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Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | El huevo | Cuento | Mi padre estaba, estoy seguro, destinado por naturaleza a ser una persona alegre, bondadosa. Hasta los treinta y cuatro años trabajó en la granja de un tipo llamado Thomas Butterworth, cerca de la ciudad de Bidwell, Ohio. Por aquel entonces mi padre tenía su propio caballo y los sábados por la tarde bajaba a la ciudad ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | El libro de lo grotesco | Cuento | El escritor, un anciano de bigote blanco, tenía dificultad para meterse en la cama. Las ventanas de la casa donde vivía eran altas y, al despertarse por la mañana, quería mirar los árboles, por lo cual vino un carpintero a arreglar la cama para que quedara al mismo nivel de la ventana.
El suceso produjo gran alboroto. ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | El pensador | Cuento | La casa en la que Seth Richmond, de Winesburg, vivía con su madre había sido en su tiempo el orgullo del pueblo, pero su gloria se había oscurecido bastante cuando el joven Seth vivió en ella. La enorme casa de ladrillo que el banquero White se había construido en Buckeye Street la había superado. La residencia de los ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | El regreso | Cuento | I
Dieciocho años. Pues bien, conducía un buen coche, un deportivo de los caros. Iba bien vestido, un tipo elegante, fuerte, no demasiado corpulento. Cuando se fue de su pueblo del Medio Oeste para vivir en Nueva York tenía veintiún años y ahora, al regresar, cuarenta. Se dirigía al pueblo desde el Este, y se detuvo a ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Guerra | Cuento | Esta historia me la contó una mujer que conocí en un tren. El vagón estaba abarrotado y me senté a su lado. No viajaba sola, la acompañaba un hombre de figura esbelta que vestía un pesado abrigo marrón parecido al que se ponen en invierno los camioneros. Aquel hombre se desplazaba ansiosamente por el pasillo del vagón ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Hermanos | Cuento | Estoy en mi casa de campo, estamos a finales de octubre. Está lloviendo. Detrás de mi casa hay un bosque, delante hay un camino y, más allá, campo abierto. El paisaje está cubierto por pequeñas colinas que surgen bruscamente en medio de la llanura. A unas veinte millas, a través del llano, se extiende la gigantesca ciu... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La chica de Nueva Inglaterra | Cuento | Se llamaba Elsie Leander y había pasado su infancia en la granja de su padre, en Vermont. Los Leander llevaban varias generaciones viviendo en esa misma granja y se habían casado con mujeres delgadas y por eso ella también era delgada. La granja estaba situada en la sombra de una montaña, en un suelo no demasiado férti... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La fuerza de Dios | Cuento | El reverendo Curtís Hartman era pastor de la Iglesia Presbiteriana de Winesburg y había ocupado ese cargo durante más de diez años. Había cumplido los cuarenta y era silencioso y reservado por naturaleza. Predicar en el pulpito delante de la gente le costaba un esfuerzo ímprobo y desde el miércoles por la mañana al sáb... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La maestra | Cuento | La nieve cubría las calles de Winesburg. Había empezado a nevar a eso de las diez de la mañana y luego se levantó un viento que empujó la nieve a lo largo de la calle Mayor. Los caminos helados y embarrados que conducían al pueblo estaban lisos y en muchos sitios el hielo cubría el barro. “Se podrá ir en trineo”, dijo ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La mentira no contada | Cuento | Ray Pearson y Hal Winters trabajaban como peones en una granja a tres millas al norte de Winesburg. Los sábados por la tarde iban a pasear en las calles del pueblo con otros campesinos. Ray era un hombre de unos cincuenta años, callado, un tanto nervioso, de barba oscura y hombros muy redondeados debido al trabajo exce... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La otra mujer | Cuento | —Estoy enamorado de mi mujer, —afirmó— ese comentario no me pareció oportuno, ya que en ningún momento había cuestionado el sentimiento que le unía a la mujer con quien se había casado. —Seguimos caminando unos diez minutos y lo repitió. Me di la vuelta y empezó a contarme la historia que paso a contar a continuación.
