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civil que se pueden concretar con facilidad. En todo caso, la explotación petrolera es vista como una posible fuente de nuevas
victimizaciones: [Ante la evidencia] de que hay un pozo petrolero, ¿será que a
usted lo van a dejar durmiendo ahí encima de ese pozo petrolero?
Si toca pelarlo y hay que quitarle la cabeza veinte veces lo hacen,
lo sacan, lo desaparecen, lo compran por la vía que sea (CNMH,
entrevista con hombre adulto, 2013).
Huellas del desplazamiento:
daños, afectaciones, impactos y
transformaciones En este capítulo se ilustran los daños causados a mujeres y hombres de todas las edades y condiciones sociales, sin distinción alguna, así como a la comunidad y al territorio de El Castillo como
consecuencia del conflicto armado y la violencia sociopolítica que
se vieron agravados desde la segunda mitad de la década de 1980,
así como por el “desplazamiento duro” y el vaciamiento ocurridos
a partir de 2002, que se expresan en procesos de desestructuración de sus relaciones sociales, económicas, culturales, familiares,
políticas, ambientales, institucionales e identitarias.
Para evidenciar la variedad de los daños sufridos y avanzar en
la identificación de las medidas necesarias a fin de reparar aquello que se puede reparar, se presenta una tipología que relaciona
las dimensiones individuales y colectivas de las afectaciones, los
impactos y las transformaciones, bajo las categorías de daños materiales e inmateriales. 4.1. Daños materiales Las pérdidas de tierras y bienes de la población víctima de desplazamiento forzado evidencian la magnitud de los daños materiales ocasionados por el conflicto armado y la violencia sociopolítica
y económica, pero más que limitarse a producir un daño patrimonial, el cual se puede traducir en categorías jurídicas, como
el daño emergente o lucro cesante, también tienen implicaciones
sicosociales y socioculturales.
Los daños materiales, tales como la pérdida de tierras, viviendas, cultivos, animales domésticos, aves, ganado, ropa y enseres,
afectaron la seguridad alimentaria, el sustento económico de las
familias, los proyectos productivos locales, así como sus proyectos de vida. Dichos daños también se relacionan con daños sicosociales, sentimientos de rabia, miedo e impotencia. Los bienes
materiales, en muchas ocasiones, son un símbolo de las relaciones familiares y vecinales que se rompieron, y en otras ocasiones
representan la imposibilidad de volver ante la ausencia de su vivienda o incluso de la tierra que tuvieron que vender a precios
irrisorios para solucionar a corto plazo la precariedad económica
que generó la salida. Del mismo modo, los daños ocasionados a
la infraestructura comunitaria y a los proyectos productivos locales contribuyeron a la desestructuración de las dinámicas sociales,
económicas y culturales al dejar dichas relaciones sin el espacio
físico que las soportaba.
Pérdida de bienes materiales “Porque nosotros de verdad, nosotros teníamos ganado, nos lo
robaron, se perdió; la casita nos la quemaron, y nosotros tenemos
la tierrita, pero llena de monte ya, porque no se produce nada. Ya
va para diez años” (CNMH, entrevista con abuela, Medellín del
Ariari, 2012). Las familias que se desplazaron de El Castillo dejaron atrás sus
casas, sus tierras, objetos personales, herramientas de trabajo, cultivos, sus animales domésticos, ganado, aves de corral y mascotas.
