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“como en los viejos tiempos” completamos lo que había en la olla con
algunas cosas que trajimos de la tienda. La cocina se convirtió en el
nuevo escenario de la entrevista, y en el lugar para empezar a hilar
algunas ideas de la historia de vida que estábamos escudriñando.
Las referencias previas sobre el papá de Fanny eran precisas. A
la edad de 22 años Segundo Laurentino Perdomo pasó a ser el Teniente Rocalloso, un destacado guerrillero que vivió los tiempos
en que las solidaridades políticas se proyectaban sobre Marquetalia, la cual, junto a otras regiones de organización campesina
durante la década de los años sesenta, sufrió el rigor de una serie
de operativos de arrasamiento que se implementaron en el país en
el marco de la Guerra fría.
Por las mismas razones económicas, políticas e ideológicas por
las que los campesinos que reclamaban mayor equidad en un país
de injusticias fueron perseguidos desde mucho antes de la década
de los años sesenta del siglo XX, los hijos de don Segundo heredaron no solo una tradición de organización política que ocurrió
siempre dentro de la legalidad, sino también el estigma y la desgracia de ser perseguidos por pensar diferente.
Por la conversación con Fanny supimos que el retiro de don
Segundo de la guerrilla nunca se debió a diferencias ideológicas,
sino que él, viendo las penurias que vivía su familia cuando obligadamente tuvieron que desplazarse para Viotá, dejo las armas y
entonces dedicó el resto de su vida a la organización política y al
sostenimiento de la familia.
Pero aun muchos años después de que la familia Perdomo Hite
se estableciera en Medellín del Ariari, la persecución continuó.
Fanny recuerda que su padre no salía mucho a la calle y que en
una ocasión se empezaron a escuchar avisos por las emisoras de
Granada ofreciendo recompensa por una serie de dirigentes, dentro de los que estaban Isauro Yosa y Laurentino Perdomo. No obstante, el contexto de los hijos fue diferente al de su padre. Desde finales de la década de los años setenta, en los llanos
orientales la conformación de ejércitos privados al servicio de intereses económicos particulares siguió la lógica de otras regiones
como el Magdalena Medio. Gonzalo Rodríguez Gacha, en complicidad con militares (Brigada VII y Batallón 21 Vargas), desató entonces una persecución contra las FARC, con quienes había roto
ya una alianza que giraba en torno al pago de un impuesto sobre
los cultivos de uso ilícito establecidos allí; pero en esta persecución, desarrollada a través de un ejército denominado Los Masetos, versión llanera del MAS, no distinguió entre militantes de
la Unión Patriótica, partido político surgido de las negociaciones
FARC-Estado en 1984, y guerrilleros. El estigma y la persecusión cubrieron así a toda la población.
La alianza entre paramilitares y narcotraficantes se consolidó en la región, lo mismo que el exterminio de la UP, que prosiguió hasta la década siguiente (90s). La masacre de Caño Sibao
en 1992, es quizá una de las más emblemáticas en este sentido.
Las masacres, los asesinatos selectivos, las extorsiones, el desplazamiento forzado o el despojo de tierras hacen parte de un proceso
de arrasamiento que aún se sigue viviendo en la región del Alto
Ariari.
En este contexto ocurrió la desaparición de Henry Perdomo. A
sus 21 años, Henry había sido integrante de las Juventudes Comunistas y se perfilaba como un líder regional de la Unión Patriótica.
El fin de la zona de distensión en 2002 y las acciones de “retoma” del control territorial por parte del ejército, dentro de las que
se puede incluir algunos planes que se enmarcan en el desarrollo
de la política de seguridad democrática del gobierno de Álvaro
Uribe, como el Plan Patriota y después el Plan de Consolidación,
produjeron una agudización de la guerra en la región que se evidencia en las cifras de desplazamiento.
Del exilio a la persecusión En esos mismos años, 2002-2003, las cosas en Puerto Esperanza se pusieron más difíciles, “el desplazamiento fue tremendo, a
casi toda la gente le tocó salirse porque todos los días mataban o
desaparecían a alguien que uno había conocido, violaban mujeres, robaban, mataban los animales de las fincas, eso fue horrible”.
