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entonces compramos el lote, se compraron dos hectáreas de tierra
y se repartieron los lotes a cien mil pesos cada lote para que la
gente lo pagara como pudiera, de a veinte mil pesos, como pudiera. La idea era hacer el alcantarillado y el acueducto para que
cuando estuviera el caserío estuvieran los servicios. Conseguimos
el agua, conseguimos ochocientos metros de manguera para poner el agua y compramos cien metros de tierra para hacer el trapiche comunitario. Lo mínimo era que cada finquero tuviera media
hectárea de tierra o en promedio tener más de veinte hectáreas
en caña para procesar el dulce para sacar la panela para la misma comunidad, juntar unos galpones de los que llaman especies
menores y unas peceras para los pescados (CNMH, taller de construcción de memoria con abuelo, Medellín del Ariari, 2012). Algunas personas ya habían cercado y empezado la construcción de sus viviendas, pero para ese entonces las incursiones de las
AUC y el Ejército arreciaron, y la disputa territorial con las FARC generó el desplazamiento forzado de toda la vereda La Cima y el
proyecto se perdió. Cuando se empieza a poner amarga la situación, ya habían seis
viviendas construidas y ya había gente viviendo ahí. A la gente le
tocó salir y dejar todo tirado, la caña que había sembrada, todo
eso se acabó, la compra del terreno quedó en nada. El trapiche
se quedó en trámite, nos estaba apoyando la Umata [Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria] cuando eso. (…) El
caso de mayor problema fue la violencia porque a la gente le tocó
irse, ahí no quedaron si no tres habitantes si a mucho (CNMH, taller de construcción de memoria con abuelo, Medellín del Ariari,
2012). Ahora, en algunos retornos sin acompañamiento estatal, el
panorama del proyecto es incierto, no hay nadie que se apropie
de revivirlo o que dé cuenta de lo invertido. “Eso ahorita el que
no había vendido los terrenos volvió y los cogió porque no se
habían terminado de pagar. El tesorero que estaba recogiendo
la platica de los lotes también se fue y nunca nos devolvió nada”
(CNMH, taller de construcción de memoria con abuelo, Medellín del Ariari, 2012).
La suspensión de las obras de infraestructura es una de las huellas del conflicto armado que se suma a las manifestaciones de
la exclusión y la marginalidad social presentes en El Castillo. Si
bien el municipio se encuentra a cuatro y cinco horas de Bogotá,
el atraso en materia de infraestructura de sus centros poblados y
veredas es protuberante. Por ejemplo, en la vereda La Cima aún
no existe una carretera que conecte a sus habitantes con Puerto
Esperanza y Medellín del Ariari y, en consecuencia, con las dos
entradas y salidas más importantes del municipio.
Entre las obras de infraestructura clave también se encuentra
la electrificación de las veredas del municipio. Si bien en 1991 llega la electricidad al casco urbano, para 2002, es decir, once años
después, solo tres veredas de las 40 que existían en ese entonces
tenían acceso a electricidad. Durante administraciones posteriores se lograron conectar cinco veredas más, pero las obras empezaron a tener problemas por los constantes hostigamientos, tomas,
extorsiones y boleteos, primero por parte de las FARC y luego de las
autodefensas.
Con la agudización del conflicto armado y la violencia sociopolítica, la Administración municipal dejó olvidada la infraestructura de las veredas. Con el desplazamiento no quedó quién realizara
el mantenimiento de las vías para que estas se mantuvieran en
condiciones para el transporte de vehículos. Una vez empezaron
a regresar los habitantes de El Castillo, constataron la pérdida de
una de las vías que conectaba varias veredas con Puerto Esperanza. Sin malla vial, la comercialización de productos volvió a limitarse al transporte en bestias en algunas partes, con lo cual se
afectó la economía local.
Incluso en épocas recientes, la construcción de obras públicas
aún debe enfrentar extorsiones. Una mujer del casco urbano de El
Castillo cuenta sobre la construcción de un puente en la carretera
hacia la vereda La Cal: Y es que la vez pasada mandaron a unos ingenieros a construir
un puente, entonces la guerrilla empieza con la vacuna y los ingenieros renuncian y se van. Ahorita no más estaban haciendo
unos gaviones aquí no más en el puente hacia La Cal y como que
la guerrilla empezó con su cuento de la vacuna y un día les iban a
quemar todas las máquinas y guardaron y se fueron. Y así duraron
como unos dos meses y luego volvieron y bueno, y lo terminaron
de hacer (CNMH, entrevista con abuela, El Castillo, 2012). 4.2. Daños inmateriales 4.2.1. Daños sicosociales El desplazamiento forzado tiene profundos efectos sicológicos.