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Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | La trampilla | Cuento | Winifred Walker entendía perfectamente ciertas cosas. Entendía que si un hombre estaba entre rejas es porque estaba en la cárcel. Para ella estar casada era estar casada.
En eso coincidía también con su marido Hugh Walker, aunque él seguía sin entender. Si hubiese entendido ciertas cosas, al menos no habría estado tan ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Lámparas apagadas | Cuento | El domingo por la tarde, a las siete en punto, Mary Cochran salió de las habitaciones donde vivía con su padre, el doctor Lester Cochran. Era el mes de junio del año mil novecientos ocho y Mary tenía dieciocho años. Primero caminó por la calle Tremont hasta llegar a Main y después cruzó las vías del ferrocarril hasta l... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Madre | Cuento | Elizabeth Willard, la madre de George Willard, era alta y flaca y tenía la cara picada de viruelas. Aunque no pasaba de los cuarenta y cinco años, alguna oscura enfermedad había apagado su fuego interior. Iba y venía con indolencia por el hotel viejo y destartalado mirando el descolorido empapelado de las paredes y las... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Manos | Cuento | En el porche medio podrido de una casita de madera próxima al borde del barranco cerca de Winesburg, Ohio, un hombrecillo gordo caminaba nerviosamente de un lado a otro. Más allá de un extenso terreno sembrado de tréboles, el cual solo había producido abundantes hierbas de mostaza, el hombre podía ver la carretera por ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Maternidad | Cuento | Bajo la colina había una ciénaga donde crecían juncos. En su cima, las hojas secas de un nogal crujían con la fuerza del viento.
Ella subió hasta allí, más allá del árbol, y se tumbó en el largo y verde prado. En una granja se escuchó un portazo y delante de la casa, en la carretera, ladró un perro.
El lugar permaneció... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Muerte | Cuento | La escalera que conducía a la consulta del doctor Reefy, en el edificio Heffner, encima del almacén de la Compañía Parisina de Productos Textiles, apenas estaba iluminada. En lo alto de la escalera, colgado de un clavo de la pared, había un quinqué con el tubo ennegrecido. El quinqué tenía una pantalla de hojalata cubi... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Muerte en el bosque | Cuento | I
Era una anciana y vivía en una granja cerca de mi ciudad. Cualquier persona del campo o de una ciudad pequeña ha visto a ancianas así, pero nadie sabe demasiado de ellas. Una anciana de esas llega a la ciudad a lomos de un caballo viejo o a pie, trajinando un cesto. Puede que traiga unas pocas gallinas y huevos para... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Nadie lo sabe | Cuento | George Willard se levantó del escritorio que ocupaba en las oficinas del Winesburg Eagle, miró cautelosamente a su alrededor y salió con precipitación por la puerta trasera. La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de nubes; aunque no habían dado las ocho todavía, la callejuela a la que daba la parte trasera de... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Partida | Cuento | El joven George Willard se levantó de la cama a las cuatro de la mañana. Estaban en abril y las hojitas de los árboles empezaban a brotar de las yemas. Los árboles de las calles residenciales de Winesburg son casi todos arces y sus semillas tienen alas. Cuando el viento sopla, giran alocadamente en el aire hasta cubrir... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Píldoras de papel | Cuento | Era un anciano de barba blanca con unas manos y una nariz enormes. Mucho antes de la época en que trabaremos conocimiento con él, había sido médico y conducido un caballo blanco de casa en casa por las calles de Winesburg. Luego se casó con una chica adinerada, que había heredado una granja grande y fértil a la muerte ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Quiero saber por qué | Cuento | Aquel primer día en el Este nos levantamos a las cuatro de la mañana. La noche anterior habíamos saltado de un tren de mercancías a las afueras de la ciudad y, con ese instinto que tenemos los chicos de Kentucky, no tuvimos problema en orientarnos por las calles y dar con las pistas y los establos a la primera. Allí sa... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Raro | Cuento | Desde la caja donde estaba sentado en el tosco cobertizo de madera que asomaba como una rebaba de la parte trasera de la tienda de Cowley & Sons en Winesburg, Elmer Cowley, el miembro más joven de la empresa, podía ver, a través de la sucia ventana, el interior de la imprenta del Winesburg Eagle. Elmer estaba cambiando... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Respectabilidad | Cuento | Si usted ha vivido en ciudades y caminos por el parque durante una tarde de verano, quizá habrá visto, parpadeando en un rincón de su jaula de hierro, a una clase de mono enorme y grotesco, una criatura de piel fea, ajada y calva debajo de los ojos y un trasero morado brillante. Este mono es un verdadero monstruo. Toda... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Semillas | Cuento | Era un hombre de pequeña estatura, tenía barba y era muy nervioso. Recuerdo cómo se le tensaban los músculos del cuello.
