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Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | Conejo | Cuento | ¡Qué frías son las mañanas en Ciudad Real! La neblina lo cubre todo. De puntos invisibles surgen las campanadas de la misa primera, los chirridos de portones que se abren, el jadeo de molinos que empiezan a trabajar.
Envuelta en los pliegues de su chal negro Modesta Gómez caminaba, tiritando. Se lo había advertido su c... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | El marica | Cuento | No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquier... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | Hernán | Cuento | Escúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre ... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | La madre de Ernesto | Cuento | Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de pr... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | La mujer de otro | Cuento | Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, solo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue ... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | Las panteras y el templo | Cuento | Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres... |
Castillo, Abelardo | Argentina | 1935-2017 | Muchacha de otra parte | Cuento | Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá ... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El alma de Eric Hermannson | Cuento | Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las ... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El caso de la estación de Grover | Cuento | I
Fue una gran noche en la escuela Lone Star, una noche en la que el Espíritu mostraba el poder de su presencia y Dios, su cercanía al hombre. O eso le pareció a Asa Skinner, servidor de Dios y Evangelizador Libre. La escuela estaba abarrotada de salvados y santificados, hombres y mujeres robustos, que temblaban y se e... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El caso de Paul | Cuento | Yo mismo escuché esta historia en la plataforma trasera de un tren de mercancías que recorría el paraje pardo y seco que separa la estación ferroviaria de Grover de la ciudad de Cheyenne. La estaba contando Tortuga Rodgers, un antiguo compañero de estudios de Princeton que a la sazón trabajaba como cajero en la estació... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El concierto de Wagner | Cuento | Un estudio sobre el temperamento
I
Era la tarde que Paul tenía que comparecer ante el profesorado del instituto Pittsburgh para dar razón de sus diversas faltas. Lo habían expulsado temporalmente hacía una semana, y su padre se había presentado en el despacho del director y confesado su perplejidad respecto a su hijo.... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El funeral del escultor | Cuento | Una mañana recibí una carta, escrita con tinta clara en un papel de carta con rayas azul vítreo y marcada con el matasellos de un pequeño pueblo de Nebraska. Ese mensaje, ajado y deslustrado, como si lo hubieran llevado varios días en el bolsillo de un abrigo no muy limpio, provenía de mi tío Howard. En él me informaba... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El matrimonio de Freda | Cuento | Un grupo de ciudadanos permanecía en el andén de la estación de una pequeña población de Kansas, a la espera de la llegada del tren nocturno, que ya iba con veinte minutos de retraso. La nieve había caído espesa sobre todas las cosas; a la pálida luz de las estrellas, la línea de peñascos al otro lado de los amplios y ... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | El peñasco encantado | Cuento | Los eventos se sucedieron de tal manera que MacMaster no realizó su peregrinaje al estudio de Hugh Treffinger hasta tres años tras la muerte del pintor. MacMaster era también pintor, un americano afrancesado que pasaba sus inviernos en Nueva York, los veranos en París y una cantidad de tiempo considerable en las amplia... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | En la divisoria | Cuento | Fuimos a nadar antes del anochecer y, mientras cocinábamos nuestra cena, los rayos oblicuos de luz crearon un brillo cegador sobre la blanca arena que nos rodeaba. La bola roja translúcida se hundió tras la extensión marrón del maizal cuando nos sentamos para comer; el estrato cálido de aire que había permanecido sobre... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | Flavia y sus artistas | Cuento | Cerca de Rattlesnake Creek, al lado de un pequeño barranco, se alzaba la cabaña de Canute. Hacia el norte, el este y el sur se extendía la elevada llanura de Nebraska cubierta de ese césped de color rojo oxidado que se mecía constantemente al viento. Por el oeste, el terreno era escarpado y duro y había una estrecha hi... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | La cabaña del jardín | Cuento | Mientras el tren se aproximaba a Tarrytown, Imogen Willard empezó a preguntarse por qué había aceptado formar parte del grupo de la casa de Flavia. No había sentido ningún entusiasmo desde que se marchó de la ciudad y estaba experimentando una prolongada falta de objetivo, una corriente de heladora indecisión bajo la c... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | La gitanilla | Cuento largo | Cuando los amigos de Caroline Noble descubrieron que Raymond d’Esquerre iba a pasar un mes en su casa en The Sound, antes de zarpar para cumplir con sus contratos de la temporada de ópera en Londres, lo consideraron como otro ejemplo sorprendente de la perversidad de las cosas. Era el mes de mayo, el más suave y florid... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | Muerte en el desierto | Cuento | I
El expreso transcontinental oscilaba por el serpenteante Sand River Valley; en el asiento trasero del coche panorámico, un hombre joven estaba sentado muy a gusto, para nada perturbado por la intensa luz del sol que le azotaba el rostro moreno, el cuello y la fuerte espalda. Un aire relajado y de gran apatía se perci... |
Cather, Willa | Estados Unidos | 1873-1947 | Tommy, una persona nada sentimental | Cuento | Everett Hilgarde era consciente de que el hombre sentado al otro lado del pasillo lo observaba con atención. Era un hombre grande, rubicundo, que llevaba un llamativo solitario en su tercer dedo; Everett consideró que era una especie de representante comercial. Parecía un tipo capaz de adaptarse con facilidad, alguien ... |
Cela, Camilo José | España | 1916-2002 | La eterna canción | Cuento | —Tu padre dice que no tiene ningún tacto para los negocios, ¡menuda mala suerte!
—¿Para los negocios? —respondió Tommy—. Para los negocios es igual que un niño; lo único que sabe hacer bien es peinarse la raya y llevar un clavel blanco en el ojal. Se los envían de Hastings dos veces por semana, con la misma regularidad... |
Cela, Camilo José | España | 1916-2002 | Olor a cebolla | Cuento | I
¿Usted cree qué estoy loco…? No; yo le podría asegurar que no lo estoy, pero no lo hago. ¿Para qué? ¿Para darle ocasión a exclamar, como todos los que oyeran: “¡Bah!, como todos…, ¡creyéndose cuerdo! ¡La eterna canción!” No, amigo mío; no puedo, no quiero proporcionarle esa satisfacción… Es demasiado cómodo venir de ... |
Cela, Camilo José | España | 1916-2002 | Pequeña parábola de “Chindo” perro de ciego | Cuento | Estaba enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.
-Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.
-Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra ventana?
-No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla.
La mujer era la imag... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | A García Márquez Juana le oyó… | Minicuento | “Chindo” es un perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos. Es rabón y tiene la piel sin lustre, corta la alzada, flácidas las orejas. “Chindo” es un perro hospiciano y sentimental, arbitrario y cariñoso, pícaro a la fuerza, errabundo y amable, como los grises gorriones de la ciudad. “Chindo” tiene el aire, entre ... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Como me han dicho que vas a vivir en la Florida | Cuento | A García Márquez le oyó Juana la historia del hombrecito de la lata de avena Quaker. García Márquez vive ahora en Barcelona y seguramente ha olvidado la historia. Lo cierto es que no la ha escrito nunca. Cuando Juana leyó Cien años de soledad pensó encontrarla allí. Pero no está en ese libro, ni en ninguno de los otros... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Cuando a Fray Bartolomé de Las Casas y Pujol se le ocurrió… | Cuento | Como me han dicho que vas a vivir en la Florida quiero que sepas que he descubierto dónde nacen los huracanes. Esta no es una teoría descabellada como la enunciada por el Senador Fuenmayor sobre el hundimiento de la Atlántida. El Senador afirma que la Atlántida descendió hacia el fondo del mar bajo el peso del sueño de... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Desde que comenzaron a recortarle | Cuento | Cuando a Fray Bartolomé de las Casas y Pujol se le ocurrió lo de la charada como un medio moral, pero divertido, —porque, como les dice la Negra Eufemia a sus académicas suspirando, “lo bueno siempre jode: lo que no, lleva derecho al cielo”— para colectar fondos con que celebrar debidamente las fiestas de San Juan del ... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Desde que compró la cerbatana | Cuento | Desde que comenzaron a recortarles las patas a todo lo que hay en la casa ya no pasamos tantos trabajos como antes. No es que lo hubiéramos pedido nosotros, ni que nos hubiéramos quejado de la aparente inalcanzable altura que parecían tener todos los muebles. Después de tantos años se puede decir que hemos encontrado e... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | El piano blanco | Cuento | Antes los domingos de Juana eran tremendos. Por más que la noche anterior se quedara despierta hasta la madrugada, hasta mucho después de que al gran pescado de neón que tenía debajo de la ventana de su cuarto le apagaban el cigarrillo del que salía, en un milagro de imaginación y cursilería, el nombre del restaurante ... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Esta es la triste historia… | Minicuento | Tal vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no había siquiera un trozo de madera con qué fabricar un juguete, fue por lo que adquirí la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad en mis manos. El osito de cristal morado que encontré una vez en una... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Hay que buscar a Regina | Cuento | Esta es la triste historia del esposo que se emborrachaba todas las noches porque tenía una esposa fea que a su vez tomaba Ron Blanco todo el día porque su triste historia consistía en que su marido era feo. Así vivieron felices hasta la eternidad.
FIN |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Hoy decidí vestirme de payaso | Cuento | Todos vimos cuando Juan García entró a la Inspección. No es como han dicho por ahí que a Juan García lo trajeron los Rurales. No, él vino por sus propios pies, sin que nadie lo trajera. Vino simplemente, sin alboroto, con sus pantalones sucios y los cabellos despeinados, con la camisa a cuadros que no se quita nunca, y... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Juana tenía el pelo de oro. No rubio, o dorado | Cuento | Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no me han mira... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Jumper Jigger | Cuento | Juana tenía el pelo de oro. No rubio, o dorado, como suele decirse de los cabellos amarillos. El pelo de Juana era de oro puro y las hebras le caían gruesas, metálicas, separadas, hasta un poco más abajo de los hombros.
Al principio, cuando no tenía necesidad de arreglarse mucho porque todavía era joven, y como dice Qu... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Las muñecas que hace Juana no tienen ojos | Cuento | Jumper Jigger había comenzado a bailar nuevamente sobre el rectángulo negro que vibra al final de la regla de pino. El tap-tap-tap-tapin de sus pies desarticulados se elevaba por encima de todos los sonidos y nos mantenía atados al desgonzamiento de su danza. Ninguno de nosotros estaba mirando a Jumper Jigger. Estábamo... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Padre: José Dolores Bastos… | Cuento | La sala es una sala antigua de una casa antigua. En el centro una mesa larguísima que se extiende casi hasta el gran ventanal que forma el fondo de la habitación. Este ventanal es de hojas gruesas y pesadas y está cerrado, hace muchos años, con dos largas y anchas platinas de hierro aseguradas en los extremos con canda... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Por debajo de este ahogado ha corrido mucha agua | Cuento | Padre: José Dolores Bastos
Madre: Venancia León
Noé León nació en Ocaña en 1907. Estudió hasta el cuarto de primaria. Vivió en su pueblo natal hasta la edad de 13 años. Luego se trasladó con sus padres a El Banco. Más tarde vivió en Gamarra y Santa Marta. De allí se vino a Barranquilla, en donde vive desde 1930.
Ocupac... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Sabanilla es un pueblo fantasma, de casas abandonadas | Cuento | Por debajo de este ahogado ha corrido mucha agua. Y por arriba también. Cuando Luis Ernesto comenzó con su tema, Obregón lo reclamó para sí. Más tarde, Gabo, al enterarse del asunto dijo categóricamente: “Como ninguno de ustedes se torna el trabajo de escribirlo, el ahogado es mío”.