“Como nosotros ya estábamos aquí [en Villavicencio] ¿entonces
qué podíamos hacer? Pues ayudar a la gente que salía corriendo
de allá. A medida que fuimos trabajando le metíamos cada vez
más a la casa: que una carga de arena, que los ladrillos, que la
teja, todo esto fue de a pocos. Entonces, si una persona llegaba
desplazada pues nosotros le dábamos posada acá los primeros días
mientras encontraba que hacer”.
“En esas también llegó mi hermano Reinaldo que le había tocado salirse de la finca. Recuerdo mucho que tendió un colchón, puso
una cortina en un rincón y ahí se quedó como 6 meses. Un día llegó
él a la casa y me dijo – “Fanny, a mí me van a matar”- Me contó que
cuando el ejército se había metido, muchos campesinos se fueron
hasta la vereda la Esmeralda a reclamarle a un capitán del Batallón
de Granada y el capitán les había prometido pagar los desastres que
hacían los soldados cuando se metían a las fincas, los animales que
mataban, las gallinas que se comían… Pero como en esta guerra si
uno le recibe algo a alguno inmediatamente se convierte en enemigo del otro, parece que la hija de Reinaldo les recibió una plata a los
militares y la guerrilla le empezó a poner problema”.
“Yo le dije -“tranquilo hermano, estese acá que antes nos hace
compañía y usted sabe que donde comen uno comen todos”- Así
fue que Reinaldo estuvo más tranquilo, vendió la finca, compró
una casa también acá en Porfía y montó un local. En esa casa Reinaldo empezó a ayudar a los que seguían llegando desplazados.
Llegar desplazado es muy duro porque la gente en la ciudad cree
que el campesino como uno es, o delincuente o guerrillero y nadie
lo ayuda. Entonces Reinaldo, como había estudiado en las escuelas
de cuadros y era muy inteligente, podía guiar a la gente en lo que
había que hacer: ir a la UAO (Unidad de Atención y Orientación al Desplazado), a Acción Social, o a la Cruz Roja. A veces llegaba gente
del campo que no tenía ni para una panela y él se rebuscaba”.
“Oswaldo Moreno, un señor de la misma vereda, junto a Manuel
Romero, alguien muy solidario, se reunieron acá con Reinaldo para
mirar que podían hacer para exigir de la Red de Solidaridad Social
una mejor atención a todo ese problema del desplazamiento masivo
que se estaba dando. Entonces empezaron a hacer reuniones en los
barrios a donde había llegado la gente desplazada de Puerto Esperanza, y la gente los buscaba a ellos para saber qué hacer. Yo creo
que eso fue lo que le significó la muerte a mi hermano”.
“Reinaldo ya empezó a hablar de la necesidad de organizar a todos los desplazados en torno a una comunidad que luchara por la
defensa del territorio. Después yo me enteré que para ese entonces él
ya había conocido la experiencia de otra zona humanitaria en Cacarica. Se había puesto en contacto con el Padre Francisco de Roux y
conoció varios proyectos que él lideraba sobre temas de organización
comunitaria y resistencia civil. Yo le metí el hombro a la organización
de la comunidad, a participar en la reuniones que se hacían donde el
padre Omar en el barrio La Nohora, a hacer gestiones para la protección de las tierras, a divulgar en diferentes partes del país la historia
de lo que nos estaba pasando y la forma como estábamos resistiendo.
Siempre había muchas cosas que hacer y el apoyo de la Comisión
Intereclesial de Justicia y Paz fue muy importante”.
“El año 2003 fue muy duro para mí y para toda la familia. Ese
año murió mi padre, desaparecieron a un sobrino y murió otro.
En agosto de ese año mataron a Oswaldo y a los poco días mataron a Reinaldo. Reponernos de todo eso fue muy difícil, también
porque Reinaldo era uno de los fundadores de la Comunidad Civil de Vida y Paz y la persona que generaba más confianza en la
organización. Aunque siempre hemos dicho que todos y cada uno
de nosotros somos líderes, el papel de Reinaldo era especial”.
“A través de la Comisión Intereclesial nos tocó pedir unas medidas cautelares que nos fueron otorgadas, pero en el año 2004
la persecución contra la comunidad fue más fuerte, la Policía nos
hizo varios allanamientos acá en la casa dizque para buscar armas.
Nunca encontraron nada, yo nunca he visto un arma en mi vida. Pero en mayo de 2006 viene la detención mía. Yo duré detenida