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adulto, Miravalles, 2013). Con el desplazamiento también se perdieron actividades de recreación e intercambio
como las peleas de gallos, en las que participaban cientos de personas.
En estas veredas, los años críticos del desplazamiento forzado
fueron 2002 y 2003 cuando ocurrió la migración forzada de aproximadamente 90 por ciento de sus pobladores a causa de los asesinatos, las amenazas, la quema de viviendas, los combates entre la
guerrilla, los paramilitares y la fuerza pública que se vivieron en
el territorio. Ocurrió vaciamiento en cuanto en cada una de estas veredas
permanecieron, a lo sumo, entre tres y cuatro familias que resistieron a la violencia. Las narrativas de la comunidad resaltan la
valentía de las personas que se quedaron. En la memoria de los
campesinos, la unidad de la comunidad sirvió para permanecer
en el territorio, pero, ante la fragmentación de los lazos comunitarios y familiares, el desplazamiento se profundizó aún más. “Si
la comunidad hubiese permanecido unida, tal vez no se hubiera dado el desplazamiento, pero las familias fueron saliendo de a
pocos y las demás que se iban quedando no podían enfrentar la
violencia solas” (CNMH, taller de construcción de memoria con
hombre adulto, Puerto Esperanza, 2013).
El desplazamiento se dio de manera individual o por núcleo familiar. Las familias fueron saliendo a destinos como la cabecera municipal de El Castillo, Villavicencio y Bogotá. La trayectoria seguida
por algunas familias que se tuvieron que desplazar de El Retiro fue
la siguiente: de la parte alta de la vereda pasaron a la escuela, de ahí
se fueron hasta la vereda La Esperanza, luego pasaron por Puerto
Esperanza y desde ese lugar salieron hacia Medellín del Ariari, El
Castillo o Villavicencio. Por su parte, las familias que tuvieron que
salir de la vereda La Esperanza llegaron hasta Puerto Esperanza y
de ahí tomaron camino hacia las cabeceras municipales.
Hasta el momento, aproximadamente 70 por ciento de las personas desplazadas de las veredas El Retiro y La Esperanza han
regresado. Estas familias ponen énfasis en que se trata de un regreso, y no de un retorno, ya que el retorno implica un acompañamiento por parte del Estado con todas las garantías de seguridad,
protección y estabilización económica, lo que no ha sucedido.
Recuerdan como una figura de especial importancia a Reinaldo
Perdomo, uno de los líderes que contribuyó a organizar el proceso
que permitió que varias familias regresaran al territorio. Para él
estar fuera era lo mismo que morir y, por eso, insistió siempre en
la necesidad de volver. Para él regresar era también “resistir de
otro modo” (Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, 2011).
Como un lugar donde se produjo un “paisaje del miedo”, recuerdan las montañas aledañas al páramo de Sumapaz que han sido bombardeadas de manera indiscriminada por el Ejército y donde
se han generado serias afectaciones a las viviendas de los campesinos, lo cual se ha constituido en una causa más del desplazamiento.
Las escuelas de estas veredas fueron identificadas como importantes referentes sociales, culturales y religiosos, en cuanto la comunidad se reunía ahí en torno a diferentes actividades sociales y
culturales. Con el desplazamiento esto cambió, y las personas recuerdan que se fragmentaron las relaciones sociales y culturales.
En la actualidad, en estas veredas es evidente la presencia de
actores externos: las empresas petroleras. 3.4.7. Vereda El Reflejo En 2002 los paramilitares se instalaron en varias casas de esta
vereda, y obligaron a las familias a convivir con ellos: “Se apoderaron de la casa y duraron diez meses ahí, apoderados de las casas
de ahí” (CNMH, entrevista con abuela, 2014). Robaron el ganado
y las pertenencias de las familias. Tanto de las desplazadas como
de las que permanecieron. El comandante había dado la orden de que mataran a mis hijos y yo le dije: Usted quién es, usted no es Dios. Entonces ellos
se apoderaron del ganado de todos. De juegos de alcobas, de camas, de sala, de comedor, de todo, se robaron todo, todo, todo
(CNMH, entrevista con abuela, 2014). Cometieron atropellos basados en la estigmatización de la población que fue tildada de guerrillera. La situación se tornó tan
complicada que, incluso, algunos decidieron acudir directamente
a Don Mario y reclamarle por lo que estaba pasando. Aunque el jefe
paramilitar prometió tomar cartas en el asunto y devolverle lo que
le habían quitado, jamás cumplió. El comandante que hubo allá, Don Mario, el comandante principal, yo fui a encontrarme con él para exponerle mi caso, de todo lo que habían hecho en la finca y de todo lo que le habían hecho
a mis hijos. Entonces él reconoció que a ellos les habían dicho
que eran guerrilleros, entonces yo le dije: Don Mario, entonces
yo también soy guerrillera porque a mi casa también entraba la
guerrilla, entonces ahora la guerrilla me va a tildar de paramilitar, porque me quitaron todo y están conviviendo en mi casa
conmigo, entonces qué va a pasar, que el día menos pensado va
a llegar la guerrilla y ustedes van a estar. Entonces llegué a un
arreglo con él, me dijo que él iba a hacer que me devolvieran todo
lo que me habían quitado y que me iban a devolver la finca, pero
(…) me desocupó la finca, me la entregaron sin llaves, acabada,
puerca, sin puertas, ventanas, vidrios ni corral (CNMH, entrevista
con abuela, Medellín del Ariari, 2013). 3.4.8. Puerto Esperanza (vereda y centro poblado) y Vereda La Cima De acuerdo con las memorias de las personas entrevistadas y
que participaron en los talleres, estos lugares tuvieron siempre
una relación cercana y natural con la guerrilla a causa de la historia de la región, la forma como se dio el proceso de colonización
y poblamiento, la influencia del PCC, así como de la marcada ausencia del Estado. Mi abuelo fue el fundador, ellos fueron los primeros campesinos que tumbaron el monte y ahí fue donde se formó el pueblo.
