author stringlengths 4 32 | country stringlengths 4 20 | years stringlengths 4 24 | title stringlengths 2 204 | category stringclasses 13
values | content stringlengths 9 369k |
|---|---|---|---|---|---|
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | El pecho desnudo | Cuento | -El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.
-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.
-Entonces -dijo el padre, siempre con el ded... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | El relámpago | Cuento | El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse,... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | En la cantina | Cuento | Me ocurrió una vez, en un cruce, en medio de la multitud, de su ir y venir.
Me detuve, parpadeé: no entendía nada. Nada de nada: no entendía las razones de las cosas, de los hombres, todo era insensato, absurdo.
Y me eché a reír.
Lo extraño para mí era que nunca antes lo hubiese advertido. Y que hasta ese momento lo hu... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Esperando la muerte en un hotel | Cuento | Enseguida comprendí que sucedería algo. Los dos se miraban por encima de la mesa, con ojos inexpresivos, como peces en un acuario. Pero se notaba que eran inconmensurablemente extraños el uno para el otro, dos animales desconocidos entre sí que se estudian y desconfían.
Ella había llegado primero: era una mujer enorme,... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Hombre en tierras yermas | Cuento | A cierta hora de la mañana empezaban a llegar las mujeres de los prisioneros y se ponían a hacer gestos, levantando la cara hacia las ventanas. Desde el último piso ellos se asomaban para preguntar, para responder; y las manos de las mujeres, abajo, y las manos de los hombres, arriba, parecían querer unirse a través de... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un automovilista | Cuento | Por la mañana temprano se ve Córcega: parece un barco cargado de montañas, suspendido allá sobre el horizonte. En cualquier otro lugar hubieran nacido leyendas; entre nosotros no: Córcega es un sitio pobre, más pobre que el nuestro; Córcega es una tierra pobre, más pobre que la nuestra, nadie ha ido nunca y nadie ha pe... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un bandido | Cuento | Apenas salgo de la ciudad me doy cuenta de que ha oscurecido. Enciendo los faros. Estoy yendo en coche de A a B por una autovía de tres carriles, de ésas con un carril central para pasar a los otros coches en las dos direcciones. Para conducir de noche incluso los ojos deben desconectar un dispositivo que tienen dentro... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un bañista | Cuento | Lo importante era que no lo detuvieran en seguida. Gim se aplastó en el vano de una puerta, creyó que los policías seguían corriendo en línea recta, pero al cabo de un momento oyó que los pasos volvían atrás, retrocedían al llegar al callejón. Salió corriendo, a saltos ligeros.
–¡Deténte o disparamos, Gim!
«¡Bueno, sí,... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un empleado | Cuento | Mientras se bañaba en la playa de ***, la señora Isotta Barbarino sufrió un penoso contratiempo. Nadaba en mar abierto y cuando le pareció que era hora de regresar y se volvía hacia la orilla, se dio cuenta de que había ocurrido algo irremediable. Había perdido el bañador.
No podía decir si se le había caído en ese mis... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un esquiador | Cuento | Una vez, Enrico Gnei, empleado, pasó una noche con una mujer guapísima. Al salir de la casa de la señora, temprano, el aire y los colores de la mañana primaveral se desplegaron ante él, frescos, tonificantes y nuevos, y le parecía que caminaba al son de una música.
