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los casos trascendiendo la valoración propia de la crítica para entrar en el análisis fílmico, con la virtud de abordar títulos olvidados por considerarse irrelevantes o, en la período que nos ocupa, haberse incluido dentro del cajón de sastre de un indefinible cine franquista, al menos en comparación con la aparición del cine de García-Berlanga y Bardem a mediados de los años cincuenta y de los nuevos cines poco tiempo después.
Esta publicación -junto a las de Santos Zunzunegui y José Luis Castro de Paz, los otros dos autores que encabezan la revisión de la historia del cine español-también mostraba el cariz de los cambios producidos en el canon, pues no conllevaban la sustitución de un canon por otro, sino que nuevas películas y directores comenzaban a formar parte de lo que merecía la atención de analistas e historiadores.
Resulta conveniente diferenciar de entrada dos acepciones del término "canon": por una parte, el canon como procedimiento normativo generalizado que afecta a la realización de las películas -podríamos hablar del canon en el cine clásico o de los diferentes cánones genéricos-; por otra, como conjunto de películas relevantes para una comunidad interpretativa, más susceptible a las variaciones en los criterios de pertenencia al canon -gustos estéticos, paradigmas, etcétera-y a las particularidades y cambios en dichas comunidades interpretativas.
En ambos casos, y en relación con la etimología del término, el canon implica una medida, una norma, y con ello una selección de aquello que le es propio frente a lo que queda en sus márgenes externos.
El canon, ya centrándonos en su condición de elenco de obras, tiene además unas implicaciones que afectan a las políticas culturales, a los archivos cinematográficos 3, a los programas docentes universitarios, a las instituciones académicas y críticas y a los mecanismos de renovación de sus miembros, a la memoria y a la identidad colectiva 4, además de, entre otras muchas, a cuestiones relacionadas con la influencia o la cita entre películas.
No obstante, abordamos aquí el canon sobre todo como problema historiográfico, aunque esté inevitablemente ligado a estas otras consideraciones.
Así, partiendo del análisis de la literatura sobre el cine bajo el franquismo publicada en la tradición académica española desde la Transición democrática 6, este trabajo pretende inferir los planteamientos historiográficos 3 Wollen, 1993: 26.
6 Se renuncia inevitablemente -es necesario ajustar estas páginas a unas dimensiones razonables-a abordar las relevantes aportaciones al análisis del cine bajo el franquismo de los hispanistas franceses, estadounidenses y británicos, que en muchos casos también han tratado el tema de la identidad del cine español, aunque sea desde supuestos teóricos que han permitido la entrada en la historia del cine español de ciertas películas producidas bajo el franquismo, así como de sus directores 7 (fig. 1).
Valor, canon e historiografía
La cuestión del "valor" de la obra de arte es central en la estética, y ha sido introducida en el cine desde el momento en que adquiere el estatuto de arte.
Puede resumirse en dos posiciones extremas: el inmanentismo y el relativismo.
La primera supone que las cualidades intrínsecas de una película la convierten en valiosa o desdeñable, reduciendo cualquier otra consideración a la mínima expresión.
La segunda afirma que una película siempre es valiosa para alguien en un momento concreto, de manera que el valor es relativo, incluso histórico e historiable, además de depender de la posición estética, ideológica, racial, de género, etcétera, en la que el evaluador esté situado.
Puesto que incluso las posiciones inmanentes dependen de estos "determinantes", cualquier defensa de la inmanencia implica un intento de imponer los "valores" de un determinado grupo sobre los demás, y puede ser tachada de etnocentrista y a-histórica.
Laurent Jullier 8 se ha aproximado al gusto cinematográfico y al valor de una película encontrando seis criterios generales capaces de regirlo: el éxito, la calidad técnica, el carácter edificante, la emoción que genera, la originalidad y la coherencia.
Algunos de estos criterios son manejados por los críticos y los historiadores.
Respecto al cine bajo el franquismo, son reseñables el carácter edificante, la originalidad y la coherencia.
El primero supone valorar las películas por su capacidad para mostrar o instruir acerca de algo que es total o en parte desconocido, ya sea la realidad, determinadas ideologías y mentalidades, incluso la propia película, su director o el arte cinematográfico en general.
Obsérvese que este criterio es útil tanto para la denominada "política de los autores" -que intenta dilucidar el estilo y el mundo personal de los directores a partir de su obra-como para las historias que analizan la representación en las películas de determinados aspectos de la sociedad o las aportaciones que desde el análisis textual buscan desenmascarar su entramado ideológico.
La originalidad y la coherencia son dos criterios interrelacionados.
La originalidad conlleva una ruptura parcial con el horizonte en el que aparece la película, pero sin caer en la heterodoxia incomprensible, por lo que la película también debe ser en parte coherente con este.
El horizonte es móvil y variable y ambos criterios implican la comparación con el repertorio disponible de películas.
Atada a la cuestión del valor y la valoración está la del canon cinematográfico.
Éste, en la acepción que nos interesa aquí, sería la lista de películas consideradas valiosas para una colectividad, susceptibles de protagonizar críticas, análisis e historias 9.
Por regla general, el canon provee de modelos, ideas e inspiración, legitima determinadas concepciones sobre el cine, transmite la herencia cultural y estructura el pasado.
La canonización, la selección y jerarquización de las películas a partir de la parte accesible -lo que podríamos denominar repertorio-del conjunto total de películas es efectuada en base a la función atribuida al canon en un momento histórico determinado por un grupo concreto.
Por tanto, el canon es histórico e historiable.
De igual manera, no hay un solo canon sino múltiples 10.
La perspectiva con la que se aborde el hecho fílmico y cinematográfico conduce a una jerarquización de las películas a las que afece historiográficos diferentes a los que aquí se expondrán.
El estudio de los puntos en común y las diferencias entre las diferentes tradiciones académicas será objeto de otro trabajo.
7 Hay que señalar que buena parte de la revisión del cine español bajo el franquismo no hubiera podido llevarse a término sin el apoyo de las diferentes filmotecas, la Asociación Española de Historiadores del Cine y la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, así como de grupos y proyectos de investigación como Laboratori d'Investigació Audiovisual (LAIA), coordinado por Palmira González en la Universidad de Barcelona, o los dirigidos por Manuel Palacio desde la Universidad Carlos III de Madrid, entre otros.
La primera diferencia en cuanto al canon cinematográfico reside en los tres grandes tipos de discursos generados a partir del cine: el crítico, el analítico y el historiográfico.
Cada uno, con sus respectivos objetivos y funciones, está sujeto a paradigmas más o menos explícitos que pueden o no ser compartidos por los tres: una serie de supuestos sobre la naturaleza, funcionamiento y función del cine, así como los métodos que rigen la pertinencia de sus aplicaciones.
Sobre la base del paradigma, el objetivo último de la crítica es la valoración.
La historia y el análisis requieren también calibrar las posibilidades de una película en relación a los supuestos historiográficos o teóricos que suscriben, pero la evaluación en principio no es una finalidad en sí misma.
Los criterios de relevancia cambian en función del paradigma.
Además, ya sea en la crítica, el análisis o la historia, el valor puede provenir de su reafirmación, del ajuste de la película a los supuestos que lo rigen, o, sobre todo, de su limitada puesta en cuestión, de situarse en sus límites -pero no en la incomprensible lejanía-de manera que obligue a su replanteamiento limitado o a un esfuerzo para hacer encajar la película en sus supuestos.
Y lo mismo podría decirse de las críticas, análisis e historias producidas a partir de la interacción entre el paradigma y las películas, fuertemente controlados por la institución, pues como afirma Kermode 11, "what we value most [...] is an originality that remains close to the consensual norms".
Abordar el cine desde la crítica, el análisis o la historia ya supone un criterio de canonización, pues las películas importantes para los críticos no necesariamente lo son para los analistas o los historiadores.
A ello hay que añadir los diferentes paradigmas circunscritos a cada uno de estos ámbitos.
Pero además, el valor de una película para la crítica, el análisis o la historia surge de su contraste con un repertorio cinematográfico.
Este puede ser definido como la parte accesible de la totalidad del cine.
El repertorio permite acotar el campo de lo canonizable, y las variables que lo pautan son de muy diversa índole: desde las políticas culturales, de distribución y exhibición del cine, hasta la acción de la censura o, evidentemente, los propios paradigmas, dado que establecen el marco de los objetos susceptibles de formar parte del mismo y los criterios para su valoración, análisis o historización.
Los cambios en el repertorio tienen una incidencia determinante en el canon.
Del repertorio es cribado el canon.
El juicio crítico aporta algunos ejemplos interesantes de su importancia, dado que muchas veces son consideradas relevantes sobre la base del criterio de originalidad películas que tras la ampliación del repertorio se muestran deudoras de unos procedimientos ya trillados.
Así sucedió a principios de los años sesenta con la recepción crítica de Los golfos (Saura, 1959), considerada por los propios críticos importante en el contexto español del momento pero superada si se comparaba con la evolución del cine internacional 12.
El valor, al menos si surge de la originalidad, está en función de la amplitud del repertorio con el que la película es contrastada (fig. 2).
En el caso de la historia del cine, además, hay que diferenciar la perspectiva desde la que es abordado el pasado fílmico y cinematográfico.
Allen y Gomery 13 -también Lagny 14 -distinguen cuatro tipos de historias del cine según ponen el acento en su condición estética, tecnológica, económica o social, aunque es cierto que las fronteras entre ellas se diluyen con facilidad y que determinados aspectos abordados desde una perspectiva requieren aproximaciones a otras para su adecuada comprensión.
Todo ello no invalida que muchas aproximaciones al pasado prioricen un ámbito u otro.
Algunas historias -las económicas y tecnológicas, por ejemplo-, además, son más cinematográficas que fílmicas.
Es cierto que no desatienden a las películas, incluso que muchos de los aspectos que abordan tienen una gran relevancia en las historias del cine centradas en las películas, pero es en estas últimas, y sobre todo en las estéticas, donde el problema del canon adquiere toda su importancia.
En relación con lo apuntado podemos apreciar otro aspecto importante que también incide en la selección de películas: el enfoque autónomo o heterónomo que se imprima al análisis y a la 11 1979: 82.
Es decir, la historia del cine, ya sea como hecho fílmico o cinematográfico, puede tenerse a sí misma por referente prioritario o establecer puentes con marcos de referencia diferentes o más amplios.
Así, podríamos tener una historia del cine como arte circunscrita al cine o que lo sitúe en relación con otras formas culturales y artísticas; una historia económica que atienda en exclusiva a la economía cinematográfica o que la ubique en relación con contextos económicos más generales; en fin, una historia tecnológica que aborde la evolución de la tecnología del cine exclusivamente o por su vínculo con otros ámbitos del audiovisual.
Podría decirse que la historia social del cine es heterónoma por definición, ya que plantea de manera preferente el vínculo del cine en tanto que producto cultural con la sociedad, incluso puede convertir a las películas en documentos para el estudio de dicha sociedad.
Aquí el objeto de análisis no es tanto las películas como la sociedad que "reflejan" o en la que actúan como agentes.
Con todo, esta situación no es exclusiva de la historia social del cine; de hecho, podemos pensar una historia del cine como arte donde la película ejerce de documento -y agente-de unas formas artísticas propias de otras artes, y lo mismo podría decirse de las historias económicas o tecnológicas.
Finalmente, y no por obvio menos relevante, pueden ser diferentes las películas que protagonicen una historia que parte sobre todo del presente o del pasado; en otras palabras: historias que analizan determinadas películas del pasado por su repercusión o su vigencia en el presente o que las estudian por su importancia en el pasado.
Las consecuencias de la primera postura puede conducir a una histórica teleológica y lineal en la que una serie de momentos decisivos -películas decisivas-acaban por confluir en la actualidad; también a historias influidas por la crítica, ya que su objeto de análisis, ciertas películas o cineastas, es planteado desde la reivindicación, el redescubrimiento o la revalorización en el presente.
Hay que señalar, en cualquier caso, que algunas películas tienden a fundir pasado y presente al seguir siendo elocuentes una vez superado su inicial contexto de producción; también que cambios en el contexto de recepción -de repertorio, de paradigma, de horizonte-permiten relecturas que modifican su ubicación en la historia.
El segundo toma cierta distancia -en la medida en que puede tomar distancia el historiador, siempre con su presente a cuestas-y analiza las películas por su importancia en el momento en que fueron producidas y estrenadas, con independencia de su incidencia en la actualidad.
Este planteamiento tiende a iluminar las zonas en sombra que deja el foco que desde el presente en exclusiva encara el pasado, incluso permite analizar lo que ya apenas tiene repercusión.
Esta última perspectiva ha sido aplicada a enfoques heterónomos, y dentro de estos a aquellos que abordan el cine como documento sobre aspectos más generales de la sociedad.
Ahora bien, la condición de documento de las películas es mantenida por las películas vivas, tanto respecto al momento de producción como a lo largo de todo el tiempo en que son elocuentes a través de la interacción con el espectador -documentan las razones de su vitalidad para públicos diferentes-, lo que puede inferirse a través de los análisis de recepción.
culas atadas a su contexto aportan por ello más información sobre este, esto no quita que también requieran ser abordadas desde planteamientos propios de la historia estética -desde el análisis de la puesta en forma, por ejemplo, vinculado por Allen y Gomery 15 a dicha historia-, sin dejar de interesar por su capacidad para concretar ideologías o mentalidades de las sociedades que las producen y consumen.
Cada combinación de los parámetros apuntados, sobre todo en su concreción en las historias centradas en las películas, establece una lista de títulos relevantes a partir de un repertorio, que puede coincidir o no con otras combinaciones.
De entrada esto permite afirmar la condición relativa del canon, incluso hablar de cánones más que de canon, y señalar que la cuestión clave son los parámetros de canonización antes que su resultado -el canon-, como veremos a continuación.
La acotación del repertorio
El primer eje que ha permitido la reubicación de ciertas películas y cineastas en la historia del cine español ha sido una modificación sustancial del repertorio.
Si con anterioridad estaba configurado por el cine internacional, y más en concreto el europeo, los movimientos que se han gestado desde los años noventa han tendido a la comparación de las películas españolas con otras películas españolas.
De esta acotación del repertorio surgen títulos valiosos que, contrastados con un corpus más amplio, pasaban desapercibidos.
Durante mucho tiempo una parte importante de la historia del cine ha puesto el acento en aquellas películas que podían entonar la producción cinematográfica española con la internacional.
Esta historia hunde sus raíces en un debate recurrente sobre la necesidad de abrir las fronteras exteriores al cine español, buscar al público internacional, y las diversas estrategias para conseguirlo.
En ocasiones ha superpuesto las etapas del cine europeo al español e incluso ha negado el pasado cinematográfico -un pasado irrelevante por comparación con un repertorio amplio-, la materia prima de su historia, justamente por su escasa capacidad para interesar más allá de los Pirineos 16.
Estas historias tienen a su favor que las fronteras apenas han podido contener la avalancha de títulos extranjeros que ya en la época analizada inundaban las pantallas españolas, tampoco paradigmas que permitían la crítica, el análisis o la historia del cine desarrollados para otros repertorios, y con ello las comparaciones son inevitables.
Puede afirmarse que el grado de coherencia estética de la producción española respecto a las vicisitudes de la europea ha sido un criterio de valor para esta historia del cine español; de ahí que hayan sido sugeridos ciertos vínculos con el neorrealismo italiano de algunas películas de los años cincuenta, se preste atención a las propuestas entonadas con los nuevos cines 17 o a ciertos directores singulares con resonancia internacional como Bardem, García-Berlanga o Saura.
Pero esta historia del cine español ha olvidado los géneros y al cine underground, fácilmente medibles en relación con otros repertorios.
El western, por ejemplo, abrió las fronteras e incluso disfrutó de una importante repercusión internacional.
El olvido del cine marginal muestra, además, que este criterio es aplicado solo al cine sujeto a los cauces institucionales de producción, distribución y exhibición, cuando puede apreciarse ya a finales de los años sesenta y principios de los setenta una producción cinematográfica independiente entonada, aunque en condiciones mucho más precarias, con la vanguardia europea desde el punto de vista estético y político.
Ahora bien, la acotación del repertorio en las nuevas propuestas historiográficas no ha supuesto abandonar totalmente la equiparación internacional.
Así sucede con la búsqueda de trazos de modernidad en el cine español de los años cuarenta 18 o cincuenta 19.
17 plo, considera que hay cierta tendencia en las comedias de principios de los años cuarenta a romper con la ilusión de la ficción, fenómeno ligado a "algunos de los populares espectáculos matrices de nuestro cine, pero es curioso observar cómo esta visibilidad del mundo de la representación, esa moderna y antitrasparente voluntad de no creerse sus propias ficciones [...] solo será retomada con igual intensidad por el cine norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial -piénsese [...] en las llamativas semejanzas narrativas de El destino se disculpa y ¡Qué bello es vivir! [...]-" 20.
La consideración de moderno -inferida por contraste respecto al cine internacional-a lo anteriormente visto como antiguo o desfasado es uno de los procedimientos frecuentes de revalorización y reubicación en el canon.
Pero se produce un cambio importante: el valor ya no surge del reflejo que pueda encontrarse de las principales cinematografías foráneas en la española, sino que, desde el análisis de la especificidad del cine español, se sugieren algunos procedimientos formales y narrativos equiparables a los empleados en otros cines (fig. 3).
Las nuevas tendencias historiográficas consideran que el punto de partida de la historia del cine español son los parámetros económicos, sociales y, en especial, los culturales que determinan su existencia.
Estos impiden las comparaciones en términos cualitativos con otras cinematografías, dado que pueden regirse por parámetros diferentes.
Tal como afirma Pérez Perucha, "el cine español [...], como cualquier otro, no es ni bueno ni malo; es, simplemente, particular, concreto y específico" 21.
Para el autor, un aspecto valioso de los cines nacionales es su capacidad para reelaborar las tradiciones culturales y populares que los nutren.
Zunzunegui 22 precisa más este planteamiento al afirmar que la identidad del cine español debe buscarse en las formas que permiten unos estilos propios, heredadas, asimiladas, revitalizadas o transformadas a partir de "una serie de formas estéticas propias en las que se ha venido expresando históricamente la comunidad española" 23, muchas de ellas de raigambre popular.
La incidencia de otros estilos foráneos conduce al mestizaje sobre la base de este sustrato autóctono.
De ahí que las comparaciones sean necesarias, pero no tanto con el objeto de evaluar el nivel de sintonía y originalidad respecto a la producción internacional, sino para apreciar aquellas estra- tegias narrativas y representativas asimiladas y refundidas en el cine propio.
En su opinión, dicho sustrato ha conducido al cine a una profunda estilización que se desvía del realismo, donde puede apreciarse la influencia del esperpento, la astracanada, el sainete, el "popularismo casticista" o el mito.
En lo referente al cine bajo el franquismo, los títulos considerados esenciales por el autor suponen una modificación parcial del canon: junto a las películas surgidas de la colaboración de Azcona con Ferreri y García-Berlanga y Los golfos, El espíritu de la colmena (Erice, 1973) o Furtivos (Borau, 1975), incluye, entre otras, La torre de los siete jorobados (1944), Domingo de Carnaval (1945), El crimen de la Calle Bordadores (1946), de Neville; Embrujo (1947), de Serrano de Osma; Vida en sombras (1948), de Llobet-Gràcia; Condenados (1953), Orgullo (1955) y Fedra (1956), de Mur Oti; Sierra Maldita (1954), de Del Amo; o El extraño viaje (1964), de Fernán-Gómez.
Zunzunegui deja al margen, sin embargo, todo el Nuevo Cine Español, central en las historias que contrastan el cine español con repertorios amplios, aunque lo abordará en su trabajo sobre los años sesenta sometiéndolo a "la valoración global del cine producido en este lapso temporal a partir de nuevas hipótesis interpretativas que eviten el hacer del NCE una figura que se recorte sobre un fondo más o menos indiferenciado" 24.
Si ampliamos el panorama al cine de los años cuarenta y los cincuenta presentado en los trabajos de Castro de Paz25 y Castro de Paz y Cerdán26, vemos que la nómina de películas consideradas relevantes también ha aumentado.
Así, junto a los títulos ya mencionados y otros bien situados en el canon como Bienvenido, míster Marshall (García-Berlanga, 1953)
La heteronomía y el peso del contexto
Del punto anterior podemos inferir otro gran eje del cambio historiográfico: el tratamiento prioritario a las formas y la necesidad de hacer una historia estética del cine en cierto grado heterónoma.
Ambos aspectos están situados en la evolución y los nuevos problemas que desde los años setenta interesan a la historia del cine como arte.
Allen y Gomery27 consideran que la irrupción de la semiótica en el análisis fílmico en esta época supuso atender a los modos en que se produce significado en las películas; modos que pueden ser historiados.
A ello hay que añadir los enfoques neoformalistas, caracterizados por relacionar las películas con otros sistemas del arte y de producción de significado, los análisis de recepción, atentos a la ubicación de la obra en cada contexto histórico, o, finalmente, las propuestas que abordan relaciones intertextuales, entre textos fílmicos y entre textos fílmicos y no fílmicos, ya sean artísticos o no. En este ámbito puede situarse la apuesta de Joan Minguet 28 por lo que denomina "enfoque culturológico": una historia del cine como arte en el marco global de los hechos artísticos y culturales.
La historiografía reciente ha concretado esta afirmación en la atención a las formas de la cultura popular, y el cine revalorizado es justamente el que ha sabido amalgamar estas, apreciables en la pintura, el teatro, la literatura e incluso la música más popular.
Ahora bien, no es este tipo de heteronomía el que ha predominado en la historiografía.
De hecho, buena parte del cine que no podía circunscribirse al arte -por comparación con un reper-torio internacional-ha sido analizado desde su capacidad para actuar como documento de aspectos concretos de la sociedad y la cultura, ya fuera porque lo permitía el género -el noticiario No-Do 29 o la denominada "comedia del desarrollismo" 30 -o por tratar cinematográficamente determinados temas -la Guerra Civil 31, por ejemplo-.
Si bien buena parte de las aproximaciones a estas cuestiones lo sortean con habilidad, existe el riesgo en la historia sociocultural del cine centrada en las películas de reducir sus análisis al contenido, de servirse de las películas para conocer lo que es más fácil y directamente apreciable a través de otras fuentes, de que el contexto se imponga al texto hasta determinar de antemano su sentido.
Justamente de este peligro han advertido Hernández y Pérez 32 o Zunzunegui 33 respecto a la comedia de los años sesenta o Company 34 y Castro de Paz 35 en lo relativo al cine de los años cuarenta, prejuzgados por afecto o defecto "franquistas" antes de cualquier análisis.
Ahora bien, incluso aunque el punto de partida sea el "carácter franquista" de muchas películas -entiéndase: cuyo contenido suscribe algunos de los supuestos éticos, morales o ideológicos que pululan bajo el amplio paraguas franquista-, el análisis permite apreciar la sutileza de su articulación en el plano de la expresión más allá del trazo grueso del tema.
Un buen ejemplo de ello lo encontramos en el trabajo de Llinás 36 dedicado al cine de Juan de Orduña.
El autor aborda, entre otras cuestiones, el cine histórico que el director realizó entre 1948 y 1951 -Locura de amor (1948), Agustina de Aragón (1949) o La Leona de Castilla (1951)-en el que detecta unas particularidades recurrentes: la escena climática o epilogal con la que arrancan sus historias, el hecho de narrar acontecimientos que redundan en un conocimiento previo del espectador, tanto por referencias pictóricas como por la "historia oficial", y el borrado de todo suspense que permite centrar la atención en momentos de gran intensidad dramática por encima de los avatares de la acción.
Se detiene sobre todo en el análisis del punto de vista -focalización y ocularización-, que en ciertos momentos rompe con los cánones del modelo de representación institucional, y su papel en la difusión de la ideología dominante.
Llinás no niega que ciertas películas de Juan de Orduña sirvieran de vehículo de transmisión de dicha ideología dominante, ni mucho menos, sino que profundiza en su análisis para comprender cómo lo hicieron más allá de que estuvieran dedicadas a la historia, en su concepción más popular, tal como la entendía el franquismo; y lo hace sin por ello reivindicarlas, valorarlas positiva o negativamente, sin someterlas, en definitiva, al juicio crítico.
Nuevos supuestos críticos y la superación de la dicotomía cine franquista/cine disidente
Un cuarto eje en la renovación de la historiografía sobre el cine español bajo el franquismo es su intento de desvincularse de la función valorativa de la crítica.
Esto también proviene en gran medida del desarrollo de nuevas metodologías desde los años setenta provenientes del estructuralismo, lo que hace evolucionar parte de la crítica hacia el análisis fílmico, donde la distinción entre lo sublime y lo vulgar no es tan relevante.
Castro de Paz y Cerdán en Del sainete al esperpento señalan que crítica e historia responden "a muy diferentes necesidades institucionales, y de discurso público, y por lo tanto no pueden asimilarse, por mucho que se confundan con más facilidad de la que sería conveniente" 37.
37 2011: 13. embargo, a pesar de situarse en la historia, este trabajo y muchos otros de Castro de Paz contienen una clara reivindicación del cine enraizado en las tradiciones culturales españolas, y la reivindicación, el redescubrimiento o la revalorización nos permiten apreciar que en realidad, más que deshacerse de la crítica, el primer paso en la reconfiguración del canon ha supuesto un cambio en los criterios de valor que han sido aplicados a la historia.
Puede afirmarse, de hecho, que un parámetro circunscrito a una crítica y una historia sociocultural del cine como el de disidencia -derivado del criterio edificante, tal como lo define Jullier 38 -ha sido sustituido en un repertorio acotado por otros como el de coherencia -en relación con las tradiciones culturales propias-y originalidad -la singular habilidad con la que ciertas películas combinan estas tradiciones entre sí y con estrategias narrativas y representativas foráneas-, más propios de la historia estética.
Durante mucho tiempo los problemas con la censura y la manera de sortearlos mediante un discurso elusivo han sido valores destacables para la inclusión de ciertas películas y directores entre lo relevante desde la crítica o la historia.
El problema del criterio disidencia es haber reducido buena parte de las películas que no encajaban en este a una suerte de cine franquista inanalizable o solo analizable en términos sociológicos, además de dotar a las que contemplaba de lo que Jullier denomina el "perfume del azufre": "Leyes y presiones implícitas pueden [...] orientar la recepción del producto: una prohibición que recaiga en una película puede acabar por nimbarla, por ejemplo, con un fascinante perfume de azufre, orientando el juicio de antemano, cuando no termina por determinarlo anticipadamente" 39.
El criterio disidencia se institucionalizó a partir de la Transición, aunque surge en el debate crítico de las décadas de los cincuenta y sesenta, y la selección de películas que conlleva responde a las exigencias del momento: la necesidad de enfatizar la existencia de una lucha por la libertad de expresión, manifestada en ciertas películas, antes de la llegada de la democracia, aunque solo fuera dentro de la producción comercial, ya que apenas se tuvo en cuenta el cine opositor sin contemplaciones realizado desde el tardofranquismo en los márgenes externos de la industria.
Ahora bien, la aceptación de un cine disidente -y con este el criterio disidencia en la evaluación-tuvo que imponerse sobre la más rupturista consideración de que casi toda la producción realizada bajo el franquismo era franquista.
Como ha señalado Imanol Zumalde, en los años previos e inmediatamente posteriores a la muerte de Franco "hacer historia del cine español se convirtió en un modo más de contribuir a la causa antifranquista" 40.
Esto, junto con la irrupción de los nuevos paradigmas teóricos -la semiótica y el marxismo sobre todo-, condicionó los trabajos de los hermanos Pérez Merinero 41 o Font 42, que llegaron a considerar el cine disidente, necesariamente posibilista, y en concreto el Nuevo Cine Español, como una estrategia más de perpetuación de la dictadura en la que habrían colaborado muchos cineastas vinculados a la izquierda clandestina 43.
A las películas seleccionadas por el criterio disidencia se le han aplicado con posterioridad parámetros de análisis propios de la historia estética; y al revés: películas escogidas por su originalidad y coherencia estética en los términos planteados por las nuevas propuestas historiográficas han acabado por ser disidentes, lo que muestra la imposibilidad de escapar del todo a la disidencia para conferir valor.
Así puede apreciarse en el trato que ha recibido Neville, director reubicado en el corpus de lo considerado relevante.
43 Estos planteamientos también hunden sus raíces en la cultura de los años cincuenta y sesenta, incluso había encontrado su formulación -excediendo las fronteras del cine-en las apreciaciones de Sastre sobre el teatro imposible, aparecidas en esos momentos en la revista teatral Primer Acto en el marco del debate con Buero Vallejo sobre la relación crítica que el teatro debe mantener con la realidad.
Recuérdese que para Sastre el posibilismo suponía una renuncia, la aceptación del horizonte de constricciones estéticas y políticas marcado por la censura, normalizar su existencia, casi una suerte de colaboracionismo (1960: 2). sito de Domingo de Carnaval que el director elabora un "programa formal de escrupulosa medi(ta)da disidencia cultural.
Progresivamente desencantado del Régimen militar que había apoyado y contribuido de alguna forma a llevar al poder, conocía a la perfección qué elementos culturales podían ser entrelazados textualmente de forma aparentemente inocua y solidamente asentada en la intocable tradición artística española" 44, aunque más adelante señalará que ello es debido a la influencia de la pintura de José Gutiérrez Solana en esta película 45.
En cualquier caso, una vez ubicado en su lugar el criterio disidencia -sin menospreciarlo ni concederle una relevancia absoluta-, los cambios en el canon han tenido dos bifurcaciones.
La primera se ha centrado en películas que muestran cierta "independencia" -es ilegítimo utilizar la palabra respecto al contexto político y las exigencias que este impone al cine.
No es que estas películas vaguen por un limbo alejado de dichas constricciones, sino que sus imposiciones y servidumbres pesan menos que en otros directores que las asumen o se enfrentan a ellas.
Tal vez por ello son películas, como las de Neville, que todavía pueden ser elocuentes en la actualidad.
La segunda vía, de la que puede considerarse un antecedente el mencionado texto de Llinás 46, ha comenzado a analizar el cine que no fue independiente desde los nuevos métodos analíticos y sin reivindicación alguna.
No es negado el carácter franquista de muchas películas -entiéndase de nuevo: cuyo contenido suscribe algunos de los supuestos éticos, morales o ideológicos que pululan bajo el amplio paraguas franquista-, pero ello no implica eludir el análisis o reducirlo a un enfoque sociológico o contenudista.
No es tan importante su elocuencia en el presente como su relevancia en el pasado, ya sea por constituirse como un modelo a seguir o lograr unas repercusiones estéticas y sociales destacadas en su momento.
Se mantienen las lecturas socioculturales, pero intentando conjugarlas con las estéticas sobre la base de dar prioridad al análisis fílmico.
Esta manera de analizar e historiar el cine sí que se deshace definitivamente de la crítica.
Hasta los cambios historiográficos recientes el único cine de autor era el disidente política o ideológicamente -"The Spanish auteur tradition would implicitly be synonymous with anti-Francoism", señala Marvin D'Lugo 47 -.
Esto permite apreciar, de nuevo, la confluencia entre un criterio de relevancia propio, en principio, de la historia sociocultural del cine -disidencia-con otro vinculado con claridad a la estética -autor-.
Como es conocido, la noción de autor, desde su formulación en la revista Cahiers du cinéma en la década de los cincuenta, ha sido un paso importante en la dignificación del cine como arte y un instrumento esencial de canonización de ciertas películas y directores.
Es cierto que la irrupción del análisis fílmico supone una ruptura con la autoría; pero también lo es que con el tiempo, y desposeída de su concepción de la fusión entre el mundo personal y el estilo propio de los directores considerados autores y de su carga cinéfila, la categoría -ahora ya solo directorcontinúa empleándose para organizar corpus de películas que después son sometidas a análisis de diverso tipo.
Los antecedentes de la vinculación entre autor y disidencia pueden rastrearse en la crítica de los años cincuenta y sesenta y llegan hasta prácticamente la actualidad.
Un ejemplo lo encontramos en Las huellas del tiempo.
Las páginas que el autor dedica al desarrollo creativo del cine español en esta década están divididas en "Ciclos y géneros" (cap. 8) y "Disidencia interior" (cap. 9), donde aparecen identificados cuatro directores: Bardem, García-Berlanga, Fernán-Gómez y Ferreri.
El cine disidente es cine de autor.
Al cine no disidente, sin embargo, se le aplica una categorización en relación con el contenido -abordan cuestiones relacionadas con la historia, la religión o la Guerra Civil-y con el caracter redundante, tanto en el contenido como en la expresión, del género -el musical, el policiaco o la comedia-.
Basta comparar esta publicación con Del sainete al esperpento para percibir cómo a los anteriores se han añadido los directores Nieves Conde, Ladislao Vajda o Mur Oti, cuya inclusión ya no responde -o no responde totalmente-a su supuesta disidencia.
Es cierto que buena parte de la bibliografía sigue estando protagonizada por los mismos nombres -Buñuel, Saura, García-Berlanga, Bardem, Erice, Fernán-Gómez o Borau 49 -, pero desde los años noventa aparecen también publicaciones dedicadas a Benito Perojo, Nieves Conde, Ladislao Vajda, Antonio Román, Serrano de Osma, Neville, Sáenz de Heredia, Mur Oti, Vicente Escrivá o Juan de Orduña 50, entre otros, cuyo cine se consideraba, aunque en ciertos casos más que en otros, demasiado atado a su contexto, incluso franquista por corporeizar algunas de las diversas ideologías que pululaban bajo el paraguas de la dictadura o simplemente ser escapistas.
Los nuevos supuestos historiográficos les han permitido salir de la invisibilidad y de los análisis exclusivamente sociológicos y contenudistas (fig. 4).
El canon está sujeto a la perspectiva desde la que se aborda el cine, ya sea la crítica, el análisis o la historia, así como a los paradigmas que críticos, analistas e historiadores suscriben y el repertorio sobre el que trabajan.
Más en concreto en lo referente a la historiografía, el canon está sometido a las diferentes aproximaciones al pasado fílmico y cinematográfico, ya sean desde la historia estética, social, económica o tecnológica, al grado de presencia del presente en este pasado o a si la historia es planteada como autónoma o heterónoma.
Esto hace que el problema del canon no sean las películas que lo conforman sino los criterios de su inclusión.
La reformulación del canon del cine español bajo el franquismo se ha planteado a partir de una serie de supuestos, no exentos de contradicciones, que han llegado a configurar una suerte de paradigma historiográfico:
El valor de una película española, y en consecuencia sus posibilidades respecto al canon, no puede inferirse de la comparación con películas producidas en otras cinematografías, dado que estas responden a parámetros culturales diferentes.
El contraste que permite decantar el valor debe producirse en relación con un repertorio más acotado.
Las películas son relevantes por su puesta en forma, por su capacidad para articular tradiciones que provienen de la cultura popular española y, siempre sobre la base de esta, hacer propias las influencias externas.
El contenido temático deja de ser prioritario y se busca un mayor equilibrio con el plano de la expresión.
El contexto no puede ser un determinante apriorístico que impone el sentido de las películas.
El análisis fílmico permite apreciar numerosas contradicciones respecto al lugar que supuestamente ocupan las películas y los directores en el sistema cinematográfico bajo el franquismo.
Si bien se apuesta por la separación entre crítica e historia, puede apreciarse más bien la sustitución de unos parámetros de valor por otros.
Así, la disidencia y la coherencia con el cine internacional han sido en parte sustituidos por la originalidad, sobre la base de un repertorio reducido, y la coherencia con algunas manifestaciones de la cultura popular.
Ahora bien, también podemos encontrar películas que trascienden los límites que parcelan el canon.
Tal como afirman Pozuelo y Aradra, "no es la supervivencia del comentario lo que permite la canonicidad, sino la supervivencia del objeto a comentarios cambiantes y movedizos" 51.
Pocos historiadores, analistas o críticos negarían esta condición en el cine bajo el franquismo a un puñado de películas, entre las que destacarían El espíritu de la colmena y Bienvenido, míster Marshall, aunque ésta tal vez comparte el privilegio con El verdugo.
El consenso sería igualmente amplio respecto a Calle Mayor, Los golfos, Plácido (García-Berlanga, 1961), Nueve cartas a Berta (Martín Patino, 1967), La caza (Saura, 1966) o La prima Angélica (Saura, 1974).
Puede afirmarse, de hecho, que la mayor parte de los movimientos de inclusión de películas y cineastas en el marco de lo criticable, analizable o historiable se han producido en estratos medios e inferiores del canon, manteniéndose, con alguna revisión -tal vez circunscrita al cine de Edgar Neville-, las películas que ocupan su cima, donde los puntos de acuerdo son más estables.
La clave en estos casos reside en intentar dilucidar las razones que permiten la elocuencia de estas películas, su pervivencia a los comentarios, su larga vida frente a otras atadas a su contexto o más vulnerables a las fluctuaciones canónicas.
El problema puede ser abordado desde dos perspectivas interrelacionadas.
En primer lugar, atendiendo a estos comentarios cambiantes mediante el análisis de la recepción, lo que nos permitiría apreciar aquellas constantes destacadas por críticos, analistas e historiadores a lo largo del tiempo.
Esta aproximación debe mantener un alto grado de heteronomía, dado que dichos comentarios son deudores de parámetros culturales, estéticos y sociales que van más allá del estrecho marco del cine.
En segundo lugar, y tal vez más importante, bucear en las propias estructuras de los textos fílmicos hasta encontrar aquello que permite su apertura y perdurabilidad.
Volvemos entonces al dilema con el que partíamos en esta aproximación al canon cinematográfico -¿reside el valor en lo inmanente o en lo relativo?-, aunque reformulado: ¿Existen una serie de condiciones en la inmanencia que permiten a una película sobrevivir a la relatividad? |
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FRONTAL Y LATERALES DE ALTAR...
Este artículo expone los resultados del estudio de la tecnología de construcción de los soportes de madera del frontal de altar de San Cristóbal (MNAC 4370) y los laterales de altar de Toses (MNAC 35699 y 35700), mediante el cual se obtiene información inédita nunca antes analizada.
Tradicionalmente, el soporte de madera, a pesar de ser una parte importante y original de las obras, no se ha valorado en su justa medida.
A diferencia de la talla policromada, donde el soporte de madera transmite parte del mensaje iconográfico de las obras, el soporte de la pintura sobre tabla ha sido tratado como un estrato necesario pero sacrificable en numerosas intervenciones de restauración, puesto que se ha considerado que no era portador de valor artístico.
Actualmente, se otorga al soporte valor de documento histórico, puesto que atesora parte de la historia material y tecnológica acerca de la construcción de las obras, y aporta información complementaria a los estudios de la pintura.
Los resultados de esta investigación se enmarcan en un proyecto3 de mayor alcance que lleva a cabo el estudio de las partes originales de los soportes de madera de obras de un mismo período, misma zona y tipología4.
Hasta el momento, se han identificado patrones de construcción en obras de las que no se tiene ninguna información procedente de fuentes documentales.
Los datos objetivos derivados del estudio del soporte y de su tecnología de construcción pueden contribuir a reforzar o poner en duda hipótesis de autoría, procedencia, datación, tipología y, como en esta ocasión, a emparejar obras que actualmente se exhibían como parte de conjuntos separados.
Contextualización del conjunto de Toses
La utilidad práctica original de frontales y laterales de altar fue amueblar la iglesia y, más concretamente, su centro de interés litúrgico.
Del deseo de magnificencia de las mesas de altar surgieron los frontales y laterales que, como dice la misma palabra que los designa, estaban destinados a vestir o cubrir el frente y los lados visibles de la mesa del altar.
La mesa, que a menudo custodiaba reliquias del Santo titular de la iglesia, se revestía o cerraba verticalmente por los lados a la manera de una caja, en representación de un sarcófago5 sobre el que se celebraba la eucaristía: la ofrenda del cuerpo y la sangre de Cristo a los fieles, para la remisión de sus pecados.
La decoración del altar se realizaba mediante paneles, tallados o no, con pinturas de imágenes santas y motivos ornamentales, que podían ser de metal, piedra o madera policromada (fig. 1).
El frontal de altar de san Cristóbal, con número de inventario MNAC 4370, es una tabla policromada de formato rectangular, apaisado y de pequeñas dimensiones (102 × 158 × 6 cm), en la que se representa al santo titular de la iglesia.
El espacio compositivo está dividido en tres registros verticales.
En el espacio central, que ocupa la altura de la tabla, se representa a san Cristóbal con el Niño Jesús a hombros, atravesando el río.
Los dos registros laterales están divididos horizontalmente en dos niveles superpuestos.
Cada uno de los cuatro compartimentos muestra una escena relativa a la vida del Santo titular: a la izquierda de la tabla, en el compartimento superior se representa el encierro de san Cristóbal, y en el registro inferior aparece el Santo atado sobre un gran fuego.
A la derecha, en el episodio superior se representa al Santo atado a una columna y un gran número de soldados disparando flechas, y en el episodio inferior se representa la continuación del suplicio de las flechas con el Santo atado a una cruz en aspa y la muerte de san Cristóbal decapitado6.
El conjunto está rodeado por un marco decorado con dieciséis círculos cóncavos incisos, distribuidos regularmente por el frontal de los largueros del marco, y se complementa con policromía de lacerías o formas geométricas en la parte frontal, y cenefas vegetales en los laterales de los largueros verticales del marco.
Esta misma policromía se repite en el anverso de los largueros del marco de los laterales de altar.
Los laterales de altar son dos tablas policromadas de pequeñas dimensiones (102 × 100 × 6 cm), de formato cuadrado y disposición vertical.
Iconográficamente, las tablas presentan un único espacio compositivo sin compartimentar.
El lateral con número de inventario MNAC 35700, está relacionado con la iconografía de la salvación, representa las figuras de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que se diferencian claramente por los atributos que llevan.
San Pedro destaca por una gran llave que sostiene en la mano derecha, mientras que san Pablo lleva la espada, símbolo de su martirio.
Entre ambos personajes se representa una pequeña alma desnuda que ruega por su salvación.
El lateral con número de inventario MNAC 35699, enfrenta a san Miguel con Satanás.
El Santo sostiene en la mano derecha una balanza, en los platos de la cual hay un alma representada por una pequeña figura desnuda y un demonio colgándose de las cuerdas de la balanza para hacer contrapeso7.
Ambas están rodeadas con un marco decorado con una cenefa con motivos vegetales y carecen de uno de los largueros verticales: el larguero derecho en la tabla de san Pedro y san Pablo, y el larguero izquierdo en la tabla de san Miguel y el diablo.
Los largueros "faltantes" que cerrarían las tablas laterales nunca han existido como tales: una vez montado el conjunto de laterales adosados al frontal, son los largueros verticales del propio frontal los que hacen a su vez de largueros verticales de los plafones laterales.
Localización actual y procedencia
El frontal de altar de san Cristóbal procede de la iglesia parroquial de Toses (Ripollés, Cataluña).
Actualmente, se conserva en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y fue adquirido en 1932 a través de la colección Plandiura.
Antes de formar parte de ésta, había pertenecido a la colección Seligman de París.
Los archivos de esta última colección fueron destruidos por lo que no se conocen datos anteriores sobre la obra.
La única referencia conocida es que fue adquirida en España 8.
Las dos tablas laterales, también proceden de la iglesia parroquial de Toses.
En 1921 el obispado de Urgell vendió las tablas al coleccionista de Vic Joan Orriols.
Más tarde las dos obras pasaron a formar parte de la colección Bosch i Catarineu.
En 1934 se depositaron en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y en 1950 se cedieron definitivamente (donación de Julio Muñoz Ramonet) al mismo museo donde se encuentran conservadas actualmente 9.
Dataciones y autores atribuidos 10
Aunque el frontal de san Cristóbal fue relacionado con la escuela aragonesa de principios del siglo XIV 11, es ampliamente admitida su atribución al Maestro de Soriguerola 12.
Así mismo, algunos autores no reconocen la autoría como propia de Soriguerola sino que la atribuyen al círculo de influencia de su taller 13.
Los laterales de altar de Toses también han sido atribuidos al Taller de Soriguerola 14.
Siguiendo esta primera hipótesis, algunos autores aceptan la atribución de los laterales de Toses al taller de Soriguerola pero no al Maestro de Soriguerola, lo que implicaría que no fueron realizadas por el mismo maestro, sino por el mismo taller.
Esta segunda hipótesis se explica por las diferencias de realización pictórica y de calidad estilística entre los laterales y otras obras atribuidas al Maestro de Soriguerola, como el frontal de san Cristóbal 15.
El área de actuación preferente del Taller del Maestro de Soriguerola es la Cerdaña y la época de producción se sitúa alrededor de 1300.
Por este motivo, tanto el frontal como los laterales de altar de Toses 16 se fechan entre finales del siglo XIII y principios del XIV.
Conjunto gótico del frontal de San Cristóbal y los laterales de altar de Toses
La posible vinculación entre las obras estaba fundamentada hasta el momento en la procedencia original de ambos conjuntos de la iglesia románica de Toses, y la advocación, el estilo y algunos elementos decorativos del marco 17 (fig. 2)
No obstante, la diferencia estilística con respecto al dinamismo y las proporciones de los personajes representados en el frontal y los laterales ha cuestionado la hipótesis de que originalmente formaran un conjunto 18.
Los datos inéditos y objetivos que han resuelto el debate de la posibilidad de que estas obras formaran un único conjunto gótico derivan del presente estudio del soporte de madera: Se han hallado las evidencias constructivas en el soporte de madera de las tablas que confirman que las tres obras originalmente se presentaban unidas entre sí formando un conjunto.
9 Documentación del archivo del Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC).
10 Este estudio no cuestiona ni la datación ni las atribuciones de autoría de las obras estudiadas debido al consenso de los eruditos sobre estas cuestiones.
16 Según la distribución de los condados catalanes en el siglo XIII Toses pertenecía al condado de Cerdaña, área de actuación del taller del Maestro de Soriguerola.
Estas marcas han pasado desapercibidas hasta nuestros días dado que el soporte de madera de las tres obras ha sido muy modificado en intervenciones de restauración antiguas.
El frontal de altar de san Cristóbal, es un ejemplo de cómo algunas intervenciones de restauración han ocultado y/o alterado la estructura de un soporte de madera original enmascarando e incluso destruyendo información.
Mediante el estudio in situ de los soportes, se ha podido concluir que el frontal fue desmontado en todas sus partes y posteriormente re-ensamblado, con la consecuente eliminación de algunos elementos de la estructura y la modificación de las juntas entre las diferentes tablas que forman el soporte.
Esta intervención, que con criterios de conservación-restauración actuales se consideraría totalmente inapropiada y abusiva, se realizó en su momento con el fin de añadir al reverso de frontal una estructura móvil de madera, que posteriormente se fijó con cuatro ángulos de madera en las esquinas del soporte, para evitar la separación de las dos tablas que forman el panel central19 (fig. 3).
Estas restauraciones no permiten ver algunas de las soluciones tecnológicas originales que se utilizaron en la construcción del soporte, como es el caso de las cajas de las uniones entre el frontal y los laterales, que fueron rellenadas con madera en una intervención de restauración moderna.
En el reverso del soporte del frontal de san Cristóbal, en los largueros verticales del marco, se han detectado unos surcos verticales de 102 cm de largo y 2,5 cm de ancho rebajados en la madera.
Actualmente están completamente rellenados con madera, de forma que no se observa su profundidad.
Se encuentran a una distancia aproximada de 3 cm del perímetro lateral.
En la parte superior e inferior de cada ranura vertical hay unas cajas rebajadas de 12 cm de altura y 2 cm de ancho.
Los surcos o ranuras que recorren el reverso de los largueros verticales alojaban originalmente las tablas de los laterales de altar 20, y en las cajas de los extremos superior e inferior de las ranuras se insertaban las espigas o lengüetas de los largueros horizontales de los laterales de altar 21.
Este tipo de unión por ranura y lengüeta de las tablas con el marco, y su equivalente a caja y espiga entre largueros de frontales y laterales de altar fue utilizado de forma habitual en obras similares de los siglos XII y XIII 22.
En los perfiles verticales del frontal de altar, se observan los agujeros de entrada y la cabeza de dos espigas cilíndricas en la parte superior e inferior, que se corresponden con los pasadores que entraban desde el exterior del lateral del marco del frontal hacia el interior, para evitar que la espiga de los largueros horizontales de los laterales de altar se saliera de la caja.
En la cabeza de ambos pasadores cilíndricos se conserva policromía original, por lo que se descarta que la unión entre frontal y laterales pueda tratarse de una reforma posterior a la realización del frontal para forzar el encaje de dos obras diversas.
El diámetro de los pasadores es de 0,5 cm y la longitud de 7 cm aproximadamente (fig. 4).
Por otra parte, los laterales de altar de Toses también son obras muy restauradas a nivel estructural.
Mediante el estudio in situ del soporte, se ha podido observar que en algún momento posterior al desmembrado del conjunto se incorporaron refuerzos en forma de cola de milano entre las tablas del plafón central de los laterales para evitar su separación, y también largueros travesaños para suplir la función de los largueros verticales que compartían con el frontal de altar cuando se encontraban ensamblados.
Además, se mutilaron las lengüetas o espigas de los largueros horizontales del marco, que encajaban en las cajas rebajadas del frontal de altar, de las que sólo quedan vestigios (fig. 5).
La comparación de las dimensiones de los diferentes elementos de encaje y la similitud estructural son concluyentes para determinar que la hipótesis de que originalmente formaran un conjunto es estructuralmente viable.
Esta afirmación se documenta a partir de las similitudes dimensionales de las cajas del reverso del frontal y por los vestigios de las espigas o lengüetas de los laterales de altar, así como por las dimensiones generales y soluciones tecnológicas empleadas en las tres obras para la construcción del soporte.
Es importante tener en cuenta que la producción de la decoración de un altar es un trabajo artesanal, realizado expresamente para una localización concreta y de forma manual, por lo que no hay casualidad en la coincidencia de las dimensiones de los elementos de unión de las partes.
Si la posición, las dimensiones y los elementos de fijación de las diferentes partes coinciden, como es el caso, podemos afirmar sin dudar que en origen las tres partes de la decoración del altar fueron concebidas como una única obra. b) Esquina superior izquierda del reverso del frontal.
La zona coloreada en rojo corresponde a la caja rebajada original donde se insertaba la lengüeta del lateral, actualmente rellenada con madera, y a la espiga de madera utilizada como pasador para evitar la separación de frontal y lateral, visible parcialmente debido a que el soporte fue rebajado en una intervención de restauración antigua.
(c) Esquema de la unión a caja y espiga entre el lateral de altar y el frontal. ).
La zona roja corresponde a la caja rebajada original, actualmente rellenada con madera, de 12 cm de altura y 2 cm de ancho, donde encajaba la lengüeta del lateral de Toses. (b) Lateral de altar de Toses 35700 MNAC (© BAUTISTA, I.).
Visión del perfil, la zona gris corresponde a los restos de la lengüeta mutilada de 12 cm de altura y 2 cm de ancho, que entraba dentro de la caja rebajada en el reverso del frontal de san Cristóbal. (c) Esquema de la unión a caja y espiga entre el lateral de altar y el frontal.
Otro dato a tener en cuenta en el estudio de la posible vinculación entre las tres obras es la especie taxonómica de la madera utilizada en la construcción de los soportes.
Para la identificación científica de la especie de madera se han analizado dos muestras de madera de cada tabla23: una muestra de uno de los montantes del marco y otra de una de las tablas del plafón central, con el fin de compararlas24.
El resultado del análisis de las muestras confirma que la especie de madera utilizada en la elaboración del soporte del frontal de san Cristóbal -tanto en el marco como en el plafón central-y de los laterales de altar de Toses es la misma, siendo ésta Pinus sylvestris.
Esta especie es una de las más abundantes de la zona de procedencia del conjunto, la Cerdaña (fig. 6).
A partir de las mediciones detalladas de las diferentes partes y estructuras que forman el frontal y los laterales se ha realizado una recreación virtual en 3D 25 del conjunto que formarían las tres partes en origen.
En la reconstrucción virtual, las lengüetas de los largueros horizontales de los laterales de altar encajan a la perfección dentro de las cajas rebajadas del reverso del frontal de altar, que son exactamente de la misma holgura.
La tabla 35700 estaba situada en el lateral derecho del altar y por eso tiene la cenefa decorativa en el extremo izquierdo, visto desde el anverso, y el otro extremo se adaptaría directamente en la parte posterior del marco del frontal de san Cristóbal.
Por otra parte, la tabla 35699 tiene la cenefa en el extremo derecho, visto desde el anverso, y el otro extremo, sin larguero vertical, encajaría en el reverso del frontal (fig. 7).
Mediante el estudio de las dimensiones y de los vestigios de uniones ocultadas por antiguas intervenciones de restauración, y con la confirmación del encaje perfecto entre las obras, se demuestra que el frontal de san Cristóbal 4370 y los laterales de altar de Toses 35699 y 35700 conservados en el Museu Nacional d'Art de Catalunya como obras individuales, habían formado un conjunto originalmente.
Este estudio ha permitido abordar esta incógnita desde un punto de vista técnico y objetivo, complementario a las apreciaciones estilísticas efectuadas sobre la policromía.
Se ha resuelto pues, la unidad del conjunto a partir del estudio de las piezas que forman el soporte, la acotación de las medidas de los elementos estructurales del frontal y los laterales, y análisis de los sistemas de unión entre las tres obras.
El estudio presentado visualiza y recupera la estructura y presentación original de las tres obras con el apoyo de la reconstrucción virtual en 3D.
Esto permite deshacer virtualmente las intervenciones de restauración llevadas a cabo a lo largo de los años, retirando las partes añadidas y reincorporando las partes perdidas ya sea por intervenciones de restauración abusivas o por mal estado de conservación.
Así mismo, el análisis detallado del soporte, hasta ahora una fuente de información infravalorada, ha resuelto cuestiones relacionadas con la vinculación original del conjunto de frontal y laterales de Toses, actualmente separados y descontextualizados.
Con ello se añaden nuevos 25 El software CAD utilizado para traspasar las mediciones realizadas y dibujar los retablos en tres dimensiones es el Rhinoceros® (Mc Neel®). ).
Transición abrupta entre madera primeriza y tardía.
Las traqueidas son de sección poligonal en la madera de primavera y más ovaladas en la de otoño.
Canales resiníferos axiales y radiales con células epiteliales de paredes finas.
Radios leñosos uniseriados de 8 a 15 células de altura.
Presencia de traqueidas radiales de paredes dentadas en sección radial.
Campos de cruce de tipo fenestriforme, generalmente uno por campo en sección radial. |
En el presente trabajo vamos a aproximarnos a una cuestión fundamental en el campo de la iconografía feniciopúnica, dada la relevancia que la representación artística del modelo arquitectónico turriforme conocido como "Nefesh" tuvo en las culturas semitas.
Para ello, siguiendo un orden meramente cronológico y a través de algunos ejemplos, estudiaremos la representación de los monumentos en algunas estelas funerarias, en el interior de los sepulcros y en los amuletos, así como el significado que estas representaciones pudieron tener en el marco de la religiosidad y las creencias.
En primer lugar, antes de centrarnos en el tema objeto del trabajo, creemos conveniente y oportuno realizar una breve aproximación al estado de la cuestión sobre el estudio de los monumentos funerarios púnicos, de cara a facilitar, posteriormente, el desarrollo de la exposición.
Se trata de un tema que fue tratado en profundidad hace ya décadas3, pero que no ha sido reinterpretado teniendo en cuenta muchos de los datos con los que, gracias al avance de la investigación sobre arquitectura, sobre el mundo de la ideología o la etnicidad, contamos hoy día4.
La arquitectura monumental es un apartado poco conocido sobre el que, además, parecen haber quedado zanjadas numerosas cuestiones sin reparar en que el propio avance de la investigación y la mejora del conocimiento sobre la cultura púnica han variado en gran medida las interpretaciones tradicionales que aún siguen siendo aceptadas por la comunidad científica.
Entre esas cuestiones están las de interpretar los monumentos como mausoleos (por ejemplo, Rakob, 1979; Gamer, 1982; Stucchi, 1987; Toynbee, 1993) o adscribir los edificios siempre al campo cultural helenístico, derivados de un modelo matriz generado en Halicarnaso (Mansuelli, 1963; Coarelli y Thébert, 1988), cuando hoy sabemos que muchos de éstos eran estructuralmente macizos, no contenían ninguna cámara funeraria y ni siquiera señalizaron la existencia de un hipogeo excavado debajo, además de fecharse -los más antiguos-a finales del siglo V a.C5.
Evidentemente, los edificios estuvieron cargados por lo general de simbolismo religioso vinculado con la ideología de la muerte, lo que no significó que se tratase siempre de sepulcros (Prados Martínez, 2005c, 643).
Sabemos bien que la arquitectura funeraria es la única que ha dejado restos visibles de lo que debió ser la arquitectura monumental púnica, al no haber quedado Archivo Español de Arqveología, Vol.
1 Este trabajo ha surgido a partir de la realización de nuestra Tesis Doctoral que se centró en la arquitectura funeraria púnica de carácter monumental.
Por esta razón y porque es deudor en diversos aspectos de muchas sugerencias realizadas por el Dr. Manuel Bendala, director de la misma, queremos significar públicamente nuestro reconocimiento y expresar desde aquí nuestro agradecimiento.
2 El trabajo se enmarca dentro de un proyecto de investigación postdoctoral financiado por la Secretaría de Estado de Universidades e Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia.
en pie restos de construcciones de cierta entidad, aparte de las fortificaciones.
Esta es una de las principales razones por las que muchos investigadores se han aproximado al estudio de la arquitectura funeraria -y dentro de ésta, a la de carácter turriforme-como el único vehículo para reconocer lo que debieron ser las manifestaciones constructivas de la gran "madre mediterránea", de la megalópolis que dominó el mar durante tres siglos.
Así se reconocieron estos edificios como los sepulcros de los grandes personajes reales, de las grandes figuras históricas de las que nos hablan las fuentes (Krandel, 2002).
Hasta hace poco se pensaba que los monumentos turriformes eran más propios de la cultura númida que de la púnica, ya que los grandes edificios conocidos (Dougga, Sabratha, Siga o la Sôuma de Khroub) se ubicaban lejos de Cartago, en zonas de una profunda raigambre cultural indígena 6.
El principal problema era que muchos de los hipogeos púnicos mostraban en sus decoraciones pictóricas la representación de estos modelos arquitectónicos, lo que no encajaba con la ausencia de los mismos en las proximidades, apreciación ésta que ya había sido señalada por algunos (Fantar, 1988).
La cuestión es que en los últimos años, gracias a la realización de las prospecciones de la Carta Arqueológica de Túnez 7 y la relectura de los informes de las antiguas misiones francesas e italianas efectuadas a lo largo del siglo XIX con la intención de cartografiar el territorio 8, la situación ha cambiado y los grandes huecos vacíos ubicados alrededor de la capital púnica se han ido llenando paulatinamente de puntos que señalan la ubicación de monumentos como tal (El Haouam, Ksar Chenane, Ksar Rouaha, Henchir Bourgou) o restos monumentales pertenecientes a edificios casi perdidos (como por ejemplo Ksar Bou Derhem en la región de Hédils o Uzali Sar en Henchir Djal, del que se recuperaron sillares, fragmentos de la cornisa en forma de gola y una escultura que representaba una sirena 9 ).
Estos hallazgos y los muchos que aún permanecen inéditos conllevan un cambio en la adscripción cultural y étnica de la arquitectura turriforme al tiempo que provocan que la interpretación positivista centrada en identificar los "mausoleos" con los sepulcros de los grandes personajes quede por fin relegada a un segundo plano.
Pero, como se observará a lo largo de estas páginas, los monumentos son mucho más; no sólo fueron construcciones de envergadura que recordaban y heroizaban al difunto o a su familia, ayudando a la redención de su alma a través de un "cambio de esfera" en el cosmos: también aseguraban la aspiración del individuo a alcanzar la salvación, pasando de un registro terrenal a uno superior.
Por esta razón, aparecieron decorando el interior de los sepulcros y por eso se fabricaron amuletos y colgantes con su forma o se tallaron en los frontones de las clásicas estelas funerarias.
Así pues, el monumento turriforme arquitectonizó una idea (la idea de salvación) y, posteriormente, el modelo arquitectónico desarrollado se convirtió en un símbolo -a escala-de esa misma idea.
Esa es la cuestión que queremos tratar en estas páginas; observar un modelo arquitectónico que, como se verá a continuación, se transformó en un símbolo religioso vinculado con la salvación y con la protección del alma, como uno más de los significados que tuvieron estos edificios de una naturaleza eminentemente polisémica, auténticos hitos geográficos vinculados con la muerte y la religión pero al mismo tiempo símbolos de poder y de prestigio.
EL NEFESH EN EL MARCO DE LA IDEOLO-GÍA Y LA RELIGIOSIDAD PÚNICAS
En la cultura fenicia y púnica, como en otras tantas de la antigüedad mediterránea, se aprecian en las manifestaciones materiales de credo esotérico y escatológico los esfuerzos que realizaron los creyentes que aspiraron a la consecución de una "salvación individual".
En el presente trabajo, a través de una serie de hipótesis y propuestas interpretativas, se analizan diversos aspectos relacionados con la ideología de la muerte y del más allá en el mundo fenicio y púnico y el reflejo de la misma en las representaciones artísticas realizadas en los sepulcros, tanto en el interior como en el exterior de los mismos, así como en los amuletos y demás objetos de adorno personal vinculados con el ajuar funerario.
Se trata de una lectura de las decoraciones y de los objetos y su vinculación con la salvación de las almas y con el clásico enfoque doctrinal semita.
Los monumentos turriformes o Nefesh (nps), cuya representación iconográfica abordamos concretamente en este estudio, con su arquitectura vertical compuesta de un basamento escalonado, una estructura cuadrangular generalmente maciza y un remate piramidal, fueron uno de los vehículos principales para el "peregrinaje de las almas" desde la tierra, cuando éstas se liberaban de su prisión corporal y ascendían hasta el mundo astral.
Sólo ascendiendo y cruzando el océano superior podrían purificarse para aspirar a la inmortalidad.
De todo este proceso nos informan los distintos programas iconográficos representados en los monumentos: por ejemplo, la apari-AEspA 79, 2006, págs. 13 a 28
ISSN: 0066 6742 14 FERNANDO PRADOS MARTÍNEZ 6 Tesis defendida por investigadores como F. Rakob (Rakob, F., 1979, 119-171) 7 Realizada por el Institut National du Patrimoine de Túnez bajo la dirección de S. Ben Baaziz y publicada en la serie Atlas Préhistorique de la Tunisie, Tunis.
Sobre la expedición italiana del Conde Borgia: Poinssot, C. y Salomonson, J.W., 1963.
9 Ferchiou, N., 1988, 216-217 ˆ ción dentro de estos programas que decoran los monumentos de seres tales como sirenas -tal y como sucede en el caso de los monumentos púnicos de Uzali Sar y Dougga (Túnez)-deriva de prototipos próximo-orientales y, a través de esta representación, éstas, unen su significado de guardianas de las tumbas (valor apotropaico) con la de vehículos para el transporte del alma del difunto (valor psicopompo).
Las sirenas, que mezclan rasgos físicos humanos -femeninos-con otros propios de aves, están asociados generalmente a los espacios funerarios en toda la cuenca mediterránea (Izquierdo, 1999; Walter, 2003) aparecen vinculadas también a los ritos de paso, representadas a menudo cantando y llorando sobre las tumbas.
El propio esquema constructivo de tipo vertical asume, en sí mismo, el papel de vehículo conductor del alma.
No olvidamos, por otro lado, otras características funcionales que el monumento tuvo también: se trató de un señalizador territorial y fronterizo, un hito en el paisaje y una tumba en algún caso con un doble lenguaje, tanto de señalizador externo como de personificación del allí enterrado u homenajeado, de cara a permitir su comunicación con los vivos.
Todos estos significados del monumento turriforme son fácilmente demostrables pero, en el caso que nos ocupa, tan sólo queremos reseñar su papel ideológico-religioso, es decir, su función como vehículo que acerca el alma del difunto al cielo, permitiéndole alcanzar su lugar entre los inmortales, ya que es éste el aspecto sobre el que se incide especialmente en la iconografía que lo representa y que es objeto de estas páginas.
Fuera de los aspectos decorativos y dentro de los estrictamente arquitectónicos, aunque no por ello menos cargado de simbolismo, hemos de anotar la importancia de la pirámide o piramidium que remata -o remataba-la práctica totalidad de los monumentos (construidos o representados).
Se trata de un símbolo en sí mismo, de un icono; la pirámide -mer, en lengua egipcia-alude a un lugar de ascensión10.
En el mundo egipcio no cabe duda de que las pirámides eran símbolos solares.
Una de las razones que se suelen esgrimir en este sentido es la identificación de la pirámide con el ben-ben, la piedra sagrada del templo de Atum en Heliópolis11.
Esta piedra ha sido relacionada con el pene en erección de Atum, y el vocablo ben-ben con su eyaculación12.
Así, la pirámide simbolizó un lugar de creación y renacimiento, de ahí que generalmente se coloque el Benu -Ave Fénix-directamente por encima de su cumbre.
Tanto el ben-ben como la pirámide en sí pueden haber simbolizado también los rayos del sol, porque así han sido representados apareciendo entre las nubes.
Los Textos de las Pirámides aluden a los rayos solares como una rampa por la que el monarca ascendía hacia el astro padre (así se explica también el escalonamiento de algunas de las pirámides).
Si la piedra ben-ben era cónica, la forma de representarla era mediante una pirámide.
Además, la escena de la pirámide rematada con un ave no sólo es habitual en el mundo egipcio: en el ámbito cartaginés tenemos buenos ejemplos de monumentos rematados por estructuras piramidales y aves en la cima 13.
Toda esta simbología fue recogida en la iconografía púnica del Nefesh, del monumento turriforme, que, como se ha visto, iba cargada de significado religioso vinculado fundamentalmente con la consecución de la salvación y de la inmortalidad.
No cabe duda de que, como veremos a lo largo de estas páginas, el Nefesh, en sí mismo, constituyó uno de los símbolos religiosos más importantes y, por lo tanto, era susceptible de ser representado en decoraciones funerarias y en amuletos, aparte lógicamente de ser edificado encima de algunos sepulcros.
Pero antes de detenernos en los aspectos puramente iconográficos, objeto de este trabajo, vamos a acercarnos, de una manera sucinta, a las creencias fenicio-púnicas en la inmortalidad y en la dualidad del alma, a las que, como veremos, va unida la representación de un modelo arquitectónico que significa, al mismo tiempo, la arquitectonización de la idea del alma y la sustitución de ese modelo, cargado de simbolismo, por su plasmación artística, tanto pictórica como escultórica u originada en el ámbito de las artes menores.
NEFESH VS ROUAH: LA DUALIDAD DEL ALMA EN LA RELIGIOSIDAD SEMITA
A partir de la traducción de textos orientales, fundamentalmente ugaríticos y hebreos, se han podido reconstruir algunos de los aspectos más importantes de la cultura fenicia, y dentro de ésta, han sido vitales para tratar de reconstruir la religión (Ribichini y Xella, 1994) tanto en el campo de las creencias como en el de las manifestaciones religiosas y rituales 14.
Según esta documentación, los semitas occidentales, entre los que se encontraban los fenicios, concebían la existencia de una dualidad del alma 15 que podemos definir como alma y espíritu.
Se trata de dos elementos fundamentales que son, a la vez, distintos y coexistentes.
Por un lado, existía el Nefesh, el alma vegetativa, que, según se desprende de la traducción de algunos textos, tras el momento del fallecimiento residía eternamente en la tumba.
Ésta pudo ser, además, la razón de que se denominase Nefesh a las estelas y a los monumentos que señalizaron en el exterior los sepulcros en los textos semitas (feniciopúnicos, hebreos, ugaríticos, nabateos, etc.).
Un claro ejemplo lo tenemos en el libro bíblico del Génesis, cuando los hijos de Raquel dedicaron a su madre un monumento funerario -nps-para que fuese eternamente recordada: "...Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoní (hijo de mi tristeza) más su padre lo llamó Benjamín (hijo de la mano derecha).
Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén.
Y levantó Jacob un pilar (nps) sobre su sepultura (qbr); ésta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy 16 " Génesis 35, 18-20 El hecho de que el alma vegetativa resida eternamente en el sepulcro supone, además, una serie de condicionantes; por un lado, el sepulcro debe ser respetado, honrado y protegido y ésta es la razón fundamental por la que abundan en los accesos a los mismos fórmulas de maldición 17, dedicadas a proteger el sepulcro y, por tanto, el alma del difunto, de violaciones o profanaciones.
Por otro lado, el Nefesh se identifica, en el interior del cuerpo, con las "entrañas", es decir, con el aparato digestivo.
Esta sería una razón más que suficiente para llenar el interior de la tumba de alimentos en el momento de la deposición y de acudir con cierta regularidad a depositar ofrendas junto al acceso al sepulcro 18.
Parece evidente que el alma residente en la tumba debía ser protegida y alimentada.
Así se pueden explicar los abundantes elementos cerámicos que aparecen en el interior de los hipogeos portando alimentos (vino, frutas, carnes y pescados).
Volviendo a la dualidad del alma, en oposición al Nefesh estaría el Rouah 19, que es el alma espiritual, la que abandona el cuerpo en el momento de la muerte, con claras reminiscencias a las creencias básicas orientales.
Sabemos de la creencia cartaginesa en el Rouah a través de su mención en la inscripción CIS I, 2785.
Como se ha mencionado, Nefesh y Rouah se relacionan, además, con un conjunto de órganos corporales diferentes, que son en los que se manifiestan y con los que se identifican: el Nefesh, como hemos visto, se encuentra en las entrañas; por ejemplo, en un célebre pasaje bíblico del Antiguo Testamento, se da un hecho curioso y que ilustra magníficamente el tema que nos ocupa: el hijo de la viuda de la ciudad fenicia de Sarepta resucita pues su Nefesh, que había salido de las entrañas, vuelve a él: "Se tendió sobre el niño tres veces y clamó a Yahveh: Dios mío, te ruego hagas volver el alma de este niño a él.
Y Yahveh oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió" Reyes I, 17, 21-22 Esto es indicativo, por tanto, de que al Nefesh, como ya hemos visto anteriormente, se le puede alimentar.
Existe una cierta autonomía del Nefesh con relación al ser humano y al difunto: un buen ejemplo de ello lo tenemos, de nuevo, en el primer libro bíblico: ahí aparece la manifestación "...que mi Nefesh te bendiga" (Génesis,27,23).
El Rouah, el alma espiritual, reside, por su parte, en la sangre y en el corazón.
Las grandes emociones, vinculadas con el Rouah, es decir, dolor, placer y la pasión, se sienten en los riñones y en el corazón.
Otra referencia bíblica es bastante ilustrativa a este respecto; ésta se encuentra recogida en un texto del profeta Jeremías donde relata cómo un grupo de hombres que se encontraban completamente aterrados, se llevaban las manos a los riñones en señal de pánico: "Inquirid ahora, y mirad si el varón da a luz; porque he visto que todo hombre tenía las manos sobre sus riñones, como mujer que está de parto, y se han vuelto pálidos sus rostros" Jeremías 30, 6
Otro texto bíblico alude a la existencia de una dualidad del alma, distinguiendo en la traducción castellana entre alma (en este caso, se corresponde con el Nefesh) y espíritu (con el Rouah):
"porque la palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu..."
En esta misma dualidad podemos entender otras referencias bíblicas que aluden a la alimentación de los seres humanos y a la abominación de determinados alimentos que se consideran impuros.
Estos capítulos (Xella, 1997) 16 Entre paréntesis aparecen los términos mencionados en la Biblia Hebrea.
Editada por Broadman y Holman (Nashville, 1989).
18 Sobre el concepto de Nefesh y su representación en el marco de las tumbas hebreas antiguas véase: Triebel, L., 1999.
19 Que se puede castellanizar como Ruaj.
En el texto hemos querido mantener la nomenclatura francesa, ya que la mayoría de los trabajos que han abordado estas cuestiones están escritos en francés y lo transcriben así directamente del árabe. ˆ bíblicos relatan la prohibición de Yahveh de comer la sangre y las entrañas en general de los animales sacrificados, porque en ellas residía su alma, su vida (por ejemplo, en Génesis 9, 4; Levítico 7,26; Levítico 17,[10][11]Deuteronomio 12,16, etc.).
Éstas debían siempre ser llevadas a los altares para ser ofrecidas a la divinidad.
En efecto, la prescripción lleva implícita el mensaje de prohibición de alimentarse del Nefesh (entrañas) y del Rouah (sangre) de los animales muertos: "...Si cualquier varón de la casa de Israel o de los extranjeros que moran entre ellos, comiere alguna sangre, yo pondré mi rostro contra la persona que comiere sangre, y la cortaré de entre su pueblo.
Porque la vida está en la sangre y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona" Levítico 17, 10-11 En resumen, se puede centrar el conocimiento de buena parte de las creencias escatológicas fenicias y púnicas en los dos términos semitas que indicaron la inmortalidad y la dualidad del alma: Nefesh (nps) traducido como alma y como monumento funerario y Rouah (rh) traducido como espíritu o principio vital 20.
De esta forma se vincula a menudo al monumento funerario con un Nefesh, parte del alma que habita en la tumba tras la muerte y así se le denomina en los textos e inscripciones, mientras que el Rouah, el espíritu, es la parte del alma que asciende al cielo.
La intención de la búsqueda de la inmortalidad se refleja en la representación del Rouah que asciende, mientras que el Nefesh queda en la tierra y debe ser honrado -alimentado-y no perturbado, bajo pena de un cruel castigo eterno.
La denominación fenicia exacta para el Rouah es Barlat, tal y como se observa en esta inscripción: nps llhm tpth brl't lsrm "su Nefesh se abre al alimento su barlat (Rouah) a los cánticos" (Texto ugarítico; Traducción Villeraud, 1931, pág. 355) En otras inscripciones se observa, por otra parte, que no es el Nefesh la parte del alma que reside en el sepulcro 21, sino que también se separa del cuerpo.
Estos indicios provocan que quede algo más difusa la identificación del Nefesh con la parte del alma que reside eternamente en el sepulcro y a la que hay que honrar y alimentar.
A pesar de ello, contamos con la denominación casi generalizada del monumento como Nefesh, "alma", y no como Rouah, "espíritu", lo que, según creo, es más que suficiente para defender la idea de la permanencia "terrenal" de una de las dos partes del alma, o, al menos, su identificación directa con el hito que recordará al difunto de manera permanente entre los vivos.
En estos casos, el término nps mantiene idéntico significado que los términos msbt o skr, aludiendo a lo que queda del difunto entre la memoria de los vivos (Ribichini, 2004, 51).
En otras muchas ocasiones veremos cómo el monumento funerario se reviste simbólicamente con una iconografía que permitiese asegurar el ascenso del Rouah.
En esta iconografía destacan, por lo tanto, las escenas de animales alados (esfinges, sirenas, aves) animales marinos (fundamentalmente peces, delfines y también barcos, en el caso de las decoraciones parietales) y en general criaturas psicopompas que asegurarán llevar a buen término el duro viaje que el alma emprendía 22.
Esta simbología es la que, sin duda, lleva implícita los adornos y representaciones pictóricas que vamos a estudiar a continuación.
LAS REPRESENTACIONES PICTÓRICAS Y ESCULTÓRICAS DE MONUMENTOS TURRI-FORMES
En este apartado nos vamos a centrar, muy sucintamente, en la representación pictórica y escultórica de los monumentos en el interior y en los accesos de los hipogeos funerarios púnicos.
Se trata de un tema ampliamente tratado por la historiografía aunque, salvo en algunos trabajos concretos (Longerstay, 1993;1995) muchas veces no se ha profundizado en la naturaleza y el significado de tales representaciones, entrando a valorar solamente aspectos descriptivos.
La representación del monumento es bastante habitual, aunque la temática es mucho más rica.
Destacan las representaciones de frisos geométricos, símbolos religiosos, motivos vegetales y animales, escenas marinas, ciudades y, en algún caso, guerreros y jinetes.
Son muchos los complejos funerarios púnicos que presentan estructuras arquitectónicas (altares y monumentos turriformes) entre sus decoracio- (Fantar, M.H., 1998, 101).
21 Por ejemplo, en la inscripción funeraria recogida en KAI, 214.
Otros ejemplos ugaríticos como el recogido en KTU 1.18 IV 24-27 mencionan la separación de alma (Nefesh) y espíritu (Barlat) respecto al cuerpo.
Queremos agradecer al profesor F. López Pardo sus indicaciones a este respecto así como otras sugerencias para mejorar el trabajo.
22 Al mismo tiempo estos animales, aparte de tener una clara vinculación con el traslado de las almas, actuaban como acompañantes en la apoteosis del difunto heroizado (acompañándolo en su tránsito). ˆ ˆ nes.
Estas representaciones no sólo se dan en los ambientes funerarios púnicos; en otras regiones altamente semitizadas aparecen grabados de las mismas características como, por ejemplo, en las jambas de un hipogeo de Khirbat-el'Ein en Judea (Zissu, 2005).
Al final de este trabajo hemos incluido un anexo que encierra un corpus en el que se mencionan los hipogeos púnicos y haouanet o tumbas de cámara líbicas que cuentan con monumentos turriformes entre sus decoraciones.
La técnica empleada ha sido, mayoritariamente (en más de un 90 % de los ejemplos) la pintura, realizada usando pigmentos naturales como el sulfuro de magnesio, arcillas mezcladas con óxido de hierro y puede que púrpura en algún caso.
También en ocasiones los monumentos aparecen grabados con trazos simples sobre las paredes talladas y alisadas de los hipogeos.
Las decoraciones pueden aparecer tanto en las paredes laterales o fronta-les de la cámara como en el dintel.
Otras veces, como en el caso de la tumba de El-Mansourah, la decoración aparece también en la fachada exterior, sobre el acceso, con la particularidad además de que, en este caso, el monumento encierra un antropónimo (mgnym) acompañado de una partícula de propiedad (s).
Con los nuevos datos que manejamos hoy día sobre la arquitectura monumental púnica no es necesario acudir a los argumentos ex silentio para justificar la aparición de los monumentos turriformes pintados en las paredes de los hipogeos púnicos y de los hoauanet líbicos ubicados en las proximidades de la ciudad de Cartago, ya que si hace unos años no había resto material de torres en el entorno de la megalopolis, hoy, como sabemos, el panorama se ha modificado tremendamente 23.
La representación pintada (figs. 1-3) o grabada (figs. 4) de los monumentos en el interior de las cámaras sepulcrales o en sus accesos llevó implícito un mensaje religioso similar al que se observa en otros motivos decorados tales como las aves, los elementos vegetales, los signos astrales y las representaciones de la diosa Tanit.
Creemos que con la pervivencia de la representación del monumento junto con otros símbolos relacionados con la salvación en contextos arqueológicos incluso posteriores a la destrucción de Cartago queda suficientemente demostrado el valor sagrado y espiritual del motivo como tal.
La vinculación de la representación gráfica del Nefesh con el alma, con la salvación y con FERNANDO PRADOS MARTÍNEZ Figura 1.
Monumento simple pintado sobre la pared del hipogeo púnico de El Guetma (Túnez).
Monumento que decora el interior de la cámara de El Mansourah (Túnez).
Los dos Nefesh del hipogeo VIII de Jebel Mlezza (Kerkouane, Túnez).
23 Las prospecciones realizadas en las últimas décadas en los alrededores de la ciudad de Cartago han proporcionado datos suficientes como para defender la existencia de monumentos turriformes en territorio púnico que pudieron servir de modelo a los representados en el interior de las tumbas.
Los artistas, por tanto, no debieron desplazarse lejos para tomar los modelos e imitarlos en las paredes de los sepulcros.
(s). (ˇ los valores sagrados presentes en la conciencia púnica es muy fuerte.
Esta razón nos impide plantearnos hoy el que la pintura de un monumento funerario en la pared de una tumba significase sólo la demostración de la imposibilidad económica de una familia, que tendría que limitarse a pintarlo de no poder construirlo, teoría que ha sido defendida en ocasiones (por ejemplo, Poinssot y Solomonson, 1963).
La representación de los monumentos pintados en el interior de los sepulcros ha sido relacionada por los investigadores, generalmente, con los cultos funerarios y con una expresión metonímica del viaje que debía realizar el alma del difunto (Fantar, Longerstay, 1985, 217;) hacia el más allá.
Tampoco creemos que la aparición de estos motivos se debiese al simple trazo de un arquitecto sobre la pared de un monumento para tomarlo como modelo, como se aprecia en el pilar de Monforte del Cid (Alicante) conservado en el Museo Arqueológico de Elche (fig. 5) y que veremos con algo más de detalle a continuación.
Si los monumentos turriformes actuaron como vínculos de unión entre dos mundos y representaban, como Nefesh, al difunto entre los vivos, era porque se encontraban bien visibles; pero, por el contrario, en el caso de las representaciones pictóricas o grabadas en el interior de los hipogeos, éstas tuvieron que tener otra función.
En estos casos las representaciones fueron símbolos en sí mismas, al igual que el resto de los motivos religiosos que comúnmente aparecieron decorando las paredes de los sepulcros tales como peces, barcos, estrellas, crecientes lunares, signos de Tanit, etc. (figs. 1-4) Detrás de la plasmación gráfica o plástica (recordemos los amuletos realizados en forma de Nefesh sobre los que trataremos a continuación) del monumento estaba la necesidad de asegurar al máximo posible la consecución de la victoria sobre la muerte y, por tanto, de la vida eterna.
Por ello se representó con esta asiduidad la casa del alma, el vehículo de unión entre dos mundos, para que ayudase al difunto a conseguir aquello que ansiaba, fuese materialmente, mediante la arquitectura, simbólicamente, mediante un simple esbozo con cuatro trazos sobre la pared o portándolo como amuleto colgado del cuello.
En la representación de ese modelo arquitectónico quedaron reflejadas las creencias más arraigadas y más personales: precisamente aquellas que vinculaban directamente la religión púnica con sus ascendientes orientales, con la concepción de la salvación de los pueblos de Fenicia.
Un buen ejemplo que corrobora esta hipótesis lo tenemos en una estela romana procedente de Cheffia-Tal (conservada en el Museo de Annaba, Argelia) fechada en la primera mitad del siglo I d.C. (fig. 6),24 en la que en el frontón que corona el epitafio bilingüe aparecen representados a la misma escala un signo esquemático de Tanit, un creciente lunar, un disco solar y cuatro elementos clásicos relacionados con el traslado del alma al más allá y la victoria sobre la muerte: la corona de laurel, un ave con las alas desplegadas, un caduceo y un monumento funerario.
ISSN: 0066 6742 En esta estela funeraria, como veíamos anteriormente, el monumento turriforme, del tipo clásico con cuerpo cúbico sobre basamento escalonado y con falsa puerta decorando la fachada y rematado por un piramidium, se interpreta dentro del mismo lenguaje simbólico que el resto de los elementos: no es la representación de la tumba que no pudo tener el difunto, sino un símbolo de salvación en sí mismo.
Además, la estela pertenece a un romano de ascendencia familiar libiopúnica que mantuvo en su estela funeraria vivas tanto su lengua como sus creencias.
En ese mismo lenguaje simbólico se inscribe el edificio grabado en la pared del llamado pilar-estela ibérico de Monforte del Cid (figs. 7 y 8) reconstruido hoy en la sala del Museo Arqueológico de Elche (Alicante).
Esta representación, que fue publicada en su momento como un modelo o boceto realiza-do por el arquitecto (Ramos y Ramos, 1992; Castelo, 1995) supuso la aceptación del significado del monumento turriforme como símbolo de salvación en el área ibérica contestana.
Además, la representación grabada de un Nefesh en una de las cuatro caras del pilar-estela no es el único elemento punicizante de que consta: por un lado, la propia estructura del pilar con una decoración de molduras entrantes es idéntica a las llamadas "falsas puertas" tan representadas en la arquitectura funeraria púnica (en monumentos tan conocidos como los de Dougga o Sabratha y en infinidad de estelas funerarias).
Por otro lado, la gola que corona el pilar alicantino con una nacela muy volada y cóncava y la decoración de ovas que la enmarca, se encuadra perfectamente en los modelos púnicos estudiados por Lézine (Lézine, 1961) y, más recientemente, por nosotros mismos (Prados Martínez, 2005b, 393).
Dentro, pues, de este marco cultural púnico, se puede entender el papel que desempeñó el grabado realizado sobre el pilar-estela ibérico que debió de funcionar como un apoyo más de cara a asegurar la salvación del alma del difunto enterrado bajo él.
LAS REPRESENTACIONES DEL NEFESH SOBRE AMULETOS Y COLGANTES
La utilización y la producción de amuletos y escarabeos en el mundo fenicio y púnico es uno de los rasgos artísticos más destacados de esta cultura mediterránea, sobre todo en el marco de las artes menores.
Además, la aparición de los mismos en el interior de los recintos funerarios es una muestra de la importancia que tuvo la magia egipcia, fundamentalmente, en la concepción de ultratumba, en las supersticiones y en las manifestaciones esotéricas.
Se ha de tener en cuenta que los amuletos, que imitaban en muchos casos a los de tipo egipcio, fueron tanto importados desde el país del Nilo como copiados en talleres locales.
Para algunos autores estas realizaciones indicaron la capacidad de la religiosidad egipcia para incidir con sus valores simbólicos en todo el Mediterráneo antiguo (Acquaro, 1988, 394).
A pesar de que entre todos los tipos de amuletos empleados fue el escarabeo, símbolo de vida eterna y sello de propiedad al tiempo, el modelo que triunfó en los ambientes semitas que estudiamos en este trabajo25, nosotros nos vamos a centrar en otros modelos de colgantes y amuletos que se emplearon también con cierta profusión y que han aparecido adornando los cuerpos de los difuntos depositados en los hipogeos funerarios.
Otros amuletos zoomorfos y fitomorfos sobre los que no trataremos fueron también utilizados tales como los que representaron cerdos, liebres, leones, perros, halcones, esfinges y colgantes en forma de bellota, realizados en hueso, esteatita, cornalina, cristal de roca y, en algún caso, ónix.
Otros representaron divinidades tales como Isis, Bes, Ptah u Horus, buena muestra de la incidencia cultural y religiosa del mundo egipcio citada anteriormente.
En el ambiente púnico hemos de enumerar también los colgantes que representaron partes humanas tales como manos, brazos y pies, temas muy empleados, por otra parte, en las artes mayores (recordemos, por ejemplo, la gran cantidad de representaciones de manos grabadas en las estelas votivas y los cipos funerarios púnicos).
Pero de todos los colgantes y amuletos, los que más nos interesan en este momento son aquellos que representaron monumentos turriformes, realizados sobre diferentes soportes, como el oro del colgante conservado en el Museo de Cádiz, la esteatita del colgante expuesto en el Museo Nazionale G.A. Sanna (Sassari, Cerdeña)26 o el hueso del colgante-cipo de Villaricos (del Museo Arqueológico Nacional de Madrid).
En estas representaciones los amuletos protectores se cargaron, además, de todos los valores simbólicos de los que venimos hablando a lo largo de este artículo.
El colgante del museo de Cádiz27 fue encontrado en los hipogeos de la necrópolis gaditana de Punta de Vaca, célebres por ser el lugar donde se halló, el 30 de mayo de 1887, el primer sarcófago antropomorfo.
Además, según los datos que se desprenden de los archivos de la Real Academia de la Historia y del propio museo (archivos fotográficos con referencia CA.CA/9/7949/037-41sobre los "Expedientes del hallazgo de tumbas fenicias en desmontes extramuros de Cádiz" de 1892), el amuleto apareció en la misma época, a finales de la década de 1880 y perteneció al ajuar de una de estas tumbas, que fueron fechadas en torno al siglo IV a.C. 28 El colgante se conservó magníficamente dada la naturaleza del material (ver fig. 9).
Se trata de un pequeño ejemplar de 1,7 cm que presenta un monumento bastante canónico con un basamento escalonado dividido en tres con el inferior de mayor tamaño, un remate piramidal y la anilla de sujeción soldada a uno de los laterales.
El pequeño colgante se encuentra hoy expuesto en una de las vitrinas del Museo Arqueológico de Cádiz junto a otros amuletos recogidos en las excavaciones de la misma necrópolis.
El ejemplar del Museo Arqueológico de la ciudad de Sassari (Cerdeña) pertenece a un lote de amuletos y plaquitas óseas decoradas expuesto en una misma vitrina.
La colección tiene una procedencia dudosa, aunque se cree que fueron encontrados en una necrópolis púnica ubicada en el entorno de la ciudad.
Se trata de un colgante mucho más esquemático que el gaditano, debido, fundamentalmente, al material con el que se encuentra realizado, que es esteatita.
Mide 1,6 cm y presenta un monumento alzado sobre podio, con un remate piramidal esquemático y facetado (fig. 10).
La anilla de sujeción comparte la misma disposición que en el colgante anterior.
La fecha propuesta para esta pieza está bastante poco ajustada (siglos VI-IV a.C.) debido a su descontextualización (Acquaro, 1982, 100).
Existen otros ejemplos similares recogidos en Tharros y en otros puntos de la isla mediterránea aunque no presentan tanta similitud con los monumentos turriformes estudiados (Holbl, 1986).
En el caso de los amuletos púnicos en forma de cipo funerario como el de Villaricos (fig. 11) debemos entrar a valorar, también, su similitud con los amuletos egipcios que representaban el Dyed o espina dorsal de Osiris, colocados generalmente entre los vendajes de algunas momias y que simbolizaban la estabilidad, por lo que, de ser así, no representarían estructuras arquitectónicas como tal.
En cualquier caso, el colgante de Villaricos conservado en el M.A.N. presenta una estructura muy diferente a los dos citados anteriormente29.
Al no constar de un remate piramidal, lleva la anilla de sujeción en la parte superior.
Este hecho demuestra que en los ejemplos gaditano y sasaritano era fundamental conservar intacta y bien representada la cubierta piramidal de la pequeña estructura, mientras que en el caso almeriense no cabe duda de que se trata de un cipo o pilar, cargado también de contenido religioso, pero que no podemos interpretar como la representación en pequeña escala de un monumento de grandes dimensiones.
Los amuletos fueron piezas que se ubicaron sobre los difuntos tratando de infundirles protección y, según la lectura que se desprende del análisis iconográfico que defendemos en estas líneas, cierta "seguridad" en lo que iba a significar su tránsito hacia el más allá.
La talla de pequeños Nefesh en estos colgantes tuvo exactamente la misma motivación que las representaciones pictóricas y escultóricas de los modelos arquitectónicos.
Ambos FERNANDO PRADOS MARTÍNEZ Figura 9.-Amuletos de oro procedentes de Punta de Vaca (Cádiz).
A la izquierda, rodeado, el monumento turriforme; a la derecha un bastón con cabeza de Horus.
Foto Real Academia de la Historia.
soportes son complementarios a la hora de esbozar una interpretación para tratar de explicar el significado de tales representaciones.
Gracias a hallazgos como la estela funeraria romana de Cheffia-Tal es fácil comprender la importancia de la representación del modelo arquitectónico y cómo paulatinamente éste se transformó en un símbolo de salvación, ubicado junto con otros reconocidos tales como los caduceos o las coronas de laurel.
A lo largo de la exposición hemos puesto de manifiesto la característica polisemia de los modelos arquitectónicos objeto de estudio.
En este tipo de construcción convergen simbolismo religioso, rango social y poder político.
Como se ha visto, los monumentos turriformes funcionaron como símbolo de salvación, es decir, como medio de expresión de la esperanza de aquellos que, a través de un tipo muy concreto de construcción vertical acompañada de una decoración relacionada con aspectos religiosos, veían en este tipo de arquitectura un vehículo para asegurar la salvación del alma.
Por otro lado, los monumentos turriformes fueron ubicados en zonas estratégicas, elevadas, y aisladas con una clara motivación de marca territorial o espacial.
Además, a este respecto, hay que añadir la propia estructura arquitectónica que presentaron los edificios, monumental y muy elevada, muy propicia, por lo tanto, para funcionar como una marca de territorio o de la propiedad.
Con la construcción de un monumento de estas características, dedicado a la memoria de un antepasado y su ubicación en un espacio geográfico concreto, nunca elegido al azar, quedaba subrayado el papel de toda la familia en el marco de las relaciones sociales.
A través de la heroización y en algún caso, divinización, del personaje en cuestión, quedaban legitimados en sus funcio- la idea de protección, de amuleto contra los peligros derivados del tránsito del alma hacia el más allá, surcando el cielo acosado por genios malignos y demonios y atravesando el océano primordial, auténtico elemento purificador de donde los cartagineses entendían que procedían las lluvias, antes de alcanzar la inmortalidad.
Esa es la razón de la iconografía que acompañó a la estructura arquitectónica, compuesta de aves, barcos, sirenas, esfinges, deidades aladas, delfines y demás animales marinos y de las decoraciones que, en el interior de las cámaras sepulcrales, fueron representadas junto a los Nefesh.
La aparición de animales psicopompos en muchos de los edificios o representados al lado de otros que decoraban las paredes de los hipogeos púnicos se vinculó, por un lado, con el transporte de las almas hacia el más allá y, por otro lado, con los acompañantes del difunto heroizado.
El cotejo de las estructuras arquitectónicas construidas, de algunos de los indicios recogidos en las tumbas, de los amuletos y de algunas decoraciones pictóricas y escultóricas con algunos textos conocidos pertenecien-tes a sociedades vecinas y contemporáneas nos permiten hoy reconstruir, de la manera más fiel posible, cómo entendió la sociedad fenicia y púnica el más allá y la manera de alcanzarlo, salvándose de la condenación.
Por otro lado, el problema de las inscripciones funerarias fenicias es que la mayoría de ellas tan sólo mencionan el nombre del difunto y su genealogía, y no aparecen fórmulas que aludan a la necesidad de recordarlo o a la esperanza en el más allá, como cabe esperar de cualquiera de las inscripciones de similares características en el mundo griego.
Sí sabemos, a pesar de la exigua información que se puede recuperar de los textos, que para los fenicios y cartagineses la vida de los hombres terminaba con la muerte, aunque el ser, la esencia, no se extinguía del todo30.
El alma seguía una existencia incómoda que exigía de los vivos ciertos cuidados y atenciones, visibles en los objetos de ajuar y en las deposiciones de ofrendas (alimentos, bebidas, amuletos y objetos FERNANDO PRADOS MARTÍNEZ Figura 12.
Mapa del Mediterráneo Occidental.
Las estrellas señalan los lugares de los hallazgos de los materiales mencionados en el texto.
Todo apunta a que el bienestar del alma del difunto (del alma que residía en la tumba) dependió en gran medida de los cuidados y atenciones prestados por sus familiares.
De esa relación dependía, además, que el alma del difunto fuese beneficiosa para la familia o supusiera una amenaza terrible31.
En algún caso, como hemos mencionado, se ha manifestado erróneamente que la aparición de monumentos turriformes pintados en el interior de las cámaras sepul-crales estaba relacionada con la imposibilidad por parte de las familias de los difuntos allí enterrados de construir -por motivos económicos-un monumento como tal, por lo que se veían obligados a representarlos pintados, como un acto simbólico.
Con los datos que se manejan hoy y partiendo del análisis del monumento funerario en cualquiera de sus ejecuciones o realizaciones, arquitectónicas, pictóricas o escultóricas, hemos de ir más allá y comprender que, con el paso de los siglos, el Nefesh se convirtió en un símbolo sagrado que podía transmitir una serie de valores, poderes y privilegios por igual, fuese una estructura de sillares de seis metros de altura o un pequeño colgante de hueso de apenas un centímetro. |
Se presenta una revisión sobre el aryballos de la necrópolis de Milmanda, prestando especial atención a su cronología.
Para este estudio es conveniente redefinir los criterios de atribución tipológica, forma y decoración, así como considerar de manera sumaria otros aryballoi de s.VI a.C. encontrados en Cataluña.
En el marco de un estudio sobre la necrópolis de Milmanda, se consideró presentar de forma individual algunos de sus materiales más significativos.
Éste es el caso que nos ocupa ahora, presentando una relectura del tipo, la decoración y la cronología del aryballos1.
Esta nueva propuesta supone algunos cambios para la cronología de elementos que han encontrado paralelos en la necrópolis de Milmanda y han basado su datación, sin crítica, en la ofrecida por la primera publicación del aryballos (Ramón, 1989).
Aún así, cabe destacar que éste aryballos continua siendo la importación griega más antigua documentada en el interior de Cataluña junto al lekythos del Puig Cardener (Cabrera, 2000: 171).
La necrópolis de Milmanda (Vimbodí, Conca de Barberà, Tarragona), se encuentra en una ladera de una pequeña sierra en medio de la amplia vía de paso del curso alto del río Francolí, en la parte más al norte de la provincia de Tarragona y cerca del límite entre la comarca de la Conca de Barberà y Les Garrigues que comunica la costa tarraconense con el llano leridano.
La necrópolis se descubrió por unos trabajos agrícolas y fué totalmente excavada por el aficionado local sr. R. Vidal a partir del año 1975.
El estudio de los materiales y de los pocos conjuntos que se han podido identificar sobre las notas y fotos de la excavación2, permite encuadrar esta necrópolis en un lapso de tiempo que abarca desde finales del s.VII hasta mediados de s.VI a.C.
Fué tratado de manera monográfica en una primera publicación dada la innegable importancia que supone la presencia de este elemento importado en el interior de Cataluña.
Posteriormente, volvió a publicarlo en un trabajo que sintetizaba las características y algunos elementos significativos de la necrópolis de Milmanda.
En esta publicación, la autora identificó la pieza dentro del tipo A de Payne (Ramón, 1995: 109), basándose principalmente en la decoración central del cuerpo (un cuadrifolio, una estrella de cinco puntas y una decoración a cuadros de ajedrez en el frontal del asa).
La característica para considerar este ejemplar dentro del tipo A de Payne no era la decoración, sinó la forma, especialmente el asa y la boca, que como veremos se diferencian de manera clara de los tipos B y más sutilmente del C. Archivo Español de Arqveología, Vol.
El aryballos apareció asociado a una de las pocas tumbas de las que se dispone de información.
El conjunto se componía por una urna de orejetas a mano y algunas armas (espada, punta de lanza y regatón).
En Cataluña, se conocen otros aryballoi.
Una visión general nos ayudará a comprender y a concretar el momento de su aparición y la dinámica de su presencia en el nordeste peninsular.
De norte a sur de Cataluña encontramos un ejemplar en la Palaiápolis d'Empórion (St.Martí d'Empúries), identificado en el cuadro 9000, y corresponde a un borde de aryballos globular (Aquilué et alii, 2000: 308; fig.21, 4, fase IIIc), con la pintura muy perdida, relacionable con otros objetos del Corintio Reciente de Ampurias.
De las distintas necrópolis de Ampurias provienen importantes lotes formados por piezas de diversas procedencias.
El primero de ellos se encontró en la inhumación 57 de la Necrópolis Bonjoan, situado a la izquierda del difunto.
De pasta amarillenta, y unas dimensiones de alt 55 mm y diám boca: 35 mm, con decoración acanalada en el cuerpo.
Dos aryballoi más en la incineración 4 de la necrópolis de la Muralla N.E., de tipo corintio pero indeterminados a causa de su estado de conservación, se fechan entre el 530-500 a.C. por su asociación a lekythoi áticos (Almagro-Basch, 1955; Trías, 1967: 81).
En la misma necrópolis, se documenta otro aryballos en la inhumación 2, con el cuerpo globular (h: 63 mm y 44 mm de diám boca), que se fecha a partir de los numerosos paralelos en la necrópolis de Rithsona entre el 550 y el 500 a.C. (Trías, 1967: 33, lam.I.7) 4.
En la tumba 4 de la necrópolis Mateu5, apareció un ejemplar del tipo B-1 de Payne, con el cuerpo globular, asa plana vertical, boca discoidal, alt 53 mm y 38 mm diám boca., recubierto por un engobe amarillo y decoración muy perdida.
Su posición en la tumba resulta interesante al situarse en la mano derecha del difunto6.
Cerca de Empúries, en el yacimiento de Mas Gusó (Bellcaire d'Empordà), se identificó un fragmento de aryballos corintio globular de tipo B de Payne, fechado en el Corintio Medio, a mediados del s.VI a.C. (Casas i Soler, 2000: 355, Fig. 7, 5).
No podemos evitar extrañarnos por la curiosa ausencia de aryballoi en la zona central de la costa catalana, que goza de una intensa actividad arqueológica además de la tradición investigadora, que ha documentado diversos materiales griegos de mediados de s.VI a.C. en el Vallès7 o el Penedès8.
Seguramente este tipo de materiales estén aún por aparecer.
En la desembocadura del Ebro, se encuentran de nuevo otros hallazgos de aryballoi.
En la tumba 4 de la necrópolis de Mianes (Santa Bàrbara), se supone la presencia de un aryballos a partir del hallazgo de un fragmento de borde plano y pintado con dos líneas paralelas (Maluquer, 1987: 125).
En cambio en la necrópolis de Mas de Mussols (La Palma) se encontraron, durante las excavaciones de urgencia de F. Esteve Gálvez, dos aryballoi globulares (Maluquer, 19894b: fig.11-12), uno de producción corintia y el otro de imitación local9.
Según indicaciones del descubridor (Villalbí, 1999: 74), esos ejemplares, aparecieron junto a una urna de orejetas, un anillo de plata, un broche de cinturón de tres garfios y una oil bottle en una misma tumba.
Cabe resaltar que Maluquer en su monografía sobre sus excavaciones en el Mas de Mussols (1984b) publica esta tumba como un hallazgo anterior a sus excavaciones sin citar que correspondía al salvamento llevado a cabo por Esteve y sus colaboradores.
Así hoy en día se conoce la tumba como T.X a partir de la obra de Maluquer, mientras para Esteve corresponde a la S.18 (Esteve, 1999: 61, n.2).
Esta combinación es súmamente relevante ya que plantea el problema sobre el comercio de distintas producciones tanto fenicias como griegas en las bocas del Ebro.
Más próximos, encontramos paralelos en la necrópolis de Vilanera (Agustí et alii, 2002: 81), del Puig des Molins11.
Ampollas de tipos similares, aparecen también en la costa del levante peninsular en la fase III y en la VI de la Fonteta (González-Prats, Ruiz y García, 1999: Fig. 14; González-Prats, 1999: Fig. 5).
Esta producción se vehicularía hacia Mas de Mussols desde Ibiza (Ramón, 1982: 37).
La cronología varía de s.VII hasta mitad del s.VI a.C., con perfiles que van desde la esfericidad a formas más alargadas; de presentar pies anulares a encontralos sin pie y con variaciones en las secciones de las asas.
Los cuellos, de distinto grosor, siempre aparecen con estrangulamientos.
El ejemplar de Mas de Mussols ha sido fechado entre el 600 y el 550 a.C. (Ramón, 1982: 26; Vives, 2005: 140) 12, fecha que resulta difícil de considerar para los aryballoi de tipo griego, para los que nos resultaría más convincente una datación entre el 575 y el 550 a.C., más acorde con la presencia del broche de cinturón y de la urna de orejetas del mismo hallazgo.
Estos dos últimos objetos plantean la duda sobre si el conjunto correspondía o no a una misma tumba, debido a la aparente distancia cronológica entre los aryballoi, la oil bottle y el anillo, que formarían un grupo cronológicamente antiguo (segundo cuarto del s.VI a.C.), y la urna y el broche, claramente de segunda mitad de s.VI a.C. 13.
Por otro lado, existe un abundante número de aryballoi depositados en el Museu Arqueològic de Catalunya en sus sedes de Barcelona y Girona14.
Unos son de las primeras excavaciones en Ampurias y otros, pertenecientes a las antiguas colecciones Guerin de Barcelona y Catalina Albert de l'Escala, son, muy probablemente también, de Ampurias (Trias, 1967: 41-42):
MAC.-405, Tipo B-1 de Payne, con el cuerpo globular, asa plana vertical, boca discoidal, 71 mm alt y 45 mm diam boca.
Decoración tardía dentro de la série de aryballoi con el motivo de la sirena, con un paralelo en la t.86 de Rithsona que ofrece una cronología de c.
El tipo de decoración con "sirena" ofrece un amplio espectro cronológico que va del EC, por ejemplo en un ejemplar del nivel 9-10 del depósito 1 de Tocra (Boardman y Hayes, 1973: 11, Pl.
Al mismo tiempo las formas pueden variar substancialmente, desde la esfericidad de las piezas comentadas más arriba a los aryballoi con base plana o pie anular 16.
MAC.-32217, Tipo B-1 de Payne, globular con el asa vertical y la boca discoidal, con unas dimensiones de 59 mm H. y 39 mm. D. Boca, y una decoración del llamado tipo "grupo de los guerreros" 18, con cinco guerreros pintados.
Presenta una datación, aplicable al ejemplar de la colección Guerin, de segundo cuarto del s.VI a.C. ( 1967: 32, lam.
El motivo encuentra abundantes paralelos en Rithsona, especialmente en los grupos de tumbas b y c (Ure, 1934: 22), aunque son mayoritarios los ejemplos que presentan 3 y 4 guerreros.
MAG.-7, Tipo A de Payne, con el cuerpo globular, asa plana vertical, boca plana, 62 mm alt., 46 mm diam.
Boca, pasta amarilla-verdosa con decoración.
La cronología está en la primera mitad del s.VI a.C. (Trias, 1967: 32, lam.
Pasta amarillenta 44 mm alt., posible imitación de un modelo naucrático, fechada entre finales de s.VI y principios s.V a.C..
Colección Guerin (Barcelona) 21, Tipo B-1 de Payne, globular con la boca discoidal, 55 mm alt., 40 mm diam. boca.
Trias-31, Tipo Payne B-1, con decoración de retícula incisa, con el cuerpo globular, el asa plana vertical, la boca con reborde levemente cónico, 47 mm alt., 33 mm diam.
Boca y superfície acabada con vidriado azul-verdoso.
Corresponde a una producción naucrática o rodia que se fecha a inicios de s.VI a.C. (Trías, 1967: 41, lam.
MAC-323, Pasta amarillenta y 55 mm alt., con decoración con relieves prismáticos.
Se fecha entre finales del s.VI e inicios del V a.C. (Trías, 1967, 42, lam.
Probablemente de producción naucrática o rodia.
Colección Catalina Albert (L'Escala), Cuerpo globular gallonado, boca plana discoidal, 60 mm alt., 40 m. diam. boca, base plana y lisa.
MAC-326, Aryballos plástico que representa un pie con sandalia, con una boca de 27 mm de diam., de probable producción greco oriental (Trías, 1967: 44-45, lam.
MAG-16, Cuerpo globular, boca plana en disco, arcilla beige clara, 80 mm. alt., decoración a bandas y líneas radiales alrededor del cuello, producción etruscocorintia con una cronología c.550 a.C. (Trías, 1967: 48, lam.
Decorado con líneas paralelas horizontales de distintos grosores menos en la parte superior del cuerpo que presenta una serie radial de líneas.
Según Trías se fecha a principios de s.VI aC (1967: 48), datación con la que coincidimos para este ejemplar a pesar de encontrar propuestas que sitúan estas producciones en el tercer cuarto del s.VII a.C. (Benson, 1964: 168, pl. 53.2).
Decoración de bandas paralelas horizontales y líneas radiales en el cuello.
Igual que los dos ejemplares anteriores es una producción etrusco-corintia que se fecha durante la primera mitad del s.VI a.C.
De los que el ejemplar más próximo es el de Villaricos, ya que presenta una línea ajedrezada bajo los motivos figurados.
El uso de perfumes durante el final de la primera edad del Hierro en Cataluña, a pesar de documentar unos pocos recipientes, no parece ser de uso común ni siquiera entre las élites.
Eso puede, por otro lado, subrallar la importanca de su presencia, de carácter sumamente restringido.
Seguramente la elección de un olor imposible de copiar, identificaría a sus portadores como miembros de un grupo privilegiado.
En este punto es necesario preguntarse sobre si realmente se importa el vaso o si es el contenido, el perfume, el elemento que da valor al vaso.
Como ha sido propuesto, es probable que los vasos para contener perfumes se fabricasen en los mismos lugares donde en la Antigüedad se producían los aceites perfumados.
El caso de Corinto, de donde proceden muchos de los aryballoi hallados en la Península, se distinguió por la producción del perfume de Iris (Cavallo, 2004: 248) 28, hecho que ratificaría esa máxima sobre la conjunción de lugar de producción -lugar de embotellamiento -y comercio.
De todos modos, cabe la posibilidad de que el contenedor pase a identificarse como símbolo exótico del producto y por lo tanto, merecedor de acompañar en la tumba a sus propietarios, igual que sucede con otras producciones importadas que aparecen de manera recurrente en las tumbas 29.
La importancia simbólica del perfume tiene sus raíces en el imaginario oriental, que lo considera el sudor o la comida de los dioses, y por lo tanto, símbolo de immortalidad (Olmos, 1985: 14) 30.
En la Península, se ha documentado mayoritáriamente en relación a contextos funerarios, destino privilegiado del perfume si recordamos las protecciones para evitar la corrupción de los cuerpos o el complejo sistema de embalsamaje (Il.
El uso de perfumes se documenta tanto en contextos con influencias fenicias como griegas indistintamente.
Para los contextos tartésicos, M. Torres (1999) recogió los ejemplos, que se presentan bajo distintas formas de recipientes (alabastra y oil-bottles) en las tumbas 9 y 17 de la necrópolis de la Joya, la tumba 1 del Túmulo 1 de las Cumbres, en el túmulo H del Acebuchal, en la tumba B de la necrópolis de Osuna, en la tumba 64 del túmulo 1 de Setefilla, en la tumba de Belvís de Jara y en distintas tumbas de las necrópolis de la Cruz del Negro y Carmona.
Esta costumbre, que encuentra pocos ejemplos durante el s.VI a.C. en Cataluña, verá una importante proliferación de su uso en Ampurias a partir del s.V a.C., como demuestran los abundantes recipientes de pasta vítrea de las necrópolis Martí o Bonjoan (Almagro Basch, 1953) 31, o los alabastra tanto cerámicos como en alabastro (Almagro-Basch, 1953; Trias 1967), especialmente notable con el floruit de la colonia (Fernández y Mezquida, 1997: 52).
Volviendo al ejemplar de Milmanda, se encuentra depositado en el Museu Comarcal de la Conca de Barberà con el número de inventario NM.
Consiste en unos fragmentos de pasta gris amarillenta de borde, pared y fondo que permiten su reconstrucción.
Presenta un cuerpo globular, asa de sección trapezoidal, superfície exterior plana que arranca del borde del disco y termina a un tercio de la altura.
Según la ficha, presenta una decoración en barniz negro muy maltrecha, pero después de examinar la pieza, la decoración consiste en pintura negra sobre el fondo blanco (para el que tenemos dudas de si realmente es un engobe o presenta una capa de pintura blanca en toda la superfície).
La decoración consiste en una retícula ajedrezada en el asa, ovas en el fondo, roseta de ocho pétalos en la parte superior del disco, y, en la pared del cuerpo una estrella de cinco puntas y un cuadrifólio.
La restauración consistió en juntar los fragmentos así como la limpieza mecánica de la superfície y la reintegración de los espacios vacíos con yeso y aquaplast (Restauración a cargo de A.Ma.
Dimensiones: alt. máxima: 70 mm.; diam. cuerpo: 68 mm.; alt..
La creación del aryballos de cuerpo esférico privado de base, debe considerarse una invención oriental que encuentra los primeros ejemplares en Egipto en la XVII dinastía (Payne, 1931: 287, n.1) 32.
En ámbito griego, la copia de estas piezas empieza a partir del Protocorintio, con el tipo Round Aryballos A de Payne, caracterizado por una boca en forma de disco plano y una asa gruesa de sección rectangular que forma ángulo recto con la boca y realizados principalmente en fayenza, a modo de imitación de los originales orientales (Payne 1931: 287) Bonjoan (Almagro-Basch, 1953: 193-196); T.57 necròpolis Bonjoan (Almagro-Basch, 1953: 197-198); T.12, necròpolis Granada (Almagro-Basch, 1953: 242-243).
32 La evolución estilística de esta forma cerámica, según DeCarolis (1991) pero no coincidente con Payne (1931) forma de disco plano o ligeramente cóncavo y una asa de sección elíptica y silueta en "S" (Payne, 1931: 287).
Estas producciones tuvieron una gran cantidad de imitaciones en ámbito etrusco, con la cerámica etrusco-corintia (hasta el 530 a.C. -según DeCarolis, 1991:41-).
A partir del Corintio Medio, se abandonan las asas de cinta del tipo B y se recupera el perfil de los aryballoi del tipo A, con asas cúbicas y paredes gruesas.
Pero el tipo C, varia la forma de la boca del tipo A, pronunciando, más aún, la concavidad de modo que el borde aparece colgando, simulando exteriormente que se trata de piezas arcaicas de tipo A, pero internamente se realizan con un importante cambio tipológico.
El tipo C tiene unas dimensiones estandarizadas, entre 66 y 74 mm. de altura por un diámetro normal de 68 mm. La decoración característica presenta unos patrones que se repiten en todos los ejemplares de la série: Decoración del borde del disco, siempre repitiendo un mismo esquema, integrado por dos líneas paralelas en la parte superior e inferior, y en el centro de la franja, una decoración que puede ser o en motivos tipo "S" o en ajedrezado.
Este ajedrezado se caracteriza por no tocarse los cuadros negros entre ellos, ya que surgen directamente de las líneas internas (Payne, 1931: Pl.31,5, n.803) 34.
Decoración de la métopa posterior del asa, donde el dibujo se presenta emmarcado por dos líneas en todos los lados y las decoraciones con ajedrezado se presentan de manera completa, tocándose los cuadros entre sí (Payne, 1931: Pl.31,4, n.806).
En los ejemplares en que la métopa posterior presenta otros motivos 35, esta se emmarca únicamente por los lados, también con motivos de dos líneas paralelas, dejando sin decorar la parte superior e inferior.
Por lo que respecta al ejemplar que tratamos, nos centraremos en los aryballoi decorados con motivos vegetales tipo cuadrifólios 36, encontrando numerosos paralelos que presentan decoraciones similares pero como señaló en su momento J.L. Benson (1964: 170) con abundantes variantes, como son las correspondientes al ajedrezado del asa, algunos motivos florales del cuerpo, la estrella y los laterales del disco 37.
Según Payne, la decoración con flor de loto cuadrifolia 34 El motivo decorativo del ajedrezado aparece en la cerámica corintia en la fase transicional, usándose para dibujar franjas (Payne, 1931: Pl.12, 4, n.143).
A pesar de que no se puede negar que la decoración por oposición de colores de manera geométrica sea una decoración conocida en otros ejemplos, anteriores y cohetáneos tanto en Grecia como en otros puntos del Mediterráneo, siendo uno de los ejemplos más especaculares el mosaico del santuario de la Muela de Cástulo.
35 Normalmente retratos femeninos aunque pueden encontrarse cabezas de caballo, pero nunca más líneas horizontales paralelas, características del tipo B. Los retratos femeninos son característicos del MC (Broneer 1955: pl. 51.1; Roebuck, 1955: 159).
Así como también otros CVA correspondientes a Leipzig (1), Heidelberg (1), Karlsruhe (1), Zürich (1), Scheuleer (1), Oxford (2), Paris Biblithèque National (1) o Gela (1). comienza como copia de motivos asirios y durante el Early Corinthian Period irán variando, dando cada vez mayor importancia a la parte central.
A partir del Late Corinthian Period es cuando goza de mayor difusión este motivo decorativo (Ure, 1934: 43), igual que el ejemplar de Milmanda, identificado como Payne-D (Payne, 1931: 147: fig.54), que se fecha principalmente en el segundo cuarto del s.VI a.C. (Payne 1931: 148).
La estrella de cinco puntas ayuda a situar la pieza en el segundo cuarto del s.VI a.C., ya que el motivo aparece como un elemento decorativo típico del Corintio Tardio, entre el 570 y el 550 a.C. (DeCarolis, 1991). |
La publicación de algunos fragmentos de sombreros de copa hallados en Taormina presenta la oportunidad de considerar globalmente el fenómeno de su presencia en Sicilia.
Ad es., Mezquiriz Irujo, 1955, 13, afferma che i frammenti di Lipari «no pueden aportar ningún dato seguro para la cronología de la expansión de nuestra cerámica en Italia, aunque si pueden ser interesantes como unos testigos más de esta expansión, ya sea exportada como tal cerámica, o más bien como envase de algún producto español apreciado en los mercados italianos»; Del Chiaro, 1973, 65, n. |
Este artículo critica las propuestas difundidas en fechas recientes para el trazado de la calzada que unía, según el Anónimo de Rávena, dos poblaciones de la Baetica, Urion y Aruci, las actuales localidades onubenses de Riotinto y Aroche, pues ignoran aspectos básicos de los trazados romanos y, sobre todo, pretenden explicar la existencia de un puente "romano" en Campofrío, que, en función de la documentación disponible, es del siglo XVI; el artículo vuelve, básicamente, a la propuesta de P. Sillières, de 1990.
Hace pocos años se publicó un libro 1, que pretendo usar como base en este artículo, sobre el trazado de las vías romanas de la parte occidental del antiguo convento jurídico hispalense, las de la actual provincia de Huelva; así se culminó medio siglo de esfuerzos en la tarea de aclarar las más problemáticas de aquella, pues comunicaban localidades costeras, bien identificadas gracias a las fuentes clásicas, con las de la zona minera, yerma hasta la Baja Edad Media, que es cuando nacieron casi todos los núcleos urbanos actuales 2 y cuyos nombres y ubicaciones antiguos son inseguros.
La publicación ofrece un acertado manejo de la bibliografía y una adecuada crítica de los estudios precedentes, por lo que ahorraré la revisión de los antecedentes bibliográficos y documentales aunque, por razones puramente metodológicas, citaré las fuentes a través de la Tabvla Imperii Romani.
Para comodidad del lector mi dibujo reproduce, sobre una base cartográfica más actual, el mapa que sintetiza, en su figura 19, las conclusiones del libro de referencia.
La mayor duda que me suscita el libro se refiere al camino romano que iba de Riotinto (Urion) a Aroche (Aruci), que sólo atestigua el Anónimo de Rávena y de esta manera tan escueta: [....
Recordaré que los yacimientos romanos existentes en las dos localidades citadas, distanciados 42 km en línea recta 7, uno en el corazón de la Cuenca Minera, a 465 m de altitud, y el otro en el extremo occidental de la Sierra, a 400, reúnen el 39% de las inscripciones del corpus provincial de 1989; pero el tramo, además de recibir en el libro un tratamiento menos detallado que el de las restantes vías, es prácticamente el único para el que el autor ofrece tres trazados8, aunque, como se deduce de EL TRAMO URION-ARUCI (RAVENN.
16-17) POR ALFONSO JIMÉNEZ MARTÍN Universidad de Sevilla ( [EMAIL] ) Para Álvaro, Guillermo, Mario y Lorenzo.
Archivo Español de Arqveología, Vol.
Las vías romanas en la provincia de Huelva.
2 Ladero Quesada, Miguel Ángel.
Niebla, de reino a condado.
Noticias sobre el Algarbe andaluz en la Baja Edad Media.
3 Es la actual Huelva, mansio de la vía XXIII del Itinerario de Antonino (de Alarcão, Jorge et al. Tabvla Imperii Romani.
Madrid: Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, 1995, p.
4 Se localiza en el entorno de Riotinto; identificado (Ibid., p.
166) con ad Rvbras, mansio de la vía XXIII del Itinerario de Antonino, que está en Tharsis según los estudios más recientes.
5 Se localiza en el entorno de la actual Aroche, mansio de la vía XXI del Itinerario de Antonino, ubicada a "m.p.
6 En Rosal de la Frontera o Vila Verde de Ficalho, poblaciones modernas ubicadas junto a la frontera actual (Ibid., p.
El más corto, que llamaré "Trazado sur", lo estableció Sillières 10 y consiste en marchar desde Riotinto a Santa Eulalia (Almonaster la Real) y desde allí al propio Almonaster la Real, luego a Cortegana, para finalizar en Aroche; el más largo, que será el "Trazado norte", parece que es del propio Ruiz Acevedo 11 y consiste en subir desde Riotinto a Campofrío y Aracena, pasar luego a Cortegana, para alcanzar finalmente Aroche; el intermedio, que denominaré "Trazado central", se debe a Pérez Macías 12 y consiste en ir de Riotinto a Campofrío, como el anterior, pero una vez pasado el puente sobre el Odiel, en la divisoria de los términos de Campofrío y Aracena, marcharía directamente a Cortegana para finalizar, como todos, en Aroche.
Resumo las posibilidades en el siguiente cuadro en el que, junto a particiones, denominaciones y signaturas convencionales mías, indico entre paréntesis la altitud en metros y el recorrido real en kilómetros: La elección de uno de estos recorridos, o de otro distinto, depende, ante lo inexpresivo del único testimonio romano conservado, de la existencia de fábricas romanas que denuncien su paso, así como de la densidad de restos antiguos documentados y ubicados en las inme-diaciones que apoyen un tramo concreto 13, el valor en época romana de sus hitos, demostrado mediante excavaciones y hallazgos, la viabilidad, uniformidad, continuidad y economía de infraestructuras, trazado y pendientes; además debemos tener en cuenta los datos que podamos extraer de itinerarios, mapas y viajes de épocas posteriores.
En este artículo lo que se pretende, a falta de excavaciones 14, es criticar las propuestas de trazado que, sin verificar ni un solo de tales requerimientos, dan por supuesta la "calzada de la Sierra".
Antes de entrar en los detalles debo expresar unas convicciones metodológicas; en primer lugar debo recordar que hay que ser muy prudente al usar como síntoma de romanidad los recorridos de expediciones medievales 15, pues no se puede afirmar, sin otras averiguaciones, que los ejércitos andalusíes usaran las viejas calzadas romanas.
De igual manera advierto que hay que ser muy cautelosos al retrotraer datos de la vialidad actual a épocas anteriores, pues se verifica que hace menos de un siglo todas las carreteras de la Sierra, cuyos trazados no han cesado de modificarse desde entonces, pasaban por el interior de las poblaciones que hoy circunvalan, pues eran caminos locales, en el sentido de ir de una localidad a las inmediatas, ajenos por lo tanto en su trazado a cualquier preocupación comarcal y no digamos regional; en este lapso, además, todos los recorridos han sido afectados por dos procesos convergentes, aunque desarrollados con una parsimonia geológica: la potenciación y homogeneización de los caminos locales que servían a intereses más amplios, cuyo origen y categoría eran muy diversos, e inversamente, el paulatino abandono de los menos transitados.
Por lo tanto no se puede suponer automáticamente que los viajeros anteriores al siglo XX, para ir de Sevilla a Aroche, hicieran el mismo camino que hoy recorremos en dos horas gracias a una carretera sensiblemente uniforme.
Para analizar el problema me propongo examinar los tres recorridos, empezando por el más largo y septentrional, que veremos completo, cosa que no será necesaria en los otros, pues los tramos de comienzo y final son comunes; finalmente presentaré la solución que me parece más adecuada, que describiré completa.
EL PUENTE DE CAMPOFRÍO
La piedra angular de los itinerarios Norte y Central, pues los tramos N3 y C3 se inician en él, es el "Puente Viejo de Campofrío", modesta estructura a la que Ruiz Acevedo concede tanta importancia que es el resto material al que mayor atención gráfica dedica 16, bastante más que al gran puente de Niebla o al muy largo badén de Gibraleón, importantes obras romanas que sirvieron a calzadas bien documentadas en los repertorios romanos.
El estudio de este elemento arquitectónico lo iniciaron en 1990 Pérez, Martínez y Frías 17, que basaron la romanidad de la obra en dos únicos argumentos: su propia opinión sobre lo que vieron en ella y en su parecido con un puente que existe junto a Carmona (Sevilla).
Estos mismos razonamientos, asumidos como argumentos de autoridad, son los que aduce el libro que estoy comentando.
Y son los mismos que en fecha reciente han sido repetidos fielmente por Romero Bomba 18, que hasta le dedica la portada de su libro, pues se trataría, según se deduce, del más notable elemento arquitectónico anterior al siglo XIII que existiría en todo el término municipal de Aracena.
Está el puente situado aguas abajo del actual de la carretera A-479, en la cota 295 19; el terreno que media hasta Campofrío es cómodo, pero la orilla de Aracena es tan accidentada que la citada carretera tiene una pendiente media del 7,53% y una toponimia que expresa muy bien las dificultades orográficas que encuentra: "Cuestas de la Eme", "Las Cuestas", "Cuestas del Río" y "Curvas de la Muerte".
Visité el lugar el día 13 de junio de 2001 y tras un detenido reconocimiento concluí que no es antigua su bóveda de ladrillo, pues no detecté en ella piezas de formato romano 20, ni tampoco sus someras pilas, formadas por escasas hiladas de piedra, en las que no advertí ningún sillar de características inequívocamente romanas, por lo que, si allí existió alguna vez un puente romano, sostengo que no ha quedado nada visible in situ.
Por otra parte el único paralelo esgrimido por sus descubridores no es romano, pues hace muchos años, cuando estudié el citado puente de Carmona21, deduje que debía ser del siglo XVI.
Agotados estos argumentos, que son en realidad opiniones de carácter personal, propias de la historia del Arte, vayamos, a falta de excavaciones, a argumentos de otro tipo.
El primero es que se ha realizado una excavación arqueológica en el puente de Carmo, que está ubicado en la muy acreditada y romana Via Avgvsta, justo al pie de la mejor cerca murada de la Baetica, delante de la única puerta imperial que se conserva en la península Ibérica: pues bien, la publicación de la minuciosa tarea estratigráfica realizada certifica que me equivoqué, ya que el puente no es del XVI, sino que se ha verificado su construcción en pleno siglo XVII 22.
Los escasos textos sobre caminería antigua onubense colaboran a despejar la incógnita del puente de Campofrío; así el célebre Diccionario de Madoz Ibáñez demuestra que esta obra del Odiel ya existía cuando se redactó, es decir, que es anterior a 1846 23 cisco Pérez Bayer24, que reunía información sobre restos romanos, la usó, pues escribió que "pasamos por el lugar de Campofrío.
Una legua mas adelante se passo el rio Odiel por puente.
A eso de la una y media llegamos a Aracena, que dista de las minas cinco leguas, de bastante mal camino"; incluso en 174425 está documentada la existencia de un puente en este lugar, ya que el anónimo autor de una descripción de caminos andaluces dejó escrito que había uno que iba "de Aracena al puente [y], de alli a Campofrío".
La solución del enigma la ofrece Hernando Colón, autor que reunió entre 1517 y 152326 mucha información sobre caminos, paisajes y señoríos, declarando expresamente que "(2730) Çalamea del arçobispo es lugar de trecientos vecinos esta en syerra morena esta entre unas syerras es del arçobispo de seuilla e fasta aracena ay cinco leguas de syerra muy agr[i]a e a tres leguas primeras pasamos a un rrio dicho odiel por vado que corre a la mano dizquierda"; si en el lugar hubiera visto don Hernando los restos de un puente anterior, romano o no, creo que los habría reseñado.
Por lo tanto, a expensa de la aparición de mejores datos, afirmo que el "Puente Viejo de Campofrío" puede ser, como muy antiguo, de los tiempos de Carlos I o tal vez de la época de los Reyes Católicos, en la que dedicaron mucho esfuerzo a las obras públicas; ha sufrido reformas posteriores, pues, por ejemplo, la clave de su bóveda está resuelta de la forma típica del trazado carpanel, detalle habitual en el siglo XVIII, sobre todo en obras extremeñas.
ARACENA Y LA CALZADA DE LA SIERRA 27
Desde el castillo de Aracena se domina un extenso arco del horizonte, que empieza en dirección sureste, marcando la aproximación desde Sevilla, hasta concluir en el Poniente, en dirección a Alájar; en el centro aparece Campofrío, perfectamente visible en medio de tan dilatado paisaje de cerros.
El resto del contorno visual del castillo carece de profundidad, apenas unos centenares de metros, pues las estribaciones de la Sierra aparecen inmediatamente.
Aracena es, por lo tanto, la puerta oriental de la Sierra propiamente dicha, pues su castillo monta guardia en el lugar donde la carretera N-433 se adentra en la cota de los 700 m de altitud.
La historia documentada de esta población apoya la idea de que fue reconquistada por caballeros lusos en 1251, por lo que en 1253, el mismo día en que apareció por vez primera en un documento castellano, el rey de Portugal la incluyó, junto con Aroche, en su almojarifazgo; en 1261 comenzó a integrarse en la órbita sevillana, pero hasta 1267 no quedó definitivamente certificada su pertenencia al dominio hispalense 28.
De esta época datan los más antiguos vestigios arquitectónicos existentes en la población actual, aunque está implícita en los documentos cristianos del siglo XIII la existencia de una población anterior, de la que sólo tenemos noticias a través de una tosca lápida funeraria romana y algunos fragmentos cerámicos, tanto califales como almohades, que han sido recogidos en prospecciones 29.
Con este panorama no veo alguna razón plausible para que, desde la zona minera, el itinerario romano marchase hacia Aracena, pues las dificultades eran grandes y el atractivo, por lo que conozco, escaso o nulo 30; la situación era muy distinta al final de la Edad Media, cuando la actual capital serrana era ya la mayor de las poblaciones de la comarca y por lo tanto el centro de su organización, por lo que interesó mejorar su conexión con otras localidades y sobre todo con sus propias aldeas, entre las que estaba Campofrío, consolidada en el siglo XVI a costa de varios lugares próximos 31.
A la vista de todo ello creo que la construcción del puente no se justifica hasta un momento avanzado del siglo XVI, cuando se convirtió en el camino directo para llegar, entre otros lugares, al llamado "Castillo de Cobullos", 5 km a poniente de Campofrío, donde se extraían jaspes ornamentales desde tiempos de Felipe II32, lo que, unido al prematuro inicio de la minería moderna en el entorno de la antigua Urion33, consolidaron esta ruta y justificaron la construcción del puente sobre el vado que padeció Hernando Colón.
El tramo N4, que es el de mayor altitud de todos los propuestos por Ruiz Acevedo, aparenta discurrir por la carretera N-433 que se inicia en la Autovía de la Plata, en la provincia de Sevilla, y llega hasta Portugal; en su recorrido por la Sierra pasa por varias poblaciones (Aracena, Galaroza, El Repilado y Cortegana) y queda cerca de otras (Los Marines, Las Chinas y Jabugo) donde destacan calles que fosilizan el paso por todas ellas de un trazado anterior34, con lo que puedo afirmar que el recorrido de este supuesto tramo N4 fue en su momento más sinuoso que en la actualidad, de forma que se ha reducido de 34,07 a 22,63 km. Su perfil, incluso con las mejoras de las últimas décadas, parece una montaña rusa, pues desde los 729 m de Aracena sube hasta los 760 cerca de Fuenteheridos, baja a los 550 de Galaroza, vuelve a subir rápidamente a 600, desciende a los 450 de El Repilado, para subir de nuevo hasta los 670 de Cortegana.
La causa de esta torturada altimetría es bien sencilla: además de servir a todas esas localidades, debía salvar el cauce del río Múrtiga entre Galaroza y Jabugo, tan dificultoso que hasta hace poco para ir de la una a la otra, distantes 1,8 km en línea recta, había que recorrer 5,72 km, ya que la única manera de pasar el río en cualquier época del año era bajando hasta el llamado puente del Infierno35; además, un poco más adelante, en El Repilado, el tramo N4 aún debía salvar otro cauce perenne, el del río Caliente.
Tales dificultades condicionan decisivamente las comunicaciones de la comarca, por lo que este corredor del Múrtiga todavía soporta la carretera N-435, que se cruza con la 433 precisamente entre Galaroza y Jabugo, mientras el del río Caliente sirve al ferrocarril Zafra-Huelva; finalmente recordaré, como sígno de las dificultades orográficas, que durante años estuvo en este paraje la única central hidroeléctrica de la comarca 36.
La población de Cortegana, destino de este tramo del trazado septentrional, es hoy la cabecera de la zona occidental de la Sierra, estando su historiografía condicionada por una erudición particularmente activa desde el siglo XVII, pues ya Rodrigo Caro localizó en ella la Kortíkata de Ptolomeo, aunque las coordenadas que ofrece el geógrafo griego apuntan a que el topónimo corresponde en realidad a algún lugar en la comarca donde se localiza a Urion37; por otra parte no son fiables, como síntoma de romanidad, los epígrafes latinos que se asocian a Cortegana, pues ninguna de las cuatro inscripciones que la tradición le asigna procede de ella38; señalaré que sólo la similitud fonética autoriza a identificarla con Cortesam, presunto límite del obispado de Niebla en tiempo del rey Wamba, según informa un muy problemático documento del siglo XI 39.
El argumento más repetido para sostener que Cortegana existía antes de 1253, cuando la menciona un diploma alfonsí muy conocido 40, es que el suyo se pare-ce a una de las posibles vocalizaciones del nombre de uno de los aqalim sevillanos del siglo IX, Qtrsn, cuya localización se mueve por amplia zona situada entre la propia Cortegana y Zufre 41.
Lo seguro es que la documentación sobre Cortegana comienza en 1253 y es aún más escasa y menos explícita que la de Aracena, por lo que nada sugiere que tuviera suficiente interés como para enlazarlas mediante un itinerario romano ad hoc.
De las restantes poblaciones relacionadas con este tramo N4 sólo Galaroza acredita cierta antigüedad, pues aparece documentada en 1385 42, y lo mismo podemos sospechar del vecino Jabugo 43, que fue aldea de Almonaster; las restantes poblaciones, Los Marines, Fuenteheridos, Navahermosa y Las Chinas 44, como denuncian sus nombres, deben ser de origen cristiano, nacidas durante la expansión demográfica del siglo XV 45; El Repilado actual, que Madoz sólo menciona como hidrónimo, es un producto del ferrocarril ya que el antiguo, atestiguado en 1558 46, estaba al otro lado del río Caliente.
El único hallazgo romano que podemos acreditar en el entorno de la presunta "calzada Aracena-Cortegana" es una inscripción funeraria hallada a 1,6 km al norte de El Repilado 47.
Creo que, por ahora, nada apoya la antigüedad de este trazado, que es la asociación lineal de varios caminos tradicionales de los que formaban la extensa tela de araña que cubría la Sierra.
Interesa recordar que todavía en 1744 48 esta red estaba articulada en dos sectores, uno oriental vinculado a Aracena, y otro occidental, relacionado con Almonaster, únicamente conectados a través de la solana de la Sierra, es decir, por lo que ahora es la carretera A-470, mientras que el Múrtiga y la topografía boscosa de Castaño del Robledo impedían mejores relaciones por la umbría o las cumbres serranas 49.
Por lo tanto la gestación de la carretera N-433, tal como la como la conocimos a mediados del siglo XX, tenía mucho que ver con el cruce del citado río Múrtiga, que hoy se hace por un puente moderno denominado "del Bao" a partir del cual aparecen nombres muy expresivos en un tramo de 3 km: "El Martinete", "El Batán", "Puente del Infierno", "El Molino Blanco", "El Vado", "Los Molinos" y el ya mencionado "El Salto", únicos recuerdos de los veintitrés ingenios hidráulicos que soportaba en 1788 50.
En este contexto no sorprende que Pérez Bayer, para llegar a Cortegana desde Castaño de Robledo, que visitó expresamente para indagar sobre Arias Montano, prefiriera en octubre de 1782 51 atajar directamente, sin atravesar el Múrtiga, ni tampoco extraña que seis años después 52 informaran Tomás López que "a distancia de una legua de su nacimiento (el Múrtiga) tiene un puente de cal y canto, costeado por los dueños de unos batanes, vecinos de Galaroza" 53; adviértase la aparente connotación de actualidad de la construcción de la fábrica, que sobrevive en condiciones deplorables 54 junto a la carretera N-435, casi dos kilómetros aguas abajo del puente del Bao y a 590 m de el del Infierno.
Así pues, la conexión entre los dos sectores, por la zona que estamos analizando, no se consolidó hasta la penúltima década del XVIII.
El trazado general de la N-433 que hoy usamos avanzó hacia occidente de manera lentísima, pues aún en 1900 carecía de una solución adecuada, como acredi- 45 Collantes de Terán Sánchez, Antonio.
"La tierra realenga de Huelva en el siglo XV", Huelva en la Andalucía del siglo XV.
46 Documentado en el Libro 02904 de Mesa Capitular del Archivo de la Catedral de Sevilla.
47 Quizás se relacione con otra (González Fernández, Julián.
37, pp. 67s), también descontextualizada, hallada a 4,6 km del mismo punto del trazado y en la misma dirección (Ibid., 64s).
48 Jurado Sánchez, José.
49 El Múrtiga definió, por el norte y de forma nítida, los territorios de Almonaster y Aracena hasta el siglo XVIII mientras que, por el sur, las jurisdicciones, carentes de apoyos topográficos precisos, fluctuaron mucho, así el lugar de Orullos era de Aracena en 1407, había pasado a Almonaster en 1597 y acabó en el término de Alájar en 1700.
Se trata de una obra de dos arcos, desiguales y muy bajos, que aprovechan como tajamares los canchos que agobian el cauce.
54 Teniendo en cuenta su origen privado, es lógico que Madoz Ibáñez, Pascual (Op. cit. n.
21) no lo mencione en la relación de puentes provinciales.
ˆ --ta un plano fechado entonces55, en el que se advierte que la carretera procedente de Sevilla llegaba sólo a La Nava, es decir, se quedó a orillas del río Múrtiga, a 3,4 km del tan citado puente del Infierno, mientras el tramo Cortegana-Aroche, que enlazaba por occidente con el "camino ordinario" Encinasola-Santa Bárbara, sólo llegaba, también en forma de camino, a Almonaster y El Cerro, de tal forma que entonces aún faltaban más de 10 km de terrenos accidentados por completar el actual recorrido.
Con estos datos parece claro que esta "calzada de la Sierra" se definió durante la dictadura de Primo de Rivera, en función del creciente flujo de automóviles y con la idea de unir Sevilla con Lisboa, pues anteriormente, al menos desde el siglo XVI, quienes iban de una a otra capital, cruzaban la frontera por Paymogo56.
Se supone que el tramo N5 iría por la carretera que lleva hoy de Cortegana a Aroche, siendo esta última la ciudad con mayor cantidad de antecedentes históricos comprobados de toda la Sierra, aunque en realidad está ubicada en ella como si fuera su puerta occidental, como Aracena es la oriental.
En sus cercanías existió una importante población romana ubicada junto a la ermita de San Pedro de la Zarza57, a orillas del Chanza, a 2,8 km al norte de la población actual, donde está en proceso de excavación un significativo centro imperial 58.
En mi opinión los hallazgos no despejan una duda ya vieja, pues resulta que la famosa Naturalis Historiae, de C. Plinius Caecilius Secundus, ofrece una lista de ciudades de la Baeturia Celtica cuyos ocho topónimos aparecen en orden alfabético, excepto Turobriga, que sigue a Arucci, cuando debiera ser la última de la lista, por lo que no se sabe si era un núcleo con dos nombres o si eran dos poblaciones distintas, aunque próximas, de los que sólo Arucci ha sobrevivido; en cualquier caso ambas pertenecían a la Baetica a través del convento jurídico de Hispalis59.
Los arqueólogos demuestran que esta población romana se fue moviendo hacia el sur, con un primer establecimiento mozárabe 60, 2 km al sur, que fue abandonado en el siglo X; en el 218 de la Hégira (833 d.C.) los muladíes de Arus/Arun/Awrus, aliados a los habitantes de ciudades que en época romana eran de la Lusitania, se había apartado del poder emiral, y así continuó la localidad, como hisn autónomo, hasta que en el 330H/941C ya estaba sometida al emir cordobés; el lugar era, hacia el año 1154, uno de los puntos del recorrido de Córdoba a Badajoz, pues desde Gibraleón se pasaba por el santuario de la Virgen de la Peña, Aroche y Serpa 61; este camino continuaba en uso en tiempos de Alfonso XI 62, ya que al iniciar la descripción de los montes de la tierra de Gibraleón, donde cazaba osos y jabalíes, citó, en relación con el "camino de Aroche", una serie de topónimos (Odiel, Masegoso, Odimeta, Bramilla, etc) que aún perviven entre la orilla derecha del río y las poblaciones de Gibraleón, San Bartolomé de la Torre y El Alosno, situadas sobre la carretera A-495, que sube hacia el Chanza y que debe ser heredera de aquel camino.
Como antes indiqué el recorrido propuesto para el último tramo (N5, C4 y S3) es, unánime y literalmente, la carretera N-433, que sale de Cortegana en dirección noroeste coincidiendo durante dos kilómetros con la cañada de La Contienda a La Nava; luego desciende con regularidad hasta los 325 m en un recorrido de 13,41 km; en el sitio donde cruza el trayecto virtual que hizo la población de Arucci hasta llegar al sitio actual Aroche, aparece el desvío de dos kilómetros que sube a la ciudad actual, mientras el trazado general de la carretera sigue hacia Rosal de la Frontera.
Anotaré que casi al final la propuesta etiquetada como "tramos N5, C4 y S3" obliga a que la supuesta calzada cruce el Chanza por terrenos inundables.
Sostengo que ni la toponimia, ni los hallazgos, ni la documentación medieval colaboran a la romanidad de este trazado, a la que se oponen tres argumentos; el primero es que el actual puente del río Chanza no existía en tiempos de Madoz ni en 1862 63 63 Moreno Alonso, Manuel.
Colonización agraria y poblamiento en la Sierra de Huelva.
Rosal de la Frontera en el siglo XIX.
Huelva: Caja Rural, 1978. pp. 41; quizá fue construido hacia 1900, pues el plano de A. Martín (Gozálvez Escobar, José Luis.
54) dibuja una "carretera" Cortegana-Maladúa-Aroche, siendo "Maladúa" un cerro situado 1,3 km al sur de la carretera actual. h. s. ˆ -ˆ --romana pasó por aquí, debió tener una obra importante, de la que no hay rastros; en segundo lugar se advierte en las calles de Aroche y en su plano de 1750 64 que el camino de Sevilla llegaba al lugar donde estuvo la puerta homónima por arriba y desde el sureste, no desde abajo y el norte como hace el desvío actual; y en tercer lugar Cortegana, a partir del núcleo definido por la iglesia parroquial y el ayuntamiento, está dominada por una calle rectilínea que, apoyada por la ermita de San Sebastián, se transforma en el "Camino Viejo de Aroche", que aún posee tramos empedrados y que, tras recorrer 14,86 km, llega a la referida puerta de Sevilla bajo la protección de la torre de San Ginés; creo, con P. Sillières 65, que éste no es el camino romano, al menos en su totalidad, pero no tengo dudas de que fue el titular que unió ambas poblaciones desde la Edad Media hasta el final del siglo XIX.
La fecha que he propuesto para el puente de Campofrío excluye el punto inicial del tramo C3 como parte de la calzada, pero es conveniente analizar el resto de este camino hasta Cortegana 66, pues formó parte de una ruta tradicional que provenía de levante; aparece en el escenario que estoy describiendo en el punto kilométrico 26,400 de la carretera A-479, formando parte de la "Cañada de la Negra", que viene de la población de La Granada de Riotinto; sigue por los "Llanos de la India Vieja" y alcanza 67 los "Campos de los Orullos", población de la que no queda otro recuerdo que la ermita de San Bartolomé 68, donde existió una inscripción funeraria romana 69; desde aquí la topografía le obliga a tomar el desfiladero de Sie-rra Giralda, por la carreterita asfaltada que enlaza con la comarcal A-470 en el punto kilométrico 13,500; lo más interesante es que algunas partes de este camino están acreditadas en el "Itinerario de 1744" 70 y en las respuestas que el cura de Campofrío dio a Tomás López en 1795 71.
Desde el citado punto de la A-470 la ruta sigue hasta Santa Ana la Real, lugar en el que se separan, pues la carretera sigue hasta el cruce con la espina dorsal de la vialidad onubense actual, la N-435 72, mientras el camino antiguo baja directamente a la aldea de La Corte y desde allí, pasando por Calabazares, alcanza Almonaster.
Por todo ello sostengo que este tramo de 30 km, que comienza a 427 m de altitud, sube a los 586, baja hasta los 350 y termina en los 589 de Almonaster, tiene más pedigrí que cualquiera de los vistos hasta ahora, aunque no podemos examinar su enlace con la zona de Urion, pues el tramo que los uniría yace hoy bajo el embalse del Odiel, señal inequívoca de topografía difícil; por otro lado no hay constancia de que estuviese materializado mediante obras romanas, pero al menos tiene el apoyo de la lauda romana de Orullos.
Almonaster la Real es una vieja población que reúne una serie de circunstancias interesantes; su cerca murada protege una aljama de cinco naves, con alminar, decorada con la mejor colección de restos romanos del norte onubense, a excepción de Aroche, y el mayor conjunto provincial de vestigios cristianos y visigodos, incluida la sede episcopal de Niebla 73, lo que unido a la transparente etimología de su nombre garantiza la existencia sucesiva, en el mismo lugar, de una población romana 74, un conjunto cristiano y un asentamiento de época visigoda, que a comienzos del siglo IX era la capital de un iqlim sevillano 75.
Tras su incorporación al reino hispalense mantuvo su importancia, ya que desde comienzos del XIV fue la capital de la vicaría eclesiástica de la Sierra, es decir, el centro de la primera, y durante mucho tiempo única, administración territorial 76.
El camino viejo que salía de Almonaster hacia poniente está fosilizado en sus calles y ermitas77 y la carretera A-470, cuyo trazado, en opinión de Sillières (es decir, como parte final del tramo S2), no abandonaría hasta Cortegana, aún a costa de subir el puerto llamado de "La Matanza", a 700 m de altitud.
En esto discrepo, pues creo que una gran parte del recorrido actual de esta carretera, que tiene 6,45 km, se hizo para servicio de la estación del ferrocarril de Almonaster78, ya que el camino viejo se desentiende de ella en cuanto comienza a subir la carretera, en el punto kilométrico 29,600, a 620 m, para bajar, en forma de calleja, al valle en el que se ubican las aldeas de Arroyo (570m) y Acebuches (554 m) y el caserío de El Cincho (600 m) 79; desde aquí el camino asciende 1,40 km hacia el norte, hasta los 670 m de Cortegana, dejando a la derecha una ermita de Repoblación, la de Santa Brígida de Almonaster, y un poco más adelante, a 236 m del camino, viéndose ya las primeras casas de Cortegana, aparece el ábside de otra, dedicada a Santa Bárbara80.
Por todo ello sostengo que esta variante, hoy abandonada, es el camino que unió Almonaster y Cortegana desde la Edad Media hasta los últimos años del siglo XIX, pero no es la calzada.
Una vez descartado el trazado Norte, que es la reunión en función de intereses automovilísticos y supracomarcales de los caminos locales que más próximos al eje Aracena-Aroche, y reconocido el Central como la asociación de una serie de vías, mejor acreditadas pero sin apoyo de credenciales romanas, salvo la inscripción de Orullos y el conjunto de Almonaster la Real, sólo nos queda examinar el trazado Sur, que ya fue propuesto por Sillières de esta manera: «Au-delà, elle (la calzada) pouvait avoir un itinéraire assez voisin de celui du Camino de Aracena a Minas de Río Tinto pour passer l'Odiel au gué de La Pasada de la Llana, car ce chemin rejoint ensuite une des agglomérations antiques les plus importantes de la région, cette de l'Ermita de Santa Eulalia.
Esta opción tiene la virtud de unir los puntos donde hay restos romanos importantes entre Riotinto y Aroche, y en ella fundamento, mientras no diga otra cosa, mi propuesta que, en gran parte, es sólo una descripción minuciosa del trazado propuesto por el investigador francés, comenzando precisamente por el inicio del tramo en Urion.
No sorprende que las propuestas que he llamado "norte" y "central", lastradas por el puente de Campofrío, obliguen a la calzada a subir desde La Dehesa (465 m de altitud), que es donde se supone que está Urion, hasta Campofrío para lo que debieran, como la carretera actual, cruzar la sierra de La Picota (570 m) para bajar inmediatamente a los 541 de la población mencionada, pero la historia conocida de Campofrío81 no justifica un desvío tan notable como el que cuantifican los rumbos de punto a punto: La Dehesa a Campofrío 6o La Dehesa a Santa Eulalia 325o La Dehesa a Almonaster 314o La Dehesa a Aroche 311o
A causa de los ingentes movimientos de tierras y la construcción de cinco embalses debo poner en cuarentena el entorno de La Dehesa en un radio de 4,4 km hacia Campofrío y de 3,4 hacia Aroche, de manera que no consigo identificar el comienzo del tramo hasta llegar al caserío Cecimbre 82 a 404 m de altitud, por donde pasaba el "Co de Almonaster a las Minas de Riotinto" 83, precisamente en su parte más próxima al castillo de Cobullos, para bajar seguidamente a la aldea de Ventas de Abajo 84, ubicada a 380 m de altitud; este trozo está apoyado por los yacimientos mineros denominados San Crispín y La Navarra 85 y también por el hallazgo de una inscripción funeraria en la aldea citada 86.
El camino asciende hasta los 400 m de La Balonguilla, donde se incorpora al que en julio de 1795 87 dibujó el cura de Campofrío como camino de Almonaster, inmediato a una serie explotaciones mineras romanas: Las Cañas, al pié de Cobullos 88, el escorial del arroyo Palomino, donde apareció un lingote de plomo con inscripción 89, y el conjunto minero de San Eduardo y El Soldado, con restos prerromanos, republicanos e imperiales 90.
Desde allí baja hasta alcanzar la orilla izquierda del Odiel, único cauce perenne que debe salvar, y lo hace cerca del Ventorro de Silverio, a 230 m de distancia, vadeándolo por la que aún se llama Pasada de la Llana.
El camino, que sigue hacia Santa Eulalia, es el del dibujo de 1795 y también el mismo "Co de Almonaster a las Minas de Riotinto" que aún funcionaba en 1945, siendo terrizo, con rodadas de carros en las zonas rocosas y contenciones de mampostería en el costado que mira a la Sierra; atraviesa el arroyo Zancolín por un vado y se presenta ante la aldea que ha crecido alrededor del gran mausoleo romano de Santa Eulalia, ubicado a 280 m de altitud, en la que se llamó La Arguijuela 91.
Este primer tramo, Dehesa-Santa Eulalia suma 11,24 km, manteniendo el rumbo, sin graves obstáculos topográficos, salvo dos vados fáciles, con pendientes suaves, colaborando a proponerlo como romano el mausoleo y su contexto arqueológico 92.
Sin cambio de rumbo y sin atravesar más arroyos, el camino, asfaltado hace treinta años, pasa por donde apareció en 1968 una tumba romana de incineración 93, y va directo al modesto Puerto Pizarro, a 400 m de altitud, que da paso a un extenso valle de dehesas y de rocas plutónicas que empieza al sur de Linares de la Sierra y que, desarrollándose de levante a poniente, termina a 2,5 km al suroeste de Almonaster 94.
Teniendo en cuenta que el mausoleo turriforme romano es ermita desde el siglo XV al menos 96 y su vinculación con Almonaster, podemos defender que este tramo ha sido de uso constante.
El lugar donde muere la carreterita actual es interesante, pues aquí comienzan, y continúan a lo largo de unos nueve kilómetros hacia poniente, numerosos afloramientos graníticos, ubicados en el valle de geología plutónica al que antes aludí, y que han sido explotados desde época romana en varios puntos, algunos inmediatos, como es la cantera de La Borona, en el cortijo de La Lima, de donde se extrajeron los sillares del mausoleo 97, y otros más alejados, como los de Escalada o el de Los Molares 98.
Es evidente que cualquier camino, para llegar a Almonaster desde La Borona, debe superar la barrera de colinas que cierra por el norte el valle de rocas ígneas, justo antes de llegar la solana de la Sierra; para conseguirlo la topografía ofrece dos pasos tradicionales: el más inmediato está al norte y el segundo, como propuse en 1991 99, está más lejos, hacia poniente.
Un mejor conocimiento de la zona me ha convencido de que esta segunda posibilidad tiene inconvenientes pues, si bien son fáciles los 3,56 primeros kilómetros, luego debe vadear tres arroyos en los alrededores de la aldea de Escalada 100 y, finalmente, cuando ya tiene a la vista Almonaster, además de atacar los cerros citados, encontraba el crestón de cuarcitas ferruginosas sobre las que campea el castillo y la rivera de la Aceña, que obligan a dar un nuevo rodeo 101.
Creo, por lo tanto, que esta opción plantea un trazado dificultoso cuya finalidad tradicional no fue la que propuse en 1991, sino la de comunicar Almonaster con Zalamea y Calañas.
Por lo tanto desde La Borona el camino romano debía seguir el mismo rumbo que la carretera N-435, de la que se separa en el punto kilométrico 144, a 372 m de altitud, para marchar emparejadas, aunque la calzada va a poniente de la carretera y sesenta metros más abajo, por la orilla del arroyo de la Cabra, como indicaba Sillières, hasta llegar al caserío de Valdemuñoz y la aldea de La Corte, donde se transforma en el camino que hacia 1744 llevaba de Alájar a Almonaster, que ya he mencionado.
La aldea, que ahora es del término de Santa Ana la Real, formaba en 1587 un único concepto con la de Calabazares, que le sigue en el camino hacia Almonaster, al que pertenece 102 y en cuyas inmediaciones documentamos hace muchos años una cantera y un pequeño yacimiento romanos 103.
Desde la cota 450 que alcanza en este valle el camino viejo, distinto de las actuales carreteras HV-1131 y H-113 pues van más altas y más al norte, continúa hacia el oeste y al poco se avista Almonaster dejando a la izquierda, en la cota de 595 m, el lugar donde acampó, la noche del 4 de mayo de 1811, la primera columna de la cuarta división del Cuerpo Expedicionario del ejército español 104.
El tramo, después de recorrer 8,62 km desde el cruce de la carretera a Santa Eulalia, pasa por el puente de la rivera de Almonaster y enfila la calle Recueros para llegar a la plaza mayor de la localidad, a 589 m de altitud 105.
En esta zona es donde la calzada, según mi propuesta, que hasta ahora es la de Sillières, entra realmente en la Sierra, pues es aquí donde la sombrean los primeros y últimos castaños, ya que inmediatamente volverá a las dehesas.
Antes señalé que la carretera H-112, que es la continuación natural de la H-113, no corresponde a ningún trazado antiguo, pues el que llevaba de Almonaster a Cortegana pasaba por El Cincho; si además tenemos en cuenta mi opinión sobre las credenciales de Cortegana, está claro que debo proponer un camino viejo que lleve directamente de Almonaster a Aroche y que cuente con más ventajas que los tramos S3, C4 y N5.
A partir de la plaza de Almonaster sus calles han fijado, con la colaboración de la fuente del Concejo y las ermitas del Cristo y San Sebastián, el camino viejo que, ante el cementerio municipal, alcanza la cota más alta de todo el trayecto, la de 625 m; al poco de pasar el mojón 28 aparece por la izquierda la "Vereda de las Veredas" 106, que es la calleja que mencioné anteriormente, que baja hacia la aldea del mismo nombre, conocida desde 1632 y ubicada en la cota 510; allí cambia de nombre, convirtiéndose en "Vereda de Aroche a Almonaster", pues llega, tras 19,18 km de recorrido hacia poniente, a la ya citada puerta de Sevilla.
Al salir de Las Veredas sube los 600 m del puerto homónimo, donde cruza la carretera HV-1201; pronto vadea el inicio de la rivera Alcalaboza, por cuya orilla derecha transcurre a lo largo de dos kilómetros, atravesando arroyos casi siempre secos; esta zona de dehesas muestra un crecido número de cortijos y caseríos, que hace que este tramo sea más fácil de seguir sobre los planos que en el terreno, pues en varias ocasiones cancelas y perros disuaden al forastero de explorar un camino público usurpado.
El camino sale del término de Cortegana a 562 m de altitud, y se funde con el "Camino Viejo de Aroche" durante 1,32 km, hasta el Cabezo Lillo 107 donde el número de bifurcaciones, de reformas, la cantidad de caseríos y la ausencia de dificultades, pues no hay cauces importantes, hacen imposible saber qué ruta corresponde a la calzada, pues todas llevan a un punto ubicado en el Cabezo Rubiaco 108, a 4,32 km más allá, en el que ya no hay dudas de que estamos ante el camino que conducía a Aroche; todas las variantes que he seguido gozan de una ventaja esencial, pues la zona por donde discurren es la divisoria entre las cuencas del río Chanza y su afluente la rivera Alcalaboza, con lo que la calzada evitó el cruce de los dos, especialmente del primero, que es uno de los obstáculos que he advertido en el tramo S3.
En este penúltimo apartado pretendo examinar la conexión de la ruta Urion-Aruci, que acabo de describir, con otras de zonas colindantes, de las que la más significativa es la que hoy denominamos "Vía de la Plata".
Consta que pasaba por Itálica y se dirigía a Mérida, según un trazado que atestiguan dos miliarios de época de Adriano y el gran puente romano coevo que existió sobre la ribera de Buerba 109; quienes partiesen de Itálica irían por esta calzada adrianea hasta alcanzar el sitio de la actual población de Las Pajanosas 110, donde nacía el desvío que enlazaba con el tramo del Anónimo de Rávena que estoy analizando, pues sostengo que marchaba allí hacia poniente en busca de El Garrobo, pasando por el lugar llamado "Parada de las Carretas", donde a comienzos del siglo XX aún lo hacían las diligencias, salvando el Guadiamar en las cercanías de Arroyo de la Plata 111, topónimo de especial relevancia en cuestiones de caminería romana; desde allí se dirigiría hacia El Castillo de las Guardas, fortificación medieval cristiana, acreditada desde el siglo XV, cuya estratégica ubicación le permitía ser el último obstáculo significativo para quienes pretendiesen llegar a Sevilla desde la Sierra onubense o desde la comarca minera, donde este camino entroncaría con la vía Urion-Aruci.
Una prueba indirecta del uso de esta conexión durante el siglo XVIII, y desde Almonaster al menos, la proporciona su respuesta al Catastro de Ensenada 112 que menciona en orden topográfico tres lugares ubicados en la zona suroriental del término: "Patrás, Dehesa del Serenísimo Infante Cardenal, camino de Sevilla"; el primero es una población actual, tres kilómetros al sur de Santa Eulalia, el segundo corresponde, como propiedad episcopal, a la dehesa que en el siglo XVI se denominaba "de la Aliseda" 113, y cuyos límites aún se pue-den seguir mediante la toponimia de la zona 114, de tal manera que el paraje que se denominaba "camino de Sevilla" era la zona por la que discurre el que hemos reconocido como vía de comunicación entre la comarca minera de Urion y el valle del Chanza donde se ubica Arucci.
De estos datos deduzco que este camino era el trayecto que relacionaba todos los núcleos romanos atestiguados en la Sierra con la capital de su convento jurídico, y que continuó funcionando durante la Edad Media, pues partía de la puerta de Sevilla de Aroche, continuaba como "Camino de Sevilla" en los alrededores de Santa Eulalia de Almonaster y enlazaba con los que desde la antigua zona minera se encaminaban a la capital hispalense, ruta que aún en el siglo XVIII tenía alguna vigencia.
Como resumen de estas páginas creo que el texto del Anónimo de Rávena no describe un camino del que hoy es sucedáneo la carretera N-443, sino un trayecto más directo, breve, fácil y justificado, que en mi dibujo corresponde al conjunto más meridional de tramos de los que unen Urion-La Dehesa con Arucci-Aroche; comienza, como todas las propuestas, en La Dehesa, pero inmediatamente va por donde dijo Sillières, es decir, la aldea de Ventas de Abajo, el vado de la Llana, el mausoleo de Santa Eulalia, el cortijo de Los Carrascos, la cantera de La Borona, las aldeas de La Corte de Santa Ana y Calabazares, Almonaster la Real, desde donde mi propuesta es ajena a todas las anteriores, pues sostengo que iba por la aldea de Las Veredas y el lugar de Cabezo Lillo, en vez de subir hasta Cortegana.
Era, por lo tanto, un camino que recorría el valle que antecede a la solana de la Sierra y que sólo en el sector de Almonaster la Real la tocaba, pues en esta localidad encontramos el único lugar ubicado en la "sierra de los castaños" con importantes restos antiguos y documentos medievales significativos.
El trazado que propongo se relaciona directamente con la inmensa mayoría de los testimonios epigráficos, arquitectónicos y arqueológicos de la Sierra y su contacto con la Cuenca Minera, el Andévalo y el valle del Chanza y supongo que no será muy difícil explicar su trazado, además, en función del costoso avance de las legiones romanas desde el corazón de la Baetica hacia la periferia de lo que andando el tiempo sería el límite sur de la Lusitania, progresión que a lo largo del siglo II antes de Cristo sufrió tantos altibajos como demuestran los conflictos de aquellos años 115.
En Urion el camino entroncaba con otro que procedía de la zona de Italica e Hispalis, de tal manera que, en realidad, el tramo que acabo de estudiar era más bien la prolongación natural de éste que la continuación del que venía de Onoba, cuya explicación debe buscarse en las circunstancias de la explotación minera de la comarca.
En Aruci la vía enlazaba con la que procedía del estuario de los ríos Tinto y Odiel, aunque no veo claro cómo se producía el contacto, ya que los caminos tradicionales, apoyados por la cartografía más vieja, hacen pensar que la última vía citada no iba directamente a Aroche, sino al punto donde aún vemos las ruinas de la ermita de San Mamés116, a 22 km de aquella en línea recta.
Estos caminos, que podemos describir como la parte incluida en la provincia de Huelva de una hipotética vía que enlazase en época romana el valle del Guadalquivir con el actual Alentejo y sus dos conexiones con las zonas mineras onubenses y el estuario de los ríos Tinto y Odiel, han tenido una desigual fortuna en épocas pos-teriores.
Creo que el primer ramal que decayó debió ser el que enlaza Onuba con Urion, pues el interés de este punto era esencialmente minero, siendo la tardía repoblación de la zona central de la provincia de Huelva, su reparto en diversos señoríos y la aletargada minería obstáculos para su resurrección hasta bien entrada la Edad Moderna.
Por el camino que va de la costa a Aroche se ha transitado de manera constante, pues sus extremos corresponden a poblaciones que siempre han sido importantes.
El tramo que he estudiado funcionó hasta el siglo XVIII, pero su recuerdo aún pervivía en la toponimia del XIX; creo que su abandono ha tenido mucho que ver con el crecimiento de Aracena y en menor medida con el de Cortegana, además de la entrada de Almonaster en el señorío episcopal, que aconsejaría conectar la parte realenga de la Sierra con Sevilla a través de tierras propias, sin interferencias de otro señor, aunque fuera eclesiástico. |
El artículo describe y realiza un primer estudio de las estructuras y los materiales de una villa romana recientemente excavada en Antequera.
Entre ellos destacan el repertorio musivo y escultórico, de los que emerge la importancia del yacimiento.
Las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo recientemente en la Villa romana de la Estación (Antequera, Málaga) están contribuyendo de forma decisiva a la exhumación de parte de un excepcional conjunto de la provincia Bética.
Los hallazgos han sido tan importantes que, aunque los trabajos arqueológicos no han finalizado, hemos estimado conveniente realizar un estudio preliminar de los mismos, conscientes de que constituyen sólo una parte de este gran yacimiento, cuyo estudio pormenorizado daremos a conocer cuando se concluyan definitivamente las excavaciones.
El yacimiento ocupa la ladera media y baja del cerro llamado "del Parador", límite norte del actual casco ubano de Antequera, junto a la N-331, con cota media de 472 m sobre el nivel del mar.
En su entorno inmediato destacan dos caminos históricos: por el este, el camino de Quintana y por el oeste, el denominado camino de los Sillares 1.
Las características topográficas confieren al yacimiento una localización inmejorable, dominando la vega antequerana y controlando las principales rutas de comunicación que existían en la Antigüedad desde el interior hacia la costa malagueña 2.
El establecimiento también cumple a la perfección con los requisitos indispensables de la habitabilidad -amoenitas-que los agrónomos latinos consideraban necesarios en la ubicación de una villa: salubridad y amabilidad del paraje, amplio dominio visual y belleza del paisaje, orientación adecuada y abundancia de agua (Catón, De agricult.
De esta manera, resulta fácil comprender la elección de este enclave para la construcción de una villa de carácter semiurbano o de una mansio, conjugando el hecho de ser un centro residencial y un núcleo de explotación agrícola en un gran fundus en la vega antequerana.
La existencia del yacimiento es conocida desde principios del siglo pasado 3 Arqveología, Vol.
Más reciente la publicación de Gozalbes Cravioto 1984.
3 R. Amador de los Ríos nos proporciona una noticia sobre restos de mosaicos hallados en el lugar (de los Ríos 1908: 164).
Pero será en 1948, con motivo de los movimientos de tierra realizados durante las obras de ampliación en la carretera Antequera-Córdoba que seccionaron en dos mitades el yacimiento, cuando Simeón Giménez Reyna y Antonio García y Bellido realicen un primer acercamiento arqueológico a los restos a raíz de la aparición de un busto -tradicionalmente atribuído a Drusus Maior y recientemente identificado como Nero Germánico (León Alonso 2001: 280-285), un bronce de Cástulo y un mosaico (Giménez Reyna y García y Bellido 1948: 55).
Posteriormente, Rafael Atencia Páez realizará un estudio de los restos que quedaron visibles en el arcén oeste de la mencionada carretera (Atencia Páez 1979: 247-261). lógica de urgencia en el yacimiento fue planteada en 1998, en origen, a causa de las obras de construcción de la carretera de circunvalación norte de Antequera, cuyo trazado propuesto afectaba al bien en su totalidad y en cumplimiento de las cautelas arqueológicas contempladas en el PGOU vigente de Antequera.
A la luz de los primeros resultados arqueológicos, la administración autónoma en coordinación con la municipal optó por desviar provisionalmente el trazado propuesto de la infraestructura a su paso por el yacimiento, incluso por no concluir la obra viaria en este punto.
La segunda intervención en el yacimiento (2005-2006), de carácter preventivo, ha tenido como objetivo prioritario la documentación exhaustiva de los restos arqueológicos, ya sean estructurales o depósitos, para poder dictaminar su grado de conservación y las posibilidades de compatibilidad de la obra pública con los restos arqueológicos.
También se ha llevado a cabo la delimitación completa del yacimiento arqueológico para descartar o en su caso respaldar posibles alternativas que pudieran surgir como propuestas para finalizar la obra viaria inconclusa desde 1998.
Los resultados de estas intervenciones permiten reconocer la importancia del conjunto arquitectónico, aunque hasta ahora sólo conozcamos de manera parcial su desarrollo urbanístico y su integración económica con el paisaje.
Hasta el momento, la parte conocida de la villa corresponde sólo a zonas residenciales (pars urbana) bien identificadas mediante indicadores como pavimentos musivos4, un ninfeo exento y un área termal, situadas ambas al NW del edificio principal (fig. 1).
Todas las estructuras se orientan siguiendo un eje perfecto en sentido NW-SE.
Las áreas de trabajo (pars rustica o frumentaria), consustanciales a la propia naturaleza de la villa, pudieron ubicarse al oeste del conjunto excavado, según parecen indicar los resultados de las prospecciones llevadas a cabo al otro lado de la carretera N-331.
Los restos arqueológicos emergentes hasta este momento permiten intuir que el conjunto se acoge bien al tipo de villa romana de peristilo 5.
Es el gran espacio central el que ejerce de centro vertebrador de la planificación arquitectónica del edificio principal, dando acce-Figura 1.
Planta general de la villa después de la intervención de 2005. so desde ambas galerías a varios espacios destinados probablemente a albergar en su mayor parte salas de representación y recepción6.
Responde a una tipología abundantemente documentada en villas hispanorromanas y con un importante predominio en la Bética7, por lo que se nos antoja interesante comenzar la descripción de las diferentes estructuras a partir de este elemento.
Las excavaciones han puesto al descubierto las galerías norte y oeste de un peristilo porticado (A), cerrado por un muro continuo sobre el que apoyaban seis columnas de orden corintio en cada lado (fig. 2).
Sobre el muro oeste se conserva una basa in situ, mostrando el sistema de apoyo de las columnas, que se sitúan sobre plataformas de ladrillo colocadas en un rebaje del muro.
El interior del muro presentaba, en el breve tramo descubierto en su cara sur, restos de revestimiento pictórico que están siendo estudiados actualmente por el equipo de restauración.
El corredor tiene unas medidas de 3,2 m de ancho x 12 m de longitud en el lateral norte y 13 m en el lateral oeste.
La totalidad de lo excavado presenta una pavimentación en mosaico aparentemente continua.
La banda de enlace está decorada mediante una hilera de rombos decorados dispuestos entre peltas afrontadas8.
En el interior de estos rombos se alternan diferentes motivos decorativos: nudos de Salomón, guiloches, peltas afrontadas dentro de un círculo, rombos concéntricos o cruces.
En el lateral oeste se despliega una composi- ción de dos cuadrados entre pares de peltas afrontadas9.
Estos cuadrados quedan unidos entre sí por cuadripétalos lanceolados que a su vez encuadran cruces de Malta.
El corredor norte del peristilum exhibe idéntico desarrollo hasta los 5 m de longitud donde, sin razón aparente, sustituye los dos cuadrados por tres y modifica la decoración en nudo de Salomón por el ajedrezado polícromo.
Los brazos del corredor envuelven una estructura parcialmente excavada, de planta cuadrada, cubierta enteramente por opus signinum y sellada en todos sus ángulos y bordes a través de un matacán de sección circular.
Según los distintos indicios, podría responder a los restos de un gran estanque.
En su interior albergaría cuatro grandes tazas (1,20 m de altura media x 3,5 m de diámetro) de las cuales, por el momento, sólo pueden apreciarse enteramente dos.
Probablemente fueron utilizadas como jardineras, alcorques, o para contener algu-MANUEL ROMERO, IRENE MAÑAS Y SEBASTIÁN VARGAS Figura 3.
Espacios B1 (distribuidor), B2 y B3. na escultura, puesto que carecen de revestimiento hidráulico en su interior10.
B. Espacios en el ala norte del peristilo
En la campaña de 2005-2006 salieron a la luz varios espacios dotados de cierta unidad arquitectónica y deco-rativa (fig. 3).
Este núcleo se compone de un espacio descubierto (B1) que tiene acceso desde el peristilo y al menos de dos habitaciones (B2 y B3).
Todos los ambientes fueron construidos con muros de opus incertum de piedra caliza, unida con mortero de cal y arena.
En ellos se repiten tipos pavimentales, motivos ornamentales y colores (negro, blanco, rojo y ocre).
Esto se traduce, a nuestro entender, en una evidente unidad funcional.
Probablemente se encontraba sólo parcialmente cubierto.
Este espacio comunicaba el peristilo (situado al sur) con al menos otras dos habitaciones situadas al norte y al este11, a través de vanos marcados mediante sillares de arenisca.
Los muros interiores de la estancia estaban revestidos con pintura mural, hoy muy deteriorada.
La habitación está pavimentada con un mosaico polícromo, que presenta en toda su extensión algunas lagunas aisladas.
El centro se encuentra perdido a causa de la posterior construcción de una posible fuente que se erige rompiendo el pavimento y aprovechando el canal de desagüe previamente existente bajo el suelo.
Una banda de enlace blanca con decoración de retícula de cuadros negros enmarca un tapiz en el que se inscriben, sucesivamente, tres cuadrados por la punta.
En los espacios angulares figuran cráteras, decoradas con esvásticas o semicírculos, de las que brotan tallos formando roleos con hojas de hiedra, motivo también ampliamente documentado en la musivaria romana desde el s.II d.C12.
Esta realización en forma de estrella de cuadros inscritos, con símbolos tradicionalmente benéfico, como cráteras con cruces gamadas en los ángulos, gozó de una gran aceptación durante la Antigüedad tardía 13.
El mosaico debe fecharse por paralelos durante la primera mitad del s. IV.
Con posterioridad a la realización de la alfombra musiva, se encaja una pequeña fuente de planta cuadrada, que rompe el pavimento en el centro de la habitación.
La nueva fuente tiene un canal de desagüe subterráneo de sección cuadrada de 0,40 m de ancho.
En el centro de la misma se localizaría un surtidor, posiblemente una escultura de pequeño tamaño14.
En el nivel de derrumbe de la habitación y en el interior de la canalización se ha exhumado un número importante de plaquitas correspondientes a un opus sectile, similares a las que forman parte de la placa de sectile parietal con tema vegetal y de ave descubierta en la primera campaña (1998) 15.
Por tanto no descartamos, en principio, que la habitación presentara este tipo de decoración.
Todo parece indicar que nos encontramos ante un pequeño atriolo abierto por el sur al gran peristilo de la villa.
Su función sería, por tanto, la de ventilar e iluminar las habitaciones circundantes.
Aunque siempre resulta arriesgado atribuir funciones a los espacios, es probable que nos hallemos ante varios cubicula 16.
Su orientación nos indica que son estancias de verano, pues el único sol que incide directamente en esta época del año es el del atardecer.
Los vanos abiertos a las habitaciones que rodean esta estancia también refuerzan esta hipótesis de patio distribuidor 17.
Espacio B2: Las dimensiones de esta estancia son sólo conocidas con certeza en su lado sur (2,55 m) cerrado al peristilo.
El pavimento es un mosaico en oposición de colores blanco y negro.
Presenta una gran laguna que afecta a casi un tercio de la superficie del mosaico.
La alfombra central, rectangular, está decorada con una composición ortogonal de pares de peltas tangentes adosadas, alternativamente horizontales y verticales, rematadas en cruces.
El motivo de peltas enfrentadas es muy común en todo el Mediterráneo a partir del s. I d.C. y hasta el IV como decoración de superficies extensas y de orlas18.
Completan el mosaico una cenefa blanca con roleos filiformes negros sin remate de hojas y una banda de enlace sin decoración.
En el mosaico se aprecian varias restauraciones, realizadas en materiales diversos.
Espacio B3: Excavado parcialmente, por lo que los datos que traemos a colación tienen un carácter provisional.
La habitación está ubicada al norte del atriolo, o espacio B1 y su límite septentrional lo constituye la gran galería o habitación B5.
Las dimensiones que conocemos hasta el momento son de 5,20 m x 4,1 m.
El tránsito hacia la estancia este, aún no excavada, se realizaba a través de un vano marcado por una moldura de mármol rosáceo.
Las paredes de la estancia estarían decoradas con placas marmóreas que han aparecido en los niveles de derrumbe.
La estancia aparece, al igual que las anteriores, pavimentada con un mosaico del que por el momento sólo pueden apreciarse las cenefas exteriores, presentando similitudes compositivas y técnicas con los vistos anteriormente.
Por el oeste, la habitación se cierra con un muro del que tan sólo nos han llegado las trazas de cimentación por debajo de la cota del mosaico.
Desconocemos por completo cómo se ha originado una patología tan curiosa, que ha provocado el fuerte buzamiento del mosaico hacia este lateral.
Lo que sí podemos afirmar, en el estado actual de la investigación, es que el muro oeste de la estancia desaparece hasta la segunda hilada de cimentación, apareciendo una zanja donde el mosaico se desborda, literalmente, adquiriendo un perfil en forma de "U".
Los materiales de la unidad estratigráfica que aparecen sobre esta patología nos induce a datarla en el momento de abandono de la villa, en torno a la primera mitad del siglo VI d.C. Las siguientes estancias del ala norte del peristilo aparecieron en la campaña 1997-1998 y pueden ponerse en relación con el conjunto galería-ninfeo del extremo norte de la casa.
Espacio B4: En el lateral norte del peristilo se abre un acceso con el borne metálico in situ, que da entrada a una nueva estancia de la que se ha excavado un espacio que funciona como corredor, de unos 9 m de longitud x 3,5 m de ancho.
La particularidad de este espacio consiste en su construcción en rampa, evitando así el escalonamiento.
Los trabajos de conservación del ninfeo (B6), desarrollados durante 2002, demuestran que bajo el nivel de la cama del mosaico existe una canalización que recoge el agua de la fontana del peristilo y la conduce hasta el ninfeo o estanque biabsidado.
Esta habitación se pavimenta también mediante un mosaico, actualmente roto en parte de su superficie.
Por los restos puede deducirse que el mosaico pertenece a la categoría de los llamados "en T", cuyos lados menores, a la manera de pasillos secundarios, forman un reticulado igual al de B1.
La banda exterior consiste en una orla ancha en la que se desarrolla una línea de peltas contrapuestas y que cuenta con numerosos paralelos en la Hispania meridional 19.
El panel central esta formado a partir de dos grandes octógonos muy irregulares, separados por un meandro de esvásticas en trenza de dos cabos que albergan motivos decorativos como nudos de Salomón o flores de loto.
Dicho meandro genera, además, unas superficies trapezoidales decoradas a partir de unos trapecios ornados en su interior por peltas con volutas.
En el centro de su extremo norte, el mosaico en rampa presenta las huellas de un encaje rectangular y revestido de opus signinum con unas dimensiones de 0,35 m x 0,23 m, que fue realizado después de la construcción del mosaico.
Probablemente fuera utilizado para situar un herma.
Galería porticada: Se trata de un gran espacio, sólo parcialmente excavado, en forma de galería porti-tándose como ninfeo, una vez descartada la posibilidad de que se usara como cisterna, ya que no presenta restos de cubierta y que la profundidad es escasa para este uso.
El ninfeo se hallaba unido a la fontana del peristilo a través de conducciones hidráulicas internas que posibilitaban el aprovechamiento del líquido de un estanque a otro.
La ubicación del ninfeo, en un plano topográficamente más bajo, facilitaba la pendiente y por tanto el abastecimiento procedente de la fontana a través del mosaico en rampa.
En el punto central del muro medianero de la galería y el lateral sur del ninfeo se halla un surtidor flanqueado por dos pequeñas hornacinas, ubicadas de forma simétrica en el lado sur, que pueden ser interpretadas como nichos escultóricos.
El desagüe del estanque se sitúa en el lateral este, motivo por el que la pendiente del área del pavimento se inclina ligeramente unos centímetros hacia este lado.
Además presenta dos esclusas para el drenaje rápido del agua, abiertas en su muro norte, aunque probablemente estas aperturas se realizan en un momento posterior, quizá en la fase de reaprovechamiento de la estructura para el regadío de los cultivos del entorno.
Espacio B7: Se trata del espacio más septentrional de la villa y constituye probablemente su límite en la fachada norte.
Lo conocemos sólo parcialmente.
En este caso, los pavimentos se encuentran muy deteriorados, apreciándose restos de decoración geométrica con trenzado polícromo de dos cabos que traza octógonos decorados en su interior con motivos figurados.
El único de los octógonos conservados porta en su interior una figura convencional de dos erotes alados en pie que portan guirnaldas, ofreciendo uno de ellos una cesta a su compañero.
Estas escenas de erotes estantes enfrentados tienen su origen en el arte helenístico y son muy comunes en el repertorio musivo, presentando infinitas variantes 24.
Es sobre todo muy frecuente su representación acompañando a imágenes de contenido estacional, aludiendo normalmente a la primavera, con flores y guirnaldas 25.
Con respecto a los indicadores cronológicos, parece que nos encontramos con un espacio que ha tenido dos funciones completamente distintas e incompatibles.
En una primera fase, probablemente formaría parte de las estancias residenciales de la casa, exhibiendo una decoración musiva de rico repertorio iconográfico, junto al estanque biabsidal con sus juegos de agua y sus esculturas.
En una segunda etapa, relacionado probablemente con la apertura de las esclusas al estan-que para permitir su desagüe inmediato, este espacio habría perdido su función original.
A partir de entonces entra en un proceso de deterioro, acelerado por la nueva escorrentía que produce la esclusa y la falta de mantenimiento del pavimento.
A este hecho hay que sumar la fragilidad de la cama que lo sustentaba, que poco tiene que ver con el grosor y la calidad del resto de los mosaicos 26.
C. Habitaciones y espacios del "ala oeste del peristilo"
En este sector de la villa nos encontramos con una serie de estancias que, según los esquemas conocidos de implantación arquitectónica de domus y villae romanas suelen atribuirse a espacios relacionados con la recepción y al desenvolvimiento de las tareas públicas del dominus de la casa.
La prestancia arquitectónica de estas salas parece reforzarse mediante el tipo de construcción, que añade a los habituales muros de opus incertum grandes sillares de arenisca en los ángulos y extremos de las estancias.
Espacio C1: Estancia abierta al peristilo.
Presenta unas dimensiones de 7,4 m x 5,5 m y está pavimentada por completo con un mosaico polícromo (fig. 4).
Su acceso se encontraba enmarcado por dos columnas, cuyas basas de caliza marmórea "blanco Andalucía" se han conservado in situ.
Su posición central en el peristilo, la entrada columnada a modo de oecus y el pavimento musivo, indican su carácter de sala de representación.
El mosaico presenta una decoración de estrellas de ocho losanges formando cuadros rectos y otros sobre la punta, proporcionando un ejemplo más de esta extendidísima composición, que aparece desde el s.I a.C. en ejemplos muy lineales en blanco y negro y se enriquece progresivamente hasta aparecer en suelos como el antequerano, polícromos y profusamente decorados27, en este caso mediante cabos entretejidos y nudos de salomón.
La orla está decorada mediante un abigarrado meandro de esvásticas con vuelta simple.
En el centro de la sala aparece sobre el mosaico una superficie de ladrillos de 1 m x 1,5 m que parece corresponder a un reaprovechamiento de la estancia, posiblemente con el objeto de situar un pilar que sirviera para la sujeción de la techumbre en un momento de amortización de la villa en el que la pesada cubierta amenazara con su derrumbe.
Espacio C2: La habitación, destruída parcialmente por la construcción de una zanja 28, presenta planta alargada en forma de corredor con unas dimensiones de 26 m x 4,35 m y está rematada en exedra a modo de cabecera.
Este tipo de estancias cuenta con numerosos paralelos en las grandes villas tardoimperiales 29.
El suelo aparece aterrazado en tres niveles y probablemente se encontrara pavimentado con mosaico en todo su desarrollo.
El primero de ellos (exedra) apenas ha conservado restos de pavimentación, debido a la zanja mencionada.
El segundo (central), aparece a una cota 0,55 m superior.
Se trata de un espacio pavimentado con mosaico.
La banda exterior, que delimita la alfombra, está decorada mediante un meandro de doble línea de esvásticas entrelazadas formando un meandro de "T" contrapuestas.
En el interior alberga una composición de cuadros diagonales a los lados de la estancia, separados mediante un trenzado polícromo de dos cabos.
Esta composición de cuadros, ortogonales u oblicuos, conocida de antiguo, experimenta una gran difusión durante el s.IV. Los 29 paneles albergan distintos motivos geométricos y vegetales, como ruedas de peltas, nudos de Salomón o círculos entretejidos.
El repertorio decorativo coincide prácticamente con el de la estancia B5, pudiéndosele aplicar las mismas consideraciones cronológicas y de estilo.
Entre ambas terrazas se han localizado los restos de una pequeña fuente de planta semicircular, empotrada en el muro oeste de la habitación.
Esta estancia continúa hacia el sur a través de dos escalones recubiertos de mármol que dan acceso a otro tramo en el que se puede apreciar restos de pavimenta- Figura 5.
Planta general de las termas después de la intervención de 2005.
28 Como incidencia más importante señalaremos la existencia de una zanja de unos 1,6 ms de ancho que recorre toda la habitación en sentido sur-norte, realizada en 1997 para la instalación del tubo colector de drenaje de la carretera de circunvalación.
Fue realizada sin control arqueológico y desatendiendo las instrucciones dadas a la empresa constructora por parte de la Junta de Andalucía (Informe de las medidas correctoras de tipo arqueológico para la obra "Circunvalación Norte de Antequera.
Delegación Provincial de Cultura).
Varias de estas estancias aparecen en las grandes villas de la meseta, como la de Cuevas de Soria (CME VI, n.
68, fig. 17). ción musiva, con un motivo decorativo de esvásticas entrelazadas, pero que permanece oculta bajo el arcén de la actual N-331.
Espacio C3: Espacio existente entre el muro oeste de cierre de la villa y la estancia anterior, marginal respecto de otras salas y sin trazas de pavimentación, por lo que cabe la posibilidad de que se trate de un espacio destinado al tránsito del personal doméstico o a estancias relacionadas con el servicio o la ventilación, sin que podamos ofrecer más datos hasta que no se complete su excavación.
Cerrando la villa por su lado oeste, se ha localizado un acceso monumental enmarcado por columnas que cierra el recinto y a la vez comunica este espacio residencial con sus termas, situadas en el sector noroeste.
Esta gran puerta, que marca la transición entre ambos espacios, presenta planta absidada y se encuentra pavimentada con ladrillos.
Las huellas donde se ubicaban los bornes de las hojas de la puerta permanecen in situ sobre un peldaño, realizado con varios sillares de arenisca que nos indican la apertura de ésta hacia el interior.
En su cara sur quedan los restos de una torre cuadrada de 2,2 m de lado, unida a un muro de cierre que se conserva en una longitud de 21 m. en una ubicación recurrente (sector noroccidental) en gran parte de los balneae localizados en villas 31.
El espacio termal, donde prima la construccion latericia, constituye un complejo arquitectónico independiente dentro del conjunto de la villa (fig. 5), pero probablemente planificado de manera unitaria con el área residencial.
Hasta el momento se han localizado tres piscinas de planta redonda y dos salas calefactadas de forma directa mediante sistema de hypocausta, un caldarium y un laconicum probablemente, trilobulado y de planta hexagonal respectivamente, además de una gran fuente en exedra.
A pesar de que la excavación del área ha sido sólo parcial, sin que sea todavía posible restituir el esquema de circulación de las termas, parece deducirse que las salas cálidas y frías se hallaban separadas, orientándose al poniente las cálidas, con el objetivo de preservar el calor hasta las últimas horas de la tarde, como recomienda Vitrubio (De Arch.
A continuación describimos someramente las estructuras conservadas.
Fuente en exedra: En eje con el acceso al complejo residencial más cercano a las termas y enfrentada a él, se hallan los restos de una fuente en exedra (fig. 6).
De planta semicircular, cuenta con un diámetro máximo de 6,4 m de lado.
Aparece contrafortada en sus extremos y en el centro.
Presenta un suelo de opus signinum con restos de incrustaciones de teselas de pasta vítrea, frecuentes en este tipo de construcciones relacionadas con usos acuáticos.
En su eje central aparece un canal de desagüe cerrado, de ladrillo y mampuestos, que facilita el drenaje en dirección noreste, siguiendo la pendiente natural del terreno.
Se trata de una fuente monumental exenta que se encuentra ubicada entre las termas y el espacio residencial.
Piscinae: Se han localizado los restos de tres estructuras circulares no calefactadas y alineadas, de 3,2 m de diámetro cada una, con revestimiento impermeabilizante de opus signinum y matacán de media caña en la unión de las paredes con el pavimento.
Parecen responder a la tipología de piscinae y pueden por tanto ser interpretadas como las piscinae del frigidarium, que se encuentra probablemente adosado o muy próximo a estas estructuras.
Pueden citarse distintos paralelos de este tipo de estructuras, con tamaños muy variables 32.
Antefija con actor y máscara trágica.
Se trata de una gran sala desarrollada según el esquema trilobular frecuente en la Antigüedad tardía (fig. 7).
La habitación oblonga se prolonga en una piscina de agua caliente, alveus, muy semejante a la de la Villa de la Olmeda 33.
Salas trilobuladas se encuentran en Mérida, en el Balneum de la casa de los Mármoles en el área arqueológica de Morería, que se ha interpretado como una bañera de agua fría (s. IV) 34, o en la Villa romana del Camino Viejo de las Sepulturas (Balazote, Albacete) interpretado como caldarium o laconicum 35.
El sistema de calefacción de esta sala se alimentaba a traves de dos praefurnia, uno principal en eje con el alveus central y otro, secundario y más pequeño, en el lado occidental, ambos de planta rectangular, con bóveda de acceso y sistemas de suspensurae de doble arco.
Caldarium/laconicum de planta hexagonal.
Esta estancia calefactada se encuentra situada al noreste de la anterior.
Se ha conservado aproximadamente un 50% del total de la estructura de ladrillos.
Tiene planta hexagonal, presentando cada uno de sus lados unas dimensiones de 1,9 m.
La entrada del hypocaustum se situa en el lado oeste y se realiza mediante un arco de medio punto construido igualmente con ladrillos.
En su interior se han conservado sólo tres de los pilares que sustentaban los arcos de las suspensurae.
Este tipo de sala hexagonal la encontramos en la casa de Cantaber en Condeixa-a-Velha, Condeixa-a-Nova, (Coimbra, Portugal) 36, donde aparecen dos salas de estas características que se han interpretado como tepidarium y como sudatorium y que forman parte de una importante remodelación que sufriría el conjunto termal a finales del siglo III d.
C-principios del IV d.
C. Planta hexagonal presenta también el espacio que se ha interpretado como un posible depósito en las termas de la villa de Torre da Cardería, Quintos (Beja, Portugal) fechadas, posiblemente, a mediados del siglo IV d.C 37.
A pesar de la riqueza de la decoración musiva y escultórica de la villa, en el balneum no se han hallado restos ornamentales, a excepción de los restos de teselas de pasta vítrea halladas en la fuente en exedra.
En las excavaciones se ha localizado un nutrido grupo de esculturas que por su gran interés avanzamos aquí aunque de manera sucinta, por encontrarse aún en fase de estudio 38.
Se trata de varias esculturas de pequeño y mediano formato, datadas entre los siglos I y III, realizadas sobre distintos mármoles locales y de importación.
El repertorio decorativo está constituido por representaciones con algunos temas característicos que forman las colecciones de la escultura doméstica romana 39, e incluye piezas con diferentes funciones.
Fueron localizadas principalmente en el interior del estanque del peristilo, como si hubieran sido arrojadas a él, según una práctica que resulta frecuente en la Antigüedad tardía 40.
Entre ellas se cuentan dos antefijas con moldura trasera que comparten motivos teatrales, por lo que podemos suponer la existencia de un programa iconográfico referente al teatro que ornara el entablamento del peristilo.
La primera de ellas es una máscara teatral 41, atributo de la musa de la tragedia griega Melpómene 42.
Ofrece una cara estilizada de patética expresión, mentón pronunciado y boca exageradamente abierta, en doloroso gesto.
Los ojos almendrados recuerdan sorprendentemente los tipos arcaicos helenísticos, pero con la pupila, el iris y los párpados perfectamente marcados.
Lleva un peinado elevado (onkos) que cae como bloque de tirabuzones carentes de movimiento simétricamente a ambos lados de la cara 43.
La otra antefija (fig. 8) representa un actor con máscara trágica tocada con onkos 44.
Esta expresiva máscara difiere profundamente de la rigidez arcaizante de la anterior.
La peluca es alta, compuesta por una serie de tirabuzones que caen en cascada sobre la frente y a ambos lados del rostro, hasta el mentón.
El tipo de peinado responde a la moda de las máscaras utilizadas en las tragedias de la época imperial.
La expresión de terror se consigue a través de la mirada y del ceño fruncido.
La boca, grande y abierta, deja asomar desde su interior el rostro del actor (nariz, pómulos y labios) que tras ella se esconde 45.
MANUEL ROMERO, IRENE MAÑAS Y SEBASTIÁN VARGAS Figura 9.
Otra de las destacadas esculturas representa un Eros-Hypnos infantil 46.
Se conserva parte de la peana y el cuerpo del erote durmiente, desde la cabeza hasta la cintura, con una longitud de apenas 30 cm. La figura, recostada, tiene sus alas plegadas y la cabeza que reposa blandamente sobre su hombro izquierdo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
Con laxitud tiene en su mano izquierda un manojo de adormideras, mientras que con la mano derecha parece sujetar parte de un arco, lo que lo ubicaría dentro de la serie bien conocida de representaciones escultóricas en las que Eros-Hypnos adopta algunos atributos de Hércules 47.
El uso de este motivo como ornamento de ámbitos con presencia de agua, como termas, peristilos y jardines de las villas, está bien documentado en Hispania y en concre-to en la Bética (Cabra) 48, donde la misma figura es un surtidor.
También se ha recuperado una cabeza ideal femenina 49 que probablemente perteneciera a una escultura de cuerpo entero (fig. 9).
Ya en otras sedes se ha propuesto una posible identificación con Venus 50, aunque no podríamos tampoco descartar que se tratase de otra divinidad, una Musa o una Ninfa.
La posición es frontal, aunque el rostro, de facciones llenas, juveniles y sumamente idealizadas, se vuelve levemente hacia el lado izquierdo.
Los ojos son de corte almendrado-redondeado, el iris y la pupila aparecen definidos mediante rehundimiento.
La carnosa boca, de labios pequeños, está entreabierta.
Los cabellos se ordenan mediante raya central.
La melena se articula en dos voluminosos aladares, con mechones delineados mediante trazos ondulados que ocultan las orejas y convergen en la nuca, junto al resto del pelo, en un moño trabajado con descuido por el escultor.
Contrasta con la talla delicada de la cinta que ciñe sus cabellos, dibujando un casquete hemisférico en la caja craneal donde se vuelve a perder el detalle de los mechones.
Igualmente han sido hallados varios fragmentos escultóricos pertenecientes al mundo del thyasos dionisiaco, que gozó de un gran predicamento en la escultura de los contextos domésticos en el mundo romano 51.
El primero de ellos (fig. 10) remite a un conocido prototipo en el que un sátiro aparece sentado sobre una roca, en actitud de tocar muy probablemente un instrumento musical con la mano derecha y de sostener un ánfora con la izquierda 52.
El ejemplar es prácticamente idéntico a dos piezas procedentes de Itálica y Arcos de la Frontera 53 y todos retoman un conocido original tardohelenístico.
El uso del motivo como estatua-fuente está documentado en otros ambientes domésticos de Hispania 54.
El segundo, en estado muy fragmentario, representa el abdomen y extremidades inferiores desnudas de un sátiro de gran calidad y belleza 55.
Se conserva la parte superior de los muslos hasta la altura de la cintura.
Presenta en su frontal el falo y bien marcado el vello púbico.
En el reverso se dibujan los glúteos redondeados y un pequeño apéndice o cola que lo identifica como sátiro 56.
El último de ellos es también una pequeña cabecita de sátiro 57.
Las facciones de la cara se reproducen con esmero e identifican claramente una iconografía infantil.
Los pómulos redondeados y carnosos así lo demuestran, al tiempo que se intensifica la carga expresiva con la satírica sonrisa que permite entrever los dientes.
El tratamiento del cabello, hirsuto y dividido en tres campos, deja a la vista un característico atributo del personaje: las orejas puntiagudas caprinas 58.
En el centro de una de las cuatro tazas del estanque apareció otra escultura-fuente: se trata de una representación con una figura desnuda, posiblemente un amorcillo o erote, que cabalga sobre un animal marino 59 (un delfín con cabalgadura o un animal acuático imaginario).
La boca del animal presenta una apertura para la tubería de plomo surtidora de agua.
Se trata de un motivo bien conocido en el mundo romano, derivado de notables creaciones tardoclásicas y helenísticas y reproducido sobre todo en pequeños formatos 60.
También destinado a servir como ornamento de fuente encontramos la figurilla de un hipopótamo 61.
Éste presenta un orificio para el agua que va desde la pata delantera izquierda hasta la parte inferior del ojo izquierdo.
La factura es muy irregular, con detalles en el cuello, lomo y en la cabeza y descuidada en el resto.
Esta representación fue probablemente elegida adecuándose a la moda egiptizante romana que siempre vinculó a este exótico animal con contextos acuáticos que evocaban los paisajes nilóticos 62.
Junto a la puerta de acceso a las termas de la villa se ha hallado un relieve en forma de disco con retrato masculino 63.
Éste presenta un peinado corto, pegado al cráneo, delimitados los mechones mediante golpes de cincel, en un estilo propio de la retratística del siglo III d.C. Las entradas del cabello están bien acentuadas y dejan al descubierto una frente abundante y redondeada; asimismo lleva una barba de mediano desarrollo.
Los labios son prominentes y la nariz rectilínea.
Los ojos tienen el iris y la pupila bien marcados.
Podría tratarse de la imagen de un filósofo, aunque puede también sugerirse su identificación con un clípeo de mármol que siguiendo la tradición romana represente al propietario de la villa, como muestran algunas pinturas pompeyanas 64.
El hallazgo de la pieza en el nivel de derrumbe que amortizaba el flanco sur de la citada puerta parecería indicar que se encontraba situada siguiendo un patrón de ubicación de tradición netamente republicana, que colocaba estos retratos junto a las puertas.
Se trata, por cuanto conocemos, del primer hallazgo de una imago clipeata in situ en la península Ibérica.
LA EVIDENCIA CRONOLÓGICA 65 En lo que se refiere a la vida del conjunto en los momentos anteriores a la fase arquitectónica de la villa que hoy contemplamos, los resultados son aún extremadamente provisionales 66.
A la espera de realizar los sondeos proyectados bajo los pavimentos musivos, que indiquen más precisos hitos post quem, debemos señalar la ausencia de un contexto estratigráfico claro para los materiales anteriores al s. III d.C. 13).
56 Un paralelo de iconografía muy semejante, aunque de factura menos elegante, en fue hallada en el Valle de Abdalaxis, muy cercano a Antequera (Rodríguez de Berlanga 1903, 176: n.
Mármol blanco de grano fino y compacto.
9 x 6,5 x 5 cm. Finales del s. II d.C. 58 Guarda una gran semejanza con una obra hallada en Tarragona, probablemente también una escultura de jardín del s. II d.C. (García y Bellido 1949: n.
Mármol blanco de grano fino.
60 Un paralelo también sobre pedestal que ornaba además el centro de una fuente en las excavaciones de Pietra Papa en Roma (Jacopi 1943: 44, fig. 48).
Otros ejemplos de esta tipología en la obra de Kapossy (Kapossy 1969: 38-39 66 Nos consta la presencia de habitación en las inmediaciones del emplazamiento de la villa desde el Bronce Final.
Las cerámicas, muy rodadas, atribuíbles a este horizonte (18 fragmentos) posiblemente procedan del dominante cerro del Parador.
Estos materiales, muy abundantes, se han exhumado exclusivamente en aquellos espacios donde fue posible establecer registros estratigráficos en niveles de subsuelo: Así, en la habitación C3, que carecía de pavimentación, se llevó a cabo un sondeo que proporcionó un cuadrante de Malaca (s.I a.C), cerámicas de tradición indígena e importada (campaniense, ática) y romana.
El grueso de los materiales recuperados en estos sondeos realizados a nivel de subsuelo nos remite a época Flavia.
En ellos se han identificado 42 fragmentos correspondientes a producciones de sigillata gálica y 120 de sigillata hispánica.
Igualmente aparece gran cantidad de punzones de los talleres de Antikaria 67 y de Singilia Barba 68 (ss I-II d.C).
Un sestercio de Marco Aurelio fue encontrado igualmente en una cata realizada al exterior del denominado Espacio B4 o mosaico en rampa, con el objetivo de hallar un posible pavimento, con resultado negativo.
Sin embargo esta moneda de finales del siglo II d.
C., hallada en niveles de subsuelo, bien pudiera arrojar luz sobre una fecha ante quem de las últimas fases o remodelaciones de la villa.
Más evidente se muestra el registro arqueológico para fases más tardías (ss.
IV-VI), especialmente representadas en todo el yacimiento.
Existe un predominio de la formas de sigillata africana, en especial del tipo D, fósil guía que consideramos fiable para la datación de los niveles de uso y abandono de la villa.
De un total de 208 fragmentos de borde con información tipológica, son 187 los correspondientes a esta producción del tipo D. Más del 35 % puede adscribirse a una horquilla temporal que oscila entre los s. IV y V (Lamboglia 54 / Hayes 61 y Lamboglia 38 / Hayes 91).
El 60 % restante está formado por materiales manufacturados a lo largo de la segunda mitad del siglo V y del siglo VI, que perduran en algunos casos hasta principios del VII ( ).
También se asocian con estas producciones 3 ejemplares de lucernas africanas del tipo Atlante Forma X, tipo A2 (s.V-VI) 69.
La dispersión espacial de estos materiales, regular y abundante en la mayoría de los espacios de la villa y las termas, nos inducen a considerar el s. VI como la datación más probable para el abandono del establecimiento, aunque somos conscientes de que el proceso de desocupación de una villa de estas dimensiones y con una localización tan próxima a la ciudad fue un proceso que tuvo que dilatarse mucho en el tiempo, lo que favorecería la reutilización funcio-nal de las estancias, las reparaciones improvisadas y el expolio.
Los tipos A y C de la sigillata africana se encuentran también representados, aunque en cantidades muy inferiores 70.
Las producciones de T.S.H.T.M (Terra Sigillata Hispánica Tardía Meridional) están presentes con 16 fragmentos de borde.
Salvo un ejemplar, el resto puede encuadrarse cronológicamente en el siglo V d.C.
Con respecto al registro numismático, hay que constatar la inexistencia de moneda del siglo III d.
C., que pudiera deberse al declive de aprovisionamiento general y que cambiará en la centuria siguiente.
En el s. IV cabe destacar la distribución general de los hallazgos a lo largo de toda la centuria, así como su localización a través de toda la superficie del yacimiento.
En principio se puede resaltar una evidente sintonía con el aumento general de circulación monetaria en el imperio durante dicha centuria.
En el yacimiento hay constancia de acuñaciones de las primeras seis décadas del siglo.
C. puede ser ocasional, o efecto no tanto de la disminución de la circulación de estos tipos en el territorio, sino del aumento general del AE 2 del periodo 378 -395, que se aprecia bien en el registro de la villa.
Con respecto a los últimos momentos, la presencia de un AE 2 de Honorio, que podría haberse acuñado entre 395 y 423 d.
C., corrobora los planteamientos observados en el estudio de los materiales cerámicos respecto a las fases de ocupación tardías del edificio (siglos V y VI).
Todos los indicios apuntan que las estructuras excavadas hasta el momento se amortizaron mediante aportes sucesivos y rápidos de materiales procedentes del desmantelamiento de las estructuras, pensamos que por efecto de la ruina natural de las edificaciones tras su abandono.
Hasta finales del siglo XVIII no se constata una intencionalidad manifiesta en los procesos de colmatación de las mismas, con la construcción de una era.
Aun siendo conscientes de la parcialidad de los datos, podemos avanzar algunas conclusiones de carácter provisional.
Resulta complejo ofrecer una datación fiable para la fundación de la villa, aunque los sondeos realizados en algunos puntos bajo los niveles de habitación de los siglos III y IV d.C. proporcionan en muchos casos abundante material de la primera centuria 71.
Sin embargo de estas fases de habitación anteriores a finales del s. III o inicios del s. IV, momento en el que el análisis estilístico permite datar los mosaicos, no conocemos aún nada.
En relación con la vida posterior del conjunto, es evidente que la continuidad y dispersión del material numismático y cerámico, así como la existencia de reparaciones en los mosaicos y de modificaciones en la estructura arquitectónica son testimonio de la pervivencia del hábitat con idéntica función (residencia señorial) hasta la primera mitad del s. VI, cuando posiblemente se produce su abandono y que daría paso al posterior expolio parcial de algunos de los muros.
A través de la planimetría conservada y a pesar de no conocerse más que parcialmente, parece claro que la Villa de la Estación, en la formulación arquitectónica que conocemos, respeta el principio de axialidad clásico de la arquitectura doméstica romana.
Por otra parte, la notable conservación de la arquitectura y de la decoración permite establecer varios ambientes, diferenciándose en este sentido los espacios de carácter privado o semiprivado 72 de los espacios de recepción y representación del dominus.
En la decoración musiva se utilizan toda una serie de figuras geométricas y vegetales presentes en las producciones peninsulares anteriores, pero que por la selección y concentración de determinados motivos geométricos y su desarrollo estilístico recargado pueden fecharse principalmente a finales del s. III y en la primera mitad del s. IV, fecha que coincide con la obtenida a partir del estudio y análisis de otros materiales aparecidos en el transcurso de las excavaciones.
Los mosaicos de la Villa de la Estación comparten con otros de la misma cronología idéntico lenguaje en la sintaxis geométrica, enriquecida con motivos decorativos ya muy fosilizados de atávico carácter benefactor (nudos de salomón, cráteras, cruces gamadas, hederae).
Por otra parte, el nivel de vida elevado y las aspiraciones de sus habitantes se perciben claramente en la villa, siendo un claro ejemplo del mismo la decoración de superficies que presenta, o la valiosa colección escul-tórica encontrada en las excavaciones.
Esta colección contó con piezas de diferentes calidades y estuvo formada además por esculturas realizadas en varias épocas.
Su destino era principalmente el ornamento del peristilo y su estanque central.
La escultura recuerda por su inspiración conjuntos con modelos de cuño helenísticoromano tan importantes como los de la Villa romana da Quinta das Longas (Elvas), la de Valdetorres del Jarama (Madrid) o la del Ruedo de Almedinilla (Córdoba) 73, que dan fe del lujo y la ostentación de las que hicieron gala sus propietarios.
Incluso debe señalarse la presencia de algunos temas de carácter culto 74 bastante excepcionales en el panorama peninsular, como las antefijas con la máscara de Melpómene o con máscara y actor, o como el retrato de un filósofo, poeta-dramaturgo o propietario de la casa en forma de imago clipeata.
Finalmente, la abundante presencia de agua en la villa y su barroca imbricación en el edificio y en su ambientación, parece evocar una refinada escenografía construida para albergar un concreto concepto de otium.
De todos estos aspectos se trasluce la admiración por la cultura helenística y su potencial simbólico como modo de afirmación del carácter aristocrático de sus moradores. |
Este artículo se dedica al estudio de los entalles documentados en las excavaciones arqueológicas de la ciudad romana de Segobriga (Conventus Carthaginensis, Saelices, Cuenca).
El conjunto está formado por doce entalles, grabados en cuarzo y pasta de vidrio, que representan preferentemente imágenes de carácter religioso.
En los últimos años, las intervenciones arqueológicas en Segobriga (Conventus Carthaginensis, Saelices, Cuenca) han permitido conocer con bastante exactitud la estructura urbana de la antigua ciudad romana.
Las campañas de excavaciones del período 2000-2005 en el centro monumental de la ciudad han documentado la totalidad del foro municipal, compuesto por una plaza rodeada por pórticos, tabernae, curia, un edificio con exedra y la basílica.
Entre los hallazgos destaca el descubrimiento de la inscripción con letras de bronce del pavimento de la plaza forense y un conjunto de estatuas fechado en época julio-claudia, que formó parte de uno de los ciclos estatuarios del foro dedicados al emperador y su familia y que se halló en el interior de la basílica jurídica 1.
Entre los materiales arqueológicos recuperados en las excavaciones de Segobriga contamos con un conjunto de siete entalles y una marca de impresión de entalle documentada en una pesa de telar 2.
A este número hay que aña-dir cuatro más, de los cuales dos se encontraron en el paraje conocido como Los Enebrales, situado en una zona elevada al noreste de Segobriga, y en el que destaca el hallazgo de numerosas balas de honda realizadas en plomo.
Un tercero procede del término municipal de Saelices, sin que podamos determinar el lugar concreto donde apareció y el último se halló en el municipio de El Hito (Cuenca).
Con la excepción de dos entalles de Segobriga, que se encontraron en el nivel superficial del Foro y de las Termas Monumentales (núm. 2 y 3), los cinco restantes (núm. 1, 4, 5, 6 y 7) han aparecido dentro de un contexto arqueológico, lo que nos permite conocer su cronología ante quem.
Pasta vítrea de color azul.
Cara superior convexa y la inferior plana.
Medidas: 1,7 x 1,5 x 0,2 cm. No inventario: Puerta E./Área I/ Nivel II/Sector IV Procedencia: Anfiteatro Iconografía: Representación de dos gallos enfrentados.
El gallo que está grabado a la izquierda tiene la cabeza inclinada hacia el suelo y el otro mira hacia arriba mientras pisa con la pata derecha la cabeza del primero.
Debajo línea de base.
La imagen del gallo aparece ya en monedas de Himera (Sicilia, Italia) del siglo VI a.C., aludiendo al nacimiento del día.
Este motivo pervive con diversos simbolismos en el mundo romano, donde una pareja de gallos en actitud de lucha se utiliza para representar el carácter guerrero y sirve como alegoría de la victoria.
P. Bruneau considera que el tema de la lucha de gallos fue muy bien acogido en el mundo funerario al evocar la victoria sobre la muerte, la inmortalidad.
Además, señala que el motivo del combate de gallos se repite con frecuencia en época imperial en contextos funerarios, apareciendo esta escena en altares, sarcófagos, estelas y bajo-relieves 4.
Por otro lado, los combates de gallos tienen su origen en el mundo oriental pero continuaron en época romana, asociados a competiciones atléticas.
En ocasiones, la representación de dos gallos enfrentados aparece acompañada de una hoja de palma como símbolo del triunfo, con ejemplos en varios mosaicos de Pompeya, entre otros5.
Llama la atención la aparición del tema de este entalle en el anfiteatro de Segobriga, lugar donde pudieron llevarse a cabo estas luchas de gallos con espectadores y alejando la posibilidad de un carácter funerario de la pieza.
Viste una larga túnica y lleva el casco de visera rematado por una larga cimera radiada, característico de las representaciones de Atenea.
El brazo derecho, también extendido, se apoya en el escudo ovalado que está en el suelo.
Por detrás de el escudo, sobresalen dos puntas de lanza 15.
Se trata de la representación de Atenea-Minerva, una imagen de gran difusión en época de Augusto y que perdura en períodos posteriores.
Repite el esquema compositivo de la Atenea Parthenos de Fidias (circa 440 a.C.), una colosal estatua de oro y marfil.
En esta escultura la diosa aparece de pie, con el escudo apoyado en su lanza y con su mano dere-cha sujeta una pequeña victoria.
La figura de Minerva oferente es muy frecuente en las estatuillas de bronce de carácter votivo fechadas en época republicana16 y en la numismática del período helenístico y romano 17.
8; TSH brillante: Forma 9, forma 13 y forma 15?; Vidriada: similar a un vasito con decoración de hojas de piña (tipo Lattara 6 Gla-Ro 1a); Paredes Finas: Decoración arenata y a barbotina.
Mayet XXXVII?; Ánforas: Dressel 2-4, Beltrán IIb y ánfora rodia?; Lucernas: Deneauve VIIb (con marca, ex ofi q sem), lucernas mineras.
El arqueólogo D. Sanfeliu que realizó el inventario de los materiales aparecidos en la campaña de excavaciones arqueológicas en Segobriga durante el año 2003 considera que la cronología inicial que se baraja para este nivel corresponde a la época de Adriano, en función de la marca de officina de la lucerna (2o cuarto del siglo II d.
No obstante, es muy posible que se trate más bien de un conjunto de época antonina.
Una situación similar se repite con las marmitas inventariadas en esta unidad, que recuerdan a los caccabus africanos (Aquilué 1985, 212).
25 La UE 5758 se fecha entre el siglo IV-V d.C., y más probablemente en la segunda mitad del siglo IV.
C.) y con una cronología no tan precisa un borde de un plato de T.S. Hispánica Tardía, junto con algún ejemplo de Drag.
37 decorada de esta misma producción.
26 El empleo de la cornalina para la talla de entalles y camafeos fue muy habitual a lo largo del período imperial, aunque su uso fue mayor en el siglo II d.
Los sátiros acompañan en numerosas representaciones al dios Dionisios o aparecen con objetos relacionados con el vino: cráteras, ánforas, cántaros y situlae.
El origen de su representación en la glíptica se encuentra en la estatuaria helenística.
Iconografía: Se representa a una figura masculina desnuda, corriendo hacia la izquierda.
La pierna izquierda aparece hacia atrás y la derecha flexionada y adelantada hacia el frente.
Los brazos se representan en la misma posición.
Hemos encontrado similitudes con un entalle perteneciente a la colección del Museo Arqueológico Nacional, en el que se define al personaje representado como un atleta 30.
Datación: El entalle apareció formando parte del ajuar de un enterramiento femenino de la necrópolis tardoromana de Segobriga 31, fechado entre mediados del siglo IV y principios del siglo V d.
El contexto arqueológico en el que apareció la pieza y la tendencia al esquematismo de la imagen grabada nos lleva a proponer una cronología a partir del siglo III d.
C. Jaspe de color rojo.
Iconografía: Cabeza masculina en perfil izquierdo.
En la cabeza lleva un aderezo que le cubre la frente y las orejas, rematado por dos cuernos de cabra.
Los rasgos del rostro están muy bien definidos: nariz recta, ojo amplio y muy marcado, labios gruesos y barbilla destacada.
El perfil del rostro sigue modelos griegos.
La representación del dios griego Pan, hijo de Hermes y de la ninfa Dryops, es frecuente a partir del siglo V a.
C., cuando se introduce su culto en Atenas 33.
Generalmente se le representa con rostro barbado, lleno de arrugas, con dos cuernos de cabra que le nacen de su frente y con sus pies transformados en los de un macho cabrío.
Existe otro tipo de representación del dios en la escultura en la que aparece joven, sin barba, con pelo corto y con dos pequeños cuernos en la cabeza 34.
Esta imagen del dios se ampliará con la creación de un Pan femenino, que se documenta ya en algunas monedas de finales del siglo V a.
C. y que aparece asociado a la música y al erotismo 35 31 El ajuar de la Tumba 50 (no inventario 00/6123/1 al 8) está formado por anillo de bronce, dos alfileres de bronce, aguja de plata para el cabello, dos pendientes de plata y un nummus de Constantino acuñado en la officina 1a de Londinium, 320 d.C. (RIC VII, 168).
Entre otros objetos repartidos por la sepultura se halló este entalle (no inventario 00/6123/11).
33 El culto al dios Pan se originó en Arcadia (Peloponeso, Grecia) como divinidad protectora de los pastores y sus rebaños.
Su figura adquirirá relevancia en 490 a.
C. en el contexto de la batalla de Marathon entre Persas y atenienses.
34 Las representaciones del dios Pan en las distintas manifestaciones artísticas del mundo helenístico y romano pueden verse en Marquardt 1995.
18, 1-4, con una cronología que se sitúa entre los siglos I-II d.
También recoge algunas representaciones femeninas del dios en vol. VIII.
617-618 y considera que una de las primeras imágenes del Pan femenino se encuentra en las acuñaciones de Metaponto (Italia) en el siglo IV a.
C. Por su lado, H. Sichterman menciona la creación de una imagen femenina del dios en época romana, documentada en algunos mosaicos de Pompeya, véase Sichtermann 1963, Encicl.
Entalle en anillo de hierro.
Medidas:1 x 1 x 0,2 cm. No inventario: colección privada.
Iconografía: Personaje masculino de avanzada edad y con barba.
Se le representa sentado sobre una silla con alto respaldo en perfil izquierdo.
La espalda no apoya sobre el respaldo.
Aparece con los brazos extendidos mirando un abacus o tabla de cálculo.
La pierna izquierda flexionada en ángulo recto mientras que la derecha aparece ligeramente doblada hacia atrás.
Los ábacos tenían grabadas nueve líneas paralelas dispuestas verticalmente que representaban los lugares de valor relativo de un sistema de numeración de base diez y constituyeron el instrumento de suma y resta del mundo romano 39.
Estas tablas de contar fueron empleadas por todo tipo de comerciantes y hombres de negocios para los que su uso fue una necesidad.
En el Landesmuseum de Trier se conserva un bajo-relieve funerario de época romana en la que dos tenderos realizan cálculos con el abacus que sujetan, ante la mirada de una tercera persona que les presta su ayuda 40.
Conocemos ejemplos en la glíptica de este tipo de composición en las que el anciano personaje lleva en sus manos un libro, que se identifica con la imagen de un filósofo 41, pero la representación de un ábaco es extraña.
E. Guillaume menciona un entalle conservado en el Cabinet des Médailles de París en el que aparece un hombre sentado calculando con la ayuda de cuentas o calculi, mientras que con su mano izquierda sujeta un ábaco 42.
Datación: Para aproximarnos a la cronología de este entalle contamos con el anillo de hierro en el que se engarzó (fig. 1.9).
Este anillo, de 2 cm de diámetro exterior, tiene contorno elipsoidal, con fuerte inclinación de las paredes, que presentan una sección planoconvexa y cara superior oblonga.
La tipología del anillo tiene una cronología del siglo I d.
Por otro lado, la calidad de ejecución de esta pieza también nos permitiría situarlo cronológicamente en el siglo I d.
C., ya que el grabador ha cuidado la anatomía del personaje, el drapeado de la túnica y los detalles de la silla.
Ahora bien, el estilo del entalle enlaza con la tradición helenística de las representaciones de Sócrates, sobre todo a partir del siglo II a.
C. cuando se convierte en el símbolo de aquellos que prefieren una vida dedicada al estudio y alejada de la dureza de la vida activa.
A partir de ese momento se generaliza en la glíptica la imagen de un personaje anciano y con barba en actitud de lectura 44.
El propietario del entalle hallado en Segobriga compró un anillo en el que su grabador combinó la idea de serenidad que transmitía la imagen de un filósofo con su profesión, probablemente un comerciante de origen griego, que utilizaba el abacus en su trabajo 45.
Ello nos llevaría a proponer una cronología que se sitúa entre el siglo I a.
C., teniendo en cuenta además la forma circular y convexa de la piedra sobre la que fue tallada esta pieza, frecuente en la glíptica de época republicana 46.
Diseño realizado en una capa de color blanco, que destaca sobre fondo de color marrón melado.
Procedencia: Saelices (Cuenca) 39 Sobre el funcionamiento del ábaco en época romana y los ejemplares en bronce que se conservan en la actualidad en distintos museos, puede verse Fellmann 1983, 36-40.
41 Sobre la identificación en la glíptica de un personaje de avanzada edad y en actitud de lectura con un filósofo, véase Platz-Horster 1984, 107.
La cronología de estos entalles se sitúa entre el siglo I a.
43 En Augusta Raurica (Augst, Suiza) se halló un anillo de bronce con entalle del mismo tipo en un contexto arqueológico con monedas de Augusto, Tiberio, Domiciano y Marco Aurelio.
45 En Grecia se utilizaban otras tablas de números, destinadas a facilitar operaciones más complicadas como la multiplicación y la división en las que las líneas paralelas se disponen horizontalmente como en nuestro entalle.
El dibujo de un ábaco griego hallado en la isla de Salamis en Guillaume 1877, 2.
47 La imagen representada podría corresponder también al dios Marte.
Iconografía: El guerrero aparece desnudo y de pie.
El cuerpo de frente gira levemente hacia la derecha.
La cabeza cubierta por un casco, de perfil hacia la derecha.
Un manto le cae por la espalda hasta las rodillas.
El brazo derecho levantado y con la mano sujeta una lanza.
El brazo izquierdo aparece flexionado y sostiene en la mano un trofeo.
Junto a su pierna derecha se representa un casco de amplia cimera y escudo, que se apoya en el suelo.
Una de las variantes de esta representación en glíptica incluye a un guerrero desnudo contemplando un casco, el cual alza con una de sus manos.
Este tipo de entalles podría servir de regalo a un joven al inicio de su carrera militar, deseándole el coraje necesario para la lucha 48.
Datación: La elección del tema se aleja de los modelos estatuarios y numismáticos tan ampliamente representados en la glíptica.
H. Guiraud considera que el guerrero simbolizó mejor la idea de la guerra entre la población que la imagen de un héroe conocido 49.
P. Zazoff piensa que el motivo del guerrero despojado de todas sus armas aparece en la glíptica romana en el siglo II a.
C. y encuentra sus antecedentes en el mundo etrusco 50.
Esta pieza presenta uno de los mejores grabados de los entalles catalogados en este trabajo.
La habilidad del grabador permitió crear una imagen muy detallista, prestando especial interés en la talla del cuerpo, con los músculos muy resaltados.
Por otra parte, destaca el drapeado del manto y los detalles del casco.
La cronología del entalle, atendiendo a sus características estilísticas y a la gran calidad de ejecución, se sitúa a inicios del siglo I d.
Ambas superficies planas y perfil recto con leve bisel cortado hacia el anverso.
Medidas: 1,1 x 0,9 x 0,2 cm. No inventario: colección privada Procedencia: El Hito (Cuenca).
Iconografía: Retrato del dios de perfil izquierdo.
El dedo índice de su mano izquierda se acerca a los labios, gesto característico de las representaciones de Harpokrates y que se interpreta en el mundo greco-romano como una invitación al silencio (Plutarco, de Is. et Os.
Sobre la cabeza lleva una flor de loto.
Detrás se representa una cornucopia o cuerno de la abundancia, que sujeta con su brazo derecho.
Harpokrates representa al dios egipcio Horus niño, hijo de Isis.
Su culto se introduce en el mundo griego y romano de la mano de Isis y Serapis.
Su imagen infantil favoreció su difusión como símbolo del silencio 52.
En Pompeya se conocen algunos ejemplos de amuletos con la imagen de esta divinidad, aunque en alusión a Harpokrates como dios de la prosperidad 53.
La representación de este dios la encontramos también en la numismática de finales del siglo I y primera mitad del II d.
C. 54 Sin duda, la imagen del caballo está asociada al mundo oriental.
Algunas de las representaciones pudieron llegar a la glíptica a través de las imágenes conocidas de las monedas, sobre todo de Sicilia y de la Magna Grecia, donde la representación de animales fue particularmente frecuente, aunque también están presentes en la numismática romana 55.
Datación: Se localizó en el nivel superficial del foro y, por tanto, descontextualizado.
Lo interesante de esta pieza es que no conocemos el entalle sino su impronta en una pesa de telar.
El conjunto de pesas hallado en Segobriga asciende a la cantidad de 82, de las que sólo 12 presentan una marca incisa realizada antes de la cocción y en la que predomina, sobre todo, el motivo del aspa 56.
Esta pesa de telar constituye una excepción entre los ejemplares recuperados en las excavaciones de Segobriga 57.
Presenta forma paralelepípeda, sección cuadrangular y un único orificio de sujeción 58.
La utilización de los entalles como sellos por un taller artesano está documentada sobre distintos tipos cerámicos 59 y también sobre pesas de telar 60.
G. Rosini, que ha estudiado el conjunto de pondera hallados en Mozia (Sicilia), apunta la idea de que la aparición de algún motivo decorativo en las pesas de telar pueda asociarse no sólo al taller de fabricación sino también a su propietario, a su montaje o incluso a su uso 61.
En este sentido, M. L. Marchi considera que el repertorio de imágenes documentadas en los pondera podrían estar relacionados con la marca de fabricación del producto manufacturado, que serviría de esta manera para reconocer al artesano que lo había tejido 62.
Para acercarnos a la cronología de esta pieza contamos con el motivo del caballo, utilizado de forma reiterada como símbolo de la victoria en la glíptica de finales del siglo II y durante el III d.
Segobriga fue en época antigua un importante nudo de comunicaciones, donde se cruzaban vías procedentes del valle del Guadalquivir, de Mérida y Toledo en dirección a Valencia y Cartagena.
Además, la ciudad fue el centro del control económico y de comercialización de las minas de lapis specularis, lo que permitió su auge económico y su monumentalización a partir de época de Augusto.
La colección de entalles de Segobriga es tributaria de los estilos de la moda en Italia y la elección de los temas representados supone una rápida integración de su población en los modos de vida romanos, acrecentada por la llegada de negotiatores vinculados a las explotaciones mineras.
La epigrafía funeraria de la ciudad nos presenta a una sociedad con un importante número de libertos y esclavos, originarios de las provincias orientales del Imperio64.
Segobriga se muestra así como receptora de inmigrantes, que fueron llegando a la ciudad durante los siglos I y II d.
C. para atender las propiedades agrarias, las minas y participar en las tareas relacionadas con el funcionamiento diario, incluso en el plano administrativo.
Este aire oriental de la población segobrigense también se intuye en los temas elegidos en algunos de los entalles, como la imagen del caballo (no 12) o el personaje con ábaco griego que aparece en la pieza no 9.
Los entalles que proceden de excavaciones en Segobriga se han hallado en el interior de la ciudad, con la excepción del no 7 del catálogo encontrado en la necrópolis tardo-romana.
Cinco ejemplares proceden del foro (no 2, 4, 5 y 6 y 12), uno del anfiteatro (no 1) y otro de las termas monumentales (no 3).
El conjunto de entalles de Segobriga utilizó el cuarzo y la pasta vítrea como materia prima.
Dentro del cuarzo son numerosas las variedades, que reciben el nombre genérico de calcedonias pero que, según su color, se les llama cornalina (rojo), ónice (blanco-negro), jaspe (rojo o verde), etc. La piedra más corriente para la talla de entalles y camafeos durante el período romano fue la cornalina.
En Segobriga se ha documentado en dos ocasiones (no 5 y 6) con datos cronológicos para una de estas piezas, que permite considerar que la cornalina se empleó en un momento anterior a la 1a mitad del siglo II d.
C. Entre las piedras opacas se emplearon el jaspe, el cuarzo y el ónice.
El jaspe de color variado fue utilizado en los entalles no 2, 8 y 9 del catálogo, con una cronología que se sitúa entre el siglo I a.
C. El ónice aparece en los no 3 y 11 y en solo una ocasión (no 10) se ha utilizado una variante, el nicolo, formada por dos colores, muy de moda en época augustea65.
Por último, la pasta vítrea se documenta en los no 1 y 7 del catálogo, utilizada a lo largo del siglo III d.
C. si tenemos en cuenta el hallazgo de una de estas piezas en el interior de una sepultura de la necrópolis tardo-romana de Segobriga.
La iconografía de los entalles de Segobriga tiene paralelos en muchas colecciones europeas.
Destacan las piezas de temas religiosos, donde diosas y dioses se representan en actitudes que se repiten con frecuencia no sólo en entalles, sino también en las monedas, esculturas, pinturas, etc. En dos ocasiones (no 2 y 3) se utilizó la imagen de Bonus Eventus, una de las divinidades del panteón romano ligada a la prosperidad.
Siguiendo la iconografía greco-romana aparece Minerva, una escena con sátiro, el retrato de Pan y Harpokrates y (no 4, 6, 8 y 11).
Junto a las representaciones de divinidades, se encuentra la imagen del águila (no 5), transformada en símbolo del poder del emperador al aparecer asociada a una corona de laurel.
Los entalles no 1, 7, 9 y 12 presentan imágenes que se aproximan más a la vida diaria, alejándose del simbolismo religioso o de la propaganda imperial.
Por otro lado, la pieza no 10 elige el tema de la guerra, con la imagen de un guerrero de pie, provisto de una lanza y con el resto de armas en el suelo.
Este tipo de representaciones revela, en opinión de H. Guiraud, cierta libertad del grabador para aludir al tema de la guerra pero evitando utilizar la imagen de Marte66.
Los estudios de glíptica romana han establecido distintas corrientes o estilos, atendiendo a la técnica de grabación, que ayudan a fechar los entalles67.
Durante el siglo I y la primera mitad del siglo II d.
C. se desarrolla un estilo clásico modelado, en el que podrían incluirse los números 2, 6 y 10 de la colección de Segobriga.
Se caracteriza por la gran realidad que se imprime a las imágenes representadas, donde se presta especial atención a las distintas partes del cuerpo, con la musculatura muy marcada.
Un segundo estilo, denominado clásico lineal, abarcaría los siglos I y II d.
C. y en él se presta menos atención a los detalles, acentuándose las divisiones entre las distintas partes de las figuras, como en los números 3, 4 y 11 de nuestra catálogo.
A partir de estos estilos se produce una evolución hacia la simplificación de los elementos y del trabajo del artesano.
Desde la segunda mitad del siglo II d.
C. se representan formas redondeadas, los detalles anatómicos se olvidan y los motivos representados son mucho más simples, sobre todo, animales.
Esta evolución hacia el esquematismo se |
Se da a conocer el hallazgo de una sítula completa de Zaragoza que conserva los apliques figurados, unas máscaras masculinas correspondientes al tipo III de Delgado, grupo tipológico poco conocido del que se presenta un primer estudio.
PALABRAS CLAVE: Vajilla de bronce, época romana, apliques figurados hispanos.
Este trabajo se propone dar a conocer el singular hallazgo en Zaragoza de una sítula romana completa, que además conserva el asa en su posición original y excepcionalmente los apliques figurados.
Estos últimos pertenecen a un grupo tipológico del que poco se conocía hasta la actualidad, como es el tipo III de Delgado.
El grupo fue propuesto por M. Delgado en 1970, a través de una tipología en la que daba a conocer cuatro formas de apliques típicamente hispanos aparecidos en las excavaciones de Conímbriga.
Ese trabajo supuso la base y punto de partida para el estudio de unas piezas ampliamente difundidas por la Península Ibérica, los tipos I, II y IV de esta autora, mientras que su tipo III estaba constituido por una sola pieza.
En este trabajo se muestra una posible relación entre apliques figurados de tipo Delgado y ciertas formas de recipientes.
Además, se presenta un catálogo de las formas pertenecientes al tipo III de Delgado, se propone el origen y una posible cronología del mismo y, finalmente, se analiza el objeto y la función de las sítulas.
La sítula apareció en las excavaciones llevadas a cabo en la calle Alcober 10-14 angular a calle Olleta de Zaragoza.
El hallazgo tuvo lugar en el interior de un tramo de una pequeña cloaca de cinco metros de longi-excepcionales (fig. 2).
J. Alarcão publica una adquirida por el Museu Nacional Machado de Castro con una procedencia imprecisa, posiblemente de Maceira-Liz (Leiria, Portugal) 5.
La sítula está adornada por dos apliques figurados distintos, uno perteneciente al tipo III y el otro al IV de Delgado -(fig. 3.2)-.
Por su parte, G. Marqués dio a conocer un acetre procedente de Torre dos Namorados, (Fundão, Portugal), cuyo único aplique conservado corresponde al tipo I de Delgado -(fig. 3.3)-6.
Un tercer ejemplar proviene de la mina Fojo das Pombas, (Valongo, Portugal) cuyo aplique también pertenece al tipo I de Delgado -(fig. 3.4)-7.
L. de Alcubierre presenta, además, otra sítula de la misma procedencia, que no ha conservado los apliques, pero que tiene idénticas características formales que la anterior -(fig. 3.5)-.
El quinto ejemplar se encuentra recogido entre las láminas de dibujos del álbum de L. Vives, actualmente en la Hispanic Society of America de Nueva York 8.
El acetre conserva ambos apliques figurados, que son idén- Un sexto recipiente, conservado parcialmente, es el hallado en La Olmeda, Pedrosa de la Vega (Palencia) 9.
El borde y la boca son similares a los anteriormente mencionados, pero falta el cuerpo.
Los apliques figurados pertenecen al tipo II de Delgado -(fig. 3.7)-.
En la publicación se le presenta relacionado con una base en anillo con tres soportes en forma de garra de felino, al que se uniría por medio de tres remaches conservados.
Con gran probabilidad no pertenecerían a la misma pieza, ya que el peso que añadiría la base al cuerpo sería excesivo, y un arreglo más sencillo proporcionaría suficiente estabilidad a la vasija.
Las sítulas o acetres no presentan ese tipo de forma de la base, que variaría su funcionalidad, y que es, sin embargo, característico de otro tipo de útiles, como son las authepsae 10.
Todos los recipientes mencionados muestran características similares.
Tienen un cuerpo bitroncocónico, con una carena situada generalmente por debajo de la parte media de la vasija y un borde exvasado.
Se fabricaron por martilleado de una sola lámina de bronce, salvo el procedente de Zaragoza, que se llevó a cabo por el trabajo de martilleado de dos láminas y un acabado de trabajo a torno.
Los tamaños de los mismos difieren en todos los casos, ya que varían entre los 12,8 cm de la sítula de Maceira-Liz hasta los 28,5 del recipiente procedente del pozo de Torre dos Namorados 11.
Del mismo modo, las bases son todas diferentes.
Mientras el fondo exterior del acetre publicado por J. Alarcão es ligeramente cóncavo, la base de la sítula de la Torre dos Namorados presenta la huella de soldadura de un anillo, que serviría de pie en todo su perímetro, y la sítula que conserva un aplique figurado de Fojo das Pombas "tuvo tres pies soldados, de los que no se encontró ninguno" 12.
Estos ejemplares completos y sin arreglos plantean la posibilidad de que la sítula de Caesaraugusta no tenga actualmente la forma original y que el recipiente haya necesitado unos arreglos en sus paredes que hayan variado la forma para permitir la continuación de su uso, o bien se hayan cambiado los apliques y el asa, idea menos probable, a otra vasija reparada y remachada.
La característica común de la forma de las sítulas, y su relación directa con los apliques figurados publicados en la tipología de M. Delgado, salvo en el caso de la procedente de Caesaraugusta, permiten reconocer un nuevo tipo incorporable a la tipología de formas de vajilla metálica hispanas.
No obstante, el número de hallazgos que lo corroboran, cinco, es ciertamente todavía escaso, y nuevos ejemplares deberán confirmar la propuesta13.
Del mismo modo, resultaría interesante poder mostrar, en el caso de confirmarse esta hipótesis con el hallazgo de un suficiente número de sítulas, si presentan pequeñas particularidades formales para cada uno de los tipos de apliques figurados propuestos por M. Delgado.
El asa de bronce se conserva en su posición de uso.
El vástago, de sección circular, describe una forma de omega, acabando uno de sus extremos en una cabeza esquematizada de ánade, mientras que el otro sufre un suave estrechamiento del propio vástago.
La función a que estaba destinado precisaba de un buen núcleo metálico, por lo que el asa fue fundida en macizo en una sola pieza y, posteriormente, por forja fueron doblados sus extremos.
Los dos apliques muestran la misma figura de un rostro masculino barbado con los rasgos faciales claramente diferenciados, pertenecientes al tipo III de Delgado.
El aplique se encuentra en buen estado de conservación.
Los ojos, probablemente almendrados, y la línea de las pestañas han perdido la nitidez del trabajo que se llevaría a cabo tras la fundición.
La mirada muestra un rostro distante, ausente.
La boca, que permanece cerrada y presenta unos gruesos labios, aparece cuidadosamente incluida entre la abundante barba.
Ésta está formada por doce gruesos tirabuzones en los que cada giro del mechón está marcado por incisiones oblicuas.
Bajo la boca, y dejando un espacio vacío, se sitúan cuatro de los tirabuzones y a cada lado de éstos se ubica un grupo de otros cuatro, que descienden desde la altura del bigote formando una densa barba redondeada.
El cabello abundante y rizado se prolonga por la parte de las orejas hasta la barba.
El corto travesaño del aplique se encuentra decorado por dos gruesos baquetones, el superior segmentado por pequeñas incisiones oblicuas, mientras que en el inferior las incisiones dibujan triángulos.
Los apéndices laterales triangulares, que suelen estar ocupados por adornos vegetales -hojas de vid pertenecientes a la corona de pámpanos-se encuentran lisos y limpios de decoración, pero bien significados.
El aplique fue realizado con el mismo molde que el aplique anterior, por lo que conserva los mismos rasgos faciales, algo perdidos en la parte de los ojos, que se encuentran menos nítidos.
EL TIPO III DE DELGADO
Las características que diferencian este tipo de apliques de los demás tipos propuestos por M. Delgado son la forma ovalada del aplique decorado con un rostro barbado, así como la atrofia, hasta la práctica inexistencia, del travesaño que se une a la anilla.
Este último está funcionalmente representado por una ala trapezoidal saliente, que está adornada con motivos geométricos o vegetales.
Los ejemplares que vienen a continuación presentan estas particularidades, pero además unas características nuevas, que no incluyó M. Delgado en su tipo III, ya que propuso el tipo a partir de un solo ejemplar.
De este modo, los apliques de este tipo presentan además unos apéndices triangulares laterales, situados a la altura aproximada de las orejas, que se convierten en la mayoría de los ejemplares en hojas con sus nervios bien diferenciados.
La barba del personaje se compone siempre de gruesos tirabuzones, cuyos giros vienen marcados con pequeñas incisiones oblicuas.
El bigote se continúa en los gruesos bucles de la barba, dejando cuatro tirabuzones más cortos bajo la boca.
Los ejemplares pertenecientes a esta variante dispersos por la Península Ibérica son los más escasos de entre los correspondientes a la clasificación llevada a cabo por M. Delgado.
No existen paralelos fuera de la Península Ibérica, como ocurre con los otros tipos de la misma clasificación, es decir los tipos I, II y IV de esta autora.
Se trata, por tanto, de una forma hispana con una amplia difusión peninsular y probablemente con diferencias entre los distintos talleres.
Representa el rostro de un hombre maduro con una abundante barba compuesta por gruesos tirabuzones.
El bigote se prolonga en dos de los tirabuzones de la barba.
Los ojos muestran una mirada inexpresiva, lejana.
El corto travesaño es trapezoidal y se adorna con motivos vegetales.
A la altura de sus orejas se sitúan unos triángulos, que se corresponden con otros dos ubicados a la altura del travesaño.
Se encuentra en el Museu Monográfico de Conímbriga.
Publicado por M. Delgado (1970,24, lám.II.4), es el único ejemplar que constituye el tipo III de la clasificación de esta autora.
Salvo una parte de la nariz, ha perdido los rasgos faciales, o bien el grado de esquematización del molde de fundición era tal, que no los contenía.
La abundancia de barba se representa por incisiones en todo el borde del espejo.
Se depositó en el Gabinete de Etnografia de la ciudad de Leiria.
Se halló en un pozo durante unas prospecciones llevadas a cabo en el territorio en el año 1963.
Representa un hombre maduro con una abundante barba compuesta por gruesos tirabuzones.
Los bigotes se prolongan en tirabuzones de la barba, acogiendo cuatro de ellos bajo la boca.
En los laterales a la altura de las orejas se sitúan dos triángulos a cada lado, ocupados por hojas.
El personaje tiene abundante cabellera que se adentra bajo el travesaño, decorado con motivos geométricos y vegetales.
Dos apliques iguales hallados con la anilla de suspensión de la sítula.
En la figura de la publicación se observa un rostro masculino redondeado con abundante cabello rizado, una amplia barba también redondeada, compuesta de gruesos tirabuzones y unos bigotes que se prolongan hasta fundirse en los tirabuzones de la barba.
Los rasgos del rostro se encuentran claramente diferenciados.
El travesaño, por su parte, muestra las características dobles hojas a ambos lados del mismo.
Se encuentra en el M.A.N, no inv.
Publicada en el catálogo de la exposición de Bronces Romanos, 286 no 233.
Representa un rostro masculino con abundante barba, recortada de forma redondeada, compuesta por tirabuzones.
El rostro está bien definido, los ojos presentan el iris vaciado y los labios se mantienen cerrados.
En el travesaño, unas líneas incisas paralelas ocupan el lugar del cabello, mientras que la franja superior está adornada por motivos geométricos y vegetales.
Fracturas del metal en la zona de las orejas impiden su descripción.
Se encuentra en el museo Arqueológico Nacional de Mérida, no inv.
Muestra un estado de conservación que impide describir con precisión algunos detalles.
Representa el rostro de un personaje masculino con una barba compuesta por gruesos tirabuzones con pequeñas líneas oblicuas que indican las vueltas de cada mechón.
Cuatro tirabuzones, bajo la boca, se encuentran delimitados por los que ascienden para formar el bigote.
Los labios se encuentran cerrados y los ojos están bien definidos.
La nariz puntiaguda se conserva dañada.
Un abundante cabello asciende y ocupa la parte inferior del travesaño.
Los laterales a la altura de las orejas están ocupados por dos triángulos a cada lado, sobre los que no se observa ninguna decoración.
El corto travesaño del aplique está recorrido por una acanaladura que forma dos baquetones.
El ojal ha variado su forma debido al uso, ya que ha ido desgastando el anillo circular original.
Representa un personaje maduro con una barba compuesta por tirabuzones con unas pequeñas incisiones que indican cada giro del bucle.
El bigote se prolonga en unos mechones rizados más gruesos, que engloban bajo la boca otros cuatro tirabuzones.
A los lados del corto travesaño, con decoración geométrica, emergen dos triángulos a cada lado con los nervios de las hojas bien definidos.
Se encuentra en el Museo Provincial de Lugo.
El estado de conservación de la pieza impide una definición clara de todos sus elementos.
Representa una figura masculina con abundante barba redondeada, probablemente compuesta por gruesos tirabuzones.
Se observan los ojos, los labios cerrados y la nariz del rostro, que se asemeja a los ejemplares de Conímbriga.
Conserva unos apéndices laterales triangulares a la altura de las orejas.
El travesaño es corto, trapezoidal y parece estar adornado.
La anilla de suspensión muestra la huella del desgaste, debido a un uso continuado.
Pertenece a la Colección Tejerizo, que se encuentra en el Museo de Zaragoza, no inv.
Su procedencia es desconocida.
El aplique mide 9,7 cm de largo y 7,2 cm anchura el travesaño.
La forma del aplique es ovalada.
El rostro representado es el de un personaje anciano con el ceño ligeramente fruncido y con una abundante barba compuesta por doce tirabuzones, cuyos rizos se marcan por medio de pequeñas líneas oblicuas incisas.
El cuarto tirabuzón asciende por ambos lados hasta el bigote.
Los labios, bien marcados, se encuentran cerrados.
Los ojos son de forma almendrada y lisos y no tiene diferenciadas las pupilas.
Un abundante cabello ocupa el espacio hasta alcanzar el travesaño.
Los apéndices triangulares laterales, dos a cada lado, tienen su superficie ocupada por motivos vegetales, unas hojas con sus diferentes partes bien diferenciadas.
El corto travesaño tiene como decoración una ranura, que forma dos baquetones.
Del superior sólo se observan restos de incisiones paralelas, mientras que el inferior, más ancho, está adornado por una banda de ovas.
Tanto los apliques no 1,3,4,5,6,7,8,9 como posiblemente los no, 10,11 y 12 presentan los apéndices laterales triangulares, algunos de los cuales conservan el motivo vegetal -una hojas-dibujado sobre su superficie.
Otro elemento común es la forma de la barba compuesta por doce gruesos tirabuzones, como se observa en los apliques no 3, probablemente 4 y 5,6,7,8,10,11 y 12.
El cuarto tirabuzón por cada lado asciende formando el bigote, cobijando entre sus dos brazos, y bajo la boca, otros cuatro gruesos rizos.
El ejemplar no 1 presenta, por otra parte, unas pobladas barbas redondeadas compuestas, igualmente, por gruesos tirabuzones, pero ya ha perdido la característica del prototipo común, que ha guiado la fabricación de los anteriores, como es el albergar entre los bigotes a cuatro gruesos tirabuzones de la barba.
La fabricación de los apliques se lleva a cabo por fundición de las piezas en moldes bivalvos, como muestran los distintos fragmentos recogidos en las excavaciones de Conímbriga14 (fig. 6).
Los apliques eran -en época romana-acoplados y soldados a los bordes de las sítulas, pero existen ejemplares que fueron remachados a la vasija15, seguramente formando parte de un arreglo posterior que permitiera una segura fijación y la reutilización del recipiente.
El tipo de aplique en el que figura un hombre maduro con una abundante barba compuesta por gruesos tirabuzones y sobre su cabellera motivos vegetales, como aparece en los tipos I, III y quizá el IV de M. Delgado, tiene relación, como ya mencionara esta autora 16, "con tipos más antiguos y conocidos por su amplia distribución".
J. Aurrecoechea y Ma del M. Zarzalejos afirmaron que las similitudes encontradas con otros apliques franceses y alemanes "no son paralelos en sentido estricto, sino antecedentes en cuanto a la sintaxis decorativa y conceptual del aplique" 17, para añadir más adelantes que "muchos de nuestros ejemplares se hallan inmersos en un lenguaje conceptual existente en otras áreas del Imperio, si bien los resultados finales se presentan aquí con marcada personalidad propia" 18.
Trabajos posteriores comparten la teoría publicada por estos autores 19.
Siguiendo esta misma línea de interpretación, se puede considerar que el modelo que tratan de copiar o en el que inicialmente se inspiran para llevar a cabo estos apliques es con gran probabilidad el perteneciente a una sítula de época helenística en la que aparece el rostro de un personaje masculino de edad madura con un rostro inexpresivo y una abundante barba rizada, compuesta por gruesos y largos tirabuzones.
El cabello es ondulado, adornando su frente con una cinta y, a modo de corona, diversos elementos vegetales (pámpanos y hojas de parra) y corimbos.
Unas hojas de vid sobresalen por la parte posterior de la cabeza hasta alcanzar la barba del personaje.
Sobre la cabeza se eleva el anillo del aplique en el que se asienta el asa de la sítula.
El personaje que aparece es identificado con el dios Dioniso 20, y su rostro se encuentra en apliques de sítulas, como la encontrada en Meroë (Sudán, hoy en el museo de Munich), considerada el prototipo más antiguo; o la hallada en la isla de Delos (Grecia); además de la aparecidas en Ostia, en Pompeya, en Celeia (Eslovenia, hoy en el Kunsthistoriches Museum de Viena) y en Ani (Armenia), junto a otros ejemplares también enumerados por I. Jenkins 21 de procedencia desconocida, pero conservados en los muse-os de Nueva York, British Museum, Colchester Castle Museum y en el museo du Petit Palais de Paris (fig. 7).
La fecha del grupo más antiguo, según I. Jenkins22, se sitúa en el siglo II a.e., y el tipo sigue produciéndose durante el siglo I d.e. (como dan testimonio los ejemplares procedentes de Atenas, Roma y Ancona).
De este prototipo existen también ejemplares hispanos en cerámica, como el expuesto en el Museo Arqueológico de Alicante, procedente del yacimiento de Lucentum-Tossal de Manises (Alicante), y el ejemplar originario de las excavaciones de San Antón, Cartagena23.
Los ejemplares del tipo III de Delgado que se presentan en este trabajo muestran, mejor que ningún otro tipo de aplique figurado hispano, la vinculación con los modelos evolucionados de los tipos helenísticos.
Tanto las hojas que adornan la corona de Dioniso, que aparecen únicamente sobre el tipo III de Delgado, como la barba de gruesos y largos tirabuzones, la abundante cabellera y la mirada inexpresiva propia del dios son rasgos y características tomadas de un prototipo que, como hemos visto tuvo una amplia difusión.
No se trataría, por tanto, de ninguna cabeza de sátiro, ni de Aqueloo 24, sino de Dioniso, una divinidad bien conocida durante la Antigüedad Clásica y extensamente representada en otros soportes como mosaicos, estatuaria, sarcófagos, cerámica, etc. CRONOLOGÍA Ninguno de los ejemplares que hasta hoy forman parte del tipo III de Delgado ofrece una datación estratigráfica.
En el interior de la sítula de Caesaraugusta apareció un plato de una forma 15/17 de T.S.H.Intermedia, cuya cronología se sitúa en el siglo III d.e., y un pequeño fragmento de cerámica imperial con pintura a bandas, cuya producción se fecha en los siglos I y II d.e.
Los materiales hallados en el interior de la cloaca, junto a la sítula, fechan el final de uso de dicha estructura a mediados del siglo III d.e.
Los primeros trabajos portugueses atribuían una fecha "con reservas", proporcionada por los hallazgos en la mina Do Fojo das Pombas, Valongo (Portugal), en el siglo II d.e.
Este conjunto permitió a M. Delgado proponer la misma cronología "no segura" a su tipología publicada sobre la base del conjunto de materiales recuperados en las excavaciones de Conímbriga 27.
M. Rosas situó el periodo de uso del ejemplar hallado en Sant Josep, tipo I de Delgado, en la segunda mitad del siglo III y en el IV 28.
J. Aurrecoechea mencionó, en su trabajo sobre la vajilla de los museos de Ciudad Real, que los tipos hispanos I y IV de Delgado tienen una cronología situada entre los siglos II-III d.e., mientras que el tipo II de la misma autora tendría un periodo de uso entre los siglos III y V d.e.
El hecho de que el tipo III de Delgado conserve un mayor número de características y rasgos de los prototipos originales permite pensar que fuera un tipo hispano anterior al tipo I, es decir más antiguo, y en el que el interés por copiar elementos de los prototipos romanos era todavía importante.
Un hecho que en el tipo I no aparece reflejado, ya que se observa una esquematización de los rasgos recogidos en el tipo III.
Por tanto, y a la espera de los datos que proporcionen nuevos hallazgos, pero a la vez teniendo en cuenta que el lugar de hallazgo de la sítula de Caesaraugusta fue destruido a mediados del siglo III, se puede proponer una cronología para el tipo III de Delgado -con la precaución que se debe tener cuando sólo se cuenta con un hallazgo-, que abarque el siglo II y la primera mitad del III d.e., siendo el resto de tipos de Delgado ligeramente posteriores.
FUNCIÓN Los acetres o sítulas que han llegado hasta nuestros días muestran huellas de un gran uso.
Fueron reparadas una y otra vez.
Cuando se deterioraban, se cambiaba el asa, se reponían los apliques -incluso remachando algunos de ellos-y se llevaban a cabo reparaciones en la lámina que formaba el recipiente, tanto en las paredes, como en el borde.
Todo ello evidencia un uso continuo y frecuente.
Las sítulas con apliques decorados pertenecen al ajuar de bebida del servicio de mesa 30 y debían contener y transportar agua y vino 31, además de las distintas mezclas de ambos líquidos.
Seguramente, esta misma función prestarían las sítulas adornadas por apliques del tipo III de Delgado, siguiendo el uso de los recipientes helenísticos con apliques que recogen el rostro del dios Baco -el Dioniso griego -, que les sirvieron de modelo.
No sería extraño que al tener la misma función, se imiten también los elementos de adorno.
El hallazgo de las sítulas procedentes de Torre dos Namorados en el interior de un pozo de agua, podría vincular su uso a simples baldes o cubos que cayeron al fondo y se abandonaron 32.
Sin embargo, para rebatir esta conjetura no hay que olvidar la reflexión expuesta por M. Pernot 33 relativa a que algunos de estos sistemas de apliques son incapaces de resistir la decena de kilos que debería soportar una sítula llena de líquido.
Si a esto añadimos que cuando se quiere extraer agua de un pozo se necesita, además, un recipiente que aguante cierto peso, golpes y tirones, parece claro que la sítula no sería el recipiente más adecuado para dicha función.
En el Museo Arqueológico Municipal de Alcoi se encuentra recogido un aplique que puede sumarse a la lista del tipo III de Delgado. |
El presente trabajo tiene por objetivo la revisión de lectura de una inscripción que fue hallada durante las excavaciones que se realizaron a finales de la década de los setenta en el foso del castillo de Monroy (Cáceres).
Según nuestra interpretación, el teónimo no es un hapax, sino el ya conocido Bandi con un nuevo apelativo.
El altar que nos ocupa fue hallado junto a otras inscripciones de distinta naturaleza cuando se realizaban trabajos de excavación y consolidación en el foso del castillo de Monroy (Cáceres).
Estas piezas se encuentran en la actualidad en el interior del mismo.
La interpretación de la inscripción que ofrecieron los únicos investigadores que vieron el monumento, J.M. Iglesias y J.L. Sánchez tenía, debido al desgaste del epígrafe, algunos problemas que la fotografía publicada no ayudaba a resolver puesto que no era muy clara en la primera línea, donde constaba el nombre de la divinidad y, además, no mostraba fielmente la forma de la pieza, como hemos podido comprobar recientemente, lo que suponía un obstáculo añadido para su interpretación 2.
Los citados autores resolvían la lectura del siguiente modo: [R?]udino / Oeno A / dercia A / mbati f(ilia) / u(otum) s(oluit) l(ibens) a(nimo), admitiendo que la lectura del teónimo y su apelativo era hipotética.
Asimismo, resaltaron que el monumento tenía un lóbulo en su parte superior derecha y que habría tenido otro igual en la izquierda que fue eliminado para reutilizar la pieza, como mostraban los restos de argamasa en este lugar.
Sin embargo, no parece que tuvieran en cuenta este dato para su lectura de la inscripción (figs. 1 y 2).
Con todo, varios hechos nos llevaron a pensar que la lectura propuesta podía no ser correcta.
Tras la observación y el análisis detallado de la inscripción, hemos llegado a la conclusión que hay un espacio mayor entre las letras i y n propuestas por los autores para la primera línea, que el existente entre el resto de las letras y que dicho espacio es similar al que hay en las separaciones entre palabras de otras líneas 3.
Además, se puede observar en ese mismo lugar una interpunción que separa, por tanto, el teónimo de su epíteto, impidiendo la lectura [R?]udino propuesta hasta el momento.
Por otra parte, el trazo derecho de la supuesta u del teónimo es, prácticamente, vertical.
Parece claro, por tanto, que se trata de los trazos finales de una n que, en consecuencia, muestran el elementondi como parte final del teónimo y sugieren el dativo Bandi, correspondiente al dios indígena más difundido de la Península Ibérica y ampliamente testimoniado en toda el área norteña de la provincia de Cáceres 4.
Esta hipótesis es plausible si tenemos en cuenta que las primeras letras del teónimo habrían ocupado el espacio prominente que ha sido eliminado para la reutilización de la pieza, en el que encajan a la perfección (fig. 3).
Por otra parte, el dativo Bandi es el único posible de un teónimo masculino conocido teniendo en cuenta las letras visibles 5.
3 Queremos mostrar nuestro más sincero agradecimiento al propietario del castillo de Monroy, el ilustre pintor D. Pablo Palazuelo y a su familia, que nos dieron todas las facilidades para poder acceder al estudio de la pieza.
Igualmente, estamos profundamente en deuda con D. Antonio Naharro, que nos ayudó a localizar la inscripción y a obtener las fotografías.
4 Sobre la distribución territorial de los testimonios de Bandua, uid.
J.C. Olivares Pedreño, Los Dioses de la Hispania Céltica.
5 Podría haberse tratado de Munidi si hubiera existido un nexo -ni-, pero en este caso es un teónimo femenino, como sabemos por sus apelativos Eberobrigae Toudopalandigae (F. Fita, "Nuevas inscripciones romana y visigótica de Talaván y Mérida", BRAH 64, 1914, pp. 304-310) y no concordaría con el apelativo masculino [N...]oeno.
Más dificultades presenta el apelativo de la divinidad, puesto que no tenemos registrado ninguno que pueda responder a los datos existentes en la inscripción de Monroy.
Su primera letra es, muy probablemente, una n, aunque el granito muestra en ese lugar algunas vetas de un color violáceo oscuro que confunden en cierta medida su visión en la fotografía.
Los trazos verticales de esta letra tienen, sin embargo, una ligera inclinación, por lo que existe la alternativa, menos probable, de que fuera una m.
Al final de la línea 1 cabe una o dos letras más que son irreconocibles.
En la línea 2, la primera letra podría ser también una m, puesto que parece existir parte de su trazo derecho, aunque no es seguro.
La parte final del apelativo sí se distingue con claridad y el resto de la inscripción no varía con respecto a su primera publicación, por lo que la interpretación que proponemos es:
En consecuencia, con esta ofrenda votiva, se hace más patente la importante difusión del culto a Bandua en toda el área de Cáceres situada al norte de una línea latitudinal que se extiende desde Brozas y Monroy hasta la confluencia de los ríos Tozo y Almonte.
Desde esta región, los testimonios del dios llegan hasta las primeras estribaciones del Sistema Central en Extremadura mientras que, en Portugal, continúan más hacia el norte, sobrepasando la Sierra de la Estrella.
Precisamente, en los lugares más cercanos de Monroy, donde se hallaron altares votivos dedicados a Bandua, su culto debió gozar de bastante popularidad y es posible que hubieran existido santuarios bajo su advocación, puesto que en Brozas se descubrieron cuatro aras ofrecidas a Bandi Apuluseaeco6 y en la confluencia de los ríos Tozo y Almonte otras tres dedicadas a Bandu Roudaeco 7. |
Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 7-8 ISSN: 0066 6742 NECROLÓGICA ANA MARÍA VICENT ZARAGOZA Hace meses tuvo lugar el fallecimiento de nuestra amiga y colega Ana María Vicent Zaragoza tras una enfermedad de cinco años que, si bien la tuvo postrada, no mermó su capacidad intelectual.
La mente de Ana Mary siguió lúcida hasta el final, con esa fuerza y energía que mostró durante toda su vida, y es que su nacimiento en Alcoy, ciudad con espíritu industrial y de superación de las limitaciones geográficas impuestas por su ubicación en un lugar escarpado, le imprimió carácter.
En sus comienzos fue Becaria en el entonces Instituto de Arte y Arqueología del CSIC, ampliando su formación en Italia, colaboró desde su fundación con el de Prehistoria, con el Museo Arqueológico Nacional y desarrolló asimismo labores docentes en la Universidad.
Pero a Ana Ma Vicent se la vincula siempre con el Museo Arqueológico de Córdoba, fue su obra, su hijo, a él dedicó la mayor parte de su vida, casi 28 años, hasta el momento de su jubilación.
Fueron años de trabajo constante, de excavaciones en las que nunca dudó en adelantar su dinero, de salvamento de yacimientos, de propulsión de la arqueología urbana, de ampliación y reestructuración del Museo.
Desde mi óptica de estudiosa de los mosaicos romanos, he de poner el énfasis en el hecho de que con anterioridad a su labor como directora del mismo, en el Museo de Córdoba no se exponía ningún mosaico, a pesar de la gran riqueza de hallazgos musivos habidos tanto en la capital de la Bética, como en el conventus Cordubensis.
Ana Mary llenó las paredes y los suelos de colores, de mitologías, de peces, de sectilia, creando una armonía musical, como lo definió el crítico de arte Amós, y demostrando su amor por unos materiales que había descubierto, excavado y salvado, en el convencimiento de que tanto los mosaicos, como las esculturas, eran documentos históricos y no piezas decorativas.
Porque si algo la distingue fue su gran sentido del deber, pero sobre todo su determinación, su fuerte carácter -un «volcán en reposo» como también se la ha calificado en un medio de comunicación-que la llevó a enfrentarse a todo lo que se oponía al comportamiento correcto, a la salvaguarda del patrimonio histórico-artístico -impulsando las Ordenanzas Municipales sobre competencias-, a involucrarse con la sociedad formando a los jóvenes en el conocimiento y el respeto de ese patrimonio y a buscar soluciones, contra viento y marea, a cuestiones tan importantes como la falta de personal de seguridad en el Museo, para lo que no dudó en acudir al Gobernador militar de Córdoba.
Pero Ana Mary era al mismo tiempo entrañable, extremadamente cariñosa y afable, que no dudaba en abrir las puertas del Museo a cualquier hora, como muchas veces le he oído recordar al profesor Blázquez, aunque ello le restara tiempo de descanso.
Ese espíritu animoso y de superación, de traspasar fronteras, su gran curiosidad científica la llevó a cultivar otras facetas de la arqueología y de la historia -los retratos romanos, las lucernas, los pequeños capiteles visigodos-, a crear la Biblioteca del Museo y a organizar ciclos de conferencias porque consideraba que los Museos eran archivos vivos, así como a impulsar la creación de la especialidad de Historia en la Universidad de Córdo-NECROLÓGICA Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 7-8 ISSN: 0066 6742 ba.
Fue una pionera y una mujer vitalista, enérgica, resolutiva, en una época en la que la mujer no tenía la consideración debida, ella consiguió el reconocimiento a su labor convirtiéndose en una institución, Ana Mary era «la señorita arqueológica».
Por ello recibió numerosos honores y nombramientos que sería prolijo enumerar.
Ana Mary se ha ido con las manos llenas y Alejandro Marcos Pous, a quien debo muchas de las informaciones vertidas en esta semblanza, hecha desde el cariño y la amistad, puede sentirse satisfecho de haber compartido con su mujer años de trabajo conjunto.
Ana Mary descansa ahora en la paz que no tuvo en la tierra porque ella así lo quiso, porque hizo del trabajo su elección de vida. |
La representación de las sociedades fenicio-púnicas se ha construido sobre la base de, entre otros criterios, el urbanismo de sus ciudades de las que Cartago se tomó como arquetipo.
Desde presupuestos orientalistas y clasicistas su trazado y organización ha sido interpretado como menos racional frente al de las ciudades grecorromanas.
Sin embargo un análisis de las secuencias estratigráficas registradas en Cartago, a partir de la identificación de los usos del suelo y de su ubicación topográfica y cronológica, demuestra que en Cartago existió desde la época arcaica una precisa y consciente distribución geográfica de los usos del suelo, una gestión de los residuos urbanos y un control del crecimiento de la ciudad durante los siglos posteriores.
LA ARQUEOLOGÍA FENICIO-PÚNICA COMO ARQUEOLOGÍA COLONIAL La Arqueología nació y creció en un contexto político e intelectual conformado por los imperialismos de las naciones industrializadas, a su vez profundamente influidos por las representaciones de los colonialismos griego y romano (Mattingly 1996; Van Dommelen 1997; id. 2006; Dietler 2005).
La instrumentalización de esta nueva disciplina científica cumplió varios fines entre los que destaca por una parte la definición, normalización y control de las sociedades conquistadas (Dietler 2005, 48-49; id. 2009; cf. Said 1978; Anderson 2006, entre otros); y por otra, su idoneidad para gestionar la identificación nacional con las culturas del pasado, desarrollando así tanto nacionalismos culturales como justificando diversas aspiraciones soberanistas (Marchand 1996; Díaz-Andreu; Champion 1996, 1-23; Hamilakis 2007).
En el marco del Mediterráneo las potencias coloniales desarrollaron diversos discursos de poder, en el sentido otorgado al término por Foucault, acotados por los estudios postcoloniales (Young 2001) bajo denominaciones como Orientalismo (Said 1978) o Clasicismo (Marchand 1996).
A través de estos discursos estas naciones no sólo controlaron militar y económicamente a los países del Magreb y de Asia Menor sino que construyeron toda una serie de duraderos prejuicios occidentales sobre las regiones colonizadas y sus habitantes, extensibles, como veremos, a su historia antigua.
Entre ellos se cuentan tanto el mito de la superioridad occidental como la categorización de las sociedades orientales bajo determinadas características comunes, ignorando sus particularidades geográficas, cronológicas y culturales.
Algunas de estas características se refieren a sus rasgos psicológicos, a saber: debilidad, irracionalidad, exotismo, exhuberancia y sensualidad.
Estos adjetivos constituyeron también la base de la percepción de los fenicios y cartagineses, a los que además cabría añadir una buena dosis de crueldad y violencia gracias a los relatos más o menos fantaseados del sacrificio del tofet y de las hazañas militares de Aníbal Barca.
Ello ha condicionado profundamente sus perspectivas y resultados.
Estos discursos de poder, al representar las poblaciones orientales como primitivas, bárbaras e inferiores, cumplían un objetivo doble: por un lado justificaban la colonización por sus aspectos civilizadores; por otro, deslegitimaban los intentos de resistencia por parte de las poblaciones colonizadas al ser categorizados (cf. Jenkins 1994, 202-218) como contrarios al sentido común y la evolución cultural.
La enorme influencia que este sistema cultural de representación ha tenido sobre la moderna sociedad occidental permite igualmente hablar de un orientalismo latente (Said 1978, 206-209).
Bajo este concepto se entiende el consenso intelectual sobre algunos prejuicios ampliamente compartidos en Europa y Norteamérica, extendidos a través de diferentes sistemas de representación parciales pero complementarios.
Muchos de los mencionados prejuicios alcanzaron así el estatus de indiscutible lugar común no sólo en ámbitos académicos sino también entre el gran público (cf. Young 2001, 395-410; Van Dommelen 2006, 106).
CARTAGO COMO ARQUETIPO DE UN PREJUICIO LÓGICO-ESPACIAL
Pese al importante papel desarrollado por las sociedades fenicio-púnicas en el Mediterráneo antiguo, éstas se han estudiado muy poco en comparación a las griegas o las romanas y han sido de hecho calificadas como las grandes olvidadas de la Antigüedad mediterránea (Morris 1994).
Aunque recientemente se están celebrando congresos científicos que suponen una importante puesta en común de los resultados obtenidos por proyectos activos en todo el Mediterráneo (López Castro 2007; Helas; Marzoli 2009), lo cierto es que el interés tradicionalmente suscitado por las sociedades fenicio-púnicas ha estado limitado a su relación con la colonización griega y a su rivalidad militar contra Roma.
Ello ha contribuido a que estos estudios hayan situado frecuentemente a Cartago en el centro del debate.
1 Tampoco debemos olvidar el enorme espacio que Cartago ocupó en el imaginario colectivo de la época gracias a la novela Salammbô de Gustav Flaubert de 1862 y a sus repercusiones en la ópera, pintura y escultura (Daguerre de Hureaux 1995, 128-137), así como en la película Cabiria (Pastrone 1914) y en sus varias secuelas (cf. Fumadó Ortega 2008).
Ya entrado el s. XX la ausencia de grandes restos arquitectónicos procedentes de yacimientos feniciopúnicos por un lado, entre los que destacó lo reducido de los hallazgos en la propia Cartago, y la monumentalidad de las ruinas halladas en los foros de Roma, en Pompeya, en Mileto, en Priene, etc., además del pasaje de Estrabón (3.4.2), permitió sancionar algunos de los prejuicios orientalistas: concretamente el que se refería a la menor capacidad de los pueblos orientales a la hora de racionalizar el espacio urbano y arquitectónico.
Estas grandes excavaciones permitieron a orientalistas y clasicistas consensuar que la capacidad constructiva basada en la ortogonalidad y el orden fue prerrogativa exclusiva de la cultura grecorromana, ancestro directo de Europa.
Dado que ningún resto comparable había podido ser hallado ni en Tiro ni en Cartago, la organización urbana y la arquitectura de las sociedades fenicio-púnicas quedaba en situación de clara inferioridad.
La morfología urbana de las ciudades antiguas permitió a los estudiosos de principios del s. XX (cf. Greco; Torelli 1983, 3-16) que quisieron leer en ellas un auténtico Urbanismo, asociar las líneas rectas al pensamiento lógico y formal: the square and the straight line are indeed the simplest marks which divide civilised man from the barbarian (Haverfield 1911, 124).
No obstante voy a sostener en este artículo que 1 Cabe señalar además que el 70% de las inscripciones contenidas en el Corpus Inscriptiorum Semiticarum proceden del tofet de Cartago (Cunchillos; Xella; Zamora 2005), y que las excavaciones realizadas en sus necrópolis (Byrsa, Dermech, Santa Mónica, etc.) se encuentran entre las más extensas de entre todas las practicadas en yacimientos fenicios y púnicos.
2 Citado por Laurence (1994, 13). en Cartago se aplicó, ya desde época arcaica, una gestión del espacio urbano que no está directamente relacionada con la ortogonalidad de los espacios construidos, sino que se verifica principalmente en la distribución de los usos del suelo, en la gestión de los residuos urbanos y en el control del crecimiento de la ciudad.
LA REPRESENTACIÓN DEL URBANISMO CARTAGINÉS
La Arqueología cartaginesa infravaloró, a causa de su reducida monumentalidad, diferentes hallazgos de viviendas de cronología fenicia y púnica (Reinach; Babelon 1886, 3-78; Delattre 1898, 140-150), que en realidad resultan de gran interés (Fumadó Ortega e.p).
Esta lectura de los restos sacados a la luz vino a tranquilizar a quienes seguían fielmente el relato de las fuentes clásicas que narraba la destrucción de la capital púnica seguida del arado con sal del solar restante (App.
Este cúmulo de presupuestos creó un paradigma en el que para algunos resultaba difícil imaginar, por ejemplo, que las casas de la ladera sureste de la Byrsa, con su rigurosa ortogonalidad y distribución racional de espacios, no fueran sino romanas.
Así lo defendieron algunos de sus principales excavadores (Ferron; Pinard 1961, pl. IV).
Cuando nuevas excavaciones ofrecieron una datación indiscutiblemente púnica (Lancel 1979, 94-96) dichos restos sirvieron como punto de apoyo para defender la helenización que habría sufrido la ciudad en sus últimas décadas (Rakob 2002, 22-23), tesis que goza todavía de gran difusión.
En las décadas de los años 70 y 80 del s. XX tuvo lugar la Campaña Internacional de la UNESCO (Ennabli 1992).3 Este episodio y sus epílogos (cf. Fumadó Ortega 2009, 147-232) han permitido grandes avances en la investigación de todas las fases de ocupación del yacimiento.
Especialmente relevantes han sido los descubrimientos correspondientes a las primeras etapas de la fundación fenicia, ya que por primera vez se han podido documentar adecuadamente estructuras y niveles datados con certeza en época arcaica y pertenecientes a la zona de hábitat (Rakob 1984; id. 1991b; id. 1995; Docter; Chelbi; Maraoui Telmini 2003; id. 2006; Niemeyer et al. 2007).
En consecuencia se han podido proponer varias interpretaciones sobre la morfología urbana de la ciudad fenicio-púnica.
La versión más aceptada, gracias a su publicación en un manual de éxito traducido a varios idiomas, es la de Serge Lancel (1994).
En él se intenta articular, desde las fases más tempranas, la presencia en el yacimiento de dos núcleos urbanísticos que siguen dos morfologías y patrones de crecimiento diferentes.
El primero de ellos habría adoptado una forma en abanico, adecuada a las pendientes de la Byrsa, colina en la cima de la cual se debería ubicar el epicentro de dicho esquema radial (Lancel 1994, 136).
La base arqueológica de su argumentación es doble: por una parte, sus propias excavaciones en dicha montaña, que aportaron finalmente una secuencia estratigráfica fiable, así como las nuevas ínsulas del Barrio de Aníbal.
Por otra, la revisión de la documentación generada por intervenciones antiguas, en ocasiones inéditas, en las laderas sur y este (Saumagne 1929; id. 1933; cf. Lancel 1979, 13-58), además de otras excavaciones contemporáneas realizadas en las inmediaciones por un equipo sueco (Gerner Hansen 2002) y otro tunecino (Chelbi 1984; id. 2004).
El estudio de esta documentación permitió a Serge Lancel identificar seis grupos diferentes de restos arquitectónicos alrededor de la cima, con orientaciones que variaban entre sí unos veintidós grados, aproximadamente (Lancel 1982, 376-378 y fig. 607).
Sin duda ha jugado un importante papel en esta interpretación la consideración de la morfología de algunos asentamientos de la zona sirio-palestina, como Megiddo (Kempinski 1989), Tell Beer Sheba (Aharoni 1975) o Tell Beit Misrim (Greenberg 1987).
Una de las características más relevantes de estas ciudades es su forma exterior circular y su distribución interior irregular.
En este sentido el yacimiento de Kerkouane (Fantar 1984) supondría, pese a sus importantes diferencias, el mejor paralelo en la zona púnica del actual Túnez.
Por otra parte, el segundo de los núcleos urbanísticos de la primera Cartago estaría dispuesto en paralelo a la costa y ocuparía la llanura rodeada por las colinas de Bordj Djedid, Odeon, Juno y Byrsa por un lado y por la playa por el otro (Lancel 1994, 54).
Los principales restos pertenecientes a esta zona serían los bautizados como Barrio de Magón, excavados por el equipo del Deutsches Archäologisches Institut (Rakob 1991).
Aquí se documentaron una serie de grandes viviendas de planta ortogonal construidas durante la primera mitad del s. V a.
C. sobre una zona de talleres industriales arcaicos anexos a una playa-vertedero.
La orientación marcada por estas casas de grandes dimensiones sería posteriormente seguida y aprovechada por la urbanización romana, y resulta a grandes rasgos coincidente con las calles más próximas a la playa de la actual banlieue.
Esta propuesta presenta una serie de problemas tanto de tipo histórico como arqueológico.
Debemos recordar, por un lado, que el modelo de ciudad circular y relativamente desordenado fue resultado, al menos en Oriente, de una serie de circunstancias específicas como el crecimiento demográfico y el desarrollo urbanístico de centros palaciales formados durante la Edad del Bronce, de entre los que Megiddo es quizá el caso mejor estudiado.
Por otro lado, en el Mediterráneo arcaico, al menos en ámbito heleno, la fundación de una nueva ciudad que debiese contar con un importante contingente de colonos planteó unos problemas urbanísticos que los protagonistas resolvieron con la distribución inicial del suelo de forma racional y equitativa por medio de la creación de lotes constructivos de igual tamaño, es decir, el oikopedon.
El sistema más sencillo para realizar dicha distribución inicial equitativa fue la creación de una ciudad per strigas (Hoepfner; Schwandner 1994, 1-10).
Si se acepta la fundación de Cartago como el nacimiento oficial de una ciudad independiente (Niemeyer 2006, 161; González Wagner 2006, 104), la solución más eficaz y sencilla a los problemas de asignación de espacio urbano entre los nuevos pobladores habría sido la segmentación del territorio según el modelo per strigas.
4Desde el punto de vista arqueológico se ha señalado que los restos arquitectónicos que sirven de apoyo a la propuesta urbanística radial para la Byrsa arcaica tienen en realidad una cronología esencialmente baja, enmarcada en los ss.
Es coherente suponer la existencia de santuarios en las cimas de las colinas que rodean la parte baja de la ciudad, lo que ayudaría a dar seguridad a la población.
Sin embargo, las excavaciones en las laderas que ciñen la cima de la Byrsa han demostrado la presencia en este punto de una necrópolis arcaica luego abandonada, y un barrio metalúrgico entre los ss.
Pese a estos problemas abiertos, lo cierto es que todavía no existe un modelo alternativo a la propuesta de Serge Lancel, si bien es cierto que ello es en buena medida consecuencia del estado embrionario en el que todavía se encuentra la investigación sobre la morfología urbana de la Cartago fenicia y púnica.
La tarea más urgente a realizar en este ámbito de estudio es la creación de una carta arqueológica capaz de reunir en un sólo documento todos los restos arqueológicos hallados en el yacimiento (Debergh 1991).
Pese a las dificultades intrínsecas a la documentación procedente de excavaciones antiguas, así como a aquéllas publicadas sin la profusión de datos que sería deseable, o a las totalmente inéditas, la documentación existente en las bibliotecas es muy rica.
Se pueden digitalizar y superponer en un archivo electrónico de tipo CAD5 los siguientes documentos: la cartografía antigua dibujada por Bordy en 1898 a escala 1:5000; el catastro moderno de 1956 a escala 1:2000, las diversas fotografías aéreas publicadas del yacimiento y las imágenes del satélite QuickBird ofrecidas por GoogleEarth.
En este marco se pueden inserir todas las planimetrías arqueológicas publicadas desde el s. XIX, con escalas que oscilan entre el 1:500 y el 1:20.
Gracias a las correcciones sucesivas que permite el trabajo con diferentes tipos de información, el documento final se aproxima a la escala 1:1000 para el conjunto del yacimiento 6 y permite realizar interesantes observaciones, una de las cuales, referida a la gestión del espacio urbano, voy a analizar a continuación.
LA ARQUEOLOGÍA CARTAGINESA Y LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO URBANO
La planimetría permite relacionar topográficamente una característica estratigráfica conocida gracias a varias excavaciones.
Se trata de la repetida superdefendida en diciembre de 2009 en la Universitat d'Estudi General de València, co-dirigida por Carmen Aranegui Gascó y Ricardo Mar Medina, a quienes agradezco sus atenciones.
Igualmente quiero expresar mi gratitud a Ricardo Olmos Romera y Trinidad Tortosa Rocamora, director y vicedirectora de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma (CSIC) por su imprescindible apoyo institucional y científico.
6 Aunque el resultado final ha sido sometido a una serie de correcciones observadas sobre el terreno, la ausencia de trabajos de campo programados no ha permitido alcanzar la precisión necesaria para dibujar todo el yacimiento a una escala 1:200 ó 1:500, por lo que la planimetría no puede ser llamada con propiedad carta arqueológica.
Igualmente se debe considerar que la compleja y dilatada historia de las excavaciones cartaginesas (cf. Fumadó Ortega 2009) no permite el mismo detalle en la localización exacta de todos los sondeos.
Por este motivo, las excavaciones han tenido que ser clasificadas en tres categorías en función de la precisión con la que pueden ser ubicadas en el plano (exacta, probable, aproximada). posición de estratos producidos por diferentes tipos de actividad: funeraria, productiva y habitativa, que en la figura 1 aparecen señalados con las letras mayúsculas A, B y C, respectivamente.
Este registro estratigráfico ha podido ser documentado en múltiples sectores del yacimiento, numerados aquí del 1 al 10.
Por este motivo considero que dicha secuencia estratigráfica puede tomarse como un elemento definitorio del comportamiento urbanístico cartaginés y que su estudio puede aportarnos claves de lectura sobre la historia urbana de Cartago.
A continuación voy a proceder a una breve exposición de los datos relativos a las diez áreas de excavación en la que se ha podido documentar la mencionada secuencia estratigráfica.
Las últimas excavaciones realizadas por el Institut National de Patrimoine y la Universiteit Gent (Docter; Chelbi; Maraoui Telmini 2003; id. 2006) en la zona conocida como Bir Massouda (Fig. 1, n.
8) han hallado en los estratos más profundos restos de la que por el momento es la necrópolis más antigua del yacimiento.
Pese al reducido espacio en el que se pudo descender hasta el suelo virgen, se documentaron hasta nueve pozos de cremación excavados en la roca conteniendo todavía huesos y cenizas, si bien es cierto que en deposición secundaria (Docter; Chelbi; Maraoui Telmini 2006, 43-45).
Las características de esta zona de necrópolis, cuya frecuentación se enmarca en el s. VIII a.C., son muy similares a las de Tiro (Aubet 2004).
Il s'agit, vraisemblablement, d'une La zona fue desmantelada y reorganizada ya en época arcaica.
Así, a partir del segundo cuarto del s. VII a.C. el sector fue limpiado y acondicionado con un estrato de arcilla especialmente seleccionada por sus condiciones aislantes, óptima para la retención de la temperatura necesaria para la actividad pirometalúrgica que se iba a desarrollar en este punto (Docter; Chelbi; Maraoui Telmini 2003, 45).
Los sondeos han sacado a la luz un gran número de toberas, ce- de dicha secuencia, es decir, la sustitución del uso funerario por el productivo, en antiguas excavaciones realizadas por Charles Saumagne (1924) al sur de la Byrsa (Fig. 1, n.
9) o en el área conocida como Dermech-Douïmes en la que excavó Paul Gauckler (1915) también a principios del s. XX (Fig. 1, n.
En ambos casos la escasa documentación de las intervenciones arqueológicas no permite concretar la cronología de los diferentes estratos.
No obstante, para el primer caso, el informe de Charles Saumagne da cuenta de una abundante presencia de lo que él creyó que eran hornos tabounas, lo que delata la nueva función que recibió este sector periurbano en el que anteriormente se habían producido enterramientos.
Ante la analogía entre el tipo de restos descrito en estos antiguos informes y los que Serge Lancel halló en la parte alta de la Byrsa, se ha considerado que las cronologías de las necrópolis y los talleres hallados por Charles Saumagne deben corresponder grosso modo a las de los estratos que descansaban bajo el Barrio de Aníbal (Lancel 1979, 29-39).
Por otra parte y pese a la falta de elementos que permitan proponer una datación similar para los restos exhumados por Paul Gauckler (1915, vol. I, 118-126 y vol. II, 512-516), los hornos cerámicos y vidrieros por él documentados ocupan una zona que con seguridad fue en época arcaica parte de la necrópolis norte de Cartago (Bénichou-Safar 1982, fig. 139).
La misma secuencia de reaprovechamiento del espacio está presente de forma parcial en otros puntos del yacimiento.
Una vez más en la Byrsa, y en zonas más próximas a la playa como el Barrio de Magón y Le Kram, se ha registrado la última parte de dicho proceso, es decir, la sustitución de la función productiva en beneficio de la habitativa.
Esta vez en la parte alta de la ladera este de la Byrsa (Fig. 1, Figura 2.
Sección de la excavación francesa del sector sureste de la Byrsa en la que puede apreciarse la superposición del uso del suelo habitativo, representado por el muro P y sus pavimentos asociados, sobre los talleres metalúrgicos, que a su vez se habían superpuesto a la necrópolis arcaica.
Estos restos, de los que no podemos ofrecer una cronología fiable, fueron posteriormente cubiertos por las viviendas que parecen rodear la cima de la Byrsa a mediados del s. II a.C. Este sector ha aportado más elementos que hacen pensar en la presencia, al menos en las proximidades, de un paisaje funerario de cronología arcaica (Saumagne 1924, 185-187).
Ello permitiría establecer también aquí la secuencia completa de reempleo del suelo urbano en sus tres fases (funeraria, productiva, residencial).
No obstante, tanto las descripciones aportadas en los informes de excavación como las fuertes alteraciones y expolios que sufrió particularmente esta zona han llevado a Serge Lancel (1988, 80) a expresar serias dudas sobre la real extensión del área de enterramientos hasta este punto tan oriental de la colina.
Por ello asumo aquí como documentados con certeza tan sólo los últimos dos tercios de la secuencia, y no su totalidad como en cambio sí vimos que sucedía en el Barrio de Aníbal y en Bir Massouda (v. supra).
Excavaciones más modernas han igualmente registrado la sustitución de diversas instalaciones productivas en favor de la construcción de nuevas casas.
Este es el caso del Barrio de Magón (Fig. 1, n.
Estos datos fueron obtenidos en las catas abiertas al noroeste de la rue Septimie Sévère.
En los estratos más profundos, fechados a finales del s. VIII a.C., se documentaron suelos rubefactos que delataban la proximidad de instalaciones dedicadas a la producción metalúrgica (Rakob 2002, 26 nota 56).
También se encontraron aquí residuos industriales formados en este caso por grandes cantidades de múrice triturado, que indicaban la producción de tintura en cantidades lejos de los límites del consumo privado.
Las lujosas viviendas de este barrio comenzaron a ser construidas en el s. V a.
C. tras haber arrasado las estructuras de producción preexistentes.
El mismo equipo acometió una nueva excavación (Fig. 1, n.
En los estratos más profundos, fechados en la segunda mitad del s. VIII a.
C., se registró una gran cantidad de cenizas y escorias que dieron a entender la proximidad en la zona sur del sondeo de un área de producción, mientras que en el sector norte se levantaron unas viviendas de la misma cronología.
Las fuertes remodelaciones que sufrió esta zona, concretamente a causa de la potente cimentación de un probable edificio de culto en época púnica, así como de una gran basílica tardorromana (Rakob 1995), impiden dar una lectura precisa de lo ocurrido durante la fase de reestructuración urbanística de Cartago durante el s. V a.
C. No obstante, la documentación evidencia la amortización de los talleres de la zona, que probablemente pasó a desempeñar un rol topográficamente central y de prestigio en la nueva configuración de la ciudad.
De hecho Friedrich Rakob llegó a proponer en las inmediaciones de este sondeo la localización del Foro romano, superpuesto a una plaza de tipo ágora de época púnica (Rakob 1991b, Abb.
De este modo podemos asumir que también en este punto de la ciudad un uso del suelo con carácter productivo fue sustituido, probablemente a finales de la época arcaica por otro que, si bien no parece ser estrictamente habitativo, se cuenta entre los elementos comunes al interior de un núcleo de hábitat, es decir, templos y plazas.
A falta del uso funerario, este sector ofrece las últimas dos terceras partes de la secuencia ya varias veces mencionada.
Una sucesión estratigráfica análoga es la que se documentó al sur de los puertos, en la zona de Le Kram (Fig. 1, n.
Aquí se excavó una fullonica construida durante el s. III a.
C., en realidad fuera de los límites del plano presentado en la figura 1.
Un equipo tunecino excavó su compleja red de piletas y canalizaciones, además de importantes residuos a la producción compuestos principalmente por caparazones de Murex brandaris (Ben Abdallah 1978; Annabi 1981, 26).
A principios del s. II a.
C. se amortizaron las infraestructuras productivas y se instalaron pavimentos de calidad así como un cuarto de baño en lo que se ha interpretado como una residencia acomodada.
Cabe también recordar que en ocasiones la secuencia en cuestión se presenta sin el estadio intermedio.
Esto es, en algunos sectores del yacimiento se pasó directamente de la primera funcionalidad a la tercera.
Lo confirman los ejemplos de la ladera norte de la Byrsa y de la cara sur de la colina de Juno.
El primero de estos dos ejemplos fue documentado por el equipo sueco participante en la campaña internacional de la UNESCO (Gerner Hansen 2002), que encontró, bajo los restos de un pequeño complejo termal romano (Fig. 1, n.
3), una fosa de inhumación rellena de materiales datados en el s. III a.
C. Este hecho ha sido explicado como el resultado del vaciado y traslado del contenido fúnebre hacia otra nueva ubicación aproximadamente en esas fechas o quizá a principios del s. II a.
En la misma zona también se documentaron los fondos de dos cisternas púnicas.
Su parte superior había sido arrasada en época romana, lo que no permitió apor-tar una cronología fiable para los escasos restos preexistentes que les sobrevivieron.
No obstante, por analogía con los sectores mejor documentados de las laderas de la Byrsa, es plausible suponer que a un primer uso funerario de la zona, quizá durante la época arcaica, siguieron unos trabajos de acondicionamiento a finales del s. III a.C. o principios del s. II a.C. para la construcción de unas viviendas de las que las cisternas amortizadas en época romana serían el único testimonio.
El segundo ejemplo procede de excavaciones antiguas acometidas por Charles Saumagne (1933) en el terreno Clotteau (Fig. 1, n.
Su documentación gráfica muestra la existencia aquí de unas cisternas que, si bien fueron reutilizadas en época romana, por técnica constructiva, tipo de enlucido hidráulico y morfología, deben ser adscritas al periodo púnico.
En la disposición de estos depósitos de agua llama particularmente la atención que los obreros...
Así pues, pese a que nuevamente nos encontramos ante una indefinición sobre cuales podrían ser las fechas absolutas en las que se produjeron los enterramientos y en la que se amortizó la necrópolis para dejar espacio a la extensión de la ciudad de los vivos, no cabe duda de que estamos frente a un nuevo caso de reaprovechamiento del suelo según los mismos parámetros que se han verificado en los todos los ejemplos anteriores.
Gracias a la elaboración de la planimetría general del yacimiento se pueden ubicar en el plano estos datos.
Junto a los que se han añadido aquéllos procedentes del resto de excavaciones hasta el momento no mencionadas, bien porque en ellas sólo se ha identificado un único uso del suelo o bien porque no existen certezas suficientes como para defender con claridad el paso de una funcionalidad a otra.
Así se pueden dibujar tres croquis correspondientes a cada una de las fases en las que se ha dividido la historia urbana de Cartago desde la propuesta de Serge Lancel (1985).
3-5) muestran la ubicación y extensión aproximada de los usos del suelo en cada momento.
Cabe advertir que la naturaleza de los datos permite hablar de áreas con unas dimensiones que superan en buena lógica los estrictos límites de los sondeos arqueológicos comentados.
De esta manera, allá en donde se ha documentado la porción de una vivienda y un segmento de calle, damos por supuesto que no se trata de una casa aislada sino integrada en un tejido urbano.
Con esta hipótesis de trabajo se han podido trazar esquemas gráficos de los usos del suelo urbano en Cartago.
Éstos hacen posible identificar una distribución geográfica de las actividades a pesar a la eventual ausencia de límites arquitectónicos bien documentados, cómodos para el arqueólogo, pero no imprescindibles para una efectiva y eficaz organización del espacio.
Alrededor de dicho núcleo, de unas 10 ha aproximadamente, se extiende casi en forma semicircular una necrópolis al norte, conocida ya desde el s. XIX, así como otra al suroeste formada por los enterramientos presentes en las laderas sureste y sur de la Byrsa más la zona recientemente excavada de Bir Massouda.
La periferia sureste estaría ocupada por un cinturón industrial (Rakob 2002, 17) cuyas instalaciones se verían completadas con otras más separadas de la zona residencial, al sur, en el camino que conduciría desde el conjunto de las viviendas hasta el tofet y hasta la laguna de Túnez que verosímilmente, al menos en época arcaica, albergaría zonas de amarre y atracaderos (Hurst 1994, 43).
El área total ocupada por el conjunto de usos del suelo podría acercarse a las 40 ha aproximadamente.
Con el crecimiento vivido durante los ss.
V-IV a.C. Cartago desarrolló un núcleo urbano de mayores proporciones (Fig. 4) alcanzando su superficie de habitación unas 30 ha. Ésta parece haberse extendido en todas direcciones pero especialmente hacia el este y hacia el sur, como queda atestiguado por las excavaciones del Barrio de Magón y de Bir Massouda.
A consecuencia de este crecimiento los barrios periféricos no se vieron envueltos por el tejido urbano en expansión, como fue la norma por ejemplo en las ciudades europeas del periodo industrial (Capel 2002, 374-385), sino que fueron desplazados hacia el exterior.
La necrópolis se desarrolló hacia el norte, ocupando el suelo virgen de las partes altas de las colinas de Bord Djedid y del Odeon (Bénichou-Safar 1982, fig. 139).
La zona industrial parece apropiarse del área suburbana oeste y sur tras haber sido expulsada del sector este, ahora ocupado por las vi- viendas del Barrio de Magón.
Con una densidad de ocupación variable y seguramente menor que en el espacio de hábitat, la extensión total de la ciudad podría alcanzar las 100 ha. El último siglo de la ciudad púnica fue testigo, como es bien sabido, de grandes obras de ingeniería civil entre las que destacan la construcción de los puertos que pueden visitarse en la actualidad (Hurst 1994, 40-52), la del Barrio de Aníbal, y varias importantes reformas urbanísticas en el casco antiguo documentadas tanto por las excavaciones arqueológicas (Niemeyer et al. 2007, 154-172 y 237) como por fuentes epigráficas (Sznycer 1978; Ferron 1985).
El núcleo de hábitat siguió expandiéndose en todas direcciones pudiendo alcanzar las 60 ha de superficie, si bien el debate en torno a la extensión y naturaleza del barrio de Megara no permite por el momento ninguna conclusión definitiva.
El crecimiento llevó incluso a ocupar las laderas de la Byrsa y Juno (Fig. 5), de forma que las áreas industriales aquí ubicadas en fases anteriores fueron nuevamente desmanteladas y probablemente reubicadas en algún suburbio próximo, hasta el momento no identificado.
La necrópolis parece haber quedado restringida al sector norte y continuó desplazándose hacia la cima de Bord Djedid y hasta la zona conocida como Santa Mónica (Delattre 1899; id. 1900; id. 1902; Bénichou-Safar 1982, fig. 139) desplazada ante el avance del núcleo de hábitat, que se había asentado ya en la parte baja de Douïmes-Dermech, así como por la probable instalación en las laderas de estas colinas de nuevas instalaciones productivas (Gauckler 1915, vol, I. Pl.
Los suburbios cartagineses de los ss.
III-II a.C. son actualmente imposibles de delimitar con certeza, pero en función del crecimiento del núcleo de hábitat se podría proponer una extensión superior a las 150 ha.
Destaca asimismo la característica ubicación del tofet, nacido en un espacio periférico y alejado del núcleo residencial, como resulta habitual en otros centros fenicio-púnicos.
Los únicos elementos que probablemente se encontraron en sus inmediaciones desde las primeras fechas fueron algunas infraestructuras portuarias que podrían haberse instalado en la Laguna de Túnez.
El crecimiento de la ciudad a lo largo de los siglos no modificó esta relación topográfica.
Las únicas variaciones respecto a los usos del suelo que afectaron la zona del tofet fueron la disposición de vertederos industriales (Poinssot; Lantier 1923; Carton 1929, 29-30), algunos de ellos probablemente en relación a las mencionadas actividades portuarias (Hurst; Stager 1978, 339; Stager 1992).
La información contenida en los tres croquis (Figs.
3-5) puede presentarse en última instancia de forma aún más esquemática (Fig. 6).
Se distingue así la presencia constante de un espacio central dedicado al hábitat, con tendencia a expandirse en todas direcciones sin permitir en su interior elementos extraños a la principal funcionalidad.
Alrededor de dicho núcleo se disponen dos grandes zonas periféricas: una dedicada a los enterramientos y otra a la producción y al trabajo.
Gráfico esquemático de la expansión de los usos del suelo en Cartago y de la consecuente formación de secuencias estratigráficas.
LA DISTRIBUCIÓN DE LOS USOS DEL SUELO EN LA CARTAGO FENICIA Y PÚNICA La parte inferior de la figura 6 ofrece también una propuesta sintética sobre la formación de las secuencias estratigráficas comentadas.
Como si de fichas de dominó se tratase, cuando un barrio industrial era desplazado por la expansión del hábitat, éste a su vez se asentaba sobre una antigua necrópolis.
Si bien es cierto que en ocasiones los cambios en los usos del suelo estuvieron separados por una fase de abandono intermedia, como en la ladera sureste de la Byrsa, también están documentados casos en los que la evacuación de una necrópolis y la implantación en el mismo punto de un barrio industrial son hechos tan próximos en el tiempo que parecen estar directamente relacionados como causa-efecto, como en Bir Massouda (Fig. 1, n.
Desafortunadamente, muchos de los números indicados en la figura 1 corresponden a estratigrafías registradas, al menos parcialmente, en excavaciones antiguas que no nos aportan suficientes datos cronológicos.
Aún así la repetición constante de las superposiciones estratigráficas más arriba resumidas es testimonio de la continuidad temporal de este comportamiento.
El registro arqueológico cartaginés parece así mostrarnos una distribución de los usos del suelo racional y perpetuada en el tiempo, lo que merece ser objeto de análisis.
Destaca en los gráficos la posición relativa de cada una de las zonas desde un punto de vista topológico, es decir, se evidencia el carácter periférico de las áreas funeraria y productiva como un rasgo fundamental y definitorio de estas actividades.
Por ello entiendo que su marginalidad topográfica no es una consecuencia natural causada por un crecimiento urbano incontrolado o un rasgo urbanístico involuntario determinado por la fundación inicial arcaica.
Por el contrario considero que la marginalidad topográfica de estos elementos es una característica impuesta y voluntariamente conservada a lo largo de los siglos, no necesariamente compartida por otras sociedades del Mediterráneo antiguo.
Del estudio de los diez ejemplos referidos, repartidos por todos los sectores de la ciudad, destaca asimismo la aparente aplicación de una jerarquía preestablecida en la reubicación de los usos del suelo.
En la reorganización de tipo fichas de dominó el suelo dedicado a las necrópolis pasó a ser empleado como espacio productivo o habitativo pero nunca sucedió lo contrario.
El espacio dedicado a viviendas en Cartago nunca quedó sometido a reempleos y se mantuvo como tal hasta la destrucción de la ciudad.
A su vez las necrópolis nunca reaprovecharon suelo ya empleado para otros fines sino que se instalaron siempre en tierra virgen.
8 El ejemplo del Kerameikos de Atenas se explica en cambio según otros patrones de comportamiento urbano.
Este sector estuvo atravesado por el río Erídano, a las orillas del cual se han encontrado diversos enterramientos que datan desde el s. XI a.C. al s. VI a.C. (Camp 2001).
Aunque esta zona fue excavada desde finales del s. XIX, han sido sólo las recientes excavaciones las que han dado con una necrópolis extramuros activa durante la segunda mitad del s. V a.C. (Parlama; Stampolidis 2000, 264-389).
Sólo a principios del s. IV a.C. se delimitó este área de enterramiento con un murete, al otro lado del cual se instaló un único taller cerámico (ib., 273-274), que en ningún momento aprovechó estructuras pertenecientes a la necrópolis ni se superpuso a ellas (ib., 264-265).
Pese al nombre con el que esta zona de enterramiento ateniense ha pasado a conocerse en la historiografía arqueológica, las evidencias de un uso generalizado del área como alfarería pertenecen sólo a la época tardorromana (Camp 2001, 263) La aparente sencillez que se desprende de la figura 6 no debe hacer olvidar la serie de costosas operaciones, legales y constructivas, que fueron necesarias para su manutención ni las ventajas funcionales que de ella se obtienen.
Dadas las secuencias estratigráficas de las que disponemos, la recalificación de terrenos, el desmantelamiento de barrios enteros y su reubicación en nuevas zonas según unos parámetros de comportamiento rígidos no deben ser entendidos como eventos ajenos a la historia urbana cartaginesa.9 Recordemos que la construcción de nuevas residencias o talleres no tendría porqué haber implicado la destrucción de otras instalaciones preexistentes.
Hubiera resultado más económico cimentar las nuevas edificaciones en suelo libre y no ocupado.
Sin embargo de este modo no habría sido posible mantener la organización urbana que la arqueología ha documentado.
Podemos deducir por tanto que los cartagineses no se vieron obligados sino que optaron por derribar y reconstruir.
Entre las ventajas de esta gestión del espacio destacan las que son consecuencia directa de la ubicación del cinturón industrial.
Desde la época arcaica las instalaciones productivas se situaron en la zona periférica que lindaba con la playa (Fig. 3).
De ello se derivaron, entre otros, tres hechos: la minimización de las molestias causadas a la zona residencial, la mayor disponibilidad de espacio para los talleres y demás instalaciones productivas y, por último pero no por ello menos importante, la optimización de recursos aplicados a la gestión de los residuos.
La primera de estas ventajas ya ha sido notada y apuntada por numerosos investigadores e investigadoras de las sociedades fenicio-púnicas.
La segunda lo ha sido en menor medida, pero no deja de ser una característica inherente a la construcción de instalaciones al margen de un estricto sistema catastral como el que constriñe la edificación de muchos núcleos urbanos de la Antigüedad, especialmente en ámbito colonial heleno y romano.
La menor presión inmobiliaria de los suburbios permitió disponer con mayor libertad del espacio necesario para el desarrollo de los trabajos.
La viabilidad del barrio industrial pudo quedar libre de las limitaciones impuestas por los angostos callejones del centro urbano.10 La conectividad de esta área con la zona portuaria también parece haber jugado un importante papel en el caso cartaginés: la disposición de atracaderos y talleres redujo el recorrido que debieron seguir las eventuales tareas de abastecimiento y descarga de materias primas y manufacturas (Figs.
Esta solución no sólo agiliza los procesos productivos sino que minimiza el tráfico a través de la zona residencial.
Es conveniente recordar que la existencia de un sistema catastral para gestión del espacio urbano en Cartago es un hecho que se halla todavía en discusión.
Sin embargo, su carácter fundacional oficial sugerido por la tradición escrita (Just.
18.4-6), la evolución edilicia documentada bajo el cruce entre el decumano máximo romano y el cardo X este (Niemeyer et al. 2007), así como los múltiples restos arquitectónicos que siguen la misma orientación de estas viviendas (Fumadó Ortega e.p; v. nota 4), sugieren la probable existencia de dicho catastro en Cartago desde el s. VIII a.C. (Ben Younès 1995, 824-826; Gras 2002, 186-189), si bien no se pueden por el momento realizar afirmaciones concluyentes.
LA GESTIÓN DE LOS RESIDUOS URBANOS
Otra ventaja funcional es la relativa a la gestión de los residuos que inevitablemente produce cualquier comunidad humana.
Su evacuación supone un problema de primer orden no sólo para la habitabilidad de un asentamiento sino también para el eficaz desarrollo de cualquier proceso productivo (cf. Mannoni; Giannichedda 2003, 61-111).
La ubicación estratégica del cinturón industrial cartaginés se reveló como una solución que las sociedades industrializadas sólo han redescubierto y utilizado bien entrado el s. XX (cf. Capel 2002, 393-406).
Desde el punto de vista de la salubridad se aseguró así una cierta distancia entre el foco de ruidos, humos y olores, pero sobre todo de residuos industriales líquidos y sólidos siempre molestos, que en ocasiones pueden llegar a ser altamente tóxicos.11 La proximidad del barrio industrial al mar y a la Laguna de Túnez permite suponer que éstos serían los destinos más probables de la mayoría de vertidos líquidos y sólidos producidos por alfarerías, tenerías y tintorerías.
Ambas playas ofrecieron la opción que supuso el menor esfuerzo invertido en la evacuación de los subproductos indeseados de estas industrias al ser lugares hacia los que tiende la pendiente del terreno.
En apoyo a esta hipótesis se puede argumentar la evolución arqueológicamente registrada de la línea de costa (cf. Paskoff; Hurst; Rakob 1985).
De dicha evolución se desprende que, al margen de las transformaciones litorales debidas causas naturales (cf. Paskoff 2004, 294 y ss.), el progresivo avance de la tierra firme sobre el lecho marino fue ayudado ya en la Antigüedad por vertidos antrópicos: recordemos que en los niveles más profundos de la excavación del Barrio de Magón (Rakob 1991, 31 Abb.
7) se hallaron sobre la arena virgen de la playa potentes estratos de residuos orgánicos, cenizas, escorias y múrice triturado, así como abundante material cerámico muy rodado por efecto de una larga exposición a la acción del oleaje.
Ello demuestra la ubicación en este punto de un vertedero urbano arcaico.
Análogo registro parece hallarse en la misma costa pero más al sur, justo al norte del puerto militar, si bien esta vez no disponemos de tantas pruebas documentales debido a su excavación antigua.
Quizá fuera este también el destino de los residuos urbanos objeto de atención de los koprologoi cartagineses (cf. Docter 2005).
En el otro punto de agua próximo al cinturón industrial, la Laguna de Túnez, no tenemos un registro arqueológico similar para estas cronologías.
Sin embargo, parece lógico pensar que el desplazamiento hacia el sur que sufrió su línea de costa ya en época antigua fue, al menos en parte, consecuencia de una gestión de los residuos paralela a la desarrollada en la costa del Golfo de Túnez.
Cabe señalar que la reducción de la superficie ocupada por la Laguna de Túnez continúa hoy en día.
Resulta sugerente comprobar, sin querer caer en anacronismos, el papel protagonista que juegan en este proceso los actuales residuos urbanos y escombreras de la capital tunecina que cumplen así tanto objetivos industriales (evacuación de vertidos) como inmobiliarios (obtención de nuevo suelo edificable).
No disponemos de elementos suficientes que nos permitan precisar en qué medida los habitantes de la Cartago fenicia y púnica, mediante sus vertidos en la costa, fueron conscientes de estar llevando a cabo la actividad doblemente útil que nosotros denominamos reciclaje.
No obstante es indiscutible que a principios del s. V a.
C. los cimientos del Barrio de Magón se apoyaron sobre tres metros de potencia de escombros, cenizas, basuras y otros residuos (Stanzl 1991, 33) obteniendo, por colmatación de terrenos baldíos, nuevo suelo urbano útil.
Evidenciado este estratégico vertedero, queda abierta la cuestión quizá irresoluble de saber hasta qué punto la sistematicità, ordine e stupefacente lungimiranza (Mertens 2006, 63) del urbanismo arcaico de las colonias helenas fundadas en Sicilia fueron compartidos por Cartago y por su hábil gestión de los residuos urbanos.
En resumen podríamos decir que desde la época arcaica se aplicó en Cartago una separación entre el suelo dedicado al hábitat y al resto de actividades, como resultado de la cual se produjo una asociación espacial entre las necrópolis y las zonas industriales, así como entre éstas, la zona portuaria y el tofet.
El crecimiento y las reformas urbanísticas que la ciudad sufrió en los siguientes siglos implicó en ocasiones la reubicación tanto de las necrópolis como de los barrios industriales, pero no modificó las relaciones topográficas mencionadas que continuaron dándose en diferentes barrios de Cartago hasta la fecha de su destrucción.
La perduración en el tiempo de este comportamiento propició una serie de asociaciones topográficas recurrentes tanto sincrónicas, es decir, en el paisaje urbano, como diacrónicas, esto es, en las secuencias estratigráficas arqueológicamente registradas (v. supra).
La reutilización de escombros y basuras como rellenos con finalidad constructiva, el aprovechamiento de los vertederos para colmatar áreas improductivas, la unidad topográfica de la zona residencial, la ubicación sistemática de las actividades funerarias e industriales fuera del área de hábitat y el repetido desplazamiento hacia el exterior de estos elementos en base a una jerarquía preestablecida de acceso al suelo; todas estas características sugieren un elevado control de los usos del suelo que, en mi opinión, no puede deberse únicamente a una férrea legislación.
La disposición de semejante orden espacial debe entenderse como el reflejo topográfico de una serie de esquemas culturales cartagineses profundamente arraigados en la tradición y modificados sólo con gran lentitud.
En este sentido, el concepto de lo residual, dentro de la oposición binaria entre lo puro y lo impuro, entendidas éstas como nociones elementales en la concepción religiosa del universo fenicio en particular (Xella 1978; Ribichini 1992) y del mundo antiguo en general (Parker 1996), esconden con seguridad las claves interpretativas que quedan por analizar en investigaciones futuras sobre el comportamiento urbanístico cartaginés.
CONTRA EL PREJUICIO LÓGICO-ESPACIAL
El prisma colonialista con el que la arqueología mediterránea comenzó a interrogar los principales CARTAGO: USOS DEL SUELO EN LA CIUDAD FENICIA Y PÚNICA Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 9-26 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.001 yacimientos fenicio-púnicos tuvo diversas consecuencias, de entre las que en este artículo he querido destacar la creación de un prejuicio lógico-espacial contra las sociedades fenicio-púnicas en general y sobre Cartago en particular.
Durante las últimas décadas del s. XIX y las primeras del s. XX la investigación académica asumió para los pueblos semitas una menor capacidad de abstracción lógica y de organización del espacio urbano y arquitectónico.
Esta representación de las sociedades fenicio-púnicas ha perdido progresivamente virulencia durante el s. XX, pero continúa influyendo en la interpretación de la historia urbana de Cartago.
La arqueología reciente ha seguido mirando el registro arqueológico cartaginés desde perspectivas clasicistas y así ha pasado prácticamente desapercibida hasta la fecha la racionalidad con la que los cartagineses gobernaron su ciudad.
En este artículo he querido poner de relieve tan sólo algunos de estos elementos interdependientes que denotan su capacidad organizativa, a saber: la intencionada distribución de los usos del suelo y la gestión de los residuos urbanos en la Cartago fenicia y púnica.
Se ha pretendido con ello contribuir a un objetivo doble: llamar la atención sobre la descolonización aun incompleta de la arqueología fenicio-púnica y realizar un acercamiento a la sociedad cartaginesa que no fuese deudor de los presupuestos clasicistas. |
Se presentan los primeros datos sobre un nuevo asentamiento fortificado próximo al litoral occidental de la provincia de Almería, en el sureste de la Península Ibérica.
Se analiza el sistema de muralla de casamatas, así como los materiales arqueológicos superficiales que permiten datar su funcionamiento entre la segunda mitad del siglo VI a.
C. y finales del siglo V o principios del IV a.
C. Se propone una funcionalidad relacionada con el control estratégico de recursos mineros y agrícolas por parte de la antigua ciudad fenicia de Abdera.
En este trabajo presentamos los primeros resultados que ha ofrecido el estudio preliminar de este nuevo yacimiento arqueológico, efectuado gracias al encargo de la Delegación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía a un equipo de investigadores de la Universidad de Almería, para la elaboración del expediente de declaración como Bien de Interés Cultural.
Altos de Reveque fue descubierto casualmente en la primavera de 2008 por D. Ramón Alférez Peralta, técnico de los servicios de Cultura del Ayuntamiento de El Ejido, miembro de la asociación de defensa del Patrimonio Histórico Athena, y ejemplo de actividad incansable y desinteresada en la protección y difusión del patrimonio histórico del Poniente almeriense.
El levantamiento topográfico se realizo con equipos GPS bifrecuencia (5800 de Trimble) en modo relativo o diferencial con medida de fase en tiempo real, también conocido como RTK (Real Time Kinematic) o cinemático.
El modo RTK implica que uno de los receptores, denominado estación base, se encuentra en posición conocida y transmite correcciones diferenciales vía radio al otro receptor, equipo móvil, que realiza el levantamiento obteniendo precisión centimétrica.
2 Aunque el modo RTK obtenga el levantamiento con precisión centimétrica, éste puede estar desplazado, es decir, tener problemas de georreferenciación, o lo que es lo mismo, que sufra un desplazamiento respecto de la cartografía oficial del lugar, UTM huso 30 norte en nuestro caso.
Este problema se resolvió procesando a su vez, en modo relativo, la estación base GPS situada en el Reveque con otra estación base GPS fija.
En nuestro caso se empleó la estación base de Almería de la RAP (Red Andaluza de Posicionamiento), que sirve a través de Internet3 de forma gratuita correcciones diferenciales de modo continuo, existiendo un total de 22 estaciones en Andalucía.
Con esto último se georreferencia la estación base situada dentro del perímetro amurallado de nuestro trabajo con precisión centimétrica, ya que el tiempo de observación es de varias horas.
A este último método de posicionamiento se le denomina modo relativo con medida de fase en postproceso, y es el método empleado para levantar las redes geodésicas.
Además, para tener un control de cada una de las 6 sesiones de trabajo con GPS realizadas en días diferentes, se tomaron también dos puntos de referencia fijos en cada sesión, a fin de comprobar que los distintos levantamientos de campo encajaban sin desplazamiento.
Dichos puntos son dos hitos permanentes de hormigón que se sitúan en la cima de la colina oriental de Altos de Reveque.
Para el levantamiento topográfico se realizó un modelo digital del terreno con cerca de 3000 puntos abarcando todo el recinto y un contorno exterior mínimo de 25 metros, a partir del cual se generó un plano topográfico con una equidistancia entre curvas de nivel de 0,5 metros.
Para ello se transformaron las alturas elipsoidales obtenidas con el GPS en alturas ortométricas (altura sobre el nivel del mar) mediante un modelo de geoide, el IGG2005.
4 En el levantamiento de las construcciones, dado el gran volumen de datos recogido, se realizó una codificación de cada punto levantado, para asegurar así su correspondencia con cada entidad identificada en el campo.
La planimetría que se presenta reúne las construcciones que se aprecian visualmente en la superficie del yacimiento, en la medida en que los derrumbes y la vegetación permitían tomar los datos durante el trabajo de campo.
Se procedió también a efectuar una prospección superficial del asentamiento y las alturas adyacentes, llevando a cabo una recogida selectiva del material arqueológico observable en superficie, así como de diversas muestras de mineral que fueron analizadas mediante Difracción de Rayos X. El material cerá-mico fue dibujado y clasificado y se presenta también un estudio del mismo.
El yacimiento arqueológico de Altos de Reveque ha estado completamente inédito hasta su descubrimiento en 2008.
No se puede, en principio, relacionar con ningún topónimo de las fuentes clásicas y no ha sido nunca objeto de estudio alguno.
Por su carácter excepcional tampoco contamos con sitios similares que hayan sido estudiados y publicados.
Por todo ello, y dado que tampoco se han efectuado excavaciones arqueológicas, los únicos elementos disponibles para su identificación, interpretación histórica y datación son el análisis constructivo, tipológico y comparativo de la planta del recinto amurallado, el análisis de las cerámicas y otras muestras recogidas en superficie, así como la valoración del contexto histórico en que se desenvolvió el asentamiento.
En consecuencia, la interpretación que proponemos de Altos de Reveque debe entenderse con las cautelas propias de un estudio sobre un asentamiento que aún debe aportar mucha información arqueológica una vez se obtengan datos de excavación más concluyentes.
EL ASENTAMIENTO Y SU ENTORNO
El yacimiento de Altos de Reveque se sitúa en las estribaciones meridionales de la Sierra de Gádor, formando parte del complejo denominado La Sierrecilla, en el área suroccidental del término municipal de Dalías, en la Baja Alpujarra almeriense (Fig. 1).
La Sierra de Gádor es un sistema montañoso situado en la parte suroccidental de la provincia de Almería, que limita con la de Granada y se dispone muy próxima al litoral.
Con una altitud media elevada, de unos 1000 metros, y un relieve muy accidentado, la Sierra de Gádor está constituida geológicamente por materiales del Triásico que se pueden agrupar en dos tipos principales de formaciones: una primera de filitas y cuarcitas y una segunda de calizas margosas y dolomías.
Sometida a fenómenos volcánicos, la Sierra de Gádor presenta una notable riqueza mineral, principalmente plomo, así como hierro, cobre y plata, asociada en ocasiones al plomo.
5 Desde la Antigüedad los importantes recursos mineros de la Sierra de Gádor fueron intensamente explotados, como atestiguan diversos indicios, sobe todo de época romana, así como en época medieval y moderna.
6 En el siglo XIX se intensificó la produc-ción minera en la zona, sobre todo de plomo, constituyendo entonces la más importante de España.
A pesar de que mayoritariamente los plomos de la Sierra de Gádor tenían un contenido bajo en plata, ya en el siglo XIX los estudiosos de la minería advirtieron la presencia de criaderos de plata con un alto contenido en este metal, en áreas asociadas a pórfidos de la Sierra de Gádor, en concreto en áreas de Enix, Vícar y Dalías, y recogieron algunos testimonios arqueológicos de la explotación de los recursos mineros en la Antigüedad.
7 El municipio de Dalías concentraba en su término numerosas minas y boliches, hornos de tipo artesanal para el beneficio de metales como el plomo, situados junto a los puntos de extracción de mineral, en un número mucho mayor que los demás distritos mineros de la Sierra de Gádor.8 Las ruinas de una de estas instalaciones mineras se sitúan justo al pie de los Altos de Reveque en su ladera sur.
Es posible, aunque no tenemos la seguridad, de que se correspondan con el boliche al que Madoz hizo referencia en su Diccionario, con el nombre de Rebeque.9
Al pie de la ladera, junto a las ruinas del boliche, se encuentra un nacimiento de agua cuya existencia debió sin duda condicionar favorablemente la elección del sitio para el emplazamiento de un asentamiento humano.
Los Altos de Reveque son dos colinas separadas por una vaguada por la cual discurre una pequeña torrentera o arroyo donde circula el agua con ocasión de las lluvias.
La formación geológica de la colina más oriental, dolomías tableadas afectadas por procesos clásticos, motivó la existencia de diaclasas y la circulación de agua subterránea, cuyos indicios son apreciables en algunas de las nueve cavidades naturales existentes en esta colina.
10 Con una altitud máxima de 389,5 metros, el yacimiento goza de una visibilidad privilegiada al este, sur y suroeste, que alcanza sobre el mar casi todo el Golfo de Almería y buena parte de la costa del Poniente almeriense, desde el Cabo de Gata hasta las Albuferas de Adra (Fig. 2).
También domina visualmente el antiguo Campo de Dalías, una extensa área cultivable hoy día perteneciente en buena parte al municipio de El Ejido y cubierta de invernaderos.
Hacia el noreste, norte y oeste el yacimiento obtiene una visibilidad más limitada, dirigida hacia las alturas de la Sierra de Gádor.
Desde los Altos de Reveque se divisa en primer término hacia el noreste el Cerrón de Dalías, un oppidum ibero del que dista dos kilómetros y que pensamos podría identificarse con la antigua Murgi.11 Aunque no ha sido excavado, los materiales superficiales atestiguan para el Cerrón una larga secuencia de ocupación desde la Prehistoria, reconociéndose en superficie varias edificaciones y un sistema defensivo formado por dos murallas concéntricas, aunque no sabemos si serían contemporáneas entre sí.
12 El asentamiento de Altos de Reveque consiste en un recinto amurallado con un perímetro de 1057 metros y una superficie de 5,3 hectáreas (Fig. 3).
Emplea técnicas constructivas similares en toda su extensión y seguramente debió ser planificado y construido de una sola vez, según parecen indicar las estructuras constructivas, la concepción del espacio protegido y la funcionalidad militar y estratégica del asentamiento.
El interior del recinto está ocupado sólo parcialmente por pocos edificios exentos y distantes entre sí que no componen una aglomeración urbana, si bien parece haber una mayor concentración de edificios al sur, donde la superficie es más llana y permite la edificación con más facilidad.
La mayor parte del área fortificada presenta en superficie el sustrato rocoso o una fina cobertera vegetal sin que se reconozcan sedimentos arqueológicos fuera de las áreas donde hay edificaciones.
La bajísima densidad de materiales arqueológicos en superficie y su concentración en las áreas próximas a la muralla y a los edificios, da idea también de la reducida ocupación humana de que fue objeto el recinto, pues a pesar de que los procesos erosivos han debido actuar en la cuenca de las torrenteras, la orografía no permite la edificación sin emplear sistemas de aterrazamiento que se emplearon en la construcción de algunos edificios como puede obser-varse, y que sin embargo no se aprecian en laderas que conservan su perfil natural, pues de haber existido habrían dejado una evidente impronta a pesar de la erosión, así como algún material cerámico erosionado que está totalmente ausente.
El amurallamiento de una gran extensión de terreno, superior a las 5 hectáreas responde pues, posiblemente, a planteamientos tácticos y poliorcéticos.
Los objetivos serían los de no dejar sin protección ninguno de los dos altos o colinas paralelas cuya similar altitud -389,5 m la occidental y 384 m la oriental-podría dejar expuesta una fortificación de inferior extensión a merced de hipotéticos atacantes desde la otra altura vecina.
El recinto amurallado se adapta completamente a la naturaleza del terreno, sobre todo en las áreas más accidentadas y escarpadas.
La posición dominante del asentamiento fortificado y la gran envergadura de la muralla, así como la naturaleza rocosa del terreno justifican la inexistencia de un foso que circundase parcialmente el recinto, del que no se han localizado superficialmente indicios de ninguna clase.
La muralla (Fig. 4) es continua salvo en dos tramos, uno en el ángulo noroeste del recinto, donde se sitúa un cortijo moderno en ruinas que empleó en su edificación piedras de la muralla destruyendo unos 35 metros de la misma, y otro tramo en el lado sur, precisamente donde el barranco o arroyo que separa las dos colinas se abre al vacío.
En ambos tramos se pierde la muralla sin que se distinga en la superficie rocosa traza alguna de su continuidad.
En el ángulo suroeste del recinto se edificó un gran aprisco o corral para el ganado empleando también piedras de las construcciones antiguas, lo que hace que no se reconozca con seguridad en superficie, el trazado de unos 28 metros de muralla, aunque es posible que se conserve alguna hilada debajo de los derrumbes.
EL SISTEMA DE FORTIFICACIÓN
La muralla de Altos de Reveque es de una gran complejidad y en los lados norte, oeste y sur está construido mediante la técnica de doble paramento con compartimentos interiores, efectuados mediante muros perpendiculares dispuestos a intervalos regulares (Fig. 4).
Este sistema defensivo también recibe el nombre de muralla de casamatas.
13 Los dos muros paralelos que componen la muralla presentan una anchura igual en todo el trazado: en torno a 1 metro el paramento exterior y sobre 0,50-0,52 metros el interior.
Estas dimensiones pueden relacionarse con los sistemas metrológicos empleados por fenicios y cartagineses, que aunque no fueron unívocos en el tiempo y en el espacio, se basaban en unidades como el codo babilonio de 50-51 cm, el codo egipcio de 52,3 cm o el codo fenicio de 49,7 cm, empleados en las fortificaciones de Motya, así como el codo de 51,87 cm utilizado en Cartago en el siglo V a.
C. 14 Teniendo en cuenta la disgregación sufrida en las piedras de las murallas de Altos de Reveque y la pérdida de argamasas, revestimientos y enlucidos, podemos tomar como referencia un codo feniciopúnico de unos 52 cm, medida que se aproxima más a las obtenidas en la mayoría de los muros del asentamiento y que está en la línea de las unidades metrológicas antes mencionadas.
Así pues, el ancho del paramento exterior sería de unos dos codos, mientras que la anchura del interior y de los tirantes perpendiculares que formaban los compartimentos interiores sería de un codo.
Sin embargo, la anchura total de la muralla, es decir, la distancia entre el muro exterior y el interior es diferente en cada tramo: en la muralla noreste la anchura total es de unos 6,20 m., aproximadamente 12 codos; en la muralla oeste varia en su progresión al sur entre los 5,5 y los 8,5 metros aproximadamente, es decir, entre los 11 y los 17 codos, mientras que en la muralla sur la anchura es similar a la del paño noreste.
Esta diferencia se debe posiblemente a las necesidades defensivas, pues la máxima anchura coincide con la ladera más accesible, la oeste, y por tanto la más vulnerable, por lo que quizás se reforzó dotándola de un mayor grosor.
De hecho, en la ladera este, al ser casi inaccesible, los constructores juzgaron suficiente levantar un solo muro, de idéntica anchura que el exterior en los demás lienzos, un codo.
De igual modo, la distancia entre los tirantes interiores de la muralla que generan los compartimentos interiores difiere de unos tramos a otros, con separaciones de unos 2 metros, o 4 codos, en la norte y sur y unos 3 metros o 6 codos en la muralla oeste.
Los cambios de trazado y los ángulos en la muralla a lo largo del perímetro generan compartimentos interiores más irregulares.
La unidad de construcción y de concepto de la fortificación queda patente en algunos puntos de la muralla oeste, donde se comprueba cómo el muro exterior y los tirantes están trabados en la misma fábrica, lo que indica que no se adosaron con posterioridad, sino que se construyeron al mismo tiempo los muros exterior e interior y los tirantes.
La técnica constructiva empleada es la mampostería con blo- ques irregulares de piedra caliza de mediano tamaño (Fig. 5).
En diversos puntos del perímetro exterior, y sobre todo en la muralla oeste, se observa con claridad la disposición de un zócalo de piedra sobre la roca que sobresale unos 30 centímetros bajo la base de la muralla.
Su objeto era el de dar mayor solidez a la obra, a fin de que el muro exterior de la muralla se erigiese sobre una base sólida.
En general se conservan apenas unas pocas hiladas de alzado, aunque en algunos cortos tramos, como en el paño situado entre las torres 3 y 4, se aprecia la conservación de una mayor altura en alzado, hasta aproximadamente 1,40 metros.
Dichos alzados permiten conocer cómo los exteriores de la muralla debieron estar bien careados y emplearon ripios para regularizar el aspecto final nivelando las hiladas.
No obstante, es posible que, al igual que muchas de las murallas fenicias y cartaginesas, la fábrica de piedra alcanzase sólo una parte del alzado total de la muralla, completándose el resto con fábrica de adobes.
Este extremo no podría comprobarse sino mediante información obtenida en excavación, ya que en superficie no se han conservado restos de adobes.
Bajo la muralla sur, justo donde termina un pequeño arroyo, la muralla está perforada en la base por un aliviadero bajo la fábrica de mampuesto, a fin de permitir la evacuación de la escorrentía de las aguas pluviales.
Igualmente, en el extremo este de la muralla sur, coincidiendo con el barranco que evacuaría las aguas pluviales se aprecia la interrupción de la muralla, debido a que tal vez se dejó deliberadamente abierta por los ocupantes del asentamiento para facilitar la salida de aguas.
Esta posibilidad se ve reforzada por la disposición de la torre 11 que cierra el trazado de la muralla.
La mayor parte de los ángulos del recinto amurallado se concibieron para reforzar las defensas flanqueando los paños de muralla para actuar como grandes torres avanzadas que aunque se aproximan al concepto de baluarte, en tanto que obra de defensa situada en el encuentro de dos cortinas de muralla y saliente de los mismos, podemos denominarlos mejor como bastiones angulares.
El denominado bastión 1 se sitúa en el ángulo noreste del recinto y sirve de unión entre la muralla noreste de compartimentos interiores y la muralla este, formada por un único muro.
En la cara este del bastión la muralla se adelanta unos metros sobre la línea perpendicular de la muralla noreste, formando una torre que flanquea la muralla este, denominada torre 1 (Fig. 6).
Al interior del bastión 1 se disponen muros de un codo de anchura, adosados a los compartimentos interiores de la muralla, dando lugar a habitaciones y espacios compartimentados.
El bastión angular 2 se sitúa en el extremo norte de la muralla de esta orientación.
El cierre poligonal es en sí mismo un refuerzo que flanquea la muralla noroeste con la torre 2 y la muralla noreste con el bastión 1 para cruzar el lanzamiento de proyectiles a hipotéticos asaltantes sin dejar ángulos muertos en las defensas.
Al interior del bastión 2 se dispone una estructura maciza poligonal, aparentemente compartimentada por muros interiores que quizás sirvió como punto elevado dentro del bastión y refuerzo del mismo o como plataforma de máquinas de proyectiles.
El bastión 3, situado en el ángulo suroccidental del recinto es el más complejo de los tres, debido a que se encuentra en el área de más baja cota de la ladera oeste, la más vulnerable de la fortaleza.
Su cara oeste está reforzada con dos torres, no 7 y 8 y la sur, con otra torre, la no 9.
Al igual que en el bastión 1, al interior se detectan muros correspondientes a una red interna de estancias cuya funcionalidad y planta adelantada debido a la orografía, pues el desnivel de la ladera es muy acusado en esa zona.
LOS ACCESOS AL RECINTO Y LOS EDIFICIOS INTERIORES
Por el momento se desconoce la ubicación de los accesos principales, aunque podríamos avanzar alguna hipótesis sobre su posible localización, al tiempo que se han identificado dos accesos secundarios, denominados acceso 1 y acceso 2.
El primero se sitúa en la muralla sureste, cerca del edificio 10: se trata de una poterna o postigo formado por una abertura en la muralla delimitada por lajas de piedra perpendiculares a la misma de aproximadamente un metro de anchura, que salva el desnivel hacia el exterior mediante tres escalones hechos con lajas de piedra (Fig. 8).
El acceso 2 (Fig. 9) es una galería artificial que comunica el exterior del recinto con el pie de la muralla sur, junto a la torre 11, construida seguramente para proteger y vigilar el acceso a dicha galería.
Ésta se encuentra parcialmente cegada y en el suelo de la boca superior, junto a la muralla, se pueden observar grandes lajas planas de piedra que tal vez formaron el techo artificial de la salida de la galería, de donde posiblemente se desprendieron.
Los accesos principales al recinto no se aprecian con claridad en superficie, aunque hay algunos indicios para proponer una situación hipotética: una posibilidad es que se situasen en la ladera oeste, próximos a la torre no 6, en cuyo interior se emplazó un compartimento interior de mayor longitud que los demás.
Es posible que se tratase de un acceso junto a la torre, prolongada al interior para cubrir la hipotética apertura de la muralla, en un sistema de protección cuyo concepto recuerda en alguna medida los accesos protegidos de Gezer o Hazor de época de Salomón, entre otros ejemplos, con puertas de cámaras o portales sucesivos que se prolongaban al interior de la muralla denominadas passage gates.
15 Un compartimento interior también prolongado dentro del recinto y de las mismas dimensiones que el asociado a la torre no 6 se encuentra también en el mismo paño de muralla, unos 30 metros más al sur, aunque sin asociar a torre alguna.
Otra posibilidad sería que el acceso principal se efectuase por el ángulo noroeste, donde se interrumpe la muralla y se encuentra el cortijo moderno.
No obstante, sólo una excavación arqueológica permitiría detectar la situación de los accesos principales que con seguridad debieron existir.
En total se han podido reconocer once edificios o grupos de edificaciones en el interior del recinto.
Salvo algunas construcciones que se sitúan próximas a la ladera oeste, los edificios se concentran en las áreas norte y sur del recinto amurallado, donde el terreno está más nivelado y permite una mayor amplitud para la edificación.
Las dimensiones de los edificios son de 15 × 6,5 metros en el caso del mayor, el no 1, hasta los 6,5 × 6 metros del edificio 4 o los 4 x 5 metros del más pequeño, el no 5, en el área norte.
Aquí, los edificios 1 a 4 son de planta rectangular (Fig. 10) y a excepción del no 2, que sólo consta de un espacio único, Figura 9.
Acceso 2: entrada a la galería.
La fábrica de las hiladas de piedra que permiten reconocer la planta es de mampostería de piedras medianas y pequeñas, excepto en el edificio 4, cuyos muros son de piedras de gran tamaño.
En el área sur del recinto se concentran dos áreas de habitaciones con plantas más complejas que en el área norte, en las que no siempre es posible reconstruir las edificaciones con datos superficiales.
El denominado edificio 6 se sitúa bajo el corral de ganado moderno y presenta dos niveles de cota, debido posiblemente a que se emplearon sistemas de aterrazamiento para construir en el desnivel, al igual que el edificio 11.
El edificio 7, al igual que el no 6 está formado por un complejo de muros que se adosan a la muralla dando lugar al menos a cuatro habitaciones distintas.
Los edificios 8 y 9 están levantados en áreas de pendiente y los restos conservados parecen corresponder a plataformas macizadas de mampostería, cuya funcionalidad no podemos determinar.
El denominado edificio 10 (Fig. 4) se sitúa en el ángulo sureste del recinto amurallado, haciendo coincidir sus vértices.
Este edificio consta de una gran plataforma cuadrangular de mampostería macizada y presenta una estructura interna compleja, con distintas compartimentaciones interiores.
Sus dimensiones son de 20 m en cada lado y una superficie total de unos 400 m2.
Presenta muros adosados o que compartimentan espacios, algunos de los cuales llegan a tener 1,40 m de anchura.
Se distinguen claramente dos de los compartimentos interiores en la parte norte del edificio, con unas dimensiones de 20 m2 y 24 m2.
Por su situación junto a la muralla y su factura, así como por su proximidad con el acceso 1, la poterna abierta en la muralla, que se abre a una zona accesible al recinto por el sureste, podríamos ponerla en relación con el sistema defensivo, cumpliendo un papel de refuerzo del mismo, al igual que los bastiones angulares, aunque no es posible comprobarlo sin datos de excavación.
La cronología del asentamiento nos viene indicada por los materiales cerámicos recogidos en superficie, principalmente fragmentos de ánforas, platos, cuencos, fuentes y algunas cerámicas de cocina.
Los fragmentos cerámicos presentan bordes de fractura limpios y no se observan materiales rodados.
Espacialmente se concentran en las áreas amuralladas, sobre todo en la ladera oeste, así como en el área de edificios situada al sur.
Las cerámicas presentan dos fábricas, una más cuidada con pastas en tonos marrones en ánforas, platos y cuencos y otra más tosca, en tono anaranjado con desgrasantes de mayor tamaño, con la que se fabricaron fuentes y cerámicas de cocina.
16 El conjunto cerámico más antiguo es el formado por varios fragmentos de ánforas tipo Ramón 10.1.2.1, en concreto tres bordes (Fig. 11: a, b, c) y un fondo (Fig. 11: d), que pueden datarse como muy tarde hacia mediados o a principios de la segunda mitad del siglo VI a.
C. 17 Sin embargo, la mayor parte del material cerámico documentado, consistente principalmente en fragmentos de ánforas fenicio-púnicas tipo Ramón 11.2.1.3 (Fig. 11: e-k) destinadas al transporte de salazones de pescado, nos podría marcar la cronología central del uso del recinto fortificado en el siglo V a.
C. Este tipo de ánforas se comenzó a fabricar en los alfares de Gadir hacia finales del siglo VI a.
C. y continuaron distribuyéndose a lo largo del V a.
C. En otras ciudades fenicias como Abdera o Baria su presencia se documenta desde los inicios del siglo V a.
C. y también se produjeron en estos alfares locales.
18 La fase final del asentamiento podría estar determinada por un fragmento de ánfora también fenicia (Fig. 11: l) que podríamos identificar quizás con el tipo 11.2.1.4, una variante de las ánforas 11.2.1.3 empleada también para el almacenamiento y transporte de salazones de pescado, cuya cronología se prolonga hasta comienzos del siglo IV a.
C. 19 El conjunto anfórico se completa con un lote de asas de ánforas fenicias cuya adscripción podría hacerse a cualquiera de los tipos anfóricos mencionados, de las que presentamos aquí algunos ejemplares (Fig. 12: a-d).
Entre las cerámicas de cocina y comunes tenemos, en primer lugar, tres fragmentos de ollas facturados a mano (Fig. 12: e-g) que vendrían a corroborar esta cronología que se inicia a mediados del siglo VI a.
C. y continúa en el V a.
C., ateniéndonos a la perduración de las cerámicas a mano en las secuencias estratigráficas de Abdera y Baria.
20 Con idénticas funciones y a veces con restos de combustión en su superficie, se recogieron fragmentos de tres bordes de ollas a torno de pasta grosera, con borde ligeramente engrosado y exvasado y paredes de tendencia recta (Fig. 12: l-n).
El repertorio se completa con grandes recipientes abiertos, cuencos o fuentes con borde exvasado y cuerpos con paredes de tendencia recta (Fig. 12: h-k) y un fragmento de un borde de jarra (Fig. 13: n).
Estas cerámicas pueden datarse en el si-glo VI y en el V a.
C., de acuerdo con sus paralelos en la cercana estratigrafía abderitana del Cerro de Montecristo y en la estratigrafía de Baria, así como en algunos casos con producciones coetáneas del horno del Cerro del Villar del siglo V a.
C. o las producciones Otras formas de cerámicas fenicias de mesa han sido documentadas en los Altos de Reveque, tales como un vaso carenado, quizás una copa, de labio curvo que presenta decoración interior con tres bandas de color rojo (Fig. 13: a).
Copas similares de los siglos VI y V a.
C. se documentan en Abdera, con for- Un hecho a resaltar es la ausencia en superficie de cerámicas iberas, lisas o decoradas, que suelen documentarse abundantemente en los asentamientos iberos tipo oppidum de carácter fortificado, como sucede en el vecino oppidum del Cerrón de Dalías.
24 Anteriormente hicimos referencia a la recogida de muestras de mineral en el yacimiento y sus inmedia-ciones.
Las analíticas por Difracción de Rayos X25 efectuadas a muestras de mineral procedentes de asentamiento de Altos de Reveque y sus inmediaciones confirman la existencia de minerales con contenido en plata en la zona y su explotación en la Antigüedad y en época moderna.
La muestra de mineral no 4A (Fig. 14) tomada en las escombreras del boliche del siglo XIX, actualmente destruido y situado en la ladera sur del yacimiento arqueológico aporta en su composición un contenido elevado de plata (5,6%) y compuestos de plata (sulfuro de plata, óxido de plata, argentita, clorida), así como una alta proporción de mineral de hierro en forma de hematites (muestra 4B: 64,2%).
Por su parte, una muestra de escoria de fundición de mineral tomada también de dichas escombreras, la Figura 14.
Análisis de muestras de minerales del boliche moderno. muestra no 11B (Fig. 14), contiene un contenido en plata del 5,1 %.
Estas muestras nos están informando de la existencia en las cercanías del boliche de minerales de plata y hierro que fueron explotados y beneficiados en época moderna, y que probablemente fueron ya explotados en la Antigüedad.
Los resultados del análisis de la muestra no 8B (Fig. 15), recogida en superficie en el interior del recinto fortificado, concretamente en el área de edificios próxima a la muralla sur es extraordinariamente reveladora de las actividades vinculadas a la fortificación de Altos de Reveque.
La muestra presenta calcopiritas (12,8%) con cobre e hierro, así como plata pura (4%) y óxido de plata (4,2%).
Un segundo análisis de otra faceta de la muestra, no 8C (Fig. 15), contiene además de un 22% de calcopiritas, un 3,1% de plata pura.
LA TIPOLOGÍA DE LA MURALLA Las murallas de doble paramento con compartimentos interiores en la arquitectura militar fenicia y cartaginesa suelen ser denominadas murallas de casamatas o casernas, o murallas de cajones, dependiendo de la funcionalidad de dichos compartimentos.
26 Mientras que las casamatas solían estar vacías y se empleaban como almacenes o estancias de habitación, los cajones estaban permanentemente rellenos de escombros, tierra prensada o arcilla a fin de dotar de solidez a la base de la muralla y resistir los embates de los arietes en caso de asedio.
En la muralla de los Altos de Reveque los compartimentos interiores se disponen en las murallas norte, oeste y sur y su superficie varía en función de la separación de los muros exterior e interior de aquellas.
Aunque en superficie no se han podido documentar todos los tirantes, parece claro que las tres murallas estuvieron originalmente compartimentadas en su completa extensión.
Con la información recabada en superficie es difícil saber si los compartimentos interiores estuvieron rellenos de arcilla, pudiendo hablar entonces de una muralla de cajones; si por el contrario estaban vacíos y se destinaron al almacenamiento y la vivienda o si se alternaron ambas posibilidades en los distintos paños.
Sólo una excavación arqueológica podría determinar el uso de los compartimentos interiores.
Si admitimos que se trata de una muralla de doble paramento, nos alejamos de los sistemas de amurallamiento empleados por los iberos, que al contrario de lo que sucede entre los fenicios, construyeron casi exclusivamente las murallas con muros simples 27 en muchos casos con las viviendas adosadas a la cara interior de la muralla.
Significativamente, sólo se conoce un caso de muralla de casamatas en un asentamiento ibero, es el caso de El Turó del Montgròs (El Brull, Barcelona) que sin embargo se data a finales del siglo III a.
C. o principios del II a.
C. y su tipología se atribuye a la influencia helenística a través de la ciudad griega de Emporion.
28 Tampoco los sistemas defensivos iberos más sofisticados, como el documentado en el Puig de la Nau o la Bastida de les Alcusses, por mencionar algunos ejemplos, 29 guardan semejanza con las murallas de tipo oriental de doble paramento y compartimentos interiores.
Aunque contamos con asentamientos fenicios que presentan murallas macizas con torres, como la segunda muralla del Alarcón en Toscanos, de finales del siglo VII a.
C. o uno de los tramos de la muralla de La Fonteta, en Guardamar de Segura, de finales del siglo VIII a.
C., 30 la muralla del tipo de doble paramento y compartimentos interiores, en sus variedades de cajones y casamatas, fue la tipología más utilizada por los fenicios occidentales.
Este tipo de obras de fortificación tiene su origen en Fenicia y Siria-Palestina, donde se empleó por primera vez en los asentamientos de Tell-Kabri, Gezer, Azor, Meggido y Samaria durante los siglos X y IX a.
C. Su origen se ha relacionado con la invención por parte de los asirios del ariete como máquina de asedio.
31 Los colonizadores fenicios transmitirían esta técnica constructiva al Extremo Occidente desde fechas muy tempranas.
Este es el caso de la más antigua de las murallas fenicias conocidas en la Península Ibérica, la de Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz) fechada a mediados del si-cia fenicia en el Occidente mediterráneo a la costa, en el sentido más estricto, para realizar la única misión que era posible concebir para ellos: comerciar.
Diversos proyectos de campo de los últimos decenios mostraron cómo, desde los asentamientos coloniales, se explotaban los recursos de un territorio reducido, con poca proyección al interior, y cómo las actividades productivas, tanto primarias como secundarias, eran tan variadas como en cualquier otra sociedad antigua.
La estructuración de los fenicios occidentales en ciudades-estado a partir de finales del siglo VII a.C. implicaría el control de territorios ciudadanos y la existencia de un poblamiento rural que, no por poco investigado es menos evidente.
En un reciente trabajo, con ocasión de revisar y reunir los datos sobre dicho poblamiento, nos planteábamos la hipótesis de que tales territorios ciudadanos estuviesen protegidos y fortificados y la necesidad de abrir ese debate, pues parecía a veces que las fortificaciones litorales sólo podían ser atribuidas a los iberos.
37 No imaginábamos entonces que el hallazgo del asentamiento de Altos de Reveque podría contribuir a confirmar la hipótesis esbozada, abriendo perspectivas completamente inéditas en nuestra concepción de la presencia fenicia en el Extremo Occidente en el periodo comprendido entre los siglos VI y III a.
C., en caso de que ulteriores investigaciones arqueológicas corroborasen los datos obtenidos en superficie.
Desde este punto de vista, el asentamiento de Altos de Reveque parece ser una fundación ex novo promovida desde la ciudad fenicia de Abdera38 para el control de la explotación de recursos y para el control estratégico del litoral.
Los recursos explotados podrían ser fundamentalmente mineros, agrícolas y forestales.
Nuestras excavaciones arqueológicas en Abdera han aportado datos sobre el beneficio del plomo, el hierro y la plata a través de los análisis en curso de escorias de fundición de mineral, así como el aprovisionamiento de madera de diversas especies arbóreas propias de cotas elevadas.
Altos de Reveque permitiría también la explotación agrícola en el Campo de Dalías: podemos relacionar su fundación, al menos como hipótesis, con el poblamiento de carácter fenicio-púnico en el Poniente almeriense.
Es posible que la fundación también ex novo de la fase constructiva del siglo V a.
C. de Ciavieja, en El Ejido39 pudiera relacionarse con esta hipótesis por el carácter fenicio-púnico de los materiales.
De hecho Ciavieja ha suscitado diversas interpretaciones sobre su origen, aunque cobra fuerza la que relaciona este asentamiento con una fundación promovida desde la vecina Abdera para la explotación de los recursos agrícolas.
40 Excluida la funcionalidad urbana, y a juzgar por su emplazamiento, es posible atribuir al recinto amurallado de Altos de Reveque una funcionalidad militar y de carácter estratégico, destinada a la defensa de los recursos naturales de la zona, al control territorial y al control del tráfico marítimo costero mediante el establecimiento de un punto fortificado.
La apropiación y el mantenimiento de recursos naturales por parte de una ciudad fenicia como fue Abdera requería una proyección territorial que se fundamentó en la construcción de una potente fortificación del tipo de muralla de doble paramento y compartimentos interiores, el tipo más extendido en las fortificaciones fenicias de la Península Ibérica; un modelo que está documentado asimismo en Abdera, donde la muralla de la ciudad de finales del siglo VII a.
C. o principios del VI se adscribe a esta tipología en la variedad de muralla de cajones.
De acuerdo con la cronología de los hallazgos cerámicos superficiales, el asentamiento de Altos de Reveque podría fecharse, como muy antiguo, a mediados del siglo VI a.
C. y su vida se extendería a lo largo del siglo V, para abandonarse a finales del mismo o, como muy tarde, en los primeros decenios del siglo IV a.
C. Obviamente, sólo datos de excavación estratigráfica podrían confirmar o matizar estas cronologías.
El coste de la construcción de las fortificaciones y el mantenimiento de una guarnición permanente, durante un periodo de ocupación que podemos cifrar en algo más de 150 años aproximadamente, pueden justificarse por la explotación de minerales de plata, plomo e hierro en la Sierra de Gádor, de los cuales hay traza de su presencia en el interior del asentamiento y en sus inmediaciones.
La existencia de un importante oppidum ibero más antiguo en las cercanías, el Cerrón de Dalías posiblemente contemporáneo a los Altos de Reveque e identificable quizá con el emplazamiento de la Murgi mencionada en las fuentes literarias, resta sentido a la construcción de una compleja y costosa fortificación a instancias de los grupos dirigentes iberos del Cerrón de Dalías para cubrir y proteger un mismo territorio con un asentamiento tan cercano, duplicando Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 27-46 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.002 la función del oppidum.
Documentos iberos como el plomo de Gádor, una inscripción hallada en 1862 que se ha interpretado como un documento de contabilidad minera, 41 puede relacionarse con la explotación por los iberos de los recursos mineros de la Sierra de Gádor.
Del mismo modo, el hallazgo en las costas de Murcia de un conjunto de plomos monetiformes con leyenda ka.i.tur atribuidos a una entidad ibera denominada gaidur o Gador ha sido también puesto en relación con dicha explotación.
42 Aunque estos documentos se datan en los siglos II y I a.
C., lejos por tanto del periodo de ocupación de Altos de Reveque, nos indican que el control de los recursos mineros de la zona era ejercido por los iberos, posiblemente desde tiempo atrás.
La existencia de una fortaleza fenicia frente a un oppidum ibero no puede sino inducirnos a pensar en la existencia de un acceso diferenciado a los recursos de fenicios e iberos, ya fuera como resultado de un conflicto, ya mediante un pacto que quedaría garantizado por la construcción de una fortificación como Altos de Reveque.
La solución escapa a nuestras posibilidades de interpretación, sin estudios espaciales más profundos que permitieran comprobar la existencia paralela y coetánea de sistemas de control territorial fenicios e iberos en la zona.
Para concluir, a la vista de los datos expuestos podemos proponer que, sin perjuicio de que ulteriores investigaciones en profundidad pudieran aportar datos más concluyentes, el asentamiento fortificado de Altos de Reveque se fundó a mediados o en la segunda mitad del siglo VI a.
C. posiblemente para garantizar el acceso de la ciudad fenicia de Abdera a los recursos mineros y forestales de la Sierra de Gádor, en particular la plata y tal vez a los recursos agrícolas del Campo de Dalías.
El análisis de las distintas evidencias materiales aconseja descartar que pudiera tratarse de un oppidum ibero.
El asentamiento reunía también una notable capacidad de proyección estratégica y de control visual del litoral en beneficio de la ciudad fenicia de Abdera.
Por sus características el asentamiento fortificado de Altos de Reveque es único en la Península Ibérica, contiene un alto potencial para la investigación y nos informa de aspectos hasta ahora inéditos de la historia de la presencia fenicia en la Península Ibérica, que nos obligan a replantear y modificar el papel histórico de la misma. |
Los nuevos datos arqueométricos sobre los fragmentos de trípode de varillas de tipo chipriota de La Clota (Calaceite) permiten considerarlo desde una nueva perspectiva.
Los más significativos son su manufactura a la cera perdida, el hecho de que se trate de una aleación ternaria y, sobre todo, que el plomo utilizado en ella sea de procedencia peninsular.
Estos datos, sumados a los ya conocidos sobre la broncística de influencia chipro-levantina en el Extremo Occidente, indican una manufactura peninsular e invitan a reconsiderar de forma global la pieza.
PALABRAS CLAVE: Trípode de varillas, isótopos, plomo del SE, taller local, broncísitica chiprolevantina, fenicios.
Bosch Gimpera, J. Colominas y P. Durán llevaron a cabo la excavación de casi 50 sepulcros del tipo que pasaría a la bibliografía especializada como túmulos de cista excéntrica de tipo bajoaragonés.
A pesar de que hasta fechas muy posteriores este conjunto de trabajos de campo constituyó el corpus más importante de datos sobre el mundo funerario protohistórico del Bajo Aragón, por diferentes circunstancias, sus autores sólo publicaron referencias sintéticas a dichos trabajos.
6 En los años 90 uno de nosotros llevó a cabo una revisión de los datos contenidos en los diarios de excavación conservados en el Museu d'Arqueologia de Catalunya-Barcelona, así como de todos los materiales arqueológicos que pudieron ser localizados en los fondos del citado museo (Rafel 2003).
El reestudio de estos materiales dio como resultado la identificación de unos pequeños fragmentos de bronce procedentes de un enterramiento del área funeraria de La Clota (Calaceite) (Fig. 1) como parte del aro superior de un trípode de varillas en miniatura de tipo chipriota y manufactura occidental (Rafel 2002) (Fig. 2) a cuya presencia en el nordeste peninsular, junto con la del conocido soporte de Les Ferreres, también Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 47-65 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.003
Situación de la necrópolis de La Clota.
7 Reproducido en Rafel 2003, 93 8 Los números de inventario que hacemos constar son los del inventario de J. Colominas.
Los fragmentos mencionados no pudieron ser localizados en los fondos del museo, a excepción de los dos fragmentos de bronce que presentamos, que, como queda dicho, corresponden a los números 2a y 2b de Colominas y cuyo número en el actual inventario del museo es el 18.377.
en Calaceite, se ha atribuido una pervivencia de modos técnico-estilísticos en el posterior desarrollo de las manufacturas ornamentales broncíneas de carácter local (Rafel 2005).
Recientemente, en un estudio de conjunto sobre la broncística precolonial en la Península Ibérica (Armada et al. 2008), hemos adelantado algunos de los nuevos datos que aquí presentamos pormenorizadamente y que apuntan a una manufactura peninsular de la pieza y nos inducen a profundizar en la reflexión sobre la misma.
LA PIEZA Y SU CONTEXTO Aunque la pieza y las circunstancias contextuales del hallazgo han sido ya publicadas (Rafel 2002(Rafel y 2003, 56-59), 56-59), sintetizamos aquí los datos relativos a ambas cuestiones en aras a facilitar el seguimiento de la argumentación que presentamos a continuación.
Se conservan dos pequeños fragmentos de bronce que, en el curso de las investigaciones del Institut d'Estudis Catalans, se hallaron en el sepulcro 2 (La Clota 1) del área funeraria de La Clota, en el término municipal de Calaceite (Figs.
Esta pequeña área sepulcral está integrada por cuatro túmulos, que corresponden a los números 2, 3, 4 y 5 del inventario general que llevó a cabo J. Colominas en 1915 7 (Fig. 4).
Los cuatro sepulcros se presentan agrupados y alineados y corresponden al tipo de túmulos con cista excéntrica.
Según puede extraerse de los datos del diario de Colominas, el sepulcro 2 (La Clota 1) corresponde a un túmulo circular, de ca.
El eje de la cista se orienta en sentido W/ SW-E/NE, con el ingreso al W/SW (Figs.
Como la práctica totalidad de los sepulcros estudiados por Bosch y Colominas en esta zona, la cista estaba ya saqueada en el momento de los trabajos y la intervención dio como resultado la recuperación, en un contexto, pues, revuelto, de un fragmento del borde exvasado de una urna hecha a mano de perfil en S (no inv.
6), un fragmento de cerámica a mano perteneciente, según Colominas, a «un vaso muy pequeño o mejor a un cuello de tapadera» (no inv.
7), dos fragmentos informes de un vaso también a mano (no inv.
8), tres fragmentos sin forma de un vaso a torno de color rojizo (no inv.
9), algunos fragmentos de huesos quemados (no inv.
3 y 4) de brazalete de bronce -de los cuales no se especifican las características-y, finalmente, los dos fragmentos de bronce pertenecientes al trípode (no inv.
8 En el diario de Colominas se describen como fragmentos de placa calada de bronce y en el inventario del museo como fragmentos de brazalete.
En realidad se trata de dos fragmentos de un aro de bronce, de 19 mm de altura, formado por varias franjas decorativas alternadas: en el centro una lámina con dos registros de triángulos alternos calados; la limitan en la parte superior e inferior dos pares de molduras (Fig. 3).
A pesar de la modestia de los fragmentos, su característica morfología permite adscribirlos sin ninguna duda a un trípode de varillas.
Los fragmentos en cuestión corresponden al aro de la parte superior del trípode, cuya altura, 19 mm, pone de manifiesto que corresponde a una miniatura.
El mal estado de conservación del depósito funerario dificulta la datación del mismo.
Si consideramos que los fragmentos de cerámica a torno consig-nados en el diario de Colominas pertenecieron al depósito original de la cista, tenemos que situarla en la primera mitad del VI o mediados del siglo VI a.n.e. (a finales del VII a.n.e., si se tratase de una importación), aunque hay que tener en cuenta también la posibilidad de que dichos fragmentos sean el resultado de una frecuentación posterior al uso primario.
En cualquier caso, después de examinar todos los datos de que se dispone en relación al conjunto de sepulcros de la zona Matarraña-Algars investigados Figura 3.
Fragmentos de bronce pertenecientes a un trípode de varillas de la sepultura 1 de la Clota (Dibujo Xavier Carlús).
Reproducción de una de las páginas del Diario de J. Colominas donde se ilustra la agrupación de túmulos del área funeraria de La Clota.
Reproducción de una de las páginas del Diario de J. Colominas en la que aparece reflejada la planta de la cista donde se produjo el hallazgo de los restos del soporte y las medidas de la misma.
Efectivamente, aunque la mayoría de ellos fueron localizados ya saqueados, no deja de ser sintomático que prácticamente todos los materiales conservados pertenezcan a esta franja cro-nológica y que, en los casos en que no fueron saqueados, como el de la conocida cista doble de Mas de Flandí (Sanmartí; Padró 1976-78; Rafel 2003, 60-62), sea evidente su cronología tardía.
Como ya se argumentó detalladamente en su momento (Rafel 2002) sus mejores referentes a nivel tipológico y estilístico los proporcionan el trípode de Figura 6.
Reproducción de una de las páginas del Diario de J. Colominas con el inventario de hallazgos del sepulcro 1 de La Clota.
No obstante, el aro superior del trípode de La Clota está formado, a diferencia de los ejemplares chipriotas conocidos, por tres pares de vástagos cuadrangulares entre los que se intercalan dos bandas en zig-zag, diseño que parece apuntar a un mayor barroquismo que los ejemplares orientales y acercarlo, en cambio, a las producciones del Mediterráneo Central (Rafel 2002, 78-79) -una percepción a la que posteriormente han dado apoyo también otros autores (Papassavas 2004, 49; Lo Schiavo 2008; Bernardini 2008, n.4)-, cuyos exponentes más emblemáticos son los trípodes de Santa Maria in Paulis (Macnamara et al. 1984) y de la cueva-santuario de Pirosu su Benatzu (Santadi) (Lo Schiavo; Usai 1995), ambos fechados en el siglo XI a.n.e.
SOBRE EL ORIGEN Y CRONOLOGÍA DE LA PIEZA
El hallazgo de los restos de un trípode de varillas, el único conocido hasta la fecha en la Península Ibérica, en un contexto cronológico tan tardío, ha venido suscitando dudas sobre su datación.
Los nuevos datos, que indican una muy probable manufactura peninsular de la pieza, contra la anterior propuesta de que se trataba posiblemente de una imitación sarda,9 sugieren nuevas reflexiones.
La presencia de plomo del sudeste peninsular formando parte de la aleación metálica con la que está manufacturado el trípode indica que la pieza fue realizada en la Península.
Si bien la circulación del metal en la protohistoria reviste una importante complejidad que aconseja una cierta prudencia (Stos-Gale; Gale 1992; Kassianidou 2001; Lo Schiavo 2003, 24-25; Rafel; Montero; Castanyer 2008), no solo el origen del plomo junto al hecho poco común en este tipo de piezas de que esté elaborada sobre la base de una aleación ternaria, sino también otro tipo de argumentación -aunque tampoco ésta definitiva por sí misma-nos hace inclinar por un origen peninsular: De hecho, la pieza que nos ocupa parece estar en la base de una tradición a la que cabe atribuir el soporte de Les Ferreres y las ya citadas manufacturas ornamentales broncíneas de los siglos VII y VI a.n.e., por lo que, lejos de tratarse de una pieza aislada, forma un todo coherente con el desarrollo de una artesanía que, aunque de clara inspiración foránea, acabará arraigando y siendo propia y característica del entorno local.
Hasta la fecha, el trípode ha sido datado entre los siglos X a VIII a.n.e.
Asimismo, se ha puesto énfasis en el anclaje en la tradición broncística centromediterránea de raigambre chipro-levantina del Bronce Final tanto de la pieza que aquí tratamos como del soporte tipo offering-stand de Les Ferreres de Calaceite y de las citadas manufacturas ornamentales de bronce producidas en los siglos VII y VI a.n.e. en Cataluña, cuya lejana raigambre en la citada tradición chipro-centromediterránea había sido ya observada con anterioridad (Rafel 1997, 12).
Los argumentos en liza en relación a la cronología han sido ya tratados en la bibliografía sobre la pieza; sin embargo, su manufactura peninsular introduce un nuevo factor de alcance cultural, pero también cronológico: ¿qué horizontes cronoculturales estarían en situación de alumbrar una pieza de estas características?
LA CRONOLOGÍA DE LOS TRÍPODES DE VARILLAS EN EL MEDITERRÁNEO
En general, los trípodes metálicos de que tratamos no son de fácil datación debido a que se trata de piezas que suelen tener un uso prolongado y que acostumbran a hallarse en contextos deposicionales que por su carácter reúnen piezas de cronologías diversas y que, por lo tanto, solo proporcionan una fecha ante quem.
Los trípodes y soportes de manufactura chipriota no están exentos de problemas de datación, puesto que muchos de ellos proceden de contextos de poca definición cronológica, mientras que otros simplemente carecen de él.
A ello se añaden cuestiones de más calado, como las relativas a las correlaciones y dataciones de las producciones cerámicas chipriotas y micénicas.
Con todo, las dataciones en los siglos XIII, XII y primera mitad del siglo XI a.n.e., gozan de una razonable seguridad y consenso entre los investigadores, sobre todo por lo que respecta al flourit de la producción, siendo más difícil fijar la fecha final de la misma debido a la falta de conocimientos suficientes sobre los hábitats chipriotas de la I Edad del Hierro.
10La reciente publicación del impresionante depósito de Jatt (Artzy 2006), integrado por casi un centenar de objetos de bronce (entre los cuales un trípode de varillas y tres soportes de ofrendas), añade datos muy relevantes sobre la metalistería de tipo chipriota en el Mediterráneo oriental.
Una aproximación arqueométrica, así como una síntesis sobre el estado de la cuestión entre los siglos XII y XI a.n.e. en el Levante mediterráneo y en relación con sus conexiones con Chipre enmarcan el estudio tipocronológico del depósito e iluminan la cuestión de la metalistería de tradición chipriota bajo una nueva luz.
El depósito se fecha en el Hierro Ib, en la segunda mitad del siglo XI o inicios del X a.n.e., aunque ello marca solo una fecha ante quem para las piezas que lo forman.
Si bien algunas de ellas son de probable manufactura mucho más antigua -aunque de difícil precisión (las más antiguas probablemente del siglo XIII a.n.e.)-, el depósito, así como la revisión de los hallazgos metálicos en el Levante, pone de manifiesto que durante el siglo XI a.n.e. el Levante mediterráneo está produciendo objetos de bronce cuyas raíces se inscriben claramente en la koiné chipro-norlevantina del Bronce Final, pero que, a la vez, muestran un personalidad regional.
Los asentamientos libaneses y del norte de la actual Israel ponen de manifiesto una clara continuidad entre el Bronce Final y la I Edad del Hierro o Hierro Antiguo, lejos por tanto, del panorama de crisis rupturista que afecta a otras áreas en este momento.
Ello, aparte de otras implicaciones relevantes en relación a la cuestión fenicia y su expansión mediterránea, induce a Artzy a proponer esta producción metalúrgica como uno de los primeros síntomas de la emergencia del mundo que conocemos como fenicio en torno al 1050 a.n.e. en el norte de Israel y, por lo tanto, apuntando a unas ciudades fenicias cuya pujanza es suficiente como para que sus intereses comerciales hayan irradiado ya más allá del ámbito libanés que les es propio.
Por otra parte, la analítica de isótopos de plomo -que, lamentablemente no ha incluido las piezas que más interesan para el tema que tratamos aquí, los soportes y el trípode-muestra que la mayor parte de las piezas analizadas (nueve de once) están manufacturadas con mineral procedente del propio Levante, de la zona minera de Feinan (Jordania), hecho que contrasta positivamente la tesis de una producción broncística claramente levantina.
11Otro aspecto muy distinto presentan los hallazgos griegos, de difícil datación y sobre los que el acuerdo es menos evidente, aunque el fiel de la balanza se ha ido inclinando en estos últimos años hacia la tesis de producciones locales tardías.
Los contextos arqueológicos en que aparecen van desde el siglo XI al VIII a.n.e. y quizás, incluso, la primera parte del VII; sin embargo, su carácter (sepulcros colectivos utilizados para diversos enterramientos durante lapsos cronológicos muy amplios y santuarios con estratigrafías poco claras) tiene como consecuencia una importante imprecisión en la datación concreta de estas piezas.
Catling ha sostenido y sostiene que las piezas egeas y cretenses son el resultado del atesoramiento (heirloom) y que se trata, en realidad, de producciones chipriotas del Bronce Final (Catling 1964, 217 y 223 y Catling 1984, 86-91); no obstante, se viene afianzando en los últimos años la hipótesis de que se trata de producciones locales, enmarcables cronológicamente entre los siglos X y VIII a.n.e., con un probable taller en la isla de Creta (y quizás otros en las islas egeas), aunque subsiste el problema de que entre la fase de importaciones y la de producción hay un hiatus (Matthäus 1985, 328-329; Matthäus 1988; Papasavvas 2004, 4).
La presencia de trípodes de tipo chipriota en Cerdeña es conocida desde hace ya varias décadas y se ha dedicado a ellos un relevante esfuerzo investigador que ha permitido delimitar claramente dos fases distintas: una de importación de piezas chipriotas, en los siglos XIII-XII a.n.e., y otra de producciones locales imitando los tipos chipriotas, datada en los siglos XI-X a.n.e.
Si bien una parte de los hallazgos proceden también de contextos de difícil datación, la cronología de los trípodes sardos parece hoy razonablemente bien asentada.
Cuando dimos a conocer por primera vez la pieza de La Clota nos inclinamos por defender su transmisión intervivos durante varias generaciones antes de su amortización en el sepulcro en el que fue hallada.
Ya entonces, acotamos que las hipótesis tipo heirloom deben ser tratadas con cautela para evitar que no se conviertan en un recurso fácil ante situaciones cronológicas aparentemente inexplicables.
Sin embargo, también pusimos de relieve que, tanto desde un punto de vista antropológico (Lillios 1999) como arqueológico, la trasmisión de ítems valiosos durante generaciones y la amortización de los mismos en enterramientos son extremos contrastados en algunos contextos (Rafel 2002(Rafel y 2005)).
13Hemos hecho ya alusión anteriormente (Rafel 2005, 496) al caso de las navicelle sardas cuya presencia en tumbas de la península italiana fechadas en los siglos VII y VI a.n.e., unido al hecho de que no se contaba con contextos sardos bien datados, motivó una polémica que duró años sobre si se trataba de deposiciones de materiales mucho más antiguos o bien de producciones contemporáneas a esos contextos que estaban indicando unas manufacturas de cariz conservador que habían perdurado desde el Bronce Final.
Hallazgos posteriores (especialmente Sa Sedda'e Sos Carros y Costa Nighedda, ambos yacimientos en Oliena) en contextos bien fechados en el Bronce Final y los primeros momentos de la Edad del Hierro de la isla de Cerdeña (fines del siglo XIII a siglo XI a.n.e.) han consolidado la primera de las posiciones (Lo Schiavo 2000), 14 defendiéndose, en consecuencia, que «...the deposition of the boats in Orientalising tombs, sometimes many centuries later, would find a rational explanation.
Más allá de las hipótesis generalistas de Catling sobre los heirlooms para el caso de Grecia, hoy discutidas por muchos investigadores, también entre los trípodes y soportes de tipo chipriota pueden documentarse casos de deposición como heirlooms.
Así, los trípodes de varillas de las necrópolis chipriotas de Skales (Paleopaphos) y Kaloriziki (Kourion) depositados en contextos de la I Edad del Hierro, pero manufacturados, al menos en tres de los casos, mucho antes de su deposición (Matthäus 1988, 286, Papasavvas 2004, 35-36).
Un caso similar lo constituyen el soporte recuperado en la tumba 201 de la necrópolis Norte de Knossos, una pieza chipriota cuya manufactura se fecha en el Bronce Final (Papasavvas 2004, 48) y el conocido trípode de varillas de la tumba del Geométrico Final de la Pnyx en Atenas (Matthäus 1988, 288).
Especial interés para el tema que nos ocupa tiene, a nuestro modo de ver, la presencia de la forma del lingote de tipo piel de buey en la Península Ibérica, sobre cuya relación con la problemática de la piezas de que tratamos ya llamamos la atención (Rafel 2002, 80).
La cuestión se ha venido planteando sobre la base de dos parámetros aparentemente incoherentes: por una parte, la inexistencia de lingotes de este tipo en ámbito peninsular, por la otra, la reiterada aparición de su forma en contextos relacionados con actividades culturales o ritualizadas de cronología tardía y con una amplia perduración que invade la plena época Ibérica (Marín Ceballos 2006).
En cuanto a su distribución geográfica, llama la atención su presencia en ámbitos geográficos y culturales muy diversos: Andalucía Occidental, Extremadura, Sur de Portugal, Albacete, Meseta Sur y Cataluña.
Recientes hallazgos elevan la cronología de su presencia en ámbito peninsular y, a la vez, suscitan nuevos enfoques.
Tres nuevas estelas en la provincia de Córdoba, en una de las cuales se representa un guerrero con una coraza o peto en forma de piel de buey, han llevado a Sebastián Celestino a plantear de nuevo la cuestión, haciendo hincapié en la distribución geográfica, poniéndola en relación con la dispersión de otros hallazgos, como las fíbulas de codo, y enfatizando la presencia de elementos relacionables con el mundo de las estelas en el nordeste peninsular (estela de Luna) y el sur de Francia (estelas de Substantion y Buoux, Bronce Final II y III).
Dejando de lado, por el momento, el hecho de que ello le da pie a reivindicar una ruta norte de penetración, Celestino incide en el hecho de que se trata del hallazgo iconográfico de la piel de buey extendida más antiguo hasta la fecha en la Península y en que, por otra parte, permite identificar algunos objetos representados en otras estelas conocidas con esta forma y se pregunta si se trata de una introducción que cabe calificar de precolonial o si, como le parece más plausible, a tenor de las nuevas dataciones para la colonización, hay que asociarlo a la presencia fenicia (Celestino 2008, con la bibliografía anterior sobre los hallazgos de elementos en forma de piel de buey, las estelas del SO y los nuevos hallazgos de Córdoba).
No obstante, sea cual fuere su origen, cabe retener un dato: la larga perduración del tipo y de una simbología asociada, que se manifiesta en la mayor parte de contextos documentados.
13) una serie de ítems resultado de una producción de objetos de adorno vinculados al vestido que -como ha sido ya puesto de manifiesto reiteradamente (Rafel 1997; Rafel 2005)-revela la persistencia de unas tendencias tipológicas y decorativas que tienen sus raíces en la broncística chipriota, trámite Cerdeña.
El foco de mayor concentración de hallazgos, y donde se ha situado el núcleo manufacturador, lo constituye la desembocadura del Ebro, dato que ya fue observado por Maluquer (1983-84) y que hoy se ha visto respaldado por el hallazgo de un molde para colgantes esferoidales en el yacimiento de Sant Jaume Mas d'en Serrà (Alcanar, Montsià, Tarragona) (Rafel 2005, 492).
La distribución de los hallazgos sugiere una dispersión básicamente marítima y su inicio en el siglo VII a.n.e. no parece hoy ofrecer duda, basta recordar que el cargamento de chatarra de Rochelongue (Agde), cuyo hundimiento se sitúa en torno al 600 a.n.e., si no a fines del siglo VII (Guilaine; Verger 2008), lleva ya piezas claramente pertenecientes a estas producciones como material de reciclaje (Rafel 2005, 492, fig. 3, 1 y 3).
Por sus implicaciones cronológicas es importante traer de nuevo a colación las cadenillas y colgantes esferoidales del hábitat indígena pregriego de Sant Martí d'Empúries que aparecen en el horizonte IIb (625/ 600-580 a.n.e.), aunque no está de más anotar que entre el escasísimo material metálico del horizonte inmediatamente anterior, el IIa (650-625/600 a.n.e.), se exhumaron algunos eslabones de cadenilla de un tipo que aparece siempre asociado a las producciones de que estamos hablando (Aquilué et al. 1999, 122, 178, figs. 160, 187, 188, 194, 208).
15 Por otra parte, el cargamento de Agde, desgraciadamente publicado de forma insuficiente, junto al hallazgo de un lingote en forma de piel de buey en Séte (Domer-gue; Rico 2002) sugieren que debe revalorizarse la importancia de las navegaciones y el comercio en el Golfo de León, que relacionaban el litoral mediterráneo francés con el nordeste peninsular y, a la vez, actuaban de enlace entre el Mediterráneo Central y el Occidental.
La presencia de objetos de este tipo en Menorca no hace más que reforzar la relevancia de estas rutas marítimas, tal como Guerrero ha recordado recientemente (Guerrero 2008).
16 El reciente hallazgo de un pequeño depósito de bronces -constituido íntegramente por herramientas y con paralelos tipológicos en objetos difundidos desde de los talleres metalúrgicos del centro-este de Francia a través del valle del Ródano y el Languedoc-precisamente en el primer horizonte del hábitat indígena documentado en Sant Martí d'Empúries (siglos X-IX a.n.e.), viene a reforzar la tesis de que las relaciones del nordeste de la Península Ibérica con el continente no se vehiculaban sólo por las vías terrestres transpirenaicas, 17 sino también por vía marítima (Santos 2008).
Los paralelismos entre piezas de Rochelongue y bronces del ámbito catalán, como ciertas producciones presentes en los ajuares de la necrópolis de Can Piteu-Can Roqueta, así como hierros, han sido también resaltados reclamando más atención para el tráfico de metal por vía marítima entre ambas áreas del Golfo de León (Marlasca et al 2005; Rovira 2007).
Es, precisamente en el área de dispersión de estas manufacturas, donde se localizan el trípode de La Clota y los tres soportes tipo offering-stand (Les Ferreres, Saint-Julien de Pézenas y Couffoulens), todos ellos claramente relacionados con la quincallería broncínea de finales de la I Edad del Hierro y los inicios de la cultura ibérica.
18 Tanto o más significativas que las presencias son las ausencias: en la Península Ibérica fuera del área indicada no hay por el momento ningún bronce que 15 Los autores ponen en relación los colgantes de Sant Martí d'Empúries con los de la necrópolis de Anglès; en opinión nuestra no hay relación entre unos y otros, puesto que en el último caso se trata de colgantes de lámina, huecos, más cercanos a los ejemplares de raíz grecomacedónica que aparecen frecuentemente en Sicilia que a los que aquí tratamos (Rafel 1997, 109).
16 En la cueva XIX de Cales Coves aparecieron fragmentos de cadenillas, colgantes esferoidales y dos figuras de carnero con peana sogueada.
2) afirman que en Cales Coves solo se halló un colgante zoomorfo.
17 Para una síntesis sobre los hallazgos anteriores a la presencia fenicia en Cataluña y su cartografía, véase Rafel et al. 2008.
18 No deja de llamar la atención que los territorios donde aparecen este tipo de hallazgos coinciden en momentos posteriores, ya en el marco de la Cultura Ibérica, con una clara diferenciación entre el iberismo septentrional y meridional, con una frontera difusa entre los ríos Xúquer y Millars, que se evidencia en muchas de sus manifestaciones materiales (entre las más relevantes, el registro funerario, las manifestaciones escultóricas, la tradición escrituraria, la tipología de los hábitats) y en el propio carácter de las formaciones sociales.
Por ello, a pesar de que los tres hallazgos con mejores contextos estratigráficos documentados hasta la fecha -el molde de Sant Jaume Mas d'en Serrà de Alcanar, las cadenillas y colgantes de Sant Martí d'Empúries y las cadenillas de Aldovesta en Benifallet-muestran un horizonte indígena con importaciones fenicias, deben desligarse de las áreas coloniales del sur peninsular.
El área de dispersión de estos objetos y, muy particularmente las tierras del Ebro, las de mayor densidad de hallazgos, muestra un perfil dual: por una parte, los conjuntos cerámicos alóctonos proceden de las colonias fenicias del sur peninsular, por el otro, los hallazgos broncíneos muestran un perfil claramente centromediterráneo, indicando claramente dos vías de recepción distinta, como ya hemos hecho notar anteriormente (Rafel et al. 2008).
Diversos autores apuestan cada vez más decididamente por evaluar el papel que jugaba en los intercambios mediterráneos la ruta marítima que unía el Mediterráneo Central con el Sur de Francia y a ésta con el nordeste de la Península Ibérica a través de los pasos pirenaicos, una ruta que es transitada durante toda la Edad del Bronce, con una especial intensidad a finales del II milenio e inicios del I. Retomando argumentos ya defendidos por otros autores anteriormente (especialmente, Pons, Pautreau 2004), diversas contribuciones al reciente monográfico sobre Precolonización aluden a la cuestión, mostrándose partidarias de considerar esta ruta que, uniendo el nordeste de la Península Ibérica con el Sur de Francia, vincularía la primera al Mediterráneo Central (Guilaine, Verger 2008; Celestino 2008; Lo Schiavo 2008; Rafel et al. 2008).
A todo ello, solo queremos añadir por nuestra parte que algunas evidencias apuntan a que la relación de la Península con Francia no solo se vehiculaba por vía terrestre sino también marítima, probablemente el pecio de Rochelongue y otros que la fortuna no ha conservado para la arqueología hacían esta ruta.
Al hecho de que Cerdeña es claramente el punto de mayor concentración de bronces, y concretamente trípodes, del Mediterráneo Central, cabe añadir que desde un punto de vista estilístico la pieza de La Clota parece mostrar una clara vinculación con los trípodes de producción sarda.
La inmensa y conocida tarea investigadora llevada a cabo por F. Lo Schiavo y M. Ruiz Gálvez (Lo Schiavo 1991 y 2003b; Ruiz Gálvez 1998) poniendo de manifiesto las intensas relaciones entre la isla y la Península Ibérica nos eximen de insistir en este aspecto.
No obstante, datos recientes ponen de nuevo la cuestión sobre el tapete e introducen interrogantes que inciden plenamente en la consideración de la pieza de La Clota: ¿debemos considerar los materiales sardos de Andalucía Occidental como coetáneos y asociados a los inicios de la colonización fenicia o, por el contrario, como el resultado de contactos directos con Cerdeña?
La valoración y cronología de los hallazgos de piezas cerámicas sardas, especialmente por cuanto se refiere al importante lote de Huelva, no cuentan por el momento con consenso entre los investigadores que han tratado el tema (López Castro 2008; Escacena 2008 y, especialmente, Torres 2008 y Ruiz Mata; Gómez Toscano 2008, con toda la bibliografía anterior sobre los hallazgos) por lo que no cabe de momento más que enfatizar la presencia de estos materiales cerámicos y, afirmar, con F. Lo Schiavo, que «ci vorrà molto tempo prima che si riesca a valutarne adeguatamente la portata» (Lo Schiavo 2008).
No obstante, sí es oportuno recordar que los nuevos datos se suman al hecho de que en el depósito de bronces de la Ría de Huelva se documentan manufacturas que pudieron estar elaboradas con cobre sardo (Hunt 2001; Montero et al. 2008).
LOS NUEVOS DATOS: ANÁLISIS DE COMPOSICIÓN, ISÓTOPOS DE PLOMO Y METALOGRAFÍA
Los fragmentos del trípode de La Clota son, como ya se ha indicado, sólo una pequeña parte del objeto original y se hallan en un estado de conservación precario.
En ellos se aprecian importantes deformaciones pues ambos fueron rotos y doblados.
El fragmento pequeño vio así incrementada su curvatura y el mayor además de presentar un perfil sinuoso, tiene uno de sus extremos plegado sobre sí mismo, creemos que de modo intencional.
Su examen detallado de visu y con binocular permite apreciar que están formados por la unión de bandas de molduras paralelas y de bandas con triángulos calados, todas ellas de unos 4 mm. La sección pone de manifiesto una factura polilobulada.
Se consiguió dar la apariencia de que las bandas molduradas estaban integradas por dos varillas rectas soldadas, mientras que la banda calada asemeja el resultado de una varilla doblada en zig-zag.
La observación también permite apreciar pequeñísimas irregularidades en la morfología de los triángulos calados, tanto en sus dimensiones como en la orientación de los mismos.
La composición cuantitativa de la pieza 19 indica que se trata de una aleación ternaria bronce-estañoplomo, pobre en estaño (2.8 %) y con una presencia de plomo destacable, en torno al 12 %, y con algo de hierro como única impureza detectada (Fig. 10).
Esto implica que estamos ante un metal de baja dureza y escasas cualidades mecánicas, pero que en cambio sería idóneo para productos de fundición.
El estudio metalográfico21 de la muestra de la Clota revela a pocos aumentos un perfil ligeramente curvo y que su extremo está redondeado.
Las dos superficies presentan pequeñas irregularidades y una sección polilobulada (Fig. 11).
A nivel microestructural, la muestra presenta una continuidad que indica que no está formada por distintos elementos metálicos yuxtapuestos, sino que se trata de un solo cuerpo aunque el metal muestra un aspecto muy poroso.
Sus cavidades, de dimensiones y morfología irregular, están distribuidas de forma heterogénea, no presentan orientación definida ni tampoco deformaciones substanciales debidas a hipotéticos trabajos mecánicos posteriores.
La microestructura del metal no es, pues, uniforme, sino que corresponde a un material obtenido por fundición que en algunas zonas, sobre todo en el nivel superficial, ha adquirido una morfología granular.
Por otra parte, su riqueza en plomo da como resultado que éste se haga visible en forma de numerosos segregados globulares distribuidos de manera irregular por toda la muestra, ocupando los bordes de grano y en algún caso su interior (Figs.
12 y 13), El microanálisis ha confirmado su identidad (Fig. 10), así como también una reducida presencia de estaño en la alea-Figura 10.
Análisis ED-XRF del fragmento del trípode de La Clota.
Valores expresados en % en peso (nd=no detectado)..
Perfil y aspecto macroestructural de la muestra (imagen obtenida por SEM/BSE).
Algunos de los granos del nivel más superficial de la pieza presentan perfiles poligonales y están atravesados por líneas de dislocación (Figs.
16 y 17) a diferencia del resto de la muestra, donde son más redondeados y no presentan dichas líneas.
Se trata en definitiva de un elemento complejo, creado por fundición, tal como muestran los poros detectados durante el estudio metalográfico, testimonio de que los artesanos no consiguieron evacuar correctamente los gases de la colada del interior del molde, lo que se traduciría en una fragilidad interna de la pieza.
La ausencia de una previsible microestructura dendrítica de bruto de colado, se debería a un enfriamiento muy lento del metal, sin descartar el uso de un molde recalentado tal como proponen S. Rovira y X.L. Armada (ver nota 10) para el caso de Les Ferreres de Calaceite.
Se trataría también en nuestro caso de una pieza fundida a la cera perdida, lo que explicaría además otros detalles como las pequeñas irregularidades observadas en la factura de los triángulos calados.
El resultado final de este recurso técnico fue un elemento, el aro, con una apariencia basada en la alternancia de motivos decorativos que no responde a una pieza soldada (algo que sería además difícilmente factible en una aleación ternaria como la estudiada), aunque así se simulara.
Sólo en la superficie del metal, el grano llegó a adquirir forma poligonal.
Por lo que se refiere a la presencia de líneas de dislocación, cabe pensar que se generaron durante la última fase del proceso productivo, a raíz de un ligero martilleo en frío o bien incluso a posteriori en el caso de que la pieza fuera manipulada con otra intención.
En este sentido deberíamos sopesar también el hecho que la pieza está muy incompleta, fragmentada y deformada mecáni-Figura 12.
Microestructura de la muestra en la que se aprecian los segregados globulares de plomo ocupando los bordes de grano (imagen obtenida por SEM/BSE).
Detalle microestructural de los depósitos de plomo (imagen obtenida por SEM/BSE).
Espectro de composición de uno de los depósitos de plomo (microanálisis por EDS).
Espectro de composición de uno de los depósitos de plomo (microanálisis por EDS) que pone de manifiesto también una escasa presencia de estaño asociado.
camente y que procede de un sepulcro violado, por lo que su estado original se ha visto alterado.
Desde el punto de vista metalográfico contamos pues con importantes limitaciones a la hora de interpretar la pieza a nivel técnico, debidas no sólo a la reducida dimensión de la muestra analizada y su estado, sin olvidar que los estudios arqueometalúrgicos de objetos paralelizables publicados, que pudieran ser de utilidad como referente, son aún muy escasos.
Por su relación geográfica y cultural con la pieza que nos ocupa es ineludible mencionar el estudio realizado por France-Lanord (1976) del soporte de Couffoulens que, no obstante, a la vista de los comentarios realizados por Rovira y Aramada sobre el ejemplar de Les Ferreres debería estudiarse de nuevo.
La tecnología documentada en La Clota parece coincidir principalmente con el tipo de manufactura definido en Les Ferreres por estos autores, tanto a nivel de composición elemental como de tecnología de taller por lo que la hipótesis de que se trate de piezas procedentes de un mismo ámbito productivo se vería reforzada.
Por lo que se refiere a sus hipotéticos prototipos, los últimos estudios realizados sobre los soportes y trípodes orientales -entre los que destaca la citada monografía de Papassavas (2001, un resumen en 2004)-muestran que, contra la propuesta de Catling (1964, 190-192), en realidad los trípodes chipriotas y cretenses son objetos obtenidos por el procedimiento de la cera perdida.
Sin embargo, el trípode de varillas del depósito de Jatt, recientemente publicado, muestra una manufactura hecha a partir de elementos diversos, posteriormente unidos (Tsioni et al. 2006, 124-127).
Por otra parte, aunque la maestría de los broncistas orientales está fuera de duda, ello no excluye que algunas piezas muestren rasgos de una cierta grosería técnica como la presencia de porosidades derivadas de un desgaseo insuficientemente resuelto (Schorsch, Hendrix 2003, 49), un problema que se constata igualmente en los hallazgos del Bajo Aragón.
Finalmente, la muestra ha sido objeto de análisis de isótopos de plomo22.
Este análisis nos está indicando en realidad la procedencia del plomo aleado en el cobre, ya que su porcentaje en el metal ronda el 12 %, y no el origen del cobre.
La representación gráfica de las diferentes ratios entre los isótopos del plomo descarta por un lado con toda certeza su posible relación con los minerales de Chipre (Fig. 18).
De las mineralizaciones de plomo del Mediterráneo oriental solo las galenas de la isla de Siphnos presentan ratios similares, aunque el plomo empleado en la aleación de la pieza de La Clota mantiene algunas diferencias claras, especialmente en las ratios 207Pb/206Pb y 208Pb/204Pb (Fig. 17), que descartan esta posible procedencia.
Por otra parte, los datos encajan con la información hoy día disponible23 de los minerales del Sureste de la Península Ibérica, aunque no podemos descar- dentro del campo isotópico que definen los minerales de la Sierra de Cartagena.
Como se aprecia en los dos diagramas de la Fig. 18, este campo de Cartagena se solapa parcialmente con el que forman los minerales de la isla de Siphnos, pero el fragmento de trípode se localiza en una zona exclusiva de Cartagena.
Por tanto la probable procedencia del plomo que proponemos serían las minas de Cartagena, avalando la posibilidad de una manufactura ibérica de este objeto.
El estudio arqueométrico de los fragmentos del trípode de varillas de La Clota ha proporcionado nuevos datos relevantes en relación a la caracterización de la pieza y, como consecuencia de ello, a su interpretación.
Como veremos a lo largo de las líneas que siguen, las nuevas aportaciones hacen referencia a su composición, un bronce ternario, al modo de manufactura, a la cera perdida, y, finalmente, a la procedencia del plomo que contiene la pieza, el SE de la Península Ibérica.
Los datos arqueométricos sumados a lo que conocemos de la toréutica relacionable con el elemento que aquí se examina, indican una manufactura peninsular de la pieza, al igual que se ha propuesto para otras con ella relacionadas, los soportes de ofrendas de Les Ferreres (Calaceite), Las Peyros (Couffoulens) y Saint Julien (Pézenas) (Rafel 2002, 79); éstas, sin embargo, sin contrastación isotópica por el momento.
Como ya hemos expuesto en otras ocasiones (Rafel 2005), el conjunto de manufacturas de bronce de los siglos VII y VI a.n.e. vinculadas a tradiciones productivas y decorativas de lejana filiación sardo-chipro-levantina tiene una dispersión geográfica limitada a una franja costera localizada entre el río Mijares (Castellón), al sur, y Agde y el Hérault (Languedoc-Roussillon), al norte, además de algunos hallazgos en las islas de Menorca e Ibiza.
Dentro de esta área, no obstante, se observa una clara concentración de hallazgos en las bocas del Ebro (Rafel 2005, 498-499, fig. 7) por lo que parece probable que se ubicara aquí el taller manufacturador, como, por otra parte, sugirió ya Maluquer (1983Maluquer ( -1984)), a quien cupo el mérito de identificar esta producción broncínea.
Ya hemos puesto también de relieve que no se conocen elementos vinculables a estas manufacturas de los siglos VII-VI en el resto de la Península Ibérica y que, si nos ceñimos a la toréutica más antigua relacionable con la tradición mencionada sardo-chipro-levantina, los únicos objetos rela-cionables son el hallazgo de Nossa Senhora da Guia (Baioes, S. Pedro do Sul, Viseu) y dos asas de Pé do Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 47-65 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.003 ítems más antiguos importados -y, por el momento, no hallados-la que esté en la base de una supuesta puesta en marcha en época tardía de una producción arcaizante.
La realidad es que con los datos de que hoy disponemos, nos inclinamos por retomar en esencia lo que ya propusimos en 1997 (Rafel 1997) y reconocer que siguen abiertas varias posibilidades: que se trate de una pieza antigua que se atesora durante un largo lapso de tiempo antes de ser amortizada o bien que corresponda a una manufactura mucho más reciente, resultado de la reactivación en época tardía (siglos VIII o VII a.n.e., en el marco de la fase Orientalizante tardía catalana27 ) de una tradición anterior.
Otro importante aspecto a tener en consideración es el del marco social capaz de dar lugar a una producción singular de este tipo y en este sentido es bien cierto que por el momento no se documentan en la zona grupos sociales capaces de demandar estos ítems con anterioridad al siglo VIII a.n.e., a lo sumo.
En cualquier caso, no parece que la pieza pueda ser una manufactura del VI a.n.e., es decir, contemporánea a su contexto deposicional, sino más antigua.
Si tenemos en consideración que las manufacturas que se adscriben a lo que Maluquer denominó «industria paleoibérica de joyería y quincallería» se fechan hoy a partir de finales del siglo VII a.n.e. y que esta industria parece una clara derivación y posterior en el tiempo a la pieza que aquí tratamos y sus ítems relacionados, no caben muchas dudas sobre la precedencia en el tiempo de éstas últimas sobre las primeras.
Tengamos en cuenta, además de todo lo dicho, que a partir del siglo VII a.n.e. se documentan en la Península Ibérica y, ahora sí, en Andalucía, una serie de thymiateria (soportes, candelabros, lampadarios) de tipología muy distinta, no con atávicos arcaísmos, sino en sintonía con los tipos mayoritariamente en boga en el Mediterráneo contemporáneo (Jiménez Ávila 2002, 165-212).
Nos preguntamos, ya para finalizar, cómo llegan los impulsos que subyacen en la base de su manufactura.
Por todo lo ya expuesto a lo largo de este artículo, no parece caber duda de que la vía de transmisión hay que buscarla en el Mediterráneo Central, bien sea de la mano de los sardos,28 bien a través de los fenicios. |
Las campañas de excavación llevadas a cabo durante 2007 y 2008 en el yacimiento ibérico de Saus, constituido por 38 silos, han permitido documentar la existencia de una explotación agrícola activa desde finales del siglo VI hasta inicios del siglo IV a.C., que compaginó el cultivo de cereal con la elaboración de aceite durante su última etapa de ocupación o, como mínimo, desde la segunda mitad avanzada del siglo V a.C., según se desprende a partir del hallazgo de cuatro bases de prensa en los niveles de amortización de diversos silos.
12 km en línea recta de Emporion.
Se halla, por lo tanto, dentro de la zona que podríamos considerar territorio agrícola de la antigua ciudad.
En su fundación fue seguramente determinante un entorno geográfico óptimo en diversos aspectos y unos antecedentes de frecuentación y ocupación en la zona que se remontan al neolítico medio.
Sin duda, el principal polo de atracción de cualquier comunidad que a lo largo de los siglos se estableció en la zona fue el antiguo lago de Camallera; una modesta laguna poco profunda, como una cubeta alimentada básicamente con las aguas pluviales procedentes de las zonas más elevadas que lo circundan, que fue desecada en la segunda mitad del siglo XIX con motivo de la construcción del ferrocarril de Barcelona a Francia (Fig. 1).
En segundo lugar, debemos tomar en consideración su óptima situación geográfica en relación con la costa y la fundación colonial focense -fácilmente accesible, sin obstáculos que dificultaran una comunicación fluida-, pero también en relación con el resto del territorio: la cuenca del Fluviá y la llanura del Alto Ampurdán al Norte y las tierras de la cuenca del Ter hacia el Sur, comunicadas por un camino natural de orígenes remotos, que en época romana se convertirá en la Vía Augusta.
No debe sorprender, por lo tanto, la existencia de diversos yacimientos cronológicamente próximos al de Saus II.
Situación del yacimiento de Saus en relación con sus contemporáneos y detalle de la ocupación en torno a la desaparecida laguna de Camallera.
Hallazgos similares recientes y más modestos, en el núcleo de Camallera y a menos de 300 m de la primera, indican una distribución irregular pero amplia de los asentamientos de la época.
En cuanto al período en el que se circunscribe el establecimiento de Saus II (desde finales del s. VI y hasta principios del s. IV a.
C.), otro yacimiento contemporáneo fue localizado y excavado en parte en 1973, a tan solo 500 m al sureste del primero.
En aquella ocasión, la excavación se llevó a cabo dentro de una serie de actuaciones de salvamento motivadas por la construcción de una carretera que afec-tó parcialmente dicho yacimiento, entre otros localizados en su trazado (Martín 1977(Martín: 1113(Martín -1128)).
Pero no se exploró en su totalidad, y hay evidencias de algunos silos aún por excavar, actualmente visibles en los márgenes y taludes de un camino lateral.
Durante los años 2007 y 2008 se llevaron a cabo los principales trabajos de excavación del asentamiento ibérico de Saus II, localizado casi treinta años antes e inicialmente explorado muy parcialmente, que en principio había sido considerado como uno más de los muchos campos de silos que jalonan las comarcas ampurdanesas (Fig. 2).
Oportunamente dimos cuenta de los resultados de aquella primera interven-ción, que consistió en la excavación de dos silos parcialmente destruidos, fechados hacia finales del siglo V a.
Al reemprender los trabajos de campo en 2007, con la intención de explorar y delimitar el yacimiento, considerábamos que los resultados no serían muy diferentes a los obtenidos en las antiguas excavaciones de 1980 y que, por lo tanto, se trataba tan solo de poner al descubierto un campo de silos más, con pocas probabilidades de hallar otro tipo de estructuras.
En líneas generales, los resultados, en curso de publicación, fueron los esperados (Casas y Soler 2010, e.p.).
Efectivamente, se localizaron y excavaron 38 silos previamente identificados a partir de fotografías aéreas, sin que fuera posible hallar in situ una sola estructura de habitación.
Sin embargo, el hecho de disponer de un número mayor de ellos permitió constatar dos hechos básicos que se ignoraban anteriormente.
En primer lugar, el yacimiento tuvo un período de ocupación o actividad bastante más dilatado de lo que se suponía hasta aquél momento, puesto que abarca desde el último cuarto del siglo VI a.
C. hasta los primeros años del siglo IV a.
C. En segundo lugar, ahora ya no cabe duda de que se trataba de un establecimiento rural, una granja ibérica, cuyos restos han desaparecido casi por completo a causa de la erosión natural del terreno (una suave colina de arenisca blanda cultivada hasta la fecha), pero con una importante cantidad de elementos de construcción vertidos para colmatar algunos silos en distintos períodos de su ocupación.
En dos de estos depósitos subterráneos, cuya amortización se fecha respectivamente en el último cuarto del siglo VI a.
C. y en el segundo cuarto del siglo V a.
C., apareció una cantidad excepcional de adobes que a causa de un fuego intenso -probablemente un incendio que afectó en parte o totalmente un edificio-quedaron endurecidos y prácticamente cocidos como ladrillos, aunque con una consistencia menor.
Estos adobes, que se cuentan por docenas en los silos 21 y 34, tienen todos ellos idénticas características y aparecen especialmente ennegrecidos en la parte que supuestamente correspondería a la superficie del paramento externo del muro, mientras que en el otro extremo, el interno, adoptan un color anaranjado o rojizo por el hecho de ser la parte más alejada del fuego, sin contacto directo (Fig. 3).
En general, en casi todos los silos aparecieron fragmentos de adobe e incluso restos de arcilla endurecida por el fuego, que habrían pertenecido tanto a bases de hogar como al pavimento de tierra y barro endurecido próximo a las zonas circundantes al fuego doméstico.
Asimismo, los restos de los cimientos o más bien de los zócalos de piedra de la edificación, también con señales evidentes de fuego, aparecieron regularmente en diversos depósitos amortizados en distintas épocas.
En cualquier caso, lo que interesa señalar es que existen sobradas evidencias de la presencia de uno o más edificios, destruidos, reconstruidos, ampliados o modificados durante todo el período de actividad del establecimiento y que, en todo caso, éste no se limitaba al simple campo de silos.
Los depósitos, en definitiva, formaban parte del sistema de almacenamiento de la granja.
Una granja que, además, intuimos compleja en sus muchas actividades y, de hecho, no tan diferente a cualquier establecimiento agrícola de la Antigüedad.
Entre los restos se aprecia una cantidad notable de fauna, con un elevado número de animales domésticos, encabezados por los ovinos, seguidos de los bóvidos y los suidos.
Ocasionalmente se ha documentado la presencia de aves de corral (restos óseos y varios huevos de gallinácea en el no 14), fauna marina procedente sin duda de los intercambios con la zona de Emporion, que debió constituir un complemento a la dieta habitual (malacológicos, cefalópodos, etc.), así como animales procedentes de la caza en los bosques circundantes, entre los que cabe destacar el jabalí y los cérvidos.
Si a partir de la existencia de estas estructuras subterráneas podemos deducir una actividad agrícola cerealista básica, complementada por la ganadería, documentamos también otra actividad que tuvo un peso específico notable por lo menos durante la segunda mitad del siglo V a.
C. y hasta el abandono del asentamiento hacia el año 400 a.
C. o poco después: la elaboración de aceite.
No cabe duda que se trataba de una actividad complementaria, que no interfería con el resto de los trabajos agrícolas habituales en cualquier granja, como ha sucedido a lo largo de la historia y hasta nuestros días.
Es decir, no parece que se tratara de una especialización que obligara a abandonar los otros cultivos, puesto que buena parte de los silos para almacenar reservas de grano estuvieron en uso hasta el mismo día en que se abandonó el lugar.
El hallazgo de cuatro bases de prensa indica tan solo la elaboración de aceite utilizando métodos mecánicos más efectivos que otros más simples documentados en la Antigüedad, como el apisonado simple o la torsión a modo de torniquete de sacos o envoltorios re-Figura 3.
Diversos adobes endurecidos por el fuego, procedentes del silo 21, en un contexto de la primera mitad del siglo V a.
C. llenos de pasta de aceituna, como se observa en numerosos bajorrelieves egipcios repetidamente citados por los investigadores (Brun 2004a: 62, 64 y 69).
No puede proporcionarnos, no obstante, datos para cuantificar la producción; ni siquiera podemos saber si las cuatro prensas eran contemporáneas o si se usaron sucesivamente a medida que se deterioraban.
Más adelante analizaremos esta cuestión.
En todo caso, las cuatro aparecieron en silos amortizados y colmatados en el momento de abandonarse el establecimiento.
En cuanto a su cronología, sabemos, como mínimo, en qué época las bases fueron arrojadas a los silos, aunque es posible que se hallaran fuera de uso desde algunos años antes, abandonadas en una zona secundaria del establecimiento, un vertedero o la escombrera de la que también procedía el resto de material cerámico que nos es útil para fechar el estrato en el que aparecieron las areae.
Se trata de los depósitos 23, 35 y 37, de características idénticas y con un contenido muy parecido en todos ellos, a pesar de estar situados en puntos alejados entre si.
Por sus dimensiones, el no 23 es uno de los silos de mayor capacidad del yacimiento, con un diámetro máximo de 220 cm y una profundidad conservada de 120 cm, con el fondo un poco irregular.
A pesar de ello, deben de haber desaparecido como mínimo 80 cm de la parte superior.
Parece que se rellenó en un solo momento, pero con tierras procedentes de diversos lugares, con más restos en la parte inferior y una cantidad menor en el estrato superior, del que quedaba separado por una capa de arena estéril con muchas piedras.
Un primer indicio para establecer su cronología nos lo proporciona la cerámica común a torno, oxidada o reducida, anaranjada o gris, que pertenece a las mismas producciones originarias del entorno más o menos cercano.
En segundo lugar, las ánforas ibéricas, con un conjunto notable y que repite el repertorio habitual en el yacimiento.
Sin embargo, estos recipientes cambian relativamente poco en el transcurso de los años y resulta difícil atribuirlos a un periodo concreto a menos que dispongamos de ejemplares más o menos completos en los que apreciar mejor la forma (Fig. 4, 3 a 12).
La mayor parte de las variantes de labio tienen sus paralelos en la Illa d'en Reixac de Ullastret, tanto en niveles de la fase IV (450-380 a.
C.), así como en Sant Martí d'Empúries, pero en un contexto del siglo III (Aquilué et al. 1999: 380).
En úl-tima instancia, lo que sí podemos constatar es que repiten las formas, variantes y composición de pastas que también identificamos en otros silos del yacimiento, fechados hacia la transición entre los siglos V y IV a.
C., aproximadamente, pero también en periodos anteriores.
En el aspecto tipológico, deben ser atribuidas a la forma 2A/2D del depósito de Ullastret (Sanmarti y Bruguera 1998); próximas, también, a los tipos IVa del Languedoc occidental (Gailledrat 2004: fig. 10 a 12), o a las de Ibiza SJ-90/72 (Ramón 2004, fig. 4), todas con cronologías coincidentes entre finales del siglo V y comienzos del siglo IV a.
La cerámica ibérica, oxidada o reducida, no es excesivamente abundante.
Una jarra deformada por la cocción, decorada con pintura blanca, tiene un labio que se aparta bastante del tipo mayoritario en el yacimiento, aunque ello no es especialmente significativo (Fig. 4, 1).
Es decir, que a veces aparece residualmente en contextos del período 380-325 a.
C., que coinciden con las cronologías generales de Saus.
También vale la pena tener en cuenta los materiales del primer estrato del silo, aunque menos numerosos y muy fragmentados, más variados.
Un borde de cerámica ática parece pertenecer a un skyphos de variante indeterminada.
Por lo tanto, pocas precisiones puede aportar.
Los diferentes fragmentos de pie de una gran jarra de gris monocroma tienen su equivalente en el silo 1, que hace años habíamos fechado entre finales del siglo V y comienzos del siglo IV a.
C. (Casas 1985: 94, 1-2); cronología que ahora podemos acabar de concretar, pero sin que se aparte demasiado de este período (en todo caso, sería algo más antigua).
Se repite, una vez más, en los niveles de la fase IV de la Illa d'en Reixac (Martín et al. 1999: 166).
En último lugar, el borde de jarra ibérica pintada del primer nivel vuelve a tener sus paralelos en la insula 7 de la Illa d'en Reixac, durante las fases III y IV, fechadas entre el 525-450 y el 450 y el 380 a.
C., respectivamente (Martín et al. 1999: 135, 159 y 167), pero también la encontramos en numerosas ocasiones en Mas Gusó, siempre en contextos similares o dentro de un marco cronológico más amplio, desde comienzos del siglo V hasta principios del siglo IV a.
C., aunque los estratos más claros y sin mezclas o intrusiones se fechan sobretodo en la segunda mi-Figura 5.
Materiales asociados con las bases 2 y 3.
7: Ánfora, probablemente de la Magna Grecia.
tierras y el material se depositaron de forma muy rápida.
Los fragmentos de cerámica estaban en conexión, ya que se rompieron en el momento de ser arrojados, algunos quedaron aplastados entre las dos losas que habían constituido las bases de prensas, mientras que en otros casos, los fragmentos fueron apareciendo esparcidos por todo el relleno del silo.
La cantidad y homogeneidad del material, sin intrusiones apreciables, permite fechar con bastante precisión el nivel arqueológico.
Por un lado, la cerámica ática, con una copa Cástulo incompleta, pero con el borde característico y un bisel muy pronunciado en el labio interno.
Una forma que se fecharía desde un poco antes de mediados del siglo V hasta los primeros años del siglo IV a.
C., según la mayor parte de autores, o únicamente hasta los últimos años del siglo V a.
En cualquier caso, podemos situar el período de máxima difusión en la segunda mitad del siglo V a.
C., con ejemplos abundantes y cercanos.
El fondo interno está decorado con cinco palmetas entrelazadas con líneas curvas, mientras que el fondo externo, en principio reservado, se decoró con círculos concéntricos en torno un punto central.
Junto a estas piezas áticas, otros materiales también numerosos ayudan a confirmar la cronología.
Por un lado, un conjunto homogéneo de ánforas ibéricas y púnico-ebusitanas (Fig. 6).
Las primeras, del tipo 2A/2D, con el pie más cónico en unas variantes y más redondeado o semiesférico en otras, y que según algunos autores se fecha a partir de la primera mitad del siglo IV a.
C., aunque admitiendo que su aparición podría situarse en el siglo V a.
Hay, sin embargo, paralelos con una cronología de la segunda mitad del siglo V a.
C. para ejemplares del mismo tipo, como el de Ibiza (Ramón 2004: Fig. 4), los localizados en el Languedoc, en La Mayrale (Gailledrat, Solier y Boisson 2003: 165-166), o en yacimientos provenzales a los que también llegan productos de la zona valenciana, quizá del valle del Ebro y de la costa catalana (Sourisseau 2004: 328-329), con pastas que identificamos en nuestros ejemplares.
Con un peso específico aparentemente menor (sólo tres ejemplares enteros identificados y varios fragmentos sin forma), el segundo tipo de ánfora es el púnico-ebusitano PE-13 o Ramón T-1.3.2.3, con una cronología muy contrastada entre el 430 y el 375 a.
En último lugar, hallamos un pie de ánfora siciliana o magno griega tipo MGS-7 (o quizás samia), que debemos situar hacia la segunda mitad del siglo V a.
El conjunto, que parece conducirnos hacia una cronología de finales del siglo V a.
C., se completa con diversas cerámicas ibéricas oxidadas que pertenecen a grupos, formas y producciones habituales durante todo aquél siglo y que perdurarán en la centuria posterior (Fig. 5, 3 a 6, 8 y 9).
También las jarras de cerámica gris monocroma son comunes y relativamente frecuentes en este período.
Aunque su origen haya que situarlo en un momento más remoto -un siglo antes-, se ha constatado la producción de esta cerámica en talleres locales prácticamente hasta el último cuarto del siglo V a.
C. o hasta que fue sustituida por la cerámica gris de la costa catalana.
En definitiva, a la vista del conjunto, su homogeneidad y las cronologías contrastadas y bastante pre-cisas de la cerámica ática, así como del conjunto anfórico, consideramos que la obliteración del silo 35 se produjo en el mismo momento que el del silo 23, entre otros que no ahora vienen al caso.
Es decir, hacia finales del siglo V a.
C., en un período que podemos situar por precaución entre los años 420 y el 380, pero que se aproximaría mucho al 400 a.
El tercer silo en el que apareció la cuarta area, el no 37, es de dimensiones regulares, con una anchura máxima en el interior de 180 cm. y una boca de 100 cm. Su profundidad es de 130 cm. Situado en el extremo sur del conjunto, se trata de uno de los mejor conservados del yacimiento.
El material arqueológico, aunque abundante, quizás no es suficiente para obtener una cronología clara e incuestionable.
Ninguna producción puede considerarse auténticamente como un fósil director o un material característico y determinante para establecer cronologías firmes.
Un fragmento de asa de cerámica ática pertenece a cualquier tipo no identificado de oenochoé u olpe con dataciones imprecisas entre los siglos V y IV a.
Sólo algunos fragmentos concretos pueden aproximarnos a una cronología más o menos precisa y fiable.
Entre ellos, una base de mortero masaliota asimilable a tipos genéricos de los siglos V-IV a.
La producción con cronologías más fiables seguramente sea la cerámica gris monocroma, que hallamos en dos ocasiones en el silo (Fig. 7, 19 y 20), pero con formas difíciles de fechar o, si se quiere, con una cronología demasiado amplia e imprecisa.
En el primer caso se trata del borde de un cuenco tipo GR-MONO 2 o variante, al que se atribuye una cronología muy dilatada de entre el 575 y el 400 a.
El otro ejemplar parece corresponder a un plato de pared algo oblicua, de forma no determinada, similar a un espécimen provenzal (Arcelin-Pradelle, Dedet y Py 1982: Fig. 11, 22).
En el conjunto de ánforas ibéricas, con varios fragmentos, pero sin ningún ejemplar más o menos completo que nos pueda acercar a formas y tipos bien identificados, encontramos básicamente asas de las variantes más comunes, de sección circular o de sección irregular, con un canalillo vertical o más complejas (Fig. 7, 14 a 18).
A partir del material del conjunto de silos del yacimiento sabemos que los dos tipos de asas coexistieron durante años y, como mínimo, durante la segunda mitad del siglo V a.
C. y posiblemente buena parte de la siguiente centuria.
Es un indicio, pero poco más.
Por último, la cerámica ibérica puede constituir otro indicio cronológico, pero sin ser un elemento definitivo.
Los fragmentos de borde pertenecen a los tipos de jarra más comunes (Fig. 7, 1 a 9).
Uno de ellos imita el plato à marli de la cerámica gris monocroma, aunque se trata de un producto local en cerámica oxidada (Fig. 7, 8).
En cambio, la cerámica a mano seguramente tiene más personalidad, con urnas de perfil en ese, borde poco diferenciado y un filete en relieve situado en la base del cuello, que se repite asiduamente en Saus, sobre todo en estratos correspondientes a las obliteraciones de los silos más recientes, con cronologías algo más precisas entre los siglos V y IV a.
C. No olvidemos, sin embargo, que estas urnas tienen unos precedentes y repiten unas formas y decoraciones que empiezan a ser frecuentes por lo menos a comienzos del siglo V a.
C. y que perduran sin apenas modificaciones hasta el siglo III a.
Ahora bien, en el caso del silo 37 los tres ejemplares mejor conservados (Fig. 7, 11 a 13), son idénticos en todos los aspectos a los de los silos 23 y 35, entre otros, con cronologías situadas en la transición de los siglos V y IV a.
C. En última instancia, hemos visto cómo los otros dos silos en los que aparecen las demás bases de prensas se databan en la misma época.
Viendo en conjunto los silos del yacimiento, a partir de los cuales puede obtenerse una visión más amplia de la cronología del establecimiento, completando el repertorio que en los tres analizados aparece sólo parcialmente, podemos percatarnos de que éstos últimos forman parte de la veintena de silos obliterados en el momento más reciente; prácticamente en la víspera de su abandono definitivo.
En ninguno de ellos los principales fósiles directores (importaciones áticas, masaliotas, púnico-ebusitanas), o las producciones coloniales, locales y regionales -ya se trate de ánforas ibéricas o cerámica comúnpueden fecharse con posterioridad al primer cuarto del siglo IV a.
Son todas diferentes, en lo que se refiere a medidas, tipo de piedra utilizada, señales de uso y estado de conservación.
En todo caso, sería difícil fijar una evolución cronológica sobre la base de los materiales asociados.
Sólo podemos ver que unas están más desgastadas o deterioradas que otras, una de ellas partida longitudinalmente (únicamente se ha hallado una mitad), otra con la superficie totalmente rebajada por el desgaste, una tercera con el canal de vertido roto, etc.; por todo ello podemos suponer que cuando se depositaron en los respectivos silos eran inservibles y quizá procedían de un vertedero originado pocos años antes, en el que se habrían acumulado no sólo una o más areae, sino el resto de material que nos proporciona la cronología de los estratos en los que aparecieron las bases.
La primera area se encontró en el silo 23, en un estrato de relleno que ya hemos visto que se fechaba a finales del siglo V a.
Es una base rota por la mitad, longitudinalmente, de unos 100 cm de longitud conservada.
No se ve el canal de vertido, pero sí ha conservado la acanaladura principal en anillo, de unos 4 cm de profundidad y un diámetro máximo exterior de 75 cm. Es la más grande de las cuatro.
Se labró sobre un bloque de conglomerado local, menos duro de lo que aparentaba.
Quizá por ello se utilizó una losa de un espesor notable (unos 20 cm), lo que no pudo impedir que con el tiempo se resquebrajara y partiera a causa de la presión y un uso continuado.
La segunda y tercera base de prensa aparecieron juntas en el silo 35, puestas una encima de la otra, la de arriba boca abajo (Fig. 10).
Presentan notables diferencias entre ellas.
La no 2 (Fig. 11, y Fig. 13, 2) se talló en una losa de arenisca de grano fino local: piedra de Vilopriu como la empleada para construir el zócalo de la casa, que hemos encontrado también formando parte del relleno de varios silos (aquellos bloques que presentaban señales de un incendio).
La ventaja de esta piedra, que a veces está atravesada por finas vetas de cristales de cuarzo, es que se extrae de la cantera en grandes losas.
Basta con colocar una cuña metálica entre dos capas y presionar o levantar a modo de palanca.
La piedra sale limpia de una sola pieza y, en el caso de la base no 2 (y también de la no 3), ya sólo había que labrar la acanaladura circular (60 cm de diámetro) que conectaba con el extremo por el que se vertía el líquido a un depósito fijo o recipiente movible.
Es, en definitiva, una losa de forma algo irregular (con tendencia al cuadrado), de 65 × 75 cm de lado y 10 cm de espesor.
Quizás un poco débil para aguantar grandes presiones, pero nos ha llegado entera, aparte del extremo de vertido, desaparecido.
La tercera area se obró de la misma manera, aunque en esta la piedra es de grano aún más fino y más dura.
Seguramente procede de otro afloramiento u otra capa de la misma cantera, situada a dos kilómetros hacia el sureste.
También es más pequeña, pero más resistente.
Una vez más, el abundante material del estrato permite fechar el nivel de abandono hacia la transición de los siglos V y IV a.
Tiene unas medidas similares, de forma irregular, de unos 75 cm de lado y un diámetro exterior del canal de 55 cm. Esta vez se cortó en un bloque monolítico de piedra arenisca de color amarillento, menos dura que las otras y sin duda procedente de otra cantera aún no identificada.
El uso continuado provocó un desgaste en el disco delimitado por el canal, de modo que poco a poco se fue rebajando hasta prácticamente desaparecer tanto la acanaladura como el extremo de vertido.
En definitiva, quedó inservible.
La datación del estrato en el que apareció nos lleva otra vez hacia finales del siglo V a.C. o poco después.
Diferentes tipos de prensas están documentadas en el Mediterráneo oriental como mínimo desde el siglo IX-VIII a.
C. y, en Occidente, el modelo que identificamos en Saus se repite en época romana y hasta prácticamente el siglo XX en instalaciones artesanales.
El tipo de prensa, llamado convencionalmente de palanca, es el más antiguo y efectivo de los sistemas mecánicos para la obtención de aceite o vino y consiste, básicamente, en un tronco o una barra de ma-Figura 7.
Materiales asociados con la base de prensa 4.
1 a 9: Cerámica ibérica oxidada.
dera con el extremo fijado a un agujero practicado en un muro, con un contrapeso en el otro extremo, que ejerce presión sobre una especie de columna hecha con capas de pasta de oliva alternadas con esteras de esparto (o cualquier otro material similar), colocada precisamente sobre una area como las que estamos analizando (Fig. 14).
Un sistema, ingenioso, sencillo y muy efectivo.
A menudo es difícil saber si su uso se destinaba a la obtención de aceite o de vino.
El procedimiento es prácticamente el mismo a la hora del prensado, y sólo las otras instalaciones anexas nos podrían dar alguna orientación al respecto.
Sin embargo, para el periodo prerromano se considera que estas bases siempre corresponden a almazaras de aceite (Brun 2004a: 11-12).
En origen, nacieron con esta función en Oriente y no fue hasta más tarde que también se utilizaron para prensar la uva (Brun 2005: 157).
En principio, los expertos consideran que la base de piedra del tipo que documentamos en Saus, así como determinados tipos de depósitos de decantación, se relacionan con la elaboración de aceite y que las prensas de palanca y contrapeso son característicos de las almazaras (Brun 1986: 223; García 1992: 251).
En la costa occidental del Mediterráneo el mismo modelo de base de prensa, que no difiere en absoluto con el de las cuatro piezas de Saus, se documenta a menudo en oppida indígenas, tanto en la costa del levante español como del sur de Francia.
Siempre en contextos bastante más modernos y casi nunca anteriores al siglo III a.
C. En Entremont, por ejemplo, hay una completa colección, algunas de las cuales fueron reutilizadas como material de construcción en muros de la última fase, por lo que no se pueden fechar con certeza.
C. hasta época romana.
En Lattes se han localizado algunos ejemplares más modernos -del siglo III a.
C.-, y dos más en la colonia de Agde, que se pueden datar en el siglo IV a.
En la Provenza, en general, las estructuras o elementos relacionados con la producción de aceite más antiguos son del siglo IV a.
C. Sin embargo, conviene citar especialmente la de la villa o granja del Auditorium (Roma), edificada hacia el 500 a.
C., morfológicamente idéntica a las cuatro que estudia-mos y que se halló activa durante los siglos V y IV a.
En cuanto a la Península Ibérica, hay que tener especialmente en cuenta el completísimo y excelente trabajo de Y. Peña, que reúne todos los ejemplares de época romana y sus antecedentes conocidos hasta el momento de redactar su Tesis de Doctorado (Peña 2007), sin que siempre sea posible determinar exactamente su cronología (muchos se encuentran fuera de contexto), o su pertenencia a una prensa de aceite o de vino.
No es fácil determinar el momento de la introducción en la Península de este modelo de prensa.
A pesar del gran número de ejemplares bien documentados, muchos de ellos procedentes de yacimientos ibéricos distribuidos en toda la costa de Levante, a menudo han aparecido fuera de contexto estratigráfico, o son hallazgos antiguos y difíciles de fechar.
Sabemos que el cultivo del olivo y la producción de Figura 8.
Cuadro cronológico relativo a los niveles de relleno de los silos.
aceite se documenta en la actual Andalucía hacia el siglo VII a.
Pero sólo en alguna ocasión se han podido localizar bases de prensa con cronologías seguras dentro del periodo más arcaico.
En cambio, los ejemplares mejor fechados suelen ser más modernos, y nunca anteriores al siglo III a.
C., con algunas excepciones que, en todo caso, no permiten retroceder más allá del siglo IV a.
C., como las dos de la Seña (Villar del Arzobispo), de un tipo más bien ovalado y distinto al modelo más común (Pérez 2000: 55).
El caso del nordeste peninsular parecía algo diferente.
Aunque el aceite ha sido considerado tradicionalmente como uno de los elementos básicos de la tríada mediterránea y se ha dado siempre por supuesto que, como mínimo desde la llegada de los primeros colonos griegos en nuestras costas, se cultivó el olivo y se elaboró aceite, las evidencias arqueológicas han sido, hasta ahora, casi inexistentes.
Si hacemos un breve repaso a los hallazgos publicados, se limitan al extremo del canal de vertido de una prensa (area) de Mas Castellar, en Pontós (Pons et al. 2002: 395), fechada con imprecisión hacia finales del siglo III a.
C., y evidencias del consumo de aceitunas en la Illa d'en Reixac gracias al hallazgo de algún hueso en niveles de la fase V (Martín et al. 1999: 270).
Más allá de estas comarcas, un area del mismo tipo, pero con una perforación central para encajar el eje de madera, procede del oppidum de Mas Castellar de Vilafranca del Penedès (Giró 1960-61: 162), y otra descubierta en 2008 en una casa del poblado ibérico de los Estinclells (Verdú, Urgell), aparentemente in situ, fechada en el siglo III a.
C., sobre la cual no disponemos de más información.
Poco a poco se ha ido completando el repertorio de instalaciones para la producción de aceite en el territorio, pero sobre todo para la época romana.
El período ibérico más antiguo era, en este sentido, el gran desconocido, a excepción de algunos ejemplos puntuales como los que acabamos de citar, relativamente recientes.
Era, de hecho, un periodo para el que se suponía -pero no se podía confirmar con materiales tangibles-, el cultivo del olivo para la obtención de aceite.
Por otra parte, éste también se ha considerado a menudo como un producto más ligado a la cultura helena que al mundo indígena, en el que empezó a introducirse a partir del siglo VI a.
Aunque en principio las ánforas de Marsella se destinaban al transporte de vino, el comentario anterior nos permitiría suponer -con todas las precauciones-que el hallazgo constante y cuantitativamente importante de ánforas masaliotas y algunas de procedencia etrusca, en oppida y pequeños establecimientos ibéricos, podría indicar el consumo de ambos productos, vino y aceite, por parte de la población local.
Otra cosa es que en una época tan remota, claramente en el siglo V a.
C., un modesto establecimiento rural sin relación de ningún tipo con un oppidum, una explotación seguramente de carácter familiar, se dedicara a la producción de aceite en gran cantidad.
No podemos pensar en un monocultivo dedicado al olivo, ya que entonces no tendrían razón de ser los grandes silos para almacenar cereal, sino en una explotación que dedicaba parte de sus tierras y del trabajo del ciclo agrícola anual a producir esa sustancia que la colonia de Ampurias tanto necesitaba, ya fuera para su consumo propio como, sobre todo, para la exportación.
Sólo así se entiende la existencia de las cuatro bases de prensa localizadas, siempre en niveles de la última fase (en la transición de los siglos V-IV a.
C.), pero claramente amortizadas, rotas o desgastadas por un uso intenso y prolongado.
No podremos saber si habían funcionado conjuntamente o una después de otra, sustituyendo las precedentes a medida que se iban deteriorando.
El hallazgo de dos bases en un mismo silo parece señalar que funcionaban al mismo tiempo, y la coincidencia cronológica de los niveles en los que aparecieron las cuatro también apunta en esta dirección.
En cualquier caso, una sola prensa ya se podría considerar un utensilio exagerado para la obtención del aceite destinado sólo al consumo de la casa.
Se documentan otros sistemas más sencillos y caseros para producir pequeñas cantidades de aceite para uso doméstico, como el prensado por torsión en una especie de saco resistente, que aparece a menudo en la iconografía, incluso con antecedentes en el antiguo Egipto, tal como comentábamos al inicio.
Disponer, no de una prensa, sino de cuatro, supone una producción de envergadura y una práctica que seguramente perduró durante muchos años.
Además, es una actividad que no interfiere en las otras labores del campo.
Las tareas de sembrar, segar y trillar el cereal se hacen en épocas diferentes a la recogida de la aceituna y el prensado.
Ambos son cultivos que se complementan y completan el calendario agrícola anual, como ha sucedido hasta los tiempos actuales.
Por otro lado, no se trataba, en este caso, de una actividad complementaria improvisada.
El olivo no es como otros productos agrícolas, como los cereales, Figura 11.
La base no 4, de piedra arenisca, muestra un importante deterioro a causa de un uso prolongado.
El conjunto de las cuatro bases de prensa.
Restitución hipotética del funcionamiento de una prensa de palanca, con areae del tipo de Saus.
que tienen un tiempo de espera entre la siembra y la cosecha predecible y situado dentro del ciclo anual.
El olivo requiere un proceso y una planificación a largo plazo, puesto que se necesitaban no menos de diez años antes que el árbol recién plantado diera frutos en cantidad apreciable (tradicionalmente se ha dicho que una generación plantaba para que la siguiente recogiera los frutos), a menos que en el caso de Saus se hubieran aprovechado acebuches silvestres del entorno; cosa poco probable teniendo en cuenta que la existencia de tantas prensas denotan una producción importante, prolongada y no sujeta al rendimiento desigual y menor del olivo silvestre.
En cuanto al volumen de la producción, sólo podemos especular extrapolando algunos datos referidos a la época romana.
No pueden ser cifras seguras, dado que son muchos los elementos que pueden influir.
No basta con saber las medidas o la cantidad de areae, sino la capacidad de los depósitos de decantación y, sobre todo, la superficie cultivada y el rendimiento del árbol.
Según el peso de estos últimos factores, lo mismo puede ser que una prensa sea sobradamente suficiente, como que dos no puedan procesar adecuadamente toda la cosecha en el tiempo habitualmente previsto.
Vale la pena, en este sentido, tomar en consideración las observaciones de J.-P. Brun en relación con el rendimiento y las superficies de los olivares a partir de las indicaciones de Catón (Brun 2004a: 18-19), si aceptamos que este rendimiento no habría cambiado entre los siglos V y II a.
C. y fuera el mismo en las dos penínsulas.
El magistrado, convertido en agrónomo en su senectud, prevé lo que podemos interpretar como dos prensas (uasa olearia) para 120 iugera de olivos (Agr.
III, 5), o cinco para una superficie de 240 iugera (Agr.
Es decir, un promedio de una prensa para cada 12-15 Ha.
Siguiendo estos cálculos y de acuerdo con las distancias entre árboles señaladas por el mismo autor (en Agr.
Teniendo en cuenta que en agricultura tradicional los árboles en condiciones óptimas no producen más de 25 kg en años de buena cosecha, el rendimiento total seria de poco más de 3.000 kg/ Ha. o en torno los 50.000 kg para el olivar de 15 Ha cuyo producto podría ser procesado con una sola prensa, obteniéndose unos 12.500 kg de aceite si aceptamos que su rendimiento no superaría el 25% del peso bruto de la aceituna.
Todas estas cifras deben sen consideradas como límites máximos, alcanzables sólo en condiciones óptimas.
Por otro lado, en el caso que estudiamos difícilmente podríamos considerar la posibilidad de una gran extensión de olivares en una zona tan restringida, en la que, además, tenían que coexistir con campos de cereal y pastos para el ganado, bosques y tierras en barbecho; todo ello dependiente o propiedad de una casa que suponemos no demasiado grande y cuyas estructuras apenas han dejado rastro.
Tampoco podemos saber con seguridad, para el caso de Saus II, qué variedad de olivo se cultivaba, puesto que no se han encontrado muestras de huesos de aceituna en los sedimentos analizados.
Como hemos señalado anteriormente, es posible que se hubiera introducido el Olea europaea sativa, el olivo cultivado, con un rendimiento mayor que el del acebuche (Olea europaea var. oleaster), del que también podían aprovecharse los frutos y obtenerse aceite, si bien con un rendimiento considerablemente inferior.
La presencia de prensas más bien negaría el cultivo del olivo silvestre, como ya habíamos indicado.
Por otra parte, el hecho de disponer de una o más prensas también incide en el tipo de instalaciones y la forma en que se organizaba la casa.
Aunque, por los motivos repetidamente expuestos, ignoramos su estructura, no podemos considerarla una simple cabaña o una casa de planta sencilla, ya que el trabajo con las prensas requiere unos espacios y unas instalaciones especiales destinadas específicamente al proceso de molturación, prensado, filtrado o decantación y elaboración final del producto, incluyendo el envasado.
En definitiva, tenía que ser una casa o un establecimiento agrícola, quizás no demasiado grande pero sí bastante más complejo que una sencilla cabaña que, al menos durante la segunda mitad del siglo V a.
C., habría basado su economía -no sólo de subsistencia-, en el cultivo de cereales y en la producción de aceite y, no lo olvidemos, en una ganadería en la que predominan los ovinos seguidos de los bóvidos.
Seguramente ambos productos, aceite y cereal, estaban destinados a la exportación pasando por Emporion.
Rouillard constataba, en su trabajo de 1991, que en la colonia griega de Ampurias no había rastros de producción de aceite o de vino y que, en todo caso, la producción agrícola se encontraría sin duda en manos indígenas (Rouillard 1991: 267 y 280).
García, poco después, sostiene esta suposición cuando dice que «... los griegos de Emporion no tuvieron ninguna dificultad en procurarse aceite.
Tal vez éste es un elemento que los incitó a no desarrollar un territorio agrícola» (García 1992: 254).
Porque, como en su lugar de origen, aquí encontraron un espacio con similares características climáticas y geológicas, en el que la trilogía mediterránea formada por el cereal, la vid y el olivo se expandía de manera natural y sin demasiado esfuerzo; y estos productos fluían hacia la polis sin tropiezos.
Casas de campo como la de Saus podían abastecer la colonia de estos productos básicos.
Uno de los aspectos más interesantes de este yacimiento lo constituye el hecho de tratarse de un establecimiento agrícola indígena que nació, creció y se desarrolló durante el Ibérico Antiguo y desapareció durante la transición hacia el período denominado Ibérico Pleno del nordeste peninsular.
Se trata, en definitiva, de una granja alejada de cualquier núcleo urbano, asentada directamente sobre los campos que cultivaba.
Aunque siempre se ha supuesto la existencia de yacimientos rurales de este tipo en la zona, y recientemente hemos tenido ocasión de excavar parte de otro asentamiento similar, con la misma cronología y aún más cercano a Ampurias (Camp de l'Ylla, Viladamat), suelen ser excepciones dentro de un mundo difícil de rastrear e identificar.
La sencillez de las estructuras más arcaicas ha propiciado su desaparición en un territorio densamente ocupado desde la Antigüedad, por lo que habitualmente sólo han permanecido más o menos intactos los silos y las estructuras situadas en niveles profundos, aún no alcanzados por el arado.
Prueba del deterioro sufrido por los antiguos restos la hallamos dentro de los silos de Saus, en forma de adobes y restos constructivos utilizados como relleno en distintas épocas, pero también en otros campos de silos más modestos, como el citado de Viladamat.
Es una constante el hallazgo de materiales de construcción en dichos depósitos.
Sin embargo, este tipo de yacimientos debió de ser el más común en el territorio agrícola de la zona y especialmente del entorno de Emporion o de algu-nos grandes oppida ibéricos más alejados.
Nada más lógico que el establecimiento de granjas en los mismos campos que eran cultivados.
No obstante, tal como ocurría en el mundo heleno de la misma época, es posible que la mayor parte de la población indígena, incluida la dedicada a los trabajos agrícolas, hubiera residido en núcleos urbanos, desplazándose diariamente al campo para su cultivo, a una distancia fácilmente asumible (Hansen 2008: 113-114); algo mucho más usual de lo que habitualmente pudiera pensarse y que no está en contradicción ni es incompatible con la existencia de algunaspocas-granjas permanentes, como las ya clásicas y tan conocidas en el caso griego, de Vari, Dema House, Grosses Haus, etc. (Pesando 1989: 152-158), o las de Beocia o Delos (Étienne, Müller y Prost 2006: 99-100), todas ellas del mismo período, fechadas entre la segunda mitad del siglo V y la primera del siglo IV a.
No disponemos, de momento, de datos suficientes para conocer de forma clara y segura la organización y funcionamiento del campo en el hinterland emporitano, por lo que todo lo que sobre esta cuestión pudiera plantearse sería poco más que mera hipótesis, por no decir pura especulación.
Lo que sí parece muy probable es que la fundación colonial, con una población que en su mejor época difícilmente superaría los 500 habitantes, no dispondría de medios para ocupar un territorio, implantar una chóra y mantenerla.
No obstante, sí tenía capacidad para establecer lazos con la población autóctona, que tendría el dominio de los centros de producción, con el fin de abastecerse de los recursos agrícolas que precisaba, aunque la situación debió ser más compleja, como ha sido puesto de manifiesto en algunos estudios detallados (Ruiz de Arbulo 1992: 68).
No olvidemos, por otro lado, que Emporion nació como lo que su propio nombre indica y no con vocación de colonia, independientemente de su evolución posterior hacia la polis.
Es en este contexto en el que debemos situar yacimientos como el de Saus II, el Camp de l 'Ylla o la fase ibérica del Olivet d' en Pujol (Viladamat), o Mas Gusó (Bellcaire), todos ellos dentro del radio de influencia o territorio agrícola que abastecía la ciudad (Casas 1989; Casas y Soler 2004; Casas, Nolla y Soler 2010 e.p.).
Lo que nos muestran y confirman estos establecimientos es que el cultivo del campo, por lo menos durante el siglo V a.
C. se hallaba a cargo de la población indígena.
Los elementos inconfundibles que permiten identificar culturalmente sus ocupantes se resumen de forma clara en las producciones cerámicas utilizadas: la cerámica común reducida elaborada a mano en la propia casa, con el repertorio clásico de formas y decoraciones; la cerámica ibérica oxidada, moldeada a torno y a menudo decorada con franjas de pintura roja, con un repertorio tipológico que se extiende hasta el Languedoc; así como la misma estructura del yacimiento, sus elementos constructivos o el sistema de almacenamiento en silos.
Una segunda cuestión, que afortunadamente podemos responder gracias a los hallazgos de Saus, se refiere al tipo de productos que fluían hacia los mercados locales.
Constatamos que además de los cereales (más de 50 molinos de vaivén en el yacimiento), ya se elaboraba aceite desde una época bastante remota; como mínimo durante la segunda mitad o último cuarto del siglo V a.
C. En cualquier caso, el modelo de area localizada aparece aquí bastante antes que en la mayoría de los yacimientos occidentales en los que se ha documentado, seguramente gracias a la influencia y proximidad de Emporion.
Es un hecho constatado que la introducción de este tipo de prensa en asentamientos costeros del golfo de León y del Mediterráneo occidental se lleva a cabo a través de las fundaciones coloniales, como Agde, Marsella, etc. (García 1992: 253), aunque sobretodo a partir del siglo IV a.
C. Lo sorprendente y doblemente interesante en este caso, es la antigüedad de los cuatro ejemplares, abandonados en el período 420-380 a.
C. a causa de su deterioro por un uso prolongado. |
Se presentan los resultados obtenidos por la antracología y la carpología en la villa romana de Gabia, que nos dan un importante conocimiento sobre la explotación del medio y del uso de los recursos vegetales utilizados con diversas finalidades.
Estos resultados confirman la existencia de un paisaje fuertemente antropizado, con una vegetación relativamente abierta donde tienen una gran importancia las especies arbustivas y de matorral, quedando sólo la encina y el pino carrasco como representantes del estrato arbóreo.
Los cultivos predominarían en el entorno, siendo los cereales, con el trigo desnudo y la cebada vestida, los que ocuparían parte de las tierras ganadas al bosque, desarrollándose también leguminosas como garbanzos, lentejas, guijas, guisantes y habas.
El combustible para los hogares provenía tanto de leña recogida en el bosque, como de los deshechos de las podas de los árboles cultivados.
Para la construcción de postes y vigas se recurre a árboles de gran porte, que pueden ofrecer leños rectos y largos, caso de los pinos y el olmo y ramas de gran resistencia como son el nogal y la encina; mientras que para la construcción de los techos se utilizan especies arbustivas: enebros, leguminosas, retama y romero SUMMARY Anthracological and carpological findings are presented for the Roman villa of Gabia, which gives us important knowledge concerning the exploitation of the environment and the diverse use of plant resources.
PALABRAS CLAVE: Arqueobotánica, Antracología, Carpología, Época romana, Bética.
Un aspecto esencial para la comprensión del funcionamiento de un sitio arqueológico en su totalidad es la recuperación de ecofactos, ya que éstos nos van a dar información de tipo paleoambiental y económico.
Este tipo de información pasa desapercibida durante el transcurso de la excavación por tratarse de restos de muy pequeño tamaño, por lo que son necesarios el tamizado y flotación de sedimentos.
El objetivo de este proceso es la recuperación de macrorrestos vegetales (especialmente semillas y carbones) y restos de microfauna, malacofauna (conchas) e ictiofauna (restos de pescado).
Los macrorrestos vegetales más frecuentes en los yacimientos arqueológicos son esencialmente los carbones vegetales y los carporrestos (semillas y frutos).
Sin embargo, otras partes de las plantas (como tallos, raíces, hojas, bulbos o rizomas) pueden también conservarse y documentarse.
Los resultados obtenidos por el estudio de estos restos habrán de ser contrastados entre sí, siendo en la mayoría de los casos complementarios para el conocimiento de la vegetación del entorno más inmediato, es decir, los macrorrestos Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 85-107 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.005 vegetales presentes en un yacimiento arqueológico tienen su origen en la utilización humana de la vegetación para diversos fines: alimentación, calefacción, construcción..., proviniendo, en la mayoría de los casos, de un entorno cercano.
Sin embargo, la procedencia de los microrrestos vegetales, especialmente el polen, en la mayoría de los casos, es debida a las condiciones climáticas generales, entre las que destaca el régimen de vientos predominante en la zona.
Así, el polen nos da una imagen de la vegetación comarcal o regional, que complementa la visión más localista proporcionada por los macrorrestos.
Asimismo, no podemos olvidar los importantes datos de tipo económico y social que proporcionan los macrorrestos vegetales: especies consumidas en la alimentación humana y animal, especies recolectadas y cultivadas, especies utilizadas en la construcción de viviendas y en la fabricación de herramientas y útiles, etc., que hacen que podamos conocer importantes aspectos de las sociedades preindustriales, donde la vegetación tiene un papel tan presente y relevante en su vida cotidiana.
En este trabajo presentamos los resultados obtenidos de los análisis de carbones y carporrestos (semillas y frutos), con la intención de conocer más acerca de la explotación del medio por el hombre y del uso de los recursos vegetales obtenidos con diversas finalidades en una villa romana de la Bética.
Los estudios paleoambientales y paleoetnológicos realizados sobre el periodo romano en la arqueología peninsular aún son escasos, muchas veces debido a la creencia de que en los autores clásicos ya encontramos toda la información sobre los cultivos y su disposición dentro de una unidad de explotación como es una villa, o en el ámbito de una ciudad.
Sin embargo, aquí demostraremos cómo los datos aportados por la arqueobotánica abren nuevas vías de conocimiento e interpretación sobre la vida cotidiana de los habitantes de una villa romana.
HISTORIA, SITUACIÓN Y DESCRIPCIÓN DEL YACIMIENTO
La villa romana de Gabia se localiza al noroeste del actual casco urbano de Gabia La Grande (Granada) (Fig. 1) en el borde meridional de la Vega de Granada, ciudad de la que dista 6 Km en línea recta.
Sus coordenadas geográficas son 37o08 '19'' N y 3o40 '18'' O. Esta zona está formada por suaves promontorios dedicados al cultivo de cereales de secano, olivar y almendros, en la zona de contacto con la zona de regadío con cultivos de la vega.
Este yacimiento se conoce desde principios de 1920, cuando se descubre de manera fortuita una especie de pasillo semienterrado en las cercanías de Gabia La Grande y tras la excavación realizada por J. Cabré se publica la memoria (Cabré 1923).
En 1976 Manuel Sotomayor y Enrique Pareja realizan un corte cercano a la cúpula del Monumento (Sotomayor y Pareja 1979).
En 1995 se realiza una campaña de excavación entre los meses de octubre y diciembre.
Esta actuación entraba dentro del Proyecto de Investigación El poblamiento en la Vega de Granada durante la Prehistoria Reciente y Época clásica que dirigían Margarita Orfila y Eduardo Padilla y que contaba con financiación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
Contando también esta actuación con la financiación del Ayuntamiento de Las Gabias.
El objetivo principal era la delimitación y evaluación de las distintas áreas de la villa, para ello se realizaron 16 sondeos estratigráficos en cuatro zonas del área del yacimiento (Fig. 2).
Los resultados obtenidos (Rodríguez-Ariza e.p.) nos definen dos zonas principales: la pars urbana y la pars rustica/fructuaria.
La pars urbana se sitúa en la zona B, zona de vega, y en ella se encuentra la gran estructura subterránea publicada por Cabré.
En las excavaciones de 1995 se han hallado en esta zona una serie de potentes muros que parecen pertenecer a los jardines de la villa.
La pars rustica/fructuaria se sitúa en la parte superior del área y en ella se pueden distinguir dos zonas, en la A1 se han delimitado varias habitaciones que definen un reticulado cuadrangular con dirección NO-SE (Fig. 3) y que por el registro arqueológico recuperado podemos definir como zona donde están los almacenes, talleres y viviendas de los esclavos y/o servidores de la villa.
En la zona A2 se ha documentado parte de una almazara que consta de una zona de prensado, unos depósitos para la decantación del aceite y otra para el almacenaje (Fig. 4).
A unos 30 m de esta zona se ha documentado una pileta rectangular con un recubrimiento de opus signinum, que podría indicar la extensión del área de producción hacia el noroeste.
A nivel conológico parece que la mayor parte de las distintas depencias se construyen a mitad del siglo I d.
C., aunque encontramos materiales anteriores de la Edad del Bronce y de momentos protoibéricos e ibéricos (Ruiz y Fernández e.p.).
El final de la villa se sitúa a fines del siglo V d.
C., aunque algunas zonas dejan de estar en activo mucho antes, es el caso de la almazara que parece que tiene su final hacia el 125-150 d.
C. Por el carácter de sondeo de la excavación realizada han quedado pendientes ciertas cuestiones, principalmente de relación entre las distintas zonas y de su desarrollo cronológico.
Planta final de la Zona A2 con los restos de la Almazara.
LOS ESTUDIOS ARQUEOBOTÁNICOS REALIZADOS
La recuperación de macro y microrrestos vegetales realizados en el transcurso de la excavación nos ha permitido realizar varios estudios arqueobotánicos: el antracológico (Rodríguez-Ariza e.p.), el carpológico (Montes e.p.) y el palinológico (Ruiz e.p.).
Debido a la escasa presencia de palinomorfos en el análisis palinológico ha sido imposible utilizar estos resultados para el conocimiento de la vegetación.
Por tanto, este trabajo se realiza a partir de los resultados obtenidos por la antracología y la carpología.
Describimos aquí brevemente la metodología de estudio empleada por cada una de estas disciplinas en la realización de este estudio.
Metodología de las disciplinas arqueobotánicas
La visualización de los carbones y las semillas se ha realizado en el Laboratorio de Paleoambiente del Centro Andaluz de Arqueología Ibérica (CAAI), mientras que la realización de las fotos de los carbones se ha llevado a cabo en los Servicios Técnicos de Investigación de la Universidad de Jaén.
La identificación antracológica de los taxones se ha realizado sobre la base de la comparación de la anatomía del xilema secundario con varios atlas de anatomía de la madera (Greguss 1959; Huber y Rouschal 1954; Jacquiot 1955; Jacquiot Trenard y Dirol 1973; Schweingruber 1978Schweingruber, 1990;;Vernet 2001, etc.) y con la colección de maderas actuales carbonizadas del CAAI.
La identificación de semillas y frutos se realiza teniendo en cuenta la morfología externa, determinando los ejemplares arqueológicos mediante la comparación de su anatomía con semillas y frutos actuales.
La identificación taxonómica de las semillas y los frutos sigue la sistemática de Flora europaea (Tutin et al. 1964(Tutin et al. -1980)).
La recuperación de los carbones y semillas de la Zona A2 o almazara se efectuó por medio de un sistema de flotación manual, con mallas de 2 y 1 mm de abertura.
También se efectuó una recogida puntual de determinadas muestras que fueron guardadas individualmente o con parte del sedimento.
A nivel espacial el análisis arqueobotánico del yacimiento romano de Gabia se ha realizado con los macrorrestos recuperados en los sondeos realizados en las distintas áreas del yacimiento.
Por la escasa cantidad de restos recuperados en la mayoría de Unidades Estratigráficas ha sido imposible hacer una valoración individualizada de cada una de ellas, salvo la US4 de la Zona A2.
Para la valoración y contrastación de resultados se han tenido en cuenta dos zonas: la A1 que, por la naturaleza de sus depósitos, se han denominado Niveles de habitación y la A2 que se corresponde con la Almazara.
En el estudio antracológico se ha utilizado el recuento de los fragmentos de carbón, como la base del estudio cuantitativo, a partir del cual se han de inferir los datos paleoecológicos (Fig. 10).
La selección de los carbones a estudiar dentro de la muestra antracológica se ha realizado estudiando todos los carbones en la mayoría de las muestras, sólo en aquellas muestras con gran cantidad de fragmentos se ha realizado un muestreo, estudiando la mitad o una porción de la muestra.
En el análisis carpológico se han revisado la totalidad de las muestras, contabilizando tanto los individuos completos como los fragmentos.
Debido a la antigüedad de la excavación no existía un registro del volumen de litros de sedimento muestreado por lo que no se ha podido estimar una densidad de restos por cada 10 litros.
Por ello, en su lugar y aprovechando que la conservación de los restos era muy buena, se ha realizado una interpretación numérica de los restos carpológicos sobre la base del número de individuos completos recuperados en cada área de excavación (Fig. 12), aunque sin desechar los datos que aportan los fragmentos recuperados.
La interpretación antracológica se ha realizado sobre la base de los distintos espectros florísticos o lista de taxones determinados y a la comparación de espectros de distintas estructuras o zonas.
Los gráficos obtenidos se expresan bien en frecuencias absolutas o relativas según las estructuras o niveles que estemos comparando.
LA GESTIÓN DE LOS RECURSOS VEGETALES
El estudio de los macrorrestos vegetales recuperados en un yacimiento arqueológico, siempre que se hayan recogido de manera sistemática, puede ser un medio para conocer la vegetación de su entorno y vislumbrar cómo sus habitantes utilizaban y transformaban el medio natural.
La deforestación de amplías zonas para la creación de campos de cultivo o de zonas de pastoreo, la introducción de nuevos culti- vos, el control de los recursos hídricos, la pervivencia de zonas de bosque como reserva de leña, frutos silvestres, etc., son algunas de las cuestiones que los arqueólogos/as nos planteamos conocer en cada una de las etapas históricas que estudiamos.
Las distintas disciplinas arqueobotánicas van a incidir más en uno u otro aspecto.
La palinología y la antracología van a centrarse en el conocimiento y reconstrucción del entorno vegetal tanto a nivel regional como del entorno inmediato.
Aunque, por la naturaleza antrópica de la deposición del carbón y la madera en los yacimientos arqueológicos, la antracología también va a conocer cómo el hombre utiliza los recursos forestales y, al igual que la carpología, incide especialmente en el conocimiento de las prácticas agrícolas y de recolección.
En la villa de Gabia la puesta en común de los resultados arqueobotánicos nos permite aproximarnos al conocimiento de la gestión de los recursos vegetales y, simultáneamente, al contrastar estos con el resto de los elementos del registro arqueológico, plantear la organización del espacio en el entorno.
Aunque no olvidamos los textos clásicos (Columela, Plinio, San Isidoro, Varrón...), que dan indicaciones muy precisas sobre la organización de una villa y las plantas que en ella se integran, aquí queremos resaltar el potencial que la arqueobotánica ofrece para tener una conocimiento directo y objetivo de la vegetación y cultivos existentes en una villa romana de la Bética.
El antracoanálisis del yacimiento romano de Gabia está realizado sobre un total de 756 fragmentos de carbón (Fig. 8), mientras el análisis carpológico ha determinado 7946 restos de semillas y frutos (Fig. 11), provenientes de la mayoría de zonas del yacimiento.
El espectro florístico obtenido da un total de 64 taxones identificados, con 30 taxones determinados por la antracología (Fig. 8) y 44 por la carpología, habiendo sido 9 de ellos identificados por las dos disciplinas.
Este importante número de taxones se puede dividir, en un primer momento, en dos grupos (Fig. 5): el primero, responde a su origen natural, es decir que no necesita al hombre para vivir, y el segundo corresponde al de la vegetación cultivada que no puede desarrollarse sin la ayuda del hombre.
El número del grupo silvestre duplica el de la vegetación cultivada, con lo que si hiciéramos una traslación mecánica a la realidad vegetal romana de Gabia podríamos pensar que el bosque, en su sentido más amplio de zonas con vegetación natural, predominaba en el entorno.
Sin embargo, probablemente esto no era así.
En las páginas siguientes hacemos un análisis de cada uno los grupos de vegetación, estudiando el contexto en el que aparecieron y los datos que nos ofrecen tanto medioambientales, como de su utilización.
Paisaje y vegetación natural
El grupo de taxones pertenecientes a la vegetación natural puede ser dividido a su vez en varios subgrupos (Fig. 5), atendiendo a los condicionantes medioambientales para su subsistencia, en:
-Vegetación climácica es la vegetación que para su crecimiento depende de las condiciones medioambientales generales existentes en el lugar, principalmente temperatura y precipitación.
Se han determinado los siguientes taxones que a su vez podemos clasificar entre especies que crecen en los pisos de vegetación termomediterráneo y mesomediteráneo y las que crecen en el supramediterráneo y oromediterráneo.
Entre las primeras están jaras (Cistus sp.), majuelos (Crataegus sp.), enebros y/o sabinas (Juniperus sp.), leguminosas arbustivas, pino carrasco (Pinus halepensis), pino piñonero (Pinus pinea), lentisco (Pistacia lentiscus), encina y/o coscoja (Quercus ilex-coccifera), espinos (Rhamnus-Phillyrea), retamas (Retama sp.), romero (Rosmarinus officinalis), esparto (Stipa tenacissima) y viburnos (Viburnum opalus/lantana).
Las especies supramediterráneas que se han determinado son el pino salgareño (Pinus nigra), que en muchas ocasiones no se puede distinguir del pino silvestre (Pinus sylvestris), por lo que se denomina Pinus nigra-sylvestris y los Quercus caducifolios, entre los que se ha podido distinguir el quejigo (Quercus faginea).
La lista de taxones climatófilos se completa con Pinus sp., que puede representar a cualquier especie de pinos, las rosáceas (Rosaceae) que comprenden muchas familias silvestres y cultivadas, y las labiadas (Labiatae) que con probabilidad pertenezcan al romero, ya mencionado.
-Vegetación de ribera es la vegetación que recibe un aporte extra de agua, por tanto vive en los ríos, bordes de lagos, acequias y zonas con niveles freáticos muy elevados.
Se han determinado: fresnos (Fraxinus sp.), olmos (Ulmus sp.), álamos (Populus sp.) y sauces (Salix sp.), estos dos últimos a veces difícilmente distinguibles por lo que se denominan Salix-populus.
-Vegetación ruderal y malas hierbas, la primera crece en zonas de abundante materia orgánica generada por la presencia humana o de ganado y, la segunda, son plantas no cultivadas intencionalmente pero que se benefician de los cultivos realizados por el hombre.
La representación de cada uno de estos grupos es muy dispar, así la vegetación climácica es la más representada con 20 taxones, constituyéndose como el grupo de vegetación principal.
La ripisilva la componen 5 taxones mientras que el grupo de la vegetación ruderal y malas hierbas está representado por 16 taxones.
Por tanto, en este primer nivel de análisis podemos observar que la vegetación representada está compuesta principalmente por vegetación climácica junto a una relativa importancia de la vegetación ruderal y malas hierbas y una menor importancia de la ripisilva.
Aunque no podemos trasladar mecánicamente al entorno del asentamiento ésta composición de los grupos de vegetación, sí que comenzamos a vislumbrar que la vegetación natural aún está presente y, con probabilidad, ocupa áreas importantes relativamente cercanas.
Asimismo, el grupo de la vegetación climácica de tipo supramediterráneo no estaría demasiado cercano pues la presencia de taxones es escasa, al igual que ocurre con la ripisilva sólo representada por 4 especies.
Esto último está en relación con la inexistencia de cursos de agua importantes cercanos al asentamiento.
Sin embargo, la presencia de 16 taxones asociados a una alta nitrificación del suelo y de cultivos nos indicaría una transformación importante del entorno inmediato al asentamiento.
A nivel cualitativo el grupo de la vegetación climácica podemos analizarlo desde el punto de vista fisionómico, es decir, agrupar a los distintos taxones por la talla en: árboles, arbustos o matorral fruticoso (Fig. 6).
Cada uno de estos grupos engloba los siguientes taxones:
-árboles: pino carrasco, pino salgareño, pino silvestre, pino piñonero, Quercus caducifolio, encina/ coscoja y quejigo -arbustos: majuelo, enebros/sabinas, leguminosas arbustivas, lentisco, espinos/labiérnago, retama y viburnos.
-matorral fruticoso: jaras, romero y esparto.
Al ver la composición numérica de estos grupos (Fig. 5) podemos observar que los grupos de árboles y arbustos tienen el mismo número de taxones.
Sin embargo, mientras los arbustos son todos del piso de vegetación Mesomediteráneo, el de los árboles tiene cuatro del Supramediterráneo y 3 del Mesomediterráneo.
Por tanto, considerando que los primeros no pertenecen al entorno inmediato de la villa, sino de una zona algo retirada, esto nos indicaría que la vegetación natural del entorno del yacimiento sería una vegetación relativamente abierta donde tienen una gran importancia las especies arbustivas y de mato-rral, quedando sólo la encina y el pino carrasco como representantes del estrato arbóreo, con la duda de si el pino piñonero es o no cultivado.
A nivel paleoecológico el conjunto floral podría pertenecer a la Serie de la encina (Quercus rotundifolia): Paeonio coriaceae-Querceto roundufoliae S. (Valle 2004), que se corresponde con la zona potencial de los encinares basófilos de la zona de la Vega de Granada.
La vegetación actual del entorno del yacimiento romano de Gabia es prácticamente inexistente, sólo conservada en lindes de las fincas de secano o en las laderas del Cerro de Montevives.
En época romana podemos pensar, por los taxones determinados, que existía un grado de humedad mayor, como lo demostrarían la existencia de algún quejigo y Quercus caducifolio, y unas temperaturas un poco más suaves, por la existencia de algunos fragmentos de lentisco.
Aunque estas especies podrían estar presentes en el entorno más o menos inmediato, también podrían, sobre todo en el caso de los primeros, haber sido traídos de cierta distancia.
A nivel potencial estas formaciones se sitúan en las laderas de Sierra Nevada, al igual que las formaciones de pinos salgareño y albar, por lo que posiblemente nos indican una zona de explotación del bosque para la obtención de leña y madera.
El área de desarrollo estaría más cerca que en la actualidad, al haber un descenso de los actuales pisos de vegetación en ésta época.
Prácticas de recolección de frutos silvestres y
de aprovisionamiento de madera y leña.
Las plantas recolectadas son plantas silvestres que el hombre obtiene del medio natural que rodea al asentamiento.
Se trata en su mayoría de frutos y madera que son utilizadas, en el primer caso para el consumo humano y, en el segundo, para el aprovisionamiento de combustible y material constructivo.
Sin embargo, para esta segunda función no sólo se utilizan plantas silvestres, sino que, en muchos casos, se cultivan especies con una función determinada y, en algunos casos, se aprovechan los desechos de ciertas especies para el aprovisionamiento de leña, caso de las podas de árboles frutales que se utilizan como leña en los hogares domésticos.
Entre las especies recolectadas encontramos piñones (Pinus sp.) y los restos de labiadas (cf. Rosmarinus) que, en su mayoría, se han recuperado en la zona A1 o de habitación, indicándonos su relación con la preparación y consumo de alimentos.
Su presencia en Gabia nos presenta la duda de si pertenece a la vegetación natural o ha sido cultivado en el jardín de la villa.
Las hojas de labiadas localizadas en la zona de habitación y formando un conjunto se asemejan a una planta tipo romero, posiblemente utilizada como planta aromática en el condimento de los alimentos.
Es de resaltar que en este caso no se han determinado carbones de esta especie en los niveles de habitación, lo cual reafirma su utilización como planta aromática.
También se han determinado rizomas de esparto y frutos de lentisco.
Los rizomas de esparto documentados se localizan en la almazara, lo cual nos plantea varias hipótesis sobre su aparición.
Por un lado, se puede haber almacenado parte de la planta para su posterior manufactura, por otro lado sus restos podrían pertenecer a objetos (cestos, rondeles, etc.) que servían para la manipulación de las aceitunas o la uva y, por último, pertenecer a cuerdas que formaran parte de las estructuras constructivas.
Del lentisco, se han recogido 3 frutos en la zona de habitación, siendo también la única zona donde se han determinado carbones, por lo que nos inclinamos a considerar que estos vendrían con la leña, más que recogidos para ser consumidos.
Para conocer las especies utilizadas, tanto como combustible como para la construcción, se hace necesario estudiar el antracoanálisis de las principales Unidades Sedimentarias y estructuras.
En la Zona A2, zona de la Almazara, sobre las dos piletas documentadas se ha identificado un potente nivel de incendio.
De entre todos los carbones se pudieron individualizar un total de 21 troncos provenientes de unas estructuras de madera sobre dichas piletas (Fig. 7).
De los 16 taxones determinados en todo el nivel de incendio 8 se corresponden con los troncos, siendo en la mayoría de los casos los que más fragmentos presentan y, por tanto, podemos pensar que son los que se han utilizado para material de construcción, como vigas, postes y tablas.
Estos son: majuelo, nogal, pino carrasco, pino salgareño, pino piñonero, encina y olmo.
En el caso del guindo o cerezo sólo aparece un tronco y un fragmento aparte, por lo que su uso como madera de construcción puede ser ocasional.
En la mayoría de los casos vemos que son árboles de gran porte que pueden ofrecer o leños rectos y largos, caso de los pinos y el olmo, o bien ramas de gran resistencia como son el nogal y la encina.
La aparición del majuelo, aunque con algunos fragmentos más que el guindo/cerezo, puede responder a una misma casuística al ser los dos, árboles que no tienen un gran porte y no proporcionar grandes troncos.
El resto de taxones determinados en el nivel de incendio aparecen, por lo general, en una sola de las piletas y, salvo el caso del olivo, el número de fragmentos es pequeño.
Entre estos taxones destacan las especies arbustivas: enebros, leguminosas, retama y romero que por el pequeño calibre de sus partes leñosas podrían haber sido utilizadas como enramado de los techos, al igual que las ramas de fresno.
Los de ciprés, pino salgareño/albar y olivo también podrían provenir de los postes y vigas aunque no hayamos individualizado los troncos.
También se han analizado los niveles de habitación de dos zonas del yacimiento, y aunque el número de carbones analizados no es muy grande (Fig. 8) y por tanto los resultados son discutibles, si podemos sacar interesantes apuntes sobre el uso de las distintas especies al realizar su comparación (Fig. 10).
De los 21 taxones determinados sólo 7 aparecen en las dos zonas indicando, posiblemente, que eran los más utilizados, estos son: ciprés, nogal, olivo, pinos, pino carrasco, pino salgareño y encina.
Todos ellos aparecen en los niveles de incendio de la Almazara, por lo que su aparición aquí puede responder a su utilización como madera de construcción, aunque no podemos obviar que todos también pueden haber sido utilizados como combustible de los hogares.
En este sentido, la Zona A1, donde el carbón proviene de contextos claramente domésticos, presenta por un lado, mayor número de especies vegetales que podemos considerar del entorno inmediato o de los cultivos, como son jaras, leguminosas arbustivas, lentisco, ciruelo, olmo y vid y, por otro, una distribución porcentual más homogénea de todas ellas (Fig. 10), indicando claramente su utilización como combustible en los hogares domésticos.
En estos se quema tanto leña recogida en el bosque, como los deshechos de las podas de los árboles cultivados; es decir, para alimentar los hogares se recurre a todo lo que hay disponible que sea capaz de proporcionar la energía calorífica necesaria.
Sin embargo, en la Zona B1, donde no está bien definido a nivel funcional el contexto de donde provienen los carbones, destacan los altos porcentajes de olivo y pino salgareño, junto con la aparición significativa de Quercus caducifolios y
Dentro de la categoría de plantas cultivadas distinguimos básicamente cuatro grupos: los cereales, las leguminosas, las plantas textiles y los árboles cultivados.
Estos grupos, de por sí, ya nos dan una valiosa información sobre la composición vegetal con la que se está trabajando y nos ayudan a conocer la agricultura desarrollada en esta villa.
Cuestiones tan importantes como los de la preparación de los campos, de siembra y plantación, de recolección, etc. podemos empezar a conocerlos de una manera cercana y fehaciente al estudiar los restos arqueobotánicos y los contextos en los que aparecen.
Son el principal grupo de plantas determinado en el conjunto del yacimiento (Fig. 12), lo cual se corresponde con la mayoría de yacimientos con estudios arqueobotánicos.
Los cereales, debido a su fácil conservación y a su aporte de nutrientes para la alimentación humana han sido las especies vegetales sobre las que ha girado parte del desarrollo agrícola del Próximo Oriente y Europa.
Sin embargo, en muchas ocasiones adquieren una sobrerrepresentación en los contextos arqueológicos debido a las prácticas de procesado y manipulación de las mismas que las pone en contacto con el fuego, en detrimento de otras especies vegetales que no están en contacto con el mismo.
No es necesario indicar que el mundo romano basa una parte de su economía agraria en el cultivo de los cereales.
Sin embargo, conocer las especies y variedades de cada uno de estos no es tan usual, lo cual nos permite, en este estudio, saber la composición cerealística cultivada en la villa de Gabia.
A nivel general, los taxones cerealísticos más representados (Figs.
A nivel espacial hay que señalar que en la almazara aparecen las siete especies determinadas, faltando dos, la cebada desnuda y el trigo compacto, en los niveles de habitación excavados.
Sin embargo, a nivel cuantitativo hay que destacar que en los niveles de habitación las distintas especies aparecen en gran cantidad, lo cual se corresponde con el almacenaje y consumo doméstico de éstas.
Así, la predominancia del trigo común/duro nos indica que era el más consumido, quizás para la fabricación de pan, por ser el que leva mejor.
Se siembra en otoño/invierno y se adapta muy bien a las condiciones climáticas mediterráneas.
La presencia de dos trigos vestidos: la escanda y la escaña nos habla de la diversidad de especies que aún se cultivan.
Su presencia en el yacimiento podría estar relacionada con diferentes procesos.
Los tallos de los cereales vestidos son más duros que los tallos de los cereales desnudos, por lo que suelen utilizarse en labores constructivas (techos, adobes); la paja de los cereales desnudos es más blanda, por lo que suele ser destinada a la alimentación del ganado o como cama (González Urquijo et al. 2000).
Sin embargo, según las zonas, la paja de los cereales vestidos, también puede ser utilizada para la alimentación del ganado, como se ha documentado en trabajos etnobotánicos realizados en Asturias (Peña-Chocarro y Zapata 1997).
La escasa presencia de la escaña, también podría responder a la contaminación de los campos de trigo duro o de cebada.
En el caso del primero, serían recogidos con él y se acabarían utilizando en la fabricación de harina.
Su aparición junto a la cebada vestida, la segunda especie más representada, nos podría estar señalando una composición destinada para el consumo de animales (Buxó 1997).
La aparición de la avena, aunque en pequeña cantidad, nos indica con probabilidad que ya es cultivada, aunque su aparición junto con el resto de cereales indique un cultivo no intencionado y sea más una mala hierba.
Por otro lado, el trigo compacto es un tipo de trigo desnudo que se presenta minoritario y siempre está acompañando al trigo desnudo propiamente dicho (en el caso de Gabia tan solo se han recogido dos individuos en el área 20/36).
Quizá se trate de un trigo que no se cultiva independientemente, sino que se planta mezclado con el resto de trigos desnudos (Alonso 2000).
Las leguminosas no están muy representadas en la Villa Romana de Gabia, tanto en frecuencia como en cantidad de restos (Fig. 11).
Las especies de leguminosas documentadas en este asentamiento han sido: el garbanzo (Cicer arietinum), la guija (Lathyrus sativum), la lenteja (Lens culinaris), el guisante (Pisum sativum) y el haba (Vicia faba).
Además, se han documentado en la zona de habitación pequeños fragmentos que con toda seguridad pertenecen a leguminosas pero que no conservan ningún carácter morfológico apreciable con el que se les pueda agrupar bajo una especie.
Exceptuando un conjunto de siete guijas, el resto de taxones tan solo se ha documentado un ejemplar completo en cada caso.
Con este escaso número de ejemplares determinados poco se puede decir respecto a su distribución espacial, aunque sí es de resaltar que tres (guija, lenteja y haba) de las cinco especies documentadas aparecen en la zona de la Almazara y, aunque su número es escaso, podría indicar que esta zona sirve como lugar de recogida o almacén general a partir del cual se distribuyen y almacenan a nivel doméstico.
La única especie que aparece en los niveles de habitación es el guisante, mientras que el garbanzo, hallazgo poco usual en la Península Ibérica, se encuentra en la zona 31/41, concretamente en un nivel que rellenaba una fosa que podía haber servido de basurero.
El aporte de proteínas de las leguminosas a la dieta alimenticia, hace que sin duda constituyan, junto con los cereales, uno de los recursos más importantes de la alimentación humana.
Sin embargo, la permanencia de las leguminosas en el registro arqueológico no es tan abundante, ya que sus métodos de preparación (en sopas o hervidas), así como su consumo directo, hace que no entren en contacto directo con el fuego y no se preserven carbonizadas (Alonso 1999;2000).
Plantas ruderales y malas hierbas
Los taxones que incluimos en esta categoría pertenecen a la vegetación silvestre, es decir, no cultivada por el hombre, pero las incluimos en el apartado de las prácticas agrícolas porque la mayoría de ellos aparecen en asociación con los cultivos, principalmente cereales.
Es decir, no son cultivados intencionalmente pero se benefician de los cultivos realizados por el hombre, son las denominadas malas hierbas que crecen en asociación con los mismos.
Asimismo, aparecen otras especies que crecen en zonas de abundante materia orgánica generada por la presencia humana o de ganado, son las denominadas plantas ruderales.
De los dieciséis taxones determinados, doce aparecen en la zona A1 (Fig. 11), en los niveles de habitación en asociación con el grupo de cereales, mientras que en la almazara aparecen ocho taxones, también en la misma muestra donde aparecen los cereales, indicando claramente su asociación.
Los taxones determinados más importantes son los siguientes (Fig. 12): Bromo (Bromus sp.), Cizaña (Lolium sp.), Meliloto (Melilotus sp.), Amor del Hortelano (Gallium aparine), Galio (Galium spurium), el llantén lanceolado (Plantago lanceolata) y el rabanillo (Raphanus raphanistrum).
Todas estas especies aparecen como malas hierbas en los cultivos, pudiendo aparecer también en los bordes de los caminos.
Especies como el bromo y la cizaña se asocian con la recogida de cereales, especialmente ésta última presenta una semilla pesada y fuertemente adherida a la gluma, siendo muy difícil de eliminar con el cribado y el aventado, por lo que en ocasiones se almacenaba con el trigo (Buxó 1997).
Plantas como el litospermo (Lithospermun termiflorum), el raigrás (Lolium perenne rigidum), el trébol (Trifolium sp.) y, los ya mencionados, meliloto y rabanillo, pueden desarrollarse en zonas de prados lo que estaría en relación con la cabaña ganadera determinada, compuesta principalmente por ovicápridos, vacas y cerdos (Riquelme e.p.).
El desarrollo de la arboricultura supone una modificación de la relación del hombre con la tierra, ya que con ella se rompe el ciclo anual que requieren los cereales y las leguminosas, iniciándose una relación de ciclo largo.
Los árboles requieren varios años hasta producir y, posteriormente, un mantenimiento permanente.
Por otro lado modifica las tareas agrícolas, pues los periodos de recolección (finales del verano-otoño e invierno) no coinciden con los de los cereales y las leguminosas.
Asimismo, su cultivo posibilita la puesta en activo de tierras que no eran favorables para los cereales y las leguminosas, ampliando con ello la superficie cultivable y por ende el espacio que debe controlar la comunidad.
Tanto si la propiedad de estos nuevos espacios es privada como comunal, afectará a la organización general de la comunidad.
Siete son los taxones de árboles cultivados, que se podrían corresponder con siete o nueve árboles frutales, presentes en Gabia: el nogal (Juglans regia), manzano/peral (Malus/Pyrus), olivo (Olea europaea), guindo/cerezo (Prunus avium/cerasus), ciruelo (Prunus domestica), almendro (Prunus dulcis) y vid (Vitis sp.), todos ellos, salvo la manzana/pera, han sido identificados tanto por la antracología (Fig. 8) como por la carpología (Fig. 11).
Dentro del género Prunus, las especies documentadas han sido: el cerezo, el ciruelo y el almendro.
Se han agrupado bajo Prunus avium/cerasus los restos que no han podido ser discriminados entre guindo o cerezo, estos a nivel espacial, tanto semillas como carbones, aparecen en la almazara, donde probablemente estaban almacenados.
En cuanto al ciruelo se han identificado muy pocos ejemplares: un fruto completo y catorce fragmentos en la almazara y dos carbones en los niveles de habitación.
Del almendro sólo se ha recuperado un fragmento de carbón en la zona B1.
De la manzana o pera sólo se ha determinado un fragmento de semilla en los niveles de habitación de la zona A1.
Con respecto a los frutos secos, se han identificado restos de nueces (dieciocho fragmentos) y una gran cantidad de carbón de nogal que en muchos casos son ramitas pequeñas de uno o dos anillos de crecimiento.
La mayoría de estos restos se concentran en la almazara, lo que podría indicar que estos frutos se recogían con parte de las ramas y que se almacenaban en esta estancia.
Los restos de vid y olivo aparecen en gran cantidad en la almazara, siendo las semillas la mayoría de la muestra estudiada (Fig. 15), mientras que los residuos de carbón son escasos, lo cual es lógico si pensamos que aquí se manipulan los frutos y no los restos de las plantas.
La aparición en las demás zo-nas excavadas, aunque menor, es significativa (Fig. 11) pues indica que estos son los principales productos, junto a los cereales, en los que se basa la economía de la villa.
La aparición conjunta de las dos especies en la almazara nos hace pensar que en esta zona se prensan tanto aceitunas como uvas, lo cual puede ser totalmente posible teniendo en cuenta que el momento de la madurez de los frutos en cada uno de los casos es diferente.
Por otra parte, la aparición de carbón de olivo y alguno de vid en los niveles de habitación puede indicar que los restos de las podas, bien en forma de ramón o sarmientos y de ramas, se aprovechan como combustible en los hogares domésticos.
En el caso de la vid, aparecen otros restos aparte de los huesos de uva como el pedicelo de las mismas, que están indicando que son desechos propios del proceso de elaboración del vino.
En el caso del olivo, la presencia de restos es bastante mayor, se han documentado 864 huesos de aceituna completos y 2573 fragmentos, además de 1008 embriones.
Así, aunque la zona de producción presente más restos de aceituna y, a priori, nos indique una mayor importancia de la explotación del olivo en esta zona, hay que tener en cuenta que la mayoría de las muestras se encuentran en un nivel de incendio y que la estación del año en la que éste se produjera también pudo influir a la hora de que se encontraran más individuos de una especie que de otra en la zona.
La discriminación entre acebuches y olivos a partir tanto de la madera como de los huesos de aceituna, que son objeto de estudio de las diferentes discipli- nas aqueobotánicas, es muy difícil, aunque no se dejan de realizar intentos para dilucidar principalmente el momento del inicio del cultivo del olivo (Terral 1993; Terral 1996; Montes 2002; Terral et al. 2004).
Recientemente, con parte de los huesos de aceituna recuperados en Gabia se ha realizado, junto con restos de otros yacimientos de Andalucía, un análisis morfométrico de los mismos (Montes 2002), con el fin de tener unos criterios carpológicos que nos definieran las diferencias entre los huesos de acebuche y los de olivo.
La comparación de la colección de referencia de acebuches y la arqueológica puso en evidencia para época romana que tanto por el tamaño, como por la forma hay diferencias estadísticas, pero estas no son muy importantes.
El estudio concluye, ante estos datos, que estaríamos ante una variedad intermedia, todavía en los inicios de la domesticación, donde aún no se han producido todas las transformaciones que llevan a caracterizar a una variedad cultivada, pero que ha superado la fase silvestre.
Es decir, serían variedades cultivadas, pero genéticamente aún muy próximas a los acebuches.
En este sentido aunque en la Península Ibérica el acebuche es autóctono, no es hasta época romana que encontramos gran cantidad tanto de carbón, como de huesos de aceituna en zonas donde el acebuche no se puede desarrollar de forma natural (Rodríguez-Ariza y Montes 2005), como son las zonas de los pisos bioclimáticos mesomediterráneo y supramediterráneo.
En Andalucía, desde el Neolítico, la recolección de acebuchinas parece que era una práctica normal de las distintas poblaciones que ocupaban el área natural del acebuche, como se desprende de la aparición sistemática, aunque escasa, de huesos de acebuche en el registro arqueológico de todos los asentamientos situados en estas zonas (Rodríguez-Ariza y Montes 2005: Figs.
Producto que pudo entrar en las redes comerciales entre los asentamientos costeros y del interior, junto con otros productos como el metal o el sílex.
Igualmente, el acebuche era utilizado como leña por sus buenas cualidades energéticas, apareciendo en grandes cantidades en los análisis antracológicos de estos asentamientos.
Los resultados que estamos manejando nos informan del periodo cronológico en el que parece que se introduce el cultivo del olivo en Andalucía, pero no nos informa de cómo se produce este.
¿Hubo una traída de plantas desde otros puntos del Mediterráneo o lo que se importó fue la técnica de reproducción del olivo y, por tanto, el cultivo del olivo en Andalucía se realizó a partir del acebuche local?
Las investigaciones que estamos realizando a partir de la morfometría de huesos de aceituna encontrados en contextos arqueológicos, al compararlos con una colección de referencia de acebuches actuales, nos dan mínimas diferencias entre los dos conjuntos (Montes 2002).
Este hecho plantea la posibilidad de que los inicios de este cultivo se desarrollara a partir de especies locales de acebuche, aunque fueran mezclados o injertados con ejemplares del exterior.
Esto daría lugar a la existencia de múltiples variedades, como existen en la actualidad en Andalucía (Rallo et al. 2005).
Este proceso, que parece se realizó de una forma relativamente rápida, ha de seguir siendo estudiado con nuevos datos para delimitarlo en el tiempo y el espacio.
El lino (Linum usitatissimum) es probablemente la principal fuente de aceite (linaza) y fibras del Viejo Mundo, juntamente con el cáñamo y, seguramente, la primera planta cultivada para la fabricación de tejidos (Alonso 2000).
El lino se encuentra presente en el registro arqueológico como semillas y cápsulas, fibras y restos de tejidos.
En este estudio tan solo se han documentado tres semillas de lino, localizadas dos en la zona de habitación y una en la almazara.
Al no contar con la presencia de pesas de telar en el registro de materiales, ni ningún otro indicio de que esta planta se estuviese explotando para la extracción de linaza, no podemos precisar su función en estos contextos.
Se trata de una planta que en general no está muy representada en la Península Ibérica y su cultivo no debe de ser anterior al 2500 a.n.e.
Raramente aparece en yacimientos andaluces, sólo disponemos de algunos ejemplos como los localizados en el yacimiento de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén), en el Argar (Almería) (Peña Chocarro 2000) y en el Castellón Alto (Galera, Granada) (Rodríguez-Ariza et. al. 1996).
Dentro de la lista floral determinada en Gabia, el ciprés fue utilizado, casi con seguridad, para el embellecimiento de los jardines de la villa.
La determinación de fragmentos de carbón en todas las zonas excavadas indica su relativa abundancia y la utilización de su madera, posiblemente los restos de las podas, como combustible en los hogares domésticos, aunque también es posible que sus troncos recios y fuertes fueran utilizados como material constructivo.
El Cupressus sempervirens es una especie originaria del Mediterráneo oriental que parece que se introduce en época romana en la Península ibérica y del que hacen referencia los autores romanos como Columela (De re rustica VI).
Los olmos y el pino piñonero creemos que, aunque podrían formar parte de la vegetación natural del entorno, estarían asociados a la vegetación de los jardines o al menos, en el caso de los olmos, a las zonas de huerta en los bordes de las acequias o los ribazos de las parcelas (Columela, De arboribus, XVIII, 16, 1-4).
Varias son las especies que podemos encontrar actualmente de olmos en la zona oriental de Andalucía (Blanca et al. 2009), y aunque no podamos precisar la especie a la que pertenecen los restos de carbón, si podemos apuntar que en época romana se potencia su cultivo, pues si su aparición en la prehistoria y protohistoria es nula o muy escasa, a partir de este momento empieza a aparecer en los análisis efectuados, aunque siempre en pequeña cantidad (Duque 2004; García 2009).
DISCUSIÓN DE LOS RESULTADOS
De época romana no contamos con muchos análisis arqueobotánicos en la Península Ibérica.
De entre ellos destacan el análisis antracológico de la Valentia romana (Grau 1990(Grau, 2002)), el carpológico de la ciudad de Lleida, con niveles republicanos (Alonso 2005), junto con algunos yacimientos romanos de Cataluña (Buxó 2005), el carpológico del Puerto de Irún (Peña-Chocarro y Zapata 1996; 1997 y 2005) y el carpológico y antracológico de Terronha de Pinhovelo en el Noreste de Portugal (Tereso 2009).
Así como el estudio antracológico de algunos niveles romanos o muestras de yacimientos de Extremadura (Duque 2004), Murcia (Garcia 2009) y Andalucía (Rodríguez-Ariza 2000; Ruiz; Rodríguez-Ariza 2003).
En ellos se deduce cómo era la composición del entorno, donde la ciudad contaba con un ager que desarrollaba una explotación intensa de los suelos aluviales por medio de la agricultura de irrigación.
Estos terrenos que habían sido ganados al bosque eran aprovechados para el cultivo de cereales, viña, olivo, frutales y hortalizas.
Panorama parecido al que parece deducirse del estudio de la Villa de Gabia, que pasamos a comentar, insertando sus resultados dentro de un ámbito más general Los resultados obtenidos en los análisis arqueobotánicos del yacimiento romano de Gabia confirman la existencia de un paisaje fuertemente antropizado, donde los cultivos predominan en el entorno, aunque la vegetación natural también está presente señalando, posiblemente, la existencia de zonas donde pastarían los rebaños y donde la población se aprovisionaría de leña para los hogares.
Esta vegetación estaría formada por encinares más o menos aclarados donde se encontraban los matorrales con especies como jaras, majuelos, retamas, espinos y romeros.
La vegetación de ribera está poco presente, indicando la no existencia de cursos de agua importantes en las inmediaciones.
Este proceso de deforestación de la vegetación natural en favor de los cultivos de la viña, el olivo y los cereales lo conocemos a través del análisis antracológico de un asentamiento cercano, Los Baños de La Malahá (Rodríguez-Ariza 2000; Ruiz y Rodríguez-Ariza 2003) que tiene una secuencia desde el Bronce Final a Época Romana.
En los niveles del Bronce Final la vegetación puesta en evidencia por el antracoanálisis nos habla de un medio donde la vegetación natural es la predominante.
A partir de este momento el proceso de puesta en cultivo de nuevas tierras se inicia con la introducción de la arboricultura en un momento protoibérico, con árboles cultivados como el almendro y la vid. Para ello se realiza una desforestación de parte del bosque mediterráneo, aunque su transformación sea aún parcial y permita el desarrollo de la vegetación postforestal como las retamas.
En época ibérica los campos de cultivos nuevos, que en la etapa anterior se habían abierto para el cultivo de árboles frutales, se han consolidado (aparecen el almendro y la vid con los mismos porcentajes) y probablemente la recogida de leña se realice en un área mayor y mas lejana, lo que permite la introducción de especies supramediterráneas.
En época romana destaca sobre todo la aparición del olivo y la desaparición casi total de la presencia de almendro y vid, indicando que hay una introducción y reestructuración de los cultivos árboreos.
Por tanto, estamos en el momento en que los campos de cultivo se han asentado perfectamente en el entorno más inmediato del yacimiento, transformando la vegetación natural y dejandola reducida a áreas marginales.
Este proceso de cómo la introducción de la arboricultura y de una agricultura más intensiva provocan cambios en los entornos de los yacimientos lo hemos documentado en otros yacimientos del sur penínsular.
En Acinipo (Ronda, Málaga) (Rodríguez-Ariza, Aguayo y Moreno 1992) la aparición en un momento protohistórico de especies como la higuera (Ficus carica) y la vid junto con la aparición de una importante cantidad de cereales, coincide con la disminución del quejigo (Quercus faginea), especie que ocupaba los fondos de valle, donde el terreno era más fértil, por lo que son los primeros lugares que se desforestan para la creación de campos de cultivo nuevos.
En época ibérica el proceso sigue siendo el mismo aunque aparece también los almendros como árboles cultivados.
En el antracoanálisis de Fuente Amarga (Galera, Granada) (Rodríguez-Ariza y Ruiz 1993), en una cota superior sobre el nivel del mar, con niveles del Bronce argárico e ibéricos, la antropización del medio es evidente en el periodo ibérico, con una fuerte presencia de leguminosas arbustivas y la presencia de especies cultivadas como la vid y la higuera.
En este asentamiento también aparecen especies como los pinos salgareño y silvestre en época ibérica que denotan una recogida de leña a larga distancia en este momento, frente a una recogida más cercana en el periodo argárico, por lo que se confirma que el entorno está muy antropizado.
El grado de explotación de los recursos vegetales parece que en época romana alcanza su máximo desarrollo con la puesta en explotación del territorio con nuevos cultivos arbóreos como el olivo.
La mayoría de los estudios paleoecológicos realizados de época romana, del área del Mediterráneo Occidental, señalan ésta época como el máximo de degradación de la vegetación natural a favor del desarrollo de la agricultura y la ganadería.
Así, en la secuencia antracológica definida para el Mediterráneo Occidental, la Fase IV (a partir del 4500 B.P. hasta nuestros días) (Vernet y Thiébault 1987) indica que la influencia humana sobre la vegetación varía según las regiones, siendo máxima en los territorios del actual piso termomediterráneo; por el contrario, está poco marcada en las zonas montañosas que rodean la región mediterránea.
En este sentido, los datos arqueobotánicos de Pinhovelo, en el Noreste de Portugal, señalan la pervivencia de bosques de Quercus caducifolios (Tereso 2009), aunque la predominancia de los cereales y los datos polínicos del noroeste de la Península Ibérica (Muñoz, Ramil-Rego; Rodríguez 1997; Muñoz, Ramil-Rego; Gómez-Orellana 2004; Muñoz et al. 2005) indican que los alrededores del asentamiento habrían estado fuertemente ocupados en época romana.
Dentro de la agricultura del imperio romano siempre se ha señalado la importancia de la denominada triada mediterránea: cereales, vid y olivo, que tienen en los autores clásicos, como Columela, importantes referencias sobre su cultivo y manejo.
Cultivos que van a ser extendidos a zonas del imperio que no dis-frutan de un clima mediterráneo, como es el caso de Gran Bretaña, donde se constatan más de 50 nuevos alimentos (principalmente frutas, verduras y hierbas) (Van der Veen, Livarda y Hill 2007), o Francia, donde los descubrimientos de frutos se multiplican y los espectros taxonómicos se diversifican (Ruas 1996).
De las especies cultivadas documentadas en Gabia todas podrían provenir del entorno, siendo los cereales, con el trigo desnudo y la cebada vestida, los que ocuparían parte de las tierras ganadas al bosque, desarrollándose también leguminosas como garbanzos, lentejas, guijas, guisantes y habas.
Aunque su escasa presencia indica que nos encontramos ante un cultivo de menor entidad que los cereales, que seguramente sería cultivado de forma intensiva en huertos, pero a menor escala (Alonso 2000).
Es más, una de las características de las leguminosas es su capacidad para fijar nitrógeno al suelo, enriqueciéndolo y haciéndolo más fértil, mediante una actuación en simbiosis de una bacteria con las raíces de la planta, por lo que probablemente serían utilizadas en prácticas de barbecho y rotación de cultivos (Buxó 2005).
Dentro de este paisaje antropizado la arboricultura tiene un importante peso, no sólo con la vid y olivo y cuya introducción en Andalucía, como ya hemos mencionado en el caso del olivo, parece que se produce en esta época, sino también el cultivo de árboles frutales parece que adquiere una importante presencia con especies como el nogal, el guindo o cerezo, el ciruelo y el almendro.
El consumo de frutos silvestres se ha constatado a lo largo de la prehistoria, pero la domesticación de muchas especies no fue posible hasta que las técnicas de injerto comienzan a ser dominadas, hecho que para la mayoría de las especies no ocurre hasta el I milenio a.n.e., algunos milenios después de la emergencia de la agricultura cerealista (Zohary y Hopf 1994).
En la Península Ibérica parecen ser griegos y fenicios los que introducen muchas de éstas especies.
La presencia de vid en niveles del siglo VII se constata en numerosos yacimientos del área mediterránea, confirmando la importancia y extensión de la viticultura en estos momentos (Buxó 1997).
Es a partir de este momento cuando especies como el almendro, el cerezo y el ciruelo empiezan a aparecer en los estudios arqueobotánicos, aunque en pequeña cantidad (Rodríguez-Ariza; Ruiz 1993; Rodríguez-Ariza, Aguayo; Moreno 1992; Rodríguez-Ariza 2005y 2007).
En el mundo romano muchas de estas especies se cultivan para el comercio, aunque para su conservación tienen que ser sometidos a diferentes procesos como el secado o su introducción en líqui- |
Estudiamos una inscripción votiva inédita procedente de Mina Mercurio (Portmán, Cartagena), depositada en el Museo Arqueológico de Águilas.
La dedican unos libertos de la gens Roscia, conocida familia de negotiatores que firmaban los sellos de lingotes de galena argentífera que aparecieron en el Cabezo Rajao de La Unión, en torno a 1846.
Se trata de una de las inscripciones más antiguas de la zona de Carthago Noua.
Se fecha a finales del siglo II o principios del siglo I a.
C., fundamentalmente a partir de la utilización de un nominativo plural arcaico en -es.
Está dedicada a Salaecus, un apelativo que se relaciona etimológicamente con las aguas y con el mar.
Por ello y por el lugar donde apareció, formulamos la hipótesis de que haría alusión al dios romano Neptuno o a una deidad hispánica relacionada con el agua.
En el mes de mayo de 2009, durante el trabajo de recogida de las inscripciones romanas de la Región de Murcia, 1 conocimos la existencia de una pieza inédita depositada en el Museo Arqueológico Municipal de Águilas 2 que fue encontrada, según la información proporcionada por la persona que la donó al museo, cerca de la boca de la Mina Mercurio, situada en la Rambla de la Boltada, en Portmán, y en cuya desembocadura se encuentra la conocida villa romana del Huerto del Paturro.
Se trata, sin lugar a dudas, de una pieza extraordinaria que, a pesar de su carácter extremadamente sintético y de su pequeño tamaño, presenta unas características excepcionales de cara al estudio de la primera etapa republicana de Carthago Noua.
La zona del hallazgo se encuentra dentro del llamado distrito minero de La Unión/Cartagena y en él que se distinguen una serie de áreas como son el Cabezo de Sancti Spiritus, los collados de Don Juan, 1 Parte del grupo de investigación de la Universidad de Murcia «Antigüedad y Cristianismo», nos hemos propuesto recoger, clasificar y estudiar todas las inscripciones latinas de época romana de la Región de Murcia, excepción hecha de las de Cartagena que ya han sido publicadas y forman un corpus por sí solas.
2 Fue donada al Museo Arqueológico Municipal de Águilas en el año 2000, junto con otras piezas, por don Luis Díaz Martínez, sacerdote y, en la actualidad, cronista oficial de Águilas.
Queremos agradecer al director de dicho museo, don Juan de Dios Ramírez García su amabilidad y todas las facilidades que nos ha prestado para el estudio de la pieza.
Ponce y El Lirio, el Cabezo Rajao y El Pino.
3 Para el objeto de nuestro trabajo, la zona que nos interesa es la primera, el Cabezo de Sancti Spiritus, que era uno de los lugares de mayor altitud de la Sierra de Cartagena en la Antigüedad.
Debido a lo abrupto del terreno, en la zona se podrían plantear dos problemas fundamentales: la extracción del mineral y su salida hacia las fundiciones y los puertos para su posterior comercialización.
En gran medida, la respuesta a estos problemas la dan los yacimientos arqueológicos que jalonan las ramblas y barrancos que son, en definitiva, los únicos accesos al Sancti Spiritus.
En este sentido, una de las principales salidas, situada en la vertiente Sur, se hacía a través de las ramblas de La Boltada y de Los Chorrillos, localizadas sobre la bahía de Portmán.
Precisamente, la de La Boltada comunica directamente Sancti Spiritus con la bahía de Portmán.
A lo largo de esta rambla se encuentran una serie de yacimientos muy significativos: Mina Mercurio, Mina San Ramón, Desembocadura de la Rambla y el Huerto del Paturro, éste último, al final de la rambla, pero fuera de la misma.
4 Los dos primeros pertenecen a lo que se consideran asentamientos ligados a las actividades extractivas y transformativas del mineral, que están normalmente ubicados en altura, cerca de los pozos extractivos, aunque bien conectados con la red viaria.
Presentan en su conjunto una distribución espacial compleja, rodeados por una estructura perimetral, con una clara zonificación funcional ligada con la manufactura del mineral y organizada alrededor de un edificio principal en el que se vislumbra cierta preocupación decorativa.
Todos estos factores permiten relacionar estos establecimientos con el control administrativo de los distintos distritos mineros, con la distribución de mercancías y suministros y, además, son utilizados como vivienda.