La pérdida de los seres queridos, la imposibilidad de comprender el por qué alguien tomaría la vida de un ser tan valioso por el simple hecho de pensar distinto o de vivir en un lugar azotado por la
violencia se suman a la dificultad de adaptarse a un nuevo entorno. En varios de los informes de memoria histórica, se ha podido
identificar en las narrativas de las víctimas que el desplazamiento
forzado no es un suceso que empiece o termine con la salida o la
huida. Es un proceso que se inicia al vivir los diferentes hechos de
victimización en los cuerpos, la familia, la comunidad e incluso en
el territorio, por lo cual la salida está precedida por momentos de
tensión, de angustia, padecimientos, miedo intenso, que son los
que llevan a tomar la determinación de salir (Centro Nacional de
Memoria Histórica, CNMH, 2010, página 12).
Dentro del proceso de construcción de memoria con las víctimas en El Castillo, se pudieron identificar diferentes daños sicosociales producto del terror instalado en el territorio. En los
talleres y las entrevistas con personas que fueron víctimas de desplazamiento forzado, era reiterativo el daño sicosocial producido
a causa del número abrumador de pérdidas y las pocas herramientas para poder afrontarlas, entre ellas la pérdida de autonomía y
la experiencia de penuria económica y necesidad completamente
distintas de las que debían afrontar en el territorio de salida.
El desplazamiento forzado constituye un estresor de los referentes identitarios de las personas, como lo son las relaciones familiares y comunitarias, sus proyectos de vida individuales y colectivos,
así como su apuesta en el territorio. Yo llegué muy destrozada, física y sicológicamente, estaba muy
destrozada (…) ahora estoy tratando de rehacer mi vida, es un
poco difícil pero yo me veo en un dilema, digo: Yo la lástima la
detesto con todas las fuerzas de mi alma, la miseria sí que peor
y la pobreza la puedo superar, entonces yo estoy recogiendo mis
pedazos y tratando de reconstruir mi vida (CNMH, taller de construcción de memoria con mujer adulta, Villavicencio, 2012). Ante las afectaciones producto del desplazamiento forzado, las
personas, familias y comunidades no son sujetos pasivos; el hecho victimizante que desencadena un cambio traumático exige una
adaptación de las capacidades para superar la crisis y responder
ante las demandas y exigencias de nuevos entornos. Las víctimas
son entonces las primeras gestoras de su recuperación, en su relato no solo se encuentran las huellas del hecho victimizante sino los
procesos de reconstrucción de los proyectos de vida, el coraje de
“recoger los pedazos”, a todas luces una tarea titánica.
El estrés producido por la necesidad de afrontar un nuevo mundo en el lugar de recepción, el cual en la mayoría de las ocasiones
es hostil, tiene un efecto acentuado en las personas mayores. Para
ellos, el desarraigo y la falta de herramientas para darle sentido
a la ruptura que generó el desplazamiento forzado en su vida los
vuelca constantemente a la idea de regresar al territorio, al escenario de terror creado por los actores armados, pero también al
lugar donde crecieron, donde construyeron sus lazos familiares y
comunitarios, su proyecto de vida.
Dentro de uno de los talleres también se hizo especial referencia a la dificultad de afrontar los cambios producto del desplazamiento para una persona con discapacidad cognitiva. Para mí fue un susto porque yo fui criada en Medellín y al llegar aquí sin amparo de nada, sin tener para comprar nada, pues
eso fue duro, yo con mis tres hijos y tengo un hijo que es discapacitado y a él no le gustaba estar acá, yo llegué donde una hermana y
ese muchacho vivía muy aburrido y como a los veinte días dijo que
él se volvía porque mi mamá quedo allá en Medellín [del Ariari]
y él dijo que se devolvía para donde la abuela y fue mi hija que lo
sacó a La Macarena, me dijo: Él sacó la ropa y se fue, que él se iba,
que él aquí no podía estar, y para mí fue duro eso que él se quiera
ir y él se fue como un jueves, y resulta que al siguiente día de él
haber llegado adonde mi mamá y otra balacera en el pueblo y en
todo caso él le decía a mi mamá que se quedara, que no fuera a
abrir la puerta porque era muy nervioso. Y un amigo fue el que lo
trajo y otra vez. Él aquí con las maleticas. Porque eso a él lo iban