Es preciso decir que Enrico Gnei debía aquella aventur... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un fotógrafo | Cuento | En el telesilla había cola. El grupo de muchachos que había llegado con el autobús formaba fila, apoyándose en los esquíes paralelos y a cada paso que daba la cola —una larga cola que, en lugar de avanzar en línea recta, como hubiera podido, trazaba un zigzag casual, que unas veces subía, otras bajaba— batiendo los pie... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un lector | Cuento | Con la primavera, cientos de miles de ciudadanos salen el domingo con el estuche en bandolera. Y se fotografían. Vuelven contentos como cazadores con el morral repleto, pasan los días esperando con dulce ansiedad las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos añaden el sutil placer de las manipulaciones alquímicas en l... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un matrimonio | Cuento | En el cabo la carretera del litoral pasaba por la parte más alta; abajo, en el fondo del acantilado y todo alrededor, el mar se extendía hasta el horizonte alto y esfumado. También el sol estaba en todas partes, como si el cielo y el mar fueran dos lentes de aumento. Allá abajo, contra la melladura irregular de los esc... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un miope | Cuento | El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonar... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un poeta | Cuento | Amilcare Carruga era todavía joven, no carente de recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales: nada le impedía pues gozar de la vida. Y, sin embargo, observó que desde hacía un tiempo la vida para él iba perdiendo, imperceptiblemente, su sabor. Cosas de nada, como por ejemplo mirar a las mujeres por l... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un soldado | Cuento | Las orillas del islote eran altas, rocosas. Encima crecía la mancha baja y tupida de la vegetación que resiste la cercanía del mar. En el cielo volaban las gaviotas. Era una isla pequeña próxima a la costa, desierta, sin cultivar: en media hora se le podía dar la vuelta en barca y hasta en bote de goma, como el de los ... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de un viajero | Cuento | En el compartimento, junto al soldado de infantería Tomagra, se sentó una señora alta y opulenta. A juzgar por el vestido y el velo, debía de ser una viuda de provincias: el vestido era de seda negra, apropiado para un largo luto, pero con guarniciones y adornos inútiles, y el velo que caía del ala de un sombrero pesad... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La aventura de una mujer casada | Cuento | Federico V., que vivía en una ciudad de Italia septentrional, estaba enamorado de Cinzia U., residente en Roma. Cada vez que sus ocupaciones se lo permitían, tomaba el tren a la capital. Habituado a una estricta economía de su tiempo, tanto en el trabajo como en el placer, viajaba siempre de noche: había un tren, el úl... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La casa de las colmenas | Cuento | La señora Stefania R. volvía a su casa a las seis de la mañana. Era la primera vez.
El coche no se había detenido delante del portal sino un poco antes, en la esquina. Ella misma le había rogado a Fornero que la dejase allí, porque no quería que la portera viese que mientras su marido estaba de viaje ella volvía a casa... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La leyenda de Carlomagno | Minicuento | Es difícil verla de lejos e incluso el que ha estado ya una vez no recuerda el camino de vuelta; había un sendero y lo destruí a golpes de azadón, cubriéndolo de zarzas que prendieran y borraran cualquier huella. Mi casa me la he elegido bien, perdida aquí arriba entre las retamas, de una sola planta para que no se la ... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La oveja negra | Minicuento | El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, per... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | La sangre misma | Cuento | Había un pueblo donde todos eran ladrones.
A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna, e iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada.
Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que rob... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Las ciudades y los cambios | Minicuento | La noche en que los de las SS arrestaron a la madre, los muchachos subieron a cenar a casa del comunista. El comunista vivía a media colina; se subía por un sendero entre los olivos y las tapias. La noche se adensaba, gris, casi con prisa, como si quisiera borrarlo todo. De camino, los hermanos iban atentos al ladrar d... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Los hermanos Bagnasco | Cuento | A ochenta millas de proa al viento rnaestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia. donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la carava... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Los hijos holgazanes | Cuento | Me paso meses y meses fuera de casa, a veces años. Vuelvo de vez en cuando y mi casa está siempre en lo alto de la colina, con su revoque rojizo que de lejos la hace visible entre los olivos espesos como humo. Es una casa antigua, con arcadas que parecen puentes, en los muros símbolos masónicos que pusieron mis viejos ... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Miedo en el sendero | Cuento | Al alba mi hermano y yo dormimos con las caras hundidas en la almohada, y ya se oyen los zapatos claveteados de nuestro padre que ronda por las habitaciones. Nuestro padre hace mucho ruido cuando se levanta, quizás a propósito, y se las arregla para ir y venir por las escaleras con sus zapatos claveteados veinte veces,... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Pasarlo bien | Minicuento | A las nueve y cuarto llegó a Colla Branca junto con la luna, a y veinte ya estaba en la bifurcación de los dos árboles, hacia y media estaría en la fuente. San Faustino a la vista antes de las diez, a las diez y media en Perallo, Creppo a medianoche, hacia la una podía estar en casa de Vendetta, en Castagna: diez horas... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Por último, el cuervo | Cuento | Érase un país donde todo estaba prohibido.
Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no hab... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | ¿Quién puso la mina en el mar? | Cuento | La corriente era una red de encrespaduras ligeras y transparentes, el agua avanzaba por el centro. De vez en cuando había como un aleteo de plata en la superficie: el dorso de una trucha que relampagueaba para volver a hundirse enseguida en zigzag.
—Está lleno de truchas —dijo uno de los hombres.
—Si arrojamos una bomb... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Renuncia | Minicuento | En la villa del financiero Pomponio los invitados tomaban el café en la galería. Estaba el general Amalasunta explicando con las tacitas y las cucharillas la tercera guerra mundial y la señora Pomponio decía: «¡Espantoso!», sonriendo, como mujer de sangre fría que era.
Solo la señora Amalasunta se hacía un poco la cons... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Robo en una pastelería | Cuento | Cósimo clavó los ojos en ella. Y ella:
—Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo…
Podía decir algo Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: “Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto…”, y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dij... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Un barco lleno de cangrejos | Cuento | El Trucha llegó al lugar convenido y los otros ya lo estaban esperando. Estaban los dos: Niñojesús y Uora-uora. Era tal el silencio que desde la calle se oían sonar los relojes de las casas: dos toques, había que darse prisa si no querían que los alcanzase la madrugada.
—Vamos —dijo el Trucha.
—¿Dónde es? —preguntaron.... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Una tarde, Adán | Cuento | Los chicos de la Plaza de los Dolores se dieron el primer baño del año un domingo de abril, con un cielo azul nuevecito y un sol alegre y joven. Bajaron corriendo por las callejas empinadas haciendo revolotear los pantaloncitos de punto andrajosos, algunos arrastrando los zuecos por el empedrado, los más sin calcetines... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Uno de los tres vive todavía | Cuento | El nuevo jardinero era un chico de pelo largo, sujeto con una cinta. Iba subiendo por la alameda con la regadera llena, y tendía un brazo para equilibrar la carga del otro. Regaba las capuchinas muy lentamente, como si vertiera café con leche: en el suelo, al pie de las plantitas, se dilataba una mancha oscura: cuando ... |
Calvino, Italo | Italia | 1923-1985 | Van al comando | Cuento | Los tres estaban desnudos, sentados en una piedra. Los rodeaban todos los hombres del pueblo, y el grande, de barba, enfrente.
—… y vi las llamas más altas que las montañas —decía el viejo de la barba— y dije: ¿cómo puede arder un pueblo con llamas tan altas? —Ellos no entendían nada—. Y sentí el olor del humo, que era... |
Camacho, Juan Vicente | Venezuela | 1829-1872 | Confesión auténtica de un ahorcado resucitado | Cuento | El bosque era ralo, casi destruido por los incendios, gris en los troncos quemados, rojizo en las agujas secas de los pinos. El hombre armado y el hombre desarmado venían bajando en zigzag entre los árboles.
—Al comando —decía el hombre armado—. Al comando, vamos. Media hora de marcha.
—¿Y después?
—Después ¿qué?
—Digo... |
Camacho, Juan Vicente | Venezuela | 1829-1872 | La estatua de bronce | Cuento | I
Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había fondeado en las costas norteamericanas.
Era este un buque de alto bordo, en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún género.