Juana no entendió bien qué tenía que... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Tap-Room | Cuento | Sabanilla es un pueblo fantasma, de casas abandonadas y en ruinas. En mitad del viento que sopla incesante y quema hasta los cardones, se debaten los postigos de las ventanas, los tableros de las puertas atascadas, los barandales precarios, los peldaños de las escalerillas que conducen a las terrazas resquebrajadas, la... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | The Road of Excess Leads to the Palace of Wisdom | Cuento | “… —… whisky, por favor “Permiso, permiso… “… te digo que Marión es distinta “Gracias, no “Sí, doble, sírvalo…—… “Una vez, hace años, yo no soy un político, no señor, pero verá usted…—… “Por favor… “Yo digo que durará, es Sartre… “… no, no señor… “Whisky “Nueve ochenta y “…—… tú no me comprendes, no me has comprendido ... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Todos estábamos a la espera | Cuento | Aunque por más de veinte años hemos vivido juntos; escandalizado juntos; emborrachado juntos; disparado juntos a las lechuzas y a los faroles de las escuelas de Bellas Artes; toreado juntos; cantado juntos las nanas de las garrapatas que parió la gata; construido cartillas reemplazando en las letras encerradas los cuad... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Un cuento para Saroyan | Cuento | Íbamos llegando uno a uno y nos sentábamos en los altos bancos rojos a lo largo del bar. Nos quedábamos allí, en silencio, oyendo las canciones que alguien cantaba en los discos. Otras noches había boxeo. Entonces dejábamos de echar monedas en los tocadiscos y mirábamos la pelea. Pero no duraban mucho tiempo. Casi nunc... |
Cepeda Samudio, Álvaro | Colombia | 1926-1972 | Vamos a matar los Gaticos | Cuento | Al salir de la universidad el profesor me ha dicho: “Tiene que tener su libro para la próxima reunión; no volveré a admitirlo si no trae el libro”. Yo hubiera querido decirle que todavía no tengo el dinero, que veintiocho dólares no son fáciles de juntar, y sobre todo hubiera querido decirle que si llego a comprarlo ya... |
Cernuda, Luis | España | 1902-1963 | Pregones | Cuento | “Vamos a matar a los gaticos —dijo Doris—, “vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.
“No, todavía no”.
“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran —dijo Martha—. “Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.
“¿Cuántos son? —preguntó Doris”.
“No sé: parece que hay cinc... |
Cerruto, Oscar | Bolivia | 1912-1981 | El círculo | Cuento | Eran tres pregones.
Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca o hilo amarillo, y otros con ch... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El amante liberal | Cuento | La calle estaba oscura y fría. Un aire viejo, difícil de respirar y como endurecido en su quietud, lo golpeó en la cara. Sus pasos resonaron en la noche estancada del pasaje. Vicente se levantó el cuello del abrigo, tiritó involuntariamente. Parecía que todo el frío de la ciudad se hubiese concentrado en esa cortada an... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El casamiento engañoso | Cuento | -¡Oh lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apenas enjutas de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos, pudiéramos lamentar juntas nuestras desgracias, y quizá el haber hallado compañía en ellas aliviara nuestro t... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El celoso extremeño | Cuento | Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un soldado que, por servirle su espada de báculo y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo muy caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el humor que q... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El coloquio de los perros | Cuento | No hace muchos años que de un lugar de Extremadura salió un hidalgo nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flandes anduvo gastando así los años como la hacienda. Y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres, y gastado su patrimonio) vino a parar a la ... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El curioso impertinente | Cuento largo | [Cuento - Texto completo.]
CIPIÓN.- Berganza amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza y retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.
BERGANZA.- Cipión hermano, óyote hablar y s... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El enamorado portugués | Cuento | [Cuento largo - Texto completo.]