(…) Se logra un nivel de politización muy importante, todo el
mundo era muy organizado (…) y por eso sobrevivimos a muchas
arremetidas del Estado. Yo me acuerdo que esa era zona de guerra pero nosotros (…) éramos felices en medio de todas las adversidades. Siempre estuvo marcada la presencia de las FARC y
también fue un semillero de muchos compañeros. Ahí nació el
primer frente de las FARC y muchos muchachos de esa región
ahora son comandantes de la guerrilla. Nosotros no podemos negar esa parte de la historia, porque hace parte de la realidad y no
la podemos negar y también podemos decir que ha sido por el abandono del Estado, porque nunca hubo presencia del Estado.
Cuando pedían presencia del Estado, nos mandaban el Ejército.
(…) Se pide presencia del Estado en inversión social y mandan
presencia del Ejército, esa es la política del sistema. No hubo políticas de desarrollo y lo que pasó fue que se fregaron a los pobres
campesinos porque esa es una zona totalmente agraria, agrícola,
con pasto, ganado, buena producción de plátano, yuca, maíz, café
(CNMH, entrevista con mujer, Bogotá, 2012). La guerrilla deambulaba ocasionalmente por el centro poblado
y compraba cosas, pero era respetuosa en su relación con los vecinos y, por tanto, su presencia no generaba temor. No se recuerdan
casos de reclutamiento forzado y, por el contrario, en la memoria
colectiva aparece como una de las consecuencias del arrasamiento
de la izquierda que muchos jóvenes decidieron enrolarse voluntariamente en la guerrilla.
Algunas personas recordaron también que sobre todo a comienzos de la década de 1990, algunas personas decidieron irse
de raspachines, recolectores o fumigadores de coca al Guaviare.
Ahí acumularon un capital que luego despilfarraron rápidamente, invirtiendo solo unas pocas ganancias cuando retornaron a la
región algunos años después.
Para los pobladores de estos lugares, la llegada de Álvaro Uribe
Vélez a la Presidencia de la República es recordada como una fecha
trágica. En primer lugar, porque semanas antes de su posesión, en
agosto de 2002, empezó un fuerte rumor sobre la llegada de un
grupo grande de paramilitares a la zona y, en segundo lugar, porque después los enfrentamientos entre la guerrilla y los paramilitares se hicieron más frecuentes, lo mismo que los bombardeos
del Ejército. “Puerto Esperanza se convirtió en el epicentro y ahí se
acantonó una parte del Ejército vinculada con el mismo paramilitarismo” (CNMH, entrevista con hombre adulto, Bogotá, 2012).
Esta situación de violencia generalizada produjo un primer desplazamiento masivo el 7 de agosto de 2002, cuando salieron cerca
de 52 familias de Puerto Esperanza, acompañadas de otras que
habían llegado de veredas cercanas y habían buscado refugio en las instalaciones de la escuela. Este primer desplazamiento fue intramunicipal en cuanto buscaron refugio en las partes más altas
del municipio. “Los que tenían fincas recurrieron al refugio en
ellas acompañados de otras familias” (CNMH, taller de construcción de memoria con mujer adulta, Puerto Esperanza, 2013).
Durante los primeros veinte días de septiembre de 2003 se produjo un “desplazamiento masivo gota a gota” desde la vereda La
Cima hacia Puerto Esperanza y, poco después, otro desplazamiento desde el Puerto hacia lugares más lejanos, como Medellín del
Ariari, y luego hacia ciudades capitales, como Ibagué, Bogotá y
Villavicencio. Muchas de estas personas no se atrevieron a declarar su desplazamiento ante las entidades, cohibidas por el temor y
la estigmatización.
En 2004 el asesinato de la presidenta de la Junta de Acción Comunal María Lucero Henao y de su hijo Yamid Daniel hizo que la