Era muy extraño el ... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Cierra la última puerta | Cuento | I
Era Alberto uno de esos hombres que vienen al mundo para ocupar un lugar distinguido en la sociedad; así le abundaban las cualidades morales como se aventajaba en prendas físicas. Era alto, bien formado, de miembros delgados y nerviosos. Tenía ojos de mirada penetrante y fuego irresistible, una boca que envidiaría un... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | El halcón decapitado | Cuento | 1
—Escucha, Walter, que le caigas mal a todo el mundo, que todos se metan contigo no es algo arbitrario: tú mismo lo provocas.
Anna había dicho aquello; aunque la parte más sana de sí mismo le decía que ella actuaba de buena fe (si Anna no era una amiga, ¿entonces quién?), la consideró despreciable y empezó a decir po... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | En la antesala del paraíso | Cuento |
1
Vincent apagó las luces de la galería. Después de cerrar la puerta, ya afuera alisó el ala de un elegante panamá y se encaminó a la Tercera Avenida, golpeando la acera ligeramente con la caña de su sombrilla. Desde el amanecer una promesa de lluvia había oscurecido el día; ahora un cielo de abultadas nubes cubría e... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | La forma de las cosas | Cuento | Un sábado de marzo en que soplaba un viento agradable y desfilaban nubes por el cielo, Ivor Belli compró en una floristería de Brooklyn un bonito ramo de junquillos y lo llevó, primero en el metro y después a pie, hasta un cementerio inmenso de Queens, un lugar que no había visitado desde que había visto enterrar allí ... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | La ganga | Cuento | Una mujer menuda, blanca, el pelo con permanente, recorrió balanceándose el pasillo del vagón restaurante y se acomodó en un asiento al lado de una ventanilla. Terminó de escribir a lápiz su pedido y dirigió una mirada miope, a través de la mesa, a un infante de marina de mejillas coloradas y a una chica con la cara en... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | La jarra de plata | Cuento | Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Las paredes están frías | Cuento | Saliendo del colegio me iba a trabajar a la farmacia Valhalla. El dueño era mi tío, el señor Ed Marshall. Lo llamaba «Señor Marshall» porque todo el mundo, incluida su esposa, lo llamaba así. Con todo, era un hombre simpático.
Tal vez la farmacia fuera un poco anticuada, pero era amplia, oscura y fresca: en los meses d... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Mi versión del asunto | Cuento | -…así que Grant les ha dicho que vinieran a una fiesta fantástica y, bueno, ha sido así de fácil. La verdad, creo que ha sido una genialidad recogerlos, solo Dios sabe que podrían resucitarnos de la tumba.
La chica que estaba hablando dio unos golpecitos a su cigarrillo para que la ceniza cayera a la alfombrilla persa ... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Miriam | Cuento | Sé lo que se dice de mí y es cosa suya si se ponen de mi parte o de la de ellos. Es mi palabra contra la de Eunice y la de Olivia-Ann. Cualquiera que tenga ojos para ver se da cuenta enseguida de quién es el que está en sus cabales. Mi única intención es que los ciudadanos de los Estados Unidos sepan la verdad. Eso es ... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Niños en sus cumpleaños | Cuento | Desde hacía varios años la señora H. T. Miller vivía sola en un agradable apartamento (dos habitaciones y una cocina pequeña) de un viejo edificio de piedra recién rehabilitado, cerca del río Este. Era viuda: el seguro del señor H. T. Miller le garantizaba una cantidad razonable. Le interesaban pocas cosas, no tenía am... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Personajes | Minicuento | Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropello a Miss Bobbit. No sé muy bien qué decir al respecto; a fin de cuentas, ella solo tenía diez años y sin embargo los de este pueblo no la olvidaremos. Y es que nunca hizo algo común y corriente, al menos no desde la primera vez que la vimos, y eso fue hace un año. Miss ... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Profesor Miseria | Cuento | Ella: ¡Hihoputa! ¿Qué quieres desí con eso de guardarme el pan? Yo no me he guardao ningún pan. ¡Hihoputa!
Él: Calla, muhé. Te he visto. He llevado la cuenta. Tres tipos. Lo que suma sesenta machacantes. Me tienes que da treinta.