5 Estos edificios principales, dotados de cierto grado ornamental, han sido interpretados generalmente como habitaciones de carácter residencial; sin embargo, no se puede descartar que estas construcciones funcionaran como edificios públicos e incluso como santuarios.
6 Precisamente, estas características son visibles en las instalaciones de Mina Mercurio, donde aparecen habitaciones pavimentadas con losetas de cerámica 7, pero desgraciadamente no disponemos de más datos, ya que nunca se ha llevado a cabo una excavación sistemática en el lugar.
UNA el trabajo de las salazones y/o esparto y que fueron objeto de constantes transformaciones a lo largo de más de un siglo.
13 La villa del Paturro muestra dos niveles claros y diferentes de ocupación:
-Un primer nivel de época tardorrepublicana.
Durante esta época debió ser un asentamiento comercial con una función diferente a la que luego desempeñó.
La cercanía a las explotaciones minero-metalúrgicas de la Sierra Minera y la ubicación en la línea de costa, próxima al fondeadero antes citado, no descarta la posibilidad de un asentamiento de tipo comercial, vinculado a las explotaciones mineras, en un primer momento de ocupación entre finales del siglo II y principios del siglo I a.
C.;14 no obstante, es un riesgo establecer una determinada funcionalidad de la villa en un período caracterizado por la escasez de datos disponibles, máxime cuando el sector A, el de cronología más antigua, no está totalmente excavado.
15 -Una segunda fase, mejor conocida por el mayor número de datos disponibles nos muestra una villa tal vez dedicada a la transformación de las materias primas provenientes del mar y del amplio campo de cultivo del entorno, es decir, producción de salazón o esparto que, gracias a la localización de la misma, podría haber sido lugar de intercambio o de comercialización.
En un momento que no podemos precisar con seguridad, pero que podría tratarse de finales del siglo I d.
C., o inicios del siglo II d.
C., los restos arquitectónicos y el repertorio ornamental muestran su probable transformación en una villa de carácter residencial.
Sus paredes son decoradas con pintura mural, sus suelos pavimentados con mosaicos bícromos, se le dota de unas termas e, incluso, el peristilo debió estar adornado con un importante conjunto escultórico.
Tras este periodo de esplendor (ss.
C.), la villa del Paturro debió sufrir la crisis que también experimentó la ciudad de Cartago Noua, puesto que ya no se encontraron restos arqueológicos fechables en el siglo III d.
Se trata de una inscripción votiva de reducidas dimensiones.
Está realizada sobre una piedra muy porosa, de color gris claro, posiblemente una toba calcárea (travertino), rica en alvéolos que, sin llegar a dificultar la lectura, velan algunos trazos.
La inscripción está sobre la cara rectangular frontal de un bloque paralelepípedo recto, al que se le han alisado las caras, al menos las que conserva sin fracturar (la derecha, la superior y la inferior), por lo que pensamos que todas presentaban ese alisado.
Al estar la pieza rota por su parte izquierda y por detrás, desconocemos sus medidas originales, aunque suponemos que en la parte de la izquierda, la más importante ya que es donde comienzan las dos líneas de la inscripción, no se ha perdido mucho.
La longitud conservada de la cara inscrita es de 19,1 cm, la altura total de 6,4 cm y la profundidad conservada es de 9,4 cm. La altura de las letras de la primera línea varía entre 1,7 y 2 cm. En la segunda línea, lo mismo, entre 1,7 y 2 cm, pero en general, para la media, son algo más bajas que en la primera línea.
El espacio entre las dos líneas es, prácticamente, uniforme: varía apenas 1 mm, entre 0,9 y 1 cm. Entre la parte superior de la pieza y la primera línea hay entre 0,8 y 0,9 cm. Entre la parte inferior y la segunda línea el espacio es menor: varía entre 0,5 y 0,6 cm.
Presenta interpunciones que no son fáciles de ver debido a la calidad de la roca, puesto que es fácil confundirlas con los alveolos.
Aún así, tras una atenta observación, se descubren cinco interpunciones, hechas con golpes de cincel.
La primera, en el inicio conservado de la primera línea antes de la M del praenomen, por lo que se puede restituir al menos una letra, que correspondería a otro praenomen.
No creemos que se haya perdido más.
16 Las otras interpunciones de esta línea entre M y R, entre S y M, y entre M y L. En la segunda línea sólo aparece un signo separando las dos palabras (entre O y D).
Es interesante destacar que antes de la S de la segunda línea hay suficiente espacio para que, si hubiera habido interpunción, ésta se conservaría, por lo que al no ser así pensamos que la línea está completa.
La letra es capital cuadrada de regular factura.
Algunas presentan acusados remates, concretamente en la primera línea la R S, C y S del nomen, la última L. En la segunda línea la S, L, E, y C del teónimo, así como E, E y V en la forma verbal final.
Traducción:...y Marco Roscios, libertos de Marco para Salaeco lo ofrendaron La ausencia de cognomina nos confirma su temprana cronología que, en cualquier caso, viene corroborada por la desinencia del nominativo plural, como ahora veremos.
Respecto a la forma verbal DEDERV(nt) existen paralelos, por supuesto, muy antiguos:17 CIL I 2 22 (probavero, encontrado en la vía ostiense); 61 (donu [d]edero de Praeneste); 378 (dono dedero, en Pesaro, Umbría); 379 (dono dedro, en Pesaro, Umbría); 2542 (courauru, cerca del templo de Juno Lacinia); 2659 (dedero [do]no, cerca de la orilla del lago Albano).
A pesar de la brevedad de la inscripción, hay dos elementos muy destacables.
En primer lugar, un nuevo ejemplo de nominativo plural de la segunda declinación en -es, que nos lleva a fechar la inscripción a finales del II a.
C., o muy principios del s. I a.
C. En segundo lugar, la aparición de una denominación, hasta ahora desconocida, de un dios, pues así interpretamos el nombre (Salaeco, en dativo) que aparece en la segunda línea, bien sea el propio teónimo o, lo que es más probable, un apelativo de la deidad.
La inscripción se cierra con el verbo en plural dederu(nt).
Por la posición en la inscripción, interpretamos que sería una divinidad, de la que no poseemos ningún otro testimonio hasta ahora, a la que unos libertos de M. Roscio, un negotiator que ya conocemos por los lingotes de plomo, dedican la ofrenda.
Por tanto, según nuestra interpretación, se trata de dos libertos 18 de un Marcus Roscius, personaje éste, sin lugar a dudas, relacionado con los dos hermanos de la gens Roscia, 19 Publio y Marco (podrían ser libertos de éste último), negotiatores romanos vinculados a societates beneficiarias de las concesiones que explotaban las importantes minas de galena argentífera de los alrededores de Cartagena.
Estos aparecen citados en los sellos de más de treinta lingotes de plomo20 encontrados en 1846 en los alrededores de Cartagena, concretamente en el Cabezo Rajado, en Roche21 (La Unión22 ), con la leyenda en una cartela de 2 x 22 cm:23 M(arcus et) P(ublius) Roscieis M(arci) f(ilii) Maic(ia) El lugar del hallazgo está situado en la llanura que se extiende al norte de la sierra minera, donde se han identificado varias fundiciones de plomo y plata con escoriales, en un radio entre 2 y 4 km al norte y nordeste de Roche (Cabezo Ventura, Cabezo la Atalaya, El Gachero, Lo Rizo, Los Beatos, Las Claras, Los Gallaros).
Domergue uno de estos sitios podría haber sido la fundición de los Roscii.
24 Domergue fecha estos lingotes hacia finales de la República, en concreto entre finales del siglo II a.C. y la primera mitad del siglo I a.C., aunque parece más probable el final del II a.
C. Son además los más antiguos, dentro de su clasificación de lingotes tipo I, de los encontrados en Carthago Noua y sus alrededores.
Su temprana fecha viene dada por la forma arcaica del nominativo.
25 Es un gentilicio conocido, sobre todo, en los últimos tiempos de la República y comienzos del Imperio26.
Estos Roscios que firman los sellos podrían tener un origen probable de Lanuvium,27 y formarían una societas de tipo familiar como otras existentes en la Hispania romana y en otras zonas del Imperio.
28 Se trataría, por tanto, de dos ciudadanos romanos adscritos a la tribu Maecia: 29 La relación entre estos hermanos Roscii y L. Roscius Fabatus, legado de César en la Galia en el año 54, pretor en 49, 30 inscritos todos en la tribu Maecia, y sin duda originarios de Lanuvium, no se puede asegurar, pero el hecho debe ser tenido en cuenta.
31 Su área de dispersión es muy restringida.
Tenemos ejemplos en el Lacio, Umbría y entre los volscos.
También en Praeneste, Tusculum, Campania y en los peucettis.
32 Uno de los ejemplos epigráficos 33 más antiguos es el que hace referencia a D. Roscius Q. l.
Lin[t]io, magister de Capua, fechado en 106 a.
El nomen Roscius cuenta con pocos ejemplos en Hispania.
34 Es un gentilicio de procedencia estrictamente romana, como los Baebios presentes también en Cartagena así como S. Lucretius.
Los gentilicios de origen itálico son, por supuesto, los más numerosos: L. Aefolanus (campano), C. y M. Aquinus (testimoniado en Campania y Umbría), L. Cervius (volscos, campanos, latinos); C. Fiduius (del sur de Italia); C. Messius (osco), Nona (etrusco); L. Planius (campano); C. Poplicius (Piceno, Campania, Latium, peucettis y volscos); C. Utius (campano).
Sobre el nominativo plural de la segunda declinación en -eis, -is, -es, los ejemplos que tenemos son casi exclusivamente de textos epigráficos de época republicana 35 y sobre su origen no hay un criterio común.
36 Se han ofrecido, esencialmente, tres explicaciones, a las que hay que añadir las que suman combinaciones de éstas.
37 Y serían las siguientes: 1) -e(i)s como innovación del latín, con una -s añadida a la terminación regular de la declinación temática en -o, por analogía con las desinencias de los temas en consonante.
3) Influencia dialectal (osco-umbra).
Si bien es cierto que aparte de la forma magistre(i)s, de frecuente aparición, son las formas nominales de los gentilicios 38 las que más predominan, 39 generalmente con dos prenomina (el uso llamado pseudodual por Ernout 40 ).
De la Península Ibérica se conocen siete ejemplos de estos nominativos plurales en -eis, -is, -es: El ejemplo que nosotros presentamos sería el octavo y se suma a los de Cartagena y su entorno.
Vemos, por tanto, que para los hallazgos hasta hoy conocidos, la dispersión es muy restringida.
Se limitan a la zona de Cartagena, además de otros dos ejemplos de documentos jurídicos en Aragón y Extremadura.
La cronología de todos ellos va desde finales del s. II a.
C. a inicios del I a.
C. En resumen, son cinco formas en -eis: tres veces heisce (dos en Carthago Noua y una en el bronce de Contrebia); los nomina Roscieis, de Carthago Noua y Furieis, aparecido en la costa de Marsella, pero que comerciaban con metal de Cartagena.
Una única forma en -es (legates), en el bronce de Alcántara.
Por último, la que se incorpora con nuestro estudio, una nueva forma enes (Roscies) del entorno de Carthago Noua.
En Italia existen diversos testimonios epigráficos en los que se pueden ver nominativos de este tipo, especialmente en el Lacio, en torno a Roma, en Tíbur, Cora, Sora y al sur, en Capua y Benevento, hasta la costa adriática, en Ariminium 46, con un arco cronológico que va de finales del s. III a.
C. Sin embargo, fuera de Italia, aparte de los ejemplos hispánicos citados, sólo disponemos de otras dos evidencias de estas formas, una en Delos, 47 zona con importante presencia sabélica, y otra, la llamada sen- 35 La variante es -is sería algo más tardía.
C. hasta la primera mitad del s. I a.C. y aunque aparecen como formas pronominales en textos literarios, los nombres (en forma de gentilicios, profesiones, cargos públicos, o términos específicos como magister, etc.) son exclusivos de la epigrafía.
Beltrán 1999, 65, con un resumen sobre las distintas posturas acerca de la procedencia de esta hipercaracterización.
37 Entre las soluciones de compromiso destaca la de Coleman 1990, 1-25, especialmente 9 ss., ya que piensa tanto en una influencia analógica como de la lengua osca.
Se trataría de dos libertos de tres hermanos que sellan unos lingotes que por su forma, peso y tipo de estampilla se puede afirmar que proceden de la zona de Cartagena.
47 Una serie de inscripciones bilingües en las que aparece la fórmula heisce magistreis/-es: Degrassi, ILLRP, núms.
El hallazgo de este epígrafe supone un ejemplo más de la antigüedad del corpus epigráfico y del protagonismo de los libertos en la epigrafía de Carthago Noua, donde ejercieron un papel director no sólo en la economía sino también en la cultura.
Este estuvo marcado, sobre todo, por la explotación minera y metalúrgica, lo que dio un carácter especial a la ciudad frente, por ejemplo, a otros puertos importantes del Mediterráneo occidental como Tarraco (más relacionado con la presencia de tropas más o menos estables o de paso), o Narbo Martius, 49 con intereses económicos algo distintos a los de Cartagena.
En los lingotes hallados en minas, en el entorno de Cartagena o en pecios están atestiguadas más de una decena de familias itálicas que se dedicaban y controlarían, en alguna medida, la actividad minera de toda la zona del Sureste: 50 los Messii, Planii, Atellii, Turullii, Aquinii, Pontilieni, etc. Concretamente en los plomos, en algunos casos encontramos a varios miembros de una misma familia e incluso durante generaciones; así miembros de la familia Aquinia en abundantes plomos.
51 Hay también varios Laetilii y Planii, así como varias generaciones de Atellii.
52 Asimismo se ha podido confirmar el origen itálico de algunas familias: Aquinus es frecuente en Campania y Umbría; Messius entre los oscos; Nona en Etruria; Planius y Utius también en Campania.
A. Marín 53 propone que estos itálicos fueron los auténticos protagonistas de la migración civil y económica.
Considera que nombres como Balbus, Roscius, Lucretius, o Cornelius deben relacionarse más bien con clientelas provinciales que dieron lugar a nuevas aristocracias locales.
Aparecen además ciudadanos romanos con mención de tribu: P. Turullius, M. y P. Roscieis pertenecen a la tribu Maecia; C. Utius, Cn.
Atellius y Q. Seius a la Menenia y C. Pontilienus a la Fabia (los de Cartagena estaban adscritos a la Sergia y a la Galeria).
En el caso que nos ocupa hay un paralelismo claro con los Aquinios, negotiatores, cuyo liberto Marco Aquinio Andro construye un pequeño templo en el cabezo del Gallufo en la zona de Santa Lucía, en Cartagena, con un pavimento de signinum en el que hay una inscripción musivaria dedicada a Iuppiter Stator 54 también de finales del II a.
C. o principios del I a.
C. En el caso de los libertos de Marco Roscio la ofrenda parece más humilde, ya que sólo conocemos esta basa o dintel, en cualquier caso el soporte es muy pequeño, pero el paralelo en cuanto libertos de negotiatores itálicos con dedicatorias votivas es análogo.
Tanto los Aquinios como los Roscios formaban parte de las elites dedicadas al negocio de los metales y su explotación.
En este ámbito minero existen dos posibilidades para explicar su presencia: o bien actuaron como agentes de sus patronos itálicos que no llegaron a abandonar su lugar de origen, o bien se quedaron en Cartago Noua en una segunda generación tras el regreso de los itálicos, que dejarían sus negocios en manos de estos libertos.
55 Estas responsabilidades, además, les darían la posibilidad de abandonar el estado servil y contribuirían a su promoción ciudadana.
Garnsey estudia y destaca el papel de los libertos en los sectores no agrícolas de la economía romana en los que podían llegar a formar notables fortunas bien formando parte de sociedades, bien como agentes de sus patronos o mediante iniciativas de carácter independiente.
56 Podría ser el caso de Cn.
Atellius Bulio y M. Laetitius, de Marco Aquinio Andro o de los Marcos Roscios, protagonistas de este trabajo.
Además, algunas de estas familias que se dedicaron a la actividad minera, pasaron más tarde a ocupar puestos de responsabilidad en el gobierno de la ciudad desempeñando algunas magistraturas sobre todo a partir de Augusto y durante el reinado de Tiberio y Calígula.
Michael Koch 57 destaca cinco familias que dejaron su testimonio durante varias generaciones tanto en lingotes de plomo como en las leyendas monetarias y en la numerosa epigrafía de la ciudad.
Se trata de los Atellii, Aquinii, Laetilii, Turullii y Varii.
Si bien es verdad que las inscripciones relativas a magistraturas locales no son muy numerosas y entre las que conservamos hay nomina que no aparecen en las cartelas de los lingotes 58.
SALAECVS EN EL ENTORNO DE CARTHAGO NOVA
En cuanto al nombre con que se alude a la deidad, Salaecus, debemos plantearnos, como punto de partida, si el territorio de culto original del dios estaba en torno a la zona donde se halló la inscripción o si, por el contrario, pudo ser un culto extranjero llegado a la región de Carthago Noua.
Ello es fundamental para poder calibrar en su justa medida la importancia religiosa y cultural que tuvo la presencia de esta deidad en el entorno de Carthago Noua.
Teniendo en cuenta que esta inscripción religiosa se realizó en el ámbito minero que rodeaba Mina Mercurio y que la dedicación se realizó por unos conliberti y era, por tanto, una dedicación no individual ni, en principio, familiar, hemos de pensar que el culto a la deidad se llevaba a cabo de manera pública y no en un ámbito privado.
Unido a este dato, otro elemento nos induce a pensar en la existencia de un lugar sacro dedicado a la divinidad citada.
Salaecus es un apelativo cuyo teónimo se omite.
La omisión de los teónimos en las inscripciones votivas es, habitualmente, un indicador de que la ofrenda estaba expuesta en el propio santuario del dios, lo que hacía innecesario precisar su nombre.
59 En todo caso, debería haber estado instalada en un lugar donde dicho apelativo hubiera sido suficientemente conocido.
Existen varios ejemplos de apelativos citados sin teónimo en aras ubicadas en recintos sagrados de Hispania, que deberían estar bajo la advocación de determinadas deidades.
Sabemos que debían estar en santuarios porque se hallaron varias ofrendas en el mismo lugar hechas por devotos diferentes.
Así, tenemos varias dedicaciones a Apuluseaecus en alusión a Bandua en Brozas (Cáceres); 60 a Laroucus, apelativo de Reue en Vilar de Perdices (Montalegre, Vila-Real); 61 a Bormanicus en Caldas de Vizela (Gimarães, Braga), cuyo teónimo es desconocido 62 y, finalmen-te, a las Duillae en Palencia, que probablemente es un epíteto de las Matres.
63 Si se acepta que la ofrenda debió estar expuesta en un ámbito público, al alcance de cierta parte de la población minera, es necesario concluir que el dios tenía un colectivo, aunque indeterminado, de adorantes, puesto que hacer una exposición pública de piedad y devoción a una deidad desconocida por el resto de los habitantes, era algo inapropiado en época romana y carecía de todo sentido.
La piedad individual por los dioses del conjunto de la población era un valor importante a nivel social y, por ello, se exponía ante los demás y se hacia gala de ello incluyendo el nombre de los dedicantes en las inscripciones, en ocasiones sus profesiones u otros elementos identificativos de los mismos.
En este sentido, si la región de Carthago Noua no hubiera sido una región receptora de inmigrantes a gran escala, tendríamos que concluir que Salaecus habría sido una deidad de la zona.
Hay que tener en cuenta que el culto público a una deidad no se transmite entre ámbitos lejanos, según los datos de que disponemos hasta el momento, mediante migraciones individuales.
Este tipo de desplazamientos individuales sólo permite transmisiones privadas del culto.
Para que un culto se transmita de manera colectiva es necesario que existan desplazamientos de población de cierta entidad, como los generados por movimientos del ejército, 64 por guerras, deportaciones y confiscaciones de tierras, 65 por tráfico de esclavos o por migraciones masivas de carácter económico.
66 Estos últimos movimientos de población, en las provincias hispanas, se produjeron mayoritariamente hacia las explotaciones mineras.
67 Por tanto, teniendo en cuenta las premisas citadas y la gran cantidad de obreros que se necesitaban para los trabajos mineros, no es probable que Salaecus fuera una deidad autóctona.
Es del todo posible que fuera una deidad llegada desde algún punto de Hispania o de cualquier lugar del Mediterráneo, siempre que se trate de un ámbito desde el que llegaran también contingentes de población apreciables, esclavos o población libre, relacionados con las minas.
Dado que no tenemos información sobre la procedencia geográfica de los dedicantes de la ofrenda a Salaecus, por no aparecer citados sus cognomina, sólo podemos recurrir a información indirecta para conocer su origen: las relaciones comerciales de Carthago Noua con otros ámbitos mediterráneos y la procedencia de otros cultos en la ciudad y su entorno que nos vislumbren cualquier posible migración o traslado de poblaciones hacia las regiones mineras del sureste de Hispania Citerior.
MIGRACIONES ECONÓMICAS A LAS MINAS DE CARTHAGO NOVA Y DIFUSIÓN RELIGIOSA
Como hemos analizado arriba, entre los individuos que figuran como negotiatores en los lingotes de plomo en el entorno de Cartagena, se encuentra la mayor proporción de individuos que proceden de la Italia centro-meridional (el Lacio y la Campania).
68 En cuanto a los trabajadores, sabemos por Polibio, quien estuvo en Carthago Noua en el año 151 a.
C., que el territorio minero distaba de la ciudad unos veinte estadios y se extendía a lo largo de cuatrocientos, donde se mantenían cuarenta mil trabajadores fijos que reportaban al Estado romano veinticinco mil dracmas diarias.
69 Gran parte de estos mineros debían ser esclavos que estaban dirigidos por capataces que controlaban las explotaciones.
70 Según Domergue, parte de estos contingentes de obreros pudieron haber sido también apresados en la Península Ibérica durante las guerras de conquista romanas, lo que se evidencia en los nombres de algunos libertos que aparecen en la epigrafía cartagenera de finales de la República.
Varios de éstos tienen los mismos gentilicios, como ya vimos, que algunos propietarios de minas de los alrededores que aparecen en los lingotes de plomo de finales del II y principios del I a.
C., mientras que sus cognomina son de origen ibérico, como Samalo o Toloco 71.
También un liberto propietario de una explotación minera, Cn.
Atellius Bullio podría tener un origen paleohispánico y, quizá, terminó dirigiendo una explotación después de años como esclavo trabajando en las minas.
72 Otros libertos tienen cognomina de origen griego, aunque esto no es un indicio seguro de su procedencia helena.
En cambio, libertos como Laetilia Marta y M. Laetilius Priamus deberían tener origen sirio u oriental, quizá llegados a Carthago Noua por mediación del mercado de esclavos de Delos.
73 Como vimos arriba, a finales del siglo II y principios del I a.
C. llegaba a las minas del sureste peninsular el mayor número de trabajadores de origen extra-hispano, al contrario que a fines de la República y durante el Alto Imperio, cuando la población hispana será mayoritaria entre los empleados de las explotaciones mineras.
74 Sabemos, en definitiva, que los negotiatores son, principalmente, itálicos, pero tenemos pocos datos sobre el origen de los libertos que gestionaban las explotaciones y sobre el conjunto de los trabajadores de extracción servil.
No obstante, también podemos considerar los demás cultos desarrollados en la región durante las últimas décadas del s. II y las primeras del I a.
C. para vislumbrar de modo indirecto el origen de los flujos culturales que llegaban al sureste de Hispania.
En este sentido, son muy reveladores los santuarios dedicados a Iuppiter Stator, citado arriba, y a la diosa Atargatis en Carthago Nova.
El primero es una consecuencia de la afluencia de poblaciones centro y suritálicas al sureste hispano, puesto que este culto es, según los datos disponibles hasta el momento, específico del Lacio.
75 El segundo es un ejemplo de la llegada de grupos, militares, comerciantes, libertos o esclavos, desde el oriente mediterráneo hacia Occidente probablemente, como ya hemos mencionado, con la intermediación del gran centro económico que era la isla de Delos.
TOPÓNIMOS RELACIONADOS CON EL APELATIVO RELIGIOSO
Para el análisis de esta cuestión, uid. supra.
No obstante, estos ejemplos son de finales del s. I a.C., ya en época augustea.
Sobre su distribución geográfica, uid.
En cuanto a la relación del comercio de esclavos con el del vino y la llegada a Carthago Nova de esclavos orientales, uid., Molina Vidal 1999, 521 ss. y Ramallo et al. 2008, 591.
Pena plantea la posibilidad de que también se mencione a Adad en el texto musivo, lo que incrementaría el valor de este testimonio como apoyo a la idea de la llegada de grandes contingentes de población desde oriente a Carthago Nova, puesto que sería el primer testimonio del dios en el Occidente mediterráneo (2008, 695-697).
77 En este sentido, dicho radical está presente en cuantiosos hidrónimos de la Europa central78 y también en la Península Ibérica conocemos un buen número de ejemplos.
79 El radical *Sal-está también presente en diversos nombres de localidades hispanas: Salacia (*Salak-ia), correspondiente a Alcacer do Sal (Setúbal); 80 en otra localidad del mismo nombre situada en la vía de Bracara Augusta hacia Asturica Augusta, cerca de la primera; 81 Sala, de ubicación desconocida hasta el momento 82; Saelini, etnónimo astur citado sólo por Ptolomeo que se situaría cerca del río Sella, denominado Salia en la Antigüedad; 83 Salaeni, citado por Mela entre los Cántabros en las cercanías del río Saja; 84 Salientes, enclave citado en el Itinerario de Antonino como una mansio de la vía XVIII, quizá situado en Baños de Molgas (Orense); 85 Salica, mencionado por Ptolomeo en la parte oriental de la Meseta Sur española; 86 Salmantica (Salamanca) 87 y Sa-lionca, quizá ubicada en Poza de la Sal (Burgos), 88 donde hay una mina salina, lo que facilitaría la interpretación del topónimo como derivación del radical indoeuropeo *Sal-sal.
89 El topónimo Salaria, perteneciente al conuentus Carthaginensis y posiblemente situado junto a Ubeda la Vieja (Jaén), correspondía a una colonia romana por lo que, según García Alonso, habría que considerarlo una denominación puramente latina, aun sin desechar plenamente que pudiera pertenecer al repertorio antiguo europeo.
90 Sin embargo, topónimos derivados de esa raíz no existían sólo en Hispania, ya que también conocemos algunas ciudades en el continente africano que podrían justificar la procedencia de Salaecus como deidad tutelar de las mismas.
Sala era una ciudad mauritana situada a 3 km del estuario del Bou Regreg, río que tenía el mismo nombre que la localidad.
91 En la actualidad se denomina a la ciudad Šella (Chellah) y está situada a 2 km de Rabat.
El nombre Sala tendría origen fenopúnico y significaría roquedo.
Su función portuaria fue lo que otorgó la mayor importancia a la ciudad, puesto que es el único puerto sobradamente protegido de la costa tingitana desde Lixus hacia el sur.
C., acuñó moneda con la leyenda neopúnica S'lt.
Fue ocupada por los romanos durante el principado de Claudio, llegando a ser municipio en época de Trajano y, posteriormente, fue convertida en colonia según el Itinerario de Antonino (6, 4), que la llama Sala colonia.
93 Aunque varios autores le adjudican un origen fenicio, los niveles más antiguos y fiables son, hasta la fecha, del s. II a.
C. 94 La facilidad del comercio que ofrecía su puerto motivó que llegara a Sala más vajilla importada y ánforas que a los demás enclaves mauritanos, algo claramente constatable desde época de Augusto, que mostraban el dinamismo de un comercio pujante con la Península Itálica y la Bética.
95 La divinidad más importante de Sala pudo ser la que se representó en sus monedas, que mostraban un rostro con barba puntiaguda y largos cabellos que podría ser una deidad políada.
96 Asimismo, son relevantes sus tres templos, uno de ellos fechable a mediados del s. I a.
C., pero cuya advocación se desconoce.
97 En Africa Proconsular también está testimoniada una ciudad cuyo nombre tiene una directa relación formal con el teónimo Salaecus.
Se trata de Salaeca, citada por Tito Livio en el contexto de la conquista de Utica por el ejército de Escipión en el 203 a.C. y situada, aproximadamente, a quince millas al oeste de esa ciudad.
98 Salaeca fue, en principio, ocupada por la caballería cartaginesa al mando de Hannón, mientras las tropas romanas estaban acampadas a una milla de Utica.
Escipión, con la ayuda de las tropas númidas encabezadas por Masinisa, provocó que los cartagineses que habían tomado Salaeca salieran de la ciudad a luchar en campo abierto, donde fueron vencidos.
Hannón fue muerto y, en la desbandada de sus soldados, los romanos cogieron o dieron muerte a centenares de jinetes.
Una vez conquistada Salaeca, Escipión dejó una importante guarnición en la ciudad y continuó avanzando con su ejército para preparar la batalla de Utica.
99 Salaeca, ubicada posiblemente en el actual Henchir-el-Bey 100, no vuelve a aparecer en las fuentes antiguas desde esos acontecimientos pero, dado que fue controlada con una fuerte guarnición romana, cabe pensar que no fue totalmente asolada, a pesar de la muerte de gran parte de su población y la destrucción de muchos de sus campos y haciendas.
SALACIA Y DIVINIDADES MARÍTIMAS EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL
Dada la naturaleza del radical *Sal-, también forma parte de nombres de divinidades.
Así, aunque en un ámbito cultural muy distinto y escasamente vinculado a Carthago Noua, en la parte occidental de la Península Ibérica que estaba ocupada por pueblos lusitanos y vetones, conocemos otro teónimo que podría estar relacionado etimológicamente con Salaecus: Salamati (dat.), que aparece en dos inscripciones procedentes del Molino de la Churra (Villamiel, Cáceres) 102 y Ceclavín (Cáceres).
113 Al mismo tiempo, Agustín relacionaba a Salacia con Venilia y a ambas con el mar, afirmando con sorna que, mientras la primera era la ola que penetraba en altamar, la segunda era la ola que llegaba a la orilla.
114 También Servio, en sus comentarios a la Eneida de Virgilio, vincula a Salacia con Neptuno y con el agua salada 115 afirmando, además, que ambos dioses eran los padres de Tritón.
116 Pacuvio, refiriéndose a la ferocidad del mar tempestuoso, la atribuía a la crueldad de Salacia.
117 La relación de la diosa con el mar fue también plasmada por Cicerón, que resaltaba su vinculación fraternal con Océano 118 y, en el campo de la novela, por Apuleyo.
119 La identificación etimológica de Salacia con la sal y el mar pudo tener su origen en una previa vinculación a Neptuno, lo que habría llevado a interpretaciones posteriores en esa dirección.
120 Quizá expresaba una cualidad divina en un período anterior a su conversión en divinidad, en un proceso semejante al que sufrieron Ceres, Fides u Ops.
Algunos autores interpretan así las palabras de Aulo Gelio con las que parece adjudicar un aspecto, un modo de acción específico a distintas deidades romanas, más que una asociación entre divinidades.
121 En cualquier caso, Salacia derivaría de una estructura adjetival a partir de salum, en sintonía con los términos griegos sav loỹ sav lh, con el sentido de perteneciente al mar o perteneciente al agua.
122 Por otra parte, Salacia también fue relacionada estrechamente con Neptuno por sus adorantes, puesto que conocemos inscripciones votivas en las que aparece la diosa y en algunas de ellas se asocia al dios del mar romano.
La primera dedicación epigráfica a la diosa fue realizada en Vindobona (Viena, Austria) y apareció en 1899 en la ribera del Danubio.
Fue dedicada por un soldado de la legio I Italica en el año 233 d.C. El nombre de la diosa se cita como Salacea es adorada junto a otros dioses, varios de los cuales tienen una clara vinculación con las aguas: Júpiter, Neptuno, Danuuius, Agaunus, las Ninfas y todos los dioses y diosas.
123 En 1985 apareció la segunda ofrenda votiva dedicada a la diosa Salacia en Tragurium (Trogir), ciudad costera de Dalmacia.
La dedicación fue hecha a Salacia Aug(usta) por Saluius Panus, liberto de Gaius.
124 El nomen Saluius, representado en Dalmacia por seis inscripciones, es especialmente frecuente en la Italia Septentrional, mientras que el cognomen Panus sólo está representado por una inscripción procedente de la Galia Narbonense.
La desaparición de los praenomina en la segunda mitad del s. I d.
C. reafirmaría su más probable cronología, a finales del s. II o principios del III d.
C. 125 Para Demicheli, lo más probable es que este individuo fuera un extranjero que viajó hacia Tragurium o Salona, que hizo el voto a Salacia como esposa de Neptuno, en agradecimiento por su buen viaje por mar una vez realizado o, por el contrario, solicitando una feliz travesía antes de su partida.
Según el mismo autor, también es posible que la ofrenda fuera realizada a Venus Salacia por alguna razón relacionada con la lujuria (salax) o que, como en los votos a Venus Pelagia, se hubiera relacionado también con las circunstancias del viaje por mar.
126 Recientemente, ha sido registrado en la capital dacia de Sarmizegetusa un tercer altar dedicado a Neptuno y Salacia, en el que estos dioses son venerados junto a Esculapio, Salus, Epiona, Venus y los Cupidines, por Quintus Axius Aelianus, cuando era procutaror en la provincia durante el gobierno de Maximino Tracio.127 La diosa Salacia aparece, por tanto, de nuevo vinculada a Neptuno y junto a otras deidades curativas y relacionadas con las aguas, aunque no todas estaban vinculadas específicamente con el ámbito marítimo.
El dedicante del ara votiva había ocupado varios cargos en distintas provincias durante la época de los Severos, como el de curator ad populos uiarum Traianae et Aureliae Aeclanensis, procurator ad alimenta para Apulia, Calabria, Lucania y Bruttium, en la Península Itálica.
Posteriormente fue procurator rationum priuatarum o administrador de los dominios privados del emperador en Mauritania Cesariana durante el gobierno de Severo Alejandro, cargo que también había ejercido en Belgica y las dos Germanias.
Fue, seguidamente, procurator de la provincia Dacia Apulensis, es decir, gestor de uno de los distritos tributarios en que se dividía la provincia de Dacia, siendo posteriormente patrono de la colonia Sarmizegetusa, la capital provincial, que se hallaba en esa misma demarcación.
128 En Dacia, Axius Aelianus había erigido otros monumentos votivos a distintas deidades, como a Fortuna Redux, los Lares Viales y Roma Aeterna en la Colonia Apulensis (Karlsbourg); 129 en Sarmizegetusa había honrado a Mitra, al dios romano-céltico Mars Camulus y a Mercurio junto a su paredra céltica Rosmerta.
130 También la Tríada Capitolina y los dioses galos Apolo Grannus y Sirona recibieron ofrendas del procurador en territorio dácico 131.
A pesar de las dedicaciones a deidades originarias de diferentes ámbitos, el hecho de que Axius Aelianus se incluya en la tribu Palatina indicaría que sería de origen itálico, lo que parece más probable si tenemos en cuenta sus primeros cargos, ejercidos en las regiones centrales de la Península Itálica y al sur de la misma.
Aelianus podría haber sido originario de la capital del imperio o de Pouzzoles, cuyos ciudadanos se incluían en la tribu Palatina.
132 A partir de estos datos, hemos de tener en cuenta que en la ciudad lusitana de Salacia 133 (Alcacer do Sal), se acuñaron desde época prelatina monedas en cuyo anverso se representó la cabeza de Hércules en el anverso, motivo que se continuó usando en época plenamente romana, ya con busto barbado de Neptuno, pero manteniendo las iconografías anteriores en los reversos de delfines, ahora añadiendo la leyenda IMP SAL en el centro de las imágenes.
134 Estas deberían datarse en la segunda mitad del s. I a.
C. 135 Aunque estos datos puedan parecer anecdóticos, lo cierto es que Salacia fue, junto a la Bética Carteia, la única ciudad de Hispania que acuñó moneda con la representación de Neptuno.
136 La iconografía de Hércules podría haber representado al Melkart púnico, también dios del mar, de la navegación, protector de los comerciantes y marineros, que aparecía en las monedas púnicas cabalgando sobre un caballo marino y, como en Gades, se asociaba en las mismas a delfines y atunes y, posteriormente, vendría su sustitución por Neptuno a fines de la República.
137 Hemos de tener en cuenta, por tanto, un contexto religioso en el que la adoración a una divinidad masculina romana vinculada al mar, es decir, el culto a Neptuno, era muy probable en el ámbito minero de Cartago Noua.
Pero, además, el substrato cultural de este territorio incluía todo un conjunto de creencias religiosas púnicas, algunas de ellas relacionadas con deidades marinas.
Las principales eran Melqart, que los griegos interpretaron en diversas ocasiones como Poseidón 138 y los romanos como Neptuno, y Koushar, al que los griegos compararon con Tritón.
139 Al Poseidón púnico le fueron erigidos santuarios en diversos puntos de la costa occidental mediterránea, como en el Cabo Soloeis, situado al occidente de las Columnas de Hércules según consta en el Periplo de Hannón.
140 También Amílcar durante la Primera Guerra Púnica, según Diodoro, llevó a cabo sacrificios a Poseidón en la costa siciliana.
141 Según Herodoto, los libios que habitaban a orillas del lago Tritónide ofrecían sacrificios sobre todo a Atenea y, en segundo lugar, a Tritón y Poseidón142.
Para Herodoto, los griegos conocieron a Poseidón por los libios, quienes habían adorado a Poseidón desde tiempos inmemoriales.143 Independientemente de la veracidad o falsedad de esta afirmación, lo que parece evidente es el gran arraigo de una divinidad marina semejante al dios griego en territorio púnico.
144 Por otra parte, conocemos diversas representaciones iconográficas púnicas que podrían ser deidades marinas, por estar asociadas a elementos marítimos como el tridente o peces en Ibiza, Utica y Carthago o por aparecer cabalgando a un hipocampo en Kerkouane.
Según Fantar, podrían ser imágenes del Poseidón púnico, aunque la cuestión no está resuelta.
145 Algo parecido ocurre con la deidad púnica que los griegos relacionaron con Tritón.
146 Heródoto contaba que Jasón fue desviado por los vientos cuando intentaba circunnavegar la Península del Peloponeso para llegar a Delfos y fue arrastrado hasta Libia, quedando embarrancado en el lago Tritónide.
Allí se le apareció Tritón quien, tras pedir a Jasón un trípode que luego colocó en su propio santuario, llevó a cabo un oráculo y les ayudó a retomar la dirección adecuada.
Heródoto relataba, además, que Tritón era una de las deidades a la que más sacrificios se dedicaban y, por otra parte, era quien fijaba los límites entre algunos pueblos de esa región.
147 Esta sería la divinidad ictiomorfa que aparece representada en escarabeos, tumbas y elementos de adorno hallados en distintos lugares del mundo púnico.
148 La importancia de estas deidades se hace patente en el juramento de Aníbal que sella el pacto de mutua protección entre los cartagineses y Filipo V de Macedonia, puesto que la tercera tríada divina a la que se hace testigo de dicho acuerdo está formada por Ares, Tritón y Poseidón.
149 En la región de Hadrumetum y Thapsus también se documenta la importancia del dios Neptuno, teniendo en cuenta las acuñaciones monetarias.
Aparece en ellas un dios barbudo vestido con un pallium y con tridente.
En el reverso aparece una deidad femenina con cetro, que quizá se podría identificar con Astarté.
150 En definitiva, el substrato cultural púnico provocó que el culto a deidades masculinas relacionadas con el mar penetraran con relativa fluidez en el sureste de la Península Ibérica durante todo el siglo II a.
C. Por ello, el culto al romano Neptuno, cuyo perfil se había fundido en parte con el de Poseidón desde el s. IV a.
C., 151 encontró un ambiente religioso y simbólico apropiado para su difusión.
Por otra parte, hemos de recordar que Neptuno fue la principal deidad bajo cuya protección se produjo la conquista de la ciudad de Carthago Noua por los romanos.
El dios se apareció en sueños a Escipión, según Polibio, para prometerle su ayuda y, posteriormente, provocó la bajada de las aguas en el lago inmediato a la ciudad, lo que facilitó el avance rápido de las tropas romanas hacia las zonas más desguarnecidas de las murallas y, por tanto, su asalto final 152.
Livio lo resume afirmando que Escipión ordenó a sus soldados seguir a Neptuno como guía de su avance a través de la laguna.
153 Tenemos un ejemplo de la difusión de la simbología religiosa relacionada con el dios romano en el monte de Sta.
Lucía, según nos cuenta Cerezuela, quien vio algunos enlucidos en las paredes con figuras «como de medio hombre y medio pescado, otras a modo de sátiro, y otras como de Neptuno».
154 Por otra parte, el nominativo plural Roscies que, como se vio arriba, es característico del territorio itálico induce a pensar que Salaecus es originario del mismo ámbito.
Además, el lugar donde fue hallada la inscripción, cerca del mar y en un contexto económico, la explotación minera de la plata, que conllevaba largas travesías por mar para transportar el metal, hacen preferible la hipótesis de que Salaecus fuera un apelativo del dios Neptuno a su alternativa, a saber: que se tratara de un epíteto tópico referente a una divinidad local de alguna ciudad mediterránea o del interior de Hispania.
A pesar de que esta hipótesis también sería plausible, dado el cuantioso movimiento de grupos de trabajadores hacia las minas, parece más lógico pensar en una deidad como Neptuno con un apelativo relacionado con el mar y vinculado a su pareja Salacia, en un ámbito como el de Carthago Noua, con numerosos inmigrantes itálicos. |
En la junta ordinaria del viernes 9 de marzo de 1804, bajo la presidencia de su director Francisco Martínez Marina, José Vargas Ponce leyó una extensa Memoria «sobre una piedra romana atribuida a San Valero, obispo de Zaragoza, que trajo de Mondragón y presentó para nuestro Gabinete de Antigüedades».
1 La piedra romana en cuestión era la inscripción votiva CIL II 4977, que había viajado en su equipaje desde el País Vasco unas semanas antes y que el destino llevaría casi dos siglos después al Museo de Segobriga (Saelices, Cuenca).
A las vicisitudes del hallazgo, conservación y sucesivos traslados de la pieza están dedicadas las siguientes páginas.
José Vargas Ponce (Cádiz, 1760 -Madrid, 1821) había nacido en el seno de una acomodada familia gaditana e ingresó en 1862 en la escuela de guardiasmarinas de su ciudad.
Tras una temprana carrera militar, sólidamente forjada a la sombra de Vicente Tofiño y José Mazarredo, ingresó en 1786 en la Real Academia de la Historia y gozó de la protección de Campomanes y de la amistad de Jovellanos.
Ocupó en tres ocasiones la dirección de la Real Academia de la Historia, fue dos veces diputado en Cortes (1813-1814 y 1820) y su genio literario fue reconocido por todas las instituciones de su tiempo, pudiendo así frecuentar los círculos eruditos de las cortes de Carlos III y Carlos IV y llegando a ser retratado por Goya.2 Todos esos merecimientos no impidieron que los celos profesionales y las aversiones personales de Domingo Grandallana, Mariano Luis de Urquijo y del mismo Godoy, le llevaran a una vida de destierros fuera de Madrid, con muy pocas interrupciones, entre 1798 y 1820.
En uno de sus primeros exilios, Vargas Ponce se estableció a finales de julio de 1800 en San Sebas- tián, desde donde inició la exploración de los archivos de Guipúzcoa, su principal objeto de interés durante esa estancia, y desde donde realizó algunas excursiones a diferentes localidades del territorio.
Como buen conocedor de la tradición literaria de la propia Academia y de los escritores del tiempo de los Austrias, Vargas estaba familiarizado con las obras de Ambrosio de Morales (1513-1591) y de Esteban de Garibay (1533-1599).
En la edición barcelonesa de este último leyó el gaditano lo siguiente:3 «Sant Valerio, obispo de la mesma ciudad de Zaragoza, siendo viejo no quiso Daciano martirizarle, pareciéndole que bastaba enviarle a destierro, y muchos dicen que en Ribagorza cumplió su destierro y otros que murió cerca de la ciudad de Valencia.
Los cántabros tienen por cierto que en Cantabria padeció su destierro y murió en jurisdicción de la villa de Mondragón, llamada en estos tiempos Arrasate...
Acuérdome, siendo yo de tierna edad, haber oído decir de un tío mío, clérigo presbítero, viejo de setenta años o más y docto en la lengua latina y muy vigilante en las cosas del culto divino, que, citando un tratado de un prelado obispo de Valencia, solía decir que él había leído en aquella obra haber vivido y fallecido el glorioso obispo de Zaragoza San Valerio debajo de la peña de Mondragón, en la parte que se llama Zaraa, llamada Aqueegui.
Lo cual conforma bien con los indicios ciertos que en la misma parte constan, porque en el lugar citado hallamos hoy una devota iglesia de la advocación del bienaventurado Sant Valerio...»
En ese mismo texto decía Garibay que, hacia 1500, el obispo de Calahorra Juan de Ortega se desplazó a Mondragón con el fin de conocer si esa tradición del culto a San Valerio tenía que ver con la existencia de reliquias o con el lugar de enterramiento de éste.
4 Para comprobar tales extremos, llevó a cabo excavaciones en el lugar de la ermita pero sólo pudo encontrar «una hoz de segar y otros rastros de antigüedad, aunque después cesó de la diligencia».
Tras hacer referencia a estos asuntos que conocía por otros, y descartando que allí se encontrara el cuerpo de San Valero, 5 Garibay centró su atención en lo que personalmente podía comprobar y dejó escritas estas frases que han pasado desapercibidas en la literatura científica:6 «En la mesma iglesia hay una piedra con letras antiguas latinas, donde se halla escrito el nombre de Sant Valerio y otras cosas al propósito, que he leído yo, y las gentes la besan con mucha devoción».
Es decir, Esteban de Garibay había visto en el siglo XVI una inscripción latina en la ermita de San Valerio situada al norte de la localidad de Mondragón.
Con esos datos Vargas tuvo motivos para realizar su particular encuesta en busca del monumento.
Los resultados de esas pesquisas7 le llevaron a saber que la inscripción había existido hasta pocos años antes de su llegada, que normalmente se encontraba cubierta con un lienzo dentro del templo y que «por ventura no hay en el corriedo de Mondragón vecino alguno mayor de 30 años que no haya practicado una y muchas veces la siguiente maniobra.
Entrábase en la ermita y se hacía reverencia al altar.
Luego se enderezaban hacia la bendita piedra e inclinaban sobre ella la dolorida y preocupada cabeza, continuando el íntimo contacto con los expresivos ósculos hasta que se enfriaba, si no la fe, el cráneo».
José de Ávila, discípulo de Enrique Flórez (1702-1773) y vicario de las monjas Agustinas, denunció a la Inquisición de Navarra que en Mondragón se daba culto «a una piedra dedicada por los gentiles al dios Decalgos» 9 lo que llevó a que se hiciese «a la piedra el proceso que merecía», de lo que resultó su retirada del templo y la orden de enterrarla, tarea que se encomendó con cautela «a expensas de cargarla sobre sí al anciano y celoso párroco».
Al conocer los antecedentes del monumento, y dando crédito a cuanto le habían contado, consiguió que se le mostrara el lugar en que había sido enterrada la inscripción una década antes y la exhumó.
10 No sólo eso, sino que habida cuenta de lo clandestino de su operación, realizada al margen de las autoridades locales, la incluyó en su equipaje y la llevó a Madrid en su viaje de vuelta de enero de 1804.
11 El viernes 2 de marzo de 1804 hubo, como era costumbre, junta ordinaria en la Real Academia de la Historia.
Vargas había elegido para su entrada en escena tras el exilio vasco la presentación de la inscripción de Mondragón.
Sabía que la donación del epígrafe a la Academia y la explicación de su contenido serían del agrado de sus compañeros y le permitirían hacer una exposición que combinara los resultados del viaje con su vasta erudición.
Pero no pudo terminar a tiempo su informe; había que cuidar los detalles de aquella primera intervención después de cinco años y no podían quedar cabos sueltos; en una carta de aquel día a Martín Fernández de Navarrete un Vargas desconocido, como si fuera a presentar su primer trabajo de adolescente, confesaba a su íntimo amigo que la obra no estaba terminada y que tendría que esperar a la siguiente reunión.12 De ese modo, cumpliendo con lo previsto, en la junta del viernes 9 de marzo de 1804 Vargas Ponce entregó a la Academia la inscripción de Mondragón que había venido en su equipaje desde Guipúzcoa (Fig. 1) 13 y leyó el informe que había escrito sobre ella, 14 donde figuraba una escueta transcripción (Fig. 2).
La Academia agradeció el regaló, elogió la exposición y decidió que el monumento pasara a formar parte de la colección permanente de la Sala de Antigüedades.
Vargas entregó allí mismo el manuscrito de su disertación 15 y éste pasó a manos de Vicente González Arnao (1766-1845), como revisor general, para que estudiara la conveniencia de su publicación.
Arnao empleó más de medio año en valorar la conveniencia de publicar el texto y dio el plácet a la publicación -como consta en el documento autógrafo que se conserva 16 -y en la sesión del 12 de octubre de 1804 lo leyó públicamente y lo hizo suyo la Academia.
Nadie volvió a preocuparse del asunto pero el texto no se publicó; los retrasos editoriales y la ocupación francesa hicieron caer en el olvido el texto, de modo que más de una década después seguía inédito como sabemos de nuevo por la crónica de Joaquín Juan de Flores que, como secretario académico, había dado fe de todo este asunto.17 Sin embargo, el texto no pasó el filtro de la generación de académicos que comenzó a poblar la Academia en las décadas siguientes, a los que la retórica del gaditano y sus críticas a Garibay o a Risco parecían estériles.
El secretario Diego Clemencín (Murcia, 1768-Madrid, 1834) no llegó siquiera a leer el texto cuando lo descalificó rotundamente en 1832: 18 «En los primeros años de este período adquirió la Academia una lápida, traída de Mondragón en Guipúzcoa, en la que la mención de un Valerio ocasionó, en tiempos de ignorancia y excesiva credulidad, la opinión vulgar de que pertenecía a San Valero.
La Academia, obligada por su instituto a purgar de fábulas la historia de la nación, tiene en este monumento el mayor apoyo de la memoria que en otro tiempo escribió su difunto académico Don José de Vargas, ilustrando este punto con mucha crítica y en que, sin ofensa de la piedad, confundió el error común sobre la materia».
No había ningún error.
Vargas no había sido víctima de ningún engaño.
Había traído de Mondragón una inscripción romana dedicada a un dios indígena y la había presentado como tal.
El comentario de Clemencín hacía poca justicia al rigor histórico del gaditano pero sirvió para que el asunto quedara zanjado definitivamente.
Cuando Hübner llegó a Madrid en abril de 1860 y catalogó para el Corpus Inscriptionum Latinarum la colección de la Real Academia de la Historia nadie supo decirle de dónde procedía aquel monumento romano, por lo que lo registró como de procedencia desconocida y se limitó a añadir: «Nomen dei peregrini ex regionibus paeninsulae aut septentrionalibus aut occidentalibus titulum provenisse docet».
19 Con eso se abría la puerta a una nutrida tradición literaria que mantendría el epígrafe en el limbo geográfico, pues el documento de Vargas, la única prueba que había de su procedencia, quedó guardado para siempre en uno de los legajos de su colección.
20 Medio siglo después de la visita de Hübner, y con otras inscripciones conservadas en el Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia, la pieza de Mondragón fue depositada el 28 de junio de 1907 en el Museo Arqueológico Nacional (expediente 1907/32/70) y llegó a estar expuesta en la sala VII hasta 1960.
Ni el catálogo de Rivero de 1933 ni las publicaciones sucesivas, incluida nuestra edición del catálogo epigráfico de la Academia, dieron valor a una nota de los índices antiguos del Museo Arqueológico Nacional en la que se decía que la inscripción procedía de Mondragón.
Pese a las reticencias de algunos editores, tuvieron siempre más peso las dudas de Hübner y, sobre todo, el hecho de que en una fotografía del archivo del Museo alguien escribiera al dorso «Procedencia: Segobriga».
Con esos antecedentes, cuando se construyó el Museo de Segobriga, Martín Almagro Basch incluyó el monumento en el conjunto que se trasladaría a este nuevo emplazamiento, de modo que en 1974 pasó a formar parte de la colección estable del centro.
Así fue como una inscripción romana, que formaba parte del culto cristiano en la ermita de San Valerio cerca de Mondragón, fue arrancada de su emplazamiento y enterrada por orden de la Inquisición, desenterrada clandestinamente por Vargas Ponce, trasladada a Madrid y llevada dos siglos después al Museo de Segobriga.
Por suerte ahora también ha sido desenterrado el manuscrito que permite conocer su historia. |
se halló durante una de las últimas campañas de excavación un fragmento de epígrafe cuyo estudio, y restitución, ha llevado a plantear una nueva perspectiva para el proceso de promoción de las ciudades en esta zona de la Baeturia Celtica.
Este estudio ha llevado a plantear la posibilidad de una identificación con la Arucci-Turobriga de las fuentes plinianas para este yacimiento, produciéndose su monumentalización en época Julio-Claudia.
Esta inscripción tendría un mínimo de 4/5 líneas de texto, teniendo la primera y la última un tamaño mayor que las centrales.
Por tanto tenemos 3 cm de altura para las letras del cuerpo central y 4 al menos para la primera y última línea.
Contando además con la distancia de separación del interlineado (1 cm) nos daría un tamaño aproximado para el campo epigráfico mínimo de unos 20/25 cm de altura.
Se trataría, a priori, de una placa de mediano tamaño en el que se grabaría el epígrafe.
Dicha pieza ha sido publicada con anterioridad, con una lectura que parece no corresponderse con el texto conservado ya que no atiende a la interpunción y a los restos de letras visibles una vez aplicada luz rasante (HEp 12: 90-91).
3Igualmente, en otra publicación, se barajó la posibilidad de que fuese una inscripción colocada a la entrada de la curia del Foro, y estuviese relacionada con algún tipo de fórmula inauguratio o in augures (Campos; Bermejo 2007: 262).
Adscripción cronológica y ubicación de la pieza
Como se puede apreciar, el epígrafe hace alusión a un personaje, emperador o miembro de la familia imperial, nieto o biznieto de un divo que ejerce el augurado (Fig. 1).
Este planteamiento nos lleva directamente a la domus Augusta, ya que son los miembros de esta casa, tal y como muestran otros testimonios epigráficos, los que desempeñaron ese cargo sacerdotal (CIL II, 147; CIL II, 1036; CIL II/5, 592; CIL II/7, 749; etc.), no dándose con los posteriores Flavios y tan solo en contadas ocasiones dedicaciones para la dinastía antoniniana y siempre ejercido este cargo sacerdotal por parte de particulares, miembros del ordo, magistrados, etc. tal y como sucede con algún ejemplo africano de Thugga (AE 25) La nómina de personajes que tuvieron tal cargo se circunscribe a los hijos adoptivos de Augusto; Cayo y Lucio César, a Tiberio y a Druso y Germánico, los hijos de éste último.
Quedarían descartados Claudio y Nerón, emperadores en los que no aparece en la documentación epigráfica relación directa alguna con el cargo sacerdotal de los augures, además de que ninguno de ellos fueron nietos de divus.
Tiberio no fue divinizado ya que a su muerte no recibe la consecratio y Calígula sufre damnatio memoriae.
De los últimos Julio-Claudios, tan sólo Claudio consiguió ser divinizado, recibiendo por tanto culto como Divus Claudius, pudiendo aparecer Nerón como divi Claudi fili.
Tenemos por tanto una cronología relativa entre el final del periodo augusteo y el primotiberiano, es decir, unas fechas desde el cambio de era hasta no más allá del primer cuarto del siglo I d.
C., siendo además coincidente esta propuesta con las características paleográficas.
Sería, así, una inscripción honorífica dedicada a los primeros Julio-Claudios.
El soporte de dicha inscripción es el mármol, lo que denota cierta utilización de materias costosas, y un cierto poder adquisitivo del/de los dedicantes.
Pertenecería a una placa de revestimiento de algún pedestal que sostuviera la escultura de alguno de estos principes.
Esta inscripción ocuparía un lugar privilegiado en el entorno forense.
Llegados a este punto debemos realizar una serie de matizaciones con respecto al lugar de aparición de la pieza.
Ésta se documentó en un nivel de derrumbes correspondiente a los muros sur y oeste de la curia.
De igual forma se constataron, junto con este fragmento epigráfico, placas marmóreas pertenecientes al revestimiento parietal de dicha sala, restos del estucado, tégulas, etc.
La cuestión estriba en que el programa constructivo y arquitectónico de cierre del complejo forense no puede retrotraerse, al menos por ahora, más allá de época Claudio-Neroniana, con lo que, si atendemos al lugar del hallazgo, nos estaría revelando una fecha aproximada en torno al 40-55 d.
C. Tenemos por tanto, una inscripción correspondiente a algún personaje del primer cuarto del s. I d.
C. pero en una sala, la curia, cuya fecha de construcción se sitúa en torno a la mitad de siglo.
Esta aparente contradicción puede deberse perfectamente a alguno de los motivos siguientes.
Inscripción. mero de ellos, que dicha inscripción no aparezca en contexto primario, esto es, que su lugar de origen no sea la curia y halla llegado allí debido a los procesos postdeposicionales del entorno, con lo que esa unidad de derrumbe aparentemente no estaría sellada.
En segundo lugar, que la inscripción fuese trasladada en un momento posterior a su donación y se colocase en un lugar del nuevo foro.
Es decir, existiría un espacio delimitado en un primer momento por algunas estructuras como el porticado doble (Campos; Bermejo 2007: 268) que enmarcarían los límites imprecisos de una primitiva área forense, en el que habría espacios de representación del princeps y su domus, y posteriormente, en los momentos de reformas urbanísticas Claudio-neronianas, este pedestal se instalase en un entorno cercano a la nueva curia, o incluso dentro de ella.
Ello nos estaría hablando de una amortización del primigenio programa decorativo y honorífico que pudo darse con motivo de la fundación de la ciudad a fines de la etapa augustea, con lo que quedarían insertadas en un nuevo marco urbanístico y arquitectónico en torno a mediados del s. I d.
C. El planteamiento que se propone, de una amortización de programas decorativos previos, sería algo constatado en numerosas ciudades del Occidente romano, tal es el caso del Municipum Claudium Baelonensis que reaprovecha el material arquitectónico decorativo de época augustea en la nueva inserción urbanística de época Claudio-Neroniana (Silliéres 1997: 93;2004: 55).
Una tercera posibilidad, quizás la más plausible, vendría de la mano de una dedicación a alguno de estos personajes de la domus augusta, en momentos de los emperadores Julio-Claudios -Calígula, Claudio o Nerón-, con lo que encajarían perfectamente la inscripción y el recinto forense, cuya construcción se iniciaría en torno a la década de los 40 del s. I d.
Posibles restituciones del texto epigráfico
Una vez planteados el análisis de la pieza y su adscripción cronológica, así como su posible ubicación en el contexto del foro, se hace necesaria la restitución del texto.
En referencia a la línea 1, aparece en la parte izquierda restos de una letra que no pueden tratarse si no de una T, seguida de una I y de la palabra DIVI.
La separación de la letra I, mayor que el de las letras subsiguientes, indica que solo puede tratarse de una T. La terminación en TI, sólo puede corresponderse con la palabra NEPOTI, además desarrollada tal y como muestran algunos ejemplos de inscripcio-nes de la Domus Augusta en época Julio-Claudia (ILS 169), indicando ambas palabras su concordancia en caso dativo singular, es decir, hacen alusión a quien se dedica; consagrado/dedicado a...¿?....nieto del divino....¿?....del divino....
En la línea 2, en la parte izquierda se leen claramente los restos de una A, y una I en la derecha conformando la palabra AVGURI, también en dativo.
En línea 3, la última, se conservan restos de una letra que podría corresponder a una A, B, D, E, F, I, L, N, P, R, U, en un tamaño mayor que las letras de las líneas superiores.
Ésta última parte resulta del todo interesante, se trataría de la última línea, por tanto donde iría el dedicante.
Debido a lo escaso conservado, no podemos dar una única restitución para esta última línea.
Así, se pueden dar varias posibilidades atendiendo al contexto histórico, paralelos, etc.
La restitución de dicha línea podría corresponder a varias propuestas.
Por un lado a las siglas del tria nomina de un evergeta, dada la separación de las letras, cosa que resultaría muy extraña, además, como se aprecia en el epígrafe, tendría campo para desarrollar su nombre completo.
Por otro, a las iniciales de un posible municipium o civitas que portaría el cognomen IVLIUM, baste recordar la cronología que ofrece, encajando bien en la restitución la I, M(unicipium) I(ulium)¿?
Otra posibilidad, dado la constatación en numerosos ejemplos, pasaría por restituir la última línea con un D(ecreto) D(ecurionum) o P(ublica) D(ecreto) D(ecurionum).
Y como última opción, que se tratase de un D(edit/ ederunt).
Como vemos cualquier opción es posible, siendo muy arriesgado afirmar alguna como definitiva.
Posible lectura de los restos conservados.
Ya quedó expuesto como, por las características paleográficas junto con la relación divi/augur, se debía relacionar con la domus Augusta, con algunos de los emperadores o príncipes Julio-Claudios del primer cuarto del s. I d.
C. Tenemos pues como únicas posibilidades a Druso el Menor o Germánico.
La primera de estas propuestas pasaría por una dedicación realizada a Druso, hijo de Tiberio, asociado en la sucesión junto con Germánico, bajo las directrices de Augusto.
Ésta propuesta encajaría mejor que las expuestas anteriormente.
Por otro lado, una segunda propuesta, y quizás la más acertada, sería una inscripción dedicada a Germánico.
Esta opción mostraría las mismas condiciones que la propuesta anterior, es decir, la ordinatio permitiría que fuese Germánico, ya que la palabra nepoti haría referencia a...¿?... nieto del divino augusto, y la palabra divi, a su relación de...biznieto del divino Julio Cesar.
En última línea el ápice de letra conservado estaría a la derecha del eje de simetría del epígrafe, situándose debajo de la R de auguri, y ésta a su vez de divi.
Una vez analizadas ambas posibilidades se aprecia como las probabilidades más seguras son la de una dedicación a Germánico, teniendo este último una mayor posibilidad que el primero.
Ésta hipótesis la avalaría el hecho de que se contabilizan para todo el imperio, actualmente, una mayor proporción de inscripciones dedicadas a Germánico, quince frente a las siete de Druso.
Además en la Provincia Baetica se documentan dos testimonios epigráficos para el primero, frente a uno del segundo, sin contar con las tabulae de los honores fúnebres otorgados por el senado, Tabula Siarensis, y el Decreto de Pisón, así como la Tabula Ilicitana en la Tarraconense, además del retrato de Medina Sidonia (Luzón; León 1996: 358).
Igualmente habría que recordar, en este contexto, cómo el ambiente epigráfico de la zona de la sierra encaja mejor con la propuesta de Germánico.
Ya se mencionó el epígrafe dedicado a Agripina por parte de la civitas Aruccitana (CIL II, 963; CILA I, 2), es decir se estaría homenajeando, en esta parte de la Baeturia Celtica a los personajes de moda de la dinastía Julio-Claudia: al esposo, que casi con total seguridad hubiera llegado a ser emperador, y a la mujer, ambos, padres del emperador Calígula y él hermano del emperador Claudio.
Constituye, por tanto, una dedicación honorífica a Germánico, príncipe Julio-Claudio, y una muestra de devoción directa a la domus imperial.
Entre las esculturas imperiales se encuentran las de Livia y Tiberio, que como en nuestro caso, en el que contamos con los epígrafes de Germánico y Agripina (además de con una pierna, a la que más adelante nos referiremos), podrían formar parte de una galería de personajes de la domus Augusta (León 1996: 26).
De ser esta posibilidad, la restitución del texto recogería los cargos que asume tras la muerte de Augusto, ya que aparece mencionado en el epígrafe como nieto de un divino y este no puede ser otro que Augusto, lo que nos da una fecha postquem del 14 d.
C., momento en el que es divinizado y él nombrado flamen Augustalis, tras la creación del colegio de los sodales Augustales, del que era miembro Germánico junto con Tiberio y Druso (Ann.
En el epígrafe aparece además como augur, título que ostentaba pese a su ignorancia en el ritual del sacerdocio augural: consta cómo Tiberio mostró su enfado al enterarse que había mancillado sus manos al recoger los huesos diseminados en el bosque de Teutoburgo años después del desastre de las legiones de Varo, dando sepultura a los huesos, y sin saber si se enterraban restos de extraños o de los legionarios de Varo (Ann.
Este será uno de los primeros cargos desempeñados junto con la questura.
Estos cargos se recogen en la primera inscripción dedicada a Germánico ubicada en la cartela del arco Tienense.
Hoy día perdida, se conoce a través de manuscritos, la fecha de la XXX Tribunicia Potestas de Augusto nos remite a los años 7/8 d.C. Consta que accede al cargo de augur en el 4 d.C. tras la muerte de Gayo César, momento en el que bajo las directrices de Augusto es adoptado por Tiberio, junto con Druso, como sucesores.
No se puede olvidar que Germánico es nieto del triunviro Marco Antonio y Octavia, hermana de Augusto, y por tanto descendiente de Julios (Luzón; León 1996: 349).
Posteriormente aparece investido con el segundo consulado y aclamación imperial, honores que recibe tras la campaña de Germania en las que además de numerosas victorias militares recupera las insignias de las legiones de Varo.
Es por tanto en el año 17/18 d.C. cuando recibe su segundo consulado y es mandado a las provincias de Oriente cum imperio, muriendo un año más tarde, en el 19 d.
Las inscripciones relativas a Germánico se concentran en la segunda mitad de su vida, continuando también de manera excepcional, incluso, después de su muerte por razones fácilmente deducibles, ya que recibe todo tipo de honores (Angeli 1987: 28).
Es más, «...nuevos honores fueron inventados y decretados según a los hombres les inspiraba su afecto.
El número de sus estatuas y los lugares en los que se les rendía honores no podían contarse fácilmente.»
Además, después de su muerte sigue siendo objeto de homenajes póstumos que por todo el imperio le son tributados.
Para algunos autores la variación cronológica no durará mucho ya que tras la muerte de Druso, en el 23 d.
C., y la cada vez mayor presencia de Sejano, hacen poco probable homenajes de este tipo a su persona (Luzón; León 1996: 351).
Sin embargo, Suetonio recoge honores decretados a Germánico desde los primeros momentos del principado de Calígula.
«Por otra parte, acordó, en me-moria de su padre, que el mes de Septiembre fuera llamado Germánico» (Suet.
Incluso durante el principado de Claudio, Germánico hermano suyo, fue objeto de honores «...en memoria de su hermano, encomiado por él en cuantas ocasiones se le presentaban, hizo representar una comedia griega en un certamen celebrado en Nápoles y, de acuerdo con el jurado, se le otorgó la corona de la victoria» (Suet.
También de época de Claudio, sobre el 42, data una emisión monetal en honor a su fallecido hermano.
Podría ser durante el principado de Calígula, su hijo, o incluso durante el de Claudio, su hermano, cuando se enmarcase este programa decorativo conmemorativo en la estructura del foro.
Con ello vendrían a acercarse las propuestas cronológicas para la construcción del espacio forense, más próxima a la década de los 40 del s. I d.
C. y la posible dedicación de un pedestal a Germánico en el entorno (curia, porticados).
Por todo ello, sería más razonable establecer este epígrafe como una dedicación póstuma, con una cronología en el periodo comprendido entre Calígula y Claudio, estando en consonancia, y quizás relacionado, con el epígrafe dedicado por la civitas Aruccitana a Agripina, erigido en tiempos de Calígula.
Durante este periodo, las manifestaciones a la memo-Figura 3.
Restitución infográfica del pedestal, con la inscripción en la que aparecen los honores y cargos de germánico.
Llegados a este punto resulta muy sugerente plantear la posibilidad de que la inscripción dedicada a Agripina, hoy conservada en Moura (Portugal), procediese del solar de este yacimiento.
Esta ciudad sería por tanto la Arucci/Turobriga de las fuentes.
Y ambos testimonios epigráficos se enmarcarían en esta política de reafirmación de la línea Julia de la dinastía en el principado de su hijo Calígula.
Por tanto el epígrafe de Germánico quedaría asociado al de Agripina en alguno de los espacios forenses.
Es más, para el caso de la inscripción conmemorativa a Germánico, la última línea puede ser restituida como el de Agripina:
A la espera de nuevos aportes epigráficos más determinantes en relación a esta línea de trabajo, se deben tomar con todas las reservas, que la escasez de datos impone, la hipótesis de un origen común para ambos epígrafes así como la asignación de este yacimiento con la Arucci pliniana.
Continuando con el análisis, esta inscripción pertenece a un ámbito urbano, a un marco de representación inserto dentro de la ciudad, lo que nos indica la existencia de un cierto desarrollo del fenómeno urbano, y la existencia de un núcleo que sirve de centro religioso y administrativo.
Supone, además, una manifestación de culto imperial.
En este epígrafe aparece ya Augusto como divus, siendo uno de sus descendientes flamen, es decir, sacerdote encargado de su culto.
Este hecho resulta cuanto más sorprendente porque está transmitiendo la existencia de culto imperial en el rincón más occidental de la Baetica, en la zona de la Baeturia Celtica, para una fecha comprendida entre Calígula y Claudio, convirtiéndose dicho testimonio epigráfico, de una manera segura, en una de las muestras de culto imperial más antiguas de la actual provincia onubense, junto con el denominado puteal de Trigueros.
Es una manifestación tanto a Augusto como a sus descendientes, siendo por ello una muestra del culto dinástico.
El gran número de estatuas, inscripciones y leyendas monetales revelan que las provincias hispanas, en general, y la Bética en particular, poseían un culto dinástico rico y variado (González 2007: 184).
Queda puesto de manifiesto cómo Germánico es objeto de homenajes en la Provincia Baetica, de no haber sido por su repentina muerte probablemente hubiera llegado a ser emperador.
Es pues, que las dedicaciones a su persona forman parte de la actuación de las ciudades por mostrar su adhesión a la política imperial, iniciada primero por Augusto y continuada por los príncipes Julio-Claudios.
Igualmente, otro aspecto que resulta muy sugerente es el relacionar esta inscripción con los restos escultóricos del área.
Ya se apuntó en un anterior trabajo sobre manifestaciones del culto imperial, como un resto escultórico correspondiente a una pierna, aparecida en la misma zona del foro, podía corresponder a una estatua masculina con coraza (Campos; Bermejo 2007: 266).
¿Sería posible plantear, como hipótesis, que esta pierna correspondiera a una estatua militar de Germánico levantada por el ordo de la ciudad como homenaje póstumo?; baste recordar las disposiciones de la Tabula Siarensis.
De ser así, este epígrafe sería parte de la placa de revestimiento del pedestal donde iría colocada su representación escultórica (Fig. 4).
Si se repasa el repertorio estatuario en el que aparece representado este príncipe, destaca sobremanera la iconografía militar sobre cualquier otra.
Ya quedó expuesto cómo la mayoría de las inscripciones de él se centran en la segunda mitad de su vida, momento en el que alcanza los máximos éxitos militares y triunfos otorgados por sus victorias, representado como imperator.
Los testimonios de la ciudad de Roma sobre estatuas honoríficas dedicadas a miembros de la familia imperial en época de Augusto y Tiberio ponen de manifiesto la popularidad de Germánico (Mangas 1997: 310).
Esta inscripción junto con otras tantas conocidas para el entorno del municipio de Aroche (Huelva) -recordemos que este municipio conserva la colección epigráfica más importante de toda la provincia de Huelva-, han llevado a plantear una revisión en lo que a cronologías se refiere para el proceso de cambios jurídicos operados en los nuevos centros que Roma crea en la zona de los Llanos de la Belleza.
Las cuestiones que ahora se plantean girarían en torno a aspectos relacionados con el establecimiento de nuevos centros como éste del entorno de la ermita de San Mamés.
En primer lugar, ¿surgiría este enclave como una promoción Julio-Claudia?; en segundo lugar, sino es así ¿cuándo alcanzaría este nuevo enclave su promoción? y en última instancia, una tercera cuestión, a la luz de la interpretación de esta inscripción ¿nos estarían hablando los testimonios epigráficos de la dualidad Arucci/Turobriga en la zona de la ermita de San Mamés, o por el contrario son dos ciudades diferentes?
En relación a la primera pregunta que se plantea, la política de Roma se basó en esta parte de la recién creada Provincia Baetica (27 a.
Por un lado el asentamiento de poblaciones ciudadanas a través de la asignatio et divisio, y por otro el traslado y concentración de poblaciones indígenas en nuevos hábitats (Campos; Pérez 2000Pérez -2001: 7-33): 7-33).
En resumen, supone un modelo de romanización que arranca de los traslados de población autóctona (traductio) hacia núcleos creados ex novo en torno al cambio de era.
En el solar que ocupa la ciudad ubicada junto a la ermita de San Mamés (Aroche, Huelva), no se documentan restos de ocupaciones prerromanas.
Es decir, a pesar del topónimo prerromano que se le pueda asignar a esta ciudad (Arucci/Turobriga), la falta de ocupación previa indica que este enclave fue una fundación nueva.
A la hora de atender el proceso de concesión de privilegios y promociones por parte de Roma en la Baeturia Celtica, hay que tener presente cómo, a diferencia del proceso que se da en la Turdula, potenciada fundamentalmente durante el periodo flavio (Stylow 1991: 11), en su homónima celtica se crean numerosos enclaves privilegiados, primero durante la actuación cesariana y posteriormente con la augustea, en un intento por conseguir la pacificación total de la zona y la entrada efectiva en la órbita de Roma de este territorio tradicionalmente tan conflictivo.
El grueso del corpus epigráfico de la Baeturia Celtica así parece confirmarlo, perteneciendo su adscripción cronológica mayoritariamente al cambio de era.
Muestra de ello es la presencia de ciudadanos en el entorno con tria nomina y adscripción a la Galeria tribus, contabilizándose 27 testimonios de ella frente a uno de la Papiria y otro de la Quirina (Canto 1997: 181-183).
Supone, por tanto, un territorio de máximo interés para Roma.
Éste responde a cuestiones meramente estratégicas, dado lo escaso de los recursos agrarios y una mínima producción minera si se compara con el distrito de Urium.
Se entiende, pues, que Roma favoreciese el asentamiento y la creación de núcleos ex novo con ciertos derechos y privilegios en su afán por procurar una progresiva romanización.
En otras palabras, se pretendía establecer una organización política estable y eficaz, lo que no implica necesariamente una urbanización ni monumentalización, siendo esto el máximo grado de civilización romana.
La conquista y ordenación de los territorios conquistados por Roma, a veces en ámbitos bastante alejados del fenómeno ciudadano (urbano), trajo aparejada la creación, por encima de las estructuras indígenas, de un núcleo administrativo, un centro en el que pudieran concentrarse las obligaciones y cargas impuestas por el estado romano a las comunidades subordinadas, sin que fuera a veces necesario un pleno desarrollo urbano (Santos 1998: 12-30).
En este contexto, no se entendería que la ciudad creada ex novo en los Llanos no estuviese favorecida con algún tipo de privilegio.
Se puede, por tanto, suponer una promoción para el núcleo ubicado en los Llanos de La Belleza bajo la política Cesariana-Augustea primero, y Julio-Claudia posteriormente, al igual que sucede con otros enclaves de la Baeturia Celtica, Nertobriga Concordia Iulia, Mirobriga, Lacinimurga Iulia, Seria Fama Iulia, Segida Restituta (Pérez; Vidal; Campos 1997: 197), y como ahora viene a corroborar este epígrafe en el que se homenajea a un príncipe Julio-Claudio (Druso/Germánico).
Esta idea de una promoción Julio-Claudia se muestra muy posible, siendo potenciada independientemente del tipo de beneficio que obtuviera, es decir, no es un objetivo exponer en este trabajo si este enclave llegó, o no, a disfrutar del derecho latino desde los Julio-Claudios, siendo éste un asunto de una mayor complejidad mereciendo un trabajo aparte más profundo.
C. Plinio se refiere a la ciudad de Arucci/Turobriga como oppidum, deduciéndose por tanto, que carecería de algún tipo de privilegios.
Debemos tener en cuenta las fuentes de Plinio.
Su Historia Naturalis publicada entre el 77/78 d.
C. contiene datos sobre muy variados aspectos.
El uso de una gran disparidad de fuentes explica la complejidad de la obra pliniana.
La mayor parte de los datos que refleja su obra corresponden a época de Augusto, tomados de la Geografía de Varrón y del Orbis Pictus y Comentarii de Agripa, publicados tras la muerte de éste por Augusto, con lo que no pueden llevarse más allá del año 12 a.
Por tanto la información que maneja se basa en datos del cambio de era, o anteriores, pudiendo darse otra situación jurídica durante la primera mitad del s. I d.
C. que no recogiese Plinio.
Este hecho parece constatarse para el caso del Municipium Claudium Baelonensis, el cual aparece recogido en la obra pliniana como oppidum, es decir simplemente como «la ciudad de Baelo», cuando para esas fechas era ya un municipio privilegiado (Sillières 2004: 60).
Algo si-milar sucede con Lucus Augusti, Asturica Augusta y Bracara Augusta.
Establecidas en tiempos de Augusto al objeto de centralizar la administración y pacificar a los pueblos montañeses, quedan recogidas en la lista sin ningún tipo de mención a sus cognomina o estatuto de privilegio.
Así no hace mención alguna a Lucus, Asturica aparece como urbs magnifica y Bracara como oppidum (Santos, 1998: 21).
La situación jurídica planteada en la obra pliniana sería la correspondiente al periodo intermedio del principado de Augusto (Cortijo 1990(Cortijo -1991: 254): 254).
Se puede aceptar que el estatus estipendiario de aquellas ciudades que Plinio cataloga como tales y que se ubican en territorios conquistados durante el proceso de las guerras civiles, procedería del momento de la conquista o de la inmediata regulación que ésta genera (Marín, 1988: 35).
Es por tanto muy plausible que Plinio nos hable de ciudades (Arucci/Turobriga) que, en momentos de fines de la república y comienzos del s. I d.
C., cuentan con un estatuto de civitas stipendiaria o peregrina, pero que entre los principados de Calígula y Claudio, modifican sustancialmente sus condiciones.
Además, probablemente esa relación de oppida haga referencia a los enclaves ubicados en los picos de la sierra y no al solar de una ciudad ex novo en el llano, es decir, la Arucci/Turobriga a la que hace referencia Plinio no es la ciudad ubicada en el Llano.
El yacimiento de la ciudad ubicada en el entorno de San Mamés portaría algunos de estos nombres de enclaves célticos previos, pero sería un asentamiento iniciado y promocionado en época de Augusto, el cual sufrirá importantes remodelaciones urbanísticas a lo largo de los principados de Calígula-Claudio.
Hay que tener en cuenta que el párrafo en el que aparece inserta Arucci/Turobriga es una entrada netamente geográfica, en la que no cabe indicación administrativa alguna, por lo que probablemente estas denominaciones en la obra pliniana estarían más relacionadas con la propia significación de los conceptos de oppidum, municipium, o colonia que con un olvido consciente o inconsciente de esta condición para este caso u otros observables no sólo en Hispania sino en otras provincias del Imperio.
Autores como J. M. Sayas (1985) restan importancia a la denominación oppidum, al considerar que éste fue un «término general empleado para designar todo tipo de ciudades», que a pesar de tener en un principio un cometido militar, con el tiempo perdieron ese carácter y terminaron convirtiéndose en colonias civiles y a su vez en municipios, gozando así de una plena autonomía.
F. Beltrán (1999) ha realizado una revisión conceptual sobre las diferentes interpretaciones que para Hispania pueden colegirse de las expresiones municipium y oppidum en la obra pliniana y cuyas conclusiones pueden aplicarse al caso de Arucci/Turobriga.
Según Beltrán, la expresión genérica de oppidum, en sus variantes de civium Romanorum y Latinum, sería una forma de referirse a las «comunidades urbanas de ciudadanos romanos» y de «derecho latino», que en última instancia no serían más que denominaciones bajo las que se esconderían las tradicionales categorías de colonias y municipios romanos y latinos.
Así pues, la intención última de Plinio no habría sido la de adjudicar una categoría concreta a las concentraciones así denominadas, que, por otra parte, podrían ser desconocidas para él en el momento de redactar su obra -caso de Baelo Claudia por ejemplo-, sino simplemente resaltar el carácter urbano de la comunidad y referir la presencia de gentes bien de derecho romano o bien latino en las ciudades hispanas ya romanizadas y perfectamente mezcladas con la población indígena, para el caso de ciudades preexistentes.
A este argumento positivo, une Beltrán otro de carácter negativo sobre la escasa significación jurídica que tenía la denominación de oppidum.
Si se parte de la gran cantidad de ocasiones en las que Plinio utiliza el nombre oppidum, sorprende y resulta muy significativo que no existan testimonios monetales, epigráficos o textuales que se hagan eco de este tipo de categoría jurídica, por otra parte tan abundante y habitual.
De ello puede concluirse, al fin, que no existen indicios de que la denominación oppidum tenga un sentido técnico que justifique la adscripción jurídica de las comunidades cívicas de la Hispania Augustea; por ello el hecho de que en Plinio encontremos a Arucci/ Turobriga como oppidum no resulta determinante para no poder considerar que ya contase con algún tipo de privilegio.
En el contexto de la Baeturia Celtica en general se produce un gran impulso en la concesión de derechos durante el periodo Julio-Claudio, con las promociones cesarianas y augusteas en las concesiones de ciudadanía viritanas y colectivas.
En este periodo se inicia un proceso encaminado a la creación de núcleos urbanos mediante la concentración de pagi principalmente en las zonas del interior.
Se fomenta el surgimiento de ciudades nuevas a través de la fusión de varios núcleos vecinos de escasa entidad o mediante la absorción o agregación de hábitat pequeños a una comunidad superior.
Todo este modelo de actuación prueba una intervención del poder imperial para intentar transformar un modelo terri-torial en el que predomina el hábitat disperso, alterando con ello las estructuras indígenas y su condición jurídica (Cortijo 1990(Cortijo -1991: 255): 255).
En este sentido, el modelo que aquí se plantea, núcleo ex novo que aglutina pequeños enclaves dispersos y se impone como centro administrativo, encaja perfectamente con la política de Roma en la zona, siendo este nuevo aporte epigráfico muestra de la promoción del mismo.
Se trata de un modelo de intervención, ampliamente estudiado en Hispania (Bendala 2000(Bendala -01, 1994(Bendala, 1999(Bendala y 2003) ) basado en el sinecismo que Roma ensaya en territorios poco urbanizados creando un núcleo urbano donde, además de instalar ciudadanos romanos o latinos, reagrupa otros preexistentes de tal forma que uno de ellos aporta su nombre aunque el nuevo núcleo dispone de un urbanismo plenamente romano (Abad; Bendala 1996).
Esta aceleración del proceso de romanización por la instalación de nuevas poblaciones ciudadanas, se vio favorecida también por el traslado de la población indígena de La Solana del Torrejón, Castillo de Maribarba, Las Peñas de Aroche y Castillo de Aroche hacia una nueva fundación romana, Arucci/Turobriga, pues el abandono de los asentamientos prerromanos parece coincidir en el tiempo con una contributio de los mismos en el nuevo asentamiento, manteniéndose en este caso los nombres de los oppida prerromanos (Arucci y Turobriga).
De no ser aceptada esta propuesta, ello nos llevaría de lleno a la segunda cuestión que se planteaba.
¿Cuándo se daría entonces la promoción de esta ciudad?
¿Debería esperarse al periodo flavio en un territorio en el que es necesario mantener una presencia continuada y política activa desde los primeros momentos?
El interés de Roma por mantener este territorio dentro de su órbita le lleva desde los primeros momentos a una permanente actuación, es decir, no se comprendería que el estado no prestase atención a esta zona de la Baetica hasta pasados 90 Esto es, el uso y tenencia de una lex.
La comunidad de derecho latino es probablemente la categoría ciudadana de mayor versatilidad del mundo romano.
Pese a lo que las leyes flavias pudieran dar a entender, una comunidad indígena puede constituirse en municipio latino o colonia sin que sea preceptiva la existencia de una lex reguladora como demuestran los ejemplos de la Gallia Narbonensis y algunas zonas de Hispania (García 1998: 212).
En relación a la última cuestión que se planteaba, sobre la posibilidad de que la ciudad ubicada junto a la ermita de San Mamés pueda corresponder a alguna de las ciudades mencionadas por Plinio Arucci/Turobriga, habría que esperar a tener testimonios epigráficos más directos que hiciesen decantar una u otra opción.
Ya hemos planteado la posibilidad de un origen común para ambas y asignando así de manera indirecta el nombre de Arucci para el yacimiento que ocupa el solar junto a la ermita de San Mamés.
La mención a una civitas Aruccitana se tiene recogida en el epígrafe dedicado por esta ciudad a Iulia Agripina, fechado entre el 37/41 d.C. (CILA I, 3).
Para autores como J. González la mención en la dedicación del concepto de civitas indica que haría alusión a su condición como civitas peregrina, relegando por ello, según algunos autores, cualquier opción a la condición de municipium (González 1989: 29).
Sin embargo, el término civitas no es concluyente jurídicamente.
En principio, igual que oppidum, se refiere al aspecto geográfico-material, recordemos que en la lex Ursonensis se habla de oppidum coloniae (Lex Urs.
74 s.), civitas, que destaca el aspecto socio-político, es un término que sólo presupone un cierto grado de organización política, y que es utilizado, en Hispania, para ciudades tanto peregrinas como privilegiadas, aunque ya en época imperial avanzado y ante la ausencia de comunidades peregrinas en Hispania, su uso se limita a designar municipios (Stylow 1995: 107).
El análisis de este fragmento epigráfico ha permitido establecer una argumentación sobre las cuestiones de su cronología, adscripción urbana, y procesos de promoción de la ciudad que ocupa el área que rodea la ermita de San Mamés (Aroche, Huelva).
De esta forma, el epígrafe se corresponde con una inscripción honorífica, dedicada a un miembro de la domus Augusta, Druso, o bien, más probablemente, Germánico.
La dedicación a un personaje de la familia imperial en el contexto de un territorio de intensa actividad a través de una política colonizadora, de contributiones, y creaciones ex novo, pone de relieve -como demuestran los testimonios de las familias Baebia, Hostilia, Iunia, Iulia, Plotia, Sertoria, Ulpia y Vibia (Canto 1997: 196)-la intención de la clase dirigente latina de mostrar su rápida adhesión a la política iniciada por el Princeps.
Por otro lado esta inscripción viene a ser una manifestación de culto imperial, refleja la existencia de un culto dinástico, esto es, los descendientes de Augusto pasan a ser objeto de devoción por parte de las ciudades del imperio, son objeto de honores y honra tanto en vida como en muerte, y este hecho se constata en este extremo de la Provincia Baetica.
Este enclave ex novo surge entre otros objetivos como centro de culto, en su sede tienen lugar los actos de devoción a la familia imperial y el culto a los divus, Augusto y César, en los que aparecen mencionados sus flamines, Germánico y Tiberio entre otros.
Igualmente la cronología que aporta la inscripción, paleografía, contexto histórico, contenido, y lugar del hallazgo aconsejan situarla en el periodo comprendido entre los principados de Calígula y Claudio.
Las conmemoraciones a Germánico continuaron largo tiempo después de su muerte, incluso se confirma la existencia de flamines Germanici Caesaris en el área occidental del imperio, la Península Ibérica y la Galia Narbonensis.
C., la dedicación imperial sobre el arco de Claudio conmemora a Germánico, hermano del emperador, junto a la madre Antonia Augusta y la mujer de Claudio, Giulia Agrippina, hija de Germánico (Angeli 1987: 48).
Germánico fue un personaje de gran popularidad, probablemente hubiese llegado a ser emperador, incluso hasta el propio Tácito deja entrever su preferencia entre éste y Tiberio (Mangas 1997: 302).
Era el miembro más popular de la dinastía, siendo muy querido por el pueblo de Roma, tanto que tras su muerte se rompió el pacto con los dioses por haber permitido su muerte, se arrojaron estatuas de dioses de sus pedestales y apedrearon templos forzándose sus puertas, cuando no habían servido las supplicationes para que sanara (Ann.
Incluso después de su muerte siguió siendo objeto de devoción y ejemplo a seguir por las virtudes romanas que encarnaba su recuerdo.
Así en una fecha tan tardía como el 225 d.C., en un papiro, el feriale Duranum, redactado por la guarnición romana de Dura Europos en el limes oriental, se recuerda una suplicatio a la memoria de Germánico en el día de su cumpleaños (Angeli 1987: 48).
Con ello se refleja que la memoria y la imagen de este príncipe siguió viva en el imperio a lo largo de los siglos, siendo objeto de honores y recuerdos más allá de su muerte.
Continuando con la exposición de ideas en este análisis final, la relación entre esta inscripción y los restos escultóricos encontrados a escasos metros en el yacimiento hacen muy sugerente la idea de que pudiera tratarse de una escultura de iconografía militar dedicada a Germánico.
Esta inscripción formaba parte de un pedestal que debió soportar alguna efigie del príncipe, si se tiene en cuenta la titulatura que rezaría en el texto, ésta encajaría con la segunda mitad de su vida (15/19 d.
C.), tras los triunfos alcanzados en sus campañas militares, con lo que probablemente la representación más acorde para el momento sería la de tipo militar, como imperator.
De todo este análisis se deduce que esta ciudad fue promocionada en época de los Julio-Claudios, independientemente del tipo de beneficio que obtuviera.
Es decir, no se debe entender promoción como sinónimo de consecución del ius Latii.
Ahora bien, ya quedó expuesta en líneas superiores la posible mención de un Decretum Decurionum para la restitución de la parte inferior del epígrafe y la interpretación como municipium que se deduciría, al ser esto un privilegio propio de municipios y colonias.
Ello mostraría de manera indirecta que esta ciudad obtuvo la condición de municipium al menos en época Julio-Claudia.
Igualmente, otra de las posibilidades planteadas pasaba por que el epígrafe de la civitas Aruccitana, fechado entre el 37/41 d.C., pudiese proceder del solar de este yacimiento conformando junto con el de Germánico un único programa de adhesión y culto a la domus Augusta, en reafirmación a la línea Julia durante el principado de Calígula.
El hecho de no conservar la inscripción la parte del dedicante en unas mejores condiciones obliga, cuanto menos, a ser cautelosos en este tipo de afirmaciones, debiendo esperar a nuevos hallazgos epigráficos y dejando abierta la puerta a ambas posibilidades, las más plausibles y lógicas según lo analizado. |
Se publican dos cupas del antiguo territorio de Complutum, una, inédita, encontrada en excavación en Alcalá de Henares (Madrid), y la segunda, procedente de la iglesia de Alovera (Guadalajara), con una nueva lectura.
CUPA DE ALCALÁ DE HENARES 1
En el curso de las excavaciones realizadas en un solar situado inmediatamente al sur de la actual Puerta de Madrid de Alcalá de Henares, se encontró, en la primavera del año 2001, una cupa funeraria.
Si bien ese solar está enclavado en la zona de la necrópolis oriental de la ciudad romana de Complutum, que se extendía a ambos lados de la calzada Complutum-Caesaraugusta (cf. Rascón Marqués, 1995, 150 fig. 57) la cupa misma apareció fuera de contexto arqueológico, en superficie y mezclada con materiales de construcción moderna; concretamente había sido reutilizada como basa de uno de los varios pilares que sustentaban el techo de unas cuadras construidas en el solar.
Aun así, es sumamente probable que proceda en último lugar de dicha necrópolis2.
La pieza fue trasladada al depósito del T. E. A. R. de Alcalá de Henares, donde se conserva en la actualidad y donde la pudimos estudiar en mayo del 2001 y otra vez en octubre de este año, cuando realizamos la fotografía que presentamos aquí (fig. 1).
La cupa, labrada en piedra caliza dura gris de origen local, presenta la habitual forma paralelepipédica con la parte superior redondeada.
Toda la superficie está someramente alisada.
La cara frontal, la que lleva la inscripción, está rematada en ambos lados por sendas acróteras, rasgo que se repite en otras cupas complutenses3; la acrótera derecha se conserva sólo en parte, debido a la fractura que ha afectado a la parte derecha frontal de la cupa y que también ha dañado los finales de las l.
En el centro de los laterales presenta la cupa sendos hoyos que habrían servido para encajar en ellos las pinzas de la grúa que sería necesaria para mover una pieza de semejante tamaño y peso.
En época posterior se practicaron dos agujeros de sección elíptica en la parte alta de la cara frontal, cuya finalidad desconocemos; uno de ellos ha destruido la mitad superior de la letra D de l.
Esos agujeros están parcialmente rellenos de mortero, y más adherencias de mortero se encuentran en varias partes de la cupa.
La incisión de las letras de la inscripción es poco regular y, en general, bastante tosca, variando su altura desde los 5,5 cm de las l.
1, 4 y 5 (en esta última línea, sin embargo, no es posible averiguar la altura original exacta, puesto que su extremo inferior ha sufrido un fuerte desgaste), hasta los 7/10 cm de las l.
Parece existir una sola interpunción, triangular, entre las dos letras de la l.
1, aunque también podría tratarse de una cavidad natural de la piedra.
Hay un nexo de A y N al principio de la l.
El texto reza: En la l.
2, es evidente que, al grabar el gentilicio, han omitido la letra E entre R y N; es posible que hubieran tenido la intención de escribirla con un nexo, bien de RE o bien de EN, pero el caso es que ese nexo tampoco se realizó.
El gentilicio Terentius, aunque bien representado en toda Hispania (Abascal Palazón, 1994: 227 ss.), es -por ahora-nuevo en la epigrafía complutense.
Al final del renglón, en la zona perdida por la fractura, quedaría espacio para restituir unas dos letras más, que entonces tendrían que corresponder o a una filiación o, si de una liberta se tratara, a la indicación del patrono; sin embargo, ninguna de esas alternativas es verosímil, no sólo por la cronología de la inscripción (cf. abajo), que ya no deja esperar semejantes indicaciones, sino también porque, si nuestra restitución es acertada, un espacio parecido -e incluso mayor, de unas 3-4 letras-habría existido después de la última letra conservada al final de la l.
3, para el cual sería difícil proponer una restitución satisfactoria.
Más bien parece que el cuerpo principal de la inscripción -a excepción de la l.
1, centrada-estaba alineado rigurosamente por la izquierda, dejándose sin inscribir los huecos resultantes al final de los renglones.
Esa reconstrucción encontraría un apoyo en los mayores espacios que se han dejado entre la I y la E al final de la l.
2 (una semejante tendencia a espaciar las letras se observa también hacia el final de la l.
3) y, sobre todo, entre las dos T de la última línea, con los que se habría pretendido compensar en parte ese desequilibrio de la ordinatio.
El cognomen Antila sólo aparece una vez más en todo el Imperio Romano, y precisamente en una inscripción de Complutum4; si no es un nombre indígena, para el que faltarían paralelos, parece tratarse más bien de una variante de Antulla5 que de una grafía vulgar del nombre griego Anthylla.
Tanto la paleografía como la onomástica y las fórmulas utilizadas (p. ej., falta de h. s. e.) apuntan hacia una datación en la primera mitad del siglo III.
Hace poco publicó Abascal Palazón, J. M. (1999, 297 s.) la inscripción de una cupa que se encontró en el año 1999 al hacerse obras dentro de la torre de la iglesia de Alovera (Guadalajara), población situada a unos 15 km en línea recta al noreste de Alcalá de Henares y cuyo término, a todas luces, formaba parte del territorio antiguo de la ciudad de Complutum (fig. 2).
Abascal da la siguiente transcripción del texto:
Habría nexos de AN en la l.
2 (para la cual Abascal además anota una "O parva", que no se refleja en su transcripción), de ANT en la l.
En el mes de julio de 2001, nosotros tuvimos ocasión de estudiar la cupa, ahora conservada en el Ayuntamiento de Alovera6, en óptimas condiciones, lo que nos permite ampliar ahora su descripción.
El material en el que se talló es una caliza dura local, medio metamorfizada y por lo tanto pulimentable (así que, para los romanos, sería marmor).
Además de los desperfectos que presenta en los bordes laterales y en la esquina inferior izquierda, con la consiguiente pérdida parcial de algunas letras extremas de la inscripción, está rota abajo en la parte posterior, someramente desbastada, y tiene un hoyo cónico no muy profundo -antiguo, por lo que parece-en la parte central de su dorso.
Ese hoyo -más que un agujero para fijar mejor las pinzas de una grua con que mover la piedra, como los que conocemos en otras cupas de Complutum, donde, sin embargo, normalmente se encuentran en los laterales (cf. la nueva cupa descrita arriba)-puede haber servido para encajar en él una estructura metálica como, p. ej., un focus de bronce para los sacrificios en honor y conmemoracición del difunto, costumbre bien atestiguada por varias cupas de Augusta Emerita.
Abascal vio la pieza, al poco tiempo de desenterrarla, al aire libre, sin la luz rasante artificial de la que disponíamos nosotros, y esto explica seguramente que, por un lado, haya interpretado como trazos grabados algunos desconchones y otros desperfectos de la piedra causados por la erosión y que, por otro, haya pasado por alto algunas letras grabadas a menor tamaño.
El que el nombre del difunto se expresara, según su lectura, en genitivo, caso que dependería de un sustantivo sobrentendido como monumentum, sería extraordinario en Complutum, donde en toda la epigrafía funeraria no aparece un genitivo más que una vez, dependiendo de la fórmula Dis Manibus (CIL II 3034 = Knapp, 1992, 139).
Por el contrario, el nominativo es el caso normal para nombrar al difunto, excepción hecha, naturalmente, de los ejemplos donde el nombre está en dativo, bien como objeto indirecto de la acción -implícita o expresa-realizada por el responsable del entierro y de la erección del monumento, o bien -en las inscripciones tardías, como la de la nueva cupa de Alcalá de Henares que damos a conocer en la primera parte-sin la mención del dedicante.
Es al primero de esos esquemas al que corresponde también la inscripción de la cupa de Alovera, cuya cronología está comprendida entre finales del siglo I y mediados del II.
Su texto reza (fig. 2; foto: Stylow):
Tanto el gentilicio como el cognomen del difunto terminan con una O pequeña que sólo tiene 2,5 cm de alto, la mitad de altura de las demás letras.
En la segunda línea se encuentran los únicos signos de interpunción del texto, pequeños triángulos, de los que sólo el primero es seguro.
Cabe pensar que se pusiesen porque la línea contiene más de una palabra y quisieran evitar confusiones; en la l.
5, sin embargo, no hay interpunción.
Los supuestos nexos de letras al principio de las líneas 3-5 no existen.
3) es prácticamente idéntica a la de la segunda y no presenta la ligera inclinación hacia la derecha que se percibe en el nexo AN de la l.
2; los travesaños de A y T que Abascal quería ver en esa N no son más que desconchones de la piedra, no trazos de letras incisos a bisel.
Lo mismo vale para el supuesto nexo MA en la l.
La A final se ha perdido casi enteramente y no queda más que un mínimo resto del arranque del primer trazo.
Al principio de la l.
5, finalmente, lo que se conserva son los tres últimos trazos de una M situada exactamente debajo de la M de la l.
4, y luego, claramente separada por un espacio, una A; aquí, por lo tanto, tampoco hubo ningún nexo.
Por otro lado, conviene destacar el único nexo verdadero de la inscripción, de las letras RI en la l.
5, muy elegante (las letras en general están muy bien grabadas, siendo deficiente por otro lado su distribución armoniosa en las líneas), con el bucle de la R que no toca la I longa.
La última letra de esa línea no es una P, como dice Abascal y como puede aparecer en la foto, sino una F, cuyos dos travesaños, igual que en la F de l.
2, muestran unos refuerzos finales muy marcados que casi se juntan y pueden producir esa impresión equivocada.
Un p(osuit) a secas sería, además, totalmente singular en la epigrafía funeraria complutense7, donde la fórmula estándar con la que se designa la actividad de los dedicantes de los monumentos es f(aciendum) c(uravit)8; por lo cual no dudamos en restituir esa fórmula también aquí.
La C final se habrá perdido en la rotura del extremo derecho de la cupa.
Con la nueva lectura, la onomástica de los personajes nombrados encaja perfectamente en el ambiente complutense.
Mientras que hasta ahora no se conocen allí unos Antonii, los Nonii estaban ya atestiguados por dos inscripciones, siendo una de ellas, curiosamente, la única en que aparezca un magistrado complutense 9.
Si bien la Pompeia Mellusa de la cupa de Alovera, por su cognomen griego, más bien parece ser una liberta, conocemos a algunos Pompeii complutenses que claramente pertenecían a la élite local.
Incluso es así que el único pedestal de estatua de la ciudad que se ha conservado 10 es de una Pompeia Antila, dedicado tras su muerte por su hijo 11.
En cuanto a la forma del monumento, no es tan infrecuente en esta zona de la Meseta como afirma el editor: con la nueva pieza de Alcalá de Henares ya son nueve las cupas que se conocen de Complutum y su territorio 12.
Su forma sencilla algunas veces es enriquecida por unas acróteras laterales en la cara frontal 13.
Los ejemplos complutenses se integran pues en el centro de esa amplia banda formada por la zona de distribución de las cupas, que atraviesa la Península en diagonal desde el Alentejo portugués y la Andalucía occidental y, pasando por Extremadura, Ávila y los valles de los ríos Henares y Jalón, llega hasta Cataluña, con algunos ejemplares aislados fuera de esa banda, como los de Astorga, Lugo y Cartagena 14.
Un Nonius es posiblemente también el N(---) C(---), dueño del esclavo Lucifer, que aparece en una inscripción inédita de Alcalá de Henares (cf. la fotografía y la traducción castellana del texto que di a conocer en el Diario de Alcalá del 5 de febrero de 2004).
10 Otro fue probablemente el del mencionado magistrado complutense, que se ha perdido.
Para su interpretación correcta véase Gómez-Pantoja, 2001.
Pueden haber existido más ejemplares, que no se hayan identificado como tales, puesto que se han perdido y su forma no queda reflejada en las descripciones antiguas.
13 Como, p. ej., en la nueva cupa de Alcalá de Henares, cf. arriba.
Ruiz Trapero (2001, 31) atribuye la distribución de las cupas a las comunicaciones a través de la red viaria romana y piensa incluso en el trabajo de lapidarii procedentes de otros entornos geográficos, lo que parece poco probable en vista de que cada zona desarrollaba subtipos propios muy característicos.
Un estudio de la totalidad del material peninsular está en preparación por parte de Charlotte Tupman de la Universidad de Southampton, bajo la dirección de Simon Keay. |
El artículo presenta los avances alcanzados en el estudio del opus testaceum en Mérida a raíz de los nuevos datos obtenidos en las excavaciones arqueológicas desarrolladas en los últimos años.
El análisis general de las técnicas constructivas de la arquitectura pública de la ciudad permite presentar un trabajo específico sobre el empleo de esta técnica, una propuesta de clasificación abierta y una revisión de las cronologías tradicionales.
Augusta Emerita es una ciudad de piedras: granito, cuarcita, diorita y mármoles.
La fisonomía arquitectónica de la ciudad se configuró con el empleo de materiales locales muy resistentes desde el punto de vista constructivo, difíciles de tallar, elaborar y acabar.
Estas dificultades intrínsecas a la transformación de las materias primas lapídeas no favorecieron la inserción masiva del opus testaceum como técnica edilicia de más fácil producción y ejecución.
Los conocimientos productivos desarrollados sobre las técnicas de transformación de la piedra determinaron la mayoría de las soluciones arquitectónicas y estáticas de los edificios públicos, respetando, qui-zás, una tradición constructiva perfectamente operativa desde el punto de vista práctico.
1 Sin embargo, el uso del ladrillo presenta un papel importante en la arquitectura de la ciudad.
Su uso selectivo, determinado en la mayoría de los casos por las exigencias mismas del desarrollo de las obras edilicias, se asocia probablemente con una mano de obra específica empleada, en particular, en la realización de elementos estructurales complejos como, por ejemplo, los arcos y las bóvedas.
El análisis de esta técnica en el panorama arquitectónico de la ciudad plantea la presencia de dos distintas categorías de uso.
Un uso cantieristico, vinculado al ámbito de la gestión y desarrollo de la obra; y un uso estructural, en relación con contextos concretos de un edificio, determinantes para la estática de una construcción o parte de ella.
En el estudio global que se ha realizado sobre la arquitectura pública de la ciudad, cada una de las técnicas constructivas se ha observado no solamente desde la óptica de la tipología.
La presencia del material latericio en contextos tan específicos contribuye a la comprensión de la historia de la construcción de la ciudad.
En ciertos casos las cuestiones relacionadas con el empleo de este material nos han llevado a consideraciones de carácter diacrónico sobre la trasformación de estructuras particulares vinculadas con determinadas áreas urbanas.
A la luz de las recientes investigaciones sobre las técnicas edilicias de la arquitectura de Augusta Emerita ha sido posible documentar un numero mayor de edificios que emplean, de manera distinta, material cerámico en sus elementos estructurales, configurando además, un panorama más amplio de la presencia del mismo y una revisión de la cronología tradicional.
La idea generalmente aceptada en la literatura arqueológica emeritense plantea la introducción del ladrillo a partir de mediado del I d.
C., de manera limitada y con la finalidad de servir a operaciones específicas como la nivelación o regulación de estructuras construidas con materiales pétreos.2 En la óptica de este trabajo, es necesario revisar esta hipótesis debido a los avances que se han producido en los últimos años en el conocimiento de nuevos datos que nos informan sobre la dinámica de uso del mismo material en época más temprana, incluso fundacional.
El planteamiento general que tiende a bajar la cronología de la inserción del ladrillo en la arquitectura romana es antiguo y tiene un origen no exclusivamente radicado en la tradición arqueológica española, sino también italiana.
En Italia ha sido opinión generalizada que el empleo del opus testaceum se instalará a partir de época augustea, así como en España en época flavia.
En un artículo publicado en el año 2000, F. Coarelli3 ha demostrado con una serie de datos arqueológicos y una revisión del concepto del termino later, la relación entre material latericio y arquitectura romana ya a partir de la mitad del II a.
C. Con la misma perspectiva, quizás, y mirando la asociación del material latericio con la estratigrafía de los contextos arqueológicos, caso por caso, es necesaria una revisión de la cronología del opus testaceum en Hispania.
En el caso de Augusta Emerita el análisis sistemático de la arquitectura y, sobre todo, los avances de la arqueología, han permitido plantear nuevas hipótesis sobre la presencia del ladrillo en épocas más tempranas.
Esta propuesta de sistematización y clasificación de la técnica en cuestión se limita a la organización de los conocimientos sobre el empleo del material latericio, evitando voluntariamente -en esta faseel análisis de los aspectos vinculados con los contextos de producción y los elementos constructivos funcionales a las cubiertas de los edificios (tegulae, imbrices, etc.)
Estas temáticas y las referencias ar-queométricas a la tecnología productiva y procedencia del ladrillo emeritense se expondrán en un trabajo en preparación, relativo a la comprensión de la totalidad del ciclo de producción de la técnica.
CONTEXTOS CON PRESENCIA DE LADRILLO Y CUESTIONES ARQUEOLÓGICAS ASOCIADAS
La muralla ha sido tradicionalmente una de las infraestructuras urbanas cuya construcción se ha relacionado con el proyecto inicial de la colonia.
La técnica constructiva de la misma se basa en el empleo de un opus incertum muy sólido, diferente en la zona norte y sur de la ciudad debido a la presencia de al menos dos fases edilicias, en relación con la problemática urbanística relativa al proyecto del teatro y el anfiteatro.
4 A pesar de las indicaciones de J. R. Mélida del año 1925, que intuían en los diferentes tramos del recinto la existencia de fábricas distintas y planteaban para una de las puertas principales la presencia de estructuras en ladrillo,5 no se ha investigado suficientemente sobre el papel del opus testaceum en las fortificaciones de la ciudad.
A raíz de las actividades arqueológicas recientes llevadas a cabo en el conjunto monumental de la Alcazaba, se ha intervenido en un tramo de la muralla, descubriendo una de las puertas secundarias de la misma en el lado correspondiente a la orilla del río Guadiana, en relación con el sistema de accesos planteado en la última década6 y con la cronología augustea 7.
El hallazgo constituye un documento único no solamente para la definición del aspecto originario de los accesos de distinta tipología que permitían el transito a la ciudad, sino también por las características arquitectónicas de esta estructura que desplazan la idea de la ausencia del ladrillo en época fundacional hacia nuevas consideraciones.
La estructura de la puerta, con una anchura de aproximadamente 3 m, presenta una serie de intervenciones de distintas épocas que han alterado la forma de la misma y, de modo particular, han provocado la destrucción de gran parte del arco de opus testaceum (grosor: 60-70 cm) que remataba la construcción.
Los restos visibles se refieren a una de las jambas de acceso realizada con mampostería a la que se superponen los arranques de un arco de ladrillos.
La disposición de los elementos del arco se realiza según un esquema que intenta alternar elementos a tizón y a soga.
El resultado es una superficie externa no muy regular (Fig. 1).
A causa del estado de conservación resulta difícil reconstruir la forma original del vano interior de la puerta.
Existe, en este sentido, la posibilidad de que los arcos de ladrillo se colocaran únicamente en los accesos interior y exterior de la muralla, realizándose la cubierta del vano interior con el mismo hormigón utilizado para el núcleo del muro.
Se trata evidentemente de un uso limitado de la técnica que, sin embargo, nos informa de la presencia de un conocimiento tecnológico suficiente para realizarla en época temprana, y en sus aplicaciones específicas.
Desafortunadamente no se conoce el resto de puertas y puntos de accesos a la trama urbana para confirmar si existía un proceso de producción estandarizado de arcos de opus testaceum enmarcando la parte superior de la totalidad de los accesos secundarios.
En época sin precisar, aunque con anterioridad a la restauración de la muralla del siglo V se documenta un ejemplo de uso esporádico del ladrillo en el recinto de Morerías, al suroeste de la torre rectangular situada en las proximidades de la actual glorieta de la calle Almendralejo (Fig. 2).
Se trata de una pequeña reparación en la parte inferior del muro, en contacto directo con el nivel geológico sobre el que se apoyó la construcción original, efectuada con un único paramento, sin núcleo, según una disposición muy irregular de elementos constructivos reutilizados a soga que forman hiladas horizontales, unidas con un mortero muy consistente.
La superficie vista del paramento presenta un acabado singular respecto a otros aparejos de la misma técnica, utilizándose el mismo mortero para cubrir gran parte del material.
Este detalle imposibilita, además, la documentación de sus dimensiones.
El empleo del opus testaceum escasea en los procesos de edificación de los foros de la ciudad.
Sin embargo, el uso que se documenta en estas circunstancias presenta varios aspectos originales.
En las operaciones constructivas del foro provincial (espacio público formado por una entrada monumental, el arco de Trajano, un templo de cella transversal y un pórtico de grandes dimensiones) 8 el ladrillo se asocia a un planteamiento cantieristico, vinculado claramente con la organización y gestión de la obra.
En este caso específico el uso del material se relaciona con la fase de obra posterior a la nivelación del área edificable y con el levantamiento de la zona de la plaza central y los muros de los pórticos.
La técnica utilizada para el levantamiento de las cimentaciones se ha documentado en la totalidad del área excavada.
Se trata de un proceso constructivo que permite la edificación de las estructuras según niveles diferentes de obra, marcadas por la presencia de superficies niveladas con ladrillos (Fig. 3).
La ausencia de zanjas de cimentación obliga a utilizar un sistema diferente de levantamiento de las estructuras.
Se procede a la realización de una parte de muro hasta una altura determinada y se rellenan sucesivamente los espacios con niveles de tierra arcillosa compactada a modo de un nivel de suelo y después se realiza la sucesiva porción de muro.
Es posible reconocer en las superficies de cal y ladrillos 9 documentadas a intervalos irregulares, los niveles principales de actuación de los albañiles.
Estas capas de cal de grosor diferenciado pertenecen a los restos del material usado para la construcción y, al mismo tiempo, tienen la función de sellar y compactar la capa inferior entre las estructuras.
Los estratos de arcilla debidamente pisados y sellados con ladrillos y mortero actúan manteniendo la construcción dentro de un encaje realizado artificialmente.
10 Se trata de un sistema suficientemente difundido en Mérida, a pesar de que en este caso es necesario señalizar la originalidad del empleo del latericio en el remate superficial de los rellenos En el cierre norte del mismo pórtico, se ha documentado la presencia de una hilada única de ladrillo (Fig. 4).
La diferencia topográfica existente entre la zona este, oeste y norte de la estructura impuso, muy probablemente, la colocación de los ladrillos como elementos de nivelación y control de las cotas para la también la introducción de una estructura peculiar en la arquitectura de esta época como es la bóveda de crucería.
En el mismo recinto los estanque laterales del templo de Diana presentan dos técnicas constructivas distintas y ambas emplean ladrillos en su realización (Fig. 5).
A partir del examen de las relaciones estratigráficas entre los muros de contenciones de los estanques se ha podido constatar una primera fase edilicia relativa a un aparejo mixto y una segunda caracterizada por la realización de muros de contención en opus testaceum.12 Se trata de uno de los raros casos en los que es posible documentar con claridad una cronología relativa entre dos técnicas edilicias y asociar las mismas a intervenciones de replanteamiento arquitectónico bien precisas.
En el primer caso (estanque este) se trata de un muro rea- lizado alternando tongadas de ladrillo con tongadas regulares de mampostería, mientras que a una segunda fase se adscriben los muros realizados integralmente con opus testaceum, documentados en los lados norte, sur y este.
Los paramentos presentan una puesta en obra regular, realizada por hiladas horizontales que crean un aparejo isódomo de elementos dispuestos a soga (Fig. 6).
Esta misma tipología formal se registra en el estanque oeste.
La peculiaridad de la construcción se basa en el hecho que los muros no presentan un núcleo interno y se componen con un paramento único que reviste una sección vertical practicada en el nivel geológico.
Las juntas entre los elementos se alinean vertical y horizontalmente, dato que denota buena tecnología constructiva asociada a la buena calidad del mortero.
Con un revestimiento de ladrillo se realizaron, además, las escaleras (Fig. 7) de los dos estanques.
Se trata de estructuras formadas por seis escalones realizadas con ladrillos colocados de forma irregular y según hiladas horizontales.
Es posible apreciar ligeras diferencias entre las escaleras situadas en la zona norte y sureste del estanque oeste que pueden ayudar a confirmar la pertenencia de las primeras a un cambio de proyecto, en relación con los cambios registrados y comentados en el caso de la técnica edilicia.
Se trata de una hipótesis basada en dos detalles que podemos deducir por el análisis del material de construcción.
13 En la plataforma occidental del área central de los conjuntos forenses se documenta otro recinto, bien restituido e reinterpretado por los editores de la última monografía sobre el urbanismo del foro de la colonia.
14 El complejo reconstruido a partir de los restos arqueológicos situados en el interior del Centro Cultural Alcazaba, en la calle J. Lennon, se ha vinculado al proyecto inicial del complejo colonial, en asociación con las actividades edilicias de época augustea.
Se trata de un recinto porticado con un estanque en la zona oriental y una posible estructura sacra en el límite occidental.
En la zona sur del recinto, como elemento de delimitación del mismo, se conserva un tramo de muro de altura considerable y técnica constructiva de aparejo mixto en la que se alternan tongadas de mampostería con tongadas de ladrillo, estas últimas formadas por tres hiladas en la parte inferior y dos hiladas en las sucesivas (Fig. 8).
Al igual que en el muro perimetral norte del foro provincial el uso de este material se puede explicar como un elemento de control de cotas en la construcción del muro, existiendo en efecto una pendiente topográfica considerable (superior a 1,20 m) entre la parte occidental y oriental, visible en la calzada en relación con el cierre del recinto.
En este sentido el uso del ladrillo adquiere una vez más un papel decisivo en la organización de las obras, sirviendo como elemento para la creación de niveles en las fases de obras superpuestas, facilitando entre otras cosas la división de las etapas del trabajo.
El área forense central de la ciudad se extiende hacía la zona oriental en un conjunto monumental formado por un tripórtico, en el lado norte, este y sur, un templo central y un posible complejo termal en la zona sur.
15 Las calificaciones de pórtico del foro,16 foro de mármol,17 forum adiectum,18 pórtico19 y, últimamente, augusteum 20 representan la dificultad de adscribir los restos del complejo arquitectónico a una función determinada y a establecer una relación definitiva con el conjunto monumental del foro de la colonia.
Nuestro interés se centra en este conjunto por el uso abundante de material latericio presente en la construcción de sus estructuras principales.
En este contexto su empleo se plantea como parte integrante de las estructuras, lejos de un uso limitado a la nivelación de las distintas fases edilicias.
Los restos analizados se documentan en la zona del pórtico de la calle Sagasta; y en las Travesías Parejo y Hernán Cortés.
La composición del aparejo mixto consiste en la alternancia de cinco hiladas de ladrillos formando una base (unión de 5 hiladas = 32-36 cm) y una tongada de dos hiladas (11 cm y 13 cm) aproximadamente a la mitad del alzado conservado, en alternancia con las partes en mampostería (53 cm, 60 cm, 70 cm, 86-90 cm).
Respecto a la técnica principal existen variaciones formales en los muros adyacentes.
Las diferencias se refieren esencialmente a la ruptura del esquema compositivo y las distancias entre las hiladas de ladrillos y las tongadas de mampostería de granito.
En síntesis, se evidencian cambios formales relativos a la presencia del número de hiladas de latericio o la disposición de los elementos constructivos (sólo a tizón en los muros del lado norte).
Estas ligeras diferencias en la colocación de los latericios nos ofrecen elementos para la comprensión de las operaciones constructivas y la organización del trabajo, pudiendo suponer la existencia de tres distintos grupos de albañiles operantes en el ambiente noreste del conjunto.
21 En la zona central de la habitación de la esquina noreste del pórtico se documenta una estructura aproximadamente cuadrada (2,08 m x 2 m x 1,45), cuyos paramentos (Fig. 10), sucesivamente revestidos con mármol, se realizaron integralmente con ladrillo, al igual que los restos visibles en la adyacente habitación, al oeste.
Los basamentos en cuestión se construyeron con los mismos materiales puestos en obra de forma irregular, alternando un esquema mixto de soga y tizón y respetando la horizontalidad de las hiladas.
Desde el punto de vista estratigráfico estos basamentos son posteriores al muro de cierre al norte de las habitaciones.
Una peculiaridad que es necesario resaltar es la diferencia en las dimensiones de los ladrillos respecto al resto de estructuras documentadas en el pórtico del foro.
En el ámbito del mismo conjunto las excavaciones arqueológicas recientes han descubierto una serie de estructuras muy complejas que emplean ladrillo.
Los restos en cuestión se encuentran en las Travesías Parejo y Hernán Cortés.
Se trata de la parte meridional del recinto conocido como pórtico del foro, que situada en una situación topográfica diferente recibió una sistematización arquitectónica distinta, sobre todo en el sistema de subestructuras que salvan los desniveles con la parte norte.
22 Las bóvedas que cubren los espacios de tránsito bajo el pórtico en el área meridional, constituyen un elemento de originalidad en el panorama construc-tivo emeritense (Fig. 11).
Se registra un uso sistemático del ladrillo para la realización de cubiertas rebajadas, con una luz de aprox.
De las estructuras originales se conservan exclusivamente los arranques con numerosas improntas de latericios de dimensiones estandarizadas en la totalidad de la construcción.
La técnica constructiva para la edificación de las bóvedas preveía la colocación de tres hiladas de ladrillos colocados a tizón de forma muy regular, unidos con abundante mortero a base de arena y cal muy consistente.
Las tres hiladas de ladrillos servían como arranques para la superposición de otro material latericio de la misma tipología dispuesto a media asta, con una inclinación que a partir de las primeras hiladas adquiere la conformación de la luz de la bóveda y establece su configuración geométrica (Fig. 12).
Concluida la fase de colocación de los latericios, unidos igualmente con el mismo tipo de mortero sobre una serie de cimbras móviles, se echaba en el trasdós de la bóveda un vertido de hormigón de aproximadamente 40-50 cm que, además de sellar la totalidad de las estructuras, servía de preparación para la colocación de una superficie superior pavimentada.
En una zona adyacente a la anterior se ha documentado la construcción de un sistema de habitaciones cerradas en dirección al pórtico, que presentan las mismas características constructivas a pesar de pertenecer a una fase edilicia posterior, vinculada con una gran reforma de un posible conjunto termal al sur del complejo.
23 Sin embargo, la tipología de la construcción adquiere en este caso una peculiaridad típica de esta segunda etapa del proyecto.
La edificación de las bóvedas no presenta arranques diferenciados respecto a los muros inferiores de carga y las subestructuras que las sustentan se caracterizan por un doble arranque con un relleno interior de mortero realizado al mismo tiempo.
Los dos grandes puentes de Mérida, el más largo situado sobre el río Guadiana y el segundo sobre el Albarregas no emplean ladrillo en sus construcciones.
Se trata de estructuras bien conservadas, realizadas con sillería de granito y hormigón en su totalidad.
Sin embargo, en un tercer puente, denominado puente de la Alcantarilla se emplea material latericio para soluciones arquitectónicas específicas (Fig. 13).
Esta estructura de un solo arco se encuentra al norte del puente sobre el río Guadiana y permite el pasaje sobre un pequeño arroyo que confluye en el mismo río y en la misma dirección.
En la actualidad se encuentra en una posición aislada y casi desconocido, aunque en época romana tuvo cierta importancia, encontrándose en la ruta más frecuentada de las que conducían a la antigua Lisboa (Alio itinere ab Olisippone Emeritam).
La originalidad de la construcción consiste en la presencia de arcos externos de granito que revisten una bóveda de opus testaceum.
El mismo material se utiliza en los paramentos de los tímpanos en asociación con mampostería de cuarcitas.
En la zona inferior de la bóveda se evidencian las improntas dejadas por la parte inferior de la cimbra25 y los restos de mortero sin remover una vez terminada la estructura.
En la construcción de dos de las tres grandes conducciones que permitían el aprovisionamiento hidráulico de la ciudad se asiste a un cambio sustancial en el empleo del opus testaceum.
El latericio se convierte en un elemento necesario desde el punto de vista estático en la totalidad del proceso de edificación de los tramos de arcuationes del acueducto de los Milagros y de San Lázaro.
En el acueducto de los Milagros, especialmente en el tramo de arcuationes visibles en el valle del río Albarregas, es posible reconstruir integramente las dinámicas constructivas implicadas en el levantamiento de las estructuras y comprender la utilidad del material en la óptica de la obra.
La conducción aparece al comienzo del valle del río Albarregas donde se instaló una piscina limaria con una fuente, a partir de la cual la conducción se eleva sobre arcos sustentados por pilares con contrafuertes.
El arranque de la bóveda de la fuente está marcado por una hilada horizontal regular de ladrillos que evidencia el punto de terminación del paramento inferior y el comienzo de la cubierta de la misma.
En general, el tramo que cruza el valle se realiza sobre tres ordenes distintos de pilares, arcos y contrafuertes que sustentan una canalización cubierta (Fig. 15).
Los pilares con los contrafuertes presentan una planta cruciforme con una base más ancha en la zona inferior y restringida en el último orden, a modo de talud.
Los arcos se realizaron con latericios en su totalidad, excepto el arco de granito que se encuentra en el paso del río.
Los pilares se construyeron con una fábrica mixta que alterna sillería con tongadas de ladrillos en modulo de cinco hiladas, desde la base hasta el orden superior.
Los contrafuertes adosados a los pilares, en cambio, presentan hiladas de granito hasta el segundo orden, a partir del cual es evidente un cambio sustancial en el tipo de material empleado, tallado y elaborado con formas y dimensiones distintas respecto a los ordenes inferiores.
Este empleo abundante de material latericio nos permite un análisis en detalle de las estructuras que componen el acueducto.
En líneas generales se observan pilares con planta aproximadamente cuadrada y un tipo de fábrica realizado con un aparejo mixto de sillería y ladrillos (Fig. 16), dispuesto según tongadas regulares, a partir de un esquema de composición de los paramentos que alterna cinco hiladas de sillería (tres en algunos casos) con una tongada de ladrillos formada igualmente por cinco hiladas, composición que repropone el esquema utilizado en la parte superior de los contrafuertes.
Esta se documenta a partir del arranque del segundo orden de arcos y se diferencia, desde el punto de vista formal, respecto a la zona inferior realizada completamente con sillería de granito.26 Fig. 16.
Detalle de la fábrica de uno de los pilares de los ordenes inferiores del acueducto de los Milagros en el valle del Albarregas.
El aparejo de las tongadas de ladrillo es idéntico al que se emplea en la construcción de los pilares, con esquema isódomo y la misma alternancia de elementos a soga y tizón.
Las juntas presentan, igualmente, las mismas características.
Los latericios que forman parte del paramento de los pilares entre los lienzos de sillería, se disponen sistemáticamente sobre una superposición de cinco distintas tongadas, con un aparejo isódomo muy regular, según hiladas horizontales.
La composición formal de las zonas construidas con material latericio se basa sobre un esquema que se repite continuamente a lo largo de la realización de la obra.
Las esquinas presentan tres elementos dispuestos a soga y dos a tizón, permitiendo de esta forma el mismo enlace con las caras este y oeste del pilar, unidas a los contrafuertes.
El resto de los ladrillos se disponen a tizón.
El núcleo interno de los pilares se edificó mediante el uso de hormigón a base de arena, cal y diferentes otras inclusiones, vertido en el interior de los silla-res y ladrillos que sirvieron de encofrado para las distintas inserciones de mortero a lo largo de las distintas fases de la obra.
Los arcos de los tres ordenes de estructuras que conforman el acueducto se construyeron integramente con material latericio (Fig. 17).
La totalidad de los restos de estos elementos de la arquitectura de la conducción se encuentran en mal estado de conservación y, en varios casos, restaurados a raíz de una serie de intervenciones de época contemporánea.
De la mayoría de los arcos se conservan los arranques, bien ligados a los pilares, que nos permiten documentar el tipo de técnica edilicia empleada en la construcción.
Los arcos apoyan en salmeres de granito que sirven como base para una superficie plana funcional a la imposta del arco y establecen la inclinación del resto de elementos constructivos.
Esta misma parte se une directamente a las cincos tongadas de ladrillos de la parte superior del pilar, resultando una fábrica homogénea.
La colocación sobre la cimbra se realiza de forma que en la cara externa de los arcos se repita un mismo esquema formal basado en la alternancia de ladrillos a soga y a tizón en la misma hilada según el siguiente ritmo: 1S 1T -1T 1S.
La parte interna de los arcos presenta igualmente un esquema regular en el que se superponen generalmente tres diferentes estratos de ladrillo con un número irregular de hiladas, dispuestas en la mayoría de los casos a soga.
Esta zona del arco se pone en obra sin el auxilio de cimbra.
El remate de las fachadas principales se realiza con sillares de granito apoyados encima de las estructuras de ladrillos precedentemente construidas.
A partir de esta fase se edifica el arco, con un esquema más irregular que utiliza una alternancia asimétrica de material a soga y tizón.
La obra de los arcos se une al resto de estructuras mediante elementos que permiten trabar las dos partes con el hormigón y el núcleo de los pilares.
El uso del latericio se extiende al denominado castellum aquae situado en la actual calle Calvario, estructura en relación con el acueducto de los Milagros.
No se trata de un uso abundante, prevaleciendo la fábrica de mampostería y la sillería y limitándose a la colocación de una doble hilada de separación o nivelación (Fig. 18).
La presencia de ladrillo en la construcción del acueducto de San Lázaro se asocia a un contexto parecido al que se ha observado para el acueducto de los Milagros.
En el interior de la ciudad es posible reconocer los restos de la conducción en las cercanías del circo y en el actual recinto de la Casa del Anfiteatro, lugar en el que se plantean varias problemáticas de carácter arqueológico.
El tramo mejor conservado y, al mismo tiempo, el más representativo desde la óptica de nuestro análisis del opus testaceum, se documenta en la zona próxima al circo.
Los restos constan de dos arcos de granito, tres pilares, y un segundo orden de estructuras con los arranques de arcos en latericio.
Se ha documentado, además, la presencia del mismo material en las canalizaciones subterráneas existentes en la zona externa a la ciudad.
En el tramo de conducción en el área de Las Tomas se emplea en la cubierta de uno de los primeros pozos de registro del ramal (Fig. 19).
Se trata de una bóveda inclinada realizada con un aparejo mixto de mampostería y ladrillo puesto en obra por tongadas regulares.
En la zona externa las dos hiladas de mampostería adquieren dimensiones mayores, reduciéndose el numero de hiladas de ladrillo en la clave de la bóveda (9 hiladas), mientras que en la zona interna, hacia el pozo, se documenta la superposición de dos hiladas de menor grosor, con consecuente aumento del numero de hiladas de ladrillo en la clave, de 9 a 11.
La colocación de la fábrica de ladrillo muestra elementos constructivos dispuestos de forma irregular a soga y tizón.
Los arcos que constituyen la cubierta de la canalización del mismo pozo en la zona de entrada de agua y de salida presentan, en cambio, una fábrica en ladrillo sobre jambas de sillería, con una disposición según una alternancia de soga-tizón en la misma dovela del arco.
Las juntas entre los materiales latericios son alineadas y de grosor regular.
En el área arqueológica de la denominada Casa del Anfiteatro se ha documentado una estructura íntegramente construida en opus testaceum.
Se trata de un arco que atraviesa el foso de la muralla, sustentando la conducción (Fig. 20).
La fábrica del arco de ladrillo de medio punto se compone de un aparejo regular que emplea elementos constructivos colocados sistemáticamente a soga y tizón en la misma hilada, con juntas regulares.
La fábrica utilizada en la puesta en obra del arco presenta las mismas características que se han documentado en el denominado arco de La Alcantarilla, en particular en la alternancia regular de soga y tizón.
La bóveda interna del arco analizado emplea un aparejo regular de ladrillo dispuesto por hiladas horizontales, en relación con el arco externo.
El esquema de composición del paramento de la bóveda es el siguiente: 1S 2T 1S -5T (Fig. 21).
El estado de conservación ha permitido observar el acabado final del mortero entre las juntas del material de construcción, documentándose la presencia de estratos de argamasa que no se limita a la anchura de la junta horizontal o vertical, sino que se aplica en parte de las superficies de los ladrillos (Fig. 22).
En relación con la canalización sustentada por el arco anterior se encuentra otra estructura del acueducto de San Lázaro situada en la misma Casa del Anfiteatro.
El uso del latericio en la piscina limaria de planta rectangular se asocia con un aparejo de mampostería y sillería en los muros perimetrales y en los arcos internos de entrada y salida del canal.
Los muros de delimitación se componen de paramentos con una primera hilada de sillería de granito irregular, a la que se superpone la fábrica regular en mampostería, dividida por una tongada de ladrillos compuesta por tres hiladas horizontales alineadas (16-18 cm) colocadas regularmente alternando elementos a soga y tizón.
El esquema compositivo empleado es idéntico al que se ha registrado en el interior de la bóveda del arco de ladrillo en la canalización principal en la Casa del Anfiteatro.
A la piscina limaria el agua accede mediante una canalización que presenta arcos que cubren el canal de entrada y salida.
Las características constructivas no se diferencian sustancialmente respecto al arco del pozo de Las Tomas, con la única diferencia que en este caso al arco se asocian unas jambas de sillares de granito y ladrillo (Fig. 23).
Los arcos, a diferencia de la canalización documentada en el tramo de Las Tomas presentan una forma de medio punto.
En el tramo del área arqueológica próxima al circo romano los arcos de los dos ordenes de estructuras que forman el acueducto se construyeron en su totalidad con material latericio (Fig. 24), al igual que en el acueducto de los Milagros.
De los arcos se conservan los arranques, bien ligados a los pilares y los salmeres de granito que, en este caso, no sobresalen respecto a las líneas de los paramentos.
El esquema formal para la disposición del material es: 1S 1T -1T 1S.
La técnica constructiva es idéntica a la analizada en los arcos del acueducto de Los Milagros.
Los pilares y los contrafuertes del orden superior del acueducto de San Lázaro se realizaron con una fábrica muy distinta respecto al orden inferior, alternando un aparejo mixto de sillería y ladrillos.
27 La conducción que se conoce con el nombre de acueducto de Cornalvo presenta el trazado más amplio de las tres conocidas en Mérida; corre en su mayoría enterrada, siguiendo constantemente las curvas de niveles del terreno geológico natural.
En su construcción no se emplea ladrillo, excepto en un ramal secundario perpendicular a la canalización existente en el interior del colegio Giner de los Ríos.
El uso del latericio en este caso resulta muy escaso y limitado, correspondiendo exclusivamente con un dintel superpuesto a otro de diorita que rematan la parte superior de salida del canal.
El estado de conservación y la poca accesibilidad de la estructura no permiten establecer si se trató de una solución original para la parte superior de la puerta, reemplazada en un segundo momento por el dintel de diorita.
En el interior del mismo colegio, sin relaciones estructurales con el acueducto, se encuentra una estructura cuadrangular anterior desde el punto de vista estratigráfico a la muralla que se le adosa y, consecuentemente, al tramo de acueducto.
A pesar de su antigüedad los muros que la componen se caracterizan por un aparejo mixto de mampostería y ladrillo de buena calidad.
La tongada central de ladrillos (20-23 cm) está formada por tres distintas hiladas horizontales regulares colocadas a tizón (Fig. 25) y se caracteriza por la presencia de elementos constructivos fabricados con un moldeado irregular.
La modulación de los latericios presenta características diferentes respecto al material de este tipo documentado en el resto de construcciones de la ciudad, en particular en el ámbito de las dimensiones (grosor).
Vista la antigüedad de la posición estratigráfica de esta construcción (anterior al acueducto augusteo), se trata de una prueba más del empleo del material latericio en época temprana.
La funcionalidad de esta construcción permanece sin precisar.
Sin embargo, existe un sistema complejo de relaciones estratigráficas claras que permite establecer su anterioridad respecto al resto de estructuras relacionadas.
En la óptica de nuestro trabajo sobre el opus testaceum este elemento cronológico resulta de gran interés debido a la posibilidad que ofrece para confirmar la hipótesis de la presencia del latericio en la arquitectura de la ciudad a partir de época fundacional.
En este caso, la peculiaridad del moldeado y el grosor de los elementos constructivos empleados permiten pensar en un ligero cambio en la tecnología productiva de los latericios, fabricados en un primer momento con grosores ligeramente superiores.
En los edificios de espectáculo emeritenses, en particular en el teatro y en el anfiteatro, se asiste a cierta sistematización en el empleo del opus testaceum.
En el teatro el uso del material latericio se documenta en las bóvedas de los accesos a la media y summa cavea, el proscaenium, la versura oriental y el pórtico norte.
Se ha planteado además la presencia de esta técnica en la scaena frons del edificio, sobre la base de las descripciones de Mélida, Lantier y Vallois que habrían identificado estructuras de latericios estucadas en el lienzo del fondo del edificio escénico.
28 A raíz de las excavaciones arqueológicas que se están realizando en el ámbito del proyecto de investigación sobre el teatro y el anfiteatro, es posible asociar estas construcciones en ladrillo a una estructura hidráulica realizada con muretes de contención realizados con este material.
29 En cambio, los restos de ladrillo existentes en el paramento del podium de la scaena pertenecen, en nuestra opinión, a las restauraciones del fren- te escénico, efectuadas en distintas etapas.
Se trata, en este sentido, de material reutilizado, con dimensiones diferentes y colocación peculiar en relación probablemente con el montaje de los andamios para el levantamiento de las columnas, en el siglo pasado.
Las rampas de subida a las media y summa cavea del teatro presentan cubiertas abovedadas reali-Fig.
Detalle de los arranques de las bóvedas que cubrían los vomitorios de acceso a media y summa cavea del teatro.
zadas con una fábrica de ladrillo (Fig. 26).
Desafortunadamente, la mayoría de estas bóvedas se encuentran destruidas en la actualidad o, en varios casos, restauradas a partir de las intervenciones llevadas a cabo en el edificio a lo largo del siglo XX.
El aparejo de ladrillo empleado, visible en los escasos restos conservados presenta una puesta en obra regular según hiladas horizontales alternadas con un abundante estrato de mortero a base de arena y cal muy consistente.
La disposición se plantea, posiblemente, según un esquema de este tipo:...
Con opus testaceum se edificó también la canalización con orientación E-O paralela al muro del proscaenium, entre el pulpitum y la orchestra, empleando un aparejo que forma una bóveda regular, poco visible en la actualidad.
La funcionalidad de esta estructura se relaciona con el desagüe de la parte interna del teatro.
En el fondo del muro septentrional de la denominada aula sacra del pórtico se inserta una estructura de ladrillo realizada con una fábrica muy irregular (Fig. 27), con elementos constructivos colocados de forma irregular y sin esquema compositivo preciso.
En la parte inferior del muro prevalecen los ladrillos dispuestos a soga mientras que en la parte central y superior se colocan en su mayoría a tizón.
Las juntas horizontales y verticales entre los ladrillos son regulares en la parte relativa a las esquinas, mientras que en la zona central la alineación de las mismas se ve afectada por la irregularidad general de la fábrica.
Desde el punto de vista técnico, el muro en cuestión no se puede considerar exactamente una construcción en opus testaceum, visto que se documentan en el paramento numerosas inserciones de mampuestos de dioritas de pequeño y mediano tamaño.
A este detalle se añade el hecho de la presencia de material reutilizado en el paramento y en el núcleo de la estructura.
La canalización que corre perimetralmente alrededor del pórtico situado al norte del teatro presenta la misma tipología constructiva en los tres lados conservados.
La construcción de los muros laterales de contención, realizada con ladrillos de los que es difícil analizar la disposición, debido al revestimiento que cubre las paredes, contiene una canalización con fondo plano.
Como es sabido, el teatro sufrió algunas trasformaciones que cambiaron la fisonomía de los accesos y la monumentalidad de la escena.
Una de las últimas reformas se relaciona con el proyecto de edificación de la zona oriental externa respecto a la escena.
En la versura oriental las estructuras de delimitación del conjunto se realizaron con un aparejo mixto de sillería de granito y ladrillo (Fig. 28), en relación con una reforma de la zona del edificio 30 y un cambio en los accesos.
La estructura presenta un zócalo de sillería formado por tres hiladas de bloques de granito.
El aparejo superior en ladrillos se caracteriza por una puesta en obra muy regular, con alternancia de elementos a soga y tizón según un esquema no definido en el que se presta particular atención a la regularidad de los grosores de las juntas del mortero.
A una altura de aproximadamente 88 cm a partir de la zona superior del zócalo de sillería de granito se documenta una tongada única de elementos colocados principalmente a soga, que podría indicar un detalle relativo a la división del trabajo de construcción de los paramentos de la sala rectangular.
En este sentido, el estado de conservación de las estructuras permite alguna observación relativa a las dinámicas constructivas de los muros de delimitación.
Es posible relacionar esta peculiaridad en la composición formal del aparejo con alguna etapa específica de la obra, quizás en la óptica de detalles que determinan el final de una etapa o elementos de referencia para acotar el resto de estructuras.
En este caso la hilada diferenciada podría servir de elemento visible de control para las cotas de los lienzos de muros adyacentes.
El opus testaceum del teatro evidencia un empleo más sistemático y difuso, vinculado con soluciones estructurales específicas como las bóvedas y las canalizaciones.
Solamente en época tardía el material se elige como elemento constructivo principal, para edificar muros de delimitaciones (en la versura oriental) tradicionalmente realizados con otros materiales.
En el anfiteatro se documenta un uso más sistemático del opus testaceum.
Las bóvedas de acceso a las rampas de comunicación entre los vomitorios y la media y summa cavea se edificaron con está técnica (Fig. 29).
De las bóvedas que cubrían los pasillos secundarios transversales respecto a los corredores de los vomitorios se ha conservado únicamente la que se documenta al sur del vomitorio no 6 y parcialmente, hasta el arranque del lado norte, la del vomitorio no 4.
Las bóvedas de estos tramos específicos de las rampas se realizaron con un aparejo que presenta una puesta en obra muy regular con elementos constructivos colocados a tizón, según hiladas horizontales.
Los ladrillos se unen con un mortero a base de cal y arena muy consistente, sobre una cimbra de madera que, en este caso, no ha dejado en el mortero los signos de su remoción.
Si se observa atentamente la bóveda es posible constatar que no se trata de una estructura de cañón regular, encontrándose un desfase del semicírculo hacia la clave, detalle que confiere a la estructura una forma geométrica distinta a la que, teóricamente, se quería realizar.
La presencia del ladrillo es evidente además en el último tramo de cubierta del corredor de los vomitorios de acceso a la praecinctio de la ima cavea y en los arranques de las bóvedas en la parte inicial de las mismas.
A causa de la parcialidad de los restos conservados es difícil reconstruir la conformación original de las estructuras de cubierta del amplio corredor de los vomitorios.
A partir de las evidencias documentadas en el anfiteatro -no se ha conservado íntegra ninguna de las bóvedas-es posible definir una serie de características que permiten plantear una hipótesis sobre la tipología de estas construcciones.
La fábrica de las bóvedas de los vomitorios presenta un aparejo mixto compuesto por la asociación de tramos de construcción en ladrillo, hormigón y, probablemente, elementos de descarga en sillería (Fig. 30).
Los restos de la fábrica original conservadas en el primer tramo de los vomitorios no 4, 6 y 7 indican la posibilidad de que se realizaran con un aparejo continuo de ladrillos del que se documentan simplemente los arranques, utilizados como base para la restauración durante la fase de remodelación dirigida por J. Menéndez Pidal.
Esta tipología de bóveda se llevaría a cabo en el primer tramo del vomitorio hasta la zona de las puertas con dinteles, donde se asiste a un cambio en la estructura representado probablemente por la presencia de un arco de separación de sillares de granito entre las dos partes, a partir del cual se realiza una bóveda cónica que sirve para restringir las dimensiones de la entrada en la zona de la praecinctio entre ima y media cavea.
El arco marca el comienzo de la restricción progresiva de la luz de la bóveda, construida desde este a oeste, alternando tramos en hormigón y ladrillo.
Los datos de los que se dispone, según el estado actual de la investigación, no permiten establecer la tipología del cierre del ingreso en la zona de la praecinctio, considerando la doble posibilidad de que al acceso le correspondiera un arco de ladrillo o de granito, al igual que la entrada desde el exterior del edificio.
La fábrica de los distintos tramos de bóvedas de latericios que forman la cubierta del pasillo presen-ta un aparejo regular según un esquema con una alternancia de elementos a soga y a tizón en la parte hacía la praecinctio, siguiendo el siguiente orden: 6T (o 4T), 4T, 1S 1T 1S, 4T, 1S 1T 1S etc.
Una estructura en opus testaceum se encuentra en la delimitación de la praecinctio de la ima cavea.
El muro que la delimita recubre el paramento inferior de la media cavea, levantada completamente con opus caementicium, constituyendo el revestimiento del mismo (Fig. 31).
Desde un punto de vista general esta delimitación presenta una orientación curvilínea interrumpida a distancias regulares -aproximadamente 1,90 m-por pilastrinas del mismo material.
La fábrica del muro presenta un aparejo de ladrillo con una puesta en obra regular, elementos constructivos colocados a tizón según hiladas horizontales.
Otro empleo del latericio en el anfiteatro se observa en las soluciones de esquinas entre la primera y segunda rampa de acceso a las zonas elevadas del edificio.
Estas estructuras, a pesar de realizarse con los mismos materiales de las bóvedas analizadas anteriormente se construyeron sin trabar las esquinas con las bóvedas, manteniendo separadas las dos etapas de obra de los vomitorios.
En el mismo contexto se documentan las ventanas abocinadas que, originalmente, abundaban en la zona de fondo de las rampas laterales.
Actualmente se conservan en dos vomitorios de la zona oriental, los no 6 y 7.
La fábrica de las mismas, implantadas sobre un zócalo de mampostería se realiza con un aparejo de ladrillo irregular.
Con este material se forma una caja cuadrangular que contiene una estructura escalonada hasta el punto de luz.
La diferenciación tipológica de las estructuras en ladrillo se ha realizado sobre la base del comportamiento tridimensional de los aparejos, considerando la presencia o ausencia de un núcleo interno estructural.
En este sentido, las variaciones formales presentes en la disposición de los elementos constructivos en los paramentos (disposición a soga y tizón) no determinan los tipos constructivos, generándose esquemas parecidos en la totalidad de las estructuras.
Desde el punto de vista formal se han distinguido dos tipologías de aparejos, excluyendo en este apartado arcos, bóvedas y ventanas:
Aparejo de ladrillos de revestimiento de un núcleo de opus caementicium Aparejo colocado de forma regular o irregular, con elementos constructivos dispuestos según esquemas mixtos u homogéneos (a soga, a tizón, a soga y tizón), por hiladas horizontales, unidas con mortero muy consistente.
Los núcleos presentan fragmentos lapídeos unidos con mortero a base de cal y arena muy consistente.
Entre los componentes del núcleo se evidencian fragmentos de granito, diorita, cuarcita, mármol y latericio reutilizado.
Las juntas de unión del paramento se alinean según el esquema del material constructivo.
Aparejo de ladrillos sin núcleo
Aparejo de elementos unidos con mortero de cal y arena muy consistente, con una puesta en obra regular, realizada por hiladas horizontales que crean un aparejo isódomo o irregular de elementos dispuestos a soga y tizón.
Los muros no presentan un núcleo y el grosor se limita a la anchura de los ladrillos empleados en la construcción.
Las juntas verticales y horizontales entre los elementos están bien alineadas.
Esta tipología de paramentos suele revestir directamente superficies geológicas verticales o se refiere a estructuras de cubierta integralmente construidas con opus testaceum (Fig. 32).
Como se ha observado en la primera parte del trabajo existe una amplia serie de paramentos en los cuales el ladrillo se asocia con otros materiales, formando parte integrante del conjunto arquitectónico y constituyendo al mismo tiempo un opus mixtum con características distintas (Fig. 33)32.
En la arquitectura de Augusta Emerita el ladrillo se emplea en contextos determinados y en soluciones estáticas y estructurales específicas, no represen-tando en general un uso masivo, aunque sí determinante en muchas de las opciones elegidas.
En las tablas siguientes se ha realizado una síntesis de la asociación entre el uso del opus testaceum, los tipos de estructuras realizadas con esta técnica, los contextos de pertenencia, las dimensiones de los elementos constructivos y la cronología de los edificios.
En el ámbito de las técnicas que emplean el ladrillo (estructuras de separación, nivelación, arcos, bóvedas etc.) se ha podido documentar una novedad muy importante para la arquitectura emeritense, confirmándose la idea de que la difusión de este material en la edilicia de la ciudad se asocia a una cronología temprana, vinculada con los primeros proyectos arquitectónicos.
El uso del opus testaceum en estructuras estáticamente complejas, como por ejemplo las nervaduras de las bóvedas de crucería (criptopórtico del templo de Diana), indica un alto conocimiento tecnológico de las posibilidades del material.
La presencia desde época fundacional no solamente en contextos poco problemáticos desde el punto de vista estático, sino también en construcciones de difícil ejecución, remueve la idea de que este material se fue afianzando en la ciudad de forma progresiva a partir de una fecha más tardía, en la mitad del I siglo d.
C. Es evidente que en época fundacional existen ya aquellos conocimientos tecnológicos suficientes para construir cualquier tipo de construcción en ladrillo, incluidos arcos, bóvedas y otras estructuras de gran complejidad arquitectónica.
A raíz de los datos expuestos es oportuno evitar la idea de una progresión en el uso del latericio y sobre todo de una evolución en la tecnología productiva y constructiva.
Es muy significativa, en este sentido, la presencia de este material en contextos de época fundacional, como por ejemplo la muralla, donde además se encuentra solamente en los lienzos de época augustea (arcos de los portillos de acceso a la ciudad), no empleándose en el tramo en la zona del teatro y anfiteatro realizado con materiales pétreos y técnica diferente y en época posterior.
Desde el inicio, la técnica se documenta en aparejos mixtos, como en la primera etapa del estanque oriental del templo de Diana o como material único en la segunda fase edilicia del mismo estanque.
El uso en la totalidad de las escaleras de los estanques de los complejos monumentales y en los muros de contención de estas estructuras hidráulicas confirma su presencia y afirmación desde época temprana con finalidades diferentes.
Se trata de un uso no generalizado que sin embargo existe desde el inicio de la colonia y se mantiene con las mismas limitaciones.
Esta peculiaridad en la cantidad del latericio empleado no se puede explicar con la hipótesis de un proceso evolutivo protagonizado por la técnica edilicia en cuestión o un perfeccionamiento progresivo de la misma, sino con la idea de una implantación coetánea al desarrollo inicial de la edilicia de la colonia, a pesar de vincularse su uso con elecciones estructurales concretas que necesitan un material más ligero, regular y fácil de aparejar.
Sería un error pensar en una introducción paulatina de la técnica y un incremento de su empleo en época flavia, sobre todo si este paradigma se convierte también en un elemento de datación de los edificios emeritenses.
La tipología de estructuras que se realizan con ladrillo es idéntica desde la fundación y la mano de obra conoce desde el inicio las aplicaciones y la funcionalidad del material, adaptándolo a soluciones arquitectónicas y constructivas diferentes, a pesar de que las técnicas más elegidas se mantienen en el ámbito del material lapídeo.
En un mismo contexto la elección de su uso depende de varios factores, condicionados por exigencias organizativas de la obra, estáticas, etc. Un empleo original se ha observado en el muro perimetral del complejo de la calle J. Lennon, donde las hiladas de ladrillo sirven como elementos de control de cotas durante la construcción del muro vista la excesiva pendiente existente entre las dos extremidades de la estructura.
El latericio se utilizó solamente en el muro de delimitación que presentaba este problema topográfico, mientras que es ausente en el resto de construcciones adyacentes.
La ausencia de la técnica en el circo, cuya construcción se realiza a lo largo de casi todo el siglo I d.C. es la prueba definitiva de que la elección del opus testaceum no depende de la cronología o tec-nología a disposición de los constructores, sino exclusivamente de elecciones arquitectónicas específicas en relación con la tipología y las necesidades de las obras a realizar.
El uso cantieristico del ladrillo que hemos podido relacionar con la gestión de las fases constructivas de estructuras de tipos variados se observa, generalmente, en asociación con otras técnicas (mampostería o sillería) y materiales.
Sin embargo, su inserción en técnicas diferentes no se debe en todos los casos a factores organizativos y el opus mixtum realizado con latericios es una elección específica que no podemos asociar a las exigencias de nivelación citadas.
En el caso del pórtico del foro, por ejemplo, el material en cuestión es parte integrante de los muros de delimitaciones en la zona norte y desarrolla las mismas funciones estructurales de los elementos lapídeos, al igual que en los acueductos de los Milagros y San Lázaro donde, además, se añade el papel de facilitar la elasticidad y resistencia del complejo sistema de pilares, arcos y contrafuertes.
Con los acueductos, por ejemplo, se asiste a un cambio conceptual en el empleo del ladrillo, pasando a un uso integrado e indispensable para la estática de las fábricas en el valle del río Albarregas.
En una construcción de altura considerable, expuesta a oscilaciones continuas, es necesario programar una distribución adecuada de las cargas de los materiales, calcular exactamente la resistencia y el grado de elasticidad de los mismos (distinto entre ladrillo y granito).
La inserción de las cinco hiladas de latericios, colocadas a distancias regulares produce, evidentemente, un efecto estético.
Sin embargo, no creemos que se pueda considerar la finalidad primaria de los constructores del acueducto.
Esta combinación de materiales, en primer lugar, actúa según una serie de parámetros estáticos, hace el conjunto más elástico y ligero y, finalmente, crea en la imagen global de la ciudad nuevos parámetros estéticos.
La prioridad del componente estático respecto al estético se hace manifiesta en el hecho de que las tongadas formadas por cinco hiladas de ladrillo se ponen en obra en la totalidad de la estructura, participando en la construcción de los correspondientes núcleos de hormigón.
En una operación de tipo estética, probablemente los elementos constructivos cerámicos se colocarían exclusivamente en los paramentos externos, forrando un núcleo continuo de opus caementicium.
El esquema final con las dimensiones de los elementos constructivos en latericio (Fig. 35) nos indica que existe, además, una estandarización y un control de la producción del material, más o menos desde época fundacional 33 confirmada por las dimensiones y la tipología, repetidas a lo largo de varios siglos.
La ruptura de esta homogeneidad dimensional se convierte en un gran instrumento interpretativo para la historia de la construcción de un edificio.
En el pórtico del foro situado en la calle Sagasta se ha podido comprender la existencia de una fase de trasformación de uno de los espacios a partir de las ligeras diferencias dimensionales encontradas en los basamentos internos.
Para su construcción en las dos habitaciones de la esquina noreste se adquiere material procedente de oficinas distintas o simplemente producido con características distintas por la misma oficina.
Este dato tiene gran importancia visto que, en relacion con la estratigrafía de las estructuras, nos indica la pertenencia de los basamentos a una fase edilicia diferente.
Un cambio de mentalidad se aprecia en la construcción del espacio oriental del teatro, donde se observa un uso masivo del opus testaceum, con presencia de sellos que han permitido defender la hipótesis de su edificación en el siglo IV d.
C. 34 Se observa en este contexto un hecho nuevo desde la óptica constructiva; por primera vez (y última) se emplea el ladrillo para edificar integralmente un espacio, trasformando su vinculación tradicional y parcial con el opus mixtum y con elementos específicos como arcos y bóvedas en un uso como material principal.
Desafortunadamente a partir de este periodo no se registran en la ciudad grandes intervenciones edilicias de carácter público que puedan explicar -si existió-un nuevo papel para el opus testaceum. |
Tres son las ideas principales: que prouincia Transduriana es una denominación perfectamente válida para una provincia romana; que se trataba de una provincia como cualquier otra, no de una subprovincia ni de una misión militar, pues en derecho romano la jurisdicción delegada no puede delegarse a su vez y, por último, que al restituir, Augusto levantó una condena anterior impuesta a los Aliobrigiaecini.
Diez años después de la aparición del bronce de El Bierzo, parece un momento oportuno para reflexionar de nuevo, muy brevemente, sobre algunas cuestiones controvertidas de su contenido.
Mi intención no es la de revisar ni comentar de modo exhaustivo las distintas propuestas realizadas hasta el momento ni tampoco la de hacer una defensa pormenorizada de la autenticidad del bronce, aunque las conclusiones a las que llego, de aceptarse, contribuirían a eliminar algunos motivos de sospecha que se han expresado.
Ahora únicamente pretendo defender tres ideas: primero, que la denominación Transduriana prouincia es perfectamente aceptable como tal, segundo, que no se trata de una subprovincia ni de un mando exclusivamente militar y, por último, en cuanto a restituo, que este verbo ha de entenderse en el sentido de que Augusto levantó un castigo o una condena anterior impuesta a los Aliobrigiaecini.
El nombre J.S. Richadson considera extraordinariamente raro tanto que el nombre de la provincia preceda a la palabra provincia (cuando el uso habitual dicta lo contrario: prouincia Hispania Citerior) como que la provincia se denomine mediante un adjetivo solo, que no va acompañado por un nombre propio (una vez más el ejemplo es Hispania Citerior).
1 Pese a lo que cree Richardson hay ejemplos tanto de lo primero como de lo segundo.
Tal vez el más claro sea Tac.
1,70,1: firmissima Transpadanae regionis municipia, donde podemos establecer la equivalencia entre Transpadana regio y Transduriana prouincia, tanto más cuanto que ambos territorios se definen por estar situados al otro lado de un río (el Po o el Duero).
Es verdad que la regio Transpadana no era una provincia, pero aunque su condición administrativa fuese distinta, no veo razones para pensar que esto tuviera implicaciones gramaticales, que es de lo que estamos hablando ahora.
Además, en tiempos de Trajano, C. Iulius Proculus fue leg(atus) Aug(usti) p(ro) p(raetore) region(is) Transpadanae, donde, como anotó Syme, «on his cursus, the post has the rank and seniority of an imperial province».2 La pareja regio Transpadana (en este orden) aparece también en Plin.
A esta cuestión se le han dedicado muchas páginas sobre las que no voy a volver ahora, porque únicamente quiero referirme a la propuesta de G. Alföldy de considerar a la Transduriana prouincia como «eine Provinz innerhalb einer Provinz» gobernada por un «Vizelegat für Jurisdiktion und Truppenkommando».4 Para Alföldy, L. Sestius Quirinalis fue gobernador de la Ulterior, teniendo a subordinados (o vicelegados) al frente de la Transduriana prouincia.
A mi juicio, hay una razón que hace difícil que pueda tratarse de un distrito dentro de una provincia.
En derecho romano, es regla conocida que la jurisdicción delegada no puede delegarse a su vez (Dig.
Un ejemplo muy claro en este sentido es el del praefectus designado por el duouir, que tiene exactamente el mismo derecho y potestad que el duouir praterquam de praefecto relinquendo et de ciuitate Romana consequenda (Irn.
5 El prefecto, enteramente equiparado al duouir, no puede delegar a su vez en otro prefecto, porque su jurisdicción es delegada.
Si esto es así, entonces el ejemplo de Pompeyo en el 55 a.C., que a veces se invoca,6 no es aplicable a la Transduriana prouincia.
Pompeyo es gobernador de Hispania como provincia única y delega en sus legados para que administren y se repartan ese territorio.
Augusto puede hacer lo mismo, en efecto, y delegar en sus legati para que gobiernen la Ulterior o la Citerior, pero éstos no pueden delegar a su vez, al menos no en una fecha tan temprana, pues con el tiempo acabó por desvanecerse la idea de que el emperador gobernaba una prouincia mediante legados y por imponerse, en su lugar, la noción de que el emperador nombraba a los gobernadores de sus prouinciae.
Por esta misma razón, el prefecto nombrado por el emperador, según la ley Irnitana (cap.24), se equipara enteramente al duouir, de modo que, debemos entender que podía delegar su jurisdicción, pero esto es algo, como digo, que a la altura del año 15 a.C., aún no se había desarrollado.
Naturalmente, los procuratores de determinadas regiones dentro de la provincia no tienen nada que ver, puesto que su jurisdicción (si es que la tenían) no procedía de una delegación de la del gobernador provincial.
El problema, evidentemente, reside en el famoso texto de Estrabón (3,4,20) (quien, por tener jurisdicción delegada, no puede delegarla a su vez), aunque subordinados a él, según el texto de Estrabón.7 Otros, en cambio, han sorteado el problema sugiriendo que las circunscripciones de Estrabón eran militares y no jurisdiccionales.8 Esta propuesta ha contado con muchos seguidores, aunque no la considero admisible, porque esta contraposición entre lo militar y lo jurisdiccional me parece falsa y porque el tercer legado de Estrabón gobierna precisamente un territorio inerme (la Celtiberia).
A mi juicio, el error es de planteamiento, porque sea cual sea la solución que queramos darle al texto de Estrabón, no creo que debamos convertirlo en el modelo al que ajustar, incluso forzadamente, el bronce de El Bierzo que, en este punto, no deja lugar a dudas (l.11-12): Lucio Sestio Quirinale leg(ato) meo eam prouinciam optinente{m}, donde eam prouinciam se refiere a la Transduriana, no a la Ulterior.9 En l.5-7 se dice: cognoui ex omnibus legatis meis qui Transdurianae prouinciae praefuerunt.
Está claro que se trata de legados del propio emperador, no de vicelegados, y que no están subordinados a nadie, pues son ellos quienes gobiernan la provincia (prouinciae praefuerunt).
Alföldy ve incongruente que a una persona de rango consular se le asigne una provincia de tan escasa entidad e importancia, pero es probable que el hecho de ser el gobernador encargado de la constitutio prouinciae reportase mayor honor, de manera parecida a lo que ocurría con el deductor de una colonia (cfr. lex Vrs.
97).10 Al fin y al cabo, habría sido él el responsable de una (hipotética) lex Sestia de prouincia Transduriana, que no sabemos si llegó a existir, a semejanza de la célebre lex Pompeia de Bitinia (Plin.
También es posible que las famosas aras sestianas conmemorasen la creación de una provincia nueva, cuyo carácter efímero no podía preverse entonces.
Cabe recordar, en este sentido, la propuesta de Aichinger sobre las dos clases de censo provincial: una de menor importancia, a cargo del gobernador de provincia, frente a otra, confiada a senadores de mayor rango, que se hacía cuando circunstancias excepcionales así lo exigían y con mayor detenimiento.
11 No es lo mismo gobernar una provincia ya existente que crearla.
Cuando el enemigo se rendía a discreción (deditio in fidem), el general romano podía optar por dejar libres a los vencidos, devolviéndoles sus leyes y sus bienes, o bien esclavizarlos, a todos o a una parte de ellos, como hizo Catón en Bergio, en Hispania (195 a.
C.): «dispuso que quienes habían ocupado la ciudadela quedaran libres junto con sus parientes y conservaran sus bienes.
Dio orden al cuestor de poner en venta a los demás bergistanos y a los bandidos los hizo ejecutar» (Livio 34,21,5-6, trad. de J.A. Villar Vidal).
Sin embargo, cabía también la posibilidad de que no se adoptase ninguna decisión sobre ellos y que, por tanto, la comunidad afectada pasara a encontrarse «en condición suspensiva o en suspenso» y sus miembros fuesen considerados dediticii.
Tal ocurrió con los campanos, desde el momento en que se rindieron, en el 343 a.
C., hasta que se acordó concederles la ciuitas sine suffragio en el 338 a.
C.12 El documento donde más fielmente se reproducen las decisiones de un general romano con respecto a un grupo de vencidos es el bronce de Alcántara, del 104 a.
C. Por él sabemos que L. Cesio confiscó las armas, rehenes, prisioneros, caballos y yeguas de los seanocos y después los hizo libres ([liberos] esse iussit, líneas 7-8) y les devolvió sus campos, edificios y leyes, «siempre que el pueblo y el senado lo aprueben» (dum populu[s senatusque] Romanus uellet, líneas 10-11).
13 Esta última cláusula de salvaguardia (dum sena-tus... uellet), según sabemos por Livio y Polibio, figuraba siempre en los pactos o acuerdos que estable- En el bronce de El Bierzo no se habla de una restitutio in libertatem, lo que a mi juicio indica que los Aliobrigiaecini no habían sido reducidos a esclavitud.
Tampoco ordena Augusto, como L. Cesio, liberos eos esse, que es lo que procedería si los Aliobrigiaecini se encontrasen en esa condición suspensiva tras la deditio.
Augusto se limita a restituirlos.
De esto, de restituciones puras tenemos algunos ejemplos.
El primero que viene a la memoria es el de la condena de Cicerón al exilio y la restitutio posterior,14 pero hay otros muchos ejemplos, como la llamada laudatio Turiae, donde se indica que el marido de la supuesta Turia se había tenido que exiliar, pero un edicto de Augusto lo había restituido, es decir, le había devuelto la ciudadanía: [quom per te] de restitutione mea M. L[epi]dus conlega praesens interp [ellaretur]... firmissimo [animo eum admone]res edicto Caesaris... cum gratulatione restitutionis meae...
La referencia no es sólo válida para los ciudadanos romanos.
Heraclio de Siracusa y Epícrates de Bidis fueron condenados por Verres y restituidos por Metelo, su sucesor al frente de la provincia (Cic.II Verr.
10,56,2), comenta el caso de unos individuos que habían sido expulsados de la provincia durante tres años por un procónsul anterior a Plinio y luego restituidos por un edicto del mismo gobernador que los había condenado: Quid in persona eorum statuendum sit, qui a P. Seruilio Caluo proconsule in triennium relegati et mox eiusdem edicto restituti in prouincia remanserunt, proxime tibi rescribam, cum causas eius facti a Caluo requisiero.
15 No sabemos si en este caso se trataba de ciudadanos romanos o peregrinos.
La relegatio suponía la expulsión de la provincia, ordenada por el gobernador, pero sin afectar a la condición jurídica del condenado.
16 También puede tratarse de grupos de personas, no de un individuo solo.
Livio emplea restituere en dos ocasiones para referirse al regreso de los exiliados: una primera vez cuando, tras vencer Filopemén a Esparta, decretum Tegeae in concilio communi Achaeorum de restituendis iis factum est (Livio 38,34,5: del 188 a.
C.) y una segunda, cuando se presentan, en el senado de Roma, los legados de los exiliados lacedemonios y aqueos, et spes data exsulibus est scripturum senatum Achaeis ut restituerentur (40,20,2).
En ambos casos, se trata de que recuperen sus derechos perdidos y puedan regresar a sus patrias, de modo que esta decisión tiene un alcance mayor que la conocida restitutio in integrum por la que el pretor ordenaba la anulación de un acto civil tenido por injusto y el retorno a la situación jurídica previa.17 En suma, el verbo restituere sin más calificación (in integrum, in libertate) supone, a mi juicio, la anulación de una condena anterior, pero no nos dice nada sobre la sustancia de esa condena, pues hemos visto tanto la confiscación de bienes (Verres) como la relegatio (Trajano) o el exilio (aqueos).
A mi entender, Augusto procedió a rectificar una decisión anterior, referida a los aliobrigiecinos, que habían sido condenados por sublevarse contra Roma (desciscentibus ceteris en lín.
Por el motivo que fuese, decidió mostrarse clemente con ellos en ese momento.
Sobre el contenido concreto de la condena no podemos pronunciarnos porque nos faltan datos, aunque, como ya he señalado, no creo que fueran directamente esclavizados dado que Augusto no habla de una restitutio in libertatem.
Las líneas 15-20 podrían, a mi juicio, traducirse así, un poco libremente: «En lugar de los castellani Paemeiobrigenses, de la gens de los susarros, a quienes anteriormente había dado la inmunidad, devuelvo a su situación anterior a los castellani Aliobrigiaecini, de la gens de los gigurros».
18 Otras traducciones propuestas, en mi opinión, dan un sentido excesivamente material al verbo restituere, lo que es apropiado cuando se trata de cosas, pero no de personas.
Así, A. Rodger habla de «to put in the place of something else» mientras que R. López Melero, en un artículo exhaustivo al que remito para un análisis pormenorizado del significado del verbo, considera que Augusto ordena restituir la prestación de «una comunidad de castellani exonerada de su cuota con otra comunidad de castellani supuestamente capaz de cubrirla» y por tanto, se trata de «reemplazar lo perdido por algo similar que cumpliera la misma función».
Es decir, a su juicio, no se restituyen los aliobrigiecinos, sino «un locus de una formula iuris afectado por una concesión de immunitas».
A mi entender, sin embargo, el objeto de la restitución no hay duda de que son los propios aliobrigiecinos.
Alföldy sostiene que el emperador restableció los lazos preexistentes entre ambas comunidades, que eran de dependencia (Abhängigkeit) de los aliobrigiecinos con relación a los paemeiobrigenses.
19 Como ya he señalado, considero que restituo + persona implica la anulación de una condena anterior, la cual muchas veces consistía en el destierro, de manera que restituir a alguien significaba que se le autorizaba a regresar.
¿Implica esto, en nuestro caso, un traslado físico de la población afectada, esto es, de los aliobrigiecinos?
Aunque algu-nas interpretaciones han apuntado que, si bien normalmente se construye con in+ acusativo, en ocasiones la cláusula restituere + loco puede referirse al lugar ubi, 20 lo cierto es que la interpretación que defendemos de restituere no lo hace necesario y en los textos sobre restituciones que hemos visto más arriba lo que tenemos es la obligación impuesta al cónsul de in sedem suam Ligures restituere (Livio 42,8,7), donde ese in sedem suam no puede ponerse en paralelo con eorum loco, entre otras razones porque los ligures habían sido vendidos como esclavos y se ordenaba su restitutio in libertatem.
No era éste el caso de los aliobrigiecinos, como vimos, de modo que la anulación de la condena, por lo demás, puede no tener nada que ver con el lugar geográfico en el que habitaban los Paemeiobrigenses.
Cabe pensar, en suma, que Augusto perdonó a los aliobrigiecinos, de modo que recobraron su ser anterior como castellani (sus bienes, el permiso para residir en su territorio tradicional suspendiendo una hipotética orden de expulsión...), si bien haciéndolos depender, en régimen de adtributio, de la gens de los Susarros.
21 En el Bellum Gallicum, César describe dos situaciones similares:
Tras la rendición de los helvecios, César ordena que los boyos (uno de los pagi en que se dividen los helvecios) queden sometidos a los eduos, a petición de estos últimos: Boios... petentibus Aeduis, quod egregia uirtute erant cogniti, ut in finibus suis collocarent, concessit.
Que esto es una adtributio no hay duda, pues lo dice César más adelante: Gorgobinam, Boiorum oppidum, quos ibi Heluetico proelio uictos Caesar conlocauerat Haeduisque attribuerat (7,9,6).
La igualación de derechos de la que habla al final debió de llevar algún tiempo, porque en 7,10,1 (y por tanto, en el año 51), los boyos son stipendiarii Haeduorum.
Pienso que tal vez Augusto, al imponer a los alobrigiecinos omni munere fungere cum Susarris los convirtió en stipendiarii de estos susarros, en régimen de adtributio y por tanto, de dependencia.
Es un paralelo muy cercano al edicto: en recompensa por los servicios de Comio, César le concede la inmunidad fiscal a su ciuitas (los atrébates) y subordina, en régimen de adtributio, los morinos a los atrébates.
Era uno de los beneficia usuales con los aliados fieles: por eso, entre los beneficia que César concedió a Massilia, recuerda que bello uictos Sallyas adtribuerit uectigalia auxerit (Caes.
1,35,4): probablemente, el aumento de los ingresos públicos (uectigalia) obedezca, al menos en parte, a esa nueva adtributio.
En suma, los edictos de cuyo contenido nos informa el bronce de El Bierzo demuestran la efímera existencia de una prouincia y revelan las complejas medidas que debían adoptarse tras cada rebelión para premiar a los leales y castigar a los sublevados.
En este sentido, la política de Augusto fue distinta de la que adoptaron sus sucesores.
Tal como lo señaló Suetonio, Augusto concedió raras veces la ciudadanía romana pues prefería, antes que concederla, que sufriese el erario romano, otorgando inmunidades fiscales (Aug. 40,3).
En efecto, tal es la recompensa que el edicto confiere a los pemeiobrigenses, por su lealtad, pero no cabe duda de que la tendencia posterior de los emperadores fue la contraria, como lo prueba, entre otros ejemplos que cabría citar, la tabla de Banasa, donde se concede la ciudadanía romana, pero sine deminutione tributorum et uectigalium (IAM II, 94). |
El estudio de los Horologia romana en Hispania no ha sido hecho hasta ahora.
Este es el propósito del presente artículo que constituye al mismo tiempo una síntesis de los conocimientos existentes sobre este aspecto de la civilización romana en Hispania y un catálogo y estudio de toda la evidencia arqueológica, iconográfica y epigráfica.
Los restos arqueológicos, en ocasiones poco estudiados por los descubridores, revelan un claro predominio de objetos descubiertos en ámbitos privados y una producción local en muchos casos.
No obstante, la existencia de relojes en centros públicos está atestiguada no sólo por la epigrafía, bien conocida, sino también por los descubrimientos arqueológicos.
Finalmente, el artículo brinda la oportunidad de redescubrir el llamado reloj de Yecla, de una iconografía totalmente inusual, prácticamente olvidado por los investigadores, pero que todavía hoy está sometido a discusión.
269: «Los escasos testimonios epigráficos de horologia públicos parecen indicar que la medida del tiempo fue más una preocupación administrativa que una costumbre de la población».
69 Voir A. García y Bellido, Esculturas Romanas de España y Portugal, Madrid, 1949, p. |
Se exponen las dos técnicas, cuyos antecedentes los encontramos en Egipto y en Caldea, que utilizaron en Roma para la construcción de relojes de sol esféricos; y se describe y clasifica el fragmento del reloj de sol encontrado en las excavaciones del Teatro de Caesaraugusta.
Por último, con el Analema de Vitruvio y comparándolo con el reloj de sol expuesto en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, se hace una reconstrucción del reloj de sol esférico de Caesaraugusta, analizando cada una de las líneas que aparecen en su esfera.
PALABRAS CLAVE: Arqueoastronomía, Nomónica, Relojes romanos.
En Roma se usaron dos técnicas para la construcción de relojes.
Una primera, muy elemental, consiste en dividir la esfera del reloj en doce sectores iguales de 15o cada uno mediante once líneas (líneas horarias) concurrentes en un punto.
Y otra segunda técnica, geométricamente más complicada, tiene su origen en Caldea, y consiste en dividir el arco diurno que recorre el sol cada día en doce partes iguales.
Los relojes trazados con estas dos técnicas, aunque marcan durante el día horarios diferentes, coinciden puntualmente en señalar el mediodía.
Con ambas técnicas se pueden trazar relojes sobre distintas superficies, como puedan ser planas, esféricas, cónicas o cilíndricas.
Recordemos que en Roma el día, desde el orto al ocaso del sol, se dividía en doce horas de la misma duración, pero estas horas al adaptarse a la duración del día, eran más largas en verano y más cortas en invierno; y en los equinoccios coincidían en duración con nuestras horas de tiempo medio.
Los relojes construidos según la primera técnica, basan la medida del tiempo en la altura que va tomando el sol sobre el horizonte.
Y como el sol, al amanecer y al atardecer, gana o pierde altura más rápidamente que en las horas centrales del día, las primeras horas y las últimas que miden estos relojes son de menos duración que las horas centrales.
Por el contrario, los relojes construidos según la segunda técnica, basan la medida del tiempo en movimiento uniforme con el que el sol gira alrededor de la tierra.
Como consecuencia las doce horas en que dividen al día son todas de igual duración.
Los primeros relojes que hemos descrito, para marcar las horas, precisan de una varilla horizontal o nomon, anclada en el punto de concurrencia de las líneas horarias.
En el transcurso del día la sombra del nomon recorre la esfera del reloj de oeste a este, desde el comienzo de la hora prima hasta el final de la duodécima, superponiéndose sobre cada una de las divisiones horarias.
C.),1 podemos encontrar un antecedente de este tipo de relojes.
En España se conservan algunos de estos relojes, tales como el de Calasparra, Segóbriga o Baza.
Para el trazado de estos relojes no interviene la latitud, por lo que se pueden usar en cualquier lugar, de aquí que puedan tratarse de los relojes pro; ~ pa ^n cli Vma (para todas las latitudes) que Vitruvio 2 atribuye a Teodosio y Andreias.
El reloj de sol encontrado en las excavaciones del teatro romano de Caesaraugusta pertenece al segun- do tipo de los relojes mencionado.
En estos relojes la división del arco diurno y su trazado sobre la superficie del reloj, se hace con el analema del caldeo Beroso, que es conocido por la descripción que de él hace Vitruvio.
3 El analema es una proyección de la esfera celeste sobre el meridiano del lugar.
Trazado el reloj por este procedimiento, su esfera es como una fotografía de la bóveda celeste captada por una cámara fotográfica situada en el centro del analema y dirigida al encuentro del ecuador celeste con el meridiano del lugar.
En las esferas de los relojes trazados con el analema de Vitruvio se pueden ver una serie de arcos paralelos a su borde inferior, que representan los arcos diurnos que recorre el sol.
Estos pueden estar trazados para cada mes, y al menos suelen ser tres: los de los solsticios de verano e invierno (trópicos de cáncer y capricornio, respectivamente) y el de los equinoccios de primavera y otoño (ecuador celeste).
Y también pueden verse trece4 líneas horarias, sensiblemente perpendiculares a las anteriores.
Estas líneas dividen los arcos diurnos en doce partes iguales, correspondientes a doce horas de igual duración.
Del reloj de Caesaraugusta solo se ha encontrado un fragmento, con datos suficientes para su reconstrucción (Fig. 1).
El fragmento es un poliedro irregular de seis caras, de las cuales dos son curvas, una cóncava y otra convexa.
La cara cóncava es un segmento de un huso esférico de unos 41,5o de una esfera de 95 mm de radio.
La cara convexa es la con-secuencia de la fractura de uno de los vértices del poliedro.
En esta fractura se puede observar la huella de una incisión de un taladro de 5 mm de diámetro.
La muesca del taladro es perpendicular al horizonte del reloj y es, como veremos más adelante, uno de los anclajes del nomon.
Las otras caras son sensiblemente planas.
Las dimensiones máximas del fragmento son 95 × 79 × 50 mm. Dos de las caras del fragmento tienen líneas grabadas.
En una, la cara esférica, aparecen tres líneas sensiblemente paralelas y equidistantes, y una trasversal que corta a las otras tres.
La cara esférica y una de las caras planas se unen en una arista que es paralela a la línea transversal de la cara esférica.
La cara esférica del fragmento es una parte de la esfera del reloj.
Las tres líneas paralelas que aparecen en esta cara, junto con una cuarta que se prolonga por la cara plana contigua, son líneas horarias y dividen a dicha parte esférica en cuatro zonas correspondientes a las horas prima, secunda, tertia y quarta.
La línea secante que aparece en esta misma cara esférica, es la de equinoccios y es proyección del ecuador celeste; también se prolonga por la cara plana adyacente.
Esta cara adyacente a la cara cóncava es el plano superior del reloj y conforma el horizonte del mismo.
La arista inferior de la cara esférica que es paralela a la línea de equinoccios hace la función del trópico del cáncer.
La separación entre esta arista y la línea de equinoccios es la decimoquinta parte de toda la circunferencia.
5 Todas estas líneas al entrecruzarse definen unos arcos de circunferencias cuya longitud y amplitud se expresan en la tabla siguiente: En el reloj de Caesaraugusta estarían talladas y tintadas trece líneas horarias y dos de las líneas diurnas, la del solsticio de invierno y la de los equinoccios.
El borde inferior del huso esférico, como se ha dicho anteriormente, hace las veces de línea del solsticio de verano.
A diferencia de los relojes construidos según la primera técnica, estos relojes han de tener dibujadas necesariamente las líneas diurnas, y sus líneas horarias no serán concurrentes en un punto.
En los primeros, como el de Baza, solo se puede leer la hora, y en estos, como el de Caesaraugusta se pude leer la hora y la fecha (Fig. 2).
En la figura 2 se ha representado el analema de Vitruvio aplicado para el cálculo del reloj de Caesaraugusta.
Para el correcto funcionamiento de este reloj es necesario materializar al punto A, centro de proyección del analema.
Parece extraño que el punto A esté por encima del del reloj y no coincidente con él.
De esta manera, la hora prima no comenzaría hasta que la sombra del punto A se proyectase sobre la superficie esférica y esto no sucedería hasta que el sol hubiese alcanzado una cierta altura sobre el horizonte celeste.
Lo mismo sucedería con el final de la hora duodécima, que terminaría poco ante de la puesta del sol.
Para corregir, en parte, este inconveniente, en el reloj de Caesaraugusta se han prolongado, por encima del horizonte del reloj, la línea comienzo de la hora prima y el ecuador celeste, como puede observarse en la figura 1.
El punto A podría estar materializado por el extremo de una varilla o nomon.
En este caso el nomon no sería horizontal, puesto que el punto A está por encima del horizonte del reloj y, al no ser las líneas horarias concurrentes, la sombra del nomon cortaría y no se superpondría sobre ninguna de estas, con excepción de la del mediodía.
Otra posibilidad, por la que me inclino, es que estuviera materializado el punto A con una esferilla sujeta mediante varillas a los orificios que presenta en su superficie.
En el caso del reloj de Caesaraugusta solo conocemos parte de un taladro, y se presume que habría otro simétrico; pero en el caso del reloj de Emerita Augusta pueden observarse varios de estos Figura 2.
Sección y alzado frontal del reloj de Caesaraugusta con la adaptación del analema de Vitruvio para la proyección de la esfera celeste.
A: Centro de proyección B:
Trópico de Capricornio (solsticio de invierno) FG:
Ecuador celeste (equinoccios de primavera y otoño) HI: Trópico de Cáncer (solsticio de verano) JK:
KEGI: Meridiano del lugar (mediodía) L:
Centro de la esfera del reloj.
Materializado el centro de proyección con una esferilla, esta haría las funciones del nomon, y su sombra, sobre la esfera del reloj, representaría al sol al igual que en el reloj de Baelo Claudia.
8 Solo que en este caso el nomon es un pequeño orificio circular y el sol está representado por la mácula luminosa que producen los rayos solares que pasan por el orificio.
La sombra de la esferilla se moverá sobre la superficie del reloj, a lo largo del día, de oeste a este, en sentido inverso a como lo hace el sol sobre la bóveda celeste.
En el solsticio de verano, su sombra recorrerá el borde inferior de la esfera (trópico de cáncer), en primavera y otoño discurrirá por el arco diurno central (ecuador celeste) y en invierno por el arco diurno superior (trópico de capricornio).
La posición de la sombra con respecto a las líneas horarias y diurnas del reloj reproduce la posición del sol con relación a las correspondientes líneas celestes.
De esta forma se podrá conocer la hora y la fecha.
No cabe duda, que si materializamos al nomon con una esferilla sujeta al reloj, su aspecto sería el de una araña, y por lo tanto el reloj de Caesaraugusta podría ser el conarachnen que cita Vitruvio (Fig. 3).
Por último, estos relojes han de calcularse para un horizonte determinado, «por eso, cuando en cualquier país se quisiere construir un reloj, se ha de tomar primeramente la sombra equinoccial en aquel lu-gar...» 9 Con esto Vitruvio nos indica que hay que tomar la latitud del lugar (ángulo L de la figura 3) para tenerla en cuenta a la hora de orientar el analema.
Este valor queda reflejado en el reloj en los ángulos que forman las líneas diurnas con el horizonte del reloj.
Medido este ángulo en el reloj de Caesaraugusta se obtiene para él un valor de 41,5o muy aproximado a la latitud de Zaragoza (41o 39' N), de lo que se deduce que el reloj fue construido expresamente para dar la hora romana de Caesaraugusta. |
Este artículo propone que el bastidor de madera, representado en un relieve romano de Forli, sea la tendicula conocida por la literatura latina.
Las operaciones de estiramiento de paños desarrolladas con este aparato están relacionadas inequívocamente con la ars fullonia, y por ende, con la antigua industria lanera romana, tal y cómo indican algunos pasajes de Séneca y Agustín (siglo I y fin siglo IV-inicios del V, respectivamente), siendo este último la clave para la comprensión del primero.
Igualmente, se demuestra que las operaciones efectuadas en las tendiculae y la referencia de Séneca, a diferencia de lo establecido por Blümner (1875; reeditado en 1912), nada tienen que ver con el prensado de los paños.
El análisis iconográfico aquí desarrollado sustenta esta interpretación lingüística, sopesado por las imágenes conservadas de la Antigüedad Clásica.
LA TENDICULA EN SU CAMPO SEMÁNTICO El término tendicula, según las fuentes literarias, tiene dos sentidos muy distintos: 2 el primero se relaciona con un contexto cinegético -«trampa de lazo» 3 y, por extensión, trampa dialéctica-; 4 mientras que una segunda acepción se vincula con el ámbito de la industria fullonica y por ende, lanera.
El punto en común entre ambas acepciones podría encontrarse en el empleo originario de cuerdas y pértigas de madera, 5 y es difícil afirmar cuál sería el significado primigenio de esta voz.
6 No obstante, aquí me centraré en la iconografía de la segunda acepción del vocablo («marco tensor», o siguiendo su nomenclatura medieval y moderna, «tirador» o «rama» de batanero, 7 respectivamente).
Con este sentido, la pri- 1 Dpto de Historia del Arte I (Medieval).
Universidad Complutense de Madrid.
3 Jerónimo así lo emplea en la Vulgata: «Si dixerint: ueni nobiscum, insidiemur sanguini; abscondamus tendiculas contra insontem frustra» (Prouerb.
20, 17), sin embargo, lo usa como un simple lazo o cuerda para atar el ganado: «pastor pecus suum solet ponere in illa captoria tendiculae» (Blaise 1954, 811).
4 El testimonio más antiguo de este uso se encuentra en Cicerón: «Tum illud quod dicitur,'siue niue', inrident, tum aucupia uerborum et litterarum tendiculas in inuidiam uocant» (Caec.
5 En algún caso, se ha asociado el término de tendicula con una soga y una pértiga (García de Diego 1985, 1016).
6 Únicamente Forcellini señala de forma explícita que la tendicula de batanero es la que corresponde a una acepción secundaria o impropia derivada de «lazo o cuerda» (Forcellini 1965, vol. 4, 688).
7 «Tirador (es) el que tira, o el campo donde se tienden y tiran los paños» (Covarrubias 1611, 1471); mientras que «rama», procedente del alemán, se asocia principalmente al arte de la Imprenta, pero también se utiliza, a partir del siglo XVII o XVIII, en la industria lanera europea (cfr.
Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 203-220 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.013 mera mención que tenemos de este objeto se encuentra en un pasaje de Séneca (muerto en el año 65), quien para ilustrar el fenómeno óptico del arco iris recurre a un símil extraído de la ars fullonia: «Idem uidebis accidere, si quando uolueris obseruare fullonem: cum os aqua impleuit et uestimenta tendiculis diducta leuiter aspergit, apparet uarios edi colores, in illo aëre asperso, quales fulgere in arcu solent» (Quaest.
El aspecto físico y la utilidad reales de este objeto, mencionado por otros autores latinos más tardíos también en el contexto de la ars fullonia, como Agustín de Hipona (350-430) o Víctor de Vita (430-480), han caído en el olvido junto con la industria batanera tradicional.
La defunción de muchas de las artes tradicionales acarrea la desaparición de la tecnología que le es propia y, por extensión, una reducción de nuestro léxico y, en consecuencia, la incomprensión de numerosos monumentos del patrimonio cultural de la Antigüedad.
De ahí el interés del presente artículo, cuyo propósito es clarificar ambos aspectos mediante una revisión de algunos datos iconográficos y literarios que han llegado hasta nuestras manos.
CONTEXTUALIZANDO LAS TENDICULAE DENTRO DE LA ARS FULLONIA
Antes de adentrarse en el tema conviene establecer las funciones básicas desarrolladas en las officinae fullonicae.
La técnica de la ars fullonia clásica se mantuvo prácticamente inalterada a lo largo del tiempo, incluso pese a la introducción de una innovación tan revolucionaria como la fuerza hidráulica, 8 en substitución de la mano de obra servil de los fullones o «pisadores», desde la segunda mitad del siglo X y hasta bien entrado el XIX, 9 justo cuando la industria textil se mecaniza completamente.
10 Y precisamente este conservadurismo en el abatanado es lo que permite acudir a los documentos bajomedievales para esclarecer la fisonomía y utilidad de las tendiculae dentro de las fullonicae romanas, 11 sin temor a incurrir en anacronismos.
El trabajo de los batanes antiguos desarrollaba la última o penúltima fase de la producción lanera; en sus instalaciones se efectuaban unas labores casi idénticas a las aplicadas en la batanadura medieval, ya que ésta «comprendía tres o cuatro subfunciones distintas a realizar sobre el paño: lavarlo, escurrallo, enfortirlo y refrescallo.
A veces, entre éstas, tenían lugar otra serie de operaciones menores como recorrerlo o cardarlo de envés, que se realizaban en la ciudad, en casa de los pelaires».
12 Así pues, y en primer lugar, 13 en las fullonicae romanas se realizaba el lavado de paños recién sacados del telar (de tela o uestimenta rudia), así como el de la ropa ya usada (ab usu o uestimenta recurata).
Este lavado, con substancias especiales atestiguadas en la fullonica de Barcino y que incluían la orina, 14 era imprescindible para eliminar las impurezas de la lana y la suciedad adquirida durante las labores de tejido o por el propio uso de la vestimenta.
Mediante el golpeado de las telas en húmedo, los tejidos se compactaban y encogían, 15 pues la propia lana tiene una tendencia natural al afieltrado; pero a la vez, aunque el paño se engrosaba, se reducían las medidas originales de la pieza -según fuentes bajomedievales, entre 30-50%-.
16 No obstante, esos elevados porcentajes podrían deberse al empleo de mazos hidráulicos y que los índices de encogimiento de las prendas de lana sometidas a este tratamiento, en época romana, pudieran ser algo menores, pues el pisado ejercido con los pies y los golpes ejecutados 8 Wilson recoge una noticia sobre el posible empleo de la fuerza hidráulica y bates movidos por ese sistema ya en época romana (Wilson 2003, 446 y nota 26), así como también Krüger (1997, 120; nota 585); aunque esta idea, basada en la mención que hizo Ausonio en su «Mosella» (ca.
369) sobre unas sierras hidráulicas que cortaban el mármol, fue refutada en su día por White, pues aunque los romanos conocieron la rueda hidráulica no parece que la aplicaran a procesos industriales (White 1973, 99).
10 El sistema tradicional fue substituido por la nueva maquinaria industrial mediado el siglo XIX (Jenkins 2003, 765).
11 El abatanado era una práctica común dentro del Imperio Romano, pero no en el norte de Europa, donde se introdujo esta costumbre más tarde y por influencia meridional (Crowfoot, Pritchard y Staniland 2001, 17).
El artículo de Bradley presenta el problema de identificar la officina fullonica con una lavandería actual, desvinculándola así del sector productivo lanero romano (Bradley 2002, 21).
La orina, tasada por Vespasiano para su uso en las fullonicae, se continuó utilizando en algunos batanes españoles contemporáneos (Cortés Vázquez 1956, 29).
15 La pérdida de longitud de la tela depende de multitud de factores: el tipo de tejido, si se abatana o no, la intensidad del abatanado e incluso de la tintura (Cardon 1999, 340).
Así se producía un paño más fuerte, compactado y duradero, 17 que protegía mejor de las inclemencias del tiempo, al evitar huecos entre los hilos, propios de la tela en crudo o recién salida del telar.
Esta fase del trabajo batanero resulta más fácil de determinar gracias a las instalaciones arquitectónicas conservadas -básicamente, pilae, lacunae fullonicae e infraestructuras hidráulicas-caso de las officinae fullonicae de Barcelona, Florencia, Fregellae, Herculano, Ostia, Pompeya, Roma (Hospital de San Giovanni y Porta Pia), Saint-Romain-en-Gal, Pola o las norteafricanas de Tiddis, Timgad o Thuburbo Maius, 18 aunque las pilae halladas en estas últimas ciudades carezcan de los típicos agarraderos laterales de fábrica que servían de sostén al fullo mientras éste pisaba las telas.
No obstante, no todas las estructuras con apariencia de lacunae o pilae pueden ser interpretadas como prueba irrefutable de la existencia de un batán romano.
Este es el caso de las lacunae de opus spicatum o signinum halladas en Castellón y Cádiz respectivamente, 19 puesto que, al menos, la morfología de esta última parece responder a una prensa de presión directa, de vino o aceite; 20 las lacunae francesas de Litanobriga, Orleans, Amboise y Evreux, sin otra prueba material relevante, se han identificado como tales por su asociación con el hallazgo de pondera de telar las tres primeras, y al famoso epígrafe la última; 21 igualmente, las estructuras publicadas en una uilla maritima sita en las islas Brijuni, en Istria, 22 podrían no corresponder a una auténtica fullonica y requerirían quizá de una revisión más detallada.
A esas evidencias arquitectónicas se suman los documentos epigráficos recuperados que señalan, de manera explícita, la existencia de fullones y sus respectivos collegia en numerosas ciudades y uici romanos.
23 Por otro lado, la ausencia de estructuras arquitectónicas en las provincias noroccidentales sugiere que éstas habrían sido construidas con materiales perecederos, como la madera, puesto que los testimonios de la vitalidad del sector lanero romano septentrional son innegables.
24 Los siguientes pasos del acabado de las prendas de lana son más difíciles de determinar, sencillamente Figura 1.
Detalle del fresco de los amorcillos fullones de la domus Vettii (Reg.
Detalle del fresco de un pilar de la officina fullonica de L. Veranius Hypsaeus (Reg.
20 No es la primera vez que se detecta este tipo de confusión, en el pasado, las instalaciones de algunas almazaras han sido erróneamente identificadas con tintorerías, caso de los talleres orientales de Tell Beit Mirsim, acrópolis de Micenas, Ratchi en Isthmia o Lato en Creta (Brun 2003, 220).
23 Para la parte occidental del Imperio, uid.
20-21), ambos en Pompeya (Fig. 1-2),26 así como los relieves funerarios de Sens y Forlimpopoli (Fig. 3-4)-,27 sean la principal fuente de información.
Esos testimonios literarios e iconográficos confirman que los paños, tras su abatanado, eran sometidos a un cardado (carminatio) con la carda (aena fullonia).
El cardado obliteraba las trazas del tejido y le proporcionaba suavidad y esponjosidad.
En época medieval parece que los perchadores o pelaires, en terminología castellana antigua, podían realizar un cardado previo en húmedo, aunque el practicado en seco era más efectivo, prolongado durante 8 horas o más.
28 A continuación, las fibras entresacadas por la carda se igualaban con unas tijeras de tundir (forfeces), como muestra, con matices, el relieve de Sens (Fig. 3).
Escena de tundido y pisado de paños de lana (de arriba abajo).
Procede del desmontaje de la muralla de la ciudad.
porque los instrumentos que emplearon los fullones estaban fabricados casi enteramente de madera.
25 En este sentido, la carencia de documentación material hace que los testimonios literarios latinos, junto con Los paños blancos, tras el cardado y el tundido, si procedía, eran blanqueados con vapor de sulfuro sobre un armazón de mimbre (uiminea cauea), introduciendo un infiernillo portátil bajo éste.
29 En el fresco del taller de Hypsaeus aparece un trabajador que va a comenzar esta operación trasladando sus útiles de trabajo, pese a que Spinazzola, en su día, lo interpretó como un sistema de secado en el interior, como alternativa al secado al aire libre (Fig. 2).
30 Esta errónea explicación parece servir de base a D'Ambra para definir la que aparece en el relieve de Forlimpopoli como un horno para secar la ropa.
31 La mayoría de las obras establecen que el siguiente y último paso consistía en el prensado de los paños, con la prensa de doble tornillo o torcular fullonicum, antes de pasar al almacén de la fullonica.
32 Esta imagen aparece plasmada en el taller de Hypsaeus 33 y en un relieve de Reims, expuesto en el Musée-abbaye de Saint Rémi.
34 En realidad, entre el cardado o el tundido y el prensado había otra operación que se realizaba precisamente en las tendiculae y se trataba del estirado de las prendas, para quitar las arrugas y, seguramente, aunque ninguna fuente clásica lo mencione, puesto que es una característica intrínseca de la propia lana, recuperar parte de su tamaño original perdido durante el lavado y el enfurtido.
35 Y eso, a pesar de que algunos consideraban que el estirado destruía parcialmente las ventajas adquiridas por el abatanado, pues en cierta forma tornaba los paños menos gruesos y afieltrados.
LA OMISIÓN DE LA OPERACIÓN DE ESTIRADO Y ALISADO DE LAS TELAS DE LANA
Es muy significativo que la mayor parte de los instrumentos empleados en las fullonicae romanas aparezcan denominados con su equivalente latino -forfex en vez de tijera, pila fullonica por pila de pisado, aena fullonia por carda, etc.-todas excepto las tendiculae que son sistemáticamente omitidas.
Pero ¿cuál es el motivo de este olvido?
¿Es acaso su simplicidad o, quizá, una inadecuada interpretación del pasaje de Séneca?
Que la acción descrita por Séneca debía tener lugar antes del prensado es incuestionable, por la sencilla razón de que ésta constituía la última operación del acabado de los paños.
Quizá, el problema procedió de su traducción a las lenguas vernáculas, ya que tendicula fue vertida como tendedero o cuerda (de tender), 37 entendidos éstos en su acepción más reciente como «sitio o lugar donde se tiende [...] dispositivo de alambres, cuerdas, etc. donde se tiende la ropa» y, por tanto, según el uso actual, se presumía que era para secarla.
38 Por este motivo, resultaba totalmente irracional que, como señala Séneca, el fullo con la boca llena de agua humedeciera (adspergere) la ropa que estaba tendida.
La solución que aportó Blümner a esa aparente contradicción fue, en cierta forma, obviar el problema de las tendiculae identificándolas lacónicamente con «las cuerdas sobre las que se cuelga la ropa», y asociando el pasaje de Séneca exclusivamente con el prensado y no con la operación inmediatamente anterior.
39 Por su parte, Jacob tampoco prestó demasiada atención a las tendiculae, ni se esforzó en aportar una identificación o descripción física de las mismas, e igualmente omitió cualquier referencia a la operación de estirado.
40 Wilson se atuvo a la reconstrucción de Blümner, añadiendo que los fullones romanos empleaban el método favorito de los lavanderos chinos: «spurting the water from their mouths» -en este caso, antes de aplicar el hierro caliente para planchar la ropa-.
41 El resto de las obras dedicadas a tecnología textil publicadas en la segunda mitad del siglo XX repiten esa misma asociación del pasaje de Séneca y el prensado de los paños.
La única autora que aporta una interpretación novedosa es Granger-Taylor quien ha querido identificar las tendiculae con los tablones de madera que se colocaban apilados y, horizontalmente, alternados entre capas de paños dentro del prelum para asegurarse una distribución uniforme de la presión, como se hacía con las prensas de lino más modernas;42 y como se observa en la representada en el fresco del taller de Hypsaeus.
Eso explicaría, para esta investigadora, la existencia de unas dobles líneas de dobleces en las vestiduras plasmadas en las esculturas clásicas más realistas (Fig. 5), como signo evidente de un status social elevado43 -individuos que se permitían el lujo de enviar sus ropas a lavar y planchar fuera de sus domicilios o que tenían esclavos e instalaciones privadas donde hacerlo-.
No obstante esas líneas de pliegues podrían haberse obtenido sencillamente colocando tablones y piedras sobre las prendas en su lugar de almacenaje, tal y cómo se ha venido realizando hasta hace poco, por ejemplo, en el convento madrileño de las Descalzas Reales.
44 Así, Granger-Taylor continuó vinculando las tendiculae con el prensado y no con la operación inmediatamente anterior o estirado.
Afortunadamente, no todos los investigadores han omitido el estirado de los paños de lana, y éstos son precisamente los que han ampliado el horizonte cronológico de sus estudios a la Edad Media, pues aquí es donde parece residir la respuesta a la incógnita de la tendicula.
Así, Patterson es el primero en hablar del estiramiento que sufría la ropa mojada en los «tenter-frames»,45 señalando además que su diseño habría sido constante desde época romana y aportando como ilustración un manuscrito italiano de ca.
46 Poco después, Forbes añadió expresamente Figura 5.
Detalle de las dobles líneas de pliegues en las vestiduras de lana o seda.
A la izquierda, detalle de la túnica de la estatua de mármol de la «Juno Cesi», conservada en los Museos Capitolinos de Roma, finales del siglo III a.
C. o inicios del siglo II a.
A la derecha, detalle del paño de la pintura «La señorita Gladys M. Holman Hunt», 1893-94 de W. H. Hunt, que presenta el mismo tipo de pliegues.
la inexistencia de restos e ilustraciones de tiradores de época clásica,47 siendo lo primero cierto -pues se habrían construido enteramente con materiales perecederos-, pero no lo segundo ya que, paradójicamente, las dos fuentes iconográficas que ilustraban las tendiculae eran ya bien conocidas desde finales del siglo XIX y, salvo el relieve de Forlimpopoli (Fig. 4), la otra había sido recogida por la mayoría de los autores interesados en la tecnología textil antigua y medieval (Fig. 3).
Wild también señaló el uso genérico de los «tenter-frames» para secar la ropa, lo que implica una noción de estiramiento de las prendas mediante la sujeción de los paños con ganchos; pero no los vinculó directa e inequívocamente con las tendiculae de Séneca, ni tampoco aludió a la existencia de fuente iconográfica romana alguna.
48 En este punto, hay que señalar que, tanto Patterson como Forbes hablan de «tenter», en referencia obvia a la tendicula romana; así resulta significativo que la lengua inglesa haya mantenido no sólo la raíz latina (tent-),49 sino también su morfología, ya que el «tenter» bajomedieval inglés no es más que un marco de madera en el que se estiraba la ropa, para que se secara sin encoger (Fig. 6).
50 En cambio, las nomenclaturas romances de este mismo instrumento parecen derivar de la voz tardía tiratorium,51 aunque documentada en 1317 con el sentido de «lugar donde se estiran los paños», no es descartable que ésta proceda directamente del latín vulgar -esp.: «tirador»; fr.: «tiroir»; it.: «tiratoio»-.
También, de forma más general, la denominación latina tardomedieval de tendaris, emparentada con las voces tendal y tendedero52, habría mantenido, según un documento francés de Felipe IV (1335), no sólo el significado de lugar donde se tienden a secar los paños, sino también el sitio donde se estiran («seu loci communis in quo panni tirantur seu tenduntur»).
53 AGUSTÍN DE HIPONA Y LA TENDICULA DEL RELIEVE DE FORLIMPOPOLI La solución al enigma del aspecto físico de las tendiculae y su vinculación con el estirado de las telas, a la que se refiere Séneca de forma más velada, vienen de la mano de Agustín54 y un relieve hallado cerca de la localidad italiana de Forlimpopoli en 1878 y datado, posiblemente, en la primera mitad del siglo II.
55 El texto de Agustín es el siguiente: «Sed confessione ruga extenditur, confessione macula abluitur.
Detalle de una escena del trabajo textil en un monasterio.
En la esquina superior izquierda, una escena del estirado de un paño de lana en una tendicula o tirador medieval.
Biblioteca Ambrosiana de Milán, ca.
Archivo Por lo que aquí concierne, Agustín establece de manera nítida dos cuestiones: que las tendiculae sirven para eliminar las arrugas de la ropa y que, al compararlas con la cruz de Cristo («tamquam in tendicula magni fullonis, in cruce Christi»), no se pueden identificar con un tendedero actual del que cuelga la tela libremente, al menos uno de sus extremos, para secarse al aire, sino que implica una sujeción total del paño, amén de la tensión necesaria para eliminar arrugas («extensus est in tendicula»).
Un tercer aspecto, es que esa operación era distinta e independiente del prensado, contradiciendo a Blümner, aunque eso sí, tenía lugar justo antes del mismo, pues expresa el deseo de evitar al creyente la opresión del prensado, como cuita terrenal, pudiendo pasar directamente, como los paños ya sin manchas ni arrugas, al almacén («ad horrea nos ducat [...] ubi pressorium non erit»).
No creo que horrea corresponda a una metáfora referida a los campos de ropa tendida, como parece interpretar Mechlinsky,56 porque Agustín se refiere a algo más prosaico: el armario o almacén donde eran apilados los paños una vez acabados, a la espera de su entrega.
57 La asociación sistemática de las tendiculae con la aplicación de tensión a las prendas para eliminar arrugas es algo recurrente en Agustín; así, en otra obra vuelve a emplear el mismo símil: «Mundatur, ut non habeat maculam; extenditur, ut non habeat rugam. ubi eam extendit fullo, nisi in ligno?
Poco tiempo después, se comprueba cómo esta metáfora agustiniana caló hondo en la literatura cristiana, 58 caso de Víctor de Vita quien, a mediados de ese mismo siglo V, recurre a una figura similar: «Perdidisti militiae clamidem, quam in tela uirgineorum membrorum decem mensibus texui et tendiculae crucis extendens aqua mundaui et purpura mei sanguinis decoraui» (Historia persecutionis Africa prouincia 38,9).
El relieve de Forlimpopoli es el que mejor y más expresivamente ilustra los textos de Agustín y la utilidad de las tendiculae (Fig. 4).
Santarelli dio cuenta de su hallazgo en la necrópolis de Melatello, a 2 km al sur de Forli.
59 Sin embargo, pasó desapercibido para los autores de los manuales de historia de la tecnología antigua, incluso a pesar de haber sido estudiada en detalle por Susini.
60 Al término de los años setenta, Reddé la incorporó a su catálogo.
61 Pero no es hasta más tarde, cuando Zimmer, 62 a principios de los ochenta, la incluyó en su monografía y desde entonces ha comenzado a menudear en la bibliografía especializada.
63 El contexto en el que se encontró este relieve parece corresponder a una necrópolis, -aunque en sus inmediaciones se localizaron restos de una uilla-, por lo que se asoció a un monumento funerario.
No obstante, Susini, sobre un supuesto vínculo iconográfico -a mi modo de ver, excesivamente literal-con el pilar del taller de Hypsaeus en Pompeya, pretendió identificarlo con la insignia pétrea de un taller batanero u officina fullonica.
64 Esta pieza itálica es sumamente expresiva pues, con tan sólo cuatro imágenes, es capaz de esbozar buena parte del trabajo batanero, 65 una característica que comparte con otros relieves funerarios romanos en los que todas las imágenes participan conjuntamente, como signos icónicos articulados, en la transmisión del mensaje que describe, en este caso, la ars fullonia.
66 Nuestro conocimiento sobre esta ars permite establecer que la lectura de las escenas ilustradas comenzaría en la esquina inferior izquierda, con un fullo inmerso en una pila fullonica donde pisa 56 Mechlinsky 2004, 244.
58 En la Inglaterra del siglo XIV, se observan algunos ecos de este tropo agustiniano: «Whon þe Iewes hedden þus nayled Criston þe cros as men doþ cloþ on a tey[n]tur» (Simpson y Weiner 1989, 787).
Así como también lo emplea Langland (ca.
Obsérvese que se ha mantenido la grafía de las fuentes consultadas.
En 1937, su réplica fue expuesta en la «Mostra augustea della romanità» en Roma y ahora se conserva en el Museo della Civiltà Romana de Roma (Susini 1957-58, 199, nota 1).
Recientemente, Baratta ha retomado esta tesis planteando que el relieve de Forli sea un cartel anunciador de una fullonica (Baratta 2009, passim).
66 las piezas de tejido que está lavando para luego afieltrarlas o enfurtirlas.
El objeto sinuoso que se encuentra a la izquierda de la composición y que parece conectar la pila fullonica con el árbol resulta de difícil lectura, quizá no sea más que un elemento paisajístico, para remarcar la separación entre las escenas desarrolladas al aire libre y las de ambiente interior; e incluso un simple agarradero de la pila.
A continuación, el relieve pasa directamente, en la esquina inferior derecha, a mostrar el estiramiento que sufrían los paños en una tendicula para, como señala Agustín, eliminar las arrugas; omitiendo cualquier alusión directa al cardado o al tundido del paño.
No parece, como refiere Santarelli o Römer-Martijnse, que este icono represente el cardado, 67 ya que la ausencia de cualquier alusión gráfica directa a la carda, y lo que es más decisivo, la posición del paño totalmente tenso, impiden asociar este icono con esa operación.
La siguiente escena se expresa mediante dos objetos en el friso superior.
A la derecha, un árbol sirve de indicador topográfico: 68 la escena se desarrolla al aire libre; a la izquierda, una especie de mueble cóncavo parece un armazón confeccionado con materia orgánica y, a semejanza de un elemento representado en la fullonica de Hypsaeus (Fig. 2), se podría identificar con una uiminea cauea para blanquear los paños con vapores de sulfuro.
69 La asociación de esta actividad con un ambiente exterior apunta a un conocimiento bastante profundo y fiel de la realidad de la ars fullonia por parte del escultor, puesto que como señaló Apuleyo (inicios s. II) esos vapores eran indudablemente tóxicos, 70 un riesgo al que Juliano de Ascalón (s. VI) añadió el peligro de daños estructurales en los edificios y eventuales incendios urbanos.
71 No obstante, la identificación de la estructura abovedada con una uiminea cauea podría presentar algunas fisuras interpretativas, puesto que desgraciadamente la lastra está fracturada en un punto donde aparece un par de pies humanos que, precisamente, parecen apoyarse sobre esa frágil cúpula, teóricamente fabricada con endebles cañas o quizá, sencillamente se trate de un tercer registro de la composición relivaria, no conservado.
En este sentido, cabe subrayar cómo el segundo friso también se superpone al inferior en lo que parece un continuum compositivo totalmente irreal, -siguiendo la más sencilla técnica de representación de la pers-pectiva, mediante planos abatidos-pues la base del árbol se apoya sobre los postes del bastidor.
En la primera noticia sobre el hallazgo de esta estela, los elementos sobre la cúpula se identificaron con los pies de una estatuilla; 72 quedando fuera de toda discusión la interpretación de Susini, quien señaló que se trataba de la parte inferior de un ave, 73 una vinculación basada inductivamente en el modelo de uiminea cauea del taller de Hypsaeus (Fig. 2)donde aparece una lechuza como atributo de Minerva, patrona de los fullones -, 74 más que en una observación cuidadosa de este relieve.
He de señalar que no todos los autores que han analizado este relieve interpretan el objeto que aquí identifico con una tendicula, como tal.
Es posible que la simplicidad de su diseño haya fomentado una disparidad de opiniones.
En primer lugar, algunos lo han definido como una «especie de telar».
75 Es innegable que ambos tipos de ingenio -tendicula y telar de marco-son muy similares, pero hay un detalle que falta en la estela de Forlimpopoli y que rechaza cualquier asimilación a un telar vertical de marco, y es la inexistencia de una barra que corresponda al lizo; como se observa en el fresco, actualmente perdido, del episodio de Penélope ilustrado en el hipogeo de los Aurelii de Roma (segunda mitad del s. II); 76 o en la miniatura del Virgilio Vaticano (Cod.
Se podría argumentar en contra que existen otras representaciones de telares de marco sin detalle del lizo, como las sucesivas ilustraciones en el friso del Foro Transitorio; 77 pero ese contexto -concurso entre Palas y Aracne en un gineceo-78 permite descartar cualquier otra identificación distinta de un telar.
En segundo lugar, otros investigadores han identificado esta escena estática con la ilustración de un paño preparado para su cardado.
En este caso, la presencia de un travesaño inferior que tensa el paño, se ha explicado como un elemento que permitiría adaptarse a la longitud de las telas que se debían «cardar o abatanar» (sic).
79 Si bien es posible que varias de las operaciones de acabado de paños pudieron ejecutarse sobre el mismo soporte, un detalle Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 203-220 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.013 impide categóricamente vincular la posición del paño estirado y en tensión con el cardado, pues éste se debía ejecutar con el extremo inferior de la tela libre, de forma que las púas de la carda no alcanzasen el entramado de la tela, evitando así su rotura accidental 80 y afectando únicamente a las fibras más externas.
Efectivamente, en ninguna de las ilustraciones conocidas de cardado el paño aparece sujeto por su parte inferior: las pinturas de la domus Vettii (Fig. 1) 81 o las del taller de Hypsaeus (Fig. 2), así como la representación bajomedieval en las vidrieras de los bataneros de Semur-en-Auxois (Fig. 7), o la ilustración enciclopédica donde se muestra un largo paño colgado de dos perchas (Fig. 8).
Incluso en la escena del taller pompeyano el soporte es aún menos elaborado, tratándose de un par de varas o «perticae» atadas entre sí, estando la horizontal colgada del techo (Fig. 2).
Por lo tanto, creo firmemente que la tensión del paño vincula el uso de este ingenio con el estirado.
Salvo la falta del travesaño inferior, es idéntico al del relieve de Sens.
82 A este respecto es relevante la representación del tundidor en esa estela, de la que siempre se ha señalado lo inadecuado de la posición de la tela, sin que nada ni nadie sujetase su borde inferior (Fig. 3).
El primero en percatarse de la inconveniente posición del paño fue Julliot.
83 Blümner intentó subsanar este error representativo señalando que la tela aún no estaría tensada, sencillamente porque el tundidor no habría comenzado su trabajo.
84 Wild redundó en esa objeción, pero añadió que, al igual que los tundidores medievales, los romanos habían empleado un banco curvado o un caballete similar al que usan los curtidores (Fig. 7).
85 En tercer lugar, este objeto ha sido identificado con un marco de madera para secar prendas de lana, en un ambiente interior.
86 Esta opción casa parcialmente con la realidad, pues mientras se iban estirando y quitando las arrugas, el objetivo final era que, una vez seco, el paño de lana recuperase buena parte de su tamaño en crudo.
En este mismo sentido, Susini lo interpreta como una especie de bastidor graduable para secar las telas y que asumiría la función de prelum.
87 Esta hipótesis parece chocar con la realidad de la ars fullonia, puesto que en el abatanado tradicional, el prensado es una fase distinta del estirado que sirve para aplastar las fibras y darle el último apresto o lustre al paño.
Escenas de la ars fullonia medieval: pisado de los paños, cardado, tundido y cepillado (de abajo arriba y de izquierda a derecha).
Vidriera de los bataneros de la capilla de Saint Blaise de la catedral de Semur-en-Auxois (Côte d'Or, Francia), ca.
Siguiendo el modelo de los relieves de Forlimpopoli y Sens, la reconstrucción de la tendicula aquí propuesta muestra un ingenio muy simple: un bastidor compuesto por dos pies derechos hincados firmemente en el suelo, con orificios practicados longitudinalmente, a intervalos iguales en ambos pies derechos, y dos travesaños horizontales y móviles con una espiga en cada extremo que eran introducidas en las perforaciones de los postes verticales (Fig. 9).
No existe ningún indicio que permita suponer el empleo de metal, motivo por el cual no se conoce ningún ejemplar, al estar enteramente construidos con madera -el relieve de Forli tampoco muestra el uso de cuerdas atestiguado en los tiradores medievales-.
recen ser fieles y equilibradas con respecto a la única figura humana ilustrada.
En el caso de la uiminea cauea, ésta parece ser lo bastante grande como para poder ocultar a un hombre adulto en su interior.
91 Por lo que afecta a la tendicula, su anchura y longitud serán las mismas de las telas, que, a su vez y en el caso de la lana, serían inferiores a su tamaño en crudo, y, por tanto, ligeramente menores a los telares en los que fueron confeccionadas.
92 No parece, como en otros relieves, que el tamaño del útil de trabajo se haya agrandado artificialmente para llamar la atención de los transeúntes.
93 Aunque las técnicas de acabado de los paños de lana, lino o algodón difieran, el tamaño de las vestiduras tras el tratamiento debía ser similar, sino idéntico; al fin y al cabo, todos esos tipos de fibras se emplearon corrientemente en la confección de ropa durante la Antigüedad y ésta, como es lógico, se adaptaba más a los distintos grupos de edad, sexo y tamaño del usuario que al tipo de fibra empleada.
Así pues, las medidas de las prendas de lino servirán igualmente en este intento de establecer el tamaño estándar de una tendicula (tabla 1).
Reconstrucción de una tendicula romana.
Basado en el relieve romano de Forlimpopoli de la primera mitad del siglo II (reconstrucción y dibujo de la autora).
Pese a que la morfología de la voz latina sea propia de un diminutivo, 89 -sufijo en -culus-, no parece probable que aquélla exprese la pequeñez real del objeto y, en todo caso, según Greenough, podría ser producto de una tendencia al uso de diminutivos propia del lenguaje familiar.
90 Por lo tanto, en cuanto a su tamaño se refiere, las proporciones de los objetos representados en el relieve forlimpopolitano pa- 89 Blaise 1954, 811.
Väänänen recoge otros ejemplos que «gracias a la expresividad del sufijo [...] adquieren acepciones técnicas» (Väänänen 1995, 164).
A este respecto, otra fuente de información podría emanar de las marcas de las etiquetas de plomo de fullonicae.
Concretamente, las recuperadas en Kalsdorf, con la abreviatura P, se han interpretado como una indicación de una medida de longitud expresada en pies romanos, más que en términos de unidad de peso (abreviatura de pondus).
En este sentido, las longitudes contenidas en esas etiquetas serían excesivamente cortas comparadas con las vestimentas reales conservadas, pues oscilan entre 60-75 cm (2-2,5 p), 104 unas medidas sensiblemente menores incluso a las que señaló Catón para el vestido de los esclavos de 1 m de longitud -expresado como 3,5 p (De Agr.
105 De esta breve reseña, se deriva que la distancia máxima entre los travesaños horizontales de las tendiculae, podría haber sido de unos 260 cm, en sentido de la urdimbre106 y un ancho entre pies derechos de unos 250 cm. Ciertamente, las dificultades de maniobra que presenta esta reconstrucción por cuestiones de altura, se solventarían si las piezas de tela se hubieran estirado dobladas, uniendo ambos orillos sobre el mismo travesaño (Fig. 9), ya que no hay pruebas de que se usaran torres y tramoyas como en época medieval.
107 De este modo, la distancia entre travesaños en posición de máximo estiramiento podría haber sido mucho más reducida, unos 125 cm de longitud, y la anchura o sentido de la trama se podría reducir a su mitad (ca.
En todo caso, la altura del travesaño superior en las ilustraciones conservadas indica que éste se colocaba por encima de la cabeza de los fullones, pero siempre al alcance de sus manos (Fig. 3-4).
108 A juzgar por el modelo mostrado en el relieve de Forlimpopoli con una tela perfectamente cuadrangular, el mayor problema lo constituirían las prendas de vestir que, como las capas y las togae romanas, presentan orillos curvados.
Pero no hay nada que impida pensar que el estirado de este tipo de prendas se debió realizar con las piezas dobladas, aplicándose-les, por tanto, el mismo tratamiento que a una prenda rectangular.
Básicamente, el estirar las prendas dobladas sobre sí mismas las haría menos frágiles ante un exceso de tensión y, por lo tanto, se evitarían eventuales roturas.
Resumiendo, el modo de empleo de las tendiculae era muy sencillo, las telas se colocaban dobladas sobre sí mismas sobre los dos travesaños horizontales para secarse y mojarse alternativamente, aumentando progresivamente la distancia entre esos maderos hasta recuperar parte de su tamaño original.
La lana es una fibra que presenta una mayor elasticidad en húmedo -el alargamiento hasta la rotura de la fibra de lana oscila entre el 30-80 % en húmedo y entre el 20-50% en seco-, y así se entiende mejor el pasaje de Séneca: el fullo debe humedecer la tela que está en la tendicula porque tiene que estirarla sin romperla, teniendo el estiramiento la función de borrar las arrugas producidas en el lavado.
109 No obstante, la representación de la tendicula del relieve de Forlimpopoli no aclara todas las dudas sobre el funcionamiento de este sencillo aparato, pues de su carácter estático se deriva que el paño se estiraba en un único sentido vertical, aunque, obviamente, las telas de lana encogían en ambos sentidos, urdimbre y trama.
110 Por tanto, sólo son posibles dos soluciones, o bien que el relieve omita la representación de la sujeción del borde de la trama a los pies derechos y efectuada en paralelo a la tensión en sentido vertical (como ocurría en los tiradores medievales), o bien que primero se estirase el paño en un sentido y, tras alcanzar la longitud deseada, se procediera a estirar la trama o anchura de la tela, o viceversa.
La estela de Forli tampoco arroja luz sobre el modo de sujeción de las telas a los maderos.
Quizá se empleó un gancho semejante a los usados para estirar las pieles en bastidores, por lo que resultaría sugerente su asociación con el término tentipellium o aparato para estirar pieles, tal y cómo lo define Festo (fin s. II);111 además, este término está formado sobre la misma base que tendicula.
Otra posibilidad de anclaje o sujeción de la tela a los maderos de la tendicula sería la de aplicar, a lo largo del borde del paño, pequeñas pinzas capaces de mantener la tensión -como cualquier otro tipo de forcipes romanos, éstos tendrían únicamente dos posiciones y bajo ningún concepto se deberían identificar con las pinzas de ropa actuales con resorte-.
En este sentido, quizá el pasaje de Tertuliano sobre los forcipes que se usaban para mantener en condiciones los pliegues de la toga y que suponía su aplicación durante la noche anterior, 112 en realidad, esté aludiendo a una tendicula doméstica y que forcipes corresponda a una sinécdoque de aquélla.
No obstante, no se puede obviar otras interpretaciones de este pasaje.
Por un lado, Wilson por asociación del umbo de la toga y los forcipes en este texto, señala que éstos podrían relacionarse con algún medio de sujeción de la ancha banda doblada y cruzada en el pecho -la toga contabulata o trabeata-, formada en el borde superior de la toga, 113 cortaban y posteriormente se cosían; así los paños medievales, tras el abatanado, eran sometidos a un estirado para ajustarse a las medidas exigidas por las normas gremiales correspondientes (Fig. 10); 120 de este modo, el tamaño de los tiradores debía adaptarse al de la tela que tenía que estirar, siendo en todo caso ligeramente mayores.
121 La disparidad entre los 2,70 m de un manto romano y, por ejemplo, los 25-50 m de una tela medieval, 122 explica por sí misma la diferencia morfológica entre la tendicula romana y el tirador medieval.
123 No sólo la disimilitud del tamaño de las telas medievales y las romanas, sino también la magnitud de la producción medieval explicarían la necesidad, de la que no tenemos constancia en época romana, de grandes espacios donde colocar los tiradores, por lo general situados junto a los molinos bataneros, 124 que podían llegar a medir más de 50 m de longitud en línea recta.
En este sentido, destacan las menciones medievales en los Países Bajos a la voz tendiculum, datadas en 1323 y 1337, caracterizando distintas aldeas, posiblemente vinculadas a la industria lanera -«in ordone uici tendiculorum» o «in uico tendiculorum»-, 125 sin duda, con el sentido de lugares especializados en el estiramiento de los paños recién abatanados.
126 Finalmente, se ignora el tiempo empleado en el estirado de los paños romanos, si bien la documentación conservada en Valenciennes y datada en 1358 señala que en la estación cálida podía durar 2 días, y 4 el resto del año; 127 aunque, obviamente, el clima sería un factor fundamental en este proceso.
En español, el equivalente a tendicula es marco tensor, tirador (s. XIV) o rama (s. XVIII).
Lamentable-mente, desde el punto de vista lexicográfico, existe un vacío documental entre tendicula y tiratorium dilatado a lo largo de casi mil años -entre los siglos cuerdas -pertica, en su acepción más literal (Fig. 2)-, 131 que nada tiene que ver con las tendiculae de Sens y Forli (Fig. 3-4) -en éstas, el travesaño horizontal superior, del que se suspende la tela es rígido y presenta afilados ángulos rectos que hubieran terminado por desgastar y desgarrar los tejidos si se hubiesen cardado sobre aquél; mientras que ese peligro se evita mediante el uso de cuerdas y pértigas romas y elásticas-.
En cambio, el aparato ilustrado en la Casa de los Vettii (Fig. 1), mucho más macizo, entrañaría una dificultad mayor para asociarlo a uno u otro instrumento, sino fuera porque la acción desarrollada por el amorcillo batanero es, sin duda, el cardado de un paño.
No obstante, esa imprecisión pudiera deberse a la idealización de todos los instrumentos de trabajo del friso de los «erotes fullones» de esta domus pompeyana -donde se desarrolla el trabajo de una fullonica emplazada en un universo paralelo al terrenal y de carácter divino, tanto por los operarios (erotes y psiques) como por la calidad del instrumental empleado, con columnas coronadas por capiteles, en vez de sencillos y toscos postes de madera-.
En cuanto a la fisonomía real de las tendiculae, aunque ningún texto latino ilustre sobre el tema, los documentos bajomedievales me han servido para identificar el bastidor del relieve de Forli como tal, y eso a pesar de los cambios morfológicos registrados en época medieval.
Así pues, en las tendiculae se estirarían los tejidos de lana, eliminando al tiempo las arrugas, mediante una sucesión de humidificación y tensión progresiva hasta el secado final de la tela; una operación imprescidible, en el caso de los talleres que también se encargaban de la limpieza de la uestimenta recurata o ab usu, para poder devolver el paño ya acabado y con las mismas dimensiones a sus clientes.
Por tanto, la tendicula no equivaldría exactamente a nuestros tendederos actuales, tendedores o pértigas con cuerdas, para secar las telas sin más. |
La evolución urbanística del área pública central de la ciudad romana de Termes (Hispania Citerior) entre el s. I a.
C. está conectada a la progresiva transformación institucional de la comunidad y a su desarrollo social y económico.
Tras el Bellum Sertorianum el espacio urbano ocupado anteriormente por el oppidum celtibérico vio la creación de un santuario relacionado con un rito fundacional de la ciudad, elemento que constituirá el germen del foro.
Esta área fue reformada en época augustea (31 a.
C.), con la construcción de un templo que presidía un espacio foral, aunque desconocemos la configuración general de éste último, por la progresiva superposición de estructuras en la zona.
C.) se creó una nueva área pública, junto a la anterior, conformada por un recinto porticado con un templo.
Este conjunto formaba parte de un espacio público principal, bien un Foro Julio Claudio, bien simplemente un santuario urbano.
Finalmente, en época flavia, a partir de 75 d.
C., el sitio del foro augusteo será transformado con la construcción de un gran cuadripórtico monumental y escenográfico, el Foro Flavio, complejo que se constituirá, al mismo tiempo, como un foro y un Augusteum, espacio de representación y santuario de culto dinástico.
La ciudad romana de Termes se localiza en Tiermes (Montejo de Tiermes, Soria), en el suroeste del alto valle del Duero (Fig. 1).2 Los datos procedentes de la necrópolis de Carratiermes y del centro de la ciudad concretan que al menos desde la segunda mitad del siglo VI a.
C. el lugar acogió un poblado celtibérico.
La comunidad cristalizó a fines del s. IV a.
C. en una entidad urbana arévaca, que en el s. II a.
C. había conformado ya un sistema organizativo de ciudad estado.
Si bien los primeros contactos con las fuerzas romanas se producen a mediados del s. II a.
C. fue de nuevo asaltada por las tropas pompeyanas, al apoyar esta comunidad la causa de Sertorio (Sall., Hist. frag.
3 El proceso de reestructuración territorial tras el Bellum Sertorianum, la paulatina latinización de la población y la progresiva dinamización de las actividades económicas, propiciaron a lo largo del s. I a.
C. la transformación de Termes, ahora civitas stipendiaria de la Hispania Citerior, en un centro pujante en la región.
Este proceso culminó con la adquisición del estatuto jurídico de municipium de derecho latino en época de Tiberio (14-37 d.
4 Plinio el Viejo (Nat.
C. recuerdan el origen étnico de esta ciudad adscrita ya al conventus Cluniensis.
El período de mayor esplendor de Termes se sitúa entre el s. I d.
C. y la mitad del s. II d.
C. Desde el s. III d.
C. se constata un cambio en esta dinámica, fruto de la disminución del potencial socioeconómico y de las transformaciones estructurales de la región, hasta la progresiva conversión de Termes en una comunidad no urbana en la Antigüedad Tardía.
BREVE RESEÑA SOBRE LAS INVESTIGACIONES E INTERPRETACIONES DEL FORO HASTA 2000
La ciudad romana englobó y superó el cerro de forma elipsoide ocupado por el precedente oppidum celtibérico, alcanzando en el s. II d.
C. una extensión cercana a 48 Has.
Dentro de este contexto urbanístico, el foro se ubicó en una plataforma intermedia del cerro, inmediatamente al oeste del área hoy ocupada por la ermita románica de Ntra.
6 A partir de 1975 se inician ya trabajos de excavación sistemáticos, a cargo de diferentes investigadores.
Pero serán los esfuerzos de J. L. Argente Oliver, director del Museo Numantino de Soria, y de A. Díaz los que se realicen con mayor intensidad y amplitud, hasta 1998, ofreciendo de forma progresiva nuevas perspectivas a la evaluación del área.
7 A partir de estas investigaciones se identificaron un conjunto de elementos urbanísticos del centro de Termes, sobre cuyo análisis se sentarían las bases del conocimiento que del foro se ha tenido hasta inicio de los años 2000.
Sus líneas principales eran las siguientes:
El foro se ubicaba, en la posición indicada, en el centro de la ciudad romana.
Este espacio se componía de una plaza central, no excavada.
En su lado meridional se situaba un templo, identificado en el edificio excavado entre 1981 y 1984.
8 Este último edificio seguiría un modelo clásico; aunque para algunos autores este templo respondería, no obstante, a un modelo de tipo fanum céltico.9 En el ángulo suroriental de la plaza se situaban un conjunto de estancias, de difícil evaluación, excavadas a inicios del s. XX.
Para J. Ma Izquierdo el complejo público respondía al típico esquema de foro compuesto por edificios públicos dispuestos según un eje axial central en torno a una plaza presidida por el templo, según el denominado modelo occidental tripartito.
Por ello, barajó la posibilidad de que el templo, dedicado al culto imperial, se situaba en uno de los extremos de una plaza cuadrangular que, en su otro extremo, quizás acogía una basílica, no conocida arqueológicamente, situada transversalmente en el mismo eje que el primero.
La plaza estaría entonces delimitada por pórticos, a uno de los cuales pertenecerían las estancias excavadas al este del templo.
Todo este conjunto de estructuras se dataron en época de Tiberio (14-37 d.
10 Inmediatamente al suroeste del foro se reconocía el castellum aquae del acueducto que alcanzaba esta zona a través del canal urbano septentrional.
11 Se identificó en la gran estructura aterrazada situada en el centro del yacimiento, construcción considerada hasta los años 1980 por otros autores como una fortaleza o castro celtibérico o romano.
3 Sobre el proceso de conquista de Termes: Martínez y Mangas 2010a.
4.45) también apunta una curiosa noticia relacionada con la ciudad (asesinato del praetor Calpurnio Pisón, en 25 d.C.).
C., en este edificio se llevaría a cabo la redistribución del agua corriente en la ciudad.
Los lados septentrional y occidental del castellum aquae, a su vez, ofrecían apoyo a un criptopórtico, datado también en el s. I d.
C. Sería un corredor de acceso entre la zona situada al oeste del primero y el foro.
12 Este edificio se abría mediante una puerta situada en su extremo oriental a la parte trasera del templo imperial del foro.
Al norte del criptopórtico se situaban un conjunto de edificios comerciales o almacenes.
13 A su vez, en los muros oriental y occidental del castellum aquae se apoyaban un conjunto de tabernae, que configuraban parte de un edificio de mercado o macellum, datado también en el s. I d.
C. 14 Entre el foro y el macellum quedarían los restos de un ninfeo.
15 Un posible templo se identificaría junto al muro oeste del castellum aquae, aunque habría sido destruido con la construcción del citado criptopórtico.
16 También se concluía que quizás perteneciera al conjunto público central el edificio de mosaicos, datado entre el fin del s. I a.
C. e inicios del s. I d.
C., visto de forma parcial al noroeste del criptopórtico, a identificar quizás con las estructuras de unas termas junto al foro (si no formaba parte de los baños de una domus).
17 No obstante, este último edificio sería considerado por algunos autores como una sauna ritual celtibérica.
18 Al oeste del foro se ubicaba el conjunto de edificios que componían un barrio de viviendas urbanas privadas, en el que se constataba una intensa actividad constructiva entre época tardo celtibérica y alto medieval.
19 Finalmente, una necrópolis visigoda se ubicaba al este del templo imperial, ocupando la ruina de espacios constructivos asociados al foro.
LOS TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS DESDE 2002 Y EL PROYECTO LIFE TIERMES
A partir de 2002 iniciamos nuestros trabajos de reconocimiento de la zona del foro, y ya desde 2003, de excavación integral y evaluación completa, gracias a la puesta en marcha del Proyecto LIFE Tier- mes (ver n.
Con este proyecto, siguiendo las directrices de la Junta de Castilla y León, se ha trabajado en Tiermes en la consecución de los siguientes objetivos científicos y sociales: avanzar en el conocimiento de la evolución urbanística de la ciudad; aportar la documentación científica para llevar a cabo el proyecto de puesta en valor de esta zona arqueológica, en conexión con el interés por la protección, conservación y difusión pública del patrimonio ar-queológico; y fijar este yacimiento como un elemento clave para el desarrollo socioeconómico de la comarca de Tiermes, área rural del suroeste de la provincia de Soria con serios problemas estructurales.
Gran parte de los datos extraídos de las excavaciones que hemos desarrollado, de la evaluación de la documentación elaborada por los investigadores que han actuado en la zona de forma previa, así como del análisis de las emergencias arqueológicas y arquitec- tónicas exhumadas en el área desde 1909 (Figs.
2 y 3), se encuentran en proceso de estudio.
Si bien, es posible efectuar una aproximación general a la evolución del foro de Termes, objeto de este artículo.
21 Antes, señalamos dos cuestiones a tener en cuenta.
Primero, restringimos nuestra exposición únicamente al análisis del foro como espacio público de época romana entre el s. I a.
C., cuando se estructura la primera zona pública central en la ciudad, y el s. II d.
C., cuando alcanza su fisonomía definitiva.
No nos detendremos en las fases anteriores de este punto topográfico, ni en su proceso de abandono (sólo apuntaremos breves pinceladas, antes de concluir), ni tampoco en los elementos del área que no formaron parte del espacio público.
Y segundo, como consecuencia de nuestros trabajos se han variado bastante las interpretaciones tradicionales sobre el foro de Termes; por ello, las nuevas conclusiones obligan a reconsiderar la bibliografía tradicional, arriba resumida.
SÍNTESIS ARQUEOLÓGICA, HISTÓRICA Y TOPOGRÁFICA Los restos arqueológicos del foro de Termes se sitúan, en la localización ya conocida, entre las cotas 1.210 y 1.195 m.s.n.m., dentro del área urbana que había ocupado el oppidum prerromano.
Era una zona de fácil acceso, lo que permitía la comunicación rápida y efectiva con cualquier punto de la ciudad.
Pero su posición también ofrecía posibilidades para explotar un emplazamiento dominante (42 m por encima de la parte baja de la ciudad), susceptible de aportar amplia vistosidad a los proyectos arquitectónicos y apto para el desarrollo de complejos esquemas constructivos.
Pero el foro de Termes en su conjunto ofrece el resultado de un largo proceso edilicio, elaborado de forma diacrónica, centrándonos ahora en su desarrollo entre los s. I a.
El Foro en época tardo republicana.
Tras la conquista de 98 a.
C. y una desocupación temporal del área central del cerro ocupado por el oppidum, se detecta un intenso proceso de actividad edilicia en el centro de la ciudad.
Surge en este punto un amplio barrio de viviendas, sin seguir un plan urbanístico de ordenación regular, parámetro concluido de la excavación de esta área que hemos denominado Barrio del Foro, donde se han identificado cinco manzanas tardo republicanas (Insulae I a IV), de planta irregular, delimitadas por varias vías de trazados no ortogonales (Vías I a IV) (Figs.
C. y el año 31 a.C., la zona septentrional de la Insula II fue reformada para dar cabida al que hemos identificado como primer espacio público romano que conocemos en la ciudad, y germen del foro.
El análisis de un conjunto de estructuras excavadas en los años 1990 bajo el Foro Flavio nos ha llevado a reconocer, en efecto, un santuario de época republicana, relacionado con un rito fundacional de la ciudad.
Esta interpretación viene apoyada por la evolución urbanística de la zona, que resalta el interés simbólico de este punto topográfico.
Tal evolución, entre el s. I a.
C. y la etapa flavia, es la siguiente (Figs.
1) En la primera mitad del s. I a.
C. se construye la Insula II del Barrio del Foro,24 en las dos terrazas (superior al Norte e inferior al Sur) que componen el conjunto.
C. 25 la Insula II es transformada en su mitad septentrional para crear una plataforma, contenida en su flanco septentrional por un muro en sillares de arenisca.
El lado meridional es desconocido, pues queda oculto por las cellae del Foro Flavio, construidas sobre el anterior.
En la zona media occidental quedan los restos de un pequeño edificio de forma cuadrada, de 5,1 m de lado, construido en mampostería de caliza, al este del cual aparecen los restos de un basamento cuadrangular, en bloques de arenisca, con relleno interior de cascote.
Inmediatamente al norte, en un plano subterráneo, se sitúa un pozo cilíndrico excavado en roca, de 1,8 m de diámetro y 3 m de profundidad, encajado en un espacio cuadrado, de 2,3 m de lado, rebajado en roca (Fig. 7).
En un segundo momento de la fase anterior (Tardo republicano II, en Fig. 4), siempre antes de 31 a.
C. (pues la estructura es cor- tada por el templo augusteo), la parte oriental de la plataforma es reformada para crear un muro realizado en bloques de arenisca, con una moldura en su parte superior, interrumpido en su punto central para dar acceso al pozo.
3) Se acomete la construcción del templo augusteo, entre 31 a.
C. Se dispone sobre la mitad meridional de la plataforma, destruyendo el sector sur de ésta, y amortizando el basamento y el edificio cuadrangular.
El pozo y su acceso no son afectados por esta actuación.
4) A partir de época flavia toda la superficie de la Insula II y la Via III son englobadas dentro de las cimentaciones del Foro Flavio, quedando gran parte de la plataforma y los elementos que contenía por debajo de la aedes Augusti/tribunal de la basílica.
Todos los elementos son amortizados, salvo el pozo (pues no se colmató al acometer la construcción flavia).
El arrasamiento de la Insula II para dejar cabida a un conjunto de estructuras muy particulares sobre una plataforma, y en tanto que posteriormente éstas quedaron englobadas en la zona pública junto al templo augusteo y, posteriormente, bajo un área sacra del Foro Flavio, sin duda, nos indica la creación de un espacio muy peculiar.
Hemos interpretado éste último, en efecto, como los restos de una sede augural de la ciudad o auguraculum, espacio que contenía también un conjunto de elementos relacionados con la materialización de un rito fundacional de la ciudad.
El espacio sacro estaba definido originalmente por la plataforma situada en el sector septentrional de la Insula II, que delimitaba la sede augural sobre un espacio despejado al efecto y abierto en el cruce de las Vías II y III.
Sobre aquélla se disponía la habitación, sin duda, un sacellum, por delante del cual se situaba el basamento cuadrangular, que parece corresponderse con los restos de un ara.
Ambos elementos conforman una unidad estructural, cuyo eje podría indicar la dirección de la spectio.
La sede augural, zona inaugurata, 26 por tanto templum, estaría entonces orientada en función de los puntos cardinales (con ligera variación).
Inmediatamente al norte y en el plano subterráneo aparecía el pozo, que interpreta-mos no como una cisterna o aljibe, 27 sino como un mundus, pozo o cisterna ritual fundacional, a modo de bothros circular, y centro cosmológico simbólico de la ciudad.
Presenta una pars inferior, el cilindro, de comunicación con el ámbito subterráneo, y una pars superior, el espacio cuadrangular y el acceso al pozo.
Posteriormente, la fachada de la plataforma se monumentalizó mediante un muro con cornisa, donde quedó incluida una puerta de acceso al mundus.
La unidad estructural indica que éste último estaba conectado con el culto del sacellum y del ara.
Un espacio sacro junto al mundus remite al modelo de Roma (mundus-sacellum de Dis Pater y ara Saturno), donde aquél se vincula con el ámbito ctónico y agrario; similar esfera sacra parece documentarse también en Praeneste (ver n.
Por tanto, a título de hipótesis, es posible que este ámbito ideológico sea una de las opciones a las que vincular el sacellum y el ara, asociados al mundus como espacio de conexión con el mundo subterráneo.
En suma, el santuario y el área abierta conformaron, de facto, el núcleo primigenio de un verdadero foro de época republicana, espacio público principal con área abierta de reunión sacralizada, dotada de un templum augural con mundus, con santuario anexo.
Por ello, este punto se convertiría en delante en elemento obligado de referencia topográfica para acometer futuras actuaciones edilicias de carácter público e institucional, como así demuestra la evolución posterior del foro.
El origen de este tipo de elementos urbanísticos rituales es bien conocido en Roma, 28 según hemos dejado notar; también conocemos en Italia algunos ejemplos, aparte del prenestino ya citado.
29 En Hispania se han identificado auguracula en el foro de Pollentia, quizás asociado a un mundus posiblemente situado bajo el capitolium, y en Tarraco.
A su vez, como mundi se han interpretado los pozos reconocidos en los foros de Segobriga, Saguntum y Iuliobriga, así como en el pórtico post scaenam del teatro de Emerita Augusta.
30 No obstante, la evaluación de Figura 7.
Pozo ritual del santuario tardo republicano.
También, mundus en Volsinii Novi (Torelli 1966) y Praeneste (Torelli 1989), además de Fregellae.
Al respecto, en general, ver también: Gros 1996, 207 este tipo de estructuras ha sido siempre una cuestión compleja.
En cualquier caso, constatamos en Termes algunos elementos, aparte de los estructurales, que remiten a características comunes en este tipo de espacios.
Así, su valor simbólico de primera importancia se manifiesta de forma paradójica a través de una entidad arquitectónica poco monumental, como en Roma, Cosa, Bantia y Tarraco.
Remitiéndonos a Cosa, observamos que existe una relación muy estrecha para la localización de los diferentes componentes urbanísticos ligados a un rito fundacional, pues sede augural y mundus se encuentran integrados en un mismo conjunto arquitectónico.
Como en Saguntum y Tarraco, la presencia de un elemento de este tipo es compatible con su situación en una ciudad ocupada con anterioridad a la conquista romana.
También observamos cómo las estructuras originales fueron también superadas inmediatamente por sucesivas actuaciones (Tarraco, Saguntum, Bantia y Cosa), pues el conjunto fue reformado con la construcción del templo augusteo; aunque esta actuación no conllevó el olvido del santuario.
Con la plataforma reducida en superficie, el mundus permaneció de momento sin alteración, aunque el altar y el sacellum quedaron eliminados.
El templo, la plataforma y el pozo coexistirían hasta que la construcción del Foro Flavio creó un nuevo santuario sobre el templo, eliminando la plataforma, aunque manteniendo el acceso al pozo.
Es posible que ahora el mundus tuviera un acceso desde el pavimento de la ambulatio occidental de la basílica.
La construcción de este santuario define un hito de recreación de un espacio urbano de antigua ocupación, a partir de una aportación ideológica latina relacionada con dos ideas: una simbólica, liberar el área de la inferencia de espíritus hostiles; y una más pragmática, promocionar una nueva conciencia religiosa del espacio urbano y marcar una drástica ruptura urbanística con las etapas precedentes.
Tal tipo de actuación es entendible si existía ya una élite local fuertemente ligada al poder estatal, interesada en obtener beneficios derivados de su manifiesta adhesión al poder.
Entendemos que en Termes sólo fue posible tras el Bellum Sertorianum, cuando se creó una oligarquía urbana de nuevo cuño, beneficiada con los repartos pompeyanos de las propiedades requisadas a los insurgentes locales.
31 Este cuerpo debió promover este tipo de acción que reflejaba la adaptación de Termes al nuevo marco político hispano, significaba una refundación simbólica de la comunidad y abría un nuevo camino al desarrollo de una civitas romana.
Se rompía con el pasado del antiguo hostis celtibérico.
Por tanto, es posible que podamos restringir la datación del santuario al periodo comprendido entre 72 a.
C., según apuntamos, en espera de estudio pormenorizado de la estratigrafía y de los materiales documentados en anteriores excavaciones.
En época augustea se construye junto al santuario republicano el que hemos denominado templo augusteo, que identificamos en un edificio excavado en los años 1990 bajo el Foro Flavio.
Se trata de una construcción de planta rectangular, de 14,9 m de longitud y 9 m de anchura.
Presenta la fachada abierta hacia el Este, a la Vía III.
Se conservan sólo los cimientos y parte del alzado del podium, gracias a que fueron englobados dentro de los cimientos del pórtico oeste del Foro Flavio.
32 La nueva construcción destruye parte de la plataforma de la sede augural, pero conserva el pozo ritual, según hemos indicado (Figs.
El Foro en época augustea
El templo era próstilo tetrástilo, aunque desconocemos los elementos de su alzado desde el podium, y, por tanto, su orden.
La cella presenta unas medidas de 7,8 m de anchura y 7,5 m de profundidad.
Su parte posterior se apoya sobre potentes cimentaciones, para adaptarse a la caída topográfica del terreno.
Se construyó mediante grandes muros de aterrazamiento en emplecton griego en toba,33 con bloques angulares superpuestos de refuerzo también en toba.
El resto del edificio se apoya en un plano de roca más horizontal, dentro de una caja de cimentación excavada en la roca, con aparejo similar, con muro perpendicular en el interior, para servir de cimiento al muro anterior de la cella.
La pronaos presenta un podium con base moldurada, de simple cyme recta, y muros en técnica mixta, con paramentos en emplecton griego en toba, entre pilas cuadrangulares de sillares superpuestos de arenisca (Fig. 10), que servían de asiento a las columnas, cuatro en el frente y dos laterales.
El intercolumnio entre ejes era de 2,65 m.
La moldura superior del podium se ha perdido.
El (foro de Emporiae).
34 Durante la etapa imperial tendrá amplia profusión en Hispania (Baelo, Iliturgi, Munigua, etc.).
Argente et alii indicaban para este edificio una datación alto imperial 1.
35 Teniendo en cuenta que es anterior a época flavia (por estratigrafía), por el análisis de las molduras del podium concretamos su cronología en época augustea, con paralelos claros en Roma, en el templo de Iuno Sospita del Forum Holitorium, e Hispania, en especial el templo del foro de Ebora.
36 Las excavaciones del edificio no han aportado datos epigráficos que ofrezcan indicios para clarificar su adscripción cultual.
No obstante, su ubicación demuestra que este templo ampliaba el carácter sacro del área y garantizaba el mantenimiento como tal de la zona inaugurata original, ante la superposición de la cella del templo al sacellum.
Ello indica que la actuación augustea renueva el ámbito cultual de éste último, a partir del mantenimiento o transformación del culto original; a su vez, la posterior superposición de la aedes Augusti de la basílica del Foro Flavio nos Arqueología 2010, 83, págs. 221-266 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.014 habla de que esta última estructura renovaba la zona sacra mediante un nuevo proyecto arquitectónico, acorde con las nuevas formas ideológicas coetáneas y siempre respetando el locus consecratus.
Teniendo en cuenta estos parámetros, pensamos que este edificio acogió un culto cívico de primera importancia.
No es descartable que éste fuera un culto capitolino; es decir, cabe la posibilidad de reconocer en este edificio un capitolium situado junto a la sede augural de la ciudad y el mundus.
En tanto que el punto topográfico sacro se conecta en época flavia a los nuevos planteamientos políticos y religiosos imperiales, el templo augusteo pudo estar asociado con uno de los cultos cívicos principales de herencia republicana anteriores al fraguado del culto imperial.
Se ha sugerido precisamente que, si bien en un principio fueron sólo las colonias las autorizadas a disponer de capitolios, al menos hasta el siglo II a.
C., es posible que por los efectos del proceso de romanización y como fórmula de afirmación del poder central, los capitolios aparecieran en Hispania también en algunos municipios e incluso en algunas ciudades peregrinas.
37 En cualquier caso, el templo marcó en época augustea un nuevo hito urbanístico en la evolución urbana de Termes, al diseñarse como elemento arqui-turada en gran parte en época augustea.
Al otro lado de la calle un largo muro, muy destruido, se dispone de forma paralela a la calle, hasta alcanzar la confluencia de las Vías III y IV en su extremo occidental.
Puesto que toda la zona inmediatamente al sur de esta estructura está oculta por la terraza flavia, no tenemos datos para evaluar de forma precisa el significado urbanístico de este muro, aunque parece delimitar por el Norte una gran área a relacionar bien con el espacio lateral del foro augusteo, bien a una Insula que se interponía entre el área abierta por delante del templo augusteo y la Vía IV.
El Foro en época Julio Claudia
El área pública Julio Claudia: ¿foro o santuario urbano?
La zona situada al sureste del templo augusteo sufrió una nueva transformación en época julio claudia con la construcción de un nuevo conjunto de edificios públicos.
La nueva elección topográfica estuvo marcada por la necesidad de disponer de una mayor amplitud de espacio, al tiempo que se evitaran los pro- y VIII de época augustea, entre las Insulae IV y V del Barrio del Foro.
No obstante, por sus dimensiones parece que puede corresponderse con un lado corto de un espacio abierto más extenso, una plaza extendida hacia el Norte.
Si bien no es reconocible ni delimitable a través de la fotografía aérea, los sondeos electromagnéticos que realizamos en 2005 documentan un espacio llano, a lo largo de 50 m de longitud en dirección Norte y 30 de anchura, dentro del cual también se detectaron varias estructuras.
Cerrando el ángulo suroriental de esta área aparece un edificio porticado, reconocido en una superficie de 34 m x 26 m, cuya excavación se inició, según vimos, a principios del s. XX y nosotros hemos retomado en 2002.
Esta construcción ocupó al menos el espacio meridional de la Insula V, de época augustea, abriéndose hacia el Oeste a la Vía VI (el espacio septentrional fue completamente reformado en época trajanea, lo que dificulta el conocimiento de esta parte de la manzana en época julio claudia).
El pórtico estaba asentado sobre una gran estructura aterrazada, que arrasó este sector de la Insula V, salvaba los desniveles topográficos y ofrecía el plano de apoyo del pórtico.
Al mismo tiempo, actuaba como estructura de contención oriental del nuevo aterrazamiento efectuado en la Vía VI, que vio elevado ligeramente su pavimento, para adaptarlo al nuevo plano de la calle.
El pórtico estaba conformado por una pequeña galería abierta hacia la calle mediante una columnata o una hilera de pilares (no se documentan restos de estos elementos), que daba paso a un conjunto de estancias interiores.
Por debajo del pórtico, en su extremo meridional, una estancia se abría hacia la calle que flanqueaba por el sur el complejo, la Vía V, que se trazaba a una cota inferior con respecto al pórtico.
El edificio sufrió una profunda reforma en época de Trajano, cuando se regularizó el acceso al Foro entre el pórtico y el templo (ver punto 3.5).
En el extremo suroccidental del área abierta se sitúa un pequeño edificio absidiado, de 5,4 m de anchura y 9 m de longitud, abierto hacia la primera.
Se construyó sobre un taller de fundición metalúrgico de época augustea que ocupaba el ángulo nororiental de la Insula IV.
Su interior se organiza en una única sala absidiada.
Por su conexión estructural al templo, cuando éste último se construyó, entendemos que esta estructura constituía un pequeño sacellum destinado a acoger algún culto comunitario.
Dentro se han recuperado varias aras (una dedicada por la familia de los Valerii a las Parcas), aunque en estratos de relleno posterior a su abandono.
38 ficios que ofrecen el modelo de referencia en la arquitectura imperial.
La segunda, la escalinata lateral, con acceso desde el frente; remite, por ejemplo, al modelo del templo augusteo de Apollo in Circo, en Roma.
39 En cualquier caso, el modelo de ninguna manera corresponde a un templo tipo fanum (ver n.
9). b) Programa escultórico y ornamental.
El programa ornamental del Foro es poco conocido.
Los elementos más significativos proceden de las excavaciones de principios del s. XX, que recuperaron escasos fragmentos de decoración arquitectónica así como varios elementos escultóricos, éstos últimos hoy en el Museo Arqueológico Nacional, entre ellos: 40 la cabeza en bronce del dignatario o magistrado local (mal llamado Busto de Tiberio, 34 cm de alto), datado entre 22 y 37 d.
C.; el Apolo de Tiermes, en bronce (123 cm de alto), datado entre el s. I y II d.
C.; varios elementos de una estatua ecuestre en bronce (a la que, según las recientes investigaciones realizadas por el Museo Arqueológico Nacional, no perteneció el busto del magistrado, según propusimos, en cambio, otros autores y nosotros anteriormente); 41 un pequeño busto en bronce (mal llamado Busto de Galba, 17 cm de Figura 14.
Estatua de Apolo (izquierda), busto de dignatario local (derecha, arriba) y busto de sacerdote de Apolo (derecha, abajo).
Museo Arqueológico Nacional (fotografías: C. Mayordomo y S. Martínez).
41 La información nos la proporciona, muy amablemente, Da.
María Ángeles Castellanos, Conservadora del Museo Arqueológico Nacional, de acuerdo con los análisis que realizara de estas piezas D. Salvador Rovira.
Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 221-266 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.083.010.014 alto), tocado con corona de laurel con medallón con símbolo solar o estelar, y que representa a un sacerdote de Apolo, de época tiberiana o julio claudia, en general; 42 varios fragmentos de togado en bronce dorado, quizás a relacionar con alguno de los anteriores; y varios fragmentos de un friso broncíneo (cornucopia y pátera), posiblemente perteneciente a un ara (ver bustos de dignatario, de sacerdote y estatua de Apolo en Fig. 14).
Todos estos fragmentos escultóricos pertenecen en su mayor parte a monumentos honoríficos y estatuas decorativas.
Pero proceden de un área imprecisa de la zona de contacto entre el templo julio claudio y el ángulo nororiental del Foro Flavio, por lo que es difícil indicar la procedencia concreta de cada uno de ellos.
Indicamos también dos interesantes hallazgos epigráficos realizados en las excavaciones del foro (Fig. 15; localización de hallazgos en Fig. 11).
El primero es una inscripción dedicada a Tiberio César, datada entre Junio de 26 d.
C. 43 Debió formar parte de un monumento dedicado a este emperador.
Fue recuperada en 2004, reutilizada en un edificio de la Insula VI, situado al sur de la Vía V, fuera del área que nos ocupa.
El segundo es una inscripción recuperada un muro del pórtico sur del Foro Flavio, donde fue reutilizada.
Se data en el inicio del s. I d.
C., entre época augustea y tiberiana.
44 El documento expone cómo un individuo o grupo de individuos realizaron una donación o una fundación a favor de la comunidad, que en el epígrafe es reconocida como TERMESTINOR [um].
Las cifras de las que habla son tan importantes como para reconocer tanto la importancia de la acción evergética como la dimensión de la dinámica socioeconómica en la Termes de inicios del Imperio.
Es posible que la procedencia original de ambos epígrafes fuera el área pública julio claudia que analizamos, o la zona luego ocupada por la plaza del Foro Flavio.
Por último, también queremos reseñar, pues nos servirá en breve para tratar otro argumento, el hallazgo en 1911, junto a algunos de los fragmentos escultóricos indicados, en la zona de contacto entre el Foro
Flavio y el templo, de una inscripción grabada en un fragmento de mármol, hoy perdida, en la que se leía APO..., según I. Calvo.
45 Su posible trascripción como ¿APO[---]? quizás nos puede llevar a relacionarla con el teónimo Apollo/Apolo (entre otras posibilidades, pues también podría ser un antropónimo del tipo Aponius, Apolonius, etc.).46 c) Cronología.
La estratigrafía y el análisis de materiales aportan la datación de estas estructuras:
- Ya vimos cómo tras la excavación individual del templo en 1984 se ha evaluado y sostenido habitualmente la interpretación de esta área como el foro municipal de Termes, que sería de época tiberiana.
De éste conoceríamos el templo dedicado al culto imperial, el sector meridional de la plaza que aquél presidiría, así como un sector del pórtico que la cerraba en su ángulo suroccidental.
El conjunto foral respondería al esquema usual en las provincias occidentales de foro tripartito.
No obstante, la interpretación resulta algo más compleja.
La continuación de los trabajos en el foro de Termes nos ha permitido deducir, en primer lugar, que las diferentes construcciones y elementos ligados a este espacio público, en realidad, fueron fruto de una actividad principal desarrollada entre época de Tiberio y Nerón, según hemos comprobado.
Por lo que, sin querer romper inicialmente el esquema interpretativo ante la falta de evidencias suficientes para ello, en 2004 decidimos denominar al complejo Foro Julio Claudio.
Seguidamente, la prosecución del análisis arqueológico y arquitectónico del área nos ha empujado a realizar necesariamente nuevas reflexiones al respecto.
Como consecuencia de ello actualmente se nos ofrecen nuevas perspectivas para comprender la actividad urbanística de la zona.
Así, y a pesar de que recientemente todavía hemos sostenido la hipótesis inicial (ver n.
21), debemos barajar al menos dos propuestas interpretativas en relación con el espacio que nos ocupa.
La primera interpretación del área, como Foro Julio Claudio, la seguimos manteniendo (Fig. 12), pero con un valor que ya sólo podemos expresar como hipotético.
Como atentamente nos han planteado otros colegas, esta interpretación es, efectivamente, sólo una hipótesis que todavía necesita ser contrastada por la documentación arqueológica y epigráfica.
Se nos hace necesario para corroborarla el reconocimiento de otros edificios forales típicos, como la basílica, la curia o el tabularium, dentro de una organización urbanística coherente, o el hallazgo de inscripciones que ayudaran a resolver la cuestión por tal vía.
Como es bien sabido, la presencia del templo en un área porticada dentro de un espacio urbano no es indicador seguro de la presencia de un foro.
En este sentido, si nos encontráramos ante el sector meridional de un foro, el Foro Julio Claudio, y a la vista de los datos, en ningún caso este complejo respondería a un esquema de tipo tripartito.
Está claro que presenta una composición resultante de la suma progresiva de diferentes unidades arquitectónicas, sin seguir un plan integral, unitario y global, aunque siempre éstas se habrían sumado a un espacio acondicionado como área abierta pública desde un principio, según la arearum electio de Vitrubio.
Este tipo de ordenación se documenta en diferentes ciudades en época imperial, tanto en Italia (Ostia, Tusculum, Praeneste, Minturnae, Saepinum, Carsulae, Teate, Rusellae, etc.) como en el resto del Imperio (Aleria, etc.), y en especial, en Africa (Maktaris, Cuicul, Thubursicu Numidarum, Pheradi Maius o Calama).
En muchos de estos casos, la sistematización final del área foral, con su regularización completa mediante pórticos (como sucedería en tal caso con la construcción del pórtico trajaneo en el complejo de Termes), sólo se produciría con la consecución de hitos institucionales o por logros concretos del evergetismo local.
Dentro de esta interpretación llama la atención la ausencia del esquema orgánico foral según el aludido modelo occidental, en tanto que ya era usual en Hispania y también en la región, como así muestran el foro de Clunia y el proyecto inconcluso de plaza con doble pórtico sobre terraza con criptopórtico de Vxama.
49 Ambas eran ciudades que jugaban un importante papel de referencia para las experiencias urbanísticas de Termes.
Así, en esta ciudad, a pesar del avance institucional, no habría cuajado en un principio este tipo de diseño, ¿por cuestiones urbanísticas, financieras, etc.?
Está aún por determinar.
Por otra parte, el desplazamiento del primer foro a un nuevo emplazamiento, modificando la ubicación primigenia, se documenta también en otras ciudades.
Es el caso también de Vxama en la misma región, o de Saguntum en la Citerior y de Hispalis y Celti en la Bética.
50 Desde el punto de vista urbanístico, un santuario semicerrado o cerrado conformando una plaza, e independiente del foro, aunque junto a éste, enlazaría con el bien conocido efecto de multiplicación de las plazas públicas en las ciudades hispanorromanas.
52 Se trata de una dinámica urbanística bien conocida en el Occidente romano, resultante de la conjunción de la necesidad de ampliar los espacios públicos, de acuerdo con la extensión de nuevos requerimientos funcionales o ideológicos, en ciudades en plena ebullición, y de la extensión del evergetismo local como práctica social destinada al acrecentamiento del prestigio social y político de la élite, responsable, sin duda, de la promoción de los proyectos.
En este punto tiene cabida también la cuestión de la aemulatio municipalis, en relación con la historia de la ciudad, pues el área pública julio claudia era un complejo que, ya fuera un santuario, ya un foro, sumaba, ampliaba o reformaba espacios públicos de similares contenidos funcionales, emulando la capacidad de las generaciones precedentes para mostrar la lealtad al poder.
Toda esta actividad edilicia era consecuencia de la promoción y desarrollo de Termes como foco destacado de gravitación ya efervescente en la región, motor igualmente del empuje jurídico de la civitas.
Esta dinámica se relaciona, de un lado, con la fuerza económica local termestina, de base agrícola, ganadera y comercial, mayor de la supuesta para este tipo de ciudades del interior meseteño 53 (de la cual constituye buen testimonio el epígrafe de fundación recuperado en el foro); y de otro lado, con la progresiva latinización del cuerpo social, a pesar del mantenimiento de elementos estructurales de raigambre indígena.
54 Todo ello impulsaba el desarro-llo de proyectos urbanísticos destinados a responder a las nuevas necesidades sociopolíticas.
Tal relevancia sería acorde con un santuario situado en el centro de la ciudad.
Otras construcciones públicas julio claudias en el área del foro
Al noroeste del área pública julio Claudia y al norte del foro augusteo se construyó en torno a la década de los años 20 d.C. un edificio que se ha identificado en ocasiones con un sector de unas termas públicas, si no se trata del balneum de una domus56 (Fig. 1).
En ningún caso se trata de una sauna ritual de época celtibérica, explicación concluida por algunos autores basándose en argumentos que marginan los datos arqueológicos mejor contrastados.57 El edificio fue visto por N. Sentenach en 1911, aunque sólo la reexcavación de J. L. Argente en 1990 nos ofreció mejor documentación.
Este investigador observó este edificio parcialmente: tres pequeñas estancias, una rectangular central (6,8 × 5,3 m) y dos circulares dispuestas simétricamente a los lados de la anterior (4,3 m de diámetro la occidental y 4,6 m de diámetro la oriental).
Las estancias estaban cubiertas con mosaicos de sencilla composición.
En época tiberiana también se construyó el canal urbano norte y el castellum divisorium Norte del acueducto58 (Fig. 1).
Tras un recorrido por la zona Norte de la ciudad, a través de un conducto subte-rráneo excavado en la roca,59 este canal alcanzaba el citado castellum divisorium, situado por detrás del templo augusteo, al otro lado de la Vía II,60 en el ángulo meridional de la Insula I. Se trata de un pequeño edificio excavado en 1993.
61 Presenta planta cuadrangular, de 2,5 × 2,9 m, y estaba compuesto por un canal de entrada (inmissarium), arqueta de limpieza (piscina limaria), aliviadero con compuerta (cataracta) y un redistribuidor (emissarium), desde donde partían las tuberías de plomo o cerámica, ahora perdidas, que abastecían el sector oriental y septentrional de la ciudad.
62 Esta identificación desecha de forma definitiva la hipótesis que veía en la terraza del Foro Flavio el castellum aquae del acueducto.
En el último cuarto del s. I d.C. el foro fue objeto de una profunda transformación como consecuencia de la construcción de un nuevo complejo arquitectónico definido por un proyecto monumental inspirado en los modelos de la Urbs y caracterizado por la escenografía arquitectónica (Figs.
El edificio se superpuso directamente al área foral republicana y augustea así como a parte del Barrio el Foro (Insulae III y IV, y Vías III y IV), cuyas estructuras quedaron amortizadas bajo el gran aterrazamiento sobre el que surgió el nuevo complejo.
También se debió reestructurar el trazado de las Vías II y VIII, que vieron transformado su recorrido.
La nueva construcción, no obstante, no mantuvo la ordenación generada por los espacios julio claudios nororientales, sino que adoptó, con pequeña variación, la orientación del templo augusteo.
El modelo arquitectónico y su ubicación topográfica indican que este edificio constituye un nuevo foro.
Por su cronología lo hemos denominado Foro Flavio.
Pero la revisión de su morfología y la evaluación de los procesos culturales provinciales remarcan su estrecha conexión con un modelo metropolitano muy puntual, que nos lleva a considerar que el complejo constituía al mismo tiempo un santuario de culto imperial o dinástico.
Es decir, el Foro Flavio de Termes conformaba al mismo tiempo un Augusteum o Caesareum con funciones forales.
El edificio desarrolla un esquema de cuadripórtico, espacio cuadrangular cerrado mediante pórticos columnados, con unas dimensiones máximas de 86 m de longitud y 60 m de anchura, ocupando una extensión de cerca de 5500 m 2 (Fig. 18).
Se compone de las siguientes estructuras:
El espacio abierto central entre los pórticos, es decir, el area, se apoya sobre una gran plataforma de aterrazamiento, de 45 m × 32 m (en gran parte siempre visible, y excavada parcialmente en los años 1970-1980, por J. L. Argente et alii).
Esta estructura, interpretada erróneamente hasta ahora como castellum aquae, está delimitada por cuatro gruesos muros perimetrales construidos en emplecton romano (paramento exterior en opus incertum y núcleo en cascote, con unión de mortero),63 que soportaban la carga de las columnatas exteriores del cuadripórtico y contenían un relleno interior (se trata por tanto de muros analemma).
Una retícula interna de muros en opus quadratum de arenisca conformaba cajas de contención de relleno cuadrangulares, destinadas a aminorar el empuje sobre los muros perimetrales.
La plataforma está dotada de un sistema de drenaje, mediante una canalización revestida de mortero hidráulico, a doble altura en sus lados S y E, insertada entre los muros perimetrales.
Un dispositivo junto a la escalera de comunicación de las dos plantas del pórtico oriental, oculto por aquélla, servía para evacuar el agua desde el drenaje superior (esta estructura es el elemento hasta ahora confundido con un ninfeo).
En cuanto a la plaza, por el momento no hemos localizado elementos particulares que pudieran ubicarse en este espacio. b) El cuadripórtico.
El cuadripórtico presentaba dos porticus simplices en los lados este (con intercolumnio entre ejes de 4,15 m) y sur (con intercolumnio de 3,6 m); y dos porticus duplices en los lados norte (con intercolumnio de 3,6 m) y oeste (con intercolumnio de 4,15 m).
Las ambulationes que generaban estos pórticos presentaban 5,6 m de anchura en los pórticos este y oeste, y ligeramente menor en los pórticos norte y sur.
A las ambulationes interiores se abrían diferentes estancias (cellae y tabernae) en el muro de fondo de cada pórtico.
La terraza y los pórticos este y sur se elevaban por encima de las calles del entorno, a las que se abrían los pórticos de sus respectivas plantas inferiores.
A su vez, los pórticos norte y oeste se asentaban sobre potentes cimientos, cuya estructura era una prolongación ininterrumpida de la terraza central, creando una gran caja de contención en forma de L, con sendas hileras de pilares interiores dispuestas en los ejes Figura 18.
Restitución planimétrica del Foro Flavio de Termes.
A izquierda: planta inferior de los pórticos este y sur; a derecha: planta del cuadripórtico.
Son éstos últimos los elementos confundidos hasta ahora con un inexistente criptopórtico.
También, el expolio de la pila del cimiento más oriental del pórtico norte ocasionó la abertura de una gran oquedad en el muro de cierre de la estructura; la particular fisonomía adoptada por este muro tras el expolio ha llevado a entender, erróneamente, que ésta última constituía en realidad una puerta del supuesto criptopórtico.
Los pórticos oriental y meridional se sustentaban mediante grandes pilas verticales, en sillares de toba y arenisca.
b.1) El pórtico norte.
En la parte posterior del pórtico norte, con orientación E-O, se disponen un conjunto de cellae, accesibles desde la ambulatio interior.
Todas se disponen sobre dos líneas paralelas, una abierta hacia las ambulationes, e integrada por salas de pequeño tamaño, que actuaban de antesalas o vestíbulos de las salas mayores, dispuestas en la segunda línea interior de cellae (figs. 18 y 19).
Estas cellae se organizan en torno a la mayor de ellas, situada en el centro, en el eje axial del lado menor del edificio.
El análisis del modelo arquitectónico, según veremos, nos ha llevado a interpretar esta sala como la aedes principal del foro.
Con unas dimensiones de 7,2 m de anchura y 6,6 m de profundidad, estaba dotada de un acceso muy monumental, conformado por la antesala que la precede (pronaos), de 7,2 de anchura y 3,4 m de profundidad, y dos pequeños espacios laterales, posiblemente parte de la misma pronaos.
La longitud del espacio entre la plaza y el muro de fondo de la cella alcanzaba 24,8 m.
La primacía estructural de esta parte del pórtico se reseñó mediante la mayor anchura del intercolumnio entre la proyección de las antas.
También, las cimentaciones de las columnas en correspondencia con las antas presentan mayor anchura, pues estaban destinadas a soportar una fachada articulada posiblemente mediante dobles pares de columnas, o anta y columna en correspondencia con aquéllas, con cerca de 7,3 m de intercolumnio central (si no es que la fachada también incluía la siguiente columna a cada lado, creando un acceso tetrástilo con intercolumnio central amplio).
Este cuerpo se elevaría por encima del resto del pórtico, culminando quizás con frontón y cubierta a dos aguas (según se deduce de modelos cercanos).
Al oeste de la anterior se dispone una antesala que daba paso a una estancia, originalmente de 5,5 m de anchura y 3,8 m de profundidad, donde se sitúa un estanque, en cuyo interior se colocó una base cuadrangular.
C. este espacio se reformaría (ver infra), para hacer una sala más amplia, dejando en su interior el estanque.
Según explicaremos más adelante, el estanque se asocia con la importancia que hubo de tener el agua en la liturgia relacionada con el culto imperial (abluciones, etc.).
La conexión entre el estanque y un repertorio iconográfico ornamental y sacro explicaría la presencia de la base, quizás un soporte para un grupo escultórico, destinado a exaltar el programa político imperial.
En el extremo oriental del pórtico se dispone una sala absidiada, de 13,3 de largo y 7,2 m de anchura, con un ábside de 3 m de diámetro.
Está precedida de una pequeña antesala (4,9 × 3,7 m).
De acuerdo con la interpretación de todo el conjunto, la sala absidiada ofrece unas dimensiones suficientes y una configuración arquitectónica apropiada para poder reconocer en ésta una curia, siendo la sala que le antecede su vestíbulo.
El ábside pudo ser lugar de acogida de una base con estatua imperial que presidiera la sala (sería reflejo de la sacralización de la actividad pública y de la proyección del programa político imperial en cada uno de los rincones del foro).
Estas conclusiones son hipotéticas, en tanto que no contamos con material epigráfico que nos informe sobre la cuestión; tampoco la estancia principal, conservada a nivel de cimientos, ofrece elementos arqueológicos, como gradas o banco corrido, que señalen en tal dirección.
Si bien, los indicios arquitectónicos reseñados se complementan con los interesantes datos comparativos en relación con la tipología y dimensiones de otras curias (ver infra).
Un pequeño espacio cuadrado (3,5 × 3,6 m), sobresaliente del pórtico, pero en el mismo eje del conjunto de antesalas, se situó en su extremo oriental.
Su acceso sólo se podía realizar a través de una puerta abierta a un nivel inferior desde el exterior, en el plano del podium del inmediato templo neroniano.
La estancia fue excavada en 1971, en una intervención que todavía permanece sin publicar.
De la información a la que se tuvo acceso en los años 1980 se extrajo una planta del interior de la sala, donde se observaban cuatro círculos dibujados, incorporados a las plantas generales de la zona que J. L. Argente et alii incluirían en sucesivas publicaciones, sin aportar explicación de qué representaban.
Entonces sólo logramos detectar restos de cuatro rebajes realizados en la base de roca, localizados siguiendo los círcu- Figura 19.
Planta de la excavación del pórtico norte del Foro Flavio. los del dibujo, pues la zona estaba muy deteriorada, por la presencia de margas muy blandas con las areniscas (Fig. 17).
Planteamos la posibilidad de identificar en esta estancia un aerarium.
Sus pequeñas dimensiones y su acceso difícil y resguardado en el punto de conexión entre ambas estructuras pueden responder a esta funcionalidad, dado que en este tipo de salas se guardaba el tesoro de la ciudad.
Los restos de rebajes circulares en la roca podrían relacionarse con el cajeado de las bases de apoyo de recipientes relacionados con el uso del lugar.
Es posible que la posición de un aerarium en época julio claudia estuviera en la zona y que al construirse el nuevo foro se intentara guardar la posición original, lo que explica que, formando parte de la estructura del Foro Flavio, tuviera su acceso a un nivel más bajo que éste y en el mismo que el del podium de aquél.
Dos cellae completaban el conjunto de fondo de este pórtico: una estancia rectangular, con antesala, entre la cella central y la sala absidiada; y una pequeña sala en el extremo occidental.
Es posible pensar que un tabularium, componente habitual también en los foros, se pueda localizar en alguna de estas salas.
Aunque, en este caso, los indicios son menos claros.
Finalmente, en el extremo oriental del pórtico norte se sitúa una amplia sala cuadrangular (aula) que ocupaba el ancho de las dos ambulationes, encajándose a su vez en el extremo septentrional del pórtico oriental.
Su acceso quedaba separado de éstas por una columna, prolongación del intercolumnio central.
Se trata de un espacio de uso indeterminado (¿una sala de culto?). b.2) El pórtico oeste: la basílica.
En el pórtico oeste del foro (excavado en los años 1990, por J. L. Argente et alii), en un lado mayor del cuadripórtico, reconocemos una basílica de dos naves abierta sobre la plaza del foro y dotada de una aedes Augusti/tribunal.
Esta sala se erige sobre el mismo emplazamiento que la cella del precedente templo augusteo, ahora amortizado.
En efecto, el pórtico presenta una planta basilical, de 50 m × 11,2 m, con dos naves de 5,6 m de anchura.
Como concretaremos más adelante, el esquema general de pórtico lateral adaptado a funciones basilicales no es desconocido, como tampoco el hecho de desarrollar una planta de dos naves y otra particularidad más: en tanto que no existe interrupción en el punto de conexión de las ambulationes de los pórticos norte y oeste, de una lado; y puesto que la columnata del pórtico que rodea el foro por los otros tres lados se apoyaba en el muro perimetral exterior de la terraza, entendemos que la basílica se abriría sobre el foro a través de una columnata que constituía al mismo tiempo la propia del lado occidental del Foro, respetando la ambulatio completa del cuadripórtico.
En el muro occidental de la basílica se disponen un conjunto de estancias abiertas hacia las naves.
Esta sala tenía un acceso a través de dos columnas.
También, a juzgar por la excavación (ver supra), en la entrada de esta sala se conservó el acceso al pozo ritual, al mundus.
En el lado norte de la anterior sala se abre una pequeña fuente, alimentada directamente por un canal procedente del cercano castellum divisorium Norte, en el interior de un pequeño ambiente (3,4 × 2 m), el único abierto sobre el muro de fondo en la mitad septentrional de la galería.
Esta ausencia de estancias en la mitad septentrional del pórtico se explica por la presencia precedente de la Vía II, que, no obstante, hubo de rectificar su trazado, para evitar ser cortada por el muro de fondo del cuadripórtico.
A su vez, al sur de la sala central se disponen cuatro salas, cuya anchura se corresponde con la del intercolumnio.
La sala central ofrece el típico modelo y la proximidad compositiva y formal de la aedes Augusti de la basílica vitrubiana, en posición axial con la plaza, aunque en nuestro caso no en el mismo eje que la aedes principal del conjunto, situada en el pórtico norte.
La presencia del podium en el fondo de la sala, del que sólo resta la base moldurada, de 4,3 m de anchura, con cyme recta (Fig. 20), aporta otro indicio a la interpretación de este espacio por esta vía, en tanto que pudo acoger un grupo estatuario imperial.
De hecho, la excavación del pozo ritual, ubicado a la entrada de esta sala, aportó el fragmento de una pierna perteneciente a una estatua thoracata imperial (Fig. 20, ¿o a una Diana cazadora?), junto a diversos fragmentos de estatuas togadas en bronce.
64 Su posición original quizás fuera el mismo podium central de la aedes, aportando un dato más al argumento que analizamos.
Aparte de las funciones político-religiosas, las actividades más pragmáticas que acogería este espacio en relación con la basílica serían las propias del tribunal, siguiendo el modelo de la basílica de Fanum.
65 No obstante, no olvidemos que este tipo de aedes Augusti/tribunal de basílicas se identifica a veces con la curia.
66 Si la curia de Termes no se situaba en la sala del pórtico norte arriba indicada, quizás tuviera aquí su cabida; si bien, es más factible pensar que se situara efectivamente en la primera sala evaluada.
Finalmente, analizamos la ubicación de la aedes Augusti/tribunal sobre los edificios sacros más antiguos.
Esta superposición fue resultado del interés por renovar, en la misma situación topográfica, la sacralidad de las áreas precedentes en el interior del nuevo foro.
Por ello la construcción de la aedes Augusti/tribunal supuso no una destrucción de los espacios religiosos anteriores, sino una reinterpretación monumental de un antiguo edificio destinado a un culto cívico principal con anterioridad a la constitución del municipium y una actuación que acogía también el mundus fundacional.
El hallazgo en el fondo del pozo del fragmento escultórico reseñado junto a otros restos escultóricos en bronce, así como materiales cerámicos del s. II d.C., deja patente que el pozo estaba en uso tras la construcción del Foro Flavio y se conservó, por su carácter sacro, dentro de la estructura de éste (¿quizás rodeado por un cancel dentro del pórtico?). b.3) Los pórticos este y sur.
Los pórticos este y sur (excavados en los años 1980 por J. L. Argente et alii, y por nosotros desde 2002), perdidos en el plano del cuadripórtico, habrían de presentarse en el plano superior con una hilera de tabernae abiertas hacia las ambulationes.
El plano inferior se sitúa casi 6 m por debajo de la plaza, y se desarrolla con ambulatio perimetral en L, a la que se abría, en cada unos de sus lados, una hilera de tiendas (tabernae) que alojaban dependencias comerciales (las estructuras tenidas hasta ahora erróneamente como macellum), dotadas de sobrados cuya cubierta se embutía directamente en la fábrica del analemma.
El pórtico inferior se abría a la Plaza Triangular mediante pilastras, que soportaban arcadas, enmarcadas por columnas adosadas.
La modulación de las tabernae se realizaba en función de los intercolumnios de los pórticos superiores.
Los dos pisos se comunicaban con una escalera interior situado en la parte norte del pórtico oriental (Fig. 21).
Para c) La Plaza Triangular.
La construcción del Foro Flavio afectó también a la zona urbana situada inmediatamente al este, puesto que su pórtico inferior oriental se abría ahora a una gran plaza aterrazada, la Plaza Triangular, abierta hacia el sureste, donde caía el terreno.
Para ello fueron destruidos parte de un edificio de época julio claudia (Insula VII), así como parte de la calle que corría en el lado occidental de éste (Vía IX).
El flanco oriental de la plaza estaba delimitado por el Foro Flavio y su lado septentrional por el salto topográfico que separaba esta área del espacio situado por detrás del templo neroniano, a una cota superior, donde se cruzaban las vías V y VI.
Del programa decorativo del edificio destacamos, además de restos arquitectónicos del orden corintio con el que se estructuraba en alzado, los restos de una estatua ecuestre en bronce dorado, de la que se conserva un fragmento del casco de una pata, así como diferentes fragmentos de estatuas togadas, los fragmento de brazo y otras partes del cuerpo y vestimenta quizás de dos estatuas, del s. II d.
C., y el fragmento de pierna de mármol arriba señalado.
También pueden proceder del área otros restos escultóricos en bronce (cola y fragmento de grupa) pertenecientes a otra estatua ecuestre (quizás la misma de la que formaban parte los fragmentos recuperados junto al busto del dignatario local), que fueron hallados en la excavación del cercano canal norte del acueducto.
Recordamos la problemática arriba señalada sobre la procedencia de los restos escultóricos recuperados a principios del s. XX en la zona de contacto entre el Foro Flavio y el espacio público julio claudio.
También destacamos la aparición de varios fragmentos de una placa honorífica en bronce, con mención de L. Iul [ius].
Cronología En las fosas de fundación de los muros de las cellae del pórtico norte y en los planos donde éstas apoyan aparece material datado hasta época de Nerón y temprana época flavia, en especial: en UE 1634, T.S. Gálica Drag.
27 (época Claudia), T.S. Hispánica Drag.
C.); UE 11027 (rudus de calzada cortada por el pórtico), ánfora Dress.
C.); también se documenta cerámica de paredes finas, Mayet XXXVII (época tiberiana-flavia).
Por su parte, el pórtico norte corta el podium del templo neroniano.
Por otra parte, la reforma del sector norte del edificio, ya acabado éste, se data en el s. II d.
Por tanto, su construcción se efectúa a partir de época flavia, y sabemos que a partir de un momento por precisar del s. II d.
C. el edificio sufre reformas; si bien, no conocemos cuando concluyen de forma general las obras originales (¿antes de 96 d.
No obstante, siguiendo otros argumentos, podemos precisar algo más sobre el inicio de la construcción del edificio.
Nos remitimos para ello al punto 3.4.5.
Nos encontramos con un modelo de forum conformado por un cuadripórtico con aedes principal localizado en la cella situada en el eje axial de uno de los pórticos de sus lados menores.
En función de Glanum y en la transformación de la stoa de Thera en basílica, remitiendo a modelos más simples de una sola nave (Munigua, Velleia, Iuvanum, Octodurum Virunum, Doclea o Cuicul).
70 Más cercano es la hipótesis, polémica, de la basílica de dos naves que se ha planteado para el foro de Conimbriga.
71 Del otro lado, la presencia adosada y sobresaliente de la aedes Augusti/tribunal con respecto al muro de fondo y en el eje axial del lado largo de la basílica, independientemente de su posición con respecto al templo principal, nos lleva, en primer lugar, a la interpretación del modelo de Fanum.
A su esquema remite su presencia en la basílica de Clunia, modelo de referencia para Termes, aunque en este último caso existe una individuación del aedes Augusti con respecto al tribunal-curia dentro del mismo edificio (y en el lado corto de la plaza).
72 El modelo lo vemos también con claridad en Tarraco y en Pax Iulia, así como en Sellium.
73 Se trata de una composición también extendida en el Occidente romano: Herdoniae, Rusellae, Glanum, etc. En suma, el modelo de referencia global más claro para Termes lo ofrecen las basílicas de Emporiae y Turobriga, con posición no axial con respecto al templo, en un lado largo de la plaza, distribución interior en dos naves y apertura directa de éstas a la columnata al foro.
En cuanto al espacio que interpretamos como curia en el pórtico septentrional, la tipología y dimensiones de otras curias conocidas en ciudades de tamaño pequeño o medio sin amplias funciones administrativas ofrecen datos muy cercanos: Turobriga (68,13 m 2 ), Libisosa (62,18 m 2 ), Labitolosa (el espacio de 60 m 2 libres dentro del templo del Genius) o Saguntum (70 m 2 ); las curias de Ercavica, Segobriga, Iuliobriga y Munigua tampoco tienen amplias dimensiones.
74 En otras provincias los datos son igualmente significativos.
75 Por otra parte, el tipo de cabecera absidiada se detecta en casos como Saepinum, Lucus Feroniae, Iuvanum o Sabratha.
Finalmente, la posición del posible aerarium en una sala dependiente de una localización topográfica resguardada evoca tanto la localización subterránea de los aeraria de Roma, como una ubicación similar en los foros his- Así, desde fines del s. I a.
C. y a lo largo del s. I d.
C. vemos aparecer con gran profusión cellae dentro de pórtico destinadas a culto en numerosos complejos arquitectónicos provinciales.
Hacemos referencia, en primer lugar, a aedes Augusti/tribunales de basílicas, según hemos comprobado, con el ejemplo paradigmático más cercano y de referencia para Termes en el mencionado caso de Clunia.
También vemos aparecer estas salas en aulas y exedras de pórticos de foros, remitiéndonos también en este caso al foro de la capital cluniense, tanto en la exedra de espaldas al templo, como en la aedes del pórtico lateral, 79 por su valor para la difusión del modelo en la región.
En fin, se documenta igualmente en porticus post scaenam, macella, palestras, collegia, scholae o salas marmóreas de termas orientales.
Y, por supuesto, también aparecen en época augustea y julio claudia como espacios principales de culto en algunos santuarios imperiales, como en el Santuario de la Fuente de Nemausus y, aunque no es conclusión aceptada de forma unánime, en el foro augusteo de Conimbriga.
80 Pero la importancia ideológica y simbólica de su modelo haría que el esquema del Templum Pacis fuera tomado como referencia en otros foros y santuarios imperiales en época flavia y posteriores.
En Hispania es precisamente en la capital de la Tarraconensis donde se ofrece el mejor ejemplo en el conjunto flavio de la terraza superior del Foro Provincial de Tarraco (Concilium Provinciae Hispaniae Citerioris).
81 La presencia de este complejo en la capital provincial explica la difusión de los elementos planimétricos y plásticos de esta tipología arquitectónica en nuevos edificios destinados a cultos dinásticos imperiales que habrían de aparecer en la provincia.
Esta dispersión del modelo canalizado desde Tarraco se advierte, por ello, no sólo en Termes: de nuevo en la Citerior aparece en el Foro de Iuliobriga, también flavio, conformado por cuadripórtico con aedes central en el pórtico.
82 Ya en las provincias occidentales este esquema lo encontramos, principalmente, en el Templo flavio de Le Cigognier en Aventicum, en la Aire A de Alba Helvia, y en los foros de Doclea, de época flavia, y Verulamium, de época de Tito con reformas antoninas; en Italia también adopta este esquema el Foro de Porta Marina de Ostia, de época adrianea, quizás sala anexa a la anterior, recogiendo la importancia del agua en otros templos de culto imperial, como se destaca en el cercano foro de Clunia (en el estanque y en la plataforma situados al sureste del templo) así como en otros lugares de Hispania, como en el foro colonial de Emerita Augusta y en los foros de Ebora, Emporion, Munigua, Astigi y Valeria.
88 Por supuesto, se documenta, igualmente, tanto en Roma (Forum Divii Iulii, Claudianum, etc.) como en otras provincias (Santuario las aguas de Nemausus, Narbo, etc.).
En cuanto a la superposición de los lugares de culto en la basílica, la composición de ésta garantizaba la presencia tanto del culto imperial, acorde con el momento coetáneo, como la renovación de los cultos republicanos y augusteo, multiplicando el valor sagrado del conjunto, pero relegando los más antiguos al primero.
La configuración de un santuario de culto imperial sobre una zona sacra primitiva todavía indígena nos remite a modelos repetidos en otras zonas (Nemausus, Aventicum, Paestum, etc.).
Pero igualmente se documenta también este proceso en templos republicanos y de primera época imperial, algunos con cultos capitolinos, transformados en sedes de culto imperial.
89 Finalmente, la escenografía arquitectónica del conjunto queda definida por la combinación del cuadripórtico y la gran terraza artificial en un emplazamiento en altura.
Esta solución incentivaba el simbolismo del complejo, al ofrecer una de las mejores vías para remarcar la preeminencia cultural e ideológica del culto imperial, al convertir el edificio, con su presencia dominante, en un claro hito dentro del paisaje urbano.
La experiencia de Termes constituye, en este sentido, la proyección local de una solución bien desarrollada durante todo el s. I d.
C., también en Hispania, en el diseño de complejos forales de ciudades situadas en altura (Saguntum, Tarraco, Munigua, -destacable por su singularidad anticuaria-, etc.).
90 No obstante, la arquitectura foral escenográfica había ofrecido ya en el s. I d.
C. grandes ejemplos en el interior de la Tarraconensis, precisamente en ciudades situadas en el territorio de la antigua Celtiberia (Valeria, Ercavica, Segobriga y Bilbilis), también en el alto Duero (Vxama).
91 Por ello, si formalmente el Foro Flavio de Termes remite al modelo de la Urbs, la ejecución del proyecto escenográfico se desarrolla en un ambiente de experiencia bien asentada en la provincia. de nuevo presente, tanto en referencia a la historia de la propia ciudad, en relación con las anteriores experiencias augustea y julio claudias, como al contexto urbano coetáneo de la región.
Primero, este complejo ampliaba o reformaba algunos espacios de los que la ciudad ya estaría dotada (a escala administrativa, religiosa, política y económica).
Y segundo, la competencia regional parece clara.
En la cercana Vxama, municipium también julio claudio, el posible foro tiberiano parece ser sustituido por un nuevo conjunto en época flavia, aunque en otro punto topográfico, ahora sobre una posición más dominante.
92 Las dos ciudades, dotadas de similares estatutos jurídicos desde época tiberiana, renuevan en época flavia su centro monumental en función de programas urbanísticos que coligaban necesidades funcionales, propósitos de promoción pública y la difusión del programa político imperial.
También, la construcción del Foro Flavio de Termes se efectúa en un momento en el que se asiste a un impulso del culto imperial como consecuencia del Edicto de Latinidad aplicado a toda Hispania por Vespasiano.
Recordamos que será éste el momento que vea la ampliación de los municipia de la región, puesto que a los municipios julio claudios de Clunia, Vxama y Termes, se sumarán ahora los de Augustobriga, Numantia, Cortona y Duratón (Confluentia), aparte de Segovia, municipio tiberiano o flavio.
93 La creación de un nuevo foro como espacio de representación en conexión a la afirmación del culto dinástico demuestra la importancia de éste último en el proceso de progresiva organización monumental del espacio de las ciudades romanas a lo largo de los dos primeros siglos de la era, en este caso en referencia a las zonas interiores de la provincia Citerior.
94 Los espacios públicos precedentes serían inexistentes o insuficientes para acoger las ceremonias y manifestaciones lúdicas y litúrgicas del culto imperial, lo que serviría de justificación para crear nuevos espacios en los que acoger áreas funcionales asociadas (forales), implicar a toda la población y, a la vez, ampliar la importancia de la manifestación de este culto dentro de un complejo convertido en santuario.
Este último argumento remite, una vez más, a la cuestión de la proliferación de las plazas públicas en las ciudades hispanas.
Por otra parte, dentro de la Meseta colocó entonces una pequeña fuente, de la que resta el enorme bloque monolítico que servía de pila (2 m de largo, 1,3 m ancho y 0,8 m de altura).
La cronología reseñada viene aportada por el análisis de la estratigrafía y los materiales. una estructura porticada, perpendicular al primero.
No obstante, en tanto que es una zona en actual curso de excavación, preferimos esperar a tener datos más precisos para aportar las primeras conclusiones sobre el mismo.
Tan sólo indicar que esta construcción regularizaba el flanco septentrional de la Plaza Triangular, apoyándose en el salto topográfico que diferenciaba ésta del punto donde se cruzaban las Vías V y VI, por detrás del templo neroniano, situados a una cota superior.
Del siglo III d.C. al fin de la etapa romana
A partir del s. III d.
C. las transformaciones sociales y económicas sufridas en el interior de la Citerior conllevan la disminución de la intensidad de desarrollo de la ciudad de Termes, que verá restringido su espacio urbano, con la construcción de la muralla, y redefinidos sus espacios arquitectónicos.
Este proceso se manifiesta también en la zona que nos ocupa, donde gran parte de los espacios públicos han dejado de funcionar como tal ya a fines del s. III d.C. En el Foro Flavio así lo documentan materiales del s. III y IV d.
C. el Foro está muy desmantelado, lo que permite crear, como sucedería en el Foro de Clunia, una necrópolis en el interior de un edificio en ruinas del área, en este caso en el pórtico suroeste julio claudio, datada a partir de fines del s. VI d.C. En ésta hemos excavado 5 tumbas en su extremo occidental, que se suman a las 22 excavadas por J. L. Argente en la zona de la necrópolis más cercana a la iglesia románica96.
A juzgar también por los hallazgos de elementos arquitectónicos en la zona y por la evaluación de los paramentos de la ermita románica, esta necrópolis se ha de asociar sin duda a la existencia en esta etapa de un edificio cultual cristiano visigodo a la que se superpuso la iglesia románica de Ntra.
Sra. de Tiermes, del s. XII, en la zona situada al este del antiguo foro romano97.
Las investigaciones desarrolladas en los últimos años en Termes nos permiten aportar un nuevo esquema interpretativo sobre la evolución y fisonomía del foro romano de la ciudad.
Tras la conquista de Termes en 98 a.
C. y con la estabilización del orden regional tras la Guerra Sertoriana, a partir del segundo cuarto del s. I a.
C. se constata en el área central de la ciudad la construcción de un primer santuario público romano, conformado por una sede augural dotada de mundus y sacellum con ara, germen de un foro republicano.
C.) el santuario sufrió una gran transformación, al tener que dejar cabida a un primer templo de modelo típico latino dedicado a una divinidad cívica, aún por determinar (¿un capitolium?).
Este edificio parece presidir un amplio espacio abierto.
Este conjunto se ha de identificar, por tanto, con el propio foro de época augustea, complejo todavía por evaluar, pues todo su sector oriental está oculto por las grandes estructuras del Foro Flavio, edificio que se superpuso posteriormente.
La adquisición por Termes del estatus municipal en época de Tiberio (14-37 d.C.) promovió el desarrollo urbanístico de la ciudad.
Este espacio se establece como nuevo elemento de ordenación urbanística de la estructura del centro de la ciudad.
Es un complejo conformado por un área abierta presidida por un templo y cerrada al menos en su lado suroriental por un pórtico.
El recinto acoge en su interior un sacellum, precedente al templo y quizás también al pórtico, y en tal caso germen del propio santuario, o quizás sólo un pequeño espacio de culto en el Foro Julio Claudio.
En época trajanea este complejo sufrió una importante reforma, conectada a su mejor ordenación y mayor monumentalización.
A tenor del estado actual de la investigación, en caso de tratarse de un Foro Julio Claudio, no seguiría un modelo estructural global y unitario propio de conjuntos coetáneos del Occidente.
El impulso del proceso de municipalización flavia en la Hispania Citerior y la dinamización socioeconómica de Termes en un marco constitucional regional más homogéneo, permitió desarrollar una nueva experiencia de gran monumentalidad, el Foro Flavio, construido posiblemente a partir de 75 d.
C. Se trata de un cuadripórtico escenográfico sobre terraza, que integra en sus pórticos una aedes central de culto imperial, una basílica con tribunal/aedes Augusti y otras estancias, entre las cuales quizás podemos identificar una curia y un aerarium.
Esta construcción responde al interés por crear un gran complejo dedicado al culto imperial, a modo de Augusteum, que al mismo tiempo reformara o ampliara el marco espacial para la acogida de actividades públicas en la zona central de la ciudad.
El Foro Flavio desarrolla a escala local un modelo dependiente de los logros obtenidos por la experiencia constructiva de foros a lo largo del s. I d.
C. y por la arquitectura religiosa de los grandes santuarios de culto imperial, con especial referencia al Templum Pacis, como modelo metropolitano, y al Foro Provincial de Tarraco, como modelo provincial.
También, si bien el Foro Flavio amortiza el templo augusteo, la superposición de la aedes de la basílica a éste último indica que se conserva el locus consecratus precedente, con la mutación del culto original en función de un culto imperial propio de la extensión de tal práctica en época flavia.
Con estos datos se deben abandonar de forma definitiva gran parte de las interpretaciones precedentes sobre el Foro de Termes: a) No se documenta con seguridad la existencia de un Foro Julio Claudio en la ubicación tradicional propuesta desde los años 1980; en su caso, de ninguna manera respondería a un modelo planimétrico según el esquema de foro tripartito.
El templo de este foro no ofrece un modelo de fanum céltico. b) Los edificios considerados hasta ahora de forma independiente como castellum aquae, criptopórtico, macellum, almacenes y ninfeo no son tales, sino elementos particulares de la estructura general del Foro Flavio. c) El castellum divisorium Norte es el edificio que efectuaba las funciones de terminal del canal norte del acueducto, limpieza y redistribución del agua corriente. d) No se documenta en el foro ninguna sauna ritual celtibérica. |
A día de hoy, los diferentes estudios realizados sobre las esculturas romanas procedentes de Hispania han identificado unas diez representaciones del emperador Trajano.
Los avances desarrollados por los estudios arqueológicos parecen recomendar su revisión, con el fin de corroborar sus identificaciones, y la inclusión de nuevas esculturas a este lote.
A la muerte de su padre, se unían los problemas derivados de la lucha contra su compatriota y rival político, el edetano M. Cornelius Nigrinus que al igual que él aspiraba a la púrpura imperial.
Sin embargo, su éxito sobre aquél le llevó a ser adoptado por el emperador Nerva en otoño del año 97 d.
C., al tiempo que le destinó como sucesor al trono, he-cho que se materializó en enero del año 98 d.
C. 1 Su llegada al solio imperial debió ser acogida con especial regocijo en Hispania -Trajano era oriundo de Italica-y sin duda materializarse en abundantes imágenes del nuevo Princeps.
Esta realidad parece refrendada por los hallazgos arqueológicos, habida cuenta de que el número de representaciones estatuarias hispanas relacionadas con Trajano asciende en la actualidad a diez ejemplares: 2 1.
Retrato de Trajano, hallado en Acci (Granada).
Retrato colosal de Trajano, hallado en la basílica de Baelo Claudia (Cádiz).
Baena 2008, 551. retomar el estudio de este grupo de representaciones para comprobar si todas ellas son relacionables con Trajano y proponer una identificación con el Optimus Princeps para algunas piezas hispanas que tradicionalmente no han sido consideradas como tales.
En el año 1997 M. Bergmann estableció que la mayoría de los retratos del Optimus Princeps pertenecientes al primer grupo habían sido anteriormente retratos de Domiciano, decreciendo esta tendencia en número en los tipos integrados en el segundo.
13 Esta circunstancia es apreciable en tres de las diez piezas recogidas anteriormente, indudablemente representaciones todas del Optimus Princeps.
En primer lugar, la cabeza-retrato de Acci (Fig. 1, a-b), perteneciente al tipo III del retrato de Trajano; 14 en segundo, la cabeza-retrato de Baelo Claudia (Fig. 2, a-b), integrada dentro del tipo II; 15 en tercero y último, la cabeza-retrato procedente de Aeminium (Fig. 3, a-b), también clasificada dentro del tipo II.
16 A estas tres piezas debe ser unida una nueva cabeza-retrato de Trajano procedente de las recientes excavaciones realizadas en Regina, 17 que parece asimismo avalar la propuesta de M. Bergmann.
Divo Trajano de Italica (Foto del autor).
B. Freyer-Schauenburg llegó a indicar que el porcentaje de retratos de Trajano apuntados por M. Bergmann reelaborados a partir de la imagen de Domiciano sería sin duda aumentado el día que un estudio sobre el tema viese la luz.
De igual modo descartó, sobre la base del argumento de la reelaboración del primer grupo de retratos de Trajano, la posibilidad de que la estatua del Princeps procedente de Samos fuese obra de comienzos de su principado.
Habida cuenta de las dificultades para determinar las causas y los momentos de creación de los diferentes tipos de retrato del emperador Trajano, puestas de manifiesto recientemente por D. Boschung, utilizaré a partir de ahora la denominación a la que este último recurrió en su estudio del año 1999 sobre los retratos del Princeps.
17 Se trata de una pieza dada a conocer por T. Nogales y todavía pendiente de publicación definitiva por lo que me acojo aquí al avance expuesto por ella recientemente en la VI Reunión de Escultura Romana en Hispania.
Por otro lado, no puede pasar desapercibida la importancia que la iconografía de Domiciano debió ocupar en Hispania, ya que a tenor de lo aquí comentado se desprende que tan sólo en la Bética se han conservado cinco retratos de este emperador, las tres piezas reelaboradas ya citadas y las procedentes de Almedinilla (Bergmann; Zanker 1981, 368-369.
A los cuatro retratos seguros del Optimus Princeps individualizados en el apartado precedente, fechados en época trajanea, deben unirse dos más de cronología adrianea.
El primero de ellos, es el que aún corona la estatua de Divo Trajano conservada en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla 18 (Fig. 4).
En el estado actual de la cuestión la consideración de la pieza italicense como representación de Divo Trajano está fuera de duda, habida cuenta de la adecuación de la tipología estatuaria a la imagen póstuma de Trajano, los paralelos establecidos con respecto a la cabeza-retrato del Optimus Princeps procedente de Pérgamo 19 y la justificación del escaso parecido sobre la base de los modos de trabajo microasiáticos.
20 El segundo de ellos es una cabezaretrato procedente de Tarragona 21 (Fig. 5, a-b), que como E. M. Koppel señaló sigue la estela del tipo IV del retrato de Trajano, si bien no constituye ninguna repetición exacta respecto a las restantes cabezas conocidas del Princeps.
22 Buenos paralelos para la misma, en cuanto al fuerte patetismo de la cabeza, a la tendencia a favorecer y rejuvenecer al Emperador y al abundante uso del trepano, se tienen en las representaciones adrianeas de Trajano halladas en Pérgamo e Italica, 23 que hacen de la pieza tarraconense un retrato póstumo del Optimus Princeps, posiblemente realizado por un taller provincial.
De la lista de retratos de Trajano, antes mencionada, deben ser eliminados, en mi opinión, dos de los procedentes de Tarragona.
25 El primero de éstos 26 (Fig. 6, a-d) es la cabeza fragmentada estudiada en primer lugar por M. Wegner en el año 1953.
27 A partir de la disposición del cabello por la parte Figura 5, a-b.
23 Para estos dos retratos, vid. supra.
25 Conviene recordar ahora que en un trabajo de los años 80, H. Jucker incluía en el tipo I de los retratos de Trajano una cabeza colosal hallada en Córdoba.
Sin lugar a dudas, por la coincidencia en las medidas, el investigador suizo se refería a la cabeza que en la actualidad se encuentra en el Museo Arqueológico de la Alcazaba de Málaga, no inv.
Sin embargo, esta cabeza no puede considerarse como retrato del Princeps, pues representa a un personaje privado realizado conforme a los gustos iconográficos de época trajanea, como estableció correctamente P. León.
Cabeza fragmentada con corona cívica de Tarraco (Koppel 1985).
trasera de la cabeza Wegner no dudó en incorporarlo a la nómina de los identificados con Trajano, identificación mantenida por la investigación posterior.
28 A pesar de una posible similitud de orden genérico con el Optimus Princeps, manifestada en la zona de la boca y en las dos arrugas que la enmarcan, la pieza es difícilmente identificable con él, por cuanto la forma de labra y disposición del pelo por la parte posterior, junto con la forma triangular de lo conservado del rostro, no encuentran refrendo en la icono-propia Tarraco.
31 Más claro aún resulta el peinado por la parte posterior, en la que se aprecian los mechones largos, arqueados, concéntricos, repartidos en dos mitades iguales y con las puntas vueltas hacia arriba.
Esta disposición está más en consonancia con el peinado de algunos retratos de personajes privados de época adrianea, tal y como señaló K. Fittschen en relación a una cabeza conservada en Munich 32 y como es aun apreciable en otra de la colección Ny Carlsberg.
33 Por todo ello, más probable me parece considerar esta segunda cabeza de Tarragona, como posible representación de un desconocido de época adrianea.
Incluso el esquema iconográfico en su conjunto remite a paralelos de este momento como son una cabeza del almacén de los Museos Vaticanos 34 y otra del Museo Arqueológico de Sevilla.
35 IV Analizados los distintos retratos relacionados con Trajano, me centraré ahora en las representaciones estatuarias de éste procedentes de Hispania.
Las dos primeras son las estatuas ideales en tipo Herrscher halladas en Italica, identificadas como imágenes de Figura 7, a-b.
Cabeza de desconocido de Tarraco (Koppel,1985).
37 Fue hallada en 1905 en las proximidades de Sancti Petri (Cádiz), en relación con restos de escaleras o gradas.
La estatua se ha preservado en un relativo buen estado de conservación.
De los brazos tan sólo se conserva la parte superior.
De la pierna derecha, recompuesta a partir de dos fragmentos, sólo falta la parte delante-ra del pie.
Respecto a la izquierda, la parte inferior de la misma se ha perdido en su totalidad.
Del retrato que la coronó nada se conserva, a excepción de los restos de las infulae, que aún son visibles sobre los hombros de la escultura.
Su superficie se encuentra muy erosionada debido a las circunstancias del hallazgo.
Baena 2008, 551. el derecho se disponía relajado, mientras que el izquierdo se alzaba sujetando posiblemente una lanza.
38 La cabeza, perdida, gira en dirección al brazo exonerado, como se advierte a través de los músculos del cuello, más desarrollado el izquierdo que el derecho.
Sobre el hombro izquierdo se encuentra la característica bolsa de pliegues, desde la que el manto inicia su caída por la parte posterior.
En el estado actual de la cuestión, la estatua de Gades es considerada como integrante del tipo Schulterbausch de las estatuas imperiales.
Como es bien sabido, la bolsa de pliegues al hombro es tan sólo un elemento iconográfico más, que de ningún modo puede considerarse suficientemente indicativo como para realizar clasificaciones tipológicas de las imágenes imperiales.
Con este fin, resulta metodológicamente más adecuado recurrir a los Haltungsmotive utilizados para la realización de la estatua, en este sentido, el desnudo total de la pieza y la posición de brazos y cabeza resulta determinante.
Estas características permiten clasificarla como perteneciente al tipo Herrscher y situar sus paralelos tipológicos en las estatuas italicenses de Divo Trajano anteriormente mencionadas.
Las diferencias entre ellas pueden ser explicadas sobre la base del criterio de la imitatio, 39 por medio del cual tan sólo la idea base es mantenida para después introducir diversas modificaciones, a pesar de las cuales el espíritu de la obra se mantiene inalterado.
40 En cuanto a la identificación del personaje representado, los paralelos constituidos por las dos representaciones de Divo Trajano aparecidas en Italica, la cronología adrianea de la pieza, la presencia de las infulae, las dimensiones mayores del natural y la tipología estatuaria utilizada, posibilitan considerar la estatua de Gades como una representación en tipo Herrscher de Divo Trajano.
41 V Por último, merece la pena dedicar un comentario a tres esculturas militares relacionadas con el Optimus Princeps, dos de Epora 42 (Fig. 10) y una de bronce de Gades 43.
En referencia a las dos primeras, cabe destacar que no hay argumentos firmes ni seguros para vincularlas con representaciones imperiales, por lo que debe quedar abierta la posibilidad de que se trate de personajes desconocidos.
Estatua militar de Epora (P. Rodríguez Oliva, Arte Romano de la Bética II, en prensa).
39 La diferencia fundamental que presenta la estatua de Gades con respecto a sus compañeras de serie hispanas concierne a la posición de los brazos.
En este caso, el alzado es el izquierdo y el exonerado el derecho, mientras en las otras dos ocurre al contrario.
41 No pasa desapercibida la importancia que la imagen de Trajano ocupó en la Bética.
Las tres representaciones póstumas en tipo Herrscher ya comentadas provienen de ella, al tiempo que tres de sus retratos.
El entusiasmo iconográfico de la Bética por Trajano encuentra fuerte respaldo en la epigrafía, pues como ya estudió J. Beltrán, la inmensa mayoría de los testimonios epigráficos identificados como pedestales de estatuas del Princeps proceden de aquélla.
44 En este sentido, los recientes descubrimientos realizados en Sagalassos han llevado a W. Eck y S. Mägele, a partir de sus investigaciones sobre la escultura militar colosal del senador romano G. Lolio (Eck; Mägele 2008, 177-186), a reincidir en la antigua idea de K. Stemmer según la cual las estatuas militares no son una forma de representación exclusiva de la domus Augusta (Stemmer 1978, 147-148.
Argumentos similares pueden esgrimirse al afrontar el estudio de la escultura de bronce de Gades, pues ningún paralelo exacto existe para la misma.
El largo debate en torno a la pieza ha llevado a considerarla por la mayoría de los investigadores como de cronología trajano-adrianea, sin embargo su carácter de unicum en la plástica romana obligan a coincidir con W. Trillmich, cuando opina, que «las especulaciones sobre el nombre de la persona retratada habrá que posponerlas hasta que se haya conseguido una datación estilística de esta extraña estatua thoracata».45 * * * Como conclusión cabe decir que, en mi opinión, han sobrevivido en Hispania cinco cabezas y tres representaciones estatuarias de Trajano.
46 De este grupo pertenecen a época trajanea los retratos hallados en Acci, Baelo Claudia, Aeminium y, posiblemente, Regina; y a época adrianea las estatuas de Italica y Gades y la cabeza de Tarraco.
La investigación futura debe retomar estas cuestiones y contrastar su exactitud.
APÉNDICE I: SOBRE LA CABEZA FRAGMENTADA CON CORONA CÍVICA DE TARRAGONA La obra presenta un trabajo en el que sobresalen los valores plásticos en el modelado del pelo, que a su vez está trabajado mediante mechones planos, poco voluminosos y bien delineados por claras incisiones; características todas ellas que, junto con la patilla vuelta en forma de gancho, remiten de modo unívoco a época julioclaudia.
47 El estado fragmentario de la pieza obliga a centrar el análisis en escasos datos, entre los que destaca como característica principal el motivo de los mechones del lateral derecho del cuello en forma de pinza.
Como ya señaló D. Boschung,48 es éste un recurso iconográfico habitual de la iconografía de Calígula, que posibilita por tanto una identificación con éste; baste recordar en este sentido como paralelos los retratos del Emperador conservados en el Louvre, 49 Venecia 50 y Fulda.
51 Junto con esta pinza, inciden también en la posibilidad de que el efigiado hubiese sido Calígula los largos mechones que se prolongan por los laterales del cuello y la presencia de la corona cívica.
52 Llegados a este punto, el discurso entra en la esfera de la ausencia de parecido que la parte delantera de la cabeza del retrato de Tarraco muestra con la iconografía de Calígula.
La manera de representar la boca, con dos fuertes arrugas que la enmarcan, la alejan efectivamente de las representaciones de éste, al tiempo que la acercan a las de Claudio, en las que se tienen buenos paralelos para esa manera de representar la parte inferior delantera del rostro tal y como muestran los ejemplares provenientes de Olimpia 53 y Caere 54, entre otros.
55 La solución parece pasar por recordar la frecuente reelaboración a la que se vieron sometida los retratos de Calígula con el fin de obtener imágenes de Claudio, 56 de lo que una cabeza de los Museos Capitolinos es un buen exponente.
57 Posiblemente sea esta circunstancia la que afectó a la cabeza de Tarraco, de tal suerte que la imagen primigenia de Calígula fue reelaborada tras su muerte en un retrato de Claudio, que aún conserva por la parte posterior los motivos típicos del cabello de aquél.
En esta posibilidad inciden también, junto con los argumentos anteriormente expuestos, la escasa profundidad del rostro en relación a la parte posterior de la cabeza, y, lo que es más importante, la desproporción del pabellón auricular de la oreja derecha, en la que es aún apreciable el proceso de reelaboración al que fue sometido el retrato, siendo Las esculturas de Epora pueden ser clasificadas dentro de un reducido grupo de estatuas militares que presentan, como motivos decorativos de la coraza, el restringido tema de las dos victorias afrontadas en el registro superior y de dos personificaciones reclinadas en el inferior, y cuyos mejores ejemplos se encuentran en las estatuas militares de San Giovanni Incarico, 58 Villa Albani, 59 Ostia 60 y Carrara.
61 Tradicionalmente este grupo ha sido considerado como perteneciente a finales de época flavia o comienzos de época trajanea, siendo esta segunda opción la que ha primado en relación a la datación de las piezas cordobesas.
62 A pesar de ello, una cronología trajanea y una vinculación con el Optimus Princeps resultan difíciles de mantener en el caso de las estatuas de Epora, pues ninguna de las imágenes militares que del emperador Trajano se conocen en la actualidad presenta una decoración semejante.
63 A mi modo de entender, tres argumentos hacen más probable una cronología flavia para las dos estatuas militares de Epora:
Su mejor paralelo es el ejemplar ya mencionado de San Giovanni in Carico, para el que L. Nista propuso una cronología domicianea 64 que, en mi opinión, se corrobora en función de tres aspectos principales; el primero es la ausencia de los motivos decorativos de su coraza en las esculturas militares de época trajanea; 65 el segundo, los paralelos estilísticos constituidos por las tres estatuas militares del teatro de Tarraco; 66 el tercero, el uso de una tipología similar por parte de Domiciano en las monedas de la época.
Como han señalado C. C. Vermeule y M. Cadario, 68 el motivo iconográfico consistente en decorar la parte inferior de las corazas con figuras de personificaciones es muy usual en época flavia, como demuestran las estatuas militares conservadas en los Museos Vaticanos 69 y en el Museo Británico, 70 entre otras.
Por último, la forma alargada y casi rectangular de los lambrequines de las estatuas militares de Epora encuentra los mejores paralelos en esculturas militares de época domicianea.
72 Por todo ello y ante la falta de otros argumentos definitorios, creo más adecuado considerar las pie- |
El trabajo comienza con el estudio de una escultura romana, que decoró el arco de los Gigantes de Antequera (Málaga) y que presenta un tipo escultórico poco constatado.
Las piezas identificadas remiten a una serie de esculturas de carácter honorífico y funerario, datadas desde época augustea hasta momentos flavios.
La prenda con la que se visten estas figuras se identifican con un tipo de vestido, el ricinium, característico del período de luto.
Esta asociación permite adscribir estas representaciones a ambientes funerarios privados, figurando a la viuda.
Asimismo, el tipo se asocia, en algunas ocasiones, con representaciones honoríficas de personajes públicos en el período de luto.
En estos casos, el contexto y el programa iconográfico en el que aparecen algunas de estas esculturas han permitido asociarlas con el acontecimiento de las honras fúnebres decretadas en conmemoración de Germánico, proponiéndose su identificación con su viuda, Agripina Maior, en los monumentos erigidos tras la muerte de su esposo, en el obligatorio tempus lugendi, durante el año de luto.
El arco de los Gigantes (Figs.
1-2), construido en 1585 en honor del rey Felipe II como una nueva puerta de la ciudad de Antequera (Málaga), se ornamentó con una serie de soportes epigráficos de época romana procedentes de Antequera, la romana Antikaria, y de los yacimientos arqueológicos correspondientes a otras antiguas ciudades romanas y localizados en el entorno como Singilia Barba, Osqua, Nescania e Iluro.
Se hizo bien trayendo las propias piezas antiguas o bien transcribiendo aquellas inscripciones, difíciles de extraer, en nuevos soportes, e incluso grabando esos epígrafes antiguos sobre piedras antiguas cuya inscripción original fue antes borrada.
En este monumento tuvieron también cabida una serie de esculturas romanas que, por ser fragmentarias, fueron convenientemente restauradas y completadas para su inserción en el arco, de tal forma que completaban el programa iconográfico alusivo a la grandeza de Felipe II.
2 1 Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, Consejería de Cultura, Junta de Andalucía.
Trabajo realizado dentro de las actividades del Grupo de Investigación «Historiografía y Patrimonio Andaluz» (ref. HUM 402, del Plan Andaluz de Investigación), así como del proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación «Marmora de la Hispania meridional» (ref. HAR2009-11438HIST), financiado parcialmente con fondos FEDER.
2 Sobre el significado del Arco de los Gigantes en relación con Felipe II puede consultarse, ahora, S. Panzram, «Philipp II.
El Arco de los Gigantes de Antequera, cara exterior o principal, en la actualidad.
Detalle de la parte superior del arco, con la escultura del león en la parte izquierda.
Tras diversas pérdidas, que afectaron, sobre todo, a las esculturas y piezas epigráficas no empotradas en la estructura, el arco fue desmantelado en los inicios del siglo XX, y los elementos epigráficos y escultóricos que formaban parte todavía de su ornamentación fueron guardados y se encuentran en el actual Museo Municipal de Antequera, 3 donde se pueden identificar las diferentes esculturas y epígrafes que compusieron esta singular realización arquitectónica.
La procedencia de estos epígrafes y esculturas, así como el contexto arqueológico del que formaron parte se pueden reconstruir, en buena parte, gracias a los datos que nos proporciona el texto de una obra anónima, titulada Edificio de la ciudad de Antequera con las medallas antiguas halladas en ella, del que se conserva una copia en la Biblioteca Colombina y Capitular de Sevilla, impresa, sin año de edición, 4 cuya redacción ha sido atribuida a diversos autores.
5 Las referencias a las procedencias de las inscripciones romanas han sido justamente valoradas por la investigación, como queda en evidencia en la reedición del CIL II 2 /5, correspondiente al Conuentus Astigitanus, pero no se ha valorado suficiente esta fuente en relación al estudio de las esculturas.
6 Nos queremos centrar en esta ocasión en una de ellas que presenta gran singularidad iconográfica, que fue desmontada del Arco en los inicios del siglo XX y -tras un período de más de cincuenta años-en la década de 1960 fue incorporada a los fondos del recién creado entonces Museo Municipal de Antequera.
Esta escultura ha sido considerada incluso por algunos estudiosos como obra moderna coetánea con la erección de este monumento, pero podemos clasificar con seguridad lo conservado como de época romana.
Es por ello que su superficie está muy desgastada, con señales evidentes de haber sufrido las inclemencias del paso del tiempo y presenta, además, un profundo surco que atraviesa longitudinalmente la práctica totalidad de la parte delantera del cuerpo, mientras que la parte posterior ha sufrido menos, pues se conservaba adosada a la pared.
Puesto que tres eran las esculturas de gran formato que decoraban el arco -una representación de Hércules, una estatua imperial thoracata y una tercera que se identifica como togada de P. Magnio Rufo Magoniano, pero que, realmente, es femenina vestida-, creemos que debe ser identificada con esta última.
Como se verá, en la documentación gráfica se representa completa, mientras que actualmente faltan cabeza, brazos y zona inferior, que posiblemente se le añadieron para completarla, si nos fiamos del dibujo citado y del hecho de que originalmente la cabeza y brazos debían ser piezas aparte y faltarían, como se dice de forma expresa.
Es incluso posible que tales aditamentos modernos no fueran marmóreos, sino añadidos en materiales más fáciles de trabajar, quizás yeso, lo que seguramente justifica que los cortes correspondientes no sean lisos, o más bien que las roturas actuales sean fruto del deterioro posterior de la pieza durante los siglos que estuvo colocada al pie del arco y no corresponden a las superficies originales a las que se les habrían aplicado los añadidos.
En efecto, de la escultura que nos ocupa, se hizo en la obra citada antes la siguiente descripción, en la que se indica que fue descubierta en el llamado Cerro del León (Villanueva de la Concepción, Málaga), sitio de la ciudad romana de Osqua: Haec venietibus à foro nundinatio litigiosum versus ad dextram obi erat togati cuiusdam signu P. Magnio tribuno militum inscriptum inuentum autem in cole (ve nostrates dicunt) Leone intra donni Ferdinandi Xaconi agros capite, de brachiis truncum.
Illi stilobata pedibus inniti-motivo de la visita del Rey a la ciudad en 1570, según J. de Mal Lara, Recibimiento que hizo la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla a la C.R.M. del Rey D. Felipe II: con una breve descripción de la ciudad y su tierra, Sevilla, 1992.
Fue un intento de establecer una relación más cercana entre la ciudad de Antequera y el propio monarca, relación que no debió existir.
3 Sobre el origen y colecciones del Museo Municipal de Antequera cf. M. Cascales Ayala, «Presente y futuro del Museo Municipal de Antequera», Jábega, 92, 2002, pp. 37-44.
4 Una copia de esta obra también fue recogida por Alberto Henrico de Sallengre en el volumen tercero de su Novus Thesaurus Antiquitatum Romanorum, con el título Incerti scriptoris interpretatio inscriptionum et epitaphiorum quae Antiquariae quae urbs est Baetica en Hispania (cf. A. H. de Sallengre, Novus thesaurus antiquitatum romanorum, III, Hagae-Comitum, 1719, pp. 832-864).
Una traducción de esta obra puede consultarse en R. Larreta Zulategui, Edificio de la ciudad de Antequera con las medallas antiguas halladas en ella, Memoria de Licenciatura, Universidad de Sevilla, 1977 (inédita).
Utilizamos las copias que nos ha proporcionado D. José Escalante, director del Archivo Municipal de Antequera y a quien queremos mostrar nuestro agradecimiento por sus observaciones para la confección de estas notas, así como las facilidades para la consulta de estas obras.
Ya en el siglo XVII el padre Francisco de Cabrera, en su obra manuscrita Descripción de la ciudad de Antequera, hace una descripción del Arco de los Gigantes en 1646, con un interesante dibujo del frente (Fig. 3): «Como se va de la Plaza de la Feria a entrar por la puerta nueba (que llaman de los Gigantes) esta una estatua de mármol blanco a la mano derecha que se hallo en el Cerro del León, en una heredad de D. Fernando de Chacón, que tiene doce pies de largo que en la basa la inscripción siguiente...».
8 Debió conocer la obra anterior, aunque sus descripciones complementan las que hace el anónimo autor del Edificio...
Así, aporta un nuevo dato con respecto a lo recogido por esta obra en lo referido al tamaño de la escultura, que estima en doce pies.
El pie tiene una medida aproximada algo menor a los 30 cm 9 por lo que el tamaño de la escultura debería ser aproximadamente de tres metros, lo que no concuerda con la escultura conservada en el Museo Municipal de Antequera, que con los añadidos no debió sobrepasar el metro ochenta.
La única solución que encontramos para explicar esta diferencia es que fray Fernando de Cabrera sumase al tamaño de la escultura el de la basa que lo sostenía y de la que habla a continuación y que estaba dedicada a Publio Magnio.
4, A-C) Su identificación como togado en los eruditos citados se debía a la rareza del tipo de vestimenta con la que cubre el cuerpo, que oculta las formas feme-ninas, y que en algunas ocasiones se ha descrito como una toga femenina.
Por el contrario, se trata de una escultura femenina, labrada en un solo bloque, con unas dimensiones que no debieron superar el tamaño natural, en torno a 1,70-1,80 m de altura 10.
Presenta en la parte superior restos del orificio de sección circular para insertar la cabeza, que debió ser pieza aparte.
El brazo izquierdo sólo se ha conservado hasta la altura del hombro y el derecho hasta la altura del codo, estando la parte inferior del cuerpo desaparecida desde la altura de las rodillas; el costado izquierdo presenta una fractura longitudinal.
Las descripciones antiguas aluden a que la escultura fue completada al menos con un báculo de bronce -que no se recoge en el dibujo del siglo XVII- y muy posiblemente debió terminarse también con una cabeza masculina no pertinente.
Como ya se vio antes, esta escultura nos ha sido transmitida a través de un dibujo (Fig. 3), inserto en la obra del padre Cabrera, que a grandes rasgos se corresponde con la pieza conservada en el Museo Municipal de Antequera, sobre todo en la forma de la caída como un gran triángulo que adopta el manto en la parte delantera, aunque no lleva cíngulo, que quizá pueda considerarse un añadido del dibujo.
Además, la forma abierta de la disposición de los brazos sería fruto del añadido de éstos y de la libertad evidente del dibujo, como asimismo se aprecia en la representación del relieve superior de cuatro figuras, que corresponde a un tema de sacrificio que decora un altar actualmente conservado y que poco se parece al original, como se dirá más adelante.
El material en que se ha labrado la escultura es una caliza blanca local, procedente de las cercanas canteras de la sierra del Torcal, de una calidad altamedia, llamada actualmente crema Torcal, cuya menor dureza que el mármol contribuye a su mal estado de conservación, con claros signos de desgaste.
Quizás el original se remató con algún tipo de estucado, que destacaría los volúmenes y le conferiría una cierta plasticidad a la superficie, resaltando sus formas, ayudado por el colorido posterior.
La figura está vestida con larga túnica y manto o palla, dispuesto alrededor del cuerpo, de forma que debió cubrir también la cabeza.
La túnica, con un escote triangular, está oculta en su mayor parte bajo la palla, quedando al descubierto en la zona del cuello 7 Edificio de la ciudad de Antequera... (nota 4), p.
11; cuya traducción sería: «Según se venía de la plaza del Mercado a la plaza de los litigantes, se veía a la derecha la estatua de un togado dedicada al tribuno de los soldados P. Magnio, encontrada en el Cerro del León (según le llamaban nuestros compatriotas), dentro de los campos de D. Fernando Chacón, con la cabeza y los brazos truncados.
Restaurada a la antigua forma, lleva en su mano un báculo de bronce, distintivo de su magistratura.
Apoyaba sus pies en el estilóbato que el concejal Alfonso Segura Doconio regaló a esta ciudad...» (traducción de R. Larreta Zulategui).
8 F. de Cabrera, Descripción de la Fundación, Antigüedad, Ilustre y Grandezas de la muy noble ciudad de Antequera, Antequera, 76v, reproducción que conserva el Archivo Histórico Municipal de Antequera, y que presenta además adiciones de Luis de la Cuesta datadas hacia 1679.
9 C. A B C y de las piernas, desde la altura de las rodillas.
El manto tiene un amplio desarrollo y cubre la mayor parte del cuerpo, así como la cabeza, según muestran los pliegues conservados sobre los hombros, de forma que uno de los extremos cae desde el hombro izquierdo a lo largo de toda la espalda.
La escultura, concebida para ser vista de forma frontal, presenta el brazo derecho extendido a lo largo del cuerpo, mientras que lo conservado del izquierdo no permite conocer la posición exacta que tendría.
Sin embargo, la comparación con los otros ejemplares mejor conservados en esa parte de la figura, permiten pensar que ambos brazos estarían colocados en posición caída a lo largo del cuerpo.
El modelado general de la figura es de mediana calidad y evidencia -junto al uso del material localque asimismo nos encontramos ante la obra de un taller local.
El trabajo de los paños es muy descuidado y es especialmente patente en el trabajo de los pliegues, que se han labrado de forma superficial, sin apenas profundidad y con un modelado muy plano, casi sin efectos de claroscuro, lo que asimismo sugiere una fecha de ejecución temprano imperial.
Los volúmenes están escasamente marcados y casi no se apre-cian las formas femeninas bajo el manto; tan sólo a la altura del pecho, donde el trabajo de los pliegues es más cuidado y con una mayor profundidad, se marca el contorno del busto.
Presenta la pierna derecha flexionada y adelantada con respecto a la izquierda, ambas bien diferenciadas bajo el manto mediante dos amplios pliegues que caen desde la altura de las caderas a lo largo de las piernas, con un perfil triangular desarrollado.
Debido a su posición y concepción para ser vista de frente, presenta la parte posterior apenas sin trabajar; tan sólo se ha señalado, de manera muy somera, el contorno del extremo del manto, que recorre la espalda y dispone dos amplios pliegues circulares en la parte central de la misma y en la parte inferior, junto a la pierna izquierda.
Esta escultura responde a un tipo poco conocido en los repertorios iconográficos femeninos de Hispania, aunque podemos identificarlo en otras tres esculturas hispanas, que, no obstante, muestran ciertas variantes en la colocación de los brazos, que las diferencian.
La primera de las esculturas a la que nos referiremos procede de la escena del teatro romano de Segobriga (Saelices, Cuenca) y fue hallada en las excavaciones que se desarrollaron en los primeros años de la Figura 6.
Estatua femenina de Asido (Medina Sidonia, Cádiz).
Ayuntamiento de Medina Sidonia.
En ambos casos, como en el ejemplar de Antequera, las figuras se hallan arropadas y veladas con una amplia palla, que envuelve la parte superior del cuerpo y las piernas hasta la altura de las rodillas, dejando a partir de aquí visibles los pliegues de la túnica.
No obstante, el manto, cuyo extremo cae a lo largo de la espalda, está en ambos casos más ajustado alrededor del cuello que en el ejemplar antequerano, y no deja la túnica al descubierto en esta zona.
Pero la diferencia más evidente se encuentra en la disposición de los brazos; así, mientras estas esculturas los extienden hacia el espectador en una posición que algunos autores han denominado como orante, en la conservada en Antequera podemos suponer que se colocaban caídos a ambos lados del cuerpo, según ya explicamos antes.
Esa última disposición de los brazos se testimonia en una cuarta escultura hispana de esta misma serie.
Corresponde a una estatua fragmentaria que fue hallada en el año 2004 en el transcurso de unas excavaciones desarrolladas en la calle Muñices, de Córdoba13 (Fig. 7), y presenta, pues, una mayor similitud con el ejemplar antequerano, tanto en la colocación del manto, según se advierte en la zona que cubre el brazo derecho, cuanto en la postura de los brazos, dispuestos asimismo a lo largo del cuerpo.
La figura cordobesa está asimismo ejecutada en una caliza local y muestra la superficie escasamente trabajada, ya que fue concebida para ser recubierta con algún tipo de estucado, como capa de preparación sobre la que se aplicarían los colores que completarían el aspecto final de la escultura.
Estas particularidades, como son el uso de la piedra local y su tosca ejecución, han llevado a su editor a considerar que se trata de obra de un taller local que trabajó en Colonia Patricia hacia la segunda mitad del siglo I a.
C., en un momento anterior a la introducción en Hispania del uso del mármol y en el que la utilización de las piedras locales estucadas suple esta carencia.
14 Los datos aportados por la excavación y Figura 7.
Estatua femenina, procedente de las excavaciones de C/ Muñices de Colonia Patricia (Córdoba).
Foto: J. Liébana; cortesía de J. A. Garriguet.
Agradezco a José Antonio Garriguet sus indicaciones y el envío de la fotografía de la escultura procedente de Córdoba.
14 Ibidem, loc. cit.; P. León, «Ornamentación escultórica y monumentalización en las ciudades de la Bética», en W. Trillmich y P. Zanker, (eds.), Stadtbild und Ideologie.
Die Monumentalisierung hispanischer Städte zwischen Republik und Kaiserzeit, München, 1990, pp. 367-380. estudio tipológico del monumento funerario en cuyo contexto arqueológico se produjo su hallazgo, parecen concordar con la fecha propuesta mediante el estudio de la escultura.
15 Se trata, pues, de una estatua sepulcral que se expondría en dicho mausoleo, seguramente de la viuda.
En relación a este tema, hay que considerar un relieve sepulcral del Museo Nazionale Romano, uno de los paralelos más cercanos para la escultura de calle Muñices, en el que, junto a un matrimonio, se ha representado un segundo busto femenino, cuya identificación ha sido muy discutida, y que, posiblemente, se pueda identificar con un familiar cercano.
16 REPRESENTACIONES DE AGRIPINA MAIOR, COMO VIUDA, DENTRO DE PROGRAMAS DINÁSTICOS Fuera de Hispania y en un contexto diferente, en este caso ligado al culto que la familia julio-claudia recibió en el Augusteum de Narona, se halló una escultura femenina del mismo tipo que las hispanas que hemos referido.
17 La figura viste una túnica y una palla que envuelve casi todo el cuerpo, excepto la parte inferior, con el manto curvado sobre el pecho en una serie de pliegues concéntricos y con uno de sus extremos que cae desde el hombro izquierdo a lo largo de toda la espalda; también los brazos se extienden hacia el espectador (Figs.
El manto en la parte superior frontal del cuerpo tiene una apertura en forma de V que deja al descubierto parte de la túnica, como en la pieza antikariense.
Se ha propuesto la identificación de esta escultura con Octavia, en función de su lugar de hallazgo en el citado edificio, ya que estaba colocada originalmente en el ángulo de la grada meridional, junto a una escul-tura masculina identificada con Agripa y a otra femenina, tipo Koré, tenida con dudas como Julia.
18 El tipo iconográfico es, pues, poco usual dentro y fuera de la Península Ibérica, y se ha hecho proceder de prototipos helenísticos, entroncando con una serie de figuras que integran el denominado tipo Allia-Berlín, aunque con diversas variantes.
19 El tipo Allia-Berlín tiene la mano derecha bajo el manto, desde donde lo sujeta, desplegándose aquél sobre la pierna en una serie de pliegues abiertos en abanico.
Por el contrario, en el tipo que nos ocupa el manto envuelve por completo la parte frontal del cuerpo, desarrollándose en una serie de pliegues curvos que bajan hasta la altura de las rodillas.
Este tipo de plegado le confiere al vestido una extrema sencillez, alejado de otros modelos parecidos, en los que las diferentes posiciones de los brazos provocan un movimiento más acusado con un plegado de los paños del manto más complejo.
En otras ocasiones, como ocurre en la escultura conocida como Sulpicia Platorina del Museo Nazionale Romano, se representa un tipo iconográfico asimismo relacionado con el anterior, pero que se diferencia en la propia calidad de representación del manto con que cubre la cabeza, que asemeja un tejido más ligero.
Además, exhibe un juego de paños más acusado, que se puede atribuir a la cronología algo más tardía de este ejemplar, fechado en época flavia por el tipo de peinado.
20 Procedente también de ambientes funerarios, aunque con una datación más temprana asignable en torno a finales del siglo I a.
C., la antes citada escultura cordobesa de calle Muñices se ha relacionado con otro relieve del Museo Nazionale Romano, que Garriguet considera como el paralelo más cercano de la escultura.
21 En este relieve se representa a una mujer de medio cuerpo, y llama efectivamente la atención las semejanzas en la disposición del manto, que cubre la cabeza y se despliega sobre los hombros y el pecho en pequeños plegados paralelos, debido a la posición de los brazos, extendidos a lo largo del cuerpo; sin embargo, se diferencia en la calidad del tejido del manto, que parece más tenue, dejando translucir las formas del cuerpo que envuelve, a diferencia del pesado manto con el que se cubre la de Córdoba.
En un relieve funerario del norte de Italia, de los alrededores de Altino, que se fecha también en momentos augusteos, se constata una disposición del manto y una postura de los brazos similar a este grupo de esculturas.
22 Tanto estos paralelos italianos aducidos como la escultura cordobesa antes referida se integran en espacios privados y proceden de ambientes funerarios, mientras que la del teatro de Segobriga y el ejemplar de Narona se vinculan a espacios públicos.
Especialmente significativa es la pieza de Narona, porque fue hallada precisamente en el Augusteum o templo dedicado al culto imperial.
Además, se ha propuesto, como hemos indicado, su interpretación como una estatua icónica destinada a sustentar un retrato de Octavia, hermana de Augusto, por el contexto en el que se hallaba, proponiendo su inserción desde la época augustea en el programa iconográfico del Augusteum naronense.
23 Una gran parte de este edificio fue excavado en 1995 y en el transcurso de estos trabajos se recuperaron, al menos, doce esculturas, pero tres cabezas habían sido fruto de hallazgos fortuitos en momentos anteriores.
Este conjunto estatuario imperial, uno de los más amplios y significativos conocidos en el mundo romano, está compuesto, pues, al menos, por quince esculturas.
Además, a ellas hay que sumar otra serie de fragmentos diversos y se puede llegar a restituir hasta un número de veinte personajes, todos presentes en las procesiones del Ara Pacis e integrantes de la Gens Augusta, entre los que se incluyen varios familiares femeninos, como la propia Livia, cuya cabeza se conserva hoy en el Ashmolean Museum de Oxford.
No obstante, nos interesa la identificación con Octavia que se ha hecho de la escultura no 3, ya que -como se dijo-presenta un tipo iconográfico muy semejante a la de Antequera.
La figura se hallaba caída junto a la escultura no 7, un togado que se ha propuesto identificar con Agripa, y una escultura femenina tipo koré praxitélica, posiblemente una representación de Julia.
La situación que la escultura ocupaba en este recinto ha llevado a sus editores a sugerir que puede tratarse de Octavia.
24 Por el contrario, la escultura no 4 del Augusteum de Narona, situada junto a la anterior, pero con un tipo mejor conocido, derivado de la Hera Borghese y la Koré Albani, ha sido identificada con Antonia Minor, madre de Germánico. ), nieta de Augusto, como hija de Agripa y Julia, y fueron padres de los príncipes Nerón, Druso y Calígula.
Con motivo de la adopción oficial de Germánico por parte de Tiberio y su colocación en la línea sucesoria se erigieron un gran número de monumentos honoríficos, conservándose una serie de inscripciones alusivas de estos hechos,25 así como estatuas que fueron expuestas en diferentes espacios públicos de las ciudades romanas del Imperio.
26 Por otro lado, tras su muerte en Siria, con motivo de las ceremonias fúnebres y conmemorativas que se celebraron a lo largo de todo el Imperio, por expreso mandato decretado por el Senado en su honor a petición de Tiberio, asimismo se erigieron numerosas estatuas e inscripciones conmemorativas.
A las referencias de Tácito y las contenidas en la Tabula Hebana se unió hace unos años como fuente documental de singular importancia la Tabula Siarensis, 27 copia en bronce procedente de la bética Siarum en la que se detalla y amplía el homenaje, ya recogido en la Hebana, que debieron rendirle en Roma y en otras ciudades y lugares del imperio a este príncipe, circunstancia que ha sido puesta de manifiesto también por las fuentes arqueológicas.
28 Se le erigieron arcos en Roma, junto a la porticus Octauiae y el teatro de Marcelo, así como en diversos lugares del imperio, un cenotafio en Antioquía y un tribunal en Epidafne; se le tributaron ceremonias diversas y un gran número de homenajes, como la difusión de los elogios fúnebres realizados por Tiberio, Druso y el Senado que serían distribuidos por los municipios y colonias.
Con todo ello, el número de las estatuas y de los lugares en que recibió homenaje sería muy amplio.
29 La celebración de estos honores funerarios debió realizarse en los momentos posteriores a la muerte de Germánico, entre el 19 y el 20 d.C., y en estos años debieron erigirse muchos de los programas iconográficos destinados a homenajear su memoria.
Este período de tiempo corresponde con el tempus lugendi (período del llanto o del luto) que la viuda de Germánico, Agripina Maior, observaría cuidadosamente y, en concreto, cuando estuviera ligada su imagen a los homenajes públicos que se le dispensaban a su marido difunto.
En este sentido, hay que resaltar que era un luto decretado, un duelo público en el que participaban todos los ordines sociales en demostración de la pietas hacia la Domus Augusta y, de esa forma unánime, todos los ciudadanos honrarían la memoria de Germánico.
30 En ese tempus lugendi la mujer estaba incapacitada para contraer matrimonio durante un cierto espacio de tiempo (nueve o diez meses, o un año) a contar desde la muerte de su marido, 31 durante el cual debían seguir unas estrictas normas, no escritas, en lo referente a su atuendo y, en caso de incumplimiento, las infractoras podían ser sometidas a una serie de sanciones.
32 Durante este período, la mujer debía vestir el ricinium o rica, atuendo propio de las viudas, que más tarde pasó a denominarse maforium.
33 El ricinium es una prenda de vestir que no tiene un diseño preciso y se describe de diversa forma en los textos antiguos.
Así, se describe en unos sitios como un velo corto con el que se cubría la cabeza, o bien como un chal con flecos o un manto con el que las mujeres se cubrían la cabeza y hombros para expresar la gravedad de su dolor en los funerales y duelos públicos.
También se ha descrito como un pallum que se lleva a la manera de un chal, como el mafors o maforium.
34 Otros autores aluden a él como un manto corto, que puede llevarse doble cuando cubre ambos hombros del frente hacia atrás 35.
En otros casos, esta prenda es llamada mafortium y es descrita como un tipo de dalmática que cubre los hombros, la cabeza y la parte superior del cuerpo de la mujer durante el tiempo de duelo, y más tarde se llega a decir que el mafortium y el pallum son iguales.
36 En nuestra opinión, las diversas descripciones que se dan de este atuendo denotarían los cambios que esta prenda va a experimentar en el trascurso de los años, ya que es un atavío muy antiguo que aparece nombrado en las Doce Tablas 37 y parece tener un origen etrusco 38, designando en origen una especie de pesado manto que se coloca sobre ambos hombros, sobre la túnica o el vestido femenino; sería de forma circular, a veces doble, en el frente y en la parte posterior, sujeto con una fíbula.
Además de ser el atuendo propio de las viudas, era utilizado por los flamines en las ceremonias rituales y en las de sacrificio, al menos por su denominación similar, llevándolo también los mimos en las representaciones teatrales.
39 En otros casos, se puntualiza que el ricinium se usaba tan sólo mientras que el difunto permanecía insepulto, sustituyéndose por la toga pulla en los funerales.
40 Como vemos, las noticias sobre el ricinium son de índole muy variada y sus descripciones diversas.
Sólo son coincidentes en su uso como prenda femenina que se lleva durante el periodo del luto.
Con respecto a la forma en que deben vestirse las viudas durante ese período, también se indica en las fuentes escritas que sus vestidos deben ser de color oscuro y no pueden llevar ni adornos, ni joyas, absteniéndose de participar en banquetes.
41 La escultura del Augusteum de Narona denominada como no 3 por sus editores se viste con el mismo tipo de manto de las piezas hispanas referidas, velando la cabeza y envolviendo gran parte de su cuerpo, semejante al usado en los monumentos funerarios.
Es posible que en este contexto público, esta indumentaria ligada originalmente a contextos funerarios haga referencia a una determinada circunstancia, como puede ser que la mujer representada esté de luto por la muerte reciente de su marido, como Julia identificada en los relieves del Ara Pacis por la posición que ocupa en la procesión en el friso norte.
42 Si partimos de estas consideraciones podría proponerse una hipótesis concreta a la hora de interpretar la citada escultura no 3 del Augusteum de Narona.
Como se ha dicho, se ha propuesto la identificación de las figuras que flanquean esta imagen con Julia (la escultura no 5, aunque con una interrogante) y con Agripa (la no 7).
Pero Julia y Agripa son precisamente los padres de Agripina Maior, lo que justificaría que fuera ella misma la que se coloca entre ambos, sus progenitores.
Estaría vestida con el ricinium, haciendo alusión a la muerte reciente de Germánico, su marido, y por tanto debió haberse erigido dentro del año del luto obligatorio.
Es a ella a quien proponemos, a modo de hipótesis, reconocer en esta representación, con una datación de ejecución muy precisa, en torno al 20 d.
C., y colocada entre las efigies de sus padres.
Es entonces plausible que el conjunto escultórico naronense se completara, junto a esa representación de Agripina Maior, de luto, entre sus progenitores, con la estatua del propio Germánico, flanqueado también por las estatuas de su madre Antonia Minor y de su padre Druso Maior, en lugar de Druso Minor, como se ha interpretado tradicionalmente.
Con lo que el conjunto tendría simetría interna y ligaría a Germánico y a Antonia Minor con sus raíces, profundamente entroncadas con la Gens Augusta por parte de ambas familias, dentro de la política matrimonial diseñada por Augusto.
Esta parte del programa iconográfico, conformado por seis estatuas, se habría erigido en el Augusteum por un motivo muy concreto, a saber, las honras fúnebres decretadas para este princeps en el reinado de Tiberio, pudiendo fecharse así esta parte del conjunto dinástico en época tiberiana, concretamente hacia el año 20 d.
ESTATUAS HISPANORROMANAS DE LUTO EN CONTEXTOS HONORÍFICOS
En cuanto a la escultura de esta misma tipología procedente de la antigua Asido, en Medina Sidonia (Cádiz) (Fig. 6), se desconoce su exacto contexto arqueológico, ya que fue fruto de un hallazgo fortuito, pero las noticias con las que contamos parecen denotar que procede de algunas de las áreas públicas intraurbanas de la ciudad romana, vinculada a una serie de representaciones escultóricas que hacen pensar que también en la ciudad bética existió uno o varios espacios dedicados al culto de la familia imperial desde tiempos tardoaugusteos.
Así, de Asido procede un importante conjunto escultórico integrado por diversas esculturas imperiales femeninas y masculinas de época julio-claudia.
Los hallazgos se produjeron a finales del siglo XIX y en diversos momentos a lo largo del XX.
Las esculturas debieron formar un programa iconográfico dinástico, integrado en un edificio público de la ciudad antigua, quizás un augusteum o sacellum dedicado al culto de la familia julio-claudia.
44 Formaron parte de este conjunto tres retratos conservados: precisamente el retrato de Germánico, pero en este caso del tipo de adopción; una cabeza de su hermano adoptivo Druso y una cabeza de Livia.
Los tres retratos fueron hallados en el interior de un depósito de agua en la zona alta de la ciudad.
45 A estas representaciones asidonenses de la familia julio-claudia, hay que sumar una cabeza de Agripina Maior, de tamaño mayor que el natural, conservada actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, aunque ha sido identificada en unas ocasiones con su hija, Agripina Minor, y en otras incluso con el retrato de una particular, en un fenómeno de asimilación de los príncipes de la familia imperial con este tipo de representaciones privadas, circunstancia general que ha sido puesta de manifiesto por P. León.
46 No obstante, en la actualidad se mantiene su identificación con Agripina Maior, a pesar de las particularidades que presenta con respecto al peinado, y se ha datado en época neroniana en función de los paralelos aducidos.
47 Asimismo hay que unir al conjunto de Asido las siguientes dos estatuas icónicas femeninas: una primera escultura, hoy conservada también en el Museo Arqueológico Nacional, que viste túnica, stola y palla, del tipo Eumachia-Fundilia, fechada desde momentos tardotiberianos hasta época claudia, cuya calidad de la pieza hizo pensar a Balil en la posibilidad de su pertenencia a un retrato imperial de la Gens Augusta, de Livia o Agripina; 48 y una segunda estatua vestida con túnica y manto, 49 de un tipo similar a la conservada en el Museo Municipal de Antequera, que estudiamos ahora.
La aparición de esta escultura, vestida con un ricinium, como prenda que vestían las mujeres durante el año de luto, y su inserción en el contexto de, al menos, un conjunto dinástico en el que estaban presentes los retratos de Livia, Germánico, Druso Minor y Agripina Maior, induce a proponer, a manera de hipótesis, su identificación con la imagen de la mujer de Germánico, la misma Agripina Maior, que se habría incorporado a este programa escultórico en el año 20 d.
C., con motivo de las pompas fúnebres que se celebraron en todo el Imperio en honor de su marido, quizás junto a otra representación de su marido difunto.
Finalmente, queda por referirnos de nuevo en este grupo a la escultura femenina hallada en el teatro de Segobriga (Fig. 5), que ha sido objeto de interpreta-tipo koré y otra velada, y una representación de la Dea Roma-y dos retratos imperiales, uno de Calígula, reelaborado sobre uno anterior de Augusto, y otro femenino de la dinastía julio-claudia, precisamente de Agripina Maior.
53 Este grupo estatuario decoró el frente escénico del teatro de la ciudad y se aceptan dos momentos para la ejecución del programa decorativo del frente escénico a partir de criterios estilísticos: 54 un primer momento se dataría entre el 30-40 d.
C. y un segundo en el tercer cuarto del siglo I d.C. Para la escultura femenina que nos interesa, vestida con el ricinium, se propone una datación entre los últimos años del reinado de Tiberio y los primeros de Claudio y el segundo cuarto del siglo I d.
C., identificándose de forma genérica con alguno de los personajes femeninos de la familia julio-claudia, pero sin una clara adscripción a un personaje concreto.
55 Como en los casos anteriores y basándonos en la identificación del manto con el que se cubre la figura, desde la cabeza hasta la altura de las rodilla, ocultando su cuerpo de las miradas del espectador, suponemos que estamos ante una presentación de un miembro femenino de la familia imperial, que viste el ricinium, por lo que debe estar en el año de luto oficial que marca la ley romana.
A partir de nuestra argumentación y el paralelo de Narona proponemos como hipótesis que se trate de la representación de Agripina Maior correspondiente al período de luto por la muerte de Germánico, es decir, hacia el 20 d.
C. Aunque estilísticamente ello es plausible, es cierto que entra en conflicto con la fecha dada para la constitución del primer grupo escultórico de retratos imperiales del teatro de hacia 30-40 d.
C., pero o bien pudo existir un núcleo anterior o bien la pieza fue llevada posteriormente desde otro sector.
Tampoco debemos olvidar que frente a la tradicionalmente asignada fecha de época flavia a la construcción del teatro, se ha sugerido asimismo que el edificio teatral pudo comenzar a construirse o, al menos, a diseñarse en época tiberiana, lo que encajaría con la cronología temprana dada, al menos, a esas esculturas.
56 De todas formas en el conjunto escultórico del teatro debieron existir dos representaciones de Agripina Maior, de fecha algo diversa, ya que la cabeza conocida no corresponde con esta estatua, que sigue un tipo iconográfico diferente.
57 El favor que los segobrigenses debieron tener por Agripina Maior, en el marco general del culto a Augusto y a miembros de la Domus Augusta, queda evidenciado, asimismo, por el reciente hallazgo de otra cabeza retrato de ella, tipo Capitolino, en el foro de la ciudad, que se dataría en época claudia avanzada.
ESTATUAS HISPANORROMANAS DE LUTO EN CONTEXTOS SEPULCRALES.
DE NUEVO LA ESTATUA DE OSQVA
La escultura citada de Colonia Patricia, hallada en las excavaciones de la calle Muñices (Fig. 7), es considerada como una de las estatuas romanas más antiguas de la Córdoba romana.
Se vincula a un monumento funerario privado y se data en una fecha temprana, asignándole una cronología augustea en función del contexto arqueológico en que apareció.
59 La procedencia de esta escultura de un ambiente funerario nos sugiere plantear, a modo de hipótesis, que la representada en este monumento fuera la viuda, presente en el monumento funerario erigido para su esposo, y ataviada con el vestido propio del luto, el ricinium, en alusión a la ceremonia fúnebre que se debió desarrollar y en la que iría vestida de forma acorde a la misma.
Su indumentaria, sin ningún tipo de atributos, con un manto que oculta por entero su cuerpo, entra en los parámetros expuestos más arriba para describir el vestido que llevan las viudas del cortejo funerario, y este tipo de palla puede responder a las características con las que se ha definido el ricinium en un momento determinado, dadas las variaciones que parece experimentar a lo largo de la historia.
La cronología asignada a este tipo escultórico se extendería, pues, al menos desde época augustea 60 y hasta el periodo neroniano o principios de época flavia, datación que se ha propuesto para los ejemplares extrahispanos ya citados de la estatua de Sulpicia Pletorina 61 o el relieve romano de Atistia, 62 paralelos más cercanos de esta escultura y que también se atribuyen a ambientes funerarios.
Finalmente, en el caso de la escultura del arco de los Gigantes de Antequera, con la que iniciamos este trabajo, no podemos restituir su contexto arqueológico, pero sabemos por la información que nos proporciona el anónimo autor del Edificio que no procede de Antikaria, sino del cercano yacimiento arqueológico del Cerro del León, en el término municipal de Villanueva de la Concepción, donde se ubicaba la ciudad romana de Osqua; 63 en concreto, fue hallada dentro de la heredad de Fernando Cha-cón, como queda en evidencia por la similitud que muestra con el grabado elaborado en el siglo XVII por el padre Cabrera, que identifica claramente la escultura como la situada a la derecha del arco, según argumentamos al inicio.
Es por ello que no podemos relacionar la pieza con el conjunto epigráfico procedente de Antikaria que documenta la existencia en este municipio flavio de un programa dinástico de época julio-claudia, 64 restando por tanto un argumento importante para identificar la ahora pieza del Museo de Antequera como representación de Agripina Maior, al menos como hipótesis.
En efecto, de Antequera procede una serie de tres pedestales honoríficos que presentan como característica común su elaboración en caliza roja brechada con nódulos blancos, que aseguran su ejecución en un taller local, ya que el material en que se han labrado se obtiene en la Sierra del Torcal o en sus alrededores.
65 Son tres pedestales ofrecidos por miembros de la oligarquía local, en concreto M. Cornelio Proculo y M. Cornelio Basso, que ostentan ambos el título de pontifex Caesarum y se ha propuesto por parte de algunos autores que puedan ser hermanos.
66 El primer dedicante dona dos de estas bases de estatuas, dedicadas una a la emperatriz Livia bajo el epíteto de Genetrix Orbis, donde menciona también a sus hijos, Tiberio y Druso Maior, 67 y la otra 59 J. A. 11ss., 202-203, no 12;V. Kockel, Porträtreliefs...(nota 16), pp. 88ss., no A8.
Cf., P. Rodríguez Oliva, «Un nuevo testimonio de los Hermes-retratos en la Baetica: la pilastra hermaica de Osqua (Málaga)», Baetica, 8, 1985, pp. 165-190, esp. nota 3.
También otras esculturas osquenses y un monumento epigráfico fueron llevados a Antequera para decorar el arco de los Gigantes.
J. A. Garriguet, «Grupos estatuarios imperiales de la Bética... (nota 43), p.
Sabemos hoy que el retrato denominado en ocasiones como de Germánico, de Antequera, realmente representa a su hijo Nerón (Nero Germanici) y se encontró en el yacimiento arqueológico de La Estación (Antequera), uilla suburbana de Antikaria (M. Romero Pérez, «La villa romana de la Estación, Antequera, Málaga», Revista de Estudios Antequeranos, 12, 2001, pp. 235-258) y no en un ámbito intraurbano, aunque las fases tardías que documenta este asentamiento rural asimismo puede servir de base para plantear la idea de que la pieza pudo ser llevada desde la ciudad a la uilla en momentos tardíos, pero sin poder corroborarse.
65 El tipo de pedestal es en los tres casos un simple bloque paralelepipédico, sin molduras, de tendencia predominante horizontal, posiblemente para colocar en una hornacina.
Sobre el material calizo, llamado comúnmente «mármol rojizo del Torcal», cf. J. Beltrán y M. L. Loza, «Explotación y uso de calizas ornamentales de la provincia de Málaga durante época romana», I Coloquio de Arqueología en Carranque.
Marmora romanos en Hispania (Carranque, 2009) Por el contrario, no tenemos constancia de ninguna dedicación a la familia julio-claudia, y más en concreto, a Germánico o Agripina Maior que proceda de la cercana ciudad de Osqua.
Sí podemos referirnos a un interesante altar anepigráfico osquense -en realidad sólo se conserva el cuerpo central paralelepipédico-, elaborado en la caliza blanca local antequerana de la sierra del Torcal, y relacionado con el culto imperial a partir del carácter de sus relieves, que es una pieza que se expuso también en el frente principal del Arco de los Gigantes, por encima del arco de la puerta, sirviendo de base a una representación escultórica de Hércules70 (Figs.
Frente a su datación en época antoniniana, creemos más acertada una fecha temprana altoimperial, seguramente de época tiberiano-claudia, en relación con el culto imperial; incluso el propio Augusto -o en todo caso el emperador reinante en el momento de su erección, Tiberio, Calígula o Claudio-se representaba en la cara principal, coronado por la Victoria situada sobre el orbe, como se ha dicho recientemente: «Es cierto que el esquema se documenta en relieves de medallones de época antoniniana, pero el carácter y estilo de representación se sitúan mejor en una horquilla cronológica entre época tardoagustea y mediados del siglo I d.
C. Pudiera ser el propio Augusto, coronado por la Victoria, y la figura de la izquierda la misma personificación de la provincia Bética, ya que no olvidamos que en el propio foro de Augusto en Roma se erigió una estatua de cien libras de oro -¿de Augusto?, ¿de la Bética personificada?-, según se indica en la inscripción del pedestal correspondiente como agradecimiento al princeps por sus beneficios para la Bética (CIL VI, 31267:...Hispania Vlterior Baetica quod beneficio eius et perpetua cura prouincia pacata est), aunque el tipo iconográfico de imagen imperial se adecua mejor a una representación de Tiberio o Claudio.
También pudiera pensarse que es una representación del Diuus Augustus rememorando el agrade-cimiento de la prouincia en un ambiente ya de culto imperial oficial y en conexión con la propia escena que se desarrolla en los otros tres frentes: el sacrificio de un toro en ese marco de culto imperial».
71 Frente a la identificación como Agripina Maior en el caso de la estatua osquense, que, no obstante, no debe descartarse totalmente, otros argumentos parecen no avalar esa hipótesis, aunque tampoco ninguno de ellos es determinante: el uso de una piedra no marmórea; las dimensiones de la escultura, que no es superior al tamaño natural; y el que la escultura apareciera junto a o en un lugar relacionado con otra escultura de un león que sí tiene claramente un carácter sepulcral.
En efecto, de las mismas tierras de Fernando Chacón, se extrajo una escultura de león funerario que fue llevado a Antequera y colocado también en la decoración del mismo Arco de los Gigantes, según refiere la obra Edificio de la ciudad de Antequera...: Leo ad finistrum coloris cinericis ex marmore, de quidem firmissimo quamuis non propterea annorum incursibus sic valuit obsitere, ne mancus ad nos anterioribus, posterioribusq; pedibus, de male affect portaretur capite, competentia membrorum de integritate donandus...
72 La escultura de león se colocó en la parte superior izquierda del frente exterior del Arco de los Gigantes, representando así una de las enseñas de la ciudad, y allí se conserva (Fig. 2), ya que no fue desmontada en los inicios del siglo XX.
No obstante, la melena conserva parte original de sus mechones y por su disposición naturalística podría datarse la ejecución de la escultura en el siglo I a.
C. o, incluso, el siglo I d.
C., en consonancia con el proceso de monumentalización de las necrópolis urbanas de la Hispania meridional.
73 Estas representaciones estatuarias de leones tienen un carácter eminentemente funerario, con precedentes en el mundo ibérico, pero especialmente en el mundo itálico, a cuya influencia se debe la abundancia de su uso en los contextos sepulcrales del sur hispano desde época republicana.
Es por ello posible que proceda de una de las necrópolis de la ciudad de Osqua.
74 En relación con este tipo de manifestaciones es habitual que las representaciones de los leones ocupen la parte superior de las esquinas frontales de determinados monumentos funerarios, en especial los denominados «a dado», que tienen como principal referente el monumento sepulcral de los Stronnii en la necrópolis de Porta Nocera de Pompeya, aunque también se pueden apuntar otras propuestas de reconstrucción, colocados en otros lugares de las tumbas o incluso sobre pedestales en las inmediaciones de las tumbas.
75 M. I. Pérez López plantea la restitución de una tumba de opus quadratum de la necrópolis de Gades, en cuyo contexto se halló un león funerario, sobre la base de modelos ampliamente documentados en el mundo itálico, en la parte superior de las esquinas frontales del monumento, 76 y aunque esta hipótesis concreta ha sido en parte rebatida de forma justa, 77 es válida de manera general.
Como se refiere que la escultura de león llevaba bastante tiempo en el cortijo de la finca donde se sitúa el yacimiento de Osqua, no supone un argumento determinante para establecer que la escultura -de la que no sabemos si salió junto a la anterior-tuviera asimismo un carácter funerario, aunque dimensiones y material podrían apuntar a ello, en un ambiente similar al que se adscribe la escultura de Colonia Patricia de la calle Muñices.
Ambas realizaciones guardan también semejanza tanto en lo formal como en el tipo de material en que se hallan esculpidas, una piedra local.
78 Además, la escultura cordobesa se halló asociada claramente a un monumento funerario de tipo aedicula, compuesto por tres cuerpos asentados sobre un podio rectangular.
En el primero de los cuerpos, construido en opus quadratum, se debió contener la cámara funeraria.
Estaba decorado al exterior con pilastras acanaladas en las esquinas, guirnaldas y rodeado por una celosía.
A este cuerpo central, se superpuso un segundo cuerpo, de mayores dimensiones, posiblemente una aedicula, con una columnata corintia que sirvió de marco a la estatua que nos ocupa, que pudo estar acompañada por otros miembros de la familia, entre los cuáles el de su marido difunto, según una serie de modelos itálicos que se recepcionan en la Península Ibérica a partir de época tardorrepublicana.
79 Un tercer cuerpo debió rematar este monumento, restituido por sus editores como piramidal, según los modelos más habituales en este género de edificios.
80 Las dos estatuas de Osqua y Corduba coinciden en la manera en que se ha esculpido la parte posterior de la escultura, semielaborada, concebida para ser vista de forma frontal, enmarcada en una hornacina o estructura que impediría su visión trasera.
En un contexto funerario privado la escultura se identificaría con el retrato de la viuda, vestida de luto.
La cronología de esta escultura, asignada en función de los contextos arqueológicos en que se han encontrado los paralelos formales más cercanos y de criterios estilísticos, apunta un momento temprano que puede situarse desde finales del siglo I a.
C., en momentos augusteos, hasta la primera mitad del siglo I d.
C., y se encontraría asociada con un tipo de monumento funerario, con claros precedentes itálicos, cuyo uso se ha constatado en ciudades romanas de Hispania en momentos tardorrepublicanos, vinculados a la llegada de contingentes itálicos y a su adopción por parte de las nuevas oligarquías locales que asimilaron los nuevos modelos.
81 En algunos casos asimismo efigiaban miembros de la Domus Augusta, según hemos apuntado como hipótesis en algunas representaciones de Agripina Maior. |
Estamos ante un libro atípico en la bibliografía española, que desde la reedición del manual Guía de la Cerámica Romana de Miguel Beltrán (Zaragoza, 1990), no había conocido un trabajo de esta entidad, ya que incluso la Introducción al estudio de la Cerámica Romana de Mercedes Roca y María Isabel Fernández (Málaga, 2005), con un carácter mucho más limitado, sólo contemplaba algunas de las principales cerámicas republicanas y alto y bajo imperiales, tanto hispanas como foráneas, como una herramienta de acercamiento y clasificación para estudiantes universitarios y arqueólogos no especializados, con un talante eminentemente práctico.
Abordado con motivo de la celebración en 2008 del XXVI congreso de los Rei Cretariae Romanae Fautores en la ciudad de Cádiz, nace de la voluntad y el empeño de dos grandes ceramólogos, Darío Bernal y Albert Ribera, y naturalmente de todos y cada uno de los autores, con la intención de ofrecer un muestra global y actualizada del estado de la investigación ceramológica en la Península Ibérica.
Por tanto, al contrario que los trabajos antes referidos, no pretende ser un manual sobre la cerámica romana de Hispania, aunque así se oferte en el propio volumen y de hecho pueda servir como tal, sino como bien reza el título, un estado de la cuestión de las principales familias cerámicas hispanorromanas, de un alto nivel científico.
Y es aquí donde radica su principal mérito y su novedad.
El libro se articula en seis bloques precedidos por una introducción a cargo de Darío Bernal y Albert Ribera, y un prólogo de Miguel Beltrán, ambos de lectura inexcusable.
Bloque I. Estudios preliminares, emprende en los dos primeros trabajos un acercamiento a los aspectos historiográficos del tema desde sendas perspectivas geográficas, la del litoral, circunscrito eminentemente al Mediterráneo, realizado por R. Járrega, dotado de un amplio aparato bibliográfico, y la del interior prácticamente ajustado a la Meseta Norte y a los periodos tardorrepublicano y altoimperial, elaborado por E. Illarregui.
El tercer estudio, de J. J. Díaz, se ocupa de los talleres alfareros hispanos y especialmente de los diferentes ambientes funcionales, centrándose en sus aspectos menos conocidos; y en el cuarto J. Coll pone al día en diversos aspectos relacionados con la morfología y la tecnología de los hornos cerámicos hispanorromanos.
El apartado se cierra con un trabajo de J. Principal sobre el fenómeno de las imitaciones en el área mediterránea, en el periodo comprendido entre el s. II a.C. y época flavia.
Roma en la fase de conquista (siglos III-I a.
C.), se ocupa de dar un amplio repaso a las cerámicas propiamente indígenas: ibéricas (H. Bonet y C. Mata), celtibéricas (F. Burillo, M.A. Cano, M.E. Saiz), turdetanas (E. Ferrer y F.J. García) y del mundo castreño (A. Fernández), ilustrando su evolución hasta su encuentro con las influencias romanas y su consiguiente transformación.
También expone con solvencia las cerámicas que nacen en ese periodo como consecuencia de las fuertes influencias foráneas, como las cerámicas de tradición púnica (A.M. Adroher), las Tipo Kuass (A.M. Niveau de Villedary) o las cerámicas de barniz negro surgidas a imitación de las últimas producciones áticas del siglo IV y de sus sucesoras por todo el Mediterráneo (J. Pérez).
Este bloque concluye con un novedoso apartado, dedicado a las producciones cerámicas fabricadas en suelo hispano por o para las unidades militares romanas en la última fase de la conquista y durante el periodo subsiguiente de estabilización y control del territorio (A. Morillo), tema hasta ahora ausente de los grandes tratados generales.
Nuevos tiempos, nuevos gustos (Augusto -s.
C.) entramos ya en las cerámicas netamente hispanorromanas a través de diez estudios que examinan diez de los principales grupos cerámicos que caracterizan este periodo de dos siglos.
Se inicia este bloque con las cerámicas tipo Peñaflor a cargo de M. Bustamante y E. Huguet, una producción de reciente caracterización, aunque su encuadramiento todavía plantea numerosos problemas, como lo demuestra el hecho de que sea contemplada dentro del capítulo siguiente, sobre la terra sigillata hispánica (M. I. Fernández, M. Roca), como una de las producciones precoces de origen bético, lo que podría dar lugar a una cierta confusión.
También se incluyen entre las hispánicas algunas de las producciones de origen militar, no todas, que habíamos visto en el bloque anterior, poniendo de manifiesto las profundas transformaciones que están teniendo lugar en este importantísimo y complejo grupo cerámico, anuncio de las que aun habrán de seguirle tanto en el orden formal como cronológico, ámbitos en los que se vienen produciéndo importantes novedades en los últimos tiempos.
Lo mismo podría decirse de la terra sigillata hispánica brillante, cuyo estudio presentan C. Fernández Ochoa y M. Zarzalejos, cerámica necesitada de una exhaustiva revisión que, por supuesto, sobrepasa los límites de este estado de la cuestión, en el que las autoras ya apuntan claramente esta necesidad.
Los dos siguientes trabajos introducen en el vasto y atrayente mundo de las producciones de paredes finas, en el primero A. López Mullor se ocupa con profusión de las producciones de la fachada mediterránea y las Islas Baleares, y en el segundo E. Martín Hernández y G. Rodríguez Martín recorren las creaciones lusitanas y del cuadrante noroccidental peninsular, espacio en el que se han generado importantes novedades en los últimos lustros.
A continuación A. Morillo y G. Rodríguez nos sitúan en el sugestivo ámbito de las lucernas producidas en el solar hispano y los problemas que su conocimiento tiene planteados, alcanzando hasta los tipos producidos en terra sigillata hispánica tardía.
Le sigue el capítulo de las producciones pintadas hispanorromanas de la mano de J. M. Abascal, otra de las grandes producciones peninsulares necesitada de una puesta al día, que apenas ha contado con trabajos importantes desde su magno trabajo La cerámica pintada romana de tradición indígena en la Península Ibérica (Madrid, 1986), como pone de relieve la bibliografía presentada, a pesar de las innumerables interrogantes que en él se pusieran en su día de manifiesto.
Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 Otra de las gratas novedades del libro lo constituye el siguiente trabajo, de R. Morais, sobre las cerámicas bracarenses, una producción conocida desde hace décadas pero de reciente sistematización, que producida en Bracara Augusta se difundió por todo el convento bracaraugustano, imitando, su repertorio tipológico, formas de sigillata y paredes finas especialmente.
El penúltimo estudio de este grupo, a cargo de E. Serrano, está dedicado a las cerámicas comunes altoimperiales, mundo tradicionalmente marginado pero que en los últimos lustros ha experimentado una fuerte transformación de la mano de importantes investigaciones.
Aquí se da un repaso a todas ellas, ordenado según las distintas provincias de Hispania, si bien el aparato gráfico que ilustra el trabajo se centra en algunos de los más importantes talleres béticos.
Para cerrar este bloque, un breve acercamiento a una de las producciones altoimperiales más raras y desconocidas producidas en el solar hispano: las cerámicas vidriadas, de la mano de A. Paz Peralta.
Cerámicas hispanorromanas en la antigüedad tardía (siglos III-VII d.
C.), refleja las graves carencias que aun presenta nuestro conocimiento de las producciones cerámicas de este vasto periodo histórico.
Solo cuatro estudios intentan cubrir el amplio vacío existente.
El bloque se abre con un trabajo sobre las producciones de terra sigillata hispánica intermedia y tardía, a cargo de A. Paz Peralta, sin duda la más importante de las producciones fabricadas en el solar hispano durante los siglos III al V. En él se definen y exponen las características de esta compleja producción, incluyendo diversos análisis petrográficos, se ofrece un repaso historiográfico y se presenta una nueva tipología-cronología así como unas atribuciones iconográficas que, sin duda, darán mucho que hablar, y se añaden sendos capítulos dedicados a la distribución y a la problemática y líneas de investigación, muy centradas en los talleres riojanos, todo ello completado con un apéndice sobre análisis de cerámicas y un generoso aparato gráfico.
El siguiente trabajo a cargo de M. Orfila se dedica a la llamada terra sigillata hispánica tardía meridional, una cerámica común fina de origen bético, que imita algunas formas de las sigillatas tardías galas y africanas, y que a pesar de su escaso repertorio formal muestra una larga perduración que se estima entre finales del s. III y el siglo VII, y una distribución que parece abarcar buena parte de la Bética, penetrando en la Meseta hasta zonas del centro peninsular.
En el tercer artículo, X. Aquilué da un repaso a las imitaciones de cerámica africana, tanto de mesa como de cocina, fabricadas en Hispania tanto en la costa mediterránea o el valle del Ebro, donde hace algunos años que se vienen detectando, como en distintas zonas de la Bética, norte de Portugal (Bracara Augusta), sur de Galicia y el País Vasco.
El bloque se cierra con un amplio trabajo de J. Ramón sobre la cerámica ebusitana en la Antigüedad Tardía y un interesante estudio acerca de las producciones paleoandalusies de los siglos VIII y IX a cargo de M. Alba y S. Gutiérrez, en las que todavía se pueden rastrear los últimos influjos del mundo antiguo.
El bloque V. Algo más que cerámica: la singularidad de las ánforas, constituye otro de los muchos aciertos de esta obra, ya que efectúa, a lo largo de cinco trabajos, una extensa puesta al día de nuestros conocimientos sobre estos valiosos contenedores.
Los dos primeros estudios nos acercan a los antecedentes ibéricos (A. Ribera y E. Tsantini) y a las producciones tar-dopúnicas (siglos III a I a.
C.) de la zona del estrecho (A. M. Sáez), para entrar en los tres trabajos siguientes en las producciones hispanorromanas por zonas geográficas: Bética (E. García Vargas y D. Bernal), Tarraconense (A. López Mullor y A. Martín) y Lusitania (Carlos Fabião).
Una valiosa y completa monografía, dentro de otra, con sus casi 130 páginas.
Otras producciones alfareras y tendencias actuales, cierra este gran trabajo editorial y científico con cuatro estudios ciertamente novedosos.
El primero, a cargo de L. Roldán, nos introduce en las producciones de material constructivo latericio, otro de los grandes marginados de los estudios ceramológicos, a pesar de su extraordinaria importancia para la comprensión de la edilicia romana.
El segundo, dedicado a las terracotas y elementos de coroplastia, nos presenta, de la mano de M. L. Roldan, una ilustrativa introducción a este desconocido mundo y en especial a los aspectos relacionados con su fabricación y distribución.
En el tercero J. M. Gurt y V. Martínez dedican una ilustrativa reflexión a la Arqueometría aplicada al conocimiento de las cerámicas arqueológicas, y a su indiscutible importancia en la comprensión de los procesos técnicos que tuvieron lugar en su fabricación y para la determinación de su origen.
El bloque y la obra concluyen con una breve exposición de J. Remesal dedicada al grupo CEIPAC que, radicado en la Universidad de Barcelona y con más de veinte años dedicados especialmente al estudio de las ánforas, constituye uno de los grupos de investigación ceramológica más veteranos y prestigiosos del mundo.
Destacar por último, junto al gran trabajo realizado por los autores, el enorme bagaje bibliográfico que la obra aporta, imprescindible para poder profundizar en cualquiera de los temas abordados.
Entre las escasas lagunas reseñables, debemos mencionar la ausencia de un trabajo dedicado a las producciones de época visigoda, que en la última década han conocido un notable impulso, o la de algunas producciones regionales de importancia como las engobadas del Valle del Ebro, o las cerámicas comunes de la Cornisa Cantábrica, ausencias debidas exclusivamente a las múltiples vicisitudes que sufre un empeño editorial tan formidable, que no a la voluntad de los editores quienes, muy al contrario, son conscientes de la necesidad de un futuro esfuerzo suplementario que cubra estas ausencias.
Un estado de la cuestión oportuno y muy necesario al que habrán de seguir otros en años venideros, en respuesta al creciente interés por el estudio de las cerámicas de la Antigüedad, y que recientemente ha cristalizado en la creación de EX OFFI-CINA HISPANA, Sociedad de Estudios de la Cerámica Antigua en Hispania.
El gran nivel editorial y científico de este tratado pone el listón muy alto para el futuro.
Ni que decir tiene que una obra como esta no debe faltar en la biblioteca de ningún arqueólogo, historiador o estudioso de la Antigüedad.
LUIS CARLOS JUAN TOVAR Sociedad de Estudios de la Cerámica
Antigua en Hispania ( [EMAIL] ) PIERO BERNI MILLET, Epigrafía anfórica de la Bética.
Todo arqueólogo que haya excavado en un yacimiento de época romana del Mediterráneo occidental, datado entre los siglos I y III de la Era, habrá tenido probablemente que lavar, siglar y clasificar fragmentos de ánforas Dressel 20.
Desde las alfarerías y almazaras romanas de las riberas del Baetis, el aceite que contenían estas ánforas rechonchas y panzudas, pero también macizas y resistentes, fue repartido por todas las grandes rutas comerciales del Imperio Romano occidental.
Tras su consumo, los envases vacíos fueron a parar a los vertederos o bien se reutilizaron de diversas formas, por ejemplo como rellenos sanitarios bajo pavimentos.
En las estratigrafías de todas las ciudades romanas, campamentos legionarios y grandes villae agrícolas los restos de estas ánforas Dressel 20 rellenan hoy los suelos de toda Europa occidental incluida la Britannia.
En Roma, estas ánforas forman además un yacimiento particular y único.
Junto al emporium, el puerto fluvial de la ciudad, a poca distancia tras la gigantesca porticus Aemilia y los grandes horrea portuarios, se levanta el famoso monte Testaccio, una montaña de 35 m de altura y casi un km de perímetro cuya vegetación se levanta hoy para asombro del visitante sobre un suelo compuesto enteramente por cascotes cerámicos de ánforas oleícolas procedentes de África, la Tripolitania y sobre todo por millones y millones de estas ánforas Dressel 20 béticas que se fueron depositando allí, año tras año, como mínimo hasta el año 257, la fecha más reciente allí documentada, aunque hoy sabemos que el comercio del aceite bético continuó con nuevos envases.
Los orígenes de este monte/vertedero no han podido todavía delimitarse con precisión.
Y es que trabajar en el Testaccio significa que cada metro cúbico de tierra excavada es en realidad un metro cúbico de fragmentos anfóricos repletos de epigrafía que deben ser estudiados.
En 1872 H. Dressel inició en el Testaccio la recogida de fragmentos anfóricos sellados descubriendo gracias a P.Luigi Buzza los letreros pintados (tituli picti) y sus variados registros perfectamente datados con fechas consulares.
Una vez G. Bonsor pudo demostrar que eran las riberas del Baetis los lugares donde estas ánforas se producían, la línea de estudios estaba ya abierta.
Los trabajos de M.H. Callender, M. Ponsich y sobre todo E. Rodríguez Almeida, G. Chic y J. Remesal, por citar únicamente a los investigadores más recientes, han ido cubriendo distintas etapas en la comprensión del fenómeno económico y social que significaba la producción del aceite bético a través de esta disciplina específica que es hoy la epigrafía anfórica.
Los estudios del profesor José Remesal sobre estas ánforas desde su producción en las riberas del Gudalquivir hasta su abandono en las ciudades y campamentos de las orillas del Rin y, sobre todo, la creación del grupo de investigación CEIPAC en la Universidad de Barcelona [URL], significaron un avance importante.
Los nuevos sondeos arqueológicos emprendidos desde 1989 por J. Remesal en el Monte Testaccio junto a J.M. Blázquez y E. Rodríguez Almeida permitió la formación de una nueva generación de arqueólogos e historiadores especializados en la problemática tipológica y epigráfica de los envases anfóricos que pudieron ya aportar su habilidad en la utilización de las nuevas tecnologías informáticas.
Hoy sabemos que cada ánfora Dressel 20 bien conservada reune todo un conjunto de variados epígrafes: grafitos ante cocturam en la parte inferior del ánfora con indicaciones precisas relativas al secado de las piezas para su unión posterior, sellos de marcaje en labios, asas o vientre y hasta cinco letreros pintados diferentes indicando la tara del ánfora (circa 30 kg), el nombre del comerciante, el peso neto de aceite (circa 70 kg), el control fiscal del envasado y un quinto numeral de significado aún oscuro.
Enfrentarse en cada nueva campaña del Monte Testaccio a la catalogación de cientos y cientos de nuevos sellos y tituli picti obligó a sistematizar toda esta información y por ello P. Berni y A. Aguilera crearon la Base Testaccio, una base de datos epigráfica sobre sellos anfóricos que reúne hoy más de 18.000 entradas, 15.000 de ellas sobre ánforas Dressel 20.
El Dr. Piero Berni, profesor en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), investigador del CEIPAC y del Institut Català d'Arqueologia Classica ha dedicado a las ánforas Dressel 20 una buena parte de su carrera investigadora extendida igualmente a las ánforas vinarias de producción catalana.
Berni es ahora autor de este impresionante y denso volumen de 640 páginas resultado de su tesis doctoral leída en la UB en el año 2007.
En el mismo analiza la producción de las ánforas Dressel 20 a lo largo de las orillas de los ríos Guadalquivir y Genil en los territorios coloniales de Corduba, Astigi e Hispalis incluyendo el catálogo completo e individualizado de todos los sellos conocidos agrupados por alfarerías y por épocas.
Se trata de una obra inmensa, cuidada y precisa, llena de detalles útiles en sus catálogos minuciosos que de alguna forma el autor ha querido dedicar a través de su título a los trabajos anteriores de Genaro Chic, Epigrafía anforica de la Betica y Jose Remesal, La economía oleícola de la Betica: nuevas formas de análisis, ambos continuadores de la primera gran prospección de M. Ponsich en las riberas del Guadalquivir en las décadas de 1960 y 1970.
Pero este nuevo trabajo nos sitúa ahora claramente en un escalón superior de la investigación.
Por primera vez disponemos de un catálogo de yacimientos relacionado con el índice completo de sellos conocidos y lo que es más importante de una explicación convincente para el funcionamiento de estos sellos cuyo sentido preciso (¿marca del alfarero?, ¿del productor del aceite?, ¿de su negociante?) había dado lugar a un ya largo debate.
Piero Berni ha podido confirmar con bases empíricas la hipótesis inicial de H. Dressel considerando estos sellos como las marcas epigráficas de los distintos talleres identificados con topónimos, nombres de los propietarios de los alfares y agentes de la producción.
Las fases de la producción anfórica han podido ser bien individualizadas desde sus orígenes no ligados a los propios fundi productores del aceite sino como una actividad económica subsidiaria pero independiente en manos de empresarios que escogieron las zonas ricas en arcillas para situar alfarerías especializadas, primero en los alrededores de Corduba y Astigi y más adelante en torno al puerto fluvial de Hispalis.
Unas alfarerías que con el tiempo adquirieron dimensiones gigantescas en un proceso monopolista de las figlinae consecuente a la toma del poder por Septimio Severo y el dominio directo por parte del emperador de gran parte de las actividades productivas.
Piero Berni hace un repaso detallado de la evolución tipológica de las ánforas Dressel 20 desde sus orígenes en los años 30-40 de la Era a partir de prototipos augusteos (las denominadas ánforas Oberaden 83 y Haltern 71 encontradas en los campamentos del limes germano) y cuya fabricación continuó hasta los años 250/275 de la Era con cinco varian-Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 tes principales bien datadas en las épocas julio-claudia, neron-vespasianea, flavio-trajanea, antoniniana y severiana / postseveriana.
Los sellos presentan casi siempre cartelas rectangulares con letras excisas en una o dos líneas (en el siglo III por el contrario fueron mayoría las letras incisas), normalmente en lectura directa de izquierda a derecha.
El sellado se realizaba con contramatrices de barro elaboradas a partir de matrices primigenias de las que se han encontrado hasta tres ejemplares diferentes en diferentes yacimientos.
Para el arqueólogo de campo un sello sobre un ánfora Dressel 20 puede resultar un conjunto casi incomprensible de letras latinas unidas por todo tipo de nexos y en las que no siempre se dejan adivinar las interpunciones.
Pero es cierto que el lenguaje siempre abreviado de estos sellos pudo comenzar a ser comprendido gracias a las primeras observaciones de Dressel identificando abreviaturas de tria nomina, iniciales FIG o F (de figlina) y EXOF u OF (de ex officina) acompañadas de los nombres de propietarios y jefes de taller.
El autor defiende la utilización de moldes de silicona para la reproducción de estos sellos en ocasiones de lectura compleja por el desgaste y cuyos calcos o copias sobre papel pueden plantear problemas serios de interpretación.
Como bien indica Berni en realidad estos sellos fueron elementos de un lenguaje técnico para uso exclusivo de los talleres y de sus trabajadores.
Por ello el principal mérito del epigrafista anfórico es ahora poder hacernos descubrir las claves de ese lenguaje, sus formas de representación y relación, las familias de sellos y las asociaciones nominales.
La obra nos presenta así como conclusión un completo glosario alfabético de 83 denominaciones distintas que evidencian los nombres de los lugares de producción: ciudades, portus, fundi, figlinae y officinae.
Pero donde el trabajo de Piero Berni muestra su carácter sistemático es a través de un catálogo ordenado de 101 alfarerías reconocidas y documentadas a lo largo de los territorios de Hispalis (50 alfarerías), Astigi (22 alfarerías) y Corduba (29 alfarerías) todas ellas presentadas con sus sellos respectivos que plantean todo tipo de variantes respecto a los nombres de los establecimientos según las reglas antes comentadas.
Los índices epigráficos del final de la obra se extienden a lo largo de 80 densas páginas escritas a cuerpo 8, inferior al de nota.
El investigador que accede a todo este inmenso material por fin identificado correctamente y ordenado con precisión no puede sino agradecer íntimamente el esfuerzo inmenso y los años de trabajo que ha debido representar.
Imaginamos que Piero Berni como especialista habrá disfrutado sobre todo en el estudio de algunos sellos concretos de gran complejidad cuyos planteamientos nos brinda igualmente mostrándonos algunas resoluciones de gran belleza.
Queremos imaginar que H. Dressel y E. Hübner estarían orgullosos de ver hasta qué punto la correcta metodología de trabajo por ellos iniciada podría dar frutos tan precisos a partir de un material inicialmente poco agradecido.
Sería un orgullo de pioneros, digno y justificado, que apreciamos igualmente en las palabras de presentación de este libro por parte de José Remesal.
A este comentarista solo le queda añadir su felicitación al Dr. Piero Berni y la recomendación más sincera de su lectura.
La segunda sección cuenta con un mayor número de contribuciones, destacando la de Domínguez Monedero (cit. supra) en la que el autor pone de relieve las diferencias, ya conocidas, de la presencia y la acción griegas en ambos territorios, y sobre todo la internacionalización de las relaciones comerciales en determinados emporia de Iberia.
La breve comunicación de B. Orlando: «Mercenari iberi in Sicilia tra la fine del V e il IV sec. a.
C.» (pp. 147-153) versa sobre un tema ya tratado por A. García y Bellido en 1974, G. López Monteagudo en 1977, J. Luque en 1984 y F. Quesada en 1994, bibliografía que desconoce, a excepción de la primera, ya que no la cita, aunque sí lo hace en nota 16 de otros autores españoles (Barceló y Blázquez).
De los rodios en Iberia, a partir de las noticias de Estrabón sobre todo y de otras fuentes literarias, trata el trabajo de G. R. Stuppia: «I Rodii e l 'Iberia» (pp. 67-81) que viene a sumarse a los partidarios de dicha presencia, en contraposición a los que la niegan, como Domínguez Monedero (cit. supr y 1990) y otros autores.
Cuatro comunicaciones más conforman esta segunda sección dedicada al análisis de aspectos históricos concretos.
C. Vacanti: «Sagunto, «Nemesi» di Messana» (pp. 171-180) aboga por la relación entre las dos Guerras Púnicas, a pesar de sus diferencias geográficas, cronológicas y de motivaciones.
Apoyándose en las noticias de las fuentes literarias, el autor llega a la interesante conclusión de que la elección de Sagunto por Anibal para iniciar la Segunda guerra Púnica, se debió no solo a motivos estratégicos militares, sino sobre todo de táctica ideológica.
Fue la lección aprendida por los cartagineses en la Primera Guerra Púnica que convierte a Sagunto en la «venganza» de la derrota de cincuenta años antes.
Interesante, a pesar de su brevedad, es también el trabajo de R. Marino: «Note etnografiche nella storia politica della Spagna romana» (pp. 213-219) quien ve a la provincia romana de Hispania como un banco de pruebas en los intereses políticos y personales de las clases dirigentes romanas en su avance hacia África y Sicilia.
Cierran esta sección las colaboraciones de D. Salvo: «La Sicilia e la Spagna nelle Storie di Paolo Orosio» (pp. 233-243) y de C. Martínez Maza: «Gregorio Magno y los judíos: Hispania y Sicilia como modelos de comportamiento» (pp. 221-231).
F. Mattaliano y G. Cruz Andreoti afrontan el estudio del concepto geográfico, objetivo de la tercera sección.
El primero a través del Papiro de Artemidoro: «Il Papiro di Artemidoro tra Eratostene e Strabone» (pp. 181-198) al que tantos estudios y comentarios se le han dedicado ya (destacamos los recientes en la revista Emerita); y el segundo: «Geografía y epos en la Iberia antigua: a propósito de Estrabón y el libro III» (pp. 199-211) quien destaca la topografía realista de las tierras iberas en el libro III de Estrabón, frente a la concepción épica de Eratóstenes de una Iberia dominada por el mito de Heracles, que bien podría enmarcarse igualmente en la sección primera.
Llegamos así al final de este volumen, cuarta sección, en la que M. Álvarez Martí-Aguilar: «Los griegos y Gadir: Tarteso, el drago y el bronce de Samos» (pp. 83-100) y F. Sánchez Jiménez: «Timeo y la península Ibérica» (pp. 155-170), abordan sendas propuestas de interpretación historiográfica sobre la percepción por los autores griegos del lejano Occidente.
A pesar de las deficiencias bibliográficas por parte de los estudiosos italianos y del «chauvinismo» que se desprende de algunos estudios, en conjunto el libro tiene un gran interés, ya que se recogen distintos trabajos sobre las relaciones interculturales entre Sicilia y la Península Ibérica en la antigüedad, enriqueciéndonos con nuevas aportaciones realizadas desde dos ámbitos geográficos y desde puntos de vista diferentes.
Estoy segura que los participantes en este proyecto habrán ampliado sus respectivos campos de acción, abriéndose a nuevas interpretaciones e interacciones y ello ya es un logro importante en el estudio de la antigüedad.
GUADALUPE LÓPEZ MONTEAGUDO Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC.
Los dos volúmenes que tenemos ocasión de comentar aquí forman parte de una serie (de la cual se han publicado los volúmenes 5 y 6), que se empezó a publicar en 2008 y que forma parte de una magna empresa, ya que pretende ser la obra definitiva (al menos, durante muchos años) sobre los índices de marcas de la producción cerámica que los autores denominan según la tradición inglesa Gallo-Roman terra sigillata (Samian ware), y en los países mediterráneos denominamos terra sigillata sudgálica.
Esta obra tiene como objetivo superar la ya clásica de Félix Oswald, Index of potter's stamps on terra sigillata (Samian ware) (East Bridgefort, 1931) que fue el primer índice sistemático de los nombres que aparecen en sigilla en la producción gálica.
La otra gran obra de referencia es la de August Oxé y Howard Comfort, Corpus Vasorum Arretinorum (Bonn, 1968) (abreviado CVA) que pese a su nombre no es un corpus tipológico de formas cerámicas (lo que sí es el ya clásico Conspectus formarum terrae sigillatae Italico modo confectae, ed. E. Ettlinger, Bonn, 1990) sino que cubre la misma función para la sigillata itálica que el clásico de Oxé y Comfort para la gálica.
Aunque su objetivo no sea el de efectuar un índice tipológico como los que aquí nos ocupan, no debemos olvidar el intento llevado a cabo por Miguel Beltrán en su Guía de la cerámica romana (Zaragoza, 1980), donde se recoge un listado de las marcas de sigillata conocidas en España y Portugal.
Los volúmenes aquí reseñados tienen estructura de corpus, y recogen los nombres que aparecen en los sigilla, ordenados alfabéticamente, en forma de fichas.
Primeramente se incluye un dibujo que reproduce el sello (lo que facilita su reconoci-Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 miento sobre material arqueológico), una transcripción del mismo, indicación del lugar o lugares de reproducción, referencia a los principales puntos de difusión (yacimientos en los que se documentan), comentarios y cronología.
Quizás se echa de menos alguna referencia a los contextos estratigráficos que justifique la cronología dada, además de los argumentos meramente estilísticos, aunque no hemos de olvidar que una estructura de ficha no permite una extensión muy grande para las entradas.
Por otro lado, sería deseable que incluyera alguna ilustración fotográfica, al menos para algunos ejemplares, pero como se trata de una obra cuya publicación está en curso es posible que ello aparezca en los volúmenes finales de la serie.
Desde el punto de vista de la consulta de las marcas, cuando las que encontramos son fragmentarias resultan difíciles de identificar a través de este corpus, puesto que reproduce solamente las marcas completas.
En este sentido, se echa en falta un volumen adicional similar al l'Index de terminaisons des marques de potters gallo-romains sur terra sigillata (Collection Latomus, XXIV, Bruselas 1956), que es muy útil para los casos en los que sólo se conserva la parte final de la marca.
De todos modos, como la obra está todavía a medio publicar, no sabemos si se al final incluirá o no este volumen; sería interesante que en su día se editase en el tomo final un CD con el listado completo e indexado para facilitar la búsqueda, como se ha hecho en la nueva edición del CVA (a cargo de Ph.
Incluso es posible que cuando la obra esté completa haya que incluir un volumen de suplemento con las marcas nuevas que puedan ir apareciendo, tal era la ingente cantidad de sigilla que hubo en esta producción.
Esta es, pues, una obra de referencia para el conocimiento de la sigillata gálica, que viene a completar otras también fundamentales, como las que versan sobre las piezas decoradas con marcas de alfarero (Mees, A.: Modelsignierte Dekorationen auf südgallischer Terra Sigillata.
Baden-Württemberg 1995), toda la colección de calcos de la decoración de la forma Dragendorff 29 de la Graufesenque (Dannell, G.B.; Dickinson, B.M.; Hartley, B.R.; Mees, A.W.; Polak, M.; Vernhet, A.; Webster, P.V.: Gestempelte Sügallische Reliefsigillata (Drag.
Mainz 2003, colección de varios volúmenes), y la tipología de la sigillata lisa de La Graufesenque (Genin, M. et alii: La Graufesenque (Millau, Aveyron).
En el estudio de la sigillata gálica faltaría aún una obra de referencia con la colección de calcos de las formas decoradas Dragendorff 30 y 37, así como otras formas decoradas más infrecuentes.
Esperemos que en el futuro se vaya completando este trabajo de sistematización, que nos permitirá un conocimiento exhaustivo de una de las cerámicas más extendidas en el mundo romano (especialmente en el Mediterráneo occidental y la Europa central) durante el siglo I y parte del II de nuestra Era.
El hecho de realizar una exposición sobre la arqueología de El Molinete es por sí mismo un reto y un estímulo nuevo al imaginario colectivo de la ciudad de Cartagena, el intento de conectar el público con el mito, las leyendas, los hallazgos arqueológicos de la ciudad, su historia.
Esta conexión constituye la imagen de fachada de Cartagena en los últimos años.
En este sentido, la magnitud de la arqueología urbana, los proyectos a gran escala madurados en aproximadamente una década, la restauración del teatro y la construcción del Museo, han permitido la creación de una nueva conciencia histórica interna que se percibe de forma evidente desde el exterior y, sobre todo, en el ambiente científico internacional.
Esta consideración general sobre la reevaluación patrimonial de la ciudad es fundamental para comprender el ambiente institucional y científico que ha gestado el proyecto de recuperación del cerro del Molinete, desde la idea de impulsar un nuevo Parque Arqueológico hasta la realización de las excavaciones y la difusión de los resultados en tiempos breves.
El catálogo de la exposición está compuesto por ocho bloques temáticos, el último de ellos dedicado exclusivamente a las piezas expuestas.
En la composición de la publicación se advierte la idea de rehuir de la presentación de un catálogo tradicional que explique de manera superficial los contenidos de los trabajos.
La publicación de los primeros resultados del proyecto sobre El Molinete, nos parece quizá la excusa que un excelente grupo de investigación ha encontrado para poner a punto y plantear los últimos avances y la importancia de la arqueología en Cartagena.
Este planteamiento desplaza el foco de la atención sobre el teatro, orientándose hacia otras zonas de la ciudad, ilustrando la complejidad de las actividades realizadas en los últimos años y la importancia de la arqueología bien gestionada en la recuperación del carácter histórico de la misma.
En la primera sección del catálogo, planteada como un rápido recorrido de la historia del yacimiento, se reafirma de forma clara y concisa, la idea de pluriestratificación del lugar y su importancia en la definición diacrónica de los eventos que afectaron a la ciudad.
En este sentido, se echa de menos quizás, la presencia de alguna representación gráfica antigua que permita visualizar mejor la identidad de El Molinete a lo largo de la historia.
En otros apartados de esta sección se materializa y explica la preparación de un ambicioso proyecto de Parque, con la divulgación del Plan Especial de Reforma Interior del Molinete.
A partir de la siguiente sección nos encontramos con una full immersion en la arqueología de Cartagena.
Resulta de interés la síntesis de la evolución de la ciudad De Qart Hadast a Carthago Nova, no solamente por la claridad de la difusión de los datos arqueológicos, sino también por la idea que ofrece sobre la complejidad y contextualización de los mismos en espacios urbanos distintos al Molinete, fundamentales para empezar a plantear la organización de los contextos sociales bárquidas y prerbárquidas.
Al urbanismo de la ciudad y a la documentación de los nuevos hallazgos se dedican los dos Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 siguiente apartados, que ofrecen una revisión de los datos sobre el sistema viario de la ciudad y la organización interna de la Insula I del Molinete, resumidos en la presentación refinada de los ortofotoplanos de planimetrías y alzados, sucesivamente trasformados en una correcta reconstrucción virtual (¡impresiona solamente la homogeneidad blanca y roja de los juegos de cama!).
En el tercer bloque del catálogo, la arqueología de la ciudad se convierte en el hilo conductor para introducir la vida cotidiana en Carthago Nova, operación fundamental que persigue el interés de los visitantes de la exposición y fórmula temática apropiada para plantear esta parte del catálogo en relación, sobre todo, con las construcciones termales.
En el caso de las Termas del Foro se presenta un largo artículo ampliamente ilustrado y rico en datos arqueológicos, que explica la construcción, evolución, trasformación y abandono de los espacios.
En este marco, se publica el lugar del hallazgo, la contextualización y el estudio de la cornucopia, pieza escogida para representar al yacimiento en la difusión de la totalidad de los eventos de El Molinete.
La ritualidad se hace evidente en la siguiente sección dedicada a los cultos y, fundamentalmente, a los banquetes.
Se presenta un estudio arqueológico exhaustivo del edificio del atrio (en el área occidental del Insula I), su evolución cronológica y el análisis de su funcionalidad, planteada en la actualidad con interrogantes que habría que despejar con los avances de las investigaciones en el yacimiento.
El interés de este apartado reside en la definición de las cronologías de las distintas etapas de trasformación propuestas a partir del análisis de los elementos arquitectónicos, los ciclos pictóricos y los contextos cerámicos, elementos que, afortunadamente, palian la escasez de contextos estratigráficos fiables a causa de los cambios sufridos por las estructuras a lo largo del tiempo.
Los volúmenes de las estructuras y los cambios producidos se han reconstruido con dos secciones arquitectónicas que hacen muy comprensible la percepción de los espacios y la tipología arquitectónica.
Los programas decorativos, incluidos los hallazgos más interesantes del Molinete, se analizan en dos partes de un quinto bloque, con un primer apartado de título muy sugerente «Fragmentos de una historia en construcción», que personalmente aprecio por la idea que trasmite de una ciudad como un conjunto de hechos urbanos diferentes (según los definía Aldo Rossi), comprensibles desde la óptica de las técnicas y de la fusión de conocimientos tecnológicos de distinto origen.
En los apartados segundo y cuarto de este bloque se aprovecha la presencia de los elementos pictóricos parietales para difundir a un público más amplio la clasificación de los estilos pompeyanos, ofreciendo un mapa de ubicación de los distintos hallazgos pictóricos de Carthago Nova y un estudio de los nuevos elementos encontrados en las excavaciones con reconstrucciones de buena calidad.
La excusa para poner al día la difusión de los datos sobre la arqueología de Cartagena se hace más evidente en el sexto bloque, dedicado ampliamente a las trasformaciones de los edificios del Molinete (una vez más sobre el Edificio del Atrio) y a la definición de los aspectos vinculados con la trasformación de la ciudad a partir del siglo III, desde la caracterización del hábitat doméstico y el modus vivendi hasta las trasformaciones del siglo IV, documentadas a partir de los estudios sobre la cultura material de los contextos analizados.
A modo de conclusión, en la séptima sección, se detallan las diferentes intervenciones de conservación y restauración realizadas al finalizar las excavaciones arqueológicas.
Un añadido que demasiadas veces nos olvidamos, pensando que todos los rotos se cosen de la misma manera.
Esta parte concluye con la cita de una elección shakesperiana de Tomasi di Lampedusa que sirve para lanzar y presentar el proyecto de musealización del yacimiento.
El último bloque pertenece al catálogo de las piezas expuestas.
Estructurado de manera tradicional, resulta claro, abundante en datos y, sobre todo en aparato gráfico, este último con imágenes completas de las piezas, dibujos arqueológicos, transcripciones y reconstrucciones.
Tratándose de una obra que recopila numerosos estudios e investigaciones arqueológicas centradas en El Molinete y presentadas luego a modo de exposición, se echa en falta, quizá, un capítulo específico sobre la concepción, desarrollo y presentación museográfica de la muestra.
Considerando que todo el esfuerzo de interpretación y traducción, desde el yacimiento al público, es un proceso susceptible de interés por los profesionales de la historia que, cada vez más, vemos sumamente necesarias y útiles las exposiciones para la educación sobre el patrimonio.
En general reluce el aparato gráfico y fotográfico de la totalidad de la publicación, exigencia necesaria para el catálogo de una exposición.
Sin embargo, creemos importante resaltar que desde el comienzo de su lectura nos ha parecido meritoria la idea de trasformar el concepto de catálogo de exposición en una publicación científica rigurosa que emplea las piezas como elemento de arranque para explicar las novedades arqueológicas de Carthago Nova y empezar a crear puntos firmes en la evolución histórica de época romana.
Algunos de los apartados podrían figurar como artículos en revistas especializadas, debido a la capacidad de ofrecer nuevos datos y contextualizarlos de manera general en los conocimientos básicos que el imaginario colectivo mantiene sobre el mundo romano.
La collection de la Casa de Velazquez edita el número 107 con la publicación de un edificio relevante para el conocimiento de la arquitectura monumental de Belo: el santuario de Isis.
La monografía continúa una serie dedicada a Belo, iniciada en el año 1973 por C. Domergue con el volumen Belo I. La stratigraphie.
A lo largo de estos años, la presencia de investigadores franceses en el yacimiento ha dado continuidad a una serie de intervenciones arqueológicas y estudios que se han difundido bajo el patrocinio de la Casa de Velazquez.
Gracias a la publicación de la historia general de las excavaciones, sobre el capitolio, el macellum, el análisis específico de los materiales y la síntesis realizada por P. Sillières en Belo Claudia.
Una ciudad romana de la Bética, en el año 1997, se ha ampliado el conocimiento del urbanismo y la topografía de Belo, convirtiéndose en uno de los yacimientos de referencia de la arqueología romana en España.
El esfuerzo realizado con la publicación del libro que se reseña contribuye al conocimiento de un edificio que, por el estado de conservación de la totalidad de su planta, representa, en general, uno de los mejores ejemplos entre los santuarios de Isis conocidos en el mundo romano.
En nuestra opinión, la publicación se ha realizado teniendo en cuenta la importancia del objeto de estudio, no solamente como edificio sacro, con la centralidad del templo, sino como complejo monumental y arquitectónico complicado, estructurado en diferentes elementos que, en la gestión del conjunto, adquieren la misma importancia.
Tras la recomposición de los datos procedentes de las distintas intervenciones realizadas a partir de 1970, en las que se desconocía incluso la adscripción religiosa del complejo, y la asimilación de las informaciones recopiladas durante los años 80 del siglo pasado, se ha planteado una monografía estructurada en tres capítulos, las conclusiones y dos anexos que ofrecen un panorama completo sobre la investigación en el conjunto.
En el primer capítulo es posible comprender la dificultad estratigráfica del complejo monumental de culto, desde la presencia de estructuras previas al santuario hasta su ocupación tardía.
De la documentación arqueológica efectuada en diferentes sondeos se presenta un resumen que relaciona el desarrollo de las excavaciones con la historia del sitio, ofreciendo un panorama claro de los principales eventos estratigráficos, acompañado por tablas con una selección de unidades estratigráficas con su respectivos materiales.
En este capítulo se intuyen los problemas encontrados a la hora de unificar a posteriori la documentación arqueológica antigua, almacenada a lo largo de muchos años, con los resultados del análisis arquitectónico y el estudio de los materiales.
Sin embargo, las cuestiones se disipan en una segunda parte del capítulo, donde la homogeneización de los datos facilita la realización de un ensayo de reconstrucción de la historia del espacio ocupado por el Iseum.
La cronología de las distintas etapas documentadas en las excavaciones, con atención particular a la construcción neroniana del conjunto, aparece bien articulada y bien respaldada por un atento estudio de los materiales asociados a las estratificaciones arqueológicas.
El capítulo central de la monografía plantea el estudio arquitectónico con la doble connotación de análisis estructural y estilístico.
En este contexto se ha realizado una descripción muy exhaustiva de las distintas partes que forman el complejo monumental, atribuyendo la misma importancia a estructuras solo aparentemente secundarias, eliminando la centralidad del templo, a favor de la idea principal que indica la presencia de un conjunto arquitectónico de gran complejidad, explicable a partir del análisis de cada uno de los elementos que lo componen.
Entre las peculiaridades del complejo monumental nos parece bien interpretada la reconstrucción de las edificaciones simétricas de la zona sur como elemento de reconocimiento exterior de la adscripción del conjunto religioso.
Resulta interesante, en este capítulo, el planteamiento de la descripción de las estructuras, que introduce el ritmo de las dinámicas constructivas efectuadas para edificar el recinto, explicando las principales operaciones de la ejecución de las obras y las diferentes tipologías de los materiales empleados, sin recurrir a un apartado específico planteado solamente desde la óptica estilística.
Este intento de clasificación de los materiales en relación con las estructuras está respaldado por la publicación de una amplia serie de dibujos que ayudan en la comprensión de la reconstrucción de los volúmenes arquitectónicos originales.
Esta operación se acompaña con la reconstrucción parcial de los diferentes espacios del conjunto, ofreciendo un amplio material gráfico, sobre todo secciones arquitectónicas y vistas axonométricas, que permiten seguir con claridad los diferentes planteamientos interpretativos de los autores.
En ciertos casos, al material gráfico tradicional se añaden restituciones tridimensionales de los espacios descritos, propuestas desde el rigor de la documentación existente y previa clasificación de todos los elementos arquitectónicos conservados, a menudo, a partir de plantas con la localización de los lugares de los hallazgos.
En este panorama de rigor científico en la publicación e interpretación de los datos arqueológicos, se echa de menos un estudio un poco más pormenorizado de los aspectos vinculados con la construcción del complejo monumental, el aprovisionamiento y los procesos de producción y trasformación de los materiales, los sistemas constructivos y los detalles de las técnicas edilicias empleadas.
Sin embargo, el interés y la importancia de este capítulo residen en la publicación de los datos con un grado de detalle que abre la posibilidad de realizar discusiones centradas en evidencias concretas, verificables y utilizables para el resto de la comunidad científica.
Los resultados de los trabajos de excavación y análisis arquitectónico toman una nueva configuración en el tercer capítulo de la monografía, centrado en una amplia contextualización del conjunto de Belo con otros complejos del mundo romano.
El análisis y la reinterpretación de fuentes de distinto origen se han revisado y reinterpretado para configurar un panorama general sobre el culto a Isis y la peculiaridad del contexto de Belo respecto al resto de informaciones conocidas.
Esta última parte del libro es una lectura amena que no se limita a la tradicional comparación entre restos arqueológicos parecidos.
Las observaciones y el conocimiento de los aspectos religiosos vinculados al culto de la diosa se mezclan con recordatorios de textos antiguos fundamentales para la reconstrucción de los contextos del culto y la mentalidad que los ejecuta.
Los restos del Iseum de Belo, se contextualizan con las fuentes epigráficas hispánicas, las fuentes literarias e iconográficas, con la perspectiva única de comprender la relación entre liturgia y arquitectura, explicando las elecciones de los constructores de la ciudad con los condicionamientos de la funcionalidad de las estructuras.
El libro concluye con dos aportaciones de gran interés, publicadas a modo de apéndices, que, sin embargo, en nuestra opinión, atribuyen un sentido concreto al capítulo anterior, consignando al lector una serie de datos específicos sobre el culto de Isis en Belo y su contextualización con el uso del complejo religioso.
A raíz de los análisis arqueobotánicos y óseos realizados en los contextos estratigráficos asociados a un altar se ha podido reconstruir la presencia de ofrendas vegetales específicas como higos, dátiles, altramuces y animales, principalmente pollos ofrecidos sin cabeza.
La publicación consta de un segundo volumen en el que se recoge la documentación gráfica realizada, a escala suficiente para consultar todas las informaciones sobre secciones, planimetrías y reconstrucciones volumétricas.
La monografía en cuestión se convierte, evidentemente, en un elemento bibliográfico de referencia que integra, de manera Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 contundente, los escasos restos arqueológicos conocidos sobre estructuras en relación con el culto a Isis.
Desde la perspectiva general de la arqueología se trata de un volumen publicado con rigor metodológico -con la dificultad añadida de manejar datos de diferentes excavaciones y adaptarlos a un único sistema estratigráfico -rico en datos y puntos de discusión, en sintonía con las anteriores aportaciones de la misma serie.
En definitiva, se trata de un paso ulterior al conocimiento de los mecanismos de trasformación histórica de una ciudad emblemática, efectuado mediante el análisis específico de un conjunto arquitectónico que ha sido posible encuadrar en las distintas etapas que han caracterizado la evolución urbana de Belo.
Felix Arnold, arquitecto y miembro del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, coordina y firma gran parte de esta obra dedicada al palacio islámico de la Alcazaba de Almería.
El trabajo cuenta con la colaboración de los investigadores Lorenzo Cara Barrionuevo (Conjunto Monumental de la Alcazaba de Mérida), Patrice Cressier (Centre National de la Recherche Scientifique) y Natascha Kubisch (München Universität), todos ellos con especialistas en los temas de los que se ocupan.
Los cinco capítulos en los que se organiza este trabajo están precedidos por un breve prólogo, firmado por el autor principal, en el que se especifican sus objetivos: presentar un estado de la cuestión y proponer unas bases para una investigación futura.
En esta misma sección también se advierte una de las principales circunstancias que determinan el conocimiento de este monumento: las excavaciones y restauraciones de mediados del siglo pasado le privaron de contar con una estratigrafía arqueológica y, por lo tanto, con una contextualización de gran parte de los materiales arqueológicos conservados in situ y en diferentes depósitos.
Este hecho provoca que los colaboradores de esta obra tengan que realizar un notable y meritorio esfuerzo con la intención de ordenar y comprender tanto los vestigios arquitectónicos (F. Arnold y L. Cara) como decorativos (P. Cressier y N. Kubisch) y poder así recuperar este conjunto para el campo de la investigación de la cultura material islámica.
De esta manera, los autores se ven forzados a recurrir frecuentemente a paralelos arquitectónicos y decorativos que permitan contextualizar los materiales objeto de estudio.
Los modelos se buscan tanto en Oriente, como en Norte de África como en la propia Península Ibérica, recorriéndose en el transcurso del trabajo la alcazaba y otros tantos conjuntos que facilitan su comprensión.
Es por ello que el primer capítulo firmado por L. Cara se hace imprescindible para entender cómo, desde su declaración como Monumento Histórico Nacional en 1931, la Alcazaba deja de ser un conjunto arquitectónico a punto de desaparecer Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742
El análisis de la escultura decorativa se compone en realidad de dos secciones bien distintas.
Su ubicación al final de la obra convierte, aunque no debiera, el capítulo previo de L. Cara sobre las etapas modernas en una interrupción en la secuencia histórica.
Con la escultura retornamos de nuevo ahora a las épocas califal y taifa.
Es primero P. Cressier el encargado de estudiar los capiteles, basas e impostas depositados en varios almacenes y procedentes no sólo de la alcazaba, sino del lugar identificado como la mezquita de San Juan y del barrio de la Chanca, a los pies de la misma alcazaba.
Más allá del análisis tipológico y cronológico de este conjunto heterogéneo de materiales, P. Cressier introduce además interesantes reflexiones sobre los talleres decorativos o la evolución constructiva de la mezquita citada, subrayando así la necesidad de realizar un corpus de capiteles en al-Andalus que permita un mejor acercamiento a un conjunto indefinido y numeroso de piezas y apuntando de este modo posibles líneas de trabajo.
N. Kubisch afronta, como P. Cressier, el análisis de un conjunto heterogéneo, en este caso de yeserías, guardados en los propios almacenes de la alcazaba, pero procedentes en su mayor parte de la misma mezquita de San Juan.
Sus resultados siguen las fases expuestas tradicionalmente para este edificio, siendo el conjunto de Madinat al-Zahra en Córdoba y la Aljafería de Zaragoza los principales referentes para las etapas califal y taifa respectivamente.
Ante una obra ordenada y estructurada como esta, con la maquetación propia de la serie de los Beiträge, se echa en falta la sensación de verdadera obra colectiva, a lo que bien podría haber contribuido una síntesis final, a modo conclusivo, pero también como marco para insinuar esas líneas de investigación futuras defendidas como objetivos en el prólogo y entrelazar las conclusiones y planteamientos a las que cada uno de los autores llegan por separado.
Instituto de Historia Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC.
La invención de una geografía de la Península Ibérica.
G. Cruz Andreotti, P. Le Roux y P. Moret (eds.).
Actas del coloquio internacional celebrado en la Casa de Velázquez de Madrid, 3-4 abril de 2006.
Segundo volumen de un estudio general dedicado a la geografía antigua, con especial interés en la Península Ibérica, que se inauguró con el coloquio dedicado a la época republicana y se cierra con este, centrado en época imperial.
Ambos suponen una obra homogénea que transmite una visión global y actualizada sobre la evolución del saber geográfico grecolatino.
Los dos volúmenes se plantean desde presupuestos semejantes, y definidos por esa invención de una geografía de la Península Ibérica, aunque lógicamente la época imperial supone la adaptación del enfoque a las diferencias de un nuevo momento histórico, marcado por la dominación romana del Mediterráneo y el desarrollo del saber helenístico dentro de un contexto intelectual condicionado por nuevos factores e inte-reses.
Por ello, es fundamental la relación entre geografía y poder, en un momento en el que la vinculación entre imperialismo y geografía deja de estar condicionada por la expansión y la conquista y pasa a integrarse en la necesidad de conocer y controlar los recursos y poblaciones para proceder a su explotación sistemática.
Casi todos los autores participantes en el volumen mencionan en algún momento la expresión consagrada por Nicolet, de «inventario del mundo», para hacer alusión al desarrollo de un saber geográfico en parte condicionado y en parte dependiente del poder imperial.
El artículo introductorio de P. Arnaud se centra en evaluar hasta qué punto estas necesidades imperialistas implicaron cambios o continuidades respecto al conocimiento geográfico helenístico.
El autor concluye que, sin romper con el peso de la tradición y la característica sumisión a las citas de autoridad, la visión de la dominación influyó sobre los conocimientos geográficos al ampliar y multiplicar los territorios conocidos, al intervenir directamente en la construcción de territorios mediante su organización administrativa y al imponer una nueva perspectiva que supera y completa la visión eminentemente litoral de la geografía clásica griega, con una construcción del interior de los territorios articulada geográficamente en itinerarios.
El itinerario, cuya relevancia culmina en la obra de Ptolomeo, es según Arnaud el símbolo de la apropiación del espacio por medio de medidas y del uso de anclajes físicos reales, terrestres e incontestables en la elaboración geográfica.
La mezcla de tradición e innovación dio lugar a una geografía-mosaico que supuso un nuevo punto de partida para la creación de nuevas tradiciones de conocimiento geográfico.
A partir de aquí el volumen se articula en tres partes: las fuentes literarias, la aportación de la epigrafía y la Bética como caso de estudio.
Esta división marcadamente disciplinar se superpone en realidad a dos enfoques que considero interesante resaltar.
Por una parte, varios estudios se centran en el proceso de construcción y estructuración de las principales obras geográficas imperiales, a partir de Estrabón, intentando analizar sus condicionantes históricos, su estructura literaria, y las formas de concebir las relaciones espaciales y su conexión con las realidades etnográficas.
Esta aproximación no se limita a los estudios de fuentes literarias -es compartida por algunos estudios epigráficos-y es la que más directamente responde al sugerente título de «invención de una geografía», si por ello se entiende la construcción antigua de una imagen de los territorios y poblaciones antiguos que se desprende de las fuentes escritas.
Este enfoque en realidad está presente en casi todos los artículos, pero a él responde en mayor medida los de Prontera, Counillon y Cruz-Andreotti sobre Estrabón; Parroni sobre Pomponio Mela, Traina y Beltrán sobre Plinio; Marcotte sobre Ptolomeo y también Le Roux sobre epigrafía y geografía peninsulares.
En este artículo se analiza, a través de los datos espaciales de las inscripciones, cómo se despliega una nueva organización del territorio, con su reflejo en la construcción epigráfica del mismo, cuyo peso fundamental son las poblaciones que actúan como factor esencial de ordenación de los recursos y del medio natural.
Los trabajos sobre los geógrafos arriba indicados suponen una actualización valiosa del necesario análisis crítico de fuentes literarias que, como indica Beltrán, aspira a superar el limitado Quellensforschung para definir los condicionantes literarios, históricos y geográficos de cada obra.
Archivo Español de Arqueología 2010, 83, págs. 303-314 ISSN: 0066 6742 Junto a este enfoque, cuyo principal mérito es el despliegue ante el lector de una multiciplidad de imágenes antiguas de la Península Ibérica, se desarrolla otro por el cual los diversos autores abordan cuestiones geográficas que interesan para el conocimiento de las sociedades antiguas peninsulares, a partir de los datos extraídos sobre todo de las fuentes escritas.
Es el caso de García Alonso, que analiza ciertos topónimos y etnónimos de la obra de Ptolomeo a la luz de la lingüística prerromana; Gómez-Pantoja se centra en la movilidad de la población que se detecta a través de la epigrafía, con interesantes observaciones sobre el tipo de información geográfica que estaría a disposición de los viajeros peninsulares; Cortijo reflexiona, a partir de la obra de Plinio, sobre la funcionalidad de la división conventual en la Bética y su relación con los intereses imperiales, defendiendo su desvinculación del desarrollo real de la organización provincial; Keay y Earl presentan un estudio de arqueología espacial centrado en la distribución y conexiones espaciales de los principales núcleos urbanos en la Bética central y occidental.
La inserción de este último trabajo en el volumen plantea una doble reflexión.
Por una parte, el enfoque arqueológico es, en realidad, bastante ajeno a los planteamientos generales del volumen y esto hace que el interés se centre en las fuentes escritas en sí mismas.
El artículo de Keay y Earl sin duda completa el enfoque general, pero no deja de resultar algo inconexo respecto a esa noción de invención de una geografía.
La desconexión entre el análisis de fuentes escritas y estudios arqueológicos sigue siendo uno de los lastres fundamentales en los estudios de la Antigüedad.
Sin embargo, los organizadores del congreso consideraron relevante la integración de al menos un trabajo de arqueología espacial que complementa de manera certera el estudio de caso.
Tenemos así para la Bética tres enfoques complementarios: el estudio de Estrabón con toda su carga ideológica imperialista (Cruz Andreotti); un estudio centrado en la evolución del sistema administrativo (Cortijo) y otro de arqueología espacial sobre la red nodal de centros urbanos (Keay y Earl).
Falta, como reconocen estos dos autores, una aproximación que tenga también en cuenta el estudio del ámbito rural, sin el cual cualquier aproximación de carácter histórico o geográfico resulta incompleta.
Pero sin duda la presencia (minoritaria) de la arqueología, así como los enfoques espaciales aplicados al análisis de los sistemas administrativos y a la epigrafía en general, suponen un impulso importante al conocimiento de las sociedades hispanas.
Estos planteamientos espaciales siguen necesitados de estímulos favorables, como sin duda es el caso de los coloquios y publicaciones como el que nos ocupa; que el mapa constituya una herramienta de trabajo -cuando no una fuenteindispensable para el historiador de la Antigüedad supone un cambio hacia la renovación y mejora de nuestro conocimiento sobre las sociedades del pasado.
Habrá que apostar, igualmente, en el futuro, por la interdisciplinariedad, de modo que análisis de fuentes, epigrafía y arqueología acaben conviviendo sin estridencias no sólo en los mismos volúmenes colectivos, sino incluso en los mismos artículos y demás aportaciones científicas.
INÉS SASTRE Investigadora científica
Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC.
La reciente aparición de la obra de Alexis Gorgues nos obliga a adentrarnos en un tema de gran interés, como es el del proceso de conquista e integración de los territorios del nordeste peninsular y el sur de Francia a lo largo de los s. III- I a.
Vayan por delante algunas reflexiones que creo deben explicitarse antes del análisis de esta obra, sin duda de notable trascendencia.
En primer lugar, como indica el propio autor, el libro se basa en una tesis doctoral leída en el año 2005, y a este año se refiere la mayor parte de la información utilizada.
Se echan por lo tanto a faltar interesantes aportaciones posteriores al año 2005, que en un libro del 2010 hubieran podido incorporarse.
Se nota ello especialmente en la bibliografía de la vertiente española, menos actualizada y con algunas lagunas notables (no aparecen en la bibliografía algunos autores, como Marta Prevosti o yo mismo, pero tampoco el volumen monográfico de la revista Empuries vol. 52 del año 2000, íntegramente dedicada a este periodo).
También el panorama arqueológico es desigual, y de nuevo es en el área meridional donde se perciben algunas lagunas.
A pesar de ello, y dado que criticar es mucho más fácil que construir, el trabajo merece una valoración positiva, con algunos matices que pasamos a detallar.
La obra de Alexis Gorgues, investigador de la Casa de Velázquez (2003)(2004)(2005) y actualmente profesor en la Université Bordeaux III, parte de un principio innovador y muy valioso, el análisis de estos procesos de transformación a ambos lados de la cadena pirenaica, delimitando así un área de estudio diversa, compleja, y que pretende superar los inherentes debates historiográficos de raíz local o regional mediante la elevación del punto de vista.
Retoma así el autor la lejana teoría de C. Ebel sobre el control de la Transalpina desde la Citerior en el s. II-I a.
C. La voluntad es sin duda encomiable, pero presenta algunos problemas: una rápida visión de los yacimientos analizados (pp. 22-25) muestra que el predominio de los yacimientos del actual área de Catalunya es muy notable, e incluso algunas áreas estudiadas del sur de Francia dificilmente pueden considerarse como efectivamente «ibéricas».
La diversidad entre los territorios analizados me parece excesiva para efectuar un análisis de conjunto, y la inclusión de yacimientos fundamentales para el estudio como Azaila, Torre Cremada, Vielle-Toulouse, Martys o La Lagaste, parecen más deberse al buen conocimiento directo del autor, que no a una verdadera representatividad territorial o histórica.
Por otro lado, esta zona de estudio, que tiene en el Pirineo justamente su eje fundamental, está lastrada por el débil conocimiento arqueológico de esta área montañosa, lo que si bien podía entenderse en el año 2005, es más difícil de explicar en el 2010, cuando los trabajos de equipos como el dirigido por J. Ma Palet (ICAC) y por mí mismo en la UAB están aportando importantes datos -como por ejemplo la primera excavación en extensión de un oppidum ibero-ceretano en la zona, como es El Castellot (Bolvir, Cerdanya)-.
También la periodización utilizada para el análisis (una primera fase del 250 a.
ISSN: 0066 6742 a los hispanos, donde el esquema me parece poco útil: iniciar el estudio del mundo ibérico en la segunda mitad del s. III a.
C., un periodo donde las repercusiones de la presencia púnica en el sur peninsular son ya evidentes, o unificar por ejemplo en una misma fase periodos tan diversos como las etapas previa y posterior a las guerras sertorianas, no parecen categorías demasiado operativas.
Respecto al núcleo fundamental de la obra, el estudio de la economía de estos territorios, también pueden realizarse algunas objeciones.
Gorgues opta por un punto de vista primitivista, donde las unidades domésticas son el factor fundamental para explicar la economía y la sociedad indígena hasta mediados del s. I a.
C., y donde son los intereses individuales de los linajes preeminentes vinculados a estas unidades domésticas, y no las estructuras estatales o urbanas, los que explican fenómenos como el aumento del comercio, de la producción artesanal, o de las mejoras tecnológicas.
Para el autor, los mecanismos de la reciprocidad son fundamentales para explicar los incrementos productivos y los intercambios detectados, y conceptos como rentabilidad, mercantilismo, valor añadido o beneficio no son aplicables a estos grupos.
Es de agradecer la claridad de su punto de vista, pero creemos que sus argumentos no son concluyentes, especialmente además cuando el autor considera que los dos primeros siglos de ocupación romana no cambiaron básicamente esta situación.
Significativo puede ser, por ejemplo, el caso de las primeras estampillas aparecidas sobre imitaciones de ánforas vinarias y dolia en el N.E. peninsular, con algunos ejemplos de marcas en ibérico, que Gorgues -que por cierto sólo recoge una pequeña parte de los casos conocidos-vincula a la mano de obra productora (p.
296), contradiciendo su misma opinión referente a las marcas sobre dolia ibéricos (p.
189) que deberían vincularse a los productores del contenido.
A mi modo de ver, el papel de algunos personajes indígenas en la génesis de la producción vitivinícola del N.E. peninsular no puede entenderse en un marco doméstico, sino de integración en redes complejas, con un papel mucho más activo en el campo de la producción vinícola, alfarera, y de la distribución.
Algunas ausencias nos parecen también destacables.
El autor explícitamente rehuye el concepto de romanización, que le parece tendencioso y poco definidor.
Su propuesta, la «criollización» de la cultura material, reconoce que no puede sustituir tampoco al anterior, pero le parece más adecuado.
Tampoco le parece operativo el concepto de relaciones de producción, que él considera consecuencia, y no causa, de la propia estructura social, por lo que su análisis se centra especialmente en elementos como el prestigio y la acumulación, y no en la coerción o la explotación de los grupos dominados.
En otras palabras, se trataría de una sociedad basada en mecanismos de redistribución y competencia entre linajes más productivos que otros, sin conflicto interno ni fractura social.
Otros elementos, a mi modo de ver fundamentales para entender la economía de estas comunidades indígenas, como las formas de propiedad de la tierra, o las relaciones de dependencia personal o comunitaria, tampoco merecen suficiente atención.
Es la producción y la circulación de bienes materiales su objetivo principal, pero en un mundo fundamentalmente agrario como era el mundo antiguo, la posesión de tierras y de los excedentes agrícolas serían piezas clave, y aunque el autor así lo destaca, no analiza estos cambios a lo largo del periodo de estudio.
Su análisis sobre la distribución de los silos en la primera fase de estudio (p.
247), no continúa en las fases siguientes, aunque -como ya analicé hace algún tiempo para el área catalana-es posible detectar significativos cambios en su distribución.
Mención aparte merece el tema de la moneda.
Para el autor, la moneda ibérica es un elemento más de la economía indígena, en una sociedad que él considera monetarizada pero no mercantil.
Sin embargo, está lejos de ser claro el papel económico de la llamada moneda ibérica, y tampoco es clara su cronología, por lo que hubiera sido interesante al menos una reflexión previa sobre estas cuestiones.
Para terminar, es de agradecer el esfuerzo del autor por criticar, en el sentido analítico del término, muchos de los topoi de la protohistoria peninsular.
Su visión primitivista es razonable y argumentada, aunque en mi caso discrepe de ella.
Más cuestionable me parece en cambio su visión del proceso de romanización, donde la oposición que a veces plantea entre lo itálico y lo indígena no tiene en cuenta precisamente los fenómenos de integración e hibridación propios del periodo, hasta el punto de considerarlo a veces dos mundos que coexisten pero son indisolubles, «como el agua y el aceite» (p.
302), algo que justamente ejemplos como las estampillas ibéricas o las ciudades ibero-romanas a mi modo de ver desmienten completamente.
En resumen, un trabajo que pone al día -y sienta las bases para una reflexión más profunda-la difícil cuestión de la economía antigua, y su percepción a través de la arqueología.
La metodología del autor, y su claridad, es ejemplar, y aunque pueda discreparse de sus interpretaciones no cabe duda que el libro abre nuevas posibilidades a la investigación, y permite replantearse algunos de los planteamientos más asumidos sobre las sociedades protohistóricas.
ORIOL OLESTI VILA Universidad Autónoma de Barcelona |
El pasado día 6 de noviembre falleció en Atenas el profesor Géza Alföldy, a la edad de 76 años.
En 1965 emigró a la República Federal Alemana, donde trabajó como docente en las universidades de Bonn y Bochum hasta que se convirtió en catedrático de la Universidad de Heidelberg en 1975, centro en el que permaneció hasta su jubilación.
A lo largo de su vida recibió múltiples doctorados honorarios en universidades húngaras, francesas, italianas, rumanas y españolas (Universidad Autónoma de Barcelona y Universidad Rovira i Virgili de Tarragona).
Precisamente en el momento de su fallecimiento se encontraba en Grecia para convertirse en doctor honoris causa por la universidad de Corfú.
Necesariamente este emocionado recuerdo debe tener un componente personal de parte de quien lo escribe.
Yo era entonces un simple becario predocto-NECROLÓGICA Géza Alföldy Foto: Carme Badia
Géza me trató con respeto y afecto, e hizo todo lo posible por facilitarme la integración en el Seminar für Alte Geschichte.
Desde entonces regresé a Heidelberg muchas veces para disfrutar de su magisterio, y pude comprobar que actuaba con la misma generosidad con todos los colegas que acudían a él, con independencia de su estatus profesional y de su muy variada procedencia geográfica, puesto que con su hospitalidad había logrado convertir Heidelberg en una especie de meca de la Historia Antigua.
Durante el tiempo en que Géza profesó allí, Heidelberg fue una auténtica ventana abierta al mundo.
Personalmente nunca podré agradecerle suficientemente la oportunidad que me ofreció de establecer sólidas amistades con colegas de múltiples países.
La Epigrafía fue hasta el final de su vida su gran pasión.
Géza era una especie de enciclopedia epigráfica andante.
Fue el alma del CIL II dedicado a Hispania, pero en ocasiones parecía que él mismo fuera el CIL, capaz como era de recitar de memoria la lectura de cientos de inscripciones.
Estuvo siempre especialmente satisfecho de su modélico trabajo sobre las inscripciones tarraconenses o sobre epígrafes hispanos emblemáticos como el del acueducto de Segovia.
Con ese entusiasmo que le caracterizaba, Géza podía utilizar los minutos de espera en un aeropuerto para explicar en detalle a su interlocutor cuál era su hipótesis de reconstrucción para una inscripción, o cuáles eran sus planes para facilitar el acceso en la red al corpus epigráfico que creó en Heidelberg para uso de todos los investigadores.
Géza fue un trabajador incansable a la vez que exigente.
Su producción científica ha sido colosal.
Cada visita a su despacho se saldaba con el obsequio de una o varias separatas, cuando no de un nuevo libro recientemente publicado.
Su generosidad científica y su vocación docente le llevaron a no rechazar nunca la invitación para pronunciar una conferencia o para participar en un curso o en un coloquio.
Eran legendarias las excursiones que organizaba con sus alumnos, caracterizadas por el aprovechamiento de cada minuto sin que él se cansara de transmitir su inagotable conocimiento.
Géza Alföldy ha tenido una presencia activa en la universidad española.
No sólo por su extensa obra dedicada a la temática hispana, sino también por la gran cantidad de historiadores españoles que han recibido de él las máximas facilidades para desarrollar sus investigaciones en las excelentes bibliotecas de Heidelberg.
Géza valoró y ensalzó siempre de manera entusiasta los cambios que vio producirse en España en las últimas décadas, y sobre todo defendió lo que consideraba un avance extraordinario de los estudios sobre el mundo antiguo en nuestro país.
Por lo que respecta a Archivo Español de Arqueología, colaboró siempre con la revista -hasta apenas unas semanas antes de su fallecimiento-en aquello que se le solicitó, con la dedicación y con el rigor que hacía todo.
Por ello, como actual director y en nombre del comité de redacción quiero mostrar nuestro agradecimiento por su contribución para que la revista mantenga la calidad que deseamos.
Para quien hizo del mundo antiguo una parte muy sustancial de su vida, no parece la Acrópolis de Atenas un mal sitio para la partida definitiva.
No obstante, tal vez si Géza hubiera podido elegir el lugar en el que su corazón había de fallarle habría preferido un balcón del Imperial Tarraco, contemplando el mar Mediterráneo en la ciudad a cuya historia ha dedicado tantas horas a lo largo de su vida.
Sirvan estas líneas de despedida y homenaje al maestro y al amigo. |
Presentamos el hallazgo en las proximidades de Baza de un fragmento de tablero de altar que conserva parte de una inscripción en el canto en la que se menciona a un obispo que, por la terminación del nombre, podría haberse tratado del obispo Eusebio, que acudió al IV Concilio de Toledo en el año 633.
Esperamos que las futuras investigaciones en el yacimiento puedan confirmar esta hipótesis.
PALABRAS CLAVE: Baza, tablero de altar, época tardoantigua, obispo Eusebius?, epigrafía.
EL YACIMIENTO Y EL PROYECTO DE INVESTIGACIÓN
En el año 2004 comenzó su andadura el Proyecto General de Investigación Iberismo y Romanización en el Área Nuclear Bastetana, aprobado por la Junta de Andalucía.
Este proyecto se centra en la investigación del período ibérico y romano en la Hoya de Baza, a partir de la excavación del yacimiento de Cerro Cepero y la prospección del territorio circundante.
Para dinamizar la gestión de los recursos los miembros del equipo de investigación fundaron en 2005 la Asociación de Estudios de Arqueología Bastetana (AEAB), entidad sin ánimo de lucro, con un fuerte compromiso con la investigación y difusión del patrimonio arqueológico de la comarca y que pretende encabezar la constitución del Centro de Estudios de Arqueología Bastetana en un futuro cercano.
A día de hoy se han realizado dos campañas de excavación arqueológica en el Cerro Cepero, una primera en 2004 de limpieza y documentación de estructuras de las antiguas excavaciones, y una segunda entre 2005 y 2006 que se centró en la excavación en extensión de la meseta superior del cerro.
Estas actividades se acompañaron de dos campañas de prospección: una en 2004 en el campo de Jabalcón y otra en 2006 en el entorno de la ribera del río Baza.
Además, la Asociación ha propiciado diversas actividades encaminadas a la difusión de estas investigaciones, como visitas teatralizadas al yacimiento con colegios de la comarca, cursos de formación, exposiciones sobre los resultados de la excavaciones, la fundación de una biblioteca sobre arqueología, y la creación de un sitio web [URL].
La zona que nos ocupa se encuentra al Norte de la provincia de Granada, en lo que se conoce como Hoya de Baza o altiplanicie de Baza, formando parte del rosario de depresiones que ocupan el surco intrabético, rellenadas por materiales de origen sedimentario y de edad neógeno-cuaternaria.
Su origen es tectónico, formada en el Mioceno Superior, tras la fase de orogenia alpina de las Cordilleras Béticas.
Se comporta como una cuenca de sedimentación de materiales de origen marino y continental con un relleno compuesto por materiales detríticos procedentes de los relieves circundantes.
Presenta un relieve tabular, aparentemente llano, que sin embar-go está cortado por una densa red hidrográfica de estructura dendrítica, cuyo eje principal lo compone el río Guadiana Menor, el principal afluente de la cuenca alta del Guadalquivir.
El rasgo geográfico que más caracteriza este espacio es el de ser una altiplanicie con una elevada altura sobre el nivel del mar, en torno a los 1.000 metros en sus bordes, lo que le confiere una acusada continentalidad, rodeado por las sierras de Castril, María, Filabres y la propia sierra de Baza.
Se localizan tres accesos o luga-res de paso naturales a la Hoya; uno de ellos viene representado por el valle del río Almanzora entre Sierra de Filabres y Sierra de María, funcionando como acceso natural hacia la costa almeriense; una segunda vía de acceso sería la localizada al noroeste de la Hoya, definida por la cabecera del río Guadiana Menor, que daría acceso hacia la Hoya de Guadix y la Alta Andalucía, y una tercera se localiza entre las sierras de Castril y de María, a través de las cuencas de los ríos Huéscar y Galera hacia la zona de Caravaca y Murcia.
En Cerro Cepero se localiza el oppidum de la necrópolis ibérica del Cerro del Santuario, lugar de hallazgo de la célebre Dama de Baza (PRESEDO, 1982).
Con la romanización el yacimiento experimentó una gran transformación, que se traduce en la presencia de edificios termales y cultuales (MARIN, 1992), que nos permiten inferir la hipótesis de que este lugar es el asiento de la antigua Basti1.
La última campaña de excavación en Cerro Cepero ha permitido conocer con amplitud la última fase de ocupación del hábitat, que se concreta en el reaprovechamiento de una serie de edificios de cronología altoimperial en época visigoda tardía (siglo VI-VII), acabando la ocupación del mismo como muy tarde en el siglo VIII.
En el marco de la prospección de la ribera de Baza, a finales de mayo del 2006, documentamos un yacimiento que denominamos Cerro de los Quemaos, donde localizamos un fragmento de mármol con una inscripción latina en uno de sus cantos.
Este elemento es el objeto de esta noticia.
El Cerro de los Quemaos se sitúa en la margen derecha del río Baza, en el borde oriental de la Hoya de Baza, dentro de un contexto geomorfológico de bad-lands.
Se trata de una meseta formada por la confluencia del río Baza con el barranco del Espartal, con desniveles de hasta 40 m con respecto al valle, y cuyo mejor acceso se realiza desde el sur.
El yacimiento presenta una extensión aproximada de 4.5 ha y se encuentra fuertemente alterado, siendo posible apreciar en superficie gran cantidad de estructuras como muros, silos y estructuras hidráulicas.
El material arqueológico recogido en superficie evidencia una fuerte ocupación andalusí que como mínimo comienza en el siglo X y se prolonga hasta el XII, aunque también hemos documentado algunas cerámicas romanas muy fragmentadas, que permiten valorar la existencia de una fase de ocupación romana, que comenzaría como muy temprano en el siglo I d.C. y que se continuaría durante los siglos IV y V, siendo muy difícil precisar la continuidad de esa ocupación hasta el período andalusí.
En las estructuras murarias conservadas se observa una técnica basada en la combinación del yeso con cantos de río, sin presencia de ladrillo ni sillería.
En torno a esta meseta hemos documentado algunos yacimientos que merecen la pena ser reseñados.
En primer lugar, al Este, en el fondo del barranco del Espartal se conoce un área que identificamos como una necrópolis de inhumación.
En segundo lugar, también hacia el Este, sobre un cerro amesetado, se localiza una estructura cuadrangular muy arrasada, formada por cantos de río dispuestos en espina de pez, con escasísimo material cerámico, tanto romano como medieval, que podría tratarse de una torre cuadrada con partición interna.
En tercer lugar al noreste, en la margen izquierda del río Baza, cercano al cortijo de los Quemados, sobre un relieve de terrazas, existe un área con material cerámico altoimperial y bajoimperial, en el que también se aprecian algunas inhumaciones cubiertas con lajas de caliza, de cronología altomedieval.
EL ALTAR DE BAZA Y SU CONTEXTO EN LOS ALTARES EN EL SIGLO VII
Como acabamos de señalar, el fragmento fue hallado en la última campaña de prospecciones llevada a cabo recientemente en "Cerro del Quemao", en su parte alta.
Se encontró en una zona superficial con gran cantidad de lajas de piedra.
Se trata de una placa de mármol blanco de Macael de 0,66 x 0,27 x 0,065-0,03 m de grosor, rota por detrás y por ambos lados, en cuyo plano superior presenta un tipo de decoración característica de los tableros de altar de época tardoantigua; no encaja mal con este tipo de monumento el texto que está grabado en el canto.
El marco del plano superior está compuesto por una serie de molduras en bajorrelieve que miden en total 13 cm de ancho, presentando la siguiente disposición: dos pequeñas molduras biseladas de 1,5 cm de anchura a modo de marco interno que dan paso a un acanaladura recta más ancha y que termina con la moldura lisa del borde, de 5 cm de anchura.
En el resto de la superficie del plano superior aparecen marcas de haber sido picada, aunque ignoramos a qué momento pueden pertenecer.
En cuanto al plano inferior, conserva las marcas del serrado en el sentido de las molduras del marco del plano superior; en la zona del borde aparece una muesca, un retranqueo de 1 cm a modo de chaflán en casi todo el largo de la pieza, posiblemente debido al propio corte de la pieza mediante sierra.
El grosor de la placa disminuye desde el borde hacia el centro (de 6,5 a 3 cm).
La inscripción que recorre el canto -en general bien conservada, pero con concreciones en algunas partes mide 5 cm de alto y ocupa todo el largo conservado 66 cm. Las letras, capitales, de 3-4 cm, de tamaño irregular, muy separadas y de factura tosca, no respetan la alineación del renglón sino que tienden a salirse de la caja por arriba y llaman la atención por la profundidad tan distinta que presentan en la incisión, mayor en el lado izquierdo.
La interpunción es una hedera.
Las letras presentan algunas particularidades curiosas como el travesaño angular de la A algo curvado, la primera V que no cierra en el vértice o el trazo recto de la C mucho más frecuente en inscripciones postvisigodas y, sobre todo, llama la atención su mala ejecución tanto en las formas como en la incisión.
También es relevante la utilización del dígrafo AE, una hipercorrección ortográfica bien constatada en época antigua2 y muy frecuente en inscripciones a partir del medioevo.
No sabemos cuánto falta por la izquierda pero sí que hay que completar el nombre del obispo y que, por la derecha, es muy difícil aventurar ninguna restitución y ni siquiera podemos calcular lo que falta.
Se puede pensar que al ser el obispo el personaje que realiza la acción o éste está al comienzo del texto (lo más probable) o, por el contrario, lo cierra.
En cualquier caso, la interpunción marca una separación para destacar el nombre y el cargo del obispo.
Por el tipo de letra, y sin contexto arqueológico, tampoco es posible aventurar una fecha segura, máxime cuando las letras son de tan mala factura.
Sería, por tanto, necesario excavar con urgencia en el yacimiento para ver la cronología que aportan el resto de los materiales, eso considerando que la pieza se encuentre en el ámbito de su contexto original.
Terreno más firme pisamos al analizar la pieza desde un punto de vista material, ya que encaja con los tableros de altar cuya ejecución decorativa es característica de los talleres de la segunda mitad del siglo VI y del siglo VII, algo que se aprecia en la talla de la doble moldura biselada que recorre la pieza junto al borde.
Este tipo de marco está presente en otros tableros de altar hispanos de este periodo, aunque cada uno con sus propias variantes 3.
Un ejemplo similar de doble moldura biselada interior, aquí sin acanaladura intermedia entre aquellas y el borde, lo encontramos en la esquina de tablero de Valdecebadar (Olivenza), conservado en el Museo de Badajoz 4.
Pero no es algo exclusivo de la Península Ibérica, existen composiciones parecidas en las que se juega con el número y forma de las molduras en otras áreas del Mediterráneo 5.
Lo que tampoco podemos resolver es si se trata de una pieza anterior -romana-reutilizada 6, o si está específicamente cortada y labrada para su función tardoantigua; tampoco la procedencia del mármol de Macael resuelve el problema, ya que Macael es una importante cantera que abastece a una amplia zona de la Península Ibérica desde época romana y, por tanto, su mármol sigue utilizándose en la Antigüedad Tardía.
Como la inscripción está incompleta, pues además de parte del nombre del obispo falta detrás de omnium al menos el sustantivo del que era complemento y como mínimo el objeto de la dedicación y el mismo verbo que indicaba la acción que se realizaba, la longitud del tablero debió ser mayor.
Es imposible siquiera intentar una aproximación pues no sabemos si la inscripción ocupó solo el frente, o todos, o tres de los lados como ocurre en el tablero perdido del altar de Salpensa7 cuya inscripción discurría, a modo de marco, por tres de sus lados aunque en este caso no estaba inscrita en el canto sino en el plano superior.
Ahora bien, en la Península Ibérica es más usual encontrar los textos asociados a los altares en los soportes de las aras que en las mensae, por lo que el tablero de Baza reviste particular interés, aunque los 6 La reutilización de piezas romanas, especialmente aras y pedestales, como partes de altares cristianos es común en la Antigüedad Tardía.
Un ejemplo muy ilustrativo lo encontramos en el altar de Ginés, actualmente en el Museo Arqueológico de Sevilla.
Se trata de un ara romana transformada en ara cristiana, no sólo por la refacción del foculus romano en loculus cristiano, sino por la inscripción realizada picando la anterior inscripción pagana.
Tras el crismón aparece la dedicación por parte de un obispo.
Ver: J. González: Corpus Inscripciones Latinas de Andalucía, vol. II, tomo II, no 591, fig. 340; J. Beltrán Fortes, 1991: "Altares visigodos.
Reutilizaciones paganas (I)", en S. Ordoñez, P. Sáez (coord.): Homenaje al profesor Presedo, 785-810.
El gusto por la constancia escrita en los altares se concentra más en el Sur, en la actual Andalucía.
Muy cerca de Baza, en Guadix (M. Pastor Muñoz, Corpus de inscripciones latinas de Andalucía.
IV: Granada, Sevilla 2002, no 137) la antigua Acci, se encontró un pedestal de estatua dedicada a Magnia Urbica entre el 283 y el 285, que se reutilizó como altar en el siglo VII y donde se enumeran gran cantidad de reliquias de algunos de los santos y mártires más famosos de la Hispania tardorromana y visigoda como son Santa Eulalia, San Vicente, las Santas Justa y Rufina, etc. La pieza actualmente está perdida y no se conoce imagen de ella.
También son famosas las consagraciones del obispo Pimenio en la zona de Cádiz durante la segunda mitad del siglo VII. escasos restos de la inscripción y el estado fragmentario de la pieza nos impiden determinar a qué modelo de altar perteneció.
Si la inscripción ocupó solo el frente, con lo que el tablero habría alcanzado fácilmente más de un metro de longitud, magnitud propia de los tableros de altar de soporte múltiple, el altar habría tenido cuatro o cinco pies; pero si recorría los cuatro cantos, o sólo tres la mesa habría sido menor y habría más dudas para asignarle un soporte único o múltiple o incluso de tipo bloque.
En la parte que falta de la inscripción y, teniendo en cuenta el soporte, esperaríamos un texto relativo o bien a la deposición de las reliquias de los santos en el altar o a su memoria, o a la consagración del mismo, o, en menor medida, a su construcción.
Menos probable sería que aludiera a la dedicación o consagración de la iglesia, o a la construcción/reparación de ella o de alguna parte de ella.
Tampoco sería imposible que omnium formara parte de un texto poético 8.
De todas estas posibilidades y en relación con su soporte, preferiríamos la primera, es decir, que se refiriera a la deposición de las reliquias o a la consagración del altar, un texto del que nos pueden dar una idea las líneas 6 y 7 de la inscripción del antistes Honoratus 9, que conmemora la fundación y dedicación de un templo a los mártires cordobeses y la consagración de un ara.
Este texto, que no sólo se refiere al altar, está grabado en una placa que sin duda estaría incrustada en alguna parte relevante de la iglesia y, por su longitud, 124 cm, no es descabellado pensar que se tratara de una entrada.
En cuanto al nombre del obispo, a pesar de lo poco que de él se ha conservado y de que existen más nombres personales terminados en -bius 10, es muy tentador relacionarlo con el "Eusebius ecclesiae Bastitanae episcopus 11 que firma en decimoséptimo lugar en el IV Concilio de Toledo (633) y que vuelve a firmar tres años después en el V Concilio de Toledo, esta vez ya en sép-timo lugar, y en el VI (638).
Si esta identificación fuera cierta12, el tablero constituiría el primer testimonio arqueológico conservado de la sede episcopal visigoda bastetana y de su obispo Eusebio; y adquiere así una especial relevancia al ofrecer nuevos datos para el conocimiento de la ciudad bastetana y del cristianismo del Sureste peninsular en época visigoda.
Sin embargo, siguen siendo muchas las cuestiones abiertas que todavía existen sobre el territorio y la ciudad de Baza durante la Antigüedad Tardía.
Los datos presentados, aún importantes, no permiten una conclusión cerrada acerca de la cuestión de la localización de la sede episcopal de Basti, puesto que la ubicación original del tablero de altar no es segura.
Éste pudo ser reutilizado en época islámica como elemento de construcción, o incluso haber sido trasladado a una nueva iglesia por obispos posteriores en época medieval.
Tampoco es posible afirmar que la pieza perteneciera a la propia iglesia episcopal, puesto que también podría corresponder a una parroquia rural del entorno de Cerro de los Quemaos consagrada por el obispo bastetano.
La cuestión de fondo es el traslado del asentamiento visigodo de Cerro Cepero a Medina Bazta, la actual Baza, en el intervalo de tiempo entre el siglo VIII y X. Creemos que la supervivencia del topónimo Basti-Bazta indica que hubo un factor político que permitió el traslado de dicha sede, que pensamos fue el obispado.
En cualquier caso, lo que sí permite este hallazgo es asociar claramente el obispado tardoantiguo de Baza a un espacio geográfico específico como es el centro de la Hoya de dicho nombre. |
Este artículo ofrece una nueva aproximación al soporte de bronce de Les Ferreres de Calaceite a partir de dos tipos de información.
Por un lado, un estudio tecnológico utilizando EDXRF y metalografía, con el objetivo de conocer el proceso de fabricación.
Por otro, una reconstrucción de su contexto arqueológico, utilizando diversos tipos de información, con el objetivo de aproximarse a su significado y cronología.
En nuestra opinión, el objeto fue fabricado por un experto broncista en la primera mitad del siglo VI a.n.e., utilizando una tecnología compleja y emulando antiguos soportes de bronce de origen mediterráneo.
Su iconografía y contexto arqueológico reflejan códigos simbólicos de las sociedades de inicios de la Edad del Hierro del Nordeste peninsular.
PALABRAS CLAVE: tumbas de guerrero, soportes de ofrendas, arqueometalurgia, tecnología, Edad del Hierro, simbolismo, documentación.
El soporte -frecuente y erróneamente llamado timiaterio-de Calaceite es uno de los objetos más populares y al mismo tiempo enigmáticos de la protohistoria peninsular.
Su mención es habitual en trabajos de investigación o divulgación, siendo numerosas las publicaciones que han abordado aspectos como su cronología, su contexto arqueológico o su significado simbólico.
A grandes rasgos, su historial es también conocido.
La pieza ingresó en el Museo del Louvre poco tiempo después de su hallazgo y regresó a España merced a un acuerdo alcanzado en 1941 entre los gobiernos español y francés (García y Bellido 1943; Nicolini 1997; Rodero 1997a), conservándose actualmente en el Museo Arqueológico Nacional.
A su vez, la coraza de bronce aparecida junto al soporte formó parte de la colección de Antonio Vives Escudero, ingresando posteriormente en lo que en la actualidad es el Museo de Menorca.
3 Pese a tratarse de un objeto con un proceso de fabricación complejo, las cuestiones tecnológicas han recibido escasa atención hasta la fecha.
Únicamente R. Lucas (1982: 23-25) planteó una aproximación al tema, siguiendo las observaciones publicadas para el ejemplar de Couffoulens, formalmente muy similar (Solier et al. 1976; France-Lanord 1976).
Por su parte, las informaciones sobre el contexto y avatares fueron apareciendo en diversos trabajos, reiterando en la mayoría de los casos lo publicado por Cabré (1907-08 y 1942), probablemente el mejor conocedor de estos aspectos.
No obstante, una lectura atenta de la bibliografía revela algunos errores, lagunas y contradicciones que ponen de manifiesto la necesidad de una puesta al día de estas cuestiones.
Al mismo tiempo, recientes hallazgos e investigaciones sobre la arqueología del Bajo Aragón en particular y del NE peninsular en general posibilitan un nuevo acercamiento a los problemas generales de interpretación de la pieza y su contexto.
EL OBJETO, SU BIOGRAFÍA Y SU HISTORIOGRAFÍA 2.1.
EL OBJETO En una caracterización muy sucinta -más adelante ampliaremos algunos detalles-, el soporte de Calaceite es una pieza de 35 cm de altura 4 formada por dos conjuntos o platos cónicos de aros calados -uno en la base y otro en la parte superior-que se unen mediante un vástago o columna central apoyada sobre un caballo que, a su vez, asienta sus cuatro patas sobre los aros de la base; la estructura se refuerza mediante un pequeño vástago vertical colocado entre el vientre del animal y el centro del cuerpo circular o plato inferior.
Estos conjuntos de cinco aros calados, tangentes entre sí, quedan cerrados por una banda circular exterior y se juntan por el interior a un cono que imita alambre enrollado, dando en conjunto un diámetro de unos 20 cm. Tanto los aros como la columna tubular central se decoran con trenzados o motivos en espiga (figura 1).5
El soporte es fruto de un hallazgo casual efectuado el 13 de agosto de 1903 por el campesino Justo Pastor, en el curso de trabajos agrícolas en una parcela de 3 Este artículo se integra en los Proyectos de Investigación «Aprovechamiento de recursos de plomo y plata en el primer milenio AC: interacción comercial y cultural en el Mediterráneo occidental» (HUM2007-62725-C03-00) y «Programa de investigación en tecnologías para la valoración y conservación del Patrimonio Cultural» (Consolider 2007(Consolider -2012)).
Además, se ha beneficiado de conversaciones mantenidas con Núria Rafel y Raimon Graells, miembros del primero de dichos proyectos.
A Lluís Plantalamor, director del Museu de Menorca, y Joaquim Pons, arqueólogo de la citada institución, debemos útiles informaciones sobre el ingreso de la coraza de Calaceite en dicho museo, así como que nos hayan proporcionado una fotografía de la misma.
También Carmen Escriche, directora del Museo de Teruel, atendió nuestras demandas de información sobre el reciente depósito de la coraza en este museo.
Concepción Papí nos facilitó la consulta del expediente del soporte en el archivo del Museo Arqueológico Nacional.
Otros comentarios, informaciones y bibliografía diversa han sido facilitados por Javier González García, Óscar García Vuelta, Gloria Mora, Pierre Rouillard, Marco V. García Quintela, Sebastián Celestino y Margarita Díaz-Andreu.
Desde aquí nuestro agradecimiento.
4 La altura debe considerarse aproximada, pues como veremos la pieza ha experimentado varias reconstrucciones y en ella faltan algunos fragmentos de metal.
6 Según explica Cabré (1942: 182), «roturada de antiguo, estorbaban sus labores agrícolas dos pedruscos a modo de lajas sin labrar que ocupaban el centro de la parcela, pedruscos que, al levantarlos, dejaron al descubierto el bronce de referencia en muchos fragmentos, restos de un peto también de bronce, unas asas del mismo metal, tal vez de un recipiente en forma de braserillo o caldero, pedazos de dos espadas de hierro, de hoja recta y con la empuñadura plana organizada para cachas de madera o hueso, y varios trozos de cerámica, quizá de una urna cineraria, mal conservados».
7 El propio Cabré, natural de la citada localidad turolense, recibe de Santiago Vidiella la noticia del hallazgo el 16 de agosto de ese mismo año, fecha en la que dibuja el soporte y el peto o coraza.
Dos días más tarde visita el lugar donde se produjo el descubrimiento, junto a Vidiella y el campesino Justo Pastor, recuperando entre la tierra removida algunos fragmentos del soporte y de las armas, que se pierden posteriormente, durante su ausencia de Calaceite (Cabré 1942: 182).
Como bien hizo notar Blázquez (1977: 252-253), conocemos versiones contradictorias sobre el estado de conservación de la pieza en el momento de su aparición.
En su primera publicación, Cabré (1907-08: 400) afirma que la columna apareció rota en tres pedazos y que los platos inferior y superior se encontraban también fragmentados por el peso de la tumba.
Probablemente una transmisión deficiente de la información habría sido lo que llevó a A. B. Cook a señalar que el autor del hallazgo rompió el soporte creyendo que era de oro, pero que afortunadamente Cabré lo habría visto cuando aún estaba entero (Cook 1914: 333, n.
La referencia a las lajas de piedra y la asociación de los objetos citados apuntan con claridad a un contexto funerario.
El lugar del hallazgo se sitúa al sur del pueblo de Calaceite, en la partida de Les Ferreres, que según Cabré recibiría esta denominación por Figura 2.
Situación del hallazgo (asterisco).
Sólo concreta el día en la breve ficha incluida en el libro de adquisiciones del MAN (Cabré 1947: 51).
8 «...las losas que lo cubrían, y que con su peso lo rompieron, constituirían la caja mortuoria de uno de los muchos túmulos que tanto abundan en esta región» (Cabré 1907-08: 400).
9 Los escuetos datos ofrecidos por el arqueólogo turolense no permiten situarlo con precisión, aunque a partir de sus trabajos de prospección Moret et al. (2006: 151-152, fig. 143) proponen una localización aproximada con un margen de error que estiman inferior al kilómetro.
En las proximidades de la zona de hallazgo se conocen los restos de al menos dos poblados de la I Edad del Hierro.
En el cerro de Les Humbries se documentaron los restos de un poblado con calle central y casas rectangulares, con presencia de cerámica a mano con cordones, cerámica ibérica y un fragmento de copa ática de figuras negras de inicios del s. V (Moret et al. 2006: 149).
10 En general, los materiales disponibles fechan el yacimiento entre un momento indeterminado de la I Edad del Hierro y el Ibérico Pleno (Moret et al. 2006: 149-150).
12 Moret et al. (2006: 149) no descartan que formase parte de una tumba expoliada situada en los alrededores, teniendo en cuenta la habitual adscripción funeraria de este tipo de piezas.
El otro poblado recibe el nombre de Les Anoguerets y está situado unos 700 m al oeste del anterior; se conoce desde los trabajos de Bosch Gimpera y ha sido revisado por Moret et al. (2006: 147-149), quienes han realizado una planimetría provisional en el curso de sus trabajos de prospección.
Entre los materiales recogidos se encuentran fragmentos de ánfora fenicia y de cerámica a torno, lo que sugiere una cronología de la I Edad del Hierro.
Se conocen también referencias a un tercer yacimiento de idéntica datación situado en sus proximidades (Atrián et al. 1980: 130, n.o 206), aunque podría tratarse de dos partes de un único poblado parcialmente arrasado (Moret et al. 2006: 147).
DE COLECCIONES Y MUSEOS: LOS AVATARES
Tras su hallazgo en agosto de 1903, los materiales debieron de permanecer en manos de su descubridor, Justo Pastor, hasta finales de ese año.
El citado investigador (Cabré 1942: 183) afirma que los objetos comprados fueron únicamente el soporte y el peto, pero, como luego veremos, existen indicios razonables para suponer que al menos las asas del recipiente y algunos fragmentos de chapas -tanto de la coraza como del vaso y de algún otro objeto-también figuraban en el lote.
Como quiera que fuese, los materiales llegan pronto al mercado de antigüedades de Madrid, siendo adquirida la coraza por Antonio Vives Escudero.
El soporte aparece poco después en el Museo del Louvre; Cabré (1942: 183) da por desconocidos los detalles de su tramitación.
La razón para suponer que las asas y fragmentos de chapa llegaron a Madrid junto a las otras dos piezas estriba en que estos materiales todavía figuran entre las antigüedades españolas del Museo del Louvre, actualmente depositadas en el Museo de Saint-Germain-en-Laye.
El estudio de esta colección por parte de P. Rouillard ha permitido sacarlos a la luz (Rouillard 1997: 134-135, n.o 212-214), posibilitando una posterior revisión de nuestro colega R. 9 «...son tradicionales estos hallazgos y constantemente los labradores ven aparecer á flor de tierra, en sus operaciones agrícolas, gran profusión de restos de barro, hierro y bronce, no siendo escasos estos últimos, de tal manera, que se conoce á esta partida, ya de tiempo inmemorial, por la de Ferreres» (Cabré 1907-08: 399-400).
Como hemos podido comprobar, Cabré no menciona la existencia de cerámica griega en la tumba en ninguna de sus tres publicaciones sobre el soporte (Cabré 1907(Cabré -08, 1942(Cabré y 1947)).
Dentro del término de Calaceite, otro ejemplar se localiza en el poblado de San Antonio (Rafel 1997: 103, n.o 7).
Graells (Graells y Armada e.p.).
Es de suponer, por lo tanto, que estos fragmentos no se habrían separado en ningún momento del soporte y fueron a dar al museo parisino formando parte de la misma operación.
Según publica Rouillard (1997: 134), los materiales fueron adquiridos en julio de 1906 por Morel, participando como intermediario en la operación un tal Luis Ruiz.
13 Así pues, la existencia de estos fragmentos entre los fondos españoles del Louvre contradice la idea, largamente extendida (p. ej. Lucas 1982: 21; Kurtz 1985: 20; Beltrán Lloris 1996: 169), de que las únicas piezas conservadas de la tumba son el soporte y la coraza.
14 Desconocemos en qué estado de conservación llega el soporte al Louvre.
Como ya hemos señalado, existen informaciones contradictorias sobre su integridad en el momento del hallazgo.
Fotografía publicada en la enciclopedia Summa Artis, que muestra el aspecto del soporte tras el montaje realizado en el Museo del Louvre (Pijóan 1991(Pijóan [1934]]: lám. XIV).
13 Desgraciadamente, en el momento actual no nos es posible aportar más detalles sobre esta operación ni sobre las personas que en ella intervinieron.
El Dr. Rouillard nos ha comunicado que la documentación sobre esta colección de antigüedades españolas es muy escasa.
Sería interesante verificar si el Morel que consigue estas y otras piezas españolas para el Louvre (Rouillard 1997: 17) tiene alguna relación con Alfred Morel-Fatio (1850-1924), uno de los padres y figuras más influyentes del hispanismo francés (Niño Rodríguez 1988: 32 ss.); al parecer, uno de sus tíos fue conservador del Museo de la Marina en el Louvre y el otro director del Museo Arqueológico de Lausanne (Niño Rodríguez 1988: 33).
No debemos descartar, pues, que las investigaciones en curso puedan ofrecer en el futuro nuevos datos sobre estos aspectos.
14 Por otro lado, la información publicada por Rouillard (1997) permite señalar que Lucas (1982: 21) no estaba en lo cierto cuando afirmó que el soporte había sido donado al Louvre por Horace Sandars.
Seguramente el origen de esta afirmación se encuentra en una interpretación errónea de lo escrito por Cabré (1942: 181).
15 En cualquier caso, lo que sí sabemos es que en el Louvre se efectúa un montaje o reconstrucción de la pieza, cuyo aspecto describe en detalle el propio Cabré (1942: 184-189).
Para lograr este efecto los aros se montaron sobre una plantilla plana de madera con calados de marquetería (Fig. 4) (Cabré 1942: 184).
Únicamente recordaremos que se trata de un acuerdo con un alto contenido político, en un momento de fuerte inestabilidad internacional 19, y que es fraguado con la participación de las más altas esferas de ambos estados.
Después de diversas negociaciones y vicisitudes, el 8 de febrero de 1941 llegan en tren a Port Bou la Dama de Elche, el soporte de Calaceite, las coronas de Guarrazar y los otros materiales implicados en el intercambio.
Allí es recibido el envío por las autoridades correspondientes y trasladado a un tren español, en el que emprenden rumbo a Barcelona y seguidamente a Madrid, entrando el 10 de febrero de 1941 en la estación de Atocha (García y Bellido 1943: XI-XII; Nicolini 1997: 110).
Las cajas se depositan en el Museo del Prado, donde se abrirá una exposición temporal con las piezas tras la firma del acta de recíproca entrega entre las autoridades de ambos países, que tiene lugar el 27 de junio de 1941 (García y Bellido 1943: XII).
20 Tras su regreso a España el soporte se mantiene durante años con el montaje efectuado en el Louvre, aunque muy pronto Cabré (1942) manifiesta lo incorrecto de dicha reconstrucción.
El nuevo montaje, siguiendo la solución propuesta por el citado investigador, tendrá que esperar hasta 1972, año en el que es llevado a cabo por Mercedes Martín Roa, restauradora del MAN (Lucas 1982: 21; Barril 1997: 176).
Un nuevo montaje y restauración tiene lugar en el año 1985, momento en el que se realizan los análisis que publicamos en el presente artículo.21 15 Tenemos constancia de que al menos desde 1904 Cabré mantiene correspondencia con la Real Academia de la Historia a propósito de hallazgos arqueológicos en Calaceite (Maier 2003: 144; Almagro-Gorbea y Maier 2003: 251, 338), pero no hemos encontrado ninguna imagen ni alusión al soporte ni tampoco a los otros materiales de la tumba de Les Ferreres.
La opción de búsqueda en red de documentos del archivo de la Comisión de Antigüedades de dicha institución [ w w w. c e r v a n t e s v i r t u a l. c o m / p o r t a l / A n t i g u a / arqueologia.shtml] devuelve 9 documentos introduciendo Calaceite en la opción «lugares» (acceso verificado el día 21.3.2009).
17 E. Pottier fue además quien facilitó a P. Paris la fotografía incluída en su artículo de 1911, que «corrige le dessin un peu trop flatteur de M. Cabré» (Paris 1911: 15, fig. 7).
En las fotografías de Cabré se aprecian con claridad las dos roturas de la columna del soporte.
18 Sobre la exposición de las antigüedades ibéricas en el Louvre, aunque sin aludir al bronce de Calaceite, puede verse el breve comentario de Rouillard (1997: 14-15).
19 De hecho, esta situación de guerra había provocado la evacuación de una parte de las colecciones del Louvre, incluyendo la Dama de Elche y los fragmentos de la diadema de Moñes, a los depósitos del Museo de Montauban, cercano a Toulousse (Nicolini 1997: 109; García y Bellido 1943: XI).
Otra parte de los materiales españoles se mantenían en los almacenes del museo parisino (García y Bellido 1943: XI).
Entre otros documentos, contiene el acta de entrega de los materiales, que firman, el citado 14 de octubre, Fernando Álvarez de Sotomayor (Director del Museo del Prado) y Blas Taracena (Director del MAN).
El objeto que nos ocupa es el último de la relación; figura con el número 34 con la denominación «lampadario de bronce» y procedencia atribuida a San Antonio de Calaceite.
La coraza o peto de bronce sigue una trayectoria distinta e independiente del soporte y los fragmentos ingresados en el Louvre.
Como ya señalamos, es adquirida por el coleccionista Antonio Vives Escudero, que la conserva hasta su muerte en 1925.
A partir de esa fecha continúa en manos de su familia y en 1938 es dibujada por Encarnación Cabré en casa de la viuda de Vives, a donde acude acompañada de su padre y de Manuel Gómez-Moreno (Cabré 1942: 183).
22 Resulta llamativo que primero Vives y luego su familia decidan conservar la coraza, que no entra en ninguna de las operaciones de compra que de su colección realizan el MAN, el Instituto Valencia de Don Juan y la Hispanic Society (García-Bellido 1993: 17-20).
Se ha señalado que la citada coraza se conservaba en Menorca, patria natal de Vives, junto a otros materiales de su colección (García-Bellido 1993: 17).
Sin embargo, sabemos que durante un tiempo la pieza debió estar en Madrid, pues como acabamos de señalar Cabré afirma haberla visto -y su hija dibujado-en 1938 (Cabré 1942: 183).
En cualquier caso, lo que sí está mejor documentado es el ingreso de la coraza en 1946 en el Museo Provincial de Bellas Artes de Mahón (Menorca), institución entonces recién fundada y que recogía el legado de experiencias museísticas previas en la isla.
23 Es probable que el ingreso de la coraza en una institución museística de su localidad natal se deba al expreso deseo de Vives, lo que indicaría el afecto que sentía el citado coleccionista hacia esta pieza.
24 La coraza es entregada formando parte de un depósito permanente en el que figuran además otros objetos arqueológicos y libros.
25 En sesión celebrada el 2 de marzo de 1946, la Junta del Patronato del museo acusa el ingreso del depósito y toma el acuerdo de expresar su agradecimiento a los descendientes de Vives, así como de encargar vitrinas y armarios para la instalación de las piezas y libros.
26En fechas más recientes los objetos de la tumba de Les Ferreres experimentan todavía otros dos avatares museísticos importantes.
El primero es el depósito de los fondos ibéricos del Louvre en el Musée des Antiquités Nationales de Saint-Germain-en-Laye, que tiene lugar en 1982 (Rouillard 1997: 7, 16).
Como ya hemos señalado, allí se encuentran actualmente las asas y fragmentos de chapa (Rouillard 22 El dibujo de la coraza realizado por Encarnación Cabré se incluye en el artículo publicado poco después por su padre (Cabré 1942: fig. 3.1).
Otro dibujo, quizá realizado por el propio Vives, forma parte del Álbum de Dibujos de su colección de bronces (figura 5), en el grupo de láminas conservado en el Museo Arqueológico Nacional (García y Bellido y García-Bellido 1993: 55, 235, lám. 50).
En la edición digital del archivo fotográfico de Cabré coordinada por Blánquez y Rodríguez Nuere figuran dos fotografías de la coraza (Blánquez y Rodríguez Nuere 2004: 325 y fotos n.o 984 y 1360).
23 En 1975 dicho museo, con la denominación oficial de Museo de Menorca, se integra en la estructura del Patronato Nacional de Museos, siendo transferida su gestión a la Comunidad Autónoma en 1984.
24 Agradecemos sus comentarios sobre este particular a J. L. Plantalamor y J. Pons, del Museo de Menorca.
25 Parte de estos objetos arqueológicos que ingresan en el Museo de Menorca -incluyendo la coraza, como ya comentamos-figuran recogidos en las láminas del Álbum de Dibujos de Vives (García y Bellido y García-Bellido 1993: 298-299, índice III de localización actual de objetos).
4; Moret et al. 2006: 153) hacen referencia a la existencia de algunos otros materiales de la tumba en el Museo de Menorca, dato que actualmente debemos considerar incorrecto y que tiene su origen en un error de atribución.
Materiales que al parecer formaban parte del lote donado por la familia de Vives al citado museo y supuestamente procedentes de una tumba de Calaceite figuraron junto al soporte y la coraza en la exposición Celtas y Vettones (Ávila, 2001), siendo recogidos en el catálogo de la misma (Almagro-Gorbea et al. 2001: 422, n.o 15a y 15b) y luego citados por Lorrio (2004: 297, n.
También R. Lucas, en el resumen inédito de su comunicación al III Simposio da Associação Internacional de História e Civilização da Vinha e do Vinho (Funchal, 5-8 de octubre de 2003) (citado en Armada 2005: 289-290, n.
4), alude a la existencia de materiales inéditos en la mencionada institución, que relaciona con un posible simpulum de bronce similar al documentado en la tumba de Couffoulens.
En la actualidad sabemos que estas atribuciones eran erróneas y todos los indicios apuntan a que el único material de la tumba de Les Ferreres conservado en el Museo de Menorca hasta el año 2007 era la aludida coraza.
LA HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN
Desde el punto de vista historiográfico, hay que señalar que la investigación ha estado interconectada con la biografía del soporte.
Como ya hemos explicado, el dibujo precedió a la realidad dado que la correcta reconstrucción de la pieza se anticipó en la bibliografía (Cabré 1942) antes de llevarse a la práctica.
Pero, al mismo tiempo, parece claro que su salida a un museo extranjero favoreció su conocimiento por parte de investigadores de otros países, mientras que su posterior regreso a España tuvo como consecuencia la aparición de nuevos trabajos de entidad diversa (Cabré 1942; García y Bellido 1943: 183-186).
No es nuestra intención aquí ofrecer un análisis exhaustivo de toda la bibliografía generada por la pieza.
Aquí nos referiremos sólo a algunos de los principales.
29 Lo hizo en su primer artículo arqueológico, en el que publica también otras tres piezas procedentes de Calaceite.
En este primer artículo lo denomina «peregrino objeto» (Cabré 1907-08: 399), limitándose a ofrecer una breve descripción del mismo y de las circunstancias del hallazgo, junto al ya citado dibujo (Fig. 3).
En fechas posteriores, la pieza aparece recogida sucintamente en publicaciones arqueológicas sobre el Bajo Aragón, firmadas por Vidiella, Bosch Gimpera o el propio Cabré.
Sin embargo, seguramente en relación con su ingreso y exposición en el Museo del Louvre, alcanza pronto repercusión internacional, siendo considerada por autores como Joseph Déchelette (1909), el hispanista Pierre Paris (1911) o Arthur Bernard Cook (1914), profesor de la Universidad de Cambridge.
30 La popularidad que alcanza el objeto se refleja también en su aparición en obras más generales, como la enciclopedia Summa Artis (Fig. 4), donde se dice erróneamente que fue descubierto por Cabré en 1905(Pijóan 1991[1934]: 281, lám. XIV).
16) indica también «que en los supuestos materiales había un error de atribución y que tales recipientes o fragmentos de metal no existen».
29 La obra de Juan Cabré y de otros pioneros de la arqueología del Bajo Aragón ha sido objeto de diversos estudios historiográficos recientes.
No obstante, el primero no resulta del todo exhaustivo, pues se deja el trabajo de Cook (1914) Así las cosas, no será hasta casi cuarenta años después del hallazgo cuando el soporte y su contexto sean objeto de un estudio integral.
Se trata del varias veces mencionado artículo de J. Cabré, quien manifiesta explícitamente (Cabré 1942: 181-182) su deseo de enmendar algunas lagunas contenidas en su primer trabajo de inicios de siglo.
Es ahora cuando admite el fallo en su propuesta de reconstrucción inicial y defiende un perfil cónico o en copa para los dos cuerpos de discos calados, incluyendo el dibujo que anticipa en buena medida el aspecto actual del objeto (Cabré 1942: 185-189, fig. 2).
El libro escrito por García y Bellido (1943) a raíz del regreso a España de la Dama de Elche, el soporte y otros materiales del Louvre incluye el pertinente apartado sobre la pieza que nos ocupa, limitándose a sintetizar los breves datos aportados por Cabré y otros autores (García y Bellido 1943: 183-186).
31 Es también escueta la alusión que hace Almagro Basch en su contribución a la Historia de España de Menéndez Pidal, donde ofrece fotografía del soporte y la coraza defendiendo su carácter céltico y sus vínculos con el «Hallstatt centroeuropeo» (Almagro Basch 1952Basch [1989]]: 202, fig. 169), en concordancia con Cabré y otros estudiosos de la época.
Otra aproximación, centrada en la interpretación del objeto, es presentada por J. M. Blázquez en el V Congreso Arqueológico Nacional (Zaragoza, 1957) (Blázquez 1959), trabajo que se incluye posteriormente -con algunos cambios y adiciones-en una recopilación de estudios del citado autor (Blázquez 1977: 252-260).
En él descarta su funcionalidad de timiaterio e insiste en su significado solar y funerario.
32 Cabe mencionar igualmente la breve nota publicada por Schüle (1960) sugiriendo un pequeño matiz a la reconstrucción defendida por Cabré.
En los años 70 se dan a conocer los dos paralelos más cercanos para el soporte.
En la publicación sobre la necrópolis de Saint-Julien (Pézenas, Hérault) se incluyen los fragmentos de la tumba 11/69, señalando brevemente sus afinidades sardas, cartaginesas y chipriotas pero sin referencias al bronce de Calaceite (Llinas y Robert 1971: 23, figs. 39-40).
Distinto es el caso del soporte de Las Peyros (Couffoulens, Aude), cuya evidente similitud con la pieza turolen-se es considerada por los autores de la publicación, que ofrecen un detallado estudio comparativo (Solier et al. 1976: 79-86, figs. 83-86); la monografía incluye también un breve anexo con el estudio metalográfico del soporte francés (France-Lanord 1976: 101, fig. 87).
Estos interesantes paralelos son tenidos en cuenta por R. Lucas al aportar una necesaria revisión del hallazgo de Calaceite, publicada diez años después de la restauración que confiere al soporte su aspecto prácticamente definitivo (Lucas 1982).
La autora ofrece una detallada descripción del ejemplar y aprovecha la información aportada por las publicaciones francesas en cuanto a aspectos cronológicos, formales y tecnológicos.
Por otra parte, en consonancia con dichos trabajos y con lo publicado por Maluquer (1977-78: 116-118), señala las afinidades mediterráneas del objeto, matizando la extendida idea de una filiación céltica o hallstáttica defendida por Cabré y otros investigadores (Lucas 1982: 25-28).
La mayoría de los autores sitúan la cronología de la tumba en la segunda mitad del s. VI o incluso en el s. V a.n.e., aunque admitiendo la posible diversidad cronológica de los elementos del ajuar.
Almagro-Gorbea es el principal defensor de una cronología alta para el soporte, fechándolo en sus diversas publicaciones entre finales del s. VIII y mediados del VII (Almagro-Gorbea 1992: 647), a inicios del s. VII (Almagro-Gorbea 1998: 105) o en el s. VII sin más especificaciones (Almagro-Gorbea 2001: 243).
XII-X a.n.e.), fenómeno en el que también entrarían de lleno los denominados colgantes paleoibéricos de bronce del NE peninsular (Rafel 1997: 111-113, fig. 4).
De gran interés resulta, en este sentido, la identificación de los fragmentos de un trípode de varillas formando parte del ajuar de una tumba de La Clota, también en el término municipal de Calaceite, y que dicha autora considera en el marco de la misma problemática (Rafel 2002).
Sus trabajos analizan de manera pormenorizada el problema de la distancia cronológica entre los contextos de deposición de estas piezas y sus modelos mediterráneos, proponiendo un uso matizado de la hipótesis heirloom (Rafel 2002(Rafel y 2005)).
Más adelante volveremos sobre estas cuestiones.
Algunos de los más recientes trabajos sobre temas protohistóricos continúan ocupándose del contexto de hallazgo del soporte, caso del artículo póstumo de Lucas (2003-04: 119) sobre los simpula del Hierro I en el NE peninsular y Francia meridional, o la monografía de Farnié y Quesada (2005: 112-114) acerca de las primeras espadas de hierro en la Península Ibérica.
Las últimas novedades en la investigación sobre el soporte y su contexto se incluyen en dos libros recientes.
El publicado por Moret et al. (2006) sobre los iberos del Matarraña incluye una revisión de los yacimientos del término de Calaceite, con especial atención a la tumba de Les Ferreres (Moret et al. 2006: 147-165).
El análisis físico-químico y estructural del soporte de Les Ferreres de Calaceite confirma que la pieza es un montaje integrando diversas partes.
Básicamente son las siguientes, comenzando desde la base:
Las cifras calculadas no son un fiel reflejo del bronce empleado como soldante ya que el equipo de análisis no permite tomas puntuales sino espectrometrías de área grande, resultando en este caso contaminadas por los metales circundantes, pero de ellas se puede deducir que era un metal con un intervalo de solidificación más corto.
37 De hecho la soldadura, aun resultando eficaz, no fue buena, observándose bandas de separación entre metales y una especie de zapatos en los cascos (Fig. 7.6).
En líneas generales el artesano, que demuestra gran pericia a la hora de fundir piezas complejas, las ha unido burdamente.
Hubiera sido necesario un estudio radiográfico para determinar si el caballo es hueco o macizo y para ver en detalle si existe algún espárrago pasante robusteciendo la unión entre la peana y el fuste de la columna del soporte, a través del cuerpo del caballo.
Desafortunadamente no pudimos recurrir a este interesante medio auxiliar, que queda aplazado para mejor ocasión.
Pero probablemente se trata de una figura hueca. cha derecha se han perdido (véase Fig. 8.1).
Es probable que los extremos de la cincha estuvieran originalmente soldados a la columnilla de la base, en cuya parte superior cabría interpretar como huella de soldadura la deformidad que presenta en el lado correspondiente a la cincha mejor conservada.
Si nuestra hipótesis fuera correcta no sería necesario un espárrago pasante por el interior del caballo, ya que los esfuerzos mecánicos de la estructura superior se trasmitirían sin dificultad a la base vía collarín-cincha-columnilla.
Con la cincha completa abrazando el cuerpo del caballo tampoco sería necesaria la soldadura a la columnilla, pues la abrazadera formada proporcionaría rigidez y estabilidad suficiente al montaje.
En la actualidad las partes se encuentran unidas por los productos de corrosión del bronce.
En el hueco del collarín se ensambla perfectamente ajustado el fuste de la columna.
Ésta es hueca (véase Fig. 8.1), mostrando por su cara externa decoraciones de trenzados alternando con hilos lisos, mientras que el interior no tiene decoración (Fig. 8.2).
La cavidad conserva todavía porciones del molde interno de picadizo, sustancia que en un primer momento fue confundida con peltre (Cabré 1942: 185).
Sirve de remate a la pieza un plato calado similar a la pieza de base, sujeto a la columna mediante otro collarín que repite la morfología del descrito anteriormente pero que ahora es todo uno con el plato (figura 8.3).
EL PROCESO DE FABRICACIÓN
El soporte de Calaceite es el resultado del montaje de varias partes preparadas por separado, como se ha visto en el despiece anterior.
Algunas van unidas por sobrefundido o vaciado adicional (los apoyos del caballo, por ejemplo), mientras que otras parecen ensambladas.
No cabe, pues, pensar en la pieza como un producto integrado de fundición a la cera perdida.
Las partes fueron fundidas independientemente, como demuestran los distintos tipos de aleación encontrados.
El estudio metalográfico resulta suficientemente esclarecedor de manera indirecta, pues las metalografías practicadas en distintas partes del soporte ofrecen una microestructura similar de bronce homogeneizado, con granos de gran desarrollo.
Se han borrado, por tanto, las estructuras segregadas de fundición ya que, como es sabido, los bronces con menos del 15% de estaño homogeneizan con facilidad su fase delta al enfriar lentamente el metal desde unos 600° C hasta la temperatura ambiente.
Como ya hemos señalado, la pieza seguramente formaba parte del ajuar de la tumba de un guerrero incinerado (Lucas 1982: 21), pero no parece que fuera introducida en la pira funeraria dadas las diferencias de tamaño de grano del metal detectadas en tres partes distintas de la estructura.
Si el fuego ritual hubiera sido el causante de la homogeneización por recocido del bronce, cabría esperar microestructuras del mismo tamaño de grano.
Tampoco el soporte de Couffoulens, hallado igualmente en una tumba, fue recocido por el fuego puesto que conserva estructuras dendríticas de fundición (Solier et al. 1976: 114, fig. 87).
Los platillos calados son, sin duda, las partes más complicadas de fundir.
Sobre una superficie cónica preparada al efecto se fueron confeccionando en cera y uniendo los elementos estructurales.
El trabajo en modelo de cera se puede deducir de ciertas deformaciones como las mostradas en la Fig. 8.4, en donde se aprecia un desplazamiento de las espiras (que cambian su curvatura) al ser empujadas ligeramente para adosar uno de los círculos secantes.
Si el material del modelo hubiera sido rígido no se habría modificado su forma de ese modo.
Para mejorar el colado y vencer las dificultades de paso del metal líquido en su momento, los puntos secantes se han adornado con botones figurando remaches o bandas decorativas simulando abrazaderas que, en el molde, se convierten en canales de sección engrosada por donde el metal fundido puede correr con menor dificultad.
Una vez conseguido el modelo en cera de los platos calados y del resto de las piezas que componen el soporte, se elaboraron los moldes de fundición por el consabido método de la cera perdida.
En el caso de los platillos, las piezas con mayor dificultad, un bebedero se situaría en el collarín central pero es probable que hubiera más bebederos distribuidos cerca de la banda de mayor diámetro, de manera especial para el platillo superior, cuyo borde se adorna con la mencionada serie continua de pequeñas ani-llitas, tratándose por tanto de un molde de llenado múltiple.
Sobre la pieza acabada no se observan arranques de mazarotas, que pudieron muy bien estar situadas sobre los botones decorativos.
Al eliminarlas y pulir la zona durante el acabado de la pieza se perdería el rastro de su presencia.
En cualquier caso, el problema fundamental que presenta fundir piezas tan complejas como los platillos estriba en la evacuación de los gases formados en el interior del molde cuando se rellena de metal líquido.
Tal problema no fue resuelto satisfactoriamente pues, como veremos más adelante al describir las metalografías, la masa metálica contiene numerosas vacuolas gaseosas.
Debido a la formación de cámaras de gas a presión en el interior del molde puede explicarse la falta de definición de la decoración en varios sectores (Fig. 13.1), generalmente situados en la banda circular externa del platillo por corresponder a la cavidad del molde más alejada de las posibles vías de desgaseo.
Para fundir los platillos el artesano preparó una colada de bronce ternario con algo más del 7% de estaño y otro tanto de plomo (análisis A4100-1, 10 y 12).
Con tal formulación hay fase líquida broncínea hasta una temperatura próxima a los 800° C, con segregados de plomo que se mantienen líquidos incluso a temperatura más baja (probablemente hasta los 400° C).
Dado que la fase alfa rica en cobre comienza a solidificar a los 1050° C aproximadamente, se dispone de un intervalo de solidificación suficientemente amplio para asegurar que el metal corra bien hasta rellenar los huecos más distantes del bebedero siendo capaz de reproducir con fidelidad el relieve de la decoración.
Con todo, la fundición no hubiera tenido éxito sin recalentar el molde.
En efecto, el espesor del metal, de menos de dos milímetros en las partes más hundidas del relieve, está por debajo del grosor mínimo de pared, establecido en dos milímetros por la práctica actual de fundición por gravedad en molde frío.
Sin embargo, cuando el molde está recalentado adecuadamente el enfriamiento del metal es más lento, permitiendo el llenado correcto del mismo.
Los resultados metalográficos de varios fragmentos de los platos calados se explican bien como consecuencia de una fundición en molde recalentado y el posterior enfriamiento lento de la colada.
Es hueca y merced a una fractura del fuste podemos observar conservado en el interior su molde de picadizo (arcilla mezclada con carbón picado), siendo lisas las paredes (Fig. 8.2).
No hay perforaciones pasantes para sujetar el molde interno, que debía formar cuerpo con el externo por la base, actuando como bebedero el extremo opuesto.
La figura de caballo, también fundida a la cera perdida, es de una aleación ternaria muy plomada conteniendo algo más del 3% de estaño y entre 11,7 y 19,2% de plomo (análisis A4100-2, 3 y 4).
A estas concentraciones el plomo se segrega y ello motiva las distintas mediciones obtenidas en tres puntos diferentes de la anatomía del animal.
Como era habitual, las pequeñas figurillas de caballo se fundían en posición invertida, situando los bebederos en los extremos de las patas.
La sujeción del caballo al platillo de la base se hizo uniendo los cascos por sobremoldeo, como se ha explicado antes.
Si se emplea una aleación soldante adecuada y temperaturas convenientes se puede lograr la refusión parcial de las superficies a unir, resultando una verdadera soldadura cuando todo solidifica; si no es así, el aporte actúa a manera de abrazadera entre las partes, siendo distinguible la superficie de contacto.
Ambos efectos se aprecian en el caso aquí estudiado, como muestra la figura 7.6.
Hemos tenido ocasión de practicar algunas metalografías a varias partes de la pieza aprovechando su desmontaje durante el proceso de restauración que le ha dado el aspecto actual.
39 Todas ellas presentan una microestructura similar correspondiente a bronce homogeneizado, con grandes granos poliédricos cuya sección en el pulido da superficies reticuladas con tamaños de grano diferentes, lo cual indica que las temperaturas de trabajo y/o el tiempo de enfriamiento fue distinto en las partes observadas; es decir, que la pieza, montada, no vivió un mismo proceso térmico común (horno, incendio, pira) ni dentro ni fuera del taller.
La figura 9 es de un pulido de la banda externa del platillo superior.
Los granos forman una estructura reticular como consecuencia de la homogeneización térmica del bronce y sus bordes se encuentran engrosados por fenómenos de corrosión intergranular.
