana en el Río de la Plata aunque debieran perderse importantes territorios y riquezas.
En 1776 el rey Carlos 111 decide darle una solución definitiva al problema diseñando una política cuyo objeto es el guamecimien to de sus colonias en el sur del continente; por tal motivo crea el Virreinato del Río de la Plata y envía a Cevallos, que además de ser designado virrey, venía al frente de una poderosa flota de bar cos y soldados, con lo cual recuperaría la Colonia del Sacramento, el territorio de las misiones y la isla de Santa Catarina.
En virtud del Tratado de San Ildefonso de 1777, España retendría estos terri torios excepto la isla de Santa Catarina.
Si analizamos la figura de Cevallos desde el punto de vista de su biografía, encontramos que podría ser calificado como un fun cionario "típico" del despotismo ilustrado, y su largo y brillante cur sus honorum así lo indica; una carrera básicamente militar que se desarrolló tanto en Europa como en América donde accede, coro nando sus triunfos, al más alto cargo político.
Sus éxitos bélicos, ayudado seguramente por los jesuitas, le valieron el ascenso en 1766 para comandar los ejércitos españoles en la península, diez años más tarde y tras un nuevo ascenso -esta vez a virrey-volverá a Bue-78 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es nos Aires a concluir una brillante campaña militar.
En 1777 retor nará a Madrid para morir al año siguiente.
Sin embargo, su opinión favorable a los jesuitas es conocida y se encuentra ampliamente do cumentada a través de su correspondencia con el ministro de Mari na e Indias, J ulián de Arriaga, 36 así como de los propios jesuitas en sus despachos con el procurador general de la Compañía Igna cio José González.
37 Estas buenas relaciones con los frailes de San Ignacio serían algo contradictorio para un funcionario "típico" de la monarquía ilustrada, si desconociésemos el papel fundamental que éstos jugaron en el cursus honorum de Cevallos, quien es ascendi do, casualmente, un año antes de la expulsión.
Otro personaje importante de la época era el obispo De la To rre, designado en 1762 para la diócesis porteña, de la que se hizo cargo efectivo en 1764.
Antes de esta mitra había ocupado la de Paraguay, en cuyo desempeño había tenido buenas relaciones con el gobernador.
En una de sus visitas en Paraguay, el informe en viado al rey es tan minucioso e ilustrativo que mereció una cédu la congratulatoria fechada en El Pardo el 17 de enero de 1765.
38 En dicha exposición sugirió al monarca que dado que las misiones -al menos las que correspondían al obispado de Paraguay-es taban en estado floreciente, también se hallaban en condiciones de tributar el diezmo, como los demás cristianos del Imperio, cosa que le enajenó la simpatía de la Compañía de Jesús, como era de esperarse.
En Buenos Aires también chocó con Cevallos pero no con Bu carelli -sucesor de éste, que gobernó Buenos Aires entre 1766 y 1770-que fue quien organizó la expulsión hasta en su mas míni mo detalle.
En esta época y a propuesta de De la Torre, comenzó su carrera el Dr. Maciel al ser designado provisor y tener la po sibilidad de presentarse a una oposición para la canonjía magistral que abrió el diocesano.
El principal mérito de Maciel era, según tes tigos de la época, militar en el bando antijesuita.
39 En efecto, no son pocas las referencias a la postura contraria del provisor a los frailes de la Compañía y mas recientemente, en un análisis de sus opiniones, quedan en claro los reparos que tenía frente al probabi lismo y laxismo que impregnaban las ideas de los expulsos.
40 Teniendo presente este brevísimo e incompleto panorama, ve mos que las etiquetas -en tanto que explicitadoras y proveedoras de rango y prestigio--cobran un nuevo sentido, dándonos elemen tos para evaluar mejor las conductas de los actores en cuestión.
Luego del primer conflicto, el que se suscitó entre los francis canos y el Cabildo, que será analizado con los otros desencuentros con el clero regular, aparecen los roces entre el obispo y el cuerpo capitular por la recepción del primero bajo palio sostenido por los regidores.
Es claro que aquí aparece una cuestión de rango, en la cual los capitulares no quieren mostrarse ante los ojos de la ciudad como muy distantes de la autoridad que encama el obispo y vice versa.
Cuando surge el conflicto por la ceremonia de la paz, el go bernador Cevallos se inclina por mantener la costumbre favoreciendo, de esta manera, al poder local.
El obispo se muestra en ese momen to -al pedir la vigencia de la ley y no de la tradición-como un jansenista, 41 ya que la ley dictada por el rey ordena el culto, aun que también es cierto que recuerda esta ley que lo beneficia y no la que le prohíbe ser recibido bajo palio al entrar en la ciudad.
Lo que en definitiva parece estar pasando es un reacomodamiento del poder municipal frente a la autoridad del obispo, que es ayudado 39 El obispo de la Torre lo recomendó repetidas veces y Bucarelli lo encuentra su mamente útil para reorganizar el culto en base al Concilio de Trento y los cánones, ya que hasta el momento se había establecido todo fundado en la costumbre instituida según el cri terio de los expulsos, a lo que se agregaba el desconocimiento por la mayoría del clero de las disposiciones conciliares.
El obispo de la Torre al rey.
Citado por Bruno: Historia de la Iglesia...
40 Chiaramonte, José Carlos: La Ilustración en el Rio de la Plata, cultura eclesiás tica y cultura laica durante, el Virreinato, Buenos Aires, 1989, Introducción.
41 Utilizamos este término en el sentido que tenía en España en esa época, es decir designando a los regalistas y antijesuitas.
La pregunta que surge a estas alturas es: ¿a que se debe que haya un reacomodamiento de poderes?
El marco que hemos plan teado podría sugerimos la respuesta.
Como se ha visto, la adopción de un severo regalismo y la expulsión de la Compañía de Jesús, no fu e ron decisiones tomadas de un día para el otro por una camarilla o un rey impío, sino que ambas resoluciones forman parte de un proceso cuyo marco general fue Europa, con un desarrollo particu lar en España y con repercusiones específicas en el resto del Impe rio.
Precisamente creemos que es este proceso el que desata, en el: Río de la Plata, estos reacomodamientos, ya que seguramente el Ca-.. bildo no era ajeno a la creciente ondé:\ de avance del poder político sobre el religioso, mientras que, por otro lado, el obispo que no ve ría con buenos ojos la pérdida de su tradicional poder, sobre todo en una coyuntura crítica, en breve deberá, junto al gobernador, or ganizar el extrañamiento, p�a lo cual tenía que contar con el má ximo de autoridad posible.
Durante la ausencia del pastor -desde 1773-y luego de su muerte en 1776, es decir el período de la gestión del provisor Ma ciel, no hubo problemas excepto el ya citado con los regulares.
Problemas de etiquetas, volvemos a tener luego de 1776, en el segundo período que marcábamos al principio, cuando el Cabildo, en virtud de una orden del virrey, había logrado que se le diese la paz por un sacerdote.
La disputa surge cuando en una función a la que no asiste el virrey, la paz les es dada por un acólito.
Luego de las protestas de costumbre, el deán asegura que, de repetirse el he cho, multaría al clérigo transgresor.
En la misa siguiente, a pesar de todas las promesas, volvió a suceder lo mismo, lo que motivó por parte del cuerpo capitular la amenaza de acudir a S.M., si no se sa tisfacían sus pretensiones.
42 Seguramente el Cabildo fue complaci-do en sus deseos ya que no aparecieron nuevas quejas al respecto.
Mientras tanto, el virrey Vértiz -quien poseía el cargo desde 1778había solicitado a Lima una lista de ceremonias que se observaban en las iglesias peruanas frente a la máxima autoridad virreinal.
La respuesta obtenida fue enviada al obispo Malvar y Pinto -sucesor de De la Torre-y éste la remitió al Cabildo eclesiástico para su puesta en-práctica, el 25 de agosto de 1780.
El concilio catedrali cio devolvió la nota con algunas observaciones y cédulas transcrip tas que marcaban contradicciones con las leyes y las ordenanzas conciliares, a la vez que solicitaba una decisión real.
43 Antes de que llegara la respuesta se habían sucedido algunos roces con Vértiz: por ejemplo en la fiesta de San Martín, el 11 de noviembre, se nombró primero al prelado y luego al virrey en el sermdn, aún cuando había orden del último para que sucediese exac tamente lo contrario, tal como se hacía en Lima.
Por otro lado el diocesano no había pasado el día ��l cumpleaños del rey por el fuer te, a efectuar las felicitaciones correspondientes y cumplir con el besamanos; esto sin duda era una falta grave para la época y segu ramente pesó en el ánimo del rey cuando evaluó la situación.
Como si todo esto fuera poco, hubo además incumplimiento del mitrado cuando se le pidió un infonne con su opinión acerca de la decaden cia de los pueblos guaraníes.
44 El rey ordenó, mediante una cédu la fechada en San Lorenzo el 24 de octubre de 1782 45, establecer el mismo ceremonial que en Lima, agregando además una nota crí tica hacia el prelado.
"Vuestra conducta se ha hecho muy reprobable y digna de severa re prensión (... ) si en lo sucesivo no os contenéis dentro de los límites de vuestro ministerio, y procuráis con vuestro ejemplo y providen cias exhortar a vuestros diocesanos al mayor respeto y veneración a mi real persona y a la de ese mi virrey que la representa, se proce- Una nueva disputa tuvo lugar cuando la Junta de Temporali dades -que administraba los bienes de los jesuitas-decide sacar en 1781, la cátedra de Filosofía a oposición.
Se realizó el acto en la iglesia perteneciente a la Compañía, que por el momento servía de catedral, pero sin avisar al obispo.
El problema con el virrey surge cuando el prelado advierte que antes de que llegue Vértiz hay dos soldados armados apostados en la puerta del templo, y que cuan do éste llega trae varios más a modo de guardia personal.• El hecho de que los soldados vigilaran la puerta y se pasearan dentro de la iglesia con espuelas y armas bastó para que Malvar y Pinto cursa se un oficio al virrey notificando la profanación del lugar.
46 La res puesta de la máxima autoridad del Virreinato fue una recriminación por no haber repicado cuando él llegó y cuando se fue, agregando además, que dicho templo no era la catedral sino uno sometido a la autoridad de la Junta de Teinporalidades, por lo que desestimaba su denuncia.
El obispo envió al rey en 1781, junto a un extenso informe, la carta de Vértiz 47 con la intención de mostrar en la corte los malos modos y comportamiento de éste.
El virrey debió defender acto por acto la ceremonia, aprovechando para sugerir también, insinceridad en las expresiones del prelado.
El Consejo de Indias decidió apro bar lo actuado por Vértiz y declarar infundada la representación del mitrado.
48 En 1785 hubo, además de las mencionadas, otra desavenencia entre ambas autoridades.
S.I. había dictado un bando que debía pu blicarse en todas las parroquias el 19 de mayo de 1780, pero el cura de la Concepción, Antonio Femández, desobedeció la orden, siendo reconvenido.
Tras una segunda intimación cumplió, dando a publi cidad la nota.
De todos modos el obispo, que ya contaba con un an- FERNANDO CARLOS URQUIZA tecedente de Femández, lo sumarió y le ordenó presentarse en ca lidad de recluso en la Recoleta, dejando el curato en manos de un teniente cura a su costa.
Apeló Femández ante el virrey y volvió a ser intimado.
Nuevamente recurrió el cura a Vértiz anteponiendo re curso de fuerza,49 a la par que recibía por tercera vez la adverten cia acompañada de una amenaza de excomunión.
El obispo solicitó también apoyo secular para hacer cumplir sus órdenes, y es aquí donde se plantearon los problemas.
El virrey se encontró con que tanto Malvar como Fernández recurrieron a él, uno en contra del otro.
Sus asesores le aconsejaron aceptar la soli citud del cura, pero Vértiz decidió solucionar las cosas de otro modo: a través de una reunión amistosa.
La conferencia se llevó a cabo participando el prelado, el virrey y los asesores de éste, quienes lue go de discutir el tema acordaron dejar todo en manos de los conse jeros.
Los asesores demoraron en dar su respuesta, lo que llevó al mitrado a suspender todo ejercicio jurisdiccional y episcopal ya que no se sentía respaldado por el poder secular y temía ser víctima de reiterados desaires por ello.
Finalmente los consejeros proponen una solución favorable al cura de la Concepción, Antonio Femández, siendo el expediente firmado de inmediato por el virrey.
Esto llevó a que las relaciones con el diocesano no sólo no fueran buenas, sino que además se vieran agravadas cuando el pas tor apeló a Charcas.
El dictamen del tribunal, favorable al obispo, establecía que se debía prestar el real auxilio, si no hay causa de por medio en la que intervenga el prelado.
50 Vértiz, por su lado, escribió al monarca objetando que no es a la Audiencia a quien le corresponde definir el tema, ya que el real auxilio es un asunto de gobierno y no de justicia.
El Consejo de Indias dio un final al plei to en 1782, estableciendo que, a su juicio, Malvar había procedido con demasiado acaloramiento, que fue un error suspender su minis terio episcopal y que de ahí en adelante debía cesar en su oposición al virrey.
51 Para Vértiz solo hubo premios ya que sus procedimien tos fueron considerados justos, moderados y arreglados a las leyes del reino.
Asimismo se le informó que había sido reprendido el pre lado, ordenándosele mantener buenas relaciones con él, por lo tan to el monarca espera la misma actitud de su representante.
52 No terminan aquí las desavenencias entre Vértiz y Malvar, que volvieron a tener enfrentamientos a raíz de las corridas de toros.
Di chos eventos habían sido prohibidos en 1567 por el Papa San Pío V, pero habían sido permitidos en España en virtud de una petición de Felipe II ante Gregorio XIII en 1575.
En Buenos Aires se reali zaban corridas desde principios de diciembre hasta el día de ceni zas, efectuándose encuentros en dicho lapso los fines de semana y días de fiesta, tanto por la mañana como por la tarde.
Así, según el parecer del obispo, muchos sacrificaban la misa con el objeto de asistir a estos espectáculos.
Los conflictos aparecen cuando en 1779 el virrey recibe, luego de solicitar anuencia a S.I. para llevar a cabo las esperadas corridas, una respuesta negativa basada en las dispo siciones papales.
Ante la insistencia, el diocesano accedió a medias, prohibiendo las corridas matutinas y las que tenían lugar los días de la Inmaculada, Navidad, Año Nuevo y Reyes.
Al año siguiente, en 1780, fue negado directamente el permiso por el pastor aunque no prohibió el espectáculo, sino que amenazó poner edictos en las puer tas de las iglesias manifestando que él no dispensaba la asistencia a las fiestas taurinas.
Ante peticiones de los vecinos de la ciudad, el prelado consintió que se practicase una cada diez días y un do mingo sí y otro no. 53 El virrey, cortando por lo sano, decidió otorgar él mismo per miso para las corridas, estableciéndolas por la tarde hasta carnaval, FERNANDO CARLOS URQUIZA todos los días de fiesta y fines de semana.
También informó su de cisión al monarca y al obispo, quien no quedándose tranquilo, se quejó al rey relatando la situación y resaltando el desprecio demos trado por Vértiz hacia la jurisdicción eclesiástica.
Desde España se envió una real cédula con copia para el dio cesano en la que se disponía que no se corriesen todos los días de riguroso precepto y que se conserve por los medios posibles el me jor orden, •evitando todo escándalo.
En dicha ordenanza se aclaraba, además, que el prelado no tenía autoridad jurisdiccional para inter venir en el asunto.
54 El ejercicio del derecho de patronato vino a producir un últi mo conflicto entre Malvar y Pinto, ya electo para el Arzobispado de Santiago de Compostela, y la máxima autoridad del Virreinato.
El prelado, que tenía conf armadas las temas para ocupar los cura tos de Santa Fe y de Nuestra Señora del Pilar de Buenos Aires, se las envió a Vértiz para que éste efectuara las designaciones corres pondientes.
El virrey, en vez de elegir a quienes encabezaban las listas -los doctores Antonio de Vera Mujica y Juan Francisco de Castro y Careaga-, prefirió a aquellos que ocupaban los segundos lugares -los sacerdotes Antonio Guzmán y Miguel de Tagle-.
Esta selección disgustó al diocesano, que acusó de nulidad la elección y negó la institución canónica a los candidatos del virrey, quien in formó ante S.M.:
"Apenas se ha presentado asunto, en que haya habido alguna discon formidad en el virrey con su dictamen, cuando se ha encendido una disputa, la mas ardiente y tenaz que ha seguido dicho reverendo Obis po en la sustancia y en el modo, con la misma franquicia y libertad que si lo hiciera con el mas infeliz alcalde ordinario (... ) particular mente desde que Vuestra Ma j estad tuvo la dignación de presentarlo para la mitra de Santiago de Galicia... ".
55 También ordenó Vértiz que le fueran remitidas las actuaciones con testimonios de haber dado la institución canónica a Tagle y Guzmán antes de la diez de la mañana del día siguiente, 19 de di ciembre de 1783, ya que de no cumplir el obispo se exponía a la pena de extrañamiento y pérdida de sus temporalidades.
El pastor contestó que Vera y Castro habían solicitado la suspensión de la institución hasta tener respuesta del monarca, pero que seguro de la nulidad, daría pese a todo la institución a Tagle y a Guzmán bajo protesta.
Esto se cumplió y se informó, según el virrey, cuando había pasado mas de una hora del plazo fijado, en el preciso instante en que el teniente coronel Manuel de la Quintana se preparaba a eje cutar la pena.
Carlos 111, a su vez, ordenaba, en 1786, que conf or me a la ley se debe dar la colación canónica a los sujetos presentados por el vicepatrono si están comprendidos en las temas y a los vi cepatronos aconsejaban proceder con mucha circunspección en las elecciones.
56 En sus relaciones con el Cabildo secular, el prelado no tuvo dificultades, a diferencia de su antecesor, pero sí las tuvo con el Ca bildo eclesiástico.
Uno de los• problemas surgió al advertir el pastor que su Cabildo, cuando ocupaba el coro en la catedral, se ponía de pie al fin de cada salmo para cantar el gloria patri.
Esto era con trario al ceremonial y el obispo quiso corregir la situación alec cionando al maestro de ceremonias.
Los canónigos se negaron a modificar su conducta alegando el conocido argumento de la "in memorial costumbre".
Sin cejar en sus propósitos, el diocesano con cibió la idea de asistir él mismo al coro y regular, a través de sus propios movimientos, los del concilio catedralicio.
Todo redundó en un detrimento de su autoridad ya que los capitulares siguieron po niéndose de pie mientras que S.I. permanecía sentado junto a sus capellanes.
El Cabildo eclesiástico pasó a la ofensiva solicitando por nota, que se separase del rezo a los capellanes Mateo Alonso y José Ma riano Jaunzaraz --que seguían al obispo-por su actitud provoca tiva.
El prelado no contestó, ante lo cual los canónigos acudieron al 56 AGI, Buenos Aires.
Real cédula en Madrid, 22 de julio de 1786, citada por Bruno: Historia de la Iglesia...
Tomo L. núm. /, /993 virrey en su calidad de vicepatrono y éste expidió órdenes, con fe cha del 12 de diciembre de 1782, de expulsar del coro a los cape llanes que no siguieran al Cabildo eclesiástico en sus movimientos.
En 1783, luego de estos sucesos, se recibe en Buenos Aires noticia de que el mitrado había sido propuesto para la silla arzobis pal de Santiago de Compostela.
Todos felicitaron y brindaron sus plácemes al prelado, desde su Cabildo hasta el virrey pasando por el Cabildo secular.
Malvar ordenó inmediatamente que el deán Po licarpo de Mendoza y el canónigo doctoral recibiesen en su nom bre el gobierno de la iglesia de Santiago, pero a la vez siguió gobernando la diócesis de Buenos Aires, y lo hacía, según el Ca bildo eclesiástico, prescindiendo totalmente de su apoyo en asuntos de gravedad como la provisión de curatos y beneficios.
En nota del 18 de agosto de 1783 los canónigos le manifestaron al diocesano su desacuerdo acerca de como se planteaba la situación y le solicita ron que declarase la sede vacante,57 a lo que él contestó, por nota del 21 de agosto,58 negándose rotundamente y ordenándoles abste nerse de impedir el ejercicio de su ministerio.
Ambos, Cabildo eclesiástico y obispo, recurrieron al arbitrio del virrey.
El prelado argumentaba que aún no había fiat de Su San tidad -que llegaría el 23 de septiembre de 1783-y que había fundamento para una posible rectificación de su propuesta.
Los ca pitulares, por su parte, aducían que querían evitar vicios de nulidad en actos tan importantes al ser realizados por un obispo cuya potes tad jurisdiccional estaba en duda.
Vértiz decidió que debía apoyar por esta vez a Malvar y Pinto, dictaminando el 25 de septiembre de 1783 que hasta que no se reciban las reales cédulas, el prelado debe ser amparado en la silla y jurisdicción que poseía.
Posteriormente a los hechos y para evitar este tipo de desacuerdos, Carlos III esta bleció en 1786 que las diócesis no entrarían en vacancia hasta te ner aviso por oficio del Consejo de Indias, quedando exceptuadas de este decreto las mitras acéfalas por fallecimiento.
59 El obispo Malvar recibió permiso para partir de Buenos Aires el 6 de febrero de 1784, entregando el gobierno en sede vacante ese mismo día al Cabildo eclesiástico de Buenos Aires.
6 ° Casi un mes después Vértiz entregaba al nuevo virrey del Río de la Plata, Nico lás del Campo, marqués de Loreto, posesión del cargo.
Uno de los primeros problemas que debió resolver el nuevo re presentante real fue cómo finalizar con los escándalos derivados de la elección del provisor que gobernaría la sede vacante.
Luego de la partida de Malvar hacia su nuevo cargo, el Cabildo eclesiástico se reunió el 9 de febrero de 1784 con el objeto de designar al reem plazante temporal del prelado, llevándose a cabo la acostumbrada votación.
El deán Andújar declaró que dada la existencia de una cé dula que decía que el provisor debía ser graduado en cánones, vo taba por Maciel.
El arcediano Riglos expuso que no constándole tal cédula, votaba por el maestrescuela Lino de León.
El chantre Pedro Ignacio Picasarri optó por el arcediano Riglos, tal como lo hizo el maestrescuela de León.
Maciel, a su tumo, afirmó la existencia de dicha real cédula pero renunció a la posibilidad de ejercer el cargo, a la vez que votaba por el deán Andújar; 61 como nadie obtuvo la mayoría de votos debieron reunirse nuevamente al otro día para efec tuar la elección.
En ésta resultó electo el maestrescuela Lino de León con votos de Riglos, Picasarri y el suyo propio, frente al cura de la catedral Vicente Arroyo, que fue votado por Andújar y Maciel.
Cuan do se solicitó la firma del título, tanto el deán como el magistral se negaron aduciendo nulidad en el acto eleccionario mientras recu rrían, tanto una parte como la otra, al virrey en defensa de sus pos1c10nes.
En tanto el marqués decidía, se llegó a un arreglo fruto de una propuesta de Maciel: se diputaría a Riglos interinamente con algu nas limitaciones a su jurisdicción, quedando así la situación duran te algunos años.
62 En efecto, el virrey, por nota del 5 de diciembre
de 1786,63 solicitó a Picasarri -que ahora ocupaba el deanato por muerte de Andújar-la sustitución de Riglos en el provisorato dado el lastimoso estado en que se hallaba la diócesis.
64 Los canónigos trataron durante varias reuniones el asunto ya que el Dr. Maciel ase guraba que para deponer a Riglos había que someterlo a proceso y darle la oportunidad de una defensa, a pesar de lo cual el 23 de di ciembre se votó por la separación del provisor notificándoselo de inmediato.
Riglos antepuso un recurso de fuerza ante la Real Audiencia -que funcionaba en Buenos Aires desde el 8 de agosto de 1785cuya resolución fue hacer lugar a la petición y suspender la deci sión del Cabildo que contaba con aprobación del virrey.
Mientras tanto Maciel, según cuenta el marqués en sus memorias, llevaba a cabo una encendida y provocativa defensa del provisor lesionando los derechos de la Iglesia y las regalías de S.M., lo que le valió el destierro a Montevideo decretado por el mismo Del Campo.
Era in tención de éste dejarlo ahí hasta la llegada del nuevo obispo, quien solucionaría definitivamente los problemas.
El nuevo prelado llegó el 30 de enero de 1788, un mes después de que el rey censurara severamente la conducta del marqués y ordenara la restitución de su canonjía al Dr. Maciel, quien falleció antes de enterarse de la buena noticia.
Manuel Azamor y Ramírez -tal era el nombre del sucesor de Malvar-había sido elegido, según el ministro Gálvez, por su ge nio pacificador, amor a la paz y literatura,65 dado que las caracte rísticas de la diócesis así lo requerían.
Las relaciones entre el obispo y el virrey no aportaron nove dad, repitiéndose las clásicas disputas que habían tenido lugar cuan do Vértiz ocupaba el cargo; también en este caso se mezclaron problemas de etiquetas y de ejercicio de patronato.
Entre los problemas de ceremonial tenemos que en más de una ocasión el prelado comenzó la misa sin esperar al representante real.
Así mismo muchas veces no hizo la reverencia de ponerse de pie a su ingreso al templo y tampoco le bendijo al comenzar las funcio nes.
El marqués de Loreto denuncia también que en varias oportu nidades faltó a las ceremonias del fuerte --onomásticas o cumpleaños de los reyes-o cuando lo hacía, al acercársele se quitaba la capa magna generando el consiguiente escándalo.
Pero no hubo denun cias a la corte por esto, solo una prevención en las memorias a su sucesor Arredondo, dado que no quería suscitar desavenencias.
66 En lo que respecta al ejercicio del patronato, Del Campo sí lu chó por las prerrogativas que le correspondían; así en los primeros meses de 1789 ofició el virrey a S.M. informándole acerca de las incorrecciones cometidas por el obispo al convocar a la oposición de la canonjía magistral.
En efecto, el prelado había publicado el edicto informando la vacante y el bando llamando a oposición sin la anuencia del representante _real, que en ambas ocasiones le recri minó su actitud.
Del Campo aceptó las reconvenciones pero adujo en su favor la inmemorial costumbre y trató por todos los medios posibles de mantener los edictos sin despacho real.
El rey envió en agosto de 1789 una cédula ordenando que en todos estos casos debía intervenir el vicepatrón con arreglo a la Re copilación, sin admitir costumbre contraria a dichas leyes.
67 Un grave problema se presentó con las exequias de Carlos III en 1789, al realizar el prelado honores por su lado junto a su Ca bildo eclesiástico, sin esperar los del Cabildo secular y el virrey; al suceso se agregó además que no invitó a los representantes del po der secular.
68 Solo un corto tiempo duraron las relaciones entre el marqués de Loreto y el obispo ya que el primero fue reemplazado en 1789 por Nicolás de Arredondo, con quien el pastor no tuvo disputas ex- cepto una muy leve en la que no tardaron en ponerse de acuerdo.
Sí hubo, en el período del ejercicio del poder por parte del prela do, conflictos con el Cabildo secular a raíz de que éste no se arro dillaba en el momento del lncamatus est durante la misa, lo que ocasionó que enviados del obispo preguntaran a los regidores cual era el motivo de esta actitud.
El alcalde de primer voto, como toda respuesta, prometió reunir al cuerpo y deliberar sobre el asunto; así pasó el tiempo sin que dieran respuesta efectiva al problema.
Tiem po después el pastor requirió nuevamente satisfacción a sus deman das y al no obtenerlas accedió al virrey (Loreto aún), quien determinó que estudiaría la cuestión en tanto que ordenaba que se respetase la costumbre.
Así en la fiesta de San Martín los capitulares repitieron la conducta que tanto molestaba a S.I., que ordenó que al final de la misa no se les diera la paz tal como se acostumbraba.
Reunidos en Cabildo extraordinario luego de la conflictiva misa, tomaron la decisión de oficiar al virrey protestando el caso y de enviar dos di putados al prelado para recriminarle su actitud.
El representante real solicitó informes a Lima sobre la conducta seguida allí en presen cia del virrey y de la Real Audiencia en las misas, pero antes re cibió del cuerpo capitular papeles certificados que probaban como desde la erección del virreinato la costumbre era la de lo practica do incluso luego de que se instaló la Real Audiencia de Buenos Aires.
69 No dejarán de agregarse nuevos motivos de disputa mientras se esperaba el fallo resolutivo de la corte, sufriendo el Cabildo la desatención de no ser recibido por ningún canónigo el 21 de ma yo de 1790, lo que motivó el anuncio del secular de que no asis tiría a las funciones de Semana Santa por temor de experimentar nuevos desaires.
70 Las novedades se produjeron el 9 de diciembre de 1790 -ya que hasta ese momento los regidores seguían sin hincarse en el lncarnatus est y también sin recibir la paz-duran te la misa de acción de gracias cuando el virrey Arredondo, por ahorrar disgustos e inconvenientes, se arrodilló él mismo al
natus -aunque no le correspondiese-induciendo a los capitulares a hacer lo mismo, repitiéndose la ceremonia en cada una de las mi sas a que asistían.
En febrero de 1791 se recibieron las cédulas que cerrarían de finitivamente el conflicto estableciendo que, en virtud de la Re copilación de leyes, no se podía dar la paz al Cabildo secular concurriendo el virrey o la Real Audiencia sin perjuicio de la cos tumbre imperante en Lima; agregaba además que los regidores de bían hincarse en el momento de entonar el Jncarnatus est y se incluía también un elogio para Arredondo por su decisión de arrodillarse cortando con las desavenencias y enfrentamientos entre el prelado y el Cabildo.
Un último conflicto tenemos en este siglo en ocasión de un be samanos motivado por el cumpleaños del príncipe de Asturias, el futuro Femando VII, el 14 de octubre de 1792.
En esta ocasión, tal como indicaba la costumbre imperante, pasaron todas las corpora ciones e instituciones a felicitar al príncipe en la persona del virrey.
Los plácemes correspondientes se hacían presentes según un estric to orden de precedencias que todos conocían y debían respetar y que determinaba que luego del Cabildo secular venía el eclesiásti co. Cuando tocó el tumo al secular, el alcalde de primer voto se adelantó y comenzó a pronunciar el correspondiente discurso mien tras que el virrey dirigía una sutil mirada a la concurrencia.
Los ca nónigos, al advertir el gesto, se presentaron en calidad de Cabildo eclesiástico y saludaron a Arredondo interrumpiendo el discurso del alcalde, quien inmediatamente se retiró haciendo la debida cortesía.
71 La lectura que de esto hicieron los regidores fue que detrás de la acción de los canónigos se escondía la intención de afrentar los en público, frente a una lucida concurrencia, según exponían en la nota enviada al virrey el 30 de octubre siguiente.
Arredon do no contestó hasta mayo de 1793, día en que ofició al cuerpo capitular ordenándole que se reunieran con los regidores del año 1792 y les informaran que en los actos públicos competía al deán y Cabildo eclesiástico la precedencia agregando que se habían 71 ACS, Serie IV, tomo I, págs. 26-27, 165 y ss. excedido en el lenguaje y el modo en que se dirigían a él.
72 El Cabildo, sin embargo, declaró nulo el auto del virrey y decidieron dirigirse directamente a S.M. ya que descartaban interponer recur so ante la Real Audiencia por el conocido desafecto que ésta les profesaba.
73 Como no llegaba respuesta de Madrid y se avecinaba otro besamanos, los capitulares se dirigieron al representante real con el fi n.de arreglar en conferencia el citado contratiempo.
Arre dondo no accedió a revocar su decreto sugiriendo a los regidores que volvieran a escribir a S.M. para solicitarle la anulación de la medida.
En septiembre de 1795, sin que mediaran besamanos por diversas causas, llegó cédula, fechada en Aranjuez el 24 de mayo, en la que se establecía que la precedencia correspondía al Cabildo secular y no al eclesiástico.
Al analizar esta larga serie de conflictos que hacemos comen zar en 1776, notamos que las disputas cuyos protagonistas son los virreyes y los obispos, comienzan en 1778 con Vértiz, sucesor de Cevallos en el cargo máximo local, siguen con el marqués de Lo reto y desaparecen con Arredondo, cuarto virrey del Río de la Pla ta cuyo mandato finalizó en 1795.
Seguramente dos circunstancias convergieron para que no hubiera disputas durante el ejercicio de Cevallos como virrey, por un lado que la diócesis se encontrara en sede vacante, es decir sin obispo, y que fuera gobernada por el Dr. Maciel, de reconocida fama regalista; por el otro que el repre sentante real casi no residiera en Buenos Aires en virtud de sus con tinuas actividades militares.
Con respecto a las distintas figuras que ocuparon el cargo de virrey, no dejan de llamamos la atención las actitudes diferentes que cada uno asumió frente a las desavenencias que continuamente sur gían.
Es indudable que los temperamentos de los protagonistas, así como sus afinidades personales, influyeron en sus conductas, pero esto como explicación definitiva no nos satisface.
Creemos que sus intereses han tenido mucho que ver en esto, pero como se despren de de lo que adelantáramos en la introducción, no debemos iden- Parece indudable que lo que pretendían los virreyes de los obis pos -en especial Vértiz-era el reconocimiento social que le co rrespondía como máxima autoridad local, sobre todo teniendo en cuenta que tal cargo era de creación reciente, que por ello no con taba con la tradición y la costumbre para auxiliarse y porque toda limitación que permitiese para sí, deberán soportarla sus sucesores.
Hemos relatado todos los conflictos de etiquetas --dividiéndo los en dos períodos-en los que tienen participación los integran tes de la Iglesia y, si bien ya adelantamos algunas conclusiones, con la totalidad de los sucesos a la vista nos proponemos profundizarlas.
Es interesante analizar la actitud de la corona, en la época que va de 1750 a 1776, frente a los desencuentros relatados.
En un principio les recuerda a los obispos la prohibición de ser reci bidos bajo palio y a continuación, para las demás cuestiones de etiqueta se establece en 1767, que se respete la costumbre si no es contraria a la ley, lo que en otras palabras significaba que ca da actor conservase el rango y el prestigio que ha logrado conse guir.
Al año siguiente, en 1768, ya modificado el equilibrio de poderes establecido a raíz de la expulsión, decide intervenir en la conformación del nuevo statu quo que explicita por la cédula del 8 de agosto de 1770 (véase la cita número 43).
En la misma, que surgió a raíz de los conflictos en la ceremonia de la paz, se esta blece que -si traducimos las etiquetas a rangos-el obispo y el gobernador estarían a un mismo nivel dado que reciben la paz a un mismo tiempo; que el obispo estaría un poco por encima del Cabildo secular ya que si bien reciben la paz a un mismo tiempo, el último lo hace de manos de dos acólitos y no de sacerdotes con sobrepelliz.
En tercer lugar, el Consejo de Indias establece que am bos cabildos tienen el mismo rango y finalmente ordena que el po-der secular no debe hacerse recibir por todas las dignidades capi tulares; esto podría hacemos pensar que la sumisión de la Iglesia al estado debe aparecer como un proceso mesurado y lento.
Debe mos prestar atención sobre todo a esto último para evaluar con pre cisión la onda secularizadora de la que tanto se ha hablado en la segunda mitad del siglo XVIII y del modo en que esta repercute en los dominios españoles.
Con respecto a los conflictos del Cabildo con el clero regular tenemos dos: uno cuya causa principal era la de la no reserva de lugares en las misas al cuerpo capitular y otro que surge porque las invitaciones al Cabildo secular son cursadas por los regulares sin respetar la costumbre.
También es claro aquí que hay una disputa de rango por parte del clero regular respecto del cuerpo capitular.
En la primera época -alrededor de 17 54-se ordena por una cé dula que existan para los regidores bancas especiales en todas las iglesias.
Podríamos decir sin temor a equivocarnos que éste es un pequeño triunfo del Cabildo.
Reaparecen los conflictos luego de que se ha determinado en 1770 la nueva constelación de rangos y privilegios entre el Cabil do, el gobernador y el obispo.
En dicha resolución, no se hacía re ferencia al clero regular -obviamente por que no había participado de la disputa-quedando fuera de la nueva situación.
Creemos que éste es el motivo por el cual mercedarios y franciscanos -al no en viar las esquelas de invitación personalmente-se enfrentan a los regidores: seguramente se han lanzado a una búsqueda de lugar en la compleja trama de la etiqueta y por lo tanto en la trama del po der local.
Este hecho finalizará con una derrota de los regulares ya que los capitulares solicitaron al provisor Maciel, y éste actuó en consecuencia, que solucionara el problema re-imponiendo la costum bre.
Como regalo adicional hacia los frailes, el Cabildo envió al rey una solicitud de reforma de regulares que la Corona tomó en cuen ta pero que no aplicó.
En el segundo período, aquel que para nosotros comienza en 1776, tenemos otros enfrentamientos a los que se agrega un nuevo protagonista: el virrey, que intervendrá de diversas maneras según la época.
En este sentido, si volvemos la mirada hacia los hechos, resal ta la postura manifestada por Vértiz, que no dejó pasar la más mí nima falta a las leyes e impuso el ceremonial limeño apoyándose, y obteniendo numerosas victorias en controvertidos casos gracias a ello, en el monarca; el marqués de Loreto, en cambio, decidió no generar discordia por actos de etiqueta pero sí defendió sin dudar las regalías reales, en tanto que su sucesor Arredondo se mantuvo en armonía con el prelado e incluso obligó al Cabildo secular a obe decer al obispo en una controversia que mantenía con él.
Parece cla ro a estas alturas, que no basta el nombramiento de virrey para serlo; quienes han estudiado los problemas de élite saben que las autori dades designadas en la metrópoli al llegar al lugar donde deben ejer cer se encuentran con maquinarias de poder en funcionamiento, que no pueden ni deben desarticular pero a las que deben dominar acep tando en diversos grados la cooptación que los poderes locales in tentarán.
En el caso especial del Río de la Plata, el virrey es una autoridad de reciente creación, que por lo tanto debe construir su propio espacio de poder político ejerciendo plenamente los derechos que le otorgan las leyes.
Recordemos que este poder no sólo es po lítico en el sentido moderno del término, sino que por tratarse de una sociedad del siglo XVIII, es también en parte poder social 74 y esto parece ser precisamente lo que hizo Vértiz en su gestión: ge nerar su propio espacio de poder político arbitrando y ejerciendo el derecho de patronato en los conflictos entre él, el obispo y el Ca bildo secular.
Es el mismo Vértiz quien, ocupado en esta tarea y reflexionan do sobre la creación del sistema de intendencias que le quitaba áreas de influencia y ponía límites a su autoridad, manifestaba su preocu pación al advertir:
"Me parece que la total independencia del intendente de la autoridad del virrey hace poco respetable el alto carácter que re.p resenta, tan indispensable para contener a todos en sus deveres... "
En esta tarea Vértiz contó con el valioso apoyo del rey que al parecer sabía muy bien, dado que casi �iempre falló en favor de su representante, cual era la faena que éste debía llevar a cabo.
Bajo el gobierno del marqués de Loreto, la tarea continuó aunque quizás con menos empuje, seguramente porque su autoridad ya estaba le gitimada en parte por la actuación de Vértiz, lo que podría estar ex plicando por qué solo se preocupó por ejercer plenamente el derecho de patronato.
En cambio, al analizar la actuación de Nicolás de Arredondo ( 1789-1795) lo que se nota es la casi total ausencia de conflictos con el prelado; también en este caso creemos que dos razones in fluyeron para que las cosas resultaran de este modo.
Por una parte debe haber influido en esto el curso que tomaba la polémica reli giosa en España luego de 1789 en la que jesuitas y jansenistas se acusaban mutuamente de desgastar el poder real y abrir paso a los revolucionarios al estilo francés, ya que disputar con el virrey pue de dejar en una posición equívoca a quien lo haga.
Por otra, el he cho de que la autoridad del representante real se halle ya plenamente consolidada y legitimada posiblemente haya incidido, mas aún que lo anterior, para lograr esta paz.
Esto parece verse confirmado por la actitud asumida por el virrey cuando se arrodilló obligando a hacerlo también al Cabildo secular, en el momento del lncarnatus; sólo el hecho de sentirse totalmente seguro de que no sufriría mer mas en su prestigio podría haber permitido a Arredondo actuar así, afirmando por otro lado su preeminencia al actuar con la generosi dad propia de quienes ocupan un rango superior.
La Bruyere, tan experto conocedor de las maneras corteses como Moliere o Saint Simon, estaría confirmando este parecer al afirmar que:
"Es una pura hipocresía, para el hombre de cierta elevación, no man tenerse ante todo en la categoría que le es debida y que todo el mun do le cede.
Nada le cuesta ser modesto, mezclarse en la multitud que se abrirá para él,.ocupar en una asamblea un último puesto a fin de que todos le vean y se apresuren a sacarlo de él.
La modestia es de una práctica mas amarga para los hombres de condición ordinaria; si Los enfrentamientos entre el máximo poder religioso y el Ca bildo secular resurgen luego de 1776, cuando no se respeta la cos tumbre de darle la paz por un sacerdote haciéndolo solo un acólito, y se continúan con el incidente del lncarnatus, solucionado por Arre dondo en 1790; a esto debemos agregar los sucesos ocurridos en el besamanos por el cumpleaños del príncipe de Asturias en 1792.
Ha bíamos dicho que en el período anterior el objetivo del cuerpo ca pitular era, seguramente, encontrar su lugar en el nuevo equilibrio de poderes modificado a raíz de la expulsión de los jesuitas, obje tivo que se logrará con la real cédula de 1770 en la que Carlos 111 estableció, a través del ceremonial, los rangos de cada uno de los protagonistas principales de la vida política rioplatense.
Luego de la creación del Virreinato este equilibrio se ha visto nuevamente modificado, sobre todo con la consolidación de la au toridad virreinal, y pareciera ser también ahora la búsqueda de un nuevo lugar, en la renovada configuración política que se manifies ta en Buenos Aires, la motivación que mueve a los regidores a pro mover cada uno de los conflictos.
Su objetivo se verá parcialmente cumplido cuando en 1795 se les concede la preeminencia sobre el Cabildo eclesiástico.
Al parecer los regidores no se conformaron con esto porque seguirán planteando conflictos de etiquetas ya entrado el siglo XIX, mientras que en el seno de la Iglesia y en las relacio nes de ésta con el virrey, si bien no desaparecen las desavenencias, si se pierden aquéllas cuyos motivos eran las etiquetas.