Llevaba años intentando curar a la gente mediante un método denominado psicoanálisis. Toda su vida giraba en torno a esa idea. Era su verdadera pasión. —He venido aquí porque estoy cansado —dijo con ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Senilidad | Cuento | Era un hombre de avanzada edad. Estaba sentado en la escalinata de la estación de tren de una pequeña ciudad de Kentucky.
Un hombre bien vestido, probablemente algún viajero proveniente de la gran ciudad, se acercó y se detuvo ante él.
Su presencia intimidó al anciano. Su sonrisa se parecía a la de un niño pequeño. De ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Soledad | Cuento | Era hijo de la señora de Al Robinson, que antaño había poseído una granja en el camino de Trunion Pike, al este de Winesburg, unos tres kilómetros a las afueras del pueblo. La granja estaba pintada de marrón y las persianas de las ventanas que daban al camino se hallaban siempre cerradas. Delante de la casa, unos pollo... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Tandy | Cuento | Vivió hasta la edad de siete años en una casa vieja, sin pintar, junto a un camino abandonado que arrancaba de Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas de ella, y su madre había fallecido. Su padre se pasaba el tiempo discutiendo y discurriendo sobre religión. Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera vivía ... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Todo es engaño | Cuento | Era la hora del anochecer, de uno de los últimos días de otoño. La Feria Comarcal de Winesburgo había atraído al pueblo una gran muchedumbre de gentes del campo. El día había sido despejado y la noche se presentaba tibia y agradable. Las carretas que pasaban por Trunion Pike, en donde la carretera se extendía, al salir... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Un despertar | Cuento | Belle Carpenter tenía la tez morena, los ojos grises y los labios gruesos. Era fuerte y alta. Si estaba de mal humor, se enfurecía y lamentaba no ser un hombre para poder pelearse con alguien a puñetazos. Trabajaba en la sombrerería de Nate McHugh y se pasaba el día bordando sombreros junto a una ventana de la trastien... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Un hombre de ideas | Cuento | Vivía con su madre, una mujer gris y silenciosa de tez particularmente cenicienta. La casa en la que vivían estaba en un bosquecillo, pasado el lugar donde la calle Mayor de Winesburg atraviesa el arroyo Wine. Se llamaba Joe Welling y su padre, abogado y miembro de la legislatura del estado en Columbus, había disfrutad... |
Anderson, Sherwood | Estados Unidos | 1876-1941 | Una aventura | Cuento | Alice Hindman, que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía un muchacho, había pasado toda su vida en Winesburgo. Estaba empleada en la tienda de ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada en segundas nupcias.
El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Alas | Minicuento | Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Un tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:
-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?
-¿Volar? -me di... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Aquiles y la tortuga | Minicuento | Zenón: Homero contó muy bien cómo Héctor huyó al ver que Aquiles se le acercaba: tres veces dio vuelta a las murallas de Troya, y Aquiles siempre persiguiéndolo. Lo que no contó es que Aquiles, sintiendo que no podía estrechar la distancia, pensó: “¡Si Héctor fuera una tortuga!”. Bien: en mi argumento contra el movimie... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Arte y vida | Minicuento | Jack Turpin (Inglaterra, 1750-1785) fue el actor más afamado y difamado en el reino de Jorge III. Afamado por su elegancia de galán en las comedias de Sheridan que se ponían en el Teatro Drury Lane y difamado en la sociedad de Londres por las explosiones de su carácter irascible. Una noche, en una taberna, el crítico S... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Cuerno y marfil | Minicuento | Penélope le dice a Odiseo:
-Hay dos puertas para los sueños: una, construida de cuerno; otra, de marfil. Los que vienen por la de marfil nos engañan; los que vienen por la de cuerno nos anuncian verdades.
