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Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un hombre enfundado | Cuento | La encantadora Vanda (o según según su pasaporte, la honorable ciudadana Nastasia Kanavkina) al salir del hospital se encontró en una situación como jamás se había encontrado antes. Sin casa y sin un céntimo. ¿Qué hacer?…
Lo primero que se le ocurrió fue dirigirse a la casa de préstamos y empeñar su sortija de turques... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un hombre irascible | Cuento | – I –
En un extremo de la aldea Mironositsky, en la porchada del alcalde Prokofy, se habían instalado para pasar la noche dos cazadores llegados al pueblo mucho después de anochecer: el veterinario Iván Ivanovich y el maestro de escuela Burkin.
Iván Ivanovich tenía un donoso apellido: Chimcha-Guimalaysky, cuya pomposid... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un huésped inquietante | Cuento | Yo soy un hombre formal y mi cerebro tiene inclinación a la filosofía. Mi profesión es la de financiero. Estoy estudiando la ciencia económica, y escribo una disertación bajo el título de El pasado y el porvenir del impuesto sobre los perros. Usted comprenderá que las mujeres, las novelas, la luna y otras tonterías por... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un niño maligno | Cuento | En la isba, pequeña y baja de techo, del guardabosque Artiom, y bajo una imagen grande y oscura, estaban sentados dos hombres, uno de ellos el propio Artiom, escuálido muzhik de corta estatura y rostro aviejado y marchito, rematado por una barbita que parecía salirle del cuello, y un cazador de paso, mozo alto, vestido... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un padre de familia | Cuento | Iván Ivanich Liapkin, joven de exterior agradable, y Anna Semionovna Samblitzkaia, muchacha de nariz respingada, bajaron por la pendiente orilla y se sentaron en un banquito. El banquito se encontraba al lado mismo del agua, entre los espesos arbustos de jóvenes sauces. ¡Qué maravilloso lugar era aquel! Allí sentado se... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un pechenego | Cuento | Lo que voy a referir sucede generalmente después de una pérdida al juego o una borrachera o un ataque de catarro estomacal. Stefan Stefanovitch Gilin se despierta de muy mal humor. Refunfuña, frunce las cejas, se le eriza el pelo; su rostro es cetrino; diríase que lo han ofendido o que algo le inspira repugnancia. Se v... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un portero inteligente | Cuento | Zhmujin, Iván Abrámich, oficial de cosacos retirado, que en tiempos sirvió en el Cáucaso y ahora arrastraba sus días en una finca de su propiedad, y que había sido joven, lozano y fuerte, pero se había vuelto viejo, seco, encorvado, de cejas hirsutas y mostachos blancos y verdosos, regresaba a su casa un caluroso día d... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un trotamundos | Cuento | De pie, en el centro de la cocina, el portero moralizaba. Sus oyentes eran los lacayos, el cochero, dos doncellas, el cocinero, la cocinera y dos pinches, sus hijos. Todas las mañanas moralizaba sobre algo, siendo en aquella el tema de su discurso la instrucción.
-¡Todos ustedes -decía, sosteniendo con las manos un gor... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Un viaje de novios | Cuento | Volvía del servicio de vísperas. En el reloj del campanario de Sviatogorsk sonó, a modo de preludio, un tintineo suave y melodioso, y a continuación dieron las doce. El gran patio del monasterio, que se extendía por la ribera del Donets, al pie de la Montaña Sagrada, y al que rodeaban, como una muralla, los altos edifi... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una apuesta | Cuento | Sale el tren de la estación de Balagore, del ferrocarril Nicolás. En un vagón de segunda clase, de los destinados a fumadores, dormitan cinco pasajeros. Habían comido en la fonda de la estación, y ahora, recostados en los cojines de su departamento, procuran conciliar el sueño. La calma es absoluta. Se abre la portezue... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una bromita | Cuento | I
Era una oscura noche de otoño. El viejo banquero caminaba en su despacho, de un rincón a otro, recordando una recepción que había dado quince años antes, en otoño. Asistieron a esta velada muchas personas inteligentes y se oyeron conversaciones interesantes. Entre otros temas se habló de la pena de muerte. La mayoría... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una condecoración | Cuento | Un claro mediodía de invierno… El frío es intenso, el hielo cruje, y a Nádeñka, que me tiene agarrado del brazo, la plateada escarcha le cubre los bucles en las sienes y el vello encima del labio superior. Estamos sobre una alta colina. Desde nuestros pies hasta el llano se extiende una pendiente, en la cual el sol se ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una desgracia | Cuento | Leo Pustiakov, profesor en el Colegio Militar, cuyo domicilio estaba próximo al de su amigo el teniente Ledentzov, dirigiose a casa de este una mañana de Año Nuevo.