Razones parecidas mueven, según parece, al concilio catedra licio, siendo la única diferencia que éstos actúan cuando el obispo se encuentra en los momentos de mayor cuestionamiento.
Así por ejemplo, suscitan cuestiones de etiquetas (incidentes del Gloria Patri) y de jurisdicción cuando Malvar es severamente acosado por Vértiz.
Un solo hecho parece escapar a esta regla y es el del be samanos durante el gobierno de Arredondo, en el que por salir 76 La Bruyere.
Jean de la: Los caracteres..., pág 114.
completamente derrotados no volverán a enfrentarse con el Cabil do secular.
Un actor que escapa a este análisis pero al que debería dedi cársele un estudio acerca de qué manera ejerció y cómo reprodujo su poder, es al Cabildo secular.
En efecto, los regidores son los úni cos que generaron problemas de preeminencia durante todo el ciclo tratado, sabemos también que venían haciéndolo desde antes y que seguirán haciéndolo hasta ya bien entrado el siglo XIX.
Creemos que las motivaciones del Cabildo y los mecanismos que emplea pueden ser explicados por lo expuesto acerca de la eti queta pero que deben tenerse en cuenta algunos elementos más.
En este sentido debemos recordar que en el Río de la Plata la Real Au diencia definitiva es de creación más reciente que el cargo de vi rrey y que por lo tanto el único modo de insertarse fácilmente en la maquinaria gubernamental que tenía un lugareño era ingresar en el cuerpo de regidores.
Los representantes de las familias poderosas locales no habían tenido la posibilidad de comprar cargos ni de ejer cer su influencia a través de los tribunales, lo que podría estar mos trando algunas diferencias con otras áreas del Imperio -Perú por ejemplo-en las que la corona debe reconquistar su autoridad.
En Buenos Aires parece indudable que fue en el Cabildo el ámbito donde el poder local se manifestó y a través de él -segu ramente utilizando los mecanismos propios de la etiqueta-dispu tó a otros actores sociales esferas de influencia; pero de qué modo lo hizo, quiénes fueron sus adversarios y cuánto éxito obtuvo en su empresa no lo sabemos, sólo notamos que es un actor con constan te presencia en los sucesos políticos y sociales y que será el Cabil do el que encarne el poder ante la crisis de las autoridades imperiales en 1810.
ETIQUETAS Y CONFLICTOS EN EL RÍO DE LA PLATA |
En este trabajo los autores ponen de manifiesto algunas teorías relaciona das con las rebeliones de esclavos en el Santo Domingo colonial.
Las mismas tie nen como principal objetivo demostrar que estos levantamientos respondían a una concepción de carácter clasista, cuestión que ha sido rechazada por los principa les representantes de la historiografía tradicional dominicana.
Según los autores, las luchas que libraban los negros estaban justificadas por una consciencia social -individual o colectiva-producto de las contradicciones del sistema esclavista.
Para sustentar esta teoría parten del concepto de acción social.
Otro de los te mas tratados en este artículo tiene que ver con la valoración que los autores ha cen sobre la formación de una cultura alternativa por parte de los esclavos, en oposición a la cultura dominante.
Hecho este que sirvió como catalizador de los conflictos sociales que se mantuvieron durante todo el período colonial.
ROBERTO CASSÁ Y GENARO RODRÍGUEZ MOREL de recusación abierta, dependiendo de los autores.
1 En ese tenor, como se verá, aunque sujeta a matizaciones variables, una de las matrices decisivas de la_ historiografía ha sido la pretensión de iden tidad homogénea en el conjunto de la población.
El esclavo no sólo carecía de peso numérico, de diferencia social palpable, sino que quedó-anulado como agente específico por su actitud mimética generalizada.
Por otra parte, la presencia visible de población negra en el presente se atribuye a los procesos de "desnacionalización" del si glo XIX, provocados por la influencia de Haití.
Esta apreciación se acompaña por juicios desembozadamente racistas, que imputan los orígenes de los problemas nacionales al factor africano.
2 No obs tante, se pregona la reiteración del patrón integrador de los domini canos de piel negra, vistos en una dimensión esencial no africana.
Esta interpretación ha sido erigida como uno de los fundamentos del tradicionalismo que postula la unidad nacional, fenómeno co rrespondiente a la ausencia de "prejuicios de castas" y hasta de di visión en clases sociales.
3 En esas premisas se han sustentado las tesis que restan aside ro al conflicto social por parte de los esclavos.
Estas han variado desde la ausencia de referencias, la reducción al ámbito de lo de lictivo o la afirmación de la incapacidad para una acción subjetiva mente pautada.
Américo Lugo, a inicios del presente siglo, fue el primer in vestigador dominicano en visitar el Archivo General de Indias.
Habiendo tenido evidencia documental, corrigió la imagen de la cua si-inexistencia del negro, pero concluyó extendiendo a la segunda mitad del siglo XVI -a la que dedica el principal estudio que pu blicara-la tesis de la integración exhaustiva del esclavo a los pa rámetros de la cultura blanca.
No es casual su escasa atención a las informaciones de negros rebeldes, ni que eludiera el análisis de un hecho que se le revelaba masivo.
Redujo la rebelión al ámbito de lo residual y se concentró a la justificación positivista de la integración socio-cultural, esgrimien do el argumento de que la religiosidad hispánica operó como meca nismo atenuante de la esclavitud:''pero el sentido espiritual del alma española, o preponderaba sobre el interés o se confundía con éste".
4 A tal efecto, Lugo separa radicalmente las condiciones de las colonias españolas de las vigentes en la vecina Saint Domingue, tipo de comparación que se ha afinado ulteriormente en la realizada con los establecimientos británicos.
5 Con dicho recurso, explica un pa norama global de integración de los esclavos, aunque no exento de respuesta álgida en el caso de maltrato:
"Eran, en general, dóciles, supersticiosos, fieles, agradecidos y vani dosos.
El contacto social con el amo desarrollaba su facultad intelec tiva...
Preferían mil veces Santo Domingo a Africa...
El genio e inclinación del negro se resentían del origen de éste; más en gene ral dependían mucho del trato que recibían.
Contento con la benig nidad de sus amos, melancólico con su rigor, su tendencia a la arrogancia y la fiereza debía ser tenida siempre a raya." 6 Desde una óptica puramente hispanista, fray Cipriano de Utre ra, erudito especialista en la historia colonial, puso énfasis en la in tegración del negro por medio de su aporte pasivo a la cultura criolla.
De esta interacción, se deriva una constante de atemperamiento de los conflictos sociales:
"Esto mismo que en alguna manera es signo de atraso y de debili dad para producir un fruto típico de nacionalidad, fue como un se dante que suavizó toda aspereza y tirantez de clases que nunca pueden desaparecer... y por esa razón la historia dominicana de la era colo nial está exenta de disturbios intestinos, de luchas, de aspiraciones...
Todo era llano, democrático, sencillo... " 7 En investigaciones ulteriores a la confección de esa conferen cia, Utrera pudo rastrear la acción de las bandas de cimarrones, pe ro no varió su perspectiva de asimilarlas a un fenómeno disfuncional, prácticamente delictivo.8 Según él, el escaso número de esclavos no habría permitido las condiciones para una conflagración social.
Así, los alzamientos no pasaban de "... meras fugas a los montes... y las pandillas de. huidos preferían mil veces huir más y más a lo recón dito de los montes, que atacar a sus perseguidores... " 9 Lugo estaba buscando un sustrato a la estructuración del con glomerado nacional, oponiendo lo hispánico a la incidencia nortea mericana.
Este reflejo de la intelectualidad nacionalista fue recuperado por el estado dominicano bajo la dictadura de Trujillo; pero el foco de oposición polarizadora varió: en adelante, lo hispá nico quedó asociado a un concepto racial y a la subsecuente pugna sempiterna con la nación haitiana.
Los intelectuales, en una operación constructora de una cultu ra despótica, hicieron uso de argumentos carentes de fundamento empírico, no obstante la edición de fuentes que mostraban una ti pología de esclavitud contrastante con la proclamada.
10 En consecuencia, el más destacado de esos intelectuales, Ma nuel Arturo Peña Batlle, llegó a insinuar la inexistencia de un régi men de esclavitud en el período colonial, pues lo asimila a la comunidad dentro de España.
11 Para este autor, hasta la entrada de los bucaneros, a mediados del siglo XVII, la isla constituía un ho mogéneo "tronco prístino'' hispánico.
12 Como es lógico, no se inte resó por discutir el peso de la población negra, y lo que cuenta en el argumento es la asimilación exhaustiva de la población no blan ca a los parámetros culturales hispánicos.
REBEUONES DE ESCLAVOS EN SANTO DOMINGO
Carlos Esteban Deive, el autor que más recientemente ha estudiado los alzamientos de esclavos, admite un tipo de conexión -que finalmente no aclara-entre el movimiento social y la es tructura esclavista.
No obstante, mantiene los matices tradicionalis tas de Utrera cuando, polemizando con historiadores haitianos, niega sentido de identidad y contenido proyectual clasista y colectivo a la acción de los cimarrones alzados en los bosques:
HLa subordinación económica, jurídico-política y socio-cultural en que se hallan inmersos los esclavos no les permite ninguna posibilidad de llegar, como clase social, a un entendimiento elaborado y crítico de su situación.
El estado de dependencia, así como los valores y pautas de comportamiento impuestos por la clase dominante y crea dos y recreados a lo largo de un proceso sutil pero consciente de de culturación y socialización, les impiden alcanzar una inteligencia política de su enajenación y de su lucha revolucionaria... esas accio nes no son el resultado de una comprensión lúcida y auténtica de su condición servil ni una expresión cabal de las contradicciones de cla se propias del sistema es�lavista... los esclavos nunca lograron plan tear sus reivindicaciones como miembros de una clase social en pugna con la dominante, sino que se redujeron a obtener la libertad como individuos y no como protagonistas de los antagonismos de clase...
Contexto histórico y esbozo del problema
En el presente escrito, en oposición a la tesis de Deive, se pro pone la identificación de la actitud de la población esclava a través del movimiento social y, específicamente, de las diversas tipologías de sublevaciones.
Por ello, queda delimitado a discutir la posición de los esclavos en el lapso en que muchos de ellos se hallaban en estado de sublevación; esto comenzó concomitantemente con el ini cio de la trata, alrededor de la segunda década del siglo XVI, y se prolongó hasta 1667.
La causa principal de las rebeliones estribaba en el régimen so cial existente, caracterizado por un sistema de esclavitud intensiva vinculado a la exportación de géneros agrícolas.
No obstante, no se examinarán las características de este sistema, las cuales ya han sido objeto de atención.14 Cabe señalar, empero, que la estructuración de un esbozo de sociedad de plantación comportó fragilidades básicas a consecuencia de las condiciones desfavorables que interponía el estado español a los intereses de los hacendados.
Por tal razón, si bien se conf rmaron relaciones similares a las de las colonias de plantación de Inglaterra y Francia, distaron del grado de la exhaus ti vidad de éstas.
Entre otros componentes de esta situación específica se encuen tra el rápido agotamiento de las bases de la esclavitud intensiva.
El aspecto principal que operó al respecto fue la insuficiencia de la de manda en el mercado español, agudizada por las prácticas monopó licas que impedían los intercambios con mercaderes de otros países.
La crisis de la economía azucarera fue uno de los factores que incidió en los cambios experimentados dentro del modelo esclavis ta, haciendo de este un sistema cada vez menos rígido.
A esto se vino a sumar la quiebra del comercio regular con la metrópoli.
Así, los hacendados de Santo Domingo no lograron acceso al mercado mundial, salvo en momentos tardíos por medio del contra bando.
La formación de los capitales de los pobladores blancos es tablecidos en la isla se había producido durante la etapa de la minería del oro, el cual se extraía mediante la explotación de los aboríge nes nativos.
Estos capitales se pudieron destinar al sistema de plantaciones gracias a concesiones otorgadas por la Corona como medio de evi tar la despoblación de la isla cuando desaparecieron casi todos los indios; posteriormente, los ritmos de acumulación más bien entra ron en fase de desgaste, aunque se alternaran fases de prosperidad con otras más prolongadas de dificultades.
El grueso de hacendados, a merced de los mercaderes sevilla nos, se debatía en un equilibrio catastrófico, responsable de no pocas quiebras o trasiegos de propiedades.
De tal manera, llegó el mamen-to en que la tipología de la plantación comenzó a ser sustituida por nuevas relaciones, hasta quedar por completo anulada.
Puesto que en este trabajo se postula la articulación entre sistema y práctica so cial, en torno a esta evolución de la estructura económico-social es como se establece el criterio de periodización.
Se ha sugerido que la despoblación de las zonas occidentales de la isla, como recurso para erradicar el comercio ilegal, en 1605 y 1606, marcó el hito decisivo en el giro de todo el proceso histó rico.
15 En realidad, si bien las devastaciones conmovieron la vida insular, sus efectos se restringieron, en lo inmediato, a acentuar ten dencias que venían presentándose desde al menos dos décadas antes.
Por todo ello, se propone la siguiente periodización de los compo nentes del régimen social: 1520-1580: Expansión de la plantación esclavista 1580-1605: Inicio de la decadencia de la plantación 1605-1645: Profundización de la decadencia 1645-1665: Transición a un nuevo patrón de economía y esclavitud Así pues, la plasmación final de las tendencias de descom posición del sistema sólo tuvo lugar en la segunda mitad del si glo XVII.
Y, si bien es cierto que para el período ulterior las descripciones de los historiadores dan cuenta de aspectos de la realidad, éstas no son válidas para el conjunto del período conside rado.
A medida que decaía la viabilidad de la esclavitud intensiva, se generaban alternativas funcionales, pero éstas no borraban los pa trones sociales e institucionales que daban por resultado la actitud conflictiva de la masa esclava respecto al orden.
En consecuencia, aunque se produjo, en términos generales, un condicionamiento de las relaciones sociales sobre la acción de los sujetos, esa correspon dencia fue sólo parcial: como muestran las persistentes actitudes insurreccionales de los esclavos, buena parte de éstos prefirió igno-
rar las opciones de mejoría social que ofrecía el debilitamiento sis temático de la plantación.
Un problema asociado consiste en los efectos de la debilidad del sistema esclavista; sin duda facilitaron un proceso temprano de gestación de rasgos culturales criollos y aun situaciones irregulares -de acuerdo a los patrones institucionales-de una parte de la masa esclava!
No obstante, la reproducción de las líneas dominan tes del sistema conllevaba la persistente actitud refractaria de la masa subordinada.
En síntesis, pues, debe ser rechazada la generalización extra polada por los historiadores acerca del carácter benigno de la escla vitud y, no menos, de la subsiguiente ausencia de resistencia social y de reivindicación de identidad cultural entre los esclavos.
Adicio nalmente, aun si se reconoce una dinámica por completo distinta a partir de la segunda mitad del siglo XVII, ello no conlleva la acep tación de las tesis tradicionalistas sobre la ausencia de lucha social y de diversidad de identidades, punto éste que apenas será esboza do ya que escapa a los propósitos aquí delineados.
En contraste con las aseveraciones del cuasi-invariante trata miento patriarcal, las características del esquema de plantación con denaban a los esclavos de Santo Domingo a condiciones de vida en extremo crueles.
La esclavitud intensiva se condensaba alrededor de la producción azucarera, pero se reproducía en sus trazos esencia les en los restantes rubros agrícolas.
Un documento, entre no pocos, ilustra el mortífero régimen de labores: "... los hazen trabajar diez y ocho oras del día natural sin apartarse un punto del trabajo ni aun para comer, porque eso poco que les dan lo comen en pie trabajando y quando los sueltan se caen en el sue lo hecho pedazos de sueño y trabajo, y el día de fiesta, que no guar dan, sino hasta bispera, unos le duermen, otros que son mas diligentes siembran yuca para hazer casabe porque no les dan otra cosa para comer, sino carne de baca y aun tasadamente y poco menos todos andan las carnes de fuera, de cuya causa les mueren muchos." 16 En otro documento se establece la conexión entre el régimen de vida y la propensión a la rebelión:
HEn los yngenios, estancias y hatos no dan de comer a los negros ni de vestir y les hazen trabajar domingos y fiestas y noches y días sin darles doctrina y lo mismo se haze con los indios y destos demasia dos trabajos y malos tratamientos e de no darles comida los negros se alzan, y se hazen cimarrones... " 17 El funcionamiento del sistema generó una estructura demográ fica caracterizada por la primacía del aporte africano.
Mientras el número de vecinos blancos o mezclados oscilaba entre 1.000 y 1.200 familias, como secuela de las emigraciones sucesivas hacia el con tinente, los esclavos pudieron haber llegado por momentos a las 30.000 personas.
18 Del cotejo de las diversas estimaciones se pue de inferir que, normalmente, en la etapa de auge de la plantación azucarera, oscilaban entre 20.000 y 25.000 negros.
Una parte considerable de esa población se hallaba en los in genios azucareros, cuyo número fluctuó en la fase de auge entre 30 y 40 unidades productivas, incluyendo los trapiches.
19 La dotación de los ingenios oscilaba, salvo casos aislados, so bre unos 80 en los primeros años de iniciada la economía azucare ra.
Posteriormente los mismos llegaron a tener hasta 350 esclavos.
20 Hacia finales de la segunda mitad del siglo XVI, gran parte de los esclavos ya no se encontraba en ingenios, sino que laboraba en estancias y unidades similares, donde el régimen de esclavitud, aun que menos duro que en los ingenios, no se diferenciaba sustancial mente.
El inicio de la decadencia de la economía de plantación determinó una variación de la proporción de esclavos en los diver sos tipos de _ unidades productivas.
El incremento de las exportacio nes de jengibre -rubro típico de las estancias de la época-y el atractivo del comercio ilegal fueron todos factores que redujeron el influjo del sector azucarero.
Para sostener ese sistema social, basado en una aguda polari dad, se tuvo que hacer uso de un régimen de excepción.
Desde que se evidenciaron las necesidades de orden, las autoridades coloniales promulgaron reglamentos que establecían rigurosos cánones de dis ciplina y castigos.
En las ordenanzas de 1528, por ejemplo, se pro hibían los desplazamientos de esclavos desde una hacienda a otra, sin importar el motivo, aunque aludiéndose a las fiestas como oca siones de gestación de intentos sediciosos; entre muchas disposicio nes, se ordenaba a todos los hacendados que mantuvieran cepos y otros instrumentos de castigo.
21 Los reglamentos estaban concebi dos desde el ángulo de reprimir la protesta y preservar el sistema de trabajo.
Aunque su validez se prolongó hasta el siglo XVIII, más tarde fueron objeto de ajustes, al comprobarse que la severidad ex cesiva estimulaba la rebelión.
22 Dentro de este contorno estructural, las posibilidades de mejo ría eran casi nulas, incluyendo las de manumisión.
Cierto que esta opción no estaba del todo cerrada, pero no porque el sistema estu viese normado por una actitud patriarcal de los amos, sino por las grietas que afrontaba crónicamente.
De tal suerte, éstas tendían a manifestarse en variantes como el uso excesivo de domésticos, la actividad de los jornaleros y las negras denominadas "ganadoras".
REBELIONES DE ESCLAVOS EN SANTO DOMINGO 1 1
Aunque no se dispone de información estadística que relacione cuan titativamente esclavos y libertos, el cotejo de fuentes permite des cartar las conclusiones de que las manumisiones se generalizaron desde el siglo XVI.
Además del pésimo trato, los esclavos de las plantaciones care cían prácticamente de instrucción religiosa.
Esto se debía a la falta de consideraciones efectivas que atenuaran el sistema de trabajo y a que los recursos de la iglesia por concepto de diezmos se concentra ban en el fausto del Cabildo eclesiástico, quedando descuidados los curatos de zonas de ingenios y estancias.
Además de la segmenta ción social, operaba, pues, una no menos tajante en la cultura.
Los hacendados, agrupados en el Cabildo de Santo Domingo, se opusie ron a la apropiación de diezmos por el arzobispo,23 pero el verda dero objeto de la disputa radicaba en el control de los diezmos por concepto de los azúcares, de los cuales los sectores azucareros tenían que dar al Cabildo eclesiástico una arroba por cada 30 de azúcar blanco que produjeran, lo mismo correspondía al pago del diezmo.
De ahí que, combinadas• 1as segmentaciones sociales y cultura les, la masa esclava desarrollara un sentido inequívoco de identidad.
Es cierto que estaba atravesado por particularismos y que avanzaba un proceso de criollización por medio del cual quedaban incorpora das pautas culturales de los blancos.
Ahora bien, no se puede pos tular -al estilo de Lugo y Utrera-una relación excluyente entre criollización e identidad diferenciada, por cuanto no puede encon trarse en el siglo XVI una cultura criolla homogénea, sino tenden cias a su conformación por medio de subculturas expresivas de acciones sociales agudamente contrapuestas.
Las condiciones de vi da de los esclavos tendieron a dotarlos de parámetros culturales co munes -por encima de particularismos étnicos-, expresamente diferenciados de los blancos.
La criollización estuvo obstaculizada, justamente, por el hecho de que a lo largo de todo el siglo XVI, en su mayoría los esclavos eran bozales, es decir nacidos en Africa.
El avance de la proporción de ladinos -nacidos en la isla o en otros territorios cristianos-fue lento a consecuencia de la alta mortalidad que deparaba el ritmo de trabajo y de las desiguales proporciones entre los sexos.
Es hacia mediados del siglo XVII cuando se puede estimar que comenzaron a primar los ladinos o criollos; esto no era posible en el siglo XVI, cuando por períodos entraban anualmente contingentes de hasta 2,000 bozales.
24 Se daba una asociación entre modalidad intensiva de esclavitud y un patrón demográfico; la alteración de este último, en beneficio de los nacidos in situ, fue expresión elocuente del final del esquema de plantación.
Ahora bien, mientras la mayoría estuvo compuesta por boza les, y una buena parte de ellos de ingreso bastante reciente, se en torpecía la formación de una cultura única de esclavos, a causa de la diversidad étnica africana.
Esta composición daba lugar a pugnas frecuentes entre agregados étnicos; ahora bien, al mismo tiempo, hacía obligada la adopción de patrones culturales compartidos, que iban sedimentando localmente.
Los propios hacendados, deliberadamente, promovieron la mez cla de miembros de etnias muy diversas, con propósito antiinsur gente, como se muestra en los inventarios de ingenios y en otras listas de esclavos.
25 No obstante, el resultado fue la conjugación en tre la inevitable criollización -empezando por el uso del idioma castellano-y la persistencia de componentes intactos del legado cultural africano, potenciados por etapas de predominio de la entra da de ciertas etnias; fue particularmente masiva la presencia de an golanos desde fines del siglo XVI.
Paradójicamente, la división entre etnias no dejó de comportar la gestación de una forma de solidaridad, sólo que referida a la et nia.
En este sentido se dificultaba la emergencia de una cultura uni ficada y de un sentido común de identidad.
Sentido clasista de las rebeliones
La total marginación socio-cultural a que quedaban condena dos los esclavos por los cánones del sistema tomaba lógica la pro longación africana.
A partir de tal complejidad socio-cultural se explica que hubiese un caldo de cultivo crónico para la rebelión, condensación expresiva del rechazo generalizado del orden, y, por ende, mecanismo de acción de clase.
La rebelión era.el correlato de la aspiración generalizada a la vida libre.
De ahí que prQpendiera al designio de )a reconstrucción del patrón de vida de la tribu africana.
No se trataba de una aspi ración aleatori�, sino ratificada por la lógica sistémica, en la medi da en que ésta no permitía el acceso a la libertad por otros medios.
El expediente venía a ser, entonces, la forma de concreción más in tensa de un sentir generalizado de clase.
El hecho de que la mayo ría de los esclavos no se alzase no descarta el sentido clasista de la rebelión, puesto que rebeldes. y pacíficos compartían el mismo fin y éste sólo se lograba manifiestamente con la fuga.
La posición de Deive, consistente en recusar el contenido cla sista de la acción de los cimarrones, presenta, desde este ángulo, in consistencias fundamentales.
Para esclarecer el problema habría que partir de una conceptualización de la acción de clase.
Esta puede definirse como la que se réfiere a términos de reproducción de las relaciones de producción; esto implica la gestación de un sentido subjetivo compartido, expresado en matrices culturales.
26 En rigor, no hay clase sin acción clasista, y toda clase tiene una conciencia correspondiente no sólo a su interés, sino a condicionamientos his tóricos particulares.
Las confusiones que se han originado sobre este problema provienen de la imputación de una conciencia ideal de cla se, que no resulta sino de una operación ideológica y política; por esto se ha concluido• a veces en que la clase sólo es una categoría válida para la sociedad capitalista.
La organicidad clasista de la rebelión puede afirmarse desde tres ángulos: su persistencia, la inclusión de amplios contingentes y el apoyo de que gozó entre la generalidad de la población esclava.
La narración que se expone más abajo dará cuenta, precisamente, de la virtualidad de estas tres condiciones.
Ahora bien, la organici dad clasista no excluía la segmentación de identidades y la fractura de los intereses operantes entre grupos cuyo mecanismo de confor mación podía variar: relaciones étnicas, comunidad en un centro de trabajo, oficio o ubicación en las relaciones sociales, parentesco, la solidaridad resultante de la cooperación en el alzamiento, etc. No obstante, el hecho de que no quedara aclarada una perspectiva in clusiva de todo el conglomerado no autoriza la afirmación de que la rebelión obedecía a una motivación individual, lo que la eximi ría de carácter colectivo y, por ende, clasista.
28 Por otra parte, aun cuando la solidaridad de la mayoría con el acto insurrecto era ine quívoca, no implicaba la interiorización del móvil en toda la masa; sin que se redujese la insurrección a un plano de idealidad abstrac ta, lo que le confiere connotación clasista es que, en los hechos, ex teriorizaba, en su forma más global, la oposición amos-esclavos.
Cuando Deive asegura que la rebelión de esclavos estaba des contextualizada de un condicionamiento clasista incurre en la incon sistencia de utilizar una categoría de análisis histórico que no le sirve para explicar el proceso que estudia.
Reproduce la visión de limitar la clase al ámbito de la relación estructural, y concluye des pojando de la condición de sujetos a los esclavos.
Lo que les de manda, acerca de la lucidez del proyecto o comprensión de su situación, muestra un típico anacronismo resultante de un tratamien to de la fuente restringido a la lectura al pie de la letra, lo que con lleva a la incomprensión de los móviles que animan la acción de los grupos.
La definición de tales móviles no puede llevarse a cabo me diante un procedimiento hermenéutico tradicional, ya que los escla vos no emitían documentos, muy pocas veces se les incluía en los interrogatorios de org � nismos oficiales, y cuando se hacía era para 114 reafirmar supuestos de las partes interesadas.
La clave de esta atri bución de sentido se debe hallar en la interpretación de la acción, en base al registro empírico de las fuentes, aunque no atenida al mismo.
Es, pues, la conexión teórica entre sistema y práctica social registrada la que permite desentrañar la pertinencia y el sentido de tal práctica.
Aun así, el cotejo de fuentes autoriza la conclusión del carácter colectivo de la acción insurreccional, las premisas de su contenido clasista y la lógica que conllevaba en el designio de cons trucción de un esquema ideal compartido de vida libre.
Tipología de las rebeliones
La manera en que se produce la acción ofrece pistas acerca de los móviles de sus participantes; al mismo tiempo, su frecuencia permite caracterizar períodos.
Desde esa óptica, se puede establecer una clasificación partiendo de las acciones de menores alcances.
La forma más elemental es la huida individual, en el entorno de la unidad productiva.
Este tipo de acto puede haber sido pauta do por una búsqueda pasajera de alivio o de diversión, o haber que dado restringido por la falta de criterios para una actividad de mayor envergadura.
Esto último explica que al principio esta forma de re beldía fuera la más extendida, y que luego decayese, conscientes quienes la ejercían de que estaban expuestos a ser capturados con facilidad y a ser sometidos a castigos.
Una modalidad más desarrollada fue la de reducidos grupos que se cohesionaban en torno a un propósito definido de fuga y se internaban a zonas muy remotas.
De igual manera que en la ante rior tipología, ésta se encuentra muy frecuentemente en etapas ini ciales, aunque con cierta tardanza después del establecimiento de la trata.
La misma es �na forma de cimarrona je, es decir, de voluntad deliberada de organizar una vida libre, al margen de la ley de los amos.
En la medida en que la acción anticimarrona se hizo sistemá tica, se dificultaba la pervivencia de los pequeños grupos propios del anterior tipo.
Poco a poco se fueron conformando, entonces, am- El carácter más desarrollado es el que se puede denominar ci marronada: se trata de una campaña continua de depredaciones con tra la vida y las propiedades de los blancos.
Las cimarronadas tuvieron vigencia durante toda la década de los años 40 por razo nes que se verán más abajo.
A veces, las cimarronadas se vinculaban a rebeliones de una porción considerable de la población de un ingenio.
Salvo en uno de los casos conocidos, este acto lo que hacía era engrosar una ban da cimarrona preexistente.
Por esto cabe también distinguir entre la rebelión de una unidad productiva y la cimarronada.
Ahora bien, la experiencia dictaminó que esta tipología de rebelión careciese de perspectiva si no se engrosaba o daba lugar a una cimarronada.
Tanto la cimarronada como la rebelión de unidad tenían por designio la liquidación de la presencia blanca, es decir, el dominio indisputable del territorio.
En cambio, los palenques y los otros ti pos asumían una faceta defensiva, procurando la libertad en coexis tencia con el dominio colonial.
Como resultado de esto, el palenque se convertía en una unidad cultural, donde convergían los diferen tes modos de vida del conglomerado negro.
Desde el momento en que la trata adquirió amplias dimensio nes y los esclavos se familiarizaron con el nuevo escenario históri co, la rebelión adquirió vigencia y constituyó un flanco débil para la estabilidad del orden.
Como debían conjugarse ambas condiciones, los primeros re beldes que tuvieron éxito en sostenerse de manera prolongada fue ron aquellos que se unieron a las bandas de indios cimarrones que comenzaron a operar desde antes de 1520, y de las cuales la más importante fue la comandada por el cacique Enriquillo.
Los indíge nas no sólo trasmitieron. a los negros su consustanciación con el me dio, sino que les enseñaron la táctica con la cual podían sobrevivir 116 Anuario de Estudio.,; Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es en libertad, la que de ninguna manera se basaba en enfrentamientos masivos y frontales.
Ahora bien, la propensión insurreccional de los negros no fue originada entre los indígenas.
Desde que llegaron los primeros gru pos de ladinos, durante la gobernación de Nicolás de Ovando ( 1502-1509 ), las autoridades captaron el peligro que esto representaba e informaron de su proclividad conflictiva.
Por temor a que siguieran rebelándose, se ordenó disminuir la importación de africanos.
No parece, empero, que lograran sostenerse en libertad durante perío dos prolongados, puesto que debían carecer de una concepción de cómo eludir la persecución.
La falta de tal instrumento conceptual adecuado es lo que ex plica la famosa rebelión de 1521 acaecida en el ingenio de Diego Colón, entonces virrey, en las navidades de 1522.
La misma estu vo encabezada mayoritariamente por negros jelofes.
Seguramente, el alzamiento fue facilitado por la comunidad étnica de sus protago nistas, quienes no debían tener un plan muy definido, a no ser el exterminio de todo blanco.
El propósito que se puede discernir es que pretendían incorporar al mayor número posible de esclavos, in dicador del móvil mencionado.
Por ello, marcharon hacia el ingenio del licenciado Zuazo, otro miembro de la élite administrativa, lo que dio la oportunidad para que fuesen aniquilados.
29 Que sepamos, los jelofes no tuvieron ninguna relación con los indios, y esto es un componente sintomático acerca de la modali dad que asumieron de delinear una ofensiva frontal.
La lección que deparó el levantamiento debió ser bien procesada, porque algo si milar sólo vino a repetirse más de 20 años después.
Pero la misma asimilación a las bandas de indios rebeldes requería de una expe riencia, por lo cual en la tropa de Enriguillo fue minúscula la pre sencia de africanos.
Adicionalmente, debe tomarse en consideración que en la co tidianidad se abrieron conflictos -estimulados por los blancos entre negros e indios.
Estos se agudizaron cuando Enriquillo claudicó y se comprometió, a cambio de la garantía de libertad a todos sus acompañantes, a perseguir a todo aquél que se rebelase, no impor tando que fuese negro o indio.
30 Algunos acompañantes de este ca cique y, en tiempo posterior, del cacique García serían los más eficientes guías de las cuadrillas anticimarronas.
En represalia, Fran cisco Lemba, uno de los más prominentes caudillos cimarrones, hizo incendiar una de las aldeas de antiguos acompañantes de Enriquillo -a orillas del lago que hoy 11eva su nombre-, y asesinar a gran parte de sus habitantes.
A pesar de este motivo de conflicto, todavía después de 1533, fecha de rendición de Enriquillo, siguió produciéndose la colabo ración entre indios y negros rebeldes.
Se debe tener en cuenta que la concesión de libertad otorgada por Carlos V únicamente cubría a los acompañantes del cacique.
Como los indios seguían tenien do mayor dominio del terreno, persistió el expediente de que fue sen los negros los que se agregasen a las formaciones rebeldes de los primeros.
Aparte de pequeños grupos de indios fugitivos, se sabe que al menos el cacique Murcia se rebeló, refugiándose final mente en la península de Samaná, hasta donde fue perseguido por súbditos del cacique García, recién liberados de la encomienda que gozara Juan de Villoria.
De igual manera, se sabe que restos de la primera cimarronada se recompusieron en una banda de indios rebeldes.
La promulgación de las Leyes Nuevas por Carlos V, en 1542, las cuales otorgaban la libertad a los indios, restó beligerancia a és tos, aunque, por el contrario, incentivó al levantamiento de negros.
Actuó también en el desplazamiento la rápida reducción del núme ro de indios, ya en menos de 100 los naturales de la isla al final de la década de 1540.
Persistencia de rebeliones y palenques
Aunque el designio principal de los apalencados consistía en la garantía de la libertad, no podían prescindir de cierta actitud ofen siva.
De vez en cuando, bajaban a las zonas llanas y atacaban es tablecimientos de blancos, con el doble móvil de debilitarlos y de procurarse bienes para su subsistencia.
Así, en la medida en que la administración colonial debilitaba su presencia en el campo, se acre centaba la disposición beligerante de los apalencados.
Cada cierto tiempo resultaba necesaria la realización de batidas que retomasen a los negros a la defensiva.
Es lo que ocurrió en los años ochenta, en medio del auge del contrabando con enemigos de España por parte de los hateros y hacendados de La Y aguana, la población más cercana del Bahoruco.
Como los blancos actuaban al margen de la ley, se facilitaba a los rebeldes atacar sus establecimientos.
La Au diencia promovió entonces una ofensiva.
31 No obstante seguía la disposición ofensiva, manifestada en reiterados ataques:
Hmuchos hay y han ido en tanto aumento que han hecho una pobla cion y poblaciones que llaman el Baoruco, adonde tenemos noticia que hay cantidad de gente, y cada día vienen a los ingenios y roban negros; a unos llevan por fuerza y a otros de voluntad, y aun se comunican con algunos negros mansos de secreto, y así se van en cimando y fortificando, y tienen tanto atrevimiento y desenvoltura que ya nos vienen a echar de nuestras casas sin que los podamos resistir... " 32 Tanto el número de alzados como las acciones que iban a rea lizar concitaron la preocupación de las autoridades.
El volumen de noticias acerca de estos palenques da cuenta de lo que representa ron en la época.
Por ejemplo, el presidente de la Audiencia estimó como altamente perjudiciales los daños que recibían las finanzas reales de parte de los alzados del Bahoruco, quienes, según él, po drían llegar a quinientos y se encontraban en tal estado desde 31 Utrera.
32 El Cabildo de La Yaguana al rey, 5 de marzo de 1587, /hídem. pág. 86. http://estudiosamericanos.revistas.csic.es cincuenta años atrás.33 A pesar de su declarada impotencia, parece que la Audiencia se dedicó a recopilar información detallada acer ca del modus operandi de los cimarrones; por lo menos, entre otros detalles, se llegó a la conclusión de que en el Bahoruco existían cuatro poblaciones asociadas.
34 Para el funcionario, el problema ca recía de solución por la escasa población blanca y los subidos gas tos que conllevaría intentar la reducción: estimó que al menos se requeriría una tropa de cien hombres.
35 Uno de los actos más lla mativos de estos cimarrones fue el incendio de San Juan de la Ma guana, 36 villa que poco después de hecho fue evacuada, al grado que se certificó el sitio como exclusivamente poblado por grifos 37 dispersos.
En varias ocasiones las milicias de La Y aguana intenta ron controlar las acciones de los cimarrones, pero más bien incita ron un incremento de su beligerancia.
Se apoderó de los vecinos un estado de pánico por la posible pérdida de toda la isla.
Aunque durante un período la concentración del Bahoruco fue la que más llamó la atención, no fue la única.
Ya se ha visto el caso de un palenque oculto muchos años en las sierras de Higuey.
En fecha indeterminada, pero que puede situarse hacia 1537 por un documento similar fechado, el Cabildo de Santo Domingo da cuen ta de un estado continuo de depredaciones en los alrededores de la ciudad, lo que incluyó una incursión en las riberas del Haina: "los negros... que se alzan a los montes y bajan y asaltan las ciuda des y pueblos y aldeas: estos no andan a pie sino a caballos.
Estos, además de asaltar llegaron por el río Haina y se llevaron de allí 20 es clavos." 38 Esto ofrece una señal de lo temprano que se constituyeron pa lenques alrededor de lo que pronto se conocería sintomáticamente como El Maniel.
El palenque, aunque mecanismo más generalizado de rebelión, no llegó a adquirir exclusividad.
Se registraron algunos conatos de rebeliones en zonas pobladas.
La más importante de ellas fue la di rigida por el criollo Perico en el ingenio Casuí, a orillas del río de ese nombre.
Esta obedeció al patrón de rebelión en una unidad ten dente a desencadenar una insurrección general.
A fines de 1585, Pe rico urdió una conjura que tuvo éxito en generar el levantamiento de varias decenas de esclavos de ese ingenio, quienes dieron muer te a su propietario, Diego de Valdés, al capitán Martín Peguero y a numerosos otros blancos y mulatos.
Los rebeldes se dedicaron a in cendiar las haciendas cercanas y obtuvieron la adhesión de otros es clavos, al grado que la tropa abiertamente insurrecta alcanzó los setenta individuos.
En medio de los hechos, Perico dispuso la con formación de un sistema jerárquico de autoridad.
Cuando el caudi llo se proponía atacar un hato •de Diego Caballero Bazán, en Zavita, éste armó una pequeña formación con la que logró, según su pro pio testimonio, disolver la de los esclavos.
39 No obstante, casi todos pudieron escapar, incluyendo a Perico.
La Audiencia envió un con tingente de las milicias para recoger los rebeldes desparramados.
40 Con motivo del ataque del corsario Francis Drake a Santo Do mingo, en 1586, a pesar de que los negros alzados no se movieron, las autoridades comprendieron que tenían un flanco débil que había que neutralizar.
A tal efecto, se abrió una equívoca actitud de ne gociación; los negros reiteradamente se negaron a aceptar las ofer tas, temiendo que fueran una trampa.
Después de varios altos y bajos, finalmente una parte de los apalencados del Bahoruco, hacia 1602 aceptó asentarse en situación pacífica en el valle de San Juan, 41 cuya villa, como se ha visto, había quedado disuelta; después del temor a los ataques de los cimarrones se sumó el atractivo por zo nas costeras para el ejercicio del contrabando.
Esto se llevó a cabo por iniciativa del capitán Antonio de Ovalle, quien obtuvo el cargo de corregidor de los pacificados y de todos los negros y grifos de la zona.
Esta situación no pasó de efímera: el torbellino que conlle varon las devastaciones de 1605 y 1606 trajo consigo que los paci ficados se V(?lvieran a alzar.
A raíz de la segunda despoblación que abarcó el valle de San Juan únicamente, se contaron veintinueve ne gros y grifos del corregidor.
Mientras tanto, se informaba de más de quinientos negros alzados en las zonas devastadas, unos dedicados a los rescates y otros "haziendo muchos daños, urtos y robos." 42 Esto formó parte de un estado generalizado de rebelión contra la medida real.
Los movimientos contestatarios los comenzaron los mismos propietarios.
U na parte de los vecinos de La Y aguana es caparon al oriente de Cuba, donde fueron perseguidos por la Real Audiencia.
Los vecinos de Bayajá y otros puntos de la costa norte se congregaron en actitud rebelde en el valle de Guaba, donde por meses se resistieron a acatar las órdenes.
43 El sistema de contraban do había involucrado a una porción importante de esclavos y otros libres de color, quienes, junto a los llamados tangomangos, 44 se en cargaban de realizar las transacciones arriesgadas, por lo general de contrabando.
Eso explica que los esclavos se sumaran a las accio nes de resistencia.
En algunos casos formaron parte de los grupos rebeldes de blancos.
Empero, fue mucho más generalizado el patrón de que se alzaran por su cuenta y constituyeran bandas irregulares dedicadas a sostener el negocio del contrabando.
Muchos de ellos retomaron a las zonas occidentales después de haber sido deporta dos con sus amos a Monte Plata y Bayaguana.
Fueron sometidos a persecuc1on tenaz, en general efectiva por cuanto carecían de ex periencia bélica, en tanto que la Audiencia mantenía un contingen te de tropas profesionales recién llegadas a la isla recorriendo las zonas devastadas.
Según una información del momento, en los me ses inmediatamente posteriores a las despoblaciones ciento veintidos negros insurrectos fueron capturados, de los cuales seis fueron eje cutados.
4 5 Es probable que el núcleo mayor en la zona de La Ya guana tuviese por líder al esclavo Miguel Biáfara, ahorcado junto a seguidores.
Empero, los núcleos insurgentes que se formaron a raíz de las devastaciones distaron de ser aniquilados.
Algunos se retiraron a zo nas muy remotas, donde continuaron los rescates con navíos extran jeros.
Uno de esos grupos está bien reseñado, pues fue asaltado por las tropas profesionales recién llegadas de Puerto Rico para aplas tar la resistencia que se esperaba de la medida real.
