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durante 25 meses en la cárcel El Buen Pastor. Esos años de felicidad trabajando en la Comunidad, en la construcción de la Zona
Humanitaria me los cobraron con un montaje. Supuestamente
durante más de 3 años, mientras yo iba y venía a la zona humanitaria con el acompañamiento de la Comisión Intereclesial, del Padre
Omar, del Padre Henry, e incluso de una delegación española que
se quedó acá en mi casa, me estaban haciendo un seguimiento.
Además de eso, un día yo recibí la llamada de una hermana menor que se había ido de la casa hacía varios años, a mi hermana la
vinculaban con el frente 53 de las FARC, y como a mí me estaban
haciendo el seguimiento, la llamada la utilizaron para acusarme
de secuestro, rebelión y extorsión”.
“El 11 de mayo, como a las 5 am la calle se llenó de carros y motos de la policía, y sin mostrar la orden de allanamiento se metieron
a la casa y empezaron a revolcarlo todo, destruyeron muchas cosas,
se subieron hasta por los tejados y lo único que encontraron fue una
reata de la policía. Resulta que a pesar de que éramos desplazados
mi hijo menor estaba prestando el servicio militar y le habían hecho
comprar esa reata y otras cosas. Eso lo metieron en una bolsa dizque como prueba de que yo era auxiliadora de la guerrilla. Cuando
a mí me dijeron que estaba detenida la sorpresa fue tan grande que
no pude decirles nada, sino “El que nada debe nada teme”.
“Me montaron en una camioneta mientras hacían otros dos
allanamientos y luego me llevaron a la Sijin de Villavicencio. Las
acusaciones e intimidaciones fueron permanentes, me preguntaban que porqué auxiliaba a la guerrilla, que cuál era la gente
que yo comandaba. Supuestamente, según ellos, yo comandaba
un grupo de gente aquí en Porfía y en el barrio donde vive mi
hermana Deidania. Ahí me enteré que también le iban a hacer un
allanamiento a ella, que dizque porque nosotras teníamos una red
urbana, pero afortunadamente se equivocaron de casa. Mi esposo
y mis hijos llegaron antes de que me llevaran a Bogotá y me alcanzaron a llevar una medicina para la hipertensión y un desayuno
que no pude comerme de los sentimientos que me embargaban”.
“El viaje a Bogotá se me hizo eterno, los que me llevaban se
aprovechaban del miedo para buscarme cualquier información, pero yo me mantuve en un silencio absoluto, no decía nada, escasamente sí o no. Cuando llegamos vi mucha gente que también
traían detenida, luego vinieron las fotos, las preguntas, los exámenes los papeles, las firmas. Yo no les firmé nada. Ahí fue cuando
distinguí a las hermanas Mayuza, a Nieves y a Carmen, unas Defensoras de Derechos Humanos de acá del Meta, que las habían
cogido el mismo día y las acusaban de lo mismo”.
“Al otro día por la mañana no hicieron levantar a todos los que había visto a la llegada. A las mujeres nos hicieron arreglar y nos dijeron
que nos cogiéramos el cabello. Después nos amarraron a todos, unos
con otros en una fila con las esposas y nos pasaron frente a varias
cámaras para sacarnos por televisión. No se imagina la rabia que a
uno le da. Al frente de nosotras habían colocado una mesa llena de
pistolas, libros, ropa militar, pañoletas. Los periodistas nos preguntaban un montón de cosas que nadie respondió, de todos modos nos
presentaron como las jefes de la guerrilla. En el periódico El Tiempo
del 13 de mayo de ese año nos sacaron como lo peor”.
“Las manos se me hincharon por las esposas y me empecé a
sentir mal, con escalofríos, una tensión altísima que me afectó la
vista. Después de varios días durmiendo en el piso y con la misma
ropa calentana con que me habían traído puesta, yo me enfermé muchísimo. Los guardias me decían todos los días “mañana le
traemos el médico” pero nada de nada”.
“Después, el mismo día de la audiencia, vino a verme el Padre Henry y me trajo una colchoneta, cobijas, ropa, útiles de aseo,
pero no me dejaron verlo. Recuerdo que en esa audiencia el fiscal
me decía de todo, “Doña Fanny, díganos todo lo que usted sabe de
la guerrilla, de sus viajes a La Uribe y a La Julia (Meta), confiese su
relación con esa gente que traía de España”- Un montón de cosas
tergiversadas que buscaban que yo me autoinculpara”.