—Verás de lo que se trata, Grischa —dijo a este después de desearle feliz entrada de año—. ¡No vendría a molestarte si no fuera porque me encuentro en un a... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una mujer sin prejuicios | Cuento | Sofia Petrovna, esposa del notario Lubiántsev, una mujer joven y hermosa, de unos veinticinco años, paseaba lentamente por el cortafuego del bosque con el abogado Ilín, vecino suyo de veraneo. Eran algo más de las cuatro de la tarde. Sobre la franja talada se habían condensado unas nubes blancas y esponjosas; por debaj... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una noche de espanto | Cuento | Maxim Kuzmich Salutov es alto, fornido, corpulento. Sin temor a exagerar, puede decirse que es de complexión atlética. Posee una fuerza descomunal: dobla con los dedos una moneda de veinte kopecs, arranca de cuajo árboles pequeños, levanta pesas con los dientes; y jura que no hay en la tierra hombre capaz de medirse co... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una pequeñez | Cuento | Palideciendo, Iván Ivanovitch Panihidin empezó la historia con emoción:
-Densa niebla cubría el pueblo, cuando, en la Noche Vieja de 1883, regresaba a casa. Pasando la velada con un amigo, nos entretuvimos en una sesión espiritualista. Las callejuelas que tenía que atravesar estaban negras y había que andar casi a tie... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Una perra cara | Cuento | Nicolás Ilich Beliayev, rico propietario de Petersburgo, aficionado a las carreras de caballos, joven aún -treinta y dos años-, grueso, de mejillas sonrosadas, contento de sí mismo, se encaminó, ya anochecido, a casa de Olga Ivanovna Irnina, con la que vivía, o, como decía él, arrastraba una larga y tediosa novela. En ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Vanka | Cuento | El maduro oficial de infantería Dubov y el voluntario Knaps, sentados uno junto a otro, bebían unas copas.
-¡Magnífico perro!… -decía Dubov mostrando a Knaps a su perro Milka-. ¡Un perro extraordinario!… ¡Fíjese, fíjese bien en el morro que tiene!… ¡Lo que valdrá sólo el morro!… Si lo viera un aficionado, tan sólo por ... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Vecinos | Cuento | Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.
Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Vérochka | Cuento | Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no lo dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas con... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Volodia | Cuento | Iván Alekséich Ognev recuerda cómo en aquella noche de agosto abrió, haciéndola sonar, la puerta de vidrio y salió a la terraza. Llevaba puestos entonces una liviana capa con esclavina y un sombrero de paja de anchas alas, el mismo que está tirado ahora en el polvo, bajo la cama, junto con las botas de montar. En una m... |
Chejov, Anton | Rusia | 1860-1904 | Zínochka | Cuento | Un domingo de verano, a eso de las cinco de la tarde, Volodia, un joven de diecisiete años, poco agraciado, enfermizo y tímido, estaba sentado en un cenador de la dacha de los Shumijin, atenazado por el aburrimiento. Sus tristes pensamientos seguían tres direcciones. En primer lugar, al día siguiente, lunes, tenía que ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El árbol del orgullo | Minicuento | El grupo de cazadores pasaba la noche sobre unas brazadas de fresco heno en la isla de un simple mujik. La luna se asomaba por la ventana, en la calle se oían los tristes acordes de un acordeón, el heno despedía un olor empalagoso, un tanto excitante. Los cazadores hablaban de perros, de mujeres, del primer amor, de be... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El duelo del doctor Hirsch | Cuento | Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El hombre invisible | Cuento | Monsieur Maurice Brun y monsieur Armand Armagnac atravesaban los soleados Champs Elysées con una especie de animada respetabilidad. Ambos eran bajos, activos y audaces. Los dos tenían barbas negras que daban la impresión de no pertenecer a su cara, de acuerdo con la extraña moda francesa que hace que el pelo de verdad ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El honor de Israel Gow | Cuento | En la fresca penumbra azul, una confitería de Camden Town, en la esquina de dos empinadas calles, brillaba como brilla la punta del cigarro encendido. Como la punta de un castillo de fuegos artificiales, mejor dicho, porque la iluminación era de muchos colores y de cierta complejidad, quebrada por variedad de espejos y... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El jardín secreto | Cuento | Caía una tormentosa tarde color de aceituna y de plata, cuando el Padre Brown, envuelto en una manta escocesa de color gris, llegó al término de un valle escocés de color gris y contempló el singular castillo de Glengyle. El castillo cerraba el paso de un barranco o cañada y parecía el fin del mundo. Aquella cascada de... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El martillo de Dios | Cuento | Arístides Valentin, jefe de la policía de París, llegó tarde a la cena, y algunos de sus huéspedes estaban ya en casa. Pero a todos los tranquilizó su criado de confianza, Iván, un viejo que tenía una cicatriz en la cara, y una cara tan gris como sus bigotes, y que siempre se sentaba tras una mesita que había en el ves... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El muerto de la casa del pavo real | Cuento | El pueblecito de Bohum Beacon estaba tendido sobre una colina tan pendiente, que la alta aguja de su iglesia parecía la cima de una montaña diminuta. Al pie de la iglesia había una fragua, casi siempre enrojecida por el fuego, y siempre llena de martillos y fragmentos de hierro. Frente a ésta, en la cruz de dos calles ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | El ojo de Apolo | Cuento | Hace algunos años, un joven recorría una calle asolada de los suburbios de Londres; un joven vestido rústicamente, la cabeza cubierta con un sombrero casi prehistórico; porque acababa de llegar a la capital desde una remota y adormecida población del oeste. Nada había en él de particularmente notable, salvo lo que le o... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | La cruz azul | Cuento | Ese singular centelleo —a la vez confusión y transparencia— que es el extraño secreto del Támesis, iba cambiando progresivamente del gris a su resplandeciente final mientras el sol ascendía hasta su cénit, cuando los dos hombres cruzaron el puente de Westminster. Uno era muy alto y el otro muy bajo; echando mano de la ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | La forma equívoca | Cuento | Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.