Operó durante más de dos años en la zona de Tiburón, el extremo occidental de la isla, y estaba compuesto'! layoritariamente de esclavos fugitivos, aunque contaba con al menos un francés y un gallego.
En la prime ra arremetida, fueron capturadas nueve negras y un negro, que fue ahorcado.
Este informó que quedaban veintisiete negros y once ne gras, respecto a los cuales se dispuso que fuesen capturados.
4 6 En la misma época, una expedición desde Cuba logró capturar más de veinte esclavos en la zona de la Mole de San Nicolás, extremo nor occidental de la isla.
47 A pesar de las reiteradas batidas de las tropas del presidio so bre las costas occidentales, los grupos de alzados negros sobrevivie ron varios años, a diferencia de los de blancos y mulatos de Guaba, que a los pocos meses se dispersaron.
En la mencionada zona de Tiburón, tres años después de la información contenida en el pará-grafo anterior, seguía intacto un amplio grupo de cimarrones, de acuerdo a la información ofrecida a la Audiencia por Agustín Bri to, dueño de una fragata, quien fuera hecho prisionero por piratas ingleses que rescataban con los cimarrones.48 Brito fue llevado a una "población dellos, que serían como cinquenta, muy ladinos, y allí asistió con ellos quatro años, y que por junio del año pasado, llegaron al puesto de la Sabana, tres nabíos, los dos yngleses y el otro Flamenco, con los quales los negros habían rescatado... "
El presidente tomó medidas enérgicas para la erradicación de "aquella ladronera a los piratas,( dando) órdenes precissas a ini hijo para que sino pudiesen ser habidos todos los negros que son en can tidad 73 dejase de presidio en aquellos puertos a el sarjento Flores con hasta 40 hombres y entre ellos algunos monteros y rastreros."
La información ulterior de Gómez de Sandoval da cuenta de cho ques con los piratas pero no informa si, finalmente, fueron reducidos los cimarrones.
De seguro, durante décadas sobrevivió una pobla ción de alzados, hasta el momento en que esos territorios occiden tales fueron copados por piratas y bucaneros.
Determinaciones del fin del cimarronaje y los últimos hechos
La colonia quedó tan debilitada con las devastaciones que, des pués de la sujeción de los habitantes deportados, no se planteó la re ducción de los cimarrones en las zonas donde su presencia era conocida.
Estos subsistieron y en forma reiterada renovaron los ata ques en las décadas siguientes.
Como ha sido señalado, esto consti tuye una señal de la prolongación de tendencias socioeconómicas.
Es inequívoco que la producción esclavista se prolongó hasta pasada la mitad de siglo.
El abuso sistemático y cruel, como medio central de sujeción del esclavo, se mantuvo incólume.
La persistencia de la es clavitud clásica, aunque su decadencia se acelerara, debe atribuirse, en primer término, a las disposiciones emanadas de la Corona desti-nadas a que la navegación comercial con la isla no se interrumpie ra.
49 En fin de cuentas, aunque en condiciones desventajosas, siguió exportándose cacao, tabaco, jengibre, azúcar y cueros.
La navegación comercial se mantuvo activa hasta avanzada la década de 1640, co mo se comprueba en las tablas de movimiento desde Sevilla que ela borara Chaunu.
50 En consecuencia, en la primera mitad del siglo XVII se mantuvo el esquema institucional y social proveniente del siglo anterior.
El número de esclavos estaba en disminución, pero como fenómeno lento.
Tras la invasión de Drake se produjo una epi demia que exterminó la mitad de los esclavos entonces existentes.
Cierto que en los años ulteriores, la intensificación del contrabando conllevó la introducción de por lo menos seiscientos bozales en las zonas occidentales.
A ello se agrega la reimplantación de la trata, con sus secuelas colectivas en materia de identidad.
Pero, no parece que las cuantías de introducidos fueran muy elevadas.
Después de los once mil esclavos registrados en 1606, esa cifra debió decrecer de manera continua.
Sucesivas epidemias diezmaron la población es clava, principalmente en la década de 1660.
51 La escasez de esclavos y la creciente dificultad de su introduc ción después de 1650 otorgaron un significado de extrema delicadeza al problema de los palenques.
Adquiría una connotación económi ca, ya que los rebeldes profundizaban la carestía de mano de obra.
En el entorno de decadencia que experimentaba la economía colo nial, crecían los temores de que los cimarrones pudiesen hacerse con el control de la isla.
Pero, en lo inmediato, desde la década de 1640 comenzó a te ner presencia el enemigo extranjero, mucho más peligroso que el esclavo insurrecto.
Es ante la creciente amenaza que representara cuando se originó un cambio general de actitudes de los grupos dirigentes en sus relaciones con los libres de color y aun los escla vos.
Se tuvieron que•dar pasos firmes para la integración de los ne gros y mulatos en esquemas militares, particularmente en compañías http://estudiosamericanos.revistas.csic.es de milicias de pardos y morenos.
Esta incorporación, significaba, tá citamente, el reconocimiento de cierto espacio en la vida social.
Mientras tanto, las manumisiones comenzaban a generalizarse debi do al cese de rentabilidad de las unidades productivas y la conve niencia de sistemas de trabajo que acordaban independencia al esclavo, los cuales sólo tenían sentido cuando este último tenía el incentivo de la virtual manumisión.
Con motivo de la invasión de Penn y Venables, en 1655, las autoridades españolas hicieron saber formalmente a los apalencados de El Maniel que aceptarían su apoyo a cambio de garantizarles la libertad.
Los negros no aceptaron, aunque en este caso tampoco se dispusieron a apoyar a los ingleses.
Esta renuencia a la integración evidencia un desfase creciente entre la acción de los agentes y los condicionamientos estructurales crecientes.
Es decir, en el contexto de desarticulación de la esclavitud de plantación, los alzados pref e rían mantenerse en libertad; y, por lo que señala la citada carta del arzobispo de 1662, tal actitud gozaba de la aquiescencia de la ma yoría.
Ahora bien, paralelamente, se comenzó a evidenciar el espa cio integrativo a los negros libres.
Estos operaron con un interés propio, no sólo distinto, sino incluso contrapuesto al de los escla vos, como se hizo generalizado en el siglo XVIII.
52 Ahora bien, como la manumisión comenzaba a formar parte de la lógica del sistema económico, estaría llamada a crear expec tativas cruciales entre los esclavos.
La persistente rivalidad con la colonia vecina determinó una estrategia de manipulación de los es clavos: en la parte española, con fines integrativos y defensivos, y en la parte francesa, subversivos.
La señal más clara de lo último estuvo representada por la recepción de los esclavos escapados en los años 80, a partir de quienes se fundaría la aldea de San Lo renzo de los Minas.
Se atenuaría así la oposición entre libres y es clavos e, incluso, entre estos últimos no se plantearía un proyecto social segmentado.
De ahí que, después de 1667, los documentos sean mudos acerca de cimarrones, en tanto que algunos explícita mente los refieren como cosa pasada.
En el siglo XVIII no se cons-126 52 Información de Raimundo González. tituyeron palenques, a no ser los de las zonas fronterizas compues tos por fugitivos de Saint Domingue.
Explícitamente, muchos de ellos no se acogían a los ofrecimientos de los españoles, no sólo por generar un instinto refractario respecto a todos los blancos, sino porque se produjeron devoluciones por presión de las autoridades de la colonia vecina.
Aun así, se practicaron reducciones de estos cimarrones, siendo la más importante una establecida en el valle de Neyba.
En los palenques fronterizos de la segunda mitad del XVIII, la presencia de fugitivos de la parte española parece haber sido minúscula.
Mientras el giro en cuestión no cobró cuerpo, a las autorida des se les hizo inevitable recurrir a la reducción violenta.
Cada vez más, las milicias disponían de me dios aptos para enfrentar los cimarrones, ya que estaban engrosadas con muchos libres de color, una parte de ellos altamente experimen tados como lanceros y monteros de hatos y hatillos.
Los palenques de El Maniel tuvieron que tomar fuertes precauciones contra la po sibilidad de traiciones o de localización por monteros experimenta dos.
De todas maneras, como seguían contando con el apoyo de la masa esclava, se dificultaba su reducción.
Pero, precisamente, se iba minando el fundamento de esta base de sustento.
El primer ataque de las milicias que hemos localizado, de 1650, lo encabezó Damián del Castillo, personaje que no por casualidad alcanzó protagonismo en la derrota de la expedición inglesa, cinco años después.
Esta campaña se llevó a cabo tomando en considera ción el peligro que representaban los alzados en caso de una inva sión de ingleses o franceses.
Cuando las milicias de la capital y La Vega pernoctaban una noche fueron atacadas por los insurgentes, quienes les provocaron varios heridos y un muerto.
Inmediatamen te los perseguidos se diseminaron en varios grupos, pero eso no im pidió que tras días de rastreos uno de los grupos de milicia localizara un palenque, capturando sólo dieciocho esclavos.
La gran mayoría pudo escapar, y no se les persiguió porque las provisiones de los milicianos se estaban agotando.
De todas maneras, en la refriega fue muerto uno de los capitanes llamado Juan Angola, quien, de acuer- do a la relación oficial del suceso, "peleó valerosamente".
53 Otro de los capitanes, reincidente en su actitud, fue condenado Ha muer te de horca y hacer quartos y poner su cabeza en una escarpia."
Un tercero murió en la cárcel, salvándose de ser ejecutado.
Los demás fueron deportados perpetuamente de la isla y sometidos a doscien tos azotes.
Como los restantes alzados habían quedado intactos, en repre salia, bajaron a la zona de Nigua a atacar ingenios.
Se interpretó que procuraban comida, pues las milicias les habrían destruido sus conucos.
Del ingenio de Baltasar de Figueroa robaron además algu nos esclavos.
Esto motivó una nueva campaña de las milicias, las cuales penetraron a la sierra por dos puntos: los procedentes de La Vega, en número de cincuenta, al mando de Juan Sánchez Arago nés, partieron de Bonao hacia El Maniel Nuevo y Yuma� las mili cias de Azua, comandadas por el capitán Pedro Ramírez, con sesenta hombres, �'todos a propósito para penetrar las montañas", se inter naron por El Maniel Viejo, la actual Ocoa.
Estas tropas no locali zaron cimarrones.
En esos días, una partida de veinte de éstos volvió a atacar el llano, siendo seguida por un destacamento de milicias que no perdió el rastro hasta dar con los bohíos, que procedieron a incendiar, donde capturaron nueve negros más, entre quienes se ha llaron dos robadas en el ingenio de Figueroa.
En definitiva, el grueso de insurrectos se mantenía en alzamien to, situación que no variaría durante muchos años.
Quizás les ayu dó una reubicación en lugares nuevos, más cercanos al remoto y frío macizo que hoy se conoce como Valle Nuevo; otros se habrían dirigido al sur del macizo central, cuya cumbre más elevada es Pi co Duarte.
A las autoridades llegó la versión de que se produjo una escisión entre los rebeldes, por divergencias tácticas que involucra ban porciones étnicas: "Y haviendo tenido noticias que los criollos del Maniel abían apar tado de sí a los Angolas a causa de decir que por ellos los yban a perseguir a su tierra los blancos, y que se abian retirado más de cin-quenta leguas la sierra dentro a las faldas del Oeste que mira hacia el Valle de San Juan... " 54 A inicios de la década de 1660 se levantaron diversos expedien tes tendentes a acabar de una vez con los núcleos de cimarrones de El Maniel.
Aparentemente, éstos se habían reconstituido con facili dad tras lo sucedido en 1650, retomando al poco tiempo a las zonas de más familiares de habitat.
No obstante, como lo muestran las in formaciones registradas con motivo de las operaciones llevadas a ca bo, en realidad ni siquiera se pudo averiguar de la existencia de varios palenques, que siguieron desenvolviéndose con normalidad.
La determinación de erradicar el cimarronaje quedó facilitada por la invasión inglesa de 1655.
Mientras tanto, además del incre mento de la pericia de los milicianos, prácticamente toda la pobla ción masculina adulta, con excepción de los cada vez más escasos esclavos, se había enrolado a las milicias.
Sobrevino un estado de militarización, como nota distintiva de la vida social y recurso últi mo de subsistencia de la comunidad.
Por medio de la real cédula del 30 de agosto de 1664 se or denó que se agotaran todos los recursos para liquidar la cuestión ci marrona.
Como parte de la nueva estrategia de solidaridad de todos los sectores para enfrentar las amenazas externas, se acudió a ga rantizar la libertad a los alzados, ofreciéndoles su reducción en pueblos, con prerrogativas semejantes a las de cualesquiera otros súbditos de la corona.
A tal efecto, se envió a un ladino familiar de uno de los líderes de los cimarrones.
De nuevo, éstos no mostraron ningún interés, "porque los demas de los presidentes an tratado de ir con jente a tratar de cojer estos negros y algunos an ydo con el hecho y aver sido muy poco el fruto que desto se a sacado, porque siempre tienen tiempo de huirse y an sido muy pocos los que se an coxido y mucho el gasto... " 55 Sabiendo por adelantado que tales gestiones no podrían prosperar, el presidente de la Audiencia se di lataba en emprender los pasos para la pacificación.
Cuando se resolvieron detalles del sistema de defensa de la ciu dad, se pasó finalmente a conceder atención al cimarronaje.
El pre sidente envió a prácticos a recorrer las montañas, lográndose, en febrero de 1665, la ubicación de una aldea de alzados conocida como Siete Cabezas.
Para eludir la red de espionaje de los negros, se hizo correr el rumor de que se aproximaba una nueva expedición ingle sa, bajo cuyo pretexto se hicieron los despliegues para acometer por sorpresa a Siete Cabezas.
Salvo los cabos del presidio, nadie fue in formado del destino que tendrían.
De manera que los espías que se despacharon desde Siete Cabezas con motivo de los movimientos de tropas no tuvieron tiempo de dar aviso de lo que se hallaba en juego.
En la embestida al palenque se capturaron cuarenta de sus habitantes, en tanto otros escaparon o murieron en la refriega.
Pos teriormente se montaron emboscadas, dando por resultado nuevas muertes y la captura de veinte individuos más.
En juicio, fueron condenados a muerte el fundador del poblado, veintisiete años an tes, y otro calificado como su gobernador; a los demás se les so metió a azotes y se devolvió a sus dueños, previo pago de la mitad de su valor para repartirlo como botín a los milicianos que partici paron en la expedición, tocando a cada uno cerca de ocho pesos.
Se dispuso una segunda expedición, que, como era caracterís tico, no arrojó ningún resultado, ya que los rebeldes supervivientes habían abandonado las aldeas dispersándose en pequeños grupos en zonas remotas.
El presidente decidió esperar que se reagruparan y retomaran a una situación de normalidad que tomara exitosa una campaña de exterminio.
La reiteración del comportamiento, efectivamente, confirió efi cacia a una operación de total erradicación de los cimarrones de El Maniel desde finales de 1666, la cual se prolongó durante más de cinco meses.
Parece que la tropa que comenzó la campaña estuvo comandada por el capitán Juan Muñoz Cordero, la cual ocupó el palenque principal, ubicado en un emplazamiento muy abrupto.
56 De inmediato, se dio aviso para que avanzaran los contingentes de tropas del presidio y de las milicias distribuidas en puntos diversos de acceso a la cordillera, y que en total superaban trescientos indi viduos; posteriormente, esta tropa fue reforzada con numerosos efec tivos.
Esta concentración se hizo en vista del diseño de un operativo de cerco combinado con limpiezas sistemáticas de todos los parajes en que se pudieran ocultar los fugitivos.
Al principio, estuvo al fren te el presidente de la Audiencia, Pedro de Carvajal y Cobas, y, al enfermarse, pasó el mando a Lucas de Berroa, sargento mayor de la fortaleza, quien todo el tiempo se mantuvo en un puesto de man do central en llanura.
57 Parece que el cerco alcanzó pleno éxito a causa de la presen tación de un cimarrón, que a cambio de su libertad y la de algunos españoles, se prestó de guía contra sus antiguos compañeros.
El pre sidente pudo proclamar, con probable razón, que todos los alzados, en número todavía de alrededor de cuatrocientos, quedaron someti dos a la fe católica y a la obediencia al rey.
58 Unos ciento cuaren ta fueron capturados, ciento treinta oreducidos con agasajo", en tanto que los restantes perecieron eri la prolongada campaña.
Esto último, evidencia que la resistencia no dejó de ser muy tenaz.
Empero, los castigos administrados fueron mínimos y en ex tremo moderados.
Por otra parte, muchos de los capturados no fue ron devueltos a los antiguos amos ni deportados de la isla.
Se engrosaron, así, las compañías de pardos y morenos.
Se precipita ban los imperativos de la pqlítica defensiva a medida que los buca neros ganaban terreno, los piratas apretaban el cerco y la economía caía en bancarrota absoluta en el funesto año de los "tres seis", re cordado por la combinación de epidemia, terremoto y ciclón. |
Estudio de los múltiples procesos de transformación y reformas que altera ron el ámbito demográfico, político, social y económico de Puerto Rico en la J.a mi tad del siglo XIX, resaltando la aparición de una agricultura comercial -alentada por la apertura del mercado exterior-, el desarrollo de una política colonial re formista y seductora de las élites locales, la bipolarización social, la panicipación y comportamiento político de las élites a nivel municipal e insular, así como, fi nalmente, las líneas de actuación y relaciones entre los mencionados grupos de poder con otras fuerzas sociales de Puerto Rico.
* Ponencia presentada al lII Encuentro-Debate HAmérica Latina, ayer y hoy", cele brado en Madrid del 19 al 23 de noviembre de 1990.
Esta ponencia pretende ser el esque ma inicial de lo que será un futuro proyecto de investigación a desarrollar en los próximos años, y para cuya elaboración se ha consultado una amplia bibliografía, que se incluye a con tinuación.
Nuestro trabajo se enmarca en un proyecto amplio sobre.
Reiteradamente se ha insistido en la necesidad de realizar una historia local o regional como marco de referencia para examinar con rigor y profundidad algunos de los principales problemas his tóricos.
Y es que su utilidad resulta indudable.
Permite cubrir, por una parte, vacíos de información gracias al estudio de cuestiones locales mal o poco exploradas y, por otra, someter las interpre taciones generalmente aceptadas al contraste empírico de nuevos hallazgos.
Desde esta perspectiva, el análisis de la sociedad puer-2 JESÚS RAÚL NAVARRO GARCÍA torriqueña, delimitada en una cronología aproximada que puede fijarse desde principios del s. XIX hasta 1840, facilita el conoci miento de dicha realidad y aporta, además, toda una serie de in formación para el análisis del comportamiento colonial ante una época de crisis.
Y esto es así máxime cuando la singularidad temática, espa cial y temporal, no impide sino que fomenta una historia global y.. problemática".
Global porque plantea las conexiones entre proble mas que, aunque diferentes, están interrelacionados.
De este modo, el estudio del comportamiento de los grupos sociales no sólo im-' plica el desarrollo de las simples e inmediatas perspectivas sociológicas sino que conlleva un conocimiento de la estructura económica, política, institucional, ideológica y cultural, por dar una clasificación.
Y una "historia-problema" porque los interrogantes son tan importantes como los resultados, y, por tanto, la historia local, lejos de degenerar en una erudición provinciana, intenta plan tear dudas e interrogantes, desarrollar hipótesis, criticar interpreta ciones, siempre ávida de interrelaciones en su afán por llegar al conocimiento de lo general.
Pero, además, el análisis desde las perspectivas apuntadas so bre el Puerto Rico de principios del s. XIX no puede quedarse en unas orientaciones puramente internas.
Debe insertarse en un con texto mucho más amplio que implica, al menos, un marco de re laciones coloniales entre Puerto Rico y la metrópoli en un contexto exterior bastante complejo en el que, bajo la disolución del Anti guo Régimen y el surgimiento del Régimen Liberal, se acentúa el declive de los viejos imperios, el auge de nuevos estados y la con solidación de otras grandes potencias.
Se trata de unas relaciones que, por lo que respecta a Puerto Rico, quedarían definidas por su dependencia política con la metrópoli española en un momento en que ésta sufría la pérdida casi total de su imperio colonial y que daba relegada a un segundo plano dentro del marco internacional, y también por la conflictividad respecto al resto de nuevos estados americanos.
Sin embargo, la isla fue dependiendo económicamente de Estados Unidos de modo paulatino, para terminar, ya fuera de la etapa que aquí estudiamos, dependiendo también políticamente.
En este contexto general de conflicto y cambio también Puer to Rico se vio sometido a unos procesos de transformación que alteraron considerablemente su situación en los primeros cuarenta años del siglo XIX.
En la vertiente económica se confirmó, en al gunas zonas, la crisis de las unidades de explotación tradicionales, de la economía de subsistencia, del trueque y del contrabando típi cos del pasado, así como su desplazamiento, dentro de un proceso de liberalización económica, por una estructura de la propiedad más diversificada e influida por su evolución y localización.
A ello ha bría que unir el protagonismo creciente de una agricultura comer cial que tenía en el azúcar su principal producto y en la hadenda la unidad básica de producción.
Este cambio estuvo acompañado de un incremento productivo, alentado por una coyuntura de precios elevados y estables, por las posibilidades que representaba la liber tad comercial y la apertura del mercado exterior, e incluso por las innovaciones tecnológicas.
Ligadas a esta agricultura comercial y a la trata de negros se desarroll�on actividades comerciales y finan cieras que provocaron la expansión de estos sectores económicos hasta el punto de originar un cambio en el valor social de la tierra y del dinero.
Para que esto pudiera producirse tuvieron que in tervenir no sólo factores naturales sino que la inmigración actuó de modo decisivo a través de la llegada de esclavos o libres, preferen temente blancos, que iban buscando un refugio político y la consi guiente tranquilidad que ya no hallaban en un continente inmerso en las guerras de su independencia.
Estas transformaciones cobraron más relevancia, si cabe, al en contrarse con la permi• sividad e incluso el apoyo de la política re formista desplegada por las propias autoridades peninsulares desde la segunda mitad del siglo XVIII.
Esta vía reformista quedó perfec tamente plasmada en medidas como la liberalización del régimen de la tierra y del comercio, el reconocimiento de la propiedad, la divi sión de tierras y su libertad de uso, o la del tráfico de esclavos que permitió tener una mano de obra segura, incrementada además in ternamente por el proceso de proletarización de algunos pequeños propietarios arruinados como consecuencia del libre mercado de la tierra y por el fomento de la llegada a la isla de extranjeros blan cos. Estos provocaron también, gracias a la concesión de tierras y la exención fiscal que disfrutaban, un fortalecimiento de la nueva élite económica que, en ocasiones, desplazó a la antigua élite crio lla y en otras terminó por mezclarse con ésta.
La llegada del liberalismo político quizás permitió ocupar el poder a las nuevas élites surgidas con el desarrollo económico, pero en el transcurso del siglo XIX acabó imponiéndose la perspectiva colonial con el consiguiente endurecimiento restrictivo sobre el li beralismo político, que acabó afectando incluso al liberalismo eco nómico en algunos aspectos.
Con la acumulación de todos estos cambios, la sociedad puer torriqueña se vio sometida a unas drásticas transformaciones, que quedaron ejemplificadas en el impresionante incremento demográfi co, una mayor diversificación social y la expansión humana por todo el territorio, provocando lo que podría definirse como un proceso de modernización de la isla.
No cabe duda de que Puerto Rico abor dó con éxito el reto del desarrollo y que, al menos, los sectores sociales dominantes se fortalecieron económica y socialmente, de biendo repercutir todo ello en su estabilidad política y dependencia colonial a lo largo del s. XIX, frente al proceso de independencia que se extendía por todo el territorio continental.
Pero la estabilidad política tenía también sus contradicciones pues los cambios afectaron de forma bien diferente a los diversos sectores sociales, creando nuevas fuerzas económicas que modifi caron las relaciones sociales y posibilitaron un mayor número de tensiones y conflictos.
Se trata todo ello, en realidad, de una problemática que el desarrollo posterior no hizo sino incrementar y agudizar.
La evolución de la sociedad puertorriqueña se orientó en este sentido hacia un incremento del proceso de bipolarización social en tre unos sectores dominantes, integrados por agricultores, comercian tes, militares o burócratas, y el resto de la población.
Desde la perspectiva agrícola, la liberalización del régimen de la tierra facilitó, por ejemplo, la expansión y concentración de las haciendas, fortaleciéndose también una pequeña y poderosa minoría de propietarios a costa de los pequeños productores que debieron en muchos casos emigrar hacia el centro de la isla en búsqueda de nue vas tierras, o terminaron empobrecidos y proletarizados en el cam po.
Sin embargo, este proceso no fue único puesto que en muchos casos la división y deslinde de los hatos y el reparto o venta de las tierras comunales hizo que apareciesen también pequeños terrate nientes estancieros e incluso pequeños propietarios.
Sobre esta evolución se superpusieron los efectos de las olea das inmigratorias que si bien en unos casos sirvieron para incremen tar la mano de obra, en otros aportaron un contingente humano con capitales, conexiones mercantiles, solidaridad interna y conocimien tos técnicos que les permitió desarrollar una agricultura comercial muy rentable en el sur y oeste de la isla.
Su protagonismo econó mico les enfrentó muy pront� a los grupos criollos dominantes y descendientes de la antigua élite de hateros y estancieros del siglo XVIII, desembocando el encuentro tanto en una colaboración eco nómico-comercial y en uniones matrimoniales (de las que surgió una nueva élite local) como en un desplazamiento de los hacendados criollos, muchos de los cuales optaron, aprovechando las facilidades concedidas en la administración colonial, por emigrar y buscar nue vas tierras en el interior de la isla.
Mayor importancia si cabe tuvieron los comerciantes en el seno de esta élite económica pues controlaron la trata de negros, la co mercialización y el sistema crediticio de la agricultura, llegando a invertir en ella fondos respetables como hacendados y a colaborar con las instituciones insulares a través de préstamos para conseguir a cambio su apoyo político.
Dentro de este grupo se operó una evo lución similar a la e,t.perimentada en los hacendados pues junto a los pequeños comerciantes tradicionales habían aparecido las gran des compañías comerciales creadas por los nuevos inmigrantes.
Frente a estos sectores, la gran masa de la población, integra da por pequeños propietarios, agregados, "vagos", libertos y esclavos se encontraba en una posición de dependencia.
El auge económico y las transformaciones apuntadas parece que les afectó negativamen te, empeorando sus condiciones de vida y provocando en muchos casos una pérdida de autonomía al pasar de pequeños productores a jornaleros-consumidores, estado que les colocaba en una doble de pendencia respecto a los hacendados, como veremos más adelante.
Transformaciones y dependencia colonial
Si pocas obras han explicado con éxito los profundos mecanis mos que fueron capaces de mantener a Cuba bajo el dominio.colo nial en el primer tercio del siglo XIX, esta afirmación puede aplicarse con mayor motivo aún cuando se habla de Puerto Rico, en cuyo ca so las carencias bibliográficas se han hecho hasta hace bien poco tiempo casi insalvables para todos aquellos que han querido indagar con escrupulosidad las auténticas razones que movieron a los gru pos de poder de la pequeña isla a mantenerse fieles a la corona mientras el continente concluía su proceso de independencia.
Es indudable que Cuba tuvo una mayor importancia estratégi ca, histórica e institucional que Puerto Rico, pero esto mismo nos permite afirmar su originalidad respecto al "modelo" cubano, qui zás el más conocido en Espafla.
El afirmar que Puerto Rico fue úni came�te ir remolque de lo que sucedía en la mayor de las Antillas es no querer reconocer la personalidad política, social y económica de Puerto Rico.
En otras palabras, si queremos ofrecer una interpre tación objetiva no podemos estudiar sólo la parte más importante del antiguo imperio español pues ello quizás nos lleve a generalizar una interpretación que ni siquiera sirva para el ámbito antillano, y no digamos nada para el caso filipino.
Esta puntualización es todavía más necesaria cuando deseamos conocer la respuesta a la pregunta con la que iniciábamos nuestro artículo.
Para estudiar comportamientos de grupos sociales, debemos estudiar las estructuras socioeconómicas, políticas, institucionales, ideológicas y culturales en las que se desenvuelven, pues todas ellas son parte intrínseca de la vida de una comunidad y no de otra, por más importante que ésta sea.
No podemos quedarnos tampoco en un mero y simple estudio de historia local y de élites municipales.
El trabajo histórico debe plantearse unas miras y unas hipótesis más amplias, debe vincular estos procesos locales y comportamientos individuales con otros pro cesos paralelos como puedan ser la estructura de la propiedad, las características de los medios de producción, las luchas y conflictos sociales, sus relaciones con el gobierno colonial y metropolitano...
Tan solo así daremos una interpretación enriquecedora, coherente, crítica y renovadora de situaciones y momentos históricos.
Tan sólo así, por tanto, explicaremos el cómo y el porqué del comportamien to político de la élite puertorriqueña ante la independencia: buscando soluciones y conexiones, planteando preguntas, analizando y formu lando hipótesis, en ocasiones de tipo experimental, porque a fin de cuentas en Historia las interrogantes son tan importantes, si no más, que los resultados.
Pasemos por tanto a acercarnos a la realidad, ciertamente com pleja y dinámica, que vivía Puerto Rico a principios del siglo XIX, en unos momentos en los que el Antiguo Régimen estaba tocando a su fin en Europa, y cuando el proceso de independencia estaba acelerándose en el continente americano.
Otros procesos, también de parecida importancia, se estaban gestando y consolidando en sue lo puertorriqueño como vamos a ver a continuación.
En efecto, pocos períodos de la historia puertorriqueña fueron tan ricos en transformaciones como el que vivió la isla durante los primeros años del siglo XIX.
En ellos empieza a entrar en crisis la economía de subsistencia, trueque y contrabando que había predo minado en los tres primeros siglos de colonización española, vién dose desplazada por una agricultura comercial que tiene en el azúcar su principal producto y en la hacienda la unidad básica de produc ción, abierta a todo tipo de innovaciones tecnológicas como la má quina de vapor, los trapiches de hierro, etc. El proceso, que se centra en el litoral costero, especialmente en tomo a Ponce, Mayagüez y Guayama, acaba desplazando a la tradicional zona azucarera situa da entre Loíza y el valle del Toa, y se traduce en un casi constan te incremento de la producción.
Este incremento respondió, en un principio, a la simple multiplicación numérica de las haciendas, pero, http://estudiosamericanos.revistas.csic.es poco a poco, las haciendas fu e ron concentrándose, aumentando su tamaño, y paralelamente también sus inversiones en maquinaria y esclavitud.
El resultado de todo ello fue el fortalecimiento de una pequeña y poderosa minoría de propietarios hacendados a costa de los pequeños productores, quienes se vieron en la necesidad de ven derles sus estancias.
Consiguientemente, estos campesinos tuvieron que buscar nuevas tierras en el interior de la isla, mientras que otros protagonizaron un proceso colectivo de empobrecimiento y proleta rización agrícola.
Este sistema socioeconómico fue mejorando los cultivos y las técnicas gracias a los precios elevados y estables que se dieron en los primeros cuarenta años del siglo XIX, y gracias también a la de manda norteamericana.
Así se experimentó una expansión comercial sin precedentes y se ampliaron las relaciones con el extranjero, de forma especial con los mercados de Nueva York, Boston y Filadelfia.
El comercio mayorista se centró de modo especial en Saint Thomas hasta 1840 para luego vincularse directamente con el mer cado europeo y norteamericano.
Estas relaciones permitieron la crea ción de grandes sociedades mercantiles en puntos estratégicos del comercio puertorriqueño como Ponce, San Juan, Arecibo o Maya güez que contribuyeron a consolidar la articulación económica de la isla en torno a las haciendas que requerían no sólo ganado, verdu ras o combustible de otras zonas, sino de sistemas de crédito y re facción en manos de los comerciantes de la costa o de pequeños comercios dependientes de los anteriores en el interior.
Lentamente, los problemas del país fueron definiéndose en tér minos de lo que eran las necesidades del sistema de producción azu carera respecto a financiación, mercado exterior y mano de obra.
El café perdió su habitual lugar hegemónico como principal producto de exportación, pese a experimentar también desde 1820 un impor tante auge gracias a la llegada de refugiados franceses expertos en su cultivo, a la destrucción de Haití, el incremento de sus precios, la demanda europea (vía Saint Thomas), la habilitación de puertos como el de Ponce y Aguadilla, la división de hatos, el reparto de baldíos o, finalmente,,la disponibilidad de facilidades crediticias en zonas del interior.
Estos cambios agravaron las diferencias entre pueblos de auto consumo y aquéllos abiertos a las relaciones comerciales, circuns tancia que convendría tener presente luego, cuando constatemos la relación entre esas comarcas desde una perspectiva policéntrica: la realidad de Puerto Rico no es sólo la hacienda y el hacendado, es también el esclavo, el jornalero, el agregado, el pequeño propieta rio...
Todos ellos, y sus interrelaciones, nos explican lo que sucedió mientras el continente se debatía en una lucha a muerte, nos expli can sus reacciones y comportamientos ante el poder.
Cambios como los que estamos enumerando repercutieron pro fundamente en la vida rural, la tierra dejó de ser una garantía de poder y estabilidad, dando paso a una mayor valoración del dinero y a mayores dependencias crediticias.
La visión de un Puerto Rico dedicado al cultivo de productos como el plátano, ñame o tabaco, a la cría del ganado, al corte de madera o al contrabando se fue convirtiendo en una imagen cada vez menos frecuente en algunas áreas de la isla.
En el plano demográfico el incremento de la producción azu carera llevó pareja la reactivación del tráfico de esclavos hasta 1840, alentado por la metrópoli.
Factores diversos explican este acelerado creci miento: desde la alta tasa de natalidad, el relativo estancamiento de la tasa de mortalidad, a la llegada masiva de inmigrantes...
Factores todos ellos que permitirán reconocer la personalidad jurídica de los asentamientos rurales frente a los intereses de los hateros, caso de Bayamón, Caguas, Río Piedras, Cangrejos, Guaynabo, Mayagüez, Guay ama, Añasco, Y auco, Fajardo...
En este aceleramiento demográfico tuvo el papel más relevan te la inmigración de población libre procedente de Haití, Santo Do mingo y Antillas francesas, y también de Venezuela.
Junto a estos inmigrantes, que huían de los procesos revolucionarios desatados en sus países, llegan también refugiados políticos e inmigrantes de es casos recursos, sobre todo canarios e irlandeses.
JESÚS RAÚL NAVARRO GARCÍA
será cuando llegue un contingente selecto de inmigrantes acogidos a la Real Cédula de Gracias.
Todos ellos, unos y otros, permiten consolidar numéricamente a la población blanca, razón que explica que en Puerto Rico el temor al esclavo nunca estuviese tan desarro llado como en Cuba, aunque desde luego existió.
Estos cambios se fueron produciendo paulatinamente, dejando más en evidencia la precariedad y desorganización hacendística, la gravísima situación monetaria (escasez de moneda de cordoncillo, abundancia de moneda falsa macuquina), los pocos escrúpulos mo rales de algunos oficiales de Hacienda, la complejidad tributaria, el contrabando...
Una administración como la puertorriqueña de la pri mera mitad del siglo XIX debía hacer frente a todo ello si quería estar a la altura de las circunstancias y pese a dificultades que hubo que ir salvando paralelamente -por ejemplo el fin del situado-, los gastos extraordinarios ocasionados por la guerra continental o las ayudas a los inmigrantes venezolanos, se puede decir que Puer to Rico afrontó con éxito el reto del desarrollo, aunque fuese echan do mano de inmigrantes extranjeros o peninsulares.
La realidad es que Puerto Rico salió fortalecido económica y socialmente tras los conflictos entre España y el continente americano y con ello la es tabilidad colonial, el objetivo básico a conseguir por la administra ción española en el Caribe.
Para conseguirlo, se pusieron en marcha una serie de mecanismos, a veces implantados muchos años antes de las guerras de independencia, que con el tiempo demostraron su utilidad en la prevención del fermento revolucionario.
El mismo crecimiento y dinamismo económico, tan dependien te de los mercados internacionales en los casos de Puerto Rico y de Cuba, había impulsado a la metrópoli a conceder las libertades co merciales solicitadas por la élite productora.
Los gobiernos metro politanos, y en mayor medida sus representantes en las islas, comprendieron que una cosa y otra debían ir unidas para beneficio de la élite local y del propio gobierno.
Otra cosa sucedió en aque llos puntos del imperio cuyo comercio se basaba en minerales es tratégicos y de mayor valor -oro, plata, etc.-, pero en el Caribe el comercio era agrícola e incluso la pérdida del monopolio se com pensaba sobradamente con las ventajas fiscales en las aduanas.
Las 142 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ventajas políticas fueron también incalculables, asegurando la fide lidad de Cuba y Puerto Rico al anticiparse y prevenir la rebelión utilizando como estrategia gubernamental la cooptación.
Incluso en ocasiones que el gobierno peninsular no actuó en este sentido, las autoridades coloniales aplicaron con éxito la teoría política castella na por la que los súbditos no estaban obligados a respetar una ley si existían condiciones que justificasen su suspensión.
Este proceso de reformas y de seducción política que preten día beneficiar a determinados grupos sociales, concretamente a la élite económica local, y reducir el descontento separatista, vino pre cedido de una larga etapa preparatoria que podemos situar en la se gunda mitad del siglo XVIII, cuando empiezan a observarse los primeros síntomas del desarrollo agrícola, la primera legislación so bre libertad de comercio, el descenso de los impuestos fijados a la exportación agrícola, la liberalización del tráfico de esclavos y del régimen de tierras en un intento por asegurar mano de obra para las haciendas y de facilitar y estimular la venta y división de los hatos, su permuta o hipoteca mediante la concesión de títulos de propie dad a los poseedores y cultivadores de tierra.
A fines del siglo XVIII intervinieron también decisivamente factores externos como la guerra con Inglaterra y Francia para acep tar el comercio exterior con Estados Unidos, pero lo interesante del proceso es que pasada la coyuntura bélica no hubo un cambio de esta política sino que se mantuvo aún a pesar de las presiones ejer cidas por los comerciantes gaditanos.
La tendencia se fue consolidando aún más a lo largo del siglo XIX, a medida que los resultados confirmaban las impresiones ini ciales.
La producción de azúcar, café y tabaco no dejó de incremen tarse: los 2.
Con una metrópoli incapaz de absorber estos productos y conven cida de que poco podía hacer para competir comercialmente con Es tados Unidos, el liberalismo económico y comercial acabó por modernizar al país.
Así, en 1811 el diputado puertorriqueño Power, haciéndose eco del sentir de los intereses azucareros, pide y obtie ne la ampliación del número de puertos para comerciar libremente, medida que luego se vio ampliada por otras que el intendente Ale jandro Ramírez consiguió a través de la Cédula de Gracias: entrada libre de capitales y herramientas agrícolas e industriales, reconoci miento legal del comercio libre y directo con otras naciones, inclui dos los Estados Unidos, entrada de buques extranjeros previo pago del 6% del valor total de las mercancías, comercio directo con Es paña libre de derechos por un período de 15 años para los buques españoles.
En una palabra, se reconocía el fin del exclusivismo co mercial en Puerto Rico.
Pero el fomento agrícola no se conseguía únicamente garanti zando la exportación de los excedentes, había también que consoli dar la libertad en el uso de la tierra, acabar CQíl las restricciones.
El liberalismo consiente la abolición del abasto forzoso de carne a San Juan en 1811, atendiendo las peticiones presentadas por los produc tores que deseaban cultivar en las tierras de ganado productos co merciales más rentables como la caña o el café.
Lentamente Puerto Rico y Cuba van rompiendo las barreras que limitan la expansión de la agricultura comercial y reconociendo la propiedad de la tierra si ésta hubiese sido ocupada de forma continua y si se hubiesen pa gado los impuestos correspondientes durante un plazo determinado de tiempo.
De igual modo, se legalizará la división de tierras comunales radicadas en municipios de la cordillera y el N.E., de Arecibo, Cabo Rojo y San Germán, acción que dará origen a grandes latifundios cafetaleros y ganaderos en vez de consolidar a vecinos desacomo dados.
De la continuidad y fuerza que el proceso tuvo nos dan idea las siguientes cifras que vienen a confirmar también la transforma ción de las estructuras agrícolas: Año 1775: más del 75% de la tierra son hatos.
Año 1822: sólo el 12,5% Esta fragmentación no sólo origina la aparición de los peque ños terratenientes estancieros ya citados sino también otro hecho muy importante como es el incremento del precio de la tierra.
Otro objetivo, conseguido por la élite agrícola, fue la disponi bilidad de mano de obra segura y continua, que básicamente estu vo compuesta por esclavos.
Se acabó con las restricciones a la libre importación a partir de la Cédula de Gracias y las haciendas pudie ron disponer durante bastantes años de mano de obra barata contro lada militarmente.
Sólo cuando se cortó la importación y se vieron afectados a mediados de siglo por fuertes epidemias, los esclavos fueron sustituidos progresivamente por antiguos agricultores criollos desposeídos, que pasaron a ser controlados a través de la Junta de vagos y amancebados.
El gobierno colonial, que llegó incluso a auspiciar en algún momento la creación de una Compañía General de Comercio en Puerto Rico con 200.000 pesos de capital para, entre otras tareas, comprar esclavos, se comprometió en la represión de los esclavos, apartados de todo derecho a manifestarse y participar, sometidos a reglamentaciones durísimas como las de Prim, o a una realidad mu cho más dura todavía como nos demuestran las noticias judiciales.
Encerrados en las haciendas y sometidos a todo tipo de excesos por los colonos, los esclavos tenían pocas esperanzas depositadas en la vigilancia que pudiesen efectuar los síndicos de los ayuntamientos o los párrocos.
Los primeros t�nían otras ocupaciones más atracti vas que las de defender a los esclavos; además, la isla tuvo una ad ministración municipal muy precaria durante gran parte del período que estudiamos por lo que muy pocos eran los pueblos que, inclu so, llegaban a tener síndicos.
Además, los ayuntamientos tuvieron capacidad para saltarse cuantas veces quisieron las reglamentacio nes sobre esclavos, y de oponerse a las leyes que pudieran utilizar dichos esclavos para conseguir su libertad.