Ella: Maldito seas, negro. Debería quitarte la oreja con una navaja de afeitá. Debería sac... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Un árbol de noche | Cuento | El taconeo de sus propios zapatos en el vestíbulo de mármol le hizo pensar en cubos de hielo tintineando en un vaso. En cuanto a las flores —los crisantemos otoñales en la urna de la entrada—, sintió que bastaría tocarlas para que se pulverizaran en briznas escarchadas; no obstante hacía calor, la casa estaba incluso d... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Un recuerdo navideño | Cuento | Era invierno. Una hilera de bombillas desnudas, desprovistas del menor asomo de tibieza, iluminaba el pequeño andén azotado por el viento. Había llovido esa tarde, y en el edificio de la estación los carámbanos colgaban del alero como los malignos dientes de algún monstruo de cristal. El andén estaba desierto a excepci... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Un visón propio | Cuento | Imaginen una mañana a fines de noviembre. Una mañana al comienzo del invierno, hace más de veinte años. Piensen en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su característica principal es una estufa negra enorme; pero tiene también una mesa redonda muy grande y una chimenea con un par de mecedoras, frente a ella. Precis... |
Capote, Truman | Estados Unidos | 1924-1984 | Una casa de flores | Cuento | La señora Munson terminó de retorcer una rosa de lino en su pelo de color caoba y retrocedió unos pasos desde el espejo para apreciar el efecto. Después se recorrió las caderas con las manos… el único problema era que el vestido le quedaba un poco demasiado prieto. «Unos arreglos no volverán a salvarlo», pensó, furiosa... |
Cardenal, Ernesto | Nicaragua | 1925-2020 | El sueco | Cuento | Ottilie hubiese tenido que ser la chica más alegre de Port-au-Prince. Como le dijo Baby, piensa en todas las cosas de las que puedes enorgullecerte. ¿Como cuál?, dijo Ottilie, porque era vanidosa y le gustaban los cumplidos más que la carne de cerdo o los perfumes. Como el ser tan guapa, dijo Baby: tienes una tez adora... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Caballito blanco | Cuento juvenil | Yo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Caballo | Cuento | Era, primero un carrusel, o un niño primero y un carrusel después. Nunca se sabrá.
La cosa es que el niño estaba enfermo de un mal de pie o de pierna que lo tenía impedido de caminar. Así pues, se pasaba el tiempo mirando por la ventana abierta dar vueltas al carrusel y oyendo su música alegre del otro lado de la calle... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Donde empieza el agua | Cuento | Desde potrico ya le dijo siempre: ¡caballo!, y así fue echando cuerpo con la palabra como un susto y una orden.
De modo que cuando el alazán pudo llevar encima el hombre, se estremecía al oír su palabra:
—¡Caballo! —y el animal vibraba del casco a la oreja; ¡brrr! hacía y el suelo trepidaba bajo sus patas.
Porque ¡caba... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | El caballo de coral | Cuento | El hombre iba descalzo sobre su canoa. Una vuelta de soga le anudaba la cintura y abajo, terminaba el pantalón como cortado a cuchillo. De la soga de arriba ascendía el torso desnudo y corpulento, inclinándose a uno y otro lado según de la parte que buscara apoyo en el fondo con la palanca que apretaba en sus manos ter... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | El cangrejo volador | Cuento | Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El Eumelia tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | El cuentero | Cuento | Había una vez un cangrejito nuevo que estaba haciendo un hueco profundo en la tierra, cuando, sin más ni más, vino una paloma torcaza a darle conversación.
—¡Bonito que te está quedando el pozo ese! —dijo la paloma, y el cangrejo, levantando los tarritos de sus ojos, la miró tranquilo y respondió:
—No se trata de un po... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Francisca y la muerte | Cuento | Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.
Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado y... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Los carboneros | Cuento | —Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer.
¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo.
—Si no molesto —dijo—, quisiera saber dónde vive la señora Francisca.
