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Granada [Meta]; Ya llevaba ella como dos años por fuera cuando
un día volvió y me propuso que me fuera también para Granada
y no lo pensé dos veces. Yo era una muchacha del campo, nunca había tenido contacto con la ciudad ¡imagínese! Sufrí mucho porque, mal que bien, a mí me gustaba el trabajo del campo y a
eso era a lo que estaba acostumbrada. Terminé trabajando en una
casa de familia, que además era una familia muy difícil, con malos
tratos, gritos. Pero fíjese la curiosidad que esa misma familia me
llevó a trabajar varios años por allá para el Cauca”. Fanny Perdomo Hite y sus hermanos, Valerio Perdomo y Reinaldo Perdomo. Belalcázar, Cauca. Reinaldo fue uno de los fundadores de la Comunidad Civil de Vida y Paz;
fue asesinado en Villavicencio en 2003
“En ese andar duré como unos 4 o 5 años, de manera que cuando me devolví ya tenía cerca de 16 o 17 años. Como ya tenía más
conciencia de las cosas, mi papá, que de todos modos me había
ido a visitar varias veces a Granada con mi hermano Reinaldo y
con mi hermano Valerio, me empezó a decir que había que organizarse políticamente”.
“Mi papá decía que si uno no estaba organizado, estaba muy
desubicado del mundo. Que si él no hubiera militado en el Partido
no hubiera podido resistir la persecución del Estado y hace mucho
lo hubieran matado. Y eso era muy cierto. Yo le respondía –“Papa, yo no sé nada de eso”-. A diferencia de mis hermanos, yo no conocía lo que era la vida en la Unión de Pioneros José Antonio Galán
o en la Juventud Comunista, pero por andar tanto con mi papá
pues había escuchado muchas veces discusiones sobre la lucha, la
organización, la igualdad. Esas palabras no me eran ajenas”.
“Debe ser por eso que la militancia se me hizo fácil. Yo colaboraba en todo lo que pudiera, participaba en las reuniones del
Sindicato, ayudaba a organizar las reuniones de la Junta de Acción
Comunal, cuando tocaba trabajar para conseguir fondos pues se
trabajaba, se organizaban bazares, [yo] hacía empanadas, pan de
queso, ayudaba en los sancochos. Yo participé incluso de varias
marchas en Medellín del Ariari y en Villavicencio cuando los asesinatos de los compañeros se empezaron a hacer frecuentes”.
“Ya cada uno fue haciendo su vida. Reinaldo consiguió su esposa, Luz Dary Rodríguez, y mi hermano, Benjamín, se casó con
la hermana de Luz Dary. Yo conocí a Pedro, que había llegado de
otra región a trabajar a Medellín del Ariari, nos enamoramos, nos
casamos, y con los años nacieron los hijos: Laurentino el mayor,
Maida y luego Yeison, el menor”. El desplazamiento “El año de 1988 lo llevo en la mente. A finales de ese año, en plena cosecha de café, fue que comenzó el desplazamiento más duro”.
“Por esos meses mi esposo pudo conseguir una finquita para
trabajar, por los lados del Guayabero (Guaviare), se había ido para
allá porque la situación económica no estaba muy buena y yo me
quedé sola en la finca con mis hijos. Un día yo dejé a los niños,
que estaban pequeños, y bajé a hacer unas diligencias a Puerto
Esperanza. Entonces se empezó a escuchar que en la vereda de
Campoalegre habían matado a dos muchachos, jornaleros. Todos
decían que el ejército los había matado de una forma terrible en
un potrero y que les había puesto unas prendas militares”.
“Ese mismo día el ejército ocupó la parte de arriba, hacia la cordillera, y la gente no tuvo más remedio que salir, de Campoalegre, de El Retiro… Yo me devolví rapidísimo y los vecinos ya estaban
convocando a una reunión en la que se habló de la necesidad de
salir de la parte alta de Puerto Esperanza, y de la forma como se
iba a hacer. Se reunió toda la comida que se pudiera para luego
cocinarla en ollas grandes donde comíamos casi todas las familias
que habíamos llegado al Puerto. Éramos muchísimos, la mayoría
se instaló en la casa de la Junta de Acción Comunal, otros donde
sus familiares y una buena cantidad en la casa de Chucho Urrea,
en la casa de Lucero Henao… todo el mundo se tendió la mano”.