Este sistema no sólo com placía a los hacendados y a la metrópoli, complacía también a los comerciantes que se embolsaban suculentas sumas de dinero con la trata, teóricamente abolida en 1822, y que justificaba plenamente su interés en no permitir la instalación de un consulado británico en Puerto Rico que pudiese i�speccionar directamente el cumplimien to de los tratados internacionales.
Paralelamente, la situación en Puerto Rico exigía un incremen to de la inmigración blanca.
Por una parte, los hacendados azucare- ros deseaban esclavos para la zafra pero, por otra, no podían salir de las contradicciones que el sistema esclavista provocaba en la so ciedad puertorriqueña.
Existía una necesidad patente de mano de obra barata pero esto podía ocasionar conflictos raciales como ya se estaba advirtiendo en muchos momentos.
Este temor al esclavo ac tuó en buena medida como factor fundamental en la solicitud de in migrantes blancos para el país.
El proceso no era nuevo.
Se había venido repitiendo a medida que la expansión revolucionaria de 1789 se iba extendiendo por América: a Puerto Rico llegaron primero hai tianos, antillanos franceses, dominicanos y luego venezolanos que huían de la revolución.
Junto a los que llegaron sin recursos econó micos encontramos también a los que lo hicieron con esclavos, ca pital y herramientas.
Puerto Rico ofrecía buenas.perspectivas de inversión y de tranquilidad, así que nada tiene de extraño el aluvión de inmigrantes que a partir de 1815 encontraroA en la Cédula de Gracias el cauce legal para instalarse definitivamente en la agricul tura de la isla.
Ya no llegaron sólo inmigrantes por razones políti cas sino que lo hicieron extranjeros por motivaciones económicas: el Estado necesitaba una inyección de capitales en Puerto Rico y para conseguirlos no había mejor método que el implantado: con cesión de tierras a inmigrantes, exención de diezmos y alcabalas durante los primeros cinco años de residencia, posibilidad de natu ralizarse transcurrido dicho tiempo, capacidad para introducir escla vos, adquirir propiedades e instrumentos de labranza...
Todos estos factores positivos fortalecieron el modelo económico aun a costa de crearse por primera vez en mucho tiempo una futura división y ten siones internas en el seno de la élite local.
La metrópoli no pudo resolver esta cuestión eficazmente e introdujo un factor riesgo que tardó aún bastante en salir a la superficie.
Estos inmigrantes naturalizados, más que los criollos, fueron los beneficiados por el régimen implantado a través de la Cédula de Gracias, pues en un corto período de tiempo pasarían a controlar la economía azucarera de la isla en detrimento de aquéllos.
Los inmi grantes de tipo político contribuyeron también a este proceso pero, gracias a su ideología conservadora, no desestabilizaron el régimen social y político de las Antillas.
La participación en la toma de decisiones políticas y en los ór ganos de poder de la colonia sería también una de las exigencias básicas de la élite económica en detrimento de la autoridad política omnímoda que se les concedió en ocasiones a los capitanes genera les (en 1810 y 1825), y derogada gracias a la actividad desplegada por los representantes criollos en Cortes como Power.
También ob tuvieron la separación de la Capitanía General y el Gobierno Polí tico en 1822 (O'Daly).
Estos logros conseguidos en la época liberal nos permiten quizás afirmar que la Constitución fue un factor favo rable para la fidelidad en materia política, pese a que no hubo gran des concesiones, y mucho menos de carácter autonomista.
Las suspicacias sobre los criollos se mantenían en pie desde el gobier no de Meléndez, e incluso se hablaba de la incompatibilidad entre libertad e integridad nacional a principios del siglo XIX.
La prefe rencia por los peninsulares en los cargos de la administración colo nial había sido una constante desde finales del siglo XVIII, aunque en Cuba, y en menor medida en Puerto Rico, el proceso fue distin to como demuestra el peso de Arango y Martínez de Pinillos en la economía y política locales.
Puerto Rico carecía aún de una econo mía desarrollada capaz de dar personalidades del peso de los ante riores, siendo el intendente peninsular Ramírez quien desempeñase en la isla idéntico cometido al que realizaran los criollos cubanos mencionados.
La élite puertorriqueña recibió muy bien la representación en Cortes, aun reconociendo su insuficiencia -llegó a ser de sólo uno o dos diputados-y los cortos períodos constitucionales que im pidieron tratar en profundidad la problemática local.
El peso de los criollos fue decisivo, aunque los primeros diputados -Power y O'Daly-fueron descendientes de irlandeses y estaban vinculados al ejército.
Ya en el Trienio aparecen una serie de diputados -José María Quiñones, Gabriel Ayesa-descendientes de viejas familias criollas y dotados de una gran preparación intelectual pues el pri mero fue ex-oidor de la Audiencia de Caracas y el segundo se li cenció en Derecho en Madrid.
Más importante incluso que el acceso a las Cortes fue para los plantadores el acceso al gobierno local, donde se decidían no pocos asuntos internos.
Tradicionalmente, ellos fueron los protagonistas ha bituales, pero ahora trataban de extender por toda la isla el mayor número posible de ayuntamientos.
Las elecciones municipales del Trienio, por ejemplo, ya fueron especialmente conflictivas tanto en Puerto Rico como en Cuba, donde hubo campañas de prensa soli citando el apoyo para los candidatos nacidos en las islas.
Es muy posible que en esto ya estuviese influyendo el progre sivo desplazamiento al que estaban siendo sometidos los criollos por las oleadas de inmigrantes realistas que pasaron a ocupar bastantes cargos municipales como tenientes a guerra, miembros de ayunta mientos, electores, etc.
En definitiva, la élite económica, criolla o no, se benefició de las nuevas instituciones políticas, aproximándose al poder y com partiendo con él las responsabilidades administrativas.
Por otra par te, la Constitución de 1812 al negar derechos políticos a la población de color libre y reconocérselos sólo a los propietarios blancos, in trodujo un factor clave en la estabilidad social como era el sufragio censitario, impidiendo con ello el descontento de las élites.
Otro objetivo que estuvo en la mente de estas élites fue la ex pansión del sistema educativo en la isla.
Mientras que en el caso anterior la actitud de ciertas autoridades coloniales fue poco com prensiva con los intereses locales, al menos en algunos momentos del siglo XIX, en el caso de las reivindicaciones educativas existió un consenso generalizado en la isla sobre la imperiosa necesidad de fomentarla dentro, claro está, de los límites que imponía una socie dad clasista como la puertorriqueña.
Cuando se pide educación no se está pidiendo educación para todos, se está pidiendo para unos sectores concretos.
Para los desposeídos a lo sumo se considera la conveniencia de que aprendan a leer y escribir.
Su lugar en una so ciedad azucarera era ser la fuerza de trabajo en el mercado laboral.
Pero la élite sí que deseaba salir de la precariedad educativa a la que se le había sometido durante muchos años.
Una isla donde la educación primaria �staba en condiciones lamentables y donde no existía centro alguno de educación secundaria y universitaria, difí-148 Anuario de Estudios Americano.\• (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es cilmente podía apostar por un futuro económico basado en cultivos como la caña de azúcar que requerían grandes conocimientos téc nicos, y en intercambios comerciales con el exterior.
La metrópoli mostró en este aspecto una torpeza sin precedentes, que tuvo al me nos dos consecuencias importantes: la incapacidad de la vieja élite para competir con los inmigrantes extranjeros más preparados para una nueva economía, y el peso decisivo que debieron representar en las haciendas los mayordomos y administradores, quienes necesaria mente tuvieron que ser extranjeros.
Por tanto, en el ámbito educa tivo, la metrópoli no favoreció las innovaciones modernizadoras en Puerto Rico, mientras que en Cuba sí lo hizo.
Es difícil indagar las razones que podrían explicar este diferente proceder pero quizás no nos equivoquemos mucho si las buscamos en el menor peso reivin dicativo y en la menor influencia de esas mismas élites en Madrid durante las fases absolutistas.
Otro punto reivindicativo, y en parte conseguido por la élite local f armada por hacendados y comerciantes extranjeros, fue la re organización de la Hacienda pública y de las aduanas, emprendida por el intendente Ramírez y que significó la apertura de nuevos puertos, la aplicación de medidas racionalizadoras en la contabili dad, la reducción de los aranceles, la simplificación tributaria...
A la larga, todo este proceso contribuyó, por un lado, a salir de la gra ve situación planteada tras la independencia de México y la desa parición del situado, así como a crear la estructura y los mecanismos que lo sustituyesen.
La intendencia debió también reducir conside rablemente los sueldos tras el enorme déficit presupuestario que al canzaron las finanzas públicas y las negativas repercusiones que trajo consigo el papel moneda puesto en circulación.
El remedio fue peor que la enfermedad.
La falta de credibilidad en la moneda y el caos comercial consiguiente tardaron un buen tiempo en ser solucionados de forma parcial.
Pero las reformas arancelarias trajeron consigo, de momento, un descenso apreciable de los ingresos aduaneros que tardaron casi diez años en recuperarse: la aduana de San Juan pasó, por ejemplo, de recaudar 144.000 pesos en 1815 a los 75.000 del año siguiente.
La solución fue compensar este déficit con un nuevo impuesto apli-Tomo L. núm. /, l'i9J cado sobre la riqueza personal: el subsidio.
Esto significaba que el esfuerzo contributivo necesario para afrontar el déficit recaía sobre los agricultores y que los más beneficiados por la Cédula de Gra cias, como eran los comerciantes e inmigrantes hacendados, queda ban exentos de contribuir.
Fácil es deducir que la reforma no debió recibir buena acogida entre los productores, habida cuenta de que sólo el diezmo y las alcabalas desaparecían mientras seguían persis tiendo tributos como los derechos de tierras o las primicias.
A pesar que el nuevo impuesto nació con un carácter de pro visionalidad, debido a la escasez de las cajas puertorriqueñas, no lle gó a desaparecer en todo el período que estudiamos.
Sin embargo, el paso del tiempo y el incremento productivo de la isla hicieron disminuir considerablemente sus efectos negativos.
Algunos de és tos siguieron persistiendo durante más tiempo como fue la arbitra riedad en los repartos, unas veces originada por imperfecciones estadísticas, y otras por la mala fe de los repartidores, que en no pocas ocasiones incluían en las listas a jornaleros para así ver redu cida su asignación los propietarios que controlaban las juntas de re parto.
El fraude se facilitaba por el analfabetismo de los jornaleros y porque éstos no solían acudir al pueblo a ver las listas de contri bución y, en consecuencia, no efectuaban ninguna reclamación.
La imperfección estadística facilitó la manipulación de datos y su ocultamiento por parte de los ayuntamientos, aunque también es cierto que otros pudieron tener serias y objetivas dificultades para cumplimentar sus asignaciones tributarias, especialmente aquellos municipios que permanecían al margen de los canales de intercam bios comerciales y que, por tanto, tenían dificultades para hacerse con metálico.
Este mismo problema afectaba particularmente al pe queño campesino o agregado autosuficiente, que fue endeudándose con algunos propietarios que solían adelantar las cuotas del barrio al que pertenecían.
Así, un impuesto que tuvo en sus orígenes una incidencia bastante negativa sobre los agricultores criollos -recordemos por ejemplo que la primera asignación de 1815 fue de 122.000 pesos cuando la aduana de San Juan en 1816 sólo recaudó 75.000-fue suavizándose bastante a fines del período que estamos estudiando.
Esto quiere decir que el incre mento productivo hizo más fácil el pago de las cantidades fijadas; además, los inmigrantes extranjeros estaban ya mayoritariamente pagando sus cuotas, la isla se había incorporado mucho más al co mercio exterior y además empezaron a pagar los comerciantes y los propietarios urbanos, al menos así ocurrió en los principales núcleos de la isla.
En cuanto a la historia hacendística, la pervivencia en Puerto Rico del subsidio fue un hecho destacable, sobre todo si considera mos el fracaso general que experimentaron en la península los di versos intentos, luego recogidos por el liberalismo, de reunificar las exacciones e imposiciones tributarias desde 1703.
Si consideramos la reforma del real decreto de 1813 que fijaba la tasa impositiva en un 6,25% de la riqueza deberemos concluir que la presión tributa ria establecida en el subsidi<? puertorriqueño, el 3,5%, fue conside rablemente más baja que la aplicada por la misma época en la Península.
Una vez que hemos ofrecido una panorámica general de las relaciones y el regateo político entre el gobierno colonial y las éli tes, vamos a esbozar a continuación algunas consideraciones más sobre estos grupos de poder, sus líneas de actuación y relaciones con las otras fuerzas sociales.
En estas relaciones hallaremos más respuestas a la cuestión de cómo se transformaron las estructuras políticas y sociales de la isla sin abandonar por ello su condición colonial.
Un vacío historiográfico, que ya va siendo atendido, ha preva lecido en el estudio de la élite local del siglo XIX.
Algunas buenas monografías recientes se han dedicado ya a reflexionar sobre su comportamiento político y la influencia de la continuidad-disconti nuidad de las familias dentro de una evolución política cambiante, sobre las repercusiones del desplazamiento de la élite criolla por los nuevos inmigrantes, y las tensiones internas en su propio seno.
Estos estudios y otros más en curso de elaboración nos permiten estruc turar la sociedad puertorriqueña en dos grupos económicos locales fundamentales: agricultores y comerciantes.
Entre ambos grupos existen unas relaciones intensas nacidas de su propio protagonismo en el proceso productivo y en la colabora ción dentro de órganos políticos que los hacen fuertemente inter dependientes, facilitando esto último, en ocasiones, la aparición de conflictos horizontales entre sectores de la élite con intereses con trapuestos.
En realidad, los conflictos debieron marcar la vida local des de que empezaron a producirse las oleadas inmigratorias, fuesen éstas motivadas por razones políticas o bien acogiéndose a la Cé dula de Gracias.
El contingente humano que llegó lo hizo en su mayor parte mejor preparado para afrontar la nueva era de agri cultura comercial.
Ellos tenían conocimientos agrícolas y técnicos propios de la manufactura azucarera y del cultivo del café al que se habían dedicado previamente en Haití, Santo Domingo o algu na de las Antillas.
Poseían además capitales, conexiones mercanti les, solidaridad interna y, por si fuera poco, una mayor preparación educativa pues muchos de ellos eran maestros, médicos, escriba nos, funcionarios, militares, etc. Finalmente, los inmigrantes se es tablecieron en el sur y en el oeste de la isla, zonas que habían alcanzado un menor desarrollo agrícola y ofrecieron por tanto una menor resistencia a su instalación.
Además había en estas zonas muy buenas tierras baratas y magníficos puertos naturales.
Esto originó un fuerte impacto en el desarrollo de las clases sociales y una transformación que acabó desplazando a los grupos criollos dominantes, que descendían de la élite de hateros y estancieros dieciochescos.
Desde muy pronto algunas de las élites locales apreciaron el peligro que se les venía encima, como demuestran las instruccio nes de algunos ayuntamientos al diputado Power, caso de San Juan, la capital de la isla..
Otros aceptaron, sin embargo, de buena gana a los hacendados establecidos y a sus mayordomos -Aguada y San Germán-, ya fuese porque habían consolidado lazos familia res con la élite tradicional o bien porque les abrían nuevos cauces de exportación con sus conocimientos y contactos comerciales.
Así, lo que en un principio resultó ser en potencia un factor desestabi lizador se convirtió en uno de estabilidad.
Esto no quiere decir que no hubiese casos aislados de enfrentamiento en las zonas de ma yor incremento del azúcar -Ponce, Guayama y Mayagüez-, pero en el resto de la isla, menos integrado dentro del sistema mundial capitalista, o en aquéllas donde hubo un continuo asentamiento hu mano dedicado a la agricultura, los hacendados consiguieron sobre vivir y mantener su hegemonía entre los propietarios agrícolas.
El proceso de creación de una nueva élite económica conlle vaba a su vez un doble mecanismo de adaptación.
Por una parte, el inmigrante desea consolidar su poder económico y político por medio de su matrimonio con las hijas de la élite criolla.
Los en laces matrimoniales aseguran la estabilidad local, la pervivencia de la antigua élite -al menos. por su línea femenina-, y evitan, en cierto modo, conflictos horizontales que podrían perturbar el orden colonial que a todos interesaba conservar.
El segundo mecanismo de adaptación que los hacendados crio llos utilizaron para hacer frente al empuje de los inmigrantes ca pitalistas fue la emigración y la búsqueda de nuevas tierras en el interior de la isla.
También este mecanismo evitó conflictos y ayu dó a mantener la tranquilidad social.
Los criollos desplazados tu vieron suerte pues la isla todavía podía ofrecerles oportunidades y tierra, espacio vital para organizar nuevos municipios y controlar nuevos ámbitos de poder: Lares, Aibonito, Quebradillas, Camuy, Barranquitas, Cayey, Moca, Cabo Rojo, Rincón...
La administración colonial facilitó este proceso de un modo eficaz, poniendo en• venta tierras baratas tras el deslinde de hatos y repartiendo tierras sobrantes a través de la Junta de Terrenos Bal díos.
El proceso consolidaba económicamente a estos grupos socia les y les permitía también, mediante la creación de nuevos pueblos, acceder a su control político, especialmente en los períodos liberales.
El interior de la isla se convirtió así, a partir de este momen to, en el espacio geográfico del jíbaro puertorriqueño, hasta que años más tarde el ciclo del café y la capitalización consiguiente atrajeran hacia la montaña a comerciantes peninsulares de la costa ávidos de unas especulaciones que modificaron de nuevo la estructura social tradicional del agro puertorriqueño.
En este marco que hemos ofrecido falta todavía una parte muy importante del rompecabezas social de la élite rural puertorrique ña.
Se trata de los comerciantes.
Difícilmente podríamos explicar la realidad económica de la isla sin mencionar el destacado papel que en la vida local se les reservó tras el "boom" económico del azúcar.
Ellos fueron los que se dedicaron a la trata a través de las sociedades mercantiles, surtiendo de mano de obra las haciendas y dotándolas también de capitales.
Sin estos dos elementos, capital y trabajo, poco hubieran podido hacer los agricultores por más que el gobierno les hubiera facilitado tierras.
Su posición de fuerza era indudable incluso ante el propio Estado, a quien en no pocas oca siones le concedieron préstamos que impidieron la bancarrota de la hacienda insular.
A cambio, los comerciantes siguieron benefi ciándose de la tolerancia gubernativa con los contratos de refac ción y también de su incapacidad para crear instituciones bancarias y crediticias que pudiesen hacerles sombra.
Siguieron especulando con las monedas y con los precios en las compra-ventas, consi guieron que se ejecutasen muchas hipotecas infladas con intereses ilegales..
En definitiva, si ellos fueron los auténticos beneficiados del cambio económico y del incremento comercial, ¿cómo iban a alentar proyectos de desestabilización?
Su fidelidad estaba, por tan to, a toda prueba; además, la monarquía acabó con los piratas y corsarios, y emprendió un constante programa de mejora de cami nos y comunicaciones.
Habitualmente los comerciantes procedían de dos ámbitos dis tintos.
Un primero estaba compuesto por los propios inmigrantes llegados al amparo de la Cédula de Gracias, quienes combinaron casi desde el principio -pese a la prohibición de dedicarse al co mercio-los intereses mercantiles y azucareros.
No podía ser de otro modo dado que procedían casi en su mayoría de la estructu-154 Anuario de E\'ludio.,• Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es ra mercantil media y baja de Saint Thomas.
Así, este grupo de co merciantes, acogido a la Cédula de Gracias y a las ventajas que ello llevaba consigo, tuvo la liquidez monetaria imprescindible pa ra invertir en agricultura desde el primer momento, y en poco tiem po se hicieron también con el control del comercio al por mayor y con el de la trata.
La representación española --catalanes, mallorquines, valen cianos y vascos fundamentalmente-es también considerable, pe ro a diferencia del grupo anterior llevaba ya mucho tiempo instalada en la isla, dedicada al comercio a pequeña escala.
Los nuevos que fueron llegando a partir del siglo XIX solían ser jóvenes y solte ros, con poco capital, pero con unos grandes deseos de progresar y arraigar en suelo puertorriqueño.
Contaban además con el apoyo de parientes y amigos ya instalados que los reclamaban.
Los inmigrantes españoles dedicados al comercio habían esta do más vinculados históricamente a Puerto Rico y gozaban del pri vilegio para dedicarse al comercio, aunque el grupo de peninsulares también estuvo muy representado entre funcionarios y militares.
Pa rece evidente que para los comerciantes españoles el comercio ofre cía una mayor seguridad que para los extranjeros y por consiguiente sus inversiones en tierra fueron menores, una actitud que empieza a cambiar algo a partir de 1830, por ejemplo en Ponce, donde ya para esa época la crisis económica empezaba a insinuarse y el pre cio de las fincas también se había incrementado mucho, motivos que explican la ausencia de grandes hacendados entre los peninsu lares.
Los catalanes fueron el grupo que por una solidaridad inter na y por relaciones de parentesco tuvieron una mayor influencia en el comercio puertorriqueño y en la agricultura, pues esas rela ciones familiares les permitían acceder con facilidad al crédito pa ra inversiones agrícolas.
Por el contrario, los hacendados criollos carecían de recursos técnicos y crediticios, siéndoles muy difícil conseguirlos a un interés ventajoso.
Sus únicas soluciones serían vender tierras, las mejores, quedándose poco a poco con las mar ginales y menos rentables, o bien hacerse con créditos a un alto interés que llegaron a producir no pocos conflictos en Puerto Ri co a lo largo del siglo XIX.
En el otro extremo social se encuentran sectores desplazados que intentan ser controlados por el Estado, desmovilizándoles para que no ocasionasen respuestas conflictivas para el régimen...
Escla vos, libertos, agregados, j ornaleros y "'vagos" integraban la base la boral que debía mover la economía azucarera, una economía que si por algo se caracterizaba era por centralizar la autoridad en esos es tratos ba j os a fin de controlar la fuerza de traba j o de una forma re gular y disciplinada.
Pero esto es, sin duda, otra historia... |
Se estudia en este artículo la compleja evolución de la política peruana des de mediados del siglo XIX, con la promulgación de la Carta Constitucional y el gobierno provisional de Mariano Ignacio Prado, hasta la proclamación de Nico lás de Piérola como presidente electo de la República en 1895, momento que mar ca en la historia interna del Perú el paso del período militarista y de profunda agitación política a la estabilidad del sistema constitucional, asumiendo su carác ter como entidad nacional de acuerdo a un diseño netamente contemporáneo.
Los aspectos centrales del trabajo son el análisis del proceso electoral republicano y sus alteraciones, la formación de• 1os principales grupos políticos del momento y la diversa concreción de la subversión pierolista hasta su triunfo en vísperas del siglo XX.
A mediados del siglo XIX, la República del Perú se hallaba aún lejos de alcanzar la estabilidad en el orden político, profunda mente marcado por el militarismo y la emergencia de movimientos de agitación contra los gobiernos establecidos.
Para 1867, fecha de la promulgación de la Carta Constitucio nal, el mandato provisional de Mariano Ignacio Prado no había con seguido asentar la vida política nacional de una manera unívoca y efectiva.
El sur y el norte peruano lanzaron acciones revoluciona rias que llevarían al poder al coronel José Balta, confirmado cons titucionalmente tras las elecciones del año siguiente.
Su gobierno procedió a una decidida política de obras públicas que extendieron el ferrocarril por el país y crearían dificultades 2 SERENA FERNÁNDEZ ALONSO financieras para el futuro, pero en conjunto, su régimen resultó pa cífico y conciliador, lo que permitió evitar durante unos años el es tallido de la violencia.
Entretanto, tenía lugar la fundación del Partido Civil por Ma nuel Pardo, y su ascenso como líder de una nueva etapa política que habría de dar comienzo a partir de su triunfo en las elecciones de 1871-1872.
El civilismo aglutinó en sus filas a la clase adinerada peruana y a ciertos sectores de profesionales de clase media e in cluso mestizos y mulatos y, durante mucho tiempo, habría de ser "la única fuerza política de dimensión nacional".
1 El proceso electoral supuso, no obstante los esfuerzos de Bal ta, la entrada en un ciclo de violencia exacerbada que ensangrenta ría al país durante meses y prepararía la crisis institucional anterior a la guerra con Chile.
La polarización entre candidatos, la agitación popular y las manifestaciones de la prensa dividida, marcaron esta transición combativa, estando siempre latente la amenaza de un gol pe de Estado.
El saldo de la campaña, de varios muertos y nume rosos heridos, no oscurecería la victoria de Manuel Pardo, primer presidente civil y uno de los pocos líderes elegidos por voluntad po pular.
"El universal deseo de paz, tranquilidad y progreso antimi litarista, otorgó al nuevo partido y al candidato civil el respaldo mayoritario de la ciudadanía".
2 Antes de la segunda vuelta de las elecciones, la injerencia de Balta en el proceso a través de su ministro de Guerra, coronel To más Gutiérrez, partidario de un golpe de Estado, habría de dar sus terribles frutos: el aún presidente Balta fue destituido y asesinado, proclamándose Gutiérrez jefe supremo, y desencadenando una per secución desatada contra los civilistas.
La oposición a los golpistas del Congreso y las masas populares, llevaría a organizar la resisten cia hasta su represión total.
Una violencia brutal terminó con los hermanos Gutiérrez, asesinados públicamente, víctimas del odio y el ensañamiento de la población de Lima.
Manuel Pardo accedía al sillón presidencial de la República con el respaldo del pueblo y la amargura de estos terribles sucesos.
En medio de la intranquilidad social, Pardo diseñó los principios de su política: educación popular, descentralización, racionalidad fiscal y organización electoral.
La inquietud política, aplacada parcialmente durante los cuatro años de régimen civilista, se manifestó en los movimientos revolu cionarios de Ayacucho y Cajamarca, así como en el primer intento de Nicolás de Piérola, ex-ministro de Balta, por acceder al poder.
Piérola, nacido en Arequipa en 1839, simbolizaba el sector in transigente y radical.
El origen de su oposición a Pardo se explica como reacción al rechazo que se hizo a su elección como diputado por Arequipa en las juntas preparatorias del Congreso de 1872, do minadas por el civilismo.
La elección legítima de Piérola por los arequipeños, fue ignorada por los civilistas, que al declararle fuera de la legalidad, propiciaron que el que hubiera sido la encarnación de la oposición constitucional contra el gobierno, lo fuese de la violencia.
3 A partir de esa fecha y en adelante, Piérola, el Caudillo, el jefe del Partido Demócrata, intuitivo, apasionado y popular, lideraría la resistencia armada contra el militarismo y la descomposición políti ca interna, manifestada dolorosamente durante el gobierno del coro nel Mariano Ignacio Prado con el asesinato del ex-presidente Manuel Pardo, 4 víctima de la reacción antici vi lista a que dieron lugar las elecciones de 1876 para su sucesión.
La subversión pierolista hasta la guerra civil de 1895
La eliminación de Pardo del espectro político de élite, debilitó durante varios años la posición del partido civilista, que se eclipsó temporalmente de la lucha activa por el poder, quedando éste en manos de los pradistas y de los representantes nacionales.
Con anterioridad a este suceso, Nicolás de Piérola había enca bezado dos intentonas de conquistar para sí el gobierno de la na ción.
La primera de ellas tuvo lugar en la década del 70.
Exiliado hasta entonces en Europa, Piérola entrará en los altos círculos so ciales, donde trabará amistad con importantes personajes que acaba rán respaldando económicamente su empresa.
En Gran Bretaña fleta un barco para su expedición revolucio naria, conocida ya en 187 4 por el gobierno peruano.
El "Talismán", con bandera inglesa, tocó puerto en Caldera, donde, tras aprovisio narse, anunció que zarparía hacia Vancouver haciendo escala en El Callao.
El gobierno previno a los prefectos provinciales temiendo un levantamiento de los descontentos del interior y ordenándoles una vigilancia exhaustiva de la costa con los buques de la Escuadra.
5 Simultáneamente, estalló un movimiento en Arequipa dirigido por el hijo del general Vargas Machuca, pero fue sofocado tras hora y media de combate.
El "Talismán" pudo eludir la vigilancia y pasar de Pacasmayo en dirección norte hacia Guayaquil o Panamá.
La acción de Piéro la, si bien no pudo cumplir sus objetivos revolucionarios, desenca denó serios problemas al gobierno civilista, principalmente de orden diplomático con las autoridades chilenas, a las que acusó de com plicidad en las expediciones pierolistas.6 Aunque no llegó a produ cirse una ruptura, se inició una era de fricciones que parecía anunciar el grave conflicto de 1879.
Los pierolistas se agitaban también en el interior del país.
Tras su fracaso en tomar la línea férrea de comunicación Mollendo-Puno y la represión del motín de Cajamarca, sus fuerzas se acantonaron en la provincia de Moquegua.
El propio presidente partió de Lima al mando de una tropa para oponérsele; las notas oficiales insistían en la tranquilidad reinante: "...la República se conserva en paz... en ningún Departamento ha sido secundado el movimiento revolucionario, pues dos o tres partidas de montoneros que se han levantado en el Norte y por los alrededores de esta capital han sido inmediatamente anonadadas por la acción si multánea de los pueblos y de la fuerza pública".7
Como se desprende de este testimonio de don José de la Riva Agüero, Piérola contaba con fuerzas terrestres en distintos puntos del territorio nacional, pero de ellas trataremos más adelante.
El "Talismán" navegaba hacia Ilo.
Las campañas de los co roneles gubernamentales Rivarola, Velarde y Montero, consiguieron dispersar a los montoneros de Torata, que hubieron de internarse en Bolivia.
A pesar de que las partidas montoneras de Albarracín se guían actuando en la provincia de Tarapacá, el gobierno, pretendien do acallar, incluso en el extranjero, las voces sobre la inestabilidad interna del Perú, reiteraba que''La paz se mantenía inalterable en todo el resto de la República".
8 La gravedad de los acontecimientos no pudo, sin embargo, ser ocultada, particularmente tras el envío de un vapor de guerra por los británicos, el "Fantome",.cuyo gobierno pretendió así castigar la osadía de Piérola de izar en el "Talismán" el pabellón inglés, im plicándoles indirectamente en su iniciativa contra el gobierno, de lo que protestaron diplomáticamente.
El incidente no pasó de ahí, pues la campaña de Piérola ter mina fracasando.
Sin embargo, con ella nace la leyenda del Caudi llo.
El arequipeño se erige a partir de entonces, ya proclamado jefe supremo, en el conspirador que, en cualquier momento y de forma insospechada, puede aparecer en algún punto del Perú poniendo en jaque al gobierno.
Y en efecto, en octubre de 1876, Piérola, siendo ya presiden te Mariano Ignacio Prado, desembarca otra vez en Arica.
A los po cos días, Torata es escenario de un nuevo levantamiento liderado por el Caudillo, que_ fracasará en Yacango bajo las armas del gene ral La Cotera, ministro de Gobierno, campaña de la que "El Comer cio", diario capitalino, dará detallada noticia.9
A mediados de 1877, varios oficiales de la Marina, exhortados por Piérola, se sublevaron en el monitor "Huáscar", anclado en El Ca llao, proclamándole como jefe supremo y haciéndose a la mar.
En el puerto de Cobija, los sublevados le reciben con júbilo, mientras el presidente Prado decreta la condición del HHuáscar" como buque pirata y ofrece una recompensa a quienes lo sometan.
De nuevo los ingleses intervienen, enviando a El Callao la fragata "Shah", al man do del almirante Horsey.
10 Esta iniciativa ha sido valorada por el historiador Chirinos Soto como un error, al considerar:
"el gobierno del Perú da la impresión de aceptar y hasta de buscar la intervención extranjera para reducir por la fuerza a un navío pe ruano... se diría que el gobierno descansa en los ingleses para aplas tar la revolución pierolista".
La acción británica en aquel momento mar caría un peligroso precedente, pero, sobre todo, el hecho supuso una victoria política, además de armada, para Piérola, quien se alzó como abanderado de la libertad de la nación peruana frente al extranjero a cualquier precio, incluso de la vida.
Lo que comenzó como una revolución a la que sus compatrio tas no respondieron como él había previsto, devino en una defensa a ultranza frente a la intervención británica auspiciada desde el po der.
Su determinación, su defensa del honor nacional frente a la de bilidad del gobierno, le otorgarían más prestigio del que nunca hubiera soñado como conspirador frente a la autoridad establecida.
Antes del combate, Piérola arenga a su tripulación con estas palabras:
"Caballeros: cada uno a su puesto.
Ya la revolución Piérola ha ter minado.
Ahora no somos sino peruanos a quienes nos ha tocado en suerte defender nuestro pabellón y el de América entera".
12 Tras un activo intercambio de fuego entre el "'Huáscar" y los navíos británicos, el monitor no arría el pabellón y Horsey suspen de la lucha y se retira.
El''Huáscar" pone rumbo a! quique, donde se encuentra fondeada la flota peruana.
Piérola sugiere al coman dante More unir sus fuerzas y perseguir al enemigo, pero ante su negativa, el Caudillo rinde la nave bajo garantía para toda su tri pulación, exceptuando su persona.
Este gesto valió a Piérola la li bertad, pues More, conmovido, ofrece al revolucionario regresar a El Callao o partir al extranjero.
Las noticias de las acciones del "Huáscar" son recibidas con fervor patriótico por las masas populares de las principales urbes del país, que se manifiestan por las calles dando vivas a Piérola y protestando contra la actitud mostrada por el gobierno.
La difícil posición de los pradistas se puso de manifiesto en junio de 1877, cuando los civilistas Lizardo Montero y Aurelio García y García se sublevaron en El Callao, proponiendo la dimisión del presidente y su reemplazo por La Puerta.
Aunque la acción no tuvo éxito, fue evidente que Prado se sostenía en el poder por la fuerza de las ar mas, mas no por voluntad popular.
El anuncio de la celebración de elecciones en 1880, abrió el cauce a una agitación contenida desde años antes.
Sin embargo, la transición a un nuevo régimen se vería alterada por los graves acon tecimientos que, en abril de 1879, llevarían al estallido de la gue rra con Chile.
Este conflicto sumiría al Perú en un caos en todos los órdenes, del que le sería difícil emerger.
"Entre diciembre de 1879, en que el presidente Prado salió del país dejando al mando al general La Puerta y octubre de 1883, en que se suscribió el controvertido Tratado de Ancón, el ejercicio político estuvo teñido por el signo de la desgracia,... con una sucesión de regímenes efímeros e incon clusos sin mayores expectativas nacionales: en total, cinco gober nantes en el breve lapso de tres años y diez meses".
13 No habría de ser Piérola uno de los ausentes en la contienda.
Por el contrario, apenas conocida la noticia del conflicto, regresa de
Europa y, abandonando la lucha de su partido, ofrece sus servicios al país, manifestando:
"Por sobre todas las diferencias interiores, ayer como hoy y como mañana, estarán siempre para nosotros la dignidad y la política ex terior del Perú".14 Pero la consigna de unidad ante el invasor no fue compartida por los pradistas, quienes rechazaron incluso su propuesta de orga nizar un batallón de voluntarios.
Sin embargo, el destino y el favor popular terminarían volviéndose contra el presidente; a su partida para Europa a finales de aquel año para encargarse de la compra de armamentos, Nicolás de Piérola acepta la dictadura que el pueblo le ofrece, liderando desde aquel momento la encendida resistencia del Perú frente a la agresión chilena en unas circunstancias de inferio ridad que permitían predecir la derrota.
Destruido el poder naval peruano, el capitán de navío García y García fue uno de los plenipotenciarios que en nombre del Perú participó en las fallidas conferencias de paz con Chile celebradas en septiembre de 1880 a bordo de la corbeta norteamericana "Lacka wana".
Cuando Piérola asume el poder, será nombrado secretario general de la Dictadura, en campaña, participando en las batallas de San Juan y Miraflores, defendiendo la ciudad.
Perdida Lima, García y García se retiró con Piérola al interior del país, asumiendo la responsabilidad de todos los ministerios, a la vez que era designado como sucesor del "Califa" en el mando su premo del Perú.
Ambos viajan entre marzo y junio de 1881 a La Paz, consiguiendo convencer al presidente boliviano, general Narci so Campero, de reanudar la guerra junto al Perú, al tiempo que agen tes a sus órdenes compran armas y pertrechos en Buenos Aires, transportándolos al Perú a través de Bolivia.
Este plan fracasó, al estallar en octubre la revolución de Are quipa, que rompió la unidad.
15 Los chilenos ocupaban la capital des-de el mes de enero.
Lima, sin gobierno tras el repliegue de Piérola al interior, tiene como únicos representantes a su alcalde y al secre tario de Relaciones Exteriores, Pedro José Calderón.
La autoridad se encuentra desgajada, con Piérola en el centro, Lizardo Montero en el norte y Solar en el sur, ninguno de los cua les puede dominar Lima.
A pesar de ello, "Piérola expresa su vo luntad de continuar como jefe supremo, pasando por alto las tentativas chilenas para la formación de un gobierno distinto e in siste en la continuación de las negociaciones de paz", 16 reiterando la no aceptación de cesión territorial.
Sin embargo, su ausencia de Lima y la presión del ejército chi leno, acabarán obligando a las Juntas de Notables capitalinas a ele gir un gobierno.
De aquellas tensiones emergerá el gobierno de Francisco García Calderón, en uno de los momentos más trágicos de la historia peruana.
Su mandato resultó efímero y complejo, ro deado de múltiples inconvenientes que terminan con su prisión en Chile desde noviembre de 18_ 8 l, ante su negativa a suscribir un tra tado de paz que implique pérdidas territoriales a la nación.
Inme diatamente, la elección de Lizardo Montero se hace para mantener la continuidad del régimen y evitar la anarquía entre los grupos po líticos.
Cáceres e Iglesias mantienen la resistencia en el centro y en el norte.
Piérola renuncia al poder y mantiene una posición de neutrali dad mientras, pretendiendo reconstruir la unidad nacional, funda el Partido Demócrata.
Oponiéndose así a las condiciones de paz que pretende imponer Chile, 17 Piérola viajará a Europa intentando ha cer uso de sus contactos para que tanto Francia como Gran Breta ña presionen sobre Washington para evitar la desmembración del territorio nacional.
Su, iniciativa no llegaría a concretarse.
A su re greso a Lima, Iglesias había capitulado frente a los chilenos y fir mado el humillante Tratado de Ancón el 20 de octubre de 1883.
16 Guerra Martiniere, M.: La ocupación de Lima.
El Gobierno de Gar cía Calderón.
17 AMREP, Servicio Diplomático del Perú, Guerra con Chile, Legación en España, Leg.
Resumen de noticias periodísticas sobre el conflicto.
Cáceres lo reconoció como un hecho consumado, pero organizó la resistencia frente al gobierno de Iglesias, hasta lograr su triunfo el 30 de noviembre de 1885.
Las elecciones del año siguiente, en medio de la desolación por la derrota, dieron la victoria al esforzado jefe militar de la reciente guerra, es decir, confirmaron a Andrés A velino Cáceres en el po der.
Sus esfuerzos por lograr la reconstrucción nacional se vieron trabados por diversas agitaciones parlamentarias que obligaron a re petidos cambios de gabinete.
Su convocatoria a elecciones en 1890 llevó al poder al coronel Remigio Morales Bermúdez.
El vaivén po lítico consagraba de nuevo como fórmula la alternancia de caudillos militar�s. Piérola, entretanto, había sidt> hecho prisionero y someti do a proceso judicial por los actos de la Dictadura, así que no es tuvo presente en las elecciones.
Los pocos meses del gobierno de Bermúdez fueron testigos de una sangrienta revolución en el cuartel de Santa Catalina y de la fu ga de Piérola, que pudo salir hacia Guayaquil apoyado por sus par tidarios y tomar la vía de Panamá hacia Europa, de donde no regresaría hasta 1893, para organizar de nuevo la sublevación des de Chile en defensa de las libertades políticas.
18 La ocasión no estaba lejos.
Berrnúdez fallecería prematuramen te y las elecciones llevarían a la presidencia de nuevo a Cáceres. esta vez sin el respaldo mayoritario de la población.
En un momen to de graves dificultades para la nación, el general Cáceres encon tró, además, la oposición de los partidos Unión Cívica y Demócrata, "coaligados desde fines de 1894 en defensa de la libertad electoral y de la autenticidad del sufragio" 19 bajo el liderato de Nicolás de Piérola, nombrado delegado nacional.
El frente de la coalición contra el gobierno adquiriría dimen sión nacional a través de un mecanismo de claro carácter espontá neo y base popular, que generalizaría y abriría, por fin, el camino de Piérola hacia el poder: las montoneras.
Origen, caracteres y acción de las montoneras en el Perú a finales del siglo XIX
Las montoneras, como fuerzas irregulares de escasa prepara ción militar y recursos pero enorme efectividad estratégica, tienen su origen en las guerrillas españolas de la Guerra de la Independen cia frente a los franceses, y fueron utilizadas en Sudamérica ya des de las guerras de Emancipación.
Bien estudiadas por Salazar Vera y Vergara Arias 20 para el pe ríodo independentista, y eludiendo por nuestra parte entrar en las disquisiciones sobre el cpncepto.de montoneras frente a los de par tidas y partida de guerrillas, pasaremos a analizar el carácter de estos grupos armados en el asalto al poder de Nicolás de Piérola en los últimos años del siglo XIX.
Las montoneras constituyeron organizaciones populares de sur gimiento espontáneo en defensa de una causa común frente a un adversario político al que p�etenden derrocar del poder por medio de las armas.
Integradas por gentes de una misma localidad y de la más variada extracción social, suelen ser dirigidas por un repre sentante en quien el grupo confía y a quien obedecen en las ac ciones bélicas.
No será extraño encontrar en ellas hombres, mujeres, niños y hasta ancianos, comprometidos con la empresa y dispues tos a colaborar, si no empuñando armas, sí consiguiendo víveres, actuando como espías del enemigo, proporcionando información de utilidad para la campaña o encubriendo y ocultando a sus pro tagonistas.
Se trata, pues, de grupos de insurrectos frente al poder estable cido que, armados precariamente y provistos de caballos, mulas y pertrechos que capturan al enemigo, cuentan a su favor con un ex traordinario conocimiento del medio geográfico, en el que actúan con gran audacia y tapidez.
20 Salazar Vera, Guerrillas o montoneras de los Altiplanos de Junín y Bombón.
Id., En torno a la denominación de montoneras y partidas de guerrilla.