Capítulo XXXIII
Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente
En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y tan amigos, que por excelencia y antonomasia de todos los que los conocía... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | El licenciado Vidriera | Cuento | [Cuento - Texto completo.]
Yo, señores, soy portugués de nación, noble en sangre, rico en los bienes de fortuna y no pobre en los de naturaleza. Mi nombre es Manuel de Sosa Coitiño; mi patria, Lisboa, y mi ejercicio el de soldado. Junto a las casas de mis padres, casi pared en medio, estaba la de otro caballero del an... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La española inglesa | Cuento | Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol, durmiendo, a un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador; mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchac... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La fuerza de la sangre | Cuento | Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitán de una escuadra de navíos, llevó a Londres una niña de edad de siete años, poco más o menos; y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Leste, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela a ... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La gitanilla | Cuento | Una noche de las calurosas del verano, volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara; la hora, las once; el camino, solo, y el paso, tardo, por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holgura... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La ilustre fregona | Cuento | Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La pastora Marcela | Cuento | En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella vivían dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba don Diego de Carriazo y el otro don Juan de Avendaño. El don Diego tuvo un hijo, a quien llamó de su mismo nombre, y el don Juan otro, a quien puso don Tomás de Avendaño. A estos dos caballeros... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | La señora Cornelia | Cuento | [Cuento - Texto completo.]
Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento, y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se ... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | Las dos doncellas | Cuento | Don Antonio de Isunza y don Juan de Gamboa, caballeros principales, de una edad, muy discretos y grandes amigos, siendo estudiantes en Salamanca, determinaron de dejar sus estudios por irse a Flandes, llevados del hervor de la sangre moza y del deseo, como decirse suele, de ver mundo, y por parecerles que el ejercicio ... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | Rinconete y Cortadillo | Cuento | Cinco leguas de la ciudad de Sevilla, está un lugar que se llama Castiblanco; y, en uno de muchos mesones que tiene, a la hora que anochecía, entró un caminante sobre un hermoso cuartago, estranjero. No traía criado alguno, y, sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran ligereza.
Acudió luego... |
Cervantes, Miguel de | España | 1547-1616 | Rutilio da cuenta de su vida | Cuento | En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos del verano, se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años: el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero m... |
Chacel, Rosa | España | 1898-1994 | En la ciudad de las grandes pruebas | Cuento | [Cuento - Texto completo.]
Mi nombre es Rutilio; mi patria, Sena, una de las más famosas ciudades de Italia; mi oficio, maestro de danzar, único en él, y venturoso si yo quisiera. Había en Sena un caballero rico, a quien el cielo dio una hija más hermosa que discreta, a la cual trató de casar su padre con un caballero... |
Chacel, Rosa | España | 1898-1994 | La última batalla | Cuento | No diré el nombre ni la situación geográfica de la ciudad donde viví esta aventura: diré solamente que había ido a ella por amor. Pero no se entienda que fue alguna vicisitud amorosa lo que me llevó hasta allí. No: yo había ido a aquella ciudad por amor a ella.
Si enumerase aquí los datos que le habían hecho alcanzar t... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | Adiós, hermano mío | Cuento | Los creyentes estaban agolpados en la falda de la colina alrededor del Profeta.
–Combatid a los infieles hasta que ni uno solo pueda dar lugar con su existencia a la tentación. Luchad olvidando los bienes de la tierra, porque mayores serán los que alcanzaréis muriendo por la fe. Él es misericordioso.
