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país el carácter de “frontera abierta” y en buena medida inhóspita.
La fundación de San Martín y San Juan de los Llanos, en el
siglo XVI, impulsó la ocupación ganadera de las sabanas naturales, más no su colonización. Los jesuitas abrieron el camino sanjuanero que une esas poblaciones con lo que hoy es la ciudad de Villavicencio (fundada en 1870) y en sus alrededores se instalaron
grandes empresas agropecuarias y haciendas.
Hacia 1890 el Estado adjudicó, en el sur, entre los ríos Ariari y el
Caguán, 10 000 ha de baldíos a la Hacienda Colombia, sucesora de
la firma Montoya, Uribe y Lorenzana, a cambio de la construcción de
una trocha entre estas regiones. Si bien unos años después el Gobierno canceló el acuerdo, en cuanto la firma se apropió ilegítimamente
de 160 000 ha, esta adjudicación de tierras terminó afianzando la
ganadería en la parte llana e introduciendo el cultivo de café y cacao
en las laderas de la cordillera. La adjudicación promovió también la
fundación de dos pequeños asentamientos de trabajadores: La Uribe
(Meta), del lado oriental de la cordillera y Colombia (Huila), del lado
occidental, así como la construcción de un camino que conecta estas
dos poblaciones, por el cual se sacaba el ganado. El éxito relativo de
esta empresa estimuló la colonización (Molano, 1986).
Mientras que esto sucedía al sur del Ariari, en el norte la colonización se desarrolló más lentamente. La fundación de Acacías
en 1920 y la creación de la colonia penal jalonaron una colonización campesina de personas provenientes de Cáqueza y Quetame
(Cundinamarca), regiones donde el minifundio comenzaba a ser
asfixiante (Molano, 1986).
En 1939
la empresa estadounidense Rubber Development
Company obtuvo una licencia para la explotación de caucho en el
Vaupés a cambio de la construcción de una carretera entre Villavicencio y Calamar, pasando por San Martín. Aunque a su salida del
país la empresa solo entregó una trocha entre Acacías y San Martín, esta se convirtió, entre 1940 y 1945, en el eje de colonización
de la región. Adicionalmente, la Rubber impulsó la colonización
al introducir trabajadores, provenientes principalmente del Huila
y del Tolima, que se quedaron en la zona una vez la compañía
abandonó el país (Molano, 1986).
Casi simultáneamente comenzó la construcción de la carretera
Bogotá-Villavicencio, proyecto que surgió a partir de la política de
fronteras del presidente López Pumarejo, jalonada por el conflicto contra Perú y también debido a las oportunidades económicas
que representaban las tierras y los recursos de los Llanos (Molano, 43 2006). La carretera que se terminó de construir en 1936 le dio
un impulso tan importante al proceso de poblamiento que, entre
1928 y 1938, la población departamental pasó de tener 7706 a
24 316 habitantes (Benjumea y Espinel, 2007).
La colonización del piedemonte por parte de personas de Cundinamarca, Boyacá, Tolima y Huila aumentó, y se fundaron los
municipios de Guamal, Cubarral, Humadea y Castilla La Nueva.
Muchos de los colonos provenían de municipios conservadores,
motivo por el cual algunas localidades del Meta, como las que hoy
corresponden a los municipios de El Dorado, Restrepo, Cumaral,
Acacías, Guamal y San Luis de Cubarral, obtuvieron, desde este
primer impulso colonizador de mayorías conservadoras (Benjumea y Espinel, 2007).
Para 1948 esta “punta” de colonización había llegado ya al Ariari. “No obstante, el poblamiento era lento, espasmódico y muy diseminado” (Molano, 1986). A la zona que después se convertiría
en El Castillo, ingresaron, desde esa época, varias familias, especialmente de pertenencia liberal. Una de estas familias fundadoras
fueron los Ávila, provenientes de La Vega (Cundinamarca), que
fueron de gran importancia en la historia del municipio: Nosotros llegamos el 23 de septiembre del año 1936, de Cundinamarca. Llegamos a un punto donde quedaba la hacienda Guamal
de un señor Martín Martínez, donde mi padre trabajaba como administrador. De allí salimos con Pastor [uno de los hermanos Ávila] a
aserrar en las montañas del Ariari, porque todo esto eran montañas.
Vimos el sitio y nos gustó para hacer una fundación. Ahí llegamos
en 1944. Al segundo año de estar nosotros entró el primer vecino
que se llamó Pedro Ortega y sucesivamente siguió entrando gente y
poblando la selva, de modo que en el 48 ya había por lo menos 300
familias (Epímaco Ávila, citado en González, 1992). A pesar de las falencias a las que se enfrentaron quienes llegaron
a estos territorios, en medio de un completo abandono por parte del
Estado, nuevas corrientes de colonización se iniciaron desde finales
de la década de 1940 impulsadas por la Violencia que se instaló en los campos después del 9 de abril de 1948, la amnistía decretada posteriormente para desmovilizar a las guerrillas liberales por el Gobierno militar de Rojas Pinilla y las operaciones militares que se lanzaron
sobre las zonas donde se encontraban refugiados los comunistas. 1.3. Colonización, Violencia y amnistía Tras la Segunda Guerra Mundial se instaló un nuevo conflicto
entre los dos ejes: occidental-capitalista y oriental-comunista. Influenciado por esta tensión llegó al poder en Colombia (1946) un
Gobierno conservador que inició una fuerte cooperación política y
militar con Estados Unidos orientada hacia la lucha anticomunista19.