En Homero (Odisea, XIX) esas puertas eran alegóricas: no existían sino como imágenes de ideas. Ahora sabemos que ex... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Danza macabra III | Minicuento | Cuando Pablo tenía diez años bajó al sótano y vio a su padre ahorcado del techo. El choque fue espantoso: quedó melancólico, estremecido, tartamudo. Pasaron diez años y se casó con una niña a la que acababa de conocer en una playa veraniega. La noche de bodas descubrió que su mujer padecía de una subluxación de la colu... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El beso | Minicuento | La reina de un remoto país del norte, despechada porque Alejandro el Magno había rechazado su amor, decidió vengarse. Con uno de sus esclavos tuvo una hija y la alimentó con veneno. La niña creció, hermosa y letal. Sus labios reservaban la muerte al que los besara. La reina se la envió a Alejandro, como esposa; y Aleja... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El diluvio | Minicuento | Zeus, para mejorar la raza humana, ordenó a Eolo y Posidón que anegaran la tierra.
Diluvió. Mares y ríos se juntaron. Inmensas ciudades inmersas.
Los hombres se defendieron construyendo balsas y embarcaciones. Vislumbraban, en el fondo del agua, el techo de sus casas y confiaban en que alguna vez podrían retornar. Entr... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El fantasma | Cuento | Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido aver... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El ganador | Minicuento | Bandidos asaltan la ciudad de Mexcatle y ya dueños del botín de guerra emprenden la retirada. El plan es refugiarse al otro lado de la frontera, pero mientras tanto pasan la noche en una casa en ruinas, abandonada en el camino. A la luz de las velas juegan a los naipes. Cada uno apuesta las prendas que ha saqueado. Par... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El leve Pedro | Cuento | Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer… Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse de... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | El suicida | Minicuento | Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Espiral | Minicuento | Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si esa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Esquemas de lo posible V | Minicuento | —Yo —dijo un fantasma a otro, al encontrarse en el desván de una vieja casona— soy diferente a usted: yo no me morí nunca, yo empecé fingiendo que era un fantasma, y ya ve.
FIN |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Gesta romanorum III | Minicuento | Un gran crujido y se partió la superficie de la tierra: quedó una profunda brecha, justamente en medio de Roma. Los hombres sintieron que mientras la ciudad estuviera así rajada no podrían ser felices. ¿Qué hacer? El Pontífice dijo que sin duda era voluntad de los dioses dejar el abismo abierto hasta que alguien se sac... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Héroes II | Minicuento | Algunos de los marineros que regresaban de sus largos viajes solían visitar a Simbad, el paralítico. Simbad cerraba los ojos y les contaba las aventuras de sus propios viajes interiores. Para hacerlas más verosímiles a veces se las adjudicaba a Odiseo. “Apuesto”, pensaba Simbad cuando se quedaba solo, “a que tampoco él... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Intelligentsia IX | Minicuento | Con máquinas calculadoras los técnicos montaron una Academia de Filosofía. Primero eligieron las obras más importantes en la historia del pensamiento. Después, mediante un rigurosísimo análisis, las despojaron de sus accidentes —lenguaje, biblioteca, época, paisaje, polémicas, anécdotas— hasta reducirlas a esenciales v... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Jasón | Minicuento | Odiseo fue el primero en contarlo, pero la verdad es que, antes de conocer a Odiseo, ya Circe había avisado a Jasón que tuviese cuidado al pasar por la isla de las sirenas: con sus cantos lo harían arrojarse al mar, a menos —le dijo— que se tapara con cera los oídos u ordenase a los argonautas que lo ataran al mástil. ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La cueva de Montesinos | Minicuento | Soñó don Quijote que llegaba a un transparente alcázar y Montesinos en persona -blancas barbas, majestuoso continente- le abría las puertas. Solo que cuando Montesinos fue a hablar don Quijote despertó. Tres noches seguidas soñó lo mismo, y siempre despertaba antes de que Montesinos tuviera tiempo de dirigirle la pala... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La cueva de Platón | Minicuento | El símil de la cueva, en Platón (República, VII), podría contarse de otra manera.