Como se trata de un bronce ternario con algo más del 6% de plomo se han producido segregados de este metal, de forma globular, que ocupan preferentemente los bordes de grano pero que podemos encontrar también en el interior de los granos.
Gran parte de la imagen está ocupada por burbujas gaseosas que certifican los problemas de desgaseo del molde a que hemos aludido antes.
Una de las anillitas que adornan la periferia del platillo ha sido metalografiada según un plano tangente a la superficie externa.
La microestructura a pocos aumentos ofrece una imagen reticulada similar a la anterior.
Se observan pequeños segregados oscuros de plomo así como la formación de glóbulos de óxido y/o sulfuro cuproso.
Vistos a más aumentos (Fig. 10) los bordes de grano muestran el característico diseño redondeado de los cristales de crecimiento natural por efecto del enfriamiento lento de un bronce alfa, ocupando los intersticios los segregados de plomo y otras impurezas de la aleación.
En el ángulo inferior derecho se aprecian con más detalle las formaciones de óxido o sulfuro cuproso.
De modo similar se ha actuado con un fragmento de la estructura del pie del soporte, cuyo metal muestra la microestructura reticulada y segregados de plomo engrosando los bordes de grano, como las descritas antes.
La sección del contacto entre dos alambres de la banda se ilustra en la figura 11; en ella se aprecian los senos del relieve exterior con estratificaciones de productos de corrosión y un metal de la misma textura a uno y otro lado del estrechamiento.
La última parte metalografiada es la columna y su estructura puede verse en la figura 12.
Como cabía esperar por el bajo contenido en plomo de la aleación de esta parte del soporte (0,89% Pb) la microestruc-tura correspondiente muestra una textura reticulada sin los bordes de grano engrosados, lo que la diferencia de las comentadas anteriormente.
El plomo se ha segregado como pequeños glóbulos (de color oscuro en la imagen) más o menos uniformemente repartidos.
La fundición es ciertamente sucia, habiéndose formado vacuolas y glóbulos de óxido cuproso.
Vemos, pues, que las metalografías repiten las texturas metálicas en las tres partes del soporte metalografiadas e indican un enfriamiento lento de la colada que permitió la homogeneización de la fase cobre-estaño, borrando la estructura dendrítica del bruto de colada.
Ello indica que los moldes fueron Figura 9.
Metalografía de una sección transversal de la banda externa del platillo superior del soporte.
Microestructura reticular de bronce alfa homogeneizado.
Segregados oscuros de plomo formando pequeños glóbulos en los bordes y en interior de los granos.
Los bordes, a su vez, se encuentran engrosados por fenómenos de corrosión intergranular.
Grandes vacuolas o burbujas de gas producidas por el deficiente desgaseo del molde ocupan la parte inferior y lateral de la imagen.
Metalografía de una de las anillitas periféricas del platillo superior.
Detalle del borde de grano, engrosado por la presencia de plomo segregado, que también se encuentran en pequeños globulillos en el interior de los granos.
En la esquina inferior derecha se aprecian formaciones de óxido o sulfuro cuproso.
El diseño redondeado de los bordes indica que se trata de cristales de crecimiento natural no sujetos a otras tensiones mecánicas que las de su propio crecimiento.
Metalografía de la zona de contacto entre dos alambres de la decoración de la banda externa del platillo de base, apreciándose los senos muy alterados por la corrosión superficial cuyos productos se encuentran estratificados.
El estrechamiento está surcado por un límite de grano muy engrosado por la corrosión resolviéndose en una fisura real.
La referencia inmediata y prácticamente la única es el soporte de Couffoulens (Solier et al. 1976: 79 ss.), conservado en el Museo de Montpellier (Fig. 18.1).
En el Anexo II de la citada publicación France-Lanord, apoyado en un estudio analítico y metalográfico, aventuró la hipótesis de un complicado montaje de hilos de cobre soldados con estaño para construir los platillos decorados.
Este montaje sería luego encamisado con una barbotina y un molde de arcilla e introducido en un horno para que, a alta temperatura, se produjera la difusión en sólido del estaño en el cobre dando lugar a un bronce pobre y uniéndose íntimamente los alambres.
Tal fenómeno puede darse; ha sido comprobado experimentalmente por Thouvenin (1986: 109 ss.), quien acepta las ideas de France-Lanord, y parece ser que fue empleado en la elaboración de piezas de bronce con adornos filiformes a mediados del primer milenio a.n.e. según el citado autor.
Pero la fundición de bronces decorativos complicados, con secciones de metal muy delgadas, ya había sido resuelta con éxito en el Bronce Final.
Buenos argumentos en tal sentido proporciona el estudio de René Wyss (1967) sobre técnicas de fundición empleadas por los broncistas suizos entre el 1200 y el 800 a.n.e., en el que se recogen moldes para anillas y discos calados con diseños filiformes que de-safían las normas técnicas de las fundiciones actuales (Wyss 1967: 15, 22).
Otro apoyo es la fíbula del Hallstatt tardío estudiada desde el punto de vista tecnológico por H. H. Coghlan (1980: 85-86).
Esta tecnología y no la propuesta para el soporte de Couffoulens fue la empleada para el ejemplar de Calaceite.
Varias observaciones avalan nuestra propuesta:
Aunque la columna presenta la superficie externa decorada con alambres y cadenillas o trenzas, la superficie interior es lisa.
No podría tratarse, pues, de un montaje a base de elementos soldados; tampoco el espesor de la pared es suficiente como para pensar en elementos adosados a un cilindro soporte.
Todo ello sin tomar en consideración que en nuestro caso se conserva el molde interno de picadizo como garantía de una fundición a la cera perdida.
La decoración a base de cadenillas o trenzados no tiene correspondencia en las dos caras de las piezas.
Ello queda documentado en la figura 13.3-4, anverso y reverso de un fragmento de la banda externa del platillo de base, en los que se observa un mismo sentido del trenzado cuando, si se tratara de una trenza única vista a dos caras, los sentidos deberían ser opuestos (imagen especular).
El modelo utilizado para los diseños en espiga no parece ser una cadenilla metálica sino un cordón de fibra vegetal (¿pleita de tres cabos?), percibiéndose ciertas deformaciones características en los entrecruzados (Fig. 13.2).
La impronta pudo así grabarse cómodamente sobre una pastilla o tira de barro de grano fino a la que aplicaron también los alambres, confeccionando el negativo de una cinta con una cara lisa, la superior, y la otra cara con los motivos decorativos deseados.
Una vez seco el molde, conseguir las cintas de cera y unir sus caras lisas no tiene mayor dificultad, con lo cual el artesano dispondría de tiras con la misma decoración en las dos caras.
Si hubiera tenido la precaución dicho artesano de invertir el sentido de las cintas a la hora de unirlas por la cara lisa habría habido una correspondencia genérica de diseños y se podría mantener o discutir el sistema constructivo propuesto por France-Lanord y Thouvenin.
Pero no fue así, lo cual deja vía libre a una tesis más coherente de fundición a la cera perdida.
Por último pero no menos importante, la propia naturaleza de las aleaciones metálicas hace inviable un montaje de hilos soldados.
Efectivamente, mientras el soporte de Couffoulens es de bronce binario con entre 6 y 7% de estaño (France-Lanord 1976: Figura 12.
Metalografía del fuste de la columna según un plano transversal.
Estructura reticulada, con el plomo segregado en pequeños globulillos.
En la parte superior se aprecian vacuolas gaseosas y el metal, en general, contiene muchas impurezas.
101), el de Calaceite es bronce ternario en todas sus partes metálicas excepto en la columna.
Como es sabido, el plomo es insoluble en cobre y por tanto no podría difundirse desde el exterior si se encontrara formando parte de las soldaduras previas.
El plomo era un constituyente de la aleación, como demuestran las metalografías, y no cabe pensar que los alambres originales fueran de una aleación cobre-plomo, totalmente atípica y con pésimas propiedades mecánicas para ser trefilada.
En cuanto a las aleaciones en sí, todas ellas resultan bien frecuentes en la metalistería ibérica de los objetos de fundición (Prados 1988; Rovira et al. 1989; Rovira 1992) y también en la etrusca (Craddock 1986), cuya relación con la peninsular ha sido abordada en otras ocasiones (Rovira et al. 1991; Rovira 1995).
En cualquier caso, el soporte de Les Ferreres de Calaceite es una soberbia obra de diseño y su construcción implicaba riesgo y pericia para el artesano que abordó su materialización.
La escasez de restos de objetos similares es un buen indicio del carácter extraordinario que debió tener incluso en su tiempo por lo que, junto con el de Couffoulens y los fragmentos del encontrado en Saint-Julien de Pézenas (Llinas y Robert 1971: 22-23), seguramente responde a una especialización muy concreta de talleres no muy alejados geográficamente sobre los que convergen influencias continentales y mediterráneas (Fig. 18).
El limitado estudio analítico del bronce de Couffoulens no permite demasiadas aproximaciones pues, si bien es cierto que hay una determinación del contenido de estaño, cifrándolo en torno al 6-7% (France-Lanord 1976: 101), nada se nos dice de otros elementos constituyentes ni tampoco queda claro a qué parte de la pieza corresponde el análisis, dando la sensación de que se generaliza a todo el conjunto.
Dicha cifra es muy común en los análisis del de Calaceite pero, en general, acompañada de valores importantes de plomo, dato que concuerda, por ejemplo, con las series de lámparas, candelabros y que-Figura 13.
Soporte de Les Ferreres de Calaceite.
Detalles: (1) Fragmento de la banda externa del platillo superior en la que se aprecia la falta de definición de la decoración, probablemente ocasionada por la presencia de gas a presión en el interior del molde durante la fundición.
(2) Detalle de la decoración.
(3) Anverso de un fragmento de la estructura de apoyo del soporte mostrando el esquema decorativo.
(4) Reverso del mismo fragmento de la figura 13.3; obsérvese que el esquema decorativo es el mismo que en el anverso cuando, si se tratara de un montaje por soldadura de cadenillas y alambres, el sentido de las espigas o trenzas debería estar invertido.
Es muy probable que el moteado oscuro que se aprecia en una de las microfotografías de la pieza de Couffoulens, distribuido en los segregados de temperatura de solidificación más baja, se deba a plomo (véase Solier et al. 1976: 114, fig. 87.1).
También es notable el parecido entre la metalografía de la figura 87.3 de la citada publicación y nuestra figura 9, que corresponde a un bronce ternario Cu-Sn-Pb.
De ser ciertas nuestras suposiciones, la tecnología de taller del bronce de Couffoulens y la del de Calaceite vendrían a coincidir satisfactoriamente, como conviene a piezas tan estrechamente emparentadas.
SOBRE EL CONTEXTO ARQUEOLÓGICO: LA TUMBA DE LES FERRERES
La excepcionalidad de los objetos hallados junto al soporte ha sido destacada ya por numerosos autores, que sugieren también la interpretación funeraria del conjunto.
De esto último no parece haber duda, sobre todo por la coherencia y analogía que muestra la asociación de piezas con respecto a otros ajuares funerarios del NE peninsular y Francia meridional.
Las circunstancias del hallazgo y sus avatares posteriores han sido descritos en otro apartado de este artículo.
Ahora ofrecemos una breve valoración de los restantes objetos que componían el ajuar, con la intención de precisar la cronología de la tumba y explorar su interés para la lectura general del conjunto.
En este sentido, a las noticias aportadas por Cabré y el posterior redescubrimiento por Rouillard (1997) de los fragmentos de caldero, hay que añadir la reciente revisión de los materiales del Museo de Saint-Germain-en-Laye a cargo de nuestro colega R. Graells, que ofrece algunas novedades interesantes respecto a la identificación de los fragmentos broncíneos (Graells y Armada e.p.).
Junto a algunos fragmentos de coraza y de recipiente metálico, destaca la presencia en el lote del museo francés de otros cuantos fragmentos que pueden atribuirse a un mango de simpulum y a elementos de panoplia defensiva (probablemente cnémides o grebas).
Así, nos encontraríamos ante un ajuar funerario compuesto por objetos de prestigio vinculados a dos esferas estrechamente interconectadas, como son la guerra y el banquete.
En concreto, se trata de una coraza, unas grebas, dos espadas de hierro, el soporte, un recipiente metálico con asas y un simpulum (Fig. 19); es muy probable que los fragmentos cerámicos mencionados por Cabré perteneciesen a la urna funeraria, pero no es descartable que el ajuar contuviese además algún vaso cerámico.
Teniendo en cuenta que estamos ante un descubrimiento casual efectuado por un campesino, tampoco podemos descartar que haya podido perderse algún otro objeto.
La mayor parte de los materiales de que se tiene conocimiento han sido ya estudiados y publicados, razón por la cual nos limitamos a una presentación sucinta.
Es una pieza singular, a modo de peto sin espaldar elaborado a partir de una chapa de 1 mm de grosor; carece de bisagras o sistemas de unión, mientras que posee en su perímetro externo varias líneas de puntos perforados que facilitarían su costura a una protección de materia orgánica o a una prenda.
A continuación se dispone una triple línea repujada que enmarca la decoración interna, cuyo motivo principal son tres discos decorados con círculos concéntricos -dos sobre los pechos y uno sobre el vientre-enmarcados por nueve motivos más pequeños de círculos concéntricos con botón central, así como por cuatro peltas enfrentadas dos a dos en cada lateral del disco inferior.
La pieza se encuentra en deficiente estado (Fig. 14) y algunas de las partes que le faltan se conservan en fragmentos en el Museo de Saint-Germain-en-Laye (Graells y Armada e.p.).
Su cronología ha tendido a situarse entre la segunda mitad del s. VI y el s. V a.n.e.
-Los posibles fragmentos de grebas.
Algunos de los restos de chapa conservados en el Museo de Saint-Germain-en-Laye se adscriben con seguridad a elementos de panoplia defensiva y podrían identificarse como fragmentos de grebas (Graells y Armada e.p.).
Se han formulado diversas hipótesis sobre la tipología y cronología de estas piezas, desaparecidas y que sólo conocemos a partir de las menciones antiguas.
Actualmente, la propuesta más convincente la debemos a Farnié y Quesada (2005: 112-114, 130-132, 216, figura 112), quienes plantean que debieron ser necesariamente de hoja recta y empuñadura de lengüeta plana; pertenecerían, pues, a un tipo de origen meridional, fechable en el s. VI y del que conocemos una decena de ejemplares, siendo los de Solivella, Mianes y Can Canyís los geográficamente más próximos (Farnié y Quesada 2005: 130).
Su morfología original puede establecerse a partir del ejemplar mejor conservado (Fig. 15), que consiste en un asa de perímetro circular y 8,9 cm de diámetro máximo, elaborada a partir de un vástago de sección circular con adelgazamiento hacia los extremos, que se alojan en una charnera de 5,2 cm de longitud y 1,8 cm de anchura máxima; dicho elemento presenta tres nervaduras, dos en los extremos y una tercera más pequeña en la parte central (Graells y Armada e.p.).
Estas asas pertenecen a un tipo de vaso caracterizado por Cook (1968), de perfil abierto con ónfalo, paredes bajas y cuatro asas opuestas entre sí dos a dos; su diámetro en el borde es de 36-37 cm y suele llevar fijadas en él figuritas zoomorfas de león o de carnero (figura 16).
El citado autor fecha estos vasos en
40 En realidad, su dispersión fuera de dicho ámbito es bastante escasa, aunque dentro de la Península Ibérica cabe citar el hallazgo emporitano, al parecer en un contexto del s. VI a.n.e., de un pequeño león de bronce perteneciente probablemente a la decoración del borde de un recipiente de estas características (Maluquer 1976; Graells y Armada e.p.).
La revisión de este tipo de vasos y de sus contextos asociados permite establecer subtipos con implicaciones cronológicas, situándose el ejemplar de Calaceite probablemente en el segundo cuarto del s. VI a.n.e.
(Graells y Armada e.p.).
La presencia de un simpulum en la tumba de les Ferreres fue intuida ya por R. Lucas (Armada 2005: 289; Lucas 2003-04: 119), pero sólo ha podido confirmarse en la reciente revisión de los materiales del Museo de Saint-Germain-en-Laye (Graells y Armada e.p.).
Se trata de dos fragmentos de un mango, con una superficie lisa y la otra decorada por una serie de puntos paralela a cada uno de los laterales, que tienen sección levemente acanalada.
Los simpula del NE peninsular y sur de Francia han sido inventariados en varios trabajos recientes (Lucas 2003-04; Graells 2006: 204-207; Graells y Armada e.p.), que destacan su vinculación mayoritaria a contextos funerarios y, en concreto, a tumbas con armas e importaciones mediterráneas datables principalmente en los primeros tres cuartos del s. VI a.n.e.
La composición de este relevante ajuar suscita numerosas cuestiones cuya discusión pormenorizada excede los objetivos del presente artículo.
No obstante, resulta necesario comentar algunas de ellas -tanto en este apartado como en el siguiente-en la medida que contribuyen a la interpretación de esa pieza excepcional que es el soporte.
La cronología de la tumba ha sido objeto de un largo debate (Farnié y Quesada 2005: 112-113), que se ha decantado de forma notable a partir de las investigaciones recientes.
En efecto, tanto el simpulum como las espadas y, sobre todo, el vaso metálico apuntan con bastante claridad a un momento fechable en las décadas centrales del siglo VI a.n.e.
Aunque exuberando la tendencia, el ajuar de Les Ferreres refleja rasgos que son comunes a las tumbas del NE peninsular y del ámbito languedociense desde finales del s. VII, como el incremento de los objetos metálicos de bronce y de hierro, la incorporación de armas o la aparición de importaciones mediterráneas, inicialmente fenicias y más tarde etruscas y griegas (Lucas 2003-04: 109).
Esta tendencia alcanza su máxima expresión en tumbas aisladas como las de Corno Lauzo o Granja Soley, cronológicamente próximas a Les Ferreres y que se adscriben a guerreros destacados o de elevada posición social (Sanmartí et al. 1982; Ruiz Zapatero 2004: 324-326; Graells e.p.).
Estas tumbas presentan ciertas características (ausencia de elementos arquitectónicos, destacada riqueza de los ajuares, etc.) que, a juicio de Moret et al. (2006: 245-246), son también aplicables al caso de Les Ferreres.
No es descabellado sostener su condición de tumba aislada y su analogía con los casos citados, pero, lamentablemente, las condiciones de hallazgo impiden un juicio concluyente.
Es conveniente no olvidar, por lo demás, dos datos ya mencionados.
En primer lugar, la supuesta explicación del topónimo a partir de los frecuentes hallazgos casuales de objetos metálicos (Cabré 1907-08: 399-400), que podrían ser indicativos de la existencia de otras tumbas en el entorno.
En segundo lugar, la alusión del campesino descubridor a lajas pétreas que estorbaban sus labores agrícolas (Cabré 1942: 182), que podrían relacionarse con la existencia de algún tipo de estructura.
EXPLICAR CALACEITE: UNA PROPUESTA
Durante décadas, el soporte de Calaceite se consideró una especie de rareza sobre la cual resultaba muy difícil plantear una lectura sólida.
Posteriores hallazgos e investigaciones permiten en la actualidad componer un puzzle que, si bien contiene todavía no pocas lagunas, creemos congruente.
Nuestra propuesta explicativa no se restringe a los aspectos formales y tecnológicos del objeto, sino que intenta contextualizarlo en el ajuar funerario del que formaba parte y en el marco macrorregional en el que se produce el hallazgo.
Estas diversas escalas y sus lectu-ras posibles son dependientes entre sí, de manera que contribuyen a aclararse recíprocamente.
Por esta razón, la visión aquí planteada requiere de un efecto zoom que nos permita enfocar las diferentes escalas de una misma realidad y comprender sus interrelaciones.
41Una de las mejores pruebas de las dificultades que ha planteado la explicación de nuestra pieza es la variabilidad de sus denominaciones y adscripciones funcionales: candelabro, thymiaterion, portaofrendas, soporte...
Es el último de estos nombres el que hemos adoptado y el que consideramos más idóneo.
En efecto, la pieza que nos ocupa pertenece a una familia de objetos de larga tradición en el Mediterráneo cuyo destino era servir como soporte de vasos metálicos que contendrían líquidos o sustancias aromáticas, generalmente incienso (Catling 1984: 73; Papasavvas 2004: 33).
Conocemos vasos usados en conjunción con estos soportes y generalmente son de perfil hemisférico, lo que requiere de su colocación sobre una base que asegure un apoyo firme; la superficie superior del ejemplar de Calaceite podría servir a este propósito.
Pero, al mismo tiempo, esta colocación elevada del vaso sobre un soporte posee unas connotaciones simbólicas evidentes, reforzadas también por la vistosidad formal y la complejidad tecnológica de este tipo de piezas.
No en vano, los objetos que se enmarcan en esta categoría funcional, como trípodes de varillas o soportes con ruedas, se consideran obras maestras de la tradición broncística mediterránea que surge en Chipre y en el ámbito levantino a partir del s. XIII a.n.e.
En la misma tradición debemos situar los denominados soportes de ofrendas, offering-stands o incensarios, que, si bien responden a un diseño distinto, comparten rasgos formales y tecnológicos con los objetos citados.
No obstante, la principal diferencia radica en que los soportes de ofrendas llevan el vaso metálico unido al soporte y, por lo tanto, no permiten un uso independiente del recipiente (Fig. 17).
La interpretación como quemadores de sustancias aromáticas, incienso en particular, parece apropiada para este tipo de objetos (Artzy 2007: 45-73).
Análoga función podrían desempeñar los vasos colocados sobre trípodes o soportes con ruedas, pero, en este caso, el tratarse de dos objetos independientes confiere a los recipientes metálicos una mayor versatilidad y permite su interpretación alternativa como elementos de banquete, apoyada por los materiales que aparecen asociados.
Ambas adscripciones funcionales sitúan este tipo de objetos en esferas cultuales y rituales; de hecho, se ha propuesto la relación de los incensarios con santuarios y lugares de culto, aunque su documentación en este tipo de contextos es bastante limitada.
Soportes de ofrendas del depósito de Jatt (Israel) (según Artzy 2006).
Catling (1984: 76) propuso una fabricación Próximo Oriental para los offering stands.
En su clásica monografía sobre la metalistería chipriota, este autor catalogó nueve ejemplares fechables entre los siglos XIII y X a.n.e., ocho de los cuales procedentes de dicho ámbito -en concreto seis de Meggido-, sólo uno de Chipre y ninguno egeo (Catling 1964: 212-213, pl. 37).
Los hallazgos efectuados a posteriori no alteran gran cosa el panorama expuesto entonces, ni en lo relativo al patrón de dispersión geográfica ni en términos cronológicos.
No obstante, es obligado mencionar la reciente publicación de dos interesantes depósitos procedentes de Jatt (Israel) y Kaleburnu (Chipre) que incluyen portaofrendas de este tipo (Artzy 2006; Bartelheim et al. 2008).
El de Jatt contiene tres ejemplares, que forman parte de un conjunto de casi un centenar de piezas, en su mayoría completas y agrupables en varias categorías funcionales (vasos metálicos de funcionalidad diversa, armas, herramientas, ponderales zoomorfos, etc.).
El hallazgo tuvo lugar en una cueva, en condiciones incontroladas, por lo que no se descarta que el lote se conserve incompleto; junto a él aparecieron materiales cerámicos y otros objetos.
La cronología del depósito se sitúa en la segunda mitad del s. XI o inicios del X a.n.e., aunque, en opinión de Artzy (2006: 95), es probable que algunos de los bronces sean más antiguos y puedan remontarse incluso al s. XIII a.n.e.
Esta autora relaciona el hallazgo con los indicios más antiguos de actividad fenicia en el norte del actual Israel, considerando al mismo tiempo que los objetos metálicos reflejan la continuidad de la koiné artesanal del ámbito norlevantino y chipriota del Bronce Final (Artzy 2006: 97).
Aunque los portaofrendas y el trípode no se incluyen en los análisis de isótopos de plomo, la mayor parte de las piezas parecen fabricadas a partir de recursos minerales del ámbito levantino (Stos-Gale 2006).
El depósito de Kral Tepesi/Vasili procede del yacimiento homónimo, situado en las cercanías de Kaleburnu/Galinoporni, península de Karpas, en el nordeste de Chipre.
Se trata de un conjunto de 26 objetos de bronce y 15,5 kg de peso, concretamente 16 vasos metálicos, tres portaofrendas, cinco hoces, una pala y una sierra, todos en buen estado de conservación y dispuestos en el interior de un gran pithos cerámico (Bartelheim et al. 2008).
Se interpreta como un depósito de carácter ritual, idea apoyada en la comparecencia de los vasos metálicos y los incensarios, que permitiría atribuir al yacimiento una función cultual en un contexto regional, unida a su también evidente orientación política y económica (Bartelheim et al. 2008: 181-184).
La datación del conjunto se basa en los paralelos tipológicos de los distintos objetos, que se sitúan básicamente en los siglos XIII-XII a.n.e., para los que se apunta además una procedencia local, aunque sobre la exclusiva base de los resultados analíticos disponibles para otros materiales de la isla (Bartelheim et al. 2008: 179-181).
Sin embargo, dejando a un lado los aspectos tecnológicos, que varían de unos ejemplares a otros, la mayoría de los portaofrendas responden a un diseño normalizado consistente en un aro de base sobre el que apoyan tres patas en disposición piramidal de cuyo extremo superior surge una columna a la que se une el vaso metálico, generalmente mediante remaches (Fig. 17).
Como puede suponerse, este modelo básico admite diversos patrones decorativos, como espirales o torsionados.
Es indudable la analogía del soporte de Calaceite con este tipo de portaofrendas, pues comparte con ellos una base de perímetro circular, la columna y el perímetro también circular del cuerpo superior.
No obstante, existe también una diferencia fundamental que lo distingue de estos objetos aproximándolo, al mismo tiempo, a otros de la misma tradición artesanal como trípodes o soportes.
Se trata, en concreto, del cuerpo superior de aros calados, que impide la quema de sustancias aromáticas sobre el mismo; a semejanza de los objetos citados, el destino de la pieza turolense sería, pues, acoger un recipiente metálico independiente de ella.
De este modo, el soporte de Calaceite aglutina elementos de dos tradiciones estrechamente emparentadas, como son los portaofrendas o incensarios y los soportes de distinto tipo.
No obstante, las similitudes de nuestros soportes con la broncística de tradición chiprolevantina y sarda no se terminan aquí, sino que se extienden también a ciertos aspectos tecnológicos (empleo de la cera perdida, el vaciado adicional, etc.) y también decorativos (trenzados, espirales, motivos zoomorfos o cuerpos calados).
El objeto más próximo al ejemplar de Les Ferreres, el soporte de Couffoulens (figura 18.1), comparte todos estos rasgos, con algunas particularidades como las decoraciones en espiral situadas en ambos extremos de la columna (Solier et al. 1976: 79, figs. 83-85; Armada et al. 2008: 486).
Aunque las semejanzas apuntadas son claras, no es asunto menor que estemos interpretando objetos del Mediterráneo occidental recuperados en contextos de mediados del s. VI El debate sobre los ejemplares de Cerdeña se ha planteado en términos similares.
No obstante, aunque la mayoría de los hallazgos carecen de contextos cronológicos fiables, es indudable que en la isla se desarrolla una industria de imitación cuyo florecimiento parece poder situarse en los ss.
XI-X a.n.e. y que, en cualquier caso, no perdura más allá del s. IX a.n.e.
Es claro que estas imitaciones derivan de la recepción de piezas chipriotas, pero existe desacuerdo sobre la cronología de las mismas, pues mientras algunos autores sostienen que los trípodes chipriotas comparecen en Cerdeña ya desde el s. XIII (Lo Schiavo y Usai 1995: 172-173; Papasavvas 2004: 48), otros consideran que este fenómeno se produce en un momento posterior (Catling 1984; Mederos y Harrison 1996: 248-251).
Esta industria sarda de imitación es clave para explicar la problemática de la Península Ibérica, en la medida que los materiales más antiguos conocidos en este ámbito corresponden precisamente a un momento en el que las relaciones con la isla son fluidas.
Nos referimos, en concreto, a los fragmentos de al menos tres soportes con ruedas procedentes del yacimiento portugués de Nossa Senhora da Guia (Baiões, Viseu), que aparecieron formando parte de un importante lote de metales de funcionalidad diversa (Silva et al. 1984; Armada et al. 2008: 472-475).
Mederos y Harrison (1996) definen estos objetos como incensarios y Chapa (2003: 201) los relaciona con la existencia de un centro religioso en el poblado, interpretándolos como ofrendas dedicadas a un santuario.
En todo caso, la parte superior con triángulos calados del ejemplar mejor conservado, así como la decoración en trenzado, muestra ciertas similitudes con los soportes de Calaceite y Couffoulens.
Si cabe más destacable, en este contexto, es el fragmento de una pieza circular conformada por una banda de tres filetes lisos en cuya cara interior se dispone una banda de pequeños círculos calados (Silva 1986: 209, est.
Esta propuesta se ha visto reforzada con la publicación de los análisis de composición del lote de metales (Valério et al. 2006) y de nuevos datos que apuntan con claridad a la existencia en el poblado de un taller que desarrolla una relevante actividad metalúrgica (Senna-Martinez y Pedro 2000; Figueiredo et al. 2010).
Aunque probablemente el lote de materiales metálicos recuperado en Nossa Senhora da Guia integra objetos de cronología diversa, su mezcla en un ambiente de taller metalúrgico parece situarse en un momento precolonial de inicios del primer milenio (Armada et al. 2008: 493-494), hipótesis reforzada por tres nuevas fechas radiocarbónicas obtenidas recientemente (Vilaça 2008: 384-385).
Todos estos materiales, sean de fabricación sarda o peninsular, se relacionan con la dinámica de contactos entre Atlántico y Mediterráneo que adquiere especial intensidad entre el s. XI a.n.e. y los inicios de la colonización fenicia y que ha sido objeto de pormenorizado estudio en un reciente libro (Celestino et al. 2008).
No es descartable que algunos de estos bronces pudieran circular en manos fenicias, pero sin duda remiten a la anterior etapa precolonial.
No obstante, aun teniendo en cuenta su mayor proximidad geográfica, y en algunos casos cronológica, sigue existiendo una distancia notable entre las producciones mencionadas y la tradición broncística que muestran soportes como los de Calaceite, Couffoulens y Pézenas (Fig. 18).
En este sentido, es conveniente señalar -por eso hablamos de tradición broncística-que dichos soportes no constituyen un fenómeno aislado, sino que comparten rasgos estilísticos y decorativos (sogueados, calados, etc.) con otras piezas más sencillas, como colgantes zoomorfos o algunas placas decoradas, fabricadas en talleres locales del NE peninsular y S de Francia en cronologías de la segunda mitad del s. VII y sobre todo s. VI a.n.e.
No entraremos aquí a describir estos materiales, pero la problemática que plantea su encuadre cultural es la misma que estamos considerando en estas páginas.
Si quisiésemos proponer que esta tradición es heredera directa de la broncística precolonial peninsular nos enfrentaríamos no sólo a un vacío de evidencias de dos siglos de duración, sino también a un curioso fenómeno de basculación geográfica, pues ciertamente no forma parte el NE peninsular del área de dispersión de estos bronces, que aparecen sobre todo en el ámbito occidental.
Así las cosas, resulta más lógico vincular este fenómeno a las propias dinámicas de contacto del Bajo Aragón, Cataluña y Francia meridional con el mundo mediterráneo.
En este sentido, las dos alternativas que se han propuesto son la reactivación de tradiciones antiguas presentes en ámbito occidental desde siglos anteriores o la relación de esta broncística con renovados contactos con el Mediterráneo central en los siglos VIII y VII a.n.e.
Cualquiera de las dos posibilidades, lejos de implicar una mera recuperación o adaptación de la hipótesis heirloom defendida por Catling, supone adentrarse en temas muy actuales del debate arqueológico, como el significado social de los objetos con biografía o el papel del pasado y la memoria social en las sociedades antiguas.
En un esclarecedor artículo, hace unos años Lillios (1999) denunció la tendencia de la arqueología a ver los heirlooms como anomalías o complicaciones del registro; bien al contrario, en su opinión estos objetos desempeñarían un papel importante en la consolidación de las élites y la legitimación de sus privilegios por vía hereditaria (Lillios 1999).
Otros autores, a nuestro entender con acierto, han subrayado que no todos los objetos con biografía son heirlooms, sino que pueden entenderse más bien como antigüedades que circulan en una esfera restringida de intercambio pero no necesariamente en el ámbito familiar (Whitley 2002: 226; Dickinson 2006: 150-152).
En muchos casos, lo que estos fenómenos reflejan es el uso que las sociedades antiguas hicieron del pasado para la legitimación de su propio presente, generalmente con la finalidad de naturalizar y legitimar autoridades individuales (Van Dyke y Alcock 2003: 1-3).
Esta utilización y manipulación del pasado puede efectuarse de formas diversas, pero es obvio que la cultura material juega un papel activo en la preservación de la memoria social, como Kristiansen y Larsson (2006: 351) han recordado recientemente.
Los objetos pueden acumular sus propias genealogías, biografías y significados, que a su vez se retroalimentan con las biografías de sus sucesivos posesores (Gosden y Marshall 1999; Whitley 2002; Knapp 2006: 56-61).
Podría decirse, por lo tanto, que las corrientes más dinámicas de la arqueología actual no sólo asumen la circulación de antigüedades en las sociedades del pasado, sino que han convertido su identificación y valoración en un objetivo preferente.
Desde esta perspectiva, se han planteado incluso algunos sugerentes modelos explicativos, como el de Lillios (1999: 255-257), que defiende un incremento en la importancia de los heirlooms cuando los estatus hereditarios empiezan a cobrar relevancia sobre los adquiridos y viceversa, así como un decrecimiento de estos objetos en condiciones más estables, es decir, de claro predominio de uno u otro tipo de estatus.
En una línea más economicista, Kristiansen (2001: 58) ha planteado que en épocas de expansión económica se produce una deposición rápida y un tiempo de circulación relativamente breve de los bienes de prestigio, mientras que en momentos de recesión se mantienen en circulación durante mucho más tiempo.
Sin duda, trípodes, soportes o calderos eran objetos que se atenían bien a estos usos, entre otras razones por su vistosidad y la elevada destreza tecnológica que implicaba su fabricación; de hecho, en la épica homérica constituyen el regalo más prestigioso entre aristócratas (Prent 2003: 89).
Aunque los modelos de Catling (1984) y Matthäus (1988) han tendido a considerarse antagónicos, desde nuestro punto de vista resultan claramente complementarios, de forma que es la circulación prolongada de algunos de estos bronces -y su valoración como bienes de prestigio-lo que motiva la imitación de sus rasgos tipológicos y estilísticos en momentos tardíos (Armada et al. 2008: 469, 502, 507).
Así pues, nuestra propuesta es que los soportes de Calaceite, Couffoulens y Pézenas son piezas fabricadas en talleres del NE peninsular o SE de Francia durante la primera mitad del s. VI a.n.e.
La coetaneidad de sus respectivas deposiciones a mediados de dicha centuria hace difícil pensar que todas ellas tuviesen una fabricación muy anterior y se mantuviesen en uso durante el mismo largo período de tiempo.
De este modo, se encuadrarían, también cronológicamente, en las mismas corrientes artesanales que los colgantes zoomorfos o las placas decoradas ya aludidos.
Es tarea pendiente, sin embargo, identificar en dicha área las piezas antiguas que pudieron proporcionar los modelos tipológicos y estilísticos a las manufacturas de los ss.
En este contexto, resulta oportuno traer a colación los fragmentos de trípode recuperados en una cista del conjunto funerario de La Clota, también en el término municipal de Calaceite, a la cual cabe atribuir una cronología de los ss.
Los análisis de isótopos de plomo realizados recientemente sugieren una manufactura peninsular (Rafel et al. 2010; Armada et al. 2008: 476), pero al mismo tiempo es destacable su mayor proximidad a los prototipos sardochipriotas y la ausencia de paralelos en el contexto catalán y bajoaragonés, lo que podría indicar una mayor antigüedad.
Cuestión aparte, por sus implicaciones sociales, es que ambas piezas comparezcan en momentos similares en una misma comarca; volveremos sobre este asunto.
Todo lo expuesto permite sospechar que el soporte era una pieza central en la tumba de Les Ferreres, un objeto que condensaba símbolos y significados, así como un mensaje alusivo al pasado remoto.
Concretar otros aspectos de su simbolismo nos parece harto difícil.
No obstante, la asociación del caballo a las formas circulares de la base y la parte superior del soporte ha llevado a interpretar estas últimas como discos solares y a sugerir el carácter sobrenatural del animal representado y su hipotético jinete (Almagro-Gorbea 1998: 105-106; Castro y Reboreda 2006: 86).
Este tipo de interpretaciones suelen basarse en las semejanzas con otros objetos del continente europeo como el famoso carro danés de Trundholm, cuyo movimiento o visión del disco desde una y otra cara (superficie laminar de oro vs. superficie de bronce) condensa una rica simbología metafórica (Kristiansen y Larsson 2006: 327-330).
La asociación del caballo a motivos astrales se documenta también en las placas ornamentales celtibéricas, lo que incide en su lectura como animal sobrenatural, psicopompo y símbolo de heroización (Lorrio y Sánchez de Prado 2007: 151).
Lo que, en nuestro caso, resulta de sumo interés es que en las placas celtibéricas más antiguas el ciervo aparezca ocupando la posición central que el équido ostenta en los ejemplares de los siglos III-II a.n.e.; Lorrio y Sánchez de Prado (2007: 151-153) interpretan este fenómeno a partir de una posible evolución del sistema de creencias celtibérico operado, en nuestra opinión, sobre la base del análogo significado de ambos animales, dado que los ciervos poseen también connotaciones sobrenaturales y de ultratumba en algunas mitologías indoeuropeas.
Esta sustitución, en una perspectiva sincrónica, tiene lugar también en las piezas que nos ocupan, pues la posición del caballo en el soporte de Calaceite es ocupada por un ciervo en el de Couffoulens.
Esta interpretación es una mera conjetura, pero su eventual viabilidad muestra el enraizamiento de la iconografía zoomorfa de ambos soportes en las creencias y mitologías locales.
42 Ciervos y caballos están representados además en una estela datable en el s. VI a.n.e. que apareció reutilizada en el yacimiento de Torre Cremada, muy cerca de Calaceite (Royo et al. 2006); los zoomorfos grabados parecen formar parte de una escena que representa dos actividades a la vez, una de ellas -la que implica a los ciervos-de carácter venatorio (Royo et al. 2006: 102-103).
El tema de la caza salvaje posee una larga tradición en el ámbito céltico, donde está dotado de connotaciones funerarias y de tránsito al Más Allá.
Obviamente, el complejo sistema ideológico y religioso de las comunidades que nos ocupan sólo puede aproximarse de manera muy parcial, lo cual deja abiertas otras posibilidades interpretativas.
En el caso de la pieza de Calaceite, habría que recordar además que el caballo es así mismo un importante bien de prestigio asociado a valores aristocráticos y guerreros que, no en vano, aparecen bien representados en el ajuar de la tumba.
43 Es igualmente relevante, en este contexto, la presencia de las dos espadas, que en algunas tradiciones épicas son un atributo de los héroes; de hecho, también estas armas poseen a menudo su propia biografía, así como connotaciones simbólicas y mágicas (González García 2009: 64-65).
Los restantes elementos de dicho ajuar confirman con suma claridad el carácter superlativo del contexto funerario, que hemos ya analizado de forma sucinta en el apartado anterior, así como su asociación a los ámbitos estrechamente interconectados de la guerra y el banquete (Fig. 19).
Esta asociación es frecuente en otros contextos funerarios del s. VI a.n.e. en el área comprendida entre Castellón y el Hérault, lo que refleja una marcada homogeneidad cultural y una rápida circulación de ideas (Ruiz Zapatero 2004: 326).
En estas tumbas, los simpula se asocian a armas en la mayoría de los casos y, en cuanto marcadores de posiciones sociales elevadas, simbolizan seguramente la función distribuidora de su posesor (Lucas 2003-04: 127; Sardà 2008: 102-103; Graells y Armada e.p.).
Junto al simpulum y probablemente el soporte, el otro objeto que remite con claridad a la ideología del banquete es el vaso etrusco con asas.
Este recipiente engrosa un conjunto heterogéneo de producciones etruscas que se compone de recipientes metálicos como el de Granja Soley (Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona) o la bandeja de borde perlado de Peña Negra (Crevillente, Alicante), así como cerámicas de mesa vinculadas al consumo de vino.
Siguiendo este hilo argumental, no resulta inviable vincular también al comercio fenicio la llegada al NE peninsular de bronces centromediterráneos de cronología antigua que pudiesen haber inspirado la fabricación de objetos como el trípode de La Clota o los soportes de Les Ferreres y Couffoulens.
Desde hace años, este comercio se considera un factor de incidencia fundamental en el desarrollo de las comunidades del Hierro I en el área mencionada, aunque persisten todavía numerosas incógnitas y cuestiones a debate.
Una de ellas es la cronológica, pues, si bien tiende a fecharse su auge entre c.
Esta elevación de las cronologías permitiría atenuar la distancia cronológica entre la broncística centromediterránea que mencionamos como referente y los materiales del NE peninsular y Francia meridional.
Aunque no es descartable que bronces precoloniales circulasen en manos fenicias en cronologías del s. VIII, se trataría en cualquier caso de un fenómeno de escasa intensidad.
44 Sin embargo, es plausible que pudiese generar una tendencia a la emulación en un área concreta, en la medida que estos fenómenos dependen de dinámicas y procesos de recepción activa/interacción particulares.
En el caso del Bajo Aragón cabría mencionar, a este respecto, la situación análoga de las cerámicas con decoración geométrica pintada, que, a juzgar por la cronología de sus contextos, debemos relacionar con influencias mediterráneas llegadas por vía fenicia (Rafel et al. 2008: 252-253), aunque sus referentes procedan en última instancia de los ámbitos chipriota, tardogeométrico egeo e itálico (Lucas 1989).
La posibilidad alternativa es atribuir la llegada de dichos estímulos centromediterráneos a relaciones directas, todavía insuficientemente documentadas, que vincularían el Mediterráneo central con el sur de Francia y el NE peninsular.
Esta actividad descentralizada y seguramente con más de una ruta cuenta con testimonios como un lingote de tipo chipriota hallado en la costa languedociense, frente a Sète (Hérault) (Domergue y Rico 2002), o la referencia al supuesto hallazgo de un pecio con lingotes del mismo tipo en las proximidades de Formentera (Parker 1992: 181, n.o 418).
Recientemente, Needham y Giardino (2008) han propuesto también una influencia sícula, llegada a través del sur de Francia, para algunas producciones metálicas del Bronce Final de las Islas Británicas.
Pese a la alta cronología de estas evidencias, se trataría de un fenómeno diacrónico y que, en buena medida, prefigura el escenario posterior en el que interactúan y compiten los tráficos fenicios, griegos y etruscos.
Nos decantemos por una u otra hipótesis, creemos defendible la naturaleza ideológica y simbólica del proceso tardío de imitación e hibridación reflejado en los soportes, placas decoradas y colgantes zoomorfos del NE peninsular y Francia meridional.
En efecto, el fenómeno puede explicarse, al menos en una parte sustancial, a partir de las complejas dinámicas socioeconómicas y culturales que surgen en el ámbito geográfico referido durante la segunda mitad del s. VII ane.
Es en este momento cuando se acelera una tendencia a la estratificación social que hunde sus raíces en el Bronce Final pero que ahora cobra fuerza debido a dos fenómenos interconectados: 1) el crecimiento demográfico y la consecuente presión sobre los recursos; y 2) las oportunidades que ofrece a algunos jefes el comercio fenicio para afirmar su posición dominante (Sanmartí 2005: 340).
No es difícil suponer que el nuevo escenario acarrea transformaciones sociales de diverso signo, como un incremento del ideario y el uso de la violencia o un auge de las prácticas de banquete como escenario de negociación social (Graells 2006 y e.p.;Sardà 2008).
Al mismo tiempo, el afianzamiento de jerarquías hereditarias debió motivar la necesidad de su justificación por la vía de la manipulación ideológica y Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 9-41 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.084.011.001 precisamente aquí cobra sentido la circulación y acaparación de antigüedades, así como la ostentación de objetos cuyo estilo remite a un lejano pasado.
La tumba de Les Ferreres de Calaceite se sitúa en una comarca, el Matarraña, que muestra de manera muy acentuada estas tendencias.
Una tardía sedentarización, datable a finales del s. VIII o inicios del VII (Rafel 2003: 83; Moret et al. 2006: 231-233), da lugar a una red de poblados de pequeño tamaño, próximos entre sí (en torno a 1 km) y cuya capacidad económica les permite acceder a las redes regionales de circulación de importaciones fenicias y otros bienes de prestigio (Moret et al. 2006: 237-238).
De hecho, la capacidad de acaparación de riquezas que muestran las élites del Matarraña, con hallazgos como la tumba de Les Ferreres, el trípode de La Clota o diversos colgantes zoomorfos, llega a constituir un factor de desequilibrio social que terminará con el derrumbe del sistema.
En clara relación con este proceso de jerarquización, entre el primer cuarto del s. VI a.n.e. y el inicio de la centuria siguiente las comarcas del Matarraña y la Terra Alta contemplan la construcción de edificios singulares a modo de robustas estructuras circulares o biabsidales de apariencia fortificada, conocidas como casas-torre y que funcionan en unos casos como residencia aristocrática y en otros como lugares de culto (Armada et al. 2005: 138-139; Moret et al. 2006: 239-244).
Probablemente este fenómeno refleja a escala comarcal tendencias más generales y dinámicas que se están produciendo, con particular concentración a mediados del s. VI a.n.e., en zonas más amplias del Mediterráneo occidental, relacionadas en parte con la irrupción del vector comercial griego y su relación conflictiva con el fenicio (Burillo 1989-90; Gracia 2000; Dupré 2006).
Junto a las construcciones citadas, las tumbas con ajuar excepcional -que incluyen armas, elementos de banquete y ornamentos personales-constituyen la otra muestra destacada de ese contexto socioeconómico tan rico y complejo que aquí sólo hemos esbozado 45 y que justifica la comparecencia de ese peculiar objeto que es el soporte de Les Ferreres. |
Presentamos una nueva tésera de hospitalidad procedente del castro de Las Rabas (Cervatos, Cantabria).
Anepígrafa y con forma de piel de oso extendida, su hallazgo refuerza la existencia del hospitium dentro del pueblo cántabro así como el mantenimiento de unas fluidas relaciones con la Meseta y la Celtiberia, en donde encontramos su paralelo más cercano.
Para infortunio de la Arqueología y de la Historia, la Edad del Hierro en Cantabria, entendida y comprendida desde la visión de la Cantabria Antigua, siempre ha llamado la atención más por el desconocimiento que de ella teníamos que por las certezas arqueológicamente contrastadas.
No obstante, desde la década de los ochenta del siglo pasado, la voluntad y el esfuerzo de los distintos grupos de investigadores ha permitido aportar un poco de luz a un panorama de por sí desalentador.
Excavaciones como las realizadas en los castros de los Baraones (Valde-gama, Palencia), Argüeso-Fontibre (Hermandad de Campoo de Suso, Cantabria), Monte Bernorio (Villarén, Palencia), Castilnegro (Liérganes-Medio de Cudeyo, Cantabria), la Espina del Gallego (Corvera de Toranzo-Arenas de Iguña, Cantabria), el Alto de la Garma (Omoño, Cantabria), la Ulaña (Humada, Burgos), Peña Amaya (Amaya, Burgos), Las Rabas (Cervatos, Cantabria) o Santa Marina-Monte Ornedo (Valdeolea, Cantabria), nos llevan a conocer a un pueblo alejado de los tópicos asumidos en el ideario popular, así como de la mediática imagen de fieros y aguerridos montañeses protagonistas de las continuas hostilidades que sufrían sus vecinos.
Nos encontramos ante gentes de honda raíz indoeuropea que habitan en poblados fortificados con cabañas de planta circular o de tendencia rectangular, cuya economía se basa fundamentalmente en la ganadería, en la práctica de una agricultura extensiva y en el aprovechamiento de los aportes que pueden recibir de actividades complementarias como la caza, la pesca, la recolección o los intercambios comerciales.
Una sociedad que, para poder existir, debió asentarse y apoyarse sobre una organización sociopolítica compleja que velase en todo momento por su buen funcionamiento, no solamente intramuros, para con sus habitantes, sino también extramuros, donde los lazos con las tribus y pueblos vecinos, o con intereses comunes en tierras lejanas, no sólo constituirán un símbolo de prestigio, sino la garantía de su desarrollo.
En este sentido las tesserae celtibéricas parecen alzarse como evidencias materiales de la existencia de pactos entre las distintas comunidades indígenas.
Acuerdos de diversa índole y magnitud que, como prueba el ejemplar que presentamos, el primero hallado en Cantabria y en territorio cántabro, en el marco de un programa de actuaciones arqueológicas dirigido desde el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria con el apoyo de la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, no fueron ajenos a este pueblo en el que, desde el siglo III a.C., ya se hacen notar las relaciones comerciales con los núcleos de la Meseta.
En 2009, inmerso en un proyecto de mayor amplitud que intenta dar forma a la creación de un parque arqueológico en las comarcas de Campoo de Enmedio y Valdeolea (Cantabria), se retomaron los trabajos arqueológicos en el castro de Las Rabas (Cervatos) (Fig. 1); uno de los yacimientos de la Edad del Hierro que más bagaje científico ha tenido en nuestra región y que más dudas e interrogantes nos plantea.
De sus resultados y las distintas inter-pretaciones existentes podemos colegir que se trata de un poblado de una extensión de unas diez hectáreas, con un sistema de defensa a base de murallas de piedra con sillares trabajados, adscribible a los siglos IV/III-I a.C. Si albergó o no un entramado urbano aún lo desconocemos pues, a pesar de las noticias sobre la existencia de cabañas de planta circular, las pruebas que lo contrastan son mínimas, quedando relegadas a varios fragmentos de conglomerados de pared, uno de ellos con decoración de círculos impresos a modo de cenefa (Vega et al. 1986; García Guinea 1997: 26;1999: 104; Bolado del Castillo et al. en prensa; Bolado del Castillo y Fernández Vega 2010: 411-412).
No obstante, sí estamos en condiciones de afirmar que nos encontramos ante un núcleo de población relevante dentro de la Edad del Hierro de la comarca de Campoo.
Su posición estratégica, económicamente hablando, y la abundancia y variabilidad tipológica de los restos materiales hallados, así parecen demostrarlo.
Las tres campañas realizadas, aunque cortas, han permitido esbozar un rápido boceto de lo que fue un poblado dedicado a la ganadería y agricultura, complementadas siempre por las actividades cinegéticas y silvicultoras, que paulatinamente abrió su horizonte hacia las influencias provenientes de la Meseta.
El mejor ejemplo lo podemos ver en la cerámica, en donde claramente se distinguen dos grandes produc-Figura 1.
Localización sobre mapa topográfico del castro de Las Rabas (Cervatos, Cantabria). ciones: la propiamente prerromana, caracterizada por sus pastas poco decantadas trabajadas en su mayoría a mano, cocción en ambiente reductor y decoraciones a base de incisiones en zig-zag, puntillados, mamelones, acanaladuras, ungulaciones en cuerpo y labio, estampillados triangulares y de cazoletas, peinados o bruñidos; y una producción torneada, de pastas decantadas y cocción oxidante que, en algunas ocasiones, conserva una decoración pintada con tintes negruzcos que dan forma a motivos geométricos (círculos y líneas) o, en los casos más complejos, a escenas con animales, vegetación o símbolos solares como la esvástica; es decir, la denominada cerámica celtibérica.
Analizando ambas producciones, lo primero que nos llama la atención es una representatividad diferencial dentro del registro arqueológico del yacimiento.
¿Qué nos indica esto?
Las cifras creemos que hablan por sí solas, los pobladores de Las Rabas se aprovisionarán mayoritariamente de una cerámica producida localmente mientras que el pequeño índice de cerámica celtibérica nos advierte de una manufactura alóctona que llega durante el denominado proceso de celtiberización.
Materiales como los denarios celtibéricos (tres ejemplares de Turiaso y uno de S ́ekobir ́ikes), una cuenta oculada, un fragmento de torque, placas articuladas con profusa decoración o una grapa de rienda de caballo con decoración laminar apoyan más si cabe la existencia de este período aperturista que, gracias a la pieza objeto de este artículo, podemos plantear razonablemente que pasó de lo meramente comercial, centrado en el intercambio de mercancías, al establecimiento de relaciones socioeconómicas o, por qué no, sociopolíticas de mayor solidez.
Con la llegada de Roma llegó también el ocaso de la ocupación de Las Rabas, un final que, cada vez más, parece haber adquirido tintes violentos.
Ya desde las primeras intervenciones el equipo dirigido por García Guinea parecía intuirlo, tornándose en una realidad un poco más afianzada con el descubrimiento y excavación de los cercanos campamentos romanos de La Poza (Campoo de Enmedio) (Cepeda 2006;2007;2008.
Su anverso, como podemos ver en las figuras y en las numerosas fotos publicadas, recuerda inmediatamente a la pieza cántabra diferenciándose por leves matices como pueden ser la interrupción de las líneas incisas en las patas posteriores o el morro menos anguloso.
El reverso, plano, ofrece siete remaches cuyo fin sería servir de acople a una pieza hembra como la de Las Rabas.
Entre ellos, hacia la pata delantera derecha, se dispone la inscripción celtibérica libiaka, un adjetivo derivado del nombre de población de Libia en el que Almagro Basch (1984: 16-17) ve a la Libiana de Ptolomeo (2.6.57), situada en el territorio de Segobriga, pero que autores como Tovar (1948: 79-80) o Untermann (Untermann 1997: 542, n.o K.0.4.) relacionan con la riojana Libia de los Berones y los Libienses, citada por Plinio (3.24) y recogida en el Itinerario de Antonino (394.2).
Dentro de los cuatro grandes grupos en que se dividen las téseras -anepígrafas, epígrafas con lengua y escritura celtibérica, epígrafas con escritura latina y lengua celtibérica, y epígrafas con escritura y lengua latinas (Abascal 2002: 24; Torija y Baquedano 2007: 286, 297)-, nuestro ejemplar, como es obvio, debe incluirse en el primero de ellos.
Aunque cuantitativamente menor, el corpus de téseras sin inscripción no deja de ser relevante, destacando en él piezas como las téseras procedentes de El Escorial (Madrid) (Almagro-Gorbea 2004: n.o 613.
Lugar de hallazgo de la tésera de oso del castro de Las Rabas.
De Villaricos parece proceder también lo que ha sido identificado como una tésera anepígrafa que, en este caso, fue realizada sobre material óseo (Fernández Mastro 1991: 453).
La ausencia de inscripción se justifica y se enmarca en una sociedad, hasta donde se intuye o conoce, iletrada, que debió dar mayor importancia a la forma y símbolo de la tésera con la que se sellaba el acuerdo, que a la presencia de una formula ininteligible para uno o ambos contrayentes (Almagro-Gorbea 2004: 305; Ramírez 2005: 281).
La representación tanto de la tésera de Las Rabas como de su paralelo destaca sobre todo por su singularidad.
Un simple vistazo a los motivos de las téseras zoomorfas hispanas o a la iconografía y re-presentaciones animalísticas más habituales, nos mostrará cómo los convencionalismos artísticos dan forma a las figuras de perfil, no desde el aire, por lo que la selección de su perspectiva, al igual que la forma de oso, no fue algo aleatorio.
Su significado, más allá de una genérica caracterización mágico-religiosa, es difícil de precisar, existiendo posiblemente innumerables particularismos en función del objeto o figura representados.
Fotografía de la tésera de oso del castro Las Rabas.
Dibujo de la tésera de oso del castro de Las Rabas (izquierda) y la tésera de oso conservada en la Real Academia de la Historia (derecha) (Dib.
Rafael Bolado del Castillo).
En nuestro caso, creemos que el oso debe ser puesto en relación con la divinidad garante del pacto de hospitalidad.
Parece más improbable la posibilidad de que se trate de la representación del animal sacrificado para ratificar el acuerdo, pues, aunque es asumible esta interpretación para otros ejemplares de téseras, la caza, captura y sacrificio de un oso se antoja difícil.
Esta misma propuesta podría plantearse para la tésera de Arcobriga (Monreal de Ariza, Zaragoza) en la cual Jordán ve un oso (2004: 242), mientras otros autores identifican la representación de un buey o toro mayor (Torija y Baquedano 2007: 274-275, 292).
Existe una tercera posibilidad a tener en cuenta: que nos encontremos ante el símbolo de un núcleo de población estrechamente relacionado con los osos y lo que representan, el cual sería el promotor del pacto.
En cuanto a su cronología, como veíamos, aunque se trata de una pieza hallada en el marco de una intervención arqueológica, carece de un contexto preciso.
No obstante somos partidarios de seguir la propuesta del ejemplar de la Real Academia de la Historia, fechado entre los siglo II-I a.C., coincidiendo con el período de mayor auge de este castro y, posiblemente, del resto de poblados cántabros ubicados en los límites meridionales.
El ejemplar de Las Rabas pasa a formar parte del pequeño corpus de téseras halladas en territorio cántabro, en donde se integran la pieza de manos entrelazadas de Monte Cildá (Olleros de Pisuerga, Palencia), fechada en el siglo I a.
C. (Peralta 1993: 223-226;2003: 143-145), y otro reciente ejemplar con forma de cabeza de carnero y texto en celtibérico, hallado en El Otero (Colmenares de Ojeda y Cantoral de la Peña, Palencia), del que tenemos noticias gracias a Eduardo Peralta Labrador (en prensa).
Las tres téseras nos permiten constatar materialmente la existencia de pactos de hospitalidad entre los cántabros en los siglos II-I a.C., coincidiendo con un momento en el que los lazos y relaciones con los núcleos de los valles del Duero y del Ebro se dinamizan y desarrollan.
Al menos así parece entreverse en el registro material de los pocos castros excavados hasta el momento, ya que, a partir del siglo III a.C., junto a los tradiciona-les objetos autóctonos se documentan materiales alóctonos como las cerámicas celtibéricas, las fíbulas de caballito o los denarios celtibéricos.
Estos hallazgos se explicarían convencionalmente por la inmersión de los cántabros en la órbita de influencia celtíbera desde una perspectiva difusionista que parte de un mejor conocimiento de la realidad material alóctona.
La finalidad última que motivó la fabricación de estos bronces seguirá permaneciendo oculta.
Cualquiera de las propuestas existentes hasta el momento pueden darse por buenas: hospitium, derechos de paso, concesiones de ciudadanía, actividades relacionadas con la trashumancia...
Por lo que respecta a las partes contrayentes quizá dispongamos de algo más de información: según Peralta, la tésera de cabeza de carnero hace directa alusión a una ciudad mientras que, en la procedente de Monte Cildá, puede leerse con claridad la referencia a la ciudad de Turiaso, una población ampliamente representada dentro del numerario celtibérico recuperado de territorio cántabro.
En cuanto a la tésera de Las Rabas, aunque anepígrafa, no deberíamos descartar a priori que pudiera relacionarse con la otra pieza análoga, de posible procedencia conquense.
No nos cabe duda de que piezas como las referidas ponen en evidencia la existencia, entre los cántabros de la Segunda Edad del Hierro, de una organización sociopolítica y económica compleja que poco a poco se va desvelando.
Lejos de cualquier duda, como las suscitadas para la tésera de Monte Cildá (Beltrán et al 2009: 654), el ejemplar presentado se vincula directamente con el castro de Las Rabas, desenmascarando, gracias a los esfuerzos de las sucesivas intervenciones, un asentamiento clave para el avance, comprensión y desmitificación del supuesto cariz retardatario o culturalmente pobre de la Edad del Hierro en Cantabria.
La arqueología de los antiguos cántabros comienza a desmentir el barniz de barbarie y salvajismo que tradicionalmente envuelve a este pueblo y que tiene su origen en la visión de Estrabón, claramente comprometida con la versión romana de lo ocurrido durante las Guerras Cántabras.
Iconografía zoomorfa y formas jurídicas de la Celtiberia». |
En este trabajo se presenta un interesante conjunto de inscripciones realizadas sobre cerámica, recuperadas durante las diferentes intervenciones arqueológicas practicadas en el yacimiento de La Cabañeta (El Burgo de Ebro, Zaragoza), desde el año 1997 hasta el 2009.
En él se incluyen catorce documentos ibéricos escritos en signario paleohispánico, veintidós latinos, dos griegos, ocho signos y cuatro marcas de difícil adscripción, todos ellos fechables entre la segunda mitad del s. II a.
C. y la destrucción del asentamiento en la década de los 70 del s. I a.
El yacimiento de La Cabañeta se localiza en el término municipal de El Burgo de Ebro, en la margen derecha del río Ebro, a apenas kilómetro y medio aguas abajo de su núcleo urbano y a 17 kilómetros de la ciudad de Zaragoza.
Se trata de una ciudad para la que, como hipótesis de trabajo, se ha abierto la posibilidad de que tenga un origen campamental e incluso de que pueda ser identificada con el oppidum Castra Aelia, citado por Tito Livio (frg. libro 91.3).2 A partir de los datos proporcionados por las campañas de prospección y de excavación hasta ahora realizadas, se ha podido definir la morfología y cronología del yacimiento, así como empezar a conocer su urbanismo.
La cronología del lugar hay que situarla entre el siglo II a.
C. y las guerras Sertorianas, en los años setenta del siglo I a.
El asentamiento, de planta rectangular, se sitúa en llano y ocupa una superficie de unas 20 hectáreas, delimitadas por uno de sus lados por el corte de la terraza fluvial y en los otros tres por un potente foso.
3 En su lado este, fuera del foso, también se aprecia material arqueológico y restos de muros en una superficie de otras 10 hectáreas.
Las características arquitectónicas de los edificios excavados y el urbanismo, en el que cabe destacar su ortogonalidad y el área forense descubierta en las dos últimas campañas, evidencian un seguimiento total de los modelos itálicos.
Por otra parte, el material arqueológico también es en un muy elevado porcentaje importado.
Por último, la propia situación topográfica del asentamiento, a orillas del Ebro y en el corazón del valle medio, también resulta idónea para ubicar en esta zona el establecimiento destinado a ejercer el control territorial de ese amplio espacio geográfico.
En este sentido, cabe recordar que posteriormente tanto la colonia Lepida/Celsa (Velilla de Ebro, Zaragoza), como luego la colonia Caesar Augusta (Zaragoza) se ubicarán a escasos kilómetros del punto en el que con anterioridad se ubicó la ciudad que ahora nos ocupa.
Todo ello nos ha llevado a plantear la hipótesis4 de que nos encontremos en La Cabañeta con una ciudad colonial, en la que hubiese un importante contingente de inmigrantes itálicos y que quizá constituyese el enclave nuclear en la vertebración del proceso de romanización del valle medio del Ebro entre la segunda mitad del siglo II a.
C. y el primer cuarto de la centuria siguiente.
Las excavaciones 5 han permitido exhumar lo conservado de un complejo termal, parte de una zona de viviendas y transformación artesanal, así como un gran edificio para almacenaje de mercancíasde tipo horreum-del que, gracias al hallazgo de una inscripción integrada en un pavimento de opus signinum (AE 2001, 1237 = ELRH C105), sabemos que se trataba de la sede de un collegium de inmigrantes itálicos, con toda seguridad comerciantes.
6 También se realizaron numerosas catas por los distintos campos para comprobar el estado de conservación del yacimiento.
Todas ellas resultaron positivas.
Los grafitos cerámicos proceden esencialmente, como por otra parte es lógico, de las dos zonas que han venido siendo sistemáticamente excavadas, es decir las áreas de los balnea y de los horrea.
Ellas concentran el mayor número de ejemplares.
En la zona de los horrea -que también incluye la calle delantera al edificio y lo hasta ahora excavado del foro de la ciudad-todos los ejemplares proceden exclusivamente del edificio.
Pero, para el sector de los baños, hay que diferenciar aquellos ejemplares hallados en el interior de las termas de los procedentes de la excavación de un solar contiguo, en el que se habían amortizado estructuras precedentes y se estaba construyendo -en el momento de destrucción del yacimiento-la cimentación de un edificio, que obviamente quedó inacabado.
A esta última zona nos referiremos como: edificio en construcción junto a las termas.
Un sondeo realizado en una zona de habitación y transformación de alimentos entregó un ejemplar.
Treinta y ocho catas7 realizadas por todo el asentamiento, para comprobar el estado de conservación de los restos, aportaron tan solo otro ejemplar.
Un pequeño lote corresponde a los intensos trabajos de prospección desarrollados en el conjunto del asentamiento.
En este caso se trata -por lo tanto-de hallazgos superficiales.
Finalmente un ejemplar, por haberse deteriorado su sigla, queda como de procedencia indeterminada.
Las termas cuentan con un doble circuito (masculino y femenino) con estancias a temperatura ambiente, tibia y caliente, así como saunas.
También se conserva junto al circuito masculino una gran palestra para ejercicios gimnásticos.
Todo ello se completa con una habitación dedicada posiblemente a oficina, así como otras zonas para almacenes de leña, cisterna para agua, etc. Se trata de un gran conjunto, desde nuestro punto de vista uno de los mejores balnea fechables entre finales del siglo II a.
C. y el primer tercio del siglo I a.
C., tanto por su tamaño y la complejidad de sus instalaciones, así como por su estado de conservación.
8 Respecto a los horrea, cabe decir que se levantan sobre lo que parece que fue previamente un cam-GRAFITOS SOBRE CERÁMICA PROCEDENTES DE LA CABAÑETA (EL BURGO DE EBRO, ZARAGOZA)
En el valle medio del Ebro, donde sí encontramos en ámbito celtibérico un horreum monumental en el yacimiento de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza),9 que cabe identificar con un granero estatal, curiosamente no se han identificado silos para el almacenaje de cereales datables en época prerromana, como sucede en el ámbito ibérico de Cataluña.
10 Por otro lado, sabemos que este sistema para la reserva de cereales era perfectamente conocido por el mundo romano (Plin.
NH XVIII, 306), por lo que nada obsta para pensar que en la zona en la que luego se levantarían los horrea preexistiese un campo de silos de plena tradición romana.
Si bien el hecho de que hasta ahora no se hayan encontrado silos de tales características y función en el mundo indígena de este área del valle tampoco excluye -dados los paralelos encontrados en el área catalana-que fuese un sistema conocido y quizá utilizado con anterioridad a la llegada de Roma, aunque por el momento no se hayan localizado evidencias.
En cualquier caso, y con independencia de que respondan a la tradición indígena o a la iniciativa de itálicos, la existencia de estas estructuras subyacentes no hace sino mostrarnos que esta zona se utilizó como un lugar para almacenar cereales, con el fin de acumular un notable excedente, ya antes de la urbanización del sector, pues uno de esos silos amortizados se sitúa bajo el nivel de circulación de la calle a la que se abre el edificio.
Posteriormente sí que sabemos claramente, dadas las características del edificio, que se construyeron unos almacenes, que además fueron la sede de un collegium de inmigrantes itálicos.
Cabe suponer que estos horrea servirían para almacenar productos de la tierra, posiblemente cereales y otros como quizá pieles y, de otra parte, manufacturas importadas de cuya calidad, riqueza y variedad han aportado las distintas campañas de excavación ejemplos abundantes y notables.
El edificio es sencillo y funcional, sin que se hayan encontrado evidencias de monumentalidad alguna, excepto en el acceso -como para el resto de las estancias-también desde la calle de la sala dedicada al culto del collegium.
Esta zona, comenzada a investigar en la última campaña (2009), muestra cómo se destacó mediante argamasa de cal el acceso a la habitación cultual, a la que se entraba, como ocurre con las otras estancias (al menos en su distribución original), directamente desde la acera que recorre todo el frente del edificio.
El conjunto de esgrafiados realizados sobre cerámica procedentes de La Cabañeta incluye 50 piezas, recuperadas en las excavaciones que se vienen realizando en el yacimiento desde el año 1997 hasta el presente.
Catorce son ibéricas (n. os 1-14), dos de ellas presentan textos de cierta longitud, de veintiséis y seis signos respectivamente (n. os 11-12), cuatro se conservan de forma muy fragmentaria, por lo que no podemos determinar su longitud original (n. os 5-7 y 13), mientras que las restantes cuentan exclusivamente con uno o dos signos.
Veintidós son claramente latinas (n. os 15-36), prácticamente todas conservadas de forma fragmentaria.
Entre ellas se pueden identificar de forma más o menos hipotética varias marcas de propiedad compuestas por praenomen y nomen abreviados.
Con cierta seguridad a este tipo pertenece la n.o 24, y probablemente las n. os 18, 23, 25 y 27; asimismo, destaca la existencia de un probable cognomen griego (n.o 30).
Otras tres corresponden a numerales (n os 34-36), uno de ellos realizado precocción (n. o 35).
Dos de los grafitos están escritos en alfabeto griego (n. os 37-38).
En ambos casos se trata de breves indicaciones de probable carácter numeral.
En el catálogo se incluyen también una serie de signos -ocho en total-que no corresponden con claridad a ninguna letra, por lo que deben interpretarse como meras marcas de significado indeterminado (n. os 39-46).
Este grupo incluye varios signos con forma de aspa (n os 39-44), un escaleriforme (n.o 45) y un asterisco (n.o 46).
Se recogen, por último, cuatro marcas que, dado su fragmentario estado de conservación, resultan muy difíciles de interpretar (n. os 47-50).
Todos los grafitos fueron grabados con posterioridad a la cocción de las piezas, a excepción de uno de ellos (n. o 35).
Destaca la ausencia en este conjunto de ibéricas pintadas y cerámicas grises.
Se trataba -como hemos dicho-de un edificio en fase de cimentación, por lo que todos los ejemplares proceden de estratos inferiores al momento de abandono del yacimiento y se integran en rellenos, aterrazamientos del terreno y estratos amortizados.
Es la zona de más reciente excavación, y en la que además no se han concluido los trabajos, por lo que nada puede decirse todavía respecto a la cronología de la secuencia estratigráfica.
Se trataba de 39 catas de 2 por 2 metros que afectaron a casi todo el yacimiento.
Una (n.o 28) de un sondeo (llamado sondeo 2) realizado en la primera campaña de excavaciones, otra queda como de procedencia indeterminada (n.o 7) y el resto han sido encontradas en superficie (n. os 18, 35, 41 y 50).
Todas ellas pueden fecharse, de forma genérica en la fase de mayor apogeo del yacimiento, entre las últimas décadas del siglo II a.
C. y su destrucción durante las Guerras Sertorianas.
No obstante, tampoco hay que descartar que la datación de alguna pieza pudiera corresponder a la etapa inicial del asentamiento, todavía mal conocida, quizás a mediados del II a.
En el siguiente catálogo se recogen primero los grafitos ibéricos (n. os 1-14), seguidos de los latinos (n. os 15-36), los griegos (n. os 37-38), las marcas (n os 39-46) ordenadas por motivos (aspas, escaleriformes y asterisco) y por último los signos incompletos (n. os 47-50).
Ya dentro los anteriores macrogrupos, el criterio de ordenación de los grafitos ha tenido en cuenta al soporte sobre el que están grabados.
Es decir, se ha optado por agruparlos por familias cerámicas, recogiéndose en primer lugar los grafitos sobre campaniense A, campaniense B, paredes finas y finalmente los realizados sobre cerámicas comunes.
Creemos que ello facilita la lectura del aparato gráfico, especialmente las láminas, mientras que otros posibles criterios (por ejemplo: importancia relativa de los textos o áreas concretas de procedencia dentro del yacimiento) se podrían prestar a una mayor confusión a la hora de consultar las figuras, sin que por el contrario aportasen nada a la comprensión del texto.
Cada ficha consta de una primera parte con los datos referidos a las características de la pieza, el lugar y año del hallazgo, el número de inventario, el tamaño de los signos y las medidas orientativas del fragmento.
Tras ella está la transcripción del texto y su comentario.
Se incluyen también dibujos y fotos correspondientes a cada una de ellas.
En la transcripción de los textos hemos seguido los criterios habituales en la edición de documentos epigráficos.
Conviene recordar, no obstante, que para transcribir el ibérico se ha utilizado la negrita, mientras que para los textos latinos se ha empleado la cursiva.
Se ha optado también por incluir la transcripción tipográfica de los grafitos ibéricos, que tiene un valor meramente ilustrativo.
Para analizar las particularidades paleográficas de cada inscripción conviene guiarse exclusivamente por las fotografías y los dibujos.
Para la descripción de los signos ibéricos hemos seguido la clasificación proporcionada por J. Untermann en el tercer volumen de los MLH, a no ser que se especifique lo contrario.
Todas las piezas están inéditas, a excepción de la número 11, de la que presentamos un estudio detallado en las actas del X Coloquio de Lenguas y Culturas Paleohispánicas.11 1.
(Fig. 1, núm. 1) Grafito ibérico postcocción realizado en el interior del pie de una pieza de cerámica campaniense A de la forma Lamb.
El signo mide 3,5 cm. Ha sido inciso con trazos muy tenues.
El diámetro del pie es de 8 cm.
Transcripción: K ka Este signo es susceptible de ser interpretado como una A latina cursiva con el trazo interno oblicuo, o, preferiblemente, como una ka paleohispánica del tipo 1 (K).
Una marca semejante está atestiguada, por ejemplo, en una pesa de telar procedente del yacimiento de Tiro de Cañón (Alcañiz, Teruel).
(Fig. 1, núm. 2) Grafito ibérico postcocción realizado en el exterior del pie de un cuenco de campaniense B de la forma Lamb.
Descubierto durante la campaña de 2008 en el edificio en construcción situado junto a las termas, nivel: a 1; n.o inv.
Entre los grafitos de La Cabañeta contamos con otra marca susceptible de ser interpretada como una ko, si bien no presenta trazo en uno de sus extremos (n.o 44).
La primera letra signo de este grafito corresponde seguramente a la variante 1 de ke (¦).
La fractura de la pieza impide identificar el segundo signo, del que apenas se aprecia parte de un primer trazo vertical y el comienzo del segundo oblicuo, que podría corresponder a una n (N), una i (I), una s ́ ( ‡), o una l (L).
Desde el punto de vista paleográfico destaca la utilización del tipo 3 de o con el trazo central ligeramente oblicuo (O), a diferencia de la pieza n.o 11 en la que se utiliza la variante o1 con el trazo central completamente horizontal (Ÿ).
(Fig. 2, núm. 6) Grafito ibérico postcocción realizado en la pared exterior, junto al arranque del pie, de un pátera de cerámica campaniense B, con decoración a ruedecilla, forma Lamb.
Descubierto durante la campaña de 2003 en el espacio 13 de las termas, nivel: a; n.o inv.
Las letras miden c.1 cm. La fractura de la pieza impide conocer el final de texto y ha afectado parcialmente al tercero de los signos.
Aunque no puede descartarse una lectura a la inversa de este texto, resulta preferible la lectura alo[---], susceptible de ponerse en relación con el segmento alor ́-, identificado como un formante antroponímico que ocupa generalmente la primera posición en los compuestos onomásticos18.
Por lo tanto, probablemente tenemos aquí el comienzo de un nombre personal.
2 cm. La fractura de la pieza permite leer con seguridad el primero de los signos y con dudas el segundo.
Los trazos del segundo signo, ambos oblicuos, pueden corresponden a una ka (K), a una tu (7, W) e incluso a una l (L, ¢), y con más dudas a una a (!, A) o una n (N), ya que en estos últimos casos se esperaría que el primero de los trazos fuera vertical.
La opción de leer bel[---], permite barajar la posibilidad, meramente hipotética, de ver aquí el comienzo de uno de los frecuentes formantes onomásticos beles ́o bels-.
19 está bien atestiguada entre los grafitos encontrados en el cabezo de Alcalá de Azaila,20 también aparece grabado en una pieza de campaniense B procedente de Can Malla (Montmeló, Barcelona), 21 y en otra pieza de campaniense A encontrada en Ca n'Oliver (Cerdanyola del Vallès, Barcelona).
22 Por su parte, ben se documenta en un grafito realizado sobre una campaniense A tardía procedente de las excavaciones de Torre Cremada (Valdetormo, Teruel) 23 y en una pieza de campaniense B encontrada en Ampurias, 24 probablemente en ambos casos se trate de la abreviatura de un antropónimo semejante al Bennabels que aparece atestiguado entre los jinetes de la turma Salluitana.
(Fig. 2, núm. 7) Grafito ibérico postcocción realizado sobre la pared exterior, junto al pie, de una pátera de cerámica campaniense B, forma Lamb.
Tiene la sigla borrada, por lo que su procedencia exacta queda incierta.
(Fig. 3, núm. 8) Grafito ibérico postcocción realizado en el interior del pie de una pátera de campaniense B, con decoración a ruedecilla, de la forma Lamb.
Descubierto durante la campaña de 2003 entre el espacio 13 y la cisterna de las termas, nivel: a 2; n.o inv.
La fractura junto a la letra es muy recta, por lo que no debe descartarse que el siguiente signo comenzara con un trazo vertical.
Poco puede decirse de este grafito, más allá de indicar la utilización de la variante 11 de te, circular y con el trazo interno totalmente vertical (Â).
Las letras miden 1,8 cm. El diámetro del pie es de 9,8 cm. Transcripción: Zś r ́ o sku El primer signo corresponde a una variante de s1, mientras que la segunda letra puede interpretarse como una variante de tendencia lanceolada de r ́1 o de ku3.
El significado del texto es oscuro.
Cuenta con buenos paralelos en tres grafitos de Azaila.
En uno de ellos, grabado también sobre una campaniense, pueden leerse exactamente los mismos signos que en la pieza de La Cabañeta, que han sido interpretados como sr ́, sku e incluso kus;26 en otro, realizado sobre una pesa de telar, puede leerse r ́s o kus.
27 Mientras que en el tercero, grabado sobre un ánfora, se identifica un segmento parecido: s ́r ́ o s ́ku.28 9.
(Fig. 3, núm. 9) Grafito ibérico postcocción realizado sobre una pared de cerámica campaniense B, seguramente una pátera de la forma Lamb.
La lectura de este signo plantea algunas dudas, ya que dependiendo de la orientación que le otorguemos puede ser leído también como una ka (Û) e incluso como una A latina de tipo cursivo con el trazo interior oblicuo (cf. n.o 1).
No obstante, dadas sus características, parece más adecuado optar por considerar-lo como una ke del tipo 3, atestiguada por ejemplo en la vecina Azaila.
29 Esta marca cuenta con un probable paralelo en una pieza de cerámica ibérica procedente del yacimiento de Tiro de Cañón (Alcañiz, Teruel) en la que se repite en dos ocasiones el signo ke, si bien en su variante ke2.
(Fig. 3, núm. 10) Grafito ibérico postcocción realizado en el exterior del fondo de un vaso de paredes finas de pasta de color amarillo grisáceo.
Su forma no puede precisarse, pero a tenor de los otros hallazgos de paredes finas realizados en el yacimiento podemos pensar que nos encontremos ante un cubilete de forma Mayet II.
Descubierto durante la campaña de 2008 en el edificio en construcción situado junto a las termas, nivel: a; n.o inv.
El signo grabado en este vaso corresponde a una to del tipo 1.
Como consecuencia de la fractura de la pieza resulta imposible determinar si se trataba de 29 MLH III E.1.288.
un grafito monolítero o no. Cabe recordar, en cualquier caso, que esta letra aparece como marca en una pieza de cerámica campaniense procedente del Cabezo del Moro y en una cerámica común encontrada en el Masico de Ponz, ambos en Alcañiz, 31 en un par de cerámicas numantinas 32 y entre las marcas realizadas en los fustes de columna de Botorrita, 33 por lo que, como en el caso de la pieza n.o 14, cabe la posibilidad de que este signo fuera utilizado como numeral.
(Fig. 4, núm. 11) Grafito ibérico postcocción realizado en el interior de un pie de una pequeña jarra de cerámica común oxidante.
Descubierto durante la campaña de 2003 en el espacio 16 de las termas, nivel: a; n.o inv.
De igual manera puede prestarse a confusión el tercero de los signos, sobre el que se aprecia la presencia de un trazo accidental, seguramente precedente a la incisión de la inscripción, por lo que la lectura ¥ resulta la más adecuada.
Desde el punto de vista paleográfico destaca la presencia de la variante 3 del signo ta, según la clasificación de J. Ferrer, con forma de aspa con dos pequeños trazos verticales en su parte superior e inferior respectivamente, 34 que aparece en tres ocasiones.
Un signo típico de la escritura dual, en la que se utiliza como variante compleja de T para marcar la oposición entre la oclusiva dental sorda de timbre a y la sonora correspondiente: ta = ¥ frente a da = T. 35 Sin embargo, a pesar de la presencia de este signo da la impresión de que el grafito de La Cabañeta no está realizado con escritura dual.
36 El uso de la scriptio continua supone una dificultad a la hora de segmentar correctamente el texto.
Al final del documento podemos identificar con seguridad el antropónimo atintanes ́ seguido del morfo sufijal -te.
Así como el antropónimo teitatar ́ seguido tal vez de los morfos sufijales -e y -s al comienzo.
La parte central es de interpretación mucho más conflictiva.
Para el análisis detenido de las distintas posibilidades de segmentación y sus implicaciones remitimos a nuestro estudio de la pieza.
37 Cabe reseñar no obstante que, dada la estructura del texto, es posible que podamos encontrar en él una forma verbal.
(Fig. 4, núm. 12) Grafito ibérico postcocción realizado en la pared exterior de una jarra de cerámica oxidante.
Las letras miden entre 0,6 y 0,8 cm. El texto de la inscripción se dispone en espiral; en general no presenta problemas de lectura salvo en lo referido a los últimos signos, en el centro de la pieza, afectados por una melladura reciente.
No hay separación de palabras.
Diámetro del pie: 7 cm. Transcripción: "I¥¥REZER! ‡ŸAN¦IXNAPN¥NE ‡" teitatar ́eser ́as ́oankeibonatintanes ́te El texto presenta pocos problemas de lectura.
Puede plantear algunas dudas la letra a que aparece en tres ocasiones: la primera de ellas con forma a1, con el trazo vertical sobresaliendo por el extremo inferior del triángulo (!), mientras que en las en las Las letras miden c.
1 cm. Se conserva exclusivamente el final del texto, ya que la fractura de la pieza ha conllevado la pérdida de los primeros signos.
[---]+×AƒvI [---]+narm ̄i Del primer signo sólo se ha conservado un breve trazo oblicuo, que podría corresponder a una ta (¥, T), una bo (X), una i (I) e incluso, con menos probabilidad una m ̄ (v).
También puede plantear algún problema de lectura el tercero de los signos conservados, susceptible de ser interpretado como una tu1 (W), pero que en nuestra opinión corresponde a una a2 (A), cuyo trazado se ha visto parcialmente modificado al haber sido realizado sobre la superficie convexa del cuello de la pieza.
Las letras, de cuidada factura, presentan características propias del signario levantino tardío; así, además de a2, se utiliza r3 y una variante de m ̄ a medio camino entre el tipo 1 y el 4.
Hay que indicar, no obstante, que se aprecian algunas pequeñas diferencias paleográficas respecto del grafito anterior.
A diferencia de aquél aquí se emplea el tipo 2 de i, que se repite también en el grafito n.o 3 de nuestro catálogo, mientras que la forma del signo n está más cerca del tipo 2 que del 1.
A pesar de su estado fragmentario, el texto es susceptible de ser interpretado con bastante seguridad.
El morfo -mi, y su variante gráfica grecoibérica -nai, han sido identificados como marcas con valor de posesivo o genitivo 38 y se documentan en varias ocasiones precedidos del morfo sufijal -arsiguiendo principalmente a antropónimos.
39 Es probable, por lo tanto, que nos encontremos ante un grafito de propiedad y que los dos primeros signos correspondan al segmento final del nombre del posesor de la pieza, desafortunadamente perdido.
La brevedad del texto conservado impide hacer demasiadas precisiones en torno a esta pieza.
El segundo signo puede interpretarse preferiblemente como una variante del tipo 2 de a con el ángulo superior recto (à), si bien tampoco es posible descartar que corresponda a una r1 (Ä).
Destaca la presencia de interpunción, indicada mediante dos puntos, que no está presente en ningún otro de los grafitos ibéricos de este conjunto.
(Fig. 4, núm. 14) Grafito ibérico postcocción realizado en el interior del borde de un mortero de dediles del tipo Aguarod 1/Emporiae 36.2.
Por el tipo de pasta, totalmente alejada de la que es habitual en los prototipos campanos de esta forma, 40 podemos afirmar que se trata de una imitación posiblemente ya realizada en algún taller del propio valle del Ebro.
41 Descubierto durante la campaña de 2008 en el edificio en construcción situado junto a las termas, nivel: a; n.o inv.
La letra mide 2,5 cm. El fragmento mide: 4 × 6,7 × 1/1,5 cm. Transcripción: TM ti Signo ti del tipo 2 con los trazos externos ligeramente divergentes (TM), distinto del utilizado en la pieza n.o 11, donde aparece la variante ti1 con los trazos exteriores paralelos (P).
Este tipo de marca es relativamente frecuente.
Está atestiguada por ejemplo en una pieza de campaniense B procedente de las excavaciones de Iesso (Guissona, Lérida); 42 en un pondus encontrado en Can Modolell (Cabrera de Mar, Barcelona), 43 en un par de grafitos sobre campaniense procedentes de Azaila, uno de ellos de lectura dudosa, 44 en una jarra de cerámica ibérica de El Castelillo de Alloza (Teruel), 45 en un borde de kalathos ibérico encontrado en Segeda I 46 y en una decena de cerámicas procedentes de Numancia.
47 Su habitual aparición aislada permite sospechar que pudiera funcionar ocasionalmente como numeral 48; en este sentido cabe recordar la existencia de un proyectil de catapulta con este signo, que apareció junto a otros marcados con numerales latinos en Calagurris (Calahorra, La Rioja).
Del primer signo se conserva sólo el final de un trazo oblicuo, que seguramente corresponde a una A, aunque también podría pertenecer a una X. Después de la segunda letra hay bastante espacio, por lo que no es seguro que tras ella hubiera más signos.
(Fig. 5, núm. 20) Grafito latino postcocción realizado en el exterior, cerca del labio, de un cuenco de campaniense B de forma Lamb.
Las letras miden 1,1 cm. Interpunción circular.
El fragmento presenta muchas incisiones, seguramente accidentales, que dificultan notablemente la lectura y hacen que cualquier propuesta al respecto resulte hipotética.
El primer signo puede interpretarse como una L de tipo calcídico, que habría perdido su extremo inferior como consecuencia de la fractura de la pieza.
El segundo signo podría ser una M, aunque tampoco puede descartarse una lectura como V, si consideramos que su primer trazo es accidental.
De aceptarse esta propuesta de lectura el texto podría interpretarse como un nombre latino, con praenomen abreviado, L(ucius), seguido del nomen, del que se conserva sólo la primera letra, M
(Fig. 5, núm. 19) Grafito latino postcocción realizado en el exterior, en la zona cercana al borde, de un vaso de campaniense A, posiblemente de la forma Lamb.
La letra mide 0,6 cm. El fragmento mide 4,3 × 5,1 × 0,5 cm. Transcripción: M La brevedad del fragmento impide hacer precisiones sobre su significado, podría tratarse de una marca identificadora, tanto de propiedad como comercial, o incluso de un numeral.
(Fig. 6, núm. 21) Grafito latino postcocción realizado en el exterior del pie de un cuenco de campaniense B de la forma Lamb.
Las letras miden 1 cm., han sido grabadas mediante un surco profundo.
La primera letra es claramente una A latina con el trazo interior horizontal.
La segunda, parcialmente perdida por la fractura de la pieza, es probablemente una N. La secuencia AN también se puede identificar, con ciertas cautelas, en la pieza n.o 26.
Las letras, conservadas de forma fragmentaria, miden c.
Los fragmentos miden: 5,6 × 17,5 × 0,8 cm. Transcripción: PM La brevedad de este grafito impide hacer afirmaciones rotundas sobre su significado, si bien es probable que nos encontremos ante las siglas correspondientes a un praenomen y un nomen: P(ublii) M(---); por lo que resulta verosímil considerarlo cómo una marca de propiedad.
La P presenta la panza abierta, como es habitual en la epigrafía republicana, cf. n. os 24, 27 y 30.
(Fig. 7, núm. 24) Grafito latino postcocción realizado en el interior del pie de una pátera de campaniense B de la forma Lamb.
Las letras miden 0,9 cm. Interpunción circular.
Transcripción: C(aii) • Pumpu[nii?]
Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 51-86 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.084.011.003 los signos y cuáles son accidentales, especialmente en lo que respecta a la interpretación del tercer signo, susceptible de ser leído cómo una I si consideramos que el primer trazo es accidental, y en la interpretación o no como interpunción del punto que se observa entre la segunda y la tercera letras.
En cualquier caso, nos parece que la lectura más razonable es la que aquí se ofrece, que permite interpretar el grafito como una marca de propiedad de un individuo con onomástica romana compuesta por praenomen y nomen.
Destaca la presencia de la forma Pumpu[---], tal vez una variante arcaica o dialectal del nomen Pomponius, seguramente relacionado con el osco *pumpe 'cinco' y por lo tanto de probable origen centroitálico 50.
Sin embargo, los paralelos más cercanos al grafito de La Cabañeta hay que buscarlos quizás en el ámbito etrusco, donde es habitual tanto la forma pumpu como sus derivadas pumpuna y pumpunie.
51 En este sentido resulta indicativa la convivencia en los epitafios de un hipogeo familiar de Perusia (Perugia) de la versión latina del gentilicio, Pomponius, junto a su equivalente etrusca, pumpu.
52 Paleográficamente es de reseñar la utilización de la P con la panza completamente abierta, conforme a lo habitual en la epigrafía latina republicana, en las inscripciones del siglo II a.
C. y comienzos del I a.
(Fig. 7, núm. 26) Grafito latino postcocción realizado en el exterior de una pátera de campaniense B de la forma Lamb.
Descubierto durante la campaña de 1998 en el entorno del espacio 1 de los horrea, nivel: a; n.o inv.
No puede citarse como ejemplo, sin embargo, el altar funerario del Museo Campano en el que Vetter 1953, p.
67, proponía leer el gentilicio pump(---), pero cuya lectura correcta es realmente puinik(is), Rix 2002, p.
La primera letra podría ser una A de tipo cursivo, con el trazo interno oblicuo.
Cabría también la posibilidad, menos probable en nuestra opinión, de interpretar el texto como ibérico, en ese caso el primer signo correspondería a una ka1 (K) y el segundo a una n2 (×).
1,1 cm. El fragmento mide 3 × 5 × 0,6 cm. Transcripción: TPA Texto de lectura e interpretación conflictiva.
El primer signo es verosímilmente una T. Entre la P y la A se observa la presencia de un trazo inciso de tendencia oblicua que no parece corresponder a ninguna letra, aunque tampoco puede descartarse que pudiera tratarse de una E cursiva realizada mediante dos trazos verticales paralelos.
El texto podría interpretarse como las abreviaturas correspondientes a un praenomen y a un nomen del tipo: T(iti) Pa(---); los nomina que comienzan por Pa-son relativamente habituales.
54 Desde el punto de vista paleográfico destaca el tipo de P utilizado, con la panza totalmente abierta, muy semejante a la que aparece en las piezas 23, 24 y 30.
(Fig. 7, núm. 28) Grafito postcocción realizado en el exterior del fondo de un cubilete de cerámica de paredes finas, cuya forma no puede determinarse.
Si bien -al igual que hemos comentado para el fragmento n.o 10-podemos deducir que, a juzgar por los otros hallazgos de estas cerámicas realizados en el yacimiento, con toda probabilidad nos encontramos ante un fragmento de cubilete de la forma Mayet II.
Descubierto durante la campaña de 1997 en el denominado 'sondeo 2', nivel: a; n.o inv.
La letra está incompleta, la parte conservada de ella mide 0,5 cm.
Transcripción: N Dadas las características de la letra no puede descartarse que se trate de una n ibérica (N).
(Fig. 7, núm. 29) Grafito latino postcocción realizado sobre el exterior del fondo plano de una pieza de cerámica común oxidante, con toda probabilidad una jarra.
Descubierto durante la campaña de 2003 en el edificio en construcción situado junto a las termas, nivel: a; n.o inv.
Del hipotético primer signo se conserva sólo un escueto trazo, aparentemente de tendencia curva, que podría corresponder con muchas dudas a una S, una B, e incluso una D. La última letra conservada es probablemente una O de forma almendrada realizada mediante dos trazos, aunque tampoco debe descartarse una lectura Q. 30.
(Fig. 8, núm. 30) Grafito latino postcocción realizado sobre la pared exterior del cuello de una jarra de cerámica común oxidante de pasta grisácea y engobe blanquecino.
Se conservan dos fragmentos de la pieza.
Descubierto durante la campaña de 1999 en la cata número 32, nivel: a; n.o inv.
2 cm. La fractura de la pieza ha afectado a su parte inferior.
Los fragmentos miden: 7,5 × 10 × 0,5 cm. Transcripción: Pil. (onis?, -emonis?,-ippi?)
Los restos de las letras conservados permiten interpretar este grafito como la abreviatura de un cognomen de origen griego del tipo Philo, Philemo o Philippus, con la particularidad de que, conforme a lo habitual en época republicana, la oclusiva sorda aspirada griega (f) ha sido transcrita mediante la oclusiva sorda latina correspondiente (p).
Los tres nombres cuentan con buenos paralelos en la epigrafía republicana hispana, en Cartagena tenemos documentado un Pilemo liberto de la familia de los Aleidii que vivió a finales del siglo II a.
C., 55 un Pilippus liberto de la familia de los Pontilieni de comienzos del siglo I a.
C. 56 y un Pilo liberto de los Appuleii de mediados del I a.
C. 57 Por último, en un grafito realizado sobre campaniense encontrado en el yacimiento de Can Solaterra (Solsona, Lérida) aparece el mismo segmento: Pil[---], perteneciente de forma verosímil a un antropónimo de este tipo 58.
Hay que indicar que tras la tercera letra se aprecian una serie de trazos que podrían corresponder a una O almendrada abierta por abajo, lo que permitiría confirmar la lectura como Pil. o. (nis), pero dado que son mucho más finos que los correspondientes a las letras precedentes no puede descartarse que sean accidentales.
Paleográficamente destaca la utilización de la P abierta, atestiguada también en las piezas 23, 24 y 27.
No puede descartarse que tras la M hubiera más letras, perdidas a consecuencia de la fractura de la pieza, aunque no es seguro.
Dadas las grandes dimensiones de la letra, el grosor de sus trazos y su ubicación este grafito muestra claras semejanzas tipológicas con el n.o 33.
La A presenta rasgos cursivos con el trazo central oblicuo (K).
La B por su parte presenta trazos marcadamente angulosos.
En la parte superior del fragmento se observa la presencia de una serie de trazos paralelos incisos, probablemente accidentales.
(Fig. 9, núm. 33) Grafito latino postcocción realizado sobre la pared exterior del cuello de una jarra de cerámica común oxidante.
Se puede restituir la forma completa, a falta del fondo y del asa o asas que debió tener.
Descubierto durante la campaña de 2005 en el relleno de uno de los colapsos del terreno (concretamente en el número 1) detectados en los horrea; se deben a la disolución de los yesos del sustrato, nivel b; n.o inv.
Se conservan exclusivamente restos de tres letras, la más completa de ellas mide 2,5 cm. Los signos han sido realizados mediante una profunda incisión de sección triangular de casi 0,2 cm de anchura.
En cualquier caso la interpretación del texto es incierta; por las características de las letras y su ubicación, muy semejantes a las del n.o 31, resulta improbable que se trate de una marca de propiedad.
(Fig. 10, núm. 34) Grafito latino postcocción realizado en el exterior de la pared de una cerámica de cocina importada, concretamente de un plato de borde bífido de la forma Aguarod 4/Vegas 14.
Descubierto durante la campaña de 2008 en el edificio Transcripción: XII[---] Indicación de carácter numeral.
Debe reseñarse que es el único grafito de este catálogo realizado antes de la cocción de la pieza.
Resulta complicado determinar su función, cabe pensar que quizás esté relacionado con el control de proceso de producción del alfar.
El fragmento mide 3 × 4,5 × 0,5 cm. Marca con forma de asterisco.
(Fig. 12, núm. 47) Grafito postcocción realizado el exterior de la pared de una jarra de cerámica común oxidante.
Descubierto durante la campaña de 2004-05 en la palestra de las termas, nivel: b; n.o inv.
El signo mide 1,5 cm. El fragmento mide 3,7 × 4,6 × 0,7 cm. Escaleriforme compuesto por dos trazos verticales y seis horizontales ( ̧).
Una marca semejante a esta está atestiguada en una pieza de campaniense B encontrada en las excavaciones de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz).
(Fig. 12, núm. 46) Grafito postcocción realizado en el exterior del fondo de una pieza de cerámica común oxidante, con toda probabilidad una 66 ELRH U4.
El trazo conservado mide 1,5 cm. El fragmento mide 6 × 6 × 0,4 cm. Del signo se conserva exclusivamente un trazo oblicuo, que puede corresponder tanto a un aspa, cómo a una V. El signo mide 2,5 cm. El fragmento mide 6,5 × 8,5 × 0,5 cm. La fractura de la pieza ha afectado al extremo superior del signo, por lo que no es posible determinar su aspecto original, podría tratarse de una L latina de tipo calcídico, o incluso de una ki ibérica sinistrorsa (Ú).
Las marcas realizadas sobre esta pieza resultan de muy dudosa interpretación.
Dado su aspecto podrían considerarse letras, pero su lectura plantea muchas interrogantes.
El primer signo podría tratarse de una O y el segundo de una L de rasgos cursivos, respecto de los restantes trazos no resulta fácil ofrecer una interpretación verosímil.
Los grafitos sobre cerámica recuperados en La Cabañeta suponen una aportación de singular interés para el conocimiento de la epigrafía republicana -latina y paleohispánica-del valle medio del Ebro.
67 Desde un punto de vista estrictamente cuantitativo destaca el elevado número de documentos recuperados, que lo convierte en el segundo conjunto en importancia de la zona, sólo tras el del cabezo de Alcalá de Azaila.
68 Por delante, entre otros, de la vecina Salduie (Zaragoza), donde apenas se han encontrado tres grafitos ibéricos 69 o del yacimiento de Tiro de Cañón (Alcañiz, Teruel), en el que se han recuperado en torno a una veintena, 70 y, ya en el ámbito celtibérico, a la par que Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza), también con medio centenar de textos, 71 o Segeda I (El Poyo de Mara, Zaragoza) con cuarenta y un esgrafiados sobre cerámica, si bien de cronología algo más temprana que los anteriores.
72 Fuera de este ámbito, para valorar la importancia de los materiales recuperados en La Cabañeta, pueden traerse a colación otros yacimientos cultural y cronológicamente semejantes, como Iesso (Guissona, Lérida), que ha proporcionado una treintena de esgrafiados ibéricos, 73 Ca n'Oliver (Cerdanyola del Vallès, Barcelona), 74 con poco más de veinte documentos, alguno de ellos en griego, o Sant Miquel (Vinebre, Tarragona), 75 con apenas nueve textos, por citar algunos conjuntos recientemente estudiados.
Hay que destacar, además, que, frente a algunos de los yacimientos aquí citados, la ocupación de La Cabañeta fue muy reducida en el tiempo, probablemente no mucho más de unos setenta años, lo que concen-Los signos miden c.
El primero de ellos podría interpretarse cómo una O de forma almendrada y abierta por abajo.
El segundo se conserva sólo parcialmente, podría tratarse de una X o incluso del signo ibérico ti (TM). tra los documentos en un periodo cronológico bastante breve, y que, frente a lo habitual en este tipo de materiales, La Cabañeta ha proporcionado varios textos de una longitud y complejidad destacables.
Por otro lado, debe tenerse en cuenta que la exploración del yacimiento es todavía limitada y que ésta se ha centrado principalmente en edificios de carácter público, habiéndose excavado sólo de forma parcial en espacios domésticos, por lo que es de suponer que, de continuar las indagaciones arqueológicas, el número de grafitos se incremente progresivamente.
Quizás el aspecto más llamativo del conjunto de grafitos recuperados en La Cabañeta es la abundante presencia de textos latinos, que no cuenta con ningún parangón en el resto de yacimientos antes citados.
Por poner un ejemplo que resulta especialmente ilustrativo, en Azaila, donde se han encontrado más de 450 grafitos sobre cerámica, apenas se identifican con seguridad siete textos latinos, todos ellos monolíteros o bilíteros.
76 Los paralelos más claros para nuestros materiales hay que buscarlos en las principales ciudades costeras de la Citerior, en las que la presencia itálica está sobradamente documentada, como Emporion 77 y Carthago Noua, 78 o, ya en el interior, en asentamientos de carácter militar como los campamentos numantinos 79 y, especialmente, Castra Caecilia (Cá-ceres el Viejo) en la Ulterior.
80 Un indicio que resalta la particularidad de La Cabañeta frente al resto de asentamientos coetáneos, confirmando la importancia de la presencia de inmigrantes itálicos en ella, ya evidenciada por la inscripción realizada sobre el pavimento de opus signinum recuperado en una de las estancias del gran complejo de almacenes excavado en el centro del yacimiento.
Los datos reflejados en el cuadro anterior son suficientemente explícitos sobre el alto porcentaje de textos latinos que sumado a los griegos supone un 48% del total frente el 19,6% de los ibéricos.
La mayor presencia de grafitos latinos respecto a los realizados en grafía indígena se mantiene en el edificio en construcción localizado junto a las termasdonde también aparecieron los dos griegos-y se hace porcentualmente abrumadora en los horrea.
Solo en las termas superan -por un ejemplar-los grafitos ibéricos a los latinos.
Todo ello queda recogido en los cuadros siguientes: Como se ha mencionado en la introducción, el mayor número de ejemplares corresponde a los sectores en los que se ha excavado en área abierta, es decir, zona de termas y zona de los horrea/foro.
De estos lugares cabe diferenciar tres edificios, que proporcionaron la mayor parte de los grafitos encontra-dos: los horrea con 7 ejemplares, las termas con 11 grafitos y el edificio en construcción situado junto a las termas (al otro lado de la estrecha calle que las delimita por el Oeste) con 25 esgrafiados.
La distribución espacial en números absolutos y porcentualmente es la siguiente: Respecto a la cronología de los ejemplares, poco puede decirse de su estudio individualizado puesto que nos remiten simplemente a fragmentos o a formas muy habituales en el repertorio campaniense; las paredes finas no aportan precisión morfológica y las comunes importadas se reducen a un plato de borde bífido y a una imitación de mortero campano.
Respecto a la estratigrafía, hay que decir que en el momento presente solamente podemos precisar la cronología de los ejemplares detectados en el nivel de abandono del asentamiento, acontecido durante el conflicto sertoriano.
Cabe destacar que los grafitos más interesantes por la extensión de sus textos, números 11, 12 y 24 proceden de dicho nivel.
Creemos que también es interesante comentar que en el grafito número 24, procedente de los horrea aparece mencionado un tal Caius Pumpu[nius?], un personaje de probable origen centroitálico dadas sus particularidades onomásticas, al igual que sucedía con los magistri cuyos nombres habían quedado escritos con teselas blancas en el opus signinum que pavimentaba la sala de culto de la asociación que presidían en ese mismo edificio.
Si analizamos los grafitos de este nivel de abandono, que nos está dando el último momento de uso de las termas y de los horrea, desde el punto de vista del microespacio, tenemos que en las termas los grafitos se concentran en el Espacio 13 (grafito ibérico n.o 6, latino n.o 31 y signo n.o 45), en el Espacio 16 (grafitos ibéricos n. os 11 y 12) y en el Espacio 10 (signo n.o 48).
Es decir, salvo el n.o 48 que procede de la excavación de un sudatorium, el resto proceden de la zona de servicios (en la que se ubi- 81 Ferreruela et alii 2003, pp. 224-225. caban los almacenes, toma de agua desde la calle, cisterna, etc.).
En el caso de los horrea proceden de dos de las estancias, que -como el resto-aun formando parte de un mismo edificio no eran sino almacenes independientes, abiertos a una bocacalle del foro de la ciudad.
En algunos casos hay puertas de comunicación abiertas entre estancias contiguas, que en otras ocasiones fueron posteriormente tapiadas, lo que nos indica que hubo cambios en la propiedad.
Dichos almacenes pertenecían a distintos propietarios, que se reunían en un collegium de comerciantes itálicos.
Concretamente proceden del Espacio 14 (grafito latino n.o 24) y del Espacio 22 (grafito latino n.o 19).
El resto corresponden, además de los procedentes de superficie y de niveles revueltos que lógicamente nada aportarían, a niveles inferiores que por el momento no se han estudiado.
En cualquier caso, son pocos ejemplares salvo para el edificio situado junto a las termas.
Aquí nos encontramos con un sector que resultó muy difícil de excavar e interpretar.
Se trataba, como se ha indicado más arriba, de un solar en el que, en el momento de abandono del yacimiento, se estaba haciendo una profunda y potente cimentación para sustentar un edificio que desconocemos.
El sector había sido ocupado con anterioridad y se pudieron excavar diversas fases y superposiciones de pavimentos en tierra batida con cal, todos ellos amortizados por las sucesivas construcciones.
Bajo esos estratos se hallaron grandes fosas que, por su tamaño y forma, parece que se utilizaron en una primera fase de la ocupación del yacimiento para extraer limos para construcción, luego fueron colmatadas con aportes de basura y más tarde se urbanizó el sector, sufriendo posteriormente diversas obras de remodelación.
La excavación de esta zona se realizó el año 2009, no habiéndose concluido todavía.
Por ello no pueden aportarse más datos.
En última instancia se produjo una nivelación en el sector, previa al inicio de las obras de cimentación.
Al paquete estratigráfico correspondiente con esta explanación se le ha denominado nivel a.
Lo advertimos porque hemos conservado en el catálogo de las piezas el nombre que se fue dando a los distintos niveles durante el proceso de excavación, y aunque no debe haber mucho desfase cronológico con respecto al nivel de abandono del asentamiento, también denominado a, no son exactamente lo mismo.
Conviene señalar, además, la novedad que supone la identificación de dos breves grafitos griegos, los primeros documentados por el momento en el interior del valle del Ebro en esta cronología, que vienen a sumarse a los ejemplos, más tempranos, de Ampurias 82 y a los -ya de cronología semejante a la de los encontrados en La Cabañeta 83 -del pecio del Sec en Baleares, 84 de Ca n'Oliver 85 y de Cartagena.
86 Otro aspecto reseñable, que implica exclusivamente a los documentos ibéricos, es la presencia entre ellos de claras divergencias paleográficas que afectan a algunos signos como la n, la o, la ke y en particular la i.
Estas diferencias son lo suficientemente evidentes como para ser tenidas en consideración, pero resulta altamente hipotético valorar su importancia y significado.
No obstante, al menos cabe plantear la hipótesis de que este hecho pudiera deberse a la presencia en La Cabañeta de íberos de distinta procedencia, formados en tradiciones caligráficas parcialmente distintas.
En cualquier caso, lo reducido de la muestra y la escasez de estudios al respecto impiden contrastar de forma concluyente esta posibilidad.
Descubier- to durante la campaña de 2002 en el edificio en cons- trucción situado junto a las termas, nivel: a 1; n.o inv. |
El Castejón de las Merchanas es un asentamiento fortificado que se localiza en el curso medio del valle del río Guadamez (Don Benito, Badajoz, España), en los límites de la comarca de La Serena.
El buen estado de conservación y la monumentalidad de sus restos hacen que una labor exhaustiva de documentación ofrezca un gran caudal de datos sobre su estructura, funcionalidad y posible adscripción cronológica.
Los resultados de dicha labor son confrontados con el conocimiento que actualmente se tiene de las llamadas fortificaciones en altura de la Serena, analizándose sus criterios de localización, diseño, técnica constructiva y materiales arqueológicos.
Se propone un modelo de control estratégico del territorio y su contextualización en el proceso de «romanización» del suroeste peninsular.
PAISAJE, FORTIFICACIONES Y PROCESO
ROMANIZADOR: NUEVOS ELEMENTOS PARA LA DISCUSIÓN El estudio de las fortificaciones y construcciones de gran aparejo documentadas en amplias áreas del suroeste y sur peninsular constituye uno de los temas más largamente debatido y aún abierto, dentro del problema general de los modelos de ocupación del paisaje durante la transición entre la protohistoria y el período romano.
Prueba de ello es la celebración en los últimos 10 años de tres encuentros científicos centrados sobre esta temática específica en la Península Ibérica (Morillo, Cadiou y Hourcade (eds.) 2003; Moret y Chapa (eds.) 2004 y Mayoral y Celestino (eds.) 2010).
En estas referencias puede encontrar el lector una contextualización general de la cuestión que centra el presente trabajo.
La multiplicación de trabajos recientes se ha traducido en una clarificación de aspectos clave para entender el fenómeno.
Esto es así, en primer lugar, respecto a la presentación de resultados específicos, poniendo de relieve la existencia de este tipo de asentamientos en determinadas áreas donde no se conocían, y aportando también datos de excavación que son esenciales para ajustar cronológica y funcionalmente su interpretación.
En segundo lugar, no han faltado esfuerzos de síntesis para clarificar conceptos y situar el tema en un marco histórico y geográfico más amplio.
Seguimos a día de hoy argumentando acerca de la necesidad de una terminología concisa y homogénea para designar la variedad morfológica de las estructuras documentadas.
Este empeño se encuentra en constante fricción con la creciente mejora del registro sobre la arquitectura de estos edificios.
Aunque importante para el entendimiento colectivo, a nuestro modo de ver en ocasiones este debate tiende a asumir la búsqueda de nexos entre estrategias y formas de ocupación que obedecen a motivaciones diferenciadas.
Esto puede desdibujar a veces la especificidad de cada contexto.
Un elemento fundamental para templar este diálogo entre lo particular y lo general es la fijación de referencias cronológicas.
Se ha asentado un consenso general acerca de la ausencia de continuidad entre estas estructuras y los tipos de asentamiento netamente indígenas, y la franja temporal queda acotada entre las dos centurias antes y después del cambio de era (Moret 2004).
Finalmente un problema íntimamente ligado al de la cronología es el del uso del espacio.
La diversidad constatada multiplica las hipótesis sobre la funcionalidad, que oscila entre las variables de índole estratégico y defensivo y las relacionadas con la explotación económica.
Sin embargo, cada vez resulta más claro que la explicación de las decisiones de localización y las soluciones constructivas adoptadas no puede fundamentarse en orientaciones monolíticas y excluyentes.
Uno de los sectores de la Península en el que es bien conocida la entidad del fenómeno de las fortificaciones ciclópeas es la comarca de La Serena, en la actual región de Extremadura (suroeste peninsular).
Como se expone más adelante, desde los años 80 se han estudiado diversos aspectos de estas construcciones que reflejan vivamente la discusión general.
Nuestro objetivo aquí es sencillamente aportar nuevos elementos a este debate, profundizando en el conocimiento de casos que han recibido poca atención y planteando un análisis desde nuevas perspectivas.
LAS FORTIFICACIONES DE ALTURA EN LA
SERENA: TRABAJOS PRECEDENTES Los sitios arqueológicos que son objeto del presente estudio 1 forman parte de un conjunto conocido en la investigación arqueológica regional al menos desde los años ochenta del pasado siglo.
En su tesis doctoral, Alonso Rodríguez (1996) incluye buena parte de ellos en un catálogo sobre asentamientos, en un principio relacionados con el poblamiento prerromano de la Baja Extremadura.
Aunque estos datos permanecen inéditos, en sucesivas publicaciones han ido introduciéndose algunas referencias sobre el número, localización, denominación y características esenciales de estos sitios (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 1990: 51-54; Ortiz Romero y Rodríguez Díaz 1998: 264-265).
Sin embargo, el grueso de la investigación desarrollada en torno a las fortificaciones de la Serena se ha centrado en el estudio de los denominados recintos de llano (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 1986).
Se trata de un grupo bastante homogéneo de edificios que se distribuyen principalmente a lo largo del valle del Ortigas cuyos emplazamientos, técnicas constructivas y registro material parecen definir un conjunto netamente diferenciado del de los sitios que aquí se analizan.
Al mismo tiempo, determinados sectores geográficos han recibido una mayor atención en función de circunstancias diversas.
Así, Suárez de Venegas, como estudioso del poblamiento antiguo en las Vegas Altas del Guadiana, se ha ocupado junto con Rodríguez Díaz de catalogar y describir las fortificaciones de las sierras que delimitan por el sureste el término municipal de Don Benito (Venegas Sanz 1995).
En el estudio monográfico sobre la historia de dicha población, dichos autores sitúan estas construcciones en el capítulo dedicado a la protohistoria, y sin embargo no llega a plantearse una hipótesis concreta respecto al papel de la población indígena en su creación.
Se describen y clasifican siete casos, ajustándose al encuadre cronológico, funcional y cultural ofrecido 1 Este trabajo ha sido realizado gracias al soporte de los siguientes proyectos de investigación: «Los paisajes agrarios del final de la Protohistoria en el suroeste peninsular: estudio arqueológico del territorio» Proyectos Intramurales Especiales del CSIC, ref. PIE2007 10I013.
Investigador responsable: Victorino Mayoral Herrera; «Entre el Atlántico y el Mediterráneo: contraste de dinámicas en la evolución histórica del paisaje en el occidente peninsular a través de la Arqueología», HAR 2009-10666.
Investigador responsable: Sebastián Celestino Pérez; «Paisaje, territorio y cambio social en el suroeste peninsular.
De la protohistoria al mundo romano (Plan Nacional de I+D, ref. HAR 20081973) por los trabajos de Ortiz y el propio Alonso, ya mencionados.
En esta contribución el Castejón de las Merchanas es objeto de una breve descripción, y se presenta una planimetría por separado de los dos principales edificios.
En cuanto a la adscripción cronológica del asentamiento, se considera imposible de determinar.
Por su parte, el mismo Ortiz (Ortiz Romero 2006) se ha ocupado de una manera muy sucinta de mostrar los rasgos esenciales del conjunto de fortificaciones de altura de la sierra de las Pozatas, localizado en las inmediaciones de Castuera.
En este trabajo dichos sitios son calificados como poblados, y se considera clara su vinculación con el proceso de conquista.
No obstante no se formula de una manera clara cuál es la forma concreta en que las raíces del mundo indígena juegan un papel en su localización y naturaleza.
Tampoco queda claro en qué medida y mediante qué procesos está presente el Figura 1.
Localización del conjunto de sitios arqueológicos citados y delimitación del área de estudio dentro de la Península Ibérica.
Resumiendo, las fortificaciones de altura han constituido en el pasado un tema de investigación incipiente y prometedor, pero que no ha agotado aún todo su potencial como fuente de conocimiento, y que por tanto está lejos de ofrecer respuestas definitivas sobre su significado histórico.
Pero para poder seguir avanzando, estimamos esencial señalar algunos de los aspectos en los que el trabajo precedente precisa ser desarrollado.
En primer lugar, la gran abundancia de indicios superficiales hace que, intensificando el esfuerzo dedicado a cada sitio, sea posible obtener una documentación muy detallada y rica.
En segundo lugar, las decisiones de localización de estos asentamientos han sido valoradas de un modo muy genérico.
Finalmente, el debate sobre su significado histórico no puede avanzar sin la realización de excavaciones que contextualicen adecuadamente la construcción de estas fortificaciones y los materiales a ellas asociados.
Al menos esta cuestión, tan elemental, sería precisa para construir una secuencia regional.
Algo se ha avanzado ya en este sentido, con la excavación de enclaves de cronología republicana como Magacela (Ortiz Romero y Rodríguez Díaz 2004) o El Santo de Valdetorres (Heras Mora 2009).
El río Guadamez es un afluente del Guadiana por su margen izquierda, y conecta las comarcas de La Serena y Vegas altas, en el este de la actual provincia de Badajoz.
Esto convierte a dicho río en un corredor natural de acceso al valle del Guadiana desde el Guadalquivir, a través de la comarca cordobesa de Los Pedroches, y desde la Meseta sur pasando por la Siberia Extremeña.
Dichos pasos son claramente definidos por las alineaciones predominantes de las sierras cuarcíticas, que segmentan el territorio en valles de diversa amplitud con una orientación predominante en sentido SE-NO.
De manera global, esta estructura ha condicionado históricamente los ejes de comunicación, determinando el emplazamiento de asentamientos humanos en los puntos nodales de dicha red, como Metellinum, Magacela (posiblemente la mansio Contosolia), Lacimurga, Mirobriga o Artigi-Iulipa.
En algunos puntos esta trama se dibuja con nitidez formando pasillos estrechos, cerrados por un frente continuo de crestas rocosas, como por ejemplo, entre las actuales poblaciones de Monterrubio de la Serena y Castuera, o entre Quintana de la Serena y Valdetorres, siguiendo en parte el citado curso del Guadamez.
En cambio en otros sectores, como a lo largo del curso del Ortigas, este tránsito se define por un vasto corredor formado por terrenos de suave orografía.
Pese a la profunda tradición ganadera de estas tierras de dehesa, la amplia depresión que ocupan es también terreno favorable para una agricultura de secano.
Tanto el registro paleobotánico como los numerosos indicios de tecnología agraria identificados en sitios arqueológicos, atestiguan el potencial productivo de la zona.
El gran peñón fortificado de Magacela controla la aproximación al Guadiana desde esa dirección, dominando visualmente una vasta extensión.
No obstante, esta red de comunicaciones permite la elección de una multiplicidad de rutas alternativas.
Las propias sierras, como en el caso de La Lapa, son penetradas por caminos transversales, que ponen en comunicación valles secundarios a través de los cuales es igualmente posible la conexión entre ambas comarcas.
Rodeadas de estériles paisajes rocosos, estas zonas de vaguada ofrecen un refugio para la actividad agrícola.
Como argumentaremos más adelante, la existencia de estos «portillos» parece justificar la elección de algunas de las fortificaciones objeto del presente estudio.
Desde 2001, el Instituto de Arqueología desarrolla un programa de investigación centrado en la evolución del paisaje de La Serena a través de la Arqueología.
Esta labor se ha ramificado, planteando el desarrollo de diversas líneas de investigación.
Una de ellas está centrada en el estudio de las fortificaciones y recintos de la comarca, como parte de un análisis de los cambios provocados por la conquista romana en la organización territorial.
En una primera fase de trabajo todos los sitios fueron visitados, obteniéndose una documentación detallada de su localización, estructuras (elaboración de croquis georeferenciados, descripciones, fotografía) y materiales (dibujo, descripción, clasificación).
A medida que se ha ido completando esta información básica, la disponibilidad de nuevas herramientas de trabajo ha permitido incrementar la calidad de los datos.
En este sentido uno de los avances más significativos ha sido el empleo de un receptor GNNSS de doble frecuencia, capaz de obtener en tiempo real mediciones de precisión sub-centimétrica.
La aplicación de este sistema es cada vez más frecuente en la arqueología peninsular (considérense trabajos pioneros como García Sanjuán 2004; García Sanjuán y Wheatley 2003), y práctica común desde hace tiem- por lo que aquí realizaremos una exposición somera del proceso de trabajo.
Lo que permite el dispositivo empleado es la captura de datos con suficiente precisión como para obtener, a partir de los mismos, un modelo digital de elevaciones de alta resolución, junto con una planimetría detallada.
Esto no sólo puede ser útil para un análisis de las estructuras, sino que además permite identificar elementos soterrados perceptibles en superficie a través de pequeñas variaciones y anomalías en la altimetría.
En nuestro caso la precisión del equipo empleado fue suficiente para el registro del tipo de variaciones presentes en la superficie.
Por otra parte esta información es útil a la hora de modelizar y cuantificar aspectos relacionados con el asentamiento, tales como el comportamiento del material de superficie, o el funcionamiento de las estructuras defensivas.
El primer paso en este proceso es buscar el apoyo de puntos con coordenadas conocidas de gran precisión.
El estacionamiento en los vértices de la Red Regente -gestionada por el Instituto Geográfico Nacional- (Barandillo Fernández y Quirós Donate 1996) proporciona la corrección diferencial necesaria para situar en el yacimiento una base de referencia fiable.
En este caso contamos con un vértice geodésico a poco más de tres kilómetros al NE del sitio.
En segundo lugar, a partir de esta referencia es posible tomar como origen de todas las mediciones un punto de coordenadas absolutas con un error en torno a un centímetro tanto en coordenadas horizontales como verticales.
Utilizando un receptor móvil se realizó un levantamiento continuo en modo RTK (Real Time Kinematics) de todo el asentamiento.
Esta técnica permite obtener corrección diferencial en tiempo real, agilizando notablemente el proceso de toma de datos.
Por otro lado, se empleó un software diferente para la delineación de las estructuras visibles, generando polilíneas y polígonos 3D de todos los indicios.
Finalmente, ambas fuentes de información se combinaron para generar un modelo tridimensional del sitio.
El paso principal de dicha tarea es la manipulación de la nube de puntos de cota generados (más de 7000) mediante técnicas de interpolación.
Estas consisten básicamente en realizar estimaciones sobre un valor (la altura) a partir de un muestreo (las mediciones realizadas) para aquellas zonas para las que no poseemos dicha información.
Por tanto no es una cuestión caprichosa la selección del método a utili-zar para generar estas superficies.
La herramienta utilizada fue el módulo de análisis geoestadístico que posee Arcgis (versión 9.3).
En este caso concreto optamos por la interpolación mediante kriging (un método geoestadístico ampliamente utilizado para la generación de modelos digitales de elevaciones), una vez constatado que el error cuadrático medio de las estimaciones de la altura era inferior al generado con otros procedimientos.
Hay que señalar, en todo caso, que las particulares características del sitio condicionaron mucho la captura de datos, y que ello se ve reflejado en última instancia en la calidad global del modelo.
Se trata de un emplazamiento con una topografía muy accidentada, con numerosos y escarpados farallones y paredes verticales de roca.
Al mismo tiempo, la densa vegetación impide el acceso a muchas zonas.
Por tanto, resulta muy irregular tanto la superficie del terreno como la distribución de las mediciones, generándose numerosos vacíos imposibles de cubrir incluso con otras técnicas topográficas complementarias, como el uso de estación total (disponíamos de una estación láser para el trabajo sin prisma que tampoco dio buen resultado en las zonas de vegetación más espesa).
EL SITIO, UNA DESCRIPCIÓN
Como bien supo ver en su día Suárez de Venegas, el Castejón de las Merchanas es el más grande y el más complejo de los conjuntos fortificados del valle del Guadamez.
Sus casi 3.500 metros cuadrados de recinto se distribuyen a lo largo de las laderas y la cima de una pequeña elevación que domina una curva del río.
Comenzando por lo más alto, el elemento más destacado es una estructura rectangular de 14,2x8 m (n.o 1 en la figura 3), compuesta con grandes bloques de cuarcita (con dimensiones de hasta 230x80 cm y entre 1,50 y 1,65 metros de grosor).
Su aparejo es de doble paramento con un relleno interno de piedras pequeñas, fuertemente compactado con arcilla.
En planta se definen bien sus límites, salvo por el lado oriental.
Se distingue bien la interrupción del muro en su extremo E, mientras que en la cara S se aprecia un pequeño quiebro y la prolongación de unos 60 cm hacia el N para dibujar un posible acceso.
El interior está colmatado de tierra y piedras, y muy alterado por excavaciones clandestinas, además de por la presencia de acebuches y encinas cuyas raíces cubren las estructuras.
Sin embargo, se diferencian bien dos muretes de aparejo más menudo y orientación SO-NE.
El más meridional (Fig. 5 con un IV) tiene unos 50 cm de anchura y se adosa a las esquina SE del gran muro de cierre (Fig. 5, identificado con un V).
Del segundo, situado al N y en paralelo con el anterior, sólo conocemos en cambio la cara exterior.
La corta distancia entre ambos (apenas un metro) plantea dudas sobre si funcionaron delimitando un espacio de hábitat o si únicamente sirven de apoyo para una estructura superior.
Lo que parece claro en todo caso es que el murete situado al N se adosa a un muro de unos dos metros de grosor (Fig. 5, identificado con un IV), que cierra la estructura 1 por el lado E y abraza todo el costado N del paramento de grandes bloques.
La técnica empleada para su construcción consiste en delimitar el perímetro con bloques de cuarcita de tamaño medio, para luego rellenar el interior de piedras más menudas.
En torno a este conjunto de estructuras se define un perímetro amurallado que cierra la parte más alta del cerro (recinto A en la Figura 3).
Todo el lado sur queda defendido por el cierre de la propia estructura 1, que apoya directamente sobre los afloramientos rocosos.
Estos últimos demarcan una muralla natural cuyos huecos son cubiertos por lienzos de mampostería de cuarcita.
Por el oeste, un tramo de muro de 1 metro de grosor (Fig. 3, identificado con un VII) conecta la estructura 1 con el farallón en el que se asienta la segunda construcción de la cima (estructura 2 de la figura 3).
Aunque dicho muro está completamente arrasado, se distingue claramente cómo cerraría el acceso por el SO el recinto A. A lo largo de la cara N se conserva bien el trazado de un muro en aterrazamiento de unos 80 cm de anchura y más de 30 metros de longitud (Fig. 3, identificado con un VIII).
Finalmente, en el costado oriental se distingue también un pequeño tramo de muro apoyando en los farallones rocosos.
Algunos metros más abajo, un recorte artificial de la roca dibuja una pequeña rampa que facilita la conexión con la plataforma inferior.
En su extremo aflora lo que parece una superficie escalonada formada por lajas de pizarra.
Posiblemente se corresponden con un pasillo de comunicación entre los dos sectores del recinto.
En total, este reducto de la cima encierra una superficie de cerca de 300 metros cuadrados, si incluimos el espacio interior de la estructura rectangular.
Como ya se ha indicado, al SE de este conjunto y apoyando en otro crestón rocoso, destaca otra estructura bastante compleja y monumental (2 en la Figura 3, Figura 4).
Su núcleo es un bastión de una longitud y anchuras máximas de 12x7 m.
El aparejo es de grandes bloques de cuarcita apenas sin desbastar, y el interior está compuesto de un macizado de piedras que rellena los huecos entre la roca hasta formar una superficie nivelada.
El proceso de derrumbe de este relleno permite reconocer las sucesivas tongadas de piedras.
No obstante se diferencian dos huecos cuadrangulares de 1,2 metros de lado alineados en el interior de la estructura.
Demasiado pequeños para conformar habitaciones, los espacios que definen parecen corresponder más bien a subestructuras del alzado del bastión.
Rodeando a este último por todos sus lados, se adosa otra estructura delimitada de nuevo por grandes bloques de cuarcita y relleno de piedras al interior.
Tiene una anchura de entre 1,8 y 2, 6 metros, y en su frente sudoccidental presenta un gran paramento ataludado con más de dos metros de alzado conservado.
Parece tratarse de un refuerzo para la sustentación del bastión.
Por debajo del conjunto de la cima formado por las estructuras 1 y 2 y el recinto A, se distinguen cuatro zonas bien diferenciadas del asentamiento.
Al O y NO del bastión, dos tramos de muro de gran aparejo que se apoyan en los afloramientos rocosos (Fig. 3, identificado con un IX; Fig. 6, 5) definen un ámbito de unos 325 metros cuadrados (recinto B).
La técnica de construcción es muy tosca, con enormes bloques de cuarcita sin ningún tipo de labra.
Algunos, de 2,6 por 1,5 m, parecen simplemente haber sido extraídos in situ y empujados hasta formar el frente de la muralla.
Esta combinación de peñas y muros parece encauzar el acceso a la parte superior del conjunto, obligando a realizar un recorrido en recodo dejando el bastión a la izquierda.
Lo que no queda claro es a partir de éste cómo se solucionaría la entrada.
Un estrecho corredor entre dos farallones resulta ser la única opción para penetrar en el interior.
Dicho pasillo da acceso a otro recinto delimitado por la combinación de los afloramientos y un muro en terraza de gran aparejo.
Es el recinto C, que con sus 600 metros cuadrados, queda delimitado al N por la estructura 1, los afloramientos en los que apoya, y por el muro que enlaza a ésta con el bastión.
Todo el lado oriental se cierra de manera natural por el cortado de la roca, mientras que al O el gran talud del refuerzo del bastión marca el límite.
En cuanto al muro de grandes bloques que demarca el aterrazamiento, (Fig. 3, identificado con un X) no llega a enlazar con el farallón en el que se abre el paso ya mencionado.
En este punto se da acceso a otro recinto (D en la figura 3), de unos 250 metros cuadrados.
Su perímetro queda definido de nuevo por la alternancia de roca y paramentos de grandes bloques, aunque no se distinguen como en el anterior alineaciones de muros in situ.
Aún existe un quinto recinto dentro de este asentamiento (E): se localiza en el extremo sureste del cerro, y queda delimitado hacia el E por un gran cortado vertical de roca.
El frente suroeste se cierra por un aterrazamiento formado por un muro de grandes bloques (Fig. 3, identificado con un XI).
Éste no llega a conectar con la pared de roca que forma el límite S y SE del recinto de la cima.
No queda claro por las estructuras visibles en superficie si esta falta de muro obedece a la presencia de un acceso.
Respecto al límite N de este sector, no queda bien definido.
No se reconocen aterrazamientos, ni restos de posibles muros de cierre por ese lado.
La topografía ofrece una suave ladera que parece dejar completamente abierto ese frente.
Únicamente marca una discontinuidad la presencia, en el extremo NE del recinto, de una estructura cuadrangular de unos 8 x 10 metros que se apoya en la roca para definir su cierre oriental (número 3 en la Figura 3).
Los muros son de factura tosca, con una única hilada visible de grandes lastras, de hasta 2,7 metros de longitud y un grosor medio de 70 a 80 cm. La envergadura del aparejo recuerda a la de la estructura de la cima.
Si seguimos rodeando el cerro por la falda oriental, no encontramos ya líneas de aterrazamiento que delimiten el asentamiento.
En cambio, un largo crestón rocoso define por este lado una potente barrera que constriñe el acceso a toda la ladera oriental del cerro.
Entre éste y las estructuras de la cima, se aprecia en la topografía una depresión alargada, en parte definida por un recorte en la roca, y que coincide con la conexión entre el cerro fortificado y la loma inmediata, justo frente al tramo de muralla que cierra el recinto por el norte.
Es una zona actualmente ocupada por una vegetación muy densa, por lo que ha resultado muy complicado tomar datos sobre la altimetría.
Esta vaguada se cierra a la altura de una rampa que permite ascender hacia el bastión por el acceso en recodo ya descrito.
Los diferentes elementos de este sistema defensivo muestran la aplicación de diversas soluciones en cuanto a las técnicas de construcción empleadas.
Comenzando por las estructuras de la cima, el edificio situado al N del recinto fue construido con un aparejo de grandes dimensiones a base de bloques poligonales, calzados con ripios.
En algún caso se aprecian gruesas lajas para nivelar el alzado de los muros.
Algunos bloques alcanzan una longitud de hasta 2,5 metros.
Son muros de doble paramento, aunque el espacio del núcleo es muy reducido y no se recurre a un relleno interno de piedras pequeñas com-pactado con arcilla rojiza.
Planteamos que esta fábrica tan robusta actuaría como un zócalo para un alzado de tierra, tal y como sugieren los restos que aparecen revueltos en el interior del edificio.
En cambio, el paramento que se adosa a esta estructura por el N y el E es de un aparejo mucho más ligero, formado por una alineación exterior de bloques pequeños con un careado no muy cuidado, y un relleno interior de piedras pequeñas.
Este contraste y la relación constructiva entre ambos elementos nos sugieren la posibilidad de que se trate de la base de una plataforma para un acceso elevado.
Refuerza esta idea la presencia de los dos muretes paralelos con apenas un metro de separación, que se adosan a los muros que delimitan el edificio y cuya cresta coincide en cota con ellos.
Estos parecen definir la base de una superficie de uso sobreelevada.
En todos los casos en los que se ha podido examinar el remate de estos muros, la horizontalidad de la hilada superior indica con claridad la existencia de alzados de tierra.
De hecho, en torno a la estructura 1 se identificaron algunos fragmentos de adobes.
Por lo que respecta al sistema de cubiertas de este edificio, hay que hacer notar la ausencia de material latericio romano, que en general es sumamente escaso y muy rodado en todo el asentamiento.
Sí son abundantes en cambio las lajas de pizarra, a veces de gran tamaño (como ya se ha dicho son empleadas como material en la construcción de la rampa de acceso al recinto A).
Planteamos aquí la hipótesis de que puedan también haber sido empleadas para los techados.
En cuanto al bastión, destaca sobre todo por lo masivo de las fábricas empleadas.
El refuerzo exterior en talud emplea grandes bloques de cuarcita sin apenas desbastar.
La estructura interior presenta en cambio una técnica más cuidada, con una alineación mucho más regular, intercalando lajas de nivelación y con el refuerzo de grandes bloques bien escuadrados en las esquinas.
También es indicador de una gran regularidad la alineación y dimensiones de los espacios cuadrangulares.
Finalmente, los muros de aterrazamiento que definen los recintos inferiores están compuestos por grandes bloques poligonales apenas sin trabajar, encajados en la ladera, a veces con grandes calzos, algunos tan voluminosos que sugieren una extracción directa en el lugar en el que son emplazados.
Hay por tanto un ajuste bastante funcional entre la envergadura y cuidado de la técnica edilicia y la funcionalidad de los elementos que componen el complejo arquitectónico.
En cuanto a la secuencia temporal de su creación, se identifican con claridad algunas fases, aunque se corresponden con pocas El volumen de las estructuras de las Merchanas, y su localización en un emplazamiento tan escarpado junto al río Guadamez, sugieren con fuerza la idea de que la capacidad de defensa y el control del entorno fueron preocupaciones dominantes para su construcción.
Lo que los restos observables permiten plantear es que, en primer lugar, contamos en la cima con un perímetro murado bastante reducido.
En casi todo su contorno grandes paredes verticales de roca refuerzan o sustituyen a los lienzos de mampostería.
La topografía es más suave únicamente por el costado que conecta con el cerro situado al N. En esta zona se aprecia una vaguada que parece coincidir con el muro de cierre del recinto, y que podría corresponderse con un foso.
Desafortunadamente es difícil contrastar este extremo, ya que, como hemos indicado, la tupida vegetación impedía apreciar con claridad el terreno y aún menos tomar datos.
El único punto de acceso identificable del recinto superior se localiza en su extremo oriental.
Se trata, como ya hemos indicado, de una estrecha rampa, seguramente recortada en la roca del sustrato, que conecta con el recinto E a través del espacio entre un afloramiento y un tramo de muro.
Este último ofrece un hueco de poco más de un metro de anchura, por lo que cabe la posibilidad de que en realidad estuviera sellando un acceso inicialmente expedito.
Otra posibilidad es que el lienzo que enlaza los dos farallones, al SO del recinto, tuviera un vano que no se ha conservado debido a la intensa erosión es ese punto.
En cualquier caso dicho muro define una separación con el farallón sobre el que se asienta el bastión.
Éste aparece de hecho como un elemento que da continuidad al cierre del recinto por el norte, y actúa como divisoria entre la parte más alta del asentamiento y el resto.
A su izquierda controla directamente la aproximación a través del recinto B, y es justamente frente a él donde se localiza el único pasillo de conexión con los recintos C y D entre los grandes afloramientos rocosos.
Estos dos últimos no ofrecen dudas respecto a su cierre, y ambos son fácilmente defendibles por su costado S y E gracias al fuerte desnivel marcado por la presencia de afloramientos.
Por último, la descripción ya realizada deja claro que el recinto E cuenta con la defensa natural de los riscos rocosos por el E y de un muro de gran aparejo por el SO, pero queda completamente abierto hacia el N. Esto explicaría la presencia de la estructura 3, justo en el punto en que se estrecha el acceso al recinto.
La intensa erosión de la cima y las laderas del cerro ha alterado seriamente una buena parte de los depósitos arqueológicos.
A ello se une la activa presencia de expoliadores, ya que se trata de un enclave relativamente accesible.
Todo ello ha dado lugar a una importante presencia de fragmentos cerámicos en superficie.
El material cuyo estudio de presenta aquí es resultado de una recogida selectiva realizada durante el desarrollo de los trabajos de documentación.
Todos estos factores generan una visión sesgada de las facies cronológicas del sitio.
Esperemos que en un futuro, con nuevas actuaciones en el lugar, podamos plantear un estudio contextual del mismo que nos aporte una visión histórica más concreta.
El análisis del material nos permite obtener datos vinculados a la cronología y funcionalidad del sitio.
Podemos advertir que nos encontramos en primer lugar con una cultura cerámica de cuño netamente indígena, no sólo en las formas sino también en las cocciones, tipos de pasta y acabados, con cerámicas que podemos perfectamente insertar en cronología de la Edad del Hierro.
Al igual que venimos indicando para otros contextos de la Serena, estas se caracterizan por estar a medio camino entre las tradiciones indígenas y la cultura material romana propiamente dicha.
Así, en estos contextos conviven tanto urnas truncadas y decoradas a bandas pintadas con ánforas o ungüentarios fusiformes de conformación típica tardorrepublicana.
Genéricamente las cerámicas analizadas presentan una gran homogeneidad compositiva, que se traduce en tres grupos de pastas cerámicas.
Un primer grupo de pastas muy gruesas, toscas, con coloración virada del rojo oscuro al marrón y grandes desgrasantes de granulometría media-gruesa (sobre todo cuarcitas y feldespatos).
Este grupo sería el propio de los recipientes de almacenaje y cocina.
Un segundo grupo, muy similar al anterior pero una mayor finura en su composición, engloba a los recipientes comunes y de mesa.
Un tercer grupo se caracteriza por pastas muy depuradas, de coloración grisácea virando a asalmonada muy amasada y fina, y con un acabado muy pulido, sobre todo para urnas y otras categorías de factura fina y depurada.
Estos tres conjuntos pue- den ser calificados como de origen local-regional al presentar unas características compositivas muy similares a las de épocas posteriores.
En cuanto a las formas, dentro de estas producciones predominan, grosso modo, los recipientes destinados al almacenaje, lo que nos daría un primer indicio de una economía de autoconsumo y excedentes en el entorno.
Esto vendría apoyado por la aparición de un solo galbo anfórico de factura muy pulverulenta y coloración amarillenta-verdusca, que nos daría una procedencia focalizada en el Círculo del Estrecho.
Recordemos que ánforas de esta procedencia se han localizado en contextos tardorrepublicanos de carácter militar, caso del ya citado sitio de Valdetorres con una cronología clara del II a.
La morfología de estos recipientes de almacenaje se centra sobre todo en bordes cuadrangulares, «a gancho» (Fig. 7, n. os 3, 4, 6 y 11), otros que evocan a los tipos protohistóricos de «pico de ánade» (Fig. 7, n.o 13) (ver Hernández et al. 1989, Fig. 42, n.
Los fondos se presentan totalmente planos o indicados (Fig. 7, n.o 19).
En este grupo destacamos una gran orza biansada con morfología «a saco», similar morfológicamente hablando a algunas documentadas en la Baeturia en el tránsito del II-I a.C. (Berrocal 1998, fig. 26, n.
También aparecen tipos de clara inspiración romana, como los dolia (Fig. 7, n.o 5), que de nuevo nos da indicios de la convivencia de tradiciones indígenas con las romanas.
De igual modo, aparecen ollas destinadas al procesado de alimentos con morfología variada, bien de borde vuelto (Fig. 7, n.o 21), levemente exvasado, engrosado, de borde truncado así como un tipo que imita claramente a los recipientes Vegas 2 (Fig. 7, n.
Los fondos localizados pueden ser bien planos o marcados.
También dentro de la cadena de preparado y servido de alimentos destacamos un pico vertedor, así como asas que formarían parte de recipientes de gran grosor.
Ya para el servicio directo aparecen los cuencos de borde engrosado (Fig. 7, n.o 16), exvasado (Fig. 7, n.o 17) o ligeramente entrante (Fig. 7, n.o 18).
También se localizan pequeñas orzas de funcionalidad indeterminada.
Las urnas también aparecen con unas pastas muy depuradas y con borde vuelto al exterior (Fig. 7, n.
Es interesante ver las semejanzas existentes entre las urnas aquí propuestas y las desarrolladas por los túrdulos en la Beturia (Berrocal, 1998, Fig. 29).
Frente al grueso de las producciones locales destacamos algunos fragmentos de importados que nos pueden acercar en cierto modo a la cronología del contexto.
En primer lugar destacamos como indica-dor más antiguo la presencia de un fragmento de un ungüentario fusiforme del tipo Oberaden 28/Camilli B11-12, con resto de pigmento rojizo en su tercio superior, de posible procedencia itálica, muy común en el tránsito del II-I a.C. (Camilli 1999, 32-33) 2.
Recordemos que estos ungüentarios, aunque en evolución con cuerpos a modo de redoma (Camilli 23), aparecen muy comúnmente en los contextos de la primera edad julio-claudia en Mérida.
En segundo lugar se localizaron dos pequeños fragmentos de terra sigillata, una itálica aretina y otra hispánica.
La producción de sigillata itálica de procedencia aretina inicia su andadura en torno a la mitad del I a.C., siendo su momento de auge la época augustea.
Por el contrario, la sigillata hispánica inicia su distribución en territorio lusitano en época Flavia.
Por consiguiente, aunque de manera muy limitada, podemos observar representados en Merchanas al menos dos momentos de la época altoimperial.
Como ocurre en otros casos que a continuación expondremos, no queda claro por el momento la entidad de esta última ocupación (¿explotación agrícola, asentamiento tipo aldeano?), ni la continuidad respecto a la fase anterior.
En la siguiente sección realizaremos una valoración conjunta del valor de estos indicadores cronológicos, a la luz de los materiales detectados en los restantes sitios analizados en este estudio.
Como se dijo en el inicio de este trabajo, Las Merchanas es solo un caso dentro de un amplio conjunto de fortificaciones de altura que se concentra en las áreas de paso que dan acceso a la comarca de La Serena.
Actualmente disponemos de un creciente volumen de información que nos permite realizar algunas consideraciones sobre los criterios de localización, estructura y técnicas constructivas de un amplio número de sitios.
En este trabajo se analiza sobre todo el grupo localizado a lo largo del eje formado por el río Guadamez, aunque también se valoran datos referentes a las fortificaciones de altura que se sitúan a lo largo de las sierras de los Argallanes, en Zalamea, y en las de Castuera y Benquerencia de la Serena.
El recinto de La Dehesilla se localiza en la cima de la sierra del mismo nombre, en el término municipal de Zalamea de la Serena.
Se trata de una sierra que presenta un máximo de 578 metros de altitud.
Está formada por dos grandes crestas de cuarcitas armoricanas.
La situada más al norte es la más escarpada, y domina directamente el paso de la Cañada Real Leonesa, que viene desde el sur, además del puerto que conecta Valle de la Serena con Quintana.
En esta zona no se han localizado restos arqueológicos.
En cambio, el afloramiento más meridional proporciona una superficie más adecuada para servir de apoyo a la fortificación.
Desde él se domina igualmente el paso de la cañada.
El control visual desde la cima es amplísimo, abarcando sobre todo las extensas zonas bajas de Valle, Quintana, Higuera y Zalamea de la Serena.
Las estructuras que actualmente se pueden identificar se distribuyen a lo largo de la cresta cuarcítica, aprovechando al máximo la accidentada orografía para crear una serie de siete plataformas delimitadas por muros que se encajan en la roca formando aterrazamientos.
El aparejo es de mampostería a hueso, a base de grandes bloques de cuarcita con calzos y cuñas realizados con pequeñas lajas.
La longitud total de este conjunto es de unos 130 metros, con una anchura máxima de unos 15 metros.
En total la superficie habitable de la fortificación es de cerca de 1200 metros cuadrados.
Este cálculo incluye una plataforma situada en la ladera sur occidental, inmediatamente por debajo de las murallas del recinto de la cima.
En cuanto al diseño de la construcción, como ya se ha dicho prima completamente el criterio de máxima adaptación a las posibilidades que ofrece la roca.
El acceso original podría realizarse desde el costado noroccidental.
En su extremo norte se distingue un muro en barrera que haría frente al estrechamiento que conecta con la elevación contigua de la sierra.
Un gran bloque careado hacia el interior del muro sugiere la existencia de otro acceso por este lado.
En el extremo opuesto en cambio se aprecia con claridad que el frente de muralla cierra por completo el lado sur.
En torno a las estructuras se aprecian numerosos indicios de la existencia de mineralizaciones de hierro.
La densa vegetación y lo escarpado del terreno impidieron reconocer apenas algunos fragmentos atípicos de grandes contenedores de factura tosca y piezas muy rodadas de cerámica común de pastas anaranjadas.
Se asienta sobre una cresta de cuarcita que forma parte de una elevación destacada de la ladera sur de la sierra del Arrozao.
El entorno inmediato está formado por terrenos muy pedregosos de suelos poco profundos, ocupados por pastizal y matorral.
Domina la vega de un pequeño arroyo que desciende de la sierra, ocupada mayoritariamente por cultivos de cereal en secano.
Se distinguen numerosas alineaciones de muros que conforman un conjunto edificado de planta muy irregular sobre el farallón cuarcítico y sus laderas S y SE.
Su longitud máxima es de unos 38 metros y su anchura de 30 metros.
El aparejo de los muros es de mampostería a seco de bloques de cuarcita con cuñas y calzos para encajar en la roca madre.
En la parte más alta se aprecia una estructura cuadrangular de reducidas dimensiones (unos cinco metros de lado), cuyo muro de cierre cubre los espacios entre los salientes rocosos.
Hacia la ladera E y de forma escalonada se distinguen hasta tres ámbitos aterrazando la ladera.
Al pie del farallón y por su lado E varios muros alargados de mayor grosor y aparejo delimitan un recinto más amplio, de unos 300 metros cua-drados.
En la ladera N se distingue una depresión artificial en el terreno que parece corresponder a una charca o depósito.
Se reconocieron en superficie algunos fragmentos de pastas groseras correspondientes a grandes contenedores de producción local (Fig. 13, n nas de almacenaje (Fig. 13, n.o 9, 10, 12, 13) y servicio de mesa (Fig. 13, n.o 17 y 18).
También se encontró cerámica oxidante de tradición indígena con decoración de bandas pintadas (n.o 19).
Aunque muy fragmentada y escasa, se detectó una muestra de materiales romanos: dos pequeños fragmentos de terra sigillata: hispánica de la forma 33 (Figura 13 (B), n.o.
Estos elementos permiten hablar al menos de una ocupación altoimperial, aunque la relación con materiales de tradición indígena y las estructuras ciclópeas no queda clara por el momento.
Referencias blibliográficas: pese a la falta de referencias precisas publicadas parece corresponderse con el sitio de Canchos de Merenilla (Ortiz Romero y Rodríguez Díaz 1998: 264).
Se localiza en un espolón destacado de la ladera meridional de la sierra del Arrozao.
La fortificación se adapta completamente a la forma de un afloramiento cuarcítico.
El terreno es muy accidentado y dominado por matorral y monte bajo.
El entorno está muy afectado por la repoblación con eucaliptos.
Desde la cima se tiene un completo dominio visual hacia el SE, S y SO, controlando la vega del Arroyo Tamujoso y del corredor del Guadamez.
El de mayor altura se localiza en el extremo N, es de reducidas dimensiones y planta rectangular.
Queda cerrado por el N por un escarpado risco.
El desnivel en esta zona de conexión con las elevaciones del la sierra es acentuado por una depresión artificial que parece corresponder a un foso excavado en el terreno.
Lo separa del segundo recinto una serie de muros que cierran el espacio entre los afloramientos.
El segundo recinto, más amplio, se extiende al pie del primero.
Presenta varios aterrazamientos en los que se aprecian diversas alineaciones de muros y abundante material constructivo.
El cierre de este sector aprovecha la defensa natural de los salientes rocosos, que se complementa con gruesos muros apoyados directamente en el sustrato.
La estructura de mayor volumen es un potente bastión que domina el ángulo NO del perímetro (Fig. 11, 2).
El aparejo es de mampostería de cuarcita a seco, y a juzgar por los restos superficiales tendrían alzados de adobe.
Los muros se encajan en terraza directamente sobre la roca madre con ayuda de calzos.
En la ladera sur y al pie del segundo recinto se aprecian pequeñas zonas aterrazadas con acumulación de sedimentos y presencia de cerámica que podrían corresponder a una extensión del asentamiento.
También en este sector se distinguen con claridad las zonas de extracción del material empleado para la construcción.
Debido al intenso arrasamiento del sitio se documenta en superficie una gran cantidad de cerámicas: producciones toscas de fabricación local para grandes contenedores (Fig. 8, 6-7), así como recipientes de cocina.
También existe una amplia gama de recipientes de cerámica común con pastas en general depuradas de tonos anaranjados: vasos, platos, cuencos y ollas.
En este grupo se documenta la decoración con bandas horizontales pintadas en rojo vinoso.
En ningún momento detectamos la presencia de material latericio.
Ortiz Romero y Rodríguez Díaz (1998: 264) citan la presencia de una fortificación en el inmediato paraje de Los Vuelos, sin aportar referencias precisas sobre su localización ni aclarar si se está refiriendo a los dos asentamientos documentados en este lugar (Portugueses 1 y 2).
Se localiza en una cresta cuarcítica que se destaca en espolón en la ladera sur de la sierra del Arozao.
Está situado a unos 340 metros de la fortificación de sierra del Portugués 1.
El terreno es muy abrupto y ocupado por matorral y monte bajo junto con una repoblación reciente de eucaliptos.
El conjunto presenta una planta alargada de unos 43 por 18 metros, que se adapta a los farallones rocosos.
La ladera norte presenta un corte vertical de gran altura y apenas se aprecian en ella estructuras.
Por este lado se distingue un posible acceso, flanqueado por un bastión de planta ovalada de unos 5 metros en su radio mayor.
Desde aquí se accede a una estructura cuadrangular de gruesos muros de mampostería de cuarcita de unos nueve metros de lado, que domina la parte más alta del asentamiento.
En una plataforma inferior el saliente rocoso define un segundo recinto, más amplio (unos 400 metros cuadrados).
Queda delimitado hacia el sur por una potente muralla de mampostería que apoya directamente sobre la roca madre y se adapta con un trazado sinuoso a su contorno a lo largo de casi 50 metros (Fig. 11, 3).
La técnica de los muros es muy similar a la de la sierra del Portugués, aunque se distingue en algunos tramos un aparejo de piedra más pequeña y factura menos cuidada.
Según se ha propuesto en un reciente estudio (Pizzo 2010: 168), estas diferencias responden a la presencia de al menos dos fases constructivas, y demostrarían la existencia en un primer momento de un proyecto común de construcción de éste sitio y el Portugués 1.
El repertorio de hallazgos superficiales es muy similar al de Los Portugueses 1.
Cabe destacar la presencia de ánfora de tradición ibérica, así como el hallazgo de un fragmento de gran contenedor de factura tosca con decoración estampillada (Fig.8,11).
Como en el anterior, no hay ningún indicio de material latericio.
Las construcciones ocupan la cima de un cerro aislado de sustrato cuarcítico que domina el valle del Guadamez, a unos 700 metros de éste.
El terreno está actualmente ocupado por matorral, encinar y monte bajo.
Esta elevación se destaca entre el río y las cimas de la sierra de la Lapa.
Entre estas últimas y el asentamiento se localizan los «llanos del moro», una amplia franja de terrenos dedicados al cultivo de secano.
Las estructuras identificadas se distribuyen formando tres recintos concéntricos.
El localizado en la cima tiene una planta rectangular con unas dimensiones de unos 14 por ocho metros.
Los muros tienen un alzado a plomo formado por grandes bloques poligonales de pizarra muy bien careados, con un grosor de entre 1,40 y 1,60 metros.
Un segundo nivel aterrazado queda delimitado por un muro que recorre todo el costado occidental.
El aparejo es de grandes lajas a seco que se apoyan directamente en la roca.
Finalmente, un tercer ámbito se define por una plataforma que se extiende por los costados sur y sureste del segundo recinto, rodeada por un muro de doble paramento de 1,30 m de grosor cuyo trazado se adapta a los afloramientos rocosos y definiendo una plataforma de unos 380 metros cuadrados.
La presión de los rellenos de su cara interna ha provocado grandes derrumbamientos.
El material superficial de este sitio consiste en fragmentos en general muy rodados de grandes contenedores de factura tosca (Fig. 13 (A), n. os 1 al 5), junto con algunas cerámicas comunes de almacenaje (Fig. 13 (A), n.o 6), y de vajilla de mesa (Fig. 13 (A), n. os 7 y 8).
Se recuperó un pequeño fragmento de terra sigillata.
No existía material latericio en superficie ni en los numerosos cortes provocados por la actividad reciente de expoliadores.
El sitio ocupa una reducida plataforma delimitada por un risco de cuarcita que se destaca como un espolón sobre uno de los arroyos que descienden desde la sierra de la Lapa hacia el Guadamez.
El terreno es muy accidentado y su uso actual es de matorral y monte bajo, con repoblación reciente de pinos.
Se diferencian con claridad dos recintos en alturas diferentes.
En el punto más alto se identifica una estructura rectangular de mampostería de cuarcita que fortifica la parte más abrupta del afloramiento (véase su alzado en la figura 11, 1).
Un segundo perímetro más amplio queda cerrado por su lado por un potente muro de bloques de cuarcita de aparejo ciclópeo colocados a seco directamente sobre la roca.
En todo su perímetro salvo en su lado SE ésta presenta un corte vertical de gran altura que lo hace totalmente inaccesible.
En planta el trazado de este segundo recinto se adapta estrechamente a los quiebros del cantil formado por el afloramiento.
Además este último ha sido recortado para regularizar la base del muro.
En el interior, que presenta una fuerte pendiente, se diferencian también alineaciones correspondientes a la cimentación de estructuras.
En superficie se ha recuperado sobre todo fragmentos de grandes contenedores de pastas groseras, destacando el hallazgo de varios bordes de ánfora de tradición ibérica (Fig. 8, 1-2), junto con piezas de cerámica común como platos y cuencos de pie anular (Fig. 8, 4-5) y algunas formas de almacenaje de tamaño medio.
En ninguna de las exploraciones del sitio se ha identificado material de importación ni restos constructivos de filiación romana.
Se localiza a lo largo de una cresta cuarcítica en la cima de la sierra del Puerto de la Cabra, a unos 600 metros de éste último.
El terreno está ocupado por pastizal y matorral, con algunos acebuches y encinas, aunque predomina el jaral y el eucalipto introducido por la repoblación.
El dominio visual es amplísimo, especialmente desde la vertiente N, desde la que se divisa un arco que va desde las sierras de Orellana hasta la sierra de Carija en las inmediaciones de Mérida.
Las estructuras se distribuyen alrededor y sobre dos grandes salientes rocosos.
En planta se definen tres sectores bien diferenciados.
En la cima del saliente situado al sureste se localiza una estructura cuadrangular de 9,5x9,5, en cuyo lado SE destaca unos tres metros un cuerpo rectangular.
Queda delimitada por todos los lados por un corte vertical en la roca, que presenta un fuerte desnivel, especialmente por la cara norte.
El acceso se realiza por la cara Noroeste mediante un estrecho pasillo exterior de 1,60 metros de anchura, que conecta la estructura con la plataforma inferior a través de una escalera.
Esta está en parte tallada en la roca y en parte construida mediante un macizado de tierra apisonada recubierto con losas de cuarcita.
En el saliente noroccidental no se reconocieron estructuras con claridad, aunque sí algunos bloques de cuarcita colocados in situ.
El segundo sector está delimitado por una cinta muraria que cierra el espacio entre los dos farallones rocosos, formando dos plataformas.
La primera se localiza al sureste de la estructura de la cima y cuenta con un acceso al exterior del complejo.
La segunda abarca el espacio entre los dos salientes.
Comunica con la estructura de la cima a través de la escalera ya mencionada.
Está cerrada al N y al S por una potente muralla, y por éste último lado presenta un acceso al tercer sector.
Éste último consiste en un tercer recinto amurallado que se extiende por una superficie de al menos 250 metros cuadrados en la vertiente suroccidental, aunque es posible que esta extensión sea el doble, ya que en esta zona la vegetación era espesa y resultaba muy difícil reconocer el terreno.
El material identificable en superficie era muy escaso, compuesto por galbos de vasijas de almacenaje y cocina de factura tosca, junto con algunas cerámicas comunes de vajilla de mesa como cuencos.
Comenzaremos esta valoración conjunta de las Merchanas y los asentamientos fortificados de su entorno, considerando el tamaño y planta de los casos expuestos más arriba.
Hemos calculado la superficie total en hectáreas ocupada por restos construc-tivos identificables en superficie para todas las fortificaciones de altura que tenemos catalogadas.
El caso más destacado en este sentido queda fuera del sector en el que hemos centrado nuestra atención.
Se trata de Puerto Mejoral (Benquerencia de la Serena), con cerca de media hectárea.
Con extensiones de cerca de la mitad que el anterior, y como los dos únicos casos Les sigue un grupo homogéneo en dimensiones (en torno a 500-600 metros cuadrados), formado por Castillo del Portugués 2, Castillejo del Moro, La Lapa y Puerto de la Cabra.
A este conjunto también habría que añadir casos como el del Castillejo de los Argallanes (Higuera de la Serena), aunque no nos hemos ocupado en este trabajo de su descripción más detallada.
Todos ellos tienen además una planta de diseño muy similar, que parece reproducir a una escala más reducida el de Merchanas, y en especial el de Castillo del Portugués 1.
Un elemento común del mismo es la presencia en la cima de una estructura rectangular de medidas (unos once por ocho metros de media) y superficies muy parecidas (en torno a los 100 metros cuadrados).
Al costado de la misma y a una altura más baja suele localizarse un segundo recinto, en cuyo interior se han identificado alineaciones que revelan la existencia de construcciones de mampostería.
Un caso que rompe esta homogeneidad es el de la Dehesilla, con una planta mucho más irregular en la que la adaptación al terreno prima sobre la imposición de un diseño previo.
Por lo que respecta a las técnicas constructivas, la revisión que hemos llevado a cabo pone de manifiesto una estrecha conexión entre las soluciones adoptadas en Merchanas y el resto de los sitios estudiados.
En esta sección seguimos en parte las conclusiones de un estudio, ya citado, realizado por Antonio Pizzo.
El primer elemento común es el empleo de la cuarcita, hecho que obviamente se deriva de los emplazamientos seleccionados.
Es por tanto una técnica que aprovecha al máximo los recursos disponibles en el entorno inmediato, dejando de hecho una traza material en las zonas de extracción.
Esta adaptación es también relativa a las peculiaridades morfológicas de la geología dominante, empleando el perfil abarquillado de los viejos pliegues cuarcíticos como la mejor base para cerrar un perímetro defensivo.
Se observa de manera reiterada la presencia de las mismas soluciones técnicas en función del papel desempeñado por las estructuras.
Por un lado, encontramos grandes muros de aterrazamiento que suelen delimitar los recintos situados en las cotas más bajas, como ocurre en Puerto de la Cabra, La Lapa, Castillejo del Moro o en las propias Merchanas (Fig. 12: 3,5,9,11).
Sus aparejos son verdaderamente ciclópeos, a base de bloques poligonales a seco.
En ocasiones actúan como contrafuertes para estructuras superiores o para reforzar las estructuras de la cima, adoptando un perfil ataludado (Merchanas, Castillejo del Moro, Castillo del Portugués 1) (Fig. 12: 1, 4, 7).
Por otro, en estas últimas encontramos un aparejo de menor porte, con hiladas muy regulares que se agarran a la base rocosa mediante calzos, un cuidadoso careado y una depurada técnica para cubrir los huecos con ripio (Fig. 12: 8, 10, 12).
En esta ajustada adaptación a un entorno sumamente escarpado se pone de manifiesto la gran pericia técnica de los constructores que, en opinión del ya citado A. Pizzo, constituyen una mano de obra muy especializada.
Son por otro lado reiterados los indicios de alzados de tapial o adobes sobre los zócalos de mampostería.
Por último, por lo que respecta a los sistemas de cubierta, en ninguno de los casos se ha detectado una masa significativa de material latericio de cuño romano, estando ausente por completo en la mayoría de los sitios.
Como ya se ha propuesto, la abundancia de lajas de pizarra en la cima de Merchanas permite sugerir el empleo de este material como parte del techado.
Finalmente, en lo que se refiere a los materiales arqueológicos, la contrastación del registro de Merchanas, tanto con el servicio cerámico localizado en los otros sitios como con el de algunos recintos en Como ya vimos, el material hasta ahora conocido en Merchanas permite acercarnos genéricamente a su diacronía.
Claramente observamos una ocupación de finales de la Edad del Hierro que vendría dada por los elementos pintados, las urnas truncadas o las pastas cerámicas grisáceas asalmonadas con acabados bruñidos, que se asemejan como ya hemos visto a elementos cerámicos localizados en otros puntos del suelo extremeño como en Botija (Hernández et al. 1989) o en la Baeturia (Berrocal 1998).
Si valoramos las producciones importadas, la aparición del ungüentario de tradición helenística nos sitúa en el tránsito del II-I a.C. En segundo lugar, un fragmento de sigillata itálica aretina, así como cerámicas comunes que distan mucho del panorama normal de época romana de la zona (Alvarado, Molano 1995), ofrecen indicios de ocupación para los primeros momentos del Imperio.
Finalmente, un galbo de terra sigillata hispánica, de posible procedencia de los talleres del Najerilla, puede hablar de una ocupación del cerro al menos hasta la época Flavia.
¿Dónde encaja dentro de esta secuencia el momento de construcción de las fortificaciones?
La investigación precedente plantea que el origen de este fenómeno se remontaría al período tardorrepublicano, posiblemente a inicios del siglo I a.
C. En reiteradas ocasiones se ha mencionado la presencia en los sitios de altura de cerámicas con técnicas y formas de raigambre indígena.
Encajan dentro de esta categoría las ánforas de labio engrosado y borde envasado, los cuencos y platos de pie indicado, o las estampillas de gran tamaño en contenedores de factura tosca, como el identificado en el Portugués 2.
Sin embargo, en ausencia de elementos inequívocamente tardorrepublicanos es precisamente su carácter de tradición el que hace perfectamente posible que se fechen en una etapa más tardía.
Por lo que respecta a nuestro propio trabajo de prospección, ya hemos visto varios casos claramente relacionados con Merchanas por su planta y técnicas constructivas, en los que, pese al intensivo rastreo de superficie, no se ha localizado ningún material claramente adscribible a época imperial (sierra del Castillo del Portugués 1 y 2, Puerto de la Cabra, La Lapa y Alto de la Dehesilla), pero sí conjuntos cerámicos de carácter indígena.
Ello nos inclina a pensar que estamos ante un sistema de fortificaciones cuya evolución es desigual en el tiempo, con casos tempranamente abandonados frente a otros que perduran hasta la plena etapa imperial.
Es difícil con la evidencia disponible hablar en estos últimos de ocupación continuada o reutilización de antiguos enclaves.
Lo que queda claro es que, como ya se ha expuesto, se han recuperado importaciones romanas de cronología imperial en Ermita de San José y Castillejo del Moro.
Obviamente el criterio ex silentio de estos materiales en los otros sitios no es del todo concluyente, ya que la frecuencia relativa de los mismos en los conjuntos cerámicos no es tan elevada como las producciones comunes.
Es igualmente claro que en estas últimas encontramos abundantes ejemplos de la pervivencia de tradiciones locales hasta época Julio-Claudia avanzada, fenómeno que se pone bien de manifiesto a través de conjuntos como el del recinto de llano del Cerro del Tesoro (Bustamante, 2010).
Un aún deficiente conocimiento de las producciones a escala regional nos impide percibir con nitidez hasta qué punto se alargan dichas perduraciones.
Por lo que respecta a las estructuras visibles, se detecta en algunos de estos sitios la presencia de adobes, así como la falta de materiales y técnicas constructivas de factura romana.
Sin embargo, esta ausencia de evidencia tampoco resulta concluyente, ya que no sería extraño en emplazamientos tan poco accesibles recurrir a métodos basados en los materiales más disponibles (alzados de tierra, cubiertas vegetales y de barro...).
Junto con los atributos estrictamente arqueológicos de los sitios estudiados, hemos intentado ofrecer una valoración sintética e indirecta de sus características a través de la cuantificación de variables que se estiman significativas en la toma de decisiones respecto a su ubicación.
La hipótesis de partida es que las diferencias ya señaladas en cuanto a la estructura y diseño de las fortificaciones guardan algún tipo de relación con el papel desempeñado por estos asentamientos.
Una manera sencilla de objetivar estas posibles diferencias sería valorar el grado de accesibilidad y prominencia topográfica de los emplazamientos.
De entre los posibles métodos para el cálculo de la altitud relativa, hemos optado por el empleado por Parcero y Fábrega (2006: 17-18) en su estudio sobre las pautas de localización de los asentamientos castreños.
Dichos autores se sirven de la diferencia entre la cota más alta de cada sitio y el valor medio de la altimetría en un determinado radio de distancia en torno al mismo.
Dividiendo este valor por la desviación estándar en ese rango, crea un índice normalizado para esta variable, atenuando el efecto de los valores absolutos de cada caso.
Gráfico con la variación en función de la distancia de las altitudes relativas normalizadas de los casos estudiados. metros), medio (1000 metros) y lejano (5000 metros) de nuestras fortificaciones (Fig. 14).
El resultado es que este índice facilita la identificación de dos pautas bien diferenciadas.
Contamos en primer lugar con un conjunto de sitios con tendencia a destacar más en el paisaje a medida que aumenta la distancia.
Es el caso sobre todo de Puerto Cabra, La Dehesilla, y en menor medida la Lapa.
Muestran la tendencia contraria, es decir, a camuflarse en el paisaje destacando sólo en el entorno más inmediato, Ermita de San José, Castillejo del Moro y las Merchanas.
Estos dos últimos muestran una tendencia muy acusada, sobre todo si se valora el índice normalizado.
Son precisamente estos tres últimos casos los que por el momento ofrecen en superficie materiales de época imperial.
Por lo que respecta al control visual del entorno desde cada sitio, fue valorado de modo directo con las observaciones de campo.
No obstante, a fin de trabajar con un indicador cuantitativo y comparable para esta variable, se han calculado cuencas de visibilidad para analizar tanto la capacidad global desde cada sitio como su variación en función de la direccionalidad.
Para definir los puntos de observación se ha tomado como referencia el centro y las esquinas de la estructura rectangular situada en la parte más alta de los recintos.
Se ha tenido en cuenta una altura hipotética de 5 metros para las estructuras, valorando rangos de distancia de entre 500 metros y 5 kilómetros.
Para la altimetría se ha tomado como referencia un modelo TIN generado a partir de las curvas de nivel, puntos de cota e hidrografía del mapa topográfico digital de Extremadura a escala 1:10.000.
Para la realización del cálculo se ha empleado el módulo Viewshed de Arcgis (v.
9.3), superponiéndose luego con un mapa de direcciones que permite calcular la superficie de terreno observable en función de los puntos cardinales.
Nos parece oportuno apuntar que en ningún caso estos cálculos se han realizado con el propósito de obtener una reconstrucción positiva del dominio visual desde las fortificaciones, sino para facilitar la comparación entre casos.
En general, resulta patente un control muy focalizado y con una orientación bastante marcada hacia el fondo de los corredores que enmarcan las sierras.
En algunos casos no parece existir interés por localizaciones cercanas capaces de proporcionar un arco visual mucho más amplio a lo largo de esos pasillos, Figura 15.
Gráfico con la extensión en metros cuadrados y direccionalidad del dominio visual de las fortificaciones en un radio de cinco kilómetros.
De hecho, con la excepción de La Dehesilla, no buscan los puntos más prominentes y las líneas de crestas que compartimentan el paisaje para obtener un control de todas las vertientes, sino que se quedan a media altura, dejando a sus espaldas amplias zonas sin visualizar.
El gráfico de la figura 15 resulta bastante elocuente en este sentido.
Esta homogeneidad queda también reflejada, salvo en el caso de La Dehesilla, en unas proporciones muy similares de la extensión total de terreno controlado visualmente.
Otro aspecto que estimamos de importancia es el de las relaciones de intervisibilidad (Fig. 16).
Resulta evidente su importancia dentro de una argumentación que valora estas fortificaciones como un sistema organizado de control territorial.
En este sentido, y siempre a partir de los parámetros que hemos expuesto, las conexiones entre el grueso de los sitios valorados define con bastante claridad una cadena a lo largo del corredor que conecta las cuencas del Ortigas y Guadamez, y que desemboca en la del Guadiana.
Al mismo tiempo, pensamos que sitios como Castillo del Portugués 1 y 2 o Puerto de la Cabra tienen más que ver con un control en sentido transversal, vigilando pasos secundarios.
A su vez este último caso prolonga el dominio visual hacia toda la vega alta del Guadiana, y más en primer plano al valle que conecta Magacela con el entorno de Medellín.
Sin embargo, es llamativo que precisamente un asentamiento clave como éste quede oculto por la única zona ciega de ese amplísimo arco de visibilidad.
Impide verlo la presencia de la sierra de Ortigas, que según algunas propuestas sería el límite natural del territorio del ager Metellinensis (Haba 1998: 17).
Desde allí es posible divisar tanto el Puerto de la Cabra como Las Merchanas.
Una visita a las cimas de esta elevación deparó el hallazgo de materiales de diversa cronología, además de restos de estructuras de mampostería de cuarcita difíciles de interpretar debido a las fuertes alteraciones provocadas por la construcción de trincheras y parapetos durante la Guerra Civil.
En cuanto a la cerámica, en torno a las citadas estructuras se detectó una concentración de fragmentos de urnas, cuencos y platos de fábrica común oxidante, junto a algún gran contenedor de factura tosca.
Pueden reconocerse algunas formas de adscripción romana, pero en conjunto la evidencia es poco concluyente para poder afirmar que en la cima de esta sierra hubiera existido una fortificación relacionada con las que se analizan este trabajo.
La cuestión, empero, no carece de importancia, ya que pone sobre la mesa el problema del papel de Medellín en la articulación territorial durante los inicios de la dominación romana y su relación con el oppidum de Magacela.
Otra faceta de las localizaciones por la que nos hemos interesado es la de la morfología del relieve en el entorno de las fortificaciones.
En este sentido consideramos que podrían ser de utilidad algunas técnicas de análisis desarrolladas desde la geomorfología y otras disciplinas afines.
Sin embargo, el resultado nos ha planteado más interrogantes que respuestas.
El principio fundamental de la morfometría es que es posible maximizar la extracción de información a partir de los modelos digitales de elevación, a fin de representar de un modo eficaz y sintético la compleja combinación de atributos que definen las diferentes formas de la superficie (véase Wood, 1996 para una descripción detallada).
En particular, la caracterización morfométrica permite clasificar el terreno en seis tipos diferentes de formas (picos, crestas, pasos, planos, canales y fosas).
El cálculo se realiza superponiendo al modelo digital una ventana, que examina la relación entre cada celdilla central y sus vecinas.
La amplitud de esta es determinante en cuanto al nivel de detalle con que se analiza la orografía, ofreciendo una imagen más simplificada y sintética cuanto mayor es su tamaño.
En nuestro caso optamos por estudiar el efecto de emplear ventanas de diferentes tamaños, para finalmente establecer en nueve metros el compromiso entre resolución y legibilidad en la ejecución del análisis (la prueba se implementó mediante el módulo r.param.scale de Grass).
Extrajimos el valor absoluto en hectáreas para cada uno de los 6 tipos, considerando un radio de 500 metros, uno, cinco y diez kilómetros en torno a cada uno de los sitios.
Nuestra hipótesis de partida era que, al igual que en el cálculo de la altitud relativa, la distribución de los valores permitiría agrupar los casos de una manera significativa.
El resultado fue que la proporción mantenida entre cada tipo morfométrico era sumamente parecida para todos los casos considerados.
Esto a priori podría valorarse como un indicador de la homogeneidad del grupo en cuanto a los criterios de localización.
El problema surgió cuando comparamos los valores de diferentes rangos de distancia, obteniendo el mismo efecto.
Únicamente la distribución de valores para el morfotipo de zonas planas ofreció contrastes apreciables.
La conclusión a la que nos llevaba este resultado es que la proporción entre los diferentes tipos de morfometría era independiente de la escala, y que por tanto no era una variable útil en la definición de los criterios locacionales.
Sin embargo, la repetición de la prueba comparando las localizaciones de nuestros casos con las de los recintos ciclópeos del valle del Ortigas mostró finalmente un esquema bien diferenciado.
ESPACIOS Y TIEMPOS EN TRANSICIÓN: SOBRE EL SIGNIFICADO HISTÓRICO DE LOS RECINTOS Y FORTIFICACIONES DE ALTURA
A modo de conclusión, planteamos que El Castejón de las Merchanas puede definirse como un destacado punto de control territorial, inserto dentro de un sistema desplegado a lo largo de la conexión entre las vegas Altas del Guadiana y La Serena.
Aunque la hipótesis más plausible es que dicho entramado se habría implantado a partir de finales del siglo II -inicios del siglo I a.
C, la realidad es que mas allá de paralelos formales en cuanto a la técnica constructiva, o la presencia de tipos cerámicos con una gran ambigüedad cronológica, al menos por lo que respecta a los casos aquí considerados no podemos aportar con certeza una fecha inicial.
Esto obviamente condiciona cualquier intento de contextualizar históricamente este fenómeno.
La bibliografía precedente ha insistido reiteradamente en vincular las construcciones ciclópeas en su conjunto (incluyendo los denominados «recintos de llano» de los que hablaremos brevemente más abajo) con los acontecimientos militares que se habrían desarrollado en la región durante el conflicto sertoriano (81-73 a.
Dentro del proceso general de paulatina injerencia romana en el suroeste peninsular, este momento marca el definitivo dominio estratégico del territorio, pero la magnitud de las construcciones documentadas invita a pensar en factores estratégicos de más larga duración.
Otra cuestión crucial para la que sigue sin existir una respuesta clara es la naturaleza de los grupos humanos que construyen y habitan estos emplazamientos.
¿Se trata de contingentes militares?
Si valoramos como un posible indicador el grado de regularidad en sus plantas, o la evidencia de un proyecto constructivo, observamos pocas conexiones con el diseño de otros conjuntos de fortificaciones peninsulares.
Tienen unas dimensiones de entre 500 y 1.500 metros cuadrados, y eligen emplazamientos en altura con fuertes defensas naturales, localizados con frecuencia en puntos estratégicos de la red de comunicaciones.
Aunque no se han publicado plantas o levantamientos topográficos detallados, se ha descrito la presencia de una torre con potentes estructuras en la parte más alta.
Sin embargo, partiendo del registro superficial de estos sitios, Mataloto plantea una cronología que arrancaría en la segunda mitad del siglo I a.
C. Coexisten por tanto con los denominados recintos-torre, estructuras de aparejo ciclópeo que suelen localizarse en zonas más llanas.
Para este autor se trata de dos fórmulas diferentes pero complementarias en el proceso de romanización de las áreas rurales del Alentejo.
Queremos por último citar otros casos de asentamientos fortificados en altura de época tardorrepublicana que tampoco parecen comparables a los aquí estudiados.
Así, en la región murciana de Caravaca se han documentado una serie de sitios cuyas cronologías parecen definir una secuencia muy corta, centrada en el tercer cuarto del siglo I a.
Estos asentamientos, a los que se atribuye una funcionalidad militar clara, han sido a su vez vinculados con fortificaciones en posiciones defensivas localizadas en las altiplanicies granadinas (Adoher et al. 2004(Adoher et al., 2006)), aunque no existe consenso acerca de su datación precisa (Diosono 2005).
En resumidas cuentas, de todo esto se desprende que en nuestra muestra prima la adaptación al terreno, y es poco concluyente la búsqueda de paralelos formales con otros enclaves para poder hablar de un fenómeno coordinado o planificado de acuerdo con un modelo previo.
Una tarea pendiente a este respecto es el análisis metrológico de los edificios para la identificación de posibles módulos constructivos.
Lo que nos parece claro es que esta serie de asentamientos responden a una estrategia conjunta.
Su distribución aseguraría una cobertura continua de las principales zonas de paso, así como de las conexiones entre ellas.
Las características de las localizaciones definen un planteamiento muy homogéneo.
La morfología de sus entornos inmediatos, junto con su capacidad de control visual, sugieren que la vigilancia sería su funcionalidad predominante.
No obstante, en casos como La Dehesilla o La Lapa, hay que señalar la presencia en su contorno cercano de venas de óxidos de hierro.
Como ya hemos apuntado en otro trabajo (Mayoral Herrera et al. 2010), este recurso ha sido objeto de una actividad extractiva tradicional, que documentalmente puede remontarse al menos a tiempos medievales.
Cabe plantear pues la posibilidad de que ésta fuera otra motivación para elegir alguno de estos emplazamientos, aunque aún falta trabajo de campo por realizar para contrastar esta hipótesis.
Por otro lado, la homogeneidad en el diseño de las plantas y en las técnicas constructivas empleadas avalarían la idea de un programa sistemático, en el que además existe una jerarquización interna de diferentes entidades de poblamiento.
Así, la importancia de las estructuras de Las Merchanas, junto con su emplazamiento en un punto clave para la circulación a través del corredor del Guadamez, sugieren que algunos de estos asentamientos fortificados actuarían como centros de referencia en la articulación de la ocupación del valle.
Resta por valorar con un mayor detenimiento qué relación pueden tener estos sitios con otro asentamiento ya citado, el Santo de Valdetorres, que se localiza justamente en la confluencia entre el Guadamez y el Guadiana.
Como ya se ha dicho, en este lugar se ha documentado un amplio conjunto de materiales de cronología republicana, que en opinión de su excavador corresponden a un asentamiento militar.
Por su parte, El Castillo del Portugués 1 y 2, que valoramos como partes de una única unidad de asentamiento, podrían definir otro nodo de esta trama, actuando como nexo entre el corredor del Ortigas-Guadamez y el paso a través de las sierras de Arrozao y Lapa.
Según el Mapa Topográfico Nacional editado en 1939, por la vaguada que separa ambas fortificaciones discurría el camino de Valle de la Serena a Cabeza Redonda, ya en el entorno de Don Benito, pasando por el Puerto de la Cabra.
Dicho camino conduce al área de influencia de Magacela.
Es bien conocida la gran entidad de este asentamiento, precisamente durante el período tardorrepublicano (Ortiz Romero y Rodríguez Díaz 2004: 88-93).
17 y 18) es de hecho considerado como un oppidum, cuyo surgimiento hay que entender dentro de los cambios que produce la injerencia romana en la estructuración territorial.
Con una superficie de más de 7 hectáreas y un emplazamiento de alto valor estratégico, este enclave posee un complejo y monumental sistema defensivo, cuyas técnicas constructivas se asemejan en mucho a las de las fortificaciones de altura.
Las estratigrafías del sitio plantean una datación entre finales del II e inicios del I a.
Lo que planteamos por tanto es que esta trama de fortificaciones no tiene sólo como finalidad ejercer un control sobre la ruta que conduce al Guadiana (Valdetorres-Medellín) a través del Guadamez, sino que está concebida además para resguardar la aproximación a Magacela por un itinerario secundario, que cruzando las sierras de La Lapa permitiría adentrarse en su área de influencia por la puerta trasera y eludiendo el control que ejerce este gran enclave amurallado sobre la cuenca del Ortigas.
Más problemático, en nuestra opinión, resulta que pueda hacerse extensiva la pertenencia a este sistema de los recintos y fortificaciones ciclópeas que se extienden por los llanos del fondo de esta última.
La cronología inicial de este tipo de ocupaciones ha sido establecida, principalmente a partir de los resultados de la excavación de Hijovejo, en torno al primer cuarto del siglo I a.
Por nuestra parte la experiencia que van aportando sondeos realizados en los últimos años, en casos como Cerro del Tesoro o Recinto de Cancho Roano, parece definir con claridad una secuencia corta de ocupación algo más tardía, entre el cambio de Era y las primeras décadas del siglo I d.
C. Existen por otra parte diversos argumentos, que sería largo de exponer aquí, que nos inclinan a considerar estas construcciones como parte de un proceso de colonización agrícola, que podría haber sido impulsado desde el núcleo de Iulipa.
Apuntamos aquí la posible relación entre el surgimiento de este núcleo y la eclosión de los recintos de llano y otros fenómenos como la actividad cultual de la Cueva del Valle.
El problema a este respecto es que contamos con muy escasas referencias para definir la entidad y cronología de este enclave, y aún menos para asegurar su localización exacta (tradicionalmente establecida en Zalamea de la Serena).
Aunque no es el propósito central de este trabajo, nos parece oportuno mencionar en este sentido las ideas apuntadas en su día por García y Bellido respecto a la fecha fundacional cesariana o augustea de Iulipa (García y Bellido 1956: 20; García y Bellido y Menéndez Pidal 1963: 7-10).
No obstante, en contra de esta atribución hay que citar el trabajo de Stylow (1991: 22), quien la considera un núcleo de status peregrino hasta su promoción Flavia.
Respecto a la perduración en el tiempo de las fortificaciones de altura, la hipótesis que se plantea es que algunas permanecen ocupadas al menos has- En cambio, son precisamente los casos que presentan un valor medio de la pendiente más bajo y una mayor prominencia en su entorno inmediato los que han ofrecido material de época imperial.
Así, tanto Ermita de San José como Castillejo del Moro cuentan con espacios de tierra arable y proximidad a cursos de agua.
Sin embargo, a tenor de lo que pone en evidencia el registro superficial, no parece que se haya tratado de ocupaciones de gran entidad.
Dentro de este último grupo, Merchanas podría haber pervivido como un enclave de tipo aldeano, ofreciendo el gran atractivo de contener la secuencia completa del proceso de implantación y consolidación del dominio romano en estas tierras.
Queremos agradecer en primer lugar a Luis y Pedro Llanos, propietarios de la finca en la que se localiza el asentamiento de Las Merchanas, su amable disposición a facilitar el desarrollo de los trabajos.
En las tareas de campo prestó una valiosa ayuda D. Antonio Domínguez.
José Ángel Martínez del Pozo colaboró activamente en el proceso de elaboración de los modelos digitales y la planimetría de Las Merchanas.
Agradecemos también a Luis Berrocal las valiosas indicaciones para la clasificación y datación del material cerámico.
Igualmente damos las gracias a Antonio Pizzo por sus comentarios e impresiones respecto a la técnica constructiva de las fortificaciones.
Gracias también a Tomás Cordero por sus útiles indicaciones sobre la bibliografía referente a la epigrafía romana de Iulipa.
BIBLIOGRAFÍA Adroher, A., López Marcos, A. (eds.) 2004: El territorio de las altiplanicies granadinas entre la prehistoria y la edad media.
Diversos aspectos de las fortificaciones ciclópeas de Magacela. |
Presentamos el estudio de las necrópolis de un asentamiento periurbano de la ciudad romana de Aurgi (Jaén), en el que, a través del estudio formal e ideológico de los espacios funerarios, planteamos una situación concreta de perduración de las tradiciones ibéricas en el contexto de la romanización en el Alto Guadalquivir.
Marroquíes Bajos es un sitio arqueológico de la periferia septentrional de la ciudad de Jaén, un espacio que a partir de los años noventa del pasado siglo, como consecuencia del desarrollo del PGOU del municipio, se abrió al crecimiento urbano (Fig. 1).
Se trataba previamente de una zona de huerta, situada al norte de la antigua estación de ferrocarril, donde la actividad antrópica mas notable había sido la agricultura tradicional de regadío, favorecida por la es-pecial configuración topográfica de la ciudad que convertía esta zona en un espacio fácilmente irrigable.
La alta capacidad de sus acuíferos ha hecho que históricamente multitud de arroyos cruzaran la ciudad de Jaén en dirección al valle del río Guadalbullón, la principal artería hídrica de la zona, donde Marroquíes Bajos queda en el centro.
La configuración del núcleo urbano en la ladera del Cerro de Santa Catalina es indisociable de este perfil geológico y topográfico.
Con motivo de la expansión urbana, una vez aparecidos los primeros restos arqueológicos, y evidenciada su magnitud, la zona fue inscrita con carácter específico en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, como Zona Arqueológica (Orden de 22 de octubre de 2003.
BOJA 227 de 25/11/2003), figura de protección que ha permitido una de las mas extensivas excavaciones arqueológicas conocidas en nuestro entorno.
Cuatro grandes fases, calcolítica, ibérica, romana y medieval islámica se definen en un área de más de 1,5 millones de metros cuadrados, la única zona de posible expansión urbana moderna dada la accidentada orografía sobre la que se emplaza la ciudad.
Las instrucciones particulares de la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos (en adelante ZAMB) han propiciado un exitoso, no exento de polémica y a veces de franca confrontación, modelo de gestión del patrimonio arqueológico y han avalado no sólo la excavación de miles de estructuras, sino también la posibilidad de integrar la información contextual de los propios espacios agrarios de las Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 119-152 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.084.011.005 diferentes fases documentadas.
Canales de agua, balsas, huertas, chozas, campos de silos, cultivos de vides y de otros productos agrarios, etc., permiten hoy valorar extensivamente el desarrollo de la ciudad desde la Prehistoria Reciente, tanto en la perspectiva urbana como en la agraria.
Como indican los arqueólogos que desde la Consejería de Cultura han administrado buena parte de los trabajos en la ZAMB, «no estamos trabajando en un 'yacimiento' al uso, sino que estamos levantando por capas un paisaje que ha sido esculpido a lo largo de casi 5000 años» (Zafra et alii 1999).
Resultados parciales de los trabajos de investigación arqueológica, en los diferentes momentos que definen la secuencia del enorme asentamiento, ya han sido publicados en distintos soportes y la ZAMB es ya bastante conocida en algunas de sus fases más relevantes, en particular las prehistóricas.
Sin embargo, los resultados de los trabajos desarrollados en amplias zonas de nueva urbanización que han obte-nido secuencias ibéricas y romanas apenas han visto la luz en revistas especializadas, aunque sí publicitadas en diversos foros y reuniones científicas o de difusión 1.
No es nuestra intención desarrollar aquí esas primeras conclusiones generales, que por otro lado están siendo tratadas en un proyecto general de investigación 2, pero para enmarcar el objetivo de este trabajo y poder entender las propuestas que a continuación presentamos sobre una zona funeraria muy Figura 1.
1 Comunicaciones en: I Jornadas Cordobesas de Arqueología Andaluza, Córdoba, 2000; Expoliva 2005: Foro de la Cultura del Aceite de Oliva.
I Congreso de Jardines y Campos de cultivo, Barcelona, 2007; XII Jornadas Iberas: La riqueza arqueológica del municipio de Jaén, Jaén, 2008.
2 Este trabajo y la tesis en curso que desarrolla las fases ibérica y romana en Marroquíes Bajos se están llevando a cabo en el marco del Proyecto I+D+I «Iberos y Romanos en Jaén» (PBHA 2002-00482.
Ministerio de Ciencia y Tecnología), dirigido por Manuel Molinos, y forma parte de una tesis doctoral dirigida desde el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica (José Luis Serrano Peña), actualmente en fase de redacción.
específica del complejo asentamiento cortijo Los Robles, es necesario ofrecer una visión de lo que suponen las fases iberorromana y romana en la ZAMB.
Los cientos de intervenciones arqueológicas, desarrolladas bajo la fórmula de excavaciones de urgencia o preventivas, implicaban financiación privada y múltiples equipos de investigación, con lo que se ha conseguido documentar amplias superficies, imposibles de abordar desde proyectos de investigación tradicionales, definir multitud de fases y particularizar dentro de ellas procesos de desarrollo lento y hacerlo de forma extensiva, lo que es inusual en arqueología.
En contra, el enorme volumen de documentación y de materiales arqueológicos generado tiene como lastre la diversidad de criterios con que se han abordado los trabajos de campo y, por descontado, las conclusiones a las que han llegado los investigadores.
Los estudios de materiales cerámicos son prácticamente inexistentes, salvo aquellos que se han asumido desde propuestas puntuales (tesis, tesinas y algún estudio particularizado) o en nuestro caso desde el proyecto «Iberos y Romanos en Jaén».
La propuesta realizada por la administración cultural para unificar criterios generales y particulares, incluidos los metodológicos, en los informes técnicos en la ZAMB (Hornos et alii 2000), no siempre ha tenido el eco necesario entre los profesionales que allí han trabajado.
Pero estas dificultades no pueden ser una excusa para no avanzar en la investigación, aunque frecuentemente se esgriman para evidenciar las debilidades del sistema (Lizcano et alii 2004) sin apreciar las ventajas que ofrecen la multiplicidad de enfoques y la disponibilidad económica.
Tras superar las zonas de mayor densidad arqueológica (fases prehistórica y medieval) en la mitad sur Figura 2.
Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 119-152 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.084.011.005 de la ZAMB, la más cercana al casco urbano de Jaén, la mayor parte de Marroquíes presenta una dispersión de restos arqueológicos, fundamentalmente ibéricos, romanos y medievales, que resultan difíciles de documentar aisladamente, en especial cuando los resultados proceden de actividades como los seguimientos de los movimientos de tierras con medios mecánicos, una de las formas de intervención contemplada en las Instrucciones Particulares.
Por ello, tanto en «Iberos y Romanos en Jaén» como en este trabajo nos hemos centrado en aquellos proyectos que, por su envergadura y duración, presentan resultados generales de los que poder extraer conclusiones para las fases iberorromanas y romanas.
Esta modalidad de intervención ha sido la más frecuentemente aplicada en buena parte de la ZAMB, especialmente en la zona central, donde se sitúa una pequeña elevación dominada por un caserío tradicional que se conoce como Cortijo Los Robles.
El estudio de la sociedad antigua puede plantearse desde varios puntos de vista, pero no cabe duda de que el mundo funerario nos ofrece una magnífica oportunidad de análisis, por cuanto que sintetiza determinados comportamientos sociales y prácticas públicas y privadas.
Desde el año 1995 se han excavado varias necrópolis en la ZAMB, algunas de las cuales están claramente vinculadas al asentamiento de Los Robles.
Estas necrópolis crean un cinturón alrededor de este, pero, dada la secuencia estratigráfica y su tipología, parece claro que no son coetáneas y que abarcan un amplio periodo entre los siglos I y VIII.
Algunas de estas necrópolis enlazan incluso con el mundo tardovisigodo o emiral de primera época (Serrano y Castillo 2000; Salvatierra et alii 2001).
La información disponible (publicada o en informes técnicos consultados) sólo permite elaborar un plano detallado del entorno del asentamiento Los Robles, mientras que específicamente del propio sitio conocemos datos parciales (Serrano y Cano 2003; López et alii 2007).
En realidad, las Instrucciones Particulares de la ZAMB han permitido excavar grandes superficies de terreno en las que no había evidencias arqueológicas en forma de hábitat, pero sí información muy relevante de otros tipos de construcciones, lo que ha provocado una situación paradójica: sabemos más de un gran asentamiento romano por su hinterland periférico que por su propia estructura interna.
La investigación del entorno del sitio se ha hecho con motivo de la urbanización de esa zona de Jaén, habiéndose intervenido sobre viales, parcelas para la edificación de viviendas y zonas verdes.
Por otro lado, cabe esperarse que un sitio ocupado durante un periodo de tiempo tan prolongado (al menos en un segundo periodo desde el siglo III a.n.e. hasta el siglo VIII d.n.e.) tenga una superposición de fases constructivas que no siempre clarifica la lectura histórica.
Por el contrario, el territorio ofrece unas perspectivas de análisis espacial, sincrónica y diacrónica, que puede darnos una visión rica y novedosa del proceso de romanización, del Alto Guadalquivir en general y de la ciudad de Aurgi en particular.
También del propio concepto de romanización.
En el año 2002 se llevó a cabo una intervención para delimitar el extremo sur del asentamiento de Los Robles y obtener una secuencia estratigráfica completa de una amplia superficie de terreno junto al arroyo El Molinillo, pero sobre todo nos permitió excavar una de las principales necrópolis vinculadas a este sitio3 (Necrópolis 1) y delimitar el extremo sur del asentamiento romano.
La parcela JN-4 se encuentra en el extremo norte de la urbanización, al pie de una pequeña elevación que domina el cortijo Los Robles.
Toda la parcela constituye una ladera suave inclinada al sureste, en cuyo lado sur circula el arroyo El Molinillo y por el lado este el de la Magdalena.
Ambos convergen a unos 150 metros al nordeste del asentamiento.
Existía abundante documentación más al sur de Los Robles, donde se ubicaba una extensa necrópolis romana y visigoda excavada entre los años 1999 y 2001.
En 2005 dieron comienzo las excavaciones previas a la construcción de una serie de infraestructuras urbanas promovidas por el Ayuntamiento de Jaén.
Estas se centraron en un sector que limitaba por el norte con la Necrópolis 1 y que ya se adentraba en las zonas de habitación del complejo Los Robles.
Los resultados de esta intervención, inéditos por el momento4, fueron la localización de dos zonas bien diferenciadas dentro del complejo: una industrial con una prensa de aceite idéntica a la excavada en 1999 en el sector Cuétara (Serrano y Cano 1999; Serrano 2004b), es decir, con una batería de seis prensas de viga y contrapeso de grandes dimensiones, y una zona residencial, al nordeste de la necrópolis, donde la pars urbana reveló una piscina de claro contenido ritual por la aparición de varias esculturas dispuestas alrededor, de entre las que destaca un retrato femenino que sigue el modelo de los retratos de la emperatriz Domicia Longina (López y Baena 2007).
Bajo ambos sectores aparecían restos de edificaciones de época Julio-Claudia.
La fase de máxima expansión del asentamiento se fija hacia mediados del siglo II d.n.e.
Esta intervención tuvo finalmente una ampliación mediante una excavación de urgencia dirigida por Marcelo Castro y promovida por la Delegación de Cultura de Jaén en el verano de 2006, con el objeto de documentar el extremo norte de este espacio ritual porticado alrededor de los balnea.
Esta intervención descubrió nuevas esculturas y definió las fases de construcción del sector (Castro 2009).
La envergadura de los hallazgos está en consonancia con la entidad de las necrópolis estudiadas por este equipo, y en especial con la Necrópolis 1.
Es por ello que haremos referencia a esas intervenciones a lo largo de este trabajo, porque, aunque sólo se ha documentado un escaso 20% de la superficie, la muestra es más que significativa de la entidad del sitio.
El norte de Jaén, donde se encuentra Marroquíes Bajos, está dominado la cuenca fluvial del arroyo La Magdalena.
Este nace en las cotas más altas de la actual ciudad de Jaén, con un importante volumen de caudal, recorre la parte central de la depresión a la que da nombre y desemboca en el río Guadalbullón, a unos 5 km de Jaén, frente al oppidum ibérico de Puente Tablas.
Los aportes aluviales de este curso de agua y otros menores han acabado formando una cubeta sedimentaria, muy amplia por el sur (3,5 km aprox.) y estrecha por el norte (2 km aprox.), con una longitud de unos 5 km entre el cerro Santa Catalina y el río Guadalbullón.
Esta depresión, agrícolamente muy fértil, presenta frecuentemente lagunas naturales que casi permanentemente ocupan amplias superficies, cuyo topónimo ha llegado hasta nosotros como Las Lagunillas.
Otros arroyos menores de agua dulce (El Molinillo y Arroyo A) confluyen en el de La Magdalena, creando una pequeña cuenca hidrográfica de enorme valor estratégico y económico.
El centro de esta cuenca está presidido por el cortijo Los Robles, una pequeña elevación de unas 2,5 hectáreas, donde se levantaba el antiguo cortijo que le da nombre, más relevante respecto al entorno en la Antigüedad que hoy día, un lugar topográficamente estratégico en el que se han desarrollado sucesivos asentamientos, en la actualidad enmascarado por la propia acumulación de sedimentos (Fig. 3).
Desde el comienzo de los trabajos arqueológicos en la ZAMB, en 1995, se puso de manifiesto la existencia de niveles de ocupación de esta zona al norte de Jaén desde el siglo II a.n.e., quizás algo antes, de forma continuada hasta el final del mundo antiguo (Serrano 1997(Serrano y 2004a;;Zafra 1997).
Conforme han ido desarrollándose trabajos arqueológicos, esta primera percepción ha quedado definitivamente confirmada y hoy parece claro que el origen de esta ocupación responde a nuevas estrategias de explotación del territorio sólo comprensibles en el contexto de la conquista romana, ya que se advierte un vacío entre una primera ocupación ibérica durante los siglos VI- V a.n.e.
(ZAMB 6) y el inicio del siglo II a.n.e.
Sobre la primera ocupación ibérica, en los últimos años nuevas aportaciones permiten dibujar Figura 3.
Planteamiento intervención en Necrópolis 1. un panorama que creemos esclarecedor.
Así, en 2005, se documentaron en el extremo norte de la ZAMB sistemas de conducción y almacenaje de aguas para regadío cuyos materiales se fechan en el siglo VI-V a.n.e., en las proximidades de la elevación del cortijo Los Robles (Serrano et alii 2005).
A ello hay que sumar en 2006 la aparición de nuevas estructuras, con similar función y cronología, bajo el actual casco urbano de Jaén (Portero et alii 2007).
Este conjunto de estructuras han sido propuestas como parte de un modelo aristocrático de explotación del territorio que se basa en la intensificación de la producción agraria, mediante un masivo desarrollo de las tecnologías asociadas al aprovechamiento del agua, frente al modelo extensivo cerealista que domina aparentemente la Campiña a partir del siglo V a.n.e.
En esta concepción de la ocupación, generada desde el oppidum de Santa Catalina (en la actual ciudad de Jaén), no es extraño encontrar formas de ocupación habitacional de tipo campesino, como chozas hortelanas (Serrano et alii 2001) o incluso espacios vinculados a los estamentos aristocráticos, como el que pensamos debe localizarse en el propio cerro Los Robles, en la misma ZAMB.
Sea como fuere, los dos modelos de explotación del territorio parecen haber generado un conflicto entre los oppida de Santa Catalina y Puente Tablas que se saldó con la victoria del modelo aristocrático y nuclearizado que representa este último (Ruiz y Molinos 2008), lo que significó un largo periodo de inactividad en Marroquíes, al menos no con la intensidad de los momentos anteriores a la mitad del siglo V a.n.e. y los posteriores al siglo III a.n.e.
En lo que a nosotros nos interesa aquí, podemos comprobar que el antecedente más claro y directo de la ocupación de la depresión de La Magdalena en época iberorromana se encuentra precisamente en este modelo abortado de explotación territorial en el periodo Ibérico Antiguo (siglos VI-V a.n.e.).
La reocupación del campo a partir de los inicios del siglo II a.n.e. coincidiendo en la misma zona no es casual.
Los sistemas de regadío y las construcciones hidráulicas se superponen en algunos puntos sobre las del periodo Ibérico Antiguo con una exactitud que viene derivada de la configuración topográfica del entorno.
El hecho de que la estructura hídrica del valle no hubiese variado en esos siglos de abandono y la persistencia del sistema de espacios inundables, está en la base de esa mimética ocupación de los mismos espacios en dos fases diferenciadas, entre las que no hay posibilidad de relación en términos históricos.
En cualquier caso, parece demostrado que desde el inicio de la conquista romana, a partir del abandono definitivo de la Plaza de Armas de Puente Tablas a finales del siglo III a.n.e., se reconstruye la huerta vinculada a Santa Catalina, en paralelo con una nueva concentración de población en las terrazas bajas del cerro, bajo el casco antiguo de Jaén.
Este núcleo será el germen del municipio romano de Aurgi (Serrano 2004a).
La construcción de la huerta, entendida como sistema de explotación del territorio que implica formas de trabajo cooperativas para la creación de las infraestructuras necesarias para el trasvase de aguas, canalizaciones, puntos de almacenaje, división de campos e incluso hábitat directo en el campo, un modelo que estructuralmente es muy diferente al del secano, se debió realizar a partir de proyectos de partición del territorio entre grupos aristocráticos que, en la nueva coyuntura de la conquista romana, adoptan estrategias dirigidas al control de los medios de producción, léase la tierra, y la fuerza de trabajo, el campesinado.
En cualquier caso, no reconocemos formas de división y asignación de la tierra donde el campesinado urbano fuera el beneficiario de este tipo de políticas.
Más allá de la depresión de La Magdalena no existe este fenómeno de ocupación campesina/aristocrática, estando el territorio circundante aurgitano ocupado sólo por torres diseminadas en los confines de su territorio.
La distribución de materiales de superficie aportado por las prospecciones y las excavaciones bajo el casco urbano, y más al norte, en Marroquíes Bajos, demuestran que la huerta iberorromana ocupa una vasta superficie junto a los principales arroyos que configuran la depresión de La Magdalena.
Precisamente, la excavación de infraestructuras de regadío (canalizaciones y balsas), junto a la distribución de campos de silos y estructuras de hábitat es lo que sugiere la división del territorio vinculado a Aurgi en pagos aristocráticos.
En el caso de Marroquíes Bajos creemos detectar dos de ellos, donde los cursos de agua dulce permanentes marcan los límites territoriales: Cerro de la Virgen Blanca y Los Robles.
De ellos nos interesa particularmente este último (Fig. 4).
Sobre el cerro de Los Robles, que preside la zona más centro-oriental de la depresión, apenas se han realizado trabajos arqueológicos que permitan definir estratigráfica y espacialmente el origen del asentamiento.
Hasta el momento sólo se han llevado a cabo investigaciones en sus laderas e inmediaciones, detectándose secuencias que apuntan una continuidad del hábitat desde el Bronce Final.
De cualquier forma, la superposición de un enorme establecimiento romano imperial, que incluye una impresionante almazara para la producción industrial de aceite de oliva (López et alii 2007), parece haber arrasado buena parte de la secuencia previa, por lo que de momento sólo contamos con datos aislados, a la espera de que la excavación del núcleo desvele la secuencia completa.
Los Robles dominan un punto importante del valle del arroyo de la Magdalena porque, como se ha indicado, se sitúa precisamente en la confluencia de dos de los principales arroyos que lo recorren: El Molinillo y La Magdalena.
Los sistemas de regadío confluyen también en ese punto, de forma que podemos afirmar con seguridad que el asentamiento controla, a partir del inicio del siglo II a.n.e. y hasta el final del I d.n.e., desde su posición estratégica, los campos irrigados, los campos de silos y el disperso hábitat campesino vinculado.
En la secuencia aportada por la excavación de un vial y colector al pie del cerro por el sur (López et n.e., lo que además corrobora la localización de dos monedas de la ceca de Castulo, una de la tercera emisión 5 y otra de la quinta 6.
En cualquier caso no puede considerarse un establecimiento rural campesino, dada la complejidad de los restos constructivos en los alrededores del cerro.
Este sistema de explotación del territorio perdura hasta finales del siglo I a.n.e., momento en el que documentamos el abandono de los sistemas de irrigación y la destrucción de las estructuras de hábitat (Serrano 2004b).
Hemos propuesto que las circunstancias que condujeron a esta situación fueron la implantación de los cultivos de secano, y por ende, la transformación de la aristocracia ibérica en una clase propietaria interesada desde ese momento por nuevas formas de apropiación y enriquecimiento, que tiene más que ver con las clases propietarias romanas que con la aristocracia tradicional ibérica.
El negocio generado por la afluencia de productos a Roma y el limes a partir de Augusto, regulado o no por impuestos como la Annona, fue suficiente estímulo para los provinciales con capacidad de inversión en la tierra, es decir, para los aristócratas iberos propietarios de los medios de producción.
En este contexto, la fuerza de trabajo se resistió a desvincularse de una forma tradicional de explotaciones que aseguraba productos básicos, aunque no almacenables o exportables, salvo en ámbitos muy reducidos, como es la huerta.
El mismo hecho del conflicto, recogido en la documentación arqueológica con niveles de destrucción violenta del hábitat, sugiere una vinculación a la tierra de un campesinado posicionado en un punto capaz de discutir los términos de la nueva orientación económica que se pretendía dar a la tierra de Aurgi, o lo que es lo mismo, una población no servil aunque ciertamente vinculada a la tierra.
El resultado del conflicto fue la implantación de la producción de olivar y cereal en aquella zona que anteriormente se había caracterizado por el regadío, la desecación de las zonas pantanosas de Las Lagunillas y el abandono del hábitat campesino (ZAMB 8).
A partir de ese momento se construyen las primeras almazaras en los alrededores del asentamiento de Aurgi: Cuétara (Serrano 2004b), Los Robles (López et alii 2007), calle Olid (Gámez y Moya 2001), El Corte Inglés (Portero et alii 2007) y otras.
Una ingente producción de aceite que se dirige al mercado imperial y cuyos beneficios repercuten sobre la clase aristocrática indígena.
No consideramos a esta como oligarquía municipal, no ya porque la deductio de Aurgi y la constitución del municipio latino no se producirán hasta época flavia y, por tanto, desconocemos el ordenamiento político de esta pequeña ciudad escasamente urbanizada, sino porque los atributos propios de esta clase dirigente indígena no han cambiado sustancialmente respecto de la centuria anterior, es decir, formas de relaciones clientelares más o menos sutiles basadas en la propiedad de la tierra.
La constitución del municipio flavio tiene como consecuencia directa, como ya hemos expuesto en otros trabajos (Serrano 2004a), la construcción de una nueva muralla y la redefinición del espacio urbano, incluyendo la aparición de nuevas formas y técnicas edilicias.
En paralelo con los cambios que reconocemos en la ciudad desde la arqueología, aparecerán los primeros sitios que pueden interpretarse como asentamientos campesinos de tipo itálico, villae, ocupando el campo, hecho que sólo advertiremos desde finales del siglo I d.n.e.
Antes de época flavia no conocemos la existencia de epigrafía honorífica y por tanto no tenemos pruebas de la existencia de cargos municipales vinculados al ordenamiento político de Aurgi, así como de la mayoría de los oppida del Alto Guadalquivir.
(1987) advirtió la existencia de nuevos asentamientos asociados a la presencia de vajilla campaniense jalonando el río y la vía de Aníbal.
Hasta época augustea la cultura material es mayoritariamente tradicional.
Así, en el hábitat ibérico en la depresión de La Magdalena el porcentaje de cerámica ibérica es del 99%, incluyendo las ánforas, entre las que apenas reconocemos los tipos republicanos Dressel 1 o las grecoitálicas.
En consonancia con la continuidad en la cultura material y estructura urbana tradicional ibérica, podemos pensar que la estructura política indígena continuó siendo sustancialmente similar a la existente a la llegada de los romanos, es decir, un ordenamiento aristocrático nuclear, que en algunos territorios podía contemplar situaciones de dependencia entre núcleos urbanos.
Al menos eso se puede extraer de la lectura de Livio (32.21) cuando describe la posición de Culchas durante los acontecimientos posteriores a la II Guerra Púnica.
Estos pagos polinucleares, como el caso de Castulo (Ruiz 2009) quedarán limitados en su capacidad de actuación en el territorio por la intervención romana, pero no desaparecen.
También puede interpretarse como continuidad del mundo ibérico la multiplicidad de cecas ibéricas que circulan por el Alto Guadalquivir durante los siglos II y I a.n.e.
Pero, sobre todo, por los acontecimientos relatados en las fuentes.
El decreto de L. Emilio Paulo (CIL II 5041) de 189 a.n.e. demuestra la autoridad de Roma para resolver problemas de dependencia entre comunidades indígenas.
Es decir, un ordenamiento político tradicional ibérico, aunque probablemente evolucionado hacia escuetas magistraturas urbanas.
La imagen proyectada por las fundaciones coloniales augusteas en el territorio, aunque sólo se realizaron dos, la Colonia Augusta Gemella Tucci y la Colonia Salaria, así como la concesión de privilegios a otras (posiblemente Urgavo, Isturgi e Iliturgi) debió ser un acontecimiento de gran impacto social y territorial, y su influjo en el proyecto de estabilización del Principado creó un marco para futuras aspiraciones de las emergentes clases urbanas.
En ese ambiente económico y social, el poder en los núcleos urbanos seguía en manos de quien detentaba el control de la tierra.
No tenemos motivos para pensar que, quien ordenó la eliminación de la huerta tradicional en Marroquíes Bajos a fines del siglo I a.n.e., no fuese quien dirigió la plantación de olivos y la construcción de los complejos oleícolas que aparecen allí.
Por eso, lo definimos como aristocracia de origen ibérico, y aunque entendemos que no es exactamente la misma forma de ejercicio del poder del siglo II a.n.e., es una definición más apropiada que oligarquía urbana, más propia del fenómeno municipal.
En resumidas cuentas, pensamos que durante el siglo I d.n.e. la aristocracia indígena se encontraba inmersa, efectivamente, en un proceso de romanización favorecido por las consecuencias políticas de la época de Augusto, pero sobre todo por la nueva coyuntura económica que potenciaba la monetarización de la provincia y alentaba la atracción de la clase propietaria indígena hacia actividades económicas propias de la cultura romana.
Todavía estamos lejos de una romanización profunda y no parece advertirse la necesidad de la ampliación de la base social que apoye el imperio, situación que sólo se producirá posteriormente, con el advenimiento de los flavios y en circunstancias concretas.
Pero las reformas iniciadas con estos últimos tardarán en consolidarse en forma de sociedad municipal.
En ese lento proceso que se inicia a finales del siglo I d.n.e. y continúa a lo largo de todo el siglo II (ZAMB 9), debemos enmarcar la situación de la Necrópolis 1 del asentamiento de Los Robles, que aquí tratamos como contenido y eje arqueológico principal de nuestro discurso.
Cuando Vespasiano promueve a Hispania al derecho latino, ya varias generaciones de indígenas habían asumido como propia buena parte de la cultura romana, lo que no significa que necesariamente deban ser catalogados como netamente romanos porque a aquellas alturas de la historia del Imperio, ¿qué significaba realmente ser romano?
Hoy sabemos que no es posible establecer una única definición, en todo caso podíamos ir a una complejísima tipología del ser romano, del urbanismo romano o de las propias formas de pensar en romano (Keay y Terrenato 2001; Jiménez 2008); quizás una de sus mejores expresiones figuradas pudiera ser el indígena togado que ha propuesto Le Roux ( 2006), un claro exponente de lo que en su momento se definió como aculturación y al que recientes propuestas se refieren como fenómenos de hibridación social (Jiménez 2008), que desde luego desmienten el carácter unidireccional que durante mucho tiempo caracterizó la construcción del concepto de romanización (Bendala 2003).
No podríamos comprender sin estos nuevos planteamientos, por poner un caso, cómo en Castulo las dos necrópolis que simultáneamente están en activo durante el siglo I d.n.e.: Puerta Norte (Blázquez y Molina 1975; Canto 1979) y Cerrillo de los Gordos (Canto y Urruela 1979) presentan diferencias notables en su estructura y en la composición y cualificación de sus ajuares (Jiménez 2008), lo que recuerda extraordinariamente lo que ocurría en el mismo asentamiento durante las fases plenas ibéricas con las necrópolis del Estacar de Luciano, Molino de Caldona, Los Patos o Baños de la Muela (Blázquez 1975; Blázquez 1979; Blázquez y Valiente 1981, Blázquez y García Gelabert 1987; Ruiz 1978; Ruiz y Molinos 1993; Valiente 1999), donde se advertían importantes diferencias que sólo pueden explicarse en el marco de los distintos linajes aristocráticos que conformaban la pirámide clientelar de este asentamiento.
Las diferencias en las necrópolis de las fases tardías, en un momento muy avanzado de la romanización, deben entenderse igualmente en las no homogéneas relaciones del mundo indígena del oppidum ibero, entre los propios indígenas y en su interpretación de las relaciones con Roma.
EVOLUCIÓN DE LA NECRÓPOLIS 1 DE LOS ROBLES FASE ALTOIMPERIAL
En general, la estratigrafía documentada en la zona verde JN-4 presenta características similares en toda su extensión, con abultadas superposiciones estratigráficas que han dado lugar a un enorme relleno de la depresión situada al suroeste, por cuya zona central discurre el arroyo de El Molinillo.
El origen de la estratigrafía de la zona es con toda seguridad el propio asentamiento de Los Robles, que a lo largo de siglos ha generado continuos rellenos sedimentarios en la depresión hasta formar paquetes de hasta 2,5 metros de potencia.
La intervención arqueológica llevada a cabo en el Vial Norte, a unos 30 metros al norte de la zona de la necrópolis, demuestra que durante el siglo I el establecimiento de Los Robles se encontraba ya en plena producción de aceite y se construían la mayor parte de las instalaciones industriales y residenciales que posteriormente configurarán definitivamente el asentamiento (Serrano y Cano 2003; López et alii 2007).
Durante del siglo I el espacio entre el asentamiento situado sobre el cerro y el arroyo El Molinillo acogería algún tipo de ocupación, que ha quedado recogida en la serie de construcciones localizadas en los sondeos efectuados (cortes 102 y 104), donde se identificaron sendos muros de mampostería regular y mediana con dirección este-oeste, apoyados sobre los niveles ibéricos tardíos.
En ambos casos se trata de muros que no están asociados a derrumbe alguno, ni a pavimentos bien definidos, sino más bien a suelos de tierra batida o natural, ya que es frecuente la aparición de gravas o arena finas.
Esto nos ha llevado a pensar que podría tratarse de unos sencillos zócalos de aterrazamiento o contención del terreno y quizás de protección, en un punto en que el arroyo El Molinillo se encuentra muy próximo.
Ello parece sugerirlo, además, que su orientación está siguiendo las curvas de nivel y serían prácticamente paralelos a otras construcciones similares localizadas en el corte 110, al otro lado del pequeño curso de agua (Fig. 5).
En conclusión, a esta fase corresponde una primera ordenación de época julio-claudia del espacio en torno al cerro Los Robles, donde, al igual que en el cerro de Cuétara, se están desarrollando actividades industriales al tiempo que debe existir un espacio residencial a juzgar por la calidad de los materiales que aparecen y que deben asociarse a la Fase I definida en la excavación del sitio en 2006 (López et alii 2007).
Durante el periodo Julio-Claudio debieron existir algunas zonas funerarias vinculadas a Aurgi que desconocemos, y de las que sólo podemos indicar la existencia de un monumento funerario turriforme, probablemente de incineración, localizado a un kilómetro al sur de Los Robles, en un punto intermedio de la calzada que parte de la ciudad hacia el norte (Pérez 1997).
Hacia finales del siglo I se funda el Municipio Flavio Aurgitano, cuyas evidencias epigráficas no dejan lugar a dudas sobre la deductio (González y Mangas 1991).
En Marroquíes Bajos esta fase se puede seguir a través de una serie de cambios en la estructura del poblamiento, y en el asentamiento de Los Robles también podemos apreciar algunos elementos que demuestran el impacto de la fundación del municipio.
Además, a esta fase corresponde el inicio de la necrópolis de inhumación, la Necrópolis 1, cronológicamente anterior a las necrópolis 2 y 3, y la más antigua excavada en el entorno de Los Robles.
De todas estas necrópolis vamos a presentar los resultados de la que por el momento constituye la más antigua documentada asociada al complejo Los Robles, la Necrópolis 1, que además nos permitirá reflexionar sobre el mismo concepto de romanización, dadas las especiales características y circunstancias de su origen y desarrollo.
La Necrópolis 1 se crea sobre un espacio altamente simbólico, una suave ladera orientada al sur que domina el cauce del arroyo El Molinillo y el amplio humedal que se forma sobre un terreno arcilloso, llano y pantanoso, de pausada circulación de aguas, datos que se han visto confirmados en las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en el sector (Serrano et alii 2001a; Serrano et alii 2001c; Portero 2007), y es además una ladera perfectamente visible para cualquiera que se acerque desde la propia ciudad romana de Aurgi.
La ordenación del espacio funerario de la Necrópolis 1 se diseñó siguiendo ejes definidos por las edificaciones julio-claudias y flavias, es decir, una orientación casi perfecta norte-sur.
Inicialmente el límite de la necrópolis por el norte vino dado por la construcción de la tumba, mausoleo 223, alrededor del cual se sitúan la mayoría de las tumbas del periodo flavio-antonino.
Posteriormente se amplió hacia el norte con motivo de la construcción de los monumentos 222 y 221 sucesivamente.
Sin embargo, la construcción de tumbas alrededor de estos últimos es muy reducida, manteniéndose el área funeraria alrededor del 223 y desarrollándose la necrópolis hacia el sur a lo largo de los siglos II y III, hasta llegar al mismo borde del arroyo.
El eje de desarrollo de la necrópolis hacia el sur lo constituye un probable espacio abierto situado al oeste de las tumbas monumentales, lo que en nuestra opinión es un camino o calle que recorre la necrópolis desde el asentamiento de Los Robles hasta desembocar en el arroyo El Molinillo.
En ese punto, el arroyo constituye una zona llana y ligeramente rehundida que provocaría su estancamiento, dando lugar a una de las pequeñas lagunillas que jalonan esta zona del piedemonte de Jaén.
Esta cuestión es fundamental para la comprensión de la necrópolis.
La simbología relacionada con el tránsito funerario se expresa en determinados rituales funerarios, a los que no son ajenos el propio emplazamiento del lugar; en este caso, el de la necrópolis investigada tuvo en cuenta las características del paraje al sur de Los Robles, de forma que se jugó en su diseño con un espacio cargado de simbología: el descenso al mundo de los muertos se realizaba siguiendo una ruta, una calle que descendía hacia el sur, hasta un punto en el que el arroyo creaba una laguna estacional.
Las intervenciones arqueológicas en el entorno de Los Robles demuestran que el arroyo allí se ensancha como una laguna (Serrano et alii 2003; Serrano et alii 2005; Ortiz y Serrano 2008; Portero 2007), pero, sobre todo, que ese sector de Marroquíes Bajos no presenta elementos asociados a una vía que se dirija al cerro Los Robles, por lo que el camino que recorre la necrópolis muere en el propio arroyo, es decir, tras recorrer unos 90 metros hacia el sur.
Las limitaciones de la intervención no permitieron en su momento aclarar algunas cuestiones que ahora son fundamentales para interpretar el conjunto funerario.
Así, se tendrá que plantear ampliar la zona excavada hacia el oeste, porque podríamos encontrar en esa zona una nueva fachada de tumbas alineadas a lo largo del camino, con lo que tendríamos estructuralmente cerrada esa zona.
Durante el siglo II y hasta mediados del III se mantuvo y respetó este espacio funerario.
Ello quedaría demostrado por el hecho de que los complejos estructurales 223, 222 y 221 al norte y 250 al sur, respetan el límite de la extensión de la necrópolis por el oeste y sus fachadas se alinean a lo largo de un eje norte-sur.
Además de estas grandes tumbas de cuidadosa elaboración, existen otras de inhumación en fosa simple con cubierta de tégula a doble vertiente u horizontal alineadas con el eje del camino.
La Necrópolis 1 se organiza en un espacio aislado de la zona de hábitat pero próximo, unos 30 metros al suroeste, en un terreno de tierras negras orgánicas, sobre construcciones del siglo I apenas esbozadas en el corte 115, localizado bajo la tumba 221.
Aunque no se ha excavado en extensión toda la parcela, la ausencia de estructuras funerarias en las áreas 106-107 y su presencia en los sondeos 115-116-117 demuestran que se organiza en un eje norte-sur que avanza unos 90 metros al sur de los Robles hasta el arroyo El Molinillo.
Allí se localiza la necrópolis 2, entre las calles B y 8, cuyo trazado apunta a que se trata de otro espacio funerario diferenciado, más que por motivos de estatus social, por una evolución originada por el agotamiento del espacio asignado originalmente, aunque no debemos descartar su origen en los cambios profundos de ritual que se producen en Los Robles con motivo del edicto de libertad religiosa de Constantino (Castro 2009).
Este hecho se ve reafirmado en la disposición de muchas tumbas desde la esquina de la calle B, desde donde cambian su orientación característica este-oeste por la de norte-sur.
La diferencia de orientación entre las dos necrópolis sugiere, pese su similitud tipológica, una sucesión cronológica del ritual, que no obstante No cabe duda de que la necrópolis fundacional, la Necrópolis 1, marca una orientación sur-norte que podríamos identificar con un camino de acceso al complejo Los Robles.
Pero el recorrido de este camino se dirige desde allí hasta un punto de la cuenca del arroyo El Molinillo en que, dada la llanura aluvial natural, se abre una laguna natural.
Es decir, el extremo sur de la necrópolis desemboca en un espacio estacionalmente lacustre e improductivo, lo que entendemos tiene una fuerte carga simbólica, como ya hemos indicado.
En el espacio hasta ahora excavado en este sector de la necrópolis (corte 115) se han definido un total de 35 tumbas de inhumación y 1 de incinera- ción.
La primera construida fue el complejo estructural 223, la única de incineración y la que ocupa mayor espacio.
La construcción original debe haberse realizado a finales del siglo I en época flavia.
A partir de la fundación del espacio funerario se construyen varias decenas más de tumbas, todas de inhumación, que respetan la ordenación creada por la 223, que mantiene una orientación casi perfecta hacia la calle este-oeste (la cabecera a 100o este /280o oeste los pies) y acceso desde el oeste.
Alrededor de la 223 por sus lados este, norte y sur se establecieron numerosas tumbas de fosa simple con cubierta de tégula a doble vertiente, infantiles y de adultos.
Los materiales de los estratos asociados a estas tumbas (UE X y XI) indican que se realizarán desde finales del siglo I o inicios del siglo II hasta comienzos del siglo III.
La necrópolis tiene pues una vida de poco más de un siglo.
Predomina el repertorio de terra sigillata de Andújar, con formas características como Drag.24/ 25, Drag.15/17 de grandes dimensiones, Drag 27, etc., con pastas poco depuradas y moldes de notable menor calidad que los de buena época.
A lo que hay que añadir la aparición de africanas tipo A y cerámica de cocina africana.
Esto en lo que respecta al contexto estratigráfico de la necrópolis, porque en lo que hace referencia a los contenidos de las sepulturas, es decir a los ajuares funerarios, salvo alguna olla de cocina africana, están completamente ausentes.
Si analizamos los materiales de ambos contextos, el funerario y el espacial externo a las sepulturas (Fig. 8), las diferencias en cuanto a su tipología, son más que evidentes.
En el sector documentado hemos definido 4 monumentos funerarios alineados a lo largo del camino que organiza el espacio funerario, las tumbas 223, 222, 221 y 250 (Fig. 7), que nos van a servir para caracterizar la Necrópolis 1.
Se trata de una estructura cuadrangular de 9 × 5 metros, con el eje mayor orientado de este a oeste.
Se construye excavando una zanja en el terreno natural que se rellena de argamasa de cal, arena y piedras, opus caementicium, que acaba formando un muro sólido de 1,20 metros de profundidad, del cual un metro es subterráneo.
El muro de un metro de espesor rodea los cuatro lados de la estructura, pero ésta carece de suelo construido, de forma que los muros se hunden profundamente en el terreno natural con el único objeto de proteger una cámara funeraria en este espacio excavada.
En el lado oeste, sin embargo, el muro-cimentación se prolonga con sucesivas capas de mortero que forman una plataforma de 4 x 5 metros ligeramente orientada hacia el oeste, de forma que constituye una rampa escalonada con peldaños descendentes hacia la calle de acceso.
El espacio delimitado por los cuatro muros perimetrales acota un espacio de 4 × 3,5 metros.
Este está parcialmente vaciado para construir un gran ustrinum adosado al lado oeste, de 2,20 × 3,20 metros y unos 30 centímetros de profundidad.
En este se localizaron 2 recipientes en cerámica común, una ollita de borde almendrado y una jarra de tipo Vegas 44, así como decenas de tachuelas, hasta unas 145, de hierro, muy características y agrupadas que aseguran que formaban parte de un par de caligae.
Además se localizaron grandes clavos de hierro que debían formar parte del lectus funebris que contenía el cadáver durante la cremación en la pira funeraria.
Finalmente, en el ustrinum aparecían abundantes cenizas y fragmentos de huesos calcinados.
La distribución de estos elementos se produce alrededor del ustrinum, quedando la zona central sin apenas elementos.
Esta clara ausencia se explica en la limpieza de la estructura tras la cremación para poder excavar una cámara funeraria.
La cámara tiene 1,5 × 1 metros, construida con ladrillos unidos con argamasa con técnica de soga y tizón, estaba totalmente revestida de mortero en paredes y suelo, alcanzando una profundidad de unos 40 centímetros bajo el ustrinum.
La cámara había sido expoliada en época romana bajoimperial, a juzgar por los destrozos en las paredes de ladrillo, y en su relleno apenas aparecieron un anillo de oro deformado por el calor, un disco de plomo y el sello de una botella o unguentario.
El ritual seguido en la incineración y el proceso de construcción de la tumba, sobre la pira, no es diferente de los que caracterizan muchos enterramientos de épocas ibérica plena y tardía.
Estratigráficamente, la estructura del monumento se construyó antes de la cremación.
La evidencia procede de la propia técnica de construcción con opus caementicium.
Este se vertió directamente sobre la zanja perimetral excavada en los rellenos de tierra orgánica natural, que por su debilidad se desmorona rápidamente.
Por ello, el mortero adopta la forma de la zanja y sin encofrar, de paredes ligeramente irregulares y con una apertura en su parte superior que no se podría haber producido de haber estado excavado el ustrinum.
No tenemos datos significativos que nos indiquen cuál sería el aspecto que tendría la estructura emergente del monumento.
El expolio de la necrópolis en época bajoimperial, momento en el que se saquearon los materiales nobles del conjunto para reaprovecharlos en otras tumbas o en el asentamiento Los Robles, sólo nos permite reconstruir algunos aspectos.
Así, por ejemplo, todo el conjunto estaba revestido de placas de mármol de color azul con cenefas rosadas, horizontales en los laterales, y probablemente recubriendo la superficie de la estructura.
Muchos de estos fragmentos se recuperaron durante la excavación situados en su posición original en las paredes externas de la estructura y en el interior de ella, pero también otros grandes fragmentos aparecieron dispersos en los alrededores, en los cortes 114 y 110.
Por otro lado, los restos de la estructura de mortero no presenta huellas de haber soportado una estructura emergente elevada que cubriera la tumba, y tan sólo los peldaños de acceso a esta por el oeste sugieren la posibilidad de un sitio al que se recurriera ocasionalmente.
Tampoco se conservaban elementos que pudieran corresponder a una cubierta tejada, ni los muros perimetrales presentan arranque de muros.
Por otro lado, la fosa de expolio de la cámara se ajusta casi a la perfección al tamaño rectangular de esta, lo que sugiere la existencia de una estructura emergente que señalara el punto.
Probablemente hemos de pensar en una pequeña ara central en la estructura, destinada a las ceremonias de homenaje al difunto.
En lo que respecta a la cronología de este monumento, entre el relleno de la zona rehundida del ustrinum que sella la cámara se hallaban cerámicas de barniz rojo sigillata del taller de Andújar, que corresponden a época flavia, es decir, debemos fechar esta primera estructura a finales del siglo I d.n.e.
Los recipientes del ustrinum, las ofrendas del ritual de cremación, son: jarra de pasta clara tipo Vegas 44, con cronología entre época flavia y mediados del siglo II, y una pequeña olla de cocina que responde a un tipo mas antiguo, las ollas de borde almendrado, que no obstante pueden alcanzar los siglos I-II (Fig. 10).
Alrededor de la tumba 223 se realizan una serie de enterramientos de inhumación que tienen como punto de referencia esta estructura, disponiéndose las tumbas de norte a sur y este a oeste según el lado de la tumba en el que se localizan.
Prácticamente todas las tumbas se construyen en fosa simple con cubierta de tégulas a doble vertiente o tégulas horizontales.
Todas se alinean a lo largo de alguno de los lados sur, este y norte, quedando el acceso por el oeste despejado de enterramientos.
Se observó la presencia de ofrendas en superficie asociadas a algunas tumbas infantiles.
Se trata de vasos cerámicos de pasta clara sin tratamiento decorativo.
Destaca la ausencia generalizada, ya advertida, de materiales cerámicos de calidad, como recipientes de vidrio, metal o terra sigillata.
Esta tumba ordena con toda claridad el espacio funerario, y es evidente que el resto de las sepulturas de inhumación de este momento se construyen buscando el mayor nivel de proximidad a ella, de hecho algunas prácticamente se adosan a la principal, aunque sin llegar a alterarla mínimamente.
Aunque no se excavaron todas las sepulturas, porque una parte de la necrópolis se dejó en reserva para el momento de su puesta en valor, las excavadas presentan ajuar en el interior de la estructura.
Por ejemplo la tumba 201 es una cista de ladrillos cuadrangulares y cubierta de tégulas horizontales, con una inhumación decúbito supino frontal con brazos a lo largo del cuerpo y cabecera al este, contenía un ajuar consistente en una ollita de cerámica grosera a la altura de las piernas.
La tumba se construyó adosada al muro sur del complejo estructural 223.
La tumba 200 es una tumba infantil de tégulas a doble vertiente.
En la base, las tégulas están calzadas con piedras y barro.
La tumba se encaja en una pequeña fosa donde apoyan las tégulas, que una vez rellenada apenas mostra-ría unos centímetros de tégula al aire.
Otras tumbas no excavadas, como la infantil 242, presenta ajuar en superficie de un vaso hemiesférico común con una ficha de hueso en su interior, mientras que la 253 tenía en la cabecera una olla de cocina (Fig. 11).
Debemos considerar de esta fase altoimperial el monumento funerario 222, construcción de mortero de cal y arena trabando una masa informe de piedras pequeñas, que constituyen una argamasa débil, que no es propiamente opus caementicium, careada en su perímetro exterior y en su cámara central.
Se trata de una estructura que ha sufrido varias reutilizaciones, de modo que apenas si podemos intuir su estructura interna original.
Inicialmente se construye la estructura tal y como se conserva, es decir, una plataforma rectangular de unos 5,2 x 3,8 metros cuyo eje más largo es este-oeste, elevada 0,5 metros sobre la superficie de construcción, con revestimiento estucado en el exterior y probablemente en su superficie.
En el centro se construye una cámara sepulcral de 2,5 x 1 metro.
No se conservan elementos relativos a la decoración que presentara, pero este monumento funerario mantiene proporciones propias de estructuras conocidas de tradición indígena.
El lado sur de la estructura se adosa al muro norte del CE 223, y su derrumbe parcial en época bajoimperial se extiende sobre ese muro, lo que estratigráficamente demuestra que es posterior.
Desconocemos el ritual de enterramiento y el número de individuos porque la cámara está reacondicionada en época visigoda, y apenas se conservan elementos originales, pero nos inclinamos a pensar que se tratase de una tumba de ritual de incineración, dadas las escasas dimensiones de la cámara original, que acogería los restos de un solo individuo y su ajuar.
La reestructuración visigoda amplió el espacio de la cámara central para poder acoger un sarcófago de piedra caliza, por lo que no se conservan apenas evidencias de la tumba precedente.
A partir del siglo V, sobre la tumba altoimperial se instalan dos nuevas estructuras de enterramiento que arrasan la construcción original y le dan un nuevo carácter.
La cámara central se acondiciona como una tumba individual de cierto rango.
Se construye un sarcófago de piedra a base de losas de caliza y fragmentos de otros elementos constructivos colocados en la base y los laterales de la antigua tumba 222.
Esta tumba finalmente acogió dos enterramientos de adultos.
El más antiguo aparece como osario dispuesto a los lados del segundo enterramiento.
Este es un individuo adulto en posición decúbito supino frontal, cabecera al oeste.
Presentaba como ajuar una botella de cerámica con la pasta clara y tipología característica tardorromana y dos anillos de oro con engarce de pasta vítrea.
Junto al sarcófago se excavó una fosa rectangular en el relleno de argamasa original.
Dentro se colocó un ataúd de madera que contenía un osario de unos 22 individuos (Fig. 12).
De entre las tumbas que se construyen en este periodo destaca el complejo estructural 221 (Fig. 13).
Se trata de una tumba de compleja elaboración, alineada a la calle y a 1 metro al norte del monumento 222.
Se construye una estancia o recinto cuadrangular de 2,6 × 3,2 metros a base de mampostería regular desbastada de piedras medianas, abierta por el oeste, de forma que el acceso es directo desde la calle.
Por los restos conservados pensamos que se trataría de una simple cerca de mampostería de escasa altura, lo suficiente para reservar privadamente el espacio.
Hipótesis esta que se ve corroborada, como veremos mas adelante, por la ampliación de este perímetro en época tardorromana con una valla de madera que lo cierra completamente.
Dentro del recinto se construye una estructura central rectangular, de forma tabular, una mensa, con mortero de cal y arena, opus signinum, de unos 1,20 x 1,70 metros de este a oeste, dejando entre esta y el muro perimetral un pequeño espacio de tránsito de apenas 1 metro.
Bajo la mensa se abre una fosa de 1 x 1,7 metros donde se construye una cista de ladrillos a soga y tizón trabados con barro, y dentro de la cista se deposita un sarcófago de plomo con un individuo infantil.
La cista se sella con losas de cerámica y todo el conjunto queda sepultado bajo capas sucesivas de cerámica, piedras y tierra batida hasta la superficie final de opus signinum.
Este espacio no acoge ningún otro enterramiento hasta mucho después, cuando hacia el siglo V esta estructura es parcialmente reutilizada y el espacio, diseñado originalmente para contener un enterramiento infantil, sigue siendo usado para acoger tumbas de niños de corta edad.
Pero ahora se redefine el espacio, de forma que si antes se accedía desde el oeste, ahora se cerca el lado oeste prolongando el muro de piedra con una estructura de madera de la que se han localizado numerosos clavos; el fondo sería un espa-cio rectangular de unos 5 metros de este a oeste por 2,6 de sur a norte.
El acceso se hace desde el sur, rompiendo parcialmente el muro sur de piedra.
Así, en este espacio se ubicarán nuevas tumbas como la 251, enterramiento doble infantil que afecta parcialmente al muro sur, o la 232.
La estructura tipo mensa se reeleva con ladrillos y mortero unos 30 cm sobre el suelo de la estancia.
Tipológicamente existen numerosos paralelos que se pueden fechar entre los siglos III y V d.C, siendo más frecuentes en época tardorromana, pero existen algunos sarcófagos de cronología más temprana (Palol 1972; González 2001).
Aunque los ajuares de joyería están sin estudiar, el contexto estratigráfico nos enmarca esta estructura entre mediados del siglo II y comienzos del siglo III.
En el contexto material de la necrópolis, sabemos que su origen se produce en época flavia y su momento de mayor auge en época antonina, en cambio el momento final parece más difuso.
Cuando el monumento funerario 221 se amplía, cerrando el recinto con una cerca de madera que duplica el espacio, se hará ya ocupando la calle de acceso a la necrópolis, al oeste.
Ese momento presenta cerámicas características de mediados del siglo III en adelante.
Una moneda, aparecida en el ámbito de la tumba 221, acuñada en época de Galieno8, nos fija un momento de mediados del siglo III en que podemos considerar desarticulada la calle y la necrópolis.
La conclusión es que ese monumento se construyó entre mediados del siglo II y comienzos del III.
La aparición de la estructura tabular de esta tumba no debe interpretarse necesariamente como una mesa de ceremonial cristiano, de hecho los rituales relacionados con los banquetes funerarios recordatorios del difunto forman parte de la tradición romana y son adaptados al ritual cristiano (González 2001).
Se trata de una tumba de inhumación excavada en el sustrato sedimentario orgánico de época altoimperial que acoge una cista elaborada con ladrillos dispuestos a soga y tizón y trabados con barro.
Esta presenta forma ligeramente trapezoidal, de 2,20 x 1 metro, y acoge un enterramiento en posición decúbito supino frontal, con los brazos cruzados sobre el pecho, con un completo ajuar en el interior: botella y vaso de vidrio en la cabecera, aplique de bronce sobre el pecho, moneda en la boca y ungüentario cerámico fusiforme en los pies.
Respecto del ajuar, el elemento que ofrece mejor cronología es desde luego la moneda de Antonino Pío (138-161) 9.
El ungüentario de vidrio, tipo Isings 60, se fecha también a mediados del siglo II, al igual que la olla de labio almendrado.
El ungüentario fusiforme cerámico representa tipos ligeramente más antiguos, que no obstante tampoco son extraños en el siglo II (Fig. 14).
La cista aparece sellada por una serie de losas de cerámica y piedra, sobre las que se deposita a los pies sendos recipientes cerámicos de cerámica común.
Desde este nivel se construye un cipo de señalización a base de losetas cerámicas de 30 x 30 centímetros hasta alcanzar 0,50 metros de altura.
Finalmente la fosa se rellena con capas sucesivas de piedras y tierra negra del lugar, hasta formar un lecho homogéneo de 2,20 x 1,20 metros, señalado por el cipo, en el lado sur de la cabecera, situada al este de la tumba.
Esta estructura presenta una gran similitud con el CE 221, a excepción de la cubierta de argamasa en mensa y el espacio delimitado alrededor.
El uso de losas cuadrangulares de cerámica en la cubierta, idénticas a las de la tumba 221, sugiere el encargo específico o reutilización de un mismo punto de material de construcción, o incluso el expolio de otra estructura, por lo que suponemos que se tratan de construcciones muy próximas en el tiempo (Fig. 21).
En conclusión, durante el siglo III el ritual funerario sigue siendo bastante homogéneo, y aún no se advierten cambios en la orientación de las tumbas ni en la presencia de ajuares y ofrendas.
A este periodo deben corresponder las aperturas de nuevas necrópolis hacia el sureste (necrópolis 2), donde en un vial de la urbanización ya se documentó una necrópolis con inhumaciones en tumbas de tégulas a doble vertiente, orientadas de norte a sur, frente a otras superpuestas orientadas de oeste a este, claramente tardorromanas y visigodas.
Probablemente esta ampliación de la zona funeraria, manteniendo el ritual romano, debe ponerse en relación con el momento de consolidación de la propiedad de la villa Los Robles, cuando sobre la base de la crisis del siglo II se reconstruye el complejo residencial e industrial hacia un espacio palaciego progresivamente desvinculado de Aurgi (Fig. 17).
La información obtenida para esta fase es la más exigua de todas las recogidas.
El motivo es que la superposición estratigráfica ha situado en la parte más alta estos niveles, que están hoy en contacto con la tierra orgánica superficial y removida por los cultivos.
Así, la fase final de ocupación funeraria del entorno de Los Robles nos ha llegado con construcciones mal conservadas que, sin embargo, demuestran que la actividad, ocupación y explotación de la zona de Los Robles se mantuvo con pujanza durante los siglos III- V; buena prueba de ello es que la almazara del asentamiento sigue activa durante todo este periodo (López et alii 2007).
Se ha sugerido por algunos autores su conversión en un centro de poder religioso, proponiendo la reconstrucción de una parte del sitio para acoger una basílica paleocristiana (Castro 2009).
Algunos materiales de construcción decorados localizados en distintos puntos de Marroquíes Bajos, y entre ellos el propio cortijo (encontramos restos de este tipo de materiales en los muros de la vivienda islámica CE 214, con una cronología hacia el siglo IX), demuestran además, que durante este periodo Los Robles debió ser un centro de control del territorio no solo por su posición estratégica, sino también por constituirse en un centro de poder administrativo y religioso.
Así, los restos de capiteles y pilastras visigodos hallados durante las intervenciones de los años 90 en la urbanización SUNP-1 y RP-4 sugerían la existencia de una iglesia en los entornos o en el mismo cortijo, edificio que sería demolido en época islámica, hipótesis que se ha visto confirmada en la más reciente intervención arqueológica en el sector (López et alii 2007).
Durante el Bajo Imperio la Necrópolis 1 se habría abandonado prácticamente, prefiriéndose el enterramiento en alguna de las otras necrópolis distribuidas alrededor.
Sólo a partir de un momento indeterminado, probablemente inicios del siglo V, volvemos a encontrar nuevos enterramientos allí.
El núcleo principal de la necrópolis debía seguir siendo un espacio sagrado funerario, pero ya no se reconocen nítidamente los límites del camino de acceso ni las estructuras precedentes.
Probablemente a ello contribuiría el hecho de que toda la zona debía presentar el aspecto de una pequeña elevación en la que apenas se diferenciarían las grandes estruc-turas más antiguas, que, en el caso del monumento 223, ya había sido expoliado.
Este aspecto de abandono estaría motivado por el hecho de que, a priori, no parecen existir en la necrópolis enterramientos de los siglos IV-V.
Durante esta fase, que coincide con el edicto de Constantino de 313 que autorizaba el culto cristiano, parece haberse preferido nuevas zonas de enterramiento que no coincidieran con los enterramientos de rito pagano, momento en el que se desarrolla otra zona funeraria, la Necrópolis 2.
Así, en la Necrópolis 1 sólo se han identificado 12 estructuras funerarias que corresponden a enterramientos de rito cristiano y técnica constructiva característica tardorromana o visigoda.
Es decir, con un lapsus de tiempo importante entre los enterramientos de necrópolis inicial de los siglos I-III y el siglo V-VI.
De entre todas las tumbas, destaca el CE 222, que se encuentra en una posición central respecto de las demás y en general sobre la antigua necrópolis.
Su posición privilegiada, reutilizando un monumento funerario anterior, se demuestra en la calidad de los ajuares que presenta y en el cuidado y elaboración de la propia tumba (Fig. 12).
A su alrededor se Como hemos referido, a lo largo del siglo IV se desarrolla una nueva necrópolis, la Necrópolis 2 (Fig. 6), al otro lado del arroyo, siguiendo un eje nordeste-suroeste, enmarcada en una zona estrecha delimitada entre los arroyos El Molinillo y La Magdalena, en una área muy próxima a su confluencia.
Esa pequeña elevación, de apenas 70 metros de anchura, acoge una necrópolis cuyas tumbas, unas 35, excavadas en una calle, se disponen a lo largo de la margen derecha del arroyo El Molinillo, pero ya apreciamos en ellas un cambio de orientación, de noroeste a sureste.
Todas corresponden a inhumaciones con construcciones funerarias de tégulas a doble vertiente apoyadas en prefosa que delimita una fosa simple excavada en las margas, que puede tener o no tratamiento del suelo con tégulas.
Las inhumaciones carecen de ajuares y todas presentan el individuo en decúbito supino frontal.
Como detalle distintivo de esta necrópolis es frecuente el hallazgo de cubierta a doble vertiente, donde las tégulas se han recortado para encajarse unas con otras y dar mayor esta-bilidad a la cubierta.
En algunos casos las tumbas se delimitaban mediante una acumulación de piedras, que constituían un túmulo de cantos de río perfectamente observable en superficie (Fig. 17).
Posteriormente, el espacio funerario se amplía hacia el sureste con más de 20 enterramientos de época tardorromana y visigoda, que ocupan un espacio marginal por su frecuente encharcamiento.
Estas tumbas, dadas sus características y particularidades, se han definido como Necrópolis 3.
Se encuentran dispersas a lo largo de un amplio espacio, que viene a coincidir con el eje más elevado entre las cuencas de los arroyos La Magdalena y El Molinillo.
Las tumbas de inhumación presentan fosas simples sin cubierta, fosas con cubierta de losas de piedra, cistas de ladrillo con cubierta de losetas a doble vertiente y alguna otra variación tipológica.
En general es frecuente la reutilización de material de construcción, a diferencia de las tumbas de la Necrópolis 2, todas con tégulas homogéneas y cuidadas.
También a diferencia de esa otra zona funeraria, es frecuente la aparición de ajuares en las inhumaciones.
Fundamentalmente se trata de pequeñas jarritas de cocina, cuentas de collar de pasta vítrea, pendientes y anillos de bronce, alfileres y broches.
El conjunto, aún a falta de cronologías absolutas, se puede adscribir al periodo tardorromano y visigodo.
Con todo, estos enterramientos no son los últimos de rito cristiano que documentamos en Marroquíes Bajos.
Desde las primeras campañas de excavación se vienen excavando varias zonas de necrópolis con esta son de tradición romana y de rito cristiano.
Sin embargo, la aparición puntual de elementos claramente islámicos, como un felús de 745 en la tumba 15 del Distribuidor Norte (Salvatierra et alii 2001), y la aparición de enterramientos de rito cristiano e islámico en una misma necrópolis, sugieren la pervivencia del cristianismo durante mucho tiempo en el territorio conquistado de Aurgi, coexistiendo los cultos y manteniéndose por tanto necrópolis de aspecto ritual tardorromano hasta este momento medieval.
En nuestro planteamiento defendemos que la Necrópolis 1 del asentamiento Los Robles se crea al margen de otros espacios funerarios que ya venían asumiendo el papel aglutinador del linaje aristocrático y su clientela urbana, que deben vincularse con el propio oppidum de Santa Catalina y el asentamiento indígena posterior a la II Guerra Púnica.
La inauguración de la necrópolis de Los Robles tiene que relacionarse necesariamente con un hecho que redefina las relaciones sociales creadas en el marco de la ciudad, y este no es otro que la fundación del municipio latino de Aurgi y su organización municipal.
Para explicarlo hemos de entender por qué Los Robles, siendo un sitio muy próximo al municipio, apenas 2 kilómetros, de clara proyección económica y ostentación pública, dada la industria aceitera que controla (hemos de recordar que el auge de la producción de aceite bético se produce a partir de época flavia, desde finales del siglo I y a lo largo de todo el siglo II), no creó un espacio funerario junto a la propia ciudad, donde la función representativa tendría mayor impacto que en el ambiente rústico donde se definió.
Esta contradicción debe tenerse en cuenta para nuestro posterior análisis.
Para nosotros la clave está en las circunstancias de la fundación de los municipios flavios de menor entidad urbana.
La promoción de Vespasiano aspiraba más a ampliar la base social que apoyaba la nueva dinastía y a redefinir el sistema impositivo (Castro, 1998; Cortijo, 1993) que a ampliar la ciudadanía romana como sistema de integración indígena en el imperio.
Por ello no se discriminó asentamientos de escasa relevancia urbana, como el caso de Aurgi (Serrano, 2004a).
El derecho latino amparaba unas ciertas condiciones de igualdad ante el Estado de los habitantes libres de los municipios recién promovidos, lo que creaba de golpe una amplia y homogénea base de apoyo popular, con las implicaciones económicas que ello significaba entre las comunidades indígenas.
De cualquier forma, estas presentaban diversas situaciones de relación en el marco del complejo sistema aristocrático-clientelar que definía la sociedad indígena en proceso de romanización.
No podemos creer que estas condiciones previas desaparecieran sin más, como tampoco que las diferencias sociales privilegiadas, sustentadas en la posesión de los medios de producción, la tierra, no tuviesen su proyección en la ordenación municipal.
El evergetismo municipal se basa en el poder económico que la clase de mayor renta podía destinar a su ciudad.
Esta cuestión es la que podemos deducir de la epigrafía honorífica de Aurgi.
Pero, de hecho, estas condiciones privilegiadas se pueden seguir en el registro arqueológico.
Marcelo Castro (1998) observó cómo los sitios ibéricos habitados en el momento de la municipalización flavia, localizados en turres en la periferia del oppidum de Atalayuelas, cerca de Jaén, siguieron siendo ocupados hasta momentos muy tardíos, siglo V, constituyéndose en grandes villae, que de alguna manera podían constituir grandes propiedades al situarse en espacios interpretados como tierras comunales del oppidum.
El reparto de la tierra en las centuriaciones subsiguientes a la municipalización, de las que tenemos evidencias arqueológicas en distintos puntos de la ZAMB, que resultó un proyecto fallido en apenas un siglo, puede haberse resuelto con situaciones similares en Aurgi, es decir, con la apropiación de grandes lotes de tierras por compra o apropiación.
Durante los años ochenta y noventa del siglo XX se realizaron numerosos trabajos de prospección superficial a lo largo de la Campiña de Jaén al amparo del entonces proyecto de investigación sistemática «El poblamiento ibérico en las campiñas de Jaén», dirigido por Arturo Ruiz y Manuel Molinos (Montilla 1987; Lagunas et alii 1991; Castro 1998; Serrano et alii 1990).
A estos hay que añadir otros trabajos sistemáticos como los llevados a cabo por Ponsich (Ponsich, 1987) a lo largo del Guadalquivir a mediados de los ochenta.
Todos aquellos trabajos sistemáticos revelaron un poblamiento inédito de época romana que tenía su origen, en la mayor parte de las zonas estudiadas, en la municipalización flavia.
Pero lo que destaca de esa ocupación rural campesina es su interrupción brusca en un periodo de tiempo muy corto a lo largo de la segunda mitad del siglo II.
El principal fósil guía de esta secuencia histórico-arqueológica no era otro que el de la terra sigillata hispánica de Andújar (Isturgi), cuya difusión local en la Campiña de Jaén no se produce hasta época flavia y siglo II, cuando la demanda del producto se produce allí, mientras que antes de ese momento su distribución se producía mayoritariamente en el Guadalquivir Medio y Bajo.
La interrupción de la producción de los alfares isturgitanos se ha argumentado desde el agotamiento de las canteras de arcilla hasta la competencia de los productos africanos (Roca 1998).
Sin embargo, la distribución de sigillatas claras A y A/C, verdaderamente escasa en prospección y en las excavaciones, no apoya esta hipótesis.
Para nosotros, el cese de la ingente producción de los alfares (de sigillata y otros de cerámica común) sólo puede explicarse desde la óptica de la crisis del mercado, es decir, la drástica reducción de la demanda de productos de cierto lujo como la vajilla de mesa.
Y ello producido no por un cambio de gusto sino porque la crisis del sistema municipal estalla en su misma base, el campesinado que se benefició del reparto de la tierra del antiguo oppidum.
En este sentido hemos de recordar que algunos cálculos realizados en relación al tamaño de las parcelas asignadas proponen superficies bastante pequeñas, casi en el límite de la subsistencia (Choclán y Castro 1988).
La ausencia de los materiales característicos de la segunda mitad del siglo II y del siglo III sólo puede explicarse en la ausencia de demanda a gran escala, lo que en contraste con el periodo flavio-antonino evidencia la invisibilidad del campesinado libre, aunque reconocemos la reactivación del mercado a partir del siglo IV.
Hemos defendido que las causas que explican la reducción de la producción de aceite en la almazara de Cuétara en época flavia, a unos 600 metros al este de Los Robles, es precisamente consecuencia de la asignación de tierras al pequeño campesinado, de modo que la producción se diversificó en las pequeñas y medianas propiedades (Serrano 2004b).
Pero si en el caso de esa almazara es evidente no sólo el momento de fundación municipal, sino también la crisis del siglo II que provoca su abandono, en el sitio de Los Robles la situación es muy diferente.
Podemos apreciar la reforma en profundidad de las edificaciones a finales del siglo I d.n.e.
(López et alii 2007), pero la continuidad de la ocupación con el progresivo enriquecimiento de las edificaciones hasta época visigoda sugiere una posición privilegiada que le permitiría asumir las consecuencias de la fundación de Aurgi y después la crisis del siglo II desde una posición ventajosa.
La necrópolis es, entendemos, un reflejo de ello.
Una necrópolis privada, tan cerca pero a la vez tan lejos de la ciudad, diseñada para la representación pública de los antepasados familiares, sólo puede explicarse por el limitado valor que los propietarios dan al hecho mismo de la función representativa del municipio, pero sobre todo confiere un valor especial a la propiedad, la propia familia, sus antepasados y a las relaciones de clientela que mantiene con parte de la población de Aurgi.
No pretendemos decir que cualquier necrópolis documentada en sitios rurales tenga necesariamente que responder a funciones representativas, pero, en este caso, las circunstancias del sitio que estudiamos, sus precedentes y la propia historia del municipio así lo sugieren.
El poder puede tener muchas formas de representación, y en el caso del mundo romano imperial se expresa en unas complejas relaciones a caballo entre dos mundos cultural y socialmente diferentes: el mundo indígena en proceso de aculturación y la cultura romana, adaptada a las particularidades indígenas; y esto es así para cualquier rincón conquistado.
En este diálogo, tradicionalmente se ha querido ver la voluntad inequívoca del ibero por convertirse en romano.
Estrabón (3.2.15) ya mostraba su admiración por ese fenómeno, pero esa expresión de júbilo, y la defensa que la historiografía tradicional ha hecho de la aculturación como un proceso unilineal sin vuelta atrás, puede ser matizado desde la arqueología en aspectos referidos a la resistencia indígena a los cambios en determinados aspectos sociales (Bendala, 2002), entre los que los ideológicos y simbólicos debieron ser muy importantes.
Es evidente que el primer elemento que explica el fuerte contenido indígena en las comunidades conquistadas, al menos durante la republica y primera edad imperial, es precisamente la tardía romanización de la sociedad indígena a través de mecanismos legales de gran calado, es decir, que frente a las concesiones de derechos de forma virital o limitada a comunidades concretas, que son tan frecuentes en ese periodo, la romanización generalizada a todos los niveles sólo se produjo a partir de época flavia con el edicto de latinidad a las comunidades de Vespasiano.
De esta forma, la sociedad provincial mantendrá en su seno unas relaciones de corte tradicional, tanto en la organización de las comunidades como en las relaciones entre individuos, y más allá, con la propia Roma.
Quizá la mejor prueba de ello sea que, salvo el caso de la Colonia Augusta Gemella Tucci (Martos), en la campiña de Jaén no existe poblamiento rural de corte itálico hasta finales del siglo I d.n.e., habitando todo el campesinado en el oppidum, como había ocurrido en las fases plenas iberas, lo que obliga a pensar en la propiedad de la tierra y medios de producción como en un factor controlado por la aristocracia indígena (Ruiz et alii 1992).
Los casos que conocemos de ocupación rural ibérica, como el propio caso de Marroquíes Bajos (Serrano 2004a), sólo pueden explicarse, en ausencia de un marco legal romano que regule la propiedad privada de la tierra, por la existencia de una estructura aglutinante, esto es, un territorio aristocrático.
Pero las pervivencias de las tradiciones indígenas se extienden hasta el extremo de que es frecuente la pervivencia de nombres indígenas en los núcleos urbanos en los que existe epigrafía anterior a época flavia, como por ejemplo en la vecina Urgavo (Arjona) (CIL II, 2114) y Mentesa (La Guardia) (González y Mangas 1991: 282).
La reafirmación del valor de la tierra y de su vinculación al linaje, la familia si se prefiere, queda así sellado mediante la creación del espacio funerario, pero expuesto al culto público de los antepasados, más allá de las relaciones de servidumbre que se plantean en la casa.
El concepto de pagus y las relaciones particulares que implicaba entre la tierra, la aristocracia y el campesinado, se renuevan ahora mediante fórmulas adaptadas a la nueva realidad política del imperio.
Las clientelas tradicionales ibéricas mantendrán vinculaciones con las familias aristocráticas, que podrían explicar el grado de concentración de la propiedad y la usurpación de las tierras de la comunidad una vez que empiece la crisis en la segunda mitad del siglo II d.n.e.
La arqueología advierte de que los modelos de reparto de tierras mediante centuriaciones fueron, en el entorno de Aurgi, un breve episodio que no perduró mas allá de la crisis, poco mas de un siglo, entre Vespasiano y Cómodo, en el mejor de los casos.
Al mismo tiempo, la reafirmación de los lazos con la tierra en el periodo de eclosión municipal tiene que ver con la realidad económica del imperio más que con la cuestión política.
En la gran mayoría de los municipios creados en época flavia, el cursus honorum sería una carrera política de interés limitado; en estos pequeños núcleos urbanos la posibilidad de acceder a la máxima dignidad senatorial sería remota (Le Roux 2006), por lo que, en realidad, el horizonte político no sería más que un medio de consolidación de derechos tradicionales.
El poder procedía de la tierra, y en el caso de Los Robles, el control de la industria del aceite en el periodo de máximo auge de su exportación sería por sí solo un elemento de prestigio, y de poder, suficiente.
Hemos de recordar que la mayoría de los núcleos urbanos promovidos a municipio en época flavia son muy pequeños y de escasa población.
Un ejemplo significativo por su proximidad es la escala que se propone para Puente Tablas en el siglo IV, un oppidum de unas 5,5 hectáreas amuralladas, un tamaño medio para la campiña de Jaén.
Las prospecciones geofísicas realizadas allí apuntaban a la definición de unas 165 casas y una población de unas 742 personas (Ruiz y Molinos 2007).
Si al municipio de Aurgi le calculamos entre 10 y 12 hectáreas acotadas por muralla (Serrano 2004a), podríamos pensar en una población de unas 1.500 personas, si todas vivieran en la ciudad y esta estuviera densamente urbanizada.
Con esta población, el control político del municipio y las clientelas sería realmente fácil para pocas familias.
Por otro lado, en lo que se refiere a los aspectos rituales de la ordenación del espacio, la fundación de la necrópolis con una tumba de incineración, la que ocupa mayor espacio y la que presenta más rica decoración, la que rige durante poco más de un siglo el espacio funerario, tiene un significado más que simbólico, cuya caracterización no es fácil.
El rito de la incineración responde a la tradición romana desde finales del siglo V a.n.e. y hasta la segunda mitad del I d.n.e. perdurando incluso hasta el siglo II, pero también forma parte de la tradición ibérica.
Es difícil establecer hasta qué punto la tumba 223 recoge una tradición u otra.
La observación del ritual de la incineración parece, a primera vista, netamente romano, con elementos que entran directamente en la cultura itálica, como el uso del lecho funerario durante la cremación y la propia técnica empleada en la edificación, una estructura en forma de altar elevado, accesible con peldaños (que no son ajenos a la tradición ibera, como es sabido) y elaborado a base de hormigón (opus caementicium) y ricamente decorada con mármoles polícromos, siendo la marmorización de la edilicia un elemento de romanidad ya sugerido en otros municipios (Vaquerizo 2001).
La ubicación del ustrinum dentro de la propia estructura es un hecho también frecuente en las necrópolis de incineración romanas, e incluso la excavación de la cámara dentro de él.
Sin embargo, en conjunto casi todos esos elementos forman parte de la tradición centenaria indígena, en necrópolis monumentalizadas y organizadas aristocráticamente.
Las tumbas principescas de Castulo o Baza representan formas endocéntricas de organización espacial, que en Los Robles adoptan formas urbanas expresadas en la calle que recorre y articula la necrópolis.
El diseño de la tumba se realiza para delimitar una porción de tierra virgen, y que a pesar de la profundidad que alcanzan los muros perimetrales que delimitan el edificio, no existe tratamiento en su base, quedando la cámara encajada en la tierra natural.
En nuestra opinión, se trata de un ritual deliberado que pretende vincular al difunto con la tierra que lo acoge.
Desgraciadamente, el expolio sufrido por la tumba en época imperial nos ha privado de los datos fundamentales del ajuar y ofrendas allí depositados.
Los únicos elementos que nos han llegado son un anillo de oro deformado por el fuego y un disco de plomo.
La ausencia de cerámica o vidrio fragmentado, que serían parte natural del expolio, sugiere que se extrajeron uno o varios recipientes metálicos o pétreos completos, ya sea una urna de plomo u otro metal, ya sea una caja cineraria de piedra similar a las que conocemos del entorno (Madrigal 1994).
Pero más allá del contenido y forma de la tumba, destaca al hecho de que la inauguración de la necrópolis se hace sobre el rito tradicional, y que a partir de ese momento, todas las tumbas que se construyen responden al nuevo rito oriental de la inhumación, una forma de enterramiento completamente ajeno a la tradición indígena, pero cuya extensión coincide con la consolidación del sistema municipal y de la nueva dinastía flavia.
La tumba 223 cierra un ciclo de vida de una sociedad tradicional enfrentada a una renovación política y social muy rápida, que presenta contradicciones evidentes en las relaciones municipales, abierta a nuevas expectativas, pero conservadora de las tradicionales identidades iberas.
Los aspectos ceremoniales representados en los espacios residenciales de la fase flavia del complejo Los Robles, donde destacan las esculturas dispuestas alrededor del impluvium de la fuente monumental (Castro 2009), reafirman los fuertes lazos que unen la aristocracia indígena con la nueva dinastía, incluso más allá de los que se habían establecido en el periodo julio-claudio, cuando se construyen las primeras almazaras de Aurgi.
Por primera vez podemos asistir a representaciones religiosas e ideológicas de la nueva cultura.
Ahora bien, la ideología en el complejo Los Robles se representa de forma parcialmente pública, porque el público al que va dirigida se circunscribe a la propiedad.
Pero al mismo tiempo no está limitada, en toda la extensión de la palabra, como demuestran los datos arqueológicos del área excavada en Marroquíes Bajos, siendo una propiedad excepcionalmente grande y compleja.
Con toda seguridad el poder de la clase aristocrática romanizada se manifiesta en el foro municipal de Aurgi, donde, como conocemos, se expondrán las imágenes del poder en los espacios públicos, con vocación de trascender a toda la comunidad (Serrano 2004a).
La dualidad de espacios de representación es reflejo, en nuestra opinión, de la concepción ideológica del poder indígena.
Se ha cedido parte de él al municipio, en la ilusión flavia de un mundo municipal ordenado y ajustado a la complejidad de Roma en ese momento, pero se reserva el espacio pseudo privado del complejo Los Robles, donde reside el verdadero poder, en el centro mismo de la tierra.
La necrópolis del complejo inaugura no sólo una nueva forma de ocultación de los difuntos, la inhumación, sino que verdaderamente constituye la primera manifestación funeraria fuera de los espacios consignados a tal fin en la Aurgi republicana y de primera edad imperial, estén donde estén.
En el millón y medio de metros cuadrados investigados hasta ahora en Marroquíes Bajos no se ha documentado ninguna tumba ibérica de ningún periodo.
Y ello es así porque el ordenamiento aristocrático limitaría su uso a espacios acordados en las proximidades del asentamiento.
Ni siquiera durante el desarrollo inicial de la producción oleícola en época augustea y julio-claudia podemos reconocer espacios funerarios, porque, a pesar de la importancia de esa industria, no existe hábitat permanente antes del ordenamiento municipal, hecho confirmado por las intervención en la almazara de Cuétara en 1999 (Serrano 2004b).
Aunque esto quizá debamos matizarlo en relación a Los Robles, donde se documenta una fase de la primera edad imperial, todavía por definir.
No podemos descartar que pueda localizarse una necrópolis de incineración en el propio cerro Los Robles, pero en ese caso habría que ponerla en relación con un núcleo habitado desde por lo menos el Bronce Final-Ibérico Antiguo, que en su papel de control del territorio, habría generado una necrópolis de alcance limitado.
La fundación de la necrópolis de Los Robles a partir de época flavia, con un monumento funerario desarrollado alrededor del rito de la incineración, pretende enlazar con la tradición, y más aún tratándose de un personaje de peso en la escena municipal de Aurgi, como sugieren las características del ritual fúnebre.
Algunos elementos aparecidos en el ustrinum, como las tachuelas de caligae, podrían interpretarse como parte de la indumentaria militar, pero la ausencia de otros elementos relacionados, como restos de coraza, casco, armamento, etc., parece contradecirlo, aunque no lo descarta.
Creemos que este calzado de tipo militar debe interpretarse como las sandalias de un personaje revestido de autoridad, próximo al poder o imbuido de él, de ahí el lecho funerario y la propia estructura y apariencia externa de la tumba, pero enraizado en la tradición indígena y en los valores de esta, y por eso la cámara funeraria excavada en la tierra virgen y sin apenas tratamiento decorativo interior.
Hemos de recordar que durante este periodo del siglo I d.n.e. ya se construían tumbas de gran lujo de estilo romano, y para ello basta recordar las elaboradas estructuras de las necrópolis de Los Chorrillos en Iliturgi (Cerro Máquiz, Mengíbar) (Archivo de la Delegación de Cultura de Jaén), la de Carmona (Bendala 2002) o los monumentos funerarios de la Puerta de Gallegos, en Córdoba (Vaquerizo 2001).
El desarrollo inmediato de la necrópolis de inhumación, coincidiendo con la fundación del municipio, establece una coincidencia que parece tener más trascendencia de lo que aparentemente expresa.
Sabemos que desde finales del siglo I d.n.e. y sobre todo desde comienzos del siglo II se introduce progresivamente la inhumación en la península ibérica, y de forma generalizada desde mediados del siglo II.
Esta moda, común en Roma y oriente del Imperio, se manifiesta, por el momento, como el rito predominante asociado al municipio de Aurgi.
Con la deductio del municipio se inauguran nuevos espacios funerarios en las vías de acceso a la ciudad, que hasta donde sabemos, no enlazan con espacios funerarios anteriores.
Así, por ejemplo, en la cantera que se explotó para extraer bloques de caliza para la construcción de la muralla romana flavia, una vez acabada esta a finales del siglo I d.n.e., se aprovecha el espacio como necrópolis urbana.
Esta necrópolis, sugerida desde antiguo por la aparición de epigrafía (Gonzalez y Mangas 1991, no 41) y sólo recientemente documentada arqueológicamente en un solar (Gonzalez et alii 2006), presenta rituales funerarios tanto de inhumación como de incineración.
La continuidad de la incineración, aunque aparentemente en menor proporción que la inhumación10, con cronologías entre el siglo II y III d.n.e., demuestra que no se ha producido una ruptura inmediata con las tradiciones.
Sin embargo, la modernidad del nuevo rito de la inhumación parece asociarse a la nueva clase del campesinado libre integrado en el orden municipal, una clase de pequeños propietarios beneficiados del orden generado por los flavios.
Y decimos que ello sería circunstancial si no fuera porque desconocemos el rito de la incineración asociado a la expresión económica última del sistema municipal, la casa campesina rural, al menos en el Alto Guadalquivir.
Si el fenómeno de cambio de ritual fuese paulatino, deberíamos localizar espacios funerarios asociados al campesinado rural en los que la transición entre ambos ritos estuviera de manifiesto a lo largo de un periodo entre el último cuarto del siglo I y por lo menos el siglo III.
Es evidente que los procesos de conquista y colonización se definen por la complejidad de las relaciones que se generan, relaciones de conflicto multidireccional porque implican no solo las que se establecen entre indígenas y conquistadores, sino que se refieren a todo el complejísimo entramado que define tanto a los indígenas como a los propios conquistadores.
Las generalizaciones en estos casos son siempre simplificaciones que pueden llegar a convertirse en falsificaciones del hecho histórico.
Un ibero completamente romanizado difícilmente llegaría a convertirse en un verdadero romano.
Podríamos prácticamente concluir, parafraseando a Homi Bhabha (1994), que romanizarse fue una forma de no ser romano11. |
Los lavabos, pilas o tazas de fuente circulares son elementos funcionales y decorativos bastante comunes en el mundo romano donde recibían el nombre de labra.
Dentro de esta categoría se han incluido a menudo también las tazas rectangulares, para las que se prefiere reservar el término alvei.
En el ámbito de la antigua Hispania estos elementos han pasado bastante desapercibidos, lo que obedece a un problema de publicación más que de una ausencia en el registro arqueológico.
En algunas ocasiones, la confusión terminológica ha llevado a identificar las fuentes no como el elemento arquitectónico o escultórico del que brotaba el agua, sino con el espacio físico donde se ubicó aquel.
La revisión historiográfica de los labra documentados hasta el momento en la Península Ibérica, tanto en ámbitos públicos como privados, nos ha permitido analizar su procedencia, tipología, funcionalidad y material de fabricación, además de su contexto arqueológico.
Fabricados en marmora de diferentes variedades, locales e importados, las tazas de fuente, que presentan diferentes tamaños y morfología, suelen estar vinculadas a edificios termales, así como a atrios y peristilos.
PALABRAS CLAVE: arqueología romana, Hispania, fuentes, labrum, alveus, mármol, termas, atrio, peristilo.
FUENTES PÚBLICAS Y PRIVADAS EN EL MUNDO ROMANO: EL LABRUM COMO TIPO ESPECÍFICO
Las fuentes constituían el elemento más visible de la red de distribución de aguas en las ciudades romanas, jalonando el paisaje urbano tanto en el ámbito público como en el privado.
Imprescindibles para el abastecimiento de agua a la población, tanto para beber como para usos higiénicos, adoptan además una función ornamental, destinada a embellecer los espacios que las albergaron (cruces de calles, plazas, pórticos, peristilos, atrios, jardines) mediante juegos de agua y surtidores, que crean una atmósfera más fresca y relajada en lugares muy frecuentados.
Dentro de esta categoría, la arqueología confirma la existencia de un amplio repertorio tipológico en función de la calidad y riqueza del material constructivo y, principalmente, de su complejidad arquitectónica.
Los textos latinos confirman asimismo la existencia de distintas clases de fuentes.
La fuente de abastecimiento público más sencilla recibía el nombre de fons saliens o simplemente saliens, atendiendo a la presencia de un caño por donde brotaba el chorro de agua continua.
Si contaban con pilas o pilones donde se acumulaba el agua que brotaba del caño se denominaban lacus.
La fuente ornamental de carácter monumental, de la que solían brotar varios surtidores o juegos de agua, recibía el nombre de nymphaeum.
Las pequeñas fuentes ornamentales en mármol con cascadas o escaleras de agua son las llamadas fonticuli (Lavagne 1998).
Dichos términos se encuentran menos definidos desde el punto de vista arqueológico.
Un tipo característico de fuente es el llamado labrum, del que vamos a ocuparnos en las siguientes páginas.
Dicho término, derivado del verbo latino lavo, es una contracción de lavabrum, recipiente con agua para la higiene personal.
En las fuentes clásicas esta palabra se emplea para referirse a piletas con agua para beber y para actividades vinculadas con el culto, así como a tazas de fuentes instaladas en jardines y peristilos como elementos de ornato (Fig. 1 y 2), y en termas y baños, donde cumplían asimismo una función práctica de carácter higiénico-terapéutico.
Así lo avalan, entre otros, Catón (de re rustica 10), Cicerón (fam.
Independientemente de su ubicación, todas ellas se caracterizan por su perfil hemisférico más o menos curvilíneo y su fondo interior plano, a fin de facilitar la acumulación de agua dentro del recipiente.
Las paredes son lisas, molduradas o gallonadas.
Su diámetro oscila entre 0,50 y 2 m, si bien algunos ejemplares presentan dimensiones colosales, de hasta 4,5 m de diámetro.
La taza está sustentada mediante un pie único y central, bien tallado en piedra o mármol o construido en mampostería, aunque se conocen ejemplos de pequeño tamaño encastrados en la pared.
Algunos simplemente recogían el agua que manaba de un caño superior, mientras otros contaban con una instalación de agua interior.
En este último caso, el suministro de agua se realizaba mediante un conducto de plomo o fistula aquaria (Rodá 2007: 304-307), que atravesaba el soporte o pedestal de mampostería, para terminar en un orificio en el centro de la pila en el que se inserta un tubo de bronce o plomo, del cual salía un caño de agua.
El surtidor, que constituía una pieza independiente, podía adoptar la forma de máscara, gorgona o cabeza de animal, de cuya boca brotaba el agua, e incluso de grupos escultóricos más complejos.
Los labra documentados son mayoritariamente de piedra.
Los más comunes están tallados en mármol y materiales pétreos locales blancos o de color (marmora).
Las piedras ornamentales locales solían tener un precio inferior al mármol importado, aunque su aspecto exterior recordara el de aquél.
Se conocen asimismo algunos en bronce.
Las fuentes clásicas también nos informan sobre la existencia de recipientes en otros metales como hierro y plata, además de tazas fabricadas en arcilla (labra fictilia).
La pieza central del fondo de la pileta, de la que manaba el agua, podía ser de un material diferente al del propio recipiente, buscando el contraste cromático.
Por tradición historiográfica se han integrado dentro de la categoría de los labra las pilas o cubetas rectangulares sostenidas mediante dos soportes.
Sus similitudes morfológicas con las bañeras individuales han llevado recientemente a Ambrogi a diferenciar entre este tipo rectangular, para el que se debería emplear la denominación alvei, y los lavabos de perfil hemisférico o labra (Ambrogi 1995: 12).
Sin embargo, en la bibliografía al uso todavía se emplea el término labra para ambas categorías, que comparten funciones higiénicas y decorativas.
Por otra parte, el propio término alveus es ambivalente, ya que se suele usar para las bañeras colectivas de las estancias calientes de las instalaciones balnearias.
El origen de la taza de fuente circular se encuentra en el ámbito griego, donde se conoce como loutér, loutérion o perirrhantérion.
En época arcaica reviste un significado religioso o votivo, como recipiente para el agua purificadora, adoptando también un uso higiénico en contextos civiles.
En época helenística son especialmente abundantes, tanto en contextos privados como en dependencias termales públicas.
Se encuentran bien representadas en el repertorio decorativo de los vasos griegos, asociado a escenas femeninas (Courby 1922: 346, n.
31d), que desde el punto de vista iconográfico se ponen en relación con el baño de Afrodita (LIMC, 1984: Aphrodite 452).
En el mundo romano la presencia del labrum es muy habitual en contextos públicos (termas, templos, san- Los hallazgos documentados parecen apuntar que una gran parte suele estar relacionado con las funciones higiénicas, alcanzando un gran desarrollo en las termas públicas y baños privados.
A partir del siglo I a.
C., el desarrollo del sistema de calentamiento de estancias mediante hipocausto o doble suelo en Roma y Campania llevó a disponer de labra de los que manaba agua caliente.
La introducción del sistema de concameratio o dobles paredes, que permitía elevar sustancialmente la temperatura en caldaria y sudationes, trajo como consecuencia la sustitución del agua caliente por agua fría en los lavabos incorporados en dichas estancias calefactadas (Eschebach 1979: 43-44; Yegül 1992: 377), a fin de que los usua-rios pudieran lavarse, beber y refrescarse, sin olvidar el aspecto ornamental y sonoro de los surtidores de agua en un espacio interior.
La presencia de una atmósfera excesivamente cálida, con vapor de agua en suspensión, requería la presencia de recipientes con agua fría continuamente renovada para refrescarse.
A la vez, dichos recipientes rebosaban directamente sobre el suelo caliente, como demuestran las intervenciones arqueológicas en algunos de estos edificios, lo que contribuía a la evaporación de agua necesaria en dichas estancias.
El desarrollo tecnológico y constructivo de las termas durante el siglo I d.
C. reorganiza paulatinamente el espacio interior, asignando al labrum una posición centrada en los ábsides que se abrían en el caldarium, sustituyendo o acompañando a las bañeras o alvei.
Esta posición tenía la ventaja de permitir a los bañistas moverse alrededor de la pila, facilitando la circulación y el acceso al agua fría.
Alrededor de las paredes se disponían asientos, mientras que la luz exterior que recibía este ábside era cenital, dispuesta sobre el labrum para remarcar su relevancia como elemento organizador del espacio.
Vitrubio señala que esta ventana u óculo estaba así dispuesto para evitar que los bañistas oscurecieran con su propia sombra la luz sobre la taza de la fuente (de arch.
La importancia del labrum en los ábsides de los caldaria termales llevó a Vitrubio a definir dicho espacio como schola labri (de arch.
Dicha definición ha generado cierta confusión terminológica en la bibliografía contemporánea relativa a edificios balnearios romanos, que en numerosas ocasiones ha asignado de forma errónea el nombre de labrum no a la fuente, sino al espacio que la albergaba.
La denominación se ha aplicado también incorrectamente a pozos (Medrano & Díaz Sanz 2005: 183) e incluso a estancias de planta circular o semicircular indeterminadas (Carmona et alii 2001: 58).
Las referencias en la bibliografía a labra o tazas de fuente de época romana eran muy limitadas hasta hace pocos años.
Recientemente, las publicaciones monográficas de Ambrogi han ampliado significativamente nuestro conocimiento al respecto, proponiendo incluso una tipología tanto de las pilas como de los soportes (1995; 1998; 1999; 2005).
Los trabajos de Cavalieri (2001), Barbagli & Cavalieri (2002) y Gaston (2007) avanzan en la discusión teórica sobre este tipo de material, dando a conocer nuevos ejemplares.
Por lo que se refiere a la Península Ibérica, el tema de las fuentes romanas ha experimentado un avance considerable desde el trabajo de referencia de Balil (1977).
Labrum de mármol apoyado sobre un soporte de obra situado en el interior del caldarium masculino de las Termas del Foro de Pompeya.
Detalle de la inscripción del borde de la pieza.
Asimismo se han publicado ninfeos como los de Munigua (Hauschild 1977), Anticaria (Riñones Carranza 1989) o Valeria (Montoro 2007, con bibliografía temática completa).
Un simple acercamiento a la bibliografía disponible sobre esta cuestión revela la significativa confusión terminológica entre fuentes públicas, fuentes monumentales, ninfeos, fontanas y surgencias naturales de agua, sin duda por el empleo de la denominación fuente para referirse tanto al elemento arquitectónico o escultórico del que brotaba el agua, como al espacio físico donde se ubicó aquel.
Mayor progreso ha experimentado el análisis de la decoración escultórica de las fuentes gracias a las publicaciones de Loza (1992;1993).
Los labra romanos ha sido un tema de escasa repercusión entre los investigadores españoles, a pesar de la exigua pero continuada aparición de este tipo de materiales en territorio peninsular.
Las noticias disponibles se limitaban a unas pocas notas donde ni siquiera se solía mencionar las dimensiones y características de las piezas.
La tesis doctoral de Loza recopila seis ejemplares de este tipo (1992).
Recientemente hemos dado a conocer una nueva pieza hallada en León (Morillo & Salido 2010, con referencias anteriores).
Ambrogi, en su magnífica monografía de 2005, no contempla los ejemplares procedentes de Hispania.
La revisión bibliográfica que hemos realizado en este estudio permite documentar más de una treintena, varios de ellos inéditos.
En algunos casos tenemos constancia del hallazgo a través de bibliografía antigua, que sólo daba a conocer una somera descripción, a menudo sin material gráfico.
Varios ejemplares se encuentran actualmente en paradero desconocido o depositados en colecciones a las que resulta imposible acceder.
CATALOGO Y CONTEXTO ARQUEOLÓGICO
Presentamos a continuación un catálogo de los labra romanos localizados en las provincias hispanas, clasificados según el tipo de ámbito donde se han hallado (público o privado) y la parte conservada de la pieza (taza o soporte) (Fig. 6).
Hemos recopilado tanto aquellos publicados adecuadamente en mono-grafías y artículos aparecidos durante las últimas décadas, como otros simplemente mencionados y que carecían incluso de una descripción o reproducción gráfica (Segobriga, Baelo), incluyendo piezas inéditas como la de Sofuentes.
Muchos datos nos han sido proporcionados amablemente por diversos investigadores, que nos han facilitado incluso documentación gráfica de las piezas.
No hemos contemplado en esta relación los elementos decorativos aislados vinculados de forma específica a los surtidores o caños decorativos colocados en la pared, que adoptan la forma de máscaras humanas y animalísticas de cuya boca manaba el chorrillo de agua (v.
Loza 1992; Cebrián 2002/03), salvo que, como en el caso de un ejemplar italicense, formen parte de la estructura del propio labrum.
Las ciudades hispanorromanas desarrollaron extensos programas urbanísticos, dentro de los cuales el agua desempeñaba un papel fundamental.
Las infraestructuras hidráulicas de captación, conducción, almacenamiento y distribución eran imprescindibles para el desarrollo de una vida urbana civilizada, que requería grandes recursos de agua para el consumo, la higiene, el ornato y el uso industrial.
Más allá de su importancia como necesidad básica, se convierte en una expresión de la forma de vida propia de la urbanitas.
Ninfeos, fuentes, surtidores, pozos y cisternas, termas, o instalaciones artesanales como fullonicae, tinctoria, cetariae o figlinae, son la expresión característica del paisaje urbano romano, donde el agua es un elemento esencial.
El gobierno municipal y los particulares impulsan, a través de actos de evergetismo, la construcción de infraestructuras y la erección de edificios y construcciones públicas relacionadas con el agua (aedificatio), dotándolas de monumentalidad y magnificencia en la medida de sus posibilidades.
Las tazas de fuentes monumentales o labra, productos esencialmente de lujo y prestigio, se convierten en una forma más de expresar la dignidad pública a través del elemento acuático, empleando mármoles blancos y coloreados y piedras semejantes de menor calidad y precio.
En Hispania se constatan labra de carácter público tanto en espacios abiertos (calles, plazas, pórticos públicos o jardines) como en edificios cerrados, de los cuales el ejemplo más característico son las termas.
La documentación disponible refleja su presencia en ciudades de toda Hispania, con especial concentración en zonas más urbanizadas.
Uno de los conjuntos urbanos más destacados procede de la capital de la Bética.
La antigua Corduba ha proporcionado un número considerable de labra que nos permite conocer con mayor detalle el sistema de distribución del agua en dicha ciudad, gracias al trabajo de síntesis elaborado por Ventura (1996), que constituye una excepción en los estudios en este campo.
Sin embargo, la descontextualización de los hallazgos, conservados en su mayoría en el Museo Arqueológico Provincial de Córdoba, no permite adscribirlos a contextos públicos o privados.
Quizá la única excepción sería un ejemplar procedente del límite norte del Foro colonial, situado en el actual cruce de las calles Cruz Conde y Góngora (MAPC, Sala de Restauración, sigla D-66).
Esta posición permite plantear la hipótesis de que perteneciera a una de las fuentes públicas de la ciudad situada en relación con algún edificio o monumento forense.
Dicho recipiente presenta la particularidad de estar fabricado en bronce, único ejemplo hispano de este tipo documentado hasta la fecha.
Recientemente se han puesto en relación las pilas de bronce con los recipientes para abluciones situados a la entrada de los templos, denominados lutér (Ambrogi 2005: 18).
En este caso se trata de una pieza semiesférica de bronce, en buen estado de conservación, con pátina verde oscura y concreciones calcáreas en la base.
Mide 45 cm de diámetro externo, mientras las paredes presentan un grosor que oscila entre 0,06-0,10 Figura 6.
Mapa de dispersión de los labra de Hispania.
Imagen: A. Morillo & J. Salido.
Labrum encontrado en el límite norte del Foro colonial de Corduba (Córdoba).
Esta pieza está decorada con 24 gallones redondeados al exterior y con aristas vivas al interior.
Se obtuvo mediante fundición en molde.
Presenta un total de seis orificios, todos ellos originales.
El mayor, en el fondo, es circular, de unos 6 cm de diámetro.
Junto a él, en la pared, se halla una pequeña perforación de 0,09 cm de diámetro.
Por último, cercanos al borde, se disponen cuatro orificios equidistantes enfrentados dos a dos, de 0,15 cm, con huellas de rozaduras alrededor de cada uno.
Estos últimos debieron servir para ajustar en ellos el trípode o soporte broncíneo hallado junto al labrum, del que nos da noticia S. de los Santos y que desgraciadamente se fundió.
El soporte hallado en el mismo momento debió contar con cuatro patas y no con tres.
El gran orificio del fondo podría haber dejado paso a una fístula plúmbea, mientras que la pequeña abertura situada junto a éste habría constituido un desagüe o aliviadero.
Por su tipología se ha datado en el siglo I d.
C. De Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz) procede otro de los ejemplares béticos (Fig. 8 y 9).
Se encuentra prácticamente inédito, ya que sólo se menciona su aparición durante las excavaciones del año 1977, publicándose una fotografía poco ilustrativa (Didierjean et alii 1978: 451-452, lám. XIV).
La pieza se halló descontextualizada y reutilizada, posiblemente durante el siglo IV d.
C., como piedra de molino en las tabernae del foro, alineadas junto al decumanus maximus, donde se encuentra actualmente.
Su hallazgo a escasos metros de las termas públicas de la ciudad, así como las características de la pieza (tipología y dimensiones), nos permite plantear que su procedencia original sería el edificio balneario.
Es una taza de labrum tallada en mármol brechado gris oscuro veteado en blanco rosado de procedencia foránea.
Sus grandes dimensiones nos indican que posiblemente la pieza llegó por vía marítima-fluvial, tal vez desde yacimientos del interior de la Península de los que se extraen marmora de características cromáticas similares, como Almadén de la Plata o Estremoz.
No podemos tampoco descartar un origen norteafricano de la misma.
Correspondería al tipo VI de Ambrogi, «a bacino», típico de labra termales, caracterizado por sus grandes dimensiones y su perfil abierto con escaso fondo (Ambrogi 2005: 78-80).
El diámetro máximo sería de aproximadamente 2 m, mientras que en el fondo esta medida no supera los 1,76 m; la altura total de la pila alcanza 0,34 m, mientras la altura interna es de 0,14 m.
Posiblemente de un ámbito urbano o semiurbano procede un fragmento rectangular de taza de labrum moldurado y sin decoración, procedente del caldarium de las termas de Las Bóvedas en San Pedro de Alcántara (Marbella, Málaga) y dado a conocer por Loza (1992: 563, nota 249).
Esta autora no aporta más datos acerca de la pieza, posiblemente de mármol.
La capital de la Lusitania, Emerita Augusta, ha proporcionado hasta la fecha 4 ejemplares.
En la llamada Aula Sacra del peristilo del teatro se halló una pileta rehundida de 1,05 m de lado y 0,24 m de profundidad, en cuyo interior apareció un soporte de labrum (Fig. 10 y 11).
Se conserva in situ, ocupando el eje axial del pórtico post scaenam del teatro, alineado con el Aula de culto imperial y la valva regia.
La altura del labrum es de 0,60 m y su diámetro es de 0,30 m La base del surtidor, cuadrada, mide aproximadamente 0,45 m de lado.
Sobre esta basa se dispone una columna a la manera de fuste.
En su parte superior conserva el orificio del conducto donde se alojaba la fistula aquaria.
El pie es de mármol blanco de procedencia indeterminada, tal vez de las vecinas canteras de Estremoz, cuyos materiales son abundantísimos en la capital lusitana, y se encuentra decorado con un relieve de grandes hojas de acanto que alternan con hojas lisas, que cubren tanto la basa como el fuste (Loza 1992: 564-565, n.o 71, lám. LXX; Loza 1994: 265) 2.
A partir de la decoración y del contexto estratigráfico, Floriano Cumbreño data la pieza a comienzos del siglo II d.
Dos fragmentos aparecen descontextualizados en un vertedero de época islámica.
El borde está decorado con un contario; la segunda (n.o inv.
6035/491/1), realizada en el mismo material que la anterior, es un fragmento de cuerpo de un recipiente hemiesférico decorado con gallones.
Por lo que se refiere al tercer ejemplar (N.o inv.
6021/151/79), se halló en un potente nivel de relleno de época visigoda que sellaba el estanque oriental del área sacra del foro.
Es un fragmento de borde y cuerpo de un labrum de poca profundidad carente de decoración.
También en este caso está realizado en mármol blanco y se halló fragmentado en dos mitades.
Su Aunque no contamos con datos que permitan determinar la categoría de esta instalación, podemos decir que tanto la tipología como las dimensiones de esta pieza corresponde a las de los grandes labra aparecidos en ámbitos termales públicos (Ambrogi, 2005: 78-80).
El resto de labra documentados en ámbitos públicos procede de la extensa provincia Tarraconense.
La ciudad romana de Emporiae ha proporcionado el mayor conjunto, 5 piezas interpretadas como labra4.
Los dos primeros proceden del caldarium de las termas de la Neapolis.
En el ángulo noreste de dicha estancia se hallaron in situ dos bloques cuadrangulares de piedra local de 0,40 m de lado, correspondientes a soportes de labra (Palahí & Vivó 1993: 107).
La separación entre ambos es de tan sólo 0,90 m, por lo que cabe plantearse si nos encontramos en realidad ante dos ejemplares o ante dos soportes de una única taza.
En este caso, más que ante un labrum, nos encontraríamos ante los elementos de sustentación de una cubeta rectangular o alveus.
Pertenecen a la fase constructiva de las termas que se ha datado entre los siglos I a.
Entre los materiales emporitanos destaca el hallado durante 2001 en el caldarium de las termas públicas de la insula 30 de la ciudad romana, actualmente custodiado en el Museu d'Arqueologia de Catalunya-Empúries (núm. UE: 01-CR-Ins 30-7125).
Se conservan dos fragmentos de taza, tallados en mármol importado de la isla egea de Esciros (Skyros) (Fig. 12).
El interior está moldurado y no posee inscripción grabada en el borde, pero la presencia de agujeros y restos de bronce tal vez podría hacer suponer la existencia de letras de este metal incrustadas, características de piezas donadas para edificios de carácter público.
Por lo que se refiere a su datación, se ha propuesto la segunda mitad del siglo II d.
C., pero resulta difícil una mayor precisión del contexto estratigráfico debido a que la pieza se encuentra reutilizada en un espacio anexo situado al sudeste del caldarium de las termas, desde donde habría sido trasladado.
De las letrinas de estas mismas termas públicas situadas en la insula 30 de la ciudad romana procede otro soporte de labrum de piedra local de dimensiones y tipología indeterminadas, datado posiblemente en la segunda mitad del siglo II d.
Empúries ha proporcionado un ejemplar más de este mismo tipo.
Se trata de un fragmento de taza de labrum de piedra calcárea numulítita gris de Girona (Àlvarez Pérez et alii 2009: 68-73) (Fig. 13), que mide 34,6 × 14,8 × 9,3-8,6 cm, siendo imposible precisar con certeza las dimensiones totales de la pieza, del tipo VI de Ambrogi.
Se han podido leer varias letras inscritas en el borde de la taza, que formaron parte de un epígrafe más largo.
Se conservan dos grupos de letras, DE y SVO, separados por una hedera distinguens (IRC III, 74, n.o 39).
Respecto a su cronología se ha señalado la de la propia Casa Romana n.o 3, finales del I a.
Aunque el lugar de hallazgo apuntaría a que nos encontramos ante una pieza de ámbito privado, la Figura 12.
Labrum procedente del caldarium de las termas públicas de la insula 30 de Empúries.
Fragmento de taza de labrum de la casa Romana no 3 de Empúries.
Fotografía: J. Tremoleda. lectura de la inscripción parcialmente conservada que recorre el borde de la pieza nos lleva a reinterpretarlo como un elemento público, sin duda trasladado desde su lugar original en un momento indeterminado.
La semejanza respecto a otros epígrafes sobre labra, procedentes de Pompeya, Turios, Marruvium y Sabratha (Fagan 2002: 174-175, n.o 68, 75, 151 y 166), nos permite plantear la hipótesis de que nos encontramos ante un acto de evergetismo, promovido por un particular o un magistrado local, y vinculado posiblemente a un edificio termal público.
Es posible que, al igual que en alguno de los casos anteriores, se especificara en la inscripción no sólo el donante, sino incluso la cantidad de dinero que se pagó por la fuente.
En el caso de Pompeya sabemos que dicho coste ascendió a más de 5000 sestercios.
De la capital provincial, Tarraco, proceden otros dos fragmentos de taza de labrum, pertenecientes en este caso a la misma pieza (Fig. 14).
Se hallaron en las excavaciones de las termas públicas del área portuaria excavadas hace algunos años, donde aparecieron descontextualizados (Macías i Solé 2004: 127-128, fig. 133).
Los restos conservados corresponden aproximadamente a una cuarta parte de la pieza, realizada en mármol blanco de grano fino de procedencia desconocida.
El diámetro total estaría entre 0,40 y 0,50 m, aunque no se conserva resto alguno del borde de la pieza, lo que impide pronunciarse con certeza sobre su tipología.
Sin embargo, la horizontalidad del fondo indicaría tal vez que estamos ante el tipo VII de Ambrogi, a piatto (2005: 78-80).
En la parte central se conserva parte de una decoración floral, dispuesta en torno a un orificio central que servía para introducir la fistula aquaria.
La flor presenta cinco grandes pétalos dispuestos en dos hileras.
Alrededor, ocupando el resto del fondo, se dispone una banda radiada de pétalos cóncavos.
En la parte derecha se conservan los dos orificios correspondientes a una grapa de hierro, hoy perdida, que nos informa de una antigua reparación (Macías i Solé 2004: 127-128, fig. 133) 5.
Tres ejemplares más proceden del yacimiento de Ca l'Arnau-C'an Mateu (Cabrera del Mar, Barcelona), interpretado como un centro administrativo del territorio (Martín 1998/99: 226), posiblemente una aglomeración secundaria.
Durante las excavaciones de las termas públicas se localizaron tres pedestales que servían para soportar respectivamente los labra del apodyterium, tepidarium y caldarium del balneum del asentamiento6.
Tanto en la estancia de ambiente templado como en el caldarium, los soportes se localizaron en una posición descentrada respecto al eje de las habitaciones.
El pedestal hallado dentro del apodyterium también medía unos 9 cm de diámetro, pero en este caso se hizo de obra, con fragmentos de ladrillos unidos con mortero para formar un pie circular, cuya superficie exterior estaba enfoscada (Fig. 17).
La pieza se dispuso junto al muro oeste de la estancia, adosada a éste mediante una construcción de obra del mismo tipo que la del soporte.
Corresponde a un momento claramente posterior al de la construcción de la estancia, pues se instaló sobre una superficie hidrófuga.
Respecto a la cronología, solamente contamos con los datos proporcionados por la datación estratigráfica general de las termas, que constatan su uso desde mediados del siglo II a.C. hasta el primer cuarto del siglo I a.C. (c.
Poseemos asimismo una brevísima referencia al hallazgo de una posible crátera decorativa o taza de labrum realizada en alabastro egipcio procedente del cercano santuario de Can Modolell (Cabrera de Mar, Barcelona) (Revilla 2002: 203).
En las excavaciones del Cerro del Molinete, en el sector correspondiente al área forense de la ciudad romana, junto a la escalera monumental de acceso a un edificio interpretado como el posible capitolio de la ciudad, se halló una pieza ovalada de 0,60 × 0,40 m, con una profundidad de 0,30 m, tallada en caliza gris-azulada.
En el fondo se aprecia un orificio circular, correspondiente a la fistula aquaria.
El labrum apareció reutilizado en estructuras de época tardorromana, pero A. Egea lo vincula con el entramado hidráulico del foro, del cual habría formado parte como elemento ornamental, ubicado tal vez delante del podium del templo.
Del interior de la provincia tarraconense proceden los tres últimos hallazgos hallados en contextos públicos.
Uno de ellos fue dado a conocer hace casi un siglo y ha pasado prácticamente inadvertido para la investigación.
Nos referimos al ejemplar de Segobriga (Saelices, Cuenca).
El labrum apareció durante las excavaciones desarrolladas a comienzos del siglo XX en el laconicum de las pequeñas termas de la ciudad.
Según las Memorias de Excavación, elaboradas por Quintero Atauri, se halló en este lugar una «pila circular de piedra negra medio calcinada» (Quintero Atauri 1913: 93-94).
Almagro-Gorbea y Abascal han mencionado recientemente la existencia de esta pieza (1999: 98-99).
Gracias a dichos investigadores sabemos que se conservaban varios fragmentos de borde, labrados en caliza local y que su diámetro estaría entre 1 y 1,5 m, siendo su anchura entre 20 y 30 cm. Sin embargo, no ha sido posible localizar esta pieza, que se encuentra en paradero desconocido7.
El único ejemplar conocido en el Noroeste peninsular procede del antiguo campamento de la legio VII gemina en León (Morillo & Salido Domínguez 2010).
Se conservan tres fragmentos correspondientes a una gran taza de labrum realizada en caliza extraída de las canteras de Espejón (Soria), de tonalidad violácea con vetas amarillentas (Fig. 18 ferencia del fondo estaría en torno a los 1, 45 m.
La altura total de la pila es de 24,78 cm, mientras su fondo apenas supera los 15 cm. El orificio central, donde se alojaba la conducción de agua, debió tener un diámetro de entre 6,12 y 7,30 cm de anchura.
Las paredes presentan una anchura de unos 10,5 cm. La pared de la zona central de la cubeta, en torno al surtidor, se ensancha considerablemente hasta alcanzar los 19,20 cm. Se ha perdido la pieza de piedra o metal sobre la que impactaría directamente el agua del surtidor en su caída.
En el borde y la superficie exterior se aprecian las huellas de desgaste causadas por el desbordar continuo del agua de la pila.
El soporte, realizado de obra, medía aproximadamente 1,30 m de diámetro, a juzgar por el tratamiento de la superficie exterior de la pieza, apenas desbastada en la zona que permanecía oculta por la mampostería.
La pieza apareció rota intencionadamente en varios fragmentos, de los que se pudieron recuperar sólo tres, reutilizados como tapa de una pequeña cloaca que discurría bajo el vano meridional de la puerta principalis sinistra del campamento.
Su proximidad a las termas legionarias, ubicadas a unos 10 m de distancia, además de la propia morfología y dimensiones (Ambrogi 2005: 78), nos lleva a suponer que el labrum procedía de alguna de las estancias calefactadas de dicha instalación.
La construcción de la alcantarilla es posterior sin duda a la construcción de la puerta y de las termas, que tuvo lugar en época flavio-trajanea (Morillo & García Marcos 2005).
Esto nos lleva a datar la pieza probablemente en el siglo II d.
Finalmente, un soporte de obra conservado parcialmente se ha dado a conocer en el caldarium de una instalación termal pública construida durante la segunda mitad del siglo II a.
No conocemos más datos sobre este hallazgo.
Los elementos de este tipo recuperados en ámbitos privados proceden en su mayoría de establecimientos rurales.
Tan sólo los de Mataró y Troia proceden de asentamientos urbanos o semiurbanos.
No cabe duda de que numerosas domus urbanas contaron con este tipo de instalaciones de uso práctico y decorativo.
Sin embargo, el menor interés que ha despertado hasta hace pocos años el estudio del urbanismo privado en las ciudades romanas, que ha llevado a concentrar los esfuerzos arqueológicos en zonas públicas, unido a la descontextualización de buena parte de las piezas halladas en yacimientos urbanos con anterioridad a la década de los cincuenta del siglo XX, nos impide ubicar con exactitud su lugar de procedencia.
Algunos museos provinciales, como el de Córdoba, Sevilla o Tarragona, albergan piezas de este tipo, sin que sea posible establecer su contexto arqueológico concreto.
Las zonas residenciales de las villae rústicas han sido mucho más generosas en este tipo de hallazgos.
También en este caso ha sido posible comprobar su estrecha asociación con estancias destinadas al baño, si bien la reutilización de los labra y la antigüedad de numerosas intervenciones no permiten establecer con exactitud su posición original.
En otros casos, los labra formaron parte de los programas decorativos de peristilos y jardines privados.
En la provincia de la Baetica se han constatado por el momento tres labra en ámbito privado.
Uno de ellos fue hallado en la llamada Casa de Mitra (Cabra, Córdoba).
Repartidos por toda la superficie de la excavación se hallaron diversos fragmentos pertenecientes a una taza de fuente tallada en una sola pieza de piedra caliza, lisa por dentro y con su exterior decorado con motivos geométricos y vegetales estilizados.
Junto al borde denticulado corren una pareja de molduras sogueadas y otra en zig-zag, a juego con el filo de dientes que limita el resto de la decoración.
El elemento básico de ésta consiste en un disco de molduras concéntricas, rodeado de hojas, formando una especie de gran flor estilizada (Blanco Freijeiro et alii 1972: 318, lám. XXVI, fig. 14).
Por su estilo decorativo se ha datado la pieza en el siglo III, pero no existe ningún dato estratigráfico que lo confirme.
No ha sido posible determinar otras características de este labrum como sus dimensiones y tipología, ya que al encontrarse cerrado por reforma el Museo Municipal de Cabra, donde se encuentra custodiada, en el momento de realizar este estudio, no hemos podido analizarla directamente.
Ma L. Loza propuso que esta pieza debía interpretarse como el elemento ornamental central del peristilo de la villa (1992: 155, n.o 11, lám. IX).
Dos piezas béticas más proceden de la villa romana de El Ruedo (Almedinilla, Córdoba) (Vaquerizo 1990: 128, n.o 4 y 4bis, lám. II, 4).
De la primera de ellas se conservan tres grandes fragmentos, tallados en mármol amarillento, con concreciones.
Las dimensiones (aproximadamente 26,4 cm de diámetro de la boca, 15,4 cm de diámetro en la base, altura de 13,2 cm y grosor medio de la pared entre 3,4 y 4,l cm) nos indican que nos encontramos ante una pila de pequeño tamaño.
La superficie exterior estaba apenas trabajada, con aspecto rugoso, lo que podría indicar que era una pieza para encastrar en un pedestal de obra.
Por el contrario, la superficie interior se encuentra bien alisada.
La pieza constaba al menos de dos canales vertedores dispuestos a la manera de asas o pico de forma trapezoidal, de 3,2 cm de anchura máxima y 6,7 cm de longitud.
Por lo que se refiere al otro labrum de Almedinilla, resulta muy similar al anterior, aunque tallado en esta ocasión en caliza y presenta menores dimensiones.
Los restos de estas piezas proceden de la Estancia IX.
En concreto la primera de ellas fue recuperada del interior de un gran estanque rectangular.
Al parecer deben encontrarse en relación con las reformas que sufre el triclinium de la villa a finales del III o comienzos del IV, que suponen la creación de un ninfeo monumental, cuya agua rebosaba y terminaba en el mencionado estanque rectangular, situado en el centro del peristilo (Vaquerizo & Noguera 1997, 60-69).
La cronología de los labra se ha establecido en estos mismos parámetros temporales.
La Lusitania ha proporcionado 3 ejemplares.
Desde 1952 se conoce un pie de labrum hallado en las excavaciones de la villa de la Dehesa de La Cocosa (Badajoz), actualmente conservado en el Museo de Badajoz (N.o inv.
Se trata de una columna o soporte tallado en mármol blanco con forma de columna que se apoya sobre un soporte cuadrado (Fig. 20).
Presenta una decoración vegetal de hojas de acanto que rodean completamente el soporte.
En la parte inferior se alternan hojas de acanto con hojas lisas.
Su tipología no encaja en ninguna de las variantes de Ambrogi, pero se asemeja a la IA (2005: 95-96).
Carecemos de indicación alguna en la bibliografía sobre la procedencia del mármol empleado, aunque su proximidad podría apuntar a las cercanas canteras del anticlinal Borba-Estremoz.
La pieza se encontró en el peristilo central de la pars urbana de la villa romana, de cuyo programa ornamental debió formar parte.
En el vicus de Troia (Grândola, Setúbal) se identificó un complejo termal de carácter privado, en una de cuyas estancias (caldarium) se encuentra una estructura maciza absidal, realizada en ladrillo de un metro de altura, que se interpretó como un soporte de labrum (Apollinario 1897, 160-161).
El hallazgo de Marim (Olhão, Portugal) completa el panorama del occidente peninsular.
Es una taza circular de 1,5 m de diámetro por 0,95 m de altura, sostenida mediante un pie cuadrado.
No obstante no se publica documentación gráfica alguna, y tampoco ha sido posible localizar la pieza (Da Veiga 1972: planta 26D; Fraga da Silva 2009: 14).
Respecto a su procedencia concreta, Da Veiga señala que apareció en los ambientes balnearios, concretamente en un alveus de la villa.
Varios ejemplares más se han documentado hasta la fecha en ámbitos privados de la Tarraconense.
De la antigua Iluro (Mataró) proceden cuatro piezas.
Una de ellas es un pedestal prismático de labrum tallado en mármol blanco de origen griego, decorado con una roseta en relieve en uno de los costados y reutilizado como lápida funeraria en dos ocasiones sucesivas.
Procede de las excavaciones en el carrer Carreró n.o 47.
Asimismo se han publicado otros tres fragmentos de bordes moldurados, correspondientes a diferentes tazas de labra, todos ellos en mármol blanco del grupo de Paros.
Todos ellos se fechan a lo largo del siglo I d.
Los autores de los correspondientes informes no proporcionan más datos sobre dichas piezas, que provienen, según Clariana, de jardines y peristilos de viviendas urbanas.
En la villa romana de El Romeral (Albesa, Lleida), aparecieron recientemente los restos de la taza de un labrum, junto con un fuste de columna y una placa esculpida con la reproducción de una cabeza de Medusa, cuya boca alojaba una fistula aquaria de salida de una fuente (Marí & Revilla 2006/07: 134).
Los fragmentos se hallaron en los niveles de amortización de una piscina perteneciente a las estancias balnearias de la villa, en uso durante los siglos II y III d.
C. y abandonadas en torno a mediados o la segunda mitad del siglo IV d.
No se han dado a conocer por el momento otros datos como las dimensiones o el material constructivo de esta pieza, que en la actualidad se encuentra en estudio por parte de Marí y Revilla.
Del establecimiento rural del Camino Viejo de las Sepulturas (Balazote, Albacete), datado en el siglo IV d.
C., procede el último ejemplar hallado en contexto del que tenemos noticia.
De los Santos Gallego, en su cuaderno de campo, menciona que en una habitación trilobulada de las termas de la villa, interpretada como un caldarium o una sudatio, se halló una pileta de piedra con caño y desagüe, a 0,30 m de profundidad (Sanz Gamo 1989: 245; García Entero 1997: 340).
Carecemos de otros datos sobre esta pieza, que no se ha podido localizar.
A esta nómina de labra en ámbito privado debemos añadir el ejemplar aparecido en el peristilo de la villa romana de La Olmeda (Pedrosa de la Vega, Palencia), actualmente en estudio por parte de J. Beltrán9.
Soporte del labrum de la villa de la Dehesa de La Cocosa (Badajoz).
Fotografía: Museo de Badajoz.
Un tercer grupo estaría compuesto por labra conservados en los fondos de los museos, recuperados durante excavaciones antiguas, sondeos urbanos recientes pero muy limitados o en circunstancias desconocidas.
Evidentemente en estos casos no resulta posible pronunciarse sobre el ámbito de procedencia, que puede ser público o privado.
Las piezas de este tipo se concentran principalmente en la Bética.
El mayor conjunto procede de la antigua Corduba.
En el Museo Arqueológico Provincial se conservan al menos cinco ejemplares reseñados por Ventura (1996).
El primero de ellos (N.o registro 13079) apareció en 1938-1939 durante la construcción de las «Casas Baratas del Patronato de San Rafael», extramuros de la ciudad de Córdoba, al occidente del casco urbano (actual calle Infanta Doña María).
Otro ejemplar (N.o registro 5785), en este caso de procedencia desconocida, es un fragmento de borde de labio plano de labrum semiesférico tallado en mármol blanco, que presenta una decoración de gallones en su cara exterior (Ventura 1996: 122, fig. 88ab).
En el Alcázar de los Reyes Cristianos se conserva un borde de una pila circular labrada en mármol de Cabra, de 36 × 11 cm (Ventura 1996: 122).
Los dos ejemplares cordobeses restantes reseñados por Ventura como labra pertenecen en realidad a tazas de fuente rectangulares (alvei), si nos acogemos a la reciente diferenciación de Ambrogi (1995: 12).
En esta misma calle, pero en el n.o 10, se halló otra esquina de alveus rectangular de mármol blanco con vetas grises.
Una de las piezas más significativas del conjunto de ejemplares sin contexto es una pieza completa conservada en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla hallada durante el siglo XVIII en la ciudad romana de Italica, comprada por el Museo de Sevilla en 1902.
La pieza ha pasado casi desapercibida para la investigación sobre la antigua colonia romana.
Se conserva la taza de fuente circular realizada en mármol blanco de procedencia indeterminada.
En la parte central de la pieza se halla no sólo el orificio que albergaba la fístula o conducto de plomo central de la que manaba el agua, sino también la base en la que se encajaba el soporte de la taza.
El labrum se encuentra decorado con cuatro cabezas de león dispuestas axialmente, de cuyas fauces manaban chorros de agua.
Se conserva aún el orificio que, desde el interior de la taza, conducía el agua a través de tubos de hierro, cuyos restos aún son visibles en la boca de los animales.
Las cabezas de león están delimitadas respecto al cuerpo de la taza mediante líneas sogueadas que representan seguramente guirnaldas.
La melena y las orejas, erguidas y dispuestas hacia atrás, fueron talladas en relieve sobre el propio borde de la taza.
Tres de ellas han llegado hasta nosotros casi completas, mientras la cuarta se encuentra muy deteriorada.
El diámetro máximo de la pieza es de 0,56 m, siendo el del recipiente propiamente dicho 40 cm. La profundidad de la pila es de tan sólo 6 cm. En el centro geométrico se encuentra el orificio que albergaba el conducto de salida del agua, que mide 3 cm de diámetro.
Este es sin duda el ejemplar en el que puede observarse más detalladamente el sistema de sustentación de la taza y el dispositivo donde se alojaba el conducto de la fistula aquaria.
En la parte inferior se observa la base del soporte, de 15,5 cm de diámetro, dentro del cual se aprecia una superficie cuadrada rehundida para encastrar el pie, de 8,5 cm de lado.
Aparentemente correspondería a un pie marmóreo cuadrado.
Sin embargo, el análisis de la superficie del inferior de la pieza presenta una patina característica que demuestra que el labrum debió apoyarse en un pedestal macizo de obra.
Tal vez la pieza se preparó para un pie marmóreo y luego se decidió emplear un pedestal macizo.
O bien la superficie cuadrada rehundida en la base de la pieza corresponde a los sistemas de conducción y llaves hidráulicas.
Las características de la pieza permiten encuadrarla dentro del tipo II de Ambrogi, «a bacile», cuyos rasgos más significativos son las dimensiones reducidas, el borde sobresaliente y, a veces, éste último decorado con dos o cuatro máscaras o cabezas humanas o animalísticas dispuestas axialmente, cuya boca es utilizada para el vertido del agua del recipiente (Ambrogi 2005: 75-76).
Otra pieza completa se encuentra reutilizada como fuente ornamental en el Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla (Fig. 24).
Se conserva la taza de fuente octogonal realizada en una pieza de mármol blanco con vetas grisáceas de procedencia desconocida, de más de 2 m de diámetro.
Cada uno de sus lados mide 0,85 m por su parte exterior y 0,75 m, en su interior.
La fuente se encuentra ricamente decorada con un sogueado que, a modo de cuatro cordones, recorre todo el perímetro externo de la pieza en el nivel superior.
En la parte inferior se representaron en cada uno de los ocho lados de la pieza un motivo central de triple corona vegetal de hojas de roble o laurel, dentro del cual se inscribe una roseta cuadripétala con botón central.
Los conductos de salida del agua y el pie de la pieza son añadidos posteriores.
La pieza fue dada a conocer de forma sumaria por Blanco Freijeiro, quien señalaba su origen romano, vinculándolo a las termas romanas de la antigua Hispalis (Blanco Freijeiro 1972: 19, lám. X).
Ha sido reestudiada de forma más detallada por Loza, quien no informa sobre las medidas (1992: 276, n.o 46, lám. XLII, B).
Por paralelos tipológicos se ha datado en el siglo IV d.
Sin embargo, esta tipología de labra octogonales no se recoge en el amplio catálogo de piezas romanas elaborado por Ambrogi (2005), aunque se aproximaría a su tipo VI de cubeta.
La carencia de paralelos morfológicos, así como sus peculiaridades decorativas, plantean ciertas dudas sobre la factura romana de la pieza, tal vez realizada durante la época andalusí.
Un nuevo ejemplar completo, en este caso inédito, procede de la Tarraconense oriental.
La pieza fue localizada por C. Aguarod durante las prospecciones realizadas durante los años ochenta en la comarca zaragozana de las Cinco Villas (Fig. 25).
Se encontraba en la vivienda particular de un vecino de la localidad de Sofuentes (Zaragoza).
Posiblemente procedía del cercano asentamiento romano de Cerro o Cabezo Ladredo (Lostal Pros 1980: 78-81).
Gracias a las imágenes y a la descripción del ejemplar en el momento del hallazgo, que nos han sido facilitadas por C. Aguarod11, ha sido posible detallar sumariamente la taza, realizada en piedra ornamental de coloración gris u oscura (mármol o caliza).
Es circular y se encuentra decorada con cuatro apliques decorativos dispuestos axialmente, tres de los cuales parecen iguales.
Sin embargo, no se ha podido analizar la decoración, ya que no se conservan fotos donde pueda observarse de forma frontal.
El diámetro externo de la pieza es 0,53 m.
La tipología, al igual que la del ejemplar italicense que acabamos de describir, con el que guarda evidentes paralelos en cuanto a la forma y las dimensiones, parece ser también el tipo II de Ambrogi (2005: 75-76).
No obstante, el no haber podido estudiarla directamente, ya que se encuentra en paradero desconocido, plantea lógicamente ciertas dudas sobre la misma.
ESTUDIO ANALÍTICO DE LOS LABRA HISPANOS
Como ya hemos señalado más arriba, los lavabos o tazas de fuente circulares de perfil curvo son elementos bastante comunes en el mundo romano, donde adoptan una finalidad decorativa y funcional asociada a distintos ambientes.
Más allá de algunas breves notas, carecemos de estudios monográficos sobre su presencia en la Península Ibérica, motivo por el cual nos planteamos esta revisión y actualización.
A pesar de su escasez, dichos elementos, tallados en mármol o piedras ornamentales de color, debieron ser mucho más abundantes de lo que la documentación arqueológica permite apreciar.
Por una parte, presentan algunos problemas de identificación.
En muchas ocasiones, su estado fragmentario, unido a su morfología cóncava y al material en que están realizados, hace que se confundan fácilmente con cráteras o vasijas decorativas monumentales.
Es probable que en algunos catálogos de museos o memorias de excavación figuren fragmentos de labra como elementos de este tipo.
En algunas ocasiones pasan casi desapercibidos, ya que se incluyen dentro del apartado genérico de la decoración arquitectónica.
Por otra parte, rara vez se encuentran en su posición original, en especial las tazas, que han sido objeto de reutilización desde época romana.
En algunas ocasiones se han empleado posteriormente como pilas bautismales o fuentes ornamentales.
La misma ambigüedad encontramos en lo relativo a los soportes o pies, que pueden haberse empleado como elementos sustentantes tanto para labra como para mesas o estatuas de reducido tamaño.
En este caso, tan sólo el hallazgo del soporte in situ puede aclarar cuál sería su función original.
Se encuentra pendiente una labor de identificación sistemática de este tipo de piezas en los fondos de museos y excavaciones arqueológicas.
Por otra parte, los hallazgos de pavimentos con diseños concéntricos en mosaico o sectilia en determinadas estancias termales, por poner un ejemplo (Guitart 1976: 64), el piso rebajado y preparado, como en el caso de la villa de Almenara de Adaja (Valladolid) (Sánchez Simón 1998: 147), o de conducciones de agua con canalizaciones (Martínez Caballero 2007: 283) y llaves de plomo en suelo y paredes, nos advertirían casi sin lugar a dudas que nos encontramos ante una posible instalación hidráulica de este tipo, que ha desaparecido.
Existe además cierta confusión terminológica entre los labra de forma circular y los alvei o tazas de fuente rectangulares, que comparten funciones con aquellos.
La tradición historiográfica ha supuesto que habitualmente se incluyan ambos grupos juntos, aunque Ambrogi ha propuesto acertadamente que se empleen denominaciones latinas diferenciadas para objetos que presentan funcionalidad semejante, pero morfología distinta (Ambrogi 1995: 12).
En el caso hispano, se han dado a conocer 2 ejemplares en mármol blanco de alvei procedentes de Córdoba Figura 24.
Taza de fuente octogonal conservada en el Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla.
Fuente localizada en la localidad de Sofuentes (Zaragoza).
Los pies dobles atribuidos en ocasiones a labra en la bibliografía deben corresponder en realidad a alvei rectangulares, como en el caso de los del caldarium de las termas de la Neapolis de Empúries que hemos presentado más arriba, donde se conservaban dos soportes en paralelo.
Éste sería posiblemente el único alveus conservado in situ, asociado, tal y como veremos en el caso de la mayoría de los lavabos circulares, a estancias termales calefactadas.
Dejando al margen dichos fragmentos de alvei o tazas de fuente rectangulares, la revisión de la bibliografía disponible ha permitido identificar con seguridad un total de 36 labra de época romana en las provincias hispanas.
De ellos, 27 corresponden a tazas o pilas hemiesféricas (tres de Córdoba, dos de Empúries, tres de Mérida, tres de Mataró, dos de la villa del Ruedo de Almedinilla y un ejemplar en Cartagena, Baelo Claudia, San Pedro de Alcántara, Italica, Sevilla, Casa de Mitra de Cabra, Marim y Torre d'Aires, Tarragona, villa de El Romeral, Balazote, León, Segobriga y Sofuentes respectivamente) y nueve a soportes (tres ejemplares de Cabrera del Mar y uno de Empúries, La Cocosa, Troia, Mataró, Mérida y La Cabañeta respectivamente).
Ninguno de ellos ha llegado completo hasta nosotros, con el soporte y la taza correspondiente.
Al igual que en el resto del Imperio, los ejemplares hispanos aparecen repartidos en ámbitos públicos y privados, si bien los del primer tipo constituyen una gran mayoría.
Diecinueve piezas se han documentado en contextos públicos urbanos o semiurbanos (cuatro de Mérida, tres de Empúries y de Ca l'Arnau y una de Córdoba, Cartagena, Baelo Claudia, Torre d'Aires, San Pedro de Alcántara, Tarragona, La Cabañeta, Segobriga y León).
El fragmento de labrum de Empúries procedente de un ámbito privado como es la Casa Romana n.o 3 ilustra perfectamente sobre la distorsión que puede introducir el lugar de hallazgo arqueológico respecto a la posición original de la pieza y los problemas interpretativos que de ella se derivan.
En este caso concreto, la presencia de una inscripción que habla posiblemente de una donación evergética de un particular a la comunidad nos ha permitido reinterpretarla como un labrum que debió hallarse en un contexto público, habiendo sido desplazado de su posición original en un momento indeterminado.
Los hallazgos verificados en ámbitos públicos se concentran lógicamente en las áreas más urbanizadas de Hispania, como el valle del Baetis o la costa tarraconense.
En el interior, en ciudades de tamaño más reducido y menor entidad económica, los descubrimientos son más raros.
Sin embargo, podemos encontrarnos claramente ante problemas derivados de la identificación de este tipo de materiales, lo que explicaría la ausencia de labra hasta el momento en conjuntos hispanorromanos de la importancia de Caesar Augusta o Barcino, por poner tan sólo algunos ejemplos.
El caso de la antigua Corduba, donde el análisis sistemático de los fondos del museo acometido por Ventura ha revelado varias piezas de este tipo, podría aplicarse asimismo a urbes como Carthago Nova o Tarraco, donde el registro es sorprendentemente escaso.
Mención especial merece el gran labrum hallado en el campamento de la Legión VII Gémina en León, único hallado hasta la fecha en contexto militar en las provincias hispanas.
Los ejemplares procedentes de espacios públicos se encuentran asociados en su mayoría a ambientes termales, siguiendo el patrón habitual aplicable a los lavabos romanos.
No hay dudas en los casos de San Pedro de Alcántara, algunos de Emporiae, La Cabañeta, Ca l'Arnau, Segobriga y Balsa.
El hallazgo de Tarraco se produjo durante la excavación de las termas portuarias, si bien se encontró movido de su posición original.
En los casos de Baelo y Legio, si bien no se hallaron dentro de las instalaciones termales, aparecieron en sus inmediaciones como material reutilizado.
La tipología y grandes dimensiones de estos últimos se enmarca perfectamente dentro de los labra asociados a ambientes balnearios en la clasificación de Ambrogi (2005: 78), guardando evidentes paralelismos con los ejemplares hispanos perfectamente contextualizados en termas públicas.
En el mundo romano se constata la presencia de lavabos en estancias termales como apodyteria, tepidaria, caldaria y letrinas, si bien para el caso hispano, el desplazamiento de los ejemplares respecto a su posición original, sólo ha permitido constatarlo en Empúries, donde dos aparecen vinculados a caldaria y un tercero a las letrinas, en Segobriga, donde se halló una pileta en el laconicum de las pequeñas termas.
El hallazgo de varios soportes in situ en el caso del asentamiento de Ca l'Arnau ha permitido confirmar que existían instalaciones higiénicas de este tipo en tres de las estancias del recorrido termal: apodyterium, tepidarium y caldarium.
Cabe preguntarse si esta abundancia de labra en dicho establecimiento es un caso excepcional o se verificaba en la mayoría de las termas, aunque no podamos documentarla desde el punto de vista arqueológico.
Otros En la antigua Emerita Augusta, uno de los ejemplares, testimoniado en este caso por un soporte, formaba parte del programa decorativo del pórtico post scaenam del teatro, asociado al Aula de Culto Imperial.
Los tres testimonios emeritenses restantes se hallaron vinculados espacialmente al foro colonial.
El lugar donde se documentó la pila gallonada recogida en Córdoba junto con su trípode, coincidente con la posición del antiguo foro, unido al material empleado en su fabricación (bronce), hacen de ésta una pieza única.
Teniendo en cuenta la asociación de los recipientes de bronce a las abluciones con agua lustral para cumplir rituales de purificación (Ambrogi 2005: 36-39), podríamos avanzar la hipótesis de que nos encontramos ante un ejemplar vinculado a un espacio sacro de carácter público, posiblemente el acceso a un templo situado en el foro colonial de la ciudad, donde los restos de decoración arquitectónica ya apuntan la existencia de un templo augusteo (Márquez 1998, 174).
Un caso parecido podría ser el del ejemplar pétreo de Carthago Nova, que se vincula al programa ornamental del posible capitolio (Egea 2003: 223-224).
Por lo que se refiere a los contextos privados hispanos, éstos han proporcionado 12 ejemplares, casi todos ellos procedentes de villae rústicas (dos piezas en la villa de Almedinilla y una pieza en la Casa de Mitra en Cabra, La Cocosa, Marim, El Romeral de Albesa, y Camino Viejo de las Sepulturas de Balazote respectivamente).
El ejemplar encontrado en Troia corresponde a las termas de una aglomeración secundaria (vicus), al parecer privadas.
Tan sólo en el caso de la antigua Iluro (Mataró), se ha podido correlacionar labra con domus urbanas, que también debieron contar con este tipo de elementos funcionales y ornamentales, a pesar de la escasez del registro, que corresponde sin duda a problemas de investigación.
También en este caso se verifica la estrecha asociación de las tazas y soportes de lavabos con instalaciones termales.
Este sería el caso de Marim, Troia, El Romeral y el Camino Viejo de las Sepulturas.
El método de excavación empleado, unido a la reutilización de piezas no permiten en muchos casos precisar la posición concreta de los labra dentro de las instalaciones termales.
En la villa del Camino Viejo de las Sepulturas, el labrum se encontraba en una estancia calefactada, sudatio o caldarium.
En varios establecimientos rústicos, la Dehesa de la Cocosa y la Casa de Mitra en Cabra y posiblemente la villa de El Ruedo en Almedinilla, se ha podido establecer la posición de las tazas de fuente en el centro del peristilo, adoptando un sentido exclusivamente ornamental.
Los ejemplares privados de Mataró se han vinculado también con jardines y peristilos (Clariana i Roig 1999: 59-62).
En seis casos (Italica, Patio de los Naranjos de Sevilla, Sofuentes y tres ejemplares cordobeses, sin contar con los dos de alvei de esta misma localidad) no ha sido posible establecer el lugar de procedencia.
En líneas generales, podemos establecer dos conjuntos de labra circulares perfectamente definidos en función de las dimensiones de la taza, parámetro que no conocemos en todos los casos, tanto por la fragmentariedad de algunas piezas como por la ausencia de información.
Un primer grupo corresponde a los ejemplares con un diámetro aproximado de 0,40-0,50 m e incluso menor (ejemplar en bronce de Corduba y piezas de Almedinilla, Tarraco, Italica, Carthago Nova y posiblemente, Sofuentes y los tres ejemplares del foro de Emerita); en el segundo se encontrarían piezas de mayor tamaño, cuyo diámetro varía entre 1,5 y 2 m (ejemplares de Empúries en mármol de Esciros, Baelo Claudia, Segobriga, León, Torre d ́Aires, Marim, el del Patio de los Naranjos de Sevilla, y tal vez el de la Casa Romana n.o 3 de Empúries).
Este segundo grupo parece más numeroso.
Como se puede comprobar, las dimensiones no dependen del contexto privado o público del que proceden los ejemplares, pues se verifican labra de grandes dimensiones en residencias privadas y otros mucho menores en ámbitos públicos urbanos.
Sin embargo, las piezas procedentes de dependencias termales presentan como característica general un mayor tamaño, superior a 1,5 m.
Debemos suponer que en su mayoría proceden de las estancias calefactadas como el caldarium o tepidarium, pero no podemos descartar otra ubicación.
Se han constatado conducciones interiores de agua, que atravesaban el soporte y la taza, en los casos de León, Italica, Torre d'Aires, Córdoba, Tarragona, Cartagena y Mérida.
En otros casos, como Baelo, Sofuentes, La Cocosa y la Insula 30 de Empúries, la taza recibiría el agua desde un caño superior, al igual que los tres hallados en Cabrera del Mar. Tampoco en esta cuestión se puede establecer una correlación directa con las dimensiones y el ámbito de procedencia de cada pieza.
El diámetro de las tazas, su perfil y profundidad, han permitido a Ambrogi establecer una tipología de dichos elementos, donde ordena del I al VIII las diferentes categorías.
La mayoría de los ejemplares hispanos que ha sido posible clasificar se enmarca dentro de su tipo VI a bacino o de cubeta, piezas grandes y de forma muy abierta.
Sería el caso de León, Baelo, Torre d'Aires, Insula 30 de Empúries, Casa Romana n.o 3 de Empúries y tal vez, Patio de los Naranjos de Sevilla y Marim.
Éste es el tipo más habitual en las provincias occidentales, asociado normalmente a thermae y balnea (Ambrogi 2005: 78).
En el caso hispano se confirma dicha vinculación.
La pieza de las termas portuarias de Tarraco correspondería a la categoría formal VII de Ambrogi, a piatto, forma abierta y poco profunda, que no resulta muy frecuente (2005: 78-80).
En cambio, los ejemplares de dimensiones más reducidas (Italica y Sofuentes) se encuadran en una categoría diferente, el tipo II «a bacile» o de vasija, cuyos rasgos más significativos son las dimensiones reducidas y el borde sobresaliente a veces decorado con máscaras o cabezas decorativas, que vierten el agua del recipiente (Ambrogi 2005: 75-76).
Esta variante tipológica se presenta en Italia en ambientes de todo tipo: jardines, peristilos, termas, espacios forenses, etc.
Una cuestión sobre la que sería interesante reflexionar es hasta qué punto la tipología de Ambrogi, basada principalmente en hallazgos itálicos y en piezas completas, es aplicable exactamente a ámbitos provinciales como Hispania.
La adaptación de los modelos metropolitanos por parte de los talleres provinciales debió producir lógicamente cierta variación de perfiles y dimensiones, además de los materiales.
Algunas piezas, como el gran ejemplar del Patio de los Naranjos de Sevilla, parece una interpretación libre, sin paralelos en Italia, lo que podría llevar incluso a cuestionar su fábrica romana.
Esta adaptación se ve de forma mucho más clara en los pies o soportes marmóreos de los labra.
En este campo la clasificación de Ambrogi se revela menos aplicable, ya que analiza principalmente ejemplares itálicos altoimperiales, casi todos lisos o con decoración de acanaladuras.
Los tres ejemplares hispanos de este tipo (La Cocosa, Mérida y Mataró) presentan formas mixtas y decoraciones vegetales no tipificadas por la investigadora italiana, por lo que resulta complejo atribuirles una categoría definida.
Éste sería el caso del pie de la villa de La Cocosa, que se asemeja al tipo Ia de la investigadora italiana (2005: 95-96).
Por otra parte, esta autora se centra en soportes marmóreos, no analizando los de obra, especialmente habituales en el caso de tazas de grandes dimensiones, lo que nos impide comparar porcentajes.
Éstos se encuentran bien constatados en la Península Ibérica (Cabrera del Mar, La Cabañeta, León, Italica, Baelo, Troia, grandes labra de Empúries), pero cabría plantearse si, en el caso hispano, éstos serían más o menos frecuentes que en Italia.
Un caso muy llamativo es el de los tres soportes de obra de Ca l'Arnau en Cabrera de Mar, que parecen una simple y económica imitación realizada en mampostería del pie tipo fuste de columna de Ambrogi (IIb).
Esta singularidad tal vez se deba a la antigüedad del conjunto termal, datado en época tardorrepublicana.
Hay que tener también en cuenta que la polivalencia de los pies centrales marmóreos, que pueden utilizarse tanto para labra como para mesas o estatuas, no nos permite establecer con total certeza los pertenecientes a fuentes.
Muchos de ellos pueden haber sido clasificados como simples soportes, fustes o columnillas.
Solo la presencia de un canal interior para la fistula aquaria, como en el caso de Mérida, confirmaría sin lugar a dudas que estamos ante soportes específicos para lavabos o pilas de fuente.
Por lo que se refiere al material de fabricación, la inmensa mayoría de labra conservados fueron realizados en mármol o calizas locales, blancas o de color; solamente el ejemplar documentado en Córdoba fue fundido en bronce.
La procedencia de los marmora empleados en su fabricación nos informa sobre la preferencia por el uso de piedra local, que permite reducir costes al mismo tiempo que se imitan los costosos mármoles de importación (Cisneros 1988(Cisneros y 1997;;Mayer 1992; Pensabene 1997: 48-51).
Éste sería el caso de los labra de Torre d ́Aires, Segobriga, la Casa de Mitra en Cabra, uno de los de la villa de El Ruedo de Almedinilla, dos soportes dobles de fuentes de Cabrera del Mar, el de las letrinas de las termas públicas situadas en la insula 30 de Empúries, o los pies del alveus del caldarium de las termas de la Neapolis de esta misma localidad.
El empleo de mármoles importados parece más restringido.
Tan sólo conocemos algunos ejemplares procedentes de canteras extrapeninsulares, sin duda transportados por vía marítima desde el Egeo o tal vez desde algún puerto intermedio.
Nos referimos a la fuente aparecida en el caldarium de las termas públicas de la insula 30 de Empúries, tallada en mármol de Esciros, o algunas piezas de Mataró, de mármol griego del grupo de Paros.
La cercanía de la costa tingitana y la facilidad del transporte marítimo nos ha llevado a proponer la hipótesis de que las canteras de procedencia del ejemplar de Baelo Claudia se encontraran al otro lado del Estrecho, aunque la pieza podría tener también un origen hispano meridional, de Estremoz o Almadén de la Plata.
El resto de los labra documentados parece haber sido tallado en mármoles y piedras de canteras hispanas.
En muchos casos, la carencia de un análisis más detallado, al igual que en el caso de Baelo, nos impide conocer su lugar de procedencia.
En ocasiones Se ha constatado en León la presencia de piedra caliza de las canteras de Espejón, situadas en el límite entre las provincias de Burgos y Soria, cuya cualidad ornamental (color violáceo con vetas amarillas) (Álvarez Pérez et alii 2009: 54-59) no desmerece respecto a otros marmora, empleándose en ocasiones como sustitutivo del marmor Numidicum importado (Cisneros 1997: 203), pero también, al igual que otros materiales locales, en función de su propia categoría decorativa (Soler Huertas, 2005y 2008).
Para trasladar el bloque de piedra de varias toneladas desde las canteras al acantonamiento de la legio VII gemina, fue preciso acarrearlo por tierra a lo largo de casi 300 km.
De la antigua Mérida y de la villa de La Dehesa de La Cocosa proceden varios pies y tazas de labra tallados en mármol blanco de procedencia desconocida.
La cercanía de dichos yacimientos a las canteras situadas en el anticlinal de Estremoz, cuyos materiales se emplean abundantemente en época romana en el territorio de la antigua Emerita Augusta (Álvarez Pérez et alii 2009: 60-67), nos lleva a considerar la hipótesis de que fuera este mármol local la piedra de fabricación de dichos elementos.
En otros casos, como en el del labrum hallado en las termas portuarias de Tarraco, o en los ejemplares hallados en la antigua Baetica, carecemos de datos para pronunciarnos al respecto.
Menos aún en otros casos para los que contamos tan sólo con las descripciones, como los de Cartagena, Torre d'Aires, Sofuentes o Segobriga.
Independientemente de su origen, tanto el coste del material extraído de las canteras, como de su traslado hasta los puntos de destino, debía alcanzar cifras considerables, tal y como ha quedado evidenciado en algunas inscripciones sobre labra itálicos.
Uno de estos ejemplos procede probablemente de Empúries (Casa Romana n.o 3), testimonio de un acto de evergetismo, si bien no se ha conservado el monto total de la donación ni la identidad del dedicante.
No resulta posible por el momento distinguir áreas geográficas de producción por las peculiaridades tipológicas y formales y los marmora empleados.
Poco podemos decir respecto a la cronología de los ejemplares.
Buena parte de los labra se han hallado descontextualizados, en los fondos de los museos, reutilizados o formando parte de paquetes estratigráficos de relleno en algunos yacimientos.
La datación se ha establecido, más que a través del análisis de la pieza, a partir de su asociación con los momentos de construcción, ocupación o abandono de las estancias o edificios donde se encontraron.
Salvo algunos tardorrepublicanos, como La Cabañeta o Cabrera de Mar, la mayor parte se data en época imperial, entre finales del I a.
C. y finales del II d.
Otros, como los de los establecimientos rústicos de la Casa del Mitra de Cabra, El Ruedo de Almedinilla o el Camino Viejo de las Sepulturas de Balazote, se han llevado al momento de uso de las villas, coincidente con finales del siglo III o siglo IV.
No es posible, con los datos disponibles en la actualidad, establecer una secuencia evolutiva.
Una línea de investigación en la que se debe avanzar es la del análisis de labra y alvei dentro del programa decorativo integral aplicado a determinadas estancias y edificios, del que debieron formar parte inseparable, algo que hasta el momento no se ha acometido.
La presencia en León de fragmentos de fustes de piedra de las canteras de Espejón hallados en los mismos contextos que el labrum, y unido a molduras y placados marmóreos de revestimiento de color blanco con vetas grises, apuntaría a que estamos ante una decoración integral aplicada a alguna estancia calefactada de las termas legionarias, que buscaba el contraste cromático entre distintos elementos ornamentales tallados con piedras de distintos colores.
Modelos parecidos deben verificarse en las estancias interiores, patios y peristilos, cuyo elemento central era el labrum.
El análisis del material en que están labrados dichos elementos permitiría llegar asimismo a conclusiones sobre su procedencia y comercialización. |
La autora, que desde los años ochenta estudia los sistemas de mejora de las características del terreno con ánforas, partiendo del estudio de los factores técnicos necesarios para analizar un método único de construcción a base de ánforas colocadas en el suelo, ilustra algunos casos de la Italia Cisalpina, como Mediolanum, Cremona, Novaria y otros, y los compara con hallazgos en ciudades hispanas como Zaragoza y Cádiz.
El propósito de los acúmulos de ánforas puede entenderse por las características litológicas de las zonas en las que se aplicó esta técnica, por lo que la autora reflexiona sobre la terminología más adecuada a aplicar según el objetivo perseguido por los técnicos que adoptaron esta particular forma de construcción.
PALABRAS CLAVE: Mejora de las características del terreno, edad romana, ánforas, terminología. |
Hasta el momento disponíamos de pocos datos del Templum Divi Claudii, dedicado por Agripina a su difunto esposo divinizado; apenas un esquemático dibujo realizado en el s. XVI de la pieza de la FUR correspondiente al templo, así como algunos escasos fragmentos de esta misma planta marmórea correspondientes al temenos.
Sin embargo, gracias a la localización de algunos elementos de la decoración arquitectónica del templo, ahora, finalmente, podemos realizar una reconstrucción volumétrica del edificio y descubrir cómo su construcción participó plenamente de la tradición de la arquitectura gigantesca iniciada por Augusto con el templo de Mars Ultor.
Sus medidas, prácticamente idénticas a las de este templo, ofrecen además la posibilidad de vincular a los emperadores Claudio y Vespasiano, restaurador del Claudianum, con Augusto.
NUESTRO CONOCIMIENTO DEL TEMPLO DEL DIVO CLAUDIO EN EL CELIO
Sabemos que en la construcción de este templo, levantado en el 54 d.
C. por Nerón, participó la viuda de Claudio, la emperatriz Agripina (Suet., Vesp., 9).
Ésta, a pesar de ser considerada por muchos autores como la culpable de la muerte de su marido, no escatimó gastos para levantar el mayor templo jamás dedicado a un emperador divinizado.
C. Nerón condenó a muerte a su madre Agripina, anuló el decreto del Senado que proclamaba la divinización de Claudio (Suet., Claud., 45.1) y, según Suetonio, hizo demoler por completo el templo: sed a Nerone prope funditus destructum (Suet., Vesp.
2 Cuando Nerón decidió destruir el templo, éste muy probablemente todavía no estaba terminado, pues apenas habían transcurrido cinco años desde el inicio de las obras.
3 Por otro lado, las subestructuras orientales que sostenían la terraza sobre la que se asenta- 1 Rosso 2007, 130.
2 En este cambio de actitud podría haber jugado un papel destacado Séneca, profundamente enemistado con Agripina en la lucha que mantuvieron por conseguir la tutela del joven príncipe, con la intención de manipularlo, y la progresiva oposición que el emperador fue granjeándose con el Senado, principalmente a partir del intento de reforma fiscal del 58 d.
3 De todos modos, no puede excluirse que el templo estuviese acabado, pues P. Gros supone que la construcción del templo del Divus Iulius duró unos 5-6 años, la del templo de Apolo Palatino unos 5-6 años y la del templo de Mars Ultor menos de 10 años, Gros 1976, 65-67.
Restitución de la planta del Claudianum en base a los fragmentos de la FUR (Carettoni, Colini, Cozza, Gatti 1960, Tav.
XVI) ba el templo fueron aprovechadas por Nerón para crear un gran ninfeo abierto a los jardines de la Domus Aurea.
Este hecho, junto a la probable inserción de los jardines que rodeaban el templo en el mismo conjunto palatino 4 y el hallazgo en sus proximidades de dos esculturas de época neroniana que podrían formar parte de un conjunto escultórico dedicado a los miembros de la familia de Claudio, 5 no ayudan a esclarecer en qué estado llegó el templo a Vespasiano; mientras algunos autores creen que fue ciertamente demolido por Nerón, otros, en cambio, sostienen que sobrevivió a esta disposición.
Con todo, Suetonio afirma que Vespasiano reconstruyó el templo: Fecit et noua opera templum Pacis foro proximum Diuique Claudi in Caelio monte (...)
6 El templo fue levantado en la parte más elevada del monte Celio, denominada Caelius Maior, 7 en la II Región augustea.
Éste era un sector más bien marginal de la Roma del s. I d.
C., junto a la muralla republicana y alejado del centro político y religioso.
Esta parte de la colina, que ha sido estudiada detalladamente por A. M. Colini,8 estaba ocupada principalmente por construcciones rústicas y por dos casernas militares: la Cohors V Vigilum 9 y los Castra Peregrina.
10 A partir de época Flavia se añadieron algunos ludi (Ludus Magnus, Matutinus y Dacicus) 11 vinculados al cercano emplazamiento del Coliseo, construcciones que dieron a este sector de la ciudad un carácter emi-nentemente militar, con la presencia de edificios termales, thermopolia, lupanares y mercados, como el Macellum Magnum, uno de los edificios más importantes de la zona.
Junto a los datos que aportan la Arqueología y el estudio de la topografía del entorno del templo, 12 disponemos de algunos fragmentos de la FUR que muestran la restitución en planta de todo el conjunto (Fig. 1).
Sin embargo, el fragmento en el que se representaba la planta del templo se ha perdido, conservándose de él únicamente un esquemático dibujo del s. XVI (Fig. 2).
13 Gracias a este croquis sabemos que el templo se orientaba hacia el Palatino, aunque en él se dibuja un templo pentástilo, modelo inexistente en la arquitectura romana y que algunos autores han supuesto un error en la representación de un templo hexástilo u octástilo.
Por otro lado, tampoco sabemos nada del alzado del templo, aunque un importante conjunto de fragmentos de mármol conservados en un muro del jardín del convento de los Frati Passionisti dei Ss.
Giovanni e Paolo, ubicado encima de la terraza del temenos del templo de Claudio, nos permite ahora plantear algunas hipótesis nuevas e integrar su construcción en la tradición de la arquitectura gigantesca iniciada por Augusto con el templo de Mars Ultor.
LA INSERCIÓN DEL TEMPLO CON LAS ESTRUCTURAS ARQUITECTÓNICAS QUE FORMAN LOS LÍMITES DE LA TERRAZA Y SU INTERPRETACIÓN
Del conjunto de culto imperial únicamente conservamos restos arquitectónicos in situ de las subes-Figura 2.
Croquis de la pieza de la FUR correspondiente al templo (Cod.
Hipótesis de reconstrucción en planta del Claudianum (Colini 1944, tav.
tructuras de la enorme terraza artificial, de 180 × 200 m, en cuyo centro se erigía el templo dedicado a Claudio.
Estas subestructuras tenían como misión regularizar la superficie de la colina que descendía bruscamente por el lado norte.
A.M. Colini y A. Prandi son los autores que han analizado de forma más detallada estas estructuras,14 y es a ellos a quienes remitimos para obtener una información más detallada de las mismas, limitándonos aquí solamente a presentar un breve resumen de su descripción.
El lado occidental de la terraza es el mejor conservado.
Las subestructuras generan aquí una sucesión de ambientes cubiertos con bóveda y dispuestos en dos pisos que apoyan directamente sobre un muro de fondo de 6,10 m de grosor.
Detrás de este muro se emplazan además dos pasillos longitudinales cubiertos con bóveda.
15 Este muro de fondo debe ser anterior a los ambientes que se le adosan, pues su cimentación aparece a una cota más de 2 m superior respecto al suelo del piso inferior de las subestructuras, por lo que la construcción de estos ambientes dejó al descubierto su cimentación y comportó el rebaje del nivel de circulación del terreno (Figs.
Al contrario de lo que piensa A. Prandi, que supone este muro de fondo perteneciente a la primera fase arquitectónica del templo, realizada en tiempos de Nerón, y los ambientes que se le adosan pertenecientes a la restauración vespasianea, 16 la técnica constructiva de estos ámbitos sugiere una cronología Julio-Claudia.
En efecto, éstos constituyen uno de los mejores ejemplos del estilo arquitectónico denominado rústico o no acabado, 17 que se puso de moda en época Claudio-Neroniana -lo hallamos, por ejemplo, en Porta Maggiore o en la basílica de Porto 18 -, y que consiste en dejar los sillares en un estado de semielaboración.
Este aparato constructivo, que contrasta con las lesenas perfectamente terminadas que parece que surjan del interior de la estructura esbozada, busca un efecto de naturalismo, pre-sentando la piedra en un estado similar a cómo se extrae en cantera, y un efecto paisajístico, dando la sensación al observador de que contemplase la estructura desde el Palatino que el edificio surgía del interior de la pendiente del monte Celio.
19 Consecuentemente, y teniendo en cuenta la cronología de los ambientes adosados, el muro de fondo debería pertenecer en realidad a una estructura monumental anterior a la construcción del templo, estructura que debió condicionar tanto la posición del templo como quizás las medidas del temenos que lo envolvía.
La decoración del frente de esta subestructura, abierta a la vía del Templo de Claudio, se realiza mediante una sucesión de grandes ambientes dispuestos en dos pisos enmarcados por pilastras semielaboradas con capiteles dóricos de lesena; mientras el piso superior presenta arcadas, los ambientes del piso inferior presentan platabandas.
Por lo que respecta a los capiteles, los de ambos pisos son iguales.
Sin embargo, las pilastras del piso inferior no poseen basas sino que apoyan directamente sobre unos grandes dados esbozados de 90 cm de altura, que quizás iban enterrados.
20 Es muy probable que los ambientes superiores, cubiertos con arcos, estuviesen cegados por muros de ladrillo en los que se abrirían ventanas,21 cosa que no sucedía con los ambientes del piso inferior.
Tanto los ambientes del piso superior como los del piso inferior estaban separados mediante muros, con la abertura de puertas en los superiores y sin ningún tipo de conexión entre los inferiores, por lo que funcionarían como tabernae.
Los ambientes superiores, conectados entre sí mediante puertas y con ventanas situadas a una altura mayor que la humana, debieron funcionar simplemente como pasillos de conexión entre diversos edificios del conjunto arquitectónico.
22 Además, una serie de ambientes avanzados, emplazados en el eje de este lado de la colina que mira hacia el Palatino, muestra la existencia aquí de una gran escalinata monumental de acceso a la parte superior de la terraza.
Estos ambientes de ladrillo, algunos de ellos revestidos con opus signinum, por lo que debieron aprovecharse también como cisternas, se orientan de forma paralela a las subestructuras.
Lógicamente, el ambiente situado más cerca de la colina es el que presenta una altura mayor.
Además, de su muro pos-Figura 4.
Subestructuras del lado occidental de la terraza del Claudianum (Prandi 1953, fig. 361).
16 Según A. Prandi, la restauración del templo realizada por Vespasiano comportó la ejecución de un proyecto mucho más monumental, que precisó de mayores refuerzos de contención de la colina.
18 Sobre esta técnica de construcción ver: Pensabene terior surgen dos pilones de los que arrancaría un arco que permitiría a la gran escalinata cabalgar por encima de la vía del Templo de Claudio.
Las subestructuras del lado septentrional generan también una hilada de ambientes abovedados, peor conservados que los analizados anteriormente.
Delante de este frente, a unos 7,8 m de distancia, se conserva una estructura de ladrillo de tres pisos de altura, divididos en tres ambientes rectangulares conectados interiormente entre sí mediante puertas abiertas en los muros divisorios.
Esta estructura, probablemente neroniana, serviría tal vez para sostener un balcón que formaría parte de un sistema degradante en el que se abrirían algunas fontanas, creando y enmarcando un suntuoso acceso a la terraza del templo.
Algunos hallazgos en la zona parecen confirmar esta interpretación, como la aparición en 1881, a 45 m de distancia del Arco de Constantino, de una boca de fontana con forma de proa de nave decorada con una cabeza de jabalí.
23 En la parte sur, debido a la inclinación del terreno, las subestructuras apenas sobresalen de la superficie de la cota de circulación.
Únicamente aparecen, en el extremo oriental, tres ambientes paralelos cubiertos con bóveda y apoyados en un grueso muro.
Finalmente, las subestructuras de la parte oriental son las que han sufrido mayores transformaciones, pues fueron reaprovechadas por Nerón para construir un gran ninfeo abierto a los jardines de la Domus Aurea.
24 Este ninfeo está formado por la alternancia de nichos pequeños y grandes, en torno a un gran vano central; mientras que en la colocación de los nichos grandes existe una cierta simetría, los pequeños se disponen de forma variada, tanto por lo que respecta a su tamaño como al número que aparece entre los grandes nichos.
Detrás de esta fachada articulada aparece un pasillo y un muro que lo separa del terraplén de la colina, cuya funcionalidad no es del todo clara.
Encima de las subestructuras, y rodeando la terraza, se alzaría un pórtico del que nada conservamos y al cual se refiere Marcial al destacar la sombra que daban: Claudia diffusas ubi porticus explicant, umbras (Marcial, De spect., 2.9-10).
Sin embargo, en los fragmentos de la FUR conservados25 no aparece la representación de estos pórticos.
En torno al temenos se abren algunos espacios absidados que podrían indicar la presencia de lugares de culto secundarios o la existencia de scholae.
26 De hecho, la gran aula rectangular absidada situada en el lado meridional y flanqueada por dos ambientes menores podría haber sido la sede de un colegio, quizás el de los Augustales Claudiales27 (Fig. 1).
LOS ELEMENTOS ARQUITECTÓNICOS APARECIDOS EN LA ZONA DE SS.
Sabemos que desde el Renacimiento, y muy probablemente ya en la Antigüedad tardía, algunas de las estructuras arquitectónicas del Claudianum sirvieron de cantera de material para la construcción de nuevos edificios en Roma.
28 Así, por ejemplo, Martinelli, en el 1664, refiriéndose a las subestructuras del lado occidental de la plaza, afirmaba que «delli detti archi, e loggie antiche di trauertino, la maggior parte è stata gettata à terra, e portati altroue li trauertini per fabbriche moderne l 'anno 1641».
29 Otras referencias antiguas indican que, en la iglesia y en el palacio de S. Marco, fueron reutilizados muchos travertinos procedentes de algunas viñas situadas cerca del Arco de Constantino, piezas que tanto R. Lanciani como A.M. Colini suponen procedentes de las subestructuras del templo de Claudio.
También se reaprovecharon muchos ladrillos procedentes sobre todo del lado este y norte del conjunto arquitectónico.
30 Es lógico suponer que junto a este desmonte sistemático de algunos tramos de las subestructuras de la terraza también se desmontase y reaprovechara parte de la decoración arquitectónica del templo, del temenos y de los ambientes que se abrían en torno a la plaza, de los que apenas se han conservado elementos in situ.
En este sentido disponemos de una interesante noticia recogida por Flaminio Vacca relativa a la compra de un capitel corintio el 24 de noviembre de 1565, capitel hallado cerca de la iglesia de Ss.
Giovanni e Paolo y del Coliseo, en la base de la colina, y que procederían muy probablemente de la parte superior de la terraza del Claudianum.
31 Su destino fue la iglesia de S. Maria degli Angeli, que estaba siendo construida, según un proyecto de Miguel Ángel, aprovechando el frigidarium de las termas de Diocleciano: 32 «Accanto il coliseo verso ss.
Este capitel constituye el único ejemplar entero conocido del Claudianum, por lo que su identificación resulta fundamental en el proceso de aproximación a la arquitectura y dimensiones de este conjunto arquitectónico.
Sin embargo, la identificación de este ejemplar presenta numerosas dificultades, puesto que en el interior de la iglesia aparecen dos series de capiteles: cuatro ejemplares corintios situados en los ángulos de la gran sala y cuatro ejemplares compuestos ubicados a mitad de los lados largos de esta gran aula, dos a cada lado.
33 Las similitudes que presentan todos los capiteles entre sí hacen suponer que el ejemplar reaprovechado fue reelaborado de forma importante en el momento de construcción de la iglesia, 34 con el objeto de homogeneizar su estilo con el resto de ejemplares de las termas todavía conservados in situ y reparar las posibles fracturas que su caída desde la parte superior de la terraza le habría provocado.
A pesar del intento de homogenización de todos los capiteles, tras un atento examen de ellos se des-prende que el ejemplar situado en el ángulo noreste de la gran sala pudo haber sufrido algún tipo de restauración; como el añadido de una flor del ábaco y el arreglo del tallo de una de las hélices o de parte del ábaco.
Además, el nervio central de sus hojas de acanto aparece más plano que en el resto de ejemplares, circunstancia que podría ser consecuencia de un repicado general de la superficie del capitel con el objeto de permitir la reelaboración de algunos motivos decorativos.
Sin ser un argumento definitivo, éste parece ser el capitel que con mayores probabilidades puede asimilarse al ejemplar hallado a los pies del monte Celio (Fig. 5).
Además de este capitel, reaprovechados en un muro del jardín del convento de los Frati Passionisti dei Ss.
Giovanni e Paolo se conservan otros restos de elementos arquitectónicos de especial interés.
No disponemos de datos precisos acerca del lugar exacto y momento de su hallazgo, aunque por su estilo y dimensiones puede suponerse para algunos de ellos la procedencia del templo dedicado a Claudio.
Su aparición podría relacionarse con algunas reformas y arreglos que a partir del s. XVII tuvieron lugar en el mencionado jardín, gracias a una licencia otorgada a los PP. de Ss.
El reaprovechamiento de este capitel antiguo en el proyecto de la nueva iglesia es prácticamente una excepción en el conjunto arquitectónico, pues la acomodación de las termas se realizó básicamente incorporando material no arqueológico, como ladrillos de los hornos vaticanos, cal de Tívoli y Ponticelli y tufo de las canteras de S. Saba.
33 A excepción del ejemplar procedente del Claudianum, el resto de capiteles localizados en el antiguo frigidarium serían los originales de las termas de Diocleciano.
Es necesario recordar que a partir del Renacimiento se confundieron los restos del templo de Claudio con los de la Curia Hostilia, Marchetti 1915, 57.
37 A continuación presentamos un elenco de las piezas más significativas que fueron reaprovechadas en este muro del jardín y que podrían atribuirse al templo dedicado a Claudio 38.
Esta atribución se apoya en las Figura 5.
Capitel corintio reaprovechado en la iglesia de S. Maria degli Angeli.
38 Colini 1944, 140, ya cita la existencia de unos 10 pequeños fragmentos en el huerto de los Padres Pasionistas que él supone procedentes del templo, reducidos ahora a asientos.
Además de las piezas procedentes del templo de Claudio, en este muro y en los jardines del convento aparecen otras piezas que merecen nuestra atención, aunque no pueden atribuirse con certeza al conjunto del Claudianum:
Máx. conservada 49 cm; Long. del ábaco 113 cm; Alt. del ábaco 9,5 cm. Reaprovechado en el jardín del convento.
La cara posterior ha sido repicada.
Conserva solamente la parte superior, hasta la altura de la cima de las hojas de la segunda corona.
Conserva solamente parte de las hojas lisas de la corona inferior y el arranque de las hojas de la segunda corona.
Ambos capiteles compuestos presentan notables similitudes con los ejemplares que a partir del segundo cuarto del s. III d.
C. decoraron el pórtico de la summa cavea del Coliseo.
El primero de ellos es muy similar a nivel estilístico, de medidas y de material utilizado con los ejemplares del tipo 1, variante 2.
El segundo de los capiteles compuestos presenta grandes similitudes con los ejemplares del tipo 2, cuya altura de la corona inferior de las hojas es de 26 cm (Pensabene 1988, 67).
Consecuentemente, podemos atribuir con bastante fiabilidad estos ejemplares al anfiteatro Flavio.
44 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
La parte superior ha sido repicada para obtener una forma paralelepípeda.
Presenta un potente astrágalo en la parte inferior y los caulículos son muy planos.
Pertenece al estilo del Segundo Triunvirato.
El modelo deriva de los ejemplares del Foro de César y del Teatro de Marcelo, aunque el estilo de este capitel es más vivaz.
-Basa jónica, actualmente perdida.
Procede la zona donde actualmente se levanta la iglesia de S. Giovanni e Paolo, por lo que A.M. Colini la supone procedente del templo de Claudio (Colini 1944, 140, fig. 96), aunque no disponemos de elementos concluyentes para realizar esta afirmación.
-Probable fragmento de Medusa de mármol de Luni.
36 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Conserva solamente la mitad superior de la cara, en la que destaca una prominente ceja y el cabello representado con gran exhuberancia. enormes dimensiones de las piezas, que encajan perfectamente con las que debería tener el templo, y en su estilo, que cronológicamente encaja con la construcción del edificio hacia finales del periodo Julio-Claudio.
1-Fragmento de capitel corintio (Fig. 6): mármol de Luni.
20 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Conserva parcialmente un lóbulo de la hoja de acanto, formado por cinco foliolos, además de la cima del último foliolo del lóbulo inferior que se superpone al primer foliolo de este lóbulo.
22 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Conserva dos lóbulos contiguos formando un ángulo.
Entre algunos foliolos se entrevé la presencia de pequeños espacios de sombra.
Ambos fragmentos de capitel (n. os 1-2) presentan notables similitudes estilísticas entre sí.
Pueden adscribirse a un momento avanzado del periodo Julio-Claudio, cuando la tradición de los capiteles del templo de Mars Ultor todavía estaba vigente.
Los foliolos han sido representados con gran plasticidad y sus extremos ligeramente redondeados, en el centro de cada lóbulo se representa una pronunciada concavidad, frecuente a partir de época augustea.
39 Además, en el primer capitel se aprecia perfectamente cómo el último foliolo del lóbulo inferior se superpone al primer foliolo del lóbulo superior, característica que apunta hacia un momento avanzado de la época julio-claudia.
Conserva parcialmente la parte inferior del nervio central de uno de los lóbulos, elaborado con gran profundidad y con la presencia de un puntecillo, el arranque de los foliolos y parte del nervio central de la hoja, enmarcado por sendas hiladas de pequeñas perforaciones realizadas con el trépano.
Fragmento de capitel corintio de mármol de luni.
4-Fragmento de capitel corintio (Fig. 9): mármol de Luni.
64 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Conserva la cima de una hoja de acanto de la primera corona y la parte central de la hoja de la segunda corona.
Los lóbulos son plásticos con los foliolos lanceolados.
El nervio central y las parejas de nervios de la derecha se realizan mediante profundas acanaladuras realizadas con el trépano y con la presencia de puntecillos.
Ambos capiteles (n. os 3-4) son similares a los ejemplares anteriores.
En éstos conservamos los nervios centrales de las hojas enmarcados por profundas acanaladuras con puntecillos en su interior.
41 Las acanaladuras del primer fragmento se presentan en un estado de semielaboración, con la alineación de pequeñas perforaciones realizadas con el trépano a la espera de ser vaciadas.
Por el contrario, las acanaladuras del segundo fragmento se presentan perfectamente terminadas, y dispuestas de dos en dos a cada lado del nervio central de la hoja, según un esquema completamente diverso al ejemplar n.o 3.
Esta disposición de las acanaladuras por parejas y completamente verticales parece anunciar una de las características propias del periodo Flavio, y más concretamente domicianeo.
42 De todos modos, la plasticidad de los lóbulos en este ejemplar, la pronunciada convexidad que aparece justo debajo de los espacios de sombra, la propia configuración de éstos, muy inclinados, casi verticales, y con el límite inferior rectilíneo, pero sin ser completamente verticales, etc. ligan perfectamente con las producciones tardo Julio-Claudias.
43 Sin embargo, entre las producciones tardo Julio-Claudias y aquéllas vespasianeas, momento en el que según Suetonio el templo fue reconstruido, existen notables similitudes, por lo que muchas veces resulta difícil distinguir ambas producciones.
El mejor ejemplo de gran arquitectura vespasianea conservada es seguramente el Foro Provincial de Tarraco, construido con la participación de talleres de la urbs.
44 Este conjunto, levantado en la acrópolis de la ciudad, en torno al precedente templo dedicado a Augusto el 15 d.
C., constaba de tres grandes terrazas; la superior, de 90 m de lado, destinada al culto imperial, conservaba el templo de Augusto en su interior, rodeado por un nuevo temenos de mayores dimensiones y con un aula de culto axial cerrando la perspectiva del pórtico de fondo; la terraza intermedia presentaba una plaza porticada de 300 × 150 m que comunicaba con la superior mediante una escalera monumental y un gran propileo axial; y la terraza inferior ocupada por un circo de época domicianea.
De este enorme conjunto conservamos los capiteles flavios de orden compuesto correspondientes a las columnas del pórtico45 y del propileo de la terraza superior, así como algunos pequeños fragmentos de capiteles corintios46 (Fig. 10).
De una atenta observación de los restos se desprende que los fragmentos del Claudianum fue-ron realizados de forma más plástica, con las concavidades en el interior de los lóbulos más pronunciadas, los espacios de sombra menos verticales, la convexidad bajo los espacios de sombra más pronunciada, los nervios que separan los foliolos tallados de forma más delicada, etc. Posteriormente, el estilo de los capiteles tendió a distanciarse cada vez más del modelo presente en el Claudianum; como por ejemplo en los capiteles del Templum Divi Vespasiani, de época de Tito, y, sobretodo, en los ejemplares domicianeos.
47 Finalmente, hemos de señalar las diferencias que existen entre los ejemplares n. os 1 y 4; el primero parece estilísticamente anterior al cuarto.
No obstante, los restos conservados son demasiado pequeños como para poder deducir su pertenencia a dos momentos cronológicos distintos.
Más bien podemos interpretar estas diferencias como fruto de la participación de diversas manos en la elaboración de los capiteles.
147 cm. 48 Reaprovechado en el ángulo noroeste del antiguo frigidarium de las termas de Diocleciano, convertido en el s. XVI en la iglesia de S. Maria degli Angeli.
Se halla completamente reelaborado para asimilar su estilo al del resto de capiteles originales de las termas.
En él, como ya hemos apuntado ante-riormente, puede observarse la restauración de algunas partes, como el añadido de una flor del ábaco o la reposición de parte del ábaco.
Diám. máx. 15,5 cm; Anch. del canal 6,2 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Pertenece a un capitel de orden gigante.
7-Fragmento de basa (Fig. 12): mármol de Luni.
Toro 18 cm; Alt. listel de la escocia 4 cm; Alt. conservada de la escocia 6 cm. Adosada al pie del muro sur del jardín del convento.
Conserva un gran fragmento del toro superior de una basa ática de orden gigante.
Encima presenta un plano de apoyo que sobresale apenas 1 cm de la superficie.
8-Basa probablemente compuesta (Fig. 13): Diám.
77 cm; Grosor máx. 16,5 cm. Reaprovechada en el muro sur del jardín del convento.
Ha sido reconvertida en un clípeo mediante el recorte de la parte superior y el rebaje de la parte inferior, donde se ha grabado un motivo decorativo indeterminado.
Además, el toro inferior ha sido reelaborado con una corona de hojas de encina y bellotas.
Todavía conserva la escocia inferior, decorada en algunos tramos mediante estrígilos, y el doble astrágalo de separación con la escocia superior, decorado mediante un doble motivo a cuerda.
Las medidas de esta basa son demasiado pequeñas para suponerla perteneciente a la columnata exterior del templo de Claudio, a las columnas del pórtico que delimitaba el temenos o al propileo de acceso al conjunto.
Sin embargo, sus medidas y decoración apuntan a una probable ubicación en el interior de la cella del templo.
Conocemos algunos Figura 11.
Voluta de capitel corintio de mármol de luni.
Fragmento de basa de mármol de luni.
Altura de las columnas más los entablamentos: 17,14 m; altura de las columnas: 13,91 m; altura de los entablamentos: 3,23 m; altura de las basas: 0,67 m; longitud del plinto: 2,02 m; altura de los fustes: 11,47 m; altura de los capiteles 1,47 m; diámetro del imoscapo de los fustes: 1,62 m; diámetro del summoscapo de los fustes: ejemplares similares en Roma que pueden fecharse en época Julio-Claudia.
15,5 cm; Anch. máx. visible 19,5 cm. Reaprovechado en el muro sur del jardín del convento.
Su secuencia decorativa está formada por un toro inferior, una gran escocia parabólica, un listel, el toro superior y un caveto.
Todos los fragmentos de capiteles conservados parecen ser coetáneos, a pesar que entre ellos pueden observarse algunas pequeñas diferencias de estilo que responden al trabajo de diversas manos u oficinas.
Su cronología, entre finales del periodo Julio-Claudio e inicios del Flavio, así como las dimensiones que pueden restituirse, con capiteles en torno a los 2 m de altura, como veremos más adelante, señalan su pertenencia al templo levantado por Nerón dedicado al emperador Claudio.
Las medidas de los capiteles, además, concuerdan perfectamente con el fragmento de basa gigantesca, n.o 7.
Otras piezas que merecen una especial atención son el capitel reaprovechado en la iglesia de S. Maria degli Angeli y el fragmento de basa compuesta reaprovechada como clípeo, pues permiten acercarnos a otros aspectos del conjunto arquitectónico.
HIPÓTESIS RECONSTRUCTIVA DEL ALZADO DEL TEMPLO
A partir de los elementos arquitectónicos conservados del templo podemos afrontar una reconstrucción volumétrica del mismo.
Conocemos el diámetro del toro superior de una gran basa, de 220,09 cm, la altura de este toro, de 18 cm, y la altura del listel que lo separa de la escocia, de 4 cm. A estas medidas puede sumarse la altura del capitel reaprovechado en la iglesia de S. Maria degli Angeli, de 147 cm, aunque, como ya hemos apuntado anteriormente, éste fue completamente reelaborado en el s. XVI, por lo que podría haberse modificado su altura para ajustarla a las necesidades del nuevo emplazamiento.
De todos modos, como una parte del ábaco parece ser auténtica, no modificada por los artesanos que trabajaron en el proyecto de Miguel Ángel, es posible suponer que las medidas de esta pieza no variaron demasiado.
Las medidas del diámetro del toro superior de la basa coinciden casi de forma exacta con las dimensiones de este mismo elemento en el templo de Mars Ultor: con un diámetro del toro superior de 220,67 cm, una altura del toro superior de 21 cm y una altura del listel que separa el toro de la escocia de 4 cm 50 (Fig. 15).
Esta coincidencia no puede ser casual, sino que debe responder a una expresa voluntad por imitar las dimensiones de este templo augusteo, de la misma forma que hicieron los arquitectos que diseñaron el Templum Pacis de Roma, 51 como veremos más adelante.
El templo de Mars Ultor sigue las normas de proporcionalidad codificadas por M. Wilson Jones en el denominado Esquema A: si el diámetro inferior del fuste es 1, la altura de la basa es 5/9, la altura del fuste 50/6, la altura del capitel 10/ 9 y la altura de la columna 10.
52 Este mismo esquema es el que muy probablemente debió regir también la construcción del Claudianum.
Además, a partir de la reconstrucción aproximada que puede realizarse de las medidas de los fragmentos de capiteles reaprovechados en el muro del jardín del convento de los Padres Pasionistas se percibe su pertenencia a ejemplares de aproximadamente 2 m de altura (Fig. 16), reforzando todavía más las similitudes ya apuntadas entre el tamaño de este edificio y el templo de Mars Ultor, a la vez que sitúa el Claudianum entre los grandes conjuntos templares de Roma (Fig. 17).
Los fustes, de casi 15 m de altura, serían muy probablemente de mármol de Luni y estarían divididos en diversos tambores.
Las dimensiones son parecidas a los fragmentos de columnas de Carrara que aparecieron en un naufragio en Saint-Tropez, seguramente destinadas a Narbona.
En este caso, los fustes estaban formados por 9 tambores de columna de 1,65 m de altura y un diámetro de entre 1,80 m y 1,85 m, con basas de 1 m de altura y arquitrabes de 5,5 m de longitud.
53 Probablemente las columnas del Claudianum también se dividían en 9 tambores.
Por lo que respecta al intercolumnio, éste seguiría muy probablemente las normas del sistema picnóstilo, el más utilizado en la arquitectura romana, y presente en el templo de Mars Ultor.
Según este esquema, las columnas, de exterior a exterior, debían estar separadas por 1,5 diámetros de imoscapo del fuste (Vi-truvio, De arch., 3.3).
Suponiendo para el templo de Claudio unas dimensiones parecidas a las del edificio augusteo se obtiene una separación de columna a columna de 2,59 m.
Esta es la única medida que puede aportar cierta luz en el cálculo de la achura del templo, pues no conservamos ningún resto arquitectónico que ayude en este sentido y, además, el dibujo del fragmento perdido de la FUR es demasiado impreciso como para intentar deducir esta dimensión a partir de la aplicación de la escala de representación de la planta marmórea.
Así, por ejemplo, si tomamos la representación que realiza E. Rodríguez Almeida de esta pieza 54 puede calcularse una anchura para el podio del templo de 24 m, mientras que si partimos de la representación de C. Buzzetti 55 obtenemos una anchura de 29,5 m y una longitud de 48,5 m., medidas muy próximas a las del templo de Mars Ultor; de 32,13 m de anchura por 50,37 m de longitud.
A estas dificultades se añade que en el dibujo del fragmento de la FUR se representa un templo pentástilo, modelo que no existe en la arquitectura romana.
Como ya hemos indicado anteriormente, este dibujo es en realidad un croquis que no busca una perfecta exactitud con el original.
En el Códice Vaticano en el que se representa aparecen otros fragmentos de la FUR, algunos de los cuales también perdidos, dibujados de forma bastante esquemática y a diferentes escalas, en función del espacio libre en el folio.
En los casos en que se conservan los fragmentos originales ha podido constatarse cómo existen algunas diferencias entre los dibujos y los originales.
56 Debido a la imprecisión de este dibujo, algunos autores han supuesto que el templo sería hexástilo mientras que otros lo han supuesto octástilo, en cuyo caso la anchura del podio coincidiría con la del templo de Mars Ultor, tal como lo considera A.M. Colini en su propuesta de restitución de la planta del templo (Fig. 3).
57 No resulta fácil, a falta de más datos, decantarse por una u otra solución: la altura de las columnas del templo son muy parecidas a las de Mars Ultor, templo octástilo; el dibujo de la pieza de la FUR perdida presenta cinco columnas aunque con un entre eje mayor separando la tercera y la cuarta columna, espacio donde podría situarse una sexta columna que nunca llegó a dibujarse; muchos de los grandes templos de Roma y provincias son octástilos; el otro edificio de Roma que imita en dimensiones el templo de Mars Ultor es el Templum Pacis vespasianeo, cuyo frente es hexástilo.
Sin embargo, la presencia de seis columnas en este edificio responde al hecho que era en realidad una gran aula de culto abierta a la plaza, por lo que era necesario disponer de un intercolumnio mayor para permitir la visión de su interior desde fuera.
De todos modos, parece más probable restituir un frente hexástilo, pues de ser octástilo no se explicaría la gran diferencia existente entre el número de columnas dibujadas en la FUR y la realidad.
Además, hexástilo era, por ejemplo, el templum novum divi Augusti, erigido por Tiberio y Livia encima de la primera casa donde vivió Octavio tras su ingreso en la vida pública, junto a la basílica Iulia.
A pesar de las dificultades que plantea la interpretación del dibujo de la FUR conservado, parece probable que el templo era in antis, con semicolumnas adosadas a los muros exteriores de la cella, distanciándose de esta forma del esquema períptero sine postico del templo de Mars Ultor.
Por otro lado, es muy probable que el templo tuviese once columnas en los laterales, pues éste es el modelo más frecuente en los grandes templos hexástilos de época imperial, 58 circunstancia que permitía además equiparar la longitud del templo con la de Mars Ultor.
Otra de las piezas identificada como procedente del Claudianum es el capitel reaprovechado en el interior de la iglesia de S. Maria degli Angeli (Fig. 5).
De él únicamente conocemos su altura, 147 cm, que resulta demasiado pequeña para suponerlo procedente del templo.
Aplicando los esquemas de proporcionalidad de M. Wilson Jones podemos reconstruir de forma aproximada las medidas de la columna a la que perteneció esta pieza: Es en el Esquema A en el que se obtiene un mayor número de pies enteros, por lo que es probable que la columna a la que perteneció este capitel siguiese el mismo esquema de proporcionalidad que el templo.
Si comparamos la altura de este capitel, 1,47 m, y la de sus correspondientes columnas, 13,23 m, con la altura de los capiteles del templo, 2,00 m, y de sus columnas, 17,74 m, observamos cómo su tamaño es idóneo para suponerlo procedente de un propileo de acceso al recinto de culto.
Es sabido que muchos de los dibujantes de antigüedades del Renacimiento daban a sus obras un toque de fantasía, reconstruyendo e inventando algunos particulares según el gusto del dibujante, hasta el punto de que: «El mundo antiguo, con su arquitectura y con sus objetos, no era más que un punto de partida para crear un canon arquitectónico y escultórico en el que inspirar el arte renacentista.
Se podía recrear, reconstruir y reinventar la Antigüedad porque no existía la conciencia de conservación de lo encontrado en las numerosos excavaciones que empezaban a desarrollarse», Castillo 2005, 21.
Octástilo se representó también en 1742 en una reconstrucción en mármol de este fragmento de la FUR realizada bajo la dirección de Giovanni Battista Nolli, Ferrea 2006, 41-42.
58 Seis columnas en el frente y once columnas en los lados presentan, por ejemplo, los templos de Apolo in Circo, de Bellona, de Claudio Marcelo en Córdoba, de Barcino, de Diana en Mérida, de Évora, etc.
De este complejo vespasianeo conocemos la medida de las columnas del templo tiberiano dedicado a Augusto que se alzaba en su interior, 59 y recientemente se ha formulado una hipótesis de reconstrucción de la altura de las columnas del pórtico que lo envolvía y del propileo de acceso a este conjunto desde la terraza inferior: 60 Por lo que respecta al templo de Claudio, obtenemos que:
Hemos de recordar que la altura del capitel podría haber sido rebajada ligeramente para acomodar sus medidas a las necesidades del nuevo emplazamiento en el interior de la iglesia.
Por consiguiente, la altura del capitel conservado en el interior de la iglesia de S. Maria degli Angeli se adapta perfectamente a la que deberían tener los capiteles del propileo de acceso a la terraza del templo (Fig. 18).
Por lo que respecta a la ubicación de posibles propileos en este conjunto arquitectónico, dos son los lugares donde éstos podrían haber estado emplazados: en el lado occidental de la terraza, mirando al Palatino, donde tal como ya hemos indicado anteriormente algunas estructuras conservadas indican la presencia de una gran escalinata de acceso a la parte superior de la terraza, orientada hacia la fachada del templo,62 o en el lado septentrional, mirando al Coliseo, donde se conservan una serie de ambientes, quizás neronianos, que formarían parte de un acceso monumental a la terraza del templo enmarcado por algunas fontanas.
60 Mar, Pensabebe (en prensa).
61 Otro conjunto monumental cuyo análisis resulta importante en este contexto es el Forum Pacis, erigido por Vespasiano, quien, recordemos, reconstruyó el templo de Claudio.
Comparación de las medidas de las columnas del templo de Claudio y del propileo de acceso al temenos.
la colina, cerca del Coliseo, caído desde la parte superior de la misma.
OTROS ELEMENTOS ESCULTÓRICOS ASOCIADOS CON LA DECORACIÓN DEL TEMPLO Junto a los restos de decoración arquitectónica del templo, que permiten restituir las dimensiones del edificio, conocemos también algunos elementos escultóricos seguramente procedentes de este conjunto imperial.
De entre ellos destacan dos esculturas neronianas que podrían proceder de alguno de los ambientes abiertos en el temenos: la primera, hallada reaprovechada en un muro de la zona del Hospital Militar, representa a Agripina en posición de orante (Fig. 19a), la segunda, aparecida en las inmediaciones de la iglesia de S. Stefano Rotondo, representa a un niño con toga y sin bulla, quizás Tiberio Claudio, más conocido como Británico (Fig. 19b).
Ambas esculturas utilizan como soporte una rara piedra gris de origen egipcio, por lo que seguramente formaron parte de un mismo conjunto escultórico dedicado a los miembros de la familia de Claudio:65 Agripina, viuda de este emperador, participó en la construcción del templo a él dedicado (Suet., Vesp., 9) y fue designada primera sacerdotisa dedicada a su culto (Tac., ann., 13.2); Británico, hijo de Claudio y Mesalina, nacido el 41 d.
C., perdió su derecho al trono tras la adopción por parte de Claudio de Nerón, hijo de Agripina de un matrimonio anterior.
Sin duda, un conjunto escultórico curioso, erigido por Nerón a su madre Agripina, a quien condenó a muerte el 59 d.
C., y a Británico, seguramente mandado ejecutar también por Nerón, pues podía reclamar algún derecho al trono como hijo legítimo de Claudio.
66 A estas dos esculturas se añade un retrato de Tito hallado en 1898 justo debajo de la iglesia de San Gregorio Magno67 (Fig. 19c), cuya presencia podría indicar la efectiva inserción de los miembros de la dinastía Flavia en el templo, ejemplificando así la relación existente entre éstos y los denominados por E. Rosso «bons empereurs» julio-claudios.
Esculturas halladas en el entorno del Caudianum.
A) Escultura de Agrippina hallada reaprovechada en un muro de la zona del Hospital Militar (La Rocca 2007, fig. 26).
B) Escultura de Británico hallada en las inmediaciones de la iglesia de S. Stefano Rotondo (La Rocca 2007, fig. 27).
C) Retrato del emperador Tito hallado debajo de la iglesia de S. Gregorio Magno (Johansen 1994-95, no 4).
En las inmediaciones de la plaza de Ss.
Giovanni e Paolo fueron hallados también dos tronos de mármol 69 (Fig. 20a-b).
Este tipo de trono servía para conmemorar a las divinidades que, de algún modo, participaban en las ceremonias reservadas a los nuevos dioses, por lo que solían emplazarse en el interior de los templos dedicados a los emperadores divinizados.
De esta forma, por ejemplo, la lex Valeria Aurelia disponía que la sella curulis de Germánico se colocase en el templo del divo Augusto, cuando éste estuviese terminado.
70 Por ello, la ubicación de estas piezas en el interior del templo de Claudio parece más que aceptable.
Ambos tronos disponían en origen de atributos de divinidades hoy apenas reconocibles y su cronología puede situarse aproximadamente en tiempos de Claudio.
71 La ubicación de estas piezas en el interior del templo ligaría con las dos series de relieves con representación de tronos que se conservan, una en Roma y la otra en Rávena (Fig. 20c), ambas realizadas por un mismo taller urbano.
En estos relieves aparecen erotes transportando atributos de distintas divinidades hacia unos imponentes tronos vacíos; las divinidades se presentan idealmente a través de sus atributos.
Mientras que los relieves de Rávena procederían seguramente de un templo o altar dedicado por Claudio al culto de su propia gens, 72 los relieves de Roma podrían proceder del templo del divo Augusto, terminado por Calígula, del templo del divo Claudio o del ara gentis Iuliae que se hallaba en el Campidoglio.
LA ARQUITECTURA GIGANTESCA Y LA CONSTRUCCIÓN DE OTROS TEMPLOS DEDICADOS A CLAUDIO El templo de Claudio, cuya construcción se inició en el 54 d.
C., coincidiendo con la proclamación por parte del Senado de la divinización del emperador, no sólo se inscribe en la gran arquitectura templar de Roma sino que se vincula de forma directa con el templo de Mars Ultor, en el Foro de Augusto, inau-capitel de lesena procedente de Cartagena cuya anchura reconstruida podría alcanzar los 1,9 m.
81 Fuera de Hispania es en la Galia donde hallamos los templos más grandes, como el Capitolio de Narbona, 82 la altura reconstruida de cuyos capiteles podría superar ligeramente los 2 m, el templo tiberiano del Verbe Encarné de Lyón, con un podio de 32 × 40 m, 83 medidas muy similares a las de Mars Ultor, situado en el interior de un recinto porticado de 120 × 80 m con un ático decorado mediante clípeos y, finalmente, en Augustodunum, donde se localizan tambores de columna de 1,25 m de diámetro y fragmentos de capiteles corintios con una altura reconstruida de 1,30 m.
84 Dentro de este proceso de difusión del modelo del Foro de Augusto de Roma debe inscribirse la construcción del templo dedicado a Claudio.
Su casi perfecta imitación de las medidas de Mars Ultor, así como su planta hexástila y semiperíptera, a imitación de los templos augusteos de Apolo Palatino, 85 dedicado el 28 a.
C., con columnas de 14,83 m, convierte a este conjunto arquitectónico en un excelente modo de subrayar la relación genealógica e ideológica existente entre este emperador y el fundador de la dinastía.
Una vinculación querida y promovida por la viuda de Claudio, Agripina, que pretendía así legitimar su poder y el de su hijo Nerón como divi filius.
87 Quizás cuando Dion Casio afirma que a Claudio se le otorgó una tumba y todos los honores que se habían dado a Augusto (Dion Casio 61.35; Tac., ann., 12.3) podría entenderse no únicamente que fue divinizado, sino también que se le dedicó un templo muy similar en medidas al dedicado por Augusto a Mars Ultor en su propio foro, 88 templo en el que se celebró durante casi 25 años el culto a este emperador, 89 pues el tem-plo a él dedicado en Roma no fue terminado hasta el 37 d.
C. 90 Una reafirmación de tipo dinástica parecida es la que puede explicar también la imitación prácticamente idéntica en el Templum Pacis vespasianeo de las medidas del templo de Mars Ultor.
Sabemos, de hecho, que sus arquitectos se inspiraron en el proyecto augusteo 91 como un elemento más en la dinámica emprendida por Vespasiano de rechazo a la política y el recuerdo de Nerón, acompañado por una búsqueda de legitimación dinástica sustentada en la creación de vínculos con los emperadores julio-claudios divinizados.
92 Vínculos que debían suplir en el caso de Vespasiano la carencia de una herencia gentilicia de prestigio.
Por ello, Vespasiano no dudó un momento en presentarse como un nuevo Augusto 93 y en reconstruir el templo dedicado a Claudio que Nerón había hecho destruir.
88 Como ya se ha dicho, fue Agripina, la viuda de Claudio, quien emprendió la construcción del templo dedicado al emperador divinizado.
Lo mismo ocurrió con Livia, la esposa de Augusto, que para conseguir la aprobación por parte del Senado de la divinización de Augusto, acto que siempre suscitaba profundos debates internos en el Senado, tuvo que pagar un millón de sestercios al iurator, Numerius Aticus, para que declarase haber visto ascender el alma de Augusto al cielo, Arce 1988, 125-126.
Por otro lado, es bien sabido que la rivalidad entre Livia y Agripina fue enorme.
Probablemente Agripina no quiso mostrarse inferior a ella en el momento de defender la divinización de su esposo.
90 En Roma hubo dos templos dedicados al culto de Augusto de los que apenas sabemos nada.
El primero, destinado al culto público, conocido como templum novum divi Augusti, fue erigido por Tiberio y Livia encima de la primera casa donde vivió Octavio tras su ingreso en la vida pública, junto a la basílica Iulia, el Aedes Castorum y el complejo domicianeo de S. Maria Antiqua.
Este templo, que conocemos gracias a monedas de Calígula, era jónico y hexástilo.
El segundo templo, destinado al culto privado, conocido como sacrarium Divus Augustus, fue erigido por Livia en el 22-23 d.
C. en el lugar del nacimiento de Octavio, en el Palatino, junto a las curiae Veteres.
C., una vez divinizada Livia, añadió su culto al de Augusto y transformó el sacrarium en templum, haciendo público en este lugar el culto a los dos esposos, Fishwick 1992, 232-255.
92 La dinastía Flavia intentó relacionarse con la Julio-Claudia a través de la construcción de algunos monumentos tanto en Roma como en las provincias.
Dos monumentos son especialmente significativos en este proceso; el Metrôon de Olimpia y el Augusteum de Narona.
En el primero la cella está presidida por la imagen de Augusto con los atributos de Júpiter mientras que en los laterales aparecen enfrentados Claudio y Agripina, Tito y probablemente Flavia Domitila Minor y Vespasiano, como emperador, además de seguramente Flavia Domitilla Mayor.
94 Acerca del nivel de destrucción del templo existen opiniones diversas, pues, por ejemplo, E. la Rocca cree que éste permaneció en pie, englobado en los jardines de la Domus Aurea neroniana, La Rocca 2007, 99-100.
Además, el hallazgo de las dos esculturas neronianas anteriormente mencionadas, una dedicada a Agripina y otra probablemente a Británico, confirmarían que en tiempos de Nerón el templo mantendría algún tipo de uso, La Rocca 2007, 101- Gracias a esta política, Vespasiano podía presentarse como heredero directo de Claudio.
95 Su hijo Tito emprendió una política muy parecida, dedicando un templo a su padre emplazado en el inicio de la subida del clivo Capitolino, perfectamente alineado con el templo del Divo Iulio levantado en el lado opuesto del foro.
De esta forma se generaba una simetría entre los fundadores de ambas dinastías, la Julio-Claudia y la Flavia, con el fin de legitimar la nueva familia gobernante.
96 Por lo que respecta a otros templos dedicados a Claudio, sólo conocemos el situado en la localidad de Camulodunum, la actual Colchester, en Britannia.
Muchos autores han pensado que este templo, terminado probablemente al inicio del gobierno de Vespasiano, sería la primera réplica provincial del templo de Roma y conmemoraría la victoria de Claudio en Bretaña, en cuyas campañas militares participó directamente Vespasiano.
97 El templum diuo Claudio constitutum de Camulodunum conserva el podio, de 24 × 31,5 m, 98 y su frente era octástilo.
El diámetro de los fustes, realizados con piedra local estucada, no superaba el metro y no parece que hubiese columnas en la parte trasera del edificio.
101 Es remarcable observar cómo el templo de Camulodunum reproduce en planta un modelo muy parecido al de Mars Ultor, de tipo períptero sine postico.
En cambio, el templo de Claudio levantado en Roma aún reproduciendo sus dimensiones opta por una planta de tipo in antis, con semicolumnas adosadas a los muros exteriores de la cella, inspirada claramente en la de los templos de Apolo Palatino y de Apolo in Circo (Fig. 21).
Hasta la fecha, para el conocimiento del templo dedicado al emperador Claudio divinizado prácticamente sólo contábamos con un esquemático dibujo realizado en el s. XVI de un fragmento perdido de la FUR.
Según este dibujo, el templo sería pentástilo, estaría precedido por una escalinata y se orientaría hacia el Palatino.
A partir de este dibujo hemos reconstruido un templo semiperíptero, hexástilo y per-Figura 21.
Plantas comparadas del templo de: A) Mars Ulor.
C) Claudio en Camulodunum.
101 Fishwick 2004, 145. fectamente alineado con la monumental escalera que desde la pendiente oeste del Celio, y cruzando seguramente un monumental propileo que no conservamos, conduciría hasta la parte superior de la terraza sobre la que se erigía el templo.
Gracias al hallazgo de algunos fragmentos de la decoración arquitectónica del templo, realizados en mármol de Luni, hemos podido reconstruir las medidas del templo que coincidían perfectamente con las de Mars Ultor.
De esta forma, el Claudianum se erige en uno de los mayores templos de Roma, equiparable solamente con el aula de culto del Forum Pacis, cuyos arquitectos, sabemos, se inspiraron en las proporciones del templo que presidía el Foro de Augusto.
Por otro lado, la localización de un capitel procedente de este conjunto arquitectónico reaprovechado en el interior de la iglesia de Santa Maria degli Angeli permite suponer la existencia de un gran propileo en el lado norte de la terraza, monumentalizando el acceso al temenos desde la gran escalinata que procedía del valle del Coliseo.
Al mismo tiempo, permite comprobar la existencia de un pórtico en torno a la terraza, pórtico que no aparece representado en la FUR pero del que habla Marcial en uno de sus epigramas (Marcial, De spect., 2.9-10).
Sin embargo, y a pesar de estas similitudes, la planta del edificio no imitaba la del templo de Mars Ultor; mientras éste era octástilo y períptero sine postico, el dedicado a Claudio era hexástilo y semiperíptero.
Todo lo contrario ocurre con el templo de Colchester, de dimensiones menores al templo de Mars Ultor pero con una planta casi idéntica; octástilo y períptero sine postico.
La grandiosidad del templo dedicado a Claudio en Roma únicamente puede entenderse a la luz de la voluntad de Agripina, la viuda del emperador, por justificar y reforzar el gobierno de su hijo Nerón, ahora divi filius, ya que de esta forma ella podía conservar cierta influencia sobre el gobierno del Imperio.
Esta grandiosidad desmesurada también podía suplir de algún modo el lugar más bien marginal que ocupaba el templo, lejos del centro político y económico de la ciudad que podría haber relegado el templo a un segundo plano.
Por lo que respecta al abandono del templo, ninguna fuente antigua se hace eco de este hecho.
Parece, sin embargo, que el culto a Claudio cesó entre el segundo cuarto y mediados del s. III 104 De todos modos, no hay que perder de vista que el templo sigue apareciendo citado en los Catálogos Regionales, Curiosum y Notitia, del s. IV d.
C., aunque seguramente retoman un documento de época tetrárquica.
105 También la Arqueología aporta algunos datos susceptibles de ser interpretados a la luz de un posible abandono del conjunto arquitectónico.
De esta forma puede analizarse la repavimentación de la calle que ascendía desde el Coliseo hasta la cima del monte Celio, flanqueando las subestructuras del lado occidental de la plaza.
Esta repavimentación de la vía se realizó a una cota equivalente aproximadamente a algo más de la mitad de la altura de los ambientes inferiores de las subestructuras, perdiéndose así la integridad arquitectónica del monumento y anulando las conducciones de agua de drenaje del edificio.
No disponemos de datos concretos acerca de la cronología de esta nueva calle, que debió provocar el colapso del edificio, aunque sobre ella se alzaron algunos edificios en el s. IV d.
C. Por consiguiente, es bastante probable que el realzamiento de la cota de circulación estuviese en relación con la construcción entre el 401-417 d.
C. de la vecina basílica Pammachiana, que flanqueaba esta calle.106 Estos datos aportados por la Arqueología no difieren mucho de la información que disponemos del otro templo dedicado al emperador Claudio, levantado en la ciudad de Camulodunum, que fue abandonado en el s. |
En el presente trabajo se da a conocer la tapa de sarcófago hallada en el yacimiento de Carranque (Toledo) en la campaña de 2009.
La pieza, conservada casi íntegramente, fue reutilizada como parte del sistema de cubierta de una de las tumbas que formó parte de la necrópolis visigoda instalada sobre parte del antiguo Palatium tardorromano durante el siglo VII.
Se trata de una tapa de sarcófago tipo frontis en cuyo frente se representa el ciclo del profeta Jonás que aparece en tres escenas consecutivas que cubren la totalidad del frente.
Los análisis petrológicos realizados en el ICAC han permitido confirmar que se trata de mármol de Estremoz y, por tanto, que nos hallamos ante una pieza elaborada en un taller hispano de excelente calidad que estuvo en funcionamiento en las últimas décadas del siglo IV d.C., momento en el que datamos la pieza hallada en Carranque.
El yacimiento de Carranque se halla situado en el límite norte de la actual provincia de Toledo, ocupando una amplia terraza en la margen derecha del río Guadarrama.
Desde 2004, un equipo de investigación de la UAM 2 venimos ocupándonos del estudio de dicho enclave, siendo varias las prioridades establecidas para la primera etapa de nuestra investigación.
Esta investigación nos está permitiendo establecer la evolución cronológica del enclave de Carranque y de cada uno de los edificios hasta ahora conocidos a partir de sólidas bases estratigráficas, así como plantear la relectura funcional de cada construcción a partir de su análisis arqueo-arquitectónico (Fig. 1).
En este contexto se enmarcan los trabajos realizados durante la campaña de 2009, centrada en el 1 El Proyecto de Investigación en Carranque se enmarca dentro de los proyectos de excavaciones sistemáticas subvencionadas por la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.
La presente noticia se inscribe, asimismo, dentro del proyecto de investigación «El palatium del yacimiento de Carranque: Aristocracia y poder de la sociedad tardorromana y visigoda del territorium de Toletum», subvencionado por el programa de investigaciones sobre el Patrimonio Histórico y Etnológico de Castilla-La Mancha (2009) y dirigido por V. García-Entero.
2 La dirección científica del yacimiento está a cargo de los profesores Carmen Fernández Ochoa, Manuel Bendala Galán y Virginia García-Entero.
Para los primeros resultados del nuevo equipo científico vid. Fernández Ochoa, Bendala y García Entero 2007; García-Entero y Vidal 2007; id., 2008 estudio del Palatium, gran edificio tardorromano de representación conocido hasta hace escasos años como Basílica3.
Sin entrar ahora a detallar la evolución crono-arquitectónica de este complejo que se encuentra actualmente en proceso de estudio, sí podemos apuntar que en época visigoda (siglo VII) se instaló sobre parte del antiguo Palatium un edificio de culto cristiano en torno al cual surgió una necrópolis a la que es posible vincular, en el estado actual de la investigación, más de un centenar de tumbas (Fig. 2).
Entre ellas, y en el extremo noreste del patio central del antiguo Palatium, se halla la que hemos clasificado como tumba 7, en cuyo interior se reutilizó la cubierta de sarcófago tardorromano de mármol de Estremoz con la representación del ciclo de Jonás objeto de la presente noticia.
Se trata de una inhumación en fosa que acogió un individuo infantil de entre 9 y 13 años.
4 La fosa, excavada en el nivel geológico y con orientación E/ W, fue revestida de mampostería, sirviendo la losa del sarcófago como tapa de cierre de la inhumación.
Toda la estructura funeraria fue rematada en la parte superior por un acabado de opus signinum.
El enterramiento carecía de ajuar funerario.
La cubierta de sarcófago, fabricada en mármol blanco de Estremoz,5 ha llegado a nosotros de ma-nera prácticamente íntegra (Fig. 3).
Se trata de una losa sepulcral plana con el frente rematado por una pestaña en ángulo recto, a modo de frontis, decorada con tres escenas en relieve en las que se representa el ciclo de Jonás.
La pieza nos ha llegado en cuatro fragmentos, correspondiendo tres de ellos al frente y parte de la losa, y el cuarto a una parte de la losa.
Destaca el escaso grosor de la losa sepulcral en relación con el de la pestaña.
Sus dimensiones, tipología -bien conocida en la escultura funeraria de los talleres escultóricos occidentales de los siglos II-IV d.
C.-, el material en el que está realizada, y su estado de conservación prácticamente íntegro, no dejan lugar a dudas al respecto de su identificación como cubierta del sarcófago de un individuo adulto.
Como hemos indicado, la totalidad del frente aparece decorado en relieve, destacando en primer lugar una moldura perimetral -2,9 cm de alturaque rodea la superficie en tres de sus cuatro costados (laterales y superior), dejando el inferior un simple listón liso -2,3 cm-.
La moldura corresponde a una sucesión de ovas, de aspecto clásico muy cercano al del orden jónico.
La interrupción de la sucesión en el costado inferior hace plantear la posibilidad de que, siguiendo una continuidad compositiva, la moldura se prolongara en los laterales y parte inferior de la caja del sarcófago, dejando un simple listel liso en la superior.
Sin poder aventurar nada más sobre la configuración de la caja so- bre la que se colocó la presente cubierta, cabe suponer que, al menos su frente, estuviera también decorado con escenas figuradas en relieve.
La moldura encuadra una serie formada por tres escenas consecutivas (209,5 cm) que narran el más célebre pasaje protagonizado por el profeta véterotestamentario Jonás (Jonás, 1-2).
La proa se remata mediante un cuello trapezoidal abstracto, mientras que la popa lo hace en forma de voluta a modo de prolongación del casco.
En la zona de popa y en sentido transversal al casco de la embarcación, vemos el sencillo timón que se introduce en el mar, que es representado mediante una serie de incisiones semicirculares sobrepuestas sin volumen.
Esta misma solución aparece también en la zona inferior del casco, indicando así que la escena transcurre en el curso de la navegación.
Sobre la cubierta aparecen tres figuras masculinas desnudas, dos de las cuales se disponen de pie; el de la izquierda con los brazos extendidos en acción de orar, mientras que el de la derecha sujeta el cuerpo de un tercer individuo, Jonás, que, también desnudo, se dispone en sentido horizontal en el momento de ser arrojado al mar por aquel, para ser devorado por el kethos o monstruo marino que aparece a la derecha de la escena.
El monstruo marino se representa a la manera clásica de híbrido de cuerpo de ser marino y cabeza semejante a la de un cánido; así, observamos un robusto cuerpo de grandes dimensiones (54 cm de longitud), rematado por una gran cola bífida de pez, cuerpo que, a modo de ofidio, se enrosca sobre sí mismo hasta prolongarse en un largo cuello rematado por la cabeza de hocico alargado y orejas puntia- gudas, con las fauces abiertas, en acción de engullir a la figura humana lanzada al mar.
Ciertos detalles anatómicos del monstruo, así como las extremidades anteriores, se representan a modo de aletas de pez mediante sencillas incisiones, reforzando así su naturaleza de animal acuático.
Destaca claramente el contraste entre la rotundidad volumétrica del cuerpo del animal -un modelado que sintoniza en su concepción con el clasicismo de la moldura perimetraly el tratamiento sumario de muchos detalles que completan su anatomía, como las mencionadas aletas y, principalmente, los detalles internos de la cabeza (ojo, etc.).
La siguiente escena, que ocupa la zona central de la pieza (70,5 cm de longitud) (Figura 4B), muestra de nuevo al kethos en disposición simétrica a la escena anterior y en sentido opuesto, en la acción de expulsar de sus fauces a Jonás.
Éste, nuevamente en posición horizontal, aparece representado en el momento de ser arrojado al mar con los brazos extendidos y la cabeza erguida.
La tercera y última escena (48 cm de longitud) (Figura 4C) está protagonizada únicamente por Jonás que, en este caso, aparece en mayores dimensiones y recostado bajo una planta trepadora de largo tallo cuyas terminaciones se rematan por una serie de pequeños roleos avolutados o por sus propios frutos, dando así sucinto cobijo al personaje.
Tal y como sucedía con la ambientación locativa de las dos escenas anteriores -desarrolladas en ambiente marítimo-, en este caso se nos introduce en un contexto terrestre, detallado mediante una sumaria serie de incisiones en forma de V invertida.
Dicho tratamiento, de nuevo, contrasta claramente con la rotundidad y trabajo volumétrico que presentan otros elementos del relieve como el cuerpo de la figura humana o, incluso, el tratamiento de los elementos vegetales.
La iconografía de la pieza presenta, como hemos visto, una secuencia de tres escenas consecutivas pertenecientes al ciclo del profeta véterotestamentario Jonás, alusivo a su travesía marítima, cómo es arrojado al mar por sus compañeros de embarcación y devorado por un monstruo marino, para ser posteriormente expulsado por éste, llegando sano y salvo a tierra firme, donde descansa bajo una planta trepadora.
6 a lo largo de toda la centuria, 9 sin que falten los ejemplos pertenecientes a los mencionados talleres propios de la península Ibérica.
10 A pesar de ello, sin embargo, la monumentalidad y el modo en que las escenas ocupan la totalidad de la superficie de nuestra pieza no tienen parangón conocido en las piezas realizadas en los talleres romanos, caracterizados, como sabemos, por el carácter comprimido de las figuras, en un claro horror vacui compositivo, así como un tratamiento escultórico en el que prima el uso del trépano.11 En el caso de la cubierta de Carranque advertimos un tipo de modelado rotundo de las figuras -en especial el cuerpo del monstruo marino y el Jonás recostado en la tercera escena-, así como la ausencia de cualquier rastro de uso del trépano como herramienta de trabajo.
Por el contrario, los detalles internos de las figuras, la propia embarcación o la configuración de los elementos de carácter paisajístico, se ejecutan mediante incisiones de cincel, simple o dentado (gradinas), siendo este último especialmente visible en aquellas zonas en las que se desean obtener incisiones paralelas, como los peinados, etc.12 Todos estos aspectos técnicos, junto con el carácter del material en el que está realizada la cubierta, nos permiten descartar que la pieza haya sido ejecutada por los talleres de sarcófagos romanos del siglo IV d.
Como hemos señalado, el material en el que está realizada la cubierta de sarcófago es mármol del anticlinal de Estremoz, mármol de uso predominantemente peninsular.
Siendo plausible, creemos, desestimar la hipótesis del traslado del material en bruto a un centro escultórico foráneo para volver a la Península ya trabajado -pensamos por ejemplo en centros como la propia Roma o Constantinopla, donde se constata el uso prioritario de mármoles como los de Luni-Carrara, Proconesio, Paros, etc.-, creemos poder proponer que estamos ante una pieza de factura hispánica.13 9 Así, los numerosos ejemplares tratados en Rep.
Para su desglose iconográfico, datación y ubicación en las respectivas piezas, vid. Rep.
Cabe excluir las piezas con el tema de Jonás analizadas en las citadas obras, por pertenecer a talleres locales no romanos, de: Florencia (Rep.
A estas muestras debemos añadir, además, la presencia del ciclo de Jonás en nuestra Península en los mosaicos de Centcelles (Tarragona) (Schlunk 1988, B6, págs. 55-56) y, según recientes interpretaciones, en la Sinagoga de la Alcudia de Elche (Alicante) (Poveda 2000).
Dados los datos de que disponemos, no estamos en disposición de afirmar con certeza cual pudo ser el lugar de producción de la pieza.
Sin duda, podríamos pensar en el núcleo principal más próximo al propio origen del material pétreo y probable lugar del control de la explotación, trabajo y distribución del material, es decir, Augusta Emerita, capital provincial de la Lusitania desde Augusto y de la Diocesis Hispaniarum desde Diocleciano.
A pesar de ello, la escultura funeraria emeritense de la Antigüedad Tardía no presenta ejemplares conocidos verdaderamente afines a la pieza de Carranque, siendo por el momento difícil poder plantear, con un mínimo de seguridad, un origen emeritense para la cubierta.
En este sentido, no podemos dejar de mencionar la existencia en Augusta Emerita de al menos una cubierta de sarcófago de factura local e iconografía bíblica, incluso véterotestamentaria, como la cubierta con la representación de Noé en el Arca junto a una escena de banquete 14 (Fig. 5).
Las características formales y técnicas de la pieza son, sin embargo, muy diferentes a las de nuestro ejemplar, siendo la pieza emeritense mucho más sumaria en todos los detalles, con un tipo de figuras que carecen en general de la corporeidad y el dinamismo que vemos en la cubierta de Carranque.
La escultura emeritense conocida hasta el momento hace inviable, por tanto, establecer una vinculación directa entre nuestra pieza y los talleres escultóricos de la capital lusitana.
La carencia de paralelos afines tanto en Roma como en el principal centro escultórico de la Hispania tardoantigua, debe hacerse extensible a la capi- hasta el momento disponibles y como veremos más adelante, local o, a lo sumo, regional.
Esta ciudad posee un buen número de muestras escultóricas con iconografía bíblica y relación claramente funeraria desde un punto de vista tipológico -frontales de sarcófago-, entre lo que podemos destacar un ejemplar datado entre los siglos IV-V d.C., con representación del ciclo de Jonás15 (Fig. 6).
Igualmente alejado de los parámetros escultóricos propios de los talleres romanos del siglo IV d.
C., el fragmento Constantinopolitano muestra, sin embargo, una realidad figurativa -y, por extensión, de sus modelos iconográficos-, un tipo de técnica de elaboración y un material, claramente distintas a los de nuestra cubierta.
Si bien es cierto que en la composición domina también un notable dinamismo existiendo, incluso, algunos detalles concordantes con el ejemplar de Carranque -la terminación en forma de voluta de uno de los extremos de la embarcación-, no son, como hemos advertido, lo suficientemente determinantes como para vincular nuestra pieza de un modo directo a los talleres escultóricos de la capital oriental del Imperio.
Todo ello nos lleva a reafirmar la posible elaboración hispana de la pieza y su cronología en un momento avanzado del siglo IV d.
C. (¿época teodosiana?), siendo necesario tener presente en este punto la existencia en el propio yacimiento de Carranque de un destacado grupo de fragmentos de sarcófago de factura muy notable (Fig. 7), con los que hemos de relacionar también el excepcional ejemplar hallado in situ en el siglo XIX en el mausoleo, de finales del siglo IV, de Las Vegas de San Antonio (Toledo), a orillas del Tajo, conservado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid16 (Fig. 8).
A la mencionada relación ya propuesta entre los fragmentos escultóricos de Carranque con el sarcófago de Las Vegas de San Antonio, hemos de sumar ahora, pues, la presente cubierta de sarcófago de Carranque que viene a enriquecer notablemente el horizonte escultórico tardorromano del yacimiento y de la zona.
No en vano, este panorama escultórico está directamente relacionado con un más que notable grupo de estructuras arquitectónicas como son el mauso-terminar esta breve presentación con la propuesta hipotética de que el sarcófago fuera utilizado originariamente para uno de los enterramientos que hubieron de ser depositados en el interior del mausoleo inmediato a la Casa de Materno, según nuestra interpretación, conocido anteriormente en la literatura en torno a la villa de Carranque como el ninfeo.
De ello se dará más detenida cuenta en trabajos posteriores.
Apéndice: «Informe de la muestra de mármol procedente de la cubierta de sarcófago con la iconografía del ciclo de Jonás de Carranque (Toledo)».
Descripción macroscópica: Mármol compacto de color blanco uniforme, opaco y tamaño de grano grueso a muy grueso.
Descripción microscópica (Figura 9A): Se trata de un mármol de textura granoblástica y de composición calcítica.
El tamaño de los granos es predominantemente grueso y heterométrico seriado.
Los bordes de grano son lineales, algo curvados y ocasionalmente suturados entre sí.
Los granos de calcita presentan abundancia de maclas finas y muy finas no deformadas.
La textura no presenta una orientación preferente de grano.
Minerales accesorios de cuarzo y algunas micas blancas todos ellos diseminados por el conjunto cristalino.
Catodoluminiscencia (Figura 9B): La muestra presenta una luminiscencia media, con tonalidades anaranjadas y con los límites entre los cristales más amarillentos.
Presenta sombras parciales relictas, sin luminiscencia, en comparación a la zona recristalizada y con un comportamiento más luminiscente.
Esta luminiscencia se corresponde con la que presentan las muestras procedentes de las canteras de Estremoz (muestra EST-10351).
Conclusiones: La muestra analizada corresponde a un fragmento de mármol blanco de grano grueso procedente de la zona del anticlinal de Estremoz (Por-Figura 8.
Sarcófago de Las Vegas de San Antonio (Puebla Nueva, Toledo).
22 El tipo de análisis realizado sobre la muestra ha consistido en la observación mediante microscopía óptica de polarización y catodoluminiscencia.
La lámina delgada para su posterior observación microscópica y catodoluminiscencia, ha sido realizada en el Laboratorio de Preparación de Láminas Delgadas del Departamento de Geología de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB); las observaciones en el microscopio óptico de polarización, correspondientes fotografías y comparación con muestras de referencia de los principales tipos de mármoles utilizados en época romana, han sido llevadas a cabo en la Unitat d 'Estudis Arqueomètrics del Institut Català d' Arqueologia Clàssica (ICAC).
Para ello se han utilizado los materiales de referencia depositados en el Laboratorio para el Estudio de Materiales Lapídeos en la Antigüedad (LEMLA), de la UAB, y otras muestras depositadas en el ICAC.
Para llevar a cabo las observaciones y las descripciones microscópicas se ha utilizado un microscopio de luz polarizada NIKON Eclipse 50iPOL, a 20x, 40x y 100x.
Para realizar las fotografías se ha utilizado una cámara NIKON COOLPIX5400 acoplada al microscopio mediante un adaptador NIKON COOLPIX MDC Lens.
Normalmente, el mármol blanco de Estremoz es de grano grueso, como el de la muestra, bordes rectilíneos y las maclas no aparecen deformadas.
No presenta orientación preferente del grano.
Todo ello coincide con las características observadas en la muestra de referencia.
A: Microfotografía de la muestra CRQ-596.
B: Microfotografía de la muestra CRQ-596 a 30x con catodoluminiscencia (izda.).
Microfotografía de la muestra EST-10351 de Estremoz a 30x con catodoluminiscencia (dcha.). |
Se estudian dos rocas, un petroglifo y un «santuario rupestre» de la provincia de Ourense, con dos metodologías complementarias, la arqueología del paisaje y la «biografía» (Kopytoff) de los objetos.
Partiendo de su descripción en textos cristianos se considera el patrón de localización que conforman en relación con castros importantes, relación que se propone fechar en la Edad del Hierro.
Esta adscripción cronocultural y su posterior resemantización cristiana lleva a la consideración de su «vida social».
Estas aproximaciones inciden en el debate sobre la datación del arte rupestre en Galicia y se propone que, más allá del momento de grabado inicial, se estudie su uso y sentido en la larga duración.
PALABRAS CLAVE: Santuarios rupestres, petroglifos, Edad del Hierro, arqueología del paisaje, cristianización, hagiografía,
En los últimos años está en marcha un debate sobre la datación y definición de distintas manifestaciones rupestres en Galicia al que pretendemos contribuir estudiando dos casos que presentan la particularidad de una bien documentada reutilización cristiana.
Nuestra aproximación se apoyará en dos orientaciones metodológicas que presentamos brevemente.
Por un lado nos inspiramos en la arqueología del paisaje.
La enorme diversidad de propuestas y matices que se incluyen bajo esta denominación (Anschuetz, Wilshusen, Scheick 2001; Ashmore 2004) obliga a cierta precisión condicionada, además, por el registro que pretendemos estudiar.
Nos situamos, en concreto, en las perspectivas que consideran el paisaje como el producto de una ideación humana, social e históricamente condicionada, sobre una entidad que, sin esa ideación, sería tierra o espacio.
Dada la naturaleza de nuestro estudio conviene indicar que también desde la historia de las religiones se llega a planteamientos similares (Smith 1987).
Seguidamente trazaremos la biografía de esas rocas desde la historia social de los objetos tal como se formula en los ensayos reunidos por A. Appadurai (Appadurai 1988, sobre todo Kopytoff 1988), que pronto encontró eco en la teoría y la práctica arqueológicas (Gosden, Marshall 1999).
Esta aproximación se fundamenta en los estudios antropológicos sobre el don (de Malinowski 1922a Godelier 1996), que explican el sentido de los objetos en relación con el marco de relaciones sociales que entretejen sus poseedores a lo largo del tiempo y las narrativas que se adjuntan a esos objetos para su caracterización.
También aquí es importante señalar la existencia de desarrollos metodológicos paralelos en otras disciplinas, sobre todo en la historia del arte, que estudian el mismo tipo de procesos sociales.
Destacan, porque entran en nuestra problemática, los estudios sobre el uso de spolia clásicos por parte del cristianismo triunfante en la Alta Edad Media (Settis 1986, Alchermes 1994, prolongando estudios que se remontan al siglo XIX, Lanciani 1899).
La arqueología del paisaje y la biografía de los objetos son métodos especialmente aptos para abordar fenómenos de larga duración.
No es casual que estas perspectivas sean las seleccionadas para formalizar una arqueología de los espacios naturales (Bradley 2000: 38-41) caracterizados por su permanencia en el tiempo.
Entrando en nuestro tema, estos métodos difieren del seguido por la postura dominante en el debate actual sobre la periodización de los petroglifos de Galicia, basado en identificar los objetos representados, aunque la muestra sea muy reducida, y atribuirles la fecha de sus equivalentes materiales.
A partir de aquí se fecha la gran mayoría de los grabados rupestres del llamado Grupo Galaico en la Edad del Bronce (Peña, Vázquez 1992Vázquez, 1.a ed. 1979;;García, Peña 1981).
Desde esta opción se deja abierta la puerta a la existencia marginal de otra clase de grabados bajo la influencia de la obra de J. Ferro Couselo sobre Los petroglifos de término (1952), pues se reconoce que existen grabados rupestres que no encajan en el Grupo Galaico y que, clasificados como históricos, se relegan al olvido (excepción: Costas, Pereira 1998).
También queda abierto el tema de las rocas monumentalizadas con piletas, escaleras y bancos que se presentan de diversas formas, pues, aunque el monumental conjunto de Panoias recibe una gran atención, otras manifestaciones más sencillas precisan una atención renovada.
Este autor considera variables como son los resultados de excavaciones arqueo-lógicas, análisis estilísticos, estudios de estratigrafía horizontal y patrones de emplazamiento para concluir que existen grabados rupestres desde el neolítico hasta la época moderna, entroncando con los mencionados petroglifos históricos.
Su aportación más controvertida ha sido la definición de un Estilo Esquemático Atlántico, fechado en la Edad del Hierro, diferenciado del estilo que conforma el Grupo Galaico, al que prefiere denominar Estilo Atlántico.
Las estaciones con grabados del Estilo Esquemático Atlántico se documentan en áreas distintas a las de distribución del Grupo Galaico, o Estilo Atlántico: promontorio de Corme en el municipio de Ponteceso en A Coruña, Pedra Fita en el municipio de Lugo, A Ferradura en Amoeiro, Ourense (estudiadas en García, Santos 2008).
En cuanto a las rocas monumentalizadas, la situación difiere pues estamos en un momento de cierta revitalización historiográfica en un proceso paralelo con estudios en curso en el conjunto de la península (infra n.
Este trabajo pretende contribuir al tema, a sabiendas de que las sistematizaciones propuestas (Monteagudo 1996; Barandela et al. 2005; Santos 2010) transcurren por caminos que distan de ofrecer una communis opinio.
El debate sigue (Llinares 2009; García, Santos 2010), y en este trabajo pretendemos argumentar a partir de dos casos ourensanos guiados por fuentes escritas que nos informan sobre el uso y sentido de esos grabados en su propia época.
El primero, casi desconocido, es el petroglifo de Vacariza situado en la parroquia de Santa Mariña de Augas Santas (Allariz, Ourense) que la tradición local vincula con la santa que le da nombre.
El segundo es un lugar muy conocido: la roca trabajada, popularmente llamada «pedrón», situada tras el oratorio de San Miguel sito en el patio del convento de San Salvador de Celanova (Fig 1).
Intentaremos mostrar cómo esas rocas se modificaron a lo largo del tiempo mediante su alteración física, con el añadido de nuevos grabados, o bien a través de distintos procesos de simbolización.
Estas observaciones implican el reconocimiento de que su temporalidad no se limita al momento de su ejecución, sino que se prolonga tanto tiempo como las poblaciones que viven en su entorno las observan y les otorgan un sentido en los sucesivos presentes constitutivos del proceso histórico.
De forma correlativa, podemos afirmar que, para el conocimiento histórico, tan interesante es el conocimiento de la fecha del grabado como cualquier otro de los momentos en que se transformó, física o simbólicamente.
Ubicación de los principales lugares citados en el texto: 1) Santa Mariña de Augas Santas, 2) Celanova, 3) Amoeiro, 4) Campo Lameiro, 5) Tourón, 6) Valpaços.
Cartografía: ©Instituto Geográfico Nacional de España.2009.
Este petroglifo entró en la vida académica de la mano de J. Lorenzo (1948: 166-167), quien se limita a recoger el testimonio de Juan Muñoz de la Cueva (infra) y comenta que «hace sospechar que se trate de petroglifos» (Id.: 167).
Despertó nuestro interés por el grabado la lectura del Breve compendio de la vida y martyrio de la Gloriosa Virgen y Martyr Sta.
Marina de Galicia, obra del obispo de Ourense Juan Muñoz de la Cueva publicada en 1719.1 Esta es su descripción: «En la altura, y llanura de la montaña, que sube un poco sobre el lugar de Aguas Santas, y en un sitio llamado la Vacariza, como dos tiros de mosquete de la principal iglesia, hay dentro de una heredad un pavimento natural, de piedra llana, y redonda, que tendrá veinte pasos de circunferencia, la cual rodea un muro no muy alto.
Están colocadas tres cruces dentro del dicho muro; y en medio de la piedra se señalan grabadas las herraduras de un jumento, dos huellas de hombre al lado correspondiente, y los eslabones de una cadena, que se demuestran pendientes de una argolla.
Sobre este monumento dicen los naturales, y vecinos, por tradición antigua de los ancianos, que encomendándose a Santa Marina un cristiano cautivo, que estaba en poder de Moros, se halló libre una mañana, con un jumento, en que vino, sobre la dicha piedra y que para memoria de tan grande maravilla, hizo el divino poder, que en la piedra, como si fuese de cera, se imprimiesen, y gravasen las huellas del cautivo, la cadena y las herraduras...
Volviendo a esta señalada piedra, y al muro que la circunda; también los viejos afirman, que queriendo Pedro Cid, dueño de la heredad en que está, valerse para su cerca, o cercado, de la piedra de este muro, fue reprendido de un vecino; diciéndole, que dejase la piedra, que era de Santa Marina; a que respondió, que la Santa no necesitaba piedras.
Pero en los Figura 2.
Calco del petroglifo de A Vacariza (Augas Santas, Allariz), los distintos tonos de los motivos indican su grado de profundidad, correspondiendo los más oscuros con los de mayor profundidad.
Estudiado el lugar, nada hay que enmendar a esta descripción.
Da cuenta de la cima plana del monte dos Canteiros donde se encuentra con la fórmula «en la altura, y llanura de la montaña»; de la distancia «dos tiros de mosquete» correspondientes a los seiscientos metros que hay entre la iglesia de Augas Santas y el petroglifo, situado en una de las numerosas parcelas en que se reparte el monte (véanse en Sigpac http://sigpac.mapa.es/fega/visor/).
Es decir, estamos ante una descripción precisa de un objeto arqueológico, un petroglifo, investido con un claro sentido cristiano.
Indaguemos en nuestra fuente para comprender la descripción que acabamos de leer.
Sobresale su conocimiento de Augas Santas, donde pasó los veranos de los años 1718 y 1719 y estudió las huellas físicas de la presencia Santa Marina: «He mirado con cuidado su magnífico, y antiquísimo templo; he registrado lo exterior de su sepulcro.
He examinado los monumentos antiguos, que hay en su contorno» (Muñoz, Breve: 12).
Muñoz de la Cueva también presenta sus fuentes escritas destacando la «información auténtica», recibida por Francisco Fernández, prelado de la iglesia de Santa Marina y señor del Coto de Aguas Santas en 1592 «de siete testigos muy ancianos... donde se refieren las tradiciones, que recibidas de sus padres y mayores en los pueblos de toda esta montaña y feligresía, hoy se conservan y duran» (Muñoz, Breve: 13).
Esta combinación entre autopsia y uso de testimonios escritos que se remontan al siglo XVI inciden en la calidad de su información.
2El opúsculo en cuestión es una historia de la santa que combina cuatro capas de sentido.
(1) Una tradición hagiográfica originada en la Antigüedad, conformada por relatos estandarizados (Delehaye 1906).
(2) La racionalidad renacentista que da crédito a los textos clásicos que sitúan en el noroeste de Iberia a personajes de la guerra de Troya (Moralejo 2008).
(3) Tradiciones populares mezcladas con erudición eclesial cuestionable desde el punto de vista de la crítica histórica (Gil Atrio 1962.
(4) La observación del autor que fija la vida de la santa en la geografía local; de esta forma se hace eco de una antigua propiedad de la hagiografía como es el recurso a la verdad topográfica (Delehaye 1906: 253-256; cf. Halbwachs 1971).
Es pertinente mencionar que ya el Padre Flórez, al ocuparse del culto a Santa Mariña (Flórez 1789: 209-214), desmontó el fundamento histórico de la propuesta de Muñoz de la Cueva (y de sus fuentes) por trasladar ingenuamente a Galicia elementos de hagiografía oriental:
«Concluyo en fin diciendo, que admito una Santa Marina Martyr en este Obispado, la cual no tiene conexión con el Presidente Olibrio del Oriente, ni con otras particularidades de la martirizada en Antioquía de Pisidia, sino que la presente fue gallega: pero ignorándose, como en otros Santos Mártires, las particularidades de su vida y martirio, la aplicaron las del Oriente, lo que para ser afirmado de la nuestra, necesita más abonadas pruebas» (Flórez 1789: 214).
Estas consideraciones nos permiten centrarnos en las cuestiones topográficas, pues el examen de la biografía de Mariña es objeto de otro trabajo (García 2012).
Además nuestro interés se corresponde con el énfasis de Muñoz de la Cueva por fijar a la santa en el terreno.
Llama la atención en este sentido el capítulo final donde enumera los monumentos locales relacionados con la santa, aunque hayan sido objeto de presentaciones anteriores en el texto (Muñoz, Breve: 101-114).
Más allá de la verdad topográfica mencionada, constatamos el establecimiento de una relación lugar/relato conformadora de una topología que expresa una percepción del espacio regida por una racionalidad que no es la nuestra, pero que contribuye a una comprensión correcta del sentido de ese mismo espacio.
Ocurre en el relato de Muñoz de la Cueva que la vida de Mariña sigue un movimiento ascensional.
Para empezar la santa habría nacido el año 123 en Antioquía, que Muñoz identifica con Xinzo por corrupción idiomática: «no es vulgar conjetura de haberse mudado por corrupción el nombre de Antiochía en el de Antela» 3.
El texto se recrea en la des- cripción del valle por el que «el río Limia, que tomó del campo el nombre, corre tan sosegado, y apacible, que apenas se percibe con la vista más atenta el rumbo de su corriente» (Muñoz, Breve: 19-20 4 ).
Abandonada por su padre pagano, Mariña pasó su infancia con su nodriza, que le inculcó la fe cristiana, en la vecina Piñeira de Arcos.
Allí, junto a la torre de Sandiás, fue apresada por un «presidente» romano llamado Olibrio que la llevó al castro de Armea, «castillo de que hoy hay vestigios, cerca de las casas de Armea, donde por la comodidad y fortaleza del sitio, que domina los llanos de un dilatado terreno, estaba de presidio la legión de los soldados romanos» (Muñoz, Breve: 45).
Entre los capítulos quinto y octavo se detallan los tormentos infligidos a la joven relacionados con restos arqueológicos santificados por tan terribles hechos.
El tormento termina con la decapitación de Mariña en Augas Santas, monte arriba, dando origen a «las tres fuentes de Aguas Santas, que caen al oriente del templo en que está el sepulcro de la gloriosa Santa Marina» (Muñoz,.
Los testimonios sobre Mariña se concentran, pues, en torno a la Laguna Antela para su nacimiento y juventud y en torno a Augas Santas para su tormen-to y muerte.
El primero es un lugar llano y el segundo una ladera por la que asciende la santa hasta su apoteosis.
El uso de este término es preciso tanto porque describe un desplazamiento abajo/arriba, como por el sentido del relato que presenta la transformación de una joven normal en una santa.
A partir de aquí podemos pasar a una descripción de los elementos considerados desde una perspectiva histórica y arqueológica.
El monte dos Canteiros forma parte de un cordal montañoso denominado Lombas de Santa Mariña, compuesto por cerros que no superan los 700 m y que delimitan por el sur el valle de A Rabeda, con una altitud media de 400 m.
El Monte dos Canteiros es el más alto, con 669 m, posee una amplísima visibilidad y una cima amesetada en donde actualmente confluyen los límites de tres municipios (Allariz, Paderne de Allariz y Xunqueira de Ambía).
Este monte puede considerarse un «monumento natural» o «salvaje», según la definición de F. Criado (1993:48; Bradley 2000), si consideramos su emplazamiento, limitando una extensa llanura, y a la forma de su cima (Fig. 3).
Allí se ubica el petroglifo de Vacariza, en su ladera occidental está la aldea de Augas Santas con sus fuentes milagrosas y una monumental iglesia parroquial (Fariña 2002).
En el mismo cordal montañoso, tras el monte dos Canteiros, hacia el este también se vincula con la Santa el Monte de Armeriz.
En su ladera Noroeste se sitúa la Santa de Pedra a una altitud de 590 m.
Es una roca natural5 en la que destaca una forma semejante a un pabellón auricular producida por erosión rra, que para ir a donde ellos están entran por unas escaleras hechas unas bóvedas, en las cuales estando, ardiendo fue metida, esta bendita virgen, mas luego se salió milagrosamente por un agujero muy pequeñísimo... y siéndole cortada la cabeza, donde cayó, salieron tres fuentes en tres partes, las cuales están allí ahora junto de la iglesia, a la cual se tiene gran devoción, porque ha habido milagros conocidos, y hay en ella gran romería», Molina 1675: 17-18, (Mondoñedo 1550).
4 Se refiere a la actualmente conocida como Lagoa de Antela, Pérez 1982: 64. alveolar.
Según la tradición local siempre tiene agua a la que se atribuye propiedades curativas, sobre todo para los males de oído.
6 Pasemos a comentar los elementos que inciden en la fiabilidad de Muñoz de la Cueva en su descripción del petroglifo.
En primer lugar, el topónimo Vacariza remite a un tiempo anterior a la parcelación actualmente visible en estado de abandono: designa los lugares abiertos destinados a la invernada del ganado con anterioridad a su transformación para uso agrícola.
7 Por otra parte, es histórico Pedro Cid, el personaje citado como propietario de la parcela con el petroglifo.
El catastro de Ensenada de 17528 menciona, para el Coto de Santa Marina, a Pedro Cid como juez del lugar, y a herederos de Pedro Cid en dos ocasiones relacionadas con tierras comunales.
También se cita a Antonio Cid «cura actual del referido coto de Santa Marina de Aguas Santas», a Gregorio Cid, encargado de recaudar arriendos, entre otras personas con ese apellido que forman parte de la elite local.
Además, en las lápidas funerarias antiguas, situadas en torno a la iglesia, leemos reiteradamente el apellido Cid, profusamente atestiguado también en las lápidas más recientes del cementerio anexo.
La roca donde está el petroglifo es mucho mayor que el espacio rodeado por el muro que describe Muñoz, pues aunque parece que sólo presenta grabados en la zona acotada, este extremo es difícil de precisar porque el exterior del muro está cubierto por vegetación.
Las medidas totales de la roca son unos 20 m en su eje NW-SE y de 11 m en su eje NE-SW.
Los vecinos recuerdan el uso agrícola de la piedra como «eira de mallar».
También nos señalan su utilidad para acelerar el secado y maduración del centeno expuesto al calor acumulado por la piedra, práctica que nuestros informantes consideraron propia «de los más pobres» o llevada a cabo «o ano da fame».
Los grabados constitutivos del petroglifo existen tal como los describe Muñoz de la Cueva, con alguna diferencia interesante.
Para analizarla contrastaremos nuestra descripción con el texto.
Los grabados se concentran en la mitad oeste de la superficie acotada.
Distinguimos tres zonas con grabados y dos piedras horadadas.
El panel S está compuesto por cuatro formas semicirculares, con aspecto de pequeñas herraduras, orientadas hacia el este.
Dos, al W, distantes entre sí 18 cm, están situadas en paralelo y miden 9 cm por 9 cm; las otras dos, también paralelas, distan 16 cm y miden 10 cm por 9 cm. Todas ellas tiene surco con sección en u que varía con una anchura que alcanza los 2,5 cm. Suponiendo que fuesen las marcas de un équido, corresponderían a un animal pequeño.
Hacia media distancia entre los dos pares de herraduras aparecen otros dos grabados de forma ovalada, miden 24 cm por 9 cm y de 23 cm por 10 cm, están colocados en paralelo y se corresponden con las formas que la tradición interpreta como huellas de pie.
Los surcos están muy erosionados, presentan sección en forma de u y un ancho medio de 2 cm (Fig. 5a).
El panel W está formado por 11 cazoletas alineadas de N a S, cuyo diámetro y profundad son mayores cuanto más al S (11 cm de diámetro y 3 cm de profundidad) y van decreciendo hacia el N (9 cm de diámetro y 2,5 de profundidad).
Se corresponden con lo que el texto interpreta como «los eslabones de una cadena pendientes de una argolla».
Además aparecen otras tres cazoletas al S y una cruz (Fig. 5c).
El panel N está formado por 8 cruces, cuyos brazos más largos varían entre los 42 cm por 34 cm, y entre los 20 cm y 12 cm los más cortos.
Los surcos de estas cruces presentan mayor profundidad y anchura (4 cm y 2 cm respectivamente) que los del panel E y parecen realizados con un instrumento metálico, a juzgar por las marcas que presentan.
En este panel también se aprecia una herradura semejante a las del panel S, aunque ligeramente mayor: 11 por 13 cm (Fig. 5b, Fig. 2).
Finalmente, hacia el SW y SE hay adosados al muro dos agujeros de forma rectangular de 20 cm por 16 cm y de 25 cm de profundidad.
Están grabados sobre lajas de piedra aparentemente exentas (Fig. 5d y e).
Si tenemos en cuenta estas observaciones y las que, en su momento, pudo hacer Muñoz de la Cueva, podemos sugerir una cronología relativa de estos elementos:
a) Panel S con herraduras y huellas de pie.
La herradura situada junto a las cruces, por su aspecto, parece pertenecer a este mismo grupo.
b) Panel W, hipotéticamente contemporáneo del anterior.
Surgen problemas con las cruces.
Según nuestra fuente: «están colocadas tres cruces dentro del dicho muro; y en medio de la piedra se señalan grabadas las herraduras de un jumento...».
Las cruces, por lo tanto, no están grabadas, y dada la fiabilidad que merece nuestro testimonio, sugerimos la siguiente secuencia: c) Piedras con agujeros rectangulares.
Dado que las cruces indicadas por nuestro testimonio están colocadas, interpretamos estos agujeros como las bases o soportes de dos de esas cruces.
No hemos localizado el soporte de la tercera.
Apoya esta interpretación el testimonio de Benito de la Cueva sobre el pedrón de Celanova, usado como pedestal de un calvario que no se conserva (ver infra).
d) Panel N con cruces es posterior a 1719, pues Muñoz de la Cueva no las menciona.
Sus distintas facturas sugieren, además, que no son contemporáneas.
Finalmente, el muro de piedra no es parte del petroglifo pero forma parte de su historia.
El muro localiza y monumentaliza un espacio que de otra manera podría pasar desapercibido.
Esta acción tiene un paralelo en las Pioucas de Santa Mariña, piletas con agua donde San Pedro sumerge a la santa extraida del horno: en ambos casos un cristiano queda aliviado o liberado de un martirio gracias a la milagrosa intercesión de un santo.
Muñoz de la Cueva también describe el muro que rodea las Pioucas: «Está cercada de un muro viejo, y tosco, y pegada a la pila una efigie de un crucifijo de piedra áspera, y bronca, y de cincel, y mano sin destreza» (Muñoz,.
No existe el crucifijo, pero se aprecia su base en un agujero cuadrangular situado jun-to a las piletas (Fig. 6): la menor profundidad y mayor superficie de esta base parecen apropiadas como soporte de una figura de piedra como la descrita por Muñoz.
Pasemos a nuestro segundo caso de estudio.
EL PEDRÓN DE CELANOVA
En paralelo con el examen del petroglifo de Vacariza, partiremos de la descripción barroca de un santuario prehistórico cristianizado (ver la discusión más abajo), conocido en Celanova como el Pedrón.
Está situado al oeste del oratorio de San Miguel, levantado hacia el año 940, situado en el ángulo noroeste del impresionante monasterio barroco de San Salvador, y que constituye una de las joyas del arte prerrománico peninsular (Vázquez 2006, Guardia 2009).
El texto que nos interesa, obra de Benito de la Cueva (fallecido en 1649), parte del oratorio y pasa al patio-jardín donde está el pedrón (ortografía actualizada):
«... es este edificio de sillería de piedras cuadradas, obra tan prima y bien hecha que al cabo de tantos años no ha desdicho una piedra de otra, ni se muestra una esquina comida.
Siempre fue lugar santo y venerado de manera que se tenía por entierro honrosísimo su cementerio y así está cercado de lápidas antiguas y particularmente de abades de aquella casa que representan harta grandeza con guiones esculpidos en ellas e insignias pontificales...
Esta cercado el jardín de laureles y murtas ordenadas en calles y carreras rematadas con arcos de jazmines y otros aseos que su misma devoción les enseña...
Las «pioucas de Santa Mariña» son excavaciones en la roca rodeadas por un muro y presididas por uno de los «carballos da santa» (izq.).
La pileta cuadrada es probablemente la base de la cruz de piedra descrita por Muñoz de la Cueva (der.).
No es lo menos misterioso de este lugar el Calvario que dije estaba a las espaldas de la capilla mayor de la ermita, porque en medio de tierra tan blanda y sazonada que sirve de jardín, hizo la naturaleza un relieve de peña hasta dos estados de largo y no de ancho con cuatro esquinas iguales y en medio se levanta y modo de cerrico que la hace parecer Calvario con unas desigualdades y quiebras de la piedra tal graciosas que parecen hechas con arte, para remedar fragas de montes.
Entre estas quiebras nacen muchas clavelinas y flores, como en las mismas eras.
Pero lo que más espanta9 es que a las cuatro esquinas de la peña en parte que parece no había de haber lugar donde pudiese echar raíces un clavel, nacen cuatro cipreses, los más hermosos y grandes que vi en toda mi vida, porque comenzando las copas casi desde el suelo vienen ellos a ser tan altos, que quieren competir con las torres y hacen un cuadro en extremo vistoso dando grande adorno y ser al Calvario.
Acabale de hacer admirable y devoto una cruz que se levanta del cerrito de en medio sobre una columna de piedra muy alta y delgada y de galana hechura» (De la Cueva, Celanova: 83).
Estas líneas forman parte de la obra Celanova Ilustrada, inédita hasta su reciente publicación en 2007.
Benito de la Cueva es sobre todo un archivero que rastrea los documentos que engrandecen la historia y la gloria del monasterio de San Salvador de Celanova, como atestigua otra obra suya que llegó a nosotros (De la Cueva, Historia).
Su testimonio es profundamente diferente al de Muñoz de la Cueva sobre Mariña, ya que pesa más la cronística medieval, mientras que la información topográfica, las tradiciones populares y la hagiografía tienen menor relieve.
De manera sintética Benito de la Cueva es un historiador que asienta sus afirmaciones en la fiabilidad de los documentos, mientras que Muñoz de la Cueva es un hagiógrafo que asienta su texto en la credibilidad otorgada a una tradición, aunque ambos mezclan otros elementos en distintas dosis.
Pasemos a la descripción del Pedrón.
El enclave y la piedra están monumentalizados y cargados con un sentimiento religioso no razonado.
Leemos la justificación de esa disposición en un testimonio anterior.
Se trata de la historia del monasterio escrita por Benito de Oya, otro de sus monjes archiveros, con anterioridad a 1620 y recientemente rescatada de su condición inédita en el Archivo Histórico Nacional por J.R. Hernández Figueiredo, quien en la introducción da las claves del texto.
Esto es lo que escribe sobre el Pedrón (ortografía actualizada):
«Tiénese por tradición que haciendo un día falta el ministro a responder celebrando el santo Obispo: un Ángel suplió la falta respondiendo por él.
Dicen que desde una peña que está detrás del altar mayor: en cuyo testimonio y para memoria de este milagro se puso una cruz encima de la dicha peña.
Refiero lo que oí a algunos padres ancianos, que atestiguaban haberlo oído siendo muy mozos, a los muy ancianos del Convento, e hijos de esta Santa Casa» (De Oya, Epítome: 115).
Benito de la Cueva no refiere el aition que explica la santidad del Pedrón porque su antecesor había descalificado las aducidas como pruebas materiales de su antigüedad (en una línea radicalmente contrapuesta a la forma de argumentación de Muñoz de la Cueva para Santa Mariña).
El piadoso de Oya no desmiente el milagro pero indica que «la fábrica de la cruz atestigua ser mucho más moderna: por ser galana y labrada muy al uso: y que cuando mucho en este dicho año de 1620, no pasa de ciento de antigüedad».
Además, «los cuatro cipreses que acompañan la dicha cruz: son aun más nuevos que ella», y cuenta que conoció a Francisco de Monforte, abad muerto en 1585, que los había plantado personalmente.
10Es decir, la tradición oral sobre el milagro y la monumentalización del lugar son procesos independientes, tal como habíamos visto en la discusión sobre el petroglifo de Vacariza.
Para apreciar hasta qué punto las relaciones entre las narrativas tradicionales y las formas de materialización conforman un proceso abierto en el tiempo tomaremos otro ejemplo de Santa Mariña de Augas Santas.
En la vertiente norte del Monte de Armeriz se ubica la Santa de Pedra.
La roca relacionada con la santa presenta como única marca de acción antrópica una inscripción que dice «SE HIZO ESTA + SAN-TA IMAGEN SENDO CURA DON ANTONIO CID AÑO DE 1790», según el cartel allí ubicado, pues el texto es ilegible debido a los líquenes acumulados sobre la piedra.
Por todo lo demás, la monumentalización se parece a lo que cuentan los testimonios del siglo XVII sobre el Pedrón de Celanova (Fig 7).
Una cruz y la estatua de la santa dominan la piedra mientras que oquedades y soportes naturales sirven para colocar macetas y flores.
Además, los vecinos insistieron en su disposición entre árboles, detallando quiénes los plantaron, tal como hacen en sus relatos Benito de Oya y Benito de la Cueva para Celanova, o Muñoz de la Cueva, quien también da cuenta en varios lugares sobre robles relacionados con la santa.
Así pues, del mismo modo que las piedras trabajadas o naturales de Armea y de Augas Santas son santificadas por Mariña a lo largo de los siglos, también el pedrón de Celanova es santificado por el Ángel, que no puede ser otro que San Miguel, inserto en la milenaria estructura simbólica del monasterio de San Salvador.
Sin embargo, la naturaleza de la roca y su estado de conservación impiden usar la mirada de nuestros testigos como una puerta para trazar su historia.
Simplemente permiten constatar las atenciones que recibió en el recinto monástico probablemente desde sus inicios.
Al tiempo que, desde un punto de vista arqueológico, hay que excluir toda esperanza de que la excavación de un entorno tan removido durante siglos arroje nuevas luces.
Complementa esta información escrita una imagen posterior.
Es uno de los motivos representados en la sillería del coro bajo de la iglesia monástica de San Salvador, obra de Francisco de Castro Canseco y terminada en 1717, donde se representa a San Rosendo junto al pedrón coronado con una cruz latina (Fig. 8).
F. Singul estudió el motivo relacionándolo con la cruz del Gólgota, cuyo conocimiento habrían traído a Galicia los peregrinos del siglo IV (Singul 2007: 151).
La publicación del Epítome... de Benito de Oya en 2010 tal vez permita simplificar la interpretación y ver un reflejo del milagro del Ángel que auxilia al obispo.
En todo caso, el detalle del relieve corrobora la precisa descripción de Benito de la Cueva: la roca aparece como soporte del calvario y está rodeada por cuatro cipreses y un jardín exuberante.
La parte final de esta historia tiene que ver con el desmantelamiento del monasterio a raíz de la desamortización de Mendizábal (1835), cuando el monasterio pierde su función y el edificio pasa a tener distintos fines desde entonces.
Tal como vemos hoy la zona que nos interesa es fruto de una restauración del oratorio de San Miguel.
Con anterioridad el Pedrón estaba cubierto por una plataforma de piedra coronada por velador que sostenía un emparrado, mientras que la parcela adyacente se usaba como huerta (Piñeiro 2001: 204;2007: 36).
Izq., detalle del pedrón de Celanova; der., Santa de Pedra de Augas Santas.
UN MODELO DE RELACIÓN SANTUARIO-CASTRO
Daremos un salto atrás en el tiempo para apreciar cómo los monumentos estudiados con una importante carga simbólica cristiana tuvieron su origen más probable en la Edad del Hierro.
EL PETROGLIFO DE VACARIZA: PODOMORFOS Y HERRADURAS
Si descartamos los elementos recientes que describe Muñoz de la Cueva (el muro y el calvario) y los elementos posteriores (el panel con cruces) quedan, como grabados más antiguos del petroglifo de Vacariza, según la cronología relativa propuesta, el panel con las herraduras y los podomorfos y el panel con las cazoletas: ¿qué decir sobre estos motivos?
En primer lugar, las cazoletas son tan comunes en contextos tan diversos que preferimos no intentar extraer sentido de ellas.
11 Las herraduras y podomorfos, por su parte, aparecen grabados en paneles propios del Estilo Esquemático Atlántico definido por Manuel Santos.
Pero esto presenta problemas.
En cuanto a las herraduras ignoramos si sus grabadores tenían la intención de representar la huella de un équido.
Lo cierto es que Ferradura es un microtopónimo gallego para piedras grabadas que pueden representar cosas muy diferentes (Ferro 1952: 105-114).
Así, la conocida como A Pedra das Ferraduras (Campo Lameiro, Pontevedra), uno de los gra-Figura 8.
El oratorio de San Miguel y su entorno ajardinado con el pedrón como base del calvario en la sillería del coro bajo de la iglesia del monasterio de Celanova, obra de Carlos Canseco terminada en 1717.
11 González, Barroso 2003, sugieren, tras otros, su función como límites.
Esto es cierto para este caso considerando que el petroglifo está en la proximidad de los límites de tres municipios, función que desempeña la propia cima del Monte dos Canteiros.
Sin embargo, no hemos detectado aquí cazoletas grabadas sobre rocas que delimitan un área más o menos extensa, como en otros santuarios de la Edad del Hierro (García, Santos 2008). bados paradigmáticos del arte rupestre gallego, presenta gran cantidad de huellas de ungulados pero ninguna herradura propiamente dicha.
Por el contrario, en A Ferradura (Amoeiro, Ourense) una parte del panel presenta grabados en U, semejantes a los de Vacariza, y según la tradición son las huellas que dejó un caballo malo antes de que su dueño lo matase (García, Santos 2008: 282).
Estamos ante la interpretación popular de esas formas como marcas de las pezuñas de équidos.
Cabe afirmar, por lo tanto, dos cosas: constatamos nuestra ignorancia sobre qué pretendían evocar los grabadores originales, pero son formas que se interpretan de forma intuitiva como huellas de équidos.
Pasemos a los podomorfos.
Como quiera que en el folclore de lugares muy distintos se explican como las «huellas del pie...» de tal o cual santo a tantas formaciones rocosas diversas, naturales o fruto de la acción humana (Deonna 1915; Erkoreka 1995; Benito, Grande 2000), como ya ocurría en la propia tradición clásica (Dunbabin 1990), M. Santos propuso una definición restrictiva de los grabados podomorfos (García, Santos 2000: 6-7).
Por entonces ya se conocía el petroglifo de A Fieiteira, publicado un poco más tarde, en la estación de arte rupestre de Corme (Mañana, Santos 2002).
Entre los grabados se distinguen dos figuras ovaladas en paralelo, que no encajan en los criterios restrictivos del año 2000.
Sin embargo, en otra publicación (García, Santos 2008: 74, fig. 2.6; Santos 2008a: 181, 154-156) se consideraron como podomorfos con un argumento basado en observaciones sobre la localización de la roca: es la que tiene mayor número de grabados en el petroglifo situado en el centro de la estación de arte rupestre.
Observaciones que responden al patrón de localización de los grabados podomorfos precisado entonces.
Dicho de otra manera: seguimos sin saber si son podomorfos considerando su aspecto aisladamente, pero aparecen en el lugar donde hay podoformos seguros en otros lugares.
Tenemos, pues, un problema de representación y otro relativo al patrón de localización.
En cuanto a la representación, el nudo del problema es el criterio usado para definir un podomorfo en arte rupestre.
Si nos atenemos al paralelo que proporcionan los conocidos ciervos del Estilo Atlántico, constatamos que la forma de representarlos en los petroglifos del Barbanza difiere a la usual en Campo Lameiro, y poca duda hay de que se trata de ciervos.
Debemos aceptar, en paralelo, que es posible grabar podomorfos de diferentes formas.
Dicho esto, surge el problema de cómo trazar la frontera entre un todo vale, que daría legitimidad clasificatoria a las tradiciones que consideran huellas de pie formas muy dispares, y un criterio tan restrictivo que sea incapaz de dar cuenta del hecho de que un objeto, o parte anatómica, se puede representar de formas distintas sin romper la relación con lo representado.
Para salir de ese impasse lo primero es introducir nuevos casos en la argumentación, como el que ofrecemos en estas páginas.
Así, la representación de los podomorfos (?) de Fieiteira mediante un trazo que indica su perímetro coincide con la representación de Vacariza.
El criterio pertinente es considerar que lo representado por los grabados está contenido por el surco, no es la línea o el surco propiamente dicho (Fonte et al. 2009).
De hecho, la opción restrictiva del año 2000 coincide con este criterio, pues solo consideraba como podomorfos las huellas de pie excavadas en la roca, como si fuesen pisadas sobre la arena húmeda o el barro.
Pero otra forma de representar los pies es trazando una línea, un surco en la roca, que dibuja su contorno como en otras representaciones de arte rupestre y no sólo (Fig. 9), en detrimento de la precisión y realismo de la representación (Fig. 10).
Constatamos así dos formas de representar huellas humanas en los petroglifos de Galicia.
Al modo de A Ferradura o Monteferro, con vaciado de la planta del pie llegándose a apreciar las marcas de los dedos desnudos, o al modo de Fieiteira o Vacariza, dibujando su contorno y con pérdida de seguridad sobre la identificación del motivo representado.
Pasemos al patrón de localización.
La ubicación del petroglifo con podomorfos de Vacariza en un área geográfica bien definida, la cumbre amesetada del Monte dos Canteiros, responde al patrón de localización de las estaciones de arte rupestre representativas del Estilo Esquemático Atlántico.
Como no se trata de reiterar lo dicho, argumentaremos brevemente a partir de los petroglifos de A Ferradura y de A Fraga das Passadas.
La roca con grabados de A Ferradura (Amoeiro, Ourense) presenta una buena serie de podomorfos y las herraduras que la nombran.
Su posición está cuidadosamente buscada en relación con el castro de San Cibrán de Las hacia el oeste: una grieta que atraviesa la roca de A Ferradura de E a W apunta, como una mira, a la corona del castro de San Cibrán a 5 km en línea recta sobre el cauce del Barbantiño (García, Santos 2008: 231-287).
Otro paralelo se encuentra en la conocida como Fraga das Passadas, (freguesía de Agua Nevez i Crasto, Valpaços, Portugal).
La roca presenta diversos grabados entre los que destacan los podomorfos que la nombran.
Se sitúa en una posición dominante sobre el reducido y abrupto valle del río Torto, y en relación de visibilidad directa con el castro de Cerca dos Mouros situado hacia el sur a unos 600 m en línea recta (Fig. 11).
La relación del petroglifo de Vacariza con respecto al vecino castro de Armea es semejante.
Castro y petroglifo distan 1,5 km en línea recta, tomando como referencia el Outeiro dos Pendóns, el punto más alto del castro.
No separa ambos lugares el cauce de un río 12, pero el castro y el Monte dos Canteiros conforman unidades físicas bien definidas con un collado entre ambas por donde discurre la carretera que va hacia Paderne de Allariz.
Por otra parte, el perfil del Monte dos Canteiros destaca desde el castro (Fig. 3).
No existe visibilidad entre el castro y el petroglifo, puesto que el primero está situado en una parte ligeramente deprimida de la cima del monte (Fig. 12).
Ahora bien, algunos de los elementos que conocemos podrían cambiar esta percepción: un paisaje con menos árboles, como se aprecia en fotografías antiguas, o el uso de elementos artificiales que realzan ambos lugares, como las cruces del calvario sito en el petroglifo o los pendones llevados a castro en la procesión del día de la Ascensión, que podrían haber tenido antecedentes pre o protohistóricos, además hasta tres profundos termoclastos situados en el interior del muro que rodea los grabados y que no afectan a los petroglifos antiguos (Fig. 5FGH), según la cronología relativa que hemos establecido, podrían corresponder a fuegos intencionados y reiterados en Figura 10.
El petroglifo de Fieiteira tratado informáticamente para subrayar el espacio acotado e interpretado como una representación de podomorfos.
Compárese con la representación de los podomorfos de Vacariza en la Fig. 5 A.
Composición con detalle de la Fraga das Passadas y vista aérea y perfil del relieve generado con google earth.
Perfiles del relieve indicando la posición relativa de los petroglifos con podomorfos en relación con castros.
Hemos indicado, también, la relación entre el castro de San Trocado (cercano al de San Cibrán de Las y fechado en la primera Edad del Hierro) y A Ferradura, pues la estación con grabados pudo estar relacionada con ambos castros.
Nos lleva hacia esta conclusión la observación de los efectos de los incendios sobre las rocas, efectuada en el seguimiento arqueológico del impacto de los incendios del verano del 2006 en Galicia, y que la roca sobre la que está el petroglifo impide el crecimiento de árboles en sus inmediaciones: hay que llevar madera y hacer el fuego de forma expresa.
Los tres casos examinados son variantes de un patrón de ubicación bipolar formado por un hábitat y por un petroglifo sencillo (Fraga das Passadas y Vacariza) o más complejo (la estación de arte rupestre de A Ferradura).
En los tres casos los petroglifos presentan podomorfos.
Cabe reafirmar, por el contrario, que esta estructura dual, hábitat/santuario, no es original.
Es el modelo identificado por F. de Polignac (1995) entre ciudades griegas y santuarios extraurbanos.
En Roma es la relación que se establece entre la Urbs y los santuarios del monte Albano (García 2007).
Y si estos paralelos parecen sofisticados es, también, el modelo que explica la ubicación de los santuarios rurales de la Galia protohistórica y, todavía más lejos, es la relación que lleva a un testimonio irlandés a definir la relación entre Tara, la capital política de Irlanda, y Uisnech, su centro religioso, como los dos riñones de una bestia salvaje (La fundación del dominio de Tara en Guyonvarc'h 1980: 164).
Así pues, la polaridad petroglifo (o estación de petroglifos) con podomorfos y castro sería, a su vez, una variante de esa pauta tan generalizada y constituye, desde el punto de vista cronológico, un patrón de localización operativo en la Edad del Hierro, pues contempla como coetáneos los castros y las estaciones de arte rupestre.
Ahora bien, un patrón de localización, aunque tenga sentido en una época determinada, no fecha cada elemento que incluye.
El momento de grabado de cada motivo particular podría tener una fecha anterior, o posterior, aunque esto último parece improbable.
Pero aunque esto fuese así, no se deslegitima el argumento desarrollado, pues un elemento temporalmente anterior pudo ser incorporado a una lógica marcada por un patrón de localización que, como tal patrón, es posterior y que, en este caso, fechamos en la segunda Edad del Hierro, coincidiendo con la cronología de los castros de San Cibrán de Las y Armea (para Cerca dos Mouros no tenemos datos).
Por último, la identificación de este patrón de loca-lización no implica que otros no puedan existir.
Al contrario, hemos visto cómo la tradición cristiana local construye con esos mismos elementos la verdad topográfica de la apoteosis de Mariña.
EL PEDRÓN DE CELANOVA COMO SANTUARIO DE LA
EDAD DEL HIERRO Cambiamos de lugar para ocuparnos del pedrón del monasterio de San Salvador de Celanova como objeto arqueológico y para discutir su antigüedad identificando, como en el estudio del petroglifo de Vacariza, el patrón de localización en que se ubica.
Pedrón con el oratorio de San Miguel en segundo plano y la iglesia monacal al fondo.
La planta de la roca evoca un triángulo (5 m × 4 m aproximadamente) con un vértice apuntando hacia el O, alineándose perfectamente con el oratorio de San Miguel y con la iglesia barroca del monasterio, es decir, ambos monumentos respetan la axialidad de la piedra.
13 Está trabajada de forma muy tos-ca por varios de sus lados conformando escalones irregulares, más claros en su lado norte.
En la parte superior presenta una oquedad triangular, artificial, que podría ser una pileta antigua reutilizada como base para el calvario que documentan textos e imágenes (supra).
Recientemente se ha subrayado su posible pasado protohistórico (Andrade 2007: 24; Rodríguez Colmenero 2010), y F. Singul (2007) ha resaltado su importancia en el siglo XVIII, apreciaciones que no son contradictorias.
El primer problema es cómo denominar la roca con criterio arqueológico.
Considerarla un santuario rupestre supone una interpretación y lo primero sería establecer si es correcta.
Podríamos llamarla roca monumentalizada, roca trabajada, o de otra forma.
Pero las preguntas siguen siendo las mismas ¿Cómo entender esta roca y otras similares?
¿Qué sabemos de cuándo se hicieron o de cómo se usaron?
En estas condiciones consideramos la fórmula «santuario rupestre» un mero comodín.
14 Pero más que su finalidad original religiosa, que nos parece probable subrayando, otra vez, la indefinición de la fórmula, para nuestro argumento es pertinente presentar indicios que muestran cómo el pedrón se inserta en una sucesión de configuraciones simbólicas diferentes a lo largo del tiempo.
Comenzando por la Edad del Hierro examinaremos, como hemos hecho con respecto al petroglifo de Vacariza, si la ubicación del pedrón responde a una pauta de localización identificable.
Entra en juego, pues, el examen de Castromao, cuya importancia destacaba el propio Benito de la Cueva, quien escribe que según el «libro gótico» (el Tumbo de Celanova):
«A la parte occidental de Celanova hay un Monte que señorea todo el valle, en este Monte se pobló una ciudad grande en tiempo de Romanos llamada Castro Magno por un fuerte castillo que tenia.
A este Monte le quedó el nombre de la ciudad, y corrompido el vocablo se llama Castromao... la ciudad de Castro Magno se despobló, los vecinos la desampararon, y viajaron al Valle de Celanova, tierra fértil, amena y acomodada y poblaron dos villas: la de Villar, y Villa Nueva de los Infantes» (De la Cueva, Celanova: 29).
Castromao es un yacimiento emblemático de la segunda Edad del Hierro en Galicia, ocupado desde el siglo VIII a.
C., e incluso desde el siglo X a.
C. considerando algunos de sus materiales.15 Su circuito amurallado rodea 2,26 ha, pero distintas prospecciones han detectado restos de época romana en una superficie de unas 60 ha (Orero 2000).
Existe una relación entre el castro y el santuario rupestre de Celanova, distantes 2 km en línea recta, pero en la actualidad la visibilidad queda imposibilitada por la masa del edificio monástico (Fig. 14).
Esa relación es semejante a la examinada más arriba entre castros y petroglifos con podomorfos, inexistentes aquí, aunque cabe preguntarse qué podría haber bajo el monasterio, o bajo la ciudad de Celanova, o qué fue destruido por los trabajos multiseculares en esas zonas.
En todo caso, la relación entre el pedrón y el castro se presenta como una variante del patrón de localización castro/santuario aunque, como decíamos más arriba, un patrón de localización no es una demostración.
Sin embargo, se puede argumentar que no es obvio que se cristianice un elemento de esta clase si no existe algún dato previo que lo aconseje.
Sin entrar en detalles podemos ofrecer tres argumentos.
En primer lugar, los elementos del par santuario/ castro que nos ocupan se sitúan en relaciones arqueoastronómicas relevantes, en forma semejante al caso ya estudiado en A Ferradura/San Cibrán (la presentación de este tema será objeto de otro trabajo).
En segundo lugar, Martín de Dumio (muerto en 579) prevenía contra la adoración a las piedras (De correctione rusticorum 16.2), Rosendo tenía relaciones con el monasterio de Dumio (De la Cueva, Celanova: 24-25; De Oya, Epítome: 68-69), y Martín recibía culto en Celanova con anterioridad a la fundación del monasterio,16 pero este solo es uno de tantos testimo-14 El tema es controvertido y presenta perfiles diferenciados en Galicia y el resto de la Península.
La primera efectúa una sana crítica de una tradición académica mal asentada, la segunda propone una nueva sistematización del registro disponible sin los apriorismos de una historiografía superada.
Estas posturas inciden, sobre todo, en la necesaria discusión caso por caso.
En Galicia, nuevas aportaciones (García, Santos 2008), dejan de lado la discusión pendiente sobre esa tradición historiográfica.
El blog de Manuel Gago «Capítulo 0» http://www.manuelgago.org/blog/ ofrece en su sección «Notas arqueolóxicas» noticias de interés para la cuestión tratadas con una óptica de divulgación arqueológica de calidad.
Véase su documentación del nuevo «santuario rupestre» aparecido en Santa Mariña de Augas Santas en marzo de 2011 y excavado en el verano de ese año por un equipo de la Universidade de Vigo.
Arriba, Castromao recortado en el horizonte y de la villa de Celanova con el gran monasterio de San Salvador, vista desde el sur.
Abajo, perfil con la relación entre Castromao y Celanova.
nios de la feroz lucha de los cristianos contra cualquier forma de paganismo, bien representada en Hispania (Sanz 2003): esto implica que lo excepcional es la conservación y cristianización del pedrón.
Por último, la vuelta del argumento anterior es que la forma usual de cristianizar spolia paganos consiste en integrarlos en iglesias, ermitas y monasterios, con pérdida de su simbolismo original (Settis 1986; Bitel 2009).
Sin la existencia previa de tal simbolismo lo esperable sería el uso de la piedra como material de construcción en cualquier momento de la historia del monasterio.
Por lo tanto, la conservación y reutilización del pedrón en un contexto cristiano se debe a que es portador de una carga simbólica, cuyo sentido desconocemos, reconducida en el nuevo contexto religioso.
Retomemos nuestro argumento en la Edad Media.
que de Oya (Epítome: 98) menciona al de Tours.
Esta percepción puede estar contaminada por la antigua dedicación a este santo de la catedral de Ourense (Muñoz, y la general veneración que recibe en Galicia, desde el siglo VI y por parte del propio dumiense (Gregorio de Tours, Milagros de San Martín, I, 11;.id., Historia de los Francos, V, 37, con el comentario de Díaz 2011: 143-146).
La documentación medieval atestigua el uso de rocas trabajadas con distintas finalidades, y de manera notable para establecer límites.
F. Lopez Cuevillas y J. Lorenzo (1952: 17) recogen un documento de Celanova del siglo X donde Odonio dona el casal de Santa Comba (Bande, Ourense), lugar con largas relaciones históricas con Celanova, al monasterio indicando como límites restos arqueológicos: et per sui terminis ubi inuneritis lacos anticos et mamolas..., siendo los lacos piletas excavadas usadas en los sacrificios (como en Panoias, Alföldy 1997) y las mamolas túmulos.
El texto continúa: Vno laco unde uenit liniolo qui tranzit per limia et uenit inter sancto martino de calidas et feret in cima de villa ad alio laco maior per suo liniolo ubi iacit efigiem hominis seculpta in petra que testificat de laco in laco por sus moliones firmisimos ad arca maior ad castro de uemes, esto es, cerca de las piletas se haya el castro de Vemes (actual Castro de Santa Cristina) y una posible estatua de guerrero.
Esta documentación del siglo X presenta un territorio poblado, pensado, transitado, cuyos elementos constitutivos, incluidos los restos de un pasado más o menos lejano que se conocen y usan de formas diversas, atestiguan una larga relación entre población y paisaje (Portela, Pallares 1996: 443-447;1998).
Este contexto permite sustentar un poco más la idea de la continuidad del sentido religioso del pedrón: el levantamiento del oratorio de San Miguel que sigue la orientación de la roca y la orientación este/oeste de las iglesias cristianas (Delgado 2006), es la manifestación plástica de esta realidad.
Este esquema básico se mantiene en las reconstrucciones sucesivas del monasterio, hasta adquirir su configuración actual entre los siglos XVII y XVIII (Folgar 2007), cuando el pedrón se reutiliza en la forma que hemos visto.
HISTORIAS DE PIEDRAS Y PROCESO HISTÓRICO
Para precisar lo observado podemos trazar una breve comparación entre el diferente estado actual de los dos lugares estudiados.
En Augas Santas está viva la fusión de la santa con el paisaje que nombra, marcando una estrecha continuidad entre los monumentos del pasado y la vida, martirio y milagros de la Santa.
En Celanova, los relatos de fundación del monasterio presentan el lugar como un yermo (Ordoño, Vida (6)26), aunque los medievalistas subrayan que esto no responde a la realidad (Andrade 2007; Portela, Pallares 1996, 1998; Sánchez 2009).
Pero la fundación monástica subraya su novedad, Celda Nueva, y se afana por hacerse con las reliquias de San Torcuato, conservadas en Santa Comba de Bande (De la Cueva, Celanova: 127-134; de Oya,, quien, como varón apostólico, conecta al monasterio con Jerusalén.
En Augas Santas se rinde culto a mártires con predominio de mujeres: junto a Mariña están Santa Eulalia y Santa Lucía, aunque también aparecen Tomás apóstol y San Blas.
En Celanova se prima la vinculación directa con la Biblia y Tierra Santa y son varones todos los santos que reciben culto original: San Pedro y San Juan apóstol, testigos de la Transfiguración de Jesús que conmemora el monasterio, San Miguel Arcángel, San Martín de Dumio o Tours en el culto previo al monasterio y San Torcuato, que santifica la fundación.
En Augas Santas se mantiene viva la relación entre santuario y hábitat mediante la celebración actual de la procesión dos Pendóns.
Pero ya escribía el Licenciado Molina en 1550 (supra n.
2) que «hay en ella gran romería» el 18 de julio, en la fiesta de Santa Mariña, cuando se conducen los estandartes guardados en la iglesia hasta el punto más alto del castro de Armea (en la actualidad se celebra el domingo más cercano al jueves de la Ascensión).
Por el contrario, en Celanova la relación actual con Castromao es anecdótica.
Sin entrar en los pormenores de la historia medieval de ambos lugares, creemos oportuno llamar la atención hacia el interés que presentan las historias de santos, de su culto y de su relación con los lugares.
Estos aspectos deben estudiarse para comprender mejor la transformación simbólica de los espacios entre la Edad del Hierro y la plena Edad Media, cuando aparece configurado un paisaje cristiano como manifestación local y con perfiles propios de un proceso general.
Lo particular de este caso es que la transformación se produce sobre rocas trabajadas de una u otra forma que son uno de los elementos característicos de la arqueología pre y protohistórica del noroeste peninsular.
Estas rocas fueron objeto de acciones diversas, alteraciones físicas, ideaciones..., a lo largo de mucho tiempo: desde la Segunda Edad del Hierro, en ambos casos, hasta el abandono contemporáneo de los cultivos en el Monte dos Canteiros en Augas Santas, o hasta los cambios de práctica religiosa derivados de la desamortización de Mendizábal en el monasterio de San Salvador en Celanova.
Pero estos ejemplos no son excepcionales y podemos traer a colación otros tomados de los petroglifos del Estilo Atlántico.
En efecto, la observación del gran ciervo del petroglifo de Laxe das Cruces (Tourón, Pontevedra), invita a pensar que también sufrió varias transformaciones.
El perímetro de la figura corta las figuras de otros ciervos grabados con anterioridad, y es muy posible que la excepcional técnica del vaciado del cuerpo del ciervo para conformar su figura sirviese, en particular, para borrar las trazas de grabados anteriores.
En este caso el trazo que dibuja un gran ciervo se superpone a las cornamentas de dos ciervos de menor tamaño.
Además, el cuarto trasero del ciervo está groseramente remodelado con un surco de aristas vivas.
Se desconoce cuándo se produjo ese hecho, a veces atribuido a un acto de vandalismo, pero también permite evocar la observación de X. Ferro Couselo cuando señala cómo «en los sucesivos apeos y visitas de términos era frecuentísimo añadir nuevos signos a los antiguos... y se daba también muchas veces el caso de que, como dicen los documentos, se animaban o alegraban los ya existentes» (Ferro 1952: 174) (Fig. 15).
Poca duda hay de que las primeras transformaciones ocurren en la prehistoria y las segundas ya en época histórica.
En estas páginas hemos seguido la historia de dos rocas trabajadas de forma distinta a lo largo del tiempo y creemos haber mostrado que el momento de su grabado es tan interesante como el análisis de otros momentos de su existencia.
Es más, parece legítimo argumentar que el afán por la búsqueda de los orígenes oculta un prejuicio evolucionista difícil de desarraigar en las disciplinas históricas.
Su principal problema es que privilegia un momento en la historia de un objeto que va a tener, a lo largo de su vida social, otros momentos de interés.
Aunque también es cierto que no son muchos los momentos de transformación física o simbólica de los grabados que responden a importantes cambios de tipo histórico cargados de tensiones.
En Augas Santas la pasión de Mariña fue necesaria para transformar la orientación religiosa de los habitantes de la zona.
Y si no fue un acontecimiento histórico, su ideación y narración constituyeron un hecho histórico necesario para esa transformación.
Dentro de ese proceso, el petroglifo de Vacariza transforma su estatus de espacio sagrado rupestre, o cualquier otra fórmula que nos parezca oportuna, a testigo de los milagros de la santa17.
Posteriormente, aparecen las tensiones provocadas por la conservación de su estatus sagrado ante la presión de las actividades de subsistencia de los vecinos.
Esto ocurre primero con la dedicación ganadera del lugar atestiguada por el topónimo Vacariza.
Más adelante sucede algo parecido con la actividad agrícola: este es el sentido de la acción de Pedro Cid cuando mueve unas piedras del recinto sin respetar su carácter sagrado, que la santa protege.
El levantamiento del muro, la erección del calvario y el grabado de cruces, son otras tantas formas de enfatizar la exclusividad religiosa de un espacio que coexiste con la eira de mallar.
La última fase de cambio ocurre bajo nuestra mirada.
Entre las personas que nos ayudaron a localizar el petroglifo, una mujer mayor nos recordaba las historias de la piedra y de la santa coexistiendo con el uso campesino pero, más adelante, un hombre más joven nos preguntó «queredes ver o petroglifo?», señalando su transformación en objeto arqueológico y de atención patrimonial.
Quisiéramos terminar con algunos apuntes sobre la paradoja que encierra el texto propuesto si consideramos la situación actual de los estudios sobre arte rupestre en Galicia, y que se resume bien en un pasaje extraído de un texto, firmado por cinco especialistas, que enfatiza el consenso existente sobre la cuestión cronológica: «Porque es precisamente ahora, cuando se había logrado delimitar y caracterizar los diferentes fenómenos rupestres conocidos en Galicia, definiendo con un grado razonable de seguridad lo que sería el arte rupestre galaico propiamente dicho, y se había alcanzado una especie de consenso entre los investigadores en cuanto a vincularlo a la Edad del Bronce -todos-llegando incluso a ligarlo más en concreto a los inicios de la misma -la mayoría-; cuando esta precisión cronológica permitía por vez primera contextualizar el fenómeno y conectarlo con una realidad social y económica, incluso política, precisa, que permitía buscar unas claves interpretativas razonablemente sustentadas...»
En contra de esta percepción que celebra la definición de un momento histórico preciso, la tesis que defendemos es bastante banal: considera que los objetos tienen una biografía, como indicábamos en la introducción.
Biografía que no está en los objetos mismos sino en la vida social que los rodea, en los usos y las narrativas que se entretejen sobre ellos con el paso del tiempo.
En un par de páginas B. Malinowski da cuenta de cómo explican los guías del castillo de Edimburgo las joyas de la corona británica: relatan la historia de cada pieza, sus propietarios, sus desplazamientos.
Y de Edimburgo saltan a las Trobriand y a los brazaletes y los collares usados en los intercambios kula.
Los objetos intercambiados eran prácticamente iguales, obtenidos de las mismas materias primas, trabajados con las mismas técnicas y, sin embargo, en el momento del intercambio uno de los protagonistas:
Pues ocurría que las historias de esos objetos fijaban el valor social de los hombres que los poseían e intercambiaban.
Pero podemos ir todavía más atrás y situarnos, de la mano de Homero, en el palacio de Menelao en Esparta, a donde había ido Telémaco en busca de noticias sobre su padre.
Conforme con las normas de hospitalidad y el rango de su huésped, Menelao ofrece al viajero un regalo que describe así: «te daré la más bella y más rica de todas las joyas que guardadas conservo en mi casa.
Será una crátera de esmerada labor: tiene el cuerpo forjado de plata todo él y un remate de bordes de oro.
Trabajo es del ínclito Hefesto; entregómela Fédimo, el prócer, aquel rey de Sidón que me tuvo albergado en sus casas cuando vine de vuelta hacia acá; pero dártela quiero» (Odisea, IV, 613-619, trad.
J.M. Pabón) El pasaje explica en dos líneas la materialidad del objeto y la calidad de su factura implícita en la mención de su divino artífice.
Ese momento inicial es tan importante como las líneas siguientes que cuentan su historia pasada, mientras las palabras finales, «dártela quiero», proyectan su historia futura.
Toda una corriente de estudios explora, desde la antropología o la historia (M. Mauss, L. Gernet, M. Finley, M. Sahlins, M. Godelier), las particularidades de cómo los bienes, los objetos, cambian de categoría en función de cómo se integran en el espesor de las rela-ciones sociales a través del tiempo.
En estas páginas nos hemos limitado a ofrecer un pequeño ejemplo de este tipo de situaciones.
Ahora bien, rocas como las estudiadas conforman una categoría diferenciada por su inexorable fijación sobre el terreno.
18 En este sentido, las rocas grabadas pueden ser objeto de reflexión para los grupos humanos que viven en sus inmediaciones y que desarrollan diversas estrategias de apropiación física o simbólica a lo largo del tiempo.
Dentro de las estrategias posibles también figura el olvido: un grupo social puede dejar de prestar atención a determinado objeto de su entorno, facilitando así su desaparición física.
Con algunos de los petroglifos de Galicia esto no parece ser habitual, pues buena parte de las rocas grabadas tiene su nombre (como en Santa Mariña), y se pueden asociar con historias de mouros, sobre todo cuanto se trata de piletas y rebajes (Arizaga, Ayan: 2007: 474): ¿por qué hemos de pensar que esta forma de atención es exclusiva de la cultura popular actual y no fue un proceso abierto a lo largo del tiempo? |
En sendas reuniones en Barcelona (13 mayo 2006) y Madrid (25 de mayo 2006), familiares, amigos y colegas recordamos con voces múltiples la entrañable figura, humana y científica, del Dr. Xavier Duprè, que fue Vicedirector de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma -CSIC-hasta su fallecimiento en Roma, su urbe de adopción, el pasado 20 de abril.
Resulta difícil resumir en una sola palabra la riqueza y amplitud intelectual de un investigador y un hombre que supo aunar en el compromiso de la vida los dones del indagar críticamente y del intercambiar conocimientos a través de la amistad en el don del dar.
Esta palabra única, inseparable del verdadero investigador, seguramente podría ser ésta: generosidad.
La generosidad es alegre y fecunda: la voz latina "laetus" resume las dos vertientes.
Laetus es expresión que conviene a Xavier Duprè.
Desde el recuerdo y la gratitud -nuestra respuesta al dar-la EEHAR ha reunido la bibliografía seleccionada de su vida alegre y fecunda.
Roma, octubre de 2006 SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA DEL DR.
X. DUPRÈ, "El teatro de Tusculum: un estado de la cuestión", en actas del congreso Teatros romanos de Hispania (Córdoba, 12/15-XI-2002), Córdoba (en prensa).
Escuela Española de Historia y Arqueología Archivo Español de Arqveología, Vol. |
En este artículo se ha prestado atención a un aspecto específico de la obra de G. B. Piranesi: el conocimiento de los elementos técnico-constructivos de la arquitectura romana.
Se ha realizado un análisis de la totalidad de su obra, en el intento de encontrar el mayor número posible de referencias útiles para la comprensión de la tecnología edilicia romana, filtrada por la forma original de las composiciones de las láminas.
En este sentido, se han identificado varios grupos de representaciones gráficas que nos permiten plantear la presencia de un hilo conductor constante en relación con el mundo de la construcción, evidente en la casi totalidad de láminas que tratan edificios antiguos.
El objetivo final es la reevaluación de aquellos detalles de las obras de Piranesi que intentan penetrar en la anatomía de las estructuras romanas para aprender y demostrar las modalidades constructivas.
PALABRAS CLAVE: Arquitectura romana, técnicas constructivas, mecanismos y dinámicas edilicias.
G. B. Piranesi representa un punto de inflexión en el interés del siglo XVIII hacia las antigüedades clá-sicas, adquiriendo un papel indudable de transmisor fundamental para la conservación de la memoria de los edificios más emblemáticos de la arquitectura romana.
Es indiscutible que Le Vedute di Roma han marcado profundamente la visión historiográfica de Roma.
La cultura europea de la segunda mitad del siglo XVIII, en un momento de verdadera explosión de la difusión de las imágenes calcográficas ha creado una sensibilidad propia sobre la visión grandiosa y sublime de Roma propuesta por este autor.
1 Nuestro interés se ha centrado en un aspecto específico de Piranesi: la importancia del detalle técnico-constructivo en la representación gráfica de la arquitectura.
G. B. Piranesi nació en 1720 en una familia veneciana en la que coexistían en plena armonía las actividades artesanales, las nobles profesiones y la Iglesia.
El padre era tallador de piedra, el tío, Matteo Lucchesi, ingeniero y arquitecto.
4 Del contacto con este último el joven Piranesi aprendió las reglas básicas de los conocimientos técnicos que inspirarían, a lo largo de toda su vida, la actividad de dibujante de ruinas.
Con esta primera fase formativa se mezcla la influencia de otro tío clérigo que contribuyó a la enseñanza de la historia romana.
5 En este clima familiar, magistralmente descrito por la autora de Memorias de Adriano, se encuentra la totalidad de los elementos fundamentales que, en nuestra opinión, influyen en las elecciones compositivas de las láminas de este dibujante de antigüedades.
La obra de Piranesi se ha estudiado abundantemente desde el punto de vista de la idea del sublime que la ocupa, desde el aspecto estético o el estrictamente comercial.
En la óptica de la Arqueología, se emplean sus láminas para confrontar los monumentos antiguos con el estado de conservación actual e integrar informaciones útiles para la reconstrucción de la fisonomía original de los edificios.
En este contexto general, los aspectos arquitectónicos o la originalidad de la representación de los detalles tecnológicos de la construcción antigua se han tratado, en la mayoría de los casos, de manera superficial o tangencial, ignorando que la casi totalidad de la obra de este autor lleva consigo una fuente enorme de informaciones técnicas sobre la arquitectura antigua, en contraste o paralelas a la búsqueda generalizada del detalle anticuario.
Es evidente que la personalidad artística de Piranesi se estructura a partir de la adquisición de los conocimientos técnicos esenciales que rigen la composición de un edificio.
Y así, su gran originalidad consiste en la capacidad de trasformar la representación de un conjunto de características estructurales en una obra de arte.
En la reseña de sus láminas relacionadas con los monumentos romanos no existen dibujos que carezcan de la representación de detalles constructivos.
6 La importancia de Piranesi consiste en la reevaluación del aspecto técnico de la arquitectura, mediante el empleo y el apoyo de las reglas trasmitidas por ra formidable, materia única de las Carceri».
Efectivamente, hemos apreciado que casi todas las láminas relacionadas con edificios antiguos tratan más o menos explícitamente algún aspecto sobre las técnicas edilicias, e incluso los trabajos más abiertos al libre despliegue de la fantasía rebosan de indicaciones útiles a este campo de estudios.
Según G. Pucci, en este proceso de recuperación del detalle técnico es necesario considerar el planteamiento general y contrapuesto de Francesco Milizia que, probablemente, contribuyó a la creación de una dicotomía en la visión de la arquitectura antigua.
La diferencia entre Milizia y Piranesi consiste en la sugestión que sufre el segundo por parte del monumento (incisiones orientadas hacia la poética del sublime) en contra de la insistencia del primero hacia los valores funcionales de la arquitectura.
En ambos casos la atención se vuelca hacia el significado estructural del monumento.
Existe una relación evidente entra la obra de Piranesi y el conocimiento directo del tratado vitruviano que podría resultar un interesante tema de investigación futuro.
Es posible apreciar, en este sentido, la presencia de grabados del autor veneciano que parecen explicar y trasladar a la representación gráfica algunos de los contenidos del tratado, influenciando, además, la realización de dibujos de autores posteriores.
8 Esta problemática se trata específicamente en Pizzo (e.p.
En Piranesi, sin embargo, el estudio de la arquitectura antigua plantea diferentes puntos de vista y perspectivas de análisis que se integran unas con otras.
La comprensión de un edificio pasa, en primer lugar, por el estudio de los componentes tecnológicos que permitieron la afirmación o la evolución de un tipo arquitectónico respecto a otro, de una solución estructural respecto a otra, del uso de un determinado material, etc. Es posible derivar de su obra la idea de que la peculiaridad del estudio de la arquitectura romana consiste propiamente en las posibilidades que ofrece para elaborar historia a partir de componentes que, otras clases de objetos arqueológicos, especifican de manera parcial o circunstancial.
Se aprecia un sentido de modernidad en la capacidad de atribuir a un edificio histórico ese valor trascendente de documento mediante la recuperación de los aspectos técnicos, en una época de marginación del monumento respecto a otras clases de objetos (epígrafes, monedas, etc.), considerados tradicionalmente más aptos para ofrecer información histórica.
Con estas premisas, se ha querido rescatar el aspecto de las obras de Piranesi más enfocado a la tecnología constructiva romana, evidente en la mayoría de los estudios sobre el veneciano y, sin embargo, poco tratado monográficamente.
9 A pesar de estas antiguas indicaciones, si se observa la bibliografía sobre Piranesi es posible evidenciar un interés relativo hacía las cuestiones de carácter técnico-constructivo vinculadas con la arquitectura de época romana, mientras que abundan los ensayos sobre aspectos artísticos o biográficos del autor veneciano.
10 Nuestra propuesta es la de reevaluar este aspecto a partir de un análisis completo de la obra de este autor, y seleccionar una serie de láminas que ilustren, sintéticamente, la idea de recuperación del aspecto técnico-constructivo, vinculado a la producción de Piranesi.
Con este objetivo se ha realizado una selección que prescinde de un hilo concreto espacial o temporal en la obra de Piranesi, para centrar, en cambio, el análisis en cuestiones y detalles de carácter exclusivamente técnico-constructivos útiles para plantear una visión antigua de la arqueología de la construcción.
Una amplia cantidad de dibujos contenidos en las obras de G. B. Piranesi restituye informaciones en relación con la tecnología de la construcción romana, mediante un proceso de representación directa de los edificios.
11 Las ediciones específicas que contienen representaciones gráficas sobre los aspectos técnicos citados son los cuatro tomos de Le Antichitá Romane 12 impresas entre el año 1756 y el 1784, 13 Le Rovine del Castello dell'Acque Giulia, 14 cuya edición remonta al año 1761, 15 el Della Magnificenza ed Architettura de' Romani, igualmente del año 1761, Il Campo 9 Nibby 1830: p.
De libre consulta existe, además, la posibilidad de acceso a la totalidad de la obra de Piranesi en una edición digital presente en: http://www.picure.l.u-tokyo.ac.jp:8080/ e_piranesi.html 12 Tomo I: Le Antichitá Romane opera di Giambattista Piranesi architetto veneziano divisa in quattro tomi.
15 En el análisis de las relaciones entre la obra de G. B. Piranesi y la técnica edilicia romana se ha efectuado una selección que extrae los grabados directamente vinculados con la arquitectura antigua, seleccionando aquellos elementos que ofrecen la evidencia de una cultura técnica en el acercamiento al edificio y un interés peculiar del autor hacia la anatomía de la construcción.
En este sentido, se han elegido las láminas según una agrupación que no tiene en consideración el orden de las ediciones del arquitecto veneciano, clasificando los contenidos de las diferentes representaciones gráficas a partir de las temáticas relacionadas con detalles, procesos y dinámicas constructivas.
Los grabados de G. B. Piranesi que pertenecen a verdaderos ensayos sobre las técnicas edilicias de época romana se pueden dividir, en nuestra opinión, en cinco grupos, diferenciados a partir de la compo-sición de la lámina y en función de los contenidos del dibujo. der la tipología de la fábrica, con la diferenciación entre núcleo de mortero y paramento.
En un grabado de un sepulcro situado fuera de la Porta del Popolo, en la antigua Via Cassia, 19 el autor inserta el edificio en una escena campestre, aunque la importancia de la descripción y de la identificación del monumento con un mausoleo se basa, exclusivamente, en la comprensión de la tipología de la estructura y de su forma constructiva, prestando particular atención a la descripción de la parte superior y a las escenas del sarcófago.
En este caso, se realiza un ejercicio de comparación estilística entre los elementos decorativos, considerando la factura de las esculturas «di mediocre scalpello».
En la reproducción de los paramentos inferiores se observan algunas restauraciones realizadas con técnicas edilicias diferentes a la original, y se indica el empleo de materiales reutilizados de sillería de travertino, inicialmente colocada en otros edificios.
El detalle de estas indicaciones se acerca de forma considerable a un análisis proto-estratigráfico de paramentos.
La representación de un acceso a la sala superior del Mausoleo de Adriano 20 (Fig. 2) sirve a Piranesi para explicar la complejidad constructiva de esta estructura con forma de puerta, realizada a partir de un monumental arco con dovelas pentagonales de travertino.
En este tercer grabado abundan las consideraciones sobre las propiedades estáticas del arco.
La voluntad de completar exhaustivamente la definición de toda la zona representada se aprecia en la línea trazada sobre la puerta para evidenciar la forma geométrica de la bóveda interior, diferenciada respecto a la forma del arco o de la misma puerta.
Una última lámina perteneciente a este grupo de grabados (Fig. 3) se refiere al particular de un tramo de las cimentaciones del teatro de Marcelo 22 que evidencia la técnica edilicia utilizada, con una estructura de elementos de madera asentados en terreno geológico para mayor seguridad del resto de la estructura en sillería.
Esta lámina interesa, una vez más, por la representación protoestratigráfica de los restos relacionados con las cimentaciones: dos cloacas, una pavimentación y un pilar del teatro.
En un segundo grupo se incluyen los grabados que tratan y diseccionan de forma específica un detalle relativo a la técnica constructiva.
En la primera lámina que se analiza en este segundo grupo de grabados, G. B. Piranesi selecciona un lienzo de la muralla de Aureliano 23 (Fig. 4) para explicar la composición del muro en sus tres dimensiones, considerando el núcleo central como parte fundamental de la construcción.
En este grabado diferencia tres formas distintas de elaborar el material constructivo: el paramento exterior realizado con ladrillos de forma triangular obtenidos mediante la división de los elementos que se encuentran en la zona superior del muro; el núcleo construido con todo tipo de piedras fracturadas y, finalmente, la descripción gráfica del proceso de construcción por tongadas regulares.
Una lámina parecida a esta primera muestra unos ejemplos de las diferentes tipologías constructivas de los pórticos del Ustrinum.
24 En este segundo caso, la didascalia del dibujo es más precisa y extensa respecto al anterior.
Se describen la forma de recortar en cuatro partes o en dos partes los ladrillos, el tipo de mortero utilizado, y la manera de construir el muro, rellenando ogni tre palmi di altezza, además de los dos paramentos en opus latericium y opus mixtum.
Un tercer grabado documenta la canalización del acueducto dell'Anione Vecchio,25 construida con sillería de tufos.
Este pequeño detalle se concentra exclusivamente en la tipología constructiva de la conducción de aguas, sin tratar el resto de aparejo del acueducto.
La representación más interesante de este grupo es la relativa a una parte de una muralla que se encontraba alrededor de un ustrinum (Fig. 5).
Piranesi describe la composición del muro de sillería almohadillada, registrando una interesante variante técnica formada por rebajas peculiares en las esquinas de ciertos sillares.
Resulta interesante la documentación ofrecida sobre el perfil del muro a través de una sección, la diferenciación de los basamentos de cimentación y, finalmente, la caracterización con una luz distinta de la línea del nivel de uso de época romana con respecto a la actual.
Este hecho demuestra que para completar la documentación de la estructura se efectuó, en cierto modo, una excavación arqueológica.
Muy particular, por su precisión, resulta un grabado que analiza la técnica edilicia de una calzada de época romana, concretamente un tramo de la Via Appia26 (Fig. 6).
Concluye este grupo un grabado que ilustra los restos de uno de los pilares del Ponte Trionfale.
27 En esta ocasión, además de la caracterización de la técnica constructiva, se documenta una estructura con una forma poligonal y se evidencia el sistema utilizado para la unión de las diferentes partes o lados del pilar.
El tercer bloque de grabados es el más numeroso y complejo.
Se trata de láminas compuestas, en las que G. B. Piranesi elabora diferentes pasajes en el estudio del edificio y de sus características constructivas.
El nivel de análisis de estos grabados empieza por un levantamiento arquitectónico o una vista general de un monumento (o parte de él), a los que se van añadiendo detalles más específicos, particulares, en sección o planimetrías y soluciones técnicas en relación con la elaboración del material, los mecanismos de fijación de los elementos arquitectónicos, etc.
El primer grabado que se ha seleccionado en este tercer grupo ofrece, a pesar de su sencillez compositiva, un potencial muy alto de información de carácter técnico.
La representación se refiere a un acueducto del que, caso raro, no se anota el nombre o la localización, con la intención de explicar el funcionamiento de la parte superior de la canalización28 (Fig. 7).
El interés del autor se concentra en los aspectos constructivos y en la definición de la elaboración del material empleado en la realización de la obra.
La extrapolación del sillar de su contexto sirve a un análisis muy detallado de las características del mismo, con la diferenciación de los lados que se unen al resto de la estructura, la cara vista realizada con un almohadillado rústico y la explicación de su posicionamiento en la conducción mediante la presencia de orificios de grapas metálicas.
Es interesante la caracterización de un canalillo que separa longitudinalmente el bloque en dos partes y cuya utilidad se relaciona con la colocación de la contención lateral de la canalización.
En el interior se vierte «lastrico», material que probablemente se refiera al denominado opus signinum.
Esta es sin duda una técnica edilicia anómala para el levantamiento de alzados de dimensiones reducidas y, se supone, a partir de este grabado, que la funcionalidad de este recorte central sirva a una mejor cohesión de los sillares, dispuestos a media asta.
