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Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | El vengativo | Cuento | Voy a faltar a mi palabra, voy a romper la promesa más solemne que he hecho en mi vida; me siento demasiado humano, no puedo guardar por más tiempo esa tremenda historia. Durante tres años he envejecido por respetar un juramento que ha caducado ahora. ¡Tres años! Reprimiendo el deseo impetuoso que sentía por declarar, ... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Hijo Solo | Cuento | Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio, las calandrias llegaban solas, exhibiendo sus alas; se posaban lentamente sobre los lúcumos, en las más altas ramas, y cantaban.
A esa hora descansaba un rato, Singu, el pequeño sirviente de la hacienda. Sub... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | K’ellk’atay-pampa | Cuento | —Recién es el amanecer, pero Yanamayu está resondrando ya a la pampa con su gritar rabioso.
—¿Sabes, Nicacha? A este río le pusieron ese nombre porque es malo. Yanamayu, alma negra, asesino. Nadie le quiere en la Pampa de Yanamayu, ni las ovejitas, ni las vacas, ni los caballos cerriles; con odio le oyen roncar todo el... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | La agonía de Rasu-Ñiti | Cuento | Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la h... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | La huerta | Cuento | —La mujer sufre. Con lo que le hace el hombre, pues, sufre.
—¿Con qué dices, de lo que el hombre le hace?
—De noche, en la cama. O en cualquier parte sucia.
—Eres criatura. Ella goza más que el hombre. Más goza, por eso acepta también quedarse con el hijo sin que el hombre le ayude en nada. Con eso sí sufre, buscando c... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | La muerte de los Arango | Cuento | Contaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros.
A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños puentes. Soldados ... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Los comuneros de Ak’ola | Cuento | —Hoy día —se dijo don Ciprián, principal de Ak’ola y Lukanas.
Sentado sobre el poyo del corredor de su casa miraba salir uno tras otro a sus cuatro concertados: José Delgado, Juan Kispe, Antonio Wallpa, Francisco Rondón.
—Son unos bestias, indios… —y dijo un calificativo sucio.
Era jueves, víspera del yaku punchau (día... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Los comuneros de Utej-pampa | Cuento | En la cumbre del cerro Santa Bárbara el cura de San Juan mandó hacer un trono de tantarkichka para la Virgen Candelaria, patrona del pueblo. Don Inocencio, sacristán de la iglesia, dirigió el trabajo. El tantar es un arbusto espinoso con hojas pequeñas y verdes. Don Inocencio aplastó con una piedra plana las ramas cent... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Los escoleros | Cuento largo | El wikullo es el juego vespertino de los escoleros de Ak’ola. Bankucha era el escolero campeón en wikullo. Gordinflón, con aire de hombre grande, serio y bien aprovechado en leer, Bankucha era el “Mak’ta” en la escuela; nosotros a su lado éramos mak’tillos no más, y él nos mandaba.
Cuando barríamos en faena la escuela,... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Orovilca | Cuento | El chaucato ve a la víbora y la denuncia; su lírica voz se descompone. Cuando descubre a la serpiente venenosa lanza un silbido, más de alarma que de espanto, y otros chaucatos vuelan agitadamente hacia el sitio del descubrimiento; se posan cerca, miran el suelo con simulado espanto y llaman, saltando, alborotando. Los... |
Arguedas, José María | Perú | 1911-1969 | Warma kuyay | Cuento | Noche de luna en la quebrada de Viseca.
Pobre palomita, por dónde has venido,
buscando la arena por Dios, por los cielos.
—¡Justina! ¡Ay, Justinita!
En un terso lago canta la gaviota,
memoria me deja de gratos recuerdos.
—¡Justinay, te pareces a las torcazas de Sausiyok’!
—¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas!
—... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Accidentado paseo a Moka | Cuento | Cuando el “Caballo Verde” salió del puerto de Santa Isabel, el noble anciano, apoyado de codos en la pasarela del paquete, cargado de negros hediondos y pirámides de bananas, me dijo al mismo tiempo que miraba entristecido cómo la isla de Fernando Poo empequeñecía a la distancia:
-¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Cuánto! ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Acuérdate de Azerbaijan | Cuento | Los dos mahometanos se detuvieron para dejar paso a la procesión budista. Con un paraguas abierto sobre su cabeza delante de un palanquín dorado, marchaba un devoto.