Esos hombres han vivido encerrados en una cueva subterránea, de espaldas a una fogata, creyendo que las sombras que veían moverse sobre el muro de enfrente eran las únicas cosas existentes. Cuando conversaban no se ponían de acuerdo sobre... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La fama | Minicuento | El poeta la vio pasar, aprisa; y aprisa corrió tras ella y se quejó:
-¿Y nada para mí? A tantos poetas que valen menos ya los has distinguido: ¿y a mi cuándo?
La Fama, sin detenerse, miró al poeta por encima del hombro y contestó sonriéndole mientras apresuraba la carrera:
-Exactamente dentro de dos años, a las cinco d... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La foto | Minicuento | Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La granada XXIV | Minicuento | El Emperador de la China declaró públicamente que a él, y solo a él, debía culpársele por el último eclipse de sol: lo había causado, sin querer, al cometer un error administrativo. La corte alabó al Emperador por ese admirable rasgo de humildad y contrición.
FIN |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La montaña | Minicuento | El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en l... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La muerte | Minicuento | La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.
-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.
-... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | La pierna dormida | Minicuento | Esa mañana, al despertarse, Félix se miró las piernas, abiertas sobre la cama, y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: “y si dejara la izquierda aquí?” Meditó un instante. “No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también la izquierda, que lleva pegada. ¡Ea! Hagamos la prueba.”
Y todo salió ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Las estatuas | Minicuento | En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos d... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Las manos | Minicuento | En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín. Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes. Saludó con una incli... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Las últimas miradas | Minicuento | El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone u... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Licantropía | Cuento | Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. S... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Logia de maniáticos IV | Minicuento | Muchas veces, en las breves y forzadas paradas en los urinarios, había leído en los tabiques frases escritas por otras manos; y también se había imaginado las pictografías de las cuevas prehistóricas, las inscripciones en las atalayas de los castillos, la literatura mural de calabozos y garitas. ¿Fue así como comenzó s... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Mapas | Minicuento | Había muchos mapas colgados en la escuela. El niño Beltrán los miraba, distraído. En el libro de lectura también había mapas. Tampoco a Beltrán le interesaban. Aun del globo terráqueo que engordaba en el vestíbulo, frente al despacho de la Directora, lo único que le llamaba la atención era que uno pudiese hacerlo girar... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Noctilucas | Minicuento | Ezequiel emprendió un largo viaje para ver si así se libraba del Otro. Ya en Puerto Rico, de San Juan fue a la villa de San Germán y por la noche lo pasearon en lancha por la costa del sur, en la Parguera. La brisa olía a errantes sargazos. Miríadas de noctilucas flagelaban las bordas en ondas fosforescentes. De golpe ... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Sadismo y masoquismo | Minicuento | Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
-¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
-No.
FIN |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Sententia Nominum | Minicuento | Verano de 1116. Casa del canónigo Fulbert, en París.
Pierre Abélard ve acercarse a Héloïse. Va a abrazarla pero ella lo detiene diciéndole:
—No te equivoques. Solo soy la imagen que llevas en tu corazón.
Abélard replica:
—Según eso, yo seré la imagen que Héloïse lleva de mí en su corazón. Da lo mismo, pues.
Y las imáge... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Tabú | Minicuento | El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:
-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
-¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.
Y muere.
FIN |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Teologías y demonologías | Minicuento | Samuel Taylor Coleridge soñó que recorría el Paraíso y que un ángel le daba una flor como prueba de que había estado allí.
Cuando Coleridge despertó y se encontró con esa flor en la mano, comprendió que la flor era del infierno y que se la dieron nada más que para enloquecerlo.