En un segundo grabado la composición es más compleja y se articula en cuatro niveles analíticos distintos29 (Fig. 8).
Una sección del «Condotto» de Caracalla en el fondo de la representación muestra una interesante serie de detalles sobre el funcionamiento general de las estructuras.
Piranesi indica, en este caso, la orientación del agua hacia una cisterna de recogida, las aperturas en la bóveda para el calentamiento natural con rayos solares y la localización del sistema de hornos en las subestructuras del edificio termal.
Es interesante anotar el detalle estratigráfico de la presencia de un nivel de suelo previo al edificio, indicado como el antico piano di Roma.
En la misma zona de la lámina, en el lado derecho, se aísla un particular de la sección de las cisternas, especificando la superposición de las correspondientes aperturas para el trasvase del agua.
En la parte central de la lámina se representa, en perspectiva, el detalle de las suspensurae que sustentan el pavimento de un ambiente termal realizado con una espesa capa de signinum sobre una base de ladrillos.
La delimitación de esta estructura presenta un muro articulado con el resto de la obra, cuya técnica edilicia y funcionalidad se expresa monográficamente en la esquina izquierda del grabado.
Se aprecia, así, una construcción en latericio muy regular con la explicación de la forma de encaje de los tubuli que servían al calentamiento homogéneo de los distintos espacios.
Desde el punto de vista de los contenidos y de la profundidad alcanzada por los detalles, estos tipos de láminas ofrecen una expresión nueva en la representación de la arquitectura de época romana.
La novedad consiste en la capacidad de explicar, en primer lugar, el edificio representado como un conjunto de estructuras con funcionalidades especificas que, su-cesivamente, se examinan con los detalles de la anatomía del complejo arquitectónico.
Un proceso analítico nuevo, desde el general al particular y viceversa, desde la óptica de comprender la arquitectura no solamente como elemento artístico sino también como técnica al servicio de una determinada funcionalidad.
El gusto por la complejidad de la composición, destinada a la ilustración de las distintas partes de una construcción se amplía, una vez más, en un grabado que representa un sepulcro en la vía Tiburtina,30 en las cercanías de puente Lugano (Fig. 9).
La composición sigue un esquema que gira alrededor de las dos representaciones centrales, más generales, en las que se incluyen la planta del sepulcro y su sección arquitectónica.
Estas dos primeras partes de la lámina abundan en detalles referidos a la indicación de los ingresos a la cámara sepulcral, a los bancos que rodean la misma, a la posición en el alzado de las ventanas.
Un hecho curioso es la representación de un pedestal posicionado en la parte superior de la estructura «per far vedere la larghezza del Fianco, la quale é mino- re di quella della Facciata», en un claro intento de extrapolar del contexto una parte importante del sepulcro con la finalidad de comprender su forma y ofrecer al observador una información añadida.
A partir de esta presentación general del edificio, Piranesi ilustra una serie de detalles sobre los elementos constructivos que ocupan las zonas laterales de la lámina, registrándose tres secciones parciales de cornisas y bases, una visión en perspectiva de una de ellas y el detalle de la planimetría parcial de las ventanas del sepulcro.
Concluye la lámina el detalle de la técnica edilicia con sillería de travertino almohadillado, con la que se realizan los pilares de la puerta de acceso al sepulcro, el dintel superior «intagliata un gentil cornice».
A toda la representación se atribuye un valor de documento arquitectónico con la indicación de la escala métrica en palmos romanos.
En nuestra opinión, se trata de una aproximación científica pionera en el ámbito de los estudios de arquitectura romana.
El grado de detalle alcanzado en la diferenciación tipológica de los elementos constructivos aparentemente similares, y la representación de la forma de una ventana con el estudio arqueológico de su estructura, hacen de este dibujo un manifiesto para el origen de los estudios de técnica edilicia.
Otro grabado del mismo tipo representa una serie de restos arquitectónicos del mausoleo de Augusto.
31 En este caso la composición se divide en dos zonas, una superior y una inferior.
En la primera, caracterizada con trazos más desenfocados, se describe gráficamente el estado del sector del edificio examinado, con detalles de los espacios abovedados y las subestructuras con refuerzos y contrafuertes en la pared de fondo.
En primer plano, el segundo nivel del dibujo caracteriza la técnica edilicia en opus reticulatum, exagerando probablemente la perfección de la fábrica y las dimensiones de la longitud del elemento constructivo.
Una vez más, se indica la escala métrica en palmos romanos.
La composición gráfica que se examina a continuación podría resumir todos los aspectos de esta nueva forma de mirar los edificios de época romana, de analizar la anatomía de sus estructuras y de enseñar al observador los resultados de un análisis técnico envidiable, basado en una representación que alterna constantemente el aspecto general del edificio con los detalles más escondidos de su construcción.
La lámina representa un sepulcro en las inmediaciones de la puerta de San Sebastián en la antigua Via Apia32 (Fig. 10); se divide en una parte superior en la que Piranesi ofrece la planimetría del edificio y una zona inferior con una serie de detalles constructivos.
En la planimetría, el afán del autor llega, en este caso, a señalar un ingreso abierto con posterioridad y a caracterizarlo gráficamente para su inmediata comprensión.
A la derecha e izquierda del plano se insertan los alzados externo e interno del sepulcro con la indicación, en la didascalia inferior, de la técnica constructiva de las fachadas, las estructuras de opus quadratum y las subestructuras con arco, en parte enterradas.
La técnica constructiva de los muros en opus mixtum, reticolatum y testaceum se representa como particular en la parte central, con la indicación de la fase de construcción con mortero previamente a la colocación de las distintas hiladas de ladrillo.
Sin embargo, el interés de la descripción de Piranesi se detiene en la parte inferior de la lámina, donde encuadra una porción del paramento en opus quadratum para explicarlo desde el punto de vista de su tecnología constructiva.
Indica por ejemplo la tipología de las grapas con cola de milano, definiendo el tipo de madera con la que se fabricaron, «la quercia», o explicando los distintos encajes con los que se pone en obra un sillar en la estructura general del muro.
El mismo esquema compositivo se documenta en la lámina de un sepulcro en la Via Appia (Vigna Buonamici).
33 En este caso, Piranesi describe la fábrica de la bóveda interior y el sistema de encajes utilizados para la colocación de los materiales, alternado detalles realizados en el mismo bloque de tufo y grapas metálicas.
Un examen exhaustivo de tipo técnico-constructivo se encuentra en la representación del Mausoleo de Cecilia Metela.
34 La composición de la lámina expresa integralmente las distintas etapas del estudio de un edificio desde la realización de su planimetría, los levantamientos arquitectónicos y análisis de detalles formales y estructurales.
Estos últimos se encuentran en la zona inferior; en la parte central, con arco adintelado, arco de ladrillo y núcleo de hormigón; a la izquierda la composición estructural de las cimentaciones y, finalmente, el perfil de uno de elementos decorativos, dibujado rigurosamente.
En las láminas del Mausoleo e del Ponte d'Elio Adriano Imp.
35 se invierte la composición (Fig. 11), caracterizando las zonas inferiores con vistas generales muy detalladas de las partes del edificio, y se dibujan los distintos arcos de descarga de ladrillo.
En la zona superior se ilustran varios particulares de la construcción, desde el estado de conservación de los restos del mausoleo, los sistemas de unión de los componentes de la cimentación y el sistema de levantamiento de las dovelas de los arcos o los elementos decorativos.
Del puente Fabricio 36 (Fig. 12) el autor ofrece un dibujo del alzado, diferenciando con distintas tonalidades del mismo color las zonas destruidas y las rupturas (evidencia la configuración de los cortes con una línea de distinto tamaño para marcar el punto exacto, en otra operación proto-estratigráfica de lectura de paramentos); una planimetría con los detalles de la forma de aparejar la sillería de los tajamares y, finalmente, en la zona central, los particulares de una moldura y de un sillar con las huellas de los puntos de fijación de las grapas.
La curiosidad de esta lámina reside, sin embargo, en la inserción de material constructivo derrumbado en el fondo del río.
¿Se trata, quizás, de la primera actividad de documentación de arqueología subacuática?
Sin embargo, en la composición de otro puente, el puente Cestio, 37 la representación de la planimetría y el alzado se unen con elementos en la parte inferior de la lámina que desvían al observador respecto a detalles de gran importancia.
En el epígrafe inferior Piranesi anota la tipología de la construcción general del puente, con «perni impiombati» y las distintas restauraciones sufridas por las estructuras.
Del puente presenta un estudio arquitectónico que define la luz del arco central y los laterales, con el cálculo de las flechas de los mismos.
Desde el punto de vista de la arqueología de la construcción resulta extremadamente interesante la reconstrucción de una porción de la cimbra en relación con los elementos sobresalientes en los riñones del arco central.
A la misma estructura 38 dedica otra lámina con una sección arquitectónica que, según indica en el texto al margen, explica la función estática de las ménsulas.
En una sección del teatro de Marcelo en el área de Via de' Senatori 39 ilustra, con gran detalle, las distintas partes del teatro, explicando además la división social de los sectores del graderío.
En las extremidades superiores de la lámina se insertan la tipología de los elementos constructivos que forman la cavea y una muestra del tipo de técnica empleada en los paramentos.
Se han incluido en este mismo grupo dos láminas cuya función específica parece la representación de las planimetrías y de los alzados de edificios y, sin embargo, Piranesi inserta nuevos detalles sobre la técnica edilicia de las estructuras o de algún elemento preciso cuya construcción merece ser explicada en profundidad.
Estos tipos de composiciones se encuentran en el dibujo con los restos del pórtico construido por M. Emilio Lépido y P. Emilio Paolo 40 (detalles de las técnicas constructivas de los arcos, del muro en mampostería y de la calzada); en la planimetría general del recorrido del Acqua Giulia 41 (detalle de la construcción de los arcos en ladrillo y hormigón).
Las estructuras relativas al acueducto citado ofrecen a Piranesi la ocasión para un estudio de los distintos detalles de la conducción y de varios de los restos conservados.
En este grupo de láminas dedicadas al acueducto de la Acqua Giulia destacan la representación del castellum,42 dividida en dos sectores, el primero de carácter paisajístico y el segundo con la explicación de elementos técnicos y arquitectónicos.
Una segunda lámina43 con los elementos constructivos del mismo castellum, extraída de las representaciones del edificio y de carácter monográfico (Fig. 13), con los detalles del paramento en ladrillo, la sección de la canalización con su revestimiento y cubierta abovedada, y finalmente la moldura superior del edificio.
En una tercera lámina,44 divi- dida en tres distintos sectores, se ilustra un levantamiento arquitectónico del castellum, una vista interior de las estructuras y detalles de los elementos en ladrillo que forman los revestimientos y las tuberías secundarias.
Una cuarta lámina45 recoge la sección longitudinal, plano y detalles de la fontanería.
El interés por las soluciones técnicas de cubierta de los edificios se evidencia, específicamente, en las representaciones de una serie de esquemas de estructuras de los templos dóricos (Fig. 14), donde se ilustra desde la fase de montaje de los elementos arquitectónicos superiores hasta la construcción de los techos y los numerosos detalles de carpintería.
46 En la edición del año 1762 de «Il campo Marzio dell 'antica Roma», G. B. Piranesi realiza un extraordinario catálogo de los edificios existentes en un área de la ciudad de gran interés arqueológico.
Entre las láminas más representativas que demuestran un in-terés arquitectónico específico, algunas destacan, en particular, por el acercamiento a las técnicas constructivas.
En una primera lámina dedicada a las ruinas del teatro de Pompeyo47 (Fig. 15), se realiza una composición mixta que presenta los restos del edificio en su estado de conservación, con la cavea de hormigón visto, completamente expoliada de los asientos, los paramentos de opus reticolatum y los vomitorios de entradas; en primer plano el levantamiento arquitectónico de un arco de sillería y en el margen izquierdo el dibujo de uno de los asientos que recubrían las estructuras expoliadas.
Es interesante notar el protagonismo que atribuye al arco situado en el primer plano de la lámina que, a pesar de pertenecer a las subestructuras del teatro, adquiere una importancia específica debido al interés y a la entidad misma de la construcción.
En el margen superior izquierdo Piranesi abstrae de la composición un elemento del graderío, explicando su tipología.
Otra lámina de interés de «Il campo Marzio» se refiere a la representación de los restos del puente Triunfal o Vaticano48 (Fig. 16), en particular en la parte central relativa a la definición de la técnica de los paramentos y el núcleo central de las estructuras.
Ficacci 2001: n.o 460, 461, 462, 463, 464. mente las partes que conforman el puente y sobre todo, realizar una actividad de documentación extremadamente original para la época como la de indicar las características del material empleado en la elaboración del núcleo no visible de la estructura.
Las dos últimas láminas compuestas de este amplio grupo constituyen ejemplos pioneros de arqueología de la construcción, en las que G. B. Piranesi ela-bora diferentes pasajes en el estudio del edificio y de sus características constructivas,49 intuyendo la existencia de un proceso articulado y complejo que implica la trasformación de los materiales.
Se trata de una visión detallada de la tipología de las técnicas constructivas con la que se edificó el anfiteatro de Albano (Fig. 17).
La planimetría del edificio se encuentra casi escondida por dos recuadros que enmarcan el tipo de trabajo realizado en la construcción de un tramo de la muralla de la ciudad y los tipos de fábricas con las que se realizó el paramento externo, distinguiéndose distintas variantes de opus testaceum y un aparejo de opus mixtum.
La propuesta de tipología de técnicas aparentemente parecida hace de Piranesi un atento clasificador de la arquitectura antigua, atento no solamente a los grandes cambios tipológicos evidentes en los numerosos edificios representados, sino también interesado en las diferentes modalidades de colocación de los ladrillos u otros elementos lapídeos.
En la última representación, relativa al dibujo de las ruinas de un estanque antiguo50 (Fig. 18), la composición se refiere íntegramente a la distinción del tipo de calzada documentada y la técnica de construcción de las estructuras del estanque con la indicación de los restos de revestimiento externo.
Un cuarto grupo de representaciones gráficas documenta exclusivamente los instrumentos auxiliares a los procesos de construcción.
En este grupo se seleccionan dos láminas relativas a los detalles constructivos del sepulcro de Cecilia Metela51 (Figs.
19, 20), en particular a los sistemas de levantamiento de los bloques y a las herramientas empleadas en dicha operación.
Se trata de representaciones que explican sintéticamente la casi totalidad de los mecanismos para la suspensión de los bloques para su colocación a pie de obra.
En la segunda lámina Piranesi anota (Fig. 20):
Per sicurezza maggiore però potrebbesi man- Es posible observar en la descripción una forma casi pedante y obsesiva de explicar el funcionamiento de las herramientas representadas y la relación con las maquinarias citadas por Vitruvio, evidenciando el conocimiento de distintas ediciones del tratado vitruviano.
En el último grupo se insertan aquellos grabados que esconden el detalle técnico detrás de una visión distinta del monumento, representado como testigo de una época perdida.
Estas últimas láminas no se han analizado en detalle, no aportando datos directos sobre procesos y mecanismos constructivos, a pesar de que la totalidad de ellas lleva intrínseco el conocimiento de la tecnología edilicia romana desplegado en las representaciones citadas anteriormente.
52 Se trata del número más amplio y fascinante de los grabados, aquellos que tratan las ruinas en un momento fosilizado y a la vez animado por personajes en contemplación y en actividades cotidianas o poco educadas.
Esta última referencia se relaciona con el personaje en la extremidad inferior derecha de una vista del templo de Neptuno (Fig. 21) en las Diferentes vues de Pesto, 53 orinando en las proximidades de un tambor de columna.
Si analizamos los contenidos de los grabados que hemos dividido en grupos nos encontramos delante de un panorama muy amplio de indicaciones sobre la tecnología de la arquitectura de época romana.
En las láminas seleccionadas, las temáticas tratadas por el arquitecto veneciano crean las bases para el conocimiento de las construcciones de esta época bajo el perfil estrictamente técnico, considerando el análisis del detalle edilicio como parte necesaria de la representación de la relación paisaje-edificio-hombre.
Existen, en nuestra opinión, una serie de dibujos que sirven al autor para comprender los mecanismos estáticos que han permitido la permanencia de los edificios, mientras que las representaciones de los mismos constituyen un paso indispensable para integrar o aislar el monumento.
Y existe, además, cierta obsesión por la representación de los detalles relativos a las soluciones de unión de los bloques o los diferentes elementos arquitectónicos con el resto de las estructuras, testimoniada por la representación frecuente de grapas o sistemas metálicos de unión y encajes.
Estos análisis desembocan en una atención hacia todos los aspectos de la construcción, desde la compleja puesta en obra de grandes arcos hasta la explicación de pequeños detalles como la función de las partes sobresalientes de los bloques para su elevación.
La voluntad de ampliar constantemente la documentación y de integrarla con nuevas aportaciones está testimoniada por los grabados que evidencian, con dicho fin, la realización de excavaciones arqueológicas para librar la estructura y efectuar la lectura de sus características, aunque, en este sentido, no hay que olvidar cierto amor de Piranesi hacia la recuperación de objetos para la venta.
Lo que más sorprende con respecto al panorama general de la época es que la interpretación de un edificio se basa en consideraciones de carácter técnico derivadas del examen de los materiales.
Esta visión de una pieza arqueológica en una contextualización más amplia constituye una gran novedad en el panorama presente en la época, dividido entre la anticuaria, orientada, generalmente, a la recopilación de objetos fuera de su contexto original, y los primeros intentos de comprensión de los edificios de época romana desde un punto de vista técnico-constructivo.
En láminas que se han analizado como documentos para la comprensión de la tecnología de la arquitectura romana, Piranesi manipula la realidad con la intención manifiesta de que se comprenda la totalidad de lo que él ha observado o comprendido analizando el edificio.
Se trata realmente de composiciones que se alejan de la intención de ofrecer un cuadro real, con el objetivo principal de ofrecer detalles sobre el estado de conservación de los edificios o elementos tecnológicos de extraordinario interés.
El detalle inventado es, en nuestra opinión, la evasión respecto a la bidimensionalidad de la lámina, testimoniada, además, por la presencia frecuente de amplias descripciones que acompañan los dibujos.
M. Yourcenar llevaba, con razón, estas ideas sobre los aspectos técnicos de los edificios al contexto gráfico de las Carceri.
En esta obra que reproduce arquitecturas inventadas se dibujan constantemente diferentes tipos de máquinas para la construcción de los edificios romanos, arcos de distinta tipología, bóvedas complejas, elementos arquitectónicos, con una forma disimulada en la fantasía de los espacios arquitectónicos.
«Los patíbulos son andamios....
La semejanza real entre los instrumentos de tortura de la época y las herramientas técnicas» 54 permite a |
La tradición arqueológica en la ciudad romana de Pollentia (Alcudia, Mallorca) se remonta a la intervención de G. Llabrés y R. Isasi en 1923.
Sus trabajos se prolongaron con cierta regularidad hasta 1946 y afectaron a amplias zonas realizando hallazgos destacables.
En este artículo, se presenta el resultado de la consulta de documentación inédita acerca de estas intervenciones.
Esto ha permitido reconstruir las campañas de excavación, especialmente las de 1942 a 1946, muy poco conocidas hasta ahora, y situarlas en la planta general del yacimiento, lo que supone un avance significativo en el conocimiento topográfico de esta ciudad romana de provincias.
PALABRAS CLAVE: Excavaciones arqueológicas, historiografía, arqueología romana, Mallorca, Pollentia.
La ciudad romana de Pollentia se encuentra en la zona NE de la isla de Mallorca (Figura 1), a las afue-ras de la población de Alcudia.
Según Estrabón (3.5.2; Blanes et alii 1990), su fundación tuvo lugar después de la conquista de las islas Baleares por parte del cónsul Q. Caecilius Metellus en el año 123 a.C., junto a Palma (actual Palma), aunque las construcciones más antiguas halladas en ambas se fechan entre el 70 y el 60 a.C. En Pollentia, contamos para esta época con la primera estructuración del forum con la insula 01 de tabernae y, seguramente, el templo toscano o Capitolium, aparte de un gran edificio de aparejo almohadillado en el área de sa Portella.
La ciudad se desarrolló urbanísticamente entre los siglos I a.C. y III d.C. En el siglo III d.C. un fuerte in-Figura 1.
Isla de Mallorca y situación de Pollentia.
En el foro se construyó una fortificación, fechada por el momento con un terminus post quem (t.p.q.) en el tercer cuarto del siglo V d.C., que circundaba el centro de la ciudad (Orfila et alii 2000).
Posteriormente, se asentó en el mismo solar del forum una necrópolis (Orfila, Arribas y Cau 1999) de cronología imprecisa.
De época islámica, se han documentado, en el área foral, algunas construcciones menores con una cronología final en los siglos X-XI d.C (Orfila y Riera 2002), así como diferentes trincheras de expolio de muros de diversas estructuras anteriores.
Desde los inicios de las excavaciones en 1923, la ciudad romana de Pollentia se ha convertido progresivamente en un yacimiento de referencia en la arqueología hispánica.
Entre 1923 y 1955 fue uno de los yacimientos a los que el Ministerio de Bellas Artes concedió subvención para excavar, siendo las primeras excavaciones con carácter oficial de las Baleares (Merino 1995: 40).
En realidad, el interés por la antigua ciudad romana de Pollentia de la que hablan las fuentes escritas y cuyo recuerdo se había difuminado, se remonta al siglo XVI, cuando Binimelis (1927: 161), en 1593, propuso que Pollentia podría encontrarse en los campos adyacentes a la ermita Santa Anna, al SE de Alcudia.
Durante los siglos posteriores, se sostuvo un intenso debate (Vallori y Cau, próxima aparición) entre los que defendían la hipótesis de Binimelis (Furió 1838; Moragues y Bover 1841) y los que preferían ubicarla en la zona del municipio actual de Pollença, al NW del de Alcudia (Dameto 1632: 34-35; Moragues y Bover 1841: 845).
Los hallazgos a lo largo de los siglos XVII-XIX se encargarían de inclinar la balanza a favor de los campos de Alcudia (Vallori y Cau, próxima aparición).
En la segunda mitad del XVIII, se halló en el Pedret de Bóquer (Pollença) una tabula patronatus1 (Serra y Ferragut 1766) de la ciuitas Bocchoritana2, la ciudad federada de Bocchor de las fuentes clásicas, lo que confirmaba que en este emplazamiento se alzaba la antigua Bocchor y no Pollentia.
Una vez ubicados con cierta seguridad los terrenos donde estuvo enclavada la antigua Pollentia, la arqueología del siglo XX tenía por delante un rico yacimiento por explorar.
Fue durante los años 20 cuando empezaron las primeras excavaciones con voluntad científica, de la mano de Gabriel Llabrés y Rafael Isasi.
En esta contribución, ofrecemos el resultado de la consulta de una serie de volúmenes inéditos elaborados por Isasi, codirector de los trabajos y de los diarios de excavación, puestos recientemente a disposición pública por su familia (Isasi y Llabrés 1933, 1934, 1935; Isasi s.d.-a, s.d.-b, s.d.-c, s.d.-d, s.d.-e) y depositados en el Museu de Mallorca.
Esto ha permitido reconstruir las sucesivas campañas, situando topográficamente los sectores excavados, gracias a la planimetría elaborada por Isasi y a las indicaciones de los diarios de excavación.
Además de varias estructuras, hemos podido ubicar también piezas singulares aparecidas durante estos trabajos, tales como inscripciones o estatuas.
El conocimiento de las excavaciones de 1923-1946 tiene un gran valor historiográfico y, además, la localización topográfica de estas intervenciones permite valorar el potencial arqueológico actual de varias zonas del yacimiento.
Se definen, de esta manera, algunos sectores de los que tenemos un conocimiento topográfico, pero en los que la estratigrafía antigua ha sido alterada, mientras que otros no se vieron afectados y pueden ofrecer, con más probabilidad, estratigrafías mejor conservadas.
LOS PERSONAJES Y LA GÉNESIS DE LAS EXCAVACIONES SISTEMÁTICAS
A lo largo de su vida, Llabrés desarrolló esta carrera de erudito, desempeñando cargos tanto en las islas Baleares como por toda la Península -destinos como Teruel, Cáceres, Huesca o Santander figuran en su currículo-.
Para ello tejió una amplia red de contactos, elemento necesario en la administración canovista (Peiró y Pasamar 1996: 88-93), tanto en el ámbito político -Antonio Maura, Damià Isern- (Peiró 1992: 29-33), como científico-erudito -Fidel Fita, Antonio Elias de Molins, Emil Hübner, Émile Cartailhac, José Ramón Mélida, Francisco Álvarez Ossorio- (Merino 1999: 40-43).
Su papel en el mundo erudito se vio favorecido por su relación con la Societat Arqueològica Lul•liana y con su publicación, el Bolletí de la Societat Arqueològica Lul•liana, de la cual fue director en varias ocasiones, y que le permitió ampliar sus contactos (Peiró 1992: 21-25, 63; Merino 1997: 378).
También participó en instituciones como las Comisiones Provinciales de Monumentos, especialmente la Comisión Provincial de Monumentos de las Baleares (desde 1895), cuyos cargos eran dominados por el Cuerpo de Archiveros (Peiró y Pasamar 1996: 141; Merino 1997: 374), y cuya función era la protección del patrimonio histórico-artístico (Merino 1999: 40-43).
Una vez volvió definitivamente a Mallorca en 1914, recobró su interés previo por la Antigüedad en la isla4 y por la ciudad romana de Pollentia (Peiró 1992: 63), lo que se vería culminado por el inicio de las excavaciones, bajo su dirección, en 1923.
Rafael M.a Isasi Ransomé (Fig. 2) (Londres 1863 -Palma 1948) fue un militar, apasionado de la historia y la arqueología.
Gracias a su profesión y al hecho de estar destinado en Mallorca, pudo recorrer la isla y conocer y documentar numerosos yacimientos.
Su destreza en el dibujo, junto a la instrucción militar en cartografía y dibujo de paisajes, le permitieron convertirse en el documentalista gráfico de las excavaciones de Pollentia entre 1923y 1946(Rosselló Bordoy 1971: 88; Rosselló Bordoy y Merino 2005: 149).
Joan Llabrés (Palencia 1900-Mallorca 1975) sustituyó a su padre, Gabriel Llabrés, en la dirección de las excavaciones de Pollentia a partir de 1930, después su muerte.
En 1928 empezó su carrera en el Cuerpo Técnico General de Gobernación, donde se jubiló en 1970 como Jefe Superior de Administración Civil.
Entre los muchos cargos que ejerció, destaca para el tema de este trabajo el de director del Museo Arqueológico de Alcudia, y fue miembro de varias academias, como la Real Academia de la Historia o la Academia de Buenas Letras de Barcelona.
Entre su vasta producción bibliográfica, destaca la que dedicó a la historia, especialmente la naval, materia en la que se le considera un verdadero especialista (Pons 1975: 591-592).
Desempeñó la dirección de las excavaciones en Pollentia hasta el año 1942, después del cual no parece que participara en las labores de excavación, si bien la documentación es un poco confusa en este sentido.
Una vez que Gabriel Llabrés volvió a Mallorca tras ejercer como profesor de instituto en varias ciudades peninsulares, y dada la importancia del sistema de contactos en la época (Peiró y Pasamar 1996: 88-93), su peso como erudito y su red de relaciones (Peiró 1992: 16, 24-25, 29-33, 63) fueron decisivos para el futuro del yacimiento de Pollentia.
Las circunstancias que llevaron a los primeros trabajos arqueológicos no dejan de ser curiosas y un tanto sorprendentes.
A principios de los años 20, Ferran Weyler Santacana, hijo del general mallorquín Valeriano Weyler, era el director general de Bellas Artes del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.
Gracias a él, se concedieron 5.000 ptas. a la Societat Arqueològica Lul•liana para que las destinara a excavaciones arqueológicas en Mallorca.
No obstante, era necesario que el director de las excavaciones fuera miembro de la Academia de la Historia, o de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, lo que la Societat Arqueològica Lul•liana no cumplía.
Se solicitó entonces a la Dirección General de Weyler que se trasladara la subvención a Gabriel Llabrés y a Rafael Isasi, ambos miembros de dichas instituciones.
Por otra parte, la subvención debía ser destinada, en principio, al estudio de algún yacimiento talayótico, pero se decidió finalmente dedicarla a excavar en Pollentia.
Las expectativas de hallar estructuras monumentales eran mayores en el yacimiento romano, lo que debía facilitar la justificación de la subvención (Sans 1929: 354; Merino 1995: 40-41).
DOCUMENTACIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE LAS EXCAVACIONES
Como ya hemos indicado, Rafael Isasi era el documentalista de la excavación.
Los trabajos de campo son cuidadosamente descritos por éste en los diarios de excavación, hasta el punto de que los podemos seguir casi siempre día a día.
Realizó también todo un corpus gráfico, que abarca desde dibujos con cámara clara y al natural, hasta detalladas planimetrías de las estructuras, con todo tipo de indicaciones.
La precisión de esta documentación ha permitido situar la mayoría de las intervenciones realizadas entre 1923 y 1946 sobre planimetría actual.
Por otra parte, los resultados de las excavaciones de los años 20 fueron descritos en memorias oficiales que fueron remitidas al Ministerio de Instrucción Pública, aunque, según parece, se perdieron durante la Guerra Civil.
La documentación almacenada en el Archivo General de la Administración (A.G.A.), en Alcalá de Henares, ofrece alguna información concreta sobre prespuestos y legislación aplicable a las excavaciones y los materiales hallados (A.G.A., cajas 217, 219 y 31/1035).
Finalmente, la correspondencia personal de Gabriel Llabrés (Arxiu Municipal de Palma, fondo G. Llabrés, expediente n.
1058) es asimismo crucial para entender estas campañas.
El objetivo principal de los trabajos era, según Llabrés (Llabrés 1923(Llabrés, 1924)), definir los límites de la ciudad y sus principales zonas.
Los terrenos eran de propiedad privada, por lo que las excavaciones debían realizarse con el acuerdo previo de los propietarios, que no permitían arrancar árboles, ni dejar la excavación abierta.
Estas circunstancias obligaban a excavar en zanjas que respetaran las hileras de árboles y que, una vez acabada la excavación, debían ser cubiertas de nuevo.
Frecuentemente, los sillares encontrados eran arrancados por los propietarios y, posteriormente, reutilizados o vendidos (Arribas, Orfila y Trias 2000; Doenges 2005a: 4).
A consecuencia de esta práctica como veremos, se han documentado expolios modernos de muros en excavaciones recientes (Equip Pollentia 1994: 215).
La excavación se realizaba sin seguir ningún criterio estratigráfico y, naturalmente, sin registro gráfico de la estratigrafía; sólo se conservan en este sentido algunas referencias a niveles de destrucción o vigas carbonizadas, que los directores anotaron en los diarios de excavación (Isasi y Llabrés 1933, 1934, 1935; Llabrés e Isasi 1934).
Estos diarios permiten seguir los trabajos prácticamente día a día.
Las dataciones se hacían a partir de fuentes históricas, artísticas (especialmente respecto a los mosaicos) y numismáticas, y se identificaban sistemáticamente los niveles de destrucción relacionados con episodios de incendio con una supuesta destrucción vándala, que por otra parte se había convertido en un tópico de la 1923; Ventayol 1927: 32-34; Merino 1999: 48; Vallori y Cau proxima aparición).
Muchas de las zanjas con materiales revueltos que se documentan actualmente en las excavaciones de Pollentia son fruto de esta metodología que, junto con la amplitud y dispersión que tuvieron las excavaciones de los años 20 y 30, condicionó los futuros trabajos arqueológicos en el yacimiento (Arribas, Tarradell y Woods 1973: 18-20; Tarradell 1978: 307-308; Orfila, Arribas y Doenges 2000: 52-53, n.42).
Al mismo tiempo que se producían hallazgos espectacularesla mayoría de las estatuas de Pollentia se recuperaron a lo largo de estas campañas-, se destruyó un gran volumen del registro arqueológico, perdiéndose toda referencia estratigráfica y descontextualizando muchos materiales.
Aún así, las excavaciones profundizaban muchas veces sólo hasta cierto nivel y, una vez se había descubierto una estructura coherente, se cubrían otra vez las zanjas, sin agotar toda la estratigrafía de la zona.
Esto ha posibilitado, por ejemplo, la reexcavación de algunos puntos de la Insula 01 de tabernae del forum, pudiendo documentar estratos fechados desde el siglo I a.C. hasta el III d.C. (Chávez, Orfila y Mancilla 2000a, 2000b).
Las excavaciones fueron financiadas desde sus inicios, como ya hemos indicado, por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.
Según las primeras Reales Órdenes que autorizaban las intervenciones y sus presupuestos, los materiales que se extrajeran debían ser trasladados al Museo Arqueológico Nacional6 (M.A.N.).
Parece extraño que Llabrés, como director de la excavación y gran defensor del patrimonio insular, permitiera, sin ninguna oposición manifiesta, la salida de estos materiales hacia Madrid.
Según Merino (1995), la explicación debe buscarse en la relación de proximidad que tenía con el entonces director del M.A.N., José Ramón Mélida; y, por otra parte, en la precaria situación en la que se encontraba el museo provincial de Palma, ubicado en el edificio de La Llotja7.
Ya desde un primer momento se alzaron voces contrarias al exilio de los materiales, sobre todo por parte de la prensa y de algunos eruditos locales, como el padre Joan Aguiló Pinya, descubridor de la basílica paleocristiana de Son Peretó (Manacor).
El mundo político y cultural de Mallorca se movilizó para solicitar al Ministerio que los objetos que se hallaran en Pollentia permanecieran en Palma, y para ello la Societat Arqueològica Lul•liana, en la que Gabriel Llabrés tenía un papel importante, la alcaldía de Palma y Fomento del Turismo de Mallorca remitieron sendas cartas en este sentido8.
Como resultado de la presión que ejercieron, en 1927 se derogó la Real Orden (R.O.) de 24/ XII/1925 que obligaba al traslado de los materiales de Pollentia a Madrid9.
El M.A.N., no obstante, continuaba conservando su primacía, ya que los directores de la excavación debían remitir, después de cada campaña, un listado de los hallazgos, entre los cuales el director del M.A.N. podía escoger las piezas «que no tengan representación en las colecciones, o completen las series que se conservan en el referido Museo Arqueológico Nacional» para que fueran enviadas a la capital (Merino 1995: 41-43).
Los presupuestos que el Ministerio asignaba a las campañas de excavación podían ascender a las 5.000 ptas. anuales, lo que constituía un presupuesto cuantioso para la época.
Una gran parte de esta cantidad se invertía en las dietas de los directores y el traslado y tratamiento del material, hasta el punto que éstos representan cerca del 40% de los gastos.
La mano de obra la constituían jornaleros del pueblo de Alcudia, algunos de los cuales participaron en más de una campaña.
Por otra parte, era normal que los directores se ausentaran de los trabajos de campo, ya que en ocasiones en que se encontraban en Palma se les tuvo que avisar de algunos hallazgos (Merino 1999: 48).
LA DIRECCIÓN DE GABRIEL LLABRÉS Y
RAFAEL ISASI (1923ISASI ( -1928) ) La campaña de 1923 empezó en la finca de Ca'n Basser sin muchos resultados, por lo que se decidió excavar una zanja en sentido NW-SE en la zona vecina del Camp d'en França (Fig. 3) (Ventayol 1927: 53).
Aquí se descubrieron estructuras que se interpretaron como parte de un templo o mansión romana, además de varias sepulturas que podemos relacionar actualmente con la necrópolis que, época tardoanti- gua o altomedieval, se asentó sobre el antiguo forum de la ciudad (Merino 1999: 44).
Aunque no contamos con croquis ni plano de estos trabajos, sí que disponemos de los de la excavación de 1926 (Llabrés e Isasi 1934), que prosiguió con esta zanja.
Estos restos se ubican en la parte N de la finca Ca 'n Reinés dentro de la zona del Camp d' en França (Fig. 3).
Posteriormente, realizaron dos zanjas perpendicu- Por la información del plano conservado y las referencias de los diarios de campañas posteriores (años 1934-1935), que tomaron como referencia esta excavación, podemos situar este edificio en la parte SE de la era, la parte más elevada de la finca, sobre un muro de contención de tierras.
La especial visibilidad sobre la bahía de Alcudia y la suntuosidad de los hallazgos llevaron a Llabrés e Isasi a referirse a este edificio como Casa del Gobernador y Casa del Pretorio, alternativamente (Llabrés 1923(Llabrés, 1924;;Isasi y Llabrés 1934).
Posteriormente (1934Posteriormente (, 1935)), se excavaron zanjas en zonas adyacentes para intentar completar la planta (Isasi y Llabrés 1934).
La falta de financiación no permitió reemprender los trabajos de campo hasta 1926, nuevamente en el Camp d'en França, y siguiendo el supuesto templo descubierto parcialmente en 1923 (Ventayol 1927: 56).
Las referencias topográficas del plano del área excavada permiten situar la excavación en la mitad norte de la parcela de Ca'n Reinés (Figs.
Se descubrió un muro principal en sentido N-S, al que se adosaban varios al E perpendicularmente, aunque es difícil delimitar habitaciones debido a que la zona La campaña de 1927 se centró en una parcela dentro de la zona del Camp d'en França, cuya ubicación es en cierto modo problemática, ya que las referencias no son unánimes16.
Probablemente, se trata de la finca de Ca'n Viver (Fig. 3).
Se descubrió la base de una torre circular de 6,70 m de diámetro y grandes sillares, que podría corresponder a una estructura defensiva ( Podemos extraer de una de las pocas publicaciones de Llabrés (1924) sobre Pollentia, que a lo largo de los años 20 excavaron en la zona de Mar i Estany, situada en la restinga de la Albufera de Alcudia, cerca del teatro romano y del mar.
La breve descripción que hace Llabrés es la de una serie de construcciones pobres, y una explanada de cantos con argamasa donde aparecieron tablas de pizarra, a la que llama «plaza del mercado».
Bautiza la zona como «el arrabal» o «barrio portuario»; posteriormente, en 1930, Juan Llabrés y Rafael Isasi retomarían puntualmente los trabajos en esta zona.
LA DIRECCIÓN DE JUAN LLABRÉS
Y RAFAEL ISASI (1930ISASI ( -1936) ) Después de la muerte de Gabriel Llabrés en 1928, se incorporó a la dirección de las excavaciones su hijo Juan Llabrés Bernal, junto a Rafael Isasi.
La primera campaña de la nueva etapa tuvo lugar en el verano de 1930 en la finca de Santa Anna de Ca'n Fanals (Fig. 3), cerca del mar, donde se descubrió un edificio rectangular de 19 x 7 m, orientado E-W, y un conjunto de 38 tumbas, orientadas en sentido E-W, que atravesaban el edificio.
Entre las tumbas se podían diferenciar varios tipos: de ataúd (o cista), de huesera y las construidas con losas.
Se sugirió que el edificio hubiera sido una basílica cristiana.
Después de esta intervención, los trabajos se dirigieron a la parte N de la finca de Ca'n Pi (también llamada Santa Anna de Ca 'n Mostel o simplemente Ca' n Mostel), limitando por el N con el camino vecinal de Ca'n Bassé (Figs.
Se descubrió un edificio rectangular de 29 m de longitud total, con un peristylum columnado (11 bases de columna en un lado) de 27 x 16 m.
Una canal de piedra bordeaba la columnata y daba a un depósito en el lado E del patio (Fig. 8).
Al N, al lado del camino, aparecieron varias estancias que fueron llamadas C, D y E (Llabrés e Isasi 1934: 7-0; Arribas, Tarradell y Woods 1923 (Figura 3).
Hallaron los restos de un edificio con una posible fachada con dos columnas y un amplio vestíbulo, que daba a una calle al E (Figuras 9 y 10).
Al W de estas estructuras descubrieron, además, un horno con fragmentos de ánforas y un conjunto de dependencias y patios que interpretaron como un alfar (Fig. 9).
Las memorias de excavación interpretan la parte E del edificio como una fachada con dos columnas, y con una canalización que cruza el edificio en sentido N-S (Isasi s.d.-d).
No obstante, a la luz de los hallazgos de las últimas décadas en el forum (Orfila, Arribas y Cau 1999: 104-107, 109-112; Orfila, Arribas y Doenges 2000: 59), la supuesta canal podría corresponder en realidad una serie de umbrales con ranuras, que servirían para encajar tablones para cerrar las entradas a una serie de tabernae, mientras que las dos columnas corresponderían a una línea de pórtico delante de la fachada (Figs.
Se abrieron en una primera fase dos zanjas en la finca de Ques, una en la parte W, cerca del camino de Ca'n Serra, de la que casi no tenemos información, y otra más al E, y que venía a continuar los trabajos realizados en 1930 en la vecina finca de Ca'n Pi, donde se encontró el gran edificio con peristylum ya mencionado.
Del croquis que se dibujó, podemos extraer que la excavación no tuvo tanta amplitud como la de Ca'n Pi y no permitió delimitar muchas estructuras.
En una de las zan- Mientras se trabajaba en la finca de Jaume Ques, se intervino también en dos zonas de la parcela adyacente por el N, Ca 'n Basser d' en Tous (Fig. 3).
La primera trinchera se abrió inmediatamente al E de un depósito moderno.
Se descubrieron una serie de estancias, con niveles de ocupación de época islámica, por lo que fueron llamadas Casa del Moro (Isasi y Llabrés 1933).
Se encontraron, aparte de numerosos fragmentos de cerámica islámica, algunos agujeros con conchas de caracol, que recuerdan a los excavados durante los años 80 en el NW de la Insula 01 en el forum, también fechados en época islámica (Orfila y Riera 2002: 709; Doenges 2005a: 29-30, 35).
En las habitaciones excavadas en la parte W, la gran cantidad de cenizas que aparecieron bajo el pavimento llevó a los excavadores a pensar que la más septentrional habría contado en algún momento con un horno (Isasi y Llabrés 1933).
La otra trinchera practicada en la finca de Ca'n Tous estaba frente a la entrada de la parcela, en su lado W (Figura 3).
En este punto, se descubrieron también una serie de habitaciones, algunas de las cuales fueron llamadas Casa del Pintor19.
En la habitación al SW, encontraron una inscripción fragmentada, el epitafio del pancraciasta Cornelius Atticus20, por lo que ésta y las habitaciones contiguas fueron llamadas Casa del Pancracio (Isasi y Llabrés 1933; Bosch 1979Bosch -1980: 380): 380).
En la campaña del año siguiente ( 1934), se trabajó simultáneamente en varias zonas de las fincas de Ca 'n Pi y de Santa Anna de Ca' n Costa (Fig. 3).
La alternancia de las descripciones de los trabajos en los diarios de campo dificultan su correcta interpretación, pero su lectura detenida permite seguir el proceso de excavación.
Los mayores problemas son los relacionados con la situación topográfica de las intervenciones en Ca'n Pi, ya que no contamos con planos de los trabajos, sino sólo con algunas fotografías y diarios.
A partir del 20 de noviembre se realizaron dos zanjas en Ca'n Pi, una de ellas cerca de la caseta de aperos y del límite con la finca de Santa Anna de Ca'n Costa, a 45 m de la entrada a la finca por el N (Fig. 3).
La otra, por la descripción de los diarios, parece que se situó más al SE, sobre un muro de contención de tierras que separa esta parcela de la de Ca'n Serra (o Tanca d'en Serra) (Fig. 3), aunque no está claro los trabajos que se llevaron a cabo, ya que los hallazgos descritos se refieren casi exclusivamente a la primera trinchera.
Los diarios mencionan un pozo, varias habitaciones y una muralla en la trinchera N. Entre los materiales que aparecieron, destacan una mano de bronce21 y un friso de 50 x 50 cm decorado con hojas de acanto.
Cerca del pozo se encontró una muralla con sillares de unos 2 m de longitud con mortero de cal, en sentido NW-SE (Isasi y Llabrés 1934).
A finales de noviembre se abrió una nueva área de excavación en la era de la finca de Santa Anna de Ca'n Costa (Fig. 3), donde se había hallado en 1923 la Casa del Gobernador, con el objetivo de volver a localizar el suntuoso edificio.
El propietario de los terrenos, no obstante, vetó la excavación en la era, de modo que centraron los trabajos al W de la antigua excavación.
Al finalizar la campaña, se habían descubierto una serie de habitaciones, algunas de las cuales (A, B y Z, según el croquis de Ventayol reproducido por Bosch 1979Bosch -1980: 381): 381), las más cercanas a la excavación anterior, estaban pavimentadas con mosaicos.
Junto a éstas, al W, apareció una gran habitación con opus signinum, con una serie de agujeros cuadrangulares alineados y, hacia el N, una habitación más profunda y una serie de pequeños pilares que llevaron a interpretarlo como un posible hypocaustum de unas termas, posiblemente de carácter privado (Fig. 11) (Orfila y Arribas 2000: 34).
Hacia el N seguían cinco ámbitos más (E, D, F, G, H).
En el más septentrional (H) se hallaron tres se-pulturas, con una inscripción funeraria23 de fecha tardía (lápida de Arguta) (Fig. 12), interpretadas como cristianas.
A raíz de este hallazgo, los mismos directores hablan de una posible basílica cristiana, relacionándola con otras basílicas paleocristianas ya conocidas, como la de Ca's Frares en Santa Maria del Camí (Mallorca).
Posteriormente, descartaron esta hipótesis (Isasi y Llabrés 1934).
A principios de 1935 (6-7 de enero), fuera de la campaña oficial de excavaciones, se encontraron por casualidad, en la finca de Ca'n Pi, tres estatuas de mármol acéfalas.
Habían sido reutilizadas como material de construcción en los cimientos de una muralla, que fue fechada en ese momento en época vándala, y que posiblemente está relacionada con el lienzo hallado unos meses antes en la zona.
Se ha A raíz del éxito de los hallazgos del último año, con varias piezas de escultura, los restos de unas termas con hypocaustum, mosaicos y sepulturas cristianas, se aumentó la subvención para la campaña de 1935 de 5.000 a 10.000 ptas. (Real Academia de la Historia 1935).
La primera de éstas, de cerca de 1 m de anchura y 41 de longitud, se abrió paralelamente al W de la excavación del año anterior.
Apareció un muro orientado N-S, un impluuium -que interpretaron como parte de las termas descubiertas en el año anterior-y varios compartimentos pequeños; alguna de las estancias tenía mosaico blanco y negro.
Se abrió también una zanja en sentido E-W, aunque no conocemos su ubicación dentro de la parcela (Isasi y Llabrés 1935).
Entre estas trincheras y el camino del cementerio se abrieron dos zanjas más, de las cuales se han conservado croquis de situación y fotografías (Fig. 3).
La poca anchura de la zona abierta no permite interpretar ninguna de las estructuras descubiertas (Isasi y Llabrés 1935; Bosch 1979Bosch -1980;;Isasi s.d.-d).
Posteriormente, abrieron una trinchera en sentido E-W que partía de la habitación de la inscripción de Arguta descubierta en la campaña anterior.
Se encontró una habitación contigua a la mencionada, con dos sepulturas más.
Parece, por los hallazgos que se describen, que esta zanja prosiguió hacia el E, donde descubrieron un muro de grandes bloques en sentido NW-SE, al que se adosaba un horno de pan (Fig. 13).
Isasi y Llabrés sugieren que se trate de una muralla.
Aparecieron también cerca de 130 monedas en la sala del horno, la mayoría de ellas del siglo IV (Constantius Clorus, Constantinus, Constantius II, Iulianus) (Isasi y Llabrés 1935).
En el año siguiente, 1936, se consignó una subvención de 5.000 ptas., la misma cantidad de años atrás, pero no se llegó a cobrar nunca (Isasi s.d.-a).
De hecho, no disponemos de documentación referente a excavaciones en este año, por lo que es muy probable que no tuvieran lugar.
El conflicto bélico supuso así la paralización de las excavaciones, que no se retomarían, por lo que sabemos, hasta 1942.
LOS AÑOS POSTERIORES A LA GUERRA
Antes de estas intervenciones, en 1940, con motivo de la construcción de los urinarios de una escuela cercana (sita en el actual Museu Monogràfic de Pol•lèntia, c/ Sant Jaume, 30 de Alcudia), fue destruida la llamada canal de Ternelles, que atravesaba la muralla de Alcudia a la altura de la iglesia de Sant Jaume y que, una vez dentro del templo, giraba en dirección a Pollentia (Bosch 1979(Bosch -1980: 385): 385).
Esta estructura había sido relacionada con el aprovisionamiento de agua a la ciudad desde la fuente de Ternelles, situada al N de la villa de Pollença (Llabrés 1923;1924).
Ya en 1940, Juan Llabrés y Rafael Isasi habían solicitado la concesión de 5.000 ptas., que no fueron concedidas, para reanudar las excavaciones 27.
En 1942 (septiembre-octubre), con una subvención de 5.000 ptas., los trabajos volvieron a la finca de Ca'n Fanals, la misma donde en 1930 se había descubierto parte de una necrópolis y de un edificio (Fig. 3).
Excavaron un total de 22 sepulturas con ajuares, una de ellas cerca de la finca adyacente por el N, Ca'n Copido (Isasi s.d.-a).
Durante la campaña, según las notas de Isasi, se realizó también una trinchera en la finca de Santa Anna de Ca'n Costa, en sentido E-W, encontrando «algunas ruinas de edificios», sin que contemos con información más explícita (Fig. 3) (Isasi s.d.-a).
En el año siguiente, 1943, la misma subvención de 5.000 ptas. permitió centrar los trabajos en el Camp d'en França (Fig. 3).
A partir de esta campaña Juan Llabrés no forma parte de la dirección de las excavaciones por encontrarse fuera de la isla, «desempeñando su destino militar» 28.
La parcela donde tuvo lugar la excavación, según el plano general de Isasi, se encuentra en el cuarto NE de dicha área, propiedad en ese momento de Antoni Torrens «Truyols» (Isasi s.d.-a, s.d.-b).
Encontraron los cimientos de un edificio, un horno, un pozo y una habitación con mosaico, así como una inscripción funeraria (Isasi s.d.-a; Bosch 1979Bosch -1980: 386): 386).
La campaña de 1944 sólo contó con una subvención de 500 ptas., lo que fue seguramente la razón por que los trabajos duraron sólo unos 15 días del mes de agosto, continuando con los trabajos del año anterior.
Se intentó desecar el pozo que había sido descubierto en 1943 en la propiedad de Antoni Torrens, practicando una trinchera a su alrededor.
Se abrió también otra zanja donde aparecieron pocos materiales (BSAL 1945, cuya autoría parece ser de Isasi.
Manuscrito en Isasi s.d.-b).
En estos momentos, tuvieron lugar los primeros contactos del mecenas estadounidense William J. Bryant con la arqueología de Pollentia.
En 1945, éste se puso en contacto con Jaume Cirera, de la Societat Arqueològica Lul•liana, y Samuel Ventura, maestro de escuela en Alcudia, para que le informaran sobre las posibilidades de excavar en Mallorca.
Éstos le remitieron a Rafael Isasi, quien había excavado a lo largo de las últimas décadas en el yacimiento romano de referencia en la isla, la ciudad de Pollentia.
Así, el mentor americano le avanzó en 1946 la suma de 20.000 ptas. para la excavación de un trirreme que Isasi decía haber localizado en la bahía de Alcudia.
No obstante, parece que el dinero se destinó a la excavación en tierra firme en Pollentia (Isasi s.d.-d).
La única referencia con que contamos en relación a la ubicación de los trabajos de este año es una anotación en el plano general de excavaciones realizado por el propio Isasi, que indica que en 1946 se excavó, en el área central del Camp d'en França, algún edificio que se identificó como una supuesta basílica (Fig. 3) (Isasi s.d.-d) en la misma zona que había sido objeto de excavaciones en 1923 y 1926.
Por desgracia, no conocemos la existencia de ninguna memoria ni diario de excavación29.
Poco después del fallecimiento de Isasi, entre 1948de Isasi, entre y 1952, se emprenderían excavaciones desde diferentes instituciones, introduciendo por primera vez criterios estratigráficos en la excavación.
Se trataba, pues, no sólo de un cambio en las figuras que trabajaban en Pollentia, sino también en la metodología de los trabajos.
Sin embargo, éstas fueron otras etapas de la historia de la investigación arqueológica en uno de los yacimientos romanos de referencia en la arqueología romana hispánica.
La muerte de Rafael Isasi ponía fin a la primera etapa de la historia de las intervenciones arqueológicas en Pollentia.
Ésta había tenido como protagonistas a reconocidos personajes del mundo erudito, y pertenecientes a las sociedades y academias relacionadas con la cultura, como la Societat Arqueològica Lul•liana, a nivel local, y la Real Academia de la Historia, a nivel estatal.
Los trabajos de Gabriel Llabrés, su hijo Juan Llabrés, y Rafael Isasi fueron fruto de un tiempo en que la metodología arqueológica no se había desarrollado y primaban los criterios artísticos sobre los históricos y estratigráficos.
Además, hemos podido ampliar notablemente el conocimiento de las campañas de 1942-1946, muy poco documentadas hasta ahora.
En segundo lugar, ha permitido comprobar que el principal objetivo científico que se esbozaba al ini-dimensiones, de un espacio público o de la palaestra de unas termas.
Con la descontextualización de grandes cantidades de materiales, las excavaciones Llabrés-Isasi privaron a la ciencia actual de un conocimiento estratigráfico importante, pero el potencial de la documentación que generaron no debe subestimarse.
Su estudio no está ni mucho menos agotado y se ha revelado aquí como una línea de investigación fructífera para el conocimiento de la topografía de la ciudad, que puede ser un punto de referencia a la hora de definir estrategias de excavación.
En particular, el período inmediatamente posterior a la Guerra Civil, resulta todavía poco conocido.
La investigación de la historiografía es capital en el estudio de cualquier yacimiento, pero adquiere especial relevancia en Pollentia, donde las intervenciones que han tenido lugar alcanzan un volumen muy considerable, ya que los trabajos se han desarrollado desde 1923 hasta la actualidad, con muy pocos periodos de inactividad.
Sin duda, aquellos arqueólogos y eruditos anteriores al desarrollo de la disciplina, y que iniciaron la tradición arqueológica en Pollentia hoy hace casi 90 años, tienen todavía algo que enseñarnos.
Queremos agradecer la ayuda prestada por parte del personal del Museu de Mallorca a la hora de consultar y obtener copias de esta documentación, al personal del Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares y a J.P. Bellón (EEHAR) por la información acerca del fondo de este archivo, así como al personal del Arxiu Municipal de Palma.
La imagen en la Fig. 1 |
Hubo provincias romanas... y provincias romanas.
Los estudiosos de la Hispania citerior gustamos de recordar que se trataba de una de las provincias más importantes del mundo romano y entre todas ellas la de mayor extensión.
No obstante, forzoso es creer al ilustrado Plinio (NH, 3.3.7) cuando mencionaba que en realidad era la provincia Baetica «la que sobrepasa a todas las provincias por su vida opulenta y civilizada, además de por la fértil y especial brillantez de sus habitantes».
La concentración de grandes urbes en torno al valle del Guadalquivir y en las costas mediterránea y atlántica, la presencia de los grandes distritos mineros de la plata, el cobre y el plomo, la explotación intensísima de los olivares y en general los enormes recursos agrícolas, ganaderos y piscícolas permitieron la formación de ricos grupos familiares que asumieron la tarea de construir, dignificar y embellecer los nuevos espacios urbanos surgidos con la llegada de la pax Augusta.
Lo hicieron por supuesto recordando que fueron ellos, generación tras generación, los protagonistas encargados de esas tareas.
Las necrópolis suburbanas serían las encargadas de recordarlo, memoria aeterna, alabando su munificentia y su liberalitas a través de la ordenada sucesión de grandes monumenta alineados junto a los ejes viarios.
Con ellos, tras ellos, la gente normal, el populus, hombres y mujeres libres y libertos emprendedores, buscaron también el reposo eterno junto a los emigrantes, los extranjeros y los numerosos esclavos.
Ningún otro espacio arqueológico como una gran área de necrópolis nos permite entender la rigurosa y ordenada organización social de una ciudad romana, su cuidadosa escenografía y la importancia excepcional otorgada a las ceremonias funebres y a la visita periódica a los enterrados.
Por todo ello, es sin duda el registro arqueológico de las necrópolis la mejor herramienta para documentar la importancia de las costumbres locales, la vigencia de tradiciones seculares o la presencia de grupos de población diferenciables, explicitados a través de usos funerarios particulares y en la predilección por determinados ritos, tipos, ajuares, señalizaciones o adornos ligados a los sepulcros.
Todas estas cuestiones son doblemente importantes en una provincia donde los nuevos colonos romanos e itálicos se instalaron junto a comunidades con tradiciones y culturas propias muy marcadas y de amplio recorrido, ya fueran las propiamente tartésico / turdetanas como las de raiz feno-púnica en todas las ciudades costeras.
Si hoy sabemos que en el estudio de las costumbres funerarias romanas la documentación bética resulta excepcional, ello ha sido, en buena parte, gracias a los trabajos infatigables del profesor Desiderio Vaquerizo, catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba.
Es cierto que desde siempre se había venido prestando una atención especial a la riquísima epigrafía, estatuaria o decoración funeraria de las grandes necrópolis béticas con numerosos estudios bien conocidos de Melchor Gil, Bendala, León, Rodríguez Oliva, Beltrán o Baena, junto a los trabajos arqueológicos concretos emprendidos en necrópolis como las de Gades, Baelo, Munigua, Urso o Carmo, pero no sería hasta el proyecto Funus emprendido en la ciudad de Corduba que finalmente, año tras año, se pudo ir ordenando el inmenso conjunto de información arqueológica de las distintas areas funerarias de la propia capital de la Bética.
Fueron trabajos que cristalizaron a principios de los años 1990 en una trilogía de publicaciones: Funus Cordubensium (Córdoba, 2001), el congreso Espacios y usos funerarios en el Occidente romano (2 vols., Córdoba, 2002) y la sugerente Immaturi et innupti.
Terrracotas figuradas en ambiente funerario de Corduba (Córdoba, 2004).
Son publicaciones hoy ya de referencia, seguidas por otras de temas más precisos pero no menos importantes, como la publicación en el 2005 del área de necrópolis de La Constancia y otras nuevas que han ido apareciendo sin cesar.
En el 2008 se publicaba en las páginas del AEspA, 81, el artículo de D. Vaquerizo y D. Sanchez sobre los pedestales y epitafios con pedaturae (con addendum publicado en el número siguiente), ahora tenemos entre manos un nuevo esfuerzo del profesor Vaquerizo por ordenar la información disponible, analizarla con detalle y ponerla al alcance de todos los interesados con un lenguaje didáctico fruto del oficio, pero también de su especialidad habilidad para la expresión escrita que le hace de tanto en tanto refugiarse en una producción literaria que esperemos siga dando buenos ratos a sus lectores.
Disponíamos, es cierto, desde el año 2008 de una preciosa reflexión sobre los usos funerarios de la Bética en la obra de Alicia Jiménez (Imagines Hibridae..., Anejos de AEspA, XLIII, Madrid, 2008), comparando las necrópolis de Castulo, Corduba y Baelo Claudia.
Una obra ésta sugerente, llena de ideas sobre como interpretar correctamente las evidencias funerarias a la hora de utilizar o generalizar conceptos como la «romanización».
Ahora, gracias a este nuevo trabajo de D. Vaquerizo disponemos de información ordenada sobre catorce ciudades béticas: Astigi, Illiberri, Urso, Corduba, Gades, Acinipo, Baelo, Carissa, Malaca, Hispalis, Carmo, Italica, Munigua y Onuba.
Una visión pues suficientemente amplia y variada enriquecida además con una reflexión previa muy valiosa sobre los conceptos romanos de muerte e inmortalidad y sobre los usos mitológicos, litúrgicos, rituales y legales relacionados con el tránsito mortuorio y sus complejos ceremoniales.
Siguiendo el orden del autor el mundo funerario astigitano destaca por la abundancia de indicaciones de pedatura, indicando las medidas precisas de los acotados funerarios, que aparecen en un 50% de los epígrafes funerarios allí conservados, un porcentaje éste excepcional para toda Hispania.
Las necrópolis de Illiberris por el contrario proporcionan de momento una información muy escasa y únicamente significativa ya para la época tardo-antigua.
En Urso, cuya ley conservó las normas funerarias obligando a situar los nuevos ustrina a 500 pasos de las murallas respetando con ello los monumentos funerarios prexistentes, son de gran importancia los relie- En Corduba, el amplísimo esfuerzo investigador realizado no ha pemitido de momento conocer con cierto detalle las fases más antiguas de la fundación de Marcelo y no sería quizás hasta la eclosión de la nueva colonia Patricia a fines del siglo I a.C. cuando el paisaje funerario adquiriera una importancia monumental.
La formación de auténticas vías funerarias con grandes monumenta laterales se documenta de forma espectacular en los dos mausoleos gemelos de planta circular de Puerta Gallegos y en otros sepulcros turriformes, edículos y altares documentados por fragmentos arquitectónicos dispersos.
El viator o caminante debía pasar junto a ellos constreñido por el estrecho paso de la vía y admirado ante su grandeza.
Por su parte, el epígrafe funerario de la liberta Abullia Nigella (CIL II2/7, 397: C(aio) Sentio Sat(urnino) co(n)s(ule) / K(alendis) Sextilib(us) / Dei Manes / receperunt / Abulliam N(umeri) l(ibertam) / Nigellam) reune todas las características para optar un libro de records.
Se trata, nos recuerda Vaquerizo, del titulus sepulcral conservado más antiguo de la Bética, contiene una preciosa por lo antigua dedicatoria a los DEI MANES cien años antes que la formula Diis Manibus se generalizara como formula profiláctica habitual en los epigrafes funerarios y para colmo incluye una precisa fecha consular de enterramiento el día de 1 de agosto del año 19 a.C. La fecha exacta, señalada por A. Ventura, de la fundación de la nueva colonia Patricia por parte de Agripa.
Una coincidencia, unida quizás a la cercanía del mausoleo de los Abullii a una de las puertas úrbicas, que pudo justificar la excepcionalidad de este por lo demás simple epígrafe funerario libertino.
Los estudios ya mencionados anteriormente nos permiten hoy tener un amplio conocimiento de las necrópolis patricienses, cada vez mejor contextualizadas.
Recientemente, la necrópolis occidental del camino viejo de Almodovar donde se concentraban los epígrafes funerarios de los gladiadores ha podido ser explicada, como no, por la excavación del enorme anfiteatro aparecido a poca distancia.
Gades, la riquísima metrópolis fenicia, base portuaria de las grandes rutas atlánticas, capital de conventus, muestra plenamente en la extrema variedad de su tipología sepulcral y en la riqueza y exotismo de algunos de los ajuares recuperados la lógica secular de su carácter comercial y cosmopolita.
Las tradiciones feno-púnicas de raiz oriental y africana resultan también evidentes en las amplias necrópolis de Baelo Claudia y en sus famosos «muñecos» o betilos anicónicos y antropomorfos que rodean als tumbas y son aquí analizados de forma detallada.
Por su parte, las cámaras hipogeas excavadas en la gaditana Carissa Aurelia (entre Bornos y Espera) enlazan la escenografía ritual de las necropolis de Gades con las de la hispalense Carmo.
Se repasan igualmente las necrópolis del área malagueña, en Antikaria, Singilia Barba y la propia Malaca donde llama la atención la ausencia de epigrafía funeraria monumental y con ello de grandes monumentos sepulcrales junto a la amplia coexistencia de incineraciones y cremaciones.
Un panorama bien diferente es el que presentan las grandes ciudades fluviales de Ilipa, Hispalis e Italica, cada una con sus propias tradiciones.
En Hispalis, el gran puerto fluvial para la exportación del aceite bético, abundan por ejemplo los gran-des altares funerarios realizados en mármol blanco y colocados sobre plataformas de ladrillo escalonadas.
Un tipo de monumenta que sin embargo faltan en la vecina Italica.
De una tumba hispalense procede igualmente el único caso hispano documentado de coste de un sepelio, ya que sabemos que el ordo hispalense donó para tal fin 1000 sextercios, además de conceder el suelo para la sepultura del ciudadano P. Valerius Gallus (CIL II,1189).
Al igual que en Gades, la gran necrópolis occidental de Carmo estudiada de forma monográfica por M. Bendala y objeto hoy en día de nuevos trabajos de documentación y museografía bajo la dirección de I. Rodriguez-Temiño, hunde sus raíces en la tradición fenicia y púnica.
Se desarrollan así grandes cámaras hipogeas de carácter familiar destinadas a contener incineraciones y mantener ritos de contacto que en el caso de los triclinios de la tumba del Elefante pudieron llegar a adquirir un carácter iniciático.
Las necrópolis de Italica aunque escasas en investigaciones programadas, han sido generosas en todo tipo de hallazgos funerarios, ya sean epigráficos, de escultura funeraria, ajuares o sarcófagos.
De forma inversa, en la ciudad minera de Munigua surgida en torno a un santuario de gran veneración, las excavaciones han podido documentar diversos sectores de necrópolis de incineración en ollae y bellas urnas de piedra con ricos ajuares.
Finalmente, la fase romana de Onuba y las ciudades de su entorno, tan solo en fechas recientes comienzan a ser conocidas gracias a los trabajos del equipo de J.M. Campos frente a una tradición de estudios interesada por la espectacular protohistoria tartésica.
Destaca sin duda el precioso monumento en forma de altar sobre podio escalonado aparecido en la necrópolis norte de Onuba.
Queremos destacar por último la amplia recapitulación y las conclusiones que Desiderio Vaquerizo ha sabido extraer de su amplio repaso a las necrópolis de la Betica.
Los diversos ritos funerarios, las prácticas de incineración e inhumación, las diferentes monumentalizaciones y formas arquitectónicas utilizadas, la marmorización de la estatuaria, los recintos funerarios, la tipología de los sepulcros y la generalización de las cupae, las ofrendas alimenticias y simbólicas, junto a los útiles del banquete, son analizadas de forma conjunta en una lectura repleta de sugerencias útiles y numerosas aproximaciones de interés.
La obra que aquí se presenta recoge las actas de un congreso nacido de la fructífera colaboración entre varias instituciones arqueológicas extranjeras con sede en Roma, en este caso el Instituto Finlandés y la Academia Americana.
Tal como explican en la introducción (Premessa / Preface), esta iniciativa surgió del deseo conjunto de organizar una jornada sobre epigrafía, pero a la que querían dotar de una óptica transversal e interdisciplinaria.
El tema de las ofrendas votivas fue el hilo conductor escogido para establecer un diálogo entre los dos grandes ámbitos de la antigüedad clásica, el griego y el romano, sobre el siempre amplio y poliédrico tema de la religión antigua, objeto de continuo debate como muestran las últimas publicaciones científicas de gran interés.
El encuentro, bien acogido por los colegas de ambos institutos, contó además con la participación de otros investigadores de instituciones arqueológicas presentes en Roma, nacionales y extranjeras.
El resultado de aquellos dos días se materializa, pues, en el libro de título bilingüe e intervenciones en inglés e italiano, idiomas del congreso, que forma parte de la serie Acta Instituti Romani Finlandiae de la Universidad de Helsinki, actualmente dirigida por Heikki Solin.
Los catorce capítulos que lo componen corresponden a las ponencias presentadas1 y se organizan según cinco secciones que engloban diversas disciplinas -la historia de las religiones, el derecho, la arqueología o las fuentes literarias-desde las que se aborda el análisis epigráfico.
Éstas incluyen desde aspectos más teóricos, como la definición del concepto (Concetti e definizioni / Concepts and definitions), la regulación de la práctica religiosa (Regolamentazione / Governance) y el contexto en el que ésta se desarrolla (Luoghi e contesti / Places and Context), hasta los más materiales y ligados a la realización física de la ofrenda votiva, (Pratiche / Practices) o los propios objetos, centrados en un interesantísimo estudio sobre las llamadas ofrendas «mudas» (Dediche mute / Silent dedications).
Ya desde la primera parte (Concetti e definizioni / Concepts and definitions), en las intervenciones de John Bodel y Jorg Rüpke se cuestiona y reflexiona sobre la definición esteriotipada del concepto de inscripción votiva y se plantea los problemas que ésta encuentra a la hora de abordar la naturaleza, oportunidad y objetivo de su realización material.2 Así Bodel («'Sacred dedications': A problem of definitions») revisa los planteamientos -metodológicamente útiles-de los manuales epigráficos hasta desvelar cómo a través del análisis de sus variadas formas y contenidos la propia evidencia arqueológica manifiesta la ambigüedad de los formularios esteriotipados, cosa que incide en la categorización formal a la que se somete el objeto.
Por su parte, Jorg Rüpke («Dedications accompanied by inscriptions in the Roman Empire: Functions, intentions, modes of communication») analiza el acto mismo de la comunicación religiosa entre el donante y la divinidad en sus diversos modos y expresiones, desde el pacto de reciprocidad, formulado por el sintético do ut des, a las intervenciones de la divinidad (ex iussu, etc.).
El problema de la definición se acentúa en las culturas periféricas, por ejemplo, en ámbito itálico, donde topa con el problema de la lengua, como bien ilustra en su espléndido estudio Paolo Poccetti («Paradigmi formulari votivi nelle tradizioni epicoriche dell 'Italia antica»).
La segunda sección del libro está dedicada a la regulación de la práctica votiva (Regolamentazione / Governance).
Para el ámbito griego, Paola Lombardi («'aj naqev tw ej n tw` iJ erwỀ'.
Esempi di regolamentazione della dedica votiva nel mondo greco») expone una serie de documentos en los que se manifiesta la intervención de la autoridad, polis o santuario, sobre la regulación de las ofrendas, ya sea a través de promulgación de normas -leyes y decretos-o de las referencias explícitas a su cumplimiento en las propias ofrendas.
El análisis toma en consideración las alusiones al acto mismo de dedicar (prohibición, permisión, obligación) o al objeto dedicado (propiedad, custodia, emplazamiento, manutención, sustitución, memoria).
Carlos Galvao-Sobrinho («Claiming places: sacred dedications and public space in Rome in the Principate») examina el caso de la lis fullonum recogida en una inscripción de Roma fechada en el s. III d.C. (CIL VI, 266).
Se trata de una dedicatoria de una estatua a Hércules por parte de unos fullones en agradecimiento por la absolución en un pleito relacionado en el impago de impuestos, en el que las propias dedicaciones votivas puestas por los fullones juegan a favor de su absolución.
El espacio y el contexto (Luoghi e contesti / Places and Contexts) es el tercer ámbito de la investigación sobre los elementos definidores de la acción votiva.
Así esta parte está dedicada a presentar estudios monográficos que abordan tres esferas social y religiosamente diferentes que ilustran una visión más particularizada del modo y la forma en el que la acción se desarrolla: la educación, como en los gimnasios de época helenística, tratados por Lucia D'amore («Dediche sacre e ginnasi: la documentazione epigrafica di età ellenistica»), el cuerpo cívico, ejemplificado por el material procedente de la isla de Cos del estudio de Giulio Vallarono («Dedicanti di Cos in età ellenìstica: il caso dei magistrati eponimi tra polis e demi»), y el oráculo, espacio de comunicación con lo divino, trabajado por Mika Kajava, («Osservazioni sulle dediche sacre nei contesti oracolari»).
En el cuarto apartado, dedicado a la práctica (Pratiche / Practices), Gabriella Bevilacqua («Dediche ad Hermes») ofrece un análisis pormenorizado a un tipo muy específico de ofrendas votivas, las dedicadas al dios Hermes, pero metodológicamente funcional a la hora de extrapolar conclusiones a otras figuras divinas, como, por ejemplo, su relación con las instituciones cívicas.
Volviendo al ámbito itálico, Marco Buonocore («La res sacra nell' Italia centro-appenninica fra tarda repubblica ed impero») presenta un excelente trabajo sobre las inscripciones votivas de la zona centroitálica, acompañado de un corpus de 430 inscripciones ad res sacras pertinentes del III a.C. al III d.C. ordenado por ciudades concisa y profusamente anotado.
Por su parte, Gian Luca Gregori amplia el tema de la incidencia del culto a las divinidades Augusteas en Italia («Il culto delle divinità Auguste in Italia: un 'indagine preliminare»), trabajo que, tal como advierte el autor, se plantea como secuela de un artículo de Silvio Panciera dedicado a la ciudad de Roma 3.
Finaliza esta parte Carlos Machado («Religion as antiquarianism: pagan dedications in late antique Rome»), con Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 305-314 ISSN: 0066 6742 el análisis de un fenómeno, aparentemente contradictorio, de la restauración de antiguos edificios del culto pagano por parte de miembros del senado en época tardoantigua, institución manifiestamente cristiana, y el significado de estas iniciativas dentro de la esfera política e intelectual del momento.
La última parte del libro está dedicado a las ofrendas más humildes, generalmente anepígrafes (Dediche mute / Silent dedications).
En el primera caso, Olivier De Cazanove presenta un utilísimo estado de la cuestión sobre los relativamente escasos ejemplares de exvotos anatómicos de terracota con inscripción («Oggetti muti?
Cierra el texto de Laura Chioffi («Anonime adprecationes»), donde se estudia y cataloga las consagraciones a los dioses Manes entendidas como divinidades destinatarias de culto per se, es decir, sin relación alguna con nombres de difuntos, como suele ser más habitual en la producción epigráfica de época imperial.
Finaliza el libro un completo repertorio con las fuentes literarias, epigráficas y numismáticas, así como los índices onomástico y el temático.
En consecuencia, el volumen es una óptima herramienta de trabajo no sólo para aquéllos que se ocupan de la epigrafía como fuente para la historia de las religiones sino para cualquiera que este interesado en el debate sobre los supuestos teóricos de la propia disciplina.
Desde un punto de vista más específico, supone un perfecto complemento para otras líneas de trabajo centradas en el ámbito arqueológico como, por ejemplo, en ámbito de la Italia antigua, el proyecto Fana, Templa, Delubra sobre los santuarios y lugares de culto que coordinan John Scheid y Olivier de Cazanove.
En cuanto a la vertiente más estrictamente epigráfica, quiero destacar de nuevo la inclusión de los selectos corpora que acompañan a la gran mayoría de las intervenciones (en especial modo los de Pocetti, Lombardi, D'Amore, Vallarino, Bonocuore, Gregori y Cazanove), elemento que enriquece considerablemente el ya de por sí valioso material presentado en el congreso, y ofrece al lector interesado un dossier seleccionado, actualizado y comentado por especialistas del tema propuesto.
A la hora de valorar un nuevo libro debemos tener en cuenta diferentes factores.
Una metodología actualizada y el carácter pluridisciplinar son hoy en día características imprescindibles sobre todo si el tema tratado es la revisión de un monumento bien conocido, de mención obligada en manuales y exposiciones.
La presentación de novedades, los nuevos enfoques hacia cuestiones ya planteadas y las precisiones cronológicas son también desde luego aportes necesarios.
Pero cuando con todo ello una obra logra proporcionar un enfoque completo y bien trabado en el estudio de un área monumen-tal compleja, cuando lo hace teniendo en cuenta múltiples aproximaciones -estratigrafía, arquitectura y técnicas decorativas, epigrafía, escultura y ceramología, entre otras-y lo logra además coordinando a un amplio elenco de autores en un grueso volumen con más de 850 páginas y 860 imágenes, podemos entonces decir con claridad que nos encontramos ante una obra de referencia.
Conocíamos hasta ahora el foro emeritense a partir de los estudios de T. Nogales y J.M. Álvarez centrados en el gran templo forense de bloques de granito -el llamado templo de Diana-y en la preciosa esquina excavada del «pórtico de mármol» en la calle Sagasta.
En esta última y en el recinto del que formaba parte pudieron ubicarse tanto los clípeos y cariátides ya conocidos de antiguo estudiados de forma detallada por J.L. de la Barrera como también las soberbias estatuas identificadas por W.Trillmich como el grupo de Eneas y el rey Agripa de Alba Longa, mítico antepasado del fiel compañero de Augusto.
Se demostraba así la traslación a la colonia de los veteranos de los ciclos simbólicos decorativos y estatuarios del Foro de Augusto en Roma mostrando los orígenes de la Urbs y los grandes personajes de su historia en estrecha relación con la familia de los Julios.
Gracias a la labor del Consorcio de la ciudad monumental de Mérida también empezábamos a disponer de estudios precisos sobre las etapas de la monumentalización de la ciudad.
Los trabajos dirigidos por P. Mateos le habían permitido presentar una propuesta de restitución urbana de la colonia emeritense con la disposición de su retícula viaria y la posición de sus principales aéreas y monumentos públicos.
Entre ellos, el llamado foro provincial, con su excepcional templo de cella barlonga y el magnífico arco que daba acceso al mismo ha sido publicado con detalle recientemente.
Sin embargo, la organización funcional concreta del foro emeritense y sobre todo su relación espacial con la plaza adyacente del «pórtico de mármol» quedaba lejos de estar aclarada.
Ahora, de repente, el investigador encuentra en este libro un camino de resolución para todas estas cuestiones.
Los tres editores, expertos arqueólogos del Consorcio Mérida Ciudad Monumental, curtidos en docenas y docenas de excavaciones urbanas de todas las épocas han sabido analizar de forma conjunta 38 intervenciones arqueológicas y más de 80 contextos estratigráficos como piezas significativas de un puzzle que han sabido resolver a la vez con valentía y prudencia proponiendo una disposición coherente y razonada de los distintos edificios y monumentos que conformaban el foro de la colonia emeritense y sus espacios aledaños.
Sus conclusiones definen una plaza forense fundacional a fines del siglo I a.C., presidida por un área sacra porticada que rodeaba un gran templo de culto imperial en posición axial.
Un templo realizado en piedra local, levantado sobre un podio que a su vez delimitaba una tribuna delantera abierta a la plaza a modo de una tribuna rostrata.
Delante de esta área sacra se reservó ya el espacio para una amplia plaza flanqueada por pórticos.
En los alrededores inmediatos a este foro se levantaron dos recintos sacros independientes: el recinto público de la c.
John Lenon compuesto por un aula precedida de un porticado y el templo de la calle Viñeros.
Más tarde, ya en época de los flavios según la nueva propuesta de A. Peña para la datación de capiteles y cornisas marmóreas, se construiría la plaza anexa del foro de mármol a imitación expresa del forum Augustum en torno a un templo central finalmente localizado.
La plaza forense, también remodelada, permitiría ya contemplar lo que Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 305-314 ISSN: 0066 6742 sería su estado final, con una amplia basílica jurídica opuesta al área sacra y una curia vecina integrada en el porticado oriental, tras el cual se construiría un monumental ninfeo abierto al kardo adyacente.
Tras dos introducciones -historiográfica y de los trabajos realizados-la obra comienza con un largo capítulo a cargo de los tres editores (págs. 67-384) presentando las 14 intervenciones principales que han permitido recoger los datos fundamentales para reconstruir la disposición y características de los edificios forenses.
Se trata de un trabajo detallado y meticuloso que tiene en cuenta las evidencias materiales de todas las épocas convenientemente ilustradas con plantas por épocas, imágenes de detalle y diagramas estratigráficos.
La presentación concluye en un capítulo de síntesis (págs. 385-403) que sirve para presentar los diferentes espacios excavados organizados en tres aéreas: una plataforma central correspondiente a la plaza y el templo forenses, la plataforma oriental correspondiente al «pórtico de mármol» y su templo central ahora documentado y en último lugar una plataforma occidental compuesta por el templo de la c.
Viñeros y el recinto público de la c.
X. Aquilué y J.R. Bello estudian a continuación los principales contextos arqueológicos de época romana aparecidos en todas estas intervenciones (págs. 405-444).
Se trata de una síntesis importante y no exenta de dificultades en cuanto los contextos cerámicos resultan parcos en materiales.
Sabemos hoy, tras varias décadas de excavaciones urbanas en las principales ciudades romanas de Hispania, que ésta es precisamente una característica de las obras públicas de gran envergadura: la utilización de grandes rellenos de obra en los cuales no era necesario recurrir a materiales de escombrera y en los que por ello resultan muy escasos los materiales arqueológicos.
Pero X. Aquilué, que era ya consciente de este problema a partir de su experiencia en los años 1980 con los inmensos rellenos constructivos prácticamente estériles del foro provincial de Tarragona, en unión de J.R Bello, han sabido por ello estudiar con precisión los escasos materiales cerámicos encontrados delimitando un primer horizonte constructivo en época medioagustea, poco anterior al cambio de Era, que debemos relacionar lógicamente con la etapa fundacional de la colonia, seguida de una fase flavia durante la cual la plaza forense y su entorno inmediato alcanzaron su configuración monumental prácticamente definitiva y en último lugar, ahora sí con una mayor presencia de materiales susceptible de estudio, una fase final de abandono y reutilización de estructuras que se presenta a partir de la primera mitad del siglo V d.C. y que continuaría de forma constante hasta mediados del siglo VI d.C. Algunos elementos singulares -entallo, anillos, pequeños amuletos-son objeto de un estudio particular por parte de A.B. Olmedo.
El apartado epigráfico, espectacular, merece sin duda una atención especial (págs. 453-523).
Los compañeros emeritenses no han dudado en recurrir para su estudio a un equipo de estudiosos de primera línea, A. Stylow y A.Ventura, que han sabido en primer lugar ordenar e identificar con precisión unos materiales en extremo fragmentarios para luego analizar con todo detalle y reconstruir de una forma brillante un documento del todo excepcional: la placa marmórea que presentaba en el foro la lista de los duoviros de la colonia emeritense (los fasti duovirales coloniae Augustae Emeritae), cuidadosamente ordenados por columnas sobre al menos doce placas marmóreas consecutivas de 99x66 cm cada una situadas en el entor-no inmediato al templo forense.
Este listado se ordenó según los distintos mandatos imperiales desde Augusto a (como mínimo) Trajano a partir de un calendario propio de la colonia que tuvo su origen al fundarse la misma el día 21 de abril (aniversario de la fundación de Roma) del año 24 a.C. (y no 25 a.C. como se venía creyendo hasta ahora por otras evidencias) teniendo como deductor al legado P. Carisius.
La epigrafía emeritense no había podido hasta ahora ser conocida de una forma completa a pesar de los esfuerzos realizados en los últimos años por J.L. Ramírez Sadaba, dándonos a conocer el catálogo de las inscripciones imperiales (2003) y juntamente con P. Mateos el catálogo de las inscripciones cristianas (2000).
Por supuesto que han sido variados e importantes los trabajos que han valorado cuestiones epigráficas concretas de tipo honorífico y funerario como el magnífico estudio de J.C. Saquete (1997) sobre las élites sociales de la colonia o la ordenación de los flamines de la provincia Lusitania por parte de.
Ahora sin embargo el foro de Emérita nos revela punto por punto la historia de la ciudad a partir del homenaje a los grandes personajes que sufragaron los principales programas constructivos como el gobernador L. Fulcinius Trio (21-31 d.C.) responsable último de la construcción del gran santuario provincial, a su praefectus fabrum L. Cornelius Bocchus, sin duda el director material de la obra.
Del «pórtico de mármol» se estudia de nuevo el magnífico fragmento conteniendo el elogium de Eneas y la novedad que representa un pequeño fragmento identificado de forma brillante como el elogium del dictador del siglo V a.C. M.Valerius Maximus.
El refrendo epigráfico en época de Domiciano para la nueva fachada escénica (hoy reconstruida) del teatro o el duovirado quinquenal honorífico de la colonia aceptado por el emperador Trajano en el año 106 y ejercido tras el nombramiento de un prefecto son otras dos novedades, magníficas, de este estudio.
Antonio Peña ha sabido asumir en este trabajo un tercer papel fundamental haciéndose responsable por igual del estudio de los materiales de la decoración arquitectónica (63 elementos) y escultórica (23 fragmentos).
Es esta una tarea que continua otros estudios anteriores realizados por J.L. de la Barrera, W. Trillmich y T. Nogales y que Peña ha sabido realizar una vez más con una mezcla de erudición y decisión proponiendo las líneas generales y las medidas concretas de la reconstrucción arquitectónica de los conjuntos monumentales de las tres «plataformas» -templos exteriores, foro y pórtico de mármol-en sus distintas etapas.
Para ello no ha dudado en proponer nuevas cronologías, siempre documentadas y razonadas de forma detallada, para los capiteles y cornisas del «pórtico de mármol», proponiendo para el mismo una nueva fecha constructiva en época flavia.
Una reflexión global sobre el modelo iconográfico y la interpretación de este «pórtico de mármol» le lleva a considerarlo un nuevo espacio de representación de los emperadores flavios que resulta ahora plenamente comprensible desde la perspectiva global del conjunto forense.
Después de los dos capítulos anteriores, el dedicado por A. Pizzo a los procesos y técnicas edilicias del complejo forense (págs. 623-663) se enmarca en una línea de estudios reciente -la Arqueología de la construcción-impulsada intensamente en los últimos años desde el Instituto de Arqueología de Mérida.
El estudio de los materiales utilizados, los tipos de aparejo, sus dimensiones, las técnicas de acabado y los morteros utilizados permiten definir con precisión la organización de las obras.
Los tipos de materiales empleados, ya sean piedras Archivo Español de Arqueología 2011, 84, págs. 305-314 ISSN: 0066 6742 locales o importadas, sillerías, mampuestos o aparejos mixtos con ladrillos, junto a la definición de las tecnologías empleadas nos permite entender el funcionamiento de las officinae edilicias y sus distintos niveles de actuación.
Las conclusiones de esta obra, de nuevo en pluma de los editores, nos presentan tanto los detalles de la configuración y restitución de los recintos monumentales en el contexto edilicio de la urbanística pública alto-imperial (págs. 667-806) como la génesis y evolución del foro de Augusta Emerita (págs. 807-831).
El lector puede así seguir paso por paso las etapas constructivas del foro, la explicación del carácter rostrato del templo principal, de los estanques insertados en su área sacra y de las características concretas de sus pórticos perimetrales.
En la segunda fase edilicia se presentan y restituyen de forma convincente en un ángulo de la plaza la posición del edificio de la curia y un edificio anexo con espacios subterráneos con probable función de tabularium / aerarium o quizás carcer.
Igualmente convincente resulta asimismo la propuesta de ubicación de la basílica jurídica a pesar del poco espacio de la misma que ha podido ser excavado.
Nuevos trabajos permitirán sin duda más adelante terminar de confirmar la disposición de su fachada hacia el foro y la definición detallada de sus espacios laterales, a la vez tribunales y salas de culto imperial.
Los autores nos presentan también primera vez una planta completa del recinto sacro del «pórtico de mármol» incluyendo todas las novedades surgidas de los últimos trabajos: horizonte anterior de casas fundacionales bajo el porticado, excavación del lado oriental del pórtico mostrando la complejidad de su estructura en dos niveles, templo central aparecido bajo la calle Baños y propileo de acceso desde la plaza forense.
En último lugar se examinan los dos conjuntos públicos vecinos al lado occidental del foro: los recintos sacros de las c.
Viñeros y John Lenon.
El primero correspondería a un gran templo sobre podio realizado con sillería de granito y que presenta, al igual que el gran templo forense, un carácter rostrato.
Es muy probable como creen los editores que se trate de uno de los primeros templos de la colonia dedicado por el paralelo que significa su planta al divus Iulius complementando al gran templo forense dedicado explícitamente a Roma y Augusto.
Por su parte el recinto monumental de la c.
John Lenon con una amplia área porticada dotada de una amplia piscina y organizada en torno a una gran sala axial pudo ser ciertamente un campus destinado a la formación de los jóvenes colonos.
Una síntesis global con restituciones volumétricas cierra esta obra admirable sobre la cual deberemos volver sin duda en nuevas ocasiones.
Nuestro agradecimiento a todos los autores por su esfuerzo, su erudición y su lucidez; pero también sobre todo por enseñarnos que una arqueología urbana bien gestionada permite escribir de nuevo los libros de historia.
JOAQUÍN RUIZ DE ARBULO BAYONA y CD con el texto y las 381 figuras en color.
Con el dinamismo y el rigor científico que caracteriza la arqueología urbana cordobesa de los últimos años, aparece esta nueva monografía dedicada a estudiar el sector occidental suburbano de Colonia Patricia donde se construyó el anfiteatro de la ciudad en el siglo I d.
C. Coordinada por Desiderio Vaquerizo y Juan F. Murillo, han participado junto a ellos 27 investigadores que han analizado la evolución histórica de este sector urbano, fruto de los datos aportados por las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo entre los años 2002 y 2008.
Hay que señalar que el título de la monografía no responde, ni mucho menos, a la ingente información arqueológica e histórica que contiene la publicación para el conocimiento de la evolución urbana de Córdoba.
Con la misma rigurosidad que se estudian los restos del anfiteatro romano, se analizan las fases precedentes a su construcción, su relación con el territorio inmediato y con el resto de las zonas suburbanas, su transformación en época tardoantigua y la creación, en época islámica, de un importante arrabal suburbano que estuvo en funcionamiento hasta finales del siglo XII, cuando la zona se convierte en un descampado ocupado por huertos y basureros.
Este espacio no vuelve a ser urbanizado hasta el crecimiento producido por la ciudad a inicios del siglo XX.
La publicación está dividida en dos volúmenes.
El primero, recoge toda la documentación y los resultados de las excavaciones arqueológicas, realizadas siguiendo el sistema de registro Harris.
El segundo volumen, presenta una serie de estudios que relacionan las fases de ocupación documentadas con los datos proporcionados por la arqueología de la ciudad en los últimos años.
Se pasa, por lo tanto, de presentar las conclusiones parciales de una intervención puntual a ofrecer un estado de la cuestión de la evolución histórica de la ciudad desde su fundación hasta la época medieval.
Este segundo volumen, estructurado en tres grandes apartados y una reflexión final, es de lectura obligada por su interés y valor histórico.
Se entrega también un CD donde se encuentra la edición en formato digital con las 381 figuras en color que en la edición impresa aparecen en blanco y negro.
El anfiteatro cordobés es identificado en el año 2002 con motivo de estas excavaciones efectuadas en el solar de la antigua Facultad de Veterinaria para habilitarlo como aparcamiento y paraninfo del Rectorado de la Universidad de Córdoba, excavaciones que se desarrollaron a lo largo de dos campañas arqueológicas (2002-2004 y 2006-2008).
Es una identificación reciente que se suma a los anfiteatros conocidos de otras colonias y municipios romanos de Hispania.
Llena, no obstante, el vacío de este tipo de edificios en la capital provincial de la Bética, dado que ya se conocían los anfiteatros de la capital de la Lusitania (Emerita) y de la Tarraconensis (Tarraco).
A pesar de lo limitado de la superficie excavada y del mal estado de conservación de los restos, se ha podido proponer las características del edificio de espectáculos y su fecha de construcción.
Las dimensiones del edificio, según los cálculos efectuados siguiendo los parámetros definidos por J. C. Golvin en su obra de 1988 L'Amphithéatre Romain.
Essai sur la théorisation de sa forme et de ses fonctions, son espectaculares, convirtiéndole en el segundo de mayores dimensiones de la arquitectura romana, después del Anfiteatro Flavio.
Con DESIDERIO VAQUERIZO y JUAN F. MURILLO (eds.)
El anfiteatro es abandonado y expoliado (en algunos sectores hasta los cimientos) en el primer cuarto del siglo IV, como demuestra la presencia en los estratos relacionados con esta fase de T.S. Africana C y de T.S. Africana D (forma Hayes 58).
El abandono debió ser realizado en un momento posterior al martirio de San Acisclo, si se acepta que fue martirizado en la arena del anfiteatro cordobés, durante la persecución de Diocleciano del 303-304.
Se propone que el expolio del edificio se debió a que fue utilizado como cantera para construir el complejo monumental de Cercadilla, el cual es relacionado con la edificación del praetorium del vicarius Hispaniarum en época de Constantino y, posteriormente, destinado a ser la sede episcopal del obispo Osio (pp. 510-518).
Con posterioridad, y todavía dentro del siglo IV, se detecta la construcción de unas estructuras de planta semicircular que se adosan a los restos del podio.
Estas estructuras se han identificado como pequeñas capillas de culto cristiano vinculadas a los mártires ejecutados en el anfiteatro, las cuales formarían parte de una amplia necrópolis suburbana (pp. 292-295).
El final de esta ocupación cultual y funeraria no ha podido ser precisado con claridad, dado que el material recuperado es residual, con cerámicas típicas de la primera mitad del siglo V d.
C. (T.S. Africana D de las formas Hayes 64 y 91), que no permiten una datación segura.
No será hasta la etapa emiral cuando las estratigrafías de este sector detectan una nueva ocupación con construcciones indeterminadas y basureros.
En época califal se documenta una serie de estancias de difícil identificación, que se relacionan con la expansión fuera murallas que se produce en la ciudad en este momento.
Expansión que se verá plasmada en época postcalifal con la creación de un verdadero arrabal, perfectamente planificado, del cual se ha podido excavar parte de sus ejes viarios y de sus manzanas regulares, con la identificación de diez casas.
El arrabal permanece habitado hasta finales del siglo XII o inicios del siglo XIII.
Estas evidencias de época islámica son contextualizadas con la información que se dispone del resto de los arrabales de Madinat Qurtuba (el del sector septentrional y el de Cercadilla, por ejemplo), de la ocupación del espacio suburbano por necrópolis y zonas industriales y de la evolución urbana dentro del recinto amurallado de la ciudad propiamente dicha.
La parte gráfica que acompaña a la publicación es excelente.
Sólo hay que comentar que se encuentra a faltar el estudio de los contextos cerámicos de las etapas posteriores a la época tardo-antigua.
Sin duda, permitirían precisar las distintas fases de la ocupación islámica y disponer de unos conjuntos cerámicos de referencia para esta época, dada la correcta metodología utilizada en el proceso de excavación.
La bibliografía, con más de 1400 referencias, es exhaustiva y sólo hay que destacar que no aparezca citada la monografía publicada en el año 1999 por el Taller Escuela de Arqueología de Tarragona (TED'A), L'Amfiteatre romà de Tarragona, la basílica visigòtica i l'església romànica, dado que se trata también, como es el caso de Córdoba, de un estudio monográfico y diacrónico del sector urbano ocupado por el anfiteatro de la antigua Tarraco.
Felicitar sinceramente al equipo de investigación que ha hecho realidad esta publicación.
Felicitarnos a todos por disponer de los resultados publicados de una intervención arqueológica urbana, cuando todos sabemos lo difícil y complicado que resulta poder publicar este tipo de excavaciones y sobre todo cuando tenemos conciencia de que miles de ellas permanecerán inéditas para siempre.
Felicitar a los editores y coordinadores de la obra por ser los impulsores de un modelo de gestión que ha hecho posible enmarcar la arqueología urbana cordobesa en un proyecto global de investigación histórica.
Modelo que nos gustaría que fuera tomado como ejemplo a seguir por otras ciudades de nuestro país con un rico patrimonio arqueológico e histórico, con la finalidad de que pudieran ofrecernos unos resultados científicos a la altura de los que se presentan en esta monografía.
XAVIER AQUILUÉ Centro Iberia Graeca [EMAIL] M.a CRUZ CARDETE DEL OLMO, Paisaje, identitad y religión.
Come argutamente sintetizza Cardete del Olmo, «Igualmente trascendente para la concepción de Sicilia fue el proceso progresivo de interacción grecoindígena y el surgimiento de una conciencia identitaria que marcaba lo que significaba ser griego, sículo, sicano, elimo o cartaginés y lo que no en el contexto siciliano» (p.
El voluminoso suplemento no 20 de la Revista Aquitania, con un total de 795 páginas, recoge las Actas del Coloquio internacional celebrado en Toulouse en 2008 sobre la decoración en el espacio arquitectónico de la Galia entre la antigüedad y la alta Edad Media.
Son 51 contribuciones que recogen las novedades de los últimos decenios, algunos materiales inéditos, la reinterpretación de otros ya conocidos, pero que sobre todo tienen por finalidad la relación, o mejor la interacción de la decoración de suelos y paredes con los espacios arquitectónicos, es decir la contextualización de los mosaicos, las pinturas y los estucos, tema al que el grupo español del CSIC dedicado a los mosaicos romanos de la Península Ibérica venimos prestando especial atención desde hace años y que se ha concretizado recientemente en el volumen XIII del Corpus de Mosaicos romanos de Hispania, dedicado a los Mosaicos de Itálica, en el que su autora, Irene Mañas, ha realizado un magnífico trabajo al respecto 1.
Para la Galia este es el primer intento se sistematización entre decoración y arquitectura, planteándose cuestiones de gran interés como si es la decoración la que se adapta al espacio arquitectónico creando una experiencia espacial, si a través de los temas iconográficos puede intuirse la funcionalidad de los espacios, y también si la elección de las diversas técnicas depende de la tradición o si en su utilización influyen factores como el lugar o la moda.
La síntesis de estos 51 trabajos ha sido organizada en cinco apartados, que se agrupan de la siguiente manera: 1.
Articulación de las decoraciones en los espacios arquitectónicos.
Por eso, no se comprende la inclusión de un trabajo que no atañe al tema planteado, ya que pertenece a otro espacio geográfico (pp. 597-609).
Como no es posible hacer un análisis pormenorizado de cada una de las contribuciones, hemos elegido solamente aquellas referidas a mosaicos.
Entre todas las colaboraciones hemos de destacar la firmada por Jean-Pierre Darmon en la que abunda sobre la «romanidad» que revela la decoración en mosaico, pintura o estuco.
Todas estas decoraciones, en especial los mosaicos, constituyen no solamente marcadores espaciales (permiten identificar la función de las estancias y la organización y disposición del mobiliario) y sociales (a través de las mismas es posible atisbar las formas del desarrollo de la vida doméstica), sino que también son vectores culturales de la perduración de tradición clásica greco-romana y de su transmisión al ámbito de las élites.
El resto de los trabajos dedicados a mosaicos difieren en su tratamiento, pero todos tienen el interés de presentar información acerca de hallazgos antiguos o recientes (algunos de estos últimos preliminares, lo que no les resta valor), que aportan datos sobre la decoración espacial de domus (Julian Boislève et al.; Jérôme Hénique; Christophe Gaston y Claudine Munier), villae (Jean-Denis Lafitte) y termas (Catherine Balmelle) marcando diferencias cronológicas y técni-cas (Anne-Marie Guimier-Sorbets), como el empleo del vidrio (Danièle Foy) y de las crustae parietales (Emmanuelle Boube).
En el caso de Nîmes y de Villevieille, los restos de trazas de preparación del pavimento ayudan a comprender mejor la forma de trabajo de los mosaistas (Raymond Rogliano) un tema éste que cada vez más se va abriendo paso en la investigación y ocupando un lugar de primer orden.
Giordana Trovabene cierra este grupo llamando la atención sobre los códices miniados como soportes transmisorios de los modelos decorativos de la tradición tardoantigua en el Medievo.
Y ya de manera general, de gran interés son los trabajos de Renaud Robert y Gaëlle Herbert de la Portbarrée-Viard sobre literatura y decoración, ya que ponen el dedo en un tema tan candente como el de la inspiración de la decoración en la obra literaria o a la inversa.
Además del contenido científico del volumen, hay que poner de relieve la cuidada edición que incluye figuras, planos, restituciones, fotografías, de una calidad esmeradísima y que convierten al suplemento de Aquitania, a pesar de su difícil manejo, en un libro imprescindible en la investigación actual sobre la decoración y el espacio arquitectónico. |
Escribo estas líneas en su recuerdo en Archivo Español de Arqueología, porque Adela Cepas estuvo durante mucho tiempo ligada a esta revista realizando diversos trabajos de redacción, preparación de índices, preparación para su soporte informático y porque colaboró en la revista publicando varios artículos.
Las escribo, también, porque fui el director de su tesis doctoral que se publicó igualmente en los Anejos de Archivo, y finalmente, por la emoción y tristeza que me causa su desaparición.
Adela era Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense y había estudiado y obtenido un master en la Universidad de Bradford (Inglaterra).
Un día descubrí que había publicado en la serie British Archaeological Reports un libro titulado The North of Britannia and the North West of Hispania.
Esto era inusual en un autor español en aquella época.
Decidí hablar con ella y convencerla para que trabajase en nuestro departamento "Rodrigo Caro" y le propuse un tema de tesis doctoral.
La convencí para que trabajase sobre "la crisis del siglo III d.C.", un tema que me preocupaba desde hacia tiempo y que había sido objeto de algún articulo mío.
Aceptó, pero a regañadientes.
Tuvimos muchas discusiones y tensiones, a veces fuertes, sobre el método y por el cómo abordar el tema.
Adela no era persona fácil y tenia una fuerte personalidad.
El final fue excelente y se llevó las máximas calificaciones en el doctorado.
En un reciente coloquio, celebrado en Cartagena, sobre el mismo tema de su tesis, su obra ha sido de las más citadas por todos los participantes y ahora un investigador francés, Laurent Brassous, ha escrito otra tesis, que será publicada en breve, que sigue, en general, la estela de las investigaciones de Adela Cepas.
Después de la tesis, Adela siguió asociada al Departamento de Arqueología del CSIC.
Se entusiasmó por el proyecto TIR (Tabula Imperii Romani, páginas de la Península Ibérica) en el que trabajo incansablemente y con gran eficacia hasta la finalización del mismo.
El resultado final fueron una serie de artículos suyos sobre el territorio en época romana tema en el que acabo siendo una especialista.
Pero los intereses científicos de Adela eran inagotables.
Trabajó y publicó sobre numismática romana y durante años colaboró en la catalogación y estudio de la documentación del Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia.
Pasó temporadas en el Departamento de Numismática del British Museum, periodo que se tradujo en el artículo A. Cepas Palanca, R. Bland y M. Tosdevin, "Bowcombe, Isle of White", en R. Bland y J. Orna Ornstein (eds.), Coin Hoards from Roman Britain, London, British Museum, 1997, 264-278.
De nuevo en el Departamento de Historia Antigua y Arqueologia del Centro de Estudios Históricos del CSIC con una beca postdoctoral de la Comunidad de Madrid, trabajó con la Prof. Ma Paz García-Bellido, que fue su tutora.
Preparó las fichas de las monedas de la Colección Collantes y participó en las actividades de los proyectos de la Profa García-Bellido, especialmente los Encuentros Peninsulares de Numismática Antigua:
-"Uso de la numismática como documento histórico: las invasiones del siglo III", en Ma.P. García-Bellido y R.M.S. Centeno (eds.), La moneda hispánica.
Ciudad y territorio, Actas del I EPNA, Madrid, CSIC, Anejos de Archivo Español de Arqueología XIV, 1995, 125-128. -Con Y. Álvarez y L. López, "Circulación monetaria en zonas mineras: el poblado de O Castelo (Orense)", en R. M. S. Centeno, Ma.
P. García-Bellido y G. Mora (eds.), Rutas, Ciudades y Moneda en Hispania, Actas del II EPNA, Madrid, CSIC, Anejos de Archivo Español de Arqueología XX, 1999, 147-156.
Fue Miembro del FES GROUP (The Foundations of the European Space.
Community, Territory and Political System in Early Medieval Europe), creado en 2004 y dirigido por el Dr. Julio Escalona, del CSIC y formado por investigadores españoles y británicos.
En 2009 y 2010 fue contratada por el Instituto Arqueológico Alemán para trabajar en el Centro CIL II (Universidad de Alcalá), bajo la dirección de la directora del Centro, Dra.
Helena Gimeno Pascual, en la documentación del Proyecto de la nueva edición de las Inscriptiones Hispaniae Latinae, controlando y extractando publicaciones de los conventus Tarraconensis, Carthaginiensis e Hispalensis.
Su experiencia en geografía antigua y en sistemas de localización de puntos con GPS Garmin resultó muy valiosa para el Proyecto.
Adela era una persona diferente, tenia un aire aristocrático, era independiente, se movía a su aire sin pretensiones vanidosas o llamativas, pero su trabajo era eficaz, competente y sus escritos así lo demuestran.
Quizás es más apreciado fuera que dentro de España.
Ciertamente en el Departamento del CSIC sufrió la incomprensión de algunos capitostes, pero ella siguió adelante deportivamente sin abandonar nunca su pasión por la Historia y la Arqueología romanas (Adela era, por otro lado, una gran deportista).
Amaba la opera, Proust y la jardinería.
Su nombre estará siempre asociado a su magnifica tesis sobre "la crisis del III" y, naturalmente, a La Tabula Imperii Romani y a los momentos gloriosos del Instituto "Rodrigo Caro".
Estará siempre en nuestro recuerdo. |
El edificio elíptico encontrado al norte del Areópago de época geométrica, reconvertido en depósito votivo en el siglo VII, sirve para reflexionar sobre el proceso de formación de la polis y el tránsito de la basileia a otras formas de gobierno aristocráticas y colegiadas en los orígenes de Atenas, en relación con determinados cultos que se convierten en referentes de toda la comunidad.
PALABRAS CLAVE: "casa oval", formación de Atenas, basileia, aristocracia, cultos del Areópago.
El siglo VIII es un momento crucial de la historia de Atenas, pues fue el siglo en el que se produjo el "nacimiento de la polis" en este entorno y en otros muchos lugares de Grecia.
En Atenas, este proceso acelerado estuvo imbricado, con el de la unificación del territorio o sinecismo que hemos analizado en otros trabajos y que tuvo probablemente dos "hitos" importantes ligados a la "cristalización" de la ciudadestado, hacia mediados del siglo VIII, es decir coincidiendo con el inicio del Geométrico tardío I (760-740) (Valdés 2010;2012: 137), y en el tránsito del Geométrico al Protoático (Rocco, 2008), en torno al 710/700 (asociado al mito de Teseo: Valdés 2001: 164, n.
En estas páginas vamos a centrarnos en un espacio cuyos restos arqueológicos dan pie a la reflexión sobre la actuación y el protagonismo de determinadas familias en los orígenes de la polis, en momentos en los que hay una "recesión" de la basileia, frente al gobierno colegiado de los nobles del Ática, pero en el que esos mismos nobles, especialmente los de Atenas, se vinculan a ella como forma de prestigio y de reivindicar su antigüedad, autodefiniéndose posiblemente ya como los hijos de "buenos padres", Eupátridas, y considerándose los más nobles entre los aristoi.
Nuestra reflexión girará especialmente en torno a una de las principales familias aristocráticas de Atenas durante el arcaísmo, los Medóntidas, la familia de los últimos reyes de Atenas.
Nos proponemos igualmente tratar de ahondar en el vínculo, estudiado por A. Mazarakis Ainian, entre "casa de jefe" y lugar de culto y -podemos añadir-lugar de gobierno, en este periodo, especialmente en relación con la "casa oval" del Areópago y el depósito votivo que se encuentra en ese lugar aproximadamente desde el segundo cuarto del siglo VII.
En la ladera norte del Areópago se construyó hacia finales del siglo IX un edificio llamado la "casa oval", con un plano elíptico asimétrico (Fig. 2) (Burr 1933; Mazarakis Ainian 1997: 86-87.
La "casa" formaba parte quizás de un complejo más amplio con otras construcciones, pues se han hallado huellas de una pared (AA) contemporánea que sale del edificio hacia el sudeste (Figs.
En fechas posteriores (s. VII) este espacio se utilizó parcialmente como depósito votivo de carácter ctónico (Fig. 4).
Se ha especulado mucho sobre la funcionalidad de este espacio.
Esta interpretación se enfatiza por el hecho de que el edificio se construyese sobre una tumba de un niño (y otras probables tumbas) del Geométrico temprano (inicios del siglo IX), en una zona de enterramientos que van del Geométrico temprano (EGI) al Geométrico medio I (hasta el 800), momento que coincidiría con la construcción de la casa (D'Onofrio 2001: 265-267, 275); en este sentido pudo ser posible una heroización o un culto a un muerto/ancestro anónimo (Whitley 1994: 225).
Otros autores no ven tan clara esta funcionalidad funeraria o religiosa, dejando abierta la puerta a la posibilidad, sugerida al inicio por Burr, de que fuese una residencia (Antonaccio 1995: 122-6; Mazarakis Ainian 1997: 87), especialmente D'Onofrio (2001: 284-285), que lo compara con la unidad I-IV de Latouresa, y señala la ausencia de material inequívocamente relacionado con actividad religiosa.
Recientemente Eijnde (2010: 113) ha interpretado el edificio como hall de banquetes para agasajar a invitados.
Si este espacio fue lugar de residencia, entonces la teoría de Mazarakis Ainian de la transformación de las "casas de jefes" en lugares de culto al inicio de la polis es sugerente para este espacio en el que se inicia un depósito votivo después del aparente abandono del edificio, como vamos a ver ahora.
Además en este entorno se produciría también una conexión clara y una sucesión interesante entre una "casa de jefe" y un lugar de gobierno (prytaneion) posterior, pues en las cercanías de la "casa oval", asociada a una familia importante -probablemente a la de los basileis de Atenas (tanto si su función era la de residencia como si se trataba de un lugar de reunión para el culto funerario, en un entorno de enterramientos, que en cualquier caso se da también, en asociación con los hábitats: Morris 1987: 65; D'Onofrio 2007-2008)-se estableció uno de los principales consejos (Rhodes 1981: 313) del arcaísmo, el Areópago.
Sin duda este vínculo se produjo también entre el lugar de reunión de los basileis y el basileus en otra zona de Atenas, que algunos autores han relacionado asimismo con la morada de los basileis, al este de la acrópolis, y el establecimiento de un lugar de gobierno y de culto central en la ciudad, el Pritaneo, sede de Hestia, que pudo tener su origen igualmente en época geométrica (Miller, 1978: 21-22, 53).
2 Es posible incluso que la construcción de la casa oval del Areópago, hacia finales del siglo IX, en una zona de enterramientos que pudo estar vinculada con la basileia de Atenas, pudiera tener que ver con el inicio del uso del Pritaneo, al este de la acrópolis, para acoger reuniones, primero esporádicas y luego más frecuentes y sistemáticas, del basileus y su consejo de basileis (para estos: Gagarin 2000) con los miembros de la élite del resto del Ática, en momentos en los que se iniciarían contactos y una coordinación "militar y política" que se habría regularizado, como hemos defendido en otro lugar, hacia mediados del siglo VIII (al inicio del Geométrico tardío, en el 760 aprox.) pero que se habría iniciado antes (Valdés 2010;2012).
A finales del siglo IX no solo se produce un aumento de la riqueza de la élite del Ática con una "descentralización" importante en este sentido (Coldstream 1977: 78, 133), sino también un inicio de fortificaciones en varios puntos del Egeo que indican, según Snodgrass, peligros derivados del recrudecimiento de la piratería y de posibles ataques por mar (Snodgrass 1983: 79;2006: 275).
Hemos relacionado estos hechos en otro lugar con las causas que las fuentes y las tradiciones míticas relacionan con la "primera unificación" del Ática, la de Cécrope, en la que se reúnen los distintos representantes de los núcleos (poleis) del Ática en el centro (Atenas) para deliberar con el basileus, en caso de "peligro exterior", para una actuación conjunta (Filócoro FGrHist 328 F 94 (= Estrabón, 9.1.20 -397-);Steph., Byz.
Este sería el momento en el que aquellos miembros de la élite del Ática que poseían barcos, los naucraros (llamados "prítanos": Valdés 2002a: 57, con bibliografía), los pondrían a disposición del basileus para luchar por un objetivo común.
Entre el Geométrico Medio II y el Geométrico tardío se inician precisamente las representaciones navales en la cerámica geométrica (Ahlberg 1971: 66), que se hace mucho más profusa al inicio del Geométrico tardío I (760), con las representaciones de la esuela del Maestro de Dipylon (Alhberg 1971: 66-70.
En este contexto en el que el Pritaneo, al este de la acrópolis, probable lugar habitual de reunión, banquete y deliberación del basileus y su consejo de basileis (y para algunos morada del basileus en el origen: Miller, 1978: 21-22, 53), pasa a convertirse en espacio habitual de reunión con otros nobles de lugares alejados del Ática, institucionalizándose progresivamente como lugar de gobierno, tiene cierta coherencia pensar en la búsqueda de un lugar más Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 9-21 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.085.012.001
3Determinadas tradiciones posteriores en efecto asocian el Areópago con los basileis de Atenas, especialmente con Codro, lugar en el que se refugiaron como suplicantes (en el altar de las Euménides) algunos lacedemonios en el momento de la invasión del Ática repelida por el sacrificio del rey.
4 En las cercanías de este espacio se encontró, por otra parte, una inscripción posterior, del siglo V, de la fratría de los Medóntidas (IG I 2 871; Hedrick 1991: 245).
El Areópago, además, se asocia con otros reyes anteriores en mitos y tradiciones como la de Orestes acogido en el Areópago (¿en su residencia?) por el héroe Menesteo, presentado como rey.
5 Esta tradición es probablemente antigua dada la sustitución -realizada ya en época arcaica-de este héroe en varias de sus funciones por otros héroes como especialmente Teseo y los Teseidas (Valdés 2010: 93-97).
En el Areópago Orestes resulta absuelto.
Sin duda, como aparece en Homero, la residencia del rey, se convierte en lugar de deliberación con su "consejo" (Carlier 1984: 145, 154-155) no solo política sino también judicial, así como en lugar de sacrificios y libaciones realizados por el basileus (Mazarakis Ainian 1997: 369.
La tradición en este sentido del Areópago como tribunal y como consejo de estado en el arcaísmo desde el siglo VII (Valdés 2002a: 49), lleva a plantearse en efecto la posibilidad de la utilización de este espacio y su entorno como lugar de reunión del basileus y de su consejo con comidas comunes para deliberar juntos y quizás, para juzgar, sin excluir la realización de sacrificios.
En este sentido, si la función de esta "casa" fue más bien cultual en relación con ancestros muertos o con algún culto heroico, pero vinculada a la familia real y por tanto lugar emblemático de reunión de estos y sus allegados, también podría entenderse la elección de un lugar en las cercanías (la colina del Areópago) para deliberación común de los nobles y sede de juicios presididos por el basileus.
En este caso la significación religiosa del entorno se ampliaría también al conjunto de los ciudadanos, pudiendo estar relacionada con la actividad política y judicial realizada en el Areópago en el siglo VII.
El depósito votivo de este siglo, con un carácter ctónico muy marcado, hallado en el entorno de lo que fue la casa oval del Areópago, tiene visos de cumplir esta función como veremos ahora.
La relación del Areópago con los Medóntidas y otros reyes de dinastías anteriores en el mito, así como la función judicial del mismo, en la que desempeñaba un lugar muy importante el basileus en los inicios de la polis (Gagarin 2000), apoyan la tesis de que esta colina y su entorno fueran un espacio significativo en relación con los últimos "reyes" de Atenas, posiblemente como su lugar de residencia y de enterramiento, sin excluir el culto a ancestros muertos, así como probable espacio para dirimir disputas y para juicios.
Pero además la cronología del edificio oval da pie a la reflexión también en torno a la transformación de la basileia en una magistratura en el origen de la polis y en el "gobierno", colegiado con el resto de los nobles, de los últimos Medóntidas, pues coincide significativamente el probable final de la utilización del edificio oval o el cambio de funcionalidad de este espacio, en el último cuarto del siglo VIII, con la fecha del final del gobierno de arcontado-basileia decenal de los últimos Medóntidas, situado en la tradición en el 713, pocos años antes del inicio del arcontado anual (Carlier 2005; Cadoux 1948).
6 El entorno cercano se convertirá, por otra parte, en la sede del Consejo/Tribunal aristocrático más emblemático del arcaísmo, el Areópago, en el que participaban los miembros de la élite en un gobierno conjunto y que se inicia posiblemente como Consejo de estado, con un probable carácter territorial, en el momento del final del proceso de sinecismo, en torno al 700, como hemos argumentado en otro lugar (Valdés 2002a: 49;2012: 217).
El basileus se convierte en una magistratura electiva sin relación aparente con una familia determinada y a partir de inicios del siglo VII, anual, pero sin duda preservó parte de sus prerrogativas religiosas y judiciales, en relación, de modo especial, con el homicidio (Gagarin 2000).
Según una ley soloniana (Plu., Sol., 19.4 7 ) que menciona las instancias judiciales anteriores al legislador en casos de homicidio, degüellos (sphagai) o intentos de tiranía, se alude no solo a los basileis (probablemente el basileus y su consejo de basileis (Carlier 1984: 145 y 350 con n.
Estas tradiciones junto con otros elementos como la paulatina desaparición de la basileia como "realeza" con su transformación en una magistratura (unas tradiciones los hacían arcontes y otros reyes: Carlier 1984: 363, 368) y la aparición progresiva de otros magistrados temporales (Arist., Ath.
3), a veces en situación de tensión/colaboración con el basileus (como el polemarco, ayudante del basileus: Arist.
235 Valdés 2010: 90, 96) lleva a pensar en la sustitución de la basileia por el gobierno colectivo de los nobles en el origen y formación de la polis como un proceso que conllevó tensiones.
8 Basileis también en la ley de Dracón de Homicidios (IG I 2 115); Gagarin 2000: 571-572. denan 9 en estos juicios sino también como los que se sientan para este cometido, en diversos organismos que tienen posiblemente la capacidad de decisión final, mencionándose el Areópago, entre ellos.
Los "reyes" se sentaban, consecuentemente, tanto en el Areópago como en el Pritaneo (sede del tribunal de los phylobasileis 10 ) para la instrucción de los procesos judiciales en el siglo VII (Gagarin 2000: 573).
Hacia finales del siglo VIII se produce la transformación de este espacio de la "casa oval" en depósito votivo que abarca la primera mitad del siglo VII (hasta 640 aprox.), con cerámica, escudos y figurillas de terracota, entre los que se encuentran caballos, grupos de caballos (fig. 5 Las ofrendas son similares a las halladas en el culto heroico de Menidi, en Eleusis y en la Acrópolis (Burr 1933: 615: 637; Scholl 2006: 90), por lo que se ha especulado, como se señalaba más arriba, so-9 El basileus y los basileis probablemente instruyen todo el proceso y dictan la sentencia pero los que deciden son, como en la ley de Dracón (ver nota anterior), otras instancias como los éfetas (o el Areópago); ver Gagarin 2000: 569-570, 572.
Posiblemente allí realizaba también el rey la proclamación prohibiendo al criminal la entrada en el ágora y en los lugares sagrados que según Demóstenes se remonta a Dracón (Demóstenes, 20, Leptines, 158).
En la placa también se representan flores que en algunos lugares, como en Sición, eran ofrecidas a estas diosas que propiciaban la fertilidad, como veremos más abajo; cerca de Tirinte, por ejemplo, se representa a estas diosas con una serpiente en una mano y una flor en 11 Es también digno de mención la existencia de una "casa oval" similar a la del Areópago en Tourkovounia, que se inicia justo en el momento en el que finaliza la vida de la del Areópago: cf. Mazarakis Ainian 1997: 67-88.
Las ofrendas son similares a las de Menidi y a las del depósito del Areópago.
Ver próximamente: Valdés 2012: 179. la otra (Brown 1984: 261); en un fragmento órfico, las Euménides, hijas de Pluto y Perséfone, son llamadas anthesiourgoi (Orph. fr.
Según Burr el depósito habría que conectarlo con un santuario cercano, sobre la colina del Areópago, de estas diosas ctónicas, las Erinias/Euménides atenienses.
Burr supone que el depósito posiblemente se rellenó con material de desecho (donado en acción de gracias por los absueltos) del santuario de las Semnai hacia el 630 o en el último cuarto del siglo VII (la mayor parte del material es del segundo cuarto del siglo VII: Burr 1933: 640), y relaciona el episodio con el atentado ciloneo y la purificación de Epiménides.
Sin embargo, parece que las fuentes apuntan a la purificación del cretense en Atenas una generación más tarde, hacia finales del siglo VII.12 Además el entorno pudo utilizarse no solo como depósito votivo sino con una significación religiosa en sí misma, vinculada todavía al hogar de los restos de la casa oval, como ha propuesto D' Onofrio (2001: 288), quien señala que el material del siglo VII que precede al depósito podría estar relacionado con el uso doméstico de la casa oval (D'Onofrio 2001: 284).
En este caso se habrían realizado allí rituales, con probable significación religiosa, que, por el tipo de cerámica, se relacionan con el consumo de vino (D'Onofrio 2001: 294), lo que junto con los caballos (y el trípode), remite al mundo de la aristocracia en su versión agonístico/guerrera (por los escudos) y simposiástica (el vino).
Uno de los vasos (Fig. 9) (Burr 1933: fig. 37) específicamente ha suscitado controversia, pues se ha definido o bien como crátera (para mezclar agua y vino) o como louterion, en cuyo caso se habría utilizado para libaciones y purificaciones.
D'Onofrio ha asociado los vasos y el louterion/ crátera, así como el trípode de miniatura hallado dentro de una crátera, con un rito que sella la solidaridad, sin duda aristocrática, de los participantes en el rito, quizás un juramento (D'Onofrio 2001: 297 y 309, con n.
119), lo que resulta sugerente si se interpretan los restos en relación con el vecino consejo/tribunal del Areópago, inaugurado probablemente por las mismas fechas (inicio del siglo VII) probablemente, como hemos señalado en otro lugar, con un juramento (Valdés 2000).
Volveremos ahora sobre ello.
El santuario de las Semnai pudo ser el lugar de la matanza de los cilónidas o al menos estar vincu-lado a él (Th.,1.126.11), pues los inculpados llevaban un hilo desde el templo de la diosa en la acrópolis que se rompió "cerca del templo de las Semnai" (Plu., Sol., 12.1); Los Cilónidas probablemente bajaban a un juicio al Areópago como señala un escolio a Aristófanes 13 y aunque en Tucídides son los arcontes los que tienen plenos poderes para decidir (Th., 1.126.8) y en Heródoto (6.71) son los prítanos de los naucraros, posiblemente el caso iba a ser transferido al Areópago, como ocurriría en los casos controvertidos como éste (Humphreys 1983: 237).
Existiría una transferencia (ephesis) al Consejo/Tribunal como puede entreverse en las noticias de Aristóteles (Ath., 4.4) cuando menciona que "el Consejo del Areópago... vigilaba a los magistrados para que mandasen conforme a las leyes.
Y podía el agraviado denunciar ante el Consejo del Areópago, indicando contra qué ley se le hacía injusticia".
Aristóteles indica también la capacidad del Areópago de castigar con penas corporales y pecuniarias sin apelación (Arist.
De este modo, el lugar de culto de las Semnai pudo ser objeto, por el miasma derivado del asunto ciloneo, de una reestructuración inmediata después Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 9-21 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.085.012.001 del hecho, hacia el 630, momento en el que quizás, como supone Burr, se vierte material de desecho de un santuario cercano en el depósito (Burr 1933: 636 ss), sin dejar de considerar la utilización anterior de este espacio con una significación religiosa per se como propone D'Onofrio ( 2001), quizás durante la primera mitad del siglo VII.
Con Epiménides (Federico y Visconti 2002; Federico 2002: 77-128), el lugar de culto de las Semnai Theai (Henrichs 1994), se purificó de nuevo y el culto se reestructuró hasta tal punto que se atribuía al purificador cretense su fundación en Atenas (D.L. 1.112), mientras que otras tradiciones (como las que narran el atentado ciloneo) suponían una existencia anterior.
Epiménides restaura la "pureza" del culto a las Semnai, manchado por el atentado ciloneo.
129), es sugerente no solo por su carácter marcadamente ctónico, por hallarse en las cercanías del Areópago y por la placa de la diosa con serpientes y flores hallada en el depósito, sino porque las Erinias están de algún modo conectadas también con los espíritus de los muertos (Johnston 1999: 250; Jameson et alii 1993: 79), llamadas Arai en Esquilo,14 lo que se manifiesta de forma particularizada en los espíritus de los muertos de determinadas familias; no en vano estas divinidades están asociadas a la "ley familiar" en Homero.
15 Las diosas están además también vinculadas a los procesos por homicidio desde fechas muy tempranas, como diosas de los juramentos (ligados a los procesos judiciales arcaicos) que persiguen a quienes los quebrantan.
16, 17 En fechas posteriores las Semnai están estrechamente imbricadas con los procesos judiciales de homicidio que se realizaban en el Areópago (Henrichs 1994: 40 y 45-46).
18 No es impensable que este lugar de enterramientos de una familia importante, pudiera haberse vinculado a un culto ctónico, quizás de origen funerario, asociándose tempranamente a estas divinidades femeninas, hijas de la Tierra en Hesíodo, 19 que podrían recibir culto en las cercanías, como veremos ahora; en principio estarían implicadas fundamentalmente determinadas familias o linajes (el de los Medóntidas) y luego, en el siglo VII, se ampliaría al resto de la comunidad, haciéndose "público", es-pecíficamente, sobre todo, a partir de Epiménides, que refunda el culto.
Al mismo tiempo el lugar, tradicionalmente vinculado al basileus y quizás a juicios presididos por él, pudo tener una continuidad con la reunión de aristócratas en este entorno (con banquetes y consumo de vino), probablemente vinculado a la fundación, en las cercanías, del consejo/tribunal de estado por excelencia, encargado de los homicidios pero también del gobierno de la ciudad (Valdés 2002a: 49), quizás como un lugar originario (abandonado después) para comidas o cenas en relación con los miembros de este consejo/tribunal, como la tholos con respecto al Consejo de época clásica.
En fechas posteriores se recogen estos aspectos múltiples, del vínculo con los juicios por homicidio, 20 así como los aspectos ctónicos de estas diosas relacionadas también con la fertilidad, que constituye la otra cara de la moneda de los aspectos purificatorios (Valdés et alii 2007: 42 con nn.
9 y 10), 21 en un lugar probable de acceso al mundo subterráneo, en el que están representadas asimismo en época posterior las imágenes de Pluto, Hermes y Gea 22 (Clinton 1992: 19-20).
El Areópago está también asociado en la tradición con el dios Posidón, pues allí se enfrentaron Ares y Posidón en el juicio del primero por la muerte de Halirrotio, el hijo de Posidón, que resulta absuelto.
23 En esta colina el culto de Ares, especialmente venerado en las Boedromias, la fiesta de la guerra, y vinculado con una reestructuración importante del ordenamiento de la ciudad que se transfiere en época posterior al mito de la invasión de las amazonas (Valdés 2000), pudo sustituir al de Posidón que habría podido estar ligado a las Erinias/Euménides, como en otros lugares, y a Deméter, quien recibe culto en las cercanías al menos desde el alto arcaísmo, en el Eleusinio (Miles 1998: 15; Eijnde 2010, 128;D 'Onofrio 2007D' Onofrio -2008, fig. 2), fig. 2).
Posidón en Atenas se asocia con la figura de Melanto, el padre de Codro, reconocido como epíteto del dios 24 (Pauly, RE, 1931, Bd.
Posiblemente el modelo de culto al aire libre, vinculado a un temenos, a una colina o un alsos, asociado con frecuencia a Posidón, característico de la época oscura y con escasa visibilidad arqueológica (Sourvinou Inwood 1993), se encuentra detrás de los cultos arcaicos (y luego voluntariamente arcaizantes) de Posidón/Deméter/Erinias que encontramos en varios lugares de Grecia como en la colina, cercana a la Academia, de Colonos Hippios, lugar de culto de Posidón de los caballos, pero también de Deméter y de las Erinias, y acceso al mundo subterráneo.
25 En este sentido se encuentran también los cultos de Posidón Heliconio, las Erinias/Euménides y Deméter Eleusina en Mícale (Hdt., 1.148; Str., 14.1.20.
En época geométrica la casa oval, que formaría parte de un complejo más amplio de residencia de una familia principal (los Medóntidas), lugar por tanto de deliberación y de juicios, situada junto a su lugar tradicional de enterramientos del siglo IX (D'Onofrio des que se mencionan en otros contextos de sinecismo y que aparecen igualmente en el juramento de los efebos.
30 Los nobles que empiezan a reunirse en el Areópago como consejo/tribunal de estado en estos momentos (y que quizás cenan o se reúnen para beber vino en el espacio cercano del edificio oval), procedentes de diversos lugares del Ática, son considerados todavía sin duda como xenoi con respecto al asty, como las Erinias, calificadas en la tragedia posterior como metecas (Esquilo, Eu., 1011 y 1018.
En este contexto de las Boedromias, del culto de Atenea Areia y Ares y de las Erinias en relación con los kouroi, tienen coherencia también los hallazgos de escudos en este depósito (Burr 1933: 609).
Tanto si este espacio se utilizó de forma puntual o durante un tiempo para conmemorar un pacto con un juramento y para realizar una serie de ritos de cohesión aristocrática vinculados al simposio y a la actividad agonística (sin descartar tampoco su utilización en torno al 640/30 como depósito votivo), como si solo fue usado como lugar de desecho de material votivo de lugares significativos tanto polí- tica como religiosamente de su entorno, parece que sus restos pueden vincularse con la actividad política y religiosa del Areópago cercano.
En este sentido viene al caso también el descubrimiento en este entorno de discos de terracota.
Es interesante la interpretación de D'Onofrio (2001: 315) que los vincula a la actividad judicial y a las votaciones.
Aunque esta autora los asocia al probable edificio identificado con la Heliea del inicio del siglo VI (Boegehold 1995: 99-103), tiene más coherencia, por las fechas, pensar en su relación con el también Consejo y Tribunal del Areópago que se encuentra en sus cercanías, como postularon, en su día, Greco y Torelli (Greco-Torelli 1983: 86); 31 aunque el ágora de Cécrope se sitúa al este de la acrópolis, junto al santuario de Aglauro (Dontas 1983), la zona del areópago es también un centro cívico fundamental (Valdés, 2000;2004, con bibliografía).
El vínculo de la zona con los ancestros muertos no terminó de romperse si consideramos el témenos triangular (Fig. 12) del siglo V (similar al de Cerámico), quizás como lugar de culto a ancestros (a los Tritopátores), que tiene restos que se remontan al siglo VII (Lalonde 1968: 123-133; Antonaccio 1995: 121-2; Stroszeck 2010), similares a los del depósito votivo de la casa oval (D'Onofrio 2001: 290).
Tal vez el culto a los ancestros de la familia principal de la zona continuó en este lugar.
El espacio vinculado a un genos (posiblemente los Medóntidas) con una significación político-judicial y religiosa especial en época geométrica, se transforma, en conexión con la colina cercana del Areópago, en referente de toda la comunidad de aristoi en el tránsito del Geométrico al arcaísmo con la formación de la polis.
La "casa del jefe" se reutiliza en relación con el culto ctónico, el de las Semnai Theai (tal vez ya existente desde antes como Erinias vinculadas con Deméter y Posidón en la cercana colina), así como con el espacio asociado al gobierno, en este caso "colegiado" de los nobles de Atenas, reunidos por el sinecismo y sellado con un juramento ligado a Ares (que relega a Posidón) y a Atenea Areia, en momentos en los que la basileia como forma de liderazgo y de gobierno desaparece, pero los nobles, especialmente los 30 Valdés 2000: 43.
Pélékidis 1962: 110; Brulé 1987: 33; Poll., 8.106; D., (19) Eupátridas, se definen en relación con ella, como fuente de legitimidad y elemento de prestigio, no sólo genealógicamente, 32 sino, vinculándose, en el caso analizado, a este espacio sacralizado.
La razón por la que se eligió la colina del Areópago como emplazamiento para el nuevo Consejo inaugurado con el sinecismo podría tener que ver, por tanto, con la posible asociación de la cercana "casa oval" con la "casa real" de Atenas de los Medóntidas, produciéndose, en el entorno que abarca la colina y sus inmediaciones (la ladera norte), una "sucesión" de casa de jefe y lugar de gobierno, vinculados ambos con cultos que se abren también, especialmente a partir del siglo VII, a una dimensión "pública". |
El nuevo estudio de tres figuras de bronce de tipo etrusco e itálico permite reconsiderar el dossier de la vajilla metálica importada en el Mediterráneo occidental.
En primer lugar, una completa descripción de cada figura autoriza consideraciones acerca de la procedencia así como su correcta función original.
En segundo lugar, se ofrece una revisión de la vajilla metálica etrusca e itálica recuperada en la Península en la que se incluyen nuevos hallazgos.
Este catálogo organiza los distintos tipos de importaciones de manera exhaustiva.
Finalmente, se contextualizan los tres fragmentos examinados en la primera parte, destacándose respecto a las importaciones estándar.
Como resultado, para dos de las tres piezas, la procedencia de contextos arqueológicos del mediterráneo occidental es difícil de aceptar.
En los últimos años, especialmente a partir del Congreso de Barcelona de 1990, la atención dedicada a la presencia de materiales de procedencia etrusca e itálica en la Península Ibérica ha aumentado considerablemente.
Normalmente el interés ha sido hacia las relaciones entre Oriente y Occidente del Mediterráneo antiguo, a veces con valoración del rol desarrollado como intermediario por parte de las culturas de la Península Itálica, particularmente Etruria.
Entre estos trabajos destacan las síntesis catalanas, por un lado (Aquilué et alii 2006; Graells 2010; Sanmartí, Asensio y Martín 2006) y las visiones del conjunto peninsular, por otro (Llobregat 1982; Almagro-Gorbea 1992 El estado actual de conocimiento, a falta de una síntesis profunda y completa sobre el argumento, permite delinear con cierta precisión un cuadro de los testimonios etrusco-itálicos recuperados en la Península Ibérica.
Ello contribuye a la reconstrucción del flujo y la distribución de los materiales de manera diacrónica, desde la Primera Edad del Hierro.
A tal efecto, el análisis de los materiales permite identi-ficar las fases y frecuencia de recepción de las importaciones, siguiendo rutas bien delimitadas en el Mediterráneo centro-occidental y a lo largo del Golfo de León1, que se estructuran alrededor de unos grupos tipológicos y funcionales concretos.
Además, el catálogo de hallazgos muestra de manera frecuente casos de difícil interpretación2, de los que aquí analizamos tres.
La ausencia de contexto, la distancia respecto a la norma definida por las tipologías realizadas con los materiales contextualizados y la posición anómala en áreas donde la presencia etrusca e itálica arcaica es ausente o muy débil son los argumentos que obligan a considerar algunos casos de manera particular.
Apliques de bronce figurados, únicos y en buen estado de conservación, son conocidos únicamente a partir de hallazgos extraordinarios que, de aceptarlos, convierten en norma lo que debería ser excepción.
Más problemático es, si cabe, cuando estos objetos han sido vendidos después de su hallazgo en una zona imprecisa, a veces indemostrable o fuera de toda lógica con datos arqueológicos, como ocurre, por ejemplo, tanto con la figura de Royos, Capilla, Llano de la Consolación, Raso o Rafal de Toro que seguidamente comentaremos.
Deberíamos pensar, pues, que se trata de una estrategia comercial y, consecuentemente, en un falseamiento de la documentación arqueológica.
Otros casos, también descontextualizados, en cambio, pueden responder a hallazgos casuales, también excepcionales, pero explicables dentro de una lógica del tipo de importación o por la falta de identificación de la pieza, al menos para propósitos comerciales.
Recordemos el fragmento de asa de enócoe etrusco de Cuenca, identificado como fragmento de figura romana y que procede de un área donde la presencia de vasos metálicos etruscos es conocida, además de corresponder a un tipo presente ya en la Península (Graells 2008b).
De manera opuesta, identificado por el contexto, se ha rechazado la espada de tipo Terni, hasta hace poco considerada como el testimonio más antiguo de contactos entre etruscos y la Península Ibérica.
Recientemente ha sido reexaminada por parte de D. Brandherm (2007, 1, n.
4) que ha destacado la procedencia dudosa y ha reconstruido el recorrido anticuario argumentándolo en base a la incoherente presencia tanto en relación al contexto cultural local como a su encaje en los mapas de distribución y las dinámicas documentadas arqueológicamente.
De este modo, es importante recordar como a menudo el estudio de los materiales de colecciones y hallazgos antiguos tiene el problema de la falta de documentación, que impide identificar la exacta procedencia de los materiales.
Pocos son los casos que permiten este tipo de estudios y hoy es necesario revisarlos para aprovechar al máximo los datos del registro y corregir informaciones para poder incluirlos en un discurso histórico-arqueológico moderno 3.
A este propósito, la revisión del dossier de materiales arcaicos de la Península Ibérica, en particular los objetos metálicos de bronce, ofrece la ocasión para reconsiderar algunas producciones del artesanado toréutico hasta ahora estudiado de manera parcial o incompleta, no sin interés a mayor escala, particularmente en relación al panorama de las importaciones etruscas e itálicas a caballo entre el siglo VI y V a.C.
En esta particular problemática, otra cuestión importante es la relativa a las figuritas de bronce que aparecen en algunos lugares de la Península y las Baleares.
La de Raso de Candeleda (Ávila), que podría corresponder a un comensal reclinado, por ejemplo, se considera etrusca en muchas publicaciones.
Por otro lado, el sileno de Capilla (Badajoz) ha sido relacionado por algunos autores con influjos magno-griegos, otros con aires etrusquizantes y, aún, otros con talleres locales.
Ante este panorama, en las páginas que siguen, consideramos tres pequeños apliques, que con toda probabilidad habrían estado fijadas originalmente sobre objetos de mayores dimensiones, de los que no nos han perdurado restos y muchas veces se ha planteado que fueran elementos de vajilla metálica, es decir, se han interpretado como asas, remates de asas, etc.
Los tres apliques que se consideran muestran figuras de personajes humanos, no mitológicos, que han sido interpretados, algunos recientemente incluso, de manera imprecisa.
El examen reconsidera la función original y su correcta posición dentro del repertorio material -tipológica y cronológicamente-y discute su encaje en el contexto peninsular.
Quedan fuera del grupo el Sileno de Capilla (Olmos 1977(Olmos y 2000a)), el sátiro itifálico del Llano de la Consolación (Olmos 2000b) y el centauro de Royos (Olmos 1983; Rodero 2000), que se añadirán al discurso en las conclusiones, para presentar una valoración conjunta.
Así, el dossier nos interesa por triple motivo: primero, iconográfica y temáticamente los tres fragmentos considerados se relacionan con un origen itálico; segundo, son partes independientes que pertenecieron a grandes objetos metálicos; tercero, su filiación tipo-cronológica es homogénea en el momento de tránsito entre el siglo VI y V a.C.
EL JOVEN RECOSTADO DE LA ALGAIDA
Las pocas noticias publicadas describen un área boscosa situada sobre un terreno en gran parte arenoso que, además de haber favorecido el hallazgo esporádico de materiales, a menudo presa de excavaciones clandestinas, ha dificultado las observaciones de carácter estratigráfico del lugar.
Actualmente no se dispone de la información acerca de la exacta posición de hallazgo de la figura, que ha sido genéricamente incluida entre los materiales recuperados en la fase más antigua del santuario (considerado en uso a partir de inicios del siglo V a.C.)
La figura que aquí interesa representa a un joven en posición recostada, reposando sobre el muslo izquierdo y con las dos piernas flexionadas asimétricamente, la derecha hacia arriba y la izquierda orientada hacia el espectador.
Abiertas de esta manera, ponen en evidencia el sexo, particularmente pronunciado (Fig. 1, fig. 2 y fig. 3).
El torso, de apariencia rígida y con escaso detalle anatómico, está representado frontalmente y se extiende progresivamente de la cintura a los hombros.
El brazo izquierdo está flexionado, dirigiendo la mano hacia la cabeza donde, en su proximidad, se cierra.
La mano izquierda no está en contacto directo con Figura 1.
Vista frontal de la figura del joven del Santuario de la Algaida (Foto: Museo de Cádiz).
Vista posterior de la figura del joven del Santuario de la Algaida (Foto: Museo de Cádiz).
la cabeza sino unida a ella a través de un punto de bronce para el que nos inclinamos a pensar que corresponde a un resto de fusión.
Aun así, una propuesta alternativa permite pensar en que estaría cogiendo bien un objeto, bien una trenza o quizás, únicamente, reflejando una posición cómoda sobre la que apo-Figura 3.
Vista de detalle, lateral, de la cabeza y la mano izquierda de la figura del joven del Santuario de la Algaida (Corzo 1991: 408, Fig. 6).
El brazo derecho, en cambio, aparece extendido, hecho que permite hacer reposar el antebrazo sobre el muslo derecho.
La mano derecha, lamentablemente, falta.
La cabeza está soportada por un cuello macizo y está decorada por una cabellera de kourós esquemática, corta y recta sobre la frente y con largas trenzas, indicadas mediante pequeños trazos horizontales, que caen por la nuca hasta un poco más allá de las clavículas.
La cara, frontal y de forma oval, es hoy prácticamente ilegible a causa del desgaste de la superficie del bronce, de manera que las observaciones estilísticas que puedan proponerse son casi por intuición.
La técnica de fabricación, mediante fusión plena, no parece haber sido completada por una decoración con punzones, tal y como parece indicar la ausencia de marcas.
Únicamente el detalle de las trenzas sobre la parte posterior da la impresión de haber sido realizado sobre el modelo antes de la fusión.
A pesar de no conocerse un paralelo estricto para esta figura, es clara la influencia de carácter jónico en la forma del busto y en la anatomía, donde la musculatura y las articulaciones se muestran diluidas, en representación sutil, así como la forma oval de la faz.
El tratamiento de los cabellos es el típico de los pequeños bronces representando kouroi 5 y el grosor de los muslos y la sutil cintura recuerdan, quizás, a algunas asas antropomorfas de la vajilla metálica.
La falta de datos de contexto sugiere una datación, basada en observaciones estilísticas, hacia finales del siglo VI a.C. Desde el punto de vista iconográfico, en cambio, la figura se enmarca en una iconografía típica del banquete, ampliamente documentada a partir del arcaísmo sobre diversas clases de representaciones, en las que las piernas no están extendidas paralelamente sino que una de ellas, normalmente la derecha, está flexionada, con la rodilla hacia arriba (Dentzer 1982: 80, nota 51;219).
La falta de la mano derecha impide afirmar, con absoluta certeza, que el joven esté representado en actitud de simposiasta, ante la imposibilidad de demostrar el verosímil sustento de una copa u otro vaso.
Pero el aspecto más sorprendente de la figura es la desnudez explícita con la que se muestra el joven.
Revisando la iconografía de los banquetantes, se observa como la desnudez es, en efecto, una característica prácticamente exclusiva de silenos 6.
Un ejemplo de ello, con posición similar en la que el sexo aparece expuesto como en el ejemplar de la Algaida, se documenta en el Sileno plástico aplicado sobre el cuello de la crátera de columnas corintia del Museo Nacional de Copenhague (N. Inv.
A tal efecto, si los silenos se presentan, en este contexto, desnudos, la regla para los humanos es la contraposición mediante una participación vestidos.
En este sentido tenemos que considerar la afirmación de M. Micozzi (1993: 8), según la que la desnudez no sería una característica de la iconografía del banquete 7.
Existen también en la pequeña toréutica algunas excepciones entre las que destaca una figura masculina de Samos, en la Antikensammlung de Berlín (aunque de interpretación controvertida, vid. Bieg 2002: 136, Fig. 188;175, N. SY 9), una figura de la colección Borowsky (Kunze 2007, 84, N. A 19) y las tres figuras recostadas sobre el anillo inferior 5 Por ejemplo Richardson 1983, 116, N. 9, Tav.
Muchos silenos de bronce en posición recostada han sido documentados en Etruria (para ejemplos y catálogo parcial v.
En particular, dos casos con posición similar a la de la representación de la Algaida se documentan en las figuras de sátiro de la colección Schimmel (Muscarella 1974, N. 88) y del Museo de Saint-Louis (Mitten-Doeringer 1967: 98, N. 95).
7 Representaciones de figuras relacionadas con el banquete, aunque no directamente participantes en el simposio o no representadas dentro de escenas de banquete, se identifican sobre la pintura vascular.
Vid. por ejemplo CVA London (4), Tav.
Sobre pintura funeraria etrusca, el motivo también aparece, vid. por ejemplo dos figuras que decoran el tímpano de la Tomba del Triclinio (Tarquinia, Viterbo) (Weber-Lehmann 1985: 28, Tav.
En cualquier caso, la ausencia de cualquier atributo definitorio hace difícil explicar a quien representa el joven del santuario de La Algaida y porqué aparece desnudo.
Por otro lado, es posible hacer algunas hipótesis acerca de la posición original de la pieza.
Desde su hallazgo fue interpretada como un aplique de un objeto no conservado y, en particular, se propuso su atribución como fragmento de cista de bronce 8.
El fragmento fue posteriormente publicado por P.J. Riis, que lo incluyó dentro de su estudio sobre la toréutica etrusca del tardo-arcaísmo (Riis 1998: 60 y 62, Fig. 57).
Riis propuso relacionar el bronce de la Algaida con otras pequeñas figuras que originariamente habrían sido situadas como ornamentación en los anillos inferiores de trípodes a verghette de producción vulcente (Riis 1998: 60) 9.
Los paralelos sugeridos eran las figuras, ya citadas, situadas sobre el trípode del Museo de Karlsruhe 10.
Pero los bronces de Karlsruhe, muestran aún un tratamiento anatómico mucho más desarticulado que el ejemplar de la Algaida, además de que las dimensiones son ligeramente inferiores (cada uno de ellos mide 30 mm de alto por 40 mm de largo).
La diferencia en las dimensiones, aunque mínima, es significativa ya que el espacio sobre los anillos inferiores de los trípodes conocidos es limitado para encajar figuras de dimensiones análogas a las de las figuras de Karlsruhe pero no superiores 11.
Además, como señaló R. Corzo (1991: 403), la parte inferior de la pierna izquierda del joven estaría adaptada a una superficie ligeramente convexa, imposibilitando de esta manera su colocación sobre un anillo de trípode.
Estos elementos -los anillos inferiores-, exclusivos de los trípodes tardo-arcaicos de producción vulcente, presentan siempre una superficie perfectamente plana 12.
De esta manera, la propuesta de identificar la pieza como fragmento de trípode, avanzada por P. J. Riis y recientemente retomada por G. Colonna, que la ha ampliado imaginando la llegada a la Algaida de un émporos etrusco que ofrecería el trípode, queda invalidada.
Si bien históricamente aceptable resulta incongruente con la identificación real de la pieza, para la que resulta más convincente la idea original, hoy alternativa, que identifica la aplicación de la figura a una tapadera de vaso 13.
UNA BANQUETANTE DEL RASO DE CANDELEDA
Entre los materiales se incluyó una pequeña figura de bronce, realizada por fusión plena, procedente, según palabras del mismo Serrano Chozas, del sitio llamado La Cerca, en el año 1933.
12), representa un personaje femenino recostado sobre el lado izquierdo (Fig. 5 y fig. 6).
Las piernas se presentan paralelas, extendidas con una ligera flexión, mientras que el busto está suavemente alzado.
Los pies son pequeños y fusiformes.
Tal interpretación fue relacionada a la presencia, entre los hallazgos, de pies de cista de fábrica etrusca, prácticamente sin argumentación ulterior.
Una aproximación a las dos piezas (Corzo 1991: 409, Fig. 6-7) permite dudar sobre la atribución como pie de cista de una de ellas y, para la segunda, una proximidad a las series de Praeneste, como permiten proponer el detalle de las alas y de la pluma central.
En cambio, a título de comentario de algunos detalles divergentes, la posición de la garra resulta ligeramente más regular y respetuosa con un ángulo de 90o respecto al resto de la pieza de lo que se observa en las series prenestinas.
Esta diferencia no debería invalidar la filiación de la pieza a dicho taller.
9 Sobre los trípodes a verghette v.
11 Se vean, por ejemplo, los silenos que decoran el trípode N. inv.
12 Únicamente el trípode conservado en el Museo de l'Ermitage podría suponer una excepción al presentar un anillo de sección circular que aparece, a diferencia del resto, decorado por figuras de aves (Riis 1998: 53-55, Fig. 47).
13 A tal efecto, vale la pena recordar un lebes de bronce de la colección Ortiz (1996, N. 194), atribuido, no sin reservas, a una procedencia capuana.
Dicho vaso presenta sobre su tapadera una figura recostada aplicada que recuerda al ejemplar andaluz tanto por las dimensiones (alto 41,6 mm, largo 71,7 mm) como por la representación.
Cabe decir que este vaso es un unicum en comparación a las series capuanas recopiladas por R. Benassai (1995).
La morfología esférica y las diferencias de pátina entre el cuerpo y el aplique obligan a ciertas precauciones antes de la automática aceptación de la interpretación y originalidad de la pieza.
Finalmente, el brazo derecho está recogido a la altura del pecho.
Ambas manos parecen coger un objeto, quizás un fruto.
La cabeza, girada hacia el espectador, se conserva en precario estado y la lectura de la faz resulta imposible.
Aún así, se reconoce una cobertura de la cabeza que representaría originalmente un tejido -un tutulus-y dos trenzas que caen sobre el pecho.
La figura se presenta vestida con una larga túnica, que termina poco después de los tobillos.
A pesar del estado de conservación, la superficie de la pieza aparece de forma regular, mostrando una pátina verde uniforme.
En la parte inferior se observa una pequeña placa oblonga, fundida conjuntamente al costado de la representación y al antebrazo izquierdo.
Esta placa presenta dos agujeros -uno de los cuales conserva aún un pequeño vástago, supuestamente, de fijación-que se relacionan directamente como elementos estructurales imprescindibles para la aplicación de la figura a otro soporte (Fig. 7).
Uno de los agujeros, el que no conserva el vástago, atraviesa la pieza a la altura de las rodillas 14.
Si del punto de vista estilístico la figura encaja en los cánones de la koiné jónica, de la segunda mitad del siglo VI a.C., la iconografía corresponde a la de las mujeres que participan en el simposion.
Estas representaciones están ampliamente documentadas durante este período y particularmente en la pequeña toréutica griega y magno-griega.
Los paralelos más próximos corresponden a personajes tumbados, masculinos y femeninos, que originalmente decoraban vasos, calderos y otros objetos de bronce de grandes dimensiones, asimilables a un contexto de simposio15.
También en Etruria son habituales pequeñas figuras en bronce que muestran personajes tumbados en posición de relajación, que estarían aplicadas sobre vasos metálicos u otras series de objetos metálicos, indeterminados 16.
Ante lo expuesto y en especial atención a criterios técnicos, la figura del Raso, debe excluirse como parte de un trípode a verghette de producción vulcente pues los apliques de estos elementos toréuticos etruscos estarían fijados mediante soldadura o fundidos conjuntamente al anillo (Vid.
Trípode de Karlsruhe) Figura 5.
Vista frontal de la figura de la muchacha de Raso de Candeleda (Foto: Museo de Ávila).
Vista lateral de la figura de la muchacha de Raso de Candeleda (Foto: Museo de Ávila).
y no por remaches17 (Fig. 8) manteniendo la interpretación como aplique de vaso.
UN BAILARÍN DE RAFAL DEL TORO
Conocido únicamente a partir de unos dibujos debemos considerar un bronce procedente del Predio de Rafal del Toro (Menorca) (García y Bellido 1948).
A pesar que estos dibujos no sean de óptima calidad, es posible caracterizar la pieza (Fig. 9 y fig. 10).
La figura representa a un personaje masculino en posición de Knielauf hacia la izquierda y muestra tanto el torso como la faz de frente, orientada hacia el espectador.
Los brazos aparecen en jarra, extraordinariamente largos, con los codos hacia el exterior y las manos apoyadas sobre los costados de la caja torácica.
A pesar que muchos detalles, particularmente de la cara, son quizás debidos al gusto del dibujante, la definición de los músculos abdominales y el peinado parecen fidedignos y asociados a la postura de la figura, datos que permiten encuadrarla en un horizonte del tardo-arcaísmo.
Por complicado que pueda parecer encontrar un paralelo a partir del dibujo, la figura en gesto de carrera encuentra similitud en un bronce griego de la colección de la Walters Art Gallery de Baltimore18 (Fig. 11), fechable entre el 550 y el 530 a.C. (Riis 1938: 159); en el ejemplar sin contexto (N. inv.
17.759) del MAN-Atenas, fechado en la segunda Los paralelos de Baltimore (N. Inv.
17.759), responden a una idéntica iconografía tanto por la estructura anatómica22 como por la posición del cuerpo y, especialmente, de los brazos, dispuestos en jarra.
Las únicas diferencias corresponden al detalle del peinado, donde en los ejemplares de Baltimore y Atenas se observan las trenzas.
Por otro lado, los tres jóvenes del dinós de Mariemont, aparecen también en una posición similar pero a diferencia de la pieza balear (y de Baltimore), los brazos están abiertos y flexionados, quizás representado el movimiento de la carrera u otro simbolismo.
La estructura anatómica y el peinado de kourós constituye también aspectos de consonancia con el fragmento balear.
Los paralelos propuestos dirigen su interpretación hacia un gesto de danza23.
Esto implicaría leer la figura de Rafal del Toro como la figura de un bailarín o, siguiendo las expresiones propuestas para los silenos peninsulares, un "kourós danzante".
Esta propuesta corrige las apelaciones de komastés -tal y como podría llamarse si tomáramos como referencia una figura de Corfú (Dontas 1969)-o dromeús -tal y como lo han llamado García y Bellido (1948), Riis (1959: 47) y Olmos (1977: 378)-, pues la primera acepción dirigiría el significado hacia un ambiente simposíaco, para el que no tenemos suficientes evidencias, y el segundo adjetivo reduce la interpretación a la actitud de correr del personaje, que, como hemos visto, es más compleja.
Para este elemento, según la filiación de sus paralelos, se debe considerar de nuevo un contexto complejo.
Por un lado Capua o el entorno etrusco-cam- pano, pero al mismo tiempo la transversalidad de su iconografía hace posibles otros contextos (Laconia o Etruria).
En cualquier caso, el estilo de la pieza balear hace que consideremos los paralelos campanos como indicadores del origen más plausible.
Recordemos que, aunque con datos de adquisición y de mercado anticuario, tanto los ejemplares de Baltimore como Mariemont procederían, también, de Capua 24.
METÁLICA ARCAICA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: CATÁLOGO La singularidad de estas representaciones figuradas debe entenderse después de su comparación con la realidad de las importaciones de vajilla metálica en la Península Ibérica y las Baleares.
Si bien es ampliamente conocida la pluralidad de culturas y las diferencias entre los distintos territorios que ocupan esta vasta área durante el arcaísmo y tardo-arcaísmo, creemos ilustrativo recopilar los vasos metálicos importados.
Esta categoría corresponde principalmente objetos funcionales, de serie, y en ella son sospechosos los fragmentos de grandes vasos 25.
Esto no implica que la presencia de vasos extraordinarios no responda a unas élites locales que se apropiaron de esos elementos como transmisores de un estilo de vida y de un acceso privilegiado a unos recursos limitados, quizás también importados, pero particularmente los apliques figurados presentan demasiadas anomalías con el resto de importaciones de vajilla metálica (Fig. vasos como cráteras, para las que deberá desarrollarse un discurso ad hoc.
Quizás el dato más significativo sobre esta diferencia es que aparentemente la presencia de vajilla metálica etrusca corresponde a la primera serie (infundibula, olpai, coladores, etc.), mientras que la segunda serie, menor numéricamente, corresponde a importaciones campanas y/o magno-griegas (cráteras y páteras).
Si consideramos el catálogo, los coladores están representados por cuatro ejemplares concentrados en el sureste peninsular: en la tumba 32 de la necrópolis de Poble Nou (Vilajoyosa, Alicante) (Marcos Ruiz 2005: 77, Fig. 3; Botto y Vives-Ferrandiz 2006: 144), Alcurrucén-Pedro Abad (Córdoba) (Marzoli 1991; Pozo 2003), el Mirador de Rolando (Granada) (Pozo 2003) e Iznalloz (Granada) (Pozo 2003).
Los infundibula, en cambio, presentan una concentración dividida en dos áreas: que ocupa un foco en el entorno emporitano y otro desde el sureste hasta el interior.
Actualmente se conocen hasta cinco ejemplares, fechados durante la segunda mitad del siglo VI a.C. y de producción de Volsinii (Orvieto) y/o Vulci:
Infundibulum de Ullastret (Baix Empordà, Girona): recuperado en el Estrato VI del Departamento 1, excavado entre 1965 y 1966 y asociado a gran número de cerámica gris masaliota (Oliva 1976: 759, Fig. 23), fechable en la segunda mitad del siglo VI a.C. Se conserva únicamente la parte inferior (embudo) y corresponde al Grupo 1 de A. Naso (2006a y 2006b) (Fig. 14).
Infundibulum de Empúries (Alt Empordà, Girona): recuperado en Sant Martí d'Empúries (campaña de 1998), corresponde a una figura de rana, pieza que se localiza actuando como bisagra para el colador del infundibulum.
A pesar de haber sido propuesta una cronología de primera mitad del siglo VI a.C., los paralelos obligan a rebajar la cronología y situarla en la segunda mitad de dicha centuria.
Los paralelos corresponden a la variante más material metálico de Empúries puede aportar cambios en este punto, si bien es cierto que se trata de un caso particular que no puede considerase como el resto de la Península. difusa dentro del tipo 1, pues presenta el remate del asa en forma de prótomo de ánade y una lira sencilla.
El catálogo es: un ejemplar de la tumba dei Flabelli di Bronzo de Populonia (Livorno), de Populonia proceden dos ejemplares más, un ejemplar de Castelgiorgio (Terni), un ejemplar de la tumba 34 de Falerii Veteres (Viterbo), un ejemplar de la Tumba de la Biga de Castro (Viterbo), dos ejemplares de Todi (Perugia), un ejemplar de Cumas (Campania), y varios ejemplares sin procedencia conocida (Naso 2006a: 380-388, Nrs.
El grupo lo integran únicamente 3 ejemplares que además del de Cancho Roano son: un ejemplar considerado procedente de Nola en el Musée Royal de Brussels (N. Inv.
En cuanto a páteras, el catálogo debe considerar únicamente dos tipos.
Por un lado las páteras de tipo Cook, documentadas en la tumba de les Ferreres de Calaceite y en el entorno emporitano (Graells 2010: 87-89; Graells y Armada 2011) y la serie griega, integrada por el fragmento de asa de pátera de la tum-ba de la Diosa de Galera y el asa de la Covalta.
Las supuestas importaciones de páteras de borde perlado o plano etruscas no pueden considerarse ante la falta de correspondencia con los tipos originales.
Como se observa, la distribución de los tipos define dos focos de interés, quizás casual ante la escasez de casos, que deberá compararse con el resto vasos metálicos importados: la serie etrusca situada al noreste de la Península Ibérica y la serie griega al sureste.
Además, podemos añadir dos apliques de asa de sítula etrusca de Ullastret (N. Inv.
Los olpai con asa sobreelevada, para los que la cronología propuesta hasta ahora parece demasiado amplia (siglos V-II a.C.) y debería concretarse en el siglo V a.C., están representados por ocho ejemplares, siete de ellos localizados en el área sureste de la península Ibérica y otro más en el área interna del levante peninsular.
El catálogo lo integran las piezas de El Oral (Alacant) (García Cano 1991), Alcurrucén-Pedro Abad (Córdoba) (Marzoli 1991: Lám.
I y II), Escuera (Alicante) (Llobregat 1982), Mirador de Rolando (Arribas 1967), 2 ejemplares de la antigua colección Saavedra (hoy en el MAN y de posible procedencia andaluza) (Blázquez 1960) Más complejo es el caso de los enócoes con asas en forma de kouroi que representan la categoría de vasos metálicos más elaborada en cuanto a implicaciones iconográficas.
Este grupo concentra sus tres hallazgos en la zona interior del levante peninsular:
El asa de Cuenca (Graells 2008b), se presenta fracturada, conservándose únicamente la parte central del cuerpo del kourós, desde el pecho hasta la parte baja de la pierna.
La curvatura y estructura del cuerpo coincide con la del kourós del jarro de Schwarzenbach, así como sus dimensiones.
Todos los paralelos permiten considerar el fragmento como una producción etrusca, de un taller de Vulci o de la Etruria septentrional.
A pesar de la filiación de la pieza, el grado de fragmentación impide asegurar con rotundidad a qué tipo de pieza correspondió.
A nuestro modo de ver las dimensiones, la curvatura y los paralelos más próximos llevan hacia un asa de jarro del tipo Schnabelkanne.
El asa de Málaga fue hallada en la ladera de la Alcazaba de Málaga a inicios del siglo XX.
Su estructura puede considerarse una de las más complejas y ricas de cuantas se conocen.
Los Aqueloos y la compleja escena del remate inferior encuentran abundantes paralelos dentro de la toréutica etrusca, destacando especialmente los remates inferiores de asas con escenas complejas.
El asa de Pozo-Moro, se recuperó debajo del monumento turriforme de la necrópolis de Pozo Moro en una pira junto a distintos materiales como un kylix ático del pintor del Pithos y un lekythos de la clase Atenas 581 además de varios objetos en oro y plata.
Corresponde a la parte superior de una figura de kourós con los brazos flexionados.
Weber (1983) la incluyó en su serie etrusca de producción vulcente.
En el Mediterráneo occidental, las representaciones de vasos con kouroi presentan un testimonio dis-tinto, conocido únicamente gracias a un dibujo antiguo.
Entre los hallazgos antiguos de las islas Baleares, destaca un mango antropomorfo procedente de Mallorca (Graells 2011).
Este hallazgo aconteció hacia 1835, dándose a conocer poco después con breve descripción y reproducción en el Voyage en Sardaigne (Paris, 1840) de A. della Marmora 29.
La pieza corresponde a un mango de pátera de tipo arcaico con una cabeza de carnero en la parte inferior.
Sobre esa se coloca un joven kouros desnudo con los brazos en ángulo recto soportando una escena con dos carneros contrapuestos.
Los animales aparecen enmarcados por un pedestal acabado, en ambos lados, por dos volutas y encima de sus lomos por otro pedestal, de menores dimensiones, que tiene como particularidad la colocación de las volutas en la parte interior de la escena, justo en la nuca de los carneros.
Entre los dos carneros aparece una palmeta.
Este tipo de pátera puede considerarse dentro del tipo II A de Gjødesen, con paralelos en el ejemplar de la t.
Estos ejemplares identifican un pequeño subgrupo, posiblemente de un mismo taller (Tarditi 1996: 175).
Si bien la heterogeneidad del grupo II A de Gjødesen permitiría pensar en una pluralidad de talleres, que para M. Gjødesen serían exclusivamente de ámbito magno-griego (Gjødesen 1944: 140) y para Ch.
Si se considera esta pequeña producción como procedente del Peloponeso, este ejemplar viene a constituir prácticamente el único vaso metálico griego que llega al extremo occidente mediterráneo durante el arcaísmo.
En cambio, si consideramos la producción magno-griega, encontramos mejor encaje gracias a los dos casos en territorio italiano y al comportamiento mayoritario de las importaciones de vajilla metálica hacia occidente.
De esta manera el ejemplar español se sumaría a la pequeña lista de vasos metálicos de esa procedencia: un kyathos de producción campana (Graells 2007(Graells y 2008a)), el discutido aplique de asas de la Covalta 30 (Fig. 17) y el 28 Recientemente H. Hiller ha propuesto que se trate de un producto griego oriental (Comunicación personal).
Decorado con una palmeta, que presenta paralelos en una lekanis de bronce procedente de Votonosi (Metsovo, Grecia) (Vocotopoulou 1975: 733), en el psykter de bronce del Metropolitan Museum de aplique de crátera de Menorca (Arribas et alii 1987; Graells 2006Graells -2007;;Graells 2007).
Siguiendo en las Islas Baleares, recordemos un mínimo de tres cráteras de bronce de distintos contextos y cronologías.
Un aplique en forma de figura de toro caminado hacia la izquierda, que se encuentra en el Museu Diocesà de Ciutadella (Menorca) (Kukahn 1969; Belén y Fernández-Miranda, 1979: 156; Graells 2006-2007: 299, Fig. 4) y dos fragmentos de cráteras de volutas de tipo suritálico hallados en el pecio del Sec (Mallorca).
METÁLICA ARCAICA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: DISCUSIÓN El significado de la vajilla metálica parece indicar una marcada ostentación de riqueza que distingue a personas o pequeños grupos económica y socialmente elevados.
En la Península Ibérica, este hecho se combina con la rara destinación de estos objetos como elementos de carácter religioso.
En cambio, se amortizan mayoritariamente al ámbito funerario.
Así, la exhibición de la iconografía y del acceso al simposion se convierte en manifestaciones del poder.
De esta manera, puede aceptarse una "aculturación" de las élites locales mediante productos de alto valor, que esas élites tendrían reservados.
En cualquier caso, no puede considerarse que las relaciones entre los objetos producidos y consumidos y los fenómenos de acultu-ración sean siempre directos ni unívocos.
Los fenómenos de aculturación no responden exclusivamente a un intercambio o comercio de objetos de prestigio, sino el acceso a un comercio de semi-lujo, de mayor dimensión.
Se opone así la idea entre el objeto singular, que se fabricaría por encargo, con el objeto de serie, habitual para el comercio regular y frecuente en sociedades o consumidores nuevos y en formación (Gran-Aymerich 1986: 44), quizás a través de una progresiva impregnación mediante la iconografía que decoraba esos mismos vasos.
La introducción de una nueva forma de celebrar el banquete (con implicaciones tanto ideológicas como materiales) fue fundamental para la transmisión de un estilo de vida aristocrático común en el Mediterráneo arcaico, aunque dimensionado a cada territorio.
El elemento que puso en relación estas nuevas actitudes no fue solo el vino, sino que puede aceptarse como la vajilla metálica, como símbolo de prestigio más allá de su valor intrínseco, dominaría la escena y concentraría la nueva ceremonia simposíaca destacando el estatus de los personajes emergentes.
En este cuadro, la presencia de vajilla metálica arcaica, aunque escasa, es sumamente indicativa tanto tipológicamente como a nivel de distribución espacial.
Así, resulta necesaria la observación conjunta de la totalidad de la Península Ibérica.
Repetidamente se ha planteado la rareza de la circulación de los vasos metálicos, que contrasta con los elementos para servir y condimentar las bebidas.
De manera que siguen siendo útiles las palabras de B. Bouloumié que consideran poco corrientes, aunque revestidos de prestigio, los vasos metálicos etruscos y griegos en contextos "bárbaros" (Bouloumié 1985: 169;1986: 72).
Esto podría entenderse en un marco en el que el vaso metálico fuera fácilmente reconocido como elemento de valor y estatus lejos de su origen, bien los vasos de grandes dimensiones como los técnicamente complejos, que despertarían la curiosidad, como los infundibula.
El problema en el Mediterráneo occidental es la identificación de repeticiones y mapas de distribución por tipos de manera que tienen que combinarse y presentar panorámicas que combinen tipos distintos bajo un marco cronológico unitario.
A nadie sorprende hoy la presencia en contextos "bárbaros" peninsulares de elementos de vajilla metálica producidos en contextos etruscos y griegos (véase también magno-griegos).
Este hecho puede identificar algunas de estas producciones con elementos destinados a abastecer un mercado, en base a una demanda o para satisfacer un encargo.
Si comentábamos la singularidad de algunos recipientes metálicos hallados en la Península Ibérica (caso del gri-Figura 17.
La Península Ibérica presenta una particularidad respecto a lo que ocurre en el Sur de Francia.
En la Península Ibérica se documentan numerosos elementos auxiliares del set de banquete metálico etrusco y algunos vasos de producción suritálica (etrusco-campana y magno-griega), que son ausentes en el Sur de Francia si excluimos el caso de Vix o Sainte-Colombe (y posiblemente también, de ser cierto, el hallazgo del grifo de Sainte-Gemmes-sur-Loire).
Si bien los materiales etruscos tienen una distribución que parece responder de manera distinta a las varias áreas de recepción a lo largo del litoral, los elementos de vajilla metálica suritálicos presentan una concentración en las Islas Baleares y Empúries, así como una serie de hallazgos dispersos inconexos.
Particularmente la presencia de los tres elementos que han centrado la atención del presente artículo.
Tres apliques de difícil filiación, dos de los cuales posiblemente parte de vasos etrusco-campanos y un tercero de difícil identificación.
Tres fragmentos figurados, dos de ellos con contexto coherente y un tercero (en el Raso) sin contexto ni una propuesta de dinámica de contactos o recepción de importaciones que permita aceptar absolutamente su verdadero hallazgo.
Tres figuras estilísticamente relacionadas entre sí, dos de las cuales con un estilo arcaico posiblemente etrusco-campano y una tercera de estilo etrusco clásico.
En definitiva, tres piezas que escapan a la tipología normal de las importaciones arcaicas hacia el occidente mediterráneo.
Antes de terminar este apartado, creemos importante recordar las diferentes propuestas acerca de la distribución de vajilla metálica itálica hacia occidente.
Por un lado, la circulación vehiculada a través de un sistema empórico, propuesta que ha gozado de cierta aceptación más por la comodidad que por los datos concretos que aporta.
Una propuesta que interpreta una circulación directa, sin intermediarios, difícil de aceptar ante la presencia aislada de piezas metálicas singulares descontextualizadas respecto a otros elementos, véase cerámica.
Por otro lado, una alternativa ha sido ver una multiplicidad de sistemas, combinando casos de relación directa con otros de comercio empórico y añadiendo también intercambios locales, puntuales, e intercambio de dones y regalos.
Ante esta amalgama de situaciones, las dinámicas generales, observables a partir de mapas de distribución pueden ayudar y paliar la falta de información.
Particularmente complicado es el caso de la distribución de la vajilla metálica de tipo sur-itálico hacia la Península Ibérica, para el que se ha propuesto un intercambio directo (Graells 2007: 114;2011).
A tal efecto R. Strauss exaltó esos tres conceptos en 1869 en el vals que da título al presente trabajo, porqué si los apliques de seres mitológicos o híbridos habían llamado la atención de la investigación las figuras del banquetante ebrio, la muchacha etrusca y el bailarín han quedado relegadas a un segundo plano del discurso.
Así, la aproximación tipológica de los tres fragmentos aquí considerados permite corregir afirmaciones de peso sobre los mismos, con implicaciones de mayor calado en el discurso sobre las importaciones tardo-arcaicas hacia la Península Ibérica.
Recapitulando: La figura del santuario de la Algaida fue interpretada desde sus primeras publicaciones como un aplique etrusco (Corzo 1991), posteriormente, aunque faltando paralelos para afirmarlo, se ha ido difundiendo la idea de su pertenencia a un trípode etrusco.
A nivel contextual, entre el material asociado al fragmento, llama la atención la ausencia de otros fragmentos de trípode así como otros materiales de procedencia etrusco-arcaica.
Únicamente dos pies de cista, para los que hemos presentado ciertas dudas acerca de su sincronía con la figura, podrían indicar un influjo etrusco, quizás periférico.
A diferencia de lo expuesto tradicionalmente, el análisis detallado obliga a ser prudentes acerca de la "etrusquidad" del banquetante de la Algaida, a partir de paralelos que suponen contextos alternativos, como la problemática tapadera de lebes de tipo campano (posiblemente capuano), y los paralelos, tardíos, de uno de los pies de cista asociados en el santuario, que encuentran su filiación en las series prenes-tinas.
Así, si consideramos el estilo y los paralelos del fragmento nos vemos obligados a proponerlo como una producción de carácter etrusco, de un taller menor.
En cualquier caso, su morfología permite afirmar que no corresponde a ninguna pieza de trípode etrusco ante la ausencia de cualquier paralelo o pieza próxima.
La pieza del Raso, excepcional en el contexto de hallazgo por su desconexión tipológica e iconográfica con los materiales locales y la distancia con el ámbito mediterráneo, supone problemas de interpretación, partiendo, quizás, de la misma veracidad sobre su origen en la zona del Raso.
Dejando de lado, ahora, este problema, de cariz historiográfico, y aceptando su recuperación abulense como genuina, los problemas de la pieza son de carácter funcional más que de filiación.
La iconografía, claramente etrusca, no ofrece dudas.
En cambio, la posición original de la pieza no está clara y no ayudan comentarios como los propuestos por M. Mariné que afirma que la pieza fue adquirida por un "aristócrata" local ya como pieza independiente -como indicaría la total ausencia de otros fragmentos relacionados con ella-.
A tal efecto, los argumentos tecnológicos impiden interpretar esta figura como un ornamento de trípode etrusco y, a pesar de la parquedad de paralelos, debemos suponer que corresponda a una decoración de borde de vaso.
El fragmento procedente del Predio Rafal del Toro ha supuesto, desde el inicio, diversos problemas.
El primero corresponde a la limitación objetiva para su análisis, pues disponemos únicamente de un dibujo de la pieza.
El segundo, la posición del personaje no encaja en las series presentes, por ejemplo, sobre trípodes etruscos pues se muestra el detalle dorsal, hecho que permite suponer que en origen sería visto y, por consiguiente, supone una fijación sobre el borde o tapadera de un vaso.
Finalmente, la posición de los brazos, en jarra, y de las piernas, complica un debate acerca de su representación.
El análisis permite dudar, también de la etrusquidad de la pieza a favor de una tradición, menor, periférica como hemos visto también en el anterior ejemplar de la Algaida.
Aun así, los paralelos etrusco-campanos y el estudio de la posición del kourós permite ahora reconocer al personaje como un bailarín, muy posiblemente en posición de decoración de una tapadera de cista de lebes capuano.
El primero magno-griego, el segundo laconio y el tercero posiblemente de procedencia suritálica, no sin discusión al proponerse también un taller local para el sileno (Croissant y Rouillard 1997: 59; Rodero 2000: 89) 32.
De esta manera, si la presencia de estos bronces figurados arcaicos y tardo-arcaicos en ámbito ibérico fue considerada por R. Olmos en una relación "fundamentalmente funeraria" (Olmos 1983: 385) y para otros a la actividad comercial (Prados 1997: 91), creemos que al menos dos de los casos que aquí hemos considerado responden a un uso e imaginario Figura 19.
32 Sobre éste último ejemplar, R. Olmos no identificó paralelos concretos (Olmos 1977, 376-377) a pesar de proponer unas genéricas atribuciones como aplique para el borde de un vaso o dinos.
Si atendemos brevemente las características estilísticas del sileno y su cronología (primer cuarto del siglo V a.C.), vemos como coinciden con los dos apliques que hemos analizado e interpretado como elementos de dinoi campanos, categoría de vasos en la que la representación de silenos y figuras danzantes es frecuente (Benassai 1995: Cat.
I.4, I.8, I.12). distinto, centrado en la celebración convival del simposio.
Quizás, como acertadamente señalaba R. Olmos cuando incidía en el aspecto del centauro como representación alejada de la imagen humana, debamos distinguir entre las representaciones de seres híbridos o mitológicos y las representaciones humanas y considerarlas como exponentes de ámbitos conceptualmente opuestos.
Pero lejos de intentar aproximarnos a como los íberos comprendieron o utilizaron estos apliques, para lo que se han planteado hipótesis interesantes, volvamos a analizarlos e intentemos encajar los resultados de los bronces aquí estudiados con su contexto.
La distribución de los vasos metálicos arcaicos con figuras aplicadas (aquí los apliques como pars pro toto) en la Península Ibérica difiere fuertemente de la dispersión del resto de vasos metálicos arcaicos, pero otros dos elementos enlazados entre sí hacen aún más singular a este grupo.
Todos los casos considerados en el trabajo, y los tres que hemos añadido en párrafos anteriores con la sola excepción del de la Algaida, son hallazgos casuales, descontextualizados e inconexos con los materiales recuperados en los supuestos puntos de procedencia.
Además, son casos inconexos entre sí y que no encajan en la norma de los vasos importados en la Península que hemos recopilado anteriormente.
Esto no invalida la posibilidad de que procedan de hallazgos peninsulares, pero es difícil encajarlos en los supuestos contextos donde se dice que fueron recuperados.
Por un lado, el estado de conservación de todos ellos y, por el otro, el hecho de corresponder tipológicamente a producciones muy particulares debería hacer dudar seriamente de ello.
La presencia de bronces laconios y magno-griegos hacia contextos fenicios no encuentra ejemplos y en contextos celtas se concentran en ambientes particularmente dinámicos dentro del sistema de los Fürstensitze.
Por otro lado, la circulación de dinoi campanos fuera de la Campania es un fenómeno prácticamente no documentado 33.
De esta manera, los apliques figurados de la Península y las Baleares, del que únicamente el de la Algaida tendría contexto y explicación en el marco de un santuario, definen un fenómeno de relaciones excepcionalmente ricas con el mundo etrusco-campano o suritálico que no encuentra correspondencia en los datos arqueológicos contextualizados y fiables.
Únicamente dos excepcio-nes pueden considerarse gracias al contexto: el pecio del Sec y el de la Cala Sant Vicenç.
El primero, con fragmentos de cráteras, propone un modelo alternativo que debemos relacionar con las aristocracias Ibéricas del sur peninsular.
El segundo caso, en cambio, muestra como algunos elementos de banquete, que en la Península distorsionarían el registro, corresponden al equipo de la tripulación.
Por lo tanto son muchas las dudas para poder explicar tal concentración de casos y su verdadero significado ideológico y social.
En conclusión, la propuesta con la que la tradición investigadora ha identificado a algunos de los fragmentos aquí considerados como apliques de trípodes etruscos queda invalidada y se confirma como, hasta el momento, en la Península no se documentan fragmentos de trípode (ni etruscos ni griegos) 34.
Por otro lado, la filiación estilística de los fragmentos, ahora corregida, considera el estilo jónico como anómalo en series etruscas típicas que obliga a considerar el fragmento de la Algaida y el de Rafal del Toro como producciones periféricas, quizás de tipo etruscocampano.
Finalmente, el dato importante es el de presentar argumentos para dudar sobre la procedencia de dos de las piezas aquí consideradas (extensible a otros apliques de seres híbridos) pues no encajan ni en la lógica de las importaciones etrusco-itálicas ni en los supuestos contextos de procedencia.
Los tres apliques que hemos analizado vienen a modificar el panorama acerca de las importaciones de bronces figurados tardo-arcaicos en occidente, anómalos más allá de las asas de enócoes vulcentes y del curioso catálogo de piezas extraordinarias sin contexto del sur peninsular y Extremadura que ahora debemos reducir a un único ejemplar, en el santuario de la Algaida. |
Aunque es un yacimiento recurrentemente mencionado en la bibliografía especializada, hasta hace pocos años el Castellet de Banyoles sólo era realmente conocido por los hallazgos monetarios y de elementos suntuarios de carácter ritual, a parte de las torres pentagonales de tipo helenístico que flanquean su puerta.
Los trabajos realizados desde 1998 han permitido precisar la datación del primer asentamiento entre el último tercio del siglo III a.C. y principios del II a.C., y han mostrado la existencia en ese momento de una muralla de compartimentos de tipo púnico.
También han traído a luz un extenso sector de hábitat -que probablemente corresponde a un grupo gentilicio-, con casas de distintos tipos y tamaños, y un posible santuario.
Con una superficie de 4,5 ha, se trata de una pequeña ciudad que agrupaba toda la población de la hoya de Móra, siguiendo un modelo mononuclear inédito en el mundo ibérico septentrional, y que tal vez se explique por razones estratégicas en un contexto histórico convulso a causa de la expansión bárquida y la segunda guerra púnica.
PALABRAS CLAVES: Cultura ibérica, urbanismo, arquitectura doméstica, arquitectura militar, estructura social, religión.
El asentamiento ibérico del Castellet de Banyoles está situado en el término municipal de Tivissa (Ribera d'Ebre, Tarragona), a unos 7 km de esta población, en el centro aproximadamente de la cubeta de Mora, una amplia hoya de casi 7000 ha de superficie y de considerable potencial agrícola (Fig. 1).
El asentamiento se sitúa sobre una plataforma cuaternaria prácticamente llana, de unas 4,5 ha de superficie, recortada en la primera terraza fluvial del margen izquierdo del Ebro por los torrentes que desaguan en este río, cuyo curso se encuentra actualmente al pie del límite occidental de aquélla (Fig. 2).
Mapa de situación del Castellet de Banyoles, con indicación de las principales vías de comunicación con la costa.
La plataforma en que se encuentra el yacimiento tiene aproximadamente la forma de un triángulo isósceles, con el lado desigual al oeste, más o menos paralelo al curso del Ebro, y queda netamente delimitada por pendientes extremadamente abruptas, casi verticales, de hecho, al sur y, sobre todo, al oeste.
Su aspecto general es, pues, el de una península, con un largo istmo de 120 m de longitud por tan sólo 8 m de anchura, situado al este.
Dado que su altitud relativa es de unos 100 m, el lugar presenta unas condiciones defensivas excelentes, ya que solamente es accesible con relativa comodidad por el estrecho paso situado al este, de fácil defensa.
A pesar de su altitud relativamente reducida, el Castellet de Banyoles ejerce un dominio visual sobre la casi totalidad de la hoya de Mora y, por supuesto, sobre el tránsito fluvial a través del Ebro (Fig. 3).
Además controla, de forma casi inmediata, la vía terrestre que une la cubeta con la costa por Tivissa y el valle del Llastres, y también, algo más al sur, el camino que conduce a las bocas del Ebro por el Pla de Burgar y El Perelló (Noguera 2002: 15-18).
En definitiva, por su situación y por sus características topográficas, se trata de un emplazamiento privilegiado desde el punto de vista defensivo y del control del territorio, mientras que su amplia superficie llana le hace particularmente apropiado para establecer un asentamiento de grandes dimensiones.
Topografía del Castellet de Banyoles.
Por el contrario, el conocimiento sobre la estructura urbanística y la arquitectura del asentamiento -y, por tanto, las posibilidades de interpretación sobre la naturaleza del mismo-ha quedado reducido hasta fechas recientes a un sector, relativamente pequeño, de su extremo oriental (Figs.
Este incluye, por una parte, el acceso al poblado, que estaba protegido por las famosas torres pentagonales traídas a luz en las campañas de 1932 (dirigida por J. Brull) y 1937 (conducida por él mismo y J. de C. Serra Ràfols); por otra, un sector de habitación relativamente extenso (unos 500 m 2 ), situado al sudoeste de las torres.
Este último fue descubierto por los mismos Brull y Serra Ràfols, además de S. Vilaseca, en 1942 y 1943, y publicado unos años más tarde (Vilaseca et alii 1949).
Vista del Castellet de Banyoles y la hoya de Móra desde el este.
ANTECEDENTES DE LA INVESTIGACIÓN
Desde que aparecieran las primeras noticias sobre el mismo (Bosch Gimpera 1915), el Castellet de Banyoles ha sido uno de los yacimientos ibéricos más citados en la bibliografía sobre el mundo ibérico.
Su fama obedece sobre todo a los distintos hallazgos de joyas, monedas y vasos argénteos efectuados durante el primer tercio del siglo XX (Serra Ràfols 1941: logía al uso en los años cuarenta, la naturaleza de este sector no resulta claramente comprensible, ni en la publicación, ni, en la actualidad, a partir de los restos conservados, que constituyen un conjunto confuso de muros en el que resulta complicado reconocer estructuras bien definidas.
A partir de 1944, la investigación en el yacimiento quedó interrumpida durante largos años, hasta que la Universidad de Barcelona, a través de Ramon Pallarès, reemprendió las excavaciones, a finales de los años setenta.
Estos trabajos se limitaron, sin embargo, a la realización de catas relativamente pequeñas en la zona de acceso y en el extremo opuesto del poblado (Pallarès, 1984a(Pallarès,, 1984b(Pallarès, y 1987)), por lo que apenas contribuyeron a la comprensión de su estructura.
EL PROYECTO DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA Y EL MUSEU NACIONAL D'ARQUEOLOGIA DE CATALUNYA
En el umbral del siglo XXI, el conocimiento real sobre el Castellet de Banyoles era muy reducido, a pesar de la fama del yacimiento.
Incluso las piezas de mayor renombre, como las phiálai mesómphaloi, no dejaban de ser elementos descontextualizados, que solamente podían ser interpretados por sí mismos.
En los años precedentes, este proyecto se había orientado fundamentalmente al estudio del Bronce Final y la Primera Edad del Hierro de la zona (Asensio et alii 1994(Asensio et alii -1996a(Asensio et alii y 1994(Asensio et alii -1996b;;Sanmartí et alii 2000).
La intervención en el Castellet de Banyoles era la continuación lógica de estos trabajos.
Las campañas de excavación y consolidación realizadas desde 1998 han afectado, en primer lugar, a una amplia zona (unos 6000 m 2 ) de la parte noroccidental del yacimiento (zona 1), donde se ha traído a luz parte de la muralla, diversas calles, casas de variadas formas y tipos, y un interesante edificio que creemos relacionado con actividades cultuales (Figs.
En los últimos años, nuestra actividad se ha desplazado al área de la puerta flanqueada por las célebres torres pentagonales (zona 2), con objeto de precisar su cronología (Figs.
Después de trece años de trabajos, cuyos resultados se han publicado de forma parcial y dispersa (Asensio et alii 2002(Asensio et alii y 2005)), creemos llegado el momento de ofrecer una visión de conjunto, que reúna en una interpretación coherente el importante volumen de datos que se han recuperado, que anali- ce también las aportaciones recientes de Pierre Moret sobre la cronología y filiación de las torres pentagonales (Moret 2008) y, por último, que evalúe la significación histórica de este importante asentamiento en su contexto regional.
Como ya se ha dicho, la estructura urbanística del asentamiento era apenas conocida antes de nuestra intervención.
Se suponía, en general, que estaba protegido por un muro perimetral -cuya naturaleza era discutida 1 -, y que el conjunto urbano se articulaba a partir de una calle axial, orientada en dirección esteoeste, que, partiendo de la puerta protegida por las torres, debía de alcanzar el extremo opuesto de la Figura 8.
Desafortunadamente, el estado de conservación de esta parte del poblado es, a menudo, deficiente; muchos muros han sido destruidos por la secular actividad agrícola o han sido expoliados para obtener material destinado a la erección de terrazas y paredes de delimitación de partidas; a ello debe añadirse la presencia militar y la excavación de trincheras en el año 1938 -en ocasión de la batalla del Ebro-, el arranque de arbolado, las excavaciones clandestinas, etc. Con todo, los restos preservados -o, en su caso, las trincheras de expolio-permiten restituir una trama urbana regular, con amplias calles cuyo trazado sigue el perfil curvilíneo que tiene, en esta zona, la plataforma en que se ubica el asentamiento.
Es posible distinguir tres bloques constructivos (A, B, C), separados por vías de circulación, una de las cuales (calle 1), entre los bloques A y B y orientada en dirección noroeste-sudeste, medía unos 10 m de ancho.
Al sur-sudeste del bloque B, debió de existir una segunda vía (calle 3), de trazado paralelo a la calle 1 y cuya anchura es todavía desconocida.
En cuanto a las calles transversales, orientadas en dirección nordeste a sudoeste, se han identificado dos callejas de poco más de 2 m de ancho, situadas respectivamente entre los edificios 1 y 4 (R41) y en el límite sudoccidental del bloque constructivo B (R126).3 Al noroeste, el espacio de circulación entre el bloque C y los bloques A y B no ha sido suficientemente investigado y sigue aún mal definido.
Los restos conocidos sugieren, sin embargo, la existencia de una ancha calle, tal vez incluso de una plaza (calle 2).
Es importante observar que, en la parte sudoriental de la zona excavada, la calle 1 se ensancha extraordinariamente, hasta formar una plaza de unos 20 m de anchura, situada entre los edificios 4-5, al norte, y el edificio 10, al sur.
El resto de la red viaria es desconocido, aunque puede suponerse que seguía unas pautas similares, es decir, con grandes calles en dirección noroeste-sudeste y este-oeste, y vías transversales de entidad mu-Figura 9.
Planta de la zona 2. cho menor.
4 La existencia de una gran calle axial en la que desembocarían las vías más importantes no ha podido ser comprobada, pero nos parece muy probable.
Su extremo oriental se reconocería actualmente en la zona 3, en proximidad de la entrada (Fig. 9).
Aquí, los trabajos de excavación han mostrado que la puerta del asentamiento daba paso a un gran espacio abierto, delimitado por los dos extremos orientales de la muralla y, al oeste, por dos edificios que se proyectan hacia el norte y hacia el sur respectivamente, dejando entre ellos un paso de unos 12 m., que constituye el inicio de la que debió de ser la calle principal.
ESTRATIGRAFÍA Y CRONOLOGÍA La estratigrafía documentada es siempre extremadamente simple, y también extremadamente homogénea.
Efectivamente, en todos los recintos excavados se comprueba la existencia de un estrato de abandono -a menudo sin duda de destrucción-, cuya potencia máxima conservada nunca rebasa los 0,30 m, lo que sin duda se debe a la intensa acción antrópica posterior al abandono del lugar.
Estas capas de derrumbe contienen a menudo una notable cantidad de cenizas, vasos cerámicos fragmentados in situ y restos de adobes y revestimientos de muros; también, en algún caso, objetos de gran valor, concretamente monedas de plata y joyas de oro (Fig. 10), y probablemente una lámina de plomo inscrita (Asensio et alii 2003).
Por consiguiente, puede hablarse de un nivel de abandono generalizado, tanto en las zonas excavadas por nosotros como en la que fue descubierta en los años cuarenta (Vilaseca et alii 1949: 16, 46).
La violencia del episodio que puso fin al asentamiento viene también avalada por el hallazgo de abundantes "proyectiles de piedra (cantos rodados esféricos y piedras redondeadas artificialmente), glandes de plomo y puntas de flecha de hierro" en la zona de la puerta (Vilaseca et alii 1949: 16) y, en el sector noroeste, excavado por nosotros, de otros glandes de plomo procedentes del nivel superficial.
La datación de este nivel de destrucción constituye un aspecto esencial para la correcta interpretación del yacimiento, de modo que vale la pena dedicarle un cierto espacio.
En trabajos anteriores le atribuimos una cronología comprendida entre los últimos años del siglo III a.C. y los primeros de la siguiente centuria, lo que nos llevó a pensar que su formación pudo ser consecuencia, bien de la represión de la sublevación de Indíbil y Mandonio, en 206-205 a.C., bien de la campaña de Catón en 195 a.C. (Asensio et alii 2002: 200; Asensio et alii 2005: 620).
Esta cronología había sido ya propuesta por Bosch Gimpera en 1915, a partir del análisis por A. Vives Escudero de las primeras monedas descubiertas en el yacimiento (Bosch 1915: 858), y ha sido posteriormente mantenida, con distintos matices, por otros autores.
Así, Serra Ràfols intentó relacionar el fin del asentamiento con los primeros episodios del enfrentamiento entre romanos y cartagineses, en 218 a.C. (Vilaseca et alii 1949: 53; Serra Ràfols 1965).
Mucho más tarde, y a partir del estudio de los materiales recuperados en las campañas de 1942-1943, David Asensio, Xabier Cela y Conxita Ferrer propusieron una fecha algo más baja, en torno a 200 a.C. (Asensio et alii 1996), que creemos corroborada por nuestros hallazgos.
Nuestra apreciación sobre la cronología se basa esencialmente en la datación, establecida por Núria Tarradell-Font, de las monedas de plata halladas en nuestras excavaciones (más concretamente en los recintos 15 y 19, del edificio 1) y de las procedentes de hallazgos anteriores, pero que, siendo a menudo de los mismos tipos, pueden ser relacionadas (Moret 2008: 213).
Aparte del material numismático, nuestra datación se apoya en las cerámicas de importación, en particular la campaniense A y las ánforas grecoitálicas.
Por lo que respecta a la primera, el repertorio documentado es característico de la fase antigua de esta producción, es decir, la comprendida entre 220 a.C. y 180 a.C. aproximadamente, según muestra la presencia de las formas Lamb.
36, Morel 68 y diversos fragmentos de base atribuibles sea a esta forma -atestiguada también por fragmentos de asa-, sea a las formas Lamb.
Es cierto que todas y cada una de estas formasexcepto el plato de pescado forma Lamb.
23-po-drían fecharse en la fase media (180 a.C.-100 a.C.), y también lo es que el uso de todos estos vasos podría haber perdurado durante largos decenios.
Ahora bien, no puede olvidarse que faltan las formas características de la mencionada fase media, incluyendo los platos Lamb.
5, que se documentan desde el segundo cuarto del siglo II a.C. (Sanmartí-Grego y Principal 1998: 208), o tal vez incluso algo antes, a juzgar por los hallazgos de Lattara (Adroher 1998: 235).
En cuanto a las ánforas greco-itálicas, los cuatro fragmentos de borde recuperados (Fig. 12, no 10-14) pueden corresponder a la facies de campaniense A que hemos descrito.
Aunque menos precisa, como es lógico, que la datación de base numismática, la cronología de las importaciones cerámicas es perfectamente coherente con una datación muy a "principios" del siglo II a.C.
Más difícil de precisar es la fecha inicial del sistema urbanístico reconocido hasta el momento.
Bajo los niveles de destrucción aparecen finos pavimentos, depositados a su vez sobre las gravas naturales.
Estos pavimentos contienen escasos materiales, casi siempre desprovistos de significación cronológica.
Cerámica importada de los niveles de abandono de la Zona 1: 1 a 6) Ática de barniz negro; 7) Taller de las pequeñas estampillas; 8 a 12) Taller de Roses; 13 a 20) Campaniense A.
Por otra parte, apenas se han observado reformas constructivas y, cuando existen, son de escasa entidad.
Todo ello sugiere una fecha de fundación no muy alejada de la de destrucción: tal vez una o dos generaciones antes, es decir, a mediados del siglo III a.C. como muy pronto.
Es necesario señalar, con todo, que entre los materiales de los niveles de abandono aparece siempre una pequeña cantidad de cerámicas más antiguas.
Se trata, en primer lugar, de vasos áticos de barniz negro (Fig. 11, no 1-6), en su mayoría de siglo IV a.C. avanzado, aunque alguno remonta a la segunda mitad del siglo V a.C. (Fig. 11, no 1).
También están representados el Taller de las Pequeñas Estampillas (Fig. 11, no 7) y, sobre todo, las producciones de barniz negro de los talleres occidentales del siglo III a.C., en particular el Taller de Roses (Fig. 11, no 8-12), de modo que sería posible pensar, teóricamente, en una ocupación continuada del asentamiento desde la segunda mitad del siglo IV a.C. hasta su destrucción en torno a 200 a.C. Sin embargo, también es plausible que los materiales más antiguos llegaran con los primeros ocupantes del lugar, a mediados o en el tercer cuarto del siglo III a.C., puesto que la perduración de uso de las cerámicas áticas durante largos períodos de tiempo es un hecho perfectamente comprobado.
Teniendo en cuenta la naturaleza de la estratigrafía, esta segunda hipótesis es, a nuestro entender, la más verosímil.
Lo contrario implicaría suponer que la estratificación del yacimiento no experimentó crecimiento alguno durante más de un siglo -algo poco probable-, o bien que el posible asentamiento más antiguo se hallaba solamente en un área limitada, y aún inexplorada, del lugar.
En cuanto a posibles ocupaciones anteriores al período ibérico pleno, tan sólo se ha documentado una urna cineraria atribuible al período I de S. Vilaseca, o Campos de Urnas antiguos de Ruiz Zapatero, localizada in situ debajo del pavimento del recinto 9 del edificio 1.
Esta pieza, fechable tipológicamente entre los siglos XI a.C. y IX a.C., debió de formar parte de una necrópolis más amplia, de la que sólo nos han llegado algunos fragmentos, descontextualizados, de otros vasos similares.
En el extremo opuesto de la horquilla cronológica, puede asegurarse la existencia de una reocupación entre la segunda mitad del siglo II a.C. y principios de la siguiente centuria, que queda atestiguada, sobre todo, por la relativamente importante cantidad de cerámicas de esta cronología halladas en los niveles superficiales, donde también se han recuperado algunas monedas de época republicana.
7Se trata sobre todo de cerámica de barniz negro del círculo de la campaniense B, entre la que parece predominar la de producción etrusca, aunque también se documentan vasos de tipo "B-oide".
El repertorio de formas es notable e incluye las copas Lamb.
La campaniense A está representada sobre todo por las páteras Lamb.
Debe añadirse a ello la presencia de cerámica de paredes finas, con bordes exclusivamente de la forma Mayet II (Fig. 13, no 13-16), ánfora itálica Dr. 1B (Fig. 13, no 17) y cerámica de cocina itálica.
Los restos de construcciones atribuibles a este período son mínimos, probablemente a causa de la ya descrita actividad antrópica posterior al período ibérico.
Cerámica importada de los niveles de abandono de la Zona 1: 1 a 7) Campaniense A; 8) Cerámica púnica centro-mediterránea; 9) Cerámica común itálica; 10 a 12) Ánforas greco-itálicas.
No obstante, y a juzgar por el volumen y dispersión de los materiales que le pueden ser atribuidos -que aparecen en todos los sectores explorados-, debió de ser un asentamiento importante.
EL SISTEMA DEFENSIVO Y SU CRONOLOGÍA
La muralla del asentamiento ha sido documentada en la zona noroeste, donde, a pesar de su mala conservación, es perfectamente reconocible, y, en mucho mejor estado, a ambos lados de la puerta de acceso al poblado (Figs.
Está formada por dos muros paralelos, que siguen estrechamente el límite de la plataforma y distan el uno del otro unos 3,20 m en el sector situado junto a la torre norte, unos 2,50 m en el sector opuesto, y nuevamente unos 3 m en la zona noroeste.
Una serie de paredes transversales divide este largo espacio en un gran número de compartimentos, de formas y dimensiones desiguales (entre 6,2 m 2 y 27,5 m 2 en el sector noroeste; entre 10,20 m 2 y 41 m 2 en el sector septentrional del extremo este).
Ramon Pallarès supuso en su momento que los compartimentos entonces conocidos -los del extremo meridional-contenían un encofrado de tapial, de modo que, según él, se trataría de una muralla maciza.
Ahora bien, dejando aparte las dificultades de orden constructivo de esta hipótesis -ya oportunamente señaladas por Pierre Moret (1996: 83-84)-, existen pruebas concluyentes de que se trata de compartimentos vacíos, utilizados para diversas funciones.
Así, dos de los tres existentes en el extremo del tramo meridional presentan un enlosado de piedra, y los del lado opuesto, recientemente excavados por nosotros, contienen hogares, uno de los ellos relacionado con actividades de fusión de bronce (recinto 134) (Fig. 9).
Un cuarto compartimento de la misma zona, inmediatamente al oeste, forma parte de un complejo más amplio (edificio 19), con indicios claros de trabajo del hierro.
En cuanto al sector noroeste, todo lo que puede decirse es que alguno de los compartimentos parece relacionado con las casas adyacentes, en particular el recinto 85, que también conserva restos de un hogar, o el recinto 80 (Fig. 8).
Otros, como los recintos 81 y 82, parecen incomunicados, de modo que no puede excluirse un acceso cenital, desde el paso de ronda.
La existencia en el Castellet de Banyoles de una muralla con compartimentos vacíos en el nivel inferior no tiene nada de particular, puesto que este tipo de fortificación, de origen oriental, está perfectamente documentado en el sur de la península ibérica (Bendala y Blánquez 2002-2003; Bendala 2010) y su influencia se refleja también, probablemente, en otros yacimientos al norte del Ebro, en particular en el sector con casamatas de la muralla del Turó del Montgròs (El Brull, Osona, Barcelona), fechado en torno a 300 a.C. (López y Riera 2005), y en la muralla con recintos cuadrangulares adosados del Casol de Puigcastellet (Folgueroles, Osona, Barcelona), de la segunda mitad del siglo III a.C. (Molas, Rocafiguera y Mestres 1988).
Es cierto que el reducido espesor del muro exterior de la muralla del Castellet de Banyoles podría suponer una cierta endeblez para una estructura sin relleno, pero no debe olvidarse que la altitud de la plataforma y el escarpe acusado de las pendientes que la delimitan la hacían difícilmente vulnerable por la acción de arietes o proyectiles.
Por la misma razón, probablemente, se prescindió del uso de torres, de las que no existe rastro alguno conocido.
El único punto realmente vulnerable del sistema defensivo era la puerta, aunque el largo y estrecho istmo que la precedía constituía ya de por sí una defensa considerable, dado que permitía obstaculizar el acceso de las máquinas de asedio (Figs.
Las dos torres pentagonales que la protegen constituyen el elemento arquitectónico más emblemático del ya-Figura 13.
Cerámica importada de los niveles superficiales: 1 a 4 Campaniense A; 5 a 12) Campaniense del círculo de la B; 13 a 16) Cerámica de paredes finas; 17) Ánfora itálica. cimiento, pero su conocimiento y, en particular, su datación, están seriamente limitados por la forma en que fueron excavadas, a principios de los años cuarenta, ya que la eliminación, sin un adecuado registro, de toda la sedimentación arqueológica en contacto con las mismas supone la imposibilidad de fecharlas directamente.
Más tarde, las intervenciones de Ramon Pallarès, aunque trajeron luz a otros elementos de interés -como la continuación de la cloaca que discurre entre las dos torres-, fueron excesivamente puntuales para proporcionar una comprensión global de este sector.
Nuestra intervención, desarrollada entre 2008 y 2010, tenía por finalidad esencial aclarar su cronología.
Recordemos brevemente que cada una de las torres, que son prácticamente idénticas, se compone de un cuerpo triangular avanzado, seguramente macizo, y, en la parte posterior, de un espacio cuadrangular vacío, accesible a través de una puerta situada al oeste.
A este segundo cuerpo se adosa, en el caso de la torre sur, el último compartimento de la muralla y un breve tramo de muro que prolonga la pared septentrional; en la torre norte, otros dos muros ensanchan hacia el oeste el espacio interior del cuerpo cuadrangular.
Es importante observar que todas estas estructuras se adosan a las torres propiamente dichas, de manera que les son posteriores; la datación absoluta de alguna de ellas proporcionaría, por tanto, un valioso terminus ante quem para la erección de las torres, o, por lo menos, del cuerpo cuadrangular vacío de las mismas, suponiendo que el elemento triangular macizo de la parte anterior hubiera sido levantado más tarde, independientemente, lo que es posible, pero en modo alguno seguro.
Las dimensiones de la torre norte son de 12 m de longitud por 6,40 m de ancho, medido éste en el lado occidental, y las de la torre meridional de 10,50 m y 6,50 m respectivamente.
La luz de la puerta que protegen es de 3,20 m en su punto más estrecho, el exterior.
Sin embargo, no es nuestro propósito ofrecer una descripción exhaustiva de estas estructuras, ni una interpretación reconstructiva de las mismas.
El debate sobre estas construcciones se ha centrado en su restitución y, más recientemente, y en conexión con ella, en su cronología.
Muy resumidamente, Ramon Pallarés supuso que, siguiendo el modelo de las torres pentagonales helenísticas, comportaban un piso superior sobre toda su superficie, y defendió también, con argumentos más bien tenues -y actualmente insostenibles-, que el trazado de la muralla se prolongaba por el este más allá de las torres, formando una defensa avanzada por delante de éstas (Pallarès 1984b: 123-124).
Unos años más tarde, Pierre Moret señaló, con razón, que la restitución propuesta por Pallarès era incomprensible desde el punto de vista estrictamente defensivo, dado que el ángulo agudo frontal de las torres, así como el hecho de que sus ejes fueran convergentes delante de la puerta, implicaban la existencia de un importante ángulo muerto frente a ésta, y la consiguiente imposibilidad de protegerla eficazmente.
Muy recientemente, sin embargo, y a la luz de un pasaje de Filón de Bizancio (A 44 a 52) sobre las torres pentagonales, el mismo autor ha propuesto una nueva restitución que revaloriza el papel defensivo de las torres (Moret 2008).
Según esta interpretación, el cuerpo triangular anterior no se elevaría hasta la altura del piso superior, sino que este último se superpondría únicamente al cuerpo cuadrangular.
De este modo, se eliminaría el ángulo muerto frente a la puerta, a la vez que la orientación convergente de las torres permitiría concentrar el tiro en un punto crítico desde el punto de vista defensivo, situado a unos cuarenta metros delante de las mismas.
La función del cuerpo triangular se reduciría, por tanto, a proteger la parte inferior del cuerpo cuadrangular de las torres de las maniobras de zapa, la acción de los arietes y los tiros de la artillería.
En relación a la cronología, y en ausencia de datos estratigráficos fiables, Pierre Moret ha supuesto, como hipótesis más probable, que las torres fueron erigidas en un momento relativamente tardío de la vida del asentamiento, posterior a su destrucción en torno a 200 a.C. (o, según él, a principio del siglo II a.C.).
Sus argumentos son, por una parte, la aparente incoherencia entre la sofisticación de las torres y la escasa entidad del resto del sistema defensivo, ya que supone que no existía una verdadera muralla (Moret 2008: 209-211); por otra parte, la ausencia de signos de destrucción intencional de las torres y el hecho de que no fueran desmanteladas, como cabría esperar si hubieran existido a principios del siglo II a.C., cuando se produjo la destrucción del poblado (Moret 2008: 208).
Como veremos, todo ello es sólo aparente.
Finalmente, Moret piensa, con precaución, que los muros que amplían hacia el oeste el cuerpo cuadrangular de la torre meridional fueron construidos con ésta y, dado que uno de ellos se superpone a la pared norte del último compartimento de la muralla, entiende que tanto la torre como los mencionados muros de ampliación fueron elevados en un segundo momen- to.
Este momento lo sitúa en pleno dominio romano, ya que sólo el ejército romano podría haber servido como "vecteur pour transporter à l 'autre bout de la Méditerranée les dernières recettes à la mode de l' architecture hellénistique", recogidas o preconizadas en la obra de un autor, Filón de Bizancio, que escribe a finales del siglo III a.C. (Moret 2008: 210).
En definitiva, y sin excluir la posibilidad de una fecha anterior, Pierre Moret introduce en el debate la hipótesis de que las torres se elevaron después de la destrucción del asentamiento del ibérico pleno, producida a "principios" del siglo II a.C. -no necesariamente en 195 a.C.; probablemente más tarde y por obra de otros hispani-, y bajo la influencia directa -¿o la dirección?-del ejército romano.
Nótese que la argumentación que subyace a esta segunda hipótesis está absolutamente condicionada por la fecha en que se escribe la obra de Filón, y también por la idea de que el tipo de torre presente en Tivissa únicamente pudo ser concebido por influencia directa de modelos existentes en el Mediterráneo oriental (donde, por cierto, y como señala el autor, no existe ningún ejemplar del tipo documentado en nuestro yacimiento, con cuerpo triangular equilátero) y que sólo el ejército romano pudo supuestamente transmitir (lo que supone negar que los arquitectos militares púnicos o los griegos al servicio de Cartago pudieran haber conocido y transmitido este modelo de torre).
Sobre algunas de estas cuestiones han arrojado luz nuestros trabajos en este sector del yacimiento entre 2008 y 2010.
En primer lugar, y además de comprobar que la sedimentación arqueológica relacionada con la torre norte fue totalmente removida en trabajos anteriores, se ha observado que la tierra acumulada sobre el cuerpo triangular no era, como se pensaba (Pallarès 1984b: 121; Moret 2008: 199), un alzado original en tapial, sino que fue depositada en fechas relativamente recientes, y que incluso una parte, todavía por determinar, del zócalo de piedra había sido construido modernamente.
En realidad, los excavadores de los años cuarenta ya señalaban en su informe que "parte del espolón de la torre NE. y dos puntos del muro interior de la torre SE.
Fueron derribadas por el mismo fin" (esto es, la destrucción de la ciudad) (Vilaseca et alii 1949: 16).
Por consiguiente, una gran parte de la estructura visible hasta 2008, cuya imagen ha sido ampliamente divulgada, era resultado de una reconstrucción, realizada después de la campaña de 1943, según hemos podido saber gracias al análisis por parte del Dr. Jaume Noguera de la correspondencia mantenida entre Salvador Vilaseca y Josep Brull, en la que este último describe brevemente los trabajos realizados.
Aunque la remoción completa de la parte reconstruida -condición necesaria para evaluar el estado de la torre en el momento de su excavación-está todavía pendiente, parece evidente que las torres fueron efectivamente destruidas y desmanteladas.
En segundo lugar, la excavación al oeste de la misma torre ha traído a luz el extremo oriental de la muralla norte, en una longitud de 25 m, y ha clarificado más allá de toda duda que se trata de una construcción de compartimentos vacíos (recintos 134 a 137) (Fig. 9).
Ahora bien, a diferencia del sector opuesto, donde el último compartimento se adosa al ángulo sudoccidental de la torre sur, en el sector excavado por nosotros existe una puerta lateral, cuyo vano, de 3,5 m de anchura media, está formado por el muro oriental del último compartimento (recinto 134) y por una segunda pared, descubierta en los años cuarenta y ya mencionada, que se adosa al ángulo noroccidental torre.8 Una hilada de losas calcáreas de grandes dimensiones constituye el umbral de esta puerta, por la que discurre un ramal de la gran cloaca que atraviesa el acceso principal al asentamiento.
La puerta recientemente descubierta se corresponde claramente con una poterna situada en el sector meridional, entre los dos últimos compartimentos de la muralla.
Estas aberturas laterales tuvieron probablemente por objeto facilitar las salidas de los defensores -que podían concentrarse en el amplio espacio que las antecede-y la ejecución de golpes de mano contra los eventuales asaltantes.
En lo que se refiere a la cronología de este sector, nada puede afirmarse sobre la fecha inicial, más allá de lo que hemos indicado sobre el conjunto del yacimiento.
En cualquier caso, es evidente que la muralla funcionó con las torres, aunque debió de ser construida inmediatamente después -no antes-que ellas.
Ello se deduce, en primer lugar, del hecho de que el último compartimento del extremo meridional se adose a la torre sur; en segundo lugar, del hecho de que el muro occidental de la puerta lateral descubierta por nosotros se adose a la torre norte.
En cuanto a la fecha de destrucción, en el vano de dicha puerta lateral se conservan restos de un nivel de abandono/destrucción análogo en todo punto al que, como hemos dicho, se documenta en el resto del asentamiento, incluyendo los compartimentos adyacentes de la muralla y el edificio 19.
Este nivel fue parcialmente excavado en los años cuarenta, de modo que, desafortunadamente, no tiene contacto con el muro oriental que delimita la puerta, pero es lógico suponer que originalmente se entregaba al mismo.
Ahora bien, dado que dicho muro oriental se entrega a su vez, como hemos dicho, a la torre norte, la fecha obtenida para el nivel en cuestión y sus homólogos de los recintos situados más al oeste constituye un terminus ante quem para la construcción de las torres.
Esta fecha puede ser precisada hasta cierto punto gracias al hallazgo de dos bordes de ánfora grecoitálica, 9 un asa de copa Morel 68 y un borde de plato Lamb.
En definitiva, la conclusión más probable es que el mencionado estrato se formó a principios del siglo II a.C. (probablemente, en nuestra opinión, en 195 a.C.), lo que supondría necesariamente que la torre norte (y, por ende, también su homóloga meridional) fue construida anteriormente, probablemente en la segunda mitad o, mejor, en el último tercio del siglo III a-C.
UN ATISBO SOBRE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL La excavación del sector noroccidental ha proporcionado también interesantes datos sobre los tipos de casas existentes a finales del siglo III a.C. en el Castellet de Banyoles, de lo que es posible colegir alguna información sobre la organización social de la comunidad que habitó el lugar.
Entre los edificios del bloque constructivo A destacan tres grandes casas contiguas (edificios 1 a 3), de estructura compleja y grandes dimensiones.
Tienen todos ellos una estructura similar, con un gran patio abierto -de superficie comprendida entre 65 m 2 y 150 m 2 -, que precede a un conjunto de cinco recintos.
Uno de éstos (recintos 37, 20-21 y 19), situado siempre a un lado y paralelo al eje longitudinal del edificio, puede identificarse como cocina y centro de la vida doméstica, por la existencia de uno o (en el edificio 2) dos hogares.
En los edificios 3 y 2, y situado entre el patio, el extremo sudoeste de la cocina y el frente de las tres habitaciones restantes, existe un espacio rectangular orientado transversalmente a estas últimas, lo que permite suponer que se trataba de un pórtico, si bien es cierto entenderse también como un indicador de poder, por cuanto supone la aceptación por la colectividad del uso privado de un espacio común (Belarte 2008: 199).
Los otros edificios adosados a la muralla, inmediatamente al sudeste de los descritos, y separados de ellos por una calleja (R41), son de dimensiones menores, pero también de notable complejidad estructural.
El edificio 4 (180 m 2 ) tiene una estructura muy similar a la del edificio 2, pero sin patio, y el edificio 5 (100 m 2 ), asimismo sin patio, presenta también el consabido recinto transversal, que sin embargo da paso a solamente dos habitaciones.
Aparte de sus menores dimensiones, se diferencian de los anteriores por la existencia de hogares (incluso más de uno) en la mayoría de recintos.
Debe destacarse la presencia en el espacio 48 (edificio 5) de un horno circular con el que se relacionan restos abundantes de plomo fundido.
Adosado al muro de fachada del edificio 4, existe un segundo horno, semicircular y construido en piedra, sin duda culinario.
Parece evidente que estos dos edificios tenían una funcionalidad muy distinta a los antes descritos.
El bloque constructivo C está situado en el extremo occidental del asentamiento.
Destacan en el mismo dos grandes edificios de planta rectangular alargada, formados por habitaciones oblongas y largos corredores, de los cuales tan solo el más meridional (edificio 18) ha sido recientemente excavado.
Se trata de una estructura que combina características de los distintos tipos existentes en el bloque A. Por un lado, algunos de sus componentes estructurales (un gran patio delantero y una única estancia con hogar) y la aparición de joyas de oro en los niveles de destrucción (dos nuevas piezas, aún en estudio) remiten a las residencias más preeminentes de aquél (edificios 1 a 3).
Por el contrario, sus dimensiones generales (unos 140 m 2 ), el número de recintos internos y la evidencia de actividades metalúrgicas (horno de forja de hierro de grandes dimensiones en el patio anterior, así como la presencia de dos nódulos de mineral de galena) recuerdan las características de los edificios 4 y 5).
En cuanto al bloque B, está formado por dos baterías de recintos contiguos que se adosan a uno y otro lado de un muro continuo orientado en dirección noroeste-sudeste.
El estado de conservación es a menudo muy precario, lo que dificulta a veces la individualización de las distintas unidades constructivas, sobre todo en la parte noroeste, donde, a excepción de los recintos 113 y 114, tan sólo se conservan, en mayor o menor longitud, los arranques de los muros que se adosan a la mencionada pared medianera.
En el lado opuesto, por el contrario, se pueden individualizar distintas casas (edificios 8 a 9 y 11 a 15), de dimensiones relativamente modestas (entre 40 m 2 y 90 m 2 ) y una estructura mucho más simple que en el bloque A. Se trata, en efecto, de unidades constructivas compactas, sin patio y formadas, en general, por cuatro recintos, aunque los edificios 14, 12 y 11 sólo tienen dos, o tal vez tres.
Su carácter doméstico parece muy probable, aunque no siempre se comprueba la presencia de hogares.
Se trataría, en cualquier caso, de casas mucho más modestas que las del bloque constructivo A. En cuanto a los edificios situados al noroeste del muro medianero, es posible que tuvieran una estructura similar, pero no puede excluirse que fueran mayores y de superior complejidad, tal vez del tipo documentado en el bloque constructivo A. Nada sabemos de sus funciones, evidentemente.
EL EDIFICIO 10 ¿UN SANTUARIO GENTILICIO?
En el extremo oriental del bloque constructivo B, al nordeste del gran muro medianero, existe otro edificio complejo de grandes dimensiones (unos 140 m 2 de superficie interna) (edificio 10) (Figs.
La disposición de las estancias que lo conforman y los elementos que aparecen en su interior son muy particulares, y sin paralelos conocidos en las áreas geográficas próximas.
Este edificio se articula en torno a un recinto central prácticamente cuadrado (R116), de unos 5,3 m. de lado, con una pequeña recámara en el ángulo oriental (R117) y una especie de antesala alargada en el lado sudoeste (R112).
Aunque esta gran sala cuadrada limita con la calle 1, parece que no comunicaba con ella.
El cuerpo central está rodeado al sudeste y al sudoeste por un corredor en forma de L (R125 y R122), accesible desde la calle 1 a través de una puerta que es, aparentemente, la única que comunicaba con el exterior.
Este corredor queda interrumpido por una pared que lo separa de un pequeño espacio prácticamente cuadrado (R111), y en la que es posible, aunque no seguro, que existiera una puerta.
La existencia de otras puertas que, sin embargo, no resultan muy evidentes 11, parece necesaria también para comunicar este corredor con el cuerpo central del edificio, y también, ya dentro de este último, la sala central R116 con el vestíbulo que la antecede (R112).
También perteneció a este conjunto la construcción rectangular situada inmediatamente al noroeste, formada por dos ámbitos (R115 y R133, con una superficie total de 41 m 2 ), y que comunicaba con R111.
Por el contrario, el espacio situado inmediatamente al sureste, formado por los recintos 121 y 123-124, corresponde probablemente a una casa del tipo sencillo propio del bloque constructivo B (edificio 20).
Aparte de su posición, el recinto central R116 destaca también por diversas peculiaridades.
En primer lugar, por su pavimento, hecho de tierra endurecida intencionalmente con fuego, caso único, por lo conocido hasta ahora, en el yacimiento.
Además, este pavimento fue cubierto con distintas hiladas de adobes, que formaban una suerte de plataforma de unos 0,20 m de altura, adosada a las paredes -excepto, parcialmente, en el lado sudoeste-, dejando de este modo en el centro de la habitación, y a un nivel ligeramente inferior, un espacio central rectangular, en el que se conservan los restos, muy deteriorados, de un gran hogar, y también una basa de columna de forma cuadrangular, cuidadosamente labrada (Figs.
La ausencia de la plataforma de adobes junto al muro sudoccidental sugiere la posible existencia de una puerta.
Un pavimento muy similar, también endurecido con fuego, se encuentra en el recinto R112, donde también existe un hogar rectangular, en este caso con ángulos apuntados y una forma general próxima a la de "lingote chipriota".
En el interior de la pequeña recámara del ángulo oriental (R117) existía, adosada a la pared noroeste, una piedra de 0,40 por 0,35 m, colocada sobre otras dos y que, por su posición, no puede ser considerada como una basa (Fig. 16).
Un elemento del mismo tipo se ha documentado adosado al muro nordeste del recinto R111.
En cuanto a las dos grandes alas situadas al sudeste y al noroeste, tienen en común su carácter bipartito, pero la primera es considerablemente más angostarasgo propio de una zona de paso-y la segunda tenía una basa de columna en el recinto R133.
La ausencia de materiales muebles significativos impide dar más precisiones sobre su funcionalidad.
Como ya se ha dicho, un problema particular de todo este conjunto es el de la circulación, ya que no ha sido posible reconocer las aberturas que permitían el acceso a las tres cámaras centrales (R112, R116 y R117) y la comunicación entre ellas (Fig. 14).
Una hipótesis verosímil es que el recinto central (R116) fuera accesible por el sudoeste, a través de una puerta algo elevada -es decir, con el umbral sobre el basamento-, desde el recinto R112, al que se llegaría, a su vez, desde el recinto R110, también gracias a una puerta elevada, situada cerca del ángulo septentrional; pueden ser un indicio de ello las dos hiladas de grandes piedras situadas junto a este ángulo.
Igualmente enigmática es la comunicación con las alas sudeste y noroeste, suponiendo que, como parece probable, formaran efectivamente parte de este edificio.
Como se ha dicho, las puertas podían estar ligeramente elevadas, pero no puede excluirse que la circulación se realizara esencialmente al nivel de un piso superior, y que el acceso a los recintos centrales fuese, por tanto, cenital.
No es fácil reconocer las funciones del edificio 10, ya que apenas se han recuperado materiales abandonados in situ y, como es habitual en el yacimiento, los restos de fauna están muy mal conservados, o simplemente han desaparecido.
Además, la excavación se ha interrumpido, de momento, al nivel de los pavimentos y de los hogares, ninguno de los cuales ha sido levantado.
En cualquier caso, está claro que su estructura es radicalmente distinta de la de las casas descubiertas en el yacimiento; asimismo, la organización interna de la gran sala cuadrada (recinto 116) es muy peculiar, y no creemos que responda a funciones domésticas.
Si, por consiguiente, excluimos que se trate de una casa, debemos suponer que es un edificio comunitario, destinado a funciones administrativas, religiosas o políticas, sin que sea posible optar claramente por una de estas posibilidades, que, por lo demás, tampoco son mutuamente excluyentes.
Parece claro que la gran sala cuadrada, con su plataforma de adobes y un hogar central, tiene una estructura apropiada como lugar de congregación y, tal vez, de consumo comunitario de alimentos.
En cuanto a los bloques de piedra adosados a las paredes de los recintos 111 y 117, su función no era constructiva, lo que permite pensar que fue ritual; tal vez se tratara de altares.
Asimismo, el pequeño espacio R117 recuerda, por sus dimensiones y ubicación, las pequeñas "dependencias sacras" -un rasgo de probable origen oriental-que aparecen frecuentemente en edificios cultuales prerromanos entre el Ebro y la baja Andalucía (Prados 2006).
Añádase a ello el hecho de que la gran sala central, que es el núcleo del edificio, no resulta accesible con facilidad desde el exterior, sino que probablemente fuera necesario, para entrar en ella, recorrer todo un corredor en L hasta el recinto 110, y después pasar por una antesala (recinto 112) cuyo carácter religioso parece probable a tenor de la presencia de un hogar en forma de lingote chipriota.
Existe una evidente voluntad de aislamiento, que sería todavía mayor si, como ya hemos sugerido, fuera cierto que muchos de estos recintos sólo eran accesibles cenitalmente.
Esta voluntad de aislamiento conduce a pensar en la celebración de cultos mistéricos y tal vez de rituales iniciáticos como hipótesis de trabajo, aunque, naturalmente, de muy difícil verificación.
En este sentido, podría tener una cierta relevancia la posible relación con este edificio de las phiálai mesómphaloi descubiertas en 1927, dos de las cuales tienen en los umbos representaciones de cabezas de lobo, un animal que ha sido relacionado con este tipo de actividades (Almagro-Gorbea 1996: 109).
En efecto, aunque desconocemos el lugar preciso en que se produjo el hallazgo de las phiálai, según Ramon Pallarès era próximo al del "tesoro" recuperado en 1912, que ya hemos mencionado (Pallarès 1984a, vol. 1: 219).
Ahora bien, ya hemos señalado las razones que permiten pensar que el hallazgo de 1912 se produjo en el solar de nuestro edificio 1, de modo que no es inverosímil suponer que el conjunto de 1927 fue recuperado en el edificio 10 o en su proximidad.12 La relación entre estos vasos y un templo ya había sido propuesta por Vilaseca, Serra-Ràfols y Brull (1949: 46 y 53), y más tarde por Pallarès (1984a, vol. II: 5-8).
Posteriormente, M. Almagro-Gorbea atribuyó estos vasos al culto funerario dedicado a régulos heroizados (Almagro-Gorbea 1996: 113), que bien podría haberse tributado en un edificio como el que hemos descrito.
La proximidad del mismo a las grandes residencias aristocráticas del bloque A (edificios 1 a 3) también permite apoyar esta interpretación, o, por lo menos, el carácter cultual de la construcción.
Finalmente, la comprensión de este edificio debe tener también en cuenta la existencia delante del mismo de un gran espacio abierto que se extiende hasta las fachadas de los edificios 4 y 5.
Este espacio parece concebido para permitir la congregación de un número importante de personas y, por tanto, probablemente para funciones de carácter político y religioso.
No conocemos paralelos claros para esta estructura, pero existen algunos puntos en común con el edificio 203 del asentamiento de Alorda Park (Calafell, Baix Penedès, Tarragona).
Se trata de una gran construcción (unos 315 m 2 ), datada en el siglo III a.C. y destruida, como el resto del poblado, en una fecha cercana a la del Castellet de Banyoles.
Uno de los siete recintos que la componen (AB) tenía bajo el pavimento los restos de sacrificios de ocho ovicápridos, pero es particularmente interesante el recinto AH, un pequeño espacio prácticamente cuadrado, al que se accedía por una puerta situada al fondo de un corredor en L. En un segundo momento, esta puerta fue tapiada, de modo que el acceso al recinto debía de ser cenital.
En el nivel de derrumbe se hallaron dos cráneos completos de grandes cánidos, que posiblemente estaban sujetos a las paredes o colocados sobre estantes (Asensio et alii 2005: 604).
El Castellet de Banyoles es, por distintos motivos, un yacimiento peculiar.
Su primera singularidad radica en la cronología inicial.
Fundado, en nuestra opinión, hacia el tercer cuarto del siglo III a.C. -o, como mucho, un siglo antes-, se trata del único asentamiento ibérico de grandes dimensiones que no hunde sus raíces en el ibérico antiguo o, incluso, en el primer hierro.
Ciertamente, existen en Cataluña otros poblados fundados en fechas igualmente tardías, como Els Estinclells (Verdú, comarca de Urgell, Lérida), cerca de Tàrrega (Asensio et alii 2009), o el Puig Castellet de Lloret de Mar (Pons et alii 1981), pero ninguno posee la entidad del de Tivissa.
Ello demuestra que el proceso de crecimiento de la población iniciado en el Bronce Final y potenciado, a partir del siglo VI a.C., con la aplicación de la metalurgia del hierro a las actividades productivas (Sanmartí 2010), proseguía aún durante el siglo III a.C. en algunas zonas que, por razones que desconocemos, parecen haber estado poco pobladas desde mediados del siglo VI a.C., tal vez por tratarse de territorios de frontera.
La cubeta de Mora -una zona que cuenta con trabajos de prospección de una cierta importancia-fue, sin duda, una de ellas, tal como muestra la práctica ausencia de yacimientos anteriores al ibérico pleno (Noguera 2002: 19-21).
La fundación ex novo de un núcleo de la entidad y volumen de población del Castellet de Banyoles hubo de suponer la colonización agrícola de la hoya, pero no implicó aparentemente la formación de un poblamiento rural disperso, ya que el número de yacimientos conocidos apenas experimentó crecimiento alguno (Noguera 2002: 30-33).
Debemos suponer, por consiguiente, que la población se concentró casi exclusivamente en este gran asentamiento, lo que es perfectamente posible, ya que el poblado se encuentra en una posición central dentro de la cubeta y que, exceptuando su extremo norte, la mayor parte de terrenos cultivables de ésta se halla dentro de un radio de 5 km. Por tanto, eran accesibles en más o menos una hora, excepto los más alejados de la derecha del Ebro, que es el único obstáculo de una cierta importancia para la circulación.
El asentamiento aparece de este modo como una pequeña ciudad, en la que coexisten distintos grupos sociales y que concentra las actividades secundarias -sobre todo la metalurgia-y servicios diversos de carácter religioso, defensivo y administrativo.
Es necesario preguntarse por qué razón se optó por este modelo estrictamente mononuclear, o casi, cuando en las regiones costeras existen sistemas de asentamientos profundamente jerarquizados, que incluyen un importante poblamiento disperso, y en otras zonas, como la Cataluña central y occidental o el Bajo Aragón se documenta un modelo aldeano de tipo heterárquico, sin grandes núcleos de población (Sanmartí 2010).
La concentración de toda la población en un solo asentamiento no es la fórmula más económica desde el punto de vista de la explotación agrícola del territorio, de modo que su elección debe explicarse por razones de otra índole, y entre ellas debieron de ser primordiales las de carácter estratégico.
En efecto, la existencia de un lugar tan eficazmente protegido por la configuración del terreno y, a la vez, suficientemente amplio para albergar a una población considerable, amén de su situación en el centro de la hoya y la proximidad a distintas vías de comunicación, debió de tener un papel importante en esta decisión.
La preocupación por la defensa que se deduce de todo ello puede deberse, sobre todo, al estado de confrontación endémico entre los pueblos ibéricos, pero no podemos excluir que la inestabilidad provocada en la península ibérica por la invasión bárquida hubiera pesado también en la toma de decisiones.
También es probable que se tuviera en consideración la proximidad de la zona minera del Molar, ya que entre las actividades de transformación documentadas tiene un papel importante la relacionada con el plomo, atestiguada por la presencia de una considerable variedad de objetos (proyectiles, pesos de red, ponderales, un pico en miniatura, un elemento monetiforme), de dos bloques de galena y un elevado número de restos de plomo fundido.
13 Es posible que esta actividad explique la práctica inexistencia de restos de fauna, ya que los huesos calcinados y molidos son un componente idóneo de las copelas (Ferrer 2002: 203).
Una segunda peculiaridad radica, evidentemente, en el sistema defensivo.
En primer lugar, por la existencia de una muralla de compartimentos, un tipo de fortificación de origen oriental, frecuente en el mundo fenicio-púnico, también en su área de influencia del sur de la Península Ibérica, pero que constituye una rareza al norte de Alicante, donde su presencia solo se documenta en un pequeño sector del Turó del Montgròs (López y Riera 2005) y hasta cierto punto en el Casal de Puigcastellet (Folgueroles, Osona, Barcelona) (Molas, Rocafiguera y Mestres 1988).
El uso sistemático de este tipo de fortificación en la muralla de un asentamiento tan importante de esta región es, creemos, un hecho notable, cuya explicación no es sencilla, pero que revela una familiaridad real con los sistemas púnicos de fortificación, hasta el punto de que podría pensarse que la propia fundación del poblado -que no puede desligarse de la erección de la muralla-se debió a una iniciativa cartaginesa, tal vez, como ha sugerido M. Bendala (2010), en el marco de una estrategia global de preparación de la retaguardia con vistas a la guerra contra Roma.
Aparte del ya mencionado Turó del Montgròs, esta idea encontraría quizá un cierto apoyo en la posible existencia de un castrum cartaginés en la parte alta de Tarragona, donde se encuentra actualmente el Palacio Arzobispal (Bendala y Blánquez 2002-2003: 155-157; Bendala 2010: 454-456).
A ello podría añadirse todavía la existencia en edificios religiosos -los templos de la acrópolis de Ullastret-y en grandes residencias aristocráticas de núcleos poderosamente fortificados -Ullastret (Martín et alii 2004: 272 y 282-283) y Alorda Park (Asensio et alii 2005: 603)de pavimentos y revestimientos de muros fechables en el siglo III a.C. avanzado que responden a una técnica puramente púnica y que tal vez indiquen la presencia en esos lugares de personas de origen cartaginés.
En cuanto a las torres pentagonales, nada podemos añadir a la restitución propuesta por Moret, sin duda la más verosímil de cuantas se han elaborado, pero entendemos que su cronología debe elevarse sin duda al momento de fundación del poblado, tal vez en el tercer cuarto del siglo III a.C. o poco después.
Ello excluye una transmisión a través del ejército romano -a menos que se acepte una datación extremadamente baja dentro del arco cronológico plausible para la fundación de la ciudad-e impli-ca -si no se admite una creación paralela en el ámbito ibérico-alguna forma de relación a través del mundo griego o, tal vez más probablemente, púnico, habida cuenta del modelo de muralla de compartimentos utilizado.
14 Por lo demás, la conexión del Castellet de Banyoles con el ámbito cultural cartaginés viene también sugerida, como se ha visto, por algunos detalles estructurales del edificio cultual -concretamente la "dependencia sacra" R-117-, por el hallazgo de un recipiente fabricado posiblemente con plata de Cartagena (Rafel et alii 2008: 265) e incluso por la presencia entre los materiales más antiguos de dos platos áticos con borde engrosado forma Morel 2220 (Plate with rolled rim del ágora de Atenas), una forma extremadamente rara en los asentamientos ibéricos, pero frecuente, precisamente, en Cartago (Morel 1991: 328-330) (Fig. 11, no 2 y 3).
En sentido contrario, sin embargo, es preciso destacar que el Castellet de Banyoles apenas ha proporcionado importaciones de origen púnico, en neto contraste con lo habitual en los yacimientos contemporáneos de la zona.
De hecho las importaciones cerámicas presentan índices considerablemente bajos (un 2% del total de fragmentos o un 7% en el recuento por individuos) y entre éstas el predominio absoluto es de los productos itálicos, tanto en ánforas como en vajilla (el 91% del total de fragmentos de importación).
Este último dato podría reflejar unas circunstancias particulares del momento inmediatamente anterior a la destrucción de la ciudad, determinadas por la probable presencia de un campamento militar romano en sus inmediaciones (Noguera 2008).
Desde el punto de vista social, es evidente la presencia en el poblado de la aristocracia ibérica, revelada tanto por la arquitectura doméstica como por el hallazgo de objetos suntuarios de carácter ritual que -tercera peculiaridad-constituyen también un caso único en el entorno geográfico próximo, incluyendo otros núcleos de primer orden destruidos violentamente, como Ullastret.
La existencia de otras casas de dimensiones más reducidas muestra, sin embargo, que en el poblado residían también los miembros de otros linajes de rango inferior, probablemente vinculados por lazos de clientela con las grandes familias que ocupaban las casas 1-3 del sector noroeste.
Se trata de una forma de organización esencial-mente análoga a la definida por A. Ruiz para la Plaza de Armas de Puente Tablas, en el territorio por excelencia con formas de organización mononuclear (Ruiz 1998: 292).
Podemos suponer que el sector traído a luz en el extremo noroeste del Castellet de Banyoles es parte del espacio correspondiente a un grupo gentilicio concreto, con sus casas de distintos tipos y su santuario, y que este esquema debe de repetirse en otras partes del asentamiento, sin excluir que pueda existir también un edificio de tipo palacial, residencia del jefe supremo.
Todo ello, en la medida de lo posible, será objeto de investigación en los próximos años.
Indiquemos, para terminar, que, si bien es imposible afirmarlo con toda certeza, creemos que la fecha de 195 a.C. sigue siendo a nuestro entender la más verosímil para la destrucción del Castellet de Banyoles.
No se trata de un caso aislado: otros muchos centros de poder -como Ullastret-, asentamientos con valor estratégico y lugares de acumulación de excedentes en el territorio de la actual Cataluña encuentran su final -a veces claramente violentoen las mismas o cercanas fechas.
Si bien es cierto, como supone Pierre Moret, que los materiales cerámicos hallados en estos niveles de destrucción y/o abandono podrían fecharse hasta, más o menos, 170 a.C., quizá en algún caso algo más tarde, no nos parece lógico suponer que el poder romano tolerara un período de inestabilidad tan prolongado, de un cuarto de siglo o incluso más, después de la campaña de Catón.
Sea como fuere, en el caso del Castellet de Banyoles la ausencia de monedas posteriores a los primeros años del siglo II a.C. en los niveles de destrucción sugiere que no pervivió más allá de esta última fecha.
La fecha de 195 a.C. parece, pues, la más apropiada, no sólo para el Castellet de Banyoles, sino para la mayoría de yacimientos que presentan la facies antigua de la campaniense A en sus niveles de abandono.
La campaña de Catón, por tanto, no aparece como una mera expedición punitiva y de pacificación del territorio, sino como una verdadera guerra de conquista, que subvirtió radicalmente las formas de organización política y social del mundo indígena y sometió a la población local a un nuevo orden de dependencias, no necesariamente más opresivas que las existentes bajo el dominio de las aristocracias ibéricas.
Sobre ello, sin embargo, se hablará más extensamente en un próximo trabajo15. |
En este trabajo haremos un recorrido cronológico y tipológico estudiando la iconografía que aparece en las cerámicas helenísticas importadas del Mediterráneo Central y Oriental entre los siglos III y II a.C. en la Hispania Citerior, en especial de Cartagena.
Analizaremos su funcionalidad en los lugares de origen, y con ayuda de los contextos hispanos concluiremos si su presencia aquí es consecuencia de una dinámica comercial determinada, o responde a una preferencia decorativa, de gusto o moda; o bien si las imágenes son significantes ligados a usos rituales o conviviales concretos, públicos o privados, por parte del habitante local que los adquiere y utiliza.
Las encontramos en la costa mediterránea peninsular, especialmente al sur del Ebro y sobretodo en Cartagena y su área de influencia, durante la segunda mitad del s. III en niveles arqueológicos de época bárquida.
Las cerámicas 'De Gnathia' presentan en un primer momento (primera mitad a tercer cuarto del siglo IV) motivos figurados explícitos de iconografía dionisíaca: ménades, erotes, máscaras; pero pronto (fines del siglo IV e inicios del III) sus vasos aparecerán decorados solo con motivos mucho más simples pertenecientes siempre al ámbito de lo dionisíaco en su triple vertiente: simposion-consumo de vino, teatro y mundo funerario.
Estos elementos aparecen pintados en vivos colores sobre el barniz negro del fondo, aislados en el campo del vaso, a menudo enmarcados con guirnaldas formadas por la rama de vid con sus racimos de uva, pámpanos, hojas y zarcillos o por ramas de hiedra, quizás alusiones a lo que se ha llamado 'el eterno y felicísimo jardín de Dionisos' (Cabrera 1998).
Cabecitas femeninas y palomas entre roleos vegetales, guirnaldas de hiedra, así como otras más esquemáticas tipo mirto 'a ramo secco', pintadas en blanco y amarillo, son los motivos más frecuentes que encontramos en crateriscos y sobre todo copas hemiesféricas con el cuerpo agallonado, asas verticales y pie realzado del 'Alessandria Group'.
Tras la revisión de las necrópolis tarentinas (De Juliis 1985; Lippolis 1996) pueden fecharse en pleno siglo III, pudiendo llegar incluso a inicios del II a.C. En Cartagena aparecen en contextos bárquidas y prebárquidas, siempre dentro de la segunda mitad del siglo III (Ruiz Valderas 2004: 90-92).
Llegada y distribución en Hispania
Son varios los problemas que se nos plantean.
El primero de ellos, el derivado de la llegada a nuestras costas de estas cerámicas.
Un repaso sobre la distribución de las mismas en la Península Ibérica (Pérez Ballester 2002: 33-40; Ruiz Valderas 2008; Jaeggï 1999: Karte 10) nos informa que más del 75% de las piezas aparecieron en la ciudad de Cartagena (una cincuentena) y en su área de influencia inmediata, desde Almería hasta Alicante (5 ejs.)
El resto, 6 piezas de Sagunto y su área de influencia (Betxí, Vinarragell) una en Ibiza, dos en Menorca y 5 en Cataluña, concentradas allí en los oppida de Burriac (Cabrera de Mar) y de Molí d'Espigol (Tornabous), mientras que algunos enócoes, escifos y crateriscos sobrepintados en blanco de Ampurias y Ullastret (6 ejs. en total) podrían ser de origen apulo, aunque no del "Alessandria Group" (Pérez Ballester, 2002: 40).
Otros objetos de comercio que podrían ser de la misma época y que encontramos en el área de Cartagena son las ánforas vinarias grecoitálicas MGS V y sobre todo las MGS VI, de procedencia siciliana o magnogreca que también han aparecido asociadas a cerámicas 'De Gnathia' en algún pecio, precisamente cerca de Tarento (La Madonnina: McCann 1972).
Unas y otras podrían llegar juntas a Cartagena (Fig. 3) y pensamos que a través de un intermediario púnico (Martín Camino 1996; Pérez Ballester 2004).
(Foto Museo de Alhama).
Distribución de las cerámicas sobrepintadas del "Alexandria Group" en la Península Ibérica (elaboración propia).
Cerámicas del "Alexandria Group" procedentes de Cartagena (Pérez Estos vasos aparecen en Tarento y en la Messapia en contextos funerarios y excepcionalmente en contextos sacros, 3 mientras que no se conocen en ajuares domésticos.
La iconografía de los mismos encaja bien allí con esa funcionalidad de libación u ofrenda de vino al difunto o a la divinidad: las plantas favoritas del dios que volvió del Hades (guirnaldas de vid, hiedra y mirto); la cabeza femenina o ánodos renaciendo de entre la vegetación, o la paloma, símbolo de Afrodita pero también del amor que perdura tras la muerte, que encontramos en las grandes crateras funerarias de figuras rojas apulas; o las alusiones a ritos nocturnos con antorchas y música, identificaban claramente al devoto italiota con el objeto ofrecido.
Pero en la Península Ibérica sólo encontramos dos de estos vasos en contexto de necrópolis: uno en el Puig des Molins (Ibiza), vasito miniaturístico que no es del 'Alessandria Group' (Pérez Ballester 1994b), con decoración de guirnalda de vid; el otro es un fragmento de pie de copa o crateriscos, en la necrópolis ibero-púnica de La Albufereta de Alicante, este sí del 'Alessandria Group'.
Los hallazgos son urbanos, ya sean en la ciudad de Cartagena, con materiales mayoritariamente de importación púnicos e itálicos en oppida indígenas sin contexto o en niveles arqueológicos, siempre de finales del siglo III e inicios del II (Pérez Ballester 2002: 33-43).
Creemos que el indígena adopta estas copas como recipientes para beber, quizás para consumir un vino exótico y preciado (aunque esto no excluye la existencia de producción de vino en ámbitos locales, como se ha demostrado en diferentes lugares del actual País Valenciano).
Al aceptar el vaso acepta también su iconogafía, que no le era extraña, pues tanto los motivos figurados de las palomas como las guirnaldas de hiedra las conocemos en falcatas y otros objetos de metal ibéricos, o en cerámicas y vasos plásticos de los siglos IV y III (Pérez Ballester 1997; Pérez Ballester y Gómez Bellard 2004); y es posible que de este modo vinculase estos motivos iconográficos a sus referentes simbólicos sacros, como creemos que se ha demostrado al estudiar el motivo de la paloma (Pérez Ballester y Gómez Bellard 2004: 37-44).
El uso de estos vasos en ritos domésticos o públicos queda de momento como mera hipótesis, al no haberse documentado asociaciones claras en estos contextos.
VASOS BARNIZADOS CON DECORACIÓN EN RELIEVE
Nos referimos a los vasos itálicos que sustituyeron en su inicio a prototipos metálicos helenísticos cuya decoración reproducen, como ocurre con las fíales mesónfalas en su mayoría de origen caleno; 4 o que, siguiendo una moda o gusto helenístico llevó a los ceramistas a partir del siglo III a decorar a molde o mediante relieves aplicados copitas de pie alto y páteras o cuencos profundos de paredes abiertas, herederas de los mastoi griegos.
Los temas son muy variados, destacando los denominados ornamentschale o de cáliz (Blütenkelchphialen) (Fig. 4), fíalas cubiertas por una decoración vegetal de hojas lanceoladas imbricadas (36,3%), seguidos de los relacionados claramente con el mundo dionisíaco (erotes o putti en diversas actitudes y escenas, thiasos báquico, 21,2% del total), otros mitológicos (Helios y Heracles, 18,1%) o específicamente del ciclo homérico (Odyssenschale, 12,1 %).
Naves o proas de naves, filas de animales o guinaldas florales apenas tienen un ejemplar cada uno.
En Hispania estas piezas son una veintena, en su mayoría fragmentos,6 de los que ocho se han encontrado en Carthago Nova, cuatro en tierras valencianas y otras seis en Cataluña, a las que hay que añadir uno de la mina Diógenes (Jaén).
Los temas que aparecen en ellas coinciden en parte con los más comunes entre la variada iconografía de estas páteras: los Ornamentschale (5 ejs.), coincidiendo con su abundancia en el área calena y en Etruria como ahora veremos.
Igualmente frecuentes son las que representan la Apoteosis de Herakles (5 ejs.)
(Fig. 5); otros dionisíacos (Erotes, 3 ejs.) varios fragmentos con motivos vegetales (3 ejs.) u otros dos con el carro de Helios.
Concretamente en Cartagena, se reparten entre Ornamentschale, Apoteosis, Erotes y motivos vegetales (dos ejemplares cada uno).
Lucia Brolli y Michetti 2005), abogan por una producción paralela.
Su éxito en Etruria se observa también en la presencia de fíalas con motivo de Ornamentschale en las manos de los difuntos representados en numerosas tapaderas de sarcófagos etruscos de la segunda mitad del siglo IV y del III.
Cuestiones de contextos y funcionalidad
En cuanto a su funcionalidad, la misma forma de la pátera nos dice que nos encontramos ante un vaso ritual, que aparece desde época arcaica en el mundo griego fabricada en metal y también en la Magna Grecia ya en cerámica en la misma época.
7 La encontramos en numerosas representaciones plásticas o vasculares griegas en manos de divinidades, sacerdotes, escanciadores y devotos, formando servicio con el enócoe para libar o servir vino.
Como objeto real, en depósitos votivos y también en tumbas.
En todos estos casos suelen estar decorados con hojas imbricadas, que es al parecer el motivo más antiguo (Lippolis 1994: 246).
En Etruria su funcionalidad es claramente funeraria, y en este sentido el tema del ascenso de Herakles al Olimpo es pertinente con su deposición en la tumba; mientras que para Massa-Peirault (2005:14) las halladas en la necrópolis de Spina (costa nordadriática) y otros lugares, tanto de metal como cerámicas, por la temática de cuádrigas podrían aludir al triunfo y a los ludi, dentro de un contexto funerario ya plenamente romano.
Creemos que esto es difícil de aplicar a las fíalas metálicas, más antiguas.
Volviendo a las de la Península Ibérica, estas páteras en ningún caso se asocian a contextos funerarios, para los que su iconografía dionisíaca o hercúlea podría encajar perfectamente, como hemos visto más arriba.
Las encontramos en ciudades y oppida como Emporiae, 8 Tarraco, La Serreta (Alcoi) (Fig. 6), Tossal de Manises (Alicante), L'Alcúdia (Elx) o en Carthago Nova; aunque cuando conocemos su contexto, están relacionadas con áreas sacras públicas o privadas, como vemos en Tarraco (Puche 1998, 110) y La Serreta (Abad 1983: 178-185).
En Carthago Nova, sin contexto claro, son frecuentes en los sectores más próximos al área sacra del Molinete.
Los copas con medallón central
También con origen en otras copas de factura metálica, se trata de vasos casi hemiesféricos, de base plana o con pie apenas indicado, fabricados en la península Itálica pero seguramente también en otros centros orientales.
En Italia son especialmente numerosos los de barniz negro en Cales, donde conocemos al menos 32 temas (y moldes) distintos repartidos entre una cincuentena de vasos (Pedroni 2001, 148-152).
9Pero lo que aquí nos interesa es su presencia en la Península Ibérica.
Los motivos en relieve aparecen tanto sobre cuencos Morel F-2187 como sobre otros F-2820 con pie anular.
Los encontramos en los mismos lugares en donde se documentan las fíalas de relieves, y en sus cercanías.
En el área catalana se documentan varios cuencos con cabezas o bustos femeninos, otros con Helios, Nereida y Tritón, cangrejo y rana, máscaras y ave, escena de lucha, etc (Puche 1998: 109-113) (Figs.
En el País 7 Véanse los distintos trabajos de G. Richter sobre el particular, y su relación con las producciones cerámicas calenas, en especial 1950 y 1959.
Sobre las fíalas en cerámica imitando a las metálicas, desde el siglo VII y con funcionaldad votiva (depósitos en santuarios griegos y suditálicos), ver Lippolis 1994.
8 Un fragmento publicado; otros dos, sin contexto claro (carro de Helios y Apoteosis), se encuentran en los almacenes, información que debemos a nuestra colega y amiga Marta Santos, directora del Museu d'Empúries.
Valenciano, destacamos Saguntum y su territorio, con al menos cuatro cuencos con representaciones de cabezas o bustos femeninos poco claros, posibles Gorgonas, Aretusas o Ménades (Aranegui 1995) (Fig. 8) y un centauro en Valentia;10 además, otra copa con cabeza femenina en la necróplis de La Albufereta y varios indeterminados en La Alcúdia (Elx).
En Carthago Nova encontramos también una cabeza femenina, un busto de Orfeo con lira, un fragmento con delfines, guirnaldas vegetales (3 ejs.) y una cabeza de Dionisos, este último en el fondo de una copa de barniz rojo de posible origen oriental.
Tampoco en Hispania Citerior son frecuentes sus contextos en necrópolis (sólo un vaso en La Albufe-reta), por lo que no podemos pensar que la iconografía de estas copas helenísticas tuviese una funcionalidad ligada a la religiosidad funeraria ibérica (Cabrera 2004: 10-14).
Tendrían una funcionalidad sacra, pero creemos que de carácter doméstico o privado, como parece indicar el contexto del cuenco con medallón de Tarragona, al que haremos más adelante alusión, representando a una Nereida cabalgando a un delfín con pequeño Eros: se halló en una estancia doméstica, junto a un cernos con cabeza de Core, una antefija con cabeza de Sileno y un animalito de terracota, todos alrededor de una mensa o ara (Puche 1998: 113, fig. 4 y lám. 3, 1).
En el área de Cartagena, la copa hallada en la mina de la Balsa a pocos kilómetros de la ciudad con representación de Orfeo con lira, un modelo caleno, (Fig. 9), apareció junto a una fiala con hojas imbricadas u Ornamentschale (Domergue 1969), donde el contacto del minero creyente con el interior de la tierra hace más evidente el uso de la iconografía órfica.
Ya en la ciudad, destacamos la base de cuenco del área del Anfiteatro con cabeza de Dionisos, también de inicios del siglo II, y las numerosas pateritas de pie alto Morel F-1153 (una decena), con guirnaldas, ovas en el borde y otros motivos como delfines.
Entre ellas destaca un fondo de pátera recortada con medallón en donde se aprecia parte de un personaje con inscripción [C]VPIDO, un pequeño escorpión y un lagarto rodeados de una cenefa de ovas, que merecería un estudio aparte.
Procede de La Milagrosa, junto a la Muralla Púnica, de niveles de finales del siglo III -inicios del II11 (Fig. 10).
Fondo de copa profunda de barniz negro, con cabeza femenina en relieve.
conjunto, vemos una variada representación de motivos figurados relacionados en muchos casos con lo dionisíaco, que salvo contadas excepciones parece que se remite al ámbito de lo privado más que a lo público, en la época republicana a la que nos referimos, coincidiendo con lo que opina Wyler (2004).
filtro cultural magnogreco, y que son usadas en ceremonias y rituales de carácter público (fíalas especialmente) o privado (copas especialmente), pero siempre dentro de un ámbito cultural helenístico itálico o tempranamente romanizado, sin que podamos hablar aquí de sincretismo con divinidades o creencias locales, como en su momento sí hemos defendido para otros objetos, en ambientes diferentes y con cronología diversa (Pérez Ballester y Gómez Bellard 2004).
CLÍBANOS CON RELIEVES APLICADOS 1.3.1.
Funcionalidad, iconografía y distribución Se trata de hornillos o braseros cilíndricos o cónicos de cerámica que constan de dos partes: una inferior hueca con apertura para extracción de cenizas y otra superior de base cóncava, con perforaciones y borde abierto provisto de tres apéndices dirigidos hacia el interior, que actúan como soportes para colocar un recipiente (olla o cytra)12 (Fig. 11 A-B).
En su mitad superior pueden presentar una decoración en relieve: al exterior rosetas o cabezas de león, mientras que por el interior los apéndices rectangulares pueden ser lisos o llevar una decoración figurada, siendo la representación más frecuente una cabeza masculina tocada con gorro cilíndrico y larga barba, que se extiende por el soporte rectangular.
De esta figura se ha dicho que podría representar un Daemon relacionado con el fuego o al mismo Hefaistos (por el gorro cónico de cuero habitual en los que trabajan en las fraguas) (Rotroff 2006: 206) (Fig. 12).
Son frecuentes en todo el Mediterráneo Oriental.
Se documentan varios centenares en Atenas y sus alrededores, y casi 3.000 en Delos, quizás allí almacenados para su comercialización (Rotroff 2006: 202).
También en un pecio, en las costas de Turquía, interpretado como parte de la dotación culinaria de la nave (Gianfrotta et alii 1997: 107); parece que se utilizó como un instrumento doméstico, útil tanto como hornillo (combustible en la parte superior y recipiente para cocinar alimentos encima) o como calentador o brasero (combustible en el depósito superior).
Allí donde se han podido contextualizar arqueológicamente, aparecen desde el primer cuarto del siglo II, siendo los más recientes algunos de Atenas de época silana; aunque los que llevan apén-Figura 9.
Fondo de copa de barniz negro, con figura de Orfeo u Apolo con lira.
Mina de la Balsa, Cartagena.
Aquí: cultos públicos y privados
Pensamos por tanto que la funcionalidad de fíalas, copas y pateritas decoradas con relieves figurados de origen itálico, que en la Península Ibérica aparecen en los lugares de más temprana romanización como en Cartagena, respondería al seguimiento de unas creencias de tipo helenístico, pasadas por el dices con cabezas humanas provistas de gorro cónico y larga barba, son siempre de la primera mitad del siglo II.
El tipo pasa pronto al Mediterráneo Central, conociéndose en la misma época en Sicilia aunque de manera más puntual, en algún caso asociado a ajuares de necrópolis como en Lilibeo (Di Stefano 1984: 75-76; Bechtold 1999: 150-151), lo que nos apunta una nueva funcionalidad.
En la Carthago púnica se documenta en niveles relacionados con la destrucción de la ciudad, en contextos domésticos pero con po-sible funcionalidad ritual (Lancel 1979: 213), quizás en un almacén con otros productos orientales, o bien sin contexto (Ferron y Pinard 1955: 60-73).
Más sencillos, y como precedentes del 'canoun' bereber, los documenta Cintas en Susa, con cronología de'siglos III-I a.C.'
El uso del 'canoun' con tres soportes es común hoy día en el Magreb, como hemos podido documentar recientemente en Marrakech (Fig. 13).
"Canoun" con tres soportes.
Aquí: contextos y posible funcionalidad en cultos públicos
En Hispania Citerior han aparecido varios de estos soportes, en casi todos los casos con representación de cabeza masculina barbada tocado con gorro cónico.
Los encontramos fechados en la primera mitad del siglo II en Emporiae, Burriac (Cabrera de Mar), Tarraco y Carthago Nova.
La ubicación o los contextos de los clíbanos son las áreas forales de Tarraco y Emporiae (Dupré 1985: 138-139); el pozo votivo de L'Hostal (Burriac), con abundantes vasos para beber, ánforas y un candelabro (Cela et alii 2002); y en Carthago Nova en un relleno de la Plaza del Hospital fechable en la primera mitad del siglo II donde también se documentaron (aunque no en asociación clara) un cernos con cabeza femenina polícroma, una placa de cerámica con media cabeza de vaca en relieve igualmente policromada, y una cabecita de bulto redondo representando a un Dionisos niño (Pérez Ballester 1998: 257); las tres piezas de Cartagena, apéndices con figura barbada tocada con gorro cónico, son del tipo I.2a de Rotroff (2006: 205-206), fechado en la primera mitad del siglo II a.C. (Fig. 14).
Curiosamente se hallaron al pie de la colina dedicada a Hefaistos, según Polibio (X, 10).
Hacia el último tercio del siglo II y durante la primera mitad del I a.C. encontramos especialmente en Cartagena y en su área de influencia directa, la pervivencia de una iconografía helenística de origen oriental, representada por los cuencos de relieves a molde de origen jonio y, en menor proporción pero creemos que directamente relacionados con ellos, las botellas o laginos de engobe blanco de procedencia minorasiática (Pérez Ballester 1994a, con bibliografía) (Fig. 15).
Laginos de engobe blanco.
Museo de Corinto (Foto autor).
Estos tres contextos nos hacen pensar en una funcionalidad distinta a la doméstica: la parte superior del clíbanos, del que nos llegan siempre los apéndices decorados, se podría usar para contener un recipiente en el que quemarían incienso, esencias, ofrendas diversas, etc. Una funcionalidad similar se ha apuntado también para los que aparecieron en el santuario de Apolo Karneios en Knidos (Sahin, en Rotroff 2006: 201), interpretándolos como altares portátiles.
El clíbanos sería pues, en contextos hispanos republicanos, más un quemaperfumes o altar que un hornillo, que se utilizaría en ambientes sacros o rituales más que domésticos; aunque su escasa presencia no permite asegurar esta propuesta.
Funcionalidad, iconografía y distribución
El cuenco de relieves, con origen en copas metálicas para vino del Medio Oriente Persa o más adelante de Alejandría, tiene siempre esa concepción particular como cáliz vegetal, cáliz compuesto ahora por motivos a la vez variados y repetitivos, debido obviamente al uso de punzones móviles empleados en la elaboración de las matrices (Fig. 16).
Si en el siglo III e inicios del II a.C., a través de las fíalas y las copas con medallones en relieve veíamos un repertorio de divinidades, héroes y animales enmarcados o no en roleos y teorías vegetales, que podían remitir directamente e entornos dionisíaco-órficos ctónicos o de banquete, ahora la decoración a molde parece alejada de los significantes primeros, que son solo evocados y que nos traslada la imagen de un modesto vaso para beber vino, que evidentemente es más apreciado en el extremo del Mediterráneo Occidental que en los lugares de donde proceden y existen talleres con una gran producción, una cierta capacidad de desplazamiento e intercambio de punzones, como bien ha estudiado Siebert (1978Siebert ( y 1987)).
En Asia Menor, algunos contextos comienzan a revelar su posible uso ritual en santuarios como los de Hierópolis de Frigia y Iasos de Caria, aunque con una iconografía muy concreta (Semeraro 2005: 96).
La llegada por mar a nuestras tierras de estas copas acompañadas de laginos (botellas para servir vino) de engobe blanco, en barcos que llegan desde Campania con cargamentos de vino itálico como creo que hemos demostrado (Pérez Ballester 1994a), hace que propongamos que su funcionalidad al menos en Carthago Nova, sería similar a la que tuvo en las ciudades helenísticas del Mediterráneo Oriental: un servicio de copas y jarra para el consumo de vino, quizás un vino especial, el vino griego.
La falta de asociaciones claras nos impide proponer un uso ritual que no sería extraño, dada la singularidad de este servicio jarra/copa.
Su concentración en Carthago Nova (más de 200 cuencos de relieves y unos 50 laginos) y área de influencia es evidente: 26 cuencos y 2 laginos en Ilici; 8 cuencos en El Monastil, Elda; otros en Archena y Cabecico del Tesoro (Murcia); Tossal de Manises, La Albufereta y Santa Pola (Alicante), (Tordera 1991y Cabrera 2005).
Pudo deberse a la temprana presencia de una colonia oriental en Carthago Nova basándose en otros indicios, como también se ha señalado (Pérez Ballester 1998: 254-257; Uroz Rodríguez 2005).
En cuanto a Ilici, Cabrera apunta la posibilidad de que las abundantes rosetas que aparecen en estos vasos tuvieran un atractivo especial para el ilicitano, por la identificación con el símbolo de su diosa principal, como han propuesto R. Olmos y T. Tortosa.
Su presencia más al norte, también con algún fragmento de laginos, marca las principales áreas portuarias valencianas como Valentia y Saguntum, y penetran hacia el interior: La Moleta dels Frares (El Forcall), La Romana (Zaragoza), siendo raros en Cataluña, salvo en Tarraco, Burriac y Emporiae.
En Mallorca, aparecen puntualmente en contextos de fines del siglo II a.C., como en el interesante conjunto del Turó de les Abeilles.
13 En Andalucía hallamos cuencos aislados desde Villaricos (Almería) a Sevilla (Jaeggï 1999: Karten 3) (Fig. 17).
Los laginos, con su naturalista decoración pintada (guirnaldas, coronas con lemniscos, instrumentos musicales, laginos) sobre un brillante fondo blanco, alusiva a los banquetes en donde se utilizaban (Fig. 18) supondrían un extra de prestigio a la hora de servir el vino para el propietario el mismo.
Hay que decir sin embargo, que en otros contextos no menos helenizados del Mediterráneo Central, pero quizás con otras prioridades, cuencos de relieves y laginos aparecen en ambientes funerarios, en donde la iconografía de banquete, en cuanto que dionisíaca, sería fácilmente aceptada para realizar libaciones u ofrendas a sus difuntos, como en Lilibeo, Sicilia (Di Stefano 1984: 116-117; Bechtold 1999: 133 En general, vemos un uso distinto de esos vasos en Iberia/Hispania con respecto a sus lugares de origen.
En efecto, en la segunda mitad del siglo III, las cerámicas sobrepintadas 'De Gnathia', de presencia muy puntual, se encuentran en ambientes de oppida indígenas o de ciudades como Cartagena, siempre muy próximas al mar.
Presentan una iconografía familiar al ibero, aunque no la interpreta como el itálico: este le concede un uso exclusivamente funerario, mientras que en Iberia, sin descartar la valoración iconográfica, pensamos que se debió usar como copa de prestigio para beber; beber un vino exótico y preciado, seguramente el que llegaba en las ánforas grecoitálicas de Sicilia o Magna Grecia.
A finales de ese siglo e inicios del II, fíalas y copas decoradas con relieves, la mayoría barnizadas de negro, llegan a Hispania Citerior y se difunden por ciudades y oppida ibéricos costeros, llegando también a algunos lugares del interior.
Las fíalas que en Italia aparecen en contextos funerarios y sacros conservan en Hispania esta última funcionalidad, halladas casi siempre en entornos sacros públicos, salvo el ejemplar de Alcoi, en un posible ambiente de culto doméstico indígena, mientras que los hallados en las minas de Cartagena y Jaén podrían estar relacionados con cultos ctónicos.
Las copas y las pateritas parecen más vinculadas a ambientes privados, o al menos no claramente públicos.
Algo más tarde, los singulares clíbanos de origen oriental hallados en la península han perdido aquí su primitiva función de hornillo o calentador, y por sus contextos proponemos que estaban vinculados a fines rituales, en donde su función sería la de quemaperfumes o quizás la de altar portátil.
La imagen que figura en los apéndices o apliques: cabeza barbada tocada con pilos, parece que aludiría al propio Hefaistos o a un demon relacionado con el fuego, y tal cual podría ser aceptado por el hispano helenizado que lo usa; especialmente en Carthago Nova, donde como hemos comentado se encontraron en las inmediaciones del cerro dedicado a Efaistos.
A fines del siglo II e inicios del I a.C., cuencos de relieves y laginos de engobe blanco minorasiáticos, con decoración alusiva directa o indirecta al mundo dionisíaco y del banquete, creemos que mantienen su función originaria de servir y consumir vino, seguramente vino griego; no descartamos su posible utilización en libaciones rituales en contextos sacros.
La iconografía que contiene este conjunto de vasos es aceptada por el indígena de diferentes maneras: la de las copas 'De Gnathia' la vemos en otros Figura 18.
Fragmento de laginos de engobe blanco.
Área del Anfiteatro de Cartagena.
Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 65-78 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.085.012.004 objetos ibéricos, de cerámica o no, pero siempre de prestigio o asociados a ajuares ricos; la asociación de estos vasos con ritos o cultos ibéricos solo está documentada en el hallazgo de una pieza en el santuario de La Encarnación de Caravaca (Murcia), que podría ser un exvoto dejado por un importante personaje, según sus excavadores.
La iconografía de las fíalas de relieves nos llega a la península muy seleccionada: de una parte los temas más frecuentes en Italia, como las Ornamentschale; pero son también frecuentes otros como la Apoteosis de Heracles.
La vinculación de este héroe con la fundación legendaria de ciudades en Hispania, y su repetida aparición en monedas contemporáneas, podría estar en la relativa popularidad de este tema, sin olvidar la relación del héroe y del tema apoteósico con las creencias en una vida después de la muerte, fundamental en cultos dionisíacos y órficos.
Otros alusivos al mundo dionisíaco (erotes, guirnaldas) son muy frecuentes en todo tipo de ornamentaciones helenísticas, y pudieron usarse en cultos públicos, como se ha dicho.
En las fíalas, creemos que la forma condicionaría la función, por encima de las representaciones iconográficas que portan.
La variedad de imágenes que aparecen también en los fondos de cuencos profundos y las pequeñas pateritas y su aceptación por el individuo local, que merecen un estudio más detallado que no tiene espacio aquí, debieron tener diferente lectura según se tratase de gentes itálicas o muy helenizadas de Carthago Nova o Tarraco, por ejemplo, o de gentes ibéricas, en donde seguramente la posesión del objeto en cuanto que raro concedía y otorgaba un prestigio a quien lo poseía, sin descartar la posibilidad la apreciación del componente mágico o religioso que desprenderían sus imágenes.
La iconografía de los cuencos de relieves tardíos está alejada desde el mismo momento de su fabricación en Oriente de programas mitológicos o sacros concretos, salvo excepciones que no se documentan en Hispania (p.e. los vasos 'homéricos', o los figurados de Hierópolis de Frigia), debido a la multiplicidad de talleres y la composición de frisos decorativos con la combinación de numerosos punzones y a su fabricación seriada.
No descartamos sin embargo la posibilidad apuntada por Cabrera para Ilici, donde la compleja roseta de la base del cuenco o las numerosas rosetas que aparecen en los vasos, remitiera al ilicitano al símbolo de su divinidad principal, como ya hemos comentado.
En cuanto a los laginos, sus programas decorativos realistas aluden directamente al consumo de vino de tipo convivial.
Aquí las imágenes pintadas del vaso, contenido (vino) y consumo son los mismos en Oriente y en ciudades helenizadas costeras de Hispania, especialmente en Carthago Nova, donde el asentamiento de una comunidad miniorasiática pudo facilitar la llegada de partidas de vino griego, laginos para servirlo y copas para beberlo, siguiendo un trayecto marítimo que arrancaría de Delos, recalaría en Puteoli donde se embarcarían en naves cargadas de vino campano,15 y llegarían a puertos como el de Carthago Nova, desde donde se redistribuirían. |
La identidad social es siempre experimentada y representada en contextos específicos.
Al tener un carácter procesual, se necesitan puntos materiales específicos de referencia en la forma de paisajes, lugares, artefactos y personas.
Centrándose en las estatuas de guerreros castreños, este artículo reflexiona sobre el papel de estas imágenes y examina la importancia de estas formas materiales como un medio crucial a través del cual la identidad y sociabilidad son creadas, contestadas y resueltas.
Uno de los principales problemas de nuestra manera de comprender el mundo material deriva de los dualismos contemporáneos que gobiernan el discurso arqueológico: la mente es separada del cuerpo, la cultura de la naturaleza, los sujetos de los objetos y lo metafórico de lo literal.
Esta concepción cartesiana es la responsable de los excesos representacionalistas en la interpretación arqueológica de las estatuas, haciendo que veamos estas formas materiales como un reflejo pasivo de ideas preexistentes y, por tanto, un producto secundario de la realidad social de las comunidades que las construyeron.
La consecuencia inmediata, es que no nos hemos preocupado por ellas como objetos de propio derecho, sino por aquello que supuestamente se esconde detrás de sus formas materiales.
Esto hace que nuestro principal interés sea des-cubrir qué idea quieren representar.
Sin embargo, las estatuas no sólo trasmiten un significado, sino que contribuyen activamente a producir significado, a mantenerlo, a reproducirlo, y a crear las condiciones materiales para que puedan funcionar de diferentes formas en diferentes momentos.
En este sentido, las estatuas de guerreros castreños se presentan como una oportunidad para considerar seriamente el papel que desempeñan las formas materiales de este tipo en las sociedades pretéritas.
Mi propósito es explorar cómo estas imágenes construyen activamente su significado en el propio contexto de las formas materiales del castro y, cómo, en este proceso, su materialidad participa en la creación y mantenimiento de la identidad y la sociabilidad indígena.
Superar las teorías que ven en el arte un mero esquema de representación, nos permite entender estas estatuas como un modo de acción y, por tanto, como imágenes que desempeñan un papel en el marco performativo del castro.
Su adscripción al siglo I d.C., se debe al hallazgo de varias estatuas con inscripciones, y a la suposición de que estos epígrafes se realizaron al mismo tiempo que las imágenes, utilizado la datación epigráfica como termini ad quos.
Este argumento ha tenido gran peso historiográfico desde que Hübner (1871) lo utilizara a finales del siglo XIX para datar las estatuas en época julio-claudia y flavia.
Así, Sarmento (1933: 207), al defender una cronología romana, afirma que "las inscripciones grabadas en algunas [estatuas], cierran la puerta a cualquier contestación".
En la década de los 80, ya con las dos nuevas inscripciones de Santa Comba y São Julião a su disposición, Silva (1981), Almeida (1982) y Alarcão (1988) reiteran la cronología epigráfica, y sostienen que las esculturas de guerrero son consecuencia de la romanización.
Martins y Silva no dudan de la coetaneidad entre texto e imagen, sentenciando "que de ningún modo se puede [n] considerar una añadido anacrónico" (Martins y Silva 1984: 43).
Si muchos de estos autores generalizan la fecha epigráfica al conjunto de todas las estatuas, Tranoy (1988: 224-225), a finales de esta década, adoptando una posición intermedia, se sirve de las inscripciones para distinguir entre imágenes prerromanas y romanas.
En la actualidad, diferentes autores han seguido defendiendo la sincronía de las mismas, datando las estatuas por criterio epigráfico en la primera mitad del siglo I d.C., fecha que se ajustaría a mediados de ese siglo para la imagen de Santa Comba (Redentor 2008;2009).
De igual modo, los textos epigráficos también han influido decididamente en la interpretación que se ha dado de estas imágenes.
A partir de las inscripciones de Rubiás y de Meixedo, Hübner consideró que las estatuas son monumentos funerarios.
De esta manera, a partir 1973, al descubrirse in situ los pies de un guerrero en una de las entradas del castro de Sanfins, se abandona la hipótesis que afirma que son monumentos que se colocaban sobre las tumba, lo que no ha impedido, que en la actualidad, se siga defendiendo su carácter funerario (Koch, 2003: 82).
La interpretación como héroes epónimos divinizados, o divinidades tutelares de carácter votivo u honorífico, planteada desde el descubrimiento de los primeros ejemplares por Pereira (1908) y Maluquer (1954), es recuperada entonces por Tranoy (1988: 223), Almagro y Lorrio (1989: 418).
Para Tranoy, las imágenes prerromanas representan héroes anónimos o divinidades tutelares, mientras que las estatuas con inscripción reproducen a jefes reales que lucharon probablemente en los cuerpos auxiliares romanos.
Este último, tras analizar los epígrafes, defiende el carácter honorífico, y asigna a las estatuas una función heroizada de tutela "conectada con el culto a los Jefes y la glorificación de los antepasados típica de las sociedades basadas en los lazos de sangre como la cultura castreña" (Silva 2003: 47).
Calo (1994) que, además de aceptar el criterio epigráfico, utiliza información arqueológica y contextual, ha interpretado estas imágenes -y las saunas castreñas-como una expresión del arte provincial romano, inspiradas en el programa escultórico que en esos momentos se erige en la ciudad de Bracara Augusta, opinión que comparte con Almeida (1986).
De este modo, considera que la plástica y las construcciones con pedra formosa surgen en época romana (época julio-claudia), cuando una clientela provincial demanda unas estatuas y unos baños acordes a sus gustos, siempre limitados por la técnica y los medios disponibles, pero en último término, inspirados en las estatuas o las termas romanas.
Las estatuas castreñas tendrían así su condición de posibilidad, en primer lugar, en una sociedad sometida a una "fuerte aculturación por parte de Roma"; y en segundo lugar, en la estrategia romana que alienta estas estatuas como un elemento más dentro de sus "planes de propaganda y asimilación" de las comunidades castreñas (Calo 1994: 806-807, 825-826;2010: 260-265).
Dejando al margen el concepto de romanización implícito en estos autores, que ha sido deconstruido en los últimos años por diferentes autores (Woolf 1997; Scott 2003; Gosden, 2004; Hingley 2010), el uso del criterio epigráfico como forma de datación plantea serios problemas al ser francamente difícil demostrar que las inscripciones sean un elemento original de los guerreros.
Igualmente, los datos arqueológicos esgrimidos para adscribir esta plástica al periodo romano no son en absoluto concluyentes, a pesar de que Calo afirme que "todas aquellas que se encontraron en un proceso de una excavación, en castros excavados o casualmente, pero asociados a algún material, nos lleva indefectiblemente al I d.
Lo cierto es que, exceptuando los pies de la estatua de Sanfins -que no aportan informa- ción cronológica-, no se ha documentado ninguna imagen de guerrero en contextos arqueológicos seguros que se correspondan con el momento de su uso primario.
EPIGRAFÍA Y RECICLAJE SIMBÓLICO
La negación de la convivencia de elementos diacrónicos en un mismo objeto, impide que podemos apreciar como las historias asociadas con las estatuas han cambiado a lo largo del tiempo, reestructurando sus biografías culturales.
Aceptar, empero, la diacronía entre el epígrafe y la imagen, nos ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre la relación que existe entre cultura material, identidad y tiempo (Rodríguez-Corral 2010) (Fig. 1). só que fuese a soportar las inscripciones, lo que explica que fueran ubicados de un modo que ya Paris (1903) calificó de "bizarre".
Si es poco o nada probable la sincronía de los tres textos epigráficos con la imagen del guerrero, más extraño resulta aun, que autores como Redentor (2008: 198) que defienden la coetaneidad de la escritura y la escultura, sostengan que los epígrafes inscritos en diferentes áreas del cuerpo formen parte de un mismo texto, ya que demuestra que hubo que fragmentarlo para buscarle sitio.
En el caso del guerrero de São Julião, Tranoy afirma que existe un campo epigráfico preparado en el escudo, ya que la inscripción aparece más o menos ajustada a la superficie del escudo.
Sin embargo, el umbo queda situado entre las dos primeras líneas del texto (Fig. 1.3).
Asimismo, en mi opinión, que el epígrafe aparezca centrado no demuestra nada: en primer lugar, porque puede ser una consecuencia derivada del exiguo tamaño del texto y, en segundo lugar, porque su posición centrada en el escudo no es un criterio válido para establecer la coetaneidad entre el epígrafe y la imagen.
Esta misma característica, como ha señalado González-Ruibal (2006-2007), se cumple en una inscripción realizada en época moderna en el escudo de una de las estatuas de Santa Comba y es indudable que no es coetánea al escudo (Fig. 2).
De modo ilustrativo, el epígrafe del otro ejemplar de Santa Comba, al ser más extenso que el de São Julião es inscrito forzadamente en la parte inferior del escudo quedando la primera línea partida por el umbo (Fig. 1.1).
A la luz de estos tres casos, parece evidente que no existe ninguna pauta preestablecida en el modo de ubicar las inscripciones en las estatuas, a diferencia de lo que ocurre con la representación de los elementos iconográficos completamente estandarizados.
Pero, si estas evidencias no fueran suficientes para defender la diacronía entre imagen y texto, basta añadir un último argumento.
En una de las estatuas de Lezenho se ha documentado recientemente huellas de otra inscripción (Redentor 2008: 212, n.
Aunque su gran deterioro impide lectura alguna, resulta enormemente interesante, ya que ésta se superpone a la decoración de la pieza, siendo por tanto posterior al programa simbólico del icono.
Que actualmente de los treinta y dos guerreros documentados (Calo 2003), solo podamos constatar cinco casos con epígrafe, permite pensar que estamos ante la excepción y no la regla, y por tanto, ante casos Si las estatuas hubiesen sido concebidas como soporte de la inscripción cabe pensar que se hubiese preparado un campo epigráfico, pero no parece que esto ocurra.
La estatua de Meixedo (Fig. 1.2) cuenta con tres áreas inscritas, una en la zona frontal ocupando parte del sago por debajo del escudo, otra en la parte del sago y la pierna derecha, y una tercera, en posición frontolateral, sobre la pierna izquierda.
El añadido epigráfico en un momento ulterior de la vida de una escultura o estela no debe considerarse algo extraño (Bradley 2002).
Este tipo de formas materiales, por su tamaño, visibilidad, perdurabilidad y simbolismo, suelen sufrir cambios de contextos y fuertes procesos de resignificación, acumulando diferentes sentidos y funciones a lo largo de su biografía cultural (Gosden y Marshall 1999).
Ilustrativo de esto es la cantidad de transformaciones, traslados, nuevas ubicaciones y significados que adquieren estas estatuas desde su creación hasta nuestros días, tal como aparecen recogidos en la obra de Calo (1994).
Con la introducción del hábito epigráfico, la escritura sirve como un eficaz mecanismo de reciclaje simbólico de objetos del pasado, muy especialmente para recontextualizarlos con un sentido funerario o votivo.
La estela de Chillón (Ciudad Real), en época romana, fue traslada a una necrópolis y reutilizada como marcador de una tumba.
En la escena original se representa a un individuo con una espada y, a su lado, Figura 2.
Guerrero castreño de Santa Comba con inscripción moderna de 1612.
Ubicado en la plaza de Bastos en la actualidad, a finales del XIX se le añadió una cabeza (a partir de Silva, 1984).
Epígrafes romanos sobre monumentos Prehistóricos.
Estela de Chillón (Guadalajara); 3.
a diferente escala, un escudo de tres anillos concéntricos, un peine y lo que se ha interpretado como una lanza.
En el momento de su reutilización a esta escena se le añadió un texto que reza:
Este epígrafe, al igual que los realizados sobre las caétras de las imágenes castreñas, respeta las formas y motivos originales del soporte.
En este caso, como ocurre con la inscripción del guerrero de Santa Comba, el texto se interrumpe por un motivo primario: las piernas del individuo de la escena original.
Por otro lado, la estela de Ibahernando (Cáceres), en la que se representa un escudo con escotadura en V, una espada y una lanza, también aparece reubicada en una necrópolis romana y se le añade una inscripción de tres líneas que se superpone a la parte superior del escudo.
La trascripción es problemática porque tiene errores ortográficos, pero todo indica que el texto hace referencia a una persona de filiación indígena (García Sanjuán et alii, 2007: 19-120;2008: 7-9; Fernández Ochoa et alii, 1994).
En la misma área donde se documentan las imágenes de guerreros castreños, se generalizan las llamadas estatuas-menhir durante el Bronce Final y principios de la primera Edad del Hierro.
Se trata de un grupo escultórico perfectamente definido, que debido a su coincidencia geográfica con los iconos castreños, su forma antropomorfa y la representación en su superficie de armas, ha generado un debate a propósito de su relación con las estatuas castreñas (Calo 1994: 779-781).
Una de estas piezas, la estatua-menhir de Muiño de San Pedro (Verín, Orense), al igual que las estelas de Chillón e Ibahernando, fue reciclada con una función funeraria inscribiéndose en su anverso el epígrafe:
Siguiendo los mismos criterios epigráficos que para las estatuas castreñas, esta pieza (Taboada 1988) ha sido datada en la mitad del siglo I d.C. (Nodar 2004: 217), afirmándose en algún caso que se trata de una estela bifronte romana (Colmenero 1993).
Sin embargo, el motivo subrectangular representado en su reverso, característico de las estatuas-menhir del Támega y el Duero, denuncia con rotundidad su filiación a las estatuas-menhir del Bronce Final.
Si seguimos a Bettancourt (2005: 75-76), podemos afirmar que estamos ante una pieza que empezó siendo un menhir fálico, para más tarde, durante el Bronce Final, ser antropomorfizada y convertirse en una estatua-menhir que hasta finales de la Edad del Hierro debió funcionar como marcador de caminos.
Es en el siglo I d.C. cuando se le añade un epígrafe y se reutiliza como monumento funerario, cambiando nuevamente de significado.
La distancia temporal entre la creación de estas estelas o estatuas y sus posteriores vidas es de gran importancia ya que ofrece a estas formas materiales una oportunidad para ser reevaluadas y, en el proceso, reintegradas en el mundo de una forma nueva, lejos del polo de producción donde el conocimiento del objeto fue más uniforme (Rodríguez-Corral 2010).
De este modo, podemos interpretar la estatua-menhir de Muiño de San Pedro (González-García 2009) y las estatuas de guerreros castreños con epígrafes del mismo modo que las estelas de Chillón y Ibahernando (García Sanjuán et alii, 2007: 124;2008: 10): como objetos resistencia en el contexto de aculturación romana del siglo I d.C. En un momento de ansiedad y de reconstitución de identidades en el noroeste peninsular (González-Ruibal 2006-2007), las estelasmenhir y las estatuas castreñas, reutilizadas en el ámbito funerario, pudieron encapsular ideas del pasado, memoria ancestral, sentido de pertenencia y, por tanto, una deliberada retro-ideología (Webster 2003; Aldhouse-Green 2004: 25-26).
A los responsables de esta reutilización, individuos indígenas como denuncia la antroponimia, la inscripción les ofrece un poderoso elemento para el recuerdo (Woolf 1998), haciendo que sus nombres puedan ser reactualizados a través de su lectura en momentos venideros.
Pero la ejecución del epígrafe también les sirve como un eficaz mecanismo de apropiación, singularización y vinculación con un objeto que filtra temporalidades del pasado, permitiendo hacer de este, un pasado no ausente (Domanska 2006).
En un mismo acto, pasado y presente están en juego: la reutilización de un objeto pretérito como monumento funerario que se le añade un epígrafe con su nombre, permite al individuo indígena negociar su identidad de un modo muy concreto en un contexto de discrepancia y reconstitución de la misma.
Con todo, estas estatuas, al alejarse en el tiempo de su contexto primario, pierden uniformidad semántica y se vuelven más ambivalentes, facilitando nuevos significados y usos que les permite tomar diferentes caminos biográficos (Kopytoff 1986).
Sintomáticamente, a tenor de los epígrafes inscritos en las estatuas castreñas, el sentido de su reutilización en época romana pudo no haber sido exactamente el mismo en todos los casos (Redentor 2009).
Asimismo, es posible que desde época flavia, extendida una nueva identidad romana imperial en el noroeste peninsular, las estatuas-menhir y las estatuas castreñas, que en los primeros momentos del siglo I d.C. habían servido para sostener una retro-ideología, ya no sean necesarias.
Desde este momento, simplemente se amortizan.
Así, la estatua-menhir de Chaves -que como la de Muiño de San Pedro, había sido previamente un menhir fálico-se reutilizan ahora como material de construcción en la obra del Puente de Aquae Flaviae (I-II d.C.)
Por otro lado, en Monte Mozinho, en época flavia y antonina, en donde se construyen casas tipo domus y un monumento bajo arquitectura romana, las estatuas de guerreros ya fragmentadas se amortizan, tal como certifican los pies de un guerrero, en la construcción de un enlosado (Almeida 1974: 9).
HACIA UN CONTEXTO ARQUEOLÓGICO PRIMARIO
A la luz de lo expuesto en el anterior apartado, si asumimos en primer lugar, la diacronía entre las inscripciones y los iconos, y en segundo lugar, que los epígrafes se realizaron en la primera mitad o mediados del siglo I d.C. (Redentor 2009), tenemos que situar el uso primario de los guerreros castreños antes de la fecha epigráfica, lo que invalida la datación para estos iconos en época julio-claudia como se ha venido sosteniendo (Calo 1994;2007;2010; Redentor 2008).
No conocemos contextos cronológicos y estratigráficos seguros que permitan datar con precisión las estatuas de guerreros, pero mucho menos que animen a adscribirlos a época julio-claudia.
De hecho, la reiterada aparición de sus fragmentos en contextos modernos hace que la propia vinculación de algunos ejemplares a un asentamiento resulte imposible.
Es el caso de las estatuas de San Jorge de Vizela y San Paio de Meixedo, amortizadas en construcciones modernas y de las que ni tan siquiera conocemos el castro de origen.
En otros casos, su vinculación a un castro es fiable.
Sabemos, por ejemplo, que las estatuas de Lezenho proceden del Outeiro de Lezenho, ya que en los pedestales sobre los que fueron colocadas cuando se descubrieron, sendas inscripciones especifican que se hallaron en ese lugar en 1785 (Calo 1994: 302).
Aun así, al no haberse llevado a cabo excavación alguna, carecemos de cualquier información contextual que nos permita datar las piezas.
Diferentes son los casos de las estatuas de Cendufe y las dos de Santa Comba, que aunque también se vinculan a castros sin excavar, sus fragmentos han sido datados en el siglo I d.C. por asociación con materiales ro-de era, se generaliza desde mediados del siglo I d.C. a las tierras inmediatas al castro, exceptuando la ladera noroeste.
Con el tiempo este nuevo hábitat extramuros terminará ocupando una extensión de 34 ha (García Rollán 1971; Orero 2000).
Todo ello revela la paulatina pérdida de importancia de las murallas desde principios del siglo I d.C.
Los materiales que se documentan en las excavaciones más recientes de Monte Mozinho (Soeiro 2000-01: 107) revelan un hábitat indígena durante la segunda mitad del siglo I a.C. En época augusta momento de plenitud del castro, se construye la muralla que alberga un espacio planificado de 20 ha en donde abundan las casas de piedra de planta circular.
Las jambas y los dinteles de algunas de estas cabañas están decorados con sogueados y cordados, y en sus muros se representan esvásticas y espirales.
En estos momentos la vida de sus habitantes se realiza bajo un modo completamente indígena y prerromano, siendo el material foráneo producto de las relaciones de intercambio con el sur peninsular.
Como en Castromao, a partir de mediados del I d.C. el asentamiento pierde sus características castreñas, la población disminuye y el espacio habitado se contrae.
En algunas áreas, se arrasan las viejas estructuras para construir edificios al gusto romano.
Se empieza a habitar fuera de las murallas, y entre finales del siglo I y principios del II d.C. se edifica en el exterior un monumento funerario romano.
Las piedras decoradas son reutilizadas como material de relleno ya desde época pre-flavia y los pies de un guerrero castreño son amortizados en la construcción de un enlosado datado en el siglo III d.C. (Almeida 1974: 9, 29).
Otro asentamiento en el que se documenta estatuaria es Santo Ovidio (Fafe, Braga), situado en el valle del Vizela.
La fijación humana en esta zona se realiza desde la Fase II (VI-V a.C.-II a.C.)
Aunque no sabemos el momento exacto de la fundación del poblado, Martins (1991) lo sitúa sin lugar a dudas en un período anterior al siglo I a.C.; y durante este siglo, la fase álgida de crecimiento y transformación del poblado.
Con todo, la parcialidad de las excavaciones no permite conocer las características del asentamiento durante la primera mitad del siglo I a.C. Los materiales más antiguos de los niveles de relleno del foso y de la primera pavimentación de la calle arrojan una cronología del siglo V-II a.C., siendo paralelizable, con la fase II A de São Julião.
Las fosas se rellenan antes de la mitad del siglo I a.C. y a partir de las dos últimas décadas es cuando entra en funcionamiento la plataforma sobre la que se construyen la mayor parte de las estructuras de ha-bitación en esta área del poblado.
Los escasos materiales romanos que se asocian a la plataforma -monedas de Augusto (algunas de la serie de la caetra), terra sigillata hispánica, y únicamente ánforas tipo Haltern 70-, son insuficientes para poder hablar de una proceso de aculturación romano y revelan un contexto indígena que mantiene contactos con la región romanizada del sur de la Península.
La propia investigadora responsable de las excavaciones, asocia la escultura de guerrero al momento álgido de esta plataforma en la segunda mitad del siglo I a.C. (Martins 1991: 106-107).
El castro de São Julião suministra una secuencia de ocupación continuada desde el Bronce Final hasta el siglo I d.C., momento en el que se abandona el asentamiento.
Los trabajos arqueológicos realizados en este yacimiento y en el entorno arqueológico del valle del Cávado permiten situar el gran desarrollo de los castros de esta región en la fase III; esto es, entre finales del siglo II a.C. e inicios del siglo I d.C. (Martins 1990: 148).
En esta fase, y no durante época julio-claudia, es cuando se transforma y se monumentaliza, a través de un proceso similar al que ocurre en los castros de Barbudo, Terroso o Sabroso -este último abandonado antes del periodo de romanización pero en el que sin embargo se documenta piedras decoradas-.
En São Julião durante esta etapa, y con anterioridad a cualquier señal de romanización, se uniformiza la cultura material, se levantan robustas murallas y se reorganizan los espacios domésticos.
Hasta mediados del siglo I d.C. la cultura material romana documentada en el castro es escasa y en ningún caso responde a contextos de romanización sino de relación e intercambio con las comunidades romanizadas del sur de la Península, como testifica la escasez de ánforas vinarias a finales del siglo I a.C. y a principios del I d.C. algún fragmento de terra sigillata hispánica, y ausencia de cerámica común romana -como cabría esperar que se documentase en un contexto romanizado- (Martins 1990: 149).
Por último, la información que suministran las excavaciones de Sanfins también permite situar la fase álgida de este asentamiento en un momento anterior al cambio de era, concretamente entre las dos últimas décadas del siglo II a.C. y finales del siglo I a.C. Durante este período se documenta una rica cultura material constituida por fíbulas de diferente tipología -Sabroso, Santa Luzia, trasmontana o longo travessão sem espira-, un fragmento de torques, y abundantes elementos arquitectónicos decorados con trisqueles, trenzados o cordados (Silva 1986: 47) un ambiente indígena -abundante cerámica prerromana-en contacto con las redes de intercambio que relacionan a las comunidades del noroeste con el sur peninsular -cerámica campaniense, ánforas, dolia, terra sigillata itálica-, en un contexto de rutas de intercambio que se remonta al comercio púnicocomo refrendan cerámicas púnicas del V-III a.C. halladas en el recinto interior del asentamiento (Silva 1999a: 25-26)-.
Un fragmento de ánfora Dressel 1 depositado en el estrato de construcción de la muralla del primer recinto (Silva 1986: 47) Tras este acontecimiento parece que la vida sigue en el castro -como indica alguna moneda imperial-, "pero las murallas no fueron rehechas, ni los escombros retirados" (Calo 1994: 474).
A partir de Augusto la vida languidece, a tenor de las escasa terra sigillata hispánica que aparecen en niveles de abandono.
Con el declive del poblado, sus murallas pierden valor, la imagen del guerrero que se ubicaba en la entrada al segundo recinto es desmantelada y a mediados del siglo I d.C. reubicada junto a dos aras anepígrafas en el interior de una construcción en la parte alta del castro.
En suma, a pesar de que no contamos con información contextual detallada que nos permita datar con precisión el contexto de uso primario de las estatuas castreñas -mucho menos el inicio de este-, sin embargo, en mi opinión, los datos arqueológicos resultan suficientemente reveladores de su naturaleza prerromana.
En primer lugar, si exceptuamos Monte Mozinho, el resto de los asentamientos a los que se les asocia estatuaria están funcionando como mínimo desde el siglo II a.C. En segundo lugar, el desarrollo y expansión de estos castros tiene lugar antes del cambio de era; en Monte Mozinho esto ocurre en torno al 30-20 a.C., mientras que en Sanfins se constata desde finales del siglo II a.C. En tercer lugar, este proceso de transformación, reordenación y reestructuración de los sistemas defensivos sucede en un ambiente completamente indígena, sin señales de romanización, y en contacto con las redes de intercambio atlánticas con el sur de la Península.
Y en cuarto lugar, es en el periodo julio-claudio, al que se asignan normalmente los epígrafes, cuando la vida intramuros en Castromao y Monte Mozinho decae y se habita fuera de las murallas, momento en el que éstas pierden su papel defensivo y su valor simbólico; lo que explica que en Sanfins se retire de la muralla la estatua del guerrero.
Nuestro siguiente paso, por tanto, es volver a pensar el posible sentido y papel que estas estatuas pudieron desempeñar durante el siglo I a.C. en un contexto donde las comunidades castreñas crecen, rehacen sus castros, se llevan a cabo programas de monumentalización de los asentamientos, se intensifican sus relaciones de intercambio con otras zonas de la península y, por supuesto, entran en contacto con Roma, presente en la zona desde finales del siglo II a.C.
Como ya anticipe, el problema principal que arrastran las interpretaciones de estas estatuas es su fuerte sentido especular.
El interés fundamental pasa por descubrir qué reflejan o qué significado esconden tras ellas -saber si son héroes divinizados, deidades tutelares, guerreros o príncipes históricos-.
Estas interpretaciones asumen por tanto una noción de las imágenes como un reflejo pasivo de la sociedad o de las creencias de estas comunidades.
En mi opinión, este hecho se debe al excesivo peso que en arqueología han tenido las aproximaciones iconográfica y epigráfica, que tradicionalmente han obviado los aspectos sinestésicos y performativos de la cultura material.
Las imágenes de los guerreros castreños no sólo representan algo, sino que actúan, creando realidad social.
Como expresión artística son modos de acción específicos (Morphy 2009) que funcionan en un contexto concreto: el colectivo de formas materiales del castro que crean las condiciones de posibilidad de la sociabilidad indígena.
Por tanto, no debemos preocuparnos tanto por lo que representan, sino preguntarnos qué es lo que construyen; no tanto indagar qué "son" sino qué "hacen".
Hablar de "lo social", y no de sociedad, permite evitar la idea tan arraigada en la imaginación arqueológica de que primero existe la sociedad conformada y luego la cultura material como producto de ella.
Los individuos en sociedad son quienes crean los objetos, pero también es cierto que los objetos crean en gran medida las condiciones de posibilidad de esa sociedad.
Lo social no es algo abstracto, sino que toma cuerpo a través de las formas materiales y las prácticas humanas.
Los procesos de acción humana sobre las cosas materiales producen tipos de personas, y externalizan cultura que puede actuar como una fuerza autónoma que participa en las acciones, elecciones y comprensiones humanas (Miller 2005).
Debemos ver la materialidad del castro, por tanto, como aquello que educa, impone o invita en silencio a estar en el mundo de un modo concreto y, por tanto, que da forma a lo social.
Pero también, a través de la cual se configuran contextos teatrales altamente significativos y emocionales (Inimata y Coben 2006).
La idea moderna de lazo social, o de contrato social adquirido a través del lenguaje por los individuos, ha contribuido poderosamente a ver las formas materiales como una consecuencia y no como una causa.
Sin embargo, lo social no es lo que mantiene unido a una comunidad sino lo que es mantenido a través de las formas materiales.
Los objetos y las formas materiales de un castro -entre los que se incluyen los guerreros de piedra-disponen de un papel activo en la producción y reproducción de las sociedades y las relaciones sociales.
Como ha señalado Gombrich "es difícil encontrar una palabra para describir la capacidad que poseen las imágenes en tres dimensiones para introducirse en el mundo de los vivos, para convertirse no en una representación de algo sino en individuos de propio derecho" (1999: 139).
Más que representaciones o portadores de, son actores, o si se quiere, actantes: agentes no humanos que "hacen hacer" (Latour 2001).
Si asumimos por tanto una aproximación performativa y sinestésica de la materialidad, debemos ver las imágenes de guerreros más que representando aspectos de la so-ciedad, construyendo la sociabilidad indígena insertos en el colectivo material y humano del castro.
Una de las dificultades de interpretar imágenes del pasado es que, debido a que aparentemente sólo representan a algo o a alguien, son tratadas de modo diferente que al resto de artefactos, y por tanto no se les aplican criterios arqueológicos para estudiar su sentido.
Pero, si nos aproximamos a las imágenes como artefactos, como objetos funcionales, el contexto cognitivo y arqueológico puede contribuir considerablemente a la interpretación de sus significados (Hamilton 1996: 282).
De este modo, si queremos conocer algo más de ellas, saber cómo funcionan más qué lo que representan, debemos volver a ubicar estas estatuas en su contexto primario y reconstruir el teatro en el que desempeñaron activamente su papel (Figs.
Los restos de estatuaria localizados entre las murallas o en las laderas de los castros -Roriz (Braga), Santa Comba y Bergazo (Lugo)-, pero sobre todo, como ya adelanté antes, la peana de la estatua encontrada in situ en Sanfins revela que estas imágenes se ubicaban en el contexto de las murallas y presidian las entradas de los castros.
Además, la ubicación de esta peana muestra que al menos parte de estas imágenes se fijaban a las rocas que afloran en los castros (Figs.
A la luz de este hallazgo, cobra especial relevancia la afirmación que un vecino del monte del Senhor dos Perdidos trasmite a Sarmento cuando este le interroga sobre el guerrero de S. Jorge de Vizela: "es ahí [...] en la grieta de unas rocas donde aparecen los ídolos" (Sarmento 1999: 313).
Parece posible que las piezas de Berganzo, Cendufe y Monte Mozinho, con peanas cónicas como las de Sanfins, tuvieran esta ubicación.
A pesar de que el color del granito de los castros actualmente nos trasmita una imagen en blanco y negro, las estatuas y las piedras decoradas de los castros pudieron estar pintadas como las paredes de algunas cabañas en los castros de Troña, Âncora, Monte Mozinho o S. Lorenço (Calo 1994: 798; Pena 2001).
De ser así, su color y brillo debieron contribuir a su poder actante en el contexto del castro.
Una vez ubicadas las estatuas en la posición que ocuparon originalmente en el castro, debemos prestar atención a tres cuestiones: (a) la relación de estas imágenes con las formas materiales circundantes, las murallas y puertas; (b) la configuración performativa o teatral que su ubicación permite, creando un tipo de audiencia muy particular; y (c) los objetos y gestos iconográficos materializados en la imagen del guerrero que entran en acción en este teatro.
Las murallas y las entradas al recinto son espacios liminales, y por tanto una "zona situada entre poderosos sistemas de significado" (Turner 1967: 93).
Un lugar en el que median dos espacios ontológicamente diferenciados y se concentra una gran cantidad de significados (Parker Pearson y Richards 1997).
Las murallas se convierten en un "espacio de ansiedad" para la comunidad, especialmente notable en sus puntos de ruptura (vanos, entradas), objetoespacios transicionales que materializan lo que Bachelard ha llamado "todo un cosmos de lo entreabierto" (Bachelard 1994: 222).
A partir de la segunda Edad del Hierro, estos espacios se monumentalizan.
Las grandes murallas trastocan el sistema perceptivo de estas comunidades potenciando las metáforas materiales de posesión y compartimentación del espacio.
El poblado intramuros queda visualmente oculto del exterior, y se configura una topografía que objetiva una comprensión concreta del mundo de afuera, del que a su vez protege.
Es desde el castro desde donde se piensa el mundo; es un espacio cognitivo y vivencial el que da sentido a un modo concreto de poetizar, construir, segmentar y transitar el paisaje, de estar-en-el-mundo.
Así, los elementos materiales que construyen arquitectónicamente este espacio colectivo de habitación se convierten en lugares necesitados de la práctica del ritual.
En relación a los depósitos humanos tenemos ejemplos como la cista con fragmentos craneales en la muralla de la acrópolis junto la puerta de Chao Sammartín (Grande de Salime) (VIII a.C.)
(Villa 2003); una mandíbula hallada en una capa de cenizas situada directamente sobre un nivel del siglo VI-V a.C. de la muralla de La Campa Torres, en Gijón (Asturias); así como inhumaciones infantiles en dos sectores de la misma muralla, que sus excavadores (Maya y Cuesta 2001: 295) relacionan con prácticas rituales de carácter liminal.
Hay que añadir posibles cremaciones humanas relacionadas con murallas, en los poblados de Castromao (Celanova) (García Rollán 2004: 10), San Millán (Cualedro) (Rodríguez y Fariña 1986: 62) y Baroña (A Coruña) (Calo y Soeiro 1986: 35), que del mismo modo podrían corresponder a prácticas rituales ligadas a la protección mágica de la muralla, al igual que se documenta en asentamientos celtibéricos y galos (Alfayé 2007).
En segundo lugar, como en otros contextos de la Europa templada, diferentes referencias orales aluden al hallazgo de huesos animales en el interior de paramentos castreños, información confirmada por el descubrimiento reciente de huesos de caballo dentro de la muralla del castro de Espiñaredo, en As Pontes (cf. González-Ruibal 2006-2007: 569).
Asimismo, los dos depósitos de objetos metálicos asociados a las murallas del castro de Saceda (Cualedro) podrían tener un carácter ritual dadas sus similitudes espaciales y morfológicas con otros depósitos metálicos del norte de Europa (Hingley 2006), y estar destinados a dotar de protección sobrenatural a los paramentos.
Es en la zona de acceso donde las cabezas humanas labradas en piedra encuentran su lugar en los castros.
Su representación en diferentes soportes y materiales constituye uno de los motivos más repetidos en el arte de la Europa templada y poseen una amplia cronología (Rosaldo 1980; Megaw 2003).
Aunque cinco ejemplares han aparecido en el trascurso de excavaciones en castros, su datación es problemática, manejándose una cronología entre el I a.C. (González-Ruibal 2007: 135) y el I d.C. (Calo 1994: 720).
En el Castro de Barán, dos piezas fueron halladas en una zona de piedras en la parte central del poblado (Álvarez Núñez 1993); en Monte Mozinho, una cabeza apareció junto a unas peñas con pilas (Calo 1994: 347 y 704); y en San Cibrán de Las (Orense), junto a la puerta de la muralla acropolitana, se localizó un bloque granítico en el que estaba tallada una cabeza (Calo 1994: 440).
Con todo, es el hallazgo de la testa del castro de A Graña (Me-lide, A Coruña) el que ofrece una ubicación más clara con una entrada.
Esta apareció en el extremo interior del corredor labrado en la roca que da acceso al poblado, por lo que debió de estar situada encima de la puerta o empotrada en alguna de las torres (Calo 1994; Barciela y Rey 2000: 135-136).
Interpretadas como rostros de difuntos, divinidades o cabezas cortadas al enemigo, podrían funcionar como entidades tutelares o imágenes apotropaicas en el contexto de las entradas a los recintos.
De este modo, si los iconos de guerreros se sitúan en relación a las murallas y las puertas, en un espacio de especial relevancia liminal, cabe preguntarse cuál es su audiencia.
Podríamos destacar tres características del observador de estas imágenes: en primer lugar, se encuentra fuera del castro; en segundo lugar, se acerca al castro en dirección a la puerta, al punto más crítico, en donde, en tanto se pasa de un espacio ontológico a otro, se vuelve un espacio de ansiedad; y en tercer lugar, este observador contempla en movimiento la estatua, es decir, cambia de posición o punto de vista, se acerca a ella desde lejos.
Frente al movimiento del observador, la lógica material, el hieratismo y la simbología subrayan la posición estática del guerrero.
Es aquí donde la envergadura de esta estatuaria debe ser tenida en cuenta.
La mayoría de estas imágenes superan los dos metros de altura, y si atendemos a los 85 centímetros que mide la cabeza de Ralle, podríamos estar ante estatuas que pudieron haber alcanzado en algún caso los cuatro metros de altura (Fig. 6) (Fernández Carballo 2001; Calo 2003: 15; Schattner 2004: 40).
El tamaño no natural acrecentaría su poder actante en el contexto liminal: en primer lugar porque permite que las personas que se dirigen hacia la entrada del castro puedan contemplarlo mientras se aproximan; y en segundo lugar, porque una vez se hallen frente a la imagen, su tamaño, como ha señalado González-Ruibal (2006-2007: 439), enfatizaría los valores y el poder del guerrero.
El acto de acceso a un asentamiento en la antigüedad se vincula a dos instituciones: la hospitalidad y la guerra.
La hospitalidad o el hospitium en el mundo antiguo es problemático.
El propio término latino hospitium comparte la raíz latina con hospes (el extranjero) y hostis (el enemigo).
Se hace necesario por tanto de una institución, una transición que rompa con el círculo cerrado del castro capaz de establecer relaciones de sociabilidad entre los miembros de la comunidad y los acogidos en ella (hospites) (Salinas 2006: 121-122).
En relación a este espacio de tránsito y ansiedad, probablemente están conectados determinados depósitos documentados en el exterior de las murallas de castros como los de Sofán y Castelo de Neiva.
En el primer caso, se localizaron en el exterior del asentamiento un conjunto de puñales (López Cuevillas 1989); y en el segundo caso, en la parte más baja de la ladera del oppidum se encontraron dos cascos montefortinos de bronce decorados -metido uno dentro del otro-y, a medio metro de distancia, tres copas de bronce y los restos de dos sítulas (Almeida 1980).
Asimismo, depósitos de pequeños objetos como cuentas de collar en la puerta de entrada de castros como el de Saceda (González-Ruibal 2005: 277) podrían remitir a ritos cotidianos de paso.
ICONOGRAFÍA Y ESTÉTICA ¿Qué le está diciendo entonces la materialidad del guerrero castreño a una audiencia que se acerca a ese espacio de ansiedad?
En el contexto de creciente inestabilidad, jerarquización y confrontación que tiene lugar desde finales del siglo II a.C. con la entrada de Roma en la escena del noroeste peninsular, las imágenes pueden ser una poderosa arma -consiguen reforzar ideas e identidades, funcionar como eficaces mecanismos de resistencia, sublimar aspectos de la realidad-, y a través de su performatividad, estética e iconografía contribuir activamente a la construcción de la sociabilidad del castro.
Diversos autores (Almeida 1974; Calo 1994; Schattner 2004) han señalado la existencia de pequeños contrastes por ejemplo en el grado de naturalismo o movimiento entre las estatuas de guerreros.
En mi opinión el mayor naturalismo en algunos de los iconos no debe ser considerado como algo que es buscado conscientemente; del mismo modo que su ausencia tampoco debe achacarse a una incapacidad en la ejecución.
Las causas de esas diferencias pueden responder a cuestiones de diversa naturaleza -el lugar, el momento, y el artista-.
Sin embargo, creo que no se puede sostener que las estatuas sean el producto de la incapacidad de imitar los modelos romanos bracarenses.
Ni tampoco que la falta de control técnico del medio (la piedra) pueda suponer, como afirma Calo (1994: 803), que la plástica castreña -como producto final-no se corresponda con el ideal estético castreño perseguido.
Si dentro del propio arte provincial romano, entender el provincialismo únicamente como un fracaso en la consecución del canon clásico, resulta problemático y oscurece las lógicas locales al margen de la metrópoli (Revell 2009; Hodos 2010; Hingley 2010), en el caso de una manifestación que surge en contacto con Roma, pero en un contexto aun sin romanizar, lo resulta aún más.
Aunque una cabeza toscamente labrada como la de San Cibrán de Las pueda resultar imperfecta a los ojos de un observador educado en el canon clásico, no tiene que parecérselo a un observador que valore otras características como puede ser la funcionalidad de la pieza (Gell 1998).
De este modo, creo que no podemos pensar estas imágenes prerromanas basándonos en un rasgo propio del arte greco-romano como el naturalismo, ya que no tiene que formar parte de la lógica, estética, función e intención de una tradición escultórica como la castreña.
Hacerlo supone asumir un metarrelato evolutivo, que teleológicamente sitúa la estética romana como ideal universal, y que marca fases y rasgos por lo que un arte tiene que pasar para madurar.
Debemos asumir simplemente que nos encontramos ante iconografías alternativas que construyen sociabilidades distintas.
Como ha argumentado Noelke (2003), la plástica puede ser un espacio de resistencia y negociación en contextos de romanización.
Si en este ambiente, el incumplimiento de los cánones clásicos puede constituir un signo de resistencia a las normas de representación del poder imperial, y no solo un reflejo de una romanización parcial o inacabada (Aldhouse-Green 2003), de modo más evidente podrá suceder en un contexto de transformaciones, contacto, negociación y enfrentamiento, previo al control efectivo del poder imperial romano sobre de la región.
En mi opinión, las imágenes de guerreros son un ejemplo de resistencia e independencia, sublimada en el arte, entendido este como "una tecnología especializada para lograr efectos específicos" (Gell 1998).
La propia estética de los guerreros que se aleja del naturalismo romano hacia un hieratismo puede trabajar en esta dirección, al mismo tiempo que trabaja en la construcción de la identidad castreña.
La materialidad, a través de una serie de características como la solidez, la fijeza y el tamaño, puede resultar, como ya señalamos, crucial en la construcción significativa y performativa de la imagen.
Pero igualmente, el canon estético puede evocar una poderosa realidad social.
La simplificación del cuerpo es un poderoso acto de concentración.
Al presentar una imagen minimalista y estandarizada del guerrero se crea una imagen esencial y reguladora que quiere influir de un único modo.
Lo que la imagen pierde en naturalismo o movimiento, lo gana en inmediatez y compresibilidad (Robb 2009: 174), cediendo todo el protagonismo a la iconografía -las armas, los gestos y los motivos simbólicos-, clave para la eficacia de la propia imagen en el espacio teatral que acabamos de describir.
EL ESCUDO Y SU VALOR SIMBÓLICO
La performatividad del armamento de la escultura actúa en la construcción y defensa de estas comunidades, siendo una de sus características más llamativas la posición del escudo o caetra (Fig. 7): el guerrero lo sujeta frontalmente a la altura del vientre, mostrándolo al visitante que se acerca a la zona de entrada al castro.
Esta posición tan forzada puede estar relacionada con su papel simbólico en el mundo antiguo (Quesada 2003): la posesión del escudo señala la independencia y anuncia la defensa de la misma, y funciona como una metáfora material de protección.
Su pérdida, como ha señalado Lincoln (1991: 143) implica la renuncia del grupo vencido a los límites sociales que previamente había mantenido, lo que responde a una concepción del escudo como frontera móvil que separa a uno mismo, al grupo y al territorio, del Otro.
Más complicado resulta interpretar el significado de la figura geométrica que se representa en los escudos de cinco de los iconos castreños -los ejemplares de Cendufe, de Armeá, de San Jorge de Vizela y los dos de Lezenho-.
Si asumimos la interpretación tradicional que ve en él un laberinto, cabe pensar, como ha señalado Quesada (2003), que tal motivo podría ahondar en esta dimensión apotropaica del guerrero.
El laberinto, entre sus múltiples significados, está vinculado con la defensa física de un territorio o asentamiento a través de su protección mágicoreligiosa (Gell 1998).
Sin embargo, debemos notar que lo que se representa en los escudos no es un laberinto strictu sensu.
El dibujo geométrico, que también figura en las monedas de la caetra y que vuelve a aparecer en una metopa de Porta Flaminia (Blanco 1971), podría ser un motivo característico de la segunda mitad del siglo I a.C. Como ha señalado Höck (2003: 56) "si el motivo es tan típico para el noroeste, y la pieza descubierta por Blanco en la capital del imperio tan única, [...] sería lógico pensar que los romanos hubieran tomado por modelo un motivo preexistente entre los indígenas del noroeste", o por lo menos surgido en el contexto del noroeste.
Es posible que el motivo representado en los escudos de los guerreros remita a una simbología del centro o esté plasmando la planta ideal de un asentamiento de ese momento.
De hecho, podrían estar referenciando las dos cosas a la vez.
Además, no debemos obviar que en otros contextos se han documentado grabados en piedra que perecen ser representaciones esquemáticas de plantas de asentamientos como hillforts (Myberg 2006) o de estructuras arquitectónicas como cairns (Bradley 2009: 42-43).
Las plantas de asentamientos como Monte Mozinho o San Cibrán de Las, en pleno funcionamiento en la segunda mitad del siglo I a.C., muestran un curioso parecido con los motivos representados en el escudo.
Ambos castros muestran un recinto de carácter ritual en la zona central, alrededor del cual se construye el caserío formando un anillo a su alrededor.
En segundo lugar, en el caso de San Cibrán de Las, se ha demostrado una estricta planificación de su planta: primero se marcó la trama del castro y se delimitaron las parcelas, para luego edificar en ellas.
Así "todas las viviendas se disponen en el recinto exterior, alrededor de calles radiales que se comunican con la rolda inferior y la superior a modo de ejes circulares" (Álvarez González 2007: 30) tal como aparece representado en el motivo.
En tercer lugar, estos castros se construyeron en el marco de un proceso de sinecismo característico del siglo I a.C. (González-Ruibal 2006-2007: 338-348), siendo concebidos "desde su origen para albergar un gran número de personas y la superficie interior fue dividida en parcelas similares para cada familia" (Álvarez González 2007: 31).
Alrededor de la acrópolis amurallada debió entrar a vivir gente de diferentes lugares, probablemente concentrándose por criterios de filiación en zonas o barrios del castro.
Esta pluralidad poblacional encontraría su punto de unidad en el recinto central amurallado, un espacio sagrado no habitado, en el que se documentan diversas inscripciones votivas y en el que en una de sus entradas se ha encontrado el relieve de una cabeza.
Dos movimientos radiales se permiten en el dibujo y en la planta del castro: desde el centro a la circunferencia y desde la circunferencia al centro.
Lo interno avanza hacia lo externo y lo externo hacia lo interno.
Desde la unidad hacia la multiplicidad y de esta a la unidad.
Las cinco imágenes de guerreros que llevan en el escudo este motivo geométrico podrían remitir a momentos finales del siglo I a.C., y la representación de este símbolo, junto a las armas, en las monedas de caetra, podría señalar la nueva realidad.
De este modo, la figura geométrica de la caetra, al aparecer en el escudo, señalaría lo que este protege, potenciando el poder del icono como elemento protector del asentamiento.
En San Cibran de Las todavía no se han encontrado estatuas de guerreros, mientras que en Monte Mozinho aparecieron restos de dos ejemplares en la propia excavación, conservándose únicamente el tronco de uno de ellos.
Sintomáticamente, a esta estatua le fue arrancado el escudo, lo que podría estar indicando la importancia de este símbolo, y remitiendo tal vez a prácticas de desactivación o a actitudes iconoclastas (Fig. 8).
El hecho es que esta estatua, como ha señalado Almeida (1974: 28) y Calo (1994: 345), es prácticamente igual al ejemplar de Cendufe en el que aparece el motivo geométrico.
Con todo, no contamos con argumentos más sólidos que los aquí esgrimidos para sostener tal interpretación, por lo que simplemente debe considerarse una hipótesis más de una representación geométrica de difícil exégesis.
LAS DIESTRAS: SIGNIFICADO, MATERIALIDAD Y PRAXIS
La mano derecha posee una gran significación en la sociabilidad indígena ya que a través de ella se representan los gestos y actos materiales más importantes de estas comunidades.
La diestra canaliza la paz y la guerra.
Por un lado, sirve para estrecharla con otro individuo ya se trate de un acto individual o que atañe a un grupo o a la comunidad.
Con ella se realiza el gesto material de la fides.
Por otro lado, la mano derecha canaliza la guerra.
Portadora de la espada, es portadora de la violencia y de la capacidad que el individuo tiene -y por extensión la comunidad-para defenderse y someter al otro.
Ambos aspectos hacen de las diestras una metáfora material sobre la que actuar y con la que actuar en la negociación de la realidad de estas comunidades.
Los textos clásicos, la iconografía y el registro arqueológico en relación a las sociedades prerromanas de la península Ibérica dan fe de ello.
Estas comunidades contaban con un corpus gestual para consignar la hospitalidad y la fides.
Tal vez el ejemplo material más claro de las diestras estrechadas (dextrarum iunctio) como índice de la fides (Marco 2006) sea la adopción de esa forma por algunas téseras de hospitalidad halladas en la Península, de las que varias llevan texto escrito en lengua celtibérica.
Es común que en las inscripciones de este tipo de téseras aparezca la palabra Car que, interpretada según autores como abreviatura de caruo o como nominativo femenino de tema en r, o bien remite a la idea de pacto de hospitalidad o bien es el equivalente indígena de hospitium (Peralta 2000: 143-144).
Del mismo modo, la mano derecha es la que porta el arma y, por tanto, su simbolismo material y metafórico se vuelve de gran relevancia en la sociabilidad indígena.
A través de Estrabón (3, 3, 6) sabemos que las comunidades indígenas del noroeste cortaban "las manos de los prisioneros y consagraban las diestras".
Se trata de una acción muy extendida entre las comunidades indígenas de la península Figura 8.
Escultura de guerrero de Monte Mozinho (a partir de Silva, 1986).
Ibérica durante la Edad del Hierro.
La práctica de amputar la mano al enemigo no sólo busca su humillación sino que, como señala Sexto Aurelio Victor (De Vir.
III, 58), también forma parte de las pruebas de valor.
Este autor narra como un padre para decidir el futuro marido de su hija pone como prueba a sus pretendientes salir del poblado de Numancia y volver con la mano diestra de alguno de algún enemigo.
Diodoro Sículo (12, 56, 5) nos cuenta como en la batalla de Selinunte en el 409 a.C. mercenarios procedentes de Iberia llevaban manojos de diestras atadas en el cinturón, y las cabezas del enemigo clavadas en las lanzas.
De hecho, Roma adoptó esta medida de los pueblos prerromanos de la Península como método para castigarlos y someterlos.
Por ejemplo, Valerio Maximo (2, 17, 11) relata cómo desde las guarniciones militares de Serviliano se ordenó amputar las diestras a los lusitanos que abrazaron la causa de Viriato.
La iconografía suministra dos ejemplos del gran valor simbólico de las diestras y el escudo en el contexto de las poblaciones indígenas de la península Ibérica, analizados recientemente por Alfayé ( 2004).
En la estela de La Vispesa (Tamarite de Litera) (II-I a.C.)
(Fig. 9) se representan las diestras, la caetra y la lanza del vencido.
Más arriba se representan los dos cadáveres mutilados que sufren una amputación selectiva de la diestra y la cabeza, y un buitre que se lanza en picado hacia ellos.
En el segundo caso, la estela del Palao en Alcañiz (II-I a.C.)
(Fig. 10), se narra un acto vejatorio y deshonroso de negación de sepultura a un enemigo por parte del guerrero victorioso.
El jinete porta lanza y caetra mientras al pie del équido un cadáver es devorado por alimañas.
Una vez más aparece representada la amputación de la mano diestra y la pérdida del escudo.
Igualmente, Marco (1998: 393-394) ha interpretado parte de la iconografía de la lúnula de Chão de Lamas (Conimbriga) como una escena de degradación y de amputación de las extremidades.
Estas prácticas han sido igualmente confirmadas por el registro arqueológico en el asentamiento de la Edad del Hierro de La Hoya (Laguardia, Álava).
En torno al siglo III a.C. el poblado es asediado e incendiado, y sus habitantes asesinados.
Los restos óseos permiten comprobar que la gente del poblado fue sometida a prácticas de mutilación, entre las que se documenta la amputación de las diestras y la cabeza (AA.
En suma, parece evidente que la privación por vía violenta de estos miembros adquiere la consideración de una sinécdoque (Sopeña 2009): la diestra como significante de la capacidad social de los individuos los inutiliza como tal si ésta les es amputada.
IMÁGENES EN ACCIÓN Y SIMBOLOGÍA FRACTAL
Si asumimos la importancia del escudo al frente para crear un espacio diferenciado frente al enemigo/extranjero, y las diestras como metáforas materiales de la independencia y capacidad política y militar de los individuos, parece cobrar sentido que los guerreros castreños sobre las murallas adopten los dos gestos.
La mano diestra siempre agarrando el puñal o espada corta -como ocurre en las estatuas de Lezanho, Meixedo, Santo Ovidio de Fafe y una de las de Santa Comba-o portando la espada desenvainada -en los casos del otro ejemplar de Santa Comba o en uno de los de Armeá-, permiten trabajar a estos guerreros de piedra como imágenes activas en la construcción y protección del espacio liminal.
Es en el conjunto performativo constituido por espacios ontológicamente diferenciados y sancionados por las murallas, las puertas, la práctica ritual, y las imágenes en acción dirigidas a un extranjero (en tanto su ubicación) y a un enemigo potencial, por su ubicación, en donde debemos encontrar las condiciones de posibilidad del significado de estos guerreros, que crean la frontera del grupo como agentes apotropaicos.
No es un simple reflejo de una ideología heroica, sino que se trata de un artefacto activo.
Su performatividad emana de la incardinación del soporte (piedra), de la acción materializada en él (mostración del escudo y la diestra armada), del lugar en el que la imagen se exhibe (la muralla), y de la audiencia para la que está destinada (los individuos que acceden al recinto desde el exterior), produciendo a nivel pre-predicativo la liminalidad del espacio y activando el poder de la imagen.
Así, el significado de la muralla como espacio liminal en la arquitectura del castro es enfatizado por la presencia del guerrero de piedra, que anuncia visualmente y con antelación esta zona de transición, marcando la independencia del castro y funcionando a su vez como activo elemento protector de la comunidad.
A este colectivo de formas materiales -murallas, puertas, guerreros y prácticas rituales-hay que añadir por último las saunas castreñas y las piedras con decoración que adornaban dinteles, jambas y cornisas de las casas.
Sabemos que las saunas del área lucense se remontan al menos hasta el siglo IV a.C., y que las del área bracarense están funcionando durante la segunda Edad del Hierro (Villa 2002;2007; Queiroga 2003; Armada 2001).
Por otra parte, diversos contextos arqueológicos sitúan en un horizonte prerromano a las piedras con simbología y decora-ción.
En Cividade de Ancora tenemos hexasqueles datados a finales del siglo II y principios del siglo I a.C. -en todo caso, anteriores a Augusto- (Silva 1986: 63), y en Castromao, trisqueles que se datan en la primera mitad del siglo I a.C. (Coimbra 2009); esta plástica también se documenta en castros como Forca (Carballo 1996: 65) y Sabroso (Silva 1986: 31), abandonados antes de la romanización.
Como ha señalado Carballo (1996), los motivos de la decoración plástica remiten sin duda a aquellos característicos de la cerámica prerromana (Rey 1996).
Las saunas son contextos igualmente liminales: en primer lugar, por su ubicación topográfica (se sitúan en relación a las murallas y las puertas); en segundo lugar, por su propia arquitectura (a través de un sistema semi-hipogeo con divisiones físicas y materiales que crean cambios sinestésicos en las personas); y en tercer lugar, porque en ella se representan -al igual que en las imágenes de guerreros, y en los muros y vanos de las casas-motivos simbólicos (trisqueles esvásticas, cordados, etc.) que redundan en esta liminalidad, y que parece que nos remite a una concepción fractal del espacio del castro (Fowler 2008).
Por un lado, estos símbolos materiales representados en objetos reales como torques o diademas, aparecen también en el cinturón de las estatuas, relacionados por algún autor con los cinturones mágicos de fenicios y púnicos en contacto con el noroeste a través de las relaciones de intercambio atlánticas (González-Ruibal 2004: 119).
En el segundo lugar, aparecen como un rasgo característico y diferenciador en los muros y los vanos de las casas.
Ya sea empotrado en los propios muros o a través de trisqueles calados como los de Castromao.
Y en tercer lugar, en las pedras formosas sancionan la práctica ritual dentro de la sauna creando dos espacios bien diferenciados fenomenológica y simbólicamente (Fig. 11).
El movimiento dentro de la sauna supone en sí mismo una transformación sinestésica.
Sensaciones corporales que exigen un tipo de movimiento muy concretocomo introducirse a través del pequeño vano de la pedra formosa-y que llevan al individuo desde la luz a la oscuridad, de lo frio a lo caliente, de lo seco a lo húmedo o viceversa; e incluso cambios a nivel olfativo (el sudor y las grasas) y a nivel auditivo (resonancias internas) (González-Ruibal 2006-2007: 575; Rodríguez-Corral 2009: 189-193).
Ya esté la pedra formosa dividiendo y creando espacios de privación, alteración, o creación sensorial -debates similares para cuevas, monumentos megalíticos o templos malteses, han sido planteados en los trabajos de Lewis-Williams (2003) y Tilley (2007;2008)-, los símbolos materiales aparecen justo ahí, en ese momento liminal donde el ambiente sinestésico del individuo muta y se transfigura.
Otros motivos, como sogueados o SS concatenadas, igualmente decoran la vestimenta de las estatuas de guerreros, las paredes, dinteles y jambas de las casas y las pedras formosas.
La decoración funciona como un tipo de "tecnología del encantamiento" que hace que su eficacia social no se deba sólo a cuestiones de naturaleza simbólica sino también cognitiva.
Este tipo de motivos no pueden ser considerados simples ornamentos, si entendemos estos como algo sin función.
La decoración es esencial a la funcionalidad psicológica de los artefactos, de la vestimenta y de los elementos arquitectónicos y no puede ser disociada de sus otras funciones sociales y prácticas.
Siguiendo a Gell (1998: 83-84), podemos plantear que el uso de patrones geométricos como los de la puerta de Cividade de Ancora pudieron servir como dispositivos de protección contra la polución (Gell 1998: 84) (Fig. 12).
De este modo, parece existir una estructura fractal de la simbología que construye la sociabilidad indígena del castro.
El cuerpo, la casa, el poblado y la pedra formosa muestran una simbología y unos ornamentos comunes en sus superficies liminales.
Si partimos de una concepción fractal del espacio material y social del castro, cabe pensar que todos los símbolos y decoraciones funcionarían al mismo tiempo en la construcción social, sinestésica y cognitiva de lo que es ser castreño, un modo de ser-en-el-mundo previo a la romanización que estaría funcionando con seguridad desde finales del siglo II a.C. y que a partir del cambio de era paulatinamente se fue desactivando.
En el siglo I d.C., en castros como Santa Tecla o Cividade de Ancora, esta decoración plástica se amortiza como material de construcción, o queda oculta por nuevas construcciones, lo que indica por tanto que pierde su valor cognitivo y simbólico y su función apotropaica.
Es lógico pensar que si estos símbolos pierden su sentido y función en las paredes de las casas, del mismo modo dejarán de funcionar en los cinturones de los guerreros castreños y en las pedras formosas.
Las murallas dejan de repararse, el espacio intramuros se abandona o va perdiendo población, y el caserío se extiende ahora fuera de las murallas como se constata en Castromao o Monte Mozinho.
El espacio performativo y fractal que acabamos de reconstruir se desmantela y las estatuas empiezan a perder su papel.
Los iconos guerreros se desactivan, y en algunos casos, en torno a mediados del siglo I d.C. reciclan sus significados y usos.
Insertos ya en otros colectivos materiales, negocian otras realidades que se añaden como una fase más a su biografía cultural.
Será ahora cuando sobre algunas estatuas se añada un epígrafe.
Sabemos que el guerrero de São Julião se encontró en la escombrera antigua de una excavación de niveles de ocupación romana del castro, lo que nos señala el contexto secundario en el cual la imagen y epígrafe convivieron.
Es ahora, también, en la primera mitad del siglo I d.C., cuando el guerrero del Sanfins que se situaba en una de las entradas del castro, se desmantela y se reubica junto a dos aras anepígrafas en el interior de una estructura en lo alto del castro.
Decoración y motivos simbólicos en la arquitectura doméstica (a partir de González-Ruibal, 2004). |
guna otra fuente itineraria.
Los vasos que dan nombre a la vía fueron descubiertos en 1852, cuando el edificio antiguo del establecimiento termal de Vicarello fue demolido para construir uno más moderno.
Al destapar la hendidura de la roca de la que salía el agua se encontraron, obstruyendo el conducto, un conjunto de objetos votivos, monedas, etc. (Gasperini 2008: 92) (Fig. 3).
Había también diversos objetos de metal y entre ellos cuatro con forma de vasos de viaje, en los que estaban grabadas las mansiones de la ruta de Cádiz a Roma (Marchi 1852).
Mientras el hallazgo de los tres primeros vasos se conoce desde el principio, el cuarto no salió a la luz hasta 1863 (Garrucci 1864: 176).
Los vasos tienen una altura entre 95 a 153 mm. y su forma cilíndrica es similar a la de un miliario.
En cada uno y en cuatro columnas, están grabadas las 104 estaciones de la ruta entre Gades y Roma, con un total de 1840 millas romanas (2750 km).
La teoría tradicional sobre su origen afirma que su propietario, seguramente un viajero gaditano, una vez finalizado su viaje a Roma, se dirigió, tras un día de camino, a las Aquae Apollinares Novae para una estancia de cura balnear.
A la vista de la curación obtenida, hizo el exvoto de sus espléndidos vasos de viaje, réplicas miniatura de un miliario, erigido en Gades como lo había sido el miliarium aureum en Roma (Marchi 1852; Gasperini 2008: 93-94).
Se fecharían en época de Augusto, siendo los tres primeros un poco anteriores al cuarto (Heurgon 1952).
Hace unos años G. Cordiano los quiso fechar a finales del siglo I d.C. Basándose en la existencia de un grafito -Paeti-rayado ligeramente sobre uno de los vasos, mantiene que fueron un regalo de L. Iunius Caesennius Paetus, pariente del emperador Domiciano -ilustre visitante del balneario-, al santuario.
Rizando el rizo, mantiene que Peto habría recibido los vasos de su amigo, el agronomista gaditano Columela, dueño de una finca en el vecino agrum Cerveteri.
En la actualidad todas estas teorías son cuestionadas con argumentos muy solventes.
Los vasos podrían ser objetos valiosos: "part of a Roman hoard of unknown provenance and protected by their location against looting in late antiquity" y su fecha se podría retrasar a finales del siglo III o principios del IV, siendo el cuarto el más antiguo (Schmidt 2011: 76).
A favor de esta datación se encuentran la paleografía, la toponomástica (idéntica a la de documentos tardíos como el Itinerario de Antonino y el Itinerarium Burdigalensis) y su parecido formal y decorativo al missorium de Teodosio, obra de finales del siglo IV d.C. En todo caso, estos vasos constituyen la única fuente que contiene el dato de la distancia -20 millas-de Mariana a Mentesa.
ANTECEDENTES Martínez de Carnero, que presentó una memoria sobre el trazado de la vía a la Real Academia de la Historia en 1859, trasmitió una información preciosa sobre el estado de los restos visibles de esta infraestructura a mediados del siglo XIX (Fig. 4) (Fig. 6).
Dice así Martínez de Carnero: "dando por resultado final de mis observaciones que desde Libisosa hasta la Venta del Ojuelo, frente a Ntra.
Sra. de Mairena, la vía romana se halla marcada y aprovechable en su mayoría.
Y que desde dicha venta hasta Castulone, solo se reconoce en sus vestigios y fragmentos salpicados, interrumpidos, dudosos, oscuros o perdidos" (Sánchez 2008: 37).
La totalidad de la Memoria ha sido ya publicada y analizada por uno de nosotros (Sánchez 2008: 33-45).
Una posible mutatio de esta vía vinculada a Mentesa Oretana fue excavada en 1999 en el paraje de-Figura.
Plano elaborado por Martínez de Carnero en 1859 (orientado con el S arriba), en el que se recoge que hay un «Camino romano marcado» al E y junto a Villanueva de la Fuente-Mentesa y vestigios «claros», «perfectos y conservados» entre Villanueva de la Fuente y el N de Terrinches.
Trazado de la vía identificado por nosotros en el área analizada.
Aunque el artículo más conocido sobre esta vía (Sillières 1977) mantiene que su trazado entre Ad Duo Solaria y Mentesa va por el Camino Real de Andalucía nosotros hemos comprobado las aseveraciones de Martínez de Carnero, localizándola al noreste de Mariana, sobre la Vereda de los Serranos (Fig. 5).
BASES TEÓRICAS DE LA INTERVENCIÓN
En 2010 la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha emitió su autorización para que este equipo realizase trabajos arqueológicos en un tramo de la Vía Augusta situado en la provincia de Ciudad Real.
Este trabajo fue un reto, dado el problema que plantea el estudio de la histórica vía desde una perspectiva arqueológica en un tramo en donde se encuentra solapada por la actual vía pecuaria de Vereda de los Serranos, entre los términos municipales de Terrinches y Santa Cruz de los Cáñamos en Ciudad Real.
En el estado actual del conocimiento, es posible resumir la estructura de una vía romana como una sucesión de capas de piedra, que en los niveles inferiores son gruesas o muy gruesas y que van disminuyendo de tamaño a medida que se asciende de nivel, hasta llegar a calibres finos o muy finos en la capa de rodadura.
Ello es lógico si se reflexiona sobre la idoneidad de este material, más que apto para favorecer la pisada de monturas y bestias de carga, y la adherencia trasversal de la rueda de carro (Moreno 2005: 3).
Resulta un excelente pavimento tanto en tiempo seco como en mojado, se comporta bien ante los desperfectos por desgaste y formación de baches y es fácil de mantener y reparar por mera adicción o redistribución de material.
La técnica constructiva de las vías romanas y sus variaciones, en función del terreno que atravesaban, está perfectamente descrita por Arasa y Flors (Arasa y Flors 2006: 398), que han sondeado precisamente esta misma vía en Castellón: "En la construcció de les vies no existia una metodologia única que s' aplicava sistemàticament a tots els casos.
En zonas llanas, como la penillanura del Campo de Montiel, los desmontes son raramente necesarios y de escasa entidad.
En este tipo de terreno el ingeniero romano prefirió levantar la infraestructura del camino aportando materiales procedentes de cantera (Moreno 2004: 87).
El levantamiento del paquete de firmes sobre el suelo -lo que los campesinos to- davía llaman "el malecón2 "-libra de los efectos perniciosos del agua a toda la infraestructura.
Se trata de un sistema costoso pero de bajo mantenimiento y de gran durabilidad.
El diseño de la estructura de las capas de la calzada responde a la naturaleza del terreno natural de asiento, añadiendo más potencia de firme cuanto más pobre o blando es el terreno natural (Palomino et alii 2006; Palomino y Martínez 2010).
En nuestro caso, la altiplanicie por donde discurre este tramo de vía está compuesta por una cobertera sólida de calizas, que en algunos puntos aflora en superficie, constituyendo un más que excelente firme sobre el que asentar la infraestructura viaria.
Por ser el sustrato fundamentalmente pétreo la cimentación de piedras gruesas es omitida por innecesaria.
Ello es especialmente apreciable en los Puntos de Intervención 2 y 3 (vid. infra.).
Cimentaciones gruesas, con piedra puesta de canto -lo que los franceses llaman herisson-, no eran necesarias en terrenos de este tipo, como se puede comprobar en cortes estratigráficos presentados por Grenier, el popularizador del término (Grenier, 1934: 351, 352 -cortes A a E-y 364).
Los materiales aportados para la construcción de la vía son de naturaleza local: clastos de caliza, zahorras, arcillas y gravas extraídos del entorno del camino.
Ello no impide el reconocimiento de la vía en este tramo, toda vez que el terraplén visible en forma de trapecio y el encintado de bordillos delimitadores de la capa inferior denotan la presencia con claridad del camino romano.
El proceso de extracción de estos materiales y áridos en zonas próximas a la traza provocan pequeños endorreísmos en ambos flancos del camino.
Estas hondonadas, fácilmente observables, se corresponden con las primitivas canteras.
Se encharcan en tiempo húmedo y generan una vegetación específica que las delata.
En algunos tramos se observa, sobre los restos de la capa de rodadura original de la vía romana, piedra caliza basta con aristas de tamaño medio y pequeño, posiblemente procedente de machaqueo.
Ello puede responder a reparaciones realizadas habitualmente en los siglos XVIII y XIX, durante los que continuó utilizándose la vía o pueden formar parte de las capas intermedias de la infraestructura, que el abandono y la erosión han puesto al descubierto, filtrándose las arenas y gravas finas de la capa de rodadura original hacia estas capas de granulometría intermedia.
Este extremo solo podrá ser confirmado tras la excavación arqueológica mediante secciones trasversales en algunos puntos de la vía.
En estos casos el propio camino así reparado se conserva abandonado, cubierto por vegetación preferentemente xerófila (tomillos y aulagas en este caso) que contrasta con la herbácea del margen.
La aplicación del método estratigráfico clásico se ha adaptado a las condiciones particulares que presentan las vías, donde la estratigrafía responde a un hecho deliberado y sincrónico, desempeñando los depósitos una intencionalidad funcional determinada de carácter exclusivamente estructural, a diferencia de otros contextos arqueológicos cuya formación es el resultado de otro tipo de mecánicas y dinámicas -en muchos casos diacrónicas-como son la ocupación funeraria, doméstica, etc.
Asimismo, dado que "excavar es destruir", la intervención arqueológica se ha planteado de forma que no supusiera una afección directa para la conservación del monumento.
Nuestro trabajo se ha adaptado escrupulosamente a los objetivos de documentación planteados: una limpieza para el reconocimiento de la secuencia constructiva.
Para ello nos hemos centrado en aquellos puntos donde la vía había sido parcialmente destruida y seccionada anteriormente por completo, al ser atravesada perpendicularmente por caminos abiertos y/o reformados con potente maquinaria en fechas recientes, quedando la estratigrafía de la vía al descubierto.
Ello ha facilitado la realización de una lectura estratigráfica completa del monumento sin afectar al mismo.
Al tiempo, ha dejado algunos materiales arqueológicos al descubierto (vid. infra.) que han sido recuperados y depositados en el Museo de Ciudad Real.
Nuestro trabajo ha limpiado longitudinalmente de vegetación varios tramos del talud embordillado visible en superficie y perfilado las cunetas de los caminos que rompen la vía, para facilitar la documentación textual y gráfica (fotografías y dibujos).
La destrucción de un extenso tramo de la vía debido a obras recientes para la instalación de infraestructuras hidráulicas también ha dejado visibles elementos viarios estructurales (Benítez de Lugo 2011: 24-26).
La metodología de intervención aplicada ha sido adecuada para este tipo de yacimientos, pues ha permitido obtener secciones trasversales completas que permiten reconocer y analizar con detalle la dinámica y el desarrollo de la secuencia constructiva.
Igualmente, en el denominado por nosotros "Punto de Intervención 1", se ha procedido a una proyección longitudinal de escalones progresivos (Moreno 2010: 30).
Este es el método correcto de intervención arqueológica en una vía romana; no así el desgraciadamente más extendido, que acaba con el elemento investigado: el decapado en extensión, tanto de los niveles de rodadura como de los lechos que los soportan hasta llegar a la cimentación de la vía, considerada en no pocas ocasiones como la "autentica vía romana" (Palomino y Martínez 2010: 49).
Las zonas de intervención en nuestro caso han sido:
• Punto de Intervención 1.
Punto de Intervención 1
El Punto de Intervención 1 se ubica en la intersección entre la vía y el Camino de Santa Cruz de los Cáñamos a Albaladejo.
Las labores de mejora de este camino en fechas recientes habían ampliado su cuneta, afectando transversalmente a la vía romana.
Además en este punto el actual camino que discurre paralelo al trapecio del terraplén de la vía, apreciable en la actualidad, en la Vereda de los Serranos, se solapa y monta sobre el mencionado terraplén en tres metros de anchura.
Por ello se ha procedido a la limpieza de dos metros y medio del perfil afectado por la cuneta del Camino de Santa Cruz de los Cáñamos a Albaladejo.
Igualmente se ha limpiado el bordillo norte en cinco metros de longitud.
El bordillo sur no ha sido objeto de limpieza, toda vez que, como se ha comentado supra, el actual camino de rodadura de la Vereda de Serranos se solapa sobre la vía romana en su mitad sur en tres metros de su anchura.
Como se ha comentado en el apartado anterior la metodología de intervención más adecuada es aque-Figura.
Paso de la vía entre Terrinches y Santa Cruz de los Cáñamos (Ciudad Real). lla tendente a obtener secciones trasversales, ya que permiten reconocer y analizar con detalle la dinámica y el desarrollo de la secuencia constructiva.
Dicha sección transversal se ha obtenido en la mitad norte de la vía, en dos metros y medio de su anchura, tras la limpieza de la cuneta del Camino de Santa Cruz a Albaladejo.
En este "Punto de Intervención 1" se ha procedido a una proyección longitudinal de escalones progresivos.
El escalonado longitudinal facilita la lectura y la diferenciación de las capas por lo que es aconsejable su realización en aquellos casos en los que la sección vaya a ser puesta en valor y publicitada.
Este sistema añade información sobre las características de los sucesivos aportes y permite el reconocimiento de determinadas dinámicas del proceso constructivo, como por ejemplo los medios mecánicos empleados en el extendido de los materiales y áridos (Fig. 9).
La sección transversal parcial realizada ha permitido constatar que la cimentación se construye con diversas capas de afirmado integrado por piedras de tamaños variados -calizas del contexto litológico en el que se asienta la vía-, sobre el que se disponen diversas capas de afirmado de materiales sedimentarios más finos.
Toda la estructura del camino, desde la cimentación hasta el nivel de rodadura, se configura mediante diferentes depósitos de gravas, que presentan una granulometría más fina en la parte superior de las diferentes capas.
El sustrato geológico se caracteriza en estas zonas por la presencia de una costra caliza y un paquete de arcillas de tono rubial intenso procedente de la disgregación de la roca madre, muy compacto y sin intrusiones, sobre el que se disponen las capas que constituyen el afirmado de la vía romana.
En la base se deposita un echadizo (UE 4) de textura arcillosa y estructura muy compacta con mampuestos calizos de tamaño medio y grande, cuya finalidad es regularizar el terreno sobre el que se asienta la siguiente capa.
Esta unidad presenta un espesor que oscila entre los 25 y 18 centímetros.
Sobre esta base de regularización se ubica la UE 3, que se caracteriza por un potente paquete de arcillas de tono anaranjado, de textura muy compacta, con un espesor que oscila entre los 20 y los 35 centímetros.
Esta unidad está delimitada por el embordillado de la vía, que presenta una fábrica de mampuestos calizos de tamaño grande, sin desbastar, pero careados al exterior.
La UE 3 y el bordillo constituyen la cimentación de la estructura (Fig. 10). nivel de rodadura, con un espesor oscilante entre los 10 y los 20 centímetros.
En la parte superior de esta unidad se encuentra la cobertura vegetal, de especies xerófilas entre las que destacan aulagas y tomillos, siendo esta última especie la más abundante.
Al efectuar la limpieza del bordillo norte de la vía, en cinco metros de longitud, y delimitando lateralmente la estructura, se ha apreciado un paquete de arcillas y arenas de tonalidad pardo amarillenta, además de estructura suelta y homogénea que constituye el talud del terraplén.
Esta unidad ha sido removida y alterada por las obras de cuneta del camino de Santa Cruz de los Cáñamos a Albaladejo y presenta abundantes residuos sólidos urbanos procedentes de un antiguo vertedero incontrolado, sellado y clausurado apenas unos años atrás.
Punto de Intervención 2
Este punto de intervención se ubica en la intersección entre la vía y un camino de servicio de explotaciones agropecuarias, en el margen oeste del camino.
La apertura de este camino en fechas recientes, y sus posteriores mejoras, había afectado transversalmente a la vía romana (Fig. 11).
Este cimiento queda cubierto por un nivel de arcillas anaranjadas, la UE 2, con numerosas piedrecillas calizas de calibre pequeño, que forman un paquete compacto que oscila en su espesor desde los 18 a los 12 centímetros que regulariza el plano superior de la cimentación, dando paso a un nuevo aporte de textura arenoso arcillosa de tono rubial oscuro, la UE 1, estructura suelta y homogénea, que contiene gran cantidad de gravas de caliza de calibre reducido y algunas piedras irregulares de tamaño reducido, a modo de zahorras, caracterizado como Figura.
Vista general del talud embordillado de la vía en el Punto de Intervención no 2, cerca de Terrinches.
Aparece cortado por el camino de acceso a una finca particular.
Al igual que en los Puntos 1 y 3 se procedió a la limpieza del bordillo norte, en dos metros de longitud.
El bordillo sur ha sido objeto de limpieza en un tramo de tres metros.
En este Punto de Intervención 2, al igual que en el 3, la sección transversal se ha obtenido en toda la anchura de la vía, en diagonal, dado que el mencionado camino de servicio corta diagonalmente el trapecio de la vía.
Ello ha sido debido a que nuestro trabajo se ha limitado a la limpieza de los perfiles, evitando intervenir en la estructura de la vía, a fin de evitar que la presente intervención arqueológica dañe en modo alguno al monumento, minimizando en gran medida los daños que nuestra intervención pudiese ocasionar.
De ese modo en los Puntos 2 y 3 no se ha procedido a una proyección longitudinal de escalones progresivos.
A pesar, que como se ha comentado anteriormente, el escalonado longitudinal facilita la lectura y la diferenciación de las capas por lo que es aconsejable su realización, ya que esta técnica no solo añade información sobre las características de los sucesivos aportes, sino que a su vez permite el reconocimiento de determinadas dinámicas del proceso constructivo, como por ejemplo los medios mecánicos empleados en el extendido de los materiales y áridos.
Desde aquí se recomienda su utilización en ulteriores intervenciones arqueológicas en este tramo de vía romana.
La sección transversal completa realizada ha permitido constatar que la cimentación parte de la base de calizas de origen jurásico del contexto litológico en el que se asienta la vía, sobre el que se disponen diversas capas de afirmado de materiales sedimentarios más finos.
Toda la estructura del camino, desde la cimentación hasta el nivel de rodadura superior, se configura mediante diferentes depósitos de gravas, que presentan una granulometría más fina en la parte superior de las diferentes capas.
El sustrato geológico es igual que el ya descrito; sobre él se disponen las capas que constituyen el afirmado de la vía romana, con un echadizo en la base.
Es de textura arcillosa y estructura compacta, de tono pardo, con mampuestos calizos de tamaño medio y grande, cuya finalidad es regularizar el terreno sobre el que se asienta la siguiente capa.
Sobre esta base de regularización se ubica la UE 2, que se caracteriza por un potente paquete de arcillas de tono anaranjado, de textura muy compacta, con un espesor que oscila entre los 40 y los 20 centímetros.
Esta unidad se ve también delimitada por el embordillado de la vía, cuyas características son similares a las ya descritas con anterioridad (Fig. 12).
Este cimiento queda cubierto por un nivel de arcillas anaranjadas de tono más oscuro, la UE 1, con numerosas piedrecillas calizas de calibre pequeño y mediano, que forman un paquete que oscila en su espesor desde los 15 a los 8 centímetros que regulariza el plano superior de la cimentación.
Se trata de una estructura suelta y homogénea que contiene gran cantidad de gravas de caliza de calibre reducido y algunas piedras irregulares de tamaño mediano, a modo de zahorras, caracterizado como nivel de rodadura.
Este nivel de rodadura está muy erosionado, y buena parte de sus materiales -arenas y gravas muy finas-se hallan derivados en ambos márgenes de la vía cubriendo y rebasando las líneas de embordillado.
Ello ha sido observado al efectuar la limpieza de los tramos de bordillo reseñados al comienzo de este apartado.
En la parte superior de esta unidad se encuentra la cobertura vegetal de especies xerófilas.
Punto de Intervención 3
Este punto de intervención se ubica junto al punto 2, en la intersección entre la vía y un camino de servicio de explotaciones agropecuarias.
Se localiza en el margen Este del camino.
La apertura de este camino en fechas recientes, y sus posteriores mejoras, también afectaron transversalmente a la vía romana.
La metodología de intervención ha sido la de obtener secciones transversales completas, ya que permiten reconocer y analizar con detalle la dinámica y el desarrollo de la secuencia constructiva.
Igualmente se ha procedido a la limpieza de los bordillos norte y sur en un tramo de tres metros.
La sección transversal se ha obtenido en toda la anchura de la vía, en diagonal, dado que el mencionado camino de servicio corta diagonalmente el trapecio de la vía.
En los Puntos 2 y 3 no se ha procedido a una proyección longitudinal de escalones progresivos, a fin de minimizar el impacto de la intervención sobre la estructura de la vía.
Vista general hacia el Este de los Puntos de Intervención 2 (en primer plano) y 3 (en segundo plano; perfil estratigráfico visto de frente).
Agger cortado por un camino de acceso a una finca.
La limpieza de perfiles realizada ha permitido constatar que la cimentación parte de la base de calizas de origen jurásico del contexto litológico en el que se asienta la vía, sobre el que se disponen diversas capas de afirmado de materiales sedimentarios más finos.
El sustrato geológico se caracteriza en esta zona por la presencia de una costra caliza jurásica (UE 4) sobre la que se disponen las capas que constituyen el afirmado de la vía romana.
En la base se deposita un echadizo (UE 3) de textura arcillosa y estructura muy compacta, de tono pardo anaranjado, con mampuestos calizos de tamaño medio, cuya finalidad es regularizar el terreno sobre el que se asienta la siguiente capa.
Sobre esta base de regularización se ubica la UE 2, compuesto por un potente paquete de arcillas de tono anaranjado, de textura muy compacta, con un espesor que oscila entre los 40 y los 20 centímetros.
Esta unidad está delimitada por el embordillado de la vía.
El bordillo presenta una fábrica de piedras calizas de tamaño grande sin desbastar, pero careados al exterior.
En ocasiones, algunos de estos mampuestos calizos del bordillo están calza-dos por otros de menor tamaño con el objeto de dar solidez al conjunto.
Las unidades estratigráficas 2 y 3 y el bordillo constituyen la cimentación de la estructura.
Este cimiento queda cubierto por un nivel de arcillas anaranjadas de tono más oscuro, la UE 1, con numerosas piedrecillas calizas de calibre pequeño y mediano, que forman un paquete que oscila en su espesor desde los 10 a los 5 centímetros que regulariza el plano superior de la cimentación.
Su estructura suelta y homogénea, conteniendo gran cantidad de gravas de caliza de calibre reducido y algunas piedras irregulares de tamaño mediano, a modo de zahorras, caracterizado como nivel de rodadura.
El nivel de rodadura se encuentra muy erosionado, estando buena parte de sus materiales -arenas y gravas muy finas-derivados en ambos márgenes de la vía en este punto, cubriendo y rebasando las líneas de embordillado.
Este fenómeno ha sido observado al efectuar la limpieza de los tramos de bordillo reseñados al comienzo de este apartado.
En este tramo estudiado se observa, en la UE 1, sobre los restos de la capa de rodadura original de la vía romana, piedra caliza basta con aristas de tamaño medio y pequeño, posiblemente procedente de machaqueo.
En la parte superior de esta unidad 1 se encuentra la cobertura vegetal, de especies xerófilas (Fig. 13).
Dibujos de los perfiles estratigráficos documentados.
Hallazgos de objetos arqueológicos relevantes en la excavación arqueológica
Los resultados de esta actuación han permitido constatar que las estructuras materiales analizadas se ajustan completamente a las que hoy en día caracterizan una vía romana.
Además, entre los materiales hallados durante los trabajos de limpieza en la capa de rodadura -summum dorsum-, en la base de piedra -gremiumy junto a los bordillos -margines-(Rodríguez Morales 2010, 2011a y 2011b) han aparecido un conjunto de elementos metálicos característicos del uso de la vía por el ejército romano -en concreto los clavi caligarii o tachuelas de cáliga-.
Somos conscientes de que algunas madreñas, zuecos o galochas llevan clavos planos (cuatro: uno por taco) para mejorar el agarre.
Pero estos zapatos de madera son típicos del norte de España, de zonas muy húmedas y, que nosotros sepamos, no se han usado nunca en Ciudad Real, para cuyo clima y suelo no son adecuados.
Por ello puede considerarse el hallazgo de estos elementos como una prueba concluyente del uso de esta calzada en época romana.
Todos los clavos han sido depositados en el Museo de Ciudad Real.
Una de las principales características de una parte de estos clavos y tachuelas -y lo que más claramente contribuye a identificarlos como romanos-es la existencia de decoraciones geométricas en relieve ubicadas en la cara cóncava de sus cabezas.
Estas marcas encuentran claros paralelos, para una parte de los ejemplares, en piezas provenientes de escenarios arqueológicos contextualizados en asedios, castramentaciones y batallas en campo abierto.
La finalidad de estas decoraciones en relieve puede ser la de mejorar el agarre de la tachuela a la suela de la cáliga (Fig. 15).
Estos hallazgos pueden ser puestos en relación con la recuperación de dos lateris con impronta de clavi caligarii durante las excavaciones arqueológicas desarrolladas en la cercana villa de La Ontavia Figura.15.
Clavos y tachuelas asignables a suelas de Caligae de la vía de los vasos de Vicarello.
3 Entre la Ermita de Mairena (Puebla del Príncipe) y Mentesa Oretana (Villanueva de la Fuente) el Camino Real de Andalucía transcurre, en su mayor parte, por terrenos arcillosos por los que la circulación en época de lluvias sería muy difícil, lo que haría imprescindible la construcción de un alto agger y el movimiento de una gran cantidad de material constructivo, cosa que no se identifica sobre el terreno.
La intervención desarrollada en un tramo de la actual Vereda de Serranos evidencia la existencia de secuencias constructivas perfectamente articuladas que denotan una planificación clara del proyecto de ejecución del trazado, manifestando dinámicas bien establecidas y pautadas en el desarrollo constructivo de la vía.
Esa, sin duda, es otra de las características fundamentales que ponen de manifiesto la romanidad de la infraestructura analizada.
En definitiva, la planificación y ejecución de este tramo de vía es característicamente romano: una formidable obra de ingeniería bien planificada y ejecutada.
El empleo de materiales procedentes del entorno inmediato es una constante en los Puntos de Intervención, siendo los niveles de rodadura los que presentan unos materiales más específicos, adaptados a su función de favorecer el tránsito y ofreciendo, a su vez, una resistencia y compactación suficientes como para soportar el desgaste permanente al que estaban sometidos.
Las gravas y zahorras de calibre fino y mediano cumplen esta función a la perfección. |
Se presenta el catálogo de 49 glandes pertenecientes a un coleccionista privado.
Los proyectiles proceden supuestamente del entorno del "Cerro de las Balas" (provincia de Sevilla), junto al cual se supone que tuvo lugar la batalla de Munda en el año 45 a.C. Del total de las piezas, 46 presentan inscripciones, CNMAG; LXIII; A; DD, que son interpretadas respectivamente como Cn(aeus) Mag(nus), L(egio) XIII, A (?) e, hipotéticamente, d(ecreto) d(ecurionum).
En el verano del año 2005, un coleccionista de Munich nos hizo llegar cuarenta y nueve glandes procedentes de España con el fin de realizar sobre ellas una investigación.
Las piezas fueron adquiridas en el verano de 1999 o del año 2000 en un mercado de anticuarios en Sevilla, a través de un único comerciante que le aseguró al coleccionista que procedían todas ellas del entorno del denominado Cerro de las Balas, en la parte oriental de la provincia de Sevilla.
De ellas, cuarenta y seis portan inscripciones, mientras que las tres restantes son anepígrafas.
Las glandes inscriptae que se dan a conocer en este trabajo suponen, por consiguiente, un aporte significativo respecto a los proyectiles hispanos con inscripción publicados hasta ahora 1.
Se trata obviamente de piezas que no proceden de una excavación arqueológica, sino de búsquedas llevadas a cabo por clandestinos, algo que evidentemente dificulta su estudio y su interpretación histórica.
Unido a la irregularidad de su procedencia está el problema de la autenticidad de este tipo de materiales arqueológicos, no siempre fácil de determinar con absoluta seguridad, incluso mediante análisis químicos, dada la posibilidad de reutilización de plomo antiguo.
Puede parecer sorprendente a primera vista la elevada cantidad de glandes de plomo existentes en el mercado del coleccionismo y de las antigüedades.
Sin duda pueden existir falsificaciones, pero no hay tampoco que olvidar que son elementos que pueden conservarse largamente por el material en el que están fabricados, y que, en ocasiones determinadas, como debió de suceder en una batalla como la de Munda -en cuyo contexto hay que inscribir al parecer los proyectiles objeto de estudio -, en la que se vieron involucrados miles de soldados, su uso pudo ser masivo 2.
Por otra parte, la fecha de adquisición de 1 Véase al respecto el reciente corpus de glandes inscriptae hispanas publicado por B. Díaz Ariño, "Glandes inscriptae de la Península Ibérica", ZPE 153, 2005, 219-236, en el que el autor recoge un total de 95 proyectiles con inscripción.
En particular sobre las glandes con inscripción procedentes de la guerra entre cesarianos y pompeyanos, A.U. Stylow, "Fuentes epigráficas para la historia de la Hispania Ulterior en época republicana", en E. Melchor Gil -J.
También recientemente se ha publicado un conjunto de unas quinientas glandes conservadas en el Museo Arqueológico de Lorca, de las que sólo un proyectil tiene inscripción, en concreto una letra N incisa: S. Fontenla Ballesta, "Glandes de honda procedentes de la batalla de Asso", Alberca: Revista de la Asociación de Amigos del Museo Arqueológico de Lorca 3, 2005, 67-84.
2 En referencia a los proyectiles procedentes del sitio de Perusia, afirma L.J.F. Keppie, The Making of the Roman Army.
En Hispania, además de los quinientos proyectiles conservados en el Museo de Lorca (véase n.1), se han encontrado recientemente en el campamento de Andagoste setenta y siete glandes anepígrafas: J.A. Ocharan Larrondo -M.
Unzueta Portilla, "Andagoste (Cuartango, Álava): un nuevo escenario de las guerras de conquista en el Norte de Hispania", en Á.
Morillo (ed.), Arqueología militar romana en Hispania, Anejos de Gladius 5, Madrid 2002, 311-325. los proyectiles objeto de este estudio, 1999 o 2000, es más bien un argumento en contra de que puedan tratarse de falsificaciones, puesto que éstas sólo en los dos o tres últimos años han aumentado al parecer de valor al crecer la demanda de glandes con inscripción.
FORMAS, TÉCNICAS DE FABRICACIÓN E INSCRIPCIONES
Entre los proyectiles que se estudian en este trabajo, se distinguen cuatro grupos diferentes de acuerdo con las inscripciones: 1.
Cn(aeus) Mag(nus), con trece ejemplares; 2.
L(egio) XIII, con cinco; 3.
A, con nueve; 4. d(-) d(-), con diecinueve, junto con los tres sin inscripción 3.
Grupo 1: Cn(aeus) Mag(nus) Los trece proyectiles con la inscripción Cn(aeus) Mag(nus) tienen una forma más bien aplanada en la parte inferior, aunque la mayoría de ellos con una cierta tendencia convexa.
La inscripción se encuentra en la parte superior, de forma cónica.
Debieron de ser fabricados en un molde de fundición univalvo de arcilla con letras rehundidas.
El molde general debía de estar formado por una serie de moldes individuales para cada pieza, de manera que pudieran ser fundidos al mismo tiempo varios proyectiles.
Las diferentes piezas estaban unidas entre sí en sus lados longitudinales a través de canalillos de fundición, que serían posteriormente eliminados.
En el caso de que fuera vertida una excesiva cantidad de plomo en uno de los moldes, podían formarse rebabas de fundición en la parte inferior de los proyectiles, tal y como sucede en muchos de los que aquí presentamos.
Grupo 2: L(egio) XIII Los cinco proyectiles con la inscripción L(egio) XIII fueron fabricados con la misma técnica que los del Grupo 1, y presentan formas semejantes.
Son sin embargo más ligeros, puesto que pesan entre 34,9 y 42 gramos, con excepción de un ejemplar de 62,4 gramos.
Grupo 3: A En nueve proyectiles aparece solamente la letra A. Su técnica de fabricación es idéntica a las de los Grupos 1 y 2, y sus formas similares.
Los diecinueve proyectiles con la leyenda d(-) d(-) se corresponden en sus formas con las más habituales entre las glandes conocidas hasta ahora.
La mayoría de ejemplares (números 28-43) pertenecen a los tipos I y II de Völling, respectivamente de forma ovoide y bicónica 4.
Una diferenciación de las variantes dentro de ambos tipos resulta por regla general difícil de establecer.
Las puntas claramente planas del proyectil numero 44 corresponden al tipo IV de Völling, mientras que los ejemplares 45 y 46, con forma de doble pirámide, pertenecen a su tipo III.
Todos fueron fabricados mediante moldes de fundición bivalvos, y tienen la particularidad de que, tras su fundición, la inscripción d(-) d(-) fue estampada mediante un sello.
La gran diferencia de peso puede tal vez explicarse a través de la afirmación de Estrabón al hablar de los famosos honderos baleáricos, de acuerdo con la cual el peso podría variar según el uso de los proyectiles, para larga, mediana o corta distancia 5.
Los tres primeros grupos constituyen por consiguiente una unidad debido tanto a su técnica de fabricación como a sus formas: todos fueron fabricados en un molde de fundición univalvo y las inscripciones fueron realizadas al mismo tiempo que las glandes eran fundidas.
De ellos se distingue claramente el Grupo 4, puesto que tales proyectiles tienen las formas habituales de las glandes conocidas, fueron fabricados en moldes bivalvos, y sólo tras la fundición fueron estampadas las letras d(-) d(-) en cada ejemplar mediante un sello.
En la mayoría de las glandes inscriptae conocidas, la inscripción es fundida junto con el proyectil, pero exis-ten asimismo ejemplos de inscripciones realizadas con un sello 6.
Llama la atención el hecho de que buena parte de las glandes no tengan la habitual forma bicónica u ovoide, sino que sean más bien aplanadas en el lado contrario al que aparece la inscripción.
Éste es un hecho extraordinario, pero existen algunos paralelos 7.
Estos proyectiles podrían tener por su forma pequeñas desventajas desde el punto de vista de la balística -en el caso de que realmente las tuvieran 8 -en comparación con los habituales ejemplares de forma bicónica u ovoide, lo cual puede posiblemente explicarse por una rápida fabricación, puesto que tendría sentido una producción apresurada de glandes como preparación de una probable batalla que hubiera de tener lugar de manera inmediata.
Es sabido que las glandes eran fundidas por el mismo ejército en campaña 9, y la arqueología experimental ha demostrado que la fabricación era sencilla, pero que llevaba a las piezas a adoptar formas extrañas en caso de emergencia 10.
Dimensiones: longitud: 4,6 cm; anchura: 2,4 cm; altura: 1,8 cm. Peso: 90,9 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 2.
Dimensiones: longitud: 5,3 cm; anchura: 2,3 cm; altura: 1,8 cm. Peso: 82 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 3.
Uno de los lados longitudinales presenta una hendidura semicircular.
Dimensiones: longitud: 4,6 cm; anchura: 2,4 cm; altura: 1,7 cm. Peso: 81,8 gr. Inscripción en la parte superior: [C]nMag 4.
Superficie blanquecina, marrón clara.
Dimensiones: longitud: 4,5 cm; anchura: 2,5 cm; altura: 1,8 cm. Peso: 81,3 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 5.
Ambos extremos recortados, con puntas planas.
Dimensiones: longitud: 5 cm; anchura: 1,9 cm; altura: 1,9 cm. Peso: 77,6 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 6.
Dimensiones: longitud: 5,4 cm; anchura: 2 cm; altura: 1,5 cm. Peso: 71,5 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 7.
Dimensiones: longitud: 4,8 cm; anchura: 2,1 cm; altura: 1,6 cm. Peso: 66,4 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 8.
Superficie blanquecina, marrón clara, marrón oscura.
Dimensiones: longitud: 5 cm; anchura: 2,3 cm; altura: 1,5 cm. Peso: 63,3 gr. Inscripción en la parte superior: CnMag 9.
Superficie blanquecina, marrón clara, en parte eliminada (supuestamente por haber sido tratada modernamente con barniz para su fijación).
Un lado longitudinal recortado Superficie blanquecina, marrón clara, gris oscura.
Dimensiones: longitud: 4,5 cm; anchura: 1,8 cm; altura: 1,5 cm. Peso: 7 En la recopilación de glandes inscriptae llevada a cabo por C. Zangemeister, Glandes plumbeae latine inscriptae, Ephemeris Epigraphica 6, Roma-Berlin 1885, se recogen al menos dos proyectiles con una de las partes plana, la otra con inscripción (no 18 y 42).
Se ha encontrado un interesante ejemplo del modo de fabricación de glandes en moldes de arcilla en el yacimiento de La Caridad (Caminreal, Teruel), donde se han hallado proyectiles procedentes del molde de fundición, unidos todavía unos a otros (J. Vicente -MaP.
Ezquerra, "La catapulta tardo-republicana y otro equipamiento militar de 'La Caridad' (Caminreal, Teruel)", JRMES 8, 1997, 190 y 195.
Véase asimismo un molde para la fabricación de glandes con inscripción EVLG en M. Poux -L.
Superficie blanquecina y muy blanda.
Superficie irregular, marrón clara, con restos de tierra adherida.
Superficie deteriorada, blanquecina, gris.
Superficie irregular, blanquecina, gris.
Superficie de color violáceo, parcialmente calcificada.
Dimensiones: longitud: 3 cm; diámetro: 1,7-1,8 cm. Peso: 42,5 gr. Cartela enmarcando el sello: 0,8 x 0,4 cm. Inscripción: d(-) d(-) FRANCISCO PINA POLO -WERNER ZANIER Figura 3.
Grupo 3 con inscripción A.
Un lado aplanado (quizás en época moderna) En una hendidura restos de tierra adherida.
Superficie irregular, con huellas de cortes modernos (?), marrón clara.
Puntas planas y corte transversal cuadrangular irregular.
Superficie tallada formando ángulos (¿cortada o martillada?), marrón clara y dura.
Superficie marrón clara, blanquecina, con restos de tierra adherida.
Dimensiones: longitud: 4,1 cm; diámetro: 1,6-1,7 cm. Peso: 45,7 gr. Cartela enmarcando el sello: 0,8 x 0,5 cm. Inscripción: 11 Las dos glandes conocidas hasta ahora en la Península Ibérica con inscripción LXIII llevan en la parte posterior un signo semejante al que aparece en el número 48 de nuestro catálogo, que ha sido interpretado como una letra Q.
¿Puede tener nuestra pieza no48 alguna relación con los proyectiles de la legio XIII?
La interpretación histórica de los proyectiles parte condicionada por un problema de muy difícil resolución, cual es su procedencia irregular, algo que, por otra parte, viene siendo habitual en este tipo de materiales metálicos.
De acuerdo con las informaciones que obran en nuestro poder, cuando el comprador de los proyectiles los adquirió hace varios años en Sevilla, se le dijo que provenían de las cercanías del denominado Cerro de las Balas, situado muy próximo al lugar que se ha identificado como el escenario en el que tuvo lugar la famosa batalla de Munda que el día 17 de marzo del año 45 a.C. decidió a favor de César la guerra contra los hijos de Pompeyo Magno, Gneo y Sexto12.
Si tal cosa es efectivamente cierta, no hay duda de que constituye un dato de gran interés que aportar al ya largo debate sobre la ubicación de Munda y del campus Mundensis, un debate que actualmente parece abandonar definitivamente la tesis que quería identificar Munda con la actual Montilla, y que lleva más bien la batalla a las proximidades de Osuna, la antigua Urso13.
Sin embar-go, no podemos sino limitarnos a informar a la comunidad científica de este dato, sin que nos haya sido posible contrastar su veracidad.
Del mismo modo, tampoco estamos en condiciones de afirmar con seguridad que todas las piezas aparecieran juntas o en una misma área -otro dato de especial importancia -, aunque eso es lo que parece deducirse de la magra información aportada en su momento por el vendedor.
Con estos condicionantes y limitaciones, podemos abordar la interpretación de las inscripciones que presentan las glandes en cuestión.
Parece innecesario insistir sobre el hecho de que era habitual el uso de glandes fabricadas en plomo -también existían en arcilla, aunque de manera menos habitual -por parte del ejército romano 14.
Algunas de ellas estaban provistas de breves inscripciones, aunque tal hecho es conocido fundamentalmente durante las guerras civiles de época tardorrepublicana 15.
En el caso de la guerra librada entre César y los hijos de Pompeyo, su utilización es confirmada expresamente en el texto del bellum Hispaniense.
En dos ocasiones es mencionado este tipo de proyectiles, al hablar precisamente de glandes inscriptae como un instrumento para transmitir de manera rápida y concisa deter-minadas informaciones 16.
En ambos casos, las glandes fueron usadas en el contexto del asedio al que César estaba sometiendo a la ciudad de Ategua, finalmente conquistada.
De acuerdo con los datos conocidos hasta el momento, parece que fue durante el sitio de Ategua -en ella se han encontrado un cierto número de proyectiles 17 -cuando comenzaron a producirse glandes inscritas, por lo tanto al comienzo del año 45, puesto que no se ha hallado ninguna en Ulia (Montemayor), ciudad asediada por Gneo Pompeyo antes de la llegada de César a Hispania 18.
También resulta interesante el hecho de que no se conozcan apenas hallazgos de glandes pompeyanas en otros escenarios del bellum Hispaniense correspondientes a la actual provincia de Córdoba 19, y que sí se hayan hallado proyectiles abundantes en la región sevillana entre Ecija y Osuna, en torno al castillo de Alhonoz 20, Cerro de la Atalaya o Cerro de las Balas 21 -lugar supuesto de origen de las piezas que aquí presentamos -, Los Argamasones 22, Cerro o Alto de las Camorras 23 y la misma Osuna 24.
Es un dato relevante que abona la tesis de que es en esta zona de la provincia de Sevilla en la que hay que situar la batalla del campus Mundensis y los episodios relacionados con ella 25.
Proyectiles con inscripción Cn(aeus) Mag(nus) y L(egio) XIII
Como se puede apreciar en el catálogo de las piezas, éstas presentan cuatro diferentes inscripciones: Cn(aeus)
Mag(nus), L(egio) XIII, A y d(-) d(-).
Las dos primeras pueden explicarse conjuntamente, porque en ambos casos proceden con seguridad del ejército pompeyano, como demostrarían no sólo sus inscripciones, sino también el hecho de que, por su similar factura, todo hace indicar que fueron fabricadas en el mismo taller y con una técnica semejante.
La leyenda CNMAG que aparece en trece de nuestros ejemplares se lee sin dificultad como Cn(aeus) Mag(nus), y remite con seguridad a Gnaeus Pompeius Magnus, es decir, el hijo mayor de Pompeyo, del mismo nombre que su padre.
Sabemos que, durante su estancia en Hispania, acuñó monedas en las que aparecía mencionado como Cnaeus Magnus Imperator 26.
Igualmente son conocidas veinticinco glandes hispanas con esa misma denominación, portando la inscripción CNMAG en uno de sus lados, e IMP en el otro 27.
Por otra parte, cinco piezas conocidas hasta ahora presentan en uno de sus lados la inscripción CNMAG, y finalmente en otras dos tan sólo aparecen las letras CM, que tal vez cabría interpretar con las anteriores como C(naeus) M(agnus) 28.
Todas ellas, al igual que las que nosotros presentamos, provienen de la provincia de Sevilla y del sur de la de Córdoba, en concreto de Ategua y del área comprendida entre Osuna y Écija, es decir, las zonas en las que se desarrollaron los principales episodios de la guerra civil en los años 46 y 45 a.C. 29.
Por lo que respecta a las cinco glandes con la inscripción LXIII, tampoco en este caso ofrece duda alguna su lectura, que debe ser L(egio) XIII.
Hasta ahora se conocían en Hispania dos proyectiles con esa misma leyenda, acompañada en el otro lado de la pieza por un signo que parece ser la letra Q, cuyo significado resulta de difícil interpretación 30.
En su momento fueron atribuidos cronológicamente por sus editores a la época de la guerra anibálica.
Sin embargo, esa identificación debe ser rechazada 32, porque parece una época demasiado temprana para un proyectil con inscripción, conocidos sólo mucho más tarde.
Es más razonable pensar que las glandes en cuestión pertenecían a una de las legiones que lucharon en territorio andaluz durante la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos.
Cuando tuvo lugar el bellum Hispaniense, durante la parte final del año 46 y los primeros meses de 45, la famosa legio XIII que había combatido fielmente en el bando cesariano durante la primera fase de la guerra civil ya no existía.
La unidad había sido disuelta por César tras su victoria en Tapso en el mes de abril del año 46, y no volvió a ser reactivada hasta los años 42-41 a.C., cuando Octaviano la reclutó y pasó a denominarla legio XIII Gemina 33.
A cambio, sabemos con seguridad que en el bando pompeyano, en el que luchaban trece legiones de acuerdo con el relato del bellum Hispaniense 34, existió una legión identificada con el número XIII, que posiblemente combatió en la batalla de Munda y que con seguridad, tras la derrota pompeyana, defendió sin éxito frente a las tropas cesarianas la ciudad de Corduba 35.
Las glandes con inscripción LXIII deben por consiguiente identificarse como pertenecientes a la legión decimotercera que formó parte del ejército pompeyano en la campaña de Munda.
Tomando como probable que los proyectiles inscritos con la leyenda LXIII fueran utilizados por unidades militares pertenecientes a la legión decimotercera, y teniendo en cuenta los lugares en los que dichas piezas han aparecido, pueden seguirse parcialmente los movimientos de las tropas pompeyanas en el contexto de los acontecimientos acaecidos en torno a la batalla de Munda.
Es razonable asumir que la legio XIII combatió en dicha batalla, y de ello podrían ser una prueba las glandes que aquí presentamos si realmente proceden del lugar del enfrentamiento.
Tras la batalla de Munda, las fuerzas pompeyanas parecen haberse fracturado y desperdigado a consecuencia de su derrota.
El propio Gneo Pompeyo se dirigió con algunos de sus jinetes y de sus soldados de infantería hacia Carteia, donde estaba estacionada su flota 36.
Otras secciones de sus tropas se refugiaron en la cercana ciudad (oppidum) de Munda, o marcharon hacia Corduba, donde se encontraba todavía Sexto Pompeyo con sus soldados 37.
Mientras tanto, otras legiones pompeyanas prefirieron entregarse a los vencedores 38.
En la defensa pompeyana de Corduba, el bellum Hispaniense menciona expresamente de manera destacada a la legio XIII.
Se puede por consiguiente suponer que al menos una parte de la legión decimotercera pompeyana marchó tras la batalla de Munda hacia Corduba 39.
La otra alternativa es que el grueso de la legión decimotercera hubiera permanecido en todo momento en el interior de Corduba, sin participar en la batalla de Munda.
La ciudad de Corduba fue tomada por César después de un sangriento asedio en el que, supuestamente, murieron veinte mil personas 40.
Tras este episodio la legión decimotercera no vuelve a ser mencionada.
Una explicación podría ser tu total aniquilación durante el sitio, aunque tal vez hubiera supervivientes 41.
Si así fuera, podría suponerse que una parte de la legio XIII que había defendido Corduba huyera tras la derrota, o antes de que ésta se materializara 42.
Tras tomar Corduba, César se dirigió inmediatamente con su ejército hacia Hispalis (Sevilla), ciudad en la que había muchos pompeyanos, pero que también acabaría por conquistar 43.
El yacimiento de El Gandul (Alcalá de Guadaira) se encuentra situado a unos doce kilómetros de distancia de Sevilla, al este de la ciudad, en una de las rutas que discurrían entre Corduba e Hispalis.
Es posible, por lo tanto, que supervivientes de la legión decimotercera marcharan hacia Hispalis en un ya desesperado intento por hacerse fuertes frente a los cesarianos, y que a ellos pertenecieran las glandes halladas en El Gandul.
También es posible, como alternativa, que los proyectiles pertenecieran a soldados de la decimotercera que ya después de la batalla de Munda prefirieran huir hacia Hispalis y no hacia Corduba, aunque el protagonismo atribuido a la legión en la defensa de la ciudad cordubense hace pensar más bien que la unidad se mantuvo compacta tras Munda.
Si la hipótesis aquí planteada fuera correcta, habría por lo tanto que asumir que la llamada legio XIII pompeyana, al completo o dividida en diferentes destacamentos, combatió en la batalla de Munda, defendió posteriormente Corduba y que o bien algunos de sus supervivientes intentaron todavía resistir en Hispalis, uno de los últimos feudos pompeyanos en la Hispania Ulterior, o bien que una parte de los combatientes en el campus Mundensis prefirió marchar hacia Hispalis en lugar de dirigirse a Corduba.
Proyectiles con inscripción A
Las otras dos inscripciones presentes en los proyectiles objeto de estudio en este trabajo resultan más problemáticas en su interpretación.
Los nueve ejemplares con una letra A inscrita en la parte izquierda del proyectil y con una forma característica, puesto que el trazo izquierdo de la A adquiere una forma curvada, tienen ya paralelos en la Hispania Ulterior.
Con anterioridad fueron publicadas tres glandes exactamente con la misma inscripción procedentes, dos de ellas precisamente de El Gandul, la otra de El Palmar de Troya (Sevilla) 44.
En un principio, cuando las piezas de El Gandul fueron publicadas, se manejó la hipótesis de que pudiera tratarse de un signo púnico, partiendo de la base de que el yacimiento en cuestión hubiera sido un campamento en uso durante la guerra anibálica, y que en él hubieran estado asentadas tropas cartaginesa 45.
Una vez que ha sido desechada tal hipótesis (vid supra), también debe ser olvidada la idea de que se trate de un signo púnico.
Se trata sin duda de una A latina y las glandes deben ser ubicadas cronológicamente en la época de la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos.
El hecho de que los pro-yectiles inscritos con la letra A hayan aparecido junto con otros con la inscripción LXIII en El Gandul, y que en el lote que damos a conocer en este trabajo -con las debidas reservas, teniendo en cuenta su irregular procedencia -estén vinculados supuestamente con glandes con esa misma inscripción y otros con CNMAG, hace pensar que se trata probablemente de proyectiles pertenecientes al bando pompeyano.
Esa idea es reforzada por el hecho de que la técnica de fabricación y la forma sean semejantes en los tres grupos.
Es difícil sin embargo ir más allá.
Aunque de complicada interpretación para nosotros, lógicamente debía de ser fácilmente comprendido su significado para quienes manejaban los proyectiles, para los adversarios a quienes fueran dirigidos, o para unos y otros.
¿Pudiera ser la inicial de un nombre de persona?
Tal circunstancia no parece probable, puesto que no hay en la prosopografía conocida del bellum Hispaniense ningún personaje relevante cuyo nombre comience con A. Por otra parte, en los casos conocidos de glandes sobre las que fueron inscritos nombres de persona, éstos aparecen, bien completos, bien con una abreviatura que no admite duda sobre su significado.
No es lógico, por lo tanto, que se hubiera usado una simple A para abreviar el nombre de uno de los participantes -se entiende que destacado -en el conflicto bélico.
¿Se trata de la abreviatura de una unidad militar?
Aunque las noticias sobre la participación de los funditores en el campo de batalla son escasas, sabemos que eran situados habitualmente en los laterales de las tropas dispuestas para el combate, y que solían intervenir al comienzo del enfrentamiento, arrojando sus proyectiles contra las filas enemigas con el fin de romper su disposición 46.
Obviamente, como tales los funditores formaban unidades, a las que César, al hablar de las tropas reunidas por su rival Pompeyo, llama "funditorum cohortes" 47.
Por su parte, Valerio Máximo, refiriéndose a la lucha en Sicilia del cónsul Pisón contra los esclavos, en el año 133 a.C., habla de cómo degradó a un grupo de jinetes despojándoles de sus caballos y transfiriéndoles a las "alae funditorum" 48.
¿Puede la A en los proyectiles ser la abreviatura de la palabra ala?
¿Puede hacer referencia a una determinada unidad de funditores del ejército pompeyano?
Cabe preguntarse, no obstante, cuál sería en ese caso el sentido o la necesidad de la individualización de esas glandes.
No queda otro remedio que concluir que el significado de la A sobre los proyectiles sigue siendo oscuro.
Proyectiles con inscripción d(-) d(-)
Hasta la fecha, que sepamos, no se había publicado ningún proyectil con la leyenda d(-) d(-), de los que aquí presentamos diecinueve ejemplares.
Como en el caso anterior, hay que partir de la idea de que la inscripción debía ser de fácil comprensión para emisarios y receptores de las glandes.
Se puede suponer razonablemente que se trataría de una abreviatura, el problema es establecer a que palabras o expresión correspondería.
Las inscripciones conocidas sobre glandes, al margen de algunos signos de difícil interpretación, se refieren habitualmente a nombres de personas o a unidades militares 49.
En este caso, d(-) d(-) no parece identificable con ninguna unidad militar, ni tampoco con ninguno de los individuos presentes en el conflicto que nos son conocidos a través de las fuentes antiguas 50.
También se conocen proyectiles que contienen expresiones que pueden ser, bien propiciatorias en honor de una divinidad 51, bien frases o palabras contra los enemigos para que las glandes les causen daño 52.
En este apartado cabría incluir las piezas con la inscripción ac(c)ipe, que podría traducirse como "toma eso" o "ahí va eso" 53.
¿Habría que entender los proyectiles con la leyenda d(-) d(-) en ese sentido, como expresión propiciatoria o denigratoria?
Partiendo de esta hipótesis, sería posible por ejemplo interpretar d(-) d(-) como la abreviatura de d(ono) d(atum), algo así como "toma este regalo", o d(amnum) d(et), "que haga daño", y existirían sin duda otras posibilidades.
Hay sin embargo razones para cuestionar esta hipótesis.
Por una parte, habría que preguntarse hasta qué punto esa abreviatura sería inmediatamente interpretada de manera correcta.
A ese respecto, la palabra "accipe" antes mencionada se inscribe completa para que no haya duda sobre lo que se desea transmitir.
Y son conocidos sobre glandes incluso mensajes relativamente largos y complejos, en los que los emisarios se han molestado en escribir sobre los proyectiles frases enteras.
Para que tuviera el efecto deseado, d(-) d(-) debería ser una abreviatura de fácil trascripción en el contexto de un enfrentamiento militar, algo que, por la falta de paralelos, no está en absoluto claro.
Hay otra razón que hace dudar de que ésa sea la interpretación correcta, cual es la forma de realizar la inscripción sobre las glandes.
A diferencia de todas las demás glandes que aquí se presentan -y de la gran mayoría de las conocidas en general -, en las que las inscripciones han sido realizadas con molde en el momento de fabricar los proyectiles y aparecen resaltadas en relieve sobre su superficie, las leyendas d(-) d(-) fueron realizadas mediante la impresión de un sello sobre los proyectiles una vez que éstos habían sido fabricados.
La existencia de un sello sugiere algún tipo de ámbito oficial, quizás una autoridad que hubiera ordenado marcar las glandes con esa leyenda.
Y si pensamos en una inscripción con un significado oficial, la hipótesis nos remite inmediatamente a la posibilidad de que la abreviatura d(-) d(-) pueda leerse como d(ecreto) d(ecurionum), una fórmula muy habitual en el ámbito municipal de las provincias romanas, entre ellas desde luego Hispania, aunque ciertamente no existen paralelos en glandes para esta inscripción 54.
49 En Hispania se conocen proyectiles con los nombres Quintus Metellus, Quintus Sertorius y el ya citado Gnaeus Pompeius, así como otros con Leg(io) II, además de los mencionados con L(egio) XIII.
50 Véase la prosopografía del conflicto conocida a través del bellum Hispaniense en C. González Román -MaA.
Marín Díaz, "El Bellum Hispaniense y la romanización del sur de la Península", Hispania Antiqua 11-12, 1981-85, 28-34; C. González Román, "Prosopografía del Bellum Hispaniense", en Melchor -Mellado -Rodríguez-Neila (eds.), Julio César y Corduba (cit. n.1), 281-309.
51 Véase por ejemplo en Hispania la expresión Iovis vict(oria).
53 En Hispania se conocen varios ejemplares con esa leyenda, así como uno con la inscripción Cae(sar?) ac(c)ipe.
La fórmula decreto decurionum es muy frecuente en Hispania a partir de la época augústea, pero no en época republicana, si bien hay que tener en cuenta a ese respecto, tanto la mayor escasez de epigrafía latina en ese período, como la escasa implantación de coloniae y municipia -el primer municipium sería Gades -en Hispania en época precesariana, y en consecuencia la ausencia de una organización local en la que tuviera cabida un ordo decurionum.
Por otra parte, ¿por qué razón se habría hecho inscribir sobre glandes la inscripción "decreto decurionum"?
¿Cuál sería la intervención de los decuriones de una determinada ciudad en el conflicto bélico como para ordenar o para certificar con su firma la fabricación de glandes?
En la guerra librada en la Hispania Ulterior en los años 46-45 a.C. entre César y los hijos de Pompeyo desempeñaron un papel fundamental las ciudades 55.
En el relato que se hace en el bellum Hispaniense de los diversos acontecimientos, la cuestión clave es en todo momento el control de las ciudades más importantes del valle del Guadalquivir 56.
De hecho, cuando César llegó con sus tropas a Hispania, la mayoría de esas ciudades apoyaban a los pompeyanos, con la excepción de Ulia, al sur de Corduba, que estaba entonces siendo sitiada por Gneo Pompeyo 57, de Gades, donde estaba la flota cesariana y que mantenía una estrecha relación con César, personificada en la familia de los Balbos 58, y de Carruca 59.
La población más importante de la provincia, Corduba, estaba en poder de los pompeyanos, y en ella estaba acantonada una guarnición al mando de Sexto Pompeyo 60.
También estaban bajo el control pompeyano Ategua, largamente sitiada por César 61, Ucubis, donde también había una guarnición 62, Urso 63, Carteia, donde se refugiaba la flota pompeyana 64, Hispalis 65, Munda, finalmente tomada por Fabio Máximo tras la batalla del campus Mundensis 66, Bursavo, cuyo habitantes participaron en la defensa de Ategua 67, y previsiblemente también poblaciones de menor entidad como Soricaria, Aspavia, Ventipo, Hasta, asimismo mencionadas en el bellum Hispaniense 68.
Cuando César, tras vencer en la batalla del campus Mundensis, hubo conquistado Corduba, Munda, Urso e Hispalis 69, pronunció en esta última ciudad un discurso en una contio abierta a todos los habitantes de la población para recriminar a los hispanos haber tomado el bando pompeyano frente a él y contra Roma 70, lo cual sirve para resaltar la generalidad del apoyo de las ciudades de la Hispania Ulterior a los hijos de Pompeyo Magno.
En una guerra civil, no siempre es posible determinar con seguridad si la toma de partido por uno de los dos bandos contendientes se debía al convencimiento o a la imposición.
Tal vez la presencia en la Hispania Ulterior de los pompeyanos con un buen número de tropas -hasta trece legiones, aunque su formación y su número debían de ser irregulares dadas las circunstancias excepcionales 71 -pudo forzar a algunas ciudades a posicionarse a favor de los hermanos Pompeyo, prefiriendo esta opción a la de enfrentarse a ellos.
Sin embargo, la tenacidad con la que algunas de las ciudades bajo control pompeyano resistieron los asedios de César sin entregarse, tanto antes como después de la batalla de Munda, hace sospechar que la adscripción al bando pompeyano fue en buena medida resultado de la convicción y no sólo de la obligación.
Debió de existir en el seno de las ciudades hispanas un debate, en particular entre las elites locales, sobre la conveniencia o no de participar en el conflicto y de apoyar a uno u otro bando.
En el relato del bellum Hispaniense hay algunos indicios de ese debate interno, como en el intento de los habitantes de Ategua por llegar a un acuerdo con César 72, en la división existente en Ucubis entre los partidarios de Pompeyo y los de César 73, en la discusión entre los ciudadanos de Carteia sobre qué hacer con Gneo Pompeyo, si entregarlo o no a César para ganarse su clemencia 74, y desde luego en Corduba, donde la presencia de ciudadanos romanos agrupados en un conventus desempeñó sin duda un papel relevante 75.
Se puede por lo tanto suponer que fueran los órganos políticos internos de los que estuvieran dotados las diferentes comunidades urbanas hispanas, los que tomaran en su momento la difícil decisión de apoyar a César, a los pompeyanos o de intentar permanecer neutrales.
Y es en ese contexto excepcional de una guerra civil, que era además en buena medida un conflicto de legitimidades, en el que tendría sentido la inscripción d(ecreto) d(ecurionum) sobre proyectiles destinados a ser utilizados en la contienda.
Obviamente, la existencia de decuriones en una ciudad implicaría necesariamente una organización municipal o colonial.
La lex Ursonensis por la que había de regirse la Colonia Genetiva Iulia Urbanorum Urso, en la que el ordo decurionum constituía el elemento central a imagen y semejanza del senado de Roma, es inmediatamente posterior a la finalización de la guerra civil 76.
Fue en ese momento cuando, por iniciativa del dictador César, diferentes ciudades hispanas fueron promocionadas al estatuto de colonias o municipios.
Hasta entonces, eran muy pocas las ciudades privilegiadas que, por consiguiente, debían de con-tar en su seno con decuriones, y que, por lo tanto, pudieron haber inscrito la leyenda decreto decurionum sobre los proyectiles en cuestión.
Lógicamente, hay que centrar esa posibilidad entre las ciudades que se involucraron activamente en la guerra.
Gades era posiblemente un municipium desde el año 49 por concesión de César 77.
Su papel en la guerra civil fue relevante, en tanto que refugio de la flota cesariana, pero no participó directamente en los combates, por lo que habría que descartarla.
Por otra parte, el hecho de que, hasta ahora, sólo se conozcan glandes con inscripción pertenecientes al bando pompeyano inclina a pensar en una población que tomara partido por los hermanos Pompeyo.
En ese sentido, Carteia, que era colonia latina desde el año 171 a.C. 78, podría ser una candidata.
Sin embargo, como en el caso de Gades, Carteia no parece haber participado directamente en combates, y se limitó a ser el lugar de refugio de la flota pompeyana.
Quedan otras dos posibilidades, Munda y Corduba.
En ambos casos, su estatuto jurídico en el año 45 es controvertido.
Por lo que respecta a Corduba, de ella se ha discutido y se discute, tanto la fecha concreta de su fundación, en cualquier caso llevada a cabo por M. Claudio Marcelo en el siglo II a.C. 79, como su estatuto jurídico y la composición de su población.
Plinio la llama Colonia Patricia Corduba 80, pero la cuestión es saber desde cuando ostentó la ciudad el status de colonia.
Básicamente, las opiniones se dividen entre quienes consideran que en el momento de su fundación no recibió ningún status privilegiado, sino que permaneció como una ciudad peregrina hasta la época de la guerra civil entre cesarianos y pompeyanos, o hasta la época augústea 81, y quienes piensan por el contrario que era una colonia latina ya desde el siglo II 82.
Se aduce a favor de esta tesis la mención de unas "cohortes colonicae" de César, que habrían sido reclutadas supuestamente en Corduba 83.
La creación de una colonia romana en una provincia en la primera mitad del siglo II a.C. resulta excesivamente temprana, mientras que ya existía en Hispania el precedente de Carteia como colonia latina antes de que Corduba fuera fundada 84 (más tarde sería fundada Valentia también como colonia latina).
Además, la mención de la existencia en los años 48 y 47 a.C. de conventus civium romanorum en Corduba 85 sería incompatible con su hipotético estatuto de colonia romana, pero no con el de colonia latina 86.
Se ha apun-tado asimismo la posibilidad de que fueran los hijos de Pompeyo Magno quienes concedieran a Corduba el estatuto de colonia, lo cual explicaría la fidelidad a su causa 87.
César habría respetado posteriormente ese estatuto dentro de su política de clementia con los vencidos.
Recientemente Julián González, sobre la base de la adscripción de los cordubenses a la tribu Sergia, considera que Corduba debió de ser una colonia, bien ya antes de César, o bien fruto de una deductio llevada a cabo por el mismo César, existiendo con posterioridad otro asentamiento que explicaría la presencia de la tribu Galeria 88 En cualquier caso, aunque no exista un argumento absolutamente definitivo al respecto y el debate sigue vivo, resulta plausible que Corduba fuera colonia latina antes del año 45.
Corduba, la ciudad más importante de la Hispania Ulterior, constituía el cuartel general de los pompeyanos, que la consideraban la capital de la provincia 89, y en ella residía Sexto Pompeyo con un destacamento.
La información proporcionada en el bellum Hispaniense, en el sentido de que una de las legiones de los pompeyanos -diferente de la Vernacula -había sido reclutada "ex colonis qui fuerunt in his regionibus", podría aludir a soldados reclutados en Corduba 90.
¿Sería esa legión formada por colonos la legio XIII que defendió Corduba del asedio cesariano?
¿Explicaría precisamente su origen cordubense su fiel resistencia en la ciudad ante César?
La posesión de la que era, de iure o de facto, la capital de Hispania Ulterior, debía de significar para los pompeyanos una manera de resaltar la legitimidad de su lucha contra César 91.
Por esa razón, Corduba fue desde el comienzo de la campaña en Hispania el principal objetivo de César.
Su primera intención al llegar al valle del Guadalquivir fue tomar la ciudad.
La defensa de Sexto y la ayuda prestada por Gneo lo impidieron 92.
El asedio de Ategua y otros episodios condujeron a los contendientes a la batalla de Munda, pero, en el momento en que se vio vencedor, César se dirigió inmediatamente a Corduba.
La conquista de la ciudad, defendida fundamentalmente por la legión decimotercera pompeyana y otros supervivientes del campus Mundensis, terminó de decidir la campaña a favor de César 93.
En el contexto de la centralidad que en el terreno militar, pero también político, tuvo Corduba durante el bellum Hispaniense, ¿resulta plausible que los decuriones de la colonia decidieran colocar o autorizaran la colocación de la leyenda d(ecreto) d(ecurionum) sobre glandes?
Y en ese caso, ¿por qué?
Proyectiles de honda, con o sin inscripción, serían sin duda fabricados y almacenados en Corduba para la defensa de la ciudad por parte de las tropas pompeyanas acantonadas en ella.
Gneo y Sexto Pompeyo pudieron estar interesados en señalar en una serie de proyectiles que contaban con el apoyo expreso del ordo decurionum cordubense, no tanto para indicar este hecho a los adversarios como para resaltarlo como elemento de legitimación entre sus propios soldados.
Aunque las glandes en cuestión estuvieran primariamente destinadas a la defensa de Corduba, pudieron ser utilizadas lógicamente por las tropas pompeyanas en otros escenarios, en particular en la batalla de Munda de la que supuestamente proceden.
Ahora bien, mientras en Corduba una leyenda decreto decurionum sin mayores especificaciones podía ser fácilmente entendida, cabe preguntarse hasta qué punto seguiría siendo comprendida en un campo de batalla situado a una cierta distancia de la ciudad, al no ir acompañada de referencia alguna a la población de procedencia, a no ser que no cupiera duda alguna sobre a qué decuriones debía referirse la inscripción.
En cualquier caso, es también cierto que, independientemente de sus mensajes o identificaciones, las glandes eran ante todo instrumentos de guerra y como tal habían de ser utilizadas.
En cuanto a Munda, de un pasaje de Plinio parece deducirse que había sido colonia inmunis, para añadir a continuación el autor latino que la ciudad había sido destruida cuando Gneo Pompeyo fue derrotado 94.
El problema a la hora de interpretar el texto pliniano es que no existe plena seguridad sobre la ubicación precisa de la ciudad de Munda y, por lo tanto, no ha sido posible hasta el momento determinar a través de los restos arqueológicos si la población dejó de existir tras ser tomada por las tropas cesarianas en el año 45, como parece deducirse del pasaje en cuestión 95, o si siguió estando habitada con posterioridad a la guerra civil.
En el primero de los casos, Munda sólo pudo haber disfrutado del estatuto de colonia antes del año 45 -¿por iniciativa de los pompeyanos? -, y por lo tanto lo sería en el momento en que tuvo lugar la batalla en el campus Mundensis 96.
En la segunda de las hipótesis, Munda se habría convertido en colonia tras la victoria cesariana, en el contexto de la política de clemencia del dictador.
Está claro que, si se admitiera que Munda era una colonia en los primeros meses del año 45, las glandes con d(-) d(-) hubieran podido provenir de ella, puesto que la batalla decisiva -en cuyo entorno han aparecido supuestamente los proyectiles -se desarrolló junto a la ciudad.
De hecho, del relato que de la batalla hace el bellum Hispaniense se deduce con claridad que Gneo Pompeyo había colocado sus tropas en un lugar elevado al abrigo de las murallas de Munda: "Etenim et natura loci defendebantur et ipsius oppidi munitione ubi castra habuit constituta" 97.
Los pompeyanos se encontraban por consiguiente junto a la ciudad y protegidos por ella, y entre su campamento y el de los cesarianos se extendía una llanu-ra de unas cinco millas de longitud 98.
Cuando los soldados de César avanzaron para entablar el combate, los pompeyanos no se atrevieron en un principio a abandonar la protección de las murallas de la ciudad 99.
Finalmente, los pompeyanos presentaron combate, con el resultado conocido, la gran victoria de los cesarianos.
Miles de hombres murieron, y de entre los partidarios de Pompeyo se salvaron sobre todo aquéllos que se refugiaron en Munda: "...evaserunt] ex fuga hac qui oppidum Mundam sibi constituissent praesidium" 100.
Teniendo en cuenta, por lo tanto, la estrecha implicación de Munda en la batalla librada frente a sus muros el día 17 de marzo del año 45 a.C., es evidente que una leyenda d(ecreto) d(ecurionum), aun sin especificar el nombre de la ciudad en cuestión, habría sido fácil de entender como procedente de la colonia próxima al escenario de la batalla.
A la inversa, la existencia de proyectiles con esa leyenda procedentes de Munda probaría indirectamente la condición de colonia de la ciudad, tal y como se deduce del texto de Plinio.
Hay una última y decisiva cuestión que hay que plantearse en este contexto: ¿tenían los decuriones de una colonia la potestad de intervenir de alguna manera en la defensa de su ciudad?
A ese respecto, es preciso remitirse a la antes mencionada lex Ursonensis, que entró en vigor con la creación de la colonia Urso poco después de que se produjeran los hechos narrados en el bellum Hispaniense, apenas dos años más tarde de que, de acuerdo con la hipótesis que aquí manejamos, las glandes con la inscripción d(-) d(-) fueran fabricadas.
En el capítulo 103 de dicha ley, se afirma que es el duovir o, en su lugar, el praefectus, el encargado de reclutar en caso de necesidad a coloni, incolae y contributi para la defensa de la ciudad, en concreto hasta los límites de la colonia ("coloniae finium defendendorum causa").
Pero la ley especifica expresamente que, para llevar a cabo tal movilización y armar a los habitantes de la colonia, era imprescindible contar previamente con la autorización de la mayoría de los decuriones -aparentemente sin que fuera necesario un quórum de votación: "maior pars qui tum aderunt" -, sin duda a través de un decreto emitido por el ordo decurionum (en el texto epigráfico se utilizan los verbos decernere y censire) 101.
Es discutible si se trataba de una cláusula específica para la colonia de Urso, o si fue extraída de alguna de las colonias fundadas en la Península Itálica en los siglos anteriores 102.
En cualquier caso, estando en el momento de la fundación de la colonia de Urso tan reciente la guerra entre cesarianos y pompeyanos, y en pleno desarrollo de la confrontación bélica que siguió al asesinato de César, parece justificada la referencia en la lex coloniae a la eventualidad de armar a los habitantes de la ciudad en caso de emergencia 103.
Por consiguiente, en un momento de grave peligro, tanto para Corduba como para Munda, es plausible que sus decuriones intervinieran activamente en la defensa de la ciudad, posiblemente promoviendo la creación de milicias ciudadanas -¿hubo entre ellas alguna unidad de honderos? -y asumiendo lógicamente el gasto de su equipamiento y armamento.
En ese contexto, es posible pensar que se hubieran hecho fabricar proyectiles que con una leyenda d(ecreto) d(ecurionum) certificaran el 98 bell.Hisp., 29,1: "Planities inter utraque castra intercedebat circiter milia passuum V, ut auxilia Pompei duabus defenderentur rebus, oppido et excelsi loci natura".
V. Durán Recio, "Muerte de Attius Varus en Munda", en González (ed.), Estudios sobre Urso (cit. n.37), 367-374, quien identifica la ciudad de Munda con los restos existentes en el Cerro de las Camorras, "una colina tabular de forma oval", delante de cuyas murallas en su parte oriental habría situado su campamento Pompeyo.
Frente al Cerro de las Camorras y dominada por la colina se extiende una amplia llanura, conocida como los Llanos del Águila, con una extensión de aproximadamente cinco millas, como el bellum Hispaniense afirma.
respaldo del principal órgano de gobierno de la colonia a una intervención militar que suponía en la práctica la toma de partido a favor de los pompeyanos.
La mención de la decisión de los decuriones en los proyectiles podía asimismo estar justificada complementariamente por la más que probable utilización de fondos públicos en la fabricación de las glandes, puesto que, como es sabido, las finanzas de la ciudad estaban bajo el control del ordo decurionum.
El plomo era un metal valioso, que era utilizado en una ciudad para diversos usos públicos, en particular en toda la red existente para el suministro de agua en el interior de las poblaciones (fabricación y conservación de tuberías, etc.), así como también en el ámbito de la construcción (grapas usadas para la unión de sillares en la construcción de edificios, ensamblaje de tambores de columnas, etc.), en esculturas como material de relleno, ponderales, etc. 104 Es posible por lo tanto que existiera en una ciudad un depósito de reserva de plomo para ser usado en caso de necesidad 105.
Si tal plomo hubiera de ser utilizado para otros menesteres, como por ejemplo la fabricación excepcional de proyectiles, no hay duda de que requeriría la aquiescencia de los decuriones.
Plinio, que escribió su Naturalis Historia unos cien años después de la batalla de Munda, afirma que el precio de una libra de plomo (327 gramos) era de siete denarios 106.
Aunque obviamente el precio del plomo no sería exactamente el mismo un siglo antes, el dato proporcionado por el autor latino sirve para hacerse una idea del valor del metal.
Las diecinueve glandes con la inscripción d(-) d(-) que aquí presentamos pesaban en total 971 gramos, es decir, casi tres libras.
Eso quiere decir que, como promedio, el coste de cada glans podría estar próximo a un denario de acuerdo con el precio apuntado por Plinio.
Naturalmente es imposible saber cuántos proyectiles pudieron ser fabricados en Munda (o en Corduba) si nuestra hipótesis es correcta, pero es razonable pensar que serían cientos o quizá miles.
Eso supondría una importante inversión de dinero público, que con toda pro-babilidad debería ser autorizada por el ordo decurionum.
En definitiva, aunque somos conscientes de que ésta no es en absoluto la única hipótesis posible, a la espera de que puedan aparecer otras piezas que ofrezcan paralelos para éstas nos parece plausible que la leyenda d(-) d(-) de las glandes objeto de estudio pueda significar d(ecreto) d(ecurionum) y, de ser así, los decuriones de Corduba o, más probablemente, los de Munda serían en nuestra opinión los únicos posibles promotores.
En los meses en los que se desarrolla el bellum Hispaniense, Munda pudo haber sido una colonia inmune, de acuerdo con Plinio, y Corduba una colonia latina, en ambos casos dotadas de una organización política interna materializada de acuerdo con el modelo republicano romano en asambleas, magistrados y senado u ordo decurionum.
Por su condición de caput provinciae y por la enorme relevancia que su control tuvo en el devenir de los acontecimientos, Corduba no sería totalmente descartable.
Sin embargo, Munda era también una ciudad de gran importancia, puesto que, de acuerdo con Estrabón, que la llama "metrópolis", ostentaba una cierta primacía entre las poblaciones de su entorno107.
Si los proyectiles proceden en efecto del entorno del campus Mundensis, Munda parecería su lugar de origen más probable, tanto por la proximidad al campo de batalla, como por el posterior asedio de la ciudad por las tropas cesarianas108.
Si Munda hubiera recibido la condición de colonia de los pompeyanos, sus habitantes -en particular su aristocracia -podrían tener un interés añadido en hacer constar la existencia de un ordo decurionum en la ciudad como medio para reivindicar su estatuto jurídico superior.
Encontrándose el presente trabajo ya en primeras pruebas, apareció el artículo de M. Grünewald -A.
La diferencia es que, mientras nuestros colegas alemanes recogen cincuenta y nueve piezas, nosotros presentamos cuarenta y nueve.
Es posible que las diez glandes restantes hayan sido puestas a la venta y hayan ido a parar a otros coleccionistas (véase n.3). |
Este libro está escrito para formar arqueólogos que recuperen mundos perdidos" (p.
20), para devolver a la luz comunidades casi o totalmente invisibles.
La primera tarea de una arqueología crítica es "la denuncia de los elementos de la ideología dominante que actúan implícitamente dentro de sus discursos, para luego empezar la construcción de discursos alternativos contrahegemónicos" (p.
86), que permitan escuchar voces que no quedan recogidas en las narraciones sobre el pasado que registran la historia "de los blancos, de los hombres, de los occidentales, del individualismo, de la libertad, de la iniciativa privada, etc." (p.
La arqueología se encuentra situada ante una segunda pérdida de la inocencia.
Como otras disciplinas ligadas al terreno de la ideología y de la construcción de "verdades" dotadas de autoridad dentro de nuestras sociedades occidentales, no puede considerarse una ciencia neutral, sino un producto del contexto social e histórico de cada momento.
Partiendo de estas premisas, defiende el autor, la política no sólo es necesaria, sino inevitable, desde un punto de vista epistemológico.
Son precisamente los aspectos políticos de la arqueología los que se han decidido subrayar en este texto (p.
76) y es ese compromiso con la situación del presente lo que permite dotar a la arqueología de un papel esencial de carácter emancipatorio en la sociedad en la que vivimos, porque el conocimiento es un arma de transformación de la realidad (pp. 14 y 19).
Ciencia, ética y política en la construcción del pasado, pretende ser fiel a las últimas tendencias del movimiento postmoderno en arqueología en las que se entrelazan trabajos que pueden adscribirse a las versiones más recientes de la teoría marxista, feminista y postcolonialista.
Es, de hecho, como el propio Víctor Fernández nos recuerda, el primer resumen global que se publica en castellano de la influencia de estas corrientes de pensamiento en arqueología.
Si dejamos a un lado obras recientemente publicadas por parte de autores como A. Hernando 1, A. González-Ruibal 2 o J. Vives-Ferrándiz 3, los libros sobre teoría arqueológica son francamente escasos en nuestro país.
Hay que remontarse a una obra anterior del propio Víctor Fernández, publicada en Madrid hace ya 17 años (Teoría y método la arqueología), para encontrar un volumen de un autor hispano de temática similar, aunque no deben olvidarse las escasas traducciones de libros esenciales para la disciplina como Interpretación en arqueología, de I. Hodder, que vio la luz en la misma colección de la editorial Crítica que hoy nos presenta la obra que comentamos.
tanto en número de páginas como en la profundidad con la que se analizan diferentes aspectos, algo por otra parte lógico, teniendo en cuenta el compromiso del autor con la corriente postmarxista.
En el capítulo 4, titulado precisamente "Arqueología y Marxismo", Víctor Fernández reflexiona sobre las propuestas de autores tan influyentes como Gramsci, L. Althusser, S. Zizek o Laclau y critica no sólo el funcionalismo y el evolucionismo, sino también algunos aspectos de la aplicación del marxismo clásico al estudio de las sociedades del pasado, para detenerse luego en lo que se suele llamar "arqueología del capitalismo" o arqueología industrial y en las aportaciones de la arqueología marxista latinoamericana.
También el apartado dedicado a la relación entre arqueología y feminismo (capítulo 5) se inicia con una introducción sobre el pensamiento feminista contemporáneo, para derivar a continuación la discusión hacia el concepto de género aplicado en antropología y arqueología y a la influencia en estas corrientes de los debates postmodernos sobre cómo se forjan en las comunidades humanas las características atribuidas a mujeres y hombres, demostrando que en el fondo el sexo, como otras facetas de la identidad individual, son elementos que se construyen en el marco de una sociedad dada.
Este apartado se cierra con una revisión de algunos ejemplos de la aplicación de las teorías feministas a la investigación sobre el pasado y al papel desempeñado por las profesionales dentro distintas instituciones relacionadas con la arqueología.
Finalmente, en el capítulo 6, titulado "Arqueología, postcolonialismo y multiculturalismo", se resumen algunos aspectos de la obra de E. Said, G. Spivak, H. Bhabha y F. Fanon, sin olvidar la influencia que tuvo en ellos el trabajo precursor de M. Foucault o J. Derrida.
En las páginas siguientes se mencionan una serie de trabajos arqueológicos y etnoarqueológicos que se han enfrentado al descubrimiento del 'otro', sea éste un grupo nativo contemporáneo o una población del pasado.
Todo ello se entremezcla con cuestiones tan importantes como la disputa entre comunidades nativas y arqueólogos por el derecho a 'poseer' el pasado o el estrecho vínculo que existe -desde los orígenes de la historia de nuestra disciplina-entre descripciones 'esencialistas' de pueblos de la antigüedad y nacionalismos contemporáneos.
"Cómo oí decir a Umberto Eco en una entrevista", recuerda V. Fernández, "todos confiamos en que aquello que no podemos leer esté repetido en los libros o artículos a los que sí tenemos acceso. " (p.
Una arqueología crítica es, precisamente, además de un libro valiente y comprometido, una obra muy valiosa como elemento de difusión en nuestro país de las últimas corrientes de pensamiento en nuestro campo de estudio, aunque posiblemente se eche en falta alguna referencia a las publicaciones más recientes de autores como I. Hodder, C. Tilley, M. Rowlands o M. Shanks, por citar únicamente algunos nombres.
Quizá hubiese sido deseable asimismo encontrar -especialmente en el capitulo segundo donde se estudia la interrelación entre ciencia, ética y política-alguna alusión a la hegemonía de las posturas más cercanas al positivismo en la arqueología española.
No se puede negar, en cualquier caso, la contribución del autor al apasionante debate abierto sobre distintas formas de pensar la realidad que, finalmente, ha encontrado también un espacio dentro de la arqueología.
La invención de una geografía de la Península Ibérica.
El primer acierto del libro es su título: la "invención de una geografía".
El libro destaca, sobre todo alguno de los capítulos, como modelo de análisis crítico de las fuentes literarias al poner de manifiesto, desde diversos ángulos y puntos de vista, los condicionantes ideológicos e históricos del proceso de elaboración de los textos.
Esta aproximación a la realidad literaria permite constatar, una vez más, la necesidad de abandonar las interpretaciones tradicionales, mecanicistas y reconstructivistas, cuyo objetivo es identificar directamente sobre el terreno las entidades geográficas y etnográficas recogidas en las fuentes.
Parece claro que es necesario hacer el esfuerzo de entender el funcionamiento interno de las propias fuentes literarias antes de proceder a su uso para la interpretación histórica.
Teniendo esto en cuenta es necesario reflexionar sobre una cuestión esencial referente a la geografía y la etnografía antiguas: hay que eliminar la idea -heredera en gran medida de las pretensiones cientifistas de la gran era de las exploraciones geográficas del colonialismo europeo-de que los autores antiguos nos transmiten, con más o menos interferencias, un progresivo descubrimiento del territorio y sus pueblos que poco a poco salen de la noche de los tiempos a la luz de una literatura cada vez más precisa y más completa.
Más bien tenemos que asimilar la idea de que esa literatura construye territorios y pueblos de acuerdo con unos intereses culturales que condicionan directamente nuestro acceso a la realidad histórica y sus procesos de cambio.
Esto exige del historiador la búsqueda de la interdisciplinariedad y la necesidad de mirar hacia la arqueología.
Esto es una cuestión que no afecta directamente al contenido del libro, pero que debe ser tenida en cuenta para la futura evolución de este tipo de estudios de fuentes.
La obra se articula en tres partes.
La primera, "La representación geográfica de Iberia: tradición y evoluciones" (con trabajos de F. Frontera, D. Marcotte, P. Moret, G. Cruz Andreotti, B. Kramer), se centra esencialmente en la imagen de la Península Ibérica en la tradición geográfica helenística.
En ella se plantean diversas cuestiones de notable interés desde la propia inexistencia de una "geografía", por supuesto como disciplina pero ni siquiera como interés erudito.
Se destaca la prioridad dada a los aspectos teóricos (matemáticos y astronómicos) sobre la realidad material y el conocimiento real del territorio, así como la ausencia de un auténtico interés cartográfico.
El peso de estas tradiciones eruditas conlleva tanto la geometrización del espacio como la búsqueda de una simetría que asemeja los extremos oriental y occidental, aspecto especialmente destacado en el estudio de la toponimia.
Así mismo, se pone de manifiesto el peso del helenocentrismo en la caracterización de los espacios exteriores a través de etnónimos como "íberos" y "celtas".
La segunda parte lleva por título "De la exploración a la construcción de un territorio: el papel del conquistador romano" (P. Le Roux, F. Cadiou, M. Salinas de Frías).
Su interés se centra sobre todo en la constatación de que tampoco el imperialismo romano republicano supuso el surgimiento de un inte-AEspA 79, 2006, págs. 295 a 314
Empirismo es el término que parece describir esta fase y resulta aplicable tanto a los generales romanos como a los gobernadores provinciales.
Contrasta, indudablemente, este panorama con el del "inventario del mundo" augusteo.
Al mismo tiempo, las escuetas descripciones y clasificaciones etnográficas -de las cuales los conocimientos geográficos parecen ser meros derivados-cumplen su papel ideológico como justificación de la sumisión y la pacificación.
La tercera parte recoge varios "estudios de caso: el noreste de Hispania, de los Pirineos al Valle del Ebro" (P. Ciprés, C. Rico, F. Beltrán), en los que se concretizan gran parte de las ideas generales expresadas con anterioridad, principalmente la variabilidad y diversidad de la construcción geográfica romana.
Las conclusiones que se pueden extraer de la lectura de los diversos trabajos son de notable interés así como es de destacar la gran coherencia interna conseguida a pesar del variado número de autores de diversos orígenes y escuelas que participan en el libro.
Parece que está en preparación el segundo volumen, también resultado de un coloquio en la Casa de Velásquez, dedicado a la geografía de época imperial que sin duda completará y ampliará esta visión, ambiciosa y certera, sobre la "invención de la geografía" en la Antigüedad.
Creo que todos tenemos un paisaje mental de la Arcadia.
La región griega fue construyéndose con referentes históricos y mitológicos de tal intensidad que trascendió los límites temporales de la antigüedad clásica para instalarse con fuerza entre la geografía mítica del mundo occidental contemporáneo.
Pero no es esa la Arcadia a la que dedica su atención preferente la obra de Cardete.
Nos encontramos ante un riguroso análisis que desmenuza los componentes con los que se construyó un paisaje simbólico a partir de referencias y elementos religiosos con la finalidad de sancionar un proceso político acaecido entre los siglos VII y IV aC en la frontera suroeste de esta región griega.
Obviamente, de esta forma tan breve no se puede describir un trabajo de tanta complejidad en su planteamiento y desarrollo, por lo que deberemos transitar de forma ordenada por cada una de las partes que componen el libro.
La obra empieza con una introducción en la que se presentan los planteamientos y fundamentos teóricos que sostienen el trabajo.
La autora se muestra deudora de las propuestas de la Arqueología del Paisaje desarrolladas en los últimos años por algunos equipos de investigación españoles, en sintonía con los planteamientos de las tendencias interpretativas postprocesuales de la escuela británica.
Se aparta de las corrientes más funcionalistas y materialistas para referirse directamente a las corrientes postmodernas que ven en el paisaje una construcción cultural emanada de las particularidades de la formación histórica que se encarga de dotar de contenido a los elementos naturales.
De este modo, la autora propone que la creación del paisaje es un elemento cultural, dotado de significados histórica-mente constituidos y que deben leerse en el plano de interrelación de significantes de su contexto particular de creación.
El paisaje, concebido de esta forma, se enmarca en la perspectiva del individuo, quien a través de la percepción, entendida como código cultural que da sentido a la realidad, se interrelaciona, experimenta y construye el mundo.
No cabe duda de la importancia que han tenido estas perspectivas para dar nuevo sentido a la Arqueología del Paisaje y permitir un desarrollo plural y rico que fuese más allá de las primeras propuestas emanadas de la Arqueología Espacial de corte clásico.
Los nuevos estudios se sitúan lejos de los dominios funcionalistas y adaptacionistas, tomados de los esquemas geográficos, para abordar la relación de la sociedad con el entorno.
Con el tiempo se han ido ampliando los proyectos de estudio del paisaje y hoy en día contamos con un amplio abanico que abarca desde los planteamientos emanados desde perspectivas estructuralistas hasta tintes fenomenológicos inspirados en el pensamiento de Husserl, Heidegger o Merleau-Ponty.
Sin olvidar la creciente influencia de los estudios del ámbito de la sociología, como la Teoría de la Práctica de Bourdieu o la Teoría de la Estructuración de Giddens.
En estos nuevos estudios el cambio principal ha sido la adopción de la perspectiva del individuo en el centro del análisis del paisaje.
La sociedad se interrelaciona con el paisaje a través de la acción de individuos concretos, no como una entidad corporizada.
Sin olvidar que el individuo se socializa en un marco espacial concreto, en el que se incluye el paisaje, que contribuye activamente a la génesis de la sociedad.
Ahora bien, si el campo teórico ha avanzado con esta fluidez y dinamismo, también las propuestas metodológicas deben avanzar acordes con los nuevos análisis del paisaje desde estas perspectivas, como vienen proponiendo algunos investigadores (Criado, 1999; Llobera, 2006).
De lo contrario, nos situamos ante un nuevo espacio para la práctica narrativa y hermenéutica de algunos planteamientos postprocesualistas.
En ese sentido, es necesario interrelacionar los aspectos formales del paisaje y los elementos arqueológicos en su contexto histórico y políticamente construido.
La comprensión de los preceptos espaciales que modelan el paisaje requiere del estudio de algunos componentes básicos como la percepción visual, la accesibilidad a determinados lugares o la conexión entre los asentamientos.
Siguiendo esta premisa, Cardete explora la función del componente visual como principal elemento creador del esquema perceptual de los lugares sacros de la frontera arcadia.
Este estudio se realiza mediante el empleo de un modelo digital del terreno, mostrado en la figura 16, que destaca claramente la prominencia visual de las cimas que acogen a los lugares sacros.
Obviamente el análisis no ahonda en el análisis detallado de estos elementos, pero define claramente el énfasis estratégico ubicado sobre los santuarios de Figalía.
Tras exponer sus posturas teóricas, se aborda un detallado recorrido de los significados de la Arcadia a través del tiempo, con la finalidad de mostrar la historicidad y la evolución de la imagen mítica de la región.
Nos encontramos ante una erudita disertación que nos lleva desde los paisajes pastoriles a los bosques de los Adirondack neoyorquinos.
La autora nos acerca directamente a la voz de los autores y nos muestra la estampa que ofrecen los viajeros ingleses a partir de citas literales, aunque puede ser innecesaria la repetición de la descripción del templo de Apolo Epicurio de W. M. Leake que aparece reproducida en dos apartados distintos.
Para formalizar su propuesta de interrelación del paisaje religioso con el proceso de constitución política del territorio, la investigadora parte de la definición de tres componentes básicos para la configuración del paisaje de las comunidades arcadias.
El primero de ellos es la definición de los límites de la polis y el afianzamiento de los dominios territoriales mediante el establecimiento de cultos religiosos.
Cardete aboga por la sanción sacra de los límites de la comunidad a partir de la ubicación de los santuarios extra-urbanos, siguiendo las propuestas clásicas de François de Polignac (1984) que planteó la cimentación de la relación ciudad-territorio mediante los robustos lazos de las prácticas religiosas.
El segundo elemento son los modelos de usos del suelo que contribuirán decisivamente a la configuración sociopolítica de las comunidades locales y a modelar el mundo de sus creencias.
Otros autores se han dedicado a incidir en la importancia de la conceptualización del espacio simbólico mediterráneo a partir de su intersección con el mundo de la producción agraria (Horden y Purcell, 2002, 425).
El tercer aspecto, que articula la espina dorsal del trabajo, es la necesidad de dar cobijo a la estructura poliada arcadia que se desarrolla desde la época arcaica.
Algunos de los elementos característicos de esta particular formación social los extrae Cardete de los sumarios del simposio sobre la Arcadia Arcaica y Clásica del Copenhagen Polis Center, editado por Nielsen (2002).
Quizá se echa de menos la obra de compendio referida a la ciudad-estado de ese mismo centro de investigación, donde se proponen algunos indicadores antropológicos, arqueológicos e históricos especialmente pertinentes para el tratamiento de la cuestión.
Destacaríamos en particular la introducción y el artículo dedicado a la polis helénica de Mogens Herman Hansen, el editor del volumen (Hansen, 2000).
Sea como sea, la Santora concluye que los elementos característicos de una entidad poliada se encuentran en la región suroeste de Arcadia desde época Arcaica.
En este marco, las necesidades de agregación política y defensa de la identidad serán fundamentales para entender la conformación del paisaje sacro arcadio.
Aunque el estudio se refiere a la unidad que supone la frontera suroeste de la Arcadia, la propia estructura de la obra es deudora de la dualidad inherente a este espacio geográfico y trata de forma independiente el territorio de Figalía y el de Parrasia a los que dedica respectivamente los capítulos IV y V.
En Figalía destaca el concepto clave de construcción activa de la identidad comunitaria a partir de la creación de la imagen del otro, el vecino y enemigo, al que se sitúa tras una frontera claramente enfatizada con la ubicación del santuario de Basas en los límites del territorio.
Este referente sacro será el bastión de la identidad que se refuerza tras cada enfrentamiento con Esparta, la amenaza tradicional, con episodios de monumentalización arquitectónica claramente atestiguados.
En Parrasia, el precepto especial dominante no es la fijación del límite sino el énfasis en el papel de Megalópolis como el centro del territorio.
Megalópolis necesita de la justificación sagrada de su papel aglutinador de una federación de estados o un estado plurinuclear arcadio.
Para ello desarrolla un programa religioso basado en la apropiación de los elementos sacros del Monte Liceo.
De una parte refuerza el papel sacro de este monte como espacio central en el paisaje arcadio, al tiempo que duplica en el centro cívico algunos de los cultos de comunidades que han sido absorbidas en la nueva ciudad.
La coadunación de entidades poblacionales se acompañó del traslado de las réplicas de los cultos.
Toda una política de manipulación religiosa para soportar del papel central de Megalópolis.
No sólo el espacio, también el tiempo contribuye a la sanción identitaria.
La advocación de divinidades arcaicas como Deméter Melena en Figalía y La Dama de Licosura hunden sus raíces en el remoto arcaísmo.
En la misma línea se fomenta el conservadurismo de los cultos del Liceo que se vincula directamente con el pasado ancestral.
La construcción de la identidad arcaica reposa en su arraigo en los tiempos pretéritos.
El desarrollo de los argumentos se realiza a partir del escrutinio de las evidencias arqueológicas y textuales que se refieren a los hallazgos de elementos sacros en el ámbito de estudio: desde los más monumentales hasta las dispersiones de cerámicas y objetos de ofrenda.
Demuestra un profundo conocimiento de la realidad arqueológica arcadia, no sólo basada en la obra esencial de Madeleine Jost (1985) o del simposio sobre la Antigua Arcadia del Copenhagen Polis Center (Nielsen, 2002), sino que también emplea un enorme caudal de obras de síntesis o monografías de difícil consulta y utilización que maneja con eficacia.
Antes de emplear el dato, lo somete a un minucioso análisis y valora la pertinencia de su utilización.
Junto a las evidencias materiales se emplean de forma diestra los referentes literarios debidos al libro octavo de la Periegesis de Pausanias que aporta información de gran valor para iluminar los datos arqueológicos.
Estos elementos se traban con un sólido conocimiento de los elementos religiosos, mitológicos, culturales e iconográficos que dan cuenta de la sólida formación clásica de la autora.
El tratamiento formal de la obra es cuidado y atractivo, y a ello contribuye la publicación en color de algunos mapas y figuras, en especial los que se refieren a los territorios arcadios y los principales centros de población antigua y el modelo digital de elevaciones.
Es posible que el lector acostumbrado a trabajar con cartografías diversas encuentre impropia la esquematización como líneas rectas de los caminos antiguos o rutas ganaderas como se muestra en las figs. 14 y 21.
Obviamente la autora trata de esquematizar los vínculos entre núcleos de población, pero esta representación lineal de caminos antiguos en un área de montaña se hace un poco extraña.
En definitiva, nos encontramos ante un trabajo excepcional que cumple con creces el análisis simbólico del espacio de frontera arcadio.
Apartándose deliberadamente de aquellos estudios que presumen el carácter inmóvil del fenómeno religioso, trata de dotarlo del sentido de una mutación y creación activa al servicio de la dinámica histórica.
Los poderes dominantes se servirán de esta manipulación ideológica para legitimar su dominio sobre la sociedad.
Al respecto, cabe recordar los planteamientos de M. Godelier al señalar que la base de todo poder político descansa sobre la violencia y el consentimiento, siendo la fuerza más poderosa la segunda (Godelier, 2000, 19).
Campo abierto para la manipulación ideológica.
En su desarrollo argumental va explorando algunos temas tan interesantes como complejos.
La construcción simbólica del espacio, la creación activa de identidades étnicas, la variada composición sociopolítica de las entidades estatales griegas o los manejos sociológicos para la legitimación del poder figuran entre los tópicos tratados.
Este tratamiento poliédrico hace especialmente atractiva la obra para aquellos arqueólogos e historiadores interesados en la versatilidad de los paisajes antiguos mediterráneos.
Con la publicación de este volumen, la afortunada colección dedicada a la edición de los resultados de las excavaciones arqueológicas del santuario griego de la etrusca Gravisca, dirigida por Mario Torelli y supervisada por Simona Fortunelli, ha logrado publicar diez volúmenes del total de 16 previstos en el plan general de la obra.
Un logro envidiable, como bien sabe quién tiene que ocuparse de este tipo de publicaciones.
El presente volumen, sacado de la tesis de Doctorado que el autor ha dedicado a la topografía general del emporion de Tarquinia, se sitúa dentro del marco de una investigación sistemática que la Universidad de Perugia viene desarrollando desde hace más de treinta años.
El yacimiento, entretanto, se ha convertido en uno de los más importantes de Italia.
A la misma empresa debe de ser atribuido también parte del nuevo recorrido museístico del Museo Arqueológico Nacional de Tarquinia, donde se encuentra una sección exclusivamente dedicada a los materiales procedentes de las excavaciones y entre los cuales destaca la celebre ancla en mármol grabada, dedicada por el egineta Sostrato (cfr.
El libro de Fiorini, que analiza las excavaciones llevadas a cabo dentro del área sagrada de Gravisca a partir de 1969 hasta el 1979 (p.
13), se articula en 3 apartados, cada uno divididos a su vez en distintos capítulos: 1) el yacimiento de Gravisca; 2) la topografía y las excavaciones en el santuario; 3) conclusiones.
La organización del trabajo prevee, en orden, una revisión de las fuentes literarias sobre la ciudad de Gravisca (pp. 19-22) y el examen de los estudios modernos (pp. 23-29) hasta llegar a las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo a partir del 1969; una cuidadosa atención se ha prestado a la reconstruc-ción por fases propuesta por M. Torelli en 1977 (M. Torelli, Il santuario greco di Gravisca, en "PP" 32 (1977), pp. 398-458), y a ella se ha hecho constante referencia a la hora de retomar el examen de los datos arqueologicos.
Después de un pequeño paréntesis dedicado a las técnicas de excavación usadas (pp. 31-33), a una descripción topográfica del área (pp. 33-36) y a las técnicas edilicias con las cuales se levantaron los diferentes edificios (pp. 37-38), se llega al núcleo central del trabajo (pp. 39-179) que, como nos indica el subtítulo, está formado por un detallado estudio de las estratigrafías y de las secuencias constructivas, distinguido según los edificios (nombrados, en orden, gama, delta, alfa, beta y epsilon) y, dentro de éstos, por habitaciones indicadas con las letras alfabéticas atribuidas durante las intervenciones, a la hora de identificar el perímetro de los diferentes espacios.
Las excavaciones son ilustradas sistemáticamente y en cada párrafo se hace mención a la estratigrafia encontrada y al material que ha sido posible recuperar, sin perder de vista las técnicas edilicias de la habitación.
El análisis global de la estratigrafía y de los contextos analizados permite distinguir al autor unas seis fases de ocupación del santuario, con una cronología entre 580 a.C. y finales del siglo IV a.C., más una etapa de reocupación, fechable entre la mitad y el final del siglo III a.
Sigue un apartado muy exhaustivo (pp. 205-461) donde, a través de detalladísimas tablas cuantitativas, se presenta un listado de los materiales recuperados en las distintas capas de los varios edificios y de los espacios que los componen.
Los materiales, indicados con su número de inventario, están divididos por clases según la distinción hecha en los estudios ya publicados en la misma colección.
El libro cuenta también con unas láminas finales en las cuales se exponen algunas hipótesis de reconstrucción de los alzados del conjunto monumental, y también se han oportunamente insertado algunos planos que ilustran las diferentes etapas de la vida del santuario.
Enrico Franceschi y Giorgio Luciano cierran la monografía con un apéndice sobre los metales donde se analiza y se discute los resultados de las análisis metalográficos realizados en algunas muestras recuperadas en el área del santuario y que documentan la notable variedad de los metales trabajados de la diferente naturaleza de los funcionamientos.
El libro, por lo tanto, a pesar de su planeamiento típicamente arqueológico, no se presenta al lector como una simple y mera memoria arqueológica, sino como un instrumento eficaz, capaz de ofrecer una amplia mirada sobre la vida del santuario, junto a una bibliografía rica y con rigurosas referencias.
Ahora, solo nos queda esperar publicación del segundo tomo de este volumen, relativo al área norte de santuario y a cargo de Simona Fortunelli, además de los restantes volúmenes de la serie que terminará la documentación y el análisis de este extraordinario conjunto monumental.
En este volumen quedan reunidos diversos trabajos que aparecieron entre los años 1953 y 2003, un más que notable lapso temporal que ha permitido al autor acercarse a la historia del África romana, entre la dinastía de los Severos y el siglo V, con una perspectiva amplia y compleja, como demuestra la estructura bipartita del libro.
La primera parte del mismo, la más amplia y posiblemente interesante, se encuentra dedicada a la historia y a la epigrafía, terrenos en los que P. Salama demuestra su gran erudición y conocimiento de las fuentes antiguas, mientras que la segunda parte, quizás menos llamativa que la anterior, corresponde a sus estudios en el campo de la numismática.
En todo momento, es apreciable la formación jurídica de Salama debido a la minuciosidad y concreción mostrada en sus estudios.
Con esto no queremos afirmar, ni mucho menos, que dichas virtudes sean exclusivas de los juristas, sino más bien que, al ser aplicado el método de la ciencia jurídica a la investigación histórica y epigráfica, los resultados obtenidos en este caso concreto son dignos de ser destacados.
No podemos dejar de mencionar alguno de los originales y sugerentes trabajos recogidos en el libro, como los números 1 y 4, que corresponden a ambas partes de "Nouveaux témoignages de l 'oeuvre des Sévères dans la Maurétanie Césarienne", donde se plantea un estudio a modo de introducción acerca de las vías y establecimientos militares romanos en el norte de África, en concreto, los realizados bajo los reinados de Septimio Severo y de Caracalla.
El número 7, "Occupation de la Maurétanie Césarienne occidentale sous le Bas-Empire romain", donde combina los datos epigráficos con las fuentes escritas, especialmente la Notitia Dignitatum, la obra de Amiano Marcelino y el Código de Teodosio para trazar un esbozo de la historia política y militar de dicha área.
En el ingenioso número 11, "La parabole des milliaries chez Saint Augustin", muestra la utilización de la imagen de los miliarios por parte del obispo de Hipona en sus sermones.
Además, el número 21, "La chasse aux trésors dans le Maghreb classique", resulta al mismo tiempo sumamente instructivo y divertido.
En definitiva, nos encontramos ante un autor y unos trabajos que, en la estela de otros insignes miembros de la escuela africanista francesa, como Stéphane Gsell, Jérôme Carcopino, Gilbert Charles-Picard y Louis Leschi, deben ser conocidos por todo aquel investigador que se acerque al África de época imperial.
Tan sólo nos queda comentar un defecto que apreciamos en la edición: se trata de las fotografías, casi todas ellas mal enfocadas o iluminadas; resulta bastante complicado leer algo en ellas con mediana claridad.
Sería esta la única pega que le pondríamos a P. Salama, autor asimismo de las tomas fotográficas, a pesar de la ironía con que se expresa en el pie de la figura 41 (pág. 491).
THOMAS G. SCHATTNER Y FERNANDO VALDÉS FERNÁNDEZ (eds.), Stadttore Bautyp und Kunstform/ Puertas de ciudades.
Tipo arquitectónico y forma artística.
Akten der más proclive a poner el acento sobre los elementos que se refieren sin equívoco a nociones de poder y de fuerza, como la torre, mejor que sobre un elemento como la puerta que remite a nociones de franqueamiento y de circulación, más ambivalentes y más complejas, pues ellas ponen en juego las esferas de lo religioso y de lo político.
La segunda parte del artículo la dedica a comentar las puertas de las ciudades púnicas de Hispania.
A pesar de lo mucho que han avanzado las investigaciones sobre los principales centros urbanos, la información sobre las puertas de murallas es muy exigua.
En realidad, sólo Carteia, respondería a este planteamiento, ya que sobre la fase púnica de la Puerta de Sevilla en Carmona propuesta por Alfonso Jiménez, se reafirma en las evidentes discrepancias, ya apuntadas en la publicación de su Tesis en 1996.
En esos mismos términos se pronuncia Thomas G. Schattner en su contribución a este Coloquio, cuya traducción al castellano puede consultarse en el no 4 de la Revista Romula.
En el conjunto de las colaboraciones, hay un protagonismo destacado de la Península Ibérica, en forma de síntesis referidas, a un periodo cronológico determinado, como el artículo de Carmen Fernández Ochoa y Angel Morillo sobre las puertas de las murallas urbanas en la Hispania tardorromana, donde presentan un estado de la cuestión precedido de una definición tipológica y funcional.
Sin embargo, en su mayor parte aluden a conjuntos concretos, caso de la ciudad griega de Emporion y ciudad romana de Emporiae, a cargo de Xavier Aquilué; Tarraco, en el siglo II a.
C., a cargo de Theodor Hauschild, donde plantea la hipótesis de la existencia de otra torre junto a la "Torre de Minerva" y una puerta entre ambas, formando parte de la primera fase de la muralla fechada a comienzos del siglo II a.
C.; Ercavica, por Rebeca Rubio; la ya referida Puerta de Sevilla de Carmona junto con otros ejemplos de la Península Ibérica, a cargo de Thomas G. Schattner, donde rechaza la fase púnica propuesta por Jiménez, basándose en argumentos que contradicen una interpretación de carácter defensivo y cuestionan una datación púnica.
Cierra este apartado el espléndido artículo sobre Augusta Emerita, por parte de José Ma Álvarez, donde efectúa un repaso exhaustivo del trazado de la muralla emeritense con sus elementos singulares, incluido el análisis de la moneda de la ceca de Emerita con representación del recinto y de la puerta.
En el capítulo de novedades, destacar la Puerta Norte de Libisosa, presentada por José Uroz, Antonio Poveda y Juan Carlos Márquez y que debe ponerse en relación con los acontecimientos bélicos desarrollados en la Península Ibérica entre los años 82 y 72 a.
C. Fuera ya del ámbito de la Península Ibérica, Filippo Coarelli ofrece una magnífica síntesis sobre las puertas de Perusia en la Península Itálica con una revisión de su cronología.
Otro interesante apartado se refiere ya a zonas geográficas más extensas.
Es el caso de Asia Menor, donde a la tradición helenística de preservar los recintos monumentales dotados de todos los adelantos de la poliorcética griega, se sumó un proceso de enriquecimiento en época imperial romana, patente en la aparatosidad con que se renovaron las puertas en ciudades como Hierapolis de Frigia, así como Side y Perge en Panfilia.
A estos interesantes exponentes se unen las novedades que atañen a Éfeso, y en particular a la Puerta Magnesia, presentadas de manera excelente por Peter Scherrer; como lo es también el realizado por Claudia Bührig, referido a las provincias orientales del imperio romano donde se da una interesante relación desde el punto de vista formal entre los arcos monumentales y las puertas de las ciudades romanas, pero disociada del víncu-lo con la muralla defensiva.
El artículo de Thilo Ulbert sobre las puertas urbanas en época bizantina, marca el tránsito al segundo grupo de contribuciones referidas al mundo islámico, donde también hay espacio para contraponer la visión de este elemento desde la óptica de las fortificaciones hispanocristianas, de las que se ocupa Luis de Mora-Figueroa.
Muy interesante es también la aportación de José Suárez por aclarar el significado del acceso al santuario prerrománico dedicado a Santiago y su transición a la catedral románica de Santiago de Compostela.
Dietrich Huff en su artículo sobre el desarrollo de las puertas urbanas y palaciales en Asia Central, efectúa un amplio recorrido en el espacio y en el tiempo desde finales de la Edad del Bronce hasta el final de la Edad Media, deteniéndose en los exponentes más destacados.
Barbara Finster en su trabajo sobre puertas de palacios omeyas en Siria, ofrece una espléndida síntesis en la que combina los aspectos funcionales, no exentos de valores simbólicos, con una definición de los principales tipos arquitectónicos.
Las alusiones al Imperio Romano y a Bizancio confirman ese concepto de continuidad reinterpretada al que aludía Fernando Valdés en su presentación.
La contribución de Felix Arnold, se centra en el papel de las murallas y puertas del Cairo y Bagdad, mostrando la evolución experimentada en estas dos ciudades que en el siglo IX no contaban con murallas sensu stricto.
Los avatares políticos y sobre todo las amenazas externas irán cambiando ese escenario con tendencia a adquirir un mayor carácter defensivo.
Joachim Gierlichs diserta sobre "Propaganda del poder" en puertas de ciudades islámicas en Anatolia y Mesopotamia del Norte, a partir de diversas representaciones figurativas que dan pie a interpretarlas como una forma visual de propaganda del soberano.
El reciente descubrimiento de la Puerta del Vado en Toledo es objeto de análisis por parte de Arturo Ruiz Taboada y Jesús Carrobles, que dan cuenta de su importancia para comprender mejor la evolución urbana de Toledo.
Desde el punto de vista constructivo esta puerta supone un ejemplo de integración armónica de elementos de clara tradición cristiana con otros típicamente islámicos, aunque como demuestran los autores es enteramente cristiana en su concepto.
Este artículo entronca con el que a continuación presenta Fernando Valdés sobre puertas de recintos urbanos y cambio político.
Los casos de la muralla urbana de Toledo y de las alcazabas de Mérida y Badajoz.
Valdés incide en el papel ejercido por estas puertas como testigos del doble proceso de aculturación acaecido durante la Edad Media en la Península Ibérica.
Christian Ewert, centra su colaboración en el análisis de las fachadas monumentales de puertas de mezquitas, describiendo la evolución que experimentan a partir de la simple estructura base de un arco triunfal romano hasta la materialización de un modelo específicamente islámico, deteniéndose en los ejemplos que van marcando dicha evolución.
La última aportación es la de Patrice Cressier, sobre las puertas urbanas post-almohades de Marruecos (siglos XIII-XIX), donde efectúa un recorrido a través de los ejemplos agrupados en orden cronológico, lo que da como resultado una muestra de la evolución, aunque como el propio autor reconoce, existen numerosas lagunas de conocimiento que dificultan cualquier intento de establecer un discurso evolutivo.
A las 488 páginas de texto hay que sumar las casi cuatrocientas ilustraciones que por sí solas constituyen un magnífico corpus.
Esta obra, muy bien editada, por su amplitud de miras a la hora de abordar el estudio de las puertas urbanas, ofreciendo la posibilidad de contraponer los modelos inspirados en la cultura clásica grecorromana con el otro gran polo cultural representado por el Islam, recibe con todo merecimiento el calificativo de referencia obligada para futuras aproximaciones a este tema, que sin duda, se beneficiarán de esta excelente herramienta de trabajo.
Entre 1997 y 2004 se llevó a cabo, mediante la colaboración de los proyectos de The British School at Rome y la Soprintendenza per i Beni Archeologici di Ostia, un estudio global del puerto imperial de Roma, construido entre los reinados de Claudio y Trajano, y en uso hasta el siglo VI.
Las características principales de este macroproyecto son el uso de metodologías diversas no invasivas (teledetección por magnetometría, fotografía aérea, prospección superficial), que permitían un estudio muy amplio en cuanto a extensión.
A su vez se apoyaba sobre acciones puntuales de excavación arqueológica, casi siempre por parte de proyectos de la Soprintendenza para conocer mejor la configuración de la costa en tiempos antiguos y su desarrollo diacrónico.
La organización interna de esta obra refleja una voluntad discursiva, que lleva de lo que ya conocíamos hasta las conclusiones mediante pasos específicos plasmados en capítulos de autoría diversa.
Una consecuencia de ello es que tiene un peso muy grande el capítulo dedicado a la prospección geofísica, con una gran riqueza en láminas que contienen el resultado de la misma, seguidas siempre con las láminas de la consiguiente interpretación; en definitiva, un aparato gráfico que muestra el apoyo económico recibido tanto en el trabajo de campo como en la publicación.
Sin embargo, y a pesar de esta estructura y la multitud de autorías, toda la obra mantiene una estricta coherencia formal y de contenido que indica una excepcional labor por parte de los editores.
El capítulo de conclusiones muestra un gran respeto por todas las informaciones conocidas y las nuevas obtenidas, para desarrollar una hipótesis muy respetuosa con las pautas cronológicas, sobre la historia del puerto y su uso, olvidándose de la idea de un "plan maestro" y ajustándose a la realidad de un puerto que fue cambiando y ampliando con el tiempo.
La principal novedad de esta obra es el uso intensivo de la magnetometría para hacer una prospección muy extensa, herramienta geofísica preferida por las condiciones del lugar y su facilidad de manejo.
La magnetometría, conocida ya en arqueología desde los años 50, empieza ahora a ser utilizada con cierta frecuencia gracias a la caída en los costes y el desarrollo de programas y herramientas que facilitan la recogida y procesamiento de datos.
Los investigadores ingleses están siendo los principales exponentes de su uso para la arqueología antigua, con proyectos destacados como el de Falerii Novi, una ciudad conocida en su totalidad a través de la magnetometría, curiosamente llevado a cabo por ellos mismos.
En contraste con el hiperdesarrollado aparato técnico de esta obra, hay un cierto desdén hacia las piezas encontradas en la prospección superficial clásica, que tiene una extensión mucho más limitada.
El estudio cerámico es mínimo, usándose sobre todo para buscar patrones de uso y abandono, y elaborar una datación funcional de diversas instalaciones.
Igualmente hay un catálogo de epigrafía encontrada durante esa prospección, pero no deja de ser para salir del paso.
Un estudio social y económico de estos restos está aún por hacer, contradiciendo la sensación de fait accompli sugerido por la estructura de esta obra.
En su favor hay que admitir que los editores dejan bien claro que es una obra de arqueología no-invasiva, y no hay siquiera pretensiones de hacer estudios arquitectónicos, sociales o económicos, tan solo una catalogación de lo encontrado durante la prospección.
La única excepción sería el capítulo 7, de autoría italiana, cuyo nombre ya delata que es un popurrí de diversos trabajos, o bien no ubicados correctamente dentro de la estructura de la obra, o bien de un contenido y naturaleza totalmente alejado del resto de la investigación.
Así, se une en un capítulo un repaso a estudios previos sobre la forma del puerto, algún análisis constructivo sobre la forma de los atraques y el desarrollo morfológico de la basílica portuense.
Es una lástima que resulte un capítulo tan flojo, no en cuanto a contenido -pues, por el contrario, es muy interesante-sino por la sensación ex loco que da en una obra que, como ya he dicho antes, tiene en la coherencia uno de sus puntos más fuertes.
De cualquier manera, esta obra supone un referente importante en la arqueología contemporánea, y debe servir de ejemplo sobre cómo hacer un estudio arqueológico integral primero aprovechando las herramientas prospectivas para tener un conocimiento extensivo.
Lamentamos que no haya esa clase de apoyo económico y técnico en nuestras excavaciones nacionales.
Esta investigación podría, y debería, ser apoyada con trabajos de excavación propiamente dichos que vayan dotando de más contenido la gran planta puesta al descubierto.
Sin embargo, tras leer esta obra uno tiene la sensación de saber ya perfectamente como se creó, desarrolló, amplió y utilizó el gran puerto imperial de Roma, y eso es bastante.
La obra comienza con una valoración del impacto de la "Contestania Ibérica" en la investigación posterior y cómo ésta ha ido avanzando por nuevas líneas y planteando nuevas incógnitas (Abad).
Igualmente, cómo el area contestana se ha convertido desde entonces en lugar de trabajo de equipos internacionales y los resultados que se han obtenido (Rouillard).
La secuencia de artículos posteriores aborda tanto aspectos generales de definición cultural con una importante base geográfica, como análisis de momentos históricos concretos, yacimientos, piezas y algunos aspectos de gestión de la información y del patrimonio arqueológico.
Vamos a tratar de ellos de forma conjunta y sin respetar necesariamente el orden del libro, que no siempre se ajusta a lo que serían bloques homogéneos de información.
Un aspecto básico de la publicación reside en definir y caracterizar el territorio contestano.
Se aborda a través de importantes estudios geográfico-culturales que indican hasta qué punto la investigación actual maneja resortes más complejos e informados que la de hace 30 años.
Los trabajos de Grau y Moratalla presentan un excelente nivel en el tratamiento de la información material asociada a la búsqueda de claves económicas, políticas y estratégicas en la distribución de los asentamientos, revelando además las transformaciones que se aprecian entre las distintas etapas desde el impacto orientalizante hasta la dominación romana.
A ellos deben unirse la interesante síntesis de Hernández sobre las raíces del mundo ibérico en la última Prehistoria, y la visión de las transformaciones de la época bárquida que aporta Bendala y que arroja mucha luz sobre el comportamiento de esta zona en el marco de la segunda Guerra Púnica.
Finalmente, Bonet expone los argumentos que permitirían deslindar el mundo contestano del edetano, revelando las dificultades que esto supone al no corresponder en general las diferencias de cultura material con la línea de frontera que los antiguos situaron en torno al río Júcar.
Todos estos trabajos suponen síntesis bien elaboradas que revelan un profundo esfuerzo de investigación y que permiten poner al día la información generada en estos territorios.
Después volveremos sobre algunos de los temas aquí planteados.
Igualmente interesantes son los estudios que abordan temas generales que afectan al territorio y que revelan diferencias tanto espaciales como cronológicas.
Es el caso de los aspectos arquitectónicos, que analiza Sala, revelando diferencias constructivas importantes entre los poblados litorales y los de interior, y abriendo a través de ellas el tema del impacto que la presencia fenicia tuvo en la modificación del hábitat local.
Desde el punto de vista social, Guérin aborda el peso que tuvo la actividad textil en la definición del rol femenino, y plantea la posibilidad de que la mujer fuera la responsable de la contabilidad doméstica, accediendo por tanto al conocimiento numérico y escrito, en un estudio de género más amplio que incorpora también la configuración familiar y el reconocimiento del poder masculino.
Finalmente, los aspectos antropológicos son tratados de forma conjunta por De Miguel en un interesante estudio que revela algunas de las fórmulas rituales detectadas en las necrópolis y establece pautas iniciales de comportamiento funerario y de caracterización paleodemográfica Un bloque importante de esta obra la constituyen los trabajos sobre yacimientos y unidades geográficas concretas.
En muchos casos se trata de novedades aportadas por los últimas excavaciones sistemáticas o puntuales, y en otros de la revisión de excavaciones antiguas, que hoy día pueden leerse a través de nuevos parámetros conceptuales y contextuales.
Así, yacimientos ya clásicos como Tossal de Manises, Illeta dels Banyets o La Serreta (Olcina), Altea la Vella y su término municipal (Martínez), La Bastida (Bonet, Vives-Ferrándiz y Caruana), Casa del Monte (Soria y Mata), La Albufereta (Verdú) o El Molar (Peña) muestran nuevas perspectivas a la luz de la revisión de los materiales, de los cuadernos de campo y/o de las nuevas excavaciones realizadas en algunos de ellos.
Es igualmente muy interesante la revisión de los indicios de poblamiento en los valles de Seta (Grau y Molina) y Cányoles (Rodríguez y Pérez), centrándose el primero en una revisión dicacrónica completa y el segundo en los datos de la primera etapa ibérica, en la que se aprecia una diferenciación entre asentamientos tanto funcional como geográfica.
También se revisan materiales de museo, como los del Arqueológico Municipal de Enguera (Castellano, Sáez y Sáez), la cerámica ibérica antigua de La Alcudia (Tendero) o la panoplia con armamento de la necrópolis de El Puntal (Hernández) que añade la analítica de una cacha de su falcata (Romero).
Hay que señalar en este sentido la propuesta de restitución arquitectónica y de materiales aplicada al poblado de El Oral mediante los programas Autocad y 3DStudio Max, lo que permite ofrecer unas restituciones con base científica y fácilmente comprensibles para el gran público.
Finalmente, merece la pena destacar el esfuerzo que se ha hecho por incorporar la información que proporcionan las nuevas excavaciones en territorio alicantino, que indudablemente están haciendo variar las perspectivas sobre los orígenes y el desarrollo de la Cultura Ibérica en esta zona.
Al proceder estos datos de trabajos de urgencia ligados a las transformaciones urbanísticas, es fácil que los informes se limiten a publicaciones de carácter local, o incluso que nunca lleguen a publicarse, pero la importancia y espectacularidad de los hallazgos no justificaría esta falta de información.
Un simple vistazo a las estructuras y los materiales de las necrópolis del Poble Nou y sector Creueta de Les Casetes (Espinosa, Ruiz y Marcos) y del sector correspondiente a la calle Pianista Gonzalo Soriano de Les Casetes (García), en los accesos a la Villajoyosa ibérica, lo demuestra fehacientemente.
Las tumbas de esta última zona revelan el fuerte impacto fenicio-púnico sobre la población local, con algunos materiales sorprendentes, como la cantimplora de fayenza de la tuma 18.
Por otra parte, las sepulturas de Poble Nou y Creueta tienen un largo recorrido cronológico y presentan el interés añadido de asociar escultura zoomorfa.
Muy interesante es también la excavación del Cerro de las Balsas, en el barranco de La Albufereta (Ortega, Esquembre, Castelló y Molina), puesto que ha sacado a la luz un asentamiento que, al menos entre el s. V y III a.C., cuenta con un embarcadero que sería clave para las labores de intercambio con el comercio mediterráneo, y probablemente también para el avituallamiento pesquero de esta población.
Cada artículo incorpora su propia bibliografía, lo que es muy de agradecer, puesto que la opción de incluirla en una lista completa al final del volumen tiene grandes desventajas para quien desee independizar la lectura de los distintos trabajos, cosa casi inevitable por la magnitud y variedad de la obra.
Lo que sí se sitúa al final es la lista de resúmenes en inglés, y en este caso creo que hubiera merecido la pena cumplir con los requisitos habituales de las publicaciones científicas, incluyendo al principio de cada trabajo el resumen -también en español y/o valenciano-y unas palabras clave bien elegidas, puesto que al fin y al cabo son la llave para la inclusión de estos estudios en los listados bibliográficos de búsqueda a nivel internacional.
Por lo demás, la publicación en sí es de calidad, en un formato adecuado y sin concesiones a la tendencia actual a normalizar y, sobre todo, a empequeñecer las dimensiones de libros y revistas.
Es necesario felicitar explícitamente a los editores por esta labor de síntesis inteligente, aglutinante y bien presentada, y sobre todo por el gran trabajo de investigación y gestión que lleva tras de sí.
De tantos temas como sugiere la obra, me gustaría comentar brevísimamente un par de ellos aprovechando las últimas líneas de este comentario.
El primero, la delimitación de una Contestania que crece y amplía sus fronteras conforme avanzan los incesantes trabajos del equipo de la Universidad de Alicante.
La caracterización de grupos étnicos es un tema difícil, y en este caso se aborda fundamentalmente por dos vías: una, la de las fuentes clásicas, a las que lógicamente se remite Abad para defender la filiación contestana de Cartago Nova.
Otra es la vía de la cultura material, que en este caso se centra en la distribución de las cerámicas de tipo Elche-Archena, así como en la epigrafía y la numismática.
A su vez, Soria propone que la zona oriental de Albacete y su límite con Valencia también sería contestano por la presencia de tumbas con empedrado tumular y escultura funeraria.
El primer argumento, basado fundamentalmente en Plinio y Ptolomeo, tiene un gran peso, al menos para la época final, cuando los romanos ya han ocupado el territorio ibérico.
Se trata de divisiones administrativas, basadas seguramente en ciertos componentes políticos locales, y por tanto no sólo debería afirmarse esa ampliación de la frontera sur, sino respetar también la septentrional del Júcar, puesto que se cita explícitamente en las fuentes clásicas.
Sin embargo, los problemas surgen en varios frentes.
En primer lugar el cronológico, puesto que bajo el nombre Contestania se está estudiando un territorio desde el s. VIII a.C., cuya identidad interna probablemente era inexistente.
De hecho, la información que se extrae del detallado estudio espacial de esta zona revela un comportamiento muy diverso, en el que hay que señalar la ubicación geográfica, el tipo de recursos y en gran medida las tradiciones anteriores como factores de la personalidad local.
En segundo lugar, el relativo a la cultura material, cuyos límites no coinciden con los reflejados en los textos.
Pero es que lo insólito sería que hubiera una identidad entre límites administrativos y distribución de los elementos que consideramos diagnósticos del mundo contestano, cumpliéndose por una sola vez la denostada ecuación raza (etnia)-cultura.
¿Es la distribución de la cerámica de tipo Elche-Archena un elemento que permite puntuar los límites contestanos?
Es cierto que se ha concedido a este tipo de cerámica un cierto carácter "nacional", pero también debemos reconocer que la mayor parte de sus representaciones reflejan un simbolismo y ostentan una belleza que bien pudo extender su aceptación más allá de las fronteras contestanas.
Bonet señala, por otra parte, cómo la epigrafía va mostrando que los diversos tipos de escritura conocidos en el mundo ibérico coincidieron en el espacio, si bien la zona contestana resulta crucial en el desarrollo de la escritura greco-ibérica y de la ibérica oriental a partir de la meridional.
Y, naturalmente, hacer contestanos los monumentos funerarios tumulares y su escultura plantea serios problemas en su delimitación con la Bastetania.
Muchos de estos elementos, además, son anteriores a esa definición de época romana, con lo que volvemos a encontrar el inconveniente de retrotraer un efecto tardío a etapas de cronología bastante más antigua.
Resulta imposible que la cultura material se ciña a unos límites administrativos aunque estos existan, máxime en unos ámbitos geográficos muy diversos, que todavía no sabemos bien cómo se organizaron, y que mantuvieron deliberadamente en funcionamiento intensos contactos a través de las vías de comunicación.
Empleando el término Contestania como una convención aceptada, no creo que sea posible definir arqueológicamente sus límites de manera convincente.
Un segundo aspecto crucial y que refleja las transformaciones vividas por la investigación en estos últimos años es el papel que jugaron fenicios y púnicos en la configuración de la cultura ibérica de esta zona.
El tema planea, explícita o implícitamente, sobre muchos de los trabajos y requiere una máxima atención.
Además de los sorprendentes hallazgos de Villajoyosa, que permiten concebir el fenómeno como algo extenso y sistemático, hay que recordar que el área de la desembocadura del Segura actuó como punto central en esta confluencia.
Yacimientos ya excavados como Peña Negra y Les Moreres, Saladares o El Oral, han venido a tener un sentido especial tras las aportaciones de La Fonteta, pero el impacto no se para en la costa.
A partir de los s. VIII y VII a.C. las poblaciones del interior muestran unas transformaciones que incluyen la recepción de nuevos productos de consumo y la tendencia a la intensificación productiva, de forma que se convierta en excedentaria con vistas al intercambio.
Llobregat, basándose en los datos de que disponía, hacía venir los influjos orientalizantes desde Andalucía.
Hoy día vemos que el fenómeno se produce localmente con todas sus consecuencias, lo que no anula, sino que amplía, el marco en el que deben entenderse las transformaciones de las poblaciones locales.
Durante unos años la necesidad imperiosa, también subrayada por Llobregat, de conocer la cultura ibérica "desde dentro" y no como un reflejo pasivo de la presencia colonial, ha llevado a prescindir en buena parte de estos últimos como factores relevantes en el proceso de cambio.
Parece que llega el momento de ensamblar ambas partes para comprender el fenómeno en toda su magnitud, pero no cabe duda de que en la definición de este proceso, que tiene como línea maestra la secuencia Peña Negra-Fonteta-El Oral-La Alcudia, se plantean numerosos interrogantes de difícil solución.
El profundo componente "oriental" de la Cultura Ibérica todavía debe ser analizado con detalle, como queda demostrado claramente en el trabajo de Sala, a través de un meticuloso estudio de los recursos contructivos en distintas áreas y épocas.
Como suele suceder, sobran apriorismos y "lugares comunes" en nuesta investigación, que debe profundizar en sus razonamientos y en sus bases documentales.
Toda investigación genera preguntas, y cada generación arbitra modelos y herramientas para resolverlas y afrontar otras nuevas.
En el libro se deja ver una madurez de conocimientos que exige nuevos datos para seguir investigando, en la seguridad de que, como indica Hernández, los nuevos profesionales están en la mejor posición para seguir avanzando en el conocimiento, y este libro es una muestra de todo ello.
Sólo queda desear que otros territorios ibéricos puedan presentar pronto el mismo nivel de información para poder valorar los procesos generales e identificar los de carácter local, de forma que dentro de 30 años -o mejor menos-puedan ponerse sobre la mesa varios libros como éste.
Esta obra nos presenta el estudio de las terracotas y vasos plásticos de la necrópolis ibérica de El Cigarralejo (Murcia).
Supone el primer volumen de una iniciativa que no podemos menos que felicitar, las Monografías del Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo (Mula, Murcia).
Como explica en la Presentación José Miguel Noguera, estas Monografías son la culminación de una vieja aspiración, en el sentido de que el Museo de El Cigarralejo (Mula, Murcia) cuente con una publicación científica anual sobre los estudios ibéricos que testimonie la voluntad de que dicho Museo se consolide como centro de investigación.
Con esta intención, la obra presenta un estudio realizado por J.M. García Cano y V. Page del Pozo, ambos investigadores del mundo ibérico y plenos conocedores de sus rasgos y condicionantes en Murcia, directores en ocasiones de campañas de excavaciones en el yacimiento de procedencia de los materiales, el Cabecico del Tesoro.
El objetivo fundamental es dar a conocer el conjunto de terracotas y vasos plásticos de esta procedencia, de las diferentes campañas que, desde los años 30, se han llevado a cabo en la significativa necrópolis del Cabecico del Tesoro (Murcia), con un especial interés por la función que habrían tenido estos vasos plásticos.
Tras la Presentación y Preámbulo, la obra se estructura en cinco grandes apartados.
El primero se dedica a explicar la localización geográfica y la historiografía del yacimiento, el segundo explica la metodología del estudio, para pasar a continuación, en el tercer gran bloque, al estudio arqueológico de los materiales señalados, diferenciándolos en cabezas femeninas llamadas pebeteros (3.1), las tanagras (3.2), los gutti y vasos plásticos (3.3) y otros (3.4), seguido de unas consideraciones finales al conjunto de materiales estudiados (3.5).
El estudio se ve completado por una bibliografía y un apéndice (apartado 5) formado por un estudio paleoantropológico de los restos óseos de la tumba 606 del Cabecico del Tesoro, a cargo de Ma Eulalia Subirá Galdacano.
Dentro de esta estructura general, podemos destacar la inclusión, en el libro, de un capítulo dedicado a la Historiografía del yacimiento, cuestión ésta fundamental para entender el estado actual y nuestros conocimientos sobre el mismo.
En el capítulo dedicado a la metodología se nos aclara la perspectiva arqueológica con que se han clasificado y estudiado estos materiales, prácticamente inéditos.
El criterio para su clasificación es el funcional y, dentro de éste, el formal o temático, diferenciando cuatro grandes grupos (cabezas femeninas, tanagras, vasos plásticos y gutti), más un sello que se ha considerado hasta ahora de procedencia dudosa pero que, en opinión de los autores, debe integrarse entre los materiales de la necrópolis.
Dentro de cada uno de estos cuatro grandes grupos el orden seguido es tipológico.
Después de una visión de conjunto sobre la problemática de cada tipo de material y, en concreto, sobre su presencia, frecuencia y peculiaridades en el Cabecico, la publicación de cada pieza se acompaña de fotografías desde diferentes perspectivas, así como de dibujos que permiten acercarnos a las piezas, junto a datos como las dimensiones, la tumba o contexto, el número de inventario, las características del lugar de hallazgo, los materiales que lo acompañaban, la cronología establecida y la bibliografía que ha generado.
Se tiene en cuenta, igualmente, el ajuar y contexto, que permite datar y, en ocasiones, plantear si se trataría de un ajuar masculino o femenino, así como posibles estudios osteológicos.
La mayoría de las cabezas femeninas se datan a partir del III a.C, aunque hay algún ejemplar del IV a.C. Considerándolas respecto al volumen total de materiales depositados, aparecen como minoritarios, sólo el 5,7% de las incineraciones habrían dispuesto de estas piezas.
El estudio de los materiales realizado por ambos autores ha permitido establecer algunas interesantes hipótesis.
Consideramos particularmente interesante la propuesta de reconstrucción de la pieza 44 del catálogo (p.
127-128), un conjunto de piezas modeladas a mano, con una figura claramente de mayor tamaño, sedente, y tres más pequeñas ante ella, sobre una base común y dos aras o columnitas en los extremos.
Aunque actualmente se hayan perdido, quedan huellas de otras figuras, de tamaño reducido, en la parte posterior, que habrían completado el conjunto.
Esta interesante propuesta tiene algunos paralelos en cuanto representación plástica de grupos en el mundo ibérico, como la conocida placa en terracota de La Serreta de Alcoy (Alicante).
Por último, no podemos sino insistir en la necesidad de este tipo de obras para conocer materiales tan significativos como los de esta necrópolis ibérica, así como para conocer los objetos en su contexto, su cronología y relación con otros, con las estructuras y estratigrafía.
En el caso de yacimientos con una historia tan azarosa como El Cabecico del Tesoro, del que se han excavado más de 600 tumbas, la publicación es todavía más imprescindible, a la espera aún de monografías de conjunto.
La obra actual tiene el valor de darnos a conocer y clasificar, bajo una perspectiva arqueológica que no podemos sino agradecer, este tipo de objetos, atendiendo igualmente a aspectos fundamentales como su funcionalidad, su cronología y el conjunto de elementos con que se hallaron y que son imprescindibles para acercarnos a su significado en la necrópolis ibérica del Cabecico del Tesoro.
Sólo nos queda esperar que las Monografías del Museo de El Cigarralero continúen contribuyendo al conocimiento y debate sobre los pueblos ibéricos.
La monografía que nos ocupa tendría muchas posibilidades de convertirse, si no lo ha hecho ya, en una auténtica obra de referencia para los estudios de la introducción del hierro en la Península Ibérica.
Y digo esto, en primer lugar, por la falta de trabajos de conjunto y de documentación sistemática de temas tan arduos como suelen ser los que tratan el frío metal.
La serie del Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo ha optado por un trabajo, para este su segundo volumen publicado, muy específico y en el que se muestra un grado de especialidad y calidad sobresaliente dentro del panorama científico peninsular.
En su objetivo, está el de dirigirse hacia la comunidad científica con una presentación sistemática, básicamente cronotipológica, de un modelo de armamento proto-ibérico (ofensivo en las espadas de hierro y defensivo para las grebas de bronce).
En este contexto de introducción del hierro se desarrolla el final del conocido "mundo tartésico".
Un mundo en vías de convertirse en Primera Edad del hierro, despuntándose las características zonas del sur y nordeste peninsular con sus inmediatas implicaciones en la Meseta y en el valle del Ebro.
Este trabajo del equipo del Prof. Quesada Sanz, se enmarca en un proyecto de digitalización documental en una base de datos relacional y aplicada al análisis de los conceptos del poder en la Iberia antigua (Proyecto I+D: BHA2001-0187, detallado junto con los curricula, metodología y artículos más importantes del equipo en el enlace de la Universidad Autónoma de Madrid: www.ffil.uam.es/equus).
En esa manera de denominar el estudio clásico crono-tipológico del armamento protoibérico, más allá del instrumento, está, desde mi punto de vista, la clave de la aportación de este trabajo, además del valor intrínseco de documentación facilitada.
Y es que como los mismos autores se esfuerzan en marcar, las dos categorías de objetos guardan una importante carga simbólica que los carga de un "poder" más allá de las características tecnológicas y funcionales concretas, por otro lado, como dicen ellos, literalmente vitales para el portador (p.
Bien es cierto que el análisis es fundamentalmente documental, pero el enfoque simbólico y social abre nuevas perspectivas al estudio desde un corpus actualizado como el que aquí se presenta.
En el volumen, se argumenta cómo a pesar de la probada metalurgia del hierro en contexto pre-colonial, no fue hasta el siglo VI a.
C. cuando se produjo la gran eclosión indudable de producción local en forma de panoplia armada de prestigio.
La opinión ya añeja (p.
21) de R. Pleiner sobre la introducción del hierro siguiendo bien la vía colonial fenicia, bien la continental ultrapirenaica, ha sido enriquecida por diversos autores (Rovira, Almagro-Gorbea, Ruiz-Zapatero, Pons), cuya tónica general ha sido la de dar mayor peso a la vía mediterránea (eso sí, bien fenicia, griega o etrusca según las últimas aportaciones).
Sin embargo, se apunta desde esta obra cómo el origen transpirenaico no puede descartarse del todo ya que se tienen evidencias en zonas del interior con objetos sueltos de hierro, como probables subproductos de la metalurgia del bronce, sin adscripción a ninguna cerámica colonial.
El proceso modélico de introducción del hierro se extiende desde el s. IX a.
C., en contextos pre-coloniales y con objetos sueltos, hasta finales del s. VIII a.
C., con la generalización de objetos de uso personal en el nordeste y armas en Andalucía.
No es hasta mediados del s. VI a.
C. cuando se puede apoyar, arqueológicamente, la generalización de armas en hierro en todo el levante y algunos bocados de caballo.
En una última fase la producción del hierro se normalizaría y se aplicaría para la creación de instrumentos de trabajo.
El quid de la cuestión en esta obra, está en saber si las armas son de importación o de producción local, la única vía: la comparación tipológica.
El modelo social que los autores aplican viene tomado expresamente del modelo de evolución de la jerarquía para el estudio de la panoplia tartésico-ibérica, del Prof. Almagro-Gorbea.
El momento clave de estudio en el que se generan los objetos de estudio de esta monografía, espadas de hierro y grebas de bronce, viene a corresponder con el momento de escasez de armas y de iconografía militar sustentado sobre la base de la legitimación sacra, que el Prof. Almagro supone para los siglos VII y VI a.
C., en el Orientalizante andaluz y la I Edad del hierro en el levante septentrional.
La adhesión incondicional con la tesis del Prof. Almagro se compensa con los propios matices del mismo profesor, ante ejemplos contradictorios como el caso del poblado fuertemente fortificado de Els Vilars (Arbeca, Lleida).
La conclusión de los autores asume que hay casi tantos modelos como regiones analizadas (p.
Lo que, por otro lado, se asume directamente de Almagro, es que sólo las élites sociales tendrían acceso y control de la producción y la distribución del hierro para este periodo de generalización, lo que es una idea muy extendida en los procesos analizados funcionalmente.
En cuanto a los problemas crono-tipológicos propiamente dichos, si bien no hay duda para los contextos de aparición cerrados (en transición de los "depósitos" a su deposición en las necrópolis), el problema estriba en los objetos descontextualizados.
La mayoría de estos últimos junto a la tendencia a utilizar criterios terminológicos "propios" (para la misma Península Ibérica con casos como el del mismo autor Prof. Quesada con sus tipos Quesada) ha generado contradictorios modelos crono-tipológicos de los que se recoge un resumen comparado en la tabla 200 (p.
Siguiendo la conocida faceta del Prof. Quesada en sus artículos "reconstructivos" sobre Armas en La aventura de la Historia, en esta obra tiene un peso importante el análisis de los usos de las panoplias en las tácticas bélicas.
Así se nos hace visualizar los forrados internos de material perecedero de las grebas o se llama la atención de la disminución paulatina de las longitudes de las espadas relacionado con las transformaciones en el combate individual y colectivo.
Así mismo se destaca que para el siglo VI a.
C. las pesadas armaduras y espadas cortas no serían tan empleadas en los "combates de prestigio" como las lanzas, en las que no se centra el equipo de Quesada en este volumen.
Volviendo al "poder" de las categorías objetivadas que se tratan en este trabajo, en la base teórica del equipo del Prof. Quesada está el considerar la función simbólica de las armas, que en este momento se empiezan a deponer sistemáticamente en tumbas, como un aspecto que va mucho más allá de reflejar el enterramiento de un guerrero.
Las armas no son meros instrumentos de guerra sino que ante todo expresan una ideología como parte de una mentalidad.
Sin embargo, para los autores, esos fondos simbólicos y los rituales que se nos escapan, son tratados desde el campo clásico de su funcionalidad social.
Tampoco es este volumen una propuesta interpretativa y en sus objetivos lo simbólico no supera la importante asunción de que subyace al objeto material analizado.
Creo que en la gestación de ese "ver más allá" estará el futuro de las nuevas interpretaciones en Arqueología.
Ahora, también es cierto que obras como ésta nos concretan dónde y qué mirar para no irnos "por los cerros de Úbeda".
El registro en estado puro, analizado con calidad y precisión.
Una contribución al conocimiento de la topografía y los usos funerarios en la Colonia Patricia de los siglos iniciales del Imperio, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, Córdoba, 2005.
A mediados de los años noventa del s. XX, una intervención arqueológica de urgencia en el solar de la antigua fábrica de gaseosas La Constancia, situado extramuros de la ciudad romana sobre la que se asienta la Córdoba actual, puso al descubierto, entre otros restos, una vía flanqueada por recintos funerarios de época altoimperial.
A lo largo de dichos trabajos, dirigidos por E. Ruiz Nieto, se documentaron un total de 53 enterramientos de cremación e inhumación 1.
Con este volumen dedicado a la necrópolis de La Constancia, D. Vaquerizo, J. A. Garriguet y S. Vargas publican y analizan por primera vez un conjunto de datos vitales para comprender una de las áreas funerarias más importantes de las conocidas por el momento en el solar cordobés y que con anterioridad se hallaban recogidos sólo en memorias de excavación depositadas en la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura.
Hasta hace no mucho tiempo había que retrotraerse a los años centrales del siglo XX para encontrar un hallazgo de similar relevancia, tanto por el número de enterramientos recuperados como por la buena conservación de los ajuares.
Durante la celebración de las VI Jornadas Cordobesas de Arqueología Andaluza en marzo de 2006 se puso de manifiesto, sin embargo, que la necrópolis de La Constancia debe analizarse teniendo en cuenta recientes descubrimientos de cronología similar -como los de la Avenida del Corregidor y otros situados en las inmediaciones de la necrópolis que nos ocupa-asociables a un paisaje funerario cada vez mejor conocido.
La obra se inscribe en el marco de dos proyectos de investigación dedicados al estudio de los espacios y usos funerarios en la capital de la Bética coordinados desde la Universidad de Córdoba, que han permitido aumentar de forma espectacular nuestros conocimientos sobre el mundo funerario de Colonia Patricia, por primera vez considerada como un "yacimiento único" que permite analizar cada área sepulcral dentro de un contexto más amplio.
Algunos miembros de este equipo habían publicado ya avances de la información que se recoge en este volumen relacionados con los ajuares, los acotados funerarios o determinadas tumbas de cremación 2.
El libro sigue un orden descendente -desde lo general a lo particular-en la exposición de la información.
Una vez presentada la ubicación del solar, las circunstancias que rodearon el descubrimiento y la excavación de la necrópolis y la importancia de La Constancia dentro del conjunto de los espacios funerarios ubicados en las vías de salida de Colonia Patricia, y en concreto, en su sector septentrional, se procede a analizar el papel desempeñado por los recintos funerarios en Italia e Hispania.
La construcción de este tipo de acotados, que permitían delimitar un lote sepulcral, debe considerarse una práctica característicamente romana, pues está relacionada con la parcelación del terreno en medidas estándar (con frecuencia en torno a 12 pies in agro y 12 pies in fronte en la Baetica) para proteger un locus religiosus, sujeto tanto a ciertas reglas de propiedad como al ius sepulcri.
Los autores repasan algunos de los ejemplos más conocidos de este tipo de monumentos en necrópolis italianas, béticas, del entorno cordobés y de la propia Colonia Patricia, así como la documentación epigráfica que puede relacionarse con ellos, para situar los hallazgos de La Constancia -que se analizan en último lugar-dentro de su contexto.
Los investigadores han podido aislar al menos siete recintos construidos en un breve intervalo de tiempo -seis de ellos durante la primera mitad del siglo I d.
C.-en opus incertum o quadratum, donde al parecer se depositaron, sin ningún orden o criterio preestablecido, los restos de distintas cremaciones.
El capítulo central del libro -al que se dedican un mayor número de páginas-recoge de forma minuciosa toda la información disponible sobre cada uno de los enterramientos de la necrópolis, deteniéndose en su ubicación, el tipo de ritual empleado (cremación -de carácter primaria o secundaria-, o inhumación), las características de la tumba y el ajuar que acompañaba los restos del difunto, ilustrando la información con fotografías tomadas en muchos casos durante el proceso de excavación o con imágenes de los materiales recuperados.
Las conclusiones y una "tabla cronológico-tipológica de enterramientos" de gran utilidad -porque permite comparar asociaciones de objetos en los ajuares y tipos de tumba por contextos cronológicos-cierran el volumen.
Entre los méritos de la obra cabe destacar el análisis de los distintos tipos de tumba y de la composición de los ajuares.
Mientras que los primeros distan mucho de ser homogéneos en el caso de La Constancia, los AA. han conseguido aislar la presencia de un juego de vajilla ritual que se repite en distintos enterramientos y que estaría compuesto por un plato, un vaso y un vasito de menores dimensiones.
El mismo modelo de ajuar se ha podido constatar en la necrópolis cordobesa del Camino Viejo de Almodóvar y en otras recientemente excavadas en la ciudad, como la de la sede de Emacsa y la Parcela Banesto.
Según los AA. de la memoria estas cerámicas pudieron formar parte "de un tipo de ceremonial relacionado con el banquete y las profusiones, de las que no sólo participarían los asistentes al funeral, sino también el propio difunto con su particular vajilla." (p.
En cualquier caso, es especialmente interesante constatar que el mismo esquema ritual se mantiene en La Constancia a lo largo del tiempo, independientemente de la sustitución de la sigillata hispánica precoz de los primeros momentos, por piezas de sigillata gálica o sigillata hispánica posteriormente3.
1 Una breve síntesis de los distintos informes de carácter administrativo generados con motivo de dicha intervención fue publicada algunos años más tarde por E. Ruiz Nieto.
E. Ruiz Nieto (2000): "Intervención Arqueológica de Urgencia en Avda. del Brillante, s/n, esquina a C/ Beatriz Enríquez y C/ Goya (Córdoba)", Anuario Arqueológico de Andalucía 1995, tomo III, Sevilla, 131-139.
2 D. Vaquerizo (2001): "Otros enterramientos de cremación.
El conjunto de 'La Constancia'", en D. Vaquerizo (coord.), Funus Cordubensium.
Idem (2002a): "Espacio y usos funerarios en Corduba", en D. Vaquerizo (ed.), Espacio y usos funerarios en el Occidente Romano (Córdoba, 2001), vol. II., Córdoba, 141-200.
S. Vargas (2002): "El conjunto funerario de La Constancia: ajuares y cronología", en D. Vaquerizo (ed.), Espacio y usos funerarios en el Occidente Romano (Córdoba, 2001), vol. II, Córdoba, 297-310.
E. Salinas (2003): El vidrio romano de Córdoba, Córdoba,[31][32] Es también importante la labor de recopilación de datos realizada por los AA. que han tenido que superar diversas dificultades debidas a las deficiencias científicas constatadas durante el proceso de excavación dirigido por E. Ruiz: ausencia de cronologías y de información sobre la correlación entre los enterramientos y los acotados recuperados en la primera fase de excavación, pérdida de información sobre las estructuras funerarias halladas durante la segunda fase de los trabajos arqueológicos, en la que se procedió al vaciado mecánico de los terrenos, ausencia de cotas de algunos enterramientos o falta de registro de la escala utilizada en la planimetría original (pp. 62-63, notas 78-79).
Quizá uno de los problemas más relevantes al que han tenido que enfrentarse los AA. de esta monografía es, sin embargo, la enumeración, en las memorias de excavación, de una serie de materiales asociados a determinadas tumbas que no han podido ser hallados en los fondos del Museo Arqueológico de Córdoba4.
Este hecho afecta, en general a la datación del yacimiento y en particular al encuadre cronológico de lo que podrían ser algunas de sus tumbas más antiguas.
Es el caso del enterramiento de inhumación número 37, que según el responsable de la intervención se halló junto a restos de cerámica de tradición indígena y campaniense.
Sin embargo, el estudio de los materiales conservados (sigillata hispánica precoz, una lucerna derivada de la Dressel 3, cerámica de paredes finas y cerámica común), que difícilmente se pueden confundir con los que se acaban de mencionar, obliga a retrasar la fecha de este temprano enterramiento de inhumación a época de.
Las tres tumbas de inhumación halladas en la necrópolis, que aparecieron concentradas junto al recinto 1 a cotas similares5, son especialmente interesantes para analizar la presencia de población que seguía este ritual ya a principios del imperio, un fenómeno del que cada vez se conocen más casos, tanto en la propia Córdoba como en otros núcleos importantes de época romana (p.
En cualquier caso, si bien carecemos de un registro de las relaciones estratigráficas de los diferentes elementos hallados en la excavación, el estudio de los ajuares ha permitido a los AA. del libro situar la fecha del inicio de la actividad en este sector funerario hacia el segundo cuarto del s. I d.
C. y su fin a lo largo de la segunda mitad del s. II d.
C., aquilatando cronologías publicadas con anterioridad.
Quedan aún sin respuesta, sin embargo, ciertos interrogantes, como la causa que provocó la concentración de la mayoría de las tumbas precisamente en el exterior de los recintos funerarios.
Algunos de ellos han aparecido incluso vacíos, si bien no se puede descartar que dichos espacios cumpliesen una función de carácter auxiliar que les diferenciase de los acotados donde se depositaban los restos de los difuntos (p.
Este estudio, sin embargo, no trata de soslayar ninguno de estos problemas, que se recogen y discuten en el texto, ofreciendo al lector, una recopilación exhaustiva de los datos disponibles, para que él mismo pueda formarse una opinión al respecto.
Consello da Cultura Galega, Sección de patrimonio histórico, Lugo 2004, 844 págs., 687 fotog. en b/n, 19 gráficos y un mapa desplegable en color.
La obra que reseñamos es una obra magna, en la que se han recogido 674 inscripciones viarias de Gallaecia-Asturia, lo que ha permitido hacer un estudio profundo de toda la red de calzadas de los tres conventos implicados, Bracarensis, Asturicensis y Lucensis.
Si comparamos esta cifra con las inscripciones similares conservadas para otras regiones peninsulares, como las 236 de la Citerior oriental, publicadas por Lostal Pros, o las 110 de la Hispania meridional editadas por P. Sillières, comprenderemos la magnitud del trabajo aquí invertido y, sobre todo, la importante documentación que ahora se nos brinda para estudios de muy diferente índole sobre el largo y sinuoso proceso de romanización del NO.
Las calzadas principales, las alternativas o secundarias, las inscripciones viarias con dedicaciones a dioses o lares, las nuevas mansiones... todo ello constituye un acervo de documentación patrimonial que irá dando en el futuro, con el aprovechamiento de ese material por todos nosotros y las generaciones venideras, un fruto ininterrumpido.
El libro tiene su origen en la labor que la dirección del CIL ha encargado al Prof. Colmenero pero, finalmente, ha sido a Xunta de Galicia la que ha subvencionado dos proyectos de investigación para el trabajo previo y ha llevado a cabo la edición espléndida del volumen, con fotografías de todas las inscripciones y de sus calcos, más numerosos gráficos en color.
Muy valioso es el mapa desplegable adjunto a la publicación que recoge el trazado de las vías propuesto y los símbolos de los miliarios en las mansiones, hitos que de manera gráfica permiten ver las zonas de mayor concentración de hallazgos que no siempre coinciden con la de mayor importancia de los núcleos urbanos, y el trazado alternativo de otras vías secundarias.
Es lástima, a mi juicio, que la obra haya sido publicada en gallego, lengua literaria de primera categoría pero no precisamente la óptima en los publicaciones especializadas, por lo que tanto su difusión como su utilización fuera de nuestras fronteras, en cualquier otra provincia del Imperio Romano, va a tener mayores dificultades que si hubiera estado escrita en español.
La obra se inicia con un capítulo introductorio en el que se presenta el conjunto de la red astur-galaica según los datos epigráficos, literarios y monumentales (viaductos y puentes) muchos de éstos fuera del trazado tenido hasta ahora como canónico.
En este capítulo se incide también en la trascendencia que tuvo el trazado viario en esta zona donde el hábitat castreño que los romanos encuentran era sin duda de cariz rural, haciéndose imprescindible para la planificación y administración del territorio contar con vías y mansiones que estructuraran y jerarquizaran los diferentes pueblos, supeditados unos a otros como bien sabemos, entre otros documentos, por el bronce de Bembibre.
Los AA. valoran especialmente la labor del ejército en esta primera administración, sin duda inmediata a las guerras cántabras.
La planificación de las vías, con capites viariarum y mansiones de nueva creación en muchos casos, responde ya a una "estratigrafía" augústea, de las que los AA. hacen un mapa (p.
La realización debió de ser muy temprana y muestra de ello es el miliario, creído de Trajano pero rescatado aquí para la época de Augusto, del museo de Braga, y fechado post 2 a.C. (no 1) por el título de pater patriae o, quizás incluso, de fecha anterior, 5 a.C., el desaparecido de Montealegre (no 55).
Una nueva capa estratigráfica se proporciona (p.
19) para tiempos flavios, con el trazado de vías interiores que se han ido creando en el decurso de los emperadores intermedios, especialmente la via nova (XVIII del it.
El crecimiento de los núcleos urbanos y rurales en tiempos flavios, tanto en importancia como en número, conlleva la necesidad de una amplificación de la red y, también, de una restauración de la anterior, por ello los miliarios de tiempos de Hadriano y Caracalla son muy abundantes (graf.
Interesantísimo es el hecho de que con los severos aparezcan los primeros datos de vías vicinales y privadas (Assaniacenses viam fecerunt) que unían vici, castella y villae...
En este mismo capítulo introductorio se aborda la información que nos ha llegado de los itinerarios greco-romanos y su coordinación con la proporcionada por la epigrafía y la arqueología (págs. 22-32) que, como era de esperar, es muy homogénea y complementaria.
Los AA. dedican un estudio más específico a las tablas de barro de Astorga por las dificultades de ese documento y las novedades que ellos proponen.
La coordinación de los datos literarios y los epigráficos permite a los AA. ofrecer una descripción de las principales vías del NO, introductoria al cuerpo del catálogo.
Este capítulo comprende también un estudio historiográfico del tema, estudio que extrañamente no está colocado ni al final, ni al principio de la obra o del capítulo.
Los primeros testimonios del interés por estos documentos parecen proceder del s. XVI, bien en Portugal (1513) con la intervención del Obispo de Braga, don Diego de Sousa, recogiendo y custodiando los miliarios del territorio de su diócesis, bien en España con el padre Mariana, Molina o Ambrosio de Morales.
Pero es el s. XVIII, con la ilustración, el tiempo en el que mayores progresos, tanto en la recogida de materiales como en la interpretación, se producen.
Nombres como Flórez, Sarmiento o Masdeu dejaron su impronta, aunque ninguno como Cornide, con su Mapa geográfico de la antigua Galicia, Santiago 1785.
Sin embargo, los AA. detectan una cierta decadencia en los estudios romanos en el siglo XIX, debido al mayor interés por la posible procedencia céltica de los habitantes de este cuadrante peninsular.
Será el s. XX con la compilación del CIL II cuando se publique todo el saber anterior, mucho de él inédito aunque depositado en la Real Academia de la Historia hacía, en casos, siglos.
Por ejemplo, el mapa viario del NO había sido confeccionado por Francisco Coello y es utilizado por Hübner.
Esta publicación que hoy reseñamos viene a substituir al CIL y muestra cuánto de nuevo hay y cuán trascendente ha de resultar para los futuros trabajos de todos nosotros.
Cierre de la Introducción representan los subcapítulos 4 y 5.
El primero dedicado a Problemas pendentes sobre a rede viaria do noroeste peninsular de los que uno muy importante es O valor métrico de la milla romana (págs. 44-46) y otro O problema das mansiones (págs. 47-49).
Los AA. responden a la cuestión ya bien conocida de la falta de coherencia entre las distancias totales en el it.
Ant., por ejemplo, y parciales de una vía proporcionadas por los miliarios, que casi nunca coinciden.
A este fenómeno los investigadores han venido dando dos respuestas: bien que la mensuración en todos los casos es de 8 estadios y hubo errores en la ejecución, bien que se utilizaron diferentes parámetros para las diferentes vías, siendo sin embargo unitarios en cada una.
Los AA. defienden, después de un exhaustivo control de medición, que no hubo unidad de mensuración en las vías y que, en casos, los diferentes tramos se acoplan y se miden con diferentes unidades.