“Como no cedí con eso, ya cuando me iban a pasar del calabozo
a la cárcel me empezaron a decir “Allá en la cárcel la van robar,
la van a apuñalear, la van a violar, la van a matar, allá tiene que
andar en grupo o sino la matan”. Eso fue horrible. Además porque
físicamente nos trataban peor que el ganado”.
“La cárcel es lo peor que le puede pasar a uno. La humillación del encierro es muy grande. Yo duré llorando 3 meses y decía “Dios mío, porqué estoy aquí, yo que he hecho, yo que estoy pagando”- Hasta que un día dije –“No más!!, mi familia me está esperando afuera y yo no puedo echarme a la pena”-. Entonces comencé
a estudiar por mi cuenta, porque, como no estaba condenada no
podía hacer nada, ni trabajar. Afortunadamente me tocó un patio
en donde no tuve problemas con nadie, ahí había una profesora
muy buena, ella sí estaba condenada por rebelión. Todavía tengo
varios cuadernos que me acompañaron ese tiempo”.
“Mi familia se enteró que yo estaba allá después de un mes,
porque el abogado no les comunicó, y aun así no me podían visitar todos porque a mi hijo menor también lo había involucrado,
dizque él era el que repartía invitaciones para reclutar. Después de
un año involucraron también a mi esposo. Las visitas de mi hija,
que fue la que pudo estar más pendiente, eran pura tristeza”.
“Ya supe que lo único que podía hacer era resignarme y tener
paciencia, ocupar la mente en algo. Me aferré mucho a Dios, y
afortunadamente los de Justicia y Paz, y los de la Comunidad me
acompañaron todo el tiempo hasta que salí. Ese acompañamiento
hacia mí y mi familia fue muy importante”.
“Precisamente, un día yo estaba de rodillas en la iglesia de la
cárcel cuando escuche –“Fanny Perdomo, la necesitan adelante”.
Al otro día salí con libertad provisional. La felicidad fue enorme”.
“Aun con lo duro del encierro ahora creo que fue también una
experiencia como buena, que me fortaleció, que me enseñó mucho, a valorar las cosas pequeñas, el valorar de un pedazo de papel
o de una bolsa plástica, también aprendí a valorarme más a mí
misma, a las personas que lo quieren a uno; y sabiendo aprovechar
el tiempo aprendí a coser blusas y faldas”.
“Las cosas difíciles no pararon ahí. La persecución continuó.
Después me hicieron dos allanamientos de la policía, y después
del ejército. Un día a mi hijo lo cogió la policía sin ninguna razón y mientras lo ponían a lavar baños le decían -“diga dónde es
que está la guerrilla, cuente que es lo que hace su mamá con la
guerrilla”. Fuera de eso, pues como es natural, muchos amigos se
alejaron cuando me cogieron, algunos volvieron cuando yo salí,
otros se perdieron; los vecinos también empezaron a decir “doña Fanny, la guerrillera”, otros aún más atrevidos “doña Fanny, la que
vende bazuco en la casa”. Así, cosas difíciles que afortunadamente
han venido bajando los últimos meses”.
“El proceso se cerró, pero mi adaptación a la vida afuera también fue difícil. Yo duré meses sin poder salir sola a la calle, con
mucho miedo, y hasta aprendiendo a cocinar nuevamente. Tuve
que conseguir un acompañamiento sicológico para poder hacer
muchas cosas que antes hacía en la cotidianidad, y además tratar
de conseguir en que emplearme para sobrevivir”. Epílogo Fanny se dedica hoy en día a la defensa de los Derechos Humanos en la ciudad de Villavicencio, en donde vive con su hijo menor
y su esposo. La mayor parte de los hermanos que sobrevivieron a
esta persecución se han dispersado. Su madre, una mujer tenaz y
trabajadora, cuenta con detalles y mucha lucidez la historia política del siglo XX colombiano a sus más de noventa años.
Es escéptica de los resultados de un proceso de paz pues reconoce que son bajas las posibilidades de que quienes detentan el
poder económico y político cedan para la realización de las reformas estructurales que el país necesita. Aun con toda lo que ha vivido, Fanny cree que una de las cosas más duras ha sido el cambio
del campo a la ciudad. Allá en la tierra se cogía la rula, como dice