No; nada en él era extraordinario, salvo el ligero contraste ent... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | La muestra de la espada rota | Cuento | Una de las carreteras que salen por el norte de Londres se prolonga hacia el campo en un remedo de calle, donde la línea se conserva, aunque haya muchos huecos de terreno sin edificar. Aquí aparece un grupo de tiendas que lindan con un solar cercado o una dehesa, y más allá una taberna famosa, y luego —tal vez— un merc... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | La pagoda de Babel | Minicuento | Grises se veían los millares de brazos de aquella selva; plateados sus millones de dedos. En un cielo de pizarra verde azulosa, las frías y lúcidas estrellas resultaban briznas de hielo. Toda aquella tierra, tan feraz y poco habitada, aparecía como endurecida bajo la tenue escarcha. Los huecos negros que alternaban con... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | La tienda de los fantasmas | Cuento | Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen que ordenó a los gigante... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | Las estrellas errantes | Cuento | Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | Los pecados del príncipe Saradine | Cuento | El más hermoso crimen que he cometido —dijo Flambeau un día, en la época de su edificante vejez— fue también, por singular coincidencia, mi último crimen. Era una Nochebuena. Como buen artista, yo siempre procuraba que los crímenes fueran apropiados a la estación del año o al escenario en que me encontraba, escogiendo ... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | Los tres instrumentos de la muerte | Cuento | Cuando Flambeau cerró su oficina de Westminster para disfrutar de su mes de vacaciones, decidió pasárselo a bordo de un bote de vela tan pequeño, que casi siempre lo manejaba a remo. Además, Flambeau navegaba por los ríos de las provincias orientales, ríos tan pequeños, que el bote parecía una embarcación mágica que fl... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | Los tres jinetes del Apocalipsis | Cuento | Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en la idea de que una figura tan agrada... |
Chesterton, G.K. | Inglaterra | 1874-1936 | Pasos sospechosos | Cuento | La singular y a veces inquietante impresión que Mr. Pond me causaba, a pesar de su cortesía trivial y de su corrección, se vinculaba tal vez a alguno de mis primeros recuerdos y a la vaga sugestión verbal de su nombre. Era un viejo amigo de mi padre, un funcionario; y sospecho que mi imaginación infantil había mezclado... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | Arrepentimiento | Cuento | Si se tropieza usted con un miembro de ese club tan selecto, «Los doce verdaderos pescadores», cuando entre en el hotel Vernon para su cena anual, observará, al quitarse él el abrigo, que su frac es verde y no negro. Si (suponiendo que tenga usted la increíble audacia de dirigir la palabra a ese ser) le pregunta por qu... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | El ciego | Cuento | Mamzelle Aurélie tenía una figura imponente, mejillas coloradas, cabellos que variaban de castaño a gris, y una mirada enérgica. En la granja llevaba puesto un sombrero de hombre, un viejo sobretodo militar azul cuando hacía frío, y a veces botas de campaña.
Mamzelle Aurélie nunca había pensado en casarse. Jamás había ... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | El hijo de Désirée | Cuento | Con una pequeña caja roja en una mano, un hombre caminaba lentamente por la calle. Su viejo sombrero de paja y su ropa descolorida daban la impresión de que la lluvia los había batido muchas veces, y las mismas veces el sol los había secado encima de él. No era mayor, pero parecía débil; y caminaba bajo el sol, por el ... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | Historia de una hora | Cuento | Como era un día agradable, Madame Valmondé decidió ir hasta L’Abri a visitar a Désirée y su pequeño hijo.
Pensar en Désirée con un bebé la hacía sonreír. Le parecía mentira que hubiese pasado tanto tiempo desde que Désirée fuera, ella misma, una criatura; desde que Monsieur, al salir a caballo del portón de Valmondé, l... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | La tormenta | Cuento | Sabiendo que la señora Mallard padecía de problemas del corazón, se tomaron muchas precauciones para trasmitirle, de la forma más suave posible, la noticia de que su marido había muerto.
Se lo dijo su hermana Josephine con frases entrecortadas e insinuaciones opacas que revelaban y ocultaban a medias. Richards, el amig... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | Lilas | Cuento | I
Las hojas estaban tan quietas que incluso Bibi intuyó que iba a llover. Bobinót, que estaba acostumbrado a conversar con su pequeño hijo a nivel de compañeros, llamó la atención del niño sobre ciertos nubarrones que rodaban con intenciones siniestras desde el oeste, acompañados de un hosco y amenazante estruendo. Se ... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | Un par de medias de seda | Cuento | Madame Adrienne Farival no anunciaba nunca su llegada, pero las buenas monjitas sabían muy bien cuándo esperarla. Cuando la fragancia de las lilas en flor empezaba a impregnar el aire. Sor Agathe se acercaba muchas veces a la ventana a lo largo del día, con la expresión feliz y beatífica en la cara con que las almas pu... |
Chopin, Kate | Estados Unidos | 1850-1904 | Una mujer respetable | Cuento | La pequeña señora Sommers se encontró inesperadamente un día con que era la feliz poseedora de quince dólares. Para ella esa era una gran suma de dinero y la manera en que abultaba su viejo y gastado porte-monnaie la hacía sentirse importante como no se había sentido en años.