Lo cierto es que estas variables a la hora de aplicar sistema metrológicos las hemos podido comprobar bien en la numismática, a pesar de ser la moneda un objeto estatal que encargaba y utilizaba la administración romana en Hispania.
Nuestras monedas están batidas con muy diferentes unidades de peso, dependientes de la norma de cada ciudad; por ello, no sería extraño que si la ejecución de las vías las llevaban a cabo en su mayor parte, como sabemos, las propias civitates, éstas aplicaran sistemas locales de medición, variables a veces de tramo en tramo.
El capítulo II inicia el corpus de los 674 miliarios, ordenados por vías y por regiones, cuerpo que comprende hasta el capítulo X. Cada miliario lleva consignadas la Localidad de hallazgo, unas Característica Externas referidas a su situación originaria, las circunstancias del hallazgo y la descripción del monumento.
A ello de añade la Interpretación -transcripción y traducción-, más la Bibliografía y unas Anotaciones variables en cada caso.
A todo ello se suman las fotografías del monumento y del calco, a no ser que esté perdido y sin documentación gráfica en cuyo caso se ilustra la transcripción del CIL o del documento que lo avala.
Los apartados finales están constituidos por la bibliografía, siglas y abreviaturas y signos diacríticos.
Cierran la edición cuatro tipos de Índices claros y imprescindibles para el cómodo manejo de tanto documento e información.
Algunos de ellos contienen una información añadida no común en otros corpora, por tratarse más bien de comentarios históricos.
Me refiero por ejemplo al Índice de Emperadores donde se inicia cada reinado con un largo comentario sobre la documentación que las inscripciones proporcionan sobre las cronologías ligadas a las titulaturas, y se consigna cuáles de ellas son frecuentes en otros miliarios de la Península.
Como final son recogidas las diferentes fórmulas y referidas a los miliarios en las que aparecen, siguiendo en esto el modelo del CIL.
Se trata pues más de una historia de las calzadas por reinados que de un índice de emperadores.
Un Índice de errores de lapicida es seguido por lo que llaman los AA.
Índice de Cuadros comparativos, en realidad un conjunto de 10 gráficos en color con los datos más trascendentes de todo el corpus: Atribuciones de las inscripciones por rutas en las que se muestran las variables de 30 caminos; por ejemplo se señala cómo la via nova (It.
XVIII) tiene 281 testimonios, mientras que de la ruta de Lucus hacia los Albiones sólo contamos con uno.
Miliarios por emperadores con datos que trascienden en muchos el concepto de índice pues permiten confirmar que la amplificación y restauración de la red viaria en general corresponden a periodos o reinados de mayor auge económico a juzgar por la coincidencia con los altos y bajos de la circulación monetaria en esas vías.
Miliarios por dinastías; Inscripciones viarias miliarias y no miliarias; Distribución de miliarios por conventos.
Dedicaciones de lares viarios por conventos.
Los cuatro últimos gráficos recogen por emperadores los miliarios de las vías XVII, XVIII y XIX, amén de uno comparativo entre los documentos miliarios de Hispania citerior occidental (Gallaecia-Asturia), oriental e Hispania meridional con las cifras más arriba referidas de 674, 237 y 110 respectivamente.
Entrando en los propiamente índices, a mi juicio, de loca antiqua et recentiora y de mansiones viarias (pags.
ISSN: 0066 6742 diré que en ellos se pueden hallar todos los topónimos referidos en el corpus pero, en muchos casos, la cantidad de referencias es tal que la utilidad queda mermada (Bracara Augusta, Aquae Flaviae....)
Me temo que en esto la ayuda de los ordenadores ha sido contraproducente.
Los AA. deberían haber seleccionado las citas y haber buscado diferentes tipos gráficos para señalar, cuáles de esas páginas corresponden a citas de miliarios en las vías, cuáles a mansiones y cuáles son referencias comparativas secundarias que el lector puede obviar.
Un Índice General y un espléndido mapa desplegable cierran la obra.
Ambos muestran bien el contenido y la importancia del trabajo, labor que ha llevado a cabo el prof. A. Rodríguez Colmenero con dos de los miembros de su equipo S. Ferrer y R. Ávarez Asorey, una obra modélica y que quedará como un hito en los estudios romanización y cuya información esperamos que trascienda para que sea aplicada y contrastada en el resto de las provincias del Imperio.
Ma PAZ GARCÍA-BELLIDO Instituto de Historia, CSIC J. SANTOS YANGUAS, Á.
L. HOCES DE LA GUARDIA, J. DEL HOYO, Epigrafía romana de Segovia y su provincia (ERSg), Segovia 2005.
Edita: Caja Segovia y Diputación Provincial de Segovia.
Anexo 1: Epígrafes de la Cueva de la Griega (Pedraza), pp. 249-284; Anexo 2: inscripciones de atribución dudosa ó errónea, pp. 287-294; Anexo 3: análisis de los bronces de Duratón, p.
Hacía mucha falta reunir en un solo catálogo la base esencial de la epigrafía de Segovia capital y su provincia como un todo útil a la investigación.
Los materiales se hallaban muy dispersos, y las publicaciones parciales presentaban serios desequilibrios en calidades, y faltaban proyectos con objetivos abarcantes y exhaustivos.
Este equipo científico viene a paliar en gran parte el problema, aunque no estudia, según avisa (p.22), los epígrafes de tradición cristiana, ni los visigodos, tampoco aquellas inscripciones que tienen como soporte la pizarra, pues varios estudios rigurosos están siendo publicados desde fechas relativamente cercanas, y aún seguirá esta tendencia: años 1985, 2000 y 2002 (p.
Queda un reto que los autores se autoimponen, cual es la compilación y estudio de las inscripciones sobre materiales cerámicos (p.
A mi juicio, no ha de entenderse esta epigrafía como menor, sobre todo si tras un buen catálogo se efectúa un análisis de largo alcance.
Creo que la aplicación en este caso de criterios onomásticos y prosopográficos entre otros, puede aportar nuevas evidencias sobre la importancia social y económica de este territorio, ofreciendo un panorama de conexiones entre lugares de producción y de consumo de productos, que además abrirá campos nuevos de trabajo científico.
En el Anexo 1 se incluye una parte de los datos publicados sobre la cueva de La Griega (Pedraza) (pp. 249-284), conjunto ya estudiado recientemente por otros investigadores; sin embargo, aquí en ERSg, no se añaden lecturas nuevas, o interpretación diferente de lo establecido antes, o discusión general o de detalles, o ambas cosas.
En otros casos los signos diacríticos expresan posibilidades de restituir más texto, o de sugerir variantes, en realidad son escasos los ejemplos de lectura más o menos definitiva.
Los AA. de ERSg, dada la dificultad de revisión de estos grafitos y la reciente publicación de los mismos por parte de M. Mayer y J. A. Abásolo (La cueva de La Griega de Pedraza (Segovia), en: "Inscripciones latinas", MaS.
Corchón, coord., Valladolid, 1997, pp. 183-259), decidieron dar sus lecturas sin revisar in situ las inscripciones, tal y como ya advierten.
Por otro lado, en la no 170-056 quizá habría que transcribir Ruben(u)s en L1, con la letra "u" entre paréntesis, del mismo modo que en L2 se completa ven(it).
El ámbito espacial del trabajo lo forma la actual provincia de Segovia, y destacan en cuanto a volumen de hallazgos la misma capital, Duratón, Coca y Sepúlveda (mapa 2, p.27), además de Pedraza por la Cueva de la Griega.
En conexión con este asunto, quizá hubiera convenido elaborar nuevos mapas en los que señalar los territorios indígenas en época prerromana, y posteriormente en época romana, con la consiguiente reubicación originaria, por parte de Roma, de las etnias que hoy pueden documentarse con fiabilidad en la zona, y conectar estos hechos históricos con el volumen y dispersión de inscripciones romanas halladas en las diferentes localidades, ahora sí, para desde esta perspectiva presentar, gráfica y geográficamente, el grado de implantación romana a través de la epigrafía trabajada por los Autores, y comprobar hacia qué límites fronterizos se pierden estas señales culturales.
Esto se puede conseguir conectando la síntesis histórica (muy bien resuelta, expresada en pp. 17 y ss.), con los mapas de las pp. 21 y 27, y generando a continuación otra cartografía más expresiva y original en los sentidos que acabo de señalar.
El catálogo de inscripciones es magnífico.
Desde el punto de vista formal, los AA. prepararon una ficha-tipo modélica (p.
35), muy bien adaptada a las variantes a estudiar, abarcando con mucha coherencia desde los datos más convencionales y abundantes, hasta, por otro lado, captar los aspectos físicos más sutiles y que piden después una interpretación especialmente refinada.
Los AA. indican cuándo revisaron por última vez la pieza in situ y qué fecha tiene la última foto del monumento.
Si esta base técnica está muy bien organizada y resuelta, los aspectos de contenido ofrecen una información objetiva, unas vías de análisis, unos modelos de crítica y un conjunto de nuevas interpretaciones de la más alta calidad, propiciado todo por la excelente preparación de los Autores en Filología, Historia Antigua, Arqueología Clásica, Prosopografía, Iconografía especializada, Sociología y Antropología aplicadas a este tipo de estudios.
Por otro lado, cada espacio geográfico estudiado incluye una introducción histórica previa, muy equilibrada en su síntesis, que ofrece los datos más oportunos respecto de los documentos epigráficos que se estudian a continuación, y que se presenta muy actualizada en todos los casos en cuanto a aparato crítico y aportación documental.
Además, el organizar las inscripciones al interior del corpus según tipos y funciones AEspA 79, 2006, págs. 295 a 314 (votivas, funerarias, honorarias, jurídicas, de carácter incierto, etc.), permite manejar muy cómodamente la información.
En cuanto a los comentarios que acompañan a la epigrafía del acueducto de Segovia, es aceptable, como dicen los AA., que una reconstrucción basada en los puntos de anclaje de las letras puede ser frágil (p.144), pero el estudio realizado por G. Alföldy atiende en primer lugar al contexto histórico, y desemboca por esta vía en la sólida reconstrucción epigráfica propuesta; los mismos AA. terminan reconociendo que la hipótesis del investigador magiar es la más verosímil, aunque hoy haya que tener en cuenta la inscripción no 66 del corpus de Segovia.
Por ejemplo, en otro orden de cosas, para el caso del epígrafe no 10 (p.
72) se presenta foto y dibujo de la inscripción.
En L7 y última, se han transcrito 6 "equis" (sesenta años, luego en la traducción), sin embargo, el material gráfico permite ver 5 "equis" (serían, pues, cincuenta años); también se nos dice que las letras "R" (tres en total) presentan su óculo abierto, cuando en realidad sólo es así en L5, mientras que en L3 y L6 el óculo está cerrado, al menos si atendemos al dibujo presentado.
Comento este pormenor ya que la inscripción se data atendiendo a la paleografía.
En la transcripción de la L1 del epígrafe no 12 (p.
75), la "O" de [---]pio quizá tendría que presentarse entre corchetes.
225 y s.) quizá convendría descartar el cognomen Plutianus, al menos en la foto resulta claro, lo mismo que en el grabado: en la L2 se ven los restos de la inicial "E", y no "P".
Por desgracia, se desconoce el contexto arqueológico para un porcentaje muy elevado de inscripciones, el caso más notorio es precisamente el de Segovia capital, en la que muchas piezas se usaron como material componente de la muralla.
En este ámbito, resultan especialmente creativas y funcionales las fórmulas aplicadas para trabajar las piezas encastradas en la muralla, atendiendo a su posición geográfica dentro de los lienzos y torreones.
Se consigue además que los documentos queden ordenados y catalogados en su propio espacio de modo permanente (pp.149 y ss.), y al volver a revisar todo el material para este fin, se obtiene un buen estudio dentro del estudio, revisándose todas las inscripciones de la muralla y ofreciendo así nuevos hallazgos, como el caso, entre otros, de la pieza no 105 (pp.183 y s.).
Tan cuidado como el resto del corpus se presenta el Anexo 2 (pp. 287-294), dedicado a la epigrafía de atribución errónea o dudosa.
Los AA. liberan a la investigación de antiguas dudas y de otras más actuales, y analizan con especial cautela aquellas piezas cuyo contenido y contexto resultan especialmente complejos, como en el caso de su epígrafe no 175, sito en El Olmillo, sobre el cual J. del Hoyo se decanta por una interpretación científicamente comedida, calificando la pieza de "no auténtica" (para ver la evolución interpretativa y el estudio completo: J. del Hoyo, Nuevo documento metróaco hallado en la provincia de Segovia, Gerión, 16, 1998, pp. 345-381).
Esta actitud preventiva más arriba ejemplificada, otorga especial fiabilidad al estudio, y permitirá que otros investigadores den pasos seguros en futuros trabajos sobre este territorio y sus interconexiones.
Las cifras finales obtenidas demuestran el alto valor de lo conseguido (resumen en p.
25): 23 inscripciones inéditas; 51 epígrafes en los que se corrige la lectura tras nuevos análisis; se reconstruye una inscripción fragmentaria; se identifican exactamente 11 nuevos lugares de conservación; 6 soportes son reu-bicados; 5 inscripciones se desdoblan teniendo como base el estudio de sus soportes; se nos advierte sobre 6 piezas consideradas falsas, alienae, o de épocas no romanas, pero que otros autores las consideraron como auténticas y romanas; 2 supuestos epígrafes son suprimidos al confirmarse que no eran tales.
El balance es espectacular, pues de un total de 179 piezas estudiadas, en 117 se constatan variaciones, pero teniendo en cuenta que 20 piezas están perdidas; 4 soportes presentan el texto ilegible; 9 soportes no fueron localizados, y otros 28 soportes son anepígrafos o no conservan texto, el resultado es que para casi un 90% de documentos se aportan contenidos novedosos.
A continuación del Anexo 3 y final (análisis de los bronces del Duratón), se recogen unos exhaustivos índices que permiten manejar de modo funcional este estudio (pp. 301-311), y con este mismo criterio se incluyen unas tablas de concordancias de inscripciones (pp. 315-322).
Para mí está claro que los comentarios menos laudatorios de esta reseña, no modificarán la actitud positiva de los lectores.
Es un trabajo excepcional en cuanto a calidad científica, con sus contradicciones y sus problemas de edición como todos, pero que es sin duda un nuevo arquetipo de cómo trabajar bien la epigrafía provincial.
Además, es una obra muy bien escrita, se logró un estilo directo, elegante y uniforme, pese a que son tres los AA., y que rompe con esa estrecha convención según la cual parece que un escrito científico ha de ser de lectura aburrida y de expresión por momentos oscura.
El propio autor resume en tan sólo una frase el principal objetivo de este riguroso estudio "se trata de datar la cerámica para datar por medio de la cerámica", en definitiva, dotar al estudio ceramológico de una sólida base metodológica para obtener de él una doble finalidad, la de convertirse en documento histórico a través del cual aproximarnos a la sociedad en la que se produce y la de constituirse en herramienta de datación segura para los contextos arqueológicos donde aparece.
De acuerdo con estas premisas, se establece de forma precisa el ámbito geográfico y temporal del estudio.
Los yacimientos de los cuales procede el material se localizan en el Territorio Histórico de Álava y a éstos se le suman dos contextos ubicados en una comarca concreta de Vizcaya (el entorno del monte Oiz).
El momento de arranque de la investigación coincide con el de la definitiva desarticulación de los sistemas de producción y distribución de cerámica romana hasta la construcción de la catedral de Santa María de Vitoria en el siglo XIII.
Este estudio, por lo tanto, profundiza en el siempre complejo análisis del repertorio cerámico altomedieval superando ampliamente las dificultades planteadas: la necesidad de trabajar con contextos arqueológicos fiables y la de presentar resultados que fueran más allá de un simple catálogo de formas y funciones.
Gracias a una metódica labor de análisis arqueométrico es posible alcanzar con solvencia los objetivos propuestos, pues sólo a través de ellos es plausible aproximarse a las técnicas de producción y comercialización de los objetos estudiados, factores que aumentan de forma notable el conocimiento acerca de la sociedad en la que éstos se inscriben.
La obra, amén de un evidente esfuerzo personal, ha de ser observada dentro de la notable labor de investigación y salvaguarda del patrimonio llevada a cabo por el Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura de la Universidad del País Vasco dirigido por Agustín Azkarate.
El aumento de la actividad arqueológica derivada de la denominada "arqueología de gestión" sirve de estímulo para estos trabajos que pretenden dar cumplida respuesta a los interrogantes derivados de la actividad diaria en la excavación.
Parte de los excelentes resultados alcanzados son fruto de una labor de equipo y revierten de forma evidente en la continuidad de la tarea.
La solidez metodológica que sustenta el estudio tiene su principal punto de partida en la elección del material cerámico obtenido en excavaciones cuya estratigrafía haya sido establecida de forma rigurosa.
De esta forma se reducen los lotes a estudiar pero se asegura la obtención de una secuencia cronológica precisa que, puesta en relación con los análisis arqueométricos, sirvan de base para la sistematización del corpus cerámico.
Más de 500 unidades estratigráficas son revisadas, resultando 203 de ellas relevantes, de las cuales se obtienen 17.685 fragmentos cerámicos equivalentes aproximadamente a 1079 piezas.
En concreto, los yacimientos de los cuales proceden son; Los Castros de Lastra (Caranca-Álava), la necrópolis de Momoitio (Garai-Vizcaya), necrópolis de Mendraka (Elorrio-Vizcaya), la iglesia de San Román (Tobillas-Álava), la ermita de Santa Eufemia (Maestu-Álava), La Llana (Labastida-Álava), Finca Mavilla (Estavillo-Álava), Santuario de Nuestra Señora de la Encina (Artziniega-Álava), Calle Laurel, 11 (Salinillas de Buradón-Álava), Calle Enrique IV y Calle López de Ayala (Rivabellosa-Álava), la basílica de San Prudencio de Armentia (Vitoria-Gasteiz) y, finalmente, los materiales obtenidos en la excavación de la Catedral de Santa María (Vitoria-Gasteiz), que conforman el grueso argumental del trabajo, tanto por volumen como por la obtención de una secuencia ininterrumpida a lo largo de los siglos de los que éste se ocupa.
La elección de un sistema de registro abierto permitirá aumentar sin dificultad este catálogo con los materiales obtenidos en futuras intervenciones.
La principal novedad que este trabajo aporta es que esta sistematización es abordada desde una óptica en la que priman las características técnicas de la producción cerámica por encima de las variables que con frecuencia articulan los estudios ceramológicos, es decir, la forma, función y decoración.
Se parte del convencimiento de que son los sistemas de trabajo, y las características tecnológicas derivados de ellas, los que sirven de pauta para estudiar la evolución de la producción cerámica, lo que no impide observar y valorar el resto de factores que intervienen en el producto final (análisis funcional y análisis formal).
Para poder establecer de una manera científica las características técnicas de la cerámica estudiada se ha contado con la colaboración del Departamento de Mineralogía y Petrología de la UPV, de tal forma que se supera ampliamente el simple análisis ocular para dar paso a modernos métodos de trabajo como son el estudio petrográfico, el análisis mineralógico mediante la difracción de los rayos X y el análisis de elementos quími-cos presentes en las muestras.
Todo ello permite establecer con precisión la composición mineral de las arcillas (incluido el uso de desgrasantes), la procedencia geológica de los barros y la factura del producto final, así como una precisa aproximación a las temperaturas de cocción que son un excelente indicador del tipo de horno utilizado para su fabricación.
El resultado final es el establecimiento de diecinueve "grupos de referencia" que corresponden a otras tantas variables tecnológicas, cada uno de ellos integrado por series funcionales y formas cerámicas que se acompañan de un exhaustivo examen decorativo y cronológico.
Esta sistematización proporciona al autor una valiosa herramienta para el conocimiento de los factores que condicionan la generación de dichos grupos, para poder aproximarse al entramado social que demanda, crea y distribuye estos productos, en definitiva, consigue transformar la cerámica en un documento histórico.
Gracias a ella, y con el apoyo de la estratigrafía, es posible establecer una seriación cronológica de los distintos tipos de producción en el territorio alavés entre los siglos VIII y XIII identificando las variaciones tecnológicas producidas.
La composición mineralógica de las piezas permite intuir la procedencia geológica de la pasta utilizada, de tal forma que -junto a los datos documentales y arqueológicos-se establecen algunos centros de producción alfarera y el alcance comercial de la cerámica en ellos realizada.
El autor realiza, además, un importante trabajo de revisión de estudios ceramológicos llevados a cabo en territorios circundantes (sur de Francia, Navarra, Cataluña, Cantabria y Norte de Burgos), de manera que es posible la identificación de piezas procedentes de talleres foráneos.
El sólido y riguroso trabajo realizado por el Dr. Solaun permite atisbar la potencialidad de la cerámica altomedieval como elemento fundamental de conocimiento de los grupos humanos que la realizan, pues la fabricación de vajilla responde a una demanda real, a una necesidad práctica y cotidiana, que exige la evolución en el conocimiento de las técnicas y de la organización del trabajo.
En definitiva, el autor consigue de forma clara, y aparentemente sencilla, el objetivo propuesto, convertir los fragmentos cerámicos en herramientas fundamentales para la datación de contextos arqueológicos y poder "leer" en ellos como si de documentos históricos se tratara.
El crucero universitario por el Mediterráneo de 1933 ha sido objeto de conocidos estudios o recopilaciones de testimonios, tanto parciales como bajo una perspectiva más general.
La exhaustividad y amplitud con que ha sido concebida esta obra de F. Gracia y J.M. Fullola le otorga, creemos, un papel de referente, en adelante, al hablar de este acontecimiento significativo de la acción cultural de la Segunda República que fue el crucero universitario de 1933.
Tras la introducción general, la obra se presenta dividida en cuatro partes, cada una de las cuales engloba, a su vez, varios capítulos.
Estas partes fundamentales que estructuran el libro están dedicadas a la idea, el viaje, el recuerdo, el viaje de los arqueólogos y están seguidas de cuatro anexos.
El primero de ellos detalla la lista de los participantes en este crucero por el mediterráneo.
Los tres siguientes suponen la transcripción, y el descubrimiento, de los diarios de viaje de tres personalidades de trayectorias diversas: Jaume Vicens Vives, Gregorio Marañón Moya y Esmeralda Gijón Zapata.
Uno de los meritos de la obra es, sin duda, el rescate y el dar a conocer estas obras inéditas.
La introducción detalla los objetivos de la obra.
Como historiadores, los autores conciben el viaje como algo más que un cúmulo de experiencias individuales, sino como un acontecimiento de gran repercusión, a nivel generacional, y que fue posible gracias a unas circunstancias históricas y unos esfuerzos personales concretos.
En este sentido abordan el estudio de la preparación o circunstancias previas al viaje, para luego detallar su desarrollo, durante el verano de 1933 y examinar, a continuación, sus repercusiones posteriores.
Todo ello en lo que denominan "uno de los episodios más evocados y menos conocidos de la universidad española del s. XX".
En este sentido, dedican una especial atención a la influencia que, en la arqueología española, habría tenido la experiencia del crucero, como lugar de formación, como oportunidad para visitar yacimientos y antigüedades pero también como un momento en que se fraguarían las relaciones personales -afinidades y enemistades-cuyas consecuencias serían decisivas en los años siguientes y, especialmente, tras la posguerra.
Valorado en conjunto, el libro es resultado de un proyecto amplio que toma fuentes documentales inéditas, como las procedentes de los archivos familiares o institucionales.
Destaca la ingente tarea de reunir y analizar estos testimonios, desconocidos en gran parte hasta ahora.
En la recuperación de significativas fuentes ocupa un papel central el archivo de L. Pericot, que declaran ser una "información valiosa que nos iba a servir de primera guía del camino a seguir".
El acudir a estas fuentes proporciona una doble información.
Por una parte, los archivos proporcionan datos inéditos y los detalles de la labor institucional que posibilitó el viaje y, por otra, permiten esbozar aspectos personales, más difíciles de aprehender y diversificados en multitud de testimonios.
Se han rescatado, así, facetas poco conocidas del proyecto.
Entre ellas destacaremos todas las gestiones y los problemas y, en ocasiones, los cambios en el itinerario del crucero.
En este sentido, la obra es un continuo entretejer entre los diversos testimonios de los cruceristas a los que los autores han entrevistado, los recuerdos o reflexiones ya publicadas, como en el caso de Julián Marías o Carlos Alonso del Real, y los datos procedentes de archivos como el Legado Lluís Pericot y el Archivo General de la Administración (AGA), fuente éste último inapreciable extensamente investigado por los autores.
Abordar la génesis, concepción y contexto del proyecto significaba también analizar las circunstancias sociopolíticas, la evolución y situación de la universidad en los años previos al crucero.
Se subrayan las transformaciones emprendidas por el gobierno republicano, como el proyecto de Ley de Bases de la Reforma Universitaria, acontecimientos todos ellos que dibujan el contexto en que el crucero universitario se concibió y fue posible.
Especialmente relacionado con este viaje se detalla la reorganización del sistema de acceso a las cátedras de instituto y cómo, frente a la larga etapa de preparación anterior, pasó a ser necesario un cursillo intensivo de dos meses que se asimiló al viaje del crucero, lo que provocó críticas por parte de quienes no pudieron asistir al viaje.
A la exposición de la génesis del proyecto le sigue la selección de becarios y viajeros, así como las condiciones para participar en el viaje: redacción de un diario para el concurso posterior, la filmación documental, etc. Se presenta la trayectoria de algunos de quienes fueran principales actores para que el crucero pudiera llevarse a cabo, entre ellos, el ministro Fernando de los Ríos y el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Madrid, Manuel García Morente.
A lo largo del libro encontramos la idea de cómo el Gobierno planteó el crucero como, además de un viaje cultural, un emblema de la política cultural del régimen republicano.
El crucero actuaba de propaganda de una determinada imagen de España en el exterior, así como una querida función de difusión de la cultura española.
En este sentido, el gobierno incorporó e hizo propio el proyecto del crucero, intentándolo convertir en imagen de su acción cultural.
Paralelamente, la oposición procuró proyectar otra imagen, el crucero como gasto exagerado del que se beneficiaban unos pocos.
Según los autores, era difícil que, tal y como Fernando de los Ríos había enunciado, el crucero de 1933 inaugurase una costumbre con continuidad en la universidad española.
De especial relevancia resultan iniciativas posteriores como la llamada Misión de Estudios a Grecia, organizada por la universidad de Valladolid en el verano de 1934, promovida por Cayetano de Mergelina y a la que ayudó también Juan Faquís, secretario de la Liga Hispano-Helénica, que vislumbraba quizás la creación de una Escuela Española de Arqueología en Atenas.
Entre estos otros viajes destacan el Creuer Trasatlàntic de la universidad de Barcelona (1934) y los cruceros universitarios a Japón (1935)(1936).
Por otra parte, el estudio del legado Ll.
Pericot ha permitido conocer cómo el investigador realizó repetidos intentos para organizar un viaje semejante entre 1953 y 1956.
Aunque finalmente su iniciativa no culminaría, conocer su existencia nos permite intuir que, quizás, hubo también otros intentos, además de ser indicativa de la importancia que el mismo Pericot concedía al viaje, su empeño personal en que otros pudiera tener la misma experiencia.
La obra detalla la vida diaria, el transcurso del viaje.
Desde las infraestructuras con las que contaba y los servicios que se ofrecían, hasta las diversas celebraciones, conferencias y fiestas que tuvieron lugar durante la travesía.
Se describen también las visitas que realizaron, las gestiones que cada una conllevó, con las eventuales dificultades que ello supuso, los viajes en autocar o tren, etc. Resulta interesante valorar hoy los lugares visitados teniendo en cuenta aquellos que figuraban en las primeras versiones de los itinerarios pero que, finalmente, no pudieron visitarse debido a multitud de factores, ajenos a lo científico.
Destaca, en este sentido, la no inclusión de, por ejemplo, Chipre o Damasco.
Resulta, pues, necesario diferenciar el itinerario real del ideal y cultural que, en un principio, se había propuesto.
El viaje sirvió, también, para contactar y estrechar lazos con investigadores extranjeros, como pone de manifiesto el libro en varias ocasiones.
Así, Julio Martínez Santa-Olalla, Ángel González Palencia y Ramón García Linares aprovecharon diversas escalas, como El Cairo o Túnez o Jerusalén, para conversar con diversos investigadores locales.
La evocación surge, en los cruceristas, al encontrar lugares considerados cuna de la cultura occidental.
Este encuentro provoca que se recuerden pasajes de la literatura clásica, que ilustran la visita a yacimientos o las vistas en el mar, como las costas de Eubea, que despiertan el recuerdo de los colonos griegos.
En ocasiones, la visita hipnotiza más por lo que se evoca que por la presencia arqueológica contemporánea.
El recibimiento de los expedicionarios depende, también, de la imagen que el país visitado quiere dar a la República española, como en el caso de Turquía, en pleno cambio bajo el gobierno de Kemal Atatürk.
En este sentido, el crucero se convierte en símbolo del gobierno español.
Insertar los sucesos del ciudad de Cádiz en un contexto político y cultural amplio nos permite comprender mejor los acontecimientos narrados por los cruceristas.
Tampoco podemos dejar de apreciar los encuentros con las comunidades sefarditas, en lugares como Salónica o Rodas, que, desde una perspectiva amplia tuvieron un doble valor ya que, pocos años después, serían expulsados de estos lugares y, en numerosos casos, exterminados.
Como conclusión, valoramos en esta obra la voluntad de englobar y estudiar tanto el crucero en sí, detallando y describiendo día a día el itinerario y actividades, como sus prolegómenos y las circunstancias que lo hicieron posible y los acontecimientos que, con posterioridad y especialmente debido a la guerra civil española, transformarían las trayectorias de algunos de sus protagonistas.
La formación y trayectoria posterior de los arqueólogos y prehistoriadores españoles encuentra un tratamiento especial.
Destacan las varias generaciones que compartirían impresiones y la experiencia directa de yacimientos y antigüedades, desde M. Gómez-Moreno o H. Obermaier, a L. Pericot, A. García y Bellido, J. Martínez Santa-Olalla y M. Almagro Basch.
Resulta muy destacable el ingente trabajo de dar a conocer la documentación procedente de diversos archivos, el haber analizado todas las fuentes posibles sobre el crucero, desde los legados familiares, a la memoria de los hijos, las entrevistas personales, los documentos de la administración del estado, entre otras, en una "excavación" realmente necesaria para realizar un acercamiento a la historia de la arqueología.
Este acercamiento resulta, en nuestra opinión, no solo plenamente certero, sino necesario para una correcta valoración de esta etapa de la historia de la arqueología española.
En el apartado titulado "A modo de conclusión" los autores reflexionan sobre la importancia real que confieren al crucero, en cuanto impronta común de esa generación.
Se incide en la trayectoria eminentemente peninsular de los arqueológos y prehistoriadores que participaron, vislumbrando un mayor eco en los participantes no arqueólogos.
La importancia de este viaje es vista no en relación a una "misión arqueológica", sino por la posibilidad de unir, en una experiencia conjunta, a buena parte de los intelectuales consagrados y a otros cuyas carreras despuntarían en las décadas siguientes.
Los autores consideran también, tras el examen de toda la documentación reunida y especialmente por la conservada en el AGA, que la idea de la realización del crucero no correspondió a Manuel García Morente, sino al ministro Fernando de los Ríos.
Por toda la labor organizativa documentada por parte de los ministerios de Estado e Instrucción Pública el viaje aparece, más que un viaje de estudios, como una embajada cultural de la República española, un intento de difundir las ideas reformistas del gobierno de Azaña y de profundizar relaciones culturales y políticas con otros estados, así como tantear algunos temas que preocupaban especialmente a F. De los Ríos, como las comunidades sefardíes en diversos puntos del Mediterráneo.
En este sentido, la salida del gobierno de quien fuera su principal impulsor habría coadyuvado para la no continuidad de la iniciativa.
Tampoco tuvo el crucero la repercusión que Fernando de los Ríos hubiera deseado.
La imagen del proyecto varió dependiendo de la prensa, de su postura pro gubernamental o no. Los autores subrayan que la prensa próxima al gobierno no supo sacar partido de la baza propagandística que suponía la iniciativa.
Perduraría la visión de un viaje elitista, protagonizado en gran parte por familiares o personas cercanas a miembros del gobierno cuando, en su opinión, bien gestionado el viaje podía haber cumplido su misión y ejemplificar la acción cultural de la República española dentro del panorama político europeo coetáneo.
SUSANA GONZÁLEZ REYERO Instituto de Historia, CSIC |
obtenidos muestran que el edificio tuvo varias fases de uso y que fue construido para albergar un mitreo como indican su forma y la simbología derivada del análisis arqueoastronómico de la orientación solar de la ventana.
En 2008 abordamos la redacción de un proyecto de excavación arqueológica enmarcado en los trabajos previos necesarios para una intervención global en la Tumba del Elefante del Conjunto Arqueológico de Carmona (en adelante CAC) (Fig. 1) 1.
Su estado de conservación requiere de una actuación que no debe demorarse, que procure frenar las causas del deterioro y paliar sus efectos.
Toda actuación integral sobre el edificio debe basarse en un profundo conocimiento del bien a proteger, sobre sus estructuras y sobre sus valores históricos.
Por tanto, es ineludible enfrentarse a las carencias que tiene en materia de información arqueológica un recinto excavado entre los años 1885 y 1886 y entrar en el debate sobre su origen y función, que tanta polémica ha suscitado desde la publicación de la tesis de Bendala en 1976 2.
Tras el análisis de la bibliografía generada por el monumento, realizamos un detenido estudio de las estructuras arqueológicas, lo que nos aportó información que creemos esencial para la reinterpretación 1 Desde el año 1991 se viene desarrollando un ambicioso proyecto de monitorización y diagnóstico sobre el estado de las estructuras hipogeas del Conjunto Arqueológico de Carmona a cargo del CSIC, mediante un convenio de colaboración con la Junta de Andalucía.
Los resultados de estos estudios han alertado del progresivo deterioro que sufre el yacimiento (Ariño y Sáiz-Jiménez 1997).
2 La dirección del CAC promovió la redacción de un Plan Director que marca las pautas a seguir en materia de conservación, investigación y difusión, bajo la dirección técnica de Ignacio Rodríguez Temiño, director del CAC, y redactado por el arquitecto Ventura Galera Navarro y el arqueólogo Alejandro Jiménez Hernández, (Rodríguez Temiño 2010).
El levantamiento mediante escáner láser nos proporcionó un modelo tridimensional de la Tumba del Elefante de alta precisión y resolución que nos ha servido de base gráfica para nuestro trabajo 3.
Con este modelo afrontamos la tarea de discernir lo que quizás sea el elemento esencial del edificio y que Bendala dejó planteado en su trabajo: la orientación de la ventana y su significado simbólico y religioso.
Los resultados obtenidos cambian la visión que hasta ahora hemos tenido del edificio, aportan novedades significativas para el debate sobre su función y justifican la redacción de estas páginas.
No pretendemos, por tanto, cerrar la cuestión; antes al contrario, exponer la nueva información y ofrecer nuestro punto de vista para reabrirlo con nuevas bases, con carácter previo a la actuación arqueológica que tendrá que llevarse a cabo en un futuro que esperamos sea próximo.
Tras 35 años de la publicación del trabajo de Bendala, era necesaria una revisión actualizada de la información arqueológica de la Tumba del Elefante, con metodología y medios técnicos actuales y con una perspectiva madurada tras más de tres décadas de debate científico.
Tampoco hubiera sido posible abordar con expectativas de éxito este trabajo sin el esfuerzo que el Conjunto Arqueológico de Carmona ha realizado estos años en recopilar, actualizar y ordenar la importante información archivística y documental que atesora la institución y completar una infraestructura básica de información gráfica imprescindible para abordar un estudio de esta envergadura (Jiménez Hernández et alii 2010).
La Arqueología de la Arquitectura ofrece una nueva perspectiva para los arqueólogos que se enfrentan al estudio arqueológico de los edificios históricos.
Esta joven disciplina nos dota de un bagaje metodológico y técnico que, en este caso, ha resultado fundamental.
Junto a los análisis formales y estructurales del edificio, la nueva disciplina nos aporta las herramientas para el estudio evolutivo del mismo, una dimensión imprescindible para afrontar el análisis histórico, que es el fin que realmente nos compete 4.
El análisis arqueológico de estructuras emergentes o lectura de paramentos es un instrumento que hemos aplicado exhaustivamente en este caso, con la particularidad de que la mayoría de las estructuras están talladas y no construidas, lo que nos ha obligado a caracterizar las huellas y detectar cambios en el patrón de talla, de forma y dirección para establecer una serie de acciones.
La detección e individualización de unidades de estratificación, la determinación de la posición estratigráfica relativa entre ellas, ha dado como resultado el establecimiento de una secuenciación de actuaciones que proporciona la primera novedad: se trata de un edificio con varias fases de reformas, usos y funciones, desde su construcción hasta su amortización definitiva 5.
El segundo aspecto metodológico que forma la base de nuestro discurso es el estudio arqueoastronómico.
Hoy la tarea es muy fácil incluso para personas no demasiado versadas en estos territorios como nosotros.
La existencia de un software accesible y de manejo fácil para usuarios medios, nos ha permitido el estudio de la función y significado de la ventana.
Ya Bendala había expuesto de manera clara que no tenía un carácter funcional sino simbólico y religioso, sin que nadie cuestionara este extremo ni el Figura 1.
Situación de Carmona (asterisco).
3 La dirección del CAC encargó a la empresa TCA Cartografía y Geomática un levantamiento de todas las estructuras arqueológicas del CAC, que fue realizado mediante escáner láser y que constituye la base gráfica de este trabajo.
Este levantamiento se puede consultar online en http: // www.juntadeandalucia.es/cultura/museos/CAC/sicac/ default.html.
Para la Tumba del Elefante se efectuaron 33 tomas que proporcionaron una nube de puntos unificada de 975 millones de puntos.
Una vez reducida, se creó un modelo sólido con una malla de 20 millones de polígonos del que se han renderizado las vistas usadas en este trabajo.
4 Sobre la metodología de la Arqueología de la Arquitectura existe una gran producción científica, sirva como ejemplo la experiencia sevillana de Tabales (Tabales Rodríguez 2002).
El sistema de registro y análisis arqueológico empleado por nosotros puede consultarse en el trabajo publicado sobre la investigación arqueológica llevada a cabo en el Convento de Concepción de Carmona (Carrasco Gómez y Jiménez Hernández 2008).
5 Fernández López ya indicó que la ventana entre la cámara principal y el pedestal del elefante fue realizada en un momento muy posterior en el que el monumento estuvo en funcionamiento (Fernández López 1899: 51).
También Bendala reparó en este extremo aunque interpretó la reforma de la cámara funeraria como un error de cálculo de los constructores (Bendala Galán 1976: 51).
alcance del mismo a pesar de que aceptar su carácter simbólico obligaba a reconocerle cierto uso religioso.
El cálculo exacto de la orientación de la ventana y su inclinación, facilitó descubrir que esta intercepta la trayectoria solar en unos días y a una hora muy concreta, momentos que adquieren una especial relevancia simbólica, aspecto que desarrollaremos abajo.
Quedan por tratar cuestiones no menos relevantes como la cronología del conjunto, las distintas fechas de construcción, reformas y amortización del edificio, su ubicación y el significado de elementos como el elefante, la estatua de Atis, el betilo o el relieve que ocupa la hornacina de la fuente.
Finalmente, proponemos una restitución formal y funcional en su primera fase y su evolución hasta adquirir el aspecto que hoy conocemos.
La Tumba del Elefante se ubica en la esquina noreste del recinto principal que actualmente engloba el Conjunto Arqueológico de Carmona (Sevilla), junto, y parcialmente bajo, la calle Jorge Bónsor6.
El CAC integra el área de mayor concentración de tumbas de la extensa necrópolis occidental de Carmona junto a elementos no funerarios como canteras y un anfiteatro.
Tal concentración de estructuras se explica por la convergencia de dos vías principales, la antigua vía a Hispalis y la vía Augusta que aprovecha en este tramo la antigua vía a Ilipa Magna, y una orografía con un relieve ondulado que otorga una posición prominente a los monumentos funerarios y que ofrece un relieve perfecto para la ubicación del anfiteatro que se apoya en sus laderas.
La Tumba del Elefante se encuentra, por tanto, muy próxima a la vía Augusta y al anfiteatro, extramuros de la ciudad (Fig. 2).
El edificio está excavado en la roca, accediéndose a él a través de una escalera situada al este, con ocho peldaños de algo menos de un metro de ancho, terminando en un vestíbulo alargado y cubierto por una bóveda tallada que cuenta, en su lado derecho, con una hornacina.
El corredor, perforado en toda su longitud por sendas zanjas que debieron servir como arriates para las plantas trepadoras que cubrirían las pérgolas sobre los triclinia, divide el espacio en dos y queda deprimido con respecto a ellos.
La plataforma norte, con una anchura de 5,3 m, se eleva mediante un muro de sillares con pilares y escalera de acceso junto al muro oeste; en su mitad oriental se ubica un triclinium mientras que su cuadrante occidental aparece terrizo.
La plataforma sur, de 4 m de ancho, está tallada en la roca sobre la que se construye una alineación de tres pilares, que se encuentra también elevada con respecto al corredor y a la que se accede a través de una escalera ubicada en el centro de la plataforma; al igual que su contraria, está formada por dos cuadrantes divididos por el depósito que recogería las aguas del ninfeo situado en la pared sur; el sector norte de la plataforma está ocupado por un pequeño triclinium, mientras que al sur el espacio de nuevo aparece terrizo.
El ninfeo es una estructura hidráulica compleja, abastecido por el pozo situado en la esquina suroccidental de este gran espacio abierto, que conecta, a través de un canal, con la hornacina, decorada con un relieve que representa una figura sedente, desde la que mana el agua hasta la pila o depósito, revestido de opus signinum, al que hemos hecho referencia.
Frente a la fuente y sobre la pared norte del espacio que venimos describiendo, se sitúa una doble cámara, la primera rectangular con sendos bancos afrontados y un pedestal central, abriéndose en su frente septentrional un vano que da acceso a la segunda, de menores dimensiones y planta cuadrangu-Figura 2.
Espacio extramuros de la Puerta de Sevilla en la antigua Carmo.
La Tumba del Elefante (asterisco) se sitúa junto a la vía Augusta, cerca del anfiteatro y el circo donde se ubica la extensa necrópolis occidental de la ciudad (puntos).
Siguiendo el corredor hacia el frente occidental del edificio, se accede a tres cámaras: la norte es una gran galería de sección parabólica que hoy aparece dividida en dos por un murete de mampostería, de tal forma que la primera está ocupada por un pedestal construido, donde Fernández López y Bonsor colocaron la estatua del elefante, y una segunda, de mayores dimensiones y sección rectangular, donde se ubica la cámara funeraria con seis nichos y a la que se accede desde la plataforma norte.
La cámara meridional tiene planta y sección cuadradas, contando con una ventana abierta al pasillo que conduce al pozo.
Al frente, se encuentra la cámara principal, la más amplia de todo el recinto, que presenta un triclinio de grandes dimensiones; a ambos lados de la puerta se abren sendos nichos, estando el del lado norte, cortado por una ventana abierta con posterioridad, que comunica esta sala con la estancia del elefante.
Sobre la puerta de entrada encontramos la ventana oblicua a la que haremos referencia más adelante.
Entre el corredor central y el pozo, existe un pasillo que permite el acceso a una dependencia interpretada como cocina, cámara que cuenta con un gran poyo en su frente sur, un pequeño banco en su lado oeste y un hueco circular que horada su techo, que se ha considerado como chimenea.
Así se nos presenta hoy un edificio complejo y diferente a todos los conocidos en el recinto del CAC.
Su forma, los elementos que lo componen, aun siendo reconocibles en otros monumentos, forman un conjunto extraño, extraordinario, que ya sorprendió a sus excavadores (Fig. 3).
Cuando en 1880 Luis Reyes "Calabazo" penetró por la ventana de la cámara principal e intentó excavar el sepulcro, ya se dio cuenta de la complejidad de una tumba que se presentaba tan rara, grande y llena de departamentos.
Finalmente, en 1885, cuando se estaba construyendo la tapia que delimitaba los terrenos de la necrópolis con la finca colindante, se localizó la escalera, iniciándose la excavación del conjunto.
El método de excavación seguido se puede entender a través del plano publicado por Juan de Dios de la Rada y Delgado en 1885 (Rada y Delgado 1885), mediante la fotografía realizada durante la ejecución de los trabajos (Fig. 7), el diario de excavaciones7 y estableciendo análisis comparativos con el proceso metodológico seguido por los excavadores en otros monumentos del conjunto.
El descubrimiento casual de la escalera permitió el vaciado de su corredor hasta llegar a un gran espacio abierto.
Como la linde entre la propiedad y el camino del Quemadero cortaba la estructura por la mitad, la excavación continuó, mediante una zanja, por el lado izquierdo del muro tallado en la roca, primero en sentido sur y después en sentido oeste hasta delimitar el patio en su costado meridional.
En un segundo momento comienzan a excavar en el exterior de la finca, en el camino del Quemadero, explorando los límites del patio en su lado norte, delimitándose así todo el perímetro, con lo que se identificarían las cámaras subterráneas que comu-Figura 3.
Planta de las estructuras subterráneas en el entorno de la Tumba del Elefante.
Fuente: Sistema de Información del Conjunto Arqueológico de Carmona (SICAC desktop).
Como era usual en otros monumentos excavados en el recinto, las zanjas exploratorias buscaron encontrar la base de la roca que marcaría la profundidad máxima del edificio.
Esto se hizo, según la fotografía (Fig. 7), en la zanja de borde noroccidental y en la central, pero el hallazgo del triclinio por encima de la roca obligó a rectificar la metodología y a subir el nivel de la excavación ante la imposibili-dad de compatibilizar la cota de base de la roca con los triclinia.
Cuando comenzaron las excavaciones, en el segundo o tercer escalón de la escalera de acceso, encontra-Figura 6.
Secciones transversales de la Tumba del Elefante a partir del levantamiento mediante escáner láser.
TCA Cartografía y Geomática. santuario de Cibeles y Atis, principalmente de la pareja de la diosa por sus vinculaciones funerarias.
Los fundamentos de esta tesis radican en la extraordinaria complejidad del conjunto, en la existencia injustificable de tres triclinia, en la orientación de la cámara principal hacia el amanecer del solsticio de invierno y en la simbología de las piezas escultóricas encontradas en el recinto (Bendala Galán 1976: 49-72).
Esta propuesta fue la que inauguró el debate sobre la funcionalidad de la Tumba del Elefante, y la que más oposición ha encontrado.
Vermaseren, en su compendio sobre Atis y Cibeles, expresa sus dudas al valorar la hipótesis de Bendala, considerando que el conjunto no es un santuario sino más bien la tumba de un sacerdote de Cibeles (Vermaseren 1986: 62).
Por otro lado, Fear (1990) intenta rebatir los argumentos de Bendala proponiendo a su vez una funcionalidad exclusivamente funeraria, rescatando la hipótesis de Fernández López, publicación que fue inmediatamente contestada por el primero (Bendala Galán 1990).
Posteriormente Ubiña (Ubiña 1996: 410) considera que no hay argumentos definitivos para sustentar las hipótesis de Bendala y de Vermaseren, aunque tampoco se decanta por una funcionalidad clara.
No obstante, la consideración como tumba familiar es la que actualmente se sostiene como oposición a la propuesta de Bendala.
Fear (1990) prefiere la hipótesis tradicional de tumba familiar.
Para él, las cenizas de la persona para la que se hizo el monumento se alojarían en la cámara que se abre en el muro norte, la cámara propiamente funeraria estaría destinada a la familia, mientras que esclavos y libertos quedarían en los cuadrantes terrizos de las plataformas sur y norte (Fear 1990: 107).
Alföldy (Alföldy 2001: 386-389), en la línea de Fear, cree, no obstante, que la cámara del triclinio alojaría las cenizas del matrimonio propietario de la tumba y la de un hijo o hija de la familia, mientras que la cámara funeraria se destinaría a libertos o esclavos.
Recientemente, Caballos Rufino (Caballos Rufino 2007: 52) señala que los propietarios de la tumba podría haber sido la familia de los Aelii como parece indicar el fragmento de inscripción aparecida dentro del pozo de la tumba.
Cada una de estas hipótesis viene acompañada, de una manera más o menos explícita, por una restitución formal del edificio que dota de cierta coherencia a las diferentes interpretaciones funcionales defendidas.
En estas recreaciones, quizás, el elemento más controvertido sea el patio.
Manuel Fernández ron el fragmento de la estatua de Atis.
El resto de los elementos singulares para la interpretación del edificio se localizaron en el interior del pozo, la estatua del elefante, al aparecer el betilo y las monedas.
Los objetivos de Fernández López y Bonsor no se reducían a la investigación arqueológica, las tumbas se acondicionaban para su comprensión por parte de los visitantes.
De esta forma, se rellenaron las zonas sobreexcavadas, se construyeron muretes, donde estos faltaban, se colocaron elementos que adornaran el conjunto, tales como urnas cinerarias y distintos tipos de vasos, colocaron las estatuas halladas en los dos pedestales localizados, simularon una tumba con cubierta a la capuccina en el ángulo noroccidental del patio y pusieron unos carteles en las paredes indicando los nombres de las principales estancias (Figs.
Posteriormente, en los años 60, se realizaron una serie de restauraciones, no muy afortunadas, que reformaron los dos triclinia del patio y la techumbre de las cámaras.
Por tanto, la morfología del edificio que ha llegado hasta nosotros es producto de la excavación, interpretación que hicieron los autores de la misma, la adecuación para la visita y las restauraciones posteriores.
HIPÓTESIS SOBRE LA FUNCIÓN DEL EDIFICIO
La larga tradición historiográfica basada en la llamada Tumba del Elefante ha dado en proponer tres funciones para este extraordinario edificio.
La primera, y la que en principio puede parecer más consecuente con el contexto arqueológico en el que se encuentra, es la consideración de la estructura como una magnífica tumba familiar, que fue la interpretación propuesta en segunda instancia por sus descubridores (Fernández López 1899).
Los excavadores no estuvieron muy de acuerdo con esta interpretación, denominando la estructura como "Triclinios del Elefante" (Anón.
1889: 28), aunque posteriormente adoptó el nombre por el que hoy la conocemos.
Fernández-Chicarro en su guía de la Necrópolis (Fernández-Chicarro y de Dios 1969: 23) recoge la primera interpretación, fundamentada en la complejidad del edificio y en la existencia de tres triclinia, lo que le lleva a pensar que se trataría de un collegium funeraticium más que de una tumba familiar.
Sin duda, la hipótesis más sugerente y que más controversia ha levantado es la planteada por el profesor Bendala en 1976.
Considera el edificio como un López lo denominó atrium vel aula (Fernández López 1899: 11) y consideraba que debió estar cubierto dejando la zona central libre a modo de impluvium.
En otro sentido, Sales y Ferré (Sales y Ferré 1887: 98) opinaba que el atrio debía estar cubierto y tenuemente iluminado por lumbreras.
Bendala recoge la primera de las opciones, creando una imagen que, hasta la fecha, no ha sido contestada.
El debate historiográfico se ha centrado, de manera casi exclusiva, en la función del edificio sin cuestionar la forma, que debe derivarse de un profundo y exhaustivo análisis arqueológico.
El aspecto simbólico que representa la orientación solar de la ventana no ha sido revisado en profundidad y cuando se ha hecho (Fear 1990: 103-104) ha sido para reforzar las tesis que se querían criticar8.
Tampoco se cuestiona uno de los elementos más desconocidos y con menos apoyo arqueológico del elemento que estudiamos: la cronología.
De todos es asumida una datación en la primera mitad del siglo I d.C. que, de una manera poco convencida, había propuesto Bendala (Bendala Galán 1976: 65), más basada en un argumento circular de su tesis que con pruebas arqueológicas evidentes 9.
El estudio arqueológico del edificio nos mostrará las contradicciones entre algunas de las funciones propuestas y la forma y evolución del edificio a lo largo de su historia.
Para exponer la síntesis del estudio arqueológico describiremos a continuación la secuencia estratigráfica que presenta el edificio, no en unidades de estratificación, que excedería los límites de este trabajo, sino englobadas en grupos estratigráficos (Fig. 9).
La identificación de estos grupos se ha realizado a partir del análisis directo, de las fotografías de la excavación y de las referencias textuales10.
(1) Grupo de dos inhumaciones encontradas en el patio del edificio, tres metros por encima de uno de los triclinios11.
(2) Estrato de escombros que cubrió completamente la estructura.
Sobre esta capa se enterraron los dos cuerpos del grupo 1.
De sus características y contenido no ha quedado registro, salvo la fotografía del proceso de excavación.
Su datación es del siglo IV o posterior, a partir de la moneda de Constancio encontrada al excavar el pozo.
(3) Construcción del triclinio norte.
El triclinio norte está construido sobre un estrato de escombros.
Está realizado con mampuestos cubiertos con opus signinum y consta de tres lechos y una mensa central de fábrica que está rodeada por un canal que recoge las libaciones hacia un depósito parcialmente destruido, con el que se comunicaba por un pequeño tubo a modo de desagüe.
(4) Estrato de escombros.
Bajo el triclinio y sobre la excavación de la roca, se deposita una capa de escombros que se adosa al muro de sillares.
Su cota es superior a la de la base de las cámaras que se abren en el muro norte, comprometiendo la compatibilidad de uso de ambas estructuras (Fig. 10). ( 5) Construcción del muro de sillares.
El muro que delimita la plataforma norte está construido con sillares de distinto tamaño, algunos de un gran formato, alternando con mampuesto, dispuestos mediante un aparejo irregular que evidencia el carácter de acarreo de los elementos de construcción.
Este muro se adosa a la superficie previamente cortada de la roca, hecho que pone de manifiesto que se trata de una construcción posterior al primer edificio.
De hecho, la retalla de las paredes, la capa de escombros y el muro son unidades destinadas a la construcción del triclinio.
El muro y la retalla de las paredes permiten ampliar la plataforma norte para dar cabida a un cómodo triclinio situado a una nueva cota que se alcanza mediante la acumulación de una potente capa de escombros.
Las paredes norte y este de la plataforma norte, aparecen retalladas coincidiendo con el ámbito que ocupa el triclinio.
Su función está claramente relacionada con él y se justifica por la necesidad de ganar espacio para los lechos, de tal forma que el lecho norte alcanzase los 1,7 m, mientras que el espacio entre la mensa y la pared oriental llega a los 2 m tras retraer el paramento de la pared tallada entre 20 y 70 cm de su estado primario.
En el pasillo central dejado por las dos plataformas de los triclinios, se tallan, en los laterales del pasillo, una serie de zanjas destinadas a plantas trepadoras que hicieran sombra a las pérgolas que cubrirían los dos triclinia.
En el lado norte, una sola zanja de 10,25 m de largo y 0,65 de ancho, deja, en los extremos del pasillo, sendos accesos a la plataforma norte.
En el lado sur, se ubican dos zanjas que dejan franco en el extremo oriental y en el centro dos accesos a la plataforma del triclinio, mientras que en el extremo occidental se abre el pasillo hacia el pozo y la cocina.
El arriate se extiende por el pasillo del pozo, hasta alcanzar el depósito y la cocina contigua.
(8) Canal de desagüe.
En el pasillo del pozo hay tallado un pequeño desagüe que parece recoger las aguas de la entrada de la cámara principal hasta el pozo.
No podemos asignar esta infraestructura a ninguna de las fases, pudiendo estar presente en el diseño original.
(9) Construcción del triclinio sur.
Sobre la plataforma tallada en la roca, se construye el triclinio del baño, o triclinio menor, con mampuesto y recubierto con opus signinum (10) Pila o depósito.
A la fuente se le construye una pila para recoger sus aguas que, es posible, sustituya a otra anterior.
Esta pila apoya sus paredes sobre el opus signinum original que recubría la fuente.
En los bordes de las plataformas sur y norte quedan los fundamentos de una serie de pilares que, en el caso de la plataforma norte, son cuadrados y columnas los de la plataforma sur.
Estaban destinados a sostener sendas pérgolas para cubrir los triclinia.
Sobre la galería abierta en el espacio entre el aula central y la gran cámara, se construye una cámara funeraria de planta y sección rectangular, con seis nichos excavados en la roca.
Para su construcción, se divide la galería en dos por medio de un muro de mampostería, se talla el espacio destinado a la cámara, los nichos, los bancos en sus paredes norte, sur y oeste, y se abre una puerta hacia la plataforma norte (Fig. 11). ( 13) Pedestal del elefante.
Al tiempo que se dividió la galería en dos, se construye el pedestal donde ubicaron los excavadores la estatua del elefante.
Su construcción es, por tanto, sincrónica a la de la cámara funeraria. ( 14) Ventana entre galería y sala del triclinio.
Se abre una ventana entre la cámara principal y la galería donde se ubica el pedestal.
La ventana rompe uno de los cuatro nichos de la cámara principal.
(15) Talla del triclinio.
Se talla el gran triclinio de la cámara principal rebajando el suelo elevado y retallando las paredes norte, sur y oeste. ( 16) Retalla de la roca sobre las cámaras que anteceden a la cámara principal tras la retirada de la cubierta del aula principal (Fig. 12).
(17) Hornacina que se abre en la pared norte del hueco de escalera.
En su boca se observa un reborde tallado destinado a alojar un marco de madera, con lo que probablemente el hueco estuviera cerrado con una portezuela.
Su función es incierta.
Fernández López creía que debía destinarse al alojamiento del portero o Lararium como pensaban otros (Fernández López 1899: 10), aunque la forma del cubículo parece inapropiada para las dos, y tampoco debió usarse como nicho funerario ya que su forma y dimensiones no tienen precedentes para tal fin en toda la necrópolis.
(18) Escalera de madera.
En ambas paredes del hueco de escaleras se observan unas oquedades rectangulares que en opinión de Fernández López estaban destinadas a alojar un pasamanos de madera que facilitara la subida y bajada por una escalera tan empinada (Fernández López 1899: 10).
Sin embargo, los huecos de la pared no pudieron tener tal función dado que la línea que forman no es paralela a la inclinación de la escalera tallada en la roca.
En realidad, esos huecos estaban destinados a alojar los travesaños que sustentaron una segunda escalera de madera.
La escalera, a partir de la distancia y altura de los huecos, estuvo formada por 12 peldaños con una huella de unos 38 cm y contrahuella en torno a 24 cm (Fig. 13). ( 19) Talla del hueco de escalera.
La escalera de acceso tiene una anchura de 0,90 m (en torno a tres pies romanos) y salva los 2,9 m de altura (10 pies) mediante 10 escalones tallados en la roca, descritos por Fernández López, de los que hoy restan ocho.
Estos peldaños son irregulares salvando, en algún caso, una altura superior a los 40 cm, que hacen de esta escalera una estructura muy incómoda. ( 20) Talla del aula central.
Excavación del aula central dividida en tres naves, estando las dos laterales a mayor altura que la central. ( 21) Fuente.
Conjunto hidráulico compuesto por el pozo, con su sistema de extracción de agua, el canal y la fuente, con el relieve de la figura sedente (Fig. 14). ( 22 Figura 11.
Vista de la galería y de la cámara funeraria.
Obsérvese que el plano de la cámara corta la sección parabólica de la galería.
Huellas de retalla sobre la terraza de la cámara funeraria.
Sección longitudinal norte de la escalera, donde se observan los huecos para alojar la escalera de madera cuya línea diverge de la escalera tallada en la roca.
TCA Cartografía y Geomática.
La ordenación de la secuencia estratigráfica nos permite establecer cuatro grandes fases de uso, desde la construcción del edificio hasta su abandono definitivo (Fig. 15).
Construcción de un edificio subterráneo al que se accede por una escalera de madera, que consta de una gran aula central, dividida en tres naves, estando las laterales elevadas con respecto a la central.
En el testero norte se abre una habitación doble, presidida la primera por un pedestal.
En el muro sur, a la mitad de la longitud total del edificio, se ubica una hornacina por donde mana el agua de un complejo hidráulico compuesto, además, por un canal y un pozo.
Al fondo, se abre la cámara principal, con el suelo elevado con respecto a la nave central e iluminado por una ventana inclinada.
Entre la cámara y el aula, se ordenan una serie de habitaciones auxiliares, dos al lado sur del corredor, y una gran galería al lado norte.
División de la gran galería en dos para construir una cámara funeraria y el pedestal.
Esta fase es compatible con la anterior, de tal forma que po-dría tratarse de una reforma dentro del uso de la primera fase.
La diferencia de cotas con respecto a la plataforma del gran triclinio nos hace pensar en un momento anterior a la fase III.
Remodelación completa del edificio.
Se elimina la cubierta del aula, se talla un triclinio en la cámara principal, se amplía la nave norte del aula para construir un triclinio y se crea otro en la nave sur.
Se hacen arriates para sembrar las plantas trepadoras que harían sombra a las pérgolas sobre los triclinios.
Fase de abandono y cubrición con escombros del edificio, aunque su parcela sigue utilizándose como lugar de enterramientos.
La clave de la interpretación de Bendala era la ventana.
Estaba convencido de que su forma y orientación no eran casuales y que su fin era conducir los rayos solares al interior de la cámara en un instante señalado del año.
Apuntó una posible vinculación con la salida del sol en el equinoccio de primavera, aunque desechó esta opción al comprobar in situ que el sol no iluminaba la sala central al amanecer.
Sugirió entonces, dada la orientación de la cámara principal, que la ventana iluminaría la sala al amanecer del solsticio de invierno, aunque no llegó a comprobarlo directamente12.
Lo que para él resultaba evidente, también lo es para nosotros.
La ventana no está pensada para iluminar la sala, sino para proyectar los rayos del sol sobre un elemento determinado, ubicado en el centro de la habitación, en un momento preciso.
La abertura tiene sección rectangular de 45 cm de ancho por 75 de altura.
Atraviesa un total de 110 cm de roca hasta llegar a la cámara principal con una inclinación de 34o desde la horizontal hacia la estancia en la cara superior y de 30o en la cara inferior.
Debíamos, para el análisis arqueológico de la estructura, contrastar esta hipótesis que se mostraba como clave en el discurso de Bendala.
La metodología empleada para ello fue diferente.
Realizamos un modelo tridimensional georreferenciado 13 al que sometimos a un estudio de soleamiento.
Los resultados dieron la razón a la intuición expresada por Bendala, especialmente, en lo referente a los equinoccios.
No obstante, no tuvo en cuenta que la inclinación de la ventana hacía imposible que el sol entrara en la cámara al amanecer de ningún día del año, sino que esta interceptaba la trayectoria solar después del orto.
La ventana se orienta en torno a 120o-121o desde el norte en sentido de las agujas del reloj mientras que los 34o de inclinación de la ventana coinciden, respectivamente, con el azimut y la altura solar en los equinoccios, en torno a las tres horas después del nacimiento del sol.
La convicción de Bendala se hace patente ante estos datos que, en ningún modo, pueden ser justificados por el azar.
Los resultados revelan que la ventana y la cámara principal actúan como un reloj solar, de tal manera que el sol ilumina el centro de la cámara durante los equinoccios, momento para el que se había diseñado la ventana.
No obstante, también permite la entrada de los rayos solares en otros momentos significativos del año, aunque de una manera más sesgada.
Apunta al centro de la pared sur en el solsticio de verano y a la pared norte en el de invierno, siempre 3 horas después de amanecer (Fig. 16).
La resolución del problema de la orientación solar planteado por Bendala conlleva una segunda cuestión ¿por qué tres horas después de amanecer?
Ayudado por un software astronómico que permite observar la configuración del cielo en el pasado 14, decidimos comprobar la situación de las constelaciones los días clave de solsticios y equinoccios tres horas después de amanecer, eligiendo como año de referencia el 100 d.C15.
Los resultados realzan la función simbólica de la ventana y nos dan las claves para la interpretación funcional del edificio.
En el equinoccio de primavera, en el momento que el sol entraba por la ventana al centro de la cámara, en el horizonte, al este, emergía la constelación de Tauro, mientras que al sur, en la eclíptica, se colocaba Acuario y, por el oeste, se ponía Escorpio.
En el solsticio de verano, Leo emergía por el Este tres horas después del amanecer, en el extremo opuesto de la eclíptica, se ponía Acuario y, al Sur, destacaba la constelación de Tauro.
En el equinoccio de otoño, cuando por el Este se alzaba Escorpio, se ponía Tauro por occidente, seguido de Orión, en el punto más alto de la eclíptica, la constelación de Leo.
Este mapa estelar nos lleva a vincular la simbología derivada del mismo con el culto mitraico, y, en concreto, con su icono más característico: la tauroctonía.
Fue Stark (Stark 1869) quien propuso una interpretación astronómica para la tauroctonía al constatar que los personajes presentes en la escena coinciden con algunas constelaciones que se observan en determinados momentos del año: El toro es Taurus, Escorpio es el escorpión, el perro Canis Minor, la serpiente Hydra, el cuervo Corvus, el león, Leo y la copa, Crater.
Su tesis fue rechazada por Cumont, quedando relegada ante la autoridad que ostentó el autor belga hasta el último tercio del siglo XX.
El Primer Congreso Internacional de Estudios Mitraicos (Hinnells 1975) plantea una profunda revisión de las tesis de Cumont dando, de nuevo, una oportunidad a la interpretación astronómica de la tauroctonía.
Fue Beck quien rescató los postulados de Stark (Beck 1977) proponiendo, de manera rotunda, una interpretación astronómica del mitraísmo.
El papel de los rayos solares en los mitreos ya había sido puesto de manifiesto por Vermaseren para el que, frecuentemente, los templos se orientaban al este, con el fin de que los rayos del sol naciente in-luz de la aurora invadió suavemente el recinto...los rayos solares no entraron por el mismo eje de la cámara ni se proyectaron...en el centro del muro del fondo".
Todas las características de la ventana, sin embargo, le incitaban a pensar que se había construido para que entraran los rayos del sol por ella, por lo que el día indicado debía haber sido el 25 de diciembre, extremo que no comprobó en el lugar sino que lo dedujo a partir de "elementales cálculos astronómicos" (Bendala Galán 1976: 61).
13 El modelo esquemático fue realizado con el programa Sketchup 8 y su herramienta de estudio de sombras que, para nuestros objetivos, se mostró muy precisa.
14 Para este fin empleamos el programa de software libre Stellarium 0.10.5.
Posteriormente, Campbell realiza un estudio pormenorizado sobre la orientación de los mitreos y de la ubicación de las imágenes de culto dentro de los mismos (Campbell 1968: 44 y).
Lenz recoge y analiza estas primeras aproximaciones a la orientación solar de los mitreos y establece la importancia de la luz en el culto mitraico (Lenz 1975).
Por tanto, la morfología de la llamada Tumba del Elefante y, concretamente, de la orientación de su ventana, no es un hecho extraordinario sino habitual en el diseño de los mitreos, aunque no suficientemente estudiado.
La ubicación de estos templos no pudo ser siempre libremente escogida, quedando condicionada por la ordenación urbanística del entorno, para los mitreos urbanos, y por la morfología del lugar para aquellos extramuros que aprovechaban formaciones naturales.
Por esta razón, no siempre fue posible orientar los templos.
Lenz sugiere la posibilidad del uso de luz indirecta o luz artificial para simular los efectos de los rayos de sol, o que los rayos no necesariamente debieran impactar sobre la tauroctonía sino sobre cualquier otro elemento presente en el edificio (Lenz 1975: 370).
De cualquier forma, los rayos de sol están presentes de manera patente en la mayor parte de las representaciones de la tauroctonía, en las que el sol lanza sus rayos hacia el rostro de Mitra que vuelve la cara hacia él.
Basten como ejemplos la tauroctonía de Santa María Capua Vetere (Corpus Inscriptionum et Monumentorum Religionis Mithriacae en adelante CIMRM 181) (Vermaseren 1956) o la del mitreo Barberini (CIMRM 390).
Los efectos de los rayos de sol sobre Mitra quedan patentes en el mitreo de las termas de Ostia (CIMRM 229), efecto similar al que debía observarse en el mitreo de San Clemente en Roma (CIMRM 338) a tenor de los óculos que horadan su bóveda o el propio de Santa María Capua Vetere (CIMRM 180) con una bóveda igualmente perforada.
Para Lenz, los rayos de luz sobre la escena de sacrificio del toro tenían un significado religioso (Lenz 1975: 373).
El sol entrando por la ventana de la cámara principal el día del equinoccio de otoño de 2009, tres horas después de amanecer.
Fotografía de Carolina Cabalga, archivo del CAC.
Hemos centrado en exclusiva nuestra atención hacia la orientación solar, olvidando el papel de la otra luminaria con un lugar destacado en las representaciones de la tauroctonía: la luna.
Resulta evidente que el rol de la luna es secundario, dado que no interviene en el ciclo anual de las estaciones y la ventana del Elefante no fue construida para ella, puesto que su morfología se adaptó para la entrada de los rayos de sol, como ya hemos analizado.
No obstante, la luna pudo haber iluminado el rostro de Mitra.
La ventana intercepta la trayectoria lunar en las lunas llenas muy próximas a los equinoccios después del ocaso, con lo que es posible un significado en el rito mitraico para los rayos lunares, aspecto ya apuntado por Lenz (Lenz 1975: 373-375).
Establecida la función simbólica de la orientación de la ventana y su vinculación con el culto mitraico, entramos de lleno en la discusión sobre el significado astronómico y astrológico de la tauroctonía.
El hecho de que la ventana intercepte la trayectoria solar tres horas después del orto y no en el momento del amanecer, no es un hecho casual y dirime la disputa entre la interpretación de Beck y la de Ulansey a favor de este último.
La explicación de este fenómeno está en la precesión de los equinoccios.
La orientación de la ventana corrige el efecto de la precesión para mostrar el cielo mitraico en el que Tauro y Escorpio eran las constelaciones equinocciales.
Hiparco de Nicea, a decir de Claudio Ptolomeo en su Almagesto, descubrió el efecto de la precesión de los equinoccios comparando la posición de la estrella Spica Virginis con la documentada por Timocares de Alejandría y Aristilo, estableciendo su velocidad en torno a 1o cada 100 años (Pedersen 2010: 248).
Para Beck, la tauroctonía refleja el cielo entre las constelaciones de Tauro y Escorpio en agosto, un momento vinculado con la siega.
Otros autores como Insler prefieren abril, momento en que al amanecer Tauro emergía por el horizonte romano (Alvar Ezquerra 2001: 91-92).
Fue Ulansey el que decididamente propuso que la tauroctonía era una representación del cielo cuando Tauro y Escorpio eran las constelaciones de los equinoccios de primavera y otoño respectivamente que habían cambiado por efecto de la precesión.
Los romanos conocían este movimiento estelar que se convirtió en el fundamento de la nueva religión (Ulansey 1991: 50-55).
Esta propuesta no ha sido aceptada de manera generalizada (Alvar Ezquerra 2001: 92), siendo cuestionada por Swerdlow (Swerdlow 1991) y Schütz (Schütz 2000) atendiendo a sus fundamentos astronómicos.
Sin embargo, la ventana de la Tumba del Elefante muestra, de manera evidente, la configu-ración astronómica propuesta por Ulansey.
El retardo de tres horas permite corregir un fenómeno perfectamente conocido y calculado en el mundo romano y mostrar un cielo pasado que reforzaba el papel de Mitra como Kosmokrator.
Comparando la escena común de la tauroctonía con el mapa estelar reflejado por la ventana de la Tumba del Elefante, comprobamos que todas las imágenes corresponden a constelaciones visibles en el cielo.
Es más, ese mapa parece reflejar el equinoccio de otoño antes que el de primavera.
De esta forma, cuando el sol entraba por la ventana tres horas después del amanecer, el día del equinoccio de otoño cuando estaba en uso el edificio, por el oeste se ponía la constelación de Tauro, equivalente al toro de la tauroctonía.
Tras él, siguiendo la línea del ecuador celeste, seguía Orión, que algunos interpretan como la representación de Mitra (Speidel 1980), aunque otros autores se decantan por Perseo, situado sobre la figura del toro en el cielo (Ulansey 1991: 25-39).
El resto de las figuras que acompañan la escena, presentan menos controversia, todas ellas aparecen atravesadas por el ecuador celeste.
Así, el perro sería la constelación de Canis Minor, la serpiente, la constelación de Hydra, la copa, Crater, y el cuervo, Corvus.
El escorpión que pica con su aguijón los testículos del toro, sería Escorpio, en la intersección del ecuador celeste y la eclíptica.
En resumen, la tauroctonía es un mapa estelar en el que las figuras esenciales son las constelaciones equinocciales y solsticiales del cielo mitraico situadas en la eclíptica, es decir, Tauro y Escorpio, representan los extremos como reflejo de los equinoccios, Aquarius es la figura invernal representada por el agua, elemento muy presente en los mitreos y Leo, la constelación del verano, cuya figura aparece representada frecuentemente en estatuas leontocéfalas que se vinculan a Cronos.
Las otras figuras menores son las constelaciones del ecuador celeste entre los equinoccios de otoño y primavera (Fig. 17).
LA TUMBA DEL ELEFANTE: UN MITREO
El análisis arqueológico nos ha mostrado que el edificio tuvo una larga vida, con varios usos diferentes que motivaron las profundas reformas que, junto a la excavación y posterior adecuación para la visita y las sucesivas restauraciones, han dado lugar a la imagen que hoy podemos ver.
Sobre este estado de cosas se ha fundamentado el debate historiográfico que ha dado en proponer diversas funciones, excluyendo las demás.
Poca duda cabe del carácter funerario de la estructura habida cuenta de la presencia de una cámara funeraria que contó con, al menos, seis nichos, pero tampoco cabe duda que su incorporación a este espacio fue debida a una reforma posterior a su construcción.
Lo mismo ocurre con los triclinios.
El uso como triclinio funerario, ya sea dentro de un colegio funerario o perteneciente a un ámbito privado familiar, es una propuesta más que razonable con cercanos paralelos en la misma necrópolis, pero no es menos cierto que estas estructuras se añaden modificando unos espacios que no parecen haber estado pensados para ello.
Lejos de cerrar el debate nos queda la pregunta esencial ¿para qué fue diseñado y construido el edificio?
No existen indicios, en las estructuras correspondientes a la primera fase, de un uso funerario.
Los cuatro nichos, o mejor hornacinas, de la cámara principal dado su tamaño y forma, no presentan analogía con ninguno de los nichos para alojar urnas cinerarias conocidos en la necrópolis, por lo que, probablemente, estuvieran destinadas a colocar utensilios o a alojar pequeñas estatuas.
Por ello, la fun-ción funeraria no puede argumentarse como objeto del diseño y construcción del edificio.
Los tres triclinia se construyeron realizando profundas reformas sobre la base de la primera estructura: el triclinio del baño tiene unos lechos muy pequeños, los más pequeños de los documentados en la necrópolis16, ya que la anchura de la plataforma sur no daba para más.
Para hacer el espacioso triclinio del huerto hubo que ampliar la plataforma norte a costa de la nave central y retallar las paredes.
El triclinio de la cámara principal se talló aprovechando la elevación del suelo de la cámara, y se retallaron sus paredes para ganar espacio a los lechos.
Por todo ello, tenemos que descartar el uso como triclinio funerario para la primera fase de la Tumba del Elefante.
Cielo del año 100 d.C. durante el equinoccio de otoño y primavera cuando el sol entraba alineado con la ventana de la cámara principal.
Elaboración propia con el programa Stellarium.
Atendiendo a las características formales de la primera fase que hemos podido deducir del análisis arqueológico, la búsqueda de analogías formales con edificios romanos nos lleva a establecer un patente paralelismo con los spelaea mitraicos17.
Comparte con ellos su carácter subterráneo, que convierte el santuario en una auténtica cueva.
Todos tienen un aula central con una división tripartita en la que las plataformas laterales se encuentran elevadas con respecto a la nave central y están presididas en la cabecera por una hornacina, altar o capilla generalmente sobrelevada con respecto a la cota de suelo de la nave central.
Dependiendo de la complejidad del mitreo, pueden existir habitaciones auxiliares y otros elementos de carácter simbólico en los que no suelen faltar los relacionados con el agua 18.
Como el culto a Mitra no tuvo un carácter oficial, los templos se ubicaron generalmente en espacios habilitados para tal fin en ámbitos domésticos o termales, siendo menos frecuente el número de templos exentos.
Probablemente este sea el motivo que explica la gran diversidad de formas y tamaños que adoptan estos edificios, aunque todos tienen las características que hemos reseñado, salvo el carácter subterráneo que no siempre es posible resolver en espacios domésticos.
El mitreo del elefante se basa en un diseño racional y simétrico creado sobre una trama formada con módulos de siete pies romanos.
De longitud medía 91 pies romanos, divididos en 13 tramos de 7 pies (Figs.
18 y 19), distribuidos de manera que tres tramos son para la escalera, seis para el aula central y los otros cuatro para las salas auxiliares y la capilla central.
Este diseño tuvo que adaptarse a las dimensiones de la parcela adquirida, en un espacio ya ordenado y ocupado por edificaciones funerarias.
Esta es la razón que explica la ligera desviación del eje del aula y la escalera con respecto a la cámara principal, sujeta a la orientación solar de la ventana.
El aula es un gran espacio casi cuadrado en el que sus esquinas noroeste y sureste son ángulos rectos, mientras que las esquinas opuestas no lo son, deformando ligeramente el rectángulo.
También aparecen desviadas las cámaras que se abren en el muro norte del aula, probablemente por la existencia de alguna estructura en las inmediaciones.
Más evidente es la forma del canal que une el pozo con la fuente que da un fuerte quiebro para no invadir la propiedad de la tumba F4A701 del SICAC (la 197 de la numeración de Fernández López y Bonsor).
Esta adaptación desfigura el diseño racional, simétrico y preciso del edificio.
El aula central tendría la característica división tripartita de tal forma que las alas laterales tendrían una anchura de 14 pies y elevada unos 54 cm por encima de la cota de la nave central, que estaría limitada a 10 pies de ancho.
En el testero sur, a la mitad de la longitud total del edificio incluida la escalera, se ubica el ninfeo cuya agua mana sobre el hombro de la estatua sedente que está tallada en una horna-Figura 18.
Diseño ideal del mitreo del elefante, sobre una cuadrícula de siete por siete pies romanos.
Planta hipotética del mitreo del elefante.
La estatua ha perdido la cabeza y está en un mal estado de conservación lo que impide reconocer detalles esenciales para su identificación.
Manuel Fernández López se lamentaba por no poder encontrar una explicación convincente a la estatua y no estaba de acuerdo en que pudiera tratarse de la imagen del dueño de la tumba, dado que un edificio de tal tamaño no podía pertenecer a un hombre que se representara a sí mismo con vestiduras no romanas, como homo tunicatus (Fernández López 1899: 26-32).
Bendala propuso una convincente analogía con un sacerdote de Cibeles (Bendala Galán 1976: 58), aunque los detalles de la imagen no permiten una identificación incontestable.
En el contexto de un mitreo, figura puede representar a una divinidad acuática, ser una representación del signo zodiacal Aquarius, o de un pater, grado máximo en la iniciación mitraica, con paralelos muy estrechos con las figuras sedentes pintadas a ambos lados del arco que enmarca la tauroctonía de la última fase del mitreo de Dura Europos interpretadas como magos (CIMRM 34.
El agua es un elemento frecuente en los mitreos, relacionado con el milagro del agua de Mitra 19, con un carácter más simbólico que funcional.
Su presencia en la Tumba del Elefante no ha pasado desapercibida y Muñoz García-Vaso (Muñoz García-Vaso 1997: 173), en su estudio sobre la sacralidad del agua en los mitreos, percibe claros indicios de culto mitraico en la estructura que tratamos.
La fuente y el pozo, con un sistema de extracción continua de agua, carece de toda funcionalidad salvo la ornamental o simbólica (Fig. 20).
En la pared opuesta, se encuentra la doble cámara.
La primera está presidida por un pedestal en la que los excavadores colocaron el fragmento de estatua que encontraron en el hueco de la escalera.
Realmente, es casi imposible poder certificar que esa estatua estuviese allí originalmente, ni siquiera que perteneciese al edificio y, aún menos, que estuviese en su pedestal desde la primera fase, sobreviviendo a la serie de reformas que soportó la estructura.
La posición en que se halló, sobre el segundo o tercer escalón de la escalera, parece sugerir mejor que hubiese podido caer desde el exterior antes que haber sido traída desde el interior del edificio.
En cualquier caso, el fragmento de estatua, del que apenas resta el tercio inferior, muestra las piernas cruzadas, en concreto la derecha sobre la izquierda, tan características de Atis como también lo son de Cautes o Cautopates, los portadores de antorchas, que representan a los equinoccios en las tauroctonías, como ya había apuntado Bendala (Bendala Galán 1976: 56).
Junto al pozo está el betilo.
Se trata de una pieza ovoidea tallada en roca del lugar que no ofrece ninguna duda de que está elaborada ex profeso.
Tampoco ofrece muchas dudas su identificación con un betilo como propone Bendala (Bendala Galán 1976: 58), aunque no podemos decir lo mismo de su origen ya que no consta el lugar donde fue hallada, aunque su posición actual en las cercanías del pozo parece sugerir que fue extraída de él, junto a la estatua del elefante.
Bendala asume la importancia que la piedra tiene en religiones como el mitraísmo, que entre sus mitos recoge el nacimiento del dios de una piedra y, por ello, son venerados en muchos mitreos (Bendala Galán 1976: 58-59).
Hasta la realización de la actividad arqueológica programada no vamos a contar con datos suficientes para definir con mayor claridad la morfología de las plataformas laterales, ni definir el sistema de cubierta ni de sustentación de la misma.
El aula debió estar cubierta.
En todas las restituciones realizadas hasta la fecha, el patio aparece total o parcialmente cubierto.
Las huellas de retalla en el frente en que se abre la ventana, sugieren una cubierta total del edificio que solo dejaría la ventana, o algún otro óculo abierto en la bóveda, como entradas de luz natural, lo que sin duda reforzaría el carácter simbólico de la ventana.
La ventana, en el estado actual del hipogeo con el patio descubierto, carece de sentido, ya que penetra mucha más luz por la puerta que por ella.
En cuanto al sistema de cubierta, podemos hipotetizar, con base en los datos con que hoy contamos, con tres posibilidades: una cubierta sobre estructura construida con armadura de madera y tejas, una bóveda realizada con obra de cantería o que la estructura estuviera 19 La fuente tenía un significado simbólico especial.
La fons perennis era una representación del propio Mitra en tanto que como Kosmocrator debía realizar dos actos: la creación de los fluidos y la eclosión de la naturaleza, esto es, el milagro del agua y la tauroctonía (Alvar Ezquerra 2001: 86-88). completamente excavada en la roca del subsuelo.
No contamos con indicio alguno que apoye la primera opción, no se han localizado, ni a través del estado actual ni de las fotografías de la excavación, mechinales o huecos para alojar las vigas.
Es común para grandes estructuras funerarias o en lugares donde la roca no es muy consistente, que las cubiertas se hagan de sillería, con bóvedas de cañón o realizadas con dovelas fabricadas en piedra del lugar20.
La tercera opción, a nuestro modo de ver, es la más plausible.
El mitreo está excavado en la roca a tal profundidad que ha permitido que todas sus estancias sean talladas y no construidas.
Sobre el patio queda un espesor de roca entre 50 cm y 130 cm, suficiente grosor como para justificar esta tercera opción21.
Las huellas de retalla en el frente oeste, junto a la ventana, podrían explicarse como una reforma del frente tras el hundimiento (accidental o intencionado) de la bóveda del aula.
Esta forma implicaría que todo el edificio debió excavarse a través del hueco de escalera lo que justificaría la doble escalera que hoy observamos, una obra tallada en la roca, por la que hoy se baja, que deja suficiente espacio en el hueco de escalera para la extracción de la roca, y la segunda, de madera, que permite un cómodo acceso al interior.
La luz del aula hace poco recomendable la cubrición de todo el espacio con una sola bóveda sin apoyos.
Resulta necesaria la presencia de pilares para sustentar la cubierta, unos pilares que debieron repartirse de manera acorde con la distribución interior del aula.
Por ello, nuestra hipótesis de trabajo, de cara a la actividad arqueológica a realizar, es que el aula contaría con dos hileras de pilares en las líneas divisorias de las tres naves y separados entre sí 7 pies, la modulación que regula el edificio y que garantiza una distribución simétrica.
Al oeste del aula se ubican una serie de estancias auxiliares.
Al norte del corredor se sitúa una gran galería de 5 metros de longitud y 1,5 de anchura, excavada en la roca con una sección parabólica muy cerrada.
Posteriormente, fue dividida en dos y en la mitad norte se ubicó la cámara funeraria, mientras que al sur se colocó el elefante que los excavadores extrajeron del interior del pozo.
El elefante es, sin lugar a dudas, el elemento más exótico de todo el conjunto.
Como el resto de los elementos muebles significativos encontrados en el edificio, su posición estratigráfica es confusa.
El pozo se colmató cuando el edificio dejó de usarse definitivamente, con fecha posterior a la acuñación de la moneda de Constancio, el elemento datable más reciente de todo el conjunto.
El abandono del edificio supuso la progresiva colmatación del patio, incluido el pozo, con escombros procedentes del entorno inmediato, es decir, de un contexto funerario.
Esto explicaría la presencia de monedas de cronologías diversas, los fragmentos de inscripciones y la estatua del elefante (Fernández López 1899: 45).
No hay garantías, como pasa con el betilo y la estatua de Atis, que la figura del elefante perteneciera al edificio, aún menos que lo fuera de la primera fase, la del mitreo, y que estuviese destinada a ocupar el pedestal de la gran galería.
De todas formas, se ha intentado explicar su presencia en este contexto con argumentos más o menos convincentes, quizás como emblema familiar (Fernández López 1899: 52-53), como símbolo de la eternidad (Anón.
Frente a la gran galería, al otro lado del corredor, se abre una estancia de planta y sección cuadradas.
Anexa a ella se encuentra la llamada cocina que está unida al pozo mediante una ventana 22.
22 Existe consenso en considerar esta habitación como cocina, tanto por su forma, con dos grandes poyetes y un hueco circular que pudo funcionar como chimenea, como por la evidente necesidad de esta instalación para los banquetes tanto funerarios como los vinculados al rito mitraico.
Sin embargo, estudiando el sistema de extracción continua de agua del pozo para alimentar la fuente, solo se nos ocurren dos opciones: el empleo de una bomba de Ctesibio (Perry et alii 2010) o mediante una rueda con cangilones o vasos congiales (Vitruvio Polión 1787: 262).
Esta última opción nos parece más consecuente con la forma del pozo y las huellas para alojar vigas sobre su brocal.
Es más, la altura al nicho que se abre al fondo del pozo es ligeramente inferior al radio del pozo, lo que permitiría que unos cangilones volcaran su agua sobre el canal que alimenta la fuente.
Este mecanismo necesita estar alimentado por una fuerza importante para salvar los 20 metros de altura del pozo y garantizar el aporte continuo de agua, y esa fuerza es difícil de ejercer en el reducido espacio del pozo por solo un hombre.
Sería imprescindible contar con un sistema exterior, una rueda horizontal movida por fuerza humana o animal que transmitiese el movimiento mediante un eje vertical a la rueda del pozo.
Esto solo es posible a través de la llamada cocina y de su chimenea, quizás el hueco por el que bajaría el eje de transmisión, hipótesis que tendremos que contrastar.
La cámara principal queda configurada como un espacio rectangular de 12 pies de anchura por 15 de longitud.
Su suelo se elevaría en torno a dos pies romanos con respecto a la cota de suelo de la nave central del aula.
En la pared del fondo se encontraba embutida una lápida rectangular de 89 por 36 cm (3 pies por 5 palmos menores) cuyo contenido, por desgracia, desconocemos aunque por su debió tratarse de una gran inscripción o bajorrelieve.
La ventana, con su orientación e inclinación, proyectaría los rayos del sol hacia un objeto colocado en el centro de la cámara.
La cubierta de la cámara es una curva rebajada y no tiene un carácter funcional sino simbólico.
Es cierto que con luces grandes las curvas desvían las fuerzas hacia los laterales no construidos, minimizando los riesgos de derrumbe por el peso de la roca.
Sin embargo, en la misma tumba existen espacios que comparten luces similares, o incluso mayores, con cubiertas planas, como la doble cámara del muro norte y las dos habitaciones auxiliares del ángulo suroccidental del edificio.
Tienen cubierta curva la hornacina de la fuente, la cámara principal y la gran galería, espacios no funcionales y sí ornamentales o simbólicos.
Nosotros creemos que las cubiertas curvas, en este contexto, intentan reforzar la imagen de cueva de estos espacios.
Así, observamos que la mayoría de los nichos que albergan las tauroctonías se cubren con arcos de medio punto o rebajados, igual que ocurre en las representaciones pintadas del sacrificio del toro que, de una manera generalizada, aparecen cubiertas por un arco sobre el que se colocan el sol y la luna.
Quedan dos aspectos esenciales que tratar con respecto al mitreo del elefante, su fecha de construcción, uso, abandono y su ubicación.
Con respecto a la cronología, muy poco podemos poner en claro, salvo que no tenemos pruebas para datar, de manera fehaciente, su momento de construcción.
Ya hemos tratado el contenido del pozo, usado como soporte para una posible datación en la primera mitad del siglo I d.C., y cómo, su posición estratigráfica, les resta toda importancia cronológica, salvo el elemento más reciente, la moneda de Constancio, que indicaría que el edificio se abandonó con posterioridad a su acuñación, es decir, ya en el siglo IV o en fechas posteriores.
En el contexto general, el grueso de los monumentos funerarios de la Necrópolis de Carmona se tiende a datar en el siglo I d.C. aunque, del análisis de los materiales arqueológicos extraídos de las tumbas se puede deducir que la necrópolis perduraría a lo largo del siglo II d.C. (Bendala Galán 1976: 126).
En el vecino solar ocupado por el anfiteatro se han localizado un gran número de enterramientos que llegan hasta el siglo II (Belén Deamos et alii 1986: 56) y es posible que algunas de las inhumaciones excavadas en el anfiteatro puedan tener dataciones posteriores (Fernández-Chicarro y de Dios 1975: 860).
Además, se ha hipotetizado sobre la presencia en el vecino anfiteatro de un nemeseion, a raíz de una inscripción aparecida en una tumba próxima, culto que se desarrolla en un lapso cronológico similar al del mitraísmo (Beltrán Fortes 2001).
La Tumba del Elefante se construyó en un espacio ya ocupado o, al menos, parcelado, lo que obligó a sus constructores a adaptar el modelo a esta situación.
Por desgracia, ninguna de estas tumbas está bien datada, solo la F4B701, tumba198 de la serie de Fernández López y Bonsor (Anón.
1889: 27), aportó una moneda de Vespasiano entre los escombros que colmataban la estructura, que de poco sirve para datar su construcción.
Sí es cierto que la talla de la cámara funeraria, a tenor de la datación actualmente aceptada para estas cámaras en nuestra necrópolis, podría limitar la construcción del edificio al siglo I o II d.C. sin poder precisar más.
De ser un mitreo no sería esperable una datación anterior al siglo II o, a lo sumo, de muy finales del I d.C. (Alvar Ezquerra 2011: 36).
Una de las objeciones de Fear a la tesis de Bendala era que el santuario se situaría en un área cementerial poco apropiada para ese fin (Fear 1990: 97), lo que es de suponer que podría ser extensiva también a los mitreos.
El edificio, como ya hemos descrito, se halla a unos 750 metros de las murallas de Carmona, muy próximo a la vía Augusta, de la que la separan apenas 25 metros y, por tanto, del anfiteatro y el circo.
Se sitúa, por tanto, en un área periférica, extramuros y plurifuncional donde conviven diferentes usos junto al funerario23.
Los mitreos se instalaban, preferentemente, en ámbitos domésticos y en algunos edificios públicos como termas, sirva como claro ejemplo la distribución de los mitreos de Ostia (Calza y Becatti 1965) o como ocurre en el caso hispano, donde la totalidad de los santuarios a Mitra localizados se encuentran en ámbitos domésticos, ya urbanos o rurales (Alvar Ezquerra 2011).
Sin embargo, existen otros casos que no siguen esta regla.
Aunque, sin duda, el ejemplo más próximo lo encontramos en Sutri (Italia) (CIMRM 653).
El mitreo de Sutri, actualmente ocupado por la iglesia de la Madonna del Parto, está completamente excavado en la roca, a las afueras de la ciudad, en el mismo farallón donde se sitúa la necrópolis principal y junto al anfiteatro, una situación muy similar a la del mitreo del elefante (Fig. 21).
mismo edificio se convierte en el ejemplo análogo más cercano a la estructura del nuestro, con tres naves sostenidas por pilares y una capilla central elevada, a la que se accede a través de una serie de escalones, cubierta por un arco de medio punto.
Tampoco se aleja de otros prototipos como el mitreo de las tres naves (Calza y Becatti 1965: 2) o el de Pianta Pedis en Ostia Antica, dividido en tres naves mediante columnas o pilares de ladrillo y una capilla central elevada (Pavia 1999: 85).
Las capillas centrales donde se ubican las tauroctonías adoptan formas diversas, generalmente elevadas y, en ocasiones, son auténticas habitaciones como en el mitreo de Burdeos (Barraud y Caillabet-Dulloum s. f.: 19).
El mitraísmo era una religión particular, difundida por promotores privados que, en ocasiones, llegaron a formar comunidades de cierto tamaño.
Así se explica que la mayor parte de los mitreos se ubicaran en pequeños espacios domésticos o en villas particulares.
El destino de estos templos, estaba directamente sujeto al de sus promotores, más aún cuando el templo estaba exento.
¿Qué provocó el cambio de uso del edificio?
Las posibilidades son múltiples, desde la extinción de la comunidad al desaparecer sus promotores o benefactores o que el aumento del número de fieles obligara a buscar un nuevo emplazamiento más espacioso.
Quizás el colapso accidental de la estructura dejara inutilizable el edificio.
En cualquier caso, la parcela se vendió para el uso más demandado en la zona, el uso funerario y especialmente para alojar servicios auxiliares escasos en la densa necrópolis, los banquetes funerarios.
SÍNTESIS Y CONCLUSIONES 24
La actuación arqueológica prevista tiene que incidir en resolver, en primer lugar, la fecha de construcción del edificio, elemento sustancial para resolver la función original de la estructura.
La evolución del monumento, planteada tras este primer análisis arqueológico, debe ser contrastada, así como definir con Figura 21.
Imágenes del mitreo de Sutri (arriba) y el mitreo de las tres naves en Ostia Antica (abajo).
Fotografías de los autores.
24 Tras la redacción de estas páginas, ha llegado a nuestras manos un trabajo sobre el mitreo de Hawarte en Siria, que analiza el papel de los rayos solares en la configuración del edificio.
Los resultados de este estudio tienen una especial trascendencia para los argumentos que aquí defendemos.
El mitreo de Hawarte fue descubierto tras el hundimiento accidental del suelo de las basílicas cristianas que se le superponen, y los trabajos de excavación, que comenzaron en 1998, han terminado recientemente.
El mitreo fue construido en una cueva y en él se han identificado los restos de una pequeña ventana cuya dirección e inclinación parecen apuntar al nicho central donde se ubicaría la estatua de la tauroctonía.
Un análisis detenido de la orientación e inclinación de los restos de la ventana y su contraste con tablas astronómicas, les lleva a concluir que el sol iluminaría el nicho de la tauroctonía dos horas antes del atardecer del día 25 de diciembre, tomando como año de referencia el 300 d.C. (Gawlikowski et alii 2011).
Con estos datos, tomando las coordenadas del lugar, el año de referencia y el día y hora señalados, comprobamos la configuración de las constelaciones de la misma manera que hemos hecho con la ventana de la Tumba del Elefante.
Los resultados son concluyentes.
El día 25 de diciembre, dos horas antes del atardecer del año 300 en Hawarte, la constelación de Orión comenzaba a emerger por el este siguiendo a Tauro.
Al sur, en lo más alto de la eclíptica, se encontraba Acuario, y, por el oeste, se ponía Escorpio.
Es exactamente el mismo mapa estelar marcado por la ventana de la Tumba del Elefante, tres horas después de amanecer, en el equinoccio de primavera.
Este hecho demuestra la opinión generalizada sobre la importancia de los rayos solares en los mitreos, en los días señalados de los cambios de estaciones y, además, cuando por el este emergían las constelaciones de Tauro y Orión, reflejo estelar de la tauroctonía.
Lo que hemos intentado en este trabajo es aportar nueva información arqueológica que permita reconducir el debate sobre bases más sólidas.
Tras el análisis de estos, es difícil seguir sosteniendo un diseño del edificio para un uso funerario.
Tampoco es factible plantear una función de comedor funerario, cuando los triclinios han sido introducidos, de una manera forzada, en una fase posterior a la de su construcción.
Queda patente, por sus rasgos simbólicos y formales, una evidente analogía con los antros o spelaea mitraicos, aunque no podemos descartar su asimilación con otros cultos mistéricos según la tesis planteada por Bendala en 1976.
A nuestro parecer, existen indicios suficientes para considerar un mitreo la llamada Tumba del Elefante.
Es más, la ventana, su orientación solar y su significado, aportan nuevos elementos en el debate sobre el significado astronómico y astrológico de la tauroctonía, remarcando el papel de la precesión de los equinoccios en esta interpretación, como Ulansey había apuntado.
Cada vez se van conociendo más monumentos mitraicos en Hispania (Alvar Ezquerra 2011), que, hasta hace poco, habían sido bastante escasos, teniendo en cuenta la amplia difusión de esta religión por todos los territorios del imperio.
Una religión nueva, exclusivamente romana, que quiso vincular sus orígenes con el exotismo del mundo persa, en los límites de la tierra conocida, y en un tiempo remoto que, a tenor del cálculo de la velocidad de precesión realizado por Hiparco, debía remontarse cuatro mil quinientos años atrás.
El misterio escrito en las estrellas, originado en el confín del mundo y del tiempo, sería el fundamento de la nueva religión que inspiró el diseño de la Tumba del Elefante. |
Las armas representadas en bajorelieve fueron particularmente generalizadas en la época de Augusto, cuando los veteranos del príncipe tendido a enfatizar su importancia en la consolidación del imperio con la adopción de estos temas de guerra en sus tumbas.
La comparación entre algunos relieves funerarios de Italia, los llamados guerreros lusitanos, y algunas de las emisiones monetarias de la Península Ibérica, junto con un reciente hallazgo desde el Foro de Augusto, permiten plantear la hipótesis de que la celebración de las victorias de Augusto en esta región podría tener significativamente contribuido al repertorio de las armas representadas que celebraban el nuevo Imperio. |
Marcadores de paisaje e intervención catastral en el territorio próximo a Bracara Augusta (Hispania Citerior Tarraconensis
URBANISMO DE BRACARA AUGUSTA
O POVOAMENTO DE RAÍZ ROMANA
Estas questões exigem escalas de análise, quer |
Josep M. Palet Martínez
Institut Catalá d'Arqueologia Clàssica (GIAP-ICAC) RESUMEN La investigación sobre el paisaje en zonas urbanas o periurbanas implica importantes limitaciones metodológicas.
En el presente estudio, el trabajo se centra en un llano pre-litoral próximo a la ciudad de Barcelona, el Vallès Oriental, profundamente urbanizado en las últimas dos décadas, hecho que condiciona la recuperación de nuevos datos arqueológicos y la implementación de programas de prospección arqueológica.
Asimismo, la particular topografía que presenta el llano, caracterizado por unos relieves suaves, ha obligado a adaptar la metodología del análisis arqueomorfológico a este contexto geográfico.
El artículo presenta los resultados del análisis arqueomorfológico realizado, que han sido cruzados con la documentación histórica y arqueológica para caracterizar -desde una perspectiva diacrónica-la red viaria, la estructuración territorial y la evolución del poblamiento de esta área y, finalmente, determinar las dinámicas del paisaje en época romana.
La investigación sobre la morfología del territorio se ha llevado a cabo a partir de un intenso trabajo de fotointerpretación y análisis de la cartografía histórica en entorno SIG, especialmente útil en un paisaje marcado por las importantes trasformaciones del medio rural.
Igualmente, los datos generados en los últimos años por la investigación arqueológica han sido revisados de forma detallada, a fin de contribuir a la planificación de las prospecciones arqueológicas y arqueomorfológicas desarrolladas.
PALABRAS CLAVE: Arqueología del paisaje, análisis arqueomorfológico digital, SIG, fotointerpretación, cartografía histórica, territorios romanos, Layetania, red viaria.
1 El trabajo ha analizado las formas del poblamiento rural antiguo y su dinámica, así como las pautas de ocupación del territorio y su estructuración histórica.
El estudio, enfocado desde la perspectiva teórica y metodológica de la Arqueología del Paisaje, ha permitido caracterizar la sucesiva configuración histórica del territorio vallesano oriental desde la fase protohistórica (s. VI-V a.C.) hasta la alta Edad Media (s. XI-X a.C.), determinando los momentos de cambio y los agentes generadores del mismo.
La aproximación, diacrónica y pluridisciplinar, ha combinado el estudio de las tipologías del hábitat rural y su distribución en el territorio; los análisis y restituciones arqueomorfológicas derivadas de la cartografía histórica, la fotografía aérea antigua, la documentación escrita medieval y moderna; y los datos paleoambientales existentes.
Todo ello ha permitido integrar el estudio territorial en un discurso más amplio sobre la dinámica del paisaje histórico vallesano y las interacciones de la sociedad con el medio.
En este trabajo se presenta en detalle los resultados del análisis arqueomorfológico, para inscribirlos en una discusión más general sobre la ocupación y estructuración del territorio de la Layetania interior y su evolución en época romana.
Los datos relativos al poblamiento rural serán tratados en la discusión pero no podrán presentarse en detalle en este texto.
En el contexto de la depresión prelitoral catalana, el trabajo se ha centrado en las zonas de llano del Vallès y se coordina con otra investigación centrada en los espacios de montaña del macizo del Montseny.
2Paralelamente desde el ICAC se dirige la excavación de determinados yacimientos de singular relevancia, en especial del establecimiento de cronología republicana de Can Tacó (Montmelò-Morntonès del Vallès) (Mercado et alii 2006(Mercado et alii, 2008)).
MARCO GEOGRÁFICO Y PROBLEMÁTICA DEL ÁREA DE ESTUDIO
El área de estudio se sitúa en la zona de llano y de suaves ondulaciones que se abre en la depresión pre-litoral, hasta el límite natural del río Llobregat, en la provincia de Barcelona.
Corresponde a grandes rasgos a la llamada Layetania interior, al sector situado más al norte, en la zona central y baja de la actual comarca del Vallès Oriental (Barcelona).
Topográficamente, esta zona está formada por el llano vallesano, que presenta unos relieves suaves resultado de una hidrografía estacional muy marcada, y por dos sistemas montañosos que actúan de delimitadores naturales de la misma: la Sierra Litoral y Pre-litoral (en sus vertientes occidental y oriental respectivamente).
En el interior de este espacio geográfico, es posible definir diversas áreas configuradas a partir de los valles de los principales ríos y rieras, en las que destacan pequeños valles tributarios y'micro-espacios' topográficos que conviene tener en cuenta.
En el área de estudio, son especialmente remarcables: los valles medios de los ríos Tordera y Mogent; los valles medios de los ríos Congost y Tenes, así como la riera de Cànoves; el valle de la riera de Caldes de Montbui; y la confluencia de los ríos Congost y Mogent (Panareda et alii 1991: 287) (Fig. 1).
Toda la zona ha destacado históricamente por ser un corredor natural, una zona de paso fuertemente transitada desde la etapa protohistórica, siendo aún hoy un núcleo de comunicaciones importante.
Su posición central entre el territorio de diferentes ciudades de fundación romana como Barcino (Barcelona), Baetulo (Badalona) e Iluro (Mataró), en la costa, y Egara (Terrassa) o Auso (Vic) en el interior, han acentuado el interés por conocer su estructuración territorial y la relación con estos núcleos a lo largo de los diferentes períodos históricos (Estrada 1969(Estrada y 1993;;Bacaria 1998; Miró et alii 1998; Asensio et alii 2001; Zamora et alii 2001).
En este sentido, la mayor parte de los estudios realizados se ha centrado en el análisis del proceso de romanización y los cam- bios en la tipología y la dinámica del hábitat derivados del fenómeno de conquista romana, así como en la aproximación a la red viaria desde un punto de vista histórico y epigráfico (Rodà 1984;1986;1996;1997; Estrada 1993).
El único precedente en el estudio de la estructuración territorial antigua del Vallès lo encontramos en un trabajo inacabado sobre catastros romanos de principios de los años 90 (Aguilar 1993).
El estudio se fundamentaba en los procedimientos teóricos, metodológicos y técnicos establecidos en la década de los años 80 por el grupo de Besançon, y proponía la implantación de tres tramas catastrales de época romana a lo largo del llano vallesano, en las actuales comarcas del Vallès Oriental y Occidental; una característica que ha condicionado decisivamente la aproximación histórica y arqueológica a este territorio es su problemática específica, marcada por el fuerte proceso de urbanización vivido en la comarca durante las últimas dos décadas.
El paisaje tradicionalmente rural que había caracterizado todo este sector próximo a la ciudad de Barcelona se ha visto transformado de manera drástica en los últimos quince años, en los cuales el crecimiento de los núcleos municipales y la aparición de zonas residenciales dispersas ha significado la destrucción de amplias zonas agrarias, así como de importantes elementos del paisaje antiguo y de innumerables espacios con un gran potencial arqueológico (transformando irreversiblemente su realidad territorial).
Las consecuencias de todo este proceso no han sido menores.
Sin duda, el boom urbanístico ha hecho desaparecer amplias áreas rurales susceptibles de ser estudiadas intensivamente a través de la prospección arqueológica.
Las zonas rurales que se conservan se encuentran claramente sesgadas por la presencia de polígonos y urbanizaciones, lo que impide una visión de conjunto.
El proceso de urbanización también ha generado un importante volumen de información arqueológica -procedente en la mayoría de casos, de excavaciones de urgencia-, pero esta ha pasado a formar parte de la Carta Arqueológica, sin que, hasta ahora, se hubiesen presentado trabajos de síntesis diacrónica en los cuales se profundizase realmente en su estudio y análisis, poniendo de relieve el verdadero potencial histórico que presenta este territorio.
Cabe destacar, en este sentido, que la carta arqueológica de la comarca presenta una serie de problemáticas diversas, entre las que destaca la disparidad de criterios utilizados en su realización, la inexistencia de un protocolo arqueológico de prospección que recoja sistemáticamente los restos materiales en su-perficie y los estudie, o la presencia de una información desigual según los períodos, que no es espacialmente uniforme y que presenta graves déficits en las descripciones de los yacimientos (tanto por lo que se refiere al material arqueológico asociado, como a las características de los restos).
En numerosos casos, además, las fichas incluyen noticias orales difícilmente comprobables, donde la información es claramente sesgada y parcial.
Para el estudio del territorio ha sido especialmente problemática la falta de contextualización territorial y la baja fiabilidad en la localización de los yacimientos, con UTM erróneas que no habían sido fruto de una comprobación sobre el terreno.
No obstante, excavaciones recientes han permitido mejorar cuantitativa y cualitativamente los datos referentes al poblamiento rural del Vallès Oriental en las diversas fases históricas, abriendo nuevas posibilidades para el estudio de las formas del hábitat y el análisis de las dinámicas de los asentamientos.
La realidad expuesta ha limitado sin duda los trabajos de prospección arqueológica y arqueomorfológica.
METODOLOGÍA, MATERIALES Y TÉCNICAS
La red viaria ha constituido el objeto central del análisis arqueomorfológico, principal elemento estructurador del territorio, consecuencia de múltiples y sucesivas transformaciones y reflejo de las diversas dinámicas históricas que se han desarrollado a nivel territorial.
La arqueomorfología se ha consolidado en las últimas décadas como una disciplina enormemente útil para el estudio de las trazas o formas que conforman el paisaje histórico y, en especial, para conocer las formas de estructuración del territorio en diferentes períodos históricos, objeto principal del presente artículo.
Esta disciplina entiende el paisaje como un elemento arqueológico en si mismo y, por tanto, susceptible de ser estudiado en su totalidad siguiendo un enfoque diacrónico o de larga duración; es decir, estableciendo criterios de cronología relativa que determinen las diversas fases formativas de las macro-estructuras que lo configuran, así como su función en los diferentes períodos históricos (Chouquer et alii 1987; Chouquer y Favory 1991: 222; Palet 1997: 28; Leveau 2000; Palet 2001; Clavel-Lévêque y Orejas 2002; Ariño et alii 2004: 67-115).
El análisis arqueomorfológico se ha realizado a partir del trabajo de fotointerpretación y estudio de la A nivel metodológico, en una primera fase de trabajo se ha creado una base cartográfica en entorno SIG, resultado del vaciado de la documentación cartográfica digital -antigua y moderna-disponible para nuestra área de estudio, en la que se ha intentado incluir el mayor número posible de mapas (Palet y Orengo 2010: 126; Orengo y Palet 2011).
El principal fondo documental incorporado ha sido el de la Diputación de Barcelona, actualmente consultable en el Instituto Cartográfico de Catalunya (ICC), del cual han sido recuperadas 34 Minutas Municipales (1: 25.000, ICC) realizadas por el Instituto Geográfico y Estadístico entre 1914 y 1924.
Asimismo, se ha trabajado con la cartografía 1: 50.000 del Instituto Geográfico Nacional (IGN) realizada entre los años 20 y 50 del siglo XX; algunos mapas del Fondo de la Generalitat de Catalunya realizados durante la Guerra Civil española (1936-39, 1: 50.000, ICC); y la cartografía 1: 5.000 del año 1967 realizada por el Servicio de Cartografía y Fotogrametría de la Diputación de Barcelona, especialmente interesante por su calidad y detalle ya que recoge -entre otros elementos-algunas terrazas de cultivo.
A pesar del escaso material disponible, se han podido incluir igualmente mapas históricos datados en los siglos XVII, XVIII y XIX, pertenecientes a los fondos del Centro Excursionista de Catalunya (CEC), la Biblioteca Nacional de España y el ICC (Flórez 2011: 66).
La mayor parte de este material, que asciende a 77 mapas en total, ha sido georeferenciado para ser insertado en la base cartográfica SIG, que ha permitido su posterior análisis detallado.
El primer paso en la integración de los elementos configurativos de la base ha sido justamente la georreferenciación del material cartográfico, en la cual se ha seguido un tratamiento regresivo de las fuentes cartográficas rasterizadas: la cartografía actual (base topográfica 1: 5.000 del ICC y la serie ortofotográfica digital 1: 5.000 del ICC), mucho más completa y fiable, ha sido utilizada como fuente para la georreferenciación de los elementos antiguos comunes que figuraban en la cartografía histórica de mediados del s. XIX e inicios del s. XX (Flórez y Palet 2011: 256-257; Flórez 2011: 67 y Orengo y Palet 2011)3 (Fig. 2).
Para ello se ha utilizado un número medio de puntos de control de entre 12 y 15 para cada mapa (superándose los 20 puntos en algunos casos), y un polinomio de segundo orden para intentar obtener una mayor adaptación en las zonas centrales y una menor deformación de los sectores extremos y marginales de los mapas (Palet et alii 2009: 108; Palet y Orengo 2010: 126-127; Flórez 2011: 67; Orengo y Palet 2011).
Gracias a este procedimiento se ha conseguido un error estándar en la rectificación de los elementos cartográficos inferior a 5 m (valor RMSE).
La base cartográfica ha contado también con la inclusión en el SIG de la fotografía aérea vertical, concretamente el vuelo militar de 1956-57 (USAF, 1: 33.000), georeferenciado y ortorrectificado.
4 La gran precisión que presenta este material aéreo-foto-Figura 3.
Fotointerpretación y representación cartográfica de la fotografía aérea antigua (USAF, 1956-57) 3).
La base ha sido completada con la información vectorial contenida en el mapa de usos del suelo (1: 50.000, CREAF) y la base geológica (1: 5.000, ICC), a partir de la cual se ha creado una nueva capa geológica de síntesis referente al área de estudio.
Hay que añadir finalmente, la elaboración de diversos modelos digitales del terreno (MDT) de 2 m 2 celda y 5 m 2 celda, desarrollados a partir de la información altimétrica contenida en la base topográfica 1: 5.000 del ICC.
5 También ha sido incluido el MDT de 15 × 15 m celda que ofrece gratuitamente el ICC, del que destaca su gran calidad (ha sido realizado a partir de datos LIDAR).
El objetivo principal de este material ha sido el de facilitar los análisis topográficos y espaciales vinculados al estudio del poblamiento, con tal de poder realizar cálculos de visibilidades, de pendientes, orientaciones, etc.
LA RESTITUCIÓN ARQUEOMORFOLÓGICA DE LA RED VIARIA Y LAS ESTRUCTURAS AGRARIAS La fotografía aérea antigua, como representación directa de la realidad, ofrece una imagen del paisaje previa a las grandes transformaciones urbanísticas, y permite observar todavía -especialmente en el caso del Vallès Oriental-un territorio profundamente rural, anterior al desarrollo urbano de la década de los'60.
Este hecho ha convertido a la fotografía aérea vertical en un material de análisis enormemente útil, sobre todo para el estudio de la red viaria en las amplias zonas rurales que caracterizaban el paisaje histórico vallesano de la primera mitad del siglo XX.
Ha permitido también la detección de fosilizaciones de antiguos caminos en la trama urbana de algunos municipios.
La cartografía, si bien se trata de una abstracción de la realidad, es igualmente esencial en el análisis arqueomorfológico.
Proporciona información cartográfica precisa sobre la topografía, la vialidad y sobre múltiples elementos del paisaje como la hidrografía, los límites administrativos o las estructuras antrópicas (acequias, pozos, fuentes, molinos, casas, puentes, etc.).
En resumen, con la fotografía aérea se realiza la lectura de las formas y se restituyen con precisión los elementos estructurales del paisaje; con la cartografía se clasifican y se contextualizan históricamente.
De esta forma, la restitución arqueomorfológica se ha realizado mediante la fotointerpretación y la cartointerpretación trabajadas conjuntamente; en este sentido los SIG han vuelto a ser una herramienta esencial.
A partir del análisis combinado de la fotografía aérea antigua (USAF, 1956-57, 1: 33.000) se ha procedido al vaciado completo y sistemático, mediante capas vectoriales temáticas, de los elementos morfológicos más significativos: las trazas viarias, el parcelario y los límites administrativos actuales e históricos (obtenidos gracias a la cartografía antigua).
También se han recogido elementos físicos (principalmente de carácter hidrográfico) y de tipo parcelario (canales, acequias, etc.).
La gestión de esta información se ha llevado a cabo a través de la base cartográfica SIG mediante tablas de atributos, en las que se han incluido campos de interpretación tipológica y cronológica de las trazas.
Estos campos han sido de gran utilidad para trabajar las reflexiones sobre la vialidad histórica y la morfología del Vallès Oriental.
Una vez realizada esta primera fase de restitución arqueomorfológica, se ha procedido a hacer una primera definición de itinerarios.
Un paso previo imprescindible ha sido la caracterización de los corredores naturales de comunicación potencial, identificados a partir de la visión 3D de la fotografía aérea antigua.
Tradicionalmente, este proceso se podía hacer únicamente mediante la visión estereoscópica de los diferentes fotogramas, con la que se obtenía una imagen en relieve de la fotografía aérea.
Actualmente, las posibilidades que ofrecen los SIG -y más concretamente el programa ArcScene-permite realizar la lectura topográfica de los vuelos, identificando y delimitando los elementos del relieve que inciden y condicionan la vialidad histórica del territorio estudiado (Fig. 4).
El proceso de foto y cartointerpretación culmina con una primera aproximación cronológica a la restitución arqueomorfológica propuesta, en la que se establecen secuencias de cronología relativa entre los itinerarios.
Así, el análisis arqueomorfológico ha permitido proponer una secuencia de cronología relativa entre los itinerarios, de la que se deriva una primera lectura cronológica de la red viaria que ha sido contrastada a través de la prospección arqueomorfológica.
El control de campo y la comprobación de hipótesis sobre el terreno ha sido a menudo un aspecto ignorado en los análisis arqueomorfológicos (Orengo y Palet 2011; Palet y Orengo 2010: 130).
Este hecho representa una carencia importante en los estudios ya que la prospección permite la caracterización física de las trazas viarias, facilitando así la contrastación de las hipótesis establecidas previamente durante el análisis arqueomorfológico de la fotografía aérea y la cartografía histórica; al mismo tiempo, ofrece una visión de la red viaria en su contexto geomorfológico (medio físico) y arqueológico (es decir, en relación con otros elementos antrópicos del paisaje como el poblamiento o las estructuras de explotación), facilitando su comprensión y lectura estratigráfica, y ofreciendo así elementos de datación relativa y, en algunos casos, absoluta.
En definitiva la prospección complementa y completa las restituciones viarias planteadas en el estudio previo y permite el establecimiento de relaciones entre las trazas de los itinerarios, contribuyendo a un mejor conocimiento de la morfología y la evolución conjunta de la red viaria (Palet 1997: 82).
Evidentemente, este proceso no está exento de problemática, ya que resulta enormemente difícil la obtención de dataciones absolutas para el tipo de evidencias que presenta la red viaria: básicamente caracterizada por estructuras negativas donde las posibilidades de desarrollar trabajos arqueológicos son muy limitadas, y donde la documentación de estructuras construidas o sedimentadas es habitualmente excepcional.
Teniendo en cuenta estas circunstancias, el trabajo de campo realizado ha tenido como principal objetivo la documentación del mayor número posible de trazas, su caracterización y análisis, así como la localización de otros elementos del paisaje (muros en los márgenes, yacimientos arqueológicos, mojones, etc.) que permitiesen una interpretación cronológica de las vías y de su evolución histórica lo más precisa posible.
Atendiendo a la gran área cubierta por el estudio arqueomorfológico y a la extensa cobertura urbana que presenta en la actualidad el territorio vallesano, se decidió realizar el control de terreno en zonas de especial interés para la comprobación de las hipótesis propuestas en el análisis previo y donde todavía existiese una buena conservación de trazas prospectables en el paisaje.
Una primera gran área se definió en el llano bajo vallesano, concretamente en los sectores de Gallecs (Mollet del Vallès), el sector de Palou (Granollers) y el eje del torrente de Vallderiolf y su entorno hasta el sector de Quatre Camins (La Roca del Vallès).
Una segunda área se situa en el piedemonte de la Sierra Prelitoral en los municipios de La Garriga, Cànoves i Samalús, Les Franqueses del Vallès y Cardedeu.
Finalmente, la Sierra Litoral o de Marina ha sido el último sector prospectado dado su potencial desde el punto de vista histórico y arqueológico (Fig. 5).
Durante los trabajos de seguimiento de vías y límites parcelarios, se ha realizado la localización precisa y la documentación de los tramos de caminos rurales conservados mediante la toma de puntos de control con GPS y el registro en fichas de prospección; se ha llevado a cabo el registro fotográfico de los mismos, el control arqueológico de los márgenes, la prospección superficial de los espacios situados a ambos lados de los caminos, y la recogida de mate- rial arqueológico.
En casos excepcionales en los que se han localizado mojones o estructuras vinculadas al mantenimiento de las vías se han tomado coordenadas UTM de su emplazamiento, se han hecho fotografías y se ha especificado en la ficha de prospección (Fig. 6).
En la base de datos de la prospección arqueomorfológica ha sido recogida toda la información procedente del trabajo de campo: identificación (tipología del elemento -vía, camino, límite parcelario, etc.-, nombre o código, trazo (no), tramo (no), comarca, municipio, nombre del lugar, fecha y redactor); emplazamiento (relieve, geología, pedología, vegetación/ocupación del suelo (del entorno), proximidad a otros elementos arqueológicos); estructura (tipología, dimensiones -anchura máx. (m), longitud máx., profundidad máx.-, elementos de construcción, descripción, identificación de las fases de construcción, cronología); estratigrafía -en relación a otros trazos o elementos-; puntos GPS; estado de conservación; y finalmente evaluación arqueológica y patrimonial.
Se dio un especial interés al seguimiento de los cortes estratigráficos de los márgenes asociados a caminos con grandes encajes en el substrato geológico con el objetivo de poder identificar paleosuelos que permitiesen la obtención de muestras para su datación absoluta.
CORRELACIÓN CON LA BASE DE DATOS
El tratamiento y recogida de toda la documentación histórica disponible sobre los vestigios arqueológicos del Vallès Oriental ha sido realizada a partir de una base de datos arqueológica en la que se ha introducido la información procedente de diversas fuentes: la carta arqueológica, el vaciado de la bibliografía, los inventarios patrimoniales municipales y los datos de prospección (intensiva y extensiva).
Se ha procedido, por tanto, a una verificación de la información arqueológica disponible a partir de prospecciones extensivas en toda la zona de estudio.
La base de datos resultante ha sido además completada con la prospección intensiva y arqueomorfológica de determinados sectores y el detalle proporcionado por las numerosas intervenciones preventivas realizadas en los últimos años.
Ello ha proporcionado una información enormemente útil para desarrollar el estudio histórico y arqueológico del territorio.
Todos estos datos han sido incorporados al SIG mediante las coordenadas UTM referentes a la localización de los yacimientos.
Este procedimiento nos ha permitido interrelacionar los resultados del análisis arqueomorfológico con la distribución y cronología de los asentamientos, ofreciéndonos criterios cronológicos para determinar la formación y evolución de la red viaria en el Vallès Oriental, y valorar su relación con la dinámica del poblamiento antiguo.
Así, la base de datos arqueológica se ha mostrado como una herramienta básica en la aproximación cronológica a la vialidad vallesana.
En ella han destacado dos apartados especialmente interesantes para el estudio tanto territorial (poblamiento y distribución) como arqueomorfológico: la tipología por períodos, que nos ha permitido documentar la evolución tipológica de un mismo núcleo a lo largo de su existencia; y una precisión cronológica de 50 años desde el siglo II a.C. hasta el I d.C., y de un siglo para el resto de fases.
La combinación de estos dos elementos nos ha ayudado a aproximarnos -con gran precisión-a la dinámica del poblamiento rural vallesano, definiendo los grandes momentos de cambio en el patrón de asentamiento.
Las cronologías iniciales de ocupación de los yacimientos, juntamente con su proximidad a los distintos tramos de la red viaria restituida, nos ha aportado criterios de gran valor para determinar el momento en que estuvieron en funcionamiento los distintos itinerarios identificados; al mismo tiempo que ha puesto de relieve la estrecha relación entre la distribución del poblamiento y la estructuración antigua del territorio estudiado.
DOCUMENTACIÓN MEDIEVAL Y MODERNA.
EL ESTUDIO REGRESIVO DE LA DOCUMENTACIÓN
El último paso en el análisis arqueomorfológico corresponde a la contextualización histórica de los itinerarios y los sistemas viarios documentados, con el objetivo de obtener elementos de datación absoluta que nos ayuden a comprender la dinámica evolutiva de la red viaria y, por extensión, del territorio al que estructura.
En este sentido, la documentación histórica (escrita y cartográfica) ocupa un lugar preferente.
El estudio y análisis de la información contenida en estas fuentes permite hacer el seguimiento diacrónico de algunos itinerarios (y otras macro-estructuras del paisaje), y obtener dataciones ante quem (Palet 1997: 32; Orengo y Palet 2011).
En nuestro estudio hemos abordado esta última fase del análisis arqueomorfológico desde dos líneas de trabajo diversas, pero totalmente complementarias.
Por una parte, se ha creado una base de datos de poblamiento medieval en la que se ha recogido información arqueológica, histórica y referencias documentales de los principales focos de hábitat medieval de la zona.
El poblamiento medieval nos ha ayudado a comprender mejor los orígenes de la estructuración del paisaje histórico vallesano, ya que buena parte de los núcleos de hábitat actuales tienen su génesis en elementos altomedievales.
La distribución del poblamiento de esta época se encuentra directamente vinculada al desarrollo de formas históricas específicas, como por ejemplo los sistemas viarios radiales y, por lo tanto, ofrece datos valiosos sobre su cronología y evolución.
Por otra parte, se ha realizado el vaciado y análisis -propiamente dicho-de la documentación escrita más significativa: fuentes documentales y recopilaciones diplomáticas medievales, libros históricos sobre rutas, caminos, y viajes, guías excursionistas, información catastral de inicios del siglo XX, etc.
El estudio de la documentación escrita es también un paso imprescindible en el análisis arqueomorfológico, ya que aporta datos valiosos sobre numerosos elementos del paisaje histórico, permitiendo una aproximación diacrónica a su evolución.
En este sentido, facilita la contrastación de las secuencias relativas establecidas a partir de la lectura arqueomorfológica del territorio, y ofrece -en algunos casoselementos de datación a los componentes del paisaje estudiado.
A nivel metodológico, la aproximación óptima a este tipo de fuente documental es mediante el vaciado sistemático y regresivo, en el que la documentación más moderna ayuda a comprender la más antigua, a menudo difícil de interpretar a causa de la falta de precisión y la fragmentación de las descripciones (que a su vez reflejan un paisaje profundamente divergente del actual) (Palet 1997: 38).
Por lo que se refiere al material consultado, se podría hablar grosso modo de tres grupos de documentación: * Referencias bibliográficas específicas: trabajos de síntesis sobre la etapa altomedieval en Cataluña, obras históricas sobre la red viaria (libros antiguos sobre rutas y caminos), libros de viajes de los siglos XVIII y XIX (especialmente las obras de J. F. Bourgoing (1789Bourgoing (, 1803) ) El estudio arqueomorfológico ha permitido determinar tres sistemas viarios principales en la morfo-logía histórica del territorio: itinerarios viarios dominantes, sistema viario ortogonal y estructuras viarias radiales.
Los itinerarios viarios dominantes se caracterizan por ser "ejes fuertes" con un peso y una función estructuradora muy importante en el territorio.
A menudo se inscriben en corredores naturales de comunicación identificados a partir de la fotointerpretación.
En el territorio estudiado, nos referimos principalmente al itinerario que sigue el eje del río Mogent (it.
1), el que circula por el eje del río Congost (it.
2), el que transcurre por el piedemonte prelitoral (it.
14), y el que sigue la línea de cresta o dorsal de la Sierra Litoral (it.
Asimismo, en el área de estudio, y en especial en el sector de llano bajo vallesano, se pueden diferenciar dos estructuras viarias de morfología muy específica que interactúan -de manera diversa-con los ejes viarios dominantes: una radial con centro en los núcleos históricos de los principales municipios, y otra ortogonal focalizada en el extremo occidental del Vallès Oriental, al oeste/sud-oeste del llano (Fig. 8).
7 Las 'actas de deslinde' son las descripciones de los límites municipales que realizaron sobre el terreno los topógrafos estatales entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX.
Se trata de documentos escritos a mano en los que se describen exactamente los elementos que sirvieron de delimitación de cada uno de los municipios: antiguos caminos, rieras, mojones, masías, etc.; constituyéndose, por tanto, en un testimonio privilegiado del paisaje histórico.
Son muy interesantes desde el punto de vista arqueomorfológico porque permiten testimoniar como caminos y vías de larga tradición han hecho la función de delimitadores entre poblaciones, por lo que nos habla de su peso en el territorio.
Es un tipo de documento que permite igualmente recuperar toponimia de áreas muy concretas que a menudo no ha sido recogida en la cartografía histórica, así como localizar molinos, riegos, o canales -y otros elementos del paisaje-que tampoco aparecen en los mapas y actúan frecuentemente como límites administrativos.
El sistema viario radial está formado por vías que convergen en núcleos de poblamiento, a menudo centros urbanos y/o iglesias, generando una trama viaria en forma de estrella característica en este tipo de sistemas.
La red ortogonal identificada corresponde a un conjunto de vías rectilíneas transversales (sentido NO-SE), que circulan paralelas entre ellas8 y que se articulan a partir de los grandes ejes longitudinales que atraviesan el territorio (it.
Mientras que los diversos sistemas radiales se detectan en toda el área de estudio, la red viaria ortogonal se concentra en el sector de llano alto y bajo comprendido entre los núcleos de Mollet, Parets, Lliçà de Vall, Lliçà d'Amunt, Caldes de Montbui, Sentmenat, Polinyà, Santa Perpètua de Mogoda, Sabadell, y Castellar del Vallès.
La coexistencia de los dos tipos de estructuras en determinados sectores permite detectar superposiciones y captaciones.
En este sentido, se observa como algunas trazas de los sistemas radiales deforman o hacen desaparecer trazas de la red ortogonal, ofreciendo criterios de cronología relativa para una interpretación cronológica de los sistemas.
Formas históricas del paisaje similares han sido documentadas en otras áreas del NE 9).
La estructura viaria ortogonal documentada se extiende por el sector de llano bajo, entre los municipios de Mollet del Vallès (sur/este) y Caldes de Montbui (norte), hasta el límite del río Ripoll (que constituye el límite occidental de este sistema).
Este sistema ortogonal está constituido por diversos ejes transversales, orientados 18o oeste NG sexagesimales, que circulan paralelos entre sí siguiendo la carena o dorsal de las elevaciones que se extienden desde el llano alto pre-litoral hasta el río Besós.
Está formado también por diversos ejes longitudinales que limitan la estructura a norte y a sur y que, a la vez, crean líneas perpendiculares en sentido este-oeste, cruzando -en algún caso (it.
La red ortogonal mencionada se encuentra articulada sobre todo a partir de una vía principal (eje longitudinal): la vía del Mogent (it.
1) -y más concretamente-a partir de la vía principal que sigue el eje del río Besós (traza 1a) y una segunda vía que se desvía hacia Sabadell (traza 1d), las cuales hacen de límite sur de la estructura.
Desde esta línea surgen siete vías, paralelas entre ellas, 9 que en dirección N-O llegan hasta el sur del antiguo núcleo de Caldes de Montbui (Aquae Calidae), límite norte del sistema ortogonal.
En la secuencia de cronología relativa establecida entre estos dos sistemas, el sistema ortogonal es anterior al desarrollo de los sistemas radiales y, por tanto, sería anterior a estos.
En el conjunto de la red viaria pre-medieval restituida, este conjunto de vías paralelas destaca ciertamente tanto por su disposición (buscando la ortogonalidad), como por el 'exceso' viario que supone.
Su localización en el territorio, en el único espacio de llano realmente amplio y abierto del Vallès Oriental, justo a los pies del núcleo romano de Aquae Calidae, ha motivado un análisis más profundo de la misma.
ESTUDIO REGRESIVO Y APROXIMACIÓN
CRONOLÓGICA A LA RED VIARIA DEL VA-LLÉS ORIENTAL El estudio regresivo de la documentación escrita, juntamente con la cartografía histórica y los datos del poblamiento antiguo y medieval, han permi-9 Dos de estas vías (it.
8 y 9) se encuentran desviadas en su mitad superior a causa del curso de la riera de Caldes.
Sin embargo, en su parte inferior (sur) se puede observar con claridad su paralelismo respecto los otros ejes. tido una aproximación a la evolución de la red viaria restituida y a su incidencia en la estructuración del territorio del Vallès Oriental.
El estudio histórico de la red viaria ha permitido contrastar las secuencias de cronología relativa propuestas por el análisis arqueomorfológico y situar cronológicamente los principales sistemas viarios documentados: los ejes viarios dominantes, el sistema ortogonal y los sistemas radiales.
En general, la documentación escrita ha permitido definir las estructuras viarias anteriores a época altomedieval, momento en el que se sitúan los primeros textos con información útil para la investigación llevada a cabo.
Este proceso ha sido básico en el establecimiento de una propuesta cronológica para los principales itinerarios, proporcionando datos históricos (y referencias geográficas concretas) a partir de los cuales establecer elementos de datación para la red viaria restituida.
Hemos podido observar, igualmente, la incidencia en la estructuración del paisaje histórico del Vallès Oriental de algunos elementos naturales, especialmente el uso de ríos y rieras como lindes, como delimitadores del espacio antrópico, y -en el caso de rieras y torrentes-su papel como vías de comunicación (Flórez 2011).
Las estructuras radiales que se detectan en el Vallès Oriental tienen su origen a partir de la fase altomedieval y se encuentran íntimamente ligadas a la consolidación de los principales núcleos de población.
La documentación escrita aporta datos históricos bastante precisos sobre las primeras referencias documentales de estos núcleos, donde a menudo la presencia de una iglesia o parroquia es el foco primigenio del desarrollo de las posteriores aglomeraciones.
10Justamente, es este tipo de documentación altomedieval la que aporta más información sobre los sistemas radiales: permite datar los elementos que habitualmente los generan, las iglesias, ofreciendo cronologías post quem para el conjunto de la estructura; además, en determinados casos, las actas de consagración, donación o los testamentos particula-res, al describir las propiedades, hacen mención a caminos y vías de los sistemas radiales.
Uno de los sistemas radiales más bien definido morfológicamente del área de estudio es el de Parets del Vallès.
11 Presenta una estructura en estrella muy clara, con núcleo en el centro histórico de la actual población, justo donde se sitúa la iglesia parroquial de Sant Esteve.
El acta del siglo X es un documento valioso en el que encontramos referencias a diversas vías que asociamos al sistema radial, juntamente con indicios de que el origen del núcleo se remonta -como mínimo-a un momento indeterminado del siglo IX.
12 Desde el punto de vista arqueomorfològico, destaca la referencia de este texto a una 'calzada' (in ipsa strata calcata, Vilaginés 2004: 62), término medieval que se utilizaba para designar los antiguos caminos empedrados 13 (Pallí 1985: 122).
Asimismo, strata, palabra que empieza a utilizarse a partir del siglo III d.C. para designar una vía rural, sería un sinónimo de carretera de cierta importancia, y también se habría hecho servir en época medieval para referirse a los caminos empedrados de cierta antigüedad (Pallí 1985: 8).
Se podría pensar, pues, que el texto enfatiza el hecho de que se trata de una vía empedrada en comparación con otros dos ejes calificados de via (el que va de Sant Esteve a la riba del río Tenes) y de strada (el que une esta iglesia parroquial con Villa Rosal).
De confirmarse que la strata calcata se corresponde con una vía más antigua, empedrada, ésta podría ser uno de los dos ejes viarios dominantes que circulan cerca del municipio (it.
En el acta de consagración de 1207 vuelve a aparecer el camino entre la iglesia y Can Villa Rosal (in via quae venit a Vilaroal ad ecclesia), y se habla de otro eje que va de la iglesia a Torre d'en Malla (Vilauzir) en el sector de Gallecs (in via quo itur ab Ecclesia ad Vilalisir) (Catalunya Romànica 1991: 396-397), lo que confirma que el sistema radial se consolida a lo largo de los siglos X, XI y XII.
Por otra parte, este documento muestra ya bien diferenciados los itinerarios 1 y 5: el primero es mencionado como via publica, mientras que el itinerario 5 es recogido claramente como 'el camino que lleva a Granollers' (via qua pergit ad Granolles) (Catalunya Romànica 1991: 396-397).
Otro ejemplo interesante referido a los sistemas radiales se sitúa en la población de Cardedeu.
Aquí el desarrollo de la estructura radial tiene su origen en la iglesia parroquial de Santa Maria (documentada desde el año 1007, Vilaginés 1988: 141), pero también en la propia vía (it.
5), el "Camino viejo de Barcelona a Gerona", que atraviesa longitudinalmente la población (Fig. 11).
Son diversas las fuentes documentales modernas que hacen referencia a algunos de los ejes viarios asociados a la estructura radial de Cardedeu y al itinerario 5 a su paso por este municipio: "actas de deslinde", libros de rutas (siglo XIX), cartografía histórica, etc. Sin embargo, el documento más significativo para situar cronológicamente esta estructura radial es, sin duda, la Carta de Poblamiento15 ofre-Figura 10.
Sistema radial de Parets del Vallés; se hacen constar las posibles vías citadas en la documentación medieval referente a la iglesia de Sant Esteve.
11 En el presente artículo sólo hacemos constar uno o dos ejemplos para cada tipología de estructura.
El tratamiento completo de la totalidad de las estructuras radiales y sistemas viarios detectados en el Vallès Oriental en: Flórez 2011.
12 Se ha consultado la transcripción del Acta de Consagración de la Iglesia de Parets del Vallès que reproduce J. Vilaginés en su artículo sobre este documento (Vilaginés 2004).
El documento original se encuentra en el Archivo Diocesano de Barcelona, Register Dotaliorum, vol. 7, fol. 11-12.
13 Según F. Pallí, calzada: "Se relaciona siempre con la existencia de un camino empedrado y es muy abundante en los documentos de la Edad Media a partir del s. X. Según Aebischer, el topónimo, calzada, que proviene del latín calciata, es un derivado deverbal de calceare, siendo su existencia un claro indicio del paso por aquel lugar de un camino empedrado" (Pallí 1985: 9).
14 El itinerario 5 tendría quizás más posibilidades si tenemos en cuenta que se encuentra más próximo al núcleo antiguo de Parets, y que el sistema radial se conecta directamente mediante una estructura de captación en triángulo (Fig 10 cida por el rey Jaume I a los habitantes de este municipio en el año 1272 (Font i Rius, 1969, vol. I, doc. 321, p.
El texto nos permite saber que el trazado del itinerario 5 (el camino viejo entre Barcelona y Girona) a su paso por el centro de Cardedeu es una captación del siglo XIII y que el trazado antiguo del itinerario no circulaba por el centro de este municipio, aunque no debía localizarse muy lejos.
Este hecho confirma, por una parte, la existencia de un camino anterior al desarrollo del término de Cardedeu que -además-era considerado vía antigua ya en el siglo XIII; por otra parte, implica que la estructura radial que se desarrolla a partir del centro histórico (iglesia parroquial) y de la propia vía se dataría a partir del siglo XIII, aunque no es descartable que algunos ejes del sistema radial ya existiesen con anterioridad.
Hemos comentado más arriba que, en términos de cronología relativa, el análisis arqueomorfológico muestra que el sistema viario dominante y la red ortogonal son anteriores a la formación de los sistemas radiales.
Ello permite proponer dataciones ante quem para una buena parte de estos itinerarios.
Por otra parte, la documentación escrita disponible para los itinerarios del sistema viario dominante es abundante y variada, y cronológicamente va desde principios del siglo XX hasta el X. La cartografía histórica (siglos XVII-XX) también aporta datos interesantes (toponímicos, de trazado, etc.), pero a menudo muestra representaciones esquemáticas de las vías, privilegiando -sobre todo la más antigua-los dos ejes principales que cruzan el territorio del Vallès Oriental: el que sigue el curso del río Mogent y el que circula paralelo al río Congost (it.
Justamente, uno de los grandes ejes que circula por el Vallès Oriental es el conocido como vía del Congost (it.
2), que -enlazando con el eje del Mogent (it.
1)-une el llano de Barcelona con el llano de Vic.
En la cartografía de principios del siglo XX y en la actual, esta vía recibe diversos nombres: Camino real de Palou, Camino real, Carrer de Barcelona (Granollers), o Carrer del Camí de Corró (Granollers).
En los mapas del proyecto del ferrocarril realizados por I. Cerdà 17 en 1856, el autor diferencia claramente la carretera provincial 'moderna' del antiguo trazado de la vía, que recoge como 'Camino antiguo a Vich', reproduciendo su recorrido con una gran precisión; este camino lo documentamos en todos los mapas históricos estudiados.
18 Por lo que se refiere a los libros sobre rutas, lo encontramos en el Prontuario de P. Serra i Bosch (1814), donde el autor, además de citar el trayecto entre Barcelona y Vic, recopila otros itinerarios que discurren por el eje del Congost a su paso por el Vallès.
En cuanto al período medieval, a lo largo del recorrido de este itinerario se documentan diversas iglesias y capillas.
En el sector sur de su trazado, destaca la iglesia de Sant Julià de Palou (Granollers) documentada desde el año 943 (Catalunya Romànica 1991: 68-69); a escasos 500 metros se localiza la iglesia de la Mare de Déu de Lledó, documentada desde el año 1133 (Catalunya Romànica 1991: 68-69); y más hacia el norte encontramos la parroquia la que se iba de Barcelona a Sant Celoni (viam antiquam per quam modo itur de Barchinona ad Sanctum Celedonium) (Font i Rius, 1969, vol. I, doc. 321, p.
El documento original se encuentra en el Archivo de la Corona de Aragón, Cancillería, registro no 21, fol. 34V.
16 Se debe tener en cuenta que existen referencias escritas sobre el término de Cardedeu desde mediados del siglo X, y que el lugar de Vilalba (Vila Alba), situado en uno de los ejes radiales, aparece en la documentación medieval desde el siglo XI (1073) (Catalunya Romànica 1991: 67). de Sant Esteve de Granollers que aparece documentada por primera vez en el 1001, aunque el núcleo de Granollers se conoce desde el año 944 (Catalunya Romànica 1991: 366).
En el tramo que circula por el municipio de la Garriga (al norte de Granollers) se localizan diversas capillas al lado de la vía.
La más antigua, documentada desde mediados del siglo x recibe el nombre de Sta.
Maria del Camí (del camino) y en ella fue localizada una lápida que reaprovechaba un bajo relieve visigótico, lo que ha llevado a plantear la existencia de una iglesia tardo-antigua en este mismo lugar (Catalunya Romànica 1991: 356-358).
El eje del Congost -que unía las ciudades de Auso (Vic) y Barcino (Barcelona)-se encuentra asociado a diversos restos epigráficos que evidencian su antigüedad.
En primer lugar, hay que destacar la existencia de un posible miliario en el núcleo de Llerona, actualmente conservado en la parroquia de este término.
Se encuentra en muy mal estado y no se ha podido datar, pero está en relación con otros ocho miliarios19 vinculados a la vía, aparecidos en el sector ausonense de este eje.
Seis de estos miliarios han podido ser datados entre mediados del siglo II d.C. e inicios del IV d.C., lo que indicaría una intensa intervención en la vía entre el final del Alto Imperio y la fase bajoimperial (IRC, vol. I: 205-212; Lostal 1992: 203-204; Mayer y Rodà 1996).
Se han documentado cuatro inscripciones funerarias: una localizada en la iglesia de Sant Feliu de Canovelles, datada en el siglo II d.C.; una segunda conservada en la iglesia de Llerona, datada en la segunda mitad del siglo II d.C.; una tercera procedente de la villa romana de Can Terrés (La Garriga), sin datación; y una cuarta localizada en Granollers, en el sector de la necrópolis norte, datada a mediados del siglo I d.C. (IRC, vol. I, no 44, 46, 47, 198; Atles, 2004, catálogo no 1).
Si bien las dos primeras se encuentran reaprovechadas en edificios medievales, seguramente habrían estado emplazadas al lado de la vía romana como claramente lo hicieron las procedentes de la villa de Can Terrés y la de Granollers.
En la iglesia de Llerona, además, se conservan los restos de dos relieves que representan la cara de una Gorgona y de un coronamiento en forma de rollo de hojas de laurel que parecen pertenecer a un o más monumentos funerarios en forma de altar (Mayer y Rodà, 1996: 102).
Finalmente, desde el núcleo de Granollers hasta más allá del centro antiguo del municipio de La Garriga, han sido localizados diversos enterramien-tos20 y áreas de necrópolis21 próximas a la vía que confirman el itinerario del Congost como uno de los ejes vallesanos con más datos arqueológicos y, por tanto, uno de los más antiguos confirmados.
LA RED VIARIA ORTOGONAL: ¿UNA LIMITATIO EN AQUAE CALIDAE?
A nivel documental, a pesar de no presentar una documentación escrita y cartográfica tan extensa como buena parte de los ejes viarios del sistema dominante, el sistema ortogonal dispone de datos históricos relevantes que permiten llevar a cabo una aproximación regresiva a su presencia en el territorio.
La cartografía de inicios del siglo XX recoge estos ejes transversales con nombres muy heterogéneos, pero cuyo rasgo común es el de hacer las funciones de límites administrativos.
En algunos casos, su peso en el territorio se evidencia en el hecho que la práctica totalidad de su trazado hace las funciones de límite de término, hecho que documentan también las 'actas de deslinde'.
La antigüedad de su presencia en el paisaje se pone de relieve en el hecho de que diversos núcleos medievales (Palau-solità i Plegamans, Sentmenat, Gallecs) se localizan junto a estos ejes; pero sobre todo queda bien patente gracias a documentos como el acta de consagración de la iglesia de Sta.
María de Palau-solità (1122) (Catalunya Romànica 1991: 128) en la que ya hacían de límites de la parroquia tres de las vías transversales de la estructura ortogonal.
Hay que destacar también la documentación de restos arqueológicos funerarios de diversas épocas situados junto a vías que forman parte de este sistema: las necrópolis medievales de la C/ Sabadell (it.
7) de Sentmentat (ficha IPAC, ref. 14977), la fase medieval de la necrópolis de la iglesia de Santa Menna (it.
7), en Sentmenat también (IPAC, ref. Así pues, la secuencia relativa resultante del estudio arqueomorfógico, los datos documentales de época medieval y, de manera indirecta, también la evidencia arqueológica muestran el origen antiguo de las vías que forman el sistema ortogonal, formado por ejes 'fuertes' en la morfología histórica del paisaje, determinantes en la estructuración del territorio ya en época medieval.
El estudio metrológico en relación al actus de las equidistancias entre las estructuras que forman el sistema ortogonal, así como su posible proyección hacia el este (its.
45, 46, 47 y 47b) no muestra un módulo suficientemente uniforme que permita relacionar el origen de este sistema con una centuriación romana.
No obstante, cabe destacar que las equidistancias entre algunos de los ejes principales presentan cierta correlación con el actus, documentándose distancias equivalentes a 20 y 30 actus y múltiples de estos módulos, sin que el escaso número de tra-zas conservado permita contrastar mejor la modulación del conjunto (Fig. 12).
Por tanto, se aprecia en este sentido una medición y división del territorio que podría ser de origen romano.
El sistema ortogonal documentado revelaría así un trabajo de agrimensura antiguo cuyo objetivo sería el de organizar regularmente el espacio situado en el llano inmediato al núcleo de Caldes de Montbui, la Aquae Calidae romana.
Los datos obtenidos apuntan, pues, la existencia de una posible limitatio, término genérico que puede aplicarse a todo territorio que presente una división por limites (caminos) (Chouquer y Favory 2001: 111).
Sin embargo, la evidencia arqueomorfológica documentada no permite en el estado actual de la investigación relacionar la limitatio con una centuriatio, que como es sabido era la forma más corriente de dividir el territorio, ni con otras formas de división definidas en las fuentes agrimensoras (scamnatio, strigatio) (Chouquer y Favory 2001: 115-124).
Los resultados obtenidos relativos a la estructuración territorial romana, son notablemente divergen- tes a los planteados en estudios precedentes (Aguilar 1993).
En concreto, este trabajo proponía la existencia de hasta tres tramas catastrales centuriadas con diferente orientación a lo largo del llano.
A nuestro entender, el análisis arquemorfológico presentado más arriba demuestra que estas tramas son en realidad inexistentes.
La propuesta se fundamentaba en la superposición de mallas teóricas de 20 actus sobre mapas topográficos 1: 50.000 y 1: 10.000, y sobre la fotografía aérea antigua, sin considerar el análisis de la cartografía histórica, de mapas topográficos de detalle (escala 1: 5.000) o la prospección arqueomorfológica.
La propuesta se basaba en un simple vaciado de múltiples 'líneas' orientadas según los ejes de la malla teórica.
De hecho, diversas trazas supuestamente antiguas corresponden en realidad a carreteras de trazado moderno.
Pensamos, por tanto, que los datos arqueomorfológicos indican que no resulta posible documentar una centuriación en el Vallès Oriental.
Por el contrario, proponemos el desarrollo de una red viaria de época romana que busca claramente la estructuración ortogonal, una limitatio, que se extiende por el llano inmediato al único centro urbano con categoría jurídica de la zona.
La interpretación de una estructura de este tipo plantea algunas dificultades, motivadas principalmente por la dificultad de contrastar paralelos en otras áreas del mundo romano.
La historiografía sobre sistemas de organización del territorio de la ciudad romana se ha centrado principalmente en el modelo de la centuriación, como sistema canónico de dividir el territorio de la ciudad romana.
No fue, como hemos comentado, la única forma de división del territorio, y de hecho sabemos que convivió con otras formas de organización territorial (Castillo 1996; Orejas y Sastre 1999; Chouquer y Favory 2001).
En este sentido, confiamos en que la continuidad de nuestra investigación permita contrastar nuevas hipótesis.
Cabe destacar además que el propio concepto de centuriación está siendo revisado en los últimos años, a raíz de la información proporcionada por la evidencia paleoambiental en determinados espacios centuriados.
En la Tarraconensis en concreto, los ejemplos de Barcino y Tarraco son ciertamente significativos ya que se ha podido observar como la centuriación permitió estructurar, dividir y medir el territorio de estas colonias 'a la manera romana', pero sin que ello significara necesariamente una expansión de la explotación extensiva del espacio rural o una asignación o catastración generalizada del ager (Palet y Riera 2009; Palet y Orengo 2010; Palet et alii 2011).
La arqueología del paisaje muestra en estos casos la importan-cia representativa y simbólica de los grandes sistemas de organización territorial romanos, y en concreto del modelo de la centuriación (Palet y Orengo 2011).
Quizás una trama viaria como la documentada en el Vallès podría haber tenido una significación similar.
En este sentido, como hipótesis interpretativa proponemos que la estructura ortogonal del Vallès Oriental tendría su origen en una limitación territorial romana, una limitatio vinculada al municipio de Aquae Calidae, que se extendería por el llano medio y bajo situado en las inmediaciones de la ciudad.
Caldes es la única aglomeración urbana del área de estudio que -muy probablemente-alcanzó el estatuto jurídico de municipium en época flavia,22 además de convertirse -ya desde una fase muy antigua23 -en un centro salutífero objeto de peregrinaje, hecho demostrado por la epigrafía (Mayer y Rodà 1984: 26).
Así pues, la consecución del rango de municipio, que se produciría a finales del siglo I d.C., podría haber motivado una división y estructuración del territorio de gran impacto asociada al sistema ortogonal identificado.
La correlación de datos arqueológicos de la etapa ibérica con la restitución viaria propuesta sugiere una importante incidencia de los corredores naturales de comunicación en la estructuración del poblamiento ibérico y nos permite corroborar la importancia de los ejes de comunicación potencial en la estructuración territorial de la fase protohistórica.
La observación de la distribución de los asentamientos de este período pone de relieve, tanto en el sector Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 167-192 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.085.012.010 litoral como pre-litoral, la localización de buena parte de los núcleos ibéricos de altura muy cerca o junto a las vías naturales de tránsito: ejes de línea de cresta, pasos interior-costa, itinerarios de piedemonte, etc. Este hecho resulta de gran interés porque mostraría una estrategia de ocupación del espacio planeada, encaminada no solo a controlar las áreas agrícolas del llano, sino también los principales ejes de comunicación.
Estudios precedentes realizados en el llano de Barcelona y que comprendían parcialmente la Sierra Litoral ya señalaban la estrecha relación entre la distribución del poblamiento ibérico y los ejes naturales de comunicación potencial, poniendo de relieve la antigüedad en el uso de las vías naturales de tránsito (Palet 1997: 157-160) (Fig. 13).
En el sector pre-litoral, la vía de piedemonte (it.
14) que atraviesa la sierra en sentido longitudinal funciona en la fase protohistórica como itinerario principal, incidiendo en el patrón de asentamiento, de manera que buena parte del poblamiento se sitúa al lado de este eje.
Por lo que se refiere al área litoral, cabe destacar una localización del poblamiento ibérico en altura articulada siguiendo el eje de la lí-nea de cresta principal (it.
18a) o en sus proximidades; asimismo, otros asentamientos -muchos de ellos también poblados de altura-se sitúan estratégicamente controlando las vías de paso entre el Vallès (interior) y el Maresme (en la costa) a través de la Sierra.
Probablemente el uso de algunos de estos itinerarios se mantiene durante la fase romana, pero en este período ya no mantienen su importancia como ejes estructuradores del poblamiento.
PERÍODO IBERO-ROMANO (SIGLOS II-I A.C.)
Buena parte de los diversos procesos y fenómenos vinculados al poblamiento layetano interior durante la primera fase de la ocupación romana se encuentran íntimamente ligados al desarrollo y fijación de una red viaria que incidirá de manera decisiva en la estructuración del territorio ya desde un momento muy temprano, durante la etapa republicana.
Mapas arqueomorfológicos correspondientes a la segunda mitad del s. II a.C. y la primera mitad del s. I a.C.; se observa la importante intensificación del poblamiento y su estrecha relación con la red viaria.
Este hecho nos permite, en primer lugar, situar en el período romano buena parte de los itinerarios identificados como pre-medievales en el estudio; y en segundo lugar, valorar en profundidad las pautas de ocupación de esta área entre los siglos II y I a.C. Durante la primera mitad del siglo II a.C., el poblamiento todavía mantiene una estructuración similar a la del período precedente, bastante concentrada a lo largo de los dos sistemas montañosos, Litoral y Pre-litoral, y alrededor de las principales vías naturales de tránsito, ya en uso durante la fase pre-romana.
Se empiezan a observar cambios interesantes hacia la segunda mitad de este siglo, cuando se intensifica la ocupación del piedemonte y comienzan a aparecer nuevos establecimientos en zona de llano medio/bajo (Fig. 14).
A partir de la primera mitad del siglo I a.C., la situación descrita se intensifica notablemente, observándose una pequeña eclosión del poblamiento de llano que se articula justamente a lo largo de una serie de itinerarios que realmente muestran una fuerte relación con los nuevos asentamientos rurales (figura 14).
Este hecho, por otra parte, encaja muy bien con el punto de inflexión que se aprecia en la dinámica del poblamiento a partir de inicios del siglo I a.C., y que evidencia una aceleración del proceso de romanización en la Layetania en general: abandono de los centros de control territorial de Can Tacó (en el interior) y Ca l'Arnau (en el litoral), fundaciones urbanas romanas en la costa (Baetulo, Badalona e Iluro, Mataró), y la intervención en la vía del año 110 a.C. Precisamente, esta primera intervención romana en la red viaria se vio reforzada con la construcción de vías secundarias como la que desde la zona de Vic (Ausa) enlazaba con la vía De Italia in Hispanias a través del Vallès, y que se encuentra excepcionalmente documentada gracias a los tres miliarios del procónsul Manio Sergio, localizados en Tona, Sta.
Al margen de estos datos epigráficos excepcionales que documentan el funcionamiento de esta vía secundaria a finales del siglo II a.C., disponemos también de información arqueológica referente al poblamiento (establecimientos rurales, alfares, enterramientos, etc.) que confirma la existencia -al menos desde la primera mitad del siglo I a.C.-de uno de los itinerarios más importantes de la red viaria estudiada: el eje Caldes de Montbui-Granollers-Mataró (Aquae Calidae-Iluro) (it.
A partir del siglo I a.C., también se encontrarían en uso los itinerarios inscritos en los corredores de comunicación de los dos principales cursos fluviales, el Congost (it.
En el caso del eje del Congost, la abundante epigrafía a la que se encuentra asociado (miliarios e inscripciones funerarias) se fecha en época altoimperial, pero la distribución del poblamiento rural a partir del siglo I a.C. evidencia su uso ya en este momento.
Por lo que se refiere al eje Besòs-Mogent, su uso también se remonta al siglo I a.C., tal como sugiere la distribución del poblamiento.
De hecho, esta es probablemente la fase en la que el itinerario se utiliza en su totalidad, ya que entre el principado de Augusto e inicios de la época altoimperial algunos tramos de este eje dejan de ser el recorrido principal en favor de otro itinerario longitudinal que atraviesa el llano vallesano pasando por el núcleo de Granollers (it.
A nivel arqueológico, si bien no han sido localizados miliarios ni otros elementos epigráficos vinculados a esta vía, son significativos los asentamientos de época republicana que se localizan en sus inmediaciones.
Un sector privilegiado en este sentido es el situado en el área de los actuales municipios de Montmeló y Montornès del Vallès, donde destaca la documentación de diversos campos de silos, el establecimiento itálico de cronología republicana de Can Tacó, la villa de Can Massot y -posteriormente-el terminus Augustalis de Montornès del Vallès.
Se trata de restos significativos que ponen de relieve la existencia de un punto fuerte en el territorio, muy probablemente vinculado a la bifurcación que presenta el itinerario del Besòs-Mogent en este punto (Flórez 2011: 369).
Finalmente, cabe destacar la aparición de otras vías secundarias en el sector de piedemonte pre-litoral (it.
15 y 16), donde a pesar de no documentarse epigrafía, de nuevo la distribución del poblamiento durante esta fase hace muy patente su utilización y funcionamiento.
PERÍODO ALTOIMPERIAL (SIGLOS I-III D.C.)
Durante el Alto Imperio, la red viaria republicana se consolida, especialmente en sus itinerarios principales: las vías del Congost, Mogent y el itinerario Aquae Calidae-Iluro; asimismo, aparecen nuevos ejes que refuerzan la estructuración romana del territorio vallesano: el itinerario longitudinal que atraviesa Granollers dirección Sabadell (it.
5) y posiblemente la red ortogonal que se desarrolla a los pies del núcleo de Caldes de Montbui.
En general, se mantiene la distribución del poblamiento documentada en la segunda mitad del siglo I a.C.: el uso del eje del Mogent continúa, así como el de los ejes secundarios del piedemonte pre-litoral.
Durante la primera mitad del siglo I d.C. se refuerza la ocupación en el valle del río Tenes en los sectores de llano medio/alto pre-litoral, y sobre todo se intensifica la documentación de yacimientos a lo largo de la vía del Congost.
En este sentido, destaca la localización de la gran mayoría de villae en las proximidades de este eje viario; se sitúan realmente al lado mismo de la vía, poniendo de manifiesto una ubicación planificada.
El caso de la villa de Granollers es muy evidente, ya que se localiza justo en el cruce de dos ejes básicos en las comunicaciones vallesanas: la vía del Congost y el itinerario interior-costa entre Aquae Calidae e Iluro.
Hay que añadir también que un número importante de asentamientos rurales -que interpretamos como granjas complejas-se sitúan igualmente muy cerca de la vía del Congost, reforzando la tendencia marcada por las villas.
Otra vía que concentra de manera significativa el poblamiento a lo largo de su recorrido es el ya citado eje Aquae Calidae-Iluro, especialmente alrededor del núcleo termal de Caldes de Montbui, donde en el s. I d.C. se emplazan la gran mayoría de centros alfareros documentados en el Vallès Oriental (Flórez 2011: 381-382) (Fig. 15).
A partir de la segunda mitad del siglo I d.C. con la fundación de la villa romana de Granollers es muy probable que comenzase a funcionar el itinerario 5.
La vía, desde este núcleo, presentaba un trazado muy rectilíneo a través del llano en dirección a Sabadell.
De hecho, resulta difícil determinar si su origen es anterior o posterior a la fundación de la villa de Granollers, ya que en la parte final de su recorrido -cerca de la vía-se encuentra ubicada la villa de La Salut, que inicia su actividad entre mediados y finales del siglo I a.C. Un factor importante a destacar es la identificación de este establecimiento con la mansio Arragone recogida en los Vasos Apolinares, y que parece indicada en el topónimo de Arraona con el que se conoce el lugar desde época medieval.
La villa de Granollers ha sido igualmente identificada con la mansio Semproniana que recoge el vaso 1 de Vicarello, y que se corresponde con la parada situada entre las estaciones de Seterras y Arragone, de la que -según el vaso-dista 9 millas romanas.
El hecho de que los otros tres vasos de Vicarello substituyan la mansio Semproniana por la mansio Praetorio (a una distancia de 17 millas de Arragone) ha generado un interesante debate historiográfico sobre el paso de la vía Augusta por el Vallès y la identificación/localización de estas paradas en el territorio (Mayer y Rodà 1984;1997; Pallí 1985; Estrada 1997;1998).
El análisis arqueomorfológico realizado ha permitido proponer nuevas hipótesis interpretativas al respecto (Flórez 2011: 382-388), sin que podamos -a día de hoy-considerar este aspecto una problemática cerrada.
En cualquier caso, más allá del debate sobre la identificación de las mansiones en el territorio, los vasos Apolinares son un documento epigráfico de excepción que demuestra el paso de una vía romana por el llano del Vallès ya en el cambio de era.
Nosotros, a partir del análisis arqueomorfológico, histórico y arqueológico realizado, proponemos su identificación con el itinerario 5, hipótesis que reafirmaría la antigüedad de este eje y su datación a partir de la época de Augusto.
De hecho, no es descartable que su entrada en funcionamiento responda a una parte de las medidas de reestructuración llevadas a cabo por este emperador, entre las que destaca su intervención en la red viaria, evidenciada en el litoral central catalán por la creación del trazado costero de la Vía Augusta.
Por otra parte, es probable que a lo largo del siglo I d.C. deba situarse el origen de diversas vías que forman parte del sistema viario ortogonal descrito más arriba (its.
8 posiblemente ya estaría en uso en época republicana).
En la dinámica territorial propuesta, la implantación del sistema viario ortogonal propiamente dicho podría situarse hacia finales del siglo I d.C. o inicios del II d.C. A lo largo del siglo I d.C., Aquae Calidae juega un papel aglutinador del poblamiento, especialmente significativo en el caso de los centros alfareros, lo que juntamente con las aguas termales, lo habría consolidado como un núcleo romano destacado en el Vallès Oriental (Revilla 1995; Berni et alii 1998: 111-123; Pascual 1998: 477-484; Flórez 2011: 365-366).
En el apartado anterior ya apuntábamos la posible relación entre la consecución del estatuto municipal por parte de Aquae Calidae (a finales del siglo I d.C.) y el desarrollo de la estructura ortogonal.
A modo de hipótesis, pensamos que la nueva categoría de municipium podría haber motivado una intervención en el territorio para su delimitación y división, materializada en una ordenación regular del espacio mediante vías paralelas y diversos ejes perpendiculares, una limitatio que, sin embargo, no respondería al modelo canónico de la centuriación.
Así, cabría pensar en una realidad territorial compleja, en la cual la red viaria ortogonal serviría para facilitar la estructuración y organización del ager, y cuyo impacto en el paisaje resultaría evidente, más allá de su incidencia en la explotación del territorio.
No se conoce en profundidad el poblamiento rural de este sector, siendo pocos los yacimientos que cuentan con información cronológica de calidad.
Ello dificulta valorar la incidencia territorial de la estructura ortogonal a lo largo del período altoimperial.
El registro arqueológico sugiere que a partir de mediados del siglo I d.C. se produciría una cierta intensificación del poblamiento rural, fenómeno que resultaría coherente con la implantación definitiva del sistema ortogonal, que podría situarse a partir de época flavia.24
BAJO IMPERIO Y TARDO-ANTIGÜEDAD
A partir del siglo III d.C. se percibe con claridad una contracción de los establecimientos rurales, que pasan a concentrarse en los núcleos de Granollers, Caldes de Montbui y en el eje del Congost en su parte más alta, en el sector de La Garriga.
En este último punto es donde, de hecho, continúan concentrándose la mayor parte de las villas y las granjas complejas más importantes.
El eje viario Aquae Calidae-Iluro, especialmente en el tramo entre Caldes y Granollers, se ve afectado de manera significativa.
Recordemos que en fases precedentes había sido uno de los elementos aglutinadores del poblamiento.
Permanece una ocupación testimonial en el llano bajo donde se localiza la red viaria ortogonal, y no se documentan restos arqueológicos en todo el sector de piedemonte, ni en la Sierra Litoral.
Durante los siglos IV y V, se mantiene e intensifica esta tendencia.
A lo largo de este último siglo se documenta el abandono definitivo de las villae en la zona y los establecimientos rurales de diversa categoría que se habían mantenido en funcionamiento desde la fase altoimperial.
A partir del siglo VI se evidencia un punto de inflexión en el hábitat.
Los antiguos focos de concen-tración de asentamientos han desaparecido: no se documentan establecimientos concretos a lo largo del eje del Congost, ni en el eje Caldes-Granollers, aunque es probable que la ocupación -especialmente en el núcleo de Caldes-se mantuviese sin que, hoy por hoy, sea posible determinar formas concretas o estructuras arqueológicas específicas.
Los datos disponibles muestran una mayor representación de yacimientos en el sector de llano medio/bajo a los pies del núcleo de Caldes, a lo largo de los diversos ejes de la estructura ortogonal.
Este hecho resulta muy interesante porque pone de manifiesto la incidencia de esta red de vías durante la fase tardo-antigua.
A lo largo del siglo VII la ocupación de esta zona se mantiene: desaparecen algunos yacimientos pero se documentan nuevos asentamientos que se localizan igualmente en los diversos itinerarios que configuran la estructura ortogonal; algunos de ellos muy significativos porque se convertirán en el elemento primigenio de posteriores núcleos medievales.
Este sería el caso, por ejemplo, de la iglesia de Sant Mena en Sentmenat, o el santuario de La Salut en Sabadell que, después de la villa romana, en este momento vuelve a ser ocupado por un establecimiento rural y en el siglo X-XI acogerá un complejo religioso formado por una iglesia románica y una necrópolis (IPAC, ref. 2684) (Fig. 16).
A partir del siglo IX, y sobre todo a lo largo del X, se volverá a intensificar el poblamiento progresivamente.
Se documentan algunos establecimientos rurales, pero, no obstante, serán las edificaciones religiosas (iglesias, capillas, ermitas) las que proliferarán con más intensidad especialmente a partir del siglo X, dando pie al desarrollo de la totalidad de las estructuras radiales identificadas en el análisis arqueomorfológico (Fig. 16).
Esto supondrá una verdadera transformación de la estructuración viaria vallesana, que verá modificada irreversiblemente su fisonomía, herencia de la etapa romana en el territorio.
La estructura viaria antigua continuará en funcionamiento, perfectamente integrada en la nueva realidad, y serán las nuevas redes radiales surgidas de los núcleos de poblamiento las que captarán y -en algunos casos-deformarán los antiguos ejes viarios romanos de acuerdo con sus necesidades. |
Mucho se ha escrito sobre la producción y consumo de aceite bético en el marco histórico del Alto Imperio romano, pero muy poco se sabe sobre la pervivencia de las ánforas olearias béticas durante el Bajo Imperio.
Presentamos el estudio epigráfico y económico de una producción particular de ánforas Dressel 23, bien datada y contextualizada en la primera mitad del siglo V d.C. Se trata de una fuente documental de gran valor para la investigación, porque gracias a ella podemos afirmar, con datos objetivos, que este comercio continuó ejerciendo un liderazgo significativo en una época de gran vitalidad comercial bajo la esfera política y religiosa del cristianismo primitivo.
Los estudios dedicados a profundizar en los aspectos relacionados con la pervivencia de la producción y exportación de aceite bético durante el Bajo Imperio han experimentado un lento progreso científico en los últimos cuarenta años, desde que M. Beltrán Lloris (1970) propusiera que las ánforas Dressel 23 eran las continuadoras de las ánforas olearias béticas del Monte Testaccio.
La sospecha de Beltrán creó ciertas dudas porque nada se sabía entonces sobre la existencia de estas ánforas en Andalucía.
Así lo reconocía J. Remesal, hasta que demostró que eran dudas infundadas y basadas en un argumento ex silentio.
2 Remesal tuvo la oportunidad de excavar en 1981 los hornos de El Tejarillo (Alcolea del Río, Sevilla), descubriendo que, hacia mediados del siglo III d.C., se estaba gestando una transformación en el sistema de fabricación de los envases olearios respecto al modelo productivo imperante en el Alto Imperio, con la introducción de nuevos tipos anfóricos de Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 193-219 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.085.012.011 módulos más pequeños y alternativos para comercializar el aceite de oliva bético (Remesal 1983).
Según Remesal, a través de la información obtenida con las excavaciones de El Tejarillo se demuestra que, hacia mediados del siglo III d.C., convivieron ánforas Dressel 20 y 23 junto a otra forma hasta entonces desconocida de aspecto piriforme que llamó Tejarillo I (Fig. 1).
Es más, con la confirmación de que existen sellos (PNN, DFF, IICCLLMM) que aparecen impresos sobre las asas de estos tres tipos de ánforas.
De este modo, el momento de introducción de la variante Dressel 23 quedaba situado por primera vez a mediados del siglo III d.C., en coexistencia durante algún tiempo con las ánforas Dressel 20 de las últimas descargas del Monte Testaccio.
Estos hechos fueron puestos en relación con la datación más precisa del pecio de Cabrera III, datado en torno al año 257 d.C., donde F. Mayet (Bost et alii 1992) llama Dressel 23 a la forma Tejarillo I de Remesal I, la cual acompaña a los tipos Dressel 20 y 20 parva.
En las recientes excavaciones del Testaccio (campañas de 1995-1997) se estudió el material depositado en la tercera y última plataforma adosada a la vertiente oriental del monte, extrayéndose material epigráfico con las dataciones más modernas del año 254 d.C. (Testaccio 2007).
Por lo que respecta a los sellos, se recogieron las mismas series producidas en El Tejarillo, que también aparecen documentadas en el cargamento de Cabrera III, pero sin rastro alguno de ánforas Dressel 20 parva, Dressel 23 o Tejarillo I en las últimas descargas del vertedero romano.
Ante esta ausencia se puede aceptar la hipótesis de que las olearias de pequeño tamaño no afluyeran al Testaccio y fueran distribuidas con su aceite directamente al comprador.
Desde nuestro punto de vista, la cronología inicial de la Dressel 23 no puede situarse a mediados del siglo III d.C., conviniendo con las formas Dressel 20 y Tejarillo I, por un error en el método de análisis de las tipologías anfóricas de ese momento.
Basta comparar los perfiles completos de las tres ánforas en el pecio de Cabrera III (Fig. 1) para darse cuenta que, la forma globular mediana referida por Remesal como Dressel 23 es una copia minimizada del contenedor más grande, y la forma más pequeña Tejarillo I clasificada por Mayet como Dressel 23 es un nuevo concepto de ánfora de cuerpo piriforme.
Por lo tanto, la Dressel 23 de mediados del s. III d.C. es en realidad un ánfora Dressel 20 parva para un módulo de capacidad intermedio entre los tipos Dressel 20 y Tejarillo I. 3Ante esta evidencia parece obvio que la Dressel 23 fuera producto del devenir histórico de la Dressel 20 parva en el árbol evolutivo de las ánforas olearias de la Bética para una fase de vida más avanzada (Berni 1998: fig. 3; Berni 2008: fig. 11).
Tal vez no tenga sentido ahora mirar de determinar el momento concreto de la mutación tipológica, al tratarse, como creemos, de un proceso de transformación gradual en un breve espacio de tiempo.
No obstante, como bien ha visto Remesal (1991), la realidad económica a mediados del siglo III d.C. sí nos sugiere el comienzo de un período de transición en el marco de una nueva regulación en las exportaciones de aceite bético.
La prueba tangible del cambio está en la nueva forma Tejarillo I de cuerpo piriforme, con el diámetro máximo situado por debajo del arranque inferior de las asas.
Por lo que respecta a la Dressel 20 parva de este período en particular, podemos pensar también en un uso más extendido y regular del envase de capacidad media como la segunda medida "estándar" alternativa para comercializar el acei- te hispano.
La fabricación de contenedores olearios más pequeños debió intensificarse tras el abandono definitivo del Monte Testaccio, hacia el año 271 d.C., con el desmonte del complejo portuario de la llanura subaventina por la construcción militar de carácter defensivo de las murallas aurelianas (Aguilera 2002).
El cierre del basurero annonario de Roma supuso la pronta desaparición del contenedor globular de mayor tamaño y, por consiguiente, la pervivencia de las ánforas de patrón inferior que acabarían dando forma a las olearias béticas del Bajo Imperio.
En nuestra opinión (Berni 1998: 57-62) se puede hablar de ánforas Dressel 23 a partir de finales del siglo III / inicios siglo IV d.C., a pesar de no tener todavía una noción lo suficientemente clara y precisa sobre los pasos morfológicos intermedios que llevaron a esta transformación.
Algo se puede intuir por el material de las excavaciones de El Tejarillo, puesto que aquí también se han recogido dos variantes de ánforas Dressel 23.
Ambas se adscriben a nuestro Grupo II (Fig. 18) por mostrar las típicas asas de sección circular que arrancan directamente del borde del ánfora.
Remesal llama Dressel 23 a la forma con labio de perfil triangular y de aspecto más cercano a las últimas Dressel 20 (Remesal 1983: fig. 4), y Tejarillo II a la de labio original marcadamente rectangular (Remesal 1983: fig. 7).
Además, dice que sobre Dressel 23 aparece el sello CIFELICISSIMI que es exclusivo de esta forma, y sobre Tejarillo II otras marcas (...ALEXAN..., QINF, EXOFSPCA, LQMXC) de las que no se tienen noticia en el Monte Testaccio.
Todos estos detalles nos hacen sospechar en producciones de un momento inmediatamente posterior a la desaparecida Dressel 20.
Tal vez a colocar en el último cuarto del siglo III o en los primeros años del siglo IV d.C. Habrá que esperar a la publicación definitiva de la excavación de El Tejarillo para despejar esta duda.
En el sentido estricto del término, la forma número 23 de la tabla tipológica de Dressel es una producción romana de época tardía.
La encontramos referenciada en las últimas páginas de CIL XV asociada a dos grupos de inscripciones pintadas que nada tienen que ver con el sistema epigráfico del material del Testaccio.
Por este motivo Dressel dedujo otra clase distinta de ánfora con identidad propia, sin hallar argumentos que justificaran su asociación con la Dressel 20 como una versión afín y evolucionada.
Todas las inscripciones pintadas que se conocen en Roma sobre Dressel 23 son de contenido anómalo y fueron escritas en tinta roja.
El primer grupo con tres ejemplares aparece en el apartado Tituli picti reliqui y su significado guarda relación con preparados de aceitunas.
Las expresiones olivas colombares (CIL XV 4803a-b) y olivas sa [li]tas (CIL XV 4804) son propias de un latín vulgar tardío (el nominativo plural se confunde con el acusativo) por la prescripción de las declinaciones del plural en la escritura popular (Berni 2008: 164).
Las del segundo grupo con otros tres ejemplares forman parte de la sección Amphorae aetatis labentis (ánforas de época tardía) y llevan pintados monogramas cristianos (chi-rho) (CIL XV 4876,4885,4888), tal vez en alusión a un aceite de la Bética producido y comercializado bajo el control del poder eclesiástico de la época.
Como sabemos, el símbolo del crismón empezó a ser utilizado en las monedas romanas después del Edicto de Milán (313 d.C.) con el que Constantino establecía la libertad de culto para los cristianos.
El comercio oleario bético con ánforas Dressel 23 está ampliamente documentado por la arqueología en contextos del siglo IV d.C. A mediados de la cuarta centuria se encuentra en el limes germánico representado por el conjunto arqueológico del mausoleo de San Gereon en Colonia, donde unas 1.200 ánforas de este tipo fueron reaprovechadas para la construcción de las bóvedas del monumento funerario4 (Remesal 1991: 359; González Cesteros 2010: 110).
Durante todo el siglo IV d.C. se documenta el uso de ánforas Dressel 23 para la construcción de bóvedas en edificios públicos y privados de Roma y sus alrededores.
Según cálculos de E. Rodríguez Almeida (1984: 166-167, figs. 68 y 69) cerca de 6.000 ánforas béticas de pequeño tamaño fueron reaprovechadas para levantar las bóvedas del Circo de Magencio en la Vía Apia hacia los primeros años del siglo IV d.C. Recientemente, L.C. Lancaster (2005: 68-85) ha dado a conocer en un excelente trabajo otros edificios sepulcrales o de culto con empleo de estas ánforas béticas.
Estos edificios emblemáticos son: el Mausoleo de Elena construido por el emperador Constantino entre 326 y 330 d.C., donde fue sepultada su madre Flavia Iulia Helena; otra gran construcción imperial es el Templo de Minerva Médica de planta dodecagonal datado en la primera mitad del siglo IV d.C.; el llamado Tor de' Schiavi en el parque arqueológico de Villa Gordiani, que es otro probable ninfeo de base octogonal con fecha similar de inicios del siglo IV d.C.; y la iglesia de Santa Maura en Roma con datación del cambio siglo IV -V d.C. También merecen especial atención la difusión de ánforas Dressel 23 entre el siglo V e inicios del VI d.C. (Keay 1984; Remolà 2000; Bernal y Bonifay 2010).
Durante la primera mitad del siglo v d.C. el aceite del Valle del Guadalquivir se exportó mayoritariamente a las ciudades hispanas y galas de la fachada noroccidental del Mediterráneo junto con otros productos béticos y lusitanos de distinta naturaleza.
La alta densidad de ánforas hispanas documentadas en los conjuntos cerámicos tardorromanos de este período, parece ser indicativo de una situación particular de bonanza económica y comercial ocurrida poco después que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano.
Es justamente la fase inicial de la quinta centuria la que precisamente va a ser el contexto de este trabajo, a través de una valiosa fuente documental epigráfica tardía que permite analizar las causas del fenómeno y su repercusión histórica.
SELLOS IN PLANTA PEDIS
La fuente epigráfica objeto de este trabajo es fácilmente reconocible a simple vista por la forma y el estilo particular de un grupo homogéneo de sellos impresos con una curiosa cartela in planta pedis.
Esta se deja ver sobre las pequeñas asas circulares de una producción de Dressel 23 que ha podido ser datada con bastante precisión en la primera mitad del siglo V d.C. La extraña forma de la cartela ya es de por sí una novedad sin precedentes en la epigrafía de las ánforas olearias de la Bética (Berni 2008: 72).
Hasta el momento solo la conocemos en época bajoimperial, por lo que resulta ser un rasgo epigráfico tardío a tener en cuenta para datar los sellos béticos.
Por definición,5 la cartela in planta pedis se caracteriza por un talón redondeado, el otro extremo cerrado en punta con un ángulo agudo bien marcado, y los laterales rectos u ondulados con la separación máxima justo donde comienza la flexión de la parte delantera del pie.
La planta del pie suele aparecer orientada hacia la izquierda en la mayoría de los sellos con el texto de lectura directa (de izquierda a derecha), pero también se encuentra apuntando hacia la derecha y con el texto retrógrado.
Tanto en un sentido como en otro, el texto comienza a escribirse desde la punta, muchas veces señalado por un signo de puntuación que parece tener función de cursor para indicar la posición inicial de lectura.
El contenido de los sellos se compone de simples nombres "serviles" que atribuimos a los capataces de los talleres artesanales que trabajaban en las alfarerías.
Todos ellos aparecen escritos bajo la forma de unos cognomina, expresados, casi siempre, en caso nominativo, si bien determinadas series introducen algunas matizaciones en este sentido.
Conocemos hasta siete nombres diferentes de personas.
Lupatus, Macrinus, Martinus, Octavianus y Pascasius ocupan una sola línea de escritura, teniendo las letras diferentes alturas según su posición y recorrido a lo largo del campo de escritura irregular de la cartela in planta pedis.
Las letras se van adaptando a la cartela y aumentan de tamaño hasta algo antes de la mitad de la misma, alcanzando su altura máxima en torno a la tercera o cuarta letra, para ir reduciéndose hasta el final del texto.
Solamente los nombres de Vernacellus y Martinianus aparecen redactados en dos líneas de escritura, pero además con la particularidad gráfica de decorar el final del texto con una hoja de hiedra (hedera distinguens).
La producción epigráfica de nuestros sellos béticos in planta pedis se configura con una serie de características formales y técnicas más complejas de lo que se pensó en un primer momento.
El estilo típico mejor representado se corresponde con sellos de letras incisas, texto de lectura directa, y cartela con la planta del pie apuntando hacia la izquierda.
Las series de Octavianus y Pascasius también encajan dentro de este patrón general, pese a que incluyen nuevas variantes que proceden de matrices distintas a la habitual.
6 Las variantes de cada lectura se pueden ordenar en cuatro grupos tomando en consideración las dos propiedades formales más básicas (relieve de las letras y sentido de la lectura).
El esquema resultante es (Fig. 9): A1 (excisa/directa), A2 (excisa/retro), B1 (incisa/directa) y B2 (incisa/retro), que ordenamos por la mayor o menor frecuencia de las diversas combinaciones en la epi-7 La frecuencia de cada tipo de variante en el sellado se ha calculado estadísticamente tomando los miles de ejemplares registrados en la base de datos del CEIPAC (http:// ceipac.ub.edu), obteniéndose los siguientes resultados (Berni Figura 3.
Sello MACRINVS hallado en Villar de Brenes. grafía general de los sellos de las ánforas olearias béticas.
7 Veamos a continuación con mayor detalle las características formales en cada una de las diferentes familias de sellos.
Como veremos, la epigrafía tardía con la que tratamos presenta una distribución de variantes muy diferente a lo que marca la norma en los sellos béticos altoimperiales.
Inciso, lectura directa, la cartela orientada hacia la izquierda y signo de puntuación inicial.
El texto más completo nos viene dado por el paralelo francés de Glanum (Fig 23.16).
Inciso, lectura directa, la planta de la cartela orientada hacia la izquierda con los lados más largos marcadamente ondulados.
El signo de puntuación que abre el texto no se distingue con claridad en esta impronta de Villar de Brenes, pero tenemos otros ejemplares fragmentados donde se ve bien el punto, tal y como aparece dibujado en el nuevo calco de Abauzit con el paralelo suizo de Yverdon (Fig. 23.20).
Sello a dos líneas, texto inciso, lectura directa, cartela orientada hacia la izquierda, sin signo de puntuación inicial apreciable en el vértice.
Se trata del primer y único caso donde el nombre del personaje se escribe abreviado: Martinianu(s) (hedera).
El final del texto se encuentra re- matado con el motivo decorativo de una hoja de hiedra.
Los paralelos hallados en los mercados de consumo (Fig. 23) aparecen publicados con el texto completamente desarrollado, al haberse mal interpretado el motivo de la hedera como la letra S deformada del nombre.
Texto inciso, lectura directa, la planta de la cartela orientada hacia la izquierda con los lados marcadamente ondulados, signo de puntuación inicial.
Si a estos rasgos generales le sumamos el estilo gráfico de aquellas letras coincidentes con las del texto de Macrinus (no 2), no hay duda que nos hallamos ante dos series epigráficas que parecen haber sido diseñadas por la misma mano.
Esta familia de sellos presenta dos lecturas y cinco variantes distintas que dan una idea aproximada del complejo mundo de la producción epigráfica de Octavianus por el amplio abanico de soluciones gráficas.
La primera lectura presenta el desarrollo completo del nombre OCTA-VIANVS (5.1) en nominativo con tres variantes.
La variante B1 se corresponde con el patrón típico más representativo: texto inciso, lectura directa, cartela orientada hacia la izquierda, y signo de puntuación inicial.
La variante A2.1 invierte estos mismos rasgos: texto en relieve, lectura retrógrada, cartela orientada a la derecha, y signo de puntuación inicial más próximo a la cornisa.
La tercera variante A2.2 es del mimo tipo que la anterior (excisa/retro), pero viene de otra matriz: las letras están mucho más apretadas, hasta el punto que C y T se solapan; la silueta de la cartela parece formar una especie de óvalo apuntado al apreciarse un ángulo agudo en ambos extremos.
Este último detalle es interesante y nos hace pensar en otra clase más sencilla de cartela in planta pedis.
La segunda lectura muestra un desarrollo inusual para la serie.
El nombre del personaje se recoge en caso genitivo, OCTAVIANI (5.2), e incluye dos variantes, A1 (excisa/directa) y B2 (incisa/retro).
Ambas son complementarias entre sí, al compartir detalles tan particulares y evidentes como son la letra T montada sobre la C, o el símbolo de la hedera final con el tallo tocando la parte alta de la letra I. Figura 6.
Dos lecturas y cinco cuños de la serie de Octavianus.
Como con el personaje anterior, esta familia de sellos se expresa con dos lecturas de diferente desarrollo sacadas de tres matrices distintas.
Las dos formas del primer grupo comparten el desarrollo PASCASIVS (6.1) en nominativo.
La variante B1 se ciñe al estilo característico general de la producción epigráfica de los sellos in planta pedis de una sola línea: cartela orientada hacia la izquierda, signo de puntuación inicial, lectura directa, texto inciso completamente desarrollado.
La forma A2 maneja el mismo desarrollo y, a simple vista, parece ser la versión complementaria de B1, al invertir los rasgos: texto de las letras excisas, lectura retrógrada, cartela orientada hacia la derecha.
La segunda lectura se encuentra fragmentada en su recorrido inicial, lo que no impide reponer [PA]SCASI (6.2).
Como hemos visto, en caso genitivo también se expresan las variantes A2 y B1 del sello OCTAVIANI (5.2); no obstante, esta otra terminación podría ser el producto de una falsa apariencia si se piensa en la abreviación de Pascasi(us).
El texto en relieve con lectura directa está redactado de tal manera que el final del nombre reposa en la parte delantera del pie, contrariamente al modelo dominante; a no ser que la cartela esté rematada en ángulo agudo por ambos extremos formando una especie de óvalo apuntado.
Hipótesis razonable si consideramos el precedente, ya comentado, de la serie de Octavianus (variante A2.2).
También resultan extrañas las dos letras S reflejadas que podrían dar lugar a engaño en la lectura de un sello mal conservado.
Dos lecturas y tres cuños de la serie de Pascasius.
Sello inciso a dos líneas, lectura directa, signo de puntuación inicial bien visible junto al vértice de la cartela orientada hacia la izquierda.
Las analogías formales son obvias en relación a la otra serie bilineal de Martinianus, salvo que aquí el nombre se desarrolla completamente.
En ambos casos el texto se completa con una pequeña hedera.
Sello VERNAC/ELLVS (hedera) de Isla de la Barqueta.
Hasta aquí el recorrido formal por las distintas lecturas.
Acabamos de ver cómo los nombres de los personaje registrados en cartelas in planta pedis se escriben, preferentemente, en nominativo, con menor frecuencia en genitivo, y una misma lectura puede proceder de matrices distintas formando variantes que podemos ordenar en una de las cuatro combinaciones posibles resumidas en la siguiente tabla (Fig. 9):
Según la documentación actual, la forma más representativa corresponde a la variante tipo B1 (incisa/directa) con el texto de la inscripción resuelto en una o dos líneas de escritura.
Resulta curioso comprobar que, por el momento, sólo los sellos que desarrollan el nombre del personaje al genitivo no presentan la variante del tipo B1.
Casi todas las cartelas son de diseño in planta pedis, orientada a la izquierda en sellos con lectura directa y hacia la derecha en los de lectura retrógrada.
Posiblemente, en al menos dos casos (variantes A2.2 de OCTA-VIANVS (5.1) y A1 de [PA]SCASI (6.2) ), la cartela podría tener forma de óvalo apuntado.8 Figura 9.
Clasificación de los diferentes tipos de sellos por los rasgos formales más básicos: desarrollo del texto, relieve de las letras, dirección de lectura.
Existen variantes de la misma familia de sellos que parecen ser complementarias entre sí.
En la serie del sello OCTAVIANI (5.2), la variante A1 (excisa/directa) es un 6,8% mayor que B2 (incisa/retro); por lo demás, comparten evidentes similitudes de diseño en cuanto a la composición del texto (Fig. 10).
Pensando que las matrices selladoras fuesen de barro, la diferencia de tamaño entre estas variantes complementarias puede explicarse por la contracción que se produce al cocer la nueva matriz (B2), si esta fue obtenida de la matriz selladora de A1.9
Reconstrucción de las variantes complementarias de OCTAVIANI (hedera).
Comparativa de las variantes complementarias B1 y A2 de las series de Octavianus y Pascasius.
Para Remesal esta contracción se produce porque en el proceso de fabricación de una contramatriz en barro, esta se contrae al secarse y cocerse, por lo que al ser usada dará improntas menores que el original.
Según nuestro cálculo teórico, la reducción podría rondar el 6,25%, partiendo de una contramatriz selladora de Alcotrista y de los dibujos publicados de sellos obtenidos con ella, valor que coincide, aproximadamente, con los obtenidos con las variantes de OCTAVIANI (Berni 2008: 78-79).
Más casos de variantes complementarias se detectan en los tipos B1 (incisa/directa) y A2 (excisa/retro) de las series de OCTAVIANVS (5.1) y PASCA-SIVS (6.1) (Fig. 11).
Sin embargo, esta vez no se observa diferencia de tamaño entre las parejas de variantes.
Este detalle es motivo de reflexión sobre cómo se pudieron generar dos improntas complemen-tarias aparentemente de igual tamaño, lo que nos lleva a pensar en el uso de matrices metálicas.
La naturaleza de los signacula utilizados para marcar las ánforas olearias Dressel 20 nos es conocida por unos pocos testimonios hechos de arcilla cocida (Berni 2008: 74-80).
Gracias a ellos sabemos que la mayoría de las improntas fueron realizadas mediante el uso de contramatrices de barro que, a su vez, se obtenían de matrices primigenias también de barro (Remesal 1977-78: 98).
Aunque esta fue la técnica habitual para sellar las ánforas olearias béticas, algunos sellos incisos y de lectura directa parecen haber sido impresos con matrices de metal, seguramente de bronce, y se distinguen de los demás porque las letras son delgadas con aristas muy netas (Rodríguez Almeida 1984: 264-265).
Su empleo parece responder a una moda más tardía, que comienza a detectarse en la segunda mitad del siglo II d.C. y se generaliza durante el siglo III d.C. Por lo que se refiere a nuestros sellos in planta pedis, la sospecha del uso de matrices metálicas se hace especialmente evidente con las marcas incisas y directas de la variante del tipo B1, y queda bien ilustrada en las improntas de Martinus (no 4) y, sobre todo, en las de Martinianus (no 3) y Vernacellus (no 7).
Por el momento, ninguna de las matrices selladoras metálicas halladas en el ámbito geográfico de los centros de producción béticos ha podido asociarse a la epigrafía de las ánforas olearias (Berni 2008: 74, nota 35).
La razón de ser de esta otra clase de matrices metálicas se justifica por el uso generalizado que hacían los romanos de estos objetos en todas las facetas de la vida, siempre con el propósito principal de imprimir sobre soportes blandos de distinta naturaleza una marca de propiedad con valor de procedencia y garantía.
En este sentido, resulta de gran ayuda para este trabajo conocer las características físicas y funcionales de algunas matrices metálicas con cartela in planta pedis de aspecto muy similar al de nuestro repertorio epigráfico.
Así son los dos signacula que ilustramos a continuación (Fig. 12), hechos de bronce, con aro de sujeción circular, letras en hueco (no 1) o en relieve (no 2), texto en sentido inverso, signo de interpunción en la posición inicial del texto, y borde de la cornisa hundido (no 1) o elevado (no 2).
La aplicación de la matriz de Magnus daría como resultado una impronta del tipo A1, y la de Nic( ) Tea( ) otra del tipo B1 más representativo en nuestro sistema de sellado.
La forma de la plancha en las piezas metálicas ilustradas recuerda la suela o la huella dejada por una sandalia.
Las representaciones de pies calzados o desnudos, que tuvieron gran desarrollo en época ro-mana en materias diversas con diferentes destinos (Rodríguez Oliva 1987), también forman parte del simbolismo cristiano como una adaptación más que hizo el cristianismo primitivo de temas paganos.
La planta pedis significaba para los cristianos la vida recorrida tras los pasos de Cristo (Guarducci 1942-43: 305).
En la península ibérica la silueta de la huella de una sandalia puntiaguda tuvo un cierto uso durante el Bajo Imperio con un sentido simbólico.
La planta pedis, que había sido ampliamente utilizada en las marcas de alfarero del alto imperio en cerámica común y, sobre todo, en algunas producciones de terra sigillata, se conoce bastante en objetos de cerámica industrial vinculados a este oficio en el cristianismo primitivo.
Testimonios de tégulas y ladrillos con huellas de sandalias son muy numerosos en Hispania; por poner un ejemplo, las suelas claveteadas documentadas en Torreón de Gerena (Huelva) y en la necrópolis tardorromana de San Miguel del Arroyo (Valladolid) (Castelo Ruano 1996).
La sentencia cristiana spes in deo se encuentra escrita sobre un fragmento de dolium en Torrox (Málaga) con una pareja de pies que inscriben la leyenda (Rodríguez Oliva 1986-87).
Este mismo texto lo encontramos inciso dentro de otro tipo de cartela rectangular sobre cuellos de posibles ánforas africanas tardías (CIL XV 3550).
En nuestras ánforas bajoimperiales la imagen simbólica del pie expresada en forma de cartela puede hacer alusión a una moda de tradición cristiana adoptada por los capataces de las oficinas artesanales como motivo iconográfico de identidad religiosa.
La influencia de esta moda en el sellado de las ánforas es igualmente visible a escala global durante la primera mitad del siglo V d.C. Otro referente de aspecto análogo a nuestros sellos lo encontramos en el Norte de África.
Se conocen algunas marcas nominales incisas in planta pedis sobre cuellos de la forma africana Keay 35A con un parecido En cuanto a la transmisión de los nombres personales recogidos en los sellos in planta pedis de las ánforas Dressel 23 se observa un cambio nominal propio de esta época cristiana (Kajanto 1997).
Lupatus, Macrinus, Martinus, Martinianus, Octavianus, Pascasius, y Vernacellus son el reflejo de la emergencia de nombres únicos con el nuevo estigma social.
El abandono de los cognomina griegos, que tradicionalmente se asignaban a los esclavos, fue en parte debido a la popularidad de los nombres bíblicos derivados de palabras semíticas, como sería el caso de Pascasius, 11 claro síntoma de la cristianización de la onomástica romana en los ambientes productivos de la Bética.
Siguiendo a Kajanto, también observamos en Martinus, Martinianus y Octavianus otro rasgo común de los cognomina cristianos de origen latino, el uso de los sufijos -inus y ianus para expandir las formas simples de los nombres paganos.
Martinus es además uno de los pocos nombres teofóricos paganos que sobrevivieron a la prohibición de la religión romana tradicional con el reinado de Teodosio a finales del siglo IV d.C. Los viejos sufijos diminutivos latinos fueron populares en la nomenclatura cristiana masculina, como -ellus en el antropónimo Vernacellus de origen servil, con significado de pequeño esclavo nacido en casa, pues el término verna hace referencia al individuo que ha nacido en régimen de esclavitud en la casa del dominus de sus progenitores (Ernout y Meillet 1967:
GEOGRAFÍA DE LA PRODUCCIÓN
Hasta el momento se han recogido sellos in planta pedis sobre Dressel 23 en cuatro yacimientos ribereños con una larga tradición alfarera.
Los hallazgos se reparten de manera aleatoria por las orillas del Guadalquivir y Genil (Fig. 13): Villar de Brenes, Cortijo de la Mayena (Palma del Río), Isla de la Barqueta y 10 Según una información inédita de Josep Torres Costa sacada de su tesis doctoral en curso sobre la epigrafía anfórica del Norte de África.
11 Paschasius deriva del latín Pascha, denominación de oriente que identifica la Pascua, festividad religiosa ebrea o cristiana.
Su uso es bastante corriente en la epigrafía lapidaria cristiana de Roma y en el África Proconsular; basta consultar los grandes repertorios epigráficos de la antigüedad tardía para comprobar el origen y difusión del nombre durante el Bajo Imperio.
Situación de los yacimientos béticos con presencia de sellos in planta pedís.
las Monjas/Soto del Rey.
De todos ellos, los dos últimos son centros productores seguros de sellos in planta pedis, mientras que los hallazgos en los dos primeros parecen contaminaciones.
12 Veamos a continuación las particularidades de cada uno de ellos con el fin de entender mejor la naturaleza de los hallazgos.
Del centro alfarero de Villar de Brenes son algunos sellos de las series MACRINVS, PASCASIVS y OCTAVIANVS.
Como veremos, las dos últimas son originarias del emplazamiento de las Monjas/Soto del Rey, cerca de Posadas, por lo tanto, se trata de marcas foráneas de otro centro productor ubicado en un territorio diferente, bastante distante de Brenes.
Este hecho da pie a pensar que la serie de Macrinus es otra intrusión, aunque esta vez con el inconveniente de no saber todavía cuál fue la alfarería que lo produjo, pues no ha aparecido en otro lugar de la Bética.
La presencia de sellos tan tardíos en Villar de Brenes, donde yacen los restos de un destacado establecimiento alfarero con ánforas Dressel 20, se justificaría por la pervivencia de una importante villa rustica bajoimperial 13 en cuyos dominios se hallaba la antigua alfarería, supuestamente inactiva en el Bajo Imperio.
La figlina de Villar de Brenes, cuyo nombre fue Virginensia, tuvo una producción anfórica muy importante hasta época tardo-antoniniana (Marco Aurelio -Cómodo) (Remesal 1980).
Sus sellos, fácilmente reconocibles por la abreviatura VIR de la figlina, ya no se encuentran en los depósitos de época severiana y postseveriana del Monte Testaccio.
Esta sospecha está igualmente verificada por la epigrafía recogida en el mismo centro alfarero, dada la ausencia de sellos locales atribuibles al siglo III d.C. La epigrafía anfórica de la tercera centuria es muy escasa, tiene un origen foráneo que se relaciona con diversas áreas de producción igualmente distantes de este lugar (Berni 2008: 243).
Del Cortijo de la Mayena o Llanos del Revelero es un único testimonio de la serie de Martinianus.
Poco se sabe del yacimiento romano, ubicado junto a la orilla izquierda del Guadalquivir, frente a la presa de Peñaflor, en el término municipal de Palma del Río.
Ponsich (1979: 111, no 115) describe una extensa zona de restos arqueológicos en superficie con vestigios materiales de una villa romana con almazara que pervivió en el siglo IV d.C. El hallazgo del sello in planta pedis sobre Dressel 23 permitiría ampliar la horquilla cronológica de la vida del asentamiento rural dentro de la primera mitad del siglo V d.C. Como veremos a continuación, otros ejemplares de este sello, sacados de la misma matriz, han sido localizados en Las Monjas/Soto del Rey, cerca de Posadas, y en isla de la Barqueta, junto al Genil, establecimiento alfarero relativamente cercano al lugar que tratamos.
La Isla de la Barqueta fue, muy probablemente, centro productor de ánforas Dressel 23 con sellos in planta pedís (Fig. 14).
El yacimiento se localiza en la orilla izquierda del Genil (término municipal de Palma del Río), seguramente, dentro de los límites territoriales de la antigua ciudad romana de Segida Augurina, 14 en uno de sus profundos meandros, sobre una escarpada orilla bien protegida de las crecidas del río.
Actualmente está sembrada de naranjos que han hecho desaparecer de la vista prácticamente casi todos los vestigios cerámicos de superficie.
El mismo autor habla de una villa romana a unos 500 m bajando el río Genil, que supone relacionada con la actividad del taller.
En Isla de la Barqueta aparecen sellos de las series LVPA-Figura 14.
El yacimiento de isla de la Barqueta se sitúa al fondo de la imagen, en el sembrado de naranjos próximo a la orilla del Genil (Abril 2005).
12 Resulta relativamente frecuente que los sellos de un taller puedan encontrarse en otros cercanos y, en no pocas ocasiones, también muy alejados de sus lugares de producción originales.
Son pocos los datos que conocemos para explicar el movimiento interno de envases por el Valle del Guadalquivir y Genil.
Se pueden aventurar diferentes motivos para que ello ocurra, incluyendo la aparente casualidad.
Lo más normal es que estas "contaminaciones" se den entre talleres vecinos y estos hallazgos anómalos todavía no han sido suficientemente valorados ni entendidos por la investigación.
13 La hipótesis está también argumentada por la toponimia, porque del nombre de Virginensia nos viene dado la raíz del actual nombre propio del pueblo de Brenes (Virginenses > Virinenses > Vrenenses > Brenes); véase a propósito González 1951: 388 y 400; Remesal 1980: 136.
368) ha propuesto situar en el cerro de La Serrezuela, próximo a Isla de la Barqueta, la ciudad antigua de Segida Augurina, con status municipal en época de César o Augusto, y que Plinio el Viejo situaba en el interior de la Bética (N.H., III, 3, 10).
La información epigráfica de algunos sellos anfóricos recogidos en este entorno geográfico parece confirmar dicha hipótesis (Berni 2008: 405 TVS, MARTIN/IANV(hedera) y VERNAC/ELLVS (hedera).
Estos suelen hallarse en superficie mezclados con otros fragmentos de ladrillos pasados de cocción, lo que parece confirmar que existió en el Bajo Imperio una industria paralela y diversificada con producción de ánforas y material de construcción.
De los sellos recuperados en este lugar, el primero y el tercero sólo los conocemos aquí, de modo que parecen adscribirse a este centro productor.
Los yacimientos vecinos de Las Monjas y Soto del Rey pueden agruparse en un único complejo rural y alfarero donde se produjeron sellos in planta pedis en Dressel 23, dada la alta frecuencia de hallazgos superficiales que nos son conocidos.
Ambos se localizan muy próximos junto a la margen izquierda del Guadalquivir, rio abajo de Posadas, en la provincia de Córdoba, separados por un pequeño arroyo del que la cartografía moderna no recoge su nombre.
El primero ocupa una antigua orilla del Guadalquivir, al oeste del arroyo, en los alrededores del cortijo de Las Monjas.
El cortijo Soto del Rey se sitúa al este del citado arroyo y se extiende entre éste y la escarpada orilla, que forma el Guadalquivir a su paso por la zona.
Ponsich (1979: 225, no 233 y fig. 80) constató aquí los restos de una villa romana con almazara y mucha cerámica romana de todo tipo (ladrillos, ánforas, tejas con síntomas de sobre-cocción) que dan fe sobre la industria alfarera anexa.
También encontró dos sellos en Dressel 20 (uno del siglo III d.C.), y un tercero fragmentado MAI [---] que debe ser restituido por MA[RTINVS] y puesto en relación con la producción anfórica tardía de los sellos in planta pedis.
Durante una visita que hicimos a Las Monjas en el mes de noviembre de 2004 (Fig. 15) vimos en un terreno próximo a la barranca del río numerosos fragmentos de ánforas Dressel 20 y 23 con marcas diferentes en asas de las dos tipologías (los sellos más antiguos se datan hacia mediados del siglo III d.C.).
Este detalle pone de manifiesto la pervivencia de una longeva industria alfarera que debió echar sus raíces en época alto imperial, y que durante el siglo III d.C. parece estar ligada a una figlina Pac( ), a juzgar por las terminaciones FPAC y FP en la epigrafía de esta zona, como diferentes autores han puesto de manifiesto (Chic 2001: 53; Barea et alii 2008: 65; Berni 2008: 179).
La perduración de los alfares en esta zona durante el Bajo Imperio está asegurada, al menos, hasta la primera mitad del siglo V d.C. con los sellos in planta pedis.
El sello de Ponsich se suma a otros hallazgos de Soto del Rey, con un interesante y curioso juego de formas y desarrollos: MARTINVS, MARTIN/IANV(hedera), OCTAVIANVS, OCTA-VIANI, PASCASIVS y PASCASI.
En la siguiente tabla se recoge el reparto de los nuevos ejemplares en los lugares de hallazgo (Fig. 16): TAVIANI, PASCASIVS y [PA]SCASI deben relacionarse con las producciones de las Monjas/Soto del Rey, y las de LVPATVS y VERNAC/ELLVS(hedera) con Isla de la Barqueta.
Más dudas nos plantean MACRINVS y MARTIN/IANV(hedera).
Si reparamos en los diseños de los sellos, quizá se deba relacionar MACRINVS con Las Monjas/Soto del Rey por su similitud formal con los sellos producidos en este lugar y particularmente con MARTINVS.17 Por el mismo criterio, MARTIN/IANV (hedera) se relaciona con las producciones de Isla de la Barqueta ante la evidente similitud formal con VERNAC/ELLVS (hedera) (Fig. 17).
El tipo anfórico Dressel 23 se corresponde a un contenedor de cuerpo ovalado, con perfil que recuerda a la silueta de un limón, de paredes más delgadas y de pasta similar a las Dressel 20, pero más refinada y dura, con tonos beige, rosado o rojizo, con inclusiones de cuarzo y mica.
Este autor estableció una serie de variantes por los acabados de unos materiales de importación recogidos en los mercados consumidores de la Tarraconense, apoyándose, por primera vez entonces, en la pasta cerámica para reconocer y asociar las producciones del Valle del Guadalquivir.
La investigación sobre este campo tipológico apenas ha progresado en los últimos años.
Continúa estancada en los viejos postulados descriptivos a falta de estudios específicos en Andalucía, donde la sistematización crono-tipológica de esta producción olearia tardía es un tema virgen, todavía sin explotar, fundamental en muchos aspectos.
La información sobre la evolución tipológica de la Dressel 23 es prácticamente desconocida a nivel científico en Andalucía.
Por este motivo, aún no estamos en condiciones de comprender si las diversas variantes de Dressel 23 identificadas en Cataluña por Keay responden a modelos béticos regionales, o a un uso geográfico más extendido; o de qué modo el factor temporal, al que van unidos cambios económicos generacionales, influye en la articulación técnica y funcional de las diversas variantes tipológicas.
En base a un modelo descriptivo general y simplificado podemos clasificar las diferentes variantes de Dressel 23 en tres grupos, a razón de la técnica de enganche de las asas (Fig. 18).
La forma más extendida recuerda a las últimas producciones de Dressel 20, con asas circulares que nacen bajo el labio del borde y mueren en el hombro del recipiente.
A este primer grupo corresponden las variantes Keay 13A y 13B, cada una de las cuales congrega distintas soluciones morfológicas en la elaboración de la sección del borde.
La variante Keay 13A presenta un borde de tendencia marcadamente triangular, con o sin depresión cóncava en su perfil interior.
El aspecto de los bordes de la variante Keay 13B es bastante irregular y merecen una consideración aparte.
El segundo grupo se reconoce fácilmente porque las asas de perfil circular, o incluso elíptico, arrancan directamente de la boca del ánfora.
El perfil interno y externo del borde ofrece mayor varie- En la distribución geográfica de los sellos se observan vínculos entre estos establecimientos que, con los datos actuales, no estamos en disposición de entender.
Por un lado, la cantidad de sellos in planta pedis recuperados en Villar de Brenes resulta ciertamente significativa y ya no parece factible explicarlos como contaminaciones casuales.
Por otro lado, las series epigráficas de Isla de la Barqueta y Las Monjas/Soto del Rey presentan evidentes conexiones, aun cuando estas alfarerías se sitúan en dos puntos más o menos distantes entre sí, emplazadas a orillas del Genil y del Guadalquivir respectivamente (Fig. 13).
Los sellos se muestran ciertamente homogéneos en su diseño y contenido.
En ambos centros alfareros encontramos sellos idénticos para el mismo personaje, caso de Martinianus.
Estas relaciones parecen sugerir que estos dos talleres estuvieron vinculados de alguna manera, quizá a partir de una organización superior común, aunque no tenemos más datos que nos permitan profundizar en esta interesante cuestión.
Se circunscriben a este segundo grupo algunos bordes de Keay 13C y Keay 14.
El tercer grupo se diferencia claramente de los dos anteriores por unas asas semicirculares que se agarran por sus dos extremos del hombro del ánfora.
El asa de sección redondeada mantiene un gran parecido formal con otra producción bética de su época, la Keay 19, hasta el punto que puede confundirse si se recoge suelta.
El borde engrosado une a un cuello casi inexistente, y se configura con perfiles redondeados o rectos al exterior (con un pequeño pico que sobresale en la parte inferior del labio), y una fuerte acanaladura que surca la parte interna de la boca.
Las variantes de Dressel 23 en los dos primeros grupos se constatan en todo momento, mientras que la del tercer grupo está más ampliamente representada en niveles del siglo V d.C. Los materiales anfóricos con sellos in planta pedis que presentamos a continuación son una muestra parcial del abanico tipológico generado en el interior del Valle del Guadalquivir durante el devenir económico del Bajo Imperio.
Por lo tanto, corresponden a producciones de dos talleres concretos, para un momento histórico singular de la primera mitad del siglo V d.C., asociado a un período de bonanza económica, según los datos obtenidos en los mercados de consumo (véase más adelante).
De ningún modo, a falta de mayores evidencias, estos materiales deben ser considerados el arquetipo que define la morfología de las ánforas tardías fabricadas en esta región.
Los materiales hallados en superficie junto a sellos in planta pedis en Las Monjas/Soto del Rey e Isla de la Barqueta presentan unos rasgos morfológicos bastante homogéneos, aunque, como veremos, parecen advertirse ciertas peculiaridades en cada uno de los establecimientos alfareros (Figs.
Todo el material dibujado se corresponde con la variante más común de la forma Dressel 23/Keay 13A del primer grupo en el modelo descriptivo general.
Tam- bién los paralelos documentados en los mercados receptores de Hispania y Galia se presentan con las mismas características tipológicas.
Los perfiles de los bordes continúan la tradición de las producciones más cercanas a las últimas Dressel 20 del siglo III d.C. Se trata de bordes de sección triangular con su máximo engrosamiento en la parte baja del mismo y que van desde muy marcados a redondeados.
En la mayoría de ejemplares el borde se muestra exvasado aunque no faltan ejemplos en que se presenta ligeramente reentrante (números 712, 717, 718).
Los diámetros de los bordes deben considerarse orientativos por la dificultad de establecerlos con cierta precisión, dada la fragmentación del material que, como hemos visto, fue recogido en superficie.
Las bocas de Las Monjas/Soto del Rey presentan unos diámetros exteriores máximos que se sitúan entre 12 y 13,7 cm. Los bordes de Isla de la Barqueta parecen de mayor módulo, aunque la muestra es pequeña por el momento, y se sitúan entre 13 y 14,5 cm. Las pequeñas asas son de sección redondeada con unos 2,8 cm de diámetro, y se unen a los hombros y al cuello justo debajo del borde.
Los pivotes redondeados (en algún caso cónico, no 736) incluyen la bola de arcilla interior tan característica de las producciones del valle del Guadalquivir (Haltern 70, Dressel 20 y 23).
Sin embargo, encontramos un cierto número de ellos entre el material de Las Monjas/Soto del Rey (números 729, 730, 732, 735) que no incluyen esta particularidad y se presentan huecos.
Las pastas son propias de las producciones del Valle del Guadalquivir en tonos gris-beige (en algún caso gris oscuro por efecto de la sobrecocción, no 737) con inclusiones de cuarzo y mica, aunque también pueden presentar tonos que van de los rosados a los rojizos con escasa presencia de inclusiones, que les confiere un aspecto macroscópico depurado.
Mayoritariamente presentan un engobe muy claro de tonalidad beigeamarillenta.
El comercio oleario en ánforas Dressel 23 con sellos in planta pedis tuvo un amplio y sólido mercado consumidor focalizado en la fachada mediterránea entre Hispania y Galia.
La huella dejada es fácilmente rastreable por el factor peculiar de la epigrafía asociada que acabamos de analizar.
Tanto es así, que a día de hoy contamos con la significativa cifra de veinte hallazgos repartidos por yacimientos arqueológicos de ámbito urbano como rural, bien comunicados con los puertos marítimos receptores de estos productos béticos mediante la red viaria romana en uso durante el Bajo Imperio.
Los hallazgos en Hispania se circunscriben a la provincia Tarraconense (Fig. 21).
El primero, LVPATVS (no 1), viene del actual término municipal de l'Alcora (Castellón), cerca de lo que fue el límite meridional fronterizo con la Carthaginense.
La capital Tarraco y su territorio acaparan la mayor parte de los sellos documentados.
Dos ejemplares iguales de MARTIN/IANV(hedera) (números 3 y 4) y otro de VERNAC/ELLVS(hedera) (no 5) se asocian a vertederos cerámicos tardíos excavados en la parte alta de la ciudad romana (Claustro de la Catedral, Vila-Roma, Hospital de Santa Tecla) con dataciones contextuales que caen dentro de la primera mitad del siglo V d.C. Dos ejemplares iguales de OCTAVIANVS aparecen dispersos por el territorio próximo a Tarragona asociados a hábitats rurales que perduran durante la Antigüedad Tardía.
La marca de la villa romana de Els Antigons (Reus) (no 2) es idéntica a la hallada al norte de la ciudad en el camí de Pira (Barberà de la Conca) (no 6).
Esta notable concentración de testimonios se justifica por la elevada presencia de ánforas sudhispánicas en la capital de la provincia, como consecuencia de un panorama económico de gran vitalidad para la ciudad y su entorno portuario (Remolà 2000: 294-300).
Finalmente, señalar la presencia del sello PASCAS[IVS] o PASCASI (no 7) en Gerunda, en el interior de Cataluña, alejada de la costa, situada estratégicamente en el paso de la Vía Augusta que llevaba por el norte a La Junquera donde enlazaba con la Vía Domitia.
Este hallazgo no debe sorprendernos, dado el conocimiento que se tiene de la ciudad romana tardoantigua, como núcleo poblacional importante en esa época, como lo atestigua el hecho que fuese sede episcopal según la epístola del papa Inocencio I (401-417) de los primeros años del siglo V d.C. Los materiales arqueológicos (básicamente cerámicos) recogidos en el interior del recinto amurallado de Girona permiten conocer las relaciones comerciales de la ciudad durante los siglos IV y V d.C., con una posición predominante de importaciones africanas y sudhispanas para el período que nos ocupa.
Veamos a continuación las características individuales de los siete sellos in planta pedis documentados en la Tarraconensis.
VERNAC/E[L]LVS[ (hedera)], mal impreso sobre asa.
Respecto a su cronología, el estudio de la cerámica fina africana apunta a la primera mitad del siglo V d.C. (Aquilué 1992: 802).
El repertorio anfórico general se nutre de los mismos tipos de Vila-Roma, con una alta representación de producciones de las áreas africana e hispana.
OCTAVIAN[VS] (retrógrado), sobre un pequeño fragmento superior de asa de sección circular y de tonalidad blanquecina.
Hallada al norte de la población de Tarragona, en el camí de Pira (Conca de Barberà).
o PASCASI, fragmentada sobre el arranque superior de una pequeña asa sub-circular con el cuello y borde del ánfora; no se indica el tipo de relieve de las letras.
19 Hallada en la tumba de inhumación número 3 excavada en 1948 en la zona conocida por "La Caserna d 'Alemanys", dentro del casco antiguo de Girona y del recinto de la ciudad romana de Gerunda.
Nolla (1985: 191, fig. 46) da la lectura dudosa PAS-SAV(?) y recuerda en una nota que Oliva (1947, 268) había leído PASCASI al momento de ingresarse la pieza en el Museo Arqueológico Provincial.
19 De tratarse de un sello con letras incisas, podría corresponder a un PASCASIVS de nuestra variante tipo B1 (no 6.1).
Si se trata de un sello con letras en relieve, como el ilustrado por Nolla parece sugerir (figura 23.7), el ejemplar correspondería a una variante tipo A1 (excisa/directa) desco-nocida por el momento para esta lectura en centros de producción (figura 9).
Conocemos la variante tipo A1 para la lectura PASCASI, pero en nuestros ejemplares las letras S se presentan reflejadas, aspecto que no parece recoger el dibujo, de modo que persiste la duda.
La difusión geográfica de los sellos in planta pedis por territorio francés ya fue objeto de estudio en el excelente trabajo realizado por Pierre Abauzit (1999) que lleva por título Lupatus et alii, fabricants d'amphores tardives.
Uno de los principales logros fue reconocer y definir las características epigráficas comunes a estos sellos, y señalar la proveniencia española de la producción anfórica a través de las formas olearias tardías Dressel 23.
Desde entonces hasta hoy, no tenemos noticias de nuevas marcas en Francia, por lo que la lista de sellos que mostramos a continuación (Fig. 22) no varía del estudio publicado por este autor.
La mayoría de los hallazgos franceses se sitúan en los departamentos de Aude, Hérault y Bocas del Ródano, por los dominios territoriales de los núcleos de población romana de la Galia Narbonense, a lo largo del antiguo recorrido de la Vía Domitia a su paso por la poblaciones de Narbo Martius (Narbona), Baeterrae (Béziers), Nemausus (Nîmes), y Glanum (Saint-Rémy-de-Provence).
Las poblaciones actuales de Narbona y Béziers acaparan la cifra más alta de improntas in planta pedis con seis localizaciones que siguen el curso del río Aude.
MARTINVS, en un pequeño fragmento de asa muy desgastado y de sección sub-circular.
VE[RNAC/ELLVS (hedera)], marca bastante incompleta sobre un asa sesgada con restos del cuello del ánfora.
La atribución a Vernacellus no es del todo segura pero parece probable por los trazos de las letras conservadas tras el signo de puntuación inicial.
Hallada en Petit-Caumont, lugar próximo a la población de Lézignan-Corbières (Abauzit 1999: 176, fig. 3.13), en compañía de otros objetos de cerámica sigillata paleocristiana (DSP) gris y naranja.
OCTAVIANVS, mal impreso en la parte baja de un asa de sección sub-circular de pequeño módulo (2,7 cm de diámetro).
LVPATVS, en asa (sin dibujo).
De un lote de objetos de antigua procedencia descubiertos casualmente durante unas labores agrícolas.
Interesa también destacar la presencia de un sarcófago decorado por un crismón entre otros materiales de tradición paleocristiana.
[VER]NAC/[EL]LV (hedera), en un fragmento pequeño de asa bastante mutilada.
Hallazgo superficial de una de las villae romanas del sector Régimont-le-Haut en la población de Poilhes (Abauzit 1999: 176, fig. 3.12).
[PASC]ASIVS, incompleta sobre una pequeña asa rota unida a un gran fragmento de panza.
Recogida durante una excavación de urgencia llevada a cabo en el lugar peri-urbano de Saint-Jeand'Aureilhan, en el casco antiguo de la ciudad de Béziers, antigua Baeterrae.
La primera letra con forma aparente de D es el resultado engañoso del último trazo oblicuo de la A en contacto con la parte inferior de la letra S de Pascasius.
Esta pieza viene de una fosa donde el material recuperado puede ser atribuido al siglo V d.C.
La siguiente zona de interés cuenta con dos hallazgos cerca de la costa francesa, siguiendo el recorrido de la Via Domitia hacia Nemausus, a su paso por la ciudad de Montpellier que no tiene un origen romano.
MARTIN/IANV(hedera), en lo alto de una pequeña asa de sección sub-circular (2,9 a 3 cm de diámetro).
Hallada en Les Halles (Balaruc-les-Bains, Hérault) junto a otros materiales muy tardíos y fechables, como mínimo, en el siglo V d.C. (Abauzit 1999: 176, fig. 3.5).
2,1 x 3,7 cm) de pasta marrón claro con partículas naranjas de mediano espesor, duro y fino.
Hallada en el yacimiento de Les Pelets, en la población de Lunel-Viel del distrito de Montpellier.
La zona de las Bocas del Ródano ha dado dos ánforas Dressel 23 con el mismo sello LVPATVS.
El primero viene de la ciudad romana de Arlés, que siguió siendo un importante emporio comercial durante el Bajo Imperio, de una gran vitalidad como podemos comprobar por los vertederos cerámicos tardíos excavados en la ciudad.
El segundo hallazgo pertenece a la ciudad romana de Glanum junto a la Vía Domitia, actualmente emplazada al norte y a las afueras de la actual Saint-Rémy-de-Provence.
Los materiales recupe-rados proceden de un contexto estratigráfico fiable del primer cuarto del siglo V d.C. 17.
LVP[A]TVS, sobre lo alto de un asa incompleta (2,2 a 3,1 cm de diámetro) (sin dibujo).
Finalmente, dos sellos in planta pedis han sido recogidos en los departamentos franceses del Ródano, Saona y Loira, dentro del corredor natural del valle del Ródano que en época romana quedaba bajo el control administrativo de Lugdunum (Lyon), capital de la provincia.
El último hallazgo de la serie MA-CRINVS (no 20) se relaciona con la localidad de Yverdon-les-Bains del cantón suizo de Vaud.
VERNAC/ELLVS (hedera), en lo alto de un asa de sección sub-circular (ca.
2,4 cm de diámetro) con cuello y labio.
VERNAC/ELLVS (hedera), sobre un asa de color blanquecino y sección sub-circular (2,5 a 2,9 cm de diámetro).
MACRINVS, sobre asa de pequeño tamaño, en un fragmento superior de ánfora Dressel 23.
La proveniencia exacta de este antiguo hallazgo de 1873 es desconocida y la única referencia que se da en CIL XIII 10002, 335 es su depósito en el museo de la localidad suiza de Yverdon.
Abauzit (1999, 176, fig. 3.2) reproduce un nuevo dibujo del sello donde se observa con claridad que existe un signo de puntuación abriendo el texto.
La producción y comercio de las ánforas olearias Dressel 23 con sellos in planta pedis se relaciona con una particular realidad histórica dotada de gran vitalidad comercial y crecimiento que poco tiene que ver con tiempos de recesión económica.
Este momento se circunscribe a los primeros decenios del siglo V d.C. El escenario del consumo se desenvuelve por las principales ciudades costeras del Mediterráneo nord-occidental, con evidencias arqueológicas sustanciales que demuestran un incremento de estas ánforas respecto a los niveles anteriores del siglo IV d.C. Los productos béticos y lusitanos, de aceite, vino y salsas de pescado (Fig. 24), se exportaban juntos y abastecían los puertos principales de la costa Tarraconense (Dertosa, Tarraco, Barcino, Iluro), del sur de la Galia (Narbo, Arelate, Massalia) hasta Lugdunum, llegando incluso a Roma desde el puerto de Ostia.
Las antiguas localidades marítimas romanas continuaron ostentando una posición geo-estratégica privilegiada en la red de intercambios vigente de mercaderías.
Si nos ceñimos a las evidencias de circulación y consumo de bienes transportados en ánfora se observa una posición de mercado dominada por las producciones africanas y sudhispanas.
Durante la primera mitad del siglo V d.C. éstas competían entre sí, rebasando por sí mismas al componente oriental e itálico, con una amplia gama de productos envasados en multitud de tipos anfóricos.
El panorama anfórico del siglo V d.C. se presenta altamente diversificado, con predominio de las producciones de la parte occidental del Imperio (área africana, Bética y Lusitania, península itálica), sobre un componente oriental (Chipre, Antioquía, Palestina, Egeo y Asia Menor) igualmente significativo que irá ganado poco a poco terreno en la red de intercambios de alimentos a partir de los últimos decenios del siglo V d.C. La difusión de estos productos de tan diversa procedencia no deja de ser indicativa de un extraordinario fenómeno comercial interprovincial.
Las importantes relaciones económicas a través del Mediterráneo durante la Antigüedad Tardía se perciben con las actividades portuarias y el tráfico marítimo, donde los vestigios cerámicos tienen mucho que decir.
La forma bética Dressel 23 continuó siendo el principal referente hispano destinado al transporte del aceite de oliva.
En Francia, los sellos in planta pedis y los productos sud-hispanos en general, se contabilizan con los más altos porcentajes entre Narbona y Arlés.
En Narbona se dan los mayores índices de ánforas olearias béticas, en contraposición con una presencia testimonial en Marsella, donde el aceite oriental parece ser mucho más importante para este período.
Según Reynolds (2010: 36), este contraste se justifica porque Narbona y Arlés actuaron como puertos suministradores de los productos béticos y lusitanos, mientras que Marsella tuvo un mayor rol como lugar de acogida de las importaciones orientales.
El siglo V d.C. también trajo consigo un portentoso aumento de las exportaciones olearias de la Bética a las ciudades de la costa noreste de la Tarraconense.
La capital provincial vivió ese fenómeno con especial intensidad, al congregar una enorme cantidad de aceite bético en comparación con otras áreas del Mediterráneo, con la posible excepción de Narbona.
A raíz de las evidencias arqueológicas, los datos materiales del período que tratamos, que se extiende entre finales del siglo IV y mitad del V d.C., se han visto beneficiados por un conjunto de excavaciones de vertederos cerámicos en contextos urbanos del área de estudio.
Estos depósitos se caracterizan por la convivencia de manufacturas de distinto origen y naturaleza (ánforas, vajilla fina y cerámica común), en los que predomina la cerámica de importación (ánfora y vajilla fina, fundamentalmente) sobre la producción local o regional, y con la que resulta posible aproximarse a la evolución en el abastecimiento de las ciudades en un marco histórico tardío.
En Tarraco se han localizado tres de los cuatro depósitos cerámicos tardíos que conocemos para este período con sellos in planta pedis.
Todos ellos descubiertos en la trama urbana de la ciudad, con cronologías de los primeros decenios del siglo V d.C. La marca no 3 de Martinianus viene de un posible vertedero excavado en 1955 con una zanja realizada en el Claustro de la Catedral de Tarragona (Rüger 1968).
La cronología de los materiales abarca la primera mitad del siglo V d.C. por la presencia de una moneda de Honorio (395-423 d.C.) y de cerámicas africanas revisadas por Aquilué (1992).
Según Remolà (2000: 34), los tipos anfóricos publicados por Rüger son una pequeña muestra de lo recuperado.
Se identifican producciones africanas (¿Keay 36?), sudhispanas, posiblemente tarraconenses (Keay 68/91), orientales (LRA 4), pero no se hace ninguna mención explícita a la tipología con el sello bético.
La mayor parte de los materiales recuperados se acomodan perfectamente a una datación del segundo cuarto del siglo V d.C. (Remolà 2000: 47).
El vertedero cerámico estaba compuesto con un reparto equitativo de ánforas (37%), cerámica común (35,79%) y vajilla fina (27,28%).
El predominio de ánforas occidentales (61%) sobre las orientales (25%) se percibe con bastante claridad, quedando las importaciones africanas (41,42%) por debajo de las hispanas (58,57%).
Las ánforas africanas están representadas por derivaciones tardías de los tipos Africana I y II, además de las formas Keay 25, Keay 26F, Keay 27, Keay 34, Keay 41, y Keay 24 de probablemente origen tripolitano (con cristogramas incisos antes de la cocción del barro).
Las ánforas orientales están representadas por los tipos LRA4, LRA3, LRA1, más la presencia elevada de LRA4 y 3.
La relación porcentual entre las distintas clases de cerámicas en los primeros vertidos es parecida a Vila-Roma, con 47% ánforas, 31% cerámica común y 22% cerámica fina (Remolà 2000: 35 ss.).
Las producciones occidentales representan el 60% sobre el total del material anfórico, mientras que las orientales están a la par con las de origen no determinado (ca.
La relación porcentual entre las tres zonas geográficas occidentales es la siguiente: 54,59% área africana, 41,95% Hispania, y 3,44% Península itálica.
Las ánforas africanas se presentan con las últimas versiones de los tipos Africana I y II, más con especial incidencia del tipo Keay 35 (el contenedor africano más característico de mediados del siglo V d.C.).
Respecto a las orientales, destaca el mayor volumen de LRA1 sobre LRA3.
Considerando conjuntamente los tres vertederos que acabamos de analizar, el comercio anfórico en Tarraco se presenta altamente diversificado, con un protagonismo compartido por el norte de África y el sur de la Península Ibérica.
Las importaciones de la Bética y Lusitania suman juntas entre el 84% y 88% del total de las ánforas hispanas consumidas en la ciudad durante la primera mitad del siglo V d.C. Según Remolà (2000: 176), esta tendencia cambia durante la segunda mitad del siglo V d.C. debido a un nuevo escenario comercial recesivo para las exportaciones hispanas.
El paisaje comercial en territorio francés se vislumbra con un componente anfórico igualmente diversificado que proporciona resultados estadísticos similares a lo cuantificado por Remolà en Tarraco, salvo por una mayor incidencia de lo oriental en la red de intercambios del siglo V d.C.
La marca no 16 de Lupatus se encuentra entre los hallazgos del depósito cerámico de la Esplanade, excavado en 1976 en el barrio extra muros de la ciudad portuaria de Arlés (Congès y Leguilloux 1991).
Los rellenos constructivos están datados en el primer cuarto del siglo V d.C. por algunas monedas (la más reciente del 402 d.C.) y TS clara africana.
El lote de ánforas es particularmente significativo e ilustra, de nuevo, la riqueza y variedad de un comercio mediterráneo en auge durante esta época.
El sello bético fue hallado en la fase 6B del vertedero donde las producciones occidentales (48,64%) son ligeramente superiores a las orientales (41,14%), con mayor cantidad de ánforas africanas (29,72%) sobre las hispanas (18,91%) en el total del conjunto.
En relación a las tipologías hispanas, la olearia Dressel23/ Keay13A es la mejor representada entre las producciones béticas y lusitanas típicas del momento.
Cabe igualmente recordar la presencia de ánforas olearias béticas sin sellos y del período que nos ocupa en otros depósitos urbanos franceses, con datos porcentuales de tendencia similar que resultan de utilidad para precisar el peso específico de este producto en otros puntos del entramado comercial galo.
Uno de estos lugares se encuentra en el barrio histórico Vieux-Lyon de la ciudad de Lyon, próximo a la Catedral de Saint-Jean, con una intensa ocupación romana casi continua desde el siglo I a.C. hasta toda la mitad del V d.C. Las excavaciones exhaustivas realizadas entre 1998 y 2000 con motivo de la restauración del edificio del Museo de Gadagne dieron mucho material cerámico asociado a una ocupación con vocación artesanal y domestica (Batigne Vallet y Lemaître 2008).
Las ánforas son especialmente abundantes en la última fase IV que cubre toda la primera mitad del siglo V d.C. De nuevo con gran diversidad tipológica y de procedencias, lo que ha permitido profundizar en el conocimiento de las prácticas comerciales desarrolladas por los últimos habitantes de Lugdunum.
Destacan las producciones africanas (33%) junto con las de la península ibérica (36%), ambas por encima de las itálicas (15%) y del Mediterráneo Oriental (11%).
La Península Ibérica (Bética y Lusitania) proporciona el mayor número de individuos, teniendo en la forma olearia Dressel 23 el tipo hispano más representativo.
Los bordes de Dressel 23 se caracterizan por la conocida variabilidad de perfiles de labios que se adscriben, en este caso, a las variantes Keay 13A (mayoritarias) y Keay 13C.
La dinámica comercial de los productos hispanos está igualmente documentada en el vertedero cerámico de la Bourse en Marsella, con abundante material cerámico de varios períodos cronológicos que abarcan desde el segundo cuarto del siglo V hasta los inicios del VII d.C. La mayor parte de las ánforas Dressel 23 se constatan junto a Keay 19B en el período 1 de las excavaciones, con fecha del segundo cuarto del siglo V d.C., pero en cantidades poco importantes del 2% sobre el total de individuos cuantificados (Bonifay 1986).
Para finalizar este trabajo, vamos a hablar brevemente de algunos pecios localizados frente a la costa francesa con un notable contingente de ánforas sudhispanas de la época que avalan el extraordinario fenómeno económico bajoimperial.
Los datos obtenidos por el material anfórico confirman, una vez más, la tendencia ya observada en los depósitos cerámicos urbanos sobre el componente occidental en su versión tardía, con un repertorio tipológico diversificado respecto a la zona de origen y la naturaleza de los productos envasados.
También debemos hacer notar la coexistencia de ánforas de las tres principales áreas de difusión occidental (Bética, Lusitania y África) en las bodegas de algunos barcos, como consecuencia de un sistema de abastecimiento canalizado por circuitos de redistribución desde los puertos principales receptores de las mercaderías.
Contamos con la efímera noticia del pecio de Les Catalans (Liou 1973: 21, fig. 18) en aguas de la bahía de Marsella, con productos sudhispanos (Keay 13D, Keay 19B, Beltrán 72) y africanos (Keay 25) adscribibles tipológicamente entre el siglo IV avanzado y mediados del V d.C. Mejor conocido es el pecio de Port Vendres 1 (Liou 1974), situado en el departamento de los Pirineos Orientales en la región de Languedoc-Rosellón, datado por la numismática con un terminus post quem de finales siglo IV -mediados siglo V d.C. La mayor parte del espacio de la bodega estaba ocupada por una amplia gama de producciones occidentales, con predominio de ánforas sudhispanas (Dressel 23, Keay 16B-C, Keay 19A-B, Keay 23) sobre las africanas (Keay 3B,25,27,35,36,55,61 o 62, y la versión más tardía del tipo Africano IID), más un componente oriental minoritario con una decena de cuellos de distintos tipos (LRA1, LRA2, LRA3, LRA4, LRA5/6), que no hace sino confirmar el fenómeno de una economía redistributiva a diferentes escalas territoriales.
Esta modalidad comercial subyace con la otra forma de aprovisionamiento de ruta directa entre dos puertos principales, el que daba salida a los productos regionales de una determinada área geográfica, y el destinatario con capacidad de almacenar y redistribuir las mercaderías a cualquier otra parte.
La nave debía cubrir un trayecto de larga distancia desde un puerto principal de la Bética con destino a Ostia.
El naufragio se fecha por el material anfórico entre el final del siglo IV y la primera mitad del siglo V d.C. El cargamento es exclusivamente sudhispano: Dressel 23/Keay 13A, Beltrán 72, Keay 23, Keay 19B-C, Sud-Lavezzi 1. |
La pieza está fabricada a molde y destaca por tener una decoración de tipo animalístico esquemático.
El contexto cerámico en el que apareció se data en una fecha no anterior al siglo VI d.C. Se trata probablemente de una de las últimas producciones de terra sigillata de la Península Ibérica.
La cronología final de la terra sigillata hispánica tardía fabricada a molde ha dado lugar a un importante debate todavía abierto.
Esto se debe, en gran medida, a la escasez de contextos completos y bien datados que permitan ajustar dicha cronología, pero especialmente a la posible pervivencia de este tipo de piezas en contextos de cronología muy posterior a las de las fechas últimas de su fabricación (López Rodríguez 1985; Paz Peralta 1991;2008; Buxeda y Tuset 1995; Juan Tovar 1997, 2010: 10, 12).
La pieza que aquí presentamos aporta nuevos datos a la discusión, ya que cuenta con una decoración muy diferente a la habitual para este tipo de vasos, que podría estar marcando las fases finales de la producción de terra sigillata hispánica tardía.
37t a molde con unas representaciones animalísticas esquemáticas.
Procede del yacimiento de Saelices el Chico (provincia de Salamanca), concretamente de los materiales encontrados a lo largo de la campaña de excavación del [2005][2006].
Estos materiales han sido tratados como parte de un estudio más completo que ha incluido varios contextos cerámicos de los siglos IV a VIII en la provincia de Salamanca (Dahí 2010(Dahí, 2012)).
El análisis de los contextos cerámicos de las U.E. excavadas en dicha campaña en la villa de Saelices el Chico ha permitido detectar, en todo el yacimiento, una secuencia de ocupación subsidiaria posterior al abandono de la villa como residencia aristocrática.
Los contextos cerámicos estudiados acreditan una ocupación campesina del solar de la villa al menos desde inicios del siglo VI, aunque la secuencia de abandono podría llegar a alcanzar los primeros años del siglo VIII, a juzgar por algunas piezas con formas que recuerdan a ejemplares de los siglos VIII y IX.
La villa romana de Saelices el Chico (40o40 '16"-6o37 '56") se localiza en el casco urbano del municipio del mismo nombre, a 99 km. al suroeste de Salamanca y a unos 11 km. al noroeste de Ciudad Rodrigo, sobre una cota media de 656 m.
(Fig. 1). inutilizado al experimentar la villa una gran reforma en el siglo IV.
Al este del conjunto formado por las termas y el ninfeo aparecieron unas estructuras de habitación modestas (Cata 15), de donde procede la pieza que aquí tratamos (Fig. 2).
Las estructuras de la Cata 15 corresponden a un edifico con dos secuencias constructivas, que no forma parte del conjunto residencial de la villa, edificado con mampuesto de granito y lajas de pizarra trabados con barro.
El conjunto está formado por una habitación de planta rectangular (Edificio 2), dividida en dos partes prácticamente simétricas por un muro construido en una fase posterior.
Esta estructura, de la que solo se conservan los cimientos, amortizaba una estancia cuadrada anterior con una orientación ligeramente diferente (Edificio 1).
Ambos edificios deben ser de nueva creación en época germánica y, aunque no es posible determinar el lapso de tiempo que media entre las dos secuencias constructivas detectadas, parecen prácticamente contemporáneas a juzgar por la técnica constructiva, que es la misma en las dos fases (Fig. 3).
En cuanto a la secuencia de los depósitos de esta Cata 15, aunque se han individualizado las U.E. tal y como exige la metodología de excavación, dado que no presentan contacto entre sí, es posible establecer una primera fase formada por paquetes sedimentarios (U.E. 12, 13, 14 y 15), posiblemente relacionada con la construcción del edificio y una segunda fase que se le superpone, de abandono y derrumbe de la edificación (U. E. 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11), en la que se apreciaban lajas de pizarra, fragmentos de Figura 1.
Mapa de la provincia de Salamanca con la localización de la villa romana de Saelices el Chico.
El yacimiento se conoce desde que en 1980, durante la construcción de los cimientos de una casa, aparecieron unos restos de fuste y basas de columna.
Posteriormente se detectaron los restos de un mosaico y de lo que parecía ser una pared estucada, además de abundante cerámica y tegulae.
Las excavaciones practicadas han puesto al descubierto una gran villa tardía de peristilo, exhumada solo de forma parcial, con habitaciones nobles pavimentadas con opus signinum y mosaicos (Cata 19).
De entre ellas destaca una gran habitación con un mosaico que reproduce el mito de Belerofonte y la Quimera, probablemente un triclinio (Regueras y Pérez Olmedo 1997: 61-65).
Se ha identificado también una estructura de planta semicircular, con una fachada en la que alternaban nichos de planta semicircular y cuadrada.
Posiblemente se trata de un ninfeo perteneciente a la fase final de la villa, el cual amortiza un espacio termal de un momento anterior, granito y ocasionales terracotas arquitectónicas en posición de caída.
El contexto de la U.E. 5 de la Cata 15, un nivel de abandono y derrumbe, contaba con un gran número de restos cerámicos (1.080 fragmentos), entre los cuales se incluye un número significativo de fragmentos pertenecientes a familias cerámicas de cronología altoimperial, aunque el contexto está claramente dominado por producciones características del periodo bajoimperial y de época visigoda.
Aparte del material cerámico, que es la base para establecer las dataciones, hay que referirse al hallazgo de dos monedas, un antoniniano de Galieno acuñado en Roma, que en el anverso presenta el busto barbado del emperador con corona radiada y mirando a la derecha, acompañado de la leyenda [GALIEN]VS AVGVSTVS, y en el reverso una cabra estante hacia la izquierda con la leyenda [I]OVI CO[NS AV]G y la marca secundaria Ó (RIC V-I, 207 p.
La otra es también un antoniniano, pero de Aureliano para divo Claudio, de la ceca de Mediolanum.
En el anverso aparece el busto barbado del emperador con corona radiada y manto, con la leyenda [D]IVO [CLAVDIO].
En el reverso un altar flaminar con la leyenda [C]ONSE[CRATIO] (RIC V-I, 261, p.
Ambas monedas proporcionan una data post quem que apenas tiene interés para datar el nivel, ya que como veremos, el conjunto cerámico apunta a fechas muy posteriores a la acuñación.
La U.E. 5 de la Cata 15 proporcionó igualmente otros materiales aunque no relevantes para la datación, entre ellos 11 fragmentos de vidrio de pequeño tamaño y formas no identificables, una pesa de telar, una piedra de afilar, un molino de mano, dos agujas en hueso, varios fragmentos óseos, varios objetos metálicos en hierro y bronce, y restos de terracotas arquitectónicas.
El número total de fragmentos cerámicos recuperados asciende a 1.080, divididos en 13 familias cerámicas (Fig. 4).
Dentro de éstas el grupo más numeroso pertenece al de las cerámicas comunes de cocina, con 786 fragmentos que suponen el 72,78% del total.
En esta familia se han identificado gran cantidad de materiales residuales de época romana, pero cuenta también con algunas piezas cuyas formas remiten a cerámicas del siglo VIII y IX.
Existe un número significativo de ollas con perfil en "S" que aunque aparecen en los contextos más tardíos, podrían remontarse al pleno periodo romano.
Junto a ellas hay otras piezas que indudablemente parecen más modernas, como las ollas de borde exvasado o vuelto sencillo y los cuencos carenados, siendo estas últimas piezas características de los contextos posteriores al siglo V y estando presentes incluso en depósitos fechados en el siglo VIII (Larrén et alii 2003: 278-279, 294-295, Fig. 3.1; Vigil-Escalera 2003: 378, Fig. 1).
La presencia de 22 fragmentos de cerámica común de cocina con líneas o retículas bruñidas indica fechas para el contexto no anteriores al siglo VI.
En este mismo sentido hay que prestar atención a los acabados y a las decoraciones de la cerámica común de cocina.
Entre las cerámicas comunes de cocina contamos también con algunos ejemplares que podrían datarse incluso en una fecha posterior.
Apareció, además, el cuello de una botella o cántaro con decoración de líneas bruñidas verticales, que cuenta con paralelos en contextos de época islámica (Alba y Gutiérrez Lloret 2008: 602), así como con una cazuela biansada semejante a otras piezas aparecidas en contextos de los siglos VIII-IX (Alba y Gutiérrez Lloret 2008).
El resto de familias cerámicas de esta U.E. 5 aparecen mucho menos representadas.
La cerámica fina de mesa marca fechas que no pueden ser anteriores a finales del siglo IV.
Se han recuperado 32 fragmentos de terra sigillata hispánica tardía, de los cuales 10 están fabricados a molde.
La única forma representada es la Drag.
37t, tanto en la producción a molde -un fragmento-como en la producción lisa -5 ejemplares-.
Igualmente, la presencia de 20 fragmentos de cerámica gris/negra con acabado bruñido y/o alisado indica que no podemos llevar la fecha de este contexto antes de los primeros años del siglo V. Sin embargo, tanto la cerámica gris/negra con acabado bruñido y/ o alisado, como la terra sigillata hispánica tardía y africana son frecuentes en contextos de cronología muy posterior.
En definitiva, la cronología de la U.E. 5 de la Cata 15 no puede ser anterior al siglo VI.
La datación del cierre del depósito es sin embargo mucho más difícil de establecer.
La presencia de vasos con formas cuyos paralelos se encuentran en los siglos VIII y IX debe tomarse con precaución, ya que se trata de tipos muy poco específicos que podrían iniciar su existencia en secuencias algo anteriores.
Por otra parte, su presencia en contextos que han sido datados en el siglo IX no es un argumento para excluir su existencia en momentos anteriores.
37T A MOLDE CON DECORACIÓN ANIMALÍSTICA
La fecha final de la producción de la terra sigillata hispánica tardía ha generado intensos debates, ya que se trata de una cuestión clave, no solo para la datación de los contextos de transición entre el periodo romano y visigodo, sino también porque esta producción es la última superviviente de la cerámi-ca de tradición clásica fabricada en la península Ibérica, lo que la convierte en uno de los últimos trazos culturales de la tradición romana en un mundo que se extingue.
Tras nuestro estudio no podemos establecer una fecha de desaparición para esta producción con seguridad, pero sí podemos decir que la terra sigillata hispánica tardía se encuentra prácticamente ausente de los contextos que hemos fechado en torno al siglo VI (Ariño y Dahí e.p.).
Con todo, debemos tener en cuenta la posibilidad de una cierta pervivencia hasta fechas más o menos avanzadas, a juzgar por la presencia de piezas bastante singulares en lo que a su repertorio decorativo respecta.
El caso aquí presentado es uno de los más significativos y enigmáticos.
37t realizado a molde en el que se aprecia una iconografía animalística esquemática completamente insólita, ya que no pertenece al repertorio clásico de esta producción cerámica.
La pasta es muy fina y de color amarillo (Munsell yellowish red 5YR 5/8).
Ambas superficies son de color rojo (Munsell red 2.5YR 4/6) y conservan escasos restos de engobe, ya que se encuentran muy desgastadas (Fig. 5).
La decoración a molde ocupa toda la parte central e inferior de la pieza y, a pesar de que ha sufrido un cierto deterioro, pueden apreciarse claramente dos figuras consecutivas de perfil alargado, estilizadas, que destacan ligeramente del resto de relieves, apareciendo rodeadas de cenefas o bandas rayadas que sirven de base a las figuras o rellenando el fondo.
Ambas figuras pueden interpretarse como una representación animalística esquematizada.
Las imágenes, prácticamente idénticas, presentan un largo cuerpo con un fino cuello y una cabeza esquemática.
Bajo el cuerpo y a la altura del cuello, se distinguen dos patas terminadas en tres dedos.
La figura más a la izquierda termina en lo que podría ser una cola y dos patas traseras que se desdibujan.
La otra figura, situada a la derecha, únicamente conserva la parte delantera con una de sus patas arqueada hacia atrás.
No hemos hallado paralelos para estos motivos figurados, manteniéndose su interpretación, por el momento, abierta, ya que las alternativas sobre su significado pueden ser muy diversas (Fig. 6).
Al ser las figuras tan esquemáticas resulta complicado determinar cual podría ser la especie animal representada.
Su forma es tan poco precisa que ni el hecho de mostrar tres dedos es suficientemente signi-Figura 5.
Fotografía del cuenco de terra sigillata hispánica tardía a molde Drag.
Dibujo del cuenco de terra sigillata hispánica tardía a molde Drag.
Archivo Lo que sí puede afirmarse, es que se trata de un modelo decorativo que nada tiene que ver con la tradición romana clásica.
La singularidad de la decoración hace difícil la búsqueda de paralelos dentro la terra sigillata hispánica tardía.
Pese a ello resulta interesante observar las semejanzas decorativas que existen entre la pieza que aquí presentamos y las cerámicas de época merovingia decoradas a moulette, aparecidas en torno a la región parisina, procedentes de necrópolis y fondos de cabaña (Legoux 1992: 112;2006: 325).
Esta producción es diferente en su técnica de fabricación y en su forma a la terra sigillata hispánica tardía, pero presenta decoraciones esquemáticas de tipo animalístico -cánidos en su mayoría-muy similares a nuestra pieza.
Al contar únicamente con un fragmento y no con la pieza completa, tampoco es posible determinar si la imagen pertenece a una escena estática o reproduce un suceso secuenciado, similar a los que aparecen en las denominadas de estilo narrativo por Juan Tovar, hasta ahora desconocido y presente en piezas de las últimas producciones de terra sigillata hispánica tardía fabricada a molde, como la Drag.
37t a molde del yacimiento de El Camino de Sta.
Juana (Cubas de la Sagrada, Madrid) que apareció formando parte de un contexto fechado a principios del siglo V (Juan Tovar et alii e.p.).
Según esto, la pieza de Saelices el Chico es por el momento un unicum que forma parte del repertorio de piezas de terra sigillata hispánica tardía que podrían estar marcando el final de esta producción cerámica en torno al siglo VI.
Para concluir, es interesante señalar también la escasa variedad que presenta el repertorio formal de la terra sigillata hispánica tardía en nuestra zona de estudio, repertorio que está prácticamente limitado a las formas Ritt.8 y, especialmente, Drag.
Esto obliga a considerar la relevancia que pueda tener, a la hora de determinar la fecha final de la terra sigillata hispánica tardía, la aparición, en los registros estratigráficos de la zona, de una cerámica que adopta habitualmente la forma del cuenco Ritt.8 aunque está fabricada con una pasta y una técnica que nada tiene que ver con la de la terra sigillata hispánica tardía, con barnices que recuerdan a los típicos de engobe rojo-pompeyano.
Estas piezas se fechan, a grandes rasgos, entre finales del siglo VI y los primeros años del siglo VIII (Ariño y Dahí e.p.) y están representadas en la U.E. 5 de la Cata 15 de Saelices el Chico por 47 fragmentos.
La aparición de esta producción en este periodo podría ser otro indicio a valorar a la hora de fechar el final de la producción de terra sigillata hispánica tardía hacia finales del siglo VI, siendo probable que en torno a esa fecha los alfareros desconocieran ya la técnica de fabricación de la terra sigillata hispánica tardía, viéndose obligados a fabricar estos cuencos con una metodología que nada tenía que ver con la de la producción que le dio su origen.
BIBLIOGRAFÍA Alba, M. y Feijoo, S. 2003: "Pautas evolutivas de la cerámica común de Mérida en épocas visigoda y emiral", L. |
En este trabajo se presentan los materiales arqueológicos tardorromanos (siglo IV d.C.) de la cueva de Arlanpe (Lemoa, Bizkaia).
Se trata de fragmentos de terra sigillata y de cerámica común romana, vidrios, objetos metálicos, restos de fauna, etc., que fueron encontrados en el interior de dos fosas excavadas en el suelo de la cavidad.
Ambas estructuras son interpretadas como "fosas de ofrendas" y se relacionan con algún tipo de ritual mágico-religioso de origen pagano.
PALABRAS CLAVE: Fosas de ofrendas, terra sigillata hispánica tardía, siglos IV-V d.C., paganismo, magia, sacrificios.
El uso de las cuevas en época romana y principalmente en época Bajo Imperial es un fenómeno habitual en el País Vasco y Navarra que ha sido estudiado por diversos investigadores desde la década de 19701.
Aunque la actuación arqueológica iniciada en 2006 en la cueva de Arlanpe no estaba enfocada de una forma concreta a la documentación y análisis de este fenómeno, la entidad de los hallazgos de época romana ha sido suficiente justificación * En primer lugar queremos agradecer al resto de componentes del equipo de excavación e investigación de Arlanpe, sin cuyo trabajo desinteresado no se hubiesen podido escribir estas líneas.
Las excavaciones de la cueva de Arlanpe han sido posibles gracias a la financiación y colaboración de Bizkaiko Foru Aldundia, Fundación Barandiaran, Gobierno Vasco, Ayuntamiento de Lemoa y Harpea Kultur Elkartea.
El análisis de la fauna ha contado con el apoyo de becas de investigación de Eusko Ikaskuntza a AGO y DAA.
Gracias también a Aida Gómez por sus comentarios sobre el diente humano.
AGO tiene un contrato postdoctoral del Ministerio de Educación (Programa Nacional de Movilidad de Recursos Humanos del Plan Nacional de I+D+I 2008-2011) y también cuenta con el apoyo del Ministerio de Ciencia e Innovación (Proyecto CGL2009-12703-C03-03).
Lo que en un principio se presentaba como la habitual aparición de materiales romanos en los niveles superficiales, se ha manifestado como la evidencia de diversas actividades realizadas en torno a los siglos IV-V d.C., que podemos reconocer en la excavación de fosas y el depósito en su interior de diversos objetos.
Los resultados obtenidos durante las campañas 2006-2010 permiten trazar una imagen bastante completa de las actividades desarrolladas en la cavidad en época romana y proponer una interpretación de las mismas.
Hemos realizado un estudio detallado del registro presente en la cueva de Arlanpe y sus particularidades, sin perder de vista el contexto regional en el que se inserta.
Conjugando ambos puntos de vista, nos proponemos responder a las cuestiones básicas que plantean este tipo de yacimientos: ¿qué uso tienen las cuevas en este periodo? ¿hay una explicación global para éste fenómeno? ¿se utilizaban las cuevas como lugar de hábitat, como refugio o para otro tipo de actividades de carácter simbólico?
A pesar del inevitable repaso a las propuestas de la historiografía precedente, estábamos convencidos de lo difícil que es ofrecer una explicación global, hemos centrado nuestra atención en tratar de comprender el caso concreto que hemos podido documentar en detalle.
Entendemos que es el camino necesario para progresar en el estudio de una cuestión en la que generalmente se han buscado hipótesis globales basadas en análisis un tanto superficiales del registro arqueológico, en lugar de profundizar en las características que definen cada yacimiento.
LOCALIZACIÓN Y ACTUACIONES ARQUEOLÓGICAS
La cueva de Arlanpe es una pequeña cavidad que se abre en la ladera norte del monte Pagotxueta (UTM: 30T x: 519254 y: 4782262, 204 m.s.l.), dominando un ensanchamiento del valle de Arratia en su confluencia con el río Ibaizabal (Figs.
Se trata de una cueva de reducidas dimensiones, con una entrada actual de 1,8 x 2 m orientada al N y un desarrollo de 25 m en dirección SE (Fig. 3).
Hoy en día presenta una escasa actividad hídrica, evidenciando un estado kárstico senil.
El yacimiento fue descubierto por el grupo espeleológico Alegría Club de Amorebieta en 1961 e identificado como un yacimiento del Paleolítico Inferior por J. M. Barandiarán (Marcos Muñoz 1982).
En esta primera exploración además de objetos paleolíticos se recuperaron algunos fragmentos cerámicos y una fusayola, actualmente depositados en la casa de J. M. Barandiarán (A. Arrizabalaga, com. pers.).
En la campaña de 2008 y 2009 se excavaron en el sector de la entrada, a unos 12 m de la boca, dos estructuras que alteraban los depósitos paleolíticos y en cuyo interior se recuperó material de época romana.
Además, en las sucesivas campañas de excavación se han localizado algunos materiales de cronología semejante, mezclados con otros paleolíticos, en los sedimentos revueltos por tejones del fondo de la cueva.
Los materiales romanos en posición primaria proceden del sector de la entrada (Fig. 3).
En este sector se ha excavado una secuencia de seis niveles arqueológicos (I-VI) de cronología paleolítica que aparecen levemente alterados por madrigueras entre la base de los niveles II-III (Solutrense) y el nivel IV (Paleolítico Antiguo).
Además, estos niveles están cortados por una fosa-trinchera que discurre de E a O a lo largo de la banda 21 (Fosa N) y por una fosa situada en el cuadrante NE del cuadro K20 (Fosa S).
Los materiales del fondo de la cueva, probablemente en posición secundaria, proceden de los cuadros I28 e I29 (Fig. 3).
Es una fosa-trinchera de planta subcircular que corta los niveles I, II y III y que se extiende de E a O en la banda 21, estando sus límites fuera de los cuadros excavados (Fig. 4).
Tiene una profundidad variable de entre 20 y 35 cm. Su relleno está constituido por sedimentos mezclados provenientes de los niveles alterados y abundantes clastos calizos.
En los bordes es posible observar algunas lajas calizas de considerables dimensiones.
Entre los materiales arqueológicos aparecidos en su interior cabe destacar, además de los materiales de cronología romana, la Figura.
Plano de la cueva de Arlanpe, con indicación de las zonas excavadas hasta 2010 y de la ubicación de las fosas.
Han aparecido también dos restos humanos, concretamente una vértebra y un molar.
La presencia de materiales romanos y paleolíticos a distintas alturas del relleno sugiere una amortización casi inmediata de la fosa, que fue rellenada con cascotes superficiales y parte de los sedimentos extraídos en su excavación.
Es una fosa de planta subcircular excavada en los sedimentos paleolíticos, cortando los niveles I a IV (Fig. 5).
Sus límites se extienden hacia el N, pero se puede estimar un diámetro aproximado de 1 m.
En la zona excavada los límites de la fosa son netos, estando el fondo y el borde calzados con lajas de caliza de dimensiones más reducidas que las anteriores, ca.
20 cm. El relleno de la fosa está constituido por sedimentos y materiales procedentes de su excavación, entre los que hay algunos restos líticos de tipología paleolítica y restos óseos que podrían pertenecer al mismo periodo, así como clastos calizos.
Aunque los materiales de cronología romana aparecen a distintas alturas en su interior, estos se concentran especialmente en el fondo (Fig. 6).
Al igual que en el caso anterior, el tipo de relleno sugiere una rápida amortización de la estructura.
Los valores que ofrece el radiocarbono sitúan este episodio de uso en torno a mediados del siglo IV d.C. Figura.
El fondo de la fosa S durante su excavación.
Las flechas indican la posición del cuchillo de hierro, de un fragmento de TSHT y de un resto de Sus sp.
En las dos estructuras recuperadas hay abundantes restos de fauna.
Además de los restos de fauna se han recuperado dos restos humanos en la fosa N. Esta fosa ha sido la que ha proporcionado la mayor cantidad de fauna y, además, presenta la mayor diversidad.
En ambas fosas es evidente la mezcla de materiales de época romana y de materiales prehistóricos, como hemos señalado anteriormente, lo cual nos obliga a mostrar cierta prudencia en la interpretación de este conjunto.
Los restos óseos recuperados en ambas estructuras pudieron tener, al menos, tres orígenes distintos.
Por un lado, los restos de zorro (Vulpes vulpes), lobo (Canis lupus) y oso (Ursus sp.) pueden proceder de los niveles paleolíticos cortados por la fosa, ya que estos animales podrían haber usado la cueva como cubil.
Es probable que los restos de las otras especies silvestres, como el ciervo (Cervus elaphus), el corzo (Capreolus capreolus), el rebeco (Rupicapra pyrenaica) y la cabra montés (Capra pyrenaica), tengan también como origen los niveles cortados por la fosa, aunque no se pueda descartar algún aporte más reciente.
En este caso, es posible que estos animales fuesen cazados por los humanos en el Paleolítico.
En segundo lugar, los restos de mustélidos de la Fosa N, como el tejón (Meles meles), y puede que los de la marta/garduña (Martes sp.), estarían asociados a madrigueras más recientes.
El tercer grupo lo constituirían los restos de fauna doméstica aportada en época tardorromana, como sería el caso del ganado vacuno doméstico (Bos taurus) y del cerdo doméstico (Sus scrofa domesticus), así como la costilla de herbívoro datada directamente.
Además de por los dos restos humanos, la fosa N también se diferencia de la fosa S por la presencia de restos de ave.
La fosa S, en cambio, preserva tres restos de gran bóvido: una falange proximal, una falange media y un incisivo.
Es probable que estos restos pertenezcan a ganado vacuno doméstico (Bos taurus).
Por último, ambas fosas presentan restos de suido.
Uno de los restos de la Fosa S, que apareció en clara asociación espacial con los restos metálicos de esta estructura, es un fragmento de maxilar izquierdo, que preserva la serie P 2 -M 3 (Fig. 7).
El tamaño del M 3 encaja bien con la atribución de este maxilar a cerdo doméstico (Payne y Bull 1988).
Algunos de los restos de fauna recuperados en estas estructuras han sido procesados con instrumentos metálicos, tal y como puede observarse en las huellas presentes en algunos fragmentos óseos, es-pecialmente costillas (Fig. 8).
Este hecho pone en relación directa estos restos de fauna con la ocupación de época romana documentada en la cueva.
Aunque en un principio se planteó la posibilidad de que existiese una relación entre los restos humanos y los materiales de época romana, al menos en el caso del molar esta ha sido descartada, atendiendo a su datación radiocarbónica: la muestra Beta-299200 ofrece como resultado 3430±30 BP, 1920-1750 cal BC al 95,4% de probabilidad.
Por lo tanto, el diente procede seguramente de un uso funerario de la cueva durante el Bronce Antiguo, documentado también en otros sectores del yacimiento, y su posición dentro de la fosa N debe interpretarse como resultado de la remoción de tierras provocada por propia la excavación y posterior amortización de la fosa.
Huellas de serrado (sup.) y de corte (inf.) realizadas con instrumental metálico.
Los materiales arqueológicos de época tardorromana que se han recuperado durante la excavación se describen a continuación, teniendo en cuenta su localización en la cueva: fosa N, fosa S y sector del fondo.
Cerámica común Se ha podido reconstruir, a partir de 15 fragmentos, la parte baja de una olla de fondo plano de 120 mm de diámetro, con el pie indicado (Fig. 9: 1).
Se trata de cerámica modelada a torneta y cocida en ambiente reductor con final oxidante.
La superficie del vaso ha sido tratada mediante un alisado grosero y presenta decoración mediante peinado vertical irregular y poco profundo.
El tipo 704, que se fecha en los siglos IV y V d.C., aparece con frecuencia en contextos en cueva.
Terra sigillata hispánica tardía (TSHT) Se han recuperado varios fragmentos que pertenecen a dos cuencos de TSHT.
El más completo está representado por cuatro fragmentos que permiten reconstruir un cuenco de la forma 37 tardía B, caracterizada por el reborde en la boca, en este caso de faja plana (Fig. 9: 2).
Tiene el cuello alto exvasado y el cuerpo abombado, no se ha conservado la parte inferior del vaso.
La pasta es de color rosado y el barniz anaranjado, fino y de poca calidad, muy perdido en la parte interior, sobre todo en el borde, parte baja del cuello y cuerpo.
La decoración es del tipo conocido como "segundo estilo", con tres círculos concéntricos, los dos exteriores están rellenos con bastoncillos de línea ondulada (3A/4/1) y el interior envuelve líneas en zig-zag (3A/6/3), siguiendo la clasificación de López Rodríguez (1985).
Fuera de esta composición hay dos pequeños motivos circulares que formarían parte de un motivo separador de la serie de círculos concéntricos, bajo los que discurren dos bandas horizontales lisas.
El otro ejemplar está representado por un único fragmento de pasta de color anaranjado, y barniz anaranjado-rojizo, fino y de poca calidad, probablemente del cuerpo de un vaso de la forma 37 tardía B (Fig. 9: 3) con decoración de círculos concéntricos: un círculo doble relleno con bastoncillos lisos (3A/3/1), siguiendo la clasificación de López Rodríguez (1985); al interior se insinúa otra serie de bastoncillos lisos más espaciados o algún tipo de roseta.
Al exterior del círculo hay un punto (1B/1) o botón circular muy poco marcado, y en la parte superior de la composición una banda horizontal lisa.
La cronología para este tipo de vasos de la forma 37 tardía B con decoración del "segundo estilo" ha sido establecida entre ca.
Las características tecnológicas, morfológicas y decorativas de ambos ejemplares permiten suponer que proceden de los alfares del valle del Ebro.
En la excavación de esta fosa se recuperaron 68 objetos y fragmentos de objetos metálicos, todos ellos de bronce, a excepción de uno de hierro.
El fragmento más singular de todos pertenece a un objeto de bronce (Fig. 10: 1) con una forma original probablemente circular.
La pieza es hueca, ya que está formada por una fina lámina de bronce que ha sido doblada hasta adquirir una sección circular.
Por su propia configuración y por el tipo de rotura que presenta, compatible con haber sido arrancado de golpe de algún otro objeto al que estaría unido, quizá podría ser identificado con un pequeño tirador o aplique decorativo.
Los más numerosos son varios pequeños fragmentos de chapas, también de cobre.
Su principal característica es la endeblez, con un grosor inferior a los 2 mm. Hay algunos ejemplares (Fig. 10: 2, 4 y 13) atravesados por pequeños remaches de cobre de cabeza plana y otro que conserva el orificio en el que iría insertado otro de esos clavos (Fig 10: 8).
Los restantes (Fig. 10: 6, 11, 12 y 14) son fragmentos lisos de diferentes tamaños, aunque hay uno (Fig. 10: 10) que ha sido doblado hasta adquirir el perfil en U característico de las pletinas o cantoneras.
La última de estas chapitas (Fig. 10: 3) presenta cuatro orificios para remaches dispuestos en el centro de cada cuadrante en el que podría dividirse su superficie, de forma cuadrangular.
Uno de sus lados está fracturado, por lo que el tamaño original de la pieza sería mayor.
El lado opuesto a él ha sido recortado en sus dos extremos, confiriéndole una forma muy peculiar.
Consideramos que podría tratarse de una de las hojas de una pequeña bisagra del tipo "de libro".
Los últimos objetos de cobre recuperados en esta fosa son cuatro pequeños clavos o remaches (Fig. 10: 5, 6, 7 y 9) de sección circular y, en dos de los casos, con cabezas planas.
Aunque se encuentran incompletos, el ejemplar mejor conservado permite suponer para todos ellos una longitud máxima de unos 20 mm.
Finalmente, del pequeño objeto de hierro (Fig. 10: 15), muy mal conservado, tiene una longitud cercana a los 30 mm, sección cuadrada y un perfil curvo muy acusado, con un engrosamiento muy llamativo en uno de sus extremos.
Todos estos fragmentos de planchas y clavos de cobre podrían haber formado parte de los refuerzos y ornamentos de una pequeña caja de madera.
En el caso de las chapas remachadas y de la pletina, ese carácter ornamental vendría sugerido tanto por su grosor como por el pequeño tamaño de las puntas de los remaches.
Ese mismo razonamiento puede aplicarse a los pequeños clavos, cuya longitud encajaría bastante bien en las planchas de madera de una pequeña caja o cofre.
Los posibles hoja de bisagra y tirador también encontrarían pleno sentido si nos encontrásemos ante los restos metálicos de un recipiente de ese tipo.
La primera también podría pertenecer a un díptico de madera o porta-tablillas de cera para escritura: piezas con la misma forma, aunque de menor tamaño y con una sola perforación en lugar de cuatro, forman parte de la estructura metálica de uno de esos objetos procedente del yacimiento alavés de Iruña-Veleia (Filloy y Gil 2000: 258, no 319).
Encontramos un buen paralelo formal para las plaquitas de cobre remachadas en la tumba no 24 de la necrópolis de época visigoda de Cacera de las Ranas (Aranjuez) (Ardanaz 2000: 50).
En cuanto a los clavos o remaches, casi siempre de hierro, contamos con ejemplos de hallazgos similares en los niveles tardorromanos de cuevas con secuencias de utilización similares a la de Arlanpe.
En Abauntz, cuatro pequeños clavos, tres anillas y un gancho fueron identificados como parte de los elementos metálicos de un arca o mueble de madera (Utrilla 1982: 221).
Esa misma interpretación se ha dado a 12 pequeños clavos, de los que siete aparecieron juntos en una oquedad estalagmítica, localizados en Goikolau (Basas 1987: 92).
Clavos similares han sido localizados en Ereñuko Arizti, identificándose como tachuelas de sandalia al aparecer algunos de ellos unidos de tres en tres (Apellániz 1973: 52;1974: 118 y 120).
En la Grotte du Pylone (Ardengost), en la vertiente norte de los Pirineos, se recogieron varios clavos de pequeño tamaño del mismo tipo, junto a otros objetos de cronología tardorromana (Arrouy et alii 1990: 180 y 183).
Se ha recuperado un solo fragmento que corresponde a la parte superior del cuerpo o a la zona del cuello de una vasija modelada a mano o torneta y cocida en ambiente reductor con final reductor.
La superficie exterior presenta un peinado vertical fino y regular, bien marcado (Fig. 11: 7).
La superficie exterior está alisada.
Terra sigillata hispánica tardía (TSHT)
En esta estructura han aparecido un total de nueve fragmentos de TSHT, que formaban parte, muy probablemente, de dos cuencos.
Al primer recipiente corresponden tres fragmentos que permiten reconstruir la parte superior de un cuenco de TSHT de la forma 37 tardía B (Fig. 11: 1).
La pasta es de color rosado y todos los fragmentos tienen las superficies interior y exterior muy erosionadas, seguramente como consecuencia de la acción del agua.
El barniz ha desaparecido casi por completo, y solo quedan restos minúsculos que permiten determinar su coloración anaranjada y su baja calidad.
Se han atribuido de forma segura a otro recipiente tres fragmentos decorados que pertenecen al cuerpo de la vasija, y de forma provisional, un fragmento del fondo que conserva el pie, con una pasta y un barniz muy similares a los fragmentos del cuerpo.
La pasta es de color anaranjado y el barniz es anaranjado-rojizo, fino y de poca calidad, muy perdido en la parte interna.
Los fragmentos correspondientes al cuerpo de la vasija (Fig. 11: 2-4) pertenecen seguramente a un vaso de TSHT de la forma 37 tardía B. Tienen decoración de círculos concéntricos, conformando un círculo doble relleno con bastoncillos lisos (3A/3/1), siguiendo la clasificación de López Rodríguez (1985).
Al interior se dibuja un motivo cruciforme formado por arcos de circunferencia, (3B/ 28).
El fragmento de fondo (Fig. 11: 5) tiene pie poco desarrollado de sección ligeramente trapezoidal y una banda incisa perimetral.
En la base está indicado el característico "anillo hispánico", habitual en las producciones del valle del Ebro.
Cerámica TSHT (1-6) y cerámica común (7) de la Fosa S.
Vidrio decorado de la Fosa S. El paralelo más próximo de estos fragmentos de vidrio lo encontramos en los recipientes de color verdoso y decoración esmerilada formando motivos geométricos procedentes de Las Ermitas (Araba), fechados en torno a finales del siglo IV d.C. o comienzos del siglo V d.C. (Iriarte 2004).
También en la cueva de Goikolau se han recuperado fragmentos de recipientes de vidrio soplado verdoso con decoración esmerilada formando líneas, atribuidos a época bajoimperial (Basas 1987).
La decoración esmerilada aparece también en recipientes de tipo botella de la Galia mediterránea datados a comienzos del siglo V d.C. (Foy 1995).
Las lágrimas incisas, quizá formando parte de motivos complejos, aparecen en vidrios del siglo III d.C. de la villa aquitana de Plassac (Foy y Hochuli-Gysel 1995).
En la Fosa S se recogieron varios objetos de hierro y de bronce, así como algunos fragmentos no identificables de ese último material.
El más significativo de todos ellos es un útil cortante de hierro (Fig. 13: 1).
Está formado por un mango de sección vagamente cuadrangular con las esquinas muy redondeadas y una hoja de un solo filo, en el extremo opuesto al del mango.
Las características de esta última, que no termina en punta y presenta un contorno curvado hacia adentro de forma muy acusada, ponen este útil en estrecha relación con el "cuchillo carnicero" procedente de los niveles del siglo V d.C. del yacimiento madrileño de Tinto Juan de la Cruz 2 (Barroso et alii 2001: 197, lám. LXXX-VIII y 199).
También se recuperó la parte proximal de un objeto punzante de hierro (Fig. 13: 2), de sección vagamente cuadrangular y que se va convirtiendo en circular según se acerca a la punta, muy marcada.
Su característica más destacada es la presencia de un marcado engrosamiento de su cuerpo principal, que comienza a unos 50 mm de la punta y que, tras llegar a un grosor máximo de unos 8 mm, vuelve a estrecharse para dar forma a aquélla.
Esta curiosa característica hace que lo interpretemos como un stylus o punzón dedicado a la escritura sobre tablillas enceradas.
Ese mismo tipo de ensanchamiento, que puede apreciarse en algunos ejemplares también Figura.
Cuchillo de hierro (1) y punzón de hierro (2), posible stylus, de la Fosa S.
2 Aunque, en ese caso, en la descripción de la pieza se afirme que la hoja está fracturada y que presentaba un enmangue tubular, lo que, curiosamente, no se corresponde con la representación gráfica publicada.
de hierro procedentes del fuerte romano de Newstead (Melrose, Escocia) (Curle 1911: 307-309), conservados en el National Museum of Scotland, sería característico del Tipo 3 de la clasificación de Manning (1985: 85).
Un tipo de punta muy similar a la de Arlanpe aparece recogida en la clasificación morfológica de Schaltenbrand Obrecht (cit. en Bozi y Feugère 2004: 29).
Junto a ellos se recuperaron 10 fragmentos de un pequeño muelle de cobre cuya longitud total no ha podido ser calculada y que estaba compuesto por un único alambre enroscado en espiral.
Este, de sección aplanada, formaba espirales de unos 8 mm de diámetro, con un ancho de entre 2,5 y 3 mm en su cara plana y un grosor de 1,5 mm (Fig. 14).
Tal vez se trate del muelle de una fíbula de cronología tardía, como las recogidas en la clasificación de Mariné (2007: 143).
Completa el conjunto de hallazgos de este material una pequeña plaquita remachada de forma cuadrada, atravesada por un pequeño roblón de sección circular.
Creemos que se trata de un pequeño aplique para madera, similar a los de la Fosa N.
En esta zona ha aparecido un gran fragmento que corresponde a la parte superior de una olla de borde vuelto con el labio engrosado y ligeramente exvasado al exterior (Fig. 15).
Esta trabajada a torneta y cocida en ambiente reductor con final oxidante.
La superficie del vaso presenta decoración mediante peinado oblicuo poco profundo.
La decoración peinada arranca desde la base del cuello y ocupa toda la superficie conservada del cuerpo. textos en cueva.
Un ejemplar muy similar a éste de Arlanpe se recogió en la cueva de Ereñuko Arizti (Apellániz 1973: fig. 31).
Terra sigillata hispánica tardía (TSHT) Únicamente se ha recuperado un fragmento de fondo con una banda horizontal que pega con el fondo de TSHT de la Fosa S (Fig. 11: 6).
Tiene las características propias de las producciones de los siglos IV-V d.C. del valle del Ebro.
La presencia de materiales tardorromanos en la cueva de Arlanpe no es un hecho aislado en su contexto regional.
Se conocen abundantes ejemplos desde la década de 1920 en el País Vasco y Navarra.
El fenómeno ha sido contemplado en muchas ocasiones por la historiografía vasca como un particularismo (vid. Quirós y Alonso 2007-2008), lo que ha condicionado en gran medida su interpretación.
Los contextos romanos tardíos en cueva no son exclusivos del País Vasco y Navarra.
En otros lugares del ámbito peninsular se conocen desde hace décadas yacimientos con presencia de TSHT y otros materiales de cronología bajoimperial, como la cueva de Arevalillo (Segovia), la de Quintanaurría (Burgos), las de Covarrubias y El Asno (Soria), las no 4, 5 y 6 del conjunto de los montes de Rodanas (Zaragoza), la del Moro de Olvena (Huesca), la Cova Colomera Figura.
Resorte de bronce de la Fosa S.
Cerámica común del sector del fondo de la cueva.
Las características que presenta esta vasija permiten clasificarla dentro del tipo 704 definido para la cerámica común romana del País Vasco (Martínez 2004; Esteban et alii 2008).
Este tipo se fecha en los siglos IV y V d.C., y aparece con frecuencia en con- La densidad de ocupaciones de época tardorromana que se aprecia en el País Vasco no tiene paralelos, por el momento, ni en Cantabria ni en Asturias, provincias con un importante número de cuevas y cuya romanización tiene muchos rasgos en común con la de los espacios costeros de Bizkaia y Gipuzkoa.
En Cantabria, aunque se menciona la presencia de indicios de época romana en unas 40 cuevas (Bohigas et alii 1984; Valle et alii 1996; Morlote et alii 1996), solo Cueva Grande (Castro Urdiales) tiene hallazgos bien caracterizados de época altoimperial; y en época tardía únicamente las cuevas de Los Hornucos de Suano (Carballo 1935), Las Brujas (González et alii 1986) y La Llosa (Serna et alii 2001) presentan algunas evidencias.
Sí está representado en Cantabria y de forma muy destacada, el periodo comprendido entre los siglos VI y VIII d.C. (Hierro 2002), un momento en el que numerosas cuevas son frecuentadas con diferentes fines, incluido el uso sepulcral bien documentado (Hierro 2008).
En Asturias el fenómeno de ocupación de cuevas en época romana es casi testimonial: recientemente se ha propuesto el uso como santuario de la cueva de El Ferrán en los siglos II-III d.C. (Fanjul et alii 2010), mientras que para vas y su cronología.
El elemento mejor representado son las ollas de cerámica común romana de producción local, seguido de la terra sigillata hispánica tardía (TSHT) y, más ocasionalmente, gálica tardía de tipo DSP.A. En algunas cuevas la cerámica está acompañada por recipientes de vidrio, y también por monedas, pequeños bronces bajoimperiales que, en ocasiones, forman aparentes "tesorillos" de varias decenas de piezas.
De manera más ocasional aparecen otros objetos metálicos, fundamentalmente herramientas, remaches, apliques, etc. y algún objeto de adorno personal.
El marco cronológico en el que se encuadran estos hallazgos se corresponde en la mayor parte de los casos con los siglos IV y V d.C., y en algunos casos se llega al siglo VI d.C. Conviene señalar que no en todas las cuevas aparecen todas las categorías de objetos (Fig. 17), si bien es cierto que esta diversidad puede estar, en buena medida, condicionada por el heterogéneo conocimiento que tenemos de los diferentes yacimientos.
En cuanto a la naturaleza de las ocupaciones creemos que esta respondió, sin duda, a motivaciones diversas.
Sin embargo, los distintos investigadores que han tratado el tema han intentado buscar, por lo general, una explicación única que pudiese aplicarse a todos los yacimientos de este tipo.
La primera propuesta de interpretación para el fenómeno la encontramos en la década de 1970, momento en el que se plantea que las cuevas son el hábitat propio de poblaciones indígenas, que siguen practicando modos de vida similares a los de época prehistórica y se resisten a la romanización, en el espacio que ocupa el "Grupo de Santimamiñe" (Apellániz 1973).
Este punto de vista fue cuestionado enseguida, aunque siguió teniendo influencia en algunos trabajos posteriores (Armendáriz 1990).
La crítica del modelo de Apellániz queda ya planteada en la obra de López Rodríguez (1985: 146-152), quien juzga imposible mantener esa formulación teórica que ya había puesto en tela de juicio Fernández-Posse (1979) y entiende el uso de las cuevas en época tardorromana como un fenómeno general, no exclusivamente "vasco", que no está en relación con cuestiones etno-culturales ni tampoco con episodios de inseguridad.
La posible causa, para este investigador, estaría relacionada con el incremento de la actividad económica en el ámbito rural que se produce en esta época y atribuye el uso de las cuevas a ocupaciones ocasionales de pastores en busca de refugio.
En los últimos años se ha recuperado esa idea del uso de las Figura.
Relación entre la situación de cuevas con evidencias de uso en época romana en Bizkaia y otros contextos contemporáneos.
Tipos de objeto presentes en cuevas con evidencias de uso en época romana en el País Vasco y Navarra.
Cercana a esta interpretación, aunque con algunas diferencias de matiz, se encuentra la esbozada por García Camino (2002: 291), quien ve en la proliferación de testimonios tardorromanos en cuevas una de las varias manifestaciones -otra serían, por ejemplo, los establecimientos en ladera, al aire libre-de la dispersión del poblamiento producida por la desestructuración política de la época y el consiguiente declive y abandono de los emplazamientos costeros.
Los enfoques precedentes, el conservadurismo cultural de las poblaciones que defiende Apellániz y la relación del uso de las cuevas con actividades económicas de López Rodríguez, fueron desechados por Martínez Salcedo y Unzueta Portilla (1988) para explicar los abundantes hallazgos realizados en Peña Forua.
Estos autores prefieren poner en relación ese yacimiento con episodios de inestabilidad política y social acaecidos en los siglos IV y V d. de C., como ya habían propuesto décadas atrás otros investigadores para explicar contextos similares del valle del Ródano, en Francia (Gagniere y Granier 1963).
Conviene señalar que ya en la década de 1980 esta teoría había sido puesta en tela de juicio por Raynaud (1984) al analizar las evidencias de ese mismo espacio geográfico.
L. Gil Zubillaga (1997) se muestra también partidario de la "teoría de la inseguridad" para explicar en términos globales el uso de las cuevas en época tardorromana y añade otra función para algunas grutas, como la de Peña Parda (Araba): el uso con fines religiosos cristianos, en relación con los eremitorios y cuevas artificiales de otras zonas del valle del Ebro.
En otros planteamientos, como el desarrollado por M. Esteban Delgado (1990: 345-346), confluyen muchas de las propuestas anteriores.
Según esa autora, la ausencia de cambio cultural, el "conservadurismo" que defendiera Apellániz, estaría en el fondo de una vuelta a modos de vida tradicionales -pastoreo-, como respuesta a la inestabilidad política propia del periodo.
Además, en algunos casos y debido a la presencia de restos humanos, se ha propuesto el carácter sepulcral (Apellániz 1975) de la utilización tardorromana de algunas de estas cuevas vascas, uso de nuevo puesto en duda por trabajos posteriores (López Rodríguez 1985: 150-152).
Pese a todos estos intentos, insistimos en que no parece que exista una explicación que pueda aplicarse a todas las cuevas.
Al contrario, consideramos que deben ser las particularidades de cada contexto las que permitan definir posibles interpretaciones.
Para elaborar propuestas sólidas se deben tener en cuenta un número importante de variables: la ubicación de la cueva, sus dimensiones y características geomorfológicas, su orientación, la zonas en la que se localizan los hallazgos, el tipo y la densidad de estos, el contexto estratigráfico, la presencia de estructuras -pozos, muros, etc.-la cronología precisa, las evidencias de frecuentación de las cuevas contemporáneas de los hallazgos, etc. En este mismo sentido se han manifestado autores como C. Raynaud al estudiar el fenómeno del uso de las cuevas en la Galia mediterránea a finales de la Antigüedad (Raynaud 2001) o Braningan y Deaner (1992) en el caso de las cuevas de la Britania romana.
Lo importante es entender cada contexto, el tipo de uso que ha tenido cada cueva en cada momento, y tratar de integrar cada caso concreto en las dinámicas de población, aprovechamiento del medio y costumbres culturales de cada época.
La explicación basada en la inestabilidad se apoya firmemente en un argumento principal: el de la despoblación de las ciudades y aldeas y la búsqueda de refugio de sus habitantes en lugares agrestes, en los que resultase fácil ocultarse, a finales del siglo IV e inicios del V d.C. Sin embargo, en términos generales y a excepción de Forua, que parece que se abandona a lo largo de la segunda mitad del primero de esos siglos, tanto los núcleos costeros como, sobre todo, los del interior situados a media ladera permanecen habitados durante el final de esa centuria y al menos parte de la siguiente (Martínez Salcedo 1997: 365).
Entre los primeros, destaca Lekeitio, en la propia costa vizcaína, con cerámicas tardías que remiten al siglo V d.C. (Bengoetxea et alii 1995: 223), aunque también encontramos ejemplos significativos de pervivencia del hábitat en esa centuria, con mayores o menores modificaciones, en los núcleos litorales de territorios vecinos a Bizkaia: Castro Urdiales (Montes Barquín et alii 2006; Santos Retolaza 2006) o Zarautz, con más dudas (Cepeda Ocampo, 2009; Sarasola Etxegoien e Ibáñez Etxeberria 2009: 454), por citar algunos.
En el interior, asentamientos como Momoitio o Finaga, siguen habitados en el siglo V d.C. (García Camino 2002: 107-108, 75-76 y 295), siendo muy probable que el segundo de ellos lo hiciese, sin solución de continuidad, hasta al menos el siglo VII d.C. Esa continuidad en la ocupación de algunas de las ciudades costeras, así como la pervivencia de algunos poblados de los valles del interior, hace que sea difícil admitir el uso de las cuevas como refugios de población que se oculta, huyendo de la inestabilidad del periodo.
La misma objeción ha sido señalada por Filloy Nieva (1997: 787) en el caso de Araba, donde se constata la pervivencia de núcleos habitados, coetáneos de las ocupaciones de las cuevas y en el entorno cercano de estas.
Además, esta autora también señala, creemos que acertadamente, la dificultad de atribuir la presencia en las grutas de cerámicas finas de mesa, como la terra sigillata, a grupos de refugiados que tratan de ocultarse en los montes.
A lo que habría que sumar que algunas de las cavidades parece que son ocupadas ya a mediados del siglo IV d. de C., como sugieren tanto las fechas de las monedas de Ereñuko Arizti (Cepeda Ocampo 1997: 278), como la propia datación radiocarbónica de Arlanpe (vid supra), momento en el que no hay constancia documental ni arqueológica de episodios violentos en la zona.
Será a partir de la irrupción de suevos, vándalos y alanos en la Península Ibérica en 409, a los que seguirán después los godos, cuando se den las condiciones objetivas para poder suponer un hipotético abandono de las ciudades y aldeas abiertas y la búsqueda de refugio en zonas apartadas, incluyendo algunas cuevas.
E incluso hay autores que consideran que el inicio de esa etapa de crisis aguda, tanto social como política, ha de retrasarse algunas décadas más (García Camino 2002: 288), hasta ya entrado el siglo V d. de C.
Por otra parte y extendiendo la objeción de Filloy que acabamos de ver para los "refugiados", el tipo de objetos que aparece en las cuevas tampoco se corresponde con el equipamiento propio de pastores que usarían estas como refugio estacional.
Ni se trata de objetos de gran valor que pudieran relacionarse con atesoramientos u ocultaciones de bienes recuperables.
Tampoco se detectan, en la mayor parte de los casos, niveles de ocupación intensos que se correspondan con espacios ocupados de forma estable y duradera, si bien es cierto que algunos yacimientos, como Los Husos o Iruaxpe III, sí que parecen haber funcionado como lugares de habitación a lo largo de un extenso período de tiempo.
En estos dos casos, a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de los mencionados en este trabajo, cuevas de acceso difícil y escasas condiciones de habitabilidad, nos encontramos con abrigos amplios y accesibles, en los que los restos cerámicos y de fauna son muy abundantes y variados.
Es por ello que consideramos que estas dos cavidades encajan perfectamente en el modelo basado en la expansión demográfica o el aumento de los terrenos puestos en producción (Quirós Castillo y Alonso Martín 2007-2008).
Hay contextos como Ereñuko Arizti (Apellániz 1973(Apellániz y 1975) ) y Goikolau (Basas Faure 1987) en los que la abundancia de restos humanos y su aparente asociación con los objetos de época romana parecen indicios suficientes como para proponer un uso sepulcral de estas cavidades.
La presencia de inhumaciones de época bajoimperial en cuevas naturales es muy poco habitual, aunque existen algunos ejemplos significativos, entre los que probablemente el enterramiento múltiple de Wookey Hole, en Inglaterra (Hawkes et alii 1978), sea el más importante y mejor estudiado.
En Asturias se ha identificado un contexto sepulcral del siglo V d.C. en la Cueva de l'Alborá a partir de una fecha de C14 obtenida de un carbón asociado a restos humanos y materiales tardorromanos (Adán et alii 2009).
Sin embargo, tanto en este último caso como en los de Ereñuko Arizti y Goikolau, creemos que sería necesario datar por radiocarbono los propios restos humanos para poder sostener o descartar su utilización funeraria.
Otra posibilidad es que se trate de evidencias de algún tipo de comportamiento ritual no funerario de época romana relacionado con los muertos (vid infra), en el que participen restos óseos anteriores en el tiempo que fuesen visibles en la superficie de las cuevas.
Ante la imposibilidad de encontrar un modelo válido para todos los casos conocidos, creemos que un análisis preciso del contexto de los hallazgos es la única manera de avanzar hacia una mejor comprensión del o los fenómenos que están detrás de ellos.
La abundancia de contextos de los siglos IV y V d.C. en el País Vasco, en contraste con lo que sucede en espacios geográficos próximos, quizá también pueda contribuir a explicar los motivos del uso de las cuevas en esos momentos.
Otro factor a tener en cuenta es que los usos que reciben estas cuevas no evidencian continuidad con los siglos anteriores, ya que la mayor parte de las grutas no se habían vuelto a visitar desde época prehistórica.
EL YACIMIENTO DE ARLANPE: INTERPRETACIÓN
La cueva de Arlanpe se localiza en una zona de difícil acceso, en la parte media de una ladera muy escarpada.
Está a menos de 1 km en línea recta de Elorriaga, un barrio del municipio de Lemoa (Fig. 18), en las paredes de cuya ermita de San Pedro se encuentran empotradas varias inscripciones funerarias romanas y algunas estelas de tradición indígena.
Las primeras nos indican la presencia de un núcleo de población de cierta entidad no muy lejos de allí, de cuya necrópolis procederían.
Su cronología, entre los siglos III y V d.C. (García Camino 2002: 316, nota 28), se solapa con el momento de utilización de la cavi- dad, por lo que parece obligado establecer una relación directa entre ambos yacimientos.
La principal característica del yacimiento tardorromano de Arlanpe es que la mayor parte de los materiales proceden de dos fosas excavadas en el suelo de la cueva.
Aunque existen marcadas diferencias formales entre ambas, tienen algunos aspectos en común: la profundidad a la que han sido excavadas, de entre 20 y 35 cm.; la delimitación de sus bordes y, en el caso de la fosa S, el encachado de su fondo mediante lajas de caliza hincadas; y las evidencias de haber sido amortizadas en un breve espacio de tiempo.
En las dos se han recuperado materiales similares: cuencos de terra sigillata, cerámica común, vidrio, apliques metálicos, de una posible caja de madera o un portatablillas en la fosa N, un cuchillo, un stylus y una aguja o varilla de hierro, un resorte o muelle de cobre, un aplique del mismo metal y restos de fauna, básicamente.
Los elementos más significativos desde un punto de vista cronológico son la cerámica de tipo terra sigillata hispánica tardía (TSHT), la cerámica común romana y el vidrio.
Todos ellos tienen paralelos en otros yacimientos que permiten encuadrarlos en torno a los siglos IV-V d.C., cronología reforzada por la datación de C14 (Beta-287337: 1690±40 BP) en torno a mediados del siglo IV d.C 5.
En cuanto al contexto en el que aparecen los materiales, el hecho de que nos encontremos ante hoyos que presentan una preparación con lajas de sus laterales, así como un fondo encachado en uno de los casos, hace que se pueda descartar su utilización como vertedero de un hipotético hábitat.
De tratarse de basureros, serían simples zanjas, sin trabajos específicos en paredes y suelo.
Igualmente, su pequeño tamaño impide su consideración como fondos de cabañas excavados en el suelo.
Además, la presencia de estructuras de habitación en esa zona de la cueva sería muy improbable, dadas sus escasas condiciones de habitabilidad: una galería estrecha, mal iluminada por la luz natural y con un techo bajo que dificultaría la evacuación del humo de las hogueras.
En relación con esto último, también puede descartarse completamente que se trate de cubetas de hogares, ya que no presentan huellas de rubefacción ni acumulaciones de carbones en su interior.
Y en cuanto a la posibilidad de que se tratase de pequeños silos destinados al almacenaje de grano y que hubiesen D'Archimbaud 1972: 663-664).
Una solo proporcionó algunos restos cerámicos y un punzón de bronce, mientras que en el fondo de la segunda se halló un importante depósito formado por dos esqueletos de crías de jabalí en conexión anatómica, un plato de cerámica común y algunos objetos metálicos, entre los que destaca otro punzón.
Ambas estaban cubiertas por estructuras tumuliformes y en la segunda se localizó un importante nivel de cenizas y carbones entre el túmulo y la tierra que cubría el hoyo.
La datación por C14 de un carbón del fondo de la fosa proporcionó una fecha muy imprecisa (Ly-284: 1400±180 BP) entre los siglos III-X cal AD al 95,4% de probabilidad (Evin 1972).7 La segunda de estas fosas de l'Hortus ha sido considerada como una "fosa de ofrendas", relacionándola con algún culto pagano llevado a cabo en un lugar apartado y oculto, la cueva, en un momento en el que el cristianismo ya se había impuesto en la zona como religión predominante (De Lumley y Demians D'Archimbaud 1972: 664).
Dentro de la religión romana tradicional anterior al cristianismo, este tipo de ofrendas subterráneas sería características de algunos ritos iniciáticos, como el de Isis (Casas y Ruiz de Arbulo 1997: 222), aunque no exclusivamente.
Fosas y pozos de ofrendas (favissae) fueron estructuras corrientes en los lugares de culto del mundo antiguo.
Por tanto, una posible explicación para el uso tardorromano de la cueva de Arlanpe pasaría por relacionarlo con algún tipo de actividad de tipo mágico-religioso: la realización de ofrendas a alguna divinidad ctónica, en relación con algún ritual cuya finalidad precisa desconocemos.
En cuanto a los paralelos para las estructuras excavadas en Arlanpe y los materiales localizados en su interior, contamos con ejemplos de fosas de ofrendas en pequeños templos rurales británicos, que también comparten características con los hoyos de Abauntz y l'Hortus: Great Chesterford y Brigstock (King 2005: 336, 346 y 363), ambos con función ritual y en uso hasta el siglo IV d.C. En el primero se localizaron fosas con restos de animales que habían sido arrojados a ella "en fresco".
En el segundo parece que únicamente los restos de ovicápridos fueron enterrados en pequeñas fosas, acompañados en ocasiones de monedas.
Se interpretan como restos de ofrendas a la deidad del santuario por parte de los fieles, quienes habrían consumido las partes restantes del animal en un "banquete ritual".
Esta interpretación, como evidencias de "comidas sacrificiales", se hace extensiva al conjunto de los restos de fauna recuperados en los templos y santuarios británicos de época romana, en su mayor parte huesos fragmentados y con marcas de carnicería.
En un entorno más cercano y de época altoimperial, se han interpretado como evidencia de un sacrificio ritual de carácter votivo y/o fundacional los restos de un bóvido localizados en una fosa junto a los principia del campamento romano de Cidadela, en Galicia (Fernández 2003: 99-102 y 179).
Para apoyar esta interpretación de Arlanpe y hacerla extensible a otros yacimientos similares, hay que prestar atención al conjunto depositado en época tardorromana junto a uno de los túmulos de la necrópolis megalítica de las Peñas de los Gitanos (Málaga).
Estaba formado por fragmentos de contenedores cerámicos, siete monedas, un amuleto fálico y restos de apliques de bronce, así como restos orgánicos carbonizados; y ha sido interpretado como la evidencia de un ritual mágico-religioso llevado a cabo a inicios del siglo V d.C. (García et alii 2007: 115-117).
El hallazgo de restos de apliques de pequeños muebles de madera, monedas y, sobre todo, cerámicas es habitual en los contextos en cueva de época tardorromana, lo que podría estar indicando cierta equivalencia entre alguno de los usos de las grutas que estamos mencionando en este trabajo y los rituales llevados a cabo en el entorno de monumentos prehistóricos situados al aire libre en esas mismas fechas.
La constatación de actividad en época tardorromana en sepulcros colectivos de la Prehistoria reciente en distintas zonas de la península (Lorrio y Montero 2004: 106; García et alii 2007), nos lleva a considerar la posibilidad de que la presencia de sepulturas prehistóricas en muchas de las cuevas con evidencias de uso en los siglos IV-V d.C. del País Vasco y Navarra pueda interpretarse en términos semejantes.
Quizás algunos de esos rituales tuviesen que ver con las prácticas de magia conocidas como defixiones.
En ellas, entre otras acciones, se procedía a la invocación a una divinidad infernal o a los propios espíritus de los muertos, a los que se ofrecía un sacrificio, con forma de ofrenda, a cambio de su favor (Maioli 2010: 165) papel fundamental el texto escrito del encantamiento, generalmente en láminas de metal o papiros.
La presencia de un stylus 8 en la fosa S de Arlanpe podría relacionarse con algún tipo de escrito mágico realizado en una tablilla de madera encerada de la que no ha quedado resto alguno, a excepción, tal vez, de sus herrajes metálicos.
Los fragmentos de vidrio pertenecientes, al menos, a un recipiente de tipo ungüentario también encajarían dentro de esta interpretación: la utilización de ungüentarios en rituales relacionados con los muertos, posteriores al enterramiento está atestiguada en época romana en una necrópolis de los siglos I-III d.C. de Bolonia (Cornelio Cassai y Cavallari 2010: 91-92 y 96-97), por lo que no sería extraño su uso en otras actividades también relacionadas con la magia.
En el caso de la cueva de Peña Forua, la pequeña figura de bronce de una Isis-Fortuna, aunque se trate de una pieza de larario del siglo II d.C. (Fernández y Unzueta 1998), podría estar indicándonos un uso ritual de la cavidad; quizás como santuario consagrado a esa divinidad sincrética o, más probablemente, como lugar en el que se realizaron actividades de tipo religioso o mágico y en alguna de las cuáles se invocó el favor de esa diosa.
Existen algunos indicios a favor de esa nueva interpretación, como el hecho de que la diosa Fortuna se convierta, a partir del siglo III d.C., en una deidad ligada a la magia, cuya protección se buscará mediante exvotos y figurillas ligadas en ocasiones a los lararios (Bailón 2006(Bailón -2007: 241): 241).
La presencia de figurillas similares a la de Peña Forua no debería resultar extraña en contextos religiosos de época romana, ya que podrían haber cumplido la función de exvotos u ofrendas para solicitar o agradecer el favor de la diosa (Bailón 2006(Bailón -2007: 235): 235).
Resulta altamente significativo el caso de la cueva galesa de Culver Hole, única para la que se propone una utilización ritual en todo el conjunto estudiado por Branigan y Dearne (1992) y en la que se recuperó una pequeña imagen de bronce de una "diosa madre" céltica (Green 2003: 51) acompañada, entre otros objetos, de un conjunto de monedas del siglo IV d.C. (Branigan y Dearne 1992: 32-33).
En Peña Forua, además de numerosos fragmentos de recipientes cerámicos y de vidrio, también se recogieron algunas monedas de bronce (Martínez y Unzueta 1988).
La presencia de monedas en las favissae es relativamente frecuente en el mundo romano tardío.
Las cinco monedas de Constantino recuperadas del hoyo situado bajo la estatua de Isis de un santuario en Cirene, junto a restos de lucernas y huesos de aves (Casas y Ruiz de Arbulo 1997: 223), son un buen ejemplo.
Hemos visto también el ejemplo de las fosas del santuario británico de Brigstock, con monedas acompañando a los restos de cabras y ovejas enterrados en ellas (King 2005: 346).
En el yacimiento alsaciano de Ehlm, en el interior de una favissa de glos IV-V d.C., como pone de manifiesto la tipología bien definida de buena parte de sus materiales.
Quizá en el caso de Peña Forua haya existido una frecuentación de la cavidad en época altoimperial, como sugieren tanto la cronología de la propia figurilla de Isis-Fortuna como, sobre todo, la presencia en el yacimiento de materiales de los primeros siglos de la era; si bien es cierto que en bastante menor medida que los bajoimperiales (Martínez Salcedo y Unzueta Portilla 1988).
En todo caso, parece tratarse de un caso excepcional.
Ya hemos visto cómo se ha tratado de explicar esta "vuelta" a las cuevas en los siglos IV y V d.C. desde varios puntos de vista que tienen que ver con causas económicas, sociales y políticas.
Por lo que respecta a la interpretación ritual que planteamos en este trabajo, podemos aportar dos argumentos estrechamente relacionados entre sí: por un lado, el auge que conocieron las creencias y prácticas mágicas durante el siglo IV d.C. (Salinas de Frías 1990: 239); por otro, las medidas y disposiciones legales ordenadas por Constantino I y sus sucesores, especialmente por Constante y Constancio II, y encaminadas a combatir el paganismo y la magia (Jiménez Sánchez 2010; Moreno Resano 2009; Salinas de Frías 1990).
Estas, que comenzaron en el año 319, se sucedieron a lo largo de todo el siglo para culminar con la prohibición completa del paganismo por Teodosio, Arcadio y Honorio en 392 (Salinas 1990: 239-240).
Parece que dichas medidas no fueron fáciles de llevar a la práctica (Moreno 2009: 213) y que se sucedieron períodos de prohibición total de los cultos antiguos con otros de tolerancia -a excepción de los sacrificios-e incluso de recuperación de su carácter oficial (Jiménez 2010: 113-114).
Sin embargo, de la dureza de las penas impuestas nos da una idea la legislación de Valentiniano y Valente, quienes, en el año 364 decretaban la pena capital para quienes practicasen la adivinación, la enseñasen y realizasen sacrificios nocturnos (Salinas 1990: 240).
Estos últimos, objeto preferente de esta legislación ya desde Constantino I, estaban íntimamente ligados a la astrología, a la necromancia y a los cultos mistéricos orientales, de carácter ctónico.
Y es en este punto donde queremos plantear la relación entre esas disposiciones y el posible uso mágico-religioso de algunas cuevas en época tardorromana.
La prohibición de llevar a cabo rituales que conllevasen el sacrificio de animales, como los maleficios, la consulta a los espíritus de los muertos o las ofrendas a las divinidades infernales, pudo llevar a que su realización se trasladase a zonas apartadas; cercanas a los núcleos de población pero lo suficientemente alejadas de estos como para evitar un posible castigo por parte de las autoridades.
El interior de las cuevas sería, en ese contexto social y religioso, el marco perfecto para llevarlos a la práctica lejos de miradas indiscretas.
Los trabajos arqueológicos llevados a cabo en el interior de la cueva de Arlanpe (Lemoa, Bizkaia) entre los años 2006 y 2011 han permitido documentar su uso en época tardorromana.
Tanto las cronologías relativas obtenidas de las tipologías de los diferentes objetos, como la datación absoluta por C14 de un resto de fauna sitúan cronológicamente esa utilización en los siglos IV-V d.C.
El contexto en el que aparecen los materiales bajoimperiales de Arlanpe ha sido documentado con precisión en las zonas de la cueva que no se habían visto afectadas por alteraciones de origen animal.
Eran dos fosas excavadas rompiendo los niveles prehistóricos, en cuyo interior se habían depositado restos cerámicos, de vidrio, metálicos y de fauna, y que habían vuelto a taparse.
Dado que ese comportamiento no parece el esperable en una zona de hábitat, y que no se dan unas mínimas condiciones de habitabilidad, hemos tratado de encontrar alguna explicación al comportamiento detectado.
Excluida la ocultación voluntaria, ya que son objetos de poco valor, creemos que estamos ante evidencias de un comportamiento ritual, con un componente mágico-religioso.
Así, las fosas de Arlanpe serían una suerte de "fosas de ofrendas", similares a las conocidas en otros contextos de época romana.
Esas ofrendas a algún tipo de deidad ctónica, irían acompañadas de sacrificios de animales y, quizá, de banquetes rituales, lo que explicaría los restos de fauna de las fosas.
Además, podrían relacionarse con alguna práctica mágica, de tipo necromántico o maléfico, para la que fuese necesaria la presencia de muertos, ya que en la cueva hay restos humanos de la Prehistoria Reciente que quizá fuesen visibles en superficie en época romana.
Este tipo de comportamientos rituales habrían tenido lugar en un momento histórico en el que la legislación imperial sancionaba duramente la celebración de sacrificios privados y perseguía con especial saña, en un contexto de imposición del Cristianismo, tanto las prácticas mágicas como las relacionadas con la religión tradicional romana politeísta.
Las grutas situadas en lugares apartados, aunque cercanos a las ciudades y poblados, serían el lugar ideal para su celebración.
En el caso de Arlanpe se dan ambas condiciones, ya que hay evidencias indirectas de la existencia de una población de cierta importancia, quizá una aglomeración secundaria, en su entorno inmediato, en Elorriaga; y la cueva se localiza en un paraje de media ladera y acceso complicado, lo que garantiza su alejamiento de las zonas transitadas o explotadas económicamente.
Somos conscientes de que esta interpretación es altamente hipotética, pero consideramos que no lo es más que las que se han venido manejando hasta la fecha y que relacionaban la presencia de materiales tardorromanos en el interior de las cuevas, del País Vasco y de otras zonas, con la inestabilidad política, el arraigo de costumbres indígenas, la extensión del pastoreo o un cambio socio-económico de cierta entidad.
Esta explicación "ritual" de los depósitos bajoimperiales en cueva no pretende servir para todos los yacimientos similares al de Arlanpe conocidos, sino que busca explicar algunos casos concretos, y es perfectamente compatible con otras interpretaciones más generales.
Por ejemplo, con la del aprovechamiento económico de espacios apartados.
Volviendo al yacimiento que ha motivado este trabajo, consideramos que tanto los materiales de Arlanpe como el contexto en el que fueron recuperados pueden ser explicados de manera convincente en este nuevo marco interpretativo, ya que contamos con paralelos conocidos para todos ellos en otras zonas del mundo romano.
Además, creemos que esta propuesta quizá podría extenderse a otros yacimientos similares y cercanos geográficamente.
Por ejemplo, los depósitos en hoyo de Abauntz, el yacimiento de Peña Forua o, de confirmarse la cronología prehistórica de los restos humanos, los materiales de las zonas interiores de Ereñuko Arizti.
Conviene recordar en este punto que muchas de las cuevas con restos tardorromanos del País Vasco y Navarra cuentan con niveles sepulcrales de la Prehistoria Reciente, restos humanos habitualmente en superficie, a la vista de los visitantes de los siglos IV y V d.C. Quizá se trate de algo casual.
O quizá, por el contrario, nos esté dando pistas acerca del carácter de su uso en época bajoimperial.
En todo caso, será necesario realizar nuevos estudios, tanto de detalle sobre yacimientos concretos, como generales, comparando los datos de cada uno de ellos, para poder confirmar -o descartar-lo planteado en este trabajo. |
En este trabajo pretendemos ofrecer algunas reflexiones sobre el uso, función y cronología de las llamadas pizarras numerales visigodas con el fin de ofrecer nuevas perspectivas de análisis que ayuden a su mejor comprensión.
Para ello tomamos como referencia principal la pizarra hallada recientemente en el yacimiento de Valdelobos, inserto dentro del ager Emeritensis, pero sin descuidar su relación con los ejemplares documentados en el sector suroccidental de la cuenca del Duero y en la zona meridional del Sistema Central; región de donde procede la inmensa mayoría de las pizarras conocidas.
EL YACIMIENTO DE VALDELOBOS Y SU IN-SERCIÓN EN EL MARCO DEL TERRITORIO EMERITENSE
Las pizarras con signos numerales son un tipo de hallazgo frecuente en algunas áreas del suroeste de la cuenca del Duero y del piedemonte meridional del Sistema Central.
Conocidas desde finales del siglo XIX, su comprensión continúa siendo oscura, ya que ofrecen una información que se reduce a una serie de cifras, sin mayores indicaciones.
A ello se añade la ausencia de contextos arqueológicos claros que permitan entender adecuadamente sus usos y cronología.
Sin embargo, el alto número de ejemplares recuperados -a falta de un elenco detallado puede situarse por encima de los 2000 1 -obliga a plantearse algunas consideraciones a fin de encuadrar este material dentro de un marco explicativo que supere la mera descripción del hallazgo como tal.
Nuestra intención no es resolver todas las dudas acerca de las pizarras numerales sino ofrecer algunas reflexiones partiendo de un caso concreto, el del yacimiento de Valdelobos (Montijo, Badajoz), que ha sido recientemente objeto de una intervención arqueológica, por lo que contamos con una información actualizada; aquí se encontró una pizarra numeral que nos servirá para realizar ciertas apreciaciones.
Resulta evidente que esta elección representa en sí misma una limitación, ya que es fácil pensar que un material tan abundante debió ser usado para funciones muy diversas y en situaciones heterogéneas.
De todos modos, nos parece interesante efectuar un estudio detallado 1 Carecemos todavía de una base de datos sistemática con todos los lugares con hallazgos de pizarras.
Velázquez Soriano 2005a nos ofrece un elenco bastante amplio, pero no esni pretende ser-un listado completo.
En cualquier caso, sirve como referencia para comprobar la extensión de la geografía de las pizarras.
La primera referencia sobre el yacimiento en cuestión procede del estudio de Gorges y Rodríguez Martín (2000: 129), quienes lo citan con el nombre de 'El Fresnillo'.
Sin embargo, el topónimo de Valdelobos parece más correcto debido a la lejanía del primero con el lugar donde se concentran los restos arqueológicos documentados (Fig. 1).
Ambos investigadores identificaron en superficie restos de fustes y bloques de granitos, placas de mármol, fragmentos de opus signinum, cerámica común, paredes finas procedentes de los talleres emeritenses, T. S. sudgálica, T. S. hispánica y T. S. africana.
Además, advirtieron de la destrucción de un pavimento musivo de cronología tardía por las periódicas tareas agrícolas desarrolladas en el yacimiento, que dataron entre los siglos I y IV.
Posteriormente, las tareas de construcción de la nueva línea de tren AVE entre Madrid y Lisboa a su paso por el término municipal de Montijo propiciaron la realización de una intervención arqueológica en el sitio de Valdelobos, adjudicada a la empresa Arqveochek S. L. U. y condicionada espacialmente por la traza de la nueva línea de ferrocarril.
Los trabajos abarcaron una superficie total de 11000 m 2, en los que se ha podido documentar una rica secuencia estratigráfica que comprende desde el siglo I al IX.
2 No obstante, cabe destacar que las anteriores tareas de explanación y aterrazamiento llevadas a cabo en esta zona, destinadas a facilitar su aprovechamiento Figura 1.
Localización del yacimiento de Valdelobos.
2 El yacimiento de Valdelobos ha sido excavado por dos grupos de arqueólogas/os diferentes.
El primero, conformado por D.a Yolanda Pereira y a D.a Raquel Expósito, halló la pizarra numeral analizada en este trabajo.
El segundo, compuesto por D. Fernando Sánchez, D. Diego Sanabria, D. Francisco Portalo, D.a Renata Rosa y D. Víctor Gibello de la empresa Arqveochek S. L. U., continuó con la excavación posteriormente.
Agradecemos a todos, especialmente a D. Fernando Sánchez, la información proporcionada.
De otro lado, nos gustaría destacar las facilidades proporcionadas por el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz para el estudio de la pieza, sobre todo a D. Manuel de Alvarado Gonzalo, su director en ese momento.
Por último, significar la incidencia que ha tenido su excavación en la prensa regional, siendo referenciado en el periódico Hoy los días 10 de octubre de 2008 y 7 de septiembre de 2009 (ambas noticias pueden consultarse en su edición digital www.hoy.es). agrícola, han afectado en gran medida al grado de conservación de las estructuras documentadas.
Los restos más antiguos documentados, adscritos al período altoimperial, se corresponden con un mausoleo edificado en opus quadratum y un horno cerámico.
El primero presenta dos cámaras funerarias, una de ellas, que presenta peor factura y reutiliza en su fábrica sillares de granito, se adosó en un momento posterior.
Este edificio fue fuertemente expoliado en época emiral (Fig. 2).
El segundo, conserva su cámara de combustión realizada con ladrillos de adobe.
No se han documentado estructuras de habitación de esta cronología, aunque si tenemos en cuenta la cantidad y la calidad de los materiales observados al Norte del límite septentrional del área excavada (Gorges y Rodríguez Martín 2000: 129), parece probable asumir que en ella se localizase la pars urbana de una villa.
Establecer su cronología de un modo preciso es complicado debido a la falta de una intervención arqueológica en esta zona.
No obstante, si tomamos como referentes temporales la presencia de cerámica emeritense de paredes finas y de un mosaico de cronología tardía junto a producciones de T. S. Africana C, podríamos asignarle como hipótesis de trabajo una cronología entre los siglos I y V.
En la parte occidental del área excavada se identificaron los restos de un edificio compuesto por una nave corrida y tres pasillos datados en el siglo IV, muy arrasados y conservados a nivel de cimentación, interpretados como los restos de un almacén relacionado con la posible pars urbana de la villa situada al Norte.
Esta edificación presenta diferentes fases de ocupación, manteniendo siempre la función ya reseñada.
La primera, la más complicada de documentar debido a la escasa cultura material conservada, se encuadraría en el período altoimperial.
La segunda, asociada a la presencia de materiales como T.S hispánica tardía o lucernas Dressel 30, es datada en el siglo IV.
Por último, cabría destacar una probable continuidad hasta un momento indeterminado del siglo V, aunque esta fase no puede afirmarse con seguridad debido alto arrasamiento que presentaban los restos exhumados.
Esta construcción fue amortizada por una necrópolis encuadrada entre los siglos VI y VII, sin que pueda descartarse un hiato temporal entre la última fase de uso del almacén y la disposición de las inhumaciones, que se extiende en hiladas bien definidas desde esta zona, hasta el mausoleo altoimperial mencionado anteriormente (Fig. 3).
Las más antiguas se localizan en el espacio anexo al mausoleo.
Esta disposición parece indicar que este monumento gozó de cierta preeminencia, probablemente fue el núcleo original de esta necrópolis.
La última fase de ocupación del yacimiento, datada entre los siglos VIII y IX, se identifica con el abandono de la necrópolis y su amortización por numerosos silos excavados en el suelo, con las paredes sin revocar, que no han podido ser relacionados con ninguna estructura de hábitat.
Además, de diferentes zanjas de función indefinida, posibles basureros o fosas de expolio.
En una de estas últimas, donde se documentó material cerámico que abarca desde el período romano al emiral, fue documentada la pizarra numeral objeto de este análisis3 (Fig. 4).
Con los datos expuestos, cabe remontar el origen de la ocupación de este lugar, localizado dentro del ager de Augusta Emerita (Cordero Ruiz 2010), al siglo I, posiblemente en su segunda mitad.
Esta da- Atendiendo al registro material de los yacimientos conocidos, parece que en el siglo I se produce una efectiva ocupación del territorio emeritense, en coincidencia con la implantación del sistema de villae.
Concretamente en la cuenca media del Guadiana, donde se localiza el yacimiento de Valdelobos, encontramos un buen número de ejemplos cuyos orígenes pueden encuadrarse en esta centuria.
En esta comarca, donde los suelos presentan óptimas condiciones para el desarrollo de la agricultura y la ganadería, el patrón de poblamiento parece estar articulado por las calzadas Alio Itinere ab Olisippone Emeritam e Iter ab Olisippone Emeritam, casi paralelas al curso del río Guadiana en este sector (Cordero Ruiz 2011: 550).
La necrópolis de Valdelobos guarda similitud con otros ejemplos conocidos en la cuenca media del Guadiana, concretamente en el tramo comprendido entre las actuales poblaciones de Mérida y Badajoz: Granja Céspedes (Matesanz Vera y Sánchez Fernández 2007), Torrebaja (Ramírez Sádaba 1991), Torre Águila (Rodríguez Martín 1997) o La Picuriña (Rubio Muñoz 1982).
Sin embargo y al igual que en el caso que nos ocupa, no disponemos de suficiente documentación que permita asegurar una relación espacio-temporal entre estos espacios funerarios y un asentamiento concreto, solo podemos intuirla.
No obstante, cabe destacar las grandes concomitancias existentes entre Valdelobos y los casos de Torre Águila o La Picuriña.
En Torre Águila, la necrópo-lis dispuesta sobre la antigua villa (Rodríguez Martín 1997) donde no existen pruebas que nos permitan situar un edificio de culto cristiano (Mateos Cruz 2003: 117), podría indicarnos, si atendemos a su continuidad temporal (siglos VI y VII) y al gran número de inhumaciones documentadas, la presencia de un importante núcleo de población en las cercanías, quizás un vicus, o de diferentes núcleos más pequeños en los alrededores, una suerte de villulae.
4 En la Picuriña, el estadio final de la necrópolis se encuadra en el siglo VII por la cronología de los ajuares funerarios documentados, aunque posteriormente, parece relacionarse con la presencia de silos circulares.
Esta realidad ¿podría indicarnos que nos encontramos ante necrópolis que actúan cómo centros funerarios de una población campesina residente en sus alrededores?
La información disponible no permite ni confirmar ni descartar esta posibilidad.
En primer lugar, el conocimiento de los yacimientos mencionados procede de excavaciones antiguas o de modernas intervenciones de urgencia condicionadas por las necesidades de las obras que las motivaron.
En segundo lugar, no contamos con suficiente información sobre el tipo de poblamiento rural existente en las áreas donde se localizan las necrópolis.
Además, el hábitat campesino durante el período visigodo está definido por el empleo de materiales perecederos y por una cultura material más pobre y poco conocida, dificultando en gran medida su identificación.
5 Así pues, no podemos definir en las cercanías de estas necrópolis la presencia de algunos de los asentamientos que parecen protagonizar los patrones de ocupación tardoantiguos en el territorio emeritense como vici o villulae (Cordero Ruiz 2011: 552-554).
En la península ibérica, algunas de las necrópolis mejor conocidas vinculadas con villae son las de Cabriana, La Olmeda, El Munts, El Ruedo y El Jardincillo (Chavarría Arnau 2007: 107-110).
En estos yacimientos no se ha constatado la presencia de tumbas privilegiadas, lo cual puede relacionarse con la inhumación en otros lugares de los propietarios.
Por otro lado, su funcionamiento continuado durante la mayor parte de la Tardoantiguedad es relacionado con el mantenimiento de la propiedad a pesar del abandono de las villae como espacios de vivienda de sus propietarios.
De esta manera, parece que los rustici y los domini vinculados a estos establecimientos siguen considerando estos cementerios como puntos de referencia, proponiéndose la relación entre esta población y los cambios funcionales de los sectores residenciales de estas villae a partir del siglo V (Chavarría Arnau 2007: 110).
Además, no parece descabellado vincular la aparición de estos espacios funerarios con los procesos de concentración de la propiedad de la tierra y de la población rural iniciados a partir del siglo IV.
El registro material de Valdelobos se encuadra dentro de un territorio donde el final del sistema de villae a lo largo del siglo V dio paso a una realidad protagonizada por nuevos establecimientos rurales.
Los patrones de ocupación todavía no están demasiados claros debido a la escasez de documentación.
No obstante, parece que durante el período visigodo el poblamiento tendió a concentrarse en antiguas villae tardorromanas o en núcleos de nuevo cuño en las proximidades de antiguas calzadas 6 y en un paisaje cristianizado (Fig. 5).
Por otro lado, si tomamos como referencia el registro material emeritense y lo comparamos con el documentado en otras zonas de la península (Chavarría Arnau 2007), puede plantearse que la edilicia de los asentamientos conocidos se caracterizaría, también, por el uso de de materiales reutilizados y perecederos.
Sin embargo, queremos resaltar que no parece que esta evolución deba relacionarse con el cuadro de conflicto y decadencia defendido por la historiografía tradicional.
Las fuentes documentales señalan que, tras la conquista islámica, diferentes tribus bereberes se instalaron en el antiguo territorio emeritense durante el siglo VIII, aunque este proceso todavía no se ha constatado con seguridad (Franco Moreno 2011: 530-547).
Los trabajos desarrollados en los yacimientos de Val-6 Un caso similar se ha podido detectar en la zona meridional de la actual Comunidad Autónoma de Madrid (Vigil-Escalera Guirado 2009). delobos y Cerro de las Baterías (La Albuera, Badajoz), parecen indicar que en la segunda mitad de esta centuria se está conformando un nuevo tipo de poblamiento rural que, por ahora, sólo alcanzamos a intuir (Cordero Ruiz y Franco Moreno 2012: 159-166).
Por otro lado, conviene resaltar que no existe un registro material que induzca a pensar que la conquista islámica supuso un momento de ruptura en el territorio, sino el inicio de un nuevo modelo de asentamiento rural que paulatinamente sustituirá a los antiguos patrones de ocupación, bien ejemplificados en el yacimiento de Valdelobos.
LA PIZARRA DE VALDELOBOS Y SU CONTENIDO
La pizarra inscrita encontrada en el yacimiento de Valdelobos es un fragmento de 1535 × 891 × 120 mm con un color gris oscuro, casi negro (Fig. 6).
Esta tipología y la ausencia de afloramientos pizarrosos Figura 6.
en las proximidades del yacimiento nos lleva a proponer su procedencia en el área de los actuales términos municipales de Puebla de Obando (Badajoz) y Villar del Rey (Badajoz), núcleos localizados a unos 30 kilómetros al Norte.
En esta zona abundan afloramientos pizarrosos de este tipo, caracterizados por la coloración ya referida y por presentar una superficie lisa y homogénea.
El fragmento conservado está escrito por una sola cara, aunque presenta dos cuentas diferentes, separadas por una línea vertical.
Cada una de las inscripciones numéricas corresponde a una mano diferente (Fig. 7).
La situada a la izquierda -y posiblemente la primera en ser realizada-tiene un ductus más grueso e inseguro, frente a una mayor seguridad y regularidad en el caso de la segunda.
En el lado izquierdo se conservan 10 líneas, de las cuales aparecen completas 6 de ellas, las que corresponderían a las líneas 2, 3, 4, 5 y 6 y quizá la 8.
A continuación se transcriben dichas inscripciones numéricas: Cada línea se compone de una serie de cantidades que se mueven entre 1 y 6 (línea 5), que se configuran en combinaciones variadas.
Los sumandos que incorporan más de un signo (II, VI...) llevan en la parte superior una línea horizontal que junta dichos signos y que no ha podido representarse.
Pero también algunos signos aislados con valor V disponen de esa línea superior (líneas 4, 5, 6, 7 y 8).
Aunque resulta difícil la interpretación, debe plantearse que estemos ante una indicación por parte del escriba de que se trataba de una cantidad cerrada de 5 unidades, si bien se desconoce la causa de esa diferenciación con respecto a los signos V aislados que carecen de esa línea (líneas 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 9).
La suma de las combinaciones de cada línea tiende a una cifra de 20 unidades.
Así sucede con las líneas 2, 3, 4, 5 y 6, que se han conservado íntegramente.
Es posible que la línea 7 también sumara esa cantidad, ya que el raspado ocupa un sitio que podría ser ocupado por un signo III.
Esta circunstancia debe asociarse con el tipo de operación matemática que se recoge en estas piezas, compuesto por la suma de unidades desconocidas, a partir de líneas que dan como resultado un número constante, que podría ser luego multiplicado.
Sin embargo, la línea 8 arroja un resultado diferente, pues únicamente se suman 16 unidades.
Esta irregularidad podría ser debida a que falte la parte inicial de la línea, ya que la pizarra está rota en ese punto.
Sin embargo, es una conjetura, ya que no hay signos de inscripciones numéricas siquiera fragmentarias ni parece existir espacio para un signo IIII.
Por otra parte, se conservan únicamente dos líneas en el lado derecho, que corresponden al final de una cuenta más extensa, cuya parte superior se ha perdido.
La primera de ellas está incompleta, pero la segunda se ha conservado íntegramente.
A continuación se ofrece la transcripción:
Se aprecia de nuevo cómo las cantidades que configuran las líneas van desde I a V, es decir unidades no excesivamente grandes.
Al igual que en el lado izquierdo, se observa el uso de un nexo entre signos mediante una línea horizontal superior que los une y parece, aunque no es seguro, que se utiliza también en un signo V aislado en la línea 1, concretamente el primero de ellos.
Conviene resaltar que la cantidad sumada en la línea conservada íntegramente (20) es la misma que en la cuenta del lado izquierdo, lo que parece situarnos ante la continuidad de una operación matemática, pero en este caso realizada por otra persona.
Estas características se ajustan a lo que sabemos sobre el contenido de este tipo de inscripciones.10 En Figura 7.
Transcripción propuesta de las cuentas identificadas en la pizarra.
Archivo La existencia de dos cuentas diferenciadas no es algo desconocido, aunque sí poco habitual, debido al estado muy fragmentado en el que se han conservado las piezas.
Existen algunos ejemplos entre las pizarras procedentes de Salvatierra de Tormes (Salamanca) (Díaz y Martín Viso 2011).
Sin embargo, en tales casos se aprecia la existencia de una diferencia clara en el contenido, ya que la segunda de las cuentas parece ser una sub-cuenta: la cuenta principal aparece cerrada y la cuenta secundaria es mucho más pequeña y está formada por líneas que suman cantidades inferiores.
La particularidad de esta pizarra procede del hecho de que se trata de dos cuentas semejantes, incluso en el resultado de los sumatorios de cada línea, por lo que cabe sospechar que se usaron espacios vacíos en la cara de la pizarra para llevar a cabo un tipo de suma semejante.
En tal sentido, estaríamos ante un indicio de la continuidad de la contabilidad que dio lugar a esta pieza, debido a que dos manos diferentes, en momentos distintos -aunque no necesariamente muy alejados en el tiem-po-usaron el mismo sistema para contar algo que también debía ser idéntico.
Quedan pendientes algunas cuestiones sobre las que convendría profundizar o reflexionar.
Desde luego, la principal es saber qué se contaba con este sistema.
Esto resulta prácticamente imposible de saber en el caso de la pizarra procedente de Valdelobos.
Solo puede certificarse que el sistema de cuenta exigía unos conocimientos mínimos de aritmética y de dominio de los objetos de escritura que ni estaban al alcance de todos ni eran necesarios para la mayoría.
LOS HALLAZGOS DE PIZARRAS Y SU PROBLEMÁTICA
Las inscripciones en pizarra han sido documentadas sobre todo en el sector sudoccidental de la cuenca del Duero (provincias de Ávila y Salamanca), así como en la vertiente meridional de las serranías del Sistema Central situadas en la actual provincia de Cáceres (Velázquez Soriano 2004: 40-43).
En esta amplia región no solo se concentran abrumadoramente los hallazgos sino que, además, se documentan los principales yacimientos que han proporcionado el mayor número de piezas: Dehesa del Castillo (Diego Álvaro, Ávila), Cabeza de Navasangil (Solosancho, Ávila), Lerilla (Zamarra, Salamanca) y El Cortinal de San Juan (Salvatierra de Tormes, Salamanca) son los casos más significativos, aunque no los únicos (Díaz y Martín Viso 2011).
Sin embargo, esta concentración no debe llevarnos a engaño, pues contamos ya con referencias al uso de este tipo de material en otros lugares.
Los datos más actuales nos hablan de una dispersión de los hallazgos por amplias zonas de la cuenca del Duero (Represa 1976; Calleja Martínez 2001; Mañanes Pérez 2002 traba la sedes regia del regnum Visigothorum, también han documentado algún ejemplar.11 Incluso se conocen piezas que alcanzan localizaciones lejanas del foco principal, como sucede con el fragmento de una pizarra numeral encontrada en el sur de Portugal (Tente y Soares 2007) o la pizarra con dibujo procedente de Roc d'Enclar (Andorra) (Velázquez Soriano 1997).
La multiplicación de estos puntos nos habla de una tipología más extendida cuyo uso fue más amplio del que hasta ahora se había sospechado, por lo que la particularidad del área Salamanca-Ávila responde más a la intensidad de su utilización o a su mayor conservación, pero no a que su uso fuera una particularidad regional.
Ahora bien, ninguna de las pizarras encontradas posee textos.12 Probablemente esta sea otra de las particularidades del foco central de hallazgos, aunque no debe olvidarse que la mayoría de las pizarras escritas, en torno a un 36%, proceden del lugar de Dehesa del Castillo, en Diego Álvaro, que quizá fuera un centro eclesiástico cuyo archivo estaba escrito en pizarra.
En cualquier caso, lo que parece seguro es que existía un uso escriturario en pizarra relativamente frecuente, cuya finalidad fundamental era contable, siguiendo un tipo de operación matemática que también se documenta en el Norte de África a finales del siglo V, como se recoge en las denominadas tablillas Albertini (Courtais et alii 1952).
Se trataría, como se comprueba en la pizarra de Valdelobos, de un sistema adaptado a una contabilidad constante de unidades desconocidas, de la que se podían fácilmente extraer cantidades mayores mediante la simple multiplicación de las líneas.
A pesar de esa aparente sencillez, este sistema exigía una serie de conocimientos matemáticos que no estaban al alcance de cualquier persona durante este periodo y que sólo podían ser útiles para alguien que precisara de una contabilidad constante y que dispusiera de los medios para ello, lo que descarta una contabilidad de tipo campesino (Díaz y Martín Viso 2011).
Ahora bien, se plantea el problema de qué es exactamente lo que se cuenta y, derivado de él, quién está realizando estas cuentas.
Teniendo en cuenta las apreciaciones anteriores, debe pensarse en dos posibilidades que no son excluyentes.
Por un lado, que se tra-tara de una contabilidad de carácter dominical, en la que quedaran registradas cantidades relativas a la gestión de una gran propiedad, como podría ser el pago de censos por dependientes.
Un uso de este tipo aparece atestiguado por las tablillas Albertini, que, al fin y al cabo, eran la contabilidad de un dominus.
Pero cabe suponer que en otras ocasiones se estuviera ante una contabilidad de carácter fiscal, semejante a la que parece encubrirse en algunos documentos con textos, como los denominados por los editores vectigalia rerum rusticarum procedentes de Diego Álvaro, tal y como algunos estudios han puesto de manifiesto (Martín Viso 2006).
Esta explicación se ajustaría mejor a aquellos casos en los que las pizarras han aparecido en contextos donde no aparece claramente una presencia dominical, como sucede con determinados centros rurales que emergen a partir del siglo V como auténticos ejes del paisaje rural en el suroeste de la meseta del Duero (Martín Viso 2008b; Díaz y Martín Viso 2011).
Ambas interpretaciones son factibles y no se excluyen entre sí, dado que el sistema contable pudo utilizarse en situaciones diversas, pero también porque los claros límites que diferenciaban el impuesto de la renta dominical se van desvaneciendo tras el final de la estructura imperial romana en la pars Occidentalis (Wickham 2005), por lo que el dominus podría ser también recaudador de tributos o atribuirse esa función y convertirlos en parte del censo campesino.
Un conocimiento más ajustado de los usos de esta contabilidad solo puede realizarse a través de la existencia de contextos arqueológicos más o menos bien definidos que nos permitan integrar las pizarras en cada yacimiento.
Por desgracia, la mayoría de los hallazgos carecen de ese contexto, bien porque se produjeron en unas circunstancias en las que únicamente interesaba el descubrimiento del objeto en sí, como sucede en muchas intervenciones hasta mediados del siglo XX, bien porque han aparecido realmente fuera de contexto o en una posición secundaria, como sucede en Virgen del Castillo (Urbina Álvarez 2002).
Únicamente algunos casos muy específicos parecen ofrecernos una información más clara.
Así, en Ávila, en el solar del Episcopio, las pizarras aparecen en un contexto en el que también se documentan cerámicas a torno estampilladas y un tremis de oro de Chindasvinto (Díaz de la Torre 2003).
Todo apunta a un lugar con un cierto nivel social y económico que quizá se asocie a la captura fiscal, por la presencia de la moneda (Martín Viso 2008a).
La existencia únicamente de cerámicas de almacenamiento hace pensar que este lugar tenía una funcionalidad como punto de captación de un producto, probablemente vino, que se elaboraba en las inmediaciones.
Esta circunstancia recuerda, si bien en una escala menor, a lo que se ha documentado en la región actualmente tunecina de Kasserine durante el periodo tardoantiguo, donde existirían grandes depósitos destinados a concentrar la producción de aceite de los alrededores (Hitchner 1995).
Por último, en Cabeza de Navasangil (Solosancho, Ávila), las pizarras encontradas no lo fueron durante las campañas de excavación de los años setenta y noventa, pero se vinculan al arrasamiento por fuego del lugar, una circunstancia datada entre los siglos VI y VII (Larrén 1989; Larrén et alii.
Interesa destacar como nos encontramos con un pequeño punto fortificado emplazado a media ladera de la sierra de la Paramera, en una posición dominante sobre el valle Amblés, lo que hace pensar en un castellum en manos de elites locales, ante la ausencia de evidencias sobre la presencia efectiva de un poder central (Martín Viso 2008b: 235-236).
Estos tres casos ejemplifican la diversidad de posibles contextos en los que se han hallado pizarras, y que pueden entenderse respectivamente como la consecuencia de usos fiscales, dominicales o asociados al control de un paso ganadero.
No obstante, todos ellos tienen un denominador común: se trata de espacios de poder político, económico y social, alejados de contextos campesinos o artesanos.
Por otra parte, se acepta comúnmente que estas pizarras pertenecen a la época visigoda.
El hecho de que hayan aparecido algunas piezas en las que se han conservado textos escritos y el sistema contable ya descrito, ha permitido colegir una unidad temporal de ambas tipologías, atendiendo al estudio paleográfico de las pizarras escritas, algunas de las cuales tienen indicaciones directas de su datación en los siglos VI y VII.
De esta forma, las pizarras se han convertido en un 'fósil director' que fecharía un contexto estratigráfico e incluso un yacimiento, ante la ausencia de otros parámetros más inequívocos.
Sin embargo, casi todas las pizarras numerales encontradas se han recogido fuera de posición estratigráfica, lo que supone una dificultad a la que se une la constatación del uso de la pizarra como soporte de textos privados en la época del Principado (Gimeno Pascual y Stylow 2007) y la posibilidad de que algunas de las pizarras numerales sean de época tardorromana.
El caso más elocuente es la pizarra encontrada entre el material de un basurero en el ya-cimiento de San Pelayo (Aldealengua, Salamanca) datado entre finales del siglo IV y comienzos del V. Se da la circunstancia de que dicho lugar ha sido identificado con una villa periurbana de la civitas de Salmantica (Dahí Elena 2007), por lo que no resulta arriesgado pensar en una contabilidad asociada a las necesidades del dominus, bien referida a pagos de censos o a algún tipo de actividad doméstica.
Algo semejante sucede en Cauca, donde se conocen al menos dos focos de hallazgos de pizarras.
Uno se encuentra en la zona conocida como Los Azafranales, junto al casco urbano tardorromano, un lugar utilizado en ese periodo para verter basuras domésticas.
Aquí se ha encontrado un conjunto de pizarras numerales, diez de las cuales se consignaron en un artículo con una localización errónea (Sáez 1985), a las que se deben sumar cerca de medio centenar en manos de particulares (Blanco García 1998y 2002: 169).
Algunas de ellas han sido recientemente publicadas, una de las cuales se halló en la colmatación de una fosa-basurero, mientras otras dos fueron encontradas en el nivel de arada y en el interior de de la colmatación de una gran zanja que sirvió para extraer elementos de un muro romano con una cronología muy amplia, pues las cerámicas encontradas llegan al periodo bajomedieval (Pérez González y Reyes Hernando 2009b: 50-54).
Aunque los datos son inseguros, parece razonable pensar que estamos ante los restos de una contabilidad efectuada en época tardorromana.
El otro foco se sitúa en el pago denominado Tierra de las Pizarras o Las Pizarras, un área suburbana donde existió una residencia lujosa, que puede calificarse como una villa.
Este lugar parece haber sido abandonado a partir del siglo V d.C., cuando buena parte de los materiales fueron reaprovechados, al mismo tiempo que se diseñó un espacio de enterramientos, subdivido en dos áreas (Pérez González y Reyes Hernández 2008 y 2009a).
Es en este punto donde apareció una pizarra, fragmentada en 6 trozos, como consecuencia de una actividad de unos furtivos, por lo que carecemos de una imagen clara de su contexto específico (Pérez González y Reyes Hernández 2009b: 54-56).
Sin embargo, el hecho de que este espacio residencial no haya perdurado más allá del siglo V con esa función permite afirmar que estaríamos ante una pizarra de época tardorromana, asociada posiblemente a una contabilidad dominical.
Estos datos desvelan la posible existencia de pizarras con dataciones tardorromanas, si bien el hecho de haberse encontrado en contextos secundarios, incluyendo basureros, representa una dificultad para ir más allá del terreno de la hipótesis.
En cambio, las excavaciones efectuadas en el edificio del Episcopio en Ávila han detectado la presencia de fragmentos de pizarras numéricas en estratos de época post-romana, lo que certifica que tales piezas se usaron en esos momentos (Díaz de la Torre 2003).
Todo ello parece encaminarse hacia la idea de un periodo de uso de estas pizarras numerales más dilatado de lo que se ha propuesto tradicionalmente y que se iniciaría al menos ya en el siglo IV.
Por consiguiente, las pizarras no pueden datar sin más una fase en una secuencia estratigráfica, sino que solo son comprensibles en su contexto, que nos ofrecerá las claves para dar una cronología.
En tal sentido, la comprensión de los contextos específicos de hallazgos es indispensable, tanto para obtener cronologías fiables como para entender los posibles usos.
¿Qué puede aportarnos en tal sentido la pizarra de Valdelobos?
Por un lado, su conocimiento nos pone nuevamente de relieve la amplitud del uso del sistema contable ya descrito, que debía extenderse por toda Hispania y por buena parte del Mediterráneo occidental, superando el marco regional del suroeste de la meseta del Duero.
Por tanto, el uso de la pizarra como material escriturístico no es una particularidad regional, aunque sí lo es su extraordinaria intensidad y su aplicación al registro de documentación privada escrita.
Por otro lado, cabe destacar que se trata de la primera pizarra numeral hallada en el ager Emeritensis.
Hasta ahora, solo conocíamos un único ejemplar localizado en la ciudad, procedente de las cercanías de la necrópolis periurbana de Los Columbarios.
En esta pizarra se han identificado dos dibujos: la planta repetida de un edificio de planta basilical con una cabecera con dos ábsides y una crátera de pie triangular de doble asa.
Esta última presenta evidentes concomitancias con representaciones decorativas halladas en las Hayes 76 tipo E, datadas entre los siglos V y VI (Mateos Cruz 1997: 59).
Los dos motivos representados llevaron a Mateos Cruz a relacionar esta pizarra con una tabla de instrucción similar a las documentadas por Velázquez Soriano (2005b: 118-123), aunque, también, cabe la posibilidad de incluirla dentro del grupo con diseños de labores agrícolas y edificaciones religiosas (Santonja y Moreno 1991-1992).
El uso de la pizarra como soporte escriturístico, aunque no propiamente local -los posibles lugares de extracción de pizarra de Valdelobos se encuentran a unos 30 kilómetros al norte-, quizá se explique por una oferta insuficiente de papiro o por un menor coste en el caso de la pizarra.
Sea como fuere parece que había una tradición de utilización de la piza-rra como soporte para la escritura que estaría extendida por amplios sectores de la península ibérica, aunque es probable que estuviera asociada a su uso para una documentación que no estaba destinada a su perduración, con la notable excepción del área principal de los hallazgos.
Por otro lado, la pizarra sería un indicio de la existencia de lazos comerciales en el seno de ager Emeritensis, que posibilitan la obtención del material de escritura.
Por lo que se refiere a la cronología de la pizarra numeral de Valdelobos nos parece plausible, a pesar de que los datos no son demasiados precisos, presentar como hipótesis de trabajo una datación encuadrada entre los siglos IV y V, vinculando su función contable con alguna de las dos últimas fases de uso del almacén descrito anteriormente.
La más que probable presencia de la pars urbana de una villa al norte de esta, seguramente el núcleo del fundus en el que se insertaba el dicho almacén, parece indicarnos que la contabilidad escrita en la pizarra es de carácter dominical, relacionándose las cantidades reseñadas con la gestión de esta propiedad.
Esta idea también se fundamenta en la total ausencia de indicios -políticos, económicos o sociales-datados entre los siglos VI y VII que nos permitan suponer la realización de actividades necesitadas de una con-tabilidad.
Por otro lado, cabe recordar que, al igual que en el caso de otras necrópolis tardoantiguas localizadas en las cercanías de Valdelobos anteriormente mencionadas, no disponemos de datos que nos permitan asegurar un poblamiento de esta cronología, ya sea concentrado o disperso, en su entorno inmediato.
El principal problema de esta hipótesis de trabajo es que la pizarra se halló en un contexto secundario, lo cual nos impide corroborarla de manera inmediata.
No obstante, los datos desprendidos del contexto general del yacimiento y del territorio donde se inserta la pieza estudiada parecen avalar nuestra teoría, más si tenemos en cuenta que los casos de San Pelayo y de Cauca presentan características semejantes a las que aquí describimos.
Sin embargo, no podemos descartar definitivamente que la pizarra numeral de Valdelobos se date entre los siglos VI y VII, aunque esta hipótesis no nos parezca la más adecuada debido a la falta de datos concretos que la avalen.
Además, como ya hemos mencionado, no podemos usar sin más las pizarras como fósil director o como prueba incuestionable para encuadrar una secuencia ocupacional determinada o, incluso, un yacimiento en época visigoda ante la ausencia de otras pruebas arqueológicas. |
"Cuando marchó Agripa contra ellos, tuvo también algo que hacer con sus propios soldados, pues muchos de ellos, envejecidos ya y agotados por la duración de la guerra, tenían a los cántabros como gente invencible, y no obedecían a su general.
A éstos pudo reducirlos rápidamente a la disciplina con advertencias, exhortaciones y promesas, pero contra los cántabros sufrió bastantes contratiempos.
Pues su esclavitud con los romanos les había dado experien-cia y sabían que de ser cogidos, no conservarían la vida (...)
Por fin, después de perder a muchos soldados y de castigar también a muchos -a la legión llamada Augusta le prohibió usar este nombre-exterminó a todos los enemigos en edad militar y a los restantes les quitó las armas y les obligó a bajar de los montes a la llanura".
1 Así se cierra la narración de las Guerras Cántabras, en la pluma del historiador de Bitinia hacia el primer tercio del siglo III.
El texto corresponde a los anales del año 19 a.C. y el panorama descrito emplaza al lector en un ambiente ambivalente, levantisco y derrotista a la vez, según los bandos en liza, indisciplinado en ambos, aunque por causas muy distintas.
El balance de la intervención de Agripa no puede ser más taxativo dentro de la lógica bélica legionaria: finaliza una guerra por la vía del exterminio de la fuerza del adversario, el desarme y la deslocalización defensiva.
Con este final aún reciente, muy vivo en la memoria, se produce el tercer viaje de Augusto a Hispania que acarreará trascendentales decisiones en la organización provincial y fiscal del solar peninsular y, especialmente, en los territorios recién conquistados.
Es en este momento cuando podría haberse producido también la decisión de colocar los termini augustales o, en todo caso, cuando hubo de gestarse la división territorial que delata una muy significativa decisión recientemente reconocida: el otorgamiento del régimen jurídico de municipium iuris Latini a Iuliobriga (Abascal 2008: 83) En este contexto se erigen los termini Augustales, enseñas de la auctoritas del emperador que monumentalizan epigráficamente la frontera entre dos regímenes de ocupación del espacio, el militar y el de privilegio ganado en un territorio de conquista.
Presentamos a continuación un nuevo ejemplar de término augustal hallado recientemente.
HALLAZGO DE UN NUEVO TÉRMINO AUGUSTAL
Esculpido sobre un soporte de arenisca marrón-rojiza, presenta unas dimensiones de 21,9 cm de anchura por 17,4 cm de altura y un grosor que oscila entre los 11,1 cm y los 7,5 cm. El campo epigráfico, parcialmente conservado por la fractura de la pieza y con letra capital cuadrada, se desarrolla en tres líneas: una primera con 10 cm de anchura y letras de entre 5,4-5,7 cm de altura, una segunda de 16,5 cm con letras de entre 5,3-5,8 cm de altura y un signo de puntuación cuadrangular de 2 × 2 cm, y una tercera y última línea con un desarrollo de 10,5 cm cuyos signos gráficos quedan interrumpidos, en su parte inferior, por la fractura de la pieza.
En todos los casos se mantiene un interlineado de 1,6 cm (Figs.
Divide los prados de la legión IV y el territorio de los juliobrigenses".
Hoy en paradero desconocido, fue hallado por A. Peña y E. González-Peña en la puerta de un corral del pueblo de Rebolledo (Fig. 4) ejerciendo funciones de dintel y calculándose para él unas medidas de 128 x 34 x 19 cm. Las fotos publicadas muestran una pieza con un buen estado de conservación que permite una lectura bastante clara, salvo por la pérdida de su lado izquierdo.
Gracias a ellas podemos además desestimar que ambos ejemplares pertenezcan a la misma pieza, la cual puede pensarse que, tras su desaparición en la década de los 80 del siglo pasado, pudo ser reutilizada y fragmentada nuevamente.
Por si el desgaste propio de los años dejase duda, características morfológicas o epigráficas como la G desdibujada del terminus de Rebolledo, perfectamente visible en el de La Cuadra, nos ponen inequívocamente ante dos epígrafes distintos.
En este caso, a pesar de desempeñar la misma función que los anteriores, la disposición del campo epigráfico es distinta, por lo que no nos sirve como paralelo formal, aunque sí que nos advierte de la singular concentración de termini en la zona.
LA COMARCA DE LOS TERMINI AUGUSTALES
El nuevo término de La Cuadra se suma a la lista de dieciocho ya conocidos (Iglesias y Ruiz 1998; Cepeda, Iglesias y Ruiz 2008: 313) y, como vemos, reincide en las mismas localizaciones (Fig. 4).
En ese sentido, cabe destacar dos tipos de ubicaciones para los termini.
Por un lado, la mayoría de ellos proceden de diversas localidades ubicadas en el piedemonte de una zona de aprovechamiento forestal en laderas de pendiente pronunciada.
En las cimas se advierte la presencia, seguramente milenaria, de pastos de altura para uso ganadero.
Por otro lado, se singularizan los términos hallados en Santa Marina, por ser los únicos procedentes de una cumbre a cuyos pies se despliegan las laderas tendidas que descienden por el oeste hacia Rebolledo.
Se ha escrito en más de una ocasión que se trata de mojones desubicados de su emplazamiento natural, y acopiados en contextos de aldeas actuales, sin embargo no siempre ha sido así: es probable que los de la cumbre de Santa Marina, hubieran estado en la cima donde se reencontraron.
Según decía un vecino de Castrillo del Haya, Antonio Gómez Calderón, al demolerse la ermita que daba nombre al cerro, se hallaron varios términos "de los que tres empleó en su casa, y más decía haberse empleado en los cimientos de la casa de Concejo de Castrillo" (Ríos 1889: 512), pero no tenemos que pensar en que todos los restantes se hubieran desplazado ladera abajo de los montes, hasta Cuena, Las Henestrosas, La Quintana, Las Quintanillas o La Cuadra.
Seguramente no deben proceder de muy lejos respecto del lugar de hallazgo, y su localización, de características recurrentes, define claramente algunos aspectos relevantes.
Como se puede apreciar en el plano (Fig. 4), deslindan perfectamente la cubeta natural que forma el valle del río Camesa y se adentra en forma de lengua ha- la ofrecen los mojones hallados en la cima de Santa Marina, en lo alto del Monte Ornedo, y es precisamente allí donde estamos desarrollando en buena medida trabajos arqueológicos que nos han ofrecido resultados contrastados ya: si Ángel de los Ríos y Ríos describió en 1889 unos recintos campamentales romanos (Ríos 1889: 512) y más tarde Schulten lo reinterpretaba sobre la idea de la presencia de un castro en el lugar (Schulten 1942: 3) 1999; González et alii 2004; Fernández Vega et alii 2005; Fernández Vega 2006;2010), así como la existencia de otros dos yacimientos en el área de Sotillo y Hormiguera.
Todo ello conforma un mosaico cuyo patrón de asentamiento estamos estudiando.
Tradicionalmente Iuliobriga se ha identificado con el yacimiento romano de Retortillo (Campoo de Enmedio) y se han extendido sus dominios hasta la costa, hasta el Portus Victoria Iuliobrigensium (Santander).
Un marco geográfico muy amplio en el que se encuentra inmerso también el complejo arqueológico de Camesa-Rebolledo-Monte Ornedo, el cual, sin lugar a dudas, mantiene una relación innegable con los termini.
Este vínculo nos está permitiendo abrir una nueva línea de investigación con la que intentaremos esclarecer el papel que desempeñó dentro del ager Iuliobrigensium y que, quizás, haga necesario reabrir el debate sobre la identificación Iuliobriga-Retortillo.
pieza más que se suma a las 18 ya conocidas que delimitaban el ager Iuliobrigensium. |
1 Desde aquí queremos agradecer la ayuda y facilidades dadas por D. Alberto Bescós, Director del Museo de Salamanca, para el estudio de la pieza y a D. Ángel Macarro Alcalde, Arqueólogo Territorial, por habernos facilitado la información relativa a las circunstancias del hallazgo, así como la foto n.o 1.
2 Sobre las fechas de redacción del manuscrito, cf. el estudio introductorio de J. R. Nieto en Gómez Moreno 2003: 26.
Damos a conocer un nuevo miliario del emperador Augusto hallado en el término municipal de Fuenteguinaldo, en el suroeste de la provincia de Salamanca.
En el transcurso de las labores de restauración de un viejo molino situado en la confluencia del regato Rolloso con el río Águeda, conocido como "Molino del Sobrao", situado en el término municipal de Fuenteguinaldo (Salamanca), se identificaron una serie de elementos de carácter arqueológico reutilizados en la fábrica del edificio.
Entre dichos elementos se encontraban el miliario aquí estudiado, un sarcófago antropomorfo, así como diversos elementos arquitectónicos (basas, sillares, cornisas) procedentes del castro de Irueña, que se sitúa sobre el mencionado molino, en la cumbre de la elevación que delimitan ambos, río y arroyo.
En el mes de marzo de 2010 esos elementos fueron recuperados y trasladados a las dependencias que la Confederación Hidrográfica del Duero tiene en la presa de Irueña.
En la actualidad el miliario se encuentra depositado en el lado oeste del patio del Museo de Salamanca, donde entró el 21 de febrero de 2010 y donde lo hemos estudiado 1.
Del miliario y del sepulcro antropomorfo da noticia D. Manuel Gómez Moreno en el Catálogo monumental de España, provincia de Salamanca, quien debió verlos durante los trabajos de documentación del mismo, entre 1901 y 1902, ya que dice, refiriéndose a Irueña: "Cerca de la puerta del Sol se han hallado también una caja de piedra, como ataúd, y una estela, arqueada por arriba y con epígrafe, que se llevaron al susodicho molino, y fueron desechas".
La descripción de la estela a que se refiere, como se puede comprobar por las fotografías que adjuntamos, coincide con la de nuestro miliario, y probablemente Gómez Moreno se refería a él.
Es interesante comprobar, en todo caso, que ambos objetos no fueron destruidos como dice, sino que, en realidad, se reutilizaron en la fábrica del molino, empleándose el miliario, concretamente, como dintel de la puerta (Fig. 1).
La pieza está realizada en granito claro.
Tiene forma prismática y es más ancha y gruesa en la cabecera que en la base, teniendo aquélla forma ligeramente redondeada.
Todo parece indicar que se encuentra completa, ya que no presenta ninguna fractura y conserva incluso la parte final con la que iba hincada en la tierra (Fig. 2).
Tanto la morfología como la ubicación del numeral correspondiente a las millas habituales al inicio del texto no se ajustan a las características de los mi- liarios del período imperial, aunque todos los elementos, tanto formales como textuales, nos inducen a considerarlo un miliario.
El texto se desarrolla en la parte superior de la pieza, sin ningún elemento diferenciador con respecto al resto.
La superficie está muy ero-sionada, a juzgar por lo superficial de la incisión de las letras, circunstancia que parece tener su origen en el reempleo del ejemplar como material de construcción.
Las dimensiones son las siguientes: Alt.
Original: 238 cm. La pieza se encuentra clavada en el suelo del patio del Museo de Salamanca, lo que ha hecho que la parte visible en la actualidad sea de 205 cm.
LECTURA: CXX / Imp(erator) / Caesar / divi f(ilius) / 5 Augustus / co(n)s(ul) XI / Imp(erator) X. Conocemos otros miliarios que tienen las mismas características formales que el de Fuenteguinaldo y que permiten afirmar que nos encontramos ante un objeto de esta naturaleza y no de otro tipo como, por ejemplo, un terminus.
El primero de ellos es un miliario procedente de la actual localidad tunecina de Hr el-Henza, cerca de Sidi Ali el-Mediouni, que también tiene forma de estela con cabecera semicircular.
3 Pertenece al reinado de Augusto, aunque no es posible fecharlo con precisión ya que presenta un texto más simple que el que nos ocupa, pues la titulatura del emperador se reduce a Imp(erator) Caesar Augustus.
También presenta esta misma forma otro miliario, en este caso fechado en el reinado de Tiberio, de la vía Tacape-Capsa (cerca de Gafsa, Túnez.
Según A. M'Charek este tipo de miliarios son característicos de las regiones interiores de Túnez y presentan la misma morfología que las estelas funerarias de los soldados halladas en Haïdra (M'Charek 1992: 158).
En la península Ibérica contamos con otros dos ejemplos casi idénticos al estudiado, que añaden a las semejanzas formales el hecho de hallarse muy próximos geográficamente.
4 El primero de ellos procede de la localidad portuguesa de Alfaiates, situada en línea recta a unos 20 kilómetros al sudoeste de Irueña, y está realizado también en granito, presentando la misma forma de estela con cabecera semicircular y sección prismática, aunque su altura es algo inferior (200 cm).
Ya Leite de Vasconcelos lo consideró un miliario, propuesta seguida, aunque con lecturas diferentes, por Lambrino y, recientemente, por F. Patrício Curado.
La lectura propuesta por F. Patrício Curado es la que sigue: [VIII].
Además de la morfología, lo más interesante de este ejemplar es que el numeral identificado con las millas está ubicado al comienzo del texto, tal y como sucede con nuestro miliario.
Por lo que respecta a la cronología, el consulado XI se extiende desde el año 23 a.C., hasta el 1 de enero del 5 a.C., en que Augusto asumió el consulado XII.
No obstante, dado el estado de erosión del texto existe la posibilidad de que la salutación imperatoria no sea la X, ya que hay espacio para suponer una o varias astas verticales a continuación de la X, con lo que podría ser la salutación imperatoria XI (12-11 a.C.), XII (10 a.C.)
Por tanto, la datación del miliario puede oscilar entre el 1 de julio del año 16 a.C., fecha del inicio de la salutación imperatoria X, y el 5 de marzo del año 6 a.C., última fecha en la que coinciden el consulado XI y la salutación imperatoria XIIII.
En Hispania conocemos un total de veintitrés miliarios con el consulado XI que contienen salutaciones imperatorias que comiencen por X, 9 combinación que se ajusta al texto que aquí presentamos.
Esta cifra supone más de la mitad de los miliarios del reinado de Augusto conservados en la península ibérica.
10 Los más abundantes son los que muestran la combinación del consulado XI y la salutación imperatoria XIIII, que alcanzan más del 80% del total 11 y que proporcionan la fecha 8-6 a.C. Esto podría ser argumento para pensar en una fecha cercana a esta última para nuestro miliario, aunque la distancia geográfica que existe con respecto a aquellos induce a ser muy cautos a la hora de establecer una cronología.
En lo que respecta a Lusitania, eran conocidos hasta ahora otros tres miliarios de Augusto.
El primero de ellos es con seguridad un falso, conocido solamente por traducción manuscrita, cuyo estilo florido claramente evidencia que es una fabulación erudita (CIL, II, 443*;Roldán 1971: 65, n.o 19; Salinas 2007: 20).
El segundo es una pieza hallada en 1966 en la localidad cacereña de Casar de Cáceres, citada anteriormente, que se encuentra desaparecida en la actualidad.
Como hemos dicho, presenta un texto poco habitual, ya que solo aparece el nombre del emperador y las millas.
El tercero es el miliario de Bias do Sul (Moncaparacho, Olhâo), ya citado, probablemente perteneciente a la vía de Balsa a Ossonoba, aunque lo fragmentario de su texto hace que la atribución a Augusto no deje de ser hipotética (IRCP, 660).
El miliario que damos a conocer presenta por tanto distintos motivos de interés: por un lado, su situación geográfica atestigua una vía diferente de la de Emerita a Asturica y, por otro, añade un testimonio nuevo de la actividad constructiva romana en el norte de Lusitania, una zona donde no se conocían intervenciones viarias hasta la época de Nerón.
A este interés primario, se suma el hecho de constituir un nuevo dato histórico, a añadir a los escasísimos que se poseían de la actividad de Augusto en esta zona, que hasta el presente se limitaban a los termini datables entre los años 4-6 d.C. que atestiguan una reorganización territorial profunda de Lusitania septentrional (Ariño 2005: 95-112).
Desconocemos la vía a la que podría pertenecer este miliario, pero, dada su situación geográfica, hay que descartar que perteneciera a la denominada Vía de la Plata, que discurría mucho más hacia el este.
J. M. Fernández Corrales supone una vía de Turmuli (Alconétar) al puerto de Perales por Caurium que alcanzaría Ciudad Rodrigo, de la que no quedaría vestigio arqueológico alguno pero cuya existencia hay que suponer para unir una serie de puntos estratégicos (Fernández Corrales 1987: 85-86).
Esta vía discurriría por Garrovillas, Portezuelo, Torrejoncillo, Coria, Calzadilla, Moraleja y Perales del Puerto, entre Acebo y Gata.
Ciertamente, una vez superado el 9 Sin embargo, no todos los textos conservados contienen ese consulado ni salutación imperatoria.
Una parte de ellos están reconstruidos a partir de la potestad tribunicia o en función de la presencia en la misma vía de miliarios con esa titulatura.
10 Hasta la fecha hay identificados cuarenta y siete, aunque la adscripción de algunos de ellos al reinado de Augusto no tiene como base el texto sino datos indirectos.
Puerto de Perales, esta vía discurriría cerca de Fuenteguinaldo, en cuyo término se ha hallado el miliario.
Pero M. García de Figuerola supone también otra vía romana que ascendería desde Extremadura hasta Salamanca por el Puerto de Santa Clara, desde San Martín de Trevejo hasta Fuenteguinaldo (García de Figuerola 1999: 116-119), precisamente, enlazando la cabecera del río Eljas con la cabecera del Águeda, junto a cuyo curso se ha encontrado el miliario.
Es posible por tanto que éste perteneciera a esta segunda vía o, mejor dicho, que la vía romana no discurriera por donde la principal carretera moderna, la del Puerto de Perales, sino por el antiguo camino de Santa Clara, muy frecuentado hasta mediados del siglo XX por caballerías y jornaleros extremeños que iban a segar a Castilla.
CXX millas dan una distancia aproximada de 180 kms a contar desde Mérida.
La distancia actual por carretera, usando vías rápidas según la versión informática de la Guía Michelín, es de 204 kms.
Puesto que evidentemente el trazado antiguo debía diferir en algo del moderno; y el actual, además, rodea por el Puerto de Perales, es posible que el miliario corresponda a una vía que se iniciaba en Emerita y se dirigía a algún punto del occidente salmantino o de los territorios vecinos de Portugal, en todos los cuales existen zonas mineras explotadas por los romanos.
La cuestión fue planteada por J. Mangas sobre la base de dos inscripciones, una de ellas desaparecida, que Hübner cita como procedentes de Ciudad Rodrigo pero que Fita atribuye a Irueña.12 Una de ellas es un pedestal de estatua dedicado a Pértinax por el o(rdo) M(unicipii) U(runiensis) y la otra es una dedicatoria a Domiciano, hecha D(ecreto) D(ecurionum), pero de las que Martín Valls afirma taxativamente que ambas se encontraron al abrir las zanjas de un edificio de Ciudad Rodrigo (Martín Valls, R. 1976: 387; Fernández Guerra 1899: 105).
Para Mangas, si Fita estuviera en lo cierto, es decir, que ambas inscripciones fuesen del castro de Irueña, esto probaría su naturaleza de municipio Flavio; por el contrario, si se acepta lo que dice Martín Valls, habría que aceptar "que el municipio Flavio que hizo estas dedicaciones estaba en el castro romanizado de Ciudad Rodrigo, lo que nos llevaría, fácilmente, a aceptar la igualdad Mirobriga=Ciudad Rodrigo" (Mangas 1992: 263), existiendo un error de lectura en la primera de las inscripciones, que no diría o(rdo).
M(unicipii) U(runiensis), sino o(rdo) Mir(obrigensis), siendo el castro de Irueña un núcleo situado dentro del territorium de Mirobriga, pero no el centro de otra civitas.
La confusión acerca de la procedencia exacta de distintos epígrafes se ve alimentada por el hecho de que algunos autores han supuesto que, con el aumento de importancia de Ciudad Rodrigo a partir del siglo XII, muchos materiales de Irueña pudieron ser movidos desde aquí a allá, sin que tampoco exista prueba cierta o documental de dichos traslados de material.
Entre otros se han citado los dos termini augustales (CIL, II, 857 y 858) así como las tres columnas que blasonan el escudo de la ciudad.
Mangas dice que en 1972, cuando las columnas estaban desmontadas para ser trasladadas junto a la entrada de la población por la carretera de Salamanca, pudo medirlas y su diámetro corresponde al de las basas de un templo romano cuyos restos pueden verse en Irueña (Mangas 1992: 257), que tal vez sea al que pertenecieran las tres columnas que vio Sánchez Cabañas, de quien recoge el dato Gómez Moreno pensando que unas y otras tal vez fueran las mismas y que desde Irueña se llevasen a Ciudad Rodrigo en el siglo XVI.
13 Sin embargo, parece existir constancia documental de que las columnas de Ciudad Rodrigo aparecieron en el interior de la población, cerca de las llamadas "Carnicerías Viejas" (Martín Valls 1965: 71-98), estando además la innegable constancia arqueológica de la existencia de un núcleo de población de la Segunda Edad del Hierro bajo el solar intramuros de Ciudad Rodrigo que, a partir de época de Claudio, experimenta una monumentalización compatible con su consideración como una civitas romana.
Esta situación parece reflejar más bien la existencia de dos civitates próximas, Urunia y Mirobriga, para cuyas obras públicas se utilizaron módulos semejantes, tal vez porque se abastecían de un mismo taller comarcal.14 A veces se ha argumentado la proximidad geográfica entre ambas poblaciones para excluir que fuesen dos civitates distintas y suponer que, forzosamente, una debiera estar incluida en el territorium de la otra.
Sin embargo, dentro de la misma provincia de Salamanca, tenemos dos poblaciones de las que nos consta que en la Antigüedad fueron civitates distintas: Salmantica (Salamanca) y Bletisama (Ledesma).
La distancia entre ambas es de unos 29 kilómetros.
La distancia entre Ciudad Rodrigo e Irueña de unos 28 kilómetros.
Por tanto, y con independencia de su estatuto jurídico, si ambas o solo una de las dos fueron municipios, nada impide que ambas poblaciones fueran civitates diferentes, unidas tal vez por la misma vía, de la cual el miliario que presentamos es el primer testimonio conocido (Fig. 5).
Mapa de la provincia de Salamanca con la localización de Fuenteginaldo. |
El 29 de abril de 2006 fallecía en Zaragoza el Prof. Dr. D. Antonio Beltrán Martínez.
Había nacido en 1916 en Sariñena (Huesca), hijo de un polígrafo y humanista de vida centenaria, D. Pío Beltrán Vilagrasa, cuya longevidad, capacidad de trabajo y amplia curiosidad por la Numismática, la Epigrafía y la Historia heredó y desarrolló aún más su ilustre hijo.
El Prof. Beltrán era un hombre de enorme vitalidad, a lo que unía un carácter muy afable, pues estaba dotado de especial capacidad de comunicación gracias a su simpatía y fino sentido del humor, pero, al mismo tiempo, era audaz y conciliador, inteligente y sencillo, trabajador constante y viajero infatigable, capaz de dedicarse por igual a la investigación, la docencia o la difusión de la cultura, lo que se refleja en su polifacética actividad.
Doctor en Filosofía y Letras y licenciado en Derecho, su figura debe interpretarse como la de un último erudito polígrafo de tradición humanista.
En su larga e intensa vida supo centrar sus estudios allí donde vivía, utilizando sus dotes personales para desarrollar la investigación y promover la cultura local, principalmente en Cartagena y después en Aragón, pero sin perder nunca una visión universalista en su polifacética actividad, concentrada en el estudio y valoración del Arte Rupestre Prehistórico, pues analizó yacimientos, dio conferencias y participó en congresos por España y Europa, América, África y el Oriente Próximo.
Se licenció en Filosofía y Letras (Historia) en Valencia, estudios interrumpidos por la Guerra Civil, y en Derecho, carrera que finalizó en Zaragoza en 1943.
En 1946 se doctoró en Filosofía y Letras en Madrid con una tesis sobre Arqueología, Epigrafía y Numismática de Cartagena, dirigida por el Prof. José Ferrandis Torres.
En 1949 ganó por oposición la Cátedra de Arqueología, Epigrafía y Numismática de la Universidad de Zaragoza y pasó a la de Prehistoria en 1981, hasta ser nombrado Profesor Emérito tras su jubilación en 1986.
Su capacidad y carácter le permitieron desempeñar cargos académicos como el de Secretario General de la Universidad (1957( -68), Vicedecano (1954( -1957) ) y Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, en los que demostró siempre su talante de diálogo y de concordia.
Su infatigable actividad abarcó aspectos muy diversos.
En primer lugar, hay que reconocer su labor como organizador de coloquios y congresos, en especial, de los Congresos Arqueológicos del Sudeste Español (1945-I950) que dieron lugar a los Congresos Nacionales de Arqueología (1949Arqueología ( -2002)), que constituyen una aportación imprescindible de la Arqueología Española en la segunda mitad del siglo XX, y que bastarían para incluir- Ha sido un aragonés de pro, lejos de particularismos empobrecedores, pues se consideraba "ciudadano del mundo pero nacido en Sariñena", como declaró poco antes de su muerte.
Gracias a esta actitud vital, el cariño a su tierra le impulsó a una ejemplar labor al servicio de la Cultura Aragonesa y de su Patrimonio Histórico-artístico y Etnológico, que revitalizó la conciencia de sus ANTONIO BELTRÁN MARTÍNEZ (Huesca 1916-Zaragoza 2006) coterráneos al valorar desde los abrigos de arte rupestre hasta la gastronomía, la música y las fiestas populares.
Contribuyó a valorar la Lonja y el Palacio de la Aljafería de Zaragoza e impulsó la restauración de los frescos de Goya en la Basílica del Pilar o la Ofrenda de Flores a la Virgen del Pilar, y también logró declarar "Patrimonio de la Humanidad" las Pinturas Rupestres Levantinas.
Es difícil dar una visión general de su amplia y polifacética obra, con más de 500 monografías y artículos en revistas especializadas de España y del extranjero, que abarcan Prehistoria, Arqueología, Numismática, Epigrafía, Historia, Etnología y Folclore de Aragón, sin contar sus numerosas colaboraciones periodísticas.
Además, fundó y dirigió diversas revistas y series especializadas, como las Publicaciones de la Junta Municipal de Arqueología de Cartagena (1943), el Boletín Arqueológico del Sudeste Español (1944Español ( -1949)), Caesaraugusta, Numisma y la serie Monografías Arqueológicas del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Zaragoza a partir de 1966.
Sin embargo, su obra editorial de mayor trascendencia son los Congresos Arqueológicos del Sudeste Español y los Congresos Arqueológicos Nacionales, referencia obligada, durante los últimos 50 años, de la Arqueología Española.
Como arqueólogo, en la obra del Prof. Beltrán destacan sus estudios dedicados a Cartago Nova, que valoró como una de las ciudades claves de Hispania.
En Zaragoza, dedicó su interés a las ciudades y monumentos de Aragón.
Es el editor de Augusto y su tiempo en la Arqueología Española (Madrid, 1972), redactó diversas voces para la The Princeton Encyclopedia of Classical Sites (1976) y su Arqueología Clásica (Madrid, 1949), realizada casi sin posibilidad de acceso a centros de estudio, da idea de su capacidad de síntesis.
Excavó yacimientos de Campos de Urnas, como el Cabezo de Monleón de 1954 a 1966 y, de 1973 a 1983, la ciudad celtibérica de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza), tras el hallazgo del famoso bronce que publicó con A. Tovar (Contrebia Belaisca I. El bronce con alfabeto "ibérico", Zaragoza, 1982), en cuyo estudio reabrió la polémica del vasco-iberismo.
Igualmente, desde 1952, debe considerársele entre los pioneros en España de la arqueología submarina, gracias a la amistad y apoyo que se supo obtener del Almirante Bastarreche.
Son también numerosos sus estudios sobre Numismática y Epigrafía de la Antigüedad, la Edad Media y Moderna y la Medallística.
Fue redactor de Hispania Antiqua Epigraphica y era un reconocido especialista en escritura y lengua ibéricas.
Una de sus obras más famosas en este campo es su Curso de Numismática (Cartagena, 1950, con diversas reediciones), obra madura de síntesis que ha servido de referencia a numerosos numismáticos españoles, además de numerosos artículos que abarcan desde la moneda prerromana a las monedas y medallas actuales.
El Prof. Antonio Beltrán ya no está entre nosotros, lo que supone una pérdida irreparable para la Arqueología y para la Cultura Española.
Si es difícil, en breves páginas, resumir una existencia tan vital y fecunda, es imposible describir lo que sentimos al comprender todo lo que fue capaz de hacer en su vida y el legado que ha dejado.
Su vital personalidad ocupa ya para siempre el destacado lugar que merece en la Cultura Española, ganado gracias a tantas actividades en las que destacó con acierto.
Pero quienes le conocimos, siempre recordaremos, además, el humanismo y la simpatía con que sabía llevar a cabo las empresas que hoy todos admiramos y que deben animarnos a proseguir su obra y, sobretodo, a no olvidar ese espíritu vital e interesado por todos los campos que será siempre una lección para las generaciones presentes y futuras.
Martín ALMAGRO-GORBEA Real Academia de la Historia |
Editamos en este trabajo una nueva inscripción latina hallada en Sansomain (NA), que hace referencia a la fundación de Ologite por parte del rey godo Suintila.
Según las informaciones que se nos han facilitado, la pieza de la que daremos cuenta en este trabajo fue encontrada a finales de los años setenta por Juan Ciriza, agricultor de Sansomain, entre las ruinas de lo que pudo ser una ermita en el término de Ariamain (Sansomain) (Fig. 1).
De allí fue trasladada a la casa de la familia Pamias-Virto, en Sansomain, donde permaneció hasta 2010, cuando Enrique Pamias la mostró a Eduardo Bayona, miembro de la Asociación Astrolabio Románico, quien llevaba a cabo el estudio de la iglesia de Sansomain.
Fueron los miembros de la citada asociación quienes advirtieron a los propietarios de la posible importancia de la pieza y, al mismo tiempo, comunicaron su existencia al Ayuntamiento de Olite y a la Asociación El Chapitel.
El 8 de enero de 2011 se llevó a cabo el acto oficial de donación al Ayuntamiento.
1 La pieza en cuestión es un bloque de forma paralelepipédica de piedra arenisca local (Fig. 2) de 38 × 61 × 48 cm, ligeramente irregular en su cara superior y con diferentes golpes y desconchados en las caras laterales y anterior.
Todas las caras han sido trabajadas y desbastadas a buril.
La cara anterior, que contiene la inscripción, debió de presentar un campo epigráfico notablemente rebajado, de cuyo reborde solo quedan restos en la parte inferior derecha.
Esta cara ha sufrido diversas pérdidas de material en sus bordes y desconchados en los ángulos superior izquierdo, superior derecho e inferior izquierdo, con grados diferentes de afectación al texto.
En todo caso, es indudable que tales daños fueron producidos en época antigua, porque las superficies desconchadas han sufrido después una evidente erosión y están cubiertas por concreciones y una capa de líquenes que sin duda delatan una prolongada exposición a la humedad ambiental.
El texto de la inscripción ocupa la cara anterior y ha sido grabado en tres líneas notablemente bien dispuestas, por más que la primera muestre una cierta inclinación hacia abajo a partir de su mitad y la tercera un cierto decrecimiento de sus signos.
Las letras son capitales -véase más abajo el estudio paleográfico-, con un módulo medio de de 7 cm. Todas ellas han sido grabadas mediante una incisión de buena calidad, están provistas de remates y al final de la línea 3 -y, probablemente, también de la 1, se han grabado signos de puntuación ornamentales-.
Los principales problemas de lectura se producen en las partes dañadas de la superficie de escritura.
1 se ha perdido el comienzo, en una extensión que permitiría el grabado de dos o tres letras; la primera letra visible, aunque incompleta, es una E y a partir de ahí todo es perfectamente legible con la excepción del último signo.
De él se conserva un trazo diagonal y ligeramente curvado hacia arriba, cruzado hacia su mitad por otro trazo de forma también semicurvada.
Dadas las características de la escritura capital empleada, los restos del trazo no pueden coincidir con ningún otro signo alfabético, de modo que es verosímil que se trate de un signo de puntuación más o menos similar al que cierra la línea 3.
En la línea 2 se ha perdido también el inicio, en un número de signos que podría oscilar entre uno y dos.
Lo primero que se percibe es un mínimo resto del pie de un trazo vertical, después la mitad inferior de otro trazo vertical y finalmente las tres cuartas partes inferiores de un tercer trazo vertical.
Es muy difícil determinar si los dos últimos trazos descritos componen una única letra -tal vez una N-, porque, como se verá más adelante, tampoco el sentido de la secuencia ayuda a la restitución.
Por fin, en línea 3 solo los dos primeros signos se han visto afectados en su parte inferior por el desgaste de la piedra, pero en esta ocasión el contexto permite confirmar su lectura sin mayores problemas.
De esta manera la lectura que puede proponerse para la inscripción es la siguiente:
Los problemas que el texto plantea son de orden diferente pero, a nuestro modo de ver, todos confluyen dos cuestiones nucleares: la de la datación de la pieza y la de su auténtico valor como testimonio histórico.
Sin intentar agotar en este trabajo la riqueza del debate que la pieza sin duda suscitará, intentaremos plantear a continuación los elementos que entendemos como sustanciales para aproximarnos a su interpretación.
Figura.1 Mapa con la localización de Sansomain y Olite.
Como se ha dicho, la inscripción ha sido grabada en letras capitales de muy buena factura.
Las formas de algunos signos son comunes a muchos alfabetos capitales y apenas si nos pueden dar alguna información cronológica: así sucede, por ejemplo, con la I, la L, la O, la T, la R, la V, la S, la E, o la P -aunque en este caso el óculo cierra hacia la mitad del asta vertical, un rasgo evidentemente tardío-.
Otros signos, sin embargo, muestran formas más significativas, que pueden contribuir a una aproximación más ajustada a la datación de la pieza:
A: La A consta de dos trazos oblicuos sobre cuyo vértice se ha marcado un remate.
El habitual trazo transversal se ha sustituido por dos trazos en forma de V. M: Los trazos exteriores de M no son paralelos entre sí, sino que se abren hacia abajo.
Los trazos interiores no parten del extremo superior de los exteriores, sino de un punto situado aproximadamente en su cuarta parte superior (de modo similar al de N).
N: El trazo interior no une los extremos de los exteriores, sino dos puntos situados aproximadamente en su cuarta parte.
G: La parte final de la letra adquiere una forma espiral o de caracol hacia el interior.
H: El trazo interior no es recto, sino que adquiere una forma de V muy abierta o, por decirlo así, de ave.
Las formas de las letras A y N tienen buenos paralelos desde las inscripciones del siglo III (Hübner 1885: 54-58); también en inscripciones de época imperial pueden hallarse formas de G acaracoladas; algo más tardía, ya de época visigoda, es la forma de la M. Pero todas ellas tienen una larga pervivencia, que se extiende en epígrafes hispanos hasta el siglo XII.
Si se comparan, por ejemplo, con el repertorio establecido por De Santiago para las inscripciones de los condados catalanes, puede constatarse que las formas de A, de G, de M y de N que se documentan en nuestra inscripción están perfectamente activas en el siglo XII (De Santiago 2003: 88, 94, 99 y 100); por lo que se refiere a H, no hemos encontrado por el momento una forma idéntica, pero no es menos cierto que para encontrar ejemplos de H en los que la línea transversal no sea recta hay que descender también al siglo XII: obsérvense, por ejemplo, los casos catalanes catalogados por De Santiago en los que la forma de la línea central es similar a la que aquí se presenta, aunque con el vértice apuntando hacia arriba (De Santiago 2003: 95).
En resumidas cuentas, la paleografía del epígrafe no es un elemento concluyente para determinar su datación, pero al mismo tiempo es cierto que no se opondría a una fecha tardía de la misma, en torno al siglo XII, momento al que, como se verá luego, apuntan también otros indicios.
Mención aparte merecen las dos interpunciones que se advierten en el texto.
La primera, al final de l.
1, no se puede ver completamente a causa de la erosión de la piedra en ese punto, pero probablemente tenía una forma semejante a la segunda, la que aparece al final absoluto del texto.
En este caso se trata de un trazo curvilíneo en forma de S alargada que es cruzada en su parte central por tres trazos cortos y ligeramente curvados (Fig. 3).
No conocemos paralelos epigráficos para tal elemento de puntuación ornamental, pero sí que existen formas similares en manuscritos datables a partir del siglo X, lo que, como se verá, puede constituir también un indicio significativo en la interpretación del epígrafe.
Por lo que se refiere al texto, desde un primer acercamiento resulta evidente su relación con un pasaje muy conocido de la Historia Gothorum de Isidoro de Sevilla: "Isid.
El texto isidoriano, citado aquí según la edición de Mommsen (Mommsen 1894), menciona un episodio largamente tratado por la historiografía, según el cual el rey Suintila habría sometido a los Vascones y éstos, entre otras muestras de sumisión, habrían fundado, como ciudad de godos,2 la que se menciona como Ologitin.
El pasaje se constituyó luego en fuente directísima de la historiografía medieval, en la que pronto se suscitó el debate sobre la identificación exacta del lugar al que correspondería Ologitin.
Así, por ejemplo, Rodrigo Ximénez de Rada, en su Historia de rebus Hispaniae escrita en 1243, recrea el episodio, reproduciendo prácticamente las palabras de Isiodoro, pero incluyendo una mención al debate sobre la identificación del lugar: "Rodericus Ximenius de Rada, Historia de rebus Hispanie siue Historia Gothica 2, 18, 1:
Como dice el arzobispo toletano, algunos consideraban ya por su época que Ologitin debía de corresponder a Oloron, mientras que otros preferían situarla en la navarra Olite.
La polémica, en realidad, era injustificada en lo que se refiere a Oloron: por un lado, parece evidente que su situación no permite explicar la actuación de Suintila contra los Vascones; pero, por otro, hoy sabemos bien que el nombre antiguo de Oloron era Iluro, como nos documenta un miliario con el epígrafe Iluro(ne) m(illia) p(assuum) (CIL XVII.2 311 = CIL XIII 8894 (AE 1983, 691), de Urdos), además de otras fuentes (Raymond 1868: 124).
No obstante, el debate tuvo un largo recorrido: así, por ejemplo, la Estoria General lo planteará en términos muy semejantes: "E este fue el primero rey que a pesar de los romanos ouo quietamientre el regno de Espanna, et echo fuera del regno quantos romanos y allo, lidiando con ellos.
E luego que el començo a regnar, corrien los gascones la prouincia de Tarragona, et fazien y grandes dannos.
E el salió con su hueste a las montannas por o ellos uinien, et fizo en ellos grand astragamiento, de guisa que los torno a su uasallage; e por tal que los perdonasse, labraron le una cibdad de sus aueres.
Vnos dizen que fue esta cibdad Oloron otros que Vlit".
Y todavía en el s. XVII el padre Moret se ve obligado a argumentar de este modo (Moret 1684): "(...)
Luego se le rindieron, y ofrecieron serle fieles, y admitieron la condición de fabricar a su costa y trabajo una población llamada Ologito para que fuese plaza de armas de los Godos contra sus correrías.
El Arçobispo D. Rodrigo, que refiere esto como de S. Isidoro, y también D. Lucas de Tuyd, aunque nosotros no lo hallamos en él con toda seguridad, pone en duda si este pueblo Ologito es la Ciudad de Olite en Navarra o la de Oleron en Francia: Vaseo si Valladolid en Castilla.
Esta caía muy lexos para el intento de los Godos; y Oleron, passado gran trecho el Pyreneo muy dentro de el señorio de los Francos y a grande distancia de los Godos.
Olite por la situación muy a su intento era, entre el Ebro y Pyreneo y a donde feneciendo sus cumbres, y ramas, comiença ya a abrirse la tierra, y dilatarse en llanuras".
Pero, más allá de la discusión historiográfica, lo cierto es que la misma forma del topónimo es profundamente problemática.
La forma Ologitin, consagrada como hemos visto por Mommsen en su edición, es solo una de las múltiples que se documentan en los manuscritos de Isidoro, como se encargó de anotar Arévalo en el aparato crítico: "In his nominibus propriis multum variant Codices".
En efecto, conocemos variantes como Ologitis, Ologicus, Ologiciis, Ologitum, Theologitin, Theologite, entre las que los diferentes editores han optado de manera diversa: así, por ejemplo, Flórez mantuvo Ologitin (Flórez 1751:503, año 621), mientras que Grosse prefirió Ologicum u Ologicus (Grosse 1947: 255) y por esta última se decantó también el más reciente editor de la obra hasta el momento, Rodríguez Alonso.
No entraremos aquí en el espinoso asunto de cuál era en realidad la forma antigua del topónimo; en la compleja tradición textual de la Historia Gothorum, magníficamente delineada por Isabel Velázquez (Velázquez 2008), ese es solo uno más de los aspectos problemáticos.3 A decir verdad, entre las variantes Ologicus/Ologiciis y Ologitis/Ologitin resulta difícil escoger, porque cualquiera de las dos "familias" podría haberse generado a partir de la otra.
Es mucho más evidente, sin embargo, que la tercera rama, la representada por Theologitin/Thologite no puede considerarse como auténtica, sino como una variante generada por una mala comprensión del topónimo y una corrección de algún copista acostumbrado al léxico teológico.
Lo que nos interesa mucho más es señalar la posibilidad de que en la inscripción que nos ocupa la forma que se empleara fuese justamente la última de las mencionadas, esto es, Theologite.
En efecto, a juzgar por el módulo medio de las letras, en la parte perdida de línea 1 quedaría espacio aproximadamente para dos letras, además de para completar la E que aparece rota en su comienzo.
Parece, pues, verosímil, que en l.
1 solo apareciese la palabra THEOLOGITE, 4 lo que vendría también apoyado por el punto ornamental que cierra la línea.
Si fuera así, estaríamos ante la prueba de que quien redactó el texto conocía el texto de Isidoro a través de un manuscrito que contenía tal variante, lo que parece llevarnos también a finales del siglo XI o al siglo XII.
Por lo que respecta al resto del texto, el principal problema reside en la comprensión de la secuencia inicial de l.
Como ya se ha señalado, delante de las letras EON hay espacio para 2 o 3 más, pero los restos que se perciben no permiten una restitución verosímil.
A ello se suma el hecho de que EON es un final imposible para una palabra latina; podría pensarse, por ejemplo, en NEON, pero a la difícil justificación de un helenismo en este contexto y cronología se añade el problema de que parece haber restos de un signo por delante; otras soluciones podrían pasar por suponer la existencia de una secuencia de abreviaturas, del tipo [I]N EO N(omine), pero lo cierto es que ninguna de las posibilidades se nos antoja plenamente satisfactoria y, por el momento, este extremo ha de quedar en cuarentena.
5 Merece también un comentario la expresión per Suhinthilanem regem, construcción de per + acusa-tivo que, si bien no comprendemos completamente el contexto, parece funcionar como agente, lo que nos daría también una datación tardía para la sintaxis.
La forma Suhinthilanem -por Suinthilanem-es un hápax ortográfico, puesto que las formas más habituales de escribir el nombre del rey son Suintila o Suinthila, ambas presentes en la amonedación de la época 6 y la última en la forma de la desaparecida corona de Guarrazar (Velázquez 2001y Molina Gómez 2004).
La presencia de una segunda H puede interpretarse como un error involuntario del redactor o del lapicida, pero también, quizás más verosímilmente, como un hipercultismo.
En resumidas cuentas, la nueva inscripción que aquí presentamos representa sin duda un documento de extraordinario interés y, a no dudarlo, propiciará debates en el futuro.
Sin ánimo de zanjar ninguno de ellos, a nuestro modo de ver hay argumentos suficientes como para proponer para ella una datación en torno al siglo XII, un momento importante en la historia de Olite con la concesión del Fuero de Estella en 1147 por parte del rey García Ramírez y, en consecuencia, contexto muy adecuado para la grabación del epígrafe como forma de enaltecer el pasado local y una dependencia directa del texto de Isidoro, de cuya información no se constituye, pues, en elemento de confirmación, sino en nuevo testimonio de la vitalidad de su obra en época medieval. |
El objetivo del presente artículo es el de reconstruir el proceso de creación del Instituto Ibérico Oriental en Barcelona tras la guerra civil española.
En este sentido se analiza el fundamento teórico del proyecto, las personas involucradas en el mismo así como las posibles causas de su fracaso.
La guerra civil española, como es bien sabido, tuvo un fuerte impacto sobre la situación académica de la arqueología del país (Gracia 2009a: 65ss.).
En este sentido destaca la desaparición de los máximos responsables de las escuelas arqueológicas de Barcelona y Madrid, Pere Bosch Gimpera, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Barcelona, y Hugo Obermaier, catedrático de Historia Primitiva del Hombre en la Universidad de Madrid.
Ambos, aunque por diferentes motivos (Bosch hubo de exiliarse por su compromiso político con el catalanismo mientras que Obermaier optó por permanecer en Friburgo, véase Gracia 2009a: 102ss.), no se reincorporaron a sus cátedras una vez finalizado el conflicto armado (para un breve perfil biográfico de Bosch Gimpera y Obermaier véase las publicaciones recientes de Gracia 2009by 2011y Arias 2009 respectivamente).
Su lugar fue ocupado por nuevas figuras emergentes como Martín Almagro Basch y Julio Martínez Santa-Olalla, quienes iban a dominar la arqueología en España durante el primer franquismo.
El primero de ellos, Martín Almagro se involucró personalmente en el proyecto para la creación del denominado Instituto Ibérico Oriental (referido en algunas publicaciones como Instituto Ibero-Oriental) en Barcelona.
Sin embargo, la idea de la creación de * Los autores del artículo desean agradecer a las siguientes personas la ayuda prestada durante la consulta de los distintos archivos y bibliotecas: Maria Bilbeny (Ateneu Barcelonès), Ramón Buxó (Museu d'Arqueologia de Catalunya), Miquel Carbonell (Biblioteca Borja), Pilar Casado (Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación), Francesc Casanovas (Arxiu provincial de la Companyia de Jesús, Barcelona), Maria Àngels Esteban (Arxiu Històric de la Universitat de Barcelona), María José Fernández (Salesians de Sarrià), Carlos García (Foment del Treball Nacional, Barcelona), José Manuel González (Archivo Central de Educación), Daniel Gozalbo (Archivo General de la Administración), Anna Gudayol (Biblioteca de Catalunya), Guadalupe Guerrero (Diputació de Barcelona), Isabel Juncosa [URL] d'Advocats de Barcelona), Maria Isabel Marín (Reial Cercle Artístic de Barcelona), Xavier Melloni (Companyia de Jesús, Barcelona), Aram Momfort (Universitat Autònoma de Barcelona).
Asimismo, agradecemos a Jordi Cortadella su lectura y comentarios del texto.
Por supuesto, cualquier error es responsabilidad únicamente nuestra.
dicho Instituto fue del padre jesuita Enrique Heras, quien buscaba de esa forma promover el estudio de las antiguas culturas orientales y sus relaciones con el mundo mediterráneo.
En el presente artículo trataremos de reconstruir el proceso de gestación del Instituto y sus características, así como determinar quiénes fueron las personas involucradas en el mismo y precisar los motivos que finalmente obligaron a abandonar el proyecto.
LA FIGURA DE ENRIQUE HERAS
Enrique Heras Sicars, jesuita nacido en Barcelona en 1888, trabajó durante casi toda su vida en Bombay (India), donde llevó a cabo una ingente labor de investigación y divulgación.
Su amplia producción bibliográfica, con cerca de 200 publicaciones, 1 se centró básicamente en los estudios sobre la cultura y escritura de Mohenjo Daro, una civilización que Heras entendía como el foco originario de una raza/pueblo "proto-índico-mediterráneo" que, con el tiempo habría dado origen entre otros, a sumerios, micénicos, minoicos, etruscos e íberos (Heras 1939(Heras y 1941, entre otros), entre otros).
A pesar de vivir en Bombay, Heras mantuvo estrechos vínculos con España.
Durante la guerra civil e inmediatamente después manifestó su apoyo a los sublevados en repetidas ocasiones, tanto por escrito como participando en distintos actos y celebraciones.
Así, en un artículo de 1938 publicado en la revista Razón y Fe Heras ya hacía referencia "a la nueva España de Franco que ya está resurgiendo" (Heras 1938: 289).
Otro ejemplo de la afinidad de Heras con el nuevo régimen se observa en un acto que tuvo lugar el 26 de octubre de 1939 en el Palau de la Música de una Barcelona ocupada por las tropas franquistas desde el 26 de enero.
Allí, la Congregación de Nuestra Señora y de San Francisco Javier de los Padres Jesuitas de la calle Caspe de Barcelona celebró su velada misional.
El acto contó con una conferencia de Heras titulada El Indostán, sus costumbres sociales, sus principios filosóficos, sus dogmas y ritos religiosos, así como con una representación de una obra de teatro inédita también escrita por Heras, Lucha en el Cielo.
El evento concluyó con la significativa actuación de la banda de las Milicias de Falange.
Como veremos más adelante, Heras no solo apoyó al nuevo régimen sino que mantuvo buenas relaciones con significativos representantes políticos del franquismo.
Por su parte, algunos sectores del régimen también encontraron en Heras, por su doble condición de jesuita e investigador afincado en el extranjero, a una figura académica útil que podía contribuir a superar el aislamiento, como mínimo en el ámbito académico, que sufrió España tras la guerra civil.
3 En esta dirección deben entenderse también algunos de los esfuerzos de la Junta de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores (Delgado 1994: 275.) y también la gestión llevada a cabo en organismos creados por el régimen tales como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que se fundó por decreto el 24 de noviem-1 Para una bibliografía de Heras véase Borrás i Feliu et alii 1979: 162-169.
Cabe notar que tanto sus artículos como sus cartas Heras los firmaba con el nombre de "Henry".
3 A pesar de ese aislamiento, que el propio Almagro denunciaba en su necrológica de Heras (Almagro 1955-1956), es cierto que se mantuvieron estrechos contactos con arqueólogos alemanes e italianos especialmente (Gracia 2009a: 291).
Para una comparativa sobre la situación en Alemania, Italia y España durante sus respectivas dictaduras véase Díaz-Andreu 2003.
"Finalmente, me permito insinuar lo que creo oportuno para el desarrollo sistemático de estos estudios.
Nuestro Indian Historical Research Institute, que ya tiene once años de existencia, ha trabajado bastante durante este período y es conocido en toda la India.
Estudiantes de toda la India han hecho investigaciones históricas en él bajo mi dirección, y siempre con una buena representación de estudiantes dravídicos.
La cultura de la raza dravídica nos abre ancho camino de investigación.
Pero si tuviésemos centros semejantes en Europa para estudiar esta cultura y su desarrollo en Occidente, en relación con la cultura original india, nuestra eficiencia e influencia se aumentaría extraordinariamente.
Un Istituto Etrusco-Orientale en Roma, como apéndice de la Universidad Gregoriana y de su Facultad de Misiología; y un "Instituto Ibérico Oriental" en Madrid, en la nueva España de Franco que ya está resurgiendo, trabajando ambos en colaboración con este Institute de Bombay, serían, a mi juicio, de grande utilidad".
Poco después, en 1939, Heras había cambiado de opinión y se refería a la creación del Instituto en Barcelona.
Por desgracia, no existe ninguna evidencia documental que explique los motivos del cambio de sede.
Con todo, algunos indicios sí nos permiten suponer cuáles fueron las causas de ese cambio.
Así, Heras, a pesar de vivir en Bombay, mantenía buenos contactos con la alta sociedad barcelonesa y con algunas de las personalidades académicas más importantes de la Universidad de Barcelona relacionadas con la arqueología.
Prueba de ello la tenemos en sus estrechos vínculos con la aristocracia y la burguesía catalanas que veremos más adelante, así como en su correspondencia y contactos con los futuros catedráticos de Prehistoria e Historia Antigua de la Universidad de Barcelona Martín Almagro y Luís Pericot, con quienes entabló relaciones a partir de 1939.
Fruto de esos contactos, Heras impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona durante los meses de noviembre y diciembre de 1939 un curso de 20 sesiones titulado "La cultura proto-índica y sus derivaciones mediterráneas" (La Vanguardia Española 11/11/1939, p.
En cambio, en Madrid la figura de Heras pudo haber resultado algo más polémica, tal y como se observa en dos artículos del egiptólogo y orientalista Benito Celada (Sen 1991), uno de los fundadores del Instituto Arias Montano del CSIC, publicados en la revista Estudios Bíblicos y fuertemente críticos con los trabajos de Heras.
4 Por lo tanto, Heras no debió encontrar en Madrid sino en Barcelona los apoyos sociales y académicos que él consideraba necesarios para impulsar la creación del Instituto Ibérico Oriental, siendo esa la causa más probable para comprender el cambio de sede de la institución.
En este entorno favorable Heras se puso a trabajar activamente para la creación del Instituto.
Aunque no hemos hallado ningún documento oficial que describa con detalle las características que debía tener dicho Instituto, Heras realizó diversas conferencias y mantuvo frecuentes conversaciones en las que explicó la estructura del mismo.
Afortunadamente, esas ideas de Heras fueron recogidas con cierto detalle en una noticia publicada por el diario ABC (ABC 05/ 01/1941, p.
Dicha información nos permite apreciar claramente la enorme envergadura del proyecto.
Así, en una primera fase se preveía la creación de un total de siete cátedras: Historia y Cultura Ibérica; Lengua y Filosofía Ibérica; Historia y Cultura del Egipto Antiguo; Historia y Cultura de Creta; Historia y Cultura de Micenas; Historia y Cultura del Egeo; Relaciones entre el sánscrito y las lenguas dravídicas.
Posteriormente, a esas siete cátedras se le añadirían otras cuatro: Historia y Cultura de los Fenicios, Religiones mediterráneas comparadas; Lenguas dravídicas; Etnografía y Antropología mediterráneas.
Asimismo, se crearía un Anuario o Boletín del Instituto en el que se publicarían artículos de investigación, noticias acerca de descubrimientos arqueológicos relevantes en el Mediterráneo, así como informaciones sobre el propio Instituto.
En su última fase, se alcanzarían las 24 cátedras y se culminaría la creación de una biblioteca especializada de referencia a nivel internacional.
El objetivo de Heras era el de contar con la colaboración de profesores extranjeros para impartir las distintas asignaturas, así como con la afluencia de estudiantes de otras nacionalidades (especialmente indios).
Según se lee en una carta enviada por Heras a Pericot el 1 de junio de 1940, la intención inicial era la de involucrar directamente a los jesuitas de Barcelona en el proyecto.
Sin embargo, ante la negativa de éstos (tal vez debido a la imposibilidad de asumir la creación de una institución de esa envergadura), Heras dio por perdido el proyecto, algo que parece ser, Pericot ya había anticipado: "Mi queridísimo Pericot, Finalmente Vd. ha salido Profeta.
El Instituto Ibérico-Oriental no se hará.
Mis superiores me habían permitido iniciar las actividades conducentes a la fundación del Instituto Ibérico-Oriental.
Pero ahora dadas las circunstancias difíciles que atravesamos me han ordenado suspenderlas por el presente.
Sabe Vd. muy bien que los Jesuitas somos soldados de obediencia.
Como tal, pues, he parado todas las actividades instantaneamente.
Por tanto ruego a Vd. no diga nada al Dr. Deán5 en cuanto llegue, ni sobre la reunión del Ritz,6 ni sobre la conferencia en la Facultad (...)".
Fondo Lluís Pericot, carta no 2 del dossier Pericot-Heras.
Sin embargo, apenas dos meses después, el 9 de agosto de 1940, Heras envió una nueva carta a Pericot en la que otra vez se refería al Instituto Ibérico Oriental, aunque ahora en unos términos mucho más optimistas.
Así, no solo el proyecto continuaba en marcha sino que ya se estaba planificando la publicación del primer número del Boletín, en el que pretendía incluir un artículo de Pericot sobre la inscripción ibérica de la conocida estela hallada en Santa Perpètua de la Mogoda (MLH III 2 C.10.1.).
Pericot publicó una transliteración provisional de ese texto en una breve nota publicada en la revista Ampurias (Pericot 1940).
A este Boletín se refiere la carta siguiente: "(...)
El caso es que probabilísimamente imprimiremos el primer número del Boletín del Instituto Ibérico-Oriental hacia fines de Septiembre, y me gustaría tener un artículo de Vd. para él.
Sería muy bueno que nos hablase usted de la inscripción nuevamente hallada en Sta.
Recuerdo que tenía Vd. una transliteración en caracteres latinos según el alfabeto de Beltrán.
Si me pudiese Vd. enviar una copia de él vería con mi amigo D. Resurrección M.a de Azcue,7 de Sequeitio, un vascófilo de reputación, si podemos sacar algo de su significado, y se lo enviaría a Vd. al punto.
El día 16 de este mes salgo de aquí para Bilbao, donde estaré ocho ó diez días y allí veré a Azcue personalmente".
Convendría que el artículo estuviese a punto hacia el 8 de Septiembre cuando regresaré a Barcelona.
Por lo demás lo del Instituto marcha todo viento en popa".
Fondo Lluís Pericot, carta n.o 3 del dossier Pericot-Heras.
Ese cambio de situación tan radical fue el resultado de un planteamiento distinto del proyecto, con una fuerte participación de la alta sociedad barcelonesa.
En este sentido se creó una "Fundación del Instituto Ibérico Oriental", con sede en el Principal del número 33 de la Rambla de Cataluña de Barcelona.
Allí tenía la sede también el Centro de Estudios Universitarios, dependiente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP).
Esa coincidencia evidencia de nuevo como Heras logró vincular su proyecto con importantes instituciones afines al régimen franquista.
Cabe recordar que la ACNP, fundada en 1909 por el jesuita Ángel Ayala, tuvo una clara influencia en los primeros años del régimen franquista, con una propuesta ideológica basada en un catolicismo fascista, y con un destacado papel en la vinculación entre enseñanza universitaria y política (Pasamar Alzuria 1991: 72).
La Fundación tenía un Comité de Honor presidido por el industrial y político Alfonso Sala Argemí, conde de Egara, y un Comité Ejecutivo presidido por el industrial catalán de origen indio Raimundo Paniker.
En las memorias de uno de sus hijos, Salvador Pániker, se recuerdan los esfuerzos para la creación del Instituto: "Recuerdo ahora las visitas del sabio jesuita Enrique Heras, una autoridad mundial en la civilización del Valle del Indo, y muy concretamente, en el descifre de las ruinas de Mohenjo-Daro.
El P. Heras había fundado con mi padre y con los doctores Almagro y Pericot, un "Instituto Ibero Oriental".
El P. Heras tenía unas grandísimas barbas blancas que provocaban la infalible ironía de mossèn Roquer, el filósofo catalán que entonces cortaba el bacalao" (Pániker 1985: 32).
Otros nombres ilustres eran los del secretario del Colegio de Abogados de Barcelona Manuel Goday, la escritora Catalina Albert (Víctor Català), los filósofos Tomás Carreras Artau y Juan Tusquets, o el historiador y epigrafista Josep Vives Gatell.
Queda claro, por tanto, que Heras, al no contar con la plena ayuda de los jesuitas, recurrió a la alta sociedad y a la burguesía barcelonesa para conseguir los apoyos y la financiación necesaria para llevar adelante el proyecto.
Además, Heras intentó que importantes autoridades políticas del régimen se convirtieran también en patronos de la Fundación.
Así, en una carta del 9 de mayo enviada a Enrique Valera, marqués de Auñón y jefe de la sección de Santa Sede y Obra Pía del Ministerio de Asuntos Exteriores (Delgado 1988: 232), el jesuita solicitaba que los ministros de Asuntos Exteriores, Juan Luis Beigbeder Atienza, y de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, entraran como patronos de la fundación:
"Excelentísimo Señor Marqués y queridísimo amigo En llegando a Barcelona deber mío es agradecer a Vd. sinceramente cuanto ha hecho Vd. por mí y por nuestra Misión de la India con espíritu tan sincero y tan desinteresado.
Estamos ahora ultimando la campaña "Pro Instituto Ibérico-Oriental".
Tenemos dos comités, uno ejecutivo y otro de honor, para apoyar esta campaña.
Desearíamos que en el Comité de Honor pudiésemos tener como patronos a los Excelentísimos Señores Ministros de Asuntos Exteriores y de Educación Nacional.
Por tanto quedaría a Vd. muy reconocido, si juntamente con mis más sinceros respetos presentase Vd. esta mi petición al Sr. Ministro.
En caso de que S.E., como espero, conteste afirmativamente, le agradeceré a Vd. mucho me lo comunique por telegrama.
Escribo sobre lo mismo a D. Luis Ortiz, del Ministerio de Educación Nacional.
Con gracias anticipadas tengo sumo placer en reiterarme de Vd.
Muy atto y sincero amigo y capellán H. Heras S.J." 8
El 15 de mayo de 1940 el ministro Beigbeder enviaba un telegrama confirmando su aceptación de la propuesta de Heras.
Sin embargo, Heras ese mismo día escribió una rápida respuesta a dicho telegrama solicitando que se aclarara si el ministro Beigbeder quería ser patrono o únicamente miembro del Comité de Honor de la Fundación:
"Me parece que no entiendo claramente dos palabras del citado telegrama: "Designación Miembro 9 Comité de Honor".
¿Significa esto que S.E. acepta el ser miembro de dicho Comité, pero no el ser su patrono?
Si el significado no es este, encantado, y no digo nada más.
Pero si el significado de aquellas palabras es conforme a la interpretación dada arriba, mucho lo sentiría; porque no cuadra que S.E. el Sr. Ministro ocupe un lugar inferior a otros en el dicho Comité y que su nombre esté mezclado con el de los demás vocales" (...)
Enrique Valera escribió a Heras el 22 de mayo con las aclaraciones solicitadas por este.
Así, Valera confirmaba que el ministro Beigbeder efectivamente aceptaba ser miembro del Comité de Honor en calidad de patrono y no simplemente de vocal.
En cualquier caso, y a pesar de esta última carta de Valera, lo cierto es que Beigbeder no llegó a aparecer nunca entre los patronos de la Fundación del Instituto Ibérico Oriental.
Ello probablemente se debió a su cese como ministro en octubre de ese mismo 1940.
10 De esta manera, y a pesar de los intentos de Heras, ninguna alta autoridad política del régimen llegó finalmente a formar parte del proyecto.
Curiosamente, el único académico relacionado con la Arqueología mencionado en ambos comités de la Fundación fue Martín Almagro, co-secretario del Comité Ejecutivo.
De hecho, la implicación de Almagro en el proyecto fue muy notable, tal y como se observa en una postal que Heras y Almagro enviaron a Pericot el 25 de Agosto de 1940 desde la localidad guipuzcoana de Deba.
En dicha postal ambos informaban a Pericot de la continuación de las tareas que debían permitir la creación del Instituto (Biblioteca de Catalunya.
Fondo Lluís Pericot, tarjeta postal n.o 5.F.1 del dossier Pericot-Heras).
Sin embargo, resulta hasta cierto punto sorprendente la ausencia del propio Pericot como miembro en alguno de los dos comités de la Fundación, a pesar de ser un muy buen conocedor del proyecto del Instituto y del hecho que Heras contara con él explícitamente como colaborador científico.
LA PROMOCIÓN DEL INSTITUTO IBÉRICO ORIENTAL
Entre las actividades desarrolladas por Heras y Almagro para promocionar la creación del Instituto en Barcelona destaca la publicación de dos breves folletos (Fig. 2), de apenas 20 páginas cada uno, así como 8 El conjunto de correspondencia de Heras con el Ministerio de Asuntos Exteriores que transcribimos o citamos a continuación pertenece al expediente "Colegio Mayor de San Ignacio.
Comité Honorífco Pro-Instituto Ibérico Oriental", Archivo 2, Cajón 3, carpeta 24, guía 2, legajo R. 2793, Núm.
25 del archivo general del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación.
9 Ambas palabras aparecen subrayadas en la carta original.
Por otra parte, conviene apuntar que no hemos hallado documentación relativa a la propuesta de Heras a José Ibáñez para que formara parte de la Fundación.
La única evidencia de que esta propuesta debió ser efectiva es la referencia en la citada carta de Heras a Valera de 9 de mayo de 1940.
En ella Heras afirmaba haber escrito para tal propósito a Luis Ortiz Muñoz, en aquel momento técnico del Ministro de Educación Nacional y secretario general del Consejo de Educación Nacional.
Por desgracia, ninguno de los dos folletos tiene fecha de publicación, aunque a buen seguro ambos aparecieron en el periodo 1940-1941.
Así lo indica tanto el proceso de creación del propio Instituto (no hay noticias del mismo posteriores al 1941), como la imagen de la portada del segundo folleto.
En dicha portada aparece, entre otros, una imagen de la Dama de Elche.
Por lo que se refiere al contenido de los folletos cabe destacar que fueron Martín Almagro y Manuel Goday los responsables de la redacción de los textos.
En dichos textos se aprecia la fuerte influencia de las particulares teorías de Heras acerca del Mediterráneo en la Antigüedad.
Así, los dos folletos abordan brevemente cuestiones como la unidad cultural mediterránea en la Antigüedad; el carácter preario de las grandes civilizaciones mediterráneas, cuyos orígenes debían situarse en la cultura drávida de Mohenjo-Daro; la propuesta de desciframiento de Heras de las inscripciones proto-indias; etc. El segundo folleto terminaba con un apartado en el que se trataba de justificar a nivel científico la creación del Instituto Ibérico Oriental, al tiempo que se solicitaban donativos para poder financiar la empresa.
Como señalábamos antes, otra de las actividades realizadas para la promoción del Instituto fue la ce-lebración, entre noviembre y diciembre de 1940, de un ciclo de conferencias en Barcelona por parte de Heras.
La Vanguardia Española se hizo eco del inicio del ciclo, informando en términos muy optimistas acerca de la futura creación del Instituto Ibérico Oriental: "El próximo día 12 el ilustre jesuita reverendo padre Enrique Heras, profesor de Historia y Arqueología de la India en la Universidad de Bombay, inaugurará en la Sala Mozart una serie de 22 conferencias a base de temas sobre cultura oriental. [...]
El ciclo de conferencias que desarrollará el padre Heras será iniciado con el tema Génesis del Instituto Ibérico Oriental institución en plan de creación en esta ciudad.
El Instituto Ibérico Oriental de Barcelona, que se dedicará a la investigación históricoarqueológica de las civilizaciones mediterráneas junto con la proto-índica constará de 24 cátedras y la mejor biblioteca del mundo en asuntos mediterráneos."
Es muy probable que en realidad dicho ciclo de conferencias fuera prácticamente el mismo que Heras pronunció en la Universidad de Barcelona entre noviembre y diciembre de 1939.
A aquel primer ciclo de 20 conferencias se le habría añadido ahora una sesión inicial de presentación del proyecto y otra final de clausura.
Gracias a las frecuentes noticias publicadas en La Vanguardia Española sobre esta cuestión y a otras fuentes consultadas hemos podido reconstruir la práctica totalidad del ciclo de conferencias11: Figura.
Portada de los dos folletos publicados para la promoción del Instituto Ibérico Oriental.
12 La noticia de La Vanguardia Española de 27 de noviembre de 1940 menciona que se han realizado conferencias en estos lugares en los días anteriores, por lo que sabemos entre qué días se pronunciaron pero no podemos determinar con exactitud cada una de ellas dónde fue.
13 Referencias a esta conferencia se conservan en la correspondencia depositada en el archivo de la Diputación de Barcelona entre el director de la Residencia de Estudiantes, José María Núñez Jover, y el Ponente de Cultura de la Diputación Provincial de Barcelona, Luis Riviere, encargado de autorizarla.
En una carta del 5 de noviembre informaba acerca de la conferencia de Heras.
El Ponente de Cultura autorizaba dicha conferencia en una carta con fecha de 22 de noviembre de 1940: "Visto su oficio exponiendo el ofrecimiento del Padre Heras para desarrollar en esta Residencia una conferencia sobre el tema ICONOGRAFIA INDIA, autorizo a Vd.
Para que dicha conferencia pueda tener lugar de conformidad con su propuesta.
Lo que comunico a los efectos consiguientes."
La correspondencia entre ambos sobre esta cuestión se cerró con una última carta del director de la Residencia de Estudiantes, con fecha 29 de noviembre de 1940, en la que se hacía un breve informe acerca del desarrollo del acto: "El acto se celebró en el comedor de la planta baja, que fue debidamente dispuesto y adornado a tal efecto, habiendo concurrido publico muy numeroso y selecto además de todos los Residentes.
Tuve el honor de presidir y presentar al conferenciante, agradeciendo en nombre de V.S. y de la Excma.
Diputación Provincial la gentileza del orador por haber desarrollado su conferencia en esta Residencia de Estudiantes."
EL ABANDONO DEL PROYECTO
Las últimas noticias que se conservan acerca de la creación del Instituto Ibérico Oriental son la información publicada en el diario ABC el 5 de enero de 1941, donde se especifica que el Instituto debía empezar a funcionar en febrero de ese mismo año, así como una carta de Heras a Pericot en la que le convocaba a una reunión el 22 de febrero de 1941 en el colegio de abogados de Barcelona para tratar de cuestiones relacionadas con el Instituto (Biblioteca de Catalunya.
Desafortunadamente, en los archivos del Colegio de Abogados no queda constancia de la celebración de dicha reunión.
Sin embargo, a partir de marzo de 1941 cesan por completo las noticias acerca del Instituto.
Ya no se vuelve a hablar de él en la prensa y tampoco Heras lo menciona en su correspondencia con Pericot, a pesar de que con los años mantuvieron el contacto entre ellos y con Almagro.
Así lo demuestra una postal enviada por Heras a Pericot el 24 de agosto de 1950 (Biblioteca de Catalunya.
Fondo Lluís Pericot, tarjeta postal no 27 del dossier Pericot-Heras), en la que se hace referencia a una reunión entre Heras, Pericot, Almagro y August Panyella,17 pero ya sin referirse nunca al Instituto.
De hecho, el propio Almagro en la necrológica de Heras que publicó en la revista Ampurias reconoció implícitamente el fracaso del proyecto para la creación del Instituto:
"Con añoranza y sincero cariño recordamos [...] sus esfuerzos en pro de la creación de un Instituto Oriental en Barcelona, su ayuda para relacionar a nuestro Museo Arqueológico con los centros internacionales del extranjero en aquellos años posteriores a nuestra guerra de liberación, en que el aislamiento general intentó ahogarnos".
28) sostienen que el Instituto llegó a crearse.
Sin embargo, dichas afirmaciones en realidad parecen hacer referencia a la Fundación y no al Instituto en sí que, tal y como apunta Almagro, jamás llegó a entrar en funcionamiento.
Llegados a este punto lo interesante es determinar cuáles fueron las causas que propiciaron el abandono del proyecto de Heras, algo que resulta especialmente difícil teniendo en cuenta la ausencia de cualquier referencia en la documentación consultada acerca de este asunto.
En cualquier caso, existen suficientes indicios que nos permiten esbozar una serie de motivos que terminaron por impedir la creación del Instituto Ibérico Oriental.
En primera instancia cabe tener en cuenta las causas económicas, probablemente el motivo principal para explicar el fracaso del Instituto.
En este sentido, hemos visto como, tras no poder vincular el proyecto a los jesuitas, Heras trató de financiar la creación del Instituto mediante las aportaciones privadas de miembros de la aristocracia y de la burguesía catalana, así como de algunas autoridades políticas relevantes del nuevo régimen.
Sin embargo, un proyecto de esa magnitud, que preveía la creación de 24 cátedras, una biblioteca especializada y una publicación periódica, para poder funcionar requería de unos elevados recursos económicos que probablemente Heras, a pesar de sus esfuerzos, no pudo reunir.
Pero al margen de los problemas económicos, posiblemente también hubo otros motivos que contribuyeron a la no cristalización del proyecto.
Así, es importante tener en cuenta que Heras resultaba una figura enormemente controvertida desde un punto de vista académico.
Sus teorías pan-dravídicas, los orígenes que atribuía a los distintos pueblos o su propuesta de desciframiento de las inscripciones de Mohenjo-Daro, no solo eran elementos polémicos sino que en ocasiones eran completamente erróneos (como su teoría acerca del origen camítico y no semítico de los fenicios).
A pesar de que Almagro y Goday hicieron suyas muchas de las teorías de Heras en los dos folletos de promoción del Instituto, lo cierto es que también hubo voces muy críticas para con Heras.
Aunque publicados unos años más tarde, de modo que no pudieron condicionar la consolidación del proyecto del Instituto, creemos que son elocuentes al respecto de esta situación los dos artículos ya mencionados de Benito Celada (Celada 1947(Celada y 1948)), publicados con la firme intención de denunciar los excesos y los errores de Heras:
"El popular escritor y conferenciante, profesor en Bombay, H. Heras, ha divulgado su propio sistema de desciframiento de las inscripciones.
Numerosos artículos salidos de su pluma o de las de sus discípulos han dado a conocer sus teorías acerca de la cultura "protoindia" y sus influencias en el mundo mediterráneo. (...)
Por si el silencio de los que opinamos en contra del profesor Heras pudiera ser interpretado en el sentido de aprobación, nos creemos en el deber de tomar posición respecto del conjunto de esos problemas. (...)
El conjunto del artículo no ha sido concebido conforme a un plan polémico.
Es una modesta exposición de la cultura "proto-india" siguiendo muy de cerca la exacta y sobria exposición de los excavadores Marshall y Mackay, llamando la atención sobre lo que creemos adiciones de la fantasía".
De hecho, Celada en esas líneas criticó abiertamente el fallido proyecto de la creación del Instituto Ibérico Oriental, que consideraba fundamentado sobre unas bases del todo erróneas desde un punto de vista científico:
"Los que pretenden leer maravillas en las inscripciones de esos menudos objetos -la única literatura que nos han legado los habitantes de Mohendšo-Daro-, podrán comparar la importancia de este pueblo con Babilonia y Egipto, cuyos textos llenan bibliotecas y cuyos variados monumentos constituyen el fondo principal de muchos grandes museos; y hasta pueden pedir la creación de cátedras e institutos especiales que se ocupen de esta cultura, pero los que no podemos creer en esos misterios pensamos que eso sería algo desproporcionado."
Queda claro, por lo tanto, que el proyecto de Heras no solo hubo de hacer frente a las dificultades económicas sino también a la oposición frontal de académicos que, como Benito Celada, representaban los estudios orientales desde sus puestos en el CSIC.
De hecho, con el tiempo incluso Almagro se distanció decididamente de los postulados de Heras, como mínimo por lo que a la historia de la Península Ibé-rica se refiere.
Así, en obras como Origen y formación del pueblo hispano Almagro hizo especial hincapié en el elemento indoeuropeo / celta como elemento definitorio de la etnia hispana (Cortadella 1988: 22), alejándose de esta forma de las teorías pandravídicas de Heras.
Las crecientes dudas (o las críticas) acerca de la solvencia académica de Heras, sin duda, en nada debieron contribuir al correcto desarrollo del proyecto.
El Instituto Ibérico Oriental se planteó desde un principio como una empresa académica de una envergadura a todas luces excesiva teniendo en cuenta la precaria situación política y económica de España una vez finalizada la guerra civil.
Además, se intentó llevar a cabo como una iniciativa esencialmente privada, al margen (y, a veces, con la oposición) de las principales instituciones públicas de docencia e investigación (universidades, CSIC).
Por otra parte, su promotor, Enrique Heras, a pesar de suscitar algunas adhesiones entusiastas, no era una figura que generara el necesario consenso dentro el panorama académico español.
Es por todo ello que, tal y como ya sospechaba Pericot en Junio de 1940, no era difícil imaginar que finalmente el proyecto, en la forma en que lo había diseñado Heras, no iba a poder llevarse a cabo.
Ciertamente, el proyecto de Heras presentaba graves deficiencias tanto por su controvertido fundamento académico como por su propio diseño, carente de todo realismo.
Sin embargo, aún a pesar de esas consideraciones, lo cierto es que el Instituto Ibérico Oriental hubiera resultado una institución enormemente útil y necesaria dentro del panorama académico español, por cuanto hubiera servido para impulsar el desarrollo de los estudios orientales en España, donde no tenían ninguna tradición.
El fracaso del Instituto, en cierta forma, condenó a España a mantener durante prácticamente medio siglo un vacío académico difícilmente justificable en el contexto de la Europa occidental.
Almagro Basch, M. 1958: Origen y formación del pueblo hispano, Barcelona.
Un intento de introducción de los estudios sobre el Oriente Antiguo en España* |
El presente libro recoge, más o menos modificada, la Tesis Doctoral del autor, leída en la Universidad Ruprecht-Karls de Heidelberg en 2003.
Su objetivo es analizar las ofrendas escultóricas procedentes de los santuarios de Samos y del Ática, que se inician a partir de la segunda mitad del siglo VII, dedicadas, en buena parte por oferentes privados.
El autor quiere hacer especial hincapié en el control que la polis ejerce sobre los espacios de culto por lo que su estudio atenderá no solo los aspectos religiosos sino también los sociales y políticos; para que el análisis sea más eficaz, Franssen pretende abordar todos los testimonios conocidos en sus contextos funcionales e históricos.
Aunque se tendrán en cuenta otros santuarios (por ejemplo, en el Ática, Eleusis y Sunio entre otros) el grueso del trabajo se centrará en los más importantes de cada polis, el Hereo de Samos y la acrópolis de Atenas.
Además del tipo de ofrenda, el autor también se centra en el marco cronológico y, cuando ello es posible, la distribución temporal de los diferentes tipos escultóricos, dentro de las posibilidades, no siempre exactas, que permite el análisis estilístico.
En la introducción aborda el autor estos y otros problemas así como un interesante análisis sobre la historia de la investigación donde muestra cómo poco a poco estas manifestaciones escultóricas, que en un primer momento se habían estudiado solo desde una perspectiva artística, han ido siendo integradas en el estudio histórico constituyendo hoy día un testimonio de gran peso para analizar problemas tales como el ideal aristocrático y su papel en la organización de la polis.
La primera parte del libro de dedica a Samos e incluye la enumeración y análisis de las estatuas conocidas del Hereo, agrupadas en estatuas femeninas, masculinas (kouroi y otros tipos) y grupos escultóricos.
Dentro de cada grupo, las ordena el autor según sus cronologías respectivas y analiza las dedicatorias cuando las mismas se conservan.
El total de estatuas del Hereo que analiza es de 62, de las cuales solo se conoce el contexto de hallazgo para 27.
El siguiente punto analiza las estatuas y cultos samios fuera del Hereo.
Aunque los hallazgos son menos numerosos, el marco cronológico de los mismos es semejante al del santuario principal, aunque la variedad de tipos es mayor que en el Hereo.
Su contexto varía de funerarias a ofrendas en santuarios que, sin embargo, no han sido indagados.
En cuanto a los dedicantes solo se conocen en cuatro casos gracias a la epigrafía.
Aborda el autor a continuación la historia constructiva del Hereo samio durante el periodo arcaico y observa cómo las estatuas acompañan a las distintas fases del desarrollo arquitectónico del santuario en una clara correlación.
Los distintos tipos de representaciones (korai, kouroi, jóvenes con manto, etc.) serían diversos modos de representar a los grupos aris-tocráticos y exhibir su relevancia social lo cual se pone de manifiesto de forma especial en el grupo de Geneleo.
Por último, y tras dar un repaso a los datos disponibles acerca de la historia samia durante el siglo VI a.C., intenta establecer una relación entre ellos y los ritmos constructivos en el Hereo samio y las ofrendas escultóricas.
Se trata de un capítulo de gran interés en el que el autor subraya cómo las dedicatorias podrían verse desde el prisma de la competencia entre familias aristocráticas, expresada en el santuario de Hera cuya monumentalización en paralelo subraya el papel focal que el mismo va adquiriendo dentro de la vida de la polis, en especial antes de la ocupación del poder por el tirano Polícrates.
La segunda parte de la obra se dedica a Atenas y el Ática.
Se inicia, siguiendo el esquema ya mostrado en la primera parte, con un análisis de los hallazgos escultóricos de la acrópolis de Atenas.
Así, trata de las esculturas femeninas (korai, representaciones de Nike, representaciones de Atenea, figuras sedentes), esculturas masculinas, representaciones de jinetes y caballos, grupos escultóricos y esfinges y animales.
Del mismo modo, presenta los lugares de hallazgo de las esculturas dentro de la acrópolis, cuando existen datos para saberlo (en 72 casos de un total de 417 esculturas y fragmentos) aun cuando en los que se conocen proceden siempre de depósitos secundarios en los que fueron depositadas tras la destrucción persa del 480-479 a.C. Las basas con dedicatorias (78 de ellas con el nombre del oferente), de las que muy pocas pueden vincularse a esculturas concretas, muestran también la variedad de los dedicantes, que pueden agruparse en aristócratas, artesanos, mujeres y extranjeros.
A continuación aborda Franssen la historia de la acrópolis en época arcaica mostrando cómo puede ponerse en relación la aparición de las ofrendas escultóricas con el desarrollo de la monumentalización de ese espacio sagrado.
Analiza, asimismo, como había hecho en el caso samio, el significado de algunos tipos escultóricos como las korai, retomando la vieja polémica sobre si representan figuras divinas o imágenes humanas inclinándose, tanto en el caso samio como en el ateniense, por la segunda opción aunque no puede saberse si se trata de representaciones genéricas o si se pretende una identificación más directa con alguna persona concreta.
No obstante, seguramente tiene razón cuando vincula a las korai con la representación de la novia aristocrática.
En cuanto a las figuras masculinas, y como parece también en Samos, representarían la riqueza y poder social de la aristocracia, aunque mostrando su integración en la comunidad mediante la realización de funciones públicas (oferentes, atletas, hoplitas, jinetes).
La mayor variedad de tipos escultóricos con respecto a Samos se explica por el papel que la acrópolis de Atenas representa dentro de la vida política y social de la ciudad y no solo religiosa; el Hereo de Samos es un santuario extraurbano, mientras que la acrópolis se encuentra en el centro de la ciudad y es el principal lugar de culto de la misma.
Ese papel, mucho más centrado en la definición de la ciudadanía, se traduciría en la gran presencia de korai (más que en ningún otro lugar), vinculadas a las ceremonias de integración en la ciudadanía, menor presencia de kouroi, pero existencia de otros tipos de representaciones.
Se estudian también las ofrendas escultóricas de otras zonas del Ática, tanto de Atenas (Cerámico, ágora) como de su territorio (Dionysos-Ikaria, Eleusis, Kiapha Thiti, Prasias, Ramnunte, y Sunio, tanto del santuario de Posidón como del de Atenea).
En total, se contabilizan restos de unas 35 estatuas en su mayor parte procedentes de Eleusis y Sunio que en estos casos son votivas.
Parece observarse una mayor presencia de kouroi en momentos más antiguos, en ausencia de estructuras cultuales de relevancia, mientras que la dedicación de korai correspondería a momentos posteriores y coincidiendo con programas arquitectónicos monumentales.
Se analizan, por fin, los datos derivados del análisis escultórico con las informaciones conocidas sobre el devenir histórico de la Atenas arcaica.
El hecho de que no se observe ningún hiato en las ofrendas durante el siglo VI, a pesar del surgimiento de la tiranía de Pisístrato, se interpreta en el sentido de que el tirano siguió permitiendo las exhibiciones escultóricas aristocráticas.
Un resumen en el que se analizan de forma sincrónica las trayectorias de Samos y Atenas cierra la parte expositiva de la obra mostrando las diferencias entre ambas poleis en el uso de la escultura votiva consagrada en santuarios.
En un CD anexo se incluye el catálogo de todas las esculturas y fragmentos escultóricos que sirven de base para el análisis llevado a cabo.
Se trata, en definitiva, de un trabajo de gran profundidad e interés que muestra cómo un adecuado análisis arqueológico, en este caso de unas piezas tan llenas de significado como las ofrendas escultóricas, puede aportar datos de indudable valor en el análisis de la conformación de dos de las menos mal conocidas poleis arcaicas.
El gran número de temas que aborda el autor hace de este libro una base imprescindible para el estudio de las sociedades samia y ateniense en época arcaica.
Este libro procede de la Tesis Doctoral de la autora, leída en la Universidad Ruprecht-Karls de Heidelberg en 2005.
Su objetivo es el estudio del culto de Ártemis en el Peloponeso desde la doble perspectiva de la política y la religión y sus mutuas interacciones.
La primera parte de la obra contiene un catálogo de los lugares en los que se atestigua el culto de la diosa tanto a partir de las fuentes literarias como de la arqueología.
El catálogo está organizado en orden alfabético de regiones (Acaya, Argólide, Arcadia, Élide, Corintia, Laconia y Mesenia) y, dentro de ellas, por orden alfabético de localidades.
Se trata de un catálogo amplio que no se limita a la enumeración de los datos, sino que aborda cuestiones de diversa índole (topografía, elementos cultuales, iconografía, etc.)
Ello convierte a esta parte del libro en un instrumento de gran utilidad al tratarse de un amplio panorama sobre los lugares de culto conocidos de la diosa en el Peloponeso.
Sí que podríamos mencionar cómo, en algún caso, los datos podrían haber estado más actualizados como, por ejemplo, en el santuario de Ano Mazaraki, en Acaya, del cual la autora cita, como más reciente, algún trabajo de 1989 a pesar de la publicación del libro en 2011; de haber empleado bibliografía más reciente habría podido confirmar, sin duda, la vinculación a Ártemis del santuario y, sobre todo, su epíclesis de Aontia, no atestiguada hasta ahora en el Peloponeso.
El análisis de los cultos le permite a la autora realizar algunas observaciones preliminares; por ejemplo, la vinculación de Ártemis con Dioniso en Acaya, su carácter mántico, político y vinculado con los rituales iniciáticos en la Argólide o su gran relación con la naturaleza en Arcadia, junto con otros rasgos.
Del mismo modo, en Élide aparece muy ligada a la fertilidad y en la Corintia, sin duda por su vecindad a la Argólide, adopta un carácter sanador.
En Laconia parece mostrar rasgos muy arcaicos, quizá vinculados al mundo cretense y exhibe asimismo una fuerte relación con la naturaleza, lo que la convierte también en divinidad sanadora; del mismo modo, en Esparta es destacable su función como protectora de los efebos.
Por fin, Mesenia muestra algunos cultos semejantes a Esparta, que la autora atribuye a la común herencia doria de ambos territorios.
La segunda parte del trabajo analiza a la diosa Ártemis y sus características.
En primer término, su relación con la comunidad y su función política.
En opinión de la autora este papel es central, en especial en su papel de protectora de grupos sociales en situación crítica, como efebos y madres, y también en su papel de defensora de las fronteras.
Otro de sus rasgos es el vinculado a la sanación, sobre todo a partir de su relación con el mundo de las plantas y de sus contactos, y en algunas regiones con el mundo iátrico-mántico.
Una función importante desarrollada por Ártemis tiene que ver con la efebía y los ritos de iniciación y también se observan en ella, en relación con su vinculación con la naturaleza, ciertos caracteres ctónicos.
La variedad de funciones de la diosa se observa también a través de los epítetos, cuestión a la que dedica la obra otro apartado.
Falta, como apuntábamos antes, el de Aontia, que no es conocido por la autora.
Como apéndice figura la lista de estas epíclesis con los lugares del Peloponeso en los que aparecen atestiguadas las mismas.
Se trata, en definitiva, de un útil e interesante panorama del culto de Ártemis en el Peloponeso presentando, a partir de la documentación existente, sus distintas funciones y significados en cada uno de los ámbitos de ese territorio.
ADOLFO J. DOMÍNGUEZ MONEDERO Universidad Autónoma de Madrid JOÃO LUÍS CARDOSO y MARTÍN ALMAGRO GORBEA (eds.), Lucius Cornelius Bocchus, escritor lusitano da Idade de Prata da literatura latina, Coloìquio internacional de Troìia, 6-8 de octubro de 2010, Academia Portuguesa de História -Real Academia de la Historia, Madrid, 2011, 2.a ed. revisada, 348 pp., abundantes ilustraciones.
Incluso quienes nos interesamos por las antigüedades de la provincias romanas de Hispania, sufrimos las consecuencias de la aparición -hace ahora un milenio-de dos tradiciones históricas en la Península.
Así, por ejemplo, investigar cualquier aspecto del rico panteón lusitano de hace dos mil años requiere moverse frecuentemente de un lado al otro de la fron-Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 tera, en busca, unas veces, de las Divindades antigas de Portugal y en otras, de los Dioses indígenas de Extremadura.
Y eso cuando hay acuerdo entre los investigadores de los dos países porque, de otro modo, ¿cómo olvidar el bochornoso episodio del mapa K-29 de la Tabula Imperii Romani?
El libro que comentamos, por el contrario, está por olvidarse de alfãndegas y marchamos fiscales, en una suerte de reflejo literario de lo que, me dicen, pasa en los alrededores de Olivenza/Olivença y que, desde luego, se acerca bastante a la situación cotidiana de quienes viven a ambos lados de la raya hispano-lusa.
La obra contiene las actas de un coloquio organizado conjuntamente por las Academias de la Historia española y portuguesa y que tuvo lugar hace apenas un año en Tróia, un lugar situado al sur de Lisboa, en la desembocadura del río Sado, y afamado ahora por sus playas aunque, hace dos milenios, la causa de notoriedad era una floreciente industria de salazón.
El coloquio juntó a 22 participantes, equitativamente repartidos entre los dos países, y su motivo fue un hispano-romano apenas conocido fuera del reducido círculo de los especialistas, lo que explica la necesidad del subtítulo, Escritor lusitano da idade de prata da literatura latina.
Efectivamente, hasta hace más o menos un siglo y medio, Cornelius Bocchus era un nombre más en la larga lista de auctores de los que Plinio se sirvió para compilar su Naturalis Historia, donde se descubren otros dos detalles sobre el personaje, a saber, su origen hispano y que escribiera lo que escribiese, versaba principalmente sobre asuntos lusitanos.
En 1861 se dio la noticia del hallazgo en Alcácer do Sal (la antigua colonia Salaria Imp.) del epígrafe en el que Scallabis honró al eques L. Cornelius Bocchus ob merita in coloniam, que inmediatamente se relacionó con el personaje mencionado en la bibliografía pliniana y que algunos también lo identificaban también con el Bocchus citado en la Collectanea de Julio Solino, aunque los datos recogidos por el Polyhistor son cronográficos y se refieren a Grecia y no a Iberia.
En años posteriores, el hallazgo de sendos epígrafes honorarios en Alcácer y Tróia atestiguaban que no se trataba de un solo individuo, sino de una prominente familia vinculada a las ciudades ribereñas de los ríos Sado y Tajo y cuyos miembros desempeñaron carreras ecuestres similares; nuevas inscripciones aparecidas también en Lisboa y Mérida, añaden nuevos individuos y muestran, a través de sus respectivos cursus honorum, el prestigio social y político que gozaron en su comarca de origen.
El marco del coloquio (y, por lo tanto, del libro que comento) es una de esas inopinadas conjunciones en las que una árida y, en cierta medida, agotada Quellenforschung se aviva por el afortunado hallazgo de un puñado de datos que fomentan la discusión erudita y, más importante, ponen rostro a lo que previamente era solo un nombre.
A este planteamiento deben añadirse los descubrimientos arqueológicos habidos durante los pasados treinta años en los lugares frecuentados por los Cornelii Bocchi y que revelan la previa e intensa colonización comercial y económica que algunos atribuyen a Gades y sus establecimientos satélites y otros, en cambio, califican de tartésica o turdetana; en ambos casos, gentes procedentes de lo que uno de los organizadores del coloquio, M. Almagro, llama el "circulo del Estrecho", es decir, las ciudades y etnias que poblaban el curso bajo y el estuario del Betis y a cuya actividad se atribuye la responsabilidad de la facies orientalizante que se aprecia en la mitad occidental de la Península y, como no, en los nuevos yacimientos costeros al sur de Lisboa (vid. la contribución de Tavares da Silva).
Lo llamativo del artículo de Almagro es que transforma esos datos arqueológicos en un paradigma histórico que incluye -y explica-la figura de Cornelius Bocchus y sus cognomines epigráficos: fueron semitas o turdetanos punizados que aprovecharon la expansión comercial, pesquera y minera por el litoral atlántico lusitano para prosperar, convirtiéndose en la aristocracia local con la que hubo de lidiar Roma y sus representantes en los decenios inmediatos al cambio de Era.
A semejanza de lo que sucedió con sus más famosos homónimos, los Balbi gaditanos, los Cornelii Bocchi, se uncieron al carro del vencedor, recibieron la ciudadanía romana y, en general, se sirvieron de las oportunidades de promoción social y política que les brindó el Principado.
Ni que decir tiene que Almagro considera que el erudito informante de Plinio fue también la fuente citada por Solino.
Si el trabajo de Almagro plantea lo que debiera ser la tesis principal del Coloquio, el resto de los participantes, organizados por secciones temáticas, discuten, matizan y contradicen la proposición inicial.
Nada de lo que sorprenderse, considerando que mucho de la brillante y sugestiva construcción de Almagro se basa en datos aislados, escasos y de interpretación contradictoria, como manifiesta, por ejemplo, la discrepante identificación del llamado "graffito de Abul", un casco esgrafiado de cerámica hallado en el establecimiento fenicio de ese nombre a orillas del Sado, que un participante en el coloquio (Correa) considera escrito en el signario hispano meridional y otro (López Castro), en un abyad fenicio.
Fuera cual fuese la etnia de esos colonizadores/promotores, lo que deja claro el apartado del libro dedicado a la actividad económica es que, al elegir asentarse en el litoral atlántico de la Lusitania, acertaron de pleno: por un lado, el estuario del Sado y sus marismas debieron ofrecer unas pesquerías excepcionales, lo que se refleja en las monedas de la ceca de Beuipo (Mora) y en los restos de las numerosas factorías de salazón localizadas en la península de Tróia, cuya actividad se data en los primeros decenios de la Era (Vaz Pinto et al.).
Además, el zócalo atravesado por los ríos Sado y Tajo contiene depósitos de piedras semipreciosas y placeres auríferos, cuya riqueza fue proverbial en la Antigüedad (Cardoso et al.) y, por supuesto, no pueden olvidarse las salinas que dieron nombre a la colonia Salacia establecida en la moderna Alcácer do Sal.
La tercera sección trata de los epígrafes que mencionan a Cornelius Bocchus, porque ahora la cuestión ya no es determinar si mencionan al auctor citado por Plinio (y Solino) sino más bien decidir cuál de los cuatro individuos atestiguados en las inscripciones fue el literato.
De las siete lápidas aparecidas en Portugal da cuenta el trabajo de d'Encarnação, mientras que la placa fragmentaria encontrada en el foro de la capital lusitana y que vincula a Bocchus con uno de los gobernadores provinciales, está incluida entre las novedades y recientes hallazgos de Emerita Augusta reseñados por Álvarez y Nogales.
Los dos últimos estudios (Delgado y González Herrero) censan, respectivamente, los flámines provinciales y los prefectos de los obreros de la Lusitania, por la simple razón de que, al parecer, todos los Bocchi conocidos desempeñaron esos honores.
La siguiente sección constituye un tour-de-force porque aborda la cuestión del Bocchus autor literario.
Mientras que caben pocas dudas de que el citado en la Naturalis Historia Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 debe de ser alguno de los integrantes -atestiguados o node la familia salaciense, A. Guerra se muestra escéptico sobre la posibilidad de que sus escritos influyeran en el enciclopedista más de lo que éste explícitamente declaró.
Menos pacífica aún es la determinación de la identidad de la fuente de Solino pero si alguien puede abordar con maestría tan espinosa cuestión, ese es Fernández Nieto, quien recuerda que la crux reside en explicar cómo Plinio no consultó la supuesta crónica universal de la que Solino tomó las informaciones que atribuye a Bocchus.
Los restantes artículos de la sección tratan de posibles modelos en los que Cornelius Bocchus pudo encontrar inspiración para su libro (García Moreno), de otros escritores hispanos contemporáneos suyos (Alvar) y del salaciense como el primer "historiador local" de Hispania (Cardim Ribero).
El libro se cierra con una síntesis histórico-arqueológica (Alarcão) de las poblaciones del estuario del Sado -Salacia/Alcácer do Sal y Caetobriga/ Setubal-y su más prominente familia, de la que ya se ha dicho sobradamente.
Considerando los tiempos que corren y lo que es habitual en estos casos, es muy de agradecer que las actas de un coloquio científico aparezcan apenas un año después de la celebración del mismo y, además, con un formato adecuado y una impresión cuidada, en la que he detectado un mínimo de erratas.
A mayor mérito, se publican como parte de la colección de publicaciones del Gabinete de Antigüedades de la Academia de la Historia, que gozan de un merecidísimo prestigio.
Indudablemente, todo ello es mérito de los organizadores del coloquio, por ser capaces de acopiar los medios necesarios, persuadir a un puñado investigadores con muchos compromisos y poco tiempo para que cumplan los plazos establecidos y, no menos importante, seguir atentamente la producción del libro.
Solo tengo un reparo a la labor editorial y es algo perfectamente esperable cuando se piden tantas opiniones sobre un tema tan estrecho como el del libro.
Muchos de los capítulos del libro presentan matizadas propuestas e interpretaciones de los datos disponibles y refutan hipótesis anteriores; pero no es nada inusual que, antes de llegar a ese punto, cada interviniente se explaye con más o menos profundidad sobre el status questionis.
La resultante son continuas repeticiones: al menos tres autores ofrecen catálogos más o menos completos del material epigráfico y los pasajes del auctor de Plinio o de la fuente de Solino, así como sus respectivas Quellenforschungen, aparecen reiterados en prácticamente todas y cada una de las partes de la obra.
A pesar de que, a vista de pájaro, el libro narra un excelente ejemplo de la prosperidad económica y la efervescencia social que gozó Hispania en la primera mitad del s. I d.C. y de cómo esas condiciones fueron aprovechadas por algunos, el inconveniente antes notado impide que el libro se lea de cabo a rabo, quedando, en cambio, como una herramienta de consulta puntual; por ello hubiera sido deseable la inclusión de índices, siquiera someros, de personajes citados, de lugares antiguos y modernos y de autoridades e inscripciones.
A la postre, mi juicio es que la obra contiene mucha información singular que merece tenerse en cuenta, aunque solo sea porque se presenta sin la deformación causada por ese accidente arbitrario que se llama frontera hispano-portuguesa.
También a Francisco Sibón Olano, arqueólogo de Cádiz.
Cádiz vive la recuperación de su teatro romano por los albores de esa señalada fecha que es, en términos tan apocopados como gaditanos, "El Doce".
Es decir, el bicentenario de aquélla Constitución que se acabó apelando "La Pepa"; gloriosa efemérides para esta ciudad de tan milenario cuño.
Este rescate es primordial, en términos patrimoniales: porque el teatro romano de Cádiz es casi todo el Gades romano que existe.
Su única prueba pública amplia y espacialmente tangible, bien recuperada a través de un talentoso proyecto de intervención arquitectónica y musealización tutelado por la Junta de Andalucía.
Precisamente por ello, y en segundo lugar, debía ser también un rescate científicamente ejemplar.
Y he aquí la prueba que lo cerciora; esta primera monografía de conjunto del único testimonio material de la Antigüedad romana de Cádiz.
Sobre todo, porque se trata de una monografía de respiro académico serio, generoso y abierto, donde con pertinencia se reúnen los pareceres contrapuestos de todos los actores y equipos de trabajo que, a lo largo de los últimos casi treinta años, se han ocupado tan vocacional y apasionadamente del estudio de este insigne monumento.
Este libro por ello fomenta el debate y la elección libres en la intimidad del lector avezado en arqueología romana.
Y eso es bien estimulante.
Se ha divido en dos partes nodales, que más allá de sus epígrafes, corresponden al ayer más el hoy y el mañana.
"El hallazgo y la recuperación" junto a "los nuevos tiempos y las nuevas propuestas".
Con buen criterio se incorpora una tercera, tocante al contexto, que enmarca la construcción de este teatro en términos históricos.
Las dos partes primeras conjugan arqueología y experiencia patrimonial casi a partes iguales.
La inicial, "del hallazgo a la recuperación del teatro romano de Cádiz", articula lógicamente los trabajos arqueológicos del descubridor del monumento, Ramón Corzo, con la documentación de las primeras excavaciones y los intentos iniciales de vertebrar un plan de recuperación patrimonial.
La siguiente, "nuevos tiempos y nuevas propuestas", configura la etapa sucesiva, es decir, la puesta en práctica de la construcción de un centro de interpretación junto con esos nuevos estudios arqueológicos en el yacimiento que sirven de umbral a la puesta en marcha, finalmente, de un proyecto de investigación de corte general, gestionado desde la Universidad de Cádiz por A. Arévalo y D. Bernal en colaboración con la Junta de Andalucía.
Este proyecto, del que A. Arévalo y D. Bernal rinden planteamientos en estas páginas, y en el que se entiende esta publicación, tiene el feliz mérito de ocuparse más sobre el yacimiento que simplemente sobre el monumento, de extender y experimentar esa implicación en el yacimiento Gades y de aglutinar sabiamente a todos los actores científicos y patrimoniales que se han ocupado de este teatro.
Pero nace prácticamente (lo que es un buen apoyo) cuando científicamente el objeto mayor de investigación ya se conoce casi en su totalidad material posible, ya que respecto de la forma y arquitectura del teatro en sí, la deuda será evidente respecto de todo el conocimiento que los trabajos y proyectos anteriores a él, los de R. Corzo (Universidad de Sevilla), por un lado, y los Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 de J.D. Borrego de la Paz y A. Ventura (Universidad de Córdoba), han generado sobre el mismo, y con óptimos resultados.
El teatro romano de Cádiz, además, con este prometedor proyecto, enfrenta ciertamente una vía institucionalmente más segura, compacta y aglutinada en Cádiz, a través de su Universidad.
En todo ello, reside felizmente una tradición científica y patrimonial de corte andaluz más general, que ahora hace de Cádiz el elemento más novedoso, tras Itálica, Córdoba o Málaga entre otros casos, y que es buena prueba del alto nivel que los estudios sobre teatros romanos han alcanzado en algunas universidades y centros patrimoniales andaluces.
Que Cádiz haya querido enriquecer y liderar ahora esa tradición, en este Doce librepensador, es un valor andaluzamente querido y alabado, que a todos enriquece.
Temáticamente, tres son los aspectos más relevantes de este libro: las propuestas de intervención en el patrimonio con la construcción de un centro de interpretación, la prosecución de estudios científicos en el monumento junto con el proyecto de investigación citado y, por fin, el debate sobre los aspectos históricos más importantes en el monumento.
Es decir, su fecha de construcción, su articulación arquitectónica, su uso, su desmantelamiento, reocupación, reempleo y olvido al superponérsele, como en tantos otros teatros, una nueva ciudad.
A estos últimos aspectos, los arqueológicamente más esperados en este caso gaditano, dedicaremos aquí algunas consideraciones, remitiendo a la lectura del libro para valorar directamente el diseño y contenido museológico del centro de interpretación, y los postulados de un proyecto científico que no podemos entender de otro modo que canónico, y por ello, ejemplar e impecable.
Arqueológicamente, la problemática científica respecto de la arquitectura primigenia del teatro romano de Cádiz es bien compleja.
Y buena prueba de ello son las aportaciones de Ramón Corzo y Juan de Dios Borrego; quienes ofrecen aquí dos propuestas interpretativas bien distantes la una de la otra.
A ello se suman las consideraciones que en este sentido hacen los editores de este libro; si bien de modo algo sumario todavía respecto de esta problemática clave.
1 Finalmente, todo ello se enmarca en el contexto bético y romano, del que se encargan respectivamente en los capítulos finales O. Rodríguez y D. Manacorda.
Entre medias siempre, los Balbos, ausentes y presentes, en tanto que personajes históricos y hacedores de historia urbana.
Ellos son glosados de nuevo aquí por su mejor conocedor, J. F. Rodríguez Neila, quien se encarga de poner medida y mesura en la relevancia social, gaditana y romana, de estos insignes provinciales.
El teatro romano de Cádiz, por todo ese cúmulo de factores que se mezclan en su forma y génesis, era por tanto un monumento muy esperado; quizás el teatro más esperado, en general, para toda la arqueología romana de esfera bética, y en particular, para quienes se ocupan de teatros romanos.
Y lo era, en resumen, por el insigne pasado de su ciudad de construcción, por el empaque social de su mecenas, por su previsible tamaño y, sobre todo, por su cronología, tan etérea como impactante a veces, cuando fuentes literarias y arquitectura se unían directamente sin "interfacies" críticas de por medio.
Respecto de esta última, el pasado de Gadir, de Gades, de la Urbs Iulia Gaditana, podría eventualmente postular a esta Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 cualquier testimonio material y/o estratigráfico de suficiente solvencia que apoye tan improbable opción cronológica.
4 Por ello, en el estado actual de conocimientos, el teatro romano de Cádiz (véase el capítulo de J. D. Borrego en este libro) debe encuadrarse en los edificios de tipo imperial, más allá de sus particularidades de diseño, nunca primordiales para otorgarle cronología.
Sobre todo porque estos dos rasgos precisamente, galería y muros de separación, son los más distintivos de los teatros de época imperial a diferencia de los anteriores.
5 Parece pues más coherente en términos constructivos e histórico-arquitectónicos la propuesta de restitución que en este libro presenta Juan de Dios Borrego.
Coherente además con la decoración arquitectónica recuperada en los "pozos de observación" practicados en el futuro centro de interpretación y que arrojan una cronología, si se puede decir, inter aedes Apollinis in Palatio et aedes Apollinis in Circo.
Por todo ello, si en algún momento la pregunta fue (y aún en este libro es) ¿Balbo el Mayor o Balbo el Menor?, más certeramente ahora, debe ser ¿Cádiz antes o después del theatrum Marcelli (y del theatrum Balbi)?
Serán los trabajos de J. D. Borrego, y las futuras excavaciones en el teatro realizadas bajos los auspicios del proyecto de investigación citado, los que puedan dar puntual seguridad a esta interesante cuestión.
Aunque todavía, algo se puede ahora avanzar, enlazando así, bajo la guía de esta cronología baja para el edificio, no solo con las ideas del mismo Borrego (y A. Ventura), sino también con las de A. Arévalo, D. Bernal (y en algo las de D. Manacorda) sobre las cuestiones de la cercanía entre Gades y Roma, trámite Balbo y sus dos teatros.
Cabe afirmar en este sentido como antesala a todo cuanto sigue, y en contra de cuanto los editores de este libro opinan 6 (de modo algo desconcertante), que efectivamente bien existe la base planimétrica suficiente, sobrada, como para poder estudiar perfectamente el teatro romano de Cádiz desde el punto de vista de su arquitectura primigenia.
7 E igualmente, tanto como para identificarlo y encuadrarlo sin demasiada preocupación en la historia del teatro romano en Occidente, como para proceder a cualquier tipo de restitución en volumen.
Sobre la arquitectura, y aun cuando en este libro, en general, se prefiere no rebajar la cronología de este edificio más allá del año 20 a.C., (las fechas apuntadas son años 25-19 a.C.8 ó 30-20 a.C. más genéricamente9 ) muy justamente en relación a la cronología arrojada por la decoración arquitectónica, debería quedar quizás cierto margen interpretativo para considerarlo, en su generalidad material final, como algo posterior, al menos, a la ideación planimétrica del teatro de Marcelo en Roma.
Porque, no antes del año 19 a.C., fue este el que puso en práctica pétrea las leyes sociales de Augusto, en este caso la Lex Iulia Theatralis,10 que necesitaban funcionalmente de un ambulacrum y de podia entre maeniana.
Todo ello en relación a la preparación de esos ludi Saeculares apolíneos finalmente celebrados en Roma en 17 a.C. Ese contexto hace algo difícil que Cádiz estuviese en condiciones históricas de asumir esta relevancia in primis antes que el teatro romano de Augusto por antonomasia.
Se abre por ello un rico campo de debate en torno a estos aspectos, del que J. D. Borrego ofrece mayor amplitud argumental en su Tesis Doctoral, a la cual, para una mayor profundidad remitimos.
Que Balbo idease sus dos teatros prácticamente a la vez, o casi seguidos, el de Roma y Gades, tras su triunfo sobre los Garamantes es una opción plausible y a considerar, en nuestra opinión: siempre tras ese mismo año 19 a.C. que, a la vez que vio triunfar a Balbo, vio promulgar la lex Iulia Theatralis.
Enlazamos así con el "problema" de los préstamos Cádiz-Roma a los que los editores de este libro aluden cuando consideran que el theatrum Balbi de Roma pudiese ser "una copia en pequeño del de Gades, cuyo modelo habría sido transferido a la Urbs".11 De demostrarse este pensamiento, en sentido bético sería muy ilusionante; impactante.
Pero, traducido desde óptica romana, no parece ser pertinente, sobre todo en relación a la situación histórica de la Roma coetánea y de la configuración teatral romana en este momento (y visto además el diseño edilicio que acabó caracterizando a los dos teatros).
No puede ser pertinente, entre otras razones, porque ese trasvase de influencias, de existir en cualquiera de los casos, no fue nunca un trasvase entre iguales: por más que medie un mismo promotor edilicio.
El teatro de Cádiz era obra personal, sin más clausulas ni restricciones que las que quizás impusiese la propia ciudad gaditana (propietaria final del edificio) a Balbo, si es que fue capaz de ello.
Pero la obra de Roma era obra imperial, y no porque construida por un imperator, Balbo: sino porque consentida y prescrita en sus formas y términos, como todo en esta Roma, por el Princeps y su aparato oficial en relación a las únicas posibilidades de munificencia y autopromoción que le quedaron a su círculo consular más estrecho (y que sufragaba parte de la actividad promotora de la casa imperial, Agripa in primis).
Fue Augusto el que permitió triunfar y permitió dedicar un edificio a Balbo, pagado por este ex manubiis, pero en consonancia, claro es, con el diseño de la Roma del Princeps; donde las iniciativas particulares solo eran consentidas en tanto que tuteladas por la domus Imperatoria, como ponen de manifiesto sobre todo, entre otros, los monumentos del Circo Flaminio.12 4 La única solución para indagar por esa vía, alta, de mediados de s. I a.C., sería pensar en algo poco menos que improbable: que existiese aquí un graderío de un theatrum anterior perforado por una galería y readaptado en su diseño volumétrico en un segundo momento.
Pero, la coherencia estratigráfica y constructiva de cavea, podia y ambulacrum, más sus reformas, como demuestra J.D. Borrego, debe hacer descartar todo pensamiento en este sentido.
5 Basta para entenderlo el hecho de que el teatro de Pompeyo en Roma a diferencia del de Cádiz no tuvo ambulacrum interno a modo de galería anular.
6 Bernal et alii, 300-301: "En la actualidad no es posible (una propuesta de restitución del monumento) -remitimos a la lectura combinada de los artículos de Corzo y Borrego en esta monografía para evaluar las divergencias de algunas propuestas reconstructivas-y por ello no se han utilizado reconstrucciones virtuales tridimensionales para la museografía del centro de interpretación, ya que no disponemos de la suficiente información como para que las mismas sean lo suficientemente fiables".
7 El proceso metódico e intelectivo de restitución teórica de este teatro con el que J. D. Borrego pertinentemente procede, se fundamenta en una planimetría bien fiable, y de probada solvencia; la realizada por J. A. Camino y J. Molina, dos de los topógrafos de mayor prestigio a nivel arqueológico en Andalucía.
Por el contrario, hay dos cosas cercanas en materia y semántica respecto de Roma que sí tiene el teatro gaditano y que deben valorarse en su justa medida.
La primera es el uso de mármol "imperial", el lunense, en estas fechas donde este se usa preferentemente en los monumentos oficiales de Roma.
Remitimos al capítulo de A. Ventura y J.D. Borrego en este libro para valorar la importancia que tiene las importaciones de mármol lunense blanco y bardiglio a Cádiz en este momento.
La segunda, de querer considerarse también (siquiera en clave hipotética) una cronología post 19 a.C., es su potencial consideración de monumento triunfal "provincial": réplica en paralelo entonces, y en su patria natal, del monumento triunfal que Balbo dedicó en Roma tras su triunfo.
Y lo sería, en nuestra opinión, sobre todo por ese carácter que revestiría al teatro de Cádiz como monumento triunfal romano geográficamente más occidental, en el fin de esta otra parte del mundo conocido, en simetría globular con los trofeos alejandrinos de Oriente, tan reinterpretados después en Occidente por dos personajes a los que los Balbos estuvieron muy ligados; Pompeyo y César, por ejemplo, en esa otra frontera hispana que una vez fueron los Pirineos, donde ambos emplazaron trofeos y altares.
13 El teatro romano de Cádiz, por todo ello, debe entenderse desde la implantación bética de eso que metodológicamente llamamos "modelo teatral de Roma", y sus traducciones, limitaciones y aspiraciones.
14 Y enlazamos aquí con los trabajos de O. Rodríguez, sobre los teatros andaluces, y A. Jiménez y J.C Pecero, sobre Itálica, para finalizar.
El trabajo que presenta en este libro O. Rodríguez, más allá de su compacto y amplio empaque documental, es ciertamente algo descorazonador: porque algo creíamos saber sobre los teatros de la Bética en conjunto, y en particular, respecto de la situación edilicia y teatral en Roma y del resto del occidente romano; Italia, Gallia e Hispania sobre todo.
15 Al igual que ocurre con otro tipo de tipologías edilicias o itinerarios de las distintas culturales materiales, como es bien sabido desde "siempre".
No cabe lugar aquí para una discusión profunda del trabajo de O. Rodríguez, que por su riqueza en estos aspectos, daría para un trabajo en exclusividad.
Pero, ante las consideraciones que esta autora plantea respecto de que el panorama teatral bético es "un tanto desolador "16 y de que los estudios sobre modelos teatrales en la Bética prácticamente carecen de todo sentido 17 "dando lugar a conclusiones engañosas en exceso", queremos simplemente emerger algunas cuestiones, muy brevemente.
La primera es que la Bética, 18 no hace falta recordarlo, centró desde siempre una de sus señas más preclaras de identidad urbana en la asunción de la imagen monumental más digna de la Majestad de Roma y del Pueblo Romano.
Ejemplos edilicios indudablemente elocuentes son por ejemplo, al vuelo, los templos marmóreos; desde el de la Calle Morería en Córdoba hasta el Traianeum de Itálica.
Los teatros, en este clima general prolongado de apego a Roma y sus gustos durante al menos dos siglos no tienen por qué dejar de ser ninguna excepción.
Otra cosa es que se prefiera estudiarlos lejos de esta pertinencia.
La segunda es que estos teatros, más allá de sus carencias particulares de estudio y de las particularidades en sí de cada caso, se prestan perfectamente (en todo el Mediterráneo lo hacen) a un discurso tipológico y constructivo general referenciado en la génesis y desarrollo de los "modelos" teatrales en Occidente.
Mucho más ahora que conocemos mejor los teatros de Roma, o la Narbonense, entre otros muchos y ricos casos hispanos.
Cádiz constituye el último ejemplo.
Cuestión distinta es que se los referencie con propiedad.
La tercera es que cuando se habla de "modelos" en Arqueología Clásica se habla de forma sí (y he ahí el filón para la nueva crítica), pero evidentemente en ello, si se hace de modo correcto (y como en Arqueología Clásica es tradición), nunca se obvia la importación tecnológica, la capacidad administrativa y la competencia fáctica para ser capaces que querer aproximarse a algo que se entiende como inspiración.
Y no se desdeña nunca en ese proceso de reflexión, la distancia real que acaba existiendo entre el prototipo y su adaptación.
En esa distancia, median efectivamente las particularidades de los edificios, los medios de unos y otros, y las capacidades técnicas y metódicas, que son las que al final acaban definiendo ese grado de asimilación final en el que el papel de los arquitectos, la logística de las ciudades y los modos de comprensión semántica y técnicas, entre otros factores, son igualmente fundamentales.
Vitrubio, como bien cita O. Rodríguez en su trabajo, efectivamente que dejó libertad al papel del arquitecto según "el medio y naturaleza de la obra".
19 Pero no por ello fomentó la exclusividad de cada edificio y con ello su pérdida de referencia carismática respecto de los modelos edilicios más prestigiosos; de esos que enseñaban normativamente cómo se debía construir y que él quiso conjuntar y proponer.
Sería difícil 13 Cabe recordar en este sentido el triunfo celebrado en Córdoba por Q. Cecilio Metelo Pío, a la manera de los de Roma.
Contextos reconsiderados, modelos y adaptaciones redefinidos, que estudia los casos de Roma (teatros de Pompeyo, Marcelo y Balbo), Arles, Orange, Otrícoli, Carsulae y Gubbio, junto con algunos casos hispanos como el de Córdoba.
15 Desde esta perspectiva de los modelos, se ha trabajado siempre desde el equipo aglutinado desde la Universidad de Córdoba en el teatro romano de Córdoba, del que aún formo parte.
Equipo, que en conjunto ha trabajado particularmente sobre los teatros de Córdoba (A. Ventura, C. Márquez, A. Monterroso y J. D. Borrego) y Cádiz (J.D Borrego y A. Ventura) en la Bética.
También en el de Mérida en Lusitania (A. Ventura), y sobre los de Pompeyo, Marcelo y Balbo, entre otros itálicos, además del de Arles y Orange en Galia (A. Monterroso).
16 Debido a las restauraciones, malas planimetrías, teatros excavados desde antiguo, conservación desigual....
343 y 347: "Pretender llevar a cabo estudios de conjunto en los que establecer qué edificios teatrales sirvieron de modelos primigenios y cuánta inspiración e imitación tomaron de otros, así como comparar entre sí las diferentes estructuras, resulta, a nuestro juicio, una tarea de limitados resultados".
Y "no creemos que, en el estado actual de la investigación, sea lo más adecuado emplear los esfuerzos en realizar estudios generales destinados a considerar los teatros béticos en conjunto, tratando de obtener conclusiones y principios no menos generales, al hilo de modelos, influencias, jerarquías, de importancia, de dimensiones, de tamaños, etc..."
18 "La que sobrepasa a todas las provincias por su vida opulenta y civilizada, además de por la fértil y especial brillantez de sus habitantes".
Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 entender de modo contrario por qué dedicó diez libros ofreciendo recomendaciones al Princeps y sus arquitectos para intentar guiar e influir en la nueva arquitectura de la Roma de Augusto al calor de los edificios más modélicos de la gloriosa dignidad edilicia de ámbito oriental.
Respecto de las novedades presentadas en este libro por primera vez sobre las nuevas excavaciones en el teatro de Itálica, para finalizar, cabe decir que muestran claramente, que el conocimiento de los modelos urbanos itálicos es muy necesario a la hora de querer interpretar los teatros béticos, sea individualmente, sea en su conjunto.
Este teatro, en la restituciones arquitectónicas que hasta ahora se entendían como válidas (y que tanto cambian esas excavaciones) quedó, desde sus primeros momentos, completa y anómalamente desconectado con la ciudad vieja, y más concretamente con ese foro del que, necesariamente, debían partir las procesiones inaugurales de las actividades a celebrar en el teatro.
Más todas aquellas que en el calendario festivo de municipio requiriesen utilizar el espacio teatral.
Precisamente los dos nuevos accesos ahora descubiertos (la escalera lateral y al acceso axial) muestran que como en Italia, además de la funcionalidad inherente a estos monumentos en graderío, la liturgia celebrativa de las ciudades es elemento primordial en la conformación material de sus edificios teatrales.
En concreto la escalera lateral se encamina directamente al aditus oriental, permitiendo el contacto, neto, entre el sector alto de la vieja ciudad y el paso por esa vía procesional que en muchos teatros son los aditus maximus.
Es también el camino más directo para quienes se ubicasen en sus tribunalia, al menos en este oriental.
Adquiere ahora, por fin, el teatro de Itálica una perfecta simbiosis con el centro y viario monumental y litúrgico italicense a través de estas dos escaleras.
De la importancia en este sentido de la central dará buena cuenta su reforma y conexión con el edificio monumental que se supone en la parte alta del teatro ya avanzado el siglo II d.C.; y que monumentaliza y engrandece todo este sector superior del teatro.
Todo ello, naturalmente, en la línea itálica más tradicional y ancestral; aquella que vio nacer a los teatros inalterablemente ligados a los centros litúrgicos de sus ciudades, a veces duplicado a modo de santuarios o ámbitos sacros, precisamente, en las parte superiores de los edificios teatrales.
Desde su redescubrimiento en 1748, diez años después que Herculano, Pompeya se convirtió en un mito, dando nombre a un estilo de pintura mural y decorativo y en cierta forma ensombreciendo a otras ciudades del golfo de Nápoles que también sufrieron los terribles efectos de la erupción de agosto del 79 d.C., como Herculano, Estabia y Oplontis.
Es bien cierto, como dice la profesora Romero Recio, que desde entonces Pompeya se convirtió en un potente foco de atracción de todo tipo de turismo, desde los viajeros del Grand Tour y anticuarios de los siglos XVIII y XIX hasta estudiosos y turistas corrien-tes de la actualidad.
La razón es que la tragedia del Vesubio se aprecia mejor en Pompeya que en otras ciudades que resultaron igualmente destruidas, como las ya citadas: mientras que la lava sepultó Herculano bajo una dura capa de varios metros de espesor, las cenizas del volcán cubrieron Pompeya, deteniendo la vida de sus habitantes y preservándola para la posteridad como un "museo vivo de la Antigüedad", en palabras de Winckelmann.
Ello explica la elección de Pompeya como tema de este libro, cuyo título recuerda a la obra en otro tiempo famosa de Egon Caesar Conte Corti Untergang und Auferstehung von Pompeji und Herculaneum (München, 1940), reseñada por Antonio García y Bellido en esta misma revista (XIV, 1940-41) y traducida al castellano en 1958 con el mismo título (Muerte y resurrección de Pompeya y Herculano, Ed.
El libro es una recapitulación y síntesis de todo lo que se sabe de Pompeya en el momento actual.
La bibliografía es abundante: desde que en 1988 se celebrara el tercer centenario del comienzo de las excavaciones sistemáticas en Herculano (1738) y en 1998 el 250 aniversario de las de Pompeya (1748), no han dejado de publicarse libros y artículos ni de realizarse exposiciones sobre la historia de la arqueología en estas ciudades, lo que muestra la constancia del interés del público por el tema.
Pero tiene la singularidad de unir las dos partes de la historia de Pompeya, distribuyendo equitativamente el espacio entre una y otra aunque no de forma estricta, sino estableciendo continuamente lazos entre el pasado (la ciudad romana) y el presente (desde su redescubrimiento), comentando y explicando objetos que ahora vemos en los museos, contextualizando lo redescubierto.
Este es uno de los logros del libro, ya que no es habitual en la bibliografía unir ambos momentos, separados por diecisiete siglos.
En la primera parte, y siguiendo la línea del reciente libro de Mary Beard,1 la A. nos acerca a la realidad de Pompeya, la historia de su nacimiento en el s. VI a.C. como polis griega, su crecimiento en época romana, a la vida cotidiana antes de la erupción del Vesuvio; todo ello enmarcado en el panorama más amplio de la colonización griega, las magistraturas romanas, etc. En realidad constituye un buen estudio de carácter general pero riguroso sobre el funcionamiento de una ciudad romana a partir de la valiosísima información proporcionada por los restos de Pompeya: Pompeya se convierte en modelo-prototipo-referente a partir del cual se puede explicar cuestiones que afectan a todas las ciudades romanas, como los ritos de fundación de la ciudad, la construcción de murallas, la disposición urbanística, la red viaria, el suministro de agua, etc.; en definitiva, "cómo era la vida en una ciudad de provincias como Pompeya" (p.
Esta parte finaliza, como debe ser, con una descripción apasionante de la erupción que comenzó (según la tesis tradicional) el 24 de agosto del 79 y sus terribles consecuencias, teniendo en cuenta tanto los relatos de autores antiguos (se agradece la inclusión de las dos cartas de Plinio el Joven a Tácito) como la realidad del acontecimiento según los vulcanólogos, explicando las discrepancias entre unos y otros.
Se echa de menos, por cierto, alguna ilustración que dibuje la trayectoria de las nubes ardientes, la lava y las cenizas, así como un mapa de la región con la localización del Vesubio y los distintos núcleos de población (ciudades y villae) mencionados en el texto.
La segunda parte trata del redescubrimiento de la ciudad a mediados del siglo XVIII y las excavaciones promovidas por Carlos VII, futuro Carlos III de España (con breve mención a los primeros hallazgos casuales en el XVI): qué vieron los viajeros, anticuarios, artistas, cómo lo interpretaron... hasta nuestra época.
Esta vez, la originalidad consiste en no limitarse a narrar los resultados de estas campañas y los intereses diversos de los gobernantes posteriores a Carlos VII (incluyendo la etapa de dominación francesa con Murat y José Bonaparte), sino la pervivencia de la arqueología pompeyana a través de la literatura, la pintura, la ópera, el cine e incluso series televisivas de total actualidad, tanto en Europa (y Estados Unidos) como en España.
En el campo de la literatura, concretamente, cabe recordar aquí la deuda, reconocida por la misma A., contraída con Ricardo Olmos y su pionera serie "La arqueología soñada", publicada en la Revista de Arqueología entre 1993 y 2001, además de otras publicaciones posteriores.
Por lo que respecta a España, la A. comenta el amplio eco de esta iniciativa en nuestro país desde el mismo comienzo de las excavaciones, precisamente por el papel protagonista de Carlos III no solo en las excavaciones, sino también en la creación de un Museo -el de Portici, meta de estudiosos y viajeros-para alojar los hallazgos y en la promoción de la publicación de los mismos por la Accademia Ercolanese también fundada por él.
Tanto esfuerzo y tanta inversión económica hace incomprensible la falta de interés por las antigüedades españolas, pues no debemos olvidar la decepción que causó en nuestros anticuarios cuando, al llegar a España en 1759 para ocupar el trono tras la muerte de su hermanastro Fernando VI, Carlos III no demostró ese mismo interés por descubrir mediante excavaciones, como pedían reiteradamente Antonio Ponz y otros eruditos, las antigüedades de Mérida (la "Herculano de España") o de Itálica.
La política cultural napolitana no se aplicó en España; no se fundó aquí un museo como el de Portici, accesible al público (lo que era raro) y cuya distribución de las piezas por ambientes o temas (cocina, sacrificios, etc.) tanto impacto causaba en los viajeros, incluso en uno generalmente crítico con todo como Stendhal.
Por cierto que este, tras visitar ¡once veces!
Pompeya, se hace eco de la sentencia de Winckelmann: "... se siente uno transportado a la antigüedad, y [...] se sabe enseguida más que un sabio.
Es un placer vivísimo ver cara a cara esa antigüedad sobre la que tantos libros hemos leído", escribe en 1817.
2 Uno de los temas más atractivos que aborda la A. es la influencia de los hallazgos de Pompeya y Herculano en la formación del estilo neoclásico y su aplicación sobre todo a la decoración de palacios y residencias de la nobleza.
En concreto, el caso de España resulta de lo más interesante por ser todavía objeto de discusión (lo que significa que hace falta aún investigarlo en profundidad): basándose fundamentalmente en los trabajos de Juan Calatrava Escobar y, más recientemente, de Ma del Carmen Alonso y Pedro Moleón, la A. explica que la influencia del estilo pompeyano en España fue bastante más tardía que en el resto de Europa, centrándose a finales del XVIII, en época de Carlos IV, con arquitectos y artistas que se habían formado en Italia y habían conocido directamente las antigüedades de Pompeya y Herculano, como Juan de Villanueva o Isidro González Velázquez.
¿Por qué no antes?: otro tema pendiente de investigación.
En fin, se trata de un libro en principio dirigido a un público amplio y no especializado, pero el gran logro de la A. es que ha sabido hacerlo compatible con los requerimientos de los especialistas.
Demuestra rigor en la selección de las fuentes antiguas y modernas y absoluto dominio de un tema sobre el que existe, como ya se dijo, una apabullante bibliografía: esto, en mi opinión, hace aún más meritorio el libro (no en vano es fruto de dos proyectos de investigación dedicados al impacto de los descubrimientos de Pompeya y Herculano en España entre 1738 y 2000, dirigidos por la propia A.).
No se limita a una historia de la investigación, como suele ser lo habitual, sino que sabe engarzar los avances arqueológicos con su contexto histórico, y explicar las formas diversas de hacer arqueología a través de los cambios políticos y sociales: así podemos entender la visión elitista de la antigüedad por parte de la aristocracia, en el XVIII, y el camino hacia el triunfo de la burguesía y las nuevas formas de practicar la arqueología en el XIX, con la creación de museos abiertos, publicaciones especializadas, revistas ilustradas, instituciones específicas, etc.
El libro está ilustrado con 28 magníficas fotografías de la ciudad de Pompeya, quizá de la A. (no hay una relación de créditos o procedencias), más tres cuadros de Ulpiano Checa del Museo Ulpiano Checa de Colmenar de Oreja, de tema directa o indirectamente pompeyano.
Pero se echa en falta imágenes de las excavaciones del XVIII y XIX: grabados, acuarelas, óleos... tan abundantes y citados por la A. en el texto; grabados de los objetos publicados en obras de la época por la Accademia Ercolanese (como las Antichità di Ercolano), imitaciones pompeyanas en mesitas, sillas, jarrones o decoración de palacios; diseños de arquitectos franceses o de españoles pensionados en Roma, etc. Las posibilidades son enormes.
También habría sido muy conveniente la inclusión de un mapa localizando las ciudades sepultadas en el Golfo de Nápoles, así como de un plano de Pompeya con indicación de las casas y monumentos mencionados en el texto: especialista o no, cualquier lector lo hubiera agradecido.
Por lo que respecta a la Bibliografía final, el mismo carácter del libro explica la selección de la bibliografía, muy acertada, y la prudencia en el número de notas, que son las imprescindibles.
Es admirable el equilibro en el uso de fuentes clásicas y obras de los siglos XVIII y XIX junto a estudios actuales (aunque no todas las referencias citadas en el texto o en las notas aparecen luego recogidas en la Bibliografía).
Es importante asimismo comentar el estilo del libro, bien escrito y muy ameno, pues sirve para mantener la atención y el interés del lector sea cual sea su nivel de conocimientos, a través de una síntesis muy personal -y ya es difícil ser original con tantísimo material como hay sobre Pompeya y las demás ciudades sepultadas por el Vesubio-.
En este sentido, como libro de alta divulgación cumple ampliamente con su objetivo y demuestra que la historia de Pompeya sigue resultando fascinante para los especialistas y para el público en general.
Más aún, esta historia tiene un futuro por escribir, como apunta la profesora Romero en un breve epílogo que destaca los retos y esperanzas a los que se enfrenta Pompeya en el siglo XXI: desde intrigantes descubrimientos en las amplias zonas sin excavar aún hasta los problemas de conservación del yacimiento a causa de la falta de financiación, como por desgracia hemos podido comprobar recientemente.
En la serie "Documenta" del ICAC (Institut Català d'Arqueologia Clàssica) ha aparecido este año un libro que analiza las producciones de capiteles tardíos en Hispania.
En la base de este estudio se encuentra la tesis doctoral que el autor defendió en 2006.
Los cinco años que han transcurrido desde esta fecha hasta la publicación del libro no han pasado en vano, pues el autor ha conseguido ensanchar el material tratado, alcanzando una visión más global y de conjunto de las producciones, que comprende prácticamente todos los capiteles existentes, realizando una especial atención al análisis de los particularismos e influencias externas que se observan en ellos.
Para la realización de este estudio, J. Á.
Domingo pudo tener en cuenta los trabajos de carácter regional e incluso centrados en las producciones de una sola ciudad, como Mérida, Toledo, Córdoba, etc., realizados previamente por distintos especialistas.
Por esta razón el autor podía afrontar ahora un trabajo de tal amplitud, en el cual consigue dominar la red de influencias que se ejercen entre distintas producciones, observando también las relaciones existentes entre estas y los centros culturales más importantes del periodo visigodo, como Toledo y Mérida.
Aún así, el libro se configura como un catálogo "comentado", o mejor como uno estudio sobre conjuntos de capiteles contextualizados acompañados de breves apuntes tipológicos y estilísticos en relación al resto de piezas, muy bien ilustradas con fotografías procedentes del fondo del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid así como de otras instituciones españolas y portuguesas.
Queremos señalar que en la configuración del libro queda, como elección consciente, la forma de catálogo, según una práctica que es parte de la historia de la investigación del siglo pasado, cuando faltaban completamente datos cronológicos y estilísticos conectados.
Pero en el periodo histórico considerado, el paso entre el imperio romano y el dominio visigodo, se notaba la ausencia de datos ciertos, no solo en el campo de la cronología sino también en el de los talleres y las relaciones entre estos, los comitentes y la arquitectura.
Por ello creemos justificada la realización de nuevo de un catálogo de este tipo, pues no disponíamos de una recopilación completa de estas piezas.
Hay también otras razones que han aconsejado este tipo de estudio a través de un catálogo: la cantidad de formas que resultaban de la observación de los capiteles de este periodo sugería la existencia de una gran cantidad de talleres locales que solo podían ser investigados a través de una clasificación estrecha.
Únicamente a través de ella se podía observar la existencia de un arte oficial visigodo, que podemos buscar en los centros de poder, y la forma con la que este era traducido en otras ciudades.
Tengo que añadir en este sentido que J. Á.
Domingo en ningún momento ha desdeñado la descripción de los elementos tipológicos en favor de los estilísticos: ambos permiten comprender en profundidad lo que está en la base de la formación concreta de la decoración arquitectónica.
Al mismo tiempo, la realización del corpus de capiteles, y el conocimiento estilístico de las piezas que se deriva, permite profundizar en el conocimiento de las producciones visigodas, observando algunas particularidades regionales y las influen-cias que se ejercen entre ellas, partiendo muchas veces de los principales centros políticos y difundidas a lo largo de los ejes de comunicación más importantes.
Podemos citar en este sentido, por ejemplo, la influencia que ejerce Toledo en el sureste peninsular, sobretodo tras la expulsión de las tropas bizantinas y la voluntad de la Corte de organizar administrativamente este sector peninsular recuperado mediante el establecimiento allí de nuevos obispados.
Pero al mismo tiempo el autor es consciente que para actualizar el catálogo es necesario hacer no solo una presentación estilística tradicional sino también una contextualización de las piezas, incluso si no ha sido posible documentar con plantas y fotos los edificios considerados: el libro ya contiene casi novecientas ilustraciones dedicadas a cada uno de los capiteles catalogados.
Se mantiene, en aquellos capiteles en que nos es conocido, el contexto arquitectónico de su procedencia, bien sea original o fruto del reaprovechamiento.
En una palabra, este libro presenta dos almas.
La primera corresponde al material, una parte procedente de un contexto específico y otra de un contexto de reaprovechamiento, fenómeno este último que constituye uno de los ámbitos de investigación actuales del autor.
La segunda se refiere a la relación que los artesanos que realizaron el reaprovechamiento de materiales tuvieron hacia el arte clásico, observando también en este sentido un fenómeno de imitación de las producciones clásicas en plena época visigoda.
Un tipo de estudio que es posible gracias también a la experiencia del autor en el análisis de la decoración arquitectónica de época altoimperial y que abre las puertas a la comprensión estilística y simbólica de estas imitaciones.
Es en estas dos almas donde el estudio coge más valor, pues nos permite ir más allá del análisis estilístico de las piezas, permitiendo una lectura orgánica entre estos elementos de decoración arquitectónica y la arquitectura para los que fueron pensados.
Al mismo tiempo, la visión global de todas las producciones, que la realización de un catálogo permite, ayuda a entender con mayor profundidad algunos aspectos cronológicos y estilísticos de estas producciones.
A partir de estas líneas de análisis se vislumbra cómo la producción de capiteles por parte de los talleres visigodos se fundamenta principalmente en dos fenómenos.
La reinterpretación de capiteles hispánicos de época imperial, fenómeno que ya había recibido mucha atención en los últimos años (es suficiente citar las Actas del Coloquio sobre los capiteles prerrománicos e islámicos de Madrid 1990), pero que aquí se presenta con un análisis formal más riguroso.
Y, como segundo fenómeno, la imitación y reinterpretación de algunas producciones constantinopolitanas a las que el autor dedica una especial atención.
Un fenómeno que, a pesar de las escasas importaciones documentadas en Hispania, unicamente 8 ejemplares (sin contar los 5 capiteles de la zona de Barcelona llegados seguramente en época medieval, con motivo de la IV Cruzada), se observa en gran cantidad de ejemplares, aunque realizadas de forma muy libre y conservando un sustrato estilístico autóctono.
Unas influencias bizantinas especialmente visibles en Mérida, a partir sobretodo de la llegada del obispo Fidel, de origen oriental, y en Toledo, centro de la corte visigoda.
En este sentido el autor subraya la existencia de un complejo palatino-circo en Toledo, estudiado recientemente por R. Barroso, J. Morín y J. Carrobles, que imita el modelo palatino de Constantinopla, o las similitudes entre la ciudad de Recópolis con algunas fundaciones justinianeas.
De hecho, este fenómeno de la reinterpretación en clave local se verifica en todas las regiones periféricas del Mediterráneo que están en relación con Constantinopla.
Es suficiente citar el "arte copto" o las tradiciones decorativas del sur de Tripolitania, siempre entre el siglo IV- VI d.C., como las necrópolis de Ghirza o todavía lo que ocurre en Siria septentrional, donde los talleres locales que trabajan la piedra realizan una decoración igualmente muy creativa que se inspira en las tradiciones locales más antiguas combinadas con influencias bizantinas.
Además, en este libro se puede comprobar cómo a medida que disminuye la estrecha relación entre el centro de poder y los territorios periféricos, como se observa en el final del imperio romano de occidente y la formación de los reinos bárbaros, se genera un arte nuevo, más libre, que caracteriza estos reinos y que se convierte muy pronto en una tradición local o regional.
En este sentido, el trabajo de Javier Á.
Domingo nos permite seguir todas estas temáticas -relaciones entre tradiciones romanas, influencias bizantinas, formación de un estilo nuevo, relación entre política y arte en los reinos bárbaros-que nos ayuda a comprender mejor lo que pasó en la península Ibérica durante el periodo visigodo.
Finalmente, en el libro se supera en algunos casos el límite cronológico propuesto, el siglo VIII d.C., para analizar algunas producciones de cronología posterior acerca de las cuales existen importantes dudas cronológicas; capiteles que para algunos autores serían visigodos mientras que para otros serían de los siglos IX-VX d.C. El análisis de las producciones visigodas permite aportar a estas piezas un contexto estilístico más profundo, individualizando en algunos casos capiteles efectivamente de esta cronología más tardía, englobadas en el denominado arte mozárabe o de repoblación o en el arte asturiano, mientras que en otros casos se reconocen como producciones efectivamente visigodas.
El análisis del fenómeno de reaprovechamiento ayuda en este sentido, pues permite individualizar producciones visigodas y romanas clásicas en el interior de algunas iglesias levantadas con total seguridad en los siglos IX-X d.C. En estos casos se observa la voluntad de establecer vínculos ideológicos con un momento cronológico anterior, materializado en una particular disposición de las spolia en el interior de las iglesias, generalmente en los lugares más avanzados e importantes, aún cuando estas presentasen roturas y desgastes importantes.
Todo ello en vista a señalar una continuidad ideológica que buscaba reafirmar el derecho a una heredad política claramente manifiesta en las construcciones asturianas y de repoblación, presentándose los promotores de las mismas como herederos de la tradición visigoda, justificando de este modo la expulsión de los musulmanes.
Creo poder afirmar que este trabajo constituye la base para futuros progresos en la investigación, y no me refiero solamente al estudio de los capiteles, sobre los cuales seguramente se podrán realizar nuevas aportaciones a medida que conozcamos mejor la historia de la España visigoda a nivel arqueológico.
De hecho, el estilo es una "fiction" que muchas veces funciona para definir la cronología pero que tiene que ser siempre verificado por los datos arqueológicos, históricos y de la historia del edificio.
De todas formas, el conocimiento que tienen ahora estudiosos como J. Á.
Domingo y otros sobre los capiteles de esta época les permite con una cierta facilidad realizar el encuadramiento cronológico.
De este modo, en un futuro próximo se podrán afrontar nuevos estudios que precisan tener en la base estos conocimientos.
Me refiero a las adap-taciones, transformaciones y reelaboraciones que sufrieron no solo los capiteles sino también los fustes y las basas de las columnas al momento de su reaprovechamiento, datos muy importantes para comprender el papel que juegan las spolia en la definición del proyecto arquitectónico, y de cómo estas se integran en las proporciones generales del edificio: ya J. Á.
Domingo ha podido observar que no hay iglesia donde las columnas, entendidas como basa, fuste y capitel, respeten exactamente la misma altura.
Estas diferencias son absorbidas durante la realización del edificio por la capacidad del arquitecto y en función de su sensibilidad en relación a las tradiciones arquitectónicas.
En resumen, hay tres factores que nos informan sobre la cultura arquitectónica y la sensibilidad hacia el clasicismo que precede a la realización de una obra, factores que propongo al autor desarrollar en futuros trabajos, porque creo que tiene la capacidad de hacerlo:
1) una es naturalmente la disposición de los elementos reaprovechados.
Es decir, cómo y en qué medida los tipos de capiteles y el color de las columnas se corresponden.
2) la reelaboración que han sufrido las spolia en el momento de su reutilización.
Fenómeno que permite valorar si el tipo clásico era entendido por el escultor y en qué medida este era más cercano o más lejano a la arquitectura clásica.
3) la manera con la cual se consiguió alcanzar la altura necesaria de las columnas reaprovechadas y adaptadas a las iglesias.
Es decir, cómo y en qué medida fueron cortados los fustes, los capiteles o las basas y qué relación se establece entre estas modificaciones y la presencia, cuando tienen, de pulvinos.
Proponemos estas líneas de investigación porque en el material recogido por J. Á.
Domingo se observa cómo en gran parte de las iglesias visigodas e inmediatamente posteriores existe una gran cantidad de material reaprovechado o que imita las producciones clásicas.
Se introduce así la posibilidad de leer la disposición del material teniendo presente la relación que se establece entre los capiteles reaprovechados y las imitaciones de producciones clásicas.
En el actual panorama de auge de proyectos, estudios y actuaciones arqueológicas en Mérida, es bienvenido un libro que trata un aspecto de la historia de la arqueología emeritense: la interpretación de sus monumentos romanos en las descripciones y relatos de viajeros y eruditos desde la Edad Media hasta mediados del siglo XIX.
Este libro, fruto de una Memoria de Licenciatura dirigida por el profesor Enrique Cerrillo de Cáceres, de la Universidad de Extremadura, lo ha escrito Carlos Morán, joven investigador del Instituto de Arqueología de Mérida.
Morán sigue los pasos del pionero en este tema, D. José Álvarez Sáenz de Buruaga, con su serie Como queda patente en el libro, mucho se ha escrito a lo largo de los siglos sobre las antigüedades de Mérida, una de las ciudades romanas con más monumentos visibles de España junto con Tarragona, Itálica, Sagunto y Clunia, y, por tanto, una de las más citadas en las fuentes historiográficas y en los relatos de viajes ya desde la época de la dominación islámica.
Mérida es la "Roma de España", la "Herculano de España" según afortunada expresión del inglés John Williamson, que recoge José Alsinet y difunde Antonio Ponz.
También, y esto es muy importante, es la ciudad que promulgó las primeras normas para conservación del patrimonio arqueológico en 1677, como ya destacara en su día Álvarez Sáenz de Buruaga.
Aclaremos para empezar que este libro no es una historia de la arqueología de Mérida, ni se limita a analizar los trabajos de los anticuarios más conocidos.
El enfoque es original y resulta un utilísimo repertorio para futuras investigaciones.
Para organizar su discurso, el autor ha preferido hacer una recopilación de las distintas "visiones" o interpretaciones de los monumentos emeritenses en las descripciones y escritos de viajeros y geógrafos, humanistas, anticuarios, historiadores, arqueólogos y artistas (como Doré), tanto españoles como extranjeros (ingleses y franceses), incluyendo a algún escritor (Larra), poetisa (Carolina Coronado) e incluso publicaciones como El Semanario Pintoresco Español de Mesonero Romanos, El Museo Universal o el Diccionario de Madoz.
Estos nombres se distribuyen en cuatro capítulos dedicados a "Humanismo y Renacimiento", "Miradas barrocas", "Eruditos ilustrados", "Idealismo romántico", más unas "Consideraciones finales" a modo de conclusión.
Pero el período abarcado no se ciñe a lo expresado en el título del libro, ya que -como capítulo inicial de "Antecedentes"-también se recogen numerosos textos de viajeros y geógrafos árabes desde Al-Rasi (s. IX) y de humanistas como Nebrija a finales del XV, siendo este el primer autor que describió los restos arqueológicos de Mérida con un criterio nuevo y más riguroso, herencia de su aprendizaje en Italia.
El libro termina con una fecha significativa: la creación de la Subcomisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Mérida en 1867, hito que -en teoría pero no tanto en la práctica, como el mismo autor reconoce-marca el comienzo de una nueva fase en la práctica de excavaciones, la forma de estudiar los restos arqueológicos de la ciudad y en la exposición pública de los hallazgos.