—Pues mire —le respondieron, y asomándose a la puerta, un hombre ... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Moñigüeso | Cuento | En el rancho todos sabíamos lo que le estaba pasando a Fidencio: la fiebre. Era natural. Tenía que ser así. No en vano se mete uno por entre los pantanos “burreando” leña sobre el lomo, con el aparejo encima, la soga sobre la almohadilla de la frente y los brazos tirando hacia abajo la cuerda de la carga. Por algo pasa... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Negrita | Cuento | Alguien daba el primer grito. Alguno atronaba el aire.
—¡Moñigüesooo!
Y entonces él volvía la cabeza, puntiaguda arriba y abajo recta, terminada en un poderoso maxilar. Desde el café hasta los portales del correo empezaba a salir gente a la calle, quienes se iban aglomerando allí donde Moñigúeso daba su “función”. Bang... |
Cardoso, Onelio Jorge | Cuba | 1914-1986 | Taita, diga usted cómo | Cuento | Hacía tres años ya que Bruno había llegado por primera vez a la finca de don Cristóbal. Lo recordaba como si fuera ayer mismo; el dueño estaba sentado en el portal, porque era la hora del mediodía en que el sol del verano cae aplanando los campos y abrumando de calor los caminos.
Bruno venía sudoroso y ardido de sol. H... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | El acoso | Novela corta | El padre y él —él dos palmos más bajo de la cintura del padre— llegaron hasta la cerca. El viejo se metió por el portillo de la piña y estaca en mano se fue sobre el potro.
—¡Condenao, arriba de la potranquita del vecino!
Buscando mejor pasto pudo ser que la yegüita nueva saltara al cuartón del macho. Encima se le vino... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | El camino de Santiago | Cuento | I
Sinfonia Eroica, composta perfesteggiare il souvvenire di un grand’Uomo, e dedicata a Sua Altezza Serenissima il Principe di Lobkountz, da Luigi van Beethoven, op. 53, N° III delle Sinfonie… Y fue el portazo que le quebró, en un sobresalto, el pueril orgullo de haber entendido aquel texto. Luego de barrerle la cabeza... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | El entierro de Henri Christophe | Minicuento | I
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado ... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | El estudiante | Cuento | El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáv... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | El milagro del ascensor | Cuento | I
Cuando el sol estuvo bien bruñido por ripolín de rocío y gamuzas de nube, el estudiante llegó al Hotel-Dieu, después de esquivar con cuidado las rayas de las aceras. Tres peldaños, un corredor y la estatua del primer operador de la catarata. “Sin duda, tenía vocación de ingeniero”, pensó el estudiante, antes de calcu... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | Los advertidos | Cuento | [Cuento - Texto completo.]
… 57… 58… Chatos, netos, los números se sucedían –59… – en las fronteras horizontales de los pisos. 60… 61… Al arribar a cada nueva divisoria, las miradas cansadas de fray Domenico se deslizaban por los corredores idénticos, guarnecidos de mudas hileras de puertas rojas, y animados tan solo ... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | Los fugitivos | Cuento | I
El amanecer se llenó de canoas. Al inmenso remanso, nacido de la invisible confluencia del Río venido de arriba -cuyas fluentes se desconocían- y del Río de la Mano Derecha, las embarcaciones llegaban, raudas, deseosas de entrar vistosamente en esbeltez de eslora, para detenerse, a palancazas de los remeros, donde ot... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | Oficio de tinieblas | Cuento | I
El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro —nunca lo habían llamado sino Perro— estaba cansado. Se revolcó entre las hierbas para desrizarse el lomo y aflojar los m... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | Semejante a la noche | Cuento | I
El año cobraba un mal aspecto. Muy pocos se daban cuenta de ello, pero la ciudad no era la misma. No estaba demostrado que los objetos pintaran en los pisos un cabal equivalente en sombras. Más aún: las sombras tenían una evidente propensión a quererse desprender de las cosas, como si las cosas tuvieran mala sombra. ... |