FIN |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Una plaza en el cielo | Minicuento | Etelvina y Luis van a casarse. En vísperas de la boda, Luis muere. Etelvina se resigna porque confía en que volverán a encontrarse en el Cielo. Pasan los años y ella espera, espera… Espera que Dios la llame. Ahora es una viejita. Está atravesando la Plaza de su barrio. De pronto -en el crepúsculo tocan las campanas del... |
Anderson Imbert, Enrique | Argentina | 1910-2000 | Vudú | Minicuento | Creyéndose abandonada por su hombre, Diansola mandó llamar al Brujo. Sólo ella, que con su fama tenía embrujada a toda la isla Barbuda, pudo haber conseguido que el Brujo dejara el bosque y caminara una legua para visitarla. Lo hizo pasar a la habitación y le explicó:
-Hace meses que no veo a Bondó. El canalla ha de an... |
Andrade, Mario de | Brasil | 1893-1945 | El pavo de Navidad | Cuento | Nuestra primera Navidad en familia, después de la muerte de papá ocurrida cinco meses antes, fue de consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre fuimos una familia feliz, en ese sentido bien amplio de felicidad: gente honesta, sin crímenes, hogar sin peleas internas ni graves dificultades económ... |
Andrade, Mario de | Brasil | 1893-1945 | Rosa y el cascarudo | Cuento | Belazarte me contó:
No creo en bichos malignos, pero del cascarudo, no sé. Mire lo que sucedió con Rosa… Dieciocho años. Yo no sabía que los tenía. Nadie había reparado en eso. Ni doña Carlotita ni doña Ana, ya viejecitas y solteronas, ambas con cuarenta y muchos. Rosa había venido para acompañarlas a los siete años cu... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | Ben Tovit | Cuento | El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, un dolor horrible de muelas.
Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en el lado de... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | El gigante | Cuento | Ha venido el gigante, el gigante grande, grande. ¡Tan grande, tan grande! ¡Y tan bobo ese gigante! Tiene manazas enormes, con dedos muy gruesos, y pies tan enormes y gruesos como árboles. Muy gordos, muy gordos. ¡Ha venido y… se ha caldo! ¿Sabes? ¡Se cayó! ¡Tropezó con un peldaño y se cayó! Es tan bruto el gigante, tan... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | El misterio | Cuento | I
Experimenté una inmensa alegría. Yo era un estudiante pobre, sin un copec en el bolsillo -había gastado los últimos en un anuncio solicitando un empleo-. Y tuve la suerte de encontrar un magnífico trabajo.
Una nublada mañana de finales de octubre recibí una carta en la cual se me invitaba a presentarme en el Hotel de... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | El muro | Cuento | I
Otro leproso y yo nos arrastramos con precaución hasta el píe del muro, y miramos a lo alto. Desde el sitio donde estábamos no se distinguía su cresta. Elevábase recto y liso, y parecía partir al cielo en dos. Y la mitad de cielo que había de nuestro lado era de un negro de tempestad que se hacía azul obscuro hacia e... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | El silencio | Cuento | I
Una noche clara de mayo en la que cantaban los ruiseñores, en el estudio del pope1 Ignacio penetró su mujer. En su rostro se dibujaba un aire de pena, y la lamparita temblaba en su mano. Se acercó a su marido y, tocándole con la mano, le dijo con lágrimas en los ojos:
-¡Pope, vamos a ver a nuestra hijita Vera!
Sin vo... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | Ladrón | Cuento | I
Fiodor Iurasov, el ladrón tres veces condenado por robo, se dirigía a visitar a su antigua amante, una prostituta que vivía a unas ochenta verstas de Moscú. Mientras esperaba la salida del tren, entró en la cantina de primera y se atracó de pasteles y vino, que le sirvió un camarero de frac. Luego, cuando todos los p... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | Un hombre original | Cuento | Un corto silencio entre los comensales, y en medio del murmullo de las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien declaró con voz dulce y tranquila:
-¡A mí me encantan las negras!
Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por ... |
Andréiev, Leónidas | Rusia | 1871-1919 | Un sueño | Cuento | Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.