1993 Su modalidad de lucha es el ataque sorpresivo y la retirada in mediata, lo que les permitía infligir serios daños al enemigo sin en trar en un enfrentamiento directo para el que no se hallaban técnicamente preparados y del que, por la inferioridad de medios, no podían salir victoriosos.
Su objetivo consistía en entorpecer el avance de las tropas del bando al que se oponen, más que en trabar batalla y obtener un triunfo definitivo sobre sus más organizadas fuerzas.
Así, recorrían los valles, cerros y quebradas andinos provocando estragos sobre los frentes de ejército mediante tácticas de emboscada y golpes de ma no que les permiten perfeccionar sus métodos y requisar ganado, provisiones y armamento para posteriores ataques.
No se trata, por tanto, de un ejército popular de acción inte grada, puesto que cada montonera tiene su área de acción y surgen y actúan de forma dispersa e independientemente unas de otras, aun que, indudablemente, responden a un plan global establecido por los líderes del movimiento, con los que están en comunicación.
No hay intercambio de recursos entre las partidas, sino que ca da una de ellas busca los medios con que sostenerse y sobrevive en función de las condiciones más adversas con que se encuentra.
Sí hay, según Vergara Arias, un vínculo de unión entre los miembros de cada montonera y unas reglas paramilitares que garan tizan la unidad y castigan la deserción y los abusos.
En nuestra opi nión, basada en la documentación inédita que analizaremos más adelante, la hermandad entre los miembros de una partida tenía ca rácter espontáneo y voluntario, emanado estrictamente del compro miso con la causa que la ha llevado a emerger y carente de respaldo en reglas o principios más allá de la lealtad de cada individuo, ra zón que explica que las montoneras se agrupen con la misma rapi dez con que se disgregan, en no pocos casos.
En cuanto al sostenimiento de las mismas, existen numerosos testimonios del apoyo de los hacendados con dinero y productos de sus tierras, aunque no es menos cierto que el recurso a las exaccio nes y cupos forzosos fue un mecanismo muy frecuente para paliar las dificultades de una movilización que obligaba a abandonar las actividades agrícolas, mineras y comerciales de una zona.
En suma, 174 Anuario de Estudios Americanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://estudiosamericanos.revistas.csic.es predominaron la escasez de alimentos y la precariedad de vestidos y armamento, por lo que no fue excepcional que los montoneros causasen daños y fuesen protagonistas de excesos en las localidades por las que pasaban, protestados por las autoridades y pobladores.
En ciertos casos, no dudaron en apropiarse de los fondos de las Ca jas municipales y de la institución eclesial.
En los años 90 del siglo XIX, el territorio republicano se ha llaba salpicado de grupos guerrilleros que actuaban en apoyo de Piérola hostigando a las fuerzas gubernamentales de Cáceres.
Para dójicamente, como ha señalado Basadre, "Cáceres se vio hostilizado por sus enemigos internos con el sistema de las montoneras que él había utilizado genialmente para combatir al enemigo exterior".
21 La revolución pierolista se había generalizado.
En diversos pun tos del territorio nacional, se armaron partidas de paisanos para de rrocar al militarismo.
Pronto se llegó a la guerra abierta.
Primero fueron las conspiraciones secretas, en muchas de las cuales tuvie ron que ver súbditos españoles.
Así, ya en 1888, las autoridades lo cales informaban al prefecto del Departamento de Lima de las dificultades para apresar a los sediciosos: La subversión era, sin embargo, de mayor intensidad en las lo calidades del interior.
La fragosidad del terreno y la precariedad de medios defensivos de las autoridades provinciales, favorecían las ac ciones guerrilleras.
Así se expresaba el subprefecto de Huaylas en el parte oficial remitido a Lima sobre los sucesos ocurridos en Caraz:..
Son las doce de la noche, hora en que se me participa extraoficial mente que, a prima noche ha tenido lugar en Caraz un bochinche a balazos entre los demócratas y constitucionales (... ) y que quedaba la población en gran alarma y haciéndose disparos de rifle y revól ver por todas direcciones.
Como en Caraz no hay más que tres guardias, por haber desertado uno, espero aquí la fuerza que en dos ocasiones he pedido... la im potencia en que se encuentra la Subprefectura para contener estos de sórdenes, y en particular ahora que los ánimos están sobreexcitados También en la zona norte, Departamentos de Lambayeque, La Libertad y Pi ura, las acciones de los montoneros se dejaron sentir.
Bajo las órdenes del hacendado Oswaldo Seminario y sus parientes Teodoro, Edmundo y Augusto, la montonera recorrió el trayecto Paita-Iquique para conseguir armas en varias ocasiones, cortó tra mos telegráficos o los utilizó para sus fines, frente al estupor del prefecto de Piura Femando Seminario, pariente de los insurrectos, que no pudo someterlos y se agotó pidiendo refuerzos al director del Gobierno.
24 El centro peruano -Departamentos de Huánuco, Ancash y Pas eo-estuvo bajo la influencia de Augusto Durand, un abogado y rico hacendado que, erigido en jefe político y militar, puso en ja que a las autoridades de aquel área.
En el sur, en la zona comprendida por Cañete, Chincha, Lu rín, Pisco y parte de lea, los jefes montoneros fueron Felipe Santia go Oré y Vicente del Solar, mientras Arequipa quedaba en manos del cubano Pacheco Céspedes y los coroneles Yessup, Ramos Pa checo y La Rosa, y Puno y Cuzco en las de Mariano Nicolás Val cárcel.
Existen pruebas documentales del intento de los revoluciona rios por captar el apoyo de las autoridades para la causa pierolista, ofreciéndoles a cambio ascensos y puestos en la futura administra ción.
Aunque en ciertos casos lo obtuvieron, son frecuentes los tes timonios sobre la fidelidad de los prefectos al gobierno del entonces presidente Borgaño.
25 En octubre de 1894, el subprefecto de Chi quián informaba de la situación a su superior en Huaraz:
"Siendo escandalosas las exacciones que los montoneros D. Rojas Loayza y Manuel Trucios cometen en la capital de esta provincia, en donde tienen presos al Sr. Juez de Primera instancia, Dr. D. Ro mualdo Barreto, y Sres.
D. José González y José V. García, a los que ocupan pagar fuertes cupos... todo esto pondrá al corriente de esa superioridad de que los montoneros están casi en posesión de la provincia completa... ".
26 En numerosos ataques de las montoneras pierolistas, fue fun damental la captura de municiones y caballos a las guarniciones asaltadas y la toma de líneas y material rodante del ferrocarril.
Jun to al telégrafo, ello permitiría a los revolucionarios interrumpir las comunicaciones entre las tropas oficiales y el gobierno, a la vez que agilizar los desplazamientos y embestidas de sus partidas.
Referiremos a continuación el móvil empleado en el ataque de la montonera de Arana en la región de Palpa:
"Anoche a las 8.30 p.m. fuimos atacados en el cuartel de esta plaza por una montonera de 20 hombres que divididos en dos secciones, nos hacían fuego de frente y por el flanco izquierdo tomando posi ción del atrio de la iglesia y de los portales, penetrando por los corrales de las casas disfrazados de mujeres, haciéndonos fuego nu trido que sostuvimos por espacio de hora y media hasta lograr des-1.
En octubre de 1894, Piérola decide, finalmente, su regreso al Perú.
A bordo de una chalupa pequeña y en condiciones críticas, burlando las patrullas de las naves gubernamentales, el líder demó crata realizó una penosa travesía de 300 millas desde! quique a Puer to Caballas, cerca de Pisco.
Una vez desembarcados, partieron hacia Chincha por difíciles caminos, ingresando en la ciudad el 3 de no viembre y siendo aclamados por la población.
Allí asumió Piérola el título de delegado nacional, desplazándose después hacia Cañete y Huarochirí, y estableciendo su base de operaciones en Cieneguilla.
A poco de conocerse la noticia de su vuelta al Perú, las auto ridades capitalinas, previendo un inminente ataque a la sede del go bierno, comenzaron los preparativos de defensa de la ciudad.
La inquietud hizo presa de la población al conocerse el avance de las montoneras, que divididas en tres frentes, se lanzaron sobre la ca pital el 16 de marzo de 1895.
Lima fue escenario de cruentos combates entre las fuerzas ca ceristas y el ejército invasor, que contó con el apoyo decidido del pueblo.
La lucha llegó a adquirir matices trágicos, llenándose las calles de cadáveres, heridos y moribundos, que obligaron a decre tar un armisticio para enterrar a los muertos y evitar el peligro de epidemia.
Agotadas ya las posibilidades de la contienda, las intensas ges tiones del Cuerpo Diplomático permitirían llegar a la firma de un acuerdo de paz por el que el general Cáceres dimitía del mando en una Junta Provisional de Gobierno cuyos miembros, nombrados por él mismo y por Piérola, procederían a convocar elecciones genera les y a establecer las medidas necesarias para garantizar la seguri dad de la población y la salida de las tropas de la ciudad.
Presidida la Junta por don Manuel Candamo, los cuatro repre sentantes se hicieron cargo de los ministerios.
La propuesta del de legado chileno en Lima para constituir un protectorado extranjero con la participación de los cuerpos diplomáticos residentes en la ca pital, no prosperó.
28 La labor de la comisión fue fundamental en esta etapa de transición y reconstrucción nacional.
Sus medidas más destacables fueron la liberación de los presos políticos, prueba tan gible de una voluntad de conciliación, la fijación de los principios de la Constitución de 1860 como bases de la actuación del Poder Ejecutivo y la contratación de empréstitos con bancos ingleses e ita lianos para paliar las urgencias del Erario.
Se entraba así, finalmente, en un período de paz interna con quistado a un alto precio para la población peruana, sin cuyo res paldo es dudoso que el caudillo hubiese logrado hacer triunfar su revolución.
Su llegada al poder era, sin paliativos, el triunfo de la -1/0luntad del pueblo sobre la autoridad pretendidamente omnímoda..
La acción de las montoneras dio paso, inmediatamente, al de sarrollo de la expresión electoral legítima.
El 8 de septiembre de 1895, Nicolás de Piérola fue proclamado presidente electo de la Re pública del Perú.
La legación española se apresuró a expresar su ad hesión y el deseo de entablar las mejores relaciones con el nuevo mandatario.
29 Su llegada al poder marcó el inicio de una etapa en la vida po lítica nacional.
Decidido partidario de la constitucionalidad frente al militarismo, el Califa, el incansable montonero, pudo yer cumplidos sus deseos de avenencia entre las distintas posiciones ideológicas que habían agitado la vida política en las pasadas décadas.
A él se debió el llamamiento de todas ellas para trabajar por el bien común de la nación olvidando las estrechas miras del partidismo.
Los resultados de aquel esfuerzo, por primera vez unívoco, no tardaron en manifestarse en todos los ámbitos de la vida nacional.
El régimen de Piérola fue el artífice de la reconstrucción de la República, que anunciaba ya --con el desarrollo de la minería, el comercio y la agricultura, la reorganización de la hacienda y la ad-29 AMREP.
Sección Diplomática, Legación de España en el Perú, núm. 27.
Lima, 11 de septiembre de 1895. ministración, y el regreso de los capitales extranjeros-los impor tantes progresos y el esplendor económico del Perú a partir de 1900.
Las exacerbadas contiendas políticas de las décadas preceden tes, se aplacaron y encauzaron en un nuevo orden jurídico e insti tucional que propiciaría el desarrollo de un Estado más sólido y próspero.
Hubo poderosas reformas en el sistema electoral, se esta bleció el patrón oro, surgieron sociedades anónimas e importantes industrias� se estabilizaron las relaciones internacionales, se reorga nizó el ejército y se dio un serio empuje a la educación.
El país se vio más integrado gracias a la extensión de la red telegráfica y fe rrocarrilera, tendiendo a crecer lo que Basadre calificó como "La armonía entre el país legal y el país real, dando paso a la forma ción de un Estado más jurídico y administrativo y menos parasita rio o extorsionista, a cuyo amparo se desarrolló la riqueza nacional e individual".
30 El Perú, finalmente, salía de un profundo caos interno para asu mir los retos del siglo XX con un espíritu de restaurada confianza en sí mismo, como entidad nacional y como pueblo.
En este senti do, puede afirmarse que el pierolismo dio sentido al país moldeán dolo de acuerdo a un diseño netamente contemporáneo. |
El propósito de este trabajo es analizar los objetivos económicos de los comerciantes rioplatenses en el último cuarto del siglo XVIII y las estrategias abordadas por sus actores para alcanzarlos.
Se estudian aquí las Juntas de Comercio como ámbito de negociación colectiva en donde los comerciantes defendían sus intereses desde 1779, y las razones que impulsaron su transformación en el Consulado de Comercio de Buenos Aires en 1794.
Estos comerciantes habrían gestionado el Consulado debido a su necesidad de ampliar los beneficios jurisdiccionales y de resguardar su posición privilegiada amenazada por otros sectores de poder como el gremio de los hacendados y los comerciantes que integraban el Consulado de Lima.
Se pretenden analizar los objetivos económicos de los comerciantes rioplatenses de 1775 a 1800, y para ello se propone analizar las Juntas de Comercio como ámbito de negociación corporativa y de representación específica de los intereses de los comerciantes locales.
En dichas Juntas, desde 1779, se conformó una organización política permanente compuesta por apoderados que impulsaron estrategias mercantiles para obtener beneficios colectivos.
Mediante estas estrategias los comerciantes promovieron la conformación del Consulado de comercio de Buenos Aires, finalmente fundado en 1794.
De este modo, mediante el estudio de las Juntas se examinan las relaciones entre el cuerpo mercantil local, respecto a las autoridades centrales y a otros cuerpos que constituyeron la sociedad del Antiguo Régimen.
Desde esta perspectiva, se intentan comprender las estrategias mercantiles utilizadas por los actores locales para consolidar su posición hegemónica y los medios de organización política impulsados para ello.
Se aborda a las Juntas como organización particular, con su propia dinámica interna de funcionamiento, y no meramente como un paso coyuntural en la formación del Consulado de comercio.
1 La Corona, en el contexto de las reformas borbónicas, ante su creciente necesidad de contar con ingresos monetarios para el sostenimiento de su corte y la financiación de sus disputas internacionales, promovió el fortalecimiento de las estructuras monárquicas y la resignificación de sus vínculos con las elites locales.
2 Así, mediante este proyecto de centralización corporativa 3 los Borbones estimulaban la conformación de cuerpos mercantiles locales con quienes negociar las obligaciones mutuas.
De ahí que, 1 Sólo algunos trabajos abordan el tema de las Juntas de Comercio.
Véase Mariluz Urquijo, José María: "Solidaridades y antagonismos de los comerciantes de Buenos Aires a mediados del setecientos", Investigaciones y Ensayos, n.o 35, Buenos Aires, 1987, págs. 47-85; Socolow, Susan: Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1991, págs. 129-158.
2 Acerca de las iniciativas borbónicas y su vínculo con los actores locales existen numerosos trabajos.
Véase entre otros Brading, David: Orbe Indiano.
De la Monarquía católica a la República criolla, 1492-1867, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, págs 503-529; Gelman, Jorge: "La lucha por el control del Estado: administración y elites en Hispanoamérica", en Tándeter, Enrique (dir.) e Hidalgo Lehuedé, Jorge (co-dir.): Procesos americanos hacia la redefinición colonial, Ediciones de la UNESCO/Editorial Trotta, (Historia General de América Latina, Tomo IV), Madrid, 2000, págs. 251-264; Halperin Donghi, Tulio: Reforma y Disolución de los Imperios Ibéricos, 1750-1850.
(Historia de América Latina, Tomo III), Alianza, Madrid, 1985, págs. 17-74; Lynch, John: El Siglo XVIII, Crítica, Barcelona, 1991, págs. 295-336; Moutoukias, Zacarías: "Redes, Autoridad y Negocios: Racionalidad empresaria y consenso colonial en Buenos Aires (Segunda mitad del siglo XVIII)", Annales, 47, 4-5, Paris, julio-octubre, 1992, págs. 899-915; Jumar, Fernando: "El precio de la fidelidad.
La Guerra de Sucesión en el Río de la Plata, los intereses locales y el bando borbón", en Molinié, Annie y Alexandra Merle (dirs.): L'Espagne et ses guerres.
De la fin de la Reconquête aux guerres de l'Indépendance, Presses de l'Université Paris-Sorbonne, París, 2004, págs. 203-236; del mismo autor: "Los rioplatenses, el Río de la Plata y el poder central en el siglo XVIII.
Hombres de Antiguo Régimen en la lucha contra la Modernidad.
Un Ensayo", en Simposio Internacional La formación de la cultura iberoamericana.
Siglo XVIII, Centro de Estudios Latinoamericanos, Universidad Católica de Eichstätt, Alemania, 2003, págs. 1-51.
3 Kraselsky, Javier: Los comerciantes rioplatenses y sus estrategias de asociación corporativas.
Las Juntas de Comercio en el siglo XVIII, (Inédita), Universidad Nacional de Tres de Febrero, Buenos Aires, 2005, 217 págs.
ISSN: 0210-5810 en el Río de la Plata, el reconocimiento de la estructura permanente de apoderados de las Juntas de Comercio desde 1779 y posteriormente la cesión del Consulado en 1794 habría sido para la Corona un medio de asegurarse la lealtad de la elite mercantil y, de ese modo, los recursos monetarios de sus dominios ultramarinos.
Con ello, la resignificación de los lazos entre comerciantes y Corona no se centraba en la sumisión de los primeros, sino que revelaba la negociación entre el poder central y las elites locales.
Es decir, la nueva fórmula de relaciones implicaba un vínculo más estrecho entre cuerpos interdependientes que se necesitaban mutuamente.
Los comerciantes conformaron de este modo un cuerpo autónomo que integraba el Estado monárquico con su propia fuerza de negociación y margen de poder relativo para defender sus intereses y consolidar sus privilegios.
Este trabajo intentará demostrar, entonces, que el Consulado de comercio de Buenos Aires se habría originado en el último cuarto del siglo XVIII como consecuencia de un doble estímulo, tanto de los monarcas como de los propios actores locales que negociaban los términos de su vínculo en mutuo beneficio.
En este sentido, si bien las Juntas de Comercio y su estructura política permanente habían funcionado como ámbito de negociación exitoso desde 1779, más tarde y en un nuevo contexto, sus actores poderosos habrían necesitado un mayor margen de acción para no perder sus privilegios.
Este margen sólo podía brindarlo la institucionalización de ese gremio en un Consulado.
Desde esta perspectiva, por un lado, la Corona habría fomentado la conformación de un cuerpo mercantil local con el objeto de asegurarse la obtención de ingresos monetarios de territorios lejanos a su control directo, cediendo para ello ventajas comerciales a sus actores poderosos.
Los reyes proyectaban una centralización política monárquica y un fortalecimiento corporativo de los sectores locales poderosos.
Con ello habrían estimulado la formación de cuerpos y Consulados de comercio por medio de los cuales canalizarían la negociación con las elites locales.
Por otra parte, la elite de los comerciantes rioplatenses, que poseía la hegemonía mercantil mediante el control de las Juntas de Comercio y su estructura representativa permanente desde 1779, habría necesitado desde principios de la década de 1790 fortalecer su posición para resguardar sus privilegios frente a otros cuerpos constitutivos de la sociedad.
La amenaza a esa hegemonía, manifestada por los comerciantes del Consulado de Lima por un lado y por el gremio de los hacendados por otro, habría constituido LOS COMERCIANTES RIOPLATENSES Y SUS ESTRATEGIAS CORPORATIVAS, 1779-1794 AEA, 64, 2, julio-diciembre, 2007, 145-170.
ISSN: 0210-5810 la razón principal que impulsó a los actores mercantiles a la elaboración de estrategias para la institucionalización legal de su cuerpo de comercio.
Las Juntas de Comercio y sus estrategias de acción corporativa
Estas Juntas constituyeron una organización específica y particular de los comerciantes que, al menos en el Río de la Plata, funcionaron como canal exitoso para la negociación de ventajas corporativas.
4 Fueron reuniones de comerciantes en las cuales se dirimieron conflictos colectivos y elaboraron estrategias conjuntas de acción frente a la Corona y el resto de los actores corporativos de la sociedad del siglo XVIII.
Tras el Reglamento de Libre Comercio de 1778, que establecía la posibilidad de fundar nuevos Consulados,5 en Buenos Aires y en el contexto de ampliación de los circuitos mercantiles,6 los comerciantes promovieron en primera instancia la formación de una estructura política permanente de apoderados que representara al cuerpo mercantil.
7 Con ello, inicialmente los actores prefirieron la formalización de una fórmula conocida al establecimiento de un Consulado propio.
Así, las Juntas de Comercio y su representación por apoderados, que fueron recursos practicados desde mediados del siglo XVIII,8 adquirieron, desde 1779, estabilidad y representatividad de toda la corporación.
En el interior de las Juntas, la elite mercantil pudo desarrollar y planificar sus estrategias con el objeto de consolidar su hegemonía económica.
Con ello, los comerciantes poderosos tuvieron la capacidad de obtener ingresos de toda la comunidad, asegurando a la Corona parte de lo recaudado a cambio de una serie de privilegios comerciales.
9 Esta estructura representativa contaba con el apoyo de la comunidad mercantil debido a que, a cambio de su adhesión, podían obtener beneficios laterales como reducciones y dilaciones en los pagos impositivos a la Corona.
10 De este modo, la Junta, que desde 1779 contaba con mecanismos particulares de funcionamiento, 11 fue el ámbito en el cual la elite mercantil definía sus estrategias corporativas que le permitían conservar su hegemonía regional.
Así, en el seno de las Juntas se elaboraban representaciones colectivas designándose a los mismos apoderados, a otros comerciantes o a un consorcio integrado por varios de ellos, para gestionar lo allí resuelto.
12 Las Juntas de Comercio y sus apoderados permanentes por entonces cumplieron, desde 1779 hasta 1794, muchas funciones como Consulado "de hecho".
Por ello, no pueden ser analizadas como efímero escalón hacia esa institución, sino como una organización compleja que tuvo como una de sus funciones, y no la única, la gestión ante las autoridades de la creación de dicha corporación mercantil.
Ahora, si las Juntas constituían una institución semiformal exitosa, y funcionaban como espacio de negociación de los actores locales frente a la Corona, es preciso cuestionarse sobre las motivaciones que impulsaron la legalización de su estructura política en el Consulado en 1794.
Como aquí se sostiene, una respuesta puede buscarse en la rearticulación de las relaciones entre la Corona y los actores locales en el último tercio del siglo XVIII.
9 Los aportes monetarios de los comerciantes para hacer efectivos los donativos reales en 1786 y 1792, ejemplifican la capacidad de la elite para establecer las modalidades de la recaudación.
Estos donativos revelan también que los aportes de la comunidad a la Corona eran indispensables en la negociación por la creación del Consulado.
Kraselsky, Javier: Los comerciantes rioplatenses..., págs. 108-117.
11 Las Juntas se efectuaban de modo irregular, dependiendo de los problemas que se suscitaran.
Existían diferentes modos de convocarla y diferentes razones para ello.
Así, aunque ya desde 1779 se solicitaba la formación del Consulado 13 y a partir de 1784 se impulsaba su legalización con mayor fuerza, 14 sólo después de 1790 las demandas fueron más explícitas.
En Buenos Aires, como en otras regiones, se apelaba para gestionar el Consulado a las Juntas de Comercio o a las representaciones de los apoderados.
15 De este modo, y en el marco de la formación de numerosos cuerpos mercantiles en diversas regiones americanas, 16 el Consulado de Buenos Aires se conformó en 1794.
14 Se produjeron al menos tres Juntas con este propósito, la primera el 7 de julio de 1785 de la que participaron 56 comerciantes y en la cual nombraron representantes para su gestión en Madrid.
Véase Tjarks, Germán: El Consulado de Buenos Aires y sus proyecciones en la Historia del Río de la Plata, Instituto de Historia Argentina "Doctor Emilio Ravignani", Buenos Aires, 1962, tomo I, págs. 46
Viejos problemas: comerciantes de Lima y Buenos Aires
Las relaciones de competencia entre Buenos Aires y Lima existían desde tiempo atrás y habrían sido una de las razones principales que llevaron a los comerciantes porteños a pedir el establecimiento de un Consulado propio.
18 La cuestión del diputado del Comercio en 1752-1756, es una muestra de intereses no siempre coincidentes y de la tensión latente que generaba el dominio de los espacios locales y la ruta hacia Chile y el Alto Perú.
19 No obstante, también existieron intereses comunes que manifestaban la presencia de relaciones amistosas entre actores de ambos espacios.
20 Así, por ejemplo, muchos de los individuos del comercio rioplatense aparecieron en más de una ocasión representando al Consulado de Lima.
21 Los individuos 18 Este tema ha sido analizado profundamente por numerosos autores desde distintas perspectivas.
Para una visión clásica, véase Céspedes del Castillo, Guillermo: "Lima y Buenos Aires.
Repercusiones económicas y políticas de la creación del virreinato del Plata," Anuario de Estudios Americanos, III, Sevilla, 1946, págs. 667-874; y del mismo autor: La Avería en el Comercio a Indias, Escuela de Estudios Hispano-Americanos de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1945; Levene, Ricardo: Investigaciones acerca de la Historia Económica del Virreinato del Plata, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1962.
19 El problema de la prohibición de libre internación de mercancías por Buenos Aires, y las licencias reales brindadas a comerciantes hasta el establecimiento del "Auto de Libre Internación" en 1777 han sido analizados, entre otros, por Céspedes del Castillo, Guillermo: La Avería..., págs. 115 y ss.; Levene, Ricardo: Investigaciones..., págs. 255 y ss.; Mariluz Urquijo, José María: "Solidaridades y antagonismos...", págs 58-71; del mismo autor: "El Diputado del Consulado de Lima en Buenos Aires", Academia Nacional de la Historia.
Memoria del Cuarto Congreso Venezolano de Historia, tomo II, Caracas, 1983, págs. 331-355; y "Lima y Buenos Aires frente a la prohibición de internación durante la segunda mitad del siglo XVIII", en: Sobre el Perú.
Homenaje a José Agustín de la Puente Cándamo, Pontificia Universidad Católica del Perú, Facultad de Letras y Ciencias Humanas, tomo II, Lima, 2002, págs. 791-800; Barba, Enrique: Don Pedro de Cevallos, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1988, págs. 271-301; Nortman, Irene: "Aspectos de la evolución de la jurisprudencia comercial en el Río de la Plata hasta la erección del Consulado", Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vol. XXVI, Buenos Aires, 1952, págs. 475-495; Moutoukias, Zacarías: "Las formas complejas de la Acción política: Justicia corporativa, faccionalismo y redes sociales ( 21 Tal es el caso de Eugenio Lerdo de Texada y Bernardo Sancho Larrea, que fueron apoderados del Consulado de Lima en Buenos Aires en 1777, al tiempo que participaron de demandas de los comerciantes locales.
El primero solicitando desde el Cabildo la Libre Internación, y el segundo como apoderado electo en la Junta de Comercio de 1779.
no siguieron un patrón fijo de comportamiento, sino que actuaron de acuerdo a sus conveniencias coyunturales.
Y, en el último cuarto del siglo XVIII, los comerciantes rioplatenses agrupados en su cuerpo local, percibieron la oportunidad de una jurisdicción propia y la consolidación de un canal de diálogo directo con la Corona, con los beneficios que esto conllevaba.
En este apartado se estudian una serie de Juntas de Comercio que revelan tensiones entre los actores mercantiles por la jurisdicción y por la administración de poder.
Así, los gravámenes promovidos desde finales de 1777 por el Consulado de Lima, que solicitaba la devolución del préstamo monetario de un millón y medio de pesos que su comunidad mercantil había aportado a la expedición de Cevallos contra los portugueses en Colonia de Sacramento,22 a través de la imposición de derechos aduaneros,23 constituyeron una de las razones que estimularon a los comerciantes de Buenos Aires a promover un ámbito mercantil específico que pudiera contrarrestar tales medidas.
En este sentido, en Buenos Aires, que desde la creación del Virreinato del Río de la Plata constituía la capital de la nueva jurisdicción, se elaboraron respuestas a tal reclamo, que fueron manifestadas tanto por la Real Hacienda24 como por las representaciones de los apoderados del comercio local.
25 La iniciativa del Consulado de Lima pareció haber fracasado en primera instancia.
Sin embargo, esto no significó que su reclamación fuera olvidada por quienes impulsaban el aumento de derechos aduaneros.
Nuevamente en el año 1783, el Consulado limeño volvió a insistir con la devolución de lo prestado mediante gravámenes aduaneros sobre el Río de la Plata.
26 El rey concedió esta vez a Lima aquello que solicitaba y estableció la exacción del 1 y 3⁄4 % en la plata y 1⁄2 % en el oro de todos los cau-dales que salieran de Buenos Aires y Montevideo.
27 Como era de esperar, los actores locales reaccionaron ante tal medida.
Así, tanto el Cabildo 28 como los comerciantes reunidos en Junta defendieron sus intereses protestando contra la decisión real.
29 Con este propósito, los apoderados impulsaron una serie de escritos que manifestaban su participación y financiación en la defensa de la ciudad de Buenos Aires, 30 no sólo circunscrita a la zona portuaria sino que se extendía a otros territorios como las Islas Malvinas.
31 Es decir, el cuerpo de comerciantes manifestaba haber brindado ayuda a la Corona, con lo cual aspiraba a conservar su posición como cuerpo local leal a la causa real y, por ello, fuera del alcance de tales aumentos.
32 Así apelaban tanto a su fidelidad hacia el monarca, como a su legitimidad como cuerpo representativo de los intereses locales.
Los apoderados del comercio manifestaron que el pago de estos nuevos derechos sobre los metales se efectuaba "en continuacion de su seguido sistema de deprimir á este comercio, y hacerle dependientes de sus migajas...".
33 Estos argumentos no eran nuevos, desde tiempo atrás los comerciantes locales elevaban memoriales y representaciones manifestando la conveniencia de incorporar a Buenos Aires como nexo hacia la ruta altoperuana, en reemplazo de la hasta entonces practicada.
34 El comercio local se esforzaba, de este modo, para librarse de la tutela de Lima y generar un vínculo directo con la Corona que le permitiera conservar y ensanchar su posición.
Su estrategia consistía en reafirmar su fidelidad y apelar a su control regional 35 aludiendo a su lealtad y participación constante en la defensa de la "patria".
36 El asunto del pago del gravamen sobre los metales exportados desde Buenos Aires no terminó allí.
Aquellos comerciantes no se resignaron a la derrota y continuaron recurriendo a las Juntas como manifestación de su margen de poder corporativo.
Para el pago de esta demanda trasladaron costos al resto de la comunidad, que debía financiar la reclamación colectiva mediante gravámenes impositivos.
37 Esta forma de recaudar ingresos no era nueva, desde 1779 las iniciativas destinadas a obtener fondos para los donativos no eran voluntarias e individuales sino colectivas, implicando el aporte de toda la comunidad más allá de su voluntad.
38 Además, y debido a que el gravamen solicitado por los comerciantes limeños incluía a Montevideo, las estrategias mercantiles de la elite local para obtener ingresos aduaneros fueron extendidas también a la otra margen del río, donde fue designado un encargado de recaudar tal impuesto.
O posteriormente, un documento del Archivo de Indias encontrado y publicado por Enrique Barba: Don Pedro..., págs. 289-301, del 22 de julio de 1777 elaborado por un conjunto de comerciantes.
Posteriormente, y como consecuencia de estas peticiones, Cevallos estableció, el 6 de noviembre de 1777, aún ante reclamos del virrey de Lima, el "Auto de Libre Internación", por el cual los caminos al Alto Perú quedaron formalmente abiertos para los comerciantes bonarenses.
65 vta/66.Los apoderados manifestaban que el comercio daba "las mas positivas pruevas de su fidelidad amor al Rey, y ala Patria, con prontitud, constancia, y esmero en sacrificar gustosos sus personas, sus vienes, sus casas, y comercio para ocuparlos destinos, quese los ha señalado dentro y fuera de la capital...".
Los apoderados señalaban que "Este Comercio (...) enlas urgencias del Herario nada reserva, y que sus caudales son los mas promptos para auxiliarlos ala menor insinuación deque estas Cajas se hallavan exhaustas...".
En ella, con el propósito de efectuar las "diligencias" correspondientes de "livertar este comercio" de tal impuesto, resolvieron "tomar dinero á premio con el qual acudir a los gastos que son indispensables para estas solicitudes."
El monto de 8.000 pesos fue ofrecido por Juan Esteban de Anchorena, a un 6% de interés anual.
Para su pago se aumentaba 1⁄4 los derechos de exportación sobre los metales enviados a España hasta pagar la deuda pendiente.
38 El caso de los donativos mencionado en la nota 9 de este trabajo y analizados en mi tesis de Maestría, constituyen modos de recaudar ingresos de toda la comunidad y revelan la capacidad de la elite mercantil de establecer derechos para ello derivados de la exportación de metales, cueros y otros "frutos del país".
Véase Kraselsky, Javier, Los comerciantes rioplatenses..., págs. 108-117.
Se designaba a Plácido Antonio Gallardo como recaudador de tal porcentaje en Montevideo con el objeto de pagar lo prestado por Anchorena.
De este modo, para hacer viable la reclamación, se estableció una derrama en las exportaciones que debían pagar quienes comerciaran por ambos puertos.
40 Con ello, recurriendo al recurso de la Junta, la elite manifestaba poseer el poder de aumentar los gravámenes locales y suplicar a la Corona, como cuerpo, contra aquello que consideraba injusto.
La implantación de impuestos sobre la plata demuestra que su erogación recaía tanto en la comunidad mercantil como en la población en general.
No eran unos pocos los que exportaban metales, sino que, en mayor o menor medida, participaban en ello numerosos comerciantes de diferente giro económico.
41 A pesar de las súplicas y reclamos de los comerciantes, y tras las presentaciones correspondientes, la Corona, por medio de la real orden del 9 de febrero de 1785, dispuso rechazar la protesta de los comerciantes y elevar los derechos de exportación de metales tal como solicitaba el Consulado de Lima.
42 Esta circunstancia habría motivado a los actores locales a impulsar el fortalecimiento de su ámbito corporativo, pensando que un cuerpo institucionalizado y reconocido legalmente como el Consulado, seguramente hubiera tenido mayor margen de maniobra para terciar en su favor las disputas jurisdiccionales.
Se infiere de los recibos firmados por Anchorena recibiendo porcentajes estipulados en la Junta de Juan Pedro Aguirre, (f.
30), Rafael Joseph Riglos, (f.
31) y Pedro del Barco, (f.
41 Véase Jumar, Fernando: "Los comerciantes rioplatenses: su participación en el comercio legal español.
1720-1778", en: Seminario Mercantilismo y Comercio en el Mundo Ibérico, Universidad Argentina de la Empresa, Buenos Aires, 2001, págs. 1-29; del mismo autor "Los rioplatenses...".
Por intermedio de José de Gálvez, el 9 de febrero de 1785 una notificación establecía que "Ha resuelto Su Majestad (...) y hasta que ese erario (se refiere al Consulado de Lima) satisfaga la cantidad del millon y medio de pesos, se exija y cobre dicho arbitrio por el Encargado, o Apoderado del Consulado de toda la plata y el oro que en ambos puertos se embarque...".
43 El 29 de diciembre de 1785, los apoderados Manuel Rodríguez de la Vega y Martin de Sarratea, escriben a Diego Paniagua, uno de los representantes ante las Cortes, expresándole que presente un memorial al rey para lograr "la entera extinción del principal y reditos del millon y medio que tomó á interes para la expedición al mando de Cevallos..."; en este sentido, desde las gestiones para la fundación del Consulado en la Junta del 7 de julio de 1785 reseñadas en la nota 14 de este trabajo, los comerciantes de Buenos Aires habían intentado que de allí en adelante se reconociera la autonomía lograda desde la formación del nuevo Virreinato respecto a Lima y "para que cese esta contribución inmediatamente que con ella ó la que en adelante mande exigir se complete por nuestra parte la cantidad en que disponga pensionarnos."
AGN, Consulado de Buenos Aires, Antecedentes...
Plata, se redujeron al 1% y 1⁄4 % respectivamente.
44 Los comerciantes locales agrupados en Junta revelaban con ello contar con un margen importante de poder, mientras que la elite mercantil en su interior demostraba capacidad de negociación y la fuerza de su representación.
La Corona pareció buscar con esta medida un equilibrio para no perder aliados ni profundizar conflictos que perjudicaran la sensible armonía entre las regiones y sus corporaciones mercantiles, al tiempo que manifestaba reconocer el rol hegemónico local del cuerpo de comercio de Buenos Aires.
En este sentido, con el objeto de obtener ingresos monetarios, la alianza con la elite que controlaba esta corporación se revelaba como indispensable.
El cuerpo de comercio y esa elite que controlaba las Juntas manifestaban su fidelidad y margen de poder para solicitar beneficios.
En contraprestación a su lealtad, la Corona reconocía y aceptaba sus requerimientos.
45 Así, desde 1779, ese sector legitimaba la autoridad real, y le aseguraba sus aportes monetarios, que podían recaudarse de los derechos de exportación, como en este caso, o mediante donativos derivados de aportes colectivos de toda la comunidad.
Estas relaciones entre los comerciantes locales y los agrupados en el Consulado limeño, terciada por la monarquía borbónica, exponen, en mi opinión, la primera razón que motiva a los comerciantes a la gestión del Consulado.
Si bien las Juntas y su estructura permanente se habían manifestado como recursos exitosos de defensa de sus intereses, estos conflictos jurisdiccionales con sus pares limeños revelaban la necesidad de un cuerpo orgánico y poderoso que sólo la institucionalización legal centrada en el Consulado podía brindar.
Esta razón no fue la única: el conflicto con el gremio de los hacendados por la comercialización de cueros y por la hegemonía regional parece ser otra vía de análisis.
Cueros, jurisdicción y Juntas: el conflicto con los hacendados
En una sociedad de Antiguo Régimen como la que se está considerando, en la que primaba la desigualdad social, los individuos estaban integrados en corporaciones jerárquicamente ordenadas, articuladas mediante especializa-ciones socioprofesionales, 46 que, a pesar de no ser cuerpos cerrados y estáticos, pueden identificarse en el análisis como sectores que defendían intereses específicos.
En la noción de centralización corporativa que intentamos llevar adelante, cada grupo tiene sus pautas de acción gremial y de defensa de sus intereses, que lo representan ante los demás actores de la sociedad como cuerpo.
Los comerciantes no fueron los únicos actores que recurrieron a las Juntas y que tuvieron apoderados permanentes, los hacendados también las convocaron y tuvieron una organización representativa similar.
47 Los hacendados poseían los ganados que abastecían la ciudad para su consumo de carne y los cueros que se exportaban hacia España.
48 Precisamente esto último originó un conflicto entre comerciantes y hacendados por el monopolio de su comercialización.
Si bien podría verse este choque como la disputa entre comerciantes "puros", por un lado, y comerciantes ligados a las propiedades rurales y agrícolas que protegían sus derechos de propiedad (donde los cueros eran la esencial fuente de riqueza), por el otro, aquí se opta por diferenciarlos con base en su principal actividad, la más rentable para su conveniencia y la que les permitía acceder a las experiencias concretas que los llevaban a identificarse con su grupo de pertenencia.
49 Teniendo en cuenta las particularidades económicas del Río de la Plata en el siglo XVIII, los hacendados constituyeron un sector de gran importancia y de constante crecimiento.
50 Igual que los comerciantes, éstos recurrieron a las Juntas como un ámbito en el cual delinear sus estrategias y proteger sus intereses corporativos.
51 Si bien los hacendados no eran el grupo dominante en la economía rioplatense en el siglo XVIII (estando en una posición subalterna -hasta por lo menos la década del 1790-con respecto a los grandes comerciantes), es cierto también que contaban con una riqueza sólida, basada en la tenencia de tierras y los productos agrícolas y ganaderos.
Los hacendados no eran los grandes terratenientes que serán luego en el Rosismo, 52 pero tenían poder de decisión como conjunto en el Cabildo, por ejemplo, donde irían lentamente consolidando su poder e influencia.
53 En relación a ello, el robo del ganado y la permanencia de mercachifles y pulperos en las zonas rurales fueron problemas que los hacendados reclamaron solucionar repetidamente.
54 En este sentido, la aplicación de un bando por la comercialización de cueros desató, desde 1791, una serie de conflictos latentes por la hegemonía regional.
55 Dicha tensión, que manifestó el grado más alto de corporativización y organicidad del gremio de comerciantes, contuvo tres problemas interdependientes.
El primero relacionado con la súplica del bando en cuestión, y los dos restantes con la 51 Éstas habrían estado relacionadas con el abasto de la carne primero y con la comercialización de cueros más tarde.
También Fradkin, Raúl: "El Gremio de Hacendados..." y Azcuy Ameghino, Eduardo.
52 Ver, en ese sentido: Gelman, Jorge: Campesinos y estancieros.
Una región del Río de la Plata a fines de la época colonial, Buenos Aires, Editorial Los libros del Riel, 1998; Garavaglia, Juan Carlos: Pastores y labradores de Buenos Aires.
Una historia agraria de la campaña bonaerense, 1700-1830, Buenos Aires, Editorial La Flor, 1999 y Garavaglia, Juan Carlos y Fradkin, Raúl, En busca de un tiempo perdido...
Estos autores analizan que no hubo, durante el Virreinato, la concentración de la propiedad que puede advertirse en el siglo XIX, destacándose las estancias pequeñas o medianas.
En ese contexto, el ganado vacuno no era la principal riqueza de la sociedad rural, siendo superado por la producción agrícola.
53 Jumar, Fernando, y Kraselsky, Javier: "Los rioplatenses y los cueros vistos a través del Cabildo...".
54 Azcuy Ameghino, Eduardo.
El 12 de septiembre de 1791, el virrey Arredondo publicó, a solicitud de los hacendados, un bando que buscaba evitar el robo y la venta clandestina de cueros.
Dicho bando, si bien no fue el primero en esta dirección, produjo el recrudecimiento de un conflicto latente entre los comerciantes y hacendados por el acaparamiento y control del mercado y la venta de cueros Se establecía que "todos los cueros, que en calidad de comprados porla campaña se conduscan a las Barracas, quintas o casas de esta capital ademas de venir con las certificaciones y guias (...) se hande introducir de dia claro y a tiempo que puedan reconocerse por dicho Apoderado como Comisionado de esta Sup.