–¿Cómo sabremos qu... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | Canción de amor no correspondido | Cuento | La nuestra es una familia que siempre ha estado muy unida espiritualmente. Nuestro padre se ahogó por accidente navegando a vela cuando éramos muy jóvenes, y nuestra madre siempre ha insistido en el hecho de que nuestras relaciones familiares poseen una estabilidad que nunca volveremos a encontrar. No pienso con mucha ... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El ángel del puente | Cuento | Después de haber tratado a Joan Harris en Nueva York durante algunos años, Jack Lorey empezó a pensar en ella como en la Viuda. Joan siempre vestía de negro, y, por un peculiar desorden en su apartamento, Jack tenía siempre la impresión de que los empleados de la funeraria acababan de marcharse. Esta impresión no tenía... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El día que el cerdo se cayó al pozo | Cuento | Quizá hayan visto ustedes a mi madre bailando un vals sobre la pista de hielo del Rockefeller Center. Tiene ahora setenta y ocho años, pero es delgada y vigorosa, y lleva un traje de terciopelo rojo con falda corta. También usa medias de color carne, gafas, una cinta encarnada para sujetarse el pelo blanco, y baila el ... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El ladrón de Shady Hill | Cuento | Durante el verano, cuando la familia Nudd se reunía en Whitebeach Camp, en los montes Adirondack, siempre había una noche en que uno de ellos preguntaba:
—¿Os acordáis del día que el cerdo se cayó al pozo?
Luego, como si hubiera sonado la primera nota de un sexteto, todos los demás se apresuraban a representar sus pape... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El marido rural | Cuento | Me llamo Johnny Hake. Tengo treinta y seis años. Mido 1,78 en calcetines, peso 64 kilos desvestido, y estoy, por así decirlo, desnudo en este momento y hablando en la oscuridad. Fui concebido en el hotel St. Regis, nací en el hospital presbiteriano, me educaron en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en la iglesia ... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El nadador | Cuento | Habrá que contar, para empezar por el principio, que el avión de Minneapolis en el que Francis Weed se dirigía hacia el este se encontró de pronto con graves problemas meteorológicos. El cielo había estado antes de un color azul brumoso, con nubes exclusivamente por debajo del avión, aunque tan juntas que no se veía la... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | El tren de las cinco cuarenta y ocho | Cuento | Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan:
–Anoche bebí demasiado.
Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en l... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | La muerte de Justina | Cuento | Blake la vio al salir del ascensor. Unas cuantas personas, en su mayoría hombres que esperaban a chicas, contemplaban desde el vestíbulo las puertas del ascensor. Ella se encontraba entre esas personas. Al verlo, el rostro de la mujer adquirió una expresión tan intensa de odio y decisión que Blake se dio cuenta de que ... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | La Navidad es triste para los pobres | Cuento | Bien sabe Dios que esto se vuelve cada vez más absurdo y corresponde cada vez menos a lo que recuerdo y a lo que espero, como si la fuerza de la vida fuera centrífuga y nos distanciara más y más de nuestras ambiciones y nuestros recuerdos más puros. Apenas puedo recordar la vieja casa donde me crié, donde en mitad del ... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | La radio enorme | Cuento | La Navidad es una época triste. La frase acudió a la mente de Charlie un instante después de que el despertador hubo sonado, y le trajo otra vez la depresión amorfa que lo había perseguido toda la tarde anterior. Al otro lado de la ventana, el cielo estaba negro. Se sentó en la cama y tiró de la cadenilla de la luz que... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | Los Hartley | Cuento | Jim e Irene Westcott pertenecían a esa clase de personas que parecen disfrutar del satisfactorio promedio de ingresos, dedicación y respetabilidad que alcanzan los exalumnos universitarios, según las estadísticas de los boletines que ellos mismos editan. Eran padres de dos niños pequeños; llevaban casados nueve años; v... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | Oh, ciudad de sueños rotos | Cuento | El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Pemaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena, y en el preciso momento en que empezaban las partidas de bridge. Hartley cruzó con las bolsas el amplio porche y entró en el vestíbulo seguido por su mujer y por su hija. Los tres parecían muy cansados,... |