-No sé qué pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a l... |
Apollinaire, Guillaume | Francia | 1880-1918 | El marinero de Ámsterdam | Cuento | El bergantín holandés Alkmaar regresaba de Java cargado de especias y otras mercancías preciosas. Hizo escala en Southampton, y a los marineros se les dio permiso para bajar a tierra. Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un loro sobre el izquierdo y, en bandolera, un fardo de telas ... |
Apollinaire, Guillaume | Francia | 1880-1918 | Una bella película | Cuento | ¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el barón d’Ormesan-. Por mi parte, ya no los cuento más. He cometido algunos que me produjeron bastante dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinem... |
Arenal, Humberto | Cuba | 1926-2012 | El caballero Charles | Cuento | —Ah, aquellos sí que eran tiempos mejores —dijo el hombre—, ¿verdad, doña Clarita? Entonces todo era distinto. Como decía la hermana del caballero Charles… ¿Cómo era aquello…? ¿Eh, doña Clarita? No recuerdo bien…
—¿Eh…?
—Lo que decía la hermana del caballero Charles… Aquello de la opu… ¿Opu qué?
La mujer estaba tendida... |
Arenal, Humberto | Cuba | 1926-2012 | El papagayo | Cuento | Antes, Maggie tuvo una secreta debilidad por Tony Restrepo. Hasta le perdonó que se casara con su hija Peggy, que entonces tenía 17 años, y que la hiciera abandonar sus estudios en la Universidad. Le gustaba, a pesar de su piel oscura, su cara de indio y su acento latino al hablar, que ella tanto odiaba en los otros es... |
Arenal, Humberto | Cuba | 1926-2012 | En lo alto de un hilo | Cuento | Creo que en parte yo lo sabía, pero no hubiera querido que aquello sucediera. Por lo menos en la forma en que sucedió. No sé. Cuando uno es niño tiene sus amores y sus ilusiones que hay que cuidar porque si no las cosas después no van bien en la vida. Mi madre aquel día se había levantado como siempre con sueño a hacer... |
Arenal, Humberto | Cuba | 1926-2012 | La vuelta en redondo | Cuento | “…todo me llega tarde hasta la muerte, como si uno pudiera decidir lo que le gusta, esta gente que me rodea, ya es muy tarde, la muerte no será tan mala después de todo si lo que uno deja está tan podrido, siempre ahí callada cuando no está así me mira con sus ojos desconfiados y duros siempre igual, treinta años mira ... |
Arévalo Martínez, Rafael | Guatemala | 1884-1975 | El hechizado | Cuento | Un día, después de narrar “La Signatura de la Esfinge”, Cendal dijo a Elena, su radiante protagonista:
-Ya le referí su propia historia, la de la Dominadora. Yo hoy necesito que también escuche la mía, la del profesor Cendal, el Hechizado.
Y la narró así:
“Conocí a la mujer que es su heroína en la ciudad de Los Ángeles... |
Arévalo Martínez, Rafael | Guatemala | 1884-1975 | El hombre que parecía un caballo | Cuento | En el momento en que nos presentaron, estaba en un extremo de la habitación, con la cabeza ladeada, como acostumbraban a estar los caballos, y con aire de no fijarse en lo que pasaba a su alrededor. Tenía los miembros duros, largos y enjutos, extrañamente recogidos, tal como los de uno de los protagonistas en una ilu... |
Arévalo Martínez, Rafael | Guatemala | 1884-1975 | La signatura de la esfinge | Cuento | I
Apenas concluí mis abluciones matinales, escribí a Elena la carta que llevó un propio. Me estremecía de comprensión y de deseo de comunicarme con la extraña y bella mujer, al escribirla. La carta decía:
Guatemala, 22 de enero de 19…
Mi temerosa amiga: Ya sé cuál es su signatura, definitivamente. Ya conozco la clave ... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Agua | Cuento | Cuando yo y Pantaleoncha llegamos a la plaza, los corredores estaban todavía desiertos, todas las puertas cerradas, las esquinas de don Eustaquio y don Ramón sin gente. El pueblo silencioso, rodeado de cerros inmensos, en esa hora fría de la mañana, parecía triste.