Atrás, oscilante, avanzaba el cortejo de elefantes superando con sus budas dorados cargados en el lomo, la verde copa de las palmeras. El socio de Azerbai... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Del que no se casa | Cuento | Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Ejercicio de artillería | Cuento | Esta historia debía llamarse no “Ejercicio de artillería”, sino “Historia de Muza y los siete tenientes españoles”, y yo, personalmente, la escuché en el mismo zoco de Larache, junto a la puerta de Ksaba, del lado donde terminan las encaladas arcadas que ocupan los mercaderes de Garb; y contaba esta historia un “zelje”... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | El cazador de orquídeas | Cuento | Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.
Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poc... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | El gato cocido | Cuento | Me acuerdo.
La vieja Pepa Mondelli vivía en el pueblo Las Perdices. Era tía de mis cuñados, los hijos de Alfonso Mondelli, el terrible don Alfonso, que azotaba a su mujer, María Palombi, en el salón de su negocio de ramos generales. Reventó, no puede decirse otra cosa, cierta noche, en un altillo del caserón atestado d... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | El hombre del turbante verde | Cuento | A ningún hombre que hubiera viajado durante cierto tiempo por tierras del Islam podían quedarle dudas de que aquel desconocido que caminaba por el tortuoso callejón arrastrando sus babuchas amarillas era piadoso creyente. El turbante verde de los sacrificios adornaba la cabeza del forastero, indicando que su poseedor h... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | El jorobadito | Cuento | Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.
Sin embargo, mis singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas estrangulando a Rigoletto... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | El traje del fantasma | Cuento largo | Inútil ha sido que tratara de explicar las razones por las cuales me encontraba completamente desnudo en la esquina de las calles Florida y Corrientes a las seis de la tarde, con el correspondiente espanto de jovencitas y señoras que a esa hora paseaban por allí. Mi familia, que se apresuró a visitarme en el manicomio ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Escritor fracasado | Cuento | Nadie se imagina el drama escondido bajo las líneas de mi rostro sereno, pero yo también tuve veinte años, y la sonrisa del hombre sumergido en la perspectiva de un triunfo próximo. Sensación de tocar el cielo con la punta de los dedos, de espiar desde una altura celeste y perfumada, el perezoso paso de los mortales en... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Extraordinaria historia de dos tuertos | Cuento | Dudo que tuerto alguno pueda contar otra maravillosa historia semejante a la que nos ocurrió a mí y a Hortensio Lafre, tuerto también como yo. Y ahora tomáos el trabajo de leerme.
Tenía yo pocos años de edad cuando perdí mi ojo derecho en un accidente de caza que le aconteció a mi padre, y la ruina sobrevenida a é... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Halid Majid el achicharrado | Cuento | Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de este:
Enriqueta Dogson era una chiflada.
A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas ro... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Historia del señor Jefries y Nassin el Egipcio | Cuento | No exagero si afirmo que voy a narrar una de las aventuras más extraordinarias que pueden haberle acontecido a un ser humano, y ese ser humano soy yo, Juan Jefries. Y también voy a contar por qué motivo desenterré un cadáver del cementerio de Tánger y por qué maté a Nassin el Egipcio, conocido de mucha gente por sus af... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La aventura de Baba en Dimisch esh Sham | Cuento | ¿Es de noche o es de día?… ¿Es de noche o es de día?…
Dificulto que en todo el Magreb pudiera encontrarse un desarrapado más hilachoso que éste. Tieso junto al pilar de ladrillo de la puerta de Bab el Estha vociferó nuevamente:
-¿Es de noche o es de día?… ¿Es de noche o es de día?…
La luz verdosa del farolón de bronce ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La cadena del ancla | Cuento | Cuando a fines del año 1935 visité Marruecos el tema general de las conversaciones giraba en torno a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos. En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La doble trampa mortal | Cuento | He aquí el asunto, teniente Ferrain: usted tendrá que matar a una mujer bonita.