Y demas personas que a ello se destinen (...) si entre ellos se encontrase aunque sea uno solo sin la certificación y guia correspondiente se daran todos por perdidos...".
Establecía además una serie de obligaciones, por ejemplo que los criadores ante cada venta, donación o pago debían contramarcar los cueros y declarar cuándo y a quién los transferían; estas transferencias debían contar con la aprobación del alcalde del partido, con lo cual se controlaba el ingreso a las barracas.
También se establecía la necesidad de marca que certificara quienes eran sus dueños, penando su copia.
En otro artículo se prohibía la matanza de ganado ajeno.
JAVIER GERARDO KRASELSKY acción del gremio mercantil contra los representantes del cuerpo de los hacendados, Juan Ximenez de Paz y Antonio de Obligado.
56 Por el primero, la posibilidad de perder todos los cueros por sólo uno fuera de regla, y el control del apoderado de los hacendados sobre la carga de cueros que los comerciantes exportaban produjo la reacción mercantil y la convocatoria a Juntas.
Así, los apoderados de los comerciantes Martín de Sarratea y Manuel Rodríguez de la Vega convocaron a una Junta de Comercio el 17 de septiembre de 1791 con el fin de elaborar estrategias colectivas de acción 57 y gestionar mediante esas acciones la reforma del bando.
58 Los comerciantes consideraban que, debido a que muchos de los cueros que adquirían no tenían marcas, la sanción proyectada podía provocar la ruina de los dedicados a tal actividad.
59 En este sentido manifestaban una clara desconfianza hacia los hacendados que debían controlar su comercialización.
60 Esto motivó que los primeros, desde la última década del siglo XVIII y ante el temor y la amenaza que representaban los hacendados, impulsaran con más fuerza la gestión de su Consulado.
61 La protesta de los comerciantes obtuvo un resultado favorable, aplicándose provisoriamente reformas al bando el 5 de marzo de 1792.
4/4vta y AHPBA, 7-2-108/6, cuerpo III.En esta Junta participaron 97 comerciantes que designaron, además del apoderado Martín de Sarratea, a Martín de Alzaga y Francisco Casimiro de Necochea como "asociados" con amplias facultades para representar al conjunto y efectuar las gestiones necesarias ante las autoridades virreinales.
Con dicho objeto realizaron una presentación firmada por los 97 comerciantes que participaron en la Junta mencionada en la nota anterior.
Allí, los comerciantes observaban que el perjudicado con tal bando sería "el comerciante inocente" que "tubo la desgracia deque el odio, el interes ó la Tramoya le jugaren en una pieza para damnificarlo...".
Los comerciantes alegaban que los hacendados se valían de "Apoderados capataces y peones dela infima clase para la conducción (...) nada es mas facil a cualquiera de los peones, o delos reconocedores al tiempo de reconocerlos (...) meter entre ellos con disimulos, algunos, alguno ó algunos de exceso para tener ocasión de denunciar toda la partida...".
Exigían que una vez introducidos los cueros en las Barracas, nadie podría "ingerirse con algun proposito a estos depositos, limitandoseles el ejercicio detoda su actividad, celo y esmeros al acto de la introducion, y cumplimiento delas Guias".
En pleno conflicto con los hacendados, Martín de Sarratea, Casimiro Francisco Necochea y Martín de Alzaga, en nombre del comercio, intercambiaron cartas con Diego Paniagua y Tomás Arroyo, representantes del comercio en Madrid, con el objeto de acelerar la gestión para la creación del Consulado.
8 vta. Se mantuvieron los requisitos de las contramarcas, pero se circunscribió la autoridad del reconocedor de cueros.
Una vez entrados los cueros en la barraca o almacén para embarcar, no podían volver a reconocerse a menos que se justificara con la presencia de dos testigos.
ello, la respuesta de los hacendados no se demoró y los conflictos entre ambos gremios continuaron.
63 En este contexto, el monarca por real cédula, encomendó su resolución a la Real Audiencia.
64 Más tarde, y en el marco de las disputas, el 9 de agosto de 1793 se efectuó una nueva Junta de Comercio para continuar la súplica del bando de Arredondo.
65 Los impulsos por parte de los comerciantes para establecer el Consulado se hicieron más fuertes.
Esperaban que la fundación de dicho tribunal terciara a favor del comercio consolidando su posición regional privilegiada.
Así, Diego Paniagua, representante del comercio en Madrid, en carta al apoderado y sus asociados el 1 de agosto de 1793, expresaba las "siniestras intenciones de algunos", en alusión a Antonio Obligado, representante de los hacendados, y que "Se esta trabajando en las Cedulas sobre Establecimientos de Consulados (...) no pierdo ni perderé de vista un instante, pues contemplo que sin este Tribunal tan util, todos los dias estaran llenos de Historias y Camorras como la presente".
66 Con la instalación del Consulado de Comercio en 1794, la cuestión adquirió nuevas dimensiones.
Debido al alcance temporal y metodológico propuesto en este trabajo, no se ahondará en el problema.
Baste aquí enunciar que el gremio de comercio obtuvo la modificación de los artículos conflictivos del bando.
67 El Consulado, solicitado con mayor ímpetu desde principios de la década de 1790, se revelaba como el instrumento más efi-caz para la conservación del equilibrio centrado en la hegemonía de los comerciantes.
A su vez, la cesión de la Corona de tal institución, revelaba también su necesidad de aliados poderosos que le asegurasen la recaudación de sus ingresos.
De este modo, la creación del Consulado de Buenos Aires puede analizarse como la consecuencia de la negociación entre los actores corporativos que buscaban beneficios mutuos y la conservación del equilibrio que lo permitiera.
Paralelamente a la súplica del bando, el comercio local siguió, como ya se ha anunciado, dos disputas con los referentes de los hacendados.
La primera contra Juan Ximenez de Paz, apoderado de estos propietarios de tierras y reconocedor de cueros, quien era acusado por el cuerpo de comercio de efectuar estafas y extorsiones.
68 Para desacreditarla, los comerciantes impulsaron una serie de estrategias que atacaban tanto su idoneidad personal como su trabajo referente a los cueros.
69 La segunda, más compleja, se siguió contra Antonio Obligado,70 que asistió a la Junta de Comercio reseñada del 17 de septiembre de 1791, negándose a participar con su firma en la súplica.
71 Obligado expuso de modo claro los perjuicios del cuerpo de hacendados y atacó a los comerciantes quienes, en su opinión, en su afán de enriquecerse no distinguían los cueros legales de los ilegales.
Observaba que éstos últimos adquirían el cuero "de las manos de que los roban, y de otros que tienen Almacenes y Barracas, y en ellas los van acopiando para vender por mayor...".
72 Tanto comerciantes, como pulperos y mercachifles participaban, según su criterio, de tales perjuicios.
Obligado responsabilizaba a los comerciantes del robo y de los perjuicios que sufrían los hacendados en la obtención de mano de obra.
Consideraba que con su indulgencia apañaban a los vagos y faenadores del campo.
73 Además, señalaba que muchos de éstos sabían y evitaban su responsabilidad en tal acto ingresando "adeshoras y huyendo de que los vean (teniendo) pocos escrupulos en comprarlos y recibirlos...".
74 En este sentido, señalaba que la reclamación de los comerciantes era injusta, y de prosperar podría llevar a la ruina no sólo de los hacendados sino de la provincia.
75 Obligado, con el propósito de transformar a los hacendados en el sector más poderoso y de desplazar a los comerciantes de su posición de nexo entre las autoridades y las producciones locales, atacaba a los segundos en su constitución y origen.
76 Así, Obligado se inclinaba decididamente hacia una de sus actividades, y criticaba al seno de la Junta de Comercio, a la que consideraba ilegítima.
En alusión a la reunida el 17 de septiembre de 1791, observaba que "Si se cita a Junta para tratar asuntos interesantes al comercio, se debe proponer lo q se ofresca, dexar libre el dictamende cada uno y escribirlo, sea ono conforme ala idea delos que pretenden, y después hagan sus Representaciones; para que viendo los pareceres detodos, pueda examinar y resolver lo que sea mas arreglado a Justicia.
Pero citar a Juntas para que apoyen Representaciones ya forxadas a idea de particulares fines, y no solo no admitir el dictamen delos qe no se conforman sino guardarlos para un delito, no es citar atratar ni á acordar, sino buscar protectores de las pretensión, afin de juntar muchas firmas, para que la multitud de conformes Suplicantes incline el animo del Superior aconsiderarla justa; y acaso muchos no firmarian siles diesen tiempo de examinar los auntos, otros dirian que firmaron porque les dixeron qe era asunto de comercio, como siel comercio nose compusiera de hombres capaces de errar y pedir una injusticia".
77 La respuesta de los comerciantes fue del mismo tenor.
Rechazaron todos los argumentos de Obligado y tildaron a su Representación de "libelo".
Consideraban que éste justificaba sus ataques bajo el rótulo de comer-73 Ibídem, f.
En una representación del 30 de septiembre de 1791, Obligado observaba que la campaña estaba "infestada de vagos y gente pobre, no quieren conchavarse porque les hace mas cuentarobar un Cuero cada dia qeganar seis pesos al mes y si no tuvieran les recibiese el Cuero, se verian precisados a sugetarse al trabajo y sobrarian peones...".
Los comerciantes, según Obligado, debido a su ambición desmedida agotarían los cueros de las zonas rurales.
Luego el gremio de comerciantes "tardaría poco en desgranarse en busca de su particular interes a otras Provincias siseles permitiera como pretende arruinar esta de un solo golpe...".
26 vta. Observaba que "los hax, dos sontodos Vez.nos del Pueblo, o la Campaña aqe sirven defomento los fondos qe adquieren" los comerciantes, en cambio, "ni todos son Vez.nosnitodos utiles ala Provincia.
Muchos son forasteros aquienes ha trahido y detiene su solo particular interes y el objeto de ganancias...".
JAVIER GERARDO KRASELSKY ciante, vecino y hacendado, para "honestar (...) su oficiosa ingerencia" 78 cuando en realidad sólo actuaba en nombre de los últimos y en perjuicio del comercio.
El propósito del apoderado Martín de Sarratea y sus "asociados" era deslegitimar a Obligado como representante de los hacendados, reafirmando la condición del gremio de comercio como "cuerpo privilegiado" y de las Juntas como su recurso legítimo de acción.
Así, ante tan agudos ataques, la estrategia mercantil inicial consistió en incluir a Obligado como parte del cuerpo de comercio.
De este modo, proyectaban quitarle el rol de hacendado que manifestaba en su Representación.
Para ello observaron que atacaba a "su cuerpo de comercio", y actuaba "en ultraje del honor, reputacion y privilegios del mismo cuerpo que le dio el ser en linea de comerciante".
79 Su intento era incorporar a Obligado al cuerpo de pertenencia y resolver el problema como un conflicto interno entre facciones del mismo cuerpo, como ya había ocurrido en otras oportunidades.
80 Así, considerarlo comerciante también era, de alguna manera, incluirlo en las acciones que él mismo denunciaba, recordándole sus alianzas o pasado común.
81 En este sentido, las Juntas desde 1779 eran reconocidas -tanto por la Corona, como por los comerciantes-como cuerpo representativo de toda la comunidad mercantil.
El problema, tomado de este modo, se circunscribía al ámbito comercial, y allí, y entre pares, debía resolverse.
Mediante esta estrategia, solicitaban el pago de Obligado de 20.000 pesos por calumnias.
Éste, lejos de retractarse, redobló la apuesta con sólidos argumentos que dejaban en claro su desapego respecto del cuerpo de comercio y su estructura política.
Su propósito era impulsar el ascenso de los hacendados como cuerpo aliado a la Corona en reemplazo de los comerciantes.
Para ello atacó a los segundos y a la legitimidad de sus recursos de acción.
Su estrategia buscaba quebrar el argumento de representatividad de los apoderados del conjunto del comercio, manifestando en cambio la ver-78 Ibídem, f.
Muchas Juntas revelan su iniciativa para gestionar la resolución de problemas entre las facciones mercantiles.
Como ejemplo de ello puede mencionarse el conflicto entre un grupo de comerciantes y Tomás Antonio Romero por la exportación de "frutos del país" y la introducción de esclavos.
En este sentido, según Obligado fue propuesto como "consiliario" en la Junta de 1785 en que se impulsaba el Consulado.
LOS COMERCIANTES RIOPLATENSES Y SUS ESTRATEGIAS CORPORATIVAS, 1779-1794 ticalidad de sus acciones.
Con este propósito, Obligado envió entre el 29 y el 30 de octubre de 1792, una serie de cartas, solicitando a los comerciantes que supuestamente participaron en la Junta del 17 de septiembre de 1791, información sobre ella y sobre su voto.
Éstos, que aparecían como firmantes, confesaron no haber participado de ella.
82 Todo esto demuestra la organicidad con que se desempeñaba el cuerpo de comercio, legitimando los comerciantes las decisiones del sector poderoso que controlaba el gremio.
La ofensiva de Obligado y los hacendados se dirigía precisamente a demostrar lo ficticio de la representatividad y autoridad colectiva de sus adversarios.
Manifestando su falta de legitimidad, circunscribían el reclamo colectivo a sólo una demanda particular de comerciantes poderosos que se atribuían potestades de conjunto.
Por otro lado, y continuando con su estrategia de acción, Obligado gestionó ante las autoridades la revisión del pago de alcabalas y los ingresos de aduana que comprometieron la integridad del cuerpo de comercio.
83 Es decir, la estrategia de Obligado revela que las Juntas de Comercio estaban controladas por un sector poderoso que se atribuía potestades colectivas, lo que permite conjeturar que fue este sector el que, con el propósito de conservar su hegemonía, habría impulsado con mayor fuerza la institucionalización del cuerpo mercantil en el Consulado de Comercio.
Los argumentos de Obligado se profundizaron el 22 de febrero de 1793, mediante una nueva Representación contra el comercio, su estructura política y la legitimidad de su representación.
Desconocía en ella no sólo la Junta del 17 de septiembre de 1791, sino más aún el recurso a Junta practicado por sus adversarios.
Planteaba que asistió a dicha reunión observando "la ninguna formalidad con que se procedia", en la que no se discutió ni se escuchó a todos, ni se dio tiempo para que cada uno meditase el problema.
Señalaba que "se reducia aquel acto a sorprender y conciliar los animos de los comerciantes, para que apoyasen y firmasen después la ya forxada Representación, leyda repetidas veces con tal andar, que despedia sobraba luz para conocer el objecto de la citación, y los animos de sus autores...".
84 La rapidez, la organización y sistematicidad con que se resolvían las cuestiones en la Junta eran también objeto de crítica de Obligado, quien dijo haberse opuesto a ello y quejado en público.
De este modo, cuestionó la falta de reacción de los comerciantes que silenciosamente legitimaban la acción de los apoderados.
Obligado señalaba que se negó a firmar la Junta, "pues por mas que yo sea Comerciante, no debo ni puedo en conciencia dexarme arrastrar delos intereses que mis dictamenes puedan proporcionar al comercio, y mucho menos a sus particulares Individuos, sin examinar primero silos medios de que pretenden valerse para conseguirlos producen como perjuicios al publico, al estado o a otro gremio".
85 Él mismo, si bien se denominaba comerciante, desconocía la legitimidad del cuerpo mercantil, y sobre todo de su apoderado Martín de Sarratea, "a quien principalmente [se] dirige minarracion".
Además observaba que los firmantes no concordaban con los asistentes y que algunos no se dedicaban al comercio de cueros con España.
En esta dirección, primero Obligado y luego su apoderado Francisco de Alba, no sólo desconocieron esta Junta, sino también a su escribano, a quien acusaban de reunir las firmas con posterioridad al hecho, poniendo en duda todas las Juntas a las que había asistido.
86 Las pretensiones del comercio, en opinión de Obligado, permitían "la continuación de los robos, con permiso de abrigar los deque los Ganados se extingan, los hacendados se arruinen, de que la Provincia peresca, y que el Estado decaiga..." el comercio "ciego por el interes aqe depresente aspira, pretende su destrucción en este Pais".
87 También desestimaba Obligado las amenazas de pago impulsadas por el comercio.
En su opinión, los apoderados y los "secuaces" que lo acusaban no poseían legitimidad para hacerlo; consideraba que "la Junta no fue 84 Ibídem, f.
140.Obligado lo cuestionaba, ya que muchos no estaban allí cuando se firmó; de Alba, con una visión más radical, observaba que a dicha Junta sólo asistieron 28 individuos y firmaron 96, con lo cual el escribano que legalizaba las firmas actuaba como parte del comercio.
de Comercio, sino de firmas...".
88 En este sentido, fue un enemigo acérrimo precisamente porque, como antiguo integrante del cuerpo, conocía los artilugios y estrategias seguidos por sus miembros.
Ante esta nueva circunstancia, el cuerpo de comercio replanteó su estrategia inclusiva inicial y se propuso otra que excluyera a Obligado del cuerpo de comercio y proyectase un ataque frontal y abierto contra el gremio que éste representaba.
La disputa continúa mediante las representaciones cruzadas entre Pedro Josef Bervel, "anombre del comercio de esta capital", y Francisco de Alba como representante de los hacendados.
89 En ellas se manifestaron acusaciones sobre la legitimidad de una y otra Junta y sobre la autoridad nominal de sus representantes.
Ello trasciende el marco temporal que este trabajo plantea, ya que prosigue una vez fundado el Consulado.
Este conflicto entre sectores revela también una señal para explicar la tardía incorporación del gremio de hacendados al Consulado de comercio.
90 La disputa sobre la hegemonía local quedaba con ello saldada, el comercio se erigió como el sector más poderoso, árbitro de los problemas internos y aliado de la Corona en su propósito de obtener ingresos americanos.
Así, los hacendados serían, en primera instancia, relegados del Consulado.
Además, en esta coyuntura se habría producido un quiebre en el mismo universo mercantil en donde los comerciantes poderosos, una vez creado el Consulado, habrían subestimado el apoyo de los pequeños comerciantes y tenderos que legitimaban su proceder mediante la Junta, relegándolos de los beneficios.
En este sentido, puede pensarse que tras la creación del Consulado y de la tardía incorporación de los hacendados, estos dos cuerpos y sus elites poderosas habrían conformado, pocos años más tarde, una nueva alianza.
Las acusaciones a pulperos y mercachifles parecen ser el punto de equilibrio que permitiría ese nuevo acuerdo.
Este trabajo se propuso analizar las estrategias de los comerciantes rioplatenses agrupados en las Juntas de Comercio durante el último cuarto 88 Ibídem, f.
Ellos, en representación de cada sector, se atacaban mutuamente y entrecruzaban sus amenazas.
JAVIER GERARDO KRASELSKY del siglo XVIII.
La elite mercantil que controlaba dicho ámbito de negociación y que representaba al conjunto de los comerciantes ante la Corona y el resto de las corporaciones motivó con mayor énfasis desde principios de la década de 1790 la conformación del Consulado para resguardar su hegemonía regional y privilegios económicos.
Desde 1779 y hasta 1794 los comerciantes poseyeron una estructura permanente de representación compuesta por apoderados que tenían como función proteger los intereses colectivos y gestionar, con ese fin, las medidas resueltas en la Junta.
Estas Juntas y su organización política constituyeron un espacio reconocido por las autoridades reales y consensuado por la comunidad mercantil en su conjunto.
Las primeras aceptaban y reconocían esta organización para obtener, mediante su alianza con los sectores poderosos locales, ingresos monetarios y la conservación de su autoridad nominal en territorios tan lejanos al control directo.
De este modo, la Corona estimulaba la corporización de los sectores de poder para negociar a través de ellos los beneficios y mutuas contraprestaciones.
Los comerciantes locales aceptaron esta propuesta, conformando en primera medida su organización semiformal desde 1779, y posteriormente negociando la institucionalización del Consulado plasmada en 1794.
Por otra parte, la comunidad mercantil aceptaba y legitimaba las Juntas de Comercio y su organización permanente, ya que de este modo podía obtener beneficios laterales, como por ejemplo dilaciones en el pago de impuestos.
Es decir, los comerciantes como conjunto constituían un cuerpo con su propio margen de poder que, lejos de estar subordinado al poder central, podía negociar sus beneficios y lealtades.
La fundación del Consulado de Comercio puede entenderse en este contexto de negociación entre la Corona, necesitada de ingresos, y el cuerpo mercantil que controlaba los intercambios regionales y poseía la capacidad de obtener recursos del resto de la comunidad.
Han sido analizadas asimismo las razones por las cuales las Juntas de Comercio y su estructura permanente, como organización mercantil exitosa, fueron transformadas en la institución legal del Consulado.
Los comerciantes locales impulsaron la formación del Consulado en una coyuntura en la cual su hegemonía regional estaba amenazada por otros actores poderosos.
Mediante Juntas y representaciones, el cuerpo mercantil elaboró estrategias para resguardar su posición tanto de los comerciantes del Consulado de Lima, como del gremio de los hacendados.
De este modo, este trabajo ha demostrado que la conformación del Consulado fue la consecuencia tanto de las iniciativas monárquicas para resignificar sus relaciones con los súbditos locales, como de las estrategias de los comerciantes rioplatenses que buscaban obtener ventajas para consolidar su posición económica.
Así, por un lado, la competencia por los mercados interiores agudizó tensiones y competencias jurisdiccionales con el Consulado de Lima y esta tensión ocasionó rivalidades que estimularon a los comerciantes locales a solicitar la formación de un cuerpo legal y autónomo.
De hecho, estos últimos, obligados a descontar de sus ingresos mercantiles ciertos derechos a favor del Consulado de Lima, comenzaron a pedir cada vez con mayor ímpetu la fundación de su propio Consulado.
En este sentido, el propósito de los comerciantes locales era tanto desplazar al comercio limeño de su rol dominante, como generar un lazo de unión directa con la Corona que les asegurara sus ventajas económicas.
Por otro lado, la amenaza de distintos cuerpos constitutivos de la sociedad como los hacendados, que les disputaban la comercialización de cueros y la hegemonía regional, constituyó otro de los factores que estimularon a los comerciantes a gestionar la institucionalización del cuerpo mercantil.
Los segundos consideraban que los hacendados, por su creciente importancia, buscaban desplazarlos de su lugar privilegiado para obtener mayores beneficios.
En este conflicto con el gremio de hacendados, el comercio obtiene la victoria que le permite seguir hegemonizando los mercados locales y las redes de intercambio.
Es decir, los comerciantes, al menos en esta época, continuaron siendo el sector prioritario con quien la Corona tuvo que negociar.
91 En este sentido, puede arriesgarse que sólo desde 1797 se produjo la unificación de intereses entre sectores conflictivos y poderosos de hacendados y comerciantes en el Consulado de Comercio.
Este nuevo vínculo habría significado el desplazamiento de la alianza inicial entre la elite mercantil y el resto de los comerciantes por otra alianza que incluía a los sectores de poder antiguamente enfrentados.
Estas dos razones son, en mi opinión, las que motivaron a los comerciantes a agudizar su estrategia de corporización instituida informalmente en 1779 con el establecimiento de apoderados permanentes.
En este senti-91 Esto plantearía una mayor autonomía de los comerciantes en su relación con la Corona, que superaría su condición de meros agentes del poder real.
JAVIER GERARDO KRASELSKY do, la propuesta inicial borbónica de fortalecimiento del Estado y la rearticulación de los canales de diálogo respecto a los actores locales fue aceptada y potenciada por sus sectores mercantiles que buscaban no sólo lograr nuevas ventajas, sino no perder las ya obtenidas.
Su elite mercantil fue quién dominó estas Juntas y estimuló, cuando fue necesario, la institucionalización de su corporación mediante el Consulado.
Las Juntas, entonces, fueron medios en los cuales se desarrollaron las estrategias de los actores mercantiles.
Fueron instrumentos exitosos de acción reconocidos por la Corona y el resto de los actores de la sociedad de Antiguo Régimen.
Los comerciantes locales, como consecuencia de sus experiencias políticas y prácticas consuetudinarias, apelaron a estos mecanismos como forma de establecer un canal de diálogo con el rey.
La creación del Consulado de Buenos Aires fue entonces la consecuencia de la rearticulación de las relaciones entre la Corona y las elites mercantiles que aseguró, al menos por un tiempo, beneficios mutuos.
Así, sólo cuando los intereses de los actores poderosos locales estuvieron en juego, se impulsaron estrategias para fortalecer el cuerpo mercantil y la hegemonía de quienes controlaban las Juntas.
Con ello Corona y cuerpo mercantil negociaban los términos de su vínculo, conservando el equilibrio que permitía a unos y a otros alcanzar sus objetivos. |
La evolución política de las naciones latinoamericanas ha estado signada secularmente por la inestabilidad.
Las continuas rupturas de los procesos consti tucionales han vulnerado la estabilidad jurídica necesaria para el desarrollo eco nómico.
Por este motivo, el estancamiento actual de los países latinoamericanos se encuentra estrechamente ligado a su crónica inestabilidad institucional.
Tenien do en cuenta estos elementos, el presente trabajo se ha centrado en la República Argentina, tomando como caso referencial el comportamiento de las élites políti cas en la provincia de Mendoza, entre 1890 y 1905.
La muestra resulta apropia da por reunir las contradicciones existentes en todo el país en un caso acotado, diáfano y representativo.
Los estudios de las élites ocupan actualmente un lugar prefe rencial en las ciencias sociales.
Durante décadas, los investigadores habían procurado explicar la evolución de la Historia en términos de lucha de clases; hicieron especial hincapié en la estructura eco nómica para analizar a partir de allí las grandes transformaciones políticas.
No obstante, los referentes empíricos plantearon una serie de límites a este punto de partida; fue preciso entonces enriquecer y ampliar la base teórica para resolver los nuevos problemas.
A tal fin, se produjo un reflorecimiento de las teorías de élites.
1 En las décadas posteriores quedaron un tanto relegados, para reaparecer con fuerza en los'80.
Las tendencias de los'90 parecen ratificar esta línea, con los nue vos estudios de Burton y Higley, a quienes se sumó Field, y las crí ticas de Lachmann (1990) y Cammack (1990).
2 Las nuevas propuestas difieren en su definición de élite.
La línea de Burton y Higley propone una definición amplia, incluyen do en la élite a "personas que en virtud de su autoridad en organi zaciones dotadas de poder y movimientos de cualquier clase, son capaces de afectar las realizaciones políticas regular y sustancial mente".
3 Para Lachmann, en cambio, "una élite puede ser definida como un grupo de gobernantes con capacidad de apropiación de los recursos de los sectores no pertenecientes a la élite que pertenecen a un aparato de organización distinto ( distinct organizational appa ratus) ".
4 En este trabajo seguimos la propuesta de Higley y B ur ton, para englobar dentro de la categoría de élites a los sectores conservadores y las dos alas de la Unión Cívica Radical (UCR).
La propuesta de Lachmann no permitiría incluir el ala lencinista del ra dicalismo, y abriría un fecundo camino de interpretación pero des de otro ángulo, como veremos más tarde.
Uno de los problemas que la teoría de las élites propuesta por Higley y Burton procura abordar, es el fracaso de la instalación de regímenes estables en Latinoamérica.
Los autores citados indican que la estabilidad o inestabilidad de un régimen no depende tanto del grado de industrialización, como de la capacidad de las élites por acordar reglas de juego político claras y estables, fenómeno que cristaliza en la "unificación consensuada".
5 En la primera etapa de La unificación por "establecimiento" surge cuando "algunas de las facciones en pugna, súbita y deliberadamente reorganizan sus relaciones negociando compromisos sobre sus desacuerdos básicos; consecuentemente, logran una unidad consensuada y echan las ba ses para un régimen democrático estable".
6 Por su parte, la segun da clase de unificación se desruarolla en dos etapas.
La primera surge cuando algunas facciones en pugna ingresan en forma sostenida en una política de colaboración pacífica en la política electoral para movilizar una amplia mayoría electoral; por ello, ganan las eleccio nes reiteradamente y protegen sus intereses mediante el dominio del poder ejecutivo.
En la segunda etapa, "la principal facción oposito ra a la coalición gobernante,. se incorpora al acuerdo.
Renuncia a cualquier camino para alcanzar el poder distinto de la lucha electo ral (por ejemplo, los golpes o revoluciones), abandona algunos ele mentos ideológicos y adopta esencialmente los de la coalición ganadora.
Con este desarrollo, se crea una élite nacional consensual mente unificada y rápidamente emerge un régimen democrático estable".
7 La teoría de élites se encuentra en su etapa de desarrollo.
Una de las críticas que ha sufrido (Cammack, 1990), se fundamenta en el reducido espacio otorgado a los sectores populares como agentes de cambio.
Los defensores de la teoría de la élite indican que ésta procura enriquecer y no refutar a la teoría de la lucha de clases.
Pa ra Higley, Burton y Field, la explicación de la teoría de la élite en ténninos de slogan podría ser: "las clases presionan, las élites eje cutan" ( classes push, •elites efect).
8 De todos modos, la teoría debe aún ajustar algunas definiciones, especialmente para asumir las pe-
PABLO ALBERTO LACOSTE culiaridades de las distintas regiones.
Para el caso de Latinoaméri ca, carece todavía de una satisfactoria incorporación de los movi mientos nacionales y populares o fenómenos populistas a la lucha de la élite.
Pero justamente por encontrarse en un estadio de creci miento, resulta aún más atractivo el intento de aplicar estas teorías al estudio de un caso histórico particular.
¿Puede utilizarse la teoría de élites para analizar la evolución política latinoamericana?
¿En qué medida la inestabilidad del régi men de dicha región en el siglo XX puede explicarse a partir del mencionado marco teórico?
Los historiadores concuerdan en considerar el período 1880-1916 como la "edad de oro" del desarrollo económico argentino.
En dicho lapso se produjo la unificación del mercado interno por me dio del ferrocarril, la incorporación al mercado mundial y un cre cimiento colosal en la producción agropecuaria.
Las provincias argentinas que más se beneficiaron con este modelo fueron las del litoral, por las condiciones naturales de la Pampa y la proximidad al puerto.
Pero también le cupo un rol destacado en este proceso a provincias del interior como Tucumán y Mendoza.
Se incorporaron al modelo mediante una alianza de subordinación, que les reserva ba una tarea agroindustrial complementaria con las provincias cen trales, lo que les permitiría alcanzar también un espectacular crecimiento.
Antes de 1880, la provincia de Mendoza era un oscuro apén dice de la periferia nacional.
Su soporte económico dependía de una producción de subsistencia, combinado con el comercio de ganado con Chile.
Su rol en este comercio se limitaba a engordar en sus alfalfares el ganado proveniente de la Pampa Húmeda, para luego conducirlo allende los Andes.
A pesar de sus condiciones naturales excepcionales para el cultivo de la vid, la industria vitivinícola en la provincia prácticamente no existía.
El número de establecimien tos industriales se reducía a un par de decenas, totalmente despro vistos de tecnología moderna.
No obstante, a partir de 1880, la provincia de Mendoza expe rimentó un crecimiento sin precedentes.
La incorporación de capi tal, tecnología y mano de obra altamente tecnificada de origen 184 RADICAL EN MENOOZA ( 1890-1905) 5 europeo, transf armaron completamente la economía provincial.
Se amplió el área cultivada, crecieron las actividades financieras e in dustriales y en 1908 ya había alrededor de 1.500 bodegas.
El crecimiento económico y el aumento de población, convir tieron a Mendoza no sólo en la cuarta provincia argentina, sino en una entidad con proyección en la política nacional.
Los dirigentes mendocinos ganaron un sustancial espacio político en el poder cen tral, y éste ya no pudo ignorar a la provincia andina en la toma de decisiones.
Entre fines del siglo XIX y principios del XX, comenzaron a organizarse en Argentina los primeros partidos políticos.
Los tres más importantes fueron el partido conservador, el radical (UCR) y el socialista.
¿Qué desarrollo alcanzó cada uno en la provincia de Mendoza?
El partido socialista se organizó muy tardíamente; alre dedor de 1915 apenas logró dos cargos para la convención consti tuyente provincial; un retraso notable, dado que el socialismo de la capital federal ya había obtenido una banca de diputado nacional en 1904.
En cambio, los conservádores y los radicales mendocinos lo graron organizar partidos vigorosos, que desarrollarían una influen cia decisiva en la política nacional de esos años.
Los primeros se destacaron en el gabinete nacional, donde les cupo un rol protago nista.
Los últimos, en las luchas de la oposición.
Dado que los conservadores controlaban el poder mediante la "máquina electoral" y el fraude, el objetivo principal de la Unión Cívica Radical era la obtención de la libertad electoral.
Sus princi pales líderes, Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen, subordinaron su acción política a la obtención del objetivo final.
La falta de garan tías electorales condujo a la UCR a plantear su lucha fuera del sis tema.
Combinó la abstención electoral con la revolución armada (1890, 1893 y 1905) y después de dos décadas de mantener esta es trategia, logró su propósito con la sanción de la llamada Ley Sáenz Peña (1912).
A partir de entonces, comenzaría una nueva etapa en la vida política argentina.
¿Qué rol le cupo en la política radical de esos años a la pro vincia de Mendoza?
En la revolución PABLO ALBERTO LACOSTE de...
1890, no se produjeron hechos de sangre en Mendoza.
¿Implica esto que los futuros radicales no estaban organizados en dicha pro vincia?
Los jefes de la revolución habían dispues to que sólo se desarrollarían enfrentamientos armados en la capital federal, y que sólo en caso de llegar columnas de cívicos a las ciu dades del interior, éstas podrían sumarse al movimiento.
Por este motivo, ninguna otra provincia se sublevó, a pesar de existir grupos organizados de cívicos en Córdoba, Santa Fe y Mendoza.
¿Cuál fue entonces el rol de estas provincias?
Simplemente, preparar el am biente político en contra del gobierno y..colaborar de alguna mane ra 1n los preparativos. bélicos de Ja capital federal.
En términos militares, el radicalismo mendocino marcó su pre sencia en la conducción de la revolución, dado que la comandancia de artillería le fue confiada a uno de sus líderes, Ricardo Day.
Pe ro el rol más significativo se jugó en Mendoza, especialmente con los actos de oposición al régimen y con la adhesión masiva de di rigentes provinciales a la Unión Cívica, en los meses inmediatamen te anteriores a la revolución del Parque.
Pero la relevancia nacional de la UCR mendocina fue aún ma yor en 1905.
La revolución de ese año se había preparado para es tallar en Buenos Aires, Santa Fe, Bahía Blanca, Córdoba y Mendoza.
En las tres, primeras fracasó rápidamente.
En Córdoba alcanzó ma yor magnitud, donde incluso se capturó al vicepresidente de la Nación.
Pero en Mendoza el triunfo fue completo.
El levantamien to se verificó en casi todos los departamentos de la provincia, con la decisiva participación de los civiles.
El gobernador debió entre garse, al igual que las unidades de ejército y policía.
El líder del movimiento, José Néstor Lencinas, fue nombrado gobernador revo lucionario.
No obstante, el fracaso del levantamiento en las restan tes regiones del país precipitó la represión del intento mendocino por medio del ejército regular, enviado desde Córdoba, San Luis y San Juan.
A pesar de la derrota militar, la revolución radical de 1905 en Mendoza tuve consecuencias decisivas para la evolución política na cional.
En 1906, al debatirse la ley de amnistía, los propios conser vadores justificaron la actitud de los rebeldes.
La proyección de la acción política mendocina revela la impor tancia de nuestro objeto de estudio.
¿Era el mismo grupo o se trataba de dos facciones diferentes?
¿Qué relación man tenían con los conservadores?
¿En qué medida la unificación o des unificación de las élites radicales y los conservadores afectaron a la inestabilidad del régimen político argentino en el siglo XX?
El eje del trabajo se encuentra en un rastreo de la trayectoria de ambos grupos.
La firma del documento de la Unión Cívica en junio de 1890 y la lista policial de presos y exiliados tras la revo lución de 1905, suponen la materia prima del estudio.
Resta contex tualizarla, procesarla y cotejar sus números finales con la teoría de las élites.
el creciente respaldo obtenido en algunos medios de prensa, como HLa Nación".
En Mendoza, la oposición se manifestó frontalmente en marzo de 1890.
Un grupo de intelectuales, vinculados al Colegio Nacional logró el respaldo de un sector empresarial para fundar "El Debate".
Con la dirección responsable de Eduardo Teissaire y Juan de Ro sas, el diario se distinguía por las plumas de Agustín Alvarez, Héctor Villars y Julio Leónidas Aguirre, que publicaban notas severamen te críticas al gobierno.
En esos días, el oficialismo organizó la visita proselitista a Mendoza de Cárcano, candidato a suceder a Juárez Celman, acom pañado por Marcos Juárez, hermano del presidente y gobernador de Córdoba.
Las cúpulas conservadoras de Mendoza se aprestaron a brindar una cálida recepción a los visitantes.
No obstante, las cosas resultarían muy distintas.
En efecto, al llegar a Mendoza, la comi tiva oficial fue ampliamente repudiada por grupos de estudiantes del Colegio Nacional.
El gobierno de Mendoza intentó controlar la si tuación, pero sin éxito.
A los silbidos siguieron pedradas y la repre sión policial arrojó un saldo de diez heridos y medio centenar de jóvenes arrestados.
10 Las autoridades provinciales habían sido humilladas, y procu raron tomar medidas enérgicas para congraciarse con el presidente de la nación.
Entre los detenidos estaba Héctor Villars, a quien se acusó de agitar los ánimos de la juventud estudiantil.
El gobernador Guiñazú elevó una nota al ejecutivo nacional, solicitando la expul sión de Villars de sus cátedras, 11 y la medida fue tomada inmedia tamente, con la firma del propio Juárez Celman.
Con estas medidas, el "Unicato" calculaba intimidar a la oposición.
No obstante, el efec to fue justamente el opuesto.
Agustín Alvarez publicó en "El De-bate" una carta abierta a Villars, donde afirmaba "lo felicito y lo envidio".
Una pieza extensa, incisiva, audaz; la versión cuyana del HTu quoque juventud" de Barroetaveña.
12 El gobernador insistió con su táctica represiva.
Solicitó al presidente nuevas medidas de "lim pieza" en el Colegio Nacional, 13 y encarceló a los directores de �'El Debate".
14 12 La nota Tu quoque juventud, publicada en "La Nación" en agosto de 1889, fue un símbolo de la oposición frente a los excesos de verticalismo del gobierno juarizta y pu so en marcha un mecanismo de insospechadas consecuencias.
En cierta forma, un rol equi valente le cupo a la carta de Agustín Alvarez ("'El Debate", 20 de mayo de 1890, pág. 1 ), expresada en los siguientes términos: "Mendoza. mayo 18, 1890.
Sr. Héctor M. de Villars: Mi estimado amigo: Acabo de ver en'"El Debate" de hoy que el Dr. Juárez le ha hecho el insigne honor de destituirlo de las cátedras de Latín y Francés del Colegio Nacional y Es cuela Normal.
Lo felicito y lo envidio.
Me consta perfectamente que era Ud. en el Colegio donde he tenido hasta ayer el honor de ser su colega. el más competente y puntual de los profesores, como me consta también que la participación que tuvo en la silbatina de los es tudiantes a Marcos Juárez consistió en defenderlos de los balazos y garrotazos que sobre ellos llovieron y que esto lo hizo en su calidad de ciudadano independiente y en la calle, donde según tengo entendido, no rige el reglamento del Colegio.
Puedo agregar que ha habido profesores que faltaban al 80 % de las clases y que a nadie se le ocurrió "que no reunían las condiciones indispensables para ejercer las funciones de profesor" como dice el decreto de su honorable destitución.
Estos antecedentes me habi litan pues para traducir al castellano la mencionada frase y decir, llamando a las cosas por su nombre, que "Ud. no reúne el servilismo indispensable para ejercer las funciones de pro fesor".
El presidente no ha destituido jamás a ningún partidario incondicional del jefe único del PAN, por más irreversible e indigno que haya podido ser, y en cambio se ha hecho un deber de patriotismo en destituir a todos los empleados que se permitieron el lujo de lo pro hibido, es decir, dignidad política.
Cuando un jefe único de un partido que ejerce un cargo público, destituye a un empleado honrado porque es independiente de su jefatura política, el decreto respectivo es una patente de independencia.
Como Ud. sabe, ya no soy sargento mayor, empleo que perdí por declinar una excur sión a Tierra del Fuego que me proyectó S. E. el Único a pedido de algunos amigos míos, que me atribuían el honrosísimo cargo de ser corresponsal de El Diario de Buenos Aires.
He aplaudido la silbatina estudiantil porque demostró que en Mendoza, los Jóvenes por lo menos son capaces de proceder desinteresadamente y porque quebró el prestigio vir gen del caudillo de la taba, representante genuino de la civilización pastora que tan ingratos recuerdos nos ha dejado con Rosas, Facundo y El Chacho y que hoy amenaza hacer retro gradar en 50 años la cultura argentina".
13 Lacoste, Pablo: Me' ndoza y la Revolución del Parque.''TEH", XXIV.
14 "El Debate", 27 de marzo de 1890, pág. l, denunció que sus directores fueron agredidos y presos por el gobierno.
Eduardo Teissaire, uno de los directores, se erigiría años más tarde en el principal operador político de José Néstor Lencinas.
Al llegar éste al sillón de San Martín ( 1918-1920), Teissaire ocuparía el estratégico ministerio de gobierno.
Su fi gura simboliza no sólo la relación entre los sucesos del'90 y el radicalismo lencinista de los 1920, sino también entre ambos eventos con el peronismo.
Si bien el fenómeno populista de
Los ataques del gobierno no hacían más que multiplicar el pres tigio de los opositores.
Poco después (15-6-1890) se firmó el Acta de la Unión Cívica de Mendoza, respaldada por tres centenares de dirigentes.
La nueva agrupación incluía intelectuales, miembros de la élite y sectores de la Iglesia -hasta el obispo de Mendoza fir mó el Acta.
15 Después de la revolución de julio, la Unión Cívica multiplicó su espacio político, es12ecialmente con la incorporación del "Club Cívico de los Artesanos".
Este núcleo se había organizado en 1883 para servir como clien tela electoral y definir contiendas entre facciones conservadoras.