Carpentier, Alejo | Cuba | 1904-1980 | Viaje a la semilla | Cuento | El mar empezaba a verdecer entre los promontorios todavía en sombras, cuando la caracola del vigía anunció las cincuenta naves negras que nos enviaba el rey Agamemnón. Al oír la señal, los que esperaban desde hacía tantos días sobre las boñigas de las eras, empezaron a bajar el trigo hacia la playa donde ya preparábamo... |
Carrasquilla, Tomás | Colombia | 1858-1940 | A la plata | Cuento | I
-¿Qué quieres, viejo?…
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arri... |
Carrasquilla, Tomás | Colombia | 1858-1940 | El ánima sola | Cuento | Aquel enjambre humano debía presentar a vuelo de pájaro el aspecto de un basurero. Los sombreros mugrientos, los forros encarnados de las ruanas, los pañolones oscuros y sebosos, los paraguas apabullados, tantos pañuelos y trapajos retumbantes, eran el guardarropa de un Arlequín. Animadísima estaba la feria: era primer... |
Carrasquilla, Tomás | Colombia | 1858-1940 | La mata | Cuento | 1
En aquel tiempo, como dicen los Santos Evangelios, hubo una estirpe que llenó el universo con su fama. Su nobleza fue la más alta y esclarecida; sus hombres todos, héroes y conquistadores; riquísimos sus feudos y regalías. Mas la muerte, envidiosa de esta raza, sólo dejó un vástago para propagarla. Con los títulos y ... |
Carrasquilla, Tomás | Colombia | 1858-1940 | San Antoñito | Cuento | Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo de barrio. Sus nexos sociales no pasaban de la compra, no siempre cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato con su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio. Este hombre implacable la am... |
Carrington, Leonora | México | 1917-2011 | La debutante | Cuento | Aguedita Paz era una criatura entregada a Dios y a su santo servicio. Monja fracasada por estar ya pasadita de edad cuando le vinieron los hervores monásticos, quiso hacer de su casa un simulacro de convento, en el sentido decorativo de la palabra; de su vida algo como un apostolado, y toda, toda ella se dio a los asun... |
Carrington, Leonora | México | 1917-2011 | Los conejos blancos | Cuento | En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. ... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | A tal palo | Minicuento | Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de un... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Carrera en comité | Minicuento | El tábano que pica a los caballitos-de-madera también está todo hecho de madera y se mueve por ahí, balanceándose de rama en rama. Vive de savia y serrín.
FIN |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Como al principio | Minicuento | —La mejor manera de secarnos sería una carrera en comité.
—¿Qué es eso de una carrera en comité —preguntó Alicia, no porque tuviera muchas ganas de saberlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como dando a entender que esperaba que alguien dijera algo y nadie parecía que fuera a hacerlo.
—La mejor manera de expl... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Consejos | Minicuento | Alicia se puso de puntillas y miró por encima del borde de un hongo: sus ojos se toparon con los de una oruga azul, que la observaba imperturbable, sentada en el centro, con los brazos cruzados, fumando un narguile y sin prestar la menor atención, ni a Alicia ni a ninguna otra cosa. Se contemplaron en silencio durante ... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | El bosque donde las cosas pierden el nombre | Minicuento | Alicia solía darse, por lo general, muy buenos consejos (pero rara vez los seguía), y a veces se regañaba tan severamente que se le saltaban las lágrimas; se acordaba incluso de unas buenas bofetadas que se dio ella misma por haber hecho trampas jugando al croquet consigo misma.
FIN |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | El mensajero | Minicuento | Mientras se adentraba bajo los árboles, tras haber pasado el lindero del bosque, Alicia se dijo: “Después de tanto calor, vale la pena entrar aquí en este… en este… ¿en este qué?”, repetía sorprendida de no poder recordar cómo se llamaba aquello. “Quiero decir, entrar en el… en el… bueno… vamos, ¡aquí dentro!”, afirmó ... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | El sueño del rey | Minicuento | —Mira por el camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos mensajeros? —pidió el rey.
—No… a nadie —declaró Alicia.