La cuestión de cómo invertir el dinero la m... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | El caso de la doncella perfecta | Cuento | La señora Baroda se molestó un poco al enterarse de que su esposo había invitado a su amigo Gouvernail a pasar una o dos semanas en la plantación. Durante el invierno, habían invitado y recibido a mucha gente y también habían pasado gran parte del tiempo en Nueva Orleáns, sumidos en una variada y suave disipación. Ahor... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | El caso del bungalow | Cuento | -Ah, por favor, señora, ¿podría hablar un momento con usted?
Podría pensarse que esta petición era un absurdo, puesto que Edna, la doncellita de la señorita Marple, estaba hablando con su ama en aquellos momentos.
Sin embargo, reconociendo la expresión, la solterona repuso con presteza:
-Desde luego, Edna, entra y cier... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | El crimen de la cinta métrica | Cuento | -Ahora recuerdo un caso… -dijo Jane Helier. Su bello rostro se iluminó con la sonrisa confiada del niño que busca aprobación. Era la sonrisa que conmovía a diario al público de Londres y que había hecho la fortuna de los fotógrafos-. Le ocurrió a una amiga mía -dijo con precaución.
Todo el mundo hizo hipócritas gestos ... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | El cuarto hombre | Cuento | Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. En aquel paquete llevaba el nuevo vestido de invierno de la señora Spenlow, de co... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | El rey del trébol | Cuento | El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo “¡Es el corazón!”... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | La ahogada | Cuento | La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:
-¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es ... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | La hierba mortal | Cuento | Don Henry Clithering, excomisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus amigos, los Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead.
El sábado por la mañana, cuando bajaba a desayunar a la agradable hora de las diez y cuarto, casi tropezó con su anfitriona, la señora Bantry, en la puerta del comedor. Salía... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | La huella del pulgar de san Pedro | Cuento | Ahora usted, señora B -dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de reproche.
-Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de respeto.
-Scherezade, entonces…
-¡Y menos aún Sch… cómo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Pregú... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | La muñeca de modista | Cuento | Ahora, tía Jane, te toca a ti -dijo Raymond West.
-Sí, tía Jane, esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére.
-Vamos, vamos, no se burlen de mí, queridos -replicó la señorita Marple plácidamente-. Creen que por haber vivido toda mi vida en este apartado rincón del mundo probablemente ... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | La señorita de compañía | Cuento | La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca, cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorr... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | Los cuatro sospechosos | Cuento | -Ahora usted, doctor Lloyd -dijo la señorita Helier-, ¿no conoce alguna historia espeluznante?
Le sonrió con aquella sonrisa que cada noche embrujaba al público que acudía al teatro. Jane Helier era considerada la mujer más hermosa de Inglaterra y algunas de sus compañeras de profesión, celosas de ella, solían decirse... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | Nido de avispas | Cuento | La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e incluso la señorita Marple. El único que no habló fue el que, en opinión de la mayoría, estaba más capacitado par... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | Tragedia navideña | Cuento | John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, so... |
Christie, Agatha | Inglaterra | 1890-1976 | Una broma extraña | Cuento | -Debo presentar una queja -dijo don Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes contemplaban a los reunidos.
El coronel Bantry, con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojos fijos en la repisa de la chimenea, como si fuera un soldado culpable, mientras su esposa hojeaba recelosa un catálogo de b... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | Alba de Saturno | Cuento | -Y esta -dijo Juana Helier completando la presentación- es la señorita Marple.
Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.
Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan ... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | Campaña de publicidad | Cuento | Sí, es completamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía veintiocho años. Entonces yo había conocido a miles de personas, desde presidentes para abajo.