Un caso típico en las luchas de élites, donde una de las facciones en pugna procura el respaldo de las no-élites para vencer a sus adver sarios.
Pero algunos líderes conservadores reaccionaron con descon fianza.
Intuyeron el peligro potencial que conllevaba la existencia de una organización de este tipo, pues en un futuro podía adquirir autonomía y tornarse incontrolable para la élite.
Por este motivo pro curaron desmantelar el Club de Artesanos, pero sus intentos fraca saron, y en 1890 la organización se incorporó a la Unión Cívica.
16 Después de la revolución de 1890, el oficialismo encontraba cada vez más dificultades para controlar la situación.
En un inten to desesperado, Guiñazú entregó el ministerio de Gobierno al cívi co Julián Barraquero, quien lo asumió con la expresa condición de cumplir el programa de su partido.
Sus reformas no fueron acepta das, y en pocas semanas Barraquero renunció.
El gobierno de Gui ñazú se desmoronó irremediablemente, y debió presentar su renuncia.
La legislatura designó en su reemplazo a Pedro Nolasco Ortiz (oc tubre de 1891 ).
Poco después, el nuevo gobernador giró hacia el ra dicalismo.
Prácticamente todos los cargos claves fueron controlados entonces por los cívicos radicales.17 Incluso en enero de 1892, el mismo gobernador se adhirió públicamente a la Unión Cívica Radical.
18 El gobierno impulsó amplias reformas, y los conservadores so licitaron la intervención federal.
A lem viajó a Mendoza, y encabe zó un plan para armar la provincia con armas chilenas y resistir la intervención por la fuerza.
Per� Roca organizó todos los pasos des de el ministerio del Interior, y el interventor Uriburu logró asumir el gobierno de Mendoza sin derramamiento de sangre.
19 Uriburu analizó cuidadosamente la situación, e informó a Ro ca de la amplia superioridad política de los cívicos, criterio admiti do también por otros líderes conservadores de Mendoza como Civit.
20 A par tir de este diagnóstico, el oficialismo debía negociar con los cívicos radicales desde una posición de inferioridad.
Esto se refle jaría en las candidaturas para las elecciones de diputados naciona-les y electores presidenciales de abril de 1892.
21 Los términos del acuerdo indican la posición de fuerza desde la cual cada sector se sentó a negociar.
Los radicales se aseguraban sin lucha el diputado nacional y 5 electores presidenciales; los conservadores apenas pu dieron negociar los últimos términos de la lista, justamente aquellos más difíciles de imponer.
En los comicios triunfó la lista mixta de electores presidencia les de la alianza.
El radicalismo obtenía cinco votos para Bernardo de Irigoyen, y los conservadores lograban otro tanto en favor de Luis Sáenz Peña.
Mendoza había sido el distrito donde la UCR realizó su mejor elección, justamente cuando el candidato conserva dor obtuvo el 95 % del colegio electoral (el mayor porcentaje de electores de la Historia Argentina, como señala Botana).
Además, Agustín Al varez, el perseguido de la víspera, el presidente de la Unión Cívica, se aseguraba una banca en el Congreso de la Nación.
Dado que tanto la conducción de la lista triunfante como las oposi toras eran radicales, se calculaba que en breve, el nuevo partido asu miría el control político de la provincia.
No obstante, este fenómeno recién se produciría casi tres décadas más tarde.
En 1892 los radicales eran mayoría absoluta en la provincia pero recién llegaron al poder en 1918.
Esto se debió fundamental mente a dos motivos: la división del partido y la habilidad de los conservadores para cooptar al ala radical más próxima a su línea política.
¿A qué se debió la división radical?
El sector liderado por Agustín Alvarez controlaba el aparato del partido.
Su criterio político básico consistía en el respeto al sistema vigente ante todo.
En el lado opuesto se ubicaba el radi-LA UNIÓN CÍVICA RADICAL EN MENDOZA ( 1890-1905) ] 3 calismo "rojo", liderado por Lencinas.
Este grupo representaba a otros sectores sociales y mostraba un cierto desdén por el armazón jurídico.
Durante su fugaz gobierno de fines de 1891, el Iencinismo ig noró una serie de límites legales, por considerarlos ilegítimos.
Por ejemplo, rechazó las atribuciones de la legislatura, alegando su ori gen fraudulento.
Se allanaron domicilios sin orden judicial, para desmontar arsenales privados y dispersar indios cautivos.
Se agre día físicamente a los opositores y se ingresaron armas chilenas pa ra intentar resistir la intervención federal.
El sector de Lencinas incluía grupos que hasta entonces no habían participado de la vi da política.
La mayor parte provenían del Club de Artesanos y se jactaban de despreciar las estructuras jurídicas vigentes.
En cierta forma, los lencinistas ya se perfilaban como un incipiente movi miento populista.
El ala de Agustín Alvarez, en cambio, admitía la legimitidad del orden vigente, y condenaba l_ os desbordes lencinistas.
Estas di ferencias se verificaron con nitidez durante el gobierno de Ortiz.
Lencinas dirigía "La Reforma", diario que pensaba convertir en una base de acción para impugnar el orden conservador.
Solicitó para ello respaldo a los intelectuales del partido, especialmente a Villars, pero éste se negó sistemáticamente a colaborar.
22 Además, cuando el gobierno de Ortiz apeló a medidas que violaban la constitución, los radicales moderados renunciaron a sus cargos y se sumaron a la oposición.
23 La expulsión de Lencinas del partido fue un episodio más de este conflicto.
El sector de Alvarez controlaba el aparato partidario y entendía que era imposible la comunicación con Lencinas.
Por este motivo, el comité provincial tomó la trascendental decisión de expulsar al caudillo del radicalismo.
Pero el efecto fue justamente el opuesto.
El movimiento popular, incluyendo al Club de Artesa-nos, se fue con Lencinas.
24 El oficialismo del partido se quedó con la burocracia partidaria, una forma vacía de contenido.
Según los analistas conservadores de la época, los dirigentes del comité pro vincial de la UCR, presentaban el cuadro de uel estado mayor de un ejército que ya no existe".
25 A la ruptura con el movimiento siguió el entendimiento de los radicales azules con los liberales.
Los radicales que respondían a Agustín Alvarez se alejaron de Lencinas y fueron a negociar con sus enemigos de la víspera para así vencer a sus correligionarios.
Entre febrero y abril de l 892 cristalizaba entonces el "pacto liberal-radi cal".
No habían pasado dos años del frontal enfrentamiento de Agus tín Alvarez con los hombres de "el régimen".
La prensa ridiculizó este rápido giro, de aquél que había sido el ídolo de la juventud, y ahora negociaba su respaldo a la élite a cambio de una diputación.
26 Después de la elección citada de 1892, los caminos se abrie ron definitivamente para los radicales.
El movimiento que respondía a Lencinas pasó a la abstención públicamente a partir de septiem bre y reaparecía en la arena política en la revolución de 1905.
27 Por su parte, el sector de Alvarez inició un largo camino de alianzas con los liberales.
Antecedentes políticos de los cívicos del'90
Para ponderar la evolución del grupo cívico posterior a 1890, conviene tener en cuenta la trayectoria anterior de sus miembros.
Para ello es preciso dilucidar su participación en eventos políticos representativos a favor y en contra del sistema.
El hecho político de impugnación del sistema más importante, había sido la revolución de los Colorados de 1866-1867.28 ¿Qué rol le cupo en ella a los cívicos?
¿En qué medida los hombres del '90 estaban vinculados con los Hcolorados"?
Tras realizar el cruce de los revolucionarios de 1866 con los fundadores de la Unión Cívica de 1890, los contactos que aparecen son muy aislados.
Apenas cuatro dirigentes tomaron parte en ambos eventos, a los que se les podría agregar dos parejas de padre e hi jo, presentes en ambos hechos políticos.29 Pero de todos modos, los números no alcanzan para demostrar contacto directo considerable.
El análisis de la participación de los cívicos dentro de las estructu ras de poder del "régimen", muestra en cambio el fenómeno con trario.
Tomando en cuenta el período 1880-1890, los cívicos habían ocupado diversos cargos, incluyendo 29 diputaciones provinciales, una nacional, 6 intendencias, 5 ministerios, tres jefaturas de policía y 8 puestos de elector de gobernador (cuadro I).
Los 52 cargos ocu pados, reflejan que un cívico de cada 5,5 ya había ocupado un pues to gubernamental en la década anterior.
Por otra parte, dirigentes clave de la Unión Cívica habían mi litado en la primera línea del "juarizmo".
30 Además, la vinculación de los cívicos con el "régimen" se descubre también al considerar PABLO ALBERTO LACOSTE los apellidos de los firmantes del acta cívica.
En efecto, aparecen reiteradamente los miembros de las familias tradicionales, como Gue vara, Godoy, Villanueva, Videla, Lemos, Ortiz, Moyano, Segura, Al varez, etc. Descendían de los segundones de la nobleza española, que se habían instalado en Mendoza entre los siglos XVI y XVII, y disponían de un amplio poder político y económico.
31 Por lo tanto no se trataba de la incorporación de un sector nue vo a la vida política.
El grupo era más bien una escisión dentro de la propia oligarquía, antes que la irrupción de sectores nuevos en la escena política.
Los primeros cívicos no se distinguían del oficialis mo en cuanto a extracción social u origen familiar.
Pero su discur so cuestionaba algunos aspectos de las prácticas políticas vigentes, y a partir de entonces, se convirtieron en agentes del cambio.
Los cívicos del'90: pautas de cooptación
Después de 1890, el entendimiento de los "cívicos de la pri mera hora" con los liberales presentó innumerables alternativas du rante cerca de dos décadas.
No nos detendremos en las negociaciones particulares, que ya hemos analizado en otra parte.
32 Nuestro obje tivo es analizar cuantitativamente el fenómeno global, es decir, la inserción de los cívicos en el sistema con posterioridad a la organi zación de su movimiento.
Como en el apartado anterior, se debe considerar la participa ción de los firmantes del acta del'90 tanto a favor como en contra del régimen conservador.
Para el primer punto, consideraremos la presencia de los miembros del grupo en la revolución de 1905, mien tras que para el segundo, analizaremos los cargos políticos ocupa dos en las décadas posteriores al'90, especialmente hasta 1905.
Al igual que lo sucedido en el levantamiento de los Colorados, la participación de los cívicos del'90 en la revolución de 1905 fue mínima.
Apenas seis dirigentes estuvieron en ambos eventos.
33 Tres de ellos fueron altos dirigentes de la revolución de 1905, pero se trata nuevamente de casos aislados.
Análogamente a lo verificado en el caso de los Colorados, no puede hablarse de un vínculo sig nificativo entre el movimiento de 1890 y la revolución de 1905.
In clusive en el episodio de diciembre de 1891, sobre los 50 firmantes de la expulsión de Lencinas de la UCR, 24 habían participado tam bién en la fundación de la Unión Cívica en 1890, especialmente los que entonces habían figurado en la conducción.
34 Analizando los cargos ocupados por los primeros cívicos des pués de 1890, aparece nuevamente el fenómeno anterior, pero esta vez mucho más pronunciado.
Los firmantes del acta ocuparon en tre 1880 y 1905 un número de cargos considerable, entre ellos 43 bancas en la legislatura provincial, 9 en el Congreso, 13 inten dencias, 3 gobernaciones, 13 ministerios, 4 jefaturas de policía, 14 cargos de electores para gobernador y 8 presidentes ( cuadros II y 111).
Si en el apartado anterior se puso en claro que los cívicos no eran sectores políticos nuevos, en el presente se demuestra que a partir de 1890 su participación en el régimen no sólo se mantuvo, sino que se incrementó.
El cuadro IV compara ambas etapas, y aun que tiene en cuenta las proyecciones relativas para compensar las diferencias cronológicas, demuestra que la presencia de los cívicos en el poder se incrementó a partir de 1890.
En el período anterior, los cívicos habían ocupado diversos cargos, pero sin alcanzar el primer plano como harían a partir de 1890.
En el decenio anterior, no ubicaron a ningún senador nacio nal ni alcanzaron nunca la gobernación.
El último caso resulta especialmente ilustrativo del fenómeno.
Jacinto Alvarez fue el primer presidente de la Unión Cívica de Mendoza, y en calidad de tal aparece en la famosa acta de 1890.
Hasta entonces no ha bía cumplido una labor relevante en el sistema, pero a partir de ese momento comenzó una espectacular carrera.
Renun ció a su banca para asumir la vicegobemación, y de ésta pasó al sillón de San Martín por renuncia de Emilio Civit.
Y al finalizar su mandato como gobernador, fue consagrado senador nacional por Mendoza (l 901-1910).
A partir de los datos analizados, queda de manifiesto que la Unión Cívica no sólo fue una rama desprendida del trono conser vador, sino también un excelente canal de ascenso en el poder po lítico.
Dado que los fundadores de la Unión Cívica eran 291, resul ta que se distribuyeron más de dos cargos cada tres dirigentes.
Tras dejar en claro la proximidad de los conservadores con los cívicos del'90, y la distancia de éstos con los revolucionarios de 1905, resta cerrar el triángulo por la base.
Para ello resulta necesa rio un análisis paralelo, pero sobre los protagonistas de los sucesos de 1905.
¿Cuál era el background político de los revolucionarios de 1905?
Entre los cargos ocupados entre 1880 y 1905 en la estructu ra política del régimen conservador vigente, verificamos cinco in tendencias, una diputación provincial y un cargo de elector de gobernador.
Esto implica menos de un cargo por cada veinte diri gentes de la revolución de 1905.
35 Los cargos ocupados por el grupo se pueden dividir, según el momento de que se trate, en tres tipos.
Entre 1880 y 1890, cuando se iniciaron en la actividad política, y acataban las reglas de juego del régimen ocuparon cuatro cargos.
A partir del lanzamiento de la abstención de aquel año, sólo desempeñaron dos cargos más.
En líneas generales, la participación de este grupo en la es tructura política conservadora fue muy reducida.
Al contrario, aparecen reiteradamente en la cárcel por motivos políticos y per seguidos por la justicia, inclusive en pleitos de índole económica.
¿Hubo mayor relación entre este grupo y los revolucionarios de 1866?
Ambos eventos tuvieron lugar en ciclos vitales distintos, y por tanto, las posibilidades de participación en ambos por parte de un mismo protagonista, son sumamente reducidas.
Sólo se registra ron cuatro casos.
36 Pero hay otros elementos dignos de considera ción.
Por un lado, la coincidencia entre las críticas conservadoras a ambos levantamientos: "el populacho sublevado" en 1866; "di rección anónima" en 1905.
Por otra parte, aparecen algunos diri gentes claves en ambos momentos, como Manuel Olascoaga.
Jefe militar de la revolución colorada de 1866, militó en el radicalismo "rojo" entre 1890 y 1892; al ser expulsado Lencinas del radicalis mo, Olascoaga siguió su suerte y formó parte de la conducción radical intransigente.
Su edad avanzada le obligó a alejarse de la política activa, pero continuó su lucha con la pluma y en 1904, en vísperas de la revolución, publicó El Club de Damas, novela de ficción que analiza críticamente la situación política de Mendoza y justifica ideológicamente la revolución.
Los revolucionarios de 1905 opu sieron siete cargos oficiales, a cuatro lugares de conducción en los Colorados y seis en el acta de 1890.
En el primer grupo, la propor ción en• favor del sistema es ampliamente superior; por cada actitud en contra, 18 a favor; en cambio, entre los revolucionarios de 1905, las diez posiciones fijadas en contra del sistema superan a las siete de participación en el régimen.
Los apellidos involucrados en la revolución de 1905 también se diferencian de los del'90 por no pertenecer a las familias tradi cionales.
Esta diferencia entre ambos grupos también se ratifica por el análisis de la extracción socioeconómica de los revolucionarios de 1905.
En su inmensa mayoría provenían de las clases trabajado ras, y en contados casos se registró algún profesional o propietario relativamente significativo.
La ruptura de diciem bre de 1891, donde la élite radical expulsó al líder carismático del partido, parece haber mantenido su vigencia en el tiempo.
El Club de Artesanos y las bases del interior de la provincia que siguieron entonces a Lencinas, reaparecen bajo su conducción en la revolu ción triunfante de 1905.
En el terreno ideológico también había fisuras entre ambos gru pos.
Los radicales moderados contaban con más intelectuales, como Barraquero y Alvarez, mientras que las ideas del ala populista se guían la línea más tradicional de Olascoaga y Lencinas.
Agustín Alvarez determinó una línea de ruptura con la figura de los caudillos y la tradición cultural religiosa.
Anticlerical de la 200 talla de Voltaire, culminó en lo personal por incorporarse a la ma sonería en 1905.
En materia política, Alvarez creía en la trans formación del sistema por evolución; rechazó la abstención revolucionaria de 1892, ocupó una banca de diputado nacional has ta 1896, y luego fue nombrado en distintos cargos.
En 1905 estuvo con los leales, y le cupo la responsabilidad de ser juez en el Con sejo de Guerra Especial que juzgó a los revolucionarios.
El órgano oficial del radicalismo azul de Mendoza, "El Comer cio", mantenía esta misma línea.
Medularmente anticlerical, dedica ba una columna diaria especialmente a criticar a curas, prelados, obispos y papas, especialmente de la Edad Media.
Admitía la exis tencia de los fraudes electorales, pero se negaba a la abstención y criticó duramente a la revolución de 1905.
El otro intelectual de los radicales azules era Julián Barraquero.
Inicialmente se había enrolado en el krausismo, y conforme a dicha corriente elaboró su tesis doctoral ( 1879).
En dicho trabajo -pri mera obra escrita importante del krausismo argentino según Roig Barraquero reivindicaba la libertad de sufragio universal, incluyendo a la mujer.
Pero con el andar del tiempo, su posición fue girando hacia posiciones más conservadoras, y su proyecto de constitución provincial de 1895, sancionado con el acuerdo de conservadores y radicales azules, imponía el sufragio calificado en la provincia de Mendoza.
En la orilla opuesta, los radicales "rojos" presentaban un pro grama diferente tanto en materia religiosa y cultural, como política.
Convenían en una crítica a la burocracia clerical, pero sin agredir el sentimiento religioso en sí mismo.
Olascoaga, en El Club de Da mas hace aparecer a un santo sacerdote, que se opone a las conni vencias de las cúpulas clericales con los conservadores.
Lencinas concluyó el manifiesto revolucionario de 1905 con una reivindica ción de la dimensión espiritual (¡el radicalismo es Dios, Patria y Li bertad!), pero más tarde también respaldó la Reforma de 1918, que pugnaba por liberar a la Universidad de la tutela clerical y reaccio naria.
En materia política, tanto Olascoaga como Lencinas descono-
cían el armazón jurídico conservador.
La constitución y la ley ha bían ignorado a los sectores que ellos representaban, y por lo tanto ellos ignoraban las formas constitucionales.
Por este motivo, ningún intelectual de este sector criticaba a los caudillos federales en sus discursos.
Hacia fines de los'80, el grupo hegemónico de la élite no fue capaz de incorporar a las demás facciones al régi men, y surgió una amplia oposición.
La Unión Cívica irrumpió en la vida política de Mendoza con la fuerza de un alud arrollador, Pre sentó una oposición frontal, intransigente y audaz que penetró en distintos ámbitos de la sociedad.
Entusiasmó a la juventud estudian til, consolidó un periódico que desplegaría una amplia influencia, y atrajo al respaldo de los distintos sectores.
La acumulación de po der se convirtió en un proceso imparable, y en pocos meses, la si tuación política de la provincia parecía caer en sus manos como una fruta madura.
Los cívicos de Mendoza eran una facción más de la élite, y su objetivo no era transformar el régimen.
Cuando habían acumulado suficiente fuerza, procuraron volver a unirse con las demás faccio nes, pero con aspiraciones hegemónicas.
Comenzó un intento de uni ficación por "transformación en dos etapas".
El acuerdo de un ala de la UCR con las facciones conservadoras, podía echar aparente mente las bases de un régimen estable.
Podían seguir dos caminos alternativos.
O bien, la coalición se consolidaría con el tiempo, y los radicales rebeldes se unirían tam bién, con lo que se lograba el segundo paso de la transformación, o bien éstos persistían en su estrategia anti sistema.
Pero la coali ción despreció en cierta forma la necesidad de incorporar a los ra dicales intransigentes.
Sus exigencias de libertad electoral no sólo fueron ignoradas, sinQ que las facciones aisladas sancionaron el voto calificado en la Constitución Provincial de 1895.
Los radicales len-cinistas no estaban dispuestos a aceptar estas reglas de juego y la revolución de 1905 demostró el fracaso del acuerdo de 1891.
Probablemente, la resistencia conservadora a abrir nuevos canales de participación.
Como el aprendiz del brujo, los cívicos de la primera hora ad virtieron pronto que no podían controlar el movimiento que habían puesto en marcha.
Era preciso detenerlo de alguna manera, y en su desesperación, debieron invertir totalmente los roles.
Se incorpora ron al sistema y lo respaldaron durante dos décadas.
A cambio de un número prudencial de cargos, aceptaron la hegemonía conserva dora.
En parodias electorales, accederían al poder elegidos por menos del I % de la población.
Pero aunque el grupo inicial de cívicos no desarrolló la obra iniciada, ésta no se frustró.
Otro sector acudió en su relevo, nutri do de fuerzas sociales distintas: los obreros del Club de Artesanos y los campesinos.
El factor integrador de estas nuevas capas socia les para transformarlas en una fuerza política, era la personalidad del líder carismático.
Lencinas se había apartado de las estructuras partidarias, y realizaba su trabajo en amplias recorridas por toda la provincia, que lo ponían en contacto directo con las masas.
Se con formaba así la base del incipiente movimiento populista que reco gería las banderas caídas del'90.
Ante la persistencia de los fraudes, el radicalismo lencinista pasó a la abstención revolucionaria en 1892.
Los conflictos limítrofes con Chile los obligaron a menguar su ac tividad política por varios años, pero al superarse el problema, el movimiento se reorganizó.
El siguiente acto fue la revolución de 1905, cuyo triunfo, junto al de los radicales cordobeses, abrió el ca mino para la apertura democrática de 1912.
El radicalismo• "rojo" se proclamaba dispuesto a acordar una unidad consensuada con los demás grupos de la élite.
Pero exigía sus propias reglas de juego.
¿Aceptarían los conservadores el sufra gio universal?
Pero entonces vendría la contrapartida: ¿Serían capaces los radicales rojos de gobernar respetando los límites constitucionales?
De estos ítems dependería la nueva unidad de las élites y la estabi lidad del régimen político en Argentina.
Ni los conservadores esta ban plenamente convencidos de reconocer el sufragio universal, ni los radicales intransigentes demostraron capacidad de disciplinar a sus fuerzas para garantizar una administración eficiente.
En el plano específicamente sociológico, surgen también algu nas conclusiones de interés.
Podemos considerar que la élite de 1890 se dividio en tres sectores: conservadores, radicales moderados o azules y radicales intransigentes o rojos.
Los dos primeros acorda ron un pacto político, donde reconocían como reglas de juego, el respeto a las formas republicanas, pero sobre la base de la restric ción de la participación electoral.
Quedó fuera del pacto el radica lismo rojo, que reivindicaba la participación política de las masas, y que no brindaba mayor significado al armazón jurídico.
Los radi cales intransigentes nunca aceptaron incorporarse a la coalición, pues optaron por no negociar su posición ideológica y por este motivo, no se completó el segundo escalón para alcanzar la "transformación en dos etapas".
En su lugar, los intransigentes se mantuvieron en la lucha por el poder fuera del sistema (revolución de 1905).
Con estos elementos, podría ratificarse la validez de la teoría de élites de Higley y Burton para explicar la inestabilidad política en una región de Latinoamérica.
Pero se presenta un elemento que no termina de articularse.
¿Es exacto considerar a la rama radical-lenci nista como un sector más de la élite?
Este grupo incluía solamente a un dirigente encuadrable dentro de dicha categoría.
El resto de los protagonistas de las jornadas de diciembre de 1891 y febrero de 1905, parecen más bien pertenecientes a las no-élites.
En 1891, se expulsó a Lencinas por "acudir al comité acompañado por peones y gentes sin arraigo; y al comentar la revolución de 1905, la prensa conser vadora de la época comentaba con sorna, la falta de "dirigentes co nocidos y respetables" en la conducción del movimiento.
Los hechos parecen reforzar la crítica de Cammack a Higley y Burton: los grandes sucesos políticos no son ejecutados exclusi vamente por las élites; cabe a los movimientos de masas un rol pre ponderante en el devenir histórico, que no puede soslayarse.
Los tres autores responden a esta objeción, alegando que las actuacio- nes importantes de los movimientos de masas se reducen a casos aislados y esporádicos.
Frente a ello, la realidad latinoamericana pre senta los movimientos populistas (o nacionales y populares), donde la participación masiva resulta bastante sostenida.
A partir de estos elementos, el trabajo culmina con cuatro pro puestas: en primer lugar, se enfatiza en términos generales la im portancia de la teoría de las élites, propuesta por Higley, Burton y Field; segundo, sugiere una valoración especial a la definición de élite restringida, propuesta por Lachmann; tercero, llama la atención sobre la importancia de las críticas de Cammack, especialmente en la reivindicación de la importancia del rol de las masas; y cuarto, plantea la necesidad de incorporar el fenómeno de los movimientos populistas para la aplicación de la teoría de las élites en los países latinoamericanos.
Con su legitimación, 186 Anuario de Estudio.,• Americanos
es Cuadros CUADRO I FUNDADORES UNIÓN CÍVICA DE MENDOZA CARGOS OCUPADOS ANTES DE 1890
CUADRO 11 FUNDADORES UNIÓN CÍVICA DE MENDOZA CARGOS OCUPADOS A PARTIR DE 1890 |
La gestión del "socialismo militar" boliviano tuvo como objetivos económi cos explf citos el fomento del capitalismo nacional, la ruptura de la dependencia externa, el control de las grandes fortunas mineras, el reforzamiento fiscal del Es tado y una prudente redistribución de la riqueza.
Este proyecto de modernización desarrollista se enfrentó con una seria crisis iniciada con la depresión de 1929 y agravada por la guerra del Chaco.
En la misma medida en que tal coyuntura favoreció el acceso de los militares al poder, dificultó también la realización de un programa de corte expansionista.
Las propuestas de reforma de las estructu ras hubieron de sacrificarse a la corrección de los fuertes desequilibrios coyun turales: inflación, déficit estatal, caída en los precios del estaño, etc. La política económica restrictiva, acompañada de la timidez con que se afrontó el boicot de los sectores oligárquicos, determinó la decepción y debilitamiento de las capas populares, restando apoyo social al gobierno y clausurando las expectativas reformistas.
En los meses posteriores a la guerra del Chaco, Bolivia expe rimentó la quiebra del orden político instaurado en 1880.
La crisis no derivaba exclusivamente de la derrota en el conflicto con Para guay, pero ésta tuvo efectos aceleradores en una estructura muy ero sionada por el impacto de la Gran Depresión.
La inexistencia de fuerzas políticas alternativas, así como la permeabilidad del ejérci to y de amplios sectores de la sociedad civil a una intervención militar, propiciaron la captura del poder por las Fuerzas Armadas, apoyadas en pequeños núcleos de nacionalistas radicales.
La expe riencia de gobierno militar se prolongaría durante tres años ( 1936-1939), con los mandatos de Toro y Busch, quienes no dudaron en referirse a su gestión como la del "socialismo militar".
El objeto de este artículo no es la narración de los aconte cimientos que se desarrollaron en el trienio militar-socialista, sino atender un aspecto que la bibliografía más importante sobre el
FERRÁN GALLEGO tema 1 ha estudiado con menor interés: los aspectos económicos de la gestión, indispensables para valorar la voluntad y posibilidades de realización del programa nacionalista, uno de cuyos puntos cen trales era la modernización del país entendida como incorporación de Bolivia a los rasgos de las sociedades desarrolladas.
El examen de la gestión económica del reformismo militar de postguerra no presupone aceptar que los gobiernos de Toro y Busch tuvieran una coherencia de análisis y actuación en este campo.
Ten gamos en cuenta, en primer lugar, que las causas de la revolución de mayo de 1936 fueron esencialmente políticas, sin que se dispu siera de una alternativa económica al liberalismo en términos que superaran algunas generalizaciones demasiado vagas para convertir se en instrumentos eficaces de gestión.
Por otra parte, el programa presentado a fines del mismo mes de mayo, que recogía las pro puestas de los grupos socialistas moderados, 2 mostraba una extraor dinaria prudencia a la hora de encarar transformaciones estructurales, planteando simples controles tributarios de la producción minera, así como sanciones fiscales a los bienes de producción infrautilizados.
Prueba de la timidez de los presupuestos de la Junta fue la reacción favorable de los medios diplomáticos, antes preocupados por la pa labrería radical de los dirigentes revolucionarios.
3 Un tercer ele mento a considerar son las condiciones de la coyuntura en que se desenvolvió la etapa "militar-socialista": en efecto, las mismas con diciones que erosionaron la vigencia del régimen liberal y propi ciaron el acceso de los militares al poder limitaron el margen de maniobra de su actuación.
La inflación, la crisis de recursos del Es tado, la escasez de las oscilaciones del mercado del estaño impidie-ECONOMÍA DEL ••socIALISMO MILITAR" BOLIVIANO 3 ron que se pudieran llevar adelante los rasgos expansionistas de cual quier programa de modernización.
Tengamos en cuenta, además, que la prudencia expresada frente a los centros de poder económico fun damentales, que crearía problemas en el mismo seno del bloque reformista, quebraba las posibilidades de forzar tal proyecto de mo dernización.
Por último, el análisis de la dependencia exterior se ha bía hecho en términos de gran eficacia impresionista, pero de escasa rentabilidad práctica, al no plantear la diversificación de la econo mía boliviana más que en términos de la voluntad política del go bierno, sin atender la complicada red de dependencias en la que se incluía la economía del país.
Por ello resultará más fácil que hallemos esfuerzos de ajustes coyunturales, con un ritmo marcado por el mismo devenir de la cri sis económica, incitados por la necesidad de mantener la populari dad y base social del gobierno, así como de la necesidad de mantener líneas de continuidad con el régimen liberal que tolere el diálogo con los sectores acomodados, a quienes se quiere convencer para su conversión en una burguesía nacional.
Si, desde el punto de vista político-institucional, la fractura con el orden conservador fue drás tica, desde la óptica de la gestión económica resultó mucho más moderada.
Un punto en que puede observarse esta sujeción de la política gubernamental a la coyuntura es el enfoque de la política de rentas, expuesta sólo en términos de ir ajustando los salarios a los niveles de inflación, a fin de asegurarse el apoyo de los sectores activos sindicalmente y sin tener en cuenta la relación misma de los aumen tos salariales con el proceso inflacionario.
Prueba de ello es que los incrementos de sueldos fueron decretándose al ritmo de las necesi dades políticas del gobierno; además, su reiteración expresaba el fra caso o la ausencia de medidas para controlar eficazmente la inflación.
Así, el primer incremento fue decretado justamente al instaurarse la primera Junta de Gobierno.
La inflación absorbió rápidamente los Tomo L. núm. /, 1993 4 FERRÁN GALLEGO beneficios de la medida, y el 1 de junio hubo de plantearse un nue vo aumento general de sueldos, calculándose un 80 % para los in gresos más bajos.
Pocas semanas más tarde, y coincidiendo con la ruptura entre el saavedrismo y la Junta, se decretó un nuevo aumen to salarial, del orden de un 120 %, para los ingresos más bajos sobre el promedio de sueldos de 1930, 1931 y 1932.
La siguiente medi da en este campo coincidió con una nueva crisis política, al enfren tarse el coronel Toro a los movimientos favorables a Germán Busch: En marzo de 1937, se establecía un incremento mínimo del 25 %.
4 El impacto de esta política sobre la espiral inflacionaria había de ser contundente.
De hecho, ésta venía siendo atribuida, de forma ingenua y moralizante, a las tareas especulativas.
Para los sectores que apoyaban al gobierno, en efecto, "la solución de los problemas emergentes de la inflación monetaria sólo requiere buena voluntad".
5 De ahí que las medidas tendentes a la reducción de la especulación se convirtieran en uno de los ejes de la política antiinflacionaria.
El 20 de junio de 1936 se impuso la limitación a los márgenes de be neficio comercial, y el 4 de julio fueron creados los Almacenes de Abasto, medidas que se completarían con la creación de los Comi tés Departamentales de lucha contra la especulación, el 19 de agos to.
6 Sin embargo, a pesar de la violencia con que respondieron los sectores conservadores, que vieron en la creación de los almacenes una agresión contra la libertad de comercio, 7 las medidas carecieron de eficacia, y el gobierno hubo de quejarse de la falta de colabora ción del público que, enfrentado a la carestía y a la escasez, optaba por obtener los productos a cualquier precio, sin denunciar a quie nes sorteaban el decreto del 20 de junio.
Más en línea con la orto doxia económica estaban los esfuerzos para frenar las importaciones de productos que no fueran de primera necesidad.
Destaquemos, en-tre ellas, las que se tomaron durante el invierno de 1936, referentes a la exención del aumento de tarifas arancelarias para los productos de consumo popular (1 de julio), la nueva rebaja de tarifas para es tos artículos (3 de agosto) y el decreto de prohibición de ingreso de productos de lujo (5 de septiembre).8 Tales medidas no lograron des bancar la importación de artículos de consumo básico del tercer lu gar de las importaciones (22'09 % frente al 28'53 % de comercio en general y 26'43 % de las importaciones mineras), 9 pero indicaban el grado de dependencia exterior en el capítulo de artículos de pri mera necesidad, especialmente el trigo y el azúcar, que implicaban el 11'24 % del conjunto de las importaciones.
En cualquier caso, el fracaso de la lucha contra la inflación nos viene ofrecido por los mismos datos gubernamentales: recordemos que los incrementos sa lariales no se justificaban para mejorar las condiciones de vida de los obreros y empleados, sino para mantener su nivel de vida.
Por tanto, el nivel de incrementos debía señalar, más que cualquier otra apreciación de la Junta, el ritmo de inflación aceptado.
El Banco Cen tral de Bolivia señaló que 193.
6 había sido el peor año de la historia monetaria del país, a causa del grado de desvalorización del signo boliviano.
10 Un documento algo posterior nos señala indicadores pa ra el conjunto de 1937 que parecen más creíbles que los datos con temporáneos del Ministerio de Hacienda: 11 La economía boliviana continuaba dependiendo de las condi ciones del mercado internacional del estaño y de las posibilidades de la oferta minera para abastecerlo.
En el total de exportaciones realizadas en 1936, un 66' 12 % correspondían a estaño: en compa ración con las llevadas a cabo en 1935, las cifras expresaban el es tancamiento del valor total de lo exportado, y una ligera disminución de la presencia del estaño en el comercio exterior.12 Durante el man dato del coronel Toro, la cotización internacional del estaño sufrió una mejora que no pudo ser aprovechada por el país, a causa de la baja producción de las minas, tal y como se desprende del siguien te cuadro.
Aun cuando un amplio porcenta je de esta cantidad hubiera quedado en el exterior del país para sa tisfacer gastos de transporte o pagar los dividendos de acciones de capital extranjero, se perdía una fuente de divisas indispensable para afrontar las necesidades de productos básicos.
Ello explica que la carestía y escasez no puedan entenderse en el marco de la mera ac ción especulativa, sino atendiendo a la delicada inserción de la eco nomía boliviana en el mercado mundial.
Un factor de peso sustancial en la espiral inflacionaria era la forma de enfocar la solución del déficit público.
La emisión de bi lletes sin respaldo fue una constante durante la crisis boliviana de los años 30, y el período de socialismo militar no fue excepcional.
La utilización de las di visas para aten der la compra de productos de primera necesidad y para afrontar gastos presupuestarios impedía el depósito en el Instituto Emisor de una garantía suficiente para el papel moneda.
Lejos de estar en dis posición de hacer tal entrega, el Estado mantuvo su captación de di visas mediante el cambio múltiple y la entrega obligatoria por los exportadores.
El cambio único fijado por el gobierno de Tejada Sor zano asignaba un valor excesivo al boliviano, cifrado en 1/50 libras esterlinas, mientras en el mercado libre se calculaba, al llegar agos to de 1936, la equivalencia de 1 libra= 185 bolivianos.
14 Por decre to de 5 de septiembre, se estableció una multiplicidad de cambios en función de los productos que debieran adquirirse, oscilante entre los 50 y los 120 bolivianos, correspondiendo la primera cifra a la atención de las necesidades fiscales.
Se exigió, además, la entrega obligatoria del 42 % de las divisas a los exportadores, un instru mento que sólo funcionaba con eficacia si se sostenían los ritmos de producción.
Ya hemos visto que éste no era el caso, y los sec-FERRÁN GALLEGO tares conservadores se empeñaron en asignar al peso de esta políti ca monetaria-fiscal la reducción de las labores mineras.
15 Esta captación de recursos, causa de permanentes enfrentamien tos entre el gobierno y la minería exportadora, resultaba insuficiente para cubrir las necesidades de un Estado agobiado por el peso de los gastos corrientes, entre los que destacaban los gastos militares, la amortización de la deuda interna y el peso de intereses de la exter na.
Para comienzos de 1936, el déficit presupuestario ascendía a 136.352.993 bolivianos, mientras que el pago de la deuda externa se situaba en casi ochocientos millones.
16 El 20 de julio, la Junta firmó un decreto revisando el sistema tributario, intacto desde la reforma de 1928.17 Se reajustaban los ingresos sobre renta y, especialmente, sobre los beneficios del capital mobiliario, que se gravaban en un 15 %.
Aun cuando la recaudación subiría (en buena parte por la misma desvalorización de la moneda), el Estado fue incapaz de saldar su deuda externa, interrumpida desde el gobierno de Salamanca, que se situó en 91.568.639 dólares y 838.589 libras esterlinas.
Los ingresos continuaron dependiendo en forma muy pequeña de la contribución directa y reposaron, básicamente, en los beneficios obtenidos de la multiplicidad de cambios.
18 Lo que puede afirmarse es la incapaci dad del Estado para atender más que los gastos de urgencia, sin de dicar apenas recursos a los que deberían derivarse de un proyecto reformista.
Se trata del problema de los procesos de modernización en una coyuntura depresiva y, sobre todo, de la confianza en el mero recurso fiscal para impulsar el desarrollo económico, cuando la pro ducción podía alterarse precisamente por las cargas fiscales.
19 Si pasamos del campo de los ajustes de coyuntura al de las transformaciones estructurales, la obra del primer régimen "militar socialista" gana en timidez y, por omisión, en claridad.
No cabe aquí referirse a la vulneración de programas, pues la plataforma di señada por la Junta había esquivado cuidadosamente las referencias a cambios radicales y, en especial, a la reversión al Estado de la ri queza del subsuelo y la realización de la reforma agraria, los dos objetivos clásicos de la izquierda socialista.
Incluso la expropiación de la Standard Oil of Bolivia, un gesto que el régimen quiso hacer emblemático, se operó por incumplimiento de contrato, y las inves tigaciones sobre la empresa de New Jersey habían comenzado a rea lizarse durante el mandato de Tejada Sorzano.
En realidad, tal actitud era coherente con la política petrolera de la Junta, dedicada a la re versión de aquellas concesiones que no cumplían las normas esta blecidas.
20 Sin embargo, se hizo un esfuerzo de actualización de la legislación, mediante una nueva Ley Orgánica de Petróleos, desti nada a evitar que las concesione� se hicieran para especular con el terreno.
21 En esta misma línea de actualización y reforzamiento del intervencionismo estatal se hallaba la creación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el 21 de diciembre de 1936, presenta da como un medio de que el gobierno pudiera controlar la labor de las empresas privadas concesionarias.
22 Con todo, los YPFB no ad quirirían rango importante hasta hacerse con el capital de la Standard Oil, lo que convirtió la expropiación de la empresa norteamericana en una práctica nacionalización.
No fue ese el camino que se tomó en el caso de la minería, a pesar de los esfuerzos realizados por la prensa nacionalista, que exi gió la nacionalización de las tres empresas mayores cuando Patiño, Hochschild y Aramayo (en especial el primero) se resistieron a ele var la cuota de producción en protesta por el régimen tributario.
De hecho, tal polémica había erosionado las relaciones entre el go bierno y los principales grupos mineros desde la etapa de Tejada Sor zano, cuando las necesidades económicas del ejecutivo le obligaron a practicar una política tributaria y monetaria que los mineros consi deraron una verdadera extorsión.
24 El problema residía en la impo sibilidad de llevar adelante una política ampliamente distributiva y desarrollista sin contar con los recursos derivados de las exportacio nes mineras, aun cuando la negativa principista a la nacionalización condujera a un mero control estatal de la venta de divisas, de esca sa eficacia si no se podía controlar el proceso mismo de producción.
Así se expresaban las limitaciones que imponía la prudencia a la via bilidad del proyecto reformista, pero el gobierno sólo trató de crear divergencias entre las empresas mineras jugando con las cuotas de exportación, al tiempo que otorgaba premios en descuento de entre ga de divisas si los mayores grupos incrementaban las extracciones.
25 Menos afectada debía verse la estructura de la propiedad agrí cola, cuando el Estado ni siquiera precisaba de ejercicios de presión fiscal en este campo.
Aun cuando la propaganda nacionalista y los mismos documentos gubernamentales habían señalado que el proble ma indígena era principalmente económico y sólo educativo de for ma secundaria, 26 la Junta se comportó como si creyera lo contrario.
Los llamados Asuntos lndigenales continuaron vinculados al Minis terio de Educación, y en la tenninología oficial comenzó a prolife rar el uso de la cultura y del idioma como forma de integración y redención del indígena.
Aun cuando las escuelas indigenales desper taron serias reticencias en los medios conservadores, no era ésta la vía para la solución de los problemas rurales del país: los sectores nacionalistas que apoyaban al régimen hubieron de recordar la posi bilidad de expropiar los latifundios mal cultivados, 27 pero el gobier-no continuó estimulando tan sólo la colonización poniéndose en el lugar de una derecha que negaba la existencia de un problema de la propiedad de la tierra en un país tan poco poblado como Bolivia.