Cada capítulo consta de una breve introducción histórica seguida de la relación, por estricto orden cronológico, de los autores elegidos (naturalmente la lista no es ni puede ser exhaustiva), y termina con un epílogo o recapitulación que recoge las principales ideas sobre el período.
Este esquema tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Entre las ventajas: el orden cronológico en sí mismo, que permite apreciar los avances o retrocesos, los cambios en la visión de los monumentos, la acumulación del conocimiento.
Entre las desventajas: la mezcla de interpretaciones muy distintas (de un artista, un anticuario o un historiador, un viajero curioso pero sin especiales co-nocimientos...), con la consiguiente dificultad para relacionar autores, obras, influencias, para detectar y seguir un hilo conductor entre las primeras investigaciones anticuarias de Nebrija hacia 1490 (especialmente el poema De Emerita restituta) y las precisas descripciones de Ponz en el último tercio del XVIII, por ejemplo.
Así, al prescindir del fundamental trasfondo histórico o no considerarlo con la suficiente profundidad, no acaban de quedar claras algunas cuestiones que explicarían determinadas actuaciones significativas en Mérida: las Relaciones Topográficas de los Pueblos de España, la Coronica General de España y la Descripción de las Antigüedades de las Ciudades de España de Ambrosio de Morales, y las Vistas de Anton van den Wyngaerde, todas ellas empresas promovidas por Felipe II, no se presentan como parte de un amplio proyecto real de intento de vinculación a la Antigüedad clásica y, sobre todo, al Imperio Romano como modelo y antecedente del nuevo Imperio filipino (y, por otro lado, no comparto la opinión del A. acerca del motivo que llevó a Wyngaerde a dibujar las ruinas de Mérida, al igual que las de Tarragona, Itálica y Murviedro-Sagunto; ni siquiera sabemos si estos dibujos se llegaron a plasmar en frescos como el resto de las Vistas de las ciudades de España, aunque por su carácter de bocetos poco elaborados parece más bien que no fue así).
Del mismo modo, las excavaciones del marqués de Valdeflores financiadas por la Real Academia de la Historia -y en definitiva por Fernando VI-a mediados del XVIII no responden meramente a un interés anticuarista de esa institución, sino que deben explicarse en el contexto de la política regalista de la Corona, asunto suficientemente estudiado en la bibliografía reciente.
El volumen de la documentación utilizada es enorme, lo que podría explicar que falten nombres importantes para la historia de la arqueología en España como el del embajador en la corte de Carlos V Mariangelo Accursio, que visitó Mérida en 1527 y describió y dibujó diversos monumentos romanos de la Península.
Sin duda es imposible ser exhaustivos tratándose de una ciudad como Mérida.
Menos explicable, en mi opinión, es la peculiar presentación de Alexandre de Laborde como un joven y culto viajero que recala en España como destino del Grand Tour: los estudios de Alicia Canto sobre la arqueología en la época de Carlos IV (sin embargo citados por el A.), y antes que ella una abundante y variada bibliografía, han demostrado sin lugar a dudas que el famoso Voyage pittoresque et historique de l'Espagne (no citado en la Bibliografía final, aunque sí el complementario Itinéraire descriptif) no fue el resultado de un deseo o un proyecto personal de Laborde sino una empresa política (¿de espionaje?) de gran envergadura posiblemente encargada por Napoleón y financiada por Godoy.
Quizá la restricción del enfoque a la descripción de los grandes restos monumentales (teatro, anfiteatro, circo, acueductos, puente...) da lugar a un panorama algo desenfocado de la historiografía arqueológica emeritense, al dejar en un segundo plano otros "monumentos" como inscripciones, monedas, escultura, cerámica.
Precisamente uno de los datos más significativos que permiten apreciar el interés de Felipe II por el mundo antiguo y por la escultura clásica -interés tradicionalmente negado por los historiadores -está relacionado con Mérida, pero aquí apenas se menciona salvo para comentar el paso de Felipe II por la ciudad en 1580 y relacionar (erróneamente) la supuesta orden de dibujar los restos antiguos dada por el rey a Wyngaerde en realidad veinte años antes (p.
61): se trata del episodio de las estatuas de Mérida que la reina María de Hungría había dejado en la ciudad para su restauración y que su sobrino quiso recuperar.
Por otro lado, creo que habría sido un buen complemento del libro profundizar en el estudio de cómo fueron ilustrados los monumentos de Mérida, trazar el recorrido entre los dibujos de Accursio o Wyngaerde en el siglo XVI, los Esteban Ro-Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 dríguez para Ponz, los de Fernando Rodríguez y Villena Moziño a finales del XVIII y los grabados románticos de Laborde o Gustave Doré.
Pero quizá esto sería tema de otra investigación y de otro libro, en la estela de los interesantísimos trabajos de Alicia León Gómez que culminan con la reciente publicación de su Tesis Doctoral1.
Resulta muy útil para ilustrar el texto el Apéndice Documental, en el que se recogen o reproducen, según el caso, 42 documentos representativos del período estudiado, desde la descripción del término de Mérida por al-Razi (s. IX) hasta la constitución de la Subcomisión de Monumentos de Mérida en 1867, fecha elegida por el A. como término de su investigación.
A propósito: no es correcto hablar de "traducción" en el caso de documentos medievales escritos en castellano; se trata de una lectura o, mejor, transcripción.
La bibliografía no es exhaustiva pero está bien seleccionada.
No obstante hay algunas incongruencias en el listado final que dan lugar a confusión y desmerecen la calidad general del libro.
Por ejemplo: si se ha elegido la modalidad "De Laborde, A.", "De Morales, A." o "De Víu, J.", ¿por qué "Larra, M.J.D." u "Ocampo, F.D."? (casos estos en los que la última inicial corresponde obviamente a la partícula "de" que precede al apellido).
Por otro lado, es conveniente poner el nombre completo del autor cuando se trata de obras antiguas (fuentes primarias); así se evitaría, por ejemplo, una posible confusión entre Ambrosio de Morales (del s. XVI) y Ascensio de Morales (del XVIII), sobre todo porque el A. utiliza una reedición dieciochesca de la obra del primero.
Y a propósito del uso de reediciones, también se debería haber hecho constar siempre los datos de las ediciones originales y aunque se usen reediciones o ediciones facímilares: por ejemplo en el caso de la obra de Antonio Agustín, publicada por primera vez en Tarragona en 1587 (se cita la reedición de 1744), o en la de Ambrosio de Morales, de 1575 (el A. usa una reedición de 1792).
Otro pequeño fallo detectado es la ausencia en algunos casos de los datos concretos de localización de algunos documentos: la carta de José Alsinet de 1752, en la Real Academia de la Historia; la obra de F. de Pisa (s. XVI), o el volumen concreto del Viage de España de Antonio Ponz (es el VIII).
Las referencias bibliográficas dentro del texto son muy imprecisas y no facilitan la búsqueda posterior del lector, ya que no se cita la página o páginas concretas.
Y, finalmente, falta una lista de las ilustraciones, de desigual calidad, con sus correspondientes procedencias o créditos, ya que en muchos casos estos no figuran.
A modo de conclusión, creo que este es un libro valioso y necesario para la historia de Mérida, para la historia de la arqueología en España, y de enorme utilidad tanto para investigadores como para aficionados o "amadores de la Antigüedad", como decía Rodrigo Caro.
También es un libro bien escrito, de lectura amena y fluida, que aparece muy oportunamente en un momento de especial fervor en los estudios sobre la arqueología emeritense, y que sin duda contribuirá a fomentar el interés por estos temas.
GLORIA MORA RODRÍGUEZ Universidad Autónoma de Madrid LE ROUX, P., Mémoires Hispaniques.
Essai sur la pratique de l' Histoire, Casa de Velázquez (Essais de la Casa de Velázquez 4), Madrid 2012, XXI (prólogo) + 212 pp., no ilustradas.
El ensayo es un género ideal para la consecución del propósito que el autor persigue y declara en el prólogo (p.
El resultado es un texto muy sentido, con tintes de sentimentalismo en algunos pasajes.
Dividido en seis partes más un epílogo, el autor va desgranando una evocación de sus estancias en España y Portugal motivadas por su ardiente deseo de buscar la unión entre pasado y presente, un análisis sobre el oficio del historiador y una clarificadora explicación de cómo la evolución política de ambos países repercutió en la escritura de la historia romana de la península Ibérica.
El mensaje prioritario es que un historiador no escribe ni piensa la Historia más que a través del sesgo de las historiografías (escrituras de la Historia que constituyen una fuente cultural y social en sí mismas) en continua construcción hasta el presente.
Los sistemas ideológicos elaborados median entre la investigación y el análisis de los testimonios documentales porque la Historia es una ciencia obligada a recurrir a una práctica medida de la historiografía.
Ejemplo de la falta de esa imprescindible mesura es la historiografía metódica, a la que el autor dedica el primer apartado, "Chronique d ́une histoire annoncée" (pp. 1-27).
Durante los años 50 y 60 del siglo XX, el espíritu nacional en España y Portugal perfiló esta historiografía centrada en destacar lo universal frente a lo particular, en busca de una objetividad científica que separaba la interpretación de la recopilación de datos, como si el saber estuviera sometido a reglas establecidas y se transmitiera directamente desde la Antigüedad.
Era además una historiografía al servicio de los intereses estatales.
Así, durante la dictadura franquista, la historia romana peninsular sirvió para vender una hispanidad liberada de fuerzas extranjeras, con preferente atención a las figuras excepcionales defensoras de la libertad (Viriato, Sertorio) y pueblos orgullosos e indomables ante la potencia dominadora.
Interesaba resaltar la unidad de las dos Españas perfiladas durante la Guerra Civil, una idea todavía hoy de plena actualidad cuando se insiste en presentar la pluralidad del Estado español como una de las características que lo definen como entidad unitaria.
A partir de los años 70, esta forma de escribir la Historia evoluciona hacia una historiografía reflexiva y conceptual de la mano de las nuevas generaciones de historiadores desprovistas de discursos oficiales al servicio de las dictaduras de Franco y de Salazar.
Es un momento de intenso debate en el que la dimensión filosófica se integra en la reflexión sobre la Historia bajo la sombra de Karl Marx, con aportes enriquecedores de la Antropología y la Etnología.
En Europa se habla de descolonización y se defiende el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, lo que favorece una apertura de nuevos campos de investigación en la historia de Roma y de su Imperio: las estructuras de poder, la conquista y el rechazo a la dominación, Romanización y aculturación.
No es por casua-Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 lidad sino en este contexto que el autor eligiera el ejército romano como objeto de sus investigaciones, por ser el instrumento de conquista y garante de la pax romana.
Desde las cuatro últimas décadas del siglo XX, se aprecia una tendencia a elaborar teorías de base filosófica de y sobre la Historia (estructuralismo y marxismo) y un aperturismo hacia lo humano, ideas que el autor desarrolla en los apartados "Dans l' atelier de Clio" (pp. 123-158) y "Nouveaux chemins?" (pp. 160-193).
Inicialmente, el debate historiográfico se centró en la viabilidad de una Historia total que resulta inalcanzable porque no podemos aproximarnos al espíritu humano reflejado en la organización social, política, económica, religiosa y en las manifestaciones culturales de una sociedad, como tampoco podemos aplicar un sistema único de explicación del pasado.
Ni Clío -musa griega de las artes de Historia-ni los propios historiadores deben desesperarse ante esta realidad.
Basta con que todo historiador sea consciente de que trabaja para lograr la comprensión objetiva de la acción humana en un contexto determinado, y no para conquistar la verdad absoluta.
Su trabajo debe fundamentarse en una recopilación de fuentes diversas susceptibles de ser clasificadas de forma objetiva y abstracta (según reglas sólidas y sin obviar ninguna información) para proceder a interpretarlas.
Y siempre teniendo presente que es incapaz de desligarse del presente porque es un individuo que vive en un contexto determinado y determinante.
Durante este periodo, se aprecia un avance espectacular del estudio de las lenguas antiguas, las arqueologías provinciales, el derecho romano, la numismática, la epigrafía, y la cerámica, apoyado en las posibilidades que ofrece la informática.
Concretamente la arqueología se convierte en una ciencia dotada de una compleja tecnología que aplica el modelo sistemático de la Prehistoria y la Protohistoria al campo de la Historia Antigua.
Sin embargo, reconstruir las sociedades provinciales no significa recrear el contexto en el que son hallados los objetos, una visión actualmente en proceso de superación: los objetos son reflejo de la sociedad que los produce y de las relaciones que los hombres establecen, por lo que es necesario interpretarlos y no limitarse a describirlos y clasificarlos sin más.
Desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, se ha producido un cambio desde lo general hacia lo individual en la reflexión historiográfica sobre la Historia.
Por lo que se refiere a la historia de la Roma antigua, la figura de Augusto y la creación del Imperio frente a la derrotada República son objeto de atención prioritaria entre los historiadores, quienes la comparan y diferencian de la de los dictadores del siglo pasado.
La historia de Roma se revisa desde una perspectiva identificadora y nacional: la ausencia de una identidad en el Imperio romano -a diferencia de lo que acontece en las poléis griegas-convierte al Estado romano en una entidad receptiva al extranjero, al que integra a través de la ciudadanía romana.
Los conceptos de "identidades" y "mestizaje" están de moda.
Las primeras evocan al mismo tiempo la dimensión individual de la Historia y la necesidad psicológica que uno tiene de distinguirse frente al otro.
Sin embargo, las identidades son más a menudo atribuidas que autoproclamadas.
Así, la división administrativa provincial no tiene un carácter identificador, como tampoco el concilio provincial es un centro de poder sino un medio de controlar a los dirigentes y renovar sus cuadros.
Es el origen (origo) el que posee un rol in-dividual y colectivo en las sociedades provinciales.
El concepto de "mestizaje" es, en opinión del autor, una construcción para evitar hablar de romanización, que además implica una ruptura con el orden establecido y genera un problema de armonía social: aquel que sufre por la carencia de identidad propia es rechazado.
Nuevos caminos se abren en relación a las dimensiones fundamentales en toda investigación histórica: objeto de estudio, fuentes, espacio y tiempo.
Las historias provinciales romanas son escritas a partir del estudio de las fuentes, con especial auge de las arqueológicas.
Las arqueologías provinciales hacen ver el pasado y aproximarlo al presente, pero no pueden pretender realizar síntesis a modo de verdades sistemáticas porque sus conclusiones no son definitivas.
Además de espectaculares restos vinculados a las elites, cada vez centran más su atención en otros aspectos como la ocupación agrícola, la actividades comercial o las necrópolis.
Se impone aproximarnos a la representación geográfica que los romanos tenían de la península Ibérica, puesto que es determinante en las relaciones sociales y culturales en el seno de sociedades en las que ninguna se encuentra exactamente en la misma coyuntura que su vecina.
No es el tiempo histórico el que interesa sino las formas históricas que sobrepasan las categorías temporales.
En los apartados titulados "Le beurre et le huile" (pp. 29-54), "Pierres qui parlent et ne parlent pas" (pp. 55-95) y "Hadrien sans Italica" (pp. 97-121), el autor muestra su profundo conocimiento de la historia romana de la península Ibérica, a la que ha dedicado toda su trayectoria como historiador.
Sabrosos frutos de su buen hacer son una, en mi opinión, magistral obra de base epigráfica,, 2005).
Centra su atención en tres aspectos de plena actualidad en el debate entre los especialistas en la historia de Hispania romana: la utilización como fuente histórica del libro III de la Geographiká escrita por Estrabón (63 a.C.-25), la metodología propia de la epigrafía y si hubo un clan hispano en torno a los emperadores Trajano y Adriano en los círculos dirigentes del Imperio romano, idea que el autor rechaza radicalmente.
En el epílogo, "Espagnes romaines au fil des temps" (pp. 195-204), Patrick Le Roux sintetiza la idea fundamental que desarrolla en su ensayo: la Historia no es otra cosa que la organización objetiva de hechos aislados y combinados para recrear una visión comprensible del pasado que nunca podrá ser total, en la que la historiografía interviene decisivamente.
Esta indica que las trayectorias pasadas viven y son diversas y que hacerlas vivir es lo que da sentido a la profesión del historiador.
Concluye el libro con las páginas dedicadas a "Notes et références" (pp. 205-212), en las que se da cuenta de las fuentes antiguas citadas, así como de las referencias bibliográficas que el autor considera más importantes para la comprensión de los que pretendió transmitir en cada apartado.
Universidad de Oviedo ALMANSA SÁNCHEZ, J. (ed.), El futuro de la Arqueología en España.
La obra que aquí se presenta resulta sin duda diferente a lo que uno espera ver recensionado en una revista científica española.
A priori, después de leer el título, el lector puede pensar que se encuentra ante un riguroso estudio que analiza la situación arqueológica en España.
Sin embargo, ni se trata de un texto científico, ni tampoco pretende serlo.
Precisamente, en mi opinión, una virtud de este libro es que su formato, estilo e intención se aleja de la escritura arqueológica habitual, adentrándose en literaturas alternativas inexistentes en nuestra tradición.
Se trata de una textualización de las percepciones, los miedos, las preocupaciones, las opiniones y las críticas que la situación actual despierta entre el grupo de personas que se dedica a la arqueología en España, en sus diferentes formas y posibilidades.
Cuarenta y cinco autores, recurriendo a textos pautados de no más de 1500 palabras, escritos a vuelapluma en muchos casos, y a partir de sus experiencias personales, intentan señalar los problemas a los que esta disciplina y profesión se enfrenta durante los próximos años.
Los textos son descritos en el propio libro como "charlas de café", señalando con ello la inmediatez en las afirmaciones y opiniones que se vierten sobre el papel sin la necesidad de recurrir a las estrategias retóricas propias de los textos académicos.
Sin embargo, El futuro de la arqueología es más que eso.
A lo largo de sus páginas, se ensayan diferentes tipos y estilos de escrituras con la que los autores quieren denunciar aspectos concretos de la compleja realidad arqueológica actual.
Ejemplos de esto son el Diario de Campo de Carlos Marín Suárez, en donde se describe la realidad laboral a la que se enfrentan a diario los arqueólogos profesionales, tomando como excusa dos seguimientos arqueológicos en obras urbanas; La última excavación de Ricardo Frigoli, en donde se adopta la forma de diálogo ficticio entre arqueólogos, para mostrar la desilusión y el desencanto que supone enfrentarse con la realidad arqueológica actual; o De cómo empezamos trabajando como arqueólogos y terminamos en una floristería, en donde Pablo Guerra García narra una historia con personajes ficticios que aborda los problemas a los que se tienen que enfrentar muchos arqueólogos profesionales en sus relaciones con otros agentes implicados como la universidad, la administración o las empresas de la construcción.
Por otro lado, los textos compilados en esta obra suponen un ejercicio de deslocalización a varios niveles.
En primer lugar, están escritos desde las experiencias propias que tienen lugar en diferentes regiones, lo que imprime al libro una pluralidad de perspectivas territoriales.
En segundo lugar, están escritos desde los diferentes ámbitos que configuran la realidad arqueológica española (universidades, CSIC, museos, centros de interpretación, empresas y administraciones).
Y en tercer lugar, están escritos desde las diferentes posiciones dentro de los procesos formativos y de la jerarquía académica e investigadora (catedráticos y profesores titulares de universidad, investigadores del CSIC, postdoctorales, predoctorales, etc.), y del mundo de la arqueología comercial (directores de empresas, arqueólogos contratados, autónomos, etc.).
Con la participación de autores tan diversos, al lector le resulta imposible determinar el criterio de selección que permitió escogerlos.
Uno no sabe porque se da voz a este grupo de autores y no a otro, y si existieron criterios de selección.
Asimismo, los diferentes textos no guardan más orden que su disposición alfabética.
Ninguna jerarquización, división o compartimentación da forma al libro.
En este sentido, la obra se convierte en un compendio desordenado de opiniones y consideraciones denunciadas desde diferentes perspectivas y posiciones que en mi opinión genera un problema menor y una ventaja mayor.
En el primer caso, crea inconvenientes a la hora de percibir la representatividad de los autores al resultar complicado situarlos: ¿cómo están representados las voces de becarios desde el punto de vista territorial?
¿Cómo están representadas las voces de investigadores desde el punto de vista de las diferentes universidades o centros de investigación de España? o ¿cómo están representadas las empresas según el tamaño, cartera de trabajo y en definitiva en relación a su éxito empresarial dentro del sector de la arqueología profesional?
En todo caso, no parece un problema grave, en tanto que este artefacto literario, lejos de ser un fin en si mismo como se espera de un libro tradicional, pretende ser el inicio de un proyecto que tendrá su continuidad a través de un blog (véase: http://elfuturodelaarqueologia.blogspot.co.uk/).
Sin embargo, como acabo de señalar, la configuración del libro en mi opinión tiene un valor positivo.
Frecuentemente, en muchas ediciones de obras pretendidamente multivocales, la imposición de un orden textual por parte del editor (organización y división por secciones) y un capítulo introductorio escrito por el editor en donde se comentan los objetivos y el sentido del libro, derivan en el uso y control de esas voces con el fin de establecer un idea, tesis o ideología.
Este problema ha sido reconocido (aunque nunca solucionado satisfactoriamente) en algunos casos de edición especialmente complicados.
Un ejemplo es la publicación de las actas de reuniones como World Archaeological Congress (WAC), que tiene en la multivocalidad una de sus razones de ser.
En 1991, Ian Hodder edita The Meanings of Things a partir de textos salidos de una de las sesiones del WAC celebrado en Southampton dos años antes.
Este arqueólogo reconoce el control que como editor tiene sobre los textos de los autores: decide quienes de los participantes en la sesión pueden publicar y ordena sus textos por áreas temáticas, creando las condiciones para su lectura.
Con todo, adopta la inusual medida de situar en medio del libro, como si de un capítulo más se tratara, el texto donde explica el sentido y orden del mismo, con el fin de permitir otras lecturas.
El hecho de que Jaime Almansa, como editor, haya decidido situar al final del libro un capítulo donde resume y analiza las líneas generales sobre las que se han trazado las opiniones de los que ahí escriben, dejando hablar primero a los autores de los textos de modo aleatorio, y sin que la ordenación de los capítulos dirija silenciosamente al lector, permite al libro trabajar a favor de esa pretendida multivocalidad.
Leyendo los diferentes textos que lo componen, uno puede tomar conciencia rápidamente de la complicada situación por la que atraviesa la arqueología y la urgente necesidad de buscar soluciones que permitan crear las condiciones de posibilidad de las arqueologías como disciplinas científicas y, profesión en el nuevo contexto socio-económico.
La reiteración sobre determinados temas a lo largo del libro permite aislar diferentes problemas en los que mayormente los autores parecen coincidir.
En este sentido, el libro no aporta soluciones definitivas, convirtiéndose más en una invitación a la reflexión y en una seria advertencia de la necesidad de actuar.
Los problemas que los autores esgrimen se centran en cuatro ámbi-Archivo Español de Arqueología 2012, 85, págs. 297-312 ISSN: 0066 6742 tos principales: la formación, la realidad laboral, la gestión administrativa y, en menor medida, la investigación.
En el primer caso, se hace especial hincapié en la desconexión entre la formación universitaria y las necesidades del arqueólogo comercial.
Se critica un sistema universitario que en la actualidad solo ofrece tres grados de arqueología en todo el territorio del estado, y unas licenciaturas en historia centradas más en la enseñanza de contenidos históricos que en la formación en metodologías y capacitación profesional.
En segundo lugar, se señala reiteradamente la coyuntura económica en que la arqueología comercial surge y se desarrolla.
Por un lado, surge en un mercado consecuencia del desarrollismo inmobiliario y la construcción de las grandes infraestructuras financiadas en gran medida con fondos de la Unión Europea.
Las respuestas en este punto son profundamente pesimistas, proponiendo como única alternativa, una vez la construcción se ha detenido, la diversificación de los servicios y productos ofertados por las empresas de arqueología.
Por otro lado, se desarrolla en un contexto laboral mal regulado o desregulado donde la precariedad y la debilidad empresarial crean las condiciones donde la competencia hace que se presupueste a la baja, y se acorten los tiempos de intervención, provocando en último término más precariedad e inestabilidad laboral que se materializada en contratos basuras, trabajo temporal, o la generalización de "falsos autónomos".
En relación al tercer ámbito, la gestión patrimonial, se denuncia un modelo de gestión regionalizado, con una insuficiente inversión de dinero y recursos, y la incapacidad, en muchos aspectos, de dar respuesta a las necesidades de protección y difusión del patrimonio, en un contexto de crecimiento desmesurado del número de obras e intervenciones arqueológicas que durante los últimos tiempos ha estado produciendo alrededor de 10.000 expedientes al año en todo el territorio del Estado.
El cuarto ámbito antes mencionado es la investigación.
Dos aspectos básicos parecen centrar las consideraciones en este punto: las dificultades y las trabas que existen a la hora de establecer relaciones entre los centros de investigación y la arqueología comercial, y el fracaso del sistema de financiación de proyectos, becas y contratos de investigación que tiene como supuesto objetivo lograr la excelencia investigadora.
En el primer caso, se incide sobre la falta de financiación, y se critica el rígido modelo de grupo de investigación imperante en España que impide una relación fluida entre las partes y la coparticipación en proyectos conjuntos de los arqueólogos de empresa y los investigadores de estos centros.
En el segundo caso, se critica la arbitrariedad en la financiación de proyectos y concesión de becas y contratos de investigadores por parte del establishment, lo que según algún autor está llevando al desastre al sistema académico e investigador español.
Finalmente, por encima de los aspectos antes mencionados, el conjunto de los autores muestra de modo casi unánime una gran preocupación por el tipo de relación que la arqueología debe establecer con la sociedad.
En este sentido, coinciden en señalar el papel decisivo que la difusión y comunicación puede tener en el futuro como mecanismo de revalorización social de la arqueología, permitiendo mejorar las condiciones laborales y la capacidad para proteger el patrimonio y producir conocimiento con mayores garantías.
Nos hallamos, en definitiva, ante un libro que por su estilo y contenido abre un productivo y original campo de reflexión dentro de la literatura arqueológica española.
En él, los autores reflexionan como colectivo sobre la situación de la arqueología como ciencia y como profesión, sobre el papel que ésta debe tener en la sociedad, y sobre cómo podría su imagen social ayudarle a salir de la crisis.
Pero, si el lector espera encontrar una respuesta a si existe una salida a la crisis, lamentablemente no la va encontrar.
En su lugar, podrá hallar en esta obra un útil termómetro de cómo se percibe desde dentro la situación por la que atraviesa la arqueología en las voces de una parte de los agentes activos que la configuran.
JAVIER RODRÍGUEZ-CORRAL Grupo de Estudios para la Prehistoria del NO Ibérico, GEPN Dpto. de Historia I. Universidad de Santiago de Compostela [EMAIL] |
En este artículo quiero llamar la atención sobre la signifi cativa regularidad arquitectónica que caracteriza los restos arqueológicos prerromanos registrados en Cartago.
Pese a haber sido repetidas veces interpretados desde un prejuicio lógico-espacial, estos datos permiten proponer que la fundación tiria se implantó en la península cartaginesa según un modelo que, estando mejor documentado en las colonias arcaicas griegas de Sicilia, ha sido denominado per strigas por la historiografía arqueológica.
Para defender esta tesis señalaré qué restos arquitectónicos le sirven de base material, con especial atención a los hallados bajo el cruce entre el decumano máximo y el cardo x este, e intentaré sintetizar el estado de la cuestión actual sobre la forma urbana de la Cartago fenicia.
A continuación repasaré algunos ejemplos de segmentación ortogonal de espacios urbanos documentados en el Próximo Oriente antiguo.
Ello nos ayudará a suponer cuál habría sido el contexto técnico y práctico en que vivieron las sociedades fenicias de los siglos IX-VIII a.C. y, más concretamente, el contexto sociopolítico de los fundadores de Cartago.
Por último y a la luz de estos elementos, presentaré una propuesta de reconstrucción de la forma urbana de la Cartago fenicia.
PALABRAS CLAVES: Morfología urbana, urbanismo, ciudad antigua, colonia arcaica.
LA EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA: EL (DES) INTERÉS POR LA ORIENTACIÓN DE LAS ES-TRUCTURAS ARQUITECTÓNICAS
La arqueología mediterránea se desarrolló durante el siglo XIX y principios del XX en un contexto dominado por los paradigmas de la arqueología colonial (Dietler 2005), que, mediatizando la investigación sobre las sociedades fenicio-punicas (Van Dommelen 1998: 17-22), se concretó en relación con la arqueología cartaginesa en la formación de un prejuicio lógico-espacial (Fumadó Ortega 2010: 10-11).
Han sido múltiples las consecuencias que este prejuicio ha provocado en el desarrollo de la arqueología feniciopúnica desde principios del siglo XX (cf. Vella 1996).
Una de las principales para Cartago fue que se propagó, como lugar común, la idea de que no se hallarían en dicho yacimiento restos arquitectónicos relevantes, ya que la sociedad cartaginesa no habría desarrollado las capacidades técnicas ni artísticas necesarias para producir ni la gran arquitectura ni el urbanismo de las ciudades griegas o romanas (cf. Bonnet y Krings 2006: 40).
Si acaso alguna vez existió algo similar, estos restos habrían sido destruidos por los romanos durante el asedio y toma del 146 a.C. y, posteriormente, durante la construcción de la Colonia Iulia.
Sin embargo, son múltiples las evidencias que apuntan a que la Cartago arcaica se construyó como una ciudad per strigas (cf. Hoepfner y Schwandner 1994: 1-10).
A continuación repasaré este registro material según el orden cronológico en que fue arqueológicamente documentado.
Prestaré especial atención a la orientación que presentan las estructuras arquitectónicas, coincidentes entre sí en la mayoría de los casos, como veremos.
En el contexto académico de la segunda mitad del siglo XIX, quizá el orientalismo y clasicismo imperantes en las universidades europeas (Saïd 1978; Marchand 1996) hicieron sentir a los investigadores del mundo fenicio la necesidad de excavar en los yacimientos que la Historia señalaba como principales.
Tras la desilusión que supuso la Mission de Phénicie acometida entre 1860 y 1861, Cartago se perfi ló como el único lugar en donde todavía se podía esperar dar con la arquitectura monumental fenicio-púnica.
La muralla acaparó gran parte de las expectativas, ya que era descrita por las fuentes como formidable e insuperable (App.
Problemas económicos limitaron sus áreas de actuación a los solares que no coincidían con el hipotético trazado de la muralla, por lo que los savants fi jaron sus esperanzas en dar, al menos, con los palacios de la aristocracia cartaginesa, probablemente infl uidos por las reconstrucciones propuestas por William Turner y descritas por Gustav Flaubert.
En este intento se vaciaron tres grandes trincheras en la primavera de 1884: la primera de ellas (Fig. 1.27) no profundizó lo sufi ciente como para hallar restos anteriores al 146 a.C., pero sí la segunda, de 56 m de longitud por 13 m de anchura y 9 m de profundidad, excavada en Feddan-el-Behim (Fig. 1.6), así como la tercera, la más grande de todas, con 135 m de longitud, abierta entre Bir Massouda y Bir ez-Zrig (Fig. 1.15).
Es importante destacar que en esta intervención se halló una superposición estratigráfi ca de viviendas prerromanas, las primeras púnicas jamás excavadas en todo el Mediterráneo, que habrían permitido seguir su evolución desde las fases más antiguas de la ciudad hasta su destrucción en el 146 a.C. Además, destaca el hecho de que estos restos siguen solo tres orientaciones (Fumadó Ortega en prensa): la primera de ellas, situada en los estratos más profundos, está compuesta por muros orientados del mismo modo que los excavados más recientemente bajo el cruce del decumano máximo con el cardo x este (Niemeyer et alii 2007) 1; la segunda, en los estratos intermedios, la forman estructuras con una dirección coincidente a la documentada en el Barrio de Aníbal (Fig. 1.24) (Lancel 1982) 2; la tercera y última, la más superficial, respeta la alineación del Barrio de Magón (fi g.
Pese a la enorme trascendencia que habría tenido una adecuada interpretación de este registro, la escasa monumentalidad de los restos que sobrevivieron a un proceso de excavación típico para el siglo XIX supuso una desilusión para quienes buscaban grandes residencias palaciales.
La atención que los propios excavadores prestaron a estos resultados a partir de entonces fue prácticamente nula (cf. Babelon 1896).
Solo de forma marginal se dio cuenta de algún que otro hallazgo relativo al espacio de hábitat púnico (Delattre 1898: 146) cuya planimetría revelaba la misma orientación que las viviendas excavadas por Salomon Reinach y Ernest Babelon (Renault 1913: 33 fi g.
En otras ocasiones se hallaron, en zonas previamente empleadas como necrópolis, cisternas a bagnarola con la misma coincidente orientación a 45o, como en la zona de Dermech (Fig. 1.2) (Gauckler 1915; Bénichou-Safar 1982: fi g.
22; Lancel 1990: 27 y ss.) o en las primeras pendientes de la colina de Bordj Djedid (Fig. 1.1) (Poinssot y Lantier 1927: lám. 18), así como nuevas viviendas prerromanas en el terreno Grosjean (fi g.
Gracias a la campaña internacional de la UNESCO se hallaron restos arquitectónicos prerromanos con la misma alineación en otras ocho intervenciones.
Varias de ellas fueron acometidas por el equipo del Deutsches Archäologisches Institut, como la del terreno Ben Ayed (Fig. 1.9).
Aquí, gracias a la oportunidad que brindaba la construcción de una residencia privada, se pudo excavar hasta niveles naturales.
Entre las aportaciones más relevantes de esta intervención se cuentan la documentación de una superposición de viviendas prerromanas, desde la segunda mitad del siglo VIII a.C. hasta el 146 a.C., orientadas a 45o (Rakob 1984: lám. 8).
Otra intervención de este equipo fue la excavación de una calle romana, el decumano IV sur (fi g.
1.17), en donde se pudo documentar una interesante sucesión de estructuras arquitectónicas.
La más profunda de ellas era un fragmento de terrazzo del siglo IV a.C. en el que se podía apreciar la impronta del muro que se le apoyó encima, que seguía la alineación a 45o (Rakob 1989: fi g.
Cabe mencionar, igualmente, la estructura hallada al norte de las Lagunas de Salammbô (Fig. 1.18) que, con la misma orientación que los restos anteriores, fue interpretada como cimiento de uno de los bastiones de la muralla marítima (Rakob 1989: lám. 149, 1).
En el marco institucional de la campaña de la UNESCO también se llevó a cabo el programa Sewer Project, que debía realizar el seguimiento de las obras de instalación de canalizaciones subterráneas en la moderna banlieue Carthage.
Como resultado, entre otros, se pudieron documentar dos fragmentos de muro, ambos bajo estratos augusteos, que diferían de estos en dirección y apuntaban a 45o hacia el noreste, tanto en la rue Augustin (Fig. 1.4) (Ellis 1988) como en la Av.
Otras intervenciones no programadas pudieron llevarse a cabo en el yacimiento con resultados similares, al menos en cuanto se refi ere al hallazgo de restos arquitectónicos prerromanos orientados a 45o.
Tras la campaña internacional de la UNESCO los equipos que han seguido trabajando en el yacimiento han seguido encontrado estructuras arquitectónicas prerromanas orientadas a 45o.
Aquí se hallaron los potentes cimientos de las tabernae tardorromanas, sobre las que se construyó en época bizantina un edifi cio sacro de planta circular (Rakob 1995: 440-461).
Estas estructuras se apoyaban sobre los grandes bloques rectangulares de un edifi cio más antiguo, interpretado por Friedrich Rakob (1995: 420-427) como un templo púnico activo al menos desde la segunda mitad del siglo III a.C., al que se asociaron las más de 5.000 improntas en sellos de arcilla hallados en las proximidades (Rakob 1987: 10-214).
En una reinterpretación posterior, Roald Docter (2003: 122-128) ha propuesto que el gran muro de contención en el que se apoyaba este conjunto fue originalmente un tramo de la muralla arcaica de casamatas.
Igualmente, dada la gran cantidad de cenizas, escorias y otros residuos de actividades metalúrgicas hallados en la zona sur de la excavación, se ha propuesto aquí la existencia de un barrio industrial análogo al documentado para las mismas fechas en la playa (Fig. 1.20) (Rakob 2002: 26-27).
Otros equipos han llevando a cabo desde 1988 nuevas intervenciones en la zona de Bir Massouda (Fig. 1.13).
Aquí, bajo los estratos romanos, el Institut National du Patrimoine y la Universiteit Gent han hallado, además de otro tramo de la muralla arcaica de casamatas (Docter et alii 2006: 41) que permite precisar aún más los límites de la ciudad fenicia (Docter et alii 2003: 45 y ss.), una serie de viviendas púnicas construidas a partir del siglo V a.C., orientadas aproximadamente a 45o y dotadas de estancias para el baño, letrinas y mosaicos.
Este grupo de hábitats se alzaba sobre una serie de instalaciones dedicadas al trabajo metalúrgico a gran escala (Docter et alii 2006: 63-66) construido, a su vez, en el siglo VII a.C. sobre los restos de la necrópolis más antigua documentada hasta el momento en Cartago (Chelbi et alii 2007: 222 y ss).
LAS VIVIENDAS FENICIAS HALLADAS BAJO EL DECUMANO MÁXIMO Y EL CARDO X ESTE
Quizá los restos más interesantes para este artículo son los de las casas excavadas por la Universität Hamburg (Niemeyer et alii 2007) bajo el cruce del decumano máximo con el cardo X este (Fig. 1 Desde la fase IIa (740-725 a.C.) se documentan seis viviendas cuyos límites perimetrales, al margen de las reestructuraciones internas y funcionales sufridas por la casa 1, no sufrieron modifi caciones sustanciales hasta su destrucción defi nitiva5.
Este hecho resulta difícilmente explicable sin admitir la contribución decisiva de una autoridad pública, que haya velado por el respeto hacia los límites catastrales durante todas las frecuentes remodelaciones interiores que se llevaron a cabo en estas viviendas.
La orientación de los restos estructurales más antiguos hallados en este punto revelan, no obstante, una cierta disparidad.
Los restos de muro de tres de las cuatro estancias documentadas en la fase I (760-740 a.C.)
Esta última, sin embargo, resulta perpendicular, y por lo tanto concordante, con uno de los muros más antiguos documentados recientemente el área de Bir Massouda, a unos 100 m de distancia hacia el sur (Docter et alii 2006: 42 fi g.
Estos elementos, que suponen las más antiguas evidencias arquitectónicas halladas por el momento en Cartago y que carecen de una clara orientación común, podrían corresponderse con los restos de una primera fase de instalación y reunión de población varia y dispersa, ya indicada por las fuentes (Just.
Durante este primer periodo, de duración incierta (Gras 2002: 184-186), probablemente faltó tanto una legislación urbanística efi caz como siquiera un proyecto común de crecimiento.
Consecuentemente cada individuo que dispusiera de derechos sufi cientes para ello, debió de construirse una morada según sus propios recursos y posibilidades.
La yuxtaposición de este tipo de construcciones produce un crecimiento urbano que no excluye, sin embargo, el respeto de ciertas normas consuetudinarias basadas en la tradición cultural de estos primeros habitantes.
Esta situación cambió durante la segunda mitad del siglo VIII a.C., para cuando se puede defender la puesta en práctica en Cartago de una operación de regularización catastral.
Debió de ser en este contexto en el que se derribaron los edifi cios que guardaban orientaciones discordantes, como las viviendas más antiguas halladas en la rue Ibn Chabâat, y se pasó a construir según una orientación uniforme marcada por un catastro.
Así se explica por qué el resto de elementos arquitectónicos cartagineses, concretamente todos los arcaicos y gran parte de los posteriores, siguen mayoritariamente la misma orientación (Fig. 1).
Esta primera gran reforma urbana queda refl ejada en la fase IIa (740-725 a.C.) de la excavación de la Universität Hamburg, donde la casa que seguía una orientación diversa fue arrasada y reconstruida según las dimensiones y la alineación del resto.
Aunque las parcelas de terreno, con medidas regularizadas, no fueron completamente edifi cadas hasta la fase IVa (675-645 a.C.), lo hicieron entonces respetando los límites que parecen haber sido ya fi jados desde la fase IIa.
Así, se puede asumir que las casas que daban a la calle este se construyeron con base en la parcela asignada en el siglo VIII a.C., de 12 m de longitud por 8 m de anchura, ofreciendo un área total de unos 100 m 2.
Dichas parcelas se complementaban con otras, algo más reducidas, de 9 m de longitud por 8 m de anchura, es decir, con un área total aproximada de 72 m 2 (Niemeyer et alii 2007: 188-195).
Estas viviendas se adosaron unas a otras por su parte posterior formando una pareja de 21 m de longitud, si bien las dimensiones exactas permanecen inciertas debido a que el límite oeste de la casa 2 quedó fuera del área excavada.
Además, estas casas emparejadas se adosaban a otras, tanto a derecha como a izquierda, formando de este modo las manzanas estrechas y alargadas que la investigación moderna denomina strigas (Hoepfner y Schwandner 1994: 1-10).
Dichas manzanas se disponen separadas unas de otras, a este y oeste, por medio de estrechas callejuelas que la historiografía sobre la ciudad antigua griega conoce como stenópoi.
Al traducir las medidas documentadas a codos púnicos (Barresi 2007), se evidencian una serie de coincidencias metrológicas6 provocadas por el uso (Rakob 1991;1999); 8.
Cruce entre el decumano máximo y el cardo X este (Niemeyer et alii 2007); 9.
LECTURAS DE LA MORFOLOGÍA URBANA DE CARTAGO
A partir de estos datos, junto a los correspondientes a las fases postarcaicas, se ha iniciado en las últimas décadas un debate sobre la forma de la ciudad.
A Serge Lancel (1984) corresponde el mérito de haber presentado por primera vez una periodización del desarrollo urbano cartaginés articulada en tres fases, ahondando en una hipótesis esbozada por Pierre Cintas (1976: 124-126).
Según esta, la fundación fenicia habría estado caracterizada por la coexistencia de dos núcleos urbanos diversos que siguieron desarrollos igualmente diversos.
El primero de ellos debería de ubicarse en la cima de la Byrsa, identifi cada con la colina que actualmente lleva este nombre.
Este núcleo de hábitat se habría extendido adaptándose a la difícil orografía del promontorio adoptando una forma en abanico (Lancel 1994: 136).
Este urbanismo poligonal se ha documentado arqueológicamente en las laderas calles, y 1/2 entre la longitud de dichas casas y la anchura total de la striga.
1/8 sería por último la relación entre la anchura de las calles y la de las strigas (Fig. 2).
Aquí se han identifi cado hasta siete grupos de estructuras arquitectónicas con orientaciones diversas, virando entre ellas aproximadamente unos 22o (Lancel 1982: 376-378 fi g.
Sin embargo, ninguno de estos elementos puede adscribirse cronológicamente a la fase arcaica (Ladjimi Sebaï 2003).
El segundo núcleo de hábitat habría crecido en paralelo a la costa, ocupando la petite plaine7 rodeada por las colinas de Bordj Djedid, Odeon, Juno y Byrsa por un lado, en donde las necrópolis representan un límite claro, y por el otro, por la playa.
No obstante, estaba convencido de la regularidad del esquema urbanístico aplicado por los cartagineses, si bien solo desde la construcción del Barrio de Magón en el siglo V a.C. (Rakob 1985: fi g.
Varios investigadores tunecinos se han mostrado convencidos de que esta regularidad debió de existir también en el periodo arcaico (Fantar 1993: II, 174-178; Ben Younés 1995: 824-826), si bien no han llegado a presentar una propuesta arqueológica concreta.
Por su parte, las últimas excavaciones publicadas no se han pronunciado sobre la forma conjunta de la ciudad (Niemeyer et alii 2007: 52).
Así, la investigación cartaginesa ha entrado en el nuevo siglo con cuestiones básicas todavía abiertas, entre ellas, el estudio de su morfología urbana.
A pesar de las preocupaciones cartográfi cas asumidas por varios investigadores, desde Christian Tuxen Falbe hasta Friedrich Rakob (cf. Debergh 1991), todavía no se ha cumplido uno de los primeros requisitos de la investigación científi ca en un yacimiento arqueológico, es decir, la elaboración de una planimetría del conjunto a una escala sufi ciente (Clermont-Gennau 1896: 439-444).
La compleja y dilatada historia de la investigación en Cartago (cf. Fumadó Ortega 2009) no permite el mismo grado de precisión en la localización de todos los sondeos, algunos de los cuales fueron publicados sin aportar los sufi cientes datos o incluso han quedado inéditos.
No obstante, la documentación ya publicada es muy rica y permite la creación de una planimetría de conjunto 8.
Su observación consiente nuevas aportaciones al estado de la cuestión anteriormente resumido (Fumadó Ortega 2013a).
PARCELACIÓN DE TERRENO URBANO EN EL PRÓXIMO ORIENTE ANTIGUO
La parcelación de la tierra con base en un principio geométrico de regularidad debe ser entendida como una solución técnica simple frente a un problema complejo por sus posibles implicaciones políticas: la organización racional del territorio.
Esta solución técnica pudo ser producto de un invento afortunado o, más probablemente, fruto de un largo proceso de aproximaciones sucesivas y errores corregidos, puesto en marcha en el contexto de formación de los primeros imperios mesopotámicos y nilóticos (Hdt.
La arqueología tan solo ha podido documentar estas experiencias en unos pocos ejemplos de fi nales del III milenio a.C. y de principios del II, como en Haradum (Kepinski-Lecomte 1996: 192) o en El-Lahun (Kemp 1992: 190-202).
Estos son, no obstante, sufi cientes para apreciar cómo dichos conjuntos arquitectónicos han sido concebidos sin lugar a dudas con base en principios geométricos ortogonales.
Cabe señalar que, en los ejemplos más antiguos, se trata de asentamientos pensados para cubrir necesidades muy específi cas estrechamente ligadas a las políticas imperiales, ya sean militares, como en el caso de las fortalezas nubias, u organizativos, como en el de las 8 Se puede crear un documento electrónico de tipo CAD con la superposición en diferentes capas de varios documentos: por una parte, las planimetrías publicadas tras las excavaciones arqueológicas antiguas y modernas; por otra, la cartografía antigua realizada por Bordy en 1898 a escala 1/5.000; por otra, el plano catastral de la banlieue de 1956 realizado a escala 1/2.000; por otra, las diversas fotografías aéreas publicadas (Kelsey 1926: lám. 3 ), además de las ofrecidas por Google Earth.
El resultado de la aplicación de diversas fuentes de información (fotografía antigua, imágenes de satélite, cartografía antigua y moderna y planimetrías arqueológicas) permite dibujar una planimetría general próxima a una escala 1/1.000. llamadas ciudades de las pirámides (cf. Kemp 1992: 180-189 y 209).
Cuando dichas necesidades imperiales cambiaron, estos asentamientos quedaron abocados al abandono.
No obstante, incluso si no podemos califi carlos de auténticas ciudades, estos yacimientos demuestran claramente la existencia en el Próximo Oriente antiguo de una serie de conocimientos y habilidades técnicas y topográfi cas, así como de un dominio de la geometría (George 2008: 405-412), sufi cientes como para acometer con éxito una parcelación sistemática del espacio ocupado por un asentamiento de grandes dimensiones.
La extensión y la forma de las ciudades orientales de la Edad del Bronce, como también de las griegas durante la Edad Oscura, son resultado de varios complejos procesos de agrupamiento y crecimiento demográfi co. Estas lentas dinámicas poblacionales, inscritas en sus concretos sistemas de gobierno, raramente debieron de suscitar un problema político cuya solución pasase por la parcelación regular del territorio.
Alguno de estos singulares casos pudo darse en aquellas ciudades que, a raíz de su destrucción por causas bélicas o naturales, debían ser reconstruidas de nuevo por entero.
Solo en estas ocasiones fue posible, si bien no necesario, la aplicación de una subdivisión racional de los espacios, no ya en un campamento de soldados u obreros, sino en una auténtica ciudad.
Entre dichos casos, el mejor documentado es por el momento el de la ciudad chipriota de Enkomi: aquí, tras el incendio de las 13 ha que ocupaba la ciudad, esta se reconstruyó con una nueva muralla ciclópea, santuarios monumentales y un nuevo callejero reticular.
Éste estuvo organizado mediante una avenida principal que discurría por el centro la ciudad y por 10 calles perpendiculares que la cruzaban en ángulo recto, formando así 20 estrechas manzanas, de anchura regular y longitud variable (Schaeffer y Courtois 1971: lám. 4).
Son conocidos otros ejemplos ya durante la Edad del Hierro, como Smirne.
Aquí, desde el inicio del siglo X a.C., aproximadamente 9 ha habían sido ocupadas por múltiples grupos de cabañas ovales y absidiales, que fueron siendo progresivamente sustituidas por edifi cios de planta rectangular de tipo megaron.
Pero solo tras su destrucción violenta a principios del siglo VIII a.C. la ciudad fue reconstruida según una organización con base en ejes viarios rectilíneos y regulares (Greco y Torelli 1983: 125-128).
En este sentido, uno de los ejemplos más elocuentes en el Levante mediterráneo lo constituye la ciudad de Megiddo (Kempinski 1989), donde a fi nales del siglo X a.C. se podía observar un paisaje urbano caracterizado por fuertes contrastes: por una parte se alzaban grandes edifi cios públicos en el barrio aristocrático; por otra, el restante espacio amurallado estaba ocupado por un amasijo de viviendas yuxtapuestas sin elementos que estructuraran el suelo urbano.
Solo tras la conquista asiria del 733 a.C. y la consecuente destrucción de la ciudad, esta fue reconstruida mediante una red de calles estrechas y rectilíneas y manzanas de viviendas de 20 m de longitud y anchura variable (Fritz 1995: 90-93 fi gs.
Poco antes tuvo lugar una reconstrucción similar en Tell Qasile.
En el estrato x de este yacimiento (siglos XI-X a.C.), apoyado sobre los restos de una violenta destrucción, se aprecia una nueva disposición de los edifi cios que los enmarca ahora en un callejero caracterizado por la presencia de manzanas rectangulares de dimensiones variables (cf. Fritz 1995: 48 fi g.
Las fundaciones de apoikíai constituyen un caso diverso.
En ellas, no solamente se trata de construir una ciudad ex novo, sino de proceder a su ordenación territorial según los principios que sustentan un determinado proyecto político (La Torre 2011).
Se ha argumentado que en muchas ocasiones este proyecto observaba el principio de la isomoiría, es decir, comportaba una repartición equitativa de la tierra entre los colonos (Th.
Este problema, a diferencia de otros, sí que fue afrontado mediante la parcelación del territorio en partes iguales, los oikópeda, que debían ser asignados a los participantes de la aventura colonial, tanto en el interior de la ciudad como en la chora que la rodeaba.
Esta fue una de las obligaciones más importantes de entre las que tenía que afrontar el oikistés (Hom.
Las necesidades de expansión y propiedad de la tierra surgidas en el mundo griego arcaico exacerbaron así un confl icto político, que los conocimientos geométricos y topográfi cos entonces existentes en el Mediterráneo oriental podían ayudar a resolver: Städte zu gründen, hieß in jedem Fall, Land zu vermessen (Hoepfner y Schwandner 1994: 1).
El modelo conocido por la investigación como ciudad per strigas se impuso así como una solución frecuente para aquellas fundaciones que comportaron movimientos demográfi cos relativamente amplios, aunque no debemos olvidar que la cantidad real de población efectivamente desplazada en el marco de estas experiencias se limitó frecuentemente a varios centenares de colonos, algunos miles en los casos más poblados.
Estas ciudades, cuyos ejemplos más conocidos son Mégara Hiblea, Siracusa, Selinunte o Metaponto (Mertens 2006: 46-49, 63-89), se caracterizaron por sus manzanas estrechas y alargadas 9 delimitadas por callejones de 2 ó 3 m de anchura, los stenópoi.
Estas insulae estuvieron atravesadas por avenidas, las platéiai, que, con una dirección aproximadamente perpendicular, podían llegar a duplicar o triplicar la anchura de los stenópoi.
Frecuentemente se dieron, en la misma ciudad, diversas orientaciones a diversos grupos de manzanas y calles.
En estos casos, el ágora, como espacio libre de construcciones, fue el lugar idóneo en donde casar orgánicamente los diversos patrones urbanísticos, como en Selinunte (Mertens 2003: plano 9) o Mégara Hiblea (Gras et alii 2004).
Sin embargo, tanto la arqueología cartaginesa como la fenicio-punica todavía tienen que superar los límites que le impone un registro arqueológico producido e interpretado por y desde lecturas de la Antigüedad excesivamente helenocéntricas (Bonnet 2005; Fumadó Ortega 2013b: 53-72).
Actualmente el registro es solo abundante para el estudio de las necrópolis y, al margen de Cartago, Solunto, Mozia y Beirut, no existen excavaciones de grandes dimensiones en ciudades fenicio-punicas 10.
9 Con anchuras que van desde los 25 m en Casmene hasta los 35 m en Agrigento (cf. Hoepfner y Schwandner 1994: 2-9) y una relación entre longitud y anchura variable, contándose para la época arcaica los casos de Selinunte con 1/6 y de Metaponto con 1/7 (Tréziny 2006: 231).
10 Problema agravado por la continuada habitación sobre los yacimientos.
No obstante, la investigación podrá dar grandes pasos con la publicación y estudio de conjunto de las intervenciones realizadas en las últimas décadas en ciudades como Cádiz, Ibiza, Málaga, por citar algunas de ámbito peninsular (cf. Niveau de Villedary y Mariñas 2010; Ramón Torres 2010; Mora Serrano y Arancibía Román 2010).
La continuidad del proyecto dirigido por el catedrático José Luis López Castro en Utica aportará datos imprescindibles para comprender el desarrollo urbano del Mediterráneo central.
Por su parte, yacimientos como Toscanos, Kerkouan o Monte Sirai, con sus reducidas dimensiones, lejos de las 20 ha de la Cartago arcaica, no permiten elaborar un discurso integral sobre el espacio urbano en las sociedades fenicio-púnicas.
Existen dos mitologías principales sobre la fundación de Cartago: la de Karkhedón y Azoros y la de Elisa-Dido.
Ambas son conocidas al menos desde las obras de Filisto de Siracusa (FGH., III, B, 556 F 47), para la primera versión, y de Timeo de Taormina (FGH., III, B, 556 F 82), para la segunda11.
Los dos historiadores sicilianos, de la primera mitad del siglo IV y del siglo III a.C. respectivamente, reelaboraron con objetivos políticos estos relatos (Bonnet 2011), que nos han sido a su vez trasmitidos a través de los fi ltros culturales del imperio romano (App.
Estos indican que dichos relatos no son productos exlcusivamente siciliotas y delatan una verosímil referencia de la tradición púnica, hoy perdida, pero sin duda conocida por los historiadores de Sicilia prerromana.
De estas fuentes se deduce que en el Mediterráneo de época helenística y republicana existía el recuerdo de una expansión fenicia muy antigua, dirigida principalmente desde Tiro (cf. Bunnens 1979).
En dicho recuerdo, la expansión no estuvo motivada solo por la búsqueda de comercio y riquezas por parte de los navegantes fenicios (D.S. 5.20.1-4), sino también por las convulsiones políticas y sociales que sufrieron sus ciudades (Sall.
En el marco de estas se podría encuadrar el confl icto relatado en el mito de Elisa, hermana del Rey de Tiro, quien escapa junto a varios senadores y al sacerdote chipriota de Júpiter (Just.
Apenas existen datos, que no sean ex silentio, para reconstruir la estructura social de la primera Cartago.
Sin embargo, tanto la gran cantidad y variedad de productos importados desde largas distancias que se han hallado en los estratos del siglo VIII a.C. (Vegas 2002), como las fuentes escritas (Th.
6.2.6), indican que Cartago ya disponía de una importante posición geopolítica y socioeconómica a la llegada de los griegos a Sicilia.
Es verosímil, por tanto, que a fi nales del siglo IX a.C. zarpasen desde Tiro colonos dispuestos a fundar una verdadera comunidad política y religiosa, es decir, una Ciudad Nueva, como el propio nombre de Qart Hadasht indica.
Dichos colonos procedían de una ciudad-estado que atravesaba desde mediados del siglo X a.C. un periodo de esplendor.
La monarquía tiria disfrutó desde principios del siglo IX a.C. de las condiciones históricas necesarias para poner en marcha una auténtica expansión cultural (Aubet Semmler 2009a: 90-95).
Así, se podría afi rmar que quienes llegaron a la península cartaginesa para fundar la Ciudad Nueva crecieron y se educaron, durante la primera parte de sus vidas, inscritos en una comunidad de ciudadanos fuertemente consolidada en cuanto tal, con todas las consecuencias políticas que ello implica.
¿Podemos descartar totalmente que este evento haya motivado algunos detalles de los mitos fundacionales reelaborados por los historiadores siciliotas?
Aunque podemos suponer que la aristocracia tiria participó en la empresa a partir de las fuentes clásicas (cf. Huß 1985: 39-43), no parece que se pueda defender la fundación en Cartago de una monarquía.
Tampoco se le dedicó ninguna de las cinco colinas que rodeaban a la Nueva Cartago.
Corinne Bonnet (1988: 174) ha propuesto la lectura de la muerte ritualizada de Elisa y de su culto posterior, como una explicación mítica del rápido fi nal que halló la monarquía cartaginesa (cf. Tsirkin 1986: 137), si es que efectivamente alguna vez existió.
Este proceso podría entenderse como análogo al que parece haber tenido lugar en las colonias griegas arcaicas, en las que, tras la muerte del oikistés, este sufría un proceso de heroización a través del cual, su culto era colectivizado (Malkin 2002: 201-211).
De esta forma se pretendía evitar que sus descendientes privatizasen su memoria y aspirasen a heredar su estatus de privilegio, proponiéndose como tiranos o incluso como monarcas.
Si recordamos el modo en que diversos autores griegos, entre los que destaca Aristóteles (Aristot. pol.
En este sentido, Cartago parece ser diversa a las fundaciones arcaicas de tipo empórico (Niemeyer 2006: 154-159) a case apart in the context of Phoenician expansion: the city was a real apoikia (Niemeyer 2006: 161).
Permanece abierta, sin embargo, la cuestión sobre el signifi cado y la interpretación de la primera fase arqueológicamente documentada en el yacimiento, es decir, el periodo previo a la implantación de un diseño colectivo de los espacios urbanos.
Será conveniente recordar que en el mito fundacional se mencionan no solo varios intentos constructivos, sino también la formación, previa a dichos tentativos, de una especie de ciudad causada por la llegada de múltiples gentes de procedencias diversas atraídas por las posibilidades de comerciar con los recién llegados.
Cuando fi nalmente se procede a la fundación, con el acuerdo de todas las partes, la extensión de territorio ocupado al menos desde mediados del siglo VIII a.C., aproximadamente 20 ha, supera con creces las 5 ha que, como máximo, alcanzan los emporia arcaicos, siendo la mayoría de ellos mucho menores; la existencia de un mito de fundación o el hecho de que ya en el siglo VI a.C. la ciudad fuese capaz de institucionalizar un estado territorial con ambiciones ultramarinas (Gschnitzer 1993; González Wagner 1994; Quesada Sanz 2009), si bien no necesariamente imperialistas (Domínguez Monedero 2010: 735-759), precediendo en ello a Siracusa (Huß 1985: 57-74), también pueden ser tomados como rasgos signifi cativos del temprano estatus político de la Ciudad Nueva.
Por todo ello, sostengo la oportunidad de entender el nacimiento de Cartago como el traslado de una comunidad política y religiosa que encontró en la implantación de un catastro a mediados del siglo VIII a.C. la solución a una serie de problemas políticos habitualmente asociados a este tipo de ciudades nuevas.
CONCLUSIÓN: UNA PROPUESTA PARA LA FOR-MA DE LA CARTAGO ARCAICA Para los colonos recién llegados a la península cartaginesa las prioridades debieron de ser la defi nición del propio territorio, la elección de los lugares de culto y sacrifi cio a los dioses, la distribución del espacio edifi cable, la construcción de las viviendas y la ubicación de las necrópolis, del mismo modo que parece haber sucedido en las apoikíai griegas (Malkin 1987: 336; La Torre 2011: 157-188).
Los colonos tirios procedían de una sociedad en la que las habilidades técnicas necesarias para la subdivisión del terreno edifi cable no solo eran conocidas, sino dominadas con maestría reconocida en toda la región siriopalestina (Aubet Semmler 2009a: 68-69;2009b).
Por ello considero fundamental dirigir la atención futura no ya hacia las habilidades topográfi cas y organizativas de los colonos tirios, sino hacia los problemas políticos que les impulsaron a disponer su Ciudad Nueva per strigas y no de otro modo.
A continuación voy a presentar una propuesta gráfi ca sobre la forma urbana de la Cartago arcaica en la que el núcleo de hábitat, aparecerá caracterizado por la presencia de las strigas aplicadas en otras apoikíai en el Mediterráneo central de los siglos VIII-VI a.C. El espacio ocupado por dichas manzanas en esta reconstrucción es de 13 ha, divisibles en unas mil parcelas de un área que oscilaría entre 96 y 72 m 2 (v. supra).
Se pudo dar así cobijo a los pocos miles de habitantes que, durante los siglos VIII-VII a.C., constituirían la población cartaginesa.
Junto al espacio dedicado a las necrópolis y a las áreas de trabajo, la ciudad arcaica pudo haber superado las 20 ha.
Los elementos arqueológicamente demostrados en esta propuesta son los trazos indicados en negro: restos de viviendas, el tramo de muralla documentado en Bir Massouda, las necrópolis arcaicas en las colinas de la Byrsa, de Juno y de Bordj Djedid, la ubicación de los barrios industriales y la línea de costa antigua.
Considerando los paralelos sicilianos mencionados, la metrología fenicia y la coincidente orientación de los edifi cios cartagineses datados con cronologías arcaicas (v. supra), paso a presentar una propuesta global para la forma urbana de la Cartago fenicia (Fig. 3).
Esta estructura urbanística debió de marcar signifi cativamente las posibilidades de expansión de la ciudad durante los siglos siguientes.
En efecto, pese a que solo en cinco excavaciones se han hallado en el interior del área propuesta para las strigas restos murarios arcaicos (Fig. 1.6-9, 1.13), otras estructuras arquitectónicas con cronologías posteriores, o fuera de estos márgenes pero con la misma orientación, han sido documentadas hasta en 13 áreas (Fig. 1.1-5, 1.10-12, 1.14-18).
Teniendo en cuenta el volumen y la calidad de la información disponible en este yacimiento, considero que la hipótesis presentada en la fi gura 3 es, actualmente, la más solida para explicar y reconstruir la forma urbana de la Cartago arcaica.
Las colinas que rodean la llanura litoral de Cartago debieron de haber sido ocupadas desde los primeros días de existencia de la ciudad fenicia, quizá por santuarios que solo con el tiempo se fueron fortifi cando, pero que habrían dado desde el primer momento la seguridad necesaria a sus fi eles ciudadanos.
Eshmún, Astarté, Melqart y Ba`al Hammón fueron los principales dioses, aunque no los únicos, que viajaron con los primeros colonos tirios para establecerse en estas colinas, quizá aplicando criterios de accesibilidad, seguridad, facilidad para la purifi cación y epipháneia, del mismo modo que sus contemporáneos griegos (cf. Malkin 1987: 344).
Sin embargo, todo ello no constituye prueba en favor de la hipótesis apuntada por Pierre Cintas, desarrollada por Serge Lancel y tácitamente aceptada por Friedrich Rakob, según la cual se habría instalado en la cima de la Byrsa un primer núcleo de hábitat que, creciendo, habría adoptado una forma en abanico como un tell oriental.
Al margen de la ausencia de pruebas arqueológicas de cronología arcaica en este sentido, cabe recordar que los testimonios clásicos que describen una Byrsa rodeada de edifi cios Serv.
130), no se refi eren en ningún caso a momentos anteriores a los siglos IV-III a.C. La situación que estos señalan bien podría responder a un fenómeno, acaecido sólo a partir de los siglos IV-III a.C., de saturación del espacio disponible para las construcciones privadas.
El aumento de la presión demográfi ca en la ciudad habría podido llevar a una yuxtaposición de edifi caciones desde la zona baja, ocupada desde antiguo, hacia las zonas menos pobladas, es decir, hacia las pendientes más altas de las laderas que rodeaban el casco antiguo.
Así, la forma en abanico de las calles que rodearon la Byrsa durante sus últimos siglos púnicos tendría poco que ver con la disposición urbana de Kerkouán o con la de las ciudades del Bronce siriopalestino.
Esta morfología sería en cambio el resultado tanto de la orografía de la colina como de la adaptación de las viviendas a los espacios dejados libres por los témene arcaicos y por sus vías de acceso 12.
No sería sorprendente hallar un registro análogo en la colina de Juno, menos interrogada por la arqueología moderna.
El concepto conservador y reductivo de identidad con el que se ha explicado hasta ahora la Historia de Cartago ha llevado a asumir que las sociedades tienen culturas estables y compactas y que los cambios culturales equivalen a pérdidas de identidad (Lancel 1994: 281).
Sin pretender infravalorar la importancia que las tradiciones semitas habrían podido llegar a tener en la sociedad cartaginesa, considero que los manuales universitarios actualmente disponibles sobreestiman en sus interpretaciones el valor del origen oriental de los colonos, de tal forma que esta procedencia determina todas las manifestaciones culturales futuras de la ciudad.
Así se ha intentado demostrar repetidas veces la existencia en Cartago de elementos típicamente orientales, como una realeza sacra 13 o una morfología urbana dominada por un palacio-templo en la cima de un tell, en cuyas faldas se apiñarían viviendas mínimamente separadas por caóticos callejones, como un ancestro urbanístico de las medinas musulmanas.
Debemos tener en cuenta una vez más que, tanto durante la Antigüedad, a partir de las guerras contra Siracusa y especialmente contra Roma, como en tiempos modernos (Ferrer Albelda 2003; Bonnet y Krings 2006; Fumadó Ortega en prensa c), la representación de la Cartago fenicia y púnica ha sido constantemente instrumentalizada mediante muy diversos discursos políticos, que le han otorgado siempre el valor del otro, de lo extraño y del enemigo.
Esta categorización ha consolidado una representación del pasado cartaginés como algo 12 Este fenómeno encuentra paralelos en algunas ciudades modernas, como Lisboa, en donde las murallas y las puertas del Castelo de São Jorge han determinado los recorridos de ascenso a la colina y, con ellos, la orientación de los edifi cios que se han ido construyendo sucesivamente en sus laderas.
13 A pesar de que Serge Lancel (1994: 111-113) es muy cauto a la hora de aceptar todas las atribuciones del difícilmente sostenible (v. supra) Rey de Cartago, cabe señalar que el autor que más cita para referirse a esta cuestión es el polémico defensor de la frágil tesis de Julius Beloch, es decir, Gilbert Charles Picard.
Propuesta de reconstrucción de la morfología urbana de la Cartago fenicia.
En negrita fi guran los restos arquitectónicos arcaicos y en gris el espacio que debieron de ocupar doce manzanas calculadas según la hipótesis metrológica de la fi g.
Los números corresponden a los de la fi g.
Diseñada por el autor. |
En este trabajo presentamos el estudio arquitectónico de un tipo de construcción identifi cado en el territorio ibérico ausetano.
A partir del análisis constructivo de tres obras defensivas militares identifi cadas como murallas de compartimentos (Turó del Montgròs, Casol de Puigcastellet y l'Esquerda), planteamos una propuesta de restitución del diseño arquitectónico de estas construcciones basadas en el uso de formas geométricas simples y en la adición de módulos cuadrangulares.
PALABRAS CLAVES: Protohistoria, geometría, modulación, Cataluña, metrología.
La muralla de compartimentos o de casernas con galería superior, también identifi cada en la bibliografía moderna como muralla de casamatas, se trata de un recurso poliorcético especializado, destinado a albergar contingentes de defensores o como arsenal y, especialmente relacionado con la aparición de la artillería de torsión (Winter 1971: 328; Lawrence 1979; Adam 1982; Sáez 2005) a partir del siglo IV a.C., con la intención de incrementar la potencia de fuego.
Optamos por la utilización del término muralla de compartimentos o de cajones siguiendo los trabajos de D. Montanero y L. Berrocal, ya que términos muy usados en la literatura arqueológica como casamata o caserna no son sino una creación de la poliorcética renacentista, con unas características específi cas que no se pueden aplicar a la arquitectura protohistórica (Berrocal y Moret 2007: 28; Montanero en prensa).
Probablemente, la primera aparición de este tipo de estructura en el contexto del Mediterráneo occidental será en la fortifi cación de Olbia en la isla de Cerdeña durante el siglo IV a.C. (D'Oriano 2009; Montanero y Olmos en prensa), con la voluntad explícita de colocar maquinaria de artillería en un piso intermedio.
No queremos adentrarnos en la evolución y difusión de este modelo constructivo en la arquitectura púnica, ya que ha sido objeto de un reciente estudio de síntesis (Montanero en prensa).
Será este esquema constructivo, formado por dos muros paralelos cerrados mediante muros transversales, delimitando un espacio interior, el que se transmitirá al sur de la península Ibérica en época bárquida.
En el caso de la arquitectura protohistórica de la Península Ibérica, se ha podido individualizar también un modelo diferente de murallas compartimentadas, propio de los castros del Cantábrico las "murallas de módulos", formadas por el levantamiento de tramos constructivos que posibilitan el drenaje de la muralla y permiten una mayor consistencia estructural (Berrocal 2004; Berrocal y Moret 2007: 28).
No es nuestra intención entrar en el debate sobre si la aparición de este tipo de estructuras en el ámbito ibérico, supone o no el conocimiento y uso por parte de las comunidades ibéricas de la maquinaria de torsión.
La peculiaridad de obras defensivas como las que aquí nos ocupan, ha provocado una intensa polémica sobre los conocimientos poliorcéticos ibéricos, que se puede resumir a grandes rasgos en dos corrientes de pensamiento: por una parte, la propuesta de F. Gracia del uso de maquinaria de guerra situada en algunas torres y murallas ibéricas, como la del Turó del Montgròs o Tivissa (Gracia 2000: 142; Gracia 2006: 86-87); y, por otra parte, las tesis de P. Moret y F. Quesada sobre la falta de evidencias arqueológicas que permitan aseverar tal hipótesis (Moret 2001: 141; Quesada 2001: 148-149; Quesada 2007: 99).
El objeto de nuestro trabajo no es, por tanto, defi nir la fi liación exacta o las posibilidades poliorcéticas de estas estructuras, sino identifi car sus patrones constructivos y proponer una restitución modular, así como intentar defi nir las consecuencias sociales y políticas de este esquema constructivo en la sociedad ausetana.
La única aparición de este modelo arquitectónico en una zona interior del área ibérica, como el área ausetana, en el centro de la actual Cataluña, ha llevado a proponer diversas fi liaciones o contactos exógenos para justifi car esta ingeniosa obra defensiva.
El ejemplo mejor conservado de los tres es el del Turó del Montgròs, ya que las estructuras defensivas del Casol de Puigcastellet de Folgueroles y l'Esquerda aparecen como una evolución del primero (Fig. 1).
Por otra parte, estos tres sistemas defensivos son los que presentan un mejor estado de conservación de toda el área ausetana, además de corresponderse con los asentamientos ibéricos mejor conocidos de toda la región.
Como veremos, la particularidad de estos tres sistemas defensivos no se corresponde únicamente con las murallas de compartimentos, sino a la disposición defensiva.
En los tres casos nos encontramos con una configuración topográfica y un esquema urbano similar, siguiendo el modelo de asentamiento de barrera (Sanmartí y Santacana 1994: 31-32), que se caracteriza por un establecimiento en pequeñas penínsulas accesibles únicamente a través de un istmo, fuertemente defendidos en este punto por una muralla transversal que cierra el acceso al poblado.
El hecho de disponer únicamente de un acceso claro al interior del asentamiento, hace que todos los esfuerzos constructivos de tipo defensivo de la comunidad se centren en este punto, de ahí la elección de un modelo como la muralla de compartimentos, con el objeto de reforzar, en caso de necesidad, la parte más débil de su defensa.
Además de la compartimentación interior, en los tres casos, la muralla de barrera se complementará con un torreón de planta rectangular en el punto central del istmo.
La metodología utilizada para este estudio ha sido adaptada del trabajo de M. Almagro-Gorbea y J. L. Jiménez sobre la metrología y modulación del templo de Juno de Gabii (Almagro-Gorbea y Jiménez 1982).
Consideramos especialmente destacado este trabajo por lo que respecta al análisis de las proporciones y el trazado regulador, de modo que a partir del estudio detallado de las medidas conservadas se determina un trazado basado en la aplicación sistemática del triángulo de proporción 3-4-5, diseñado mediante el pes monetalis de 0,296 m y un sistema modular que se corresponde con un decempedae.
Para nuestro trabajo, el hecho de no disponer de unas unidades de medida a priori hace que el planteamiento deba ser inverso y en este caso, partimos de las dimensiones generales para defi nir en última instancia las unidades inferiores.
Para este estudio, hemos optado por la medición sobre el terreno in situ de los principales elementos conservados, tomando en consideración las restituciones en alzado que se han realizado durante los últimos veinte años, que pueden modifi car las medidas originales.
Este estudio se ha complementado con el análisis mediante programas de CAD de las últimas planimetrías publicadas o facilitadas, gracias a la colaboración de Josep Maria Puche (ICAC) y Albert López (Diputació de Barcelona).
Queremos agradecer también las facilidades para tomar todas las medidas necesarias, así como la posibilidad de disponer de material fotográfi co, por parte del equipo de excavación de l'Esquerda (Montserrat de Rocafiguera, Imma Ollich y Maria Ocaña).
La importancia de disponer de unas medidas precisas es que de ellas dependen la identifi cación del trazado regulador de la construcción.
Por trazado tenemos que entender el diseño teórico realizado mediante una modulación previa.
A partir de las diferentes medidas, especialmente en el caso de las plantas rectangulares de las torres, se pueden calcular las proporciones geométricas y aritméticas entre las diferentes partes del edifi cio.
En relación a las proporciones utilizadas, partimos de la premisa de que todo edifi cio, por modesto que sea, tiene un diseño previo y un análisis de las proporciones.
En nuestro caso, la identifi cación de la proporción utilizada se basa en la relación entre la longitud y la anchura de cada estructura.
A partir de la determinación de la proporción utilizada, podemos realizar un planteamiento teórico de cuál era el diseño previo de la construcción, que habría sido planteado sobre el terreno mediante instrumentos de medida.
La defi nición de una proporción u otra está determinada por los condicionantes topográfi cos de la superfi cie.
Una vez delimitado el espacio a construir entran en juego los conocimientos técnicos del constructor, para adaptar la estructura a la topografía de la forma más efi ciente posible.
La técnica utilizada depende básicamente de la experiencia de los constructores y sus conocimientos, que no son sino la ejecución arquitectónica de los principales conocimientos geométricos y matemáticos de cada momento.
Como apunta J. J. De Jong, el diseño arquitectónico previo debe ser aplicable mediante procedimientos matemáticos de la antigüedad, así como expresable en medidas prácticas que proporcionen estimaciones exactas basadas en un módulo constructivo (Jong 1989: 103).
Hemos de entender el módulo como la medida básica de la construcción a partir de la cual se deducen el resto de medidas (Coulton 1989: 85).
En las reglas del orden dórico Vitrubio da la primera defi nición de lo que se entiende por módulo, como unidad básica que puede variar en términos absolutos de un edifi cio a otro (Vitr.
Para nuestro estudio, una vez determinado el sistema de proporciones utilizado en la construcción procedemos a la identifi cación del módulo, que es el resultado de la división entre las principales medidas del edifi cio, a partir de la cual se obtiene una medida básica que se repite hasta formar la planta de la estructura.
En el caso de las proporciones racionales basadas en números enteros como es el caso de la proporción 2-1, se procede dividiendo el lado largo y el lado corto del rectángulo siguiendo estas proporciones, lo que nos proporciona el módulo base que posteriormente se subdivide para identifi car la unidad modular, que se corresponde con una unidad métrica real, mediante la cual se materializa la construcción.
El resultado fi nal es, en consecuencia, la identificación de la unidad de medida a partir de la que se plantea toda la estructura, así como su plasmación.
Ambas están basadas en medidas antropométricas, tal y como es característico de la arquitectura antes de la introducción del sistema métrico decimal.
MURALLAS DE COMPARTIMENTOS EN LA ARQUITECTURA AUSETANA
EL RECINTO DEFENSIVO DEL TURÓ DEL MONTGRÒS (EL BRULL, BARCELONA)
La particularidad de la estructura constructiva del Turó del Montgròs es la presencia de la muralla de compartimentos más compleja y mejor conservada de la arquitectura ibérica del nordeste peninsular.
La estructura ha sido fechada por sus excavadores entre fi nales del siglo IV e inicios del siglo III a.C. ( supone el desmantelamiento parcial de una muralla simple erigida entre fi nales del siglo V e inicios del siglo IV a.C. (López 2011: 144).
Posteriormente, esta muralla de compartimentos se amortiza mediante el cubrimiento interior de las estructuras y el tapiado de las puertas.
En el último momento de uso (a mediados del siglo III a.C.), el sistema defensivo se refuerza mediante un torreón rectangular, una defensa avanzada o antemural en la zona de la entrada y dos torreones más al lado norte.
En un momento avanzado, las recientes excavaciones han identifi cado el cierre de la poterna y la construcción de una escalera adosada, para acceder al camino de ronda superior; así como, la edifi cación de una torre de planta semielíptica adosada a la escarpa del foso (López 2011: 147).
La primera restitución de esta obra arquitectónica fue realizada por J. Rovira y N. Molist (responsables de las excavaciones entre 1982 y 1987), quienes propusieron la utilización de un módulo constructivo de cinco pies áticos de 0,308 m (1,540 m) lo que, sumado a la técnica de los bastiones con cuerpo de guardia y foso, demostraría que la obra habría estado dirigida o asesorada por técnicos de origen griego o, incluso, por mercenarios indígenas (Molist y Rovira 1993: 126).
En dicha publicación se comenta la utilización de un módulo constructivo de 1,54 m, pero no se especifi ca la relación de este módulo con el sistema defensivo.
Con anterioridad a esta interpretación, en la publicación de los primeros sondeos arqueológicos efectuados se menciona que el lienzo defensivo tendría una anchura de 5,4 y 3,6 m, que los autores relacionan con 9 y 6 codos, respectivamente (Morral et alii 1982: 242).
Desconocemos la interpretación métrica que utilizaron para esta restitución, que proporciona un valor al codo de 0,6 m.
Posteriormente, P. Moret (Moret 1998: 87; Moret 2002: 200), a partir del estudio detallado de las planimetrías publicadas propone la utilización de una unidad de medida de 0,32 m como patrón regulador.
Siguiendo esta propuesta, la longitud del lienzo de muralla es de 114 pies o 19 brazas, mientras que la dimensión interna de cada compartimento es de 12 por 7,5 pies o bien, 8 por 5 codos en una aproximación al llamado número áureo (1,618).
Este módulo será asociado a una unidad de medida local de la zona ausetana y, por lo tanto, a un patrón propiamente ibérico.
No nos extenderemos ahora en el debate sobre las distintas unidades de medida ya que ha sido objeto de un estudio más detallado (Olmos 2010).
La muralla de compartimentos correspondiente al sistema defensivo del siglo IV a.C. está formada por dos bloques constructivos separados entre sí por una poterna.
El primer bloque dispone de cuatro compartimentos, cada uno de ellos con un acceso independiente al interior del poblado; por su parte, el segundo bloque se compone de dos compartimentos con su correspondiente acceso independiente.
El primero de estos dos bloques, situado más al sur, está formado por los compartimentos 1, 2, 3 y 4, presenta una planta rectangular y posee unas medidas externas de 22,7 m frontales por 5,7 m de lado.
A estos cuatro compartimentos se accede por una obertura de 1,1 a 1,3 m de luz, situada en el extremo noroccidental.
Los muros perimetrales tienen una anchura que oscila entre 1,55 y 1,70 m.
El segundo bloque, situado al norte del primero y formado por los compartimentos 5 y 6, presenta unas características similares con 11,2 m frontales por 6,1 m de lado (Fig. 2).
En este caso se desconoce la anchura de las puertas, que se encuentran todavía tapiadas y no están refl ejadas en las últimas planimetrías.
A partir del análisis de estos datos métricos, podemos apreciar un rígido esquema modular que ha sido la base de la planifi cación del sistema defensivo.
Estas medidas se aproximan considerablemente a las conservadas en el bloque septentrional (11,2 por 6,1 m), con una desviación entre 0,2 y 0,4 m.
Planteamos, entonces, que la muralla de compartimentos del Turó del Montgròs es resultado de la adición de tres módulos dobles, hasta confi gurar la totalidad del sistema defensivo.
De este modo, el bloque sur será la suma de dos agrupaciones modulares, mientras que el bloque norte es una única agrupación modular separada de las anteriores por la puerta central.
Estas agrupaciones están formadas por la adición de dos módulos cuadrangulares de 5,7 m de lado, que Figura 2.
Planta del sistema defensivo del Turó del Montgròs con indicación de las principales medidas expresadas en metros.
SOBRE UN MODELO CONSTRUCTIVO DE LA ARQUITECTURA IBÉRICA EN TERRITORIO AUSETANO se repiten cuatro veces en el bloque sur y dos veces en el bloque norte.
Consideramos este cuadrado, por lo tanto, como el módulo base a partir del cual se articula el sistema defensivo.
Proponemos un esquema constructivo basado en sencillas relaciones 2 a 1, mediante las cuales se planifi ca el diseño arquitectónico.
Desconocemos la solución exacta que habrían utilizado los constructores iberos en el momento de planifi car la obra, es decir, si optan por la adición independiente de módulos cuadrangulares o bien por la agrupación de estas unidades en módulos de 2 (Fig. 3).
A partir de la comparación de esta restitución modular con la planimetría tenemos motivos para plantear las dos propuestas como posibles.
De este modo, podemos apreciar que si superponemos dos rectángulos de dos módulos en el bloque sur, el punto de unión de estos dos rectángulos corresponde aproximadamente con el eje del muro central.
Por otra parte, en el caso del bloque sur, vemos como la adición de bloques cuadrangulares comenzando por la puerta, nos muestra que la correlación entre el eje de los muros de compartimentación y el punto de unión de los cuadrados es más estricta en los primeros compartimentos y se va perdiendo a medida que se desciende hacia el sur.
El resto de medidas principales de la construcción también pueden ser interpretadas a partir de esta propuesta metrológica.
De este modo, el ancho de los muros exteriores que se sitúa entre 1,5 y 1,7 m, se puede corresponder con una medida de 5 o 5,5 pies.
La última medida que hemos tenido en consideración es el ancho de la puerta, situado entre 1,94 y 2,1 m, puede traducirse Figura 3.
Planta del sistema defensivo del Turó del Montgròs con superposición de módulos cuadrangulares de 5,7 metros de lado.
Propuesta de restitución modular de la planta del Turó del Montgròs a partir de la adición de módulos cuadrangulares de 18 pies de lado.
En última instancia, no creemos destacable la medida interna de los compartimentos (alrededor de 2,4 por 3,7 m), ya que esta medida queda supeditada al espacio mínimo disponible dentro de cada módulo, teniendo en cuenta el ancho considerable de los muros, con la fi nalidad de dotar de mayor solidez a la construcción.
Una vez amortizado todo este sistema defensivo, mediante la inutilización de los compartimentos y el tapiado de la puerta para facilitar un lienzo de muralla sin discontinuidad, se construye un torreón rectangular macizo que respeta las mismas proporciones modulares utilizadas en el primer sistema defensivo.
El torreón presenta unas medidas aproximadas de 5,7 m de ancho por 11 m de largo.
Observamos cómo esta torre dobla la anchura del lienzo defensivo en este punto, con una solución similar a la que hemos podido identifi car en sistemas defensivos mediterráneos como el de Mozia (Montanero y Olmos, en prensa).
El hecho más relevante sea tal vez, la continuación del mismo esquema modular y, por lo tanto, del mismo sistema de medidas casi un siglo después.
De esta manera, el torreón tiene nuevamente unas medidas de 18 pies de lado por 36 pies de frente, siguiendo la relación 1 a 2 ya comentada.
Todo el planteamiento constructivo puede ser expresado también a partir de brazas de 6 pies, de forma que el módulo planteado de 18 pies cuadrados se corresponde exactamente con 3 brazas cuadradas, dentro de un esquema sexagesimal, similar al identifi cado en la torre Y-Z de la ciudadela ibérica de Alorda Park (Calafell, Tarragona) (Olmos y Puche 2008).
En resumen, proponemos un esquema basado en la utilización de una unidad de medida propiamente ibérica, dentro de un sencillo esquema constructivo basado en la adición de módulos cuadrangulares.
El yacimiento ibérico ausetano de l'Esquerda se sitúa en una posición preeminente sobre el río Ter, ocupando un meandro con una superfi cie máxima de 12 hectáreas.
El papel estratégico del asentamiento viene refrendado por su ocupación continuada desde el Bronce Final hasta el cambio de era, con constantes reformas, así como posteriormente, con una importante ocupación de época medieval, desde el siglo VIII hasta fi nales del siglo XIII.
El sistema defensivo de época ibérica se compone, por el momento, de una muralla de barrera en la zona más estrecha del istmo, formada por una simple muralla de barrera reforzada con un torreón y una torre de planta rectangular.
En un momento posterior indeterminado dentro de la etapa ibérica, esta muralla será compartimentada interiormente, modifi cando su estructura original y se verá reforzada en su parte delantera por un terraplén y un foso.
Como apuntan sus excavadoras, el sistema defensivo es resultado de una planifi cación urbanística clara de todo el conjunto tanto de época ibérica, como medieval (Ollich y Rocafi guera 1994: 78).
La cronología inicial de la construcción de la fortifi cación se sitúa durante la primera mitad del siglo IV a.C., siendo destruida e incendiada un siglo más tarde, hacia mediados del siglo III a.C., tal y como prueban los niveles de derrumbe asociados a la fortifi cación.
La edifi cación de este conjunto defensivo será, por lo tanto, prácticamente contemporánea a la del Turó del Montgròs, aunque la confi guración inicial de estos dos sistemas defensivos será diferente.
Mientras que en el recinto del Brull la fortifi cación inicial es la formada por la muralla de compartimentos, en la fortifi cación de l'Esquerda su fase inicial presenta únicamente el lienzo de muralla, la torre y el torreón defensivo.
No será hasta una fase posterior indeterminada, cuando ambos asentamientos presenten un modelo constructivo idéntico.
A pesar de estas diferencias iniciales, creemos que el esquema teórico y el sistema de medidas a utilizar estaba ya totalmente extendido.
Como hemos apuntado, el esquema inicial de la construcción se corresponde con un torreón y una torre rectangulares junto a la muralla, entre los cuales se sitúa la entrada al poblado y la calle principal del asentamiento.
A diferencia del Casol de Puigcastellet y el Turó del Montgròs donde los bastiones se adosan al lienzo de muralla, en el caso de l'Esquerda estas torres son concebidas inicialmente al mismo tiempo que el lienzo defensivo, formando un conjunto en sí mismo.
Si atendemos a las medidas de estas construcciones, el torreón rectangular presenta exteriormente una planta de 11,4 m de largo por 5,3 m de anchura, mientras que la torre opuesta mide 5,5 m de frente y sobresale del lienzo de muralla aproximadamente 3,6 m, aunque el método constructivo de unión del lienzo y la torre lleva a plantear para ésta una planta cuadrada de 5,5 m de lado (Fig. 5).
En el lado oeste, donde se sitúa esta torre, el lienzo de muralla se amplía hasta aproximadamente los diez metros de anchura total.
Como hemos comentado, entre las dos torres se abre la entrada principal del poblado, con una anchura aproximada de 2,85 m.
SOBRE UN MODELO CONSTRUCTIVO DE LA ARQUITECTURA IBÉRICA EN TERRITORIO AUSETANO A partir del análisis de estas medidas observamos de nuevo un esquema geométrico idéntico al identificado en el Turó del Montgròs, basado en un sistema racional de relaciones 2 a 1, con la duplicación del módulo cuadrangular para plantear plantas rectangulares.
Observamos asimismo como la correlación de las medidas recuperadas presenta un esquema casi simétrico con el identifi cado en el conjunto del Brull.
Así pues, mientras que en este asentamiento el módulo cuadrangular que hemos identifi cado como base constructiva se corresponde con un cuadrado de 5,7 m de lado, en el caso del conjunto de l'Esquerda creemos que el módulo cuadrangular se correspondería con un patrón situado entre 5,5 y 5,7 m.
Este módulo se corresponde con el cuadrado que forma la torre oeste, así como la mitad del largo del torreón rectangular, con una medida de 11,4 m, es decir dos módulos cuadrangulares de 5,7 m de lado.
Planteamos, por lo tanto, un proyecto constructivo inicial basado en rectángulos de relación 2 a 1, que son posteriormente divididos al interior delimitando así unos ámbitos internos simétricos.
El hecho de no estar planifi cado inicialmente como una muralla de compartimentos hace que no observemos una planifi cación basada en la adición de módulos cuadrangulares, como es característica de las otras dos fortifi caciones ausetanas.
Estos módulos se pueden apreciar cuando las habitaciones traseras a las torres se compartimentan interiormente, delimitando lo que puede ser considerado entonces como dos posibles estancias pertenecientes a una posible muralla de compartimentos.
Este hecho es especialmente visible en las llamadas casas 2 y 1, situadas al interior de la torre cuadrangular, donde se aprecian unos módulos cuadrangulares de inferior dimensión, aproximadamente 4,3 m de lado.
La correlación de medidas entre la fortifi cación de l'Esquerda y el Turó del Montgròs nos lleva a plantear consecuentemente, la utilización de un mismo sistema metrológico.
De este modo, el doble cuadrado de 5,5 a 5,7 m de lado, que hemos identifi cado como módulo base de la construcción, se corresponde con una planta de 18 pies de 0,311-0,315 m de lado, mediante el cual obtenemos una planta rectangular de 36 pies de largo por 18 pies de ancho (Fig. 6).
Asimismo, el sistema modular se basa nuevamente en el uso de la braza de 6 pies como patrón regulador de toda la estructura.
La abertura de la puerta y, por extensión, la anchura de la calle central también están previsiblemente planifi cadas a partir de este sistema de medidas, ya que su medida (2,85 m) se puede corresponder también con 9 pies o 1 braza y media.
La fortifi cación ibérica del Casol de Puigcastellet, situada en un espolón del río Ter se compone de una torre o torreón avanzado de planta rectangular en una posición central, adosado al lienzo de muralla y detrás del cual se abren un total de diez recintos de planta cuadrada (Molas et alii 1992).
La construcción de esta fortifi cación remite a un único momento edilicio, fechado por sus excavadores en el último tercio del siglo III a.C., un momento de incertidumbre a nivel político y territorial, previo a la segunda guerra romano-cartaginesa y el desembarco romano en Ampurias.
Su modelo constructivo ha sido puesto en relación con la cercana fortificación del Turó del Montgròs.
De este modo, investigadores como P. Moret Figura 5.
Planta del sistema defensivo de l'Esquerda con indicación de las principales medidas expresadas en metros.
Propuesta de restitución modular de la planta de l'Esquerda a partir de la adición de módulos cuadrangulares de 18 pies de lado.
proponen el uso de un mismo plan constructivo, aunque con una aplicación diferente (Moret 2002: 202).
En esta ocasión, la torre aparece en un lugar central sin la capacidad de defensa de la puerta, tal y como se aprecia en la anterior fortificación ausetana, sino probablemente con una voluntad de control territorial.
Asimismo, su funcionalidad como muralla de compartimentos es igualmente discutible, y tendría que ponerse más en relación con una funcionalidad doméstica de estos ámbitos (Molas et alii 1988: 117), como refleja la cultura material recuperada, que no puede asociarse con una guarnición militar.
Además, los ámbitos septentrionales habrían funcionado de forma conjunta, abriéndose a un patio empedrado (Molas et alii 1991: 247), lo que estaría indicando una voluntad de agrupación doméstica.
En ella se proponía la existencia de un módulo de 1,26 m que se repetiría de forma constante en toda la construcción, y que se corresponde dos veces el ancho de la muralla y cuatro veces el ancho de cada estancia.
Además, la amplitud total de la muralla se correspondería con la anchura de la torre cinco veces.
Del mismo modo, se propone el uso de un módulo constructivo que se corresponde con un pie aproximado de 0,314 m.
En última instancia, se ha propuesto también que la torre y los departamentos estarían inmersos dentro de un esquema geométrico basado en un rectángulo de proporción √2 (Moret 2002: 203).
Nuestro estudio sigue la línea general anteriormente planteada, aunque creemos que se tendría que modifi car el módulo constructivo, así como el planteamiento arquitectónico.
En primer lugar, la torre defensiva tiene unas medidas generales exteriores de 12,2 m de ancho por 6,3 m de largo.
En una primera aproximación a estas medidas podemos observar un esquema geométrico más cercano a la relación 1-2 (1,93), que no a la proporción de √2 propuesta anteriormente.
El conjunto de la construcción presenta unas medidas totales de aproximadamente 65 m de largo, con una anchura variable situada entre 6,3 y 6,5 m.
El ancho general del lienzo de muralla se sitúa aproximadamente entre 2,5 y 2,55 m, mientras que los muros de compartimentación interiores poseen una anchura menor (entre 1,2 y 1,3 m).
El sistema defensivo se divide interiormente en 10 recintos con unas medidas variables, situadas entre los 3 y 4,7 m de largo por 6 m de anchura (Fig. 7).
A partir del análisis de estas medidas y de la planta de la construcción podemos observar una voluntad de planifi cación racional inicial de la obra, con la intención de ocupar todo el espacio disponible para cerrar el paso y fl anquear todos los accesos posibles.
Partimos así de una distancia general de 65 m, adaptada a la topografía.
Si tomamos en consideración las necesidades topográfi cas previas, creemos que el proceso constructivo se inicia con la delimitación del espacio disponible y su división.
De este modo, la división entre el largo total de la muralla (65 m aproximadamente) y la anchura media del lienzo de muralla (6,3 a 6,5 m) nos proporciona un valor de 10, equivalente al número de recintos con el que se divide interiormente el sistema defensivo.
Proponemos en consecuencia, la utilización de un módulo constructivo cuadrangular situado entre 6,3 y 6,5 m, correspondiente con el ancho de la muralla.
La posterior adición de estos módulos cuadrangulares confi gurará, de este modo, las dimensiones generales de la estructura.
Desconocemos si, tal y como sucede en el Turó del Montgròs, la planta general es el resultado de la suma directa de módulos cuadrangulares, o bien si por el contrario, el espacio se habría delimitado inicialmente mediante el uso de estacas y cuerdas, con el objetivo de ser posteriormente dividido su interior en módulos regulares de 6,3 a 6,5 m.
La superposición de este esquema modular a la planimetría original permite comprobar que el punto de unión de estos módulos coincide aproximadamente con el eje central de los muros de compartimentación.
Desgraciadamente, la probable rapidez de la construcción o una mala puesta en obra del esquema previo hace que la división interior pueda variar y no se ajuste exactamente con el planteamiento modular.
Proponemos que este esquema constructivo se habría diseñado a partir de una unidad de medida Figura 7.
Planta del Casol de Puigcastellet con indicación de las principales medidas expresadas en metros y superposición de módulos cuadrangulares de 6,3 a 6,5 metros.
SOBRE UN MODELO CONSTRUCTIVO DE LA ARQUITECTURA IBÉRICA EN TERRITORIO AUSETANO basada en un pie de 0,315m, ya propuesta por Pierre Moret en su estudio pionero.
De este modo, se propone un largo general de la estructura defensiva de 200 pies (63 m) y una anchura situada entre 20 y 22 pies, siguiendo la relación 1 a 10 de todo el conjunto (Fig. 8).
Asimismo, la torre defensiva es un rectángulo de 40 pies de largo (circa 12,2 m) por 20 pies de costado (6,3 m), siguiendo la constante 1 a 2 que se repite en toda la obra arquitectónica.
La anchura de la muralla se corresponde, por su parte, con una medida de 8 pies (2,52 m), mientras que los muros de compartimentación poseen una anchura menor, correspondiente a 4 pies (1,26 m).
Por lo que respecta a la distribución interior de los compartimentos, estos se disponen siguiendo una adición constante de módulos cuadrangulares de 20 pies de lado (6,3 m).
Mediante la comparación con la planimetría disponible podemos observar como la coincidencia con el eje de los muros es prácticamente exacta en los departamentos 1 y 2, situados más al norte, mientras que posteriormente esta coincidencia se va desvaneciendo, lo que nos lleva a plantear una difi cultad en la ejecución de la obra.
A diferencia de lo que hemos podido identifi car en el diseño del Turó del Montgròs, donde se usaría un instrumento de medida como la vara, en este caso la distribución interna de las dimensiones se ha realizado a partir de una medida antropométrica como el paso, equivalente a cinco pies.
De este modo, los módulos cuadrangulares pueden ser divididos en constantes de 4 pasos (20 pies).
Si comparamos estas construcciones, con los referentes más claros de murallas de compartimentos de la península Ibérica, como son las fortificaciones de época púnica de Doña Blanca, Cartagena o el Tossal de Manises, observamos una serie de diferencias significativas.
Por una parte, la más evidente es la diferente técnica constructiva, ya que mientras en Cartagena observamos un verdadero opus quadratum, en el caso de las fortificaciones ibéricas se trata de un aparejo irregular típicamente ibérico.
A pesar de todo, el elemento que más nos interesa es la diferencia en el diseño constructivo de ambas murallas.
Como hemos apuntado, las fortificaciones ausetanas están proyectadas a partir de la adición de módulos cuadrangulares, de forma simple o doble, pero contando cada módulo con su entrada independiente.
Por su parte, la muralla de compartimentos de Cartagena, que es probablemente el modelo mejor conocido del Mediterráneo, presenta unos módulos rectangulares con una única entrada, formados por la unión de dos cuadrados y divididos internamente en tres módulos menores (Moret 2006: 227, Montanero y Olmos en prensa).
Esta solución otorga una superficie y una estabilidad mayor a la estructura, con el objeto de colocar maquinaria de artillería en el piso superior y será copiada en las torres tripartitas del Tossal de Manises.
La asociación entre muralla de compartimentos y foso defensivo/antemural característica de fortificaciones púnicas como la del Tossal de Manises (Olcina 2005: 160), o Lilibeo (Caruso 2006), con una voluntad clara de alojar catapultas en su parte superior e impedir el acceso de maquinaria de guerra a la base de la muralla no ha sido, por el momento, identificada en el territorio ausetano.
La existencia de antemural y foso se ha constatado parcialmente en el sistema defensivo de l'Esquerda y en la fortificación del Brull, aunque como ha sido apuntado, su escasa anchura y profundidad (2 por 1,8 m) hace que su funcionalidad defensiva para alejar las posibles máquinas de guerra del cuerpo central de la muralla sea prácticamente simbólica (López 2011: 150).
Observamos, en consecuencia, la creación de un modelo constructivo defensivo del territorio ausetano.
La equivalencia de estas tres construcciones supone el uso de un mismo esquema constructivo, la muralla de compartimentos cuadrangulares adosados, así como la implantación de una misma unidad de medida.
Del mismo modo, el paralelismo entre las tres estructuras no se limita a la muralla de compartimentos, sino que las tres obras defensivas se caracterizan durante el siglo III a.C. por la presencia de un torreón central, de dimensiones similares, siguiendo nuevamente la relación 2-1 utilizada para el diseño de la muralla con la fi nalidad defensiva de cubrir el mayor espacio posible a partir de la potencia de fuego albergada en la torre.
La única diferencia entre las construcciones es el sistema modular utilizado, así mientras que en el Turó del Montgròs o en las dos torres defensivas de l'Esquerda se opta por la braza de seis pies tanto en la muralla como en el torreón, en el Casol de Puigcastellet se prefi ere el uso del paso de cinco pies, en su versión simple o doble.
Este cambio del sistema modular creemos que puede asociarse a una evolución cronológica, ya que mientras que las dos primeras obras se sitúan durante el siglo IV a.C. o inicios del tercero, la construcción de la muralla del Casol de Puigcastellet remite a la segunda mitad del siglo III a.C., momento en el que la utilización de sistemas modulares más cercanos a la esfera romana como puede ser el paso, se hace más extensiva en la arquitectura ibérica.
De todos modos apreciamos un cierto conservadurismo a nivel metrológico, que lleva a la repetición de una misma unidad de medida con un siglo de diferencia, a pesar de tener una ligera variación de su módulo base.
Creemos, en consecuencia que la aplicación de un mismo esquema constructivo en el conjunto de una población no puede ser una casualidad, sino que es consecuencia de una voluntad de fi jación de un modelo constructivo por parte de las elites ibéricas ausetanas.
En estos momentos hemos de dejar abiertas una serie de cuestiones interpretativas: la repetición de un mismo modelo en tres asentamientos cercanos, ¿es fruto de una herencia constructiva que lleva a la imitación de un esquema?; o bien ¿es consecuencia de la elección de un determinado diseño arquitectónico por un poder centralizado?
En cualquiera de las instancias, no podemos excluir tampoco un traslado poblacional entre los distintos asentamientos que comporte la difusión de un esquema constructivo.
La complejidad de estos tres sistemas defensivos y el hecho de no disponer de un parangón claro en la arquitectura ibérica, ha llevado a un intenso debate sobre su origen y sus infl uencias.
El posible origen greco-occidental de este esquema ha sido puesto en duda recientemente, atendiendo al hecho de no disponer de un modelo similar en las fortifi caciones griegas de Occidente (Moret 2006: 213).
Estamos de acuerdo con P. Moret en señalar que no hemos de buscar las infl uencias de estas construcciones en el exterior, sino que estas responden a la defi nición de un modelo edilicio propio ausetano (Moret 2006: 212-213).
Como hemos podido observar, esta interpretación se reafi rma por la aplicación en todos los casos de un mismo esquema de medidas, lo que puede hacer pensar en la participación de unos constructores comunes encargados del diseño, con unos destacados conocimientos de arquitectura militar.
Podemos plantear la existencia de unos modelos o diseños constructivos, a disposición de las elites ibéricas, como una especie de repertorio formal que llevaría a la elección en cada caso de un determinado modelo según las necesidades específi cas de cada comunidad.
Esto llevará a la adopción en determinados momentos de esquemas mediterráneos ajenos al área ibérica, con una voluntad de ostentación y consolidación de las estructuras sociales, como puede suponer la adopción de modelos de origen heleno (Olmos 2008).
Tal y como se ha propuesto en el caso de la adaptación de modelos foráneos en la arquitectura indígena (Tréziny 1989; Van de Voort 1991: 8-9, Moret 2002: 195-196), la aplicación de estos esquemas constructivos implica también la utilización del sistema de medidas asociado inicialmente.
En el caso que nos ocupa, creemos que la elección de este modelo constructivo conllevará la utilización de la unidad modular asociada, y que como hemos podido observar la popularidad del rectángulo 2-1 en la arquitectura defensiva ibérica del nordeste peninsular portará también consigo la difusión de un determinado sistema de medidas (Olmos 2010: 260).
La efi cacia, rapidez y funcionalidad de este esquema constructivo creemos que es la causa de su transmisión y su gran acogida, más que considerar la probable existencia de constructores itinerantes entre los diversos territorios.
En cualquier caso, creemos que la koiné que caracteriza al Mediterráneo entre los siglos V y IV a.C. hace que las ideas, proyectos y filosofías se entrelacen constantemente, dificultando la identificación de rasgos propiamente extranjeros y autóctonos.
Creemos, por lo tanto, desde una perspectiva indigenista, que este modelo es el resultado de un proceso constructivo propio de la sociedad ibérica, lo que viene reafirmado por la técnica constructiva, la cultura material y por la adopción de un sistema de medidas ibérico. |
El presente artículo se centra en la lectura iconográfi ca de un conjunto de vasos con decoración pintada fi gurada procedentes todos ellos de contextos cerrados del oppidum oretano de Libisosa, destruidos en el primer tercio del siglo I a.C. Con estas cerámicas, una aristocracia ibérica en avanzado estado de romanización pretende evocar un pasado remoto y heroico, basado en un ideal guerrero, como fundamento del nuevo linaje y como mecanismo de autoafi rmación ante el nuevo orden romano.
que hasta la campaña de 2010 constituían un número mínimo de doce piezas, todas ellas incluidas en una monografía de reciente publicación (Uroz Rodríguez 2012), y en las que comparece la técnica del perfi lado así como el silueteado o tinta plana, combinándose ambas en no pocos casos.
Para esta ocasión nos centraremos en tres de ellos, que son los que cuentan con un protagonismo antropomorfo cimentado sobre el ideal guerrero y heroico.
De forma general, por vasos singulares entendemos una categoría de piezas que se separan de las series de producción ordinarias (Aranegui 2000; Bonet e Izquierdo 2001: 274), y en las que se plasma un código iconográfi co político-religioso en absoluto espontáneo, puesto que es comúnmente aceptado que se trata de vasos de encargo por parte de la élite del lugar como distintivos de rango (Olmos 1987).
No obstante, no creemos que haya que establecer necesariamente una relación, que afecte a la interpretación iconográfi ca, entre el vaso encargado y el lugar en el que fue amortizado de forma defi nitiva.
Nos referimos, claro está, a la lectura funeraria o de ultratumba que se suele hacer de muchas de estas decoraciones al haberse recuperado en necrópolis, confi riéndoles la misma consideración que, por ejemplo, a las cistas de piedra del área andaluza o a las pinturas parietales funerarias de la Italia meridional.
El encargo originario pudo estar destinado a su ostentación en un contexto Patrimonio, pero también ha encontrado eco y ayuda en la Diputación Provincial de Albacete, el Ayuntamiento de Lezuza, el INEM-SEPECAM, y el Vicerrectorado de Investigación, Desarrollo e Innovación y la Fundación General de la Universidad de Alicante.
Asimismo, Libisosa ha contado con el respaldo de la entidad Cajasol (posteriormente integrada en "la Caixa"), que a través de su Obra Social ha dado un gran impulso a la puesta en valor del yacimiento y, sobre todo, a la investigación científi ca.
privado o clientelar (siempre oligárquico o de cierta prestancia, visible en el registro material asociado) del que proceden no pocos vasos singulares (entre ellos los nuestros), y más tarde decidir (el propietario antes de morir o la familia o clientela una vez fallecido) enterrarse con/en él.
Lo cierto es que la iconografía nos ofrece una información de la Protohistoria y Antigüedad sesgada de por sí, puesto que el uso de la imagen se limita al poderoso, es su instrumento, mediante el que se diferencia del resto, se identifi ca como tal y legitima su poder (Coarelli 1970-71; Zanker 1992; Santos Velasco 2003), y que puede servir como exponente de cambios en su aparato ideológico.
Y es que la imagen ibérica, volcada en origen preferentemente en la escultura, surge de la mano del desarrollo de una realidad socio-política nueva de rango aristocrático, ligada a una necesidad de justifi cación de su legitimidad y de su consolidación como nueva clase dirigente (Ruiz y Molinos 1993: 261), sustentada en principio en la memoria de los antepasados y sus mitos y hazañas (Santos Velasco 1996: 127).
Con la irrupción de la cerámica fi gurada a fi nales del siglo III a.C., y su desarrollo en los siglos II y primera mitad del I a.C., las élites ibéricas, en su afán por proyectar sus valores en su territorio (Aranegui 1997: 51), elaboraron un complejo sistema de alusiones, dirigido a trasmitir ideas a través de sugerencias indirectas, dominadas por el simbolismo y el lenguaje abstracto, creando un modelo visual diferente del que les había legado el mundo clásico, aun sin renunciar, en algunos de sus temas y fundamentos, al ideal italo-helenístico, y que debieron jugar un importante rol en la búsqueda de la afi rmación y cohesión de las nuevas realidades políticas y los nuevos grupos sociales dominantes (Santos Velasco 2010: 166-167).
El total de los vasos singulares libisosanos se ha recuperado en el barrio iberorromano, en su mayoría en el Sector 3, pero también en el Sector 18, ambos destruidos de forma repentina, provocando el derrumbe parcial de las paredes de sus edifi cios, y el consiguiente y potente estrato de destrucción, un "efecto sepultura" sobre todos sus enseres, lo que unido a las condiciones favorables del terreno del "Cerro del Castillo" en el que se encuentra el yacimiento, los ha conservado en su mayor parte in situ y completos, ofreciéndonos así una suerte de fotografía inalterada del estado previo a su devastación.
Existen dos cuestiones que indudablemente resultan claves a la hora de contextualizar estas cerámicas, que es de lo que ahora se trata: la datación de, al menos, su amortización, y la funcionalidad del espacio donde aparecieron.
Sobre el primer punto creemos que existen pruebas defi nitivas para ubicarla en el primer tercio del siglo I a.C.; el segundo, en cambio, es más difícil de precisar, sobre todo en el caso del Sector 3.
La barriada del Sector 3 se localiza en la ladera norte del oppidum (Uroz Sáez et alii 2003;2007; Hernández Canchado 2008; Uroz Rodríguez 2012: 237-248) (Fig. 1), y de ella se han exhumado hasta la fecha una veintena de departamentos, cuya isonomía constituye una difi cultad para su caracterización, por el tipo de estructuras y su organización interna y externa, pero que de todos modos participa de un mal común en el estudio del hábitat ibérico, y a lo que se suma el hecho de que dicha isonomía se manifi esta en el registro material, lo que tampoco ayuda a calibrar el destino de sus espacios, si bien existen algunos elementos diferenciadores.
A estos departamentos, publicados solo parcialmente, se les ha supuesto una funcionalidad doméstica y artesanal, y entre ellos, es el Departamento 79 el que mayor acumulación de vasos singulares aporta (5), todos ellos de protagonismo zoomorfo (Uroz Rodríguez 2012: 303-312).
A su vez, se trata del espacio con mayor concentración, en número y variedad, de vajilla de importación (Hernández Canchado 2008).
En este sentido, la ecuación mayor cantidad de importaciones = mayor cantidad de vasos fi gurados, nos parece de lo más relevante.
El Departamento 15, por su parte, en el que se halló la fragmentada tinaja incluida en este artículo (apartado II.1), parece más orientado a la actividad artesanal (que no descartamos pudiese compartir con la doméstica), en virtud de la identifi cación de los restos de un pequeño conjunto destinado a trabajos metalúrgicos.
Se trata de un horno abierto construido con adobes del tipo cuello de botella, de reducción directa y sección cilíndrica, junto al que aparecieron un crisol pétreo y un soporte plano de piedra, destinado presuntamente al retoque de las piezas (Uroz Sáez et alii 2003).
Estamos, en todo caso, ante un sector social enriquecido posiblemente con el comercio, en contacto directo con los agentes itálicos, aunque en ningún modo llegando al nivel de lo documentado en el Sector 18, ubicado a una cota más baja del cerro.
De esta zona, concretamente de los Departamentos 127 y 174 (Fig. 1), proceden los otros dos vasos singulares abordados en el siguiente apartado, y que son, a su vez, los que se encuentran en un estado más completo.
El Departamento 127, que albergó el primer vaso (apartado II.2), parece ser la construcción que domina todo su entorno, y no encuentra parangón en nada de lo exhumado hasta la fecha en el oppidum oretano.
Se trata de un edifi cio de tendencia trapezoidal, de 14'5 x 16 m en sus lados más largos, que contó con una planta superior al menos en parte de su superfi cie, y cuyo plano inferior se encuentra dividido en 6 estancias o habitaciones, presentando un excelente estado de conservación (incluyendo tabiques con alzados de adobe y tapial que alcanzan casi los 2 m de altura).
Un primer estudio del mismo y su contenido (cerca de 500 objetos completos o en elevado porcentaje) aparece igualmente en la monografía citada con anterioridad (Uroz Rodríguez 2012: 248-298).
Preferimos evitar términos como el de "edifi cio singular", por sus marcadas connotaciones religiosas, para etiquetar esta construcción, aunque queremos hacer hincapié, eso sí, en su carácter oligárquico, y que la distinguen, por diversos motivos, del resto de ambientes excavados hasta la fecha en el barrio iberorromano.
El edifi cio, ante todo, pone de manifi esto, por parte de su propietario, un ejercicio de los diversos procesos de producción en su sentido más amplio, que atañe principalmente a las actividades textiles y de tratamiento de la lana, así como al almacenamiento de alimentos y su comercio, especialmente el vino, y al procesamiento de cereales.
A todo ello se suma la presencia de un importante (más por calidad que por cantidad) conjunto de materiales de importación (destacando la vajilla de bronce tardorrepublicana y la cerámica helenística de engobe blanco), entendidos como bienes de prestigio, algunos de ellos con una función ritual.
Todavía no estamos en grado de precisar el dominio real que debió ejercer este edifi cio sobre el resto de la explanada, aún en incipiente proceso de excavación, aunque porcentualmente debió ser el más grande.
Este aparece fl anqueado a norte y sur por sendas calles, y al Este se ha hallado adosado otro departamento (Dep.
172), aún en proceso de estudio, y que por la identifi cación en su interior de más de 80 ánforas ibéricas debió de contar con un carácter de almacén de excedentes quizá destinados al comercio (Pérez Jordà 2000: 53), y posiblemente vinculado al propietario del Dep.
El último vaso, analizado en el apartado II.3, se recuperó en el Departamento 174, un pequeño ambiente de 4 x 3 m de planta rectangular irregular, situado al norte del anterior edifi cio -y separado de aquel por una calle-, y que sufrió las mismas vicisitudes de destrucción que el resto del Sector 18 y que el Sector 3, contando con algunos objetos excepcionales junto a otros más comunes, más allá del vaso singular (Uroz Rodríguez 2012: 298-302).
De este habitáculo debemos destacar la presencia de un espacio acotado en el que presumiblemente se practicó fuego y tuvo lugar algún tipo de ritual.
Sus reducidas dimensiones hacen pensar en un carácter subsidiario, aunque alejado del concepto "doméstico" de "almacén".
De cualquier modo, tenemos la certeza de que para encuadrar definitivamente este espacio excavado entre 2009 y 2010 resulta imprescindible continuar con la intervención en la zona contigua septentrional.
Así todo, no podemos dejar de mencionar la lectura que se ha hecho del Dep.
F-1 de La Serreta (Grau et alii 2008: 27-28), de similares dimensiones, y que habría constituido una suerte de tesaurización, combinando cerámicas más comunes con piezas extraordinarias, con la intención de ostentar y conservar, de agrupar las bases materiales de la pervivencia del grupo aristocrático.
Por último, para el establecimiento de la cronología debemos volver a incidir en que estamos ante contextos cerrados, que se encuentran además ilustrados (tal y como se refl eja en las publicaciones sobre el yacimiento antes citadas) con una considerable cantidad y variedad de material datante, compuesto principalmente por un importante lote de vajilla de bronce tardorrepublicana (simpula, coladores, jarras Piatra Neamt y Ornavasso, tazas tipo Idria...), cerámica de barniz negro -con predominio de las producciones calenas-e imitaciones, ánforas Dr. 1, Lamb.
2 y Tripolitana Antigua, paredes fi nas Mayet I y II, e incluso cerámica helenística de relieves y de engobe blanco, Figura 1.
Libisosa: localización geográfi ca y sectores excavados hasta 2009 (topografía y curvas de nivel de F. J. Muñoz, V. Ruiz Turégano y J. A. Tolosa), con ampliación de los contextos de aparición de los vasos singulares.
Se trata de una tinaja muy fragmentada, que presenta hombro indicado y borde engrosado al exterior.
No conserva las asas, y tan solo la mitad superior del cuerpo, pero se puede intuir que debió pertenecer a la variante bitroncocónica de Mata y Bonet (1992: A.I.2.1.1), del grupo también denominado de los pithoi.
De entre todos los vasos singulares ibéricos adscritos a esta forma, destaca, sin duda, el "Vaso de los Guerreros" de La Serreta (Grau 1996: 93, fi g.
6.4), de fi nales del siglo III-principios del II a.C., o por similitudes compositivas, el fragmentado "pithos de los jinetes" (Fuentes Albero 2006y 2007, no 673).
La escena plasmada en la cara A de nuestra tinaja (desarrollo izq.) se encuentra protagonizada por una pareja de jinetes que cabalgan hacia la izquierda.
Los personajes se encuentran tocados por un casco en el que destacan las carrilleras y se esboza el guardanuca, mientras que el botón terminal solo se conserva en el que está más adelantado.
Ambos levantan con su brazo derecho lo que parece ser una espada recta (aunque también podría tratarse de una fusta), mientras que el izquierdo, a la vez que las riendas, sostiene (¿embraza?) un escudo circular de enorme tamaño, y cuyo umbo se encuentra decorado con una roseta o fl or en vista cenital de la que nacen cuatro nervios en disposición radial.
Al mismo tiempo, de detrás del escudo, al menos en el personaje de la derecha que ha conservado ese sector de la representación, surgen dos jabalinas.
De los caballos destaca su acusada desproporción en lo que refi ere sobre todo a sus cuartos traseros.
Por lo que respecta a los elementos fi tomorfos, se ha querido remarcar, separando los dos jinetes, una gran hoja cordiforme entre la que surge una fl or de tres pétalos, rellenándose el resto del espacio, por lo que se advierte (ya que la conservación es muy escasa), con brotes o capullos reticulados que nacen de tallos rematados en espirales o volutas.
La escena se repite a grandes rasgos en la cara B (desarrollo dcha.), con las siguientes diferencias: la decoración del umbo del escudo, en la que se sustituye la roseta por una circunferencia radiada; el casco, en el que se aprecia mejor el botón terminal; y la decoración vegetal que separa a los jinetes, que aunque no se conserva en su totalidad, parece corresponder a la composición de tallo + capullos + volutas.
La óptica bajo la que analizar la pieza debe partir ante todo de la consideración del caballo como vehículo de distinción, como elemento de prestigio de la aristocracia ibérica.
Ello se debe, como es sabido, a su costo suntuario y su carácter prescindible para la economía diaria, así como al aura de superioridad que otorgaba al caballero, erigido en un nivel superior respecto al peón, y a otras cuestiones religiosas, como su consideración psicopompa (Quesada y Gabaldón 2008).
Así pues, en el terreno iconográfi co, más aún en el caso concreto de esta pieza, debe predominar la vertiente socio-ideológica y política del animal (Almagro Gorbea 1996: 116), más que su uso militar documentado en la Península (Quesada 1997b; id. 1998).
Nos encontramos, sin duda, en el terreno de lo mítico, pero fuera de la esfera divina del "domador de caballos".
La decoración de la tinaja de Lezuza adolece de un estado bastante fragmentario, pero sufi ciente como para afi rmar que se desmarca de los enfrentamientos heroicos y ambientes cinegéticos rituales, mucho más comunes en la pintura vascular ibérica.
Desfi les o procesiones de jinetes se documentan, sin embargo, y aunque de manera minoritaria, en la cerámica de Edeta del Estilo II (ca. primer cuarto siglo II a.C.): una pareja de jinetes protagonizan un kalathos del Departamento 11 (Bonet 1995: 85, fi el caso más próximo al ejemplar oretano, por el paisaje fi tomorfo que envuelve la escena, es el de una tinaja procedente del fecundo Departamento 413, con representación de tres jinetes lanceros que cabalgan hacia la derecha (Bonet 1995: 172, fi g.
Creemos, al igual que Pérez Ballester y Mata (1998: 241), que los caballeros marchan uno tras otro, y que la separación existente entre ellos por los motivos vegetales (como en el caso de Lezuza) no puede interpretarse como indicador de secuencias sucesivas en el tiempo.
En cambio, las diferencias que presentan en el tocado y la vestimenta los personajes masculinos estarían señalando, como ha estudiado de forma genérica Aranegui (1996: 100), tres rangos distintos, ya fuesen sociales o de edad.
En este sentido se ha interpretado también otro de los escasos ejemplos de desfi le de caballeros en la cerámica ibérica, esta vez plasmado en un fragmentado oinochoe procedente del Dep.
F-9 de La Serreta de Alcoy (fi nales del siglo III-principios del II a.C.)
En este caso, se trata, de nuevo4, de tres jinetes lanceros, que además portan escudo oblongo, en procesión hacia la derecha entre un paisaje de elementos fl orales y hojas cordiformes.
La ausencia y presencia de barba en los dos personajes conservados se ha leído en la línea de una ordenación jerárquica por edades (Fuentes Albero 2007: 122; Grau et alii 2008: 11-12).
Así pues, estamos en Edeta y La Serreta ante manifestaciones en las que se ha evidenciado una diferenciación (edad o/y status) entre los personajes; diferenciación que no podemos apreciar en la tinaja de Libisosa, en parte debido a su porcentaje de conservación.
Existen, no obstante, dos aspectos que sí se puede observar cómo destacan en la pieza de Lezuza.
El primero lo representa el paisaje fi tomorfo, de proporciones gigantescas, sobre todo por lo que respecta al sector mejor conservado, el que separa a los jinetes de la cara A, una gran hoja cordiforme entre la que surge una fl or de tres pétalos, rellenándose el resto del espacio, por lo que se advierte, con brotes o capullos reticulados que nacen de tallos rematados en espirales o volutas.
Nuestra gran hoja cordiforme cuenta con zarcillos/infl orescencias 5, combinación que se registra en un período más antiguo (fi nales del siglo III-principios del II a.C.) en territorio edetano y La Serreta (Mata et alii 2010: 97-98), localizándose en La Alcudia de Elche una centuria más tarde, generalmente sin zarcillos, bajo la consideración de hojas de zarzaparrilla (Tortosa 2004(Tortosa, 2006)).
Por lo que refi ere a la fl or que nace de la axila, se debe traer a colación una tinaja del Tossal de la Cala (Tarradell 1985: fi g.
5; Tortosa 2006: no 189, lám. 49 -Grupo SE II-), de datación contemporánea a nuestra pieza, así como lo pintado en un fragmento de galbo de la villa de la calle Rómulo en La Albufereta de Alicante (Pérez Burgos 1994: 63, fi g 20; Tortosa 2006: no 222 -Estilo Edetano-), en un contexto con datación tardía del siglo I d.C. Además, el elemento, creemos que fl oral, que se suspende frente al caballero trasero de la cara B, recuerda al que remata la axila de la hoja cordiforme de una tinajilla de Valentia, del primer cuarto del siglo I a.C. (García-Prósper et alii 2002-2003: fi gs.
Si existe un ejemplar cerámico protagonizado por caballeros en el que las dimensiones del elemento vegetal resultan exageradamente desproporcionadas, y a su vez ostentan buena parte del protagonismo en la composición, ese es el lebes conservado en el Museo Arqueológico de Linares (Gabaldón y Quesada 1998).
Fruto de una donación personal, no cuenta 5 La terminología que usamos para referirnos a los motivos fi tomorfos intenta conjugar la nomenclatura tradicional con la desarrollada en el novedoso proyecto de fl ora ibérica dirigido por la profesora C. Mata (Mata et alii 2010; www.uv.es/fl oraiberica ó www.fl orayfaunaiberica.org). con contexto arqueológico preciso, aunque se apunta la posibilidad de que procediese de la provincia de Albacete, y se ubica en el siglo III a.C. (Gabaldón y Quesada 1998: 16-18).
Pues bien, en este vaso, en el que vuelve a haber una diferencia en los personajes, al menos relativa al tamaño (¿edad?, ¿status?), dos jinetes, sin armas, se han pintado afrontados ante un enorme elemento fl oral.
Los caballos elevan sus patas delanteras, y bajo ellas se disponen de forma igualmente heráldica dos característicos tallos en forma de "s" rematados en espirales y capullos, que enfatizan, señalan o acogen la acción (Fig. 4).
La composición vegetal central se interpretó en su momento como una reminiscencia de una fl or de loto (Gabaldón y Quesada 1998: 19-20) 6.
Recuérdese la estrecha asociación a la divinidad femenina del loto7 desde el período orientalizante, funcionando como metáfora de la fecundidad, de renacimiento y de vida en relación con el curso solar, puesto que es una fl or que se abre y cierra en función de éste.
Según Olmos (1999: 54.5), esta gigantesca fl or podría simbolizar el monumento funerario del difunto heroizado o bien aludir a la presencia divina, a su epifanía, que acompaña a los mejores y es propiciada por estos.
Gabaldón y Quesada (1998: 22-23) se inclinaron menos por la vertiente funeraria, en la que se representaría la apoteosis, el viaje al Más Allá de los caballeros, y en cambio destacaron el concepto de eclosión y fecundación transferido por el gran elemento fi tomorfo, representante de la divinidad.
¿Estamos ante una suerte de Árbol Sagrado?8 Los caballos del vaso de Linares se encuentran muy próximos a la fl or, aunque no necesariamente en actitud de olerla (algo que asociaría la escena al contexto del allende), hecho que sí se documenta en un kalathos del Dep.
116 de Llíria, de la que parecen proceder emanaciones, y donde además, el jinete, sin armamento, transporta en su mano otra fl or tripétala exageradamente grande (Ballester et alii 1954: 61, fi (Blázquez 1957-58; id. 1963), por la que el aristócrata difunto adquiere tras su muerte un rango sobrehumano9.
Por lo que refi ere al resto de armamento que lucen los personajes de la tinaja libisosana, el elemento que portan con la mano derecha, como ya hemos mencionado, podría ser tanto una espada recta como una fusta.
Para este último caso se conocen algunos ejemplos, como el de un fragmento de La Alcudia de Elche (Ramos Folqués 1990: fi g.
117.2), o el ya citado de la villa de la calle Rómulo en La Albufereta de Alicante.
Además, en el jinete de la izquierda, y tras el escudo, asoman dos lanzas.
Personajes armados con pareja de lanzas se documentan, en el paso del siglo III al II a.C., en Edeta y en el Castelillo de Alloza (Kurtz 1992, fi gs.
Con respecto al tocado, y en base al personaje de la cara B que lo conserva completo, por la forma, guardanuca y botón terminal (a lo que se añade la carrillera), debe relacionarse con el tipo Montefortino (Kurtz 1992: 207-208; Quesada 1997a: 567-569) En todo caso, el elemento que más se ha querido resaltar en la composición de Libisosa es el escudo circular, desproporcionadamente grande10, que ostentan los caballeros, y que por ello marchan hacia la izquierda (otro dato importante y que los distingue de los desfi les anteriores), y cuyo umbo se encuentra decorado, en los de la cara A, con una roseta o fl or en vista cenital de la que nacen cuatro nervios en disposición radial, y con una circunferencia radiada en los de la cara B. Habida cuenta del carácter emblemático y de identifi cación con que cuenta el escudo (Quesada 1997a: 486 Para arrojar más luz sobre la presencia del tipo iconográfi co del jinete con gran escudo circular hay que volver necesariamente la mirada a las emisiones monetales de los siglos II-I a.C., concretamente a las cecas meridionales de Ituci -Tejada la Vieja, Huelva- (Villaronga 1994: 107-109; Alfaro Asins 1998: 103-104; García-Bellido y Blázquez 2001: 216-217) (Fig. 5a), y Carissa -Cortijo de Carija, Cádiz- (Villaronga 1994: 408-410; Chaves 1998: 288-289; García-Bellido y Blázquez 2001: 83-84) (Fig. 5b).
Si bien, el documento más conocido protagonizado por jinete con rodela viene de las emisiones en bronce y plata de la controvertida ceca de Ikale(n)sken (también leído Ikalku(n)sken) (Villaronga 1994: 324-328; Domínguez Arranz 1998: 135, 171-172; García-Bellido y Blázquez 2001: 171-174), de ubicación incierta, barajándose diversas localizaciones en las provincias de Cuenca gro Gorbea (2005: 153), para quien esta nueva clase social aristocrática tenía como base ideológica que fundamentaba su poder político y económico la heroización de sus antepasados13, identifi cándose como élites ecuestres o "caballeros", siguiendo la tradición gentilicia.
De este modo interpreta la aparición en los anversos de cabezas diademadas y laureadas como divinidades locales, con carácter etno-poliádico, quizá relacionadas con el héroe fundador, confundido con la autoridad local; mientras que el reverso14 representaría a un heros equitans (Almagro Gorbea 1995: 259), probablemente vinculado a la divinidad/autoridad del anverso, y que refl ejaría la mentalidad de dichas élites ecuestres, de una clase de equites que se identifi caría social y míticamente con estos tipos.
Este segundo ejemplar es un vaso abierto con cuerpo de tendencia troncocónica, asas serpentiformes en disposición horizontal, base con pie alto anular oblicuo y labio recto ligeramente inclinado al exterior e interior biselado, presumiblemente para HÉROES, GUERREROS, CABALLEROS, OLIGARCAS a un personaje masculino que yace agonizando, tocado con largo penacho, y de cuya vestimenta destacan las cintas paralelas en el torso y lo que parece ser un ancho cinturón.
El guerrero se encuentra a punto de recibir un tercer impacto de lanza o jabalina, arrojada por un jinete del que solo se ha conservado parte del caballo.
Sobre el personaje tendido cae en picado un ser ornitomorfo con cola de pez.
A la derecha, un segundo caballero, de tocado indeterminado, ataviado igualmente con cintas paralelas en el pecho se dispone a tirar otra lanza, presumiblemente, y por su postura erguida, contra el jinete de la izquierda.
En esta ocasión la caetra se encuentra colgada del costado del caballo, tal y como se registra en el conocido "Vaso de los Guerreros" de La Serreta (vid. infra, Fig. 10b).
Además, ambos caballos lucen frontaleras rematadas por elementos vegetales (¿granadas?), hecho que se documenta, además de en el citado vaso de Alcoy, o en un fragmento cerámico de El Solaig -Castellón, siglos III-I a.C.- (Mesado 2003: fi g.
Por otro lado, en nuestro crateriforme el horror vacui se resuelve ya no con la proliferación de elementos fi tomorfos más o menos reconocibles, sino con la multiplicación de sencillos punteados con el pincel, tanto en esta cara como en la siguiente.
Para el análisis de la escena, y poder trazar así los paralelos pertinentes, se debe tener en cuenta la confl uencia de dos factores: el hecho de que se trate de un enfrentamiento colectivo (por ello entendemos en el que participan más de dos contendientes), y la plasmación de un personaje abatido, tendido en el suelo, ya sea muerto o a punto de morir, algo que no es muy común en la pintura ibérica15, y que hunde sus raíces en el lenguaje escultórico del siglo V a.C.: en el Cerrillo Blanco de Porcuna formando parte de un complejo programa iconográfi co de temática variada, con el que se narra, justifi ca y recuerda cómo ha llegado al poder sobre el territorio (el oppidum) un grupo oligárquico (Olmos 2002; Chapa 2003: 106-109; Ruiz y Molinos 2007: 157-173); y en La Alcudia de Elche, al menos en un fragmento que muestra una mano agarrada a una pantorrilla con greba (Olmos 1999: 79.2.3; Lorrio 2004: 158-159; Farnié y Quesada 2005: 203-205, fi g.
193-194), del guerrero caído en el suelo, a los pies del adversario, denotando el gesto último de la súplica, y que a su vez cuenta con un precedente en la propia Porcuna.
Para un momento contemporáneo a las representaciones cerámicas, y sin abandonar el trabajo en piedra como campo de exaltación de las élites, no debemos olvidar algunas estelas del Noreste, fundamentalmente del Bajo Aragón, en las que fi gura igualmente el resultado cruento del combate con cuerpos de guerreros caídos (recientemente, Sanmartí 2007: 240-247 -con la bibliografía anterior-).
Por lo que refi ere a los paralelos directos de enfrentamientos colectivos en la pintura vascular, el primer caso en el que nos tenemos que detener es en el de un tarro o "kalathos de cuello estrangulado" que actuó como urna cineraria en la necrópolis del Cabezo del Tío Pío -Archena, Murcia-(Fig. 7a), y que cuenta con el handicap de su incierta cronología, aunque en ningún caso aceptamos que deba ubicarse antes del siglo III a.C. En este sentido, la ausencia de motivos fi tomorfos, que se ha usado como elemento diferenciador del vaso de Archena respecto a la cerámica posterior del Sudeste (Tortosa 1996: 146), es la misma que se encuentra en el crateriforme de Lezuza en el primer tercio del siglo I a.C. El segundo problema que plantea este kalathos es que muestra tres escenas sin separación aparente y en las que no podemos establecer un orden determinado, y que para Olmos (1987; id. 2003: 85) estarían narrando diversos encuentros con la muerte heroica.
Por un lado, se plasma el enfrentamiento entre dos infantes, bajo la mirada de un cánido, que se protegen con scuta de decoración diversa.
A estos se les ha pintado una suerte de perilla, quizá como símbolo de edad o rango.
El de la izquierda levanta una falcata mientras que es alcanzado por la lanza de su oponente -que ostenta la misma espada pero envainada-, lo que se enfatiza además con una emanación de sangre.
A la izquierda de éste, se desarrolla un enfrentamiento desigual entre un jinete y un infante protegido por otro escudo oval, ambos armados con lanza.
Bajo este último, al mismo tiempo, se ha pintado una fi gura perfi lada que muestra a un ser metamórfi co, una suerte de ave monstruosa con cabeza humana (Olmos 1987: 37; id. 2003: 85).
Entre ambos combates, un jinete lancero cabalga hacia la derecha donde se encuentran dos jabalíes, el del plano superior alcanzado por otra lanza.
El número de personajes abatidos en el suelo son tres: uno de ellos se halla tendido de bruces bajo el combate entre infantes; otro acostado boca arriba a los pies del jinete de los jabalíes; y un tercero, está cayendo al suelo herido de muerte bajo el caballero que lucha contra el infante.
En un reciente trabajo, Fuentes Albero y Mata (2009: 61-62) han propuesto para la escena una clasifi cación en tres grupos: el mundo de los vivos (los que luchan), el mundo de los muertos (los caídos), y el espacio natural o de tránsito funerario (jabalíes, lobo, ser metamórfi co).
En todo caso, como hemos expuesto anteriormente, la clave radica en considerar lo representado como un enfrentamiento colectivo, continuo, o tres escenas separadas, independientes aún relacionadas.
Aranegui expuso hace algún tiempo (1992: 323) que se estarían plasmando tres modalidades de combate, posiblemente celebradas con motivo de las exequias de un difunto.
Nosotros creemos, como Fuentes Albero y Mata, que el hecho de que haya guerreros abatidos a los pies de las parejas que luchan lo convierten en un enfrentamiento colectivo, y no en dos combates singulares.
Los muertos dan continuidad, sirven de nexo, también respecto al jinete lancero que galopa tras los jabalíes.
De hecho, lo que rompería la interacción narrativa del conjunto sería considerar a este parte de una caza ritual.
No obstante, ello forma parte del lenguaje fi gurativo ibérico, presente en el "tripartitismo" compositivo del "Vaso de los Guerreros" de La Serreta, como veremos a continuación, y en el que caza y guerra conviven y ensalzan la memoria de los mejores (Olmos 2003: 88).
Lo que sí que parece claro, insistimos, es el enlace que supone el personaje herido a los pies del jinete lancero, aunque este se considere víctima de los jabalíes, como propone Olmos (1999: 13.3).
En cualquier caso, tanto en el vaso murciano como en el de Lezuza, estaríamos en el terreno de la narración mítica, que podría ser refl ejo de valores aristocráticos en abstracto, pero a su vez, como sucedía en la escultura de Porcuna, estar narrando la victoria de un grupo oligárquico sobre otro (lectura por la que nos inclinamos).
Se trata, de todos modos, de una batalla simbólica, quizá genérica, y no histórica (Torelli 1997), y es entre iberos.
En este sentido todavía puede arrojar más luz la no menos célebre tinaja de El Castellar (Oliva, Valencia -siglos III-II a.C.-), de contexto igualmente funerario, y que conserva aproximadamente la mitad inferior de su friso principal.
Si en el anterior vaso la continuidad podía suponer un escollo, en este de Oliva la separación en dos caras (¿y episodios?) queda patente en virtud de las asas y la decoración fi tomorfa; aún más, en este caso lo que resulta más llamativo, y complejo, del lenguaje pictórico, es la múltiple subdivisión en metopas que afecta sobre todo a los infantes vencedores.
Y el enfrentamiento es, sin ningún tipo de duda, colectivo.
Si atendemos a la decoración conservada, y no a la restitución tradicional de los frisos, en una diferenciación que se ha encargado de subrayar Aranegui (2001Aranegui ( -2002)), y que aquí reproducimos (Fig. 7b), lo que el pintor de El Castellar plasmó, seguramente por encargo, fue lo siguiente: en la cara o sector de la izquierda de la tinaja se muestran, hacia la derecha, tres caballos parcialmente conservados, uno de los cuales está montado.
Bajo estos, dos personajes, desarmados y abatidos por lanzas.
Junto al de la izquierda, además, se ha querido ver un ave gallinácea esquemática (Olmos 1999: 12.3).
Enfrentados a ellos, encasillados, y seguramente responsables de su caída, se encuentran al menos cuatro personajes, dos de los cuales se conservan en mayor porcentaje: el primero, con faldellín y botines, porta un scutum y una falcata en el cinto; el segundo, con escudo oval y lanza, viste larga túnica, lo que ha llevado a interpretarlo como una divinidad femenina (Griñó 1987: 346-347), que armada, apoyaría con su presencia a su comunidad (Olmos 1999: 80.2).
No obstante, Aranegui (2001Aranegui ( -2002:: 231 y 236) rechaza esta hipótesis, creemos que con buenos argumentos, puesto que sobre esta fi gura se vislumbran todavía dos más ataviadas con traje talar, que eliminan la singularidad de la imagen.
Por otro lado, esta luce un tocado rematado en rizo, que se manifi esta en el resto de fi guras masculinas que conservan la cabeza.
Por ello, Aranegui considera que dichas túnicas responden a una intención de dejar patente su diferente condición social, dentro de un lenguaje dual y complementario (jinetes/infantes -ciudadanos con túnica/traje militar).
Por lo que respecta a la otra cara o sector de la Figura 7.
Enfrentamientos colectivos y guerreros abatidos en la pintura vascular ibérica: a. desarrollo del tarro de Cabezo del tío Pío (montaje a partir de Maestro 1989: fi g.
HÉROES, GUERREROS, CABALLEROS, OLIGARCAS decoración, esta muestra a seis infantes, igualmente enmarcados en casillas, armados con scuta y lanzas, que se afrontan a otros cuatro, de mayor tamaño, dos de los cuales se encuentran abatidos.
A estos, además, se les ha querido remarcar, con multiplicidad de trazos, la sangre que emana de sus heridas, enfatizando así su muerte heroica (Olmos 2003: 85).
Una lectura del vaso que comparten varios autores es la que ve a dos comunidades afrontadas que son testigos de combates individuales, certámenes o funerales heroicos (Olmos 1999: 80.2).
Para Fuentes Albero y Mata (2009: 84) pudieron ser dos batallas desarrolladas en tiempos distintos.
En cambio, en el de Archena, ven un combate entre dos grupos étnicos próximos, refl ejo de acciones simultáneas y no de episodios correlativos (Fuentes Albero y Mata 2009: 62).
Aranegui (2001Aranegui ( -2002: 236): 236), en nuestra opinión con acierto, interpreta el desarrollo del vaso como una batalla ancestral, dentro de la creación de un pasado para un presente en el que el príncipe deja paso al colectivo, que gusta de participar en manifestaciones públicas, y cuya afi rmación étnica se establece a través del dominio de las armas.
Evocaría, pues, el vínculo de la nueva clase dirigente ciudadana con los héroes que en otro tiempo les hicieron merecedores de sus privilegios, recreando una antigua batalla, referente de las jerarquías sociales, construida e imaginada para explicar sus valores, su virtus.
Volviendo a la pieza de Libisosa, debemos ahora hacer hincapié en la fi gura ornitomorfa, que parece contar con cuerpo de pez (remarcado en tinta plana frente al perfi lado del resto de la imagen), quizá para subrayar su carácter funerario (Fig. 7c).
En todo caso, esta ave se diferencia notablemente de los pájaros que aparecen posados sobre los ciervos en la otra cara del vaso.
Esta vuela en picado hacia el guerrero abatido, que está a punto de recibir el remate fi nal que le supondrá el impacto de una lanza.
Ya en el siglo V a.C. encontramos entre el programa escultórico de Porcuna al pájaro posado sobre el guerrero abatido (Negueruela 1990: 77-82, lám. XXIII, fi g.
Según Olmos (2002: 120) acentúa el dramatismo de la muerte, indica que su cuerpo es ya pasto del ave carroñera (momento representado en algunas estelas aragonesas ya citadas), y, a su vez, esta puede trasladar el alma del caído en combate al allende (Olmos y Tortosa 2010: 246, 249).
Ello depende de la asociación del ave con el alma del difunto a partir de la interpretación tradicional de sus representaciones en el mundo griego y su conjunción con la literatura, acuñada como seelenvogel, soul-bird o âme-oiseau (Weickert 1902; Turcan 1959; Vermeule 1979), lectura trasladada a ejemplos alegóricos de los sarcófagos romanos (Cumont 1942: 109).
Bajo esta óptica se puede considerar a esa suerte de ave con cabeza humana, como si de una psique homérica se tratara (Odisea, XXIV, 5 ss.), que observa al guerrero atravesado por una lanza en el vaso de Archena (Fig. 7d).
Y recordemos también la identifi cación de un ave gallinácea esquemática junto al caído del extremo izquierdo del vaso de El Castellar de Oliva (Olmos 1999: 12.3), que, como el anterior, hemos utilizado para explicar el enfrentamiento de nuestro crateriforme (Fig. 7e).
Asimismo, y aunque trascienda el mapa ibérico, no podemos dejar de mencionar la aparición del ave sobre (y hacia) el personaje armado abatido en la pintura vascular numantina del siglo I a.C., que en este caso se ha relacionado con la práctica de la exposición del cadáver del guerrero a los buitres llevada a cabo, según las fuentes, por vacceos (Cl.
Eliano, X, 22) y celtíberos (Sil.
Se explica, pues, con la creencia del honor que suponía para estos guerreros caer en combate, en virtud de lo cual su alma era transportada al Más Allá por el buitre (Sopeña 2010: 258-261 -con la bibliografía anterior-).
Al guerrero caído de Libisosa se le ha distinguido con un penacho fl otante16, elemento que se documenta en la pintura vascular en muy pocos casos (Quesada 1997a: 568).
Lamentablemente no podemos ver los rasgos o atributos del jinete de la izquierda, el causante de su muerte, si bien el caballero que está de su parte no lo lleva, así que no puede considerarse un distintivo de etnia o grupo, sino, como creemos, de rango, o al menos enfatiza la importancia de su portador, del que ha sido vencido.
Resulta del todo tentador interpretar la escena como la muerte simbólica del grupo aristocrático que detentaba antes el poder, y la victoria del nuevo linaje.
Para terminar con la exposición de este "crateriforme de la muerte mítica" de Lezuza, debemos referirnos a su cara B (Fig. 8a y Fig. 6, desarrollo dcha.), en la que dos cérvidos se encuentran afrontados a un elemento fi tomorfo ramifi cado y con frutos.
Sobre sus lomos se posan sendas aves, de forma simétrica; el cuadrúpedo de la izquierda se encuentra astado, mientras que el de la derecha, peor conservado, posiblemente no (¿macho y hembra?, ¿adulto y joven?).
La composición de ave sobre ciervo aparece de forma repetida en el siglo II-I a.C. en el Cabezo de Alcalá (Olmos y Grau 2005: 93).
No obstante se trata en ambos casos (de forma más clara en Alcoy) de animales cazados, mientras que la escena del crateriforme de Lezuza responde a un tipo iconográfi co distinto y más preciso: ciervos con aves posadas afrontados al elemento vegetal.
En este sentido, y pese a la evidente divergencia en el tiempo y momento socio-político, el mayor paralelo se encuentra pintado en los lados mayor y menores de la urna cineraria de piedra de Toya (Peal de Becerro, Jaén, siglo IV a.C.)
La pintura es hoy apenas inapreciable, pero todavía se advierten claramente las ciervas (diferenciadas en rojo y negro), algo menos las aves, y el elemento vegetal, identifi cado con una palmera (recientemente: Mata et alii 2010: 49-50).
La diferenciación de los cérvidos en Libisosa también existió, aunque no alcanzamos a conocerla con exactitud debido al deterioro de la fi gura de la derecha, a la que, al contrario que la de la izquierda, se le han perfi lado unas líneas en el cuello, mientras que la falta de cornamenta sólo se intuye, por lo que no podemos asegurar una distinción macho-hembra.
Estas cajas de piedra funcionan como un edifi cio funerario a escala reducida (Almagro Gorbea 1982; Olmos 1982) las aves pueden ser símbolo del espacio fecundo y domesticado (Ruiz y Molinos 2007: 186).
Un espacio, una hegemonía, un poder, quizás conquistado en la cara A del vaso de Libisosa.
La tercera pieza sometida a análisis es un vaso con cuerpo de perfi l en "s", borde en ala plana, base con pie alto anular oblicuo, y asas en arco de disposición horizontal.
La forma del perfi l remite en parte al tipo caliciforme, aunque el resultado fi nal recuerda, a su vez, lejanamente, a la crátera ática de campana, si bien de ningún modo debe considerarse una imitación (Page 1984: 59), sino una evocatio, una reformulación producto de un largo proceso evolutivo.
Pese a lo peculiar del vaso, se puede considerar como paralelo un ejemplar contemporáneo, aun de menor tamaño y con diferencias en el labio, de La Alcudia de Elche, procedente de la "Tienda del alfarero" (Sala 1992: 39-40, no 24, fi g.
En una de las caras del vaso (Fig. 9, desarrollo izq.), un infante sin casco, con cintas paralelas y faldellín, se dispone a enfrentarse armado con una lanza o jabalina y empuñando una caetra a un jinete.
De este último se ha perdido la cabeza y el brazo derecho, aunque se vislumbra parte del arma que ostentaba (¿una espada?), a la vez que con la izquierda sujeta las bridas del caballo.
El animal se encuentra con una pata levantada, fl anqueada por dos series verticales de "eses", pretendiendo remarcar el "movimiento", acción latente en el resto de la composición.
La calidad del trazo en las fi guras humanas contrasta con el hecho de que los elementos fi tomorfos apenas se esbozan: sendas fl ores de dos pétalos y cáliz marcado se suspenden tras el guerrero de la izquierda, mientras que bajo sus piernas se ha pintado un motivo vegetal con brote -o capullo-central (o fl or de tres pétalos).
Bajo el lomo del caballo se dispone un elemento vegetal realizado a partir de la superposición en vertical de cuatro fl ores de dos pétalos con cáliz marcado, fl otando bajo sus cuartos traseros una de ellas de mayor tamaño.
En este tipo de enfrentamientos se suma la evidente ventaja táctica a los efectos psicológicos que supone sobre el contrincante (Quesada 1997b: 186).
A la hora de buscar paralelos de enfrentamiento desigual jinete-infante nos encontramos con que estos o forman parte de escenas de combates colectivos 18, o bien la escasa conservación del vaso no permite conocer con exactitud el contexto del enfrentamiento 19.
Asimismo, debemos volver al vaso conservado en Linares, al constituir el jinete mejor conservado un paralelo rotundo en trazo y composición respecto a lo fi gurado en esta 18 Caso de un lebes del Dep.
5, no 156 -Estilo II-); y también del vaso del Cabezo del Tío Pío tratado anteriormente.
19 Como sucede en un ejemplar de El Cabecico del Tesoro -siglo II a.C.-, en el que el infante aparece armado con caetra, y quizá también con falcata (otras interpretaciones apuntan a que se trata de la pata del caballo que este estaría tocando), mientras que su muslo alcanzado por una lanza simbolizaría posiblemente su inminente derrota: Maestro 1989: 295-298, fi g.
2. cara de nuestra crátera, hecho que resulta todavía más claro si se observan las fotografías y algo menos si nos ceñimos al dibujo publicado en su momento por Gabaldón y Quesada, que es el que hemos reproducido en la Figura 4, y que nos lleva a pensar que se trata de una pieza del mismo taller que concibió la crátera de Libisosa, por lo que la datación del lebes de Linares debería retrasarse a fi nales del siglo II-primer tercio del I a.C., a un momento contemporáneo, por tanto, a los vasos de Lezuza.
En la otra cara de la crátera (Fig. 9, desarrollo dcha.) se muestra el combate singular entre dos infantes ambientado por el sonido del aulós tocado por un personaje masculino.
El guerrero de la izquierda, al que se ha remarcado el faldellín y las cintas paralelas en el pecho, va armado con una falcata y un scutum, llevando en la cabeza un casco que podemos interpretar sin problemas como de "tipo Montefortino" (hemisférico, con apéndice terminal y guardanuca)20, ajustado a la barbilla con sendas cintas o correas.
El personaje de la derecha presenta la misma vestimenta y casco, así como escudo oblongo (este decorado de forma diversa al anterior), solo que el arma que levanta contra su adversario adopta una extraña forma romboidal, Figura 9.
"Crátera de la monomaquia" de Libisosa.
Forma y desarrollo de la decoración (dibujo de Nora Hernández Canchado -Proyecto Libisosa-).
con la que creemos se quiso evocar una espada recta, aunque no se pueden descartar otras posibilidades 21.
El auletér va ataviado igualmente con el faldellín y no presenta ningún tocado especial.
Los tres personajes se encuentran separados por series verticales de "eses"; bajo las piernas de los dos guerreros se representan, además, fl ores de dos pétalos con cáliz marcado, y una tercera tras el cuello del joven con falcata, que de algún modo lo señala respecto a su oponente.
Nos movemos aquí en el concepto aristocrático arcaico del combate heroico cuerpo a cuerpo, la monomaquia, que exigía la lucha de campeones a pie, cara a cara, en búsqueda de la eukleia, la reputación, la nombradía.
El tema centró un artículo de R. Olmos hace algunos años ( 2003), y se registra en la pintura vascular 22, desde fi nales del siglo III hasta el I a.C. Resulta complejo, y posiblemente erróneo, diferenciar en algunas decoraciones cerámicas el combate singular de lo que en realidad puede estar mostrando parte de un enfrentamiento colectivo.
A continuación expondremos las que nos parecen más claras, por no aparecer acompañadas de más guerreros, por estar los contendientes claramente separados del resto, o bien porque se encuentran amenizadas por uno o varios músicos, lo que creemos confi ere a la escena una clara distinción festiva y ritual.
El caso paradigmático, al reunir todas esas premisas, lo constituye un lebes del Departamento 41 del Tossal de Sant Miquel de Llíria -fi nales del siglo III -primer cuarto del II a.C.- (Ballester et alii 1954: 60, fi g.
3, no 149 -Estilo II-) (Fig. 10a), que, como se ha apuntado con anterioridad, constituyó una sala de reunión y de culto gentilicio.
En una escena del friso, en el que la profusa vegetación no deja un solo hueco, se muestra a dos hombres en combate singular fl anqueados por dos personajes que tocan sus instrumentos musicales: a derecha, un joven con una tuba, y en el otro extremo, una mujer que sopla la doble fl auta o aulós, ataviada con túnica talar y gorro puntiagudo.
Ambos guerreros portan escudo oblongo; el de la izquierda ataca con una lanza, que está a punto de impactar en su oponente, que empuña una falcata.
Por lo que refi ere al resto de la decoración en banda continua que 21 Sobre este asunto deben tenerse en cuenta tres factores: la extraña postura con la que el guerrero ataca con el arma (sobre todo si se trata de una espada), la poca precisión con la que presuntamente se habría dibujado en comparación con el trazo del resto de la composición pictórica; y el limitado espacio que quedó tan cerca del labio para llevar a cabo este sector de la misma.
22 Pero también en estampillas del siglo III a.C. del Cerro de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real): Olmos 2003: 85; Fernández Maroto et alii 2007, 222, lám. 2c. comparte vaso con el duelo, podemos destacar dos lecturas: una de ellas (Pérez Ballester y Mata 1998: 242; Fuentes Albero y Mata 2009: 74-75) considera que se están narrando varios episodios protagonizados por el mismo individuo.
Así, según esta hipótesis, el caballo de la izquierda de la monomaquia pertenecería al guerrero lancero que, victorioso, se plasmaría una vez terminado el combate, mientras que más a la derecha se habría pintado quizá el momento previo, en el que el caballero iría acompañado por su escudero.
La otra lectura (Olmos 1999: 78.4; id. 2003: 91), por la que más nos decantamos, es la que, siempre a través de la yuxtaposición de espacios y acumulación de tiempos diferentes, considera representado un certamen heroico en honor de un antepasado o un difunto, al que se rememoraría en el caballo sin montar, y se evocaría en el jinete que parte hacia la derecha, y que más adelante se mostraría una vez heroizado tras su muerte, honrado por el infante con la lanza al hombro.
Combates singulares en la pintura vascular ibérica: a. desarrollo de la decoración del lebes de Edeta (Bonet 1995: fi g.
85); b. restitución de la decoración del "Vaso de los Guerreros" de La Serreta (Olmos y Grau 2005: fi g.
4); c. dibujo-restitución del fragmento de kalathos de El Castelillo de Alloza (según Lucas 1995: fi g.
HÉROES, GUERREROS, CABALLEROS, OLIGARCAS Pero esta pieza también ha dado pie al establecimiento de lazos entre el lenguaje simbólico de estos vasos y lo que narran, o interpretan, las fuentes literarias sobre las "costumbres" iberas (o/y celtas peninsulares), algo que posiblemente no resulte muy apropiado desde un punto de vista metodológico, pero que radica en una documentación que de ningún modo podemos obviar.
Se trata de las informaciones sobre los combates singulares llevados a cabo en el funeral de Viriato (App.,Iber.
Sic.,XXXIII,21), pero, sobre todo, y ya en el universo ibérico, el conocido pasaje de Tito Livio (XXVIII, 21), referido al munus gladiatorio que habría dispuesto Escipión el Africano en Carthago Nova en el 206 a.C. como parte del tributo funerario rendido a su padre y a su tío.
Llama la atención de Livio cómo en estos "juegos" participaron jóvenes aristócratas de forma voluntaria, aduciendo algunas motivaciones (honrar la virtus de su gens o de su dux, resolución de confl ictos políticos...), que han servido para ver en el vaso de Llíria, más allá de la lectura gladiatoria tradicional (Ville 1981: 49), un refl ejo de un duelo judicial, de carácter legendario, dentro de una tradición arraigada en la aristocracia ibérica (Blázquez y Montero 1993), en una forma de vinculación o fi des con el caudillo (Fernández Nieto 1992: 383-384; Olmos 2003: 91-92).
El segundo vaso de obligada referencia es el ya mencionado "Vaso de los Guerreros" de La Serreta (Alcoy-Cocentaina-Penáguila, fi nales siglo III-principios del II a.C.)
Esta tinaja con hombro, denominada tradicionalmente pithos, constituye el máximo exponente de ese "Estilo Serreta" individualizado recientemente (Tortosa 2006; Fuentes Albero 2006, 2007), y que presenta tantas concomitancias con el Estilo II edetano, en temática, composición y trazo.
Se recuperó en el Departamento F-1, un espacio, que como ya se ha comentado, constituiría una suerte de tesaurización, conjugando un conjunto de piezas extraordinarias con otros bienes materiales más comunes (Grau et alii 2008: 27).
El desarrollo del friso decorativo en el que se inserta un fecundo paisaje vegetal, y en el que destacan las hojas cordiformes (hiedra, zarzaparrilla), las fl ores en vista cenital o rosetas y los "zapateros", muestra tres escenas que ofrecen un aparato simbólico que abarca, y ahí radica su interés, varios estadios de las gestas individuales referidas al ciclo heroico23, y que desembocan en el combate singular.
De hecho, según la lectura de Olmos y Grau (2005), estaríamos ante la plasmación tripartita y gradual de una sucesión de hazañas del mismo joven Aunque no haga referencia a una monomaquia, nos interesa traer a colación, por el protagonismo y forma de las eses que enmarcan a los personajes de nuestra crátera, el conocido vaso crateriforme de El Cigarralejo (Cuadrado 1982; Olmos 1987: 32-33, 40-41; Maestro 1989: 311-313, fi g.
La pieza carece de contexto preciso, aunque se ha datado entre el siglo III y el II a.C., centuria esta última por la que nos decantamos.
De hecho, la relación que se estableció ya por Page (1984: 69, no 12bis) con una crátera de columnas, modelo ático al que evocaría, no es óbice para una datación tardía, algo que podemos ahora apoyar en el propio vaso de Lezuza, que representa un recuerdo evolucionado de un ejemplar de campana, y ha aparecido en un contexto de principios del siglo I a.C. Pues bien, el friso decorado de la cerámica de Mula presenta un desfi le de guerreros con lanza, escudo oblongo, cintas cruzadas sobre el pecho y rostro parcialmente cubierto por trazos radiales en torno al ojo (¿máscara?, ¿pintura?, ¿solución enfática abstracta?), en el que participan dos personajes masculinos de tamaño ostensiblemente más reducido (¿incidiendo en su corta edad frente a los infantes ya adultos?), uno de los cuales toca la lira y el otro hace sonar el aulós.
La escena es claramente ritual, e independientemente de si ilustra o no algún acto concreto, forma parte del lenguaje de auto-representación y auto-afi rmación del ideal aristocrático.
Y el hecho es que las series de "eses" que todo lo envuelven en el vaso de El Cigarralejo remiten claramente a las que ciñen las fi guras de nuestra crátera de la monomaquia, que bien pudieran estar simbolizando el sonido que envuelve el ritual, en una vertiente onomatopéyica que hay quien ha trasladado a otros vasos singulares (Pastor Eixarch 1998;2010).
En cualquier caso, estas "eses" parecen ser un comodín polisémico en el lenguaje vascular ibérico que, según la escena y el contexto, pueden indicar una u otra cosa, y cuya fi nalidad, como ha puesto de manifi esto recientemente Santos Velasco (2010: 165), es aludir e insinuar ideas que completen el sentido de la representación, simbolizando o sacralizando el espacio en el que transcurren los hechos que se narran.
Para el último lugar hemos reservado otros dos ejemplos, muy diversos entre sí, en el que aparece de forma clara un combate singular.
Nos referimos, por un lado, a una jarra recuperada en el Dep.
2 del Puntal dels Llops (Olocau, Valencia, primer cuarto siglo II a.C.)
En esta, un friso inferior de grandes hojas cordiformes sirve de soporte a una escena, harto esquemática y que se ha equiparado al Estilo I edetano (Fuentes Albero y Mata 2009: 79), de enfrentamiento entre dos personajes masculinos armados con escudo oblongo y lanza (el de la izquierda, además, con falcata en el cinto).
El espacio en el que transcurre la hazaña lo representa un único árbol, genérico, de difícil identifi cación.
Aunque no se ha querido insinuar el desenlace del combate, sí se pintó un ave a sus pies, que actúa como testigo y anuncia la muerte de uno de ellos (Olmos 2003: 89), siguiendo así el lenguaje simbólico que hemos visto con anterioridad26.
El otro ejemplo procede de El Castelillo (Alloza, Teruel, siglos III-II a.C.), y se plasma en un kalathos del que solo se conserva un fragmento (Maestro 1989: 68, fi g.
25) (Fig. 10c), y que incluye un epígrafe ibérico en el labio.
En la escena aparece enmarcado el combate singular entre dos infantes con escudo oblongo, y que presentan un mayor tamaño que el resto de personajes conservados.
Bajo ambos, sancionando el enfrentamiento, se encuentra un toro frente a un gran tallo fl oral, y que contaría, en origen, con su correspondiente simétrico en el lado que falta, tal y como lo restituyó Lucas Pellicer (1995: fi g.
4), siguiendo así un tipo iconográfi co que se documenta en la pintura vascular del Hierro chipriota del tipo Bicroma IV y en la cerámica orientalizante peninsular.
En este combate heroico, participan como testigos diversos personajes, uno de ellos sentado sobre un trono y portando cetro, acaso el juez.
De todas las lecturas nos parece más sugerente la que ve un vaso conmemorativo de la disputa por los límites del territorio entre dos comunidades, resuelto mediante el duelo heroico (Olmos 2003: 93-94).
La presencia de un conjunto cuantioso, variado y, en general, de producción propia, de pintura vascular con decoración compleja indica, de por sí, la centralidad del oppidum libisosano en su comarca.
En este sentido, resulta apropiado hacer referencia a la línea de investigación seguida recientemente por Grau (2007) a propósito de La Serreta, según la cual la pintura vascular fi gurada surge allí a fi nales del siglo III a.C. en el marco de la creación de una identidad étnica en su territorio, legitimando un nuevo proyec-to político.
Esta línea participa de la lectura que se hace de la iconografía vascular desde un punto de vista de política interna, en relación, sobre todo, con la evolución social que asiste a la ampliación de los grupos aristocráticos (Ruiz 1998).
Dicha evolución, sin duda, debe considerarse el principal motor de la decoración fi gurada y su contenido, pero no el único.
Y aunque estas pinturas vasculares no se deben meter históricamente en el mismo saco (piénsese en Edeta y La Alcudia, separadas por cerca de una centuria, o las recuperadas en Valentia, en contexto colonial), tan cierto es que surgen al amparo de las nuevas relaciones clientelares internas, como que lo hacen en un clima de presencia efectiva romana.
En el caso de Libisosa, enclave de importante actividad mercantil, de cruce viario y zona de transición, encontramos un contexto oligárquico con clara infl uencia del agente itálico, que pudo estar amparada incluso en la presencia efectiva del ejército romano.
La recreación de mitos, de una memoria heroica y modélica, es una de las respuestas a un momento de crisis y de redefi nición de identidades que arranca con la Segunda Guerra Púnica y se irá intensifi cando con la conquista romana.
Estamos ante el lenguaje de autoafi rmación de la oligarquía ibérica (de su virtus) 27, dirigido también a asegurarse su status aristocrático en el emergente orden socio-político romano, y lo hacen dentro de un cóctel que incluye elementos de corte italo-helenístico, como los mitos de fundación, con otros de raigambre igualmente mediterránea, algunos herederos de los viejos programas escultóricos de las zoomaquias.
Por tanto, es el arraigo a su situación privilegiada lo que propicia en la oligarquía la búsqueda de sus orígenes míticos heroicos que justifi quen el mantenimiento de dicha posición.
En este marco, la autoafi rmación y la integración (auto-romanización) de las élites no solo no son incompatibles, sino que se advierten complementarias.
De especial relevancia nos parece la teoría de Chaves Tristán (2008), sobre la evolución de la elección de tipos iconográfi cos y las leyendas en las emisiones monetales a partir de fi nales del siglo III a.C., y sobre todo en el desarrollo de los siglos II y I a.C., que arrancaría en una aemulatio relacionada con la autoafi rmación, pasando por un fenómeno de imitatio, para desembocar en una "integración desde dentro".
El binomio autoafi rmación/ auto-romanización adquiere una mayor complejidad, si cabe, con la observancia de la evolución de los lugares de culto 28, especialmente aquellos de carácter territorial 27 Aunque pudiera constituir ya un universo obsoleto para Roma, como en el caso de las monomaquias (vid. Olmos 2003: 96-97).
28 Vid. el fenómeno de aemulatio ibérica frente a la inter-y supraterritorial que se concentran en el Sudeste, en los actuales territorios de Murcia, Albacete, Jaén y Córdoba oriental (Uroz Rodríguez 2008).
Volviendo a nuestros vasos, y por lo que refi ere al estilo, si tuviéramos que encuadrar las decoraciones vasculares de Libisosa, trascendiendo este estudio parcial, en los distinguidos por Tortosa (2006), deberíamos referirnos tanto al Grupo SE II y al Estilo Albacete, con relación al programa fi tomorfo y zoomorfo (aves, ciervos y carnassiers) presente en las piezas recuperadas hasta la fecha en el Sector 3 (Uroz Rodríguez 2012: 303-312, 332-343), así como al Estilo I ilicitano, preferentemente para las composiciones vegetales, sobre todo las que constituyen la decoración exclusiva del/los friso/s, muy presentes en los Sectores 3 y 18 y en el contemporáneo depósito votivo del Sector 1f (Uroz Rodríguez 2012: 181-193, fi gs.
Asimismo, por lo que respecta a las piezas de protagonismo antropomorfo incluidas en este trabajo, creemos que muestran fuertes puntos de contacto con el Estilo II edetano, tal y como sucede con la cerámica de La Serreta.
Estamos, en todo caso, en un enclave de importante relevancia comercial, y ante unos vasos de encargo que pudieron ser fruto, al menos en algunos casos concretos, de artesanos itinerantes, en combinación con producciones locales (la mayoría, teniendo en cuenta el volumen de vasos decorados, sobre todo fi tomorfos).
Respecto a la datación, existe la posibilidad de que algunos de estos vasos singulares se atesoraran como bienes de prestigio, no considerando por tanto que su fabricación fuese virtualmente contemporánea a la destrucción sertoriana.
Ahora bien, ¿se deben remontar más allá de unas pocas décadas, como por ejemplo, al primer cuarto del siglo II a.C., tal y como se habría ubicado, por poner un caso, la "crátera de la monomaquia" si hubiese aparecido fuera de contexto (por sus concomitancias con la cerámica levantina y alcoyana), y cuyo mejor ejemplo es la datación que se hizo del lebes conservado en Linares y seguramente procedente del mismo contexto libisosano?: creemos que no, al menos desde un punto de vista estrictamente metodológico.
El arco cronológico, por lo tanto, que consideramos más apropiado para el común de estas piezas, es el de fi nales del siglo II-primer tercio del I a.C.
Para cerrar la lectura de los vasos singulares que presentamos en este trabajo queremos dejar constancia e incidir en lo siguiente: en el crateriforme que pretatio romana estudiado recientemente en la evolución de los lugares de culto del Alto Guadalquivir (Ruiz et alii 2010).
Para un estudio completo de la evolución del espacio, paisaje y elementos votivos de estos santuarios en el contexto político que los alberga y justifi ca: vid. Rueda 2011. bautizamos como "de la muerte mítica", aparece lo que consideramos un episodio de un enfrentamiento colectivo.
En el mismo se ha podido recrear un fragmento de una antigua batalla, simbólica, quizá genérica, y no histórica, referente y modelo de las jerarquías sociales, construida e imaginada para explicar sus valores, su virtus.
Extremadamente relevante para su interpretación resulta la fi gura central del guerrero abatido, distinguido con penacho, a punto de ser rematado, y sobre el que vuela en picado un ave con cuerpo de pez dispuesto a trasladar su alma.
La escena se podría interpretar como la muerte simbólica del grupo aristocrático que detentaba antes el poder, y la victoria del nuevo linaje.
Ese poder, espacio o hegemonía es el que se encontrarían custodiando los cérvidos del reverso, siguiendo el modelo pretérito del afrontamiento al Árbol sagrado o de la vida.
El carácter igualmente funerario de lo fi gurado en la cara B serviría para cualquiera de las dos lecturas.
Asimismo, conviene traer a colación la lectura preliminar que ha hecho Olmos (2012: 51) del vaso inédito del Fapegal, bajo la óptica de la reminiscencia de episodios homéricos, ya conocidos por la aristocracia local de época tardorrepublicana, como la lucha en torno al guerrero caído, de bruces sobre el suelo, y el expolio de sus armas.
Por su parte, la "crátera de la monomaquia" puede observarse desde diversos ángulos, ya sea como un enfrentamiento iniciático de dos jóvenes, una exhibición de virtudes aristocráticas; o bien, y al mismo tiempo, como plasmación, en clave mítica, de una práctica, igualmente oligárquica (y arquetípica), según la cual pudo dirimirse un confl icto de una forma heroica.
Tanto el crateriforme, en clave de batalla mítica, como la crátera, desde la monomaquia, evocan un pasado remoto, heroico y modélico, basado en un ideal guerrero, en el que se fundamenta el nuevo linaje.
Ya que, en todo caso, el fi n último de estos enfrentamientos, como han destacado recientemente Fuentes Albero y Mata (2009: 89) sería el mantenimiento de la cohesión del grupo o el control de ciertos asentamientos y su territorio.
Las monomaquias, siguiendo a Olmos (2003: 80-81, 88-89), sirven para mostrar y construir el recuerdo, enfatizando la memoria heroica legendaria, actúan de paradigma del ideal aristocrático para el presente; confi guran su conciencia como tal grupo, y a su vez articulan la memoria y el control del oppidum y su territorio.
Por último, la lectura que proponemos de la "tinaja de los caballeros" de Libisosa, aun apartándose del concepto de heroización ecuestre, se mueve entre el terreno de la plasmación de una élite ecuestre sancionada por la divinidad y de sus antepasados míticos heroicos del nuevo linaje ampliado.
El hecho de que se representen dos parejas de jinetes, creemos que hace alusión a un grupo gentilicio, quizá a dos, habida cuenta de las diferencias en el umbo del escudo, unidos por (nuevos) lazos clientelares.
Asimismo, el nacimiento o sanción divina del nuevo linaje ecuestre es lo que pensamos que se pintó en el lebes del Museo de Linares.
Aquí, además, se afrontan a una suerte de Árbol sagrado.
Los de Linares son, como los de Lezuza, una pareja.
No considero, en nuestro caso, que haya que establecer un vínculo con los Dióscuros, ni con una rememoración de la caballería númida, aunque ambos hayan podido servir de inspiración, pero esa dualidad sí podría evocar el concepto de magistratura colegiada, apropiado en un ambiente cívico y de una oligarquía en contacto directo con el agente itálico y en avanzado estado de (auto)romanización. |
El estudio del pasado antiguo de Tortosa adolece de un retraso de varias décadas respecto al de otras ciudades con un patrimonio semejante.
Para paliar este défi cit, hace ya algunos años que el Seminari de Protohistoria i Arqueologia (GRESEPIA) de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona está llevando a cabo un proyecto de investigación, con unos resultados muy interesantes proporcionados, entre otras, por las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en la calle Sant Domènech de Tortosa.
En este sector del casco antiguo de la ciudad han aparecido dos sepulturas correspondientes a una extensa área de necrópolis bajo-imperial, varias estructuras alto-imperiales, y fi nalmente, los restos de una fortifi cación ibérica.
El hallazgo de esta construcción defensiva supone la confi rmación de la existencia, largamente hipotetizada, de un importante oppidum prerromano en el cerro de la Zuda, que dominaría el núcleo antiguo de la ciudad.
PALABRAS CLAVES: Dertosa, río Ebro, iberos, época romana, fortifi cación, necrópolis, Protohistoria.
Hasta fechas muy recientes, la ocupación prerromana del solar donde hoy se ubica la ciudad de Tortosa no había pasado de mera hipótesis, a pesar de las sugerentes informaciones proporcionadas por los autores clásicos, los indicios numismáticos y las refl exiones de la historiografía moderna, a los que se añade en nuestros días la investigación científi ca, basada en los distintos trabajos arqueológicos efectuados en la ciudad y su entorno durante los últimos años (Diloli 1996;1997; Diloli y Ferré 2008b).
Gracias a este avance en la investigación que se ha llevado a cabo en la ciudad, se han podido localizar por primera vez restos de estructuras asociadas a niveles arqueológicos plenamente ibéricos, hecho que confi rma la existencia de un núcleo prerromano que se intuía y que para muchos estudiosos, siguiendo los datos aportados fundamentalmente por Tito Livio, sería la ciudad de Hibera, la misma que habría dirigido políticamente el territorio ibérico del tramo fi nal del río Ebro.
Para la época romana, el estado de la cuestión sobre la fundación y evolución urbanística de la ciu-Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 75-89 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.005 dad de Dertosa tampoco es satisfactorio, ya que la ciudad nunca ha participado en proyectos específi cos de investigación orientados al análisis de su desarrollo urbano, de modo que las intervenciones de tipo arqueológico que se han efectuado en el municipio han sido motivadas sobre todo por las necesidades derivadas de la existencia de una Llei del Patrimoni Cultural Català, con unos objetivos limitados por el propio desarrollo de las obras que las generaban, y no por un afán de conocer y entender la evolución de la ciudad y su transformación en la Tortosa moderna.
Cuanto menos, no pueden pasarse por alto las actuaciones realizadas en Tortosa con anterioridad a la creación del Servei d'Arqueologia de la Generalitat de Catalunya, pues han sido estas intervenciones las que han permitido documentar los restos de un pasado perdido hoy en día, a pesar de que, en algunos casos, buena parte del material recogido no se reunió siguiendo criterios arqueológicos.
A este hecho debemos sumarle la problemática que supone la topografía tortosina, con una capa freática que tiene actualmente un nivel superior al de época romana, factor que determina la difi cultad para localizar estructuras y materiales con una cronología anterior a los siglos IV y V d.C. En realidad, son pocas las excavaciones que han alcanzado estratigrafía de cronología romana en los últimos años (Curto et alii 1986; Genera 1993; Barrasetas 1993; Arbeloa 2000) y estas proporcionan datos muy inconexos, todo lo cual resulta en un importante desconocimiento de los aspectos básicos del desarrollo histórico y urbanístico de la ciudad antigua, a pesar de los compendios de los datos conocidos que se han centrado en el tema, con mayor o menor acierto, publicados recientemente (Járrega 2007; Arbeloa 2008; Genera y Járrega 2009) y que no añaden nuevas informaciones, sobre todo en lo concerniente a la época ibérica, remitiéndose a los poco conclusivos estudios previos (Genera y Járrega 2010).
Estas carencias y la voluntad de suplirlas, han sido un incentivo fundamental para la implementación por parte del Seminario de Protohistoria y Arqueología (GRESEPIA) de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, del proyecto Anàlisi històrica i arqueològica de l 'evolució urbana de la ciutat de Tortosa des de la seva fundació fi ns a l' antiguitat tardana, con la intención de efectuar un paso adelante cualitativo en el conocimiento de la ciudad desde la Protohistoria hasta la conquista musulmana, aumentando e integrando los datos, hasta ahora dispersos, que poseemos sobre los primeros siglos de historia del municipio.
Fruto reciente de estos esfuerzos es, entre otros, el análisis científi co de las necrópolis bajo imperiales del barranco del Rastre (Navarro 2008; Diloli et alii 2010).
Es así que no pretendemos con este artículo repetir datos o aseveraciones que otros autores han ido avanzando los últimos años, en algunos casos a partir de referencias extraídas de trabajos efectuados por nuestro Grupo de Investigación, y retomar el debate baldío sobre temas urbanísticos, la ubicación del puerto o los límites de la muralla romana de Dertosa.
En este aspecto, las intervenciones que los últimos años hemos efectuado en el Barri del Castell (calle Sant Francesc Neri), en la calle Montcada o en la calle de la Mercè, entre otras, pueden aportar información muy importante para clarifi car algunos de los aspectos mencionados.
Los trabajos que presentamos en este estudio son el resultado de una intervención efectuada a partir de las obras de mejora del casco antiguo de Tortosa, concretamente en el fondo de la ladera oriental/meridional del tozal de la Zuda, en el llamado "espacio Sant Domènech", que comprende la iglesia renacentista y la calle del mismo nombre.
En este lugar se llevaron a cabo una serie de sondeos y una excavación parcial del extremo norte de la calle para conocer la estratigrafía antigua de esta zona de la ciudad.
Como precedente directo de esta actuación hay que citar el seguimiento de la excavación de un antiguo trujal efectuado en 1968, llevado a cabo por el entonces director del Museo de Tortosa, Jesús Massip, quien elaboró una secuencia estratigráfi ca sobre la base de los materiales cerámicos recogidos, entre los que fi guraba cerámica andalusí, romana, lo que él denominó como "restos neolíticos de cerámica negra" (Massip 1968), y que seguramente era cerámica de época tardo-antigua, pero también cerámica ibérica, tal como pudimos comprobar recientemente (Diloli y Ferré 2008b).
Los trabajos arqueológicos se llevaron a cabo a lo largo de dos campañas.
Una primera en Junio de 2006, en el subsuelo de la iglesia de Sant Domènech y la segunda en el exterior del templo, entre Abril y Julio de 2007.
En el interior de la iglesia se practicaron dos sondeos, una cata en un extremo de la iglesia, bajo el coro, y una segunda cata en el centro de la nave; el tercer sondeo se practicó en el exterior del recinto eclesiástico.
La segunda fase, ya en 2007, fue la excavación en extensión del tramo fi nal de la calle de Sant Domènech.
EXCAVACIÓN EN LA IGLESIA DE SANT DOMÈNECH
Durante la primera intervención, efectuada como se ha indicado en el interior de la iglesia, se halló en ambos sondeos bajo el pavimento contemporáneo, una importante potencia estratigráfi ca de cronología bajo medieval y también andalusí, factor que difi cultó el avance de las excavaciones, hasta el punto que una de las dos catas tuvo que ser clausurada por el descubrimiento de un gran muro que ocupaba prácticamente la mitad de la superfi cie abierta.
La excavación de la segunda cata, si bien también dejó al descubierto una estructura mural de cierta entidad, pudo proseguirse hasta alcanzar estratos de cronología romana, con la localización de una inhumación, que fue excavada solo en parte, dado que la mayor parte del cuerpo se perdía fuera de los límites del área de intervención.
Aunque no se localizaron clavos de hierro, puede suponerse que se trataría de una inhumación en caja de madera, siguiendo los patrones habituales en esta época en espacios similares.
Esta tumba recortaba un estrato de acumulación de sedimentos, rico en material cerámico datado en la segunda mitad del siglo II d.C., con un borde de Hayes 131 como elemento más defi nitorio.
A pesar de la ausencia de depósito funerario, creemos que podría ubicarse cronológicamente entre los siglos IV y VI d.C. si es, como parece, contemporáneo de otros restos funerarios conocidos en la ciudad, algunos de los cuales han sido excavados recientemente (Navarro 2008; Diloli et alii 2010).
El cuerpo está situado alrededor de 4 metros por debajo del nivel actual de circulación de la nave de la iglesia.
EXCAVACIÓN EN LA CALLE DE SANT DOMÈNECH
La segunda intervención consistió en la excavación de una cata en el exterior de la iglesia, con el objetivo de conocer la estratigrafía de este sector urbano (Fig. 3, B), al mismo tiempo que se realizaba un seguimiento de las tareas de reurbanización de la calle.
La intervención en esta tercera cata dio resultados similares a las anteriores, pues también aquí se localizaron importantes restos estructurales bajomedievales y andalusíes, si bien en este caso no difi cultaron la continuación de los trabajos, que pudieron alcanzar cotas más profundas.
Bajo las estructuras y estratos medievales se localizó una segunda inhumación en fosa simple, a un metro y ochenta centímetros respecto a la cota de la calle, que pudo ser recuperado en su totalidad, con la excepción del cráneo del difunto, perdido bajo el basamento de un muro andalusí.
Como en el caso anterior, la ausencia de depósito funerario hizo que la datación se efectuase por proximidad y similitud con las tumbas de las necrópolis bajo imperiales de sectores próximos, con lo que nos situaríamos en un Figura 2.
Vista del área de intervención con detalle de los restos exhumados.
horizonte de los siglos IV-VI d.C., aunque también podría ser ligeramente anterior.
La fosa de la inhumación recortaba un estrato arcilloso con materiales datables hacia la segunda mitad del siglo II d.C., a pesar de la presencia de un borde de Ostia III 170, que podría situarnos en el siglo siguiente, a no ser que se tratase de una contaminación.
Ya por debajo se documentaron estratos datables durante el siglo I d.C., recortados por una débil estructura de piedras unidas con barro, de forma semicircular, que seguramente formaba parte de un pozo.
Durante el seguimiento de las obras de la calle, la excavación de una zanja para la instalación de un conducto de gas, dejó al descubierto la existencia de dos estructuras murales (unidades estratigráfi cas 2501 y 2502) (Fig. 3A), asociadas a materiales variados, de época romana y más antiguos.
El primero de estos muros fue inmediatamente documentado y cubierto con una capa de arena, ya que no impedía el curso de las obras, si bien fue imposible datarlo, puesto que solamente quedaba al descubierto su cara superior.
La segunda estructura, en cambio, situada en la parte superior de la calle, a escasos metros de la cata, ofrecía visiblemente unas características especiales, al estar formada por una hilada de piedras de grandes dimensiones.
La singularidad de esta construcción, que recordaba a algún tipo de fortifi cación, así como la antigüedad de los materiales asociados -cerámica ibérica y romana alto imperial y republicana-, motivaron su excavación en profundidad.
La evolución de los trabajos aconsejó abrir un subsector a 1,10 m del tramo principal de muro para comprobar su continuidad.
En este espacio salieron a la luz una serie de estructuras apoyadas a un muro central que parece ser la continuación del muro que se adosa directamente a la fortifi cación, que se dató en época ibérica.
Finalizada la intervención y analizados los materiales y estructuras documentadas, se pudieron distinguir al menos cuatro momentos de ocupación de este espacio urbano, desde época preibérica hasta la Antigüedad Tardía.
Los estratos inferiores documentados en la calle de Sant Domènech no han proporcionado restos estructurales, pero se registró la presencia de cerámica elaborada a mano, en buena parte bruñida, acompañada de restos de ánfora fenicia.
En realidad se trata de un conjunto pequeño -las piezas están muy fragmentadas y rodadas-, pero coherente, que marca un horizonte de la Primera Edad del Hierro, grosso modo del siglo VII a.C. Se trata de elementos claramente situados en posición secundaria, depositados en la parte baja de la ladera del monte, justo en la calle Sant Domènech, probablemente a causa de factores naturales tales como la erosión de la cima del tozal, en donde tenemos que postular para estos momentos la existencia de un asentamiento.
No podemos descartar totalmente la posibilidad de que en el momento de construcción del muro ibérico posterior se modelase en cierta medida la ladera, retirando tierra de unos sectores para depositarla en otros, de modo que la formación de este estrato pudiera ser de origen antrópico, aunque creemos que se trata más bien del resultado de procesos de deyección naturales.
En realidad ya se tenía constancia de una ocupación humana preibérica de esta zona, tal y como se comprobó durante el estudio de los materiales depositados en el antiguo Museo Municipal de Tortosa, donde apareció una pequeña cantidad de fragmentos de cerámica similar (Diloli y Ferré 2008b).
El elemento más destacable del conjunto exhumado durante las excavaciones llevadas a cabo en la calle Sant Domènech es un muro (U.E. 2502) que presenta 5,40 metros de longitud visible.
Su anchura es de 1,5 metros, y su sección muestra que la mitad corresponde, con entradas y salientes, a una hilada de grandes bloques de piedra no escuadrada que forman la cara vista del muro, tras la que se acumula una gran cantidad de piedra pequeña y mediana, a modo de relleno.
La cara interna del muro no posee la fortaleza de la externa, por lo que suponemos que su función sería a la vez de muro de aterrazamiento y de base de una estructura defensiva avanzada.
Para conferir mayor solidez y unidad al muro no se utiliza ningún mortero, solo barro y ripio para encajar entre sí las piedras.
De este paramento se conservan dos hiladas, con una altura de poco más de un metro.
El extremo sur de la construcción consta de una única hilada a lo largo de un metro, formada por un solo bloque de piedra, a partir del cual parte un segundo muro (U.E. 2505) que sigue prácticamente la misma dirección que el anterior.
En este caso, se trata de una construcción más modesta de cerca de 60 centímetros de anchura, elaborado a base de piedras de variadas dimensiones unidas con barro.
Este segundo muro se pierde por su extremo sur, más allá del límite de excavación, siguiendo aproximadamente el mismo trazado que la actual calle de Sant Domènech.
En una publicación previa interpretábamos los muros 2502 y 2505 como una única estructura cuyos límites se perdían por ambos extremos del área de excavación (Diloli y Ferré 2008b).
Con todo, después de una revisión exhaustiva del registro estratigráfi co y material, no hay duda de que se trata en realidad de dos muros distintos, uno apoyado sobre el otro.
Hay que indicar que el muro 2502 no se sustenta sobre la roca natural, sino sobre un estrato de arcilla rico, como ya hemos indicado, en materiales preibéricos (U.E. 2015).
A pesar de ello, el suelo natural de conglomerado está muy próximo, puesto que aparece a menos de un metro de la superfi cie frontal del muro, en forma de una cresta que se aproxima progresivamente a éste hasta que la trayectoria de los dos se cruza.
A partir de esta cresta se extiende en leve progresión descendente una superfi cie irregular de suelo rocoso.
El muro 2502 se encontraba cubierto por un nivel arqueológico (U.E. 2016) en el que había materiales cerámicos de época ibérica y romana que no iban más allá del siglo I de nuestra era.
Delante de la cara frontal del muro se localizaron dos estratos (U.E. 2007 y 2008), cuya formación hay que situar en momentos intermedios entre la construcción y la destrucción del mismo.
Estos niveles se sobreponen a un estrato que contiene únicamente materiales de la primera edad del hierro (U.E.2015).
En el caso de la UE 2007, que sería el nivel más moderno, la presencia de fragmentos anfóricos itálicos, concretamente un borde de Dressel IA, y el pivote de una Lamb.
2. sitúan su cronología en torno al siglo I a.C. Por su parte, la U.E. 2008 no cuenta con indicadores tan fi ables: hay presencia de fragmentos de Campaniense A, la mayoría informes, pero también un borde de Lamb.
27, datable en el paso del siglo III al II a.C. En conjunto, se trata de un nivel que por los materiales que contiene, se formaría a partir del siglo II a.C. Estos estratos no se extienden regularmente sobre la plataforma rocosa, sino que aparecen adosados a la cara frontal del muro, de modo que es probable que se trate de acumulaciones de sedimento precipitado desde su parte superior, tal vez en un momento en que la función original de la estructura había perdido parte de su sentido.
El resto de la plataforma rocosa parece ser que estuvo al descubierto, al menos hasta fi nales del siglo II d.C., momento en que se formaría el estrato 2009.
A pesar que no hay elementos relacionados directamente con la construcción del muro 2502, se observa como ya hemos indicado, que este se cimenta directamente sobre un nivel preibérico (2015), que está cubierto a la vez por un estrato del siglo II a.C. ( 2008), que también se adosa al extremo inferior del muro defensivo (2502).
Con estos datos nos atrevemos sugerir un momento de construcción del paramento en época ibérica, siendo en este caso la documentación histórico-arqueológica la que nos puede ayudar a precisar con más exactitud su edifi cación.
Creemos que es coherente emplazar su construcción a fi nales del siglo III a.C., relacionándola con el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, en un momento en que sabemos con certeza que las tierras del Ebro estuvieron muy implicadas en el confl icto, tal como relata Tito Livio, con acontecimientos como el ataque romano sobre Hibera o el establecimiento de un campamento en la desembocadura del río (Liv.
En este sentido, las razones por las que proponemos esta datación se resumen en dos puntos fundamentales:
-La propia contienda constituye un estado de gran inseguridad sobre unas comunidades humanas no acostumbradas a hechos bélicos de magnitud similar a la Segunda Guerra Púnica.
La construcción de nuevas fortifi caciones y el reforzamiento de las ya existentes es una respuesta lógica a esa inseguridad, y pueden encontrarse muestras de tal comportamiento en varios núcleos ibéricos de la región; cinco km río arriba de Tortosa, en el poblado de Les Planetes (Tortosa, Baix Ebre), se modifi caron los accesos al interior del asentamiento, con la inutilización de su única puerta conocida, situada junto a la torre que corona el poblado (Diloli et alii 2009).
Más al norte, en el asentamiento de L'Assut de Tivenys se documentan varias reformas y mejoras en su ya de por sí aparatoso sistema defensivo, e incluso la destrucción violenta de la llamada torre T-3 en los últimos tiempos de la contienda, o en el inicio de la dominación romana (Diloli 2009).
En el Castellet de Banyoles de Tivissa es muy posiblemente en estos momentos cuando se construyeron sus dos impresionantes torres de planta pentagonal fl anqueando el acceso al poblado (Pallarés 1983-84), a pesar de las difi cultades que entraña la datación en nuestros días de unos restos excavados de antiguo, a lo que se añade el hecho de que las torres fueron objeto de una restauración en los años cuarenta, tal como han puesto de manifi esto las recientes campañas de excavación (Asensio et alii 2011).
A estos problemas hay que sumar la alternativa propuesta por Pierre Moret en una publicación reciente, en la que defi ende una cronología de la segunda mitad del siglo II a.C., con el asentamiento ya bajo control romano (Moret 2008).
Continuando hacia el interior, en el poblado del Coll del Moro de Gandesa, se producen unas reformas destinadas a aumentar la capacidad defensiva del asentamiento, con el levantamiento de un sistema amurallado con tres bastiones semicirculares, que en uno de los casos se aprovecha para llevar a cabo actividades de tipo económico (Blasco y Rafel Figura 6.
Sección de la estructura de época ibérica localizada en la calle Sant Domènech, con indicación de las principales unidades estratigráfi cas.
1995); en el Bajo Aragón, en este mismo momento se fecha la construcción de la gran torre semicircular que protege el acceso principal de San Antonio de Calaceite, complementada por un foso y formando un estrecho corredor de fácil defensa (Moret 1996: 424-5; Moret et alii 2007: 157).
-Durante la segunda mitad del siglo III a.C. se materializan arquitectónica y urbanísticamente importantes cambios en la sociedad ibérica de la Cataluña meridional y áreas adyacentes.
La confi guración del Castellet de Banyoles como un gran oppidum con grandes y complejas unidades residenciales, edifi cios públicos o cultuales y fortifi caciones sofi sticadas, se da en estos momentos.
Poco más o menos en el mismo período aparece un gran edifi cio residencial en Alorda Park (Calafell), se construye el barrio bajo de San Antonio de Calaceite, y aparecen varias unidades residenciales de grandes dimensiones en la Cella (Salou).
A estas evidencias arqueológicas podemos añadir la referencia de Tito Livio acerca de Hibera, según él la ciudad más rica de la región en aquel mismo momento (Liv.
Estos cambios suponen importantes reformas en la estructura interna de los núcleos en los que se llevan a cabo, lo que puede conllevar sensibles ampliaciones de sus respectivos recintos urbanos y, por lo tanto, la construcción de nuevas fortifi caciones.
Volviendo al muro tortosino, ya hemos comentado que se trata de una estructura de aterrazamiento que salva un desnivel importante entre dos plataformas.
Ahora bien, dada su anchura, técnica constructiva y situación topográfi ca, creemos que solo puede tratarse de un aterrazamiento defensivo, es decir, su función original es la de fortifi cación.
En efecto, un simple muro de aterrazamiento no requiere una anchura de 1,5 m, como se pone de relieve al observar estructuras cercanas con esa misma función, como el muro 2505, que se le adosa, y con una anchura que no llega a la mitad del primero.
Por otro lado, el aparejo que conforma el muro 2502, fabricado a partir de grandes bloques de piedra sin escuadrar, es una muestra de monumentalidad que creemos compatible solamente con un tipo de construcción pública, como es el caso de las murallas o muros defensivos de un asentamiento importante.
Algunos de sus bloques miden más de un metro de lado, que son las dimensiones a partir de las que algunos investigadores creen conveniente hablar de aparejo megalítico en la arquitectura defensiva ibérica (Moret 1996: 86).
Además, la dirección del muro sigue un trayecto que recorrería, por lo menos parcialmente, la falda del tozal de la Zuda, en cuya parte superior hemos de situar un núcleo ibérico (Diloli 1996(Diloli, 1997)), que tendría que haber estado dotado de importantes defensas (Diloli y Ferré 2008b).
Esta fortifi cación toma la forma de un gran muro posiblemente coronado de amplias terrazas desde las que se podría gestionar la defensa con facilidad de movimientos, dispuesta en relación al relieve rocoso del lugar, que haría del cauce del barranco del Rastre una suerte de foso natural.
El uso de bloques de piedra de grandes dimensiones puede ser atribuido a la voluntad de ofrecer una imagen de fuerza e invulnerabilidad respecto a un potencial agresor externo, y contrasta con las más modestas dimensiones de los aparejos utilizados normalmente en las fortifi caciones ibéricas de la región, con la excepción quizás del Castellot de la Roca Roja (Benifallet, Baix Ebre) (Belarte et alii 2002).
Esta fortifi cación fue parcialmente derruida seguramente ya en la primera mitad del siglo I d.C., teniendo en consideración el contenido cerámico del estrato de arcilla fi na que la cubre.
A la vista de los recientes trabajos arqueológicos realizados en la zona, parece ser que la línea que une la calle de Sant Domènech con la de la Mercè es donde se sitúa el último gran conjunto de bloques de conglomerado que sobresale de la línea de suelo natural de ladera del monte, antes de precipitarse al fondo del cauce del barranco.
Este estribo causa un desnivel de varios metros que, en algunos puntos, cae en vertical.
Con todo, no es un bloque compacto, sino muy irregular, y es evidente que las tareas de aterrazamiento y urbanización de la zona, al menos desde época romana, tuvieron que comportar un profundo cambio en la fi sonomía del lugar.
El importante desnivel existente entre la cúspide del bloque de conglomerado y el resto del suelo natural de la ladera podría haber jugado un papel importante en el planteamiento de la construcción de la fortifi cación ibérica, puesto que esta se sitúa en una posición elevada respecto a la ladera, e inaccesible desde cotas inferiores, cercanas al lecho del barranco, que habría actuado como un foso natural acentuando el carácter defensivo de este punto.
Una fortifi cación ibérica
La forma adoptada por la fortifi cación tortosina, la de un aterrazamiento defensivo, es una solución conocida en muchos otros asentamientos ibéricos situados en ladera, como es el caso, entre otros, de Torrelló d'Onda (Castelló,, la Serreta d'Alcoi (Alicante, 425/400-300 a.C.), Cova Foradà (Liria, Valencia, Iberico pleno-alto Imperio), Castell Barri (Gerona, siglo V a.C.), posiblemente el Castell de la Fosca (Palamós, Gerona, siglo IV a.n.E.)
También debemos destacar cierta similitud con determinadas estructuras que en algunos asentamientos están íntimamente asociadas a la presencia de fosos, como es el caso de los poblados aragoneses de San Antonio de Calaceite, Valdetaus de Tauste, la Tallada de Caspe, o Castellans de Cretas.
En estos yacimientos se da la existencia de muros situados en ladera, realizando funciones de aterrazamiento a la vez que protegen los puntos más accesibles de los fosos para impedir que estos puedan ser fácilmente superados por hipotéticos asaltantes (Romeo 2002).
En el caso de Castellans de Cretas, estas estructuras también han sido interpretadas como refuerzos o muros de contención, aunque sin función defensiva (Melguizo y Moret 2007).
En Puig de la Nau (Benicarló) se han considerado como antemurales una serie de estructuras situadas delante de la cortina principal, a modo de barbacana o incluso de epikampion (Oliver y Gusi 1995; Dies 2006; Oliver 2006), aunque al menos uno de ellos podría actuar como terraplén (Moret 1996: 446, Dies 2006).
En Castellet de Bernabé, (Llíria, Valencia), hay una serie de muros de contención en la ladera de la elevación donde se encuentra el asentamiento, para el mantenimiento de una rampa de acceso (Guérin 2003: 4-6, 224, 225).
En el caso tortosino, el sentido pleno de las estructuras localizadas no está tan claro.
Al no disponer de una visión de conjunto, no podemos establecer el valor exacto que el muro tendría en relación al sistema defensivo al que pertenece, pero si tenemos en cuenta su proximidad a un brusco desnivel del terreno natural, posiblemente acentuado o manipulado antrópicamente, podría tratarse de un elemento destinado a la protección de la parte más baja de la colina de la Zuda, a la vez que un aterrazamiento.
Es en este caso la cronología que proponemos para su construcción la que nos dirige hacia su funcionalidad, pues el paramento se erige en un momento en que se constatan cambios bruscos en la organización del territorio ibérico del bajo Ebro, asociados a la formación de auténticas ciudades destinadas a dirigir esta región (Castellet de Banyoles en la Fòia de Mora y la Hibera citada por Livio en el tramo inferior del Ebro), en un proceso de formación estatal solo truncado por la conquista romana.
LAS REFORMAS ALTO IMPERIALES
El derribo parcial de la fortifi cación ibérica, producido durante la primera mitad del siglo I d.C., supondrá un cambio en la función del antiguo elemento defensivo.
Una alteración que hay que relacionar a nivel político y social con la pujanza de Dertosa como ente constituido jurídicamente, tal y como muestran la emisiones monetarias locales de época tiberiana, en las que aparece la leyenda Dertosa Municipium Hibera Iulia Ilercavonia (Diloli 1996; Llorens y Aquiluè 2001) y también a nivel administrativo con la aparición de los primeros magistrados en la ciudad a partir del siglo I d.C. 1.
1 Inscripciones de Marcus Porcius Terentinus, duumviro (CIL II 2 / 14,794) y de Marcus Porcius Theopompus, seviro Hemos usado la palabra derribo para defi nir la última fase de la fortifi cación ibérica, aunque en realidad deberíamos hablar más bien de desmontaje selectivo, ya que no supone su eliminación total.
Los restos se amortizan como muro de aterrazamiento de poca altura, sin ningún tipo de función defensiva, al que se adosan una serie de muros posteriores.
El primero de ellos, el muro 2505, está alineado con el muro ibérico y lo sustituye parcialmente en las funciones de terraza constructiva.
No obstante, su origen no está completamente aclarado, puesto que recorta estratos tardorepublicanos, con una mayoría de material ibérico, mientras que puede situarse su ruina a partir del siglo II d.C., cuando se le adosa el muro 1506.
Pensamos que su construcción podría situarse durante el siglo I d.C., coincidiendo con la destrucción parcial de la muralla ibérica.
La secuencia estratigráfi ca del muro 2505 ha permitido recuperar indicadores cronológicos que en ningún caso superan la etapa antonina.
El lote está formado por importaciones anfóricas de origen itálico, concretamente un pivote de Dressel 1 y otro de Lamb.
2, sudhispánico, con la forma Lomba do Canho 67 (LC.67) y elementos de origen bético.
La vajilla fi na presenta un único ejemplar de terra sigillata itálica, constituido por la forma Consp.
26/27 con sello (tipo 109 CVAr) (Oxé y Comfort 1968), mientras que el volumen total de formas corresponde a elementos de tipo sudgálico, como las Drag.
8, y sobre todo, hispánico.
En último término las importaciones de cerámica de cocina africana se ven limitadas a la forma Ostia II 302, que se desarrolla durante el período julio claudio, y a la cazuela baja Lamb.
9A, de época fl avia.
Vale la pena destacar el hallazgo de una fíbula Alesia Preaucissa, tipo 19.1.b b (Erice Lacabe 1995), datable a mediados del siglo I a.C.
La información expuesta, a pesar de ser parcial debido a las limitaciones inherentes a una excavación de tipo urbano, hace que se pueda hablar de obras de nivelación o aterrazamiento de época alto imperial, seguramente augústeas, en este sector de la ciudad, un hecho hasta ahora no documentado en anteriores intervenciones arqueológicas.
Al muro 2505, realizado a base de mampostería irregular, se le adosan dos nuevas estructuras que constan de una única hilada de piedras, los muros 2506 y 2507.
Ambos se sitúan en perpendicular al muro de aterrazamiento y cuentan con una capa de mortero de cal que los cubre.
Materiales protohistóricos localizados en la calle Sant Domènech: 1. urna ibérica de cierre hermético con orejetas; 2. tinaja ibérica; 3. pithiskoi; 4. vaso de barniz negro ático de la forma Lamboglia 22 / Morel 2681 a; 5. plato ibérico; 6 y 7. cerámica a mano preibérica; 8.-imitación ibérica de skyphos.
Sobre 2505 se extiende un nivel de derrumbe (2002), sobre el que se sitúa otro muro en sentido perpendicular, el muro 1506, levantado sobre las ruinas del anterior, al que se adosa el estrato 2004.
Esta última estructura se pierde bajo el patio del edifi cio renacentista del colegio de Sant Domènech y Sant Jordi, y le suponemos provisionalmente una cronología del siglo II d.C. sin descartar que pueda ser posterior.
En vista de los datos presentados, no estamos en condiciones de interpretar la función de las estructuras de cronología romana alto imperial, debido tanto a las limitaciones de la intervención, como al estado de conservación de los restos.
Es presumible que se utilizase la vieja fortifi cación ibérica como cantera, mientras que la presencia de un sillar escuadrado podría estar indicando la existencia de una edifi cación con un cierto grado de monumentalidad.
En todo caso, forman parte del mismo horizonte cronológico de algunos de los restos que están siendo excavados en las calles vecinas de Sant Felip Neri y la Mercè, las cuales podrán aportar en breve un conjunto de datos más rico que las presentes para el conocimiento del período alto imperial de esta zona de la ciudad.
El conjunto de estructuras alto imperiales halladas en la calle de Sant Domènech se derriba hacia fi nales del siglo II d.C., y sus restos son cubiertos por una importante capa de tierra, escombros y restos de material constructivo que se distribuye por toda la ladera de la Zuda hasta el cauce del barranco del Rastro.
Este estrato de abandono se sitúa cronológicamente hacia fi nales del siglo II d.C., documentándose producciones en terra sigillata africana del tipo A como material más moderno, concretamente las formas Lamb.
2A, junto con vajilla de cocina africana, cazuelas del tipo Lamb.
10A/Hayes 23B, concordando plenamente con los estratos recortados por las fosas de las tumbas halladas tanto en el interior como en el exterior de la iglesia de Sant Domènech.
El mismo estrato de abandono se ha detectado ya en otras excavaciones, como en las ya mencionadas de Sant Felip Neri y la Mercè, pero también en la calle Montcada (Diloli et alii 2010), así como en antiguas obras urbanas en las que se documentaron restos romanos, como en la calle Mercaders, la plaza dels Estudis, y en el edifi cio de la Telefónica (Navarro 2008).
Este horizonte fi nisecular marca, sin duda, una importante etapa de reformas urbanísticas en la ciudad romana, que incluiría el abandono y derribo de su sector más meridional, así como el arrojo de grandes cantidades de escombro desde la parte superior de la Zuda ladera abajo.
La evolución histórica del entorno de la calle de Sant Domènech en época antigua no estaría completa sin abordar la época bajoimperial.
Con posterioridad a su abandono como espacio de hábitat, este sector de la ciudad es ocupado por áreas de necrópolis, más o menos dispersas, que se aglutinan en la ladera meridional de la Zuda y en el lecho del barranco del Rastre, constituyendo una de las zonas funerarias mejor conocidas actualmente en la ciudad de Dertosa.
Esta área se encuentra próxima a una de las vías de acceso a la ciudad antigua, como lo confi rman las abundantes noticias que existen sobre el hallazgo de inhumaciones de época romana en este sector, y que con los datos actualmente disponibles se pueden datar desde mediados del siglo IV hasta principios del siglo VI d.C. (Abril 1928; Massip 1987; Miravall 1986; Navarro 2008).
En anteriores trabajos (Navarro 2008) interpretábamos la aparición de estructuras altoimperiales en el sector de Sant Domènech como una posible monumentalización del anterior sector fortifi cado, aprovechando la antigua línea de defensa ibérica.
Se consideraba esta hipótesis en función de las áreas de necrópolis de época romana localizadas en este sector, proponiendo una primera línea de cierre del recinto amurallado romano.
Los datos se basaban en la existencia de un potente muro de piedra, siguiendo una disposición este-oeste y datado entre los siglos III y IV d.C., que fue localizado en el Aula Mayor de la catedral de Tortosa (Arbeloa 2008).
La distribución funeraria del sector meridional de la ciudad favorecía, en principio, estos planteamientos, ya que esta Figura 9.
Materiales de época romana localizados en la calle Sant Domènech: 1.
2a se articularía en paralelo a los lienzos defensivos de época ibérica y romana, bordeando el barranco del Rastre y siguiendo una curva de nivel topográfi co, a lo que hay que añadir la existencia de un antiguo camino medieval que posteriormente seguiría este mismo recorrido.
A pesar de todo, la ausencia de restos de fortifi cación romana entre los nuevos hallazgos ha contradicho esta primera hipótesis, descartando la existencia de un lienzo defensivo romano en el sector estudiado.
Lo que sí queda claro, en función de la distribución funeraria y la proximidad del cauce del barranco, es la existencia de una vía de acceso a la ciudad (Navarro 2008).
Expuestos estos planteamientos, las intervenciones realizadas en la calle de Sant Domènech y en su iglesia han permitido documentar, como hemos visto, dos inhumaciones romanas de época presumiblemente bajoimperial que situamos entre los siglos IV y VI d.C. por analogía con las excavadas en el solar de la cercana calle Montcada.
Las dos sepulturas, a pesar de no estar alejadas entre sí más de tres metros en línea recta, se encontraron a una diferencia de cota de más de dos metros, por debajo de estratos andalusíes y recortando el nivel de abandono de fi nales del siglo II anteriormente citado.
La diferencia de cota se explica por la situación en ladera de las tumbas, encontrándonos con situaciones similares en las calles de Sant Felip Neri y la Mercè.
El hallazgo de inhumaciones romanas en esta zona de la ciudad reafi rma la condición de necrópolis de la misma, en un espacio extramuros, adaptándose parcialmente a los antiguos aterrazamientos, siguiendo el curso de una vía de acceso a la ciudad (Navarro 2008).
Por otra parte, sumado a los restos estructurales y el registro cerámico de tipo ibérico disponemos de informaciones escritas de época romana que mencionan la existencia en este territorio durante el siglo III a.C. de una ciudad, Hibera, al parecer la más opulenta de la región, que fue asediada pero no tomada por las tropas romanas en su intento por retrasar la marcha de Asdrúbal hacia Italia (Liv.
El texto, escrito por Tito Livio, nombra una urbe que debía de poseer importantes recursos defensivos, sufi cientes cuanto menos para resistir por un cierto tiempo la maquinaria de guerra romana (Diloli 2000(Diloli, 2003;;Diloli y Ferré 2008b).
Una cita de César en la que se refi ere a cómo los íberos Ilercavones que estaban en el bando pompeyano se pasaron al campo cesariano "avisados de la resolución de su ciudad, girando las banderas desde el cuerpo de guardia en el que estaban" (Caes.
De bello civili, 15), o la acuñación de monedas con la leyenda Hibera Ilercavonia de fi nales del siglo I a.C. confi rmarían la subsistencia de esta ciudad hasta cerca del cambio de era.
Las características formales de la muralla descubierta, si son representativas del conjunto de fortifi caciones que protegieron el asentamiento ibérico de la Zuda, se alejan de las correspondientes a otros núcleos ibéricos conocidos del curso inferior del Ebro.
En estos, ubicados en pequeños y angostos montes cerca del río, las fortifi caciones por lo general solo cubren los espacios más accesibles desde el exterior, ya sea con conjuntos murales de cierta complejidad o a través de muros de cierre de dimensiones modestas, normalmente con el apoyo de torres, pero confi ando en la impracticabilidad del relieve para su seguridad (Diloli y Ferré 2008a).
Hay varios ejemplos de este tipo de concepción defensiva cercanos al asentamiento tortosino: Castellot de la Roca Roja (Benifallet), L'Assut (Tivenys) o Les Planetes (Tortosa), entre los mejor conocidos.
En el caso de la Zuda, parece que nos encontramos con una construcción de mayor magnitud, más aparatosa y monumental, lo que podría estar indicando una jerarquía superior del centro tortosino sobre de los asentamientos citados, un núcleo que podría identifi carse perfectamente con la Hibera descrita por Tito Livio (Liv.
XXIII, 28, 9-12), asumiendo un papel organizativo en este tramo inferior del Ebro en un momento de cambios substanciales en la organización ibérica, en el que destacaría la aparición de auténticas ciudades destinadas a regir políticamente el territorio2.
A partir de aproximadamente inicios del siglo I d.C. se urbanizaría el sector Sant Domènech, articulándose en torno de un muro de terraza que, a su vez, se apoya sobre los restos de la antigua fortifi cación ibérica, desmontada ya en su mayor parte.
Todo indica que se trata de un aterrazamiento general de la ladera meridional de la Zuda, aunque de momento no sepamos qué tipo de construcciones contenía, ni qué tipo de actividades albergaba.
Por lo que respecta al abandono defi nitivo de los restos estudiados, a día de hoy podemos hablar de una reforma urbanística que supuso la eliminación generalizada de todo este barrio suburbano, si bien los condicionantes que la provocaron distan mucho de ser claros.
El registro cerámico no permite atrasar esta eliminación hasta la incursión franca del año 260, que algunos autores han propuesto ante la existencia en Tortosa de potentes capas de ceniza en varios lugares del subsuelo de la ciudad (Miravall 1988), estratos de incendio por otra parte ausentes de la calle de Sant Domènech.
Este horizonte cronológico de cambio de siglo es igualmente demasiado antiguo para atribuirlo a las convulsiones de la llamada crisis del siglo III.
No sabemos hasta qué punto esta represión podría tener una correspondencia material a una escala como es la aparente desaparición de un suburbio entero de la ciudad de Dertosa, pero se trata de los hechos políticos que concuerdan mejor con los restos arqueológicos, por lo menos a nivel cronológico.
Asimismo no hay que olvidar la legación que el gobierno de la ciudad envió a Antonino Pío, cuya existencia se constata gracias a dos hallazgos de tipo epigráfi co (Genera y Járrega 2009: 118), lo que prueba la existencia en la ciudad de alguna situación excepcional en estos momentos, aunque tampoco podemos descartar que se trate de EVOLUCIÓN URBANA DE UN SECTOR DE LA CIUDAD DE TORTOSA DURANTE LA ANTIGÜEDAD dinamismos de alcance puramente local, que de momento se nos escapan.
Como hipótesis, también se puede aventurar la proximidad del barranco del Rastre, caracterizado por la violencia de sus avenidas3, como uno de los elementos que pudieron afectar directamente la vida y actividad de los pobladores del lugar, si bien esta explicación no resulta del todo satisfactoria, teniendo en cuenta la situación de los restos excavados, situados en un punto relativamente elevado respecto al cauce que tendría el barranco en época romana, y por lo tanto, no expuestos de modo directo al efecto de las riadas.
Finalmente, el antiguo barrio suburbano de época alto imperial será adaptado a usos funerarios durante el Bajo Imperio.
A pesar de la obtención de datos importantes sobre varios períodos históricos, queda por resolver tanto la problemática del cierre de la ciudad romana, que como se ha visto no se realizaba por este punto de la ladera meridional de la Zuda, así como la ausencia de inhumaciones de época altoimperial en este sector de la ciudad, que únicamente aporta datos en este sentido desde mediados del siglo IV d.C.4. |
En este trabajo se presentan los resultados de la aplicación de determinados métodos estadísticos y funciones SIG sobre los datos conocidos del poblamiento del ager Tarraconensis, es decir, del territorio de la colonia de Tarraco.
El estudio está centrado en un periodo cronológico que se extiende desde época ibérica al siglo III d.C., dos momentos en los que se producen sendos cambios en la estructura de la población que ocupa el llamado Camp de Tarragona.
Los métodos aplicados nos han permitido modelizar y explicar la estructuración y dinámica del poblamiento.
También aportamos nuevos datos e ideas sobre el momento en el cual se produce la llegada de colonos itálicos, cómo se distribuyen en el territorio y cual habría podido ser el estatuto jurídico de la ciudad de Tarraco en el fi nal del siglo II a.C. Por otro lado presentamos modelos explicativos de los periodos de estabilidad en el medio rural durante las dinastías julio-claudia y fl avia.
Finalmente se analizan y explican aquellos datos que nos muestran cómo dicha estabilidad se quiebra en el siglo II d.C., alterándose por completo la articulación del poblamiento en el territorio en el III d.C.
El presente estudio se ha realizado sobre la base de los datos y conclusiones aportadas por el Proyecto Ager Tarraconensis (PAT) dirigido desde el Institut Català d'Arqueologia Clàssica (ICAC) entre los años 2005 y 2009 y en el que ha participado un amplio abanico de instituciones 2.
El PAT ha trabajado sobre un área localizada en el llamado Camp de Tarragona, situada en el margen derecho del río Francolí, y con una extensión aproximada de 345 km 2 (Fig. 1).
El proyecto ha estudiado 2 Los resultados y conclusiones del proyecto PAT (Proyecto Ager Tarraconensis) pueden consultarse en Prevosti y Guitart 2010a; 2010b y en Gorostidi 2010.
La justifi cación y los aspectos metodológicos correspondientes a las prospecciones extensivas y al diseño de las prospecciones intensivas aplicados en este proyecto son desarrollados en Prevosti y Guitart 2010b: 15-27; 37-99.
Las prospecciones extensivas consistentes en el estudio y visita de los yacimientos conocidos afectaron a 222 yacimientos que fueron correctamente localizados e incluidos en la base de datos generada.
Las prospecciones intensivas, correspondientes al proyecto PAT y al precedente dirigido por Simon Keay (Carreté et alii 1995), se han realizado sobre un 9% de la superfi cie total del área de estudio.
Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 91-112 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.006 este territorio desde una perspectiva pluridisciplinar abarcando una cronología que va desde 500 a.C. a 712 d.C. El ager Tarraconensis se ha analizado desde varias perspectivas como pueda ser un primer estudio del poblamiento, la articulación del territorio, estudios cerámicos, paleoambientales, geológicos y epigráfi cos. Nuestro trabajo, aplicado sobre la misma área estudiada por el PAT, profundiza en fórmulas para modelar y analizar el poblamiento en el ager Tarraconensis.
Así, la falta de datos arqueológicos completos que permitirían abordar estudios de jerarquización entre asentamientos hace que tratemos de analizar y explotar esta información de forma indirecta utilizando para ello métodos estadísticos y análisis SIG de la información.
EL POBLAMIENTO EN EL AGER TARRACO-NENSIS
Describimos a continuación cuáles fueron los resultados relativos al poblamiento en el ager Tarraconensis alcanzados por el PAT.
PERIODO IBÉRICO (SIGLOS IV-III A.C.)
En nuestra área de estudio se observaron un total de 22 yacimientos para un territorio total de 345 km 2.
Sin embargo, es necesario destacar que el poblamiento en este momento cronológico presenta un défi cit de datos mayor que el cualquiera de las otras áreas costeras de Cataluña (López et alii 2010).
La distribución de estos yacimientos, aparentemente dispersa, presenta una nuclearización en torno a una serie de poblados ibéricos (6), y una serie establecimientos rurales (10).
Esta impresión queda confi rmada al analizar los datos mediante el estadístico Nearest Neighbor 3 (Fig. 2).
Este proporcionó unos valores de OMD/EMD=1.33 y Z score=3.32, confi rmando la estructura de un territorio en el cual los asentamientos se encontraban organizados de forma dispersa.
La aplicación del Cost Distance 4, función calculada mediante SIG, creaba 3 Hay que recordar que Nearest Neighbor o Vecino más Próximo es un tipo de índice que analiza la aleatoriedad en la distribución de un conjunto de localizaciones.
Este se basa en comparar la distribución observada, usando para ello la distancia media, con una hipotética distribución aleatoria.
Cuanto más próximos a 1 sean los resultados más aleatoria será la distribución de los asentamientos y por tanto menos sujeta a patrones dirigidos de localización.
OMD: Distancia Media Observada.
EMD: Distancia Media Estimada.
4 Es el área o superfi cie que puede recorrerse desde un punto determinado en una distancia temporal o espacial dada.
Su cálculo esta basado en los costes energéticos necesarios y pue-unas áreas de explotación que cubrían un amplio sector del territorio pero dejaban a su vez deshabitada una parte importante del área central de la planicie del ager.
Ambos datos nos indican una distribución dispersa, pero equilibrada de los poblados y por tanto un control efi ciente del territorio.
PERIODO REPUBLICANO (SIGLOS II-I A.C.)
Con respecto al periodo anterior, destaca en esta fase la gran cantidad de yacimientos documentados de calcularse gracias a diversas aproximaciones.
Generalmente se utiliza para calcular el ACR o AER (Área de captación de recursos o Área de explotación de recursos).
(128), frente a la veintena anterior.
Sin embargo una datación más precisa solo ha podido constatar 47 y 64 yacimientos correspondientes a los siglos II y I a.C. respectivamente.
Esta multiplicación de asentamientos indica una ruptura con el modelo de poblamiento anterior en el cual el nuevo patrón consiste en una serie de nuevos asentamientos que pivotan en torno a los antiguos poblados.
Esta distribución puede deberse a un proceso lento de ruptura con el modelo anterior, caracterizado principalmente por la persistencia durante el siglo II a.C. de determinados poblados ibéricos, 5 de 10, y establecimientos rurales, 6 de 10 (López et alii 2010).
Según Arrayás (2004: 38) la transformación no se produce en la primera mitad de siglo II a.C., sino que por el contrario el patrón del periodo ibérico continuaría subsistiendo con el beneplácito de Roma, e incluso potenciando alguno de sus centros; siempre bajo el control de los praesidia romanos.
Los cambios se producen principalmente en la segunda mitad del siglo, coincidiendo con un cambio en la política de ocupación romana, basada ahora en el reasentamiento, es decir, en el traslado controlado y dirigido de la población indígena.
Este cambio de estrategia, coincidiría con el fi nal de las guerras Celtibéricas, en el 133 a.C., y con la intervención de una comisión senatorial de decemviri agrari5 encargada de reorganizar los territorios hispanos.
Finalmente (Arrayás 2004: 50-51) afi rma que el reasentamiento iría acompañado de una estructura catastral romana (catastro A) como sistema de explotación agraria con una base social principalmente indígena.
Esta hipótesis difi ere de la sugerida por otros autores.
En primer lugar Francisco Pina Polo (1997: 97 y nota 53;2009: 224-226) opina que esta comisión de decemviri no habría tomado medidas con respecto a los territorios de la Citerior y la Ulterior previamente conquistados, y que su actuación se habría ceñido estrictamente a los territorios arrebatados a los celtíberos, la Lusitania y la Callaecia.
El mismo Pina Polo (1997: 100-101) cita un segundo momento en el que una comisión de decemviri se encontraría presente en la Península entre fi nales del siglo II a.C. e inicios del siglo I a.C. coincidiendo con un periodo de inestabilidad caracterizado por los confl ictos con Lusitanos y Celtíberos, y por la incursión Cimbria del 104 a.C., rechazada por contingentes celtibéricos.
La segunda divergencia a la teoría formulada por Arrayás se deduce de los resultados de los estudios arqueomorfológicos realizados por J. M Palet (Palet 2003; Palet 2008; Palet et alii 2010) según los cuales el territorio del ager Tarraconensis estuvo organizado sobre la base de cuatro tramas catastrales de orientaciones diferentes.
Una de estas, Tarraco I, estructuraría la zona central con una orientación y extensión divergente a la detectada por Arrayás, quien además hacía extensiva su propuesta al conjunto de las tres comarcas del Alt y Baix Camp y el Tarragonès (2004: 56-60).
Palet también difi ere en la datación de la primera intervención sobre dicha trama ortogonal (Palet et alii 2010: 183) que se asigna al fi nal del siglo II a.C., coincidiendo con las reformas urbanas de la Tarraco tardorrepublicana (Macias 2000; Fiz y Macias 2007: 33).
Además de la cuestión cronológica, está el hecho que los datos estadísticos aplicados ya no revelan una dispersión de los asentamientos en el territorio, como así se había registrado para el anterior periodo.
Por el contrario, el cálculo del Vecino más Próximo proporciona ahora unos resultados completamente diferentes según los cuales el poblamiento en el siglo II a.C. está claramente agrupado (OMD/EMD = 0.77 Z score = -3.04): una tendencia que se acentúa en el siglo I a.C. (OMD/EMD= 0.77, Z score= -3.43) coincidiendo con el abandono de los poblados ibéricos.
En el siglo I a.C. se vuelve a producir un incremento en el número de yacimientos con respecto al periodo anterior.
Recordemos que durante este siglo se asiste a un programa de asentamiento de veteranos en nuevas colonias y municipios, implicando el control y la administración territorial a través de parcelaciones, también detectadas en diversos estudios (Palahí 2010: 81).
César, y después Augusto, impulsa decisivamente esta política con concesiones de estatutos de colonia, acompañados por asentamientos de colonos itálicos en las ciudades peninsulares.
En este contexto y tras la concesión del rango de colonia a Tarraco se habría asentado en su territorio, mediante la fórmula de la deductio, un contingente de veteranos entre los años 44 y 37 a.C. (Mar et alii 2010: 298-302) Finalmente, los estudios arqueomorfológicos antes citados, proponen un gran proyecto de estructuración del ager en el cual se complementaría la trama inicial pre-cesariana del siglo II a.C. con otras dos nuevas, Tarraco II y III.
Los incrementos en el número de yacimientos detectados se corresponderían muy seguramente con esta política cesariana.
PERIODO ALTOIMPERIAL (SIGLOS I-III D.C.)
Este periodo se caracteriza también por una reestructuración del sistema agrario, en un proceso de concentración de propiedades (López et alii 2010: 398-399).
Una clasifi cación más precisa por períodos cronológicos constata 74 yacimientos en época augustea, de los cuales 6 son villas y solo una existía en el periodo anterior; 87 en época julio-claudia, siendo 7 de 13 las villas de nueva construcción; 81 con la dinastía Flavia, contando 3 de 15 las villas construidas; 74 en el siglo II d.C., constatando 4 nuevas villas de 19, y fi nalmente 49 en el siglo III d.C., con una sola villa construida, pero a partir de un establecimiento rural ya existente.
Es decir, se produce un aumento continuo de asentamientos hasta época julio-claudia, produciéndose una ligera infl exión en el siglo II d.C. El siglo III d.C. marca una ruptura con el anterior modelo debido a la disminución drástica de asentamientos (López et alii 2010: 402-403).
De estos datos se desprende que el cambio de Era signifi ca la reestructuración del modelo tardorrepublicano, con la implantación del sistema de villae durante los siglos I y II d.C., sobre todo a partir de los Julio-Claudios, a costa del abandono de establecimientos rurales.
El estudio estadístico de estos datos mediante el cálculo del Vecino más Próximo apunta a una disposición de los asentamientos concentrada, pero con una tendencia a que las nuevas instalaciones se sitúen de manera más atomizada en el territorio, en especial en época augustea (OM/EM= 0.86 Z score= -2.36).
A partir de aquí parece producirse una reconcentración de los asentamientos que tendrá su máximo con los fl avios (OM/EM= 0.79, Z score= -3.76).
Este último dato podría corresponderse con la adopción fi nal del sistema de villae en el siglo I d.C.
Bajo esta dinámica el ager de Tarraco no es un caso excepcional.
La cronología de la implantación del modelo de villae en época augustea está registrada arqueológicamente en el nordeste de la Península Ibérica.
Aunque se dan casos en los cuales se han detectado estructuras rurales fechadas en las últimas fases del periodo republicano, el consenso general es que en el cambio de era las nuevas construcciones están siguiendo modelos arquitectónicos itálicos, los materiales utilizados responden a artesanos y especialistas itálicos, y la separación entre pars urbana y pars rustica se corresponde claramente con la concepción de las villae (Palahí 2010: 80) y por tanto estamos ante un cambio en el sistema económico y productivo.
La leve disminución de asentamientos en el siglo II d.C. y la drástica reducción en la centuria siguiente son fenómenos paralelos a otras áreas del levante ca-talán, donde encontramos las mismas tendencias con oscilaciones entre el 20 y el 50% de abandonos para el siglo III d.C., sin que se pueda estimar si estamos ante un despoblamiento o una concentración de la propiedad.
En efecto, la escasez de yacimientos excavados en su totalidad para este periodo provoca que no puedan defi nirse patrones de comportamiento concretos (Palahí et alii 2008: 29).
En este contexto del siglo II d.C., el índice Vecino más Próximo pone de manifi esto una alteración: los asentamientos aún parecen seguir un sistema de concentración; sin embargo, mantienen una tendencia a la aleatoriedad (OM/EM= 0.92, Z score= -1.29), es decir, no se guían por un patrón de asentamiento concreto.
Recordemos que estamos en un momento en el que ya se ha declarado una tendencia al descenso en el número de yacimientos.
Esta tendencia se vuelve crítica en el III d.C., cuando desciende drásticamente el número de yacimientos, sean de hábitat o de producción.
Los datos del Vecino más Próximo son muy claros al respecto (OM/EM= 0.94 ZScore=-0.69), proporcionando una cifra correspondiente a una disposición aleatoria.
Evidentemente esto no quiere decir que los asentamientos se hubieran ubicado de forma aleatoria, más aún teniendo en cuenta que todos son continuidad del periodo anterior, sino que son los abandonos los que no obedecen a un patrón concreto, y el resultado es una distribución de asentamientos que adquiere una disposición aleatoria.
Entendemos que este "azar" obedece al factor humano, en el cual las razones probablemente estén mucho más ligadas a la compleja situación que está viviendo la transición entre el siglo II y III d.C.
APROXIMACIONES AL ESTUDIO DEL POBLA-MIENTO: METODOLOGÍA.
Una parte importante de nuestro trabajo en el proyecto PAT fue la adaptación de la base de datos original, Forma Orbis Romani6, a nuestras necesidades de explotación de la información.
Desarrollada originalmente en Microsoft Offi ce Access, diseñamos diversas consultas en SQL para facilitar su integración como geodatabase de ARCGIS.
Una vez creadas estas consultas e incorporadas las tablas en el SIG se pudieron exportar los datos para la creación de gráfi cos o la realización de estadísticas con paquetes como SPSS v.17.
Sobre la base de todo este trabajo y de la información cuantitativa registrada se pudo realizar el análisis e interpretación de la evolución del poblamiento 7.
A MÉTODOS ESTADÍSTICOS Y FUNCIONES SIG partir de aquí, y con la utilización de técnicas estadísticas y SIG, nos hemos planteado varias formas de proponer un modelo de comportamiento del poblamiento en el hinterland de Tarraco.
En primer lugar hemos analizado la dinámica poblacional a lo largo de todos los periodos estudiados.
Esta dinámica se estudia sobre la base de los yacimientos abandonados, aquellos que son de nueva creación y fi nalmente los que permanecen.
Estos datos nos proporcionan una información interesante acerca de los periodos de actividad constructiva, estabilidad y crisis.
A continuación, y a partir de tres técnicas distintas, se han podido observar las transformaciones producidas en el territorio, y las formas que estas adoptaron complementando y ampliando los datos conocidos hasta el momento.
Estas técnicas son: Kernel Analysis, Two Cluster Step Analysis (análisis de conglomerados en dos pasos) y el Análisis de Cuencas Hidrográfi cas.
Las dos primeras utilizan como base de cálculo la distribución puntual en el espacio de los asentamientos sin observar en principio condicionantes geográfi cos. Sin embargo, la segunda puede estar condicionada a través de las variables utilizadas por aspectos relativos a la relación del yacimiento con su entorno.
La tercera, por el contrario, permite la defi nición de un territorio natural a partir de las cuencas fl uviales, sobre el cual se analiza el poblamiento.
La evolución del poblamiento se ha podido apreciar con más claridad gracias al uso sobre SIG del Kernel Analysis (Fiz 2010a: 279-284).
Este método permite describir y visualizar la frecuencia de cambio en las observaciones sobre un área concreta.
Podemos determinar cuál es la densidad de asentamientos y visualizar al mismo tiempo cuál es la intensidad de un determinado suceso.
Como medidas proporcionadas por los SIG encontramos el Kernel Density Estimation introducido en la arqueología por Baxter et alii (1995; más aplicaciones en Hare 2004; Bocquet-Appel et alii 2005; Herzog y Yépez 2010).
Es una técnica no paramétrica en la cual se aplica una función de densidad probabilística a cada uno de los objetos de estudio pero dentro de un radio de acción determinado.
La superfi cie resultante es continua y el valor más grande se corresponde con el número de localizaciones dentro del radio escogido.
El método, según otros autores (Baxter et alii 1995: 350), es comparable al análisis del Vecino más Próximo siendo a su vez una aproximación informal al análisis de agrupamientos o conglomerados, también llamado Cluster Analysis.
ANÁLISIS DE CONGLOMERADOS EN DOS PASOS
Entendemos por agrupamiento, conglomerado o clúster, a aquellos elementos de un conjunto global de datos, que tienen una o varias características que los hacen más parecidos o próximos entre sí frente a otros con los que no presentan coincidencias.
Por otro lado, el análisis de conglomerados es una herramienta importante para describir, interpretar y explicar los fenómenos relacionados con el poblamiento.
La agrupación de yacimientos en una misma área puede ser resultado de diversos factores ambientales, económicos o administrativos.
Para determinar cuáles y cuántos son dichos agrupamientos hay diversas técnicas de aproximación8.
La elegida por nosotros, dentro de los métodos llamados Partitioning Clustering Technique (algoritmos de partición), es el TwoSteps Cluster Analysis (análisis de conglomerados en dos pasos), diseñada para dar una rápida distribución de los agrupamientos.
Su gran ventaja es que si desconocemos el número de agrupaciones posibles que podrían generar nuestros datos, el algoritmo busca cuál es el número óptimo.
La arqueología incluye información referente al uso hidrológico del territorio.
Por ejemplo, es posible calcular las redes de drenaje de una cuenca hidrográfica y por tanto determinar la relación entre estos y los yacimientos situados en las inmediaciones.
Por defi nición, una cuenca hidrográfi ca capta la precipitación, la infi ltra y almacena, determinando cómo esta agua es liberada del sistema.
También decimos que una cuenca hidrográfi ca es una región de la superfi cie terrestre donde las aguas fl uyen hacia un mismo punto común, o punto de cierre de la cuenca (llamado Pour Point).
Algunos proyectos de investigación han tomado como base teórica un modelo aproximado a las cuencas hidrográfi cas planteando la posibilidad de que estas funcionen como espacios de relación social y económica en la idea territorial de un área de captación de recursos, un Cost Distance o la delimitación de un territorio.
En este sentido es signifi cativa la aportación de Bintliff (2009: 107) en la defi nición del concepto de settlement chamber aplicándolo en su estudio del Valle de las Musas: un fértil valle rodeado por tres de sus lados por montañas y capaz de acoger un gran poblado o una pequeña ciudad y una serie de asentamientos dependientes.
Más interesante aún resulta Torelli, para quien las comunidades individuales de aldeas (vici) surgidas en las áreas del Lacio y Etruria se identifi caban con una unidad más amplia (pagi), en virtud de las prácticas religiosas ligadas a la producción agraria pero sobre todo a la utilización de recursos hídricos 9 (1988: 241-242).
El autor plantea diversos casos: un territorio con una fuente hídrica común propia de un único gran oppidum (modelo mononuclear de base pagánica); un territorio polinuclear en el que existe un núcleo de mayor tamaño en la desembocadura del río afl uente, y otro situado aguas arriba del pagus (modelo polinuclear de base pagánica); y por último, a nivel de territorio político el que se defi niría sobre una base interpagánica.
Siguiendo modelos similares pero desde un aspecto más técnico para el que calcularon las cuencas hidrográfi cas mediante SIG, encontramos la reconstrucción del sistema de los territorios parroquiales desde la Edad Media en la Turena, Francia (Chareille et alii 2005; Zadora-Rio 2008).
En aquel trabajo se puso énfasis en el rol que juega la hidrografía en la delimitación y defi nición de los territorios comunales, y para esto aportaron como dato fundamental que el 20 % de los límites comunales coincidían en el territorio de la Turena con algún elemento de la red hidrográfi ca.
Otro trabajo interesante fue el desarrollado por Löwenborg (2007) sobre los härad o hundare de Suecia, existentes seguramente ya en periodo vikingo, sobre el 1000 d.C. Estas unidades territoriales, conocidas por documentos de fi nales de los siglos XIII y XIV se dividían a su vez en skiplag (la unidad territorial que proporcionaba un barco al común), orientados quizás a la defensa marítima.
Los hundare formaban también distritos judiciales.
El autor del trabajo reconstruyó el sistema de captación de aguas y el de las áreas de drenaje o watershed encontrando coincidencias en buena parte de los límites entre los diferentes hundares documentados históricamente y las cuencas naturales.
Pretendemos en nuestro estudio analizar si el comportamiento poblacional responde a una distribución en las proximidades de barrancos y rieras, es decir, si siguen algún criterio sobre la base de las cuencas hidrográfi cas.
Por otro lado, pretendemos utilizar el carácter de unidades de división natural de las cuencas como formas de analizar la localización, dinámica y distribución de la población en el territorio. gusteo marcan también porcentajes altos en los abandonos (20%), que quizás pudiéramos atribuir al fi nal del proceso de aculturación, la adopción del modelo itálico a través de los métodos constructivos, y la reasignación de lotes en los procesos de centuriación del territorio tanto a los habitantes de origen indígena como a aquellos itálicos ya establecidos a lo largo del siglo II a.C. El número de abandonos con respecto al periodo anterior cae al 6% en época julio-claudia, en lo que fi nalmente parece una estabilización del modelo.
Sin embargo, aquí se produce nuevamente una infl exión y el número de abandonos tiende al alza ya desde época fl avia, y continua en el siglo II d.C. Estos datos nos pueden estar hablando de la adopción de las villae como modelo de explotación del territorio, abandonando ahora el anterior de explotaciones individuales.
En cambio, los datos del siglo III d.C. señalan que se ha producido el abandono de casi el 35% de los yacimientos, lo cual, sumado a la nula construcción de nueva obra, sea de hábitat o de producción, nuevamente apunta a un evidente cambio con respecto al modelo anterior.
Observando al tiempo el número de nuevos asentamientos y abandonos nos encontramos que la diferencia resulta positiva desde el siglo II a.C. hasta época julio-claudia.
Es decir estamos ante una dinámica de llegadas o de relocalizaciones refl ejada en una fuerte actividad constructiva de nueva creación.
Este proceso se altera ligeramente en época fl avia, seguramente debido a un tímido proceso de reconcentración de propiedades, y se dispara críticamente en el III d.C. (65%).
El último dato que podemos analizar es el de estabilidad, es decir el porcentaje de yacimientos que permanecen con respecto al periodo anterior.
Y desde el siglo I a.C. esa estabilidad es superior al 80%, alcanzando el cenit en el periodo julio-claudio (96%) y hundiéndose en el siglo III d.C. Es decir, se detecta que el modelo se ha asentado en el territorio desde el siglo I a.C., manteniéndose hasta el siglo II d.C.
KERNEL DENSITY ANALYSIS: EVOLUCIÓN DEL POBLA-
El análisis de densidades ha permitido contrastar los cambios producidos en cinco zonas del ager Tarraconensis (Fig. 4).
La elección de estas zonas se ha debido a que presentaban aparentemente o una amplia concentración de asentamientos o una alta dinámica de nueva creación y abandono.
Se utilizó este método con la intención de observar con mayor detalle el comportamiento que presentaba cada una de las zonas citadas.
Estas ocupan un 64% del territorio estudiado.
La primera zona (Fig. 5), de aproximadamente 22 km 2 de superfi cie, esta situada en el cabo de Salou, y delimitada por las poblaciones actuales de la Pineda, Vila-seca y Salou.
Este cabo se caracteriza por un promontorio, conocido por la Cadeneta, sobre el que se extiende una pequeña planicie llamada el Pla de Maset.
Esta área, en la que ya se registraba presencia de poblamiento desde época ibérica, está representada por el poblado ibérico de la Punta de la Cella.
El número de yacimientos se incrementa en el siglo II a.C., con tendencia a concentrarse en torno a este núcleo ibérico.
En principio la zona no se ve afectada por el proceso de centuriación, alcanzando su máxima densidad de asentamientos en el siglo I a.C., iniciándose aparentemente en época augustea un proceso de despoblamiento materializado en el siglo II d.C. Una segunda zona de ocupación se había gestado ya (Fig. 6) en época ibérica en torno al poblado del Puig de Santa Anna (Castellvell del Camp).
El área, de unos 34 km 2, comprende principalmente los municipios de Reus, Riudoms, y les Borges del Camp, afectando a las Rieras de Mas des Sostres, Maspujols y la Alforja.
De norte a sur, ocupa el espacio situado a media distancia de la costa, ya en la planicie, hasta los aledaños del primer frente de elevaciones que afectan a la Serra de la Mussara y las Muntanyes de Prades.
Para esta ventana de trabajo el análisis de la densidad de poblamiento refl eja el incremento en el número yacimientos, fenómeno que se mantiene con Augusto, entrando ligeramente en recesión en el siglo III d.C. Aquí se produce un efecto parecido al de la Punta de la Cella, ya que una parte de las nuevas ocupaciones se realizan cerca del poblado, mientras que el resto se atomiza en la zona.
En el siglo I a.C., el abandono del poblado ibérico es paralelo al desplazamiento hacía los cercanos centros de producción cerámica de la Buada, Mas de Gomandí y Mas d'en Corts.
La tercera área estudiada se sitúa a 5 km al noroeste de Tarraco (Fig. 7).
Esta delimitada a oriente por el río Francolí y la via ad Hispanias y comprende los municipios de Constanti (en la parte central), la Canonja, Bonavista, Camp Clar (al sur) y es limítrofe con la Pobla de Mafumet (al norte), afectando una parte de la actual Tarragona.
En esta tercera ventana de análisis, que ocupa unos 35 km 2, no se registró una ocupación ibérica importante, salvo el oppidum de Kesse.
Ya en el siglo II a.C. se produce un gran incremento en el número de asentamientos.
La mayor De mayor tamaño (70 km 2 ) es la ventana escogida para representar el margen occidental que se extiende desde el Francolí, hasta los pies de la Sierra de la Mussara (Fig. 8).
Situada al norte de la zona analizada previamente comprende los municipios de la Pobla de Mafumet (al sur), la Selva del Camp (sudoeste) Villalonga del Camp (centro) y Alcover (noroeste).
El conjunto de rieras incluidas en esta ventana de estudio son (de sur a norte): el torrente de Cassans, la riera de la Selva, el río de la Glorieta, y el barranco de Font Major.
En primer lugar cabe tener en consideración que las rieras articulan aquí el poblamiento más que en cualquier otra zona.
Esta articulación se mantiene a pesar de las mencionadas operaciones de parcelación (Tarraco III) atribuidas a época cesariana o augustea.
Entre el periodo ibérico y el siglo II a.C. se produce un desplazamiento de los asentamientos desde las zonas de pie de montaña a lugares más cercanos al Francolí.
Este proceso coincide con el abandono del poblado ibérico de Punta Coroneta, situado más al interior, ya en plena Sierra de la Mussara y el del probable poblado ibérico de Plaça de Sant Andreu (López et alii 2010: 373).
Por último hemos analizado el área costera situada a oriente del cabo de Salou y en principio relacionada con la trama Tarraco I (Fig. 9).
Esta ventana, con una superfi cie de 62 km 2, se extiende desde la localidad de Cambrils (al sur) hasta las de Montbrió del Camp y Vinyols (al noroeste).
En época ibérica es un área escasamente poblada, destacando por el poblado ibérico de Mas de Don Felip.
El siglo II a.C. representa una pequeña expansión hacía la planicie interior y la costa, con una tendencia de los nuevos asentamientos a alejarse del poblado ibérico, del que persiste aún la ocupación.
Esta tendencia pudiera obedecer a un binomio centro productor / distribuidor comunicados ambos a través del sistema de rieras.
Es una dualidad que también se observaba en la ventana del Francolí descrita antes.
Sin embargo, la tendencia posterior es la de una mayor densidad de ocupaciones en la costa y en la proximidad de la via Augusta.
Una estadística comparativa entre las cinco zonas estudiadas, donde se analizan el número de yacimientos de cinco periodos cronológicos diferentes, aporta resultados muy interesantes (Fig. 10).
En primer lugar observamos homogeneidad en la distribución de las ocupaciones durante la época ibérica, ya que las cinco zonas estudiadas mantienen valores equivalentes.
Este equilibrio se altera por completo en el siglo II a.C. en benefi cio de la zona 3 (fi gura 10, columna Kesse) que alcanza un 34 % del total de yacimientos.
La causa principal es evidente y es la proximidad del foco catalizador que representa primero Kesse y el praesidium, y después Tarraco.
El carácter hegemónico de esta zona como posible centro económico es más que probable a la vista de estos datos.
Este carácter será una constante que se mantiene e incluso incrementa porcentualmente en el siglo III, a pesar del descenso generalizado en todas las zonas del número de yacimientos.
En el siglo II a.C. se produce además un segundo factor: todas las zonas incrementan el número de yacimientos, pero este crecimiento se concentra solo en las cinco zonas escogidas ya que el resto del área de estudio (un 36% aproximadamente) no documenta ni un solo yacimiento.
Pero, como decíamos antes, solamente la zona 3 (la de Kesse) acumula la mayor parte del hábitat del territorio.
El resto de zonas sufren incrementos o decrementos en porcentajes no tan signifi cativos.
La zona 2, Puig de Santa Anna, que en época ibérica mantenía un carácter importante en el territorio (22%), aún lo mantiene (25%).
Pero este porcentaje desciende ya en el siglo I a.C., en relación al abandono de los poblados ibéricos, donde esta área tenderá a equilibrar su población con el resto, manteniendo su porcentaje hasta incluso el siglo III d.C., momento en que es la segunda zona más habitada (16 %).
El siglo I a.C. y el periodo augusteo son momentos de nueva construcción prácticamente para todas las zonas.
La punta de la Cella, zona 1, incrementa el número de yacimientos hasta el siglo I a.C., momento en el cual incluso gana representatividad en el territorio frente a la zona 2, Puig de Santa Anna.
A partir de Augusto, comienza un proceso de despoblamiento en el que será la zona menos representativa.
En cuanto al resto del territorio, después de la concentración de yacimientos en las cinco zonas analizadas en el siglo II a.C., se produce un constante aumento que alcanzará al 14% de los yacimientos documentados en el siglo III d.C. Esto nos indica que progresivamente la ocupación y búsqueda de nuevos espacios fue superando, aunque tímidamente, los límites de las cinco zonas estudiadas.
Recordemos que estamos hablando de un 35% del territorio y de cifras que se mueven entre los 3 y los 7 yacimientos.
Esto nos está indicando que un gran porcentaje del territorio permanecía prácticamente despoblado10.
Los estudios paleoambientales (Riera et alii 2010) indican la existencia de una gran extensión arbórea y una escasa producción agrícola.
No sería este el panorama de la zona 3 estudiada, dada la gran densidad de yacimientos existente en un área tan pequeña, pero dichos resultados paleoambientales sí que responden a ese 35% de territorio prácticamente sin explotar.
La zona 4, Francolí, siendo una de las mayores, solo tiene sus dos momentos de auge en el siglo I a.C. y en el periodo augusteo.
En este último es la segunda zona más poblada, en perjuicio de la zona 1, Punta de la Cella, que comienza en ese momento un proceso lento de abandono.
A diferencia del anterior estudio, en que se escogieron las cinco zonas por criterios de densidad de datos, el Analisis de Cuencas Hidrográfi cas se estructura, como se vio en la explicación teórica, tomando como base la delimitación natural hídrica de las áreas geográfi cas.
La defi nición de cuencas hidrográfi cas ha sido posible partiendo de un DEM a 30 metros/ píxel proporcionado por el Institut Cartogràfi c de Catalunya.
A partir de funciones de GIS ha sido posible la generación de las cuencas hidrográfi cas (Fig. 11) Figura 10.
Gráfi co de resultados del Kernel Analysis.
Porcentaje de yacimientos por área.
observando una diferenciación natural entre las rieras del llamado Baix Camp y la cuenca del Francolí, así llamadas por el Departamento de Medio ambiente de la Generalitat de Catalunya.
Sobre este mapa se han superpuesto los datos conocidos de los yacimientos de época ibérica los cuales, aparentemente, se adaptan a esta subdivisión natural.
Dentro del sistema de cuencas del Baix Camp destaca en especial el formado por cinco cuencas que acumulan la mayor parte del poblamiento ibérico.
Además, el vacío poblacional detectado en el área central mediante Cost Distance, se corresponde aproximadamente con dos cuencas prácticamente deshabitadas, la del Barranco de la Selva y el Torrent de la Boella.
En este contexto podríamos identifi car el modelo polinuclear de base pagánica como dijimos anteriormente y citado por A. Ruiz.
Así por ejemplo, en el poblado de Puig de Santa Anna, situado aguas arriba y limítrofe con las cuencas de Reus y del Barranc de Barenys, encontraríamos dos núcleos situados en las embocaduras de ambas rieras: el poblado ibérico de Barenys y la Punta de la Cella.
En la cuenca de la riera de Riudoms esta dualidad estaría representada por Puig de Castellot y Mas de Don Felip, y fi nalmente en la cuenca hidrográfi ca representada por el Francolí: el Vilar y el poblado ibérico en Tarragona (Fig. 11) Esta situación no parece tener una solución de continuidad en el siglo II a.C. El incremento drástico en el número de yacimientos en el área central del ager Tarraconensis, que ya se detectaba en el análisis de densidades, se concentra ahora en una de las cuencas del Baix Camp, la confi gurada por el Barranco de la Selva y muy tímidamente en la segunda cuenca deshabitada: el Torrente de la Boella (Fig. 12).
Observando las estadísticas de porcentaje de yacimientos por cuenca entre época ibérica y el siglo II a.C. (Fig. 13), vemos la despoblación de las cuencas del Francolí y el Barranco de Barenys (6 y 8% respectivamente) frente a otros donde esta tendencia es muy leve (cuenca hidrográfi ca de Reus de apenas un 2%).
Por el contrario, aquellas zonas que en principio notábamos despobladas en época ibérica, reciben ahora un fuerte impulso.
Estas son Barranc de la Selva (un 15%) y en menor medida el Torrente de la Boella y el Barranco de Riudoms (ambas un 3%).
Estas tendencias muestran que durante el siglo II a.C. se pudieron producir dos fenómenos.
El primero, y en relación a la destrucción o abandono de los poblados del interior, como el Vilar de Valls, pudo ser la desestructuración intencionada del territorio y por tanto el traslado de la población del interior a una zona de planicie, representada por el Barranc de la Selva, próxima al campamento de invierno de Tarraco y por tanto mucho más fácilmente controlable.
Por otro lado, los leves incrementos en otras cuencas durante este siglo pueden deberse al lento abandono de los poblados ibéricos cuyas élites locales se mantuvieron fi eles a Roma, en un lento proceso de ruptura con la situación anterior.
El segundo fenómeno pudiera deberse a un reasentamiento de itálicos a partir de la segunda mitad del siglo.
Estos datos nos indican también que entre el siglo I a.C. y el gobierno de Augusto se produjo un segundo incremento signifi cativo de población, en el área de la cuenca del Francolí y nuevamente en las cuencas del Barranco de la Selva y el Torrente de la Boella.
Coincidiendo estos incrementos en zonas articuladas por las tramas Tarraco I y III.
Sin embargo, en las zonas del Barranco de Barenys o la Riera de Riudoms, coincidentes con Tarraco II, no se aprecian tales incrementos en porcentaje, pero si incrementos en el número de yacimientos.
Este último dato podríamos explicarlo sobre la base de una reorganización más bien de carácter endógeno, es decir población local a la cual se le ha redistribuido nuevos lotes de tierra.
Entre el siglo final de la república y el periodo augusteo (Fig. 14) encontramos un dato interesante y es que el área de la cuenca del Francolí se repuebla nuevamente de una manera significativa (del 18 y 22% en el siglo I a.C. y el periodo augusteo).
Por último señalamos el descenso en yacimientos generalizado a todas las cuencas entre los siglos II d.C. y III d.C. Sin embargo, mirando los gráficos (Fig. 15) vemos que tal descenso es común a todas las cuencas, y por tanto es un descenso global a todo el ager.
Porcentualmente, tan solo la cuenca del Francolí sufre una perdida destacable (5%) repartiéndose equilibradamente en otras cuencas.
Como caso aparte hemos unido el conjunto de cuencas que conformarían el cabo de Salou, zona que como ya se vio en los análisis de densidades demostraba una tendencia a la despoblación que se materializaba en el siglo II d.C. Analizado con más detalle esta área que representaba casi el 15% de los yacimientos desde época ibérica hasta el siglo I a.C., sufre ya en el momento postcesariano una perdida de importancia que descenderá al 6% en el siglo III d.C.
La aplicación del Análisis de Conglomerados en dos Pasos como forma de detectar grupos de similar comportamiento nos ha parecido el método más adecuado.
En anteriores trabajos, y aplicado a los yacimientos del periodo altoimperial el método había permitido la defi nición de cuatros grupos (Fiz 2010a: 284-285 y 287, fi g.
14), tres de ellos altamente relacionados con las tramas centuriadas detectadas en los estudios arqueomorfológicos, y el último concentrado en el área del cabo de Salou.
En aquel momento solo se utilizaron como variables las coordenadas de localización.
En el replanteamiento del método y para perfi lar mejor los agrupamientos hemos utilizado, aparte de las coordenadas de localización, un conjunto mayor de variables: Los valores para cada una de ellas fueron calculados mediante una de las funciones de proximidad que proporciona ARCGIS 9.3.
Esta función, llamada NEAR, obtiene la distancia más próxima desde cada uno de los elementos de una capa objeto del análisis a uno o varios recursos representados en otras capas.
Los nuevos datos obtenidos, cluster de pertenencia, fueron asignados a cada uno de los ítems sujetos a estudio y reincorporados al SIG para la comprobación de resultados.
LA ESTRUCTURACIÓN DEL TERRITORIO
Los resultados han permitido la creación de una serie de mapas ordenados por cronologías en los que puede observarse la estructuración de los asentamientos en el territorio.
El periodo ibérico presenta cuatro grupos, uno relacionado con el poblado de Tarragona (Fig. 16.1), otro con Punta de la Cella (Fig. 16.2, en el cabo de Salou), el tercero en Puig de Santa Anna (Fig. 16.3) y fi nalmente el cuarto relacionado con la serie de asentamientos de la cuenca del Francolí (Fig. 16.4).
Recordemos que estos cuatro grupos son los núcleos originales, centrados en poblados ibéricos y que este método estadístico nos confi rma el carácter intuitivo de las cinco zonas analizadas en el Kernel Analysis.
Este panorama se altera en el siglo II a.C. Se mantienen los grupos de Kesse y Punta de la Cella (Fig. 17.1 y 17.2), concentrándose el conjunto de asentamientos del primero en torno al núcleo ibérico y al Praesidium, y situándose también más cerca de lo que posteriormente será la via ad Hispanias.
El grupo que en época ibérica había pivotado en torno a Puig de Santa Anna se fracciona en dos.
El primero (Fig. 17.3) se mantiene en la órbita del poblado ibérico, pero el segundo (Fig. 17.4) se dispersa desde la costa a pie de montaña.
Este fenómeno también se repite en el caso del grupo del Francolí (Fig. 17).
Caso aparte merece un nuevo grupo que aparece en el área central del ager (Fig. 17.6).
Recordemos tanto los resultados del Analisis de Cuencas Hidrográficas que indicaban un incremento de asentamientos en cuencas antes casi deshabitadas (Barranco de la Selva y Torrente de la Boella), como del Kernel Analysis, mostrando los aumentos en la densidad de asentamientos en esta área.
Ahora el Análisis de Conglomerados nos indica que la creación de este nuevo grupo no surge de los cuatro núcleos originales del periodo ibérico y que no parece producto de la fragmentación o de la desaparición de otro.
Como decíamos en el anterior apartado una transformación endógena ha-bría provocado un proceso similar, con porcentajes equilibrados, en todas las zonas donde el núcleo original era un poblado ibérico.
Esto no sucedía en el Kernel Analysis con la zona de Kesse (zona 3), donde el incremento de yacimientos destacaba con respecto al resto de territorio.
El resultado del Análisis de Conglomerados nos indica que efectivamente Kesse crea un grupo de asentamientos que pivotan a su alrededor siguiendo la misma dinámica que otras zonas.
Pero al mismo tiempo este cálculo estadístico nos informa de que el incremento detectado en el Kernel Analysis corresponde realmente a otro grupo, situado cerca de Kesse pero que no se relaciona directamente con este núcleo urbano.
Por último este grupo coincide plenamente con el sector más desarrollado del catastro Tarraco I. Cabe reconocer que la cronología estudiada representa una horquilla temporal demasiado amplia para determinar en qué momento exacto se produce esta situación.
Además, no olvidemos ni la proximidad de esta área de ocupación rural al núcleo ibérico de Kesse y del praesidium romano, ni tampoco el continuo fl ujo de itálicos en situación de aprovisionar a las tropas estacionadas en la Citerior, así como el carácter portuario de este último emplazamiento sobre el cual convergería la producción económica local, provincial y mediterránea.
Por tanto la relación entre este núcleo de ocupación rural, situado en una de las tramas centuriadas, y el desarrollo urbano de lo que será Tarraco creemos es harto evidente.
El siglo I a.C. signifi ca, como habíamos visto, que los poblados ibéricos han sido ya abandonados y por tanto también ha desaparecido el elemento que daba coherencia y organizaba los grupos originales.
Aquel que originariamente había conformado el poblado ibérico de la Punta de la Cella queda ahora escindido en dos, uno que ocupa la planicie entre la punta de Salou y Tarraco (Fig. 18.2) y el segundo ocupando el margen oriental del cabo de Salou (Fig. 18.1).
El antiguo grupo relacionado con la cuenca del Francolí a su vez se fracciona en uno que ocupa el área central de la cuenca, en relación directa con las rieras dependientes del Francolí, y en otro grupo directamente relacionado con la Via ad Hispanias (Fig. 18.5 y 18.6).
El resto de grupos se mantienen pero incrementando el número de asentamientos (Fig. 18).
Podríamos decir que durante el periodo augusteo se produce la aparición de grupos especializados como son los centros de producción cerámica (Fig. 19.5) o aquellos que ocupan la planicie y están próximos a la Via Augusta, y la costa (Fig. 19.3 y 19.4).
El grupo central de la cuenca del Francolí (Fig. 19.7) recibe un fuerte incremento en el número de asentamientos (6/11), frente al grupo de la cuenca del Barranco de la Selva que se mantiene casi igual (10/9).
Entendemos que los dos primeros se corresponden con las nuevas tramas centuriadas, diseñadas en época cesariana, y por tanto responden a la ubicación de los colonos de la deductio (Fig. 19).
En cambio la fase julio-claudia equivale a la estabilización del modelo de villae que había empezado a gestionarse en la fase anterior.
El número de villas prácticamente se duplica (6/13).
El grupo que había caracterizado la parte central de la cuenca del Francolí (Fig. 19.7) se fragmenta en dos (Fig. 20.6 y 20.7) adaptados a los torrentes, barrancos y rieras de esta área: Torrente Cassans, Riera de la Selva, Río de Glorieta y Barranco de la Font major.
El grupo que había surgido al norte de Tarraco en la via ad Hispanias (Fig. 19.8) se fracciona a su vez en otros dos grupos (Fig. 20.8 y 20.9).
Finalmente, el grupo que caracterizaba la Punta de Salou (Fig. 20.1) encuentra aquí su máxima extensión siendo además el lugar que concentra más villae.
Puede resultar paradójico que en el estudio del Kernel Analysis indicáramos que en época augustea se iniciaba un proceso de despoblamiento.
En realidad, lo que estábamos viendo es que la zona escogida de análisis, centrada casi exclusivamente en el cabo de Salou y que concentraba los asentamientos en las proximidades del poblado ibérico de la Punta de la Cella se ha comenzado a despoblar y los nuevos asentamientos tienden ahora a ocupar las planicies cercanas estructuradas en las parcelas de las tramas Tarraco I y II (Fig. 20).
El periodo fl avio signifi ca, por primera vez, la continuidad del modelo anterior dado que la conformación de grupos no presenta ningún tipo de variación.
Recordemos los datos de dinámica poblacional de este periodo en el que se había producido una infl exión ligeramente negativa en la diferencia entre el número de nuevos asentamientos y abandonos.
Sin embargo, los siglos II y III d.C. reflejan la crisis del modelo.
En el primer caso la pérdida de solo un diez por ciento de los asentamientos provoca una fusión en grupos mayores.
Una parte importante de las grietas que se producen en el modelo se refleja en el abandono del área de la Punta de Salou y por tanto en el desplazamiento del grupo, orientado ahora por completo hacia la parte oriental del cabo de Salou (Fig. 21.1).
Este desplazamiento, provoca un cambio en los dos anteriores grupos ubicados en la línea de costa, que acaban fusionados en uno solo (Fig. 21.2).
El siglo III d.C. (Fig. 22) significa la desaparición del grupo que desde el siglo II a.C. había ocupado el espacio cercano a Tarraco, a lo largo del inicio y confluencia de la via Augusta con la via ad Hispanias, provocando por tanto un alejamiento de los hábitats y centros de producción con respecto al centro urbano.
Además, aquellos grupos situados cerca de la vía ad Hispanias quedan nuevamente englobados en uno único (Fig. 22).
CONCLUSIÓN: ALGUNAS APORTACIONES AL CONOCIMIENTO DEL POBLAMIENTO EN EL AGER TARRACONENSIS.
La diversidad de métodos y análisis utilizados, junto con la comparación con otras áreas del litoral, nos han aportado varias aproximaciones al problema del poblamiento en el ager Tarraconensis.
Y la realidad es que partimos de una información muy incompleta, dado que muchos de los yacimientos se encuentran por excavar o no están sufi cientemente estudiados.
Sin embargo, a modo de conclusión creemos que hemos aportado formas exploratorias de análisis del poblamiento e ideas sobre las causas de determinados fenómenos observados en este estudio y en los trabajos previamente realizados.
SIGLO III-I A.C.: RUPTURAS Y TRANSICIONES
Hemos visto cómo este periodo está marcado por la permanencia de los poblados indígenas durante el siglo II a.C. y por la eclosión de nuevos asentamientos a lo largo de los dos siglos de estudio.
Además, en el análisis de cuencas hidrográfi cas vemos como aún en el siglo II a.C. se conserva parte de la posible estructura polinuclear de base pagánica en los casos de Puig de Santa Anna-Punta de la Cella y Timba del Castellot-Mas de Don Felip, pero se ha fracturado por completo en el anterior binomio Vilar-Kesse.
Sin embargo, los análisis de densidad, Vecino más Proxímo y Análisis de Conglomerados nos matizan que esta gran actividad constructiva no se produjo buscando la máxima ocupación del territorio.
Por el contrario, esta eclosión se manifi esta en una concentración dispersa en torno a los centros indígenas hasta entonces reguladores del territorio, manteniendo en apariencia el status quo.
Así, retomando la fi gura resultante del Análisis de Conglomerados del s II a.C. vemos que cuatro de los seis grupos existentes para ese periodo están asociados con poblados ibéricos, mientras que un quinto dependería de la cuenca hidrológica del Francolí, al igual que en el periodo anterior.
También veíamos a través del Kernel Analysis que las cinco zonas escogidas representaban en este mismo periodo el 100% de la obra construida, para un 65% del territorio redundando aún más en esa concentración aparentemente dispersa visualizada en los valores del Vecino más Próximo.
Solo uno de los seis grupos no parece tener un origen previo.
Este (el grupo 14.6 del Análisis de Conglomerados) es el surgido en el área central del ager, la zona 3 del Kernel Analysis, donde también se encuentra la cuenca hidrográfi ca del Barranco de la Selva no ocupada en época ibérica.
Pensamos que este grupo, por la gran diferencia porcentual en yacimientos con respecto al resto, no parece resultado de un movimiento endógeno de población.
No parece, vistos estos datos, que las nuevas instalaciones en el área central vayan asociadas a ninguno de los poblados indígenas previamente existentes, ni tan siquiera Kesse que parece tener su propio grupo poblacional cercano a la ciudad.
Y en relación al periodo del cual estamos hablando, el final del siglo II a.C., es preciso recordar varios datos arqueológicos referentes a Tarraco.
En primer lugar, las últimas excavaciones realizadas en el área del foro de la colonia demuestran que en los últimos decenios del siglo II a.C. se había construido un primer templo monumental de tipo itálico, asociado a una plaza cívica.
Este edificio estaba organizado en tres cellae, revelando un claro simbolismo capitolino.
En el mismo periodo se drenan y canalizan las escorrentías procedentes de un barranco que atravesaba longitudinalmente la ciudad vertiéndolas en el área portuaria a través de una gran cloaca construida con sillares (Mar et alii 2010).
Por último, está documentado en este mismo periodo las operaciones de diseño y materialización de una red urbana, incluyendo la plaza cívica y las obras de alcantarillado, de 1x2 actus de módulo (Macias 2002).
Estas reformas más propias de un núcleo ex-novo, serían, en principio, producto de la expansión de la ciudad indígena libre y federada de Kesse/ Tarraco (Mar et alii 2010: 258-260).
Es decir, todo el proceso de construcción urbana iría asociado a la expansión del viejo núcleo ibérico, favorecido por la llegada de los itálicos, publicani y negotiatores, asociados al suministro del praesidium y también como gestores del centro de importación y exportación de productos que debió significar Tarraco en ese momento.
Pero reformulando estos datos y observando el problema ahora desde una perspectiva territorial pensamos que en algún momento, a lo largo del siglo II a.C., parte del territorio sujeto a este estudio tuvo que pasar a formar parte del ager publicus.
Hemos visto como el área central del ager, y en concreto el Barranco de la Selva, está prácticamente deshabitada durante el periodo ibérico, siendo paradójicamente la que recibe el mayor porcentaje de nuevos asentamientos en el siglo II a.C., siguiendo los modelos de estructuración en pagi citados por M. demostrado la articulación del ager Tarraconensis sobre la base de tres tramas ortogonales, podemos aventurar que la parte central, en origen pre-cesariana, se correspondería con ese tercio aproximado del total del territorio.
En este caso Roma habría ejercido su política de ocupación pero respetando, en principio y a la vista de estos datos, la distribución original en el territorio indígena, situándose en un punto del territorio que no podía provocar confl ictos con el resto de comunidades locales, pero organizándose dentro de una unidad geográfi ca natural como es una cuenca hidrográfi ca, al modo de los pagi.
Es decir, este ager publicus, se convirtió en un espacio susceptible de ser repartido cuando así fuera requerido.
Sin embargo no hay una posibilidad de deductio, pues el cambio de estatuto jurídico y el asentamiento de colonos se producen tras la muerte de César.
Por tanto, ¿bajo qué fórmula podía realizarse una repartición de lotes entre "colonos" itálicos sin que fuera necesaria la fundación de una colonia o un municipium?
Sabemos que la adsignatio viritim era una fórmula escogida para un reparto de tierras de forma individual utilizada cuando la asignación no iba acompañada de una deductio y por tanto de la necesidad de la existencia de una colonia o municipium próximo donde inscribirse.
Son bastantes los casos itálicos en los cuales se realiza este tipo de asignación: Ager Picenus et Gallicus (232 a.C.), a lo largo de la Via Aemilia, en el Ager Falernus y cerca de los Forum Popilii y del Forum Claudii (Crespo 2009: 289-290).
Es decir, en el contexto urbano se acometieron una serie de obras que implicaron la creación de un espacio cívico, comercial y religioso, mientras que por otro lado se estructuró el territorio y se adoptó una fórmula de asignación de lotes de tierra a itálicos, pues no pensamos que pueda ser otro el origen del incremento de asentamientos en el área central del ager.
Ambos procesos pudieron producirse en un mismo espacio de tiempo, al fi nal del siglo II a.C. Además, una comisión de decemviri se encontraba en ese mismo periodo en la Citerior encargada de reorganizar la provincia.
Se podría argumentar que una comisión de decemviri solo actuaba cuando se producía un proceso de conquista de nuevos territorios.
Pero los sucesos acaecidos en Sicilia provocados por la primera guerra servil en el 132 a.C. obligaron a que una comisión fuera nombrada para acompañar al cónsul Rupilio tras sofocar la revuelta, encargándose de la elaboración de la lex Rupilia, redactada para la reorganización del territorio de la isla.
Ante este precedente, no es descartable que la segunda comisión llegada a Hispania asumiera la reorganización de la provincia Citerior y por tanto la organización y estructuración territorial y urbana de Tarraco.
Ahora bien, si Tarraco no podía ser una colonia, ya que este cambio se produce, como se dijo, con posterioridad a la muerte de César, ¿qué otra fórmula jurídica podía permitir la gestión conjunta de una realidad urbana y un territorio centuriado, ambos con posibles acentos itálicos?
Actualmente algunas líneas de investigación han propuesto que bajo la fórmula de los fora se organizó la emigración romano-itálica en la Península (Crespo 2009: 289).
En Cataluña encontramos por ejemplo el caso del poblado ibero-romano de Can Fatjó (Rubí), identifi cado como un vicus pero también como un fórum sobre la base de la existencia de una posible zona monumental.
Un segundo caso habría sido el del municipium Segarrensis, que probablemente habría funcionado como un forum destinado a las diversas actividades relacionadas con la ganadería, pues su situación está entre la depresión prelitoral y la ruta de la sal dentro de las rutas de trashumancia horizontales de Cataluña (Prieto 2002: 154-156).
Esta fórmula jurídica podría haber sido aplicada a Tarraco dado que un forum equivale a un tipo de comunidad urbana asentada allá donde se había realizado una adsignatio viritana, sirviendo por tanto de referencia a los emigrantes instalados en el territorio.
Los municipium, colonia, praefectura, forum y conciliabulum, mantenían características comunes entre sí, como la de gozar de cierta autonomía o la de escoger sus propios magistrados y consejo local.
La existencia en la Tarraco tardorrepublicana de magistrados está confi rmada por dos epígrafes que aluden a dos libertos que ejercen de magistri de la comunidad republicana de Tarraco (Alföldy 1991: 31 RIT 5).
En este sentido consideramos la existencia de una bipolis, la primera de las cuales sería esta Tarraco posiblemente organizada como forum y en segundo lugar el antiguo oppidum ibérico, fuera de la estructura legal de Roma, organizada como foederata o libera et immunes.
Además, las asignaciones viritanas también permitían la obtención de lotes de vivienda urbana (Moatti 1993: 40, nota 37), por lo que podríamos aventurar que la ciudad creada en Tarraco, diseñada sobre la base de parcelas, serviría a su vez de vivienda a los individuos receptores de la asignación viritana.
No olvidemos que los fora podían ser sede de una prefectura, es decir de una circunscripción jurídica a la cual podían recurrir las comunidades itálicas en caso de confl ictos judiciales.
Y evidentemente, los fora eran además espacios de desarrollo de las actividades comerciales y en este sentido el binomio Kesse/Tarra-MÉTODOS ESTADÍSTICOS Y FUNCIONES SIG co ofrecía el contexto geográfi co y político adecuado para este uso.
Finalmente, la importancia adquirida por algunos de estos fora estaría confi rmada porque en un segundo momento se convertirán en una colonia, como en el caso de Forum Iulii, la actual Fréjus (Gross y Torelli 2007: 278-279).
En este sentido, y a raíz de la reunión de provinciales que convoca César en Tarraco, se dan las condiciones para dar un paso más allá y promocionar el estatuto jurídico de la ciudad, acompañado a su vez por un segundo proceso de estructuración del territorio y asentando, ahora bajo la fórmula de la deductio, un contingente de veteranos ya asociados a las clientelas de César.
Este sería el segundo proceso de ordenación del territorio contrastado arqueomorfológicamente.
Esta creación de nuevos asentamientos lo hemos visto en los datos aportados en la tabla 2, continuará en época augustea y julio-claudia.
La eclosión de asentamientos individuales, y la atomización del poblamiento tienen su máximo exponente en época augustea, aunque los análisis mediante Vecino más Próximo detectan una tendencia a la concentración de asentamientos en zonas concretas.
El Análisis de Conglomerados evidencia una tendencia a la formación o concentración de grupos en relación a la implantación de las villae como modelo económico preponderante.
El estudio de la dinámica poblacional y el Análisis de Conglomerados proporcionan datos cuantitativos que expresan un panorama de equilibrio y estabilidad a lo largo del siglo I a.C. En el primero los porcentajes de nueva obra construida y los abandonos indican una dinámica interna posiblemente relacionada con la implantación del modelo de las villae.
La actividad constructiva aún era del 20% en época julio-claudia y del 5% en el periodo fl avio.
Y también hemos visto como la diferencia nueva construcción/abandonos se invierte en época fl avia por primera vez.
Por otro lado, la estructura de grupos defi nida ya en época julioclaudia se mantiene idéntica en el siguiente momento cronológico.
Por tanto entendemos que es en el periodo fl avio cuando el modelo itálico de romanización ha alcanzado su máximo apogeo y el sistema de explotación de las villae está en pleno funcionamiento.
Los factores decisivos en esta estabilidad han de ser la política favorable de la nueva dinastía con respecto a Hispania, así como las reformas urbanas realizadas en la parte alta de la ciudad en benefi cio de la consolidación de Tarraco como sede del Concilium Provinciae.
El Análisis de Conglomerados aplicado al siglo II d.C., pero en especial al siglo III, evidencian que el modelo estructural del territorio se había quebrado.
Estamos ante un proceso en el que se están abandonando una gran parte de las propiedades individuales y la reconcentración y reforma de las explotaciones rurales relativas a los fundi.
La nula dinámica constructiva de nueva creación nos esta indicando que la iniciativa individual ha dejado paso a un proceso económico en el cual las diferencias entre las diversas capas sociales se han tornado críticas por perdida y acumulación en pocas manos de la propiedad.
El carácter aleatorio de los abandonos, visto en el Vecino más Próximo, nos indica que nos encontramos seguramente ante factores humanos, y por tanto no dependientes de patrones concretos.
La evidencia de que los abandonos resultan prácticamente comunes a todos las cuencas hidrográfi cas del territorio señala que este cambio responde a factores que no dependen de políticas concretas dirigidas a colonizar o despoblar un territorio, como se viera en el siglo II y I a.C. Solo podemos pensar que los abandonos forman parte de un proceso de reconcentración, y por tanto a la pérdida adquisitiva y patrimonial de un amplio sector social, sin olvidar, los efectos que hubieran tenido sobre la población las represalias a que Septimio Severo sometió a los partidarios hispanos de Clodio Albino.
Otro dato a tener en cuenta para el siglo III es el "alejamiento" de los yacimientos con respecto a la ciudad.
Es un alejamiento manifestado en el abandono de los lugares más cercanos a Tarraco y por tanto redunda en una sensación de distancia.
En este sentido recordemos que podían ejercer magistraturas aquellos que tuvieran sus propiedades a una distancia máxima de una milla romana (1481 metros) de la colonia (Melchor 2009: 394).
La villa romana de Ceratonia, situada a una distancia próxima a la citada y seguramente propiedad de los Apronii11, fue abandonada durante este periodo.
Este fenómeno podía relacionarse con la incapacidad de las familias, hasta entonces principales, de seguir ejerciendo de evergetas y de ser el soporte económico de la defi citaria política urbana.
Otra explicación a estos datos, sobretodo del siglo II d.C., podría venir de la llamada "extenuación hispana" citada en la Historia Augusta.
Esta surgía por un lado de la imposibilidad de los ricos ciudadanos de hacer frente a las cargas de ocupar las magistraturas urbanas, situación acentuada para aquellos que accedían al orden senatorial, quienes se veían en la tesitura de evadir sus fortunas, siguiendo las directivas de Trajano, invirtiendo de forma obligada en el entorno de Roma (Mar y Ruiz de Arbulo 2011: 521).
Es decir, los abandonos y la nula actividad constructiva implicarían, hablando en términos actuales, una forma de deslocalización y fuga de capital, de la propiedad y la producción.
Sin embargo, las acciones para atenuar los efectos desestabilizadores en la economía hispana de esta política imperial no se aplican hasta la década del 160-170 d.C., bajo el mandato de Marco Aurelio.
Esta explicación contextualizaría los resultados vistos para el siglo II, en el que se agrieta el modelo territorial del siglo anterior, y podría dar explicación a los dramáticos datos del siglo III d.C. Recordemos que en este periodo solo está registrada la construcción de una única villa, que además es resultado de la reforma de un establecimiento rural precedente.
Nos hemos planteado una tercera posibilidad, la cual justifi caría en cierta medida el carácter "aleatorio" que habíamos observado en el estudio del Vecino más Próximo.
Es decir, la aparición de un patrón no controlado, o como decíamos en su momento la presencia del "factor humano" que provocaría el abandono generalizado visualizado en los datos obtenidos para todas las zonas estudiadas en el Kernel Density, el análisis de las cuencas hidrográfi cas y en el Análisis de Conglomerados.
A falta de cronologías de más detalle que nos permitirían defi nir si esta "crisis" en el mundo rural se produce de forma escalonada y gradual o súbitamente nos hemos planteado la posibilidad de que dicho factor fuera en realidad los efectos provocados por la pandemia de peste del siglo III.
Esta se produce entre los mandatos de Decio (249-251) y Trebonio Gallo (251-253), teniendo su brote original en Egipto en el 251 y, en principio, las fuentes no son explícitas, afectando a todo el Imperio Romano, en especial a su ejército.
La epidemia tuvo un rebrote en el 270 y provocó la muerte del propio emperador Claudio el Gotico 12.
Por otro lado sabemos que en el siglo II también se produjo la llamada peste de los Antoninos.
Originada en Etiopía, llegó hasta Seleucia en el 164, durante la campaña militar de Lucio Vero contra los partos en Armenia y Mesopotamia.
El ejército romano se convirtió sin quererlo en la víctima y el agente transmisor de la pandemia, contaminando las provincias por las que este pasaba y afectando a todas las clases sociales.
En el 166 la epidemia había llegado a Roma, siendo su portador el ejército comandado por el propio Lucio Vero, y de allí a fi nales del 169-170, según Amiano Marcelino, habría alcanzado las Galias y el Rhin.
Sin embargo no parece que esta pandemia afectara a Hispania (Gozalbes y Garcia 2007).
Dada la diferencia de fechas entre dicha epidemia y los datos que tenemos del siglo III d.C. hemos descartado la peste Antonina como causa originaria del fenómeno observado en el campo Tarragonés. una suposición que solo se verifi cará con cronologías más precisas y estudios regionales comparativos en otros ámbitos del mediterráneo.
Dejando aparte estas últimas especulaciones realizadas sobre la base de los datos aportados por estos métodos, no sabemos si la población, en principio desplazada, optó por englobar el personal laboral de los propietarios de los fundus supervivientes o pasó a formar parte de los sectores más desfavorecidos de la colonia.
Para Tarraco este es un siglo de contrastes pues se realiza una reforma monumental del anfi teatro con la gran inscripción honorífi ca de Heliogábalo, pero al mismo tiempo el teatro ha quedado abandonado y algunos de sus espacios han sido reaprovechados para construir lugares de hábitat, desmontando y reutilizando el material monumental del recinto (Mar y Ruiz de Arbulo 2011: 532-533) Además, en otros sectores de la ciudad, ya extramuros, las viviendas privadas se abandonan sufriendo algunas de ellas largos periodos de expolio 13.
Es signifi cativo que de una de las canteras extraurbanas de la ciudad deje de extraerse piedra precisamente durante ese periodo (Macias et alii 2007: 151, fi cha 612). |
La realidad del yacimiento de San Mamés (Aroche, Huelva) se encuentra a día de hoy ampliamente difundida en el mundo científi co y académico, sin embargo las cuestiones referentes al proceso de implantación de Roma y el modelo que desarrolla, así como la problemática histórica que gira en torno a los topónimos Arucci Turobriga, ha visto una nueva interpretación gracias a las últimas investigaciones cuya explicación reside en una sola realidad topográfi ca y el trasfondo de un proceso jurídico por el que se establecerá la agregación administrativa del segundo con respecto al primero.
Así, todo parece indicar que estaríamos ante el desarrollo de un proceso de implantación basado en un proceso de sinecismo, que verá en la mutatio oppidi del núcleo céltico de Arucci y la contribución de los núcleos célticos del territorio el surgimiento de una nueva fundación en los Llanos debido a los reajustes territoriales y administrativos desarrolladas en torno a las últimas décadas del siglo I a.C.
1 El presente trabajo se enmarca dentro de las actividades del Proyecto de Investigación de Excelencia del Plan Andaluz de Investigación "Ciudades Romanas del Territorio Onubense" (Ref.
HUM 2691), y del Proyecto General de investigación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía "La ciudad de Turobriga".
La situación que Roma encontró a su llegada a este territorio occidental de la futura Prouincia Baetica era diversa, al existir diferentes patrones de asentamientos y grupos poblacionales a lo largo del mismo que requerirán distintas fórmulas para hacer efectiva la implantación de la administración romana.
La zona norte del territorio onubense, la Sierra, llevará parejo un modelo de ocupación e implantación en el que se daban unas particularidades concretas y diferenciadas del resto del entorno minero y de la campiña-costa, con grupos poblaciones de celtici, protagonistas de las insumisiones contra el poder de Roma en la guerras de conquista del siglo II a.C., y posteriormente en las confrontaciones civiles sertoriana, en la primera mitad del siglo I a.C., y en las luchas entre Pompeyo y César, a mediados de la misma centuria.
Este sustrato poblacional y cultural, con el particular devenir histórico de los acontecimientos, así como la inexistencia del mundo urbano, aconsejaban a Roma un planteamiento, primero de conquista y posteriormente de implantación, específi cos, en un territorio tradicionalmente confl ictivo e inseguro, donde urgían medidas cuyo éxito pasaba por la colonización con población ciudadana y peregrina que sirviera de punta de lanza de la romanidad en el territorio, y en última instancia de la fundación de una ciudad en los Llanos de San Mamés que introducirá a este territorio en el mundo urbano -la civitas -piedra angular de la administración romana, en la que se unen lo fi scal, Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 113-130 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.007 judicial, religioso y político.
Ello no pudo llevarse a cabo hasta que las condiciones políticas en Roma lo permitieron, esto es, tras César y especialmente con su sucesor Augusto, en el contexto de las medidas de repoblación y promoción jurídica llevadas a cabo en su plan para la integración de las comunidades provinciales, al menos en los primeros momentos de su principado que desarrollará de especial manera durante sus viajes en Hispania (Abascal 2006).
Cuando Roma toma contacto con este territorio, en torno al siglo II a.C., no tiene los efectivos ni aún se han dado las condiciones necesarias para que se produzca el dominio y ocupación del territorio.
Durante todo este siglo asistimos a continuas razias de castigo, más que a campañas de conquista, contra las poblaciones célticas ubicadas en la vanguardia de los ataques lusitanos, territorio indómito y que Roma necesitará pacifi car cuanto antes, para garantizar la explotación de los recursos del valle del Guadalquivir y del cinturón ibérico de Piritas.
En este contexto se entienden las noticias referidas por Apiano en las que se nos relata la toma de ciudades betúricas o las incursiones de Viriato a la Bética (Iber.
Durante todo este periodo, denominado de conquistas, se sucederán los hechos bélicos en esta tierra de la Baeturia Celtica; la toma de la vecina Nertobriga o la destrucción de Capote, en torno a mediados del siglo, así lo confi rman.
Muy probablemente este ambiente de insurrección y luchas contra Roma prendiera en la zona más meridional de este territorio, la Sierra onubense, como así parece desprenderse de la lectura de yacimientos, como el Pico de La Muela (Aroche), que muestran una ruptura en su poblamiento en estos momentos.
Durante estos, parece deducirse que algunas actuaciones de Roma estuvieron encaminadas a la destrucción de algunos de los castros del territorio y al trasvase de su población a lugares más accesibles, con la idea de ejercer un mayor control sobre las mismas.
Inaugurado el siglo I a.C., la situación parece no solucionarse para la administración romana, la cual verá cómo estas poblaciones de célticos toman partido en las diferentes guerras civiles que tienen en el suelo hispano su principal escenario.
El episodio de la guerra contra Sertorio hará que este territorio ocupe un papel protagonista en la misma.
Toda la zona de los Picos de Aroche quedó dentro de la línea de defensa sertoriana.
Estos asentamientos y las evidencias de restos y artefactos bélicos muestran cómo toda la zona fue escenario del confl icto sertoriano y del apoyo prestado por parte de estas poblaciones de celtici a la causa del procónsul rebelde.
Este apoyo dejaría entrever un posible trato favorable por parte de Sertorio a estas poblaciones en forma de exención y liberación de los stipendia impuestos durante el periodo de conquista y sometimiento.
Testigos de esta actividad militar son las numerosas glandes de plomo encontradas en yacimientos como San Sixto (Encinasola) o el Castillo de Las Peñas (Aroche) (Chic 1986: 171; Pérez 1987Pérez: 34, 1997)).
La actividad del procónsul se dejará notar en la zona mediante concesión de privilegios y eliminación de las cargas tributarias impuestas por el poder de Roma a las poblaciones locales durante el periodo de conquistas, lo que generará la creación de clientelas y un paso más en el proceso de romanización de este territorio.
Prueba de ello son los testimonios de la gens Sertoria encontrados en San Mamés (Arucci), indicativos de concesiones ciudadanas a indígenas durante este periodo, las cuales toman el nombre del procónsul (Gallego 2000: 243-244).
Igualmente, durante el confl icto de la guerra civil entre Pompeyo y César, estas poblaciones célticas aparecerán de manera indirecta en los acontecimientos de la guerra, prestando apoyo a uno de los bandos con lo que de nuevo entramos en la creación de redes clientelares que supondrán un avance en la romanización de estas poblaciones, además la política de concesiones desarrolladas por César en el momento inmediatamente posterior al término del confl icto dibuja una serie de medidas encaminadas a introducir de manera directa a estos pueblos en la órbita de Roma.
Estas verán su continuidad en las medidas dispuestas por Octavio, después Augusto, quien retomando los proyectos de su padre, lleve a un nuevo proceso la romanización de la Baeturia, incorporándola a la Provincia Baetica, siendo ahora la colonización agraria y el establecimiento de civitates los elementos protagonistas de su política.
Es en estos momentos cuando se entienden los cognomina de muchas de las ciudades betúricas, Nertobriga Concordia Iulia, Seria Fama Iulia, Constantia Iulia, Contributa Iulia, Segida Restituta Iulia, etc. Todo ello enmarcado en un proceso de pacifi cación que tendrá lugar en torno al 35/25 del siglo I a.C. (Berrocal-Rangel 2003: 197).
Estas fechas marcarán la defi nitiva pacifi cación de la zona, y la toma de conciencia por parte de la administración romana de que ésta pasaba por la ocupación efectiva del territorio.
Así se entenderá el programa desarrollado para el área occidental de la Sierra de Huelva, en los años sucesivos, especialmente en las dos últimas décadas del siglo I a.C. En el desarrollo de esta política, iniciada por César para la Baeturia, serán las medidas puestas en práctica por Augusto, o su yerno Agripa, las que lleven a buen término el modelo de implantación de Roma en el territorio que venimos analizando, las cuales pasaban por dos aspectos o pilares fundamentales estrechamente relacionados: la colonización del territorio y la fundación de una ciudad.
En torno a estas dos premisas, las cuales asegurarán el éxito de la empresa, gira todo el proceso de implantación territorial y municipal.
Así durante todo el periodo del siglo II-I a.C., y para el caso concreto de los Picos de Aroche, el poblamiento girará en torno a los núcleos de Cerro del Castillo de la Peñas, la Solana del Torrejón, Pico de la Muela, Castillo de Maribarba, Castillo de Aroche, hasta que en torno al cambio de Era se dé el abandono ocupacional de los mismos debido a las políticas de reajuste de Roma, que tendrá en la creación de una ciudad y el trasvase de la población de estos lugares su principal objetivo.
Interesa destacar, en esta línea, cómo el poblamiento es sustituido por la civitas y al abandono de los castros le sucede la fundación de una ciudad asentada en los Llanos de San Mamés, lo que coincide cronológicamente, dado que la vida de aquellos no sobrepasa los primeros años del siglo I d.C., o incluso han desaparecido algunas décadas antes, y la ciudad ex novo se establece en torno a los últimos decenios del siglo I a.C. (Fig. 1).
Por lo que respecta a la colonización del territorio, Roma verá la necesidad de trasvasar población proveniente de otras zonas de Hispania, fundamentalmente del NO, a este territorio (Pérez et alii 1997), el ambiente epigráfi co de estos momentos nos habla de esas poblaciones asentadas dentro del marco de las políticas agrarias y colonizadoras en estos momentos de fi nes del siglo I a.C. 2.
En esta línea algunos autores han apuntado, de una manera muy sugerente, que el proceso de colonización del ager Aruccitanus pudo estar en relación con la desmovilización de tropas tras el fi n de las guerras cántabras (Pérez 2008: 291).
Además no debemos olvidar que es en estas fechas cuando el suroeste hispano ve la colonización de amplios territorios y la fundación de importantes ciudades como Augusta Emerita y Pax Iulia.
Sea o no cierta esta última idea, aún a falta de testimonios epigráfi cos que nos mencionen unidades militares, lo que realmente nos interesa es que en la esencia de esta medida radica la creación de un sustrato poblacional romano o romanizado, en un territorio donde escasamente había calado la cultura romana, que sirva de abono a todo un proceso que culminará con el fl orecimiento en la zona de los parámetros culturales romanos, condensados en el mundo urbano mediante la fundación de una ciudad.
Pero este proceso estará condicionado por los repartos de tierras, los cuales parece pudieron darse por medio de una centuriación como muestran los restos de un catastro agrario detectado en toda la zona de los Llanos del Chanza, y que muestran un parcelario de centurias con unos módulos aproximadamente de 711 m de lado, medida empleada desde momentos augústeos (Bermejo 2011: 652-659).
EL YACIMIENTO DE SAN MAMÉS, ARUCCI Y SU PROBLEMÁTICA CON TUROBRIGA.
El análisis de este modelo de implantación que tendrá como máximo exponente el establecimiento de una ciudad -en cuyo ordenamiento urbanístico, funcional y de servicios no nos detendremos dado que existen diversas obras de carácter específi co (Campos y Bermejo 2007;2010; Campos 2009a;2009b; Bermejo y Campos 2010; Bermejo 2010a;2010b;2011) -nos lleva irremediablemente a varias cuestiones referentes al proceso de fundación de la misma, así como en relación a la reducción de su topónimo y que están estrechamente ligadas a la propia historiografía que sobre el sitio ha ido surgiendo.
Plano con indicación de los núcleos célticos de la IIa Edad del Hierro del entorno de los Picos de Aroche.
1) Solana del Torrejón, 2) Castillo de las Peñas, 3) Pico de la Muela, 4) Castillo de Aroche, 5) Castillo de Maribarba, 6) Peña de San Sixto.
En relación a la primera cuestión planteada, tradicionalmente se relacionó la ciudad de Arucci con la actual Aroche, encontrando incluso algunas obras de autores locales que recogían los diferentes restos monumentales del pueblo ensalzándolo con un glorioso pasado romano, no exento de vestigios, pero analizado sin fundamento científi co, como tal era el caso de las murallas y el castillo en los cuales se creían intuir los restos del pomerium de época romana y los de un anfi teatro en el solar de aquel último (Díaz 1966: 17-66) (Fig. 2).
Esta idea fue paulatinamente desechándose a medida que se comprobaba cómo en el casco urbano del pueblo las excavaciones y remociones de tierra que se realizaban no arrojaban niveles de época romana.
Con ello, se empezó a buscar la ubicación de esta ciudad por el término municipal, en algunos de los numerosos e importantes yacimientos que se encuentran y fueron propuestos lugares como Las Peñas, la fi nca de La Mazmorra, o Fuenteseca (Corzo y Jiménez 1980).
Pero además, a este debate historiográfi co venía a sumarse la existencia de una inscripción (CIL II, 963) en un pedestal dedicado a Agripina maior por parte de la Civitas Aruccitana, conservado actualmente en Moura (Portugal).
La lectura de dicho epígrafe generó, ya desde los siglos modernos, un importante debate, actualmente superado, sobre la existencia de una Nova Civitas Aruccitana en la localidad portuguesa y una Arucci Vetus en Aroche.
Una de las primeras lecturas dadas a conocer fue la de Resende, quien realiza una lectura del mismo en la que interpreta una letra N que aparece poco clara, como N(ova) CIVITAS ARUCCITANA y seguida en la misma línea por Caro (1634: 93).
Dicha interpretación no fue aceptada posteriormente ni por Hübner, en el CIL II, quien la interpreta como AVG(ustae) N(ostrae) (CIL, II 963), ni por Mommsen, ya que según él se debería leer como AVG(usti) N(ostri).
Posteriormente J. González la considera como AVG(usti) N(epoti) (González 1989: 29).
De especial importancia es el testimonio que da Morales en el siglo XVI, y que es recogido por J. González (1989), sobre el devenir y los avatares de la pieza, al referirla así: "esta piedra se hallaba en la sierra de Aroche la cual confi na con Portugal y llevose a Moura un lugar pequeño que está allí junto".
Todas estas interpretaciones, además de la importancia del testimonio de Morales, invalidan la posibilidad de una Nova Arucci en Moura y ofrecen la única posibilidad de una sola Arucci en territorio bético de la que procede dicha inscripción.
Pese a que la hipótesis de la existencia de dos Arucci, una nova y otra vetus, quedaba descartada por la imposibilidad de las interpretaciones del epígrafe, además de que se conocía la verdadera procedencia del mismo, la historiografía posterior siguió manteniendo la hipótesis de Resende y aceptando la lectura de una N(ova) CIVITAS ARUCCITANA.
Así, Fragoso de Lima retoma las ideas de aquel y siguió sosteniendo una Arucci en Moura diferenciada de una Vetus Arucci en Aroche (Fragoso 1988: 69-70).
A mediados de la década de los 70 del pasado siglo Luzón plantea que habría que rastrear la Arucci pliniana en el actual solar del pueblo de Aroche, al identifi car Turobriga con los restos del entorno de la ermita de San Mames (Luzón 1975: 306) y retomar en parte la idea de algunos estudiosos locales.
Años después, González por su parte, quien dedica un estudio muy completo sobre los avatares e interpretaciones de la pieza, considera que la hipótesis de Resende, continuada por Fragoso, se encuentra superada y piensa que hay que buscar el emplazamiento de Arucci en los alrededores de Aroche (González 1989: 25).
Igualmente Corzo y Jiménez se posicionan en el mismo sentido argumentando que Arucci se hallaría en cualquiera de los yacimientos del entorno del Chanza, San Mamés, La Mazmorra, etc., pero desde luego no en la actual Aroche (Corzo y Jiménez 1980: 45).
Ello se debía, como hemos referido líneas más arriba, a que en las intervenciones y movimientos de tierra en el solar del pueblo no habían aparecido niveles romanos o prerromanos, lo que invalidaba la posibilidad de ubicar en él algún núcleo anterior al siglo X d.C. Sin embargo, esta hipótesis de trabajo se vio modifi cada en 2004, momento en el que se realizó una intervención de apoyo a la restauración en la puerta de la reina en el castillo que mostró niveles prerromanos de la Segunda Edad del Hierro hasta las primeras décadas del siglo I d.C. Ello cambió radicalmente el panorama sobre el poblamiento de este núcleo dado que se pudo establecer una población de celtici en el Aroche actual que no perdura más allá de la segunda década del siglo I d.C. (Rivera et alii 2005).
La pregunta se torna necesaria, dado que el topónimo Arucci, de origen prerromano, invita a ello ¿se ubicaría la Arucci prerromana en el solar del actual Aroche y debido a los cambios territoriales que acomete la administración romana en las últimas décadas del siglo I a.C. se traslada la población a un nuevo asentamiento ex novo en el llano?
Consideramos esta opción tremendamente sugerente y como algo más que una posibilidad y nos posicionamos al respecto en la medida que los datos y el contexto general lo avalan, aún debiendo estar a la espera de algún hallazgo epigráfi co in situ que venga a aportar la prueba defi nitiva en la ecuación Arucci-Aroche3.
Con ello planteamos que existiría un poblado prerromano de la segunda Edad del Hierro que se correspondería con el topónimo Arucci, el cual actualmente no es posible reducir, ya que existen varios candidatos como el propio Aroche o el Castillo de Maribarba.
Este poblado prerromano habría sido testigo, a mediados del siglo II a.C., de la llegada de los primeros contingentes romanos, del proceso de conquista y de las confrontaciones civiles, tanto la sertoriana como la pompeyana respectivamente, el cual se ve sometido a los reajustes territoriales y administrativos que Roma lleva a cabo en el contexto de la política augústea de colonización del territorio en la que se fundaría un nuevo núcleo ex novo, en el llano.
Este nuevo núcleo portaría el topónimo del vecino castro indígena, del que migraría paulatinamente la población; es decir, uno de los principales ajustes sobre los que se llevó a cabo la introducción del modelo de Roma en estas tierras fue la mutatio oppidi del núcleo primitivo a una nueva fundación ex novo.
En esta línea optamos por considerar que no debieron de darse solo traslados forzosos, sino que la propia dinámica de las nuevas políticas territoriales y administrativas romanas en el territorio, cuyo máximo exponente era la fundación de una nueva ciudad, llevaba irremediablemente a la extinción del modelo de poblamiento anterior, el cual se vería abandonado progresivamente al no encajar en el nuevo marco territorial; de ahí se comprueba que entre la fundación de la ciudad del entorno de San Mamés y los últimos testimonios de población en el Castillo de Aroche medien casi tres décadas4.
En esta línea se comprende que este tipo de traslados se deban, no solo a cuestiones de intereses militares, o de control efectivo de la población en una dinámica de inestabilidad, sino que como contrapartida reside el interés del máximo aprovechamiento económico que pasaría por la intensifi cación de las actividades comerciales, productivas, etc. en periodos de estabilidad (Bendala 2001: 29).
Todo ello acompañado de un proceso de promoción del núcleo cercano al momento fundacional (Bermejo y Campos 2012)5.
Tradicionalmente se había establecido una promoción fl avia para este enclave, pero las nuevas aportaciones arqueológicas plantean una revisión al respecto.
En esta línea no se entendería un programa de colonización con población ciudadana, privilegiada, en un territorio tradicionalmente confl ictivo -protagonista de una enconada insumisión -sobre la base de una profunda transformación territorial y administrativa producto de un proceso sinecista si no es dotando a este enclave ex novo, que no ex nihilo dada la importante herencia indígena de base sobre la que Roma acometerá sus reformas, con algún tipo de promoción que lo dotase de los privilegios jurídicos necesarios para alcanzar los resortes municipales y de gobierno local ineludibles para llevar a cabo todo este programa, lo que la llevaría a convertirse en el referente y la pieza clave del mundo urbano en un territorio donde se necesitaba la ocupación de manera efectiva.
Todo ello lleva a repasar diversos indicios, en primer lugar existencia de ciudadanos adscritos a la tribu Galeria que si bien serían incolae al proceder de otras zonas de Hispania como ha quedado puesto de manifi esto en sus lápidas funerarias, desempeñarían un papel fundamental en la promoción del núcleo.
Estos vendrían a sumarse a los individuos poseedores de la ciudadanía existentes en el territorio con anterioridad a estos procesos migratorios de fi nes del siglo I a.C., y que quedan refl ejados en los nomina de la zona, como son los Sertorii (CILA I, 8, 9) y ius (Bermejo 2012), producto de la creación de redes clientelares en los episodios de las guerras civiles, de las cuales, especialmente del primero de ellos, se tiene constancia en este territorio de la sierra onubense.
Todo ello nos está revelando la existencia de población ciudadana, poseedora de Ius Latii concentrada en el territorio aruccitano para fi nes del siglo I a.C., momento en el que la administración romana está llevando a cabo la fundación de la ciudad.
En segundo lugar, se tienen documentadas para momentos del segundo cuarto del siglo I d.C. muestras de adhesión o manifestaciones de culto dinástico a la domus Augusta refl ejados en las inscripciones de Agripina, por parte de la Civitas Aruccitana, y en la de Germánico, su esposo, ambos padres del emperador Calígula, en una clara muestra de reafi rmación en la rama Iulia de la dinastía (Campos y Bermejo 2010).
Y fi nalmente será para estos momentos cuando la ciudad experimentará un intenso programa de monumentalización, cuyo mejor exponente es el foro, donde para estos momentos el municipio está sentando un ordo decurionum; a este respecto resulta llamativo cómo aún no teniendo, por el momento, evidencias epigráfi cas que refl ejen la constitución de un ordo para estos decenios, sí tenemos la constatación arquitectónica de su sede -la curia-ubicada en un frente único junto con el aerarium y la aedes (Bermejo 2010a).
Un último indicio, a nuestro juicio tremendamente signifi cativo, vendría de la mano de la inexistencia de un ambiente epigráfi co propio de momentos de la segunda mitad o último tercio del siglo I d.C. A este respecto resulta llamativo cómo siendo la colección epigráfi ca del territorio occidental de la sierra una de las mejores y más numerosa de la actual provincia onubense no existan manifestaciones de adhesión, o muestras de culto dinástico o imperial para los emperadores fl avios y ninguno de sus familiares, en favor de los personajes/príncipes julio-claudios o posteriores Antoninos.
En la misma línea se podría argumentar cómo mientras se constatan los individuos portadores del nomen Sertorius, Iulius, y adscritos a la tribu Galeria, no se tiene constatado ni un solo testimonio de la Quirina, indicio inequívoco de una promoción para momentos fl avios 6.
Por todo lo cual, y aún a la espera de futuras Sin embargo, ¿qué sucede con Turobriga?
¿Dónde encaja dicho topónimo, el cual aparece mencionado en las fuentes una sola vez, en este caso la obra pliniana, y tras el de Arucci?
Ya en la antesala de nuestro análisis, como ha quedado expuesto en líneas precedentes, tenemos la problemática de la identifi cación de este mismo yacimiento con otro de los enclaves tradicionalmente propuestos por la investigación en la zona.
Será Luzón, a mediados de la década de 1970, quien asociará por primera vez este yacimiento con la ciudad de Turobriga, al identifi car algunos restos visibles, como los restos del campus, que él denomina como palestra, así como los pertenecientes a un complejo termal -no visibles completamente en esos momentos -que él asocia al podium de una aedes que podría corresponderse con la de Ataecina (Luzón 1975: 306).
De esta manera quedará vinculada la ciudad de Turobriga al yacimiento del entorno de San Mamés en las últimas décadas.
Posteriormente, la aparición de una tubería de plomo en las inmediaciones del yacimiento vino en cierta medida a consolidar dicha propuesta y del mismo modo crear una confusión que perdura hasta nuestros días.
La fi stula plúmbea presenta una inscripción con las letras MTF, identifi cada con unanimidad en aquellos momentos como M(unicipium) T(urobrigensis) F(ecit), lo que le otorgó una relación con dicha ciudad prácticamente evidente, aunque si bien es cierto que J. González mantuvo una cierta duda, y sentó las bases de un debate historiográfi co que se ha ido complejizando en estas últimas décadas (González y Pérez 1986; Pérez 1987: 19-20; González 1989: 52-53).
Actualmente, la lectura de un posible Municipium Turobrigense en la fi stula está sufriendo un proceso de revisión en el que se considera que dichas iniciales podrían corresponderse con otras posibilidades.
A este respecto Pérez Macías recoge las hipótesis de A. Stylow, para quien las letras MTF podrían hacer referencia a los tria nomina de un plumbarius, o bien a dos nombres con la fórmula fecit, o incluso con un cognomen del tipo felix (Pérez 2006: 84, 85).
Con ello, la tradicional hipótesis de asociar la existencia de un Municipium Turobrigense a este yacimiento queda debilitada, o cuanto menos en dudosa cuarentena.
Con respecto al topónimo de Turobriga, el cual ha enmarañado constantemente la investigación sobre el yacimiento de San Mamés, tan solo aparece mencionado por Plinio en su relación de ciudades de célticos en la Bética, tras el de Arucci:
"Además de éstas, en la Céltica están Acinipo, Arunda, Arucci, Turobriga, Lastigi, Salpesa, Saepone, Seripo" (III,3,14).
Esta será la única vez que aparezcan mencionadas las dos ciudades conjuntamente, dado que posteriormente en los itineraria, en el Antonino y el anónimo de Ravenna, así como en la obra de Ptolomeo, tan solo aparecerá Arucci, no volviéndose a referenciar la ciudad de Turobriga, al menos en las fuentes grecolatinas, ya que la origo Turobrigensis sí se constata en la epigrafía de la zona en numerosos ejemplos, aspecto sobre el que volveremos más adelante y que será de especial signifi cación para nuestra argumentación.
Sin embargo, como vemos tras años de estudio arqueológico en el territorio, tan solo se constata la existencia de un núcleo urbano, la mención de dos ciudades en la fuentes literarias con la desaparición paulatina de una de ellas, e igualmente existencia epigráfi ca para una (CIL II, 963) y constatación de origo para otra (CIL II, 964; CILA I, 10; ERBC 169; 194 este último procedente del territorio de la vecina Serpa, perteneciente a la gens de los Baebii Turobrigenses).
Con ello, entraríamos de lleno en la segunda cuestión planteada al comienzo de este análisis, ¿se produce el desarrollo de algún proceso sinecista en el mismo que venga a dar sentido a la existencia de dos topónimos y una sola ciudad?
Es llegado a este punto donde proponemos la hipótesis de una contributio, quizás no en sentido técnico, de Turobriga en favor de Arucci.
Esta hipótesis, aunque no es nueva, sí requería un detenido análisis en el que intervinieran todos los factores que a día de hoy se conocen en el proceso de romanización del territorio.
El fenómeno de la adtributio y la contributio encuentra algunos más ejemplos de los que a priori se conocen en las políticas administrativas romanas a lo largo del proceso de conquistas tanto en la península itálica como en el resto de provincias del Imperio.
Consideramos que la información que nos aporta la cita pliniana contiene la clave para poder interpretar la cuestión de la existencia de dos ciudades que parecen ubicarse en el entorno del actual territorio arocheno, y que desde los primeros estudios supusieron el nacimiento de un interesante debate.
Cuando Plinio cita las ciudades de la Baeturia lo realiza siguiendo el orden alfabético, pero al llegar a Arucci rompe ese orden e introduce el topónimo de Turobriga, para después seguir manteniéndolo.
Esta ruptura del orden alfabético resulta del todo sorprendente e interesante.
Estudios posteriores han mantenido la posibilidad de esta opción, encontrándose una dualidad, bien jurídica bien física, en el yacimiento de San Mamés, dejando en interrogante la adscripción de Turobriga al mismo yacimiento (Campos 2009a(Campos: 467, 2009b) (Fig. 3).
Ciertamente resulta del todo llamativo, como cuando Plinio a lo largo de su obra describe en numerosas ocasiones las ciudades de territorios en Italia e Hispania, especifi ca que mantendrá el orden alfabético.
En esta línea cuando en el pasaje III 46 va a dar comienzo a la descripción pormenorizada de Italia, respecto a las ciudades del interior de cada una de las regiones en que Augusto dividió la Península Itálica, aparte de las privilegiadas, nos comenta que va a respetar al orden alfabético de las mismas realizado por el propio Augusto.
Ello continua de la misma forma en III 52; 63; 69; 91; etc. De manera similar ello se comprueba en los pasajes referidos a Hispania cuando en III, 10 enumera las ciudades más célebres entre el Betis y la costa; ya que coloca en primer lugar aquellas que tienen un estatuto privilegiado y sin orden alfabético; tras ello Singili, que parece responder a la ciudad conocida por otras fuentes con el nombre de Singilia Barba.
Tras esta enumeración pasa a los oppida que son mencionados sin cognomen por orden alfabético: Ategua, Arialdunum, Agla Minor, Baebro, Castra Vinaria, Cisimbrium, Hippo Nova, Ilurco, Osca, Oscua, Sucaelo, Unditanum, Tucci Vetus; en III, 12 a la hora de enumerar las estipendiarias del convento astigitano continua manteniendo el orden alfabético: Callet, Callicula, Castra Gemina, Ilipula Minor, Marruca, Sacrana, Obulcula, Oningi, Sabora, Ventippo.
El listado de ciudades de la Baeturia Turdula del conventus Cordubensis y el del convento gaditano siguen también el orden alfabético: III, 15: Arsa, Mellaria, Mirobriga, Regina, Sosintigi, Sisapo por un lado y Besaro, Belippo, Barbesula, Blacippo, Baesippo, Callet, Cappa cum Oleastro, Iptuci, Ibrona, Lascuta, Saguntia, Saudo, Usaepo por otro.
En III, 24 y III, 25 nos encontramos con la misma tónica descriptiva.
En todos ellos, salvo en contadas ocasiones, se respeta escrupulosamente el orden alfabético, que como se sabe corresponde solo y exclusivamente a la primera letra de cada topónimo.
Unditanum, Sacrana y Oleastro lo rompen.
Las dos primeras no están documentadas en ninguna otra fuente y tal vez se esté ante una lectura errónea; la segunda puede responder a una contributio entre Cappa y Oleastrum, similar a la de Contributa Iulia Ugultunia y Curiga (Pl.
Si alguna otra palabra aparece en estos listados fuera del orden alfabético es por tratarse del cognomen o adyacente de la ciudad correspondiente: Agla Minor, Castra Vinaria, Ilipula Minor, por ejemplo (Ruiz 2010: 329).
Por tanto, el planteamiento de una ruptura del orden alfabético en el que se nos indica que ambos topónimos hacen referencia a una sola realidad en el yacimiento de San Mamés supone un argumento a tener en cuenta bastante signifi cativo, dado que las veces que el naturalista lo realiza es para introducir un epíteto tras el primer topónimo, Arucci Turobriga, lo que nos lleva a los ejemplos citados anteriormente como por ejemplo Cappa cum Oleastro.
Esta idea fue expuesta por Albertini quien ya apuntó que Arucci y Turobriga pueden estar agrupadas en una misma civitas, esto es, se trataría de una misma realidad topográfi ca y toponímica, al ser esta Turobriga distinta de otra de la Lusitania de donde procedería el culto a la diosa Ataecina Turobrigensis (1923: 87 cit. 1).
García Iglesias (1971: 99) apunta la posibilidad de una unidad topográfi ca y toponímica de Turobriga con Arucci, pero con la supuesta Arucci lusitana, posiblemente ubicada hacia Corte de Messangil, en la confusión de la existencia de la Nova y Vetus Arucci.
La idea de partida que explicaría este proceso reside en las políticas romanas de concentración de poblaciones de carácter disperso en ámbito rural, donde el modelo urbano era escaso o inexistente.
No se puede olvidar que es precisamente este el ambiente que encuentra Roma a su llegada al escenario de la sierra onubense, como se desgranó anteriormente, con lo que supone un terreno excepcional para poner en práctica las medidas de sinecismo tan recurrentemente llevadas a la práctica por la administración romana, sin olvidar las particularidades territoriales de cada caso concreto, aun suponiendo el desplazamiento del núcleo principal (Bendala 2001: 28), con lo que este fenómeno de concentración lleva aparejado irremediablemente las formas administrativas y jurídicas de la contributio y adtributio.
Mencionar estos procesos requiere acudir de manera directa a la ya clásica cita de Kornemann, para quien ambos términos hacen referencia a dos realidades jurídico constitucionales distintas, así mientras que la adtributio designa la agregación en posición subordinada de una comunidad a otra, la contributio designa la fusión de dos comunidades en un solo complejo administrativo y jurisdiccional (Kornemman 1940a: 65-71).
En la misma línea se posiciona Laffi, quien en un estudio amplio y profundo recoge la problemática que existe en torno a estas fórmulas administrativas.
Así, acude en parte a los estudios de Mommsen haciendo especial hincapié en la diferenciación de adtributio, en sentido técnico, cuando se hace mención a comunidades que no estaban constituidas como centros urbanos, al permanecer agregadas administrativa y jurídicamente a otros centros urbanos próximos y ser esta última un centro de derecho latino o comunidad autónoma, (comunidad dominante).
Es decir el carácter esencial de una comunidad atribuida es la falta de autonomía, que se manifi esta en la falta de jurisdicción, magistrados propios, pago de tributos a la comunidad dominante, así como que sus ciudadanos posean un estatuto inferior.
Para el caso de la contributio, en la terminología técnica y jurídica de Roma, ésta se utiliza para designar la fusión de dos o más comunidades autónomas en una sola que concentraba también las funciones administrativas y jurisdiccionales de las comunidades contribuidas, donde por regla general se daba con anterioridad la vida ciudadana (Laffi 1966: 14-159).
Por el contrario hay autores, como Veyne, que especifi can que no hay ninguna diferencia de signifi cado entre ambos términos, siendo toda la problemática que gira en torno a ambos conceptos puramente gramatical (Veyne 1952: 569 cit. 1).
Para el caso de la Baetica, concretamente, este proceso de concentración de poblaciones menores a favor de núcleos principales, sería iniciado por César, aunque dado el desarrollo histórico de los acontecimientos poco pudiera llevar a la práctica, ya que únicamente solo tuvo tiempo de trazar las líneas maestras de su actuación en lo referente a una nueva ordenación territorial.
Augusto sería quien comenzaría este proceso de fusión de unidades menores, proyecto que también inició en otros lugares, mediante la adtributio y contributio, con lo que se pone de manifi esto una intervención del poder imperial para intentar transformar un modelo territorial en el que predominaba el hábitat disperso, alterando con ello las estructuras indígenas y la condición jurídica de los suelos (Cortijo 1991: 255).
Los casos béticos constatados tanto por la epigrafía como por las fuentes clásicas son varios, así se tiene certeza de Contributia, Ategua, Ugia Martium, Iliturgi Forum Iulii, y Cappa cum Oleastro, lo que evidencia numerosos testimonios de esta política de reordenación territorial en el sur hispano, siendo el territorio de la sierra onubense objeto de dicha política.
De esta forma, la actuación de Roma con la puesta en marcha de su administración y política territorial no debió de ser algo ajeno para el territorio de los núcleos célticos del entorno de Aroche que serían protagonistas de estas medidas en los últimos decenios del siglo I a.C. Llegados a este punto, tendríamos que la actuación de Roma sobre el territorio actuó de tal manera que concentró, o contribuyó en un núcleo ex novo en el llano, la Arucci cuyo núcleo prerromano quizás se ubicaría en el solar del actual pueblo de Aroche, las poblaciones que se encontrarían próximas al territorio de la Vega del Chanza donde Turobriga sería una de las más importantes y que tan solo se podría corresponder con alguno de los enclaves prerromanos que perdurasen hasta el mismo momento que el primero -como consecuencia de un mismo proceso de abandono en favor de un nuevo núcleo -, de los cuales el Castillo de las Peñas o el Castillo de Maribarba (Pérez y Campos 2001), serían uno de los mejores candidatos -es decir el fi n de la ocupación en estos núcleos se da progresivamente con el arranque del poblamiento en el yacimiento de San Mamés.
Ahora bien, en el contexto de la aceleración del proceso de romanización, este traslado de poblaciones se acomete no solo sobre estos dos núcleos principales, Arucci y Turobriga, sino que esta dinámica afecta al resto de enclaves menores, pues el abandono de todos ellos parece coincidir con los momentos en los que se inicia la fundación del nuevo asentamiento, siendo tan solo en la obra de Plinio donde aparecen conjuntamente Arucci Turobriga, lo que denotaría quizás para los primeros momentos un acompañamiento de manera cognominada por parte del último 7.
Esta actuación será un fenómeno que a partir de Augusto se produce en otras regiones de Hispania donde se aplican fórmulas de sinecismo (Bendala 1993a;1993b;2003) presentes en otras regiones como Cataluña (Guitart 1993(Guitart, 2004)), Levante (Abad y Aranegui 1993; Abad 2004), Valle del Ebro (Martín-Bueno 1993), Extremadura (Álvarez 1993), etc. De tal modo se asiste a una contributio -proceso de contribución, si se prefi ere, para desvestirlo de su más puro sentido técnico (vide supra) 8 -, esto es, un proceso de sinecismo por parte de estas dos poblaciones y posiblemente de otras unidades menores de población céltica -pagi o vici-en favor de una nueva ciudad fundada en el llano, en defi nitiva a partir de núcleos célticos preexistentes se habría pasado a una situación centralizadora sobre la base de elevar a alguno de los enclaves precedentes a una nueva categoría administrativa y jurídica, como ya se ha apuntado para el ejemplo de Contributa (Rodríguez 7 Sería lógico pensar que Turobriga aportara el cognomen a esta contributio, al menos en los primeros momentos, algo común en los nombres que adoptan estos nuevos núcleos como sería el caso de Contributia Iulia Ugultunia (Fear 1991), con lo que se comprendería la cita de Plinio.
8 Ya ha quedado expuesto cómo por contributio se entiende la fusión de dos o más comunidades en una sola realidad que asume las funciones jurídicas y administrativas en igualdad de condiciones para los habitantes de ambas (Laffi 1966: 159), por lo que no mantenemos que para Arucci Turobriga se diera un proceso de contributio en sentido técnico si no que las medidas sinecistas desarrolladas en este territorio llevaron parejo unos resultados jurídico-administrativos parecidos al concentrar todas estas funciones en un enclave principal del territorio.
Ahora bien, basta repasar los datos epigráfi cos y los transmitidos por las fuentes para comprobar cómo el papel de Arucci se corresponde con el de la cabeza visible que aglutina todo este proceso de concentración administrativa; inscripción de una Civitas Aruccitana, mención en primer lugar en la cita pliniana, presencia continuada en los itineraria -así como en la obra de Ptolomeo -en detrimento del topónimo de Turobriga la cual aparece solamente detrás del de Arucci en la obra de Plinio y nunca más vuelve a ser citada en ninguna obra ni itineraria, de lo que se comprueba la desaparición de cualquier rastro de ella, sin volverse a mencionar en ninguna fuente, de tal forma que las únicas evidencias que se constatan son las distintas inscripciones con origo Turobrigensis cuyos portadores deben ser considerados como incolae, es decir individuos que perteneciendo por su origo a una comunidad determinada acaban fi jando su residencia en otra distinta (Nörr 1963: 526; Salgado 1980: 501; Portillo 1983: 29;D'Escurac 1988: 59; Bertrand 1991; Poma 1998: 136; Licandro 2007: 51-52).
Esto es, expresan una origo diferente a aquella aruccitana que si bien no está testimoniada por la epigrafía de manera directa si debió de existir en la medida que se documenta una Civitas Aruccitana.
A priori nuestro planteamiento de un proceso de contributio en sentido técnico chocaría con la existencia de una origo Turobrigensis, dado que de aquella en teoría solo puede sobrevivir una origo en virtud del trascurso sinecista (origo Aruccitana), lo que llevaría a una problemática de carácter jurídico ya que nuestra propuesta pasaría por la existencia de unos residentes o avecindados -incolae-en condición de contribuidos.
Por tanto ¿podríamos entender que estos testimonios epigráfi cos donde se menciona la origo Turobrigensis y por ende los únicos que hacen mención de manera indirecta a una Turobriga para momentos altoimperiales, se corresponderían con la población procedente de Turobriga que acabó domiciliándose en el territorio de Arucci como producto de esa contributio?
Para algunos autores la categoría de contributio incidiría directamente en las personas (Rodríguez 1977: 55), es decir, afectaría a su propia condición jurídica tanto como colonus, incola o civis, tal y como se atestigua para el caso de la Lex Ursonensis, donde en su capítulo CIII se nos transmite precisamente la locución latina incolae contributi 9.
Ciertamente este hápax ha suscitado un interesantísimo debate que ha generado diferentes posturas al respecto sobre la condición de estos domiciliados o avecindados contribuidos 10.
Recientemente Licandro ha llamado la atención nuevamente sobre esta problemática y considera que en cualquier caso no existen razones sustanciales que impidan califi car a los contributi como incolae y que el problema existente a nivel jurídico-terminológico que se plantea necesita una revisión profunda de las posiciones tradicionales para fi nalmente argumentar que en este pasaje de la Lex Genetiva Iulia se nos transmite una categoría particular de incolae, estos son, incolae en cuanto domiciliados en la ciudad pero en calidad de contributi a los cuales se le asignaban unas determinadas obligaciones, en este caso particular, militares (Licandro 2007: 69-70) 11.
Mucho más explícita es García Fernández al considerar, de modo similar a Licandro, que estos incolae serían el grupo de población indígena de una determinada zona que Roma despoja de sus tierras e incorpora a una nueva fundación tras haber extinguido jurídica y administrativamente la antigua ciudadanía indígena.
Desde este punto de vista se entendería que el adjetivo contributi defi ne o hace alusión a la población incorporada a la nueva fundación por decisión del estado romano y no al incolado que genera una ciudad en virtud de su autonomía administrativa producto de la emigración individual y voluntaria (García 1997: 175).
De todo ello se podría deducir que existirían casos particulares de sinecismo o contributio que no estarían reñidos con la existencia de dos origines mientras que los individuos pertenecientes a una de ella aparezcan de manera subordinada como población domiciliada en el proceso sinecista, esto es, como incolae contributi.
Ciertamente la existencia del segundo término nos pone directamente en relación con la fi gura administraexpresión incolae contributi recogida en la Lex Ursonensis de tal modo que para Kornemann estos serían los habitantes del territorio de la colonia constituida (1940b: 92), o bien para D'Ors quien afi rma que por contributi puede entenderse a los incolae en general (1953: 234), posturas ambas criticadas por Laffi quien propone una explicación fundamentada en los usos técnicos de la forma verbal contribuire, al entender en sentido técnico que los contributi son desde un punto de vista jurídico-conceptual otra cosa diferente a los incolae (1966: 131, 133), aunque en el fondo su argumentación parece poco clara e insufi ciente (Licandro 2007: 68), en la misma línea Castagnol invita a ser prudentes con estos conceptos, aunque él prefi ere la lectura incolasque et contributi (Castagnol 1995: 135).
García Fernández en su artículo dedicado por completo a este concepto y el contexto que ocupa en el contenido de la Lex argumenta que el término contributi puede ser interpretado como un adjetivo especifi cativo del sustantivo incolae (García 1997: 172).
11 No existe unanimidad sobre si el concepto incolae contributi solo revertía en cuestiones de prestaciones militares y de defensa, para Licandro parece que esta categoría de incolae solamente está haciendo alusión a aquellos que estaban obligados a estos munera (Licandro, 2007: 70), sin embargo para otros autores el concepto haría alusión a su condición de domiciliados contribuidos (Rodríguez Neila 1977, 1978; Portillo 1980;D'Escurac 1988; García 1997). tiva de la contributio, consistente en la agrupación en una ciudad, bien de nueva creación o bien ya existente pero promocionada, de los habitantes procedentes de diversos pagi o vici de la zona y que quedaría convertida en cabeza de distrito.
Con todo se podría exponer por tanto que existe una matización dentro de estos incolae, es decir, serían aquellos domiciliados con dependencia político-administrativa del centro principal y que viven en el territorio de la ciudad o en enclaves de rango inferior (Rodríguez 1978: 152).
Este mismo caso lo tenemos, según Rodríguez Neila, en un análisis sobre la inscripción CIL II 104112 en la cual entiende que para el caso de la agregación de los pagi Translucani et Suburbani en la ciudad de Contributa estos grupos poblacionales habrían sido admitidos en el nuevo ordenamiento con la condición de incolae contributi (Rodríguez 1977: 56, 57;1978: 165 cit. 33) 13.
Del mismo modo se posiciona Portillo para quien esta locución estaría haciendo alusión a individuos contribuidos pero que son incolae desde el punto de vista jurídico-conceptual, de tal modo que se trataría de elementos procedentes de alguna entidad de orden menor que pasan a integrarse en alguna ciudad como incolae de la misma (Portillo 1980: 59-60) o D'Escurac para quien el término incola cubre a realidades muy diversas al servir para designar por ejemplo a poblaciones rurales indígenas vencidas por Roma cuyos grupos son objeto de contributio hacia la esfera de la civitas (D'Escurac 1988: 63).
Así pues la pregunta para el caso concreto que analizamos, y en la línea argumental de estas propuestas, es ¿podríamos considerar por tanto los testimonios epigráfi cos con origo Turobrigensis como incolae Turobrigenses pero contribuidos en la ciudad de Arucci a efectos administrativos como producto de un proceso sinecista?
Como vemos por las diferentes posturas expuestas la existencia de incolae cuya condición como tal se ha visto condicionada o matizada, si se prefi ere, por el desarrollo de un proceso sinecista es factible, tanto que incidiría en la condición jurídica-administrativa de las personas, con lo que es perfectamente posible que fuera esta la situación a la que estuvieran acogidos los turobrigenses, es decir, un grupo poblacional domiciliado en el territorio de la ciudad de Arucci, de ahí la existencia de una ori-Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 113-130 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.007
go propia y que tan recurrentemente aparece en las inscripciones -muestra sin duda de su reafi rmación a una comunidad diferente-, pero condicionado por un proceso de contributio que podríamos defi nir como modifi cado en su sentido técnico.
En línea con esta idea que exponemos de la supervivencia de dos origines en un proceso sinecista, si en Urso se desarrolla una contributio sobre poblaciones dispersas del área circundante las cuales quedaron adscritas a la recién creada colonia (Rodríguez Neila 1978: 165 cit. 33; Licandro 2007: 66) ¿qué origines presentarían estos individuos contribuidos? ¿ursonenses?; suponemos que no, dado que son incolae, es decir son personas que han establecido su domicilio en una ciudad o territorio perteneciente a la misma distinta a la de su origo, la cual se correspondería con el nombre de su lugar de origen, fuera cual fuese; sin embargo por un proceso sinecista quedarán contribuidos o agregados al centro rector administrativo y judicial, es decir serían incolae contributi tal y como nos lo transmite la ley 14.
Algo parecido parece desprenderse de la interpretación del bronce de Cañete de las Torres donde una entidad menor, en este caso el Senatus Populusque Baxonensis (CIL II/7, 187), queda bajo la autoridad administrativa de la colonia Claritas Iulia Ucubi, lo que irremediablemente estaría mostrando una forma encubierta de contributio o agregación en la cual una circunscripción posiblemente rural queda dentro de la circunscripción territorial de la misma colonia y en relativa dependencia administrativa de ella; en otras palabras signifi caría de hecho la integración de la comunidad Baxonensis en el marco administrativo de Ucubi, desde donde se capitalizarían las funciones administrativas y jurisdiccionales de la comunidad contribuida (Rodríguez y Santero 1982: 126).
Dicho esto, en este proceso de agregación administrativa y jurídica, si se prefi ere antes que el término contributio, resulta llamativo cómo se mantiene la origo Baxonensis como así se atestigua en la epigrafía (CIL II/5, 713; CIL II/7, 391), de lo que se deduce por tanto el mantenimiento de la origo de esos individuos pertenecientes a una determinada comunidad que se ha visto afectada por algún tipo de proceso sinecista.
Un caso que también nos resulta llamativo a este respecto se produce en la misma dinámica de la Colonia Inmunis Ilici y la contributio de 14 En relación a estos incolae contributi se pronuncia García Fernández considerando la existencia de un mismo proceso de contribución en la población de los Salassi que como incolae fueron incorporados a la colonia Augusta Pretoria, Salassi incolae qui initio se in colo(niam) (ILS 6.573), el caso de los Samnitas en la colonia Aesernia, Samnites inquolae V(eneri) d(ono) d(ederunt), o incluso el posible caso de incolado de los astures que deben ocupar la zona de los llanos de Asturica Augusta (García 1997: 173, 174). los icositanos en tiempos de Augusto (Plin.
III, 19), los cuales parece que mantuvieron su origo como se desprende del hecho que tras su desvinculación de Ilici y la obtención de la ciudadanía en tiempos de Vespasiano (Plin.
V, 20) estos siguieran manteniendo su origo más de setenta años después.
Del mismo modo algo parecido se desprende de la contributio de Osca y Calagurris, iniciada en tiempos de César (Caes., bell. civ.
I, 60, I), muy probablemente antes de Vespasiano la primera queda desvinculada y establecida como comunidad independiente (Laffi 1966: 119), de lo que cabría preguntarse si sus individuos retornan a su antigua origo o ciertamente nunca la perdieron, es decir ¿tras el establecimiento de la contributio tomaron una nueva origo y años después tras su separación retoman la antigua?
No parece ser el caso cuando el mismo Plinio cita Calagurritani contributi, el nombre étnico y por tanto haciendo alusión a la existencia de una origo Calagurritana, adjetivado con la palabra derivada del proceso sinecista15.
Otro ejemplo signifi cativo lo tenemos en la disposición de Claudio que obliga a la domiciliación de un contingente poblacional en el Municipium Volubitanum en el contexto de reajustes tras la revuelta de Aedemeón y las medidas de gracia otorgadas por el emperador a esta ciudad en virtud de su comportamiento durante la guerra (ILM, 116), como bien llamó la atención Laffi la disposición imperial en relación a estos domiciliados no puede ser entendida a la luz del concepto canónico de incola, dado que interviene un procedimiento autoritario de la administración romana (Laffi 1966: 78) y por lo tanto tendríamos una origo Volubitana y otra propia del grupo de procedencia de estos incolae con el trasfondo de un proceso de agregación.
Como podemos apreciar existen indicios a la posibilidad de que sobreviva más de una origo en una contributio -quizás no entendida en su sentido jurídico técnico-o en su defecto que se den ambas por medio de una práctica sinecista que haya llevado a un grupo poblacional a domiciliarse en el territorio de una nueva fundación y que se nos transmite mediante incolae contributi, donde existirían al menos dos origines, uno el del centro principal y otro el del agregado.
Así pues, no encontramos impedimentos para que en el territorio aruccitano se hubiese desarrollado el último proceso y existan la origo Turobrigensis y Aruccitana.
Por tanto estos individuos Turobrigenses bien ARUCCI Y TUROBRIGA: SU PROBLEMÁTICA Y REDUCCIÓN podrían adscribirse a la categoría de incolae contributi, antiguos pobladores de un núcleo indígena próximo que han sido desprovistos de su independencia jurídica y administrativa en favor de una nueva realidad territorial y administrativa que es Arucci a partir de un ordenamiento de la administración romana, de tal forma que podríamos hablar de cives aruccitani et incolae contributi turobrigenses.
Además y al igual que sucedería en otros casos susceptibles de haber sido protagonistas del desarrollo de estas políticas, junto a estos contributi, encontraríamos a incolae que no participarían de esa particularidad, es decir, domiciliados en el sentido técnico de la palabra, como nos lo transmite la inscripción de Publius Plotius Reburrus Interamnicus (CILA I, 6) o de Vibia Crispa Arabrigensis (CIL II, 967) población emigrada al territorio aruccitano y por tanto domiciliada en la ciudad.
De ello se deduce pues, que para el caso de este territorio tendríamos que la creación de grupos poblacionales domiciliados en el nuevo territorio se desarrolló tanto por acciones voluntarias y libres de población procedente de otras zonas, caso de los ejemplos expuestos en líneas superiores, como siguiendo un procedimiento autoritario de la administración romana (Laffi 1966: 79, 193; Licandro 2007: 48), caso particular de esos incolae Turobrigenses.
A este respecto quisiéramos hacer una llamada de atención en la medida que no contamos con testimonios epigráfi cos en los que se nos especifi que claramente la palabra contributio, incolae contributi turobrigenses16 o similar, dado que de existir, muy posiblemente la hipótesis que se expone y este debate científi co no existirían.
Sin embargo la solución al problema histórico que se desarrolla en este territorio desde hace más de treinta años en cuanto al modelo de implantación de Roma en el mismo, para el que existe un contexto histórico defi nido en el marco general de la Baeturia Celtica (García Iglesias 1971; Berrocal-Rangel 1992, 1995, 1998; Canto 1995Canto, 1997;;Enríquez 1995) la mención de dos ciudades -en donde se rompe sospechosamente el orden alfabético y del cual han llamado la atención diversos autores (Albertini 1923; Ruiz 2010)-, pruebas epigráfi cas indirectas (Civitas/origo Aruccitana/origo Turobrigensis) y la constatación arqueológica de una única ciudad ex novo (Arucci) llevan irremediablemente a plantear la hipótesis de procesos sinecistas como única solución en el mismo, donde se comprueba la pervivencia de hasta actuase como populus o comunidad política indígena, y ser un sistema común en las poblaciones, célticas, vettonas y de cultura indoeuropea peninsular.
Quizás ya desde momentos de la conquista el castro de Arucci destacase de entre los de su hinterland con un cierto protagonismo; ello servirá a la administración romana para introducir, en un primer momento de manera incipiente y posteriormente con Augusto de modo planifi cado, toda una estructura territorial y política que benefi ciara el traslado, la mutatio oppidi, de este enclave al llano y la agregación de las poblaciones menores en su territorio.
A lo largo de las diferentes páginas de este trabajo hemos planteado el modelo de implantación que desarrolla la administración romana cuando irrumpe en el escenario más meridional de la Betura Celtica, la Sierra onubense.
Dicho modelo se sustentará sobre la base de dos pilares o aspectos íntimamente relacionados entre sí, tanto que a nuestro modo de ver no se entenderían el uno sin el otro, a saber, la colonización del territorio en el que se adivina la implantación de un catastro agrario centuriado y la fundación de una ciudad sobre la base indígena preexistente de tal modo que se traslada el núcleo prerromano al llano (mutatio oppidi).
Con respecto al primero de ellos, se aprecian diferentes indicios que nos transmiten un profundo programa de colonización del territorio aruccitano.
Por un lado la llegada para momentos de las últimas décadas del siglo I a.C. de numerosos colonos, ciudadanos pertenecientes a la Galeria tribus (CILA I, 6), itálicos o provenientes de otras zonas de Hispania (CIL II, 967), y peregrinos (CILA I, 7), los cuales se encuentran bien constatados por la epigrafía funeraria perteneciente a ese periodo.
Y por otro se detectan en toda la zona de los llanos de la vega del Chanza, conocida popularmente como de "la Belleza", numerosas trazas de un antiguo catastro agrario, un parcelario centuriado de entre 708 y 715 metros de lado, apreciables sobre todo en la zona próxima al yacimiento y al área del fundus de Fuenteseca.
Por lo que respecta al segundo de ellos, la fundación de la ciudad, esta se producirá en torno a los últimos decenios del siglo I a.C, muy posiblemente como consecuencia de las medidas desarrolladas por Augusto durante la estancia de su tercer viaje en la península, máximo momento de efervescencia en las políticas fundacionales y reajustes territoriales, basadas en la concentración de población en ámbito disperso y de carácter rural en territorios con un escaso desarrollo urbano.
Una vez llegados a este punto se plantea la tradicional problemática de la reducción de los topónimos existentes ¿Arucci o Turobriga?, así como la existencia de alguna dualidad que amparase ambos topónimos.
A este respecto consideramos que el yacimiento del entorno de San Mamés, de donde procedería la inscripción a Agrippina por parte de la Civitas Aruccitana, es el Arucci de las fuentes y los itinerarios.
Sin embargo ello merece una matización, y a día de hoy ante la falta de más testimonios epigráfi cos, la idea que defendemos en este trabajo es la existencia de un proceso sinecista que llevó a la agregación de Turobriga, y algunas otras entidades menores, al territorio de esta nueva fundación asentada en el llano.
Uno de los principales obstáculos que encuentra esta hipótesis pasa por la existencia de dos origines diferentes, por un lado la origo Turobrigensis y por otro la aruccitana, ya que por defi nición a un proceso de contributio tan solo sobreviviría una, que en este caso sería la Aruccitana.
Además para el caso de los individuos que muestran su origo Turobrigensis queda patente que se trataría de incolae, en la medida que residen o han fi jado su domicilio en el territorio de una ciudad diferente a la de su origo.
Ahora bien, sí pudo producirse la domiciliación de estos turobrigenses en el territorio aruccitano mediante la agregación debida a la puesta en marcha de alguna política sinecista u ordenamiento impositivo de la administración romana, lo que nos acercaría al concepto de incolae contributi, esto es, extranjeros domiciliados como producto de un fenómeno que en sus efectos jurídicos y administrativos se asemeja al procedimiento de la contributio, que no a una contributio en sentido técnico.
Los diferentes ejemplos expuestos en nuestra argumentación (vide supra) así como los distintos autores que han tratado el tema del incolato y la posibilidad de una acepción técnica modifi cada por un proceso de contribución (Rodríguez Neila 1977, 1978; Portillo 1980;D'Escurac 1988; García 1997; Licandro 2007) otorgan una base a nuestra argumentación e hipótesis de partida.
Si no ¿cómo se podrían entender los casos especifi cados en el cap. CIII de la Lex Urs. de incolae contributi? ¿o los posibles casos de agregación administrativa de Baxo en Ucubi, o de los incolae del municipio Volubitano? todo ello redunda en la idea de la existencia de individuos en el territorio de unidades administrativas superiores donde por sus particularidades jurídicasincolaemantienen su origo personal pero condicionadas o modifi cadas por que la domiciliación ha sido debida no a causas voluntarias o libres sino a una disposición del poder romano mediante un procedimiento sinecista (contributi).
De lo que se deriva la pervivencia de dos origines en un proceso de estas características ¿o habría que entender que los contributi de Urso portarían una origo Ursonensis, o los incolae de Volubilis serían Volubilitani?
Desde este punto de vista si aceptamos la posibilidad, y no faltan ejemplos, de considerar a estos turobrigenses como incolae contributi en el territorio de la ciudad de Arucci, se daría explicación a un tradicional problema historiográfi co y arqueológico dado que la realidad de este territorio con la existencia de una sola ciudad, la mención de dos núcleos, constatación epigráfi ca de la existencia de dos origines, solo se entiende mediante la posibilidad de una agregación o la puesta en marcha de políticas tendentes a centralizar administrativa y judicialmente en un solo núcleo una realidad indígena dispersa, en medio rural y con una tradición confl ictiva y de insumisión.
Por ello se comprende la existencia en el territorio aruccitano de la origo Turobrigensis, lo que nos recuerda la cita de Cicerón (De leg.
2,2,5) dónde nos habla de esa doble pertenencia o adscripción a una realidad municipal origo-civitas, la patria naturae que hace referencia a la origo y la patria civitatis donde se ejercen efectivamente los derechos y se cumplen las obligaciones, corresponda o no al lugar de nacimiento, al de la etnia o tribu respectiva (Calzada 2010: 29).
Además, tras el estudio de los datos transmitidos por las fuentes grecolatinas (epigrafía, fuentes literarias e itineraria) se comprueba cómo Arucci desempeña un papel protagonista en este proceso.
Este papel preponderante de Arucci en este proceso sinecista pudo deberse al hecho de que dicho núcleo actuase como una comunidad políticamente constituida a la manera romana desde los momentos de la conquista de la Baeturia en el siglo II a.C., y despuntará en el hinterland de asentamientos célticos en el zona del Valle del Chanza, es decir, la administración romana a la hora de llevar a cabo su programa de reformas en el territorio ratifi có una situación indígena donde el núcleo prerromano de Arucci tendría especial relevancia.
De ello se entiende que tan solo perviviera Arucci como topónimo, dado que desde ese momento en el que se acomete la agregación la única civitas existente será la Aruccitana, esto es, Roma ha extinguido cualquier otro tipo de identidad ciudadana con lo que el resto de pobladores del territorio que no pertenecían a esta comunidad -turobrigenses-quedaron en la condición de incolae.
De este modo se diseña un modelo de implantación territorial en una zona tradicionalmente confl ictiva, los Picos de Aroche, con el aporte de poblaciones ciudadanas y peregrinas emigradas tanto de los núcleos próximos en el territorio (Castillo de la Peñas, Maribarba, Aroche) como de otras zonas de Hispania atraídas muy seguramente ante las expectativas de tierra y la puesta en explotación desde la segunda mitad del siglo I a.C. de los fi lones de mineral de la zona de la Contienda -y sobre todo en el distrito de Urium -como demuestran las numerosas villae del ager Aruccitanus, en favor de la fundación de un nuevo enclave en el llano que pasará a convertirse en la cabeza administrativa, judicial, religiosa y política de toda la zona, contando desde los primeros momentos con algún tipo de promoción o privilegios.
Todo ello con el trasfondo de un programa iniciado en el contexto de la Baeturia Celtica en tiempos de César, y culminado para el caso concreto del territorio aruccitano con Augusto, quien defi nitivamente introducirá a estas poblaciones en la órbita de Roma, consolidándose a medida que avance el siglo I d.C. este sistema, que tiene en la civitas, con su dimensión de urbs y ager, la piedra angular de todo el proceso.
Finalmente, tras los siglos altoimperiales en los que el modelo desarrollado por Roma sobre la base de este sinecismo no se verá modifi cado, en el segundo cuarto del siglo III d.C. se producirá el fi n, o la transformación si se prefi ere, de este modelo tanto en el ámbito municipal y urbano como en el territorial.
Para el caso del primero, este ha desaparecido como tal, ante una élite urbana que ya no ve en la vida ciudadana el cursus honorum, el desempeño de munera y práctica evergética más que como onerosas cargas, por lo que se retiran al campo y abandonan la ciudad a su suerte.
Para el segundo, este verá una profunda transformación, acorde con lo que está sucediendo en la Bética, donde las concentraciones de propiedad, la crisis económica y comercial y la entrada del régimen de colonato en estos momentos en las explotaciones, han modifi cado aquellos planteamientos iniciales de colonización y asentamiento en el ager de momentos del cambio de era.
A modo de epílogo, y dentro de los últimos momentos de vida de la ciudad, para los siglos IV-V d.C., existen indicadores que muestran una ocupación muy residual.
Por un lado como muestran los análisis polínicos existe un mínimo porcentaje de polen de cereal (trigo) para estos momentos, que podría estar haciendo alusión a la puesta en cultivo para un autoabastecimiento de este pequeño núcleo que sobrevivía en la ciudad (Bermejo 2012).
Y por otro, el elenco cerámico recuperado en ambientes del foro compuesto por cerámicas tipo Hayes 50 y 69 (Delgado 2008: 357), que nos remiten a estos momentos.
Esta población languidecería a medida que avanzaban los siglos tardoantiguos, perviviendo en el común de la población la existencia de un antiguo despoblado, para en momentos ya de los primeros siglos altomedievales encontrar a sus herederos en el asentamiento de La Ladrillera, a escasos kilómetro y medio, muy posiblemente la Arawch que aparece como protagonista en las fuentes árabes de época califal al tratar los sucesos de la fi tna contra el poder musulmán cordobés.
Ya en momentos del siglo XI-XII d.C., con la construcción del castillo, se producirá el asentamiento defi nitivo de la población en el Aroche actual (Arwsa).
En última instancia podríamos decir que este territorio tras el fi n del modelo romano, representado especialmente por el abandono de vida urbano, verá en algunos aspectos la vuelta a la situación previa, con un poblamiento disperso, ruralizado y en algunos casos en altura (Las Peñas).
Sin embargo, y pese a todo, los patrones que Roma introdujo no llegarán a desaparecer del todo, dado que construyó los cimientos del mundo urbano en este territorio.
De ello se entiende la existencia siglos después, VII-VIII d.C., de una pequeña concentración "urbana", no muy alejada de la antigua Arucci, en la vecina Ladrillera y el Aroche Islámico, herederos del modelo desarrollado por Roma, es decir, la antigua ciudad romana no mostrará continuidad en su poblamiento, pero la esencia de un territorio articulado desde un universo urbano, ordenado de una manera jerárquica con un territorio donde será un núcleo urbano, una ciudad, el centro neurálgico, se mantendrá vivo en el colectivo común de sus habitantes y el poder político imperante, hispanovisigodo primero y andalusí posteriormente, sin solución de continuidad hasta el presente.
Con ello podemos plantear, a modo de cierre, que el desarrollo del mundo urbano en la sierra occidental onubense, es heredero de un sistema implantado y desarrollado por la administración romana basado en la agregación de entidades menores en una sola civitas, que verá en el sucesivo recalar de la población, Arucci-Ladrillera-Arwsa-Aroche, la pervivencia del mismo, portando además el antiguo nombre de Arucci en sus sucesivos desplazamientos, desde el Llano de San Mamés hasta el Aroche actual. |
Con la desaparición del profesor Pere de Palol i Salellas, se cierra una etapa de producción científica que historiográficamente marca el nacimiento en la Península Ibérica de una nueva disciplina: la arqueología cristiana, y de su mano, la de la antigüedad tardía.
Que estas líneas sirvan de recuerdo a la obra del maestro que fue el Dr. Palol.
Palol nacido en una familia de literatos gerundense, se decantó por la arqueología tras unos titubeos con la escultura.
En el pueblo de Agullana (Alt Empordà) tuvo ocasión de participar en las excavaciones de su padre y su abuelo en la necrópolis hallstáttica de Agullana que ha estado siempre presente en su investigación; hace poco consiguió crear un pequeño museo y hemos de recordar su publicación.
Pero Palol, en lo que sin duda es pionero es en la arqueología cristiana de los siglos IV al VI y de época visigoda.
La formación universitaria de Pere de Palol se realizó en la Universidad de Barcelona, donde participó de forma inteligente y entusiasta en diferentes trabajos y actividades, simultaneado su actividad en los museos arqueológicos de Gerona, Barcelona y Empúries.
Durante su juventud estuvo en contacto directo con la Escuela de Barcelona donde conoció a su futura esposa, la Dra.
Mercè Muntanyola, que apostó su vida profesional por la carrera científica de Pere de Palol.
Sus primeros trabajos se interesan directamente por la arqueología cristiana, la antigüedad tardía y el mundo visigodo.
La excavación de tres yacimientos diferentes pero datados en la antigüedad tardía, lo sumergieron en problemas importantes de la realidad arqueológica e histórica.
El poblado del Puig Rom publicado recientemente (El castrum del Puig de les Muralles de Puig Rom, 2005), la pequeña iglesia paleocristiana de Roses que lo llevó al campo del mobiliario litúrgico, y la iglesia funeraria y la necrópolis de Empúries.
A partir de su tesis doctoral, defendida en Madrid en 1948, dedicó buena parte de su investigación a los objetos litúrgicos en bronce (Bronces hispanovisigodos de origen mediterráneo.
Después apareció otro de sus libros importantes, el de la Tarraco hispanovisigoda (1953), en el que se ve su capacidad de análisis, tanto de materiales menores, como del urbanismo y la arquitectura monumental, incluida la escultura arquitectónico-decorativa y sepulcral.
De estos años es uno de sus artículos más utilizados, su "Esencia del arte hispánico de época visigoda: romanismo y germanismo" (I goti in Occidente, problemi, Settimane di Studio del Centro Italiano di Studi sull'Alto Medioevo, Espole-to, 1956, p.
65-126, XXXVII lám.), clave especialmente para la periodización y tipología de los adornos personales.
Al mismo tiempo empezó a trabajar en aspectos de la arqueología y la liturgia, en concreto el altar ("Las mesas de altar paleocristianas en la Tarraconense", públicos.
El foro colonial de Clunia, Clunia VIII.1, 2000, con J. Guitart, y Clunia, Studia Varia Cluniensia, Valladolid, 1991, artículos de Palol y sus colaboradores).
Destacan sus excavaciones en la residencia aristocrática rural de La Olmeda (con J. Cortes, La villa romana de La Olmeda.
Pedrosa de la Vega (Palencia), AHA, 7, 1974, y La villa romana de La Olmeda de Pedrosa de la Vega (Palencia), Palencia, 1986; a la vez que la intervención en el subsuelo de la iglesia de San Juan de Baños (Excavaciones en la necrópolis de San Juan de Baños (Palencia), EAE, 32, 1964 y la guía La basílica de San Juan de Baños, Palencia, 1988).
De este intenso período de trabajo en Valladolid hay que señalar tres de sus más importantes publicaciones.
Su "Demografía y arqueología hispánicas.
Ensayo de cartografía" (Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, 32, Valladolid, 1966, p.
Al año siguiente apareció su Arqueología cristiana de la España romana (1967), que continúa siendo "un clásico" (Premio Raoul Duseigneur 1968, concedido por l'Académie des Inscriptions et Belles Lettres).
La otra publicación es el discurso inaugural del curso académico 1970-71 en la Universidad de Valladolid: Castilla la Vieja entre el Imperio romano y el Reino visigodo, donde plasmó los temas que más le preocupaban de la transformación que supuso el final de la Antigüedad.
P. de Palol estuvo siempre en contacto con los colegas europeos y una de sus preocupaciones fue la difusión de la arqueología hispánica.
Organizó con el padre Vives, el VII Congreso Internacional de Arqueología Cristiana celebrado en Barcelona (1969) y para ello impulsó las Reuniones de Arqueología Cristiana Hispánica, la primera en Vitoria en 1967.
En 1970 se trasladó a la cátedra de Arqueología Cristiana y Medieval, de reciente creación, en la Universidad de Barcelona, abriéndose un nuevo campo de especialización.
La reputación de Palol como docente ha hecho escuela en la Universidad de Barcelona, formando a un nutrido grupo de alumnos.
Para Palol el trabajo de campo siempre fue fundamental, interviniendo en diversos yacimientos.
Por ejemplo en las iglesias de Menorca cuyo trabajo está plasmado en varios artículos (resaltan "En torno a la iconografía de los mosaicos cristianos de las Islas Baleares", en Actas de la Reunión Nacional de Arqueología Cristiana (Vitoria, octubre 1966), Valladolid, 1967, p.
5-45; y "La basílica de Es Cap des Port de Fornells (Menorca), en Actas de la II Reunión de Arqueología Paleocristiana Hispánica (Montserrat, 1978), Barcelona, 1982, p.
353-404), que constituyen un a modo de corpus de la arquitectura cristiana balear.
O en Toledo ("Resultado de las excavaciones junto al Cristo de la Vega, supuesta basílica conci-liar de Sta.
Algunas notas de topografía religiosa de la ciudad", XIV Centenario del Concilio III de Toledo, 1989, Toledo, 1991, p.
787-839) donde estableció parámetros comparativos y modelos con otras ciudades hispánicas tardías ("Transformaciones urbanas en Hispania durante el Bajo Imperio: los ejemplos de Barcino, Tarraco y Clunia.
Trascendencia del modelo en época visigoda: Toledo", Felix Temporis Reparatio.
Los excavaciones se complementan con estudios de síntesis (los volúmenes de Polígrafa Arte hispánico de la época visigoda, Barcelona, 1968; Arte paleocristiano en España, Barcelona, s/f; el libro de Los godos en el Occidente europeo, 1988, con G. Ripoll; "Arte y Arqueología", de la reeditada Historia de España de R. Menéndez Pidal, vol. III.
269-428) que hunden sus reflexiones en la cristianización de las aristocracias y la dualidad ciudad-campo ("La cristianización de la aristocracia romana hispánica", Pyrenae, 13/14, 1977-78, p.
47-69); en la arquitectura cristiana, el mobiliario y los objetos litúrgicos ("El baptisterio en el ámbito arquitectónico de los conjuntos episcopales urbanos", Actes du XIe CIAC, 1986, CEFR, 123.I, Roma, 1989, p.
559-605); y en la ordenación de los materiales menores y de los monumentos (siglos IV al VIII), adentrándose en la continuidad y transformación entre el mundo romano y la antigüedad tardía, y de ésta a lo medieval.
Su libro El Tapís de la Creació de la Catedral de Girona (1986, Prix Raoul Duseigneur concedido por segunda vez) es un claro ejemplo.
Que estas líneas sirvan de recuerdo breve pero emotivo de la trayectoria profesional de Pere de Palol, quien dedicó su vida al conocimiento científico de la arqueología cristiana y de la antigüedad tardía. |
En este trabajo se presentan las últimas novedades sobre el estudio del aprovisionamiento de grano y otros productos agrícolas en las ciudades hispanorromanas.
Se pretende abordar la cuestión del abastecimiento, superando la visión que nos ofrecen las fuentes literarias, y centrando su atención en los restos materiales que mejor nos informan sobre la producción, el almacenaje y la redistribución de los alimentos, es decir, los horrea y graneros conservados tanto en el territorio como en el núcleo urbano de las antiguas ciudades romanas.
La reinterpretación y análisis de los testimonios epigráfi cos nos permiten además presentar nuevos planteamientos sobre la gestión del cereal y otros productos alimentarios en las ciudades hispanorromanas.
El estudio del abastecimiento de alimentos a las ciudades hispanorromanas se inicia con los primeros trabajos dedicados al análisis de los mecanismos de administración, organización y control del cereal por parte de Roma 1.
La fuente documental en la que se basan estos primeros trabajos de fi nales del siglo XIX y comienzos del siglo XX es principalmente textual, lo que convierte el Codex Theodosianus en la obra principal sometida a estudio por todos los especialistas 2.
A partir de estos primeros ensayos, se fueron proponiendo nuevos planteamientos que implicaban el uso de otro tipo de fuentes ya conocidas, como los testimonios arqueológicos, las inscripciones, representaciones en el arte, etc., análisis que vemos refl ejado en trabajos como el escrito por Cagnat (1916).
El valor de estas obras reside en que plantean la necesidad de analizar la economía romana a partir de las fuentes de las que disponían y supone el inicio de la investigación de un tema inexistente en la historiografía anterior, que subraya la importancia que tuvo el grano en el Imperio y la cuestión de la efi cacia en la gestión de un producto de primera necesidad por 1 Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto I+D de investigación: Formación y disolución de civitates en el NO peninsular.
Carmen Fernández Ochoa y del Proyecto I+D: Campamentos y territorios militares en Hispania (PRATA) (HAR2011-24095), dirigido por el prof. D. Ángel Morillo.
Quería agradecerles a ambos la revisión del texto, y también a D. Mariano Rodríguez por su ayuda al ofrecerme información epigráfi ca importante para la elaboración de este artículo.
2 Entre las grandes obras de fi nales del siglo XIX, se pueden destacar entre otras el artículo publicado en 1870 por Hirschfeld titulado Die Getreideverwaltung in der römischen Kaiserzeit, la tesis de G. Krakauer que publicó en 1874 bajo el título Das Verpfl egungswesen der Stadt Rom in der späteren Kaiserzeit, la de E. Gebhardt Studien über das Verpfl egungswesen von Rom und Constantinopel in der späteren Kaiserzeit (1881) o la obra de Babled, De la cura annonae chez les Romains (1892).
Esta línea de investigación ha sido desarrollada en obras posteriores, aunque la mayoría se han centrado en el aprovisionamiento de grano a la ciudad de Roma 3.
Recientemente se han puesto en valor los restos materiales que de forma más precisa nos informan sobre la producción, el almacenaje y la redistribución de los alimentos, es decir, los horrea, almacenes y graneros conservados tanto en el paisaje rural como en los centros urbanos de las antiguas ciudades romanas.
Como resultado de este creciente interés, se han constituido grupos de trabajo encaminados a conocer mejor las técnicas empleadas en su construcción, la administración y los espacios comerciales asociados a estos importantes edifi cios económicos 4.
Para el caso hispano, cada vez son más los esfuerzos encaminados a conocer mejor los almacenes y graneros que nos permiten comprender el funcionamiento de la administración orientada al abastecimiento de alimentos y otros productos.
Este es el tema de mi investigación doctoral que, tratando de superar las fronteras nacionales, analiza las Estructuras de almacenamiento de cereal en el Occidente del Imperio Romano, cuyos resultados se han publicado parcialmente (Salido 2011) y en otros trabajos centrados en el estudio del aprovisionamiento civil y militar en la antigua Hispania (Salido 2009; 2011b; 2012b; Morillo 3 Entre estas publicaciones, se puede destacar el libro de Chastagnol, La préfecture urbaine à Rome sous le Bas-Empire (1960), la tesis de Alzon, Problèmes relatifs à la location des entrepôts en Droit romain (1964), el trabajo de E. Tengström, Bread for the People (1975) y más recientes como la publicación de Durliat, De la ville antique à la ville byzantine le problème des subsistances (1990), la tesis de Jaidi, L'Afrique et le blé de Rome aux IVème et Vème siecles (1990), Sirks, Food for Rome: the legal structure of the transportation and processing of supplies for the imperial distributions in Rome and Constantinople (1991) o las actas de los coloquios Le ravitaillement en blé de Rome et des centres urbains des débuts de la République jusqu ́au Haut Empire (1994) y Nourrir les cités de Méditerranée antiquité-temps modernes (2003).
4 Entre los grupos de trabajo más importantes debemos destacar el proyecto internacional Entrepôts et lieux de stockage du monde gréco-romain antique, fi nanciado por la Agence Nationale de la Recherche (ANR) y desarrollado por tres instituciones francesas, el Centre Camille Jullian (CCJ), el Institut de Recherche en Architecture Antique (IRAA) y la Ecole Française d'Athènes (EfA) encaminado a investigar el Portus, Ostia, los Horrea Caelia en Túnez y los espacios de almacenaje urbanos en Delos (Grecia), así como el estudio del almacenaje en general.
Otro proyecto reciente está encabezado por Renato Sebastiani (Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma) y tiene el propósito de estudiar la llanura situada junto al río Tíber, al pie del Aventino, que constituyó el área comercial, logística y de abastecimiento alimentario de la capital.
También se están desarrollando investigaciones de gran importancia como la promovida por Francesco Martorella en el marco del proyecto GRAWINAE: Granaries and warehouses in north Africa and Egypt during the Roman age.
También recientemente se ha publicado la revisión científi ca Horrea d'Hispanie et de la Méditerranée romaine, aunque hasta el momento no se ha llevado a cabo un análisis de conjunto de la información aportada por los documentos epigráfi cos y los restos arqueológicos, estudio que pretendemos presentar en este trabajo.
LA PRODUCCIÓN DE CEREAL EN EL AGER DE LAS CIUDADES HISPANORROMANAS
La fundación de las primeras colonias y la reorganización del territorio en época republicana responden a un programa planifi cado que supone la reordenación del espacio agrario con el objetivo preciso de establecer una nueva fi scalidad.
Como resultado de esa nueva estructuración del terreno, además de la creación de una red viaria, se producirá el surgimiento de las primeras villae en la Península Ibérica5.
A nivel general, se trata de estructuras rústicas de dimensiones reducidas, dotadas de espacios residenciales modestos, que estaban destinadas a la explotación rural del territorio que previamente había sido asignado a sus propietarios.
Como consecuencia, desde su origen las villae eran concebidas como centros de producción.
En este sentido, la construcción de un granero rebosante de grano simbolizaba en el espacio rural la posesión de la abundancia, la prosperidad y el bienestar económico (Purcell 1995: 169-170).
De hecho, el propio Varrón afi rma que el término villa procede de la palabra vehere, es decir, el lugar donde la cosecha era transportada y almacenada6.
No obstante, no será hasta principios del siglo I d.C. cuando se manifi este la división teórica tripartita de la villa romana planteada por Columela (pars urbana, rustica y fructuaria), que refl eja la importancia de la vocación rústica y del espacio de almacenaje de los productos agrícolas dentro de las propiedades de las villae romanas.
No obstante, a pesar de la importancia que tuvieron los graneros como edifi cios más representativos de la verdadera riqueza del propietario y, aunque son el principal testimonio arqueológico que nos informa sobre el almacenaje y producción de dichos centros rurales, la historiografía más reciente apenas ha analizado estas estructuras de carácter productivo (Salido 2003-04;2008b;2011b).
EL ABASTECIMIENTO DE GRANO A LAS CIUDADES HISPANORROMANAS Estos establecimientos rurales contaban con áreas reservadas al almacenaje de grano en silos, bien documentados en numerosos centros de explotación del territorio del área catalana y del resto de la geografía peninsular (cf. Nolla, Palahí y Vivo 2010: 81-90), y en horrea con pavimentos sobreelevados, que permitían mantener el grano en condiciones ideales de temperatura y humedad a largo plazo.
El destino de ese cereal sería el autoabastecimiento de la unidad familiar, la reserva para la cosecha del siguiente año, la venta del excedente de cereal en las ciudades y, por supuesto, la fi scalidad en especie, de modo que gran parte de la producción de estos establecimientos rurales era desviada al caput civitatis, donde era consumida.
En este sentido, la construcción de graneros sobreelevados se convirtió en un sistema de almacenaje que, aunque no supuso una gran novedad en cuanto a la técnica constructiva, pues era un tipo bien conocido siglos antes (Gracia 2009), sí llegó a convertirse en el modelo de granero más efi caz, pues entre otras muchas ventajas ofrece la posibilidad de abrir y cerrar la cámara de almacenaje tantas veces como se quiera, de modo que se podía hacer entrega del grano en el momento convenido, sin echar a perder el resto del producto conservado.
Los sistemas de almacenaje que más informan sobre la potencialidad agrícola del territorio son evidentemente los graneros sobreelevados (Fig. 1).
El hecho de que los establecimientos rurales a priori no contaran con más de un horreum en sus fundi, la mayor facilidad para su identifi cación desde el punto de vista arqueológico y la posibilidad que nos ofrece de comparar al menos el tamaño de los edifi cios, hacen de estas las estructuras de almacenaje más susceptibles de ser estudiadas para conocer los centros de acumulación del grano y otros productos alimenticios en el ámbito rural.
Así pues, en el ager de las primeras ciudades, encontramos estructuras que nos informan sobre la producción del cereal que era consumido en las propias ciudades y del aprovisionamiento de las mismas.
La cercanía a las mismas explica que los horrea de algunos establecimientos rurales cuenten con una escasa capacidad de almacenaje.
Este es el caso de la villa de La Burguera, perteneciente al ager Tarraconensis (Macias 2011: 188-189), donde se puso al descubierto el primer horreum sobreelevado rural de piedra descubierto en Hispania (Salido 2011b: 133), fechado en la segunda mitad del siglo I a.C. El tipo constructivo se asemeja a otras edificaciones de esta funcionalidad, con cinco muros paralelos que permiten sobreelevar el pavimento de madera o tabulatum sobre el que se vertería el cereal.
En el territorio de la antigua ciudad de Gijón, se halla el establecimiento rural de Veranes (Fig. 2) (Fernández Ochoa 2000: 164-171; Fernández Ochoa et alii 2004; Fernández Ochoa y Gil Sendino 2008), a unos 800 metros del ramal transmontano de la vía de la Plata que comunicaba la antigua ciudad de Gijón con Lucus Asturum y Asturica Augusta, a través de Legio.
En la zona occidental del área de servicios, próximo al área de cocina, se localizó un horreum de época altoimperial que cuenta con una cámara de almacenaje apoyada sobre pegollos y que hemos podido estudiar en detalle recientemente (Fernández Ochoa et alii 2013).
En el territorio económico de la Colonia Norba Caesarina, se construyeron diversas villae, entre las que Figura 1.
Mapa de dispersión de los principales horrea del ager de las ciudades hispanorromanas.
Horreum de la villa romana de Veranes (Gijón ).
Alejado de la pars urbana, se puso al descubierto un enorme horreum de época altoimperial que, a tenor de los estudios in situ que he podido realizar, contaba con dos entradas que comunican con dos ámbitos diferenciados: una antesala y una cámara de almacenamiento apoyada sobre ocho muros (Salido 2011b: 135) (Fig. 3).
Próximo a Olissipo, la antigua Lisboa, de la que dista unos 20 km, se puso al descubierto el horreum del asentamiento de Freiria (Cardoso y Encarnação 1992-1993: fi g.
La existencia de calles que organizan el plan urbanístico de este asentamiento rural y las grandes dimensiones del granero construido, dotado de una cámara de almacenaje que mide aproximadamente 12 m de longitud y 8 m de anchura, nos permite plantear la hipótesis de que nos encontramos ante un enclave rural de mayor entidad, que se asemeja a los vici rurales.
Es importante destacar que la interrelación socioeconómica que existía entre los vici y las villae fue tan intensa que el propio Varrón describe el vicus como el lugar de aprovisionamiento y venta de excedentes de la villa (Var.
La entidad del asentamiento explicaría que el horreum construido sea el más grande documentado hasta el momento en Hispania.
También en la Lusitania las recientes excavaciones arqueológicas realizadas a partir de la construcción de la Autovía de la Plata han puesto al descubierto varios horrea rurales, como el granero de la fi nca de "Royanejos", situado a unos 6 km al norte de Augusta Emerita, que cuenta con una cámara de almacenaje sustentada sobre seis muretes paralelos (Olmedo y Vargas 2004: 37, fi gs.
En el municipio de Cañaveral (Cáceres), se puso al descubierto otro horreum que cuenta con dos ámbitos separados: una antesala amplia al norte y una cámara de almacenaje de grano apoyada sobre varios muros (Vargas y Matesanz 2006: 121-122, fi gs.
Las excavaciones arqueológicas de urgencia realizadas en el municipio de Carrascalejo (Cáceres) pusieron al descubierto otro horreum que debió formar parte de la pars rustica de una villa romana de época altoimperial, fechada a principios del siglo I d.C. (Drake 2006: 225, fi g.
En la pars fructuaria de la villa de Doña María (Badajoz), entre la segunda mitad del siglo I d.C. e inicios del siglo II, se construyó un granero a aproximadamente 400 m al norte de la pars urbana (Aguilar y Guichard 1993: 110-111, fi g.
Se trata de un edifi cio que contaba con un suelo de pizarra apoyado sobre tres muros paralelos.
En la villa romana de São Cucufate, durante el primer tercio del siglo II d.C. (fase II), se construyó un horreum dividido en seis espacios que servían de almacén de grano (Etienne 1990: lámina L, no 1-6).
El pavimento descansaba directamente sobre los muros internos del edifi cio y las banquetas situadas junto a los muros perimetrales.
También contaban los muros con aberturas y una cámara de aireación en la parte inferior, sostenida por arcos de ladrillo, que permitía ventilar el espacio de almacenaje.
En el establecimiento rural de Torre de Palma (Portalegre, Portugal), a mediados del siglo II d.C., se edifi có una construcción rústica que contaba con un espacio utilizado como granero (Maloney y Hale 1996: 282, fi g.
Está defi nido por la existencia de tres muros paralelos en su interior.
En cambio, nos resulta difícil aceptar la hipótesis propuesta por Maloney y Hale, quienes plantean que otra construcción denominada granero sur constituyese otro almacén de cereal (1996: 281, fi g.
El tipo de construcción y planta del edifi cio no nos ofrece sufi ciente información para determinar su funcionalidad.
Recientemente se ha dado a conocer un horreum apoyado sobre muros paralelos en la villa romana del Vale do Mouro (Coriscada, Mêda, Portugal) 7, del que apenas tenemos información.
De cronología dudosa es el horreum del establecimiento rural romano de Fonte do Sapo (Santarém, Portugal), dotado de tabulatum apoyado sobre varios muros paralelos (Moutoso 2006: 45, 219-220, fi g.
7 Los primeros resultados se han presentado parcialmente en el Congreso de la SECAH celebrado en Braga (abril, 2013).
En la Lusitania se han localizado también graneros construidos durante la fase bajoimperial.
Así se constata en la villa romana de São Cucufate (Beja, Portugal), donde cinco muros paralelos servían de base de un tabulatum sobre el que se almacenaba el grano y otros productos (Etienne 1990: lámina L, no 22).
En la segunda mitad de este mismo siglo, se construyó en la zona rústica de la villa romana el granero de La Sevillana en Esparragosa de Lares (Badajoz) (Aguilar y Guichard 1993: 123, fi g.
La escasa distancia entre estos establecimientos rurales y el caput civitatis, que varía de entre 5 y 20 km, nos indica que la interrelación económica entre ambos sería muy estrecha.
Un dato que nos podría aproximar a su estudio es el cálculo teórico de la capacidad de almacenaje de los horrea sobreelevados, un cómputo que siempre debemos considerar impreciso, dudoso y muy posiblemente inexacto.
El primer problema que nos encontramos es que los horrea son edifi cios que conservaban en su interior no sólo el cereal, sino también otros productos alimentarios perecederos que se guardaban separadamente; además, era necesario habilitar espacios para el paso del personal encargado de los almacenes.
Por otro lado, debemos tener en cuenta que, aunque el granero se construyó con unas dimensiones determinadas, pudo no hallarse repleto en ningún momento durante el periodo de uso; también pudo ser continuamente llenado y vaciado, según la estación del año.
Otro problema a considerar es el propio modo en que se almacena el cereal, bien en sacos, a granel o en arcones de madera, lo que nos impide determinar con exactitud el volumen que podía acoger en su interior.
Tampoco conocemos la anchura de los tabulata, un dato importante a tener en cuenta para calcular la capacidad de resistencia del pavimento para sostener la carga almacenada, que podría dañar seriamente la infraestructura del horreum, especialmente en aquellos dotados de sobrados de madera.
También es importante reseñar que, en el caso hispano no se han realizado análisis arqueobotánicos de muestras recogidas durante la excavación que nos permita determinar cómo y qué productos se conservaron en el interior de estos almacenes y testimoniar la infestación del grano almacenado.
En función de estos condicionantes y a la espera de poder contar con más datos, resulta difícil plantear una capacidad de almacenaje máxima de los horrea hispanorromanos.
No obstante, aunque no podamos ofrecer una estimación cuantitativa del almacenamiento de los graneros, es cierto que la simple comparación de las dimensiones de los horrea rurales hispanorromanos con la de los graneros descubiertos en otras provincias septentrionales del Imperio8, nos permite suponer que en los establecimientos rurales hispanos no se acumulaba todo el cereal producido en los fundi de las villae o la extensión de la hacienda era menor en el caso hispano.
Si pensamos que el interés del dominus sería vender los excedentes agrícolas9, más que acumular una producción que podía perderse por diversos factores (humedad, temperatura, insectos, roedores, etc.), sería más conveniente enviar la mayor parte de la cosecha en circulación rumbo a las ciudades o a los mercados rurales (Gabba 1988: 152), para su posterior venta, almacenaje en otros horrea urbanos o para ser transformado en los pistrina (molinerías y panaderías/pastelerías)10.
La diferencia del tamaño de los horrea dependería, por tanto, no sólo del volumen de cereal que sería posible obtener del territorio económico de la villa, sino también de los intereses personales del dominus, la extensión de la parte destinada al cultivo, puesto que hay que reservar la mejor parte de la cosecha para la siguiente siembra y también para el consumo del personal que vive y trabaja en la villa.
Otro dato que hay que tener presente son las condiciones de hambruna de los trabajadores del campo en época romana que nos informa sobre la realidad propia de una economía de subsistencia11. procedía esencialmente del sur, porque las provincias septentrionales donde estaba asentado el ejército no fueron lo suficientemente fértiles para alimentar a los soldados, de modo que fue necesario importarlo de regiones meridionales.
En este contexto, debemos poner en relación los grandes horrea de las villae, situados en la zona inmediatamente al sur del limes, con el envío de grano a las tropas asentadas en la zona fronteriza (Salido 2011: 259, nota 216).
La capacidad de almacenaje de estos graneros supera notablemente el volumen de cereal que eran capaz de conservar los graneros rurales hispanorromanos.
En el estudio del abastecimiento de cereal en las ciudades hispanorromanas, nos encontramos con el problema de determinar los espacios y edifi cios que debieron servir para almacenar y redistribuir el grano enviado.
La ausencia de estudios concretos sobre horrea, así como el desinterés por este tipo de estructuras, ha supuesto hasta el momento el desconocimiento generalizado de las técnicas constructivas, tipología y procedimiento para el almacenaje del cereal de época romana.
Como resultado de ello, se tiene conocimiento de muy pocos horrea urbanos en Hispania, especialmente de época bajoimperial, y todavía encontramos muchas difi cultades para interpretar correctamente los edifi cios descubiertos.
Existe una tendencia general a denominar granero a cualquier edifi cio que podía cumplir la función de almacén, pero ya hemos defendido en trabajos anteriores (Salido 2003-04;2008;2011), que estos edifi cios requerían de unas técnicas constructivas especiales para la óptima conservación del grano.
En numerosas ocasiones, son interpretados como graneros edifi cios que posiblemente no sirvieron para el almacenaje del cereal y, sin embargo, a partir de su descubrimiento y dimensiones, se plantean estudios de capacidad y abastecimiento de grano y la fi scalidad del territorio rural de la ciudad12.
Es necesario en este sentido tratar de diferenciar los graneros de los almacenes genéricos, aunque el término latino horreum comprenda ambos tipos.
Otra cuestión importante a tener en cuenta es la difi cultad para determinar la titularidad estatal o privada de dichos horrea.
En la bibliografía, se suelen interpretar como públicos todos aquellos edifi cios aparecidos en ámbito urbano, de grandes dimensiones, mientras que la epigrafía y la documentación escrita nos informan sobre la titularidad y gestión de numerosos horrea privados y públicos (Dubouloz 2008; Tran 2008).
Un último problema que nada más...
Pregun té a los del lugar qué sentían ellos cuando comían este trigo cocido y me contestaron que lo comían con frecuencia y que efectivamente era indigesto y pesa do..."
EL ABASTECIMIENTO DE GRANO A LAS CIUDADES HISPANORROMANAS en las comunidades romanas y sobre la base de qué principios, tenemos conocimiento de la obligatoriedad de prestar jornadas de trabajo para la comunidad en ciudades como en la antigua Urso (Osuna, Sevilla), tal y como estipuló la Lex coloniae Genetivae, que generaban un volumen enorme de excedentes agrícolas y también sabemos de la asistencia a los pobres de las ciudades por parte de los grandes terratenientes, que consistía en el ofrecimiento de cereales a bajo precio (Melchor 1993: 95-104) y eventualmente también mediante contribuciones en especie (Cic.
Esta necesaria acumulación de excedentes obligó a la construcción de numerosos horrea, que desgraciadamente apenas se han podido reconocer en el registro arqueológico.
Otro factor que hay que tener en cuenta es que, aunque algunos almacenes fueron de titularidad pública, la gestión quedaría en manos de propietarios y rentistas privados, tal y como nos informa la documentación jurídica y epigráfi ca (Dubouloz 2008: 277-294).
Los primeros horrea urbanos documentados en Hispania corresponden a la primera fase de expansión y consolidación del poder de Roma en la Península Ibérica y constituyen desde su fundación uno de los edifi cios imprescindibles para cubrir las necesidades comerciales y, por supuesto, como medio para garantizar el aprovisionamiento alimentario a la población (Fig. 4).
El edifi cio más antiguo documentado que podríamos califi car como horreum por su función exclusiva como almacén de productos se halla en la ciudad celtibérico-romana de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza), debido a la rápida infl uencia que ejerció sobre la misma el contacto con Roma a través de su conexión con el río Ebro 18.
En la zona meridional del altozano donde se emplazó el asentamiento, denomi-18 El mismo infl ujo que explica la aparición de los primeros macella en ciudades como Celsa (Torrecilla 2007: 19). nado como "Cabezo de las Minas", se construyó un gran edifi cio de adobe en torno al siglo II a.C. que preludia el tipo constructivo de los almacenes genéricos romanos 19.
Esta enorme construcción, de 15 x 15 m, consta de cinco estancias estrechas y alargadas.
En planta es similar al horreum de la ciudad norteafricana de Djemila (Papi y Martorella 2007: 178-180), pero a diferencia de éste, no cuenta con los sistemas de sobreelevación del suelo que permitiría conservar el cereal a largo plazo en su interior.
Los mechinales documentados en las caras internas de las paredes, a una altura de 3 m, nos informan sobre la construcción de una segunda planta, pero indudablemente no corresponden a los vanos de encaje de los soportes del suelo.
Por tanto, nos hallamos ante un almacén simple dotado de cinco cellae y un espacio porticado que evita, además de las inclemencias del tiempo, los cambios bruscos de temperatura y humedad para conservar en perfectas condiciones las provisiones de la ciudad20; protección que requería también el amparo de la divinidad tutelar del almacén que se conservaba en su interior (Salido 2012: 321).
La excepcionalidad de las provincias hispanas donde se han documentado horrea de época republicana nos permite comprender la ubicación de dichos almacenes en las zonas más céntricas del núcleo urbano, a diferencia del patrón que se seguirá en época altoimperial, próximos a las puertas y zonas portuarias de las ciudades.
Un edifi cio similar en planta se descubrió en el foro de Valentia, fechado en torno al año 100 a.C. (v., entre otros, Ribera 2011).
Al igual que el anterior, contaba con cuatro cellae dotadas de un pórtico que cierra el complejo en su extremo meridional.
Las cámaras de almacenaje fueron construidas con muros de opus quadratum en los que se conservaron dos y tres hiladas, correspondiendo las primeras a la cimentación del edifi cio; por encima de este primer nivel, se halló el pavimento que se encontraba a la misma altura que la calle, por tanto, no hay duda de que no se trata de un suelo sobreelevado, técnica constructiva típica de los graneros romanos.
Este dato es un argumento de peso para que no podamos comparar ni en planta ni en función el horreum de la Almoina de Valencia con los graneros militares numantinos21.
Nos encontramos, por tanto, ante un almacén genérico que serviría para custodiar los productos destinados a aprovisionar a la ciudad.
Respecto a su titularidad, el hecho de que se encuentre en el centro de la ciudad, en pleno foro, no es un argumento de peso para defender su carácter público, pues ni su monumentalidad ni sus grandes dimensiones son rasgos exclusivos de horrea públicos, máxime si lo comparamos con los enormes almacenes republicanos de Roma pertenecientes a las grandes familias aristocráticas que mandaron construir estos edifi cios para su propio uso y benefi cio (Rickman 1971: 163-170) (Fig. 5).
A tenor de los restos de almacenes de época republicana, podemos concluir que las ciudades en este periodo no debieron contar con grandes reservas de grano, lo que debió suponer crisis alimentarias en tiempos de malas cosechas.
Los horrea en este periodo sirvieron muy posiblemente como espacios de conservación a corto y medio plazo, muy prácticos para una economía de subsistencia y continuo mercadeo que consumía los productos perecederos inmediatamente después de ser enviados desde las zonas de producción.
Por tanto, al igual que sucede con los magazzini repubblicani de Os-tia, estos horrea pudieron servir también como espacios comerciales de variada funcionalidad que implicaban la compra-venta de productos, el alquiler de espacios de almacenaje para su venta al por mayor, etc.
En época altoimperial, las ciudades se fueron dotando de mecanismos administrativos capaces de suministrar el cereal necesario para la población y obtener fondos para mantenerlo a un precio asequible por la plebe, incluso organizando legaciones encargadas de aprovisionar a la ciudad en momento de difi cultades de abastecimiento 22.
Son continuas las referencias a las épocas de escasez de grano y otros alimentos en las fuentes clásicas, pero llaman la atención los resultados negativos que podían causar las medidas políticas como el abaratamiento de los cereales que supusieron en más de una ocasión el aumento de la escasez de grano 23.
La respuesta a este fenómeno debemos buscarla en la contracción de la economía derivada de la respuesta de los comerciantes privados que, buscando un mayor interés en la venta del cereal, deciden esperar el momento para vender su stock cuando de nuevo el grano alcanza un precio elevado a medida que aumenta su necesidad.
La connivencia de los ediles, encargados de la cura annonae en la fase altoimperial (Babled 1892; Lex Irnitana, cap. XIX, Dig.
Para evitar el fraude, la Lex Irnitana señala explícitamente que los ediles tienen derecho y capacidad de ocuparse del abastecimiento de trigo (annona) y de controlar los pesos y medidas (pondera mensurasue), reconociéndoseles la potestad de señalar una multa (multam dicendi) y aplicar una sanción a los municipes o incolae con un límite de 5.000 HS, con el fi n de evitar el alza de precios (Irn.
La reciente aparición de un epígrafe en el término municipal de Utrera (Sevilla), fechada entre el siglo II o comienzos del III d.C., confi rma también la aplicación de multas a los pistores por parte de los duouiri, posiblemente porque la pena impuesta supera la cantidad aplicada por los ediles (Ordóñez y Saquete 2009: 204) 25.
23 Son numerosas las referencias a esta práctica, como la que se produjo, por ejemplo, en época de Cómodo (Hist.
Aug. 7, 14, 2) 24 Textos que hacen referencia a momentos distendidos, como el Satiricón de Petronio, refl ejan los males que tenía que padecer la población, como la queja de Ganimedes durante el banquete celebrado en la casa de Trimalción que se lamenta en los siguientes términos:"¡Malditos sean los ediles que están compinchados con los panaderos!"
Otras referencias sobre la mala praxis de los ediles es mencionada en Cic.
25 El epígrafe dice explícitamente: Q(uintus) L(---) Optat/ Estos envíos y acopios de grano requirieron la construcción de horrea tanto en las ciudades como en las zonas portuarias.
En el caso hispano, disponemos de información sobre los almacenes altoimperiales que se hallan en su mayoría en los puertos de las ciudades, salvo el documentado en la antigua Carmo (Carmona, Sevilla).
Este edifi cio, fechado a mediados del siglo I d.C., se construyó cerca de una de las puertas principales de la ciudad (Sedía), en una zona que facilitaba el transporte y comercio de productos (Román 2001).
Se trata de un horreum de unos 34 m 2 construido con enormes sillares de 0,70 m de lado alineados en cinco hileras.
Estos bloques servían de soporte de un tabulatum o sobrado de madera constituido por numerosas vigas, algunas de ellas encajadas en las caras internas de los muros y también en algunos sillares colocados a una segunda altura que contaban con mechinales.
Este sistema constructivo permitía aislar de la humedad el cereal y otros productos perecederos y mantenerlos en unas condiciones óptimas de conservación para su almacenaje a medio y largo plazo (Figs.
Este tipo constructivo que supone la colocación del pavimento sobre pequeños apoyos de piedra como soportes del pavimento resulta poco efi caz, porque Figura 6.
Planta del horreum de la ciudad romana de Carmo (Sevilla).
Reconstrucción del tabulatum del horreum de la ciudad romana de Carmo (Sevilla).
Esta inestabilidad y difi cultad para colocar el tabulatum o pavimento explica que este sea el tipo de soporte menos usado en época romana, puesto que requiere de la presencia de otros apoyos, como la existencia de mechinales, muros de piedra, dobles muros, banquetas, etc. (Salido 2011: 86).
En cambio, la construcción de muros de piedra ofrece una mayor estabilidad y fi rmeza al pavimento.
En ámbito militar se ha fechado el empleo y generalización de este tipo constructivo también en época fl avia, momento en que se lleva a cabo una política de estabilización de las fronteras (Salido 2011: 257).
Un edifi cio similar en cuanto a las técnicas de construcción se ha documentado recientemente en el puerto de Oiasso (Irún, País Vasco), cuya fundación se ha datado entre los años 70 y 120 d.C. (Urteaga, 2003: 202; Urteaga y Alkain 2009: 10).
A la espera de que se publiquen nuevas noticias del hallazgo del año 2008 (Alkain 2009(Alkain -2010)), podemos decir que se trata de una construcción de una anchura aproximada de 14 m, que contaba con grandes apoyos de madera, ordenados en dos hileras, de los que se han testimoniado a partir de su impronta al menos ocho.
En la capital de la Tarraconensis, también se identifi caron dos enormes horrea de época altoimperial (Adserias et alii 2000: 146).
Se trata de dos edifi cios construidos a fi nales del siglo I d.C., que debieron cumplir la función de depósito de alimentos y otros productos (Fig. 8).
El almacén occidental está compartimentado en tres grandes naves de aproximadamente 18,40 x 6 m cada una, con una superfi cie total de unos 110 m 2.
Las difi cultades derivadas de la intervención arqueológica de urgencia y el arrasamiento de los muros impide saber si las caras internas de los tabiques contaban con mechinales donde se encajarían las vigas de un suelo de madera sobreelevado.
No obstante, se han documentado tres grandes sillares encastrados en cada una de las fachadas que más que pequeños refuerzos o contrafuertes de las mismas, deberíamos interpretarlos como soportes internos de un posible tabulatum.
También los tabiques divisorios de las cámaras de almacenaje contaban con estos tres grandes apoyos que, alineados con los anteriores y situados a la misma altura, servían indudablemente como soportes del pavimento sobreelevado.
La superfi cie interior realizada a base de guijarros no constituye una preparación previa de un pavimento enlosado, como plantearon sus excavadores, sino que se trata de un pavimento aislante de la humedad del suelo que además facilitaría la limpieza de la parte inferior del tabulatum donde caería el grano y otros productos almacenados en su interior -en mayor cantidad si se vertía a granel-.
Ambos edifi cios contaron en una fase posterior con una entrada monumental porticada orientada directamente hacia el área portuaria de la ciudad.
El nivel de derrumbe se ha fechado en torno al siglo III d.C. Las técnicas constructivas y la planta son muy similares a las de los graneros excavados en el yacimiento norteafricano de Thamusida (Papi y Martorella 2007).
Las técnicas empleadas en la construcción de los horrea altoimperiales hispanos, a diferencia de los de época republicana, nos indican que muy posiblemente debieron servir para contener el cereal y los otros productos alimenticios que serían repartidos y/o comercializados asiduamente, pero también -y esto es lo importante-acumulados a medio y largo plazo.
Así pues, la función de algunos de estos horrea fue servir de reservas estratégicas destinadas a contener productos perecederos, que se venderían a bajo coste en periodos de carestía para reducir el precio de los productos de primera necesidad (entre los que destaca el grano), lo que requeriría la construcción de pavimentos sobreelevados y/o la continua remoción y limpieza del cereal y demás productos efímeros almacenados en su interior.
Además de estos almacenes, debían existir otros dedicados a conservar a corto plazo el cereal que era puesto a la venta poco después de ser recibido en la ciudad, lo que no precisaba la construcción de suelos sobreelevados.
Horrea de este tipo debieron ser frecuentemente construidos en las ciudades hispanorromanas, pero apenas se han puesto al descubierto hasta el momento; un ejemplo reciente se ha localizado también en la antigua ciudad de Ilipa, muy próximo al puerto fl uvial (Rodríguez Gutiérrez 2007: 178).
También hay que tener en cuenta que las unidades domésticas contaban con sus propias reservas LA GESTIÓN Y LA ADMINISTRACIÓN DEL GRA-NO EN EL ÁMBITO URBANO: TESTIMONIOS EPIGRÁFICOS Aunque los restos arqueológicos nos informan sobre la construcción de enormes graneros que debieron acoger el producto de la annona, es cierto que resulta difícil diferenciar los graneros pertenecientes a la comunidad de los construidos por agentes privados.
En este sentido, los documentos epigráfi cos son una fuente determinante para comprender mejor el sistema de gestión de los almacenes y de la administración del grano, una cuestión de primer orden dentro del funcionamiento de la ciudad 27.
La epigrafía nos informa del envío de frumentum mancipalis, es decir, el impuesto en especie recaudado, controlado y dirigido por la administración imperial 28.
La dedicación aparecida en la antigua Hispalis nos informa sobre la presencia de un liberto imperial que cumplía la función de dispensator del grano estatal 29 que muy posiblemente se almacenaría en los graneros de la ciudad que aún no se han localizado 30.
El aprovisionamiento de las ciudades no requirió solo de la participación del Estado, sino que tanto la gestión de algunos horrea como el transporte y compraventa del cereal precisó de la actuación de agentes comerciales privados.
A mediados del siglo II d.C., 26 Los estudios realizados en Pompeya y Herculano nos informan sobre la presencia de reservas temporales de alimentos perecederos como el grano en el interior de las casas, aunque el volumen de las vituallas es indicativo de su consumo continuado y de carácter doméstico (Monteix 2008).
27 "Entre las cosas convenientes para las ciudades, las más importantes es una buena legislación; entre las necesarias, la abundancia de recursos" (Plu.
10, 25) expresa su malestar a quien le ha confi ado la función de aprovisionar a la ciudad de Roma (omne frumentum privatum et publicum), la recaudación y compra del trigo (provincias frumentarias), su transporte (mancipes) y el almacenaje del grano en los horrea, de modo que muy posiblemente los mancipes se encargarían de su transporte a la Urbs (Alzon 1964: 34).
30 Los restos materiales aparecidos hasta el momento en Sevilla no parecen corresponder a grandes horrea civiles.
Solamente el edifi cio de la Calle Francos podría contener el cereal administrado por el Estado, pero según las últimas investigaciones podría ser el espacio de almacenaje del aceite bético exportado a Roma (Ordóñez y González 2011: 173).
No obstante, a tenor de los datos arqueológicos aparecidos, no parece que podamos confi rmar que dicha construcción responde al modelo típico de horrea en torno a patio, que contaba con cellae organizados respecto a este patio central, que por el momento no se han podido evidenciar en dicho edifi cio. entre los años 161 y 169 d.C., durante los gobiernos de Marco Aurelio Lucio Vero, los scapharii o barqueros fl uviales de Hispalis mandan colocar una dedicación al Procurador Augg. ad ripam Baetis y delegado local del praefectus annonae (adiutor), también atestiguado en Mactar (CIL VIII, 11796), cuyas funciones son controlar la annona de aceite hispano y africano y dirigir el transporte de otros productos anonarios (solamina transferenda) 31.
En esta última, no se menciona explícitamente el grano como producto de la annona, aunque algunos autores consideran que bajo la expresión solamina transferenda se encuentra el envío de cereal (Le Roux 1988: 265) 32.
La inscripción también nos informa sobre la compensación a las corporaciones de navicularii por los servicios prestados en el transporte de las vituallas 33, mercantes que mantenían un constante tráfi co comercial marítimo con Roma 34.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es la colaboración de los miembros de las familias más acomodadas en el abastecimiento de las ciudades.
Con el fi n de ganarse el favor de sus conciudadanos, para obtener contrapartidas de tipo económico o político o simplemente por compromiso ciudadano, contribuyeron notablemente en el aprovisionamiento de alimentos en época de necesidad (annona cara o gravissima annona) (Rodríguez Neila 1975, 1989; Dardaine y Pavis D ́Escurac 1986; Melchor 1992: 31 Sex(to) Iulio Sex(ti) f(ilio) Quir(ina) Possessori / praef(ecto) coh(ortis) III Gallor(um) praeposito nume/ri Syror(um) sagittarior(um) item alae primae Hispa/norum curatori civitatis Romulensium Mal/vensium tribuno mi[l(iti) leg(ionis)] XII Fulminat[ae] / curatori coloniae Arcensium adlecto / in decurias ab Optimis Maximisque / Imp(eratoribus) Antonino et Vero Augg(ustis) adiu/tori Ulpii Saturnini praef(ecto) annon(um) / ad oleum Afrum et Hispanum recen/ sendum item solamina transfe/renda item vecturas navicula/ riis exsolvendas proc(uratori) Augg(ustorum) ad / ripam Baetis Scapharii Hispalen/ses ob innocentiam iustitiam/que eius singularem (CIL II, 1180).
33 Son bien conocidos en este sentido los esfuerzos de los emperadores por conceder privilegios a los negotiatores o navicularii que trabajasen para el aprovisionamiento de Roma, como el Edicto de Claudio que ofrecía garantías en forma de recompensa en caso de naufragio o pérdidas (Suet.
El Digesto (50, 5, 3;50, 6, 6, 8) también nos informa de la inmunidad de cargos municipales a los que contribuyeron a la annona con uno o varios barcos cargaderos de al menos 50.000 modios en época de Adriano.
34 Al respecto, el Codex Theodosianus nos informa de la regulación de impuestos que tenían que pagar los comerciantes procedentes de los puertos hispanos a su llegada al Portus (13.
En una de estas iniciativas, tres collegia rinden homenaje a un duovir que puso fi n a la escasez puntual de grano mediante la colocación de una inscripción en la antigua Aeso (Isona, Lérida) 35.
La actuación de estas asociaciones profesionales para el aprovisionamiento de la annona están perfectamente constatadas, con una importante jerarquización (encabezados por magistri, magistri quinquenales y curatores), pero apenas existen noticias sobre los collegia dedicados al préstamo.
El epígrafe de Aeso es excepcional en cuanto a la mención de collegia Kalendarium et Iduaria duo, apelativos de dudosa interpretación.
Fita aduce que lo prestado en las calendas se cobraba en los idus, basándose en el comentario de Horacio (Epod.
Ningún estudio realizado sobre la inscripción ha tenido en cuenta que no es la comunidad, en principio la principal benefi ciada de la donación, la que practica el homenaje, sino los collegia de prestamistas.
Esta dedicación no nos informa si este acto de evergetismo vendría acompañado de facilidades para la obtención de préstamos, lo que supondría la donación de dinero a un bajo interés en momentos de difi cultades económicas.
La administración de los fondos para el crédito estaba constituida generalmente por los legados de los notables de la ciudad y confi ada a un vilicus kalendarii e incluso a curatores de rango ecuestre (Vat.
Tal y como nos informa el Digesto, estos curatores podían incluso organizarse en corporaciones creadas con el fi n de crear fondos de crédito que permitían prestar dinero a favor del bien público de los ciudadanos (Dig.
Estas prestaciones fueron promovidas por las propias ciudades a partir del siglo I d.C. para impulsar la agricultura y solucionar problemas puntuales como la escasez de alimentos, mediante la creación de fondos de crédito agrario que tomaron el nombre de kalendaria, haciendo referencia al libro de contabilidad utilizado para su administración (Isid.
Los préstamos se establecían para su devolución en 35 L(ucio) Val(erio) L(uci) fi l(io) / Gal(eria) Faventino / IIvirali / qui annona / frumentaria / empta plebem / adiuvit et ob a/lia merita eius / collegia Ka/lendarium / et Iduaria duo / civi gratissimo / posuerunt (CIL II 4468).
36 "Omnem relegit idibus pecuniam, quaerit kalendis ponere" (véase Fita 1898: 533-534). plazos mensuales o trimestrales y se solían reembolsar en los idus del mes establecido, de donde procede el califi cativo de los otros dos collegia de Aeso 37.
A pesar de las referencias textuales que nos informan de la concesión de préstamos a bajo interés en periodos de escasez de recursos, esta dedicación no nos informa sobre el evergetismo crediticio, pues está dedicada exclusivamente al duunviro Lucio Valerio, que formaba parte de una familia de grandes terratenientes 38.
Los evergetas hispanos también dedicaron su fortuna a la edifi cación o reconstrucción de determinados edifi cios municipales de carácter económico.
En este sentido, podemos destacar la restauración del macellum de Villajoyosa por parte de M. Sempronius Hymnus a fi nales del siglo II d.C., bien atestiguada por la inscripción que se mandó realizar en una de las mensae lapidae colocadas en el mercado 39.
Más interesante resulta la inscripción aparecida en Porcuna (Jaén) 40 que informa de la construcción hacia el siglo II d.C. de un horreum y tabernae por parte del curator Baetis sobre el suelo comprado a la ciudad (solo empto ab re publica) 41.
Posiblemente se le concedió a este evergeta el privilegio de comprar terreno público baldío, a cambio de la construcción de un almacén detrás de unas tabernas, cuyo usufructo posiblemente también correspondía a la comunidad.
Aunque la mención post horreum ha generado un cierto debate entre los especialistas, debemos decir que la estrecha vinculación entre la actividad comercial de las tabernas con el horreum nos invita a pensar más en una relación espacial que temporal.
37 Las devoluciones se solían realizar en las idus, como nos informa Horacio (Epod.
38 El epígrafe CIL II, 4125 hace alusión al confl icto de los límites de propiedades entre Valeria Faventina, familiar de Valerius Faventius de Aeso con otros terratenientes, lo que nos informa sobre la amplia posesión de tierras por parte de la gens Valeria (véase Pons 1979).
La riqueza del duunvir ha llevado a interpretar que el grano provendría de sus propias reservas (Melchor 1993: 99).
41 Existe un debate historiográfi co sobre el signifi cado de la expresión solo empto.
Tradicionalmente se ha considerado que el suelo fue comprado por la ciudad, pero Goffaux planteó una interpretación diferente que supone la construcción de los edifi cios en terrenos comprados por el evergeta a la ciudad (Goffaux 2003).
Además no tendría sentido subrayar la temporalidad en una acción evergética que se emprende en un momento concreto sobre unos terrenos recién comprados.
Esta hipótesis se refuerza si tenemos en cuenta la estrecha relación espacial y funcional entre horrea y tabernae que debieron constituir una propiedad única.
De ahí que la dedicatoria mencione explícitamente la ubicación espacial del horreum recalcando que en uno de los extremos de la insula se hallaba el espacio de almacenaje y en la parte posterior el área de comercio.
Una estrecha relación espacial la encontramos en códigos que tratan de solucionar los problemas de herencia ante un posible incendio de dos unidades constructivas distintas (tabernas y horreum vinarium), aunque ubicadas en la misma unidad arquitectónica (insula) (Dig.
Por otro lado, la vinculación entre ambos espacios de almacenaje y comercio debe llamarnos la atención sobre la funcionalidad de dichos horrea que, en este caso, relacionados con la venta en las tabernas, podría servir más bien como almacén de vino (horreum vinarium) (Sen. Ep.
33.7.7), no tanto de cereal, aunque esta es una hipótesis que no podemos confi rmar.
La epigrafía hispana también nos informa de la participación de siervos como trabajadores en los horrea, como en Caesaraugusta (Zaragoza), ciudad portuaria de gran importancia económica, dada la navegabilidad del río Ebro en esta zona en época romana 42.
El origen griego del difunto nos informa sobre el carácter servil del trabajador que carece de los tria nomina de los hombres libres, condición jurídica muy común entre los horrearii (Dubouloz 2008: 282, nota 25).
Aunque la fi gura del horreario ha sido objeto de discusión en la historiografía más moderna (Alzon 1964; Serrano-Vicente 2006; Dubouloz 2008Dubouloz y 2011)), aún desconocemos con precisión la responsabilidad y las funciones del mismo.
En este caso, podría tratarse de un trabajador de los horrea de su propietario, Sura, que pone a disposición de los horrearii almacenes provistos de medios para mantener la seguridad de las mercancías en ellos depositadas (Dig.
19, 2, 56; idem Paulus, de off. praef. vig), lo que nos informaría de la existencia de unos horrea privados en 42 Las últimas investigaciones realizadas en Zaragoza han puesto al descubierto las estructuras del puerto fl uvial de la antigua Caesaraugusta (véase Erice 2011).
44 El epígrafe apareció en la calle Dr. Galve en el Barrio de Miralbueno que dice textualmente: Hyacintvs/Svrae/horrearivs [h(ic) s(itvs) e(st)] (HEp 25008) (Beltrán 1982: 56). la ciudad, o bien se encarga de los trabajos de almacenaje de las mercancías de su dominus Sura en horrea que, bien podrían ser de titularidad estatal o privada, con espacios de almacenaje determinados previamente alquilados.
Esta responsabilidad que se le confi ere al horrearius sobre la custodia de los bienes conservados es la que motivó los continuos engaños y abusos de siervos, que en connivencia con los ladrones, facilitaban los robos de los almacenes con fuerza en las puertas.
Sabemos que esta práctica debió ser muy extendida, al menos en el siglo III d.C., porque el propio Caracalla incluyó en la legislación la posibilidad de tortura contra los esclavos custodios en caso de robo de los almacenes mediante rotura de las cerraduras (Serrano-Vicente 2006: 134-135).
Próximo al decumanus de la misma ciudad, en Zaragoza, se halló otro epígrafe que consiste en la dedicación de un liberto a un genio tutelar de los horrea (CIL II, 2991) 45.
Estos genii fueron venerados como verdaderos dioses porque se esperaba de ellos una protección real (Speidel y Dimitrova-Mileva 1978: 1549-1550) y su imagen pudo ser colocada en las hornacinas de los patios internos de los horrea o en pequeños edículos y espacios sacros construidos para su culto 46.
Se trata de las divinidades protectoras de 45 Se trata de bloque o base de estatua moldurada que está rota por el ángulo superior derecho: Genio Tutelae/Horreorum/ A(uius) Annius/Eucharistus/Ex Voto 46 La aparición de la única estatuilla de un genius horreorum aparecida hasta el momento -en este caso en ámbito militar-en el campamento de Niederbieber (CIL XIII, 7749) resulta enormemente interesante, porque sus dimensiones y signifi cado nos informan sobre su colocación en un nicho o Figura 9.
Inscripción del horrearius Hyacinto de la ciudad romana de Caesaraugusta (Zaragoza).
Imagen: Fondo fotográfi co de Hispania Epigráfi ca.
Las dedicaciones a los genii horreorum por parte de libertos y trabajadores de origen servil son frecuentes en la epigrafía (Rickman 1971: 312-315; Salido 2012) y aparecen referidos tanto a horrea privados como públicos 47.
Por ello, la inscripción aparecida en Zaragoza no nos ofrece pistas sobre la titularidad de dichos horrea que, por otro lado, tampoco podemos relacionar con los almacenes donde trabajaría Hyacintus, horreario de Sura.
En cambio, esta inscripción votiva nos indica que, a diferencia de lo que sucede con las asociaciones profesionales (corpora, collegia o sodalicia), los trabajadores encargados de los almacenes no parecen organizarse como asociaciones de carácter religioso (Tran 2008: 298-299).
En este caso, este trabajador parece llevar a cabo una consagración de manera particular, en cumplimiento de una promesa, para salvaguarda de los almacenes.
HORREA ECCLESIAE: NOTAS SOBRE EL PAPEL DE LA IGLESIA EN LA ADMINISTRACIÓN DE LOS ALIMENTOS
En época tardorromana se produce una paulatina concentración de las propiedades en manos de la Iglesia.
Se conservan algunas referencias literarias tardoantiguas del almacenaje de grano en los horrea ecclesiae (Rickman 1971: 156-157), como en Roma durante el siglo VI.
Según Gregorio de Tours, se produjo en el año 590 una inundación del Tíber que destruyó los horrea de la Iglesia y el grano almacenado en su interior.
En el año 605 el Papa Sabiniano mandó abrir los graneros eclesiásticos (iussit aperiri horrea ecclesiae) y redistribuir el grano almacenado en su interior entre la población más desfavorecida.
Este papel de la Iglesia como benefactora de los pobres mediante el reparto gratuito de grano se manifestó continuamente a lo largo de los siglos y permaneció como uno de los principales cometidos de los obispos que no dudaban en manifestar su generosidad para con aedicula de los horrea (Salido 2012: 325).
47 Resulta difícil discernir entre horrea de titularidad privada y pública mediante la simple mención de un horreum concreto o de la dedicación de un trabajador. los pobres.
Así se manifi esta en la conmemoración del obispo de Tarragona, Sergio, realizada a mediados del siglo VI en verso y en el que se dedica más espacio a las gestas espirituales que mundanas y a su carácter como hombre de Iglesia, benefactor de los pobres (repperit alimentum) 48.
En Hispania se testimonia la edifi cación de un almacén en el año 387 d.
Esta inscripción menciona el nombre del contratista que certifi ca la obra (ex offi cina Homoni), su propietario (Vasco) y los funcionarios encargados de su administración: los magistri y el scriba que anotaba la cantidad de grano almacenado en el horreum.
Desconocemos si las provisiones conservadas en el interior del horreum serían administradas y controladas por la Iglesia, pero no deja de llamar la atención la inclusión de la fórmula in Christo.
A tenor de la información disponible, resulta difícil confi rmar el papel de la Iglesia en la recaudación de los impuestos y en el control de las actividades agrarias a lo largo del siglo IV d.C. en Hispania.
En cambio, algunos testimonios procedentes de algunas villae permiten suponer un predominio del control eclesiástico en la producción agrícola.
Hasta el momento se había testimoniado la producción vitivinícola bajo la responsabilidad eclesiástica en ámbito urbano tarraconense (Peña 2010: 188).
Los últimos descubrimientos realizados nos permiten subrayar la importancia de la producción cerealística y su almacenamiento bajo el amparo de la Iglesia en la villa romana de El Saucedo (Toledo).
Durante fi nales del siglo V d.C. y comienzos del siglo VI d.C., el oecus de la villa altoimperial se reforma y transforma en un enorme horreum con pavimento sobreelevado, al mismo tiempo que el salón distribuidor de las antiguas termas pasa a convertirse en basílica cristiana (Castelo et alii 2006).
Esta relación espacial tan estrecha entre basílica y horreum nos informa muy posiblemente sobre la percepción de los recursos agrícolas en el 48 Sollers magnanimus pius ingenio cato / hic quiescit in tumulo Sergi(u)s pontifex s(an)c(tu)s / qui sacri labentia restaurans culmina templi / haud procul ab urbe construxit cenobium s(an)c(t)is / [hunc] pauperes patrem hunc tutorem hab(u) ere pupilli / vidus solamen captibis pretium / esurien(tibu)s repperit alimentum / profl uus in lacrimis depulit contagia carnis / cunctis carissimus exuberanti gratia pollens / parcus in abundantia locuplex egentibus vixit / septies denos pr(a) esentis (a)evi peragens annos / tria sacer pontifex pariterq(ue) septena / religiosae vit(a)e explevit tempor(e) lustra (RIT 939; AE 1997, 963). |
Esta contribución recoge el hallazgo de un mosaico de opus sectile bícromo, en blanco y negro, descubierto en el foro de la ciudad romana y tardoantigua de Pollentia (Alcudia, Mallorca).
El pavimento, asociado a un edifi cio aún en proceso de investigación, presenta un esquema geométrico sencillo, combinando hexágonos negros y triángulos equiláteros blancos que dibujan estrellas de seis puntas.
El escaso material recuperado en la preparación del mosaico sugiere un terminus post quem del siglo I d.C. para su construcción.
El pavimento constituye, el primer caso de opus sectile documentado in situ en Pollentia y el único ejemplo procedente de excavaciones recientes en la ciudad.
Desde el año 2002 se interviene en extensión en la zona que conocemos como "al Este del Templete II", con la intención de investigar el cierre oriental de la plaza del foro (Mas Florit et alii 2004 inédito;2005 inédito;2006 inédito).
En este sector, concretamente en los cuadros E7, E8, F7 y F8, han aparecido, bajo la necrópolis tardía y/o medieval que ocupó el solar del foro, los restos de un edifi cio de cierta importancia que está siendo investigado.
Ligado a este, se han descubierto restos de un pavimento de opus sectile 3, que es objeto de esta contribución.
LA PRESENCIA DE PAVIMENTOS SUNTUA-RIOS EN POLLENTIA
Los ejemplos de pavimentos suntuarios encontrados en Pollentia proceden de excavaciones relativamente antiguas.
Además de los mosaicos, incluimos aquí también como suntuarios los pavimentos que incorporan fragmentos de mármol o piedras con valor estético y que, de alguna manera, se pueden equiparar con el concepto de marmor latino como piedra sus-3 Pavimentación realizada con fragmentos de mármol u otras piedras con valor estético (a veces estos fragmentos aparecen en la bibliografía como crustae), de mayores proporciones que las tesserae de los mosaicos.
Según parece, ya en la Antigüedad estos dos tipos de pavimento se diferenciaban tanto técnica como conceptualmente, como puede apreciarse en Vitr.
A continuación reseñamos los ejemplos conocidos de mosaicos, opera signina con crustae y opera sectilia en Pollentia.
La mayoría de pavimentos suntuarios encontrados en la ciudad de Pollentia (Fig. 2) corresponden a mosaicos con motivos geométricos, fi gurativos o una combinación de ambos.
La totalidad de estos mosaicos fueron hallados a lo largo de las campañas de excavaciones dirigidas por Gabriel Llabrés, Rafael Isasi y Juan Llabrés entre 1923 y 1946 4.
Casi todos fueron extraídos y se conservan hoy en día en el Museu de Mallorca en Palma5, aunque algunos fragmentos fueron depositados en el Museo Arqueológico Nacional (M.A.N.), como veremos más adelante.
Sin duda, el hallazgo más espectacular fue el del mosaico en opus tesellatum encontrado en 1923 en la era de la fi nca llamada Santa Anna de Ca'n Costa (Figura 2A) (Isasi s.d.-b; Llabrés s.d.;Merino 1999: 45; Vallori et alii 2011: 290).
Consiste en una serie de doce paneles cuadrangulares, enmarcados por trenzas de dos cabos, dentro de una retícula de fondo blanco con guirnaldas de laurel de tres hojas, con fl ores de cuatro pétalos en los ángulos, donde a la vez los paneles son enlazados mediante coronas de trenzas de dos cabos.
Los paneles alojan representaciones de fi guras humanas y aves, dentro de marcos de meandros desiguales.
El conjunto en general está enmarcado por tres fi letes y una cenefa de trenza simple.
La orientación de las fi guras en los paneles sugiere que se podía acceder a la zona del mosaico tanto desde el S como desde el N. El mosaico fue extraído y desmontado tras su descubrimiento, y la mayor parte está hoy depositada, como hemos mencionado, en el Museu de Mallorca, pero al menos un fragmento se encuentra en los almacenes del M.A.N. 6.
Las tres fi guras humanas conservadas consisten en representaciones frontales de busto y pecho, separadas del marco, y se concentraban en la mitad N del mosaico.
Presentan elementos iconográfi cos, tanto en la cabeza como en el fondo y, al menos en un caso, en la mano.
Estos atributos nos permiten identifi carlas con las Horas, o representaciones de las Estaciones (un Figura 1.
Situación de Pollentia en la isla de Mallorca.
NUEVO PAVIMENTO DE OPVS SECTILE HALLADO EN POLLENTIA estudio sobre esta iconografía en Abad 1990: 17-21).
La fi gura más al S presenta la cabeza cubierta con una tela roja ajustada con una cinta en la frente, sobre un fondo de racimos de uva y vid, por lo que puede estar representando el Invierno o el Otoño.
En el panel del ángulo NE, la imagen lleva una corona de espigas de trigo, y sostiene una hoz con una mano, siendo por lo tanto la representación del Verano.
La fi gura de la esquina NW, probablemente con una corona de fl ores, sería la representación de la primavera.
Tanto el estilo de representación de las fi guras, de trazos muy esquemáticos y ojos almendrados, como la composición, señalan hacia una datación en el bajo Imperio o la Antigüedad tardía.
La inclusión, en representaciones de las estaciones, del pecho y sobre todo de las manos sosteniendo los elementos complementarios -como es el caso de la fi gura del panel NE sosteniendo una hoz-, no es común en Hispania, y parece ser más propia de zonas orientales, donde se fechan entre los siglos III/IV y VI d.C. (Abad 1990: 21).
Al N, este mosaico enlazaba con otro con motivos vegetales estilizados, tal como se aprecia en algunas fotos (se puede ver en Isasi s.d.-b; Arribas et alii 1973: lám. 9b y 10; y también en Blázquez et alii 1989).
Presentaba un pétalo trífi do central del que salían dos grandes roleos (Blázquez et alii 1989: 57).
En un pasillo en el lado SE de esta habitación se encontró también otro mosaico, de composición más sencilla, con decoración geométrica en blanco y negro (Merino 1999: 45; Vallori et alii 2011: 290), mientras que a unos 4 m al N, apareció otro mosaico blanco y azul (Isasi s.d.-b).
Posteriormente, durante la campaña de 1934 (Llabrés e Isasi 1934; Vallori et alii 2011: 296), se encontraron en la misma zona varias habitaciones pavimentadas con mosaicos7, uno de los cuales consistía en una serie de octógonos con decoración central, combinados con cuadrados con estrellas de cuatro puntas, sobre un fondo claro, todo ello enmarcado por dos fajas.
Por otra parte, en su lado S, presentaba una franja ancha con una imbricación bícroma, y dos anchas franjas oscuras a E y W (se puede apreciar en Arribas et alii 1973: lám. 9a; Isasi s.d.-a: 166).
Otro mosaico representaba un rollo de acanto (Isasi s.d.a: 166).
La gran densidad de pavimentos en mosaico de esta zona indica la presencia de uno o varios edifi cios suntuarios (Vallori et alii 2011: 290).
Los restos de unas posibles termas de pequeñas dimensiones inclinan a pensar que se tratara En una parcela llamada Ca'n Fanals (Figura 2B), cerca del teatro romano, se encontró en 1942 otro mosaico en una zona de necrópolis.
Cerca del foro de la ciudad, contamos también con referencias a hallazgos de mosaicos.
Un tipo de pavimento de cierto estatus, o que al menos denota cierta voluntad estética respecto al opus signinum simple, es el opus signinum con incrustaciones de mármol (crustae).
Consiste en una superfi cie realizada con mortero y fragmentos de cerámica (opus signinum), en el que se incrustaron fragmentos de mármol de unos 15 a 20 cm de largo, todos ellos reutilizados, entre los cuales se han identifi cado de visu hasta 5 variedades de mármol.
Las referencias a la presencia de opera sectilia son escasas y dispersas en las memorias antiguas de excavación, algo que no resulta extraño si se considera que esta modalidad de labor de retazos de piezas -de un tamaño mayor al de las teselas-, no suele ser la más común en pavimentos, dado su alto valor.
En las excavaciones de los años 30 realizadas por Llabrés e Isasi se cita la presencia de "restos del opus sectile de colores varios" en un edifi cio hallado en 1930 en terrenos de Ca'n Pi (Figura 2E) (Llabrés e Isasi 1934: 9), así como en otro edifi cio descubierto en 1933 en la fi nca de Ca'n Basser (Figura 2F), propiedad de J. Ques, donde se encontraron cuatro trozos de mármol que formaban parte de un pavimento que los excavadores no dudan en señalar como un sectile.
En cualquier caso, los ejemplos de pavimentos en opus sectile no abundan en Pollentia, y se habían encontrado hasta ahora en posición secundaria.
El hallazgo que presentamos aquí constituye un caso excepcional, siendo el primer ejemplo de este tipo de pavimentación que aparece en la ciudad en excavaciones modernas efectuadas con una metodología actual.
EL PAVIMENTO DE OPVS SECTILE Y SU CON-TEXTO ARQUITECTÓNICO
El pavimento se encuentra en la zona denominada "necrópolis al este del Templete II" (Figura 2G).
Se trata de un sector de excavación abierto en extensión desde 2002 con el objetivo de investigar el cierre E de la plaza del foro.
Queda sin determinar el cierre de la sala por los lados E y W, si bien algunos restos nos pueden indicar cómo se configuró este espacio.
El pavimento, que, como veremos, fechamos en el siglo I d.C., tiene relación probablemente con la construcción o ampliación de un edificio que modifica notablemente esta zona para la que ofrecemos a continuación una hipótesis de trabajo sobre su evolución arquitectónica.
Gracias a las excavaciones recientes (Jiménez et alii 2002, inédito; Mas Florit et alii 2006, inédito; Munar et alii 2009, inédito;2010a;2010b), se han documentado una serie de estructuras en la zona al N del opus sectile, que podemos identifi car como parte de un edifi cio con patio central y varias estancias que lo rodean.
En el área cercana al opus sectile, sin embargo, el expolio de muros posterior a su derrumbe, la desconexión de estructuras y el mal estado de conservación de los restos en general, no permiten ver con claridad la secuencia estructural y la delimitación entre este edifi cio al N y los ámbitos relacionados con el pavimento que estamos estudiando al S. La comparación de las técnicas de construcción puede ayudar a defi nir la evolución que debió experimentar esta zona.
En el estado actual de la excavación arqueológica, no se percibe un cierre claro.
En todo caso, a nivel hipotético, este se extendería en esa dirección, hasta el muro UE 6499, orientado E-W, que formaría parte de su fachada (Figura 3A).
Esta formaría una esquina con el muro E-164, N-S.
Posteriormente, y en relación a la construcción del opus sectile fechado tal vez en el siglo I d.C., la parte S de este edifi cio de época republicana sería arrasada y ocupada por nuevas construcciones (Figura 3B).
Algunas estructuras del edifi cio, como las cimentaciones de muro UE 6499 y UE 6716, permanecieron aisladas y, probablemente, fueron amortizadas para siempre.
La nueva estancia donde se construyó el pavimento estaría delimitada, durante esta fase, hacia el N por el muro UE 6460 y los cimientos de UE 6706, por el W con el muro UE 6226, y al E por otro muro N-S, del que se han podido documentar parte de sus cimientos (UE 6502) y su trinchera de expolio (UE 6391).
Por el momento, no se ha documentado el límite S del edifi cio al que habría pertenecido el mosaico.
El conjunto arquitectónico en el que se encuentra actualmente el opus sectile presenta una serie de modifi caciones que se llevaron a cabo en el siglo IV d.C. (Figura 3C), y que consistieron en la construcción de un muro E-W (UE 6227, y reaprovechando la UE Figura 3.
Plantas de las diferentes fases constructivas hipotéticas de la zona en la que se encontró el opus sectile y módulo composicional del mismo.
6648) que cerraba un espacio coincidente en gran parte con el pavimento.
Dicho muro presenta una abertura para una puerta de 121 cm (4 pies romanos), con un umbral (UE 6500) en piedra arenisca (conocido como marès en catalán) y un orifi cio para el quicio de unos 9 cm (Figura 3C).
Además, en la jamba E (UE 6227) presenta un encaje para la hoja de la puerta, que podría medir hasta 12 cm de grosor.
La reutilización de un dintel monumental para su construcción (UE 6227, Figura 3C) nos informa del proceso de desmonte de edifi cios públicos en Pollentia.
Esta fase del edifi cio tuvo seguramente un período fi nal de abandono de cierta duración (UE 6438) (Mas Florit et alii 2006, inédito).
La evolución arquitectónica que acabamos de describir es tan solo hipotética, y debe ser contrastada con los datos de futuras excavaciones en esta zona.
EL PAVIMENTO EN OPVS SECTILE
El opus sectile conservado (UE 6439) (Fig. 4) cubre lo que parece ser un espacio relativamente estrecho, de unos 2 metros en sentido N-S, orientado transversalmente respecto al eje mayor del edificio, ocupando aproximadamente unos 4,50 m. en sentido E-W.
Presenta un motivo que combina dos módulos geométricos, hexágonos de pizarra (negra/gris oscura) y triángulos equiláteros de mármol (blanco).
La composición se consigue repitiendo en nueve líneas paralelas un esquema basado en la alternancia de un hexágono y dos triángulos enfrentados por uno de sus vértices.
Se logra así un contraste cromático que dibuja una sucesión de estrellas de seis puntas en blanco con el centro formado por el hexágono de pizarra oscura8.
No hay restos que evidencien la existencia de un emblema o de variación alguna en el esquema decorativo (Figuras 3D y 4).
El motivo presenta una modulación que toma como base el palmus maior (división griega del pes porrectus, equivalente al dodrans) (22,1 cm).
Dado que el módulo utilizado es inferior al pie romano, lo podemos incluir entre los opera sectilia de módulo pequeño, según la clasificación de Guidobaldi (1985).
Así, el motivo de un hexágono y dos triángulos contrapuestos se inscribe en nueve franjas de un palmus maior.
A su vez, las estrellas de seis puntas resultantes de la repetición del módulo se inscriben en un círculo de un palmus maior de diámetro (Figura 3D).
El pavimento finalizaría en su lado septentrional con una estrecha faja de mosaico en opus tessellatum también en blanco y negro, de la que quedaban algunas trazas in situ.
Adosada a esta franja en opus tesellatum, se han encontrado restos de placa de mármol parietal de color azulado.
El mortero al que estas se adosan presenta un pequeño escalón a modo de rodapié, en donde se pueden apreciar restos de varios elementos de hierro inseridos en el mortero.
Se trata muy probablemente de clavos para la fijación de un revestimiento marmóreo parietal, que cubriría al menos la parte central del muro.
Si bien existen algunos ejemplos, no es muy común el uso de hierro para esta función, ya que su oxidación puede ocasionar desperfectos en las placas de mármol, tanto a nivel estructural (roturas) como estético (manchas de herrumbre) (Giuliani 2006: 189).
El límite S del pavimento está defi nido por placas de mármol blanco más grandes (de aproximadamente dos pies romanos de largo), que podrían constituir el remate en la zona meridional o bien indicar un cambio en el diseño (Fig. 5).
En cualquier caso, hasta el momento, más allá de estas placas de mármol, no se ha localizado ningún indicio de pavimentación en sectile y parece, por tanto, que constituyen el remate fi nal.
En esta zona meridional, las placas se hallan cubiertas por el muro en sentido E-W, fruto de la remodelación en el siglo IV d.C. (UE 6648).
El hecho de que este muro se asiente sobre el sectile se ha interpretado como una reestructuración posterior del edifi cio, de la que se han encontrado evidencias en otras partes del mismo, como ya hemos indicado.
Cabe señalar además que el pavimento se encuentra muy afectado por una gran trinchera (UE 6391) que atraviesa esta zona en sentido N-S.
De hecho, los primeros indicios de la existencia de este pavimento fueron proporcionados por la excavación del relleno (UE 6379) de dicha trinchera, donde se recuperaron un buen número de fragmentos de pizarra y mármol procedentes de la rotura del mosaico.
Por debajo del opus sectile se documentó su preparación, 9 que consta de dos niveles diferentes.
El primero es un nivel de unos 5 cm compuesto por mortero de cal viva y restos de conchas (UE 6602), donde se recuperó un fragmento de terra sigillata itálica, y que puede interpretarse como un fi no nivel de preparación, o nucleus, para la colocación de las crustae que componen el mosaico.
Aunque durante la excavación se recuperaron algunos restos cerámicos, sobre todo fragmentos de ánforas, no se ha advertido que estuvieran colocados con la intención de calzar las piezas, como suele suceder en este tipo de pavimentos.
Por debajo de esta capa, ha aparecido otra (UE 6618) (Figs.
6 y 7) de unos 10 cm de espesor y compuesta por piedras de mediano tamaño muy bien encajadas entre sí y con argamasa de cal y conchas.
Según la 9 El procedimiento para la preparación de la cama de los pavimentos es descrito por Vitruvio (De arch.
VII.1.3) y Plinio (NH XXXVI.186-187). descripción de Vitruvio, esta capa correspondería a una síntesis del rudus y del statumen, ya que se combinan la mezcla de grava y cal propia del primero, con las piedras grandes "como un puño" del segundo (Vitr.
Bajo el rudus-statumen se extiende un nivel de tierra marrón oscuro de compacidad muy dura (UE 6631) con numerosos fragmentos de cerámica indígena y por debajo de esta, se documenta ya el terreno natural.
Se aprecia en esta descripción, por tanto, que la preparación del pavimento sigue en parte el mismo procedimiento que describe Vitruvio (De arch.
VII.1.3), si bien representa cierta variación en la ejecución, fusionando rudus con statumen.
Con el objetivo de identificar las materias primas utilizadas para la confección del mosaico e investigar el origen de las mismas, se procedió a la caracterización arqueométrica 10 por microscopía óptica de polarización mediante lámina delgada de los fragmentos de pizarra y mármol blanco (Chávez et alii 2012).
En el caso de la pizarra se perseguía por una parte verificar si efectivamente se trataba de pizarra y, en ese caso, comprobar si podía provenir de la isla de Menorca como posible área fuente más cercana.
Para ello las muestras de pizarra del sectile se compararon con ejemplares de pizarra procedentes de diversos afloramientos menorquines.
En el caso del mármol blanco se trataba de comprobar si era efectivamente mármol y si era un material homogéneo para el que pudiera identificarse con precisión su proveniencia.
Los resultados analíticos, si bien deben considerarse preliminares, muestran que los materiales negros utilizados en el mosaico corresponden en realidad a lutitas y no a pizarras.
En este sentido, la comparación con materiales de Menorca muestra claras diferencias entre estos y los hexágonos del mosaico.
En consecuencia, se puede descartar un origen en Menorca y deben considerarse en cambio materiales paleozoicos descritos recientemente en la isla de Mallorca lo que requerirá una nueva fase de estudio con el muestreo y análisis de los mismos y su comparación con el material arqueológico.
El material blanco, por su parte, no corresponde propiamente a un mármol sino a lo que se conoce como palombino, una caliza microesparítica -aunque hay alguna muestra que parece corresponder más a caliza biomicrítica-propia de la región del Lacio en Italia (Gnoli 1988: 259-260; Borghini 2004: 263), muy utilizada en mosaicos y suelos de la antigua Roma (Guidobaldi 1985; Bruno 2002: 289) así como para efectuar dibujos en trabajos de incrustación.
Para esta caliza blanca no puede descartarse un origen local en Mallorca.
En particular, parece que diversos tipos de caliza fueron utilizados, observándose ciertas similitudes entre los materiales del mosaico y calizas del Eoceno, del Cretácico inferior y con algunos materiales Jurásicos que habría que investigar en todo caso en una fase ulterior de la investigación.
En defi nitiva, los resultados son todavía poco concluyentes y es necesario profundizar en la proveniencia de los materiales para comprender si se trata de una respuesta local elaborada con materiales insulares a unos modelos ampliamente distribuidos por el Mediterráneo o a materiales realmente de importación.
Por lo que se refi ere a la cronología del pavimento de opus sectile, la excavación ha proporcionado pocos datos relevantes.
El material que aparece tanto en la preparación fi na o nucleus (UE 6602) como en el rudus-statumen (UE 6618) es muy escaso y solo un fragmento de borde de ánfora itálica muy fragmentado -lo que impide su clasifi cación precisa-y un fragmento informe de TS Itálica permiten plantear un terminus post quem tal vez a partir de época de Augusto.
Asimismo cabe destacar que por encima del mosaico se ha documentado la reforma del edifi cio (UE 6653) que se fecha, gracias al hallazgo de una moneda de Constantino I (308-337) en la UE 6580, con un terminus post quem de siglo IV.
No hay tampoco un estrato claro que amortice la utilización del pavimento con anterioridad a esta reforma y sobre el resto del suelo aparecía el nivel que se ha interpretado como de abandono defi nitivo del sector (UE 6438) antes de la construcción de la necrópolis altomedie-val11.
De hecho, en la zona occidental del sector, una de las tumbas (E-287) (Figura 3C) de esta extensa necrópolis corta este nivel de abandono y el sectile.
Así pues, por el momento, es posible proponer para su construcción una cronología de cambio de Era o posterior, y anterior con seguridad al siglo IV.
Por el momento, se desconoce la funcionalidad del edifi cio al que se asocia el mosaico, puesto que se encuentra en proceso de excavación.
Hasta la fecha se dispone de algunas indicaciones estructurales que permiten defi nir esta construcción como un edifi cio de cierta envergadura situado en la zona E de la plaza del foro de Pollentia, con una perduración importante en el tiempo.
Tanto su ubicación como las características formales, así como algunos de los elementos arquitectónicos aparecidos (tambores estriados y basas áticas de columna, basamento moldurado de estatua) permiten proponer su naturaleza pública, quizá civil, e invitan a pensar en una posible basílica en el foro de Pollentia, de la que la zona del sectile sería un anexo o cabecera (Fig. 8).
En cualquier caso, solo los resultados de futuras intervenciones podrán determinar con mayor seguridad la funcionalidad de este edifi cio.
CONTEXTUALIZACIÓN DEL OPVS SECTILE EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL
El motivo del pavimento encontrado, de hexágonos sucesivos con triángulos en sus lados (Figura 3D), lo encontramos repetido en otros yacimientos de Italia y de Hispania, tanto con hexágonos oscuros y triángulos blancos, como a la inversa.
Algunos casos que son especialmente parecidos al de Pollentia son aquellos que presentan la misma distribución de hexágonos negros y triángulos blancos, documentados, tanto en Hispania como en Italia, en ámbito doméstico.
La cronología no está del todo clara, si bien este investigador se inclina por una datación dentro de la primera mitad del siglo II d.C. (Ramallo 1985: 50; Pérez Olmedo 1996: 144).
Otro ejemplo hispano es el de las Casas de Millán (Cáceres), probablemente del siglo I d.C., hallado en una casa romana con patio central, un ábside y una estancia rectangular donde se localiza el pavimento de sectile (Pérez Olmedo 1996: 103).
En Italia, se encuentran paralelos en Pompeya.
Uno, en la VI, 15, 14, ala,12 hoy perdido, presentaba hexágonos de bardiglio (mármol negro) y triángulos de palombino, aunque no contamos con ninguna datación (Guidobaldi et alii 1994: 52).
Por otra parte, dos pavimentos de VII, 16, 22, uno del oecus 29 y otro del oecus 48, fueron realizados con hexágonos de mármoles negros diversos y triángulos de palombino, y están fechados ambos en el siglo I d.C. (Guidobaldi et alii 1994: 53-54).
Para el caso que nos ocupa, cabe señalar logicamente que son anteriores al 79 d.C.
La gran mayoría de los paralelos, sin embargo, presentan una distribución cromática inversa a la del opus sectile de Pollentia, es decir, de hexágonos blancos combinados con triángulos negros.
Entre estos, son especialmente reseñables tres casos, todos de la península Itálica, en los que se utilizaron materiales similares a los utilizados en Pollentia, es decir, el "mármol" palombino y la "pizarra", pero cuya distribución cromática es inversa.
De hallazgo más reciente es un pavimento localizado en la habitación 48 de la villa romana de Cazzanello (Tarquinia, Lazio), fechado a fi nales de la República o durante el periodo augustal (Aoyagi y Angelelli 2005).
Para otros casos en los que se repite la misma decoración, fueron utilizados otros marmora.
No contamos con ninguna datación para estos dos casos, pero el hecho de que se encuentren en Pompeya señala una cronología anterior al 79 d.C. Otros casos itálicos son los de Via dei Molini en Ostia, de época republicana; de Ciampino en Roma, de época de Augusto; de Marino, también en Roma, y de época de Nerón (Pérez Olmedo 1996: 103); o el de Brescia, de época de Domiciano-Trajano (Ramallo 1985: 49).
Asimismo otros ejemplos procedentes en este caso de Ampurias, en concreto de la Casa Villanueva (Pérez Olmedo 1996: 113) en su reforma de primera mitad del siglo I d.C., pueden constituir también paralelos para el hallazgo de Pollentia.
El primer ejemplo, hallado en una estancia situada junto al triclinio, corresponde a un pavimento del que solo queda la impronta y que consiste también en hexágonos contiguos y triángulos en los intersticios formando estrellas de seis puntas.
Pérez Olmedo, analizando este mosaico, se inclina por una cronología de siglo I d.C. atendiendo a la fecha de ampliación N de la vivienda.
La misma autora señala que los paralelos itálicos para este tipo de mosaico apuntan más hacia una fecha en torno al cambio de era (Pérez Olmedo 1996: 116-117).
Otro ejemplo del mismo edifi cio, muy mal conservado, se localiza en el pasillo que comunica la gran sala de distribución de la zona W y que corre paralelo al triclinio, y permite observar el mismo esquema decorativo.
Aunque conservado solo a nivel de improntas en la cama del pavimento, el mismo esquema se repite también en una estancia cuadrangular en el lado W de la vivienda.
El esquema decorativo de hexágonos con triángulos equiláteros en sus puntas tiene sus primeros ejemplos al fi nal de la época republicana, y experimenta una relativa proliferación a lo largo del siglo I d.C., siendo común también durante la Antigúedad tardía (Guidobaldi 2009).
La cronología aportada para el opus sectile de Pollentia encaja perfectamente con el panorama de esta composición en el Mediterráneo occidental.
Cabe además señalar que este motivo fue también reproducido en opus tesellatum, como vemos en casos de Pompeya y Trieste (Balmelle et alii 1985: láms.
El pavimento que acabamos de analizar viene a completar el panorama de pavimentos suntuarios de la ciudad de Pollentia, poco estudiado hasta la fecha.
La mayor parte de los pavimentos en mosaico proceden de excavaciones antiguas, desarrolladas entre 1923 y 1946, y el pavimento presentado aquí constituye, además del primer caso de opus sectile documentado in situ, el único ejemplo procedente de excavaciones recientes.
Por lo que se refi ere al uso del opus sectile, es importante recordar que, tal como señala Smith (1985), esta técnica de pavimentación fue habitual en edifi cios públicos durante el Imperio, acompañados a veces de recubrimientos de las paredes también en sectile (Smith 1985: 160).
Asimismo se documenta su uso en ámbito doméstico, como algunos de los paralelos que hemos mencionado.
Los indicios de la excavación, la presencia de un fragmento de terra sigillata itálica en la preparación y los paralelos apuntados permiten plantear una cronología de época augústea o del siglo I d.C. para el pavimento, importante para entender el edifi cio, de cierta importancia y envergadura, que se extiende en esta zona oriental del foro de la ciudad.
Este edifi cio, como ya hemos comentado, es hoy por hoy poco conocido, pero su estructura y algunos materiales hallados, entre los cuales encontramos tambores y basas de columnas de grandes dimensiones, parecen indicar que se trata de un edifi cio público, tal vez una basílica.
El caso estudiado es, además, uno de los pocos en Hispania donde el motivo de hexágonos contiguos con triángulos equiláteros en sus lados ha conservado parte de sus crustae y donde, a la vez, se ha podido excavar por completo toda la estratigrafía relacionada con el pavimento.
Esto ha permitido documentar la técnica constructiva del pavimento y del revestimiento marmóreo parietal, que demuestran la presencia de un edifi cio de cierta suntuosidad en el lado oriental del foro de Pollentia, cuya importancia motivó la pavimentación de parte de este con opus sectile, un tipo de pavimento considerado de los más suntuarios, y que en estos momentos altoimperiales se estaba introduciendo en las ciudades hispanas. |
y Francesc Tarrats sus observaciones, refl exiones y comentarios.
1 A lo que ha contribuido decisivamente la ausencia de una publicación defi nitiva de los resultados arqueológicos y arquitectónicos (Arbeiter 2002: 3).
Se presenta una nueva propuesta de interpretación cronológica y funcional para el edifi cio tardorromano de Centcelles (Tarraco), que descansa en el análisis arqueológico y arquitectónico del edifi cio, de acuerdo con el contexto histórico-arqueológico del periodo.
Los argumentos aportados nos llevan a datar el edifi cio en la primera mitad del siglo V y a identifi carlo como el área central de un campamento tardio emplazado junto al núcleo urbano de Tarraco, ciudad que aparece mencionada en los textos como la base de operaciones de los ejércitos imperiales que durante buena parte del siglo V intentaron reintegrar el conjunto de Hispania al poder legítimo de Occidente.
Contamos para este período con un documento excepcional, la Epístola 11* de Consencio, donde se nos informa de la presencia en Tarraco, hacia el año 420, del comes Hispaniarum Asterio y su residencia, el praetorium, donde vivía con su hija y el ejército que le acompañaba en la campaña.
Nuestra propuesta plantea identifi car Centcelles con el campamento base de Asterio y su ejército en Tarraco.
Se presentan, también, algunas consideraciones preliminares sobre la decoración de la sala de la cúpula de acuerdo con la nueva función y cronología, todavía en un estadio incipiente de desarrollo.
PALABRAS CLAVES: Antigüedad tardía, campamento tardorromano, Consencio, sacellum, cámara fuerte, mosaicos, siglo V d.C., ejército tardorromano.
El edifi cio tardorromano de Centcelles (Constantí) ha generado un intenso debate que estaría fuera de lugar intentar reproducir aquí.
Nos ceñiremos, de forma sintética, a los aspectos que consideramos más relevantes para la propuesta que pretendemos desarrollar.
Las interpretaciones planteadas hasta el momento han partido, casi exclusivamente, del estudio de la iconografía de los mosaicos de la sala de la cúpula.
Este debate iconográfi co ha relegado a la arqueología, la arquitectura y el contexto histórico a un poco más que discreto segundo lugar 1.
Una interpretación que ha sido, a nuestro entender, aceptada sin un análisis profundo y crítico.
Centcelles debe ser contemplado, en toda su extensión, como una unidad orgánica cuya comprensión depende de su correcta adscripción tipológica y cronológica.
Nuestro propósito es afrontar la función de Centcelles a partir del análisis arqueológico y arquitectónico.
Para ello, primero debemos analizar los datos de este tipo, pocos, que han servido para cimentar, cuando se han tenido en cuenta, las interpretaciones iconográfi cas.
Este análisis crítico nos permite plantear un nuevo marco cronológico, una nueva propuesta funcional y unas consideraciones preliminares sobre la iconografía del aparato decorativo de la sala de la cúpula que esperamos desarrollar en futuros trabajos.
El edifi cio tardío de Centcelles se situaba a poco menos de cinco kilómetros de Tarraco, junto a la via De Italia in Hispanias y el cauce del rio Francoli (Figs.
Está formado por un cuerpo de planta rectangular, de unos 90 m. de longitud E-W, y con fachada principal orientada al mediodía y abierta a un pórtico de acceso a las estancias situadas al fondo (Hauschild 2002: 53) 2.
En los extremos se destacan dos alas perpendiculares que se proyectan respecto a la línea de fachada.
De este a oeste, siguiendo la numeración propuesta por el DAI, se suceden un conjunto de salas con cubierta a doble vertiente hacia las fachadas sur y norte, exceptuando la sala central, de mayor altura y cubierta con cúpula (ámbito 7) (Fig. 4).
Esta es, sin duda, la estancia principal del conjunto, a la que se accede a través de una puerta de 2,9 x 3,9 m. en el eje norte 3.
La sala presenta una 2 El cuerpo básico de la documentación arqueológica, obtenido en las excavaciones del DAI -Madrid (1959-1978), ha sido objeto de diversas publicaciones parciales y de síntesis (Hauschild y Schlunk 1961; Schlunk y Hauschild 1962; Hauschild 1965; Hauschild y Arbeiter 1993; Hauschild 2002), así como de una magnífi ca monografía centrada en el estudio iconográfi co (Schlunk 1988).
A nivel arqueológico-arquitectónico, la publicación de 1962 es la más detallada, a pesar de recoger solo los resultados de las cinco primeras campañas de excavación.
Posteriores intervenciones (2005)(2006) han servido para revisar ciertos aspectos de la secuencia estratigráfi ca (Remolà y Sánchez en prensa).
3 Hasta ahora, implícitamente se ha dado por buena la cota del umbral actual -de cronología incierta, pero en ningún caso romana-lo que suponía una altura de puerta de 4,5 m.
Teniendo en cuenta la cota original -deducible aproximadamente por las entradas de los praefurnia-se reduce tanto la altura de esta puerta como de la que comunica esta sala con la cuadrilobulada (8) (aproxi-planta circular, con exedras en los ángulos del cuadrado exterior en el que se inscribe.
En la base del muro norte, se localiza una entrada de praefurnium y en el occidental una puerta (1,45 x 2,5 m.) que da acceso a la sala cuadrilobulada (8) a través del lóbulo oriental.
En las fachadas sur, sobre la puerta, y norte se abren sendas ventanas.
En el subsuelo, se localiza una cámara subterránea de planta rectangular (cripta) (3 x 3,90 x 2,27 m.), cubierta madamente 2,5 m.), así como también la altura de la cúpula, que sería de unos 13 m.
En trama, los suburbios portuario y occidental: 1.
Basílica septentrional del Francolí; 2.
Basílica meridional del Francolí; 4.
Mausoleo de planta central (Remolà, plano base: ICC, 1983).
[50][51], lo que demostraba, como oportunamente señalan, que "ambos cuerpos son contemporáneos" y que "se construiría la cripta al mismo tiempo que el edifi cio de la cúpula" (Schlunk y Hauschild 1962: 51 y 61).
Esta relación de contemporaneidad fue posteriormente modifi cada sin aportar argumentos sólidos a este cambio tan trascendente para la interpretación de la secuencia constructiva del edifi cio (Hauschild y Arbeiter 1993).
Esta modifi cación se basa en la presencia, sobre el horizonte constructivo de la sala (estrato 3), de otro estrato4 de gránulos de mortero asociado a la construcción de la cripta, "lo que nos permitió asignarle defi nitivamente una fecha más tardía" (Hauschild y Arbeiter 1993: 39).
Una relectura de la evidencia estratigráfi ca, que no compartimos, que serviría para apoyar "la tesis de un repentino cambio de función del conjunto" (Hauschild y Arbeiter 1993: 41), ya que la cripta "se construyó cuando la sala no tenía ni pavimento ni decoración" (Hauschild 2002: 54), es decir, durante el mismo proceso constructivo.
Según esta nueva interpretación, el proyecto inicial de villa de planta rectangular con pórtico, estancias principales calefactadas y baños en el extremo occidental, quedaría interrumpido fi nalizándose únicamente la sala central como mausoleo (Hauschild 2002: 53).
Este repentino cambio de función afectó al resto de la edifi cación: los baños occidentales se terminaron pero no fueron utilizados y se construyeron, en una segunda fase, los con bóveda, con una puerta de arco de medio punto (1,06 x 1,45 m.) en el muro oriental.
Se accedia a ella a través de una estrecha escalera (0,41 m. de anchura), delimitada por un doble muro, y situada entre las dos exedras orientales, practicable a través de una trampilla en el pavimento (Figs.
Constructivamente, está formada por una combinación de mampostería y opus caementicium, revestida internamente con opus signinum, un material funcional y resistente.
Bajo el pavimento de la cripta, formando una unidad arquitectónica, se localiza una subcripta (3,6 x 2,7 x 1,43 m.), no accesible originalmente (Schlunk y Hauschild 1962: 50).
En los sondeos realizados por el DAI, se documentó una secuencia estratigráfi ca que indicaba que tanto los muros perimetrales como la cripta se construyeron simultáneamente antes de la colocación del pavimento y la decoración (Fig. 5).
Las zanjas constructivas cortaban el nivel geológico (estrato 1) (Schlunk y Hauschild 1962: fi g.
8) y, posiblemente, una capa de regularización (estrato 2) cubierta por un nivel de mortero de cal procedente de "salpicaduras caídas durante la ejecución de las obras del edifi cio de la cúpula" (estrato 3) que "se adhiere en algunas partes a la cripta" (Schlunk y Hauschild 1962: baños meridionales, en uso durante un tiempo, y la cripta.
Todo ello demostraba un cambio radical del proyecto incompatible "con el uso de unas termas y unas dependencias habitables" (Hauschild y Arbeiter 1993: 45-46).
Siguiendo con la descripción del conjunto arquitectónico, en el muro meridional del ámbito 9, se abre una puerta que da acceso a un conjunto formado por diversas estancias (10-21 y 27-29) (Fig. 4).
Es de planta cuadrangular y al fondo se abre un corredor que permitía acceder al ámbito 10 y a las escaleras que conducían a las bóvedas de la cubierta de la sala cuadrilobulada.
Aproximadamente en el centro del ámbito 9 confl uían, bajo el pavimento, las canalizaciones que conducían las aguas sobrantes de los dos conjuntos de baños hacia el exterior atravesando el muro norte.
En el centro del ámbito 10, también de planta cuadrangular, se localiza un basamento cuadrado de funcionalidad incierta.
Desde el ámbito 9 se accedía al ámbito 11, de planta rectangular, que funcionaría como atrio al que se abrían seis estancias, tres en la parte norte (12-14)5 y tres en la sur (27-29).
Los ámbitos 27-29 se añaden, junto a los baños meridionales (22-26), en un segundo momento, como ya plantearon los responsables de las excavaciones.
Inicialmente, continuaba la línea de fachada, girando hacia el sur en el punto de contacto con los baños utilizadas en la cúpula (Hauschild y Arbeiter 1993: 35).
Sin embargo, los últimos trabajos indican que se trataba de vertidos relacionados con el aprovechamiento, en época tardoantigua avanzada, de los materiales decorativos, cuando el edifi cio ya había perdido su sentido original (Remolà y Sánchez en prensa).
Pensamos que este añadido forma parte del mismo proyecto, aunque se ejecutara poco después ya que da coherencia al grupo de estancias abiertas al posible atrio (11).
En el muro occidental del ámbito 11, se abren dos pequeñas puertas que daban acceso a los baños occidentales (Fig. 4).
El frigidarium/apodyterium estaba compuesto por los ámbitos 17 y 18.
Desde el primero se accedía al caldarium formado por los Figura 6.
Sección esquemática de las salas de la cúpula (7) y cuadrilobulada (8).
Posición aproximada del pavimento original indicada con línea gruesa (Remolà, a partir de Schlunk y Hauschild 1962: fi g.
Interior de la cámara subterránea (cripta) desde la pared de fondo (izquierda) y desde la entrada (derecha).
Se aprecian la puerta y restos del revestimiento en opus signinum.
En el pavimento, a través de un agujero contemporáneo, se aprecia la subcripta (Archivo MNAT/R. Cornadó).
Archivo En nuestra opinión, no creemos que existan argumentos sólidos para sustentar que un cambio súbito de proyecto supusiera la interrupción de los trabajos de construcción del edifi cio, completándose solo la sala central y destinándola a un uso funerario.
El edifi cio tardío de Centcelles se completó, con la cripta, tal como se había proyectado, y se destinó a la función inicialmente prevista.
CRONOLOGÍA Y CONTEXTO HISTÓRICO-ARQUEOLÓGICO
Aunque se ha aceptado, de forma casi unánime, una cronología del siglo IV, pensamos que existen argumentos sufi cientes para datar la erección del monumento en la primera mitad del siglo V (Remolà 2002; Remolà y Sánchez en prensa), de acuerdo con la particular coyuntura histórica de Tarraco en este período.
Según Schlunk y Hauschild, la construcción del edifi cio debía situarse en el siglo IV atendiendo a consideraciones preliminares de orden arquitectónico e iconográfi co (Schlunk y Hauschild 1962: 59-67).
Finalmente, la propuesta de identifi car el personaje central de la escena de caza con el emperador Constante y, consecuentemente, de interpretar Centcelles como su mausoleo, erigido por el instigador de su muerte, Magnencio, forzaba a situar su construcción entre los años 350 y 353 (Arbeiter y Korol 1990).
Posteriormente, Arce ha propuesto avanzar la cronología hacia fi nales del siglo IV, un contexto más acorde con la atribución eclesiástica que defi ende (Arce 2006).
La interpretación de un edifi cio tan excepcional y singular como Centcelles no puede prescindir del comportamiento histórico global de Tarraco en estos años.
Como resultado del gran proyecto de reforma administrativa y territorial llevado a cabo por Diocleciano, Tarraco entró en el siglo IV habiendo perdido más de la mitad de la extensión de su antiguo territorio provincial.
Con las reformas tetrárquicas, Tarraco y la provincia bajo su gobierno habían quedado integradas administrativamente en la diocesis Hispaniarum, con capital en Emerita Augusta.
Para una ciudad que, había destacado principalmente como centro administrativo y punto de conexión entre el Mediterráneo y el interior peninsular esta pérdida, con todo lo que conlleva, no puede considerarse un síntoma positivo.
Ya las incursiones bárbaras del año ca.
260 pudieron haber conllevado un cierto trastorno, cuyo grado de afectación es difícil de valorar a partir de las fuentes escritas6.
Si bien estas incursiones fueron un episodio puntual, sin ningún tipo de continuidad, todavía a inicios del siglo V, Orosio recordaría, retóricamente y con una clara intencionalidad, como "en diversas provincias, aparecían todavía, por aquel entonces, pequeños y empobrecidos barrios en las ruinas de las grandes ciudades que conservaban las señales de las miserias y el testimonio de su renombre", citando como ejemplo la ciudad de Tarraco (Pérez 2012) 7.
Las fuentes arqueológicas parecen ser un poco más explícitas al presentar, para fi nales del siglo III, un panorama de recesión y contracción del espacio urbano, extensible a las villas del territorio más inmediato, que se prolonga durante el siglo IV (Remolà 2000; Remolà y Sánchez 2010).
En el suburbio portuario, se documenta el abandono de gran parte del sector occidental.
Entre las ruinas de almacenes, domus y otras edifi caciones altoimperiales, surgen pequeñas áreas funerarias y una ocupación, en todo caso, marginal y reducida (Remolà y Pociña 2004; Remolà y Sánchez 2010).
En los recintos públicos de la parte alta, vinculados con la sede del concilio provincial (recinto de culto, plaza de representación y circo), no se detectan cambios signifi cativos y el anfi teatro continúa activo (no así el teatro, en desuso a partir de fi nales del siglo II).
Respecto al área residencial intramuros, las escasas evidencias para este período (fi nales del siglo III-IV) corresponden, fundamentalmente, a niveles de derrumbe, de colmatación de la red de colectores y cloacas y de vertederos intraurbanos (Remolà 2000).
En el territorio más inmediato a Tarraco, el panorama no es mucho más alentador.
A partir del siglo III se detectan evidencias de abandono de importantes villas altoimperiales (Remolà 2007).
Algunas de ellas experimentan una cierta recuperación a partir de fi nales del CENTCELLES Y EL PRAETORIUM DEL COMES HISPANIARUM ASTERIO EN TARRACO siglo IV/inicios del V; otras no volverán a reocuparse.
En suma, el necesario esfuerzo de adaptación de la ciudad al nuevo mapa político contemporáneo, surgido de la Tetrarquía, pudo agravar un aislamiento motivado en buena medida por su alejamiento de los principales escenarios políticos y militares del Imperio romano en el siglo IV.
En las escasas referencias a Tarraco en los textos conservados, la ciudad se distingue por su pasado próspero y por la actividad de su naciente comunidad cristiana (Pérez 2012: 40-41) 8.
Los indicios arqueológicos, a pesar de las difi cultades y discrepancias interpretativas que puedan ofrecer, indican para el siglo IV una contracción urbanística y una pérdida de la capacidad de gestión de sistemas públicos básicos como el abastecimiento de agua y la red de saneamiento urbano.
Este contexto no parece el más adecuado para explicar un edifi cio de la potencia arquitectónica de Centcelles.
Este panorama cambiaría radicalmente a partir de inicios del siglo V. En estos momentos, la entrada y el ulterior asentamiento de contingentes bárbaros en territorio hispano, en los años 409 y 411 respectivamente, así como los acontecimientos que siguieron, devolvieron a la ciudad un protagonismo perdido.
Tarraco aparece mencionada en los textos como la sede elegida por Geroncio para la entronización del usurpador Máximo como emperador9.
Convertida en la capital de la última provincia peninsular bajo un control directo del gobierno imperial, Tarraco volvería a reivindicar un espacio en el mapa político contemporáneo, en tanto que base de las operaciones militares del Imperio en Hispania.
Junto a las escuetas referencias de autores como Orosio e Hidacio, contamos con la Epístola 11* de Consencio, cuyos contenidos constituyen una auténtica ventana abierta a la Tarraco de fi nales de la segunda década del siglo V. Hay que añadir a esto las evidencias documentales de una iglesia episcopal de prestigio y de su obispo, de acuerdo con su rango metropolitano (Pérez 2012).
A nivel arqueológico, a partir de comienzos del siglo V se constatan dos fenómenos trascendentales en la confi guración de la ciudad tardorromana y visigoda: la transformación de los recintos públicos de la parte alta y la reactivación y extensión de los suburbios portuario y occidental.
La fase inicial de la transformación de la parte alta se conoce principalmente a partir de los extensos vertederos10 formados en las áreas centrales En Centcelles, a la presencia en niveles constructivos de materiales cerámicos que apuntaban a una cronología de fi nales del siglo IV/inicios del V (Remolà 2002), hay que añadir la identifi cación, en el pavimento de opus signinum del apodyterium/frigidarium de los baños meridionales (ámbito 24), de un fragmento in situ de TSA D de la forma Hayes 91A/B que situaría la cronología dentro del siglo V (Remolà y Sánchez en prensa)11.
Aunque estos baños se añaden con posterioridad, responden a un mismo proyecto y fueron ejecutados durante el mismo proceso constructivo.
Los elementos tomados en consideración invitan a proponer una nueva cronología para la construcción de Centcelles durante la primera mitad del siglo V, de acuerdo con la coyuntura histórica y arqueológica particular de Tarraco en estos años.
El estudio de los citados materiales cerámicos avala esta nueva propuesta de datación.
A lo largo de años de investigaciones, se han propuesto diversas interpretaciones funcionales para Centcelles (Remolà 1998).
Ya en el siglo XX, Schlunk y Hauschild propusieron, en un primer momento, que se trataba de una villa con mausoleo de mediados del siglo IV (Schlunk y Hauschild 1962; Schlunk 1988) 12.
Posteriormente, desarrollaron la hipótesis, ya avanzada en trabajos previos, de que Centcelles fue el mausoleo del emperador Constante (Schlunk 1988).
Arbeiter y Korol (1990) plantearon la hipótesis de que el promotor del mausoleo fue el instigador de su muerte, Magnencio, concluyendo que Centcelles debía ser, inicialmente, una villa pero que durante su proceso de construcción sufrió, inesperadamente, un cambio de proyecto, fi nalizándose solo una sala como mausoleo, con la inclusión de una cripta funeraria y la instalación de una magnífi ca decoración en paredes y cúpula (Schlunk 1988; Hauschild y Arbeiter 1993; Hauschild 2002).
En respuesta a la denominada tesis imperial, Arce (1993Arce (, 1994Arce (, 1999Arce (, 2002Arce (, 2005Arce (, 2006) ) y Warland (1994Warland (, 2002) ) han querido ver en Centcelles una espléndida villa para un titular civil o eclesiástico, aunque sin entrar en el análisis de esta atribución funcional para el edifi cio 13. tercer lugar, la presencia de una cripta en el subsuelo de la sala de la cúpula, el ámbito principal, una característica que no se documenta en las villas conocidas y cuya interpretación puede resultar decisiva.
Los paralelos para la cripta se han buscado en ambientes sepulcrales 17, sin considerar otros posibles y a la sala absidada, otra de las salas principales si nos atenemos a la presencia de hypocausta.
De las estancias más al este no se han conservado evidencias de puertas.
Respecto a la fachada septentrional sólo se conservan indicios de una posible puerta en el muro de fondo del ámbito 13.
Las escasas ventanas documentadas se abren en el muro septentrional, exceptuando la sala de la cúpula y los baños occidentales (ámbito 16) que cuentan con ventanas en la fachada meridional.
17 El más reciente estudio sobre la cripta (Brenk 2002) permite constatar la singularidad de Centcelles en relación con paralelos principalmente funerarios del s. IV.
Otros autores ya han llamado la atención sobre los problemas que plantea una identifi cación necesariamente funeraria (Arce 2002).
Comparativa de Centcelles con plantas de villas tardías: 1.
Villa de Sâo Cucufate, residencia y santuario/mausoleo (a partir de Alarcão/Etienne/Mayet (eds.) 1990: pl. 79); 4.
Villa de La Olmeda (a partir de Chavarría 2007: fi g.
Villa de Carranque, residencia (a partir de Chavarría 2007: fi g.
En el centro los principia (1) y a la izquierda (2) el praetorium.
Arriba (retentura), las termas castrenses (4) (Johnson 1983: fi g.
Cámaras subterráneas de planta rectangular, utilitarias y sin elementos decorativos, accesibles desde la superfi cie de la estancia principal a través de una estrecha escalera son habituales en los santuarios de los campamentos romanos.
Conocidas en la bibliografía anglosajona como "strong rooms", la función de estas cámaras fuertes era albergar el tesoro del destacamento.
A partir de época altoimperial, cuando se establece la estructura canónica de un campamento permanente, el santuario (aedes principiorum, sacellum o capitolium) se sitúa en la estancia central del núcleo arquitectónico principal del centro de mando (los principia), que acoge las funciones administrativa y religiosa del campamento (Johnson 1983) (Fig. 10).
Junto a los principia, ocupando el área central del campamento, se situaba el praetorium, la residencia privada del comandante18.
Los principia se ordenaban, generalmente, en torno a un patio delimitado en tres de sus lados por una basílica de dos o tres naves o por un pórtico.
En el fondo, se abrían una serie de estancias, que conformaban el cuerpo principal, y, en los extremos, dos alas perpendiculares ocupadas por los armamentaria y otras dependencias (Fig. 11).
El cuerpo principal de los principia estaba formado por un conjunto impar de ámbitos (cinco habitualmente) dispuestos simétricamente respecto a la estancia principal y de mayor signifi cado que correspondía al santuario, donde se guardaban las estatuas de culto imperial, los signa, los emblemas y estandartes de la guarnición, junto a los vexilla, las banderas de las legiones o de las tropas de caballería, y los altares de culto dedicados a los dioses o al Genius de la guarnición (Johnson 1983: 112; Reddé 2004).
Se distingue del resto de las estancias por su sólida construcción, mayor altura que las habitaciones adyacentes y cubierta de bóveda o cúpula19.
Con el tiempo, el santuario se convirtió en un importante lugar de culto imperial (Johnson 1983: 111-112), mientras que la inclusión de ábsides, especialmente en la parte posterior del sacellum, se relaciona con una evolución tardía relacionada con el creciente protagonismo del ejército (Reddé et alii 2006: 101).
En el interior del santuario, en una cámara generalmente subterránea, se depositaba el tesoro (aerarium) del regimiento, formado por los caudales militares, la caja con el dinero para pagar al ejército y, en época altoimperial, los ahorros de los mismos soldados (Vegecio, Epitome rei militaris, 2, 19).
Este sistema se convierte en habitual en el siglo II y, a partir de época severiana, evolucionan en verdaderas cámaras fortifi cadas ("strong rooms"), accesibles a través de escaleras y con cubierta de bóveda (Figs.
Las estancias a la derecha y a la izquierda del santuario tenían una función fundamentalmente administrativa 20.
Junto a los principia, se situaba el praetorium, la residencia del comandante que adquiere a partir del siglo I un aspecto similar a las villae y domus contemporáneas, articulándose en torno a un patio central o peristilo con una disposición variable de los ámbitos como corresponde a un edifi cio de uso privado.
Los campamentos contaban además con horrea, edifi cios termales, letrinas, fabricae, contubernia, hospitales militares (valetudinaria), cuarteles de los tribunos, así como áreas artesanales para las obras de construcción del campamento y zonas para el entrenamiento de los soldados (Johnson 1983: 213).
El ejército requería, además de provisiones y forrajes para los animales, garantizar el abastecimiento regular y sufi ciente de agua potable.
Para ello, se recurría a pozos y acueductos, bien documentados estos últimos por los textos, la epigrafía y los hallazgos arqueológicos.
Aunque sabemos poco de los campamentos de época tardía en Occidente, su existencia es incuestionable hasta la misma desaparición de los ejércitos nominalmente romanos.
La mayor parte de los conocidos corresponde a remodelaciones tardías (segunda mitad del siglo IV-inicios del V) de estructuras campamentales permanentes de frontera (Reddé et alii 2006: 174-175).
Para el siglo V, junto a estas debieron existir, además de los campamentos de marcha, bases de operaciones en ciudades y puntos estratégicos donde se estacionaron los ejércitos móviles (legiones comitatenses) durante la preparación de las frecuentes campañas militares emprendidas por el emperador legítimo frente a usurpadores y bárbaros.
Tarraco fue, como se interpreta a partir de las fuentes (Arce 2005: 203-212), una de estas bases de operaciones y el campamento podría haber estado, como proponemos como hipótesis, en Centcelles y su entorno.
Según nuestra propuesta de interpretación, Centcelles podría identifi carse con el área central del campamento militar erigido por los ejércitos romanos enviados a Hispania a inicios del siglo V. Su emplazamiento respondía a las necesidades estratégicas del momento y de su objetivo ya que se situó justo al lado del camino que debían seguir los ejércitos, la vía De Italia in Hispanias.
Una zona llana, cerca del río, relativamente próxima a la ciudad, aunque en el margen opuesto, y muy bien conectada con el puerto, a través del cual recibiría los suministros militares y el dinero para pagar al ejército dado que en Hispania no hubo ni ceca ni fabrica armorum (Figs.
Como hipótesis, planteamos que Centcelles sea el resultado de unir en un mismo continuo arquitectónico tres edifi cios que en época altoimperial se presentaban separados, pero generalmente próximos: el centro de mando (principia), la residencia del comandante (praetorium) y las termas castrenses.
En Centcelles, las salas de la cúpula (7), cuadrilobulada (8) y absidada (6) y el resto de las estancias orientales (1-5) acogerían las funciones de los antiguos principia.
Los ámbitos al oeste de la sala cuadrilobulada (9-21 y 27-29) serían propiamente la residencia del comandante en jefe y su familia (el praetorium en sentido estricto).
Y, rum, el santuario, ahora cristianizado, que custodiaba las enseñas y otros elementos simbólicos de las tropas y albergaba la cámara fuerte.
La decoración de la cúpula adquiere, fruto de esta interpretación, una nueva dimensión que de forma preliminar plantearemos más adelante.
El sacellum estaría conectado con la sala cuadrilobulada que podría interpretarse como una schola, una sala de reuniones y toma de decisiones, propiamente la sala de mando.
La sala absidada al este del sacellum podría corresponder a una capilla u oratorio, lo que explicaría el espacio absidado al fondo, la única emergencia en toda la fachada posterior.
Y los ámbitos más al este de la hipotética capilla acogerían el tabularium, las ofi cinas del signifer y otras funciones ligadas con la administración del ejército.
Los armamentaria podrían haber estado instalados en el ala oriental, de la que solo se conserva la base de la cimentación y cuyos límites precisos no se han podido determinar.
En relación con la residencia del comandante (praetorium), la planta respondería al modelo residencial propio del período, ordenada en torno a un atrio al que se abren diversas estancias y dotada de unos baños privados de una cierta monumentalidad.
Del resto de estructuras y elementos que, de ser acertada esta hipótesis, conformarían el campamento, no tenemos en este momento datos.
Las excavaciones realizadas se han centrado en el edifi cio conservado y, lamentablemente, las transformaciones experimentadas por este espacio en épocas posteriores han conllevado la desaparición de gran parte de la secuencia estratigráfi ca asociada a la construcción y uso de Centcelles y, consecuentemente, la eventual desaparición de estructuras
EL PRAETORIUM DEL COMES HISPANIARUM ASTERIO EN TARRACO
Tomados en consideración los indicios que permiten ver en Centcelles un campamento militar de 22 En la confl uencia de la Av. del cardenal Vidal i Barraquer con la C. de Torres Jordi se han identifi cado (2010-2011) baterías de almacenes de notable entidad constructiva datados entre fi nales del s. IV e inicios del V. Agradecemos la información a Gimeno y Pociña (Codex). comienzos del siglo V, es obligado sacar a colación la Epístola 11* de Consencio 23.
En ella, el autor menciona en diversas ocasiones al comes Hispaniarum Asterio y su praetorium.
De Asterio, nos dice que era un general romano con estrechos lazos con la ciudad de Tarraco y su élite social (PLRE II, Asterius 4; Kulikowski 2000).
Consencio se refi ere siempre a Asterio como comes, al que califi ca de noble, ilustre y excelente señor 24.
De entre sus rasgos personales, destaca su cristianismo ferviente y militante 25.
Siempre según Consencio, Asterio acudió a Tarraco en respuesta a la solicitud de ayuda formulada por sus parientes, Severo y Severa, miembros destacados de la aristocracia provincial de la Tarraconense, sobre los que pesaba la acusación de priscilianismo (Ep.
Sin embargo, su presencia en la ciudad, 23 Publicada por Divjak (ed.) 1981 y editada en versión bilingüe por Amengual (ed.) 1987, cuya edición seguimos.
En esta carta, dirigida a Agustín de Hipona, se relatan las peripecias del monje Frontón para poner al descubierto a ciertos miembros destacados de la sociedad de Tarraco, escenario principal de los acontecimientos relatados, por su aproximación a la herejía priscilianista.
26 El caso de Asterio, enraizado por lazos de parentesco con las élites hispanorromanas de la Tarraconense, sugiere que la política de promoción de nobles autóctonos fi eles desarrollada Figura 14.
Vista axonométrica del edifi cio con indicación de los sectores (arriba) y vista de la fachada posterior de Centcelles (Remolà).
Es el propio Consencio quien nos dice que Asterio, "al que se había confi ado la conducción de un grandísimo ejército y la dirección suprema de una guerra tan decisiva", se encontraba en Tarraco hacia el año 419/420 con un número importante de efectivos a su mando 27.
Consencio pone en boca del mismo Asterio el hecho de dirigirse a la guerra con el ejército y refi ere que se encontraba en Tarraco con una comitiva formada por hombres muy poderosos (potentissimi viri) 28.
Entre ellos, se encontraba el mayordomo del conde (potentissimus servus), bajo cuya voluntad se regían no solo los bienes patrimoniales del comes, sino también su familia de domésticos y su propia hija 29.
Sobre el praetorium, Consencio nos informa de que era el lugar donde residían Asterio y su hija (potentissima femina), junto con un buen número de siervos (servi), amigos y parientes (Ep.
Amengual se inclina por interpretar el praetorium citado en la Epístola 11* como la residencia familiar de Asterio, aduciendo que en este momento el término gozaba de un signifi cado muy amplio y genérico (Amengual 1994: 495).
El carácter familiar vendría respaldado por las relaciones de parentesco del comes con las élites de la Tarraconense y su capital, entre los que se encontraban Severo y Severa, como hemos visto.
Pero era también un espacio protegido por un gran número de soldados, aunque Amengual traduce aquí militum por "centinelas y guardias" (Ep.
Este fue uno de los motivos que impulsaron a Severa a buscar el asilo y la protección de su sobrina en el praetorium, que "tantos soldados defendían" 30.
En nuestra opinión, el texto no excluye una lectura del término praetorium en su acepción estrictamente militar en tanto que residencia del comandante en jefe de los ejércitos, a pesar de la existencia de otras acepciones, cronológicamente cercanas, como residencia imperial o de privados de alto rango, así como, por extensión, villas privadas de singular riqueza (Palladio, Opus Agriculturae, I, 11 y I, 8, 2; Casiodoro, Variae, XI, 14, 3 y XII, 22, 5) 31.
Por otro lado, si bien para por Fl.
García Moreno (1988: 163-164) y Escribano (1988: 202) Consencio el praetorium era la casa de Asterio 32, que lo era en aquellos momentos, las referencias incluidas en el texto no permiten descartar la posibilidad de que dicha residencia hubiera formado parte integrante de un campamento militar romano.
Por último, ninguna de las informaciones proporcionadas por la Epístola 11* entra en contradicción con una localización del praetorium de Asterio en Centcelles.
Por el contrario, esta hipótesis de localización hace que ganen en comprensión las referencias de ubicación topográfi ca dadas por Consencio.
Así, por ejemplo, Consencio sugiere que el praetorium y la ecclesia se encontraban a una cierta distancia 33.
Lo mismo puede decirse de la referencia a la muerte providencial del mayordomo del conde ad suburbanum (Ep.
11* 13, 3), espacio que debemos identifi car con el suburbio portuario de Tarraco.
No existe un consenso absoluto entre los autores respecto a la identifi cación de las tropas asignadas a Asterio como comes Hispaniarum.
Consencio no es muy explícito a este respecto (Ep.
En este punto, quizás sería conveniente reconsiderar una situación próxima a la que se presenta en la Notitia Dignitatum in partibus Occidentis.
Según este documento, compuesto alrededor del año 408 y actualizado en algún momento cercano al 420 (Jones 1964(Jones: 38, 1417(Jones -1450)), las tropas destinadas en Hispania bajo el mando de un comes Hispaniarum estaban formadas por once auxilia palatina y cinco legiones comitatenses, además de las tropas integradas por federados bárbaros (especialmente visigodos).
Sabemos que las legiones comitatenses se organizaban sobre la base de un millar de hombres (Le Roux 2004: 178) y que, al tratarse de ejércitos móviles, no disponían necesariamente de bases permanentes lo que requería el uso frecuente de las ciudades como bases de estacionamiento (Arce 1982: 65; Reddé et alii 2006: 66) 34.
Algunos autores han manifestado sus reticencias a aceptar una fi el aplicación de la Notitia Dignitatum en Occidente 35.
Sin embargo, disponemos de un texto contemporáneo que refi ere la presencia de tropas comitatenses en la Tarraconense de los mismos años.
33 Frontón se negó a acudir al praetorium por miedo a ser atacado en el camino, por lo que pidió a Asterio que su reunión se formalizara en la ecclesia (Ep.
Al término de la misma, Asterio se encaminó al praetorium (12, 1).
CENTCELLES Y EL PRAETORIUM DEL COMES HISPANIARUM ASTERIO EN TARRACO mismo ejército que aparece referenciado en la Notitia Dignitatum, o bien una parte, se cita en la Epístola de Honorio (Epistula Honorii)36 a las tropas de seniores, iuniores, speculatores ac britanni estacionadas en Pamplona, donde les agradece su lealtad, les felicita por sus éxitos y les concede los mismos stipendia que a las tropas, mejor pagadas, de la Gallia como compensación (Sivan 1985: 273-287).
En la Notitia Dignitatum, se listan también numerosas unidades formadas por iuniores y seniores (Sivan 1985: 273-287).
Arce no es partidario de identifi car las tropas comitatenses que aparecen en la carta de Honorio (fechada por él en el año 422) con las mencionadas en la Notitia Dignitatum (Arce 2005: 204, nota 66).
En su opinión, cuando los textos hacen referencia a ejércitos en Hispania, se refi eren a efectivos que venían de la Gallia, del exterior, y que, por tanto, no se puede hablar de ejércitos propiamente dichos en Hispania (Arce 2005: 203).
Aunque no estuvieran de forma permanente en Hispania -de hecho este era uno de los rasgos propios de las legiones comitatenses, su movilidad -, es preciso pensar en un punto de encuentro, una base de operaciones desde donde culminar los preparativos para los diferentes enfrentamientos y un lugar donde refugiarse en caso de derrota o de retirada.
Con respecto a la misión concreta de Asterio, nos enfrentamos a uno de los problemas irresueltos de la Epístola 11* y que concierne a su datación37.
Las fechas planteadas nos sitúan entre los años 419-421 y de ello derivan no pocos problemas.
Sabemos por Hidacio que, hacia el año 420, Asterio comandaba los ejércitos imperiales y federados visigodos que fueron enviados a Hispania para luchar contra los vándalos que asediaban a los suevos en Gallaecia.
Hidacio dice también que, gracias a las presiones de Asterio y sus hombres, los vándalos huyeron a la Bética38.
Según Gregorio de Tours, Asterio fue recompensado con el patriciado por sus éxitos militares hacia el año 420, por el mismo tiempo en que el comes domesticorum Castino recibió el encargo de conducir una expedición contra los francos de la Gallia39.
Es posible que la misión de Asterio hubiera consistido en tomar el relevo de los visigodos de Valia como garantes de la legalidad en Hispania, quienes acababan de ser trasladados a la Aquitania Secunda siguiendo las instrucciones del general Fl.
Por otro lado, existen datos para vincular la aparición de Asterio con la segunda usurpación de Máximo, que tuvo lugar entre los años 420 y 422, promovida por los vándalos entre los que se habría refugiado tras la eliminación de Geroncio y su primera usurpación (PLRE II, Maximus 7; Kulikowski 2000: 123-141; Arce 2005: 97-99).
Según la Chronica Gallica del año 452, Máximo se levantó con el poder en Hispania a fi nales de la segunda década del siglo V con el apoyo de los bárbaros 40.
Máximo fue derrotado y conducido poco después a la ciudad de Ravenna, junto con el también derrotado usurpador de la Gallia, Jovino.
Ambos fueron ejecutados durante las celebraciones de los tricennalia de Honorio del año 422 41.
La campaña para la eliminación de un usurpador al trono imperial de Occidente justifi caría la importancia de la misión y los efectivos militares confi ados a Asterio, así como la concesión del patriciado tras la victoria (Kulikowski 2000: 123-141; Arce 2005: 97-100).
No obstante, resulta difícil explicar la antelación de la presencia de Asterio en Tarraco, sugerida por la Epístola 11* y la Chronica Gallica, lo cual podría indicar la participación del general en un proyecto de mayor calado 42.
La presencia del comes Hispaniarum Asterio en Tarraco, en torno al año 420, confi rma el carácter de la ciudad como base de las operaciones militares emprendidas por el Imperio romano de Occidente en Hispania.
Diversas razones motivaron la elección.
La capitalidad administrativa sobre la provincia romana, sede del gobernador y del obispo metropolitano, la disponibilidad de un puerto activo y bien comunicado, su ubicación en la intersección de las vías costera -la via Augusta, que comunicaba Hispania, Gallia e Italia-e interior, la vía De Italia in Hispanias.
Tarraco era además la capital de la única provincia romana que permanecía en manos del poder imperial legítimo de Occidente, después del reparto de las demás provincias peninsulares entre los bárbaros llegados a la Península en 409.
Otras fuentes contemporáneas refi eren el relieve de Tarraco en la historia bélica peninsular de estos años, convertida en el destino de los altos mandos militares que, con sus diferentes ejércitos, fueron enviados a Hispania por la autoridad imperial legítima de Occidente durante el siglo V (Arce 2005: 203-212; Pérez 2012: 121-126 Hidacio nos informa de que, en el año 422, el magister militum Castino se encontraba al frente de los ejércitos imperiales encargados de reducir a los vándalos replegados en la Bética y que, tras ser abandonado por los auxiliares visigodos, se vio obligado a huir y buscar refugio para él y sus hombres en Tarraco 43.
En el año 441, el dux utriusque militiae Asturio fue enviado a Hispania, donde derrotó a multitud de bagaudas de la Tarraconense44.
En el año 443, Asturio había sido sustituido por su yerno, el magister utriusque militiae Merobaudes 45.
En el año 446, Vito, enviado a Hispania en calidad de magister utriusque militiae con numerosas tropas a su mando, tuvo un encuentro desafortunado con los suevos y sus aliados godos, que le obligaron a retirarse precipitadamente 46.
En 449, los bagaudas acabaron con un grupo de federados visigodos que habían buscado asilo en la iglesia de Turiaso (Tarazona) 47.
El verano de ese mismo año, una alianza de bagaudas y suevos devastó la región de Caesaraugusta y se apoderó, per dolum, de la ciudad de Ilerda, acercándose de forma amenazante a la capital, Tarraco 48.
Fue preciso esperar hasta el año 454 para que el federado visigodo Federico, hermano del rex Teodorico II, acabara con los bagaudas de la Tarraconense y les devolviera a la autoridad romana 49.
En el año 460, el propio emperador Mayoriano acudió a Hispania y pasó por Zaragoza de camino a Cartagena, ciudad en la que tenía previsto embarcar para emprender una expedición, después frustrada, contra los vándalos establecidos en el norte de África 50.
De camino a Cartagena, Mayoriano y su ejército hubieron de pasar por Tarraco, donde no sabemos si se detuvieron.
El último representante de la autoridad imperial documentado en Tarraco es el dux Vicente, cuya actividad se sitúa alrededor de los años 460-470 (PLRE II, Vincentius 3) 51.
A este listado de personajes, podríamos añadir otros de los que, o bien no podemos estar seguros de su presencia en Tarraco, o bien se duda de su misión estrictamente militar, lo cual no es, en principio, un argumento para rechazar la hipótesis de que hubieran tenido también en esta ciudad su base de operaciones.
Este es el caso del patricio Sabiniano, mencionado en la epístola de Honorio (Sivan 1985), el dux Romanae militiae Andevoto 52 y los comites Censurio, Mansueto y Frontón, estos últimos con funciones de carácter aparentemente diplomático 53.
LA DECORACIÓN DEL SACELLUM.
Partiendo de la hipótesis que venimos considerando de interpretar Centcelles como el área central de un campamento militar romano de inicios del siglo V, la decoración de la sala principal, el sacellum, adquiriría una nueva dimensión compatible, pensamos, con la funcionalidad propuesta, a pesar de las bien conocidas difi cultades impuestas por su defi ciente e incompleto estado de conservación (Fig. 15).
Como ya hemos indicado, los sacella se convirtieron a partir del siglo III en importantes centros de culto imperial en los que, además de las banderas y los estandartes, estaban presentes las imágenes del emperador reinante.
Especialmente relevante es, a pesar de la distancia temporal, el único sacellum del que conservamos una 52 Su cargo no se menciona en Hidacio 106 [114] (ad ann.
438) (Burgess 1993: 94) parte signifi cativa de su decoración, el campamento tetrárquico de Luxor (III Diocletiana), donde se representa a los tetrarcas bajo el águila de Júpiter fl anqueados por escenas de carácter militar y ofi cial (Reddé 2004) (Fig. 16).
Cabe señalar, en este punto, que existe un desconocimiento casi completo sobre la transformación de la iconografía específi camente militar a partir de la ofi cialización del cristianismo.
Así pues, las líneas interpretativas que siguen, orientadas desde la óptica de la función de sacellum que proponemos, son solo un avance preliminar y embrionario de un estudio que se encuentra en proceso de elaboración y que, debido a su complejidad, requerirá una mayor profundización.
En las paredes, se han conservado, muy puntualmente, algunos fragmentos de pintura fi gurada (el retrato de una mujer ricamente vestida en M1, una pareja de antílopes en M6 y un grupo de edifi cios en M3) y geométrica (circular y lineal) en las ventanas, cuyo programa global y sentido son difícilmente determinables debido a su estado de conservación (Schlunk 1988: 12-17; Arbeiter y Korol 1990: 202-203) (Fig. 17).
Con todo, queremos llamar la atención sobre la decoración pictórica de la ventana norte, donde se insinúan lo que Schlunk denominó medallones y que presentan un cierto parecido con los escudos representados en la Notitia Dignitatum (Fig. 18).
Dibujo de las pinturas que decoran el santuario de Luxor (Reddé 2004: fi g.
Detalle de la representación pictórica del edifi cio M3 (Archivo MNAT/A. Saludes).
Detalle de la decoración pictórica de la parte superior de la ventana norte (Archivo MNAT/G. Jové).
Como es sabido, la decoración en mosaico de la cúpula se articula en una serie de frisos concéntricos (A, B y C), ordenados a partir del eje norte (Fig. 15).
El primero (Friso A) representa una cacería (venatio), dividida a su vez en ocho escenas, en cuyo eje compositivo se sitúa un personaje principal junto a un grupo de acompañantes (A5).
Entre las escenas representadas, se identifi can la preparación para la cacería, la persecución de unos ciervos por unos jinetes, la confrontación con el jabalí y el retorno de los jinetes a casa.
Por nuestra parte, estamos trabajando en la posibilidad de interpretar este friso como la representación alegórica de una campaña militar.
Proponemos identifi car el personaje central del grupo principal con Asterio, rodeado de sus potentissimi viri (Fig. 19).
El retrato del personaje, junto con la posición de la mano, ha dado pie a interpretaciones diversas.
Para algunos, estaría pronunciando un parlamento, una adlocutio (Schlunk 1988; Hauschild y Arbeiter 1993: 60), mientras que para Sotomayor este "dirige los ojos a la lejanía y hace el gesto del orante" (2006: 160).
Atendiendo a la función y cronología que proponemos, la actitud que adopta el personaje también podría ser interpretada como de plegaria a Dios.
En el Strategikon, escrito en el siglo VI y atribuido a Mauricio, puede leerse como, antes de exponer su ejército a los peligros de la batalla, el general romano debía de ofrecer una plegaria a Dios, así como bendecir los estandartes 54.
Estos no parecen términos muy ajenos a Asterio.
Recuérdese, a este propósito, que el propio Asterio había pedido a Frontón que se acordara de él en sus plegarias, puesto que estaba a punto de dirigirse a la guerra con el ejército (Ep.
La misma escena aparece en repetidas ocasiones en el salterio de Utrecht 55, donde los preparativos para la batalla se presentan como reuniones de soldados de forma similar al grupo principal del Friso A de Centcelles (Dufrenne 1978: 111) (Fig. 20).
55 Manuscrito carolingio del s. IX, copia de un original tardorromano del s. V caracterizado por el carácter marcadamente militar de sus ilustraciones.
Dufrenne (1978) llega a la conclusión de que el original pudo haberse confeccionado en un campamento militar del norte de África o Hispania durante el s. V. Figura 20.
Detalle de una de las miniaturas que ilustran el salterio de Utrecht (Dufrenne 1978: pl. 51).
CENTCELLES Y EL PRAETORIUM DEL COMES HISPANIARUM ASTERIO EN TARRACO de auténticos "actos personifi cados con la intención de invocar un destino favorable" (Grabar 1998: 26).
Los venatores de Centcelles, vestidos con túnicas con orbiculi, pueden ser interpretados como soldados ejercitándose en el ofi cio de la guerra.
Estos, como los cazadores de Piazza Armerina, llevan también un tipo de calzado característico, hasta las rodillas, como los que acompañan al personaje principal (Fig. 21).
Ya Cicerón había cantado las alabanzas de la cacería como la mejor preparación para el campo de batalla 56.
Todavía en el Strategikon, la cacería se presenta como una actividad preparatoria ideal para los soldados "no solo porque les mantenía alerta y les permitía mantener en forma a sus caballos, sino también porque les proporcionaba un buen conocimiento sobre tácticas militares" 57.
Junto a los venatores aparecen representados varios personajes a caballo, al menos dos de ellos con la marca LC en la grupa para la que todavía no se ha propuesto ninguna lectura convincente (Fig. 21) 58.
58 La marca LC se ha querido relacionar casi siempre con el Cabe destacar también el protagonismo del ciervo, que no es cazado, y del desproporcionado tamaño de su cornamenta (véanse las escenas A6 y A4 donde aparece el ciervo escondido detrás de unas rocas, enmarcando la escena principal A5) (Fig. 21) En relación con esto, es preciso mencionar el edifi cio que aparece en la escena A1 de Centcelles, coronado por una cornamenta de ciervo (Fig. 22), elemento que se encuentra también en uno de los edifi cios representados en las pinturas murales (M3), frente a lo que parece ser una muralla (Fig. 17).
Galdón llamó la atención sobre el paralelismo de este primer edifi cio con la miniatura que acompaña al salmo 111 (Elogio del Justo) del ya citado salterio de Utrecht (Galdón 2002: 172-176).
Nos parece signifi cativo que el conjunto de edifi caciones que aparecen en la miniatura se hayan interpretado como canabae por la presencia de soldados y de dos personajes desnudos abrazándose (Fig. 22).
Estamos considerando la posibilidad de leer la abreviatura de legiones comitatenses, aunque no podemos aportar paralelos epigráfi cos, en lo que podríamos interpretar como una forma de autorrepresentación de las tropas en su sacellum, espacio que por otro lado habrían colaborado a construir y decorar.
Detalles de la cacería del Friso A (Archivo MNAT/A. Saludes).
Detalle de la edifi cación representada en el Friso A (arriba) (Archivo MNAT) y miniatura que acompaña el salmo 111 del salterio de Utrecht (Dufrenne 1978: pl. 38).
Todo ello con un claro fi n propiciatorio.
El mismo fi n que habría perseguido Asterio cuando pidió a Frontón que se acordara de él y sus hombres en sus oraciones.
No hay que olvidar, a este propósito, las connotaciones religiosas del propio edifi cio, el sacellum, lugar de custodia de los estandartes del ejército.
Ya en el Friso B, separado del anterior por una cenefa ornamental, este mensaje religioso propiciatorio se enriquece con una estudiada selección de escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, hasta un total de dieciséis, destinadas a potenciar el poder intercesor de Dios y la salvación.
Entre las escenas que han podido ser identifi cadas, destacan las representaciones de Adán y Eva (B2), Daniel y los leones (B3), el descanso de Jonás (B6), el barco de Jonás en la tormenta (B8), el Arca de Noé (B10), el juicio de Nabucodonosor (B11), la resurrección de Lázaro (B12) y los tres jóvenes en el horno de Babilonia (B13), separadas por columnas con estriado helicoidal.
En el eje norte, sobre el grupo principal que preside el Friso A, se sitúa el Buen Pastor (B9), acentuando el carácter privilegiado de este eje compositivo y la vinculación entre ambas escenas (Hauschild y Arbeiter 1993: 71-83; Sotomayor 2006: 146-150) (Figs.
Existen paralelos para este tipo de repertorios en todo el arte cristiano desde el periodo de la clandestinidad en las catacumbas y los sarcófagos, especialmente de Roma, hasta los programas decorativos más evolucionados de iglesias como Santa Maria Maggiore en Roma o San Apollinare Nuovo en Ravenna, con algunos matices.
Por esta razón, el Friso B es el que ha despertado menor polémica hasta la fecha.
No obstante, conviene interpretar este repertorio sin olvidar el contenido del conjunto decorativo de Centcelles del que forma parte integrante.
Por otra parte, la selección de escenas que conforman el Friso B no obedece a un hilo argumental, secuencia o narración, como sucede en el friso anterior (Hauschild y Arbeiter 1993: 72), sino que responde a lo que Grabar acertó en llamar'imágenes-signo', es decir, imágenes múltiples cuyo signifi cado se desprende del conjunto.
En este caso, el común denominador de estas imágenes es su carácter salvífi co. Como indicó Grabar, las imágenes de salvación tienen como fi nalidad atraer un destino favorable a través de los ejemplos facilitados por los Figura 23.
Cuatro escenas del Friso B: el barco de Jonás en la tormenta (B8) (arriba izquierda), Daniel y los leones (B3) (arriba derecha), el juicio de Nabucodonosor (B11) (abajo izquierda) y los tres jóvenes en el horno de Babilonia (B13) (abajo derecha) (Archivo MNAT/A. Saludes).
interpretación de este friso ha ocupado y ocupa una posición central en los debates sobre Centcelles por la importancia de las escenas con respecto al conjunto de la decoración de la sala, así como por la ausencia de unos paralelos formales conocidos, como ocurre con los frisos anteriores, mientras que la identifi cación segura de los personajes representados sigue planteando problemas de difícil solución (Schlunk 1988: 71-92; Hauschild y Arbeiter 1993: 86-94; Sotomayor 2006: 151-154) (Fig. 25-26).
Numerosos elementos decorativos que aparecen en este friso remiten a un grupo de poderosos, orgullosos de su posición y estatus, así como de su pertenencia a una élite social de la más alta dignidad.
A un nivel teórico, una fi gura sedente en posición central y destacada alude directamente a la iconografía imperial (Arco de Constantino en Roma, Obelisco de Teodosio en Constantinopla, Missorium de Teodosio de Madrid).
Sin embargo, sabemos también que esta iconografía se emularía con rapidez en el ámbito de la representación tanto civil como eclesiástica.
En Centcelles, el fondo dorado de estas escenas sugiere un ambiente áulico o textos vetero y neotestamentarios.
Se trata del recurso a diferentes "paradigmas de salvación, concedida a diferentes personajes bíblicos como efecto de su plegaria" (Grabar 1998: 20).
Separado nuevamente por una cenefa, el Friso C se compone de cuatro escenas individualizadas -situadas en los ejes principales del edifi cio e intercaladas por la fi guración alegórica de las cuatro estaciones del año-, en las que aparece un personaje principal, sentado, realizando o exhibiéndose a sí mismo en algún tipo de actividad ofi cial o de autorrepresentación, rodeado de una serie de individuos que le acompañan.
La el general y patricio de origen romano Fl.
Constancio, fi gura clave en la historia política y militar de Occidente durante el reinado del emperador Honorio 61.
En su calidad de hombre fuerte de la política occidental, Constancio tuvo un papel fundamental en la eliminación de los usurpadores que, a inicios del siglo V, rivalizaron con los intereses imperiales legítimos en Occidente.
También tuvo un papel brillante en su política hacia los bárbaros.
En enero del año 417, Constancio recibió su segundo consulado después de sellar un acuerdo con los visigodos de Valia.
En marzo del año siguiente, fi rmaría un nuevo pacto de federación por el que estos pasaron a establecerse como tropas federadas del Imperio en las provincias ultrapirenaicas de la Aquitania Secunda, Narbonense Prima y Novempopulania, con sede en Tolosa, mientras encargaba la defensa y la pacifi cación de Hispania al comes Hispaniarum y sus tropas.
Los testimonios documentales conservados informan no sólo del protagonismo indiscutible de Constancio en estas maniobras, sino también del éxito de las mismas 62.
El punto culminante de la decoración de esta sala está representado por un medallón cenital del que conservamos únicamente algunas teselas del fondo y la representación de dos cabezas (Fig. 27).
Este medallón sigue el mismo eje compositivo norte que rige el conjunto decorativo.
La escena que ocuparía este espacio tan simbólico de la cúpula es actualmente 61 PLRE Fl.
Constantius 14: magister utriusque militiae de Occidente después del saqueo godo de Roma (411) hasta el año 421.
Fue patricio entre 415 y 421, año en el que sería elevado como Augusto de Occidente por el propio Honorio.
En el año 417, se había unido en matrimonio a Gala Placidia, hermanastra de Honorio, futura Augusta de Occidente y madre del futuro emperador Valentiniano III.
418), esta era la impresión que se tenía en Hispania.
Debido al defi ciente estado de conservación de los mosaicos en este friso y al estado embrionario del estudio iconográfi co que estamos desarrollando, resultaría temerario intentar descifrar aquí cada una de las escenas.
En ellas, el personaje principal está rodeado de individuos que le acompañan y participan en actos cuyo sentido difícilmente puede establecerse.
Generalmente, se ha recurrido a los distintos objetos presentes en las escenas para intentar concretar la temática sin que hasta el momento se haya llegado a un consenso.
Por nuestra parte, estamos trabajando en la posibilidad de que se trate de la escena de imposición de una corona, de la que en el mundo romano existe una gran variedad 60.
Igualmente complicada aparece la escena sur (C1), donde el personaje principal porta en su mano un pañuelo blanco que se ha querido interpretar como mappa o mappula, aunque difi ere de la representación habitual de este elemento en los dípticos consulares.