El rostro del otro permaneció impasible. Sus ojos desteñidos, a través de las vidrieras, miraban el tráfico que subía por el bulevar Grenelle hacia el bulevar Garibaldi. Eran las cinco de la tarde, y ya las luces comenzaban a encenderse en... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La factoría de Farjalla Bill Alí | Cuento | Los que me conocían, al enterarse de que iba a trabajar en el criadero de gorilas de Farjalla Bill Alí se encogieron compasivamente de hombros.
Yo ya no tenía dónde elegir. Me habían expulsado de los más importantes comercios de Stanley.
En unas partes me acusaban de ratero y en otras de beodo. Mi último amo al tropeza... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La luna roja | Cuento | Nada lo anunciaba por la tarde.
Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas de olores a telas ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La ola de perfume verde | Cuento | Yo ignoro cuáles son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella noche, dejando los naipes sobre la mesa, exclamó:
-¿Ya apare... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | La pista de los dientes de oro | Cuento | Lauro Spronzini se detiene frente al espejo. Con los dedos de la mano izquierda mantiene levantado el labio superior, dejando al descubierto dos dientes de oro. Entonces ejecuta la acción extraña; introduce en la boca los dedos pulgar e índice de la mano derecha, aprieta la superficie de los dientes metálicos y retira ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Las fieras | Cuento | No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspero que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Los bandidos de Uad Djuari | Cuento | Era siempre el mismo y no otro.
Cada vez que Arsenia y yo pasábamos por la plaza de Nejjarine, sentado bajo una linterna de bronce, calado al modo morisco que adorna a la fuentecilla del “fondak”, veíamos a un niño musulmán de ocho o nueve años de edad, quien al divisarnos, se llevaba la mano al corazón y muy gentilísi... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Los cazadores de marfil | Cuento | La barcaza a nueve nudos por hora, iba aguas abajo por el río Congo. A un lado del mástil, el pequeño. Inmóvil junto al timón, el grandote. Los dos hombres meditaban. De ellos se podía decir: por mitad comerciantes y por mitad bandidos, según se ofrecieran las circunstancias. Peter, de minúscula estatura, desafiaba al ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Los hombres fieras | Cuento | El sacerdote negro apoyó los pies en un travesaño de bambú del barandal de su bungalow, y mirando un elefante que se dirigía hacia su establo cruzando las calles de Monrovia, le dijo al joven juez Denis, un negro americano llegado hacía poco de Harlem a la Costa de Marfil:
-En mi carácter de sacerdote católico de la Ig... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Noche terrible | Cuento | Distancia encajonada por las altas fachadas entre las que parece flotar una neblina de carbón. A lo largo de las cornisas, verticalmente con las molduras, contramarcos fosforescentes, perpendiculares azules, horizontales amarillas, oblicuas moradas. Incandescencias de gases de aire líquido y corrientes de alta frecuenc... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Odio desde la otra vida | Cuento | Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Pequeños propietarios | Cuento | Cierta noche, Eufrasia, poco después de cenar, le dijo a Joaquín, su esposo:
—¿Sabes?, tengo el presentimiento de que el de al lado le roba materiales al infeliz a quien le está construyendo la casa.
Joaquín la soslayó hosco, con su ojo de vidrio.
—¿De dónde sacas eso?
—Porque hoy al oscurecer vino con el carrito carga... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Rahutia la bailarina | Cuento | En el arrabal morisco de Tetuán, en la callejuela de Dar Vomba, precisamente junto a los arcos que la techan dándole la apariencia de un subterráneo azulado, vivía hasta hace pocos años Ibu Abucab, comerciante y fabricante de babuchas.
Algunos niños, de nueve y diez años, respectivamente, trabajaban para él. El babuche... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Un error judicial | Cuento | De pronto, el señor Roeder, levantándose de entre el círculo de herederos que escudriñaban el semblante de la señora Grummer, exclamó:
-Sí, ¡usted es la ladrona!
La señora Grummer, una anciana de sesenta años, al escuchar a Roeder se echó a llorar. Las lágrimas corrían por su ruinoso rostro amarillo; pero el señor Roed... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Una tarde de domingo | Cuento | Eugenio Karl salió aquella tarde de domingo a la calle, diciéndose:
«Es casi seguro que hoy me va a ocurrir un suceso extraño.»