Cuando volvimos de Saturno, todo el mundo deseaba vernos, y casi la mitad de la tripulación se fue a dar una serie de conferencias. A mí siempre me ha encan... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | El otro tigre | Cuento | El estampido de la última bomba atómica parecía persistir en el aire cuando se encendieron las luces. Durante un buen rato nadie se movió. Después, el productor ayudante preguntó ingenuamente:
—Bueno, R. B., ¿qué te ha parecido?
R. B. se levantó de su asiento mientras sus acólitos esperaban a ver en qué dirección salta... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | La estrella | Cuento | Es una teoría interesante —opinó Arnold—, pero no veo cómo podrás demostrarla.
Habían llegado a la parte más escarpada del monte, y por un instante Webb no pudo contestar debido a la fatiga.
—No pretendo hacerlo —dijo cuando hubo recobrado el aliento—. Solo estoy estudiando las consecuencias.
—Tales como…
—Bueno, seamo... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | La última orden | Cuento | Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.
Contemplo el crucifijo que pende en ... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | Los nueve mil millones de nombres de Dios | Cuento | -Les habla el presidente. El hecho de que estén oyendo este mensaje significa que ya he muerto y que nuestro país ha sido destruido. Pero ustedes son soldados… son los más adiestrados de toda nuestra historia. Ustedes saben obedecer órdenes. Ahora tienen que obedecer la más dura que jamás han recibido…
“¿Dura?”, pensó ... |
Clarke, Arthur C. | Inglaterra | 1917-2008 | Si me olvido de ti, oh Tierra… | Cuento | -Esta es una petición un tanto desacostumbrada -dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en... |
Colette | Francia | 1873-1954 | Canción de la danzarina | Cuento | Cuando Marvin tenía diez años, su padre lo condujo por los largos y resonantes corredores que subían a través de Administración y Fuerza, hasta que al fin llegaron a los niveles superiores y se encontraron entre la vegetación de las Tierras de Labrantío, que crecía rápidamente. A Marvin le gustaba observar las grandes ... |
Colette | Francia | 1873-1954 | Ensueño de año nuevo | Cuento | ¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora... |
Colette | Francia | 1873-1954 | Intervalo | Cuento | Las tres volvemos a casa empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachipo... |
Colette | Francia | 1873-1954 | Los zarcillos de la vid | Cuento | ¿Te dijeron que durante tu ausencia vivía sola, huraña y fiel, con un gesto de impaciencia y de espera?… No lo creas. Ni soy fiel ni estoy sola. Y no es a ti a quien espero. ¡No te irrites! Lee esta carta hasta el final. Me gusta desafiarte cuando estás lejos, cuando nada puedes contra mí y te contentas con apretar los... |
Colette | Francia | 1873-1954 | Noche blanca | Cuento | Antaño, el ruiseñor no cantaba por la noche. Poseía un bonito hilo de voz del que se servía con habilidad desde la mañana hasta la caída de la tarde, al arribo de la primavera. Se levantaba con los camaradas, en el alba gris y azul, y el despertar asustado de todos ellos sacudía a los abejorros dormidos en el revés de ... |
Coll, Pedro Emilio | Venezuela | 1872-1947 | El diente roto | Cuento | No hay en nuestra casa más que un lecho, demasiado ancho para ti, un poco estrecho para nosotros dos. Es casto, blanco del todo, desnudo del todo; ningún cubrecama oculta, en pleno día, su honesto candor.
Los que vienen a vernos lo miran tranquilamente, y no vuelven los ojos con un aire cómplice, porque está marcado, ... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | Cinco marineros y un ataúd verde | Cuento | A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmó... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | El chilote Otey | Cuento | Un día de principios de invierno arribó a Punta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre ... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | Galope de esqueletos | Cuento | Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.
Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la a... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | La botella de caña vacía | Cuento | Esa noche el viento se había dormido antes que nosotros, fuera del bosque donde pernoctábamos. Fue Facón Grande, el capataz de tropillas, quien nos llamó la atención con un vivo gesto de cabeza:
-¿Oyeron? -dijo ladeando una oreja hacia la umbría.
El Largo y yo nos pusimos a escuchar; al cabo de un rato solo percibimos ... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | La voz del viento | Cuento | Dos jinetes, como dos puntos negros, empiezan a horadar la soledad y la blancura de la llanura nevada. Sus caminos convergen y, a medida que avanzan, sus siluetas se van destacando con esa leve inquietud que siempre produce el encuentro de otro caminante en una huella solitaria.
Poco a poco las cabalgaduras se acercan... |
Coloane, Francisco | Chile | 1910-2002 | Viven porque están muertos | Cuento | —¡Hasta los pájaros se vuelven fieras en esta tierra maldita! —dijo la mujer del puestero, sacudiéndose la nieve en el umbral del rancho.
—¡Esta es la quinta! —contestó la mujer y continuó—: ¡Todo se vuelve malo en este peladero! Tú hace días que andas dando vueltas con el cuchillo en la mano sin tener ya qué degollar.... |
Congrains Martín, Enrique | Perú | 1932-2009 | El niño de Junto al Cielo | Cuento | El amor es un estado patológico que dura más en los débiles y menos en los fuertes -dijo el joven mirando fijamente a la señora de más o menos cuarenta y cinco años de edad, que estaba a su frente.
La otra mujer, de tipo extranjero, que escuchaba la conversación en el departamento, levantó sus bellos ojos verdes con u... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Amy Foster | Cuento | Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.
¿Por qué, por qué él?
Su madre se había encogido de ho... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El alma del guerrero | Cuento | Kennedy era un médico rural que vivía en Colebrook, en la costa de Eastbay. Tras los rojos tejados de la pequeña aldea, el acantilado parecía empujar la pintoresca High Street hacia el mar. Al otro lado de la escollera y con forma de curva se extendía, de manera uniforme y durante varios kilómetros, una playa de piedra... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El cómplice secreto | Cuento | El viejo oficial de grandes bigotes blancos dio rienda suelta a su indignación.
—¿Cómo es posible que todos ustedes, jovenzuelos, no tengan más sentido común? A muchos de ustedes no les vendría mal limpiarse los labios de leche antes de juzgar a los rezagados de una generación que han hecho mucho, y sufriendo no poco, ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El corazón de las tinieblas | Novela corta | I
A mano derecha se veían unas estacas de pesca parecidas a un extraño sistema de vallas de bambú; estaban a medio sumergir y resultaban un tanto incomprensibles en aquella división que marcaban sobre un mar de peces tropicales. Tenían un aspecto medio enloquecido, como si un puñado de pescadores nómadas las hubiese a... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El cuento | Cuento | I
Anclada y sin que hubieran ondeado las velas, la goleta Nellie se meció ligeramente antes de quedar otra vez en reposo. Había subido la marea, el viento apenas soplaba y, dado que el destino de la goleta era navegar río abajo, solo nos quedaba permanecer en puerto y esperar al reflujo de las aguas.
La desembocadura ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El delator | Cuento | La luz del crepúsculo agonizaba lentamente del otro lado del amplio y único ventanal como un enorme resplandor monótono y sin color, enmarcado por las rígidas sombras de la sala.
Era una habitación alargada. El inevitable ascenso de la noche avanzaba desde el fondo donde el susurro de la voz de un hombre, interrumpido ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El duelo | Cuento largo | El señor X vino a ver mi colección de esculturas de bronce y porcelanas chinas precedido por una carta que me envió un buen amigo de París.
Este amigo también es un coleccionista. No colecciona porcelanas, ni esculturas de bronce, ni cuadros, ni medallas, ni sellos, ni nada que pueda ser vendido provechosamente bajo el... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El fin de las ataduras | Cuento largo | I
A Napoleón I, cuya carrera fue un duelo contra toda Europa, no le gustaba que se batieran los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era un buen espadachín, ni sentía demasiado respeto por la tradición.