Las escasas experiencias cooperativistas que surgieron en la postguerra del Chaco, singularmente las de Ucureña,28 se debieron a iniciativas locales de base, aun cuando la propaganda gubernamental las utili zara como parte de un proyecto coherente.
El apoyo que recibieron estas experiencias procedió, sobre todo, del Ministerio de Trabajo, controlado por los sectores más radicales del régimen.
29 Aún así, la prensa nacionalista hubo de criticar los obstáculos puestos por repre sentantes del gobierno a la cooperativa de Santa Clara.30
El inicio del mandato de Germán Busch pareció responder a las expectativas que la derecha había puesto en su acceso al poder, considerando que impondría el regreso a la normalidad institucional y el final de las cargas tributarias que recaían sobre los sectores ex portadores, ya fuera en forma directa, ya fuera mediante el sistema de cambio múltiple y entrega obligatoria de divisas.
En efecto, Busch inició su gestión en una etapa de bonanza económica caracterizada por el crecimiento de los precios del estaño en el mercado mundial, que se prolongaría hasta finales del invierno.31 La situación de la moneda nacional en el mercado libre fue mejorando, y el Ministe rio de Hacienda comenzó a plantear la reinstauración del cambio único, lo cual venía siendo reclamado con insistencia por las auto ridades financieras del país y por los medios conservadores.
32 Las condiciones de inserción de Bolivia en el mercado inter nacional eran, sin embargo, lo suficientemente frágiles como para resentirse profundamente de las oscilaciones que se darían en bre ve.
Así, a finales de 1937 volvió a quebrarse la expansión de las cotizaciones del estaño y, con ellas, el cupo asignado a Bolivia por el Comité Internacional.
33 Tal tendencia se mantuvo en los prime ros meses de 1938, relacionada con la reducción general de la pro ducción• industrial y la demanda a nivel internacional, así como de la acumulación de stocks de materias primas, situación que se daba especialmente en los países que venían abasteciéndose en Bolivia.
El cupo de exportación volvió a ser reducido y, aun cuando se in crementó la producción durante 1938, la caída en el valor hizo que se alcanzara una disminución del 21 % en los ingresos obtenidos por la venta.34 La dependencia con respecto a la producción y ex portación del estaño empeoró las condiciones del Tesoro, que en los primeros meses de 1938 percibió, aproximadamente, la mitad de la media mensual de 1937.
35 Esta situación redujo el margen de con cesiones que el gobierno podía hacer a los grandes grupos mineros.
Así, se mantuvo la entrega obligatoria de un alto porcentaje de di visas y su compra a un precio inferior al del cambio oficial, situa do en 141'40 bolivianos por libra esterlina desde el mes de junio de 1938.
36 Ello siguió provocando la exasperación de los medios conservadores, que solicitaron la sustitución de la entrega obligato ria de divisas a bajo precio por un impuesto a las exportaciones.
37 Mayor espacio le quedaba al gobierno para enfrentar a los gran des grupos entre sí a la hora de realizar el reparto de cupos de ex-portación, factor más conflictivo que en los años anteriores, al de ber compensarse la caída de los precios mediante el impulso a la salida del producto.
La entrega de la mayor parte de la exportación al Grupo de Patiño (un 50'34 %) en mayo de 1938, siguiendo las cuotas establecidas en los últimos años, 38 provocó las protestas del sector que se consideraba más perjudicado en relación con su capa cidad productiva.
El 30 de septiembre, Mauricio Hochschild publi có una larga carta a Dionisio Foianini, ministro de Minas y Petróleo, detallando la decadencia de la empresa favorecida por el gobierno y el crecimiento mayor experimentado por su grupo, en términos de divisas cambiadas, obreros empleados y capital invertido.
39 Con todo, el favor prestado al grupo Patiño no se debía sólo a las ma yores simpatías del gobierno Busch por éste, sino también a la in fluencia internacional que ejercía en el seno del ITC y a los contratos firmados con el gobierno de Daniel Salamanca a cambio de présta mos al Estado.
40 El 4 de octubre, el gobierno decretó el reparto de cuotas, rebajando el porcentaje i_ nicial concedido a Patiño ( 46 % ) e incrementando el de Hochschild (26 % ), mientras el grupo de Ara mayo, al que se adjudicaban simpatías toristas, quedaba por debajo de lo establecido por la Comisión Técnica gubernamental (5 % fren te al 9 % ).
41 Unos meses más tarde, las cuotas volverían a revisar se en perjuicio de Hochschild, lo cual venía a reforzar la posición política de Patiño mientras empujaba a aquél a una posición cada vez más radical frente a la continuidad de Busch.
42 La lucha contra la inflación tuvo resultados tan poco positivos en la etapa de Busch como los que se habían experimentado en la de Toro.
La reducción inicial del medio circulante, cuyo volumen era expresión y causa del proceso inflacionario, fue sustituida por un fuerte incremento en la última etapa de gestión buschista.
La cri sis de las exportaciones de estaño a fines de 1937 provocó un alza del valor de las divisas, con la aparición de un mercado negro don de se abastecían los comerciantes necesitados de importaciones, epi sodio que disfrutaba de una tolerancia gubernamental indicadora de la incapacidad para promover la producción nacional y frenar la es casez y la inflación.
43 En esta situación, poco ayudaba el manteni miento de un presupuesto con altos porcentajes dedicados al pago de la Defensa Nacional y de la deuda interna, manteniéndose un fuerte capítulo de gastos corrientes que tenían poca relación con la reducción de los ingresos fiscales potenciales, especialmente los derivados de las diferencias de cambio.
44 El crecimiento de los precios fue notable en el capítulo de la vivienda, que había multiplicado por cinco su valor con respecto al de 1936.
El proceso de urbanización acelerada tras la guerra del Chaco había tenido que ver con ello, así como la especulación realizada por los propietarios de bienes inmuebles, que colocaban su capital en un negocio de rendimiento asegurado en períodos de crisis.
El 28 de diciembre de 1937, el gobierno se vio obligado a decretar la prohibición de subida de alquileres hasta que se estable ciera una legislación al respecto.
45 Cuando ésta fue aprobada, sin embargo, no se mostró muy capaz de resolver las cosas: en efecto, el decreto del 14 de enero de 193846 se limitaba a penalizar fiscal mente las subidas de alquileres.
La falta de solución llevó a una fuerte agitación de los vecinos de La Paz, donde el problema había adquirido niveles dramáticos.
47 Otros capítulos de primera necesidad asistían a la doble pre sión de la escasez y la carestía.
La dependencia del mercado exterior en la obtención de divisas tenía su justo paralelo en la subordina ción al abastecimiento foráneo de productos elementales de consu mo, como el azúcar, el trigo, el arroz e incluso la patata.
Y a se ha hecho referencia a la aparición de un mercado negro de divisas en el que se abastecían los comerciantes, cuando las necesidades fisca les del Estado absorbían buena parte de la moneda extranjera disponible.
El empeoramiento de la balanza comercial aconsejó la restricción de importaciones de productos de lujo.
48 Se negoció tam bién un crédito al Estado por valor de 100.000 libras mensuales, que se destinarían a financiar la importación de productos de pri mera necesidad, vendiéndolos a su precio oficial.
Sin embargo, esta cifra resultaba insuficiente, pues los comerciantes habían calculado unas 200.000 libras mensuales para cubrir sus necesidades.
49 Al continuar achacando a la especulación el crecimiento de los precios, se volvió a establecer el beneficio máximo sobre la venta de los productos, 50 medida a la que la Convención habría de añadir una ley específica contra la especulación, aprobada el 19 de julio y con firmada por el gobierno el 3 de agosto de 1938, con penas de mul ta y hasta de prisión.
51 Con todo, el fracaso de estas medidas parece deducirse de la autorización de importaciones de cualquier tipo de productos decretada el 30 de septiembre, a lo que se sumaba una fuerte carga arancelaria, que alcanzaba el 800 %: posiblemente ha bría en tal medida mayores consideraciones sobre la penuria fiscal que sobre las necesidades del mercado.
Durante el período de sesiones de la Convención Nacional de 1938, se plantearán algunos problemas de fondo de la economía bo liviana que guardaban relación con los ajustes coyunturales llevados a cabo por el gobierno, pero que adquieren su verdadera dimensión al situarlos en una perspectiva más amplia, que considere la inser ción de Bolivia en el mercado mundial y las carencias estructurales de la producción nacional.
Consideremos, por ejemplo, el rechazo a la propuesta de monopolio estatal de exportaciones, realizada desde filas de la izquierda y obstaculizada por las presiones del sector más moderado de la Cámara, en connivencia con las presiones del po der ejecutivo.53 Consideremos también el rechazo a una reforma agraria con la excusa de la inexistencia del problema de la tierra en Bolivia,54 factor que se contradecía con las condiciones reales de la agricultura.
Así, la ausencia de presión sobre la propiedad agra ria solamente podía afirmarse en el caso de los departamentos no rorientales.
En 1950, el 85' 5 % de los bolivianos residía en los seis departamentos de occidente y el sur de la república, y un tercio de la población vivía en las zonas rurales de La Paz y Cochabamba, departamentos que suman el 20 % del territorio nacional.
55 Por otro lado, tres cuartas partes de la población campesina carecían de títu los de propiedad antes de la reforma de 1953.
56 La eficiencia de tal reparto de propiedad es más que dudosa: en 1950, el 70 % de la población activa se dedicaba a la agricultura, 57 pero durante el pe ríodo de "socialismo militar", Bolivia hubo de importar productos agropecuarios por un valor superior a los doscientos millones de bo livianos, cifra equivalente a las importaciones de productos manu facturados de origen agropecuario, sector que empleaba a muchas menos personas.
58 Más suerte tendría el intento de situar en la Car ta Magna del país el dominio del Estado sobre las sustancias del reino mineral, la exportación de petróleo a través de organismos ofi ciales, y la posibilidad de que el Estado pudiera asumir la dirección de las actividades comerciales e industriales.
Fuera del ámbito de redactado constitucional, destacan algunos actos aparentemente tan genciales, pero de suma importancia para mostrar determinadas con tradicciones de la gestión económica militar-socialista.
En esta línea debemos recordar el debate sobre la ley harinera, saldado con una matizada prolongación de los privilegios de las compañías moline ras, vigentes desde 1929, 59 o el que se dio en tomo a los pactos ferroviarios y de explotación petrolífera con Brasil, que mostraban la impotencia financiera de Bolivia para asumir la diversificación productiva que se proclamaba en_ la plataforma de la Junta.
60 La instauración de la dictadura, en abril de 1939, fue recibida por los sectores nacionalistas como una jugada de los medios con servadores más radicales, que podrían manejar así el poder ejecu tivo sin que éste hubiera de rendir cuentas ni limitarse ante el 58 Thibodeaux, Ben Hur: An Economic Study of Agriculture in Bolivia.
59 Un grupo de diputados nacionalistas presentó una interpelación al ministro de Agricultura sobre las empresas molineras que recibían divisas a bajo precio, sin que tal con cesión hubiera revertido en una mejora de la producción triguera en el país.
Convención Na cional, Peticiones de informes verbales y escritos.
Minutas de comunicaci6n y proyectos de resolución.
Aprovechando la comparecencia del ministro, varios convencionales presentaron proyectos para liquidar el privilegio de las empresas molineras.
Sin embargo, el ejecutivo aprovecharía la timidez del sector nacionalista para, basándose en la ambigüedad de sus propuestas y en la necesidad de sostener una política proteccionista, mantener el régimen vigente, aun •cuando estableciera un tope al precio de la harina.
El de bate puede seguirse en el Redactor de la Convención Nacional, vol. V, págs.
Sin embargo, los medios liberal-republicanos, que esta ban haciendo un esfuerzo de recomposición política para hacerse con la mayoría parlamentaria en caso de que se cancelara el man dato de los convencionales, recibieron con idéntico desagrado la sus pensión de las elecciones y la implantación de un nuevo régimen de facto.
Cada giro político producido en la etapa de Busch daba lugar a muy diversas reacciones, basadas en la misma ambigüedad de las opciones presidenciales.
Sin que podamos detallar aquí las alianzas de poder y los apoyos sociales buscados por el mandata rio, cabe señalar que las medidas económicas tomadas durante el úl timo período del buschismo obedecen a necesidades políticas muy concretas más que a la elaboración de un proyecto sólido de desa rrollo, distinto del que pudiera haber tomado David Toro.
De ahí que resulte tácticamente justificada, pero abusiva desde el punto de vista del análisis histórico, la ruptura radical que se establece entre ambas fases del "socialismo militar", con la cultura de rechazos y adhesiones que provoca cada una de ellas hasta nuestros días.
En la explicación de su programa político al país, leído ante los micrófonos de Radio Illimani el 17 de mayo, Germán Busch hizo mención al progreso de la agricultura nacional, siempre en los límites del programa desarrollista de 1936, sin verificar alteración alguna en el régimen de propiedad de la tierra.
Así, se reiteraba el listado de ofertas para mejorar la eficiencia: Escuelas Prácticas, gran jas experimentales, impulso del regadío, facultades de Agronomía y Veterinaria, etc. Lo cierto es que la importación de productos bási cos se mantuvo durante esta etapa en la misma forma en que se sostuvo durante la anterior: las importaciones alimenticias realiza das en el año siguiente indican que la política de fomento no tuvo resultados apreciables.
61 No tuvieron más éxito los esfuerzos de di versificación de la producción y exportación de minerales propues tos por Busch.
En 1939, el 72'18 % del valor de las exportaciones correspondió al estaño, que amplió su participación en el comercio exterior gracias al aumento de la demanda provocada por la inmi nencia y el estallido de la guerra mundial.
El obligado respeto a la expropiación de la Standard no se compensó con un crecimiento de la industria petrolera que sirviera para el abastecimiento nacional y como punto de partida de una diversificación de las exportaciones.
El problema residía en una red de comunicaciones que daba la es palda a las zonas productoras de petróleo, así como en la insuficien cia de medios para realizar un tendido ferroviario que superara tal situación.
Los tratados con Brasil habían intentado paliarlo sobre el papel, pero el régimen de Busch cayó sin que hubiera avanzado demasiado en el tramo reservado a Bolivia.
Las propuestas de ex plotación hechas a los alemanes sólo sirvieron para alarmar a los británicos, que sospechaban de las simpatías de Busch por el nacio nalsocialismo.62 La diversificación productiva afirmada por Busch puede contrastarse con el raquitismo de la industria nacional en aquel momento: las industrias que utilizaban materia prima agropecuaria se abastecían, en buena parte, en el exterior,63 siendo de muy escasa importancia.
64 El prestigio de Germán Busch en los medios nacionalistas pro cede de las medidas socioeconómicas tomadas en las últimas sema nas de su mandato.
La principal de ellas, en lo que afecta a este trabajo, es el decreto del 7 de junio de 1939, estableciendo la en trega obligatoria del 100 % de las divisas obtenidas por la exporta ción de minerales.
El decreto fue precedido por una seria crisis de gabinete que, sin duda, forzó la radicalización del presidente.
El mi nistro de Hacienda, Santiago Schulze, gestionó la aprobación de un decreto que sustituía la entrega de divisas por un impuesto sobre los beneficios.
Los sectores nacionalistas lograron convencer al presi dente de que tal medida había sido adoptada por conveniencia de FERRÁN GALLEGO las grandes empresas, interesadas en limitar los costos de aduana en un momento de expansión de la demanda.65 La contrariedad del presidente, quien consideró traicionada su confianza, forzó la desti tución de Schulze y el nombramiento de Femando Pou Mont, mucho más próximo a los sectores reformistas; el cambio fue interpretado inmediatamente como un giro en la política fiscal del buschismo, hecho que se confirmaría con la aprobación del decreto del 7 de ju nio.
Este obligaba al depósito de todas las divisas procedentes de las exportaciones en el Banco Central, incluyendo las divisas que se tuvieran en el extranjero.
Su pago se haría al precio oficial de 142 bolivianos, y los ingresos fiscales procedentes de la diferencia de cambios se cubrirían con un impuesto adicional.
El Estado se convertía en propietario del Banco Minero, que se encargaría del rescate de los minerales.
Cualquier forma de resistencia al decreto se consideraría delito de alta traición, que llevaría a un juicio suma rio a quien lo vulnerara.66 El decreto volvía a rehuir la expropia ción de las empresas mineras, limitándose a un control estricto de las exportaciones que no aumentaba el gravamen sobre las empre sas que realmente hubieran cubierto sus obligaciones fiscales an teriores.
Sin embargo, creó una fuerte oposición en los sectores conservadores y en los medios diplomáticos, y acabó retirado du rante el mandato de Quintanilla.
Las posibilidades de una actuación más severa sobre los grandes mineros estaban seriamente limitadas por la inserción de Bolivia en el mercado mundial.
En efecto, el país no disponía de fundiciones, el costo de producción era mucho más elevado que el de Oriente, y Patiño controlaba los centros de realización del estaño, disponiendo de una notable influencia en los organismos internacionales de productores.
De ahí que Busch, cons ciente del círculo vicioso en que se movía la estrategia nacionalista, hubiera de consultar a Patiño, a través de Gonsálvez, las posibilida des reales de llevar adelante sus objetivos.
67 La última medida espectacular en su gestión económica la tomó Germán Busch pocos días antes de su muerte.
Se trataba de la na cionalización del Banco Central, un acto de trascendencia financiera si consideramos la entrega de divisas de exportación a este organis mo decretada el 7 de junio.
La norma se justificaba por las necesi dades de adaptar la estructura de la institución a las nuevas funciones que le asignaba el aumento de la intervención estatal en la econo mía.
La composición del directorio contemplaría, no obstante, la pre sencia de representantes de las entidades mercantiles, industriales y financieras del país, aun cuando estarían en minoría frente a los di rectores nombrados por el gobierno.
Los sectores nacionalistas aco gieron con entusiasmo la medida, que se contemplaba como parte de la obra de emancipación nacional iniciada por el buschismo.
68 Con todo, los cargos de responsabilidad en las entidades financie ras estatalizadas no se entregaron a personas implicadas en el na cional-reformismo.
Si el Banco MÍnero comenzó siendo regentado por Paz Estenssoro y Guevara Arce, pronto pasó a la dirección de Alberto Palacios, mientras desde el Banco Central se obstaculizaba la entrega obligatoria de divisas.
69 * * * La experiencia del "socialismo militar" concluyó abruptamen te, con el suicidio de Germán Busch, sin que se hubieran construi do los elementos de continuidad institucional que aseguraran la vigencia del régimen.
Por ello, resultaría aventurado hacer un ba lance que considerara la experiencia como un ciclo cerrado a satis facción de sus dirigentes.
Pero no sería menos arbitrario sugerir que sus realizaciones fueron cortadas por la restauración liberal-republi cana, sin que hubiera podido desarrollarse una política muy próxi ma a la marcada por la revolución nacional de 1952.
FERRÁN GALLEGO demostrado que los límites del proyecto reformista constataban ya en la enumeración de sus objetivos, y que no hubo falta de cohe rencia entre la plataforma de mayo de 1936 y su aplicación a lo lar go del trienio.
Se dio, simplemente, una permanente pugna por ajustar unos principios desarrollistas muy generales a las necesidades polí ticas del momento, considerando primordial la permanencia del ré gimen en el poder y, aún más, la presencia de uno u otro sector del reformismo frente a los demás.
Tales limitaciones hubieron de asu mir, por otro lado, las dificultades propias de la coyuntura econó mica de postguerra, una situación que había facilitado la erosión del gobierno liberal de Tejada Sorzano en la misma medida en que di ficultó la aplicación de las propuestas expansivas del régimen "mi litar socialista".
La experiencia no resultó inútil.
Y, sin que pueda considerarse un mero prolegómeno de la revolución de 1952, intro duciría en la dinámica política boliviana (incluyendo la política eco nómica) reflexiones que matizarían profundamente la estrategia del nacionalismo popular. |
Frente al deseo de reforzar el control coercitivo para justificar una radica lización de la esclavitud de los negros, asunto que el autor estudió en otro lugar, se analiza aquí un "Memorial de abisso" que el capitán Cristóbal de Lorenzana envió a Felipe IV en fechas comprendidas entre 1642 y 1648.
Memorial que pre senta un aspecto innovador, en la medida en que propone renunciar a la coerción en pro de la integración progresista del hombre de origen africano dentro de la sociedad hispanoamericana.
Al afirmar su fe en un hombre nuevo, liberado de las trabas de los prejuicios sociales,
JEAN-PIERRE TARDIEU gran poder sugestivo con el andar de los tiempos, a veces sm co nexión aparentemente directa con sus orígenes.
3 Por sus dimensiones míticas, dicho personaje pasó a la litera tura, inspirando a novelistas como Alejo Carpentier y César Leante, y a antropólogos como Miguel Barnet.
Pocos son los literatos his panoamericanos coetáneos que no se han referido de pasada al ne gro fugitivo o a las extensiones semánticas de la palabra "cimarrón".
4 Desde fines del siglo XVI, varios arbitristas y cronistas con templaron el problema planteado por la esclavitud de los negros en las Indias occidentales, esgrimiendo soluciones más o menos utópi cas para favorecer la perpetuación del sistema.
En otro artículo, exa miné las proposiciones del oidor de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, Francisco de Anunzibay ( 1591 ); del dominico fray Miguel de Monsalve, primer cura de los cimarrones reducidos de Bayano (Panamá); del mestizo peruano Felipe Guamán Poma de Ayala, au tor de Nueva corónica y buen gobierno (1583-1615) y de Juan So lórzano Pereyra en su Política indiana (Madrid, 1648).
5 Fue mi intención demostrar que las referencias de estos autores a la Utopía de Tomás Moro para justificar una radicalización de la esclavitud de los negros no hacían más que patentizar su incomprensión, o, peor aún, su mala fe.
6 Tras las proposiciones de mejor trato de los esclavos llevados a mal traer aparece nítidamente el deseo de ref or zar el control coercitivo.
3 ¿Fue éste el único medio imaginado por los arbitristas con fin de preservar la paz colonial?
A este respecto llama la atención un memorial del capitán Cristóbal de Lorenzana que se caracteriza por su aspecto sorprendentemente innovador, en la medida en que re nuncia a la coerción en pro de la integración del hombre de origen africano dentro de la sociedad colonial hispanoamericana.
El memorial se encuentra en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid bajo el título siguiente: Copia del memorial de abisso que el capitán Cristóbal de Lorenzana vezino de la ciudad Santiago de Guatemala de las Indias dio a su Majes tad para rreparo de las turbaciones que los rreynos de las indias pueden tener en lo benidero ocasionada por los negros y mulattos que ay en ellos que es como sigue.
7 El documento suministra escasos datos sobre su autor, quien se define a sí mismo como "vecino" de Santiago de Guatemala.
Por lo tanto no concederemos exagerada importancia al título militar, probablemente comprado como solían hacerlo los personajes acau dalados del Nuevo Mundo, tanto más cuanto que, al escribir estas líneas, se encontraba Lorenzana en la capital española.
Si nos ate nemos a su desprecio por los criollos, bien podría ser un peninsu lar de vuelta a la corte para sus propios negocios.
Así se explicarían sus preocupaciones por el devenir de las Indias, en cuyo desarro llo económico desempeñaban un papel relevante los negros y los mulatos.
Justifica Lorenzana su intervención por su preocupación fren te a la actitud de los oficiales reales, inconscientes de los riesgos que hace correr a las Indias el gran número de negros y mulatos que están en ellas.
No lleva fecha la copia que estudiamos.
Pese a ello, varias re ferencias sitúan el marco temporal en que se escribió el memorial.
Son las alusiones a las tentativas de rebelión de los negros en Nue va España en 1611; en las provincias de San Salvador y de San Mi guel de la Audiencia de Guatemala en 1625; y por fin en el Perú en 1639.
Lorenzana evoca también las amenazas de los piratas ho landeses en el golfo de México en 1642 y la guerra de Flandes.
Ahora bien, España reconoció la independencia de Holanda en 1648, por el _ Tratado de Westfalia.
Otras alusiones co rroboran esta deducción como las numerosas referencias al enemi go portugués, acusado de soliviantar a los esclavos: no olvidemos que la secesión portuguesa se impuso en 1640.
En fin, de un mo do general, Lorenzana sitúa el contexto temporal de su escrito a 150 años de la conquista.
Descripción de la situación
El autor dedica la mayor parte de su memorial a la descripción de los elementos antagónicos de la población indiana, conviene a saber el de origen africano y el de origen español, sin pasar por alto el autóctono, aunque lo considera sólo dentro de este enfoque conflictivo.
Si las torpezas de estilo, las numerosas redundancias y la fal ta de plan muestran a las claras que Lorenzana dista mucho de ser una persona muy culta, en cambio se ha de notar su buen conoci miento de la coyuntura y la gran perspicacia de su análisis.
a) El elemento de origen africano
Repara primero el autor en el rápido desarrollo demográfico de los negros, debido en parte al clima de las tierras tropicales en que impera la esclavitud:
"por na' rer como na�en en tierras semejantes a las de su naturaleza es tan grande su multiplico".
Pero ésta no es la única explicación.
Alude Lorenzana no sólo al desenfreno sexual que reina entre los esclavos, sino también a la explotación de que son víctimas las negras de casa de parte de los dueños, dando a entender que son las consecuencias del sistema:
Anuario de Estudios Americanos
"Multiplícanse tanto los negros que ay muchas cassas de españoles que de sólo una negra se an llenado de negros y mulatos, hijos y niettos, y si se aberigüase la parentela de las negras viejas se aliaría que de cada una an procedido más de cincuenta pie�as".
Efectivarri�nte, los informes.mandados al Consejo de Indias _al respecto no dejan de preocuparse por la prol�feración de los negros y de los mulatos en medios urbanos.
8 Poniendo aparte su capacidad atávica de resistir a las contin gencias climáticas, el memorial insiste en su adaptación al marco facilitada por sus condiciones de vida.
Quieran o no quieran, tienen que enfrentarse con "todas las ynclemencias del tiempo que en aque llas partes son muchas".
Su tr�bajo en las estancias hace de ellos "buenos hombres de a pie y mejores de a cauallo, y abentajados por el monte y campo".
Acostumbrados a la intemperie, a las asperezas del terreno y a las faenas penosas, los mulatos son tan fuertes que "se _ponen en �n campo a luchar con un toro".
Y a se trasluce el tema desarrollado a continuación, el de la superioridad física del negro y del mulato so bre el español.
Aunque esta adaptación es provechosa a primera vista para los dueños, deseosos de utilizarla en sus estancias donde "son muy a propósito", representa una grave amenaza para el porvenir:
El capitán pone el dedo en la llaga de las contradicciones.
Los negros y los mulatos sacan todo el provecho posible del dinamispio de la esclavitud en las Indias españolas.
Sin pararse en sus motivo&., evidentes para todos, el capitán insiste en la progresión social del hombre de origen africano, que le permite a veces cierta integración en el contexto económico colonial.
Así pues los libertos son imprescindibles para el buen funcio namiento de la arriería.
Sin ellos no existiría la extensísima red de transporte que une la provincia de Guatemala a Veracruz y a México.
De peones llegan a dueños de recuas, a mercaderes "con buenos caudales", e incluso a propietarios de estancias de ganado mayor.
10 Esta promoción, nota Lorenzana, acarrea una adhesión a las es tructuras sociopolíticas que la auspiciaron.
Prueba de ello es el alis tamiento de los libertos en las milicias de mulatos, 11 cuya motivación no estriba sólo en el deseo de aparentar, sino también en un valor innegable que se manifestó, por ejemplo, durante el ataque de la re gión de Acapulco por los piratas: uLos mulatos y negros se dice defendieron la entrada a los enemi gos, pelearon con ellos, mataron muchos y hicieron prisioneros a otros".
Claro está, admite el capitán, tal actitud es de doble filo:
"A auido muchos que en el campo, cuerpo a cuerpo, an matado a españoles".
Pe.ro, con el transcurrir del tiempo, fue surgiendo un nuevo gru po, el de los "mulatos de talento y capacidad".
Valga el ejemplo en México del "doctor Castro, mulato sacerdote graduado en medicina http://estudiosamericanos.revistas.csic.es y tenido por insigne médico", o del doctor Tolentino.
Casos pare cidos hay en Puebla de los Angeles, en Guadalajara, en Veracruz y en Guatemala, afirma Lorenzana.
12 La conclusión que le toca sacar al lector del proyecto es que más vale granjearse la benevolencia de tal gente, facilitando su in tegración social.
La incomprensión de esta exigencia originaría gra ves estragos para el porvenir de la colonia.
De hecho, las dotes físicas y psicológicas adquiridas merced a la experiencia descrita más arriba, hacen de estos mulatos posibles enemigos, si no se satisfacen sus anhelos.
Lo pasado ha de servir de escarmiento, según el arbitrista, quien se apoya en las tentativas de alzamiento en Nueva España (1611), en Guatemala (1625) y en el Perú (1639).
La rebelión del mulato Diego, natural de La Habana, amenazó las costas del Caribe varios años, apoderándose el insurgente de "muchos bajeles cargados de rrique�as" y saqueando las ciudades de Campeche y de Trujillo.
13 Además la naturaleza cobija el cimarronaje: "por las asperezas de las tierras, ser tan abundantes de carnes, frutas y otras rayces que se comen de que están llenos los montes".
Harto difícil sería perseguir a los fugitivos "dueños de los cauallos por la asistencia en las estancias de ganado mayor".
En el servicio casero, la dependencia de los amos es total, de manera que "se puede temer que por su motivo con desseo de la libertad o yndu cidos de los portugueses [los negros y mulatos] los degüellen a to dos en una ora, que lo podrían hazer con facilidad".
Frente a los españoles, las aspiraciones de los negros y mula tos son evidentes: "se quieren igualar con ellos".
Para reducirles, no se podría contar con la ayuda de los naturales: Por el contrario, no es de descartar una alianza con los indios y mestizos que "también son enemigos encubiertos".14 De por sí, no es gente capaz de "dar cuidado"; pero podrían dejarse llevar por el ejemplo, deseando mejorar su condición.
Además los indios in sumisos que pueblan regiones de difícil acceso, acogen a los fu gitivos, de ahí la aparición de un mestizaje en las montañas de Panamá, atestado por numerosos viajeros que van a las provincias de Honduras.
15 También, en la coyuntura, son de temer las relaciones amistosas entre los negros y los portugueses:
"son como padres de los negros, y a quien beneran por aberlos lleua do de su naturale�a a los reinos de las indias y por esto se tienen también por portugueses y se onrran con este nombre y en particu lar los ladinos y nacidos en las indias".
Es sobradamente conocido el papel desempeñado por los por tugueses en la trata de los negros, merced al monopolio concedido por la Santa Sede en las costas africanas.
16 Entonces tampoco se podía descartar posibles intentos de "desestabilización" de parte suya, tanto más cuanto que, según el arbitrista, es innegable su responsa bilidad en los acontecimientos de 1625 en Guatemala y de 1639 en el Perú.
Los numerosos mulatos de portugueses, "como enemigos encubiertos a cualquier hazidente se arrimarán a los turbadores'".
Poniendo aparte las tensiones internas provocadas por la sece sión de Portugal, no es de olvidar la actuación de los piratas ("el enemigo"), movidos por la voluntad de socavar el imperio español.
En Tierra Firme no faltaron los contactos con los pueblos de cima rrones.
Prometiéndoles la libertad a los esclavos, "se le an de pas sar a él [al enemigo] todos quanttos puedan".
18 Así pues, tanto en el exterior como en el iñterior, los enemigos de la Cotona española cuentan con la ayuda de loS' esclavos. � Para mejor convencer al Consejo de Indias del peligro, el ar bitrista evoca el levantamiento de los moriscos en las Alpujarras por los años 1609-161 O. A su parecer, se debe en gran parte a la falta de previsión de los responsables:
"por la desestimación que se hazía dellos y los grandes aprietos y sugeción en que se vían se quisieron al�ar con españa".
Huelga insistir en lo atrevido de esta afirmación.
De estallar un conflicto de grandes dimensiones, los españoles serían incapaces de resistir por varios motivos.
17 El antiguo oidor de Lima y miembro del Consejo de Indias, Juan de Solórzano Pereyra, será poco más tarde del mismo parecer: "y aunque se ha conocido que podríamos peligrar si se alzasen [los negros] y más si tuviesen cabeza que los armasen • y alentasen a ellos, cuales podrían ser estos portugueses, que son por mayor parte los que los han llevado y saben cómo se ha de entender con ellos, este riesgo se ha menospreciado por no poder pa sar sin ellos". oCopia de lo que respondió el Sr. Juan de Solórzano a una consulta del Con sejo", Archivo General de Indias, Indiferente 2.796.
Citado por Vila Vilar, Enriqueta: La sublevación de Portugal y la Trata de Negros, "Ibero-Amerikanische Archiv", T. 2, n.
El virrey Mancera escribió al rey en 1642 "que los portugueses so los no me preocuparían tanto, pero observando el gran número de negros que hay en esta ciudad [Lima], y el afecto que sienten por los portugueses, como primeros hombres blancos que conocieron", se necesitaba mucha vigilancia.
Citado por Bowser, El esclavo..., pág. 240.
18 Para los contactos entre piratas ingleses y negros, véase Tardieu, Le destin des Noirs..., pág. 305.
Armando Fortune se refiere a la alianza de Francis Drake con los escla vos de Panamá, en particular a los consejos que recibió del esclavo Diego, en Los negros cimarrones en Tierra Firme y su lucha por la libertad (3.a parte), "'Lotería", 173, Panamá, 1971, págs. 16-23.
b) El elemento español
La primera razón es de orden numérico.
Sólo la inmigración compensa la poca natalidad entre los españoles.
Los pueblos de españoles son escasos.
En el distrito de la Au diencia de Guatemala, de 500 leguas de extensión, no hay más de 17 poblaciones, y.. las más dellas son aldeas cortas".
Distan mu cho las unas de las otras.
De ahí la imposibilidad en que están de socorrerse mutuamente en caso de peligro sin correr el riesgo de desamparar a sus propios vecinos.
Precisamente cuando el presi dente de la Real Audiencia reunió a los españoles''de 70 leguas en contorno", con el fin de resistir a los holandeses que estaban en el golfo, los indios de San Antonio le perdieron el respeto al alcalde mayor.
Además, estos españoles son "de pocas fuerzas".
Nuestro arbi trista hace suyo un discurso bien arraigado acerca del debilitamien to rápido de los peninsulares en Hispanoamérica.
Merece la pena citar por extenso las líneas que desarrollan el tema:
"se les menguan las fuerzas y ánimos de manera que a los dos años se allan con la mittad menos de los que llevaron de España en tan to grado que a ningún español le es posible marchar dos leguas a pie con un arcabuz al hombro".
Por si fuera poco, insiste más lejos el capitán:
"antes de los dos años se allan con la mitad menos del vigor y fuer t; as que lleuaron de España y también se rreconoce se les menguan los ánimos... ".
La redundancia es significativa de la condescendencia de Lo renzana.
Desde luego, será peor aún para los criollos que padecen de una degeneración física y psicológica.
En éstos, quienes constituyen la tercera parte de la población de las ciudades y villas,
"se rreconocen pocas fuerzas y aunque los padres sean de España, ombres nobles y de labor, se tiene por esperiencia que degeneran y
1 1 esto se berifica más en los pocos que de sus tierras an salido a ser vir en las guerras de su Mgd".
19 Entonces, no es de extrañar su común pobreza: "para un hom bre rico, ay quinientos que viven en suma pobreza".
Es verdad que esta situación se explica también por la falta de Indios y la poca generosidad de las tierras que "son las más pobres que V. M. tiene en todos sus reynos".
20 El pesimismo del arbitrista en cuanto a las posibilidades físi cas, psicológicas y materiales, tanto de los peninsulares como de los criollos, es tan evidente que nos preguntaremos si el deseo de jus tificar sus proposiciones no le indujo a exagerar.
Esta índole no facilitaría la reacción necesaria frente a las posibles amenazas evocadas más arriba.
Si se pudiera organizar, la obstaculizarían gravemente otros factores.
Primero, como ya lo hemos dicho, duda el capitán de la capa cidad y de la voluntad de los funcionarios reales de vigilar a los ne gros y mulatos, porque de éstos''en lo exterior son muy honrados".
El peligro que oculta tal hipocresía pasa desapercibido, cuanto más que dichos funcionarios van a lo suyo: "cada qual atiende a su ne gocio sin mirar lo futuro".
Según Lorenzana, su despreocupación, originada por la codicia, sería total.
Si se pasara por alto este descuido, no se salvarían otras difi cultades en el camino de la represión.
Al movimiento de las tropas se opondrían la aspereza del relieve y los pantanos que les permi ten a los cimarrones seguir inmunes.
Pero el problema más grave lo plantearía indudablemente el abastecimiento de las tropas.
Lorenzana se refiere varias veces a este aspecto, evocando primero la imposibilidad de encontrar los medios de transp9rte adecuados: "se necesitaría.mucho carruaje".
Luego, el territorio no lograría suministrar los alimentos necesarios, por ser los indios pocos y "gente pOCo inclinadá al trauajo".
Los precios stt ben con las malas cosechas.
Además, la humedad y el calor del cli ma se oponen a su conservación.
21 Volviendo a los nativos, el arbitrista hace hincapié en el hecho de que no se puede contar con ellos para el transporte "por auerse consumido tanto los indios, que oy en la parte donde los ay no llegan a ser de las cien partes una de los que abía al tiempo que se conquistaron".
La indirecta es evidente, aunque Lorenzana no se presenta como defensor de los Indios.
No serían de mucha ayuda en caso de con flicto por no tener los mismos intereses y sobre todo la misma ra cionalidad que los españoles.
Incluso se dudó de sus capacidades en este dominio:
"Los yndios, señor, cuando la conquista se conozió dellos ser ynca paces de Razón, pues se pusso en disputa si eran yrracionales o no, y de poco Balor".
La visión del arbitrista se caracteriza pues por su pesimismo.
Frente a los negros bien adaptados al clima y al terreno, imprescin dibles no sólo para las faenas del campo sino también para la vida urbana; a los mulatos que consiguieron medrar en la sociedad colo nial de modo que no se pueden poner sus cualidades en tela de jui cio, los blancos aparecen como una raza endeble, incapaz de oponerse a las reivindicaciones del hombre de origen africano.
Des de ahora, se adivina adónde le llevará esta lucidez despiadada al au tor del proyecto.
Urge, según Lorenzana, tomar en cuenta lo irreversible de la situación, asimilando los mulatos al elemento blanco.
Ya probaron sus posibilidades tanto en el plan económico como intelectual.
Se les obligará a pagar tributo 22 "como españoles", aunque sólo se les reservará''la mitad de los oficios".
Esta limitación desaparece en lo referente al ejército, donde los mulatos se mezclarán "con los españoles... como se hace en los ejér citos de V. Mgd con extranjeros de diferentes regiones".
Es inútil recalcar lo interesada que es esta última proposición.
En cambio es de subrayar la prudencia de Lorenzana.
No se trataría del reconocimiento por la Corona de una igualdad de dere chos entre los blancos y los mulatos, sino de la integración de una minoría selecta, excluyendo a los ilegítimos, que habían de ser la mayoría, y a los zambos "por ser tan mala raza".
Dista mucho pues el arbitrista de rechazar los criterios racistas y clasistas vigentes: su visión no es de carácter filantrópico sino pragmático.
Evidencian este aspecto otras razones aducidas por el capitán, de tipo fiscal.
Tales medidas acrecentarán las rentas reales, con el aumento de los tributos recogidos y con el auge de la producción agrícola.
Tendrán la ventaja de estimular el trabajo de los negros, de seosos de casar a sus hijas con blancos.
Sus ambiciones les lleva-22 El problema de) tributo de los negros y mulatos libres quedaba pendiente desde el último cuarto del siglo XVI.
Tardieu, Le destin des Noirs..., pág. 185.
Tomo L, núm. /, /993 rán a adquirir haciendas con el fruto de sus esfuerzos, cultivando Hlas tierras baldías".
Además tomarán a pecho la defensa de los in tereses de los blancos en las guerras, intentando "ennoblecerse en la guerra por sus proezas".
Se establecerá la paz civil, lo que permitirá a los indios dedi carse al cultivo de sus tierras para el mayor beneficio del país.
Sur girá un hombre nuevo de la mezcla de los blancos con los negros, de gran resistencia, capaz de repoblar al país, de proteger la unidad de la "nación".
¡No distamos mucho de los futuros conceptos del eugenismo!
Así pues, los límites de las proposiciones de Lorenzana son obvios.
No está por la abolición de las normas raciales y clasistas vigentes en la sociedad colonial: sería una medida contraproducen te.
Su pragmatismo le incita a optar por una integración progresis ta, fundada en la voluntad de medrar de los negros.
Al fin y al cabo cuenta con la benevolencia de los criollos y la paciencia de los negros.
Al leer este breve proyecto, salta a la vista lo despiadado de la descripción.
A la regresión física y moral del hombre blanco en las Indias, al apocamiento histórico de los indios, se opone el vigor del negro y del mulato, grave peligro para la superviven cia de las estructuras coloniales, cuya amenaza no son capaces de contrarrestar los funcionarios reales, de puro despreocupados y codiciosos.
Por cierto, las soluciones propuestas por el arbitrista correspon den a su pesimismo.
En estas líneas, afirma su fe en un hombre nuevo, adaptado al marco de vida, liberado de las trabas de los pre juicios sociales, ávido de progreso personal, ansioso de imponer la paz interior y exterior necesaria al desarrollo del país.
Pone todas sus esperanzas el autor en la aparición de una nue va mentalidad, basada en el mestizaje, que, si lo miramos bien, no dejaría de preocupar al gobierno central por sus diversas implica ciones a largo plazo, • a no ser que lo utópico de la visión fu turista de Lorenzana quite todo valor a su prudente pragmatismo.
Pero no se puede pasar por alto una grave laguna del proyec to.
Se olvida del indio, aunque la forja de la nueva sociedad tendrá como consecuencia la mejora de sus condiciones materiales de vi da.
Ello no deja de introducir una duda en la mente del lector ac tual: por mucho que diga, no consigue el capitán Lorenzana hacer caso omiso de los prejuicios sociales hondamente arraigados.
Más que la aparición de un hombre americano, nacido de un mestizaje total, le interesaba la constitución de una colonia próspera, fuente de pingües beneficios para los más dinámicos y, claro está, para la Corona española. |
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