El origen de semejantes presagios lo basaba Eugenio en las anómalas palpitaciones de su corazón, y éstas las atribuía a la acción de un pensamiento distante sobre su sensibilidad. No era raro ... |
Arlt, Roberto | Argentina | 1900-1942 | Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte | Cuento | -¿Te llevaré a visitar el palacio de El Menobi?
-No.
-¿Y el palacio de Hach Idris ben-Yelul?
-No.
-¿No deseas conocer una joven de ojos de luna y rostro de diamante?
-No.
-Por Alá -gimió el lameplatos-. ¿No quieres nada entonces?
Piter se irguió ligeramente ante el mármol de la mesa, miró indulgente al desarrapado belf... |
Arredondo, Inés | México | 1928-1989 | Estío | Cuento | Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.
–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.
Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atra... |
Arredondo, Inés | México | 1928-1989 | La señal | Cuento | El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.
Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en ... |
Arredondo, Inés | México | 1928-1989 | La sunamita | Cuento | Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres ... |
Arredondo, Inés | México | 1928-1989 | Mariana | Cuento | Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase, entretenida en dibujar casitas con techos de dos aguas y árboles con figuras de nubes, y un camino que llevaba a la casa, y patos y pollos, todo igual a lo que ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco | Minicuento | Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Alejandrina | Cuento | La poetisa Alejandrina llegó procedente de Tamazula, bien munida de informes y referencias acerca de casi todos nosotros. Llegó en el momento oportuno. cuando ya estábamos reunidos y dispuestos al banquete del espíritu.
Hizo su entrada con gran desenvoltura y nos saludó como a viejos conocidos; para todos tuvo una fras... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Anuncio | Cuento | Dondequiera que la presencia de la mujer es difícil, onerosa o perjudicial, ya sea en la alcoba del soltero, ya en el campo de concentración, el empleo de Plastisex©, es sumamente recomendable. El ejército y la marina, así como algunos directores de establecimientos penales y docentes, proporcionan a los reclusos el se... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Armisticio | Minicuento | Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Baby H. P. | Cuento | Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.
El Baby H.P. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, media... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Baltasar Gérard [1555 1582] | Cuento | Ir a matar al príncipe de Orange. Ir a matarlo y cobrar luego los veinticinco mil escudos que ofreció Felipe II por su cabeza. Ir a pie, solo, sin recursos, sin pistola, sin cuchillo, creando el género de los asesinos que piden a su víctima el dinero que hace falta para comprar el arma del crimen, tal fue la hazaña de ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Camelidos | Minicuento | El pelo de la llama es de impalpable suavidad, pero sus tenues guedejas están cinceladas por el duro viento de las montañas, donde ella se pasea con arrogancia, levantando el cuello esbelto para que sus ojos se llenen de lejanía, para que su fina nariz absorba todavía más alto la destilación suprema del aire enrarecido... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos | Cuento | Estimable señor:
Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cláusula I | Minicuento | Las mujeres toman siempre la forma del sueño que las contiene.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cláusula II | Minicuento | Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cláusula III | Minicuento | Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cláusula IV | Minicuento | Boletín de última hora: En la lucha con el ángel, he perdido por indecisión.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cláusula V | Minicuento | Toda belleza es formal.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Corrido | Cuento | Hay en Zapotlán una plaza que le dicen de Ameca, quién sabe por qué. Una calle ancha y empedrada se da contra un testerazo, partiéndose en dos. Por allí desemboca el pueblo en sus campos de maíz.
Así es la Plazuela de Ameca, con su esquina ochavada y sus casas de grandes portones. Y en ella se encontraron una tarde, ha... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Cuento de horror | Minicuento | La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | De balística | Cuento | Ne saxa ex catapultis latericium discuterent.-César, De bello civili lib. 2.