Estos bienes materiales eran los recursos resultantes de las distintas apuestas en el territorio que habían hecho las personas, las
familias y la comunidad. Esta pérdida los dejó en una situación
de vulnerabilidad, en la que la precariedad económica y la pérdida de autonomía facilitaron la desestructuración de las relaciones
dentro de las familias y la comunidad. Para muchos en El Castillo
estas pérdidas se suman a un historial extenso de bienes y recursos
materiales despojados por el conflicto armado. A mí me gusta recordar todas esas cosas, yo me siento con mis
hijas y les cuento todo lo que mi papá tenía, lo que mi papá logró
conseguir: que era dueño de dos fincas, casa en Puerto Esperanza, casa en Medellín del Ariari y casa en Villavicencio, o sea, él
tuvo muchas comodidades para darnos a nosotros y ya después
del desplazamiento, pues todo eso se perdió (CNMH, entrevista
con mujer adulta, Villavicencio, 2012). Los habitantes de El Castillo fueron testigos de cómo las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Bloque Centauros, y el
Ejército bajaban camiones con ganado y objetos saqueados. Los
bienes materiales eran el botín de guerra de los actores armados,
quienes accedían a ellos apoyándose en un discurso legitimador
de “guerra contrainsurgente”, fórmula que automáticamente justificaba todos los actos contra la población civil dentro del radio de
control del enemigo. pues de verdad que lo que más dolió fue la desocupación completamente de Puerto Esperanza, nosotros vimos pasar trasteos
de carros del mismo Ejército, eso para nadie es un secreto, y vimos
bajar trasteos de los carros de los paras de allá (CNMH, taller de
construcción de memoria, con mujer adulta, Villavicencio, 2012). En la tierra y la vivienda de los hogares se encontraba el trabajo
arduo de las familias, así, con la quema de las viviendas y los objetos personales, se atacaron las relaciones familiares, el proyecto de
vida de sus miembros y su arraigo al territorio. En varios testimonios también se cuenta cómo a sus hogares les prendieron fuego
antes de su salida, volviendo a las víctimas espectadores impotentes de la arbitrariedad y barbarie de las AUC con la aquiescencia
del Ejército. “Eso pasó así un tiempo y prácticamente íbamos a la
finca y volvíamos y salíamos, pero el propio desplazamiento fue
en 2002. Nosotros perdimos todo, todo quedó por allá, incluso
a la casa le metieron candela” (CNMH, taller de construcción de
memoria, con mujer adulta, Villavicencio, 2012).
Cuando las personas que no han podido retornar van al territorio a visitar a familiares o amigos, se llenan de nostalgia al ver sus
casas abandonadas, lo que se traduce en la producción de paisajes
del miedo. Tal es el caso de una mujer joven víctima del desplazamiento forzado de Puerto Esperanza que comentó lo siguiente: “la
casa de nosotros está abandonada, sin techo y sin nada, están solo
las paredes y ya se están cayendo” (CNMH, entrevista con mujer
adulta, Villavicencio, 2012).
La destrucción y quema de los bienes materiales o, en su defecto, el saqueo de las casas y tiendas comunitarias por parte de las
AUC, fue una práctica sistemática. Dentro de una estrategia de
arrasamiento como táctica militar, la quema fue una de las formas por
medio de las que se materializó el estigma sobre las veredas altas
del municipio, pues la presencia de las FARC (Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia) en esa zona inmediatamente hizo
que a la población civil se le considerara cómplice, auxiliadora,
miliciana o guerrillera y, por lo tanto, toda infraestructura que la
soportara debía ser arrasada. Además de constituir un botín de
guerra, al quitar todo soporte material para la subsistencia de las
familias, la capacidad del enemigo para abastecerse se ve mermada y a este no le queda más que replegarse. “Puerto Esperanza era
un caserío muy comercial y lo saquearon todo, y todo el que ha
podido llegar ha hecho sus cositas a pulso, ahí van con el miedo
levantando y con el miedo que no va a pasar” (CNMH, entrevista
con mujer adulta, El Castillo, 2012).
La penuria económica ocasionada por la inminencia del desplazamiento forzado o después de la salida y la ausencia de herramientas para afrontar nuevos espacios con diferentes exigencias
hicieron que muchas familias se vieron obligadas a vender su tierra y su vivienda a precios muy bajos. Sin embargo, no fue posible
determinar si los actores armados fueron los compradores en ese
momento o si lo han sido en épocas más recientes. las fincas quedaron botadas, a muchos les compraron su finca
bajo presión, no vendieron sus fincas porque quisieron, sino porque les tocó (…) salir corriendo y regalar la casa en dos millones
quinientos mil pesos, porque me tengo que ir. O sea, no la vendió
porque quiso sino porque era una orden de al menos llevarse algo
en el bolsillo, pero era desolador (CNMH, entrevista con mujer
adulta, El Castillo, 2012). En varios testimonios, las víctimas relataron cómo, en muchas
ocasiones, fueron obligados a convivir bajo el mismo techo con
los paramilitares o cómo fueron despojados de sus hogares por
integrantes de este grupo. Desgraciadamente, fuimos muy perseguidos, nos destruyeron
esta casita que ve acá, nos destruyeron esta ventana (…) una reja.
Tumbaron todo este espacio, el corral (…) se llevaron todo lo de
la cocina, todo, porque yo tenía mi casita equipada… [Las AUC]