Sin embargo hubo un duelo que se convirtió en leyenda dentro de sus tropas y se mezcló con la épic... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El hacendado de Malata | Cuento largo | I
Mucho después de que el vapor Sofala hubiese virado hacia la costa, aquella chata y húmeda línea de tierra seguía pareciendo poco más que una mancha oscura en el lado opuesto de una franja luminosa. Los rayos del sol caían violentamente sobre aquel mar en calma, como si produjesen sobre la superficie reflectante un ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El oficial negro | Cuento | I
En el despacho de redacción del primer periódico de una gran ciudad colonial dos hombres charlaban. Ambos eran jóvenes. El más corpulento de ellos, rubio y envuelto en una apariencia más urbana era el redactor jefe y copropietario del importante periódico.
El otro se llamaba Renouard. Que algo ocupaba su mente era e... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El príncipe Román | Cuento | Hace un buen puñado de años había varios barcos cargando en el puerto de Londres. Me refiero a los años ochenta del siglo pasado, una época en la que aún había un buen número de magníficos barcos en los muelles, aunque no edificios tan espléndidos en sus calles.
Los barcos del muelle eran realmente magníficos. Estaban ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El regreso | Cuento | —Unos sucesos que ocurrieron hace setenta años tal vez puedan parecer demasiado remotos como para mencionarlos en una simple conversación. No hay duda de que para nosotros el año 1831 es una fecha histórica, uno de esos años letales en los que, una vez más, nos vimos obligados a decir Vae victis ante la pasiva indignac... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | El socio | Cuento | El metro procedente de la City emergió impetuosamente del interior del oscuro túnel y se detuvo entre chirridos bajo la sucia luz crepuscular de una estación del West End de Londres. Cuando se abrieron las puertas salió de los vagones una multitud de hombres. Llevaban sombreros de copa, abrigos negros, botas reluciente... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Falk, un recuerdo | Cuento largo | —Vaya historia absurda. Los marinos aquí en Westport han estado contando esta mentira a los veraneantes durante años. Al tipo que llevan en barca por un chelín por cabeza… y hace preguntas estúpidas… algo hay que contarle para pasar el tiempo. ¿Conoce algo más tonto que el que te lleven en barca a lo largo de una playa... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Freya de las siete islas | Cuento largo | En un pequeño mesón frente a la costa, a menos de cincuenta kilómetros de Londres y a más de treinta de ese pantano peligroso y poco profundo al que los guardacostas han bautizado con el ampuloso nombre de “océano alemán”, nos encontrábamos cenando un grupo de hombres relacionados con el mar de una manera u otra. Al ot... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Gaspar Ruiz, un relato romántico | Cuento | I
Cierto día —hace ya muchos años— recibí una larga y agradable carta de uno de mis antiguos compañeros de aventura por los mares de Oriente. Él seguía afincado por allí, pero llevaba una vida tranquila y era de mediana edad. Lo imaginaba convertido en un hombre corpulento y casero, al que había alcanzado por fin el d... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Il Conde | Cuento | I
Una guerra revolucionaria suele sacar de la oscuridad a muchos curiosos personajes, un puñado de vidas humildes que vive en los estratos más tranquilos de la sociedad.
Hay ciertos individuos que acaban logrando la fama gracias a sus virtudes o a sus vicios, o sencillamente por acciones que a veces llegan a adquirir ... |
Conrad, Joseph | Polonia | 1857-1924 | Juventud | Cuento | La primera vez que conversamos fue en el Museo Nacional de Nápoles, en una de las salas de la planta baja en la que se expone la famosa colección de esculturas de bronce encontradas en Herculano y Pompeya, ese maravilloso legado del arte antiguo cuya delicada perfección nos ha sido preservada de la catastrófica furia d... |
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