“La salida fue muy dura. Ese año el invierno fue fuertísimo, y
como el río estaba crecido la única forma de pasarlo era con una
cuerda amarrada a lado y lado. Yo estaba embarazada del menor
de mis hijos, Yeison, y además me cargaba con los otros niños. Para
colmo de males mi papá se negó a dejar la finca y allá se quedó”.
“Todos teníamos mucho miedo, pero uno de mis hermanos,
Henry, que vivía ya en Villavicencio se fue para el Puerto a sacar a
mi papá de la finca. Él decía, “Yo me traigo a mi papá porque si mi
papá se muere yo me muero con él”. Y así fue, llegó y se llevó a mi
papá para Villavicencio”.
“Por esos días mataron mucha gente, a una niña le cortaron
la cabeza con machete, al Sr. Villalba, a todos los que bajaron de
los buses para matarlos al borde del camino, a todos los que mataron en Caño Sibao. Especialmente por las carreteras mataron a
mucho inocente. La gente veía pasar unas camionetas muy lujosas
que eran de un señor Nepomuceno, y luego aparecían los muertos. Por como estaba la situación todos decidimos quedarnos ahí
como unos quince días más hasta que una comisión subió a la parte alta y nos avisó que el ejército ya se había ido; entonces pudimos
volver a las fincas”.
“Como a mediados de noviembre mi hermano Henry también
se devolvió un día desde Villavicencio para ver como estábamos.
Sabemos que se vino solo en un bus porque ahí mismo viajaba
una comadre mía que lo vio. Pero llegando a El Dorado habían
quemado un bus y un grupo de gente armada lo bajó. Más nunca
lo volvimos a ver. Durante varios días los que estábamos en Puerto
Esperanza creíamos que él estaba en Villavo, y los que estaban en Villavo creían que él estaba con nosotros en el Puerto. Por eso, y
por el miedo tan tenaz que nos invadía nadie dijo nada, nadie denunció, nadie nos dio razón, nadie lo volvió a ver”.
“Las cosas siguieron así, el ejército o los paramilitares llegaban
y nos tocaba salir con lo que pudiéramos. A otros como a Rogelio
Campo o al hijo de Gabriel Quiguanas los hicieron pasar por guerrilleros”.
“Decidimos con mi esposo sacar a los muchachos. Mi papá tenía una casita en el barrio Industrial de Villavicencio y nos los
llevamos para allá. Ellos estudiaban en Villavo al cuidado de mi
mamá, y nosotros trabajamos durante varios días a la semana en
la finca que mi papá me había dado de herencia, para mandar la
comida a Villavo. Así hizo mucha gente que se fue saliendo para
Bogotá o para Villavicencio. Durante muchos años duramos en
esa condición, de aquí para allá y de allá para acá. Hasta que en
2002 decidimos dejar todo definitivamente porque la situación
era imposible. En tres lonas sacamos lo que pudimos y nos vinimos. Pero la casa, el beneficiadero, y todas las cosas que dejamos
las quemó el ejército”.
“Las dificultades fueron muchas. Además de lo difícil de tener
que dejar todo atrás, empezamos a cansarnos de vivir de posada
donde mi papá. Al poco tiempo yo conseguí trabajo de empleada
doméstica y Pedro de empleado en una bodega, ahí fue cuando
se presentó lo de invadir este lote donde vivimos ahora. Recuerdo
mucho la noche en la que yo cogí una pala, el barretón y la peinilla e hicimos un rancho en paroi. Mi papá me preguntó -“¿pero
usted si es capaz?- y yo le respondí -“usted me enseñó a ser verraca,
además no tenemos donde más meter la cabeza”-.
“En ese tiempo, en este sector del barrio las casas que hoy existen eran puros ranchos y las tierras pertenecían a una señora que
dizque tenía mucha plata, muchas casas en varios barrios de Villavicencio. Algunos amigos abogados nos ayudaron para no dejarnos sacar, y yo llegué incluso a meterme en una campaña política,
porque en tiempo de elecciones a uno le prometían cualquier cosa
para ganarle el voto. Me tocó meterme en política para que no nos
desalojaran de acá”. Intermedio -“Yo hice unos frijoles, ojalá les gusten”- Al primer síntoma de
hambre Fanny interrumpió su relato para invitarnos a almorzar. Y