Catapultae turribus impositae et quoe spicula mitterent, et quoe saxa.-Appianus, Ibericoe
Esas que allí se ven, vagas cicatrices entre los campos de labor, son las ruinas del campamento de Nobílior. Más allá se alzan los emplazamientos milit... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Diálogo con Borges | Minicuento | La última vez que nos encontramos Jorge Luis Borges y yo, estábamos muertos. Para distraernos, nos pusimos a hablar de la eternidad.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El búho | Cuento | Antes de devorarlas, el búho digiere mentalmente a sus presas. Nunca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestina... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El converso | Cuento | Entre Dios y yo todo ha quedado resuelto desde el momento en que he aceptado sus condiciones. Renuncio a mis propósitos y doy por terminadas mis labores apostólicas. El infierno no podrá ser suprimido; toda obstinación de mi parte será inútil y contraproducente. Dios se ha mostrado en esto claro y definitivo, y ni siqu... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El discípulo | Cuento | De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano, la gorra de Andrés Salaino es la más hermosa que he visto. El maestro la compró a un mercader veneciano y es realmente digna de un príncipe. Para no ofenderme, se detuvo al pasar por el Mercado Viejo y eligió este bonete de fieltro gris. Lueg... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El encuentro | Cuento | Dos puntos que se atraen, no tienen por qué elegir forzosamente la recta. Claro que es el procedimiento más corto. Pero hay quienes prefieren el infinito.
Las gentes caen unas en brazos de otras sin detallar la aventura. Cuando mucho, avanzan en zigzag. Pero una vez en la meta corrigen la desviación y se acoplan. Tan b... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El faro | Minicuento | Lo que hace Genaro es horrible. Se sirve de armas imprevistas. Nuestra situación se vuelve asquerosa.
Ayer, en la mesa, nos contó una historia de cornudo. Era en realidad graciosa, pero como si Amelia y yo pudiéramos reírnos, Genaro la estropeó con sus grandes carcajadas falsas. Decía: “¿Es que hay algo más chistoso?” ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El guardagujas | Cuento | El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
A... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El mapa de los objetos perdidos | Cuento | El hombre qué me vendió el mapa no tenía nada de extraño. Un tipo común y corriente, un poco enfermo tal vez. Me abordó sencillamente, como esos vendedores que nos salen al paso en la calle. Pidió muy poco dinero por su mapa: quería deshacerse de él a toda costa. Cuando me ofreció una demostración acepté curioso porque... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El prodigioso miligramo | Cuento | Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo.
Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso en la espalda. Comprobó con alegría una carga justa para el... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El rey negro | Cuento | Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó su última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.
Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El rinoceronte | Minicuento | Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.
Joshua McBride me poseyó durante diez años con imperioso egoísmo. Conocí sus arrebatos de furor, su ternura momentánea, y en las altas horas de la noche, su lujuria insistente y ceremoniosa.
Renuncié al amor antes de saber lo que era... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El rinoceronte | Minicuento | El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegado, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus v... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El sapo | Minicuento | Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | El silencio de Dios | Cuento | Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas sobre la mesa para que Dios las lea.
Perseguido por días veloces, acosado por ideas tenaces, he venido a parar en esta noche como a una punta de callejón sombrío. Noche puesta a mis espaldas como un muro y abierta frente a mí como una pregunta inagotable.
Las circun... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | En verdad os digo | Cuento | Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Eva | Minicuento | Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificars... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Felinos | Minicuento | Si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, utilidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco.
FIN |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | In Memoriam | Cuento | El lujoso ejemplar en cuarto mayor con pastas de cuero repujando, tenue de olor a tinta recién impresa en fino papel de Holanda, cayó como una pesada lápida mortuoria sobre el pecho de la baronesa viuda de Büssenhausen.
La noble señora leyó entre lágrimas la dedicatoria de dos páginas, compuesta en reverentes unciales ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Insectiada | Cuento | Pertenecemos a una triste especie de insectos, dominada por el apogeo de las hembras vigorosas, sanguinarias y terriblemente escasas. Por cada una de ellas hay veinte machos débiles y dolientes.
Vivimos en fuga constante. Las hembras van tras de nosotros, y nosotros, por razones de seguridad, abandonamos todo alimento ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | La boa | Minicuento | La proposición de la boa es tan irracional que seduce inmediatamente al conejo, antes de que pueda dar su consentimiento. Apenas si hace falta un masaje previo y una lubricación de saliva superficial.
La absorción se inicia fácilmente y el conejo se entrega en una asfixia sin pataleo. Desaparecen la cabeza y las patas ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | La canción de Peronelle | Cuento | Desde su claro huerto de manzanos, Peronelle de Armentières dirigió al maestro Guillermo su primer rondel amoroso. Puso los versos en una cesta de frutas olorosas, y el mensaje cayó como un sol de primavera en la vida oscurecida del poeta.