Cheever, John | Estados Unidos | 1912-1982 | Reunión | Cuento | Cuando el tren de Chicago salió de Albany y empezó a traquetear valle fluvial abajo, camino de Nueva York, los Malloy, que ya habían vivido con anterioridad muchos momentos emocionantes, sintieron que se les aceleraba la respiración, como si no hubiese suficiente aire en el vagón. Enderezaron las espaldas y alzaron las... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Agafia | Cuento | La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a una casa de campo en el Cabo alquilada por mi madre, y escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me e... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Amorcito | Cuento | Durante mi estancia en el distrito de S. tuve ocasión de visitar a menudo los huertos de Dubovo y a su cuidador, Savva Stukach, o simplemente Savka. Esos huertos eran mi lugar preferido para la llamada pesca “general”, en la que se parte de casa sin saber el día ni la hora en que se regresará, equipado de toda clase de... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Ana al cuello | Cuento | Olenka, la hija del asesor de colegio retirado Plemiánnikov, estaba sentada, pensativa, en un peldaño del pórtico, en el patio de su casa. Hacía calor, las moscas insistían en molestar y resultaba agradable pensar que la noche ya estaba cerca. Desde el este avanzaban oscuras nubes y, de vez en cuando, llegaba una brisa... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Anécdota antigua | Minicuento | 1
No hubo siquiera un refrigerio después de la ceremonia; los novios tomaron una copa cada uno y salieron para la estación. En vez de cena y alegre baile de bodas, en vez de música y danza, habría una peregrinación de doscientas verstas. Muchos aprobaban esto, diciendo que Modest Alekseich ya no era joven y ocupaba un ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Aniuta | Cuento | En tiempos de antaño, en Inglaterra, los criminales condenados a la pena de muerte gozaban del derecho a vender en vida sus cadáveres a los anatomistas y los fisiólogos. El dinero recibido de esta forma ellos se lo daban a sus familias o se lo bebían. Uno de ellos, atrapado en un crimen horrible, llamó a su lugar a un ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Apellido de caballo | Cuento | Por la peor habitación del detestable Hotel Lisboa paseábase infatigablemente el estudiante de tercer año de Medicina Stepan Klochkov. Al par que paseaba, estudiaba en voz alta. Como llevaba largas horas entregado al doble ejercicio, tenía la garganta seca y la frente cubierta de sudor.
Junto a la ventana, cuyos crista... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Ariadna | Cuento | Al general mayor retirado Buldéiev le dolían las muelas. Se enjuagó la boca con vodka y coñac, aplicó sobre la muela enferma ceniza de tabaco, opio, trementina, petróleo, se untó la mejilla con tintura de yodo, se puso algodón empapado en alcohol en las orejas, pero todas esas medidas se mostraron ineficaces o le diero... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Blandura | Cuento | En la cubierta del vapor que cubre el trayecto entre Odessa y Sebastopol, un señor bastante atractivo, con perilla, se acercó a mí para pedirme fuego y me dijo:
—Fíjese en esos alemanes sentados cerca del puente. Cuando los alemanes o los ingleses se reúnen, hablan del precio de la lana, de la cosecha y de sus asuntos ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Buena colección | Cuento | Hace unos días invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de mis hijos, a que pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.
-Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras cuentas. A usted seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan ceremoniosa que no lo pedirá por sí misma… Veamos… Nos habíamos... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Camino de la escuela | Cuento | Hace días fui a visitar a mi amigo, el periodista Misha Kovrov. Lo hallé sentado en un sofá, limpiándose las uñas y tomando té. Me ofreció un vaso.
—Sin pan no suelo tomarlo —rehusé—. Manda por pan.
—¡De ningún modo! —exclamó él—. A un enemigo le daría pan. ¡A un amigo, jamás!
—¡Qué raro! ¿Y por qué?
—Ahora lo verás. V... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Campesinos | Novela corta | Salieron de la ciudad a las ocho y media.