Y más difíciles, si cabe, se vislumbran las escenas este (C7) y oeste (C3).
En el contexto de un sacellum, sería sugerente ver en C3 una escena ofi cial de carácter militar, como la entrega de donativos o de stipendia a los soldados, especialmente si consideramos la presencia en la misma de rollos (codicilli), la capsa y el personaje de menor tamaño que recibiría el donativo (Fig. 26).
De acuerdo con nuestra interpretación del personaje central de la cacería como Asterio, proponemos identificar, con toda la cautela exigida, las fi guras sedentes con 59 Comparten el fondo dorado con las escenas del Buen Pastor (Friso B) y el medallón cenital.
60 Según la descripción que proporciona Schlunk, este objeto estaba formado por seis o siete hiladas de teselas de varios colores: rojo, azul, verde, blanco, amarillento, con algunas teselas doradas (1988: 85).
Esta diversidad cromática sería compatible, entre otras, con una corona gramínea, alta condecoración militar, insignia del triunfo militar de la que nos habla Plinio en su Naturalis Historia (22,4). un enigma, aunque se han avanzado hipótesis que han querido ver una representación de la cúpula celestial o del propio Cristo (Sotomayor 2006: 155; Arbeiter 2010: 675).
La posición preeminente de este medallón y la funcionalidad propuesta para la sala nos llevan a pensar en una representación de Honorio y la corte imperial, la cúspide del poder romano en Occidente.
Faltos de paralelos decorativos para la función propuesta, creemos que la iconografía desplegada en los dípticos consulares y los missoria puede constituir un referente importante, que convendrá seguir explorando en el futuro.
En el caso de los dípticos, por ejemplo, existe constancia de algunos experimentos tempranos -anteriores a los modelos estandarizados de bien entrado el siglo V (Ravegnani 2006: 117)-en los que se advierte una disposición jerárquica horizontal de los personajes.
Así ocurre en el díptico de Halberstadt, atribuido al segundo consulado de Constancio del año 417, donde por encima del cónsul y los dignatarios que le acompañan se encuentra una representación de la familia imperial próxima a las pinturas del sacellum de Luxor.
Nos preguntamos si sería posible advertir un esquema similar en los mosaicos de Centcelles.
La adscripción de Centcelles al siglo IV ha condicionado su interpretación y no ha permitido considerar otras opciones distintas a las ya planteadas.
Nuestra propuesta de datación en la primera mitad del siglo V abre la puerta a considerar otras posibilidades coherentes con la forma y estructura arquitectónica del edifi cio, su localización estratégica y el comportamiento histórico-arqueológico de Tarraco durante los mismos años.
Considerados globalmente todos los argumentos, interpretamos Centcelles como el área central de un campamento militar erigido por los ejércitos romanos enviados a Hispania en los primeros decenios del siglo V con el objetivo de recuperar el conjunto de la diócesis hispana para la causa imperial legítima de Occidente.
No sabemos si la llegada de sucesivos ejércitos romanos, que atestiguan las fuentes, hizo de Tarraco una base de operaciones estable.
Pero de lo que no puede dudarse es de la existencia, necesaria, de estructuras campamentales de diversa naturaleza, que no han sido, hasta el momento, identifi cadas arqueológicamente 63.
Los textos conservados y la evidencia arqueológica confi rman el protagonismo político y militar alcanzado por Tarraco en este periodo.
Autores tardíos, como Hidacio, nos informan de la presencia en la ciudad para la causa imperial legítima de Occidente-, y, en el medallón cenital, Honorio, emperador por la gracia de Dios.
Estos no eran conceptos ajenos a los líderes políticos de un periodo en que las victorias militares del emperador, a través de sus generales, podían ser interpretadas como una demostración del origen divino de su poder.
La decoración transmitiría este orden cósmico, sin olvidar un cierto mensaje propiciatorio parecido al que aparece en el estandarte de Honorio, representado en el díptico de Probo del año 406: In nomine Christi vincas semper (Fig. 28).
Este sería un proyecto que no llegaría a materializarse, pero que mantuvo a Tarraco y su provincia en manos del Imperio romano legítimo de Occidente hasta el fi nal de sus días. |
Se analiza la producción arquitectónica de cinco edifi cios singulares de nuestra alta Edad Media a través de sus características, las relaciones entre los talleres de albañilería y de sillería (sillería de regla y de escuadra, apertura de canteras o sillería reutilizada) y los de escultura (ex novo o reutilizada; talleres externos u ocasionales, a pie de obra o sobre el edifi cio).
Estas relaciones productivas varían desde unos casos donde aparentemente son ajenas, de manera que la construcción acomoda una decoración realizada sin tener presente el edifi cio, a otros en que ambas producciones están cada vez más integradas.
Dos conjuntos decorativos ofrecen datos singulares en estas relaciones, procediendo como elementos novedosos que se pueden suponer indicadores de importantes diferencias culturales y cronológicas propias de la alta Edad Media.
Uno es el del mobiliario de culto (canceles y altares).
Y otro el de impostas y frisos arquitectónicos que, vinculados o no a los edifi cios conservados y presentes en los talleres de Mérida y Toledo, se suponen característicos de la arquitectura posterior al año 7111.
PALABRAS CLAVES: Arqueología de la Arquitectura, producción arquitectónica, arquitectura abovedada, talleres constructivos y decorativos, reutilización, aparejos, molduras, impostas, frisos, instalaciones litúrgicas, Santa María de Melque (Toledo), Santa Lucía de El Trampal (Cáceres), San Juan de Baños (Palencia), San Pedro de La Nave (Zamora), Quintanilla de Las Viñas (Burgos), Mérida, Córdoba, Toledo, Guarrazar, Sonseca-Orgaz.
Esta propuesta se basa en los resultados conseguidos por análisis de Arqueología de la Arquitectura en edifi cios hispanos de época altomedieval.
Utilicé este método como un sistema efi caz para contrastar y desarrollar el paradigma "rupturista y mozarabista" que propuse en 1994 sobre estas arquitecturas (entendiendo "mozárabe" como "de infl ujo islámico", dentro de la tradición historiográfi ca española).
Este nuevo paradigma propone superar el "continuista y visigotista", entonces consensuado, que supone que la arquitectura hispánica tardoantigua evolucionaría, Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 187-214 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.011 gracias a una infl uencia bizantina, para dar lugar en el siglo VII a la visigoda caracterizada por edifi cios de plantas compartimentadas, con aparejo de sillería, abovedados y decorados con escultura y que, pese a la invasión islámica, seguiría transmitiendo sus características a la de siglos posteriores.
Según mi alternativa, la arquitectura de estas características debe considerarse altomedieval, producida por la llegada de talleres expertos con posterioridad a los sucesos del año 711, cuando se abrió un "canal de transmisión de lo clásico" gracias a la implantación del estado omeya en nuestra Península.
La potencialidad del método supera su mero carácter auxiliar de la demostración y permite plantear una Historia de la Arquitectura basada en la producción arquitectónica, distinta a la tradicional centrada en la evolución estilística y de corte continuista (Schlunk y Hauschild 1978 Las iglesias de El Trampal y Melque, situadas en el centro de la Península, formaban parte de monasterios donde se introdujeron por primera vez soluciones técnicas propias del oriente del Mediterráneo.
Son edifi cios abovedados y decorados de acuerdo a su arquitectura y su diferente organización.
Sus instalaciones litúrgicas no se adecuan a la arquitectura y mantienen formas tradicionales, aunque con modelos decorativos novedosos.
Dato la construcción de ambos conjuntos en la segunda mitad del siglo VIII, principalmente por las cerámicas aparecidas en sus niveles de fundación (El Trampal: Caballero y Sáez 1999.
PRODUCCIÓN CONSTRUCTIVA EN EL TRAMPAL Y MELQUE
Los sillares y sillarejos necesarios para construir El Trampal (Figs.
1 y 3.1), así como los ladrillos empleados en sus muros y las tejas planas necesarias para los tejados proceden de expolio o acarreo.
Solamente la mampostería, de pequeño formato, se recogió de la superfi cie, en cercanos afl oramientos de pizarra.
Un ejemplo de punto de aprovisionamiento, entre otros que pudieron surtirle, es el yacimiento romano de Las Torrecillas (situado a algo más de 10 km en línea recta a su norte) de donde procede una estela funeraria similar a las reutilizadas en la iglesia como umbrales de los canceles (Caballero y Sáez 1999: 19-20 y 84-85).
La edifi cación se realiza por albañiles y canteros que trabajan en estrecha colaboración.
Los muros son de mampostería reforzada puntualmente con verdugos de ladrillo, sillarejos en hiladas intermedias y encadenados en las esquinas.
En la cabecera ocurre lo mismo aunque se invierte la proporción, predominando la sillería.
Llama la atención que en las bóvedas se sustituya un número signifi cativo de dovelas de piedra por ladrillos, en una labor propia de albañiles que, a la vez, indica la escasez de sillares.
Los canteros, que desconocían el uso de la escuadra, retallaban lo mínimo imprescindible los sillares.
Por ejemplo, para conseguir las dovelas procuraban efectuar un único corte oblicuo a los sillares.
Pero ello no impidió que tallaran los marcos de puertas y ventanas, las piezas de los pilares y las dovelas de arcos y bóvedas, en ocasiones de compleja estereotomía.
Algunos canteros más especializados dirigían el trabajo y cortaban las piezas, mientras que los albañiles realizaban la mampostería y auxiliaban en las labores de cantería, ayudando a colocar los sillares preparados por los canteros a pie de obra.
El taller de carpintería realizó los imprescindibles andamios y cimbras, la demás carpintería de obra y debió construir una pérgola o galería (en el ala norte del monasterio) con solana armada en la fábrica de mampostería.
Los albañiles vertieron los suelos de hormigón hidráulico y fi nalmente enfoscaron el edifi cio, primero con una capa de mortero que no cubría toda la superfi cie de mampuestos y sillares y en la que se hicieron incisiones horizontales para sujetar la segunda capa de enlucido.
Sobre la primera capa aún fresca se efectuó un grafi to, aprovechando como líneas de traza las incisiones de obra, datado en el siglo VIII (dovelas de ladrillos y sillería tallada: Caballero y Sáez 1999: planos 21-22 y fi g.
En Melque, las cuadrillas de canteros y albañiles estaban más diferenciadas y especializadas (Figs.
Los canteros dirigen la obra de la iglesia mientras que los albañiles ordenan la de los edifi cios monásticos, ambas sincrónicas, colaborando ambos equipos en las obras que no son de su competencia.
Cada taller y cada obra utiliza su propio material, ambos granitos locales; el de la iglesia, inalterado o "fresco", obtenido en cantera; y el del monasterio, PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS Figura.
Santa Lucía de El Trampal (Cáceres).
Alzado Este y secciones por el "transepto" hacia este y oeste.
Escala 1/115. "rubefactado", alterado en suelos de arcilla, procedente del aprovechamiento de bolos superfi ciales 2.
En el segundo caso es posible que fueran los propios albañiles los que obtuvieran los mampuestos, de tamaño grande, eligiendo y cortando los bolos, o que esta labor la realizara una cuadrilla especializada de picapedreros.
En el monasterio, los albañiles cuentan con una cuadrilla de canteros para reforzar las esquinas con cadenas y para tallar y colocar las piezas de forma, los marcos de vanos adintelados y arcuados y las pilastras; y en la iglesia, los albañiles colaboran ayudando a elevar los muros y rellenando sus núcleos.
Los canteros no utilizan la escuadra sino solo la regla para tallar los sillares, de modo que una vez ajustados, presentan características específi cas como codos, desdobles de hiladas e hiladas onduladas.
También es característica cierta alternancia de sillares a soga y a tizón.
Los albañiles aparejan grandes mampuestos de modo homogéneo, con abundante cal (Fig. 3.2).
Tanto en el interior de la iglesia como en el monasterio, el mortero de las juntas de mampuestos y sillares formaba listeles en relieve.
En la iglesia los suelos fueron de losas, mientras que en los edifi cios y en los patios monásticos solo tenemos información de suelos de albero, tierra limpia apisonada y mezclada con algo de cal.
La calidad alcanzada por el taller de albañilería de Melque no se refi ere a una tradición local, no solo por el aparejo de su mampostería sino también por el empleo de la cal que en el último tramo de la época visigoda parece perdido.
En las fases II y III de Vega Baja (Toledo), posteriores al siglo VI, los edifi cios son de mampostería "trabados con tierra y cuerpos de tapial" aunque "con revocos de cal de buena calidad" y de "cimientos de mampostería trabados con barro" y suelos de "arcilla compactada" (juntas: Caballero y Latorre 1980: 159; mortero de cal: Rojas y Gómez 2009: 84-85).
La capacidad del monasterio de Melque permitió que mientras pervivió, se mantuvieran sus talleres, con las lógicas transformaciones.
El taller de sillería, aunque su aparejo perdió calidad, reformó la iglesia y la amplió adosando en un segundo momento la habitación trasera y probablemente las delanteras.
También nuevos talleres de albañiles sustituyeron el suelo originario de losas por otro de hormigón hidráulico, más tarde restaurado, realizaron las murallas defensivas e introdujeron el aparejo de ladrillo.
El "grupo productivo" regional al que pertenece el monasterio pudo servir para desarrollar otros trabajos.
Su infl uencia está aún por estudiar comparándolo tipológicamente con otros aparejos emirales como los de Vascos y Talavera de la Reina.
También se pudieron relacionar con los edifi cios de La Mata y Los Hitos, aunque se deben analizar con 2 Agradezco la información geológica a Jesús Caballero García.
Tuviera consecuentes o no los tuviera y al margen de su material, granito procedente de cantera, el taller de cantería de Melque ofrece semejanzas con otros edifi cios que considero construidos un siglo después o más tarde, como Baños, La Nave o Valdediós.
Estas semejanzas se explican a causa de la común técnica del uso de la regla y el desconocimiento de la escuadra en la talla de la sillería; esto es, como una característica del nuevo ambiente técnico en que se encuadran estas Figura.
Muro sur del aula de El Trampal (restaurada la parte superior de los muros).
Sendos talleres de marmolistas, muy similares en su aprovisionamiento de expolio, repertorio y funcionamiento, trabajaron para ambas iglesias.
Ambos sirvieron el mobiliario de altares y canceles, pero solo el de El Trampal decoró su arquitectura, mientras que un taller distinto de estuco decoró la de Melque.
La construcción de la iglesia de Melque estaba preparada para la decoración de estuco que se agarraba en las hendiduras de las molduras de imposta de las bóvedas, talladas en sillares de granito por los canteros (Fig. 4).
La decoración cubría intradoses y arquivoltas de los arcos del crucero (con roleos surgiendo de cornucopias o vasos y friso de trifolios encadenados formando lúnulas, en ambos casos con rosetas); otros elementos donde quedan algunos restos, como pechinas y tímpanos del crucero; y probablemente las bóvedas de ábside, "anteábside" y crucero, donde no hay indicios.
Los estucadores trabajaban, más que a pie de obra, sobre la obra misma una vez terminada y en estrecha relación con ella, pues marco arquitectónico y formas y temas decorativos se tenían que acomodar mutuamente.
Una moldura similar a la imposta de Melque es la del porche del baño de Khirbat al Mafjar (Palestina), formada por perfi les que no sobresalen del plano de salida vertical, quizás porque tuviera la misma fi nalidad de agarre del estuco, aunque Hamilton supone que estuvo vista y no recubierta de estuco (Hamilton 1959: fi gs.
Dada la estrecha relación entre arquitectura y decoración, supongo que el equipo de canteros y estucadores que realizó la iglesia de Melque llegó conformado y que debieron tener una misma procedencia, extranjera y oriental 3.
También es indicio de ello la forma y estructura del edifi cio; sus soluciones constructivas propias, como esquinas redondeadas, PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS Otras decoraciones completan el conocimiento del sistema productivo de Melque.
Algunos espacios de su monasterio se decoraron con piezas de mármol que procedían del mismo taller de marmolista que trabajó para la iglesia, como demuestran una pilastrilla y un tondo (¿con monograma?).
Si la pilastrilla está a medio tallar, signifi caría que el taller realizó su trabajo a pie de obra.
Un fragmento de una segunda ara decorada indica la existencia de otro centro eucarístico en el monasterio.
Además, existió otro grupo decorativo, tallado por los canteros in situ, lo que atestigua de nuevo la independencia de cada parte de la obra.
Así se decoraron las impostas del arco exterior del porche que daba paso al que suponemos palacio del abad, con un tema de círculos secantes y cruces que se repite en Córdoba y Toledo.
Su material, granito en vez de mármol, la distinta pericia en su talla y el empleo de un sencillo tema decorativo, desconocido en el taller de marmolistas, indican su carácter excepcional, su pertenencia a una labor ajena a la marmolería que sirvió a la iglesia y el que ciertos canteros conocían las técnicas de escultura y repertorios locales (Fig. Tanto en Melque como en El Trampal, las piezas de mármol se encargaron a las marmolerías que no trabajaban a pie de obra y cuyos artesanos no tenían una relación directa ni con la programación ni con la realización de la obra arquitectónica.
Se solicitaban Las producciones litúrgicas en mármol de ambas iglesias pertenecen a un mismo horizonte productivo dada su homogeneidad de material reutilizado, técnica, forma y estilo, aunque no se puede asegurar que fueran realizadas por un mismo taller.
Cada una se debe vincular a su centro urbano, Mérida y Toledo.
La distribución de la producción de El Trampal se alejaba bastante de la ubicación del taller, apareciendo en Mérida y en su territorio.
Esta propuesta se debilita para Melque por la semejanza de ambas producciones y por la ausencia de referencias concluyentes con los centros toledanos pues se desconoce escultura como la de Melque fuera de su lugar y a qué edifi cios pertenece la aparecida en la ciudad de Toledo, aunque en ella se hayan encontrado piezas similares a las de los conjuntos de Guarrazar y Sonseca-Orgaz (El Trampal: Cruz 1985: n.
El uso, la forma y la técnica a bisel de las piezas de mobiliario litúrgico (de canceles, largueros y placas, y de altares) que sirven estos talleres dependen de la tradición local tardoantigua.
Pero se diferencian de ellos especialmente en que su estilo, esquemas y motivos han asimilado patrones decorativos sirio-omeyas.
Es el mismo sistema de cierre empleado en las iglesias tardoantiguas, pero preparado para una arquitectura que no lo había previsto, cuyos estrechos espacios, debido a la estructura abovedada, obligan a utilizar placas singulares y provocan una sensación de obstrucción y ruptura espacial distinta a la que producía su utilización en las antiguas iglesias basilicales.
Pero estos cierres eran necesarios en las nuevas iglesias por mantenerse una liturgia en este sentido similar.
La reutilización de material es una característica de ambas marmolerías, que acapararon mármol romano con una doble fi nalidad, aprovechar piezas directamente (fustes y capiteles) y conseguir material para sus nuevos trabajos de taller.
De este modo se mezclaron en estas iglesias decoraciones antiguas y modernas, ambas suministradas por los mismos talleres (Utrero y Sastre de Diego 2012, en los siglos VIII-X).
Desconocemos las características de las columnas del arco del ábside de la iglesia de Melque porque fueron arrancadas con cuidado para ser reutilizadas por segunda vez, lo que sugiere la importancia de las piezas por su material y forma.
También el material de mármol para realizar piezas decoradas procedía de expolio como demuestran el larguero de cancel, tallado en una pieza sacada de un fuste de columna de gran diámetro, y el tondo citados (Columnas: Caballero y Latorre 1980: 593-594).
El taller que sirvió a El Trampal actuó del mismo modo.
Los capiteles procedían de expolios de edifi cios romanos 4 y también los fustes, aunque de ellos no han perdurado restos.
Los de fustes de pilastras, tallados en granito, se deben considerar síntoma de la escasez de los de mármol expoliados o del desconocimiento técnico de cómo tallar nuevas piezas cilíndricas.
Además, la materia prima para tallar las piezas decoradas también procede de expolio romano, como demuestra que algunas piezas de impostas y cimacios conserven aún superfi cies y molduras de la utilización originaria y las diferencias en las formas y dimensiones de las PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS placas de los canceles y largueros.
FUNCIÓN CONSTRUCTIVA DE LAS IMPOSTAS FORMADAS POR FRISOS O MOLDURAS
La principal función de los frisos de la iglesia de El Trampal fue la de imposta de bóvedas recorriendo el interior de los ábsides, "transepto" y coro (Figs.
Aunque han sido arrancados de su sitio se reconoce su recorrido por el hueco relleno y la permanencia in situ de tres fragmentos en los ábsides norte y central.
Su decoración de trenzas con botones hace suponer que todas las impostas se decoraron con este tema, el más repetido en los fragmentos conservados.
Estas impostas se interrumpían por los cimacios de las semi-columnas de las embocaduras del ábside y las columnas de los arcos del "transepto" (cada grupo con distintos material y motivos), reconociéndose la diferente función que tenían las impostas de bóveda, en el muro, y los cimacios de los arcos, sobre columnas (Caballero y Sáez 1999: 97-107 y 122-124).
Tanto las impostas de bóvedas como los cimacios de columnas tienen la función de conseguir un remate plano y uniforme de los muros o de las columnas donde apoyar las cimbras y el arranque de las bóvedas o los arcos.
Esta función se cumple solo aparentemente en El Trampal como demuestra que todas estas piezas e incluso las columnas hayan sido arrancadas y robadas posteriormente sin que en ningún caso bóvedas o arcos se resintieran de su falta de apoyo, demostrando que constructivamente son independientes y que el carácter de impostas y cimacios es decorativo (Figs.
La arquitectura estaba preparada para resistir sin que la decoración o las piezas reutilizadas y exentas (capiteles y fustes) cumplieran la función estructural que representan.
La misma característica presenta la arquitectura de La Nave.
Para ello, los salmeres de arcos y bóvedas estaban construidos de modo que "enjarjaban" profundamente en el muro (volando los arcos del "transepto") impidiendo que el edifi cio se arruinara mientras que no partieran (Caballero y Sáez 1999: 96-97; Utrero 2006: 147-148).
Como excepción, la imposta adopta una función distinta a la aparente de arranque de las bóveda cuando recorre el testero de los ábsides.
Lo hace dada su escasa longitud e infl uida por la situación de la ventana, cuya bovedilla también la necesita, y al coincidir en altura con la de la bóveda del ábside.
No ocurre lo mismo en los testeros del "transepto", donde las ventanas y, por lo tanto, sus líneas de imposta se encuentran las iglesias de La Nave, Marmelar y Baños, de modo que Melque continuaría y desarrollaría en el siglo VIII el sistema visigodo.
La estructura constructiva de El Trampal presenta un estadio evolutivo más avanzado que la de Melque, al olvidar la función básica de estas piezas, a la vez que facilita el ahorro del material de mármol y la solución de posibles fallos de resistencia de las piezas reutilizadas.
Sin que ello suponga una diferencia cronológica, pero sí de fi liación.
LA INTRODUCCIÓN DE "FRISOS" CONSTRUC-TIVOS EN LOS CENTROS DECORATIVOS DE MÉRIDA, CÓRDOBA Y TOLEDO
La integración de frisos decorados como imposta en la obra arquitectónica corresponde a una nueva producción abovedada, aparecida en un momento posterior al año de referencia 711.
Consecuente con esta propuesta, repaso su presencia en los tres centros principales de la considerada decoración "visigoda", Mérida, Córdoba y Toledo.
Hasta el descubrimiento de El Trampal se desconocían estas impostas en los centros decorativos de Mérida y Córdoba, situación que resaltaba con la de Toledo donde comparativamente son abundantes, como señalaba Cruz Villalón (1985: 262-263): "Sorprende en Mérida la ausencia casi total de frisos decorativos contrastada con la riqueza de las iglesias del siglo VII...
¿Quiere esto decir que las iglesias visigodas de Mérida tuvieron un sistema ornamental bien diferenciado de las iglesias del Norte, incluido Toledo?
El contraste cuantitativo advertido sería quizá el más evidente para hacer tal afi rmación".
Se puede completar la distinción geográfi ca con la cronológica, diferenciando el sistema ornamental de los edifi cios del siglo VII del de los abovedados de los siglos VIII al X. Entonces, la ausencia de frisos/ impostas en Mérida y Córdoba obliga a rechazar su supuesta afi nidad con el centro de Toledo (Balmaseda 2007: 280 achaca la diferencia a cronologías de la segunda mitad del siglo VI y siglo VII).
De las diez piezas posibles de Mérida (una dada como friso y las demás como cimacios dudosos) solo tres se pueden considerar impostas.
Una de ellas (Cruz 1985: no 357, roleo) pertenece al taller que decoró la iglesia de El Trampal y es posible que proceda de esta misma iglesia.
Otra de las piezas (Cruz no 356, trifolios, de Pan Caliente) se decora con un tema sim-plifi cado de la serie de El Trampal.
La tercera (Cruz no 355, rombos) no tiene paralelo con la temática de El Trampal y se puede relacionar con una pieza de Córdoba.
A estas piezas del catálogo de Cruz hay que añadir las ya vistas del taller de El Trampal y la imposta del ábside central de la basílica de Santa Eulalia de Mérida decorada con cuadrifolios que encierran botones.
Mateos sitúa esta en un recrecido que supone del mismo momento que las torres añadidas sobre los ábsides laterales por el obispo Fidel entre 560 y 570 d.C. (según las "Vidas de los Padres de Mérida"), aunque no existe una relación directa entre ambas obras.
Evidentemente, la datación propuesta es posible, aunque en la basílica "eulaliense" aparecieron piezas decorativas que pertenecen al taller de El Trampal, para las que Cruz ya sugirió "un posible avance de fechas a la etapa post-visigoda", por lo que es posible que esta restauración del ábside central corresponda a una fecha más avanzada (piezas primera y segunda: Caballero y Sáez 1999: n os 21-22 y 19-20, fi g.
De las seis piezas de Córdoba dadas como frisos, solo dos son impostas (Sánchez Velasco 2006: n os 35-40).
La no 39, con rombos, recuerda la tercera de Mérida y ambas podrían ser, dentro de su sencillez, de cronología avanzada.
La no 38, de Cercadilla, presenta cuadrifolios que encierran alternativamente una cruz y un botón, elementos característicos de los ambientes técnicos de Toledo (Fig. 5.1, Melque) y Mérida (El Trampal).
Falta por ver el caso distinto de Toledo y su territorio, donde la presencia de impostas y cimacios es mucho más numerosa.
De las 90 piezas conocidas en la ciudad 5, el grupo más numeroso (56 piezas) es el de las decoradas con cuadrifolios, con sus varian-5 El reciente catálogo de escultura decorativa de Toledo (Barroso y Morín de Pablos 2007), contiene piezas pertenecientes a diferentes periodos.
Acompañan además otros temas, la simplifi cación del roleo convertido en círculos tangentes, las cintas con botón central y los cuadrifolios con botón o cruz inscrita que reconocemos como variantes en lo ya visto de Córdoba y Melque y también, con sus variantes locales, en El Trampal (Caballero y Sáez 1999: no 23).
Los motivos llamados por Gómez-Moreno "tulipanes" o "capullos" y por Schlunk "palmetas bizantinas" en realidad representan, de modo estilizado, un racimo de uvas con dos pequeños círculos en su base como sarmientos (Fig. 8.2, 3 y 5).
Según variante de taller, la representación de los frutos se efectúa mediante botones (Guarrazar) o mediante trazos angulosos (La Mata, quizás representando otro fruto o fl or).
En el roleo, los racimos alternan con las hojas (trifolios), de modo que aquellos cuelgan y estas se yerguen.
En ocasiones se pierde el racimo permaneciendo los circulillos, esto es, los sarmientos, y desaparece la alternancia con las hojas (Los Hitos I y Arisgotas II).
Aparte de su relación con los frisos de Bande y La Nave, desde Schlunk se relaciona la "palmeta" con los eslabones de la cadena de la corona de Suintila aparecida en Guarrazar, pero no hay entre ellos una vinculación directa, aparte de la difi cultad de que temas escultórico y de orfebrería se relacionen productivamente como se pretende.
Mejor que al aparente paralelo de Guarrazar, se asemeja a la decoración de la redoma de vidrio de Astorga, fatimí o española del siglo X. El "racimo toledano" se debe relacionar también con el que Hoppe denomina "racimo con borde", un listel en forma de hoja o corazón relleno de botones o "granos" (Figs.
Ambos son variantes de un mismo tema y pertenecen a un mismo horizonte.
Este autor supone el "racimo con borde", mejor que una "práctica de taller", una moda homogénea geográfi ca y cronológica, propia del siglo IX, en relación con el grupo de El Trampal (Santa Eulalia de Mérida) y, en conclusión, motivo que debería "incidir de un modo signifi cativo en la revisión del corpus de la escultura visigótica".
Los roleos toledanos se completan con las "ligaduras" o "anillos de fi jación" que para Hoppe son indicio de realismo, signifi cado de "jardín" y "procedencia oriental e islámica".
Un análisis más detallado podría encontrar más relaciones entre el taller extremeño y los toledanos, como por ejemplo las hojas de cinco lóbulos que rellenan los roleos en El Trampal, las de tres lóbulos y dos hojillas de base en Guarrazar y las palmetas de una imposta de La Mata (Figs.
6,1-2 y 8,1) ("Palmeta bizantina": Schlunk, 1947: 266; Gómez-Moreno 1966: 122 Ni en la ciudad de Toledo ni en su territorio de Guadamur y Sonseca-Orgaz tenemos elementos que sirvan para relacionar producción arquitectónica y decorativa.
Los lotes de frisos no tienen contexto conocido ya que sus piezas están reutilizadas como ocurre con las de San Pedro de La Mata (Casalgordo, Sonseca) y con las que decoran los contrafuertes del edifi cio de Los Hitos (Arisgotas, Orgaz).
Además estos edifi cios plantean problemas de comprensión.
El ábside y la parte occidental del de La Mata son restauraciones y la organización del de Los Hitos recuerda más un edifi cio residencial que una iglesia.
Sin embargo se puede asegurar la función de imposta de sus frisos y su cantidad predice la existencia de un número signifi cativo de edifi cios abovedados, incluso en la propia ciudad de Toledo de donde procede un grupo de frisos con "palmetas bizantinas".
Otras piezas decoradas con temas escasamente representados, como círculos tangentes, imbricaciones, rombos y trifolios, pudieron tener la función de impostas de arco (La Mata: Utrero 2006: 521-522; Los Hitos: Balmaseda 1998: vol. II, láms.
Para comparar las producciones decorativas de Mérida y Toledo solo tenemos un taller emeritense, el que sirve a El Trampal, que forme parte con seguridad de estas producciones avanzadas que se distinguen por la presencia de impostas decoradas.
Las aparentes diferencias entre estos centros se desdibujan en un ambiente común.
Salvando las de cantidad y temática específi ca, se asimilan la técnica, el estilo y la forma, la cronología y, especialmente, la función constructiva y decorativa.
Dada la semejanza entre las piezas de ambos grupos decorativos, la producción toledana debió proceder, como he propuesto para la de El Trampal, de un taller PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS Figura 8.
"Frisos" del grupo de Guarrazar y Sonseca-Orgaz (Toledo).
San Pedro de La Mata.
La abundante cantidad de impostas en Toledo frente a las escasas de Mérida puede corresponder a una mayor producción constructiva en la sede toledana de edifi cios abovedados y decorados (iglesias).
Pero este défi cit productivo lo compensan los edifi cios emeritenses que no están decorados ni, al parecer, abovedados (residencias), lo que puede indicar diferencias en la composición de promotores y usuarios.
Las obras realizadas en Santa Eulalia, en la ciudad de Mérida, nos permiten imaginar cómo serían los edifi cios de la ciudad de Toledo (decorados en ambos lugares con impostas con cuadrifolios), y, del mismo modo, el edifi cio de El Trampal, en el territorio de Mérida, ayuda a comprender los del territorio toledano (edifi cios emeritenses: Alba 2007: 179-189).
Cabe aún hacer otra observación sobre las producciones decorativas de Mérida y Toledo.
La producción decorativa litúrgica (canceles) del taller de Melque queda aislada de la de su territorio toledano tanto por no existir en estas referencias para su temática (sin embargo similar a la del taller de El Trampal), como por la ausencia de piezas de canceles.
Puede que en Toledo no existiera una tradición tardorromana lo que obligaría a que Melque recurriera a la producción extremeña.
A su vez escasean los indicios de canceles en el territorio toledano, reducidos a las huellas para su encastre en el edifi cio de La Mata, un larguero de Guarrazar y una placa de Los Hitos (larguero y placa: Balmaseda 2007: fi gs.
SAN JUAN BAUTISTA DE BAÑOS (PALENCIA)
El taller escultórico de Baños utilizó una amplia y seleccionada colección de piezas decorativas, de las que unas son reutilizadas, de carácter constructivo (cimacios e impostas), y otras creadas ex novo por el taller de escultura, constructivas (frisos, cornisas y ajimeces) y de mobiliario litúrgico (canceles).
El grupo reutilizado tiene una trascendencia historiográfi ca ya que el modelo explicativo "visigotista" consideraba que sus temas decorativos eran prototipos del arte visigodo, datados por la inscripción de la iglesia que conmemora una dedicación del rey Recesvinto en el año 661 d.C. Al demostrar la lectura arqueológica del edifi cio que la mayoría de esta escultura, supuestamente prototípica, era reutilizada planteé que la inscripción también pudo serlo y que no fuera coetánea al edifi cio.
Recientemente se ha considerado que su epigrafía es altomedieval y por lo tanto la inscripción, una copia o un falso de época (Caballero y Feijoo 1998: 237; Hoyo 2006).
La primera está formada por fustes, basas, capiteles y cimacios moldurados y decorados (imbricaciones y estrellas) de época tardorromana, visigoda, que se utilizaron en las arquerías del aula (Fig. 10.1) (Palol 1988: fotos en 45-46 y 48-50).
La segunda serie reutilizada la forman frisos, unos decorados con cuadrifolios (en dos variantes), "ojos de gato", trifolios y contarios, utilizados como imposta en el ábside central; y otros, con cintas y "ojos de gato", en los ábsides laterales.
Esta serie es de un estilo diferente a la de los cimacios de la primera serie, y de procedencia y cronología distinta (Fig. 10.2).
En su función anterior, las piezas de imposta con cuadrifolios del ábside central se usaron (o se iban a usar) emparejadas, con sus extremos doblados y decorados, en vanos abovedados (ventanas o pasos), en una posición parecida a la de pasos orientales del "transepto" de la iglesia de Melque (Fig. 7.4).
Los extremos decorados de cada pareja se defi nen por medio cuadrifolio con un trifolio o una punta en su centro (según las variantes) que sustituye a un "ojo de gato".
Así se diferencian cuatro parejas expoliadas (equivalentes a dos vanos) de una variante y tres parejas (un vano y medio) de la otra.
En las impostas con trenzas de los ábsides laterales, el remate en redondo de la trenza debe indicar el extremo de cada unidad reutilizada, aunque no he podido determinar la longitud a que corresponden ni su número.
Quizás procedan de un edifi cio asimilable al grupo de El Trampal y Melque, de cronología post-visigoda no demasiado anterior a la de Baños7.
El ajuste de las piezas, que poseen ligeras variaciones de altura y están descantilladas, a la sillería de los muros la efectuaron los canteros a pie de obra (cuadrifolios: Palol 1988: 53).
También las arquivoltas del arco del santuario y del arco del porche y la cornisa interior y el friso exterior de la nave central del aula proceden de acarreo y pertenecen a esta segunda serie.
La arquivolta del santuario no completa su recorrido sobre el arco hasta llegar a la imposta y se corta rudamente para adosar a los muros de las arquerías del aula, al tener la misma luz el ábside que la nave central.
En el porche, la arquivolta no voltea el arco por completo, formando cuerpo con las dovelas pero independizándose de los salmeres; hay dovelas cuyo trasdós es recto en vez de seguir la curva del arco; y la decoración no encaja entre las dovelas.
Tampoco ajustan las piezas de la cornisa que remata el interior de los muros de la nave central El grupo de piezas talladas ex novo por los escultores de Baños incluye, por una parte, el relabrado imitativo de las impostas que se reajustaron en las pilastras occidentales de las arcadas del aula y en las jambas del arco de entrada del pórtico; y, por otra, la realización nueva de las impostas de la ventana del ábside del santuario, los canecillos o modillones que sujetan la inscripción, los ajimeces de la nave central (Fig. 11.3) y los canceles litúrgicos (Fig. 10, grupo 3).
De los canceles solo se conocen fragmentos de dos largueros y tres placas.
Sus temas decorativos son típicas veneras y hojas digitadas, molinillos, palmetas, trifolios, racimo con borde, pámpanos y sencillas hojitas.
Es signifi cativo del estilo del taller de Baños su falta de carácter orgánico, como se ve en el modo en que se añaden los motivos a las ramas de los roleos y a los junquillos de los temas a eje o de los marcos o incluso la manera en que las hojas digitadas se aíslan por completo (canceles: Palol 1964: 14-24; Id.
Impostas relabradas, Id.: fi g. en 40).
Tanto los temas del material reutilizado como los del nuevo se relacionan con el repertorio más avanzado de Mérida, Toledo y las iglesias del Duero y Asturias (Fig. 11.1 y 2), neutralizando en principio el valor que pueda tener el estudio de su estilo.
Pero el que interesa es el repertorio decorativo empleado en las piezas de la serie nueva porque data el momento de construcción del edifi cio, aunque se demuestre que su cronología se acerque a la de las piezas de la segunda serie reutilizada.
La imposta con trenza y botones de la ventana del ábside es similar a la imposta de El Trampal.
El tema a eje con dos hojas digitadas y una venera de un larguero se relaciona tan directamente con el mismo tema del epígrafe del Credo de Toledo que se ha considerado también prototipo visigodo, sirviendo para fechar la escultura toledana por la inscripción de Baños, sin tener en cuenta entonces las dudas que la estratigrafía arquitectónica pudiera verter sobre su datación.
La aparente relación de la temática decorativa de Baños con la del centro de Toledo, se puede parangonar con la que encontramos entre la de Melque y el centro de Mérida (larguero y Credo de Toledo: Jorge 1957; Schlunk 1970: 181 ss., taf.
En la construcción de Baños se empleó mayoritariamente material reutilizado.
Así son al menos algunos de sus sillares, piezas de forma, como las dovelas del arco del santuario, y una parte importante de su escultura.
Los canteros ajustaron a pie de obra tanto la sillería como las piezas decoradas, acarreadas por los escultores, sin preocuparse del encaje de sus temas decorativos, ni de cómo interferían con los elementos constructivos (arquivolta cortada por las arquerías; friso del ábside cortado por la ventana u oculto en las esquinas).
Los escultores también relabraron a pie de obra algunas piezas (cimacios del arco del porche y de las pilastras occidentales de las arquerías).
Y utilizaron como materia prima material de expolio para tallar las piezas nuevas de los canceles, como demuestra una lauda romana usada para fabricar un tablero.
Los canceles se trabajaron en taller y se entregaron a la obra para que los canteros los ajustaran al edifi cio donde la arquitectura y la liturgia lo requisieran.
No se han conservado indicios del lugar que ocuparía este mobiliario litúrgico, ni tampoco se ha imaginado dónde se colocaría.
El taller de escultura expoliaba, por tanto, material para usar como materia prima y material decorado para reutilizar directamente.
Si nos preguntamos sobre cómo se consiguieron estos conjuntos tan diversos, debemos suponer que canteros y escultores acopiaron materiales diferentes, de procedencias y cronologías distintas, mediante un acarreo selectivo y, en el caso de los escultores, con un almacenamiento previo, que se acomodaron a un proyecto común (dovelas y sillares expoliados: Caballero y Feijoo 1998: 187 y 217-218; lauda para tablero: Id.: fi g.
Baños se asemeja a El Trampal en el uso de material reutilizado como materia prima para la construc- ción y la decoración; y, a El Trampal y a Melque en la entrega del conjunto prefabricado de los canceles.
Y se diferencia de ellos en la reutilización de la mayor parte de la escultura decorativa y en la presencia de los escultores a pie de obra, al menos para relabrar algunas piezas.
Los frisos característicos y las molduras de Baños se organizan de acuerdo con el espacio arquitectónico, sus elementos y su función: impostas de bóvedas y arcos, arquivoltas de arcos y cornisa y friso de paramentos.
En el ábside central, la imposta de la bóveda dobla por el frente de su arco (que da al aula) como si se tratara de un vano arcuado o abovedado, del modo que hemos visto en las ventanas y los vanos de El Trampal y Melque.
La bóveda actúa como un vano al no poseer un arco de triunfo, diferenciado y soportado por columnas, que sustituyera su testa.
En la nave central, la cornisa interior aparenta soportar la armadura de la cubierta y, en los testeros, independizada como friso, descansan sobre ella los ajimeces, y del mismo, en el testero oriental, debajo de la ventana, aparentaba colgar la inscripción supuestamente fundacional (de parecida forma a como veremos hacen las ventanas en La Nave).
Al exterior, el friso, situado a media altura entre el alero de la nave central y las cumbreras de las naves laterales, actúa de fi ngida imposta de las ventanas.
La ventana del santuario y los ajimeces de la nave central necesitan sus propias impostas, dobladas en sus frentes al exterior e interior (Baños, ajimez oriental: Palol 1964: fi g.
Los edifi cios de La Nave y Quintanilla, situados en la cuenca del Duero, se construyeron con sillería reutilizada, abovedados y decorados.
Han llegado a nosotros incompletos, arruinada su parte occidental en La Nave y perdida por completa esta y muy arruinado el resto en Quintanilla.
Tales ruinas provocan controversia sobre la forma de sus cubiertas y, si estaban abovedadas, en qué partes y con qué sistemas.
Además, nos dejan sin conocer si las partes arruinadas llevaban o no decoración.
La Nave, dada su construcción y su distribución arquitectónica, estaría abovedada por completo, excepto los pórticos laterales.
El desconocimiento de la planta de Quintanilla difi culta más decidir su tipo de cubierta, probablemente abovedada, excepto los extremos de su "transepto" (Quintanilla: Arbeiter 1990 La sillería de Quintanilla se supone reutilizada de una villa romana existente en el mismo lugar, aunque de tres tipos diferentes de piedra, de distintas procedencias, y reutilizando inscripciones.
En La Nave, parece que el material de la sillería procede de cantera, aunque hay indicios de reutilización que plantean si todo él procedería de acarreo.
En su mayoría es de arenisca, pero además se utilizó granito para la habitación occidental, zócalos y soleras, en que los indicios de reutilización son más evidentes.
En ambas iglesias se reutilizan además los fustes de las columnas, pero no existe más reutilización de material ajeno, ni para convertirlo en materia prima para decorar, como se hace en El Trampal y Melque, ni decorativo, como ocurre en Baños.
O se desconocían, agotados, los yacimientos de escultura o eran innecesarios por el desarrollo de talleres escultóricos, o ambas causas se asociaron.
La reutilización de decoración en La Nave es solo aparente al tratarse de la "recolocación" de su propio material y, a mi parecer, de la misma obra; que pudo afectar a otras piezas no estrictamente decorativas, como a las reformadas ventanas del "anteábside" (Quintanilla: Arbeiter 1990: 396 y 402; La Nave: Caballero y Arce 2004: 124-129 y 136.
El aparejo de ambas iglesias es de sillería, tallada y ajustada a pie de obra, con regla y sin utilizar escuadra.
Esta característica es común tanto para los sillares que mantienen su cara lisa como para los que la tienen decorada.
Los cimientos de La Nave están construidos con grandes losas de pizarra (de entre 0,60 y 2 m), extraídas de las cercanías, superfi cialmente por capas naturales, solo desbastadas y encajadas en fosas de fundación abiertas en la roca o en la tierra virgen.
Esta labor pudo realizarla una cuadrilla de albañiles, pero, dado que en el edifi cio solo se utiliza sillería, sin relleno de mampostería, también pudieron hacerla los picapedreros que procuraron las losas o a los canteros que le construyeron y que se responsabilizarían de colocar los cimientos y ajustar la primera hilada (Caballero 2004: 84-86, relación entre cimiento y muro fi gs.
Mientras que en La Nave las bóvedas se construyen por el mismo taller de cantería de los muros; en Quintanilla, talleres distintos se encargan de los muros y de las bóvedas.
Las de Quintanilla (baídas del ábside, de los espacios laterales del aula y posiblemente otras perdidas, fi g.
14) se fabrican en mampostería de toba caliza, explotada en cantera.
Este taller de albañiles pertenece a un horizonte técnico regional que defi ne un grupo arquitectónico burgalés/riojano/alavés por sus bóvedas similares (San Román de Tobillas 1, San Miguel de Montoria, Santa María de los Arcos de Tricio, Santa Coloma, San Felices de Oca, La Asunción de San Vicente del Valle, San Pedro de Arlanza), que mantiene la coordinación entre los talleres de sillería reutilizada y mampostería de toba, mientras que la presencia de talleres decorativos es esporádica y particular (grupo burgalés: Caballero 2001; Caballero y Utrero 2005: 183; Utrero 2006: 258-260; cronología; Sánchez Zufi aurre 2007: 267-2698 ).
Tanto en La Nave como en Quintanilla, la decoración pertenece a dos "maestros" o dos manos distintas, por lo tanto con maneras de hacer y modelos diferentes.
Se han denominado "primer maestro" y "segundo maestro" con una clara intención temporal, considerando que los edifi cios tuvieron dos etapas constructivas o una restauración, diferenciadas por su decoración.
Sin embargo, el estudio arqueológico concluye que sus caracteres constructivos y arquitectónicos son unitarios.
El maestro del friso inferior de La Nave individualiza los sillares decorados enmarcándolos con un estrecho fi lete, característica que Hoppe denomina "fragmentada".
De este modo, los temas, aunque aparentan formar un friso corrido, quedan separados de uno a otro sillar.
Solo la decoración de los sillares de las ventanas norte y sur del ábside enlazan su decoración sin diferenciarse por sillares [8][9][14][15][16].
Pero también en algunos sillares de las ventanas, los temas que los integran se diferencian en cuadros interiores por medio de listeles [3,8,15].
En cambio, el maestro del friso superior talla sus roleos de modo continuo entre los sillares del friso ([numeración] de los sillares, según Hoppe 2004: fi gs.
Veamos qué nos puede sugerir sobre el modo de trabajo la reutilización de material propio que se documenta en el friso inferior de La Nave.
Dos de las piezas [13,62], actualmente en la imposta del ábside, estaban preparadas para servir como cimacios de arco: miden la misma longitud, presentan la misma decoración de serpientes y frutos en su frente y decoran sus caras laterales como los actuales cimacios del arco del santuario (Fig. 13).
Un error formal, que impedía colocarlas en el lugar al que iban destinadas en origen, pudo desencadenar el proceso de cambio con otras piezas, empezando con las [20 y 27] que las sustituyeron en su lugar previsto.
La pieza [62] está incompleta al haberse cortado en origen por su lado derecho para ajustar a su nueva ubicación; y posteriormente, también por el lado izquierdo.
La similitud de los frentes de estas parejas de cimacios demuestra que la producción sustituida y la sustituta son una misma y coetánea, incluyendo en ella el tema de los círculos secantes con cuadrifolios [132] que decoró los lados de la pieza sustituida [13].
Por lo tanto este tema no permite suponer una primera fase en la obra como propone Corzo.
La reutilización de un capitel sencillo y otro geminado [124/125-126] puede ayudar a explicar este cambio.
Su decoración de "hexafolios" formaría parte de un mismo repertorio decorativo con los cuadrifolios del cimacio sustituido.
Pero el cambio incluyó otras piezas.
Se desecharon las piezas [123 a 131] (entre ellas, dos decoradas con cuadrifolios y "ojos de gato" como los laterales de las impostas desechadas y los dos capiteles citados) y se trastocó todo el esquema decorativo como dan a entender, al menos, las piezas cortadas [14,66], una semi-oculta [6] y las que se pueden considerar "recolocadas" por presentar motivos de remate [38,48].
Se debería reconsiderar hasta qué punto esta "fragmentación" afecta o no al discurso expositivo o si son las permutas ocurridas y que analizamos las que acentúan la sensación fragmentada.
De haber ocurrido como decimos, el material reutilizado no es un residuo de otra obra conservado en un taller estable localizado en un lugar alejado de la obra.
Al contrario, procede del error de un taller ocasional (no estable), producido en la propia obra de La Nave, y resuelto sobre la marcha con el menor esfuerzo y gasto posible, desechando la mínima parte, reutilizando el resto y reponiendo la parte imprescindible.
En La Nave y en Quintanilla, los escultores no trabajan en un taller alejado, sino a pie de obra; bien sea decorando los sillares antes de colocarlos o una vez colocados.
Antes de colocarlos: en el friso inferior de La Nave, los canteros entregan los sillares y los tallistas los decoran y los devuelven para su colocación defi nitiva.
Una vez colocados: como ocurrió con seguridad en el friso superior de La Nave y en los frisos exteriores de Quintanilla, los escultores tallan los sillares de las hiladas destinadas a formar un friso, aprovechando los andamios antes de desmontarlos.
Hasta ahora hemos visto que los sillares se decoran antes de colocarlos, bien sea en un taller independiente o a pie de obra.
La primera vez que se constata con seguridad que se decoran una vez colocados es en la imposta superior de La Nave y en los frisos de Quintanilla.
Los canteros construyen de modo que dejan molduras o hiladas lisas preparadas a propósito para tallarlas in situ una vez construido el edifi cio, lo que en algún caso no se terminó.
Esta característica basta para considerar a estos dos edificios, por sí mismos, un modo diferenciado.
De una u otra manera, la obra de escultura se prepara a la vez que la obra constructiva: los sillares lisos y los decorados o por decorar se ajustan todos del mismo modo.
La decoración no depende de un taller externo o ajeno que la trabaja en su local y la manda una vez ejecutada a la obra, como veíamos en El Trampal (Quintanilla: Arbeiter 1990: abb.
6 La coordinación del trabajo debió ser más estrecha cuando los escultores trabajan a pie de obra (friso PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS inferior de La Nave), donde el proceso de trabajo tuvo que ser más complejo, favoreciendo, quizás, una equivocación en la ordenación de las piezas; y al contrario, la dirección de obra sería más rigurosa cuando trabajan con los sillares ya colocados, donde sería necesario un equipo combinado.
En ambas iglesias, la estrecha actuación de canteros y escultores y la presencia de distintas maneras de hacer constructiva y decorativa constata que parejas de escultores, que trabajan de forma individual con sus propios patrones formales, aceptaron asumir una colaboración temporal no sólo entre sí sino con la obra de sillería.
Dado que la producción decorativa es propia de cada edifi cio, sus repertorios decorativos se desconocen fuera de sus edifi cios, al contrario de lo que ocurre en El Trampal donde las producciones proceden de un centro urbano y se distribuyen por su territorio.
La existencia de otros edifi cios repartidos por Burgos, La Rioja y el País Vasco, pertenecientes al mismo horizonte constructivo pero sólo algunos decorados (escultura en Quintanilla, capiteles fi gurados en La Asunción, estuco en Santa Coloma y mosaico en Tricio), indica que la presencia de talleres decorativos es esporádica y particular y que la colaboración entre canteros y escultores fue temporal para edifi cios como estos cuyo patrocinio era más importante y a los que se podían destinar más recursos.
De nuevo se confi rma que, en vez de talleres ajenos y estables, se trata de talleres propios, creados para cada obra concreta, ocasionales, quizás formados por mano de obra ambulante (Caballero y Utrero 2012).
En La Nave, la decoración, que solo existe en el interior, adopta una función polivalente, desarrollando la tendencia observada en El Trampal.
El friso inferior actúa como imposta de la bóveda del ábside, cubriendo el testero como friso.
Continúa adoptando la función de cimacio de los capiteles del arco de triunfo y termina con la de friso en las naves de "anteábside" y en los muros orientales de las naves del "transepto", donde se interrumpe dada la imposibilidad de continuar por la presencia de los arcos de los porches y los de los de los cierres de las naves laterales del aula.
Como señala Garen, de la imposta-friso del ábside "cuelgan" los marcos de las ventanas asemejando alfi ces decorados, en vez de colocarse de modo que coincidiera con ella la línea de imposta de sus arquillos.
La imposta superior de las naves de "anteábside" y de "transepto" actúa de acuerdo con la lógica constructiva pues se presenta en los muros de carga de la bóveda, dejando sin decorar los testeros.
A una altura intermedia con las dichas se colocan los cimacios de las columnas de los arcos torales del crucero que actúan también como impostas de los arcos laterales donde no existen columnas, doblando lateralmente, de acuerdo con la norma de vanos y ventanas vista en otros edifi cios.
También los arcos de las puertas exteriores de los porches (abiertos, sin hojas de cierre) tienen impostas que doblan al exterior e interior.
Solo las impostas de los arquillos del muro que separa el "transepto" del aula no doblan en sus caras exteriores.
Desconocemos si las bóvedas de las naves del aula tuvieron impostas al haberse perdido.
Es posible que las laterales no las tuvieran, igual que las de las habitaciones delanteras, y que la central las tuviera, como las del "transepto" y el "anteábside".
Tampoco existen indicios de friso (o cornisa) en los porches, que no estuvieron abovedados.
Esta distinta manera de actuar, en ruptura con la función arquitectónica o acomodándose a ella, signifi ca la distinta formación (no tradición) y procedencia de ambos escultores (marcos de ventanas, Garen 1992: 300).
Quintanilla se diferencia de los edifi cios ya vistos, incluyendo La Nave, en que las bandas decorativas se presentan como frisos, exteriores y sin referencia estructural (salvo en la arquivolta del arco de triunfo).
Los tres frisos exteriores aprovechan las hiladas constructivas, alternando una decorada y otra lisa.
El friso inferior coincide con la línea de umbral de los tragaluces y con el dintel de la puerta de entrada a la nave sur del "transepto"; el intermedio, con la línea de imposta de las ventanas, pero sin más relación con ellas (como vimos en Baños); y el tercero, el más alto, sin referencia estructural.
Los ortoedros que actúan de cimacio-capiteles del arco de triunfo y los sueltos, posiblemente del arco de entrada al crucero desde la nave central del aula, mantienen la forma de cimacio aunque pierden la secuencia de friso y adoptan un tema independiente, decorando solo su frente principal.
Recuerdan lejanamente la función de capiteles a los que sustituyen, evidencian su ausencia entre el escaso material reutilizado a disposición de la obra y la ignorancia o la incapacidad de imitarlos.
Se relacionan por su forma y función con las piezas del arco de la tribuna y las de los tramos de ante-escalera de San Miguel de Lillo (Oviedo, ¿Ramiro I?, 842-850 d.C.), cuyas producciones se deberían contrastar (Cruz Villalón 2004: 116, "antecedente", con soluciones similares en la arquitectura tunecina aglabí; Caballero et alii 2008: 16-21; Caballero 2012).
En su interior no existen frisos decorados.
Las hiladas que corresponden en altura con los frisos exteriores y una cuarta más, por encima, se diferencian por estar resaltadas, al modo de una almohadilla continua.
No se puede aventurar qué función tendrían estas hiladas al margen de la obvia de destacar por su ligero resalte.
No se puede asegurar que estuvieran preparadas para la decoración pues la conservada es en bajo relieve.
Además estas hiladas almohadilladas no se presentan uniformes; en la nave norte del "transepto" faltan en su muro occidental; en el ábside solo aparece la tercera, a la altura del arranque de las pechinas; y en la nave de "transepto" sur, la cuarta en el muro oriental (Arbeiter 1990: 406-407, considera posible la hipótesis de Kingsley, que las supone preparadas para decorar).
En la iglesia y en su entorno hay más piezas sueltas que se supone que pertenecen a su parte desaparecida.
Se conocen más de quince, entre ellos dos supuestos cimacio-capiteles, fi gurados, que se situarían en el arco de paso del crucero a la nave central 9.
Un grupo, conservado en el Museo de Burgos, similar a los frisos exteriores, posee un escaso grosor como si correspondiera a un distinto aparejo de chapado (Camps 1963: fi gs.
Es de señalar que ni en La Nave ni en Quintanilla se conservan indicios de canceles, al contrario de lo que ocurre en las iglesias anteriores.
No se han descubierto restos de placas o largueros decorados y tampoco hay huellas en las paredes que correspondieran a su sujeción.
Los sistemas litúrgicos se han sustituido en La Nave por un muro de cierre con ventanas y en Quintanilla por un muro cerrado con puertas, que cortan o difi cultan el acceso y la visión desde las naves y las habitaciones laterales del aula al "transepto".
Una solución estructural parecida ya se había adoptado en El Trampal donde, sin embargo, se mantenían los canceles.
Se puede suponer este un indicio diferencial y un alejamiento de la tradición hispana tardoantigua de estas iglesias con respecto a las que aún presentan decoración litúrgica.
Ello no obsta para que mantuvieran altares de forma tradicional, con decoración similar a la arquitectónica y de fecha post-visigoda (Sastre de Diego 2009).
El análisis arqueológico de este grupo homogéneo de edifi cios de la alta Edad Media diferencia distintos modos de producción constructiva y decorativa.
Estos modos permiten proponer un orden secuencial, de carácter tipológico, con cierto valor cronológico.
Pero de él no se deben deducir unas relaciones lineales entre los modos diferenciados; hay que aceptar la existencia de relaciones intermedias, desconocidas para nosotros, que difi cultan comprender la verdadera 9 Uno de los cimacios fue robado en agosto de 2005. situación temporal y relacional entre sí de los talleres productivos a que pertenecen estos modos, por más que las conclusiones obtenidas faciliten plantear el establecimiento de esas relaciones y su cronología.
Esta situación solo se puede superar si se continúa el análisis sistemático del territorio construido altomedieval, siguiendo el ejemplo efectuado en Álava por Sánchez Zufi aurre (2007).
Mientras, se puede completar nuestro análisis con otros edifi cios del mismo o de distintos grupos.
Con respecto a la toma de decisión sobre la utilización de material, nuevo, procedente de cantera, o reutilizado, de expolio, tuvieron que infl uir, entre otras razones, la capacidad técnica del taller; el conocimiento del yacimiento o la cantera; el grado de facilidad, extracción, acceso y traslado; el tipo, calidad y adecuación del material a la fi nalidad que se pretendía; las existencias que estuvieran a disposición; e incluso la capacidad de almacenamiento del taller que reutiliza.
El esfuerzo técnico diferencial entre la manera nueva o la manera reutilizada no fue la única determinante para que se generalizase una de ellas.
De hecho ambas variantes, coetáneas tanto en construcción como en decoración, se alternaron y ocurrieron, como hemos visto, según fi nes y con variantes diferentes, y según casos, zonas y posiblemente fechas diferentes.
Aunque se trate de una aparente excepción, la producción constructiva de El Trampal supone la alternancia de mampostería (albañil) y sillería (cantero) en un edifi cio abovedado y decorado.
Además, los entornos de estos edifi cios pudieron completar sus conjuntos con edifi cios de mampostería reforzada, como ocurre en Melque con los edifi cios monásticos.
Un sistema de edifi cios, como el llamado asturiano, sincrónico al grupo estudiado, ofrece mayoritariamente aparejo de mampostería reforzada, indicando que, para lograr una referencia adecuada, hay que ampliar el ángulo de visión.
Estos argumentos obligan a no identifi car sillería con abovedamiento ni con decoración.
Emparejarlos conduce a una conclusión falsa.
Por parecida razón también es falso concluir que mampostería y sillería derivan o sencillamente se suceden.
Está demostrado que ambas técnicas son coetáneas.
De hecho ambas se necesitan entre sí.
Una de las características generalizadas en el grupo estudiado es la utilización de la regla y el desconocimiento de la escuadra en el corte de la sillería (ausencia de sillería escuadrada), ya sea nueva o reutilizada.
El uso de la regla se produjo entre los siglos VIII al X. El estudio de sus maneras de uso y sus procesos confi rmará si se trata de una incorporación novedosa, como pienso, o una perduración tradicional.
Su fecha fi nal y la sustitución PRODUCCIONES CONSTRUCTIVAS Y DECORATIVAS por el nuevo instrumento de la escuadra se debe situar entre la de construcción de los cuerpos de las iglesias de San Salvador de Valdediós (Asturias) y San Miguel de Escalada (León.
Sillería sin escuadrar) y la de sus pórticos (sillería escuadrada), o entre las dos primeras etapas de San Román de Tobillas (Álava, Tobillas/2, año 939); esto es, dentro del siglo X (Azkarate 1995; Caballero y Utrero 2005: 181 y fi g.
La arquitectura hispánica abovedada de época altomedieval se caracteriza por el uso sistemático de frisos con función arquitectónica y constructiva.
Los frisos presentan esta doble función en impostas de bóvedas; cornisas, rematando los paramentos; arquivoltas, decorando los frentes de los arcos; y en un estadio más avanzado, en frisos independizados de una función constructiva.
Se diferencian de las basílicas hispánicas tardoantiguas, donde solo se utilizan como cimacios de columnas.
Como una variante característica, las impostas soportan las bovedillas en las jambas o alféizares de los vanos arcuados (ventanas, arcos de paso o ábsides), rematando el friso por los paramentos exterior e interior del muro.
La relación entre arquitectura abovedada (no necesariamente de sillería) y frisos decorados conforma un modelo acabado ya en sus primeras manifestaciones que es imposible explicar por una evolución interna sino que necesita la llegada de expertos y modelos foráneos, con prototipos plenamente formados.
Estos modelos constructivo/decorativos necesitan talleres y patronos importados que se requieren mutuamente, inutilizando la búsqueda de precedentes locales (Utrero e.p.).
Estos edifi cios (desde los monasterios pioneros de El Trampal y Melque) ajustaron equipos de construcción y decoración complejos, autónomos y peculiares, introduciendo las novedades del abovedamiento, con una organización espacial acomodada a resistirlo, y de la decoración arquitectónica adecuada.
La multiplicidad de talleres (cantería, albañilería, carpintería, herrería, escultura, marmolería y estuco), con su organización diferenciada y especializada, supone una ruptura con los ambientes técnicos tardoantiguos (salvo en la citada escultura mobiliaria) y una excepción en el ambiente peninsular de su momento, lo que se puede explicar por la llegada de modelos y talleres extranjeros y desarrollados.
La comparación entre los ejemplos analizados y los conocidos de época tardoantigua obliga a aceptar que la utilización del mobiliario litúrgico de los canceles en la producción arquitectónica continúa una tradición formal y técnica que pervive durante la alta Edad Media, a pesar de la nueva organización espacial, con barreras arquitectónicas, que invalidaba su uso.
El Trampal presenta ambos sistemas como indicio de una situación de transición.
Se diferencian dos maneras básicas de producción, estable y ocasional, referidas ya a talleres como a ciclos productivos y tanto a la construcción como a la decoración.
El taller decorativo emeritense que sirve a El Trampal impostas y canceles ofrece los caracteres más claros de la manera estable: taller fi jo; con práctica de trabajo tradicional (excepto en el repertorio decorativo); de producción dispersa por el territorio; y prefabricada, de modo que producción decorativa y puesta en obra son independientes.
La obra constructiva del grupo riojano-alavés, de sillería reutilizada y bóvedas baídas de toba es un ejemplo de talleres (ciclo productivo) estables, aunque para la construcción este concepto se refi era a cierta homogeneidad de sus caracteres y de su distribución territorial.
Los talleres ocasionales se caracterizan por no tener referencias similares fuera de cada caso concreto.
Entre ambas categorías extremas hay que distinguir variantes intermedias.
Los talleres constructivos y los decorativos son básicamente independientes entre sí; cada uno realiza labores defi nidas y diferentes.
Pero necesitan establecer unas normas de relación entre ellos que oscilan entre la asociación, estrecha pero temporal; la colaboración, manteniendo la independencia; y la coordinación, de consistencia y duración variable.
Estas diferencias permiten plantear modos diferentes de relación entre construcción y decoración.
En un resumen necesitado de matizaciones serían el de asociación en Melque, entre canteros y estucadores; de colaboración entre constructores y marmolistas en El Trampal, Melque y Baños; de coordinación y colaboración entre constructores y escultores en La Nave y Quintanilla.
Una visión simple puede concluir que los medios (entendidos en sentido amplio: instrumentos, formación, circunstancias culturales, económicas y sociales) empleados por estas producciones son básicos y escasos.
Los actores no son expertos; los conocimientos técnicos son insufi cientes; no existen cadenas de formación consolidadas; y el entorno social de fi nanciadores, centros y productores se encuentra en una transformación profunda.
Todo ello restaría a los artesanos capacidad para ser propietarios de medios, administrar recursos y poseer un estatus que les hiciera visibles a través de las obras que por ello aparecen dispersas y aisladas.
Esta percepción es aparente.
Las obras demuestran los conocimientos previos, las evidentes capacidades y el provecho que obtienen los productores de los medios a su alcance, sin restricciones, y los más avanzados de su momento.
Aunque predominan las obras aisladas, se distinguen grupos de arquitectura y escultura con caracteres técnicos y formales similares.
No debe engañar la aparente situación de escasez, dado que los resultados obtenidos por estos talleres, técnica, formal, utilitaria y estéticamente, son ingeniosos, de alta calidad y denotan la inteligencia de sus actores.
Los talleres se ajustan a una economía de producción; es el acto de producir lo que administran y acomodan a los medios que tienen a su disposición, a las necesidades que les vienen impuestas y a las difi cultades que no pueden superar.
El juicio de Utrero cuando considera "la combinación de piezas reutilizadas y nuevas" resultado "de una economía de esfuerzos" (o de producción, como aquí la denomino) y no "de un contexto económico y productivo precario", es extrapolable a todo el proceso de producción constructivo y decorativo (Utrero e.p.: n.
Escultura decorativa de El Trampal, cimacios e im- postas largueros.
Imposta y pilastrilla apare- cidas en el monasterio, ara de altar, tondo del monasterio, placas y larguero de canceles.
Placas de cancel aparecidas en excavación. |
En este artículo se presentan los resultados de los estudios isotópicos realizados sobre los restos antropológicos recuperados en la intervención arqueológica de carácter preventivo realizada en el yacimiento altomedieval de San Martín de Dulantzi (Alegría-Dulantzi, Álava) por parte de la empresa Iterbide.
El hallazgo de una serie de tumbas fechadas en los siglos VI y VII en el interior de una iglesia, algunas de las cuales dotadas de objetos de adorno personal, ha permitido analizar en términos críticos el estatus, los patrones alimentarios y la movilidad de estos individuos a partir del análisis de los isotopos y de los rituales funerarios.
Más concretamente se ha podido observar que se trata de una sociedad local, con una escasa incidencia de inmigrantes, y que los objetos de adorno personal constituyen un marcador de estatus social en el seno de una comunidad que presenta niveles de vida homogéneos.
Asimismo se discuten estos resultados en relación con otras fases de ocupación del yacimiento y en el contexto de otros estudios realizados en varios yacimientos europeos coetáneos.
Un lector atento de los trabajos realizados en los últimos veinte años sobre las prácticas funerarias de los primeros siglos de la Alta Edad Media tendrá que constatar que, a pesar de tratarse de una temática tradicional sobre la que se ha fundado la Arqueología Medieval, su estudio ha conocido una notable renovación.
Una vez superados los presupuestos del historicismo cultural -que identifi caban a los pueblos como sujetos históricos, a determinados objetos 1 Trabajo realizado en el marco del proyecto de investigación "Desigualdad en los paisajes medievales del norte peninsular", HUM2012-32514, de la actividad del "Grupo de Investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales / Ondare eta Kultur Paisaietan Ikerketa Taldea" (IT315-10) fi nanciado por el Gobierno Vasco y de la UFI 11/02 "Historia, Pensamiento y Cultura Material".
Las observaciones de Carmine Lubritto, Luis Ángel Ortega, Maite Iris García, Alfonso Vigil-Escalera Guirado y los evaluadores anónimos han mejorado notablemente el texto y a ellos va nuestro agradecimiento Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 215-232 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.012 como marcadores étnicos y a la migración como el principal motor del cambio histórico-el empuje del procesualismo y, sobre todo, del posprocesualismo ha sustituido el paradigma de la etnicidad por el de la identidad, especialmente en el ámbito anglosajón y de habla germana2.
El estudio de los procesos de etnogénesis, las aportaciones de la antropología a la hora de explicar la noción de identidad en términos situacionales y la crítica de las fuentes textuales ha llevado a cuestionar el signifi cado atribuido de forma previa a los rituales y a las prácticas funerarias altomedievales poniendo el acento sobre los procesos de construcción de identidades e interpretando los cementerios en términos de escenarios de competitividad social (Halsall 2009).
La creación de este nuevo paradigma se sitúa en el contexto de una profunda renovación de los estudios sobre el período comprendido entre el fi nal del mundo romano y el inicio de la Edad Media, analizados desde hace unos años más en términos de transformación que de fractura a raíz de proyectos tan infl uyentes como The transformation of the Roman World (Pöhl 1998a).
De hecho, algunos autores han llegado a relativizar (y en los casos más extremos a cuestionar) la importancia misma de las invasiones germánicas, consideradas con anterioridad como un verdadero motor histórico (Brather 2002; Halsall 2007).
Y aunque la réplica a las posiciones de los autores negacionistas ha sido muy contundente e incluso visceral (p. ej. Ward Perkins 2005; Valenti 2009), son muchos los especialistas que defi enden en la actualidad la necesidad de analizar el signifi cado de la etnicidad altomedieval en el marco de los procesos de construcción de las identidades sociales y las estructuras políticas postimperiales (Curta 2007).
Los estudios más detallados y exhaustivos, como los realizados por S. Hackenbeck en Baviera, han mostrado la multiplicidad de signifi cados contextuales que han tenido los rituales y los objetos hallados en las tumbas, cuestionando defi nitivamente la lectura étnica clásica (Hackenbeck 2007(Hackenbeck: 25-26, 2011)).
Estas controversias están permitiendo, por lo tanto, repensar en términos teóricos los procesos de construcción del registro material y en términos críticos, los apriorismos con los cuáles se ha estudiado la Alta Edad Media y el fi n del mundo romano.
De forma paralela el extraordinario desarrollo que ha conocido la arqueología preventiva en los últimos dos decenios en varios sectores europeos ha permitido contar con nuevos conjuntos funerarios de los siglos V-VIII que han sido analizados con protocolos e instrumentos analíticos muy rigurosos e innovadores.
En particular las aportaciones de la arqueobiología, la osteoarqueología, la arqueología molecular y la arqueología isotópica están siendo fundamentales para llevar a cabo un salto cualitativo signifi cativo en el estudio de estos documentos arqueológicos.
Y aunque aún carecemos de nuevas síntesis territoriales de un cierto alcance, en los últimos años se están densifi cando este tipo de estudios realizados tanto en los nuevos yacimientos excavados en estos años como en el análisis de intervenciones más antiguas (p. ej. Carver 2009).
Este cuadro expuesto de forma extremadamente sintético contrasta notablemente con el estado de los estudios en la Península Ibérica.
A pesar de que la investigación arqueológica de las sociedades altomedievales ha conocido un evidente salto cualitativo y un acentuado proceso de internacionalización en los últimos años, el eco de estas aportaciones en nuestro país aún ha sido muy parcial.
En buena medida son tres las causas que podrían explicar esta asimetría.
En primer lugar los importantes resultados proporcionados por la arqueología preventiva aún no han sido explotados en toda su potencialidad para llevar a cabo un reexamen de las sociedades altomedievales desde el punto de vista de los registros funerarios.
En los últimos años se ha invertido un enorme esfuerzo en sistematizar y "dar sentido" a nuevos registros, como es el caso de los lugares habitados hallados principalmente en los suburbios de ciudades como Madrid o Barcelona (Vigil-Escalera 2007; Roig 2009).
La inexistencia de una trayectoria de estudios previos dedicados a esta temática ha favorecido, indudablemente, la construcción crítica de estos registros sin que fuese necesario confrontarse con consistentes paradigmas historiográfi cos. En cambio, son numerosos los hallazgos de cementerios que han sido simplemente clasifi cados bajo el epígrafe de 'necrópolis visigodas' ajustándose a los paradigmas dominantes.
En realidad hay sufi cientes elementos como para pensar que los nuevos hallazgos producidos en el interior peninsular o en Cataluña desbordan notablemente estas categorías y cuestionan los paradigmas interpretativos al uso.
Los abundantes enterramientos realizados en el interior de los silos (Roig y Coll 2011), la existencia de grupos de tumbas distribuidas en el tejido de los asentamientos rurales y la misma variabilidad y complejidad que muestran las necrópolis comunitarias constituyen un registro IDENTIDADES Y AJUARES EN LAS NECRÓPOLIS ALTOMEDIEVALES muy articulado que lleva a cuestionar, entre otros aspectos, las nociones de 'necrópolis' y 'necrópolis visigodas' (Quirós Castillo y Vigil-Escalera 2011).
Y aunque la mayor parte de las intervenciones aún permanecen inéditas, es indudable que en los próximos años esta temática conocerá un notable desarrollo [URL].
En segundo lugar las aportaciones realizadas por los estudios osteoarqueológicos de los cementerios altomedievales excavados en la Península Ibérica son aún más bien modestas y episódicas.
Es cierto que suele ser frecuente la realización de informes técnicos en el marco de proyectos de carácter preventivo o como resultado de la revisión de intervenciones arqueológicas antiguas, aunque normalmente se trata de estudios puntuales que en pocas ocasiones se llegan a editar.
Asimismo se han realizado algunos trabajos pioneros sobre los marcadores genéticos de yacimientos como Aldaieta (Alzualde et alii 2006(Alzualde et alii, 2007) ) o en varios conjuntos madrileños (Fernández Domínguez et alii 2009a;2009b), pero estamos aún lejos de contar con proyectos de una cierta entidad y de una masa crítica de datos sufi ciente como para realizar síntesis de cierto calado.
Del mismo modo son prácticamente inexistentes los estudios isotópicos de poblaciones altomedievales en nuestro país3.
En defi nitiva, queda aún mucho camino por recorrer para poder construir registros funerarios de calidad que permitan integrar los análisis formales con los osteoarqueológicos.
Pero sin ninguna duda, es el campo teórico donde es más acuciante la necesidad de una profunda renovación de los estudios sobre la arqueología funeraria peninsular, ya que estamos convencidos de que una nueva mirada sobre estos registros movilizaría otros recursos y metodologías.
Esta inquietud ha sido ya manifestada por varios autores, y en particular por A. Azkarate en un trabajo crítico publicado hace unos años (2002)4.
No obstante, incluso en publicaciones recientes el paradigma culturalista sigue siendo dominante (Morín y Barroso 2008), de tal forma que las 'necrópolis visigodas' siguen siendo interpretadas como necrópolis de los visigodos en términos normativistas.
Teniendo en cuenta estos antecedentes, sería necesario aprovechar las ocasiones que brinda la arqueología preventiva a la hora de proporcionar nuevos registros para avanzar en estas líneas de trabajo y repensar el signifi cado de los espacios funerarios altomedievales desde la óptica que nos proporciona las nuevas aportaciones producidas en el campo de la arqueología de los espacios rurales.
En este trabajo se presentan los resultados del primer estudio realizado en España de un espacio funerario de los siglos VI-X combinando el análisis de los isótopos ligeros y pesados, lo que permite realizar una serie de inferencias sobre los habitantes del yacimiento de San Martín de Dulantzi (Alegría-Dulantzi, Álava).
El empleo de estas técnicas analíticas cuenta ya con una cierta tradición en el estudio de los cementerios altomedievales europeos, y son muchos los autores que consideran que su aportación es y será fundamental para analizar con mayor rigor estos siglos (Härke 2007: 16; Hedges 2011).
Este trabajo se articula en cuatro partes principales.
En primer lugar se presenta el registro arqueológico de Dulantzi; en segundo lugar se exponen los métodos analíticos y los resultados obtenidos en el estudio de los marcadores isotópicos; a continuación se analizan las consecuencias de estos registros y se concluye realizando una valoración global.
EL YACIMIENTO DE SAN MARTÍN DE DULANTZI
Durante los años 2009 y 2010 se ha llevado a cabo una intervención arqueológica preventiva en el barrio de Dulantzi de la villa de Alegría-Dultanzi (Álava) como consecuencia de la reurbanización de la zona (Fig. 1).
La villa de Alegría fue fundada por iniciativa de Alfonso XI en el año 1337 sobre la aldea de Dulantzi (Fig. 2), documentada desde el siglo XI y situada en proximidad de la sede de Tullonium, una de las localidades de los Várdulos mencionada por Ptolomeo y nuevamente citada en el itinerario Antonino (Gurruchaga 1951).
La intervención, que ha afectado una extensión de unos 800 m 2, ha permitido recuperar una compleja secuencia ocupacional que arranca en la prehistoria y llega Figura 2.
Vista aérea de la villa de Alegría-Dulantzi (Álava).
El carácter urbano del lugar ha condicionado la naturaleza de los depósitos arqueológicos así como la estrategia de la intervención y el carácter fragmentario de los contextos recuperados, de la misma manera que el carácter preventivo de la excavación ha determinado los plazos de ejecución (Fig. 3).
Más concretamente se han reconocido ocho fases de ocupación 5 (fase 1: ocupación doméstica de la edad del bronce; fase 2: ocupación doméstica al-toimperial seguida por una reestructuración a partir del siglo III carente de estructuras de habitación; fase 3: ocupación de carácter funerario del siglo Vprimera mitad del VI; fase 4: construcción de un edifi cio religioso y de un cementerio fechables en la segunda mitad del siglo VI y el siglo VII; fase 5: densifi cación del asentamiento y formación de un amplio cementerio entre fi nales del siglo VII y el siglo IX; fase 6: transformación de la iglesia y del área funeraria en los siglos X-XII; fase 7: edifi cación de la nueva iglesia de San Martín, siglos XII-XIV; fase 8: transformaciones recientes, siglos XV-XXI), aunque nuestra atención se centrará en esta ocasión únicamente en las fases 4 y 5.
Se puede atribuir a la fase 4a la construcción de un edifi cio de planta basilical conservado únicamente en sus cimientos o con pocas hiladas realizado en un espacio dedicado con anterioridad a un uso funerario y que ha podido ser excavado únicamente de forma parcial (Fig. 4).
El edifi cio ha sido fechado en un momento indeterminado del siglo VI a partir de la datación radiocarbónica de los restos humanos hallados en una tumba femenina ubicada en el ábside y construida en el momento de la fundación del templo con muros de mampostería y un revestimiento de un enfoscado Figura 3.
Fotografías generales de la excavación (1.
El ábside con la "tumba fundacional"; 2. "tumba fundacional"; 3.
Pila identifi cada como baptisterio).
Vista general del aula de la iglesia hallada en Dulantzi (Álava).
La construcción, realizada con mampuestos y con materiales romanos reutilizados, presenta un ábside semicircular inscrito en un rectángulo con una cámara rectangular contigua7, un aula rectangular de al menos 10 x 5 metros presumiblemente dividida en tres naves, y un cuerpo de 4 x 3,5 metros situado al SO dotado de una pila con dos escalones revestida en su interior por un enfoscado rosáceo similar al hallado en la tumba fundacional (Fig. 6).
En términos funcionales este edifi cio ha sido interpretado como una iglesia teniendo en cuenta su morfología y orientación, el hallazgo en el centro del ábside de un fragmento de estela funeraria reutilizada como tenante de altar conservada in situ, la presencia en los niveles de amortización de restos arquitectónicos de celosías, cornisas, tambor de columna, etc., y por último, la identifi cación de una sala dotada de una pila central como un baptisterio de inmersión (Loza y Niso 2012).
Si se admite esta interpretación, se trataría de un edifi cio singular en el panorama de la arquitectura Figura 5.
monumental del norte peninsular, puesto que presenta notables similitudes con otras construcciones realizadas en sectores mediterráneos o en el interior peninsular (Godoy Fernández 1995; Utrero Agudo 2006; Ripoll et alii 2012).
En cualquier caso, su cronología es coherente con las dataciones propuestas para la difusión de las iglesias rurales en Hispania (Chavarría Arnau 2006).
En el interior del edifi cio y en su proximidad se han hallado un número mínimo de diecinueve tumbas (Fig. 7), la mayor parte de las cuáles se localizaba en el aula del templo o en la cámara contigua al ábside, respetándose el ábside y el baptisterio (fase 4b).
Todos los individuos han sido enterrados con una orientación E-O, siguiendo la alineación del edifi cio eclesiástico, y se ha reconocido la existencia tanto de sepulturas múltiples como individuales.
Salvo en un caso concreto (215), las tumbas no se reutilizaron, lo que podría indicar una pérdida de la identidad espacial que en cambio se observa en otras 'necrópolis visigodas' coetáneas (Ripoll López 1994) donde la reutilización de las tumbas es bastante común (Contreras 2006).
El hallazgo de numerosos clavos en todas las tumbas de este período testimonia que los enterramientos de esta fase fueron realizados con ataúdes de madera, al igual que en el cercano yacimiento de Aldaieta Figura 6.
Vista general de la excavación y en primer plano la pila identifi cada como baptisterio.
Planta con los enterramientos atribuidos a la fase 4.
Además, en nueve de estas tumbas se han hallado ajuares que comprenden objetos de adorno personal, armas y otros materiales de prestigio (Fig. 8).
El número de objetos o de tumbas con este tipo de depósitos pudo ser mayor, puesto que algunos de estos enterramientos se han visto parcialmente destruidos por los silos que fueron abiertos en el interior del templo durante la fase 6, aunque también tenemos la certeza de que algunos de estos individuos carecían de cualquier tipo de material.
Salvo en un caso (190 con vasija), todos los individuos dotados de este tipo de objetos son hombres adultos, y al igual que en el cercano yacimiento de Aldaieta, la composición de estos ajuares es muy heterogénea, puesto que se combinan las armas, objetos de adorno personal, elementos de prestigio como cuencos de vidrio o de bronce, un cubo y otro tipo de elementos como son dos cucharillas metálicas o piezas cerámicas (Fig. 9).
Destacan, en particular, los materiales localizados en una de las tumbas más antiguas halladas en el aula (212) así como otras tumbas atribuibles probablemente al siglo siguiente (187,215).
Estos materiales presentan grandes analogías con los hallados en Aldaieta, de tal forma que en el catálogo de materiales de este yacimiento se encuentran paralelos prácticamente para todas las piezas de Dulantzi (Azkarate 1999).
Para datar estos enterramientos se ha asumido la cronología propuesta para el cementerio de Aldaietasegunda mitad del siglo VI hasta inicios del VIII-debido a las analogías existentes entre los materiales de ambos yacimientos, que son compatibles con las dataciones radiocarbónicas realizadas sobre los restos humanos.
Por último hay que señalar que el edifi cio no estaba aislado.
En su exterior se han hallado varios rebajes, estructuras negativas y agujeros de poste fechables entre los siglos VI y VIII que podrían quizás indicar la existencia de algunas estructuras domésticas próximas Figura 8.
Listado de armas y objetos de adorno personal hallados en las tumbas atribuidas a la fase 4.
El arranque de la fase 5 se puede situar entre mediados del siglo VII e inicios del siglo VIII, cuando tuvo lugar una profunda transformación del yacimiento (Fig. 10).
A partir de este momento se produjo una densificación de la ocupación, fenómeno que ha sido documentado en varios yacimientos del País Vasco, como Zaballa, Zornoztegi y quizás Gasteiz, cuyo efecto más signifi cativo en este caso ha sido la ocupación de un amplio espacio con fi nes funerarios en el exterior de la iglesia.
Planta del yacimiento de Dulantzi durante la fase 5. tumbas, distribuidas por una amplia extensión que puede ser estimada en unos 1.400 m 2.
A diferencia de la fase anterior, la iglesia no constituye el eje en torno al cual se articula el espacio funerario, puesto que las tumbas se disponen cubriendo un amplio espacio y su orientación -tendencialmente E-O-tampoco está alineada perfectamente con el eje del templo.
Las tumbas no se cortan entre sí, lo que da a entender que la comunidad residente conservaba la memoria física del lugar de deposición de los ascendientes y que, quizás, estaban señaladas.
La mayoría de las tumbas han sido excavadas directamente en el sustrato aunque en una veintena de casos han sido delimitadas por muretes y cubiertas por grandes losas.
Todas las tumbas de esta fase carecen de ajuares u otro tipo de depósitos, así como de clavos de ataúdes.
Se trata por lo tanto de un cementerio que presenta muchas similitudes con el del cercano yacimiento de Aistra (Zalduondo, Álava), situado a unos 15 km hacia el NE en línea recta y fechado en los siglos VIII y IX (Mendizabal Gorostizu-Orkaiztegi 2011).
También en este lugar se ha hallado un amplio número de tumbas que se distribuyen cubriendo una amplia extensión, sin que se corten entre sí, y las tipologías constructivas son similares a las de Dultanzi (predominio de tumbas excavadas en fosa simple, tumbas de muretes y otras variantes menores).
No se han podido atribuir a esta fase actividades constructivas realizadas en el templo, aunque sí se han hallado en su proximidad restos de construcciones de carácter doméstico que, con posterioridad, han sido amortizadas por la ampliación del cementerio.
Se podría sugerir que, al igual que en Aistra en estos siglos, se creó una fuerte división funcional entre el sector funerario y el residencial.
Por último hay que señalar que en la fase 6, fechable entre los siglos X y XII, se abrieron en el interior de la iglesia un amplio número de grandes silos que cortaron los depósitos anteriores, seccionando algunas de las tumbas atribuidas al período 4b.
La disposición de estos silos permite inferir que el edifi cio seguía aún en alzado, aunque resulta mucho más complejo determinar si seguía teniendo o no un uso cultual.
En síntesis, en un momento indeterminado del siglo VI se fundó una construcción de carácter monumental que ha sido interpretada como iglesia, amortizando un espacio anteriormente empleado con fi nes funerarios y domésticos, quizás en la periferia de una ocupación tardorromana.
La iglesia, que no estaba aislada puesto que en su proximidad se han hallado algunos espacios domésticos, formaba parte de un establecimiento difícil de caracterizar debido a la limitada extensión de la intervención realizada.
Sin embargo, su proximidad a los hallazgos de San Pelayo (colina situada a unos 700 m al NO de Dulantzi en la que se han hallado conjuntos funerarios de este mismo período, Iriarte Kortázar 1998; Azkarate 2005), podría llevar a pensar que o bien Dulantzi y San Pelayo formaban parte de un único gran yacimiento, o bien que eran establecimientos de dimensiones reducidas entre sí.
Lo que sí parece claro es que la iglesia de Dulantzi se convirtió entre fi nales del VI y todo el siglo VII en un lugar donde se enterró un colectivo diferenciado internamente, tal y como muestra el uso o la ausencia de ajuares y depósitos de variada naturaleza en el interior de las tumbas.
Podría tratarse, por lo tanto, de una iglesia privada relacionada con la presencia de élites locales, tal y como se observa en otros territorios próximos (Chavarría Arnau 2009: 167-169).
Hacia inicios del siglo VIII se formó en torno a la iglesia un asentamiento probablemente más denso y de mayores dimensiones.
Y aunque no se han hallado más que un número reducido de estructuras de habitación, la densidad de las tumbas halladas en relación con el espacio excavado es un indicio que permite inferir que el yacimiento tenía entonces una mayor entidad.
Quizás lo más sorprendente es que la iglesia (¿también sus propietarios?) ha perdido la centralidad que tenía en la fase anterior.
El estudio de los marcadores isotópicos se emplean en arqueología desde hace decenios, sustancialmente con el fi n de determinar el paleoclima, la dieta o la movilidad de las poblaciones antiguas (DeNiro 1987; Pollard y Heron 2008; Malainey 2010).
En el caso del yacimiento de Dulantzi se han analizado los isótopos de nitrógeno y de carbono de 65 individuos para estudiar su dieta, y en 32 esqueletos los de estroncio para determinar si su origen era local o si, en cambio, se trataba de inmigrados8.
Se presentarán a continuación los resultados de estos estudios de forma separada, haciendo una breve referencia a los principios analíticos.
LA PALEODIETA DE LOS HABITANTES DE DULANTZI
El principio sobre el que se basa el análisis de la paleodieta es que los isótopos de carbono y nitrógeno IDENTIDADES Y AJUARES EN LAS NECRÓPOLIS ALTOMEDIEVALES son asimilados por los humanos mediante la alimentación, de tal forma que la medida de las relaciones isotópicas de los restos antropológicos recuperados en las excavaciones proporciona informaciones sobre su dieta (Schwarcz 1991; Ambrose 1993; Sealy 2001).
A través del estudio del colágeno presente en los huesos es posible determinar las principales fuentes proteínicas consumidas y determinar los patrones alimentarios a largo plazo.
Las medidas de los isotopos de carbono (expresadas en términos de δ 13 C ‰ puesto que hacen referencia a un estándar) permiten determinar si las proteínas consumidas son de origen marino o terrestre, o si prevalece el consumo de plantas C 3 (mayoritarias en Europa y que incluyen cereales como el trigo o la cebada) frente a las C 4 (de origen tropical y adaptadas a climas templados, que incluyen cereales de ciclo corto) (Schoeninger y De Niro 1984; Heaton 1999).
Asimismo, las medidas de los isótopos de nitrógeno (expresadas igualmente en relación a un estándar, δ 15 N ‰) permiten determinar la proporción de proteínas vegetales consumidas respecto a las de origen animal, o reconocer el consumo de alimentos fl uviales o marinos, constituyendo un indicador de la posición en la cadena trófi ca discriminando entre la dieta herbívora, carnívora u omnívora (Hedges y Reynard 2007).
Por lo tanto, a través de estas medidas es posible determinar el nivel trófi co en el que se encuentran los individuos analizados e identifi car los ecosistemas marinos y terrestres, y dentro de ellos, los herbívoros respecto a los omnívoros o los carnívoros (Schoeninger y De Niro 1984).
Por otro lado, aunque las medidas isotópicas permiten reconocer las principales fuentes proteínicas, no permiten identifi car alimentos concretos, el consumo de los diferentes productos animales (p. ej. diferenciar la leche del queso o de la carne de un herbívoro) ni la dieta en su conjunto (Richards y Hedges 1999).
Teniendo en cuenta estos principios, se han analizado un total de 65 restos humanos, además de 11 huesos de fauna 9.
Los valores medios obtenidos permiten inferir que la dieta de la población altomedieval de Dulantzi se basa en el consumo de recursos C 3, con una aportación en casos puntuales de C 4 (-19,8±1,4 δ 13 C ‰; 9,2±1,2 δ 15 N ‰).
Estos valores, en particular los de nitrógeno, son ligeramente inferiores a los obtenidos en otros cementerios coetáneos anglosajones, Los análisis estadísticos de las medidas de Dulantzi han permitido realizar dos inferencias de gran interés.
En primer lugar, se ha observado que existe una correlación entre las variaciones de los valores de δ 15 N y la distribución cronológica (Mann-Whitney p=0,010).
Dicho de otra forma, los valores obtenidos en el cementerio de la fase 4, pertenecientes a individuos que hemos interpretado como grupos de poder local, son más elevados respecto a los de la fase 5 y son similares a los de la fase 6 (Fig. 11).
Estas variaciones, que no se pueden vincular directamente con un cambio en la fuentes de abastecimiento proteínico (Fig. 12), permiten sugerir que el consumo de proteínas animales fue más elevado en los siglos VI-VII y X-XI que en el VIII-IX.
En segundo lugar, el análisis interno de los individuos atribuidos a la fase 4 ha mostrado que no hay una diferencia entre los patrones alimentarios de los individuos enterrados en el interior de la iglesia con ajuares y aquéllos que carecen de ellos (δ 15 N Mann-Whitney p=0,195, n 15).
Por lo tanto se puede inferir que el empleo de estos objetos en contextos funerarios no implica la existencia patrones alimentarios diferenciados.
MOVILIDAD DE LOS HABITANTES DE DULANTZI
Desde hace unos años varios grupos de investigadores han comenzado a realizar estudios de forma sistemática de los isótopos con el fi n de identifi car en los cementerios altomedievales la presencia de inmigrantes y verifi car la validez de los planteamientos migracionistas, negacionistas o culturalistas a los que nos hemos referido con anterioridad (Brettell et alii 2012).
Aunque son varias las estrategias analíticas empleadas (Malainey 2010) como es el caso del estudio de los isótopos de oxígeno, en este proyecto se ha recurrido a los de estroncio.
Los valores de la relación isotópica de 87 Sr/ 86 Sr en cada región varían en función de la edad y la composición química del sustrato rocoso, de tal forma que estas relaciones isotópicas quedarán registradas en los animales y los humanos que viven en un determinado lugar, puesto que se fi jan en los organismos a partir del consumo de alimentos y de agua.
De esta manera, las personas que han consumido alimentos de un determinado lugar connotado por una determinada composición isotópica tendrán relaciones isotópicas en huesos y dientes propios del lugar donde han vivido.
En cambio, las relaciones isotópicas del esmalte dental que se ha Figura 13.
Variación isotópica de las medidas de huesos, costillas, dentina, esmalte y sedimentos en el que se han identifi cado los dos grupos de inmigrados (Ortega et alii 2013).
IDENTIDADES Y AJUARES EN LAS NECRÓPOLIS ALTOMEDIEVALES analizados son autóctonos, puesto que presentan valores comprendidos dentro del rango de las aguas locales.
En cambio hay otros dos grupos que pueden ser considerados como alóctonos y en los que se incluyen seis individuos: tres de ellos han sido atribuidos a la fase 4b (204, 210 y 211), otro a la fase 4a (la 'tumba fundacional' 181) y dos a la fase 5 (72 y 188).
A partir de estas medidas se pueden realizar toda una serie de inferencias.
En primer lugar, no hay correspondencia entre el ritual funerario (uso / ausencia de ajuares) y la procedencia de los individuos.
De hecho, solamente uno de los emigrantes (204) cuenta con ajuares, mientras que los otros dos alóctonos de la misma fase (fase 4b) carecen de ellos (fi g.
En segundo lugar, la distribución de estos valores a lo largo del tiempo y su incidencia estadística permite pensar que la movilidad de personas de distinto sexo en la alta edad media no era infrecuente, aunque no ha sido un fenómeno cuantitativamente signifi cativo ni es un rasgo específi co de los siglos VI y VII: de los 19 individuos atribuidos a la fase 4b, solamente 3 (16 %) son alóctonos.
En tercer lugar resulta aún difícil determinar la procedencia de estos dos grupos de alóctonos, aunque las medidas isotópicas son compatibles entre otros con los valores obtenidos en el agua de varios cursos fl uviales de la Galia (Ortega et alii 2013).
En cuarto y último lugar resulta muy interesante constatar que la mujer hallada en la 'tumba fundacional' de la fase 4a (tumba 181) no es de origen local, lo que abre toda una serie de posibilidades a la hora de interpretar cómo tuvo lugar el proceso de fundación de la iglesia hallada en Dulantzi.
DISCUSIÓN DE LOS RESULTADOS
La interpretación de los resultados obtenidos en el yacimiento de San Martín de Dulantzi se ve difi cultada por el hecho de que aún no contamos con otros trabajos que hayan estudiado los mismos registros en otros lugares próximos con los que establecer una comparación, aunque son varios los contextos europeos con los que existen algunas analogías.
Los análisis realizados sobre los isótopos de estroncio han permitido concluir que la muestra analizada de Dulantzi es una sociedad local, de tal forma que el uso de ajuares y depósitos que presentan analogías con otros contextos funerarios al norte de los Pirineos (Azkarate 1999) no son marcadores que permitan identifi car a inmigrantes.
Se trata de una conclusión que no resulta sorprendente si se toman en consideración otros estudios si-milares realizados en varios contextos europeos que muestran que no existe una correlación directa entre el uso de ajuares atribuibles a 'culturas' u 'horizontes' arqueológicos lejanos y el reconocimiento de inmigrantes o la identifi cación étnica de un determinado grupo.
Revisten un particular interés aquellos trabajos que han podido confrontar las pautas de movilidad a través de los marcadores isotópicos de oxígeno y estroncio con las atribuciones culturalistas realizadas a partir de los ajuares y los objetos hallados en las tumbas.
Son muy numerosos los casos en los que, reconociendo con certeza la existencia de inmigrantes a partir de los marcadores isotópicos, hay una clara contradicción entre los orígenes propuestos por los estudiosos de los objetos y los marcadores isotópicos.
Entre los varios ejemplos se puede mencionar el estudio sobre los cuarenta individuos procedentes del cementerio tardorromano de Lankhills School en Winchester, donde se pudo identifi car la existencia de individuos procedentes del área húngara y del Mediterráneo, aunque no hay una correspondencia entre su origen y la proveniencia de los objetos, de tal forma que los autores de este estudio han concluido que "in many cases burial practice was dictated by factors other than 'ethnicity' or place of origin, such as kinship, marriage or cultural and political preferences" (Eckardt et alii 2009(Eckardt et alii: 2824)).
Igualmente en el estudio de los cementerios bávaros de Altenerding y Strubung-Bajuwarenstrasse se pudo constatar que los marcadores isotópicos permitían identifi car con claridad un amplio número de inmigrantes, especialmente mujeres.
No obstante, las mujeres que presentaban cráneos modificados siguiendo un ritual tradicionalmente atribuido a los alóctonos eran de origen local y no se detectó una correlación estadística signifi cativa entre la presencia, cantidad y riqueza de los ajuares y el origen de los inmigrantes (Hakenbeck et alii 2010: 241-245).
Asimismo en el yacimiento anglosajón de West Heslerton se ha podido constatar que había enterramientos con armas tanto en individuos locales como inmigrantes y que no había una correlación entre el empleo de los objetos funerarios y los patrones de movilidad detectados (Montgomery et alii 2006: 133-134).
Aunque el estudio isotópico realizado sobre el cementerio de Dulantzi es aún un caso aislado, sus resultados se pueden confrontar con otros marcadores.
En el ya mencionado yacimiento de Aldaieta (Azkarate 1999), fechado entre mediados del siglo VI y e inicios del siglo VIII, se ha llevado a cabo uno de los primeros análisis paleogenéticos sistemáticos sobre poblaciones altomedievales de toda la Península.
Los estudios realizados sobre el ADN mitocondrial y los cromosomas Y de un total de 65 de los 105 individuos recuperados han permitido identifi car la existencia de grupos familiares de un asentamiento estable formado sustancialmente por individuos locales, sin que se haya podido determinar con total seguridad la existencia de inmigrantes (Alzualde et alii 2006: 401).
Se ha podido inferir, además, que se trata de una comunidad internamente jerarquizada o estratifi cada en la que el estatus social se transmitiría entre los miembros de la misma familia (Alzualde et alii 2007: 162) En defi nitiva, aunque hay que ser aún muy cautos, puesto que todavía contamos con una masa crítica de análisis más bien reducida, todos los estudios disponibles permiten concluir de forma provisional que la lectura normativa y etnicista no puede ser aplicada en el caso de Dulantzi.
Siempre se podría argumentar que únicamente se han estudiado descendientes de migrantes que han crecido in loco, pero los estudios genéticos realizados en Aldaieta van en contra de esta interpretación.
En cualquier caso, es muy signifi cativo señalar que, durante más de un siglo tras la supuesta migración, una parte de estos individuos continuaba construyendo su identidad a través del empleo de armas, objetos de adorno personal y otros materiales para los que se podría sugerir una proveniencia al norte de los Pirineos.
En defi nitiva, parece que el empleo de estos materiales forma parte de una estrategia de visibilidad de la jerarquía interna de una comunidad local que se entierra en el interior o en proximidad de uno de los pocos edifi cios de culto conocidos hasta el momento en esta zona, formando parte de una verdadera estrategia de distinción, por utilizar la feliz expresión de Walter Pöhl (Pöhl 1998a).
La interpretación de los patrones alimentarios reconocidos a través de los isótopos ligeros de nitrógeno y carbono plantea igualmente escenarios interpretativos de gran interés.
Los resultados analíticos muestran que no hay una diferencia de los patrones alimentarios de los individuos dotados o carentes de ajuares y otros materiales de carácter funerario.
Esta observación contrasta con otros estudios realizados en varias necrópolis altomedievales europeas, como las de Weingarten (Schutkowski et alii 1999), donde se ha observado una correlación entre la riqueza de los ajuares y los valores de δ 15 N. Asimismo, en el cementerio tardorromano británico de Poundbury Camp hay una correlación directa entre los patrones alimentarios y el enterramiento en mausoleos, ataúdes de plomo y ataúdes de madera (Richards et alii 1998).
Esta constatación nos permite sugerir que la pequeña comunidad enterrada en la iglesia de Dulantzi durante los siglos VI y VII era más homogénea de lo que la composición o incluso la ausencia de ajuares deja entrever, o bien que la jerarquización social no se veía refl ejada en el acceso a los distintos recursos alimenticios.
Aún no contamos con otras medidas isotópicas relativas a enterramientos de estos siglos con los que confrontarnos en el País Vasco y su entorno, pero resulta signifi cativo constatar que en términos diacrónicos sus valores medios de δ 15 N son mucho más elevados que los hallados en otros cementerios vascos de los siglos VIII-XI (Quirós Castillo 2013).
Todos estos argumentos sugerir que estos individuos, o al menos una parte de ellos, formaron parte de una élite local, probablemente fundadora y propietaria de una iglesia privada, que utilizó este templo como lugar privilegiado de enterramiento.
Resulta muy difícil valorar, con los registros disponibles, cuál era la escala a la que operaban estas élites, y de hecho, este es uno de los principales problemas que habrá que abordar en el futuro.
Esta preeminencia social, en cambio, se diluye a partir del siglo VIII cuando se densifi ca la ocupación y desaparecen algunos de los marcadores arqueológicos del período anterior (ausencia de ajuares; valores de 15 N más bajo; pérdida de la centralidad de la iglesia en la ordenación del espacio funerario; recurso a un nuevo ritual funerario que mantiene la memoria espacial de los inhumados) siguiendo un fenómeno ampliamente contrastado en el País Vasco (Quirós Castillo 2011a).
En defi nitiva, ¿qué signifi cado tiene el uso de objetos hallados en las tumbas de Dulantzi?
Cada vez resulta más evidente que el historicismo cultural, que tanta infl uencia ha tenido y sigue teniendo en España, resulta absolutamente inadecuado para explicar muchos yacimientos altomedievales de los siglos VI y VII en la Península (Quirós Castillo y Vigil-Escalera 2011; Quirós Castillo 2011b), e indudablemente el caso de Dulantzi constituye, por si fuese necesario, otra prueba más.
Pero por otro lado, el negacionismo de los procesos migratorios que ha sido denunciado por numerosos autores (Valenti 2009) tampoco parece ser una estrategia muy operativa para explicar estas sociedades.
De momento en Dulantzi, y en general en el País Vasco, no contamos con evidencias de inmigrantes en contextos de los siglos VI y VII (salvo la 'tumba fundacional' 181 y las tumbas 204, 210 y 211), pero es evidente que toda una serie de objetos de este período, presuntamente importados desde el continente mediante sistemas de intercambio -comercial o no-o realizados a escala local, eran signifi cativos a esca-IDENTIDADES Y AJUARES EN LAS NECRÓPOLIS ALTOMEDIEVALES la local y favorecían la construcción de identidades situacionales (Härke 2007).
Pero reconociendo los signifi cantes, no resulta demasiado fácil establecer los signifi cados en términos absolutos y muchas de las propuestas interpretativas realizadas sobre estos cementerios como lugares de confrontación social, coherentes con el contexto histórico, se enfrentan al problema de su difícil validación cayendo en el peligroso campo de la especulación.
En nuestra opinión el uso de estos ajuares en los enterramientos de Dulantzi tiene un carácter de marcador social, pero queda por aclarar por qué algunos individuos carecen de ellos, o por qué otros tienen un mayor número de ellos en una comunidad que mantiene niveles de vida, por usar la expresión de C. Dyer (1991), relativamente homogéneos.
Quizás identifi can líderes locales o grupos familiares que han adquirido una relevancia social en Dulantzi, pero no tenemos marcadores que permitan defi nir grupos aristocráticos.
Los datos de los que disponemos hasta la actualidad sobre la movilidad de las poblaciones de los siglos VI y VII en el País Vasco muestran la preeminencia de comunidades locales en las cuáles el uso de objetos de adorno personal, armas y otros materiales han de leerse sustancialmente en términos de marcadores sociales y no de indicadores de carácter étnico en el seno de comunidades internamente jerarquizadas.
Por otro lado, los patrones alimentarios que se pueden inferir a partir de los estudios isotópicos de los individuos de Dulantzi proporcionan los valores proteínicos más elevados de las poblaciones altomedievales estudiadas hasta el momento en España.
No obstante, conviene ser especialmente cautos a la hora de generalizar estas conclusiones.
Los datos de los que disponemos son aún demasiado escasos y los estudios que se están realizando en los últimos años en varios países europeos muestran una realidad extremadamente compleja que no hacen sino mostrar las enormes limitaciones de los marcos conceptuales que manejamos (Hedges 2011; Brethell et alii 2012).
Los avances que se están produciendo en los últimos años como resultado de la generalización de los estudios genéticos e isotópicos están renovando y van a renovar profun-damente nuestro conocimiento sobre este período.
La reducción de los costes analíticos y la creciente toma de conciencia por parte de los arqueólogos de las informaciones que se pueden obtener a través de estos estudios permiten augurar su generalización en un futuro próximo.
Pero para rentabilizar históricamente estos nuevos registros será preciso desarrollar nuevos modelos arqueológicos interdisciplinares (Härke 2011) y repensar críticamente la noción de etnicidad (Jones 1997; Fernández Götz y Ruiz Zapatero 2011), especialmente en un contexto creativo y fl uido como el actual, marcado por la superación de muchos de los paradigmas posprocesuales que habían sido innovadores e infl uyentes durante los últimos dos decenios (Johnson 2010: 220-223). |
Entre todos los edifi cios que construyeron los musulmanes en la capital de al-Andalus uno de los que más han despertado el interés de la comunidad científi ca y de los propios cordobeses han sido los pasadizos elevados, en árabe sâbâàât, que desde el siglo IX unieron la antigua Mezquita Mayor de la capital con el alcázar andalusí.
Las recientes obras de infraestructura de la c/ Torrijos han sacado a la luz los cimientos de estos sâbâàât sobre los que tanto se ha especulado y que paradójicamente apenas se encontraban a escasos centímetros bajo el adoquinado de la calle actual.
A pesar de lo que se cree popularmente, los sâbâàât fueron los pasadizos utilizados por los emires y los califas cordobeses para acceder desde el alcázar has-ta la cercana mezquita sin salir a la calle (Fig. 1).
Constaban de dos partes: la exterior, que unía ambos edifi cios, se asemejaba a un puente de uno o varios arcos sobre el que se discurría el pasadizo propiamente dicho, sin que el tránsito por la calle se viese interrumpido.
En el interior de la mezquita, el sâbâà permitía al soberano llegar hasta la maqùûra sin ser visto por los fi eles que se encontraban en el interior2.
Al morir el emir'Abd al-Raámân II en el año 852 la primera ampliación de la mezquita prácticamente había concluido, a excepción de algunos detalles que ultimaron sus sucesores.
Entre los años 864-865, Muhammad I construyó la maqùûra y la Puerta de los Visires, hoy conocida como Puerta de San Sebastián, mientras que la construcción de la sala del tesoro o Bayt al-Mâl se atribuye al emir al-Munäir (886-888); más tarde, fue el emir'Abd Allâh (888-912) quien mandó edifi car el pasadizo que unió el alcázar, sede del poder político, y la mezquita aljama de la capital cordobesa (Ocaña 1942;1979: 279-280).
La muerte del emir'Abd al-Raámân II y la conclusión de una de sus obras más importantes pusieron fi n a una etapa próspera económica, política y culturalmente.
Ibn Áayyân (987-1075) en al-Muqtabis explica las razones que llevaron al emir a ordenar su edifi cación:
"Entraba por la puerta del Oeste, la primera entre todas, conocida por 'la Puerta de los Ministros' 3.
Al verlo los fi eles se ponían de pie hasta que entraba en su cámara particular, actitud que disgustaba a los devotos ortodoxos.
Por entonces le escribió el faquí Sa'id ben Jamir, diciéndole:'Os haga Dios un digno y piadoso fi el, Señor Imam.
Los hombres deben ponerse de pie solamente ante Dios, el Creador del mundo; sin embargo, ante ti se levantan apenas te ven llegar.
Tú no deberás aceptar ni dar a tu pueblo más que la verdad; pues solo la verdad te hará llegar a la presencia de Dios.
El poder es patrimonio de Dios, que no tiene igual; y quien se humille a los designios de Dios, Dios lo elevará.
La advertencia es útil a los fi eles, y solo la recuerda el que se arrepiente'.
Desde entonces ordenó el Emir a los que acudían a la ceremonia religiosa, que no se levantaran cuando lo vieran llegar o irse, sino que permanecieran sentados en sus puestos.
Mas la orden del Emir sólo fue aceptada por una minoría.
Entonces mandó construir el corredor subterráneo, conocido por al-Sâbâà, cuya bóveda se veía afl orar por la calle, entre el Palacio del Emir y la Mezquita.
Dicho corredor comunicaba el Efectivamente, el estudio de los fustes y capiteles de acarreo utilizados en la mezquita de'Abd al-Raámân II ha concluido que su distribución en el edifi cio no es arbitraria o casual.
Al contrario, las columnas destacan el recorrido seguido por el emir a lo largo de la nave central, así como los espacios más importantes de la sala de oración: la qibla y la antesala del mihrab (Cressier 1984(Cressier, 1985;;Juez 2003; Peña 2010).
Debemos imaginar cuál sería el impacto causado por la entrada de'Abd Allâh y su séquito en la mezquita, desde la Puerta de los Visires hasta la maqùûra.
La expectación y el revuelo que provocaba entre los fi eles que se encontraban orando solo terminaría con la construcción del sâbâà.
El pasadizo, por tanto, solo pudo ser un añadido al edifi cio original 5.
Hasta ahora diferentes teorías coincidían en señalar que la puerta que unía el pasadizo emiral con la mezquita era la de San Miguel (Fig. 1 y 2).
Las reducidas dimensiones del vano, la decoración de la puerta, pobre en comparación con las restantes entradas de la aljama, y las evidentes reformas que presenta el testero al que se abre refuerzan dicha interpretación.
Lo mismo ocurre con el hecho de que la puerta de San Miguel sea asimétrica al exterior, un ligero descentramiento utilizado para dar acceso directo a uno de los intercolumnios de la sala de oración (cfr.
Diferentes autores han elaborado varias hipótesis sobre el aspecto que pudo presentar notar como partícipe de sus conversaciones y afectos, y se regocijaba en sus sociedades, y oía el dicho del quejoso, sin que nada pudiera ocultársele de cuanto ocurría a las gentes (..) edifi có el cobertizo del alcázar hasta la aljama, para frecuentarla en las azalas, y comunicar la azala de la multitud a un lado del almimbar, ejercitándose con celo hasta que le llamó su señor..."
5 La intervención de'Abd Allâh en el interior de la mezquita se limitó a la construcción del sâbâà.
el pasadizo emiral, la más conocida, la de L. Golvin (1979), por incluir una restitución en alzado de su parte externa (Fig. 3).
En cuanto a su parte interna, L. Torres Balbás, pensó que la conexión del sâbâà con la maqùûra se haría mediante una sitara, es decir, un cerramiento de madera tallada que atravesaría la sala de oración (Torres Balbás 1965: 415-416).
Reconstrucción del alzado del pasadizo de'Abd Allāh según L. Golvin (1979).
Sin embargo, durante nuestra intervención, a la sorprendente ausencia de estructuras de interés arqueológico frente a la Puerta de San Miguel se unió la aparición de una cimentación de gran entidad unos metros al sureste de la ubicación que se presuponía para el sâbâà de'Abd Allâh.
Está, situada junto a la Puerta del Espíritu Santo de la Catedral, consistía en un bloque macizo de grandes tizones de calcarenita (1 x 0,38 x 0,52 m) superpuestos en hiladas de orientación perpendicular unas con otras.
Se documentó en un tramo de 3,25 m de longitud (Noroeste-Sureste), aunque debió ser mayor, pues se prolongaba hacia una zona donde no intervinimos por no estar afectada por la reforma de la calle.
Su anchura mínima era de 1,40 m en sentido Noreste-Suroeste, equivalente a un mínimo de cinco hileras de tizones, y medía 1,50 m de alzado.
Las cimentaciones realizadas exclusivamente con tizones fueron habituales en época islámica: nos remitimos a las excavaciones que han sacado a la luz los cimientos de la ampliación de la mezquita de Almanzor (Marfi l 2003).
Un término comparativo oportuno es la cimentación del alminar que construyó Hiåâm I para la aljama, también emiral, aunque casi un siglo más antiguo que el sâbâà de'Abd Allâh.
F. Hernández apuntó que: "los (sillares) del alminar de Hixam, como destinados a cimientos, se dejaron en bruto para las indispensables creces para la labra, y mientras en las tres hiladas inferiores se colocaron a hueso, en la superior se cogieron con un mortero en que la cal predomina sobre la arena y es de coloración algo agrisada" 6 (Hernández 1975: 131) (Fig. 5).
6 El alminar estaba compuesto por hiladas de sillares cuyas potencias oscilaban entre 0,51 y 0,59 m.
La longitud de los sillares del alminar es de 1,20 m en las hiladas inferiores, tendiendo a aminorar en las más altas donde llega a limitarse a los 1,14 m (Hernández 1975: 131).
Están dispuestos a soga y tizón en proporción 1 -1 casi perfecta en determinados puntos de su alzado (segunda y tercera hilada de sillares del lateral oeste de su cimentación).
No obstante, en su base también existen hileras hechas casi exclusivamente de tizones.
Dicho esto, y sabiendo que la Puerta de San Miguel, a día de hoy, se confi rma como nexo de unión entre el sâbâà de'Abd Allâh y la aljama, nos preguntamos si las cimentaciones halladas por nosotros apenas a un metro de profundidad podrían relacionarse con el pasadizo emiral, ello a pesar de su sorprendente ubicación (Fig. 1).
Dicho edifi cio se halló muy arrasado, a nivel de cimientos; no obstante, los autores mencionados coinciden en que se erigió en dos fases constructivas distintas.
Por una parte se debería considerar una mezquita primitiva de qibla y miërâb únicos, y por otra, un añadido de fecha posterior, esto es, una segunda qibla o trasqibla que guarda notables diferencias constructivas respecto al resto del edifi cio.
Originalmente, el califa y su comitiva accederían a la mezquita de al-Zahrâ' a través de un pasadizo adosado al lado oriental del jardín alto.
Posteriormente, con motivo de la reestructuración del palacio, se construiría la mencionada trasqibla, generándose así un corredor en la parte posterior de la aljama.
Necesariamente hubo Figura 5.
A la izquierda, alzados del alminar mandado construir por Hišām I en la mezquita de Córdoba según F. Hernández (1975: Fig. 26).
A la derecha, una de las torres del alcázar andalusí conservada en el Palacio de Congresos de Córdoba.
Las cimentaciones halladas por nosotros, por su ubicación inesperada, son de difícil interpretación.
Se trata de la única estructura aparecida hasta el momento lo sufi cientemente fuerte como para sostener un recio edifi cio, y desde el punto de vista funcional parece lógico pensar en la existencia de una doble qibla tras la ampliación emiral.
Con todo, plantear la construcción un pasadizo similar al de Madînat al-Zahrâ' en la parte posterior de la mezquita de'Abd al-Raámân II es una hipótesis más que arriesgada: no hemos podido confi rmar si el andén que rodea la mezquita esconde los cimientos de un pilar similar al que hemos encontrado y, aunque el mihrab de 'Abd del sâbâà", "puerta de la mezquita" y "puerta de la justicia" (Torres Balbás 1965: 593; Castelló 1976: 131; Montejo y Garriguet 1998: 305; Montejo et alii 1999: 167; Vallejo 2010: 202, nota 84).
No nos queda, pues, más que revisar el texto del Muqtabis de forma crítica, pues no es lógico describir el sâbâà de Abd-Allâh como un corredor subterráneo.
Solo cabe suponer que cuando Ibn Áayyân redactaba su obra, el pasadizo emiral ya se había derribado, por lo que sus cimientos estarían soterrados bajo el "amplio camino que conducía a la Puerta de la Alcántara" (Puerta del Puente).
El mismo autor escribió que "'Abd-Allâh abrió una puerta en su palacio para comunicar con la mezquita, desde la muralla al Sur, contigua al templo, uniendo a ambos -alcázar y mezquita-con su Sâbâà".
Esta descripción se ajusta a los sâbâàât que estaban en pie en tiempos de Ibn Áayyân (el de al-Zahrâ' y el de al-Áakam II), y el autor la hizo extensible a un edifi cio que se había demolido 20 años antes de su nacimiento.
Ahora bien, de ser así, la Arqueología tiene aún dos tareas pendientes: encontrar los fundamentos del sâbâà emiral más allá de la Puerta de San Miguel e interpretar las gruesas cimentaciones aparecidas en la c/ Torrijos en 2007.
En otro orden de cosas, el Muqtabis indica claramente que las razones para levantar el sâbâà cordobés fueron de índole religiosa.
Sin embargo, el mismo texto añade que'Abd Allâh, al no ser visto cuando acudía a la oración, "evitaba también la permanente vigilancia de su persona durante el trayecto"(vide supra).
Las cuestiones de seguridad fueron esenciales en un reinado turbulento como el suyo: no olvidemos que el emir escuchaba y vigilaba a sus súbditos desde el pasadizo, al parecer, sin ser visto (Vallejo 2010: 202) 12.
Con todo, otros autores piensan que la comunicación física y simbólica entre mezquita y alcázar marcaría aún más el carácter islámico del poder, así como se legitimaba a los Omeyas como soberanos islámicos (Juez 2003: 122 y 183).
F. Valdés apunta que hasta la construcción del sâbâà de'Abd Allâh, el emir quedaba igualado con el resto de sus súbditos en el plano espiritual al realizar con ellos la preceptiva oración de los viernes en la aljama; la separación física del resto de los fi eles constituiría "un paso más hacia la restauración del califato" (Valdés 1988: 566).
La existencia de una conexión física entre el alcázar y la mezquita principal de la ciudad no es exclusiva de Córdoba: en palabras de Torres Balbás el sâbâà construido por'Abd Allâh renovaba una tradición oriental preexistente (Torres Balbás 1957: 415-416), mientras que Félix Hernández veía un claro precedente del pa-11 Véase también la estructura descrita en la p.
EL SÂBÂÀ CALIFAL La ampliación de la aljama de Córdoba hacia el Sureste por parte del califa al-Áakam II (961-976) obligó a que el sâbâà de'Abd Allâh, construido casi un siglo antes, fuese derribado.
Este fue sustituido por un pasadizo de nueva construcción que unió la maqùûra, en su nuevo emplazamiento, con el extremo meridional del alcázar.
Los dos sâbâàât no convivieron en el tiempo sino que se sucedieron a lo largo de los siglos; ambos marcaron la imagen de la ciudad 13 En los orígenes del Islam, la mezquita era escenario de actividades y funciones que posteriormente pasaron a celebrarse en otro tipo de edifi cios (Ettinghausen-Grabar 1987: 43; Epalza 1999: 100).
La proximidad entre el palacio del soberano y las mezquitas principales fue habitual en las medinas islámicas medievales.
Uno de los ejemplos más antiguos lo tenemos en la ciudad de Kufa, donde el Palacio del Gobernador estaba adosado a la cabecera de la mezquita de la capital en una fecha temprana, 670.
También estuvieron próximos el palacio y la mezquita de Damasco, antigua capital de los Omeyas, de cuya aljama principal era un refl ejo la de Córdoba.
De sus cuatro entradas, una a cada lado del edifi cio, la meridional consistía en un triple vano reservado al acceso del califa desde su palacio hasta la nave central del edifi cio (Marçais 1929: 222; Ettinghausen y Grabar 2000: 45; Juez 2003: 183).
La capital abbasí, Bagdad (762), fue concebida en torno a mezquita y palacio, situados en el centro geográfi co de la ciudad, si bien, en ese caso, los dos edifi cios estaban separados por una explanada (Ettinghausen y Grabar 1987: 85).
Juez ha señalado que, en los casos en que el palacio estaba alejado de la aljama, el soberano ordenaba erigir pequeños edifi cios comunicados directamente con el oratorio, caso de las mezquitas egipcias de Ibn Tulun (terminada en 879) y Abu Dulaf (847) (Juez 2006: 122-184).
Acerca de otros precedentes de los pasadizos cordobeses, véase la tesis doctoral recientemente leída por P. Marfi l (2010).
La monumentalidad del pasadizo de al-Áakam II estuvo en parte determinada por su ubicación en un punto donde la calle es mucho más ancha, teniendo la cota de suelo mucho más baja que la de la sala de oración.
Gracias a su solidez permaneció en pie hasta bien entrado el s. XVII, por eso son numerosas las fuentes documentales que lo describen.
M. Nieto, en sus monografías sobre la mezquita-catedral hace una recopilación de todas ellas:
Un primer testimonio directo son los propios mosaicos de las puertas laterales de la ampliación de al-Áakam II: "Ha ordenado al Imam al-Mustansir bi-llah, siervo de Allâh, al-Áakam, Emir de los Creyentes -que Allâh le favorezca-a su liberto y ëâoib aa, far, hijo de'Abd al-Raámân -¡que Allâh tenga piedad de él!-establecer esta comunicación hacia su oratorio (...)" (cfr.
Entre los autores árabes, quien nos da una visión más completa del sâbâà es al-Idrîsî, que en el s. XII describió: "a la derecha del mihrab, entre los dos muros de la Mezquita Alhama, hay una puerta que abre al alcázar por un pasadizo contiguo.
Este pasadizo se halla cerrado con ocho puertas de las cuales cuatro se cierran del lado del alcázar y cuatro del lado de la Mezquita Alhama" (cfr.
También al-Maqqari (1591-1632) recoge un texto de Ibn Said quien, citando a su vez a Ibn Baskuwal (+1183), afi rma: "Ninguna puerta se ve sobre el muro sur salvo una, al interior de la maqùûra, construida sobre la qibla que conduce al sâbâà que enlaza con el 14 L. Golvin recogió el testimonio oral de Rafael Castejón quien, al parecer pudo intuir los pilares del sâbâà califal en el transcurso de unas obras en la c/ Torrijos.
Tal hallazgo no fue motivo de un estudio del monumento y prácticamente pasó desapercibido (Golvin 1979, nota 116).
Por este pasadizo el soberano pasaba desde el alcázar a la mezquita para la oración pública" (cfr.
Cuatro siglos más tarde Ambrosio de Morales (1577) describió un edifi cio especialmente sólido, atravesado de arcos fuertes y espesos cubiertos con bóvedas: "Cada arco vazío estaba entre dos cerrados de pared, con una entrada en medio cerrada de puertas de hierro y bronze.
Así quedan formadas ocho piezas, cada una con un arco por medio, y ventana grande hacia el río que son las ventanas que ya diximos en la descripción desta primera pared" (Morales 1577: 124).
Contamos con documentos gráfi cos que muestran el aspecto del sâbâà en la última etapa de su existencia.
Su puerta central podría ser la que aparece a modo de arco de herradura Figura 7.
Dos vistas de Córdoba desde la orilla izquierda del río.
Abajo, detalle de alcázar, sābāt y Mezquita -Catedral en el grabado de A. de Wyngaerde (1567).
LOS PASADIZOS ELEVADOS ENTRE LA MEZQUITA Y EL ALCÁZAR OMEYA DE CÓRDOBA muy esquematizado inmediatamente a la izquierda de la mezquita, por encima del edifi cio.
El grabado de Antonio Van den Wyngaerde (1567), muy detallado, se aj usta más a la descripción del pasadizo que hizo Ambrosio de Morales, contemporáneo suyo: aquí el pasadizo se presenta como un edifi cio abierto a la calle por un solo arco, el que Morales vio "vazío" y cerrado con puertas de hierro y bronce; no representó los arcos laterales que lo fl anqueaban porque estaban tapiados, o lo que es lo mismo, "cerrados de pared".
Por otra parte, el grabado muestra que en ese momento el sâbâà califal se cubría con una techumbre de teja a dos aguas cuya altura era inferior a la de la antigua mezquita (Fig. 7).
En cuanto a su distribución interna, al-Idrîsî y Morales afi rmaron que el sâbâà tenía ocho puertas, de las cuales, cuatro separaban cinco estancias, las que existen en la trasqibla de la aljama.
Otra puerta más es visible desde el exterior del edifi cio, en el ángulo suroeste de la mezquita, la cual, por quedar oculta, no estaba decorada (Fig. 8, 9 y 10).
El pasadizo elevado sobre la calle, por tanto, sólo pudo tener tres puertas más 16, ocho vanos con un peculiar sistema de apertura descrito por ambos autores: "las cuatro primeras de hacia el alcaçar se cierran hacia el, que esta al poniente: y el portero, a lo que parece, venia delante todo el acompañamiento del Rey, abriéndolas, y echandolas hacia el oriente.
Las otras quatro se cierran diversamente dos hacia oriente, y otras dos hacia poniente.
El califa, en su camino, atravesaba todas las estancias descritas y, llegado al fi nal del recorrido, ya en el interior de la mezquita, accedía a la maqùûra a través de la magnífi ca puerta situada al oeste del mihrab.
Hay que tener en cuenta, no obstante, que el espacio generado 16 Todos los testimonios y propuestas científi cas sobre el sâbâà están recogidas por M. Nieto en su monografía.
Aquí indica las medidas de las estancias del pasadizo que se conservan en el interior de la mezquita.
Según Nieto, cada habitación tiene 4,46 m de largo y la anchura de cada una es la de las naves de la sala de oración con la que está alineada (Nieto 1998: 257).
Posteriormente, A. Vallejo ha confi rmado que las dimensiones internas del pasadizo de al-Zahrâ' (4,50 m) así como la anchura de su de trasqibla (1,52 m) son similares a las de la aljama cordobesa (Vallejo 2010: 200).
Existen varios estudios centrados en las puertas con doble sistema de apertura.
B. Pavón Maldonado atribuyó su invención a'Abd al-Raámân III basándose en la crónica anónima de su man- dato: "A propósito de ello nos viene bien la Crónica anónima de' Abd al-Raámân III en la que leemos "al-Nasir mandó construir en las puertas de la medina de Córdoba puertas interiores correspondiéndose o correspondientes con las exteriores que se encargaban de defender los porteros.
Es caso que no se había hecho antes y que fue una excelente innovación".
Pavón puntualizó que "nunca se sabrá si el texto de la Crónica Anónima aludiría a puertas dobles de ingreso o a puertas dobles de ingreso en codo".
Según el mismo autor este esquema arquitectónico se debe a la invención de la puerta de cuatro mochetas, ideada para "acotar espacios sucesivos y abovedados de puertas con interiores complejos".
Un artículo más reciente relaciona este tipo de puerta con las murallas de Córdoba (Escudero et alii 1999).
Vista actual del ángulo suroeste de la mezquita de Córdoba, donde se ve la puerta de entrada al sābāt.
Planta de la parte del sābāt califal conservada hoy día en el interior del edifi cio.
Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 233-249 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.086.013.013 entre qibla y trasqibla está dividido en dos pisos, y el superior cuenta con un mayor número de estancias que el inferior, once en total: "se distribuye en tantos compartimentos cuantas son las naves (de la sala de oración), con bóvedas esquifadas, puertas de comunicación y sendas ventanas, hacia el exterior y hacia la mezquita, de las que una conserva una celosía de mármol, muy sutil y con labor de lazo" (Gómez Moreno 1951: 139-140).
Por otra parte, al este del mihrab, la doble qibla de la mezquita daba lugar a un corredor simétrico al propio sâbâà, un espacio que albergaba la sala del tesoro y otras ofi cinas del templo.
La portada por la que se entraba en este espacio gemelo al sâbâà, abierta a la calle, sí estaba profusamente decorada 18.
Más tarde, tras la ampliación de Almanzor, quedó integrada dentro de la sala de oración.
Como ya hemos adelantado, el hallazgo de dos pilares del pasadizo de al-Áakam II en la calle Torrijos ha confi rmado el testimonio de al-Idrîsî y Morales: al exterior de la mezquita el sâbâà se alzaba sobre tres arcos, tal y como ocurría en al-Zahrâ' (Fig. 11 y 12) 19.
19 La reconstrucción del pasadizo realizada por Golvin, basada en el mismo pasaje, planteaba una estructura sostenida sobre cinco arcos (Golvin 1979: 65 y 66).
Sobre la simbología del esquema tripartito de las puertas islámicas ver la obra de F. Juez 2003. ellos, tres en total que, sumadas a las cinco que se conservan al interior de la mezquita completarían el número de ocho habitáculos con las que en total contaba el pasadizo.
La parte del sâbâà ubicada sobre la calle medía casi 25 m de longitud 20.
El arco central, correspondiente al espacio entre los dos pilares documentados por nosotros, tenía una anchura de 3,54 m.
Más difícil es dilucidar la anchura de los arcos laterales, que hemos calculado, como mínimo, en 2,60 m: esta es la distancia que media entre el pilar oriental y los que podrían ser los restos del pilar anexo a la fachada de la mezquita, oculto bajo el andén que rodea la sala de oración 22 (Figs.
En el pilar oriental, el mejor conservado, podemos apreciar 20 El ensanchamiento de la calle hacia el S obligaría a que la fachada meridional del edifi cio fuera ligeramente más estrecha que la septentrional.
21 Nótese que los laterales de los dos pilares estaban cercenados por zanjas contemporáneas.
22 Debió existir un pilar más ubicado junto a la antigua fachada del alcázar, al O de los excavados.
Este no fue documentado por no estar afectada dicho extremo de la calle por las obras abordadas en 2007. el despiece de los sillares de calcarenita: estos se disponen en parejas de sogas y tizones que rodean un machón central, un núcleo pétreo compuesto por tres tizones.
El mismo esquema se repite tres veces, mediante la yuxtaposición de tres módulos idénticos, hasta completar la longitud total de la estructura.
Todos los soportes del sâbâà se apoyaban sobre una potente cimentación hecha de sillares de mayor tamaño que los de su alzado, la cual superaba los dos metros de profundidad 23 (Fig. 15).
Dicha cimentación, posiblemente 23 La cimentación del sâbâà se documentó a través de una Figura 12.
Situación del pasadizo respecto al alcázar y la mezquita de Córdoba.
Planta de los cortes estratigráfi cos en que se hallaron los cimientos del sābāt califal.
Es lógico que la Calle Mayor de la capital del califato, maáaoa, uümà, como la denominan las fuentes, estuviera dignifi cada con un suelo hecho de grandes losas de materiales resistentes, de acuerdo con la grandiosidad del área urbana por la que transcurría (García Gómez 1965: 361).
Como ya hemos dicho antes, la puerta por la que se accedía desde el pasadizo hasta el corredor posterior a la ampliación de al-Áakam II es visible actualmente sobre la calle.
Su dintel a la misma altura que el resto de las puertas de la aljama.
Ahora bien, recientes investigaciones han sacado a la luz antiguas fotografías de la fachada occidental del templo que podrían cambiar la imagen que se ha tenido hasta ahora del sâbâà.
Estas instantáneas, algunas realizadas por F. Hernández, muestran que existía un vano más, actualmente tapiado, sobre la puerta de acceso conservada hoy en día (Fig. 17) (Fernández 2009a: 259).
El dato no deja de sorprendernos: ni las fuentes escritas ni los investigadores que nos ha zanja de alcantarillado de la c/ Torrijos que había atravesado la estructura. precedido contemplaban la posibilidad de un sâbâà de dos pisos, y ello a pesar de que examinaron el edifi cio antes de la restauración de dicho testero.
Ambrosio de Morales no hizo ninguna mención al respecto, mientras que el grabado de Wyngaerde, con sus limitaciones, apenas permite plantear un acceso descubierto, una terraza transitable que coronaría el pasadizo conectando con la puerta más alta.
Fuera o no útil para el paso de la amplia comitiva que acompañaba al califa, la existencia de un segundo piso implicaría cierta debilidad en un edifi cio que se pretendía inexpugnable.
Si consideramos un sâbâà de dos pisos su altura sería, al menos, la misma que la de los muros del alcázar, unos 13 m 24, aunque los muros de la mezquita son ligeramente más altos, pues se alzan 16 m sobre los pavimentos excavados por nosotros 25.
Por otra parte, los arcos del pasadizo, abiertos sobre la calle, no se elevarían más de 6 m 26:
De los datos obtenidos en la intervención se deduce una ligera inclinación de los pavimentos de la calle hacia el Sureste (Vide la nota previa).
26 Se trata de la distancia entre la cota del pavimento de la Figura 14.
Cimientos de los pilares del sābāt califal con indicación de sus dimensiones.
el conjunto, en cualquier caso, tendría un aspecto realmente macizo (Fig. 18).
Un dato más sobre el aspecto que debió presentar el edificio se desprende del hallazgo de un calle, 100,60 m.s.n.m. y el umbral de la puerta más baja, de 105,19 m.s.n.m. merlón espigado entre los sillares del derrumbe del sâbâà.
Este ejemplar, similar a los que rematan la ampliación de al-Áakam II, presenta decoración en relieve en una de sus caras, una especie de estrella de ocho puntas27.
La pieza pudo coronar el pasadizo Figura 15.
Arriba, vista en alzado del pilar occidental del sābāt en que se aprecia la superposición de la estructura que le sirve de cimentación.
Cimentación del pilar oriental debajo de los empedrados de 1609. elevado o la fachada oriental del alcázar omeya, igualmente derribada a inicios del s. XVII (Fig. 19), igual que dos fragmentos de columnillas de caliza que aparecieron descontextualizadas durante la excavación 28 (Fig. 20).
TRANSFORMACIONES TARDÍAS Y REPERCU-SIONES DEL MODELO.
A lo largo del texto ya hemos adelantado algunas funciones, avatares y transformaciones sufridas por el sâbâà califal a lo largo de la Historia.
Como dijimos más arriba, desconocemos cómo era su cubierta: de tratarse de una terraza, el califa podría mostrarse a los fi eles desde aquí para recibir su aclamación, igual que ocurría Madînat al-Zahrâ.
En cualquier caso el pasadizo de Córdoba, como el de la ciudad palatina, fue lugar de encuentro con importantes dignatarios (Vallejo: 2010: 202 y nota 85) y el uso de un acceso protegido entre ambos edifi cios fue especialmente útil en los episodios que siguieron a la fi tna.
Ibn'Ièârî describe cómo Hiåâm III, último califa omeya, pasó la última noche de su mandato el 30 de Noviembre de 1031 refugiado en el interior del sâbâà: "Bajó Hissam al pasadizo de la aljama, conducente a la maqùûra, con quienes se le unieron de sus hijos y mujeres, (...).
Permaneció en ese sitio el resto de aquel día y aquella noche prisionero, sumiso, despreciado, temeroso y fi ja la vista hacia donde le podía abordar la muerte (...)
Aumentó su preocupación y pidió una lámpara para entretenerse a su luz con sus mujeres.
Hacía llorar al que le hablaba, considerando las vicisitudes de su suerte" (Ibn'Ièârî 1993: 131).
El sâbâà siguió en pie después de la Conquista Cristiana y pudo servir de marco arquitectónico a episodios históricos posteriores.
Ramírez de las Casas Deza ilustró el asedio a Córdoba por parte de Pedro I el Cruel (1367) en un escenario no exento de fantasía donde el pasadizo vuelve a estar presente.
Según el autor, las tropas comandadas por D. Alonso Fernández de Córdoba salieron a defender la ciudad en la que posteriormente fue conocida como Batalla del Campo de la Verdad por la calle del Palacio Episcopal: "al tiempo de atravesar los arcos del pasadizo que de la Catedral iba al Palacio su madre Doña Aldonza de Haro, que estaba en una ventana de aquel le dijo a Don Alonso: Me dicen hijo, que salís a entregar la forma cuidada.
Sobre la cara decorada, en cambio, vimos restos de cal vertida groseramente sobre el relieve, quizás para ocultarlo.
28 Aparecieron en el interior de una cloaca que cortaba la cimentación del pilar occidental y formando parte del derrumbe del sâbâà, respectivamente.
El propio Felipe II Pudo hacer uso del sâbâà durante su visita a Córdoba en 1570: "preparóse para aposento del rey el palacio del obispo (...) y para que S. M. pudiera ir desde el templo á su palacio sin que le importunase el gentío, se engalanó como era regular el pasadizo por donde los reyes árabes se trasladaban de uno a otro edifi cio" (Madrazo 1855: 312-313).
Contamos además con otros documentos, estos manuscritos de carácter administrativo, que informan de los avatares que sufrió el edifi cio en la Edad Moderna.
Las cuentas de la Fábrica de la Catedral (1581) estudiadas por M. Nieto, se refi eren a la renta de dos casas conservadas bajo los arcos del pasadizo.
El asiento de la primera se titula "Casas al pasadizo de la Iglesia" y dice "Tiene más otras casas devaxo del pasadizo frontero del alhorí del pan desta Fábrica que la tiene a renta de por tiempo Catalina Hernández, lavandera" [...].
El asiento de la segunda se titula "Casas que confi nan con las de arriba" y e n él se dice "Tiene más otras casas que confi nan con las de arriba que las tiene a renta e por tiempo Mari Blanca, lavandera" [...]
Los textos vuelven a confi rmar el cierre de los arcos laterales del pasadizo, referida por Morales e intuida tanto en el sello de Córdoba como en el grabado de Wyngaerde.
Una vez tapiados los dos vanos, quizás antes de la Conquista Cristiana, se crearon estancias y viviendas en su interior que el cabildo arrendaba; éstas formarían parte de construcciones adosadas a las fachadas de la antigua mezquita y alcázar, reconvertidos en Catedral y "Casas del Obispo" (palacio episcopal), respectivamente.
Sin embargo, los resultados de la excavación no confi rman tales modifi caciones de forma contundente.
Las reformas del sâbâà posteriores al siglo X pudieron consistir en la prolongación de sus pilares hacia el Noroeste, pues aparecieron sendos salientes de sillares adosadas a la cara norte de ambos.
No hemos hallado ningún tipo de cerramiento bajo los arcos laterales y en cuanto a la existencia de puertas, solo se documentó una quicialera de piedra de mina, bastante desgastada bajo el arco central, en una posición algo descentrada respecto al pilar occidental (Fig. 21).
La imagen que ofrecía la calle Torrijos en la Edad Moderna, por tanto, era muy distinta a la que presentara en época islámica.
Mucho más estrecha de lo que lo había sido en origen, en 1609 se renovó su pavimento: la vía se empedró con cantos ordenados en calles, una técnica muy habitual en las construcciones cordobesas (Fig. 13).
El documento en el que se recogen las cuen-29 El mismo episodio lo recoge Ramírez de Arellano (1874: 485). tas de dicha obra se titula "Empedrado de la calle de los Arquillos", señalando que los arcos del pasadizo aún dominaba la imagen de la vía a principios del s. XVII (cfr.
Otro texto informa sobre el empedrado de la calle situada entre la Mezquita y las "Casas del Obispo en las que se integraba el alhorí" 30 de donde deducimos que el arco occidental del sâbâà albergaba un almacén de grano.
Paradójicamente, la pavimentación de la calle Torrijos apenas fue una década anterior al derribo del sâbâà.
Las cuentas de la Fábrica de la Catedral de los años 1617 y 1620 informan de la destrucción del pasadizo por orden del que entonces era obispo de Córdoba, Fray Diego de Mardones "por razón de la obra nueva que hizo en sus casas obispales" (cfr.
Los sillares del antiguo pasadizo se reaprovecharían en las construcciones fi nanciadas por el obispo, pero una buena parte de sus materiales quedaron a pie de obra como una colmatación intencionada que sirvió para atenuar la inclinación del acceso a la Puerta del Puente.
Entre estas piezas se hallaron el merlón y las columnillas antes comentadas, así como un podio de pequeño tamaño (Fig. 21).
No hay duda de que existe una evolución formal entre el primer sâbâà cordobés, el de'Abd Allâh, y el construido por al-Áakam II, que supuso la consolidación de una tipología arquitectónica.
Siglos después, se daría un paso más con la construcción de un nuevo pasadizo tras la aljama de la capital almohade, Sevilla 31: 30 Almacén de cereales de la Fábrica procedente de los diezmos.
31 Volvemos a recordar una vez más en este punto el pasaje del Muqtabis en el que Ibn Hayyan indica que aunque "'Abd-Allâh fue el primero de los califas Umayya que en Andalucía adoptó esa costumbre.
Todos los que sucedieron imitaron su ejemplo" (vide supra). la comparación entre los sâbâàât de Quràuba con el sevillano, de fi nales del siglo XII, demuestra que el modelo cordobés no lo fue tanto en lo formal o técnico como en lo conceptual e ideológico.
En palabras de los investigadores que la han estudiado, "la fábrica de la mezquita de Sevilla se adecuó a la de la muralla preexistente de tal manera ambas quedarían conformadas como una única estructura" 32 (Tabales et alii 2002: 135).
Efectivamente, el sâbâà sevillano también fue un espacio de tránsito adecuado para que el califa acudiese a la oración del viernes sin ser visto por sus súbditos.
Sin embargo, en ese caso la topografía del terreno obligó a construirlo con un primer tramo elevado y un tramo fi nal semisoterrado, a modo de criptopórtico, que se encajaba entre la muralla de la ciudad y la cabecera de su aljama.
Así, el último sâbâà andalusí formó parte del diseño urbano del centro del imperio almohade 33, Sevilla.
Igual que en Córdoba, el binomio mezquita -palacio volvió a repetirse y a materializarse en la construcción de un edifi cio singular cuyos principios ideológicos, pensamos, son los mismos que los cordobeses, es decir, la legitimación de los poderes religioso y político encarnados en el califa 34.
Castelló Moxó, F. 1976: "Descripción nueva de Córdoba musulmana.
Cómez Ramos, R. 1988: "Pasadizo o sâbâà, un tema recurrente en la arquitectura andaluza", Laboratorio de Arte: Revista del Departamento de Historia del Arte 1, 13-28.
32 La muralla preexistente, almorávide, consiste en una potente estructura de argamasa de tres metros de altura y dos y medio de anchura.
A cuatro metros de esta se encuentra el muro de qibla de la mezquita: este espacio que separa la aljama y la muralla servía para albergar el pasadizo, el cual, una vez alcanzado el mihrab, bien podía virar hasta el alcázar o bien continuar paralelo a la qibla hasta la entrada primitiva del Dar al Imara (Tabales et alii 2002: 135).
33 Existe un paralelismo innegable entre los alminares de las mezquitas de Sevilla y Koutoubia, capital africana del imperio almohade.
34 R. Cómez aludió a la transmisión del esquema arquitectónico del sâbâà a la arquitectura del Barroco con signifi cados simbólicos similares a los que planteamos para época islámica (Cómez 1988). |
Al referirse a la navegación medieval es casi un tópico hacer mención de la escasa información disponible, sobre todo si se compara con los hallazgos de época clásica.
Se presenta en este estudio un almenar de bronce de época califal recuperado por un submarinista en un lugar de la costa occidental de la isla de Ibiza/Eivissa (Baleares), presentando al mismo tiempo también otros vestigios arqueológicos de época altomedieval de importancia marítima.
En general, y no solo en lo relativo al Mediterráneo Occidental, las menciones sobre hallazgos arqueológicos submarinos relacionados con esta época son muy escasas y, salvo excepciones, poco reveladoras.
Con la siguiente nota sobre un almenar de bronce el autor no presenta una excepción.
Sin embargo, visto que se trata de una pieza singular vale la pena y el esfuerzo de situarla dentro de lo posible en su contexto histórico-arqueológico, aunque en realidad se trate de un hallazgo fortuito.
Sobra mencionar que los hallazgos actualmente custodiados en colecciones privadas carecen en su mayoría de un contexto arqueológico bien documentado.
Son pocas las excepciones, como el objeto que se va a presentar, donde sí tenemos informaciones acerca del lugar de hallazgo gracias al interés histórico-arqueológico de la persona que lo recuperó.
Esto pone de manifi esto el enorme valor que tendría la concienciación a nivel institucional, por ejemplo en las federaciones de buceo, sensibilizando así al submarinista deportivo de las preocupaciones de la arqueología submarina y del valor del patrimonio cultural sumergido.
Por el momento, dentro de las labores de investigación para la redacción de la carta arqueológica del litoral de Ibiza, es necesario recoger toda la información posible, también aquella custodiada por particulares, sin que ello suponga querer legalizar actuaciones como las que también se realizaron anteriormente a la publicación de la ley 16/1985.
EL ALMENAR Y SU LUGAR DE HALLAZGO
El lugar de hallazgo se encuentra a pocas millas náuticas de la entrada de la Bahía de Sant Antoni de Portmany, en la costa occidental de la isla de Eivissa; Vestigios altomedievales procedentes de las aguas de Ibiza/ Eivissa (Islas Baleares)
Evidence of early medieval navigation from the waters surrounding Ibiza (Balearic Islands) exactamente en el estrecho entre la Illa Bleda Plana e Illa Redona del Oeste, ambas situadas a su vez al oeste de la Illa de Conillera (Fig. 1).
Junto con el candelabro, se extrajo del mismo lugar una muela de molino con forma ligeramente elíptica (45 x 47 cm) y de 5 cm de espesor, custodiada en la misma colección privada 1.
Se trata de una piedra de conglomerado no autóctona, con la superfi cie muy erosionada por el ambiente marino (Fig. 2).
El conjunto de estas piezas lleva a pensar en la existencia de un posible pecio de la Alta Edad Media en este lugar, hipótesis que habría que verifi car con más detalle 2.
El almenar/candelabro de bronce fue restaurado tras su recuperación, puesto que actualmente ya no presenta incrustaciones marinas, siendo su superfi cie de 1 Deseo agradecer al Dr. Benito Vilar Sancho su amabilidad por haberme facilitado el acceso a su colección privada para el estudio de las piezas.
2 Se trata de pendientes rocosas acentuadas, con un fondo arenoso, una zona en la que solamente se puede hacer una prospección exhaustiva con aparatos geofísicos.
Durante unas prospecciones visuales llevadas a cabo en la zona por miembros del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) de la Guardia Civil Española, División de Ibiza, se localizó solamente un ancla de almirantazgo, de 106 cm de altura y una distancia entre las puntas de los brazos de 80 cm.
tacto blando por la aplicación de un barniz protector.
Mide 39,5 cm de altura, y su anchura inferior entre los anillos es de 24,5 cm. Se trata de un soporte en forma de trípode, rematado por un vástago o espigón vertical de punta roma (Figs.
La parte inferior está confi gurada por las aristas de un tetraedro, es decir, tres barras simples de sección redondeada y sin decoración, que parten de un mismo punto formando ángulos de 55°, y otras tres iguales a las anteriores, formando una base triangular, unidas a Figura 1.
Mapa de Eivissa y Formentera con los topónimos mencionados en el texto.
Fotografía de la piedra de molino (foto del autor).
Dibujo del candelabro (Elisa Puch, según autor).
las barras verticales en los ángulos.
A modo de patas conserva dos anillos (el tercero está perdido), situado cada uno en un ángulo, y unidos a estos por una abrazadera.
El espigón presenta una decoración muy sencilla, con tres círculos horizontales de diferentes formas, tamaños y perfi les que no son equidistantes y dividen el vástago en tres tramos.
Por el momento se puede considerar este almenar como una pieza singular, dado que los pocos paralelos conocidos hasta ahora o están realizados en hierro o presentan formas mucho más elaboradas3.
En el depósito de herramientas y objetos metálicos de la cueva de Los Infiernos (Liétor, Albacete), entre los objetos para iluminación de uso doméstico, también figuran candiles, un candelero y un candelabro.
Hasta el momento, el ejemplar hallado en Liétor es la pieza que más se asemeja al objeto ibicenco, aunque sea de hierro y presente las barras verticales decoradas con un sencillo sogueado.
En el ejemplar de Liétor cada una de las patas se forma mediante el forjado de tres extremos de barra: dos horizontales y uno vertical que remata el almenar y se inserta en el trípode, gracias a una abrazadera que sirvió también de tope.
El almenar de Liétor pertenece a un tipo de metalistería popular de la que nada nos había llegado, ya que de época andalusí solo se conocían piezas suntuarias en bronce, más complejas y elaboradas (Navarro Palazón y Robles Fernández 1996: 75, lám. LIII, no 69).
Al carecer de referencias cronológicas, como por ejemplo la cerámica, se hicieron análisis de radiocarbono del material orgánico, es decir, de los hallazgos lígneos procedentes del mismo lugar, obteniéndose una cronología situada en los siglos IX-X (Navarro Palazón y Robles Fernández 1996: 112-113).
Según Julio Navarro Palazón y Alfonso Robles Fernández, quienes publicaron los ejemplares peninsulares, el almenar (una luz), o la almenara (varias luces), rematado por un platillo serviría para acoger candiles, mientras que los ejemplares con espigones se utilizarían habitualmente como soportes para teas de madera, tal como lo pone de relieve la pervivencia en ciertas áreas peninsulares de estos objetos de tradición andalusí (Navarro Palazón y Robles Fernández 1996: 74).
Se detecta, siempre según los mismos autores, una regionalización en su uso, centrado en las serranías de Cuenca y de Segura, encontrándose Liétor en las proximidades de esta última sierra (Navarro Palazón y Robles Fernández 1996: 74).
En contraste con la abundancia de candiles y soportes de bronce producidos en los centros urbanos, la ausencia de manufacturas rurales vinculadas a la iluminación hace de los dos soportes de hierro de Liétor unos ejemplares especialmente valiosos (Navarro Palazón y Robles Fernández 1996: 74).
Ante esta situación el ejemplar ibicenco destaca por su procedencia marina, por presentar una decoración sencilla y por ser de bronce.
Resta decir algunas palabras sobre la función del candelabro.
Si observamos su forma, llaman la atención los anillos que forman la parte más baja del objeto.
Vista su procedencia submarina, y suponiendo que perteneciera a un posible pecio, cabría pensar que estos anillos pudieran servir para mantener el candelabro sujeto al suelo de algún camarote.
Siguiendo esta interpretación, el espigón podría servir para encajar un candil de cerámica o de metal con un eje central hueco (véase por ejemplo Gurrea y Martín 2009: 322, fi g.
Ante este hallazgo aislado se podría pensar en un uso a bordo, aunque teniendo en cuenta esta interpretación queda por aclarar por una parte el problema del balanceo de la embarcación, y por otra parte el uso de candiles más o menos abiertos y llenos de combustible (en este caso, aceite), con el consiguiente riesgo de incendio a bordo.
Las lámparas de aceite en uso a bordo de los navíos ingleses del siglo XVIII compensaban el movimiento de balanceo y cabeceo de la embarcación gracias a su montaje sobre un eje con contrapeso4.
Sin embargo, los candelabros del pecio de Favaritx/Es Capifort (Menorca, siglo Vprincipios del siglo VI d.C.), en comparación con el ejemplar ibicenco son más elaborados y formaban, por su mera cantidad, parte del lote de material metálico del cargamento, siendo fundamentalmente objetos para el culto cristiano procedentes de la costa oriental mediterránea (Fernández Miranda y Rodero Riaza 1985).
EL ALMENAR EN EL CONTEXTO DE OTROS VESTIGIOS ALTOMEDIEVALES
Otro objeto que refl eja la frecuentación de la zona en época altomedieval es un ancla de hierro hallada al sur de la Estancia de Dins, una cala de la costa oriental de la Illa Conillera, a la entrada de la Bahía de Sant Antoni de Portmany (Fig. 1).
Se encuentra a una profundidad de 32 m (Fig. 5, 6)5 y presenta los dos brazos en ángulo recto, con las uñas en un ángulo de casi 120° y las puntas rematadas en forma de cincel.
Con estas características podría corresponder al tipo D de la clasifi cación de anclas antiguas de Gerard Kapitän (Kapitän 1984: 43), sin embargo, la avanzada corrosión hace imposible distinguir más detalles; una circunstancia que favoreció su conservación, ya que al estar adherida a la roca debido a la corrosión, no ha podido ser extraída hasta el momento.
Con los brazos rectilíneos, de 30 cm de largo, y con unas uñas de 19 cm, el ancla presenta unas medidas diferentes a las anclas II y III de similar forma del pecio de Dramont F, donde a diferencia de nuestra pieza, los brazos y la uñas son casi de igual longitud (Joncheray 1975: 118).
Por otro lado, el ancla de Conillera no presenta una prolongación de la caña tan marcada como el ancla bajoimperial de Tombolo (Pisa) (Neppi Mòdona 1932: 434, fi g.
Según sus proporciones y dimensiones, el ancla de Conillera se asemeja más bien al ancla de época bizantina hallada en la Plaza Nueva de Sevilla (Guerrero Misa 1984; Cabrera Tejedor 2011), la cual mide 1,72 m de altura, siendo la sección de la caña de forma cilíndrica.
Esta tipología se encuadra claramente dentro del modelo bizantino, con fundición entera en hierro y brazos rectilíneos.
Anclas de hierro con brazos rectilíneos, uña rectangular y caña cilíndrica (también llamadas en forma de T), a falta del arganeo en su mayoría, se (Dor, Israel) tenemos dos ejemplares de este tipo, con forma muy ligera, situados dentro de un contexto claramente islámico (mitad del siglo VII hasta fi nales del siglo VIII) 7.
Al igual que las restantes 36 anclas de esta forma, de un total de 68 halladas en la zona del fondeadero de Dor, estas dos se hallaban partidas por el mismo punto, posiblemente debido a la técnica utilizada para su fabricación recientemente analizada (Eliyahu et alii 2011).
Cabe destacar el escaso número de anclas en forma de T halladas en el Mediterráneo occidental: la del pecio de Cefalù, Sicilia (siglo VI-VII), el ejemplar de la Bahía de Giardini Naxos, Sicilia (Lentini 2011), el ancla de Sevilla (segunda mitad siglo VI) y posiblemente los tres ejemplares del pecio Agay A (Francia) de mediados del siglo X 8.
Una vez establecida la forma del ancla en T a partir del siglo IV, en algún momento posterior se introdujo el ancla en forma de Y, muestra de ello son El lugar del hallazgo del almenar se sitúa en una zona de difícil navegación por la presencia en la misma mentera se custodian diversos objetos de procedencia submarina, cuya fi cha de inventario hace suponer una cronología musulmana.
Dentro de este grupo encontramos, entre otras piezas, también cuatro ruedas o muelas de molino, sin que se disponga de más información al respecto.
11 Agradezco al Dr. Joan Ramón Torres la información sobre la existencia de un pecio musulmán en esta cala.
Se basa en el hallazgo fortuito de cerámica de transporte en el lugar.
El fondo de arena móvil difi culta una prospección; además, el fácil acceso para buceadores afi cionados hace suponer un mal estado de conservación.
12 Se tiene constancia de la presencia de material cerámico y de otros materiales de diversas épocas, pero sin contexto por ser una zona afectada por diversos dragados desde el siglo XIX.
de diversos escollos que afl oran muy cerca de la superfi cie del mar y que son difíciles de detectar incluso con el mar en calma.
Concretamente entre la Illa Bleda Plana y la Illa Redona hay un paso con un calado de 17 m (Garrido y Donis 1996: 159).
Sin embargo, existen unos bajos en el sur de Illa Redona dónde seguramente pudo tener lugar la encalladura.
El grupo de las Illes de Ponent, formado por la Illa d'Es Espartar, las Illes Bledes, la Illa d'es Bosc y la Illa de Conillera, siendo esta última el cierre de la entrada a la bahía de Sant Antoni 13, están situadas de forma más o menos anular, lo que coloquialmente se conoce como "s 'olla" (la cazuela).
Esta confi guración es un riesgo para cualquier embarcación que quiera atravesarla debido al complicado paso entre las islas, sobre todo estando el mar revuelto y habiendo poco espacio para maniobrar y mantenerse alejado de la costa rocosa 14.
Cabe mencionar que las Illes de Ponent, a las que pertenecen las Illes Bledes, junto con los islotes de Es Vedra y Vedranell más al sur y el Cap de Berberia en Formentera, son el primer avistamiento de cualquier nave procedente de la Península Ibérica acercándose con rumbo oeste a la isla de Eivissa, sea para proceder rumbo norte hacia Cataluña o el sur de Francia, sea para proseguir con rumbo este hacia Córcega y Cerdeña.
Tanto en los yacimientos de tierra fi rme como en los subacuáticos del extremo mediterráneo occidental, son muy pocos los datos que permiten determinar la situación del tráfi co naval entre los siglos VII y la primera mitad del siglo IX siendo, sin embargo, frecuentes las referencias generales, sobre todo a partir del siglo XI (Lirola 1992; Espinosa et alii 2006: 65).
No es necesario insistir en la vinculación existente, durante todo el siglo X, entre la Península Ibérica y el comercio del Mediterráneo, incluidas las rutas de Oriente.
Desde el siglo IX la política naval de los omeyas supuso una fuerte reactivación de las actividades marítimas y una expansión comercial durante todo el siglo X (López-Raymond 2001: 50).
Dentro de este margen cabe mencionar el establecimiento en las costas de la Provenza con carácter de base de operaciones y no de núcleo de población.
Según las fuentes de la época, Fraxinetum, denominado en su día Djabal al-Qilâl, vigente durante el siglo X, estaba estrictamente 13 En el Compasso de Navigare, un portulano anónimo del siglo XIII, se considera que la Illa de Conillera está formada por tres islas independientes (Weitemeyer 1996: 77).
14 Se trata de una zona, en cuyas "cercanías se encuentran numerosos naufragios de naves pertenecientes a diversas culturas del Mediterráneo: púnicas, griegas y romanas" (Garrido y Donis 1996: 159), hecho que se refl eja en parte en la toponómia del lugar (p. ej. Escull de ses Fregates, costado sur del islote de la Illa de s'Espartà).
Dentro de las labores realizadas para la carta arqueológica del litoral de la isla de Eivissa, estas informaciones no se han podido comprobar arqueológicamente hasta el momento.
VESTIGIOS ALTOMEDIEVALES PROCEDENTES DE LAS AGUAS DE IBIZA/EIVISSA (ISLAS BALEARES) vinculado a Al-Andalus (Sénac 2002;2007), lo que implica la existencia de unas rutas marítimas y unas travesías relativamente regulares entre la Península Ibérica y el sur de Francia (Sénac 2007: 128); unas rutas que, por las circunstancias meteorológicas y marinas, debían al menos bordear la costa oriental u occidental de la isla de Eivissa/Yabissah.
Como consecuencia de las incursiones normandas en la Península Ibérica, Abd al-Rahman II impulsó la creación de una potente fl ota con su necesaria infraestructura, como son las destacadas atarazanas de Sevilla y Almería, completadas en época califal con las de Algeciras y Tortosa.
Gracias al poder desplegado por su potente armada naval, el Califato omeya de Al-Andalus consiguió controlar durante el siglo X el comercio del Mediterráneo Occidental, comerciando con los puertos del Norte de África (último estadio de las rutas del oro y el marfi l centroafricano y Fatimí) y con Egipto, desde cuyo puerto de Alejandría salían los productos provenientes de Oriente y de la Ruta de la Seda; igualmente mantenía contactos con las rutas comerciales del Mar Negro gracias a las buenas relaciones diplomáticas establecidas con el gobierno de Bizancio (Azuar 1992(Azuar -1993: 39): 39) 15.
Paralelamente al comercio normalizado o regular con Egipto y Oriente, se añaden importaciones vinculadas al tráfi co 'esporádico' de objetos, como el lote de candelabros de mesa en bronce hallado en Denia -puerto importante situado a solo una singladura de la isla de Eivissa-, considerados en su día como alejandrinos, de alrededor del año 1055.
Finalmente, también hay que mencionar los objetos debidos a los actos de piratería y aquellos procedentes de los puertos feudales de la cuenca norte del Mediterráneo (Azuar 1992(Azuar -1993: 43): 43).
El panorama expuesto por Antonio Espinosa Ruiz et alii permite afi rmar que se comienza a producir una recuperación del tráfi co marítimo comercial durante el siglo IX y se intensifi ca a lo largo del siglo X. Esto explicaría la reactivación de puertos como Denia o Alicante, e incluso Almería, y la navegación de largo recorrido costeando el litoral levantino hacia el Norte o las Islas Baleares, de difícil navegación debido a la orografía y meteorología (Espinosa et alii 2006: 65-67).
Si las fuentes históricas hablan sobre las actividades marítimas y comerciales del mundo musulmán, no aclaran nada en relación con el principal vector de estas actividades: las embarcaciones.
Además de las escasas representaciones iconográfi cas16 y la tradi-ción literaria-lexicográfi ca (Agius 2005), la principal fuente de información es la arqueología submarina 17.
La actividad marítima de los hispanomusulmanes en el sur de Francia queda demostrada por el hallazgo de varios pecios de origen musulmán en la costa provenzal.
Son cuatro los pecios que subrayan la vinculación por vía marítima con este enclave: el pecio llamado des Jarres (Agay), el de Bataiguier (Cannes), el de Rocher de l'Estéou (Marseille) y el pecio de Roche Fouras (Saint-Tropez).
A excepción de este último, el abundante material arqueológico encontrado en estos pecios no parece destinado al comercio, sino al abastecimiento de una misma comunidad.
En el caso del pecio de cury Wreck (siglo XIV-XV), donde las anclas líticas se hallaron junto con anclas de hierro-plomo incluso de tipo grapnel (Raban 1990) 18.
En este contexto hay que destacar las anclas líticas de forma triangular, con tres orifi cios y restos de madera (datables entre los siglos XI-XIII) halladas en Adge (Francia), en especial si se comparan con los ejemplares conocidos de Apollonia (Israel) (Grossmann y Kingsley 1996: 51).
Teniendo en cuenta todo este material, valdría la pena estudiar con más detalle las anclas líticas procedentes del ámbito del Mediterráneo occidental bajo este aspecto.
La situación de Eivissa es estratégica, si se contempla desde el punto de vista de las rutas marítimas que unían los diversos puntos fi nales o intermedios de una red de comercio, comunicación o piratería, comunicando entre si algunos puertos y regiones del Mediterráneo occidental.
El siglo IX se caracteriza por la aparición de nuevos asentamientos islámicos, sobre todo en la franja costera de la Península Ibérica, y por la construcción de rábitas con fi nes tanto militares, como comerciales (por ejemplo, Pechina), junto a las desembocaduras de los principales ríos del Mediterráneo.
Constituyen puntos de referencia entre rutas marítimas y fl uviales, así como entre los asentamientos costeros y los de Ultramar (Espinosa et alii 2006: 63, con mención a Rafael Azuar).
Sin embargo, se trata de una época durante la que se considera que la isla de Eivissa está despoblada: las fuentes árabes que tratan sobre la conquista de las Baleares en el año 903, hacen mención de Mallorca y Menorca, las Baleares propiamente dichas (Barceló 2002: 295-297 cf. Kirchner 2002), pero no de Eivissa y Formentera, cuando son estas las islas que se sitúan en la ruta de comunicación entre la Península y el archipiélago balear.
Sin embargo, uno de los asentamientos andalusíes más antiguos conocidos en las Baleares hasta el momento, el asentamiento de Sa Cala en La Mola (Formentera), se data, según el estudio de la cerámica, en el siglo IX y siempre según los investigadores de este lugar, tal vez tuvo su origen en la centuria anterior (Ramon y Colomar 2010: 159) 19.
La separación entre las Baleares y las Pitiusas, perfectamente establecida 18 Para anclas líticas de la Baja Edad Media (periodo fatimícruzado, siglos X-XII) con elementos lígneos véase los hallazgos en el Mar Muerto (Oron et alii 2008).
Ademas existen del siglo IX anclas hechos de elementos férricos y lígneos en el mar de Indonesia (Belitung Wreck, Flecker 2000).
19 Se trata de un asentamiento fortifi cado costero con carácter pastoril.
Otros asentamientos musulmanes costeros son las estructuras en Santa Agnes de Corona, en el Cap d'es Mossons o en la Illa Murada (Port de Sant Miquel), todos en la costa occidental de la isla de Eivissa (Hermanns 2010: 194-198). a través de las fuentes clásicas, no se ve refl ejada en las fuentes islámicas (Rosselló Bordoy 1985: 9).
"En Yabisah existen diez puntos de amarre de naves": Esta mención de Al-Himyârî (cit. por Rosselló Bordoy 1985: 9), entrado ya el siglo XIII, refl eja la posición geoestratégica de Ibiza en las rutas comerciales con dirección oeste/este.
También durante este siglo el cronista Yaqût hizo mención de la existencia de talleres de construcción naval debido a la riqueza maderera (Costa y Fernández 1985: 8).
Su posición a una sola singladura desde la Península, los diversos puntos de amarre y la disposición de madera para la construcción naval, así como de la sal para el comercio son los puntos característicos de la isla de Eivissa mencionados en las fuentes (Lirola 1993: 328-378).
Sobra destacar que tanto la exportación de sal como el trabajo de la madera para la construcción naval dependía de la navegación (Costa y Fernández 1985: 39; Ferrer i Mallol 2007: 147) 20.
Al menos en época posterior, en archivos familiares de comerciantes genoveses y venecianos, se hace mención de la importancia de la isla de Eivissa como port of call21 y como mayor exportadora de sal del ámbito musulmán.
Resultaría prematuro presentar un cuadro más preciso de la navegación musulmana medieval y del papel que pudo desempeñar Yabisah dentro del sistema y de la red de comunicación y comercial.
Lo que si podemos hacer, visto el limitado panorama de la arqueología submarina con respecto a esta época, es presentar el material arqueológico con la esperanza de que las futuras prospecciones o notifi caciones sobre hallazgos reales, y no solo rumores, puedan ir matizando poco a poco la imagen esbozada en estas líneas. |
A partir de una revisión de la tradición manuscrita, se propone una nueva lectura de la inscripción CIL, II2/5, 316, de Igabrum (Cabra, Córdoba), que se refi ere a la carrera de un caballero de la Bética.
Su cursus hubiera incluido un nivel local, como magistrado de la colonia Patricia, después del ejercicio de la praefectura fabrum y del tribunado militar de la legio VI Victrix, y antes de su elección al fl aminado provincial.
La presencia de una función a nivel local, después de la sucesión praefectus fabrum -tribuno militar, es típica de los tiempos de Augusto o de los Julio-Claudios, y lleva a una revisión de la fecha del documento que podría colocarse al fi nal de la época Julio-Claudia, o muy temprano en la época Flavia.
Esta nueva cronología requiere interrogarse acerca de los orígenes del fl aminado provincial de la Bética, y volver a examinar los criterios que llevaron a situar su creación bajo los emperadores Flavios.
Il ajoute: "es piedra de jaspe y de muy lindas letras, aunque algo estragadas".
Pour Iliturgicola (El Cerro de las Cabezas, Fuente Tojar, Cordoba), les archéologues indiquent que la construction d'une place monumentale se situe "en un momento aún indeterminado del siglo I d.C. que podría situarse provisionalmente en época fl avia" (Vaquerizo Gil et alii 2001: 43 et 81). |
Se describen cuatro altares inscritos recientemente descubiertos en La Vera, comarca cacereña situada en la orilla septentrional del río Tiétar.
De las nuevas inscripciones, tres son altares dedicados a lo que se han llamado "dioses indígenas": Band(-) Vortiacius, lo que parece una nueva paredria (Ulisus y Ulisona) y Quangeius; nótese que este se colocó in fano, la segunda mención epigráfica del término aparecida hasta ahora en la Península.
La última pieza es un epitafio, pero tan estropeado por la erosión, que apenas se reconocen los elementos característicos de esta clase de epígrafes.
La Vera es el nombre que recibe la parte cacereña de la ribera norte del valle del Tiétar, un afl uente por la derecha del río Tajo; se trata de una comarca natural, cuyos singulares rasgos derivan directamente de la morfología de la zona, de su clima y del modo en el que la actividad humana se ha adaptado a esas circunstancias2.
En el fondo del valle, la abundancia de agua y la elevada insolación permiten que prosperen especies mediterráneas o semitropicales de gran valor comercial, que en los últimos cincuenta años se han convertido en cultivos extensivos gracias al regadío y el labrantío mecánico.
Desgraciadamente, la información sobre épocas pasadas es dolorosamente pobre y está desigualmen-te repartida en el tiempo, no remontándose las más antiguas series documentales más allá del siglo XIII.
Para épocas más antiguas, los datos son aún más escasos y proceden fundamentalmente de prospecciones y hallazgos arqueológicos, la mayoría difíciles de datar y cuya signifi cación histórica es muy variable; entre esas prospecciones caben destacar las que uno de nosotros viene realizando desde hace veinte años en La Vera cacereña, con interesantes resultados publicados (González Cordero y Hernández López 1992; Alvarado Gonzalo et alii 1993; Bueno Ramírez et alii 2000; Cerrillo Cuenca y González Cordero 2001; González Cordero 2003;2005;2007; vid. también Fernández Freire 2009).
El catálogo local de las inscripciones lo componen una treintena de piezas, de las cuales 18 proceden de La Vera cacereña y, el resto, de Candeleda y sus alrededores, en la parte avileña del valle.
Es notable la abundancia de dedicatorias sagradas: 20 frente a 8 lápidas sepulcrales, 3 inciertas y un terminus augustalis.
Se puede objetar que esa distribución está distorsionada por el hallazgo de 15 altares en el santuario de Velicus en Postoloboso (Fernández Gómez 1973; Hernando Sobrino 2005: cat. nn.142-155; Schattner et alii 2006: 204), pero también cabe entenderlo como el refl ejo de una comarca en la que el saltus -el dominio por excelencia de los diosesprevalecía sobre el ager, el paisaje humanizado; en consonancia con ello, los altares veratos están consagrados a las divinidades "indígenas", excepto una dedicación a Júpiter de Pasarón de la Vera (HEp 9, 1999, 253 = HEpOl 22608).
Los restantes atestiguan el culto de Arabo Corobelicobo Talusico (dat.) en Arroyomolinos de la Vera (Esteban Ortega y Salas Martín 2003: cat. n.
Tres de los cuatro nuevos epígrafes son precisamente altares, respectivamente consagrados a divinidades indígenas muy populares en Lusitania, Band(---) y Quangeius y a unos númenes no previamente atestiguados, Ulisus y Ulisona; la cuarta inscripción, muy estropeada, parece ser un epitafi o.
1.1 JARANDILLA DE LA VERA Ara de granito de grano fino y color ocre amarillento con vetas rojizas, cuyas dimensiones actuales son 87 x (32) x 25 cm. El altar está mutilado, ya que se retocó la moldura de la basa, se igualaron con el neto los salientes por la derecha de la cornisa y basa y posiblemente se arrancó un filete del neto, provocando la perdida de una o dos letras al final de algunos renglones; hay también un golpe que arrancó una esquirla en la derecha del coronamiento: según nos informaron, algunos de esos Figura 1.
A: Situación de Extremadura en España; la zona recuadrada es la correspondiente a comarca de la Vera y que se amplía en B): Mapa de la Vera, mostrando los lugares de hallazgo de los epígrafes estudiados (1-2 Jarandilla; 3, Collado de la Vera; 4, Losar de la Vera) y de los aparecidos con anterioridad (5, Aroyomolinos de la Vera; 6, Pasarón de la Vera; 7, Tejeda de Tiétar; 8, Torremenga; 9, Candeleda, en Ávila).
daños se produjeron durante la colocación de la pieza en la pared.
En cambio, se conservaba bajo la basa un dado rectangular que debió servir para hincar el altar en tierra.
El campo epigráfi co ocupa el neto, pero es muy probable que existiese una última línea en el frontal de la basa.
Igualmente, el corte vertical del lado derecho sugiere la perdida de letras al fi nal de las líneas 1-4.
Las letras son capitales de muy buena factura, regulares y de surco profundo, que miden entre 6 (en lín.
2, la T, 6,4 cm) y 5 cm en el último renglón; nótense las C ultra-circulares.
Supimos de la existencia de la pieza por la nota que D. Valentín Soria remitió a uno de nosotros (JGP) el 21-03-2005, en la que comunicaba que, apenas una semana antes, había examinado, en la puerta de la "Taberna del Pregonero", un altar del que adjuntaba una imagen y las anotaciones hechas durante su examen, esto es, transcripción provisional y medidas aproximadas.
A principios de diciembre de 2005, en compañía de A. Jordán, dos de nosotros examinamos el altar, que estaba embebido en la fachada del número 3 de la calle Las Espeñas, a la izquierda de la puerta del mencionado establecimiento.
De acuerdo con lo que nos dijo su propietario, el epígrafe había llegado a sus manos a comienzo de ese mismo año, entregado por un amigo del vecino pueblo de Guijo de Santa Bárbara, con la condición inapelable de que lo colocase a la puerta del bar; también nos dijo que desconocía el lugar y la fecha en que se halló la inscripción, pero que le constaba que su anterior propietario la tenía "desde por lo menos 20 años" antes3.
Con posterioridad a nuestra visita, el epígrafe fue removido de ese lugar, encontrándose actualmente en paradero desconocido, aunque no sería difícil volver a localizarlo haciendo algunas preguntas en el pueblo.
Es dudoso si lo perdido al fi nal del renglón sea una o dos letras.
En favor de esto último, puede aducirse que el teónimo raramente aparece abreviado en otros altares conocidos.
Aquí sin embargo, se ha preferido restituir la inevitable inicial del epíteto, basándonos en que nada en el epígrafe indica una justifi cación del texto por la derecha 4; y que la forma abreviada Band(-) está ya atestiguada en la llamada "pátera Calzadilla" (Blanco Freijeiro 1959 = HEpOl 20072, con foto), que es el 4 Se puede aducir también la evitación del dígrafo -V V-.
Al fi nal del renglón hay sin duda espacio para otra letra, por lo que cabría leer V/ ortia[e]/icio; pero no la restituimos por dos motivos: el ya indicado de que no hay en el epígrafe indicio alguno de una norma compositiva que obligase a igualar los renglones por la derecha; y porque nuestra opción se ajusta perfectamente a la que se supone que fue la forma original del epíteto, *Vortiaikio (Pedrero 1999: 537).
La letra mutilada debe de ser una M o una N. La primera alternativa exige una letra tan ancha que apenas libraría espacio para la necesaria vocal siguiente, por lo que forzosamente esta debería ser I o A en nexo con la consonante.
Y aunque Mirb-o Marb-no es menos plausible que N [.] rb-, preferimos esta última porque la identidad de la letra nos pareció indudable durante la autopsia de la piedra, apreciándose aún el bisel del fuste derecho sobre el borde de la rotura.
Tras la N, una posibilidad es suplir [O], porque hay espacio para ello y la secuencia No/rb-parece obvia dada la proximidad de Norba y el corriente uso de Norbanus como nombre personal.
De la última letra solo se conserva el astil izquierdo y un poco del ángulo superior, por lo que en la autopsia quedamos que solo podía ser una N o, improbablemente, una M.
De la R se ve el bucle, habiendo quedado obliterado el montante inclinado con el repicado de la parte inferior del altar, que también causó que de la A solo permanezca el vértice y la I haya pedido la parte baja del fuste.
8: El patronímico exige probablemente la sigla de f(ilius) y esta, más las correspondientes a la fórmula de dedicación, cumplen las 5 letras que lleva cada línea.
Actualmente, son más de 60 las menciones epigráfi cas de Band-5, lo que convierte a esta divinidad en una de las mejor documentadas del panteón indígena de la Península.
Paradójicamente, tal abundancia de testimonios no sirve para despejar las muchas incógnitas en torno a este numen, entre las que no son las menores la determinación de cuál fue su nombre y el género de este.
La falta de acuerdo sobre la fl exión del teónimo se debe a las múltiples desinencias que toma el único caso atestiguado hasta ahora, el dativo, lo que permite afi rmar que todas las formas conocidas se reducen a un común Band-.
La cuestión del género está ligada a la anterior; la idea más extendida es que, si los epítetos que lo acompañan son un indicio, se trata de un nombre masculino; pero hasta hace poco, la opinión mayoritaria era la contraria, en parte porque así lo aconsejaban las hipótesis etimológicas y en parte porque la única imagen que puede asociarse con el teónimo es, sin duda, femenina 6.
Tampoco se sabe qué, quién o quiénes se ocultaba bajo la raíz Band-.
Una plausible vía para averiguarlo es la determinación de la etimología, pero un repaso a las hipótesis planteadas desde fi nes del siglo XIX sugiere que el método es inefi caz, a la vista de la constante revisión del asunto (Prósper 2002: 269-272).
Las únicas certezas son las meramente empíricas.
Primero, la distribución geográfi ca del culto se ciñe a las regiones más occidentales de Hispania, desde las costas septentrionales del Atlántico y el Cantábrico hasta la raya del Tajo, aunque se conoce algún caso que traspasa ese límite; y segundo, que en los epígrafes encontrados al norte del río Duero (es decir, en las regiones dependientes de la Hispania Citerior), Band-forma el dativo con -ue -u, mientras que al sur del Duero (es decir, en la Lusitania), predominan las formas en -i -e (Pedrero 1999: 537-538) y es por ello por lo que suponemos que, aunque abreviado, el teónimo de nuestro altar debía terminar en -i.
El apartado teonímico es robusto, ya que Band-va acompañado de dos epítetos.
El primero, Vortiaicius, es también uno de los más frecuentes, pues está atestiguado en al menos otras cinco ocasiones y todas ellas, salvo una, proceden de la zona de dispersión meridional del teónimo 7.
El segundo epíteto, en cambio, es inédito y ello difi culta acertar en la restitución de la letra perdida.
proporcionar solvencia a este artículo.
Sobre el sexo gramatical de los dioses peninsulares, Encarnação 2002.
Como muchos de estos epítetos aluden a lugares, nótese su semejanza con Norba, que no en vano es el mejor conocido y más famoso topónimo de la zona.
Pero ya hemos señalado que se trata de una reconstrucción hipotética y entra también en lo posible que sea el derivado de un antropónimo.
Y aunque para el patronímico no hay paralelos estrictos9, ello carece de relevancia porque constan en abundancia formas como Caerus, Caerius y Caeria (Navarro-Ramírez 2003: 126 y Vallejo 2005: 242) y se conocen nombres similares con derivación en -aius, como sucede, -sin ir más lejos-, con el propio nombre Tureus, para el que se documenta la forma Turai (gen.)
FINCA "PASCUALA", JARANDILLA DE LA VERA Altar de granito, conservado en su integridad salvo por la falta de la moldura lateral izquierda de la cornisa y un fuerte golpe que mató la esquina inferior izquierda de la basa; en la parte superior se mantiene el foculus, de planta romboidal y con las esquinas apuntando al centro de cada cara del monumento.
Dimensiones actuales, 94 x 34 x 23 cm. El texto votivo se divide en dos campos, con la primera línea en el listón superior de la cornisa y el resto, en el neto.
Las letras son capitales de factura muy desigual y un tamaño medio de 5 cm; la E (lín.
2 y 7), en forma de dos rayas paralelas; la G (lín.
1 y 5), con el espolón sinuoso; y la A (lín.
1-2, 4 y 7), con el fi lete anclado solo en el brazo izquierdo, inclinado e incompleto.
También son signifi cativas la forma en que dispuso la intepunción y la de ruptura de palabras entre líneas.
Lamentamos la brevedad de la descripción, pero la autopsia se realizó en condiciones poco adecuadas e impuestas por las circunstancias.
El epígrafe procede de una zona situada al sur del término de Jarandilla de la Vera y en la orilla izquierda de la Garganta Jaranda, en la que se han detectado restos de al menos tres asentamientos antiguos, siendo el más importante aquél en cuyas cercanías se identifi có la base de un mausoleo romano (González Cordero y Hernández López 1992).
La inscripción se encontró un poco más al sur de ese punto, en dirección a la Dehesa Chica y a la fi nca "Pascuala", donde se constata también la existencia de distintos restos constructivos antiguos, sillares almohadillados o con molduras, un contrapeso de prensa olearia, cerámicas comunes, algunos fragmentos de terra sigillata, escorias, vidrios, restos de un horno y partes de la cimentación de una casa; más signifi cativo es que en esa misma área se halló otro epígrafe latino, re-aprovechado como jamba Figura 3.
Altar de Quangeius, fi nca "Pascuala", Jarandilla de la Vera (A. González Cordero).
Al igual que sucede con el altar siguiente de "El Salobral", en la zona hay una surgencia salada -la llamada "Fuente de la Sal"-que goza de gran reputación en la zona.
La inscripción se encuentra depositada en una dependencia de labor de la fi nca "Pascuala".
En la última línea sorprende que se haya abreviado fanum, puesto que hay espacio para haber acomodado el fi nal de la palabra; sin embargo, antes que conjeturar que se debe a la ineptitud de un cantero, debe notarse que hay sufi cientes ejemplos del uso de la abreviación fan(um) en epígrafes en que se mencionan santuarios concretos 11.
Quangeius, por su parte, es un numen del que hay otros testimonios, todos procedentes de la Lusitania, salvo uno encontrado en una zona limítrofe de la Citerior (Garcia 1985), siendo el de Jarandilla de la Vera el más oriental de la decena de altares conocidos 12.
Desgraciadamente, fuera de CUATRO ALTARES DE LA VERA, CÁCERES Por otro lado, y tomada en su literalidad, la fórmula votiva implica un grado de distancia temporal y/o espacial entre la colocación el altar y el cumplimiento del voto, lo que parece contradecir el testimonio de otros miles de aras, cuya bien conocida fórmula señala que el depósito de esta constituía la voti solutio; y, en todo caso, si se trataba de actos distintos y consecutivos, el orden lógico hubiera sido la resolución del voto primero, seguida de la conmemoración inscrita del mismo.
Sin embargo, existen algunos epígrafes que inclinan a pensar que la expresión de nuestro de altar no es superfl ua ni redundante, sino que se trata de un pleonasmo mediante el cual el devoto intensifi có el valor de su acción frente a la divinidad.
Así, en un ara de Caleruela, Toledo, la secuencia que nos interesa se repite casi al pie de la letra y también en Trujillo 15.
No son estos los únicos casos, porque se encuentran paralelos menos estrictos en varios lugares de Hispania y de otras provincias 16.
EL SALOBRAL, COLLADO DE LA VERA
Ara de granito de grano fi no y color amarillento pardusco, cuyas dimensiones actuales son 75 x (37) x ( 12) cm. Conserva íntegramente la estructura de cornisa, fuste y basa pero, salvo en la cara inscrita, los otros lados presentan un visible desgaste, especialmente en el coronamiento, que ha perdido completamente el foculus.
Se trata de abrasiones intencionadas, comparables a las concavidades que presentan los molinos de mano, lo que apunta al uso de la piedra como afi ladera.
El frontal se conserva mucho mejor que las otras caras, seguramente porque el altar estuvo volcado sobre él, lo que también explica el severo desgaste de sus aristas.
Con todo, la inscripción presenta varios arañazos y roces que afectan notablemente la lectura de las lín.
4-5 y han obliterado casi completamente la O en lín.
Las letras miden 4 cm y debe señalarse la selectiva convivencia de la grafía habitual de la E con la arcaica o cursiva, es decir, la formada con dos rayas verticales: la primera aparece en las palabras "corrientes", como la conjunción de la lín.
1 o el nombre del dedicante, mientras que la segunda se restringe a los nombres sagrados.
También es notable la A de la lín.
5, con características similares a las ya señaladas en el altar anterior; por último, entre la M y la O de la lín.
7 hay un claro trazo intermedio que no supera la mitad de la caja y que puede ser un rasgo accidental o que quizá protegía la cola de la Q de la lín.
Según se nos informó, el hallazgo se produjo en la ribera septentrional del Tiétar, conocida como "Vega de Jaraíz", en el curso de unos trabajos de explanación agrícola junto a uno de los pozos de agua mineralizada que dan a los alrededores el nombre de "El Salobral".
Aunque el sitio pertenece al ayuntamiento de Collado, está inmediato al río y a la muga de Jaraíz y, de hecho, desde hace varios siglos, "El Salobral" no se entiende tanto como una referencia a las surgencias mencionadas, cuanto a la advocación de la Virgen de ese nombre, que es precisamente la patrona de Jaraíz de la Vera; al trasladarse el culto a esa localidad, la ermita que lo alojaba cayó progresivamente en ruina y hoy día el solar lo ocupa una nave agrícola, aunque Figura 4.
Ara de una pareja divina, fi nca "El Salobral", Collado de la Vera (A. González Cordero).
Más interesante a nuestros efectos es que, por toda la "Vega de Jaraíz", los tractores y máquinas subsoladoras empleadas en los cultivos intensivos, ponen al descubierto cada año los restos característicos de asentamientos agrícolas romanos -molinos, tegulae, sillares y restos de opus caementicium-que se acarrean hacia las orillas del Tiétar, donde sirven para la salvaguarda y contención de las fuertes crecidas del río (González Cordero 2007).
El altar lo conserva su descubridor en un lugar colindante con la fi nca "El Salobral".
ÙO -5: NIAII La transcripción del epígrafe no presenta más dificultad que la derivada del mal estado de las letras del cuarto renglón que, sin embargo, puede leerse con cierta seguridad porque el mismo nombre se repite en el segundo.
Tampoco la interpretación del texto es difícil, pues se identifi can inmediatamente los tres elementos de las dedicaciones votivas: nombre divino, dedicante y ofrenda.
Otro asunto distinto es la interpretación del apartado teonímico que, ocupando las cinco primeras líneas de la inscripción, es el rasgo más notable del monumento y, sin duda, el más signifi cativo.
La primera parte de la advocación divina está clara: comienza en la lín.
1 con unas siglas que sustituyen la fórmula deo et deae, deabus et dibus y sintagmas similares que fi guran en muchos exvotos lusitanos y de otros lugares de Hispania; expresiones compactas como la de nuestro altar, en cambio, resultan excepcionales y solo hemos sido capaces de encontrar otros dos ejemplos, bien distantes entre sí 17.
Fórmulas como Dis deabusque y similares implican la mención colectiva a númenes de ambos sexos que no precisan individualización, salvo que se trate de divinidades plurales como los Campestres, Consentes, Fatales, Hospitales, 17 CIL III, 8186; Dragojevi -Josifovska 1982: cat. n.
16; HEpOl 6399, con foto, de Plasenzuela, Cáceres, un lugar situado a unos 90 km al sur de la Vega del Tiétar.
Momentis o Penates 18; o específi cas de algún lugar, al estilo de los dis deabusque Call(---), Caulecisaecis, Coniumbrigensium, Urbisalviensibus, etc 19.
Parece lógico suponer que el altar de "El Salobral" se ajusta a la misma práctica y que la larga secuencia, que ocupa las líneas 2-5, se refi ere a un colectivo divino califi cado con epítetos tópicos.
Pero la difi cultad reside en determinar cuáles fueron esos dioses, ya que faltan indicios claros para la correcta segmentación de la secuencia teonímica: no se aprecia interpunción; tampoco ayuda la división de palabras entre líneas y, para terminar, en la larga invocación no se distingue ningún nombre divino previamente conocido.
Un epígrafe votivo, recientemente descubierto en Viseu, presenta un apartado teonímico cuya estructura no solo es similar al que nos ocupa, sino que comparte con él una secuencia sobre la que apoyar una posible segmentación: Deibabor igo deibobor Vissaieigobor, que ha sido entendido como la expresión en un dialecto céltico de una fórmula clásica: Deabus diisque Vissaieicis, esto es, las diosas y dioses propios del lugar que actualmente conocemos como Viseu (Fernandes et alii 2009: 146; cf. AE 2008: 643 y HEp 17, 2008: 255).
Sin embargo, no parece que el paralelo sea válido porque habría que explicar por qué en nuestro altar se usó la conjunción et y no IGO; además-como veremos a continuación-, el resto de los nombres se fl exionan usando las desinencias latinas: es decir, a diferencia de la inscripción de Viseu, la nuestra está escrita en latín 20.
Debe partirse, pues, del análisis morfológico de la propia fórmula teonímica y continuar a partir de los resultados de este, en la medida en que se pueda.
El primer rasgo llamativo es la repetición, en las lín.
2 y 4, de la secuencia VLISO, cuyo identidad viene asegurada porque el comienzo de la primera ocurrencia está precedida por la fórmula d(---) et d(---) y, en el segundo caso, por la singular disposición gráfi ca de la lín.
Además, en ambos casos, el radical parece acompañado de sufi jos distintos, lo que sugiere una inicial segmentación tripartita del teónimo: VLISOIGO / TIIRIIVN, VLISO/NIAII.
La última línea debe de 20 Sin embargo, el apartado teonímico difi ere del resto del texto por preferir sistemáticamente letras con formas arcaizantes; cabe conjeturar sobre las razones del fenómeno, pero es posiblemente arriesgado atribuirle valor semántico. ser un sufi jo porque la lectura es segura y, en esas circunstancias, falta cuerpo sufi ciente para considerarla una palabra completa; además, VLISONIAII aparenta ser un femenino, lo que se conforma adecuadamente con la invocación inicial.
Distinto es lo que sucede con VLISOIGO porque, por un lado, -igo/-ico es un sufi jo muy corriente en la teonímia peninsular pero la terminación -oigo parece inusual.
Por ello, a salvo de mejor opinión y mientras nuevos testimonios resuelvan la duda, nos inclinamos provisionalmente por esta otra segmentación: VLISO, IGO/TIIRIIVN 21, VLISO/NIAII, que sigue siendo tan conveniente como la anterior desde el punto de vista de la sintaxis y el signifi cado del epígrafe.
Como IGOTIIRIIVN no puede ser una forma completa latina, hay dos posibilidades que contemplar; la primera es que se trate de uno de los característicos genitivo plural en -un de las lenguas peninsulares, al estilo de Celtigun (CIL II 6298; HEpOl 12615), pero este tipo de formas solo se documentan en nombres personales.
La segunda posibilidad es pensar que lo que se escribió fue IGOTIIRIIVN[I], habiéndose borrado la desinencia fi nal (de dativo, como corresponde) con el deterioro del monumento; la autopsia de la piedra no autoriza esta hipótesis, incluso a pesar de la herida/rasgo que se ve en la foto tras la -n; pero se llega al mismo resultado considerando que lo que tenemos es una forma abreviada: Igotereun(o, -i o similar).
Estas consideraciones llevan a la hipótesis de dos teónimos, uno femenino y otro similar, pero masculino y con epiteto: Ulisonia y Ulisus Igotereun(us, -is).
La existencia de parejas divinas es considerada una característica de la religiosidad céltica y en la propia Lusitania se da el caso canónico de Arentius/ Arentia, cuyos devotos los adoraron simultáneamente de forma conjunta e individual y empleando solo sus respectivos teónimos o esos con epítetos (Olivares Pedreño 1999), que no agotan las ocurrencias de paredrías en esa y otras provincias.
7, obliga a aceptar que el desigual espaciamiento de los caracteres no es signifi cativo.
El caso de Igotereun(us, -is) es inédito en Hispania, aunque su primer elemento aparece ocasionalmente en la onomástica mediterránea22 y recuerda a la forma Ico-que consta en algunos nombres divinos, personales y de lugar de la Céltica propia 23.
Hay, sin embargo, una difi cultad sintáctica con esta propuesta y es que mientras los teónimos se expresan en asíndesis, las siglas de la invocación inicial van unidas con la preceptiva copulativa y obligatoriamente deben desarrollarse como formas singulares, lo que lleva a la incongruente situación de que deus, dea no preceden a los respectivos teónimos.
La situación es irregular y no tiene explicación, salvo que se entienda que quien escribió/grabó el epígrafe se atuvo a la fórmula habitual sin preocuparse de las menudencias sintácticas.
ALTAR FUNERARIO DE LOSAR DE LA VERA
Fragmento de un altar de granito del que solo se conserva el coronamiento y parte del neto, habiéndose perdido el resto de este y la basa; sus dimensiones actuales son (89) x 40 x 40.
Hasta su descubrimiento, la pieza estuvo parcialmente enterrada boca abajo y ello justifi ca el distinto grado de desgaste del letrero, que aparece estragado en los renglones expuestos a los agentes atmosféricos y en relativo buen estado en la parte que permaneció bajo tierra.
El campo epigráfi co mide (73,5) x 40 y las letras, 5,6, aunque su factura es muy descuidada.
El hallazgo se produjo cerca del Puente del Cincho, sobre la Garganta de Cuartos, donde hay un amplio campo de ruinas, muy arrasadas, en el que afl ora abundante material latericio romano y cascos cerámicos.
La pieza la conserva su propietario en un cuarto de labor de la fi nca "Vega del Cincho", en Losar de la Vera.
4: Se ve claro el nexo MA, seguido de lo que parece una F con el astil inclinado a la derecha, posiblemente una forma cursiva.
5: La cruz corresponde a un rasgo vertical, con otro perpendicular arriba, pero del que solo se aprecia el lado derecho.
Puede ser una T, pero las otras dos llevan un montante claro.
6: A primera vista, un numeral, pero solo el segundo signo es claro y seguro.
Se trata de un ara con coronamiento simple, que es un soporte usado en la provincia de Cáceres únicamente para dedicatorias sacras (HEpOl 22633 de Valverde del Fresno y 22850 de Zorita).
Sin embargo, las siglas 24 del primer renglón dejan claro que no puede 24 Se trata de una variante de la común invocación a los Manes, escasamente empleada en las provincias hispanas (Velaza 1995) y cuyos hallazgos dibujan un reparto geográfi co poco signifi cativo, vid. HEpOl 1791, 6265, 7313, 8291, 8451, 8547 tratarse más que de un epitafi o, en el que Anna parece la dedicante (y quizá, la mater), mientras que Corus -un cognomen sufi cientemente atestiguado en Roma y otros lugares, aunque no en Hispania 25 -, puede ser el difunto y quizá también, el hijo, a tenor de la F de la lín.
4; como alternativa, se nos ha sugerido leer Coroanna, dado que existen en la Península Ibérica algunos nombres personales y divinos prefi jados con Coro-26.
Nos parece que esa posibilidad complica innecesariamente la sencilla estructura del epitafi o, pero lo cierto es que a partir de la lín.
2 impera la incertidumbre, porque en el renglón siguiente puede ir un nombre como Atte[t]ico o, por el contrario, dos nombres abreviados, Att(---) et Ico(---), seguidos de un numeral, que debe de corresponder a la edad, aunque no está claro dónde puede estar la indicación annorum.
En defi nitiva, una inscripción en la que solo se reconocen algunos de los elementos habituales de un formulario fúnebre, ya que el texto nos ha llegado muy corrupto.
Fechar inscripciones es más un arte que una ciencia, porque pocas piezas proporcionan una data explícita; para el resto, se recurre a indicios de relativo valor y cuya efi cacia está marrada por diversas consideraciones.
De ahí que se rehúyan las opiniones cronológicas y que, cuando se dan, esas fechas admitan 50-100 años de latitud.
Por otra parte, opiniones e hipótesis fundadas en conjuntos epigráfi cos extensos son, por lo general, mucho más fi ables que las obtenidas de unas pocas piezas; y los epitafi os, con sus variados manierismos, resultan más fructíferos a estos efectos que las escuetas dedicatorias sacras.
En consecuencia, datar cuatro epígrafes procedentes de una aislada zona rural (o, incluso, peor, silvícola) y de los cuales, además, tres son exvotos, es seguramente el peor de los encargos posibles.
Por fortuna, contamos con la guía de Knapp (1922: 339-384), quien trató de razonar la cronología de las inscripciones del centro de la Península; como en ese conjunto se incluyeron también las de la parte avileña del Valle del Tiétar, sus argumentos parecen, en principio, aplicables a La Vera.
De las cuatro piezas, la más sencilla de datar es la última, el epitafi o degradado de Losar de la Vera.
La invocación a los Manes comenzó a utilizarse en las lápidas sepulcrales de Tarraco a comienzos del siglo II d.C. (Alföldy 2011: CVI), primero expressis verbis y, luego, en distintos grados de abreviación, siguiendo en uso hasta bien entrado el siglo III.
Aunque entre las estudiadas por Knapp no hay tan claras pautas cronológicas, el investigador americano extiende este criterio a las inscripciones del centro peninsular, sobre todo si, como en el caso que nos ocupa, hay también letras en nexo, que es otra marca de fecha tardía.
El deterioro del monumento de Losar de la Vera nos priva de otros posibles indicadores cronológicos, que pueden suplirse con la opinión de uno de nosotros que prospectó la zona del hallazgo: los restos cerámicos hallados en superfi cie apuntan a que el asentamiento alcanzó su apogeo entre los siglos III-IV.
Otra cuestión distinta es la data de los tres altares.
De ellos, en dos -los de las fi ncas "Pascuala" y "El Salobral"-los teónimos van acompañados de los epítetos deus, dea, que es un fenómeno bien fechado en las provincias galas y germanas, donde estuvo en uso durante más o menos un siglo a partir de mediados del siglo II d.C. (Raepsaet-Charlier 1990: 13).
Está por ver hasta qué punto ese criterio es aplicable a Lusitania en general y a la remota comarca que nos interesa, en particular.
Por ejemplo, para el altar de Viseu al que antes hemos aludido, sus editores sugieren datarlo "de meados / 2o metade do século I d.C.", basándose en la apariencia del texto (Fernandes et alii 2009: 150); en cambio, Hernando (2005: cat. nn.
146-151) cita la práctica galo-germana como criterio para fechar las dedicatorias del Deus Velicus del santuario de Postoloboso, que pertenecen al mismo milieu geográfi co y cultural que nuestros altares; y, usando también argumentos paleográfi cos, tres de los exvotos de Quangeius (los únicos fechados por sus editores) se sitúan en diversos momentos del siglo II d.C. (vid. supra nota 15 para las referencias apropiadas).
No cabe duda que lo más llamativo de estas dos aras es precisamente la apariencia de sus respectivos letreros, que combinan una factura "descuidada" (seguramente el resultado del bosquejo a mano alzada el texto para guiar la composición y posterior corte de las letras) con algunos rasgos gráfi cos singulares que sirven como indicios cronológicos.
Así la G del altar de "Pascuala" es, para Knapp (1992: 374), una forma que se hace común a partir del siglo II y durante el III, mientras que la misma letra con el espolón vertical del ara de "El Salobral" es menos signifi cativa porque se encuentran ejemplos de esa grafía desde el siglo I al IV.
Son indicios también de fecha tardía la A con medio fi lete, la L con el brazo descendente y la T con travesaño corto27; en cambio, las E y F cursivas, que aparecen en inscripciones muy antiguas, siguen usándose ocasionalmente en otros periodos, a veces por mor de arcaísmo, como probablemente sucede con la pieza de "El Salobral".
Todo considerado, pues, resulta plausible que ambos altares puedan fecharse desde mediados del siglo II hasta bien entrado el siglo III, siendo quizá el de "Pascuala" más tardío que el de "El Salobral".
Finalmente, el altar de Band(-) se diferencia de los otros dos por el trazo regular de las letras, el corte de estas y su regular distribución en renglones, aunque no se respete la división de palabras.
En contraste con las anteriores inscripciones, es patente que en esta, la talla del letrero fue precedida de un cierto diseño, realizado probablemente usando escuadra y compás.
Aún así, el resultado es una capital cuadrada "aligerada" gracias a detalles como los bucles no cerrados de la B y de la R, el desigual brazo intermedio de la E, etc. La experiencia demuestra que los rasgos anteriores no siempre tienen valor cronológico, sino que dependen de otros factores como la habilidad del cantero, el precio del encargo o la calidad de la piedra.
Sin embargo, nuestra impresión es que este altar debe de ser más temprano que los otros dos, posiblemente de fi nes del siglo I a comienzos del siguiente.
Nótese que en la media docena de ofrendas de Band(-) para las que se ha propuesto una fecha, esta oscila entre comienzos del siglo I y fi nes del II d.C.
Cuatro epígrafes no dan demasiado de sí, pero hay al menos dos conclusiones que se imponen.
La primera es que presentan la misma composición tipológica que señalábamos al principio como un rasgo destacado del conjunto epigráfi co de la región: un alto porcentaje de dedicatorias sacras, un pequeño número de epitafi os.
Que esto sea una consecuencia del azar o una particularidad sobre la que fundamentar juicios históricos, es algo que el tiempo dirá, porque nuestro trabajo es solo una demostración de lo poco explorada que está la zona y lo fructíferos que pueden ser futuros esfuerzos.
La segunda conclusión es de mayor enjundia histórica.
Como ya se ha dicho, desde hace más de 30 años se sabe que en el extremo oriental del valle del Tiétar, justo en la confl uencia de este río con la garganta de Alardos, en el paraje llamado de Postoloboso, existió un santuario cuyo numen titular fue el deus Velicus.
A pesar del número de aras encontradas en torno a la ermita allí existente y en sus alrededores, la sorpresa de la excavación del lugar fue que reportó un magro número de hallazgos banales y ninguna estructura edilicia (Fernández Gómez 1973: 231-235).
Se ha discutido si ello es debido a que los edifi cios anteriores fueron arrasados al construirse la ermita, si ésta se encuentra algo desplazada del santuario antiguo o, por el contrario, éste nunca contó con una construcción digna porque la presencia divina emanaba del lugar mismo.
La cuestión sigue sin resolverse tras la última campaña de excavaciones en Postoloboso (Schattner et alii 2006: 210), pero quienes han escrito sobre el sitio son unánimes notando su espectacular emplazamiento, a espaldas del impresionante farallón del pico Almanzor y con vistas sobre una amplia porción del valle del Tajo que llega hasta las estribaciones de los montes de Toledo.
Quizá la santidad del santuario que presentamos en este trabajo, el fanum Quangei, derivaba justamente de lo contrario, de la impresión causada por el paraje cerrado e inhóspito de un bosque de ribera.
Pero ambos parecen ser lugares de culto sin aparentes infraestructuras y obligan a reformularse cómo fueron los santuarios extra-urbanos de Hispania. |
de texto ya conocido (Hep 13, 260), procede de Chipiona (Cádiz); la otra, aún inédita, es de procedencia desconocida y se conserva en una colección particular.
PALABRAS CLAVES: epígrafe romano, epitafi o, Hispania.
I. EPITAFIO DE AEMILIA GYMNAS
La ciudad de Chipiona, donde se ubicaba el antiguo monumentum Caepionis o Καιπíονος πυργος 2, no ha sido demasiado pródiga en la transmisión de informaciones sobre su pasado romano.
A los hallazgos aislados acaecidos desde el siglo XVII, especialmente los registrados por Diego de Carmona y Bohórquez en su historia del Monasterio de Regla 3, se suman 1 Trabajo realizado en el marco del proyecto I+D+i HAR2009-02283, del MICINN.
Hemos de agradecer las observaciones críticas y sugerencias efectuadas por los revisores anónimos del trabajo.
Obviamente, la responsabilidad del texto es exclusiva del autor 2 Mela, Chor.
3 Diego de Carmona y Bohórquez, Historia sacra del insigne origen y raro aparecimiento de la antiquisima imagen de Nuestra Señora de Regla y de sus admirables y maravillosas obras, obra inédita que hemos podido consultar gracias a los buenos ofi cios del Dr. A. Ramos Millán.
Fue colacionada en Muñoz y Romero 1858: 222. desde hace unos años los resultados de la investigación arqueológica desarrollada desde los años 80 del pasado siglo.
Esta labor reciente ha puesto de relieve la intensidad del poblamiento rural en el término municipal con la detección de un conjunto de asentamientos rurales, algunos de los cuales presentan una específi ca vocación hacia la producción alfarera relacionada con las industrias vinaria y de salazones, de forma similar a otros lugares del entorno de la Bahía gaditana en época altoimperial (Ramos 1981; Ramos y Riesco 1983; Alarcón 1991; Alcázar et alii 1994; Lagóstena 2001; Ramos Millán et alii 2001; Fornell 2005: 101-102, 108).
Y tampoco son numerosas las inscripciones originarias del lugar.
Solo cuatro textos se han conservado en los aproximadamente 800 años en los que la práctica epigráfi ca se estuvo ejerciendo en el sur peninsular.
Dos son de época tardoantigua, conocidos por la tradición manuscrita y hoy en paradero desconocido, procedentes del recinto del monasterio de Regla, en un entorno de "infi nitos sepulcros, piedras y huesos que se descubren de ordinario en aquel sitio"4.
Se trata de los epitafi os de un ignoto famulus Dei de seis años que muere en 466 5, el otro, el de una virgo llamada Urbana 6, fechado por Hübner en el siglo VII d.C. 7.
Las otras dos piezas, de cronología imperial, son también funerarias.
Una de ellas corresponde al epitafi o de C. Canius Primulus, que se fecha a fi nales del siglo II d.C., hoy depositado en el museo habilitado en el Santuario de Regla8.
Pero lo que nos interesa ahora es ofrecer la edición completa de una pieza de la que hasta el momento solo se disponía de una noticia escueta que se dio a conocer en el Anuario Arqueológico de Andalucía de 2001de, publicado en 2004de (Ramos et alii 2001: 58): 58), con la sola lectura y una propuesta de datación realizada por nosotros, a petición de los autores, sobre la base de una fotografía.
Posteriormente Hispania Epigraphica se hizo eco de ella en la entrada correspondiente del volumen 139.
Gracias a la amabilidad del Dr. Antonio Ramos Millán pudimos acceder en 2007 a la pieza y efectuar su autopsia, en el marco de un ciclo de conferencias sobre la Antigüedad de Chipiona celebrado en septiembre de ese mismo año.
Resultado de aquella autopsia es el breve estudio que se ofrece a continuación.
La inscripción fue hallada en la excavación de urgencia realizada en el yacimiento denominado "El Olivar", en 2001, situado a unos dos km de la línea costera, villa dotada de un complejo de producción alfarera de envases de vino y salazones y salsas de pescado, con sus hornos correspondientes, cuya actividad se prolonga desde época republicana hasta el Bajo Imperio.
Concretamente la pieza fue encontrada en un depósito doméstico de basuras sito sobre los restos del derrumbe de la cúpula de la cámara de cocción de uno de los hornos, el no 2, que colmataba los socavones originados por la caída de la mencionada bóveda sobre la parrilla (Ramos et alii 2001: 58).
Se trata de una placa rectangular de mármol blanco de grano grueso, fracturada de antiguo en dos trozos que fueron hallados en dos sectores diferentes de la excavación (sectores 3 y 4).
Los márgenes inferior e izquierdo están perfectamente cortados, mientras que el superior y el derecho presentan un desbastado más grosero, lo que permite pensar en una reutilización de una pieza de mayor tamaño que fue adaptada para un nuevo uso.
Tanto la parte anterior como la posterior fueron pulimentadas, si bien hoy presentan numerosas concreciones en su superfi cie, que no difi cultan, en cualquier caso, la lectura.
Aunque el estado de conservación es bueno, puede observarse claramente que ambos fragmentos han experimentado una diferente meteorización, resultado de la mencionada deposición en dos lugares diferentes.
Se aprecia igualmente en la parte posterior inferior una rebaba de anchura desigual, producto del corte de la sierra y posterior fragmentación para separar la pieza del bloque.
Sus medidas son las siguientes: 24 x 5) x 2,9 cm. Las letras son capitales en l.
1, con algún rasgo librario en los trazos ascendentes de M; en el resto de líneas es una libraria muy estilizada, con refuerzos poco marcados, con excepción de algunos caracteres (S en l.
1), e incisión poco profunda en todos los caracteres excepto en la l.
Los espacios interlineales son de 1,5 cm entre todas las líneas.
La ordinatio es aparentemente cuidada y con justifi cación centrada, aunque se aprecian algunas inconsistencias como la altura diferencial de las letras D y S (3,5 cm) con respecto a M (3 cm) en l.
Puesto que el margen izquierdo ha sido recortado, la distancia del texto al borde izquierdo en su estado original debía ser la misma aproximadamente que la del lado derecho, esto es, l.
4: 9 cm. El cuadratario no parece haberse guiado por la línea de caja, de la que no se conservan restos, pues se observa cómo los caracteres, especialmente en l.
2 y 4, no se alinean con respecto a ella.
La interpunción en l.
1 entre D y M es un trazo casi horizontal, mientras que entre M y S, y tras este carácter, se han empleado trazos oblicuos similares a apices.
En el resto de las líneas las interpunciones son triangulares con el vértice hacia abajo.
Los trazos horizontales de algunas letras, como H, E, A, están inclinados hacia la izquierda, aunque en l.
3 no se ha grabado el de A; el trazo horizontal de L, muy corto, sobresale por la izquierda en l.
2; H proyecta su trazo vertical izquierdo por encima de la caja de la letra, al igual que Y lo hace con el trazo diagonal derecho y X con su diagonal superior derecha (Fig. 1).
Se trata de una inscripción funeraria del tipo más usual en la provincia Baetica (Stylow 2002: 353), y particularmente en la zona gaditana, con mención del nombre de la difunta sin fi liación, la edad y la clásica fórmula funeraria fi nal11.
El nombre de la difunta se ha hecho constar en nominativo, como es lo usual en la Bética en las fechas en que se redacta el texto.
El cognomen Gymnas es de fi liación griega (Solin 2003: 930) 13, circunstancia que unida a la ausencia de fi liación permite pensar en una joven difunta con la condición de liberta.
El contenido etimológico del nombre hace alusión a los ejercicios corporales y al mundo del gymnasion, como otros de la misma familia -Gymnasio(n), Gymnasius-a, Gymnicus-.
Pero si todos ellos están bien representados en el mundo romano14, no ocurre lo mismo con Gymnas.
En la Península Itálica solo se ha documentado por el momento en Roma y en Pola, en los epitafi os de una esclava de mediados del siglo II d.C.15 y en la inscripción funeraria de un liberto imperial dedicada por sus hijas Armonia y Gymnas16.
Por su parte, en el ámbito grecoparlante el nombre Γυμνάς se encuentra atestiguado en Isauria17, mientras que su correspondiente masculino, Gymnus, no representado por el momento en la antroponimia latina, lo está en griego en Egipto, en un texto de tipo proskynema procedente de Silsilis18.
Con la pieza de Chipiona, pues, tenemos el primer testimonio en la Península Ibérica de este poco común nombre 19.
La ordinatio de la inscripción, con el extenso espacio existente hasta el margen de la inscripción, permite descartar la posibilidad de que se hubiese escrito abreviadamente el nombre Gimnasio, cognomen femenino bien documentado en la propia Urbs20.
A juzgar por la consignación de la consagración a los Dioses Manes, la indicación de la edad en ann. y las fórmulas fi nales (Stylow 1995: 222-223), así como por la paleografía de las letras, esta inscripción debe fecharse en las últimas décadas del siglo II d.C. y primeras del siglo III.
Se trata de una placa de mármol blanco de grano muy brillante que muestra una pátina amarillenta y que se encuentra partida en tres trozos que casan sin difi cultad.
Esta fractura, no obstante, no difi culta la lectura del texto, como tampoco lo hacen los pequeños fragmentos que ha perdido en su parte superior y en la esquina inferior derecha.
La pieza tiene las medidas siguientes: 30 x 30,3 x 4 cm, con la cara frontal apomazada.
Presenta un marco moldurado en cyma reversa que hace que el campo epigráfi co disponible tenga unas dimensiones de 20,5 x 23 cm. Se aprecian las fi nas líneas de guía del pautado horizontal, que no fueron borradas en el proceso fi nal de ejecución de la pieza como era lo usual.
La escritura es una capital cuadrada realizada mediante grabado profundo y refuerzos marcados, y en la que se aprecian algunos rasgos librarios en caracteres como S o M. El módulo de las letras no es uniforme, oscilando entre 2,6-3,3 cm en l.
5, a excepción de la primera I de l.
2, que obliga al nombre de la difunta a salirse del campo epigráfi co por la derecha; además, en l.
5 el cuadratario ha tenido que insertar forzadamente la I de Matri, acomodándola entre el lóbulo y el trazo diagonal de la R, e incluso ha olvidado grabar dos de las letras de la fórmula funeraria fi nal.
Hay interpunciones triangulares con el vértice hacia abajo en ll.
3 21, y dos hederae en forma de corazón en l.
1, bastante toscas y sobredimensionadas.
Particularidades paleográfi cas: M de arcos muy abiertos, con tres apoyos en la línea de caja; P y R con óculo cerrado; N con trazos verticales que tienden a inclinarse a la derecha; E y F con trazos horizontales rectos; travesaño de la T con cierta ondulación; O de módulo inferior al resto de caracteres.
Se ignora la procedencia de esta pieza, que está depositada en la colección particular de D.
21 El trazo oblicuo izquierdo de esta posible interpunción parece vislumbrarse sobre el margen izquierdo del desconchón.
22 Hemos de agradecer a D. Francisco Alcaide Juano el permiso para acceder a esta inscripción, agradecimiento que se ha de hacerse extensivo a D. Manuel Alonso por sus gestiones así como a R. Carande y J. C. Saquete por haber atendido amablemente nuestras consultas.
Sobre otras piezas de esta colección, vide Sáez et alii 2003.
Como se puede observar son numerosas las anomalías que se acumulan en esta inscripción.
Estas incluyen tanto la forma de presentar la onomástica de los dos personajes -el de la difunta, con praenomen, nomen abreviado y cognomen, el de la dedicante también con abreviatura del praenomen, o quizás del nomen-, como la anormalidad en la fórmula funeraria fi nal, con el desarrollo de hic pero sin que se haya completado el formulario con s(ita) e(st).
Entre los rasgos paleográfi cos que mueven a la sospecha destacan especialmente algunos caracteres de la l.
4, como la R, el nexo TR, nada habitual, o incluso I, que no parecen de factura antigua; también el uso arbitrario de interpunciones y hederae es llamativo.
La acumulación de anomalías debe llevar a considerar la posibilidad de encontrarnos ante una falsifi cación.
A ello se suma el hecho de la falta de datos constatables sobre su origen y el encontrarse depositada en una colección particular.
A este respecto, no se ha podido recabar dato alguno de su procedencia ni de las circunstancias de su hallazgo, tratándose de una pieza, según su propietario, procedente del mercado de antigüedades.
La presencia conjunta de la dedicación a los Manes junto con el nombre del difunto en dativo y la fórmula f(aciendum) c(uravit) es algo muy infrecuente en el territorio bético, pero no en epígrafes de Lusitania 23, lo que quizá pudiera sugerir una posible proveniencia de la pieza del entorno lusitano o betúrico, que en cualquier caso debe quedar a título de hipótesis.
En fi n, teniendo presente las dudas y sospechas que suscita el texto en cuanto a su autenticidad y la posibilidad cierta de encontrarnos ante una falsifi cación, lo que no sería nada extraño habida cuenta de la existencia en Andalucía de mistifi caciones de este tipo generadas por el intenso tráfi co del mercado de antigüedades y los intereses de los coleccionistas 24, procedemos a continuación a realizar el comentario de la pieza.
Sin duda la particularidad más señalada de esta inscripción en el ámbito onomástico es la consignación de S y C en l.
Como se puede apreciar en la fotografía, es inequívoca la existencia de una interpunción tras este carácter.
En esa formulación esperaríamos que se tratara del praenomen de la difunta, un uso epigráfi co 23 Una búsqueda mediante EDCS muestra que son contados los casos béticos en los que se constata esa combinación -CIL II 989; AE 1995, 829-, frente a los documentados en Lusitania, hasta 65; en el caso concreto de la fórmula f(aciendum) c(uravit) esta se emplea en la Bética en 109 ocasiones, de ellas 69 en zonas colindantes con Lusitania, mientras que en esta provincia la cifra asciende a 710 registros.
24 Un argumento añadido a la posible falsedad de este epitafi o está en las sospechas que han suscitado otras piezas de esta misma colección; vide los comentarios de A. que, aunque no muy usual, sí está bien documentado en diferentes lugares del Imperio.
El fundamental estudio de M. Kajava (Kajava 1994) ha puesto de relieve la importancia de este fenómeno, especialmente entre las mujeres de las clases altas, así como su uso, más esporádico, en otros niveles de la jerarquía social; también se hacía eco este investigador de la escasa presencia de este fenómeno en Hispania25.
Como decíamos, en nuestra inscripción es incuestionable en l.
2 la S en el lugar que se espera para un praenomen.
En el repertorio del investigador fi nlandés fi guran varios praenomina empleados por mujeres que empiezan por S: Salvia, Septuma, Servia, Sexta (Kajava 1994: 212-213).
Sin embargo en todos los ejemplos colacionados se expresan estos nombres con su abreviatura de tres letras -como es lo propio de los de género masculino (Salomies 1987: 49-50) 26 -, no de una sola.
Satia Maxsuma, así desarrollado en el corpus de las inscripciones de Frejus y en sus editores precedentes, aunque el mismo Kajava afi rmaba en su estudio que "the reading of the fi rst S is uncertain".
Es por ello que tenemos serias dudas sobre la identifi cación de ese primer caracter de l.
1 de nuestra inscripción con un praenomen, y nos preguntamos, en este contexto de mala compaginación e interpunciones arbitrarias, si no estaríamos mejor ante un error del cuadratario al marcar la interpunción entre S y C cuando intentaba grabar un nomen que comenzara por ambas letras27.
En ese sentido, pensamos que una posibilidad a barajar podrían ser los gentilicios Scantia, Scaniana, Scaeuia, Scandilia, o quizá mejor por su mayor difusión, Scribonia, todos ellos atestiguados en la Península Ibérica (Abascal 1994: 213), y lo sufi cientemente extensos como para que fuera necesario abreviarlos de manera que nomen y cognomen cupieran juntos en la misma línea, ahorrando espacio para un texto que, como se aprecia en el último renglón, tenía demasiada información para tan exiguo espacio en la placa 28.
En la epigrafía meridional se encuentra ocasionalmente algún ejemplo de un nombre abrevia-La dedicante aparece como P. Iunia.
Aquí podríamos estar ante un praenomen abreviado, o bien ante la expresión de un nomen abreviado, cualquiera de los muchos que empiezan por P, y la consignación de un nomen en función de cognomen 33.
Como tal cognomen, Iunia está bien atestiguado en un grupo de inscripciones hispanas 34.
No obstante, lo usual es que este nombre se encuentre empleado como gentilicio, siendo de hecho uno de los más frecuentes en Hispania, ocupando el noveno lugar en el repertorio de Abascal y con abundante representación en la epigrafía de la Bética, tanto en la lapidaria como en la anfórica (Abascal 1994: 163; Chic 1988: 211; Chic 2001: 481).
Con respecto a las fórmulas funerarias fi nales, la separación que impone la interpunción tras hic nos hace considerar más válido el desarrollo s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) que la opción hic s(ita) e(st) [s(it) t(ibi)] t(erra) l(evis).
En función de lo dicho, la restitución que proponemos es la siguiente: D(is) M(anibus) s(acrum) / SC(-ae) (vac.)
C(a) esiol(a)e / ann(orum) XXXXV / P(---) Iunia ma/tri p(ientissimae? / iisimae?) f(aciendum) c(uravit) hic s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) En lo que se refi ere a la datación del texto, en principio esta habría de situarse en el siglo II d.C., más específi camente en su segunda mitad.
Tanto la paleografía empleada, como el formulario, con la notación de la consagración a los Dioses Manes, que se incorpora al lenguaje epigráfi co a partir del tránsito del siglo I al II d.C, y la abreviatura de la edad en ann., apuntan claramente a esa centuria (Stylow 1995: 222-223; Stylow 2002: 361). |
Muy probablemente, el doctor Ripoll hubiese escrito esta necrológica mucho mejor que yo.
Siempre intentó recordar a los que se habían ido, mientras que no dejaba de ocuparse de los que, de momento, nos quedábamos.
Así, sus necrológicas en la revista Ampurias eran tan eruditas como ponderadas y, en la menos importante pero muy vital Informació Arqueològica, solía escribir una introducción titulada "Textos y acotaciones", en la que dedicaba unas líneas a los maestros que nos dejaban, tanto a los españoles como a los de fuera de nuestros fronteras.
Antes de proseguir, bueno será recordar que Eduard Ripoll había nacido en Tarragona, el 23 de mayo de 1923, en una familia de clase media, dedicada al pequeño comercio, que después de la Guerra Civil fue a instalarse en Barcelona.
En esta ciudad inició sus estudios universitarios.
Primero, tanteó la facultad de Derecho, que no acabó de satisfacerle, y después, ya de manera definitiva, ingresó en la de Filosofía y Letras, donde decidió estudiar Historia y ser arqueólogo.
Aquella vieja universidad se hallaba desprovista de alguna de sus figuras señeras, como el catedrático Pere Bosch Gimpera, fundador de la llamada "escuela de Barcelona o escuela catalana de Arqueología", que se encontraba en el exilio.
Lo sustituían, con distinto estilo y seguramente tono, Lluís Pericot y Martín Almagro Basch, siendo Ripoll alumno y discípulo de ambos.
De esta suerte, en 1947, todavía estudiante, empezó a ejercer de conservador auxiliar en el Museo Arqueológico de Barcelona, dirigido por el doctor Almagro, en cuyo edificio también tenía la sede la Comisaría de Excavaciones, cuyo titular era el doctor Pericot.
Una vez regresado de París y terminada la carrera, en 1953, en la que obtuvo premio extraordinario de licenciatura, siguió en el Museo, del que, aquel mismo año, pasó a ser conservador senior.
No mucho después, en 1956, leyó su tesis doctoral sobre El arte paleolítico español, dirigida por el doctor Almagro, por la que también fue merecedor de premio extraordinario, y empezó a dar clases en la Universidad de Barcelona, en calidad de profesor ayudante.
En 1956, don Martín Almagró se trasladó a Madrid, para dirigir el Museo Arqueológico Nacional, y la Diputación designó al doctor Ripoll como director del Museo Arqueológico de Barcelona.
Almagro había puesto en marcha la revista Ampurias, desde 1939, había proseguido las excavaciones del sitio arqueológico del mismo nombre, publicando diversas monografías sobre las mismas, y había iniciado la colaboración con el Istituto di Studi Liguri y Nino Lamboglia, a la sazón cabeza visible de la innovación metodológica en el campo de la arqueología clásica.
No olvidó a los iniciadores de las excavaciones del conjunto, en 1908, Josep Puig i Cadafalch y Emili Gandía Ortega, cuya personalidad glosó en 1993.
La actividad investigadora de los dieciocho años de dirección del Museo de Barcelona (1963Barcelona ( -1981) ) se vio complementada con una tarea divulgativa nada despreciable.
El Museo pasó a convertirse en sede habitual de congresos, simposios, que constituyeron en algunos casos hitos importantes.
Entre ellos pueden citarse el III Congreso Internacional de Arqueología Submarina (1961), el Simposio Internacional de arte rupestre (1966), el Simposio internacional de Colonizaciones (1971), o el dedicado a Los orígenes del mundo ibérico (1977).
En el campo de la gestión, deben destacarse la adecuación y modernización del laboratorio de restauración, que llegó a contar con una completa plantilla de especialistas, así como la creación de los laboratorios Físico-Químico, Antropológico y Fotográfico.
El Museo pudo disponer, además, de un salón de actos aceptable y unas instalaciones administrativas mejoradas.
En las salas se actuó sobre todo en las de Prehistoria y Empúries.
Por otra parte, el conjunto monumental de Olèrdola, que fue adquirido por la Diputación, pasó a disponer de museo monográfico y se hizo accesible a través de una nueva carretera.
El doctor Ripoll, según queda dicho, ejerció la docencia en la Universidad de Barcelona desde su juventud.
Sin embargo, su aventura universitaria por excelencia la protagonizó en L'Autònoma.
La Universidad Autónoma de Barcelona, como la de Madrid, fueron creadas durante el ministerio de José Luis Villar Palasí como centros piloto, y quizá sin ser ésa la intención del ministerio, albergaron un profesorado, en general, joven, entusiasta, progresista y de una sólida formación.
En Barcelona, antes de construirse el campus de Bellaterra, la facultad de Letras ocupó el monasterio de Sant Cugat del Vallès, entre 1968 y 1973.
En ella Frederic Udina, que ejercía de decano, tuvo el acierto de rodearse de una plantilla de profesores excepcional.
Eduard Ripoll, habiendo obtenido la categoría de profesor agregado y, después de una breve estancia en Oviedo, se incorporó a la facultad como vicedecano y profesor de Prehistoria, siempre flanqueado por Miquel Llongueras y Ricard Batista.
En 1981, el doctor Ripoll marchó a Madrid, a sustituir de nuevo a don Martín Almagro, esta vez en la dirección del Museo Arqueológico Nacional.
Durante el ejercicio de este cometido, que se prolongó hasta 1986, fundó el Boletín del museo y, además de atender el día a día de la institución, propició las actividades divulgativas, que tanto había cultivado en Barcelona.
Casi al mismo tiempo, ocupó la cátedra de Prehistoria de la facultad de Geo-grafía e Historia de la UNED.
Aquel año fue objeto de un merecido homenaje, plasmado en el primer volumen de la series de Prehistoria e Historia Antigua de la revista Espacio, Tiempo y Forma.
Durante su estancia en la institución, organizó el congreso de Historia de los Pirineos (Cervera, 1988) y los dedicados al Estrecho de Gibraltar (Ceuta, 1988(Ceuta,, 1990)).
Llegado el momento de la jubilación, volvió a Barcelona en 1993, donde retomó una actividad latente hasta entonces: la de académico.
En 1974 había sido elegido miembro de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona, ingresando oficialmente en 1978.
Su elección en la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi, databa de 1975 y, en 1981, leyó su discurso de ingreso.
En ambas instituciones volcó sus esfuerzos.
De la primera llegó a ser presidente en 1996, cargo que ejerció hasta su fallecimiento, el 28 de marzo de 2006, dando un vigor y un lustre a la institución que pocos recordaban.
En la segunda realizó diversas funciones, y sobre todo dirigió su boletín, entre 1993 y 2002, al que supo imprimir un acertado cambio.
He dejado para el final un comentario sobre la dedicación de Eduard Ripoll al estudio del arte rupestre.
En 1951, publicó en Ampurias, en colaboración con L. Pericot, su primer artículo sobre el tema.
Desde entonces, sus trabajos se sucedieron regularmente.
Desde sus primeros pasos en la bibliografía internacional, publicando en Préhistoire et Spéléologie Ariégeoise, en 1952, hasta el libro El arte de los cazadores paleolíticos, aparecido en 2002.
También debe señalarse su contribución a la fundación de la revista Ars Praehistorica (1982), así como las publicaciones que dedicó a difundir la obra de Henri Brueil.
Trabajador incansable -su amplia bibliografía es un buen exponente de ello-fue una figura señera de la Ciencia de su tiempo, reconocida internacionalmente.
Para los más cercanos, un personaje cordial, aunque, a su pesar, algo introvertido, escondido tras sus libros y sus cigarros puros, siempre dispuesto, eso sí, hasta los últimos días de su vida, a atender una consulta o dar un consejo erudito.
Alberto LÓPEZ MULLOR Diputación de Barcelona |
La formación de Atenas es un tema muy trabajado que, sin embargo, no deja de atraer a los historiadores y arqueólogos debido a la multitud de aristas que presenta y, por ello mismo, son numerosas las relecturas que los distintos especialistas publican sobre él.
Miriam Valdés Guía nos ofrece una de esas relecturas, pero no es una más.
Se trata de un libro de madurez, como bien resalta en el prólogo el reconocido Catedrático Emérito de Historia Antigua de la Universidad Complutense Domingo Plácido, ya que el análisis de la sociedad ateniense es una constante en la producción científi ca de la Dra.
Valdés desde el comienzo de su carrera investigadora.
Y ello se percibe en la profundidad del análisis, en la ausencia de esquematismos rígidos y la concepción fl uida y dinámica de los procesos sociales, en la sabia combinación de fuentes arqueológicas y literarias (sin que las unas queden supeditadas a las otras ni se usen unas para "comprobar" lo que las otras parecen indicar, como tradicionalmente se ha venido haciendo) desde una perspectiva marcadamente histórica, en las arriesgadas e interesantísimas conclusiones que jalonan su investigación y, debido a ello, en las nuevas preguntas que generará y las posibilidades de estudio que se derivarán de ellas en la carrera de la propia autora y entre los especialistas en la materia.
La obra abarca el estudio de la formación de Atenas desde época geométrica hasta el 600 a.C., a las puertas del clasicismo, y lo hace desde una perspectiva holística que, aun otorgando especial atención a los aspectos religiosos, no se circunscribe a ellos, sino que los integra en un contexto histórico en el que adquieren igual importancia los asuntos económicos, políticos, sociales o ideológicos.
El libro se estructura en 6 capítulos, un epílogo y una conclusión, aparte de una excelente y actualizadísima bibliografía y un documentado y bien organizado apéndice de materiales (mapas, imágenes, cuadro cronológico).
El primer capítulo ("De Atenas micénica a Atenas geométrica") es fruto de esa perspectiva holística señalada.
La tendencia cada vez mayor a la hiperespecialización ha conducido a los historiadores a delimitar al extremo sus campos de análisis, olvidando muchas veces que en Historia todo está interrelacionado y que no se puede "cortar" un período histórico, extraerlo de lo que lo precedió y lo que lo continuó y pretender entenderlo, ya que el pasado es imprescindible para comprender nuestro sujeto de estudio y el futuro que propició ya empezó a modifi car dicho pasado para nosotros.
Así pues, el sujeto principal del análisis de la Dra.
Valdés es el período que se extiende desde el siglo VIII al VI a.C., pero para analizarlo en profundidad se remonta a la caída del mundo micénico y el desarrollo de lo que tendemos a conocer como Época Oscura, épocas sin las cuales no podría entenderse bien la complejidad de los procesos socio-políticos que estallan en siglo VIII en forma de polis.
En el segundo capítulo ("La Atenas Geométrica") la autora continúa su exhaustivo análisis del contexto ateniense centrándose en los siglos IX-VIII, la llamada época geométrica, caracterizada por un gran dinamismo en el que pueden detectarse rasgos fundamentales de lo que luego acabará constituyéndose como el modelo políado, tales como la consolidación de la estratifi cación social o el desarrollo de las instituciones y de su peso en la vida comunitaria.
Al tiempo, en el territorio ático se está desarrollando lo que la autora denomina cierta identidad "panática", con Atenas como centro neurálgico, a pesar del creciente desarrollo de las identidades locales y territoriales de comunidades como Maratón, Eleusis o Tórico, núcleos que mantienen con la pujante pero aún embrionaria Atenas relaciones complejas entre la emulación y los enfrentamientos para mantener la autonomía.
En este efervescente caldo de cultivo es en el que la elite ateniense consolida su prestigio interno y externo y los cimientos de lo que luego será el complejo entramado institucional y político de la Atenas arcaico-clásica.
El tercer capítulo se centra, como reza su título, en "El nacimiento de la polis y el sinecismo", momento especialmente destacado en la historia de Atenas en concreto y de Grecia en general y, por ello mismo, complejo y polémico.
Su importancia ha llevado a historiadores y arqueólogos a analizar hasta la saciedad, desde tendencias muy diversas, las fuentes disponibles y a buscar incansablemente más cuando las ya conocidas se antojaban insufi cientes, construyendo con ellas un mosaico historiográfi co de variadísimos matices, enorme riqueza y, cómo no podía ser de otro modo, pleno de controversias: desde la datación del sinecismo hasta los modos y las fases en los que se llevó a cabo pasando por el número de localidades afectadas o si se deben o no utilizar las fuentes escritas sobre el mismo para su estudio (frente a las posturas de quienes consideran que dichas fuentes escritas, que no se remontan más atrás del siglo V a.C., no deberían ser tenidas en cuenta por el grado de manipulación que albergan, la autora considera que sí deben de ser trabajadas, ya que suponen una fuente de información, evidentemente necesitada de un análisis exhaustivo, ya no solo sobre el pasado, sino también sobre cómo los griegos posteriores construyeron y comprendieron ese pasado y, por tanto, sobre su realidad, su representación y su signifi cado cultural).
Valdés sostiene que el sinecismo y la constitución de la polis ateniense son procesos imbricados que no pueden entenderse por separado y que vienen marcados por una creciente preeminencia de Atenas frente a otros territorios del Ática, lo que supone confl ictos y tensiones, una consolidación cada vez mayor del poder de la elite, basado en el control de la tenencia de la tierra, de la producción agropecuaria y del comercio, y una progresiva institucionalización de dicho poder tanto en el plano político (Pritaneo, Areópago, basileis...) y territorial como en el religioso (héroes como Cécrope, Teseo o Menesteo, fi estas como las primitivas Panateneas, santuarios...).
Según la autora, el sinecismo tendría "dos fases": una a mediados del siglo VIII a.C., seguida de tensiones centrífugas y enfrentamientos nobiliarios, y otra defi nitiva a fi nales del siglo VIII o principios del sigloVII a.C., cuando las elites sellan un acuerdo, posiblemente a través de un juramento, que quedaría conmemorado en la celebración de las Sinecias.
A lo largo de este proceso se pasaría de una organización que la autora equipara con un ethnos al nacimiento propiamente dicho de una polis.
Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 centra en la importancia capital que tienen las creencias religiosas en la confi guración política, territorial, social, ideológica e identitaria de la polis ateniense.
La religión contribuye en gran medida a delimitar el paisaje a través de la sacralidad que se les supone a los santuarios entendidos como moradas de las divinidades e hitos fronterizos de calado, destacando especialmente la importancia que adquieren las montañas como ejes de vertebración sagrada y política de un territorio que para los siglos VII y VI a.C. estaba constituido fundamentalmente por el Pedión, la Diacria y la Paralia y las formaciones montañosas que las circundan (Himeto, Parnes y Pentélico).
Así, el desarrollo de santuarios destacados en zonas alejadas del centro cívico como Eleusis, Menidi o Tórico, especialmente en la segunda mitad del siglo VIII a.C. (la "segunda parte" del proceso sinecista) refl eja, según la autora, la expresión religiosa de las resistencias al poder ateniense y la reivindicación de las idiosincrasias locales por parte de las comunidades periféricas que no deseaban ser absorbidas por el poder ateniense.
Por su parte, el desarrollo de cultos y fi estas a Atenea, Poseidón, Cécrope o Erecteo en la Acrópolis a partir de mediados del siglo VIII a.C. contribuye a afi anzar el papel director de Atenas en el nuevo sistema que se está confi gurando, el políado, dotándolo de la aquiescencia de los dioses.
Los capítulos 5 y 6 llevan ambos por título "La polis aristocrática del siglo VII", siendo el capítulo 5 subtitulado como "Parte I: Constitución" y el capítulo 6 como "Parte II: Dinámicas y confl ictos".
Entramos ya de lleno, pues, en las complejidades de la época arcaica.
La autora defi ende en el capítulo 5 que el cambio que se produce en el registro arqueológico ático a comienzos del siglo VII a.C. (regreso a la cremación para adultos con el rito de opferrinen, desaparición de las tumbas femeninas y menor cantidad del resto de enterramientos, ajuares menos ricos que en otras partes de Grecia, cierta discontinuidad en los asentamientos y ausencia de templos monumentales) no se debe a un retroceso en el proceso constitutivo de la polis, como defi enden, entre otros, Ian Morris, sino, por el contrario, a la consecución de una mayor estabilidad y homogeneización, tanto política (constitución de una polis ya unifi cada) como territorial (demarcación de fronteras y de tres zonas básicas de organización: Diacria, Paralia y Pedión), una vez fi nalizado el proceso de sinecismo.
Este proceso fue comandado por las elites, que son las que dotan a la nueva polis de una vocación marcadamente aristocrática donde el límite entre lo público y lo privado no está aún defi nido pero en la que se van perfi lando las funciones de instituciones importantes (unas preexistentes, otras creadas ex novo) como el Areópago, los éfetas, los prítanos de los naucraros, el basileus y los basileis, el polemarco o los tesmótetas entre otras, quedando la asamblea del demos relegada a un plano que apenas si se intuye.
A pesar de la relativa unidad en torno al poder de los aristócratas, y concretamente de los Eupátridas del Pedión, las tensiones existen, tanto en los núcleos de poder como entre la aristocracia y un demos relegado y explotado, lo que acabará derivando en una fuerte stasis que intentarán atemperar, con un éxito relativo, las leyes de Dracón primero y las de Solón después.
El capítulo 6 se centra en las relaciones exteriores de la polis ateniense (anfi ctionías de Calauria y pilio-délfi ca, Egina, Mégara-Eleusis-Salamina, Sigeo y Quersoneso, los jonios, la "colonización interna"); en la participación ciudadana en el ejército, clave para comprender el proceso de consolidación de la polis; en las relaciones clientelares entre los aristócratas y el demos, relegado políticamente en el siglo VII a.C., debido al pacto aristocrático que propició el fi nal del sinecismo y la formación de la polis y, por ello mismo, presa de situaciones sociales precarias y dependientes del poder de la elite, llegando incluso a caer en esclavitud por deudas; y, fi nalmente, en las crisis políticas de finales del siglo VII a.C., destacando la llamada conjura de Cilón, que desembocan en la stasis ya mencionada.
El Epílogo cierra el libro con una rápida, pero a la vez muy esclarecedora, visión de la evolución de Atenas desde Solón a Clístenes, señalando las líneas maestras de la profunda stasis que sufre Atenas, paliada en alguna medida por las leyes de Solón y, posteriormente, por el ascenso de Pisístrato, pero que no terminan de solucionar ni las luchas de poder entre diferentes sectores aristocráticos ni las profundas desigualdades verticales entre los aristoi y el demos.
Finalmente, la conclusión destaca las líneas maestras del libro y abre el camino para nuevas investigaciones que esperamos contribuyan a una mejor comprensión de temas tan importantes no solo para el conocimiento de la Antigüedad griega sino, sobre todo, para el entendimiento de realidades políticas, sociales, ideológicas, económicas, etc. actuales con las que existen lazos evidentes.
Ma CRUZ CARDETE DEL OLMO Universidad Complutense de Madrid SANTOS YANGUAS, J., CRUZ ANDREOTTI, G. (eds.), FER-NÁNDEZ CORRAL, M. Y SÁNCHEZ VOIGT, L. (cols.), Romanización, fronteras y etnias en la Roma antigua: el caso hispano, Revisiones de Historia antigua, VII, (Anejos de Veleia.
La réfl exion porte, à l 'aune de la thématique défi nie par l' intitulé, sur les temps décalés comme ordonnateurs fonda- Como indican los propios editores de este libro en la presentación, los estudios sobre la Minería y Metalurgia Antigua han experimentado notables avances en las últimas décadas, sobre todo, a partir de las dos obras de referencia de C. Domergue, el corpus minero-metalúrgico (1987) y la gran síntesis sobre la minería romana de la Peninsula Ibérica (1991), y del coloquio internacional sobre "Minería y metalurgia en las antiguas civilizaciones mediterráneas y europeas" (1989), celebrado en Madrid en 1987.
La última prueba de ello es esta monografía que recensionamos aquí, que partió del coloquio internacional, "Minería antigua: Estudios regionales y temas de investigación actual" homenaje a la fi gura de Claude Domergue, celebrado en la Casa de Velázquez de Madrid los días 28 y 29 de noviembre de 2005, fruto de la colaboración de investigadores hispanos y franceses, fundamentalmente, de la Universidad de Toulouse 2/ Casa de Velázquez y del Instituto de Historia del CCHS-CSIC.
En dicha obra, como muy bien recoge el subtítulo de la misma, "Visiones y revisiones", se dan a conocer los nuevos avances científi cos tanto de las zonas mineras con una larga tradición investigadora -Laurion en Grecia o Sierra Morena, el Sureste y el Noroeste, en la Península Ibérica-, como de las áreas menos tratadas y cuya riqueza minera era escasamente conocida, como por ejemplo, Sierra Menera (Teruel), Munigua (Villanueva de las Minas, Sevilla) o el entorno de Irún (País Vasco).
Los autores, dado el tiempo transcurrido desde la reunión hasta la publicación de esta monografía, han tenido que actualizar los textos incorporando los nuevos datos.
No obstante, las novedades presentadas ofrecen un panorama no exhaustivo, como es lógico ya que faltan estudios de áreas mineras como el suroeste peninsular, pero sí representativo de los proyectos de investigación en marcha o enfoques recientes, centrados, aunque no exclusivamente, en el occidente del mundo romano.
A pesar de que sabemos que es muy difícil mencionar detalladamente cada uno de los artículos y de ser exhaustivo en su contenido por el escaso espacio con el que contamos, sí vamos a intentar dar unas pinceladas esclarecedoras, a veces de forma conjunta, de los trabajos publicados en la obra que nos ocupa.
RECENSIONES Sierra Morena y uno sobre el sureste de la Península Ibérica (Cartagena).
En el primer artículo, J. A. Antolinos, el mejor conocedor de la minería antigua en Murcia, realiza una descripción y análisis de los cinco yacimientos minero-metalúrgicos hallados en el valle del Gorguel, Sierra de Cartagena.
De todos, destaca la fundición del Gorguel, que fue excavada en extensión, que se compone de diferentes estancias con usos diferenciados (zonas de habitación, lavadero, área de hornos); datada entre fi nales del siglo II a.C. y primer cuarto del siglo I d.C., se ha defi nido como el complejo administrativo y productivo más importante de esta zona.
De los tres trabajos siguientes, centrados en diferentes áreas de Sierra Morena, dos de ellos lo hacen desde una perspectiva teórico-metodológica de la arqueología del paisaje.
En el primero, L. M. Gutiérrez se centra nuevamente, por un lado, en recopilar y analizar las evidencias mineras conocidas de El Centenillo y, por otro, en analizar los yacimientos minero-metalúrgicos fortifi cados, como Salas de Galiarda, Los Escoriales y Palazuelos que denomina como "castilletes", sobre la base fundamentalmente de trabajos anteriores.
En el segundo, el equipo de la ciudad ibero romana de Sisapo (M. Zarzalejos, C. Fernández y G. Esteban) presenta un estudio exhaustivo del territorio de explotación económica dependiente de dicha ciudad, en la comarca de Almadén (Sierra Morena central), y que se fundamenta en los resultados de las prospecciones arqueomineras sistemáticas realizadas en esta región.
Estos han defi nido un patrón de asentamiento cuyos ejes rectores son los yacimientos de funcionalidad minera que comienzan en época republicana, asociados a la explotación intensiva de las minas de cinabrio y galena, y se prolongan hasta época altoimperial.
El tercero y último artículo trata de un estado de la cuestión sobre la minería y metalurgia antigua en Munigua (T. Schattner, G. Ovejero y J. A. Pérez).
Destaca fundamentalmente el magnífi co análisis geológico y de los recursos mineros del entorno, las minas de cobre (La Pepa) y de hierro (El Pedroso), así como de los escoriales de cobre y de hierro cuyo volumen se ha estimado aproximadamente en 8000 m 3 y 4000 m 3, respectivamente.
Dicha producción metalúrgica posibilitó el desarrollo de este municipio que puede encontrarse refl ejado en la sociedad munigüense a través de la epigrafía.
Los dos siguientes artículos tienen como base de estudio la utilización de los análisis de isótopos de plomo en la investigación arqueológica de la minería antigua.
En primer lugar, M. Hunt plantea de manera muy sintética los usos y limitaciones de este método analítico en la caracterización de las producciones metálicas antiguas y los estudios de procedencia del metal.
Para ello, recoge algunos ejemplos prácticos de yacimientos del suroeste peninsular.
Otra buena muestra del uso de los isótopos de plomo en arqueología es el siguiente artículo realizado por C. Domergue et alii sobre los lingotes de plomo recuperados del pecio Comacchio, descubierto en 1981 en Ferrara (Italia).
En un principio, en función del estudio tipológico y de las inscripciones, los diferentes investigadores propusieron varias procedencias para los mismos: Grecia, Extremadura (La Serena), etc. Si bien, esta cuestión se ha resuelto en gran medida con los análisis de isótopos de plomo de 20 de los lingotes, que han determinado que procederían de las minas del SE peninsular (Cartagena-Mazarrón) y Sierra Almagrera.
Asimismo, las marcas de los mismos parecen apoyar estos resultados ya que aluden tanto a nombres de las grandes familias de Cartagena, productoras de metal, como los Planii, los Aquinii, los Iunii, etc., como a los comerciantes, además de la estampilla con el nombre de Agripa y su socio, que compraron estos lingotes.
El último artículo del primer apartado, aunque no versa estrictamente sobre minería metálica en época antigua, como se analiza en este libro, trata acerca de la explotación del lapis especularis (yesos especulares).
En este, los directores del proyecto "Cien mil pasos alrededor de Segóbriga", M. J. Bernárdez y J. C. Guisado, presentan un análisis sintetizado de cómo se explotaron las minas de lapis documentadas en torno a las ciudades romanas de Ercavica y Segobriga, así como su relación con el territorio y las principales vías de comunicación de esta región.
Por su parte, el segundo apartado, menos extenso, contiene únicamente tres artículos que se centran, como el propio título del epígrafe indica, en el estudio de los "Marcos jurídicos y administrativos de la explotación minera antigua".
En el primer artículo, el jurista A. Mateo propone nuevas refl exiones sobre el régimen jurídico minero romano, que completa su obra publicada en 2001 "Observaciones sobre el régimen jurídico de la minería en tierras públicas en época romana", que se ha convertido en una obra de obligada referencia.
En este caso, propone una nueva interpretación de las leyes de Vipasca (Aljustrel, Portugal) sobre términos que han sido objeto de diferentes interpretaciones.
Concretamente, defi ende que la usurpatio y la occupatio serían el paso inicial realizado por el minero para la obtención del derecho de explotación: el primero, para mantener la explotación de las minas en activo con anterioridad a este régimen fi scal; y el segundo, para adquirir el derecho minero de la explotación de parcelas vírgenes.
Si bien, según su interpretación, el minero (colonus) sería propietario de la mitad del pozo Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 durante los últimos años, además de ser un magnífi co documento de síntesis para el conocimiento de la actividad minero-metalúrgica antigua, pone de manifi esto de una manera rotunda que las futuras investigaciones sobre esta temática deben estar fundamentadas, tanto en la integración no jerarquizada de los diversos tipos de fuentes disponibles (escritas, epigráfi cas, iconográfi cas, registro arqueológico, etc.) con las nuevas herramientas analíticas (análisis arqueométrico, paleoambientales, etc.), como en tener una perspectiva territorial amplia (de escala regional) dentro de la trama social y económica de un periodo histórico.
Por tanto, creo fi rmemente que este libro puede convertirse, o considerarse ya, como un nuevo hito en la investigación de la minería antigua, al estilo de las obras citadas al inicio de esta recensión.
LUIS ARBOLEDAS MARTÍNEZ Instituto de Historia (CCHS) del CSIC JUAN ANTONIO QUIRÓS CASTILLO (dir.), Arqueología del campesinado medieval: La aldea de Zaballa, Documentos de Arqueología Medieval 3, Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco, Bilbao, 2012, 650 pp. ISBN 978-84-9860-603-4.
La excelente publicación de la excavación de la aldea de Zaballa (Iruña de Oca, Álava) reúne los resultados de la investigación que un notable equipo multidisciplinar, cercano al centenar de profesionales, ha realizado en el citado asentamiento.
La obra se inserta en una extensa producción científi ca previa de estos grupos de trabajo, que incluye expertos de las ciencias físicas, humanas y sociales, interesados en formular el estudio no de "un" yacimiento en particular, sino del "paisaje cultural en su integridad" (p.
Y ello, tanto a escala espacial como temporal.
Pues si bien el título hace referencia al campesinado medieval y a la aldea de Zaballa, sus autores van mucho más allá.
Por un lado, contextualizando la dinámica seguida por la aldea en un territorio más extenso; por otro, abarcando un dilatado período de tiempo que excede los límites de la Edad Media: su acotación se inicia en los siglos VI-VII -período en el que los elementos materiales sugieren, de forma preliminar, que en el País Vasco se produce la fractura con los sistemas romanos y se crean nuevas formas de poder local (p.
592)-; se extiende por toda la Edad Media; y fi naliza con el análisis detallado de su devenir desde el siglo XV -en que tuvo lugar el primer abandono de la aldeahasta la actualidad.
Con ello, Zaballa participa del interesante debate científi co acerca de los denominados despoblados o mortuorios, que constituyen "uno de los conjuntos patrimoniales más relevantes en términos cuantitativos de todos los recursos arqueológicos alaveses" (p.
El libro se estructura en grandes áreas temáticas, que facilitan la comprensión de un territorio sometido a intensos usos del suelo a lo largo de los siglos.
Esta intensidad de usos, como reconocen los autores, ha obstaculizado la correcta identifi cación de algunas estructuras o la funcionalidad de determinados espacios, etc. Aún con ello, la sistematización en el proceso de excavación, el estudio en profundidad de estructuras y materiales, la documentación histórica, etc., aportan datos de gran interés para avanzar en el conocimiento de esta comunidad.
Si, además, como es el caso, en la publicación se incluye una revisión de conceptos en arqueología del paisaje y de los espacios agrarios, así como de los procesos formativos de los depósitos arqueológi-cos, o una rigurosa presentación de la problemática de las aldeas campesinas en la mitad norte peninsular, su lectura es, a partir de ahora, imprescindible.
A lo largo de la obra, se exponen los resultados de la excavación de las siete áreas en que se articuló la intervención arqueológica y que proporcionaron la secuencia de ocupación del enclave.
En cada una de ellas se han analizado las distintas fases de intensifi cación/desintensifi cación en el uso de los suelos, y las funciones que desempeñaron las diferentes estructuras; incidiendo además en las relaciones de sociabilidad y vecindad que implicarían la planifi cación del territorio y la explotación de sus recursos.
Todo ello sin olvidar la visión de conjunto, atendiendo a la cual intentan dar respuesta a aquellos aspectos directamente relacionados con la gestión del medio, como serían, entre otros: RECENSIONES tral alavés, gracias al documento conocido como "Reja de San Millán" (datado en 1025), un total de 305 localidades, incluida Zaballa que en ese momento alcanza su mayor intensidad de uso.
Pero esa ubicación menos segura del núcleo de habitación no sería permanente, reorganizándose de nuevo los usos del suelo a partir del siglo XIII.
En ese período se produciría un cambio novedoso en la ordenación de Zaballa, con la agrupación de varias viviendas en el piedemonte de la ladera, al otro lado del barranco en que se levantaba la iglesia.
Posteriormente, dos siglos más tarde, tendría lugar el primer abandono de la aldea y de parte de los cultivos adyacentes ¿a qué se debió tanto cambio?
¡Animamos al lector a documentarse en la publicación!
La segunda cuestión se centra en analizar la adaptación de los agricultores al medio físico en el que construyeron sus dependencias, cultivaron las tierras, apacentaron el ganado y explotaron los recursos naturales -en suma a la litología, a las pendientes de las laderas, a la condicionalidad del agua, etc.-. Esa adaptación no eximió de una profunda modifi cación, tercer tema de estudio, que además de un perfecto conocimiento del medio implicaba una importante movilización de fuerza de trabajo: Ejemplo destacado de ello sería la excavación de canales para encauzar el agua de escorrentía superfi cial y la procedente de los manantiales, posiblemente ya desde los siglos VIII-X; o la siguiente actuación de importancia, a partir de mediados del siglo X, que supuso la realización de un destacado sistema de evacuación del agua de escorrentía superfi cial en todo el perímetro de la aldea; o la también excavación, desde la segunda mitad del siglo XIII, de otra serie de canales en forma de árbol y de un canal de derivación para irrigar nuevos espacios de cultivo.
¿Trataban con ello de adaptar sus prácticas culturales a unas condiciones climáticas cambiantes?, precisamente ¿en qué contexto climático se produjeron todas estas actuaciones?
No olvidemos en este sentido las particularidades de la denominada "Anomalía Climática Medieval" (Martín-Chivelet et alii 2011; Moreno et alii 2012).
De interés para Zaballa será sin duda la publicación de resultados del lago de Arreo, del que sólo dista unos 30 km, cuyo avance pone de manifi esto unas condiciones cálidas y secas para época medieval (Corella, en preparación; citado en Moreno et alii 2012).
Así como conocer si estas condiciones se vieron acompañadas de eventos de lluvia de alta intensidad horaria (como se documenta para el lago Montcortés, en Lleida; Corella et alii 2012) que, en combinación con la deforestación antrópica practicada en Zaballa al sustituir el bosque por los campos de cultivo, hicieran necesario excavar canales de grandes dimensiones para conducir las aguas de escorrentía de la ladera, evitando con ello la inundación del área de habitación y el aprovechamiento de estas aguas para el riego.
Precisamente, en relación con esas infraestructuras hidráulicas: ¿se trataba de un aporte de agua continuado y organizado procedente de un manantial con suministro permanente, o de un aporte puntual y dependiente de la canalización del agua de escorrentía derivada de los episodios de lluvia (a la manera del riego por "boqueras" del sureste español)?
Interesante es, de igual modo, evaluar la relación entre las características climáticas, las actuaciones antrópicas que modifi caron el medio y el importante arrastre de sedimentos y la formación de un potente depósito en un momento datado entre la segunda mitad del siglo XV y comienzos del siglo XVI.
Precisamente, en 1557, un rentero describía los importantes problemas erosivos que seguían a episodios de lluvias en los campos de cultivo y en las heredades de Zaballa.
El retroceso de la cubierta arbórea, a partir del siglo XIII, favorecería la desprotección del suelo ante eventos de lluvias intensas.
Incidimos en este aspecto por sus posibles implicaciones ¿fueron físicas las causas del abandono de la aldea? (p.
105), o, ¿se trataría, por otro lado, de un proceso de atracción de la población a núcleos de mayor tamaño?
¿Una combinación de ambos?
¿Cómo se produjo el proceso?
Por cuanto se refi ere a la cuarta cuestión planteada, en relación a las técnicas implementadas para mitigar los efectos que esas modifi caciones realizadas en el medio pudieran provocar, los autores consiguen igualmente despertar nuestro interés.
Sobre todo, con respecto a las técnicas de gestión del suelo y el agua aplicadas, y que fueron variadas a lo largo de los siglos: el aclareo del bosque, con la pérdida de cubierta vegetal que implicaba, fue mitigado con la biodiversidad que aportaban las plantas de cultivo (cereales como el trigo, la cebada, el mijo y el panizo; leguminosas, como habas, lentejas y yeros; y frutos, como la vid; entre otros) y las especies silvestres asociadas, tanto de fl ora como de fauna.
Además introdujeron prácticas que a la vez que preservaban el suelo de cultivo mejoraban su capacidad de retención hídrica, como sería el aterrazamiento de las laderas a partir del siglo X; fomentaron el incremento de la productividad de los suelos, con el aporte de agua a los cultivos y el abonado sistemático de los campos con residuos domésticos, etc.
Todas estas cuestiones relativas a la gestión del medio se han ido imbricando inteligentemente a lo largo de toda la obra, y sus resultados van siendo visibles gracias al esfuerzo realizado desde el mismo diseño del proyecto arqueológico, que por otra parte no estuvo exento de importantes condicionantes.
Este diseño del proyecto contempló el proceso de excavación en extensión, el estudio de la documentación escrita, la consulta de la cartografía actual e histórica o la interpretación por teledetección y ortofotos.
Todos los restos arqueológicos exhumados fueron estudiados por destacados especialistas, incluyendo análisis de paleo-nutrición, de los materiales arqueológicos (la cerámicaexpresada tanto en forma analítica como contextual, y su caracterización petrográfi ca-; las actividades manufactureras, como la textil; el instrumental metálico -con una amplia tipología de utillaje doméstico, agrario, artesanal, etc.-las monedas localizadas y el material lítico).
Se cuenta además con el examen detallado de los restos humanos recuperados en la necrópolis; al igual que de los faunísticos de mamíferos y aves; la malacofauna; los restos arqueobotánicos y polínicos; y los resultados del análisis micromorfológico de los suelos.
También se describen los trabajos de restauración y conservación de los materiales arqueológicos.
Por cuanto se refi ere a las características edilicias, destaca la evaluación de los diferentes tipos de estructuras localizadas: la construcción semiexcavada de planta redondeada, identifi cada como una vivienda circular, en un contexto datado ente los siglos VIII y IX; aquella hecha con una armadura de madera sobre base de piedra en el período siguiente; la misma construcción de la Iglesia de San Tirso, comenzada en el siglo X; o la planifi cación en el siglo XIII de una construcción compacta, y articulada en torno a una espacio abierto, que incluía varias viviendas.
Esta compleja construcción se acompañó de la excavación de canales de drenaje y de una completa planifi cación espacial.
Estos estudios pormenorizados permiten reconocer los indicadores arqueológicos de carácter social (p.
588), como serían las pautas de consumo; las arquitecturas diferenciadas y los objetos de prestigio; o aquellos otros que denotan la acción del poder en la confi guración de la aldea, en las prácticas de gestión y en el comportamiento social, incluyendo la necesidad de actuaciones colectivas, etc.; así como analizar la estructuración del espacio a Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 partir de su defi nición en términos funcionales, ya sean de habitación, religiosos, agro-pecuarios, etc. Y todo ello paralelizando los resultados obtenidos con aquellos otros trabajos publicados de intervenciones arqueológicas o de documentos escritos del territorio alavés, del territorio peninsular e incluso de otros países europeos.
Son tantos los temas de interés que plantea la publicación...: la ruptura con los sistemas romanos; la formación de las aldeas; la fundación de las iglesias y las funciones de las parroquias, la ubicación de los cementerios; la jerarquización de las comunidades aldeanas: los campesinos, el papel de las aristocracias territoriales, de las élites locales, su poder político y militar; el proceso de señoralización y de extracción de rentas, la estructura económica de la aldea y las desigualdades en el seno de la comunidad local; el papel de los monasterios y su ámbito de infl uencia; las actividades productivas, la comercialización de excedentes y las redes comerciales; la cultura material, las técnicas constructivas,..., en fi n, la realidad social y económica en su contexto territorial, y que los autores amplían incluyendo el devenir de Zaballa más allá del período medieval: detallan en la exposición su evolución desde 1412, en que su titularidad pasó al convento de Santa Catalina de Badaya; los pleitos que se entablaron por la posesión y explotación de una parte del despoblado; las disputas jurisdiccionales y territoriales que se sucedieron; las órdenes de venta de las fi ncas procedentes del suprimido convento de Santa Catalina en el año 1821, y que incluía las tierras de Zaballa; al igual que los hechos que han acontecido en el siglo XX.
Como dijimos en las primeras líneas de esta reseña, de todo ello se ocupa esta publicación, que sobrepasa con creces los límites de la Edad Media.
Los 35 autores que han participado en esta obra, y que han escrito un total de 650 páginas, han cubierto, en nuestra opinión, todos los aspectos que podríamos esperar de un análisis integral del territorio.
A todos ellos, y a aquellos que participaron en el proceso de excavación, les damos la enhorabuena por el excelente trabajo que nos presentan.
ALMUDENA DOMÍNGUEZ ARRANZ (ed.), Política y género en la Antigüedad.
Este libro presenta una variada colección de estudios sobre la imagen pública de la mujer en la propaganda política, atendiendo a la historia de género y la historiografía de la historia de las mujeres.
María del Carmen García Herrero, "Mujeres, historia e historiografía", argumenta la doble ocultación a la que han sido sometidas las mujeres: la de los coetáneos y la de los historiadores.
Señala el desfase entre la presencia de las mujeres en la historia global y el avance en su conocimiento.
La autora aboga por una diferenciación entre la historia de las mujeres y la historia del feminismo.
Frente al dilema de cómo tratar los casos históricos, apunta que hay que prestar atención a la "dinámica perversa de las excepciones", es decir, reconocer el talento, pero aislando a esa mujer como algo excepcional.
Margarita Díaz-Andreu, "Género y Antigüedad: propuestas desde la tradición angloamericana", ofrece una revisión bastante completa y útil de la historiografía angloamericana del estudio de género.
En primer lugar se establece la diferenciación entre género y sexo, y las variaciones en tiempo y espacio de la categoría de género.
Por ejemplo, la tercera ola del feminismo ha reconsiderado especialmente las categorías anteriores de género, que eran más restrictivas, mientras que ahora se plantean desde un punto de vista fl exible.
Se repasa la historiografía más reciente sobre la conexión entre la sexualidad y el estatus social, género y etnicidad (diferentes ideologías de géneros según las zonas del Imperio) a través de la cerámica, género y poder, cultura material y espacio (incluyendo la arqueología de género) y los aspectos económicos (esencialmente labores agrícolas y actividad lectora).
Esta exhaustiva recopilación podría ser tal vez completada con los estudios sobre el papel social y económico de las mujeres en el Egipto romano, usando los papiros como fuente, por ejemplo, Jane Rowlandson, Women and Society in Greek and Roman Egypt: A Sourcebook (Cambridge University Press, 1998).
María de los Ángeles Qu erol, "Las mujeres en los discursos y representaciones de la Prehistoria: una visión crítica", expone interesantes refl exiones sobre la creación del discurso museográfi co y su importancia en la educación.
En primer lugar, analiza el campo semántico de la palabra "hombre" durante los siglos XIX y XX, mayoritariamente asociada a varones blancos, occidentales, civilizados y cristianos.
La vigencia del paradigma de Darwin, empleado como "verdad positiva", implica la atribución de un gran valor a la caza, un progreso unilineal y la inferioridad "natural" de las mujeres.
En segundo lugar, se analizan las representaciones actuales de escenas en museos y textos didácticos sobre Prehistoria, encontrando que el porcentaje de mujeres nunca es mayor del 33%, a menudo se las presenta arrodilladas, y fi guran esencialmente en ámbitos domésticos, relacionados con la cocina y los cuidados, a pesar de que las investigaciones han puesto de relieve que su presencia no se reducía a esos campos.
Isabel Núñez Paz, "Autoridad y poder femenino en un espacio extrajurídico.
De la antigua Roma a la actualidad", analiza la presencia de la auctoritas femenina durante el periodo anterior al Principado en Roma, como reconocimiento de sabiduría.
Con la llegada al poder de Augusto, ese reconocimiento se pierde frente a una auctoritas política superior a la ordinaria.
La autora llega al siglo XXI, analizando las maternalización de las normas RECENSIONES jurídicas para alejar a las mujeres de los ámbitos de poder y de los espacios públicos.
Isabel Izquierdo Peraile, "Aristócratas, ciudadanas y madres: imágenes de mujeres en la sociedad ibérica", relaciona aristocracia, ciudadanía y maternidad, en el SE de la península ibérica y el Mediterráneo en los siglos IV y III a.C. En primer lugar, las esculturas que muestran mujeres se restringen a diosas (la diosa de la torre de Pozo Moro) y la alta aristocracia (Dama de Baza), hasta que comienza la "democratización de las imágenes", cuando varían los tipos de escultura (mujeres orando o símbolos de fecundidad).
La aristocracia femenina desplegará en sus representaciones los símbolos de su poder (vestido, entendido como artefacto social y vehículo de comunicación, joyas).
En la vida cotidiana, la presencia de las mujeres se deja notar en las cerámicas con decoración pintada, en las que fi guran mujeres en danza (en ceremonias cívicas), hilado y tejido (como símbolo de un rito de paso) o imágenes de un grupo familiar.
Así, los restos arqueológicos atestiguan de una mayor presencia femenina, especialmente en segmentos hasta entonces no representados, en un fenómeno a escala mediterránea.
Il caso di Pyrgi", analiza el santuario de Pyrgi, dedicado a Deméter y a su hija Kore.
Tras identifi car las diosas de varios templos, la autora se centra en el santuario Sur, más pequeño que el del Norte, y ligado el culto a Deméter, que fi gura como un contrato particular con la divinidad, de renovación y rescate personal.
Posiblemente este santuario sea la entrada en Etruria de los cultos mistéricos, a través de sus lazos con Grecia, ya que se trata del culto a Deméter más antiguo de esa zona.
Susana Reboreda Morillo, "Contextos masculinos supervisados por divinidades femeninas en la antigua Grecia", estudia la feminidad de las diosas griegas (Atenea y Ártemis) en relación con contextos de exclusividad masculina (guerra y caza), a través de sus aspectos femeninos.
En el caso de Atenea, aparte del contexto bélico, se estudia su rol como tutora de héroes, y su carácter de diosa virgen/asexuada, poliada e inventora.
En el caso de Ártemis, se la representa en la naturaleza salvaje, como la diosa de los sacrifi cios cruentos.
Así, se concibe a las diosas como una categoría diferente de lo femenino, expresada por la exaltación de la feminidad y una independencia del dominio masculino.
María Dolores Mirón Pérez, "La 'cara amable' del poder: reinas y propaganda en las monarquías helenísticas" analiza la imagen de la reina como la cara amable del poder, complementando al rey como líder guerrero.
Así, las bodas representan una ceremonia de alianza y celebración dinástica, que exalta la dinastía, ligada al culto dinástico de Estado (esencialmente en Egipto).
En segundo lugar, las reinas son asociadas a diosas del amor y de la fecundidad; el amor conyugal subraya el poder de la reina sobre el rey como agente erótico, pero reconduciendo dicho poder de manera aceptable.
Asimismo, las reinas serán previsiblemente identifi cadas como modelo de virtudes domésticas y como benefactoras.
Dentro de la familia real, la reina fi guraba como un miembro más accesible y benévolo, sobrepasando, por su carácter político, el ámbito de lo doméstico, y, al mismo tiempo, como un elemento cohesionador de su familia y del reino.
Vanessa Puyadas Rupérez, "Cleopatra Selene, reina de Mauritania: la herencia de un mito", estudia la fi gura de esta reina, única hija de Cleopatra VII.
Augusto la entregó como esposa al erudito rey Juba II de Mauritania.
Se pone de manifi esto la infl uencia helenística-egipcia en las representaciones y actuaciones de la pareja: fundación de una importante biblioteca, introducción del culto a Isis y escultura con aire helenístico romano.
En las monedas, destaca la presencia de la reina, con un peinado similar al de su madre, y la misma leyenda en griego que todas sus antepasadas homónimas.
Además, se incluyen elementos relacionados con Isis (tocado, cocodrilo, sistro, vaca sagrada y cornucopia).
Así, la pareja real mostraba no sólo la fusión de la cultura helenística-egipcia-romana, sino también orgullo hacia sus antepasados maternos, a pesar de la campaña de desprestigio romana.
María del Carmen Delia Gregorio Navarro, "Fulvia Célera: el poder desde el sacerdocio", analiza el mundo religioso romano como el único ámbito en el que la colectividad femenina pudo desarrollarse con cierto grado de libertad.
Dentro de las fl aminicae pertenecientes a la élite tarraconense, destaca Fulvia Célera, que fue fl aminica perpetua de la Concordia Augusta, de la Colonia Tarraconense y de la provincia Hispania Citerior (este último, representaba el máximo honor para una romana de las élites urbanas).
Su marido fue fl amen provincial al mismo tiempo.
Se conservan de Fulvia restos epigráfi cos sobre donaciones ex testamento y vestigios de evergesia.
Su prestigio repercutía positivamente en su familia y en sí misma.
Mercedes Oria Segura, "Todas las mujeres en una diosa, ¿una diosa de todas las mujeres?
Venus romana y sus manifestaciones hispanas", considera las representaciones de Venus, una de las diosas más atestiguadas en Hispania.
Se trata de una divinidad compleja, del amor y la belleza, pero también guerrera, ligada a Sila, Pompeyo, César y familia imperial.
¿Se trata de una diosa asociada a las mujeres?
Se produce una explosión de iconografía de Venus desde el siglo I d.C, especialmente en su versión política (reina victoriosa y matriarca dinástica): Venus Augusta, Victrix, Genetrix.
Se establece así una dicotomía: imágenes de carácter público (versión política) como privadas (esta sobre todo en torno a su variante sexual).
Tras revisar las variantes iconográfi cas de Venus en Hispania, no parece que su veneración revista características específi cas de un culto femenino.
Almudena Domínguez Arranz, "La elaboración de una imagen pública: emperatrices y princesas asimiladas a diosas del panteón romano", estudia la mímesis entre las mujeres imperiales y Juno, protectora de las madres, como Regina / Conservatrix, en tanto que pareja de Júpiter Optimus Maximus / Conservator.
Las mujeres antoninas y severas son asociadas iconográficamente a símbolos de la diosa, como el pavo real (simbolizando la apoteosis), tanto en monedas como en el plinto de la columna de Lucio Vero y Marco Aurelio.
También Juno es representada como protectora del matrimonio y de la procreación, a través de emperatrices con bebés en los brazos, poniendo de relieve su prolífi ca descendencia, es decir, asegurando la estabilidad del Estado.
Se repasa el debate historiográfi co sobre la iuno de la mujeres (espíritu divino de la materfamilias, que acabaría unificándose con el culto a Juno).
Para mujeres imperiales, se trataría de un estado semidivino, anterior al de diva.
Rosa María Marina Sáenz, en "La construcción de la imagen del poder femenino en la poesía altoimperial: propaganda y denostación", analiza la imagen de las mujeres de la élite de época imperial, esencialmente a través de la poesía de Estacio.
Este encomia a las mujeres a través de su posición como patronas literarias, por lo tanto haciendo énfasis en las virtudes claramente femeninas, buen gusto y posición social; dichas cualidades, como docta, son una dote inmaterial que redunda en benefi cio del esposo.
Juvenal, en cambio, presenta una visión mucho más negativa de dichas cualidades.
También se considera el estatus socioeconómico de las mujeres de la poesía de Estacio y, especialmente, el detalle con el que el poeta refl eja los adornos Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 femeninos (bienes de prestigio: peinado, artículos de lujo).
En cambio, Marcial y Juvenal los conciben una fuente de inmoralidad y un exceso de libertad en la mujer, criticando que esta puede ponerse por encima del varón por ser más rica.
En resumen, la monografía muestra un balance interesante entre historia, arqueología, e historiografía, incluyendo textos que van desde la Prehistoria al mundo romano.
Sobre todo desde la época helenística, la mayor parte de los capítulos son referentes a mujeres de la élite.
Se echaría en falta tal vez más atención a las clases bajas de la población, pero la escasez de la evidencia es un factor a tener en cuenta.
Es un libro bien editado, sin erratas tipográfi cas, y que realiza una aportación interesante al ámbito de los estudios de género.
La publicación de un corpus con las inscripciones itálicas supone por sí misma una excelente noticia dentro del ámbito de los estudios arqueológicos y de la lingüística histórica.
Esta obra monumental -pues se compone de tres volúmenes A4, elegantemente encuadernados en tela negra y rotulación en plata-, es el resultado del Imagines Italicae project dirigido por M. H. Crawford en el Institute of Classical Studies, del University College London, en el que han colaborado cinco investigadores más dos técnicos informáticos.
Se trata del catálogo con c.
1000 entradas, incluidas las monedas de las guerras sociales y numerosos grafi tos monolíteros en las lenguas utilizadas por los pueblos itálicos antes de la propagación y consolidación del latín como lengua ofi cial tras la expansión de Roma 1.
El catálogo, como ya se advierte en la introducción, supera con creces los anteriores repertorios y a diferencia de los estudios en los que tradicionalmente primaban las cuestiones meramente histórico-lingüísticas, el proyecto Imagines Italicae propende por la organización del corpus a partir de un criterio preferentemente topográfi co. Los documentos se presentan distribuidos de norte a sur ordenados por poblaciones y estas a su vez por las comunidades romanas siguiendo un orden correlativo.
El listado geográfi co por regiones y localidades, precedidos por la voz dedicada a Italia, queda como sigue: Umbria, Sabinum (y alrededores), Picenum, Praetutti, Vestini, Marrucini, Paeligni, Marsi, Aequi, Hernici, Campania (Capua, Atella y Calatia, Suessula, Cumae, Teanum Sidicinum, Allifae y Phistelia, Saticula, Pompei, Herculaneum, Stabiae, Nola, Abella, Fratte di Salento), Volsci, Samnium (Caudium, Hirpini, Pentri, Bovianum, Saepinum y Teruentum, Carricini, Frentani), Apulia, Lucania (Paestum, Buxentum, Blanda, Laos y Nerulum, Serra RECENSIONES J. Untermann, lo que ha permitido eliminar muchas referencias reiterativas y aligerar así este importante apartado.
Desde el punto de vista formal, no se ofrece ningún mapa para facilitar la ubicación de los topónimos, antiguos o modernos, carencia que excusan remitiendo al excelente Barrington Atlas o incluso a la cartografía del no menos loable Touring Club Italiano 2.
Así también justifi can la ausencia de alfabetarios por ser éstos un tímido esbozo de una realidad paleográfi ca muy diversa, y porque argumentan que la descripción de los caracteres ha sido uno de los elementos tenidos más en cuenta a la hora de realizar los comentarios en cada entrada ("preface", xi).
Tampoco se publica fotos de todas y cada una de las inscripciones recogidas, pero sí una buena selección de ellas.
Esto resulta especialmente importante en el caso de piezas actualmente no reconocibles gracias a la inclusión de los calcos conservados en el centro CIL de Berlín, invitando a la consulta de la página web del proyecto Imagines Italicae para una documentación gráfi ca exhaustiva ("Preface", p. xi) 3.
Asimismo, los autores avisan de la mala calidad de algunas de las imágenes reproducidas, ya que, o bien muchas de las inscripciones "are pigs to photograph", tal como dicen, o bien no pudieron ser vistas directamente.
Como solución decidieron escanear fotografías de publicaciones precedentes, apelando al hecho de que fueran así "serviceable" ("preface", xi).
Sin embargo, no debiéndose a una razón de créditos ni de espacio, pues las fi chas inician siempre página y en muchas queda el espacio sufi ciente como para añadir holgadamente una imagen, llama la atención la aleatoria inclusión de fotografías escaneadas de publicaciones recientes 4.
En este sentido no puede menos que lamentarse la ausencia de la fotografía completa del soporte en casos tan icónicos como el Marte de Todi (Tuder 2), la estatua votiva de Hércules de Venafro (Venafrum 1), la estela fi gurada de Rímini (Ariminium 1) o los cascos de los Pelignos (Interpromium (?)
A y B), por citar algunos ejemplos.
Esta práctica contrasta, por ejemplo, con los varios casos en los que sí se hace (cf. Sulmo 15, Capua 30, Teanum Sidicinum 25, Saticula (?) 5, Pompei 1, Pompei 36, Aeclanum 3, Histonium 5 y 6, Tegianum 1) 5.
Desde el punto de vista de la descripción y las autopsias, elementos especialmente ponderados en la introducción, varias piezas carecen de un mínimo comentario respecto al tipo y función del soporte, mientras que el lema de la fi cha dedicada a su descubrimiento y contexto arqueológico ("Discovery, Archaeological context, later history of object") e incluso algunas veces la misma entrada de la bibliografía en varios casos se encuentran en blanco, quedando ambiguo el que se trate o no de inscripciones inéditas 6.
En esta línea, en algunos casos se echa en falta una 2 Las únicas excepciones a la ausencia de planos son los dos dibujos con la localización de las inscripciones del vaamunin de Pompeya (Pompei 28) y del santuario entre Abella y Nola (Abella 1).
3 Los autores no dan más indicios de tal recurso electrónico ni es posible rastrear su existencia como Imagines Italicae Project, aunque suponemos que estará pronto disponible para su consulta.
4 Sin ánimo de ser exhaustiva, falta fotografía en Hispellum 1, publicada con foto en su edición de 1995, de la que se dice "unclear on the photograph", sin poder ser así comprobado.
5 También desmerece la inclusión de fotos excesiva e innecesariamente pequeñas (Tuder 5-8; Pompei 14), alguna incluso volteada (Cumae 2) o muy desenfocada (Mevania 7 o Venafrum 1).
6 Cf., por ejemplo, Corfi nium (?) 26, Corfi nium (?) 28, cf. Terventium 40 y 41, dos fragmentos cerámicos de los no se presenta ni foto, ni bibliografía, tan sólo que fueron hallados durante unas prospecciones de las que no se especifi ca ni el mayor claridad a la hora de indicar las inscripciones deperditae, pues con el lema "Last known location / Autopsy" no queda siempre claro si la pieza existe todavía, especialmente cuando la reproducción corresponde a un apógrafo y no a una imagen de autopsia (por ejemplo, Capena 3).
Sobre la bibliografía cabe señalar que no aparece siempre indicada sistemáticamente, quedando integrada a veces en el lema "Text and apparatus" 7.
Lamentablemente, este tipo de carencias menguan la valoración de la obra en su aspecto formal y acentúa las notables diferencias entre fi chas trabajadas por los diferentes responsables que en ningún caso las fi rman personalmente, dando la sensación de cierta falta de homogeneidad.
En contraste, la obra incluye unos útiles apéndices con los nombres itálicos en textos griegos, ordenados por ciudades y en las ánforas greco-itálicas, y unas concordancias en las que por orden alfabético de procedencia se lista una serie de piezas que los editores descartan como itálicas -independientemente de las falsas listadas en la introducción-, así como unas pocas consideradas greco-indígenas.
También incluye el conspectus con los corpora o ediciones de referencia para muchas de las inscripciones recogidas.
Finaliza el tercer volumen con los índices de nombres personales, de términos relacionados con la esfera religiosa, de instituciones, comunidades y notabilia varia, para concluir con el listado por palabras en orden alfabético.
A pesar de las carencias formales reseñadas, la obra resulta en conjunto un instrumento de extrema utilidad, precedido de un importante estudio de contenido avalado por la solvencia científi ca de su editor.
No queda más que dar la bienvenida a los volúmenes de las Imagines Italicae y agradecer el titánico esfuerzo de sus autores, que han puesto a disposición de los especialistas un corpus actualizado y exhaustivo con un material a fi n de cuentas de difícil accesibilidad y heterogénea catalogación 8.
El núcleo del libro es el catálogo de 80 glandes fundae inscriptae supuestamente encontradas en Perugia a mediados del siglo XIX y que son vestigios de los combates habidos en torno a esa ciudad en 41/40 a.C., durante el confl icto que nuestras autoridades llamaron Bellum Perusinum.
Todas las piezas (menos las ocho que el editor considera que pueden ser inéditas) habían sido ya publicadas por Karl Zangemeister en su magistral estudio de 1885 y Benedetti apenas se aparta en sus comentarios y observaciones de lo dicho por aquél.
Aún así, justifi ca la conveniencia y oportunidad de su traresponsable ni el año.
7 Cf. el extenso catálogo con las fi chas de Bovianum, por ejemplo, aunque no en todas y no siempre.
8 Mientras ultimábamos este texto ha aparecido en la Bryn Mawr Classical Review (2013.06.17) la reseña de Benjamin W. Fortson IV y Michael Weiss, de la University of Michigan, a la que enviamos para un mayor y puntual análisis sobre el contenido, especialmente sobre las novedades incluidas en el corpus.
Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 bajo sobre tres circunstancias: la dispersión de las balas entre varios museos italianos (Perugia, Roma, Nápoles, Bolonia y el de Artillería de Turín) y dos franceses (Louvre y St. Germain en Laye); la ausencia casi absoluta de documentación gráfi ca y fotográfi ca para muchos de los proyectiles; y la constatación de que tras casi un siglo de marginación erudita, ha renacido el interés por las glandes (tengan o no letrero) y basta un vistazo la bibliografía reciente para comprobar que se trata de una tendencia en ascenso, tanto en lo referido a las Hispanias como en otras provincias del Imperio.
Al catálogo, que ocupa aproximadamente un tercio del libro, le acompaña una concisa introducción en la que se examina el empleo bélico de la honda, la fabricación de las balas, el interés histórico y militar de aquellas inscritas y la crux de su estudio: las falsifi caciones, causantes de la general desconfi anza de los investigadores, tras la explosión de interés y causada por los primeros hallazgos en el Piceno, Perusia y otros lugares de Italia.
Benedetti recuerda que el trabajo de Zangemeister es, sobre todo, un case-study sobre falsos, pues surgió del encargo recibido del Museo de Berlín para que determinase la autenticidad de la gran partida de balas de plomo adquiridas por esa institución en el Piceno.
Pero la parte en que este lector ha encontrado mayor placer y utilidad es el Apéndice en el cual se transcribe principalmente la correspondencia entre Mariano Guardabassi (el dilettante que donó su numerosa colección de glandes al Museo de Perugia) y el abogado romano G. Lovatti, al parecer un excelente erudito y a través del cual, Guardabassi adquirió también balas en los anticuarios de Roma.
Además, el coleccionista perugino también mantuvo un activo intercambio epistolar con W. Henzen y, por supuesto, con el propio K. Zangemeister.
Salvo por unas pocas erratas, la edición del libro es muy cuidada, con buenas fotos, pero de tan pequeño tamaño que frecuentemente es necesario comprobar antes los calcos colocados en paralelo.
Acompaña un sencillo índice a los nombres, grados militares y cosas notables mencionados en los letreros de las balas y una tabla de concordancia entre este catálogo, el de Zangemeister, CIL I y IX y las Inscriptiones latinae liberae Rei publicae, de Degrassi.
No deja de sorprender, sin embargo, que la editorial siga favoreciendo el estilo de notas a fi nal del texto, que hace incómoda la consulta de las referencias, especialmente cuando, como en este caso, son más de 300.
Como Gonzalo Anes, Director de la Real Academia de la Historia, indica en una de las presentaciones del volumen, esta institución nació bajo el reinado de Felipe V por impulso de los nuevos aires ilustrados que la nueva dinastía Borbónica trajo a España en el siglo XVIII.
De ahí, el interés e importancia del tema del libro para las dos instituciones editoras, la misma Real Academia de la Historia y Patrimonio Nacional: se trata de analizar por destacados especialistas desde muy diversos y complementarios puntos de vista el origen de la arqueología española en el siglo ilustrado y el marco que ofreció la monarquía, con una especial incidencia en la fi gura del Rey Carlos III de España, "el rey arqueólogo".
Según recuerda en la segunda presentación José Rodríguez-Spiteri, Presidente de Patrimonio Nacional, el origen de este importante libro hay que buscarlo en la exposición celebrada en Madrid, dos años antes, en 2010, bajo el título Corona y Arqueología en el Siglo de las Luces, que -comisariada por los mismos editores de este volumen-se acompañaba también de un espléndido catálogo con diversos e interesantes estudios introductorios al catálogo de piezas (Almagro-Gorbea, A. y Maier Allende, J., eds., Corona y Arqueología en el Siglo de las Luces, Madrid, 2010), pues: "La relevancia cultural del evento hizo que se decidiera complementar el catálogo con una monografía especializada coordinada desde la Real Academia de la Historia con la participación de los mejores especialistas... " (p.
Ya se apuntan en esas palabras dos de las características que defi nen la obra que comentamos, su vinculación a las publicaciones de la Real Academia de la Historia y la amplitud y excelencia de las aportaciones, que reúnen en veinte capítulos a veintidós investigadores españoles de universidades y otras instituciones que analizan la arqueología dieciochesca española desde muy diferentes -pero ciertamente complementarias-perspectivas, incluyendo además temas de tanto interés como su relación con Italia (Herculano y Paestum) y su proyección en el mundo de la América española.
Constituye este volumen el tomo veintitrés de la serie Antiquaria Hispánica, que edita el Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia.
Justo es valorar el inmenso esfuerzo de estudio y divulgación que ese Gabinete de Antigüedades, con la coordinación de M. Almagro-Gorbea, Anticuario Perpetuo de la institución, realiza desde hace algunos lustros, ya que se trata del proyecto más destacado realizado en el ámbito de la historiografía arqueológica en nuestro país, por su continuidad y logros, de gran trascendencia.
Solo hay que referir, en primer lugar, la serie de publicaciones sacadas a la luz, que afectan a la historia de la propia Real Academia de la Historia y a su labor tutelar de la arqueología española en los siglos XVIII y XIX, dentro de las diversas series de Catálogos del Gabinete de Antigüedades, referidas a Antigüedades (nueve monografías publicadas y una en prensa), Monedas y Medallas (ocho monografías publicadas y cinco en preparación), Esculturas, Cuadros y Grabados (una publicada y tres en preparación) y, sobre todo, Documentación, donde se ha publicado la documentación de los archivos del Gabinete de Antigüedades, del Numario y de la Colección de Pintura y Escultura (tres monografías publicadas, respectivamente) y del archivo de la Comisión de Antigüedades (catorce monografías publicadas, según Comunidades Autónomas actuales, que asimismo pueden ser consultadas on line, en la página web de la Academia -www.rah.es/ gabineteAntiguedades.htm, así como en el portal: http://www.cervantesvirtual.com/ bib/portal/antigua/arqueologia.shtml-y que es un instrumento imprescindible para los temas de historiografía arqueológica en España), así como de las noticias que sobre antigüedades existen en las actas de las sesiones (tres monografías publicadas y una en preparación).
A todo ello se suman las veinticuatro monografías de la serie Antiquaria Hispánica -de la que este volumen ocupa el puesto veintitrés, como se dijo-, en que se han tratado diversos temas de historiografía arqueológica desde el siglo XVIII al siglo XX.
En resumen, un empeño bibliográfi co iniciado en el año 1999 y que en estos quince años ha impulsado de manera muy signifi cativa y sistemática esta línea de investigación en la RECENSIONES arqueología española, ya que tampoco debemos olvidar que esta -al menos durante los siglos XVIII y XIX-estuvo especialmente vinculada a la Real Academia de la Historia, protagonista de su historia y en cuyos archivos y documentos hay que indagar para hacer la historia de la disciplina en ese período.
Por otro lado, es un modelo de trabajo que debía ser imitado por otras instituciones que cuentan también con importantes fondos documentales en ese mismo ámbito.
Martín Almagro-Gorbea trata en el primer capítulo cuáles fueron los intereses de la Corona Borbónica española durante el siglo XVIII que sustentaron su apoyo al estudio de las antigüedades (pp. 17-31), a partir sobre todo de las nuevas instituciones culturales que promocionaron, en concreto la Real Academia de la Historia y la de Tres Nobles Artes, convertida posteriormente en Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, bajo la trascendental fi gura de Carlos III.
También esa proyección institucional tuvo su refl ejo en los territorios iberoamericanos, sobre todo en el Virreinato de Nueva España, con la creación de la Real Academia de San Carlos, en México, y el impulso de actividades de estudios sobre los restos arqueológicos de las culturas precolombinas, aztecas, mayas, incas.
Miguel Ángel Elvira analiza en ese mismo ámbito regio las colecciones reales de escultura clásica (pp. 32-51) y las interpretaciones que tuvieron determinadas piezas a lo largo de la centuria, desde los intereses puramente iconográfi cos en la primera mitad del siglo hasta planteamientos de estilo durante la segunda mitad, acorde con el desarrollo de los nuevos planteamientos winckelmanianos en el campo de la estatuaria clásica.
La incorporación de las antiguas colecciones de Cristina de Suecia y el Marqués del Carpio por Felipe V supusieron la conformación de un importante conjunto estatuario inexistente hasta aquel momento en las colecciones regias, acorde con los nuevos planteamientos de los Borbones, que se complementará en época de Carlos III con otras adquisiciones; colecciones que el siglo XIX pasarán a formar parte de los fondos del Museo del Prado.
Juan Manuel Abascal trata a continuación el tema de los "viajes literarios", desde el reinado de Fernando VI, en que la Real Academia de la Historia promociona el del Marqués de Valdefl ores, pasando revista a otros posteriores como los de Antonio Ponz, José Cornide o los hermanos Villanueva (pp. 52-69); aquella institución y, posteriormente, la Real Academia de Bellas Artes emitirán una serie de instrucciones para llevar a cabo tales proyectos arqueológicos que son del mayor interés para el análisis del desarrollo de la arqueología ilustrada en España.
A continuación Gloria Mora trata el fenómeno del coleccionismo de antigüedades en España fuera de la esfera regia (pp. 70-79), destacando las colecciones nobiliarias, civiles y eclesiásticas, como las de José Nicolás de Azara o el cardenal Despuig, formadas en Italia, así como las colecciones de piezas españolas, entre las que sobresalen las andaluzas y donde los actividades coleccionistas se sustentaban en intereses eruditos (Villacevallos, Tyrry, Bruna).
María del Carmen Alonso nos introduce de nuevo en la esfera regia, con la fi gura de Carlos III (pp. 80-91), pero como rey Carlos VII de las Dos Sicilias y su protagonismo como impulsor de los trabajos arqueológicos en Herculano, Pompeya y Estabia, su principal proyecto cultural en su etapa italiana (1734-1759); ello se completó con la creación de la Accademia Ercolanese y el Museo Ercolanese en Portici, cuyos miembros fueron a su vez impulsores de la serie de libros de Le Antichità di Ercolano, destacados para la época.
Para el mismo territorio italiano Pedro Monleón aporta otro aspecto del máximo interés en la arqueología europea del XVIII, el "descu-brimiento" de la arqueología griega (pp. 92-109), que si a nivel teórico tiene en la fi gura de Winckelmann su máxima expresión, a nivel práctico comienza con Paestum y sus templos griegos.
El autor analiza a partir de libros e imágenes, de italianos (Gazzola, Paoli), ingleses (Longfi eld, Major) y franceses (Dumont, Delagardette), que son asimismo exponentes de la ampliación del Grand Tour desde Nápoles y las ciudades campanas hasta esta antigua colonia griega.
También se centra en Italia el trabajo de José María Luzón, pero referido al tema de la presencia de los artistas, arquitectos y anticuarios españoles (pp. 110-121), desde el análisis de los pensionados españoles, protegidos por Nicolás de Azara, hasta la de los jesuitas expulsados de España o viajeros como Antonio Ponz.
Por el contrario, en España se considera a Itálica "la Pompeya española", según analiza José Manuel Rodríguez Hidalgo (pp. 123-141), quien lleva a cabo un repaso a todo el proceso de su descubrimiento previo al XVIII hasta concluir en las "excavaciones" de los propios monjes de San Isidoro del Campo, que eran los propietarios de las ruinas, y de otros ilustrados de Sevilla como Francisco de Bruna, quien conformó un importante museo arqueológico en los Reales Alcázares de Sevilla, sobre todo con esculturas y epígrafes.
Precisamente a los estudios de la epigrafía romana en España se dedica el siguiente capítulo (pp. 142-155), de Helena Gimeno, constituyendo una de las principales actividades de los anticuarios españoles, entre los que puede citarse a Gregorio Mayans o al Marqués de Valdefl ores, si bien destaca la autora especialmente los proyectos de elaboración de corpora epigráfi cos impulsados desde la Real Academia de la Historia, pero que fueron infructuosos.
Isabel Rodríguez Casanova trata en el siguiente capítulo el otro ámbito complementario del estudio de las antigüedades, el de la, desde la doble faceta del coleccionismo de monedas y de su estudio, que en el caso español se concentraba especialmente en las llamadas monedas de "alfabetos desconocidos", sobresaliendo los trabajos del ya citado Marqués de Valdefl ores, Francisco Pérez Bayer o el padre Enrique Flórez.
El estudio geográfi co del antiguo territorio hispanorromano presenta un apartado especial en el campo de la cartografía histórica,, quien analiza en concreto los mapas de Hispania de la España Sagrada del referido Enrique Flórez, los del anticuario José Cornide o el geógrafo Juan López y, fi nalmente, los de Ambrosio Rui Bamba para ilustrar la Geografía de Ptolomeo.
Un campo totalmente diverso y novedoso lo presenta Marco de la Rasilla cuando trata del "descubrimiento" del arte prehistórico en, pero para el que lógicamente aún no se presentaba una interpretación correcta de su adscripción cultural y cronología, aunque es signifi cativo el esfuerzo de recuperación patrimonial mediante su descripción y documentación gráfi ca, como testimonian los famosos dibujos de Fernando José López de Cárdenas de las pinturas rupestres de Fuencaliente (Ciudad Real).
En esta misma línea de culturas no clásicas, Alfredo Mederos analiza el interés que despertó en el XVIII el estudio del mundo fenicio en la Península Ibérica (pp. 204-215), centrado especialmente en el comentario de las referencias literarias, pero donde ya se abre al estudio de las monedas con leyendas púnicas o a la recogida y estudio de materiales arqueológicos, según lleva a cabo Francisco Pérez Bayer, por ejemplo.
Otro ámbito de interés es el de la arqueología cristiana, como estudian Ramón Corzo y Miguel Ángel, que se caracteriza en España por la necesidad de llevar a cabo la crítica historiográfi ca, a la vez que documenta y estudia elementos arqueológicos Archivo Español de Arqueología 2013, 86, págs. 301-314 ISSN: 0066 6742 de diversa índole (basílicas, sarcófagos) y epigráfi cos. En esta misma orientación Antonio Almagro y Jorge Maier pasan revista a los inicios de la arqueología islámica (pp. 228-243), que tiene una temprana y lógica presencia en España basada en el estudio y coleccionismo de monedas e inscripciones, pero que se desarrolló especialmente en el importante proyecto de documentación gráfi ca realizado especialmente en la Alhambra de Granada.
Asimismo las antigüedades hebreas fueron fruto de interés en el siglo XVIII en España, como presenta Jorge A. Eiroa (pp. 244-253), especialmente en lo referido a la epigrafía, la numismática ("monedas judías"), al problema de las falsifi caciones y, en el ámbito monumental, en el estudio de la sinagoga del Tránsito de Toledo.
Finalmente, otro apartado importante de la arqueología del XVIII lo suponen las investigaciones en la América española, según trata Paz Cabello (pp. 254-279), que constituye un capítulo singular y muy importante de nuestra arqueología ilustrada en la segunda mitad del siglo, con excavaciones arqueológicas y expediciones científi cas especialmente en Perú y México, destacando las ruinas mayas de Palenque, que generaron un gran conjunto documental y coleccionista.
El siguiente capítulo complementa la valoración de la actividad científi ca española en América en el XVIII a partir del análisis de las fi guras de Wilhelm y Alexander von Humboldt, que llevan a cabo Sandra Rebok, Miguel Ángel Puig-Samper.
El siguiente capítulo, realizado por Alicia M. Canto, estudia el desarrollo de la arqueología española bajo el reinado de Carlos IV y la labor del valido Manuel Godoy (pp. 298-331), con la tesis reivindicativa de que realmente fue entonces cuando se lograron los máximos niveles, minimizando los períodos de Fernando VI y Carlos III, que asimismo se analizan contrastando los resultados obtenidos en cada fase.
Es cierto que en los últimos decenios del siglo XVIII se obtienen los máximos resultados bajo el apoyo institucional de la Corona y las instituciones reales -destacando las Academias-, pero asimismo tampoco puede obviarse la importante tarea desarrollada hasta entonces, sin las que no se hubiera podido culminar el proceso.
En efecto, una valoración más ajustada para todo el período ilustrado del desarrollo de la anticuaria en España lleva a cabo Jorge Maier en el último capítulo del libro (pp. 332-360), dedicado a la relación entre la Corona Borbónica y la institucionalización de la arqueología, en un proceso culminado lógicamente en el reinado de Carlos IV, cuando -ya en el nuevo siglo-se emite la importante Real Cédula de 1802, que instruía a la Real Academia de la Historia sobre el modo de recoger y conservar los monumentos antiguos descubiertos y que se descubren en el Reyno, que signifi caba el ejemplo más depurado de aquellas políticas borbónicas ilustradas de tutela patrimonial que habían animado el siglo XVIII.
El libro se cierra con un destacado y amplio capítulo de bibliografía (pp. 361-391), exponente del enorme desarrollo que en los últimos decenios ha tenido la Historiografía Arqueológica también en España; y otro apartado de índices, onomásticos, de lugares e instituciones y de fi guras (pp. 393-421), imprescindibles en una obra de este tipo y densidad de datos.
Junto a la calidad del fondo en todos los trabajos reseñados, cabe destacar asimismo la calidad de la forma en que se ha editado.
Cabe destacar muy especialmente la abundancia y calidad de las ilustraciones recogidas en el volumen, que rondan las 250, y que constituyen un bagaje documental complementario del texto de gran signifi cado para el tema, estando perfectamente editadas.
Se convierte, en suma, en un trabajo imprescindible para el estudio de la arqueología española del XVIII, así como de manera más general para la historia del pensamiento y la cultura ilustrada durante esa centuria en España.
JOSÉ BELTRÁN FORTES Universidad de Sevilla |
Este trabajo forma parte del proyecto de investigación «Iconografía y territorio en época ibérica.
Las cuencas del Vinalopó y del Segura», financiado por la DGICYT (n° PS 93-0006).
Desde una lectura globalizadora analizamos varios grupos de imágenes ibéricas que se relacionan con los signos del mundo vegetal: las que muestran una generación espontánea, una eclosión, y las que introducen la metáfora del cultivo.
Partimos de lo genérico mediterráneo pero buscamos lo diferencial y específico que exige cada ejemplo ibérico.
Proponemos asociar estas imágenes por un lado a una visión cosmogónica -un tiempo originario-, por otro, a la invención mítica de la agricultura.
En uno y otro caso las imágenes cumplen una función en mayor o menor medida definida dentro de la dialéctica social.
El contexto histórico ilumina y enriquece un pensamiento más universal.
LOS TANTEOS INCIERTOS DEL LENGUAJE
Mi lectura quiere ensayar cierto discurso filosófico, genérico, dentro de una aproximación a la imagen ibérica que debe entenderse, ante todo, en el contexto y mensaje singulares de su proceso histórico ^ Una iconografía creativa y original, con signos y combinaciones de sentidos cuyo análisis invita a trascender el limitado marco de las fórmulas usuales con que los arqueólogos cercamos nuestro pensamiento y nuestro lenguaje.
Fatigaremos, pues, los caminos de la imagen acechando ese «pensamiento del afuera» que nos situaría ante «el umbral de toda positividad», lejos de toda certeza ^, para introducirnos simultáneamente en el paisaje y tiempo ibéricos.
Mi pretensión es mostrar, no demostrar, dibujando lo particular con trazos prestados de otros lenguajes.
Querría aguijonear algunos de esos rasgos ocultos bajo la experiencia del lenguaje figurado ibérico.
Acrecentaríamos así su pensamiento.
Este recurrir a la filosofía nos llevará a los ambiguos límites de lo general, a aquel ámbito que los historiadores, amantes de lo diferencial, tantas veces suelen evitar.
Pues busco combinar -y a lo mejor fracasa mi mezcla-una reflexión general con lo distintivo, junto a lo particular.
Supongo que la principal virtud de la filosofía es enseñarnos a descubrir aquellos gérmenes latentes y seminales del pensamiento que apuntan la inquietud del ser más allá de la apariencia trivial o acostumbrada de las cosas.
La voz filosófica, atrevida, nos invitará, pues, a roturar «las lindes de lo dudoso» y habitar «la tierra sin colonizar» ^ Lo que será hoy, en mi texto, ciertos aspectos del imaginario figurado ibérico.
Querría que aquella voz ajena nos abriera a una comprensión analógica donde arropar nuestro pensamiento desprotegido.
Pero sólo lo distintivo de la contextualización histórica anunciará la explicación que exige, desde su entorno propio, el ejemplo ibérico.
En nuestra exposición, uno y otro lenguaje se tratarán de hermanar.
Recreemos por escrito esos tanteos metafóricos de nuestra descripción.
Hiatos y surcos abiertos en esta palabra arqueológica hendida ocasionalmente por la filosofía nos permitirán, aquí y allá, trascender algún instante los usos y voces de nuestro oficio' ^.
Lo genérico iluminará, pero no agotará, la riqueza mostrativa y dialéctica de lo particular.
En el primer capítulo de la atrayente y, al tiempo, difícil recopilación de los Vortrage und Aufsatze de Martin Heidegger, de 1954, dedicado a «la pregunta por la técnica», alude el filósofo alemán a la metáfora antigua del cultivar, que radicalmente contrapone a la técnica moderna como provocación, como emplazamiento ^ La téchne, la técnica antigua, es «un modo del hacer salir de lo oculto» ^.
Un desvelar el ser, un desocultar la verdad: alétheia ^.
Dice así la reciente y precisa traducción de Eustaquio Barjau:
«El hacer salir lo oculto que prevalece en la técnica moderna es una provocación que pone ante la Naturaleza la exigencia de suministrar energía que como tal pueda ser extraída y almacenada (...)». «(...)
De otro modo aparece el campo que cultivaba antes el labrador, cuando cultivar significaba aún abrigar y cuidar.
El hacer del campesino no provoca al campo de labor.
En la siembra del grano, entrega la sementera a las fuerzas del crecimiento y cobija su prosperar.
Ahora hasta el cultivo del campo ha sido arrastrado por la corriente de un cultivar otro género, un cultivar (encargar) que emplaza ã la Naturaleza.
La emplaza en el sentido de la provocación.
La agricultura es industria mecanizada de la alimentación (....)» ^.
Dejemos hoy al margen las implicaciones que el texto de Martin Heidegger nos sugiere con relación a un pensamiento antiguo resignado a la ausencia de la máquina, favorecedor de la pura mediación humana y de la naturaleza en la explotación de los bienes de la tierra^.
Olvidémonos también de este pasaje si, yendo más allá de Heidegger, quisiéramos contraponer esa supuesta explotación moderna de una agricultura «racional» a la calificación de la economía antigua desde actitudes más «irracionales» o «primitivas».
Es éste un viejo debate de los historiadores de nuestro siglo, con formulaciones ^ O.c, p.
17 (el subrayado largo es mío). ^ A. Koyré, Pensar la ciencia, (= Etudes d'histoire de la pensée philosophique, Paris, Gallimard), Barcelona, 1994, pp. 71 ss.
«Los filósofos y la máquina», sobre un artículo de P.M. Schuhl, Machinisme et philosophie, T éd.
Paris, P.U. E, 1947. contrapuestas que algunos estudiosos actuales del tema nos proponen evitar ^°.
Por cierto, en la época de Heidegger estas discusiones tenían aún vigencia.
Vamos a asomarnos a la visión económica sólo indirecta e incidentalmente y siempre desde los ámbitos ambiguos y metafóricos de la imagen.
Sin embargo, esta mediación no nos impedirá atisbar en algunos de los mensajes iconográficos las actitudes ideológicas que los generaron.
Pero sólo un contraste global con otras fuentes nos permitiría encuadrarnos más decididamente en el debate histórico y económico -el papel y concepción de la agricultura en el pensamiento y economía ibéricos-, lo que no es hoy objetivo principal de este texto.
Estas son nuestras cuestiones: ¿Cómo representa la introducción de la técnica del cultivar el ceramista ibérico?
¿Cuáles son, en su imaginario figurado, las relaciones entre técnica y naturaleza, en qué proporción incide el protagonismo individual del hombre, su presencia, su invención, su respuesta en el acto colectivo y sagrado del cultivar?
¿Cómo situar unas y otras en la historicidad última y singular que reclama todo texto iconográfico, en nuestro caso el mundo iberohelenístico o iberorromano de los siglos ii y i a. de C?
Dejemos para el final las representaciones del cultivar y acudamos previamente a las imágenes, primigenias, de la eclosión.
Unas y otras, lejos de diverger, se relacionan a través del lenguaje figurado y su representación mítica.
METÁFORAS DE LA ECLOSIÓN
El brotar de la naturaleza adopta en el mundo ibérico formulaciones diversas: la relación es metafórica.
Requiere del hombre un gesto social.
Al don del brotar, generoso y espontáneo, se responde, jurídicamente, con el contra-don del sacrificio regulado.
Al beneficio que la tierra ofrece contesta el sacerdote con la sangre de la víctima.
Ésta, mediadora entre el hombre y la divinidad oculta, propicia la fecundidad.
Tal puede ser el mensaje de un exvoto en bronce -¿de Andalucía?-de un momento ibérico temprano, probablemente el siglo v a.
C: un raro ejemplo en que la imagen, lejos de ocultarla AEspA, 69, 1996 METÁFORAS DE LA ECLOSIÓN Y DEL CULTIVO bajo sus velos, explicita la relación, la esperada respuesta ^^ (fig. 1).
Un varón de largos cabellos miti-Figura 1.-Bronce con escena de sacrificio.
Museo Arqueológico Nacional, xf 1970/14. eos, posiblemente exigidos por el ritual, degüella un pequeño carnero con un cuchillo curvo sobre las aguas de un manantial que alumbra un pequeño prótomo animal ^^.
Es un manantial fecundo, arropa-do por volutas vegetales que le sirven de surgimiento, de base.
Dos concepciones diversas se dan, acaso por vez primera, cita: corriente de agua y flor telúrica'^ La vinculación entre hombre y naturaleza es cíclica.
La responsabilidad humana atiende, con expresión atenta, a una naturaleza fértil y mudable, dispuesta a ofrecer desde sí misma.
El diálogo, asimétrico, es puente, cuerda tensada entre opuestos.
La escena, hoy por hoy única, delinea un probable modelo mítico en una síntesis cósmica singular: flor sustentadora, agua teriomórfica, víctima animal, sacrificante...
La representación trasciende la temporalidad.
Aproximadamente tres siglos más tarde, en la llamada época 'iberohelenística', numerosas imágenes en cerámica -especialmente en el llamado grupo de Elche-Archena pero también en los vasos de Azaila-insisten y recrean con multiplicidad de formas y esquemas el surgir espontáneo, sin labor ninguna, de una naturaleza continuamente engendradora, en repentina y fecunda eclosión ^^.
La respuesta del hombre se limita, sin embargo, al mostrar, un dejar constancia de imágenes divulgadoras del mensaje del brotar.
No se explicita el gesto recíproco desde la otra vertiente, la del hombre, tal como expresaba el exvoto arcaico.
El énfasis recae en la acción, en su epifanía, no en la reacción humana, que, veremos, queda sobreentendida.
Son, pues, imágenes de asimetría.
De nuevo, el tiempo de la representación ibérica no es el presente, el cotidiano o actual.
El surgimiento puede ser cosmogónico e implicar a una naturaleza primordial.
Ésta se concibe como physis, en un sentido tal vez próximo al griego: implica el crecer de la vegetación, la energía, su abultamiento o hinchazón húmeda.
Es emerger-desde-sí, un espontáneo traer-ahí-delante, sin el concurso de simientes ni de sembradores.
La physis «tiene en sí misma la eclosión de traer-ahí-delante, por ejemplo, la eclo-" R. Olmos (coord.), La sociedad ibérica a través de la imagen, Barcelona, 1992, p.
M, «Iconografía y culto a las aguas en los mundos colonial e ibérico», Espacio, Tiempo y Forma, serie 11, Historia antigua, V, 1992, pp. 103-120, fig. en p.
L. Prados Torreira, «Los bronces figurados como bienes de prestigio», en R. Olmos y P, Rouillard (eds.), Formes archaïques et arts ibériques, Madrid, Casa de Velazquez, 1996, e.p.'^ El manantial que acaba transformado en animal fugitivo es una vieja concepción que conocemos bien por mitos griegos: así, la fuente (Pegé) y Pegaso que brota de ella (o la hace brotar), surgiendo y golpeándola con sus patas.
Para el mito en la posterior moneda ampuritana, cf. R. Olmos, «Usos de la moneda en la Hispânia prerromana y problemas de lectura iconográfica», en M. P. García-Bellido y R. M. Sobral Centeno (eds.), La moneda hispánica, ciudad y territorio, Anejos AEspA, XIV, 1995, pp. 46-47.'^ Aunque sin una formulación tan clara, nunca desaparecerá, sin embargo, esta extraña vinculación en representaciones posteriores ibéricas: en el plato de pescado de la Hoya de Santa Ana, Albacete, los peces nadan en un fecundo mar floral donde las olas son tallos, es decir, fecundidad (R. Olmos (coord.).
Los hipocampos del Gran Vaso de los Villares, Caudete de las Fuentes, Valencia (R. Olmos (coord.)
Le, supra), saltan sobre unas olas representadas como fecundas volutas vegetales.'' * Sobre la generación espontánea y los orígenes de los comienzos en el pensamiento mítico y filosófico griego, véase W.K.C. Guthrie, In the Beginning, Ithaka, Nueva York, 1957(1965), caps. I y II.
Cf. especialmente pp. 39 ss. y p.
Se menciona aquí la importante función de la generación espontánea en la producción de la vida en el pensamiento chino.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
AEspA, 69, 1996 sión de las flores en la vegetación»'^ Las imágenes ibéricas parecen tolerar esta analogía genérica, este sentido de la physis griega que glosamos desde la formulación de Heidegger.
Encontraría su apoyo en extendidas creencias populares de la generación espontánea, prácticamente universales en la antigüedad y que conocemos por textos de la Historia de los animales de Aristóteles o de Diodoro *^.
Veamos, un poco más allá, si las implicaciones de nuestras imágenes se compadecen bien con otros aspectos de esta comparación mediterránea.
Simultánemante propondremos su coloración distintiva, una aproximación o tanteo a su justificación o explicación singular.
La eclosión de la naturaleza ibérica se muestra como pólemos, lid y ofensión entre opuestos.
La violencia forma parte de lo sagrado ^^.
Su representación animal inicia la objetivación del yo social, lo descubre en su génesis.
En el microcosmos de la figuración, la imagen de la naturaleza refleja y reelabora la experiencia vital de la comunidad de los hombres.
Su violencia es afirmación de existencia y excelencia última'^: existencias individuales emergentes de un todo que reclaman -y pugnan porsu esfera propia de ser y de movimiento.
Las aves surgen, explayan sus alas y aguzan su pico inquieto, que busca el picar connatural (fig. 2).
Los amenazantes lobos míticos, de alargado cuerpo y vientre de costillas señaladas y hambrientas, son monstruos prestos a devorar y a transformar su entorno a través del umbral de sus fauces (fig. 3).
Su cuerpo es vehículo de tránsito y retorno.
Con frecuencia, aves y lobos surgen de la tierra en la cerámica de Elche-Archena, son mediación entre esferas diversas y alteridad frente a lo humano, limitado a la superficie de la tierra.
Los inmensos brotes florales invaden y crean -y llenan-el espacio de la vida para ese mostrarse-ahí como surgimiento.
No hay espacios vacíos.
Es el espacio existencia expan-' ^ M. Heidegger, o.c, p.
Sobre las diversas extensiones y acepciones del término cf. W.K.C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, II, Madrid (Credos) 1984, p, 359.
Sobre la «húmeda physis» en la naturaleza animal, vegetal y humana cf. E. R. Dodds, The Plays of Eurypides, Bacchae, Oxford, (2^ ed), 1960, p.
Así, la generación de las abejas intrigó a Aristóteles: algunos creían que nacían de flores (H.A., 553a20).
Diodoro, 1,10,2, cit. por Guthrie en nota 13: en ocasiones el suelo de la Tebaida egipcia generaba espontáneamente ratones.'^ R. Girard, Violence and the Sacred, Baltimore, 1977.'^ J. Derrida, «Donner la mort», en L'éthique du don.
Jacques Derrida et la pensée du don, Paris (Métailié-Transition), 1992, pp. 24 s. (interpretación del pólemos heraclitano por Jan Patocka).
Figura 2.-Gran vaso cerámico de La Alcudia (Elche, Alicante).
Ave con alas explayadas brotando entre tallos florales.
siva y, al tiempo, contradicción.
Son, digo, estas imágenes metáfora social, trasladadas a un tiempo primigenio, modélico.
Permítasenos otra aproximación amplia, atemporal.
La disputa del ser en el presocràtico Heraclito acertaría a definir esta naturaleza 'polémica' en nuestra cerámica, un «cosmos sujeto a cambio y disolución, al estar compuesto principalmente de elementos o cualidades que chocan y se destruyen entre sí» ^^.
Comparte el mundo ibérico ciertos rasgos de esa imagen religiosa y cósmica de los presocráticos, esa «unidad que concuerda consigo misma a pesar de divergir», esa armonía en discordancia, producto de contrarios ^^, con la que propenderíamos hoy a explicar la faz, acaso inquietante, de nuestras imágenes^'.
Pero la realización ibérica es fresca y profundamente original.
No se agota, no puede agotarse en esta explicación genérica, que AEspA, 69, 1996 METÁFORAS DE LA ECLOSIÓN Y DEL CULTIVO Figura 3.-Gran vaso cerámico de la Alcudia (Elche, Alicante).
Prótomo de «lobo» entre tallos florales.
Lobo persiguiendo a un conejo.
Ave de alas explayadas.
nos acerca a su comprensión más amplia pero no a su explicación histórica concreta.
El ave, en continua autogénesis, despliega su existencia expansiva sobre la superñcie del vaso y se alimenta a sí misma de la gran flor de la que surge ^^.
Motivo recurrente, no casual, se muestra bajo mil formas diversas.
Pájaro y flor míticas en mutua ofrenda ^^ lobos desmesurados, como rescatados de bestiarios oníricos ^' ^, conejos temerosos y huidizos, apenas surgidos de la tierra ^^, serpientes acechantes ^^, peces que comen y nadan entre roleos de olas vegetales que los engendran y nutren ^^, todos estos seres nos retornan a ese «mundo del crearse eternamente a sí mismo, del destruirse eternamente a sí mismo» ^^.
La mirada intensa de los seres -animales y hombres-expresa la balbuciente autoconciencia. ^^ R. Olmos (coord.), La sociedad ibérica..., 1992, p.
^^ Para el tema en la cerámica de Elche, cf. R. Olmos, «Originalidad y estímulos mediterráneos en la cerámica ibérica: el ejemplo de Elche», Lucentum, VII, 1989, pp. 79-102.
99, fig. 125 acentúa la percepción patética -el pàthos-en este devenir polémico que implica universalmente a una existencia in fieri.
En el friso de un singular fragmento del Tossal de Manises (Alicante) ^^ la persecución animal se va cobrar la víctima de un cervatillo, al que el «azar necesario» ha elegido para morir ^°.
Sus compañeros de manada se salvan.
La inminencia del morir es conciencia de existencia: el cérvido vuelve la cabeza hacia el perseguidor, el «lobo»^^ El cruce de miradas -la mirada devuelta-es reconocimiento mutuo en la lucha necesaria ^^.
El encuentro entre la vida afirmada del atacante y la negada de la víctima se expresa como «ver».
La muerte se anticipa y anuncia en la mirada hacia atrás ^^.
Sobre estos animales, la singular cabeza cortada -¿un varón? ^^-se integra con sentido propio en el devenir de la acción.
Separada del cuerpo es «cabeza vital», concentración del percibir ^^.
Su boca, que mantiene y mana la vida, está abierta: ¿palabra, canto, grito?
La singularidad de la voz y la mirada humanas afirman el patetismo de la acción, su ruido.
El surgimiento del rostro femenino, que fomentó especialmente la cerámica de Elche a partir del si-^^ A. Fernández de Aviles, «Rostros humanos, de frente, en la cerámica ibérica», Ampurias, VI, 1944, lám. I.
^° Sobre el concepto del «azar necesario», tyche en la filosofía antigua, cf. W.K.C. Guthrie, Historia de la filosofía griega, II, Madrid, (Credos), 1984, pp. 424 ss.
^' Reencontramos el motivo de girar la cabeza y mirar de la víctima en otros ejemplos cerámicos ibéricos y en escultura.
Cf. un vaso troncocònico de Liria con escena de caza.
M° de Prehistoria de Valencia.
^^ Para la mirada, productora de muerte, cf. el mito griego de la Medusa.
Jean-Pierre Vernant, La mort dans les yeux, París (Hachette) 1985 {=La muerte en los ojos, Barcelona, Gedisa, 1986, cap. IV: «un rostro aterrador»).
Cf. asimismo el motivo mítico de la mujer de Lot, que miró hacia atrás {Génesis, XIX, 26).
Cf. además ejemplo ibérico en nota anterior.
El castigo de la mirada hacia atrás es muerte.
•^^ Recogido en la Memoria de licenciatura de Trinidad Tortosa Rocamora, Cerámica ibérica de la provincia de Alicante: una propuesta de análisis iconográfico.
Universidad de Alicante, 1993, quien apunta la posibilidad de que se trate de una cabeza masculina, lo que en la cerámica ibérica es excepcional.
La «vital head», un motivo universal, no sólo indoeuropeo, es una denominación de Stith-Thompson, Motif-Index of Folk Literature, Bloomington 1933: analogías de las mitologías irlandesa, islandesa, judía e india [E 783].
Cf. también P. Vicari, «Sparagmos: Orpheus among the Christians», en: J. Warden, Orpheus.
81, n.l: analogía irlandesa del canto de la cabeza cortada (Stith-Thompson, o.c, D 1615.7)., 69, 1996 glo II a.C. pero que conocieron otros talleres del área, se integra en el devenir de la naturaleza e incorpora una primera presencia ordenadora de lo humano ^^.
Pero estos rostros frontales son, ellos mismos, surgimiento, nacimiento espontáneo, eclosión.
Suelen brotar de una flor.
Son metamorfosis, contigüidad de cualidades e intercambio de apariencias -vegetal, animal, humana, monstruosa...-, indistinción de dimensiones y escalas ^\ La flor de hiedra puede llegar a ser mueca protohumana, bostezo, y los roleos del tallo, trenzas femeninas de la divinidad que aparece: el juego de una adivinanza o enigma semioculto en la imagen funeraria de un calato de la necrópolis del Cabecico del Tesoro ^^ (figs. 4-5).
Los pájaros pican Figura 4.-«Sombrero de copa» ibérico del Cabecico del Tesoro, Murcia.
Museo Arqueológico de Murcia.
Ave picando en una guirnalda de hiedra.
aquí en la ambigua planta que conforma el entorno de la cabeza emergente.
Sólo uno de los tallos que circuye el vaso se transforma en asomo de faz grotesca.
Para otros ejemplos no ilicitanos, cf R. Olmos, (coord.).
^'' ¿Adquiere la flor proporción humana?, ¿o es la efigie humana medida, en espacio y tiempo, de la forma vegetal...? ^*^ Cf. calato del Cabecico del Tesoro (Verdolay, Murcia).
Un arco sobre una hoja de hiedra configura la cabeza.
Un tallo de hiedra la enmarca y protege.
Los rostros inician una jerarquización, una ordenación en el universo de contrarios del que forman parte.
El orden se manifiesta, primero, en el espacio.
Ocupan los rostros el centro de un medallón, que dispone y atrae la naturaleza en derredor.
O gozan del privilegio de unas asas semien vol ventes: techo de acogimiento, límite a su expansión que ocasionalmente alcanzan a rozar en su mostración ^^.
La usual frontalidad del rostro es además desvelación.
La physis se muestra así patentemente, sin el recato vergonzoso de otras mostraciones femeninas en que el velo representaría un papel ambiguo, exigencia social del noble pudor' ^^.
Aquí el mostrarse femenino es descarado, ajeno a la norma o convención social del recato.
El emerger-desde-sí, se torna en un pleno traer-ahí-delante.
Convierten el instante del surgimiento en temporalidad, en duración.
Es experiencia primordial, orgiástica, sin asomo de pudor.
Implican los rostros frontales al espectador.
Vinculan el tiempo mítico de los orígenes con el presente, con el ibero que encarga y recrea en el vaso estos mitos de autoctonía que le atañen pues explican el mundo, su mundo propio, su espacio y tiempo míticos, fuente del espacio y tiempo actuales.
Esta disolución del tiempo de los hombres -privilegio divino-permite, a su vez, una proyección anticipada de la imagen de la generación a la frontera futura del allende.
Puede simultáneamente prefigurar la muerte, como en el contexto funerario ^^ R. Olmos, (coord.).
124, n° 3. ^^ Cf. el ocultar/desocultar por medio del velo en el vaso de Catalina del Monte, Verdolay, Murcia.
La vegetación es desbordante y ocupa la práctica totalidad del vaso.
Pero un espacio reservado, limitado por una columna, es marco adecuado para la desvelación divina, tema único y esencial del vaso.
Finalmente, T Tortosa, «Las primeras representaciones figuradas sobre cerámica en la zona murciana» en R. Olmos y P. Rouillard (eds.), Formes archaïques et arts ibériques, Madrid, Casa de Velazquez, 1996, e.p.
Hemos dicho que el busto humano se integra, primero, como parte de ese engendrarse desde sí mismo para adquirir una pregnancia especial y ocupar lugares privilegiados.
Destaca el rostro frontal en medio de la generación de los seres de la naturaleza.
Los atrae en tomo a sí.
Inicia, dispone su ordenación.
Se apunta, pues, una genealogía del cosmos.
Es camino o progresión hacia éste.
Sería el rostro su incipiente justificación.
Bajo las cosmologías se esconde con frecuencia una ordenación política.
Son aquéllas espejo, metáfora de las tensiones en el seno de la comunidad humana "^K El rostro femenino puede también aquí ser modelo y sanción religiosa que cohesiona a los hombres de un lugar.
Elche, la Illici de época helenístico-romana, crea este universo de imágenes en el momento preciso de su expansión urbana y comercial.
Son afirmación de autoctonía, acentúan la dinámica propia, indígena, en el proceso inicial de la romanización.
El repertorio de fórmulas es más amplio, herencia y desarrollo del Mediterráneo helenístico en el que la imagen ibérica se integra.
En su nacimiento ascendente de la flor a veces le ayudan alas'^^.
El aspecto terrible no exime a la diosa de su obligado tributo a la belleza.
Sus mejillas son llamativas.
La resaltan coloretes o arreboles, una fórmula mediterránea de belleza que hallamos, por ejemplo, en los rostros femeninos suritálicos, algunos de los cuales surgen también de flores ^^ No podemos prescindir de la continuación de las viejas fórmulas mediterráneas, reasumidas ahora en la Elche de los siglos ii y i a.
La frontalidad de la mirada ha introducido una relación con el hombre' ^' ^.
El surgir y mostrarse de esta diosa ibérica escoge la vertiente grotesca -la "*' Así en la polis arcaica griega.
Sobre los mitos cosmogónicos contrástese Mircea Eliade, La naissance du monde, París (eds. du Seuil) = Die Schõpfungsmythen, Darmstadt, 1980, pp. 11 Rome, 1987, p.
Dos de las cabezas plásticas sobre el hombro brotan de flores.
Quedan restos de los coloretes.
Condicen bien con nuestros rostros las fórmulas griegas a Afrodita o Deméter -«resplandecía en sus mejillas una belleza divina»-, en su maravillosa mostración.
Himno a Afrodita 173 s. (epifanía de Afrodita).
A esta expresión floral y frontal mediterránea parece también corresponder cierta religiosidad honda común, lejanamente compartida.'^'^ Sobre el rostro frontal en la representación griega, cf. F. Frontisi-Ducroux, «Au miroir du masque», en: La Cité des images, éd.
CL Bérard, Paris, 1984, pp. 147-161. mueca "^^-pues busca expresar el horror o comicidad -el descaro impúdico e irresponsable de las religiones del brotar-frente a la serenidad y seriedad de la reflexiva comprensión.
¿No ha parecido siempre cómica e ingenua la Pepona ilicitana a una mirada trivial ^^?
El rostro dulcificado que se contrapone al grotesco es otra forma de expresión no necesariamente posterior o sucesiva en el tiempo ^'^.
A esta faz grotesca la llamé hace unos años «el rostro del Otro»'^l Su alteridad inefable, su situación liminal -la alteridad de lo humano y lo animal; el límite del allende-es nuestra percepción, que contempla y reconoce, frente a frente, la desvelación orgiástica de los orígenes' ^^.
En el mundo ibérico los rostros frontales se comunican especularmente con nosotros.
Son límite, barrera de conocimiento y del tiempo de la representación.
El rostro hierático y serio, de largas barbas, con que nos mira la Bicha de Balazote -aquéllas indican experiencia, temporalidad más allá de los límites humanos-tan sólo nos cuenta, tal vez, que como ser híbrido perteneciente a dos mundos conoce los secretos del reino irretornable, el de la muerte ^°.
Pero su conocimiento preciso se queda sin contar.
El rostro frontal de la cerámica ibérica es, principalmente, mostración divina, epifanía, no narración.
Los pebeteros cerámicos, con la divinidad que se muestra y ofrece sobre su cabeza un cesto que cobija frutos y mieses fecundas en que pican aves simétricas, trasladan las metáforas de la eclosión a las imágenes del cultivar (fig. 6).
La coexistencia de unos y otros signos en el espacio y en el tiempo ibéricos no implica identidad o aproximación de sentidos sino dos formas diferentes, dos experiencias diversas ante el surgir.
Posiblemente, la imagen femenina, serena, de los pebeteros incorpora algo de ese secreto orgiástico de la representación del brotar a la nueva conciencia emergente de la responsa-'' J. P. Vernant, o.c.
(1985) Es protagonista, causante propiciadora -y no mera consecuencia-del brotar.
Como señora y dueña -viste manto, ordenado y ceñido con fíbula anular-, ella es la que ofrece sobre su frente los frutos de la tierra que son alimento de los hombres.
La vegetación se convierte en don, en cultura.
Cultura es aquí cultivo, mediación, enseñanza de un dios amistoso que adquiere rostro humano.
Las dos aves que anidan en la diadema sobre los cabellos simétricos de la efigie serena se alimentan del don de los frutos y los propician.
No dejan de pertenecer al ámbito de la diosa, a quien anuncian.
Difieren, pues, de aquellas aves pintadas de Elche, emergentes de la tierra.
Pero, tal vez, no sean mensajeras pasivas, meras espectadoras del brotar, las aves simétricas de los pebeteros.
Su presencia en la cerámica ibérica pintada, coetánea, de Alcorisa o Azaila, Teruel, que veremos luego, nos abre a la vigencia de los otros sentidos.
Ana María Muñoz fue pionera en el estudio que sistematizó la serie cerámica de los pebeteros ^^.
Otros trabajos posteriores han ahondado en la génesis histórico-religiosa en Iberia de este extenso motivo del Mediterráneo occidental que documentamos desde el siglo iv al ii a.
C: su aceptación y mediación simultánea por púnicos y griegos en Occidente, su difusión y su dispersión en el levante español, su recepción, pervivencia a través de varios siglos y su trasformación en diferentes imitaciones -en cerámica y hasta en piedra-, los usos concretos en el espacio y en el tiempo ibéricos, su renovación metafórica y su diversidad contextual, en poblados, necrópolis o depósitos votivos, que acumulan y guardan bajo tierra la imagen protectora de la simiente ^^ Todo ello nos habla del poder expansivo de una imagen mítica en arcilla, sobre un soporte cultual fácilmente transportable y difundible.
Apuntan, recíprocamente, a la ^' La historia, el paulatino camino de lo orgiástico hacia la responsabilidad, no encontraría acaso una formulación plena hasta el cristianismo.
J. Derrida, o.c, sobre el pensamiento de Jan Patocka, Essais hérétiques sur la philosophie de l'histoire (Praga, 1975) Anciennes, 89, 3-4, 1987, pp. 349-358; eadem, «Consideraciones sobre iconografía mediterránea: los pebeteros en forma de cabeza femenina», La mediterrània.
El lector encontrará numerosas referencias bibliográficas en estos dos últimos trabajos.
Un análisis conjunto y amplio de los quemaperfumes en el Mediterráneo occidental en Paola Regoli, «I bruciparfumi a testa femminile del nuraghe Lugherras (Paulilatino)», Studia Punica 8, Roma, 1991: circulación y vías comerciales diversas (pp. 59 ss.); fases de producción (pp. 79 s.); función político-religiosa (p.
80), etc. Una interpretación singular y atrayente pero insegura, en J. Ruiz de Arbulo, «Los cernos figurados con cabeza de Core.
Nuevas propuestas en torno a su documentación», Saguntum, 27, 1994, pp. 155-172, no los considera quemaperfumes sino vasos de espigas y los llama cernos.
Se basa en la paradójica ausencia de huellas de fuego en una mayoría de ejemplos.
Imitaciones locales: L. Abad Casal, «Terracotas ibéricas del castillo de Guardamar», Estudios de Arqueología ibérica y romana.
Homenaje a Enrique Pía Ballester, S.I.P., Serie de trabajos varios, n° 89, 1992, pp. 225-230 La cabeza frugífera parece aludir tanto al mito de la invención del trigo o del cultivo de los frutos como a su dimensión cultural, la afirmación de un nuevo orden social.
Si la cabeza que brota incidirá enseguida en mitos de autoctonía, de identidad del lugar, el rostro sereno de los pebeteros deberá ponerse en relación estrecha con los tanteos hacia cierto afianzamiento y ordenación religiosa del ámbito agrario en el mundo ibérico.
No entra, pues, en colisión con las imágenes citadas de la cerámica de Elche, estas últimas coetáneas o, incluso, posteriores, coexistentes incluso con la primera romanidad ^^.
Reviste un mito, afirma un ritual, acaso sólo en parte diferente.
Pero la difusión de los pebeteros en el espacio ibérico ^^ implica una cierta unificación de pensamiento, una extendida creencia común, compartida, como lo hará luego el jinete lancero o portador de palma -o las cabezas laureadas-de las monedas ibero-republicanas, un héroe local ^^.
No es símbolo exclusivo de un aristócrata, de aquella clase dominante del lugar que buscara en la divinidad del pebetero un signo diacrítico, de diferencia, tal como ocurrió en las esculturas del ibérico antiguo o, incluso, como en los mismos vasos áticos que adquieren los iberos en el siglo IV, las crateras ^°.
La nueva imagen arraiga, se contagia, se imita, se multiplica.
Pertenecerá a muchos más.
Frente a la mayor diferenciación que impuso la moda de la cerámica ática, los pebeteros de la epifanía frugífera fundamentalmente unifican.
En la extensión y duración del motivo deberán estudiarse concomitancias y divergencias con otras imágenes de acuñación ciudadana que pretenden un consenso, que expresan una creencia colectiva, compartida o aceptada por la mayoría, como son las monedas ^^ Las primeras dracmas ampuritanas, que se fechan ya a principios del siglo m a.
C, muestran en sus anversos el rostro bello y juvenil de una diosa, a la que los estudiosos llaman convencionalmente Perséfone, diosa que trenza con espigas granadas sus cabellos ^^.
Si mi interpretación es correcta, en la mayoría de las monedas ampuritanas se recrearían mitos de fundación: la ninfa que fecunda la tierra y el caballo -sea o no, estrictamente, Pegaso-que da de beber, como fuente, a la ciudad ^^.
Los dones de la diosa del cultivo -agricultura y leyes-fundamentarían la riqueza y el consenso de la polis comercial ^' *.
Algunos de estos tipos se imitarán en Cecas indígenas ^^.
Un mundo de imágenes púnico, helenizante y local parece confluir en ciertas fórmulas comunes de estas acuñaciones.
Como el de los pebeteros, de probable origen siciliota y ulterior generalización púnica, y sus imitaciones locales ^^.
El área de difusión de éstos, mucho más amplia en el espacio y en el tiempo que la de las monedas, se implica en los usos e intercambios míticos de una sociedad esencialmente aún premonetal.
Es muy posible que algún tipo de narración mítica en torno a Deméter y Perséfone se difundiera ^ R. Olmos, «Adaptación de la producción cerámica a las clientelas ibéricas: los siglos v y iv a. de C. en Céramique et peinture grecques: modes d'emploi (Ecole du Louvre, 26-28 de abril de 1995), Paris, e.p.
^' M^ R García-Bellido, art. cit., p.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ AEspA, 69, 1996 en el contexto indígena del entorno ampuritano.
En el campo de silos gerundense del Bosc del Congost, en los límites del Ampurdán, se ha hallado un vaso singular con un relieve de Triptólemo en trono alado con serpientes, junto al rostro frontal de una divinidad femenina, ella bajo las elaboradas asas trenzadas -espacio reservado de mostración y de respeto-que la cobijan ^'^.
El vaso, procedente del silo 53, parece una forma local que aglutina el perfil de un calato indígena y una cratera griega: un objeto, pues, de encargo específico, con función sacral e integradora de sentidos.
Los moldes de los relieves han podido circular y transmitirse con el comercio griego para aplicarse a un vaso de destino votivo que se dedica al culto del lugar.
Por el conjunto de materiales asociados en el silo los excavadores fechan la pieza entre la segunda mitad del siglo III e inicios del ii a.
C. ^l Podría corresponder, pues, a los primeros rostros frontales de la cerámica de Elche, a la imagen serena de los ya extendidos pebeteros y a la expansión de las dracmas de Ampurias y Rosas.
La iconografía de este vaso, helenizante, parece mantener relación estrecha con el cultivo y con el culto de las divinidades agrarias que promueven la producción del grano en la retrotierra indígena y justifican y sancionan el comercio ampuritano ^^.
Resume el calato la misión benefactora de Triptólemo, enviado por Deméter para enseñar el cultivo de los cereales a los hombres.
Sentado en un trono móvil su cometido parecería liviano, con esa facilidad propia de lo divino con que el mundo antiguo idealiza y elude la dureza del trabajo humano.
El rostro frontal bajo las asas alude a la presencia de la diosa en su reducto sagrado, pronta a escuchar.
Parece también probada la ambivalencia de este símbolo del cultivar como motivo funerario.
Lo avala su ubicuidad en los contextos de la vida y de la muerte.
En la Necrópolis del Cabecico del Tesoro (Murcia) el pebetero se imita escuetamente en piedra ^°.
La diosa que encomienda a la tierra el pros-perar de la simiente es diosa acompañante de la muerte.
Este sentido escatológico es traslación, extensión analógica del motivo de la agricultura'^K En nuestro ámbito, el temprano uso funerario de los pebeteros ^^ enlazaría con la anterior corriente receptiva que justifica una primera adopción por el ibero de los siglos v y iv a.C. de imágenes orgiásticas foráneas que trasladan su noble condición a la muerte.
El uso de las crateras áticas en los enterramientos del sur y sureste peninsular, con frecuentes escenas dionisíacas y de banquetes, propaga una nueva percepción del juego metafórico de la imagen en la ultratumba del noble ibérico ^^ Aportan éstas el prestigio y novedad de lo exótico, al tiempo que saben despertar una atractiva sensación de extrañeza salvifica, prometedora de novedad y ventura en el encuentro de la muerte.
Tal vez haya un puente entre estas imágenes y los inmediatos pebeteros, que en el Sureste las sustituyen.
LABRADORES Y CAZADORES MÍTICOS EN UN CALATO DE ALCORISA (TERUEL)
Introducirse en la tierra, hendir su seno para provocar sus frutos fue un día labor de héroes.
Requirió un esfuerzo y un coraje sobrehumanos.
Se atrevió a este descenso, en el temprano mundo ibérico, el varón del relieve de Pozo Moro, que traslada sobre sus hombros la ingente rama fecunda, poblada de pájaros, desde un paisaje infernal'^^.
Dobla el peso del árbol sus espaldas.
Interpretamos la escena en el programa escultórico de Pozo Moro: son gestos del fundador de la dinastía, hazañas de su poder principesco.
Las imágenes del descenso crean un diálogo, una reciprocidad entre dos reinos diferentes.
Sólo otra actividad, la minería, lleva hasta sus últimas consecuencias la relación mutua y la intrusión en el otro reino: es preciso descender a las entrañas de la tierra, a su oscuridad, para, enriquecido, retornar a la ^"^ J. Burch et alii, «Triptólemo.
41. ^^ No sabemos si esta introducción del culto de Deméter/ Perséfone reposa exclusivamente sobre la dimensión agraria sin incluir la simultánea vertiente mística que se desarrolla en Grecia.
Paolo Xella ha señalado esta diferenciación en el caso de Cartago, donde admite sólo el primero de los aspectos cultuales, el agrario.
La dimensión mística sería, según este autor, ajena a la religiosidad púnica.
15 y n.l (para la extension del motivo a ritos de tránsito en la vida humana en diversas culturas: nacimiento, matrimonio, muerte, iniciaciones de adolescentes en la vida adulta, etc.).
^^ Cabecico del Tesoro (Verdolay, Murcia) o La Albufereta (Alicante).'^^ Cf.
R. Olmos, «Adaptación de la producción cerámica a las clientelas ibéricas...», art. cit. supra en n.
60.'^^ M Almagro-Gorbea, «Pozo Moro: el monumento orientalizante, su contexto socio-cultural y sus paralelos en la arquitectura funeraria ibérica», MM, 24, 1983, pp. 196.
R. Olmos (coord.), La sociedad ibérica..., p.
Orfeo, que egresa vivo de su katábasis o descenso infernal, pudo un día ser modelo mítico de quien osó penetrar en las profundidades de la tierra.
Su figura, que decora el medallón de una pátera caleña de barniz negro hallada en las minas de la Unión, en Cartagena, aludía acaso a la sacralización acompañante de la explotación minera ^^.
La pátera, un vaso importado y excepcional, serviría para ofrecer una libación a los dioses infernales por parte de quien explota la mina ^^.
La imagen de Orfeo, en atuendo tracio, cantor con cítara que serena y paraliza a los moradores infernales, no parece casual en este contexto ^^.
Su busto en relieve surge del medallón oscuro, en movimiento patético.
Sólo él retornó a la luz tras el descenso incierto.
Pero el labrador, frente al héroe de Pozo Moro o el Orfeo de las minas de la Unión, no llega él mismo a introducirse en la tierra.
Lo hace sólo metafóricamente, a través de su instrumento, el arado.
Y, además, es una intrusión superficial, de fácil retomo.
Se requiere, pues, otro héroe.
Es una historia diferente.
Seguramente es hora ya de retomar el texto inicial de Martin Heidegger que anunciaba la concepción antigua del cultivar como cobijo de una sementera entregada a las fuerzas del crecimiento ^^ No tanto es aquí protagonista la acción humana cuanto esa totalidad integradora de una naturaleza múltiple que sabe encomendar los cuidados de la simiente al maternal seno de la tierra.
Pero, no obstante, también aquí interviene y colabora el hombre.
Desde estas reflexiones podríamos hoy releer dos calatos o sombreros de copa, uno del Cabezo de Alcalá, en Azaila, el otro del Cabezo de la Guardia en Alcorisa, Teruel, que suelen fecharse entre los siglos II y I a.
C. Un extenso y documentado trabajo de M.^ Rosario Lucas nos ahorrará hoy el lastre de los pormenores bibliográficos ^^.
Junto a su interpretación comparativa y ritual -no muy divergente en determinados puntos de esta nuestra-otras lecturas han examinado estas imágenes del labrar desde el espejo de la etnografía y la realidad material ^°.
Centrémonos en el calato de Alcorisa, el más completo ^^ (figs. 7-8).
Procede de una habitación'' ^ Cf. supra, nn.
5-6. ^^ M^ Rosario Lucas Pellicer, «Trascendencia del tema del labrador en la cerámica ibérica de la provincia de Teruel», Zephyrus, 43, 1990, pp. 295-303. ^° Julio Caro Baroja y otros estudiosos han comparado estas representaciones del arado y la reja con la tradición de los arados modernos en España.
J. Caro Baroja, La vida Figura 7.-«Sombrero de copa» o «calato» del Cabezo de la Guardia, Alcorisa, Teruel. ís4useo Arqueológico de Teruel.
Labrador mítico con arado.
A la izquierda, démones propiciadores de la vegetación.
singular: el nivel III de la llamada habitación 2 reúne, junto con un mortero y diversas fusayolas, cerámica de importación itálica e ibérica pintada, esta última de una gran variedad de formas y decoración ^^.
Los vasos de beber apuntan a la diversidad de una vajilla de época helenística, reunida y adaptada al uso local ^^ Hay un gran recipiente cerámico, una jarra -con ojos protectores junto al picoasí como crateriscos y pequeñas tazas con asas verticales y decoración floral.
Formas y motivos son de raigambre mediterránea, reelaborados localmente ^' ^.
agraria tradicional reflejada en el arte español, Tecnología popular española, Madrid, 1983, p.
75, fig. 13: publica un fragmento de Azaila en el que reconoce el arado.
M. Fernández, «Pervivencia de los motivos ibéricos en la tradición popular», en R. Olmos (coord.), La sociedad ibérica..., pp. 267 ss. ^' Recomiendo el seguimiento de estas imágenes a través de las magníficas reproducciones en el libro divulgativo de Luis Pericot.
El desarrollo del vaso, que publica Purificación Atrián (cf. n. siguiente) y otros estudiosos como R. Lucas, divide mal la escena, lo que induce a confusión.
^^ P. Atrián Jordán y M. Martínez González, «Excavaciones en el poblado ibérico del 'Cabezo de la Guardia' (Alcorisa, Teruel)», Teruel, rfs 55-56, 1976, pp. 74 ss., esp. pp. 67 ss., figs. 9 ss.
Podemos ver en las asas verticales y en los cuellos marcados de estos vasos ecos de la vieja tradición de los cántaros y crateras helenizantes.
Destacan dos calatos profusamente decorados con motivos animales.
Seguramente son vasos de encargo, que refuerzan ese ambiente de selección del conjunto ^^.
La concentración de riqueza justifica la función de este recinto o almacén como un «tesoro» de la elite del lugar.
La imagen se integra, acaso de modo similar a Liria o Elche, en este privilegio del poder ^^.
El universo simbólico de esta naturaleza vegetal y animal exuberante, desplegada de forma tan singular en los calatos, pudo tener una función significativa, dentro del énfasis del poder, en este incipiente contexto urbano de Alcorisa.
El discurso nos lleva a ocuparnos de uno de estos dos vasos, el dedicado, parcialmente, a una escena de labranza.
El labrador cultiva el campo (fig. 7).
Cohecha la tierra para la siembra.
Es el antepasado mítico, que con la vara en la mano guía la yunta de bueyes.
Va desnudo, lo que le acerca al mundo originario, mítico, de los héroes y de los démones, no al despreciable ámbito del trabajador cotidiano del campo, cuyo esfuerzo deformaría un cuerpo indigno de ser representado ^'^.
Aquél ha de ser, pues, el inventor del arado y primer sometedor de los bueyes al yugo ^^ También las monedas co-^^ Sobre los vasos de encargo en el mundo ibérico, cf. R. Olmos, art. cit. (n.
Pero nuestro vaso no es un ejemplar único, pues la escena se repite en el ejemplo citado de Azaila.
Esta duplicidad conlleva una significación especial, la extensión de un motivo que trasciende al cliente singular, la unicidad aparente de otras imágenes, realizadas, «ex professo», por encargo.
En esta época se comparten imágenes «singulares», como nos enseña la numismática.
^^ Para espacios y concentración de imágenes en Liria cf. H. Bonet, «La cerámica de Sant Miquel de Lliria: su contexto arqueológico» en R. Olmos (coord.), La sociedad ibérica...,o.c. (n.
Posiblemente no pierdan etáneas de Obulco aluden seguramente al arado originario y a la espiga primigenia y granada, que enseñó a los hombres la divinidad femenina del anverso cuando asumió la protección de la ciudad ^^.
Y otra metáfora similar, de contexto impreciso: la miniaturización del exvoto que hace alusión al arado, un cambio de escala que nos traslada la realidad al ámbito simbólico de la representación.
Economía y sacralidad se funden, posiblemente, en el pequeño modelo de un arado del poblado ibérico de Covalta, en la Albaida (Valencia) ^°.
En el calato de Alcorisa los bóvidos parecen girar levemente su cabeza hacia el espectador, indicándonos, tal vez, su esfuerzo y su sometimiento al héroe.
Unas grandes aves rodean al labrador originario.
Su enorme tamaño, superior incluso al de los bueyes y al humano, nos llama la atención.
Están pendientes de la labor del mítico operario del campo.
Esperan, revolotean con interés en derredor.
Algo les hace saber que aquel primer gesto del labrador les concierne.
Cabría ver en su actitud una relación inmediata con nuestra visión moderna: es cierto, la vinculación de estas aves voraces con las escenas cotidianas de siembra parece directa.
Pero su tamaño y su atenta inquietud nos dicen algo más.
No son meros depredadores, no es sólo su función aguardar a que desaparezca el sembrador para comerse el grano depositado en los surcos.
Es lícito dudar aquí de la transparente inmediatez del símbolo.
Lejos de ser rivales del hombre, fomentarán las aves el surgimiento de lo oculto.
Su presencia se acepta y se incorpora en el ritual del crecimiento.
Las imágenes de Elche o del Cabecico del Tesoro, los mismos pebeteros cerámicos, asociaban los pájaros al brotar divino.
Los picos pueden fecundar también la tierra y provocar el crecer de las semillas.
Su presencia, pues, parece inseparable de la fructificación de la tierra en nuestros vasos del labrador.
El mismo buho, inmenso «monstruo de la noche» ^^ que nos mira con mirada fija y penetrante, se comunica con nosotros, nos abre a la mirada oculta de lo divino (fig. 8).
Animal silencioso y solitario, su sentido mítico -junto con el económico-figuritas de buey en bronce, como el procedente del poblado de la Bastida de los Alcuses, Valencia, recuperado junto a un fragmento de yugo y parte del timón (probablemente s. iv a.
^^ Emisiones unciales de Obulco del siglo ii a. de C, con la cabeza femenina en el anverso y el arado y la espiga enmarcando los nombres de los magistrados en escritura ibérica, luego latina, del reverso.
146, que habita en grietas y hendiduras de árboles y rocas y en lugares inaccesibles, guarda, separado del resto de las aves, algún secreto del ritual de la tierra que él solo conoce.
Esta imagen frontal nos implica en la historia contada.
Posado en la metafórica línea horizontal que es base de la escena, la mirada del buho es permanencia, duración, nocturnidad abominable, sabiduría, contraste temporal y espacial con las otras aves voraces de la luz diurna, que no nos miran.
Toda la naturaleza interviene en el ritual del nacimiento de la tierra, no sólo el hombre.
Las aves estimularán el nacer de los frutos.
Con sus picos se llevan el grano: tal vez, rapto y ausencia de que brotará, en compensación, la vida multiplicada.
Aquéllos la provocan, junto al labrador que cuida de la simiente depositándola en el seno de la tierra.
De esa tensión entre el actuar del hombre mítico y las aves surge la cosecha.
Nuestra escena se integra en la relación que veíamos en los vasos de la eclosión vegetal de Elche.
Pero se añade aquí la historicidad mítica de la responsabilidad: son ya historia, testimonio del antepasado como lo fue el griego Triptólemo, el ateniense Buziges -el sometedor de bueyes-o el mítico rey tartesio Habis, todos ellos benefactores agrarios de su comunidad ^^.
Pero hemos de leer el vaso por entero.
Tras este grupo en torno al sembrador, cuatro fecundadores míticos elevan sus manos, emparejados en torno a sendos brotes florales.
Elevadas con presteza, las manos subrayan el sentido mágico de la acción.
Crecen los brotes de modo repentino y desmesurado.
Propician los genios el surgimiento automático ^^.
El gesto humano anuncia el fructificar del campo.
También el brotar es repentino, como en la vegetación de la cerámica de Elche.
La acción humana no significa una ruptura plena con la idea de una generación espontánea.
A estos genios liminales se encomienda la vigilancia del crecimiento, los secretos de la fuerza de ^^ Sobre Buziges y su plasmación mítica durante la tiranía ateniense, cf. H. A. Shapiro, Art and Cult under the Tyrants in Athens, Mainz 1989, pp. 70-71.
La estatua del hombre domando un toro, que estaba junto al templo de Triptólemo en Atenas (Pausanias I, 14.4), sin duda representaba a Buziges, el inventor del arado.
Sobre Habis conductor de bueyes o bubulcus, cf. J. Caro Baroja, Los pueblos de España, Madrid, 1975, p.
^^ Este gesto de propiciación mítica es conocido de otras imágenes ibéricas anteriores.
Por ejemplo, en uno de los bronces del Cortijo de Máquiz, Jaén, en el Museo Arqueológico Nacional.
Se situarían en esa esfera mediadora, intermediaria, de los démones, como el guardián grotesco de las granadas, apenas un esbozo de extraña humanidad, del famoso vaso de Liria ^' ^, o los extraños personajes que habitan junto al fecundo árbol infernal, en el relieve de Pozo Moro ^^.
Tal vez sean precedente de esos Genii Loci que acompañan el entorno de la Terra Mater en el famoso grupo escultórico romano de Mazarrón ^^.
A la derecha cerraría la escena una doble columna de aves aleteantes que heráldicamente se afrontan en tomo a un ideal eje vertical.
Es éste el esquema, el lugar que en otros vasos ocupa un árbol de la vida, aquel árbol que surge fecundo pues los pájaros, mágicamente, lo propician.
Las avesy un pez bajo una de ellas, a la izquierda-anuncian en nuestro vaso el ocultamiento en el que se gesta -y se protege-el divino don del sembrar.
No se muestra la divinidad aquí, sino sus mediadores, animales y humanos.
No estamos, pues, ante un motivo antropocéntrico en torno al sembrar sino, más extensamente, ante la síntesis de una naturaleza integradora de fuerzas y acciones diversas que justifica la misión humana del cohecho: un encomendar a las fuerzas de la tierra los cuidados de la simiente, tal como proponía Heidegger.
Y un delimitar la tierra, sus lindes.
La iconografía global del vaso se ordena, sin embargo, en torno a dos escenas -siembra y caza-en las que despunta el protagonismo incipiente de la acción humana.
Ésta se integra en la más amplia totalidad a través de una multiplicidad de símbolos y gestos individuales.
Así, la contigua metopa, complementaria, de la caza y la lucha animal ^^.
Con mirada atenta dos cazadores míticos aguardan escondidos, lanza en ristre, en medio de una inmensa eclosión vegetal.
Los brotes florales ^"^ L. Pericot,o.c,p.
Hay dos personajes diferenciados.
El de la izquierda, al pie del árbol, puede haber llegado y depositado su dardo, con amentum, sobre el suelo.
Más grotesco aún, mero boceto, es el encaramado sobre las ramas.
^^ M Almagro Gorbea, «Pozo Moro: el monumento orientalizante, su contexto socio-cultural y sus paralelos en la escultura funeraria ibérica», MM, 24, 1983, pp. 201-2, lám. 25.
R. Olmos, «Pozo Moro: ensayos de lectura de un programa escultórico en el temprano mundo ibérico», AAVV, Al otro lado del espejo (ed. R. Olmos), Madrid, 1996, pp. 99-114, fig. 39.
^^ La iconografía de la caza ibérica ha sido recientemente tratada por M** C. Marín Ceballos, «Cetrería en el mundo ibérico», Homenaje al profesor Presedo (P. Sáez y S. Ordóñez, eds.), Sevilla, 1994, pp. 271-281.
No creo plenamente probados sus principales argumentos. les protegen de sendos jabalíes emboscados y expectantes, prestos a atacar.
Es un espacio vegetal mágico y de misterio, un entorno fecundo y envolvente, no lejano, tal vez, del bosque sagrado de iniciación de los héroes de tantas leyendas mediterráneas y de tantas otras imágenes ibéricas ^^ A la inminencia, al tiempo tenso y dramático de esta espera se yuxtapone, sintéticamente, la acción de una jauría de perros que se abalanza tras la pareja de jabalíes.
Cada ser sintetiza aquí su propia esfera.
Hombres y animales participan por igual en esa naturaleza que genera y justifica los opuestos.
Las dos escenas claramente separadas complementan, desde experiencias contrarias, el sentido último del vaso.
Al relato del sembrar se contrapone el de la caza; a la generación pausada de la vida sigue la muerte azarosa y sacrificial del cazar.
Desde una nueva sensibilidad se retoma, pues, el gesto de aquel viejo exvoto en bronce de nuestro inicio: el contra-don humano responde, reguladamente, al donar.
Las imágenes del vaso constituyen un ciclo en el que el héroe participa como mediador del necesario y «polémico» devenir del cosmos.
Como en tantas manifestaciones de la religión ibérica, la divinidad permanece latente y oculta: calla.
Agricultura y caza, el cultivo de la vida y la regulación ordenada de la muerte le son encomendadas al héroe mítico como modelo e intermediario ritual.
Ambas funciones -junto a la guerra, que recogen otros vasos de esta área ^^-constituyen, desde su modelo mítico, el espacio que ordena y justifica la vida, también contradictoria y fecunda, de la comunidad de los hombres del lugar ^°°.
Adquieren, pues, su pleno sentido en la habitación singular de Alcorisa, junto a la acumulación de los otros vasos de bebida y de escenas figuradas del mundo vegetal y animal.
Quienes encargaran estos vasos en el mundo iberorepublicano del siglo ii-i a.
C. en estos yacimientos de Teruel pudieron desear exaltar el prestigio de las actividades agrarias y cinegéticas mediante la simulación de sus nobles orígenes, asociando creencias arraigadas de antiguo a un pensamiento de evergetismo propio de la época.
Como en las coetáneas monedas ibero-romanas, o en las mismas Geórgicas de Virgilio, canto a la vida campesina en el entorno político de Augusto, pudo ser el mito aquí fuente colectiva del devenir cotidiano, pudo actuar la imagen del héroe individual como modelo común que justifica y dilata su historicidad ^°^ RS.-El citado vaso del campo de silos gerundense del Bosc del Congost con el tema de Triptólemo no es el primer ejemplo de esta representación de mitología eleusinia en la Península.
Lo introduce ya una copa ática de Figuras Rojas de la primera mitad del siglo v en Ampurias ^^^.
Pudo también Ampurias difundir en el mundo ibérico la misión de Triptólemo en vasos de lujo: así, un ánfora de cuello de Figuras Rojas, del primer momento clásico, en el poblado de la Bastida de los Alcuses (Mogente.
Valencia), acaso un presente introductorio para sellar un pacto comercial con el aristócrata local ^°^.
Ni la forma -un ánfora-ni la imagen corresponden a lo acostumbrado en el ámbito indígena.
Este tema eleusinio puede ser precedente singular para la religiosidad de los pebeteros posteriores. |
Se analiza una tumba griega de inhumación hallada en 1908 en la necrópolis emporitana de «El Portitxol», nunca "antes estudiada en su conjunto y de la que se conserva parcialmente su ajuar.
Dicho enterramiento, denominado aquí y en homenaje a quien lo documentó gráficamente, «Tumba Cazurro», se fecha hacia el 500 a.
C. y constituye el punto de partida de una reflexión sobre la economía de Emporion en el siglo v a.
C, defendiéndose la idea de que el comercio de los perfumes ático y púnico jugó, a través de Sicilia, un importante papel en los intercambios habidos entre el mundo mediterráneo y la ciudad focea.
Merced a lo reseñado en una escueta noticia aparecida en el Anuari de VInstitut d'Estudis Catalans del año 1908(Anónimo, 1908, 559-560), así como a los datos referidos por J. Botet y Sisó en una nota complementaria inserta al final de su discurso de recepción en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona (Botet y Sisó, 1908, 62), sabemos que fue en aquel año -el mismo en que se iniciaron en Ampurias las excavaciones oficiales por parte de la Junta de Museus de Barcelona-cuando D. Xavier de Ferrer, el impulsor y por aquel entonces director de los trabajos de fijación de las dunas costeras si-tuadas al norte de L'Escala (de Ferrer, 1895), excavó una tumba de inhumación en el paraje conocido con el nombre de «El Portitxol», sito entre la antigua ciudad griega y dicha población (Padró, 1983, 62-63) (figs. 1-2).
El ajuar de esta tumba pasó a formar parte de la colección emporitana que el «Servicio Forestal del Estado» poseía en su residencia, acabada de construir aquel mismo año (Esquirol, 1992, fotos 29-35), de San Martín de Ampurias.
Dicha colección la integraban objetos procedentes de la excavación de la Celia Memoriae de la Neápolis y de otras muchas tumbas de «El Portitxol», tres de las cuales sabemos que fueron vaciadas en 1905 en presencia de D. Manuel Cazurro, a la sazón catedrático de Ciencias Naturales del Instituto de Enseñanza Media de Gerona, y del Dr. Konstantin Koenen, quien por aquellos días se encontraba en Ampurias de regreso a Alemania tras haber excavado con el Prof. Adolf Schulten en Numancia.
En dicha ocasión, ambos testigos hicieron acopio de datos acerca de la morfología de las tumbas, información que fue utilizada tres años más tarde por el Dr. A. Frickenhaus en su estudio sobre los vasos griegos de Ampurias (Frickenhaus, 1908, 199).
Todos estos materiales sabemos que fueron incautados por el gobierno de la Generalitat republicana justo al inicio de la guerra civil.
Dábase así cumplimiento al Décret d'incautado dels Museus y col.leccions arqueólogiques de Catalunya, ruines, monuments arqueològics i zones d'excavado, del 8 de agosto de 1936, que exigía que las colecciones arqueológicas catalanas pasaran a formar parte del Patrimoni del Poblé, tal y como reza el texto del citado decreto, dictado, como es bien patente, en los términos propios del lenguaje revolucionario del momento (Memòria, 1936, 33; Dupré, Rafel, 1991, 174), siendo por esa razón trasladado el ajuar m.
Figura 1.-Vista aérea vertical de la zona de Ampurias que se extiende entre la población de l'Escala y San Martín de Ampurias.
La necrópolis del «El Portitxol» se encontraba situada en el gran promontorio costero arbolado situado al sur de la ciudad griega señalado con una flecha.
de la tumba al embrionario museo que la Junta de Museus de Barcelona tenía en las ruinas emporitanas.
En la actualidad, los pocos objetos reconocibles hallados en la misma se conservan en la sede barcelonesa del Museu d'Arqueologia de Catalunya.
A causa de la manera en que fueron excavadas las tumbas, abiertas con el único propósito de recuperar objetos, obviándose así cualquier preocupación por documentarlas, los ajuares fueron lamentablemente perturbados, lo que se tradujo en la irreparable pérdida de unas preciosas informaciones etno-arqueológica y antropológica, respectivamente.
Con todo, y a pesar de tanta incuria, una tumba -la que es hoy objeto del presente trabajo-pudo por fortuna ser mínimamente documentada de forma gráfica, debiéndose tal hecho a que durante su excavación estuviese de nuevo allí presente don Manuel Cazurro, quien realizó un excelente croquis a mano alzada de la misma (fig. 3).
Este dibujo permite ver la posición de los restos del inhumado y la del ajuar que lo acompañaba, integrado por diversos objetos reconocibles, algunos de los cuales aún poseemos.
Por lo tanto, se puede afirmar, contrariamente a lo que sostuvo M. Almagro (1953, 19), que el dibujo es lo suficientemente explícito para poder permitir la identificación de casi todos los objetos del ajuar.
Figura 2.-Vista aérea oblicua, tomada desde el norte, de Ampurias y de la costa ampuritana.
La flecha señala la zona arbolada donde se ubicó la necrópolis de «El Portitxol».
La finalidad de nuestro trabajo es la de estudiar el ritual funerario y fechar el contenido de la tumba -que propongo se denomine, en honor de quien la documentó, «Tumba Cazurro»-a través de la identificación de los objetos de su ajuar, valiéndome para tal cometido del dibujo de Cazurro (fig. 3) y, cuando sea posible, de los que aún perviven.
Mi intención es asimismo la de poner de manifiesto, sirviéndome de dicho ajuar y de los de otras tumbas emporitanas de fines del siglo vi y de la siguiente centuria, así como de los materiales de importación producto del expolio de las necrópolis emporitanas que se conservan en los Museos de Gerona, de Vie y de Valencia (Trías de Arribas, 967 y 1968), cuál pudo haber sido el papel jugado por Emporion en la economía del Mediterráneo durante los últimos años del siglo vi y la primera mitad del siglo v a.
DESCRIPCIÓN DE LA TUMBA
A partir del dibujo de M. Cazurro, publicado por R. Casellas en 1910(Casellas, 1909-1910, 285, fig. 8) y utilizado años más tarde por A. García y Bellido en su magna obra sobre la presencia helénica en España (García y Bellido, 1948, II, 24, fig. 9), vemos que se trataba de una tumba de inhumación, situada junto al camino costero que une l'Escala con San Martín de Ampurias, que quizá estuvo cubierta por las numerosas piedras que figuran a su alrededor.
El cadáver se hallaba colocado directamente sobre el suelo, con los brazos paralelos al tronco y la cabeza orientada hacia el este, tal como se deduce de la colocación del difunto con respecto al camino.
El ajuar funerario se encontraba situado alrededor de la cabeza, excepto un ascos pteriomorfo que fue colocado junto al antebrazo derecho.
IDENTIFICACIÓN Y ESTUDIO DEL AJUAR FUNERARIO
El difunto iba acompañado de una docena de objetos fácilmente reconocibles en su mayor parte.
Basándome, pues, en el dibujo, voy a analizarlos uno a uno, aproximándolos, cuando sea posible, a los objetos reales considerados como procedentes de la tumba.
Del mismo modo, procuraré hacer lo propio con los restantes no interpretados hasta hoy.
La pata anterior izquierda y los cuernos están restaura- dos.
La cabeza posee unos ojos saltones y el cuello presenta una fuerte papada.
Sobre la grupa y en la testuz muestra un par de pellizcos horizontalmente perforados destinados a la suspensión el vaso y en el lomo un gollete para la entrada de líquidos, que eran vertidos por otra perforación practicada en la cola.
El animal tiene pintados, de un color marrón que vira a rojo oscuro, los cuartos traseros y la pata posterior.
Asimismo, unos trazos curvos sobre la testuz simulan el pelaje y una doble guirnalda de hojas de hiedra rodea su cuello.
Finalmente, unos trazos radiales decoran el gollete (fig. 4 b).
Este ascos fue considerado por A. Frickenhaus (1908, 205) perteneciente a un taller microasiático y más precisamente samio, opinión más tarde compartida por A. García y Bellido (1948, II, 152).
Posteriormente, G. Trías lo identificó correctamente al considerarlo un producto originario de Siracusa, fechable en el siglo vi (Trías de Arribas, 1967, 45-46).
Más recientemente, B. Heldring, en su estudio sobre vasos plásticos siciliotas de tema animalistico, ha reconocido la existencia de cinco producciones entre las cuales se encuentra la que considera propia de Siracusa y a la que denomina Syracusa Group, Dentro de esta producción la autora define la existencia de otros cuatro subgrupos, a uno de los cuales, el denominado Ivy-Serie, así llamado por la decoración de hiedra que adorna los vasos, pertenece el nuestro (Heldring, 1981, 31 ss.).
Con respecto al mismo, llaman la atención dos cosas.
En primer lugar, el que sea el único vaso de este tipo hallado fuera de Sicilia, ya que hasta ahora los restantes ejemplares pertenecientes a dicho subgrupo sólo han aparecido en la isla {ibidem, 34); y, segundo, el que en lugar de representar un équido, se trate de un carnero.
La presencia de este ascos se explica en razón del papel que jugaban ciertos vasos para líquidos en las ceremonias funerarias.
Los libaciones realizadas en la tumba se hacían invocando el nombre de Her-Figura 4, a-b.-Aspecto general y detalle del vaso pteriomorfo de origen siciliano depositado en la tumba.
Sobre el carácter funerario de este vaso, acrecentado por el hecho de representar un carnero, animal consagrado a Hermes (Burkert, 1985, 65), cabe recordar además que cuatro de las piezas pertenecientes a la Ivy Serie publicadas por B. Heldring proceden de tumbas localizadas en las necrópolis de Siracusa (2 ejemplares).
Gela (1 ejemplar) y Camarina (1 ejemplar), respectivamente (Heldring, 1981, 44-45) y que un quinto vaso apareció en una tumba de Agrigento fechada en la primera mitad del siglo V (Deorsola et alii, 1988, 353).
Asimismo, se puede afirmar que numerosos vasos agrupados por B. Heldring en su Selinunte Group también son de procedencia funeraria; concretamente de los 46 identificados como pertenecientes a dicho grupo, 16 provienen de la necrópolis selinuntina de Manicalunga (Heldring, 1981, 69 ss.), lo que también ocurre con otros tres ejemplares hallados en sendas tumbas de la necrópolis de Lipari (Bernabò Brea, Cavalier, 1965, lám. LVI, 1-3).
Igualmente, cabe pensar que la mayoría de los 30 vasos restantes pertenecientes a este mismo grupo, casi todos conservados en colecciones privadas suizas y británicas, sean producto del expolio de necrópolis sicilianas.
Posible representación de un ave (fig. 3, 2)
A la derecha del difunto aparece un objeto de forma ovoide, provisto de una base redondeada que hacia la izquierda parece curvarse.
Hay que reconocer que la identificación de este objeto no es nada fácil.
Por su aspecto, parece evidente que no se trataba de un vaso, ni tampoco de una joya o de un objeto metálico de adorno, pues resulta claro que éstos se encuentran agrupados a la izquierda del cráneo (fig. 3, 9-12).
En consecuencia, sólo cabe pensar en la posibilidad de que fuese una terracota.
Y en ese sentido, sugiero que se tratase de la representación de un ave, tal vez una paloma, muy simple, parecida a la de la inhumación Bonjoan n° 69 (Almagro, 1953, 204 y fig. 3) que reproduzco aquí (fig. 5).
Figura 5.-Terracota en forma de ave estilizada procedente de la tumba de inhumación Bonjoan n.° 69, de Ampurias (longitud: 110 mm).
Sobre la presencia de aves en tumbas griegas cabe recordar que de Vari, en el Ática meridional, procede una terracota fechada con anterioridad a mediados del siglo vii que representa una escena de cortejo funerario (ekphora), en la que figura un ave 22 ENRIC SANMARTI- GREGO AEspA, 69, 1996 colocada sobre el cuerpo del difunto, que ha sido interpretada como una representación de su alma (Garland, 1985, 32-33, fig. 9), y que este mismo autor trae a colación una referencia de E. Pottier (1883, 22, non vidi) según la cual un pintor de lécitos ático situaba debajo de la klinê de un efebo difunto su pájaro-mascota, que era llevado a la tumba a modo de ofrenda (Garland, 1985, 140).
Cabe también recordar la presencia de aves en ciertos lécitos áticos de fondo blanco (Kurtz, 1975, lám. 8, la, lám. 16, 1 y lám. 25, 4).
Pero, además de estos testimonios iconográficos, también sabemos de palomas aparecidas en Olinto, en tumbas del siglo v, consideradas representaciones simbólicas del alma del difunto (Robinson, 1952, lám. 102, 320-325).
Tortuga de terracota (fig. 3, 3) Cerca de la posible paloma figura un objeto ovalado cubierto por líneas que se entrecruzan formando rombos.
Este objeto posee en su parte superior tres protuberancias que sobresalen de su base, así como otra situada en su costado posterior derecho.
A la hora de interpretarlo, basándome en su forma, en los rombos de la parte superior y en lo que parecen ser una cabeza y unas patas, creo que se trata de /"^ la representación de la tortuga citada por A. García y Bellido como procedente de la tumba; la que después él mismo, de forma incomprensible, confundió con un erizo vidriado de Náukratis hallado en otra tumba de la misma necrópolis (García y Bellido, 1948, 24, lám. LXVI, 15; Padró, 1983, 63).
La presencia de tortugas de terracota no es algo inusitado en las tumbas griegas emporitanas, ya que, además de ésta, se conocen otros tres ejemplares.
En primer lugar, recordemos que la primera fue hallada en 1818 por F. J. Jaubert de Passa en una probable tumba excavada por él mismo (Jaubert de Passa, 1823, lám. 5, n° 6; García y Bellido, 1948, II, fig. 41).
A pesar de que no se especifica, es probable que se tratase en efecto de una tumba (fig. 6) porque los restantes objetos recuperados aquel mismo año -un lécito prosopomorfo muy parecido al de la inhumación Martí n° 18 (Almagro, 1953, 55, fig. 19, n° 1), un escifo tardocorin-Figura 7, a-b.-Tortugas de terracota halladas en la tumba de inhumación Bonjoan n.° 43, en la que también apareció un jabalí de barro cocido, cinco lecitos del Grupo de Haimon y tres vasos de pasta vitrea, además de otros objetos (longitud de ambas piezas: 65 mm).
Figura 6.-Objetos de probable origen funerario hallados en Ampurias por F. J. Jaubert de Passa en 1818.
En la parte superior derecha aparece una tortuga de terracota (según Jaubert de Passa, 1823).
tio, un lécito ático del Taller de Beldam y dos ungüentarlos de vidrio romanos-fueron hallados, con la única excepción del lécito prosopomorfo, intactos (fig. 6), de lo que cabe inferir, a tenor de ^f{A> ^^>''#'
Cabe la posibilidad de que se trate del ejemplar que formó parte del ajuar de la tumba objeto de este estudio (longitud: 64 mm).
SU buen estado de conservación, que se trataba de vasos funerarios.
En segundo lugar, cabe mencionar que en la inhumación Bonjoan n° 43 aparecieron, junto a un jabalí, otras dos tortugas asociadas a diversos elementos vasculares a los que más adelante me referiré (fig. 7 a-b).
Por último, he de señalar que entre los materiales emporitanos descontextualizados conservados en el Museu d'Arqueologia de Catalunya existe otra tortuga que quizás podría ser la que figura en el dibujo (fig. 8).
La colocación de tortugas en las tumbas era algo usual en el mundo griego (Maximova, 1927, 100), por tratarse de un animal de indiscutible carácter ctónico.
Vaso cerámico (?) anforoide (fig. 3, 4) Junto a la tortuga, el dibujo de M. Cazurro muestra un vaso provisto de dos asas, muy probablemente cerámico, dotado de un cuello cilindrico bien separado del cuerpo.
Se trataba probablemente de un ánfora.
Vaso cerámico (?) en forma de enócoe (fig. 3, 5)
En el ángulo superior izquierdo de la tumba, el dibujo permite reconocer la presencia de un vaso ligeramente acostado provisto de una sola asa.
Al igual que ocurre con el objeto anterior, poca cosa se puede decir respecto al mismo, si no es que debía tratarse de una enócoe, tal como lo demuestra su galbo y su borde al parecer trilobulado.
Cabeza de un león (fig. 9 a-b)
Situado en la parte superior de la tumba, M. Cazurro dibujó un objeto que, aguzando la imaginación, se puede interpretar como la faz de un animal que mira a la derecha (fig. 3, 6).
Como el supuesto animal parece tener la boca abierta, deduzco que se trata de la cabeza leonina de bronce hallada en la Figura 9, a-b.-Vistas lateral y frontal de la cabeza de león de bronce procedente de la «Tumba Cazurro».
Es una cabeza de un león en bulto redondo cuya lengua pende al mostrar fieramente sus abiertas fauces al espectador.
La testa fue fundida al unísono con el corto cilindro provisto de cuatro orificios con que termina por detrás, lo que permite aceptar que se trata del remate de la lanza de un carro (Casellas, 1909(Casellas, -1910, 283), 283), del que no hay ningún otro rastro en la tumba.
A. García y Bellido (1936y 1948, II, 93) vio en ella una cabeza de pantera, opinión difícil de compartir pues su carácter leonino, realzado por la presencia de crines, ausentes como es notorio en la pantera, parece evidente, tanto más si se la compara con las gárgolas leoninas de la arquitectura griega contemporánea (Mertens-Horn, 1988, passim).
Según A. García y Bellido su origen es jonio y su cronología de pleno siglo vi.
En cuanto a su origen, pienso que propugnar una procedencia etrusca sea quizá lo más conveniente, tanto más si se tiene en cuenta que la forma general de la cabeza y muchos detalles de la anatomíacomo son, por ejemplo, el pelaje, la forma y situación de las orejas, la forma de los pliegues laterales del labio inferior-, así como el que termine en un cilindro, tienen sus mejores paralelos en sendos bronces procedentes de Orvieto, conservados en Boston y en Londres respectivamente (Brown, 1960, 99-100, n.°^ 7 y 11, lám. XL, c), así como también en otro de Vulci, hoy en el Museo de Villa Giulia, de cronología no especificada, pero considerado de estilo orientalizante (Woytowitsch, 1978, 40, lám. 8, 35).
A pesar de todo ello, W. L. Brown, que veía en el ejemplar de Emporion un paralelo muy próximo para las cabezas etruscas tardoarcaicas hechas de bronce martilleado, afirmó que si bien la pieza emporitana podría ser etrusca, no existían razones suficientes que permitieran pensar tal cosa, al no haber en Etruria otros paralelos que no fueran las cabezas ya mencionadas, añadiendo a su argumentación que nuestra cabeza tampoco los poseía en los ámbitos territorial y cultural griegos.
En cuanto a la cronología, pensaba, influenciado por García y Bellido, que la «Tumba Cazurro» era de mediados o del tercer cuarto del siglo vi, por lo que la cabeza probablemente debía ser más antigua que las etruscas (Brown, 1960, 101).
He de confesar una cierta incomodidad ante tales afirmaciones, pues si nuestra cabeza carece de paralelos en el mundo griego y es, en cambio, muy parecida a dos ejemplares etruscos de Orvieto y también muy próxima a los restantes ejemplares del grupo al que estos dos pertenecen, compartiendo con la mayoría de ellos la característica de rematar el extremo de un cilindro hueco destinado a recibir un vastago, me pregunto entonces de dónde puede proceder si no es del ámbito territorial donde se dan con una relativa abundancia de casos las mayores coincidencias, tal y como todos los indicios parecen indicar.
Por lo tanto, me parece que un origen etrusco para esta pieza es lo más probable y que es también plausible pensar que su llegada a Emporion se hizo en el marco de los contactos de la ciudad con la Italia tirrènica, los cuales sabemos que continuaron vigentes durante la segunda mitad del siglo vi a.
C, tal como lo demuestra la llegada aquí de otro bronce de tema leonino de hacia el último tercio del citado siglo (Maluquer de Motes, 1976, 174) y la presencia de ánforas etruscas, a lo largo del tercer cuarto de dicha centuria (Sanmartí-Grego et alii, 1991, 87).
Terracota representando un gallo (?) (fig. 3, 7) Detrás del cráneo aparece otro objeto difícil de identificar, para el que, tras sopesar dos hipótesis según las cuales cabría respectivamente suponer que, o bien se trataba de un lécito en forma de pie humano, o bien de la representación en terracota de un gallo, me decido por ésta última por creerla más plausible en el contexto de una tumba en la que ya figuran otras dos terracotas funerarias, una de las cuales, la tortuga, es del todo segura.
Del mismo modo que ocurre con las palomas y las tortugas, el poner gallos en las tumbas era una práctica corriente en el mundo griego, pues la presencia en ellas del heraldo del día simbolizaba el despertar del difunto en su nueva vida (Robinson, 1952, p.
Vaso cerámico (?) (fig. 3, 8) Próximo a la pieza anterior, se aprecia en el dibujo la existencia de un posible vaso cerámico en posición inclinada.
Por su aspecto aplanado es posible imaginar que se tratase de una fíala ática de barniz negro, del tipo Stemmed Dish en su variante convex and small (Sparkes, Talcott, 1970, 140-141; fig. 3, 8).
Situado a la derecha de la cabeza del difunto aparece un objeto en espiral que probablemente haya que interpretar como un brazalete metálico en forma de muelle, destinado a ser llevado en el antebrazo (fig. 3, 9).
Un brazalete de bronce de este mismo tipo apareció en la tumba de inhumación Bonjoan n° 30 de Ampurias, mucho más tardía, fechable en el siglo ii a.
Según Klaus Raddatz (1969) los brazaletes de este tipo aparecen a menudo en los tesoros ocultados en el área ibérica y turdetana a partir de fines del siglo III.
Con anterioridad a este momento, estos aderezos debieron de ser comunes, tal como lo demuestra su presencia en la tumba.
Collar (fig. 3) Cerca del omóplato izquierdo del difunto, el dibujo muestra un objeto curvilíneo que presenta ambos extremos doblados hacia el exterior.
Puede tratarse de un collar de vastago retorcido cuyo cierre se debía realizar mediante el enganche de los extremos doblados (Raddatz, 1969, láms.
A escasa distancia de la pieza anterior se advierte la existencia de otra parecida, probablemente metálica, que interpreto como otro posible collar.
En la inhumación Bonjoan n° 20 apareció un collar de bronce, liso, de cronología mucho más moderna, cuyo cierre era semejante al que muestran los dos ejemplares de la «Tumba Cazurro» (Almagro, 1953, 162 y fig. 132, 1).
Brazalete (fig. 3,12) Finalmente, situado en el límite meridional de la tumba, cerca de los tres objetos metálicos ya comentados, figura lo que interpreto como un nuevo brazalete en espiral semejante al mencionado más arriba.
Es de suponer que, en vida, el difunto llevaría puestos en cada uno de sus antebrazos los dos brazaletes presentes en la tumba.
CARACTERIZACIÓN RITUAL DE LA TUMBA
Al tratarse de una inhumación, situados como estamos en Ampurias, cabe pensar que nos hallamos ante una tumba genuinamente griega, si bien no pretendo dar a entender que el único ritual posible para un griego de esta época fuese la inhumación, pues es sabido que entre los siglos viii y iv a.
Parece pues seguro que la elección de rito varió de un lugar a otro (Kurtz, Boardman, 1971, 96) -y así se constata, entre otros muchos ejemplos, la existencia de un mayor número de inhumaciones en Olinto (Robinson, 1942), mientras que lo contrario ocurre en la Abdera tracia (Koukouli-Chrysanthaki, 1994)-, pero en general, al menos en Occidente, me parece que la inhumación fue practicada con más asiduidad, según se puede inferir de los datos que proporcionan necrópolis tan distantes entre sí como son, además de las de Ampurias, Selinunte (Isler, 1994, 167) o Posidonia (Cipriani, 1994, 172).
Mi idea es que nuestra tumba difícilmente puede ser indígena porque, en su conjunto, tanto la población autóctona como la que se hallaba más alejada de Emporion, incineraban sin excepción (Blánquez, Antona, 1992, passim), y así lo corroboran en el caso de la región periemporitana las necrópolis de La Pava (Claustres, 1950), de Peralada (Bosch-león, procedente de un carro etrusco del que no poseemos ningún otro rastro, ha de ser considerada como una pieza reutilizada que fue colocada en la tumba con una finalidad apotropaica.
Por último, un tercer aspecto a considerar es el que hace referencia a la riqueza del difunto, puesta en evidencia mediante la agrupación de las joyas situadas junto a su cabeza.
Un dato relativo a un objeto funerario preciso que llama poderosamente la atención, dada la probable cronología de la tumba y el amplísimo uso que del mismo se hizo en muchos de los enterramientos coetáneos (Almagro, 1953; Trías de Arribas, 1967y 1968), es el relativo a la ausencia en el ajuar del lécito ático, el vaso contenedor del aceite perfumado ofrendado al difunto, cuya constante presencia marca de una forma determinante la entidad de los ajuares de las tumbas empori tanas desde fines del siglo VI hasta ya bien entrado el siglo iv.
De modo semejante se echa en falta la presencia del alabastrón y/o del aríbalo púnico de pasta vitrea, es decir, de los contenedores de perfumes de este mismo origen, presentes muy a menudo en las tumbas junto a los citados lécitos.
Finalmente, y en lo que concierne al sexo del difunto, la pérdida de los restos óseos impide toda posibilidad de determinación del mismo.
Sin embargo, a partir de la presencia en la tumba de ciertos elementos de un aderezo personal propio de la mujer, es posible inferir con cierta verosimilitud que debía tratarse de un individuo del sexo femenino.
CRONOLOGIA DE LA TUMBA De los doce objetos que componen el ajuar, cinco de ellos ofrecen, en mayor o menor grado, algún indicio aprovechable a la hora de fechar la tumba; unos porque poseen una cronología intrínseca y otros porque de algún modo la obtienen por comparación con piezas semejantes presentes en otras tumbas emporitanas fechadas por la presencia de vasos áticos.
Veámoslos a continuación, iniciando nuestro recorrido por las piezas más evidentes, es decir, el ascos y la cabeza de león, las dos que proporcionan los mejores indicios cronológicos de que disponemos.
En lo referente al ascos, todo parece indicar que la producción a la que pertenece se extendió desde fines del siglo vi hasta fines de la siguiente centuria (Heldring, 1981, 40).
Su arco cronológico es por tanto amplio, pero permite en todo caso rejuvenecer la tumba con respecto a las fechas de mediados o del tercer cuarto del siglo vi propuestas en el pasado.
En lo que concierne a la cabeza leonina, recordemos que García y Bellido la fechó en pleno siglo VI: «no sólo juzgando por el arte de la pieza, sino muy principalmente por el ajuar que contenía la sepultura de inhumación donde fue hallada» (García y Bellido, 1948, II, 93).
Esta opinión fue aceptada más tarde por W. L. Brown, quien la fechó en base a la cronología de la tumba «about the middle of the sixth century or in the third quarter» (Brown, 1960, 101).
Sin embargo, cabe recordar que García y Bellido, basándose en Frickenhaus, había postulado un origen jonio-oriental para el ascos que le sirvió de referente principal para fechar la tumba, situándolo a mediados del siglo vi (García y Bellido, 1948, II, 152), opinión que, como hemos visto, no se corresponde con la realidad a tenor de su origen siciliota y de su cronología situable a fines de aquel siglo.
Por lo tanto, para proponer una cronología para esta cabeza resta el criterio estilístico relativo a las testas de león etruscas semejantes a la de Ampurias estudiadas por W. L. Brown, que este autor consideraba, por sus afinidades con las representaciones de cuerpo completo en bulto redondo, del último cuarto del siglo VI y de los primeros años del siguiente (Brown, 1960, 94).
Por consiguiente, y ateniéndome a este dato, creo que no resulta descabellado suponer que la cabeza de león pudo llegar a Emporion a fines de aquel siglo, coincidiendo pues con la del ascos siracusano, lo que no impide pensar, sin embargo, que la fabricación del carro del que formó parte debió sin duda acontecer unos años antes de que la pieza arribara a Emporion como un objeto de segunda mano, tal y como pienso que lo prueba el carro de Monteleone di Spoleto, conservado en el Metropolitan Museum de Nueva York, fechado hacia el 550-540, y en el que figuraban, decorando los extremos del eje, sendas testas leoninas no rugientes pertenecientes al mismo entorno iconográfico que la de Emporion (Woytowitsch, 1978, 48, lám. 85
Pasemos ahora a tratar de los tres restantes objetos, empezando por el más seguro de ellos, es decir, la tortuga de terracota.
Para fijar su cronología aproximada contamos con los ejemplares hallados en la inhumación n° 43 de la necrópolis Bonjoan (Almagro, 1953, 180, 9-10).
C. (Haspels, 1936, 167), lo que permite obtener, por comparación, un indicio crono- lógico aproximado y nada desdeñable para la tortuga de nuestra tumba.
Otro elemento coroplástico presente en la misma consiste en la probable representación de un ave de barro cocido, seguramente una paloma.
Además del aspecto que el objeto ofrece en el dibujo de Cazurro, me induce a creer que se trata de un ave el hecho de que un ejemplar real y comprobable, como ya hemos visto, se halle en la inhumación Bonjoan n° 69 (Almagro, 1953, fig. 173, 3 y lám. X, 4; fig. 5).
Las ricas ofrendas de esta tumba constituidas por un anillo de oro, por un alabastrón de pasta vitrea y por diez vasos cerámicos, dos de ellos corintios y los ocho restantes áticos de figuras negras, que hay que fechar muy a fines del siglo vi, con un límite situable hacia el año 500 a.
Finalmente, he de hacer mención a la posible fíala ática de barniz negro, un stemmed dish -convex and small, según la terminología al uso, presente en la tumba.
Como es bien sabido, se trata de un vaso de vida relativamente breve situable entre el 525 y el 460 a.
C, aproximadamente (Sparkes, Talcott, 1970, 141) y que, como lo prueba el pecio de la Pointe Lequin, llegaba a Occidente junto a las cuicas del tipo C (Long et alii, 1992, 206-207), forma ésta última que en la península ibérica constituye una de la importaciones de origen ático más características de los años que se sitúan en torno al 500 a.
A modo de corolario y aún a sabiendas de que en su conjunto los datos con que contamos permiten hilar mucho menos fino de lo que fuera de desear, parece sin embargo posible postular, una vez conjuntados, una cronología que muy probablemente ha de situarse a caballo de los siglos vi y v a.
C. Digamos que, redondeando, una fecha de hacia el 500 a. de J. C. es quizás la más probable para nuestra tumba.
APUNTES SOBRE ECONOMIA EMPORITANA
La tumba que nos ocupa, si se contextualiza en el marco del conjunto de las restantes necrópolis empori tanas coetáneas, pienso que puede dar motivo a una reflexión centrada en los problemas de interpretación que plantea la comprensión del papel económico jugado por la ciudad de Emporion durante el tardo-arcaísmo y la primera época clásica.
Veamos, pues, a continuación cuál era la situación del Mediterráneo a fines del período arcaico, la posterior evolución del mismo a lo largo del siglo v y la inserción de Emporion en el marco económico del mismo.
Una rarificación en el sur de la Península de las importaciones griegas a fines del s. vi
Si dejamos el marco estrictamente emporitano en el que nos hemos movido hasta ahora y nos situamos en un ambiente geográfico más amplio, podemos constatar que los autores interesados por los problemas que plantea la presencia griega en Tartessos han observado que, después de algo más de cinco décadas de importaciones cerámicas griegas en la zona de Huelva, a partir del 540, coincidiendo con el inicio de la occidentalización del mundo foceo (Olmos, 1986, 596) éstas empezaron a rarificarse, para acabar desapareciendo hacia el 500 a.
Para explicar las causas del cese de estas importaciones se ha supuesto que, junto a los problemas propiamente internos de Tartes sos, también la caída de Focea en manos de los persas y las secuelas de la batalla de Alalia debieron de jugar un papel considerable en la extinción de la dinámica comercial focea en lo referente a sus relaciones económicas con el emporio occidental de los metales (Olmos, 1986; Domínguez Monedero, 1986y 1991).
El siglo V conoce un tímido inicio de las importaciones áticas
Frente a esta constatable realidad crepuscular, el prof. B. B. Shefton ha observado, sin embargo, que tras el cese de las importaciones griegas en el sur peninsular siguió un cierto renacer de las mismas, ya desde muy a fines del siglo vi, en el ámbito ibérico influenciado por Emporion, caracterizado sobre todo por la llegada de lécitos áticas de figuras negras (fig. 9a-b), numerosísimas en la ciudad focea, así como también por la de cflicas de barniz negro de tipo C (Shefton, 1982, 365, nota 83;1990, 194-195 y 1995, 128; ver también: Sanmartí, 1987, 73 y Padró, Sanmartí, 1992, 187), copas-escifo del Taller de Haimon (Shefton, 1995, 129-130), cílicas pintadas del Círculo del Pintor de Penthesilea (Shefton, 1994, 73) y algunos productos áticos más esporádicos de excelente calidad (Shefton, 1995, 129-135).
Asimismo, ha sido este investigador británico quien ha reparado en la identidad existente entre esta fa-cies occidental de las importaciones áticas, sobre todo en lo concerniente a los lécitos, y la que se dio en Sicilia y en la Magna Grecia durante aquellos mismos años (Shefton, 1982(Shefton,, 365 y 1990, 194-195, 194-195; con testimonios apabullantes en: C.V.A. Italia, 1974y 1979, Gela;C. V. A. Italia, 1985y Deorsola et alii 1988, Agrigento; Bemabó-Brea y Cavalier, 1965, Lipari; Carter, 1990, Metaponto; Pedley, 1990, Posidonia), lo que le ha incitado a pensar que la nueva corriente comercial que trajo estos productos desde Atenas a la península ibérica lo hizo a través de Sicilia y de Ibiza (Shefton, 1990, 194), puerto de escala éste último de tránsito obligado en la navegación entre la isla centromediterránea e Iberia (Ruiz de Arbulo, 1990, 103-107) y en el que la presencia de lécitos de este tipo, si bien muy reducida -pero esto último creo qiie motivado por razones rituales, pues se nota también en las tumbas coetáneas una falta de envases de perfume púnico en pasta vitrea (Fernández, 1992, II, 140-142), así como, por el contrario, una abundante presencia de lucernas áticas de barniz negro-se halla atestiguada (Trías de Arribas, 1968, lám. CXLVII; Sánchez Fernández, 1981, 282 y 287; Fernández, Padró, 1982, 90).
Asimismo, otros lécitos, pocos, se hallan también documentados en la costa meridional valenciana y en la llanada albaceteña, relativamente cerca de la isla en cuestión, tal como acontece en las necrópolis de El Molar (Trías de Arribas, 1968, lám. CLXXVI, n° 7) o de Cabezo Lucero, en Guardamar del Segura (Alicante) (Aranegui et alii, 1993, lám. 66) y en la de Pozo Moro (Almagro Gorbea, 1983, 184 y lám. 15 c-d).
La población emporitana se convierte en una gran consumidora de los perfumes ático y púnico
En el marco de esta nueva realidad, si fijamos nuestra atención en lo que ocurre en Emporion, un simple repaso a las obras de M. Almagro (1953) y de G. Trías de Arribas (1967de Arribas ( y 1968) permite constatar -incluso asumiendo el inconveniente que conlleva el tener que razonar a partir de un registro arqueológico a todas luces incompleto debido a lo mucho que se ha perdido a causa del continuado expolio que esquilmó los cementerios emporitanos (Almagro, 1953, 20), especialmente entre los años 1893 y 1908 (Botet y Sisó, 1908, 58)-, la magnitud del cambio cualitativo y cuantitativo acontecido en las costumbres funerarias de los habitantes del enclave colonial foceo iniciado a partir de fines del siglo VI y continuado hasta bien entrado el siglo iv (Olmos, 1985, 13-15), si se compara esta nueva rea-lidad con la que se aprecia con anterioridad al último cuarto del mismo, cuando los pocos envases de perfume que llegaban a Emporion eran originarios de Corinto.
En efecto, si tomamos como término de comparación los ajuares de la necrópolis de la muralla N. E. de Ampurias -aún a sabiendas de que por su pertenencia al mundo indígena los ritos funerarios pueden no haber sido idénticos a los de los griegos, por más que la tardía incineración n° 4, fechable entre el 525 y el 500 a.
C. posea, al igual que las tumbas griegas, un lécito ático de barniz negro-, las restantes sepulturas, fechables a mediados del siglo VI, carecen de éstos.
Por el contrario, si a los lécitos de figuras negras hallados por M. Almagro se les añade los ejemplares descontextualizados estudiados por G. Trías en su tesis (ejemplares de ambos orígenes en nuestra fig. 10 a-b, respectivamente) vemos que se alcanza la cifra nada despreciable de 87 ejemplares fechables entre los años finales del siglo vi y mediados del siglo v.
Además, se puede afirmar que esa realidad puede aún ser trascendida si se asume que a estos lécitos se les puede asimismo añadir, por tratarse también
Figura 10, a-b.-Ejemplos de lécitos de figuras negras del Grupo de Haimon recuperados en la necrópolis emporitana.
El de la izquierda procede de la inhumación Bonjoan n.° 48 (Trías de Arribas, 1968, n.° 114) y el de la derecha de una tumba expoliada e indeterminada (Trías de Arribas, 1968, n." 116; Museu d'Arqueología de Catalunya; altura: 160 de contenedores de perfume, los 27 alabastrones áticos de figuras negras documentados hasta ahora en Emporion.
Mas no todo concluye aquí, porque nada se opone a que esta masa de contenedores de perfume se vea aún incrementada de manera muy considerable si se tiene en cuenta la existencia de los envases de pasta vitrea policromada de origen púnico -alabastrones, anforiscos y aríbalos-, que aparecen a menudo asociados en las tumbas emporitanas a los lécitos áticos, tal como ocurre, por ejemplo, en las inhumaciones Martí 77, Bonjoan 23, 38, 43, 55 y Granada 12 (Almagro, 1953; Carreras, Rodríguez, 1985), y a los que hay que añadir casi un centenar de ejemplares más, descontextualizados, procedentes del expolio de la necrópolis emporitana (Feugère, 1989).
Por último, hemos de recordar que también los alabastrones de piedra -de los que sólo tenemos contextualizados los ejemplares de la incineración Martí n° 30 y de la inhumación Bonjoan xf 34, respectivamente-, pero de los que existe una media docena más cuya procedencia exacta se ignora (algunos ejemplares en García y Bellido, 1948, lám. XCII, 90), pueden ser tomados en cuenta a la hora de cuantificar los envases para perfume utilizados por los emporitanos a lo largo de la primera mitad del siglo v.
Si frente a esta realidad se acepta que los 114 envases de perfume de origen estrictamente ático y los restantes de origen púnico no son más que una muestra reducida de lo que debió existir en realidad, necesariamente hay que reconocer que la importación de perfumes para uso funerario, fuese cual fuese su origen, alcanzó en Emporion durante la primera mitad del siglo v unas proporciones ciertamente respetables, perfectamente comparables -guardadas las debidas distancias a tenor de la limitada demografía emporitana (Sanmartí-Grego, 1993, 92-95)-a las que se constatan durante esta misma época en las ciudades griegas de Sicilia, donde la masiva presencia de lécitos áticos es también un hecho arqueológicamente constatable.
Por consiguiente, parece evidente que durante el período que se inicia muy a fines del siglo vi y que se extiende hasta ya entrado el siglo iv la utilización del perfume ático, y también del de origen púnico, para usos funerarios conoció en Emporion una extraordinaria difusión que, todo lo parece indicar, fue patrimonio de todos los estamentos de su población, lo que se traduce, desde una perspectiva ritual, en que los ajuares funerarios emporitanos guarden un gran parecido con los de las tumbas de Atenas (Boulter, 1963, passim) o de las ciudades siciliotas (Deorsola et alii, 1988, 313-371) contemporáneas, por poner unos ejemplos que emparejan los dos extremos del Mediterráneo a través de Sici-lia.
Por cuanto antecede, parece claro que la abundante presencia en Emporion de un producto de lujo como era el perfume, cuyo precio, a juzgar por la existencia de lécitos dotados de un recipiente oculto destinado a reducir el volumen del líquido ofrendado (Olmos, 1980, 78-85; Noble, 1988, 67-68; Garland, 1985, 117, fig. 27), debió ser ciertamente elevado, demuestra que desde fines del siglo vi en adelante la ciudad experimentó un aumento de su riqueza y, en consecuencia, del nivel de vida de su población, gracias a una inteligente transformación de su actividad económica, de cuyos aspectos voy a tratar a continuación.
La segunda mitad del siglo vi, un momento de cambio para las ciudades foceas de Occidente
La segunda mitad del siglo vi inició su andadura coincidiendo con los acontecimientos históricos ya mencionados, los cuales incidieron de una forma determinante en la estabilidad del mundo foceo occidental, obligando a sus dos principales enclaves empóricos, Massalia y Emporion, a tener que redefinir sus estrategias a través de un proceso de mutación que ha sido denominado de «occidentalización del mundo foceo» (Olmos, 1986, 596).
Dicho proceso supuso la elección de unos caminos diferentes del enclave provenzal con respecto del ampurdanés (Villard, 1960, 118; Sanmartí-Grego, 1992, 27-41), quizás más ensimismado el primero, y más abierto y agresivo el segundo gracias a su privilegiada situación que lo abocaba hacia los ricos y dinámicos mundos ibérico y púnico meridionales (Cabrera, 1994, 95-96; García-Bellido, 1994, 135).
Si con anterioridad a la nueva coyuntura todo parece señalar que ambas fundaciones coloniales desarrollaban sus actividades exclusivamente en función de un comercio de tipo aristocrático basado en el lujo, jugando de esta forma el papel de privilegiados intermediarios entre comunidades situadas en niveles económicos y culturales distintos, con la llegada de la segunda mitad de siglo vi la nueva situación antes esbozada conllevó la necesidad de poder disponer de productos agrarios de producción propia o delegada -el Motos-a fin de potenciar un comercio sustitutorio del anterior, de tipo empórico (Mele, 1979), testimonios del cual serían, en Emporion, la carta griega sobre lámina de plomo del último tercio del siglo VI (Sanmartí-Grego, Santiago, 1988) y el santuario del siglo v situado extramuros de la ciudad (Sanmartí-Grego Qt alii, 1991), así como el plomo de Pech Maho, relato de una transacción comercial, en la que ya interviene la moneda acuñada, allí 30 ENRIC SANMARTI- GREGO AEspA, 69, 1996 efectuada por un emporos de probable origen emporitano (Lejeune et alii, 1988; Ampolo, Caruso, 1990-1991, 46-48).
Massalia opta por una especialización vitivinícola
Si nos hemos de preguntar por la entidad de los productos agrarios producidos en los territorios mediatizados por ambas fundaciones foceas, en el caso de Massalia parece indiscutible que el principal producto fue el vino (Bertucchi, 1992), que los massaliotas transportaron en un ánfora característica de creación propia, cuya aparición, en su primera variante feldespática anterior a la micácea, acaeció hacia el 540 a.
Así, pues, el inicio de la producción de un vino marsellés puede situarse, arriba en el tiempo, en el extremo opuesto del testimonio que ofrece Estrabón (IV, 1, 5), cuando al describir las características del territorio de Marsella, informa indirectamente de la vocación vitivinícola de la ciudad por encima de la cerealística al referir que aquél se hallaba plantado de olivos y viñas, y que por el contrario era pobre en trigo a causa de su suelo rocoso.
Por lo que se refiere a la difusión del vino marsellés, hoy sabemos, gracias a los estudios analíticos reunidos en las actas de la mesa redonda de Lattes (Bats, 1990), que las únicas regiones que recibieron un abundante y continuo flujo de ánforas massaliotas fueron las costeras de la Provenza y del Languedoc y sus hinterlands inmediatos, mientras que su presencia en zonas más alejadas, como las costas de la Península Ibérica o, incluso, Ródano arriba, en lo que en teoría debería de haber sido la principal ruta del comercio marsellés hacia el centro de Europa (Wells, 1980), fue infinitamente menor, por cuya razón se la ha llegado a calificar de esporádica (Morel, 1990, 285).
Estas constataciones, que no dejan de sorprender, muestran de manera fehaciente hasta que punto fue alicorto el comercio generado por Massalia, al menos en lo que al comercio del vino se refiere.
Emporion se transforma en un importante centro distribuidor de cereales
Si nos fijamos ahora en Emporion, se observa una situación radicalmente distinta, pues existen indicios suficientes que sugieren que el principal producto agrario producido en sus zonas de influencia fueron los cereales, constituidos por cebada y trigo (Buxó, 1986, 201-202), si bien la producción de vino no es en absoluto descartable {Ibidem, 205; Sanmartí-Grego, 1992, 36).
Por otra parte, la situación emporitana también se singulariza en relación a la de Marsella porque si se la compara con ésta, se constata también no sólo una mayor influencia comercial en los territorios indígenas del este peninsular (Sanmartí, Gusi, 1976, 205-218; Sanmartí, 1976, 361-380; Rouillard, 1991, 117-123), que llega también hasta las zonas ultrapirenaicas con un límite en el río Auda, sino también cultural, manifestada por la eclosión entre los indígenas del sudeste peninsular, ya desde fines del siglo VI, de una escultura funeraria en piedra fuertemente influenciada por los modelos iconográficos griegos (Chapa, 1980; Domínguez Monedero, 1984y 1991, 131-135), así como por la creación en la misma zona, algo más tarde, de las escrituras grecoibérica e ibérica ( de Hoz, 1987de Hoz, y 1993) ) y la adopción de la lámina de plomo como soporte de la escritura ( de Hoz, 1989, 185-186).
Pero desde el punto de vista cronológico y a diferencia de lo que ocurre con la producción vitivinícola marsellesa, para la que, gracias a las ánforas, sabemos el momento de su inicio, la ausencia de algo semejante a un envase reconocible y datable hace muy difícil precisar el inicio de la producción cerealística llevada a cabo o mediatizada por Emporion.
Ante esta situación, los únicos elementos materiales que permiten rastrear la existencia de la misma son los silos, y en este sentido sabemos que durante la segunda mitad del siglo vi tres de ellos, localizados en el Mas Castellar de Pontos, ya estaban en uso (Pons, 1993, fig. 20), lo cual, con ser escaso, alienta la esperanza de que futuras exploraciones permitirán dar con silos fechables con anterioridad al siglo v.
Con todo, no se debe olvidar que debido al hecho de que normalmente la datación arqueológica de estos depósitos se realiza en función de los materiales de desecho que los amortizan, a menudo lo que se alcanza a establecer es únicamente el momento de su entrada en desuso; pero eso no debe hacer olvidar que por lo general los silos tuvieron una vida más o menos dilatada y que, por esta razón, es preciso retrotraer siempre su momento inicial a un período anterior en el tiempo.
Por lo tanto, pienso que ya desde fines del siglo vi es probable que Emporion estuviese en condiciones de iniciar una producción cerealística que muy pronto se convertiría en prepon-derante, destinada a superar las limitaciones de las primeras etapas del establecimiento colonial correspondientes a las dos primeras generaciones, caracterizadas desde el punto de vista de la producción agrícola por el mantenimiento de una estricta autarquía (Sanmartí-Grego, 1993, 92-94).
¿A quién abastecía Emporion de cereales?
Llegados a este punto, la principal incógnita que se nos plantea es la de saber hacia qué lugar o lugares era conducido para su consumo el cereal de origen ibérico directamente producido o mediatizado por Emporion.
Y en este sentido cabe señalar que si numerosos silos aparecen en zonas portuarias, tal y como acontece con los que se sitúan en el subsuelo de la ciudad romana emporitana, a todas luces anteriores a la misma aunque reutilizados más tarde, o bien con los excavados por J. de C. Serra Ràfols en el barrio barcelonés de El Port, al sur del Montjuíc (Serra-Ràfols, 1974, 220-221, Blanch et alii, 1993), ello nos ha de llevar a admitir que en una buena medida el excedente de cereal ibérico iba destinado a la exportación por vía marítima.
A la hora de determinar quiénes pudieron haber sido los clientes de Emporion, con frecuencia se ha argüido que Atenas, a partir de los inicios del siglo V, pudo haber sido uno de ellos y que, en consecuencia, se ha supuesto que la cerámica ática, tan abundante en la ciudad durante aquel siglo, habría podido constituir uno de los bienes manufacturados destinados a pagar el cereal (Ruiz de Arbulo, 1984, 130-131 y 1992, 68; Sanmartí-Grego, 1992, 35-36).
Si ello parece que puede ser tenido por cierto en lo concerniente a este siglo en cuestión, me parece ahora que en lo que atañe a la siguiente centuriay abro aquí un inciso que nos aleja un tanto de los límites cronológicos propuestos en este trabajo, pero que creo conveniente hacer-, Ampurias seguramente contó con otro importante cliente, en este caso la Ibiza púnica, según se desprende de los datos que aporta la estrecha semejanza en el uso del aceite perfumado de origen ático puesta en evidencia por la existencia de los mismos lécitos de origen ático en las necrópolis de una y otra ciudad -hecho éste que, frente a la situación anterior, supone un evidente cambio de ritual entre la población semita de la isla- (Trías de Arríbas, 1968, láms.
1-6), así como del reconocimiento reciente, en la Ampurias de mediados del siglo iv (Sanmartí-Grego et alii, 1995), de la misma facies cerámica presente en el pecio seguramente púnico de El Sec (Arribas et alii, passim), en el cual fueron transportados los mismos lécitos áticos que figuran en las necrópolis coetáneas de ambas necrópolis (Trías, 1987, 114-117).
Ambas evidencias son, en nuestra opinión, unos excelentes indicios que permiten hipotetizar acerca de la existencia de unas importantes relaciones comerciales entre ambas ciudades en el curso de aquel siglo (Sanmartí-Grego et alii, 1995, 45-46), en las cuales es posible ver una continuidad con respecto a lo que sucedía un siglo antes, cuando los griegos de Emporion consumían una gran cantidad del perfume de origen púnico llegado en los envases polícromos de pasta vitrea a los que nos hemos referido más arriba.
Por cuanto atañe a la hipótesis según la cual el cereal ibérico serviría para alimentar el mercado ateniense, hemos de señalar que se trata de un supuesto que en realidad se inscribe y amplía hacia Occidente un modelo según el cual Atenas, además de en el Mar Negro, habría hallado en Italia y en Sicilia sus principales fuentes de abastecimiento en grano a lo largo del siglo v (Gernet, 1909).
El necesario correlato arqueológico de esta teoría tomó entidad a partir de un trabajo de G. Vallet en el que este autor intentó demostrar que la llegada de cerámica ática a la zona adriática, a Adria y Spina, principalmente, sobre todo durante el segundo cuarto del siglo v, habría sido la consecuencia de la necesidad experimentada por Atenas de procurarse cereales para su subsistencia justo en el momento en que la ciudad procedía a la configuración de su imperio marítimo (Vallet, 1950, 40-52).
Vistas así las cosas, resulta patente que mi manera de ver el problema coincide, ampliandola al campo de una producción de lujo cual era la del perfume y remontando un tanto las fechas iniciales, con las posteriores aportaciones sobre este mismo tema debidas al mismo G. Vallet y su colega F. Villard, según las cuales, tras su victoria sobre los persas, Atenas hubo de potenciar una producción en masa de su cerámica con el fin de poder pagar las importaciones de grano de Sicilia y del Adriático (Vallet, Villard, 1961, 315-318 y 1963, 210-217;1963y Lepore, 1990, 292;, 292; contra Garnsey, 1988, 110; Fantasia, 1993, 22 ss. y nota 53).
Pero hoy, gracias a los avances de la investigación, se puede ir incluso más lejos, tal como perspicazmente ha hecho P. Cabrera (1994), al afirmar que la situación de Atenas, ya desde el siglo v, se ha de explicar desde una perspectiva am-32 ENRIC SANMARTI- GREGO AEspA, 69, 1996 pliamente mediterránea, en un marco de relaciones centro-periferia establecidas entre el Mediterráneo oriental y central y la península ibérica, en las que Ampurias e Ibiza jugaron un papel fundamental.
El comercio del perfume jugó un importante papel en los intercambios entre el mundo mediterráneo y Emporion
Desde esta perspectiva, y para lo que aquí nos interesa, y a la vista de lo que acontece con las innegables exportaciones de perfume ático hacia Occidente, y en una segunda instancia, púnico, pienso que si la visión de Villard y Vallet es plausible, no deja sin embargo de ser un tanto reduccionista, al fundamentarse exclusivamente en la cerámica.
Por esta razón, hoy, y a la luz de las pruebas materiales aportadas por B. B. Shefton y ampliadas más modestamente, en lo que concierne a Emporion, por quien esto escribe, creo que es preciso e indeclinable valorar también en su justa medida el importantísimo papel que jugó en los intercambios el perfume ático -pero también el de origen púnico-a modo de valiosa contrapartida destinada al pago de los cereales de origen ibérico adquiridos por Atenas, ya fuese de una forma directa, ya a través de los intermediarios siciliotas y/o ebusitanos.
CONCLUSIONES éste, junto a la cerámica decorada con figuras negras tardías y también rojas, respectivamente, un producto de primera importancia en los intercambios llevados a cabo entre Atenas y Emporion.
Asimismo, el pensar que todos estos productos fueron en gran medida cambiados por cereales es lo que parece hoy por hoy más razonable, en primer lugar, porque existen pruebas arqueológicas -los silosde la existencia de una producción cerealística a gran escala en los territorios tocados por la influencia emporitana y, en segundo lugar, porque dada la ausencia en la zona catalana de minerales o de producciones manufacturadas capaces de suscitar el interés de eventuales clientes, resulta difícil pensar que estos hubiesen ofrecido sus costosos productos -léase la cerámica fina y los perfumes-sin la existencia de unas contrapartidas capaces de hacer atractivo el esfuerzo que un comercio con el extremo occidente mediterráneo comportaba.
Del mismo modo, cabe aventurar que lejos de ligarse a unos únicos clientes, la ciudad mantuvo excelentes relaciones comerciales con Ibiza y, a través de ella, con el mundo púnico centro-mediterráneo y occidental, tal como lo demuestra no sólo la existencia de envases de perfume de origen púnico, sino también la presencia en la misma durante todo el siglo v de ánforas púnico-ebusitanas (Sanmartí-Grego et alii, 1990, 166) y de las de salazones del tipo Ramón 11.
La «Tumba Cazurro», fechable como hemos visto hacia el 500 a.
C, constituye, junto con las restantes tumbas emporitanas del siglo v, un interesante documento que permite percibir mejor la realidad no sólo funeraria, sino también económica y social de la ciudad focea en dicho período.
De este modo, gracias a los materiales de importación presentes en los ajuares, se puede atisbar que las relaciones existentes durante aquellos años entre Emporion y Sicilia fueron más intensas de lo que se ha supuesto, lo que permite intuir que la isla centromediterránea debió jugar, a causa de su excepcional situación geográfica y del dinamismo de las comunidades helénicas implantadas en ella, un notable papel en las relaciones existentes entre la ciudad y Atenas.
Por lo tanto, se puede pensar que fue a través del conducto de las ciudades siciliotas, entre las que Siracusa debió jugar un importante papel, como llegó a Emporion, junto con los vasos pintados y de barniz negro áticos, el perfume de este mismo origen.
Y así, a la vista de los numerosos lécitos que lo contuvieron, hay razones suficientes para creer que fue BIBLIOGRAFIA |
La numismática puede proporcionar indicios importantes para la reconstrucción de las primeras organizaciones territoriales romanas en Hispânia.
En el nordeste, la uniformidad de sus emisiones republicanas frente a la heterogeneidad de las del mediodía, sugiere unos proyectos organizativos para un amplio territorio, uno a fines del s. II e inicios del I, certificado por la arqueología y ortodoxamente romano, y otro anterior, a inicios del s. II, que se basó en las realidades indígenas.
Ante el silencio de las fuentes escritas, el análisis global de cada ceca y sus problemas de ubicación son elementos a considerar en el intento de reconstrucción de ambos.
Una vez comprobada por la investigación en las dos últimas décadas la fundación de entidades urbanas ortodoxamente romanas en todo el nordeste hispano y la correspondiente planificación de sus territoria a fines del siglo ii a.
C. -o inicios del siguiente-, se planteó lógicamente el problema del status ciudadano para unas realidades que mostraba la arqueología y de las que nada nos decían las fuentes escritas ni la escasa epigrafía del momento.
Se apuntó entonces que «tan sólo la numismática nos proporciona algunos datos no siempre seguros ni fáciles de interpretar en un contexto histórico» (Pena, 1984, 49).
Por ese terreno se encamina nuestro trabajo.
Este se centra en la actual Cataluña, afectada en su totalidad por el fenómeno que por otra parte, rebasó su marco; ciertamente las cecas más al sur o al oeste merecen otro estudio, que por su singularidad y por razones de extensión no vamos a realizar nosotros.
Fue precisamente al proponerse la posibilidad de una colonia latina en Ampurias cuando se recalcó, como un elemento en contra de tal suposición, el hecho de que un acontecimiento tan trascendental no hubiera tenido eco en la numismática: en buena lógica serían de esperar las monedas fundacionales (Pena, 1988, 29).
Se convino en que no las había, lo cual es cierto, pues ninguna con caracteres latinos se acuña por entonces, pero creemos que cabe la posibilidad de que las monedas llamadas ibéricas -no olvidemos que en gran parte son coetáneas de este acontecimiento-nos pueden informar sobre esta organización territorial, siempre partiendo del presupuesto de que nos encontramos ante unas fundaciones de «condición jurídica híbrida», como hace muchos años denominó E. Gabba a los casos problemáticos que mencionaban en Hispânia las fuentes escritas {Cartela, Norba, Pompaelo, Graccurris...)
Probablemente se trataba de fundaciones en lo formal ortodoxamente romanas pero que eran como mucho oppida ciuium Romanorum como menciona en el siglo i d.
C. Plinio, o ciudades mixtas en las que privaba el elemento ibérico como demuestra la epigrafía (de hecho los documentos latinos, como es bien sabido, no empiezan a proliferar sino con Augusto, alcanzando su mayor densidad a fines del s. i y durante el ii d.
Pero también, en la misma línea, las monedas anteriores en cien años que aparecen, salvo algunas excepciones, tras la pacificación de Catón con leyenda ibérica y módulos romanos, nos pueden dar las líneas esenciales de una primera ordenación del nordeste peninsular -ésta no «a la romana» sino sobre realidades indígenas-que se produce precisamente en el momento en que se procede a la primera división provincial, claro exponente del deseo de permanencia de los vencedores de la segunda guerra púnica, que les había traído a la Península y durante la que se habrían emitido las dracmas de imitación ampuritana con leyenda ibérica, a las que también atenderemos como exponente de una realidad con que se hallaron los romanos en sus primeros años de presencia.
Nuestro propósito principal es, mediante el análisis de los problemas que cada una de las Cecas plantea, ver la posible relación de sus emisiones con la organización territorial correspondiente a los dos momentos clave: inicios del siglo ii a.
C. y fines del mismo e inicios del i a.
Al enfrentarnos a ello hay que resaltar la falta de hallazgos numismáticos en contextos estratigráficos homogéneos, lo que conlleva aún controversias cronológicas que pueden verse todavía sujetas a variaciones en función de futuros hallazgos en estratigrafía.
No obstante, es cierto que el amplio marco cronológico en que hoy se integran las distintas series es aceptable en líneas generales a pesar de su poca precisión -o quizás por ello-, constituyendo un elemento indicativo que utilizaremos en nuestro trabajo.
En todo caso, desde presupuestos extra-numismáticos, tendremos en cuenta los referentes históricos que puedan tener algo que ver con las pretendidas cronologías.
En general se acepta, creo que acertadamente, que las monedas ibéricas cumplen esencialmente una función militar, de pago a las exigencias de los romanos, y no son un elemento comercial que circule sino subsidiariamente y en poca cantidad, aunque es cierto que en algún caso ello no resulta claro; no obstante si bien es cierto que ninguna de las cecas que tratamos cuenta con argumentos como para dudarlo, sí ocurre, por ejemplo, con otro taller significativo que escapa a los límites geográficos que nos hemos impuesto, el de Arse-Sagunto, cuyas acuñaciones es posible que sean resultado más de la madurez política y económica que de una imposición militar (Aranegui, 1994, 36; en contra García-Bellido, 1990, 68-71: al menos la plata nace con la segunda guerra púnica y finaliza hacia 170).
Recordemos una vez más que las localidades que vamos a tratar ejercerán una suerte de capitalidad, que se eleva a la categoría de regional si las emisiones son en plata, a partir de las primeras emisiones con metrología romana, lo que debía responder a una realidad con que se encontraron los conquistadores.
Hay sin embargo para los primeros tiempos un problema no resuelto: el de las dracmas de imitación ampuritana que presentan leyendas al parecer carentes de sentido -desde ilegibles a incorrectas pasando por anepígrafas e incluso con la imitación del propio nombre de Emporion- (Villaronga, 1979, 113; id., 1994, 33); de ellas sólo tomaremos las que nos dan nombres seguros, y éstas se reducen a bafkeno, iltifta, iltifka y tafakon.
De las posibles de kese ya trataremos en su apartado correspondiente.
Quizás también pudiera tomarse en considera-ción las que presentan la leyenda olosortin, que nos recuerda a los olossitani mencionados en un documento epigráfico emporitano y la actual población de Olot, sin que podamos ir más allá de recalcar el parecido toponímico (Untermann, 1975, 179).
LAS CECAS IBÉRICAS REPUBLICANAS
Se trate de imitaciones emporitanas o de denarios ibéricos y bronces, vamos a sintetizar lo que sabemos.
Abordaremos las cecas por orden alfabético, transcripción de la escritura ibérica usada siempre en sus leyendas monetales.
Prescindimos por tanto de las dracmas de Emporion y Rhode, localidades ortodoxamente griegas.
abañltur emite en la segunda mitad del siglo ii a.
C. Produce raras piezas en bronce -«moneda anormal» según Gómez Moreno (Siles, 1985)-, con reverso perro o toro.
Es de discutida ubicación, a lo que no son ajenas precisamente sus características tipológicas que la alejan de los grupos conocidos.
Aunque Villaronga las incluya entre las cecas ibéricas catalanas (Villaronga, 1982; id., 1994, 203: en concreto entre las layetanas), no es opinión unánime, aunque sí hay una tendencia a creerlo en virtud del lugar de hallazgo de las piezas.
Las estudió M. Campo, quien pensó en una posible influencia cesetana, lo que sería un indicio para su ubicación, considerando que, además, a esta ceca debían adscribirse buen número de monedas anepígrafas, cuyo lugar de emisión se ignoraba, por sus representaciones en anverso y reverso, lo que también aceptó Villaronga (Campo, 1974, 226; Villaronga, 1979, 212).
Por su parte, Guadán las creyó relacionables con el grupo ausetano (Guadán, 1969, 197).
Untermann, admitiendo su situación costera o cercana a la costa, indica tal posibilidad en el amplio arco que limitan Sagunto al sur y la costa septentrional catalana al norte (Untermann, 1975, 218).
Cabría, pues, la posibilidad, admitida por los menos, de que no fuera catalana: se ha creído incluso en un lugar del interior limítrofe entre Valencia y Castilla (Martín Valls, 1967, 20).
afketufki es una ceca con abundantes bronces de sus tres emisiones fechadas tanto en la primera como la segunda mitad del siglo ii a.C. -no es seguro que llegaran al siguiente-, también de ubicación discutida: aunque Villaronga la supuso cercana al Ebro por la abundancia de ejemplares en el hallazgo de Azaila (Teruel) (Villaronga, 1979, 191; id., 1982, 160; id., 1994, 182), y también otros autores se de-cantaron por una situación meridional -siempre dentro de los límites de Cataluña o la zona inmediata aragonesa- (Mateu Llopis, 1947, 56; Beltrán, 1953, 29), la tendencia ha sido ubicarla Segre arriba (Untermann, 1975, 19), y concretamente en la pirenaica La Seo de Urgel (Martin Valls, 1967, 221), en el más apto valle de la zona y en camino hacia la Cerdaña. -ufki habría dado origen a Urgel.
Esa es nuestra opinión (Pérez Almoguera, 1995; id., e.p. a): en concreto la cabecera de esta ciuitas debía encontrarse en Castellciutat, germen de La Seo, donde se han documentado restos cerámicos correspondientes al siglo II a.C. (Padró, 1988), indicio de que en efecto hubo habitat; es cierto que el dato no es suficiente para suponer que éste fuese importante, pero no olvidemos que esta zona careció de poblaciones de entidad incluso en época altoimperial, como parece desprenderse de lo conocido en torno a la cercana lulia Liuica (Lívia) donde priva la población dispersa.
Su situación en zona limítrofe explicaría, además, por qué la primera de sus emisiones se inscribe dentro del grupo de influencia ausetana y las otras dos en el iltirtense.
Es interesante que señalemos el intento de englobar, tras la pacificación de Catón en el 195, los Pirineos orientales en la red urbana y en la organización del territorio, que, sobre bases indígenas, se llevó a cabo entonces {ore, como veremos, podría ser un caso similar), lo que no parece haber tenido continuidad cuando se produce una nueva organización ya «a la romana» a fines de siglo o inicios del siguiente: las fundaciones que conocemos lo serán más al sur, en el pre-Pirineo como mínimo {Aeso, Labitolosa), alcanzando el rango municipal en el alto imperio.
No obstante, es muy posible que, a pesar de ello, aunque sin status, afketurki continuara con vida: se trataría de la Orgia que cita Ptolomeo como ilergete (II,6,69), y ya en el bajo imperio alcanzaría notoriedad siendo la Vrgellum que aparece a fines del mismo como obispado (al menos desde 527).
Es posible que, dada la etapa de inseguridad del momento, el carácter de marginalidad y plaza fuerte significara su nueva potenciación: las ciudades pre-pirenaicas, si no desaparecen totalmente, no consta que fueran obispados.
En cualquier caso la localidad se encontraba en zona fronteriza, lo que a su vez reforzaría su valor: ya hemos visto como Ptolomeo la situaba entre las ciudades ilergetas, pero antes pudo ser ceretana, según se deduce de las noticias de Estrabón (III, 4, 41) y Plinio (III,22,23), en el límite con los lacetanos.
ausesken se venía considerando como un etnònimo que hacía referencia al populus de los ausetani, ampliamente mencionado por las fuentes escritas alusivas a la segunda guerra púnica (Livio 21,23,2;21,61,8;29,2,5;29,3,3) como aliado de los ilergetes, siendo tras éste el más importante del interior catalán (conoce también la institución de los régulos).
Sin embargo, Untermann considera que este etnònimo, como los otros terminados en -sken, se refiere a los habitantes de una ciudad determinada (Untermann, 1992, 25), en este caso Auso o Ansa como aparece citada por Ptolomeo (II,6,6), que, como su nombre indica, era la localidad principal de los ausetanos desde el momento que presenta un nombre derivado del mismo.
A ésta debe referirse la cita de César {b.c.
Será municipio de ciudadanos latinos (Plinio, N.H. III, 23) en el alto imperio (IRB 86) y corresponde a la actual Vie.
Su papel proponderante en los primeros tiempos de presencia romana se acrecienta cuando observamos su amonedación de denarios y divisores a inicios del siglo II a.
C. Aun cuando emite menos plata que hese o iltifta, las únicas otras dos cecas indígenas que lo hacen por entonces, ello puede ser indicio de capitalidad regional.
Es posible que esta emisión sea coetánea de los primeros bronces (Villaronga, 1979, 76, 129, 138, 208; id., 1982, 163; id., 1994, 185), pero así como la plata cesa, los bronces llegan hasta finales de siglo y señalan el fin de las emisiones locales, indicio quizás de que no se produjo allí una fundación romana contemporánea de otras bien documentadas, pero ello no parece avenirse bien con el destacado papel regional que antes había jugado y que por otros motivos sospechamos que continuó teniendo, lo que supondría un engarce con el posterior municipio.
Las distancias que indican unos miliarios fechados a fines de siglo ii a.
C. (IRC I 175,176,181) cuadran bien con la ubicación de Vie, que sigue haciendo sospechar su preeminencia en la zona, y el llamado monumento de Malla, también cercano a la capital ausetana y fechado por los mismos años (Roda, 1992, 18), podía formar parte de la ordenación del territorio que se lleva a cabo a fines del siglo II o inicios del i a.C, lo que nos mueve a admitir que el territorio de Auso fue por entonces reorganizado y debió conllevar un nuevo establecimiento urbano.
El que arqueológicamente no se haya documentado no es obstáculo insalvable para admitirlo: ni siquiera en el alto imperio contó con un núcleo urbano de entidad, aunque la llanura en torno a Vie aparece ocupada, al menos, desde el siglo ii a.
Por otro lado tampoco cuenta prácticamente con epigrafía, aun siendo municipio. baitolo es el antecedente del municipio de Baetulo (Badalona) y emite bronces en la primera mi-tad del siglo i a.
Dado que se trata de una población layetana, es tentador poner en relación el inicio de sus emisiones con el fin de las de laiesken, como explicamos en su apartado correspondiente, y ello en función de su cercanía a Barcelona, probablemente la sede de este otro taller.
En cualquier caso, la aparición de las monedas baetulonenses puede relacionarse con la fundación de la ciudad en torno al 100 a.
C, fecha comprobada en el estudio del poblamiento rural por M. Prevosti (Prevosti, 1981) y por los datos que se deducen del recinto amurallado (Guitart, 1993 b, 57), aunque hay partidarios de retrasar la fundación hasta aproximadamente el 75 a.
La nueva fundación no sería, como se ha propuesto, «la que sustituyó a la prerromana que acuña moneda con el nombre de Baitolo» (Pina, 1993, 79), sino que fue ésta la que las acuñó.
La localidad será citada posteriormente por Mela (II, 90) y por Plinio (III, 22) como englobada en el conuentus Tarraconensis. bafkeno (también barkeno) es un topónimo que figura en dracmas de imitación emporitana emitidas durante la segunda guerra púnica (Untermann, 1975, 180; Villaronga, 1979, 113; id., 1994, 49).
Su reducción a Barcelona parece evidente.
El nombre no vuelve a aparecer en posteriores emisiones y el problema se imbrica de alguna manera con el de la ceca de laies ken, a la que remitimos.
basti, de la que hay una conocida homónima en la Ulterior (hoy Baza), era conocida por una sola pieza a través de la clásica obra de Vives.
Es dudosa y Villaronga no la recoge en su relación de cecas ibéricas catalanas: se conocía sólo un semis y cabía la posibilidad de que se tratara de una lectura incompleta (Martín Valls, 1967, 31).
Recientemente, Villaronga da noticia de una dracma de imitación con la misma leyenda (Villaronga, 1994, 53, num.
Es muy probable que haya que ubicarla fuera de Cataluña, aunque sea tentador ponerla en relación con la Bassi que cita Ptolomeo como población de los Castellani (II, 6, 70), para la que no habría más argumento que el parecido toponímico.
Se ha propuesto su ubicación en el curso bajo del Ebro y en la zona de Sagunto (Untermann, 1975, 220): Guadán opta decididamente por situarla en este último lugar, en la esfera de las monedas de arse (Guadán, 1969, 178).
Lo expresado nos mueve a prescindir de ella en nuestro estudio.
biluaon también es conocida por un único ejemplar y asimismo se cree que es catalana, pero no tenemos seguridad de ello.
Ello no es óbice para que el propio Villaronga la identifique con la romana Aeso, la actual Isona, en el pre-Pirineo, como efectivamente suele ser admitido, aunque sin embargo Untermann no cree, por razones lingüísticas, que se trate de ésta (Untermann, 1975, 201).
Por nuestra parte, aceptamos la identificación con la localidad aesonense, ciudad estipendiaria que menciona Plinio {N.H. III, 23) formando parte del conuentus Tarraconensis, y que después, desde época flavia, fue municipio.
Ptolomeo la cita como localidad lacetana (II,6,71).
La fecha inicial propuesta para la aparición de sus monedas parece avenirse bien con la de su fundación -contemporánea de otras varias como vemos-, según se desprende de los datos de las intervenciones arqueológicas que se vienen regularmente realizando desde 1987: en concreto la de 1992, junto a la muralla, certificó la fundación de la ciudad a fines del siglo II e inicios del i a.C. (Paya et al, 1994), al parecer sobre un núcleo anterior de importancia desconocida.
En cierto sentido puede considerarse sucesora de afketufki pero sólo en tanto que es la ciudad más norteña del interior que deja de emitir al parecer cuando lo hace eso, que pasa a ser la ceca más septentrional.
eustibaikula o eusti (sus monedas presentan ambas lecturas) fue una ceca relativamente importante si observamos que emite bronces ya a inicios del siglo II a.C. (con varios divisores) y sigue haciéndolo en la segunda parte del siglo, aunque no llega al posterior (Guadán, 1969, 124-125; Villaronga, 1979, 129, 210).
Se suele admitir que se trata de la Baicula que cita Ptolomeo entre las localidades ausetanas (II, 6, 69) y de los baeculonenses que Plinio relaciona como estipendiarios del conuentus Tarraconensis (III,4,23).
Estas citas no hacen sino abundar en que fue localidad de alguna importancia: incluso se pensó en que sus habitantes fuesen los Becensis que aparecen en el Bronce de Ascoli.
Es, por lo demás, un topónimo que también se documenta en el sur: hay otra Baecula en Bailen, Jaén (Untermann, 1975, 188).
Ignoramos su ubicación, si bien tenemos un importante punto de partida como es su inclusión en el territorio de los ausetanos, uno de los más amplios por cierto del interior catalán.
Sin gran fundamento se ha propuesto situarla en Roda, Granollers o Besalú (Tovar, 1989, 446, C-605), pero es cierto que tampoco la dispersión de sus monedas nos aclara el problema, pues éstas suelen aparecer en la zona comprendida entre Vie y el Valles (Crusafont et al, 1986, 29), pero también llegan hasta el valle medio del Ebro e incluso a la Meseta (Martín Valls, 1967, 46).
Un elemento que creo debe ser tenido en cuenta es el hecho de que no emite, como hemos visto, a inicios del siglo I, lo que puede ser un indicio de que no se incluyó en la nueva organización territorial del momento, pero que como en el caso de afketufki continuó con vida posiblemente englobada en el territorio de otra ciuitas, a juzgar por la mención de Ptolomeo.
Este último menciona como localidades ausetanas, además de la que nos ocupa y de Ausa, sólo dos más, Gerounda e Udata Therma, es decir, las latinas Gerunda y Aquae Calidae (Gerona y Caldas de Malavella).
Que estas dos últimas lo fueran también no es precisamente aceptado por unanimidad y no pocos consideran que se trata de un error del escritor alejandrino, aunque por nuestra parte, y aún teniendo en cuenta los impedimentos orográficos y la lógica de la cercanía emporitana de la región gerundense, lo creemos posible.
Por las monedas sabemos que los ausetanos llegan también hasta el Pirineo, en la cuenca alta del Segre, lo que nos da un amplio territorio donde ubicar eustibaikula.
Destaquemos, si aceptamos que fue en algunos momentos localidad de cierta importancia, que hay casos como el de Caldas de Montbui por ejemplo, donde hubo población romana tanto republicana -por allí discurría una antigua vía-como imperial -aunque no se conoce un núcleo urbano de entidad (Miró et al, 1993, 225)-, que bien pudo ser eustibaikula (Molas, 1982, 40), máxime cuando su nombre antiguo nos es desconocido al demostrarse que no es Aquae Calidae como se creía (ésta es Caldas de Malavella; Nolla, 1993, 660), y además se encuentra situada en la zona de dispersión de las monedas.
Ya Villaronga expresó la posibilidad de que en Caldas de Montbui se ubicara nuestra ceca.
Por otro lado su situación cercana a tierras de los layetanos podría explicar que, en sus últimas emisiones, el jabalí característico de los ausetanos es sustituido por el ánfora propia de la Leyetania (Villaronga, 1994, 187).
En cualquier caso, no podemos ir más allá de suponerla en el amplio marco ausetano, como apuntábamos. ieso, al igual que su vecina norteña eso, emite bronces a inicios del siglo i a.C. (quizás algo antes según Guadán, 1980, 120), fecha en la que se funda la ciudad según módulos romanos que la arqueología viene poniendo al descubierto en la actual Guissona (Guitart -Pera, 1993, 161).
Fue municipio altoimperial con el nombre de lesso, y es citada por Plinio {N.H, III, 4, 23) y más tarde por Ptolomeo (lessós; II, 6, 71) como localidad lacetana, no jacetana como aparece en algunas versiones (Tovar, 1989, C-560, 431).
No hay disparidades en cuanto a su ubicación en la citada localidad de la comarca ilerdense de la Segarra, aunque en alguna ocasión se haya negado (Crusafont et al, 1986, 31) en base a la distribución de los hallazgos de ejemplares y a la similitud de sus monedas con las de battolo o ilturo, por lo que se encontraría en la costa.
Villaronga consideraría posible esta última probabilidad, pero la evidencia epigráfica la sitúa claramente en Guissona (Villaronga, 1982, 179; id., 1994, 199), donde en el imperio tenemos documentado epigráficamente el ordo lessonensis (IRC II 73).
Reparemos que el ejemplo es interesante por cuanto nos previene de que no necesariamente la circulación monetai nos indica el lugar o zona de emisión con seguridad.
No obstante también se ha documentado algún ejemplar en las comarcas orientales de Lérida (Martín Valls, 1967, 48).
iltifkesken es posiblemente la ceca que más problemas plantea, pues en este caso se complica por la unanimidad con que ha sido considerada propia de los ilergetes repitiendo el etnònimo que ya aparece en otra ceca distinta, iltifta, que es la «capital» de este pueblo.
Priva la opinión de que se trató de la moneda de los ilergetes orientales que se encontrarían en torno a Solsona o en la Segarra, en alguna forma distintos a los que se agrupaban en torno a iltifta (Villaronga, 1979, 130, 210), en base a los hallazgos conocidos.
Más recientemente, por las mismas razones, se ha considerado ceca lay etana (Villaronga, 1994, 200).
Nuestra propuesta es muy distinta y la creemos en el bajo Ebro, zona sorprendentemente huérfana de cecas conocidas, habitada por los ilercaones o ilergauones, que jugó también un gran papel en los primeros tiempos de presencia romana y que debió contar con un centro importante en atención a las posibilidades comerciales que el curso del Iberus propiciaba de antiguo, así como a las posibilidades agrícolas que conllevaba.
Sus monedas se encuentran a lo largo del curso del Ebro y llegan, sin duda a través de su afluente el Segre, hasta el mediodía galo donde son incluso motivo de imitación.
También aparecen en las comarcas orientales iler-ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996 denses y parte de la occidental barcelonesa del Anoia; hay un numero considerable en Els Prats de Rei, sede del municipio imperiai de Sigarra, y es interesante señalar que Ptolomeo cita esta localidad como ilercaona (II,6,63).
Recientemente se han documentado también ejemplares en el meollo de las tierras ausetanas (Molas et al, 1994, 49).
Desde un prisma filológico, la reducción del ibérico iltifkesken al latino presupone la pérdida de la / (como ilturo -lluro o iltirta = Ilerda) y el cambio de la segunda / en e {iltirta = Ilerda), lo que nos remite claramente a los ilercaones o ilergaones.
En concreto, aceptando que los étnicos en -sken se refieran a los habitantes de una ciudad (Untermann, 1992, 25), ésta sería una Ilerca o Ilerga, y es tentador ponerla en relación con Tortosa, el municipio de Dertosa, o mejor, la antecesora de la misma -no necesariamente ubicada en el mismo solar-dado que aún no se había formado el delta que preside y no hay niveles claros anteriores a Augusto en el casco urbano tortosino (Genera, 1993; Pena, 1993).
En cualquier caso Ilercauonia aparece como uno de los sobrenombres del municipio dertosino.
Es posible que se trate de la Hibera citada por las fuentes alusivas a la segunda guerra púnica y, quizás menos probable, la Tyriche mencionada por Avieno (O.M., 496-503) (Pena, 1989).
Parece pues más oportuno situarla en esta zona que no en la otra vecina de los lacetanos como se ha hecho (Padró -Sanmartí, 1992, 193).
Señal de su importancia en los primeros tiempos es la acuñación de dracmas (sólo conocemos una) y divisores con la leyenda iltifkesalir (aquí parece sin duda referirse a una ciudad), claro antecedente de las de bronce de iltifkesken que se acuñarán a partir de la primera mitad del siglo ii a.
Además no se trata de imitaciones ampuritanas, sino de estáteras tarentinas (Villaronga, 1994, 36; en contra García-Bellido, 1993, 114), lo que cuadra mejor con una ubicación marítima que con las menos cosmopolitas tierras del interior.
Señalemos que durante el imperio perdura el recuerdo de la importancia que los ilercavones habían tenido: junto con la cesetana y la ilergete, es la única región {regio Ilergaonum) que cita Plinio en la actual Cataluña {N.H., III 21); por otro lado muy posiblemente se trataba de un pueblo emparentado con los ilergetes, sus vecinos, como en varias ocasiones ha sido señalado.
iltirta es una de las cecas más prolíficas como corresponde a la cabecera del principal populas, el de los ilergetes, que habitó las tierras interiores de Cataluña y las vecinas aragonesas.
Las fuentes escritas correspondientes a la segunda guerra púnica son suficientemente explícitas en destacar su carácter de pueblo más poderoso.
Comienzan las acuñaciones con dracmas de imitación emporitana y divisores de imitación massaliota en cantidad relativamente notable a fines del siglo m a.
C. en que se reclama al régulo ilergete Mandonio erario para pagar al ejército romano (García-Bellido, 1993, 109).
Poco después, ya a inicios del siglo siguiente, acuñará denarios (Guadán -Villaronga, 1968, 59), lo que nos sigue indicando la primacía de la localidad tras la conquista como de hecho seguirá teniendo durante toda la etapa republicana en un amplio territorio del interior.
Realizará también diversas emisiones en bronce a lo largo de todo el siglo ii y primera parte del i a.
La identificación de iltirta con el posterior municipio de Ilerda, hoy Lérida, que acuñará con caracteres latinos en época de Augusto, no ofrece dudas.
Aunque durante la segunda guerra púnica Livio se refiere a una desconocida Athanagrum como capital de los ilergetes (21,61,6), lo cierto es que, como hemos visto, las monedas y también las fuentes escritas posteriores sólo se refieren a la nuestra.
Aun cuando, sin gran fundamento, se ha propuesto otra ubicación, se admite que el núcleo principal de la ciudad prerromana se desarrolló en la colina de la Seu de Lérida donde, a excepción de un pequeño muro fechado en el siglo ii a.C, no quedan restos constructivos -pero sí materiales cerámicos mezclados que se remontan al siglo iv a.C.-, consecuencia del carácter de fortaleza que el lugar ha tenido a lo largo de la historia hasta fechas muy recientes y que ha significado rebajes y remodelaciones en muy diversas épocas (Pérez Almoguera, 1993, 256; Junyent, 1994, 86).
En el llano, la vecina plaza de Sant Joan, también cercana al puente, aparece ya ocupada en la primera mitad del siglo ii a.C. y, algo más tarde, otras zonas del casco antiguo.
En lo que hace a la circulación monetaria en Lérida, realizada ciertamente con pocos ejemplares, se constata un predominio de la ceca local y de la de iltifkesken (Ripollés, 1982, 508-512).
La presencia de la última puede deberse, como proponemos en su apartado correspondiente, al contacto con el bajo Ebro a través del río principal y de su afluente el Segre.
En general la moneda externa es escasa, quizás como consecuencia de la abundacia de emisiones de la ceca local.
Las excavaciones de Burriac, en Cabrera de Mar, han certificado que se trata de la localidad indígena que acuñó numerario abundante en bronce desde la primera mitad del s. ii.
Probablemente coincide esta última con el traslado de la población al solar -no traslado total, dado que el poblado de Burriac continúa con vida hasta el 50 a.
C.-que hoy ocupa Mataró, donde estuvo la romana lluro, del que es testimonio el ordenamiento territorial, estudiado por M. Prevosti, y los restos más antiguos en Mataró que se fechan entre 120-100 a.
C, posiblemente más cerca de la primera fecha que de la segunda (Clariana, 1994, 9, 17).
No obstante, recientemente se ha sostenido que la nueva fundación no tuvo lugar hasta 75-50 a.
Se pensó que el paso de los cimbrios pudo ser determinante en el cambio de ubicación, situando el núcleo urbano cabecera de la ciuitas donde era más fácil acceder a las fuentes de aprovisionamiento, es decir, junto a la vía Heraclea.
Por nuestra parte, las fechas del poblamiento rural que M. Prevosti fijó y los datos de otras localidades {Aeso por ejemplo) indican en todo caso que el núcleo urbano sería la culminación del proceso que se inicia a fines del siglo ii a.C. La identificación de la cecas con esta localidad -o localidades-es unánimente aceptada (Untermann, 1975, 190).
Así, la ecuación ilturo = Burriac e lluro = Mataró, aunque en realidad se trate de la misma entidad al ser una sucesora de la otra, es desde hace tiempo recogida en la bibliografía (Ripollés, 1982, 357-369).
De hecho la nueva fundación en sus comienzos fue probablemente la que siguió emitiendo con el nombre de ilturo con caracteres ibéricos a inicios del siglo i a.C. Por tanto, Burriac enlazaría con Mataró cronológicamente; es palpable que la población de Burriac comienza a menguar en torno a los años 100-90 a.C. (Miró et al, 1988, 134).
Se trata de la localidad que Ptolomeo sitúa entre las layetanas (II, 6, 18) y la que antes, como oppidum ciuium citaba Plinio (III,22).
Es también una de las escasas que menciona Mela (II, 90). kaio es otra ceca de ubicación desconocida de la que se conocen escasas piezas (por supuesto bronces).
Ya hace años A. Beltrán la creyó ciudad-cabecera de los loutiscos, con lo que no se encontraría en Cataluña (Martín Valls, 1967, 37).
No obstante la localización en ella es probable, por cuanto la representación del caballo piafando que aparece representado en sus monedas las acerca a las de kese (Villaronga, 1982, 147; id,, 1994, 173).
Por lo demás, se ignora su cronología.
6), localidad ésta última que por su importancia y función de capitalidad es citada por casi todas las fuentes históricas y geográficas que desde fines del s. m a.
C. en adelante se refieren a Hispânia.
Los cesetanos habitaban la zona tarraconense e inmediaciones, kese es seguramente la Kissa que menciona Polibio en plena segunda guerra púnica {Hist.
Por lo demás Plinio el Viejo se refiere a Tarraco como situada en la regio Cessetania (N.H. III, IV, 21) y lo mismo, ya en el s. ii d.
Es de señalar que éstos últimos sólo hablan de la región en la que Tarraco ejerce una capitalidad y no ya de la ciudad de kese.
Parece admisible suponer que la localidad indígena se funcfló con la romana Tarraco con la cual había convivido durante los primeros tiempos de presencia romana.
El problema es que el topónimo Tarraco también parece indígena (aunque Schulten lo creyó etrusco) y es posible que nos encontremos ante una dualidad de nombres (Tovar, 1989, C-627, 454), siendo el de kese el que indicaría su característica de ciudad principal del populus del que toma el nombre.
Tal localidad indígena quizás hemos de identificarla -al menos su centro principal-en la parte baja del actual casco urbano de Tarragona, al sudoeste de donde se alzó el recinto amurallado republicano que aún se conserva (Adserias et al, 1993, ìli-221), que en principio limitaba el praesidium y en el que quizás en una ampliación llevada a cabo en el s. ii a.
C. se incluyera el núcleo indígena.
Se trata de un «poblado» del que se ignora su superficie total, pero de magnitud considerable, lo que cuadra con su carácter de capitalidad de un populus, y que aparece ocupado al menos desde el siglo v.
Recientemente se ha propuesto de nuevo la identificación de Tarrago-ARTURO PEREZ ALMOGUERA AEspA, 69, 1996 na con la Callipolis mencionada por las fuentes también por las mismas latitudes (Icart, 1993).
Como fuere, sean o no ciudades diferentes todas ellas, lo que parece claro es que la localidad que llevaba el nombre del populus que aparece en las monedas, si no era la misma, debía estar en la vecindad de la ciudad romana o, en todo caso, ésta última no hay duda de que estaba en el territorio de los cesetanos.
Se conocen dracmas con la leyenda tafakonsalir (Villaronga, 1988), imitación de las ampuritanas, acuñadas entre 218 y principios del siglo II a.
C. Se había negado no hace mucho su existencia: Ripollés (1982, 374) se refiere a que Guadán consideró que se trataba de una acuñación inexistente y por tanto había que desecharla; Fletcher (1989, 823), en base a que sólo se conocía una a través de un dibujo con lectura poco clara.
El hallazgo de cinco monedas la pasada década demostró su existencia (Villaronga, 1992 b, 93).
Para las mismas ha llegado a proponerse una fecha en torno al 250 a.
C. (Alfoldy, 1991, 23), lo que parece exagerado siendo más prudente la cronología que propone Villaronga.
Cese emitirá denarios a mediados del s. II a.
C. En principio las citadas dracmas podrían considerarse las antecedentes de los posteriores denarios y bronces con leyenda kese, pero en contra parece haber dos dracmas en que se lee precisamente también hese, lo que vendría a significar que, si son coetáneas de las de tafakon, hay serios motivos para pensar que, en efecto, se trata de dos localidades diferentes.
Sin embargo las dracmas con leyenda kese no presentan una lectura clara (Villaronga, 1988; id., 1992 b; id., 1994, 52: «... con pequeñas dudas leemos kese»), por lo que quizás se precise el hallazgo de nuevos ejemplares para corroborar con seguridad que tal es la lectura.
C., lo que, de ser cierto, abundaría en la presunción de dos poblaciones diferentes.
La fecha puede ser discutible, pero es evidente que el signo ke que presentan las consideradas tres primeras emisiones es arcaico, amén de que su estilo y su técnica también están en la misma línea y, aún más, su sistema metrologico.
Tras ellas sigue emitiendo, en abundancia, ya en la primera mitad del s. ii sin los caracteres arcaicos (Villaronga, 1979, 123), emisiones a las que seguirán otras en la segunda mitad de siglo y en el siguiente, siendo probablemente la ceca más completa del nordeste.
A los efectos que nos interesan, es uno de los talleres que tienen actividad en los dos momentos clave de la ordenación territorial romana, a inicios del s. ii y a finales del mismo o inicios del siguiente.
No es posible, en el grado de inseguridad en que nos movemos, relacionar una o unas series concretas con el momento (o los momentos) específico.
Por lo demás, si se trata de Tarraco, -así lo cree también Untermann y con él otros autores (Untermann, 1964; Ripollés, 1982, 372) aunque hemos visto también disidencias-huelgan más comentarios: es la principal ciudad, capital de la Citerior.
Si admitimos pues la identidad de Tarraco y kese, resultaría que nos encontramos ante una ceca de extraordinaria duración: desde aproximadamente la segunda guerra púnica hasta época de Tiberio cuando ya era la colonia Triumphalis Tarraco.
Añadamos que no existe moneda de plata a nombre de kose como se pretendía, sino que la lectura correcta es tikose (Villaronga, 1979, 113), con lo que podemos prescindir de ella al no tener relación con nuestra ceca. laiesken plantea importantes problemas en cuanto a su ubicación.
No hay duda de su relación con el populus de los laitani, que tiene su asiento en la costa al norte de los cesetani y al sur de los indiketes y en el Valles por el interior, y que es mencionado por diversas fuentes: Ptolomeo (II, 6, 18), Plinio (sobre la bondad de sus vinos, XIV, 71) o Marcial (en la misma tónica que Plinio; I, 49, 22).
Antes nos hemos referido a las dracmas con leyenda bafkeno.
Ha sido tendencia generalizada el suponer una hipotética Laie en Barcelona, antecesora de la colonia lulia Augusta Paterna Fauentia Barcino que se funda en época de Augusto.
Ha sido así posiblemente por el importante papel jugado por la localidad en etapas posteriores de la historia.
En cualquier caso, es de retener el hecho de que bafkeno ya es un topónimo documentado a fines del siglo m a.
C. El que ningún ejemplar de estas dracmas se haya documentado en Barcelona nada significa por cuanto son pocos los conocidos (Campo -Granados, 1978; id., 1979) y tuvieron un fin muy inmediato y seguramente poca circulación.
Es tentador ponerla en relación con el poblado ibérico documentado en Montjuic que se supone de extensión comparable al de Burriac que mencionábamos a propósito de ilturo y, posiblemente, muy superior a los otros vecinos (Padró -Sanmartí, 1992, 191), aunque no puede asegurarse por haber desparecido a consecuencia de la explotación de la montaña en diversas épocas; no obstante, unos silos de gran tamaño investigados parecen atestiguar que se trataba de un centro comercial de importancia (materiales de los siglos iv y iii a.
C; Blanch et ai, 1994) que llega hasta el siglo I d.
Como fuere, el hecho de que no vuelva a emitir no deja de llamar la atención por cuanto hay que suponer que se trataba de una de las ciudades más notables de Cataluña con que se encontraron los romanos a su llegada, prescindiendo por supuesto de un urbanismo desarrollado o no, y las mismas suelen seguir siendo cabeceras de su zona durante el siglo siguiente.
Esta sea quizás la razón más importante, a mi entender, para suponer a laie continuadora de bafkeno.
El hecho de la duplicidad de nombres no necesariamente lo contradice: pensemos en el caso tafakon-kese y en que es presumible que el centro principal de cada pueblo tendiera a tener por ciudad-cabecera una que ostentara el nombre de éste o un derivado.
Pudiera pues tratarse de la misma.
Hay sin embargo elementos que parecen estar en contra de tal identificación: de un lado los hallazgos de monedas con leyenda laiesken se centran algo más al interior y se ha propuesto ubicar la ceca en el Llobregat medio (Villaronga, 1979, 130; id., 1982, 169); por nuestra parte no nos parece concluyeme, pues por la misma razón habría que suponer a iltifta o ieso en la costa, donde abundan más los hallazgos.
Por otro lado, cuenta el problema que se plantea con la presencia de otra ceca a inicios del siglo i a.
C. excesivamente cercana de Barcelona, la de baitolo.
Sin embargo en este caso reparemos también en que, como hemos visto, debe corresponder a la fundación comprobada por la arqueología de Baetulo en el llano.
A este respecto, se ha llamado la atención de la monumentalidad de la fundación augustea de Barcino en contraste con lo escaso de su núcleo urbano -aun-tratándose de una colonia, poco más de 10 Ha.-lo que parece implicar una población dispersa e incluso el englobe en la misma de oppida cercanos, como Baitolo aún sin status (Guitart, 1993 b, 71).
La otra ceca laietana, ilturo, aparece ya lejana, en el norte de territorio del populus.
Es en cualquier caso de destacar el que laies'ken emita a lo largo de todo el siglo ii a.
C. y deje de hacerlo cuando lo hace precisamente baitolo.
Cabe la posibilidad de que ésta última formara parte anteriormente de la ciuitas de laie, pues pensamos que efectivamente existió una con este nombre y que, como en el caso de ausa o iltifka el etnònimo haría referencia a los habitantes de una ciudad siguiendo las observaciones de Untermann (Untermann, 1992).
Incluso si hiciera referencia al pueblo habría que suponer que las monedas se acuñaron en el lugar que ejercía la capitalidad del mismo.
En definitiva parece que, como también otros autores habían propuesto (Martín Valls, 1967, 51), es lícito suponer nuestra ceca en Barcelona.
Es cierto que no se han hallado tampoco monedas de ella en su casco urbano, pero también lo es que son pocas las publicadas, y entre éstas, evidentemente todas ellas residuales de los siglos II y i a.
Es posible que se trate de una localidad valenciana -incluso se ha propuesto en concreto Liria-, pero el hecho es que las monedas de esta ceca aparecen casi con exclusividad en Cataluña y, en ocasiones, como en los hallazgos de Balsareny y Cànoves -sobre todo-, en cantidad notable (Villaronga, 1979, 89; id., 1994, 195).
Recientemente se ha documentado su presencia en tierras ausetanas junto a otras de cecas cercanas, catalano-costeras y alto-aragonesas (Molas et al, 1994, 46).
En todo caso la tendencia más aceptada es situarla en Cataluña (Untermann, 1975, 198), y se ha propuesto, por su parecido toponímico con Llerona, en el Valles, con lo que tendría sentido la distribución de los hallazgos (Estrada -Villaronga, 1967) y además, señalemos, el Valles es una zona huérfana en cecas si aceptamos que laiesken no se ubicaba allí.
Recordemos que, en la etapa imperial, habrá en el Valles un municipio.
Egara (Tarrasa), del que no tenemos noticia de precedentes, pero nada hay que pueda ponerlo en relación con lauro, incluso parece estar en contra la diferencia toponímica.
También el parecido toponímico con Lloret de Mar (como asimismo la partida gerundense de Llorona) ha hecho que se indique como posible sede.
Ciertamente es un argumento poco consistente, pero sí que es cierto que, no lejos, tenemos el problema de Blandae, uno de los oppida citados por Plinio que no tuvo ceca; desde luego ello no significa que se trate de la que nos estamos ocupando.
En todo caso, recordemos una vez más que puede tratarse de una localidad valenciana.
Acuñó bronces en el siglo ii a.
C. y la última emisión seguramente tuvo lugar poco antes de 104 a.
C. (Villaronga, 1982, 174). masonsa es un taller del grupo de kese que emite pocas monedas, quizás en la segunda mitad del siglo II a.
La tendencia general es en cualquier caso considerarla ceca catalana (Untermann, 1975, 198), aunque en su día se llamó la atención sobre el hecho de que el unico hallazgo conocido procedía de la aragonesa Alcañiz (Martín Vails, 1967, 54), lo que pudiera hacer dudar de que en efecto lo fuera.
olosoftin es la leyenda que presentan algunas imitaciones de dracmas ampuritanas emitidas durante la segunda guerra púnica que están presentes en el tesoro de Les Ansies, Gerona (Untermann, 1975, 179, Marchetti, 1978, 367).
Pertenecen al grupo de aquéllas cuya asignación a una localidad conocida no es fácil.
No obstante, en alguna ocasión se ha intentado relacionarla con los olositani, cuyo nombre parece haberse perpetuado en el actual Olot.
Al mismo no se le conoce a través de las fuentes escritas, sino por medio de dos defixiones ampuritanas (Tovar, 1989, T-20).
Sin embargo, no hay constancia de que fuera nunca ceca con posterioridad ni que hubiera una localidad romana en Olot.
Quizás sea prudente no tomarla en consideración para nuestro fin dados los problemas, hoy insolubles, que plantea. ore aparece como ceca, dentro del grupo ausetano, en la segunda mitad del s. ii a.
En general se conviene en la dificultad de ubicarla, aunque en un momento dado Villaronga la había creído en los Pirineos (Villaronga, 1961, 61), sin duda relacionándola con la actual Orrit próxima al Noguera ribagorzano.
Que pudiera tratarse de ésta es posible si admitimos que a la misma alude la referencia a un Orritanus que en el s. ii d.
C. se trasladó a la cercana Aeso (Isona) (IRC II,35).
Es cierto que a favor de la identificación sólo podemos basarnos en el hecho del parecido toponímico y en que sus monedas estén en la órbita de influencia ausetana, lo que no sería de extrañar si también los estuvo la cercana afketufki, ubicada en La Seo de Urgel.
Sus monedas suelen aparecer entre la plana de Vie y el Valles, pero su escaso número hace que pensemos que ello no es determinante como para situarla forzosamente en este espacio territorial (Pérez Almoguera, 1995).
Si pensamos además en la posibilidad de poner el topónimo en relación con los airenosioi de Polibio (III, 35, 1) o con los aresinari de Salustio {Hist.
Ill, 5) -la tendencia ha sido situarlos en el valle de Aran-, parece que en efecto los Pirineos cuentan con más posibilidades que otros lugares para ser sede de la ceca.
No obstante, no sabemos de la presencia de restos en Orrit adscribibles a esta etapa.
oskumken emite bronces en la segunda mitad del siglo II a.
La tendencia general es suponerla ceca catalana, pero ello dista de resultar claro, pues al mismo tiempo se ha propuesto hacerlo en la región de Sagunto e incluso en la de Jaca (Untermann, 1975, 24).
También se ha propuesto la posibilidad de que se trate de otra ilergete aunque ya en territorio oséense, por su parecido toponímico (Martín Valls, 1967, 58).
Villaronga sin embargo la relaciona con lauro por la representación en sus monedas del torques rematado en cabeza de serpiente, y la supone entre las comarcas barcelonesas del Valles y el Maresme (Villaronga, 1979, 211; id., 199A, 197), lo que nos remite al problema que plantea esta ceca, de la que ya hemos tratado.
otobesken suele identificarse con la Otogesa que menciona César en los acontecimientos del 49 a.
C. entre Ilerda y el Ebro {b.c.
Sin embargo ello no parece cierto: tradicionalmente se la relaciona con la Etebesa edetana (en realidad, sedetana) que cita Ptolomeo (II, 6, 62, 2), que no sería sino la Otobesa conocida por la epigrafía (CIL II 3794) (Untermann, 1975, 212) y quizás la etokisa que conocemos en imitaciones de dracmas ampuritanas (Villaronga, 1994, 51, núms.
Antes el propio Untermann la había incluido en el grupo regional de iltifta (Untermann, 1964, 145).
Es, pues, muy probable que se trate de una localidad aragonesa que acuña en escaso número entre los años 133 y 82 a.C. (Guadán, 1980, 98).
Villaronga por su parte la consideró en la Suessetania, entre el Ebro y la sierra de Alcubierre, pero en Aragón en todo caso (Villaronga, 1979, 193).
Por tanto, parece oportuno prescindir de ella.
tafakon es el topónimo que presentan unas dracmas de imitación emporitana de las que hemos tratado al referirnos a la ceca de kese. untikesken es una importante ceca que comienza su actividad a inicios del siglo ii a.C. y concluye en la primera mitad del siguiente (Villaronga, 1979, 125, 212, 223; id., 1994, 140).
Se podría esperar, dada su importancia, que hubiera emitido denarios -sólo acuña bronces-en el momento que lo hacían kese e Hurta.
Una explicación podría ser que siendo aliada de Roma se vería libre de un pago fijo como lo hacían las otras (García-Bellido, 1993, 113).
Quizás no lo hizo por emitirlos Emporion, que continuó acuñando dracmas: si admitimos, como es lo más probable, que los étnicos en -sken aluden a los habitantes de una localidad (Untermann, 1992), ésta sería la discutida Indika que únicamente menciona Esteban de Bizâncio (146 Watermann: Tovar, 1989, T-14, 37), que se supone vecina de la ciudad fócense e incluso la propia Emporion (Padró -Sanmartí, 1992, 192; ya antes lo había propuesto Untermann, 1975, A-6, 165-172), como ciudad doble que era según Estrabón (3,4,8).
No se trata por tanto de una moneda genérica de los indiketes -o indigetes según Plinio (III, 21)-citados por Salustio {Hist 2, 98, 5) y Estrabón (III, 4, 1), de los que debió ser capital por ser la que lleva un nombre derivado del populus; Ptolomeo sólo cita en su territorio dos localidades en la costa, Emporion y Rhode y otras dos en el interior.
Su papel trascendente se relaciona con la alianza de las ciudades griegas con los romanos (desembarco en Ampurias del 218), constituyendo la primera base de penetración peninsular, antes de ser sustituida por Tarraco.
Es interesante señalar la posibilidad de que algunas series pudieran relacionarse con la fundación de la ciudad ortodoxamente romana en cuanto a su morfología -^pero las monedas siguen ostentando caracteres ibéricos-que tuvo lugar a fines del siglo ii o inicios del i a.
C. (Villaronga, 1982, 145) que pudieran corresponder a las necesidades de las guerras celtibéricas también, alguna o algunas de ellas, pudieran ser del momento de la fundación.
La imprecisión en la cronología de las emisiones impide ser más taxativos.
Analizados los problemas que cada una de las cecas plantea, desde un punto de vista cronológico resulta el siguiente cuadro: Hemos prescindido de basti, bilauon, kaio y otobesken, pues, además de ignorarse su ubicación, sus monedas son de cronología imprecisa.
Aunque las hemos situado en el cuadro, por los problemas que presentan también de ubicación (algunas quizás ni siquiera catalanas), prescindiremos también de abañltur, lauro, masonsa, olosoftin y oskumken.
Se observa una continuidad especialmente destacable en el caso de iltifta y en el de kese, continuadora de tafakon.
También es de destacar el largo período de vigencia de untika, iltifka, ilturo y bafkeno/laie si admitimos que se trata de la misma.
Por último, destacan como nuevas fundaciones a inicios del i a.
C. battolo, eso e ies'o, las tres confirmadas por la arqueología.
Las cuestiones que este panorama sugiere serán tratadas más detenidamente en los apartados que siguen.
LOS PRECEDENTES DE LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA
Las dracmas de imitación ampuritana emitidas como consecuencia de la segunda guerra púnica lo son, como apuntábamos antes, con el fin ya sabido de satisfacer las demandas imperativas del conquistador.
Se acuñan para financiar los gastos de los romanos, aunque al representar también una extensión en cuanto al número de cecas -antes sólo acuñaban las localidades griegas-significan también la inclusión de amplias zonas en la economía monetaria.
Tales imitaciones nos ofrecen un primer indicio de las localidades que en ese momento jugaban un papel de importancia, aunque dado el número considerable de cecas no puede aceptarse que, frente a lo que ocurrirá con los denarios, la amonedación en plata signifique capitalidad regional.
El problema radica en que no todas son de fácil identificación por cuanto una parte presentan como consecuencia de su propio carácter de imitación lecturas incomprensibles -en realidad son signos que nada indican-y, en otros casos, cuando la lectura es perfectamente ortodoxa se trata de nombres que no vuelven a aparecer con posterioridad ni en amonedaciones ni en las fuentes escritas o epigráficas, si bien es cierto que algunas de ellas resultan sugerentes como olosortin, tal como hemos visto en su apartado correspondiente.
Otras como kertekunte o erur... quedan sin explicación satisfactoria, por no referirnos a las que presentan una transformación de los signos en un pseudoibérico a partir de la leyenda griega Emporiton (Villaronga, 1992 a).
A pesar de la merma que ello representa, hemos de tomar sólo en consideración las que con toda seguridad nos mencionan cecas perfectamente identificables que, después de todo, serán además las únicas que tendrán continuidad en la emisiones del siglo siguiente.
Son éstas tafakon (o kese\ bafkeno (después laie\ iltifta e iltifka.
Significativamente corresponden a los antecedentes de las localidades que en Cataluña van a jugar el papel más destacado, y no sólo en la Antigüedad precisamente.
Las tres pri-meras no ofrecen dificultad en cuanto a su identificación, aunque planteen problemas de los que hemos tratado antes (¿por qué tafakon y bafkeno no vuelven a acuñar con estos nombres y aparecen, aparentemente en su lugar, las cecas de kese y laiel).
La última, iltifka, ya he indicado que en mi opinión hay que buscarla en el bajo Ebro, pudiendo considerarse la antecesora de D erto sa. No hay que incidir demasiado en el papel de capitalidad que siempre a lo largo de la historia, salvo momentos específicos, han jugado Tarragona, Barcelona, Lérida y Tortosa.
A pesar de las dificultades expresadas seguirán jugando ese papel en la etapa siguiente, aunque si bien kese e iltifta emitirán de nuevo en plata, no ocurrirá otro tanto con las otras dos cecas, apareciendo sin embargo una nueva que cuenta con denarios, auso, sin antecedentes que sepamos en el siglo III a.
LA ORGANIZACIÓN DE INICIOS DEL SIGLO II a.
Las campañas victoriosas del cónsul Catón en 195 significan, como se ha expresado en diversas ocasiones (Pena, 1992, 67), la verdadera incorporación de las tierras del nordeste peninsular a Roma.
Es a partir de ese momento cuando comienzan a generalizarse las acuñaciones de las diversas comunidades indígenas, salvo los posibles pero no seguros precedentes de kese que ya lo hace antes de 211 según Gimeno (1954) y de iltifta unos pocos años antes del cambio de siglo: he aquí una faceta del problema antes enunciado de falta de estratigrafías.
A diferencia de la Ulterior en que todas se refieren inequívocamente a ciudades, aun cuando pudieran ser estructuras pseudourbanas (Chaves, 1994(Chaves,, 1306)), en la Citerior, y en concreto en la zona que tratamos, tales acuñaciones aparecen desde el principio con leyendas en alfabeto indígena que se refieren a ciuitates -o a los habitantes de las mismas-, señal evidente de que éstas últimas existían o estaban en los preámbulos; así, se ha dicho en un trabajo ya clásico (y por cierto discutible en varios aspectos) que los romanos pudieron apoyarse en el tejido protourbano que había, al menos en algunas zonas, sin necesidad de modificaciones espectaculares (Jacob, 1985, 19).
Un buen exponente de ello puede ser el «poblado» de Burriac en Cabrera de Mar, seguramente la primitiva Ilturo antes de su traslado a Mataró, que conoce un gran auge a lo largo del siglo II llegando a las 10 Ha. de extensión (Guitart, 1993 b, 57).
Que desde el punto de vista urbanístico no existiera una aglomeración importante como en Burriac AEspA, 69, 1996 no es óbice para que nos refiramos a sociedades políadas: se trata de un elemento importante de las mismas, pero no imprescindible; una organización política de poblados puede serlo perfectamente.
Estas ciuitates van a ser el eje sobre el que va a desarrollarse la primera organización territorial, consecuencia de la citada pacificación y consiguiente asunción de la conquista por Roma, que va íntimamente ligada a la admitida primera división provincial de esas fechas.
Que no se trata de una organización estrictamente «a la romana» -extraña por lo demás en una época en que aún no se tiene experiencia en administrar tierras lejanas-, parece certificarlo el que para la misma se tomen como eje las principales localidades indígenas que ya debían serlo si, como es lógico suponer, las que emiten plata ejercen una capitalidad regional.
Destacan tres cecas que acuñan plata -las aludidas capitales regionales-: ausesken (de auso), kese e iltirta.
Las tres son además cabeceras de grupos monetarios y emiten también en bronce.
García-Bellido (1993, 109) cree que los denarios aparecen entre 180 y 178, relacionados con los cambios que la presencia de Graco comportó para la Citerior, no realizándose en todos los casos al unísono ni de una forma continuada, y no necesariamente con fines estrictamente militares, lo que de ser cierto representaría un cambio significativo con respecto a lo generalmente admitido.
Como fuere, ilergetes y ausetanos son los pueblos más mencionados durante la etapa de conquistas por las fuentes escritas, los que ocupan una mayor extensión territorial, especialmente los primeros, y los que oponen una mayor resistencia a los romanos.
Resulta pues perfectamente coherente que sus cabeceras ejercieran el papel de capitales en una primera organización (Pérez Almoguera, e.p. b).
En cuanto a kese, si la identificamos con Tarraco, resulta también lógico que emita en plata por su condición de principal base romana primero y capital provincial después.
Las que sólo emiten bronces, junto con las anteriores, y a pesar de algunas dudas de identificación, nos permiten observar por su situación geográfica que no quedan grandes espacios sin cubrir, lo que equivale a decir que la presencia de ciudades o proyecto de tales auspiciadas por Roma afectaba a todo el espacio que tomamos en consideración.
Además, el hecho de formar parte de una organización territorial perfectamente planificada por los conquistadores parece desprenderse del hecho de que todas las monedas presentan tipos uniformes, rasgo característico de la Citerior frente a la diversidad que presentan en la provincia meridional.
El occidente aparece presidido por iltirta, sin En concreto se había comprobado que en torno a finales del s. ii o principios del i a.
C. se había llevado a cabo en nuestra zona la fundación -sobre realidades anteriores o no, aún no está satisfactoriamente aclarado-de ciudades ortodoxamente romanas desde el punto de vista urbanístico que conllevó la parcelación y organización de su ager correspondiente.
Retengamos que coincide con el momento en que precisamente el desarrollo del sis- tema provincial romano tiene su momento decisivo (en torno al 100 a.
C), motivado tanto por la amenaza de Yugurta, como por las incursiones de cimbrios y teutones (Crawford, 1990, 105).
A ello, añadiríamos nosotros, tampoco sería ajena la actividad de los aún no pacificados celtíberos en esos momentos.
Es posible que el antecedente más lejano de esta nueva organización haya que buscarlo en la que tras la caída de Numancia se propusieron realizar los romanos, según indican las fuentes escritas.
Era la primera vez que en nuestra zona se producía una organización «a la romana», pues, como hemos visto, tras la pacificación de Catón el Censor se había reorganizado el territorio, pero en base a las realidades indígenas sin que el campo se viera afectado por la acción de los agrimensores, al menos de una manera global.
Que las nuevas fundaciones tal como expresábamos en la introducción carecieran paradójicamente de status romano o latino parece cierto, como lo demuestra la ausencia de noticias de tan trascendente hecho en las fuentes escritas.
Además, en los casos que sabemos de la coincidencia de fundaciones y cecas, todas las monedas siguen con caracteres y nombres indígenas.
Lo que sucede en Cataluña se englobaría en un proyecto que abarca desde la Liguria, pasando por la Provenza -donde se funda la colonia de Narbo hacia 118 a.
C.-, y que llega hasta la Celtiberia aún no del todo pacificada como decíamos (Pérez Almoguera, 1994): no es casual que precisamente a partir del último tercio del siglo II sea cuando comienzan a acuñar muchos nuevos talleres, sobre todo en la cuenca del Ebro (Ripollés, 1982, 518), más cercanos a la zona conflictiva y que también servirían para financiar los gastos bélicos.
Las nuevas fundaciones estaban generalmente enclavadas en la línea de la costa y en lugares estratégicos del interior, cumpliendo la función militar de vigilancia de las rutas (Guitart, 1993 a).
En parte serán continuadoras de anteriores núcleosdesplazados o no de su solar previo-y en otros ex nouo.
El conocimiento de tan trascendental hecho hemos de reconstruirlo a través de la arqueología, lo que significa que el fenómeno que conocemos desde hace pocos años se ha comprobado en algunos yacimientos favorecidos por la excavación programada y es posible que haya más fundaciones aún no comprobadas.
Incluso antes de que se planteara el problema como fenómeno que afectaba a una amplia zona ya se había llamado la atención de la construcción de las murallas de Emporiae y de Baetulo por esas fechas, considerándose consecuencia peligro generado por «la invasión cimbria» de 104 a.C. (Guitart, 1976, 239; Villaronga, 1983, 106).
Resulta altamente significativo que casi todas las localidades que sabemos por la arqueología que se fundan entonces sean cecas.
Así, aunque el numerario emporitano (en nuestro caso, untika) es continuo, es entonces cuando tiene lugar la construcción del primer foro romano, con todo lo que ello representa (Aquilué et al, 1982).
En cuanto a Tarraco (o si preferimos kese/Tarraco), base principal y capital provincial, el estudio de su ager indica también la aparición de las primeras uillae por estos momentos (Keay et al, 1990, 126). ilturo (Mataró) es continuadora de la ceca que debía encontrarse en Burriac, Cabrera de Mar. También se fundan entonces baitolo (Badalona), eso (Isona), o ieso (Guissona).
Con respecto a estas dos últimas, es de señalar que se encuentran en el pre-Pirineo en tierras con más posibilidades, desapareciendo las situadas en pleno Pirineo que antes sí había sido englobado en la organización ciudadana (afketurki, ore), iltifta, que sigue emitiendo, es posible que conociera ahora su primera fundación a la romana en la zona vecina a la colina de la Seo donde se habría desarrollado -y seguiría desarrollándose-la población anterior, según podría desprenderse de intervenciones arqueológicas aún no publicadas.
Los ilerdenses, ya con ciudadanía romana, que figuran en el Bronce de Ascoli de 90 a.
C. serían el exponente de unos aristócratas admitidos en el grupo dirigente.
Sin embargo, no quiere ello decir que nueva fundación equivalía automáticamente a ceca.
Sin perjuicio de aquellas cuya ubicación desconocemos, como las pobres en emisiones -tanto que sólo se cuenta con algún raro ejemplar-basti y biluaon, y de que algunas de las que se consideran de la segunda mitad del siglo II, por la falta tantas veces argüida de estratigrafías, pudieran ser algo más tardías y tener aquí cabida, sabemos que localidades que se fundan también por entonces no emiten moneda.
Sería el caso de la costera Blandae (Blanes) y de la cercana a la misma Gerunda (Sanmartí, 1993, 210).
Ge runda sin embargo es posible que se fundara algo más tarde, aunque desde luego en el primer tercio del siglo I a.C. (Nolla, 1987, 13, 27), lo que hace pensar que quizás no formara parte de la ordenación y se hubiera fundado como control de la vía necesaria para el traslado de los ejércitos optimates en su lucha contra Sertório, pero ello no es sino una hipótesis y quizás sea más razonable pensar que debía formar parte del mismo plan de ordenación territorial del que tratamos, no necesariamente realizado al unísono sensu stricto.
Precisamente, el caso de Gerunda en cuanto a cronología puede coincidir con el de //wro-Mataró, donde los materiales fundacionales -se dice-no son anteriores a 75 a.
C, y también con el de Baetulo donde las estratigrafías más antiguas hasta el momento son del segundo cuarto del siglo I a.C. (Aquilué -Subías, 1986, 353) -aunque son pocas y hay materiales más antiguos fuera de contexto-, lo que ha dado pie para que se piense en posibles fundaciones pompeyanas (Olesti, 1993, 245).
Ello conllevaría pues que no todas las fundaciones tuvieran lugar a la vez, mediando un período de medio siglo entre el inicio o el final del proceso, o bien que hay que afinar más la cronología aún imprecisa en muchos yacimientos.
Significaría además que lo que se había iniciado como posible pantalla entre Italia e Hispânia a través de la Narbonense hasta la Celtiberia para evitar posibles nuevas invasiones del calibre de la de los cimbrios y tener una retaguardia segura tras los aún díscolos celtíberos, fue concluido por Pompeyo como consecuencia de una guerra civil, la de los optimates contra el popular Sertório.
No obstante subsiste el hecho de que en la Layetania y en concreto en tomo a Baetulo y a lluro, el modelo agrícola basado en las uillae -aunque no desaparezcan radicalmente los antiguos asentamientos-, que razonablemente hay que poner en relación con una ordenación global, aparecen, como en la zona de Tarraco, a fines del siglo ii a.
Como apuntábamos, parece que buena parte de las fundaciones con precedentes no ocuparon en lo que a su centro urbano se refiere el mismo lugar que lo había hecho el anterior, lo cual resulta natural pues éstos en buena parte serían de poca entidad o motivos de otra índole aconsejarían su traslado, pero nunca lejos del lugar donde se supone estuvo el anterior, en su territorium en suma.
Creo que no es necesario pensar que fuese una norma general, como parece inferirse de algunos trabajos (Pina, 1993) aparecidos a partir de la propuesta de F. Burlilo, que consideró, hace más de una década, un diferente solar para la Bilbilis celtibérica del de la Bilbilis Italica (lo mismo ocurriría en Segeda) y su suposición de que ello ocurriría en más casos (Burlilo -Ostale, 1983-84).
Evidentemente la nueva fundación empori tana estuvo junto a la neapolis griega, y parece que lo mismo podría decirse de Tarraco con respecto al precedente poblado indígena.
En cuanto a Ilerda parece lógico que estuviera en la mejor elevación de la comarca, la colina de la Seo en cuyas faldas se desarrolló la ciudad romana, como hemos visto en su apartado.
Aeso se asentó sobre población anterior, según se desprende de las últimas intervenciones...
El caso más claro de la zona que nos ocupa, en lo que respecta a su cambio de ubicación de centro urbano principal, es en algunas ciudades marítimas como Baetulo o lluro, antes situadas más tierra adentro, como por otra parte es normal entre los iberos, que se trasladan a la costa, a lo que no debió de ser ajeno un mejor control de la uia Heraclea.
Nos resta finalmente observar los cambios producidos en el tejido urbano que acarreará la municipalización, que tendrá su momento álgido en época de Augusto y que se completará bajo los flavios.
Es una cuestión que, dados los propósitos de nuestro trabajo, no vamos a abordar si no es con la única intención de observar perduraciones o desapariciones con respecto a lo que para las etapas anteriores nos informaba la numismática.
Se trata, como es bien sabido, de una etapa en que las cecas, evidentemente ya con caracteres y nombres latinos como corresponde a unas colonias y municipios ortodoxamente romanos, se ven drásticamente reducidas ya en los inicios de la adquisición de status: sólo acuñarán bajo Augusto Emporiae (quizás incluso algo antes), Ilercauonia (que después lo hará con el nombre de Dertosa), e Herda, La última desaparecerá con el primer emperador y las demás no pasarán de Tiberio (Dertosa) y Calígula (Emporiae, Tarraco).
El siguiente cuadro nos ilustra sobre los cambios.
Hemos exceptuado en esta lista, como también lo hemos hecho en los apartados anteriores, las emisiones griegas de Emporion y Rhode por tratarse de un problema evidentemente distinto de las ibéricas.
Observando el comportamiento de las diversas cecas, resalta la continuidad de la capital provincial, sin duda la más importante de todas, y la certificación de que Herda aún juega un importante papel como principal localidad del interior, papel que irá perdiendo a partir de Augusto en beneficio de Cae-saraugusta.
Desde luego también Emporiae, como era de esperar, es una ceca activa, como asimismo Dertosa, la posible sucesora de iltifka, tal como corresponde a la ciudad que preside el curso bajo del Ebro.
Otros municipios que no tienen antecedente conocido nos plantean un importante problema: ¿corresponden a las cecas republicanas de las que ignoramos su ubicación?; quizás en algún caso no es imposible, aunque no podemos ir más allá de la suposición.
AEspA, 69, 1996 CONCLUSION Así, pues, examinados los problemas que cada ceca plantea por los motivos expresados en su apartado correspondiente, parece razonable que podamos prescindir de bastí, biluaon, kaio, lauro, masonsa, oskuñken y otobesken.
También, y aún admitiendo que fue ceca catalana, hemos de prescindir de la olosortin de las dracmas de imitación emporitana y situarla junto a las otras de difícil adscripción y que incluso, a veces, no presentan sino imitaciones de signos que no corresponden ni a ciudades ni a pueblos concretos.
A partir de inicios del s. II a.C, cuando aparecen buen número de cecas que acuñan con módulos romanos, es cuando se procede a una primera organización a partir de las realidades indígenas.
Las monedas en este momento nos ofrecen, creo, junto con los precedentes de las imitaciones de dracmas de la segunda guerra púnica, el panorama de entidades ciudadanas correspondientes a diversos populi con que contaba el país.
Los conquistadores estimularían esta realidad en su beneficio de cara al pago de sus tropas.
El interés de tales emisiones se acrecienta al darnos información de tan importante aspecto al que las fuentes escritas, por sus características y su intencionalidad, apenas dedican atención ofreciendo escasos datos y siempre con carácter subsidiario.
Las que emiten denarios en un momento dado significan capitalidad regional, pero son bastantes más las que lo hacen en bronce ayudándonos a completar el mapa de distribución ciudadana.
Aun prescindiendo de las cecas no ubicadas con seguridad, éste resulta muy coherente: ninguna zona queda vacía de cecas, incluidos los Pirineos, lo que quiere decir que en la organización se engloba todo el territorio catalán, incluyendo las tierras aparentemente más marginales.
En lo que respecta a la organización, ya a la romana, de fines del siglo ii e inicios del i a.
C, los cambios son significativos y prefiguran la organización municipal que tendrá lugar a finales de siglo.
Las fundaciones comprobadas por la arqueología sobre realidades anteriores o ex nouo emiten en su mayoría monedas, algunas durante un breve período de tiempo (básicamente las nuevas).
Las cecas anteriores más importantes siguen, con alguna notable excepción para la que no es fácil encontrar explicación clara (casos de ausa o iltifka), si no es la tendencia a la reducción de talleres que aparece bien reflejada cuando se produce la municipalización augustea y las leyendas de los reversos tienen ya caracteres latinos.
Los Pirineos aparecerán huérfanos de entidades ciudadanas en esta etapa, lo que explica la posterior ausencia de municipios en los mismos.
A guisa de colofón, quisiera indicar que soy muy consciente de la provisionalidad de muchas de las posibilidades que se apuntan, como la referida, ciertamente hipotética, a alguna de las propuestas de ubicación de cecas, que necesitan de una comprobación que ojalá el futuro pueda precisar en su certeza o no. De hecho he apuntado una serie de sugerencias basadas en una lógica que sólo puede ser aparente, pero que he procurado que se apoyara en los datos históricos conocidos de tiempo y en los arqueológicos con que hoy contamos tras una década especialmente pródiga en novedades.
BIBLIOGRAFIA ADSERIAS, M., BURÉS, L., MIRÓ, M. T., y RAMÓN, |
En la primera parte se exponen las dificultades para la localización de la necrópolis a lo largo de este siglo y los datos arqueológicos que está aportando su excavación.
En la segunda se abordan los problemas estratigráficos y la dificultad de diferenciar la ciudad del 133 a.C. Finalmente se establecen las bases de relación entre necrópolis y poblado.
El descubrimiento de la necrópolis celtibérica, en 1993, y su excavación a lo largo de los tres últimos años, dentro del Plan Director aprobado por la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León, ha abierto nuevas perspectivas para abordar sobre nuevas bases el estudio e interpretación de Numancia, yacimiento clave para el conocimiento de la cultura celtibérica.
La necrópolis descubierta suscita una serie de preguntas previas, a las que tratamos de responder en este artículo: ¿cuál es su duración cronológica?, ¿con cuál o cuáles de las ciudades documentadas en Numancia se corresponde?, ¿qué datos tenemos para establecer esta relación?, preguntas que están directamente conectadas con uno de los problemas no resueltos en la ciudad, como es el de la estratigrafía, ya que, frente a la visión simplista de la Comisión de Excavaciones (VV.
Para determinar la planta de la ciudad que guarda relación con la necrópolis descubierta, además de valorar los datos estratigráficos conocidos, incorporamos una nueva información -desarrollada en otro trabajo (Jimeno y Tabernero 1996)-, extraída del estudio de las sucesivas planificaciones arquitectónicas que han dejado su huella en la planta urbanística conocida de la ciudad.
Pero el establecimiento de esta concreción suscita otra pregunta: ¿dónde están las necrópolis de las otras ciudades superpuestas?
BÚSQUEDA DE LA NECROPOLIS Y REFERENCIAS HISTÓRICAS Las excavaciones arqueológicas, realizadas en los inicios de este siglo, pusieron al descubierto una amplia superficie de la ciudad, pero no pudieron localizar la necrópolis, a pesar del extenso programa de sondeos (unos 53) realizados en tomo al cerro numantino (Mélida y Taracena 1923:12-14).
Se planteó incluso la posibilidad de que Escipión, al fortificar sus posiciones frente a Numancia, hubiera destruido la necrópolis para conseguir un efecto moral contra los sitiados (Mélida 1922: 178).
Los escritores de la Antigüedad describen un doble ritual de enterramiento entre los celtíberos; según Silio Itálico «dan sepultura en el fuego a los que mueren de enfermedad..., mas a los que pierden la vida en la guerra... los arrojan a los buitres, que estiman como animales sagrados».
La ausencia de la necrópolis de incineración llevó a centrar la atención, sin bases suficientes, en unos círculos de piedra situados en la ladera sur de Numancia (próximos a la necrópolis descubierta), como el lugar idóneo para la práctica de este segundo ritual, que aparecía reflejado en algunas escenas de guerreros muertos picoteados por rapaces, representadas en las cerámicas numantinas.
Estos círculos están rea-lizados con grandes piedras -algunas pasan de los 50 cm de altura-y tienen formas circulares u ovales, por lo general, con dimensiones de 3 m por 2,5 m, y uno de mayor tamaño, realizado con 32 piedras, es de forma trapezoidal y mide 12 m de largo por 6,50 m de ancho, disponiendo de un suelo empedrado.
Desconocemos la finalidad de estos círculos (destaca su poca homogeneidad), ya que para algunos autores pudiera tratarse de recintos sagrados o templos (Mélida 1922:174-176) e incluso de expositorio de enfermos para la cura por el sol (Iñiguez 1916); ni siquiera sabemos a qué momento corresponden, incluso cabe la posibilidad de que sean más recientes.
No obstante, la aparición de la necrópolis junto a estos círculos obliga a repensar y buscar una interpretación a estas estructuras.
La ausencia de necrópolis también llevó a reparar en los restos humanos, a veces numerosos, recuperados en la ciudad (VV.
1912:24-25): los de un niño inhumado, al parecer por debajo del suelo de una casa, y unas 12 localizaciones más, algunos restos formando concentraciones de más de 100 y 200 huesos, a lo largo de la calle D, una de las más largas de la ciudad.
Pero estos enterramientos no tienen por qué ser de época celtibérica, ya que el cerro estuvo ocupado en sucesivos momentos, desde el Calcolítico-Edad del Bronce a la Edad Media.
Reclamaron la atención diversos cráneos completos sin maxilar inferior, conservados en algunas estancias de las casas.
Destacan cuatro cráneos humanos sin maxilar inferior ni otros restos de esqueleto, documentados por Taracena al realizar trabajos de conservación, en 1940, en la manzana XXIII, que pusieron al descubierto 4 habitaciones de una casa.
La ordenada con el número cuatro proporcionó dos plantas, una superior de hasta 50 cm de profundidad y una cueva inferior (su base se situaba a 2 m) que ocupaba más de la mitad de la superficie de la planta superior.
Con los cráneos aparecieron carbones de las vigas del suelo superior, vasos de cerámica (plato con orla de peces, jarra pintada, pátera con pie y biberón con círculos concéntricos) y huesos de ganado, que procedían de una habitación superior a la cueva y cayeron en ella mezclados con los escombros que la cegaron; sobre esta cueva cegada se edificó posteriormente una casa de época romana destruida en el s. ii d.C. Taracena relaciona la conservación de estos cráneos con el ritual celta de las cabezas-trofeo (Taracena 1943).
A su vez, los trabajos de González Simancas sobre las fortificaciones proporcionaron dos tinajas pintadas celtibéricas de mediano tamaño con restos de huesos quemados, al parecer humanos, entre ce-nizas y tierra roja.
En la misma estancia de una de ellas, casi en el centro, se encontró un excepcional monumento labrado en caliza del país con forma de sarcófago, decorado con un relieve en la cara exterior de la cabecera con una «tau», muy semejante a otras grabadas en fragmentos y vasos de cerámica numantina (González Simancas 1926: 32-33).
Wattenberg, reparando en estos últimos hallazgos, indicaba que la situación de la necrópolis «es casi indudable que se encuentra en la zona norte y noreste de la población, donde excavara González Simancas», y en la que la Comisión de Excavaciones no realizó sondeos (Wattenberg 1963a:30), pero los trabajos de prospección, con apoyo de técnicas geofísicas, depararon restos y estructuras no funerarias, que hay que relacionar con establecimientos artesanales.
La necrópolis se localiza en la ladera sur del cerro donde se asienta Numancia y tiene una extensión de unos 10.000 metros cuadrados.