—San Juan se está muriendo —dijo el cornetero—. La pla... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Diamantes y pedernales | Cuento largo | I
Iba a cumplir tres años de residencia en el pueblo. Todos sabían que era forastero; y quien deseaba humillarlo, lo proclamaba.
Sus ojos eran pequeños, su frente corta, sus pómulos relucientes; era bajo y recio. Se ajustaba el pantalón con un chumpi (cinturón) ornado de figuras de patos y toros.
Solo él usaba esa clas... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Don Antonio | Cuento | Por la noche, cuando cruzaba la calle principal del pueblo para ir donde don Antonio, el camionero que lo llevaría a la costa, vio que dos jóvenes señores cantaban a dúo al pie de un balcón.
Si duermo, contigo sueño,
si despierto, pienso en ti.
Fina estrella del cielo inclemente,
si duermo, contigo sueño…
Santiago si... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El ayla | Cuento | Los aukis, sacerdotes de la comunidad, cantaban en quechua a la orilla del estanque. Con el sombrero en una mano y una cruz pequeña cubierta de flores rojas de k’antu en la otra, entonaban un himno muy antiguo:
Aylillay, aylillay
uh huayli
aylillay, aylillay
uh huayli.
Señores Cabildo;
señores comunes
hermosa palabra
... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El barranco | Cuento | En el barranco de K’ello-k’ello se encontraron, la tropa de caballos de don Garayar y los becerros de la señora Grimalda. Nicacha y Pablucha gritaron desde la entrada del barranco:
-¡Sujetaychis! ¡Sujetaychis! (¡Sujetad!)
Pero la piara atropelló. En el camino que cruza el barranco, se revolvieron los becerros, llorando... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El cargador | Cuento | Me han cambiado de ayudante: el nuevo se llama Severino, es hijo de un árabe y de una criolla. Severino es moreno, de ojos pequeños y muy negros, usa bigotes, su cara está bien afeitada, es bajo. Sus cejas espesas y algo erizadas, la córnea amarilla y turbia, y su costumbre de mirar con las pupilas siempre al centro de... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El forastero | Cuento | El forastero iba repitiendo mentalmente la letra de un canto de su pueblo:
Solitario cóndor de los abismos,
helado cóndor negro;
me dijeron que yo nací en tu nido
triste
sobre la aguja de roca que nace
de la gran nieve, triste,
Aun así, aun así,
cóndor de la nieve que llora.
No explicaría mi nacimiento
este dolor, est... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El horno viejo | Cuento | Dormía bien en la batea grande que había pertenecido al horno viejo. A su lado, sobre pellejos, dormía la sirvienta Facunda. Cerca del fogón, en una tarima hecha de adobes que en el día era utilizada como apoyo para los peones, dormía la cocinera, doña Cayetana.
—Apesta a indio y cebolla —dijo el caballero, en la puert... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El joven que subió al cielo | Cuento | Había una vez un matrimonio que tenía un solo hijo. El hombre sembró la más hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas tierras la papa crecía lozana. Sólo él poseía esa excelsa clase de semilla. Empero, todas las noches, los ladrones arrancaban las matas de este sembrado, y robaban lo... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El Pelón | Cuento | Pelón vivía en una tienda de esquina, en la tercera calle. El jirón “comercial” corría entre los dos malecones; era un callejón angosto con piso de tierra y dos cintas de aceras empedradas; detrás del gran malecón de arriba estaba la mejor calle, ancha, pavimentada hasta la mitad, hasta el crucero con la calle de la ti... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El sueño del pongo | Cuento | A la memoria de don Santos Ccoyoccossi Ccataccamara, Comisario Escolar de la comunidad de Umutu, provincia de Quispicanchis, Cuzco. Don Santos vino a Lima seis veces; consiguió que lo recibieran los Ministros de Educación y dos Presidentes. Era monolingüe quechua. Cuando hizo su primer viaje a Lima tenía más de sesenta... |
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