Esta se concretó en una especial persecución al Partido Comunista
Colombiano (PCC) el cual había empezado a organizarse en 1923 en
conexión con los preceptos de IC (Internacional Comunista).
Dentro de este contexto, las luchas agrarias, que desde la década de
1920 venían cuestionando la gran propiedad y los abusos de los hacendados, fueron vinculadas a esta lucha anticomunista y comenzaron a
ser reprimidas con el respaldo de la Policía y el Ejército. También por
este periodo se instauró la persecución sindical, tras lo cual se suprimió el fuero y se dio reconocimiento jurídico a la UTC (Unión de Trabajadores de Colombia), lo que consagró el paralelismo sindical contra
la CTC (Confederación de Trabajadores de Colombia).
Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán —jefe del Partido Liberal y uno de los principales impulsores del movimiento agrario—, estalló una violencia con rasgos económicos y políticos partidistas,
que produjo una generalizada migración forzada que es recordada por los castillenses mayores: Yo he viajado por una parte y por otra. Es que nosotros no
hemos tenido tranquilidad desde cuando mataron a Gaitán, de
ahí para acá fue el sufrimiento. (…) cuando mataron a Gaitán fue
una violencia muy fuerte, entonces (…) nos fuimos para el Tolima. Yo estaba joven, me fui hasta el Davis, a la Ocasión, la Estrella,
Saldaña, todo eso lo anduve yo. Por allá murió mucha gente, amigos, conocidos de uno (…). Nos anduvimos varios años por el Tolima y llegamos a Viotá. (…) El patrón de nosotras nos daba trabajo
(…) pero uno no ganaba nada (…) allá la situación era jodida en
ese tiempo, mucha pobreza (…) uno siempre sufría harto y yo que
tenía una camada, chiquitos todos. Ahí fue cuando decidimos venirnos para acá (CNMH, entrevista con abuela, 2012). Pero también, en algunas regiones del país, los campesinos que
no se desplazaron tomaron la iniciativa de armarse como una forma de confrontar la violencia y el terror oficial. Surgieron entonces, por un lado, las guerrillas auspiciadas por el Partido Liberal y,
por otro, las autodefensas de masas del Partido Comunista.
Una de las zonas donde los campesinos se alzaron en armas,
con el apoyo del Partido Liberal, fueron los Llanos Orientales. En
esta región, las guerrillas liberales contactaron a un sector minoritario del Ejército, que no estaba de acuerdo con la conservatización de las Fuerzas Armadas e intentan tomarse las principales
bases aéreas del centro del país, apoyándose en algunos batallones
del Ejército. Aunque la operación fue un fracaso militar, desencadenó la “rebelión llanera” que se prolongó hasta mediados de
1952 (Molano, 1986).
Durante esta rebelión, numerosas victorias en contra de la Policía y el Ejército consagraron a Guadalupe Salcedo, Eduardo Franco Isaza, Eduardo Nossa, Dumar Aljure, Bernardo Giraldo, José
Alvear Restrepo y Plinio Murillo como los más importantes jefes
guerrilleros de los Llanos Orientales (Villanueva, 2012). Guadalupe Salcedo y Dumar Aljure, con el apoyo de los hacendados liberales, evitaron el intento de los chulavitas de conservatizar San
Martín y se dedicaron a atacar sistemáticamente a los conservadores, quienes se vieron entonces obligados a atrincherarse en Restrepo, Acacías, Guamal y Cubarral (Villanueva, 2012).
El Gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez respondió
al levantamiento llanero mediante la creación del Batallón de Infantería Aerotransportado n. º 21-batalla Pantano de Vargas (en
adelante Batallón XXI Vargas), en el cual se inició un reclutamiento exclusivo de conservadores y se comenzó a protestar contra las
formas “convencionales” de lucha antiguerrillera, introduciendo,
a través de varias publicaciones ideológicas y de principios, la noción y la práctica del ‘enemigo interno’.
Uno de los primeros comandantes del Batallón XXI Vargas,
el coronel Gustavo Sierra Ochoa, invitó por medio de sus escritos a prescindir de la noción de ‘ciudadanía’ para quienes se
hubieran revelado en contra del Gobierno y a librar una guerra
sin cuartel contra ellos y sus simpatizantes, mediante un tipo
de enfrentamiento que soslayara sus derechos individuales. Este