Guillermo de Machaut había cumplido ya los sesenta años. Su cuerpo resentido de ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | La jirafa | Minicuento | Al darse cuenta de que había puesto demasiado altos los frutos de un árbol predilecto, Dios no tuvo más remedio que alargar el cuello de la jirafa.
Cuadrúpedos de cabeza volátil, las jirafas quisieron ir por encima de su realidad corporal y entraron resueltamente al reino de las desproporciones. Hubo que resolver para ... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | La migala | Cuento | La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pron... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Libertad | Minicuento | Hoy proclamé la independencia de mis actos. A la ceremonia solo concurrieron algunos deseos insatisfechos, dos o tres actitudes desmedradas. Un propósito grandioso que había ofrecido venir envió a última hora su excusa humilde. Todo transcurrió en un silencio pavoroso.
Creo que el error consistió en la ruidosa proclama... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Los alimentos terrestres | Cuento | “Muy sentido estoy del descuido que ha tenido nuestro amigo de mis alimentos…
Mis alimentos es justo que no padezcan ni hallen con ellos ningún fracaso o novedad…
Diga V. m. ¿qué culpa tienen mis alimentos, ni qué pecado ha cometido mi crédito para que no se paguen muy puntualmente…?
Los mil reales de mis alimentos, de... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Monólogo del insumiso | Cuento | Homenaje a M. A.
Poseí a la huérfana la noche misma en que velábamos a su padre a la luz parpadeante de los cirios. (¡Oh, si pudiera decir esto mismo con otras palabras!)
Como todo se sabe en este mundo, la cosa llegó a oídos del viejecillo que mira nuestro siglo a través de sus maliciosos quevedos. Me refiero a ese a... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Nabónides | Cuento | El propósito original de Nabónides, según el profesor Rabsolom, era simplemente restaurar los tesoros arqueológicos de Babilonia. Había visto con tristeza las gastadas piedras de los santuarios, las borrosas estelas de los héroes y los sellos anulares que dejaban una impronta ilegible sobre los documentos imperiales. E... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Parábola del trueque | Cuento | Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger.... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Parturient montes | Cuento | Entre amigos y enemigos se difundió la noticia de que yo sabía una nueva versión del parto de los montes. En todas partes me han pedido que la refiriera, dando muestras de una expectación que rebasa con mucho el interés de semejante historia. Con toda honestidad, una y otra vez remití la curiosidad del público a los te... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Pueblerina | Cuento | Al volver la cabeza sobre el lado derecho para dormir el último, breve y delgado sueño de la mañana, don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda.
Con un poderoso movimiento del cuello don Fulgencio leva... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Receta casera | Minicuento | Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como las moscas en la miel.
Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidando de que no lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.
El espejo mági... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Sinesio de Rodas | Cuento | Las páginas abrumadoras de la Patrología griega de Paul Migne han sepultado la memoria frágil de Sinesio de Rodas, que proclamó el imperio terrestre de los ángeles del azar.
Con su habitual exageración, Orígenes dio a los ángeles una importancia excesiva dentro de la economía celestial. Por su parte, el piadoso Clement... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Teoría de Dulcinea | Minicuento | En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, qu... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Topos | Minicuento | Después de una larga experiencia, los agricultores llegaron a la conclusión de que la única arma eficaz contra el topo es el agujero. Hay que atrapar al enemigo en su propio sistema.
En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Un pacto con el diablo | Cuento | Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.
-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pa... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Una de dos | Minicuento | Yo también he luchado con el ángel. Desdichadamente para mí, el ángel era un personaje fuerte, maduro y repulsivo, con bata de boxeador.
Poco antes habíamos estado vomitando, cada uno por su lado, en el cuarto de baño. Porque el banquete, más bien la juerga, fue de lo peor. En casa me esperaba la familia: un pasado rem... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Una mujer amaestrada | Cuento | Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de las autoridades... |
Arreola, Juan José | México | 1918-2001 | Una reputación | Cuento | La cortesía no es mi fuerte. En los autobuses suelo disimular esta carencia con la lectura o el abatimiento. Pero hoy me levanté de mi asiento automáticamente, ante una mujer que estaba de pie, con un vago aspecto de ángel anunciador.
La dama beneficiada por ese rasgo involuntario lo agradeció con palabras tan efusivas... |
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