La excavación de esta necrópolis está aportando una importante información sobre la vida de los numantinos, ya que, a través del estudio de la estructura de las tumbas, los elementos de ajuar, la composición y organización del cementerio, así como de los análisis osteológicos, podemos conocer relaciones grupales y familiares y determinar la organización socio-económica (fig. 1).
MORFOLOGIA, ESTRUCTURA DE LOS ENTERRAMIENTOS Y ANÁLISIS ÓSEOS
La necrópolis ha proporcionado, hasta ahora, 156 tumbas.
El cuerpo del difunto con sus vestidos y adornos personales era incinerado en una pira «ustrinum» y las cenizas y restos de huesos quemados se depositaban directamente en un hoyo realizado en el suelo.
Las tumbas descubiertas ofrecen una estructura funeraria muy simple: consiste básicamente en un pequeño hoyo de dimensiones variables, limitado y protegido de forma parcial por algunas piedras, que a veces llegan a formar auténticas cajas; es frecuente la presencia de una pequeña laja de piedra hincada, dispuesta diferenciadamente entre las piedras que delimitan la tumba.
Los restos de cremación van acompañados de ajuares y ofrendas de distinta naturaleza -predominando los adornos de bronce y las armas de hierro-y de un pequeño vaso cerámico, posiblemente de ofrendas.
Algunos enterramien-tos están señalizados con estelas o piedras hincadas visibles al exterior (fig. 2).
Se están realizando análisis morfológicos y químicos de los restos óseos quemados, a cargo del Dr. Gonzalo Trancho, del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense.
Podemos comentar los resul-tados de los análisis practicados a los restos de 23 tumbas, que han proporcionado importantes datos para el conocimiento de aspectos relacionados con el ritual, así como con la dieta alimenticia, de la que se derivan implicaciones sociales, económicas y ambientales (Jimeno y Trancho 1996:38-39; Jimeno, Trancho et alii 1996).
Llama la atención la uniformidad de los restos humanos depositados en todas las tumbas, muy escasos y seleccionados -corresponden únicamente a zonas craneales y huesos largos-y fuertemente fragmentados, que hacen pensar en una acción intencionada (Gejvall 1980:484), abriendo una nueva perspectiva en la diferenciación de prácticas rituales en las necrópolis celtibéricas.
Todos los huesos humanos han sido cremados a una temperatura que oscila entre 600 y 800 grados C, lo que se ha podido determinar por su coloración y contenido orgánico.
Los huesos humanos corresponden únicamente a zonas craneales y huesos largos, lo que indica una selección de los huesos que se introducen en las tumbas.
Es frecuente que acompañen a los restos humanos huesos de fauna, a veces cremados, correspondientes a zonas apendiculares, costillares y mandíbulas.
Este ritual se conoce en otras necrópolis celtibéricas y se relaciona con porciones de carne del banquete funerario destinadas al difunto.
Un porcentaje alto de tumbas (31,8%) únicamente contiene restos de fauna, lo que hace pensar en enterramientos simbólicos, condicionados por la dificultad de recuperar el cuerpo del difunto.
Un aspecto destacado de la analítica es la determinación de la dieta alimenticia a través del análisis de oligoelementos contenidos en los restos óseos humanos.
La dieta de los numantinos era rica en componentes vegetales, con un peso importante de los frutos secos (bellotas) y pobre en proteínas animales, lo que dibuja claramente las bases de su economía mixta.
Pero, además, el conocimiento de la dieta de cada individuo permite relacionar su mayor o menor riqueza con las características de su ajuar y estatus, así como establecer las diferencias entre hombre y mujer.
CARACTERÍSTICAS DE LOS AJUARES Y ORDENACIÓN DE LAS TUMBAS: IMPLICACIONES SOCIALES
No podemos todavía ofrecer una información sistematizada de los 156 conjuntos funerarios descubiertos, ya que el estudio de los ajuares está en proceso de realización.
Pero la composición de los conjuntos funerarios nos permite adelantar algunos aspectos diferenciales que pueden guardar relación con la estructura social de los numantinos.
Fig. 3.-Plano de la necrópolis con los dos grupos de tumbas diferenciados.
Escala 1/500. la que se ubica la necrópolis, conteniendo sus ajuares mayoritariamente elementos de adorno y objetos de prestigio de bronce; otro grupo se sitúa en una posición más baja y está caracterizado por la presencia más generalizada de armas y objetos de hierro.
Esta diferenciación estaría en función del esquema de organización social de la ciudad (fig. 3).
Hemos seleccionado un ajuar de cada uno de estos dos grupos; así la tumba 38 presenta dos báculos de distinción o estandartes (10,6 cm de alto x 7,2 cm de ancho), decorados con dos prótomos de caballo, unidos por la grupa y montados por un jinete; el cuerpo de los animales está decorado con círculos concéntricos, siendo de mayor tamaño los dispuestos sobre las ancas; dos cabezas humanas se sitúan debajo de las cabezas de los caballos y otras dos ocupan el sitio de las patas; en este lugar confluyen los dos extremos de una horquilla en un elemento tubular inferior, de 3 cm de diámetro, que servía para encajarlos en sendos vastagos o astiles de madera, que iban protegidos en su parte inferior con conteras de hierro, también localizadas en el conjunto (fig. 4).
Se conoce otro estandarte similar procedente de la ciudad, que fue hallado por la Comisión de Excavaciones en Numancia en 1923, aunque ha desaparecido del Museo Numantino (Mélida et alii 1924:30), y posteriormente recogido por Schulten (1931:271; Lorrio 1994:239), lo que ha dado pie para interpretarlo como procedente de sus excavaciones.
Acompañan a estas excepcionales piezas una placa de cinturón rectangular de es-cotaduras cerradas (conservando el macho y la hembra) y bella decoración geométrica, cuatro fíbulas del tipo anular y de pie vuelto y otros fragmentos de fíbulas no identificables; así como unas nueve agujas de bronce muy fragmentadas, un resto de alambre serpentiforme correspondiente a algún adorno, varillas y restos de hierro no reconocibles.
En el conjunto 32, sustituyendo la figura del báculo de distinción o estandarte, parece estar una fíbula de bronce cuyo motivo decorativo lo constituye un caballo con jinete tocado con casco; finas incisiones paralelas señalan las riendas en el ollar y otras más finas decoran las zonas del cuello, círculos concéntricos configuran los ojos y decoran los cuartos delanteros y traseros del animal y pequeñas anillas se insertan en la crinera y la cola, para propiciar su tintineo con el movimiento (Jimeno 1994:56).
Al menos se reconocen otras siete variantes de ajuares a base de la combinación de placas de cinturón y fíbulas con agujas, varillas, cuentas de pasta vitrea y la presencia de pequeños vasos de cerámica.
El conjunto 2 es fiel exponente del segundo grupo con armas.
Lo componen dos puñales de frontón de hierro, uno sumamente doblado para su inutilización, dos fíbulas de bronce con disco decorado, una punta de lanza doblada y un pequeño cuchillo de hierro (fig. 5).
Se pueden establecer al menos ocho variantes de ajuar con algún elemento armamentístico (espadas, puñales, lanza, umbo de escudo, cuchillo), bocado de caballo, tijeras, fíbulas, placa de cinturón, presillas, canicas y cuentas de pasta vitrea y conteniendo un número muy variable de objetos, desde las que ofrecen unos 14 elementos a las que tienen 2 solamente.
Se practica en esta necrópolis de forma generalizada, al igual que en otras celtibéricas, la inutilización intencionada de todas las armas y objetos de metal (fig. 5).
Las armas aparecen fuertemente dobladas, así como los objetos de adorno realizados sobre chapa; las fíbulas aparecen completas, pero siempre tienen forzados los resortes; a su vez muchos de los objetos de metal recuperados, como las fíbulas y los broches de cinturón, muestran señales evidentes de haber sido incinerados acompañando al difunto.
Esta práctica trataba de evitar la separación del difunto de sus objetos personales, ya que existía una completa identificación entre la persona y éstos (las armas para el guerrero) como exponentes visibles de su propia identidad.
Los objetos eran «matados» a modo de sacrificio, con el fin de acompañar a su difunto portador para siempre (Sopeña 1987:85); también existen referencias etnográficas de la necesidad de la muerte ritual, la destrucción íntegra del objeto o el arma, para que su espíritu pueda acompañar al difunto al Más Allá (Reverte 1990:334).
CRONOLOGIA DE LAS TUMBAS EXCAVADAS
Las fíbulas, por su diversidad y frecuencia en el conjunto de la necrópolis, nos proporcionan una referencia para poder determinar su cronología global.
Hemos ajustado la clasificación tipológica de las fíbulas halladas en la necrópolis a la de Argente (1994), matizada por la de Cabré y Moran (1979y 1982), aunque no estamos de acuerdo con dicha clasificación, para poder establecer la comparación con la ordenación de las fíbulas de la ciudad realizada por este autor.
Los 156 conjuntos funerarios localizados hasta ahora aportan 151 fíbulas reconocibles -no se contabilizan las aparecidas fuera de las tumbas-; todas ellas son de bronce, a excepción de 6 realizadas en hierro.
Los conjuntos funerarios que contienen fíbulas son 71, siendo las más abundantes las de pie vuelto (69 ejemplares, 45,69%), seguidas de las anulares (45 ejemplares, 29,80%); en menor proporción están las simétricas (9 ejemplares, 5,9%), las de torrecilla (7 ejemplares, 4,63%), La Tene II (3 ejemplares, 1,98%), La Tene IIni A -Grupo IV de Cabré-Morán (1979:10)-(3 ejemplares, 1,98%), las de pie vuelto rematado en disco (5 circular y 1 cuadrado, 3,97%), las de caballito (2 ejemplares, una con jinete, 1,32%); con un solo ejemplar están representados otros tipos zoomorfos, una de pie zoomorfo en «S» y posible alfiler-fíbula (fig. 6).
El tipo de fíbula de pie vuelto está representado -él solo-en 23 conjuntos y en otros 15 va asociado a otras fíbulas; el tipo anular aparece -él soloen 13 conjuntos y acompaña a otras fíbulas en 15 tumbas; los tipos de torrecilla aparecen solos en 3 de los 7 ajuares con armas en los que están presentes; finalmente, los de pie rematado en disco o cazoleta con doble vastago de unión con el puente aparecen solos en 4 ocasiones y en asociación solamente en una.
La relación de estas fíbulas en una misma tumba -se conocen asociaciones en 21 tumbas-ofrece diferentes modalidades; así en 14 ocasiones encontramos juntos dos tipos: anulares-pie vuelto (en 7 ocasiones), pie vuelto-simétricas (en 2 ocasiones), pie vuelto-torrecilla (en 2 ocasiones), anular-torrecilla (en 2 ocasiones), pie vuelto-pie zoomorfo en «S» (en 1 ocasión), anular-torrecilla (en 1 ocasión) y pie vertical rematado en disco-simétrica (en 1 ocasión).
La asociación de tres tipos se observa en dos conjuntos: en uno anular-pie vuelto-caballito y en el otro anular-pie vuelto-La Tene II.
La asociación de cuatro elementos se documenta también en otros dos conjuntos: en uno anular-pie con disco cuadrado-pie vuelto-caballito y en otro anular-simétrica-torrecilla-La Tene II; finalmente un solo conjunto en donde se asocian cinco tipos: anular, pie vuelto, simétrica, La Tene II-IIIA y alfiler-fíbula (fig. 7).
Por otro lado, la asociación de puñal de frontón, espada meseteña de imitación de La Tene, buena representación de las puntas de lanza (Cabré 1990:220; García Soto-Mateos 1990:34) y fíbulas de disco y cazoleta (fase B2 de Schüle y tipo 7D de Argente) de cabecera perforada y doble vastago de unión del pie con el puente (copia de modelos látemeos avanzados), permite pensar en un marco cronológico a partir del 300 (Schüle 1969:143, 149; Cabré 1990:220; Cabré y Moran 1979:109; Argente 1994:78-83; Argente y Romero 1990:133-134) y que concretamos en la segunda mitad del siglo m a.C. e incluso la mitad del siglo ii a.C. Otras tumbas próximas a estos conjuntos muestran fíbulas de La Tene II, que apuntan a este momento más reciente, como se ha documentado entre los pueblos célticos del Suroeste (Berrocal 1992: 137).
En este sentido, también conviene recordar el ajuar número 13 de la necrópolis de Uxama, en donde una fíbula de La Tene III se asocia a un puñal de frontón y una espada de imitación de La Tene, que lleva a fecharlo en la primera mitad del siglo ii a.C. (Cabré 1990:218; García-Soto 1990:34).
Las referencias cronológicas de la necrópolis permiten relacionarla con la ciudad celtibérica de Numancia, destruida por Escipión en el 133 a.C, por lo que a continuación analizamos los problemas estratigráficos y las referencias arqueológicas existentes para poder identificar esta ciudad en el cerro de La Muela.
ESTRATIGRAFIA Y SUPERPOSICIÓN DE CIUDADES EN NUMANCIA
No contamos con noticias y documentación arqueológicas precisas que nos permitan señalar con exactitud el momento del surgimiento de las ciudades celtibéricas; sabemos de su existencia en los inicios de la conquista pero desconocemos la anti-
Fig. 7.-Diferentes asociaciones de fíbulas en las tumbas.
No obstante, la valoración de diferentes noticias sobre algunas ciudades nos lleva a admitir para el desarrollo del urbanismo un momento tardío y sólo ligeramente anterior al inicio de la conquista romana e, incluso, para algunos aspectos de dinamización de este fenómeno, como la escritura y la moneda, una etapa ya bajo control romano.
Todo ello nos ha llevado a plantear para la fundación de Numancia un momento poco preciso de inicios del siglo ii a.C. (Jimeno 1994; Jimeno y Morales 1993; Jimeno y Arlegui 1995).
Dejando aparte los restos dispersos de época prehistórica (del Eneolítico-Bronce e inicios.de la Fig. 8.-Planta urbana y superposición de ciudades: en línea negra gruesa la romana y en línea más fina la celtibérica (Taracena 1941).
puso al descubierto la planta urbana de las dos ciudades, constituidas por algo más de diecinueve calles y veinte manzanas, que permiten conocer su trazado y organización en torno a dos largas calles paralelas de ejes Nordeste-Sudoeste, cruzadas por otras once también paralelas de dirección Este-Oeste -mayor número de calles en esta dirección contraria al viento norte dominante-, formando una retícula uniforme, sin dejar espacios libres o plazas, pero los encuentros de las calles son escalonados para evitar las corrientes de aire.
Esta cuadrícula, con el centro ligeramente desplazado hacia el Oeste de la meseta, queda envuelta al Occidente por una calle semicircular paralela a la muralla que por el sur dobla pronto, internándose en la ciudad, y tiene todavía en esta dirección otras tres calles paralelas que parecen formar nuevos anillos concéntricos exteriores (fig. 8).
Un cerco murado se conoce en el cuadrante Noroeste y en un pequeño tramo del Nordeste.
En esta última zona es de sección trapezoidal, de 3,40 m de anchura en la base, formado con cantos rodados sin carear, conservado con dos metros de altura, precedido de un pequeño antemuro y con viviendas adosadas al interior, como en todos los poblados celti-béricos.
En el Noroeste tiene los mismos materiales y sección, pero es de espesor muy desigual y va aislado por una estrecha calle de ronda.
Sólo se han descubierto hasta ahora dos puertas de acceso a la ciudad, ambas en el cuadrante Noroeste y formadas por una simple interrupción del muro.
Las calles son de empedrado de canto irregular, con aceras de grandes cantos rodados y dotadas de piedras pasaderas a intervalos regulares para cruzar el arroyo.
Las manzanas rectangulares y las viviendas yuxtapuestas, de múltiples formas, corresponden mayoritariamente a época imperial romana; no obstante, el trazado de la ciudad inferior, al que se ajusta la superior, queda evidente en los arroyos de las calles, descubiertos por debajo de los de la ciudad superpuesta, y en alguna zona de casas rectangulares de tipo celtibérico.
Las casas de la ciudad infrapuesta son de zócalos de mampostería seca, de canto de río sin carear y elevación de cestería de ramas manteada de barro; las divisiones interiores son generalmente de adobe y las cubiertas debieron ser de ramaje y tierra.
Por lo general, tienen bajo la habitación de entrada una cueva o bodega, de entre 1,50 a 2 m de profundidad, donde se guardaban los alimentos.
Las casas de la ciudad romana superior son de pie-dra con cubierta vegetal y de mayores dimensiones y complejidad íjuncional, también con estancias subterráneas (Mélida 1922; Mélida et alii 1924; Taracena 1941; Ortego 1967; Jimeno et alii 1990).
Esta visión «oficial» asumía un dilatado período de tiempo, un siglo, durante el cual Numancia estuvo desocupada.
Frente a esta interpretación, los trabajos de Schulten, que se desarrollaron en la ciudad un año antes de los de la Comisión, muestran una mayor complejidad estratigráfica y superposiciones arquitectónicas no anotadas en el plano de la ciudad elaborado por la Comisión de Excavaciones.
Los trabajos del investigador alemán realizados en la manzana IV documentaron tres niveles que denominó «ibérico», «iberorromano» y «romano» (Schulten 1914:12-17), relacionados con estructuras superpuestas correspondientes a tres ciudades: una superior con construcciones más complejas y bien documentadas de época augustea; otra inferior, relacionada con la del 133 a.C, con casas rectangulares (con distribución tripartita de su espacio y bodega) apoyadas en la muralla; otra intermedia sobre los restos numantinos, también con casas rectangulares, como las de la ciudad anterior, pero con orientación distinta (fig. 9).
Se podría, pues, suponer, decía Schulten, que a partir del año 133 a.C, «a algunos iberos comarcanos, tal vez los que recibieron las tierras de los numantinos, les fue permitido es-tablecerse en las ruinas».
Este pequeño establecimiento desapareció luego al levantarse la ciudad romana (Schulten 1945:255).
Esta mayor complejidad estratigráfica queda reflejada sobre todo en los trabajos de González Simancas, miembro de la Comisión de Excavaciones que se encargó de documentar el sistema defensivo de la ciudad, quien, alejándose de la interpretación «oficial», llama la atención sobre la existencia de más de un nivel de incendio, diferenciando una muralla pre-escipiónica, dos ciudades incendiadas celtibéricas, una ciudad romana imperial y otra del Bajo Imperio (González 1926:39), pero estas observaciones no serán tenidas en cuenta (Romero 1991:405).
Serán los trabajos de Wattenberg (1960Wattenberg (, 1963aWattenberg ( y 1963b) los que incidan sobre lo apuntado por González Simancas, reinterpretando a su vez las estratigrafías proporcionadas por Konen (arqueólogo que trabajó con Schulten).
Wattenberg atenderá cuidadosamente y entresacará de los textos clásicos aquellos momentos en los que Numancia se vio involucrada en conflictos bélicos y supuestamente destruida, relacionando los tres niveles de incendio que ofrecen estas estratigrafías con otros tantos momentos históricos, que relaciona con el 133 -el más potente-, uno segundo que sitúa entre el 133 y el 75 a.
C. y el tercero entre este año y el 29 a.C, con lOm.
Esta interpretación estratigráfica es acorde con la nueva ordenación que Wattenberg estableció para las cerámicas numantinas, tanto monocromas como polícromas, a lo largo del siglo i a.C, afirmada por trabajos posteriores que han establecido relaciones entre la iconografía numantina y las acuñaciones monetarias indígenas, manteniendo la idea de que la figura humana se incorpora al repertorio iconográfico numantino, al igual que algunos otros elementos, bajo la influencia romana e, incluso, prolongándose las polícromas a los inicios del Imperio (Wattenberg 1963a; Romero 1976:177-189).
Pero, a su vez, este esquema tiene también algunos puntos débiles.
En primer lugar, todas las conclusiones estratigráficas se deducen de cortes practicados en una superficie reducida de la ciudad; ofrece una visión de la ocupación de Numancia continuista, sin interrupciones, desde la base indígena más antigua hasta la época imperial romana; finalmente, resulta evidente en esta interpretación el dirigismo que ejercen los acontecimientos bélicos acaecidos en la Celtiberia, narrados en las fuentes, y es problemático que éstos queden reflejados tan minuciosamente en una parte reducida de la ciudad.
En el futuro, la valoración de estos trabajos habrá que hacerla a la luz de los datos estratigráficos del cerro en su totalidad.
L MUROS CELTIBÉRICOS MUROS CELTIBERO-ROMANOS
Estos trabajos coinciden, frente a los «oficiales» de la Comisión, en la observación de una mayor complejidad estratigráfica y la existencia de una o más de una ciudad a lo largo del siglo i a.
C, con anterioridad a la de época imperial romana.
Ante esta perspectiva, el hallazgo de la necrópolis de incineración plantea el problema de determinar si corresponde a la ciudad destruida en el 133 a.C. o al poblamiento celtibérico, que indudablemente existió a lo largo del siglo i a.C, o si pudo ser utilizada con anterioridad a la famosa destrucción y continuar en uso en época posterior.
LA HUELLA DE LAS SUCESIVAS CIUDADES SOBRE EL PLANO DE LA CIUDAD
El análisis de la planta visible de la ciudad, a través de los planos y fotografías aéreas disponibles, tanto antiguos como modernos, nos ha permitido diferenciar aquellas líneas e irregularidades que se apartan del trazado armónico de la urbanística conocida y que creemos que son huella de los sucesivos trazados urbanos que se sucedieron en el cerro de la Muela de Garray.
Al conocimiento de la urbanística y de la información aportada por las excavaciones hay que añadir los datos proporcionados por la fotografía aérea, a través de diferentes vuelos, antiguos y modernos, en blanco y negro, color e infrarrojos.
El conjunto de toda esta información nos ha proporcionado referencias para determinar diferentes configuraciones urbanas qué deben de corresponder a distintas ciudades y/o ampliaciones de recintos urbanos inicialmente más pequeños.
La zona sur es la que ofrece una mayor información a la hora de analizar los sucesivos planeamientos urbanísticos.
Se observa uno interior, más antiguo, de forma semicircular, a partir del cual se ajustaron las diferentes ampliaciones y/o ciudades posteriores.
La ordenación semicircular vendría impuesta tanto por las características de la pendiente, como por la existencia de un cierre murado con ese geometrismo en esta zona, ya desde la ciudad celtibérica más antigua.
De esta manera hemos podido diferenciar recintos y estructuras urbanas correspondientes a la ciudad del 133 a.C, del siglo i a.C, de época imperial romana y el cerco amurallado bajoimperial, que nos permiten ahora poder relacionar con la necrópolis descubierta (fig. 10).
Esta ciudad la conocemos muy mal arqueológicamente pero las escasas referencias que podemos manejar nos permiten ponerla en relación con la necrópolis descubierta.
Apiano y Orosio indican que el perímetro de la ciudad era de 24 estadios (185 m por estadio) y 3.000 pasos respectivamente, que equivalen aproximadamente a unas 150 ha (Mélida 1922:170), lo que no responde a la realidad de la topografía y la documentación arqueológica.
Schulten (1914Schulten (, 1945Schulten (, 1957)), ajustándose al texto de Apiano, imaginaba Numancia sin defensa exterior, alcanzando un total de 93 hectáreas para acoger a los pueblos refugiados y coronada por una acrópolis de 7,2 hectáreas.
Esta interpretación fue compartida en general (Mélida 1922:173), pero Taracena planteó objeciones a esta explicación de Schulten por no encontrar contrastación arqueológica y consideró que la ciudad compacta y murada era mucho mayor de 7,2 hectáreas, alcanzando una superficie intramuros de unas 22 hectáreas ó 24 si se incluye el arrabal de Saledilla, siendo la mayor del territorio arévaco (Taracena 1941:71).
Los cálculos actua- les sobre la realidad arqueológica conocida distan mucho de alcanzar esta cifra.
La delimitación de esta ciudad sobre el plano de la ciudad conocida está determinada por la alineación semicircular más interna de la zona sur, correspondiente al cierre de la muralla en este lado.
Esta alineación más interior queda reflejada en el lado oeste por las adaptaciones constructivas posteriores que sufrió esta zona, al ser ampliado el espacio habitable hasta una nueva línea defensiva.
Como consecuencia de esta adaptación, la zona más exterior de las manzanas en este lugar acusa una ligera flexión a la altura de la anterior alineación.
Por la zona Este es la fotografía aérea y los restos de excavación los que permiten señalar, con alguna duda, la línea de este perímetro, que continúa hacia el Norte, por donde cierra en forma semicircular, situándose en su zona central otra de las puertas de entrada.
El espacio habitado de la ciudad se debió reducir a esta zona alta, que ocupa una extensión de unas 7,6 ha (7,2 ha según Schulten); pero cabe pensar que esta línea defensiva no fue la única, ya que esta muralla superior deja sin controlar diferentes zonas de acceso, por lo que hay que admitir la existencia de otro u otros recintos murados en las laderas del cerro.
La interpretación de más de un recinto murado está presente desde el primer plano que conocemos de Numancia, realizado por Loperráez (1788) en el siglo xviii; también Schulten reparó en diferentes ali-neaciones, visibles en las laderas del cerro, identificándolas con líneas de defensa.
La reanudación de los trabajos arqueológicos en Numancia, en el marco del Plan Director de la Junta de Castilla y León, conlleva la documentación del sistema defensivo de la ciudad, por lo que se están realizando cortes en la ladera Oeste del cerro para su localización.
Estos trabajos han revelado la gran alteración que ha sufrido esta ladera por su acondicionamiento para cultivo por medio de bancales, pero a su vez han documentado un derrumbe, cuyas características permiten relacionarlo con uno de estos muros defensivos, aunque su confirmación necesite de nuevas comprobaciones y una más amplia información.
Si esta línea defensiva se confirma tendríamos que admitir zonas libres -desde el núcleo urbano superior hasta esta muralla-susceptibles de ocupación, en caso de necesidad, por las poblaciones del entorno o aquellos que se incorporaran a la defensa de la ciudad (caso de los segedenses), pero que nunca superaría la extensión de 4 ha.
La organización urbanística de esta ciudad es difícil de determinar, ya que poseemos escasos datos sobre ella, pero las referencias arqueológicas indican una disposición de los espacios habitados y de las casas de forma diferente a la urbanística conocida posteriormente.
Esta diferencia se apoya en el análisis de la distribución de materiales arqueológicos que de este momento hemos realizado sobre el plano de Numancia, pudiendo comprobar cómo estos restos (diferentes tipos de fíbulas), que podrían remontarse al 133 a.C, no se insertan en las manzanas de casas conocidas, produciéndose su localización a lo largo de las calles, en las que se ha utilizado material echadizo anterior o se ha profundizado frecuentemente hasta el manto natural, descubriendo los restos de la ciudad más antigua; ello nos hace sospechar que estos espacios pudieron estar destinados en un trazado inicial a casas y estar indicando un plan urbanístico diferente del que ahora conocemos.
Arqueológicamente encontramos bases para documentar la existencia de esta ciudad en los hallazgos numismáticos, ya que los ejemplares más antiguos se fechan desde el 195 al 133 a.C, destacando como más abundante el numario romano republicano (22 ejemplares) y después el ibérico (destaca sekaisa con 5 ejemplares).
La abundancia del numario republicano hay que relacionarla con la presen-cia de los ejércitos romanos en esta zona con motivo de las guerras celtibéricas (153 a 133 a.C).
A este mo- mento deben corresponder las escasas armas halladas en la ciudad, que se reducen a algunas empuñaduras de espadas, tres puñales biglobulares, algunas puntas de lanza y cuchillos curvos, que armonizan bien con los tipos hallados en las necrópolis celtibéricas de este momento (Lorrio 1994:236-242) y en la de Numancia (Jimeno y Morales 1993y 1994).
PORCENTAJES DE FIBULAS APARECIDAS EN LA CIUDAD
RELACIÓN CIUDAD 133 A.C.-NECROPOLIS Los datos analizados aportan información suficiente para establecer la relación de la ciudad celtibérica del 133 a.C, mal documentada estratigráficamente, con esta necrópolis, que ofrecerá, a través del conocimiento mejor y más profundo de sus ajuares, bases de referencia para diferenciar la cultura material de esta ciudad.
La necrópolis se sitúa en la ladera sur del poblado, en su zona media-baja.
El poblado y la necrópolis como lugares de culto antiguos han quedado señalizados con sendas ermitas relacionadas con un poblamiento medieval, la de Los Mártires de Garray y San Antonio de Garrejo, en cuyas tierras se ubica la necrópolis.
La necrópolis era perfectamente visible desde los campamentos romanos de La Rasa, Dehesilla y Molino de Garrejo, pero estaba separada de éstos por los ríos Duero y Merdancho.
La distancia desde la zona más alta del cerro (centro de la ciudad) es de unos 550 m y desde el límite de la ciudad de unos 300 m, aunque un posible recinto murado, que limitaría la necrópolis por su zona alta, podría situarse a unos 35 a 40 m.
La necrópolis solamente sería visible desde este lugar adelantado, pero no desde el poblado (fig. 12).
El viento dominante es el de Norte, por lo que la necrópolis al situarse en la zona sur queda a resguardo y a su vez el viento dominante alejaría los humos de las cremaciones y los olores de la ciudad.
El camino de acceso a la ciudad, que entraría por la puerta sur, pasa al lado de la necrópolis.
Un aspecto a destacar en la ubicación de las necrópolis celtibéricas, al igual que la de Numancia, es su relación con cauces de agua, como ya indicaba el Marqués de Cerralbo: «yo encuentro tantas estaciones porque excavo en las riberas de los ríos... como busco los yacimientos neolíticos en las cimas de los montes y las necrópolis ibéricas en las vegas, teniendo por indicadoras señales ríos, arroyos, fuen-tes o pozos de agua salada...»
La necrópolis está entre dos ríos, el Duero, un poco más lejos, a poco más de 300 m, y el Merdancho a unos 200 m, que desemboca en el Duero a unos 400 m de la necrópolis.
Creemos que en la elección del espacio para las necrópolis juega un aspecto importante la proximidad y disposición en relación a los cauces de agua disponibles en la zona (Jimeno y Heras 1996), que hay que relacionar con la importancia de este elemento en el ritual funerario.
Como bien ha expuesto Sopeña (1987: 117-126), en las concepciones celtibéricas de ultratumba entran en conjunción tres elementos: aire, fuego y agua.
La muerte se entiende como el cambio de estado entre la tierra y el cielo.
El «tránsito» se realiza a través del aire, que aparece como vía migratoria por la que las almas ascienden a lo alto, transportadas por las aves, que aparecen como animales sagrados, psicopompos.
Pero en este tránsito purificatorio del alma se conjugan tres elementos: aire (simbolizado en las aves), fuego (la pira funeraria) y agua, representada en los peces, que al igual que las aves, ascienden en su medio desde el fondo a la superficie; pero a su vez el pez es el devorador devorado y en diferentes mitologías, como las del ámbito latino, es también un animal psicopompo que transporta las almas hacia las islas de los Bienaventurados.
La importancia de esta simbologia acuática está bien representada en la cerámica numantina: un pez que intenta tragarse a un caballo, cuya cola termina en cabeza de toro; o el gran «Vaso de los toros», con tetrasqueles y ruedas solares en su cuerpo y bajo ellos un pez; dos hipocampos devoradores de peces ante la presencia de un gallo; o la representación conjunta de caballo, pájaro y pez; la alternancia radiada de peces y pájaros o peces solos en torno a un centro (Sopeña 1987:125 y 126).
Los tipos de fíbulas aparecidos en la necrópolis se corresponden plenamente con los conocidos en la ciudad (fig. 13).
Tanto en la ciudad como en la necrópolis, los tipos mejor representados son los de pie vuelto, más abundantes en la necrópolis (45,69%) que en la ciudad (29,46%), seguidos de los anulares, igualmente más abundantes en la necrópolis (29,80%) que en la ciudad (6,5%); también las fíbulas de pie vuelto rematado en disco están mejor representadas, dentro de su poca frecuencia, en la necrópolis (3,97%), que en la ciudad (0,89%); pero los demás tipos son más abundantes en la ciu- dad que en la necrópolis, destacando las fíbulas de La Tene II-III A (Grupo IV de Cabré-Morán) bien representadas en la ciudad (20,53%) y escasas en la necrópolis (3,97%), seguidas de las de torrecilla (10,26% en la ciudad y 4,63% en la necrópolis), de caballito (9,82% en la ciudad y sólo 1,32% en la necrópolis), de las simétricas (8,92% en la ciudad y 5,96% en la necrópolis), estando escasamente representadas en ambos los tipos zoomorfos diferentes del caballito (3,12% en la ciudad y 1,32% en la necrópolis), las de pie zoomorfo en «S» (1,78% en la ciudad y 0,6% en la necrópolis) y el denominado tipo clásico de La Tene II (Grupo V de Cabré-Mo-rán) escasamente representado en la ciudad y en la necrópolis (0,89% y 1,98% respectivamente).
No tenemos documentados hasta el momento en los conjuntos cerrados de la necrópolis los tipos de La Tene II-III B (Grupo VII y IX de Cabré-Morán) y los de La Tene III (Grupo VIII de Cabré-Morán), que en la ciudad alcanzan el 6,24% y el 1,78% respectivamente.
Las asociaciones de fíbulas documentadas en veinte tumbas de la necrópolis indican la coetaneidad de la mayoría de los tipos aparecidos; es decir, se da la confluencia de las fíbulas consideradas más antiguas, como las de pie vuelto vertical con rema- te en disco o cuadrado o las de pie vuelto de La Tene I, y las que inician su andadura, como las de La Téne U-II A -Grupo IV de Cabré-Morán (1979:10;1982:20)-y II, que no superan cronológicamente el 100 a.C, como también se ha documentado en los castros de la Beturia céltica (Berrocal 1992: 137).
Por otro lado, hay que señalar la ausencia de los tipos de La Tene III -Grupo VIII de Cabré-Morán (1979:10)-, característicos a lo largo del i siglo a.C. Todo ello permite situar cronológicamente esta necrópolis a lo largo del siglo ii a.C, desde la fundación de Numancia a finales del siglo III o, quizás mejor, a principios del siglo n a.C, finalizando con la destrucción de la ciudad por Escipión en el 133 a.C (fig. 14).
Este marco cronológico está avalado por la ausencia en la necrópolis de las cerámicas monocromas y polícromas, lo que indica también una cronología anterior al siglo i a.C, ya que, aunque desconocemos el tiempo que Numancia estuvo deshabitada después del 133 a.C, abundantes restos hallados indican una profusa ocupación a lo largo del siglo I a.C. y es precisamente a esta fase de la vida de la ciudad a la que corresponden sus producciones cerámicas monocromas y polícromas, que, como Wattenberg y trabajos posteriores han demostrado, deben ordenarse a lo largo del siglo i a.C, e incluso las especies polícromas alcanzarán los primeros momentos del Imperio (Wattenberg 1963a; Romero 1976; Arlegui 1986).
Los tipos cerámicos de la necrópolis consisten en pequeños vasos oxidantes lisos o pueden llevar alguna línea pintada, lo que estaría indicando una cerámica anterior a las producciones generalizadas del siglo i a.C.
Otro argumento negativo es la ausencia en las tumbas de material romano, como la cerámica campaniense, bien conocida en la ciudad; así como de monedas, teniendo en cuenta que el mayor número de las poco más de 300 monedas ibéricas, autónomas y romanas republicanas (Domínguez 1979; Romero y Martín 1992; Vidal 1993), se concentra entre el 133 y el 75 a.C, consecuencia del auge de las acuñaciones ibéricas, que conlleva un aumento de monedas y diversidad de cecas.
Pero también estos datos reflejan el pulso y auge de la ciudad y por tanto la presencia de una ocupación importante en este momento del siglo i a.C, lo que indica una cierta continuidad de la ocupación de Numancia con posterioridad a su destrucción, negando el supuesto de que no se volvió a ocupar hasta época augustea.
Esta ocupación prolongada a lo largo del siglo i a.C. se refleja en el incremento de monedas a partir del 27 a.C, procedentes de cecas del entorno del valle del Ebro más próximo a Numancia: Turiaso, Calagurris y Bilbilis (Jimeno y Martín 1995:187).
PORCENTAJES DE FÍBULAS APARECIDAS EN LA NECRÓPOLIS Y EN LA CIUDAD |
encontrado en los últimos años.
Algunas corresponden a un epígrafe monumental del año 9 aC que debe conmemorar la concesión a la ciudad -tal vez la Ilunum citada por Ptolomeo-de un estatuto privilegiado, en un proceso similar al de la municipalización de otras ciudades de la Meseta.
Hay también estelas funerarias de diverso tipo, con formas y nombres que atestiguan relaciones con la alta Andalucía y el interior de la Península.
Desde el año 1988 venimos desarrollando el proyecto de investigación 'Tolmo de Minateda', que tiene como objetivo el estudio arqueológico de este yacimiento y de su área de influencia, en el municipio de Hellín, provincia de Albacete.
Hasta el momento se han publicado varios estudios de carácter' Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto GV-2402/94, Organización del Poblamiento y del Territorio en el área suroriental de la Península Ibérica, del Programa de Proyectos de Investigación y Desarrollo Tecnológico de la Generalitat Valenciana.
Su autor se ha beneficiado asimismo de una ayuda para estancias cortas en el extranjero {Deutsche s archaologisches Institut, Berlín) de la Generalitat Valenciana durante los meses de julio y agosto de 1995.
Los trabajos de campo que están en la base de esta investigación han sido financiados en su mayor parte por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, aunque en ocasiones han colaborado también la Diputación Provincial de Albacete, el Instituto de Estudios Albacetenses y el Ayuntamiento de Hellín.
El autor quiere agradecer sus aportaciones a estos organismos y a todos los miembros del equipo su constante dedicación, sin la cual este trabajo no hubiera podido llevarse a cabo; y especialmente al profesor J. M. Abascal su colaboración en la realización de los calcos y sus acertadas observaciones. general, estando en avanzado proceso de elaboración la memoria de los trabajos realizados entre los años 1988 y 19951 La ocupación del yacimiento, que cubre en su época de máximo apogeo una superficie de algo más de 10 Ha (fig. 1), se inicia en el Bronce Medio y finaliza a comienzos de la época islámica; se extiende, por tanto, a lo largo de unos 2.500 años, aun- ^ L. Abad, S. Gutiérrez y R. Sanz, El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), Albacete, 1993; Eidem, «El proyecto arqueológico "Tolmo de Minateda" (Hellín, Albacete).
Nuevas perspectivas arqueológicas del Sureste peninsular».
L. Abad y S. Gutiérrez, «lyih (El Tolmo de Minateda, Hellín, Albacete).
Una civitas en el limes visigodo-bizantino».
Antigüedad y Cristianismo, vol. dedicado a la cueva de La Camareta (Hellín, Albacete), e.p.
También L. Abad y R. Sanz, «La cerámica ibérica con decoración figurada en la provincia de Albacete.
S. Gutiérrez Lloret, «La producción de pan y aceite en ambientes domésticos.
R. Sanz Gamo, Cultura ibérica y romanización en tierras de Albacete; los siglos de transición.
L. Abad, S. Gutiérrez, R. Sanz, F. Sala, J. López y M. T. Rico, Proyecto de investigación arqueológica "Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete)".
Memoria inédita entregada en la Dirección General de Patrimonio de la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.
que la ocupación no resulte uniforme ni homogénea durante todo este período.
Hasta el momento se ha excavado un enterramiento de la Edad del Bronce, una necrópolis de fines de época ibérica y de comienzos de la romanización, un complejo recinto defensivo con varias fases de realización, y un trecho del camino que unía la ciudad con la vía Complutum-Carthago Noua, no documentada en los itinerarios antiguos pero atestiguada por un buen número de miliarios (fig. 2).
Esta vía, que en el siglo xi estaba aún en uso según describe el geógrafo Al-'Udrï, sube hacia el cerro por una antigua vaguada denominada El Reguerón, único lugar por el que podían acceder los vehículos (fig. 3) y donde se ha documentado un conjunto de cuatro recintos defensivos (fig. 4).
El más antiguo corresponde a una muralla ataludada construida con bloques irregulares y cimentada sobre la propia roca, cuya cronología definitiva debe-Fig.
3.-Vista general del área excavada, con la vía y las estructuras defensivas al fondo.
rá concretarse en los próximos trabajos de campo, pero cuya parte superior parece corresponder a época ibérica plena; inmediatamente por delante se construyó, a finales del siglo i aC, una muralla de opus quadratum almohadillado, que recorta y talla la roca para facilitar su asiento, y cuyas hiladas inferiores se conservan aún in situ.
A mediados del siglo vi d.C. se edificó una nueva muralla, que en parte asienta sobre la roca y en parte sobre los derrumbes anteriores.
En su paramento externo se reutilizan spolia o piezas reaprovechadas de monumentos más antiguos, desde sillares de diverso módulo hasta estelas funerarias, pasando por elementos arquitectónicos (cornisas, molduras, etc.).
El resultado es una muralla bastante irregular, con hiladas de diferente altura y cuyo muro de cierre sólo tiene regularizada la cara exterior, ya que en la interior la diferencia de medidas de los sillares originó huecos que se rellenaron con otros menores o con piedras de diverso tamaño.
El espacio interior se macizó con capas de piedras, entre las que se incluyen esculturas, elementos arquitectónicos no aptos para su utilización en el propio muro y epígrafes fragmentados.
Las hiladas inferiores de este relleno se disponen en forma de opus spicatum y se traban con mortero; su unión con el muro se efectúa mediante tizones que actúan a modo de tirantes y que en ocasiones son también spolia de dimensiones adecuadas.
Los epígrafes reutilizados en el muro tenían el campo epigráfico hacia arriba o hacia abajo, oculto en cualquier caso por las hiladas inmediatas, lo que hace que no resulte posible identificar entre los que aún permanecejí in situ aquellos que contienen testimonios epigráficos.
Cuando el muro se derrumbó hacia el exterior arrastró consigo buena parte de sus sillares y del relleno que contenía.
Entre los primeros había epígrafes funerarios y parte de una inscripción monumental cuya reconstrucción presenta aún numerosas lagunas (fig. 5); durante la campaña de 1995 se ha encontrado otro sillar correspondiente a este mismo conjunto reutilizado en una presa al norte del Tolmo tras el desmonte de la muralla ^.
^ Estos testimonios epigráficos, y los demás que aquí estudiamos, deben añadirse a los conocidos de antiguo como procedentes del Tolmo de Minateda y su entorno, que fueron estudiados recientemente por J. M. Ábascal en Inscripciones romanas de la provincia de Albacete, Albacete, 1990, 54 s. En las diversas campañas de excavación han aparecido también pequeños fragmentos de otras inscripciones que aportan poco a los problemas que en este artículo planteamos y que serán incluidos en la publicación general de los trabajos realizados.
EPIGRAFES PROCEDENTES DE LA ZONA DE EL REGUERÓN
Sillar de biocalcarenita reutilizado en el muro sur de la torre septentrional, con el campo epigráfico hacia arriba y cubierto por otros sillares.
La descomposición de la parte exterior de uno de éstos permitió observar, durante el proceso de excavación, parte de las letras de la cuarta línea, que se encontraban bastante desgastadas (figs. 6 y 7).
Dado el peligro de desaparición que corrían, se decidió recuperar la inscripción.
Para ello, un equipo de canteros del Museo de Mérida procedió al desmonte de las dos hiladas superiores que aún se conservaban in situ.
La inscripción se encuentra hoy en el Museo Comarcal de Hellín.
Mide 154 x 43 x 32 cm. Algunas letras -todas las de la primera y segunda líneas y algunas de la tercera y cuarta-presentaban restos de pintura roja.
Su estado de conservación es bueno; la parte izquierda está bastante alterada, aunque ello sólo afecta al comienzo de la cuarta y última línea; por la derecha, la superficie fue rebajada parcialmente para facilitar el asiento del sillar superior, lo que trajo consigo la desaparición de las letras finales de varias líneas.
Aún son visibles las marcas del cincel, que discurren de arriba a abajo.
El campo epigráfico ocupa casi toda la superficie, y aún se conservan vestigios del pautado en la parte central entre la primera y segunda línea y por encima y por debajo de la cuarta.
La altura de las letras es de 7,5 cm. Tres de los cuatro renglones se encuentran alineados verticalmente por la izquierda y parece probable que también lo estuvieran por la derecha.
Las interpunciones tienen forma de triángulo isósceles, con el vértice superior orientado hacia la izquierda.
Bibliografia: L. Abad, S. Gutiérrez y R. Sanz, «El proyecto...» cit. (nt.
No hay interpunción entre T y M, pero en cambio entre las letras de Martius existen unos ligeros rehundimientos -dos entre la i y la u-poco perceptibles y muy diferentes de las interpunciones del resto de la inscripción.
Quetas y no Quietus, ya que la E no presenta vestigio de nexo o ligadura con una posible L L3.
En el momento del descubrimiento podía aún advertirse que la inicial del praenomen era G. Ligadura NV en Grattianus.
Muy perdidos los signos iniciales, son sin duda los correspondientes al número IL A simple vista la O podría parecer una Q, pero el posible trazo oblicuo de la Q no es sino parte de una rotura posterior que cruza toda la letra e hizo saltar la pintura roja en la parte de la O donde incidía.
En este epígrafe aparecen tres individuos; el pri-mero lleva praenomen y nomen, cuya última letra falta; no parece que quedara sitio para un cognomen, por corto que éste fuese; es posible que la S estuviera más alejada y se alineara verticalmente con la S final de los cognomina de las líneas inferiores; en este caso, la distancia entre la V y la S finales sería la misma que la existente entre la T y la M iniciales.
Podría ocurrir también que la S estuviese más próxima a la V y que el espacio restante se reservase para la abreviatura de algún cargo, de forma similar a como ocurre -aunque aquí de manera conjuntacon los dos individuos que aparecen a continuación.
La onomástica de las personas citadas en la inscripción resulta de interés: la gens Martia se encuentra poco difundida en la península ibérica, donde se documenta en cinco ocasiones, tres en la parte occidental y dos en Cástulo, una de ellas también sin cognomen', como nombre único aparece en Játiva (Valencia)'^.
"* Las referencias onomásticas para Hispânia se hacen tomando como base el libro de J. M. Abascal, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia, Madrid-Murcia, 1994, que resulta imprescindible para el estudio de los nombres y su distribución en Hispânia.
En adelante, y cuando no se indique otra cosa, la contabilización de los testimonios epigráficos se hará a partir de esta obra.
La gens Fuluia está mucho más extendida, especialmente por la Tarraconense y en concreto en la ciudad de Tarraco, aunque llega hasta la Meseta y la parte oriental de la Bética.
De especial interés son los testimonios de Sagunto, Liria, Valencia, Játiva -con cinco ejemplares-, Alicante y Cartagena.
El cognomen Quietus es también de muy amplia difusión, similar a la del propio nomen Fuluius, aunque la versión Quetus que aquí aparece resulta bastante más rara, documentándose sólo en Tarragona y Villanueva de la Sagra (Toledo).
Los Gratín se atestiguan en Tarragona y el litoral mediterráneo (Liria, Játiva y sobre todo Sagunto).
El cognomen Grattianus, en Tarragona y Benavites (Valencia).
Conjunto de siete sillares correspondientes a una inscripción monumental que debía contar en total con unos veinte.
Entre ellos se encuentran sillares de mayor altura, que albergan dos líneas, y sillares de altura simple -la mitad de los anteriores-, con sólo una.
La inscripción se realizó sobre los sillares ya colocados en su emplazamiento definitivo, como prueban las letras talladas sobre dos contiguos, sin que la unión entre ellos supusiera obstáculo alguno.
Sillar de biocalcarenita de [80] x 64 x 44 cm que se encuentra aún in situ, al formar parte de la propia estructura del derrumbe del lienzo occidental del baluarte, sin que pueda ser removido sin grave riesgo de desprendimiento del resto de los sillares.
Campo epigráfico, 55 x 21,5 cm. UE 2066 (figs. 8 y 9). algo más alto que el resto de los que conforman la inscripción, y las letras son asimismo algo mayores, de 21,5 cm de altura, lo que ha hecho dudar, en alguna ocasión, de su pertenencia al grupo; sin embargo, el conjunto de sus rasgos parece avalar su correspondencia.
Sillar de biocalcarenita de 108 x 59 x 47 cm. Procede del derrumbe occidental del baluarte y pudo ser extraído y llevado al Museo de Albacete, donde se encuentra.
Entre la I y la S, una rotura de la piedra dificulta la interpretación; parece original y no haber afectado ai texto escrito, ya que no se conserva ninguna huella en la parte no alterada por la rotura; en todo caso, lo único que podría haber desaparecido -aunque no parece probable-sería una interpunción.
La lectura correcta podría ser [-]tani-s(-)'o(-).
Altura de las letras, 21 cm.
El campo epigráfico, de 112 x 48 cm, abarca casi todo el sillar.
La T y la N, iniciales de la primera y segunda línea, se encuentran sólo labradas en parte, pero presentan rasgos suficientes como para identificarlas como tales.
Sillar de biocalcarenita de [91] x 32 x [-] cm. Del derrumbe occidental del baluarte.
Se encuentra aún in situ.
Presenta una sola línea inscrita, de acuerdo con la altura del sillar.
Vestigios de pintura roja en las letras.
El campo epigráfico, de 108 x 49 cm, abarca casi todo el sillar, aunque la segunda línea arranca no del borde, como la primera, sino de algo más adentro, comprobándose que no existía ninguna letra por delante de ella.
El [ugustus] de la primera línea y la [te-] de la segunda, en el sillar 2.7.
En su parte superior, el sillar muestra huellas de una grapa en forma de cola de milano y cuatro pequeñas muescas, posiblemente para facilitar su manejo.
El [uso] en el sillar 2.5.
El campo epigráfico, de 93 X 20 cm, abarca casi todo el sillar.
Letras muy gastadas, de 19 cm de alto, por encontrarse en un lugar por donde discurrían las aguas.
Sin embargo, en su estado original debieron alcanzar los 21 cm, ya que el surco casi ha desaparecido.
Sillar de biocalcarenita de [49] x 33 x [-] cm. Del derrumbe occidental del baluarte (fig. 9).
Se encuentra aún in situ en una posición que no permite el estudio de toda su superficie.
Una línea inscrita, de la que sólo se conserva la mitad superior, muy gastada por los mismos motivos que la anterior.
Parte del sillar fue retallado en el mo-mento de su reutilización, lo que causó la desaparición de parte de las letras.
En la cara superior, huellas de una grapa en forma de cola de milano.
Ubicación inmediata al sillar anterior (2.3), del que es continuación.
Se encuentra afectado por los mismos problemas que éste.
El campo epigráfico conservado es de 35 x 20 cm y abarca sólo parte del sillar, aunque en origen debió de ser de dimensiones similares al anterior.
El resto parece haber desaparecido, aunque, dada su ubicación, no resulta posible comprobar por el momento si existirían otros restos que lo completaran.
Sillar de biocalcarenita, de 90 x 33 x 48 cm. Del derrumbe septentrional del baluarte.
En la parte superior, tres muescas similares a las del sillar 2.2.
Una sola línea inscrita.
Restos de pintura roja en la parte superior de las letras.
El campo epigráfico, de 42 x 21 cm, ocupa sólo la mitad derecha del sillar.
La izquierda, ligeramente retallada en su parte inferior, estaba almohadillada.
Bibliografía (común a todas las piezas): L. Abad, S. Gutiérrez y R. Sanz, «El proyecto...» cit. (nt.
2), 154-55; L. Abad, «Algunas novedades...», en Antigüedad y Cristianismo, cit. (nt.
Encontrado en 1995 durante los trabajos de prospección de la autovía Murcia-Albacete, forma parte del muro de una pequeña presa, probablemente de época moderna, a cierta distancia al norte del Tolmo, donde permanece.
Muchos de los sillares que conforman esta estructura parecen provenir también del Tolmo, y es posible que entre ellos se encuentren algunos más con inscripción.
Letras desgastadas por la erosión de 21 cm de módulo original.
El campo epigráfico, de 110 x 48 cm, ocupa todo el sillar; el desgaste de bordes ha afectado a las letras iniciales y finales, que han desaparecido parcialmente.
El Augustus de la primera línea, y los ate y eos de la segunda, relativamente bien conservados.
De las demás letras se conservan suficientes restos como para asegurar su lectura, aunque en algún caso son simples trazos de la pintura roja que completaba las letras; de la V de XV, la más perdida, existía aún una leve huella en la superficie en el momento del descubrimiento, tan leve que apenas deja vestigios en el calco, pero lo suficiente como para poder asegurar su lectura.
La mención de la Tribunicia Potestas XV permite datar la inscripción en el año 9 a.C. ^.
Todas estas piezas parecen haber formado parte de un mismo conjunto, organizado en tres hileras de sillares y cinco líneas de texto (cf. más adelante, fig. 38).
La primera fila albergaba el nombre del emperador, que ocupaba dos líneas; en la primera se incluía desde Imp(erator) hasta [Tribunicia], en tanto que de la segunda sólo podemos afirmar que arrancaba con Potesta[te], sin que sea posible precisar el orden exacto de sus títulos.
Dado el módulo de sillares y letras, así como su ubicación en el derrumbe, parece que por debajo de esta hilada debía de ir aquella a la que corresponde el sillar 2.3, por lo que ^ La aparición de este nuevo sillar ha permitido confirmar esta datación, propuesta ya anteriormente a partir de la restitución del nombre de los sillares 2.4, 2.5 y 2.6 como Nerone Claudio Druso y de su interpretación como una datación consular en esta misma fecha.
L. Abad, S. Gutiérrez y R. Sanz, «El proyecto...» cit. (nt.
2), 15. en la tercera línea encontraríamos la mención [-] tani s(-)'o(-) [-] y en la cuarta [-]nobarbu(s) [-].
Por debajo, una tercera hilera de sillares, con una sola línea inscrita, que haría la número cinco, (2.4., 2.5 y 2.6), con la mención de Nerfone Cla]udio Druso en lo conservado.
Sobre las diversas posibilidades de desarrollo y su importancia para el conocimiento de la ciudad, cf. infra.
Las letras de la inscripción presentan pequeñas diferencias en altura y grosor, incluso entre los mismos signos, resultando más irregular de lo que a primera vista podría parecer.
Se trazó, como ya se ha indicado, una vez que los sillares estaban colocados en su lugar, sin tener en cuenta que algunas letras quedaban a caballo entre dos de ellos.
Algunas conservan vestigios de pintura roja, por lo que podemos suponer que toda la inscripción aparecía de color rojo.
Con ello, probablemente, se intentaba que destacara sobre el color de fondo de la piedra.
Sillar de biocalcarenita que formaba parte del muro occidental del baluarte.
Es el único que apareció in situ, ocupando todavía su lugar en la propia estructura del muro, donde permanece.
Mide [70] X 36 X 32 cm; el campo epigráfico es de 62 x 9 cm y las letras, casi todas ellas incompletas, parecen alcanzar los 9 cm de altura.
El campo epigráfico, bastante alterado por la erosión y el rebaje del sillar, presentaba una sola línea en la parte superior, cuyas primeras letras no han podido ser leídas al estar cubiertas por otra hilada; la inscripción continuaba originalmente en el sillar contiguo, pero, al quedar descontextualizado en el momento de su reaprovechamiento, la relación se ha perdido.
Interpunción en forma de pelta, similar a algunas de la pieza número 5.
Restos de pintura roja en algunas letras.
Son posibles al menos dos interpretaciones.
La primera sería la mención del nomen y el cognomen de un individuo imposibles de desarrollar en su totalidad.
Nomina terminados en -ianus existen varios (cf. Solin & Salomies ^, 277), como también cogno-\^\¡ ^^fK¡h r^ "',400 y Solin & Salomies,[361][362].
No podemos tener la seguridad, sin embargo, de que lo que hay en nuestro sillar no sea el final de un cognomen (los en -ianus son muchísimo más abundantes que los nomina; cf. Solin & Salomies, 455 s) y el inicio de otra expresión no nominal.
Es posible que se trate del final de una inscripción funeraria, en cuyo caso el -ianus correspondería al final de un nombre personal y el mem-al inicio de la fórmula mem[oriam posuit], atestiguada en la inscripción número 7.
Sin embargo, el tipo de inscripción y de letra difiere bastante del normal en las estelas funerarias del Tolmo y parece tener mayor relación con las monumentales.
Sillar labrado en forma de cornisa, con un filete en su parte superior y una gola que ocupa el resto del sillar (fig. 17).
Procede del derrumbe occidental del muro del baluarte y se encuentra aún in situ.
Mide 30 X 72 X 37 cm. El campo epigráfico, muy alterado y en buena parte desaparecido, se ubicaba en el filete superior, de unos 10 cm de altura.
Letras de 8 cm de alto; algunas conservaban aún vestigios de pintura roja.
Debía formar parte de un friso escrito más amplio que discurría a lo largo del saliente de una cornisa.
Lo que se conserva parece parte de un nomen o cognomen de la familia de los Aemilii, ya que la relación de palabras con este inicio no es muy amplia en latín.
Este nomen está extraordinariamente extendido en Hispânia, contabilizando Abascal un total de 327 testimonios, varios de ellos en Sagunto.
Valencia, Denia y Cartagena.
Estela funeraria de biocalcarenita reutilizada como sillar en el muro occidental del baluarte, de cuyo derrumbe procede (figs. 18, 19 y 20).
^ L Kajanto, The Latin Cognomina, Roma, 1965; en adelante, abreviado como Kajanto.
Ha sido recortada por su parte superior, tal vez porque en origen fuera redondeada y se le quisiera dar una forma plana que encajara mejor en la muralla ^; los motivos de la cara frontal están cortados y en la superior se observan huellas de una labra más basta que en el resto de la pieza.
Depositada en el Museo de Hellín.
Buen estado de conservación, excepto en su parte superior derecha, cuyo ángulo ha perdido como consecuencia de la caída.
El otro ángulo se encuentra también ligeramente afectado.
El campo epigráfico, que se mantiene intacto, ocupa la mitad superior de la cara principal de la inscripción, con unas medidas de 70 x 55 cm. Es un rectángulo rodeado por un grupo de tres molduras que forman un arco en el centro de la parte superior; en él se aloja un motivo vegetal compuesto por una flor, de la que cuelgan dos infulae, rodeada por una corona.
A los lados, especies de roleos o volutas -una de ellas desaparecida-que parecen simbolizar muy esquemáticamente el frente de los comua y que no se continúan por ninguna de las otras caras.
Vestigios de pintura roja en algunas letras.
In- ^ No existe segundad sobre este punto.
En hiladas inferiores de la muralla, que se conservan in situ, existen estelas redondeadas que han mantenido su forma; sin embargo, de no ser así no se explicaría un recorte tan pequeño, ya que la irregularidad de la longitud de las piezas reutilizadas en el muro no exigiría en absoluto tal actuación.
Ante esta falta de seguridad en la reconstrucción ideal propuesta en la fig. 43 se ha mantenido la forma cuadrangular.
AEspA, 69, 1996 terpunciones de varios tipos: en forma de pelta, de flecha y triangular.
Altura de las letras, 6,5 cm.
LL La L final monta sobre la primera moldura L2.
Nexos NI y NIE, con I longa.
Nexos MA en Maeni y en las tres sílabas de Mamama.
El desarrollo de la inscripción admite varias posibilidades, siendo las más lógicas la incorporación tras Maeni de las voces libertis, servis o uxori ^; aunque el sentido de la inscripción cambia según se adopte una u otra, lo fundamental se mantiene.
Aparecen tres nombres únicos que parecen corresponder a personas de escasa relevancia social: Mascutius, Nirenia y Mamamarius, con relación de padre e hija los dos primeros y de hermanos los dos últimos.
Además, un cuarto individuo que puede interpretarse o bien como otro nombre único-Didimaenius/Didimaenus-o bien como los duo nomina de un personaje de mayor relevancia -Didius Maenius-.
La existencia en la epigrafía hispana de las inmediaciones de varios Didii, y especialmente los testimonios de Cartagena, nos hace pensar en un individuo del entorno social de Carthago Noua, relacionado con los Didii allí atestiguados.
La calidad del soporte epigráfico y de la misma inscripción indica que la familia debía gozar de una posición económica desahogada; es el mejor testimonio funerario de los recuperados en el Tolmo de Minateda y sus alrededores.
Los nombres que aquí encontramos son poco conocidos en la epigrafía peninsular.
Mascutius sólo aparece en Morón (Sevilla) y resulta raro también fuera de España'^.
Tampoco Nirenia ni Didimaenius se encuentran atestiguados, aunque en este último caso, si optamos por la separación de sus dos componentes, la cuestión se aclara un poco.
El primero de ellos, Didius, está documentado en varias ocasiones, de las que ahora nos interesan sobre todo las dos citas de Cartagena, donde al T. Didius, quizás de la tribu Cornelia, enterrado en la Torre ^ Las formas con más posibilidades son libertis o uxori; seruis ha de ser desechada, ya que las restricciones legales a las que están sometidos los siervos hacen altamente improbable la referencia a un^ filia en una persona perteneciente a este grupo social.'"
Según Albertos existe un paralelo en los Campos Decumates (M. L. Albertos, La onomástica personal primitiva de Hispânia, Salamanca, 1966, 150); también se encuentra atestiguado un Maciitio (H. Solin y O. Salomies, cit. (nt.
Ciega'', se añade un liberto: P. Didius Felix.
Maenus, Maenius o Menius como nomina se encuentran atestiguados en varios lugares (Solin & Salomies, cit. nt.
7,149,173: formas Maenaianus, Menius, Manianus); el ejemplo más próximo al nuestro es un nomen Maenaius de Tarragona.
El último nombre de esta inscripción, Mamamarius, resulta también un unicum en la epigrafía romana, donde sí se documenta, en cambio, la forma Mammarius (Solin & Salomies, cit. nt.
6,357); en la península ibérica, lo más próximo es un Mamaturus de Talavera de la Reina.
Tampoco la búsqueda de una procedencia no estrictamente romana para estos nombres ha resultado fructífera, ya que los que pudiesen ser de origen griego no están suficientemente documentados, al menos en la parte occidental del Imperio; lo más próximo a nuestro Didimaeni serían derivados de Diadumenus {Diadumenus, Diadumenianus, Diadumenius'^.
Idéntico resultado se ha obtenido con la palabra Nirenia, que no se documenta una sola vez'^ Cf H. Solin, Die griechischen Personennamen in Rom.
Ein Namenbuch, Berlin-New York, 1982, 858 s. ni en forma latina ni en forma griega ^^; lo más similar que encontramos en la epigrafía peninsular es la Ilduniraenia de uno de los plomos grecoibéricos de la Serreta de Alcoy, que no parece prudente traer a colación dado el carácter claramente romano del resto de nuestros nombres. terior del relleno del baluarte y estuvo unida mediante una grapa a una dovela de bóveda, aparecida junto a ella y reutilizada también como sillar.
Las medidas de la pieza, menores que las utilizadas en el muro delantero, su disposición perpendicular a éste y el lugar donde se encontraron, dentro del relleno de la muralla, aseguran su pertenencia a un tirante del muro occidental del baluarte; cuando éste se derrumbó, rompió el tirante y arrastró en su caída la parte inferior de la estela, quedando en su sitio el resto del tirante que tan poca utilidad había mostrado ^\ Es la UE 2008.
El campo epigráfico, de 32 x 27 cm, ocupa actualmente la parte central de la inscripción, aunque si, como parece, ésta era más larga, debió de estar desplazado hacia arriba.
No lleva recuadro ni enmarque.
Por encima, una cartela rehundida con una decoración en forma de rama curva, como si representara parte de una guirnalda, y una pequeña roseta sobre el seno que ésta forma.
El remate era semicircular, formando una especie de frontón curvo rehundido, decorado con una roseta o una rueda; a los lados del frontón, sendos cilindros que simbo-Uzan comua o pulvini.
Toda la parte superior ha sido recortada, aproximadamente a la mitad de su altura, para convertirla en una cara plana que adosar a la dovela de bóveda con la que se unía por medio de una grapa; la mortaja de ésta ha cortado parte del frontón, de la roseta y de la cartela decorada.
Letras de 5 cm de altura.
En el lateral izquierdo se lee: MH Ll.
Nexos NP, VR La inscripción se encuentra muy desgastada y alterada y su lectura no resulta fácil.
No obstante, a partir del calco realizado, la propuesta que antecede parece bien fundada.
Sería la estela funeraria de un individuo de nombre Archio, siervo de Antonio, para quien realizó la inscripción otra persona de 7.
Recortada por uno de sus lados cortos, por lo que de la primera línea sólo se aprecia la parte inferior.
Procede de las capas superficiales del vertedero por delante de la muralla visigoda, donde no existían otros sillares, por lo que no parece haber caído con todos los demás durante el derrumbe del lado occidental, sino haber llegado allí posteriormente.
El campo epigráfico ocupa casi toda la superficie conservada, 32 x 30 cm. Letras de 4 cm; algunas conservan restos de pintura roja.
La inscripción se encuentra muy desgastada, pero su lectura resulta bastante fiable.
El nomen Fabricius es relativamente frecuente en Hispânia (18 ocasiones); aparece documentado en Cartagena en tres ocasiones y en Alicante, y se encuentra también en otros lugares del Imperio.
El que se trate de un solo nombre nos indica que el ciudadano que lo llevaba no debía de ser de alto rango social.
La mención de la dedicatoria a los dioses manes nos hace pensar en una datación a partir de finales del siglo i d.C; la forma de la edad y la fórmula h.s.e. no son muy posteriores a ese momento, por lo que la primera mitad del siglo II d.C. podría ser una cronología aceptable.
Estela funeraria de biocalcarenita procedente, como la número 7, de la superficie del basurero que se extiende por delante de la muralla visigoda (fig. 26).
Está recortada y rota.
18,5 cm. Letras de 5 cm. Sobre la primera línea, una incisión horizontal que marca el pautado.
UE 250L El campo epigráfico ocupa algo más de la mitad de la altura conservada.
Letras de 6 cm. La primera línea visible era la primera de la inscripción.
La rotura impide completar la lectura por la izquierda y por la derecha.
No parece haber existido una cuarta línea por debajo de las actualmente conservadas.
La D inicial podría ser también O, aunque tampoco parece probable.
Nos encontramos ante una inscripción de estructura similar a la núm. 7, la de Fabricius.
Encabezada por un nombre en nominativo; en Solin & Salomies no se encuentran nomina acabados en -ncinus, lectura que parece clara en nuestra inscripción (Solin & Salomies, cit. nt.
6, 282); tendríamos que pensar entonces en un cognomen o en un nombre único, que tampoco son muy abundantes, aunque sí existen (Plancinus, Mancinus, luncinus, Auruncinus; cf. Solin & Salomies, cit. nt.
En la península ibérica, Mancinus se encuentra atestiguado en dos ocasiones, una de ellas en Villajoyosa; mucho más frecuente es Tancinus, que cuenta con 89 testimonios, casi todos en la mitad occidental.
La segunda línea, cuya lectura es clara, puede interpretarse de dos maneras: o bien como la abreviatura an(norum) L (quinquaginta), referida al [Ta?]ncinus anterior, y el inicio de un nombre femenino ac [-]dia, tal vez un nomen; Acidia, por ejemplo, es relativamente frecuente, pero tiene el inconveniente de ser muy corto; hay otros más largos pero más raros: Acindia, Acricedia, Accaedia, Acadia-; le seguiría otro nombre también femenino -¿un cognomenl-comenzado por Th, lo que denotaría un origen griego.
Como desarrollo de la inscripción, por consiguiente, propondríamos lo siguiente: [Ta?]ncinus [-]/an(norum)
El [-Janlac de la segunda línea podría interpretarse también como la parte central de un nombre para el que resulta difícil encontrar paralelo, tanto entre los nomina como entre los cognomina; algo parecido ocurriría con el [-]diath [-] de la tercera línea, en caso de que se interpretara de esta misma forma.
Estela funeraria muy rodada y estropeada, rota por su parte inferior.
Procede del derrumbe occidental de la muralla.
En la cara lateral derecha se lee en la parte superior izquierda: Fa.
Losa de biocalcarenita, recuperada de entre los restos existentes sobre el camino de acceso al yacimiento, a la altura del baluarte; por sus escasas dimensiones no debía formar parte del muro de cierre, sino en todo caso del relleno del mismo.
Se encuentra rota y con una huella de arado o pala, que ha arrancado un trozo de la parte superior.
El campo epigráfico ocupa sólo la parte superior, 23 X 8 cm, con letras de 3,8 cm.
La interpretación más lógica es, por tanto, que Macer sea un cognomen, bien atestiguado en la epigrafía latina en general y en Hispânia en particular, con 33 apariciones, varias de ellas en la zona oriental.
Se trataría, sin embargo, del único epígrafe en el que se encuentra expresada la filiación.
Estela funeraria de biocalcarenita, que servía como tirante del muro occidental del baluarte, para trabarlo con su relleno (figs. 30, 31 y 32).
M y A han desaparecido casi en su totalidad, pero los escasos vestigios conservados confirman su lectura.
No parece haber existido ninguna otra letra a su lado.
Como la inscripción está rota por su lado izquierdo y las letras conservadas están bastante próximas a él, podríamos suponer que fuera la parte derecha de una inscripción cuya zona izquierda faltara.
En este caso, podríamos proponer el siguiente desarrollo: [-.
La estela presenta varias partes bien diferenciadas: un zócalo liso, que es el que aún se encuentra en el muro; en la cara principal, una parte inferior con dos arquillos paralelos largos y estrechos, un espacio liso con la inscripción y una parte superior formada por un arco rehundido, en cuyo interior se tallaron dos arquillos más pequeños.
En los laterales se reproduce la misma fórmula decorativa, aunque más simplificada: un arquillo inferior y otro superior, en ambos casos de menor altura que los equivalentes en la cara principal.
La inscripción es de bastante mala calidad; las letras no siguen una línea horizontal, sino que ascienden de forma irregular hacia la derecha.
El único nombre conservado presenta nomen y cognomen, pero carece de praenomen.
En cualquier caso, se trata de nombres muy extendidos en toda la epigrafía romana.
En Hispânia se documentan numerosos Sergii, con una incidencia especial en Sagunto.
Gracilis por el contrario aparece sobre todo en la mitad occidental.
Aunque es la única estela de este tipo que presenta inscripción, existen otras anepígrafas similares.
La número 1931 (fig. 43) formó parte también de un tirante de la muralla, a similar altura y muy próximo al que acabamos de comentar, lo que hace suponer que ambas fueron transportadas juntas desde su emplazamiento original.
Formalmente, la estela presenta un solo rehundimiento en su cara principal y dos arquillos laterales, más altos que en la de Sergius.
Otra estela del mismo tipo es la UE 1932 (fig. 43), que se encuentra también in situ y cubierta parcialmente por otros sillares; conserva parte de un arquillo inferior, un espacio libre, en el que parece documentarse una L inicial, y un arquillo superior, que ocupa toda la cabecera; en los laterales, sendos arquillos superpuestos.
EPIGRAFE PROCEDENTE DE LA ZONA DE LA NECRÓPOLIS
Estela funeraria que se encontró entre el monumento de sillería del corte 12 y el múrete de delimitación meridional, como si hubiera caído de un lugar próximo; pudo haber estado sobre uno de Fig. 33.-Estela núm. 12. los monumentos y haber rodado en el momento de realizar el desmonte de los sillares, pero parece más probable que corresponda a las cremaciones que se recortan en los estratos de amortización de los monumentos.
La estela recuerda ligeramente a algunas de las ya comentadas; es de forma paralelepipédica trapezoidal con el extremo superior redondeado.
En la cara principal se practicó un rebaje que dio forma a un arco rehundido rodeado por un filete en resalte; lo mismo, aunque de menor altura, en las caras laterales.
La base de estos arcos está a la misma altu-^EirR'^ECA ra en las tres caras.
En la parte inferior, donde no se ha practicado rebaje alguno, se halla el campo epigráfico.
La rotura de la pieza no permite reconocer su altura total.
El campo epigráfico se encuentra muy dañado, aunque parece que contaba con al menos dos líneas, la segunda de las cuales resulta prácticamente ilegible.
La forma Heia/Heius está atestiguada en doce ocasiones, todas en Portugal excepto en un caso en Archena (Murcia).
Parece bastante más probable, sin embargo, que nos encontremos ante el nombre Hele(na), documentado 13 veces (Helenus / Helena), algunas de ellas también en el Levante.
El nombre es de claro origen griego, lo que se compadece bien con el cognomen Graeca, que se encuen-
AEspA, 69, 1996 tra en 7 ocasiones en la península ibérica, casi todas ellas en el litoral oriental.
LAS INSCRIPCIONES RELACIONADAS CON EL MUNICIPIO Y SUS MONUMENTOS
1 y 2, y en menor medida la 3 y la 4, resultan de gran importancia para la historia de la ciudad del Tolmo de Minateda y también para el proceso de romanización de la región.
En la primera de ellas se recogen tres nombres, uno más destacado que los demás, no sólo por ir en la primera línea, sino también por el mayor espaciamiento de sus letras y por carecer de cognomen; los otros dos, tratados en pie de igualdad, corresponden a los duoviri atestiguados al comienzo de la cuarta línea.
Esta inscripción plantea un problema, ya que si bien encontramos tres nombres, sólo se indican los cargos de los dos últimos; el primero, además, carece de cognomen, y el espacio que queda a su derecha -en el caso de que lo hubiera'^-sólo permite una abreviatura corta para un cargo (fig. 36).
Las posibilidades con que contamos no son muchas; el primer nombre no puede corresponder a una primera pareja de duunviros, ya que tendría que completarse con la mención de otro en un sillar superior, lo que no parece probable; no puede ser un tercer duunviro, ya que una vez en ejercicio de su cargo éstos sólo pueden ser sustituidos, de forma temporal o hasta las nuevas elecciones, por un prefecto; y tampoco puede ser uno de estos prefectos ^^, ya que tienen menos categoría que los duunviros a los que sustituyen y no sería lógico que figurara al comienzo de la inscripción, en lugar preeminente.
En este sentido, creemos bastante acertada la sugerencia de J. M. Abascal de que podría tratarse de un praefectus iure dicundo, que ejerce su cargo en representación del emperador ^^ y que desarrolla su función sine collega ^^.
Es posible que se trate de un prefecto fundacional, que, tras llevar a cabo su misión de organizar jurídicamente la nueva'^ Como ya se ha indicado, esta parte fue picada para su reutilización en la muralla tardía.'^ Sobre los tipos y funciones de los prefectos, cf E. Ruoff-Vâânânen, «Praetors of the Country Towns», Arc/^oi', 11, 1977, 103, y especialmente J. Gascon, «La praefectura iure dicundo dans les cités de l 'Afrique romaine», L 'Afrique dans l' Occident romain, 1er. siècle ap. J.C., Roma, 1990, 367 s., que hace una recopilación de los distintos tipos de prefectos conocidos, tanto los atestiguados en las leyes del sur ÚQ Hispânia como los documentados en otras fuentes.
También M. S. Rossignano, «I praefecti iure dicundo nell' Italia settentriona-le», Epigrafia.
Int. d'épigraphie latine en mémoire de Attilio De grassi, Roma, 1988, Roma, 1991, 515.'^ U. Espinosa y J. M. Abascal, La ciudad hispanorromana.
Referencias a este tipo de prefecto tanto en la Lex Salpensana como en la Lex Irnitana, cap. 24.
Recientemente, sobre los prefectos municipales de los emperadores, vid. G. Menella, «I prefetti municipali degli imperatori e dei cesari nella Spagna romana», Epigrafia jurídica romana.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ ciudad, cediera el paso a los primeros duoviri, que son los que se citan en el resto de la inscripción.
Si ésta, como parece, hace referencia a la construcción del monumento al que corresponde la inscripción número 2, podríamos encontrarnos ante el testimonio de que su edificación abarcó más de un año, y de que se hizo bajo el cuidado directo (F C) del prefecto fundacional y de los primeros duunviros ^°.
En este caso, en el espacio a la derecha del nombre debería incluirse la abreviatura PR o PRAEF.
Esta inscripción es especialmente interesante porque constituye el único testimonio de la existencia en el Tolmo de Minateda de un municipio que había pasado desapercibido y cuyo nombre no se encuentra atestiguado en ningún documento.
Sin embargo, hay que traer a colación la idea expresada por G. Alfoldy ^^ acerca de la existencia de un hueco en la red de municipios del este de la Meseta, que el autor propone cubrir con los de Alaba y Attacum, cuya promoción debió de ser posterior al año 12 a.C, ya que no aparecen citados como tales en la lista de Plinio.
De acuerdo básicamente con esta idea de Alfoldy, creemos sin embargo que el nombre correspondiente a la ciudad del Tolmo de Minateda no es uno de ellos, sino el de Ilunum, atestiguado también en Ptolomeo (11,6,60) como una de las ciudades de la Bastetania.
Aunque la imprecisión geográfica de este autor no permite realizar una propuesta de reducción definitiva, existen algunos hechos que parecen avalar esta hipótesis.
La ciudad del Tolmo de Minateda domina un cruce de caminos en la vía que desde Carthago Noua llevaba a Complutum, según indican varios miliarios conocidos de antiguo y otros de reciente publicación, algunos de ellos en las inmediaciones de nuestra ciudad ^^.
Esta vía, que no incluyeron los itinerarios romanos, fue descrita por el geógrafo Al-'Udrí en el siglo XI como el camino que ponía en comunicación Cartagena con Toledo ^^.
Entre sus estaciones menciona una Siyasa y una Tubarra cuyas reducciones respectivas a Cieza y Tobarra son hoy generalmente 2° Parece más lógica esta suposición que la de aceptar que el posible prefecto fuera en realidad un prefecto de la cuarta clase de Gascou, designado en caso de circunstancias excepcionales cuando los duunviros estaban en ejercicio de su cargo y sin sustituirlos.
Entre ambas, a unas 30 millas de la primera y a unas 10 millas de la segunda, menciona una tercera ciudad, lyi(h) o lyu(h), citada en este caso como madinat lyi(h) o madinat lyu(h); ello la sitúa en las inmediaciones de Hellín, algo que ha sido también aceptado por la mayoría de los investigadores ~'^.
Sillières fue más lejos y propuso, atendiendo a las distancias, que podría ser el propio Tolmo de Minateda ~^, pese a que entonces se desconocía aún la importancia que la ciudad había alcanzado en esta época (fig. 37).
La propuesta adquiere mayor importancia tras el desarrollo de las campañas de excavación que hemos llevado a cabo en el yacimiento, puesto que éste alcanza un extraordinario auge en época visigoda e islámica, hasta el siglo x -^.
La relación entre ambos topónimos fue sugerida ya por E. Molina, quien indicó que "partiendo de Ilunum o I Ilunum, la transcripción árabe lyyu(h) = Eyyo, Ello, Etilo no resulta demasiado extraña" ^^.
Sea o no cierta esta hipótesis, que la futura investigación deberá dilucidar, el Tolmo de Minateda fue un núcleo privilegiado, y el estudio de algunos de los aspectos de la inscripción que estamos tratando nos permite avanzar en su conocimiento.
En primer lugar, las familias a las que pertenecieron sus cargos públicos {Martia, Fuluia y Grattia, sobre todo las dos últimas) mantienen una estrecha relación con la Tarraconense y especialmente con el área levantina.
Algo similar ocurre en otros municipios de nueva creación en la Meseta meridional; así, en Ercavica y Valeria son los propios Granii los primeros magistrados de la ciudad ^^.
Ello es mues- tra de que en la municipalización del Tolmo de Minateda debió desempeñar también un importante papel el establecimiento de unas minorías relacionadas con las poblaciones del litoral mediterráneo, que posiblemente trajeron el encargo de poner en funcionamiento las nuevas entidades jurídicas y que se convirtieron, por tanto, en las primeras detentadoras de los poderes y privilegios municipales ^^.
^^ Un aspecto interesante es el de la ausencia de cognomen en el primer magistrado.
Ello no es algo excepcional, ya que en esta época -y sobre todo en un momento inmediatamente anterior-son muchos los magistrados que carecen de cognomen, aunque a medida que nos adentramos en época augustea su ausencia se va haciendo cada vez menos frecuente.
Tal vez habría que ver en ello el testimonio de una diferencia de T. Martius con respecto a los duunviros, que podría ser de edad o de procedencia, y un mayor apego a una tradición ya en trance de desaparecer.
Según M. Cébeillac-Gervasoni («Les magistrats des cités du Latium et de la Campanie des Gracques à Auguste: problèmes de nomenclature», Epigrafia, Roma, L'EFR 143, Roma, 1991, 202 s.), sólo un 33 % de los magistrados municipales llevaban cognomen, frente a un 96 % de los nobiles, un 62 % de los senadores, un 45 % de homines noni y un 38 % de caballeros, aunque su uso se va haciendo más frecuente a medida que avanzamos en este período.
La inscripción del Tolmo, si realmente hemos de datarla hacia el año 9 a.C, se encontraría en el momento en que la extensión del cognomen entre las minorías municipales es ya imparable.
A juzgar por los nombres conservados y a salvo de lo que nuevos descubrimientos, tanto en el Tolmo y sus alrededores como en las ciudades próximas, puedan aportar, la zona de origen de estas minorías no parece haber estado, como sería de suponer -dadas las estrechas relaciones que mantuvieron a lo largo de su historia-, en el entorno de Cartagena, sino en un área más septentrional dependiente de Tarraco y que tendría su núcleo principal entre Sagunto y Játiva, a lo largo de la Via Augusta.
Pero el interés de la inscripción va aún más allá, porque en ella se indica que T. Martius, V. Fuluius y G, Grattius se ocuparon de hacer algo {hoc opus, si el desarrollo de la abreviatura es correcto) que, dado el carácter de simple sillar de la inscripción, debía tratarse de la obra arquitectónica de la que formaba parte y no como el elemento más destacado.
Y si no ocupaba un lugar principal era posiblemente porque algo mucho más importante atraía la atención del espectador y otorgaba nobleza e importancia a la recién creada ciudad: de este monumento pudo formar parte la gran inscripción a la que pertenecen los nueve sillares recuperados hasta el momento y que en nuestro inventario se incluyen bajo los números 2.1 a 2.9.
Los elementos con que contamos para su desarrollo resultan por desgracia escasos; quedan limitados a parte del nombre del emperador Augusto: Imp.
Caesar Augustus [-] Resulta evidente, por tanto, que no siempre se siguió en la nomenclatura imperial de Augusto el orden establecido en la asunción de los cargos ^^.
En el caso de nuestra inscripción, el hallazgo durante la campaña de 1996 de un nuevo sillar ( 2 interpretarse como la datación consular correspondiente al año 9 a.C, fecha que coincide con la atestiguada por la titulación imperial de Augusto en las dos primeras líneas (Tribunicia Potestate XV); si ello fuera cierto, junto a él debería figurar el nombre del otro cónsul, T. Quinctius Crispinus Sulpicianus, escrito como [T Quinctio Crispino], según se documenta en varios epígrafes de Roma (CU, VI, 437, 31702, 37063)-^4 o de alguna otra forma que por el momento no resulta posible precisar.
Existen aún numerosas incógnitas acerca de esta inscripción y de su relación con los monumentos exhumados hasta el momento, algunas de las cuales intentaremos desarrollar en las páginas que siguen ^^.
La interpretación de la propia inscripción no resulta fácil.
Tenemos en primer lugar el nombre imperial de Augusto, en nominativo, que no plantea, como hemos visto, más problemas que el de la distribución de sus diferentes partes.
A continuación, dos líneas labradas en una misma hilera de sillares, con [-Jtani s(-) ^^ Lo que a continuación se expone es simplemente una hipótesis de trabajo, y como tal ha de ser tenida en cuenta, ya que faltan partes del epígrafe de vital importancia para la reconstrucción de la leyenda original.
El hecho de que las excavaciones se encuentren aún en curso y de que periódicamente se hayan ido encontrando nuevos fragmentos, nos ha hecho retrasar su publicación, con la esperanza de poder ofrecer resultados más firmes.
Sin embargo, la excavación ha alcanzado un punto en el que no parecen previsibles nuevos hallazgos si no es mediante la puesta en práctica de un ambicioso proyecto de canalización de aguas y de desmonte de la muralla tardía, lo que por el momento no parece previsible.
Ello nos ha animado a hacer públicos los resultados obtenidos hasta el momento y a avanzar las hipótesis que, teniendo en cuenta el contexto arqueológico documentado, parecen más probables. üum Ahe]nobarbu [m], aunque esta última parece menos probable ^^.
No se conoce el cargo que este personaje desempeñaba en este momento, aunque del estudio de los datos que poseemos no puede descartarse que su posible intervención en el Tolmo de Minateda fuera precisamente en calidad de legado de la Provincia Hispânia citerior ^^ (fig. 39a).
^^ Tendríamos atestiguada aquí la presencia de Augusto, Lucio Domicio Ahenobarbo y Nerón Claudio Druso, tres personajes unidos por una relación familiar, pues como sabemos los dos últimos estuvieron casados respectivamente con Antonia maior y Antonia minor, sobrinas del propio emperador.
^"^ De L. Domitius Ahenobarbus sabemos que fue cónsul en el año 16 a.C, procónsul de África en 12 a.C, gobernador de Iliria en el 8 a.C. y que estuvo al mando del ejército del Rin en 6 a.C. Asistió a la reunión de los Arvales el año 14 a.C. {RE, V, 1, 1343 s.).
No existe ningún obstáculo para su estancia, probablemente como gobernador, en la Provincia Hispânia citerior, el año 9 a.C. No hay que olvidar tampoco la alta consideración de que gozó el gobierno de la provincia en los dos primeros siglos del Imperio ni que los proconsulados de África o Asia solían ser desempeñados antes o después del gobierno de esta provincia.
Aunque en un plano más secundario, hay que destacar la coincidencia en esta inscripción con Nero Claudius Drusus, conocido como Druso el Mayor, al que las fuentes consideran como el preferido de Augusto, hijo de Livia y hermano de Tiberio, cuya carrera fue también espectacular: organizador de las Gallas en 13 a.C, victorioso contra los germanos en 12 a.C, pretor urbano de Roma en 11 a.C, cónsul en 9 a.C y vencedor en este mismo año de los germanos; al regreso de esta expedición murió como consecuencia de una caída de caballo {RE, III, 2, 2704).
Aunque probablemente no pase del plano anecdótico, hemos de indicar que una de las recons-Para intentar contextualizar esta inscripción, hemos de llamar la atención acerca del hecho de que, en el estado actual de nuestros conocimientos, parece que los sillares inscritos proceden de una muralla de época de Augusto desmontada posteriormente (figs. 4 y 41) y que, según la disposición de los bloques conservados, a la derecha de la segunda línea con el nombre del emperador quedaba un espacio en blanco excesivamente largo, que debía completarse con alguna fórmula complementaria (fig. 39a).
Del cotejo de las medidas y de las hiladas en que debían ubicarse cada uno de los sillares, parece que el comienzo de la primera línea: Imp. estaba correctamente alineado con el de la tercera: [L. Domitius Ahe]nobarbu[s] y con el de la quinta: Nerfone Clajudio Druso; más aún, el desarrollo del nombre del emperador de la primera línea, según la fórmula arriba propuesta, coincide en longitud con el de la datación consular completa de la quinta línea.
Todo ello permite suponer que las cinco líneas de la inscripción tenían una estructura clara y que los espacios entre las diferentes líneas estaban equilibrados.
Pero la falta de varios sillares inscritos ocasiona grandes lagunas difíciles de rellenar; éstas afectan sobre todo al final de la segunda línea, tras trucciones posibles del cenotafio que para él construyeron en Maguncia guarda considerables similitudes con la Torre Ciega de Cartagena, lo que no resulta baladí si tenemos en cuenta la escasez de monumentos de este tipo.
E. Künzl, «Politische Propaganda auf romischen Waffen der frühen Kaiserzeit», Augustus und die verlorene Republik, Berlin, 1988, 541 s.; H. G. Frenz, «Drusus Maior und sein Monument zu Mainz», JbZGerMusMainz, 32, 1955, 394 s. el nombre del emperador, y a casi toda la tercera línea, ya que la cuarta podría completarse con el nombre y los cargos de L. Domicio Ahenobarbo.
Por el momento, cualquier hipótesis que se quiera elaborar exige la interpretación -por fuerza arriesgada-del [-]tani [-] de la tercera línea.
Si'[-Jtani se desarrollara como [Ilunijtani, en nominativo plural, debería concordar con una palabra en el mismo género y caso situada antes que ella, que podría referirse a cargos representativos o a grupos de ciudadanos relacionados con el municipio; y si se tiene en cuenta el número de letras que caben, podrían proponerse lecturas del tipo munícipes, decuriones, duoviri.
Esta interpretación traería consigo, sin embargo, la existencia de dos sujetos de la acción: el emperador y los Ilunitani, a los que habría que agregar más abajo un tercero, L. Domitius Ahenobarbus; y, en el caso de que intentáramos unir la acción realizada por este último con la del emperador, del que podría haber ejercido como representante, nos encontraríamos con el enquistamiento del sujeto representado por los Ilunitani, que obstaculizan un desarrollo claro de la actuación.
La segunda hipótesis es la de que [Ilunijtani no corresponda a un nominativo plural sino a un genitivo singular, en cuyo caso habría que hacerlo depender de un acusativo anterior que figurara tras el nombre del emperador y que estuviera relacionado con éste.
Del cotejo de ejemplos semejantes se deduce que ese acusativo hace referencia en ocasiones a una obra pública de importancia que constituye el soporte del epígrafe y en cuya construcción ha tenido algo que ver, ya sea directamente, ya sea por medio de un tercero, el propio emperador.
Las actuaciones referidas a murallas, con la mención de forma independiente o conjunta de murum, muros, portam, portas, etc. están bien atestiguadas a partir de época de Augusto ^^ ^^ Inscripciones con la mención de Augusto como constructor de muros y puertas existen varias.
La más próxima, del año 3 a.C, es la de la ciudad de Pax lulia, en Portugal, recientemente reinterpretada por J. Kaiserzeit, Miinchen, 1980, 46).
También resultan interesantes las de las puertas de Fanum Fortunae y Nimes.
En la primera, datada en el año 9 d.C, se leía: Imp.
Rebecchi, «Les enceintes augustéennes en Italie», Les enceintes augustéennes dans l'Occident romain (France, Italie, Espagne, Afrique du Nord), Actes du Colloque International de Nimes, III Congrès Archéologique de Gaule Méridionale, 1985, Bulletin Annuel de l'Ecole Antique de Nimes, Si, como parece, los sillares inscritos con mención imperial del Tolmo de Minateda pertenecen a una muralla de época augustea, podríamos proponer, de manera puramente hipotética, que la acción imperial completara el fin de la segunda línea, tras el nombre del emperador, y que su unión con el [Ilunijtani de la tercera se realizara a través de un sustantivo como municipii, suponiendo, como parece cierto, que esta inscripción conmemora un proceso de monumentalización relacionado con la concesión de estatuto privilegiado a la ciudad.
No sería descartable, por tanto, un desarrollo del tipo murum mun(icipii) Ilunitani o muros mun(icipii) Ilunitani o murum et portam mun(icipii) Ilunitani que cubriría el espacio resultante y debería completarse con el de la parte derecha de la tercera línea: s[-Jo[-J, lo que hoy por hoy resulta imposible de realizar ^^.
La segunda, del año 16 a.C, rezaba: Imp.
En cuanto a la distinción entre el emperador como benefactor y un segundo personaje que restaura la obra o la lleva a cabo directamente, podemos citar también varios ejemplos.
Augustus parens coloniae murum et turris dedit / L. Optatus turris vetustate consumptas inpensa sua restituit, aunque aquí la mención de la reconstrucción es posterior y por tanto no nos resulta útil.
En épocas posteriores sí que tenemos atestiguada la dualidad entre el emperador y un constructor: CIL III, 7409, de Philippopolis (ILS, 5337): Imp.
Caesar M Aurelius Antoninus [Aug Germanicus] Imp V Cos III P.P. murum civitati Philippopolis [dedit C. Pantuleius Gra] [L. Domitius Ahe]nobarbu[s] y ver en él el autor material de la acción realizada por el Emperador, algo que no resulta raro en inscripciones de este tipo 40.
Nos encontraríamos, por tanto, y a salvo de que el progreso en las excavaciones arroje otros resultados, ante la inscripción correspondiente a la puerta de entrada de la ciudad del Tolmo de Minateda en época augustea, realizada dentro de un programa de monumentalización que conmemora la concesión de estatuto privilegiado (fig. 40).
Los escasos materiales asociados a ésta, actualmente en estudio, incluyen algunos fragmentos de barniz negro de la forma 10 de Lamboglia y de terra sigillata itálica clasificable entre las primeras formas del Conspectus "^^ y coinciden grosso modo con la fecha proporcionada por la propia inscripción, el año 9 a.C. Algunos otros detalles lo confirman: el sillar 2.6 (Ner) presenta el campo epigráfico en su parte derecha, en tanto la izquierda conserva aún el almohadillado original; y todos los sillares de la muralla 'intermedia' -augustea-conservados in situ son almohadillados 42 (fig. 41).
Es muy posible, además, que si relacionamos esta inscripción y su soporte con la número 1 ^3, nos encontremos ante el monumento a que en ella se hace referencia (hoc opus), que no debía ser otro que la propia muralla y la puerta de la ciudad.
Escala 1/75. ^'^ Como consecuencia de lo anteriormente expuesto, el desarrollo de la inscripción podría quedar, en la parte mejor documentada, de la siguiente manera (cf. fig. 39a "^^ El sillar 2.1 (Imp.), que también corresponde al comienzo de la inscripción, se encuentra aún en el derrumbe, lo que dificulta la comprobación de este extremo.
Actualmente estamos trabajando en la metrología del conjunto de sillares, que será objeto de un estudio independiente.
Por el momento, podemos indicar que las cornisas utilizadas en el muro del baluarte presentan una metrología bastante similar a la de muchos de los sillares del derrumbe.
La altura de los sillares con inscripción oscila entre 32 y 34 cm para los de una sola línea y 59-65 para los de dos, con un fondo de 40-46 cm; las cornisas tienen una altura de entre 29 y 35 cm, correspondientes por tanto a la de los sillares de una sola línea, y una profundidad de entre 42 y 52 cm. Sabemos, además, por las primeras líneas conservadas in situ, que, como por otra parte es normal en la arquitectura romana, la cara trasera de la muralla era bastante irregular y que no todos los sillares tenían el mismo fondo.
"^^ El tipo de letra resulta similar, los nombres de los duoviri corresponden a los primeros documentados en otras ciudades en esta época, y algunas comprobaciones aritméticas realizadas sobre las mismas letras entre las dos inscripciones (razón de P y R) así parecen indicarlo. visibles en zonas elevadas, como testimonio de la grandeza de Roma y al mismo tiempo como expresión de su poder'^'^.
Es precisamente en este contexto propagandístico en el que alcanzan un considerable auge las inscripciones monumentales, que permiten al emperador hacer patente su dominio sobre los nuevos subditos y territori o s"^^.
En este sentido, el Tolmo de Minateda, con su ubicación elevada y su dominio de un importante y estratégico cruce de caminos, el principal de los cuales, entre Carthago Noua y Complutum, discurría al pie mismo del Tolmo, resulta sin duda un establecimiento adecuado.
Parece evidente, por tanto, que el monumento al que corresponden los epígrafes fue realizado en honor y gloria del emperador Augusto, y que en él intervinieron de alguna manera su sobrino Lucio Domicio Ahenobarbo y la propia comunidad (¿los Ilunitanil), bajo la directa supervisión de los magistrados municipales, para conmemorar la conversión en municipio de la antigua ciudad ibérica, hecho que puede datarse por los títulos imperiales y la datación consular de Nerón Claudio Druso en el año 9 a.C.
El repertorio onomástico, si bien no excesivamente amplio, resulta de gran interés.
Son diecinueve nombres que suponen un aumento del 24 % sobre los conocidos hasta ahora en la provincia de Albacete (79), constituyendo en este momento casi el 20 % del total.
Ello convierte al Tolmo en uno de "^"^ Aunque no es éste lugar para desarrollarlo con extensión, hemos de indicar que en los últimos años se vienen documentando en esta época reformas urbanas tendentes a la monumentalización de las antiguas ciudades; cf. M. Pfanner, «Modelle rõmischer Stãdtenwicklung am Beispiel Hispaniens und der westlichen Provinzen», Stadtbild und Ideologie, cit. (nt.
38), 74 s.; especial hincapié se hace, dentro de este proceso, en la construcción de murallas y en su asignación a través de inscripciones monumentales; idem, 85 s. ^5 Cf.
21), 289 s.; del mismo autor, «Die Entstehung der epigraphischen Kultur der Rõmer an der Levantküste, en Roma y las primeras culturas epigráficas de Occidente, Zaragoza, 1992, 121 s. Ello hay que verlo como un episodio más en la progresiva utilización de los soportes artísticos y materiales como elementos de la propaganda augustea; cf P. Gros y G. Sauron, «Das politische Programm der õffentlichen Bauten», Augustus und die verlorene Republik, cit. (nt.
37) los lugares de mayor concentración epigráfica y onomástica de la provincia.
Los ciudadanos con duo o tria nomina constituyen el grupo más numeroso, que incluye ciudadanos destacados y de origen servil o liberto.
Entre los primeros destacan Titus Martius, Vibius Fuluius Quetus y Gaius Grattius Grattianus; es posible que, a juzgar por el soporte material de sus nombres, en sillares que no parece posible relacionar directamente con monumentos funerarios, los que hemos identificado como [-Jianus mem [-] y Aemil [-] pertenecieran también a este grupo de ciudadanos.
De entre las funerarias, tan sólo Marcus Antonius [-Jurculus cuenta con los tres nombres, aunque es posible que, si nuestra hipótesis de desarrollo es correcta, hubiera que incluir entre ellos a [-. -fMacer.
Un grupo de personas que sólo presentan duo nomina son o bien mujeres o bien personas de menor rango social, excepción hecha del de la inscripción num.
1; tenemos así a Didius Maenius, patrón de una familia de libertos, Antonius Felco, A [-] día Th [-] (dudosa), Sergius Gracilis y Hele(na) Graeca.
De un solo nombre contamos con Mascutius, Nirenia y Mamamarius, padre y hermanos, respectivamente, para quienes hemos propuesto la condición de libertos, y con Archius, de carácter servil; con Fabricius, sobre cuya condición nada se indica; y con una Antonia y un [-Jncinus que puede ser parte de un nombre más largo.
Por tanto, la relación de nombres sería la siguiente:
[-] Aemili(us) [-Jianus Mem[-] En dos casos se atestiguan inscripciones laterales (MH en la num.
En el primer caso, las letras son grandes y de mejor factura que las del propio epígrafe; en el segundo resultan similares a las de éste.
En cuanto a la tipología de las estelas funerarias, tres de ellas (núms.
8, 10) han llegado en un estado tal que sólo permiten su identificación como bloques de piedra en forma de sillar, sin que sea posible conocer su forma original.
De las restantes, dos son losas de no mucho grosor (núms.
7, 9), que tal vez sirvieron como lápidas; tres tienen en común el remate superior de forma redondeada (núms.
6, 11, 12), y una cuarta (núm. 5), que parece recta, tiene la parte superior recortada y no puede saberse si originalmente fue también curva; en este caso, sobre la cartela aparece una edícula que parece convenir a la misma intencionalidad.
Existe, por tanto, un cierto predominio de las estelas de bloques paralelepipédicos con remate superior curvo, predominio que se acrecienta si tenemos en cuenta que en la propia muralla hay al menos otras dos estelas similares a la número 11, aunque por el momento parecen anepígrafas (UUEE 1931 y 1932) (fig. 42).
La mayoría de las estelas conservadas corresponden a monumentos de cabecera curva, aunque dentro de este grupo existan variantes (fig. 43).
En un caso la pieza lleva comua laterales (núm. 6), que son simulados en otra (núm. 5).
La parte superior de la cara frontal está contorneada por filetes que delimitan un 0*-20 cm campo interior que sólo en un caso recibe una decoración en forma de dos arquillos; por debajo se encuentra el campo epigráfico en aquellas que lo tienen y, más abajo, otra vez decoración de arquillos.
Los laterales presentan en casi todos los casos también arcos, en concreto una superposición de dos de ellos.
En síntesis, puede decirse que en el ambiente funerario del Tolmo de Minateda predominan las estelas paralelepipédicas en forma de sillar, con la cara superior redondeada y, o bien cartelas en su cara principal, o bien -lo que parece más abundante-uno o varios arquillos, tanto en la cara principal como en las laterales.
Si comparamos este tipo de estelas con las ya conocidas del propio Tolmo y con las de las áreas próximas, vemos que entre las de la provincia de Albacete predominan también las de remate curvo, conformando una especie de frontón diferenciado del resto de la pieza, en el que se aloja un motivo decorativo que puede ser alguna variante de la roseta o una corona; por debajo se encuentra el campo epigráfico dentro de un recuadro"^^.
Una versión más simple, también redondeada, carece de elemento decorativo en la parte superior y presenta un liza un sucinto inventario de las estelas de este tipo en la península ibérica, destacando su aparición en las tres capitales: Emerita, Tarraco y Corduba y su datación en los siglos i-ii d.C.
En el caso que nos ocupa, las estelas del Tolmo presentan diversas variantes.
Un ejemplar (núm. 6) parece corresponder a una variante evolucionada, ya terminada en curva, de las inventariadas por Edmonson y estaría relacionada con las estelas y los altares de frontón con cornua a sus lados.
La mayoría de estos frontones son los clásicos triangulares, aunque también los hay curvos; es con estos últimos con los que se relacionaría nuestra estela, aunque el recorte de su cabecera dé la falsa impresión de que se trata de una pieza cuadrangular.
El grupo más característico del Tolmo, el compuesto por estelas rectangulares, largas y estrechas, con campos contorneados por filetes en resalte y campo epigráfico entre dos de estos campos, sin adornos ni moldura de ningún tipo, parece una variante algo más compleja dentro del grupo general al que nos hemos referido, que en su mayoría se diferencia de las del Tolmo en que ofrece los campos rebajados como alojamiento de los epígrafes o de determinados símbolos, entre los cuales destaca la roseta.
Paralelos formales de esta variante se encuentran también en numerosos lugares, datados preferentemente entre la época julio-claudia y finales del siglo II d.C."^^.
El grupo más numeroso, y bastante próximo en algunos aspectos al del Tolmo, se encuentra en la provincia de Jaén, incluyendo ejemplares de Salaria y Santo Tomé y se data en estas mismas fechas ^°.
58), Lara de los Infantes (J. A. Abasólo, Epigrafía romana de Lara de los Infantes, Burgos, 1974, lám. XC), Écija (P. Rodríguez Oliva, Inscripciones latinas del Museo de Málaga, Málaga, 1981, núm. 40, fig. LV), Asta Regia (J. González, Inscripciones romanas de la provincia de Cádiz, San Fernando, 1982, núm. 34, lám. XV), Duratón y Teruel (R. C. Knapp, Latin... cit. [nt.
Casi todos ellos se datan en los siglos i y ii d.C, aunque raras veces la datación se apoya en argumentos indubitables.
Las estelas de este tipo son relativamente abundantes en el centro de Hispânia, y parecen en cambio menos numerosas en el litoral mediterráneo; así en Sagunto y Valencia tan sólo se documentan un par de ejemplares.
^^ C González Román y J. Mangas Manjarrés, Corpus de Inscripciones Latinas de Andalucía, vol. Ill, Jaén, tomo II, números 360, lám. 243;367, lám. 249;373,377,378,379, etc. Una estela de este tipo procedente de Tugia {idem, num. sulta significativo, ya que esta región está bien comunicada con la zona oriental de Albacete por la ruta que sigue el curso del río Segura ^^ La cronología de las estelas del Tolmo resulta difícil de establecer, ya que todas están descontextualizadas y sus caracteres específicos, tanto iconográficos como textuales, no permiten muchas precisiones.
La mayoría de las de este tipo se datan, como ya hemos visto, en los siglos i-ii d.C, aunque los argumentos utilizados son inaplicables en nuestro caso, pues carecemos de una serie lo suficientemente amplia de documentos bien fechados en la propia zona de estudio.
Tan sólo uno de los epígrafes del Tolmo puede ayudamos en el establecimiento de una cronología.
Se trata de la estela número 12, la única que no se encuentra reutilizada en el muro del baluarte; apareció en la necrópolis septentrional, en un estrato de destrucción asociado con el monumento occidental del corte 12, aunque su relación debe establecerse más bien con las cremaciones que se abren en los niveles de amortización de este monumento.
En cualquier caso, esta asociación nos ofrece un arco cronológico que va desde mediados del siglo i a.C, momento de construcción de estos monumentos, a la época flavia, a la que corresponden las últimas tumbas del nivel superior.
Tendríamos, por consiguiente, un período máximo de unos cien años para su datación, aunque parece seguro que el monumento debe ser adscrito a los enterramientos del siglo i d.C.
El hecho de que esta estela, junto con los monumentos con los que se asocia, no fueran reutilizados en el baluarte tardío, pese a su proximidad y a su muy apropiada labra ^^, así como el abandono de esta necrópolis -al menos en la parte excavadahacia fines del siglo i d.C, nos hace pensar que el resto de las estelas estudiadas, que sí fueron reutilizadas, deben ser algo más tardías y proceder de otro lugar en el que continuaron estando a la vista.
Posiblemente pertenezcan a una necrópolis en uso a partir del siglo II d.C que debió estar situada al sur del Tolmo, entre este yacimiento y el de Zama, pues es esta área la que adquiere mayor importancia en estos años.
El hecho de que los tipos sigan siendo prácticamente los mismos nos muestra su perduración durante el alto Imperio.
543, lám. 354), presenta a los lados de la cabecera un par de cilindros que hacen alusión a los antiguos cornua de estelas y altares.
En ella se documenta fehacientemente la relación de la zona occidental de la provincia de Albacete con el entorno castulonense en estas fechas.
^^ Los sillares de los monumentos están hechos de una biocalcarenita de bastante mejor calidad, que no se documenta entre los reutilizados en el muro del baluarte.
Los criterios que podrían utilizarse como elementos de datación no resultan muy efectivos, pues salvo los epígrafes monumentales se trata de un tipo bastante sencillo de epigrafía local.
No obstante, algunos datos permiten concretar algo más; así, la fórmula DMS de las inscripciones es característica de fines del siglo i d.C. y sobre todo del siglo ii, en tanto HSE lo es del i d.C. ^\ La ausencia de filiación en prácticamente todos los epígrafes indica también una datación relativamente avanzada, aunque en ello puede jugar un importante papel el tipo de personas -de no muy elevado rango social-para el que se realizaron estas estelas.
Podríamos aplicar también, aunque con las naturales cautelas, algunas de las propuestas de datación realizadas para territorios que estuvieron más o menos ligados con el municipio del Tolmo de Minateda; así, para Sagunto, los recuadros que enmarcan el texto, como tenemos en la inscripción núm. 5, aparecen a fines del siglo I d.C. y se difunden sobre todo en el ii y m ^^.
A ello hay que añadir la aparición en dos epígrafes y tres ocasiones -siendo por tanto el que más se repite-del nombre Antonius, que parece alcanzar su máxima difusión en la Península a lo largo del siglo II d.C. Poco es en síntesis lo que podemos obtener, excepción hecha de que la mayor parte de los epígrafes parecen corresponder a los siglos i y ii d.C.
De la observación conjunta de las inscripciones que se conservan completas, y de su relación con otros monumentos similares pero anepígrafos, puede postularse la existencia de una producción local de estelas de cabecera curva que admite diversos grados de complejidad; la más característica es precisamente la más simple, con piezas altas y estrechas, contorneadas por filetes que configuran arcos, y campo epigráfico sin recuadrar.
Como datación, parecen propias del siglo i y principalmente del II d.C.
LAS INSCRIPCIONES DEL TOLMO EN SU CONTEXTO REGIONAL
El conjunto epigráfico del Tolmo de Minateda reúne una serie de características que le confieren una considerable importancia.
Por una parte, documentan un nuevo municipio cuyo nombre, aunque sin total seguridad, pudo ser el de Ilunum, que debió acceder al estatuto privilegiado con posteriori-dad al año 12 a.C. Nos proporciona los nombres de los primeros magistrados, relacionados con las minorías promocionadas de las ciudades levantinas y en concreto con aquellas que pocos años antes habían desempeñado idénticas funciones en las ciudades de Segobriga y Ercavica.
Este proceso puede cifrarse en torno al año 9 a.C, fecha proporcionada por los datos del epígrafe monumental augusteo.
Es éste un testimonio espectacular del proceso de municipalización y de embellecimiento, more Romano, de una antigua obra de defensa que seguía conservando toda su utilidad.
Ello se llevó a cabo bajo el patrocinio del propio emperador y la gestión directa de alguien que parece ser Lucio Domicio Ahenobarbo.
Si los nuevos sillares que sin duda se recuperarán en los próximos años confirmaran este dato, tendríamos que pensar que lo hizo como gobernador de la Citerior, el año 9 a.C, entre los gobiernos que desempeñó en Africa e Riria.
Sin embargo, y a juzgar por lo poco que conocemos todavía, parece que la ciudad del Tolmo no tuvo posteriormente un floreciente desarrollo, sino que, como ocurrió en otros lugares de la zona ^^, el núcleo urbano languidecería durante bastante tiempo, mientras proliferaban uici y asentamientos menores en el entorno, hasta que a fines de la Antigüedad volvería a recuperar un papel protagonista.
El Tolmo de Minateda se incluiría por tanto entre los núcleos privilegiados del sureste peninsular: Ilici al este, Libisosa al norte, Carthago Noua y Begastri al sur y un municipio de nombre desconocido en Los Villares, al oeste.
El núcleo principal fue la colonia de Carthago Noua, y su proceso de florecimiento y de decadencia conllevó el de su entorno.
El hecho de que el Tolmo se encuentre dominando la vía que unía Carthago Noua con la Meseta, pero también una vía secundaria que debió poner en relación la zona de Ilici con el valle del Guadalquivir ^^, confería a su emplazamiento un valor añadido.
Los tipos y la onomástica de las inscripciones parecen confirmar este carácter de cruce de caminos y encrucijada del Tolmo de Minateda y sus relaciones con el Levante y Cartagena, pero también con la Meseta y el valle del Guadalquivir.
LA EPIGRAFIA DEL TOLMO DE MINATEDA (HELLIN, ALBACETE) |
Se aborda en este trabajo el análisis del empleo de lateres coctiles en la construcción de las termas romanas de Campo Valdês (Gijón).
Este estudio es una contribución al conocimiento de la edilicia hispanorromana en general y, de manera particular, al de la técnica constructiva en los complejos termales.
La ciudad de Gijón contó en época romana con un edificio termal de carácter público, cuyos vestigios se conocen parcialmente desde principios de siglo (Somoza, 1908; Alvargonzález, 1965).
En 1990, dentro del Proyecto Gijón de excavaciones arqueológicas, se procedió a la reexcavación del monumento con el fin de realizar una revisión sistemática de los restos conservados y recuperarlos para su exhibición pública.
Recientemente en el marco de la exposición Astures se inauguraron las instalaciones museísticas que albergan las ruinas del complejo termal (Fernández Ochoa, dir., 1995).
Las termas romanas de Gijón están ubicadas en la plaza de Campo Valdês, en la falda suroriental de la península de Sta.
Catalina, que actualmente ocupa el popular barrio de Cimadevilla.
Este monumento constituye, junto con la muralla tardorromana y la factoría de salazones de la Plaza del Marqués, la evidencia arqueológica más relevante' Este trabajo se enmarca dentro de nuestro proyecto «Termas públicas y baños privados en la Hispânia romana», subvencionado por la DGYCIT (PS92-0025) y actualmente en curso.
La aportación que vamos a realizar en este estudio se refiere a la utilización de uno de los elementos más característicos de las termas romanas, el material latericio, cuyo uso en los sistemas de calentamiento y en los paramentos de las habitaciones calefactadas representa un rasgo específico de estas instalaciones.
A través de este análisis pretendemos cubrir un aspecto a menudo olvidado en los estudios sobre las termas romanas hispanas, cuya deficiencia ya hemos manifestado en otro lugar (Fernández Ochoa, Morillo, Zarzalejos, 1995, e.p.).
El análisis e interpretación del uso de los lateres coctiles en las diversas estancias exhumadas en las termas de Gijón será abordado teniendo en cuenta la interpretación funcional del edificio según se ha dado ya a conocer a la comunidad científica (Fernández Ochoa (Dir.), 1995) (fig. 1).
EL USO DE MATERIAL LATERICIO EN LAS TERMAS DE GIJÓN
Como es bien sabido, las estructuras calefactadas son las que proporcionan mayor información respecto al uso del material latericio en los edificios termales.
El empleo de este tipo de material se constata asimismo en otras partes de las termas, como paramentos e infraestructuras de alcantarillado, conducción y desagüe.
El orden de la exposición de datos que sigue considera en primer lugar las habitaciones calefactadas, de acuerdo con los siguientes elementos constitutivos:
-Praefurnia -Pasos de calor -Area -Elementos de sustentación: pilae y arquillos -Revestimientos refractarios parietales -Suspensurae -C one amer aliones Figura 1.-Planta de las termas con indicación de sus fases constructivas.
En segundo término atenderemos a la aplicación de latericio en conducciones (alcantarillas y acometidas de agua).
Para un mejor seguimiento adoptamos el orden de la descripción funcional del edificio (Fernández Ochoa (Dir.), 1995).
El apodyterium (A) no conserva vestigios de praefurnium, si bien se observaron durante el proceso de excavación restos de tierra quemada en la pared oeste, que, junto a la interrupción constatada en dicho muro y la inclinación de la estancia hacia el oeste (entre 4 y 7 cm sobre la cota media), inducirían a pensar que efectivamente existió un hogar en este punto.
La construcción del area se realizó en opus signinum de buena calidad, de superficie homogénea con alta composición en latericio pulverizado.
La suspensura reposó sobre un entramado de arquillos, compuesto por dieciséis filas de seis arcos en sentido E-W.
Se conservan restos de veintiséis arranques además de las huellas de otros hasta alcanzar un total de sesenta.
Se trata de arcos de medio punto, uno de los cuales se ha conservado completo en la esquina NW (fig. 2).
Los ladrillos empleados en su fábrica son de tipo cuneati, con medidas medias de 19 x 12 x 3,5/4,8 cm, salvo en la intersección de dos arcos, donde se ha localizado un bessalis de 21 x 20 x 4 cm.
La pared este conserva un revestimiento refractario integrado por 18 ladrillos bessales (20 x 19 x 7 cm) en la base, dispuestos en vertical.
En la pared sur, bajo el acceso al frigidario, se documenta un refuerzo refractario constituido por tres series verticales de cinco hiladas de ladrillos de tipo lydion (28/29,5 x 40/44 x 5,5 cm).
La suspensura está compuesta por grandes imbrices (50 X 10 X 26 cm) cubiertas por dos capas de opus signinum.
Se conserva in situ uno de ellos en la pared este sobre el muro refractario.
El primer tepidarium (Tl) presenta restos de la cimentación de una pequeña cámara cuadrangular (propnigeum) que precede al praefurnium; éste se configura como un canal exterior relacionable con Figura 2, -Detalle de los arquillos conservados in situ en el apodyterium (A).
Figura 3.-Detalle del praefurnium del primer tepidarium (TI).
Pueden reconocerse dos pasos de calor hacia la habitación contigua por el sur.
El mejor conservado presenta piezas de tipo lydion (44 x 30 x 5,5/6 cm), a las que se adicionan fragmentos de ladrillo de unos 20 cm hasta completar la anchura del muro (fig. 4).
El area está realizada con opus signinum de buena calidad y ofrece una inclinación hacia el suroeste que se aproxima a los 10 cm sobre la cota media.
Los elementos de sustentación son pilae, distribuidas en diez filas en sentido E-W de seis hileras cada una.
No se conserva ninguna, pero sí su impronta marcada sobre el pavimento, hecho que permite cifrar las dimensiones del latericio empleado en tomo al módulo bessalis (18,5/19 x 6,5/7,5 cm).
La distancia entre las pilas es de 48 cm aproximadamente.
A juzgar por el tamaño de las improntas, puede asegurarse que carecieron de base por lo que indistintamente podrían corresponder a los tipos A, H o J (Degbomont, 1984, 100).
La zona absidiada de esta estancia conserva restos de un revestimiento refractario, constituido por ladrillos bessales (18 x 19 x 6,5/7 cm).
No se documentan vestigios de la suspensura, pero es posible su reconstrucción con piezas bipedales teniendo en cuenta los módulos de distancia entre las pilae ^.
No ha proporcionado este ambiente indicio alguno que permita identificar el empleo de concamerationes.
La siguiente sala, considerada por nosotros como un segundo tepidario (T2), apenas conserva restos de su sistema de calefacción.
En todo caso, se trata de una estancia calentada indirectamente desde los ambientes contiguos (TI y C), cuyos pasos de calor se describen en cada una de las estancias correspondientes.
El area se pavimentó con un opus signinum del que restan únicamente las capas inferiores de este preparado hidráulico.
Como elementos sustentantes del suelo de la habitación, sólo es posible apuntar la existencia de un ladrillo bessalis (18x 18x7 cm) sobre el área en el ángulo NE, que correspondería a un soporte de la modalidad de pilae.
El deterioro que presenta la CARMEN FERNÁNDEZ OCHOA Y MAR ZARZALEJOS PRIETO AEspA, 69, 1996 pavimentación del area impide reconocer las improntas de la sucesión de pilas y, en consecuencia, establecer un cálculo aproximado de sus distancias y su disposición espacial en este ambiente.
El caldarium (C) no ha proporcionado restos identificables de un praefurnium, debido posiblemente a las alteraciones sufridas por el extremo sur del complejo termal en época moderna ^.
En la reconstrucción hipotética de esta sala, hemos considerado la posible existencia de un praefurnium en el extremo sur de la habitación, quizá asociado a un segundo alveus, siguiendo un esquema frecuentemente repetido en los complejos termales de Hispânia y otras zonas del Imperio (Nielsen, 1990, passim).
Los pasos de calor radicados entre T2 y C están realizados con ladrillos de tipo lydion (43/44 x 27/30 X 6 cm) y se recurrió al mismo sistema de adecuación con el grosor del muro ya comentado en la descripción de los pasos de calor existentes entre T2 y TI.
El area del caldarium presenta una pavimentación de opus signinum que ha perdido en parte su acabado superficial.
La suspensura de esta estancia está apoyada sobre pilae de ladrillos bessales (18 x 18 cm), cuya impronta permite identificar su distribución en ocho hileras (este-oeste) de cinco pilas (norte-sur) (fig. 5).
En el espacio absidiado en el que se ubicó el Figura 5.-Improntas de las pilae y pasos de calor del caldarium (C).
^ La excavación arqueológica puso de manifiesto la existencia de graves deterioros producidos por la erección de estructuras murarias de protección ante las acometidas del mar.
En el transcurso de nuestros trabajos en este sector se han recuperado materiales cerámicos y numismáticos de cronología moderna (siglos xviii-xix), que corroboran las noticias acerca de la financiación de la obra por parte de la familia Jovellanos (Bonet, 1970).
alveus, se conservan in situ tres hileras (este-oeste), dos de ellas de cuatro pilas y una tercera de cinco (norte-sur).
La distancia media entre los elementos de suspensión es de unos 48 cm.
La habitación no conserva restos de la suspensura.
Una vez más es posible deducir, por el canon de distancia entre pilae, que ésta se configuró mediante grandes piezas hipe dales.
Dentro del primer proyecto termal que venimos analizando, se produce una reforma que supuso el añadido de una nueva estancia al noreste del pasillo (Pa) y la modificación de la circulación inicial de estos espacios.
El nuevo ambiente es una habitación circular, inscrita en un cuadrado que se puede interpretar como una sudatio (S).
El hipocausto, cuyo buen estado de conservación permitió su exhibición pública a lo largo de los años, ha sido objeto de algún retoque desde su descubrimiento.
Su praefurnium, clasificable dentro del tipo III de Degbomont, presenta lateres de distinto tamaño.
Los tres reconocibles en la zona superior de los muretes corresponden al tipo lydion (41/46 x 22,5/28,5 x 4/5 cm), módulo con el que se relacionan también los de la base.
Este hogar tiene acceso desde un patio de servicio, que será común a otros praefurnia asociados a estancias pertenecientes a la fase de ampliación que experimenta el complejo en el siglo II d.C. (fig. 1).
Los restos conservados no posibilitan aventurar si en la fase constructiva inicial el praefurnium de la sudatio circular contó con prognigeum.
El area está pavimentada con opus signinum, sobre el que se levantan las pilae.
Los apoyos suman un total de 36 ejemplares, en su mayor parte circulares, con basa y capitel de uno o dos pedales (19,5 X 19,5 X 4 cm) o con pedalis y bessalis en el caso de algunos capiteles, siguiendo los modelos B y G de Degbomont.
En el extremo occidental, en correspondencia con el acceso a este ambiente, se dispusieron dos arquillos realizados con cuneati.
La clave de uno de ellos reposa sobre una pila de ladrillos circulares del tipo B de Degbomont.
La hilera de pilae inmediatamente situada hacia el este combina el modelo circular con dos cuadradas en ambos extremos.
La suspensura se ha realizado con bipedales (55 X 55 X 8 cm), sobre los que se asentó el pavimento de opus signinum, conservado sólo en parte.
La estancia ha proporcionado vestigios de concamerationes, consistentes en tubuli latericii (25 x AEspA, 69, 1996 TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS EN LAS TERMAS ROMANAS DE GIJON 113 42 X 10 cm) que resultan visibles en los lados norte y este.
A partir del primer tercio del siglo ii d.
C, el conjunto experimenta una ampliación hacia el este.
Entre las nuevas estancias que se incorporan en el complejo balneario debemos mencionar dos en particular, provistas de hipocausto (S? y H?), dado que los ambientes restantes (DI, D2, D3 y D4) no cuentan con sistema de calefacción.
Atribuimos a la primera dependencia citada una función de sudatio.
Esta interpretación se basa en las dimensiones reducidas de la habitación y el enorme potencial calorífico que las estructuras conservadas permiten reconstruir.
Se trata de una estancia de forma rectangular, que cuenta con el hipocausto mejor conservado del conjunto gijonés (fig. 6).
Figura 6.-Hipocausto de la posible sudatio rectangular.
Podría clasificarse dentro del tipo III de Degbomont y dispone de un propnigeum a la manera de una pequeña estancia delimitada por sendos muretes de mampostería de distinto grosor.
El más grueso -60 cm-se adosa a la pared de la estancia D2, probablemente para aislar las pinturas murales de la citada habitación del calor desprendido por el praefurnium.
Este último se formó con ladrillos pedales, pedales do-velados y cuneati.
La bóveda está realizada con cuneati indeterminados de 19 X 4 cm aproximadamente.
El area está pavimentada con opus signinum de acabado grueso y no es posible calibrar su inclinación respecto al praefurnium, dado que no se ha podido vaciar el extremo opuesto.
El sistema de suspensión elegido en este ambiente son los arquillos.
Se distribuyen en diez hileras de tres arcos con una luz de 50 o 60 cm; en este conjunto el rasgo más sobresaliente es el de la diversidad.
En efecto, hemos identificado hasta tres procedimientos de construcción de las pilas de los arcos:
-pila de ladrillos cuadrados: se emplea el módulo pedalis de 27/29 x 5/6 cm.
-pila de ladrillos troncopiramidales: los arquillos apoyan en plintos cerámicos en forma de ábaco.
En su mayor parte presentan unas dimensiones próximas al môáuXo pedalis, si bien hay algunos ejemplares rectangulares.
La suspensura está construida mediante grandes imbrices (48 x 21 x 10 cm) que apoyan sobre una lechada de argamasa mezclada con fragmentos de ladrillo, teja y piedra que rellena el tímpano.
Sobre las imbrices se dispuso una primera pavimentación en opus signinum de tonalidad blanquecina, rico en cal (íQYYãzo-signinum), con una fina moldura perimetral.
En un segundo momento, se procede a una repavimentación realizada, esta vez, con un signinum más denso y rojizo a causa de la mayor proporción de latericio triturado.
Las esquinas de la habitación se refuerzan con la clásica moldura en cuarto de bocel.
En cuanto a la segunda estancia calefactada, situada al sur de la sudatio circular (S), se trata de un espacio irregular formado por un pequeño ambiente cuadrado al que se adosa un apéndice piriforme por el oeste.
El ambiente cuadrangular conserva restos de un hipocausto realizado con materiales latericios amortizados de las etapas anteriores.
El praefurnium se localiza en el extremo suroriental de la estructura y está formado por dos muretes; el que está situado hacia el oeste presenta ladrillos rectangulares muy afectados por el calor y cuya medición exacta resulta difícil (10/12 X 18/22 x 5 cm aprox.)-El pésimo estado de conservación del muro oriental impide obtener medidas precisas de los lateres que lo revisten.
En el suelo de la estructura, entre ambos muretes, se hallaron dos lydiones (43 x 30 x 5 cm).
El area está realizada con opus signinum de mala calidad.
Los elementos de sustentación son pilae constituidas por un sistema mixto resultante del empleo de materiales latericios reutilizados.
Así, se combinan pilae con ladrillos cuadrados de tipo bessalis (20 X 21 X 8 cm) con un pedalis (28 x 28 x 6 cm) a modo de basa; está documentada también la modalidad de columnilla de ladrillos circulares (18 cm de diám. x 6,5 cm) con basa de pedalis (28 x 28 X 5 cm).
Una última variedad está representada por pilas con una base pedalis (28 x 28 x 5,5 cm), sobre la que se conservan dos ladrillos redondos (18 cm de diám.
Se ha constatado la realización de un revestimiento refractario formado por cuneati (18x 14x5/ 6 cm), que se halla adosado al muro occidental de esta pequeña estancia.
El apéndice piriforme conserva asimismo restos de hypocausis, formada por tres pilas centrales yuxtapuestas con ladrillos cuadrados de dimensiones comprendidas entre el módulo bessalis y el pedalis (26 X 7 cm y 23/24 x 7 cm).
Para la construcción del muro de la estancia se emplearon, además de la piedra caliza, fragmentos de tegulae, imbrices y ladrillos.
Siguiendo un eje norte-sur se dispusieron dos chimeneas simétricas construidas con tegulae.
b) RED DE ALCANTARILLADO Y ABASTECIMIENTO DE
La red de conducciones detectada en la reexcavación de las termas de Campo Valdês corresponde en su mayor parte al sistema de desagüe de las estructuras exhumadas en la zona central del complejo, así como también de las edificaciones localizadas en el noreste, junto a la iglesia de San Pedro, que posiblemente formaron parte de las Termas' ^.
Las características constructivas de estos desagües son bastante uniformes: la base del canal está realizada con una sucesión de tegulae.
Se ha documentado el empleo de tejas de distintas dimensiones.
Buena parte de las conducciones conservadas in situ presentan un módulo de 46/49 x 37 cm. Otras piezas más pequeñas (46 x 18 cm) se han hallado fuera de contexto, salvo dos ejemplares de este mismo tamaño ubicadas en una conducción.
Cualquiera que sea el módulo empleado, todas ellas se encastraron en la arcilla, delimitadas por una hilera de piedras trabadas con argamasa.
La cubierta se compone de grandes lajas de caliza y en un solo caso -la conducción de traída de agua al frigidarioestá realizada con tegulae.
Escapan a esta tónica general tres canalizaciones.
La primera de ellas funciona como desagüe de la piscina del frigidarium y en su base se emplearon ladrillos de tipo lydion (38 x 30 x 5 cm), material que posiblemente pudo servir para su cubrición, según se observa en el perfil este del frigidario (F).
La segunda se encuentra localizada sobre la fábrica muraria del hipocausto de la sudatio circular.
En la base se aplicaron ladrillos rectangulares a los que únicamente ha sido posible medir la anchura (33 cm), mientras que los muretes laterales fueron construidos con ladrillos cuneati (18,5/19 x 14 x 4/5,5 cm).
Por último, habría que aludir a un pequeño tramo de conducción situado bajo el ambulacrum (Pa), en dirección hacia el tepidarium (TI).
La base está compuesta por tres imbrices de sección apuntada y una tegula en la zona cercana a la cara oeste del muro del citado tepidario.
La cubrición se realizó con dos piezas rectangulares (48 x 24 cm), con la cara vista plana y la interior cóncava, provistas de entalles para asegurar el encaje entre sí.
Estas piezas no son frecuentes entre las conducciones conocidas en las termas hispanas.
Todas ellas confluyen hacia la zona de servicio situada entre la sudatio circular (S), el ambulacrum (Pa), la sudatio rectangular (S?) y las dependencias DI y D2.
Desde este punto se encaminan hacia el mar orientando su salida bajo la dependencia DI.
Sólo ha sido posible identificar una conducción de abastecimiento.
Arranca de un aljibe parcialmente conservado y que se encuentra adosado al muro norte del apodyterium (A).
La base y la cubierta de la canalización se realizaron con tegulae de gran tamaño (48 x 37 cm) (fig. 7).' * En 1994 se han practicado excavaciones de urgencia en la Plaza del Arcipreste Piquero y Avda. de la Salle que sacaron a la luz tres habitaciones con estructuras murarias y decoración parietal muy semejantes a las de las termas.
Es probable que el edificio, en su ampliación, alcanzase estos espacios dada la certeza de que el complejo se prolongaba bajo la iglesia de San Pedro.
Una vez descritas las aplicaciones de material latericio en las termas de Campo Valdês, procederemos a exponer una valoración ordenada de las mo- dalidades identificadas, sus aplicaciones y sus peculiaridades en relación a los modelos canónicos y a las soluciones adoptadas en otras termas hispanas (Fernández Ochoa, Morillo, Zarzalejos, 1995, e.p.).
-Bes salis: Ladrillo cuadrado de dos tercios de pie (unos 19,7 cm de lado) que Vitrubio {De Arch., V, 10) asocia a la realización de las pilae que soportaron la suspensura de los hypocausta.
En las termas gijonesas se encuentra relacionado con esta función canónica en los tepidaria (TI y T2) y en el caldarium (C).
Con un uso diverso, se emplean también en la fábrica de muros refractarios en el apodyterium (A) y en el caldarium (C).
Cuando las termas dejan de utilizarse como tales, encontramos este tipo de ladrillo reutilizado para enrasar la piscina del frigidarium.
La aplicación canónica de los lateres bessales está constatada en numerosos conjuntos balnearios hispanos, según hemos indicado en otro lugar (Fernández Ochoa, Morillo, Zarzalejos, 1995, e.p.).
Este hecho no hace sino confirmar que el uso primordial de estas piezas fue el que se recoge en las indicaciones vitrubianas.
-Pedalis o Tetradoron: Ladrillo de formato cuadrado, de un pie de lado (unos 29,6 cm).
Según Vitrubio, este later era adecuado para la realización de basas y capiteles de las pilas de sustentación de la suspensura.
Con esta misma finalidad sólo se documenta en Gijón en las pilae de la sudado circular (S).
No obstante, volvemos a encontrarlos formando parte de algunas pilas de los arquillos del hipocausto de la sudado rectangular (S?), o en los muretes del praefurnium de esta misma estancia.
En el conjunto de las termas hispanas no resulta excesivamente frecuente el empleo de basas y capiteles en las pilae.
Esta observación puede estar mediatizada por el estado de conservación de los edificios, aunque existen complejos mejor conservados en los que el latericio usado como capitel o basa de las pilae escapa al canon clásico del later pedalis.
-Sesquipedalis: Ladrillo cuadrado de un pie y medio de lado (unos 44,4 cm), cuyo uso recomendado por las normas vitrubianas era servir como pavimento del area del hipocausto.
Con este uso canónico no ha sido identificado ningún pavimento de area en las termas de Campo Valdês, como tampoco en el resto de Hispânia.
Debe concluirse que estos lateres se hallan ausentes de los edificios balnearios hispanos, por razones probablemente de abaratamiento de los costes, según hemos indicado en otro lugar (Fernández Ochoa, Morillo, Zarzalejos, 1995, e.p.).
-Bipedalis: Ladrillo cuadrado de dos pies de lado (unos 59,2 cm).
Vitrubio propone entre sus usos su integración en el sistema de sustentación de la suspensura.
En las termas de Gijón le hallamos desempeñando esta función en el tepidarium (TI) y en la sudatio circular (S).
En el primero de los casos, no se ha documentado ningún ejemplar in situ, pero es relativamente fácil adivinar su existencia a partir de cálculos sobre las distancias de las pilae del hipocausto.
Muchos edificios termales hispanos muestran la aplicación canónica de estos grandes lateres, al tiempo que su gran formato favoreció su empleo en otras partes de las construcciones, como arcos de praefurnia, o en la regularización de paramentos.
-Lydion: Ladrillo rectangular de un pie por un pie y medio (unos 29,6 x 44,4 cm).
Fue, sin duda alguna, el módulo latericio más versátil y, por tanto, el más empleado.
Las termas gijonesas acreditan sus múltiples usos, puesto que se constata su aplicación en los pasos de calor, bases, muros y arcos de praefurnia, umbrales, etc. Además se identifican en los escalones de la piscina del frigidarium, en los accesos escalonados al apodyterium y al frigidarium, en las bases y cubiertas de algunas canalizaciones y, como material reutilizado, en el enrasamiento tardío de la piscina antes citada.
Esta multiplicidad de usos encuentra reflejo en buena parte de los establecimientos termales hispanos, donde aparecen indistintamente empleados en cualquiera de las partes estructurales de las habitaciones calientes.
-Cuneati: Ladrillo en forma de cuña, con sección trapezoidal, habitualmente destinado a la realización de arcos y bóvedas.
Con esta función se han documentado en los arquillos del hipocausto del apodyterium (A) y en los de la sudatio rectangular (S?).
Ha sido posible comprobar su presencia en muros refractarios y muretes de canalización.
-Ladrillos troncopiramidales: Piezas cerami-cas empleadas a modo de plinto en forma de ábaco en pilas de arquillos.
Esta modalidad no resulta frecuente, hasta el momento, fuera de la región cantábrica.
Además del caso gijonés, donde se han constatado en el hipocausto de la sudatio rectangular (S?), están presentes también en las termas existentes bajo la catedral de Santander (Casado Soto-González Echegaray, 1985).
-Ladrillos circulares: Se utilizan exclusivamente para la realización de las pilae de los hipocaustos.
En las termas de Campo Valdês se encuentran formando la mayor parte de las pilas de la sudatio circular (S).
Asimismo las pilae del pequeño hipocausto levantado al sur de la citada sudatio, se componen de ladrillos circulares y rectangulares alternativamente.
-Ladrillos rectangulares: No responden a un módulo estándar y sus aplicaciones en Gijón se reducen a la realización de muros refractarios.
-Ladrillos romboidales: Su presencia es muy escasa, dado que tan sólo ha aparecido un ejemplar fuera de contexto.
-Tubuli latericii: Piezas huecas con perforaciones, que se utilizan exclusivamente en la construcción de las concamerationes.
En Gijón se han localizado in situ en la sudatio circular (S) y en la rectangular (S?).
En ambos casos, se trata de piezas prismáticas huecas, con orificios circulares en los lados estrechos (fig. 8a). -Tegulae e imbrices: Además de su normal utilización en la cubierta de los edificios, ambos tipos se aplicaron con frecuencia en las estructuras hidráulicas o de saneamiento, dadas las aptitudes formales de tegulae e imbrices para formar la base y la cubierta de los canales.
En las termas de Cam-po Valdês se emplearon tegulae en la base de la mayor parte de las canalizaciones y también como cubrición de una de ellas.
En otras ocasiones los usos son menos canónicos; así sucede en el hipocausto de la sudatio rectangular (S?) donde una tegula sirve para regular el arranque del arco del praefurnium.
Entre las piezas de Gijón se han documentado dos modelos con tamaños diferentes.
El segundo tipo, de hallazgo menos frecuente, se corresponde con piezas de proporciones inferiores (46 X 18 cm).
Su relación con la infraestructura hidráulica, apuntada como hipótesis por Alvargonzález (Alvargonzález, 1965, 19), se confirma ahora mediante su localización in situ formando parte de una conducción.
Las imbrices, además de formar parte de la suspensura, se emplearon también como base y cubierta de algunas canalizaciones.
En ciertos casos, se utilizaron imbrices de gran tamaño (51 x 24 x 8 cm) como base de la conducción.
Otras piezas, de menores dimensiones (46 x 17 cm), se hallaron formando parte de la cubierta de otro canal.
Asimismo se ha comprobado la existencia de piezas de sección apuntada en la base del canal relacionable con uno de los tepidaria (TI).
Estas mismas imbrices se identificaron en otras construcciones romanas gijonesas, como el aliviadero del aljibe de la Plaza de Jovellanos (Fernández Ochoa, 1994, 43, lám. XIII), o un desagüe de la muralla tardía descubierto en la zona inmediata a la iglesia de San Pedro.
-Marcas de officina: Los trabajos de reexcavación de las termas de Campo Valdês no han proporcionado piezas selladas con indicación de origen.
Por el contrario, se recuperó un ladrillo rectangular con el numeral XLII (fig. 8b), realizado Figura 8b.--Fragmento de ladrillo con inscripción numérica.
con los dedos antes de la cocción.
Las inscripciones numerales sobre material latericio se identifican tradicionalmente con marcas de control.
Su presen-O 5 cm Figura 9.-Fragmentos de latericio con inscripción.
Hoy día esta lectura se considera muy dudosa, no sólo por razones epigráficas sino de índole histórica (González Echegaray-Solana, 1975, 176-7).
En la propia ciudad de Gijón, la factoría de salazones excavada en la Plaza del Marqués proporcionó una mar-ca retrógrada sobre tegula en la que se lee Licini, relacionada con otros sellos hallados en yacimientos asturianos (Fernández Ochoa, 1994, 60, fig.45, 227).
En síntesis, y en función de todas las características anotadas, cabría extraer alguna otra consideración de índole más general.
La aplicación de latericio en las termas gijonesas se adapta a los usos habituales en este tipo de edificios romanos.
A través de nuestro análisis se demuestra el empleo de módulos canónicos acordes con las prescripciones vitrubianas (De Arch., V, 10) y con los modelos en uso dentro y fuera del territorio hispano (Brodribb, 1987, passim.).
Aún en aquellos casos cuyas soluciones escapan a la propuesta del tratadista -realización de las areae con opus signinum frente al uso de sesquipedalis-, hemos constatado que el fenómeno se produce en numerosos ejemplos hispanos (Fernández Ochoa, Morillo, Zarzalejos, 1995, e.p.), sin que ello deba considerarse menoscabo de la «ro-manidad» canònica de los edificios.
Obviamente, las termas de Campo Valdês constituyen un caso modélico de la adopción del concepto de baño romano, gestado en la Campania y transferido después al resto del orbe romano.
Esta adopción implica la implantación de una costumbre que se plasma en modelos arquitectónicos concretos y sistemas constructivos netamente romanos en territorios donde la tradición edicilia era pétrea y ajena a la versatilidad del later coctus.
Las termas de Gijón reflejan, tanto como otros restos exhumados en el casco viejo de la ciudad, el marcado índice de integración de la sociedad astur en las nuevas fórmulas de vida y costumbres romanas.
Este fenómeno no se produce localizadamente en el territorium de la antigua Gijón, sino que se manifiesta a través de diversos testimonios que se incrementan a medida que la investigación arqueológica avanza en todo el noroeste peninsular (Fernández Ochoa, 1993 b; Fernández Ochoa -Morillo, 1994).
En otro orden de cosas, nuestra aportación pretende sumarse al despegue reciente de los estudios sobre edilicia hispanorromana (Bermúdez, 1988; Roldan, 1992Roldan, y 1993;;Pérez Losada, 1992 a y b).
El caudal informativo contenido en descripciones completas de los materiales constructivos empleados en los edificios romanos aporta nuevas posibilidades a la investigación.
En este sentido, el estudio del latericio conlleva argumentos para la identificación funcional de los ambientes termales, permite precisar la estratigrafía horizontal del edificio y determinar fases constructivas.
Asimismo, el latericio puede ser fuente de conocimiento sobre aspectos concretos de la producción y comercialización de materiales cerámicos de uso constructivo.
Esta vía de análisis, apenas cultivada en la Arqueología Hispanorromana, ofrece un punto de partida para estudios comparativos de los que pueden derivar nuevas interpretaciones de los edificios y, en consecuencia, aportaciones renovadas al campo histórico.
BIBLIOGRAFIA ALVARGONZÁLEZ, C, 1965: Las termas romanas de Campo de Valdês (Gijón), Gijón.
BERMÚDEZ, A., 1998: Materiales cerámicos de construcción empleados en la arquitectura romana de Tárraco y su entorno: producción, difusión, consumo y aplicación.
Tesis Doctoral, Universidad de Barcelona. |
Se exponen los resultados del análisis arqueobotánico de tres muestras procedentes del yacimiento romano CSI (Irún, s. I -III d.C).
Corresponden a una zona portuaria en la que confluye material botánico de origen vario: vegetación estuarina y de ribera, desechos urbanos de diverso origen y especies características de un medio alterado.
La población de la Oiasso romana tuvo acceso a una amplia gama de recursos vegetales tanto silvestres como cultivados.
Se han identificado especies de interés económico importadas e introducidas en la zona en esta época.
El valor arqueológico del municipio de Irún, antiguo centro romano de Oiasso, se conoce desde hace tiempo.
Debido a la instalación de nuevos colectores de aguas residuales en la calle Santiago, junto a la parroquia del Juncal, el Centro de Estudios Históricos y Arqueológicos ARREGLAN llevó a cabo unos sondeos en el casco urbano bajo la dirección de Mercedes Urteaga.
Tras los resultados positivos de estos trabajos, se realizó una excavación arqueológica que puso al descubierto varios elementos de la zona portuaria del Irún romano: un muelle para uso de las embarcaciones y restos de edificios situados en la orilla del estuario.
El relleno de las estructuras se realizó mediante la acumulación intencional de residuos procedentes de desechos urbanos: vajillas rotas, fragmentos de ladrillo y teja así como basuras procedentes del consumo humano (Urteaga y López, 1994; Urteaga, 1995).
El medio húmedo en el que se encontraba el yacimiento, a tres metros de profundidad y cubierto por una capa de limo, permitió una excelente conservación en condiciones anaeróbicas de abundante material orgánico entre el que destacaba una estructura de madera, única en la cornisa cantábrica.
También se recuperaron otros objetos de cuero y madera de época romana con una preservación excepcional.
Por supuesto, este magnífico grado de conservación de materiales orgánicos, nada frecuente en yacimientos arqueológicos peninsulares, se hace extensivo a los restos vegetales como semillas y frutos que son el objetivo de este trabajo.
Durante la excavación, se identificaron y recogieron in situ numerosos macrorrestos vegetales asociados al material arqueológico y a las estructuras mencionadas: huesos de Persica vulgaris (melocotón), fragmentos de pericarpo o cascara de Corylus avellana (avellana) y capas de Juncáceas.
En Guipúzcoa, a pesar de que existen hallazgos romanos en otras zonas, destaca en cuanto a restos de esta época la zona oriental del territorio (yacimientos de Santa Elena, Cabo de Higuer, Minas de Arditurri), alrededor del río Bidasoa.
Es aquí donde se encuentra la ciudad de Oiasso (Irún) (Benito, 1988; Santos, 1989), un centro de alto interés para la comprensión de la romanización del País Vasco.
La escasez actual de datos no permite tener una visión global de este fenómeno ya que tradicionalmente la investigación arqueológica del País se ha centrado en otras etapas, preferentemente prehistóricas (Santos, 1989).
Si esto es verdad para el estudio de los materiales arqueológicos tradicionales (cerámica, vidrio, estructuras, etc.) lo es mucho más en lo que respecta al material arqueobotánico, que es uno de los grandes desconocidos.
Afortunadamente, este panorama está cambiando y comienzan a realizarse en el País Vasco trabajos arqueológicos relacionados con la época romana (VV.AA.: Arkeoikuska).
Cabe destacar dos hechos relativos a este yaci-miento.
Calle Santiago es uno de los pocos yacimientos arqueológicos peninsulares en los que el material orgánico se ha conservado en condiciones húmedas.
Por otro lado, los resultados de Irún son los primeros datos de primera mano que tenemos acerca de la utilización e importación de especies vegetales en época romana para la comisa cantábrica.
A la espera de recibir dataciones dendrocronológicas más precisas, el material arqueológico recuperado en el depósito excavado parece enmarcarse entre los siglos i y principios del m de nuestra era, sin que se hayan detectado intrusiones de otros momentos posteriores al romano.
Asumimos por lo tanto que el material botánico es contemporáneo al resto del depósito.
La arqueoetnobotánica es la disciplina que se ocupa del análisis e interpretación de los restos vegetales procedentes de contextos arqueológicos con el fin de proporcionar información sobre la interacción de las poblaciones humanas con las plantas en el pasado (Hastorf y Popper, 1988).
Este estudio pretende cumplir tanto objetivos generales de la arqueobotánica como otros más específicos referentes a la problemática que plantea el mundo romano:
• Estudiar los ecosistemas del pasado en Irún atendiendo sobre todo a la distribución de recursos susceptibles de aprovechamiento humano. • Identificar cuáles son los recursos vegetales utilizados por la población de Irún en época romana y conocer su importancia económica. • Evaluar la importancia de la recolección de recursos vegetales silvestres. • Conocer la agricultura y horticultura desarrollada en el País Vasco en época romana: especies utilizadas, la flora asociada, técnicas de producción. • Delimitar la existencia de especies de nueva aparición introducidas en el País Vasco o importadas por los romanos. • Aportar datos sobre la funcionalidad y formación del depósito muestreado. • Definir el impacto antròpico sobre el medio natural en la Antigüedad.
Pensamos que gran parte de los objetivos propuestos se han cumplido.
Las limitaciones en la interpretación arqueológica se deben a que se trata de una excavación en un área reducida con relación al conjunto de la ciudad.
Además, las características del contexto y la calidad y diversidad de los restos botánicos no han permitido profundizar en algunas de las cuestiones planteadas (básicamente las relacionadas con la ecología y las prácticas agrícolas).
METODOLOGIA: ESTRATEGIA DE MUESTREO Y TÉCNICAS DE PROCESAMIENTO
Las muestras de tierra que procesamos para extraer el material botánico procedían de tres unidades estratigráficas diferentes correspondientes a las dos fases que se han reconocido en el yacimiento de la calle Santiago de Irún (CSI).
Las muestras se han denominado siguiendo la numeración de dichas unidades: CSI -1, CSI -8 y CSI -110.
Proceden del relleno de la zona portuaria de Irún y corresponden a la siguiente cronología:
• CSI -110: fase de fundación de las instalaciones portuarias.
Se corresponde con la construcción del muelle hacia la segunda mitad del siglo I d.
C. • CSI -1 y CSI -8: fase de ampliación, marcada por la construcción de una escollera de piedra hacia finales del siglo ii o principios del iii d.
C. La recuperación de los macrorrestos exigió un procesamiento de la tierra diferente al método de flotación habitual en las excavaciones de zonas templadas (v.
Los restos de Irún, conservados por inundación, exigían ser procesados y mantenidos en un medio húmedo durante toda la fase de estudio.
Se procedió por lo tanto al cribado con agua de las muestras en una torre de tamices.
En un primer lugar, se procesó medio litro de sedimento por muestra.
Tras un primer examen y considerando que la frecuencia de aparición de los macrorrestos vegetales era insuficiente, se decidió volver a cribar un litro de sedimento por muestra.
La tierra fue lavada con agua en una torre de tamices de 2 mm., 1 mm., 0,5 mm., 0,25 mm. Esto permitió la recuperación íntegra incluso de las semillas de menor tamaño.
Las muestras se almacenaron en una mezcla de agua destilada (20 %) con formol al 4 % (10 %) y alcohol industrial al 10 % (70 %).
A continuación se procedió a la identificación de las mismas utilizando una lupa binocular.
La lista de semillas identificadas en cada muestra se presenta en la Tabla 1 siguiendo un orden taxonómico según Aseguinolaza et al. (1984).
Se ha optado por no realizar ningún análisis cuantitativo con estos datos debido al bajo número de contextos estudiados y a problemas de índole arqueológica y botánica que se explicarán posteriormente.
Los resultados totales del análisis de las tres muestras del yacimiento de la calle Santiago de Irún se pueden observar en la Tabla 1.
Se han reconocido un total de 62 táxones, sin incluir los que fueron recogidos in situ (Tabla 2).
Las muestras CSI -1 y CSI -8 presentan una frecuencia de restos botánicos parecida: 213 la primera y 198 la segunda.
En cuanto a la variedad de táxones, ésta es bastante similar siendo la más rica la muestra CSI -8 con 42.
Atendiendo al uso potencial de las plantas identificadas se pueden distinguir varios grupos: a.
Plantas de importancia económica: cultivadas y recolectadas
Son un grupo de especies que proporcionan información de alto interés arqueológico.
Para algunas de estas plantas éste es el primer dato que tenemos de su existencia en el País Vasco, por lo que cabría pensar en una introducción de su cultivo en época romana.
La información que ofrecen para el arqueólogo se centra en los modos de subsistencia y dieta de la población estudiada así como en la economía del yacimiento: producción de alimentos, existencia de actividades comerciales, etc. Entre este grupo de táxones se ha identificado un único grano de trigo carbonizado (Triticum sp.) cuya especie ha sido imposible determinar.
Otras especies de importancia económica que también se han documentado son: Vitis vinifera (vid. fig. 1), Ruhus agg. fruticosus (mora), Prunus spinosa (endrino), Prunus domesti-ca/insititia (ciruelo).
Además, se recogieron in situ varios huesos de Persica vulgaris (melocotón).
Las plantas cultivadas, locales o importadas, han sido utilizadas en este yacimiento con toda probabilidad para el consumo humano (trigo, olivo, vid, higo...).
Asimismo, el hallazgo de frutos silvestres comestibles suele ser muy frecuente en los yacimientos arqueológicos.
Incluso entre culturas agrícolas, las plantas silvestres constituyen una importante, periódica y segura fuente de recursos alimenticios, medicinas o materia prima artesanal (Zohary y Hopf, 1993).
Se podría argumentar que Rubus, Prunus spinosa, Juglans regia y Corylus avellana ya existían con anterioridad en el País Vasco y que su hallazgo puede ser producto del azar.
Sin embargo, el contexto arqueológico urbano en el que se han hallado hace que nos inclinemos por considerarlas restos de consumo humano.
Se trata de un grupo de especies no importadas en época romana cuyas semillas han podido llegar al yacimiento bien como parte integrante de la flora de la zona o bien como subproductos del consumo humano.
Por el momento no podemos más que especular con estas posibilidades sin llegar a afirmar o negar rotundamente su empleo en el Irún romano (v.
Son comestibles como verdura varias especies del género Brassica como Brassica olerácea (col, berza, coliflor, brécol), Brassica napus (nabo, colza), Brassica campestris (mostaza) o Brassica nigra (mostaza negra), algunas de ellas muy apreciadas por los romanos y cuyo cultivo está bien documentado en esta época para otras zonas del Imperio (Langer y Hill, 1981).
También son comestibles (Rivera y Obón de Castro, 1991) otras brasicáceas o cruciferas como Sinapis arvensis (la mostaza silvestre), Raphanus raphanistrum (rábano silvestre) o Crambe marítima (col marina).
En el yacimiento gallego romano de Castro de Viladonga se ha identificado un conjunto de semillas carbonizadas de Brassica que se ha puesto en relación con la exis-tencia de un suelo de cultivo contemporáneo a la ocupación del poblado (Ramil, 1993).
La pamplina, Stellarla media (cariofilácea), también puede ser empleada para consumo humano al igual que varias quenopodiáceas entre las que se encuentra Atriplex hortensis (armuelle), utilizada como verdura en época romana y Chenopodium al- AEspA, 69, 1996 bum (cenizo).
Así mismo, para época histórica, se conoce el uso de semillas de esta especie mezcladas con centeno para hacer pan.
Entre las rosáceas, además de las especies domésticas, quizá importadas por los romanos, se puede comer la alquemila y entre las Poligonáceas, las acederas (Rumex acetosa y Rumex acetosella).
Urtica dioica L. (la ortiga) también tiene aplicaciones medicinales además de ser comestible.
Otros táxones identificados en las muestras que incluyen especies que potencialmente han podido ser consumidas son Veronica (escrofulariáceas) así como Satureja y Prunella Vulgaris L. en la familia de las labiadas (Genders, 1988; García, 1992; Gerard, 1985; Rivera y Obón de Castro, 1991).
Además, tienen aplicaciones medicinales las violáceas, hipericáceas, algunas Potentilla, Apium graveolens (apio).
Polygonum aviculare (lengua de pájaro o centinodia), Salix (sauce).
A pesar de ello, insistimos en que la mayoría de las semillas de plantas silvestres pueden tener un origen múltiple.
Son especies que responden perfectamente a la ecología de la zona, por lo que es totalmente aceptable pensar que se incorporaron al yacimiento como representantes de la vegetación local.
Las plantas que reflejan el medio natural que rodeaba al yacimiento suelen formar un grupo importante dentro de cualquier análisis arqueobotánico de material conservado en condiciones húmedas.
Estas especies proporcionan información de tipo ecológico y permiten a veces llevar a cabo trabajos de reconstrucción medioambiental así como de estudio de la vegetación de la época.
En el yaci-miento que nos ocupa y debido básicamente a problemas tafonómicos y de formación del depósito arqueológico (v.
5.1), tendremos que ser muy cautas con la interpretación.
A grandes rasgos, los táxones identificados reflejan la diferente vegetación que confluye en el área estudiada.
En un tipo de ecosistema como el del puerto del antiguo Irún, en el estuario del Bidasoa, las plantas están adaptadas a soportar la salinidad producida por las sucesivas mareas (Aseguinolaza et al., 1989) y reflejan por lo tanto algunas de las diferentes bandas de vegetación que caracterizan las zonas de marismas.
Entre las que se han identificado se encuentra por ejemplo Suaeda marítima (fig. 4), que es una planta de zonas salobres, al igual que otras plantas de la familia de las quenopodiáceas (Chenopodium spp. y Atriplex spp.) (fig. 5).
Debido a la influencia del agua dulce, se halla representada también en las muestras analizadas la típica vegetación de ribera cuyas semillas, en nuestro caso, han sido probablemente transportadas por
Problemas de la interpretación arqueológica y medioambiental
La interpretación -tanto arqueológica como ecológica-de los macrorrestos vegetales de procedencia arqueológica no es fácil, ya que existen una serie de factores que condicionan la composición de la muestra analizada.
Frecuentemente, este tipo de restos son las únicas evidencias con las que contamos para estudiar aspectos como la composición del paisaje vegetal de la época o la dieta del grupo humano que habitó el yacimiento, y por ello intentamos obtener el máximo de información de los restos recuperados.
Sin embargo, hay que ser conscientes de los problemas y sesgos que existen, tanto generales para el estudio del material botánico como particulares para el estudio de cada yacimiento.
Estos problemas han sido ya tratados por varios autores (De Moulins, 1990; Green, 1982; Wilcox, 1977) y son de dos tipos, arqueológicos y botánicos.
La naturaleza artificial de los depósitos arqueológicos urbanos es determinante a la hora de interpretar los macrorrestos vegetales de un yacimiento como el de la calle Santiago de Irún.
Las actividades humanas provocan la alteración del medio natural y por lo tanto se hace difícil realizar una interpretación ecológica de los restos, ya que desconocemos la procedencia de la mayoría de los táxones.
El ser humano es uno de los mayores agentes de transporte de vegetales y por ello puede resultar imposible determinar si una planta es autóctona o no. Los principios ecológicos que se pueden aplicar a los depósitos naturales son inútiles en este tipo de yacimientos debido a factores de origen antròpico.
En yacimientos arqueológicos los resultados del análisis botánico a veces están más relacionados con el tipo de contexto que se muestrea y con su función que con la economía o el paisaje vegetal del yacimiento.
Las concentraciones urbanas favorecen también la aparición de plantas nitrófilas como consecuencia de la alteración del medio.
El modo de conservación que presenta el yacimiento puede así mismo condicionar el tipo de restos que obtengamos.
En un yacimiento como el del puerto de Irún, con condiciones húmedas, se conservan todo tipo de restos, tanto los recolectados deliberadamente como los depositados de forma natural, con lo cual la distinción entre unos y otros es más difícil.
En contextos que presentan restos vegetales carbonizados (hogares, suelos de habitación, áreas de almacenamiento, etc.) la acción humana suele ser más evi- dente y la interpretación cuenta con datos adicionales.
Así, en el caso de Irún, ayudarían a discernir si algunas de las especies silvestres documentadas pudieron haberse utilizado en la alimentación o bien se trata de especies cuya presencia en el yacimiento se debe a otros factores.
Si en el futuro se excavan en extensión otras zonas del yacimiento de Irún, sería de alto interés poder realizar muéstreos de las diferentes estructuras que lo componen (zonas de habitación, industriales, comerciales y de almacenamiento...) ya que la información obtenida en cuanto al aprovechamiento de productos vegetales, prácticas agrícolas y comerciales, sería mucho más completa que la actual.
Otro aspecto que desconocemos es si la representación de táxones obtenida en el análisis se corresponde con la realidad del pasado, ya que han podido existir especies en las que no se consume la semilla pero cuyas hojas, por ejemplo, han podido ser trasladadas al yacimiento.
Las partes blandas de la planta se conservan raramente, así que la información que tenemos sobre la utilización de los recursos vegetales silvestres es casi siempre parcial.
Aunque la arqueobotánica ofrece abundante documentación sobre especies recolectadas por sus semillas o frutos, sabemos muy poco del uso de plantas medicinales, comidas utilizadas en ensalada o tubérculos y bulbos (Zohary y Hopf, 1993) ya que se trata de alimentos vegetales que no dejan huella arqueológica alguna.
Recientemente se ha abierto en el mundo anglosajón una vía de investigación sobre la identificación de tejidos parenquimatosos carbonizados (Hather, 1993) que permite reconocer restos de tubérculos, bulbos, raíces y rizomas como ya se ha hecho en un yacimiento arqueológico peninsular (Peña Chocarro, 1995a, 1995b).
Para el mundo romano existen más datos que para la Prehistoria debido a la amplia evidencia escrita que existe sobre el tema.
En grandes zonas del Imperio se sabe qué plantas se cultivaban, cuáles se recolectaban y además existe abundante literatura sobre la alimentación y la medicina.
Sin embargo, para el País Vasco los documentos clásicos son escasos y la investigación arqueológica no se ha detenido hasta ahora en la alimentación vegetal.
Otra dificultad de tipo arqueológico es que muchas veces desconocemos la dinámica exacta de formación del depósito con el que estamos trabajando: puede haberse formado en un único momento, en varios, o ser producto de una acumulación más o menos larga en el tiempo.
La homogeneidad cronológica del abundante material arqueológico (numismático, cerámico, vidrio...) recuperado en el yacimiento romano de la calle Santiago de Irún hace pensar que la acumulación del sedimento que hemos procesado para cada fase se realizó en un período de tiempo corto, quizá como resultado de los trabajos de acondicionamiento de la zona portuaria del Irún romano, formando parte del relleno de las obras procedente de vertidos urbanos.
Por esta razón, las posibilidades de contaminación con elementos intrusivos posteriores (Jones et al., 1991) quedan reducidas y podemos decir que los restos que hemos analizado se enmarcan entre los siglos i y m de nuestra era.
Además de los arqueológicos, otro tipo de problemas con los que nos encontramos en la interpretación son los de índole botánica y tienen que ver con la frecuencia de cada especie en el yacimiento.
Las semillas muestran una conservación y longevidad diferencial antes de ser inundadas por el agua y por lo tanto conservadas en condiciones anaeróbicas.
Existen especies en las que la «capa» externa es dura, lo que evita que la semilla se destruya en condiciones adversas.
Entre las identificadas en Irún, sería el caso de Carex, Polygonum y Rumex.
Por otra parte, como mecanismo de defensa de la planta frente a la predación o a la competición, algunas especies producen cantidades masivas de semillas y por lo tanto tienden a estar sobrerrepresentadas.
Este sería el caso de Juncus spp., Hypericum, Stellarla o Ficus.
Ello implica que el número de semillas identificadas en una muestra arqueológica no tiene necesariamente relación con el número de plantas de esa especie existentes en la zona en la época estudiada, y la sola presencia de una especie en una muestra arqueobotánica, aunque la frecuencia sea baja, puede ser importante (De Moulins, 1990).
Un problema adicional es que muchos restos no se han identificado a nivel de especie, por lo que han podido quedar englobadas en un mismo taxon especies aprovechables con otras que no lo son.
Por todos estos motivos y por las características del contexto muestreado, con alta probabilidad de que los materiales sean fruto de un depósito secundario (relleno del puerto con desechos urbanos), hemos decidido excluir un análisis de tipo cuantitativo o estadístico y hemos optado por realizar un estudio de presencia de especies (Hubbard, 1976).
Vías de llegada de las plantas al yacimiento
A pesar de los problemas ya señalados, relacionados no solamente con el carácter urbano del yacimiento y con los restos botánicos en sí, sino también con el tipo de muestreo realizado (limitado a una zona pequeña de lo que sería el Irún romano), AEspA, 69, 1996 LOS RECURSOS VEGETALES EN EL MUNDO ROMANO 127 se pueden apuntar algunas de las vías teóricas de llegada del material vegetal al área excavada (fig 1).
En las muestras analizadas se han hallado táxones propios de zonas de estuario con especies tolerantes de salinidad (Suaeda marítima y otras quenopodiáceas).
Además, existen otras, características de zonas de ribera (sauces y alisos), que podrían proceder de aguas arriba del Bidasoa y cuyas semillas probablemente han sido transportadas por el propio río o el viento dado su pequeño tamaño.
La confluencia de dos tipos de medio (aguas saladas procedentes de las entradas de mar con las mareas y aguas dulces procedentes del Bidasoa) provoca la presencia de especies de uno y otro ecosistema, así como de especies adaptadas a estadios intermedios entre uno y otro y numerosos táxones propios de zonas encharcadas o de otras donde la presencia de agua es importante.
Este sería el caso, como ya se ha señalado antes, de muchas especies de Polygonum, Rumex, Ranunculus, etc., que además se asocian a zonas nitrogenadas propias de áreas fuertemente alteradas por el hombre, como sería una zona portuaria próxima a un núcleo urbano.
Otras nitrófilas que se desarrollarían en las inmediaciones del yacimiento son especies como Coronopus squamatus, Stellarla media, Conium maculatum, Urtica dioica, Prunella vulgaris y Verbena officinalis.
Las áreas urbanas han actuado desde la Antigüedad como grandes receptoras y redistribuidoras de multitud de materiales de origen diverso.
Los restos vegetales podrían ser el resultado de la producción (mediante la agricultura y la horticultura) y de la recolección local o, por el contrario, proceder de zonas alejadas y ser resultado de actividades comerciales.
Fruto de estas actividades comerciales puede ser la presencia de muchas de las especies de importancia económica identificadas (melocotón, aceituna, cereza, ciruelas, higos, etc.).
Está ampliamente documentada para época romana la existencia de un importante comercio de productos alimenticios entre los que se incluyen: aceitunas, trigo, cebada, manzanas, peras, cerezas, ciruelas, melocotones, membrillos, higos, nueces, lentejas, dátiles y tintes vegetales (Callender, 1965; Parker, 1973; Wilcox, 1977).
Gran parte de las exportaciones romanas procedían de las penínsulas ibérica e itálica.
La situación excepcional de la ciudad de Irún la convertiría no sólo en receptora de productos exóticos para el área atlántica (como el olivo) sino también en redistribuidora de mercancías destinadas a otras zonas del Imperio.
Es posible que otras plantas (uva, moras, endrinas, nueces, avellanas, etc.) crecieran de forma espontánea en las inmediaciones de la ciudad y que su incorporación al depósito se produjera de forma accidental.
Sin embargo, pensamos que, debido al carácter urbano de Irún, es muy probable que su llegada a la zona portuaria se produjera como subproducto o desecho alimenticio del propio núcleo urbano.
En el caso de las semillas de pequeño tamaño de frutos como el higo y la mora, puede incluso que se incorporaran al depósito como material fecal.
En la figura 1 se señalan varios usos potenciales de la vegetación que darían como resultado residuos vegetales urbanos: utilización de combustible y desarrollo de actividades industriales (artesanas y de construcción: techumbres, maderas), alimento, plantas medicinales y cama para el ganado.
Es probable que entre el material depositado para el relleno del puerto romano de Irún se incluyeran abundantes restos de basura urbana.
Tampoco habría que olvidar la existencia de especies que han podido llegar al yacimiento de forma accidental, aunque aspectos relacionados con la dispersión de semillas en excrementos de animales como las aves y el ganado, en la ropa, por el viento, agua o las personas, raramente pueden ser evaluados en las muestras arqueológicas (Wilcox, 1977).
Especies de importancia económica
En el mundo clásico aumentaron los contactos entre diferentes regiones europeas.
Una gran variedad de plantas de importancia económica fueron trasladadas a zonas donde antes no existían, bien mediante la introducción de la especie ya domesticada para su uso agrícola u hortícola, o bien mediante la importación.
En las zonas costeras del occidente mediterráneo estos contactos a gran escala comenzaron con las primeras migraciones de colonos griegos y fenicios (Marinval, 1988).
A pesar de la falta de información directa existente al respecto, se suele asumir que en el área atlántica estas innovaciones llegarían con posterioridad, particularmente en época romana.
Los romanos parecen actuar, por lo tanto, como difusores de nuevos productos tanto en esta zona como en la Europa septentrional (Greig, 1983).
Son grandes conocedores de la agricultura, la horticultura y la silvicultura.
Uno de los fundadores de la ciencia agraria fue precisamente el hispano Columela (4 a.
C.) y sus tratados De re rustica y De arboribus fueron muy difundidos (Bauer, 1991).
La expansión romana supuso un revulsivo en el ámbito de las comunicación tanto de materias como de ideas.
Allá donde se instala en el occidente y norte europeo introduce o importa una serie de pro-duetos estándar entre los que se encuentran abundantes especies vegetales domésticas, generalmente propias de áreas más cálidas: el Oriente Próximo o la Europa mediterránea.
El ejército romano actúa muchas veces como agente de romanización y difusor de estos productos (Dickson, 1989).
Hemos considerado plantas de importancia económica aquéllas que han jugado tradicionalmente un papel importante en la subsistencia humana (alimentación, textiles, etc.) a) Entre los cultivos destaca el trigo por su importancia en la economía de época romana.
Si bien tenemos muy pocos datos acerca del desarrollo de la agricultura cerealística -generalmente acompañada de leguminosas-en el País Vasco cantábrico, sabemos que en esta zona se encuentra plenamente desarrollada para la Edad del Bronce, en el segundo milenio antes de Cristo (Zapata, inédito) y con toda probabilidad, con anterioridad (Iriarte, 1994).
La evidencia proporcionada por un único grano carbonizado en las muestras de Irún no permite extraer conclusiones más allá de la mera presencia.
Esto es debido al escaso volumen de tierra que se ha procesado así como al tipo de depósito del que procede.
El muestreo sistemático de contextos urbanos y de carácter doméstico permitiría sin duda obtener una mayor información acerca de la tecnología, el papel de los cereales en la economía de subsistencia y las prácticas agrícolas desarrolladas en el yacimiento (Hillman, 1981(Hillman, y 1984)).
b) Los datos que existen sobre el desarrollo de la arboricultura en el País Vasco son igualmente escasos.
Los resultados de análisis realizados en otras zonas de la península ibérica y de Francia hacen pensar en un desarrollo más tardío de estas especies en zonas atlánticas como Guipúzcoa, en muchos casos sólo a partir de la época romana (higo, ciruela, cereza o guindo...).
Según D. Zohary y M. Hopf (1993) la arboricultura es un tipo de técnica que se desarrolla en el Oriente Próximo varios milenios más tarde que la agricultura cerealística y por lo tanto su difusión a Occidente es también posterior.
Consiste en la domesticación de árboles frutales, es decir, en alterar la biología reproductora de la planta que cambia su reproducción sexual por la vegetativa.
Mediante la propagación de clones los seres humanos pueden seleccionar y duplicar aquellos individuos que proporcionan frutos excepcionales asegurándose así el genotipo deseado.
Sólo unas pocas especies como el almendro o el nogal se han mantenido también a partir de la semilla.
Según estos autores, en Oriente Próximo los primeros árboles frutales domesticados son el olivo, la vid, el higo, la palmera datilera y la granada, precisamente aquellos que se reproducen más fácilmente de forma vegetativa.
Para otros frutales como el manzano, peral, ciruelo o cerezo no hay evidencia definitiva de su cultivo hasta el primer milenio antes de Cristo y su impulso se conoce en época clásica entre griegos y romanos que a su vez lo exportaron hacia occidente.
Éstas últimas son especies que necesitan de métodos de reproducción más complicados como el injerto.
En las tres muestras estudiadas en Irún se han identificado semillas de Vitis vinifera (vid).
La vid es una de las plantas clásicas de Europa que junto al olivo, la higuera y la palmera conforman el grupo más antiguo de árboles frutales alrededor de los cuales se desarrolló la horticultura (Zohary y Spiegel-Roy, 1975).
Es una especie que se desarrolla especialmente en la región mediterránea aunque tolera condiciones más frías y húmedas que el olivo.
Según estos mismos autores, la vid silvestre Vitis vinifera subsp. sylvestris se extiende por la zona cantábrica de la península ibérica.
Otros autores (Rivera y Obón de Castro, 1991) afirman que las diferencias entre las vides cultivadas, subsp. vinifera y las silvestres, subsp. sylvestris no son tan grandes y constantes como para separarlas en dos subespécies.
Según D. Zohary y M. Hopf (1993), los primeros datos claros de domesticación de Vitis procederían de contextos calcolíticos en el Próximo Oriente.
Según Marinval (1988), en Francia la variedad silvestre aparece en yacimientos mesolíticos y su cultivo se documenta en la Edad del Hierro al parecer introducida por los colonos griegos.
Sin embargo, D. Rivera y M. J. Walker (1989) señalan la presencia de semillas de vid en yacimientos de la península ibérica desde época paleolítica y proponen que la explotación de esta planta así como la tecnología relacionada con ella se desarrollaron en ambos extremos del Mediterráneo entre los años 4500 y 4000 B.R Según otros autores, en la península ibérica la presencia de poblaciones silvestres de vid se remonta al Neolítico Medio -Final (Buxó, 1990; Hopf, 1991), aunque su cultivo fue impulsado en época romana.
En el País Vasco el macrorresto de vid más antiguo procede del nivel P.III.b del poblado de la Edad del Hierro de Cortes de Navarra, situado en la margen derecha del río Ebro, en el AEspA, 69, 1996 LOS RECURSOS VEGETALES EN EL MUNDO ROMANO 129 límite entre Navarra y Aragón (Cubero, 1990).
M. F. Sánchez Goni (en prensa) ha identificado dos granos de polen de Vitis en el estuario del Bidasoa en un depósito fechado en un momento posterior a 2740 + 90 B.P. El hecho de que la vid no se haya documentado en momentos anteriores podría hablar de una explotación tardía de la especie en esta zona.
En la muestra CSI -8, correspondiente a la fase de ampliación del puerto, se han identificado dos huesos de ciruela {Prunus domestica / insititia).
Se sabe muy poco sobre el inicio de la domesticación del ciruelo.
En la zona del Danubio existen restos preneolíticos que se parecen a las ciruelas domésticas espontáneas actuales, por lo que pudo ser un elemento indígena en Europa central.
Los restos que se han identificado en contextos neolíticos y de la Edad del Bronce en Italia, Suiza, Austria y Alemania parecen también proceder de la recolección de ciruelas silvestres.
La documentación más antigua que existe sobre injertos en ciruelo es de época romana (Zohary y Hopf, 1993).
Para la cornisa cantábrica, estos son los primeros ejemplares arqueológicos, y en Francia la ciruela tampoco se ha reconocido antes de la época romana.
Su comercio a escala europea está atestiguado en este momento y por lo tanto su presencia en Irún puede ser producto de esta actividad o de un cultivo local introducido por los romanos.
Se han identificado un total de 11 huesos de Prunus cerasus vulgaris (guinda) en las muestras procedentes de Irún.
El guindo es un tipo de cerezo característico de las zonas más frescas y templadas del Viejo Mundo.
Según D. Zohary y M. Hopf (1993) se cultivan dos tipos de «cerezos»: el diploide Prunus avium L. (cereza) y el tetraploide Prunus cerasus L. (guindo).
Este último tiene frutos rojos de un sabor ácido característico.
En la actualidad existen ejemplares espontáneos de guindo en Europa central y occidental, pero se cree que derivan de la variedad cultivada que probablemente evolucionó bajo cultivo como resultado de un cruce entre el Prunus avium cultivado y Prunus fruticosa Pallas, un arbusto de Europa oriental y central de frutas demasiado astringentes como para ser consumidas.
Según estos autores, las cerezas se recolectarían de forma silvestre mucho antes del comienzo de su cultivo.
Existen hallazgos en poblados neolíticos de Europa central que parecen responder a formas silvestres.
El primer dato sobre el cultivo del cerezo es de época clásica: Plinio menciona que Lúculo, en el siglo I a.de C, introdujo en Roma una variedad superior de cereza procedente de la zona del Ponto.
Para la cornisa cantábrica son los primeros ejemplares de guindo o cerezo identificados hasta el momento.
En Cataluña, Buxó (1994) ha recuperado restos de Prunus avium/cerasus en un contexto de la Edad del Hierro del Vallès occidental.
La presencia de los restos de Irún parece ser consecuencia bien de una introducción del cultivo del guindo en época romana o bien de una importación comercial.
Persica vulgaris (melocotón) aparece por primera vez como planta hortícola en época clásica a la vez que el albaricoque y el membrillo.
De acuerdo con los datos aportados por la arqueobotánica el melocotón llega al Próximo Oriente y a Europa en época clásica.
Los primeros datos sobre su cultivo proceden de China hacia el 2000 B.C. y los romanos no lo cultivaron hasta el siglo i de nuestra era (Zohary y Hopf, 1993).
A pesar de su incorporación tardía al conjunto de plantas cultivadas.
Persica vulgaris se extendió rápidamente por la cuenca mediterránea y la zona de influencia romana como demuestran los hallazgos de Irún.
En el caso de los huesos de melocotón recuperados en CSI nos encontramos ante los primeros ejemplares tanto de la cornisa cantábrica como de la península ibérica excepto los hallados en un pecio romano cercano a Gerona (Hopf, 1991, citando un trabajo de Ramón Buxó).
En Francia, su presencia en yacimientos no se señala hasta el siglo ii de nuestra era aunque P. Marinval (1988) apunta, basándose en datos inéditos, la posibilidad de una introducción anterior.
J. André (1981) y M. H. Callender (1965) (citado en Marinval, 1988) señalan la práctica romana de conservar melocotones en ánforas con vino, por lo cual determinar si la presencia de huesos en Irún se debe al cultivo local o a técnicas de conservación de frutos llegados a través del comercio es problemática.
Se han identificado abundantes semillas de Ficus carica (higo) en las muestras arqueológicas de Irún.
La higuera comenzó a cultivarse en el Mediterráneo oriental, donde se localizan sus antecesores silvestres.
Estos se distribuyen ampliamente por todo el Mediterráneo en formaciones de maquis y garriga.
En su forma silvestre, la higuera necesita para la fecundación de un agente polinizador, el Blastophaga grossorum (Aizpuru, 1990).
Bajo cultivo, su propagación es vegetativa y el agricultor mantiene así el genotipo deseado.
Los principales cambios de este árbol bajo domesticación fueron por lo tanto el paso a la propagación vegetativa de clones femeninos, el aumento del tamaño y contenido en azúcar del higo, la introducción de la polinización artificial y la selección de clones que no necesitan la fecundación para formar los higos.
Es probable que el comienzo del cultivo de la higuera se produ-jera a la vez que el del olivo y la vid (Zohary y Hopf, 1993).
En Francia el higo no se ha identificado hasta la segunda Edad del Hierro (Marinval, 1988).
En la península ibérica se ha reconocido en cuatro yacimientos arqueológicos (Hopf, 1991), desde época calcolítica en la Cueva de los Murciélagos de Córdoba (s. análisis de Leonor Peña-Chocarro), en Murcia y en el Bronce Argárico en Almería (Buxó, 1990).
En las semillas no podemos utilizar criterios anatómicos para determinar si se trata de higos silvestres o cultivados; sin embargo, en el País Vasco no existe la higuera silvestre, por lo que necesariamente los ejemplares tuvieron que ser fruto de una introducción o producto del intercambio comercial en forma de higo pasa o seco, práctica ampliamente documentada (Wilcox, 1977; André, 1981).
Se han identificado dos huesos de Olea europaea (olivo), ambos en la muestra CSL-l.
El antecesor silvestre, var. sylvestris Brot. o acebnche se distribuye en los países que rodean la cuenca del Mediterráneo, acompañando a las encinas, quejigos y alcornoques o formando parte de los matorrales que resultan de su degradación (Aizpuru, 1990).
Recientemente se han localizado algunos acebnches en la zona costera de la cornisa cantábrica, en Asturias, Cantabria y Vizcaya (Javier Loidi, com. pers.).
El olivo cultivado es muy similar al silvestre aunque presenta gran variación en el tamaño, forma y contenido en aceite de sus frutos, con gran variedad de formas locales.
Los frutos del acebnche son más pequeños, con un mesocarpo menos carnoso y con menos aceite, pero su hueso no es mucho más pequeño que el de la forma cultivada.
La similitud morfológica entre las semillas de ambos tipos (Liphschitz et al., 1991) impide que podamos distinguirlos en las zonas donde existe la variedad silvestre, pero éste no parece ser el caso de Guipúzcoa.
Es probable que en el Mediterráneo la aceituna se aprovechara económicamente mucho antes de comenzar el cultivo y la manipulación del olivo.
Bajo domesticación, se altera la reproducción natural por semilla del árbol.
Las variedades cultivadas son de hecho clones que se mantienen mediante propagación vegetativa.
El cultivo del olivo comenzó probablemente en la zona de Levante del Oriente Próximo y se introduciría en el Mediterráneo occidental en el primer milenio antes de Cristo de la mano de colonos fenicios y griegos (Zohary y Hopf, 1993).
La aceituna, suponemos que la variedad silvestre, se identifica en yacimientos arqueológicos de la península ibérica desde el Neolítico, existiendo bastantes evidencias en yacimientos del Calcolitico y Bronce Antiguo de Almería y Ciudad Real (Buxó, 1990).
Igualmente en Francia hay hallazgos -todos de la zona mediterránea-de épocas similares (Marinval, 1988).
A pesar de que en Guipúzcoa no ha existido la variedad silvestre, el cultivo de Olea sí se ha dado históricamente en la vertiente meridional del País Vasco.
El olivo se considera un buen indicador del clima mediterráneo; por ello prácticamente descartamos su cultivo en la zona del Bidasoa en época romana: se puede afirmar que se trata de un producto importado.
Debido a su fácil conservación, la aceituna sirvió como un importante artículo de comercio desde la Antigüedad y su intercambio entre diferentes áreas de influencia romana está ampliamente documentado. c) Entre los frutos silvestres que pudieron ser aprovechados por la población romana de Irún se encuentra Rubus agg. fruticosus (mora), de la que se han identificado abundantes semillas en las tres muestras estudiadas en el yacimiento de la calle Santiago de Irún.
El género Rubus, de la familia de las Rosáceas, es excepcionalmente rico en especies y formas.
Se extiende por las zonas templadas de Europa, Asia y América.
La mayoría de las especies cuentan con frutos comestibles, un fruto apocárpico compuesto de pequeñas drupéolas agrupadas en una infrutescencia carnosa -la mora-de color rojo o negro.
Los táxones presentan una alta tasa de hibridación que dificulta la identificación de las especies (Aizpuru, 1990).
Aparecen frecuentemente en contextos arqueológicos europeos desde el Neolítico hasta la Edad Media (Zohary y Hopf, 1993).
En Francia se ha señalado su uso en poblados palafíticos del Neolítico Final (Marinval, 1988).
En la península ibérica, a pesar de que su consumo en la Prehistoria tuvo que estar muy extendido, los únicos restos que se han identificado hasta ahora proceden de yacimientos de la Edad del Hierro catalanes (Castro y Hopf, 1982en Buxó, 1990; Buxó, 1994).
Por lo tanto, los de Irún son los primeros restos de la cornisa cantábrica.
Se han recuperado huesos de Prunus spinosa (endrino) en dos de las muestras estudiadas en Irún.
Esta rosácea se extiende en los bosques planifolios claros y matorrales, setos, bordes de caminos y espacios abiertos en general.
El endrino es un arbusto silvestre muy intrincado y ramoso con fruto en drupa globosa de 10 a 15 mm. de color azul-negruzco, comestible y con pulpa de sabor ácido y áspero.
Las drupas maduran al final del verano y contienen taninos, ácidos, azúcar y vitamina C (Rivera y Obón de Castro, 1991).
A pesar de que tuvo que ser un fruto ampliamente utilizado por los seres humanos AEspA, 69, 1996 LOS RECURSOS VEGETALES EN EL MUNDO ROMANO 131 por lo menos desde el inicio del Holoceno, los únicos restos arqueológicos de endrino identificados en la península ibérica proceden de Cataluña y del País Vasco.
En Cataluña se han reconocido en el abrigo mesolitico de El Gai (Barcelona) y en la Cueva 120 de Gerona (Buxó, 1991).
El uso de esta especie en yacimientos arqueológicos vascos se documenta desde el Epipaleolítico según un trabajo que estamos realizando en la actualidad en el norte de Navarra.
Para época romana, los restos de Irún son los primeros documentados.
Se tienen muy pocos datos sobre la domesticación de Juglans regia L. (nogal) aunque la información aportada por la palinología es muy importante.
Las formas silvestres del nogal se distribuyen por los Balcanes, norte de Turquía, sur del Caspio, el Cáucaso, Asia central y China occidental y producen frutas más pequeñas que las cultivadas.
El cultivo de esta especie depende básicamente del injerto de los clones seleccionados pero, al igual que la almendra, se puede también cultivar a partir de la semilla.
La evidencia palinológica parece apuntar al noreste de Turquía, el Cáucaso y el norte de Irán como las áreas más posibles de domesticación del nogal (Zohary y Hopf, 1993).
En cuanto a Europa occidental, la nuez se ha identificado en los poblados palafíticos de la zona oriental de Francia desde el Neolítico Final (Marinval, 1988) y en la península ibérica se han reconocido macrorrestos en un poblado ibérico de Murcia (Buxó, 1990) así como en el yacimiento romano de Vilauba en la comarca de Bañóles (Buxó, 1994).
Jalut (1992) señala que esta especie llega al Pirineo hacia el año 2000 B.P., y el análisis de M.F. Sánchez Goni (en prensa) muestra su existencia en el estuario del Bidasoa con posterioridad a la última datación de C14 que proporciona (2740 + 90 B.P.), asociado a los primeros pólenes de Cerealia y Castanea.
En otros yacimientos de Euskal Herria (El Castillar y La Peña en Navarra y Mulisko Gaina en Guipúzcoa) se ha recuperado polen de esta especie en niveles protohistóricos (M.J. Iriarte, com. pers.).
Los macrorrestos aparecidos en CSI consisten en fragmentos del endocarpo leñoso o cascara de la nuez acompañados de un fruto inmaduro, procedente de la muestra CSI -8.
La presencia de este fruto inmaduro confirma la existencia de Juglans en las inmediaciones en época romana.
Se han identificado fragmentos de pericarpo o cascara de Corylus avellana (avellano) en todas las muestras analizadas.
Esta especie se distribuye de forma silvestre por casi toda Europa formando parte del subsuelo y orlas de bosques caducifolios, generalmente en sitios umbríos y frescos.
En el País Vasco es frecuente en la mitad septentrional (Aizpuru et al, 1990) y se ha identificado a lo largo de toda la secuencia palinológica (desde hace unos 8.000 años) del estuario del Bidasoa (Sánchez Goni, 1994).
Según esta misma autora (1992) el polen de Corylus está también presente en la cueva de Urtiaga en Guipúzcoa, donde aparece hace 8.000 años en el Boreal.
C. Peñalba (1992) ofrece resultados similares (8.290 + 140 B.P.) para la expansión del avellano según la secuencia que ha estudiado en la laguna colmatada de Quintanar de la Sierra (Burgos).
La mejora climática del Holoceno permitió por lo tanto el desarrollo de árboles mesotermófilos entre los que se encuentran Corylus, Quercus y posteriormente Fagus.
Entre los usos de esta especie, destacan los comestibles y los constructivos y artesanales, ya que sus varas han sido frecuentemente empleadas para la fabricación de entramados y cestos (Rivera y Obón de Castro, 1991).
Existe abundante documentación sobre la gestión tradicional en Europa de bosques de avellano en ciclos cortos (Rackham, 1980).
En Inglaterra, por ejemplo, gracias al estudio de los anillos en entramados de origen arqueológico, se ha podido determinar una gestión de esta especie en rotaciones de cinco a siete años.
En lo que respecta a los macrorrestos vegetales de origen arqueológico, su presencia se atestigua ampliamente desde niveles epipaleolíticos en Francia (Marinval, 1988).
Según los análisis arqueobotánicos que estamos llevando a cabo en varios yacimientos del País Vasco, la avellana es el fruto más frecuente de los recuperados desde época epipaleolítica.
Se han estudiado tres muestras arqueobotánicas procedentes de las dos fases detectadas durante la excavación del yacimiento romano de la calle Santiago de Irún.
La primera fase corresponde a la fundación de la estructura portuaria, hacia el año 50 de nuestra era, y la segunda a la ampliación de la misma a fines del siglo ii o comienzos del iii.
Los resultados permiten identificar un depósito en el que confluye material botánico de origen vario.
Por un lado, el que corresponde a la vegetación de las inmediaciones del yacimiento (estuarina y de ribera) y por otro lo que parecen ser desechos urbanos de diverso origen (fecal, alimentos, combustible, etc.) acompañados de especies nitrófilas características de un medio alterado.
La población del Irún romano tuvo acceso a una LEONOR PENA-CHOCARRO Y LYDIA ZAPATA PENA AEspA, 69, 1996 amplia gama de recursos vegetales.
Al igual que durante la prehistoria, las plantas silvestres juegan todavía un papel importante en la alimentación del grupo humano, pero la mayor aportación a la historia vegetal de la época consiste en la presencia, por primera vez en la cornisa cantábrica, de una gran variedad de especies domésticas, cultivadas.
Atendiendo al origen de los productos vegetales de interés económico identificados, se pueden establecer estos grupos: a.
Importados con seguridad: aceituna (fase 2").
Importados con bastante probabilidad, aunque su cultivo pudo haber sido introducido en la zona en época romana: ciruelas (fase 2^), guindas, higos (fases P y 2^) y melocotones (fase 2^).
Cultivados en las inmediaciones desde época prehistórica aunque también pudieron ser producto de intercambio con otras zonas excedentárias: trigo, uvas.
Recolectados en las inmediaciones en su forma silvestre o quizá en bosques cercanos gestionados: mora, endrina, nuez, avellana.
Está ampliamente documentada en época romana la existencia de un comercio a gran escala de todo tipo de productos.
Oiasso se localiza en una zona de alto interés estratégico, en un paso natural de los Pirineos y junto a importantes yacimientos mineros.
Allí confluían las calzadas procedentes de (a) Tarraco, por el Valle del Ebro vía Pamplona, (b) Emerita, por la vía de la Plata por León y Briviesca, y (c) Augusta Bracar a, bordeando el norte peninsular paralela a la costa.
La plaza comercial de Irún constituía un punto de encuentro y redistribución de productos elaborados en diferentes centros.
La abundante cerámica recuperada en el yacimiento corresponde a centros de fabricación situados en un radio que llega desde las costas del Canal de la Mancha hasta los Alpes y la Rioja (Urteaga, 1995; Urteaga y López, 1994).
Oiasso pudo ser un centro dependiente de Burdigalia, Burdeos, ejerciendo funciones de intermediaria.
Hasta la primera mitad del siglo I d.C. los productos de la Hispânia mediterránea que acceden a Irún lo hacen a través de Burdeos.
Desde allí se redistribuían al mercado hispano del noroeste por la vía Búrdeos-Astorga y a través de la navegación de cabotaje (Benito, 1988).
Se ha considerado a Oiasso una statio en la ruta del Cantábrico, a medio camino entre las costas de Hispânia y Galia.
La ciudad abastecería a Burdigalia de metales y mineral de hierro y, a cambio, las naves regresarían con vajillas, manufacturas y otros productos entre los que se encontrarían los alimenticios (Rodríguez Salis, 1973; Urteaga, 1995).
Las especies que hemos identificado, a pesar de su carácter perecedero de forma natural, pueden ser transportadas a grandes distancias siguiendo determinadas técnicas de conserva en las que los romanos eran ya expertos (André, 1981): en forma de pasa seca (higos, uvas, ciruelas...) o en ánforas con líquidos (aceituna, melocotón...).
Por este motivo se hace difícil determinar la naturaleza local o alóctona de algunas de las especies vegetales que hemos identificado, pues es posible que (1) Irún sólo actúe como centro redistribuidor del producto, (2) correspondan a importaciones de otras zonas de Hispânia o Galia.
Este sería, por ejemplo, el caso de la vid ya que, aunque se cultivara en la costa guipuzcoana en esta época, existe la posibilidad de que los ejemplares que hemos hallado procedan de otras áreas productoras a mayor escala.
El estudio de las zonas de habitación del centro urbano de Oiasso podría ofrecer más datos acerca de la importancia de la producción y consumo de estas especies entre la población local.
En cuanto al aspecto metodológico, es necesario recordar la necesidad de realizar muéstreos arqueobotánicos de forma sistemática en todas las excavaciones.
Los restos botánicos, junto al resto de la evidencia arqueológica, proporcionan una valiosa información sobre las actividades humanas y contribuyen al conocimiento del pasado.
Irún es un buen ejemplo del potencial que ofrece el estudio de material de este tipo.
Agradecemos la confianza de la directora de la excavación, Mertxe Urteaga al proporcionarnos el material estudiado.
Muchas gracias a Gordon Hillman por su ayuda en la fase de identificación de restos y a Francesco d'Errico por su ayuda en la elaboración de las fotografías.
Agradecemos igualmente los comentarios y sugerencias de M^ F. Sánchez Goni, M^ J. Marte y M. Izquierdo.
AizpuRU, L, CATALÁN, P., y GARÍN, F., 1990: Guía de los árboles y arbustos de Euskal Herria.
ASEGUINOLAZA, C, GÓMEZ, D.; LiZAUR, X., MONTSE-RRAT G., MORANTE, G., SALAVERRÍA, M.R., y URI-BE-EcHEVARRÍA P. M^., 1988: Vegetación de la
de especies y número absoluto de semillas halladas en cada contexto
de especies y número absoluto de semillas halladas en cada contexto (
Macrorrestos vegetales comestibles recuperados in situ durante la excavación |
Las excavaciones realizadas en el teatro romano de Cartagena han documentado una amplia secuencia estratigráfica que abarca desde niveles del siglo ii a. de C. hasta nuestros días.
Especialmente interesantes son los contextos materiales de los siglos v al vii, asociados a profundas remociones de carácter urbanístico.
La construcción en la segunda mitad del siglo v de un complejo comercial, mercado/almacén, estructurado sobre una gran exedra porticada y una serie de 15 compartimentos alineados, representa la amortización total del edificio del teatro cuyas estructuras en parte fosiliza el nuevo conjunto.
Encima de ambas construcciones se construyó un barrio de época bizantina caracterizado por habitaciones de forma cuadrangular que alternan con espacios comunes abiertos y calles de trazado irregular adaptadas a la topografía artificial y en pendiente impuesta por las construcciones precedentes.
CARTHAGO SPARTARIA ENTRE LOS SIGLOS IV-VII
El expresivo texto de San Isidoro con el que encabezamos este trabajo, parece describir en su pá-rrafo final, una realidad histórica, discutida hasta hace muy poco tiempo y no contrastada arqueológicamente, en tomo a la Carthago Spartana de los siglos V al VIL Hasta hace muy pocos años la información relacionada con la ciudad en dicho período se reducía a escasas referencias de carácter literario, en su mayor parte escuetas y a veces oscuras (Hidacio,p.
GalL,, y a unos pocos testimonios arqueológicos.
A este respecto, dejando a un lado la famosa y repetida inscripción del Patricio Comenciolo que ha servido durante mucho tiempo como único referente, para atestiguar la presencia e importancia de la ciudad como capital de la ocupación bizantina del mediodía y levante peninsular, el documento arqueológico más importante para época tardorromana ha sido la amplia necrópolis de San Antón, fechada a finales del siglo iv e inicios del v (San Martín y Palol, 1972).
Sin embargo, la revitalización de la actividad arqueológica ha provocado un cambio radical en esta situación que ha coincidido, a su vez, con un creciente interés general por la investigación de este período.
El primer jalón en la historia de la investigación reciente sobre la antigüedad tardía en Cartagena se puede establecer con el hallazgo en 1983 de tres paramentos paralelos levantados con opus caementicium y forro de sillares de opus quadratum en el muro exterior que fueron relacionados con restos de la fortificación bizantina descrita en la mencionada lápida de Comenciolo, hallada en 1698 en el patio del Convento de la Merced (Martínez Andreu, 1985).
Dejando de momento a un lado el problema de la interpretación de los restos arquitectónicos, la 136 S. E RAMALLO, E. RUIZ VALDERAS Y M. C. BERROCAL CAPARROS AEspA, 69, 1996 recuperación junto a las estructuras de un abundante lote de cerámicas africanas de las formas más tardías (Hayes 104,105,107,109, etc.) sirvió también para revitalizar el análisis de conjuntos cerámicos hallados en otros solares de la ciudad y perfilar su cronología (Méndez, 1985(Méndez, y 1987)).
Las excavaciones realizadas en 1983 en la calle Orcel en un solar muy próximo al de la Soledad, pusieron al descubierto la continuación de los paramentos antes descritos con una nueva exedra semicircular y algunas particularidades de carácter técnico que permitieron matizar la cronología y establecer distintas fases en la construcción (Láiz et alii, 1987).
Poco después una nueva intervención (1986) en las calles D.Gil/ Orcel permitió constatar un conjunto de habitaciones (tabernae) de cronología tardía superpuestas a un edificio público de época imperial (Láiz y Ruiz, 1988b).
En todo este contexto, las excavaciones en la calle del Cañón (1982), Honda 11-13 (1982), y sobre todo la localización de numerosos pozos y basureros de los siglos V al vii en distintos puntos de la ciudad permitieron una primera relectura de la documentación arqueológica precedente así como plantear nuevas hipótesis sobre su trazado urbanístico en los últimos siglos de la antigüedad (Ruiz et alii, 1993).
No obstante, los hallazgos más importantes, tanto por la entidad de los restos como por la amplia seriación de su deposición estratigráfica y por la continuidad y amplitud de los mismos, se han producido en la ladera noroccidental del Cerro de la Concepción, en el espacio comprendido entre la Catedral Vieja y las calles Soledad, Doctor Tapia y Cuesta de la Baronesa, espacio que corresponde prácticamente en su totalidad al solar ocupado por el teatro romano construido en torno al cambio de Era.
Estas excavaciones, iniciadas en 1988 y actualmente en curso, han permitido reinterpretar todos los hallazgos anteriores del entorno, además de obtener una visión global del desarrollo urbano de este sector de la ciudad entre los siglos ii a.C. y nuestros días (Ramallo et alii, 1993).
Con toda esta información podemos establecer un panorama coherente de la evolución urbana entre los siglos II d.C. y vii d.C. Parece ya fuera de dudas la existencia de un repliegue del espacio urbano ocupado por edificaciones públicas y domésticas desde finales del siglo ii d.C. lo que conlleva la amortización de edificios públicos como el de la calle Caballero/San Antonio el Pobre, que muestra un claro nivel de abandono a finales del siglo ii (Miquel, 1993), o de las tabernae de la Plaza de San Francisco (Berrocal, 1987), con una amortización de cronología similar.
Las modificaciones en el trazado viario se aprecian también durante esta época en el tramo de decumano de la calle Cuatro Santos, n° 40 cubierto por capas de relleno y finos lodos durante el siglo m (Miquel, 1987y Vidal y Miquel, 1988), aunque ello no implique necesariamente su inutilización.
A partir de todos estos datos se ha propuesto una reestructuración del espacio urbano que quedaría restringido a la superficie comprendida entre los Cerros del Molinete y de la Concepción.
Al mismo tiempo, se propuso también, sobre todo tras los hallazgos de las calles Soledad y Orcel, un proceso de recercamiento de este espacio urbano con la construcción de una nueva muralla que discurriría por las actuales calles de la Aurora y San Antonio el Pobre, trazado que seguirá en gran parte la ciudad amurallada del siglo xvi, encerrando al menos una gran parte de la ladera meridional del Molinete y entroncando con el Cerro de la Concepción.
Este lento proceso de transformación de la fisonomía urbana corresponde en parte con la modificación de la situación jurídica de la ciudad que con la reforma administrativa de Diocleciano se convierte en capital de la nueva provincia carthaginiense.
Indudablemente este nuevo status debió tener algún reflejo en la arquitectura oficial de la ciudad bien mediante la transformación o reforma de edificios precedentes o bien con la construcción de algún nuevo complejo, dada la situación de abandono que muestran los viejos edificios civiles de los dos primeros siglos.
Sin embargo, en este caso, y para este período concreto de fines del siglo m y todo el siglo IV no podemos presentar de momento contextos materiales definidos asociados a estructuras arquitectónicas.
La necrópolis de San Antón se tiende ya a fechar, en su momento inicial, en estos años, pero es el único indicio (Láiz y Berrocal, 1995).
Sin embargo, la potenciación de este cementerio situado junto a la vía de Complutum y del interior de la Meseta puede constituir un indicio de esa nueva orientación de la ciudad hacia el interior del territorio reforzando así esa situación de capital administrativa y fiscal que en parte subyace bajo la nueva división dioclecianea.
En este contexto de transformaciones urbanísticas se inserta la reconstrucción, más que simple restauración, de las termas públicas de la calle Honda, que se produce en una fecha, que de momento no podemos precisar, entre los siglos iv y v.
El edificio, que sigue un sencillo esquema lineal, muestra un estrecho paralelismo con las termas de Baelo, tradicionalmente fechadas en época bajo-imperial, y reutiliza elementos ornamentales de época alto-imperial, como un clipeo circular contorneado por una guirnalda y una posible representación de Medusa en el centro, que apareció desplomado sobre el suelo del frigidarium. y un pedestal de mármol veteado de L. Numisio Lacto reempleado como sillar en uno de los muros del caldarium.
Sin embargo, esta intensa reutilización de material edilicio se aprecia aún mejor en la construcción de los hipocaustos cuyas pilae se confeccionan con ladrillos circulares recortados, cuadrados, bloques prismáticos de arenisca, y en general material amortizado (Ramallo, 1989-90).
Junto a las termas, la calle que flanquea el edificio por el sur, delimitada a su vez por una serie de anchas y profundas tabernae porticadas de claro carácter comercial, muestra un trazado distinto, oblicuo a la trama casi ortogonal impuesta por la urbanización augustea y parece corresponder en su recorrido a esta nueva reordenación urbanística de época bajo-imperial.
Estas remodelaciones se aprecian también sobre un tramo de calzada de cronología posiblemente anterior, tal vez de la trama augustea a juzgar por las características del enlosado que recuerda otros tramos datados en esta fecha como por ejemplo los de la Serreta/San Cristóbal la Corta y Duque 29, que es amortizado con la superposición de muros de características similares a los del complejo comercial del siglo v levantado sobre el teatro (San Martín, 1973, 47).
Fuera del área pública se observa también una reestructuración de los espacios domésticos con una mayor compartimentación de las viejas viviendas augusteas que, en el espacio reseñado, perviven durante época bajo imperial.
Así, en una domus excavada en la C/ Cuatro Santos 17 el peristilo es compartimentado en varias estancias de uso doméstico, mientras que en la vivienda de la c/ Jara 12 se reutilizan y recrecen los muros de fachada orientados hacia un cardo secundario de la fase anterior (Ruiz et alii, 1993).
Sin embargo, el ejemplo más paradigmático y hasta ahora mejor definido de la transformación urbana de la ciudad, nos lo han proporcionado las excavaciones del teatro (fig. 1).
En este caso, el viejo edi- AEspA, 69, 1996 ficio de espectáculos símbolo de prestigio y uno de los más emblemáticos edificios de la ciudad augustea, parcialmente amortizado, al menos en alguno de sus sectores ya desde finales del siglo ii, se transforma por completo durante la segunda mitad del siglo V, con la construcción de un importante complejo comercial, almacén/mercado, que se superpone, reutiliza y en gran parte reaprovecha el material edilicio procedente de la construcción augustea.
Capiteles, fustes de columna, basas, cornisas, etc. son incrustados en las cimentaciones del nuevo edificio que se estructura a ambos lados de una calle central que, recrecida sobre las estructuras anteriores, discurre de este a oeste y pone en comunicación los aditi o itinera del teatro, que sobre un nivel superior al del antiguo pavimento de signinum, constituyen los ingresos desde el exterior al nuevo complejo.
Hacia el norte, ocupando parcialmente la plataforma cementicia de la escena y el foso del hyposcaenium, salvado con profundas cimentaciones donde se utiliza precisamente gran parte del material arquitectónico del scaenae frons, se articulan alineados 15 compartimentos estrechos y alargados (2,50 de ancho por c.
11 m. de longitud) con ingresos alternativamente hacia el norte y hacia el sur.
Al otro lado de la calle, se dispone una exedra semicircular porticada con un rebanco corrido adosado a la pared del fondo y pavimento enlosado que ha fosilizado la estructura original de la orchestra y gradas inferiores de la ima cavea.
Tras esta exedra discurre una galería anular cuyo muro de fondo está realizado por piezas de scalae, arrancadas de su posición original de separación de los cunei de la grada, y colocadas de forma contigua una junto a otra.
Este complejo edificio es abandonado pocos años después de su construcción, muy probablemente a finales del siglo v o inicios del siglo VI, y tras un período aún mal definido, donde las evidencias arquitectónicas son muy reducidas, asistimos de nuevo, hacia mediados del siglo vi, a la revitalización edilicia de la zona en forma de un barrio de estructura radial, aterrazado y superpuesto a todas las estructuras anteriores, que en parte condicionan su misma disposición.
Fundamentalmente se trata de habitaciones cuadrangulares o trapezoidales unidas en grupos de dos o tres estancias que comunican con espacios abiertos de uso común y entre las que discurren callejones de trazado irregular y adaptado a la topografía escalonada del terreno.
La destrucción de la ciudad a manos de los visigodos hacia el 620/625 marca el final de este período y abre una fase oscura en la historia de la ciudad que resurge, al menos en este sector, con edificaciones de carácter doméstico y artesanal entre los siglos xi y xii.
En todo este contexto, y como ya hemos reseña-do más arriba, es difícil precisar el límite amurallado de la ciudad de los siglos iv al vii.
Tradicionalmente, y combinando la ausencia de estructuras de habitación en puntos tan significativos como las lujosas viviendas alto imperiales de planta y aparato ornamental típicamente pompeyano de la calle S aura/Beatas y Serreta/San Cristóbal la Corta con los gruesos paramentos de las calles Soledad, Orcel, Cañón, e incluso San Miguel se ha venido señalando una línea de muralla que desde la falda del Cerro de la Concepción podía discurrir por las actuales calle Nueva y Jara hasta el Molinete por el este, y la calle Mayor, interpretada como posible línea de playa, por el oeste.
Sin embargo, la reinterpretación de los hallazgos de la Soledad y Orcel a la luz de nuestras nuevas excavaciones en el teatro nos hacen de momento cuestionar esta interpretación hasta que nuevas excavaciones no aclaren diversos puntos controvertidos.
Por otra parte, los niveles asociados a la muralla helenístico-republicana de la Milagrosa no muestran trazas de intervención alguna en épocas tardías e incluso alto imperiales pese a las numerosas inscripciones que recuerdan actuaciones evergéticas sobre torres o distintos tramos del cinturón defensivo en época augustea.
Sin embargo, dada la entidad del viejo tramo bárquida-romano que cerraba el único paso de acceso a la ciudad a través del istmo situado entre los cerros de San José y Despeñaperros, hay que considerar el mantenimiento de esta muralla como primer cerco de protección de la ciudad, que a partir de los siglos m y iv encerraría un espacio mucho mayor que el ocupado por los edificios públicos y privados.
En este espacio, casi la mitad de la superficie de la vieja ciudad republicana y altoimperial, se detectan numerosos pozos, con gran cantidad de restos óseos asociados a materiales cerámicos de finales del siglo vi y principios del vii, excavados en los niveles de disolución de adobes de las viviendas de los siglos i y ii (Duque 33, Jara, 12, 21-23 y Cuatro Santos 17) y vertederos de mayores dimensiones y más dilatado uso como los de la c/ Palas 8 y Caballero 2-8, con cerámicas características de los siglos V al vii.
De momento desconocemos si este amplio sector de la vieja ciudad altoimperial fue abandonado por completo o si bien, como se ha propuesto en otras ciudades, pudo haber sido utilizado como una superficie intramuros ocupada por pequeños espacios dedicados al cultivo, trasladando al interior del recinto amurallado parte de las áreas cultivadas situadas hasta entonces en los alrededores (Gutiérrez, 1993, con la bibliografía al respecto).
Los datos aportados reflejan una vitalidad urba-na que encuentra además plena confirmación en la cantidad, calidad y variedad de las producciones cerámicas, locales o importadas, halladas en el solar urbano.
Una muestra reducida de este amplio volumen estudiamos en los párrafos que siguen.
DESCRIPCIÓN DE LOS CONTEXTOS ANALIZADOS
Como ya hemos señalado más arriba los contextos cerámicos analizados en el presente artículo proceden de la campaña realizada en 1994 en el teatro romano de Cartagena y corresponden a las habitaciones 2, 3, 4 y 5 del denominado barrio de época bizantina y de los niveles subyacentes y de abandono y construcción del mercado/complejo comercial, situado sobre el edificio augusteo y junto a las instalaciones portuarias (fig. 2).
Del conjunto de 19 fases documentadas en nuestras excavaciones, que abarcan entre el siglo ii a.C. y nuestros días, se estudian aquí las definidas como 8.2 relleno de nivelación que amortiza y oculta por completo las estructuras del teatro, 8.1 nivel de abandono del complejo comercial, 9.2 relleno de colmatación sobre el que se levantan las habitaciones de la primera mitad del siglo vi, 9.1 nivel de abandono y amortización de estas estructuras, 10.5 relleno de nivelación que precede a la construcción de la fase inicial del barrio de época bizantina, 10.4 suelos y preparados de esta fase anterior, 10.3 suelos y preparados de la segunda fase del barrio de época bizantina, 10.2 que corresponde al nivel de destrucción del barrio de época bizantina, del cual analizamos aquí el material de tres habitaciones, y por último la fase 10.1, que define el abandono de todo este sector, tras su destrucción violenta.
Se trata de una muestra suficientemente significativa que se puede hacer extensiva al resto de la excavación según hemos podido comprobar en la campaña más amplia de 1995 K Fase 8.2 Nivel constructivo del mercado La fase 8.2 corresponde a los estratos de nivelación utilizados en la construcción del edificio comercial.
Estos niveles han sido identificados en los itinera, bajo los suelos de las tabernae, en la plaza circular de la exedra y en la galería superior que rodea la exedra.
El estrato se caracteriza por una tierra de color amarillento procedente de la arenisca triturada y compactada con piedras menudas, contiene escaso y fragmentado material cerámico, pero su contexto es altamente significativo para la dotación del edificio comercial.
El material que analizamos en este trabajo procede de los rellenos de nivelación realizados sobre las gradas superiores de la ima cavea para la construcción de la galería superior.
El contexto cerámico viene determinado por la presencia de T. S. Africana Clara D, especialmente la producción D2, en sus formas Hayes 61 (n° 1), 63 (n° 3), 91 A (n° 2) y un fondo con decoración del estilo A (ii) (n° 4).
Aparece en Ostia en contextos de fines del siglo iv e inicios del siglo v, y en Carthago en los siglos iv y v.
Una asociación de formas similar a la de nuestro relleno se manifiesta en el cargamento del pecio de Fort Miou, donde se documenta la exportación conjunta de H. 61, 63, 91 junto a otras formas H. 67 y 80 B, y fondos con decoración A (ii) similares a nuestro ejemplar n° 4.
También de origen africano encontramos en este estrato un fragmento de plato tapadera de borde negrito (n° 6) y un fragmento de olla de pátina cenicienta (n° 9) tipo Vila-roma 5.40.
Este grupo de ollas con concavidad interior, asas y cuerpo globular cuyos diámetros oscilan entre 13 y 16 cm., es el más numeroso en el abocador de Vila-roma fechado entre el 400-450 (Aquilué, 1989b, 196); también AEspA, 69, 1996 CONTEXTOS CERÁMICOS DE LOS SIGLOS V-VII EN CARTAGENA 141 está presente en Carthago en el depósito Al.
En cuanto a la cerámica común destacan dos fragmentos de mortero de producción indeterminada, aunque el n° 8 pudiera ser de fabricación africana, y de tamaño medio cuyos diámetros oscilan entre 13 y 20 cm. (n° 7 y 8).
También es de cerámica común una jarra de producción ibicenca (n° 5) similar a la forma RE 0204 b (Ramón, 1986, 17), de cuello estrecho y alargado, asas verticales y cuerpo ovoide fechados por el autor entre 550-570 aunque los ejemplares que ilustran la forma pertenecen a yacimientos con una cronología más amplia.
En concreto el ejemplar de Can Frit apareció fuera de contexto y el de Can Gavin pertenece a la tumba 3 fechada en el siglo vi, aunque la necrópolis data de los siglos iii-vii.
Nuestro ejemplar debe ser fechado por el resto del contexto en la primera mitad del siglo v d.C.
En este estrato también se han localizado, aunque de manera muy escasa, fragmentos de cerámica de cocina tosca local (n° 10), precedentes de la que luego se desarrollará sobre todo a partir del siglo vi.
Corresponden a una olla de la forma 2, de borde vuelto, cuello marcado y cuerpo globular, de características similares, técnicas y formales, a las de la C/ Era del Puerto de Mazarrón, fechadas en contextos de la primera mitad del siglo v d.C. (Ruiz Valderas, 1991, 48).
En cuanto al material anfórico están presentes en este estrato ánforas de producción africana, probablemente tunecina, Keay XXXVIB (n° 11), destinadas al transporte de aceite de oliva.
Este envase, caracterizado por su cuerpo cilindrico, hombro redondeado, cuello corto y cónico, borde engrosado al exterior y asas que arrancan casi del borde, se constata en el vertedero de Vila-roma en el segundo cuarto del siglo v (Remóla y Abelló, 1989, 263), así como en la Bourse de Marsella (Bonifay, 1986, 276), con una cronología similar, fecha considerada como la de su introducción en los mercados del Mediterráneo Occidental.
En el claustro de la Catedral de Tarragona se documenta a mediados del siglo v, mientras que en Rosas su presencia se localiza desde finales del siglo v hasta principios del siglo vi (Martín et alii, 1979, 66 ss.).
En Cartagena, dado el contexto en que se inserta tendemos a situar esta forma en el segundo cuarto del siglo v d.C, datación que coincide con las de Tarraco y Marsella.
En esta misma fase conviven con las producciones africanas, ánforas de origen oriental representadas en la forma Keay LIII/LRA 1 ( n"" 12) cuya fecha inicial se registra ya en el segundo cuarto del siglo V d.C. dada su presencia en el vertedero de Vila-roma.
Se trata de un ánfora de cuerpo ovoide, con dos asas situadas de labio a hombro y fondo no diferenciado, cuello recto, de borde ligeramente engrosado, más o menos exvasado según la forma.
Respecto al centro de fabricación, Willians (1982, 102-103), basándose en los análisis mineralógicos, propuso el área del norte de Siria, probablemente la región de Antioquia (Peacock y Willians, 1986, 187), desde donde se pudo exportar aceite en estos contenedores (Keay, 1984, 271).
Entre las importaciones orientales hay que incluir también la forma Keay LIV/LRA 4 (n° 13) que hace su aparición en Marsella a mediados del siglo IV (Bonifay, 1986, 281) y en Carthago a finales del mismo siglo (Hayes, 1976, 50).
Es un ánfora ovoide, de cuello muy corto con dos pequeñas asas anulares en la parte superior y fondo troncocònico; suele llevar, a modo de decoración, una banda de incisiones a la altura de la parte inferior del asa y generalmente cuenta con unas aplicaciones de arcilla en el borde muy características.
De momento, y hasta que no ampliemos el estudio a toda el área de excavación, la presencia de dos ejemplares orientales frente a una sola ánfora africana en esta fase, no tiene por qué ser muy indicativo de los porcentajes cuantitativos de ambas producciones.
No obstante, es conveniente reseñar cómo en contextos de la primera mitad del siglo v, tales como en La Bourse de Marsella, hay mayoría de ánforas orientales frente a las africanas, mientras que en Vila-roma y Schola Praeconum los porcentajes se equiparan con una ligera mayoría en Roma para las ánforas africanas, al tiempo que en Carthago, proporcionalmente se documentan el doble de ánforas africanas que orientales.
Fase 8.1 Nivel de abandono del mercado
La fase 8.1 agrupa los estratos de abandono y colmatación del edificio comercial.
Estos estratos se caracterizan por una tierra marrón clara, suelta, con abundantes escombros, derrumbes, restos de argamasa y gravilla.
La colmatación del complejo comercial se produce tras el expolio de materiales constructivos, de forma que las losas que pavimentan la exedra y las tabernae aparecen en muchos casos substraídas.
El material cerámico de las UEs.
4379 y 4380 corresponde concretamente a los estratos de abandono depositados sobre la exedra porticada del edificio comercial.
La forma Hayes 80B aparece en Carthago en estratos de la primera mitad del siglo V anteriores a la ocupación vándala y en estas mismas fechas se documenta también en el templo de la Magna Mater de Roma (Carignani, 1986).
Las formas 89 y 93A son características de la segunda mitad del siglo v, que continúan claramente durante la primera mitad del siglo vi (Hayes 1980, 517).
Para la segunda, Hayes propuso una datación entre el 470-500, aunque posteriormente consideró que su cronología inicial podía remontarse a la primera mitad del siglo v.
En el extremo opuesto, se documenta en Carthago en contextos datados entre el 500-560.
Mas problemático es aquilatar la cronología de la forma Hayes 104A.
Para determinar el inicio de la producción, es significativa su presencia entre los materiales de la segunda fase del taller de El Mahrine, datada entre el 460-480 y asociada a las formas Ostia III, fig. 128 y Atlante XLVI, 9-10 (Mackensen, 1985, 32).
Sin embargo, es sobre todo frecuente en contextos de la primera mitad del siglo vi como los del oppidum de Sainte Popice (Boixadera et alii, 1987, 98) o en el depósito vii de las excavaciones americanas en Carthago (Michigan, I).
En Tarragona, la forma 104A, documentada al menos por tres ejemplares en la sede del Colegio de Arquitectos, aparece generalmente representada en estratos del siglo VI (Aquilué, 1993, 108).
Por otra parte, la asociación de las formas Hayes 99 y 104A en un mismo contexto se halla en la Bourse de Marsella, Período 2A, fase 3, fechada a finales del siglo v o inicios del vi (Bonifay, 1983, 314).
La forma Hayes 99 (A y B) es la más numerosa en el nivel de abandono de una domus sobre el Celio, junto a los tipos de africana Hayes 93, 104A y las ánforas Keay XXVI (con distintas variantes), XXXVIB, LVB y LXII.
La formación de este depósito se tiende a situar entre el 480 y el 550, mientras que el cierre definitivo se habría producido entre finales del siglo vi e inicios del vii (Pacetti y Sfrecola, 1989, 486).
2), con una cronología inicial centrada a principios del siglo vi.
Otra de las jarras documentadas (n° 28), de arcilla ma- rrón, podría ser una importación posiblemente oriental.
También de producción africana, se documenta un mortero con visera y ondulaciones en el borde (n° 32), similar a los registrados en Benalúa entre finales del siglo v y mediados del siglo vii así como dos cuencos/mortero (n° 33-34), con visera y de pequeñas dimensiones, de producción indeterminada, que se pueden relacionar con la forma Wl, 19, J-3 de Reynolds (1993, 106, lám. 13).
El primero de ellos tiene la visera pequeña y elevada con marcadas líneas de tomo en el exterior, mientras que el segundo presenta una larga visera inclinada decorada por un reticulado impreso con restos de un engobe de color rojizo.
En estos estratos comienzan a aparecer, aunque todavía en un porcentaje bajo, las cerámicas de cocina de producción local, que se caracterizan por un mejor acabado y factura que las posteriores.
En líneas generales, se trata de cerámicas fabricadas con unas arcillas rojizas o anaranjadas, poco depuradas, granulosas, con abundantes desgrasantes de tamaño medio y grueso de esquistos grises, azulados y violáceos así como finos de mica.
Las superficies exteriores son rugosas al tacto, de factura grosera y pueden estar simplemente alisadas, con o sin engobe.
Dicha superficie exterior y el borde aparecen ennegrecidos debido a su exposición al fuego.
La mayoría de estos recipientes están realizados a torno, aunque los ejemplares mas tardíos pueden estar modelados a mano o a torno lento (Láiz y Ruiz, 1988a).
En esta fase inician su aparición, dentro de este grupo, las ollas con visera y concavidad interior para el asiento de la tapadera, tipo 3.1 (n° 38), las ollas de borde entrante y perfil exterior de sección triangular tipo 4.3, y las cazuelas tipo 11 (n° 41-42), formas que continuarán a lo largo de todo el siglo VI.
No obstante, las formas más características de estos estratos de la primera mitad del siglo vi son las ollas de borde entrante y labio inclinado al interior tipo 4.1 (n° 35-36), la forma 4.3 con el borde entrante y perfil exterior de sección triangular, y las ollas de la forma 4.2, con labio redondeado, que presentan un acabado cuidado y cuyas paredes exteriores llevan estrías marcadas en el torno, ya que aparecen también representadas en los mismos estratos de abandono documentados en el cuerpo de tabernae del complejo comercial (Láiz y Ruiz, 1988b, 282).
En cerámica de cocina destaca un fragmento de tapadera (n° 40) realizada a torno lento y con las superficies bruñidas, que puede pertenecer al grupo Hand-made individualizado por Fulford y Peacock, fabricado en la isla de Pantelleria entre finales del siglo v e inicios del siglo vi (Fulford, 1984, 159).
En cuanto a los envases anfóricos continúa la forma oriental Keay Lili (n° 43-44) cuya presencia se incrementa desde mediados del siglo v hasta el siglo VI, como se constata en Carthago, Tarraco y en numerosos vertederos de la propia Cartagena, y aparece asimismo el tipo de envase africano Keay XLI (n° 45), de origen tunecino y destinado probablemente al transporte de aceite de oliva (Keay 1984, 252).
Se trata de un envase cilindrico de pivote macizo, con cuello corto y borde reentrante de sección triangular y con una concavidad en su parte interior, datado en el cementerio paleocristiano de San Seurin (Bordeaux) a finales del siglo iv-principios del siglo V (Keay, 1984, 255) y con una presencia masiva en el vertedero de Vila-roma del segundo cuarto del siglo v (Remóla y Abelló, 1989, 263).
En el grupo de ánforas diversas procedente del Puerto de Classe se incluye un borde de este tipo (8.38) que conserva restos de una inscripción pintada en rojo (Stoppioni, 1983, 146).
Probablemente este tipo anfórico sería abundante en la zona costera como atestiguan los seis fragmentos de este tipo documentados en los dragados del Puerto de Mazarrón (Pérez Bonet, 1988, 483).
La presencia de un ejemplar en esta fase del teatro, fechada a finales del siglo v o inicios del s. vi podría prolongar su uso durante la segunda mitad del siglo v, si es que no se trata de un ejemplar residual de la fase anterior.
Nosotros datamos este contexto correspondiente al abandono del complejo comercial a inicios del siglo VI, dada la ausencia de formas características de la segunda mitad de este siglo como los tipos Hayes 91C ó 104C.
Fase 9.2 Rellenos bajo estructuras de la primera mitad del siglo vi
Corresponde a un estrato de relleno sobre el que se levantan las estructuras muy arrasadas pertenecientes a unas habitaciones de carácter doméstico construidas tras el abandono del edifico público anterior.
El estrato de relleno se caracteriza por una tierra marrón grisácea con abundantes capas de cenizas, carbones y material cerámico fragmentado.
Este nivel se presenta bastante homogéneo en toda la superficie excavada y se deposita sobre el nivel de abandono del complejo comercial.
El material aquí estudiado corresponde a las UEs.
La forma 104C es la forma más tardía dentro de este grupo y es datada por Hayes entre 500-625, aunque su cronología inicial quizás pueda retrasarse hasta el primer cuarto del siglo VI, según las estratigrafías de Carthago.
Nosotros proponemos que la datación de nuestro depósito y probablemente de la fase constructiva debe fecharse entre 525-535.
En cerámica de cocina africana se mantienen, en líneas generales, los tipos de la fase anterior (8.1).
Destacan dos cazuelas de pátina cenicienta, una perteneciente a la forma Hayes 197 probablemente residual (n*' 65) y otra, la n° 66, asimilable a Atlante I, CVII, 5-7, datadas entre el siglo iv y vi, y continúa la presencia de morteros con visera (n° 63-64) del grupo 2 de Fulford (1984, fig. 76.2).
Paralelamente, siguen los cuencos de pastas claras (n° 67) relacionables con la forma 21.1 de Vegas (1973, 21, fig. 20) que en este caso concreto, y frente a los ejemplares de la fase anterior, pueden adscribirse más bien a un uso funcional de copa que de cuenco así como los platos de fondo anular (n° 68) y las jarritas monoansadas próximas a la forma Vegas 43 (n° 69).
Hay también gran variedad de morteros: con visera más o menos acentuada (n° 73, 74 y 76), emparentados con la forma Wl, tipo 19 de Reynolds (1993, 105-107, lám. 12 ss.) fechada entre finales del siglo v y mediados del siglo VI o decorados con ondulaciones sencillas a lo largo de la visera y con impresiones en el borde (n° 75, 77 y 78) próximos a la forma W1.20 de Reynolds, que en el valle del Vinalopó ofrece una datación similar a los anteriores.
Otros recipientes documentados son grandes va-sijas de almacenaje, emparentadas con la forma Vegas 12, de un diámetro que oscila entre los 272 y los 300 mm., y pastas depuradas de color anaranjado con inclusiones de pequeñas partículas blancas y superficie exterior engobada (n° 79-80).
La primera (n° 79) con el borde exvasado de sección triangular que cae en una pequeña visera, corresponde a la forma Wl, 24B (Reynolds, 1993, 108, lám. 19) ilustrada por este autor con dos ejemplares fechados en el siglo V, mientras que la segunda (n° 80), con paralelos en Benalúa y el Monte Benacantil (Alicante), se inserta dentro de la forma Wl, 26D (Reynolds, 1993, 108-109, lám. 20) que no dispone de una datación concreta.
En general, estas piezas están relacionadas morfológica y funcionalmente con las formas presentadas por Fulford en las láminas 73 y 74 datadas en su práctica totalidad dentro del siglo vi (Fulford y Peacock, 1984, 193-194) fecha que concuerda con los ejemplares de la fase 9.2 que aquí analizamos, 525-535.
En cuanto a las cerámicas de cocina tosca de producción local destaca la continuidad de las ollas de borde entrante, tipo 4 (n° 85-86), con acabados cuidados, cuyos tipos parecen desaparecer hacia el 550 y continúan en mayor número y variedad las ollas 3.1 (n° 82-84), con visera y perfil en S, que se manifiestan a lo largo del siglo vi y están ausentes en el nivel de destrucción fechado en la tercera década del siglo vil al igual que la olla 1.2, con pestaña en el borde externo y perfil interior en S (n° 81), que aparece en esta fase y continúa durante las fases 10.4 y 10.5, fechándose en consecuencia durante todo el siglo VI.
Son asimismo frecuentes las cazuelas de los tipos 10, con el perfil cóncavo-convexo (n° 91), tipo 11, con la pared media engrosada, que se distribuye por los niveles de todo el siglo VI y en el nivel de destrucción (n° 90), y tipo 12, cazuela de paredes engrosadas (n° 92), con un desarrollo en contextos y cronología similar.
En líneas generales, agrupamos bajo el término cazuela, una serie de grandes fuentes para cocinar, con un diámetro de la boca que oscila entre los 30 y los 40 cm., bases planas muy engrosadas y paredes poco profundas de entre 5 y 7 cm. de altura.
Hace además su aparición el cuenco tipo 5 de borde engrosado al exterior (n° 88-89), cuerpo hemiesférico y asa aplicada, que se desarrolla sobre todo a lo largo del siglo VI, entre las fases 9.2 y 10.3.
En estos niveles se hallan los envases anfóricos de origen africano Keay LXI (n° 93) y Keay LXII (n° 94), ánforas que tienen una datación inicial en el segundo cuarto del siglo v y que irrumpen masivamente en los circuitos comerciales desde la primera mitad del mismo siglo.
La exportación se generali- za en el siglo vi en puertos tan significativos como los de Marsella, Tarraco y Carthago.
Respecto a la primera, corresponde a un envase de cuerpo cilindrico rematado en un pivote macizo con un engrosamiento anular, asas de sección elíptica y cuello cilindrico con borde grueso de sección rectangular.
Su ausencia en contextos claros de la primera mitad del siglo V como en la necrópolis paleocristiana de Tarragona, las excavaciones del Palatino (Keay, 1984, 305) o en el vertedero de la muralla de Teodosio en Carthago (Neuru, 1980) hicieron plantearse a Keay una cronología inicial de mediados del siglo v; sin embargo, el hallazgo con posterioridad de dos bordes en el vertedero de Vila-roma (Remóla y Abelló, 1989, 265-266) ha permitido remontar esta cronología a la primera mitad de dicho siglo.
Desde mediados del siglo v se generaliza su importación (Keay, 1984, 309) que se prolonga hasta finales del siglo VI en puertos tan significativos como el de Marsella (Bonifay, 1986, 288).
Otros dos ejemplares fechados en el siglo vii se documentan en la iglesia de San Pere y Santa Maria de Terrasa (Keay, 1984, 305) y un pivote en el pecio de Yassi Ada (Bass y van Doorninck, 1982, 185) materiales que son considerados por Keay como residuales.
Sin embargo, los hallazgos del teatro de Cartagena, donde este tipo anfórico se repite de forma constante desde principios del siglo vi hasta el primer cuarto del siglo vil, momento en que se fechan los ejemplares completos de la fase 10.2, permiten matizar la cronología final de este tipo anfórico.
A la luz de todos estos datos se puede considerar un marco cronológico para este envase entre el 425/450 para sus inicios y, al menos, el primer cuarto del siglo vii para su desaparición.
Otro envase africano son las anforitas de salazón tipo spatheion (n° 96-97), que en los niveles del teatro empiezan a aparecer en esta fase, con un diámetro de boca de apenas 60 mm. y que han sido datadas para la tarraconense en el siglo vi.
Agrupamos bajo esta denominación un grupo diverso de envases de pequeño tamaño, que carece de uniformidad tipológica (salvo el tamaño más o menos reducido) que tradicionalmente ha sido asimilado a la forma Keay XXVI, aunque dentro de este grupo tan sólo las variantes C (con el borde exvasado y ligeramente engrosado) y G (con borde exvasado de sección triangular) se aproximan morfológicamente a las anforillas que nos ocupan.
En consecuencia, consideramos más acertada para nuestros ejemplares la denominación Beltrán 65 o «carrot Shaped» (Hayes, 1968, 215) utilizada para definir un conjunto de anforillas de salazón de pequeño tamaño, con borde engrosado de sección triangular, con pequeñas asas Corresponde a los estratos de colmatación y abandono de las habitaciones tardías pertenecientes a una fase intermedia entre el abandono del mercado y la construcción del barrio bizantino.
Se caracteriza por una tierra de color marrón claro con piedra menuda y escaso material cerámico.
En él encontramos asociados vasos de T.S. Africana Clara D, formas Hayes 99C (nM 01-103) y 104 C (n° 104), características del siglo vi avanzado y ya presentes en el nivel anterior.
Destaca en este mismo contexto una lucerna africana Hayes IIB con motivos cristianos (n° 105): peces en el margo y en el disco figura de un santo portando en su mano derecha una cruz, decoración perteneciente al estilo E (ii) datado a partir del año 525 (Atlante I,(134)(135).
En cerámica de cocina africana contamos con un fragmento de mortero con visera (n° 108) asimilable al grupo 2 de Fulford, forma también presente en el nivel anterior, que se tiende a fechar entre el 500-600, pero con un momento de esplendor hacia el 525 (Fulford, 1984, 199-200).
En cerámica común de producción indeterminada continúan presentes las jarras con el borde ligeramente exvasado, una pequeña concavidad en su interior, moldura exterior y engobe exterior de color beige-amarillento (n° 106-107), asimilable a la forma Vila-roma 6.116 (TED'A, 1989, 222-223).
En cuanto a los envases anfóricos continúan los mismos tipos que en la fase anterior.
Por una parte, las producciones orientales con la forma, que, como ya hemos señalado, comienza su difusión en el Mediterráneo occidental a partir del segundo cuarto del siglo v hasta finales del mismo siglo en que hace su aparición en Carthago, teniendo un período de máxima difusión en la primera mitad del siglo vi.
Por otra parte, también está presente una representación de los grandes envases africanos tipo Keay LXI (n° 115) que van a tener una importante presencia desde la primera mitad del siglo v, generalizándose su difusión en el siglo VI en Marsella, Tarraco y Carthago.
Es un ánfora de cuerpo cilindrico rematado en un pivote macizo con un engrosamiento anular, asas de sección elíptica y cuello cilindrico con borde grueso de sección rectangular.
En cuanto a las cerámicas de cocina destacan por una parte las producciones locales, especialmente las ollas tipo 1.4, con borde moldurado al exterior y perfil interior redondeado, al tiempo que continúan las ollas con concavidad interio'r 3.1, así como las cazuelas tipos 11 y 12.
También en este contexto aparece una forma nueva definida como tipo 2.4 caracterizada por el borde vuelto y engrosado al exterior, con cuerpo de tendencia globular y pitorro vertedor.
Asimismo se introducen las tapaderas de borde alzado, tipo 14.1 (n° 139), documentadas en los estratos de la segunda mitad del siglo vi (fases 10.5 y 10.4).
Junto a ellas destacan las producciones importadas de la isla de Pantelleria caracterizadas por sus acabados bruñidos y fechadas a partir del siglo vi (n° 143-145).
En las ánforas se aprecia un notable desarrollo en el comercio con envases africanos de los tipos Keay LXI (n° 148) y Keay LV (n° 147), así como de las anforillas africanas tipo Keay XXVIG, spatheion (n° 152), formas todas ellas ampliamente representadas en los contextos del siglo vi.
También se documentan envases de procedencia oriental, como la forma Keay Lili (n° 150-151), que se difunde ampliamente durante el siglo vi.
A partir de estos datos proponemos para la fecha de construcción de este barrio el período comprendido entre los años 550-570 d.C.
Fase 10.4 Pavimentos y preparados de pavimentos de la fase fundacional del barrio bizantino
Corresponde esta fase a los suelos y sus preparados pertenecientes al período inicial del barrio bizantino y concretamente al pavimento de la habitación 5.
Se caracteriza por un suelo de tierra apisonada de 3 a 5 cm. de espesor con una capa inferior de nivelado y preparación.
Como fósiles directores para fechar este momento contamos con la presencia de africana D, en sus formas 99C, 104C y 105, lo que permite datar dichos pavimentos entre 570-590 d.C.
En cuanto a la cerámica de cocina tosca de producción local continúan fabricándose las ollas de borde engrosado al exterior de los tipos 1.2, 1.3, 1.4 y el cuenco tipo 5.
Respecto a las ánforas se observa una clara continuidad de la fase anterior, con la presencia de envases africanos Keay LXIIB (n° 172) y anforillas tipo spatheion, Keay XXVIG (n° 173 y 174) datadas principalmente en el siglo vi.
En el teatro hemos localizado dos fragmentos de borde e inicios del cuello decorados con incisiones, idénticos tipológica y técnicamente, pero documentados en fases distintas.
El primero de ellos en la fase 8.2, corresponde a la primera mitad del siglo V, lo que atrasa la cronología tradicional de este envase, mientras que el otro ejemplar, incluido en la fase 10.4-10.5, es de la segunda mitad del siglo VI y coincide plenamente con la datación de los ejemplares catalanes, ibicencos y norteafricanos.
Fase 10.3 Pavimentos y preparados de pavimentos del nivel anterior
En esta fase incluimos los pavimentos y sus preparados correspondientes al momento de destrucción de las habitaciones del barrio bizantino.
El área objeto del presente estudio abarca las estructuras de una zona exterior (espacio 5) interpretada como una calle de acceso en codo desde la zona baja del barrio instalada sobre los itinera y el proscaenium y la parte alta articulada sobre la antigua ima cavea.
Por esta calle acodada se llega a un patio de forma triangular (estancia 4) donde se localizó un horno, una pileta y un banco adosado y que comunica directamente con las habitaciones 2 y 3.
Los pavimentos interiores están realizados con arcillas rojizas endurecidas de 3 a 6 cm. de espesor (UEs.
4301, 4307) mientras que los suelos que cubren los espacios exteriores se caracterizan por una capa apisonada sobre una gravilla muy compacta de 7 cm. de grosor (UEs.
4304, 4327), bajo los que se asientan pequeñas capas de preparación y nivelación de los pavimentos (UEs.
El estudio cerámico del material asociado nos data el último momento de remodelación del barrio donde se realizaron diversas reestructuraciones dentro de las habitaciones y nuevas compartimentaciones.
Algunas de estas formas estaban ya presentes en niveles anteriores y continúan hasta finales del siglo VI y principios de s. vii.
En este nivel aparece por primera vez la forma Hayes 109 considerada por la mayoría de autores como cerámica de cocina africana con decoración de bandas bruñidas.
Parece claro por las estratigrafías de Carthago que el inicio de su producción debe centrarse en el primer cuarto del siglo VII (Michigan IV, 93-94).
En la Península Ibérica sólo aparecen documentadas, que sepamos, en Tarragona (Járrega, 1987, 340), Cartagena (Méndez y Ramallo, 1985, 243) y en Belo, con ligeras variantes respecto a los prototipos reproducidos por Hayes (Bourgeois y Mayet, 1991, 309, lám. CHI).
De cualquier forma su cronología debe centrarse en la segunda mitad del siglo VI o inicios del VIL En la cerámica común continúan los morteros con visera (n° 186) y ondulaciones (n° 188), de posible producción africana, destacando un mortero (n° 187) decorado con impresiones en la visera de pasta similar a la producción tosca local.
Aparecen las jarritas de cuello estrecho y moldurado (n.l83 y 184), de producción africana y asimilables a los tipos 4 y 5 de Fulford, datados en el siglo vi (Fulford, 1984, fig. 79.4-6).
La cerámica tosca de producción local muestra un amplio porcentaje respecto a los restantes grupos cerámicos y en ella podemos señalar una continuidad de los modelos en sus distintas variantes de la forma 3, bien la olla con visera y escalón interior de la forma 3.2 (n° 192 y 195) o bien la variante 3.3 con visera y perfil interior redondeado (n° 191), las cazuelas tipos 11 y 12 y el cuenco tipo 5 con asa aplicada.
La olla de borde entrante tipo 4 parece tener ya un carácter residual en estos estratos dado el escaso número de ejemplares con que está representada.
En este nivel destaca un amplio porcentaje de ánforas orientales Keay Lili (n° 204, 205, 209 y 210), ya comentadas anteriormente, cuya cronología inicial parte de mediados del siglo v, con una mayor difusión a lo largo del siglo vi, perviviendo hasta inicios del siglo vii, como se ha documentado ampliamente en el pecio de Yassi Ada i (Bass, 1982, 155-156 y Tortorella, 1981, 369).
También están presentes las producciones africanas, tanto los grandes contenedores tipo Keay LXI-LXII (n° 214) como las anforillas de salazón tipo spatheion con borde semicircular, tipo Keay XXVIC (n° 211), y con borde moldurado, tipo Keay XXVIG (n° 212, 213), cuya pervivencia se ha marcado tradicionalmente a finales del siglo vi, considerando como residual su presencia en contextos del siglo vii.
Fase 10.2 bizantino Nivel de destrucción del barrio
Corresponde al nivel de destrucción localizado en las habitaciones del denominado barrio bizantino anteriormente reseñadas.
Este nivel se caracteriza por un potente estrato de disoluciones de adobe procedente del alzado de las paredes entremezclado con finas capas de disoluciones de esquistos utilizadas como aislante en las cubiertas de las habitaciones y abundante carbón vegetal.
Este nivel cubría los ajuares domésticos de cada estancia aplastados sobre los suelos de las mismas.
Nos encontramos sin duda ante el momento de destrucción visigoda mencionado por San Isidoro y que debemos fechar hacia el 620-625.
En esta vivienda se han podido individualizar tres espacios distintos correspondientes a una cocina, almacén y patio/espacio descubierto con materiales cerámicos de distinta naturaleza según la función de cada uno de ellos.
La habitación 3, destinada a usos domésticos contenía una olla tipo 1.1 y una cazuela de la forma 13, mientras que la habitación 2, usada probablemente como almacén, se caracterizaba por la presencia de ánforas Keay LXI (7 ejemplares completos) y XXXII (2 ejemplares completos) que se hallaban adosadas en origen contra la pared a cuyo pie aparecieron desplomadas.
Estas habitaciones abren a un espacio común de forma triangular donde han sido identificadas ánforas africanas y cerámicas de cocina.
En este nivel de destrucción tenemos documentadas las formas de africana D Hayes 99C, 9ID, 105, 93/108 y 109, formas presentes, en su mayor parte, en el estrato anterior, a las que hay que añadir la forma 91D, la variante más tardía de la forma 91, para la que Hayes propuso una cronología central entre el 600 y 650.
Aunque Fulford considera que los primeros ejemplares podrían datarse en la segunda mitad del siglo VI (1984, 65), parece más adecuado, dada su ausencia en algunos contextos del siglo vi como el de Benalúa (Reynolds, 1987, 30) que se trate de una forma característica de la primera mitad del siglo VIL Aparece en la Bourse de Marsella, Período 2B, fase 3/4, junto a platos Hayes 90B, 99C, 105, 107 y 109, en un contexto fechado en la primera mitad del siglo VII (Bonifay, 1983, 320-322) y, en Porto Torres, en la fase vi, capa de abandono junto a un plato Hayes 107 (Villedieu, 1984, 75).
En las cerámicas de cocina de producción africana destaca la forma Hayes 197, aunque su presencia podría ser residual, y un mortero con visera (n° 247) perteneciente al grupo 3 de Fulford representado en Carthago en contextos entre el 575 y el AEspA, 69, 1996
CONTEXTOS CERÁMICOS DE LOS SIGLOS V-VII EN CARTAGENA 149
También de procedencia africana destaca un oinochoe con bandas paralelas incisas en el cuello (n° 217) asimilable al Grupo 9 de Fulford (Fulford y Peacock, 1984, 207, fig. 79.9.2) datable en el siglo vi y un borde exvasado con marcado estrechamiento en el cuello de una botella/jarra asimilable a la forma 56.1 de Fulford (1984, 213, fig. 83) fechado entre los siglos VI-VII.
La cerámica tosca de producción local se caracteriza en estos niveles por su aspecto más grosero y sobre todo por la aparición del modelado a mano.
Desaparecen las ollas 3.1 con viseras bien señaladas en el torno y aparecen las ollas forma 1.1, caracterizadas por el borde engrosado al exterior y perfil interior en S, realizadas a torno lento y con acabados toscos, presentes sobre todo en los niveles de destrucción y abandono de la fase 10.1 y 10.2, fechadas en la primera mitad del siglo VIL También es frecuente en estas fases el cuenco de borde entrante engrosado al interior, forma 7 y, asimismo, aparece en este contexto una forma nueva, la forma 13, cazuela modelada a mano, con paredes verticales exvasadas, labio plano, asas de lengüeta horizontal de forma lunar y base plana.
Esta forma, aunque con distintas pastas aparece documentada en yacimientos alicantinos y es asimilable a las formas 7.6 y 9.3 de Reynolds (1985) fechadas entre los siglos vi al VIII.
También en cerámica tosca pero de producción indeterminada contamos con una olla completa (n° 251) asimilable a las formas Reynolds 7.7 y 8.1 datables en los siglos vi-vii y ollas de producción local con el borde vuelto moldurado, forma 2.2 (n° 219 y 236).
En cuanto a los envases anfórleos, se constata la presencia de dos ejemplares de la forma Keay Lili que consideramos en su mayoría residuales debido a su reducido diámetro, pudiendo señalar como contemporáneo de esta fase tan sólo un borde de 122 mm. de diámetro.
Asistimos, en consecuencia, a un retroceso de las importaciones orientales, ya señalado por Peacock para comienzos del siglo vii, que quizás haya que vincular con la conquista persa de estas regiones y desde luego la posterior conquista árabe desde el 635.
Por el contrario se documenta un intenso comercio con el norte de África, especialmente con la región tunecina, del que es un claro reflejo el almacén de ánforas arriba reseñado, donde en el momento de su destrucción contaba con envases africanos de la forma Keay LXI (n° 223,224,225,225bis,226,238,239,240,242,245), dos bordes de Keay LXII (n° 252 y 253), uno de ellos (n" 252) con bandas de decoración incisa a peine en el cuello y un grafito inciso completo en el hombro con el texto: PECU-LI A, y dos ejemplares -uno de ellos completo-de la forma Keay XXXII (n° 221,222), sistematizado por este autor tan sólo a partir de tres bordes.
Se trata de un envase de cuerpo cilindrico, con asas pequeñas que unen el cuello con la parte alta del hombro del ánfora, pivote macizo y engrosado en la punta; cuello cónico apenas marcado y borde engrosado de sección triangular y ligeramente moldurado.
El diámetro de los dos bordes hallados en este nivel es de 98 mm., sensiblemente menor a la media propuesta por Keay de 131 mm.; no obstante este dato no nos parece muy significativo puesto que otro ejemplar idéntico morfológica y técnicamente a los dos anteriores, documentado en un vertedero del Molinete (Cartagena), presenta un diámetro de 110 mm. Respecto a su origen, no hay evidencia directa, pero en base a la fábrica y a la similitud con la forma XXV, se le supone un origen tunecino (Keay, 1984, 231).
El contenido es desconocido.
La datación propuesta por Keay, según uno de sus prototipos oscila entre el siglo iv-mediados siglo v d.C, considerando residual otro ejemplo documentado en contextos de finales del siglo vi d.C. Sin embargo este último dato se ha de modificar en base a las dos ánforas documentadas en Cartagena, en la fase 10.2, que nos remiten a un momento claro de uso a principios del siglo VIL Uno de ellos (n° 221) presenta un grafito completo inciso, con el texto MXX.
A esta fase se asocia también un ánfora completa de tamaño intermedio, cuerpo globular de tendencia ovoide y fondo rehundido, hombro poco marcado y asas de sección elíptica, con el cuello cilindrico de borde engrosado y ligeramente moldurado que presenta una banda acanaladada debajo de las asas que rodea todo el vaso.
Tiene un diámetro en el borde de 86 mm. y un diámetro máximo de 283 mm; la altura máxima estimada es de 465 mm. El parentesco morfológico evidente con los tipos Yassi Ada 1, variante tardía del ánfora Keay Lili, y Yassi Ada 2 (Bass y Van Doorninck, 1982), nos hacen pensar que el ejemplar que nos ocupa tiene una clara filiación con el Mediterráneo oriental, ya sea en el área del Mar Negro o en Thasos, Chios y Constantinopla y con un contenido probablemente vinario (Bass y Van Doorninck, 1982, 163-165).
Esta hipótesis de procedencia oriental estaría avalada por la similitud con otro tipo anfórico procedente de un complejo termal de Histria (Beltrán,1970, fig. 239, 5).
Estas ánforas no tipificadas pero con indudable afinidad tipológica con la Keay Lili aparecen también en el pozo tardío de la villa de Torre Llauder, asociadas a Keay LXI y LXII, en un contexto fechado en el siglo vi (Clariana y Járrega, 1994, 264-265, fig. 21).
Desde el punto de vista cronológico, todos los ejemplares analizados son sincrónicos: las ánforas del pecio de Yassi Ada se fechan puntualmente en torno a los años 625-626 d.C; el ejemplar de Histria se ubica entre los siglos vi-vii, mientras que en Cartagena, la aparición de este envase en la fase 10.2, nos conduce al primer cuarto del siglo VIL En su conjunto, este material representa en la actualidad el contexto más tardío, que sepamos, para estas producciones.
Fase 10.1 bizantino Nivel de abandono del barrio
Corresponde al estrato de abandono y colmatación de este barrio caracterizado por la presencia de numerosos derrumbes procedentes de los muros y de arcillas anaranjadas y limos muy lavados producto de la exposición prolongada de los restos a la intemperie.
Este nivel ofrece un contenido cerámico escaso y fragmentado muy similar al del contexto de destrucción.
Respecto a la cerámica común hay representadas dos jarras, una de las cuales, monoansada y de borde moldurado (n° 259), es asimilable a tipos datados en el siglo v, por lo que la consideramos residual; la otra (n° 260) continúa las pautas de cerámicas semejantes en fases anteriores.
En las cerámicas toscas de producción local continúan las ollas forma 2.2 (n° 261) y el cuenco de borde reentrante forma 7 (n° 262) característicos de este momento final.
Hay que señalar como advertencia previa que el material que aquí se ha analizado constituye una muestra, significativa pero al mismo tiempo reducida, del conjunto total de materiales cerámicos de es-tas fases halladas durante las campañas de 1988-1995.
Consideramos en consecuencia que, si bien globalmente los contextos quedan bien definidos y representados con los ejemplares reseñados, podrán enriquecerse notablemente, con la incorporación de nuevas formas o variantes de las ya analizadas, cuando se termine el inventario y estudio de todo el material de las campañas de 1994 y 1995.
Debe en consecuencia considerarse este trabajo como un punto de partida, y de reflexión, en la sistematización de los contextos tardíos (ss. iv al vii) excavados en el teatro romano de Cartagena.
El primer hecho que destaca tras el análisis de los contextos tardíos procedentes de los niveles superiores del teatro romano de Cartagena, es el importante papel que durante los siglos v al vii juega la ciudad portuaria como gran puerto comercial de la Hispânia meridional, especialmente levantina, y como centro importador y redistribuidor de distintas manufacturas y productos fabricados y elaborados en distintos puntos del Mediterráneo central y oriental.
Continúa con ello una tradición muy arraigada desde época tardo-republicana y confirmada por el conocido texto de Estrabón (III,4,6).
El fuerte incremento de la actividad comercial desde mediados del siglo IV y, sobre todo durante los siglos vi y principios del vil se refleja, no sólo en los niveles tardíos de las excavaciones del teatro, sino también en otros puntos de la ciudad como los de la calle de la Soledad, Molinete y Plaza de los Tres Reyes donde son muy abundantes, junto a los tipos de ánfora mencionados, los tipos de Africana D, Hayes 9ID, 99C, 104C, 105, 107, 93/108 y 109 (Méndez, 1985(Méndez, y 1988)), que caracterizan los niveles de época bizantina en el norte de Africa (Tortorella, 1986, 219).
Se puede hablar, en consecuencia, de una continuidad lineal en la importación de las producciones africanas ya que prácticamente están presentes en la ciudad, y en su mayor parte en los niveles tardíos del teatro, todos los tipos fabricados entre el siglo iv y principios del siglo vii.
Esa continuidad, que ya vislumbramos en un trabajo preliminar (Méndez y Ramallo, 1985), ha sido luego confirmada por nuevos hallazgos en la ciudad y por otros autores para otros puntos del litoral peninsular (Járrega, 1991; Aquilué, 1992).
Paradójicamente, y de momento, son precisamente los tipos más antiguos, las formas propias del siglo iv, las que proporcionalmente muestran una menor representación.
En este sentido, no parece que exista, en ningún momento, o al menos durante períodos de larga duración, una interrupción en la importación de las vajillas de mesa africana al litoral hispano que continúan arribando, al menos al puerto de Carthago Nova y muy proba- blemente a otros como el de Tarraco, hasta sus últimas producciones.
La presencia de este material tan tardío sirve para matizar la hipótesis de algunos autores que consideran el cese de las importaciones a los mercados occidentales desde finales del siglo vi (Tortorella, 1986, 220, carta 8).
Por el contrario, fuera del núcleo urbano estas formas son escasas.
Salvo excepciones como Begastri (Ramallo, 1984, 69), Orihuela, Benalúa, Monte Benacantil (Reynolds, 1993, 22) o, en menor medida Aljezares (Ramallo, 1991, 301), los yacimientos tardorromanos conocidos, algunos con abundantes producciones africanas de los siglos iv y v, carecen de las formas típicas de los siglos vi e inicios del vii.
Desconocemos de momento, si esta ausencia es consecuencia de la desaparición del habitat en esos enclaves, o si bien es por causa de una interrupción en el comercio del producto, bien por un empobrecimiento de sus habitantes -como parecen a veces indicar algunas necrópolis rurales del campo de Lorca (Martínez, 1991)-, bien por la interrupción de las vías y mecanismos comerciales en el interior o bien por el desplazamiento de estos núcleos fuera de las tradicionales vías de comunicación.
De todas formas es todavía muy poco lo que conocemos sobre las características y emplazamiento del habitat extraurbano durante los siglos vi y vii, sobre su evolución y sobre la cultura material asociada a estos asentamientos {vid. las síntesis más recientes sobre el poblamiento en general en Gutiérrez, 1988).
En este sentido es muy significativo también el hallazgo en el Corralón (Los Belones, Cartagena), en un enclave que controla las minas de Portmán, de producciones africanas Hayes 99, 101, 104 y 109, junto a cerámicas toscas de producción local características del siglo VI.
Por otra parte,y dentro de la misma ciudad, asociaciones similares a las de los contextos analizados del teatro fechados en la segunda mitad del siglo vi se manifiestan en la misma Cartagena.
Así, del vertedero de la C/ Duque 33 proceden seis ejemplares de africana D, Hayes 99C, dos platos Hayes 101 junto a ánforas orientales Keay Lili, LXVI y ánforas africanas Keay XXXVA (Láiz y Berrocal, 1991).
Por otra parte, la asociación del plato Hayes 104C y ánforas Keay LXII se refleja en el estrato lib del vertedero de la calle Palas, mientras que en el estrato Ile, la forma 104C se halló asociada a ánforas Keay LIIIA, LIV y LVA (Roldan et alii, 1991).
En ambos contextos las cerámicas toscas de cocina son muy abundantes.
Es muy significativo, por otra parte, el incremento continuo, porcentual y en variedad formal, de las producciones toscas de carácter local o regional. que en gran medida vienen a sustituir las importaciones de cerámicas africanas que prevalecen en contextos de los siglos anteriores.
Así, y por poner tan sólo un ejemplo, en los niveles de abandono de la calle Jara 12, fechados a finales del siglo ii, la cerámica africana de cocina representa un 39,7 % frente a un 11,1 % de la cerámica local reductora.
Por el contrario, en los contextos tardíos este porcentaje se invierte y frente a un 4 % de las africanas, la cocina tosca local supone un 24,4 %.
En nuestros contextos, la aparición de estas cerámicas toscas se produce en la fase 8.1, que corresponde al último cuarto del siglo v-inicios del siglo VI, con la introducción de las primeras cazuelas y ollas de superficie exterior cuidada, y que en las últimas fases de principios de siglo vii, con unas superficies mucho más toscas y realizadas a torno lento o modeladas a mano, representan frente a las restantes producciones de mesa el mayor porcentaje, con la incorporación de nuevas formas como la cazuela, forma 13, con asa de lengüeta horizontal que preludia y es el antecedente inmediato de las formas características de pleno siglo vii y de las marmitas islámicas de los siglos viii y ix.
En conjunto, las cerámicas de cocina tosca local suponen un 24,4 % del material exhumado; de este porcentaje, un 49,9 % pertenece a ollas, un 34,3 % a cazuelas, un 7,8 % a cuencos y un 7,8 % a tapaderas.
En consecuencia, ollas y cazuelas son las formas de cocina más numerosas.
Entre las ollas, las formas más frecuentes son las de borde engrosado y cuello marcado, forma Cartagena 1, que comienzan a fabricarse a inicios del siglo vi y continúan con modelos cada vez más toscos hasta la fase final del barrio bizantino.
Otra forma muy abundante son las ollas con visera, forma Cartagena 3, que se fabrican durante todo el siglo vi desapareciendo al final del mismo.
Las ollas de borde entrante, forma Cartagena 4, suelen presentar mejores acabados en las superficies y están presentes sobre todo en los niveles de la primera mitad del siglo vi.
Las cazuelas o fuentes de cocina con poca altura, junto a las ollas, son las formas de cocina más representativas del grupo con ligeras variantes que se desarrollan a lo largo de todo el siglo vi.
A inicios del siglo vii localizamos cazuelas de paredes altas y exvasadas con acabados muy toscos cuyos paralelos se hallan en yacimientos de los siglos vi y viii.
Estas últimas se documentan en Fontcalent, La Alcudia y La Arneva en contextos datados entre el 557 y el siglo viii (Gutiérrez, 1988a, 244).
Este tipo de cerámicas con las mismas formas, tratamientos toscos e incluso modeladas a mano, son frecuentes en otros puntos de la propia Cartagena (Cerro de Molinete, Plaza de los Tres Reyes, C/ Palas, Jara, Soledad, etc.) así como, con distintas arcillas, en otros yacimientos tardorromanos de Murcia como los de Torralba (Lorca), (Martínez y Matilla, 1988, 520), Begastri (Amante, 1984), Cerro de laAlmagra (Mula) (Matilla y Pelegrín, 1985, 283), Castillo de los Garres (Murcia) (Matilla, 1988, 389), y de Alicante, tales como Benalúa, Monastil, La Alcudia, La Anerva, etc. (Reynolds, 1985(Reynolds,, 1993;;Gutiérrez, 1988).
En Valencia aparecen en los estratos de relleno que cubren las estructuras de época tardorromana (Blasco et alii, 1994, 370, lám. 9).
Al mismo tiempo, estas producciones toscas son también habituales en los contextos tardíos del Mediterráneo Central, como por ejemplo en Albintimilium (Olcese, 1993, 203), Classe (Fiumi y Prati, 1983, 118), Carthago (Fulford y Peacock, 1984, 155 ss.), etc.
Es muy significativa la coexistencia de ánforas de procedencia oriental y africana durante todas las fases establecidas.
Sin embargo, si durante el siglo V, el impacto de los envases orientales es mayor, tal como se ha observado en Marsella, Roma e incluso Carthago (Bonifay, 1986, 297), desde mediados del siglo VI se invierte la situación y las ánforas africanas representan el mayor porcentaje, mientras que en los niveles de principios del siglo vii, son los únicos representados.
En este sentido, desde mediados del siglo VI se observa una fuerte reducción tipológica de los envases anfóricos importados que se reducen a las formas Keay LXI-LXII y XXXII, para los de procedencia africana, y Keay Lili para los de procedencia oriental, a los que únicamente habría que añadir unos envases de producción, de momento, indeterminada, que muestran, en cualquier caso, un aire de familia con las ánforas Keay Lili (n° 255).
Esta misma situación se observa en la excavaciones de la Bourse de Marsella donde en el Período 2B, fase 3, de fines del siglo vi o inicios del siglo VII, las ánforas africanas representan del 47 al 61 % frente a un 22-25 % de las orientales, mientras que para el siglo vii (Período 3) los escasos ejemplares orientales son considerados como residuales (Bonifay, 1986, 297).
Este predominio se observa con mucha más claridad si añadimos a los envases anfóricos las producciones finas de mesa y las cerámicas norteafricanas de cocina.
La relación entre el África bizantina y la ciudad de Carthago Nova, se incrementa en estas fases considerablemente.
En su mayor parte se trata de los grandes contenedores de aceite africano, Keay LXI y LXII, que inundan los principales puertos del Mediterráneo Occidental sobre todo en el siglo VI (Clay, 1990, 351).
Sin embargo, es constante durante todo este amplio período la llegada de importaciones orientales distinguidas fundamentalmente en la forma Keay Lili, quizás destinada al transporte de aceite producido en la región de Antioquia o norte de Siria, que en los niveles tardíos del teatro aparece representado con desigual intensidad, en todas sus fases.
Se registra su introducción en la primera mitad avanzada del siglo v (fase 8.2), siendo especialmente abundante en los niveles de la segunda mitad del siglo vi y principios del vii (fases 10.5 a 10.2).
En este amplio marco cronológico se observa un aumento paulatino de los diámetros de la boca de este ánfora que coincide con los estudios realizados por Bonifay (1986, 279) en la Bourse de Marsella, siguiendo la hipótesis de Pensabene (1985, 191).
Así, mientras que en la segunda mitad del siglo v los diámetros oscilan entre 80-82 mm, éste se irá incrementando hasta alcanzar una media de 110 mm. en la segunda mitad del siglo vi, llegando a los 120-122 mm. a comienzos del siglo vii; junto a éstas últimas, y en el nivel de amortización y abandono, se documentan también ánforas de esta misma forma pero con un diámetro menor (84 y 90 mm.) que pueden ser consideradas como residuales.
A ello hay que añadir la llegada de vino procedente de Gaza en los envases Keay LIV (LRA 4) y del Mar Negro o del Egeo en el envase Keay LXV.
En su conjunto, el repertorio de envases orientales es similar al hallado en Tarragona, en el vertedero de Vila-roma, fechado entre el 440-450 (TED'A, 1994, 346) donde representan un 25,5 % del total de envases anfóricos, y en esta misma ciudad, en el contexto algo más tardío (475-525) del Colegio de Arquitectos junto a la forma Keay LlVbis (Aquilué, 1993, 113).
Idéntico repertorio de ánforas orientales (Keay, Lilla, LIV, LlVbis/b y LXV) fue hallado en un vertedero de la calle Palas de Cartagena asociado a africanas Hayes 80, 99, 100, 104A y 104C (Roldan et alii, 1991, 310-311), que se debe fechar, por la presencia de esta última forma en la segunda mitad del siglo vi.
Es interesante, por otra parte, constatar la ausencia en estos niveles de ánforas héticas de aceite de la forma Keay XIII (Dressel 23) y de los envases de salazón de las regiones bético-lusitanas Keay XXIII y XVI, característicos de los siglos m a inicios del v y bien representados en los dragados del vecino Puerto de Mazarrón (Pérez Bonet, 1988, 497).
Esta ausencia, parece confirmar la cronología propuesta para los niveles de Cartagena, a la vez que refuerza una cronología de la segunda mitad del siglo IV y primera mitad del v para el momento de apogeo del enclave mazarronero, datación que se confirma también por la ausencia de las formas más AEspA, 69, 1996 CONTEXTOS CERÁMICOS DE LOS SIGLOS V-VII EN CARTAGENA 153 tardías de la Africana D y algunos contenedores muy característicos de la segunda mitad del siglo v y del siglo vi como los orientales Keay Lili y LIV bien documentados en Carthago Nova y su entorno.
Al mismo tiempo, la importación a partir del siglo VI de salsas de pescado procedente del norte de África en los envases tipo spatheion induciría a pensar en una paralización definitiva de las famosas fábricas de garum situadas, según los textos grecolatinos, en los alrededores de Carthago Nova.
Precisamente, desde mediados del siglo iv estas factorías del litoral conocen un momento de gran apogeo que se prolonga probablemente durante la primera mitad, al menos, del siglo v (Ramallo, 1984a).
De momento, no conocemos lo que sucede después, ya que las factorías de Mazarrón y Águilas no han proporcionado, que sepamos, un horizonte cerámico específico del siglo VI y comienzos del vii, y las posibles instalaciones de salazón de Santa Lucía y Escombreras, las más próximas a la ciudad, no han sido sometidas a una investigación sistemática.
Llama la atención, por otra parte, la abundancia de contenedores de aceite africano durante los siglos V al VII, lo que contrasta con la escasa representación de las ánforas héticas de aceite Dressel 20 y 23 en los niveles y pecios de los siglos i-iii.
En este caso, habría que pensar en un abastecimiento de la ciudad durante época alto-imperial desde el interior del territorio, lo que justificaría las numerosas prensas de aceite y torcularia halladas en distintas villae del ager Carthaginiensis que harían innecesario un aprovisionamiento del aceite hético.
Por contra, las importaciones a partir sobre todo del siglo v inducirían a pensar en la falta de excedentes en esta producción local o, incluso, en la paralización de esta actividad, en muchos puntos del territorio, lo que en parte encontraría confirmación en el testimonio arqueológico de Villaricos, una de las villae bajo imperiales más extensas del ager, donde se observa una inutilización parcial de sus almazaras en un momento impreciso del siglo v (Lechuga y Amante, 1991, 378).
Un fenómeno en parte similar se ha observado en el área catalana donde, a partir del siglo IV y hasta mediados del siglo vi se produce en las ciudades costeras una importación masiva de ánforas de aceite y vino, fenómeno que ha sido vinculado con una falta de suministro por parte de las villae que en estos momentos carecen de excedentes para una comercialización extralocal (Keay, 1987, 388).
En ambos casos, salsas de pescado y aceite, las causas de esta crisis productiva local que parece traducirse de los datos hasta ahora disponibles no las podemos precisar, pero sin duda no deben ser atri-buidas a posibles efectos desoladores de las incursiones de vándalos o suevos, cuyo impacto en este territorio no debió ser muy demoledor ni duradero.
En cualquier caso, es necesario ahondar en las relaciones entre la ciudad y el territorio y contrastar sus contextos materiales antes de emitir conclusiones definitivas sobre este complejo problema del aprovisionamiento urbano.
Pasando a otro aspecto, estos niveles del siglo vi representan también desde el punto de vista ceramológico la desaparición prácticamente total de las producciones hispánicas del interior peninsular, especialmente la denominada TSHT, documentada en la ciudad de forma esporádica durante el siglo v (Méndez y Ramallo, 1985) y la cerámica estampada gris o anaranjada, procedente en su mayor parte del sur de la Galia que en contextos tarraconenses del siglo V tiene una amplia representación {vid. por ejemplo en el vertedero de Vila-roma donde representa más de un 25 % del total de las cerámicas de mesa: TED'A, 1994, 342).
Por otra parte, sorprende también la escasa representación de Late Roman C entre las producciones de mesa documentadas en el teatro que contrasta con la abundancia de ánforas orientales.
Parece claro en este caso, a diferencia de lo que sucede con la comercialización de los contenedores de aciete africano asociados en los mismos cargamentos a las cerámicas finas de mesa, que envases ánfóricos y cerámicas orientales de mesa siguen diferentes rutas de distribución y que la terra sigillata africana D monopoliza prácticamente el mercado durante el siglo vi.
Por contra, la importación de las producciones africanas de cocina se mantiene hasta inicios del siglo vil aunque en las últimas fases su presencia es muy reducida, lo que contrasta con el incremento de las ánforas y las producciones finas de mesa.
Estas producciones, caracterizadas por una arcilla depurada de color anaranjado y aspecto hojaldrado, presentan distintas técnicas de acabado.
Así, con pátina cenicienta hemos individualizado ollas, cazuelas, platos tapadera de borde negrito, y morteros con visera.
Su principal área de producción se sitúa en Túnez septentrional y particularmente en la región de Carthago (Aquilué, 1989c).
En el primer grupo podemos incluir dos fragmentos de cazuela Hayes 197, Ostia III, fig. 267, forma atestiguada en Ostia y Carthago entre la primera mitad del siglo ii y finales del siglo IV.
Su aparición en las fases 9.1 y 10.2 de nuestra excavación puede ser considerada como residual.
Por el contrario, la cazuela n° 66, forma Atlante I.CVII, 5-7, puede ser datada en la primera mitad del siglo VI, en correspondencia con el material de la fase 9.2 con que apareció asociada.
La cazuela n° 258, forma Atlante CVIII, 4 ofrece la cronología más tardía para las importaciones de cocina africana a las costas peninsulares.
Está atestiguada en Carthago en un estrato datado a inicios del siglo vi (Atlante I, 221) y en estratos del siglo vii (Fulford y Peacock, 1994, 61), fecha que coincide con la de nuestro ejemplar hallado en el nivel de abandono (fase 10.1) depositado tras la destrucción del que hemos denominado barrio bizantino, producida en tomo al 620.
Junto a las cazuelas, también se ha constatado la llegada de platos-tapadera de borde ennegrecido, asimilables al Grupo 2 de Fulford (1984, 197).
Estas tapaderas son características de los siglos ii y iii, aunque en Carthago se verifican aún en niveles datados entre el 475-500.
Nuestro ejemplar procede de los estratos de nivelación del edificio comercial realizados en la primera mitad del siglo v.
En este mismo contexto, destaca un fragmento de olla de pátina cenicienta perteneciente a la forma Vila-roma 5.40, datado en la primera mitad del siglo v y también frecuente en contextos contemporáneos de Carthago.
Asimismo, hemos considerado dentro de este grupo de importaciones africanas los morteros con visera que presentan una gran similitud de pastas con las producciones anteriormente reseñadas y una pátina generalmente blanquecina o grisácea alrededor de la visera.
El primero, caracterizado por una visera más larga y quebrada que la del Grupo 3, se fecha entre el 500 y el 600, aunque con un momento de esplendor hacia el 525, datación, primera mitad del siglo VI, que coincide con la de nuestros ejemplares hallados en las fases 8.1, 9.2 y 9.1.
El Grupo 3, caracterizado por una visera pequeña y quebrada es frecuente entre el 600-625, datación muy similar a la que ofrece nuestro ejemplar n° 247, hallado en el nivel de destrucción de la habitación 5 (fase 10.2).
Aunque no muy abundante, este grupo de morteros, que suelen presentar en su fondo interno pequeñas piedrecillas negras de origen volcánico, es la forma de cocina africana más abundante y significativa de los contextos estudiados.
Entre las cerámicas de mesa importadas destacan también algunos ejemplares de producción ibicenca que podrían apuntar hacia la isla ebusitana como etapa intermedia en la ruta de navegación de las embarcaciones procedentes del norte de Africa e incluso de Oriente hacia las costas peninsulares.
Todo este material confirma esa vitalidad urbana y urbanística que comentábamos al principio y que se refleja además, ya hacia mediados del siglo V, en la construcción de un impresionante complejo comercial, que, arquitectónicamente, recuerda en muchos aspectos los Mercados de Trajano en Roma, y el Foro de las Corporaciones en Ostia, situado junto a las instalaciones portuarias, que reemplaza y amortiza de forma definitiva uno de los edificios de mayor contenido simbólico e ideológico en la ciudad del siglo I d.C, el teatro, a la vez que demuestra una clara transformación en las estructuras del poder municipal que rige los destinos de la ciudad, muy probablemente controlado por una importante clase mercantil.
Hasta su destrucción de manos visigodas, Carthago Spartana constituyó una puerta, quizás la última, de entrada y salida de los productos, manufacturas e ideas procedentes del Mediterráneo Oriental, así como una potencial cabeza de puente en cualquier intento de reconquista por mar del territorio peninsular, de ahí su importancia y de ahí el interés en su destrucción por parte del reino de Toledo.
En este mismo sentido, hay que considerar a Cartagena, además de como la principal base de provisión de los ejércitos imperiales en occidente, como ya antes lo había sido para las tropas bárquidas y durante época republicana para Roma, desde una perspectiva más amplia que trasciende los límites de su propio territorio, lo que justifica la abundancia, variedad, e incluso calidad, de un material cerámico excesivo para el consumo exclusivo de sus habitantes.
ANEXO: Inventario de materiales
La dimensiones de los distintos fragmentos, expresadas al final de la descripción, se ofrecen en milímetros (mm.).
Las abreviaturas corresponden a: Db: Diámetro del borde; Dp: Diámetro del pie; H: Altura.
Pasta depurada de color marrón anaranjado con pequeños puntos blancos.
Pasta anaranjada, superficies anaranjadas con pátina gris en la visera del mortero.
Pasta depurada de color rosado-rojizo con puntos blancos que provocan vacuolas y micas plateadas casi imperceptibles.
Superficie exterior color rosado-rojizo.
Pasta depurada de color marrón claro, con pequeños puntos blancos, partículas marrones y rojizas indeterminadas y micas plateadas de tamaño muy pequeño.
Superficie externa color beige anaranjado.
Pasta depurada de color rojizo, con partículas blancas que producen vacuolas, esquistos grises laminados esporádicos y micas plateadas en superficie.
Superficie externa color rosado rojizo.
Pasta dura de color anaranjado con partículas blancas que producen vacuolas, esquistos grises laminados esporádicos y micas plateadas en superficie.
Pasta anaranjada, depurada con mica fina.
Superficie exterior con engobe beige amarillento.
Superficie interior rojiza y exterior ennegrecida.
Pasta dura de color rojizo con partículas de cal (algunas muy gruesas) y cristales de cuarzo esporádicos.
Pasta dura de color anaranjado con partículas de cal que producen gran-des vacuolas y micas plateadas casi imperceptibles.
Pasta de color gris amarronado con partículas de cal, micas plateadas imperceptibles y esporádicos cristales de cuarzo de gran tamaño.
Superficie exterior de color beige.
Pasta depurada de color man-ón claro, con pequeñas partículas de cal y micas plateadas.
Superficie exterior marrón clara, con signos de haber sido expuesta al fuego.
Pasta dura de color anaranjado con partículas de cal de tamaño pequeño y micas plateadas imperceptibles.
Superficie exterior espatulada y de color anaranjado.
Pasta dura, de tacto granuloso y color beige amarillento, con partículas de cal y micas plateadas.
Superficie exterior beige amarillenta con poros y vacuolas.
Pasta de color marrón claro con partículas de cal y micas plateadas casi imperceptibles.
Superficie exterior engobada en color beige.
Pasta granulosa color beige anaranjado con numerosas inclusiones.
Pasta anaranjada con puntos blancos y mica.
Superficie exterior con engobe ocre.
Modelada a mano o torno lento, paredes verticales ligeramente exvasadas, borde plano.
Asas de lengüeta horizontal con digitaciones.
Superficie interior amarronada y exterior ennegrecida.
Superficie interior amarronada, exterior ennegrecida.
Pasta laminada de color rojo intenso, con partículas de cal que provocan vacuolas y cristales de cuarzo esporádicos.
Superficie externa color rojo intenso.
Pasta dura de color rojizo anaranjado con partículas de cal, cristales de cuarzo esporádicos, partículas de color granate indeterminadas y esporádicas y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
Pasta dura de color anaranjado, con partículas de cal (algunas de ellas de gran tamaño), cristales de cuarzo y micáceos plateados casi imperceptibles.
Superficie exterior engobada en blancoamarillento.
Pasta dura, granulosa, de color marrón rojizo con partículas de cal, cristales de cuarzo abundantes, partículas oscuras indeterminadas y micáceas plateadas de tamaño pequeño.
Superficie exterior color marrón rojizo.
Pasta granulosa de color beige anaranjado con partículas de cal, de ferromagnesio negro, cristales de cuarzo muy esporádicos y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
Pasta granulosa de color beige anaranjado con partículas de cal esporádicas, partículas de ferromagnesio negro, cristales de cuarzo muy esporádicos y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
152.-CP-4369-159-1: Borde, asas y hombro con pivote de anforilla de producción africana tipo 224.-CP-4299-157-8: Anfora africana completa Keay LXL Pasta dura de color anaranjado, con inclusiones de cal muy gruesas que provocan vacuolas, cristales de cuarzo muy esporádicos y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
225.-CP-4299-157-2: Cuerpo de ánfora de procedencia africana posible Keay LXL Pasta dura de color anaranjado, con partículas de cal y cristales de cuarzo.
Superficie exterior engobada en amarillentoverdoso.
225bis.-CP-4299-157-3: Borde de ánfora africana Keay LXL Pasta dura de color anaranjado, con inclusiones de cal muy gruesas que provocan vacuolas y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
226.-CP-4299-157-11: Cuerpo de ánfora de procedencia africana posible Keay LXL Pasta dura de color anaranjado intenso, con partículas de cal, cristales de cuarzo y micas plateadas casi imperceptibles.
Pasta anaranjada clara, depurada, con puntos blancos y mica laminada.
Pasta anaranjada clara, depurada, con puntos blancos y mica.
En el fondo interno, incrustaciones de piedrecillas abrasivas.
Probablemente de producción africana.
Similar a Fulford (1984) 238.-CP-4308-157-6: Borde, cuello y arranque de asas de ánfora Keay LXL Pasta dura de color rojizo-anaranjado con inclusiones de cal que provocan poros y vacuolas y micáceas plateadas casi imperceptibles.
239.-CP-4316-157-1: Tres fragmentos de borde de ánfora africana Keay LXL Pasta dura de color anaranjado con inclusiones de cal que provocan vacuolas y micáceas plateadas casi imperceptibles.
Superficie externa engobada en color beige-amarillento.
240.-CP-4308-157-1: Borde, cuello y asas de ánfora africana Keay LXL Pasta dura de color anaranjado, con inclusiones de cal, cristales de cuarzo y partículas micáceas plateadas casi imperceptibles.
Presenta grafito inciso: «XIII».
Pasta dura de color anaranjado intenso, con partículas de cal de gran tamaño que provocan numerosas vacuolas, cristales de cuarzo y partículas de color granate esporádicas e indeterminadas.
Pasta dura de color ana- |
de conformación y definición del Patrimonio español, especialmente del arqueológico, frente a la tesis tradicional que plantea su progresivo anquilosamiento a lo largo del siglo xix.
La documentación analizada nos ha permitido retrasar estas fechas hasta comienzos del s. xx.
A través de su evolución cronológica (1738-1930) vemos cómo la Academia actúa de elemento integrador de las distintas relaciones e intereses sociales, políticos, legislativos y científicos de cada etapa.
EI Patrimonio Histórico español ha sido objeto, en los últimos años, de diversos estudios, enfocados principalmente hacia los aspectos legislativos y arqueológicos ^.
Como aportación puntual a estos es-* Este trabajo ha sido elaborado en el marco de los Proyectos financiados por la DGICYT n° PS-93-0006, Iconografía y territorio en época ibérica: las cuencas del Vinalopó y del Segura, y n° PB 93-0187, Estudio de la Colección Cervera de moneda Antigua, hoy en The American Numismatic Society (New York).'
Agradecemos al personal de la Real Academia de la Historia, Marisa Vilariño, Asunción Miralles y José Megía, su amabilidad y la ayuda inapreciable que nos han prestado en la búsqueda de documentación.
También queremos dar las gracias al Prof. D. José M. Blázquez por su apoyo y al Dr. Wifredo Rincón por su colaboración.
^ Alegre Avila, J. M., Evolución y régimen jurídico del Patrimonio Histórico, Madrid, 1994; Jimeno, A, et alii {tas.).
Inventarios y Cartas Arqueológicas, Valladolid, 1993; AA.
VV., Symposion sobre las excavaciones arqueológicas y sus problemas, Caesaraugusta 53-54, 1981, 39-152; tudios proponemos un análisis de la actuación que la Real Academia de la Historia ha tenido especialmente en el ámbito arqueológico, desde su fundación en 1738.
Nuestra elección responde al papel de esta institución como elemento integrador de las múltiples relaciones y los diferentes intereses (políticos, científicos, legislativos) imbricados en la problemática del patrimonio cultural español.
Somos conscientes de las limitaciones de este estudio en lo que respecta a un análisis en profundidad de otras instituciones, como los museos arqueológicos y las universidades, que participaron en el proceso de conformación y definición del Patrimonio tal como hoy lo conocemos.
Pero nuestra intención no es realizar un análisis historiográfico \ sino reflejar, a través de la documentación manuscrita e inédita de sus archivos, el peso específico de la Academia en tal ámbito, mostrando -frente a las tesis tradicionales que presentan su progresivo anquilosamiento a lo largo del xix-, la importancia y amplitud de competencias que esta corporación alcanzó en el siglo pasado.
Importancia relativa, no obstante, dado que su carencia de poder ejecutivo y sancionador, característica inherente al resto de organismos estatales en este momento, le proporciona unas peculiaridades específicas que a continuación analizaremos y que desembocarán en una clara disociación entre los propósitos y los resultados obtenidos.
Por otra parte, la selección del marco cronológico responde a la creciente pérdida de competencias de la Academia a medida que cristalizan, durante el primer tercio del siglo actual, las atribuciones específicas en arqueología de ciertos organismos (mu-192 TRINIDAD TORTOSA Y GLORIA MORA AEspA, 69, 1996 seos, universidades, Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades), así como a nuestro interés por conocer la evolución de un proceso que, a nuestro modo de ver y como mostrará el mismo texto, culminará con la Constitución republicana de 1931, cuyos artículos -43 y 45 sobre todo-suponen un hito y el precedente de la actual legislación sobre el Patrimonio Histórico español.
La base de nuestra investigación se compone de los documentos catalogados como «Generalidades» y «Antigüedades» y de los libros de Actas de la Real Academia de la Historia' ^.
Hay oficios, circulares, correspondencia tanto interna (comunicación de nombramientos, petición de informes) como externa (con los Ministerios de Fomento y de Instrucción Pública y otras instituciones), bases para proyectos de ley de antigüedades y solicitudes de excavación.
Los mismos documentos han fijado los temas claves de este trabajo: excavaciones, objetos y Comisiones Provinciales de Monumentos, estas últimas concebidas como instrumento de mediación en las cuestiones de Patrimonio durante la segunda mitad del siglo xix.
Su análisis nos ha permitido, frente a otros estudios, observar la actuación de la Academia en un contexto político y a partir de una legislación determinada.
IL LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA Las Academias ^ de fundación real surgen en Europa a lo largo del siglo xvii como respuesta al saber estancado e inmovilista de las universidades y con el objetivo de fomentar el desarrollo de las ciencias y de las letras.
Alcanzan su auge en el siglo xviii gracias a su vinculación con la monarquía; tal dependencia supone protección y ciertos privilegios, pero también una pérdida de la independencia científica, como veremos en el caso concreto de la Real Academia de la Historia.
La creación, más tardía, de las Academias españolas es obra de la nueva dinastía borbónica establecida en el trono de España tras la Guerra de Sucesión.
Desde el punto de vista de los ilustrados, el cambio dinástico permitía la necesaria reforma del país, cuya responsabilidad se encomendaba a la elite intelectual, es decir, a los individuos que integraban las distintas Academias ^.
Estas instituciones españolas, tanto en organización interna como en sus reglamentos, van a seguir el modelo francés y en el caso de la Academia de la Historia el referente concreto será la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres de París, fundada en 1663 \
Orígenes de la Academia
El origen de este cuerpo «literario» ^ es la tertulia que, hacia 1735, se celebra en casa de don Julián de Hermosilla, abogado de los Reales Consejos, en la calle de Atocha, donde se reúnen literatos y eruditos para discutir sobre temas relacionados con las ciencias, artes y buenas letras ^.
Reconocen la necesidad de establecer unos temas de debate y unos días de reunión para que esta incipiente Junta sea fructífera.
En sesión del 23 de marzo de 1735 se deciden varias cuestiones: su definición como Academia Universal al modo de las demás academias europeas, y la adopción como emblema de un paisaje con árboles surcado por un río (fig. 1), con la Fig. 1.-Viñeta de la obra de D. Francisco Fernández de Navarrete Philopolitae Speculatoris (Madrid, 1738) que dedicó a la Real Academia de la Historia y presentó el 17 de noviembre de 1738 (Anuario de la Real Academia de la Historia, 1995, 63).
^ Risco, A., Sobre la noción de «Academia» en el s. xviii español, BOCES.
5). ^ El contenido de este término en el s. xviii equivale a «lo que pertenece a las letras, ciencias o estudios», según el Diccionario de Autoridades de la Real Academia de la Lengua, Madrid, 1732. ^ Capmany, A. de, Noticias del origen, progresos y trabajos literarios de la Real Academia de la Historia, MemRAH, I, 1796, VIII.
Sobre el organigrama cf. MORA; TORTOSA (e.p.).
La necesidad de encontrar un lugar público para las reuniones que no dependiese del favor de un particular, así como la probable intención de vincularse a la Casa Real, impulsan al cambio de sede ^^: con el beneplácito del jesuíta R Clarke, confesor del rey, y la aprobación del bibliotecario mayor y contertulio Blas Antonio de Nasarre, se elige como sede provisional la Real Biblioteca, situada en la calle del Tesoro, donde se celebra la primera reunión como Academia el 14 de mayo de 1736.
Y allí comienzan sus trabajos, canalizados por las disposiciones que se establecen más tarde en el Real Decreto de fundación del 18 de abril de 1738 ^^, por el cual Felipe V eleva «la que seguía siendo Junta, a la categoria de Real Academia de la Historia», y donde se aprueban los primeros estatutos.
Este R. D. se confirma posteriormente en la Real Cédula firmada el 17 de junio del mismo año.
Los objetivos primordiales de la Academia son promover las ciencias y buenas letras para «realce y esplendor de mis Reynos» y la formación de un Diccionario Histórico-Crítico Universal de España, obra que «desterrando» las fábulas introducidas por los falsos cronicones conduzca al conocimiento «útil» que proporcione el «beneficio común» de la «verdad de los sucesos».
Los miembros de la Academia reciben del rey el título de «Criados de mi Real Casa, con todos los Privilegios, Gracias, Prerrogativas, Inmunidades, y Esenciones, que gozan los que se hallan en actual servicio».
De esta manera se establece una relación de dependencia mutua, conveniente para ambas partes: el rey ofrece protección a la corporación a cambio de que ésta defienda las «glorias de la Nación» representadas por la dinastía borbónica y, como instrumento de la'^ Horacio, Odas, III, 6: «hoc fonte deriuata ciadas / in patriam populumque fluxit».
Como se observa, el lema elegido por la Academia está fuera de su contexto original.
Guillen, J., El sello, divisa, mote y medalla de la Academia, BRAH, CLXV, 1969, 7-33. "
Dos son las razones esgrimidas por M. López (La casa de la Academia de la Historia.
782) para explicar este traslado: por una parte, las propias necesidades de espacio e independencia y, por otra, el deseo de alejarse de las acusaciones de clandestinidad vertidas por el «Duende Crítico».
Este autor se inclina más por la primera opción.
Sin embargo, especialistas en la prensa clandestina del s. xviii atribuyen el cambio de sede a un lugar público y «oficial» al deseo de neutralizar los ataques del citado semanario: cf Enciso, L. M., Prensa y opinión pública.
Prensa clandestina, Historia de España de Menéndez Pidal, t.
XIX, Madrid, 1985, 245.'^ Real Cédula recogida en el Libro IX de Actas de la Real Academia de la Historia.
Corona, apoye las directrices políticas y culturales de ésta.
En cuanto a la intención de la Academia de elaborar un discurso histórico basado en la crítica a los falsos cronicones, debemos realizar unas importantes matizaciones.
La tradición de crítica a estas obras, iniciada por Nicolás Antonio en su Bibliotheca Hispana Nova -escrita a finales del s. xvii-, fue retomada un siglo después por Gregorio Mayans, quien se considera heredero y defensor de esta corriente ^^.
A lo largo del xviii hay una lucha constante entre los partidarios de la autenticidad de los cronicones y sus detractores; éstos se identifican a sí mismos como defensores de la historia crítica.
Tal crítica, sin embargo, es relativa y selectiva: no es el resultado de la aplicación de un método historiográfico sino de la elección de los argumentos en el marco de preocupaciones de carácter más bien local'' ^.
Un reflejo de estas dos maneras de concebir el discurso histórico es el problema que tiene Mayans cuando escribe la censura de la obra La España primitiva de Francisco de la Huerta y Vega, académico de la Real de la Historia, publicada en 1738 y basada enteramente en un cronicón fingido de José Pellicer de Ossau.
La crítica de Mayans chocó con el apoyo corporativo que las Reales Academias de la Historia y de la Lengua prestaron a uno de sus miembros, y fue rechazada.
De hecho, no aparece publicada hasta 1789, después de la muerte de su autor.
Es indicativo lo que escribe Mayans sobre la actuación de la Real Academia en este asunto: «Y la primera acción literaria que públicamente se ve en la Academia de la Historia es la defensa de un libro que, debajo del título de España Primitiva, nos presenta una España fabulosa, fantástica y ridicula».
Las Academias aducen que una opinión personal no debe estar por encima de la opinión de las Reales Academias fundadas por el rey ^^.
Su criterio, por tanto, prevalece.'^ La recepción de la tesis de la crítica histórica propugnada por el benedictino Jean Mabillon {De re diplomatica, 1681) halló eco inmediato en España en las figuras del padre José Pérez, autor de unas Dissertationes ecclessíasticae De re diplomatica (Salamanca, 1688) y el padre Jacinto Segura con su Norte crítico (Valencia, 1733).
"^ La cuestión de la venida de Santiago a España como «Gloria Nacional» será defendida incluso por los que se consideran más críticos.
Para una información más detallada cf. Mora, G., La Arqueología clásica en España en el siglo xviii, tesis doctoral inédita, Madrid, 1994, 67 AEspA, 69, 1996 lib. La concepción de la Historia en los proyectos de la Academia
El gran objetivo científico de la Academia desde sus orígenes'^, como se dice en el R. D. de fundación, es el Diccionario Histórico-Crítico Universal de España.
En él se pretende reflejar una idea global del conocimiento, así como la concepción de una nueva historia nacional expurgada de fábulas y ficciones que muestre «las glorias de la Nación» que justifican, y al mismo tiempo prestigian, el papel de la monarquía vista como una continuidad desde los tiempos más remotos.
La imposibilidad de llevar a cabo este amplio proyecto conduce en 1740'^ a una reducción del mismo, limitándolo a un Diccionario Geográfico-Histórico.
Para la elaboración de esta obra se establecen unas directrices temáticas englobadas en lo que se conoce como «Aparato» al Diccionario.
El número de temas (historia, geografía, lengua, religión y otros) que lo componen varía a lo largo del tiempo, pero se trabaja sobre todo en tres argumentos considerados esenciales: Historia Natural, por el interés personal del académico Fernández Navarrete; Cronología (desde el principio de los tiempos hasta el nacimiento de Cristo) y Geografía antigua y moderna, a partir de las fuentes literarias y de la epigrafía ^^.
Cada académico elige el tema que más le interesa, situación que cambiará más tarde.
Dos son las grandes dificultades del Diccionario que van a determinar los trabajos y reuniones de la Academia hasta finales de siglo: por una parte, la definición de los temas a tratar en esta obra, motivo de polémica en las Juntas, y, por otra, la discusión en torno al método más adecuado para cumplir el objetivo propuesto.
Para evitar estos inconvenientes se propondrá a los académicos la realización de trabajos monográficos que se incorporarán al Diccionario.
El lento avance del proyecto será el motivo •^ Los datos acerca de este tema proceden de A. de Capmany, cit. (n.
9), XXIV ss.' ^ Diccionario Geográfico-Histórico de España, t.
I, Madrid, 1802, XXI ss.'^ A los académicos honorarios establecidos en provincias se les envía una Instrucción impresa relativa a las «noticias y materiales» con que deben contribuir a la elaboración del «Aparato».
Probablemente, aunque no tiene fecha, el documento titulado Noticias que la Academia necesita para la Geographia, que se esta escribiendo (Generalidades, 9-7981-17) corresponde a esta instrucción.
Se trata de un listado de datos: geográficos, topográficos, botánicos, recursos tes, reservar otros para mejor oportunidad, y dar la última mano, con preferencia, á los que juzgó mas utiles y análogos al espiritu del instituto» ^^ Así, el gran proyecto del Diccionario se ve reducido a seis proyectos más específicos -^ que se pueden sintetizar en los siguientes temas: recopilación de las fuentes escritas clásicas sobre España, colección de las primeras crónicas e historias generales, y colección de cédulas diplomáticas y documentación epigráfica.
Los Estatutos de 1792 pretenden corregir el comportamiento negligente e irregular de algunos académicos, mejorar la organización interna de la corporación y acelerar y dar a conocer sus trabajos ^^ Además, retoman la idea de independencia propugnada años antes por Jovellanos, y en este sentido el numerario y -desde 1792-secretario perpetuo Antonio de Capmany afirma (1796) que con los nuevos estatutos la Academia ha querido «atarse ella misma las manos para que en tiempo ninguno pueda atárselas alguna autoridad intrusa, que la pusilanimidad, la pereza, ó el egoismo suelen respetar por conveniencia» ^^.
Sin embargo, este deseo de independizarse del poder político resulta imposible, porque en esta época la Academia recibe y da cumplimiento a informes, censuras y encargos diversos procedentes de la Secretaría de Estado, obligación que obedece a la idea de justificar que «la política ha tenido que ampararse en la historia».
La recurrencia a la Academia por parte del Gobierno, que data al menos de 1751, enturbiaría la independencia científica pretendida por algunos de sus miembros.
Por otra parte, los Estatutos reflejan uno de los leit-motiv de los ilustrados: el objetivo de la ciencia es la «Utilidad» y el «Bien Común» ^^.
Así, en el primer artículo de las Actas de la Real Academia de la Historia ^^ se especifica que «el instituto de la Academia debe ser ilustrar la historia de España [...] poniendo en claro los conocimientos más notables, sus efectos, su influxo en el estado moral y fisico de la nación».
9), CXIII, CXIV. ^'^ Algunos de estos proyectos se llevarán a cabo a finales del s. XIX y primeras décadas del s. XX, como el CIL II por E. Hübner (Berlín, 1869) y las Fontes Hispaniae Antiquae por A. Schulten (1922Schulten ( -1959)).
2^ Hay una necesidad de difundir los conocimientos adquiridos: «pocas Academias habrán trabajado mas, y dado menos testimonios al público de sus obras»: cf. Capmany, cit. (n.
2« Libro IX de Actas de la RAH del 7 de agosto de 1789 al 31 de mayo de 1793. derivado de la ideología reformista ilustrada se traduce en una práctica condicionada por las estrechas relaciones de la Academia con una concepción de la historia nacional como historia episódica, entendida ésta como la narración de las hazañas y hechos de la monarquía.
Igualmente la vertiente arqueológica se expresa en la recopilación de materiales diversos, epígrafes, medallas y monedas, que sirven para ensalzar «las Glorias de la Nación» y corroborar los datos históricos proporcionados por las fuentes escritas.
Para esta recopilación documental fue importante el viaje por los archivos de España promovido por Fernando VI ^^ y dirigido por el p.
Esta iniciativa real, con intención originariamente política ^^ fue aprovechada por la Academia para enviar a Luis José Velazquez de Velasco, marqués de Valdeflores •^^, en viaje por España con la misión de recoger todas las antigüedades de la nación, y contribuye decisivamente al nacimiento de una nueva consideración hacia la práctica de la arqueología, concebida no como el mero coleccionismo tradicional sino como la búsqueda de objetos y vestigios que probaran la antigüedad de la población.
Este interés por la arqueología está, por tanto, en función de sus posibilidades como fuente documental.
Por un lado, los documentos arqueológicos son manipulables y pueden ratificar o negar el discurso histórico presente en los falsos cronicones.
Por otro, su consideración como fuente más fidedigna que la escrita impulsa a potenciar el conocimiento de los restos antiguos existentes.
A pesar de que teóricamente la Academia insiste en que el conocimiento del pasado es imprescindible para mejorar el presente, no es éste el objetivo perseguido en la práctica, donde la reiteración de los conceptos de «Bien Común» y «Utilidad» va dirigida a la elite intelectual ^^ Dentro de ésta pode-^^ Fruto de los viajes del p.
^^ Mora, G., Literatura Anticuaría, en Aguilar, F. (ed.), Historia Literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, 1996, 901 ss. ^^ Su origen es la llamada cuestión del Patronato Regio, un litigio de carácter político-religioso con importantes implicaciones económicas derivado del Concordato firmado en 1737 por Felipe V y la Santa Sede, cuyas cláusulas resultaban desfavorables al Papado: cf. Mora, cit. (n.
•^^ De quien se conservan en la Real Academia de la Historia 62 volúmenes manuscritos e inéditos con un contenido similar a la documentación recogida por el padre Burriel.
^^ José Cadalso, Cartas Marruecas, carta LXXXVII (ed. J. Arce, Madrid 1982, pp. 292-295), donde afirma que el conocimiento de la verdad es peligroso para el vulgo.
Este autor, como otros intelectuales, toma conciencia de que la gloria pasada española ha muerto.
Observa los cambios europeos que llevan al progreso y prosperidad de las comu- AEspA, 69, 1996 mos diferenciar entre aquéllos que entienden la historia crítica como un medio de superar los errores del pasado para construir un futuro mejor, confiando en que el Estado propicie esa modernización, y otros que, perteneciendo a la misma elite, siguen un camino más conservador.
Jovellanos se integraría en ese primer grupo, aunque propone que los cambios y la difusión del espíritu de la Ilustración deben hacerse de manera prudente: «Creo que una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre, y creo que para ilustrarse tampoco sea necesaria la rebelión» ^^.
Todo parece indicar que el mencionado afán de divulgar los trabajos realizados por la Academia, por un lado, y, por otro, la necesidad de encauzar o marcar unos temas prioritarios, recogida en los nuevos Estatutos mediante la creación de «salas» o comisiones, lleva a la publicación de las Memorias de la Real Academia de la Historia, cuyos dos primeros volúmenes aparecen en 1796 ^^.
A pesar de las buenas intenciones de la institución, la irregularidad está presente en sus publicaciones ^^, hecho que se agravará posteriormente con la Guerra de la Independencia y la peculiar inestabilidad política del s. XIX.
Este panorama incide de forma directa en el desarrollo de la disciplina arqueológica.
Se trata de un momento de cambios en las formas de Gobierno y en la estructura administrativa del Estado.
Las diferentes revoluciones liberales que se dieron a lo largo del pasado siglo no implican un cambio sustancial en las estructuras ni en las ideologías.
Las tensiones generadas por los distintos gobiernos liberales y conservadores, la pérdida de las colonias con el consiguiente derrumbe del mito del imperio español, se reflejan en una concepción de la historia que busca su identidad en el pasado más remoto.
De ahí el auge, en la segunda mitad de siglo, de los estudios sobre la España prerromana y medieval, que en cierto modo ensombrecen la fuerte tradición clásica.
La Academia lucha por conservar su papel como institución rectora en la elaboración de la Historia nidades y los compara con los de este país.
La decadencia que vive España, debida a «largas guerras, lejanas conquistas y que se hace sentir en todos los dominios: económico, cultural y científico», la reflejará en sus Cartas Marruecas.
Cf Dérozier, A., Los orígenes del pensamiento liberal, Historia de España, cit. (n.
3^ Esta «canalización» de los temas se puede observar en la composición del primer tomo, que refleja una clara preferencia por los trabajos sobre los godos.
De las nueve disertaciones que contiene, cinco se refieren al origen y patria de los godos y a la monarquía goda en España.
En este sentido Pedro Sabau, Secretario de la Academia, escribe que ésta «influye en la gloria y subsistencia de los Estados y en todo género de ilustración», comprendiendo «cuanto importa la Historia en todos sus aspectos y relaciones y lo que significa en el espíritu de la nacionalidad de los pueblos, y más en una nación grande e histórica como la nuestra [...]
Las Cortes y el Gobierno, conociéndolo, han dispensado su protección á la Academia, que de esta manera ha podido renovar sus antiguos planes, concebir otros nuevos...» ^^.
Nos parece indudable que este ambiente general va a influir decisivamente en la aparición de unas nuevas necesidades de actuación precisamente en el s. XIX: las relativas al Patrimonio Arqueológico.
La ambigüedad legislativa, la carencia de un poder ejecutivo que haga cumplir las disposiciones jurídicas, la indefinición de funciones y competencias, son aspectos que afectan negativamente al funcionamiento de las instituciones encargadas de vigilar ese Patrimonio.
En el primer tercio del siglo xx culmina el proceso, comenzado en el siglo anterior, de distanciamiento de la Academia con respecto a la realidad patrimonial del momento, fenómeno que coincide con la creación o potenciación, en la segunda mitad del XIX, de instituciones específicas en el campo de la Historia y la Arqueología: el Museo Arqueológico Nacional, los Museos Provinciales y la Universidad de Madrid.
Estas, con sus funciones definidas, irán tomando las riendas de la Arqueología, incorporando nuevos aspectos como el de la enseñanza y la divulgación de los restos del pasado.
Pero el aspecto más importante para el Patrimonio, desde el punto de vista legislativo, es, sin duda, la Ley de 1911 y su Reglamento del año siguiente, que crea la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, organismo dependiente directamente del Ministerio de Instrucción Pública y que gestionará la actuación sobre el Patrimonio arqueológico.
Pero veamos estas propuestas de manera detallada a través de la documentación escrita consultada en la Real Academia de la Historia.
Evolución de la Real Academia de la Historia
Desde su fundación hasta los años treinta del s. XX, tiempo de nuestro análisis, consideramos tres etapas en el devenir de la institución.
^"^ Sabau, P., Noticia histórica de la Academia desde el año 1832 hasta el presente, MemRAH, VIII, 1852, LIV La primera actuación legislativa sobre conservación del Patrimonio arqueológico es la Instrucción del marqués de la Ensenada dirigida a Francisco Barrero Peláez, Intendente de Marina del Departamento de Cartagena (R.O. del 8 de abril de 1752), referente a la protección y conservación de las antigüedades halladas al hacer obras en el puerto y que debían enviarse a la Academia de la Historia ^^.
Esta Instrucción acabaría remitiéndose a los intendentes de marina de todos los puertos de España.
Fig. 2.-Viñeta de un impreso en la Real Academia de la Historia de 1786; la misma, pero abierta en cobre, apareció (1765) en la Oración con motivo del matrimonio del Príncipe de Asturias (Anuario, XIX).
El siguiente paso se da con la Real Cédula de Carlos IV del 6 de julio de 1803.
Su origen se remonta al encargo hecho por la Primera Secretaría del Despacho de Estado a la Real Academia el 22 de junio de 1800, para que ésta «se ocupase en meditar y proponer un medio con que se lograse conservar los descubrimientos hechos ó que se hicieren de antigüedades y demás restos dignos del aprecio de las gentes cultas» [Generalidades 9-7981-17].
Tras ser aprobado un primer plan general, la Academia elabora una «Instrucción circunstanciada» sobre «el metodo y clasificación de los descubrimientos».
A partir de esta Instrucción (1802) se expide la Real Cédula ^^, por la que se confiere a la Real Academia de la Historia la inspección general de las antigüedades que se descubriesen en el Reino y se advierte ^^ Cf.
Béthencourt, A. de, El marqués de la Ensenada y la Arqueología, BSEAA XXIX, 1963, 73-87. ^^ Es notable la rápida y amplia difusión que tiene esta Real Cédula desde el momento de su promulgación: en los meses de julio y agosto del mismo año se reparten copias a todos los correspondientes y comisionados del Consejo y la comisión gubernativa en las provincias (140 ejemplares para correspondientes y honorarios y 60 para los demás).
a las autoridades civiles y eclesiásticas que deben dar aviso a la Academia de todos los hallazgos de antigüedades.
Además, en el prólogo de la Cédula se reitera el deseo de S.M. «de hallar algún medio que pusiese á cubierto las antigüedades que se descubren en la Peninsula de la ignorancia que suele destruirlas, con daño de los conocimientos históricos y de las artes».
De la importancia tanto de esta Real Cédula como de la Instrucción da cuenta su inclusión en la Novísima Recopilación de Leyes del Reino, publicada en 1805.
Una de las características novedosas de la Instrucción en el ámbito arqueológico es que por primera vez se hace una definición de lo que se considera «monumentos antiguos»: «se deben entender las estatuas, bustos y baxos relieves, de qualesquiera materias que sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos, naumachias, palestras, baños, calzadas, caminos, aqüeductos, lápidas o inscripciones, mosaycos, monedas de qualquiera clase, camafeos: trozos de arquitectura, colunas miliarias; instrumentos músicos, como sistros, liras, crótalos; sagrados, como prefericulos, símpulos, lituos, cuchillos sacrificatorios, segures, aspersorios, vasos, trípodes: armas de todas especies, como arcos flechas, glandes, carcaxes, escudos: civiles como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes solares ó maquinales, armilas, collares, coronas, anillos, sellos: toda suerte de utensilios, instrumentos de artes liberales y mecánicas; y finalmente qualesquiera cosas, aun desconocidas, reputadas por antiguas, ya sean Púnicas, Romanas, Cristianas, ya Godas Arabes y de la baxa edad».
En la Cédula no hay disposiciones específicas sobre excavaciones.
Pero sí sobre los hallazgos casuales, tanto en terreno privado o de realengo, y sobre el destino que deben recibir estos objetos.
Es interesante destacar los tres artículos que atañen directamente al tema que tratamos.
El art. 2° indica que se debe informar a la Academia de los descubrimientos para que determine su adquisición por medio de compra, gratificación o acuerdo con el dueño.
Los art. 3° y T responsabilizan a las autoridades civiles y eclesiásticas de la protección y conservación de los monumentos, puesto que «tanto interesan, la antigüedad y nombre de los pueblos mismos; tomando las providencias convenientes para que asi se verifique».
Los temas de estos artículos serán asuntos candentes durante toda la centuria.
Este interés por recoger, proteger y conservar los objetos y monumentos antiguos se vincula con una serie de proyectos anteriores subvencionados por la monarquía cuyo fin era, en definitiva, «engrandecer las Glorias de la Nación».
Se trata de los Otra fuente de recopilación de la Academia son los informes enviados por los correspondientes en provincias.
Así, en los casos de Itálica y Segóbriga se incide en la preocupación por la conservación de los restos arqueológicos.
Sobre Itálica [Generalidades 9-7981-17], la R. O. expedida el 12 de agosto de 1827 por la Primera Secretaría del Despacho de Estado "^^ comunica al Consejo que el Rey, «noticioso del deterioro de las respetables ruinas de Italica y deseando evitar su total destrucción», nombra al Asistente de Sevilla «Protector de los monumentos de antigüedades existentes en aquella ciudad y contornos», y en segundo lugar, manda a la Real Academia informar y proponer lo más conveniente para la conservación de las antigüedades del Reino' ^^, renovando las órdenes y circulares anteriores sobre protección, conservación y restauración de los monumentos.
El escrito advierte que «se procederia severamente contra los que mirasen con incuria y descuido la conservación de tan preciosos vestigios de la antigüedad».
El ejemplo de Segóbriga' ^^, conocida como Cabeza del Griego [Generalidades 9-7981-^^ Sólo se publica el primer volumen, dedicado al teatro de Sagunto (Madrid, 1807).
Sobre los viajes literarios cf. Mora, cit. (n.
"*' Publicada el 18 de agosto de 1827; la Orden circular se firma el 19 de septiembre y aparece en la Gaceta de Madrid, n° 120, con fecha 4 de octubre del mismo año.
^'^ Dice el documento: «para conseguir mayor efectividad en el cumplimiento de estas disposiciones se proponía honrar a los magistrados que se distinguiesen en su observancia».
"^^ Este yacimiento había despertado el interés de la Academia ya en 1765, cuando financia las excavaciones dirigidas por José Alsinet y continuadas por Antonio Tavira, prior de Uclés; en 1789-90 la corporación encarga a sus miembros José Cornide, José Guevara Vasconcelos y Fray Benito Montejo un informe sobre las ruinas del cerro (publicado en el tomo III de las MemRAH, 1799).
Mediante una R. O. del 10 de septiembre de 1818, expedida también por la Primera Secretaría de Estado, se recuerda a las Justicias del Reino «la obligación de velar sobre el cumplimiento de la citada ley y la conservación de la gloria y buen nombre de sus pueblos».
Además se especifica la orden de reparación de las tapias y la reunión y conservación de las antigüedades, «considerando que las circunstancias de la guerra de la independencia habrían causado varios perjuicios en las demás excavaciones del Reino».
En ambos documentos, la petición a las Justicias de que velen por las antigüedades y de que éstas se conserven es similar.
Pese a todo, la actuación protectora de las Justicias debía ser nula, lo que origina un gran número de escritos de la Academia dirigidos directamente al rey solicitando su intervención para solucionar el problema.
La respuesta del monarca es una R. O. dirigida a las Justicias recordándoles «la obligación de velar sobre el cumplimiento de la citada rey [Cédula de 1803] y la conservación de la gloria y buen nombre de sus pueblos».
En esta época hay un especial interés por recopilar documentación, tanto procedente de fuentes escritas como arqueológicas, siendo prioritarias la epigrafía y el reconocimiento de ruinas, aspecto este último relacionado con la polémica sobre toponimia antigua, es decir, con la cuestión de la identificación geográfica de las ciudades mencionadas por los autores clásicos.
A la vinculación de carácter científico entre Academia-monarquía que hemos venido atestiguando, se añade el aspecto económico.
Tal unión, sin embargo, no implica para la primera una situación financiera desahogada.
Ya en 1743 la Academia, que depende del Subsidio Real, está amenazada de ruina por los gastos de guerra que entonces sostiene la Corona.
Para obtener fondos la Academia propone al rey que se refundan en ella los oficios de Cronistas de nominación real, agregándole así los sueldos de sus dotaciones'^'^.
Es probable que, además de intentar solucionar su precaria situación económica, la Academia pretenda con esta petición acaparar competencias relativas al ámbito histórico.
A pesar de todo, el pésimo estado de sus finanzas parece prolongarse a lo largo del siglo xix, como se desprende de un oficio [9-7982-110] del Censor de la Academia en 1824 lamentando textualmente ^' ^ Mediante tres Decretos del 25-10-1744 dirigidos a la Cámara, al Consejo Real y al Supremo de las Indias, el rey concede a la Academia los oficios de Cronistas generales y particulares e incluso de Cronista mayor de Indias.
Esta dotación no se verificará hasta 1756: cf. Capmany, cit. (n.
9), XVI-XVII. «el estado miserable» en que se encuentra la corporación ^^.
2^ ETAPA: 18332^ ETAPA: -1911 (fig. 3) (fig. 3) Después de la muerte de Fernando VII se va reflejando en la historia política española una pérdida progresiva de poder por parte de la monarquía en favor de la soberanía popular encarnada por el Gobierno, ya fuera liberal o conservador, y las Cortes.
Como apunta M. Artola ^^, el mecenazgo de la Corona, tan importante en épocas anteriores, sufre las consecuencias de una transferencia de funciones en beneficio y a cargo del Estado.
Esta pérdida de competencias de la monarquía se refleja en los escritos de la Academia, que, por costumbre, sigue demandando a lo largo del siglo la protección y los privilegios que había tenido.
Sus súplicas las recibirá en este momento no ya el rey, sino el Ministerio de Fomento y, a partir de 1899, el de Instrucción Pública.
El hecho que marca el inicio de esta segunda fase es la desamortización de los bienes eclesiásticos por Mendizábal (Decretos del 16 y 19 de febrero y 8 de marzo de 1836).
Estos Decretos, derogados tras el Concordato de 1851, declaran de propiedad nacional los bienes raíces, rentas, derechos y acciones de las comunidades religiosas.
Como es sabido, el proceso tuvo unas consecuencias económicas y políticas importantísimas que podríamos sintetizar en los siguientes puntos: consolidación del régimen liberal, transferencia de bienes de la Iglesia a las clases económicamente poderosas (grandes propietarios, aristocracia y burguesía) y, desde el punto de vista patrimonial, inicio de una nueva situación ocasionada por la salida al mercado, para pagar la Deuda Pública, de los bienes eclesiásticos, lo que provoca una preocupación generalizada por la dispersión de monumentos y obras de arte que, una vez integrados en el circuito comercial, son asequibles a los interesados españoles y extranjeros' ^' ^.
La alarma que esta situación despierta encuentra respuesta en diferentes R. O. "^^ [Generalidades 9-7981-28].
A este respecto, la reina hará llegar a las Reales Academias, a través del Ministerio de la Gobernación, su expreso deseo de que « no se extraigan para el extrangero ni provincias de Ultramar libros, manuscritos, pinturas ó esculturas de autores antiguos, sin expreso permiso de S. M.»
(R. O. 27 de mayo de 1837) ^^ Tanto la Academia de San Fernando como la de la Historia se ven implicadas indirectamente en el control de exportaciones mediante la emisión de informes encargados por el Gobierno, como en el caso de la salida de España de una colección de pinturas [9-7981-28].
Entendemos que esta continuada alusión al problema de la exportación de obras de arte es un indicio de la reiterada inobservancia de las disposiciones promulgadas, debido a la falta de una legislación definida.
^^ La asignación anual de la Academia en esta época era de 30.000 reales.
Una vez pagados los gastos fijos, de ese importe sólo quedaban 5.600 reales para otros conceptos.
Una cantidad bastante irrisoria.
^^ Artola, M., La burguesía revolucionaria (1808-1869), Madrid, 1973, 355-356.' ^^ Un caso paradigmático es el viaje del Barón Taylor y el pintor Dauzats para adquirir, en nombre del rey Luis Felipe, bienes procedentes de la desaníórtización.
Lecturas desde la diversidad, Madrid, 1996, e.p.).
"^' ^ Una de las medidas tomadas para evitar esta dispersión de obras de arte es la creación, por R. O. del 31 de diciembre de 1837, del Museo Nacional de la Trinidad: cf. Navarrete, B. La creación del Museo de la Trinidad.
Datos para su estudio, Academia, (e.p.).
La segunda mitad del s. xix presenta una nueva situación política y administrativa que desemboca en la revolución liberal del 68, y que se caracteriza fundamentalmente por el intento de centralización jurídico-administrativa constatada en el Código Civil (1889) y en la nueva regulación de la administración provincial.
Las consecuencias de la desamortización, así como las nuevas necesidades patrimoniales (regulación de los permisos de excavación, por ejemplo) que surgen con fuerza en este momento, provocarán una segunda mitad de siglo efervescente en lo que respecta a la actuación sobre el Patrimonio arqueológico.
La documentación analizada de la Real Academia de la Historia indica tres temas prioritarios para este momento: el temor a la salida de piezas del país junto a la actuación en cuestiones arqueológicas de los extranjeros en nuestro suelo; el papel de las Comisiones Provinciales de Monumentos, vinculadas desde su creación en 1844 a la fundación de los Museos provinciales; y, en tercer lugar, el tema específico referente a las solicitudes de los permisos de excavación.
Debemos advertir que por razones de coherencia con el objetivo señalado en la Introducción no trataremos temas fundamentales para el estudio de la arqueología española del s. xix como la profesionalización de la disciplina o el papel de las diversas sociedades científicas que contribuyeron a su desarrollo (Ateneo, Real Academia de Geografía y Arqueología, sociedades arqueológicas, etc.), temas necesitados aún de un estudio en profundidad ^°.
en la villa de Almendralejo (Badajoz).
La noticia se comunica a la Academia y, por la carta que envía el académico Marqués de Monsalud a su sobrino el Marqués del Socorro, sabemos que este último, por deseo de la Academia, se encarga de comprar la pieza.
En esta carta se dice textualmente: «En vista de la carta que me remitistes del Sr. Salva, llamé a los dueños del Medallón, y pude conseguir deshacer el trato que estaba ya efectuado con el comisionado de los ingleses, en el momento que de entregarlo, por lo tanto puedes decir a los Señores Académicos que desde luego pueden contar con la adquisición de tan magnífica alhaja».
Una vez que la pieza llega a Madrid se tasa el 1 de octubre de 1847 en 533 onzas y 6 ochavas, y en el documento de venta se especifica la compra realizada por la Academia en 27.500 reales de vellón ^^.
El anticuario de la Academia, Antonio Delgado, redacta un informe sobre la pieza titulado Memoria historie o-critic a sobre el Gran Disco de Theodosio encontrado en Almendralejo (Madrid, 1849), leído en la Academia de la Historia en Junta ordinaria del 9 de septiembre de 1848^1
Es importante destacar en el prólogo de este libro el comentario del autor sobre la situación general del estudio de las antigüedades durante el período ilustrado, indicando cómo «aquella tendencia investigadora se ha entibiado» debido a las circunstancias político-sociales del momento.
Incide, además, en que a pesar de todas las vicisitudes la Academia sigue identificándose con el espíritu ilustrado que la impulsó desde sus comienzos.
El temor al extranjero
La alusión negativa a lo «extranjero» en los documentos es prácticamente una obsesión.
Es un término ligado a la idea de saqueo no sólo material, sino también intelectual y científico.
Una referencia clara se constata en la compra, por parte de la Academia, del conocido disco de Teodosio ^^ Este aparece casualmente mientras se realizan labores agrícolas en el terreno propiedad de Antonio Martínez, ^° Véase Peiró, I. y Pasamar, G., El nacimiento en España de la Arqueología y la Prehistoria (academicismo y profesionalización 1856-1936), Kalathos 9-10, 1989-90, 9-30, así como su reciente libro sobre la Escuela SupQrior de Diplomática (Zaragoza, 1996).
Una reproducción de esta pieza, encargada por oficio del 17 de noviembre de 1880 y realizada en 1882 por Manuel Padilla en metal blanco, se conserva en el Museo de Reproducciones Artísticas creado por R. O. del 31 de enero de 1877 a iniciativa de Cánovas, que entonces era presidente del Gobierno: cf. Almagro Gorbea, M. J., Museo de Reproducciones Artísticas, Madrid, 1984, 338-9, con n° de catálogo 510 y n° de inventario 338.
^^ Se dice también que junto al disco se documentan/ragmentos de dos tazas de plata.
Sin embargo, en la Memoria histórico-critica redactada por A. Delgado se comenta el hallazgo de dos tazas.
El disco aparece doblado, el anverso con las representaciones hacia adentro.
El descubridor, al desdoblarlo, acaba por romperlo en dos partes y la Academia encarga a José Navarro su restauración.
Agradecemos a la Dra.
García-Bellido la información ofrecida para aproximarnos al valor real que en este momento tiene el «real vellón».
Sin embargo, la situación actual de los estudios sobre el valor de la moneda a mediados del s. xix nos ha impedido indagar con mayor profundidad sobre este particular.
Como dato comparativo, en 1852 el Museo Arqueológico Nacional compra parte de la colección de monedas (9.702 ejemplares) de José García de la Torre, por la que paga 22.798 reales vellón: cf Alfaro, C, Sylloge Nummorum Graecorum España, I, Madrid, 1994, 25.
De ello se deduce el gran valor reconocido para el disco.
Como detalle anecdótico, señalar que a causa de esta compra la Academia no puede pagar las medallas que según el Reglamento de 1847 debían llevar a los académicos: cf. Guillen, cit. (n.
^^ La importancia de esta pieza queda manifiesta en las copias de la publicación que se envían al rey, Real Academia de Ciencias de Berlín, Sociedad Económica Matritense, Ateneo de Madrid, Senado, Congreso de los Diputados y ayuntamientos de Mérida y Almendralejo, entre otras instituciones. atención, de nuevo, sobre el peligro foráneo: «¿acaso podría mirar impasible, este cuerpo respetable, que [el disco] fuese convertido en pasta, ó que pasara á enriquecer museos extraños?».
Con ésta y otras compras, la Academia persigue de manera directa uno de los objetivos de la Ilustración: la adquisición y recopilación de antigüedades, recuperando esta pieza para el Patrimonio español ^^.
Una carta circular del 12 de marzo de 1883 ^^ enviada por la Academia a los gobernadores de provincia como presidentes de las Comisiones de Monumentos advierte del peligro con estas palabras: «creadas en las provincias para ser inmediatas representantes de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y de ésta de la Historia [...]
Le procurarán copias exactas, facsimiles ó vaciados de cuantas lápidas o inscripciones antiguas existan en esa provincia, y cualquiera que sea el periodo histórico a que pertenezcan.
Vivimos en una época de activas investigaciones cientificas; los arqueólogos extranjeros recorren hoy con facilidad nuestras provincias, y sería mengua que los monumentos artísticos y epigráficos de nuestra antigua cultura, aun desconocídos, fueran publicados fuera de España antes que en nuestro suelo».
Recordemos que en estos momentos se encuentran trabajando en España investigadores como E. Hübner, M. von Bahrfeldt, A. Engel, los hermanos Síret y G. Bonsor; años más tarde vendrá Fierre París.
Hübner ya había recorrido España a principios de los sesenta enviado por Mommsen, con el fin de realizar la parte correspondiente a Hispânia del corpus de inscripciones latinas (GIL), integrada en el proyecto de la Academia de Ciencias de Berlín.
A pesar de que la Academia pone a disposición del investigador alemán su amplío fichero de inscripciones (elaborado un siglo antes por el académico y anticuario Cándido M. Trigueros: cf. n.
110), y de que lo nombra académico honorario, en el fondo la institución -a la luz de los documentos consultados-no debe ver con buenos ojos que un proyecto suyo fuese publicado por un extranjero.
Por otra parte, algunos investigadores -Bonsor, Síret o más tarde Albertíní y Pierre París-, excavan en terrenos de particulares, o de sociedades mineras en el caso concreto de los Síret, sin necesidad de solicitar permisos por falta de legislación al respecto.
En efecto, las disposiciones sólo hacen referen-cía a excavadores extranjeros cuando se habla de los objetos duplicados, único caso en que el investigador podrá llevar uno de ellos a su país.
En este sentido los franceses (Engel, Albertíní, París) pretenden formar una «misión permanente» en la que estén asociados, de manera institucional, arqueólogos e instituciones españoles y franceses.
Son conscientes de la urgencia en establecer esta asociación antes de «la amenaza» de la tan esperada ley sobre excavaciones y exportación de antigüedades que aparecerá definitivamente en 1911 ^^.
Comisiones Provinciales de Monumentos.
Creadas por R. O. del 13-6-1844 con Instrucción del 24 de julio del mismo año, tienen sus precedentes en las llamadas «Juntas Literarias y Artísticas» nacidas, a partir de 1835, para proteger el «nuevo» Patrimonio hístórico-artístíco consecuencia de la desamortización de los bienes eclesiásticos por el ministro Mendízábal.
Dependen directamente del Ministerio de Fomento a través de su Dirección General de Instrucción Pública, y actúan bajo la supervisión de las Academias de San Fernando y de la Historia.
Sus cometidos se centran en organizar e impulsar los trabajos, homogeneizar y redactar memorias anuales y, sobre todo, realizar el inventario de los monumentos hístórico-artístícos de España ^^.
La Instrucción de 1844 establece la creación de una Comisión Central ^^ a la que están supeditadas las Comisiones Provinciales.
Su objetivo primordial es auxiliar al Ministerio en sus resoluciones sobre los monumentos hístórico-artístícos procedentes de las comunidades religiosas suprimidas, así como colaborar en la formación de los museos provinciales y las bibliotecas públicas.
Sin embargo, la ambigüedad efectiva sobre los cometidos de esta Comisión Central lleva a la promulgación de un R. D. de 15 de noviembre de 1854 donde se intenta definir sus funciones, diciéndose que «no solo ha de ser un ^' * Algo similar, aunque con resultados diferentes, ocurrirá en los casos de las coronas del tesoro de Guarrazar y la Dama de Elche, cuya exportación a Francia levantó voces, tanto en los ámbitos académicos como periodísticos, reclamando una Ley efectiva que regulara la salida de objetos y siendo un acicate más para la futura Ley de 1911.'' [9-7982-108].
Gran-Aymerich, E. y J., Les échanges franco-espagnols et la mise en place des institutions archéologiques (1830-1839), en Arce, J. y Olmos, R. (eds.), Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (Siglos xviH-xx), Madrid, 1991, 119-120. ^"^ Este inventario se llamará más tarde Catálogo Monumental de España.
La primera disposición legislativa en este sentido fue una Orden del 1 de junio de 1900, publicada en la Gaceta, urgiendo a las Comisiones Provinciales a realizar este trabajo.
^^ Los datos sobre esta Comisión Central proceden de Caveda, J., Memorias para la historia de la Real El Reglamento de actuación de las Comisiones data del 24 de noviembre de 1865 ^^ y algunas de sus proposiciones se recogerán más tarde en el R. D. del 11 de agosto de 1918 ^^, que las reorganizará.
El primer Reglamento está redactado de común acuerdo por las Reales Academias de la Historia y de San Fernando.
Las disposiciones contemplan que sus miembros sean los académicos correspondientes de ambas Academias, siendo su presidente el Gobernador provincial y vinculando así el poder ejecutivo político provincial a la actuación sobre el Patrimonio ^^ Se definen las tareas de las Comisiones, sus iniciativas y sus relaciones con las Academias.
Se les encomienda el control para la vigilancia e inspección de los Museos provinciales y la competencia para nombrar a sus conservadores.
Las Academias, por su parte, facilitan los informes sobre las ruinas y los monumentos artísticos (cf. glosario), correspondiendo, salvo 59 Caveda, cit. (n.
58), por el contrario, interpreta esta información como la concesión de una mayor autonomía a las Comisiones Provinciales.
^' Hubo otra reorganización en 1882 que no supuso un gran cambio de directrices en la política y actuación de estas corporaciones.
^^ Estas Comisiones se refunden, años más tarde, en los Patronatos Provinciales de Fomento de Archivos, Bibliotecas y Museos y de Conservación de Monumentos por Decreto del 8 de mayo de 1961, art. 9.4.
^^ El cargo de vicepresidente lo ocupa el académico más antiguo, y el de secretario el más moderno.
Se fija en dos el número mínimo y en cinco el máximo de correspondientes de cada Academia que pueden entrar en cada Comisión.
Se designan como vocales al arquitecto provincial (cuyo papel en la realización de planos precisos será fundamental para la arqueología), nombrado por la Academia de San Fernando, al inspector de antigüedades en la provincia donde exista este puesto y al Jefe de la Sección de Fomento.
Dos años después de su creación, se agregan a las Comisiones Provinciales los jefes superiores de las Bibliotecas y Archivos (R.O. del 17 de abril de 1867).
excepciones, a la de la Historia los primeros, y a la de San Femando los segundos.
En la segunda mitad del s. xix, la documentación de la Academia de la Historia recoge básicamente dos cuestiones sobre este tema: la preocupación por la venta y demolición de edificios históricos sin previa consulta a organismos o personas competentes en la materia, y, en segundo lugar, ante problemas de competencias y de actuaciones indebidas, la reiterada llamada al cumplimiento de las disposiciones del Reglamento de 1865.
En la Gaceta del 18 de noviembre de 1868 [9-7982-93], Sagasta (recién nombrado ministro de Gobernación) contextualiza estos problemas en la situación política del momento.
En pleno período post-revolucionario, incita al gobierno a preservar los monumentos artísticos (edificios) incautados en la desamortización y a no destruirlos sin que medie un expediente realizado por un organismo competente ^4.
La situación incontrolada expuesta por Sagasta persiste en 1871, cuando las Academias vuelven a solicitar que se exceptúen de la venta algunos edificios por su carácter monumental ^^.
En este sentido, un escrito [9-7982-61] de la Academia de Bellas Artes de San Fernando (1873) ofrece un listado de edificios de diversas provincias que corren el peligro de ser demolidos ^^.
La situación parece ser un tanto caótica no sólo por la importancia de algunos de estos edificios sino porque algunas de las demoliciones ya efectuadas se realizaron con el beneplácito de los ayuntamientos o de las diputaciones provinciales, en teoría encargados por ley de su conservación.
Precisamente el tema de algunos documentos es la definición de competencias de las instituciones (Comisiones Provinciales de Monumentos y Acade-^^ Ya en 1862 tenemos un ejemplo de esta situación en un informe que Manuel de Góngora envía a la Real Academia sobre el peligro de destrucción que corre la alcazaba de Guadix: «fiel interprete de los dignos sentimientos del Excmo.
Sr. Gobernador de la provincia y del espíritu con que ha sido dictada la honrosa comisión que ha dado origen a este informe, mande suspender totalmente el derribo y excavaciones de la Alcazaba; pues así se logrará conservar un monumento capaz de llamar la atención de los hombres ilustrados».
^^ Oficio del 25 de septiembre de 1871, de la Dirección General de Instrucción Pública al Ministro de Hacienda, enviado a la Real Academia de la Historia para su información [9-7982-56].
^^ Se comenta en este oficio cómo en Sevilla han desaparecido las murallas y las puertas de Triana y de San Fernando, y cómo «se pensó sin escrúpulo [...] en derribar la iglesia de San Esteban y hasta la bellísima y característica Torre del Oro.
Este tipo de desmanes se constatan en diferentes puntos de la geografía española: Barcelona, Madrid, Valladolid». mia de la Historia).
En uno de ellos la Comisión Mixta ^'', organizadora de las Comisiones Provinciales, escribe a las Academias quejándose de los indebidos nombramientos de cronistas e inspectores de antigüedades realizados por las Diputaciones provinciales y por el Gobierno, a quienes no corresponde esta tarea.
Estos nombramientos perjudican la labor administrativa y científica de las Comisiones, desorganizando su estructura.
El mismo caso se plantea al año siguiente, en 1876, con la designación de Raimundo Pérez Villaamil como Inspector de Antigüedades de las provincias de León y Falencia [9-7982-52].
Aunque en este segundo caso es la Academia de la Historia quien arguye los mismos perjuicios anteriores: «se mezclan e intrusan en las atribuciones privativas de las Comisiones Provinciales».
La solución que de manera reiterada ofrecen en ambos casos la Comisión Mixta y la Academia de la Historia es el cumplimiento de la normativa de 1865.
Esta actitud de protesta de las Academias refleja, por una parte, su interés porque las Comisiones Provinciales cumplan las disposiciones del Reglamento siempre bajo su supervisión y, por otra, el intento de no perder competencias en la cuestión de los bienes del Patrimonio.
Un ejemplo de esta situación se manifiesta claramente en el rechazo de la Academia de la Historia ante la solicitud de la inspección de las antigüedades de España por parte de la Academia Española de Arqueología (creada por R. O. del 5 de abril de 1844).
Un informe gubernativo critica la «suspicacia y celos» de la Academia y le reprocha sus «pocas señales de vida y menos deseos de organizarse....
Adolece de todos los achaques de la vejez...»^^.
Este mismo panorama problemático continúa en la década de los ochenta.
En una circular [9-7982-108] del 12 de marzo de 1883 dirigida al «señor Gobernador Presidente de las Comisiones Provinciales de Monumentos», se alaba, por parte de la Academia, la labor realizada por las Comisiones, pero de forma sutil se informa a éstas que no deben olvidar enviar sus informes a la Academia.
Esta institución sigue recordándoles quién es la coordinadora.
Reiteradamente, diez años más tarde (15 de mayo de 1890) la Academia envía una circular [9-7981-28] sobre un problema de organización in-terna: los gobernadores provinciales deben realizar sus reuniones de manera regular.
Todas estas cuestiones apuntan de nuevo a que la Academia de la Historia no quiere perder la supervisión y coordinación de los trabajos de las Comisiones.
Por ello intenta, a través de la solicitud de protección real y del cumplimiento del Reglamento, mantener el orden adecuado a sus intereses.
A partir de la segunda mitad de siglo la documentación constata el interés de burgueses e intelectuales, con recursos económicos y acreditada afición a las antigüedades, por formar o acrecentar sus colecciones.
Con este fin solicitan permiso al Ministerio de Fomento, a través de la Dirección General de Instrucción Pública, para realizar excavaciones en terrenos propios o ajenos.
El Ministerio pide opinión sobre estas solicitudes a la Academia, institución que nombrará una comisión a tal efecto.
Entre las peticiones conservadas [9-7981-18] hay una de Jorge Loring, de Málaga ^^ (21 de mayo de 1858), que pretende «se declaren de su propiedad todas las antigüedades que descubra u obtenga en las excavaciones o investigaciones que practique en la provincia de Málaga, ya sea en terrenos valdíos o realengos, ya en campos o edificios particulares, indemnizando previamente a los dueños las cantidades que estos les exijan».
Otro particular, Julián Díaz Roldan, pide autorización al Gobierno el 11 de octubre de 1856 «para constituir una sociedad con objeto de hacer excavaciones en las ruinas de las provincias de Andalucía [...] y se obligaba a la sociedad a formar un museo de antigüedades para el Estado bajo la inspección o vigilancia de nuestra Academia, comprometiéndose a ejecutar las obras bajo la dirección del Arquitecto que designase [la Real Academia de la Historia]».
Antonio Bori, por su parte, solicita del Ayuntamiento de Cullerà (Valencia) que le permita hacer excavaciones en su castillo «con objeto de hallar antigüedades».
Asimismo, varios son los informes de Manuel de Góngora (1862), entonces Inspec-^^ La Comisión Mixta emite este comunicado [9-7982-52] el 23 de junio de 1875, como respuesta al nombramiento de Mariano Vergara como cronista de las provincias de Murcia y Albacete.
^^ Cit. en Luzon Nogué, J. M., La Real Academia de Arqueología y Geografía del Príncipe Alfonso, en De Gabinete a Museo.
Tres siglos de Historia.
Madrid, 1993, 273. ^^ Jorge Loring era un rico hombre de negocios muy relacionado con el círculo erudito de Andalucía (Rodríguez de Berlanga, hermanos Oliver).
A principios de los años 50 empieza a formar un museo de antigüedades en su finca malagueña de «La Concepción», con piezas tan importantes como la colección de escultura e inscripciones del erudito cordobés Pedro Leonardo de Villacevallos, los bronces de Osuna, Malaca y Salpensa, el mosaico de los doce trabajos de Hércules de Cártama, etc.: cf. M. Rodríguez de Berlanga, Catálogo del Museo de los Excelentísimos Señores Marqueses de Casa-Loring, Málaga, 1903(hay ed. facsímil, Málaga, 1995).
AEspA, 69, 1996 tor de antigüedades de las provincias de Granada y Jaén, relativos a la petición dirigida al ayuntamiento de Galera por Manuel Romero Ortiz para excavar en los terrenos de aquella población.
No hemos encontrado testimonios de la concesión o denegación de permisos en los casos mencionados ^°.
Como respuesta a estas solicitudes, que reflejan unos nuevos intereses sociales, la Academia de la Historia [9-7981-18] crea una comisión a ñnes de los años 50 ^^ para elaborar los antecedentes de la ley sobre descubrimientos de antigüedades.
En un escrito de 22 de julio de 1862 [9-7981-19], la Dirección General de Instrucción Pública ^^ recuerda al director de la Academia que debe realizar el mencionado informe, teniendo en cuenta «las diversas disposiciones legales que han regido en la materia, el derecho que a tales objetos pueda tener el Estado, lo mucho que interesa su reunión y conservación al instituto de las Reales Academias y al lustre y gloria de la Patria».
El 6 de mayo de 1868, la Comisión de la Academia que trabaja en la preparación del proyecto de ley de excavaciones y antigüedades expone [9-7982-59] al Gobierno lo siguiente: a) Que se debe formar un plan general de excavaciones e «introducir [...] cierta regularidad en el movimiento».
b) Que toda excavación hecha por individuos «sin la debida preparación» puede ser nociva.
Para evitar estos inconvenientes, la Comisión insiste en que se cumplan todas las disposiciones del Reglamento de las Comisiones Provinciales del año 1865. c) Reitera que la base de este plan sea el inventario de yacimientos o «verdadera estadística de los sitios» (según el párrafo 2° del art. 28 del Reglamento), pendiente todavía de realización.
Dicha estadística constituía uno de los objetivos científicos prioritarios de las Comisiones de Monu-^° Sobre la solicitud de permisos de excavación continuamos encontrando documentación en las décadas posteriores.
Así, en un informe [9-7981-18] del 29 de septiembre de 1871, la comisión de antigüedades de la Academia manifiesta al ministro de Fomento que «es indispensable y a la vez difícil conciliar el interés nacional con el individual», aconsejando la denegación de los permisos solicitados.
Este es el último documento que encontramos referente a excavaciones, antes de la tan esperada Ley de 1911.
^' Integrada por los académicos Pedro Sabau, Antonio Cavanilles, Pascual Gayangos, Antonio Delgado, José Caveda, José Amador de los Ríos, Salustiano de Olózaga y Aureliano Fernández Guerra.
La Academia elige a Pedro Gómez de la Serna.
Recordemos que su misión era supervisar de manera directa el devenir de los bienes eclesiásticos después de la desamortización.
Sin embargo, con el paso del tiempo este objetivo se había ampliado, al englobar los objetos de las excavaciones y las antigüedades''^ Así pues, ese pretendido plan de excavaciones, apunta la Comisión, no se puede realizar por falta de información definida sobre los lugares concretos.
La Academia es consciente en este momento de que, salvo contadas excepciones, las Comisiones no están cumpliendo su trabajo.
Pero sabe muy bien, y así lo expone, que existen problemas de organización, de infraestructura y de legislación que hacen inviable la realización del tan deseado proyecto, solicitado reiteradamente por el Ministerio.
La Comisión de Antigüedades de la Academia propone como solución a la propia cuestión científica, ofrecer a modo de acicate premios y recompensas a las Comisiones Provinciales que realicen su trabajo.
Y, al mismo tiempo, señala como responsable de las deficiencias de las Comisiones Provinciales al gobernador provincial, que es el presidente de las mismas.
El es quien directamente debe impedir que los particulares hagan excavaciones sin autorización del Estado (y con informe previo de la Academia).
Parece un claro intento, por parte de la Academia, de inhibirse, de hacer recaer todo el peso de la responsabilidad en el presidente de las Comisiones y en su ineficacia para hacer cumplir lo estipulado en el Reglamento de 1865.
Estas deficiencias de las Comisiones continúan durante los primeros años del siglo xx: una Orden del 1 de junio de 1900 insiste en la realización del inventario artístico de España'^^.
La falta de medios humanos y económicos ^^, unida a la ^^ Para intentar tener información directa de las propias Comisiones Provinciales, se envían las Circulares de la Dirección General de Instrucción Pública y de la Academia sobre Catálogos de los despoblados donde pueden hacerse excavaciones [9-7982-110], solicitando esta información.
A esta circular sólo contestan en 1869 las Comisiones de Badajoz, Baleares, Burgos, Cáceres, Castellón, Cuenca, Granada, Lérida, Orense y Tarragona.
^^ Conocemos dos solicitudes sobre el tema de las subvenciones para los trabajos de excavación.
La primera [9-7955-28] es la dirigida por J. Amador de los Ríos, presidente en 1875 de la Comisión de Antigüedades de la Academia, a la Diputación Provincial de Granada para que contribuya con 2.000 ptas. anuales a las excavaciones de Atarfe.
La segunda [9-7947-55], de fecha 28 de febrero de 1880, del presidente de la Comisión Provincial de Burgos al director de la Real Academia, informa que la Diputación provincial también ofrece 2.000 ptas. para hacer excavaciones en Clunia.
Además, hay varias cartas solicitando la intercesión de la Academia ante el Ministerio de Fomento para conseguir de éste más fondos destinados a las excavaciones.
Es evidente, pues, el vacío legislativo sobre la cuestión de excavaciones, antigüedades y objetos, expresado conscientemente por la misma Real Academia de la Historia [9-7981-18]: «no tenemos ley suficiente que fije las reglas y declare [...] cuando y en que forma y con que indemnización haya de poderse entrar con objeto de investigar antigüedades en la propiedad agena, ya pública o del Estado, ya particular [...] ni tampoco ley que fije el destino que hayan de tener muchos de los objetos que puedan hallarse en tales investigaciones y sean dignos por su importancia de conservarse en los museos nacionales para la gloria del pais y los progresos de las ciencias».
Tras la creación de los museos arqueológicos provinciales (R.D. 20-3-1867), la Dirección General de Instrucción Pública insta, en varios escritos, al envío de los materiales que se descubran a estos museos o al Museo Arqueológico Nacional.
En uno de ellos [9-7955-28], de 1875, dirigido al gobernador de Granada (presidente de la Comisión Provincial), se comunica que los materiales procedentes de las excavaciones de Atarfe (Granada) deben pasar al museo de antigüedades'^^.
En otro [9-7982-59], la Dirección General envía a la Academia copia de la circular dirigida a los Directores Generales de Obras Públicas y Agricultura, Industria y Comercio (1868), informando que deben considerar «propiedad del Estado» los materiales documentados en las obras públicas realizadas por el Ministerio y las empresas particulares ^^.
Estos objetos deben remitirse «directamente al Museo Arqueológico Nacional».
Otra cuestión acuciante en este momento para la Academia es la libre exportación de objetos, como lo demuestra un oficio [9-7981-28] de 1893, por el que su director informa al académico p.
Fidel Fita de su nombramiento como presidente de una comisión ^^ que debe solicitar del gobierno medidas para impedir la extracción de objetos de arte.
La responsabilidad de la Academia pasaba también por emitir informes acerca de las compras efectuadas por el Estado.
Así ocurre en el caso de la cueva de Menga, el Director General de Instrucción Pública a la Academia de la Historia en 1886.
La compra se lleva a cabo después de los informes favorables de las Academias de la Historia y de San Femando''^.
Los Museos Provinciales y el Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia
El origen de los Museos Provinciales va unido a la creación y reorganización sucesiva de las Comisiones Provinciales de Monumentos.
Aquéllos nacen administrativamente con el Museo Arqueológico Nacional, mediante R.D. de Isabel II de 20 de marzo de 1867.
Estas instituciones, además del avance científico que suponen, introducen una nueva perspectiva y unos nuevos objetivos con respecto a los materiales ^°.
Ahora, las antigüedades no están sólo en los gabinetes de eruditos y coleccionistas, sino que amplían su repercusión al público en general ^^ La idea de «utilidad», unida al término antigüedades, adquiere una nueva dimensión, en cuanto que a partir de este momento va unida a la enseñanza y la divulgación.
A modo de ejemplo hemos recogido información relativa al Museo Arqueológico de Tarragona, el más antiguo de España como museo específico de arqueología.
Sus antecedentes se encuentran en la Sociedad Arqueológica Tarraconense.
El Reglamento data del 6 de octubre de 1844 y su primer artículo no deja duda acerca de sus objetivos: «el principal objeto de esta sociedad es reunir en el Museo todo el número posible de fragmentos, monedas, medallas y demás documentos históricos, dignos de aprecio hallados en esta Provincia, bien pertenezcan a la antigüedad ó bien á la edad media; atender á su conservación y fomento, y propagar en la juventud, por todos los medios que estén á su alcance, la afición al estudio de nuestras antigüedades, que, cual luminosa antorcha, nos descubren la civilización de nuestros antepasados y las glorias de nuestro privilegiado país»^^.
^^ Como las compañías de ferrocarriles -Jorge Loring estuvo vinculado a algunas de ellas-, y las sociedades mineras, caso de los hermanos Siret.
^^ Formada por Juan Facundo Riaño y Juan de Dios de la Rada y Delgado.
^^ La comisión compuesta por Rada y Delgado, Eduardo Saavedra y Manuel Cañete estima aceptable la cantidad de 25.000 ptas. pedida por el dueño.
^° Se conceptúa el Museo como globalidad, como recinto donde se guardan diferentes tipos de documentos.
^' El precedente son los museos de arte: el Museo del Prado se funda por iniciativa real en 1819 (aunque los cuadros seguirán siendo propiedad de la corona al menos durante todo el reinado de Isabel II; en 1872 se lleva a cabo la fusión del Prado con el Museo Nacional de la Trinidad).
En general, este tipo de Sociedades, y así parece desprenderse del estudio de la que aquí nos ocupa, entablan en algún momento rivalidad con la Comisión de Monumentos de su provincia: cf. Ferrer i Bosch, M. A., et alii, CLAnys de la Reial Societat Arqueológica Tarraconense, Tarragona, 1994, 113 y 350 (Reglamento).
AEspA, 69, 1996 través de la práctica una idea tradicional como es la de ilustrar el pasado de la nación.
En este sentido la principal preocupación de la Sociedad es mostrar ^^ las antigüedades y enseñar a través de ellas ^'^.
La irrupción de los museos en el ámbito arqueológico podía representar para la Academia de la Historia una pérdida de competencias.
Sin embargo, como institución real, la monarquía parece siempre dispuesta a apoyarla.
Así se observa en el escrito [9-7982-59] del mes de julio de 1867, enviado por el Director de Instrucción Pública al Director de la Academia.
En él se explicita el apoyo de la Reina a esta institución una vez creados los Museos arqueológicos.
Según el primero, «El Estado y en su nombre el Ministro de Fomento, se incautará de todos los Archivos, Bibliotecas, gabinetes y demás colecciones [que] estén a cargo de las catedrales, cabildos, monasterios ú ordenes militares».
El segundo artículo dice que «esta riqueza será considerada como nacional y puesta al servicio público [...]
Comisionados los individuos del cuerpo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios».
Recordemos que tras la revolución de 1868 se aprovecha este momento de auge del liberalismo para promulgar una serie de medidas tendentes a la nacionalización del patrimonio ^^; de ahí, quizás, la indicación de nacional y público para designar las riquezas patrimoniales.
Este documento de 1869 debe relacionarse con la política de alternancia entre gobiernos liberales y conservadores, y sus respectivas actitudes ante la Iglesia.
Dichas relaciones determinan avances y retrocesos en el derecho de adquisición y propiedad de bienes por parte de la Iglesia ^^.
Así, durante el bienio progresista de 1854-1856 se promulga la llamada segunda desamortización (ley ^^ Real Sociedad Arqueológica Tarraconense, Reglamento reformado de la Sociedad Arqueológica Tarraconense, Boletín Arqueológico, 1, t.
1, 1901, 6: «los restos antiguos [...] constituyen un manantial de prosperidad [...] para que la corriente excursionista vaya cada dia en aumento [...] vienen a honrar el suelo de Tarragona desde las orillas del Támesis, del Rhin, del Danubio, del Sena o de otros puntos de Europa».
83), 4: «Para la enseñanza histórica de los pueblos, ningún medio existe más apropiado que la realidad práctica, y esta se obtiene [...] recorriendo y estudiando aquellas estanterías».
^^ Por ejemplo, en este momento se propone también la creación de un Gran Museo Nacional con los fondos del Museo de la Trinidad, la Academia de San Fernando, Palacio, Reales Sitios y una selección de iglesias, cf. Navarrete, cit. (n.
Cuenca Toribio, J. M., Iglesia y poder político, Historia de España, cit. (n.
XXXIV, 595 ss. de 25 de abril de 1855)^^, que en su art. I «preveía la puesta en venta de toda clase de propiedades rústicas y urbanas, censos y foros, pertenecientes al Estado, al clero, a las órdenes militares de Santiago, Alcántara, Calatrava, Montesa y San Juan de Jerusalén, a cofradías, obras pías y secretarios, a los bienes procedentes del secuestro de los del infante D. Carlos, a los propios y comunes de los pueblos, a la beneficencia, a la instrucción pública y cualesquiera otros bienes pertenecientes a manos muertas».
Las consecuencias de estas medidas debieron ser mucho más graves que las de la desamortización eclesiástica anterior ^^; sin embargo, sus repercusiones patrimoniales no han sido todavía debidamente analizadas.
En otra dimensión debemos ubicar el origen y la funcionalidad del llamado Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia.
Tiene un carácter restringido, para especialistas o interesados en el material que guarda.
En la consolidación de esta colección influye de manera directa la aparición en 1763 del cargo académico de Anticuario como encargado de su mantenimiento, al que se le pide en concreto conocimientos específicos de numismática.
El conjunto se compone de materiales muy diversos aportados a través de donaciones -en algunos casos de ingenieros, que los hallaban al hacer obras-y compras -como es el caso ya mencionado del disco de Teodosio.
No podemos efectuar una valoración global de los objetos del Gabinete porque no hay un inventario actualizado.
El único catálogo existente es el del anticuario Juan Catalina García y López, titulado Inventario de las antigüedades y objetos de arte que posee la Real Academia de la Historia (Madrid, 1903)^^.
En él no se incluyen ni el monetario ni la epigrafía, que según el autor merecen catálogos específicos: en efecto, debemos destacar la importancia del monetario (cerca de 12.000 monedas) ^°.
De la variedad del material nos da cuenta la mayoría de los expedientes relativos al Gabinete centrados en la segunda ^^ Esta ley fue preparada por Pascual Madoz, ministro de Hacienda, de acuerdo con una comisión parlamentaria.
87), 149. ^^ Las piezas están catalogadas en cinco epígrafes: 1.-Civilizaciones primitivas (arte prerromano y objetos indefinidos) 2.-Pueblos orientales (Egipto, Asiria y Fenicia) 3.-Antigüedades americanas (incluye las islas Canarias) 4.-Civilización clásica (arte hispanorromano e imitaciones clásicas.
Incluye objetos medievales y de época moderna) 5.-Civilización arábiga.
La colección de Pascual Gayangos, donada por sus herederos a la Academia y dispuesta en una vitrina especial, está clasificada bajo los mismos criterios.''''
En esta época (1833-1911) la actuación de la Academia de la Historia alcanza una amplia pluralidad de competencias que la institución no quiere perder.
Hay constantes reiteraciones, por parte del Ministerio de Fomento, para que la Academia elabore un Proyecto de Ley de Antigüedades.
En el documento [9-7982-59] la Academia se excusa argumentando un estadio científico inadecuado para la redacción de este Proyecto.
La veracidad de los argumentos presentados no es óbice para la que consideramos razón principal de su ineficacia: la Academia no asume responsibilidades porque no le interesa, no quiere ser independiente; es una institución acostumbrada a funcionar bajo la protección del poder político (sea el rey o el gobierno constitucional) desde el momento mismo de su creación.
Así parece entenderse cuando en ese mismo documento se incita al Gobierno a participar directamente en la elaboración de la Ley solicitada.
Propio del siglo xix es el papel relevante de los objetos, de la ya tradicional petición de que no salgan del país y se reúnan en los Museos; es una idea relacionada en la segunda mitad de siglo con la R.O. de 1867 que crea el Museo Arqueológico Nacional y los Museos Provinciales.
La veneración hacia los objetos parece ser más importante, para la Academia, que las propias excavaciones.
De hecho, los únicos documentos relativos a excavaciones que hemos encontrado en sus archivos son solicitudes realizadas por particulares.
Como hemos visto, los instrumentos directos de actuación para el Patrimonio, creados por R.O. de 1844, son las Comisiones Provinciales de Monumentos, supervisadas por las Reales Academias de la Historia y de San Fernando.
El desacuerdo entre teoría y práctica vuelve, de nuevo, a mostrarse.
Según la documentación, la falta de coordinación entre la Academia y las Comisiones, así como el creciente poder de la administración provincial (recordemos que los presidentes de las Comisiones son los gobernadores provinciales), son factores que conducen a la degeneración del proceso previsto y a que estas Comisiones usurpen competencias que estaban reglamentadas como propias de la Academia.
Si a estos problemas institucionales unimos otras carencias (pésima infraestructura, legislación ambigua, escasez de recursos) desembocamos en un siglo XX donde los resultados, en muchos casos desiguales y negativos, comportarán una reorganización en la labor de las Comisiones.
Finalmente, algunos aspectos legislativos de los documentos analizados en esta segunda mitad del siglo XIX [9-7981-18; 9-7982-59] tratan aspectos esenciales que después recogerá la Ley de 1911, como el problema de la propiedad y destino de los objetos hallados, y la concesión de permisos de excavación.
AEspA, 69, 1996 Fig. 4.-El R. D. de 1° de junio de 1847 reorganiza las Reales Academias entonces existentes (Española, Historia, Bellas Artes y Ciencias) creando una «medalla distintiva para los Académicos numerarios, según un modelo idéntico para todas ellas, diferenciándose tan sólo las de unas y otras de estas corporaciones en el emblema central y en el lema del exergo».
El 4 de agosto de 1848 se elige el definitivo, que desde entonces constituye el emblema de la Corporación con la leyenda: Nox -Fugit Historiae -Lumen -Dum -Fulget -Iberis (Anuario, 167). misión de Granada, problemas que deben ser comunes a la mayor parte de las comisiones provinciales: escasez de fondos, falta de apoyo de las autoridades y corporaciones locales y provinciales, y sucesivas disposiciones que merman o ponen en duda las atribuciones de las Comisiones para traspasarlas a individuos que forman parte de las mismas ^^ En definitiva, los problemas siguen siendo básicamente los mismos que en la etapa anterior.
Un segundo tema es la intervención de la Universidad en el ámbito arqueológico.
De 15 de mayo de 1930 data un Proyecto de Decreto [9-7982-80] firmado por el entonces ministro de Instrucción Pública Elias Tormo, titulado Real Decreto relativo a la continuación y mejora del inventario monumental de España, encomendándolo a los Laboratorios de Arqueología e Historia del Arte de la Universidad ^^.
El escrito transmite el fracaso parcial de los sucesivos R.D. (1 de junio de 1900 y 14 de febrero de 1902) promulgados para realizar «el total inventario de nuestra riqueza arqueológica, arquitectónica, artística y de artes industriales», si bien reconoce que se han publicado algunos tomos, «obra personal de los Profesores universitarios M. Gómez Moreno y J. R. Mélida»^^ Y, expone, como cambio importante en la organización de las Comisiones Provinciales, la sustitución de la Comisión Mixta por la Comisión Revisora ^^ (R. D. del 24 de febrero de 1922), cuyo fin era evaluar los catálogos realizados por las diferentes Comisiones para determinar si eran «aprovechables».
El informe emitido por la Comisión Revisora con fecha 11 de octubre de 1929 califica de inaprovechables varios de estos catálogos, por lo que es necesario realizar nuevos trabajos con verdaderos especialistas, «jóvenes [...] de las nuevas orientaciones arqueológicas e históricas de los que se están formando para el Profesorado y para los Museos», bajo la dirección de alguno de los «Maestros».
La Comisión Revisora aconseja, para coordinar el trabajo con la Universidad, que la distribución de tareas se realice no siempre por provincias sino por especialidades, como las de Prehistoria o Arte Medieval, de la misma forma que se hace en los laboratorios de las facultades universitarias.
Esta relación Universidad-Academia es el resultado de un proceso que se viene gestando desde mediados del s. xix y en el que participan diversas instituciones.
En este sentido la Academia promueve la fundación de la Escuela Superior de Diplomática (ESD) en 1856 con el fin de formar funcionarios especializados en la recuperación y custodia de las antigüedades y la organización del Patrimonio artístico del país.
La ESD, que imparte epigrafía, numismática y «elementos de arqueología», va a ser la encargada de formar a los funcionarios integrados, desde 1858 en el Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios.
La ESD desaparece en 1900, siendo absorbidas sus disciplinas por la primera cátedra de Arqueología creada en la Uni-^' Un problema añadido en el último tercio del s. XIX es la fundación de patronatos y comisiones especiales desligados de las Comisiones Monumentales, como es el caso de la Alhambra [9-7955-24].
^^ Se publica en la Gaceta de 16 de mayo.
Según este documento, una primera edición del inventario por regiones se llamó Recuerdos y bellezas de España (obra editada por el dibujante y litógrafo F. J. Parcerisa; el primer tomo aparece en 1839 y la obra se interrumpe en 1872); la segunda edición, ya completa, fue España, sus Monumentos y Artes, su Naturaleza e Historia (reimpresión con adiciones de la obra anterior, Barcelona, 1884).
Sobre estas obras véase Mora, G. La Arqueología en las revistas de arte del s. XIX en VII Jornadas de Arte, Madrid, 1995, 168 versidad Central.
Durante todo este proceso, y también posteriormente, se establece un trasvase continuo de miembros de estas instituciones ^^.
La enseñanza de la Arqueología se concibe primordialmente a través del documento arqueológico: por decreto del 25 de octubre de 1901, los museos arqueológicos servirán para impartir las clases prácticas de diversas asignaturas universitarias ^^.
También la Academia hace suyo el interés por la enseñanza y difusión a través del documento arqueológico: es necesario mostrar al público los hallazgos del pasado.
En este sentido una Orden de 1935 del Ministro de Instrucción Pública [9-7981-34], transmitida a través de la Dirección General de Bellas Artes (Sección del Tesoro Artístico), implica a la Academia de la Historia en la identificación de los monumentos histórico-artísticos que se encuentran sin inscripción ni referencia «que dé a conocer al público su denominación, significación y estilo».
La redacción del texto se encomienda a la Academia de la Historia ^^, a la de San Fernando los dibujos y colores, y de la ejecución de las placas se encarga la Escuela Nacional de Cerámica.
En síntesis, los aspectos más destacados de este R.D. son: la sustitución de la Comisión Mixta por la Revisora para reelaborar el inventario general de los Monumentos Históricos y Artísticos del Reino y la intervención de la Universidad en estos trabajos a través del Laboratorio o Instituto de Historia del Arte y Arqueología de la Universidad de Madrid. sobre estos hallazgos al presidente de la Comisión Provincial de Granada.
El presidente (8 de junio de 1929) contesta que se trata de restos «de gran valor arqueológico» [sepulcros en cista de época argárica y restos de construcciones junto con cerámica].
Anteriormente, había excavado allí Cayetano de Mergelina, quien contaba con el beneplácito de la Comisión, pero por R.O. de febrero el permiso se concede a A. Valenzuela «el cual, falto de todo criterio cientifico, está ocasionando daños irreparables a la Arqueología española, por lo que es de desear que se anule lo antes posible la concesión», según la Comisión.
Un escrito del 27 de diciembre de 1929 firmado por la Comisión de Monumentos granadina concreta: «las excavaciones se están practicando sin criterio cientifico y no se atiende con el debido celo a la conservación de los restos monumentales».
Aquí tenemos un claro ejemplo de la falta de efectividad de la Comisión, en cuanto que no puede impedir los trabajos de excavación realizados por un particular que ha logrado, pese a su falta de cualificación profesional, permiso del Gobierno mediante una R.O. Existen, por tanto, tensiones sobre quién debe otorgar los permisos de excavación y quiénes están capacitados para desarrollar ese trabajo.
Entre las competencias que todavía conserva la Academia se encuentra su antigua función de emitir informes.
Así, encontramos una nota manuscrita [9-7955-66] de Antonio Vives firmada el 22 de octubre de 1920 como respuesta (positiva) al informe que le ha encomendado el Director de la Academia acerca del expediente de adquisición de las antigüedades de M. Gómez Moreno con destino al Museo de Granada.
Es una colección valorada por el Director del Museo Arqueológico Nacional en 5.585 ptas., según informe confirmado por la Junta Facultativa de Archivos, Bibliotecas y Museos.
Hay otros expedientes de compra, como el informe del numerario José Ramón Mélida [9-7955-68] sobre la adquisición de un mosaico ofrecido en venta por un particular en 1924.
En definitiva, estos casos muestran cómo la Real Academia dictamina, afirmativa o negativamente, sobre las antigüedades en venta, por encargo del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (Dirección General de Bellas Artes), y teniendo en cuenta los informes previos de la Junta Facultativa y del Director del Museo Arqueológico correspondiente.
En líneas generales, podríamos decir que ésta es una etapa importantísima para la consolidación de la normativa sobre el Patrimonio marcada por dos Hemos intentado plasmar las reflexiones sobre cada fase al final del apartado correspondiente.
Por ello, el objetivo de esta síntesis será simplemente presentar aquellos puntos que nos parecen de interesante comentario y replantear la que se considera tesis tradicional sobre la actuación de la Real Academia de la Historia preferentemente en la segunda mitad del siglo pasado, tesis que mantiene la idea de decadencia de esta institución en dicha época.
El objetivo de la Real Academia de la Historia, en sus orígenes, fue la elaboración de una Historia Nacional basada en la «crítica» a los falsos cronicones y que realzara las «Glorias de la Nación».
Este deseo impulsaría la que, en teoría, debía ser la gran obra de esta institución, su Diccionario Histórico-Geográfico.
Es fundamental para su realización la recopilación de objetos y vestigios [ruinas] de épocas pasadas y, precisamente ahora, el dato arqueológico, como fuente documental fidedigna, tendrá la importante misión de afirmar o negar los llamados falsos cronicones.
Partiendo de estas premisas, en la segunda mitad del s. xviii comienza la difícil andadura del conocimiento relativo a la Arqueología (cf. Glosario).
En esta primera fase, el interés estriba en la recopilación de la documentación, realizada a tra^ vés de la Academia y apoyada o a veces promovida por iniciativa real.
Durante los siglos xviii y xix la constante relación entre monarquía/ministerios (de Fomento y de Instrucción Pública) y Academia, definen a esta úl-tima como supervisora «oficial» del engranaje que se va fraguando para desembocar en la Ley de 1911.
A pesar de esta protección, la Academia no gozó de una economía boyante.
Su escaso presupuesto le dificultaría en ocasiones incluso la publicación de sus obras, objetivo principal de su labor científica.
La importancia de controlar y proteger los bienes procedentes de la desamortización, por un lado, y la necesidad, por parte de la Academia, de contar con vigilantes directos en el terreno, llevan a la creación de las Comisiones Provinciales de Monumentos (1844), órganos regidos por las Reales Academias.
Estas nuevas exigencias cristalizan en la necesidad de un proyecto de ley de excavaciones y antigüedades, solicitado por el Gobierno a la Academia, para legislar sobre quiénes, cómo y de qué manera se deben hacer las excavaciones, perfilando cuál debe ser la actuación del Estado y de los particulares en este aspecto.
La respuesta ambigua de la Academia significa la ocasión perdida, por parte de la institución, de tomar las riendas de una directa intervención sobre el Patrimonio.
Quizás esta postura responda a una falta de madurez, o quizás sea una actitud cómoda de no aceptación de responsabilidades por miedo a la pérdida de protección del poder político.
No olvidemos que muchos de sus individuos son prestigiosos políticos e intelectuales que, tal vez, prefieren no intervenir directamente en situaciones comprometidas que puedan perjudicar su carrera política.
Las ruinas y los objetos desfilan ante la Real Academia de la Historia a través de los informes.
El papel de ésta se limita a una primaria «arqueología de gestión», sin «gestionar» directamente el Patrimonio.
Así, no acaba de coordinar la preparación de la legislación que se le demanda y a su función de recopiladora de documentación (escrita y arqueológica) hay que unir la tarea de emisión de informes para el Gobierno.
A lo largo del discurso hemos intentado mostrar que el proceso evolutivo de la actuación de la Academia de la Historia no fue lineal, sino que ha estado supeditado, a causa de sus mismos orígenes, a los movimientos desiguales del poder político.
Pese a todos los condicionantes internos y externos que han marcado su trayectoria, consideramos que existen unos aspectos fundamentales en su desarrollo que han determinado el proceso de conformación del Patrimonio Histórico español.
En primer lugar, habría que destacar que en el amplio período tratado la Academia es el centro neurálgico de la erudición histórico-arqueológica.
No sólo controla la información propiamente científica, sino que además, como se deduce de la docu-mentación analizada, dirime las cuestiones administrativas.
Está presente en los orígenes de los procesos legislativos y de divulgación del Patrimonio arqueológico, aunque después estas actividades se canalizarán a través de otras instituciones.
Para terminar, no podemos olvidar que esta incorporación, como el resto de las Academias, otorga a sus miembros un notable prestigio social e intelectual, a pesar de que sus prerrogativas sean hoy meramente honoríficas.
Pese a las insalvables limitaciones expuestas en la introducción de este trabajo, nos sentiremos complacidas si al final del discurso hemos logrado aproximamos a la realidad histórica de una institución cuyo papel queda, a veces, un poco olvidado.
Este era nuestro objetivo primordial.
SIGLO XVIII * Instrucción del marqués de la Ensenada a Francisco Barrero Peláez, Intendente de Marina del Dpto. de Cartagena, cursada como R. O. del 8-4-1752, sobre la protección y conservación de antigüedades que se hallaren al hacer obras en puertos las cuales debían enviarse a la Real Academia de la Historia (Archivo General de Simancas, Secretaría de Estado, leg.
* Real Orden circular del 16-10-1779 que prohibe exportar pinturas, libros, manuscritos y antigüedades sin una Real Orden de autorización.
A partir de la documentación analizada hemos elaborado un apéndice donde recogemos las disposiciones jurídicas más relevantes sobre las actuaciones en el Patrimonio arqueológico, tanto las que conciemen a la Real Academia de la Historia como a las Comisiones Provinciales de Monumentos o legislación general.
Ya comentamos en la introducción que nuestros juicios, en este aspecto, se basan en trabajos realizados sobre este particular por autores especializados ya mencionados en el texto (cf. n.
Sin embargo, en nuestra opinión hay que destacar dos ideas: la ambigüedad y la falta de definición en el contenido legislativo hasta la Ley de 1911.
Además, la ausencia de un poder sancionador por incumplimiento de la ley parece reflejar la inobservancia constante de las disposiciones que hemos constatado a lo largo del s. xix.
Será, sobre todo, en la segunda mitad de este siglo cuando surja la verdadera necesidad de una ley de excavaciones y de protección de bienes arqueológicos.
Esta indefinición y ambigüedad corresponden bien, sin embargo, al ambiente de inestabilidad política que se vive en España a lo largo del siglo xix.
El proceso de codificación se desarrolla en Europa occidental a partir del s. xviii y a lo largo del s. xix.
Recordemos que el caso de España es tardío pero no extraño.
No obstante, para definir y explicar la evolución de este proceso hay que tener en cuenta los condicionantes políticos y jurídicos de cada país ^^.
^^ Sobre este tema, cf. Tomás y Valiente, E, Manual de Historia del Derecho español.
El cumplimiento de ambos queda encomendado al Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes a través de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, según el art. 27 del citado Reglamento ^^^ Retomando las palabras de Alegre (cit. n.
2, 67 ss.), queremos enfatizar los puntos más relevantes que aportan sus disposiciones.
Así, según el art. 5 «serán propiedad del Estado, las antigüedades descubiertas casualmente en el subsuelo o encontradas al demoler antiguos edificios; correspondiendo al descubridor, como indemnización, la mitad del importe de la tasación legal de dichos objetos».
Se pasa de un sistema de mera opción de adquisición de objetos interesantes para las Ciencias o las Artes descubiertos casualmente, a la adquisión automática por el Estado con la obligación de éste de indemnizar en los términos previstos por el art. 351 del Código Civil.
Indemnización que correspondía al descubridor casual y, en su caso al dueño del terreno, si bien la de aquél era obligatoria en todo caso, mientras que la de éste únicamente procedía cuando se tratara de objetos encontrados al demoler antiguos edificios (Alegre, cit. n.
Otro de los puntos innovadores hace referencia al art. 4, en el que se refleja que la realización de excavaciones se puede efectuar sin expropiar la propiedad correspondiente.
Además, se habla de las excavaciones como trabajos que exigen «una técnica complicada y difícil» (Alegre, cit. n.
Hay sin duda, un deseo de fomentar la profesionalización de las excavaciones arqueológicas.
A pesar de todo ello, sin embargo, la Ley adolece de ambigüedad en algunos aspectos como la propiedad de las «ruinas» o inmuebles arqueológicos, cuestión que se aborda pero sin precisar los derechos del descubridor o el propietario'°^.
En cuanto a la solicitud de excavaciones, los arts. 13 y 14 ^^^ indicaban que podrían acceder a ellas (en terrenos públicos y privados) tanto las Corporaciones oficiales de la nación como particulares y sociedades científicas españolas y extranjeras, siempre que estén dispuestos a que los objetos hallados se «conserven expuestos al público decorosamente» y que la inspección del Estado supervise que los trabajos se practiquen del modo científico adecuado.
Si no es así los responsables estarán sujetos a sanción y mediante R.O. se establecerá la indemnización a pagar al Estado, o bien el comiso según el art. 22 de esta Ley.
El art. 45 ^^^ expone los instrumentos de vigilancia «a cuyo celo se confía la defensa de los monumentos de la Arqueología patria», que son «las referidas Academias [Historia, San Fernando y de las Ciencias] y Comisiones [Provinciales de Monumentos], a los Archiveros-bibliotecarios, Catedráticos y Profesores de las enseñanzas arqueológicas y artísticas».
E insta a «Autoridades locales de todo orden.
Guardia civil y todos los demás Agentes de la Autoridad» a que procuren «el cumplimiento de la Ley y de este Reglamento en los casos de derribos, hallazgos fortuitos y de conservación intacta de las excavaciones».
Obsérvese que todavía la Academia de la Historia conserva su papel de defensora de la Arqueología. * Ley de 4 de marzo de 1915.
Pretende reglamentar «la conservación de los monumentos arquitectónicos artísticos»; es el antecedente de las Leyes de 1926 y 1933, y adopta la instauración de la técnica de la catalogación como requisito para plantear las medidas de conservación y protección (Alegre, cit. n.
La diferencia más importante entre la Ley de 1911 y la de 1915 estriba en que el objeto de protección son los «monumentos arquitectónicos-artísticos», cualquiera que sea su estilo.
El contexto de aplicación, en este caso, corresponde a los bienes inmuebles (= monumento).
La importancia de esta ley se puede sintetizar en dos puntos: la necesidad de tramitar y resolver un expediente para calificar un edificio como «monumento arquitectónico-artístico» y la posterior catalogación de éste por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (Alegre, cit. n.
AEspA, 69, 1996 década de los ochenta, la palabra «antigüedades» designa el material propio de la época grecorromana y también «monumentos, ruinas, vestigios y señales que quedan de la antigüedad»; el término «antigualla», sin embargo, adquiere un matiz despectivo ya a fines de siglo, según se desprende del Diccionario Castellano de Esteban de Terreros y Pando (1786), donde antigualla es «término que comúnmente se dice por desprecio de cosas antiguas».
Según la Real Cédula de 6 de julio de 1803 y la Novísima Recopilación (1805), por «monumentos antiguos» «se deben entender las estatuas, bustos y baxos relieves, de qualesquiera materias que sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos, naumachias, palestras, baños, calzadas, caminos, aqüeductos, lápidas o inscripciones, mosaycos, monedas de qualquiera clase, camafeos: trozos de arquitectura, colunas miliarias; instrumentos músicos, como sistros, liras, crótalos; sagrados, como prefericulos, símpulos, lituos, cuchillos sacrificatorios, segures, aspersorios, vasos, trípodes: armas de todas especies, como arcos flechas, glandes, carcaxes, escudos: civiles como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes solares ó maquinales, armilas, collares, coronas, anillos, sellos: toda suerte de utensilios, instrumentos de artes liberales y mecánicas; y finalmente qualesquiera cosas, aun desconocidas, reputadas por antiguas, ya sean Púnicas, Romanas, Cristianas, ya Godas Arabes y de la baxa edad».
Es decir, la palabra «monumento» abarca todo tipo de restos del pasado y, cronológicamente, su ámbito se extiende hasta la Edad Media.
Para Martínez Alcubilla^°^, por «Antigüedades» debía entenderse «los restos de monumentos y otros objetos de una edad remota», en tanto que como «monumentos históricos» consideraba las «obras de arte antiguo, ya sean muebles, como medallas, cuadros, manuscritos, ya inmuebles, como anfiteatros, templos, arcos, pavimentos, etc., siempre que interese su conservación con motivo de su bella ejecución, de su rareza, de su origen o de los recuerdos que evocan», monumentos que quedaban bajo la dependencia de la Real Academia de la Historia.
2, 43) al comentar la obra de Alcubilla, éste recoge el amplio espectro abarcado por este término, ya definido en la Novísima, y que equivale a lo que hoy denominaríamos «hallazgos arqueológicos».
Dada la amplitud del concepto de lo que es objeto arqueológico, el artículo 2° del R.D. de fecha 20-3-1867 proporciona una lista del material que debe ser considerado como antigüedades.
Así se tiene por objetos arqueológicos «todos los pertenecientes a la antigüedad, a los tiempos medios y al renacimiento, que sirvan para esclarecer el estudio de la historia, del arte o de la industria en las indicadas épocas» (se excluyen los que por su índole corresponden a los museos de pintura).
En la Ley de 1911, art. 2, el término antigüedades se aplica a «todas las obras de arte y productos industriales pertenecientes a las edades prehistóricas, antigua y media» (hasta la época de Carlos I, según precisa el art. 2° del Reglamento de 1912).
La Ley de 4 de marzo de 1915 incluye los «productos de las excavaciones; y así habla de las ruinas de los edificios antiguos que se descubran y a los edificios de interés artístico que estén abandonados a los estragos del tiempo» (Alegre, cit. n.
A medida que se va consolidando la arqueología como ciencia, el término «antigüedades» va perdiendo su función frente a la creciente implantación de una terminología más específica.
* Arqueología: En la segunda mitad del siglo XVI y durante el xvii nos encontramos con la idea novedosa de dar más importancia a una serie de documentos que hoy consideramos arqueológicos (monedas y epígrafes; las ruinas pertenecen más al ámbito de la literatura) que al documento escrito.
Entonces estos materiales se denominaban antigüedades (cf. glosario).
A partir de Antonio Agustín se implanta en la historiografía española la idea de que la evidencia material es una fuente documental más objetiva que los textos literarios, pero este argumento se utiliza también, sobre todo durante el siglo xviii, para justificar distintas falsificaciones ^^°.
En la segunda mitad del xviii hay un cambio sustancial: los «viajes literarios», cuya misión era recoger todas las antigüedades de la nación, contribuyen decisivamente al nacimiento de una nueva consideración hacia la práctica de la Arqueología, concebida no como el mero coleccionismo tradicional sino como la búsqueda de objetos y vestigios (incluidas las ruinas) que probaran la antigüedad de la población.
Como término que indica la ciencia que estudia los restos del pasado, la palabra «arqueología» se instala en la literatura científica en la segunda mitad del s. xix.
Sin embargo, ya a comienzos de siglo aparece el término «Archeologia», tomado del francés y referido al estudio de monumentos de la Anti-güedad (Egipto, Oriente): cf. Memorial Literario, VI n° 2, 1806.
Años después se castellaniza el término: «estudio de antigüedades, ó como ahora se dice, de la arqueología patria» (cf. El Artista III, 1836, 47).
A lo largo del siglo xix, la penetración e implantación tardía en España de las teorías de Winckelmann conllevan la visión de los estudios arqueológicos a través de la perspectiva del arte antiguo ^^K El éxito de esta unión conceptual y material se reflejará en el tipo de enseñanza que ofrecen las Universidades y en el organigrama de la investigación: la inclusión hasta 1950 de la Arqueología en el Dpto. de Historia del Arte (CSIC) es buena muestra de lo dicho.
* Excavación: A lo largo de los siglos xviii y xix aparece este término en los textos, como en el documento sobre Segóbriga [9-7981-17] referente a la R.O. del 10 de septiembre de 1818: «considerando que las circunstancias de la guerra de la independencia habrían causado varios perjuicios en las demas excavaciones del Reino».
En este contexto se entiende el término más bien como ruina.
Los documentos de la segunda mitad del s. xix consultados utilizan el término «excavación» en referencia a la búsqueda de objetos y antigüedades en el subsuelo.
Según la Ley de 1911, art. 1, «se entienden por excavaciones, a los efectos de esta ley, las remociones deliberadas y metódicas de terrenos respecto a los cuales existan indicios de yacimientos arqueológicos, ya sean restos de construcciones o ya antigüedades.
Quedan también sometidas a los preceptos de esta ley las excavaciones que se hicieren en busca de restos paleontológicos, siempre que en ellas se descubrieren objetos correspondientes a la arqueología» (Alegre, cit. n.
2, 65). * Monumento: En la Real Cédula del 6 de julio de 1803 aparece la expresión «monumentos antiguos»: «se deben entender las estatuas, bustos y baxos relieves, de qualesquiera materias que sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos, naumachias, palestras, baños, calzadas, caminos, aqüeductos, lápidas o inscripciones, mosaycos, monedas de qualquiera clase, camafeos: trozos de arquitectura, colunas miliarias; instrumentos músicos, como sistros, liras, crótalos; sagrados, como prefericulos, símpulos, lituos, cuchillos sacrificatorios, segures.'"
Sobre el tema de la Arqueología en la Universidad española y sus relaciones con la Historia del Arte, cf. Peiró y Pasamar, cit. (n.
50). aspersorios, vasos, trípodes: armas de todas especies, como arcos flechas, glandes, carcaxes, escudos: civiles como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes solares ó maquinales, armilas, collares, coronas, anillos, sellos: toda suerte de utensilios, instrumentos de artes liberales y mecánicas; y finalmente qualesquiera cosas, aun desconocidas, reputadas por antiguas, ya sean Púnicas, Romanas, Cristianas, ya Godas Arabes y de la baxa edad».
Como observamos la definición es bastante amplia y diversa, y lo mismo engloba bienes muebles que inmuebles.
Cronológicamente la denominación de «antiguo» comprende desde época prerromana hasta la Edad Media.
Aquí el contenido de monumento es diferente al que luego en la ley de 1915 se especificará como monumento arquitectónico-artístico.
Como ya señalamos, la ley de 1915 (cf. apéndice legislativo) introducía junto a la definición de Monumento Nacional la necesidad de tramitar un expediente para su declaración como tal.
1° La Comisión de Monumentos de Murcia solicita en informe razonado al Ministerio de Instrucción Pública y BB A A, la declaración de MN.
2° El Ministerio pasa expediente e informe a las Reales Academias que dictaminan favorablemente.
3° La Junta del Patronato de Conservación de la riqueza artística nacional emite informe conforme.
4° El rey declara por R.O. monumento nacional poniéndolo bajo la tutela del Estado y la inmediata inspección de las Comisiones Provinciales de Monumentos.
* Ruinas: Desde el Renacimiento se suele utilizar este término en plural, haciendo referencia a bienes inmuebles: teatros, anfiteatros, etc. El art. 4° de la Ley de 1911 "^ (Reglamento 1912) hace referencia a las ruinas «ya se encuentren bajo tierra o sobre el suelo».
En la práctica, y desde su aparición, los contenidos de todos estos términos (antigüedades, monumentos, ruinas y arqueología) se mezclan, careciendo de una definición específica.
A medida que la Arqueología se va consolidando como disciplina a fines del s. xix y a lo largo del s. xx, la adecuación de contenidos/término se va conformando, originando, por una parte, la aparición de una nueva termi-Cf cit. (n. |
En 1981, Xavier Duprè, un joven licenciado en Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología por la Universidad de Barcelona, regresaba de una estancia becada en Italia con una tesina acabada sobre las terracotas arquitectónicas del santuario de Juno en Gabii.
Pocos meses después ganaba una plaza de arqueólogo territorial de Tarragona en la primera convocatoria de plazas públicas de la naciente Generalitat de Catalunya.
Su carrera, a lo largo de estos últimos 25 años, resulta una muestra brillante de los cambios recientes de nuestra profesión.
Desde la responsabilidad de su puesto de trabajo y como integrante de las nuevas Comisiones de Patrimonio Cultural, Xavier Duprè asistió a todas las contradicciones del sistema entonces vigente y a la imposibilidad de hacer frente a los nuevos desafíos en una ciudad emergente como Tarragona, pero supo encontrar nuevos caminos de actuación.
En los años siguientes, las nuevas intervenciones en el Centro Histórico de Tarragona, se realizaron con excavaciones arqueológicas previas cuyos resultados pudieron servir de base a los nuevos proyectos constructivos.
Otro tanto ocurrió con las excavaciones de larga duración iniciadas en la cabecera del Circo (Duprè, X. et alii, El Circ Romà de Tarragona I, Les Voltes de S. Ermenegild, Barcelona, 1987).
Por aquellos años se empezaron a realizar movilizaciones de los arqueólogos de Catalunya en busca de un colegio profesional en las que Xavier, desde 1984, siempre estuvo en primera línea, como también lo estuvo en la puesta en marcha de la Asociación Profesional de Arqueólogos de España (APAE).
Los Ministerios de Trabajo y Cultura habían creado el Plan de Escuelas Taller para la Conservación del Patrimonio y una de las mismas, especializada en Arqueología, fue solicitada por el Ayuntamiento de Tarragona.
Ante la propuesta del alcalde, Xavier Duprè respondió como siempre supo hacer a lo largo de toda su vida profesional: con un compromiso completo, sin fisuras.
Dejó su puesto de arqueólogo territorial en la Generalitat de Catalunya y se integró en el Ayuntamiento de Tarragona como director de lo que sería el Taller Escola d'Arqueologia (TED'A), una institución responsable de la arqueología urbana municipal, centrada en la investigación del Circo y el Anfiteatro romanos, pero dedicada al mismo tiempo a la formación de arqueólogos, auxiliares de excavación, restauradores y dibujantes.
En total 76 personas, entre profesores y alumnos.
Por primera vez, la arqueología urbana se desarrollaba en Tarragona teniendo en cuenta todas las vertientes del proceso arqueológico.
Una tarea que se prolongaba en la conservación posterior de los monumentos con proyectos de restauración y jardinería.
Todo ello sin olvidar una tarea continua de difusión con visitas comentadas y jornadas de puertas abiertas, conferencias, exposiciones...
Al frente del TED'A, Dupré supo abordar todos los retos de la naciente Arqueología Urbana con un entusiasmo contagioso y una misma actitud: llegando siempre el primero al trabajo, día tras día, y marchando el último.
Para luego dedicar todavía una hora semanal a su programa de radio "Frecuencia Arqueológica" o logrando que el Ayuntamiento creara un premio municipal (Premi Pons d'Icart, 1987) a la investigación arqueológica.
Los resultados, en solo cuatro años, permitieron al TED'A publicar tres libros (Els enterraments del Parc de la ciutat i la problematica funeraria de Tarraco, 1987; Un abocador del segle V dC al Forum Provincial de Tarraco, 1988; L'Amfiteatre Romà de Tarragona, 1989) y más de 25 ponencias y artículos, todos ellos firmados de forma colectiva, sin mencionar los sucesivos seminarios de Arqueología Urbana abiertos a todo el colectivo profesional que permitieron dar a conocer los mecanismos de la normalización de los sistemas de registro y la nueva "arqueología de gestión".
Miembro de ICOMOS desde 1988, Xavier Duprè conseguiría además en ese año que la Asociación Internacional de En 1989 el proyecto del TED'A como Escuela Taller llegó a su final.
La transición prevista con la creación consensuada del Centre d'Arqueologia Urbana de Tarragona se vio frustrada por un Ayuntamiento que había cambiado de color político el año anterior.
Xavier, que siempre había considerado al TED'A como un equipo, renunció a su plaza ganada y pasó a engrosar directamente las listas del paro.
Los alumnos del TED'A por su parte, arqueólogos, auxiliares, dibujantes, restauradores encontraron trabajo en su práctica totalidad y muchos de ellos formaron la empresa de restauración GAM y la sociedad cooperativa CODEX, a la que hoy en día podemos considerar como una de las mejores empresas de arqueología vigentes en España.
Eso siempre le lleno de orgullo.
Tras el final del TED'A, Xavier Duprè supo encontrar fuerzas para volver a empezar como simple becario predoctoral del CSIC en la Academia de Roma, ciudad donde fijó en 1991 su nueva residencia.
Si hasta ese momento Duprè había destacado por su reconocida capacidad como gestor e impulsor de grandes proyectos, esta nueva situación le hizo recuperar su perfil investigador, leyendo en 1992 su tesis doctoral (El Arco Romano de Berà (Hispania citerior), Madrid/Roma, 1994).
Dupré no sólo supo retrasar correctamente en más de un siglo la construcción del famoso arco gracias al estudio de sus capiteles, corrigiendo la identificación tradicional de su dedicante L. Licinius Sura como un antepasado del famoso senador y cónsul del 107, sino que, arqueólogo hasta el fin, pudo restituir de forma magnifica el estilo original del arco realizando en 1993 una excavación ¡en la propia coronación del mismo! y encontrando allí ocultas las piezas de la cornisa original "desaparecidas" en una restauración decimonónica.
En esos años, Xavier Duprè, colaborando con Javier Arce, director de la nueva Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma (EEHAR), dedicó sus esfuerzos a la organización del XIV Congreso de la AIAC en Tarragona siendo a continuación editor de sus Actas (La Ciudad en el mundo romano, Tarragona, 1994, 2 vols.).
Ganador en 1994 de una plaza como científico titular del CSIC, Xavier pudo de nuevo recuperar la estabilidad profesional primero como subdirector de la Escuela Española (1995) y al mismo tiempo como representante español en el Comité Internacional de ICOMOS (1997).
En 1996, bajo la dirección de Javier Arce, la Escuela Española emprendía un nuevo proyecto de excavaciones arqueológicas en Tusculum (Lacio).
Xavier Duprè se hizo cargo de las excavaciones, entendiendo que la Escuela, al igual que el resto de instituciones académicas en Roma, debía disponer de un yacimiento que pudiera utilizarse como proyecto emblemático.
Se iniciaban así una serie consecutiva de proyectos coordinados que convirtieron este yacimiento en un referente para un buen número de arqueólogos formados año tras año en sus excavaciones, inaugurando además la serie Excavaciones Arqueológicas en Tusculum, con 4 volúmenes publicados, la monografía en lengua italiana Scavi Archeologici di Tusculum (Roma, 2000) y una amplia serie de publicaciones.
Entre libros, artículos y ponencias la bibliografía de Xavier Duprè alcanza 195 obras entre las que destacamos dos iniciativas de las que se sentía, creemos, especialmente orgulloso: la reunión de 1996 dedicada a la eliminación de los residuos en las ciudades romanas, que inauguró una línea de estudios en continua progresión (Duprè, X. y Remolà, J.A. eds., Sordes Urbis.
La eliminación de residuos en la ciudad romana, Roma, 2000) y la serie de monografías sobre Las Capitales Provinciales de Hispania asumidas por la Editorial L'Erma de Bretschneider, con tres volúmenes colectivos publicados sobre Tarragona, Córdoba y Mérida.
Además, su dirección de 12 tesis doctorales, varias de ellas en curso en el momento trágico de su fallecimiento, o los 49 becarios que tuteló desde la Escuela Española, nos hablan de una vertiente docente prestigiosa, concretada en horas de dedicación, de compromiso y ayuda personal, de afecto.
En el año 2004 diagnosticaron a Xavier un cáncer maligno.
Su vida, a partir de ese momento, siempre acompañado, fue la de una lucha sin tregua contra la enfermedad, operación tras operación, pero que supo llevar con la misma energía, la misma valentía y el mismo orgullo que tantas veces le habían caracterizado ante los problemas de cualquier tipo.
El amigo que redacta estas líneas no consigue entender por qué razón el destino se lleva siempre primero a los mejores, privándonos a los demás de su ejemplo.
Pero es posible que también en la otra vida haga falta gente esforzada y lúcida que sepa comprometerse con su trabajo.
Si fuera así, el largo viaje que ha emprendido ahora Xavier, aunque triste para los que le queríamos entre nosotros, no habrá sido en vano.
Joaquín RUIZ DE ARBULO |
The case of the Lady of Elche, es el motivo de nuestro escrito.
Se discute aquí el método y contenido de un libro con intención científica y conclusiones inaceptables.
La deconstrucción de mitos y discursos científicos parece una moda arraigada en estas últimas décadas del siglo XX.
Nuevos mitos surgen que sustituyen a aquéllos.
En la historia del arte o de la arqueología, el éxito social del falsificador pone de manifiesto la fragilidad de la investigación y la especulación desenfrenada del mercado del arte.
Son las falsificaciones reverso inevitable de la medalla del positivismo.
Forman parte de la comercialización del pasado.
Podrán ser burla y reacción ante lo sagrado y consensuado como verdadero.
El falsificador, alter ego del hermeneuta o del artista, tiene también algo de destructor.
La infiltración de la obra trucada es cilicio de humildad contra la presunción de la ciencia, inquietud para el coleccionista, motivo de recelo y escepticismo a los ojos del gran público.
El desvelamiento de una falsificación será objeto de alegría para el profano, que gozará viendo caer ciertos ídolos de barro levantados esforzadamente por la historia \ Los imprecisos límites entre lo verdadero y lo falso -uno de los mensajes de la exposición del British Museum Fake?
The Art of Deception (Londres, 1990)-son siempre especial motivo de debate en arqueología.
Sobre todo, en la arqueología cómplice del coleccionismo, aquélla que no se acompaña de una precisa certificación contextual en qué arroparse.
La inseguridad dilatará las expectativas de nuestro conocimiento.
Fue, sin duda, lección provechosa aquel Coloquio de 1992 promovido por la J. Paul Getty Trust (1993) ante el incierto kouros adquirido por esta institución americana.
El debate quedó abierto, inconcluso, pero al menos supuso una reacción lógica y fecunda ante el posible engaño de quienes lo adquirieron como auténtica escultura arcaica.
Un sutil juego de valores sociales y consenso en ciencia se mueve detrás del coleccionismo ambiguo de lo verdadero y de lo falso ^.
Este complejo marco podría hoy explicar -pero no justificar-ciertas incursiones aventureras por parte del mismo poder académico.
Pues, en medio de la gran polvareda, cabe añadir el engaño -o el autoengaño-de inventar lo falso bajo la retórica aparente de un pensamiento científico.
Tal, creemos, es el discurso del libro del profesor John F. Moffitt {Art Forgery: The Case of the Lady of Elche, Florida, 1995), desafortunadamente recensionado por Karen D. Vitelli en las páginas del American Journal of Archaeology (1995, 775).
La recensionista desconoce por completo el tema y no ha contrastado las afirmaciones de nuestro autor.
Brevemente, no satisfecho Moffitt con inventar la falsificación de la Dama de Elche, reinventa además la investigación de la arqueología ibérica.
Aparte del efímero revuelo en la prensa diaria, no resultan convincentes sus argumentos circulares.
In cauda venenum: el libro podrá, al menos, revolverse contra sí mismo y despertar en el ámbito internacional un tema adormecido, actuando, sin pretenderlo, como acicate científico.
Por tanto, en este juego de la contestación, no del silencio cómplice o desdeñoso, hemos de plantear la apuesta que lleve a un mejor conocimiento de la escultura ibérica.
Parece intención de John Moffitt ir más allá del desenmascaramiento de una pieza arqueológica excepcional.
Pretende, sobre todo, deconstruir lo que construyó antes un siglo de literatura popular y científica, a veces no menos exenta de retórica que la de nuestro autor ^.
El asunto, efectivamente, se presenta intensamente cargado de ideología y de pasión colectiva.
Pues hay obras de arte, como la Dama de Elche, sin duda la pieza más emblemática de la arqueología protohistórica española, que van más allá de sí mismas, convirtiéndose en símbolo político, social y estético de una comunidad y de toda una época' *.
La escultura se descubre en 1897, en el yacimiento ibérico de La Alcudia (Elche, Alicante), y se transforma enseguida en «individuación del alma de España», y, lo que es más irremediable, en prototipo y símbolo de su feminidad eterna: dignidad hispana de mujer prefigurada por otro arquetipo anterior, Carmen ^ Contrastará la Dama con otras búsquedas del ideal femenino en la segunda mitad del siglo xix ^.
La ambigüedad formal del busto y el énfasis de sus.adornos propiciaron el misterio.
Se buscaba un nuevo ideal de belleza, agotada la sensualidad de las Venus griegas.
La Dama, además, fundamentó las raíces nacionales prerromanas en una época de profunda crisis de identidad colectiva, tras la pérdida de Cuba, la última colonia ame-^ Relación entre imagen ibérica y su recepción social en Olmos, R. et alii, La sociedad ibérica a través de la imagen, Barcelona-Madrid, 1992, 12-13 y 38 ss.
Women in Nineteenth-Century American Sculpture, New Haven, Londres, 1990. ricana (1898) y dentro de la creciente irrelevância de España en el concierto político y artístico europeo.
Adquirida de inmediato por el Museo del Louvre, exiliada durante casi medio siglo en Francia, el franquismo de los primeros años 40 la recuperaría gloriosamente para ahondar, ahora desde ideologías totalitarias, en la vieja identidad de una España que, más aislada internacionalmente que nunca, pretendía reencontrarse y bastarse a sí misma durante la penosa autarquía.
Es época de manipulaciones de símbolos de la antigüedad en Europa^.
Pero hoy, desde fuera de España, sigue manteniéndose anacrónicamente este mito: el recensionista anónimo de la Gazette des Be aux-Arts presagia una reacción de los arqueólogos e historiadores españoles: «nul doute que c 'est le début d' une controverse»^.
Para muchos -como para el prologuista del libro de Moffitt, Juan Antonio Ramírez, catedrático de arte contemporáneo en Madrid-demostrar la falsedad de la Dama vendría a cumplir el viejo deseo freudiano de «matar al padre», al desbaratarse uno de los símbolos más queridos por el dictador ^.
Es fácil, entonces, entender la pasión de los argumentos del deconstructor y provocador Moffitt, quien, como el Guillermo de Baskerville (léase Guillermo de Ockham) del Nombre de la Rosa, asume gustoso la identidad de un Sherlock Holmes que se aventura en la jungla de la arqueología ibérica.
El argumento podría muy bien haber justificado una novela de detectives.
El influjo de este género es claro en el propio discurso del autor y en el subtítulo mismo de la obra (cf. p.
Ciertamente, en el pasado la Dama ha dado pie a algún hermoso relato *°.
Pero Moffitt pretende algo más que una mera ficción.
Su libro, aunque de lectura fluida, ni convence científicamente ni se sitúa en esas otras evocaciones fantásticas que han tomado como excusa la Dama''.
Es un intento fallido.
Trataremos de contrastar los postulados de Moffitt con otros argumentos.
De otra manera, podría decirse que la investigación, encerrada en sí misma.
1 y 2.-La Dama de Elche, fotografiada por Pedro Ibarra en agosto de 1897, según la publicación de Emil Hübner, Jdl, 1898. se arropa en el consenso que sustenta el poder académico para reaccionar visceralmente contra el intruso que no pertenece a su tribu (véase ree. en Gazette des Beaux-Arts, Sept. 1995, 10).
Es preciso analizar simultáneamente método y contenido.
El libro se estructura en dos partes: la primera recrea el contexto de la arqueología ibérica en que se situaría la Dama.
La segunda trata de integrar la escultura en el ambiente cultural y artístico de finales del xix, el modernismo, y en el amplio y heterogéneo contexto de las falsificaciones arqueológicas de todo ese siglo en España.
Cierra el libro un capítulo dedicado al influjo del arte ibérico en la plástica contemporánea: Brancusi y Picasso.
Moffitt parte de la intuición, inmediatamente convertida en seguridad, de que la Dama de Elche es una falsificación.
No se atrevieron otros, dice (pp. 3 ss.), a explicitar esta sospecha atisbada con anterioridad.
Él la lleva hasta las últimas consecuencias.
Sin embargo, ya Ricardo Baroja en 1930 propuso argumentos parecidos'^.
El autor del libro se apoya con frecuencia en argumentos de autoridad.
Parte, por ejemplo, del conjunto de singularidades sobre la Dama que en 1974 había señalado Gérard Nicolini, seis hilos de Ariadna que ahora llevarán brillantemente a Moffitt a desenredar la madeja de este caso ^^.
Pero aquí sus argumentos no dejan de ser meras explicitaciones sobre las opiniones de aquellos que, desde su propio conocimiento, vieron en la singularidad de la Dama un enigma.
Su capítulo segundo, «The Distinctive characteristics of the Lady of Elche», es fundamentalmente una lectura comentada de las descripciones anteriores de la Dama.
La opinión de otros sustituye a una auténtica autopsia de la pieza por Moffitt.
Nuestro autor juega continuamente con la imprecisión de una investigación insegura a la hora de clasificar esta pieza en la tipología y en el tiempo ibéricos -hoy se sitúa, aún conjeturalmente, en la segunda mitad del siglo v o primera del iv a.
Moffitt convierte la inseguridad de otros en pruebas que fuerza luego con su martillo de Procrustes para adaptarlas al rígido lecho de su pensamiento.
Raramente examina'^ Caro Baroja, P., «Imagen y derrotero de Ricardo Baroja», Museo de Bellas Artes de Bilbao, 1987, 155 Hellenistic World, Aarhus, 1993, 53-85. con objetividad los indicios e interpretaciones dentro de su contexto propio, exigencia previa de todo historiador.
Así, los rasgos singulares de la Dama, como su carácter de busto, inusual en la escultura prerromana en piedra, su excepcional estado de conservación, la exageración de su carácter indígena, el hieratismo y los grandes rodetes que enmarcan el rostro, etc., son para Moffitt motivo de falsedad.
Pero hoy los consideramos simplemente eso, rasgos singulares propios de este arte.
La misma Dama de Baza (Granada) no deja de ser un unicum'^.
Sus paralelos con pequeñas terracotas -diosas sentadas en tronos con apéndices alados-nos introducen en el lenguaje mediterráneo.
Este juego entre diversos soportes y escalas es frecuente en el arte ibérico.
Son igualmente singulares el monumento turriforme de Pozo Moro (Albacete), con escenas únicas, irrepetibles, enigmáticas -y no por ello falsas-como el extrañísimo cocimiento del caldero y el banquete ^^; o el conjunto monumental de las esculturas de Porcuna (Jaén) con una insólita gripomaquia en piedra en pleno siglo V a.
C. ^''; o el cipo, inusualmente decorado en su cuatro caras, de Jumilla (Murcia) ^^.
El listado de singularidades sería muy amplio.
El paradigma ibérico es abierto, inconcluso y novedoso como nos enseñan los recientes descubrimientos escultóricos del Paj arillo (Huelma, Jaén) (1994), o el torso de varón de Baza (Granada) hallado en octubre de 1995 (posiblemente también un busto, como la dama de Elche, con orificio en su espalda) ^^.
La misma Alcudia de Elche, donde en el siglo pasado se halló la Dama, ha venido ofreciendo en este siglo un importante número de fragmentos escultóricos, también en gran medida singulares y de excepcional calidad ^°.
Esta faceta creativa de lo ibérico, révisable y mudable, no la tiene en cuenta Moffitt.
Y cuando se encuentra con la posibilidad de un paralelo, pone énfasis sólo en los rasgos que le interesan y que no rompan su planteamiento.
En'^ Presedo, F., «La necrópolis de Baza», Excavaciones Arqueológicas de España, 119, 1982.'^ Almagro Gorbea, M., «Pozo Moro.
14); Ramos, R., «La ciudad romana de ¡Ilici», Alicante, 1975. nuestra opinión, la Dama de Cabezo Lucero, Alicante (Moffitt, ac,p.
68,, hallada en excavaciones recientes y en estado fragmentario, contiene, a pesar de su restauración excesiva, elementos inequívocos y originales en sus adornos singulares (como el tocado de la cabeza, collares, etc.) que la relacionan estrechamente con la Dama de Elche ^^.
Nuestro autor desconoce el paradigma ibérico aunque hable repetidamente de un «Iberían canon of stylistic expectations», según una definición de estilo de E. H. Gombrich (pp. 44 y 48).
Moffitt se aferra a un canon imaginario que le van dictando los «anacronismos» y las desviaciones anómalas de la Dama (pp. 93 ss.).
Dedica un extenso capítulo, excesivamente simplista, a la escultura ibérica.
Caracteriza los ejemplos de la zona contestana, del Sureste español, como «schematic in treatment, summary in depiction, often crude in execution» (p.
44): un tópico generalizador.
No tiene en cuenta síntesis y valoraciones actuales como las de Teresa Chapa, que han profundizado en la rica espacialidad, tipología y situación cronológica de estos documentos ^^.
Su clasificación del espacio ibérico (cap. iii) en tres regiones es ahistórico e ingenuo ^' ^.
Su discurso sobre Ampurias (pp. 35 ss.), obsoleto, resulta perfectamente inútil, al tiempo que peregrino.
Trata así de definir unas áreas en las que situar las esculturas.
Pero los talleres pueden trabajar por encargos aristocráticos y las obras superar este marco espacial en el que las encierra férreamente Moffitt.
Un mismo taller ha podido esculpir la cabeza femenina, posiblemente procedente de Alicante, depositada en el Museo de Barcelona y la cabeza de Ubeda La Vieja (Jaén) ^^ La confusión histórica entre lo púnico y lo fenicio es constante.
Así, la dama de Galera, producción oriental del s. VII, es para Moffitt pùnica (p.
Su tratamiento de tópicos sobre la debatida cuestión de colonias foceas como Mainake o Hemeroscopeion (p.
41) es más propia de los años 20 (Rhys Carpenter, 1925) ^^, cuando se intentaban localizar, que de los 90, mientras que su concepción de las funciones «helenizadoras» de la colonización griega es anacrónica y mecánica, e insostenible, al menos ya desde los años 70 ^^.
El esquema histórico se basa en lecturas acríticas de otros autores -incorpora aquello que le interesa-y deviene rígido y anticuado: explica exclusivamente el pasado ibérico con los tópicos del «rise and fall» de una civilización y parece entenderlo de forma pasiva, como mera secuencia de conquistas militares o influjos mecánicos de pueblos mediterráneos que se proyectan e imprimen de forma inmediata en el arte ibérico.
Desconoce la dialéctica y la originalidad indígena, ignora la complejidad del proceso.
La influencia púnica no existe; la griega se prolonga y cesa, como de repente, en 150 a.
C. tras la conquista romana: el arte ibérico ya no será griego sino de cuño romano, se extingue «almost instantly» (p.
42): un simplismo estremecedor.
A lo largo del libro toma afirmaciones de aquí y allá, sin el menor sentido crítico.
La Dama de Baza, a la que dedica un capítulo sin desperdicio, sería herencia etnisca, el influjo de cuya thalassocracia nuestro autor defiende llegando a proponer afinidades lingüísticas entre el ibérico y el etrusco: un perfecto disparate (p.
Desconoce los términos del debate actual sobre la presencia etrusca en la Península ^^ En el mejor de los casos, son opiniones de hace un cuarto de siglo, recogidas de otros y mal digeridas.
Su atrevimiento se extiende, pues, al campo lingüístico: si vincular el vasco moderno con las lenguas caucásicas como el georgiano es retroceder varias décadas, afirmar que la actual lengua vasca es «post-Iberian» (p.
10) parece, sencillamente, volver al siglo xix, a las teorías, hoy superadas, que se nutrieron de Humboldt ^^.
Remesal, J.; Musso, O. (eds.), LM. presencia de material etrusco en la Península Ibérica, Barcelona, 1991. ^^ El profesor Javier de Hoz de la Universidad Complutense de Madrid amablemente nos comenta en carta, desde su punto de vista de lingüista, las págs. 274-275 del libro de Moffitt: «Es difícil reunir tantos disparates en poco más de (p.
275) lucubra inútilmente sobre la concurrencia del nombre antiguo de la Iberia póntica y la occidental ^°.
Semejante totum revolutum revierte en su argumentación sobre la falsedad de la Dama.
Toma las opiniones de muchos autores -que tuvieron lugar y justificación en el determinado momento histórico en que se dijeron pero que, evidentemente, hoy en su mayoría ya no sirvenpara tejer un discurso prefigurado y tendencioso.
Por ejemplo, los viejos tópicos de la helenización de la escultura ibérica, de formulaciones mudables ^', o el concepto de retrato en el mundo antiguo cuya problemática y diversidad desconoce o trivializa ^^.
Efectivamente, la Dama no puede ser entendida como retrato en nuestro sentido moderno sino como eikón o representación tipológica e idealizada de un personaje: una mortal, una diosa o una mujer en el tránsito hacia el allende, ese singular ámbito de la representación que embellece y adorna al aristócrata, a los meliores, como vemos también en los nobles guerreros de Porcuna ^^.
El rostro, el busto, concentran la identidad del representado.
Actitud psicológica y adornos, inseparablemente, integran la imagen.
Tampoco parece haber entendido Moffitt el mundo sutil de los gestos antiguos (pp. 45 y 95-96).
Considera una anomalía la caracterización «psicológica» de la Dama: su singularidad es extraña a esa norma ibérica que el autor previamente establece.
Sin embargo, lejos de ser moderna esta expresión. una página.
No sé quiénes son los lingüistas que creen en el «West-Mediterranean».
Ibérico y etrusco no tienen nada en común; «aglutinante» es tan útil para relacionar lenguas como «no blanco» para relacionar etnias; no es seguro que exista una familia caucásica y nadie ha presentado nunca una prueba de parentesco entre el vasco y ninguno de los tres grupos lingüísticos del Cáucaso.
La bibliografía citada es una aberración, o en calidad (el Penguin Atlas of Ancient History) o en fecha (Menéndez Pidal, En torno a la lengua vasca).
Moffitt, que cree como Hübner que había una lengua paleohispánica, se permite recomendarnos la metodología de M. Ventris, que sirve para descifrar escrituras, aunque el autor americano cree que sirvió para determinar la lengua del Lineal B, cuando la escritura ibérica está descifrada hace tres cuartos de siglo».
^° Para un análisis argumentado véase Domínguez Monedero, A., «Los términos "Iberia" e "Iberos" en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación», Lucentum II, 1983, 203-224; K. H. Schmidt, «The Two Ancient Iberias from the Linguistic Point of View», Studia Paleohispánica, Vitoria, 1987, 105-121. ^' Langlotz, E., Die kulturelle und kiinstlerische Hellenisierung der Küsten des Mittelmeers durch die Stadt Phokaia, Colonia, 1966; Chapa, T., cit. (n.
podemos leer la ligera inclinación de los ojos como insinuación de aidós o pudicitia, un rasgo psicológico antiguo que también recoge la mirada de la mujer ante el varón en la pequeña estela de la Albufereta, Alicante ^' ^.
Coindice bien con el pudor femenino de quien se muestra: un gesto contenido, regulado socialmente.
Pues cabe leer la Dama como mostración sacral, iniciática, tal vez epifánica, de un alto personaje femenino.
El autor podría haber analizado mejor la Dama, en sí misma y dentro de la escultura ibérica.
Pues basa uno de sus argumentos en la apreciación subjetiva del connoisseur, en su olfato de lo falso.
No es lícito negar la validez de este criterio de familiaridad a verdaderos expertos, como fue el caso de G.M.A. Richter, quien lo utilizó sabia y prudentemente para el arte de la antigüedad ^^.
Gisela Richter, sí, estaba autorizada a servirse de este criterio, tras cientos de horas dedicadas a la escultura clásica.
No creemos que sea éste el caso de John F. Moffitt.
Su descripción somera olvida por completo la pequeña fíbula anular que ciñe la fina túnica interior de la Dama: un claro rasgo de adecuación entre la fíbula y la calidad del vestido ceñido al cuerpo.
Conocemos fíbulas de este tipo, tan diminutas, en la arqueología ibérica: por ejemplo, en Pozo Moro ^^.
Las llevan, en idéntico lugar bajo el cuello, los innumerables bustos en terracota o pebeteros, hallados a lo largo de toda la costa ibérica desde el siglo IV a.
Difícilmente un falsificador del s. XIX captaría detalles como éste o como el complejo tratamiento de las diferentes texturas de los vestidos de la Dama.
John F. Moffitt también pasa por alto una característica común a la representación humana del ibérico antiguo: las leves disimetrías de adornos y pliegues (cf., similarmente, Damas de Baza y del Llano de la Consolación; Moffitt,o.c,, que indican la relación entre el vestido y el cuerpo que late debajo, un asomo de conciencia de vida propia en la imagen.
No entiende el juego de las proporciones ibéricas, que resaltan expresivamente aquello 3^ Olmos, R. et alii, cit. (n.
14, 1957), 132, dice: «La fibula anular de tipo hispánico, que aparece en esta estatua en el borde de la túnica, se encuentra ya en los yacimientos ibéricos desde el comienzo del siglo V (ajuar de una tumba de Galera)... ajuares de dos tumbas de Ampurias con cerámica ática de la primera mitad del siglo v.»
" Pena, M. J., «Los thymiateria en forma de cabeza femenina en el noreste de la Península Ibérica», Grecs et Ibères au IV s. av. J.C. Revue des Etudes Anciennes 89, 3-4, 1987, 349-358. que pretenden subrayar, y las considera un énfasis moderno.
Cae en el viejo error de querer leer, negativamente, los adornos de la Dama desde los textos acudiendo, una vez más, al manido pasaje de Estrabón (Geographia,111,4,17) que recogió de Artemidoro, sobre los singulares tympánia con que se adornaban las mujeres ibéricas (pp. 179-180).
Claro está: el alto tocado de la Dama de Elche no corresponde estrictamente con la descripción de Artemidoro.
Ciertamente, hubiera sido una casualidad.
Parecía ya agotada en nuestro campo esa vieja tradición de la arqueología filológica en estas equiparaciones mecánicas.
Hemos de analizar los relatos y descripciones de los autores antiguos dialécticamente y desde sus propios códigos, intereses y universo referencial.
Constataremos así la selección de una realidad infinitamente más amplia, por un lado; y la independencia entre la ékphrasis y la cultura material, por otro.
Las características del hallazgo, confusas, son para John Moffitt otro indicio, otra prueba.
Y el móvil, la necesidad de dinero rápido del dueño del terreno de la Alcudia, quien tendería una trampa al viajero y experto francés Pierre Paris (Moffitt, o.c, cap. XIII).
Este hallazgo fue casual como han sido, por desgracia, la mayoría de los descubrimientos ibéricos y se envuelve de esa pasión y emoción extraordinarias que han suscitado tantas veces otras estatuas singulares.
Tal vez no menos oscuras, por ejemplo, fueron las circunstancias que rodearon el encuentro y adquisición de la Venus de Milo en el s. XIX ^^ No por ello es falsa.
El azar acaece tanto en arqueología como en la misma vida: coincidió el descubrimiento de la Dama con la llegada anunciada del arqueólogo francés.
Pero ¿no es mayor azar que en este mismo yacimiento hayan aparecido esculturas notables a lo largo de todo el siglo xx?
Más valiera haber analizado aquel momento de expectación arqueológica que justificaba la visita de Pierre Paris a España y el colonialismo europeo anunciado por E. Hübner ^^, donde se esperaba un nuevo Schliemann en España.
Moffitt sigue con el caso.
Junto a las circunstancias del hallazgo fingido y su móvil económico, le llega la hora al falsificador.
Hay, efectivamente, un ambiente de falsificaciones en el siglo xix, que afecta de manera singular a lo ibérico.
Conocidas son las falsificaciones de las esculturas del Cerro de los Santos a lo largo de la década de 1870, que acompañaron, esperpénticamente, el primer descu- tadores de diverso tipo.
Le sigue faltando esa sensibilidad para captar la diferencia de cada fenómeno histórico.
La obra de Pallas i Puig, el presunto falsificador, se inserta en otro horizonte de recreaciones, con modelos más inmediatos y con referentes conocidos; es un imitador de estética neomedieval y trabaja sobre un soporte tan diferente de la piedra como es el marfil: no tiene nada que ver.
La Dama de Elche posee unos rasgos o estilemas propios que, de ser falsa, implicarían una invención complejísima de elementos materiales y estilísticos del mundo ibérico, lo que resulta imposible en el estado de conocimientos de finales del siglo xix.
No basta suponer la pequeña y tosca figura femenina, encontrada anteriormente en el Cerro de los Santos que, según Moffitt (fig. 51), sería el modelo conocido por el falsificador a través de una lámina.
Tienen ambas de común adornos y rodetes enmarcando el rostro.
Por cierto, la relación formal ya había sido sugerida por Pierre París, quien vio en el ejemplar del Cerro de los Santos una reminiscencia degenerada de la Dama ^-.
No creemos que sea lícito ir más allá de una mera analogía formal.
Pallas i Puig no practicó el trabajo en piedra ni fatigó el campo de la antigüedad.
¿Adivinó acaso que esta precisa y frágil policromía ibérica -rojo y azul-se documentaría más tarde en otras esculturas halladas en La Alcudia? ^^.
Contento con su éxito y sus ganancias, Pallas i Puig, añade Moffitt, falsificaría al año siguiente un torso de guerrero ibérico, que aliviaría la soledad femenina de la Dama (Moffitt,o.c, pp. 214 ss.,fig. 56).
También le encuentra con facilidad otro modelo: un torso de varón de la necrópolis del Llano de la Consolación (Albacete) poco antes dibujado por el francés A. Engel (Moffitt o.c, pp. 214 ss.,.
Pallas i Puig, falsificador clarividente, le añadiría una falcata.
Ciertamente, imposible: los detalles precisos del arma ibérica, el modo singular indígena de llevar horizontalmente la vaina junto al costado, sujeta por anillas, estaban entonces aún lejos de conocerse.
Todos estos detalles tan específicos relativos al armamento ibérico han sido, poco a poco, iluminados por toda una paciente investigación reciente' ^' ^.
También la leve inclinación del torso que ataca, y las proporciones de los poderosos muslos del varón son, sin duda, rasgos propios de la escultura ibérica' ^^.
No existen motivos de sospecha.
El estilo presuntuoso del libro, el mal uso de los argumentos, el atrevimiento del autor al tratar de forma indiscriminada y descontextualizada los tópicos de la cultura ibéríca son un modelo a evitar en la investigación futura y deben invitar hoy a reflexión.
A esto se añade la responsabilidad de la crítica fácil en la citada recensión del AJA, sancionadora del disparate, que ha motivado nuestra respuesta.
Es peligroso introducir en el circuito científico libros oportunistas que no son lo que pretenden.
Por otra parte, ha de reconocerse también una dosis de culpa desde nuestra propia situación: hemos descuidado los iberistas la difusión de la cultura ibérica al proyectar poco su investigación fuera de España.
No hemos sido buenos comunicadores más allá del reducido círculo de especialistas.
En todo caso, volvamos al argumento inicial de la Dama.
Quede abierta la discusión en tomo a esta obra, que nosotros seguimos considerando auténtica.
Puede debatirse, si se quiere, su autenticidad en este juego incierto de la ciencia.
Pero hágase con rigor, sin dogmatismos huecos e introduciendo argumentos dialécticos en el paradigma abierto y siempre enriquecedor de lo ibérico.
Propongamos debates, análisis, modelos nuevos que, lejos de agotar nuestras inquisiciones sobre la Dama, permitan acercamos a las matizaciones continuas y propuestas mudables de la investigación.
Una Mesa Redonda e interdisciplinar sobre La Dama de Elche: lecturas desde la diversidad, celebrada en Madrid el pasado mes de noviembre (1996), podrá abrir nuevas perspectivas para la discusión.
Será preciso que todos abandonemos la retórica con que hayamos podido envolver a esta escultura: es muy poco aún lo que sabemos de ella.
^'^ París, P., cit. (n.
El tòpico lo recogerán también otros autores en su preocupación por el estudio de los adornos singulares, véase especialmente Jacobsthal, P., «Zum Kopfschmuck des Frauenkopfes von Elche», Athenische Mitteilungen, 57, 1932, 67-73. ^^ Ramos Folques, A., «La escultura ibérica y las excavaciones de Albertini en la Alcudia de Elche», Archivo Español de Arqueología XXV, 1952, 119-123. ^^ Quesada, E, Arma y símbolo: la falcata ibérica, Alicante, 1992.
^^ Cf. similares guerreros de Porcuna en Negueruela, I., cit. (n.
^ Para la retórica científica, cf. Latour, B., Science in Action, Milton Keynes: Open University Press, 1987. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/'' Himmelmann, N., Utopische Vergangenheit. |
elaboradas con alambres trenzados y enrollados, responden a un proceso evolucionado en el que las influencias ibéricas y mediterráneas, transformadas por el gusto local, dan lugar a modelos propios y característicos de la orfebrería celtibérica.
Fíbula de plata tipo «omega».
Consta de un aro abierto cuyos extremos, vueltos hacia atrás, se rematan en sendas esferas con un botoncito.
Las zonas donde doblan están decoradas con dos esferas dispuestas una en la cara superior y otra en la inferior.
En 1985 ingresó en el Museo de Burgos un tesoro prerromano, integrado por tres torques de plata, adquirido por el Ministerio de Cultura, Dirección General de Bellas Artes y Archivos (O.M. de 27 de junio de 1985).
Por la información aportada por su vendedor sabemos, sin mayores precisiones, que las piezas provienen del entorno cercano al pueblo de Monasterio de Rodilla.
En ese mismo entorno se conoce desde antiguo un importante yacimiento arqueológico situado en el cerro Alto de Rodilla, junto a la actual autopista A-1.
Por su situación geográfica, dentro del recorrido de las vías de comunicación romanas Ab Asturica-Burdigalam y Ab Asturica-Tarracone (Abasólo, 1975, 86), ha sido identificado con la mansión de Tritium Autrigonum.
Como tal aparece recogida en el Itinerario Antonino, que la localiza entre las de Deobrigula y Virovesca, y en otras fuentes literarias como la Naturalis Historiae de Plinio (IV, 3, 27) que la cita entre las ciudades más importantes de los autrigones {Historia de Burgos I, 1985, 224 y 231).
Otros hallazgos arqueológicos, clasificados en etapas culturales prerromanas, son las cerámicas a torno celtibéricas, las cerámicas a mano, los útiles de sflex, los molinos, etc.; a ellos debemos añadir, además, una pequeña arracada de oro, conservada actualmente en la Colección Fontaneda (Luis Monteverde, 1969, 228; Castillo, 1985, 250-251) y una fíbula en omega de plata, donada al Museo de Burgos \
A la vista de estos datos, fruto de hallazgos casuales y de la prospección, parece que el yacimiento conocido como Alto de Rodilla tuvo una secuencia importante de poblamiento claramente constatada, al menos durante la Edad del Hierro y en época romana.
Por ello pensamos que no es desacertado considerar la hipótesis de que estos torques estén asociados al mismo o incluso que ésta sea su procedencia.
En nuestro caso y debido a que los torques 1 y 2 tienen las mismas características formales y técnicas, hemos considerado oportuno hacer una única descripción, señalando de manera independiente los datos que los diferencian, concretamente los relativos a medidas y peso.
Ambas piezas pertenecen al tipo de torques denominado de alambres enrollados.
Constan de una varilla flexible realizada con dos alambres de sección circular, en la que los extremos se funden en un solo doblez en forma de gancho, que es su tipo de cierre.
La varilla se divide en tres sectores perfectamente diferenciados por estar trabajados con dos técnicas distintas.
El central, de mayor anchura que los otros dos, tiene los alambres trenzados en lazos alternos, cuya unión da lugar a un motivo de ocho s seriados unidos en su parte media con una espiga muy marcada, siendo su sección triangular y aplanada.
Las zonas extremas se trabajan mediante un enrollado funicular de los alambres, recorrido en sus juntas por un hilo retorcido.
La sección es, en estos sectores, circular, y la varilla pierde grosor hasta fundirse en un solo alambre facetado doblado en gancho.
Los extremos se decoran con botones cóni-cos como remate final.
El torques n° 2 no los conserva.
Torques 3 (fig. 3)'. plata; ancho 1'9, peso 52 gr; Museo de Burgos,n^ inv.
Pertenece al tipo de torques denominado de alambres enrollados.
Consta de una varilla flexible realizada a partir de la unión de tres alambres de sección circular.
En el centro se dispone un nudo de Hércules, a partir del cual los hilos se enrollan en sentido funicular.
La sección de la varilla es redonda y su grosor decrece hacia los extremos, en los que los alambres se funden en uno solo doblado en gancho para cerrar la pieza.
Estos se decoran con sendos botones cónicos como remate final.
Los torques muestran una elaboración cuidada, por ello pensamos que los alambres fueron obtenidos mediante un procedimiento de trefilado, técnica conocida en la antigüedad aunque su uso no se hace extensivo hasta la Edad Media (Formigli, 1983, 326).
El trefilado pudo completarse en zonas concretas con un trabajo mecánico en frío, para finalmente realizar el acabado con un pulido superficial.
Este último proceso posiblemente se hizo mediante un sistema de abrasión controlada, según se deduce de la observación de las piezas con lente binocular de 45 aumentos.
Una característica común en todas ellas es la elasticidad de sus varillas, sobre todo las de los n° 1 y 2.
Su estado de conservación es muy bueno, no presentando huellas de dobleces o roturas, salvo la pérdida de los botones terminales del torques n° 2, por lo que creemos que la ocultación debió realizarse con sumo cuidado y, quizás, cuando ésta se produjo estaban en pleno uso.
ESTUDIO DE LAS PIEZAS
El tesoro de Monasterio de Rodilla es un hallazgo más a añadir a los ya conocidos de la orfebrería prerromana de la Meseta Norte.
Su presencia en un área relativamente marginal y algo alejada de la estricta cuenca del Duero es un buen indicativo de la expansión de esta orfebrería y su fuerte arraigo por todo el territorio.
Desde el punto de vista morfológico estos torques mantienen una estrecha relación con otras producciones de la Meseta.
Así los paralelos más cercanos los encontramos en los torques elaborados con alambres enrollados de los tesoros de Falencia (Almagro Basch, 1960, 39-40; Raddatz, 1969, 233, Taf.
Sin duda alguna la pieza que presenta mejores paralelos, en todos los casos, es la n° 3, es decir el torques decorado con el nudo de Hércules.
BELÉN CASTILLO AEspA, 69, 1996 Común a todo el conjunto procedente de Monasterio de Rodilla es el uso de la técnica de alambres enrollados en sentido funicular y el sistema de cierre en ganchos.
Esta técnica llegó a tener una gran difusión en la orfebería antigua de la Península (Raddatz, 1969), y en el caso concreto del mundo ibérico es uno de los adornos más reproducidos en la plástica de sus damas oferentes (Tarradell, 1968).
En la Meseta Norte es igualmente un modelo habitual en la práctica totalidad de los atesoramientos prerromanos de época tardía que, en mayor o menor número, incluyen casi siempre torques de alambres enrollados.
Buen ejemplo de ello, además de los ya citados, son los torques abulenses de El Raso de Candela (Fernández Gómez, 1979, 380) o el fragmento, procedente de un hallazgo casual, de Cerezo de Río Tirón en Burgos -.
El sistema de cierre en forma de gancho rematado con pequeños botones (fig. 4) es el utilizado por los tres torques de este tesoro.
El tipo de cierre en ganchos está muy extendido en la Meseta, siendo habitual en los torques con varillas de escaso desarrollo volumétrico, como, por ejemplo, los decorados con nudo de Hércules, lazos u ocho s de Falencia, Padilla de Duero y Arrabalde L Esta asociación entre este tipo de torques y un sistema de cierre tan ^ Fragmento del extremo de un torques de plata con cierre de gancho.
Los alambres se unen en un solo junco que, probablemente, se remataba en forma de gancho.
Long.: 5 cm; grosor: O'3 cm; depositado en el Museo de Burgos. específico es, quizás, un elemento a tener en consideración a la hora de evaluar las características propias que definen la orfebrería prerromana de la Meseta, máxime si nos atenemos al alto y significativo porcentaje de piezas en que esta unión se produce.
En la orfebrería ibérica observamos, igualmente, un hecho similar en relación a los cierres de los torques.
En este caso, es el cierre en ojales el modelo más común y de más amplia difusión.
Su presencia se constata, atendiendo a la clasificación propuesta por Raddatz (1969, 18-21), en los grupos del Tajo, Andalucía y Cuenca, además de en el tesoro de Tivisa.
Los torques con cierres de ojales se corresponden, en general, con varillas de alambres -bien sean trenzados o enrollados-de mayor desarrollo volumétrico, siendo más raro, aunque no por ello inexistente, su presencia en varillas lisas.
Si como hemos señalado para ambos tipos de cierres -en gancho y en ojales-existe una clara dispersión geográfica, correspondiente el primer tipo a la Meseta Norte y el segundo a la extensa área de la cultura ibérica, su presencia en las dos zonas, aunque en número notablemente inferior al modelo propio que las define, es posiblemente un elemento indicativo de la permeabilidad cultural de estas poblaciones.
Así la escasa representación del cierre en gancho en el mundo ibérico -dos torques del tesoro jienense de Menjíbar y otro en la localidad pacense de Orellana la Vieja (Raddatz, 1969, Taf.
25-8; 26-1 y 33-1)-, corre paralela a la del cierre en ojales en la Meseta Norte -un ejemplar en el tesoro de Arrabalde I y otro en el abulense de el Raso de Candeleda, éste último considerado por Fernández (1979, 403) como una importación de talleres andaluces, a través de la «vía de la plata».
Un aspecto muy interesante de los torques de Monasterio de Rodilla es el relativo a su decoración.
Dos son los motivos decorativos que caracterizan estas piezas: uno el denominado nudo de Hércules y el otro los ochos seriados.
Cada uno de ellos cuenta con representaciones, más o menos cercanas, en la orfebrería de la Meseta y, en ambos casos, son también deudores de influencias externas.
Los torques decorados con el nudo de Hércules (fig. 5) son piezas que, aunque de muy sencilla ejecución sobre todo estructuralmente, contituyen un conjunto interesante en la orfebrería de la Meseta.
Responden a un mismo modelo de fabricación (fig. 6) y hasta la fecha su distribución geográfica se circunscribe, casi con exclusividad, a este ámbito territorial (fig. 7).
Este hecho, frente al único ejemplar ibérico conocido del tesoro de Menjíbar (Raddatz, 1969, Taf.
34.2), ha planteado la hipótesis de considerarlos producciones genuinamente meseteñas, valorando su presencia en territorios ajenos a la misma como resultado de las relaciones comerciales entre ambas regiones (Delibes, Esparza, Martín Valis, Sanz Mínguez, 1993, 427).
El nudo de Hércules se documenta en la Península a partir del s. iv-iii a.
C, en los broches de Cádiz y de Galera y como elemento decorativo en algunas fíbulas anulares del Levante y de la Meseta (necrópolis de la Mercadera, Soria).
Su presencia se ha vinculado a influencias mediterráneas, concretamente Nicolini (1990, 243) considera a los gaditanos producciones locales ejecutadas a partir de modelos griegos, a pesar de que algunos ejemplares como el de la Mercadera, por su decoración figura-da de cabezas humanas, se relacionen con el período antiguo de La Tene (Taracena, 1934, 170).
Para los nudos de los torques se ha mantenido también esta misma filiación mediterránea y más exactamente helenística; así Raddatz (1969, 104) piensa que pueden derivar de los que decoran las diademas de tipo Kerch, y Delibes, Esparza, Martín Valls y Sanz Mínguez (1993, 427) los relacionan, además, con producciones suritálicas \ Sin redundar de nuevo en los paralelos, aspecto ya tratado con ocasión de los torques de Padilla de Duero, sí nos gustaría hacer referencia a un brazalete de plata fechado entre el 350 -300 a.
C, hallado en Acarnania (Grecia) (Williams, Ogden, 1994, 73), cerrado por un sencillo nudo de concepción similar a los de los torques peninsulares -ibéricos o mésetenos-.
Una solución semejante aparece en el cierre de una pulsera de oro, datada en el s. iii a.
La presencia de este nuevo ejemplar húrgales, con nudo de Hércules y cierre de ganchos, apoya la ya expresada opinión de su producción meseteña y la particularidad de su tipo, de igual manera que también se le reconoció a los torques sogueados con voluminosos remates en forma de perilla, los decorados con lazos o bucles y los decorados con ochos (Delibes, Esparza, 1989, 112-113).
Los dos torques restantes son piezas notables en la orfebrería prerromana de la región (figs. 8 y 9).
En ellos se concretan dos tradiciones plenamente asentadas en la Península, por una parte el sogueado y por otra el trenzado de alambres -éste último, sin duda, es una técnica peculiar y propia de la orfebrería ibérica (Fernández Gómez, 1985, 183)-.
La conjunción de ambos aspectos en una sola pieza los dota de unas características especiales que los singulariza en relación a la orfebrería prerromana conocida hasta la fecha.
Curiosamente sólo conocemos otro ejemplar con doble técnica de elaboración.
Se trata de un torques del tesoro de Arrabalde I (Delibes, Martín Valls, 1982) ejecutado con alambres enrollados y cierre de ganchos y decorado en su parte central con un trenzado de disposición longitudinal bastante compacto.
Tanto en un caso como en otro.
Arrabalde I y Monasterio de Rodilla, los torques responden a un mismo concepto morfológico, si bien se diferencian por la forma del trenzado de sus zonas medias.
En el primer caso los alambres se cruzan, mientras ^ Estos autores realizan un exhaustivo estudio sobre este motivo decorativo en la Península.
Analizan sus precedentes, su relación con la cultura helenística y las posibles rutas de penetración, tanto a través del Mediterráneo, como por la vía terrestre del mundo celta.
Figura 7.-Península Ibérica: dispersión de los torques decorados con nudos de Hércules.
1, Arrabalde (Zamora); 2, Monasterio de Rodilla (Burgos); 3, Falencia; 4, Padilla de Duero (Valladolid); 5, Menjíbar (Jaén).
que en el segundo forman lazos altemos, en ambos sentidos, dando lugar su unión a una banda continua de ocho s seriados, a modo de hojas superpuestas.
Estas piezas, aunque pertenecientes a conjuntos diferentes, han sido datadas por Nicolini (1990, 478) a mediados del s. IV a.c, si bien su momento de ocultación fue posterior situándose a finales del s. III a.
De estructura similar a la de los torques de Jávea son los ejemplares sevillanos de los tesoros de Mairena del Alcor y la Puebla de los Infantes (Fernández Gómez, 1985, 183;1989, 84).
En ambos casos las piezas, fechadas a principios del s. m a.
C., están entrelazadas en ondas dando lugar a varillas caladas, de sección romboidal las de Mairena del Alcor y casi plana las de la Puebla de los Infantes, cerradas en ojales.
La consideración del trenzado de alambres como una característica propia y genuina de la orfebrería ibérica (Fernández, 1985, 166) ha sido matizada por Nicolini (1990, 476) al plantear que pudo desarrollarse a partir de ciertos modelos helenísticos que fueron adaptados, según su gusto y conocimientos técnicos, por orfebres hispánicos.
Citaremos, por ejemplo, el cetro aparecido en la Tumba degli Ori de Canosa, en Tarento, fechado en la segunda mitad del s. IV a.
C. (Williams, Ogden, 1994, 203) y un collar realizado con cuentas tubulares, fechado a finales del s. III a.
C., que se conserva en Richmond, en el Museo de Virginia (Deppert-Lippitz, 1985, 218).
A lo largo de la centuria siguiente se mantienen los alambres trabajados en retícula, pero su uso se reduce a mero elemento decorativo de filigrana aplicada sobre un soporte, caso de una diadema de Kerch, adornada con un gran nudo de Hércules decorado con granates, y un.fragmento de brazalete, rematado en cabezas de antílopes, de la zona de Tesalia (Deppert-Lippitz, 1985, 246 y 266).
Otras producciones helenísticas son algunos collares o brazaletes elaborados con una sencilla cadena de grandes eslabones unidos en espiga, tipo loop-inloop, como el procedente de la zona de Capua rematado con sendas cabezas de león y fechado en el año 300 a.
La datación de algunos de estos objetos en la segunda mitad del s. IV a.
C. y a lo largo del s. m a.
C., los sitúa cronológicamente en fechas cercanas a las piezas levantinas y andaluzas y la localización suritálica de varios de ellos apoya, en cierta manera, la opinión de Nicolini sobre la posible inspiración en modelos helenísticos.
El trenzado de alambres, al igual que el enrollado funicular, pudo muy bien deberse a influencias mediterráneas.
Sin embargo, en este caso, creemos que hay que tener también en consideración otra técnica muy peculiar y bien representada en la orfebrería antigua del sur y levante español: nos referimos concretamente a la filigrana al aire.
Aunque no son especialmente numerosos los ejemplares elaborados con esta técnica debemos hacer mención, a propósito de ella, de dos arracadas, una procedente de Cádiz -I B-y la otra del yacimiento alicantino de la Condomina (Perea, 1991, 151-152).
La pieza gaditana, para la que Nicolini da la procedencia de Puerta de Tierra (1990, 340), es en este sentido la más significativa debido a su filigrana trabajada en ondas, procedimiento que coincide en cierta manera con el seguido por los torques de Jávea, Mairena del Alcor y Puebla de los Infantes.
Sin duda alguna la diferente cronología entre ambas producciones -la arracada gaditana ha sido fechada entre el final del s. vii a C. y mediados del s. VI (Fase Media en la sistematización de Perea dentro del Período de Influencias Coloniales: 1991, 210) y en la primera mitad del s. vi a.
C. por Nicolini, frente a la datación a mediados del s. iv y el s. Ill a.
C. de los torques-puede plantear dudas sobre su validez como modelo de inspiración.
La filigrana al aire no es, como el trenzado, una técnica de exclusiva representación peninsular.
Por el contrario, de ella existen buenos ejemplos en la orfebrería etrusca fechables entre el último cuarto del s. VIII y el vii a.
C. aunque, en este caso como en el de las arracadas, alejados cronológicamente de la datación de los torques.
Curiosamente la filigrana al aire aparece también trabajada en ondas en los brazaletes en espiral -modelo bien representado en la orfebrería ibérica y de la Meseta Norte-de las necrópolis de Bisenzo, Marsiliana d'Albegna o Cerveteri (Cristofani, Martelli, 1983, 252, 266 y 275); en ondas unidas a bandas laminares, en una fíbula serpentiforme de la tumba de Perazzeta en Marsiliana {ídem, 267), en un pendiente o pequeño brazalete de Vulci {ídem, 276) y en una aguja o adorno de vestido de Narce, en la necrópolis de Monte Cerreto {Idem, 284).
Ésta última con la peculiaridad de que su banda central de filigrana al aire es de lazos alternos, que bien podríamos considerarlo como el esquema simplificado del trenzado de los torques burgaleses.
Es sin duda dentro de este marco mediterráneo donde se dan las bases para la aparición de la técnica del trenzado de alambres que bien pudo desarrollarse a partir de los modelos helenísticos de retícula calada o de la filigrana al aire ^.
Será, sin' ^ En opinión de Perea (1991, 204) considerar esta técnica como un elemento prestado de la orfebrería etrusca puede resultar precipitado a pesar de su cronología anterior, porque las influencias técnicas, decorativas o iconográficas en las producciones de la Península, aunque frecuentes, son de valoración compleja por la discontinuidad con que aparecen registradas a ¡o largo del tiempo. embargo, la cultura ibérica la que la dote de una personalidad propia y definida con piezas singulares de su producción y la que, con posterioridad, creará otras versiones con características específicas dentro de su ámbito cultural y en sus áreas de influencia, caso por ejemplo de la Meseta Norte (fig. 10).
A una etapa más avanzada de la cultura ibérica pertenecen los torques de alambres trenzados de los tesoros jienenses de Los Villares (Raddatz, 1969, 296 -n° 2) y de Menjíbar {ídem, 1969, 227 -nMl y 12), fechados en el s. II a.
Estas piezas quizás debamos considerarlas, por situación y cronología, el «hilo conductor» de la técnica del trenzado hacia las áreas del interior y norte peninsular.
Común a todos ellos son las varillas fusiformes y los extremos rematados en ojales, diferenciándose por el tipo de trenzado.
Así en uno de los torques de Menjíbar {ídem, 1969, Taf.
25.7) los alambres están cruzados a modo de eslabones, de manera muy similar al torques de Cheste, mientras que los otros dos {ídem, 1969, Taf.
4.2 y 26.3) se trabajan en ondas unidas por un cordoncillo sogueado.
Será el trenzado de alambres cruzados -semejando eslabones-el que encontremos en un fragmento de torques del tesoro de Drieves (Guadalajara) (Raddatz, 1969, 215 n° 132), a medio camino entre el Levante y la Meseta, y en dos torques de los tesoros de Arrabalde I y II (Delibes, Martín Valls, Figura 10.-Península Ibérica: dispersión de los torques con varillas de alambres trenzados (+) y de los torques decorados con lazos y ochos (o)-1, Cheste (Valencia); 2, Jávea (Alicante); 3, Puebla de los Infantes (Sevilla); 4, Mairena del Alcor (Sevilla); 5, Los Villares (Jaén); 6, Menjíbar (Jaén); 7, Drieves (Guadalajara); 8, Monasterio de Rodilla (Burgos); 9, Palencia; 10, Arrabalde (Zamora); 11, Mondoñedo (Lugo); 12, Cruceiro da Coruna (La Coruna); 13, Bagunte (Portugal).
Éstos últimos muestran algunas variantes con respecto a los ejemplos anteriores, siendo su trenzado más compacto, parecido en cierta manera al motivo en espiga del brazalete de Jávea (Nicolini, 1990, 514).
Estos trabajos de alambres cruzados son bastante complejos, en ellos se combina el gusto por lo decorativo y una cierta flexibilidad de las piezas.
Este mismo concepto es, sin duda, el que debemos aplicar al trenzado de los torques burgaleses, si bien su peculiaridad reside en la sencillez de la técnica empleada que tiende hacia una varilla plana y ancha conseguida a partir de dos alambres trenzados en lazos alternos (fígs.
El motivo de lazos u ochos está perfectamente integrado en las producciones celtibéricas, de tal manera que se les considera como un diseño exclusivo de la Meseta (Delibes, Esparza, 1989, 113), siendo los tesoros palentinos del Cerro de la Miranda (Almagro Basch, 1955-57, 39 ss.) y de las Filipenses (Raddatz, 1969, tesoro III, 233-237) los que aportan el mayor número de ejemplares con esta decoración.
Su disposición puede ser unitaria o múltiple, en el centro o a lo largo de la varilla, y puede ser un lazo simple o doble, denominado ocho.
Desde el punto de vista morfológico los torques decorados con lazos u ochos son prácticamente iguales a los decorados con el nudo de Hércules con sus varillas de alambres enrollados -helicoidales-, en ocasiones también lisas, no muy voluminosas, pero con ligero engrosamiento central y extremos cerrados con ganchos.
La dispersión de estos torques se circunscribe prácticamente a la Meseta Norte, que es, también por el momento, la región que mayor número de piezas aporta.
Por el contrario, los ejemplos conocidos fuera de ella los encontramos de nuevo en un torques del tesoro de Menjíbar (Raddatz, 1969, Taf.
Los tres primeros responden al modelo de alambres enrollados decorados con ochos y cierres de ganchos, mientras que el cuarto -el portugués de Baguntees un torques de alambres trenzados.
Al igual que ocurría con los torques decorados con nudos de Hércules, los de lazos y ochos muestran también una significativa dispersión meseteña y los ejemplares externos a ella parecen responder a exportaciones de esta orfebrería.
Este aspecto, con respecto al NW, abre nuevas perspectivas sobre la valoración de las corrientes de influencias entre ambas producciones, fundamentalmente planteadas en una sola dirección como elementos cedidos a la Meseta, caso por ejemplo de los voluminosos remates en forma de bellota o de escocia.
EL TESORO Y SU SIGNIFICADO
El tesoro de Monasterio de Rodilla con sus torques de ochos continuos, nudos de Hércules y cierres de gancho reafirma la teoría que los defiende como modelos originales de los talleres mésetenos y constituye un buen ejemplo del alto nivel de desarrollo que llegó a alcanzar la orfebrería celtibérica.
Ambos tipos de torques parecen responder a un momento evolucionado en su producción, en el que, posiblemente, se conjugasen satisfactoriamente los aspectos derivados del control técnico en la elaboración con el gusto por determinados elementos formales o decorativos plenamente aceptados.
El primer aspecto, el técnico, es perfectamente reconocible en una gran mayoría de objetos de adorno personal, como por ejemplo las arracadas.
Estas piezas se caracterizan en la Celtiberia por sus cuerpos en forma de cuarto creciente, elaborados a base de hilos soldados, y su apéndice triangular de racimo.
La alta calidad técnica de algunas de estas piezas creemos que es indicativa de la perfección alcanzada en los trabajos de filigrana, por lo que no es difícil imaginar que se desarrollase la tendencia a fabricar joyas con alambres trenzados como los torques o los ya citados «adornos para el pelo» de Arrabalde, Saldaña y Sasamón ^.
El hallazgo de varios atesoramientos en la Meseta Norte ha abierto nuevas expectativas en la investigación arqueológica, por una parte la consideración de la orfebrería celtibérica como una producción diferenciada y con entidad propia y por otra el valor documental que aporta en el estudio de estas sociedades (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993, 397 ss.).
La ocultación de este tesoro, a la vista del estado de conservación de las piezas, fue cuidadosa y por lo tanto suponemos que intencionada.
Desconocemos, sin embargo, las causas y su finalidad por tratarse de un hallazgo casual sin ningún tipo de registro arqueológico.
Las referencias a su aparición en las «cercanías» de Monasterio de Rodilla y los datos arqueológicos aportados por el yacimiento del Alto de Rodilla, son factores que nos han inclinado a pensar que ambos, tesoro y yacimiento, bien puedieran estar relacionados.
En tales circunstancias esta ocultación sigue parámetros similares a las del resto de la Meseta Norte en cuanto a su localización cercana a lugares de poblamiento, o incluso -como en el de Raso de Candeleda (Fernández, 1986, 77) y del tesoro II de Padilla de Duero (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993, 413)-dentro de los propios poblados, enterrados bajo el suelo de viviendas.
Esta asociación de tesoros-yacimientos es uno de los motivos que han inducido a considerar el carácter privado, de reunión de riqueza, de los tesoros celtibéricos.
Al igual que otros conjuntos mésetenos (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993, 457) el de Monasterio de Rodilla, con sólo tres torques, parece responder también a una propiedad estrictamente personal, a lo sumo familiar, de objetos valiosos que, por su buena conservación, bien pudieron encontrarse en pleno uso cuando fueron escondidos.
Los tesoros celtibéricos aportan una nueva imagen social, de acumulación de riqueza privada, que se contrapone a la de pobreza y barbarie transmitida por los escritores clásicos.
Estudios recientes sobre las fuentes escritas están permitiendo precisar que las relaciones de igualdad y comunidad no eran las características de los pueblos celtibéricos, sino que, por el contrario, existía la tendencia hacia las diferencias económicas, la concentración de la propiedad y el poder (Ruiz-Gálvez, 1991, 72-75).
Quizás este proceso de cambio, caracterizado por la creación de nuevos asentamientos y por ciertas transformaciones en los rituales funerarios (Burlilo, 1991, 25), sentó las bases para que surgiera una sociedad jerarquizada en la que la posesión de la riqueza pudo ser uno de sus símbolos de distinción (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993, 459).
La idea de igualdad social ha estado apoyada, en gran medida, por la uniformidad de los materiales arqueológicos de los ajuares funerarios de las necrópolis meseteñas.
Sin embargo, la investigación actual ha abierto nuevas expectativas en su interpretación, dando a conocer la diferenciación de zonas dentro de las propias necrópolis y su posible intencionalidad de jerarquización social ^ En este sentido algunos autores consideran que la uniformidad en la composición de los ajuares puede responder a un acto ritual (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993,459), basado más en la tradición que en las diferencias sociales ^.
Quizás a este valor ritual se deba, igualmente, la ausencia de joyas en los enterramientos frente a la abundancia de materiales de hierro y bronce, en muchas ocasiones ricamente decorados con nihelados o láminas aplicadas de plata o de oro, como la guarda de un puñal de la tumba 27 de Villanueva de Teba, o la fíbula de la tumba 60 de Miraveche (Schüle, 1969, 290, la incluye dentro de la tumba 36).
Sólo en casos muy concretos aparecen pequeñas piezas como los pendientes fusiformes de oro en Chamartín de la Sierra (Cabré, 1934, 353 ss.) o las joyas de plata en las necrópolis sorianas de la Mercadera (Taracena, 1932), Ucero (García-Soto, Castillo, 1990) y Carretiermes (Argente, 1991).
Todos estos objetos -pulseras, pendientes o fíbulasse caracterizan por su sencillez, en contraste con la elaborada composición de las piezas de los tesoros.
Como otros muchos hallazgos que carecen de contexto, la cronología de este tesoro plantea algunos problemas.
Esta circunstancia sólo nos permite hacer una valoración comparada con otros hallazgos de la Meseta para los que, en base al numerario que los acompañaba, al menos se ha podido precisar la fecha aproximada de su ocultación.
Según se deduce de los datos históricos de las fuentes literarias y de los datos arqueológicos, estas ocultaciones parecen responder a momentos de inestabilidad social provocada generalmente por las campañas de conquista que, para la cuenca del Duero y la Meseta ^ Estudios de Martín Valls (1984;1986-87) para la zona palentina, la Osera y las Cogotas, o los realizados, por su parte, por Castro Martínez (1986) y Kurtz (1987) igualmente sobre las Cogotas.
^ Bajo este aspecto podemos entender la presencia de pequeños vasos cerámicos elaborados a mano en la necrópolis burgalesa de Villanueva de Teba cuyos ajuares, caracterizados por sus ricas y abundantes piezas de bronce, se acompañan con urnas funerarias de funcionalidad puramente testimonial.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ Norte, discurren a lo largo del s. i a.
C. Diversos son los acontecimientos bélicos que afectan a esta área, pero los de mayor repercusión social fueron las guerras sertorianas, que durante la década de los años 70 a.
C. conmocionaron la zona media del Duero; la sublevación vaccea, con la conquista de Clunia por Mételo Nepote en el año 56 a.
C. y, finalmente, la guerra contra cántabros y astures, iniciada hacia el año 29 a.
C. por Estatilio Tauro y concluida en los primeros años del s. i de la era cristiana.
La situación de Tritium Autrigonum, relativamente marginal con respecto a la cuenca del Duero y en una zona de paso, nos inclina a pensar que quizás los acontecimientos bélicos que más le afectaron pudieron ser la rebelión de los vacceos y las campañas contra los cántabros.
Tanto en un caso como en otro tuvieron repercusiones en los territorios de la provincia de Burgos y la ciudad de Tritium Autrigonum no sería ajena a la inestabilidad del momento.
Otro aspecto a tener en consideración es la tipología de los torques.
Por sus caracteres encajan dentro de las producciones consideradas como más genuinamente celtibéricas, siendo sus paralelos más cercanos los torques de los tesoros de Padilla de Duero (Valladolid) y los de la ciudad de Patencia.
Para los primeros se ha fijado su ocultación hacia la mitad del s. i a.
C, en correspondencia con la sublevación vaccea (Delibes, Esparza, Martín Valls, Sanz Mínguez, 1993, 462), y para los segundos en torno al año 73 a.
Por ello en nuestro caso, teniendo en cuenta su tipología y los momentos de inestabilidad de la zona, pensamos que su fecha de ocultación pudo ser hacia la segunda mitad del s. I a.
Más comprometido es intentar fijar el momento de su fabricación, para el cual si nos atenemos a las fechas de ocultación propuestas por Raddatz (1969, 53) para el tesoro de Menjíbar, entre el 105-90/80 a.
C, en el que se incluyen torques decorados con nudo de Hércules, ocho s y otro de alambres trenzados, debemos suponer que, al menos, a finales del s. II a.
C. se podían estar elaborando piezas de estas características en la orfebrería prerromana de la Meseta Norte.
Aunque quizás los torques con trenzado de ochos continuos, por su compleja composición decorativa, pudieran ser posteriores.
Comunicaciones en la época romana en la provincia de Burgos. |
La inicial revisión y el estudio del contexto arqueológico de esta necrópolis ibérica ha evidenciado un interesante conjunto de materiales, además de identificar diversos enterramientos y sus respectivos ajuares.
A través de estos datos ha sido posible acotar, de una manera aproximada, los límites cronológicos de la necrópolis.
En esta ocasión, a partir de la presentación de un conjunto de cerámicas ibéricas, valoramos el conocido y complejo fenómeno de las imitaciones cerámicas.
INTRODUCCIÓN: LA NECROPOLIS DEL CORRAL DE SAUS
El yacimiento (fig. 1) se sitúa en una ladera del monte denominado El Castellaret, debido al hallazgo de los restos de un poblado ibérico correspondiente con probabilidad a la necrópolis (Fletcher y Fia, 1977, 56), a casi 8 km al Oeste de la actual población de Mogente (Valencia).
Su excavación se llevó a cabo por parte del S.I.R durante los setenta, bajo la dirección de D. Fletcher y E. Pía, con la directa intervención de J. Aparicio.
La llamada necrópolis inferior (Aparicio, 1976; fig. 2) constituye, con 360 m^, prácticamente la totalidad del yaci-' Este artículo se integra en el proyecto de investigación: «Tumbas destruidas y esculturas fragmentadas en la Cultura ibérica: el ejemplo del Corral de Saus de Moixent (Valencia)», dirigido por la Dra.
C. Aranegui Gaseó, que desarrollamos gracias a la concesión de una beca de F.P.I., otorgada por la Conselleria de Educació i Ciencia de la Generalitat Valenciana.
Asimismo, se enmarca en el proyecto denominado «La sociedad ibérica a través de sus cerámicas» (PB94-0977), subvencionado por la CICYT, en el que participamos. miento, diferenciándose de la superior, situada en un aterrazamiento más alto, que tan sólo cuenta con 8 m-de superficie excavada.
Las primeras noticias y publicaciones ven pronto la luz (Fletcher y Pía, 1972, 1974, 1977, entre otros), al compás, sin duda, de los excepcionales hallazgos monumentales procedentes de la «Tumba de las sirenas» y la «Tumba de las damitas».
No obstante, esta necrópolis no ha contado con un estudio en profundidad, aunque es evidente el interés u=u=u Figura 2.-Plano actualizado de zonas excavadas de la denominada necrópolis inferior del Corral de Saus (Aparicio, 1984, fig. 16).
Localización de piezas completas y fragmentos de imitaciones de formas importadas en cerámica ibérica, procedentes de los ajuares funerarios del yacimiento.
de trabajos sobre temas puntuales como la propuesta de restitución del monumento conocido como pilar-estela (Almagro, 1987).
En Corral de Saus, sin olvidar los problemas de remoción y descontextualización de parte de los ajuares, contamos con un gran conjunto material, prácticamente inédito, así como la documentación de una serie de enterramientos de los que algunos ofrecen fechas de deposición precisas.
Hemos propuesto, tras el inventario y estudio de materiales realizado (Izquierdo, 1995a), unas cronologías centrales en torno a los ss.
Ill y II a.C. para el yacimiento, con un hipotético momento anterior correspondiente al paisaje monumental atribuido a la necrópolis y una perduración hasta el cambio de era (Izquierdo, e.p.).
LA CERÁMICA IBÉRICA La cerámica ibérica fina documentada manifiesta una original riqueza y variedad de formas y decoraciones con ejemplos extraordinarios tales como el vaso denominado «del héroe y la esfinge» (Izquierdo, 1995b).
Siguiendo el criterio de Mata y Bonet (1992) para la clasificación del conjunto, hemos diferenciado 6 grupos funcionales dentro de la cerámica fina (clase A).
Sin extendernos sobre el tema, puesto que la relación de porcentajes ha sido referida sintéticamente en otro trabajo (Izquierdo, e.p.), hemos de señalar que la vajilla de mesa es el grupo mejor y mayor representado, con 40 perfiles completos conservados, al que le siguen, en orden de importancia, el grupo de los recipientes de des-pensa, almacenaje y transporte, así como las imitaciones, cerrando la serie los artefactos cerámicos y los fragmentos de micro vasos.
Centrándonos en el denominado grupo de imitaciones ^, en el que se recogen piezas que imitan más o menos fielmente formas procedentes de diferentes ámbitos extrapeninsulares (Mata y Bonet, «1992, 139), en el yacimiento objeto de nuestro estudio contamos con un pequeño pero interesante lote de cerámicas cuyas formas -y decoraciones en algún caso-se inspiran en prototipos mediterráneos y de manera más concreta, fundamentalmente, en formas griegas y suritálicas.
El porcentaje obtenido para este grupo, en relación al total del inventario selectivo de cerámica ibérica, sin ser alto, es significativo (más del 6 %).
Son cerámicas finas de cocción oxidante y pastas duras, con tonos que oscilan entre el anaranjado y el marrón claro, en su mayor parte pintadas en tonos marrón oscuro.
Sus superficies se tratan, por lo general, con alisados.
Las imitaciones documentadas son la copa-escifo, los platos F. 23 Lamb. -entre los que contamos con un plato de peces-y F. 36 Lamb., la cratera, además de otras formas con menor representación.
En otro orden de cosas, antes de detenernos en las propias cerámicas, hemos de señalar el interés que supone, para una adecuada comprensión de las piezas que presentamos, la integración del análisis iconográfico con el soporte tipologico utilizado, sin prescindir del contexto cronológico-cultural de las mismas.
Por otro lado, de cara a la consulta de las características individualizadas de cada pieza (localización, dimensiones, pastas, superficies, etc.), véase la tabla 1.
Tres piezas, además de pequeños fragmentos, han sido identificadas como imitación de la copa griega con asas (Aranegui y Pía, 1981, F. lia; Aranegui y Pérez Ballester, 1989), forma de frecuente aparición en tierras de Valencia y Murcia.
Son copas que presentan de manera general, un borde saliente, base o pie anillado y asas horizontales de sección circular.
Sus perfiles son de tendencia hemiesférica (fig. 3, 1) o carenada (fig. 3, 2).
Las dimensiones son muy similares -0 boca de 11 cm en todos los casos-y las pastas, de cocción homogénea (v. tabla 1).
En los dos ejemplos ilustrados hemos observado huellas de contacto con el fuego en sus superfi-cies.
La decoración es pintada en estilo geométrico y se adapta a la articulación de la forma y partes estructurales del vaso.
Así, el labio, la zona de las asas y el pie son destacados a través de bandas decoradas enmarcadas por filetes.
Los motivos geométricos representados son: trazos verticales irregulares en el borde interno, arcos de círculo y semicírculos concéntricos en la superficie externa (fig. 3, 1) o arcos de círculo y líneas onduladas paralelas (fig. 3, 2).
Las tres imitaciones de copas pertenecen a cremaciones distintas (fig. 2) datadas, a través de la presencia de cerámicas importadas de barniz negro, de manera aproximada en torno a la primera mitad del s. III a.C. El primer ejemplo (fig. 3, 1) se adscribe a la «incineración n° 4»^ «en caja o cista» de la ^ Por cuestiones de espacio no describiremos los ajuares funerarios en su totalidad.
La «incineración n° 4» contaba además con una tinajilla con hombro bitroncocónica y decoración geométrica, un pequeño caliciforme de perfil carenado, así como fragmentos de otros tipos cerámicos -tinaja, plato, pátera y botellita-, una lámina de bronce y dos fragmentos indeterminados de hierro (Izquierdo, 1995a, T. I, 263-264).
Figura 3.-1 y 2, copas con asas ibéricas con decoración pintada geométrica.
La segunda copa (fig. 3, 2) pertenece al singular conjunto C-12 (sector A)'^ de la necrópolis inferior, rico en hallazgos, que posteriormente trataremos, ya que a esta copa se suma el plato de peces, un fragmento de imitación de cratera y otro de vaso plástico (v. infra).
El tercer ejemplo pertenece al conjunto B13-14 (sector A)^ datado por una paterita de barniz negro F. 21/ 25 Lamb./ F-2714 (Izquierdo, 1995a, T. II, fig. 77, 2) con estampilla impresa en relieve, de compleja adscripción a un taller concreto.
En líneas generales, este tipo de imitaciones se ha documentado en el cuadrante Sureste peninsular, en el área murciana y tierras valencianas, tanto en necrópolis -El Cigarralejo, Cabecico del Tesoro, Cabezo Lucero o La Albufereta-, como en poblados -Castillico de las Peñas, Bolbax de Cieza, La Bastida de les Alcuses, Los Villares, Puntal deis Llops, La Serreta o el Tossal de San Miguel de Liria ^.
^ El conjunto C-12 cuenta además con un plato de borde exvasado, sin diferenciar, decorado con pintura monocroma de estilo geométrico con rombos en su superficie interior y semicírculos concéntricos en la exterior, así como pequeños fragmentos de otras formas ibéricas -tinajilla, jarro, caliciforme, plato, pátera y botella-.
Contenía, asimismo, una lámina rectangular de hierro y un pequeño fragmento de terracota indeterminado (Izquierdo, 1995a, T. I, 253-254).
^ El conjunto B13-14 se completa con dos platos de borde exvasado de ala ancha y una pátera, decorados con pintura geométrica, así como pequeños fragmentos de tinaja y jarro de boca trilobulada.
Otros elementos son un fragmento de lanza de hierro, lámina y fragmentos indeterminados del mismo material.
Distintos materiales como la terracota -un pequeño fragmento-o un nodulito de sílex, además de restos de macrofauna, fueron asociados al enterramiento (Izquierdo, 1995a, T. I, 252-253).
Plato de peces (fig. 4) A la citada copa-escifo (fig. 3, 2) se asocia un plato de peces, cuya restitución ha sido posible tras la realización del inventario de materiales, aunque la pieza no se halla completa'^.
Con respecto a su contexto en la necrópolis (fig. 2), este plato apareció asociado al citado conjunto C-12 (v. supra) datado en torno a la primera mitad del s. m a.C. El plato se inspira en la forma ática, pero sin la cazoleta central característica del tipo, con el borde pendiente (26 cm. de A de boca, v. tabla 2).
El plato se decora totalmente con figuración en la superficie interna, flores y roleos en la externa y motivos geométricos en el borde externo.
La franja con decoración figurada zoomorfa interna, enmarcada con motivos geométricos -banda y filete-, muestra el cuerpo incompleto de tres peces -del tercero únicamente se conserva el ojo-, que nadan de derecha a izquierda.
Los peces giran en círculo, separados por estilizaciones vegetales: flor acorazonada, hojas, espirales, así como brotes, expresando la idea del mar como fecundidad.
Se representa su interior, como es frecuente en las figuraciones de animales en el mundo ibérico y, en un caso, tal vez la espina.
No hay una repetición idéntica, por lo menos en los dos animales conservados, puesto que los motivos son distintos.
Existe, pues, una interesante variación animal intencionada.
Por su parte, la cazoleta podría ser sugerida a través de los motivos geométricos -filete y banda-pintados centrales.
La decoración exterior, por otro lado, muestra un exuberante friso vegetal de brotes y espirales, enmarcado por motivos geométricos.
Finalmente, el labio pendiente exterior se decora con triángulos pintados.
Es significativa la combinación de peces en su cara interna con representaciones vegetales en la externa, repetida en las decoraciones cerámicas de Liria (Aranegui, Mata, Pérez Ballester y Martí, e.p.).
Un trabajo reciente ha propuesto la interpretación de estos platos como exponente de unas creencias en relación a una concepción del viaje al más allá, difundidas por todo el Mediterráneo ya en el s. IV a.C. que penetran en la sociedad ibérica hacia el s. III a.C. (Aranegui, e.p.).
Con respecto a la forma, nos parece interesante la propuesta de separar los platos de peces pintados sin cazoleta de los «de pescado, con cazoleta» que no presentan esta com-^ Uno de los fragmentos de esta interesante pieza fue publicado por Aparicio (1976; idem, 1982, 46, fig. 5) bajo el nombre del yacimiento «Enguerina» y posteriormente recogido en el catálogo de V Page (1984, 112, fig. 16.1). binacion de motivos, ya que los primeros se asocian cada vez más al fenómeno de las representaciones simbólicas de la sociedad ibérica, perdiendo la función de elemento de la vida cotidiana, debido a su decoración ^ A su vez, ya la composición con temas marinos que decora la fíala argéntea de Tivissa (Serra Ráfols, 1941), orientaba esta interpretación singular.
En este sentido cabe citar la exuberancia de la naturaleza plasmada y el simbolismo del mundo vegetal, posible reflejo de un ambiente acuático, aspecto comentado y analizado en otros vasos (Olmos, 1989).
Por último, los platos de peces, los más directamente imitados de la vajilla ática y suditálica, son conocidos en el ámbito de la cultura ibérica, y concretamente en las provincias de Castellón, Valencia, Alicante, Albacete y Murcia ^.
Posible plato F. 23 Lamb, con decoración pintada geométrica (fig. 5, 1)
Sin mantener la cazoleta, aunque conservando su característico labio pendiente, se ha conservado un ejemplar que presenta decoración pintada de estilo geométrico en su superficie interior y labio, permaneciendo la superficie externa lisa.
Este posible plato ^°, de finas secciones (v. tabla 1), se decora con ^ Véase al respecto, el trabajo de McPhee y Trendall (1987) en el que se observa el uso de los platos de peces como posible ajuar funerario en Grecia, el Mar Negro, la Magna Grecia y Sicilia, donde es el simbolismo marítimo del pez lo que cuenta.
Su diseño ya no tiene nada que ver con la alimentación sino que evoca la travesía que el difunto emprende a través del océano, de ahí que estos platos de peces parecen distinguirse de los platos de pescado.
A los primeros ya no les hace falta la cazoleta -no la tienen-'-porque su finalidad es simbólico-ritual.
Otra posibilidad que no puede ser obviada es la clasificación del tipo con función de tapadera de otro recipiente.
En este sentido, dicha funcionalidad sería sugerida en el conjunto de platos de Corral de Saus a través, por una parte, de la presencia de una profusa y doble decoración -en sus superficies interior y exterior-, así como por la ausencia de desgaste de la cara interna, bien conservada en gran parte de los casos.
Asimismo, su utilización como tapaderas fue evidenciada in situ durante el proceso de excavación (Aparicio, 1976; idem, 1982, lám. XII). triángulos seriados en el exterior del labio y su superficie interna muestra una banda posiblemente de semicírculos concéntricos con punto central -la pintura se halla muy deteriorada-enmarcada entre la ya clásica combinación de filete-banda-filete.
Este plato no posee una localización espacial precisa (cuadrículas Bo-Ho 11, sector C) aunque la referencia indicada nos sitúa de nuevo al N-NW de la «Tumba de las damitas».
En el ámbito de la Edetania y Contestania se ha recogido una docena de estos platos con decoración pintada geométrica ^^ 11.3.
Plato F. 36 Lamb, con decoración pintada geométrica (fig. 5, 2)
Un ejemplar con labio curvo y ligeramente pendiente, aunque de pequeñas dimensiones, podría considerarse como afín al modelo companiense.
Se trata de un plato que presenta dos orificios de suspensión en el labio y evidentes huellas de contacto con el fuego, decorado en su totalidad con pintura de estilo geométrico (v. tabla 1).
Los motivos geométricos plasmados son dos bandas seriadas paralelas de semicírculos concéntricos con punto central y arcos de círculo concéntricos, enmarcadas por filetes -en el interior-; así como banda de arcos de círculo concéntricos, en alternancia con líneas onduladas paralelas verticales o «melenas».
Este plato fue hallado junto a la «Tumba de las sirenas» (cuadrícula E-14, sector A) (fig. 2).
No podemos olvidar que una de las escasas piezas de importación completas conservadas en Corral de Saus, además de abundantes pequeños fragmentos de borde, pertenecen a la F. 36 Lamb./ F-1312.
A modo de paralelos de estos platos pintados con decoración geométrica, poseemos ejemplos cercanos, de nuevo, en la Edetania y Contestania ^^.
Se han documentado una serie de pequeños fragmentos (28) de labio curvo y pendiente, proba- Presentamos en este trabajo algunos vasos (v. tablas 1 y 2) que, aun siendo prudentes, puesto que no conservamos ningún ejemplar completo, podrían asociarse al grupo de imitaciones de crateras, entre los que contamos con ejemplos interesantes.
En primer lugar comentaremos el hallazgo de un vaso fragmentado (fig. 6), único ejemplo con policromía del yacimiento, de boca ancha (32 cm de 0) y borde saliente, con cuerpo de tendencia acampanada.
A esta pieza se asocia un pequeño fragmento de asa de sección circular.
Su singularidad se manifiesta en la propia forma, sus dimensiones, la técnica de la policromía y la articulación de la decoración a la estructura del vaso.
Asimismo, es interesante el cambio de escala que se opera con respecto al modelo original griego de dimensiones canónicas.
Esta reducción del tamaño de la pieza podría implicar el uso de la cratera como vaso individual o un cambio de significado.' ^ La referencia concreta de la pieza indica su pertenencia al Sector C, talud testigo de las cuadrículas Bol2, Bol3 y Bol4 (8-VI-1973), que forman parte directamente de la estructura conocida como «Tumba de las damitas», tal y como puede observarse en el plano del yacimiento (fig. 2).
No obstante, hemos de señalar nuestro desconocimiento de la ubicación exacta de la pieza, bien formando parte del ajuar de la propia tumba, de su empedrado o bien perteneciente a un momento posterior indeterminado.
La superficie interna se decora con pintura geométrica a base de filetes paralelos de color marrón oscuro.
La exterior presenta una decoración polícroma combinando el color marrón oscuro característico en todos los motivos principales -filetes que enmarcan, de arriba abajo, una guirnalda, una banda de ovas seriadas con botón central y roleos-, el color blanco -a modo de fondo de las bandas con guirnalda y ovas-y el color rojizo -rellenando los roleos seriados y el motivo geométrico final-.
Este vaso se halla fragmentado y no es posible reconocer el resto de la composición decorativa.
Parece apreciarse finalmente, la parte superior de lo que podría ser una nueva serie de roleos.
La tipología del vaso, unida a los temas decorativos plasmados -guirnalda, ovas, roleos-evidencian claros referentes en las cerámicas griegas y suritálicas.
Así, es interesante citar la aparición de ovas decorando las asas en crateras griegas del s. iv a.C. No obstante, destaca, en primer lugar, la hipotética sustitución que se opera con respecto a los característicos temas figurados que decoran las crateras áticas por composiciones donde prima el carácter ornamental, vegetal y geométrico.
Recordamos en este punto las palabras de R. Olmos a propósito del vaso de Santa Catalina del Monte (Verdolay, Murcia) que, por otra parte, ofrece paralelos en la selección de los motivos decorativos vegetales con la pieza de Corral de Saus «(...) no es el arte ibérico un arte antropomórfico sino esencialmente simbólico y globalizador de la naturaleza» (Olmos, 1987, 24).
Así, observamos que los motivos geométricos -filetes-enmarcan frisos horizontales superpuestos en donde temas vegetales -guirnalda, roleos-imprimen un nuevo dinamismo y movimiento a la composición.
La disposición de elementos en franjas horizontales es común con el estilo puramente geométrico, aunque los ritmos y las sucesiones en el espacio, aún siendo ordenadas, adoptan una nueva dimensión donde impera la sensación de movimiento a través de líneas curvas fundamentalmente, con que se representan estos motivos vegetales y florales.
Testimonio de ese gusto por plasmar formas que derivan de la naturaleza, los temas vegetales comienzan a emplearse en un momento todavía impreciso del s. m a.C. en los yacimientos ibéricos, según C. Aranegui (1975, 50), de manera simultánea a la aparición de figuraciones zoomorfas y antropomorfas (Aranegui, Bonet, Martí, Mata y Pérez Ballester, e.p.).
Se integran con los clásicos motivos geométricos y otros nuevos que se suman al repertorio existente, en nuevas composiciones de ritmos libres y dinámicos, característica de vasos exclusivos para usos destacados o significativos, como se desprende de su menor frecuencia y convivencia con los decorados con temas complejos.
R Lissarrague (1989, 267-269) afirma que se imitaron más las formas de los vasos griegos que sus decoraciones; en este ejemplo tendríamos una típica síntesis ibérica.
Desde el punto de vista de la técnica, el tipo de decoración que plasma esta pieza no se parece a la policromía que tradicionalmente han manifestado cerámicas de filiación fenicia o del horizonte ibérico antiguo donde el negro y el rojizo son los colores básicos y los temas repiten esquemas geométricos de bandas y filetes combinados en su mayor parte.
Asimismo, la utilización del color blanco nos introduce en un ambiente ibérico mayor.
Su aparición en el mundo de las necrópolis ^^ asociada a otras características, puede sugerir su definición como vasos de encargo (Olmos, 1987).
Se trata de vasos que no tienen un uso cotidiano, sino que son de lujo y, para el caso de Corral de Saus, poseen tal vez, un sentido funerario.
Por otro lado, los temas decorativos de la pieza recuerdan -como hemos señalado-las bandas de roleos vegetales del vaso globular hallado en el Cerro de Santa Catalina del Monte, donde además aparece representada una escena con dos personajes posiblemente femeninos enfrentados (Jorge, 1969, 200-204) cuya cronología se ha situado en torno al s. III a.C. (Olmos, 1987, 23).
Se trata, como podemos observar, de decoraciones infrecuentes en el ámbito del País Valenciano, a pesar de que diversos estudios se han dedicado a señalar las cerámicas con decoración pintada polícroma (Aranegui,1974; Oliver, 1982Oliver, -1983, entre otros), entre otros).
La pieza no aparece asociada a ningún enterramiento concreto, sin embargo, la referencia espacial indicada (cuadrículas Do-Eoll, sector C) (fig. 2) nos sitúa en un espacio inmediato al NW de la «Tumba de las damitas» por una parte, y el enterra-miento Foil'^, en el que se halló el conocido caliciforme globular con decoración de estilo Elche-Archena (Aparicio, 1977, lám. XIV; Izquierdo, 1995a, V. II, fig. 36, 1).
Más incompletos se conservan dos vasos (fig. 7, 1 y 2) de boca ancha (26 cm de A en ambos casos) y borde saliente (v. tabla 2).
Su identificación como posible imitación de cratera se debe a su característico perfil y la decoración de su superficie externa, con paralelos -en la técnica y los temas representados-en el vaso con policromía que hemos comentado anteriormente (v. supra).
La decoración de nuevo se adapta a la tectónica del vaso, combinando los colores marrón oscuro -en los temas principales-y blanco -a modo de fondo-.
En ambos casos, motivos geométricos simples -filete (fig. 7, 1) y banda (fig. 7, 2)-decoran el borde interno de los vasos.
El primer ejemplo (fig. 7, 1) muestra en su superficie exterior filetes que enmarcan bandas horizontales con temas seriados de roleos y semicírculos con punto central.
La pintura, en este caso, se halla mal conservada.
La referencia contextual de esta pieza es vaga (cuadrículas G-H-I-J 16, sector A) ya que, si bien nos señala un espacio al S de la «Tumba de las sirenas», pocas orientaciones cronológicas nos ofrece.
El segundo caso (fig. 7, 2) muestra también filetes que dan paso paso y enmarcan una banda con semicírculos seriados con punto central, a modo de ovas.
A esta pieza se asocia un pequeño fragmento de galbo con la misma composición decorativa a la que se le añade una serie de líneas en zig-zag, dispuesta en una banda horizontal.
En ambos vasos la pintura blanca acompaña la decoración principal que se realiza con el color marrón oscuro.
Éste último ejemplo pertenece al ya conocido y singular enterramiento C-12, en donde se hallaron las piezas descritas más arriba -imitación de copa con asas, plato de peces-(v. supra).
Igualmente se ha documentado un recipiente cerrado de perfil carenado y base indicada (fig. 7, 3), desafortunadamente sin referencia espacial, cuyo tipo no puede ser concretado.
Posee una decoración pintada bícroma a base de motivos geométricos y vegetales, similar a los vasos descritos anteriormente con bicromía/policromía y que por ello presentamos en este punto.
Se observa en la superficie exter-' -'' Véase como ejemplos, el clásico conjunto de Baza (Granada) (Presedo Velo, 1982) o en Albacete, los recientes e interesantes hallazgos de la necrópolis de El Salobral (Blánquez, 1995, 56), sobre piezas ibéricas de inspiración clásica.'^ Asimismo, en las cuadrículas donde se documentó la pieza, se hallaron distintas producciones de cerámicas importadas que manifiestan la remoción de los materiales: una copa fragmentada de pie alto con asas, F. 68 Lamb./ F-3131 de campaniense A media por un lado, así como fragmentos del borde y galbo de una cratera ática de figuras rojas con la posible representación -dudosa debido a la gran fragmentación del vaso-de una escena dionisiaca (Izquierdo, 1995a).
Figura 7.-1 y 2, crateras ibéricas con decoración pintada bícroma; 3, vaso cerrado con decoración pintada bícroma.
na, de arriba abajo, una guirnalda de pequeños roleos perfilados en color marrón oscuro con el interior relleno de pintura blanca.
A continuación, un filete aislado, pintado en blanco, otro filete, esta vez en marrón oscuro, del que pende una banda de roleos, sobre el característico fondo de pintura blanca.
Hemos considerado oportuno mostrar esta pieza fundamentalmente por su afinidad decorativa -técnica y estilística-con los ejemplos anteriores -sobre todo con la pieza polícroma-, aunque como he-mos señalado, desconocemos la forma a la que pertenece.
Las piezas polícromas del Corral de Saus no parecen corresponder al mismo horizonte cultural ni cronológico que señalan la bicromía y policromía andaluza, más bien, nuestros ejemplos se sitúan en una época más avanzada, documentada en Murcia y Albacete, principalmente.
Nuestras conclusiones se hallan limitadas dada la escasez de estas producciones en el yacimiento, muy minoritarias en relación a la considerada cerámica típicamente ibérica y la inexistencia por otra parte, de un contexto cronológico-estratigráfico preciso que feche su deposición en las tumbas.
Interesa, no obstante, destacar la singularidad de estas producciones en la necrópolis y, concretamente, la inserción del uso del color blanco en un contexto más amplio ibérico y mediterráneo.
Un interesante vaso abierto del que se conservan fragmentos del galbo, dotado de asas transversales. podría considerarse una imitación de cratera o de cántaro (fig. 8) (v. tabla 1).
La asociación de su perfil, la forma del asa y su decoración original singularizan la pieza.
La decoración pintada figurada de tipo zoomorfo es excepcional, a pesar del mal estado de conservación de la pintura, que no nos permite apreciar la totalidad del diseño.
Sin embargo se puede observar la presencia -mediante la técnica del perfilado-de un jabalí (fig. 8, 1), representado Figura 8.-1 y 2, vaso abierto con decoración pintada figurada. con el cuerpo de perfil y el ojo de frente -dos circunferencias concéntricas con punto central-, en actitud amenazadora, con las fauces abiertas, colmillos visibles, orejas y crines del torso bien marcadas.
Presenta el interior de su cuerpo decorado con motivos geométricos -series horizontales de retículas y líneas onduladas-aunque la pintura se halla perdida en parte.
Otros fragmentos pertenecientes a esta pieza (fig. 8, 2) muestran el desarrollo del galbo con más figuraciones zoomorfas, tales como dos aves, una de las cuales, ya conocida (Aparicio, 1982, fig. 7), permite apreciar motivos ornamentales en su interior a modo de «ojos estrellados».
Se trata de uno de los ejemplos cerámicos con excepcional decoración figurada de tipo zoomorfo.
La disposición de los motivos en espacios triangulares es conocida en el caso de Liria (Valencia).
Es original la representación de ese hipotético jabalí, junto con las dos aves en un espacio compositivo compartimentado y decorado con temas geométricos que se disponen de manera abigarrada en una atmósfera casi asfixiante, confirmando ese gusto por la ornamentalización propio de las decoraciones cerámicas en el mundo ibérico.
Por otra parte, el jabalí, símbolo en numerosos pueblos de la antigüedad de la fuerza y el valor, posee en el mundo ibérico fuertes connotaciones funerarias (Quesada, 1990, 47).
Asimismo, aparece en las decoraciones de las cerámicas de Liria (Aranegui, Mata, Pérez Ballester y Martí, e.p.), así como en otras piezas típicamente ibéricas como la falcata decorada depositada en el S.I.P. (Aranegui, 1992).
A pesar de no adscribirse a ningún enterramiento concreto de la necrópolis, esta pieza posee una referencia espacial que de nuevo nos conduce al entorno de las dos grandes tumbas.
En este caso, nos situamos en la cuadrícula FU del sector A, inmediatamente precedente -al N-de la «Tumba de las sirenas».
Otros fragmentos de borde de recipientes abiertos, cuya forma desconocemos, podrían estar en relación con vasos crateriformes, tal como apunta su aparición en otras necrópolis ibéricas como El Cigarralejo (Cuadrado, 1972(Cuadrado, y 1987)).
En síntesis, se trata de bordes fragmentados de tipo saliente (fig. 9, 2 al 6) y moldurado (fig. 9, 1 y 7) que presentan decoración pintada monocroma de estilo geométrico en sus superficies exteriores, mostrando los característicos filetes horizontales aislados (fig. 9, 1, 3 y 5), bandas de líneas ondulantes (fig. 9, 2 y 7), en zig-zag combinadas con filetes (fig. 9, 4), o de roleos (fig. 9, 6).
Estas piezas plantean muchas dudas puesto que no conservamos grandes alturas que nos permitan reconocer su galbo.
Así pues, diversas son las posibles opciones de clasificación que se nos presentan -¿alguna variante del tipo de tinaja sin hombro, grandes tapaderas decoradas?-además de la ya planteada como imitaciones de crateras, por la que nos inclinamos.
Pocas piezas poseen una referencia clara a nivel espacial, entre éstas, el encachado tumular de la gran estructura del sector A por un lado (fig. 9, 1) o la cuadrícula A-13 del citado sector (fig. 9, 2).
Se han documentado en la necrópolis, finalmente, tres fragmentos de asas en forma de voluta, que se asocian en general a vasos crateriformes.
Del mismo modo, otra asa vertical de sección combinada -cuadrangular y trenzada-(fig. 10) pertenecería a una pieza de este tipo.
Este fragmento de asa nos habla, a su vez, de la concepción analítica del proceso de elaboración cerámico en el mundo ibérico.
Otras formas (fig. 11) Incluimos en este epígrafe otras formas imitadas de barniz negro que no cuentan -bien por el alto índice de fragmentación de las piezas, sus exiguas dimensiones o su propia escasez-con una adecuada representación, aunque documentan, de manera testimonial, la presencia de nuevas formas de origen mediterráneo en el yacimiento.
Diversos fragmentos de pequeñas dimensiones han sido catalogados como posibles imitaciones de vasos plásticos.
Su clasificación inicial fue puesta en suspenso ante la difícil adscripción de estas piezas a una forma concreta.
Sin embargo ante el hallazgo del ejemplo de mayores dimensiones (fig. 11, 4) a modo de cola y arranque del cuerpo y pata de un recipiente cerámico en forma de ave, perteneciente a una forma tipo cerno o guttus, planteamos esa posibilidad para el resto de los ejemplares.
Todos poseen secciones idénticas, como podemos observar, y similar decoración pintada, en lo que vendría a ser la cola, con motivos monocromos de estilo geométrico: en la mayor parte de los casos, filetes horizontales de los que penden tracitos verticales o filete del que parten bandas seriadas de semicírculos concéntricos con punto central (fig. 11, 5).
Tan sólo en dos casos poseemos referencias de localización precisas: el enterramiento B-14 (sector A; fig. 11, 2) ya comentado por la existencia de una imitación de una copa-escifo y el C-12 (sin documentación gráfica), que concentra diversas piezas de imitación (v. supra).
El resto de piezas o no poseen referencia alguna o ésta es muy vaga.
Por otra parte, este tipo de imitación, correspondiente a vasos en forma de ave o paloma posee una amplia dispersión en el mundo ibérico ^^.
La aparición de estos vasos en forma de ave nos pone en contacto con el mundo de la religiosidad mediterránea, especialmente púnica, así como con el universo femenino, asociación que se documenta en la plástica ibérica ^^.
Para concluir este catálogo de piezas que hemos seleccionado, ha de citarse el hallazgo de un pequeño pomo (fig. 11,1) con decoración pintada de motivos geométricos -líneas onduladas enmarcadas entre filetes-, de tapadera de un recipiente de com-'^ Efectivamente, desde Andalucía -Cádiz-, pasando por la Meseta -Las Cogotas-hasta Cataluña -Margalef-, destacándose el ejemplo hallado en el poblado de El Amarejo (Broncano y Blánquez, 1985, 252, fig. 141, lám. XXVII.7), cuyo ejemplar se decora con pintura, incisión y estampillado, datándose en los últimos años del s. III a.C. También esta forma ha sido documentada en el yacimiento de Coimbra del Barranco Ancho (Page, 1984, 133, fig. 19.4), El Cigarralejo (Cuadrado, 1987), el depósito votivo del propio Amarejo (Broncano, 1989, 144, fig. 85, lám. LXXXVII) o La Serreta de Alcoy.
Pequeños fragmentos, de las características y dimensiones de Corral de Saus, se han hallado en yacimientos del horizonte pleno edetano como Puntal del Llops (Bonet y Mata, 1981, fig. 49).'^ Véase el conocido ejemplo de la escultura funeraria de la Dama de Baza (Presedo Velo, 1982) u otras representaciones femeninas del mundo ibérico (Blázquez, 1983, 106) que se han interpretado como ofrendas simbólico-religiosas {ídem, 102, 105, 112, 207...). pleja adscripción (v. tabla 1).
Podría tratarse de algún tipo de imitación de cajita, lecáne o el llamado «biberón» del que tenemos ejemplares completos en yacimientos como el depósito votivo de El Amarejo, donde se han documentado dos perfiles completos (Broncano, 1989, 122, fig. 92, lám. LXXXVIII y 183, fig. 134, lám. CHI).
La pieza plantea muchas incógnitas y la referencia, poco concreta, de su contexto espacial (cuadrículas Hol5-Ho20, sector C) apenas amplía nuestros datos.
EL FENOMENO DE LAS IMITACIONES EN CORRAL DE SAUS
La historia de la investigación sobre las imitaciones en la cerámica ibérica es relativamente reciente (Page, 1984, 41; Olmos, 1990).
La complejidad y amplitud del fenómeno, unido a su conexión con cuestiones derivadas del concepto de aculturación, ha favorecido la publicación de trabajos de enfoque fundamentalmente empírico a partir de la observación y el estudio de conjuntos en yacimientos concretos (Pereira, 1979; Aranegui y Pía, 1981) ibero reproduce más o menos fielmente.
La investigación tiende hoy a observar el tema de las imitaciones de un modo dialéctico, incidiendo en la propia dinámica y originalidad ibérica.
En esta línea, podríamos hablar de estímulos, ecos, reminiscencias, residuos, similitudes, concurrencias o influjos y con estos términos no agotaríamos la dificultad del problema.
Desde nuestro punto de vista, consideramos la imitación cerámica como un proceso plurivalente y complejo en el sentido que ha propuesto Olmos (en Page, 1984, 271-281).
Tal vez esta complejidad ha influido en el hecho de que los principales estudios sobre el tema hayan incidido en aspectos tipológicos y clasificatorios (Olmos, 1990, 41).
En esta línea, si bien los modelos formales pueden ser acotados y definidos en gran parte de los casos, mucho más difícil resulta abordar el análisis desde el punto de vista de la iconografía.
Generalmente se ha analizado por separado imitación formal, técnica o iconográfica.
En nuestra opinión, deben considerarse en su globalidad.
Así, podríamos señalar algunos de los ejemplos más destacados de Mogente que hemos presentado, como el plato de peces (fig. 5, 1) o la cratera con decoración vegetal polícroma (fig. 7), donde aparecen conjuntamente ecos de la forma, la decoración y la técnica de vasos importados.
El «vaso del héroe y la esfinge», procedente del Corral de Saus (fig. 12), que ha sido presentado en otro trabajo (Izquierdo, 1995b), puede ser conside-Figura 11.-1 a 7, pequeño pomo de cajita y fragmentos de vasos plásticos con decoración pintada geométrica. rado otro ejemplo ilustrativo de la problemática que plantea la iconografía (fig. 13).
Su tema decorativo principal muestra dos escenas contiguas donde se desarrolla un doble certamen individual entre un personaje masculino con atributos de guerrero, solo, a pie, enfrentado a un ser fantástico de grandes dimensiones, alado y terrorífico (fig. 14).
Centrándonos en su iconografía, en general, el tema del enfrentamiento entre el héroe y el monstruo se considera un fenómeno cultural prácticamente universal del que poseemos numerosos ejemplos en ciclos mitológicos orientales como el relato sumério de Gilgamesh.
A su vez, las leyendas heroicas gozan de gran importancia dentro del mito griego, entre las que destacamos la del héroe por excelencia de la mitología clásica, Heracles, contra el león de Nemea, la hidra de Lerna o el can Cerbero, Perseo y Medusa, Teseo y el Minotauro o Edipo y la Esfinge.
Algunas representaciones -fundamentalmente vasculares y sobre gemas-del pasaje de la muerte de la esfinge, aludiendo a esta última leyenda de Edipo, ofrecen paralelos evidentes con las imágenes del vaso de la necrópolis contestana que estudiamos'^.
Así pues, el interrogante que podríamos plantear en esta ocasión es: ¿se trata de algún modo de imitación de las imágenes que ilustran este mito griego trasvasadas a la cultura ibérica a través de este'' ^ En este sentido, las referencias bibliográficas al respecto aparecen recogidas en nuestro reciente trabajo sobre el citado vaso (Izquierdo, 1995b presiones arquitectónicas y escultóricas son exponentes y símbolos de poder.
El registro material y más concretamente cerámico cuenta con magníficos ejemplos como el mencionado más arriba, entre otros (Izquierdo, 1995a), que podrían evocar ese modelo de prestigio anterior como una forma de recuperar la memoria o el pasado.
Esta idea de evocación de un tiempo anterior podría despejar además algunas incógnitas sobre la cuestión de la cronología de estos vasos.
De cara a la cuestión que aquí nos ocupa, la presencia en las tumbas de piezas que reproducen formas cerámicas mediterráneas confirma el interés de este recinto funerario.
Contamos en síntesis con una serie de piezas que conforman un pequeño grupo de variadas formas y decoraciones, localizadas -en diversos ejemplos-en algunos de los enterramientos mejor documentados del yacimiento.
Al respecto, si bien la investigación ha considerado en general formas concretas de imitación de manera individual, el Corral de Saus invita a examinar la imitación de conjuntos, de ambientes.
Particularmente interesante es el hallazgo del enterramiento C-12, que asocia piezas de hipotéticos orígenes diversos, cuatro elementos singulares que responden a estímulos mediterráneos.
En este sentido, a propósito de la clasificación de los productos importados, se ha considerado generalmente de manera aislada las imitaciones griegas, itálicas o, en algún caso, púnicas.
Este yacimiento nos hace ver la integración de elementos formales de raíz griega o suritálica junto con otros estímulos más propios del mundo púnico.
Vemos que hay un fondo común mediterráneo, un mundo de interrelaciones del que participa lo ibérico.
Otra cuestión será explicar el porqué de estas singularidades.
Así, estos vasos, que poseen un carácter extraordinario, se presentan en un contexto específico y singular: las tumbas de una necrópolis.
Diversas cerámicas de rasgos excepcionales -tipológicos, decorativos o técnicos-han sido asociadas a contextos sagrados como la pieza de Santa Catalina del Monte en Verdolay o el conjunto de vasos figurados de Liria.
Como ya apuntábamos antes, por lo menos para los vasos con decoración vegetal o figurada, posiblemente se trate de vasos de encargo especiales o de lujo, con un uso no doméstico, sino selectivo, adaptado a una funcionalidad y un contexto concreto.
De una manera sintética, nos encontramos en esta necrópolis con una serie de formas relacionadas en gran parte con el servicio de mesa -copas, platos y crateras-cuya deposición como ofrendas en los ajuares de la necrópolis les otorga una dimensión AEspA, 69, 1996 (v. supra).
A pesar de estos vacíos de información, la distribución de las piezas y fragmentos de imitación con una referencia precisa (fig. 2) nos lleva al entorno de las dos grandes tumbas y más concretamente al área entre ambas estructuras, donde aparecen concentrados estos vasos.
Se trata de un espacio nuclear, el más destacado de la necrópolis, tanto desde el punto de vista de las estructuras y la monumentalidad como por los materiales hallados, procedentes de los ajuares funerarios depositados en las tumbas.
Igualmente, el hallazgo del llamado vaso «del héroe y la esfinge», cuyos fragmentos aparecieron dispersos en diversas cuadrículas de este espacio concreto (Izquierdo, 1995b, fig. 2), así como la distribución de las producciones importadas de cerámica ática, barniz negro del s. m a.C, campaniense, incluso la escasa cerámica romana existente, concentrada en el área de los dos empedrados y su entorno más próximo (Izquierdo, 1995a, t.
II, figs. 103 y 104), confirman la importancia de este espacio, que se reafirma con el hallazgo de las piezas de imitación presentadas en este trabajo. |
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