—¡Cómo me gustaría a mí tener tanta vista —exclamó quejumbroso el rey—. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! Con esta luz, yo hago bastante viendo a alguien.
Al rato, llegó el mensajero.
—¿... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | El sueño del rey II | Minicuento | -Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.
FIN |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | El unicornio | Minicuento | El rey roncaba sonoramente. Llevaba puesto un gran gorro de dormir con una borla en la punta y formaba como un bulto desordenado.
—Ahora está soñando —señaló Tarará—; y ¿a que no sabes lo que está soñando?
—¡Vaya uno a saber! —replicó Alicia—. ¡Nadie podría adivinarlo!
—¡Te está soñando a ti! —exclamó Tarará, batiendo ... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | En la casa del espejo | Minicuento | La vista del unicornio se topó con Alicia; se volvió en el acto y se quedó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia.
—¿Qué… es… esto? —dijo al fin.
—Esto es una niña —explicó Haigha de muy buena gana, poniéndose entre ambos con el fin de presentarla—. Acabamos de encontrarla hoy. Es... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Lo que la tortuga le dijo a Aquiles | Minicuento | En la casa del espejo, los libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés. Lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros ante el espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos.
FIN |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Lógica | Minicuento | Aquiles dio alcance a la Tortuga y tomó asiento en su caparazón.
—Ha llegado el final de nuestra carrera —dijo la Tortuga—, y ello a pesar de que se componía de una serie infinita de distancias. Tenía entendido que algún sabihondo había probado que eso era imposible.
—Es posible —dijo Aquiles—. ¡Es un hecho! Solvitur a... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Lógica II | Minicuento | —¿Cómo sabes que estás loco? —preguntó Alicia.
—Para empezar —repuso el gato—, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
—Supongo que no —dijo Alicia.
—Bueno, pues, entonces —continuó el gato—, observarás que los perros gruñen cuando algo no les gusta, y mueven la cola cuando están contentos. En cambio yo gruño cuando es... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Moverse del lado del espejo | Minicuento | —¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?
—Eso depende de a dónde quieras llegar —contestó el Gato.
—A mí no me importa demasiado a dónde… —empezó a explicar Alicia.
—En ese caso, da igual hacia a dónde vayas —interrumpió el Gato.
—… siempre que llegue a alguna parte —terminó Alicia, a modo ... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Resta | Minicuento | —Iré al encuentro de la reina —dijo Alicia, porque aunque hablar con una rosa tenía su interés, le pareció que más le traería conversar con una auténtica reina.
—Así no lo lograrás nunca —le señaló la rosa—. Te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria a ella.
Esto le pareció a Alicia una verdadera tonter... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Tratar con el tiempo | Minicuento | La reina roja le dijo a Alicia:
—Prueba a hacer esta resta: quítale un hueso a un perro, ¿qué queda?
Alicia consideró el problema:
—Desde luego, el hueso no va a quedar si se lo quito al perro… pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito: vendría a morderme… y, en ese caso, ¡estoy segura de que yo tampoco me q... |
Carroll, Lewis | Inglaterra | 1832-1898 | Volver sin nombre | Minicuento | —Con toda seguridad, ¡ni siquiera habrás hablado con el Tiempo!
—Puede que no —contestó Alicia con cautela—. Pero sí sé —añadió esperanzada— que en las lecciones de música marco el tiempo a palmadas.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Eso lo explica todo! —afirmó el Sombrerero—. El tiempo no tolera que le den palmadas. Si, en cambio, te llev... |
Castellanos, Rosario | México | 1925-1974 | Lección de cocina | Cuento | Sería conveniente volver a casa sin nombre: si, por ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para que estudiaras la lección, no podría decir más que “¡Ven aquí…!”, y ahí se quedaría cortada, porque no tendría ningún nombre con que llamarte y, entonces, claro está, no tendrías que hacerle ningún caso.
FIN |
Castellanos, Rosario | México | 1925-1974 | Modesta Gómez | Cuento | La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los... |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.