El camino estaba seco. El bello sol abrileño picaba ya; pero en las cunetas y en el bosque aún había nieve. Acababa de irse el invierno, crudo y lúgubre, y la primavera se había presentado como por sorpresa, pero para Maria Vasílievna, que iba sentada en la carreta, no constitu... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Carta a un reportero | Minicuento | I
Nikolái Chikildéyev, mozo del hotel moscovita el Bazar Eslavo, se puso enfermo. Las piernas no le respondían, andaba tan mal que en una ocasión, cuando iba por un pasillo con una bandeja donde llevaba jamón con guisantes, tropezó y cayó al suelo. Tuvo que dejar el empleo. El dinero que tenía y el de su mujer se lo ll... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Casa con mezzanina | Cuento | Esta semana hubo seis incendios grandes y cuatro pequeños. Se suicidó un joven por el amor apasionado hacia una dama, y esa misma dama enloqueció al conocer su muerte. El portero Guskin se ahorcó porque había consumido en exceso. El día de ayer se hundió un bote con dos tripulantes y un niño pequeño… ¡Pobre niño! En lo... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Champagne | Cuento | Historia de un artista
1
Esto ocurrió hará seis o siete años, cuando vivía en uno de los distritos de la provincia de T., en la finca del terrateniente Belokúrov, un hombre joven que se levantaba muy temprano, iba por ahí en un abrigo de campesino, bebía cerveza por las tardes y siempre se quejaba de que no encontraba ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | ¡Chist! | Cuento | Relato de un granuja
El año en que empieza mi relato yo era jefe de una pequeña estación en nuestras líneas ferroviarias del sudoeste. Si mi vida era alegre o aburrida en aquella estación podrán ustedes adivinarlo al saber que veinte verstas a la redonda no había ni una vivienda humana, ni una mujer, ni una taberna que... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Cirugía | Cuento | Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Cosas del servicio | Cuento | Estamos en un hospital del Zemstvo. A falta de doctor, que se ausentó para contraer matrimonio, recibe a los enfermos el practicante Kuriatin. Es un hombre grueso que ronda los cuarenta; viste una raída chaqueta de seda cruda y pantalones usados de lana. En su rostro se refleja el sentimiento de que cumple su deber y s... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | De mal en peor | Cuento | Un inspector judicial en funciones y un médico de distrito se dirigían a la aldea Syrnia a practicar una autopsia. Por el camino los atrapó una ventisca, anduvieron largo rato perdidos y no llegaron al lugar al mediodía, como querían, sino solo al anochecer, cuando ya había oscurecido. Pararon a pasar la noche en la is... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | De mal humor | Cuento | El abogado Kaliakin estaba en casa de Grádusov, maestro de capilla de la catedral, y, mientras daba vueltas en las manos a una citación del juez de paz a nombre de Grádusov, decía:
—Diga lo que quiera, Dosiféi Petróvich, pero la culpa es suya. Le respeto y aprecio su benevolencia, pero, a pesar de todo eso, debo hacerl... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Del amor | Cuento | El comisario de policía Semión Ilich Prachkin va de un lado a otro de su habitación, tratando de ahogar un sentimiento desagradable. La víspera había visitado al comandante militar por una cuestión del servicio, se había puesto a jugar a las cartas por pura casualidad y había perdido ocho rublos. La suma era insignific... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | El álbum | Cuento | A la mañana siguiente sirvieron para el desayuno pasteles muy sabrosos, cangrejos y albóndigas de cordero. Mientras comían subió el cocinero Nicanor para preguntar qué deseaban para el almuerzo los invitados. Era un hombre de mediana estatura, hinchado de cara, de ojos pequeños, afeitado. Daba la impresión de que el bi... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | El beso | Cuento | El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud…
-Durante más de diez años -le sopló Zacoucine.
-D... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | El billete de la lotería | Cuento | El veinte de mayo a las ocho de la tarde las seis baterías de la brigada de artillería de la reserva de N, que se dirigían al campamento, se detuvieron a pernoctar en la aldea de Mestechki. En el momento de mayor confusión, cuando unos oficiales se ocupaban de los cañones y otros, reunidos en la plaza junto a la verja ... |
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